Vous êtes sur la page 1sur 10

Publicado en Herramienta (http://www.herramienta.com.

ar)

Inicio > La crisis y el porvenir del capitalismo no se explican solo por la lógica de “El Capital”,
pero sin ella son incomprensibles

La crisis y el porvenir del capitalismo no se explican solo por la lógica de “El Capital”, pero sin
ella son incomprensibles

Autor(es): Abalo, Carlos

Abalo, Carlos. Economista y Periodista. Fue titular de la cátedra Cambios en el sistema


económico mundial, entre 1991 y 2003 en la Facultad de Ciencias Sociales, carrera de
Sociología, UBA

El comentario sobre el trabajo de Chesnais[1]puede ser un punto de apoyo para la


comprensión del momento que vivimos, aunque el trabajo en sí me parece lleno de
reiteraciones que poco aportan al conocimiento específico del capitalismo actual y no propone
hipótesis que contribuyan demasiado a aclarar el presente conflicto social.

La mundialización del capitalismo es una consecuencia de la acumulación del capital. Es un


proceso objetivo apoyado por la política del capital transnacionalizado, pero no la
consecuencia exclusiva de una política predeterminada. Las características que toma el
proceso de acumulación en el capitalismo global son una combinación de la reproducción
capitalista y de las políticas que la fomentan, precisamente porque el capital
transnacionalizado domina los resortes del poder político. El proceso de acumulación y el
apoyo político que encuentra en la generalidad de los gobiernos son una sola y misma cosa. La
realidad no es un resultado de la lógica objetiva ni tampoco de una política predeterminada
sino de una interacción entre ambas en el seno de la sociedad.

La internacionalización del capital tampoco es la misma hoy que durante el período que siguió
a la finalización de la Segunda Guerra Mundial. La acumulación del capital tiende a alcanzar el
mercado mundial. El capitalismo pasó por distintos grados de internacionalización, no siempre
ascendentes ni continuados. Este siglo empezó con una rápida internacionalización que se
interrumpió en los años veinte para seguir de otra manera en un mercado mundial
fragmentado, lo que trajo como consecuencia el derrumbe bursátil de 1929. Las compañías no
podían internacionalizarse más que de una manera limitada porque el mercado mundial se
había fraccionado.

La internacionalización actual continúa la de los años sesenta; la acumulación capitalista tiende


a desarrollar la fábrica mundial y el producto mundial. Lo nuevo es la manufactura
internacional mucho más generalizada. Aunque la mundialización no abarca a todos los países,
amplía el radio de la internacionalización y profundiza el desarrollo capitalista en nuevos
países, como son los del sudeste asiático, México y el sur de , en primer lugar, Brasil.
Las otras características del nuevo empuje a la internacionalización se encuentran en que ésta
se basa no sólo en la vigorización de la acumulación capitalista sino también en la derrota del
movimiento obrero y de las fuerzas que luchaban por un espacio nacional desconectado del
capitalismo mundial. Esto incluye la desaparición del llamado socialismo real y su tránsito hacia
el capitalismo, la elevada desocupación de origen tecnológico, el retroceso en la
sindicalización, la reducción del peso social y político de la clase obrera y de su importancia
cuantitativa en las sociedades avanzadas (aunque se haya incrementado numéricamente en el
mundo) y el papel hegemónico de Estados Unidos.

Un ejército industrial cada vez menos “de reserva”

La acumulación capitalista no ofrece desarrollo para todos: incluye desempleo y desigualdad. A


mayor desarrollo del capital, más despauperización relativa, en el sentido de que hay cada vez
más pobres en comparación con las posibilidades de producción del capitalismo. Por ahora,
aparece una marginación creciente y no como un ejército industrial de reserva transitorio sino
como producto de la automatización en la industria, de la creciente productividad del trabajo y
de las peores condiciones laborales. Si esta tendencia fuera permanente, se estaría ante
condiciones distintas a las que prevalecieron hasta hace pocos años. El análisis de la diferencia
no se contesta sólo con los textos. “La población obrera, pues, con la acumulación del capital
producida por ella misma, produce en volumen creciente los medios que permiten convertirla
en relativamente supernumeraria”[2]. La diferencia es que, con la incorporación más
generalizada de las nuevas tecnologías el ejército industrial de reserva es cada vez menos “de
reserva” y cada vez más permanentemente una población marginada debido a la
automatización en las industrias avanzadas y al incremento de la productividad. Si bien el
desalojo por productividad es una constante en la historia del capitalismo sólo neutralizada en
los períodos de auge, puede ser acumulativo ahora, aunque transitoriamente más pausado en
los países situados en la punta tecnológica o más adaptados a los requerimientos flexibles de
la producción.

