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JUAN CARLOS VELASCO ARROYO (Cáceres, 1963) es doctor en

filosofía por la Universidad Autónoma de Madrid, con estudios en ciencia


política y derechos humanos. Es investigador del Instituto de Filosofía del
Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) de Madrid en donde es
responsable del grupo Justicia, Memoria, Narración y Cultura (Jusmenacu). Se
especializa en filosofía política, ética y del derecho, y sus líneas de investigación
son migración internacional, multiculturalismo, políticas migratorias, teoría de la
justicia, teoría de la democracia, teoría discursiva en Habermas y derechos
humanos y ciudadanía. Es autor de Habermas. El uso público de la razón
(2013) y La teoría discursiva del derecho. Sistema jurídico y democracia en
Habermas (2000), además es coeditor de Global Challenges to Liberal
Democracy. Political Participation, Minorities and Migration (2013) y
Justicia política (2003), entre otros.

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El azar
de las fronteras

Sección de Obras de Sociología

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Juan Carlos Velasco

El azar
de las fronteras
POLÍTICAS MIGRATORIAS,
CIUDADANÍA Y JUSTICIA

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Primera edición, 2016
Primera edición electrónica, 2016

Diseño de forro: Laura Esponda Aguilar

D. R. © 2016, Fondo de Cultura Económica


Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 Ciudad de México

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internacionales del copyright o derecho de autor.

ISBN 978-607-16-4340-7 (mobi)

Hecho en México - Made in Mexico

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Índice

Prefacio

I. Desafíos políticos de los países de inmigración


1. Sobre la significación política de las migraciones internacionales
2. La cuestión migratoria en la esfera política
3. Inmigración y ciudadanía/nacionalidad
4. El reto del pluralismo cultural emergente
5. El papel de las fronteras estatales
6. Migraciones internacionales y justicia en un mundo globalizado

II. Estado nacional, transnacionalismo migratorio y ciudadanía en mutación


1. Las políticas migratorias, ¿último reducto de la soberanía estatal?
2. La nueva lógica migratoria: el enfoque transnacional
3. La ciudadanía, institución en mutación
4. Hacia una ciudadanía mediatizada por los derechos humanos

III. Las fronteras de la democracia. Estratificación cívica y participación


política de los inmigrantes
1. Migrantes, flexibilización de la ciudadanía y estratificación social
2. La participación electoral de los inmigrantes
3. Participación política de los inmigrantes, calidad de la democracia y
sociedad integrada
4. Los últimos de la fila. Irregularidad migratoria e inclusión disciplinaria

IV. Las fronteras culturales. Migraciones, diversidad cultural y derechos


1. El multiculturalismo, una fórmula sujeta a revisión
2. Posmulticulturalismo y migración
3. Acerca de los límites normativos de las políticas migratorias
4. ¿Identidad amenazada? Religión y política migratoria en una sociedad
democrática

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5. La encrucijada de los derechos culturales

V. Las políticas migratorias ante las exigencias de la justicia global


1. El problemático ámbito de aplicación de la teoría de la justicia
2. Pobreza mundial y migraciones internacionales
3. Justicia, migraciones e instituciones globales
4. Migraciones y resignificación de la ciudadanía en clave cosmopolita

VI. Una política migratoria de fronteras abiertas


1. El derecho a la libre circulación de personas
2. Globalización asimétrica: muros contra la libre circulación de personas
3. Movilidad humana, cosmopolitismo y justicia
4. Fronteras abiertas y justicia global

Coda. Entre la utopía y el realismo

Bibliografía
Índice analítico

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Prefacio

Este libro trata de algo tan azaroso como decisivo en la vida de las personas como es la
fortuna o desgracia de haber nacido en un determinado país y de las consecuencias que
esta circunstancia, en principio banal, genera en las oportunidades reales que las personas
tienen de moverse a lo largo del planeta y establecer se en el país de su preferencia. Las
fronteras interestatales, esos trazos gruesos que vemos dibujados en los mapas y que
sirven para delimitar el perímetro físico del territorio bajo control de un Estado, se
convierten en demasiadas ocasiones en un hito decisivo en la configuración de una
biografía. En pocos terrenos como en el contexto migratorio, el azar de nacer a un lado u
otro de una frontera deviene un hecho tan determinante. Este pensamiento puede
expresarse retóricamente con la ayuda de un lenguaje quizá melodramático pero no del
todo impropio: el sesgo que pueda adoptar una aventura migratoria está marcado por un
benevolente golpe de la fortuna o por un cruel golpe del destino. ¡Y cuánto juega el azar,
cuánto peso tiene a veces una pequeña circunstancia en los derroteros de la vida! Y ello
es así pese a que cuando se trata de encarar las cuestiones esenciales de la condición
humana, ya sea la vida o la muerte, el dolor o la enfermedad, el amor o la amistad, las
fronteras se nos presentan comúnmente como un elemento completamente inane y
artificioso.
El azar, la contingencia, la fatalidad, el capricho y la arbitrariedad son términos
estrechamente asociados a la realidad de las fronteras políticas y, por supuesto, a la
concreción de su trazado físico. Las fronteras son instituciones creadas y modificadas
por seres humanos con objeto de poner distancia con aquellos congéneres considerados
ajenos a la propia comunidad. De ahí que apenas tenga sentido hablar de fronteras
naturales, aunque algunas se apoyen parcialmente en diferencias del terreno. Son
constructos eminentemente histórico-políticos, líneas de demarcación geográfica
levantadas con la misión expresa de ordenar el mundo desde la óptica del poder. En su
origen atienden fundamentalmente a accidentes de la historia y raras son las veces en que
las razones que se adujeron para su trazado fueron legítimas, por mucho que luego
llegaran a ser sancionadas y reconocidas por la comunidad internacional. De pocas se
puede predicar que sean el resultado de planificaciones o de acuerdos consensuados entre
las partes, sino que son más bien el fruto de imposiciones. Con frecuencia detrás de su
establecimiento se esconden medios poco encomiables: conquistas, anexiones,
colonizaciones, cesiones sin consentimiento de la población, acuerdos leoninos, compras

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ilegales de territorios, etc. Ello no es óbice para que esos trazos se traspasen del papel al
terreno y que incluso se tornen en muros y alambradas, como si los países fueran
ciudadelas sitiadas. Aunque a veces no se advierte marca física alguna sobre el terreno,
mantienen en las mentes su significado como líneas divisorias que ponen aparte vidas y
haciendas. Pese a su carácter modificable, pues no hacen más que delatar las
sinuosidades de los avatares históricos, las fronteras acaban por arraigar profundamente
en el imaginario emocional de las poblaciones a las que en ocasiones separan y en otras
agrupan, de modo que llegan a convertirse en evidencias abrumadoras para quienes
habitan a uno u otro lado de ellas. Sus efectos son, sin embargo, ambivalentes. A veces
sirven de incentivo para conocer y entablar relación con el otro, pues no dejan de ser
zonas de contacto, umbrales de paso, intercambio y transacción. A veces, demasiadas
veces, se convierten en forzados instrumentos de incomunicación entre los seres
humanos y fuente de intoxicación que azuza las discordias.
Las fronteras establecen divisiones no sólo en los mapas políticos sino también en los
mapas mentales que organizan socialmente las diferencias: «Todas las fronteras son
función de una determinada cartografía y, en concreto, de una cartografía de las
identidades y de las pertenencias».1 De ahí que, además de las fronteras exteriores de los
Estados, existan también otras, trazadas de manera más difusa, en el interior del territorio
de su soberanía. A estas últimas las podemos designar fronteras internas, denominación
que Fichte acuñó a principios del siglo XIX en sus famosos Discursos a la nación
alemana para hacer referencia a líneas que, aunque están situadas «en todas partes y en
ninguna», no dejan de ser menos efectivas en su objetivo de trazar divisiones entre los
humanos. Marcan lazos invisibles, que unen a quienes hablan la misma lengua y
comparten ciertas tradiciones, y separan y excluyen al resto, a los otros. Son líneas quizá
más sutiles, pero que logran igualmente distinguir y separar, algunas veces con mayor
nitidez y otras con menor claridad, a quienes son miembros plenos de una comunidad
política de aquellos otros que, aunque convivan a diario en su seno, no pertenecen
formalmente a ella. Es ahí donde la institución jurídica de la nacionalidad funge de
segunda frontera, de barrera interna que compensa los efectos inclusivos de la entrada de
inmigrantes extranjeros, cuya presencia puede que se admita, pero siempre que no sean
equiparados con los nacionales del país. Esto lo experimentan en primera persona los
migrantes, pues migrar no es sólo cruzar fronteras, sino también establecerse al otro lado
de ellas y convivir con la gente que lo habita. De este modo, la referencia, y no tanto el
sentido, de la noción de fronteras se amplía significativamente hasta llegar a incluir
dimensiones morales, antropológicas y simbólicas. De ahí también que buena parte de la
reflexión filosófica sobre las migraciones no se refiera tanto al aspecto puramente espacial
de los cambios de ubicación que experimentan los individuos como a la múltiple
significación que adquieren los cruces de fronteras asociados a ellas, especialmente en los

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órdenes cultural, social, moral y político.
La relevancia política de las fronteras es indiscutible. La tuvieron en el pasado y la
siguen teniendo en el presente, hasta el punto de resultar inseparables de la construcción
por antonomasia de la modernidad política: los Estados. La entera comprensión
contemporánea de ese poderoso instrumento político (pese a la dura competencia que
padecen por parte de poderes alternativos de todo tipo, desde los múltiples organismos y
ordenamientos supranacionales hasta los intensos vínculos y redes transnacionales de
todo tenor ajenos al control estatal, pasando por los nuevos circuitos globales de
producción e intercambio de capitales) se focaliza en el espacio de soberanía que
administra sobre una población asentada en un territorio delimitado por fronteras
reconocidas internacionalmente. El ámbito jurisdiccional de los Estados se ciñe
precisamente al área acotada por sus fronteras y en ellas ejercen de manera ostensible su
soberano derecho de admisión.
Cayó el Muro de Berlín, máximo exponente de la división geopolítica del mundo de
ayer, y al poco se erigieron múltiples barreras, altas y sofisticadas, a lo largo de miles de
kilómetros de fronteras: en América, en África, en Asia y de nuevo en Europa. No
fueron construidas con el propósito de detener el avance de ejércitos enemigos, sino de
impedir el tránsito de personas desarmadas: en particular, de refugiados e inmigrantes. Se
lo dificultan y, de hecho, algunas están regadas con su sangre, pero no llegan a ser
realmente disuasorias. Las barreras se levantan, más bien, como símbolo de la exclusión
de los otros con la esperanza de tranquilizar así a los propios con la falsa imagen de un
orden reconfortante. Pese a la apariencia contraria, son expresivos signos de la manifiesta
incapacidad de los Estados de gobernar las dinámicas asimétricas desencadenadas por la
globalización.
El «efecto filtro» atribuido a las fronteras depende en gran medida del lado desde el
que se las pretende salvar. El cruce de una misma frontera puede constituir un auténtico
suplicio en un sentido y un mero paso franco en el contrario. Las diferencias relativas al
nivel de vida entre los países vecinos y el régimen político de cada uno de ellos
desempeñan un papel relevante. Y más decisivas aún que el origen de los
desplazamientos son ciertas propiedades sociales por las que son clasificados quienes los
llevan a cabo en primera persona, como el género, la etnia, la religión y, muy
especialmente, la nacionalidad. Estos atributos individuales pueden hacer también que el
cruce de una misma frontera sea un trámite llevadero o se torne en una extenuante
carrera de obstáculos.
Los individuos parecen así dividirse entre quienes son favorecidos por el destino y los
que son víctimas de la calamidad: una supuesta simetría o, más bien, una perversa
asimetría. La alta tasa de movilidad, una de las señas distintivas de los tiempos que
corren, se distribuye de manera jerarquizada entre los distintos moradores del planeta.

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Dicho aforísticamente: «Las élites son cosmopolitas; la gente, local».2 De poco importa
que los modernos medios de locomoción hayan relativizado la relevancia de la geografía
pulverizando las distancias: de todas maneras, sigue habiendo cosmopolitas y
provincianos. Cosmopolitas o globalizados que matan el espacio y viven en el tiempo,
para quienes lo lejano es cercano, de modo que la distancia, por ejemplo, entre Nueva
York y Ámsterdam no la marcan los casi seis mil kilómetros que separan ambas
ciudades, sino las siete horas del viaje en avión. Provincianos o localmente sujetos que
matan el tiempo como pueden, para quienes lo cercano es lejano, como en el caso de
aquellos marginados sociales que moran a escasos metros de un inaccesible barrio de
lujo, y viven así sin elección posible en un espacio acotado.
Para algunos, un mundo globalizado significa una efectiva ampliación del espacio de
sus vidas y, para otros, una drástica merma de su radio de acción. La movilidad no
significa en absoluto lo mismo para quienes toman el avión frecuentemente y no
experimentan más molestias que las derivadas de las formalidades del embarque que para
aquellos otros que, tras desistir del sueño de un visado imposible, cruzan las fronteras
apostando literalmente el único capital de que disponen: la propia vida. Mientras que
unos pueden desplazarse cómodamente por el mundo para disfrutarlo como turistas o
para hacer sus negocios, otros, los pobres, se arriesgan a moverse por él únicamente para
poder seguir viviendo. De este modo, «la libertad de movimientos, una mercancía
siempre escasa y distribuida de manera desigual, rápidamente se convierte en un factor
de estratificación en nuestra época».3 El propio lenguaje se hace eco de esta distinción
jerárquica y el uso cotidiano, nada neutral, de algunas palabras tiende a reflejarla:
movilidad es patrimonio de las clases más favorecidas del planeta, mientras que
migración se reserva para sus moradores menos pudientes.
Las fronteras en la era de la globalización están lejos, por lo tanto, de haber
desaparecido. Simplemente se han transformado y convertido en un mecanismo de
segregación selectiva, cuando no en un campo propicio para la vulneración masiva de
derechos. Con la liberalización del comercio internacional se ha diluido muy
significativamente su función de barreras aduaneras que protegen el mercado interno de
la competencia exterior, uno de sus cometidos tradicionales. Y para algunas personas,
como se ha señalado, son ya imperceptibles, pero para muchas otras siguen vigentes y
adquieren incluso el pérfido don de la ubicuidad, pues ahora pueden toparse con ellas
tanto fuera como dentro del territorio estatal. El control de las fronteras, especialmente
las de algunos países ricos, se ejerce cada vez menos in situ. Múltiples tareas de
vigilancia y de gestión de los pasos han sido deslocalizadas y transferidas a zonas de
soberanía de terceros países a los que se subcontrata como guardias fronterizos a
distancia, pero no por ello menos efectivos, tratando así no sólo de extender una suerte
de «cordón sanitario», sino también de diluir las responsabilidades ante posibles

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violaciones de derechos humanos.
Las trabas a la movilidad humana y al derecho a migrar se suelen justificar con
razones varias, entre las que frecuentemente desempeña un papel esencial la determinada
adscripción nacional que consta en ciertos documentos oficiales que toda persona debe
llevar consigo a la hora de viajar por el mundo. Sin su tenencia, son muchos los
individuos que no reciben el trato que todo ser humano merece. La carencia de un simple
visado o de un permiso puede ser el desencadenante de horripilantes experiencias, no
sólo de exclusión jurídica, sino de segregación social y explotación laboral. De esta simple
contingencia dependen en gran medida las opciones reales que una persona puede tener a
lo largo de su existencia. El origen nacional —o, más concretamente, la posesión de una
precisa documentación administrativa— sirve en muchas ocasiones de cualificado
predictor de las posibilidades de acceso a ventajas decisivas para el desarrollo de las
capacidades personales, empezando por la posibilidad de cursar estudios adecuados o la
de llevar una trayectoria profesional acertada. De este modo se vuelve patente que las
fronteras no son exclusivamente aquellos límites territoriales que tratan de restringir los
desplazamientos de las personas entre los Estados, sino también todas aquellas
demarcaciones que trazan líneas para la inclusión y la exclusión efectiva de los seres
humanos en el entramado social.
La nacionalidad condiciona, pues, el conjunto de oportunidades que cada cual puede
disfrutar en la vida. Esto es una evidencia en un mundo en el que, paradójicamente,
pocos se atreverían a defender en público que la desigualdad puede estar justificada en
razón del género o del origen étnico. El sentido de la justicia se resiente cuando los
atributos heredados o las circunstancias fortuitas de nacimiento, sobre los que los
individuos no tienen ningún control porque no son elegibles ni modificables a voluntad,
funcionan como legítimos instrumentos para la perpetuación de profundas y sustanciales
desigualdades en la vida de las personas, otorgando ilimitadas oportunidades a algunos y
escasas opciones a otros, hasta el punto de truncar el desarrollo de los planes de vida que
implican un mínimo de dignidad, despojando así de todo sentido el valor de la igualdad
entre los humanos.4
La nacionalidad no es una cualidad inherente al individuo, sino conferida por la ley.
Es una cualidad, además, moralmente irrelevante, pues, igual que otros atributos del
individuo, como el género y la etnia, no corresponde a ningún criterio de logro moral y
no cabe, por lo tanto, esgrimirlo como argumento para discriminar a nadie ni para
determinar lo que cada cual merece. La pertenencia oficial a un determinado Estado se
adquiere habitualmente al nacer, ya sea por hacerlo dentro de sus fronteras o por venir de
padres que ya son miembros formales de éste. Sobre alguno de estos dos accidentes se
construye el vínculo legal que une a cada individuo con un Estado de manera
permanente. Los derechos que puedan o no disfrutar las personas —y las situaciones de

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autonomía y emancipación o, por el contrario, de servidumbre y sometimiento en las que
puedan encontrarse— vienen determinados en la práctica por el nacimiento a un lado u
otro de una línea trazada con tinta sobre los mapas. Es un sistema de adjudicación del
todo arbitrario, pues está basado en una circunstancia completamente externa a los
méritos que cada individuo pueda acreditar, externa también a la dignidad a la que pueda
ser acreedor. Pascal lo expresó magistralmente en uno de sus Pensamientos: «El
nacimiento no es una ventaja de la persona sino del azar». Pero lo cierto es que el azar
con algunos se ensaña, mientras que a otros halaga, abriendo así inquietantes
interrogantes:

¿Por qué el accidente del nacimiento debe privilegiar a algunos al hacerlos ciudadanos de naciones benignas,
en tanto que a otros los condena a vivir donde la existencia es breve, brutal y repugnante? ¿Por qué los
primeros deben gozar la fortuna que significa pertenecer a una nación mientras que los segundos deben sufrir
los costos de pertenecer a otra?5

La nacionalidad tal vez sea actualmente el criterio legal más importante para la
asignación no sólo de derechos y obligaciones, sino de bienes y servicios.
Simultáneamente sirve como uno de los últimos criterios de discriminación legal. Que sea
lo habitual no significa, sin embargo, que resulte aceptable. Que el documento de
nacionalidad que uno porte determine las expectativas vitales resulta tan injusto como
que lo haga la extracción social, la filiación religiosa o el color de la piel, criterios todos
ellos que han quedado desacreditados. Nadie elige el lugar de su nacimiento y, por lo
tanto, nadie puede responder por ello. Tampoco nadie, en consecuencia, lo debería
esgrimir en su favor. «Aquellos que no son inmigrantes no han hecho nada para
convertirse en miembros de su sociedad»,6 y sin embargo disfrutan de un título heredado
con el que acceden a inmerecidos privilegios, vetados a quienes, viviendo en el mismo
territorio, no son miembros plenos de la sociedad. De ahí que no parezca descabellado
pensar que la nacionalidad opera como una suerte de «propiedad privada», y, si ello es
así, es ésta una analogía que por sus graves implicaciones ha de ser analizada
críticamente desde la perspectiva de la justicia.
Las fronteras han devenido instituciones selectivas y asimétricas. Fluctúan, vacilan y
no funcionan siempre del mismo modo ni son iguales para todos. Dependiendo del lado
de esas líneas en que uno haya nacido y se haya radicado, unas personas se encuentran
privadas prácticamente de cualquier protección jurídica, mientras que otras tienen
asegurados derechos y libertades básicos; unas están condenadas a permanecer en la
miseria más abyecta, al tiempo que otras, de manera igualmente inmerecida, son
premiadas con nadar en una abundancia al menos relativa; unas carecen de lo más
mínimo para llevar una vida digna, mientras que otras disfrutan ya de entrada de
infinidad de oportunidades materiales. Incluso la esperanza de vida de una persona

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nacida en un país rico y desarrollado y la de otra nacida en un país pobre puede llegar a
diferir en más de veinticinco años. No es demagogia ni retórica vana. Las diferencias de
renta dentro de cada país, siendo en muchos casos sumamente significativas, palidecen
ante la desmesura de las diferencias de renta entre los países, de tal modo que «hoy en
día posee mucha mayor importancia, globalmente hablando, haber tenido la buena suerte
de nacer en un país rico que el hecho de pertenecer a la clase alta, media o baja de ese
país rico».7 El principal factor de desigualdad entre los seres humanos no es el sexo, la
raza o la edad, sino el lugar en el que a uno le toca nacer en este mundo. Los mapas
políticos determinan a este respecto casi todo y el margen de maniobra que dejan es más
bien exiguo.
Las fronteras poseen evidentes implicaciones distributivas de alcance global. En
cuanto demarcaciones de las distintas jurisdicciones territoriales, plantean cuestiones que
están íntimamente conectadas con nuestro sentido de la justicia, incluyendo en éste, por
supuesto, los criterios empleados para proceder a la distribución de la riqueza, el acceso a
los recursos y el reparto de las cargas. Quien levanta, mantiene o hace valer una frontera
está diciendo que los del otro lado no son sus iguales y que para ellos no operan los
principios de justicia por los que él mismo se rige en la relación con los suyos. Este
planteamiento impera en múltiples esferas, pero donde su aplicación es prácticamente
automática es en aquellas cuestiones relativas a la asignación de recursos escasos. De
fronteras afuera, los principios de justicia distributiva no entran por lo general en
consideración. Los sistemas de derechos y garantías y, muy especialmente, de
prestaciones sociales destinadas a asegurar un mínimo distributivo se rigen por el
principio de territorialidad, de tal manera que se aplican en exclusiva —o, en el mejor de
los casos, de manera preferente— a aquella población que radica y ha perfeccionado sus
derechos en el propio país.
Las desigualdades generadas o consagradas por la división del mundo mediante
fronteras pueden ser concebidas por los individuos que las padecen como efecto de un
fortuito azar, de una aciaga lotería ajena a toda influencia humana. Lo cierto es, sin
embargo, que detrás de esas líneas divisorias hay o ha habido una clara voluntad de
poder y difícilmente puede afirmarse que sean frutos de la mera casualidad. En cualquier
caso, esas desigualdades benefician a unos y perjudican a otros. Apelar al azar no sería
sino una forma de ocultar el conjunto de condiciones estructurales que posibilitan o
impiden la solicitud de responsabilidades y la rendición de cuentas. De ahí la necesidad
de confrontar esa representación subjetiva con una sosegada pesquisa sobre las causas de
tales desigualdades y la cadena de efectos que propician complejos procesos sociales.
Sólo conociendo el origen causal de las desventuras es posible subvertirlas y ponerles
remedio. El fatalismo debe ser combatido, de modo que el campo de juego sea nivelado
aunque la partida ya esté comenzada. De entrada, habrá que cambiar la mirada sobre las

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víctimas de tales procesos, entre las que se encuentran quienes salen de sus países para
instalarse en otros. Si las implicaciones que derivan de las mencionadas circunstancias,
azarosas desde la perspectiva de los sujetos, pueden llegar a ser tan nefastas para sus
vidas, la decisión de migrar ha de ser concebida como un modo práctico de refutar el
fatalismo de haber nacido en un país desfavorecido y políticamente inestable. Migrar
debe ser entonces contemplado como una opción legítima que en principio no debe ser
obstruida.
Las fronteras no son inamovibles ni pueden ser presentadas como si fueran producto
de la fatalidad o de una catástrofe natural. Son más bien, como ya se ha reiterado,
resultado de decisiones humanas que responden a arraigados intereses y de las que
derivan beneficios para unos y perjuicios para otros. Es cierto que la facticidad de un
mundo estructurado en torno a Estados territoriales soberanos se nos impone a todos con
su enorme peso, pero eso no significa que sus perversas secuelas, incluidos intolerables
atropellos, estén por encima de toda evaluación crítica y hayan de ser toleradas. Es
precisamente nuestro sentido de la injusticia el que nos impele a rebelarnos,
mostrándose, como siempre, que representa «nuestra mejor protección contra la
opresión».8 Impugnar y, sobre todo, cambiar el estado de cosas vigente —las estructuras
sociales tanto en el plano estatal como global— puede ser demasiado costoso, pero esto
no quiere decir que sea una misión imposible. La visión fatalista de la historia humana,
que convierte a los individuos en víctimas de la necesidad o en favoritos de la fortuna, no
tiene la última palabra ni tiene que ser el árbitro final de la vida. El azar no es una
condena o una fatalidad ineluctable que no se pueda alterar, pues como bien dijo
Cervantes por boca de don Quijote: «Siempre deja la ventura una puerta abierta en las
desdichas para dar remedio a ellas» (el Quijote, primera parte, capítulo XV). Y cabe
cambiar el vigente estado de cosas también en lo que respecta a la vida de los migrantes.
El azar es un nombre más de los muchos empleados a lo largo de la tradición
occidental para referirse al territorio de lo irracional y, por extensión, de todo aquello que
escapa del control humano. Igual que las nociones de fortuna, fatalidad, necesidad,
ventura, suerte o destino, tales términos no son sino recursos retóricos usados
habitualmente como cobertura ideológica para justificar graves decisiones. Todos
necesitamos dar algún sentido a nuestras vidas, y para ello lo más socorrido es remitirse a
ciertas excusas fáciles, aunque apenas convenzan y su posible efecto balsámico se disipe
en poco, cuando el fatalismo cede ante la indignación. El recurso a la noción de azar o de
fortuna no suele tener mayor recorrido que el dialéctico e indica, en el mejor de los
casos, la confesión de la propia impotencia. A falta de mejor historia que contar, los
hombres, como lúcidamente señaló Hobbes (Leviathan I, 12), «invocaban su propio
ingenio con el nombre de Musas; su propia ignorancia, con el nombre de Fortuna». En
nuestros tiempos no cabe aducir sin más fuerzas ingobernables a modo de respuesta ante

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cualquier efecto indeseado derivado de la estructura social o de las acciones u omisiones
individuales. No en todo cabe invocar el destino o la necesidad como justificación.
Atribuir al ciego azar el origen de determinados fenómenos sociales desfavorables no es
más que un modo poco admisible de eludir o desplazar responsabilidades: «Una
insuficiente tapadera».9 Y tampoco cabe seguir mostrando indiferencia ante el grito de
quienes, desde la desesperación, vindican justicia.
Está ciertamente en nuestras manos concebir todo lo que nos acontece como un
golpe de fortuna o bien atribuirlo a alguna forma de injusticia, con la consiguiente
imputación de responsabilidades. Esta decisión previa cambia tanto el curso de los
acontecimientos como su interpretación y, por supuesto, también el carácter de nuestra
reacción. Calificar de injusticia una situación, y no fruto de un casual infortunio, implica
admitir que ha de ser rectificada. Así, y volviendo al tema de este libro, no es sostenible
afirmar que un mundo con fronteras cerradas para las personas o de exclusivo tránsito
bajo estrictos controles sea obra de la naturaleza o de un inmutable destino. Es, sin duda,
una construcción humana. Aunque no sea fácil atender a todas las variables en juego, no
se trataría entonces de ninguna fatalidad sobre la que no sea posible intervenir. Menos
aún lo es que las fronteras puedan presentarse como un legítimo obstáculo para la
movilidad ni que los derechos de las personas, incluidos los de vivir y trabajar en un
determinado lugar, dependan del lado de la frontera en que se haya nacido. Adquiere,
entonces, plausibilidad la idea de que la propia división del mundo mediante fronteras
políticas configura, objetivamente, una situación de injusticia estructural. Si esto es así, y
hay buenas razones para pensarlo, el discurso habría que plantearlo, en consecuencia, en
relación con las propiedades del modo en que está organizado el mundo humano. Y ese
discurso tendría que empezar por aclarar algunos malentendidos bastante frecuentes. Las
propiedades que caracterizan una situación injusta no se reducen a la suma de acciones
incorrectas perpetradas por las personas físicas (por ejemplo, actos de explotación, tratos
discriminatorios, vulneraciones de derechos, etc.). Es más, actuaciones personales
desarrolladas correctamente dentro de los marcos normativos aceptados pueden propiciar
y reproducir situaciones de injusticia estructural.10 Y en la evaluación normativa de esas
estructuras que dan lugar a resultados poco neutrales para la suerte de los individuos, el
recurso al lenguaje de la justicia no es ya discrecional sino estrictamente insoslayable:

La desigualdad está afectando ahora a personas que se encuentran en situaciones de desposesión por el azar
de haber nacido de aquel lado de la frontera de la fortuna. Entender esa situación como resultado de la suerte
sin introducir en ella consideraciones de justicia es tan irracional (o tan cínico) como los argumentos que en
su día se esgrimieron en Europa para defender los privilegios de algunos estamentos, como el de la
aristocracia y el clero, frente a la mala fortuna de haber nacido miembro de la plebe. 11

La fortuna y la justicia mantienen una relación extraña, pero no por ello menos sólida.

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No en vano un cometido propio de una sociedad bien ordenada consiste precisamente en
doblegar «las arbitrariedades de la fortuna» y transformarlas en justicia. Se respondería
así a un viejo sueño del racionalismo occidental que busca dominar todo aquello que
elude el control humano. John Rawls, el más reputado teórico contemporáneo en materia
de justicia social, parte del supuesto de que «nadie merece una mayor capacidad natural
ni tampoco un lugar inicial más favorable en la sociedad»,12 y concibe la lucha por la
justicia como un modo de minimizar o al menos mantener bajo control las diferencias
entre los individuos derivadas de tales contingencias. Se trata de afrontar de la manera
más equitativa posible los efectos desestabilizadores de la denominada «lotería natural»
con objeto de no viciar desde un inicio la aplicación del principio de igualdad de
oportunidades. Si bien los accidentes naturales y demás desventajas contingentes son
inevitables, una sociedad justa ha de empeñarse en que los damnificados sean
compensados «en dirección hacia la igualdad».13
Son numerosos, sin embargo, los filósofos políticos que, situados precisamente en la
estela de Rawls, mantienen una conspiración de silencio con respecto al papel que
instituciones sociales como las fronteras o la pertenencia nacional juegan en la génesis de
situaciones en las que algunos individuos se encuentran ya de partida en desventaja y,
por ende, en la reproducción de un orden social injusto. Este punto ciego es una omisión
incomprensible en una teoría que pretende dar respuesta a las demandas de justicia en
nuestro mundo. El marco de referencia sigue siendo para ellos, como en el mundo previo
a los procesos de globalización, cada uno de los Estados ya constituidos, en cuyo interior
se dirimirían los criterios para la buena ordenación de la sociedad. Para llevar a cabo esta
empresa colectiva no contarían quienes están fuera formalmente de la comunidad
nacional y, menos aún, quienes llaman a su puerta. Las obligaciones de justicia
únicamente son vinculantes para aquellos que forman parte de una comunidad política y
viven bajo un mismo ordenamiento constitucional. Frente a esta visión alicorta, aún
dominante en la filosofía política, han ido surgiendo diferentes voces que afrontan el
hecho de las fronteras interestatales desde la perspectiva de la justicia global con objeto
de domeñar los efectos de un azar poco inocente. Es en esta corriente —hasta ahora
minoritaria, más bien— donde se encontraría la presente investigación sobre el tema de
las fronteras en su relación con la justicia en el contexto de las migraciones
internacionales.
Como materia de análisis, las migraciones internacionales son una realidad harto
compleja y multiforme, de modo que son varias las disciplinas académicas que desde
hace tiempo se ocupan de su estudio, sobre todo en el ámbito de las ciencias sociales: la
demografía, la antropología, la sociología, la ciencia política o el derecho, aunque, más
recientemente, desde la filosofía moral y política también se ha empezado a abordar esta
cuestión y se cuenta ya con algunas aportaciones importantes, como las reflexiones de

18
índole normativa desarrolladas por Joseph H. Carens, Phillip Cole, Seyla Benhabib,
Ermanno Vitale, Sandro Mezzadra, Gabriel Bello y Ayelet Shachar. Si bien aún es
frecuente que algunos filósofos miren con reserva a colegas que se ocupan de asuntos tan
mundanos y contingentes, el estudio de las migraciones internacionales es, en realidad,
una cuestión insoslayable para cualquiera que cultive hoy en día la filosofía política.
Constituyen «el fenómeno que condensa gran parte de las tensiones y los desgarros de
nuestro tiempo»,14 sobre todo de aquellos generados por el desarrollo neoliberal de los
procesos de globalización. Representan, en cualquier caso, un destacado ámbito de la
realidad donde, en diálogo con las ciencias sociales, tratar de verificar la solvencia y el
alcance de esos planteamientos altamente teóricos con los que los filósofos habitualmente
andamos ocupados. Los imperativos de la justicia, así como sus distintos correlatos (la
equidad, la igualdad o la paridad) y negaciones (la discriminación, la relegación o la
explotación), se ponen a prueba en ese escenario real conformado por el cúmulo de
circunstancias que se congregan alrededor de los procesos migratorios. En torno a esta
realidad cotidiana se plantean toda una serie de preguntas que ponen en juego nuestro
sentido de la justicia: ¿en qué circunstancias, si es que las hay, tenemos el derecho de
sellar las fronteras y excluir a los que pretenden entrar?, ¿tenemos la obligación de
extender la ciudadanía a los inmigrantes que ya viven entre nosotros?, ¿sobre qué base
podemos otorgar o negar la igualdad de derechos políticos y civiles?, ¿qué pasa con las
personas que han violado las reglas de residencia o que nunca fueron autorizadas a
establecerse legalmente?, ¿bajo qué condiciones estaría justificada su deportación? En
definitiva, ¿qué puede decirnos la inmigración acerca del significado de las fronteras
estatales? Sin pretender dar respuestas cerradas, en este libro se exploran las bases
normativas desde las que abordar tal tipo de cuestiones.
Desde el marco normativo proporcionado por los valores democráticos liberales,
algunas de las prácticas políticas desplegadas por los Estados en materia migratoria
pueden ser defendidas, mientras que otras no sólo podrían ser censuradas, sino que
tendrían que ser objeto de una profunda revisión. La reflexión distanciada y crítica,
propia del pensar filosófico, acerca no sólo de los hechos que se dan cita en los procesos
migratorios, sino de los presupuestos desde donde abordarlos, es un hueco aún no del
todo cubierto. Inherente a la filosofía política es la preocupación por nutrir la reflexión
sobre lo común con referencias solventes a los problemas reales y sustantivos del entorno
social. Es ahí donde se incardinaría el presente libro: ubicado en la intersección entre la
sociología, la ciencia política y el derecho, encuentra en la filosofía política su principal
sustrato teórico. Se haría aquí propia una filosofía en cuyo planteamiento programático
se integran de manera irrenunciable tanto realismo como idealismo político; esto es, una
filosofía cuyo ámbito de reflexión específico sería aquel terreno de lo social en el que es
posible cambiar y también responder y dar cuenta de manera pública y racional.

