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Paula Germino

La Sacerdotisa, el Mago y la Justicia

Es la tercera vez que me dejan solo en plena avenida, no es como si me diese miedo o me
cause incomodidad estar solo, nada mas lejano a la realidad, pero… no lo se …
simplemente no me agrado lo forma en que lo hicieron, como si no me necesitasen para
nada más que como un oído.
Abro la puerta de la librería tan desganadamente como en las tres últimas ocasiones, sé
que debería hablarlo, dejarme escuchar de alguna manera, pero no serviría mas que para
sumar otro problema a la lista y simplemente no soy así, no podría pararme frente a
alguien y pedirle encarecidamente un poco más de atención y escucha de su parte como
si lo mereciera, como un premio de consuelo.
Los pensamientos mas sinceros se desarman mientras arrastro el dedo índice por los
estantes, lomo tras lomo, cada título más ridículo que el anterior, hasta que una textura
mas áspera me hace alejar la mano de inmediato, como si acabara de tocar fuego y me
estuviese quemando, como si a mi dedo solo le quedase carne en lugar de piel. Rego la
mirada por el campo de novelas buscando aquel que había producido la contracción de
cada musculo de mi cuerpo, hasta que doy con ese, se que es ese; recorro la cubierta negra
pero no, ni un rastro de letras. Cautelosamente lo saco de su lugar, esperando volver a
sentir el mismo ardor al hacer contacto con él, con mirada escéptica veo la tapa buscando
algún seudónimo mínimamente, pero no. Una balanza del tamaño de un pulgar resaltaba
en el centro, tan brillante como opaca te invitaba a tocarla, y si, eso hice… la toque, pero
fue diferente al sofoco de la primera vez. Mi mente se tiño de un blanco perlado, luego
del negro más desolador que había visto y finalmente solo veía gris, no era ni muy claro
ni muy obscuro, era calmo, pero no un calmo permanente, era un gris cambiante como el
clima del otoño. En el medio de un campanazo grabe me desperté de lo que sea que
hubiese sido eso y mire a mi alrededor comprobando que seguía en el mismo lugar, volví
a mirar el libro y después de unos minutos que tampoco lograron sacarme de mi
ensoñación por completo emprendí el camino hacia la caja.
Llame un par de veces, pero parecía no trabajar nadie allí, hasta que escucho el
inconfundible sonido de la cuchara chocando con la taza de porcelana que dirige mi
mirada a la derecha. Escondido bajo muchos libros que parecían haber sido escritos con
máquina de escribir, con sus páginas teñidas obra de los años se escondía una puerta que
daba comienzo a un pequeño cuartito poco iluminado, en el y sobre un pequeño sillón de
tapiz se ocultaba bajo un libro no tan viejo como su piel una señora muy concentrada en
su actividad, intentando no ser inoportuno hice un ruido con mi garganta, esta vez un poco
más fuerte para ser escuchado. La mujer, para mi suerte, levanto la mirada y con una
sonrisa compasiva y su te en mano se acercó a la caja.
Creo que fue su mirada la que me llevo a pensar que no era de esas abuelas tiernas que te
recuerdan a la palabra hogar, aquella mirada contenía sabiduría, experiencia y desbordaba
de inteligencia. Esa mirada contenía mares, tormentas y huracanes, todo al mismo tiempo,
como si pudiese aplastarte o abrasarte sin cambias esa misma expresión. Y ese diluvio
echo ojos estaba cayendo sobre mí, con cara serena me analizaba muy lentamente hasta
que se detuvo en mis ojos, por alguna razón podía sentir que estaba viendo ese gris
Paula Germino

incierto que se instaló en mí ya hace un rato tan claramente como las letras de el libro que
estaba leyendo antes de que yo la interrumpiera.
Ciertamente me comenzaba a sentir muy incomodo por la habilidad con la que parecía
descifrarme y le tendí el libro para cortar ese lazo invisible que unía nuestras pupilas —
Me lo llevo— fue lo único que dije antes de que ella bajara la mirada y su gesto cambio
rotundamente. La tormenta seguía allí pero ahora cargada de sorpresa, luego volvió a
enfocarse en mi y pareció comprender algo tan súbito como el ¿Por qué? de la vida y
murmuro algo indescifrable para mi entender, lleve una mano a mi nuca mas nervioso por
alguna razón y al fin me dirijo lo palabra desorientándome un poco.
— ¿estás seguro?
—¿Por qué? ¿es muy caro? — mi preocupación pareció relajarla y sin disimulo mostro
los dientes en una sonrisa medida.
—Es un regalo, no te preocupes— sin dejarme decir ni siquiera un gracias por la
amabilidad me lo pego al pecho sin ningún rastro de delicadeza y me dedico una ultima
y ruidosa mirada antes de volver a su cueva de lectura y cerrar la puerta esta vez con llave.
Sali con el libro en mano del antiguo negocio muy extrañado por la actitud de la señora,
el ardor en mi dedo volvió suavemente cuando pensé que ya se había ido por completo
como para recordarme la atípica escena que había vivido entre las estanterías. No había
caminado ni tres metros cuando un escalofrío me recorrió la columna vertebral y el gris
volvió, levemente más obscuro que antes y un impulso me hizo sacar el celular del bolsillo
y marcar un numero rápidamente como si supiera exactamente lo que iba a hacer a
continuación.
1…2…3 pitidos y contestaron, pero no le deje pronunciar palabra. Es mi turno de hablar.
—Nos conocemos hace demasiados años como para que tenga que decirte esto, pero
¿Puedo pedir encarecidamente un poco más de atención y escucha de tu parte? Porque lo
merezco.