La mayor tasa de desocupación de los años treinta, sobre todo en Alemania y en el centro de
Europa, fue compensada por avances del sindicalismo en Estados Unidos y el crecimiento en
número y organización de la clase obrera en países de más reciente industrialización o de
industrialización sustitutiva. Ahora también se ha incrementado el peso numérico de la clase
obrera en los nuevos países industrializados, sobre todo los del sudeste asiático, pero la
diferencia es que en el mundo y en los países más industrializados la clase obrera no ocupa el
lugar central, por número ni por influencia. Ese lugar está cada vez más ocupado por la clase
media con gran heterogeneidad de objetivos (en vías de empobrecimiento o de capitalización),
y el centro del escenario tiende a ser el de las luchas democráticas, que engloban también la
cuestión del salario y el empleo.

Estas diferencias tienen que ver con las características específicas del capitalismo actual. Si el
desempleo ya no es transitorio se debe a que el trabajo socialmente necesario se ha vuelto
más productivo. Si es así, habrá menos obreros en las fábricas y proporcionalmente más
asalariados técnicos e ingenieros, y también más desocupados. Contrariamente a lo que
sucedió en el capitalismo de los “años de oro” la ocupación tal como ahora se concibe
posiblemente tenderá a aumentar y la avanzada de los trabajadores posiblemente no se
encuentre en la clase obrera tradicional.
En el movimiento sindical lo más destacado es la lucha por la reducción de la jornada de
trabajo como alternativa al aumento de la productividad, hasta ahora prácticamente acotada a
Europa y sólo practicable en países de elevada industrialización y con movimientos sindicales
muy activos.

El cambio de perfil productivo, que no es exactamente una estructura menos industrial o


menos vinculada a la producción, crea una serie de fracciones heterogéneas de asalariados. La
“terciarización” va acompañada de una menor importancia relativa de la clase obrera, pero los
sectores nuevos de asalariados no obreros y la expansión de los servicios son una característica
de la revolución tecnológica, en que la mecanización se subordina crecientemente a la
electrónica y modifica sustancialmente la composición de clase de los asalariados y el trabajo
en relación de dependencia fuera de las unidades productivas, el peso de los servicios
directamente ligados a la producción y la productividad. Como su resultado es también una
distribución más desigual del ingreso, al mismo tiempo que la productividad crecen el gasto
superfluo y los servicios suntuarios. En lo primero (servicios productivos, desarrollo de la
electrónica, modificación de la composición de clase de los asalariados y menor peso social
obrero relativo) se basa gran parte del aumento de la productividad. El gasto superfluo y los
servicios suntuarios son una consecuencia del incremento del trabajo no necesario y del ocio
en provecho de pocos.

Una nueva fase expansiva

La revolución tecnológica y el consiguiente aumento de la productividad indican la


posibilidadde que haya comenzado una recomposición del capitalismo y una nueva fase larga
expansiva pese a la crisis financiera internacional,lo que no excluye que una vez empezada una
fase larga de alza ésta pueda interrumpirse. La onda larga expansiva de finales del siglo pasado
se inició con una fuerte crisis financiera; en cambio, el comienzo del llamado “período de oro”
del capitalismo de la última posguerra en la fase expansiva 1945-1970 no tuvo una crisis
financiera general sino una aguda hiperinflación en Alemania previa a la estabilización del
marco.

La onda larga expansiva no se define por los padecimientos, el empobrecimiento o, al revés,


las mejoras generalizadas en el nivel de vida. Hasta ahora, en el capitalismo, las mejoras
generalizadas no fueron continuadas sino el resultado de años de prosperidad, que, además,
facilitaron la lucha sindical y reivindicativa. Al contrario, los inicios de las fases largas
expansivas se caracterizaron por los desequilibrios sociales, tanto más profundos cuanto más
grandes fueron las innovaciones tecnológicas, debido al desalojo de pasadas modalidades de
producción y a la acumulación forzada de capital. Tampoco la recuperación de la tasa de
ganancia es inmediata, porque está influída por la quiebra de las empresas de la generación
anterior y el peso del endeudamiento adquirido para afrontar las innovaciones. Las ondas
largas no se rigen por los mismos fundamentos que explican los ciclos comerciales.