19
Modificabilidad de lo real y responsabilidad pública se remiten mutuamente como
condiciones constitutivas de la filosofía política. Esencial para ello es la convicción de
que la filosofía hay que llevarla a los espacios públicos y hacerla mundana y
reivindicativa, pues de lo contrario perecerá por irrelevante.
El sistema migratorio de numerosos países desarrollados se caracteriza, al menos en
su praxis básica, por su elevada concentración en la irregularidad migratoria. La mayor, y
a veces única, preocupación tanto de las políticas nacionales como de los acuerdos
supranacionales es la lucha contra la inmigración ilegal, producida ya sea por la forma de
acceso o por el régimen de estancia. Que su gestión se conciba en una perspectiva
policial es, sin duda, su primera y más directa consecuencia. Más grave aún es que, en
este contexto que propicia que los migrantes se muevan en condiciones de precariedad y
vulnerabilidad, menudeen las violaciones a los derechos humanos y las situaciones de
injusticia. Vincular la política migratoria al valor de la justicia está precisamente en el
horizonte de este trabajo, así como la convicción de que este ideal ha de inspirar y
vertebrar las políticas que se propongan como alternativas al patrón actualmente vigente.
Objetivo no oculto sería contribuir también a la deliberación pública sobre un asunto que,
como el de las migraciones, a todos nos involucra como ciudadanos. El primero y
fundamental avance podría llegar por vía negativa: en la dilucidación y enjuiciamiento de
la situación en la que nos hallamos, al calibrar la distancia que nos separa de los ideales
normativos de justicia que los derechos humanos encarnan. En un momento posterior se
trataría también de presentar propuestas para una comprensión más integral del
fenómeno migratorio, para lo cual resulta vital ir más allá de los límites del Estado
nacional y situarse en la esfera supranacional, un espacio de interacción que ha de dejar
de ser pensado al margen de las consideraciones de la justicia. La construcción de
instituciones para la gobernanza global es, sin duda, una condición necesaria para que
países emisores y receptores de migración den con soluciones equitativas.

Este libro no es sino la culminación de una labor que se ha dilatado a lo largo de años. El
inicio de su larga gestación se remonta a la participación durante los años 2002-2006 en
la Red Europea de Investigación y Formación Applied Global Justice (HPRN-CT-2002-
00231), financiada por la Comisión Europea dentro de su 5º Programa Marco, y en
particular en el grupo que tuve el honor de liderar, dedicado al tema «Right to
Migration». A partir de esa estimulante experiencia de cooperación internacional, los
diversos escritos previos que se encuentran en la base de este libro fueron surgiendo al
hilo de mi actividad como investigador principal en varios proyectos de investigación
financiados a través de convocatorias públicas españolas encuadradas en el Plan Nacional
I+D. El primero, desarrollado entre 2007 y 2009, estaba dedicado al tema «Políticas
migratorias, justicia y ciudadanía» (HUM2006-01703/FISO). El segundo, ejecutado

20
entre 2010 y 2013, se titulaba «Integración, participación y justicia social. Ejes
normativos de las políticas migratorias» (FFI2009-07056). Y entre 2014 y 2017 se
encuentra en marcha un tercer proyecto, que lleva por título «Derechos humanos y
justicia global en el contexto de las migraciones internacionales» (FFI2013-42521-P). Por
su parte, la Alexander von Humboldt-Stiftung me financió varias estancias de
investigación en la Technische Universität de Berlín, en cuyo Departamento de Filosofía
he encontrado el ambiente ideal para completar la elaboración de esta monografía. Del
Instituto de Filosofía del CSIC (Madrid), de cuya plantilla de investigadores formo parte,
siempre he recibido el impulso necesario para proseguir con mis investigaciones. El
patrocinio de las citadas instituciones ha sido de capital importancia, y es de justicia
agradecerlo aquí.
Más decisivas aún que las instituciones son las personas, y el presente trabajo no
podría haberse llevado a cabo sin el sostén de amigos, colegas y estudiantes que me han
proporcionado datos, observaciones y matices, de cuyo uso sólo yo soy responsable. La
investigación y, aun en mayor medida, la escritura son aventuras solitarias que, sin
embargo, difícilmente logran arribar a buen puerto sin un ambiente propicio. Por eso,
muestro mi enorme gratitud a los miembros del Seminario Permanente que han
constituido el núcleo de los tres últimos proyectos antes citados, y en particular a
Fernando Bayón, Carmen Doménech, Noelia González Cámara, Marta Irurozqui,
Michael Janoschka, Maria Caterina La Barbera, Daniel Loewe, Ana López Sala, Silvia
Marcu, Cristina Santamarina y José Antonio Zamora. Este grupo multidisciplinario ha
sido el mejor ambiente para discutir ideas y propuestas, además de un continuo estímulo
para mis reflexiones sobre las políticas migratorias. Otros amigos y colegas han sido
también fundamentales en esta labor y, a riesgo de dejar fuera a algunos, no puedo dejar
de mencionar con gratitud los nombres de María Jesús Beltrán, Jesús Casquete,
Francisco Colom, Víctor Granado, Lorenzo Peña, Javier Sánchez y Ana Zelin.
En último lugar, aunque no en relevancia y afecto, agradezco a Astrid Wagner, mi
mujer, su apoyo incondicional y constante aliento personal e intelectual. Y una mención
muy especial a nuestros hijos Rafael y Adrián por abrirme a la perspectiva de sus limpios
ojos de pequeños hombres que no conocen fronteras. Este libro se lo dedico a los tres,
como magra compensación por el tiempo que les he robado con mi ensimismado
enclaustramiento.

Madrid y Berlín, octubre de 2015

21
22
I. Desafíos políticos de los países
de inmigración

Los movimientos internacionales de población, un fenómeno social de alcance


rigurosamente mundial, constituyen uno de los grandes temas de nuestro tiempo.
Estamos inmersos en la era de las migraciones,1 y ello pese a que no representan en sí
mismas ninguna novedad, sino más bien una constante histórica, una práctica tan antigua
como la propia condición humana.2 Sobre el hecho de que la especie humana es desde su
origen una especie migratoria existen en realidad pocas dudas. El desplazamiento a lo
largo y ancho del globo terráqueo en búsqueda de un entorno propicio donde satisfacer
las necesidades básicas o mejorar las condiciones de vida es «una cualidad innata» de los
seres humanos, una cualidad que «ha hecho posible la supervivencia de cazadores y
recolectores, la dispersión de la especie en los continentes, la difusión de la agricultura, el
asentamiento en espacios vacíos, la integración del mundo, la primera globalización del
siglo XIX».3 Migrar ha sido desde siempre una forma de responder y adaptarse a las
cambiantes condiciones del medio ambiente y a los desafíos generados en el interior de
los espacios sociales. Más allá del valor funcional de las migraciones, que en cada
momento podrá variar, su práctica responde a la propia constitución anatómica del ser
humano y, por ende, a rasgos de un profundo sustrato antropológico: «El hombre no es
un árbol: carece de raíces, tiene pies, camina. Desde los tiempos del Homo erectus
circula en busca de pastos, de climas más benignos, de lugares en los que resguardarse de
las inclemencias del tiempo y de la brutalidad de sus semejantes».4
Si hay algo que, no obstante, pueda considerarse novedoso en torno a las
migraciones, sería el hecho de que se han convertido no sólo en un factor estructural de
primer orden en el mundo de hoy, sino en un complejo y permanente reto que requiere
respuestas políticas que las sociedades contemporáneas no siempre están en condiciones
de proporcionar. La inmigración representa en este sentido un campo de prueba
privilegiado para indagar los límites normativos del orden institucional, de sus
contradicciones y tensiones internas. En este capítulo inicial se señalarán, a lo largo de
sus distintas secciones, algunas de las facetas más señeras del sistema político de las
sociedades receptoras, que se ven cuestionadas o incumbidas directamente por las
diversas dinámicas puestas en marcha por los procesos migratorios. En los capítulos
sucesivos, cada una de estas distintas cuestiones será analizada de una manera más

23
detallada y específica.

24
1. SOBRE LA SIGNIFICACIÓN POLÍTICA
DE LAS MIGRACIONES INTERNACIONALES

Las migraciones internacionales forman parte destacada, como se acaba de indicar, de la


imagen de nuestro tiempo. Los intensos flujos registrados en la última década del siglo XX
y en la primera del actual no constituyen, sin embargo, el primer gran movimiento
migratorio de alcance mundial registrado en la historia. Hay constancia de que en el
periodo comprendido entre 1850 y 1913 emigraron unos 120 millones de personas, con
un protagonismo muy destacado de ciudadanos europeos. Afectó a 8.5% de la población
mundial, que en el año 1850 ascendía a unos 1 300 millones y en 1900 a 1 600 millones
de habitantes.5 Los flujos actuales son proporcionalmente bastante menores, ya que entre
los años 1900 y 2010 la población mundial se ha más que cuadriplicado, hasta alcanzar 7
000 millones de seres humanos. Con todo, en las cuatro últimas décadas se ha registrado
un constante y acelerado incremento: en 1970, unos 82 millones de personas vivían fuera
de sus países de origen; en 1990, 154 millones; en 2000, 175 millones, y en 2013 lo
hacía 3.2% de la población mundial, esto es, unos 232 millones.6 Juntos conformarían el
quinto país más poblado del mundo. Por lo demás, estas cifras no incluyen obviamente
las ingentes migraciones internas,7 ni permiten saber tampoco cuántas son las personas
que tras dejar su tierra son rechazadas en las fronteras de los países en los que ansían
instalarse o en las de aquellos que se interponen en su camino. Pese a esa apreciable
aceleración de los desplazamientos, si se tiene en cuenta la magnitud de las desigualdades
de ingreso entre los distintos países, la tasa de seres humanos que viven en uno distinto al
que los vio nacer sigue siendo relativamente pequeña. En todo caso, ello no constituye
óbice alguno para que las migraciones internacionales representen una cuestión
descollante en la agenda política de la mayor parte de las sociedades contemporáneas.
En las últimas dos décadas ha crecido espectacularmente el grado de mundialización
del sistema migratorio, al menos en un doble sentido: aumento de la diversidad de las
regiones receptoras e incremento de las áreas de origen. El fenómeno migratorio se
reparte de forma progresivamente multipolar a lo largo del planeta y los flujos
internacionales se han diversificado en estos años, aunque no de modo homogéneo. Han
aparecido nuevos destinos migratorios: así, por ejemplo, la zona del Golfo Pérsico se
encontraría entre las más pujantes en los últimos años.8 Por su parte, los
desplazamientos entre países económicamente subdesarrollados o en vías de desarrollo
(82.3 millones) ya han alcanzado las mismas dimensiones que los traslados de tales
países hacia los más ricos (81.9 millones). Con todo, Europa, con 72 millones, y Asia,
con 71 millones, acogen a casi dos tercios de las personas migrantes internacionales de
todo el mundo. A continuación estaría América del Norte y luego, ya a bastante distancia,

25
seguirían África, América Latina y el Caribe, y Oceanía. Ésta tuvo el mayor porcentaje
de migrantes internacionales en relación con su población (16.8%), seguida de América
del Norte (14.2%) y Europa (9.5%). En las otras tres áreas continentales, el porcentaje
es inferior a 2% de su población. Se registra además un elevado grado de concentración,
pues los 10 países con mayor número de migrantes internacionales acogen a 52% de la
población migrante mundial. Y en uno solo, los Estados Unidos, residen 20% de todos
los migrantes internacionales (42.8 millones).
En todo caso, el número de países implicados de modo directo en los procesos
migratorios internacionales ha aumentado considerablemente. Mientras que en el pasado
tan sólo unas pocas regiones del planeta se encontraban afectadas significativamente por
la emisión o la recepción de flujos de población, hoy éstos son un fenómeno global en el
que están involucrados prácticamente todos los países del mundo, bien sea en calidad de
punto de emigración, de inmigración o de tránsito. En realidad, son cada vez más los
países que asumen simultáneamente estos tres papeles, aunque el peso de cada uno de
ellos puede variar en un corto plazo.9 Así, en momentos de crisis económica el rasgo
dominante que determina el perfil migratorio puede invertirse, de modo que un país de
inmigración se torne en uno de emigración, o viceversa. Estos cambios, más o menos
coyunturales pero nada anómalos, deberían brindar también la oportunidad para
reflexionar sobre la estricta condición universal de los procesos de movilidad.
En consonancia con la dimensión planetaria alcanzada por los flujos migratorios
internacionales, resulta bastante plausible concebirlos como el correlato —en el ámbito
específico de la movilidad humana— de ese cúmulo de acontecimientos, procesos y
experiencias sociales que por comodidad son subsumidos bajo el genérico rótulo de
globalización. En el transcurrir actual de las migraciones se vislumbra sin dificultad ese
complejo proceso de cambio sociológico y de mentalidades por el que los límites del
espacio de intercambio humano se hacen coincidentes con los límites físicos del globo
terráqueo. La globalización, en su fase contemporánea, ha modificado al menos en un
triple sentido las condiciones cognitivas y materiales en las que los individuos emprenden
la aventura migratoria: en primer lugar, el proceso globalizador ha generado, al menos
hasta el momento, un aumento de las desigualdades en el planeta (y, en especial, un
considerable ensanchamiento de la brecha de rentas y salarios entre unos países y otros);
en segundo lugar, los medios de comunicación globales hacen aún más perceptibles tales
desigualdades, y, por último, la mejora y el abaratamiento de los medios de transporte
aéreo facilitan significativamente la movilidad humana.10 Pese a ello, la supresión de
barreras y la liberalización de flujos, que son consustanciales a las dinámicas expansivas
de tales procesos globales, no se han extendido a los movimientos protagonizados por
personas, que son tratadas de manera selectiva cuando no discriminatoria.
La globalización, noción habitualmente asociada a la desaparición de fronteras, queda

26
entonces truncada, pues al tiempo que se multiplican las iniciativas para estimular la
fluidez de las corrientes financieras y comerciales y crear espacios económicos sin
barreras, se desarrollan iniciativas dirigidas a intensificar el control y restringir la
movilidad internacional de la mano de obra. El resultado es una situación paradójica que
puede describirse con un elocuente oxímoron: globalización fronterizada.11 Esta
flagrante contradicción suscita una serie de interrogantes que afectan a los actuales flujos
migratorios y que tienen su reflejo en las condiciones onerosas que con frecuencia
padecen los migrantes12 en nuestros días. Aunque solamente fuera por ello, el estudio de
las migraciones se torna sumamente relevante para rehacer en el escenario
contemporáneo de la globalización una teoría comprensiva de la estratificación social que
dé cuenta de las diversas formas de discriminación que se registran por razones de origen
nacional, raza, género y clase.
Los migrantes no se encuentran solos en la aventura de la movilidad humana.
Además de ellos, son muchas las personas que de manera más o menos temporal están
desplazadas y viven fuera de su país de origen o de su lugar habitual de residencia:
turistas, estudiantes, investigadores, peregrinos, temporeros, empleados de empresas
multinacionales e instituciones internacionales, hombres de negocios, etc. Conforman
todas ellas una sociedad en movimiento y comparten similitudes por encima de rasgos
distintivos: «Migración y turismo forman polos dentro de un continuum de movilidad
temporal que abarca todas las formas actuales del desplazamiento».13 El turista y el
migrante no son, pues, dos realidades tan disímiles como con frecuencia se pretende
hacer ver: aunque por motivos distintos y con distinto grado de necesidad, uno y otro
responden a una común disposición hacia el nomadismo. El hecho es, sin embargo, que
aunque la vivencia del mundo como un sistema de desplazamiento global representa una
experiencia ampliamente compartida, transversal a casi todos los países y agudizada más,
si cabe, en nuestra época, no todos cuentan con las mismas facilidades. Las personas que
se mueven anualmente por el mundo en condición de turistas se acercan a los mil
millones y la percepción social de la que son objeto es ampliamente positiva: todos los
países pugnan por atraerse una cantidad mayor de ese enorme volumen y remueven
todos los obstáculos para que tales individuos puedan cruzar sus fronteras con
comodidad. Por el contrario, los migrantes no siempre son bienvenidos y la repercusión
de su presencia es objeto de juicios enfrentados.
Los efectos de la extensión del fenómeno migratorio se notan en los más variados
aspectos de la vida social tanto de los países receptores como de los emisores,
provocando, entre otros, cambios sustanciales en la demografía (que, según se ponga el
foco en las regiones receptoras o en las emisoras, no sólo se traducen en un aumento o
disminución de la población, sino en su rejuvenecimiento o envejecimiento) y
considerables alteraciones en la estructura del mercado de trabajo. Por su parte, las

27
grandes ciudades de los países receptores han ido adquiriendo un carácter abiertamente
cosmopolita, sin duda uno de los efectos más visibles de los movimientos masivos de
personas. Las nuevas ciudades globales son grandes urbes multiculturales donde la suma
de las diversas minorías étnico-culturales representa en ocasiones la mayoría de su
población. Resultado de los flujos migratorios globales sería asimismo, por poner otro
ejemplo en un terreno nada anecdótico, la ampliación del pluralismo religioso en las
sociedades de acogida (véase infra, capítulo IV), pues los inmigrantes, cuando tienen
amparadas sus opciones religiosas por las leyes de los países donde instalan su nueva
residencia, propagan sus propias formas de entender la religión. De este modo, algunas
confesiones han incrementado su peso gracias a los flujos migratorios mientras que el de
otras se ha visto reducido.14 La sensación subjetiva de desarraigo que puede propiciar la
desubicación generada por haber emigrado da lugar, en ocasiones, al fortalecimiento de
los vínculos tradicionales y a la búsqueda en las comunidades religiosas de un lugar de
refugio y compensación.15 Estos cambios de mentalidad y de filiación religiosa son
ciertamente relevantes (pues, entre otras razones, muchas normas básicas para la vida
cotidiana tienen sus raíces en las religiones) y se encuentran entre los que son percibidos
habitualmente como indicadores de una supuesta «pérdida de identidad» de la sociedad
receptora.
Entre las facetas de la vida social donde las repercusiones de los flujos de personas
son especialmente perceptibles se encuentra también el ámbito económico. En este
campo, algunos de los efectos más evidentes derivan de las remesas monetarias que los
emigrantes envían a sus allegados.16 Su relevancia no puede ocultarse: «Las remesas son
el principal mecanismo para transferir recursos del país vecino rico al pobre. Algo que
también es cierto a escala global, donde hoy las remesas de los migrantes son el principal
trasvase de riqueza entre el mundo desarrollado y los países precarios».17 Constituyen,
en el caso de muchos países, un instrumento mucho más eficiente para su prosperidad
que las ayudas al desarrollo remitidas por los países más boyantes.18 Con independencia
del uso que se haga de ellas, son en cierta medida un programa de ayuda administrado
por los propios emigrantes19 y además de una cuantía mucho mayor que los programas
oficiales: representan tres veces más que el conjunto de la ayuda pública al desarrollo. De
hecho, la economía de muchos países en desarrollo depende en un grado considerable de
las remesas de sus emigrantes. Por otro lado, la presencia de migrantes propicia un
aumento tanto de las exportaciones como de las importaciones entre los países de origen
y destino. Y aunque las migraciones provocan en los países emisores pérdidas
significativas de población en edad de trabajar y mano de obra cualificada, también se
registra, en caso de retorno, un aumento del nivel de capacitación y, por ende, del capital
humano.
La enumeración de dimensiones de la vida social que se ven conmocionadas de una u

28
otra manera por los masivos movimientos de personas ciertamente podría alargarse,
pero, en cualquier caso, quedaría mutilada si en ella se omiten las repercusiones en la
esfera política. La clave política es fundamental para lograr una comprensión cabal del
fenómeno migratorio, una cuestión que es eminentemente un asunto de derechos y
ciudadanía, aunque no sólo eso. La inmigración desafía las formas en que la gente, sobre
todo en las sociedades democráticas, piensa la ciudadanía, la pertenencia, los derechos y
las responsabilidades, pero también valores tan centrales como la libertad, la igualdad y la
participación política. Dichas sociedades son escenarios de continuas e intensas
controversias sobre el acceso a la nacionalidad, la integración de los inmigrantes, los
trabajadores temporales, los inmigrantes irregulares, la reagrupación familiar y la acogida
de refugiados. Tales polémicas no son meras manifestaciones discursivas o retóricas de
los espacios públicos, sino que responden a una conflictividad de fondo que no puede
ocultarse y cuya etiología es heterogénea. Una tipología básica y bastante convencional
de la conflictividad puede ser diseñada en función de la dimensión de la vida social —o,
si se prefiere, del subsistema social— que se vea afectada en cada caso: política,
económica o cultural. En la dimensión económica se presenta como conflictos de clase o
de intereses materiales; en la política, como conflictos de poder o de derechos, y en la
cultural, como conflictos de estatus o de identidades. Los tres tipos de conflictos pueden
darse de manera independiente y también solaparse entre sí. La complejidad de los
procesos migratorios abarca ciertamente las tres dimensiones mentadas, y los potenciales
conflictos pueden aparecer por separado en cada uno de los tres ámbitos o también de
manera conjunta. Aunque los conflictos más típicos en relación con las migraciones
suelen conceptualizarse como conflictos de estatus o de identidades (autóctonos versus
inmigrantes), muchas veces esta presentación no hace sino ocultar conflictos de carácter
económico y político.
La intensa impronta dejada por las migraciones es perceptible, de hecho, en el núcleo
sensible del poder político y de la convivencia social, hasta el punto de que algunos
relevantes elementos articuladores del Estado moderno se han visto profundamente
afectados: la noción de soberanía nacional, la integridad de las fronteras, el sentido de la
ciudadanía, los límites del Estado de bienestar o las formas culturales de la identidad
colectiva y de la lealtad política. Si la soberanía exclusiva sobre un determinado territorio
ya ha sido profundamente erosionada por los procesos de globalización (como se muestra
en la creciente incapacidad de la mayoría de los Estados de gobernar los flujos exógenos
que trastocan su propio ciclo económico), la imposibilidad de mantener la integridad de
las fronteras ante la constante presión migratoria no ha hecho sino magnificar este
proceso. La institución de la ciudadanía, por su parte, ha sido puesta en entredicho como
mecanismo jurídico de inclusión social y marcador de la pertenencia política, ya que con
la inmigración se pone a prueba el supuesto carácter hermético de la comunidad política.

29
La presencia de población inmigrante hace aflorar, en ciertos casos, problemas de
sostenibilidad de los servicios y recursos asistenciales que prestan los Estados,
visibilizando conflictos que estaban ya latentes y poniendo en cuestión los límites de la
solidaridad social. Con los movimientos migratorios, también la identidad colectiva se
vuelve mucho más compleja y plural, incidiendo con ello en las fuentes de la lealtad de
los ciudadanos hacia el poder establecido. Con todo, no se agota ahí el alcance político y
normativo de las migraciones: con la puesta en marcha de determinadas políticas
migratorias también pueden verse alterados valores y normas básicos de las diversas
sociedades, incluso aquellos sobre los que pivota el sistema democrático.

30
2. LA CUESTIÓN MIGRATORIA EN LA ESFERA POLÍTICA

Las migraciones no son en absoluto un fenómeno nuevo; lo que resulta nuevo es la


manera en que son percibidas socialmente. En los tiempos que corren, y pese a la
normalidad con la que los procesos migratorios se insertan en la experiencia humana, es
habitual asociarlos con términos más bien peyorativos, como problema, peligro,
amenaza y drama, que revelan un juicio —o, más bien, un prejuicio— que contrasta
abiertamente con el que suelen suscitar otras formas de movilidad. Por el contrario, la
mera posibilidad de vincular el término migraciones a nociones como oportunidad,
recursos, bendición o savia nueva, por señalar algunas opciones alternativas bastante
ajustadas y nada desdeñables, resulta para muchos completamente extemporánea.
Un modo en principio neutral de caracterizar la significación política del fenómeno
migratorio es presentarlo como un desafío, un término empleado habitualmente para
caracterizar cuestiones sometidas a fuerte controversia pública. Con el uso de este
vocablo se subraya la gravedad y la relevancia del asunto en cuestión; con su abuso, sin
embargo, se contribuye a trivializar problemas que han de afrontarse de una manera
insoslayable y rigurosa. Entre los asuntos que realmente merecen esta calificación
podrían enumerarse el medio ambiente, la seguridad internacional, el acceso a las
materias primas estratégicas y la salud humana, así como también los movimientos
migratorios transfronterizos. Todas estas cuestiones representan auténticos desafíos,
incluso de naturaleza global, no exentos además de una considerable carga de «riesgo»
compartido, como señalaría Ulrich Beck.20 En particular, la potenciación del fenómeno
migratorio a escala internacional plantea innegablemente serios retos para la gestión
cotidiana de la vida en común de cualquier sociedad, desafíos que, como se irá
señalando, van mucho más allá del hecho coyuntural de que la migración —y
especialmente la inmigración, esto es, el desplazamiento de personas visto desde el país
receptor— se haya convertido en numerosos casos en una cuestión de preocupación
social y en un arma arrojadiza en la contienda política diaria.
La gran atención prestada al tema migratorio por parte de la opinión pública de los
países más involucrados y su conceptualización como desafío no suelen derivar, sin
embargo, de una consideración sosegada de todas sus implicaciones. Ese enorme interés
es inseparable del encuadre a través del que de manera mayoritaria se percibe
socialmente el tema y se afronta políticamente. Entre los encuadres posibles, se opta
preferentemente por aquel que lo vincula negativamente con la seguridad, una noción
que ha sido elevada a la categoría de valor supremo. En aras de la seguridad, la atención
humanitaria y el cumplimiento de los compromisos internacionales en materia de
derechos humanos quedan en un segundo plano. Este enfoque, que ha ido imponiéndose

31
gracias al empeño conjunto de destacados agentes políticos y potentes altavoces
mediáticos, apenas deja margen para visiones alternativas, como podría ser, por ejemplo,
la caracterización de los migrantes como sujetos damnificados por los procesos de
globalización. Sea como fuere, lo cierto es que, aunque la dimensión securitaria del
fenómeno no sea la esencial para su cabal comprensión y tratamiento, los movimientos
migratorios internacionales de las últimas dos décadas tienen lugar en un contexto de
creciente control de la movilidad humana y de fortificación de las fronteras estatales.
Según repiten autoridades nacionales y organismos internacionales (como la Unión
Europea), se ha de reforzar el control de las fronteras con el fin de mejorar la lucha
contra el terrorismo internacional, la inmigración irregular y la delincuencia organizada.
Sin aparente dificultad, la inmigración queda insertada en una misma frase en medio del
terrorismo y la delincuencia, como si el migrante, el terrorista y el delincuente fueran
figuras equivalentes. Los tres fenómenos no tienen en común más que el hecho de que
son tratados efectivamente como si fueran peligrosos asuntos propios de la policía y, en
definitiva, como algo que hay que combatir como objetivo social y políticamente
prioritario.21 La fijación de este tipo de preferencias sirve para justificar los posibles
efectos colaterales en la dignidad y los derechos de quienes migran. La preocupación por
la justicia social se ve así desplazada por el afán de seguridad, una tendencia que
conduce a la configuración de un modelo de sociedad excluyente y controladora. La
exclusión y la desigualdad socioeconómica son señalizadas como problemas de
criminalidad y no como problemas propiamente políticos, y, en consecuencia, se emplean
predominantemente instrumentos del sistema penal para tratar de solucionar problemas
de clara etiología social. En el ámbito de las políticas migratorias, el primer efecto de
estos cambios reconocibles en la mayoría de los países receptores se cifra en el aumento
de los canales irregulares de acceso y, por ende, en un notable incremento de los flujos
de migrantes indocumentados. A partir de ahí el discurso securitario dominante se
retroalimenta: logra describir de manera convincente el fenómeno migratorio en clave de
riesgo o de amenaza latente y lo sitúa en las partes centrales de las agendas nacionales e
internacionales con una intensidad ignota en épocas anteriores. Un caldo de cultivo sobre
el que no por casualidad se ha desarrollado toda una pujante y lucrativa industria.22
Aunque ahora pueda parecer extraño, esta manera de considerar las migraciones
pacíficas como una amenaza no fue siempre la dominante. Hubo épocas —y no muy
remotas— en las que las personas que migraban apenas encontraban impedimentos, eran
bienvenidas e incluso incentivadas.23 Hasta el siglo XIX los controles fronterizos eran más
bien, en términos generales, mínimos, precarios y, en cualquier caso, proporcionales a la
limitada capacidad técnica de llevarlos a cabo.24 ¿Cómo es posible que los controles se
hayan vuelto especialmente restrictivos y que, sobre cualquier otra consideración, impere
la prevención ante los flujos migratorios? No hay una respuesta clara, pero no cabe duda

32
de que la cuestión de la movilidad humana «ha eclosionado y se ha instalado en el seno
de las sociedades en términos de conflicto».25 La cuestión se percibe ahora con un temor
bastante semejante al que suscitó antaño la movilización del proletariado: «Un fantasma
recorre el mundo y es el fantasma de la migración», tal como afirman Hardt y Negri26 no
sin cierto sarcasmo. Caben versiones diferentes acerca de cuándo se produjo esta
inflexión, aunque lo cierto es que empezó a resultar bastante notoria a partir del momento
en que sucedieron acontecimientos de significación geopolítica tan relevantes como la
caída del Muro de Berlín y el derrumbe del bloque soviético, esto es, coincidiendo con el
fin del mundo bipolar vigente hasta ese momento. Desde entonces, y de manera
agudizada a raíz de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 y de la
desmesurada intensificación de los mecanismos de control —bajo la cobertura de
legislaciones y procedimientos de excepción— no sólo en las fronteras, reforzadas en
muchos casos con muros y vallas, sino también en los aeropuertos e incluso en el interior
del territorio de cada Estado, las migraciones internacionales comienzan a verse asociadas
de manera prácticamente indiscriminada con asuntos de seguridad nacional. En torno a
esta presunta evidencia se ha generado un amplio consenso. Los argumentos de
seguridad han logrado tal preeminencia que los Estados ya no precisan argüir otros
motivos, quizá menos defendibles y elegantes, para imponer mayores controles en las
fronteras. Sea como fuere, las políticas de contención de los movimientos de población
han pasado a constituir el núcleo del esfuerzo regulativo en materia migratoria y, en
consecuencia, a formar parte destacada de la agenda política, un cambio nada
insustancial que ha trascendido a la opinión pública y teñido de intolerancia el discurso
cotidiano sobre el fenómeno.
El enfoque securitario adolece del grave defecto de focalizar la atención en los
procesos migratorios como si se tratara de un fenómeno aislado y ajeno al resto de las
dinámicas sociales. Se minimiza así su condición movilizadora del entramado social y, en
definitiva, su condición de oportunidad por todo lo que encierra de potencial contribución
al desarrollo humano y de factor de creatividad y dinamismo socioeconómico.27 Una
visión holista, que encuadre las migraciones en procesos amplios y multidimensionales,
resulta imprescindible para evitar respuestas de excepcionalidad. Sólo así será posible
mantener un discurso público sobre las migraciones que destaque sus beneficios sin
ocultar por ello sus dificultades.

a) Las migraciones como objeto


de políticas públicas

Aun aceptando que la opción de emigrar pueda entenderse como fruto de una decisión

33
racional tomada en último término por individuos que tratan de maximizar sus propias
oportunidades vitales, existen factores estructurales que pueden llegar a condicionar tales
decisiones, como, por ejemplo, las oportunidades de desarrollo objetivas que ofrezcan los
países de origen y de destino o las demandas de los mercados laborales internacionales.
Las políticas de admisión desplegadas por numerosos países, sobre todo a partir del siglo
XIX, también se encuentran, por supuesto, entre los factores relevantes para el
encauzamiento o desvío de las corrientes migratorias. Al respecto, es clara la influencia
ejercida por la ideología de la homogeneidad cultural del Estado-nación —a veces con un
sesgo claramente racista— en la regulación de la entrada selectiva de inmigrantes, que
durante largos periodos caracterizó la actuación de muchos gobiernos en esta materia.28
Los Estados son actores sumamente influyentes en los procesos migratorios y con sus
actuaciones configuran «un corpus normativo y político que afecta al transcurrir de los
desplazamientos interfronterizos de personas».29 Pese a ello, hasta hace relativamente
poco las aproximaciones académicas tendían a subestimar el papel de los Estados en el
control y regulación de las migraciones.30 Sin embargo, en un mundo como el
contemporáneo, con una traza westfaliana aún nítidamente perceptible, organizado
políticamente «en Estados legalmente soberanos y mutuamente excluyentes» (véase más
adelante la sección 1 del capítulo II), es manifiesta la incidencia de su acción en el
transcurrir de los flujos de población. Las migraciones implican, por definición, el cruce
de fronteras estatales, es decir, la transferencia de una persona «de la jurisdicción de un
Estado a la de otro»,31 y ello conlleva también cambios relevantes en su estatus jurídico.
La actuación de los Estados, que mantienen el monopolio de la legalidad, no sólo es
determinante en el momento inicial del acceso al territorio, sino, de manera aún más
duradera e incluso crónica, en el periodo de asentamiento y residencia de los migrantes.
La regulación del complejo fenómeno migratorio ocupa actualmente, tal como se ha
indicado, un lugar destacado en la agenda de casi todos los países del mundo. Los
gobiernos han ido tomando conciencia de la necesidad de ofrecer una respuesta en
materias legal e institucional a un fenómeno de carácter permanente que puede llegar a
alterar cualitativamente la estructura demográfica, social, laboral, económica y cultural de
un país. El control, la gestión y la integración de los movimientos internacionales de
personas se presentan como un policy field de creciente y prioritaria relevancia. En
paralelo, se ha extendido el empleo del término «política migratoria», bien sea en singular
o en plural, para referirse, dicho de una manera bastante concisa pero no inexacta, «a la
intervención gubernamental con intención de dirigir, planificar y sostener los flujos
migratorios».32 Las políticas públicas sobre la cuestión comprenden toda una amplia
gama de medidas necesarias para abordar la tramitación de los procesos migratorios de la
manera más eficiente posible para los intereses del Estado.33 Objeto de las mismas
serían, entre otras, las siguientes cuestiones:

34
las condiciones de acceso al territorio, incluyendo en ellas tanto el control de las
fronteras como la regulación de la documentación requerida para la entrada;
las condiciones de permanencia en el territorio (regulación de los permisos de
residencia y trabajo, requisitos para el empadronamiento municipal, prácticas de
identificación y controles policiales en la vía pública, derechos de los trabajadores
migrantes, regulación de los procedimientos de expulsión, requisitos del derecho
de asilo, condiciones para la adquisición de la nacionalidad, etcétera);
las diversas medidas de integración (inclusión en las estructuras de protección
social, alfabetización y enseñanza del idioma oficial, mediación cultural,
reconocimiento de las asociaciones representativas, consejos consultivos de
inmigrantes, políticas activas contra la xenofobia y el racismo, etcétera);
las políticas de codesarrollo con los países emisores de migración.