Las fases largas recesivas o expansivas se asocian sólo parcialmente con las “ondas
Kondratieff” y no puede esperarse que tengan una determinada duración, porque su lógica
general (la del capital) está subordinada a las consecuencias sociales, que no están sujetas a
una lógica predeterminada e influyen sobre la tasa de ganancia y las inversiones. En los veinte
años previos al presente decenio, el capitalismo mundial tuvo un comportamiento casi
recesivo, acentuado en los ochenta en América Latina y Africa. La excepción más notable fue el
sudeste asiático, donde se produjo una expansión capitalista sobre la base del desarrollo de la
electrónica y la mano de obra barata, condiciones que contribuyeron a impulsar la
reestructuración en el centro del sistema y a preparar las condiciones de un posterior nuevo
período de crecimiento.

En los años noventa la presunción de que podría haberse iniciado una fase expansiva larga se
debe a que la acumulación en el centro se aplicó en proporciones más considerables a
innovaciones tecnológicas que modificaron de una manera mucho más radical el proceso
productivo y a un fuerte crecimiento de la inversión extranjera directa en la periferia, sobre
todo en el sudeste asiático, China y . La expansión y profundización del capitalismo en las
nuevas áreas empieza por una adaptacióna la acumulación mundial, característica esencial de
esta época, en contraposición con el capitalismo nacional protegido que desarrolló la
sustitución de importaciones.

En el capitalismo, la sobreacumulación se deriva de la insuficiente expansión de la demanda a


una tasa de ganancia aceptable para las empresas, conseguida mediante la sobreexplotación y
el crecimiento de la desigualdad de los ingresos, que a su vez limitan el consumo masivo y, a la
larga, el comercio internacional. Esa combinación específica de rentabilidad y distribución de
ingresos modifica las condiciones de acumulación en el mercado mundial. Cuando la
acumulación está bloqueada por la sobreinversión productiva, ésta tiende a transformarse en
sobreinversión financiera, que tiene límites mucho menos inmediatos que la otra. Cuando ese
bloqueo no existe o es menor, el excedente se orienta a la inversión productiva, que incluye el
fortalecimiento de la inversión directa extranjera en la periferia. Cuando el mercado mundial
estuvo bloqueado, la inversión se orientó a los mercados nacionales (si se repitiera esa
situación, ahora quizá también se expanderían los mercados regionales de una manera más
cerrada). En el caso de que los grandes mercados se diferenciaran demasiado cerrándose
sobre sí mismos, se plantearía la posibilidad de un fraccionamiento del mercado mundial. Así
ocurrió, con una economía mundial de características diferentes a la actual, en los años veinte
y treinta. En la actualidad es más difícil porque la acumulación capitalista se desarrolla
fundamentalmente en una escala mundial.

Las fases largas expansivas de la economía mundial capitalista no se caracterizan por los
inventos ni las revoluciones tecnológicas, que pueden tener lugar con bastante independencia
del ciclo de acumulación, sino por la incorporación de las invenciones al aparato productivo a
través de la inversión. El desbloqueo de la inversión, la aparición de nuevos mercados y la
profundización de los ya existentes es lo que define un ciclo de alza. No hay tampoco una
duración predeterminada de una fase larga alcista ni éstas tienen por qué desarrollarse
plenamente. La fase larga alcista de los años noventa del siglo pasado se interrumpió por el
bloqueo del mercado mundial debido a su fragmentación. Después de años de incertidumbre,
la inversión masiva se orientó a los grandes mercados internos y aquel género de economía
mundial abierta desapareció. Los revolucionarios de los años veinte creían imposible que el
capitalismo se reconstituyera; sin embargo, eso ocurrió dos décadas y media más tarde. Para
remover el escollo fue necesario que el capitalismo desvalorizara los capitales en la Gran
Depresión y resolviera la fragmentación con una nueva guerra mundial.