Este extenso elenco de medidas encuentra en la práctica un desarrollo bastante


desigual. En muchos casos la política migratoria queda reducida a un mero modelo más o
menos articulado de gestión de flujos, esto es, a un conjunto de medidas jurídicas y
administrativas dirigidas a regular las condiciones de entrada y de estancia de los
extranjeros. En este terreno es común el uso del sintagma gestión migratoria y con él
todo un vocabulario tecnocrático de cuyo trasfondo es preciso ser consciente para evitar
derivas indeseadas. Lejos de ser una cuestión apta únicamente para expertos, en la
definición y puesta en marcha de tales medidas deben estar involucradas todas las partes
afectadas, no sólo las grandes fuerzas políticas. En realidad, las políticas migratorias no
se conforman exclusivamente en las instancias gubernativas y administrativas ni en las
sedes de los partidos políticos. Particularmente en estos temas, dichas instancias se ven
obligadas a mantener la mirada atenta sobre todo lo que se mueve en la esfera pública y,
en especial, en los sondeos de opinión.
La política migratoria es un campo de intervención pública sometido a múltiples
tensiones, en cuyo origen casi siempre se encuentra un fuerte desajuste entre el número
de candidatos a la emigración y las expectativas de las sociedades receptoras. Articular
una política en este terreno conlleva la tarea de conciliar valores e intereses a veces
contrapuestos, representados por una pluralidad de actores individuales y colectivos, de
instituciones públicas y privadas. Para lograr una sociedad integrada en clave
democrática, una sociedad en la que tanto nacionales como extranjeros estén equiparados
en derechos y obligaciones, el acomodo de los migrantes debe comprenderse como un
proceso cooperativo en el que todos los participantes tengan voz, incluidos gobiernos y
sociedad civil de los países emisores, las poblaciones receptoras y, sobre todo, los
propios migrantes.
La respuesta política ante las migraciones tiene también un impacto en las estructuras

35
institucionales y a veces encuentra su reflejo más directo en la creación ad hoc de nuevas
agencias administrativas encargadas de gestionar medidas y recursos destinados a los
inmigrantes. Las políticas migratorias pueden adoptar un sesgo de políticas para los
inmigrantes e incluso dentro de ellas puede distinguirse entre intervenciones directas e
indirectas, de modo que puede registrarse una infinidad de opciones que mutan, a veces
radicalmente, de país a país. Y dentro de un mismo Estado no es raro que coexistan
políticas de acción positiva para los inmigrantes, que pueden provocar reacciones de
rechazo de la población autóctona, junto con reiterados controles policiales movidos por
aspectos fenotípicos de los inmigrantes más frecuentes y la negación de derechos
políticos básicos. Si desde una perspectiva comparada puede observarse, no obstante, un
cierto proceso de convergencia, ésta podría imputarse fundamentalmente a dos factores:
«El desarrollo de la doctrina internacional de los derechos humanos y la semejanza de los
problemas que hay que afrontar».34 A esa aparente convergencia tampoco le sería ajeno
el hecho de que las políticas migratorias hayan devenido en un elemento más de la
geopolítica, de modo que «la movilidad de la población y su control se negocian como si
fueran problemas geográficos y demográficos, siempre supeditados al interés primordial
del aseguramiento del espacio nacional y comunitario».35
Aquellas sociedades que en un corto periodo han pasado de ser centros emisores de
emigración neta a países de inmigración, como sucede con algunos Estados sureños de la
Unión Europea (especialmente España e Italia y, en menor medida, Grecia y Portugal),36
han de proceder a una reinvención de sus patrones de integración y, a la postre, de su
propia autoconciencia como comunidad política. A diferencia de lo que sucede en otras
regiones europeas con mayor experiencia en esta materia, en dichos lugares, que
empezaron a recibir un número considerable de inmigrantes a partir de la década de
1990,37 se carecía de los mecanismos institucionales y del necesario rodaje
administrativo en lo referente a la regulación y gestión interna de la inmigración. Estas
lagunas pueden resultar explicables porque los procesos de acomodación son de largo
recorrido y no caben improvisaciones. La circunstancia de que hasta fechas muy
recientes la inmigración no tuviese un impacto real en la vida de algunas sociedades
podría tener al menos una ventaja, que habría de ser aprovechada por los políticos y
gestores de esos países, a saber: mirarse en el espejo de lo ya realizado en otras latitudes
no tan lejanas y analizar las causas de los errores cometidos y de los logros obtenidos.
Además de la tendencia a pensar que la propia situación es siempre distinta, algo que
obstaculiza el proceso de aprendizaje, lo cierto, con todo, es que en ningún lugar existe
un modelo de tratamiento de los flujos migratorios que resulte completamente ejemplar,
de modo que siempre será necesario innovar a la hora de diseñar y poner en marcha
ulteriores propuestas. Incluso sociedades con notable bagaje en el acomodo de la
inmigración aún no han terminado de procesar esos cambios ni de resolver situaciones

36
conflictivas, como se muestra en los múltiples problemas de adaptación e integración que
experimentan en mayor o menor medida casi todos los países del norte de Europa, donde
con frecuencia los hijos y nietos de inmigrantes —muchos de ellos ya nacionalizados—
ponen en entredicho modelos de gestión de la inmigración que hasta hace poco parecían
consolidados.
La dimensión trans y supranacional de los movimientos de personas ha de estar
siempre presente si el objetivo fijado es lograr un planteamiento realista de la cuestión a
partir del cual resulte factible adelantar posibles medidas para su correcto encaje.
Abordar temas polémicos con distancia incluso física ayuda ciertamente a reducir la carga
pasional y partidista. Éste sería sin duda el caso de muchos de los asuntos vinculados a la
cuestión migratoria. Si a ello se añade que, por su propia naturaleza, las migraciones
internacionales requieren contemplarse desde una perspectiva no estrictamente nacional,
se acumulan las razones para preconizar la puesta en marcha de mecanismos de
cooperación intergubernamental. La mayoría de los Estados receptores, incluidos los de
dimensión media, no disponen de los medios necesarios para controlar sus fronteras y
mucho menos para conocer las tendencias que se registran del otro lado. Sin conocer las
condiciones que motivan la aparición de flujos migratorios, así como su mantenimiento o
su reversión, a tales países les resultará difícil desarrollar una política que no vaya a
remolque de hechos consumados. Lo mismo cabría afirmar de los países emisores, que
también impulsan políticas migratorias, aunque de signo distinto, tendentes a veces a
reducir la salida de sus conciudadanos y otras a incrementarla, así como a mantener y
potenciar los lazos con aquellos que ya se han marchado. Unos y otros no dejan de
preocuparse por el denominado capital humano que estaría en juego con los flujos de
población. El énfasis en la cooperación entre los países de origen y de destino, que
fomente un desarrollo integral de los primeros y un cierto sosiego a los segundos,
constituiría por tanto un planteamiento obligado incluso desde una perspectiva
estrictamente realista. Con todo, y pese a la naturaleza de las razones recién aducidas,
dada su complejidad y por cuestiones de economía argumentativa, las políticas
migratorias se abordarán en este libro fundamentalmente desde la perspectiva de los
países receptores. Es preciso, no obstante, dejar constancia de que los procesos
migratorios son constitutivamente fenómenos transnacionales y tienen fehacientes
repercusiones en todos los países implicados.

b) Migraciones, metáforas y lenguaje político

No puede aprehenderse intelectualmente ninguna parcela de la realidad sin recurrir al


filtro proporcionado por un marco interpretativo, que por fuerza habrá de ser de

37
naturaleza lingüística. Las metáforas, que sirven de suelo nutricio a la formación de
conceptos, son elementos constitutivos de las generalizaciones usuales en la
configuración de tales marcos. El uso de la metáfora, en cuanto figura estilística del
lenguaje y forma radical de analogía, no es exclusivo de la creación literaria ni de la
retórica, sino que constituye más bien una herramienta cognitiva profundamente anclada
en el habla coloquial. También en la actividad científica su empleo es recurrente, siendo
particularmente habitual en el ámbito de la investigación social, donde se hace un uso
extensivo de su fuerza representativa. El estudio del fenómeno de las migraciones
tampoco es ajeno a esa tendencia. De hecho, la forma en que se piensan y se tratan los
actuales movimientos migratorios es, en gran medida, cosa de metáforas.
Las migraciones se nos presentan con frecuencia enmarcadas en torno a
determinadas figuras metafóricas, a veces implícitas y otras manifiestas. De ahí que
resulte sumamente ilustrativo el análisis del modo en que en la esfera pública —sobre
todo por parte de los medios de comunicación— se abordan las noticias relacionadas con
la cuestión migratoria, de cuál es el enfoque elegido, el diseño de presentación y las
estrategias discursivas. Como señala Rodríguez Borges: «Quienes poseen los medios para
definir los términos de una cuestión controvertida predefinen la forma de evaluarla y las
posibles soluciones».38 En esa tarea de definición, el empleo de determinados recursos
expresivos condensados en metáforas revela un determinado sustrato ideológico nada
neutral. Las metáforas iluminan determinados aspectos de la realidad, realzándolos, y
dejando otros, por el contrario, en la sombra. Ayudan a comprender la complejidad, pero
a costa de simplificarla e incluso de desvirtuarla. Si las metáforas se cosifican y se
convierten en lugares comunes, pierden su capacidad evocadora. Las metáforas devienen
entonces instrumentos de dominación simbólica. Y quien construye el sentido de las
cosas, naturalizando una determinada visión del mundo, es quien consigue a la postre la
hegemonía en el tablero político. Las metáforas son necesarias para captar nuevas
conexiones en el mundo, pero son instrumentos provisionales, valiosos ciertamente, que
nunca remplazan el análisis ni la crítica.
Las metáforas más recurrentes a la hora de referirse a las migraciones suelen ser de
carácter hídrico. Las migraciones se asemejan a flujos, corrientes y olas. Y cuando se
alude a ellas de manera amplificada y se quiere denotar que la situación se encuentra
desbordada y resaltar su carácter incontenible, entonces toman el carácter de oleadas,
mareas, avalanchas, aluviones y riadas. Pueden emplearse, sin duda, con destreza y
eficacia literaria: «¿No hay entonces manera alguna de restringir o poner coto a la marea
migratoria que, desde todos los rincones del Tercer Mundo, rompe contra el mundo
desarrollado?» 39
Sabemos que el lenguaje humano está modelado por metáforas que con el tiempo
tienden a convertirse en expresiones literales y acaban adquiriendo la consistencia de

38
categorías.40 De este modo, lo que empieza concibiéndose como si fuera una desgracia
natural, un nuevo tipo de inundación o de huracán, acaba percibiéndose efectivamente
como tal. Las migraciones, en vez de ser identificadas, por ejemplo, como movimientos
que se estructuran dentro de un sistema internacional de producción, son equiparadas a
una manifestación de la naturaleza. El lenguaje peculiar con el que para muchos es
costumbre referirse a tales cuestiones migratorias es así, además de tosco, marcadamente
naturalista. Parece así inevitable la asociación más o menos explícita con la noción de
catástrofe, cuando no con un fenómeno bélico, al que aluden términos como
desembarco, infiltración y, sobre todo, invasión, a los que además se les añade
adjetivos como masiva, incontrolada y desbordante. En correspondencia con ello, las
fronteras ofrecerían agujeros y se presentan como coladeros. Conceptos igualmente no
analíticos, sino meras expresiones de un sentimiento de inquietud o acaso de un cierto
síndrome de saturación, son otras imágenes que se han hecho usuales: umbral de
tolerancia o presión migratoria. Se pone así en juego toda una jerga tecnocrática y
opaca que, con un cierto tono de objetividad, pretende reducir y ocultar la complejidad
del mundo. Y éste es, básicamente, el marco lingüístico en el que se llevan a cabo los
procesos de percepción, interpretación y valoración social de la compleja fenomenología
de las migraciones.
Puesto que el empleo de las palabras nunca es ingenuo, la popularización de términos
con connotaciones bélicas, como algunos de los mencionados, denota una toma de
posición nada amistosa ante el fenómeno que delata un cierto «síndrome de asedio»,
cuyo paso siguiente sería expulsar al infiltrado y elevar muros de separación: un «coto
vedado», por utilizar una metáfora de origen cinegético. Se trataría de una forma de
pensar que considera que sólo manteniendo extramuros a los inmigrantes es posible
conservar las posiciones de privilegio en el interior, aunque para ello se requiera adoptar
actitudes agresivas. Vale que todos usemos metáforas en el lenguaje cotidiano, pero no es
honesto presentar como hechos lo que no son sino imágenes o figuras estilísticas. Los
inmigrantes, por regla general, no van armados ni conforman un colectivo organizado ni
pretenden dominar ningún territorio. Se arguye también, en esa misma línea, el
indeclinable deber de los Estados de defender la integridad de sus fronteras (sacrosanta
misión que haría bueno cualquier medio empleado). Esto nadie lo pone en duda ante una
amenaza militar, ante un ejército que pretendiera ocupar el territorio soberano de un
Estado. Pero es igualmente un abuso del lenguaje blandir este deber ante individuos cuyo
único móvil es la supervivencia o la mejora de sus condiciones de vida y que, en
absoluto, buscan arrasar las vidas o las haciendas de la gente del lugar donde buscan
instalarse.
Existe una clara tendencia a dramatizar la envergadura real de los flujos migratorios,
aunque para ello se incurra en una deliberada negligencia y en una injustificable

39
frivolidad. El caso de las 25 000 personas llegadas a Italia entre febrero y mayo de 2011,
esto es, desde el comienzo de la revolución democrática en Túnez y el inicio de la guerra
civil que por entonces azotó a Libia, resulta representativo de una forma muy peculiar de
abordar estas cuestiones. Ya el 9 de marzo la portada del diario El País, con foto
incluida, titulaba: «Las oleadas migratorias por las revueltas árabes desbordan Italia».
Aunque en el interior la información precisa: «Italia ha recibido desde enero a 8 000
refugiados», se había sucumbido al síndrome imperante de mostrar firmeza ante la
invasión de inmigrantes ilegales.41 Se había optado por este encuadre en lugar de tratar
el asunto como una clara cuestión de migración forzada por el conflicto bélico y, por
ende, atendible bajo la figura jurídica del solicitante de asilo.42 Y también se habían
podido poner las cifras en relación con la población y los recursos de un país como Italia
y señalar —para acercarse a la descripción de la realidad— que lo que acaso estaba
«desbordada» era la minúscula isla de Lampedusa, pero no el país entero. El lenguaje
hiperbólico se utilizaba de nuevo, con el mayor descaro y sin la menor responsabilidad,
para ocultar la realidad. La sorprendente receptividad de algunas mentiras es un
fenómeno en absoluto ajeno a la corrupción del lenguaje. El tratamiento periodístico de
un caso posterior puede también ilustrarnos acerca de la tendencia a militarizar el
discurso sobre la migración irregular. En la edición del 16 de octubre de 2012 el diario
español El Mundo titulaba una noticia en los siguientes términos: «“Invasión en toda
regla” de 300 inmigrantes», con el agravante de que lo entrecomillado es reproducción
literal de la calificación que la delegación del gobierno en Melilla dio al cruce de la
reforzada valla fronteriza con Marruecos en esa ciudad por parte de un nutrido grupo de
inmigrantes subsaharianos.
Giros retóricos como los recién expuestos no sólo señalan, exagerándola, la cantidad
de inmigrantes que llegan, algo que ha calado en el imaginario colectivo como si
estuviéramos ante «invasiones masivas», sino que refuerzan, al introducirse en el
lenguaje ordinario, la idea de la siempre presupuesta hostilidad de los extranjeros que
arriban y de lo pernicioso de su influencia. Tales apreciaciones sólo se aplican a los
inmigrantes desfavorecidos y no a otra categoría de personas que llegan todos los años en
un volumen muchísimo mayor al territorio de esos mismos países: los turistas. Cierto que
los turistas son una categoría de interés y de valor económico, de modo que sería de mal
gusto referirse a ellos con las citadas expresiones metafóricas. Queda así patente que el
tratamiento informativo de la materia es en absoluto inocente: «La manera de hablar de
la inmigración y los inmigrantes transparenta qué idea tenemos de ellos, cómo los
percibimos y de qué forma pretendemos relacionarnos con ellos».43 Muchas actitudes
ante la inmigración se sustentan en creencias débilmente fundamentadas, en opiniones y
prejuicios. No se forman de un modo racional en debates sostenidos públicamente. A ese
déficit de racionalidad contribuyen los medios de comunicación, responsables de la

40
creación de estados de opinión nada favorables.
El empleo del lenguaje metafórico se ve potenciado por el abuso de una iconografía
selectiva, que en el caso de los países del sur de Europa está dominada por las imágenes
mil veces repetidas de pateras, cayucos y barcos atiborrados. Esos humildes medios de
navegación se han convertido en imágenes cargadas semánticamente que transmiten el
drama de un fenómeno, al tiempo que reducen su complejidad. Más recientemente han
encontrado especial eco las imágenes de nutridos grupos de inmigrantes intentando saltar
los muros y las vallas que protegen las fronteras terrestres de los países más prósperos.
Estas representaciones inciden en los discursos políticos, y viceversa: ambos se
retroalimentan y se condicionan mutuamente.
La colonización del lenguaje mediante metáforas hostiles al fenómeno migratorio no
facilita el establecimiento y menos aún la consolidación de una sociedad democrática
integradora. Si se pretende conseguir este objetivo, resultaría preciso contrarrestar estas
representaciones y legitimaciones xenófobas, contestándolas y desmontándolas una a
una. A nadie se le escapa que esta infinita tarea se presenta como digna de un Sísifo,
pero es una tarea indispensable. Las palabras deben ser objeto de un cuidado exquisito en
una democracia, en cuya esencia se encuentra precisamente el gobierno mediante la
palabra. Las palabras han de ser precisas y claras, de modo que no induzcan a engaño.
Distorsionar el lenguaje es extraordinariamente grave en política, pues, a diferencia de lo
que sucede, por ejemplo, en el mundo académico, ciertas palabras pueden arruinar la
vida de muchas personas. El lenguaje empleado predefine la forma en que evaluamos las
migraciones y, lo que es sin duda más importante, las propuestas que podamos formular
para convivir con ellas.

41
3. INMIGRACIÓN Y CIUDADANÍA / NACIONALIDAD

Sin analizar las mutaciones y tensiones que marcan hoy la teoría y la práctica
institucional de la ciudadanía, es difícil pensar los procesos migratorios en términos
políticos. Lo contrario tampoco se presenta muy viable, pues, lejos de ser variables
independientes, los nexos que mantienen entre sí son de carácter bidireccional: por un
lado, el replanteamiento general de la ciudadanía en las actuales sociedades constituye el
contexto discursivo en el que ha de ser leído el significado político de las migraciones
contemporáneas; por el otro, las demandas de reconocimiento formuladas por los
inmigrantes —y las diversas agrupaciones que los apoyan— inciden directamente en la
comprensión actual de la ciudadanía. Por una y otra razón se impone la atenta
consideración de esta categoría clave del discurso político contemporáneo.
La intensa recuperación que la noción de ciudadanía ha experimentado en las últimas
décadas es una de las novedades más reseñables en el panorama actual de la ciencia y la
filosofía políticas. Y no sólo ahí, también en el plano de la praxis política nos
encontramos con innumerables testimonios de la dimensión emancipadora adquirida por
los valores cívicos. No obstante, el hecho de que constituya un término estrella en el
debate político actual no implica que su significado sea inequívoco y menos aún que sea
objeto de una generalizada aprobación:44 «No hay una noción más central en la política
que la de ciudadanía, y ninguna más variable en la historia o más impugnada en la
teoría».45 Aunque esta sentencia es de hace más de dos décadas, las razones en que se
apoyaba apenas han cambiado.
En su ya dilatada historia, el significado del término ciudadanía ha ido modulándose
hasta llegar a incorporar un inmenso caudal semántico, un capital sumamente sugestivo y
movilizador de la acción colectiva. Dado que nociones tan valiosas como las de
igualdad, participación y pertenencia forman parte de su núcleo duro, la ciudadanía se
presenta como una categoría multidimensional en la que cabe distinguir al menos tres
acepciones diferenciadas: un estatus jurídico-político personal, un conjunto de prácticas
políticas participativas y la expresión de una identidad individual y colectiva.46
En lo que hace a la posesión de un determinado estatus legal, la ciudadanía denota
adscripción de derechos, así como pertenencia a una comunidad política, y de este modo
su significado se funde con el de nacionalidad, otra relevante institución jurídica. De
hecho, ambas nociones comparten un campo semántico tanto en el lenguaje ordinario
como en el especializado. Aun sin estar clara la distinción, el término nacionalidad
denota más bien la pertenencia formal y abstracta a un determinado Estado o comunidad
política, y sólo en esa medida constituye el criterio básico para la adscripción de

42
derechos, mientras que con ciudadanía se suele poner el acento sobre la panoplia más o
menos amplia de derechos —sobre todo, de participación política— atribuidos a los
individuos.47 La ciudadanía —y esta acepción no la compartiría con el término
nacionalidad— se nos presenta como un conjunto de múltiples prácticas de participación
e integración en la esfera político-social. Con la noción de ciudadano se alude al
individuo como agente político activo, contrapuesto así a las figuras de mero habitante
de un territorio y de súbdito pasivo.48 Si el ciudadano es todo aquel que es partícipe de la
soberanía, la ciudadanía sería entonces sinónimo de pueblo, en el sentido de depositario
colectivo de la soberanía.
La confusión entre nacionalidad y ciudadanía deriva, muy probablemente, de la
práctica común de los Estados modernos de conceder automáticamente los derechos de
ciudadanía, incluyendo la participación plena en la vida política, a todos los nacionales,
bien hayan nacido como tales o se hayan naturalizado, y denegárselos de entrada a los no
nacionales. De hecho, con el auge de los Estados nacionales, nacionalidad y ciudadanía
llegaron a solaparse entre sí hasta devenir categorías equivalentes: «La pertenencia a la
nación coincidía con la pertenencia al Estado y a la titularidad de los derechos de
ciudadanía».49 Pese a esa sinonimia fáctica, cabe señalar algún matiz diferenciador:

Hoy en día, tanto la ciudadanía como la nacionalidad se refieren al Estado nacional. Si bien en esencia el
concepto es el mismo, cada uno de los términos refleja un marco legal distinto. Ambos identifican el estatuto
legal de un individuo en términos de pertenencia al Estado, pero la ciudadanía se limita en gran medida a la
dimensión nacional, mientras que la nacionalidad se enmarca en la dimensión jurídica internacional en el
contexto de un sistema interestatal. 50

Más que términos sinónimos en sentido estricto, ciudadanía y nacionalidad


representan dos caras de la misma moneda. La ciudadanía mostraría la cara interna y la
nacionalidad, la externa: con la ciudadanía se focaliza la atención sobre el espacio político
interno, mientras que la nacionalidad se hace valer preferentemente en el ámbito
internacional. Son pocos, sin embargo, los ordenamientos jurídicos que diferencian
ambos términos con nitidez, y entre ellos se encontrarían el mexicano y el colombiano.51
En general, unos han optado por el de ciudadanía (como el francés, el italiano y el
norteamericano) y otros por el de nacionalidad (como el alemán; en el caso español, en
su sistema jurídico la ciudadanía no posee propiamente carta de naturaleza). A lo largo de
este libro, mientras no se indique expresamente lo contrario, se tenderá a emplear tales
términos como nociones intercambiables.
Lejos de ser una curiosa casualidad, la sinonimia verificable en el uso habitual de
ciudadanía y nacionalidad no sólo evidencia la estrecha interdependencia que ambos
términos mantienen en la práctica: también es una afirmación conceptual cargada de
consecuencias jurídico-políticas, pues sobre ella se asientan las bases del modelo de

43
ciudadanía nacional, cuya vigencia es precisamente objeto de debate en las sociedades
contemporáneas marcadas por el fenómeno migratorio y la diversidad cultural. Que la
sinonimia se dé por sentada no implica negar la conveniencia de redefinir ese tradicional
vínculo entre ambos términos y de postular, en consecuencia, una nítida disociación, por
muy difícil que resulte trazar la línea de demarcación que los separe. Ese estrecho nexo
impone un pesado lastre a la concepción de la ciudadanía en la medida en que estipula
que el pleno reconocimiento de los derechos fundamentales, incluidos los políticos, está
ligado necesariamente a la previa posesión de la nacionalidad, que es lo que sucede en la
práctica.
En tanto que la totalidad de los derechos sea únicamente reconocida a los nacionales,
nacionalidad y ciudadanía seguirán siendo efectivamente términos sinónimos. Hay que
precisar, no obstante, que la imbricación de ambos términos se carga de sentido tan sólo
a partir del apogeo de los Estados nacionales, entidades que «habían hecho de la
nacionalidad un prerrequisito de la ciudadanía y de la homogeneidad de la población la
característica más sobresaliente del cuerpo político».52 La nación representada como
cuerpo social homogéneo funciona como un dispositivo excluyente tanto respecto a
aquellos grupos minoritarios nativos que poseen características étnico-culturales
diferentes al grupo mayoritario como respecto a la población extranjera. La cuestión
cambia radicalmente cuando se sale de la lógica del Estado-nación y se articulan otros
criterios para asignar derechos (por ejemplo, la residencia o la relación laboral): entonces
la ciudadanía se disocia, al menos parcialmente, de la nacionalidad. La proliferación de
migrantes internacionales tiene la virtud de poner de manifiesto la distancia efectiva
existente entre ambas categorías.
Más allá de que el estatus de ciudadanía se haya ido extendiendo por prácticamente
todos los países a la par que el planeta se ha configurado políticamente como un sistema
de Estados soberanos, puede señalarse un dato contrastable y muy elocuente para
mostrar el dinamismo y también un cierto grado de confusión exhibido por el
pensamiento contemporáneo al reflexionar sobre esta noción. Sólo en el intervalo
comprendido entre 1989 y 1999 se presentaron en el ámbito anglosajón al menos 10
elaboradas propuestas para replantear el concepto: ciudadanía diferenciada (Young,
1989), ciudadanía posnacional( Soysal, 1994), ciudadanía neorrepublicana (Van
Gunsteren, 1994), ciudadanía cultural (Turner, 1994), ciudadanía global( Falk, 1994),
ciudadanía multicultural (Kymlicka, 1995), ciudadanía transnacional Bauböck, 1995),
ciudadanía cosmopolita (Held, 1995), ciudadanía mundial (Heater, 1996) y ciudadanía
multinivel (Yuval-Davis, 1999). Desde entonces este inventario no ha dejado de
aumentar:

La lista de nuevos adjetivos puede alargarse y no hay ninguna duda de que así será. Todos estos nuevos lemas
apuntan hacia la propagación de la idea clásica de ciudadanía social defendida por Thomas Marshall y la

44
exploración de nuevos significados de la participación en los procesos de toma de decisiones públicas. 53

Precisamente por ello el grado de dispersión semántica es algo menor de lo que cabría
esperar, pues la remisión a ese autor británico parece hoy prácticamente obligada, aunque
sea para poner sus presupuestos en tela de juicio, y esto de alguna manera ayuda a
unificar los términos de la discusión.
Marshall, historiador de formación y sociólogo de vocación, es el autor del célebre
ensayo Ciudadanía y clase social, publicado en 1950. Ahí se encuentra esta definición,
que se ha convertido en referencia clásica: «La ciudadanía es aquel estatus que se
concede a los miembros de pleno derecho de una comunidad. Todo el que lo posee
disfruta de igualdad tanto en los derechos como en las obligaciones que impone la propia
concesión».54 La ciudadanía constituiría así el status legal que recopila el elenco de
derechos que cada individuo puede hacer valer frente al Estado. Del texto marshalliano
se suele destacar habitualmente, además de la progresiva inclusión en la ciudadanía de
sujetos excluidos originariamente de la misma, la ordenada secuencia histórica en la que
se va enriqueciendo el contenido de dicha institución mediante el reconocimiento de los
nuevos derechos (primero civiles, luego políticos y finalmente sociales), aunque sea una
secuencia cuya validez empírica esté restringida a algunas sociedades europeas. Ello ha
contribuido, sin duda, a forjar la imagen expansiva e inclusiva de la ciudadanía que ha
prevalecido hasta nuestros días. El principal interés del autor estribaba, sin embargo, en
destacar que es el potencial redistributivo de los derechos sociales lo que realmente
posibilita que los sujetos más desfavorecidos se integren en la corriente principal de la
sociedad y puedan ejercer plena y efectivamente sus derechos civiles y políticos. Esta
idea contribuyó enormemente a la reconciliación del pensamiento socialdemócrata con la
noción liberal de los derechos, una concordia que constituía hasta tiempos recientes la
versión hegemónica sobre este destacado ingrediente de la modernidad política.
En cualquier caso, la posesión del estatus de ciudadanía es un factor de especial
relevancia en la afirmación o negación de la existencia social del individuo. Así, como
bien señala Arendt, «la principal diferencia entre la labor del esclavo y la libre y moderna
no radica en que el laborante tenga libertad personal —libertad de movimiento, actividad
económica e inviolabilidad personal—, sino en que se le admite en la esfera pública y
está plenamente emancipado como ciudadano».55 Y ello no cambió hasta tiempos muy
recientes: hasta las revoluciones del XVIII y del XIX el estatuto legal de los trabajadores
libres era similar al de los residentes extranjeros, pues unos y otros carecían de derechos
políticos. La mejora de su estatus fue llevada a cabo con el fin de legitimar el orden
económico capitalista, tal como advirtió Marshall, quien

se centró en los derechos de la ciudadanía en el Estado moderno para analizar cómo un Estado capitalista que
se basa en la venta de trabajo asalariado a través del contrato podía aun así lograr la adhesión de las clases

45
trabajadoras otorgándoles un «estatuto»: la condición de la ciudadanía. 56

A Marshall cabe imputarle también el origen de un malentendido no menor relativo a


los posibles titulares de los derechos. Sin forzar su sentido, su concepción de ciudadanía
puede ser reescrita en los siguientes términos:

El status al que se asocian ex lege todos los derechos, de forma que éste se convierte en denominación
omnicomprensiva y en presupuesto común de todo ese conjunto de derechos que él llama «de ciudadanía»: los
«derechos civiles», los «derechos políticos» y los «derechos sociales». 57

Al concebir la ciudadanía como el soporte normativo único de todos los derechos,


Marshall estaría desconociendo la distinción básica existente entre el status personae y el
status civitatis y, por ende, entre los derechos humanos o de la personalidad y los
derechos del ciudadano o de ciudadanía. Mientras que los derechos humanos son los
derechos que corresponden a cualquier ser humano por el mero hecho de serlo, los
derechos fundamentales son los derechos básicos que un Estado atribuye a sus propios
ciudadanos. Se trata de una distinción decisiva, pues hace referencia «al elemento
contingente de la clase de sujetos a los que han sido atribuidos»,58 y, sin embargo, no
obedece a razones internas del sistema, sino a un acto discrecional que depende
exclusivamente de la voluntad del legislador positivo (y, en definitiva, de razones de
oportunidad política).
Precisamente porque, como sostenía Marshall, la principal plataforma legal para la
atribución de toda clase de derechos es la ciudadanía, y ésta depende en la práctica del
estatus de nacionalidad que uno posea, la regulación de la adquisición de este estatus
nunca debería faltar en el repertorio de medidas incluidas en una política migratoria
realmente consistente. Esta exigencia seguirá vigente mientras no se atenúe el vínculo
bidireccional nacionalidad-derechos, de modo que los derechos de ciudadanía ya no se
encuentren anclados en la posesión de la nacionalidad. Mientras tanto, las políticas de
naturalización (el proceso administrativo a través del cual un nacional de un Estado se
convierte en miembro legal de otro) seguirán constituyendo la principal herramienta
normativa con la que los Estados determinan quién permanece dentro o fuera del círculo
de pertenencia formal.59 Si el estatuto de nacionalidad marca la frontera jurídica entre ser
nacional y ser extranjero, la naturalización constituye el modo de cruzarla legalmente. La
propia etimología del término alude al procedimiento de atribuir a un foráneo los
derechos y obligaciones de un nativo o nacido en un lugar (el diccionario de la RAE define
el verbo naturalizar con un lenguaje arcaizante, pero no inexacto: «Conceder
oficialmente a un extranjero, en todo o en parte, los derechos y privilegios de los
naturales del país en que obtiene esta gracia»). La relevancia de estas políticas públicas
salta, pues, a la vista: «La admisión y la exclusión se hallan en el núcleo de la

46
independencia de la comunidad. Sugiere el significado más profundo de la
autodeterminación».60
La atribución de la nacionalidad constituye una potestad privativa de los Estados
soberanos. Varios instrumentos del derecho internacional lo reconocen así. El «convenio
concerniente a determinadas cuestiones relativas a conflictos de leyes de nacionalidad»
(La Haya, 1930) ya señalaba en su primer artículo que «corresponde a cada Estado
determinar por medio de su legislación quiénes son sus nacionales». Términos similares
se recogen también en el Convenio Europeo sobre Nacionalidad de 1997, en su artículo
3.1. Por su parte, el artículo 15 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos
(DUDH) no altera en nada sustancial esta estipulación, pues se limita a proclamar que todo
individuo tiene derecho a disponer de una nacionalidad y que nadie podrá ser privado
arbitrariamente de su nacionalidad originaria. Los detalles procedimentales de la
regulación del acceso a la nacionalidad, donde puede haber variaciones importantes,
quedan, no obstante, al arbitrio de cada Estado. Los efectos prácticos de esa disparidad
legislativa son bastante significativos, como puede observarse en esta ejemplificación:

Según el censo de población de 1999, Francia tenía 3 260 000 extranjeros. Con las leyes de los Estados
Unidos, 510 000 extranjeros nacidos en Francia serían franceses. Y si se aplicara la ley de los países
latinoamericanos, los residentes de más de diez años habrían adquirido la nacionalidad del país de acogida. No
habría, entonces, más que 638 000 extranjeros. Podría añadirse que con la legislación suiza esa cifra se
elevaría a seis o siete millones. ¡Dependiendo de la legislación aplicada, la población extranjera de Francia
puede variar de 600 000 a más de 6 000 000!61

Si bien la casuística es, como puede observarse, muy amplia, en su mayoría hace
referencia de una u otra manera a la genealogía y al territorio. De hecho, la expresión
alemana Blut und Boden( sangre y suelo) condensa «los dos criterios que ya desde el
derecho romano han servido para definir la ciudadanía (es decir, la inscripción primaria
de la vida en el orden estatal): el ius soli (el nacimiento en un determinado territorio) y el
ius sanguinis (el nacimiento de padres ciudadanos)».62 Mientras que un criterio carga las
tintas sobre el componente genético (a través de los progenitores, bien por línea materna,
paterna o por ambas), el otro lo hace sobre el geográfico (en función del lugar donde se
produce el nacimiento). Mientras que en el primer caso un niño de padres extranjeros
nacido en un determinado país se convierte en ciudadano de ese país (ius soli), en el
segundo caso un niño nacido en el país que sea se convierte en ciudadano del país de sus
padres (ius sanguinis), de modo que los hijos y nietos de inmigrantes siguen siendo
considerados extranjeros y tratados como tales en el país en que han nacido. El ius soli
establece, pues, un modo de adquisición fundado en el nacimiento en el territorio
nacional, con independencia de que los padres sean nacionales o no. El ius sanguinis,
por su parte, configura un modo de adquisición basado en la filiación o descendencia de
un nacional, de tal modo que es nacional el hijo de un nacional, aunque haya nacido en