La nueva fase larga de los años de oro de la última posguerra mundial no fue interrumpida y
duró aproximadamente un cuarto de siglo. Simplemente, se agotó. El modo de acumulación
peculiar de ese período, distinto al de la fase anterior, perdió su impulso porque el capital
encontró un límite en la conformación del mercado mundial, la división política en bloques y el
nivel de los salarios, que frenaron la tasa de ganancia.

El paso de la fase larga expansiva de los años de oro a la fase recesiva que la siguió, con el
reordenamiento posterior, no fueron el resultado de una planificación o una acción concertada
sino una consecuencia combinada de la dinámica del capital y de la política de los principales
estados capitalistas orientado a frenar el avance de las conquistas sociales.

Las crisis financieras no prueban el fracaso de la globalización

El bloqueo a la expansión productiva fomentó la reproducción financiera y ésta se consolidó


con el control del capitalismo sobre el planeta, fundamentalmente a través del capital y de la
hegemonía política y militar estadounidense. La moneda y el crédito sólo pueden adquirir un
alto grado de independencia en la reproducción capitalista mundial si existe pleno control
político. La unidad del sistema, aunque contradictoria y no uniforme, sólo puede consolidarse
con una conducción política hegemónica, pero ésta por sí misma no garantiza aquella unidad.

La sobreexpansión del crédito, la relativa independencia de la reproducción financiera y la


masa de dinero proveniente de la acumulación originaria propia de actividades ubicadas fuera
del marco legal convencional dan lugar a crisis financieras internacionales, que están
acompañadas por conmociones sociales y productivas.

Esta vez, la posibilidad de haber ingresado en una fase larga expansiva está dada por la
incorporación de nuevas tecnologías, la extensión del mercado, la expansión de la frontera
intensiva de acumulación del capital y la remoción de los obstáculos políticos al dominio del
capital, representados hasta entonces por el enfrentamiento de dos bloques antagónicos y el
poder político y sindical de los trabajadores.

Las crisis financieras no prueban el “fracaso” de la globalización: confirman que la


internacionalización se ha extendido hasta un punto crítico. Además, ¿de qué puede haber
éxito o fracaso? La reproducción capitalista sigue su curso bajo el doble aspecto de la
acumulación y la explotación. Esa lógica sólo puede ser modificada por una revolución social o
por los propios límites que encuentra la acumulación.

Los límites que está encontrando la acumulación global devienen del desarrollo de las leyes
fundamentales del capitalismo, pero estas no bastan para dilucidar las características
especiales de cada período, basadas en los cambios producidos en el modo de acumulación y
de explotación.

Mi hipótesis es que están presentes las características propias del inicio de una fase larga
expansiva más parecida a la de hace cien años (aunque con un mercado mundial mucho más
amplio y un desarrollo capitalista considerablemente más extendido y profundo) que a la de
los comienzos de los “años de oro” de la última posguerra. Y que las consecuencias no
removidas de la fase larga recesiva de 1970 a 1990, la sobreexpansión del crédito y las
características de la reproducción financiera, el proceso de destrucción de capital y la
obsolescencia provocada por la fuerte innovación tecnológica conducen a que la fase de
expansión de largo plazo se combine con la crisis financiera. Esta debería depurar el nuevo
modo específico de acumulación internacional. Si no fuera así y la crisis no pudiera ser
sorteada, se diluirían las condiciones para que se afirme la fase de expansión y ésta se
interrumpiría. La denominada crisis asiática podría estar llamada a definir esta cuestión.

Hay nuevas características en la explotación capitalista

De esto se desprende que para analizar el desarrollo de la sociedad capitalista no basta con
tener en cuenta la lógica general del sistema sino las expresiones históricas concretas
particulares de esta época. La fuerza de trabajo asalariada se ha expandido en el mundo y
también la clase obrera, pero ésta ha perdido importancia como núcleo social decisivo en los
países desarrollados. Y esto no niega los fundamentos de la teoría de la explotación y del
desarrollo del capitalismo ni es una consecuencia de las políticas de Ronald Reagan y Margaret
Thatcher sino de que los cambios en la acumulación han incrementado la productividad y el
desempleo, desvalorizando y diferenciando la fuerza de trabajo.

Marx adelanta en los Grundrisse[3]que, con un alto desarrollo científico y tecnológico, se


reduciría “a un mínimo decreciente el tiempo de trabajo de toda la sociedad” (pág. 232). Lo
que aparece aquí es la sociedad capitalista casi automatizada con un alto grado de
productividad y la imperativa necesidad de continuar el proceso de producción en que el
capital ha puesto a su servicio todas las ciencias, las invenciones se han convertido en ramas
de la actividad económica y los procesos mecánicos de trabajo son monopolizados por las
máquinas, desvalorizando la capacidad de trabajo.