47
territorio extranjero. Por lo demás, los ordenamientos jurídicos suelen reconocer también
la llamada iuris communicatio, esto es, la adquisición, automática o voluntaria, de la
nacionalidad por unión matrimonial con un nacional (se establece así una verdadera
«comunicación de derechos» entre los cónyuges) o por adopción (el nuevo hijo, aunque
sea extranjero, recibe la nacionalidad de sus padres adoptivos).
El ius soli, cuyo ejemplo más eximio lo encontramos en la enmienda XIV de la
Constitución estadounidense (aprobada en 1868 con el fin de garantizar la inclusión de
las personas de raza negra en la comunidad política, hasta entonces expresamente
negada), marca un compromiso con una concepción territorial de la comunidad política al
decretar que todas las personas nacidas en su territorio soberano gozan automáticamente
de la nacionalidad estadounidense. Otorga poco espacio a la discrecionalidad, pues
funciona «como mecanismo de obligada incorporación al cuerpo de la ciudadanía de los
descendientes de inmigrantes».63 Por el contrario, el ius sanguinis tiende a primar de
manera exclusiva la línea de parentesco y, en consecuencia, «cierra el acceso a la
plenitud de derechos en condiciones de igualdad a grupos enteros de la población
generación tras generación».64 El ejemplo más notorio sería el modelo alemán, al menos
hasta que en el año 2000 se introdujera en su legislación un modo cualificado de ius soli
(aunque sin abandonar por completo el ius sanguinis). Ambos modelos tienen sus
desventajas, aunque no sean equiparables los efectos inducidos y las oportunidades que
cada uno de ellos abre para la integración de los inmigrantes. El ius sanguinis arrastra la
fama de posibilitar un acceso más restrictivo a la nacionalidad y de alentar una política de
reclutamiento étnico, mientras que el ius soli tiene más bien el laurel de facilitar un
acceso más liberal a dicho estatus legal y contribuir así a la formación de una comunidad
política teóricamente más abierta. Las consecuencias fácticas de su puesta en práctica no
siempre están en correspondencia con tales etiquetas previas.
Con la ayuda de este armazón conceptual se desarrolla una lógica perversa por la que
los efectos emancipatorios y alienantes se dan la mano. Aunque los dos criterios clásicos
sirven igualmente tanto para incluir como para excluir, es cierto que una política que
aliente el ius sanguinis con total preferencia sobre el ius soli dificulta que se pueda
constituir una comunidad de ciudadanos iguales ante la ley; de ahí tan sólo puede resultar
una comunidad étnica, de consanguinidad, centrada en torno a la memoria, la cultura y el
lenguaje compartidos. En la práctica, y aunque los procedimientos de transmisión de la
nacionalidad responden generalmente a uno de estos dos modelos, se observa una
convergencia hacia formas que combinan elementos de ambos.65 En el ámbito normativo
de los procedimientos de naturalización se ha extendido el denominado ius domicilii,
que ha ido adquiriendo preferencia como fuente de acceso a la nacionalidad en
numerosos países occidentales receptores de inmigración.66 De acuerdo con este
principio, se concede la nacionalidad a quienes pueden probar que han residido

48
legalmente en el país durante un periodo mínimo determinado. Una formulación más
amplia de esta misma idea la encontramos en el principio del ius nexi acuñado por Ayelet
Shachar.67 A diferencia de la confianza ciega en circunstancias no elegidas de nacimiento,
que representa el sello distintivo tanto del ius soli como del ius sanguinis, este otro
principio de nacionalidad tiene como objetivo ampliar los criterios de acceso a la
membresía teniendo en cuenta las conexiones sociales reales que hayan desarrollado los
individuos: el arraigo. La idea de echar raíces como actividad libre y consciente se
convertiría entonces en la base para tener derechos. Esto es algo que ya se refleja en la
regulación de esta materia en diversos países. Así, por ejemplo, en la legislación
migratoria española se contempla la figura del arraigo —mediante acreditación de tres
años de estancia irregular en el país— como un motivo reconocido para acceder a la
regularización o legalización administrativa del estatus personal.
Si, vista desde la perspectiva del país de acogida, la normativa sobre la nacionalidad
representa un dispositivo fundamental en manos de cada comunidad política para definir
sus propios límites internos, desde la perspectiva del inmigrante resulta vital para
clarificar su situación jurídica y la consiguiente adjudicación de derechos y deberes. Su
posesión proporciona al inmigrante un horizonte estable de expectativas igualmente
decisivo para planificar su propia vida. Si migrar supone habitualmente emprender un
viaje de ida sin billete ni fecha de vuelta, la perspectiva de una nueva nacionalidad
modifica radicalmente la relación del inmigrante tanto con la sociedad receptora como
con su país de origen. Al afianzarse formalmente su inserción en el nuevo entorno, se
diluye el componente de provisionalidad. Con independencia de que los migrantes opten
finalmente por dicha posibilidad, la articulación de un procedimiento transparente y
proporcionado para su adquisición reduce en buena manera los márgenes de
incertidumbre existencial (aunque sin llegar a eliminarlos, obviamente). De este modo,
tales normas se erigen en un poderoso instrumento de integración puesto a disposición de
los gobiernos de los países de acogida.68 De las mismas cabe también hacer un uso en
sentido contrario, y de ahí su valor equívoco. La condición de ciudadano optimo iure,
como dirían los romanos, esto es, ser miembro de la comunidad con plenos derechos,
juega con demasiada facilidad un ambivalente papel, pues constituye «un principio de
inclusión que genera exclusiones colaterales».69 La ciudadanía presenta un rostro jánico,
del viejo dios Jano de los romanos, el dios de los límites temporales y también de los
espaciales: puerta que mira hacia dentro y hacia fuera, que abre y cierra, una permanente
dialéctica entre apertura y clausura.
En las diferentes estrategias políticas seguidas para regular el acceso a la ciudadanía
se pone de manifiesto el proceder paradójico del derecho y del poder político. Por regla
general, la inserción tiene lugar mediante un acto correlativo de relegación: «No hay
inclusión sin exclusión».70 Que la ciudadanía se crea en parte mediante prácticas de

49
exclusión no es un fenómeno fortuito, pues «en la medida en que la “igualdad ciudadana”
se basa en la noción de pertenencia, la condición de ciudadano constituye el sustrato de
políticas e identidades exclusivistas».71 Si la inclusión es la cara, la exclusión constituiría
entonces el reverso de esa moneda tan valorada: una suerte de Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Y
ello es así porque la definición de los límites de un determinado grupo social, de quiénes
forman parte de él, implica necesariamente la definición simultánea de quiénes quedan al
margen.72 Como señala poéticamente Bauböck, la nacionalidad se nos ofrece «como una
suave fruta con una dura cáscara» («like a soft fruit with a hard shell»),73 una fuente
normativa constitutivamente ambivalente, pues iguala tanto como diferencia. Mientras
que con los nacionales el estatus de ciudadanía muestra su cara acogedora, su condición
discriminatoria se revela plenamente cuando se esgrime frente a ciertos extranjeros:

Las personas apátridas, los inmigrantes ilegales o las personas en situaciones análogas hacen emerger
preguntas espinosas. Quién es y quién no es «ciudadano» se convierte en una cuestión de suma importancia
en la definición de los principios de inclusión y exclusión que se establecen dentro de la especificación
territorial del Estado. 74

Que una porción de los habitantes habituales de un país, como es el caso de una parte
considerable de los inmigrantes, estén privados de la condición de ciudadanos tiene
efectos que difícilmente pueden evaluarse como positivos en referencia a sus opciones de
inserción. De entrada, como ya se ha señalado, esta circunstancia bloquea
indefinidamente su condición jurídica, y esto a su vez determina la calidad de vida que
puedan disfrutar. Que esto pueda llegar a suceder no es, en absoluto, algo improvisado:
precisamente, «el propósito» de su peculiar estatus «es el de impedir que mejoren su
situación».75 Si esto tiene una justificación, sería la funcional en beneficio exclusivo de la
sociedad de acogida: «Sin la denegación de los derechos políticos y de las libertades
cívicas y la amenaza siempre presente de la deportación, el sistema no funcionaría».76 Se
configura así un estatus jurídico segregador que determina vivir de manera permanente
en una posición social subalterna, con todas las implicaciones negativas que esta situación
conlleva en cuanto a oportunidades para que cada cual pueda desarrollarse en libertad.
Por eso, «la denegación de la pertenencia es siempre la primera de una larga cadena de
abusos».77
El estatus de ciudadanía no es de por sí un mecanismo milagroso, y el mero hecho de
que los inmigrantes accedan a él tras un periodo razonable de asentamiento no es un
seguro que garantice su efectiva integración. También es cierto, por el contrario, que
mantenerlos apartados de la participación política y excluidos de la función pública —por
mencionar tan sólo dos aspectos onerosos que la privación de la ciudadanía comporta de
ordinario— no ayuda al respecto. No se puede negar, en todo caso, que atribuir un
estatuto definido de derechos y obligaciones evita formas flagrantes de marginación

50
(laboral, civil, tributaria, etc.). La concesión de la ciudadanía constituye una condición
necesaria para la integración social plena, aunque, desde luego, no es condición
suficiente. Representa, eso sí, una buena práctica para allanar los múltiples obstáculos
que la dificultan.
No sólo la desigualdad formal sino la exclusión social son efectos inseparables de la
ciudadanía: al denotarse con ella la pertenencia a una comunidad política determinada,
quienes no la posean automáticamente quedan privados de los beneficios y privilegios
reservados a los miembros de la comunidad. De este modo, la definición de la ciudadanía
«con fundamento en pertenencias nacionales y territoriales representa la última gran
limitación normativa del principio de igualdad jurídica».78 En este mismo sentido, una
fórmula común para impedir o al menos dificultar la integración de los inmigrantes, y así
proteger la integridad cultural en los países de acogida,

ha sido la de limitar la acción de los inmigrantes estrictamente a su papel económico, haciendo más difícil el
acceso a la ciudadanía, un mecanismo legal que puede ser considerado, desde una perspectiva sociológica,
como la construcción de una barrera interna que compense los efectos de entrada. 79

La historia de la ciudadanía puede concebirse como una compleja y sinuosa dinámica


de delimitación del demos constitutivo de cada politeia o comunidad política. Es en gran
medida la historia de la impugnación de sus propios límites y la reivindicación de una
ampliación cada vez más inclusiva que facilite la incorporación de los diversos segmentos
de la población. La extensión, no siempre lineal, de la ciudadanía a determinados
colectivos antes postergados (trabajadores asalariados, mujeres, ex esclavos, minorías,
grupos étnicos, poblaciones colonizadas, etc.) está estrechamente vinculada a —e
incluso puede decirse que es obra de— las luchas emancipatorias emprendidas en
nombre de la libertad y la igualdad por diversos movimientos sociales, como el cartismo,
el sufragismo, el abolicionismo, el movimiento obrero y el de los derechos civiles. Buena
muestra de ello es, sin duda, el reconocimiento de los derechos socioeconómicos de los
trabajadores. Términos similares podrían ser empleados para dar cuenta de la extensión
de los derechos de ciudadanía a los inmigrantes. También en este caso cabe sostener que,
lejos de ser concedidos graciosamente, los derechos no se conquistan sin movilización
política. La idea de un progreso continuo e irreversible, que anima la visión dominante de
la historia contemporánea, haría así poca justicia al modo en que realmente se han ido
expandiendo los derechos.80 Tampoco en el humanitarismo o en la filantropía cabría
cifrar el motor de tales cambios registrados:

En los últimos doscientos cincuenta años hemos avanzado también en los terrenos de las libertades y del
bienestar de la mayoría, pero este progreso no es, como pensábamos, el fruto de una regla interna de la
evolución humana, sino el resultado de muchas luchas colectivas. Ni las libertades políticas ni las mejoras
económicas se consiguieron por una concesión de los grupos dominantes, sino que se obtuvieron a costa de

51
revueltas y revoluciones. 81

«Solamente luchando alcanzarás tu derecho», sentenciaba Rudolf von Ihring al final


de su famoso escrito titulado precisamente La lucha por el Derecho (1872), y la historia
de los derechos no hace sino corroborar la verdad de susodicha afirmación.
Aunque la comprensión contemporánea de la ciudadanía, introducida en el ámbito
jurídico-político como conquista social por influjo directo de las grandes revoluciones que
pusieron punto final al Ancien Régime, implica la abolición de los privilegios de la
herencia con el fin de garantizar la igualdad de oportunidades, esta institución jurídico-
política se ha convertido, para muchos efectos, «en el arquitecto de una desigualdad
social legitimada».82 Esta afirmación adquiere pleno sentido aplicada al mundo de las
migraciones. La historia no siempre discurre de manera lineal, y la nacionalidad —y los
derechos de ciudadanía asociados a ella— constituye un remanente sin actualizar de la
estructura social de antiguos tiempos caracterizada por la estratificación de estatus: «La
ciudadanía de nuestros ricos países representa el último privilegio de status, el último
factor de exclusión y discriminación, el último residuo premoderno de la desigualdad
personal en contraposición a la proclamada universalidad e igualdad de los derechos
fundamentales».83
En lugar de ser una condición atribuida a todos los seres humanos que viven en un
mismo espacio político, la institución de la ciudadanía puede ser interpretada como un
privilegio particular de unos determinados estamentos sociales, por muy numerosos que
éstos sean. En las sociedades más prósperas, incluso aunque se definan como
democráticas, el estatus de nacionalidad representa de algún modo el equivalente
moderno del «privilegio feudal» que unos pocos gozaban en la época medieval: un
estatus heredado por nacimiento cuya posesión amplía considerablemente el abanico de
oportunidades en la vida.84 De ese estatus, que en principio es negado o regateado a los
que vienen de fuera, depende en muchos casos el disfrute de los beneficios del Estado de
bienestar. Al convertirse el nacimiento en destino, se mantiene un sistema de asignación
que cayó hace ya tiempo en un profundo descrédito, pues el accidente de haber nacido
en un país o en otro, de una etnia o de otra, rico o pobre, es algo con lo que nos
encontramos al nacer y no puede constituirse en objeto de alabanza ni reproche.
Reservar ciertos derechos a los nacionales de un país implica automáticamente dejar
fuera de su disfrute a muchas personas (residentes extranjeros autorizados, refugiados y
solicitantes de asilo, extranjeros irregulares, etc.) y excluirlas, por lo tanto, de todas las
ventajas asociadas a la pertenencia al club social, por más que sea cuestionable que los
Estados, en cuanto colectividades de derecho público, puedan considerarse asociaciones
con derecho reservado de admisión. La ciudadanía que se adquiere con el nacimiento, ya
sea de acuerdo con la de los padres o con la otorgada por el lugar de nacimiento, es un

52
elemento completamente contingente, que no depende en modo alguno de la voluntad ni
de los méritos de las personas, sino de estructuras políticas previamente establecidas:

La ciudadanía es, por tanto, un producto político artificial, que depende de la forma de gobierno y de las
normas que se hayan dado a sí mismas las colectividades políticas […]. La definición misma de la ciudadanía
basada en la descendencia (ius sanguinis) o en el nacimiento dentro de las fronteras de la ciudad (ius soli)
puede ser reconducida a una decisión política y no depende de un dato natural, sino de los criterios de
inclusión y exclusión, siempre revisables, que el legislador haya querido establecer artificialmente. 85

53
4. EL RETO DEL PLURALISMO CULTURAL EMERGENTE

Estamos en la era de la globalización y al mismo tiempo asistimos al regreso de las


identidades colectivas al primer plano de la esfera pública. Vivimos en un mundo cada
vez más unificado y simultáneamente en uno en el que las múltiples y diversas
identidades de grupo han cobrado una fuerza y una relevancia singulares. Los procesos
globalizadores allanan el intercambio de ideas, proyectos e innovaciones, propiciando el
enriquecimiento de las sociedades, una dinámica que también puede traducirse en una
progresiva homogeneización de valores, referencias simbólicas, pautas, instituciones y
comportamientos. Frente a esta tendencia uniformadora, la reacción más frecuente y casi
inevitable es el culto al pluralismo, la reivindicación de la diversidad cultural, la
mitificación de la diferencia y, en definitiva, el primado de lo particular. De hecho, el
planeta, por mucho que sus diversas partes estén crecientemente interconectadas, no se
ha convertido en un solo mundo, si por ello entendemos un mundo sin distinciones
internas y sin voces y sensibilidades contrapuestas. La coexistencia, en todos los ámbitos
de la vida colectiva, de procesos que nos vinculan y nos hacen interdependientes con el
enquistamiento de diferencias que parecen insuperables constituye una peculiaridad
definitoria del mundo en el que vivimos.
El cosmopolitismo homogeneizante convive en tensa relación con el particularismo
diversificante. La afirmación del polo particularista se hace mediante la apelación a las
identidades colectivas, ya sean nacionales, religiosas, territoriales o étnicas, y se
escenifica no sólo en el contexto del nacionalismo político, de la revitalización y
politización de las comunidades y tradiciones religiosas o de los conflictos geopolíticos
reelaborados como conflictos civilizatorios, sino, de manera destacada, en el ámbito de
sociedades marcadas por la diversidad cultural, originada particularmente por la
proliferación de movimientos migratorios de muy variada procedencia. El migrante
transporta consigo todo un amplio bagaje cultural, empezando por una forma de ver el
mundo arraigada en un determinado contexto social que sólo en parte ha dejado atrás. De
este modo, con los movimientos de personas emergen formas de vida que traen consigo
la aparición de identidades que traspasan las fronteras estatales. Todos los países que han
recibido flujos migratorios masivos han experimentado procesos de transformación social
y diversificación cultural, en los que el «equipaje cultural» de los migrantes ha servido de
acelerador y reactivo para la generación de nuevos productos culturales. Las migraciones
internacionales modifican así los mapas culturales de las ciudades, de los Estados e
incluso de los continentes. Las migraciones y los cambios demográficos subsiguientes han
aumentado la complejidad cultural de las sociedades de acogida, convirtiéndolas en
multiculturales y pluriétnicas. Ya sea por un motivo o por otro, prácticamente ninguna

54
sociedad contemporánea se libra de las enojosas cuestiones relativas a la identidad o de
las tensiones relacionadas con la integración de las diferentes culturas.
Entre los mitos que arrastra el pensamiento político —o, al menos, la filosofía política
occidental—, un lugar destacado lo ocupa la idea de que en el origen de toda comunidad
política constituida se encuentra un grupo humano instalado en el territorio desde tiempo
inmemorial. Este mito opera como supuesto incontrovertido de las instituciones políticas
y ha pervivido con contumacia pese a la evidencia histórica de las migraciones como
experiencia constitutiva de la realidad humana a lo largo de los tiempos. No parece
importar mucho que se tenga constancia de que los humanos no son sólo una especie
nómada y mestiza, que nunca ha dejado de desplazarse y diseminarse por todo el
planeta, sino que además las diversas comunidades y culturas resultantes jamás han
cesado de mezclarse y entrecruzarse en múltiples redes de interacción e
interdependencia. Datos fácilmente contrastables contradicen así a quienes sostienen que
las nuevas hornadas migratorias rompen trágica y lamentablemente con el ideal de una
comunidad internamente homogénea y externamente independiente de las demás
comunidades constituidas y reconocidas. Lo cierto es que la presencia masiva de
inmigrantes —cuya magnitud exacta es, con frecuencia, más una difusa percepción social
que un hecho empírico— pone en primera línea la cuestión de la delimitación de los
confines del «nosotros» constitutivo de la comunidad política.86
En este contexto, el pluralismo cultural generado específicamente por los flujos
migratorios, más que un ideal postulado, es una realidad que deben gestionar las
sociedades receptoras y sus instituciones. Asumir este efecto tangible de la inmigración
supone tener que afrontar políticamente la articulación de la convivencia entre diversos
grupos, comunidades y formas de identidad colectiva. La relevancia alcanzada por esta
faceta del proceso migratorio es tal, que una parte significativa de los conflictos políticos
contemporáneos gira en torno a la organización y gestión política de la diversidad de
sentimientos de pertenencia y a la convivencia entre diferentes formas de vida y de
concebir el mundo. Esto se ha hecho aún más patente a partir de que finalizara el
enfrentamiento bipolar fuertemente ideologizado que determinó la Guerra Fría: lejos de
representar el final de la historia (tal como precipitadamente pronosticó Francis
Fukuyama),87 precisamente a partir de entonces empezaron a surgir con mayor fuerza
las demandas de reconocimiento de los diferentes grupos nacionales y minorías
culturales, al tiempo que se incrementó la actividad de fundamentalismos de distinto
signo. Incluso el indeclinable debate social en torno a la persistencia de injustificadas
desigualdades económicas entre los individuos se ha visto absorbido y desplazado
injustificadamente por las tensiones de índole identitaria y cultural. Sólo la intensidad de
la última crisis que ha sacudido al sistema capitalista ha conseguido alterar el sesgo de las
movilizaciones sociales en no pocos lugares y poner en primer plano las demandas de

55
mayor participación y mejor distribución.
La multiculturalidad y la multietnicidad surgidas a raíz de las migraciones han
provocado respuestas políticas que repercuten también en las estructuras institucionales
de los sistemas democráticos, no sólo debido a la creación de nuevas agencias
administrativas encargadas específicamente de su gestión, sino también a los cambios
inducidos en las formas de entender la identidad colectiva e incluso la propia noción de
ciudadanía. Estas alteraciones simbólicas, culturales y políticas en las sociedades de
acogida han sido analizadas, no sin alarma, por diversos autores, entre los que destacan
los nombres de Giovanni Sartori y, desde una perspectiva claramente conservadora,
Samuel Huntington (véase infra, sección 1 del capítulo IV). Ambos ponen el grito en el
cielo ante los problemas de integración generados por las recientes olas de inmigrantes,
debido, sobre todo, a la facilidad con que estos nuevos vecinos pueden mantener
vínculos afectivos con su cultura de origen (mediante la proliferación de canales de
televisión en su propio idioma, llamadas telefónicas y medios informáticos, además del
abaratamiento de las tarifas aéreas) y al distanciamiento que ello implica respecto a los
valores propios del país que los ha adoptado. En algunos casos —y estos autores ponen
como ejemplos concretos a los inmigrantes hispanos en los Estados Unidos y los
musulmanes en Europa— constituirían un riesgo para la identidad nacional y la
estabilidad política de las sociedades de acogida. Si este diagnóstico puede que sea
acertado, no lo es tanto la terapia propuesta. Así, Huntington reduce las posibles
estrategias políticas ante la inmigración a estas tres: «Una inmigración escasa o nula, una
inmigración sin asimilación o una inmigración con asimilación».88 Teniendo en cuenta
que la primera opción no existe, sino que tan sólo es un pío deseo o una misión imposible
(pues tan imposible resulta blindar herméticamente las fronteras como proceder a una
deportación masiva de los inmigrantes irregulares), la disyuntiva sería asimilación o no
asimilación. En realidad, si Huntington hubiera tenido mayor honestidad intelectual
tendría que haber formulado su propia alternativa de este otro modo (que, sin duda, se
ajusta mejor a su mentalidad nativista): o los inmigrantes son asimilados o se produce el
caos social.
El debate sobre la inmigración, tan lleno de matices, se presta al simplismo y a la más
cruda demagogia. En ambos errores se incurre no sólo en el ámbito académico, tal como
se acaba de señalar, sino —y acaso con mayor asiduidad— en el mundo de la política
práctica. Además de percibida como posible peligro para el mantenimiento de las señas
de identidad de la sociedad receptora, la cuestión migratoria irrumpe con frecuencia en
los debates públicos estigmatizada como un factor conflictivo en un doble sentido: como
riesgo para el bienestar económico del país anfitrión y como amenaza para la seguridad
ciudadana. La inmigración es presentada con demasiada ligereza como sinónimo de
ilegalidad, miseria, conflictividad y delincuencia, tendencia que no hace sino consolidar

56
una larga tradición de hostilidad hacia el extranjero como encarnación del extraño o del
otro, así como la resistencia contra todo aquello que se percibe como una amenaza
contra la identidad grupal, azuzando, en definitiva, la xenofobia y el racismo. De este
modo, y aunque la existencia misma de migraciones internacionales es expresión
fehaciente de un cosmopolitismo en acción, a ellas se les imputa con frecuencia la
inducción de procesos reactivos completamente contrarios a ese cosmopolitismo: cierre
de fronteras, xenofobia, nacionalismo, etc. Como ya se indicó, otros movimientos de
personas, incluso más masivos, como son los de carácter turístico, muestras también de
un cosmopolitismo en acción, están asociados, por el contrario, a procesos sociales
denotados positivamente: intercambio, movilidad, negocio, etc. Se ha forjado y difundido
así una imagen negativa de las migraciones en el subconsciente colectivo que no ayuda
en absoluto a afrontarlas integralmente. Tampoco los posibles problemas derivados de las
migraciones se resuelven yéndose al polo opuesto; esto es, angelizando a los extranjeros
por ser diferentes o edulcorando los actos criminales perpetrados a veces por algunos de
ellos.
En los países receptores de inmigración se registra con frecuencia una cierta
hipersensibilidad a todo lo que suponga una alteración o cuestionamiento de los
patrones culturales y sociales dominantes. Y ciertamente los procesos migratorios son
inseparables de los cambios culturales. Emprender un proceso emigratorio supone
siempre una suerte de «ruptura» con la sociedad de origen, del mismo modo que
cualquier proceso inmigratorio supone una forma de adaptación a la sociedad de llegada.
Se trata necesariamente de un proceso de encuentro bilateral, por más que en ocasiones
se presente como un encontronazo que transforma tanto la identidad individual como la
colectiva de las diversas partes afectadas. Igual que los inmigrantes cambian al instalarse
en el nuevo país, los autóctonos y la sociedad receptora tampoco seguirán siendo los
mismos. Se produce una aculturación recíproca, aunque asimétrica, que con fortuna dará
lugar a una forma de fusión o convergencia.89 En este contexto, la integración social ha
de plantearse necesariamente como una noción dinámica, tanto como lo son también la
cultura anfitriona y la cultura de los inmigrantes. No puede ser un proceso de dirección
única sino bidireccional. De ahí que la coexistencia de individuos y grupos portadores de
diferentes culturas en un mismo territorio estatal plantee a las instituciones y a las
autoridades públicas una doble tarea nada sencilla. Por un lado, deben intentar que
quienes integran los nuevos grupos de población, con pautas culturales diversas, se
incorporen a la sociedad receptora y hagan suyos sus presupuestos normativos básicos.
Por otro, deben buscar también que los integrantes de la sociedad receptora, portadores
de la cultura mayoritaria, acepten a los recién llegados y a sus descendientes en igualdad
de derechos y con idéntico estatus de interlocutores.

57
5. EL PAPEL DE LAS FRONTERAS ESTATALES

Las fronteras estatales marcan los límites entre entidades territoriales políticamente
independientes y, por lo tanto, entre ámbitos jurisdiccionales diferenciados. Estas líneas
de demarcación desempeñan asimismo una función constitutiva de las identidades
socialmente compartidas y pueden llegar a ser un ingrediente destacado de los
imaginarios colectivos.90 Pese a la elevada densidad semántica que se les atribuye, tanto
la ciencia como la filosofía política, por no hablar ya de la práctica política, tienden a
considerar la existencia de las fronteras prácticamente como si se tratara de un hecho
inalterable de la naturaleza cuya legitimidad no cabe poner en entredicho. Se soslaya así
su carácter profundamente artificioso y convencional; esto es, el hecho de que en gran
medida son un capricho de la historia. Cualquier tentativa de romper con esa infundada
naturalización de las fronteras choca no sólo con inercias mentales, sino con un cúmulo
de intereses creados. Estos hábitos repercuten también en la consideración de los
fenómenos migratorios.
Las migraciones internacionales se definen como el desplazamiento de personas con
un carácter relativamente permanente a través de líneas divisorias reconocidas por el
derecho internacional. Las fronteras políticas son así una referencia completamente
ineludible en cualquier proceso migratorio. En la historia de las migraciones, el cruce de
fronteras está asociado a imágenes ambivalentes: al alumbramiento de una tierra de
promisión y al escenario de no pocas trágicas historias personales. Frontera y nueva vida,
frontera y experiencia de relegación e inequidad. Las fronteras constituyen estructuras
ambivalentes de apertura y cierre, de inserción y exclusión, lugares de paso y encuentro
al tiempo que líneas de separación.91
Las fronteras, además de estar trazadas en el territorio con el fin de demarcarlo
administrativa y jurisdiccionalmente, conforman el perímetro de los nuestros, esto es, el
espacio en el que son de aplicación los principios y las diversas regulaciones que adopta
una comunidad política. No en vano el Estado se define como un espacio unitario en un
doble sentido: como unidad de legalidad y justicia (un espacio en el que sus miembros
comparten principios de justicia mutuamente invocables) y como unidad de decisión
política. Pero usualmente todo esto tiene validez de puertas para dentro, esto es, en el
interior de ese espacio unitario acotado por fronteras y sólo para aquellos que son
reconocidos como miembros de la comunidad política, condición a la que, como ya se ha
señalado, se accede habitualmente mediante el estatuto de nacionalidad. De hecho,
también la nacionalidad funciona como una frontera, pues marca los límites de la
membresía.
Aunque con la aceleración de los procesos de globalización se ha aminorado

58
sensiblemente no sólo el vigor de la soberanía de los Estados, sino también la
significación de las fronteras, éstas siguen estando dotadas de una enorme relevancia
jurídico-política, pues con ellas se señala a qué derecho está sometida una población, se
determina qué personas e instituciones ejercen autoridad sobre un determinado territorio
y se define finalmente el cuerpo de ciudadanos que integran la comunidad política.92 Si la
nacionalidad constituye el criterio legal para distinguir entre los que son miembros de un
Estado y los que no, las fronteras delimitan el territorio sobre el que un Estado puede
ejercer legítimamente su jurisdicción, su soberanía o suprema potestad.93
Si bien durante largos periodos de la historia las fronteras territoriales fueron
rutinariamente ignoradas, la situación cambió de manera significativa con la emergencia
de los Estados nacionales modernos. Los Estados comenzaron entonces a arrogarse el
derecho en exclusiva de regular la movilidad de las poblaciones, determinando quién y
con qué documentación puede entrar y salir por las fronteras que delimitan su
territorio.94 Aunque ya a principios del siglo XIX se dieron los primeros pasos, fue a
finales de ese siglo y a inicios del XX cuando los aparatos burocráticos estatales se
dedicaron con inédito entusiasmo y esmero a registrar a todos sus habitantes y a regular
los movimientos de personas dentro y a través de las fronteras. Se reservaron para sí el
monopolio de los «medios legítimos de movimiento»,95 esto es, la expedición de
documentos como las tarjetas de identidad, los pasaportes y las visas de entrada, así
como los censos y los sistemas de registro de los hogares, instrumentos todos ellos vitales
para alcanzar esos objetivos de control de la movilidad que se habían propuesto,96
además de favorecer la consolidación de la identidad nacional.97 Fronteras y nacionalidad
se compenetran estrechamente, pues, en la tarea de poner trabas a la libertad de tránsito
y residencia, las fronteras son el mecanismo básico para tratar de contener a quienes
desean inmigrar y no poseen la nacionalidad o no disponen de la documentación que los
autorizaría a hacerlo.
Numerosos son los Estados que han intensificado el control de sus fronteras en las
últimas décadas. Los muros y las verjas que marcan fehacientemente sobre el terreno el
trazado de las fronteras estatales han proliferado en medio de proclamas generalizadas de
interconectividad global y a pesar de la anticipación virtual de un mundo sin fronteras.
Las fronteras han visto su significado profundamente redefinido en un mundo globalizado
y se han convertido para muchos efectos en una suerte de membranas transmisoras que
facilitan los intercambios de bienes, capital e información, pero en absoluto los
movimientos migratorios. El hecho de que esta ola de construcción de muros contraste
abiertamente con la creciente erosión de la soberanía estatal hace creíble la sospecha de
que detrás de ello se encuentre básicamente la necesidad de legitimar los poderes
estatales y reafirmar su vigencia ante sus propios conciudadanos, tal como ha

59
argumentado convincentemente Wendy Brown.98 Según esta filósofa estadounidense, los
muros no logran resolver los conflictos entre globalización e intereses nacionales, pero
proyectan, no obstante, una imagen magnificada del poder soberano que aún les resta a
los Estados. En el fondo, su relevancia estriba no tanto en su dudosa eficiencia como en
su ostentosa visibilidad, esto es, en los efectos performativos que se les adjudican. Los
muros fronterizos no se levantan como instrumentos efectivos de defensa ante un
enemigo exterior. Lo que prevalece es su valor icónico: son, en no poca medida, una
costosa escenografía teatral (aunque sus actores y, principalmente, sus víctimas sean de
carne y hueso) que difumina justo aquella distinción entre ley y anarquía que pretende
reforzar.
Se erigen muros o se elevan vallas, reforzados con afiladas concertinas y agresivos
dispositivos, de modo que acaban adquiriendo la misma inquietante apariencia tan
característica de las cárceles de alta seguridad. Se erigen o se consolidan justo cuando las
principales amenazas a la seguridad nacional se presentan de forma vaporosa,
clandestina, dispersa o en red. Esas fronteras, fortificadas con la vana justificación de
impedir nuevas formas de delincuencia, apenas pueden ocultar su función de barreras
frente a quienes huyen de la miseria, las guerras, las tiranías, las catástrofes naturales y
otras desgracias. Es cierto que, ante las evidentes dificultades de mantener un país
enteramente clausurado, con frecuencia se practica un juego selectivo de apertura y
cierre, pero ello no impide afirmar que el hecho mismo de mantener las fronteras
blindadas implica apostar abiertamente por modelos de exclusión y contención inútiles,
además de inicuos. La clamorosa evidencia de que cualquier tipo de barrera fronteriza
que se instale resulta relativamente ineficaz para impedir el acceso irregular de personas y
mercancías no es óbice, sin embargo, para que muchos gobiernos estén dispuestos a
invertir ingentes sumas de dinero en su construcción y vigilancia, gastos públicos que a su
vez redundan en beneficio de un extenso entramado empresarial privado.99 Tales muros
poseen un elevado componente propagandístico —para entero consumo interno— y son,
en resumidas cuentas, expresión patente de una visión alicorta de la política puesta en
marcha paradójicamente en un mundo que se proclama cada vez más abierto y global
(cf. infra, sección 2 del capítulo VI).
Por la probada ineficacia de los muros, los Estados decididos a impedir el tránsito
irregular por sus fronteras han desarrollado nuevas estrategias que faciliten su propósito.
Con ese fin, la propia noción de frontera ha ido reformulándose en los últimos tiempos:
ha ido perdiendo peso la comprensión de la frontera como simple línea administrativa de
separación claramente trazada entre dos Estados soberanos (borderline) y al tiempo se
ha ido potenciando la idea de una zona fronteriza más difusa y amplia (borderland), una
mutación semántica no menor que busca flexibilizar la aplicación de las normas jurídicas.
A esa deriva no es en absoluto ajena, por lo tanto, la voluntad política de ampliar el

60
margen de actuación de los cuerpos de seguridad, así como de dar cobertura legal a la
externalización de los controles fronterizos y sortear la obligatoriedad de garantizar los
derechos humanos. La ficción de un espacio fronterizo de soberanía indiferenciada —un
área cuya anchura vaya más allá del trazado de una línea— no es más que una
insostenible ficción jurídica que no resiste el más mínimo escrutinio crítico. Como norma
general, no existen tierras de nadie donde los individuos queden desprovistos de derechos
y en las que los Estados involucrados puedan ignorar sus obligaciones de atender
adecuadamente las demandas de asilo que tales individuos puedan formular.100 En
particular, esa ficción jurídica no exime a los Estados del deber de atenerse al principio de
no devolución (non-refoulement) ni legitima, por lo tanto, prácticas como las expulsiones
sumarias en la frontera.
A pesar de la precariedad y contingencia histórica de las fronteras nacionales, y de las
señaladas dificultades para su efectivo control, sigue disfrutando de amplia aceptación la
idea de que las políticas migratorias de cualquier país se han de perfilar de manera que se
garantice la intangibilidad de tales límites geográficos. Siguiendo este planteamiento
básico y apenas discutido, los argumentos aducibles y realmente aducidos a favor del
cierre y control de las fronteras presentan una naturaleza variada, aunque de acuerdo con
Carens101 y Kukathas102 cabría sistematizarlos en tres categorías básicas:

argumentos económicos (evitar riesgos que pongan en peligro el bienestar


económico de la sociedad de acogida);
argumentos culturales (asegurar la identidad e integridad cultural de la sociedad
en cuestión), y
argumentos políticos (salvaguardar los procesos políticos internos de
intromisiones que pudieran afectar su desarrollo autónomo).

Entre estas razones de orden interno, los argumentos de naturaleza cultural son
generalmente los más aireados tanto en los debates públicos como en la praxis política, y
su profuso empleo permite ocultar otros intereses no siempre confesables. Entre los más
conocidos defensores contemporáneos de un cierre de las fronteras (aunque sea de
manera parcial y condicionada), y sobre todo de impedir o dificultar lo más posible el
acceso a la ciudadanía a los extranjeros, se encuentra Michael Walzer.103 Este filósofo
tiene el mérito de ser uno de los pocos teóricos de la justicia que han pensado con cierta
atención la cuestión del control de la inmigración y se han planteado las condiciones de
acceso de los extranjeros a la comunidad política. Argumenta que con el fin de mantener
su propia cultura, algo a lo que tendría derecho todo pueblo constituido en Estado, las
sociedades deben mantener el derecho de admisión y, por tanto, la potestad de limitar la
inmigración. Según este autor, la política de recepción de inmigrantes o responde a los

61
intereses de la sociedad en cuestión o bien expresa preceptos caritativos ampliamente
aceptados en ésta, pero en ningún caso constituye una obligación articulada desde el
punto de vista de la justicia. Eso sí, una vez admitidos los extranjeros, éstos deben gozar
de un estatus jurídico definido en virtud de principios de justicia. El planteamiento de
Walzer es bastante representativo de cómo, en el caso concreto de las migraciones, las
exigencias universales de la justicia suelen contextualizarse de tal modo que se genera un
desacoplamiento normativo: las directrices que ofrecen las teorías de la justicia para esta
cuestión no parecen estar orientadas de acuerdo con principios generales de justicia, sino
que obedecen a los intereses específicos de cada comunidad.
En contra de los planteamientos de Walzer se han posicionado diversos autores, entre
los que destaca Joseph H. Carens.104 Como se señalará con mayor detalle en el capítulo
sexto, fue él quien abrió un fructífero debate —aún irresuelto— al denunciar que, pese a
que ninguna de las fundamentaciones contemporáneas del liberalismo aporta razones
morales de peso para restringir los derechos de los extranjeros a entrar en un país o a
tomar residencia en él, los Estados demoliberales proceden como si las hubiera. Carens
señala además que, si se pretende ser coherente con los planteamientos normativos del
liberalismo, lo suyo sería abogar por el establecimiento de fronteras abiertas (open
borders) como la forma de garantizar el derecho fundamental a salir del propio país
(reconocido por el artículo 13.2 de la DUDH). Arguye que si la libertad de salida es
consustancial a los regímenes demoliberales, resulta bastante obvio que esta libertad
carecería de contenido real en ausencia del recíproco derecho o libertad de entrada (que,
sin embargo, no es reconocido por el derecho internacional). Por el contrario, quienes
defienden el control estricto de las fronteras o al menos su cierre de manera selectiva no
pueden invocar principios liberales y suelen escudarse más bien en concepciones
colectivistas de la política que, además de negar tanto la primacía moral del individuo
frente a la comunidad como el igual valor moral de todos los individuos, chocan
frontalmente con el respeto de los derechos humanos:

La relevancia moral de las fronteras […] ha sido siempre el argumento de quienes han intentado poner coto a
la vigencia de los derechos humanos aduciendo la necesidad de salvaguardar las peculiaridades nacionales y la
identidad colectiva, a la que se le atribuye el mismo rango moral que a la autonomía individual. 105

En general, quienes se manifiestan a favor de abrir las fronteras y ampliar el derecho


de inmigración se muestran también inclinados hacia una concepción más amplia de
ciudadanía transnacional, mientras que quienes defienden el mantenimiento de
limitaciones a la inmigración se basan, sobre todo, en una contracción comunitarista (o
incluso abiertamente nacionalista) de la idea de ciudadanía.
El extendido sentimiento de impotencia ante las poderosas dinámicas puestas en
marcha por la globalización y la intensificación de los flujos migratorios tiene, por tanto,

62
también su correlato en lo referente a la supervisión de las lindes territoriales, aunque no
es unívoco, pues suele provocar reacciones divergentes en los países de destino: «La
imagen del señor territorial al que se le escapa de las manos el control de sus fronteras ha
hecho entrar en liza estrategias retóricas contrapuestas».106 Resumiendo, y tal como se
ha indicado, serían dos en concreto las reacciones más habituales: una de índole
defensiva y otra más bien libertaria, que se traducen, respectivamente, en propuestas de
clausura y apertura de las fronteras.

63
6. MIGRACIONES INTERNACIONALES Y JUSTICIA
EN UN MUNDO GLOBALIZADO

Plantear en foro público problemas relativos a la justicia social entendida como acceso
igualitario a bienes y servicios públicos era tachado hasta hace muy poco de expresión de
mentalidad obsoleta o, en el mejor de los casos, de ingenuidad. Con la acusada crisis en
la que hoy está inserto el sistema económico mundial, especialmente en los países
occidentales, probablemente esta percepción esté cambiando. Y esta toma de conciencia
no sólo se refiere a las desigualdades existentes en el plano interno, sino a las más
grandes registradas en el planeta. El nuevo escenario geopolítico erigido en las dos
últimas décadas contribuye, sin duda, a esa modificación:

Cuando hemos salido del conflicto Este-Oeste, vemos que el problema Norte-Sur —que parecía menor y
mucho más fácil de resolver— llega a las raíces más profundas de la familia humana. Una vez desaparecida la
máscara de rivalidad entre los dos sistemas, con toda su crudeza se ha revelado la espeluznante verdad —que
nadie quiere reconocer todavía— de que la riqueza de unos (pocos) se asienta en la miseria de otros (muchos)
[…] La miseria universal (que va en aumento), producto de un reparto de la riqueza clamorosamente desigual,
es una bomba de relojería que puede estallarnos en cualquier momento. 107

Si esa miseria encuentra en las migraciones internacionales una vía de escape, aunque
sea parcial, no se pueden mantener cerrados los ojos y dejar de ver que, al menos en los
países comparativamente más opulentos, receptores de millones de migrantes de todo el
mundo, la cuestión de su acceso al territorio y de las condiciones de su permanencia se
ha convertido en una cuestión que ha de ser abordada desde la perspectiva de la justicia.
El estatuto de nacionalidad establece una rígida frontera entre quienes son acreedores a
los derechos asociados a su titularidad y quienes a lo sumo tan sólo son objetos de una
ocasional solidaridad. La nacionalidad, y la posesión del documento que la acredite
formalmente, se instrumentaliza como criterio de diferenciación y exclusión social y se
interpone como obstáculo insalvable para el acceso a ciertos derechos: «Aunque los
principios universales de justicia moral y política podrían ser suficientes para defender el
caso de la ciudadanía inclusiva, cuando se trata de incluir a inmigrantes estos argumentos
se filtran con percepciones más particulares de quién pertenece y quién no».108
Las migraciones internacionales ponen en juego elementos decisivos de la justicia
social. Y ello sucede no sólo de fronteras adentro sino también allende las mismas.
Aparte de su inevitabilidad en un mundo interdependiente, la propia intensidad alcanzada
por los flujos de población en las últimas décadas tiene una capacidad de interpelación
que desborda las fronteras nacionales. La comprensión y la gestión de este tipo de
procesos sociales genuinamente transnacionales hacen perentorias nuevas formas de

64
articulación política, cuyos efectos transforman el escenario donde se han de hacer valer
las exigencias de la justicia.
Las migraciones cuestionan la capacidad de acción de la política tradicional y hacen
saltar por los aires el escenario jurídico-político habitual de realización tanto de la justicia
social como de la democracia: los Estados nacionales. Esta forma política, tan relevante
en otros momentos históricos, muestra hoy sus propias limitaciones en un mundo
interconectado y en movimiento: «El imaginarnos formando parte de una comunidad
nacional parece estar bien cuando pensamos en ello como en algo que ensancha nuestros
horizontes más allá de las lealtades tribales limitadas, pero es menos atractivo cuando
pensamos en ello como una forma de erigir murallas contra el resto del mundo».109 El
sacrosanto principio de no intervención en los asuntos internos, principio por el que se
han regido las relaciones jurídicas interestatales, apuntala, por un lado, la soberanía de los
Estados, su condición de legibus solutus, pero, por otro, deja a los individuos en una
situación de alta vulnerabilidad ante el abuso, la injusticia y la arbitrariedad. Y si esto por
sí solo ya puede acarrear implicaciones negativas para los naturales de un Estado, las
repercusiones pueden resultar sencillamente dramáticas para inmigrantes y refugiados. En
el interior de las fronteras estatales se hace patente el primado de la lógica estatal, de tal
modo que la entrada en juego de intereses nacionales desplaza los principios de justicia.
Tales principios, que en teoría se postulan con validez universal, acaban teniendo en la
práctica unos límites materiales muy precisos en las fronteras estatales. Si éstas son, en
gran medida, «accidentes de la historia sin derecho legítimo sobre nuestra conciencia»,110
¿cómo puede aceptarse sin más que circunstancias tan azarosas como las que confluyen
en su delimitación resulten moralmente relevantes a la hora de implementar
restrictivamente principios universales de justicia? Por difícil que sea darle una respuesta,
es ésta una cuestión relevante que en ningún caso cabe soslayar.
La presencia masiva de inmigrantes y, sobre todo, el modo en que las sociedades
receptoras reaccionan jurídica y políticamente ante ellos constituyen un indicador
sumamente cualificado a la hora de desentrañar la «estructura básica de una sociedad»
(haciendo uso de una expresión central de la filosofía política a partir de la obra de John
Rawls) y la correspondiente concepción de la justicia que la soporta. La jerarquización de
la ciudadanía, la etnoestratificación del mercado laboral, la segregación residencial y la
exclusión de la comunidad política son ejemplos de fenómenos generados a raíz de los
procesos migratorios que contravienen palmariamente los principios y valores sobre los
que las sociedades democráticas dicen sustentarse. A la noción de justicia le es inherente
la exigencia de equidad, esto es, de un tratamiento igual en el pleno disfrute de los
derechos, lo que incluye, por supuesto, también la igual garantía de los derechos sociales.
Pero lo cierto es que, en todo lo referente a los derechos de los inmigrantes y refugiados,
se tiende a seguir la lógica excluyente del Estado-nación: «Bajo esta lógica, las

65
migraciones aparecen de modo general como una excepción anormal, por lo que queda
justificada la subordinación, postergación o supeditación de los derechos legales,
económicos o sociales de los inmigrantes respecto a los de los nacionales».111
Ante la existencia de fronteras en general, no ante el particular trazado de fronteras
entre dos Estados soberanos, incluso las teorías de la justicia más rigurosas han
observado un significativo y alarmante silencio. Aunque los criterios de justicia se
postulan en principio para todas las personas, sus teóricos —y esto vale para Rawls y su
infinidad de seguidores— no suelen reparar en el hecho de que los Estados limitan la
efectividad de la justicia de manera casi exclusiva a aquellas personas a las que
reconocen como ciudadanos propios. Con la noción de justicia se alude, en primer lugar,
a las instituciones y al régimen interior de cada Estado, esto es, a su estructura básica, y,
en segundo lugar, a los principios y reglas que rigen en cada Estado la relación entre los
ciudadanos entre sí y con sus autoridades. Aquí resulta central el empleo del término
«ciudadano» y no el de «persona». En la doctrina liberal, incluso en la de corte
igualitarista, se procede a una profunda inversión de sus destinatarios mediante un
cambio de lenguaje que de ordinario pasa inadvertido: «Lo que comienza siendo una
teoría sobre la igualdad de las personas, termina siendo una teoría sobre la igualdad de
los ciudadanos»,112 en la medida en que únicamente son acreedores a derechos aquellos
que formalmente son miembros de un Estado.
El hecho completamente contingente de haber nacido a un lado o al otro de una línea
de demarcación administrativa representa un criterio de ventaja o privilegio que, en
muchas ocasiones, llega a ser determinante para poder disfrutar o no de determinados
derechos y libertades. De manera expresa se renuncia así a aplicar criterios homogéneos
de justicia a todos los individuos y se consagra la discriminación. Para salvar las
incongruencias más manifiestas se suele jugar con sobrentendidos que a la larga sólo
perjudican a los no nacionales. Sea cual fuere la perspectiva que se adopte, las
restricciones que impiden a amplios sectores de la población de origen inmigrante
beneficiarse del ejercicio real de los derechos tradicionalmente asociados a la condición
de ciudadano suponen una grave violación de los principios de igualdad de trato y no
discriminación sobre los que supuestamente se asientan las sociedades democráticas. Por
todo ello, no es de extrañar que las fronteras sean «una fuente de desazón para los
liberales, sobre todo para los liberales igualitaristas».113 Lo es igualmente para cualquier
cosmopolita y para cualquier defensor de los derechos humanos. No es objeto, por el
contrario, de especial inquietud moral para comunitaristas, nacionalistas y todos aquellos
que se acogen a la etiqueta de realistas políticos.
Las fronteras estatales funcionan de hecho como límites para la aplicación de los
principios elementales de justicia. Es su legitimidad la que puede ser cuestionada: «Lo
que es evidente es que no podemos seguir considerando que la justicia se refiere

66
únicamente al funcionamiento de una sociedad comprendida dentro de un Estado
soberano».114 La validez de los principios de justicia, tomados en serio, no expira allí
donde las fronteras señalan las lindes de un Estado. Desde planteamientos morales
pueden aducirse razones suficientes para poner en tela de juicio algunos aspectos de la
división política del planeta que pudieran estar dando soporte a distribuciones injustas de
recursos y oportunidades básicas. En particular, la dicotomía nacional / extranjero,
ciertamente habitual en los ordenamientos jurídicos a lo largo de la historia como criterio
de atribución de derechos, puede ser cuestionada en lo moral a la luz del principio general
de igualdad de trato (o de interdicción de la discriminación) o del principio de la dignidad
humana. Cuando una sociedad democrática invoca circunstancias azarosas para justificar
un trato discriminatorio respecto a los inmigrantes, se ponen en entredicho exigencias
mínimas de equidad que tal sociedad supuestamente hace suyas y se socavan las bases
sobre las que se sustenta todo el orden social. Las fronteras estatales dejan así sentir sus
deletéreos efectos de manera directa en otra institución central de la política moderna:
son el lugar en el que, además de la justicia, se detiene también el alcance de la
democracia.
En cuestiones migratorias se constata con frecuencia un divorcio entre la teoría y la
praxis, entre los principios y los hechos. En algunos países son ciertamente numerosos
los inmigrantes que, sin estar autorizados de iure a permanecer en un determinado
territorio, tienen reconocidos y protegidos una serie de derechos y prestaciones. Pero
también es frecuente el caso de inmigrantes que, al no estar autorizados ni reconocidos,
viven sujetos a la arbitrariedad del Estado. En la práctica, algunos refugiados e
inmigrantes se ven sometidos a un estado de excepción no declarado, con suspensión
absoluta de las garantías legales. Ésta es la situación de quienes sin haber cometido un
ilícito penal son privados de libertad, desprovistos de sus derechos e internados en
centros de reclusión, que no son otra cosa que auténticos limbos jurídicos, con el inri
añadido de que tales centros se han convertido en un instrumento ordinario de las
políticas de extranjería de muchos gobiernos.115 De hecho, los centros de internamiento
de extranjeros que menudean a lo largo de toda la geografía europea —con el inquietante
perfil, en muchos casos, de auténticas cárceles administrativas— están siendo utilizados
como una sanción encubierta, al margen del derecho penal, para «castigar la irregularidad
administrativa u hostigar al inmigrante para que regrese a su país y disuadir a los que aún
estén pensando en emprender la aventura migratoria».116 Lo cierto es que, de este modo,
Estados democráticos hacen en materia migratoria una exhibición de poder soberano, de
un accionar legibus solutus, al suspender a su antojo y sin necesidad de justificación
algunas garantías jurídicas básicas, una exhibición que difícilmente se pueden permitir en
otros ámbitos.
Sin derechos se encuentran también, por ejemplo, quienes, huyendo de la miseria, las

67
guerras o las persecuciones, arriban a las costas mediterráneas europeas a bordo de
precarias embarcaciones y reclaman el tratamiento que les correspondería en nombre de
la dignidad humana. Pronto descubren que quienes no tienen «papeles» (esos preciosos
objetos a los que se les atribuye un mágico poder para acceder a la igualdad real ante la
ley) y no poseen más aval que la condición humana en realidad no tienen nada que
esgrimir. En similar situación de entero desamparo se hallan aquellos que no están bajo la
jurisdicción de su propio Estado (los emigrantes) o que no tienen siquiera Estado que los
ampare (los apátridas y los refugiados). En la práctica, únicamente se reconoce la plena
condición humana al ciudadano, al civis optimo iure, una condición o categoría que, al
parecer, no se adquiere únicamente por ser hombre, sino por ser miembro de alguna tribu
particular. En el día a día de muchos individuos esta distinción resulta decisiva, pues
afecta directamente su bienestar personal y conduce implícitamente a su jerarquización
social. Sus efectos más directos se perciben, sin duda, en el mundo de la inmigración y,
particularmente, en el ámbito laboral.
La división política del planeta sirve con frecuencia de soporte normativo para la
reproducción de distribuciones injustas de bienes, recursos y servicios básicos. Las
fronteras garantizan la perpetuación de las ventajas comparativas que disfrutan los
ciudadanos de los países con mayores recursos, del mismo modo que convierten en
endémicos los perjuicios que padecen los menos afortunados. Ese desigual reparto entre
los diversos pueblos del planeta es en absoluto ajeno a la intensidad que las migraciones
internacionales han alcanzado en nuestros días. Por su propia naturaleza supranacional,
en esta materia cada vez resultan más acuciantes la definición y la puesta en marcha de
mecanismos de cooperación intergubernamental, así como la articulación de medidas
realmente redistributivas.
Siendo todo ello sumamente importante, existe una cuestión central que una teoría de
la justicia no puede obviar, ni tampoco dar por sentada: la pregunta de quiénes son, en
última instancia, los sujetos cuyo bienestar tiene que considerarse criterio determinante
de las políticas públicas. Y a la pregunta por los sujetos está asociada la referente a los
confines físicos del territorio que habitan. De ahí que también el control de las fronteras,
el acceso a la ciudadanía y, en general, las políticas migratorias hayan de ser replanteados
desde la perspectiva de una concepción global de la justicia.
No hay en principio nada reprochable en el hecho de que las concepciones teóricas de
la justicia social se mantengan en un considerable grado de abstracción, pues de ellas se
espera que estén por encima de las contingencias de su época, pero eso no las exime de
proporcionar respuestas argumentadas a los problemas reales del mundo y de mantenerse
sensibles a los cambios estructurales que se produzcan.117 En particular, la envergadura
cuantitativa y cualitativa adquirida por los procesos migratorios demanda de los teóricos
de la justicia social no sólo una atención que hasta ahora nunca prestaron, sino que

68
procedan también a realizar los ajustes necesarios para dar cuenta de tales procesos.
Desdeñarlos convertiría hoy, en un mundo globalizado, en irrelevante cualquier reflexión
sobre la justicia.

69
70
II. Estado nacional, transnacionalismo
migratorio y ciudadanía
en mutación

En un inquietante tono aforístico, Stefan Zweig dejó escrito algo en su autobiografía que
él y muchos de sus contemporáneos centroeuropeos experimentaron en carne propia
durante el periodo de entreguerras: «Antes el hombre sólo tenía cuerpo y alma. Ahora,
además, necesita un pasaporte, de lo contrario no se lo trata como a un hombre» (El
mundo de ayer, 1942).1 Refiriéndose a experiencias de esos mismos años, Hannah
Arendt expresaba también su profunda convicción de que para muchas personas «la
abstracta desnudez de ser nada más que humanos era su mayor peligro» (Los orígenes
del totalitarismo, 1951).2 Para ambos autores los derechos del hombre resultaban
operativos únicamente si se ostentaba de manera fehaciente la condición de ciudadano,
de nacional de un Estado, requisito que en la práctica se tornaba imprescindible para
poder disfrutar del elemental «derecho a tener derechos». Si no se dispone de
mecanismos que aseguren el cumplimiento efectivo de los derechos, los únicos que
realmente cuentan son aquellos que están respaldados por un Estado. Sin embargo, los
Estados, incluso los democráticos, suelen mostrarse reacios a ceder parte de su propia
soberanía mediante la creación de efectivos regímenes transnacionales de derechos
humanos que den cumplida respuesta a las demandas de sus propios ciudadanos y
residentes.
La reflexión compartida por Zweig y Arendt concluía en la amarga constatación de
que entre los derechos humanos y la noción de soberanía nacional existía una relación de
rivalidad, cuando no de abierta hostilidad. Tan perverso era este nexo en la práctica que
tan sólo en el marco de los Estados nacionales los derechos humanos resultaban
garantizados y protegidos con alguna eficacia. O, dicho de otro modo: únicamente si uno
se ponía al abrigo de un Estado en calidad de ciudadano existía alguna posibilidad de
disfrutarlos en su integridad: fuera de él la cobertura efectiva era sumamente débil, por
no decir nula. Parafraseando la dogmática sentencia de san Cipriano, extra ecclesiam,
nulla salus, cabría sostener que fuera del Estado no hay salvación. Y esto no era ninguna
teoría, sino que constituía para muchos inmigrantes, exiliados y refugiados la pura
descripción de su situación personal.
Aquello que Zweig y Arendt nos relataron como cualificados testigos de cargo ¿sigue

71
valiendo para describir, mutatis mutandis, la situación que en el presente experimentan
aquellos que no pueden acreditar la nacionalidad del país en el que residen de forma
habitual? ¿Se han registrado cambios relevantes en lo que afecta a la suerte de los
derechos de los inmigrantes en los países de acogida? ¿Sigue siendo tan decisiva la
pertenencia formal a un Estado nacional para el disfrute real de los derechos más
elementales, como la vida o la integridad física?
Tras considerar el progresivo debilitamiento de las facultades soberanas atribuidas
generalmente a los Estados, apenas compensado con el fortalecimiento de sus
atribuciones en materia de ciudadanía e inmigración (sección 1), en el presente capítulo
se abordan ciertas transformaciones del sistema político que guardan relación directa con
la noción de ciudadanía y el sentido de pertenencia. La reflexión toma por guía la
siguiente hipótesis de partida: las migraciones pueden ser entendidas como el catalizador
social, probablemente el más decisivo, del conjunto de transformaciones que está
experimentando la institución de la ciudadanía en las sociedades democráticas. A partir de
ese supuesto se trata de mostrar que el fenómeno en alza del transnacionalismo
migratorio posee la capacidad heurística de arrojar luz sobre las contradicciones internas
del proyecto moderno de ciudadanía nacional. Se aduce, en particular, que el
establecimiento de redes transnacionales incide en la forma en que los migrantes se
vinculan al país receptor sin dejar de mantener lazos con sus lugares de origen (sección
2), y se destaca, a continuación, que la persistencia de estos nuevos lazos
transfronterizos posee efectos perceptibles sobre la concepción de la ciudadanía (sección
3). Por último, se mostrará el surgimiento —o, al menos, su vislumbre como alternativa
— de una nueva noción de ciudadanía ligada más estrechamente a los derechos
humanos, de modo que la condición de nacional de un Estado ha dejado de ser en
muchos casos el requisito indispensable para el disfrute de ciertos derechos asociados a la
ciudadanía (sección 4).

72
1. LAS POLÍTICAS MIGRATORIAS,
¿ÚLTIMO REDUCTO DE LA SOBERANÍA ESTATAL?

La política migratoria, en cuanto conjunto de medidas jurídicas y administrativas que


regulan el acceso y la estancia de los extranjeros en un determinado territorio, es una de
las políticas públicas en las que confluyen más intereses en conflicto y, en consecuencia,
en las que más tensiones sociales se suscitan (cf. supra, inciso a de la sección 2 del
capítulo I). Casi todos los gobiernos han desarrollado prolijas normativas sobre la
materia, y aunque los listados de medidas propuestas difieren enormemente de país a
país, en ninguno faltan las normas que regulan el proceso de adquisición de la
ciudadanía. Este punto resulta vital en la medida en que condiciona en un sentido nada
trivial el porvenir que se le ofrece al inmigrante que arriba dentro de un horizonte de
integración social: la posibilidad de convertirse en ciudadano activo que participa en la
formación de las decisiones colectivas y de dejar de ser mero objeto pasivo de
protección. La posibilidad de acceder a la ciudadanía plena puede y debe verse también
como una de las contrapartidas que la sociedad receptora ofrece al inmigrante en el
proceso bidireccional de integración y acomodo mutuo (cf. infra, sección 3 del capítulo
IV).
El sentido del término ciudadanía ha ido evolucionando al mismo ritmo al que iba
transmutándose el Estado como marco privilegiado de la acción política, y con él la
propia naturaleza del vínculo político. En el mundo actual los Estados han perdido
algunos de los rasgos westfalianos sustanciales que usualmente servían para
caracterizarlos.3 El Estado —en cuanto entidad política que ostenta el legítimo monopolio
de la violencia, que ejerce plena soberanía sobre un determinado territorio y que vela
por el florecimiento de la identidad colectiva de sus ciudadanos— es cada vez más una
auténtica rara avis in terris. Ni la soberanía estatal es ya sostenible en sus términos
tradicionales ni las fronteras que marcan su territorio son controlables por ningún poder
policial, ni se puede seguir considerando homogénea la identidad del conjunto de los
miembros de prácticamente ningún Estado. Todos estos componentes han sido
deconstruidos bajo el impacto de múltiples y complejas dinámicas a las que en absoluto
son ajenos los procesos de globalización.
La actual fase de la globalización —marcada por la desregulación y la
internacionalización de las relaciones económicas y, en cierta medida, también por la
consiguiente aceleración, aunque aún insuficiente, de los distintos procesos de integración
mundial— está constituida por una serie de dinámicas de alcance desigual que, sin
embargo, configuran de consuno un mundo selectivamente poroso para los diferentes
tipos de intercambios. De hecho, la globalización representa un proceso complejo con

73
efectos ambivalentes sobre las funciones tradicionales del Estado: pérdida de relevancia
en algunos ámbitos (transacciones económicas, protección social, etc.) y fortalecimiento
en otras áreas (seguridad, control de fronteras, etc.), que responden a una lógica
neoliberal. Se han abierto las fronteras a los mercados, se han reducido los aranceles
aduaneros a las mercancías y se han derribado numerosas barreras a la libre circulación
de la información y de los capitales, pero no se ha procedido del mismo modo con
aquellas otras que interfieren en los desplazamientos de las personas y en su libertad para
mudar de lugar de residencia. Se han integrado internacionalmente los mercados de
bienes y capitales, pero no los de mano de obra, que siguen férreamente sujetos a las
políticas nacionales.
Pocos son los Estados que en este nuevo contexto disponen de capacidad real de
controlar por sí mismos dimensiones clave, como la defensa y la seguridad, por nombrar
dos de las competencias que habitualmente tienen encomendadas. A la mala salud —que
no fallecimiento— del Estado territorial soberano contribuyen varios factores, no todos
fáciles de determinar, que varían de país a país. Pero más allá de las diferencias que
puedan observarse, la nueva espacialidad de un mundo enormemente ensanchado, a la
vez que comprimido, por los procesos de globalización ha suscitado un amplio debate
sobre la decreciente autosuficiencia de los Estados, ideal igualmente asociado a la noción
de soberanía. Y de modo similar al cuestionamiento padecido por el Estado, la nación —
como tipo particular de comunidad política y como objeto singular de lealtad— también
ha sido puesta en entredicho por la irrupción de formas de identidad nuevas y más
complejas, particularmente formas posnacionales, multinacionales y poliétnicas. La
transformación del Estado-nación y la emergencia de nuevos modos de lealtad
representan, así, desafíos ineludibles que han de ser encarados desde la teoría política
con objeto de pensar nuevas fórmulas de vivir en común.
La ciudadanía, concebida como condición legal formal, es una institución que articula
los derechos y deberes legalmente reconocidos de los miembros integrantes de un
Estado. Esta institución jurídica no es, sin embargo, un instrumento meramente formal,
pues a lo largo de la historia ha mantenido un estrecho vínculo con el significado de esa
lábil pero influyente categoría política llamada «identidad nacional», de tal modo que su
ritmo de cambio se acompasa con el de esta última variable. Si esto es así, y además
tenemos en cuenta que los complejos y contradictorios procesos de cambio social
vinculados a la globalización han modificado ya relevantes rasgos de la organización
territorial y competencial de los Estados nacionales, no es de extrañar que «la institución
de la ciudadanía —los derechos formales, las prácticas sociales, la dimensión psicológica
— también se haya visto transformada».4 Sin embargo, algunas de estas mutaciones
pueden resultar desconcertantes, pues mientras que los procesos de globalización
desnacionalizan el control de las grandes decisiones económicas, que quedan sometidas a

74
la primacía de la lógica neoliberal de los mercados transnacionales, la inmigración sirve
de coartada para recuperar un cierto sesgo nacional en la agenda política o al menos
extender la sensación de que eso ocurre.
Los procesos de traslación del poder efectivo hacia organismos inter o
supranacionales (Unión Europea, FMI, Banco Mundial, OMC, etc.) desustancian de modo
nada trivial los cauces de representatividad política y, por ende, de legitimidad
democrática de los Estados particulares.5 Lejos de proceder de acuerdo con pautas
democráticas, son muchos los Estados que, en una clara deriva tecnocrática, han ido
perfilando su propio marco laboral, social y económico de acuerdo con las directrices
emanadas desde tales organismos, pero a espaldas de su propia población. Con
demasiada frecuencia los gobiernos se pliegan a los intereses de los mercados, que no
conocen fronteras y exigen la supresión de las restricciones a las transacciones financieras
y los movimientos comerciales. De modo similar, también el espacio público acaba
colonizado por poderosas dinámicas invasivas, como la económica o la mediática. La
lógica del Estado y la del capital se contraponen y en este duelo, según parece, la primera
lleva las de perder.6
Comoquiera que esto sea, existe ciertamente una parcela donde excepcionalmente no
se produce esa dejación de poder estatal: «Cuando se trata de inmigrantes y refugiados
[…] el Estado nacional reclama todo su antiguo esplendor afirmando su derecho
soberano a controlar sus fronteras».7 En realidad, esta reacción no es nueva, pues
«teóricamente […] había sido siempre cierto que la soberanía en ningún asunto resultaba
más absoluta como en cuestiones de “emigración, naturalización, nacionalidad y
expulsión”».8 Que esto siga siendo así responde muy probablemente a la convicción de
que si algo le cabe monopolizar al Estado hoy en día de manera realista sería la integridad
de sus fronteras, de modo que «la idea del territorio» se ha convertido en el «punto
diacrítico de la soberanía».9 Y en consonancia con esta suposición, no sólo se refuerzan
las fronteras exteriores o se acrecienta el poder discrecional de los funcionarios
consulares en la expedición de visados, en claro desprecio de las reglas del Estado de
derecho,10 sino que se multiplican los controles policiales de la población incluso en el
interior del territorio. De este modo se pondría de manifiesto que, aunque la institución
del Estado nacional no esté completamente arrumbada, ciertamente se encuentra en crisis
y requiere de continuos actos de reafirmación ante sus propios ciudadanos. Algunos de
estos actos repercuten directamente, como se señalará a continuación, en un
endurecimiento de las políticas migratorias poco o nada respetuoso de los derechos de los
migrantes.
Tras el celoso control de las fronteras se encuentra una implacable maquinaria estatal
empeñada en marcar los confines entre los de dentro y los de fuera, en separar a los
seres humanos en ciudadanos y en extranjeros, «en sujetos de derechos y en extraños al

75
derecho».11 Se da así carta blanca para que opere una lógica excluyente, además de
profundamente inhospitalaria:12 las fronteras que se interponen no son sólo las físicas
que delimitan territorios, sino aquellas otras normativas y simbólicas que excluyen a los
inmigrantes de la esfera pública y de los recursos comunes. Los Estados nacionales
hacen así patente que uno de sus cometidos propios, incluso más que preservar la
integridad territorial mediante el control de las fronteras externas, es demarcar la
comunidad política —quiénes la integran y quiénes no— mediante el establecimiento de
fronteras internas, más sutiles, pero, llegado el momento, no menos determinantes.13 A
lo largo del (comúnmente) dilatado proceso de inserción en el país en que han fijado su
nueva residencia, los migrantes chocan con la lógica de una concepción de la ciudadanía
no precisamente dinámica, sino estática y residencial, anclada en el territorio. En este
sentido, los múltiples requisitos para acceder a la nacionalidad del país receptor
constituyen una de las principales fronteras internas, quizá la última barrera jurídico-
administrativa, que los inmigrantes han de superar hasta lograr incorporarse plenamente
en el aspecto jurídico a la nueva sociedad. Un proceso que se presenta como una larga
carrera de obstáculos: primero han de lograr acceder al territorio, luego han de conseguir
un permiso temporal, más tarde han de adquirir el permiso de residencia permanente (no
sometido a revisión por decisión arbitraria de las autoridades administrativas). Y al final
de todo ello llegaría, para algunos, la nacionalidad. La pregunta que surge tras este
recorrido es si toda la serie de obstáculos interpuestos por los Estados tiene algún sentido
que vaya más allá de la propia autoafirmación y si, en definitiva, resulta realmente eficaz
para el objetivo declarado de controlar los flujos migratorios.
En realidad, a medida que aumenta el grado de interdependencia de los países y el
número de cuestiones que demandan soluciones globales, se hace más acuciante la
pregunta sobre la adecuación y capacitación real de los Estados nacionales para afrontar
los retos del presente y, en particular, el que representan los movimientos internacionales
de personas. Plantear esta cuestión no significa negar el decisivo papel que los Estados
desempeñan en las distintas fases de los procesos migratorios. Su labor no se reduce a
tratar de ordenar los flujos transfronterizos de personas, bien sea para alentarlos, bien
para intentar controlarlos, sino que también resulta esencial, por ejemplo, a la hora de
producir y reproducir situaciones de irregularidad, al encontrarse entre sus competencias
privativas la de crear la peculiar figura de los inmigrantes indocumentados (también
llamados clandestinos e incluso ilegales), que tanta relevancia tiene en el modo en que
hoy se aborda la cuestión migratoria.
Las dudas acerca del papel del Estado ante las migraciones atañen, en primer lugar, al
plano de los principios y fines de la política. Por su propia estructura, el Estado nacional
está prácticamente obligado a dar preferencia absoluta a los intereses de sus nacionales.
En política migratoria, y en particular en el ámbito de la política de ciudadanía, esto

76
resulta innegable. Pero no por evidente deja de ser menos paradójico que, justo cuando
los procesos de globalización neoliberal desnacionalizan la gestión económica, el
fenómeno migratorio renacionalice las agendas políticas.14 E igual de sorprendente es, al
menos desde un enfoque democrático, que la libre circulación de personas se conciba
como un reto a la soberanía estatal justo cuando la primacía de los mercados se ha
impuesto fáctica y discursivamente sobre los gobiernos legítimamente constituidos y su
marcada lógica territorial, justo además cuando en muchos casos los ciudadanos han sido
expropiados políticamente de sus poderes democráticos básicos. Sea como fuere, esa
tendencia renacionalizadora es perceptible en las normativas de acceso al territorio
estatal, en los controles policiales internos y, de modo paradigmático, en la regulación de
la adquisición de la nacionalidad / ciudadanía.
La naturalización de los extranjeros es una de las últimas atribuciones específicas a
las que se aferran los Estados contemporáneos como si fuera un ingrediente medular de
aquello que en el lenguaje diplomático se denomina domain reservé: un dispositivo
privativo e irrenunciable de la soberanía estatal. De ahí también la negativa a reconocerla
como un derecho subjetivo de los residentes de larga duración (cf. supra, sección 3 del
capítulo I). El estrecho vínculo entre naturalización y ejercicio de la soberanía estatal se
hace patente en las restricciones que suelen apuntarse: por un lado, los Estados se
reservan el derecho de despojar a los nuevos ciudadanos de su nacionalidad, aunque ello
suponga que se conviertan en apátridas (algo completamente vetado, sin embargo, en el
caso de los nacionales de origen; véase, por ejemplo, el artículo 11.2 de la Constitución
española, el 37A de la Constitución mexicana y el 96.2 de la Constitución colombiana),
una reversibilidad que sitúa el estatus de los ciudadanos por naturalización en una
«vulnerabilidad inherente»,15 y, por otro, a los nuevos ciudadanos se les suele negar el
acceso a la doble nacionalidad.16 La regulación de la naturalización de extranjeros es,
ciertamente, una competencia no menor, un instrumento decisivo puesto en manos de la
comunidad política para delimitar su demos y marcar sus propios contornos tanto hacia
dentro como hacia fuera.
En segundo lugar, las dudas acerca de la capacidad del Estado de gestionar las
migraciones afectan también al plano de la eficacia. El interrogante adquiere relevancia a
la vista del estrepitoso fracaso que con harta frecuencia acompaña a las políticas
diseñadas por los diversos Estados para controlar los procesos migratorios. La
multiplicación de muros y la persistencia de una inmigración irregular son expresiones
elocuentes del desajuste entre los objetivos y los resultados de esas políticas. Estos
reiterados fiascos se deben, en gran medida, al desconocimiento de la dinámica interna de
los procesos migratorios y, en particular, de los nuevos. Por un lado, el fracaso de
muchas políticas migratorias obedece al «hecho de que la naturaleza de los procesos
migratorios es a largo plazo, mientras que los ciclos de las políticas son esencialmente de

77
corto plazo y con frecuencia se determinan por la duración de los mandatos
electorales».17 Por otro lado, las nuevas migraciones presentan rasgos que son ignorados,
ya que «los esfuerzos estatales por controlar la migración siguen todavía una lógica
nacional, mientras que muchas de las fuerzas que determinan la migración siguen la
lógica transnacional».18 El resultado de este desacoplamiento es bastante previsible, pues
en la medida en que el control migratorio esté basado en una lógica nacional estrecha
siempre será grande la probabilidad de que su grado de eficacia se vea sustancialmente
disminuido por el influjo de redes migratorias basadas en dinámicas transnacionales. La
creciente inadecuación del marco estatal para afrontar los retos globales que representan
las migraciones internacionales se pone especialmente de manifiesto a la luz de la nueva
lógica que éstas siguen en la actualidad, en cuyas claves podemos encontrar también los
principales factores propulsores de las mutaciones experimentadas por la noción de
ciudadanía.