En esa sociedad prácticamente automatizada “la creación de la riqueza efectiva se vuelve


menos dependiente del tiempo de trabajo y del cuanto de trabajo empleados” (pág. 227) su
eficacia no está en relación con el tiempo de trabajo inmediato sino que depende del progreso
científico y tecnológico y de su aplicación a la producción.

En la manera confusa que caracteriza la redacción de los Grundrisse, Marx pareciera suponer
que la persistencia del capitalismo sin necesidad de trabajo tendería a desintegrar ese modo
de producción, ya que “el robo de trabajo ajeno sobre el cual se funda la riqueza actual”
aparecería como una “base miserable” en comparación con el nuevo “fundamento” de la
organización social creada por la gran industria (pág. 228).

“Tan pronto como el trabajo en su forma inmediata ha cesado de ser la gran fuente de la
riqueza, el tiempo de trabajo deja y tiene que dejar de ser su medida...”. “El plustrabajo ha
dejado de ser condición para el desarrollo de la riqueza social, así como el no trabajo de unos
pocos ha dejado de serlo para el desarrollo de los poderes generales del intelecto humano”,
con lo que “se desploma la producción fundada en el valor de cambio” (pág. 229) (entendido,
en realidad, como el valor). El “desarrollo libre de las individualidades” es la “no reducción del
tiempo de trabajo necesario con miras a poner plustrabajo, sino en general reducción del
tiempo de trabajo necesario de la sociedad como un mínimo...” Pero “el capital mínimo es la
contradicción en proceso” porque “tiende a reducir a un mínimo el tiempo de trabajo,
mientras que por otra parte pone al tiempo de trabajo como única medida y fuente de la
riqueza. Disminuye, pues, el tiempo de trabajo en la forma de tiempo de trabajo necesario,
para aumentarlo en la forma del trabajo excedente; pone por tanto, en medida creciente, el
trabajo excedente como condición... del necesario” (pág. 229).
Para una sociedad basada en el plustrabajo, una alta productividad significa que “cuanto
menos resultados inmediatos produzca el capital fijo, cuanto menos intervenga en el proceso
inmediato de producción, tanto mayores deberán ser esa población excedente y esa
producción excedente relativa” (pág. 231).

Partes de estos textos parecen tener bastante en común con algunos rasgos del capitalismo
global. El ejército industrial de parados es creciente y permanente y resulta la contraparte de
la alta productividad. Pero si el capitalismo es capaz de conquistar una producción casi
automática, no por eso desaparece su contradicción básica ni se vuelve más estable. Estarían
dadas, más que nunca, las condiciones para que la sociedad no necesitara ningún tipo de
organización basada en la jerarquía, la desigualdad y la apropiación del trabajo ajeno.

Así, la crítica del capitalismo actual no consiste en suponer que es peor que en el pasado
porque la concentración es mayor o porque sus características de explotación se han reforzado
hasta el punto que el alto desempleo o la creciente marginación del mercado darían sustento a
la suposición de que el desarrollo de las fuerzas productivas se ha detenido. La crítica de ese
desarrollo tiene que destacar lo que hay de nuevo para insertarlo en la lógica general
puntualizando el cambio en el modo de acumulación y de apropiación específico de un
período, siempre expresado como aspectos cambiantes de un mismo modo de producción
general, el del capitalismo.

En segundo lugar, la exégesis de los textos no se debe usar para disimular o negar las nuevas
características, porque de otra manera, en vez de servir para entender las transformaciones, le
quitan relevancia y entorpecen la crítica. En el desarrollo de Chesnais, los nuevos fenómenos
aparecen explicados desde el pasado, con lo que se limita la compresión de lo nuevo y de su
integración a la lógica general. Uno de las cuestiones tratadas de esta manera es el llamado
capital ficticio.