78
2. LA NUEVA LÓGICA MIGRATORIA:
EL ENFOQUE TRANSNACIONAL

En las condiciones actuales de un mundo interdependiente, los movimientos migratorios


presentan rasgos en cierta manera novedosos que resultan de la confluencia de factores
que favorecen una movilidad más flexible, eliminan parcialmente la noción de fronteras y
permiten mantener con regularidad lazos a través de las mismas. Un conjunto de rasgos
que, con algunas fluctuaciones en la denominación, se conoce en los estudios
especializados como transnacionalismo migratorio. Desde al menos la década de 1990,
son numerosos los científicos sociales que han desarrollado «una aproximación a la
migración que enfatiza los vínculos que los migrantes conservan con las personas, las
tradiciones y los movimientos localizados fuera de las fronteras del Estado-nación en el
que residen».19 A este creciente estrato transnacional de la población pertenecen
ciertamente, y es algo de lo que se ha de dejar constancia, no sólo los trabajadores
migrantes desfavorecidos con recursos relativamente escasos, en quienes se centrará aquí
el análisis, sino también, y de una manera destacada, los numerosos ejecutivos,
profesionales cualificados y funcionarios que configuran una privilegiada clase
cosmopolita, así como los activistas de la emergente sociedad civil global.20 Sin duda, las
redes tendidas por grupos humanos diseminados en distintos países ya se registraban en
épocas pasadas. El caso paradigmático sería el de la diáspora del pueblo judío, que
durante siglos logró mantener una memoria compartida sobre el país de origen y un
sentido comunitario de la solidaridad. En cualquier caso, si hay algo consustancial a la
experiencia de ser un migrante es una cierta capacidad de mediar e interconectar al
menos dos lugares diferenciados del planeta y sus respectivos universos simbólicos,
sociales y emocionales. Por eso, lo realmente novedoso no sería «la existencia de estas
redes y vínculos transnacionales, sino la perspectiva teórica y metodológica» que se ha
ido afianzando en los estudios sobre las migraciones.21
El enfoque transnacional se ha mostrado útil para abordar diversas dinámicas
transfronterizas sostenidas de manera duradera por actores no institucionales, como, por
ejemplo, diversas formas de empresariado o de activismo político, aunque es en el
terreno migratorio donde ha sido más fecundo. De hecho, más que una categoría de
contornos nítidamente diferenciados o que un nuevo objeto de investigación, se ha
convertido en una perspectiva analítica fundamental para examinar las causas y las
implicaciones socioculturales de los flujos migratorios actuales, sobre todo para estudiar
de forma más integral estos flujos tanto en los contextos receptores como en los
emisores. Este enfoque, cultivado por numerosos antropólogos y sociólogos (Rainer
Bauböck, Stephen Castles, Thomas Faist, Luis E. Guarnizo, Peggy Levitt, Alejandro

79
Portes y Steven Vertovec, entre otros muchos), choca con los estudios migratorios de
corte más tradicional —como los que aún siguen practicando en gran medida los juristas
y los politólogos—, centrados en problemáticas que afectan la recepción de los migrantes
en aquellos lugares donde se instalan. Este enfoque permite entender mejor que los
migrantes, pese a que a menudo son cosificados como inmigrantes en los países
receptores, son siempre también emigrantes, y de este modo nos proporciona «una
herramienta para evitar la complacencia con un sistema que nos coloca en el polo
privilegiado, como sociedad receptora de migración y no forzada a emigrar».22
En un plano más descriptivo, por transnacionalismo migratorio se entiende un
conjunto de procesos por los cuales determinados migrantes generan y sostienen
relaciones y actividades sociales recurrentes que vinculan de manera más o menos
duradera las sociedades de procedencia con las de destino. A partir de esas relaciones y
actividades se construyen espacios sociales discontinuos y, por ende, desterritorializados
o sin anclajes territoriales precisos, espacios que cruzan fronteras geográficas, culturales
y políticas. En los estudios empíricos se constata que son cada vez más los migrantes y
sus descendientes que forman parte de redes sociales con amarres en dos o más países.
No todos los migrantes son transnacionales, pero quienes lo son conforman ya una
significativa masa crítica capaz de generar nuevos y efectivos espacios, que crecen en
detrimento de aquellos otros de base nacional y de arraigo estrictamente territorial. Cabe
hablar, entonces, de espacios transnacionales con vínculos en ámbitos plurilocales vs.
territorios estatales con una localización muy precisa. La existencia de estos nuevos
espacios invita a reformular las nociones de sociedad y cultura societaria, de modo que
ya no queden restringidos al territorio limitado por las fronteras de un único Estado
nacional, pues, como afirman Levitt y Glick Schiller, «las vidas de un número creciente
de individuos ya no pueden entenderse con tan sólo mirar lo que sucede dentro de las
fronteras nacionales».23
Para captar el alcance práctico del término transnacionalismo migratorio es preciso
tener en cuenta las innovaciones introducidas en las actuales condiciones materiales de
existencia, muchas de ellas inconcebibles hace apenas dos décadas. En unos pocos años
se han registrado avances tecnológicos que inciden de manera directa y relevante en la
vida de todos y de un modo especial en la de aquellos que residen en un país diferente al
propio. Nuevas condiciones materiales que posibilitan que los migrantes mantengan vivos
lazos con su país de origen de una manera intensa y bastante cómoda, a la vez que
económica, lazos que se sustentan en formas de intercambios impensables sin la
revolución de los transportes y las comunicaciones: el contacto telefónico frecuente, las
líneas aéreas de bajo coste, la internet, el correo electrónico, el chateo, las redes sociales
virtuales, las remesas internacionales de dinero y las inversiones vía telemática, etc.
Mediante equipos y programas informáticos, no sólo se reduce el coste de la telefonía,

80
sino que se obtiene una impagable virtualidad en el intercambio de imágenes con los
allegados al permitir ver al interlocutor en tiempo casi real. Estos nuevos instrumentos de
comunicación propios de la era digital facilitan que muchos migrantes mantengan con sus
lugares de origen lazos estrechos y continuos a pesar de la distancia. Viven y se
desarrollan en el país de acogida sin perder el arraigo originario. De este modo se reduce
también el tradicional síndrome del alejamiento geográfico que aqueja a tantos
migrantes. Tales medios representan, en definitiva, el pegamento social que en mayor
medida posibilita la interconexión real entre las personas del planeta, incluidas muchas
que cuentan tan sólo con escasos recursos económicos.24
Por un lado, se han abaratado los gastos de desplazamiento de las personas, con lo
que se han reducido significativamente los costes asociados a la acción de emigrar: se ha
ahorrado en tiempo y se ha ganado en cuotas de comodidad. Por otro, con la ayuda de
toda esa panoplia de recursos basados en la infraestructura digital conocidos como
tecnologías de la información y la comunicación, que permiten actuar, producir,
consumir y comunicarse a distancia, en red y en tiempo real, se ha producido una radical
reducción del «efecto espacio-tiempo en los intercambios materiales, informativos y
humanos entre los territorios del planeta».25 Con la multiplicación de las opciones de
comunicación y desplazamiento se han derribado barreras que entorpecían las relaciones
transfronterizas. Es ilustrativo, en este sentido, comparar estas nuevas condiciones con
los medios que estaban al alcance, por ejemplo, de los emigrantes españoles, portugueses
y griegos, que a mediados de la pasada centuria se asentaron en la Europa más próspera
o en Iberoamérica: viajes de varias jornadas y a altos precios, cartas por correo ordinario,
giros postales, costosas conferencias telefónicas con operadoras, periódicos con varias
jornadas de retraso, etcétera.
Todos estos recursos e instrumentos permiten que sean numerosos los grupos y, en
particular, las familias que se despliegan conforme a patrones de una enorme movilidad
física y con variadas estrategias adaptativas. En el plano económico, por ejemplo,
conforman unidades de producción territorialmente dispersas y enormemente ventajosas
para los negocios. El mantenimiento de vínculos permanentes entre las áreas de origen y
destino permite tejer redes sociales relativamente invisibles, pero no por ello menos
tupidas, que impulsan importantes cambios en ambas áreas. Sus integrantes actúan en
múltiples espacios físicos y virtuales, conformando sólidos lazos que se retroalimentan y
que sirven para amortiguar el choque afectivo y cultural que supone la experiencia
migratoria. Esta configuración de los procesos migratorios mediante redes transnacionales
revela una cara de la globalización diferente a la más habitual: aquella en la que toman
protagonismo no tanto las implicaciones «macro», sistémicas o estructurales del proceso
(la globalización desde arriba, conducida por poderosos agentes institucionales), sino
esas otras que se insertan en el nivel «micro» de los procesos sociales (la globalización

81
desde abajo, fruto de iniciativas individuales y de pequeños grupos y redes sociales), un
nivel más cercano al mundo de la vida.26 En este nuevo campo social, los migrantes
pueden ser contemplados no sólo como víctimas de las desigualdades sociopolíticas, sino
también como sujetos activos con capacidad de transformación social.
El enfoque transnacional permite superar el individualismo metodológico, una
perspectiva que sigue teniendo enorme peso en el estudio de los flujos migratorios. De
hecho, aún es frecuente contemplar tales flujos desde la óptica de la elección racional
individual, esto es, como resultado de acciones emprendidas por personas aisladas que
intentan maximizar sus perspectivas vitales. Apenas se tiene en cuenta la dimensión
supraindividual derivada de la creciente importancia que en la decisión de emigrar tiene el
entorno social y, en particular, la existencia de redes transnacionales. Las redes de
contactos, de información y, sobre todo, de solidaridad que conforman las familias, los
parientes en un sentido amplio, los amigos y paisanos, los correligionarios políticos o
confesionales, así como quienes comparten una misma profesión (y participan en los
activos circuitos corporativos, como el que de manera bastante paradigmática se
estructura en torno al mundo académico), operan de manera significativa en la gestación
y realización de la voluntad de emigrar. Tales redes y canales de asistencia mutua
conforman, por una parte, una estratégica cabeza de puente o pista de aterrizaje para la
adaptación inicial de las personas y grupos a unas condiciones en principio inhóspitas, y,
por otra, una suerte de malla de seguridad frente a las situaciones de vulnerabilidad en las
que los inmigrantes frecuentemente se encuentran envueltos. Esas redes pueden llegar a
ser decisivas a la hora de elegir destino, pues resultan fundamentales para obtener apoyo
a la llegada y encontrar el primer empleo. Representan estructuras de acogida, esto es,
nudos de intercambio de asistencia que proporcionan una ayuda instrumental básica:
información, vivienda, trabajo, así como los no menos necesarios vínculos afectivos.
Generan relaciones simbióticas en las que todos los participantes salen ganando.
El carácter no transitorio de los vínculos transnacionales no es un dato trivial en el
terreno de las políticas migratorias. Pone en cuestión presunciones básicas de las
concepciones asimilacionistas, en particular la idea de que los inmigrantes, tras un tiempo
más o menos limitado, se adaptan a las pautas socioculturales de la sociedad de acogida y
que de manera más o menos simultánea abandonan las lenguas y costumbres de sus
países de procedencia, de modo que se van debilitando sus vínculos con tales países. El
hecho, sin embargo, es que las familias y los grupos transnacionales no están ligados a un
único territorio. Poseen un doble marco de referencia, «una marcada “bifocalidad” de
perspectivas».27 Su sentido de pertenencia también se duplica y se ponen en marcha
procesos que con probabilidad desembocan en nuevas formas híbridas de identidad,
para cuya elaboración se toman elementos de aquí y de allá. Puede conjeturarse,
entonces —y, de hecho, en la literatura especializada constituye una cuestión disputada

82
—, que las «dinámicas reticulares transnacionales», que han ido proliferando y que
propician la formación de sistemas culturales igualmente transnacionales, pueden actuar
como anticuerpos que ralenticen el proceso de integración de y con los inmigrantes en los
países receptores.
La emergencia de las nuevas formas de socialización que acompaña a los procesos
transnacionales señalados poseen también implicaciones en las políticas de control de
flujos migratorios emprendidas por los Estados. Las redes transnacionales engendran
dinámicas propias en las que se autosustentan los procesos migratorios una vez incoados,
incluso aunque se hayan reducido los incentivos económicos originales. Los flujos
migratorios adquieren así una cierta autonomía con respecto a los factores
desencadenantes. Tales dinámicas se sustraen a la acción de los Estados, que difícilmente
conseguirán quebrarlas, pues una vez puestas en marcha no pueden ser frenadas por
decreto.
Los vínculos transnacionales facilitan que los migrantes mantengan contactos
personales, conserven hábitos y prácticas colectivas y que los transmitan a sus
descendientes (a las llamadas impropiamente segundas generaciones, pues quienes las
integran nunca han cambiado en realidad su país de residencia y, por lo tanto,
difícilmente pueden ser denominados inmigrantes), de modo que pueden obviar algunas
decisiones que en otros tiempos resultaban trágicas. A falta de una constatación empírica
clara, de lo que no hay muchas dudas es de que estas nuevas dinámicas modifican, eso
sí, los modos de incorporación tradicionales de los inmigrantes.28 Se observa, no
obstante, que las relaciones y actividades transnacionales coexisten en muchos casos con
estrategias de asimilación desarrolladas por los países receptores. Autores como Portes,29
Levitt y Glick Schiller30 apuntan la idea de que la conducción de una forma de vida
transnacional no es incompatible con algún modo de integración exitosa en la sociedad
receptora. En cualquier caso, la trayectoria transnacional que caracteriza la vida de
numerosos migrantes contemporáneos obliga a replantearse las ideas de pertenencia y
lealtad exclusiva a un Estado sobre las que se han construido las nociones modernas de
ciudadanía e identidad nacional.

83
3. LA CIUDADANÍA, INSTITUCIÓN EN MUTACIÓN

Los procesos migratorios conducen a la constitución de un «doble espacio» social,


político y cultural donde se insertan los actores que los protagonizan e induce la
transformación cualitativa de sus conexiones y tramas sociales. Partir del lugar de origen
supone siempre un cierto desgarro existencial, que no implica, empero, una ruptura plena
con las raíces, a la vez que se inicia una nueva vida en el lugar al que se llega, donde a
duras penas se consigue un arraigo completo, pese a los muchos esfuerzos que se
inviertan. Alrededor de estas vivencias se conforma un nuevo mundo de la vida, que
traspasa la esfera estrictamente privada. Este tipo de experiencias representa una
constante en los procesos migratorios.31 Ahora, con las condiciones de comunicación
propulsadas por las nuevas tecnologías, el fenómeno se ve enormemente potenciado:
esos ámbitos de realidad que son las redes migratorias «se han convertido en
importantes espacios de transformación social puesto que conectan contextos muy
diferenciados entre sí y que hasta ahora se encontraban separados por fronteras,
territorios o el tiempo que distaba entre ellos».32 Más allá de esas comunidades
informales —y hasta cierto punto superpuestas—, el impacto de tales redes en la vida
cotidiana de los migrantes constituye un destacado factor en los procesos de
recomposición y redefinición de las identidades y de los sistemas de pertenencia
fundados tradicionalmente en el asentamiento en un único territorio estatal. Estas
conexiones transnacionales poseen una poderosa influencia en el modo en el que los
individuos experimentan y conciben sus vínculos sociales y políticos. A través de ellas los
migrantes no sólo viven a caballo entre dos mundos, sino que experimentan un doloroso
proceso de «doble desafiliación» y de «doble revinculación». Desarrollan identidades
complejas que los vinculan a más de un país, tanto en lo económico como en lo
simbólico y, por supuesto, en lo político, filiaciones simultáneas que los propios actores
no siempre estiman como mutuamente incompatibles. Todo ello conduce también a
concebir de otra manera el «nosotros», aquellos que están incluidos, y el «ellos», los que
están excluidos: una distinción primordial —una frontera mental— en cualquier sociedad
y que en el mundo de hoy pierde algo de su nitidez.
Las redes migratorias transnacionales modifican la percepción no sólo de tales
fronteras imaginadas, sino también la de las fronteras políticas y de los territorios
limitados por ellas, cuya importancia se relativiza. Mientras que las migraciones
tradicionales daban por sentado el orden territorial del mundo, los movimientos de
población contemporáneos ponen en cuestión presupuestos tan arraigados como «el
cerramiento exterior y la homogeneidad interna de las comunidades políticas».33 Con ello

84
los contornos del vetusto modelo westfaliano —que, como se ha indicado, pivotaba
sobre los Estados territoriales soberanos— se van difuminando. La creciente
conformación transnacional de los procesos migratorios incide en la configuración de
nuevos modelos de pertenencia y de titularidad de los derechos, impulsando a la postre
nuevas formas de entender la ciudadanía. Y así, a la vez que «asistimos a una poderosa
desterritorialización de las prácticas y de las identidades asociadas a la ciudadanía y a los
discursos sobre la lealtad y la fidelidad»,34 el modelo de ciudadanía nacional evidencia su
inadecuación para analizar y dar respuesta a las múltiples prácticas generadas en nuevos
contextos de interacción que ya no conocen fronteras. A partir de ciertas innovaciones
contrastables pueden anticiparse ya algunos efectos que podrían traer consigo:

La proliferación de espacios en los que se asientan las diásporas, la descomposición de la pertenencia que se
transluce con las actuales migraciones «transnacionales», la multiplicación de figuras «híbridas» que no se
dejan encasillar en la simple dicotomía nacionales / extranjeros […] son elementos que terminan por tener
relevantes repercusiones sobre la propia configuración «objetiva» de la ciudadanía, multiplicando, por ejemplo,
la tendencia al desmoronamiento de sus perfiles nacionales. 35

Vinculadas sociológicamente a los procesos de globalización y normativamente al


progresivo reconocimiento universal de los derechos humanos, están surgiendo por la vía
de hecho nuevas formas de concebir la ciudadanía con un componente territorial y
nacional mucho menos marcado. La residencia y el empleo serían los nuevos soportes
legales que facilitan la adquisición de derechos cívicos en un mundo crecientemente
transnacional. Sin modificar las concepciones de partida, en la práctica se han ido
adoptando estos criterios. A estos cambios es a lo que hace referencia Joseph Carens:
«Uno de los avances más sorprendentes de finales del siglo XX en el campo de la
inmigración fue lo mucho que se redujeron las distinciones legales entre ciudadanos y
residentes no ciudadanos».36 Estas mutaciones merecen, sin duda, una explicación más
detallada.
En la mayoría de los países democráticos receptores resulta un tanto peculiar la
posición de los inmigrantes con permiso de residencia permanente (o indefinida) en la
estructura normativa de los derechos de ciudadanía. A pesar de ser miembros de facto de
las sociedades en las que se han establecido, no son, en sentido estricto, sujetos de pleno
derecho. No obstante, bien sea por la imposibilidad legal de acceder a la ciudadanía, bien
por decisión propia, los inmigrantes desarrollan con frecuencia diferentes formas de
vinculación con el Estado receptor que no necesariamente pasan por la adquisición del
estatus de ciudadano. En virtud de su inserción real en el país de acogida, es decir,
porque residen y trabajan en él, participan de relevantes derechos habitualmente
asociados a la posesión de dicho estatus.
Conforme al influyente modelo de ciudadanía teorizado por T. H. Marshall (algunos

85
de cuyos rasgos ya fueron reseñados en la sección 3 del capítulo I), esta institución legal
se ha ido configurando históricamente —gracias, en gran medida, a la labor reivindicativa
de los movimientos sociales (empezando por el movimiento obrero, antaño vibrante y
sumamente organizado), que se apropiaron de su lógica universalista y expansiva— de
acuerdo con un preciso esquema secuencial: en un primer lugar se procedió al
reconocimiento de la ciudadanía civil; luego al de la ciudadanía política, y, finalmente, la
culminación se encontraría en la ciudadanía social. Una comprensión integral de la
ciudadanía tenía que contener, por lo tanto, esas tres dimensiones: la civil (libertades
clásicas, como las de pensamiento, expresión, reunión, etc.), la política (poder elegir a
los representantes que dirimen los problemas comunes y poder presentarse para ser
elegido) y la socioeconómica (tener garantizado un estándar mínimo de vida y de
protección). En la práctica, la versión completa únicamente sería alcanzable en el seno de
un Welfare State —fruto a su vez de un pacto social, como el que se logró en la Europa
noroccidental a mediados del siglo pasado—, que si bien no implica una redistribución
general de la riqueza, supone la garantía pública de un mínimo de bienestar.37 Siguiendo
este modelo, el componente igualitario atribuido a la ciudadanía se habría ido
densificando paulatinamente. Sin embargo, este modelo secuencial se ha vuelto
desfasado, pues ha ido surgiendo entretanto toda una gradación de situaciones jurídicas
inéditas en la que se ubican los migrantes y que les permite acceder a unos determinados
derechos al tiempo que quedan privados de otros. Se han generado formas nuevas de
ciudadanía de perfiles posmarshallianos,38 un proceso en el que mucho tiene que ver la
emergencia de las relaciones transnacionales antes descritas.
La institución de la ciudadanía ha dejado de ser el contenedor único de los derechos
que el Estado reconoce a los individuos. Así, en la mayoría de los países democráticos
los inmigrantes con una situación administrativa regularizada disfrutan de derechos civiles
y sociales, un hecho que los aproxima enormemente, sobre todo para efectos prácticos, a
la condición de ciudadanos. Esta circunstancia marca una auténtica sima entre este tipo
de inmigrantes y aquellos que están en una situación administrativa irregular, ya sea por
una entrada clandestina, por una permanencia no autorizada o por estar empleados en
condiciones no contempladas por el permiso de trabajo concedido, aunque en este último
caso habría que hablar más bien de empleo ilegal (véase infra, sección 4 del capítulo
III). La situación jurídica relativamente apacible de la que gozan muchos residentes
foráneos de larga duración ha sido descrita con la ayuda del término denizen.39 Aunque
su estatus pueda ser considerado relativamente privilegiado, al menos en comparación
con el que padecen los inmigrantes irregulares, dista mucho de poder equipararse al de
quienes poseen la ciudadanía plena. Además de carecer de un derecho de residencia
incondicional (esencial para poder planificar su futuro con perspectivas de estabilidad), se
encuentran privados de los derechos de participación política. Sea como fuere, lo cierto

86
es que en el caso específico de los denizens el esquema secuencial y acumulativo
marshalliano queda invertido: la ciudadanía social antecede y se detiene en el umbral de
la ciudadanía política. Más importante aún es que esta nueva situación jurídica —cada
vez más frecuente— revela no sólo que la ciudadanía ha perdido gran parte de su
relevancia normativa como principio regulador de derechos, sino que ha sido remplazada
para ello por el estatus de residencia legal permanente, cuya adquisición equivaldría a
una suerte de naturalización parcial.40 En este mismo sentido, el derecho laboral, un
ámbito jurídico relativamente autónomo, desempeña también una función relevante en la
desnacionalización de los determinados derechos vinculados a la ciudadanía. Por todo
ello, más que como un concepto cerrado, cabe redefinir la «pertenencia social» (o
membresía) como un continuum de derechos que discurre entre los individuos
prácticamente privados de ellos y los miembros de pleno derecho, un continuum que no
oculta, no obstante, su estructura estratificada. La residencia legal, junto con la relación
laboral, serían los nuevos soportes legales que facilitan el disfrute de derechos en un
mundo crecientemente transnacional.
Los fenómenos de estratificación cívica están estrechamente vinculados a la puesta
en marcha de tácticas de inclusión diferencial,41 esto es, a distintas medidas de
reconocimiento gradual de derechos que los gobiernos arbitran en relación con los recién
instalados, medidas entre las que en casi ningún caso se incluye una política ágil y abierta
de acceso a la ciudadanía, la única que entrañaría una efectiva equiparación de derechos
con los nacionales. Para la mayoría de los países receptores, dar ese paso supondría
remover resortes muy profundos sobre los que presuntamente se asienta la
autoidentificación de la sociedad. En general, la imagen que las sociedades tienen de sí
mismas es un tanto mítica, en la medida en que se tiende a proyectar la imagen de una
población homogénea cuando, en realidad, su composición étnico-cultural es sumamente
heterogénea. Para evitar entrar en un terreno tan sensible, ni los poderes públicos ni las
fuerzas políticas más representativas suelen disponer de un discurso diáfano sobre las
consecuencias de la inmigración y, sobre todo, de las implicaciones que conllevaría poner
en marcha una auténtica política de integración cívica y de equiparación de derechos y
obligaciones.
No obstante, en el ámbito de protección de los derechos civiles y sociales básicos se
han registrado en las últimas décadas notables avances ligados de manera no irrelevante a
la consolidación de un marco normativo y de una institucionalidad internacional
encargados de garantizar los derechos humanos (tal como se examinará en el siguiente
apartado), lográndose en algunos casos una cierta equiparación en el trato otorgado a
nacionales y extranjeros. No cabe decir lo mismo, sin embargo, con respecto a la garantía
de los derechos políticos, pues el reconocimiento y, sobre todo, su efectivo ejercicio por
parte de todo aquel que reside legalmente en un territorio sigue dependiendo

87
prácticamente en exclusiva de la decisión soberana de los Estados (cf. infra, capítulo III).
Incluso los inmigrantes mejor tratados se ven así relegados a una situación
estructuralmente precarizada. Con todo, se constatan cambios que redundan en una
mejora de su estatuto legal: por un lado, reformas normativas, incluso de rango
constitucional, para admitir la doble nacionalidad y, por otro, la extensión del derecho de
voto a ciudadanos no residentes en el territorio del Estado, la concesión a los extranjeros
residentes del derecho al voto y a ser elegidos en las elecciones locales, etc. Se han
relajado así criterios significativos que hasta hace poco configuraban la pertenencia y la
identidad estatal.
Tradicionalmente los Estados se han mostrado reacios a tomar en consideración la
opción de la doble nacionalidad, argumentando que con ella se ponía en tela de juicio su
tradicional papel de receptores en régimen de monopolio de la lealtad de sus
ciudadanos.42 En el espacio geopolítico mundial conformado sobre el modelo de Estado-
nación, «todo individuo era supuestamente un miembro participativo de una unidad
soberana, pero sólo de una».43 Si todo individuo sólo puede y debe pertenecer a una
única entidad política soberana, la doble ciudadanía —y también, por cierto, la condición
de apátrida— suponía una anomalía de difícil encaje, una práctica aberrante. No
obstante, sobre todo a partir de la década de 1990, numerosos países han ido superando
este arraigado atavismo,44 de modo que en la actualidad al menos 2 500 millones de
personas viven en Estados que de una manera u otra permiten la ciudadanía múltiple.45
De esta guisa, los migrantes pueden beneficiarse del ius soli que muchos países
receptores introdujeron con el fin de facilitar su integración, al tiempo que también se
acogen al ius sanguinis que aún mantienen muchos países emisores. El hecho de que
esta notable mudanza fuera presentada a veces como una respuesta a la multiplicación de
matrimonios mixtos o binacionales no impide en absoluto su consideración como un
relevante instrumento para la inserción de los inmigrantes, pues con ella se otorga
cobertura jurídica a las múltiples y reales afiliaciones, identidades y lealtades que en
grado diverso de intensidad puedan poseer. Se ha intensificado además la firma de
convenios bilaterales, imprescindibles para que el país de origen permita conservar a los
recién naturalizados su primera nacionalidad y para que el de destino no los fuerce a
renunciar a ella. De este modo, los migrantes retienen la condición de ciudadanos del país
de procedencia y adquieren al mismo tiempo el derecho a participar plenamente en la
vida del país donde legalmente han asentado su residencia. Por parte de los países
receptores, supone el reconocimiento al máximo nivel institucional de los lazos sociales,
económicos, culturales y simbólicos que los inmigrantes mantienen con sus países de
procedencia. Por parte de los países emisores, el reconocimiento de una serie de
derechos escamoteados hasta hace poco ha de entenderse como una manera de potenciar
lazos políticos y sociales con sus nacionales residentes en el exterior con el fin de seguir

88
disfrutando del capital social que acumulan. Estos acuerdos legislativos que posibilitan la
doble pertenencia nacional son, en definitiva, un indicador —no exento de ambigüedad—
de que tanto el Estado nacional, en cuanto escenario básico de los procesos
sociopolíticos, como el modelo nacional de ciudadanía están actualmente insertos en un
profundo proceso de redefinición.46 El fenómeno de la doble nacionalidad tendría
también —y esto no es, en absoluto, un tema menor— consecuencias en materia de
justicia distributiva a escala global (cuestión que se conecta con los desarrollos de los dos
últimos capítulos de este libro).47
Un aspecto novedoso observable en los actuales procesos migratorios es el interés
que muestran sus protagonistas, al menos una parte significativa de ellos, por participar e
influir en la vida política del país de donde proceden, algo que en fases anteriores no se
manifestaba con igual nitidez. Aparte de la difusión de los usos democráticos registrada
entre tanto en el mundo, detrás de ese interés se encuentran muy probablemente las
nuevas condiciones materiales de vida, que, como se ha señalado, posibilitan un elevado
y fluido nivel de información e intercambios de todo tipo. Se hace así realidad lo que
hasta hace poco era una mera expectativa razonable: «Con la creciente facilidad de
comunicación, combinada con una mayor posibilidad de transferir fondos y recursos, es
seguro que los grupos migrantes transnacionales y sus actividades políticas jugarán
papeles significativos en muchas arenas nacionales e internacionales».48 Con todo, lo
realmente novedoso «no es tanto», como bien matiza Bauböck, «la orientación política
de los inmigrantes de primera generación hacia sus países de origen, sino las crecientes
oportunidades para combinar tanto el estatus como las afiliaciones internas y
externas».49 La posibilidad legal de acceder a la doble nacionalidad y el derecho al voto
en el exterior (la posibilidad de participar en las elecciones nacionales del propio país sin
necesidad de viajar a él), así como a elegir y ser elegido en las diversas instancias
político-administrativas del país de residencia (local, regional, nacional), han estructurado
una parte considerable de las reivindicaciones de ciudadanía de los actuales migrantes.
Esta focalización no es fortuita, pues este triángulo conforma el núcleo de una nueva
forma de abordar y concebir en el aspecto político la experiencia transnacional de nuevas
formas de interacción sin fronteras.
Como se ha señalado, una parte considerable de los cambios en leyes y en políticas
públicas a este respecto se registra en los Estados emisores, cargados de poderosos
motivos para afianzar los vínculos tantos culturales como materiales con sus
«comunidades en el exterior» y asegurarse, en particular, la continuidad de sus
contribuciones e inversiones financieras.50 Los espacios transnacionales en los que se
mueven tantos migrantes inciden en lo que podría denominarse la dimensión psicosocial
de la ciudadanía, en la que se incluyen, además del aspecto identitario, la vinculación
emocional, el sentido de la pertenencia y la lealtad hacia una comunidad definida desde el

89
punto de vista etno-cultural.51 En correspondencia, son muchos los países que han
tomado conciencia de la relevancia de cultivar los vínculos con sus emigrantes y han
hecho de su fomento una apuesta estratégica: sólo desde hace algunas décadas grandes
países de emigración, muy distintos entre sí, como la India, Turquía, México y
Marruecos, han empezado a ver a sus ciudadanos en el extranjero como una entidad
autónoma con la que dialogar y un recurso que se debe valorar, y no sólo como una
potencial cuenca de disentimiento político o una propiedad que explotar.52
Los mexicanos en los Estados Unidos o los turcos en Alemania conforman, en efecto,
comunidades de considerable volumen que combinan la integración político-social en sus
respectivos Estados receptores (aunque en distinto grado) con el mantenimiento de una
perspectiva transnacional. Tras tomar conciencia de ello, los dos Estados de origen han
articulado políticas activas en relación con sus respectivos expatriados. Estos dos países,
como otros muchos, han puesto en juego toda una batería de instrumentos jurídico-
políticos destinados a la consolidación de los vínculos con sus diásporas, unos espacios
psicogeográficos de perdurabilidad siempre incierta: facilitación del voto desde el
extranjero de la población emigrante, creación de circunscripciones electorales especiales
para emigrantes, voto de la población extranjera, reconocimiento de la doble
nacionalidad, actividad consular intensiva, apoyo a las asociaciones de emigrantes, etc.53
Tales prácticas de acogimiento de los emigrantes y, en particular, la activación de la
ciudadanía exterior (y de los derechos activos de participación política a los ciudadanos
residentes en el extranjero, también llamados expatriados) pueden ser interpretadas
como un modo de prevenir el posible debilitamiento de la lealtad de los migrantes hacia
los países de origen por obra del rampante transnacionalismo. Por eso, y con el fin de no
perder el control y la ascendencia sobre sus migrantes, los gobiernos de los países de
origen fomentan una forma de construcción nacional extraterritorial que podría
denominarse «nacionalismo de larga distancia». Sus efectos esperables pueden fluir en
ambos sentidos, ya que, por ejemplo, así como órganos políticos del país de origen
financian y dan cobertura a asociaciones de emigrantes, puede darse también el caso de
que sean estas asociaciones las que patrocinen actividades políticas y proyectos sociales
en el país de origen. Para no pocos Estados los emigrantes son un capital social que
tienen depositado en el extranjero del que esperan extraer sustanciosas rentas,
empezando por la intangible e impagable misión de proyectar la imagen del país en el
exterior. Un buen ejemplo de ello es la India, que ha promovido la figura del non resident
Indian o ciudadano no residente en el país, una categoría legal que otorga derechos
extraterritoriales especiales de carácter económico y que está detrás del florecimiento de
importantes comunidades diaspóricas indias en Estados Unidos y otros lugares del
planeta.54 Entre otros muchos ejemplos aducibles, pueden señalarse también los
programas públicos desarrollados por ciertos países latinoamericanos en esta misma

90
dirección.55
La adopción de modelos pluralistas de pertenencia, que, como acaba de indicarse,
proliferan en la actualidad, supone una mutación sustancial de la noción compacta de
ciudadanía que solían hacer suya los Estados nacionales de base territorial, a saber: como
un conjunto unitario que englobaría, entre otros elementos, el lugar de residencia, la
identidad nacional, el disfrute de un sistema de derechos y la sujeción a la legislación de
un Estado. Frente a esa concepción hasta hace poco hegemónica, va abriéndose camino
una nueva concepción posmarshalliana de ciudadanía, que puede ser designada, de
acuerdo con Seyla Benhabib, como «ciudadanía desagregada».56 Con este término se
alude a que el carácter unitario de esta institución se ha diluido en cierto grado y a que
sus distintos ingredientes (territorialidad, control administrativo, legitimidad democrática e
identidad cultural) se presentan ahora con frecuencia de manera separada, de modo que
los individuos pueden disfrutar o carecer de ellos como si se tratara de recursos
autónomos. Así, siguiendo a Benhabib, el acceso efectivo a los derechos sociales —que
según Marshall constituía el nivel superior de la ciudadanía— se habría ido
desvinculando de las dimensiones de la identidad colectiva compartida y de la pertenencia
política. Este proceso en absoluto sería ajeno al hecho de que el nuevo ámbito de
ejercicio de la ciudadanía sean sociedades complejas y plurales tanto en el ámbito cultural
como en el nacional, una realidad a cuya emergencia los flujos migratorios contribuyen
de una manera decisiva.
Numerosos sociólogos y politólogos no sólo han tomado buena nota de la tendencia a
configurar formas de ciudadanía alejadas de las convenciones nacionales tradicionales,
sino que las enmarcan, con mayor o menor acento, en el contexto histórico de la
globalización, que alienta configuraciones posnacionales y transnacionales de los vínculos
sociales y políticos.57 Aunque no faltan tampoco quienes, como Kymlicka,58 ponen en
tela de juicio la emergencia de una concepción realmente transnacional de ciudadanía y
consideran que la difusión de esta idea corresponde, más bien, a la creación de un nuevo
mito político, interesa saber que la configuración de nuevas formas transnacionales (o, si
se prefiere, posnacionales) de ciudadanía no es la elucubración de teóricos encerrados en
sus cubículos de trabajo o de mentes utópicas, sino una tendencia verificada incluso —
aunque con indisimulado espanto— por académicos conservadores. Así, por ejemplo,
Huntington constata cómo se ha ido abriendo paso una «nueva concepción de la
ciudadanía, según la cual ésta no es un estatus de carácter nacional conferido por el
Estado a los individuos, sino un derecho transnacional de los individuos frente a los
Estados que aquéllos llevan consigo allá donde decidan residir».59 Este autor no hace
sino levantar acta de relevantes mutaciones registradas en la esfera política: el
establecimiento de nuevas formas de afiliaciones y de lealtades que responden a la lógica
transnacional en la que transcurren los flujos migratorios contemporáneos y que,

91
probablemente, se conviertan en un futuro no lejano en las formas predominantes de
pertenencia migrante. Nuevas formas de ser y de pertenecer que no pueden ser
abarcadas por el Estado nacional y que trascienden la articulación tradicional de la
ciudadanía. Empujada por esa realidad emergente, la ciudadanía no sólo se estaría
flexibilizando y pluralizando, sino experimentando un intenso proceso de resignificación.
Los cambios que ha experimentado la institución de la ciudadanía, las
transformaciones registradas en su marco legal, no son el resultado sin más de su propio
dinamismo interno y menos aún de la acción de una bienintencionada mano invisible, ni
tampoco de las condiciones tecnológicas en las que se desenvuelven los nuevos procesos
migratorios, sino más bien representan una respuesta en el aspecto jurídico-político a
toda una serie de movilizaciones sociales de diverso tenor y alcance protagonizadas tanto
por los propios inmigrantes —los sans-papiers en Francia o los dreamers en los Estados
Unidos, entre otros muchos casos— como por organizaciones cívicas autóctonas y
organizaciones internacionales no gubernamentales. De ahí que no esté fuera de lugar
«conceptualizar los movimientos y las luchas de los migrantes irregulares como un
elemento central para la construcción y transformación de la ciudadanía, considerada
como una “institución en estado de cambio”».60 Las nuevas formas transnacionales de
acción política —de cuya emergencia muchos migrantes son activos agentes, aunque no
únicos (pues en la nómina habría que incluir en lugar destacado, por ejemplo, a los
activistas transnacionales que gestionan las campañas de las organizaciones no
gubernamentales)— representan uno de los procesos en curso con mayor capacidad de
alterar el modelo tradicional de ciudadanía, pues ponen en tela de juicio la arraigada idea
de que el ejercicio práctico de la ciudadanía se circunscribe a las fronteras territoriales de
una comunidad nacional.

92
4. HACIA UNA CIUDADANÍA MEDIATIZADA
POR LOS DERECHOS HUMANOS

Los derechos humanos siguen siendo, en gran medida, una aspiración no plenamente
consumada. Sin salirse de la materia de este libro, como consecuencia de la puesta en
marcha de diversas políticas migratorias represivas, se siguen registrando a diario
innumerables violaciones de los derechos humanos: controles de fronteras
discriminatorios, creciente denegación de solicitudes de asilo, restricción de visados,
criminalización de los inmigrantes indocumentados, internamientos previos a una posible
deportación, etc. No sólo los controles de acceso, sino también las condiciones de
estancia e incluso las políticas de cooperación para el desarrollo se someten a la lógica de
la seguridad, con completo olvido de la lógica inclusiva de los derechos humanos.61 La
mayoría de los Estados siguen actuando como si la previa posesión de la ciudadanía
nacional del país en el que uno resida fuera la condición requerida para poder garantizar
plenamente los derechos humanos. Así fue, de hecho, durante mucho tiempo (una
experiencia histórica cuyos efectos más dramáticos se dieron en el periodo de
entreguerras, tal como Hannah Arendt observó con enorme penetración analítica), hasta
la eclosión del derecho internacional de los derechos humanos registrada en la segunda
mitad del siglo XX. Pueden seguir siendo ignorados, pero desde entonces resulta claro
para cualquier gobierno que no son un privilegio reservado a sus nacionales: «La noción
de derechos humanos se basa en nuestra humanidad compartida. Estos derechos no
derivan de la ciudadanía de ningún país o de la pertenencia a ninguna nación, sino que se
consideran exigencias o derechos de todo ser humano. Difieren, por consiguiente, de los
derechos de creación constitucional».62
Aunque ciertamente la historia de los derechos humanos es en gran medida la historia
de las sucesivas hornadas de «inclusiones expansivas» de nuevos sujetos y de nuevos
derechos, sus garantías últimas suelen pivotar en torno a la categoría de nacional o
ciudadano, provocando así efectos perversos de enorme gravedad. Apostar seriamente
por los derechos humanos implica por ello bregar por superar la lógica binaria de
inclusión / exclusión que sirve de base a la institución de la nacionalidad. En este sentido,
a partir de la segunda Guerra Mundial se han dado relevantes pasos en la universalización
de los derechos humanos y con ello en la universalización de la condición de titular del
«derecho a tener derechos».63 Sin embargo, este proceso aún dista de estar completado,
una carencia que provoca no pocas veces situaciones de injusticia. Desmiente esa
proclamada universalidad el hecho de que la nacionalidad —y con ella el estatus de
ciudadanía plena— de las ricas democracias occidentales (aunque no sólo) se haya
convertido en un bien cada día más apreciado, en un título anhelado por los habitantes de

93
los países desfavorecidos que aguardan junto a sus fronteras la oportunidad de acceder y
residir en esos territorios de presunta promisión.
Hay, con todo, ciertos indicios que avalarían la tesis de que, a escala global, estamos
asistiendo a la paulatina emergencia de un estatuto posnacional de la personalidad
jurídica, y que ese proceso estaría vinculado al considerable avance registrado en el
reconocimiento de los derechos humanos.64 Ese nuevo estatuto vendría a remplazar a la
ciudadanía como fundamento de los derechos. Aunque parece más una hipótesis de
trabajo que una tendencia real, se trata, no obstante, de una tesis digna de consideración.
En este sentido, la Declaración Universal de los Derechos Humanos (DUDH) de 1948
puede ser interpretada como una anticipación de la ciudadanía universal en la medida en
que reconoce la titularidad de derechos a todos los individuos, con independencia del país
donde se encuentren. Pese a todas las deficiencias detectables en la implementación de
los derechos humanos a lo largo del planeta, resulta difícil negar que el denso entramado
internacional de declaraciones, pactos, convenios, comités e incluso tribunales que tras la
segunda Guerra Mundial regulan y velan esta materia ha servido para lograr una cierta
sujeción de las políticas gubernamentales a unos mínimos normativos. Si la progresiva
configuración de formas desnacionalizadas de ciudadanía no es una mera elucubración
teórica, entre los motivos de su propagación se encontraría la dinámica expansiva
inherente al universalismo de los derechos humanos, que ha conducido a la incorporación
de una notable serie de instrumentos jurídicos internacionales en las legislaciones internas
de los Estados. En todo caso, y dado que los avances en la materia resultan aún
insuficientes, uno de los principales retos normativos de nuestro tiempo es la articulación
de una ciudadanía que esté en plena consonancia tanto con el alcance universal de los
derechos humanos —y que, por tanto, represente una cumplida garantía para los mismos
— como con el marco transnacional en el que transcurren los actuales procesos
migratorios y, en general, la movilidad humana.
Desde 1948, como se ha indicado, se ha ido tejiendo de una manera poco estridente
una tupida red de regulaciones internacionales sobre derechos humanos. La mera
adhesión a tales normas, que muchos gobiernos concebían como simples declaraciones,
les proporcionaba inicialmente una buena prensa tanto en su esfera interna como en la
externa y apenas les suponía un impedimento real en relación con su manifiesto interés
por mantener el ejercicio del poder exento de cualquier control externo. Sin embargo, con
el transcurso de los años, esos instrumentos jurídicos que los Estados iban suscribiendo
para otorgarse una cierta pátina de respetabilidad han ido ganando protagonismo incluso
en el ámbito de la política interna. Son normas que, aunque fueran adoptadas
retóricamente por motivos propagandísticos, han generado estándares a los que deben
acabar ajustándose todos los Estados, incluso los no democráticos. Algunos estadistas
quizás no se habían percatado de que una vez reconocidos tales derechos ya no pueden

94
ser presentados como privilegios que los gobiernos puedan conceder o retirar a voluntad.
Los Estados arriesgan su legitimidad —tanto interna como externa— si no se prestan a
respetarlos. Precisamente el hecho de remitirse a los acuerdos internacionales sobre esta
materia dota de una enorme legitimidad a las reivindicaciones de innumerables actores y
movimientos sociales.
El creciente prestigio y el valor simbólico con los que aparece revestida la DUDH han
contribuido significativamente a consolidar la convicción jurídica de que los Estados
soberanos tienen obligaciones indeclinables en materia de derechos humanos. Bajo su
influencia se ha transformado el derecho internacional, de tal modo que el arraigado
principio de no intervención en los asuntos internos de los Estados se habría ido vaciando
de contenido.65 Al menos en teoría, se ha pasado del tradicional acento en la soberanía
estatal a la afirmación de los derechos sin importar «cuál sea la ubicación espacial que
tenga una persona o a qué grupo social o subdivisión política pertenezca».66 Esta idea
tiene efectos profundamente subversivos con respecto al fundamento tradicional del
derecho internacional. Ya no cabe invocar la soberanía estatal para defender de cualquier
manera la integridad de las propias fronteras, ya sean territoriales o sociojurídicas (como
son las establecidas mediante la definición de quién es nacional y de quién es extranjero,
y el establecimiento de estatutos jurídicos diferenciados), pues son muchos los Estados
que en un ejercicio precisamente de soberanía —aunque sea paradójicamente de
autolimitación del ejercicio de su propia soberanía— se han comprometido a someter su
legislación interna a los instrumentos jurídicos internacionales de derechos humanos y
convertirlos en fuente primaria de su derecho interno. Frente a los derechos humanos ya
tampoco cabe invocar un pretendido derecho soberano y, por tanto, ningún Estado puede
seguir recurriendo con expectativas de éxito «a la tesis de que una violación sistemática
de los derechos humanos dentro de su territorio pertenece exclusivamente al ámbito de
sus “asuntos internos”».67 Aunque aún está por ver si esta tendencia resulta irreversible,
también es cierto que esa red legislativa ha ido adquiriendo peso propio y relevancia
como instrumento jurídico de primer orden. Ha ganado también efectividad, hasta el
punto de llegar a ser, en algunos casos, directamente reivindicable por los particulares
ante los tribunales estatales:

En muchísimos países desarrollados el poder judicial ha tomado decisiones invocando convenios


internacionales, sobre todo referentes a los derechos de los inmigrantes, refugiados y personas acogidas a
asilo político, convenios contrarios a lo legislado en el propio país y a su opinión pública. Invocar convenios
internacionales como parte de la política nacional ha dado lugar a casos de conflictos de competencias entre
estamentos del propio Estado. 68

Los Estados se han obligado a garantizar los derechos humanos no sólo a sus
ciudadanos, sino «a todos los individuos que se encuentren en su territorio y estén

95
sujetos a su jurisdicción» (artículo 2 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y
Políticos).69 Han de proteger de igual modo a los nacionales como a los no nacionales,
pues la validez y aplicabilidad de esos derechos no está sujeta a la posesión de una
determinada nacionalidad o ciudadanía (artículo 2 de la DUDH). La determinación de la
responsabilidad que atañe a cada Estado no depende en ningún caso de la nacionalidad
de los individuos, sino de que se encuentren bajo su esfera de control. Esta cualidad de
los derechos humanos los convierte en principios limitadores de la acción de los
gobiernos y, en definitiva, en elementos de contención de la soberanía estatal: «Los
derechos humanos internacionales, aunque en parte enraizados en las constituciones de
determinados Estados, son en la actualidad una fuerza que puede socavar la exclusiva
autoridad del Estado sobre sus naturales y, por tanto, contribuir a transformar el sistema
interestatal y el orden jurídico internacional».70 En realidad, y siendo un poco más
precisos, habría que afirmar que «la soberanía de los Estados no ha sido desplazada
[…] por los derechos humanos en tanto que nuevo principio constitucional del Derecho
internacional», sino que «ha resultado erosionada y relativizada».71 Este desenlace
práctico sería particularmente pronunciado en aquellas sociedades que han proclamado
los derechos humanos como fundamento de su ordenamiento interno, pues al hacerlo se
han autodesarmado dialécticamente para defender públicamente argumentos contra la
validez universal de tales derechos.
Además de relativizar la soberanía estatal, los derechos humanos acaban poniendo en
entredicho también la institución de la ciudadanía, pues en la medida en que habilitan
plenamente a los extranjeros como sujetos de derechos devalúan la relevancia otorgada a
la posesión de la ciudadanía como condición necesaria para disponer de plena titularidad
jurídica. Esta relativa depreciación de la ciudadanía y de las atribuciones estatales por
medio de los derechos humanos explicaría de algún modo el hecho de que existan
numerosos inmigrantes indocumentados y residentes de larga duración que sin disponer
del estatus de ciudadanos disfrutan de facto de determinados derechos y de múltiples
prestaciones asistenciales. Ése sería el caso, por ejemplo, del derecho a la educación
reconocido a los niños inmigrantes e hijos de inmigrantes indocumentados, con
independencia de cuál sea su estatus legal.
Con el universalismo de los derechos humanos se cuestiona también que la soberanía
implique el derecho de los Estados a controlar sus fronteras e incluso la potestad de
definir los procedimientos de admisión de extranjeros.72 Si estas atribuciones son
ilegítimas, entonces los controles tienen que ser la excepción, y la regla, que las fronteras
permanezcan habitualmente abiertas, salvo razones de fuerza mayor y con carácter
excepcional. Las consecuencias no se quedarían ahí: «Aunque los Estados puedan
conservar sus límites territoriales, éstos no deben constituir obstáculos para la movilidad;
y el derecho a vivir y trabajar dentro de un Estado no debe depender del lado de la

96
frontera en que se haya nacido».73 Pese a ello, no son pocos los Estados que mantienen
un diseño de sus políticas migratorias con una escasa consideración de la protección
integral de los derechos humanos: garantizan derechos básicos a los propios ciudadanos y
privan de sus beneficios a los no ciudadanos; estiman insoportable la violación de las
fronteras estatales y llevadera, por el contrario, la de los derechos humanos. Las
restricciones y pretericiones están a la orden del día y los migrantes en general suelen
experimentarlas en sus propias carnes. El grado de vulnerabilidad y desprotección legal se
agudiza en el caso de los migrantes en situación irregular y también, en menor medida, en
el de todos aquellos que carecen de un estatus de residencia permanente.
Tomarse en serio los derechos humanos supone pasar de un universalismo
insuficiente, que no reconoce íntegramente la validez y el alcance universal de sus
exigencias (o tan sólo lo hace de manera retórica), a un universalismo consecuente, que
no admita ningún tipo de exclusión (o bien ningún miembro del género humano tiene
derechos o bien todos tienen los mismos derechos). La idea básica de los derechos
humanos (a saber: que cualquier persona, con independencia de la nacionalidad que
porte, de su religión, raza, sexo o clase, posee una serie de derechos que han de ser
respetados por todos los demás, empezando por los Estados) entraña una fuerza que no
se limita a su indudable atracción moral y a su eficacia en la dialéctica política. Tiene un
potencial subversivo que con frecuencia se emplea para propósitos variados y en
múltiples contextos reivindicativos, incluido obviamente el migratorio. En este ámbito,
invocar tales derechos como idea rectora de las políticas públicas no sale gratis, pues
conlleva obligaciones que conducen a subvertir persistentes inequidades. Una de las
implicaciones ineludibles sería la ampliación de las fronteras de las comunidades políticas
estatales más allá de las anticuadas nociones de membresía de sangre y suelo, y la
consiguiente configuración del cuerpo político de un modo mucho más incluyente.
Todo Estado es responsable de la integridad de los derechos humanos de cualquier
persona que se encuentre en su territorio, tal como se recoge en las disposiciones
internacionales referidas anteriormente. Aunque a veces muestran enormes resistencias,
cada vez son más los Estados que asumen esta responsabilidad explícita o
implícitamente. Cuando los afectados son inmigrantes, y más si están indocumentados,
se detectan, no obstante, ámbitos legales en los que las garantías básicas no están
formalmente contempladas para todos, tal como han evidenciado algunos tribunales
superiores de justicia.74 Aunque la jurisprudencia sea dispar, es frecuente que tales
lagunas vayan siendo llenadas por los operadores jurídicos que invocan los convenios
internacionales sobre derechos humanos, y son muchos los países que han ido
incorporando las disposiciones de las convenciones internacionales a su derecho
interno,75 de modo tal que el disfrute de múltiples servicios sociales se hace efectivo con
independencia de que se posea o no la condición de nacional, siendo condición suficiente

97
la acreditación de residencia o de actividad laboral. Proliferan así prácticas que apuntan
hacia la configuración de nuevas formas posnacionales de membresía. Para quienes ya
poseen el estatus jurídico de residentes legales de larga duración, estas efectivas mejoras
los privan en una considerable medida del incentivo necesario para incoar un
procedimiento de naturalización habitualmente largo y fatigoso. La conformación de una
forma supranacional de ciudadanía, como la que se ha ido generando en la Unión
Europea, iría en esta línea. La reducida tasa de naturalizaciones que registran los
ciudadanos europeos residentes en un país diferente del que son nacionales corroboraría
la hipótesis de un progresivo desacoplamiento entre el disfrute de los derechos y la
titularidad de una ciudadanía estrictamente nacional. En tal contexto adquiere pleno
sentido esta relevante cuestión: «¿Qué tipo de prácticas de inmigración, de naturalización
y de ciudadanía serían compatibles con el compromiso de las democracias liberales de
defender los derechos humanos?» 76
Especialmente en el ámbito de las democracias liberales, el papel discriminador
atribuido tradicionalmente al estatuto de ciudadanía se habría atenuado,77 de modo que
«los privilegios tradicionales de la ciudadanía se han desconectado de la nacionalidad
redefiniéndolos como derechos humanos o vinculándolos a la residencia y al empleo».78
Lo decisivo no sería, entonces, el lugar donde se nace (que es lo que subyace al ius soli)
o de quién se nace (que es el hecho que ampara el ius sanguinis), sino donde se ha
optado residir (que es precisamente a lo que apunta el denominado ius domicilii). Desde
una lógica democrática, es patente la conveniencia de anclar los derechos de ciudadanía
en la efectiva participación en la vida de una comunidad territorial derivada de la libre
elección de avecindarse en un determinado país.79 Además de coherente con la noción
de derechos humanos, esta vía de acceso lo sería también con una construcción
democrática de la nacionalidad disociada de cargas étnico-culturales.
Estas alentadoras tendencias no han de hacer olvidar que las políticas migratorias
puestas en marcha por numerosos gobiernos violan el principio de igualdad ante la ley al
diferenciar sistemáticamente entre ciudadanos e inmigrantes y, de estos últimos, entre los
que disponen de permiso y los que están en situación irregular. En el caso de los
indocumentados, con frecuencia se distorsiona gravemente el carácter universal de los
derechos humanos al ligar su reconocimiento y su garantía efectiva a una condición
administrativa. Aunque muchas legislaciones lo ignoren dolosamente, quienes están en
esa situación también son sujetos destinatarios de los derechos humanos. Incluso si se
conciben los derechos humanos como una idea regulativa y, por tanto, no quepa emitir
nunca un juicio de complaciente satisfacción, el panorama resulta desolador: «Si la lucha
por los derechos humanos es la lucha contra la exclusión, es decir, la lucha por su
reconocimiento más allá y por encima de las fronteras, una mirada al mundo que nos
rodea parece acreditar más bien que, todavía hoy, las fronteras parecen más poderosas

98
que los derechos».80 La relegación sistemática también entra en contradicción con la
promesa democrática: «Históricamente la democracia se caracterizó por la inclusión
progresiva de quienes habían estado excluidos, o habían sido considerados solamente
miembros subordinados de la comunidad política».81 Y también esta promesa habría sido
incumplida.

Al terminar este capítulo conviene volver a la cuestión que se planteó al inicio, que, como
se recordará, rezaba así: ¿sigue siendo tan decisiva la pertenencia formal a un Estado
nacional para el disfrute real de los derechos más elementales? Si bien ya se ha ido
avanzando la posible respuesta, conviene dejar claro que no existen razones poderosas
para dar vía libre al optimismo ingenuo. Pese al trato indigno que con harta frecuencia
reciben tanto inmigrantes como refugiados y a pesar de la enorme cantidad de violaciones
de derechos constatadas, el poder del Estado en nuestros días se ha ido debilitando y, de
cierta manera, también se ha visto limitado en su ejercicio. A ello no sólo han contribuido
razones de tipo estructural, en particular la globalización y los complejos procesos de
unificación de los escenarios de acción social que conlleva, así como la consolidación de
redes transnacionales en las que se insertan un número creciente de migrantes, sino
también razones de carácter normativo, y, entre ellas, especialmente la extensión de una
cultura de los derechos humanos, a la que los Estados cada vez más tienen mayores
dificultades para sustraerse. La extensión no meramente nominal de los derechos
humanos al mundo de la inmigración no es más que una especificación que responde a su
propia lógica interna. Reconocer personas en los inmigrantes obedece asimismo a la
imposibilidad de parcelar a los seres humanos y contemplar tan sólo su fuerza de trabajo.
También en nuestros días sigue mostrando todo su valor la contundente frase que Max
Frisch, inspirado en el caso suizo, formuló ante los derroteros que seguían ya en los años
sesenta del siglo pasado los programas de algunos países centroeuropeos para alistar
trabajadores invitados (Gastarbeiter): «Queríamos trabajadores, pero obtuvimos
personas». La apuesta por programas temporales basados en la expectativa de
aprovechar los beneficios del trabajo sin asumir las obligaciones de la integración registró
un rotundo fracaso. Desde entonces, pese a las apariencias, no se ha aprendido la lección
y las cosas no han cambiado todo lo que sería preciso. Los inmigrantes siguen siendo
percibidos como mano de obra y, en definitiva, como mercancía, cuya aceptación o
rechazo dependerá de que resulten ventajosos o no en lo económico. Serán admitidos o
expulsados, vivirán en la legalidad o arrojados a la irregularidad administrativa en
función, en gran medida, de razones que obedecen a la lógica del mercado de trabajo.
Serán reclutados en tiempo de bonanza y se forzará su retorno en tiempo de recesión
(pese al fracaso cosechado por la mayoría de los programas de retorno incentivado). En
resumidas cuentas, lejos de ser considerados como personas (como un fin en sí mismo,

99
señalaba Kant), se dispondrá de ellos como si se tratase de meras cosas; esto es, de
meros medios para satisfacer necesidades propias.
En las fechas previas a la gran revolución de 1789, «a los franceses les pareció más
insoportable su posición cuanto mejor era». Alexis de Tocqueville, el autor de esta
inteligente observación, extrajo de ahí la siguiente lección: «No siempre yendo de mal en
peor se llega a la revolución».82 Si convenimos en ello, no sería válido entonces aquel
extendido pensamiento de extracción leninista que confía en que «cuanto peor, mejor»,
pues precisamente cuando las circunstancias mejoran algo es cuando con mayor claridad
se ve cuánto queda aún por arreglar. Aunque no existen regularidades inquebrantables en
la historia, cabe observar que cuanto más ligera es la carga más intolerable se hace, y es
entonces cuando con más fuerza arrecian las protestas y con mayor vigor se formulan las
reivindicaciones de mudanza. También cuanto mejor funciona la administración ordinaria
de la justicia, mayor se hace la conciencia pública de las injusticias.83 De modo similar,
los últimos avances registrados en la configuración de la ciudadanía no habrían de
significar la llegada a un punto final, sino la pausa previa antes de dar un gran salto
adelante con el objetivo de dotarla de perfiles más amplios y, por tanto, más acordes con
las nuevas necesidades, de modo que lo que es el privilegio de unos se convierta en
derechos de todos.

100
101
III. Las fronteras de la democracia
Estratificación cívica y participación

política de los inmigrantes

A partir de la Guerra Latina (siglo IV a.C.), a medida que el poder de Roma se fue
extendiendo sobre los pueblos itálicos, bien fuera por medio de conquistas o a través de
la concertación de alianzas, los nuevos súbditos fueron adquiriendo progresivamente la
condición de ciudadanos romanos. Como pieza central de esa política, los romanos
hicieron uso de un instrumento novedoso al que dieron el nombre de civitas sine
suffragio.1 Mediante esta fórmula jurídico-política, los habitantes de determinadas
ciudades latinas fueron integrándose en el Estado romano de una manera peculiar:
pasaban a estar sujetos a todas las responsabilidades militares y tributarias de un
ciudadano romano, pero no estaban facultados para participar con su voto en las
asambleas (ius suffragii) ni para postularse como candidatos a magistrados (ius
honorum). Sólo una vez que las comunidades que habitaban los territorios recién
anexionados daban claras muestras de su fidelidad y sus miembros se iban latinizando,
podían acceder al pleno derecho de ciudadanía (cives optimo iure). Con la concesión de
la civitas sine suffragio se procedía, pues, a un primer reconocimiento legal por el que
los nuevos súbditos se equiparaban a los ciudadanos antiguos en el ámbito del derecho
privado y en lo referente a las cargas civiles, pero seguían careciendo de derechos
políticos y, en particular, del derecho de sufragio tanto activo como pasivo. De este
modo, el acceso a la ciudadanía plena era un proceso de dos tiempos, aunque ejecutado
normalmente no a lo largo de una única trayectoria personal, sino a lo largo de sucesivas
generaciones.
La relativa falta de rigidez, o una suerte de «geometría variable» en su aplicación, era
un rasgo característico de la institución romana de la ciudadanía, de modo que esa
condición jurídica admitía diferentes grados mediante los que cabía acceder de manera
separada a los beneficios privados y públicos asociados a dicha institución. Las dos
facetas constituían compartimentos separados, de tal modo que, en principio, era posible
disfrutar de diversos derechos como, por ejemplo, comerciar en idénticas condiciones
con un romano o casarse con una romana, pero no poseer el derecho al voto en las

102
asambleas ni la posibilidad de convertirse en magistrado.
Esta política inclusiva, cuya implementación no requería vínculos gentilicios como
condición previa, representó un dispositivo de inestimable eficacia para la completa
dominación de la península itálica y la posterior expansión de la Roma imperial. Los
romanos pudieron incorporar territorios y población sin tener que alterar el
funcionamiento de sus instituciones políticas, concebidas para el marco de una ciudad-
Estado. La ciudadanía restringida que suponía la civitas sine suffragio permitió crear
nuevas colonias conectadas directamente con el Estado romano sin tener que conceder a
sus habitantes un espacio en la gestión de los asuntos públicos. Facilitaba, además, no
sólo la progresiva incorporación de nuevos pueblos y súbditos, sino también ganarse su
lealtad de manera duradera, y esto resultaba aún más relevante para los intereses
romanos a largo plazo. Mediante la extensión de la ciudadanía y de los privilegios legales
y sociales que la acompañaban, las conquistas romanas obtenían post factum la
legitimidad requerida para su consolidación. El legendario sentido pragmático de la
mentalidad romana se hacía así aún más patente en el ámbito de la expansión territorial.
Si hemos de creer a Maquiavelo, «nunca se ha encontrado otra república que estuviera
de tal modo organizada para la conquista como Roma […]; el orden de gobierno y su
estilo propio […] le permitieron conservar lo adquirido».2 No obstante, en una
evaluación integral de estos procesos de inclusión cívica también habría que destacar que
esta desagregación de los atributos inherentes a la ciudadanía propició una marcada
estratificación legal y social de la población bajo jurisdicción romana.
Esta regulación de la ciudadanía se mantuvo básicamente en los términos señalados
hasta el famoso edicto de Caracalla (o Constitutio Antoniana), del año 212 d.C., que no
sólo extendió la ciudadanía a todos los hombres libres del imperio, sino que hizo
desaparecer los grados de ciudadanía. Su promulgación, no obstante, obedeció al afán
recaudatorio de una despilfarradora administración y no supuso una conquista real de
derechos políticos, pues lo cierto es que, para entonces, el derecho de sufragio —tanto
activo como pasivo— de todos los ciudadanos había perdido su relevancia, al haber
decaído su efectivo ejercicio en el marco de un sistema político que cada vez se había
hecho más autocrático. La extensión cuantitativa de la ciudadanía iba, pues, de la mano
de su desdibujamiento cualitativo, de modo que pasó a ser «un código funcional mínimo
de privilegios jurídicos y patrimoniales separados definitivamente del orden político y
religioso».3
La cultura jurídico-política romana, referente de civilización del ulterior devenir del
mundo occidental, ofrece un cúmulo de experiencias que pueden informarnos de los
escenarios presentes. Siempre que no se incurra en injustificadas extrapolaciones
históricas, y menos aún en aplicaciones mecánicas de soluciones del pasado a las
peculiaridades de un contexto forzosamente distinto, el modelo romano de la civitas sine

103
suffragio puede servir para iluminar el posible sentido y comprender los efectos
perversos de las políticas puestas en marcha por muchos Estados contemporáneos que
conducen al reconocimiento selectivo de ciertos derechos de ciudadanía a los
inmigrantes. Una extensión parcial de la ciudadanía tiene consecuencias serias no sólo en
cuanto a políticas de integración, sino que pone también en cuestión principios básicos de
la democracia. A lo largo del presente capítulo serán objeto de escrutinio esas
consecuencias indeseables, y para ello se examinará, en primer lugar, la tendencia a
desagregar los diversos componentes de la noción de ciudadanía y la consiguiente
generación de una estratificación cívica (sección 1). Las contradicciones normativas de
una extensión restringida de los derechos políticos a los inmigrantes salen a la vista
examinando un caso como el de España tras su reciente mutación en un país de
inmigración (sección 2). El segundo objetivo será analizar la especial relevancia del
derecho al sufragio como instrumento de integración social (sección 3). Y finalmente se
indagará en la situación de exclusión extrema que conlleva la completa privación de
derechos cívicos que soportan quienes tienen la condición de migrante irregular, los
últimos de la fila en la gradación social (sección 4).