El capital es ficticio cuando se desvanece

El capital es concretamente ficticio cuando se desvanece, y sólo puede tener un alcance


general si el capitalismo desapareciera. Si el valor tiende a desaparecer en la sociedad
crecientemente automatizada con ínfima incorporación de nueva fuerza de trabajo, el capital
tiende a ser ficticio en la medida que se apoya en un trabajo acumulado desvalorizado. Pero
no es ficticio para atrapar la mayor porción de excedente social, dado que estas variantes de
capital son las únicas pueden hacerlo por medio del “juego” de los mercados (que deprecia o
aprecia a unos mientras aprecia o deprecia a otros). La posibilidad de que casi exclusivamente
los mercados (y en menor medida los presupuestos) puedan hacer esa operación, se debe a
que la garantía de la capacidad de operación de los mercados radica en el orden político
global, que en última instancia es el sustento del llamado capital ficticio. Mientras persista el
orden político capitalista, el capital llamado ficticio no será concretamente ficticio por su
capacidad de intervenir en la reproducción del capital total y en la distribución de la masa de
plusvalía desvalorizada (y por eso inflada como burbuja especulativa, como capital
inflacionario) y de transmutarse en otros tipos de capital.

Tengo la impresión de que, tal como fue usado por Marx, y aunque esto no deba ser
considerado irreversible porque los textos sagrados sólo existen en la religión, el capital ficticio
no es una categoría general. Parece más bien una situación intermedia, porque mientras el
crédito se pueda renovar es posible realizarlo o continuar con el descuento de las letras de
cambio[4]. A su manera, la tierra también es un capital ficticio, porque tiene precio y no valor.
Sólo desde este punto de vista puede hablarse de una ficción, que en lengua española es
sinónimo de aparente. La “apariencia” es aquí capaz de generar intereses que se deducen de la
plusvalía general y dan lugar a su reparto. Si bien el capital de una sociedad efectivamente no
aumenta ni disminuye porque se eleve el curso de las acciones, el aumento nominal del
patrimonio se puede transformar en crédito y de ahí en capital con directa capacidad de
apropiación de plusvalía. Y si la acción se aprecia, atrae plusvalía general a través de la
reproducción financiera del capital total.

Por eso no es cierto que la propiedad de las acciones no den “ningún derecho a ninguna parte
del capital productor” “sino únicamente al rendimiento”, como afirma Hilferding siguiendo a
Marx[5]. Los cambios de titularidad por adquisiciones en la bolsa no requieren mayores
explicaciones, lo que no excluye que una pequeña compra de acciones no de acceso al control
del capital, pero este es un fenómeno diferente. Además, la teoría de la “duplicación” no tiene
sentido, salvo que se la saque del contexto de la reproducción financiera del capital.

El crédito es un capital anticipado, pero no ficticio. Llegaría a ser ficticio si como capital
obtenido por préstamo no fuera capaz de extraer plusvalía o de realizarla. Además, la posible
completa desvalorización no es una particularidad del título sino de toda forma de capital. Lo
ficticio es la creación del título contra ninguna riqueza material, pero deja de serlo si a ella se
llega a partir de la redistribución y apropiación de plusvalía. La plena comprensión del llamado
capital ficticio sólo puede alcanzarse en el capitalismo moderno globalizado si se lo asocia con
el papel de la moneda y de las emisiones en la redistribución de la plusvalía a través de la
reproducción financiera y de la inflación del capital.

El “cable a tierra” de la confrontación con la riqueza existente se produce sólo parcialmente. La


evolución de los mercados de valores nos muestran derrumbes de precios pero no una
desvalorización completa. La curva del Dow Jones señala una trayectoria de tendencia
ascendente, sólo interrumpida por desvalorizaciones en períodos relativamente cortos (en el
Nikkei estos períodos han sido más largos), que no cambian el sentido de la valorización. En la
curva de valorización especulativa, las depreciaciones propias de los cracks son sólo
interrupciones más profundas que las periódicas y habituales. El capital no termina de ser
ficticio por su misma lógica. Por su parte, la desvalorización de toda forma de capital tiene que
ver con la obsolescencia más rápida o más tardía determinada por el progreso técnico y la
competencia.

Pretender que la lógica del capital incluya la posibilidad de que la porción nominada en títulos
se vuelva completamente ficticia es resucitar la teoría del derrumbe. En cambio, la
permanente valorización-desvalorización sí pertenece a dicha lógica. La teoría del derrumbe
también está presente en las afirmaciones que se mantuvieron durante largo tiempo, en plena
época de oro -como ahora en la globalización- de que las fuerzas productivas dejaron de
crecer, que son formas fáciles de eludir el análisis de fenómenos sociales incómodos de
aceptar. Esperar que esos fenómenos se expliquen por la lógica general es tomar la historia
como una prueba de fe, donde los acontecimientos sólo se pueden conocer a través de una
continua exégesis.

Mientras persista el orden político del capital y el modo de producción capitalista, el capital no
se volverá completamente ficticio sino que la sobrevalorización de las acciones, como toda
burbuja de crédito, se expandirá y se descomprimirá, en una tendencia general hacia la
expansión, como lo muestran los índices bursátiles a casi cien años de los escritos de
Hilferding. Los títulos, como el crédito, forman parte del círculo completo de la reproducción
productiva y financiera del conjunto de los capitales.

La lógica del capital muestra la trama profunda de la explotación, pero no se puede prescindir
de sus cambios históricos y puntuales, que no dependen de la lógica general aunque se
sometan a ella. En el capitalismo globalizado, desarrollado casi hasta el extremo que plantea
Marx en los Grundrisse, crece el peso del trabajo que produce valor diferencial[6]. Asimismo,
crece la posibilidad del ocio, transmutada por la explotación en desocupación y marginalidad.
Es la evidencia más clara de que el fabuloso incremento de la productividad hace más posible
que nunca una radical transformación social, que no necesariamente tiene que revestir las
formas que se podían imaginar hasta ahora. La lógica social en el capitalismo no es
exclusivamente la lógica del modo de producción capitalista, aunque no se pueda comprender
sin ésta.

La lógica inherente al capital es una lógica de la explotación y esto no está en discusión. Lo


importante es formular hipótesis cambiantes (las certezas no existen en las ciencias sociales)
sobre los posibles canales de evolución del capitalismo mundializado, el decrecimiento relativo
de la fuerza de trabajo, el tipo de sociedad que podría resultar de ese proceso, las nuevas
fracciones de clase que emergen, las consecuencias del trabajo con valor diferencial y los
trabajadores que en el futuro podrían cumplir un papel similar al que cumplió en el pasado la
fracción obrera de los asalariados. La lógica social aparece como un choque entre las
exigencias de la productividad capitalista y la resistencia de los explotados, entre las
posibilidades de una sociedad cada vez más automatizada y la exclusión social. La lógica del
capital es más clara que nunca, por la universalidad de la explotación y la extensión y
profundización del capitalismo. Pero el avance de la automatización y la productividad no
reproducen el cuadro social del pasado, por lo que el porvenir no puede explicarse
reduciéndolo a la lógica general del capital.

[1]Francois Chesnais, Notas para una caracterización del capitalismo a fines del siglo XX,
Herramienta, Nº 1, Buenos Aires, agosto 1996.

[2]Carlos Marx, El Capital, Libro primero, Tomo I, vol. 3, Siglo XXI, México, sexta edición, 1980,
pág. 785.

[3]Carlos Marx, Elementos fundamentales para la crítica de la Economía Política (Grundrisse),


1857-1858, vol. 2, Siglo XXI, México, séptima edición, 1978. Las páginas, correspondientes al
Cuaderno VII (Maquinaria y trabajo vivo, Contradicción entre base y desarrollo de la
producción, y Significado del desarrollo del capital fijo) están señaladas en el texto.

[4]Carlos Marx, El Capital, Libro tercero, Tomo III, vol. 7, Siglo XXI, tercera edición, México,
1979, Capítulo XXIV, págs. 499 a 532, incluidas notas de Engels insertadas en el texto.

[5]Rudolf Hilferding, El capital financiero, Tecnos, Madrid, 1963, pág. 141.

[6]Sobre el valor diferencial y la diferenciación del capital, ver Pablo Levin, El capital
tecnológico, Catálogos, UBA, Buenos Aires, 1997. El alcance limitado del presente comentario
impide un mínimo análisis de los polémicos conceptos presentados en este libro en su Parte
tercera.
Revista Herramienta Nº 6 Teoría crítica

© Ediciones Herramienta. Se autoriza la reproducción de los artículos en cualquier medio a


condición de la mención de la fuente.

URL del envío: http://www.herramienta.com.ar/revista-herramienta-n-6/la-crisis-y-el-


porvenir-del-capitalismo-no-se-explican-solo-por-la-logica-de