104
1. MIGRACIONES, FLEXIBILIZACIÓN
DE LA CIUDADANÍA Y ESTRATIFICACIÓN SOCIAL

En un mundo cada vez más interconectado e interdependiente, donde la soberanía


efectiva de los Estados es más bien relativa y declinante, la concesión del estatus de
ciudadanía a una persona extranjera constituye uno de los últimos bastiones en que los
Estados pretenden hacerse fuertes. De este modo se reservan la facultad para determinar
«quién es y quién no es un ciudadano», lo que «constituye obviamente un elemento
esencial de la vida política».4 La primera función atribuida a la institución de la
ciudadanía acaba, pues, de ser apuntada: marcar o designar de manera oficial la
pertenencia de un individuo a una determinada comunidad política. Como consecuencia
directa, y por constituir un signo de pertenencia, quienes no poseen la ciudadanía quedan
privados, en principio, de los beneficios y privilegios reservados a los miembros de la
comunidad. La ambivalencia es constitutiva de este principio político, y, de hecho, y
aunque la ciudadanía usualmente funciona como cláusula de cierre de una comunidad
política, también puede fungir como cláusula de apertura mediante la articulación de
procedimientos de naturalización (cf. supra, sección 3 del capítulo I).
Desde una perspectiva histórica, la ciudadanía ha sido factor activo en la construcción
social de la exclusión, y esta virtualidad se muestra de manera extremadamente nítida en
las sociedades de inmigración, en las cuales la primera y esencial línea divisoria es la que
separa a los ciudadanos de pleno derecho de aquellos que no lo son: los extranjeros. Una
distinción que para muchos representa expresión de la más absoluta normalidad, sin
percatarse quizá de que en su nombre quedan sancionadas desigualdades injustificables.
En virtud de ella se erigen fronteras, a veces sutiles fronteras de cristal,5 pero casi
siempre letales para la convivencia y la cohesión social. Se levantan así fronteras
internas que legalizan modos estratificados de pertenencia al espacio cívico, formas de
gradación que implican profundas asimetrías de poder y, por ende, flagrantes rupturas
con el ideal de aequa libertas sobre el que se asienta cualquier república democrática que
se precie. La institución de la ciudadanía marca así también las fronteras de la
democracia.6
A la institución de la ciudadanía se le atribuye, como se ha señalado, una segunda
función, igualmente relevante: la de servir de soporte para el conjunto de derechos que
puede reclamar un miembro de la comunidad política. En el mundo antiguo, a la posesión
de la ciudadanía le era inherente un núcleo de derechos y deberes que definía el estatus
de las personas libres (sui iuris). En una concepción más moderna, pero no muy distinta,
la ciudadanía equivale también al estatus legal que recopila los derechos que un individuo
puede hacer valer frente al Estado y que, especialmente tras la erradicación del

105
feudalismo por obra de la Revolución francesa, lo sitúa frente a los demás individuos en
un plano básico de igualdad, «con derechos independientes de cualquier sistema de
estratificación heredado».7 La ciudadanía se caracteriza también, y con ello se abriría
una nueva dimensión, por una orientación hacia la participación en el espacio público: ser
ciudadano significa ser un agente que participa activamente en la vida política de la
sociedad en la que está radicado. Obviamente, dependiendo del lugar y del momento
histórico, varían el contenido concreto asignado a esta institución y el peso relativo de las
distintas dimensiones / funciones mencionadas.
Este complejo y multidimensional contenido de la ciudadanía puede abordarse de
manera sistemática acudiendo al instrumental conceptual elaborado por Georg Jellinek.8
En su clásica teoría de los derechos públicos subjetivos, este jurista alemán acuñó una
serie de categorías con que caracterizar las diferentes posiciones jurídicas en las que los
individuos se sitúan o pueden situarse ante las instituciones del Estado:

en primer lugar, la posición definida por la garantía de derechos básicos,


fundamentalmente la protección de la vida y la integridad física (Abwerhrrechte),
derechos que definen un status negativus;
en segundo lugar, aquella en que los individuos ejercen derechos de participación
política (Mitwirkungsrechte), que definen un status activus que les permite
participar en condiciones de igualdad en los procesos de formación de la voluntad
y toma de decisiones de la comunidad, y,
en tercer lugar, la caracterizada por el disfrute de derechos de prestación positiva
(Leistungsrechte), como el derecho a la educación y a la atención sanitaria, que
definen un status positivus.

Mediante esta sistematización, Jellinek no sólo da cuenta de las distintas


responsabilidades que asume el Estado (supresión de abusos violentos, organización de la
participación política y administración de prestaciones sociales), sino también de la
posición jurídica del ciudadano ante el Estado, una relación marcada por la titularidad y
el ejercicio de diferentes derechos: derechos individuales a la libertad, derechos a las
prestaciones sociales y derechos a la participación política. Medio siglo después, el
sociólogo británico Thomas H. Marshall adoptaría una taxonomía similar de los derechos
y de la ciudadanía (véase supra, sección 3 del capítulo I).
Con objeto de intentar proyectar luz sobre la situación legal de los inmigrantes con
permiso de residencia, cabría interpretar el esquema triádico de Jellinek de manera lineal
y acumulativa, a la Marshall. Si analizamos lo estipulado por muchas legislaciones
estatales, el inmigrante extranjero con residencia legal tendría reconocido de ordinario un
status negativus e incluso, en muchos casos, también un status positivus, pero en

106
general tendría vedado el desempeño de un status activus, con lo que su status civitatis
estaría capitidisminuido, pues adolecería de una merma sustancial en sus derechos. De
facto, un efecto práctico de muchas políticas migratorias consiste precisamente en la
desagregación de los componentes civiles, sociales y políticos asociados al estatus de
ciudadanía y su atribución parcial entre los distintos tipos de inmigrantes. Esta extendida
práctica recuerda en ciertos detalles a la civitas sine suffragio, pese a la radical
modificación de las condiciones políticas y socioeconómicas registradas desde entonces.
De un modo similar a lo que sucedía con la institución romana, ese reconocimiento
jerarquizado supone también una evidente violación del principio de igualdad ante la ley.
Sus repercusiones no se reducen, sin embargo, al plano de lo meramente jurídico, pues la
desigualdad jurídica deviene estratificación socioeconómica y generación de espacios de
exclusión.
En los últimos años han surgido nuevos términos y taxonomías que pretenden dar
cuenta de las mutaciones que ha experimentado la institución de la ciudadanía en el
contexto de los procesos migratorios, cambios inducidos en gran medida por políticas
públicas dirigidas a extender (o limitar) de manera escalonada diversos derechos y
prestaciones sociales a los diferentes colectivos de inmigrantes.9 En prácticamente todos
los países se procede a una suerte de inclusión diferencial, esto es, se ponen en marcha
formas disímiles —y en absoluto equiparables entre sí— de disfrute tanto de la
ciudadanía como de los derechos asociados a ella. Aunque la situación varía
sensiblemente de un país a otro, no toda la población efectivamente residente en el
territorio de los Estados contemporáneos se ubica en una única posición. Los distintos
individuos se sitúan, o más bien son situados, en alguna de las escalas de un amplio
abanico:

—ciudadanos de pleno derecho, bien sea por nacimiento o por naturalización (full
citizens);
—residentes permanentes, homologados en diversos aspectos con los ciudadanos,
por lo que cabe referirse a ellos como cuasiciudadanos (denizens);
—migrantes indocumentados, que no tienen más derechos que los reconocidos por
los convenios internacionales de derechos humanos y son sometidos en la
práctica a diferentes grados de marginación y exclusión social (margizens), y
—solicitantes de asilo, sujetos a regímenes jurídicos especiales con derechos muy
limitados.

En el ámbito específico de la Unión Europea, habría que añadir otra categoría: la de


los ciudadanos comunitarios residentes en un país diferente al de origen, cuyo estatus
personal se encontraría entre la primera y la segunda posición del escalafón. Con todo,

107
esta clasificación no sería completa: fuera de ella se situarían también, por ejemplo, los
migrantes temporales de corta duración o migrantes circulares. Tampoco estaría recogida
la situación de aquellos que obtienen la ciudadanía por procedimientos de naturalización,
los cuales, aunque ante la ley estarían equiparados a los ciudadanos de plenos derechos,
conviven con frecuencia con un cierto estigma social que los diferencia. Por regla
general, la mayoría de los migrantes se ubica en la segunda o la tercera categoría, y este
hecho no es baladí. Entre ambas categorías las diferencias pueden resultar abismales, y
quienes se sitúan en una o en otra son receptores en general de suertes muy distintas.
Mientras que los llamados denizens en la práctica están asimilados a los ciudadanos del
país de acogida, los margizens carecen de reconocimiento legal y tienen escasa
protección social. Aunque estas posiciones no son fijas e incluso cabe experimentar
retrocesos en la escala,10 se observa una degradación progresiva de la calidad de los
derechos según se va descendiendo de nivel o escalafón. Mediante la institucionalización
de estos escalafones legales a los que se ven sometidos los inmigrantes, la propia
institución de la ciudadanía es objeto de una jerarquización no prevista que implica una
grave quiebra del principio de igualdad ante la ley que le es consustancial. De este modo,
no sólo se refuerza la desigualdad jurídica sino también la estratificación
socioeconómica.11
En cualquier caso, y pese a toda esa extensa paleta de categorías jurídicas, la primera
y esencial línea divisoria sigue siendo la que separa a los ciudadanos de pleno derecho de
los extranjeros, de los inmigrantes. Y a partir de esta distinción esencial surgen otras,
aunque las más visibles se reflejan en el ámbito laboral: con las migraciones se genera un
nuevo proletariado que sustituye al tradicional, que entretanto ha ido conquistando
valiosos derechos sociales y se resiste a compartirlos. Dicho ahora sumariamente, las
migraciones internacionales o, mejor, las respuestas que numerosas sociedades de
acogida les proporcionan, tienen la extraña virtud de reinstaurar la estratificación
cívica; esto es, actualizar la división estamental y jerarquizada de la sociedad propia de
tiempos feudales que se suponían felizmente abolidos para siempre. En resumidas
cuentas, un auténtico retorno al pasado.
Dentro de este esquema jerárquico, los inmigrantes regulares disfrutan de una
posición relativamente privilegiada. En ciertos países se les suele considerar miembros de
facto de las sociedades en las que se han establecido. Debido a su inserción real en el
país de acogida, participan de muchos de los derechos tradicionalmente asociados a la
posesión de la nacionalidad, aunque no de los de naturaleza propiamente política.12 Por
un lado, el disfrute de las libertades civiles básicas se entiende cada vez más como un
derecho humano universal. Por otro, la educación pública, la asistencia sanitaria y las
prestaciones de la seguridad social se consideran beneficios derivados, bien de la
condición de residente, o bien del estatus de trabajador y contribuyente. Incluso en estos

108
casos, el disfrute de los derechos civiles y sociales no logra mitigar, sin embargo, la
pérdida que supone la privación de aquellos otros derechos. Nunca podrá constituir una
cuestión irrelevante, pues el reconocimiento de los derechos de participación política es
inherente a la condición de ciudadano: en ello estriba básicamente la diferencia entre
ciudadano activo y súbdito pasivo, entre ser sujeto de derechos y ser objeto de
obligaciones. En el mejor de los casos, la privación de tales derechos constituiría una
forma amputada de existencia cívica, sumamente similar a aquella que los antiguos
romanos amparaban bajo la fórmula civitas sine suffragio.13

109
2. LA PARTICIPACIÓN ELECTORAL DE LOS INMIGRANTES

Actualmente más de cien Estados reconocen en su legislación la posibilidad de que sus


ciudadanos residentes en el extranjero participen en los diversos procesos electorales.
Bastantes menos países, alrededor de unos cincuenta, principalmente de Europa,
América y Oceanía, han introducido también reformas legislativas que permiten a los
extranjeros residentes en el territorio estatal (o a algunos de ellos) ejercer el derecho de
sufragio en los procesos electorales al menos en algún determinado nivel de decisión,
normalmente en el ámbito local, pero en algún caso también en los ámbitos regional e
incluso nacional.14 Con unas y otras medidas se resquebraja el nexo entre derechos
políticos, nacionalidad y territorio que ha servido de soporte tradicional a la política
democrática. Arraigados supuestos se ponen en cuestión, de ahí que sean muchos los
países que muestran resistencia a desarrollar tales medidas con todas sus consecuencias.
Algunas de las consecuencias normativas que derivan de este amplio fenómeno político
de extensión de derechos pueden ser analizadas con un mayor detalle si se atiende a lo
sucedido en un país que, como España, ha sido en las últimas dos décadas escenario de
vigorosos flujos migratorios.
Las migraciones internacionales tienen un potencial de cambio social que pocas veces
se concreta con la intensidad que se ha registrado en España durante el mencionado
periodo. Los cambios se han hecho notar en los más variados y vitales aspectos de la
vida en sociedad, entre los que podrían destacarse, además de los producidos en la
estructura demográfica y en las relaciones laborales, aquellos otros que inciden en los
códigos culturales y en la vida política de pueblos y ciudades. Una forma concisa, pero
extremadamente ajustada a la realidad, de describir las profundas mutaciones acontecidas
en el caso de España es señalar que en un breve lapso de tiempo ha pasado de ser un
país emisor de emigrantes a ser un país receptor de inmigrantes.
Si se cotejan los datos actuales con los de hace tres décadas, los resultados son
espectaculares: en 1981 apenas había inmigrantes en España (menos de 200 000, 0.52%
de la población) y más de dos millones de españoles residían en el exterior en calidad de
emigrantes. Igualmente sorprendente resulta la comparación con los datos de hace poco
más de una década: en el año 2000 los extranjeros residentes, unos 920 000, apenas
suponían 2.28% de la población total, una cifra que en números redondos equivalía a la
de los emigrantes españoles registrados por aquel entonces. Al 1º de enero de 2011,
fecha en que se alcanza la cifra récord, los extranjeros eran 5 750 000 y representaban
12.1% de la población residente. Este índice colocaba a España a la cabeza de los países
europeos en este terreno, posición que apenas ha variado pese a la aguda crisis que
actualmente padece la economía de la nación y al dramático aumento del desempleo.15

110
Aunque estos datos estadísticos por sí mismos convierten a España en un caso digno de
estudio no sólo en el marco de la Unión Europea, su representatividad en ese mismo
contexto geográfico-político se ve potenciada por su posición media (o «a medio
camino») en lo que respecta a la satisfacción del indicador de integración denominado
participación política, de acuerdo con el prestigioso Migrant Integration Policy Index
III.16
La estructura jurídico-política del país se ha adaptado, sin embargo, muy lentamente
a estos acelerados y profundos cambios demográficos. Y en una sociedad de inmigración,
como la que se ha ido configurando en España, resulta prioritario favorecer los
mecanismos normativos y los recursos institucionales necesarios para lograr una
sociedad integrada, en la que quepan y se sientan a gusto tanto «los nacionales» como
«los recién llegados» (ambos términos van entrecomillados, pues no son grupos
homogéneos ni están separados). El objetivo perseguido desde instancias oficiales no es
la asimilación de estos últimos, sino el resultado que surja de un proceso bilateral de
acomodación mutua regido por la igualdad de derechos.17 Que unos y otros estén
equiparados en derechos y obligaciones, en oportunidades y riesgos. Un proceso así tiene
consecuencias, por lo tanto, no sólo para los inmigrantes, sino para el país receptor: «La
integración no es una calle de sentido único. Si resulta exitosa, agita de tal manera a las
fuertes culturas nacionales que éstas se hacen más porosas, receptivas y sensibles tanto
hacia dentro como simultáneamente hacia fuera».18 La integración exige a todas las
partes la ampliación del propio horizonte. Y las posibles conmociones se acaban
percibiendo también en el entramado institucional y legal.
En este sentido, la Constitución de 1978, que se redactó cuando en España apenas
residían inmigrantes, no afrontó esta cuestión con la suficiente amplitud de miras, quizá
porque el centro de atención en esta materia estaba puesto por aquel entonces en los
nacionales que residían en el extranjero, y lo que se buscaba no era sino mejorar su
situación en los diversos países en los que se habían instalado (de manera significativa, el
artículo 42 reza así: «El Estado velará especialmente por la salvaguardia de los derechos
económicos y sociales de los trabajadores españoles en el extranjero, y orientará su
política hacia su retorno»). Con todo, la Constitución Española (CE) ya contemplaba el
derecho de sufragio de los extranjeros residentes, aunque el modo concreto en que se
resolvió esta cuestión ha acarreado consecuencias poco democráticas que quizá no se
tuvieron presentes en ese momento. Las dificultades derivan principalmente del hecho de
que el acceso de un inmigrante a la participación electoral queda condicionado a
«criterios de reciprocidad» (artículo 13.2 de la CE), esto es, a que su respectivo país de
origen conceda el mismo trato en esta materia a los españoles que residan en él. Como
bien ha advertido Santolaya, este precepto está «redactado desde una óptica errónea: no
la de la mayor amplitud en el ejercicio de un derecho fundamental, no desde la

111
integración de los inmigrantes en nuestro país, sino desde la supuesta protección de
nuestros emigrantes».19 Sea como fuere, esta cláusula limita la posibilidad, hasta
prácticamente anularla, de que los inmigrantes ejerzan el derecho de sufragio. Su fuerza
es tal que todos los cambios legislativos introducidos posteriormente para garantizar el
derecho al voto «siguen siendo ineficaces», de modo que, como se afirma en el
mencionado MIPEX III, los residentes extracomunitarios apenas pueden participar
realmente en la escena política.20
De hecho, hasta el año 2009 únicamente los residentes extranjeros que fueran
ciudadanos de la Unión Europea (y de Noruega) podían votar en las elecciones
municipales y ser candidatos para las mismas. Es cierto que en los años ochenta se
firmaron acuerdos de reciprocidad con varios países iberoamericanos, pero no fueron
acompañados de los preceptivos convenios de desarrollo que regularan el ejercicio del
derecho. A partir de 2009. el Ministerio de Asuntos Exteriores español activó las
negociaciones y logró firmar convenios con una docena de países, entre los que se
encuentran Colombia, Perú, Chile, Ecuador, Nueva Zelanda, Paraguay, Islandia, Bolivia,
Uruguay y Cabo Verde. De este modo, en las elecciones municipales de 2011 y 2015 ya
pudieron votar los nacionales de dichos países residentes en España de manera legal e
ininterrumpida por más de tres años que hubieran solicitado, a instancia de parte, su
inscripción en el censo electoral. Aunque ello supone un efectivo avance en el
reconocimiento del derecho de sufragio de muchos inmigrantes, su ejercicio se limita
exclusivamente a las elecciones locales, además de dejar fuera a contingentes de
inmigrantes tan importantes como los que proceden de Marruecos, China, Argelia, la
India, Pakistán o Brasil. Y no sólo eso, pues, como afirma Ángeles Solanes, «la firma de
acuerdos sólo o prioritariamente con determinados Estados para activar la reciprocidad,
puede contribuir a aumentar las desigualdades dentro del propio colectivo de inmigrantes,
creando más escalones de diferenciación jurídica que los que ya existen».21
La cláusula de reciprocidad exigida por la Constitución es, en efecto, sumamente
problemática y representa una importante rémora que refrena cualquier esfuerzo
reformista que se emprenda. La concesión de privilegios exclusivamente a los nacionales
de determinados Estados, en virtud de acuerdos de reciprocidad que éstos hayan
firmado, no hace sino poner en evidencia la incongruencia de la política migratoria
llevada a cabo. El principio de reciprocidad aplicado entre individuos es moral y
jurídicamente irreprochable, pero no lo es tanto si deriva de las relaciones que puedan
mantener los Estados entre sí y sus consecuencias se aplican luego a los individuos como
agentes pasivos. Para empezar, la exigencia de reciprocidad presupone una simetría que
no se da en la práctica: que los inmigrantes procedan de los mismos países donde está
instalada la emigración española. Pero además soslaya otra relevante cuestión: ¿cómo se
van a firmar convenios de reciprocidad con países en los que no se celebran elecciones?

112
Este requisito es de imposible cumplimiento material para los inmigrantes que proceden
de países no democráticos, y ello no puede constituir un motivo para excluir a esas
personas, que, en cuanto particulares, no son responsables de ese déficit democrático
(sino víctimas, más bien). La cláusula de reciprocidad introduce, pues, un elemento de
intolerable discriminación. La política migratoria de cualquier Estado ha de concebirse en
coherencia con su propio ordenamiento jurídico y las exigencias que de él emanan, así
como con las normas del derecho internacional que han sido ratificadas. La referencia
normativa básica no pueden ser las prácticas, los principios o los valores de los diversos
países de donde procedan los inmigrantes. Sería algo bastante insólito, por no decir
absurdo, que, por ejemplo, la prohibición de la tortura estuviera condicionada a la
reciprocidad de trato.22
Tras exponer la enorme complejidad técnica que supone satisfacer la cláusula de
reciprocidad estipulada por el artículo 13.2 de la CE, puede uno preguntarse qué cabe
hacer legalmente para solventar esta situación. Puesto que los cambios de la normativa
infraconstitucional no solventan todas las dificultades,23 la solución más integral, a la vez
que elegante, es la modificación de dicho artículo. La Constitución de 1978 es reformable
y, de hecho, ya se ha modificado más de una vez, una de ellas en 1992, cuando se
introdujo un leve cambio precisamente en el artículo 13.2 con objeto de permitir el
sufragio pasivo de los ciudadanos de la Unión Europea. Se hizo entonces sin mayores
complicaciones y se volvió a hacer en el año 2011, pese al escaso entusiasmo popular
que suscitó la reforma del artículo 135 referente a la estabilidad presupuestaria. Bien se
podría repetir, por lo tanto, el mismo procedimiento para suprimir la cláusula de
reciprocidad, dado que no existe un problema de técnica jurídica. Para que se lleve a
cabo la necesaria reforma tan sólo se precisa algo muy sencillo y a la vez muy
complicado: voluntad política. Y esto de la voluntad política tiene que ver mucho con que
desde hace tiempo ningún partido con opciones de gobernar se posiciona sobre este ni
sobre ningún otro asunto sin previo cálculo de pérdidas y beneficios electorales.
Pero, ¿por qué restringir exclusivamente a la esfera local la participación política de
los residentes extranjeros, sean comunitarios o extracomunitarios?24 No es ésta una
cuestión menor, sobre todo si se tiene en cuenta que gran parte de las políticas públicas
que afectan el día a día de la población en general, y en particular el de los inmigrantes,
se articula e implementa desde instancias municipales.25 Lo local constituye el espacio
inmediato en el que realmente se insertan los inmigrantes. De hecho, este ámbito y, en
menor medida, el regional son las parcelas de poder político más directamente
concernidas por el fenómeno migratorio: desde la inclusión en el padrón hasta la gestión
de las diversas medidas concretas de integración. No obstante, y sin problematizar la
relevancia de la política local, es en el ámbito estatal donde se dirimen las cuestiones
capitales para los extranjeros residentes en el país. Así, las decisiones referentes al acceso

113
de los extranjeros al territorio nacional o a las condiciones de su permanencia y los
supuestos para su posible expulsión se toman en la sede parlamentaria o en despachos
gubernamentales, «sin que en ello quepa mucho margen para la actuación de alcaldes y
concejales». De ahí que resulte legítimo plantearse la siguiente cuestión: «¿Es jurídica,
política y moralmente justificable excluir de la participación electoral de determinadas
personas aquellos ámbitos donde se juegan sus más directos intereses?» 26
Puede que por razones prudenciales resulte aconsejable actuar de manera paulatina,
de tal modo que sólo cuando se haya extendido y normalizado el derecho de sufragio de
los extranjeros residentes en las elecciones municipales se pugne por expandir este
derecho a los otros ámbitos de decisión política. No es éste, sin embargo, un asunto cuya
resolución pueda postergarse sin límite, pues, sea cual fuere la respuesta que se diera al
interrogante recién formulado, la decisión de circunscribir el derecho de sufragio de los
inmigrantes a las elecciones locales denota una nítida voluntad de relegación y de dejar
pública constancia de que son en cierta medida intrusos y no forman parte de la
comunidad política en un sentido pleno.
El blindaje de la participación electoral en el ámbito estatal refleja el lugar donde se
ubica simbólicamente el núcleo decisorio de la soberanía nacional: fuera del alcance de
los inmigrantes. Cabe entender por eso que la restricción de ese relevante derecho
exclusivamente a la esfera local obedece a una lógica estrictamente nacional, pues, a
diferencia de otros ámbitos electorales, no supone la participación en órganos electivos
con potestades unidas al ejercicio de la soberanía nacional (y es así precisamente como lo
interpreta el Tribunal Constitucional español en su Declaración 1 / 1992 en concordancia
con el artículo 1.2 de la CE: «La soberanía nacional reside en el pueblo español del que
emanan los poderes del Estado»). Esta opinión, que, por lo demás, no es privativa de la
jurisprudencia española, probablemente obedezca a razones de carácter prepolítico: a un
aferrado convencimiento, impregnado de comunitarismo predemocrático, que conduce a
considerar que en «lo que respecta al derecho a la participación política hay un derecho
político previo, el de la comunidad de derecho, a reglamentar la propia pertenencia sin
que al mismo tiempo sea inmediatamente evidente en qué se basa este derecho».27
Desde ese extendido presupuesto, apenas se precisa dar un pequeño paso para estipular
que los derechos de participación política han de estar reservados exclusivamente a
quienes poseen el estatus jurídico de nacional.
La lógica propia de la comunidad nacional también se pone de manifiesto, por otro
lado, en el trato que los Estados dispensan a sus nacionales residentes en el extranjero de
manera continuada. El contraste puede resultar instructivo al sacar a la luz las
incoherencias en que incurren ciertos países que hasta hace poco eran de emigración.
Algunos reconocen sin límites temporales los derechos políticos y, en particular, el
derecho de voto a sus ciudadanos que viven en el extranjero (v. g. España), e incluso

114
reservan una representación especial en los parlamentos para los emigrantes (v. g. Italia,
que ha establecido una denominada circunscripción exterior). Estas prácticas de
ciudadanía exterior activa son objeto de controversia, más aguda en casos como los de
los países mencionados, que, tras experimentar una acelerada transición migratoria, se
han convertido en receptores de inmigración. El hecho de que se reconozca el derecho al
voto de los nacionales que residen de manera continuada en el exterior y
simultáneamente se niegue ese mismo derecho a los extranjeros que residen en el país de
manera legal y estable es, además de contradictorio, un caso flagrante de trato
discriminatorio. Las sociedades de procedencia tendrán que dirimir si quienes salieron del
país y sus descendientes conservan suficientes vínculos significativos con el país como
para justificar la conservación no sólo de la nacionalidad, sino sobre todo de sus derechos
de participación política. En este orden de cosas, la imposición de un cierto límite
temporal al disfrute de los derechos asociados a la nacionalidad parece una medida
bastante adecuada y consecuente:

Sería absurdo contemplar la ciudadanía en una democracia liberal como una especie de título o derecho de
propiedad feudal que hubiese de pasar de una generación a otra sin tener en cuenta dónde transcurre realmente
la vida de los herederos. A medida que decrece la proximidad con un antepasado que vivió en el país,
disminuye también la admisibilidad de una justificación para conceder automáticamente la ciudadanía. 28

La disociación de nacionalidad y ciudadanía política permite encontrar vías adecuadas


para solucionar este conflicto. Así, un criterio de asignación alternativo de los derechos
activos de ciudadanía podría venir determinado por la residencia habitual en el territorio
de jurisdicción de un Estado. En la residencia (o alternativamente en la certificación de
algún otro dato relevante que amerite el arraigo en la sociedad, como puede ser la
inserción laboral) deberían cifrarse las bases de una construcción democrática de la
ciudadanía. Esta restricción residencial afectaría exclusivamente el derecho de sufragio y
no la condición de nacional (que, en cuanto tal, podría quedar en estado latente tras unos
años de residencia en el exterior y activarse automáticamente en caso de retorno) ni los
correspondientes derechos de protección consular. De este modo, podría abordarse en
clave democrática y, sobre todo, de manera coherente el derecho de sufragio (en cuanto
epítome de los derechos políticos) en dos situaciones que, aunque bien conocidas,
resultan atípicas: la de los ciudadanos que residen en el extranjero (emigrantes) y la de los
extranjeros que se instalan en el país receptor (inmigrantes). En estos dos escenarios se
hace especialmente visible el desacoplamiento o desajuste entre territorio y ciudadanía
que generan las migraciones internacionales. El modo en que cada país considera estas
dos situaciones a la hora de reconocer el ejercicio efectivo de los derechos de sufragio,
esto es, si reconoce esos derechos tanto a sus emigrantes como a sus inmigrantes, retrata
modelos de comunidad política bien diferenciados. Algunos casos particulares pueden ser

115
especialmente peliagudos, y aunque se carece de una receta universal para todos ellos,
«el principio orientador para la inclusión democrática es bastante claro: deben participar
en la toma de decisiones de una sociedad aquellos cuyo vínculo con esa sociedad es tan
fuerte que se puede esperar que decidan responsablemente».29

116
3. PARTICIPACIÓN POLÍTICA DE LOS INMIGRANTES,
CALIDAD DE LA DEMOCRACIA Y SOCIEDAD INTEGRADA

En las sociedades contemporáneas se ha vuelto usual que existan «personas que están en
la sociedad sin ser de la sociedad», personas que viven habitualmente en su seno sin
disponer del estatus de ciudadanos y privadas, por tanto, de los derechos de participación
política: personas situadas fuera de la esfera política, que no participan de lo común y a
las que con todo rigor cabe caracterizar como la «parte sin parte», utilizando la pregnante
expresión acuñada por Jacques Rancière.30 Este fenómeno, aunque sea muy reiterado,
no es sino una anomalía en una sociedad democrática. La presencia continuada de
residentes legales sin derecho de sufragio representa una clamorosa desviación del ideario
democrático y de su presupuesto básico, a saber: que las personas sometidas de manera
continuada a una determinada legislación o a determinadas decisiones deben participar
también en su elaboración, bien de manera directa o bien a través de sus representantes
electos. Quod omnes tangit, ab omnibus tractari et approbari debet («Lo que concierne
a todos debe ser tratado y aprobado por todos»), reza un antiguo principio jurídico
ampliamente reconocido en las sociedades democráticas actuales. Las paradojas
asociadas al proceso de incorporación política de los inmigrantes devienen, entonces,
contradicciones que afectan el núcleo del moderno sistema democrático y que lo
retrotraen a concepciones teóricamente superadas:

Las democracias contemporáneas se alejan cada vez más de la imagen canónica de una comunidad política de
libres e iguales que abarca a todos los seres humanos que viven en un mismo espacio político. En lugar de
ello, se parecen cada vez más a las antiguas democracias, constituidas por ciudadanos que decidían sobre el
destino de habitantes de diferentes clases y el de los esclavos. 31

De tal relevancia son las cuestiones suscitadas por la creciente presencia de


inmigrantes sin plenos derechos en las sociedades democráticas, que su marco de
resolución ya no es propiamente el orden pragmático de la política cotidiana, o ya no lo
es en exclusiva, sino el terreno de los principios básicos de la política democrática. De
ahí que las migraciones hayan potenciado los debates no sólo sobre la noción de
ciudadanía, sino también sobre la categorización de las democracias contemporáneas y su
mejorable funcionamiento real, una cuestión de innegable interés general:

En su doble condición de sujetos infrapolíticos y de actores cívicos emergentes, los inmigrantes han
interpelado a las democracias occidentales por el déficit de reconocimiento de derechos de participación que, a
la larga, compromete la legitimidad y la representatividad de las instituciones de la sociedad de acogida. 32

Segmentos muy amplios de los sectores menos privilegiados, como es la población

117
inmigrante en su conjunto, no pueden votar y, por tanto, sus intereses colectivos no están
representados en el sistema. La ausencia de la población inmigrante en el ámbito político
aboca en una progresiva merma del carácter representativo de las instituciones públicas.
Y puesto que las democracias existentes son, fundamentalmente, democracias
representativas, esta distorsión redunda en una considerable merma de legitimidad del
sistema democrático en su conjunto. La privación de los derechos de sufragio implica
que a los inmigrantes se les niega el acceso a los canales habituales de participación
política, y su lealtad política estaría así siendo sometida a prueba. Y no sólo son
pertinentes razones de legitimidad, pues la conveniencia de respetar este principio
democrático se apoya también en buenas razones de índole pragmática: si una parte de
los destinatarios de las leyes están marginados de las instituciones representativas,
seguramente se sentirán poco motivados para seguirlas, especialmente aquellas relativas a
las políticas de integración y, en consecuencia, su eficacia se verá mermada. Además, si
su exclusión del espacio político del país receptor se alarga en el tiempo, no es
descartable que la actividad política de los inmigrantes pudiera adoptar formas militantes
y constituir un desafío a las estructuras políticas del país receptor.33
Con la instalación de inmigrantes en las sociedades democráticas se abre en muchos
casos una creciente brecha entre la población(el conjunto de personas sometidos al
poder estatal) y la ciudadanía (el conjunto de personas que participan en el poder estatal
en calidad de electores), un desajuste que en algunos casos puede llegar a adquirir una
dimensión notable. Por ejemplificarlo con un caso bastante ilustrativo: en las elecciones
municipales de 2007, 1 200 000 personas tenían derecho a voto en la ciudad de
Barcelona. La población de la capital catalana superaba entonces 1 500 000 habitantes.
Cuatro años después, en las elecciones municipales de 2011, tenían derecho a votar 1
100 000 electores, a pesar de que la población ya superaba 1 600 000. Dicho de otro
modo, cuatro años después Barcelona tenía más habitantes (100 000 más), pero, en
cambio, tenía menos electores (100 000 menos). ¿Qué había ocurrido? Su población se
había incrementado gracias a la inmigración de origen extranjero, una población que
carecía, mayoritariamente, del derecho de sufragio.34 Esto es algo que no debería haber
ocurrido, pues todas las personas que conviven en un determinado territorio constituyen
el pueblo en un sentido democrático. La noción de pueblo, al menos en esta acepción,
no se confunde con el conjunto de personas que poseen una misma nacionalidad ya sea
en un sentido estrictamente jurídico o en un sentido étnico-cultural. Para poder definir un
sistema político como democrático, resulta esencial determinar si se observa o no el
principio básico de que en la toma de decisiones colectivas han de participar —ya sea de
manera directa o indirecta— todos los posibles afectados por ellas. O dicho de otra
manera, el principio democrático exige que quienes están sometidos a un poder político
puedan participar en igualdad de oportunidades en la toma de decisiones a las que van a

118
estar sujetos. La extensión de ambos conjuntos, legisladores y destinatarios, debe ser lo
más similar posible. No todos los Estados logran superar el mínimo exigible a este
respecto, ni siquiera los usualmente reconocidos como democráticos. En la mayoría de
los casos se registra un desajuste normativo alarmante, pues se da por normal que
existan individuos, muchos o pocos, demasiados en cualquier caso, que, por no ser
ciudadanos del país donde residen habitualmente, están apartados del proceso político en
un sentido amplio, sin que por ello dejen de estar sometidos a las decisiones resultantes
de ese proceso. Han de acatarlas, en muchos casos, sin que ni siquiera su voz haya sido
oída. De esta manera, se dejan de satisfacer los más mínimos requisitos democráticos.
Una sociedad no puede ser señalada como democrática en un sentido estricto si en su
seno existen personas que portan la condición de inmigrantes perpetuos, privados para
siempre del derecho de sufragio. El reconocimiento de los derechos de participación a los
inmigrantes establecidos es una exigencia que deriva directamente de aquella conocida
lógica política que empuñaron los fundadores de la primera democracia moderna, la
democracia norteamericana: no hay obligaciones tributarias sin derechos de
representación (no taxation without representation). Si esto es difícilmente rebatible
desde el punto de vista normativo, entonces no puede

justificarse la obligación que se impone a los inmigrantes de atenerse a las leyes y contribuir a mantener los
servicios públicos en la misma medida que los ciudadanos, sin que esta exigencia tenga como contrapartida la
capacidad de tener voz y representación en las decisiones colectivas respecto a los asuntos comunes. 35

Este argumento presenta, no obstante, un flanco débil, pues también puede dársele la
vuelta y ser empleado para justificar la exclusión de la esfera política de aquellos que,
aunque sean nacionales, no se atienen a las leyes o no contribuyen activamente al bien
común.
La extensión de derechos a los extranjeros residentes es la contrapartida lógica de la
aportación social y económica que realizan a los pueblos y ciudades que los acogen y
donde pagan sus tasas e impuestos (y en este sentido sería malintencionado objetar que
en algunos casos no satisfacen impuestos directos, pues eso significaría obviar que, al
igual que los demás consumidores, cualquier migrante —sea regular o no— está obligado
a pagar constantemente impuestos, un dato sumamente relevante en sistemas tributarios
basados cada vez más en una fiscalidad indirecta). Esa extensión de derechos no es sino
reconocer su presencia y su involucración real en la vida del país. Si a los inmigrantes se
les demanda habitualmente «que se integren», no resulta coherente ofrecerles
simultáneamente un horizonte en el que sean tan sólo sujetos pasivos y destinatarios de
servicios. Únicamente si pueden llegar a ser sujetos activos con plena capacidad de
participar con normalidad, podrán también llegar a sentirse implicados en la vida política
en sus distintos órdenes (municipal, regional y nacional). Existir es también existir

119
políticamente.
Con todo, puede argumentarse que reservar los derechos de sufragio activo y pasivo
exclusivamente a los ciudadanos puede ser legítimo en sentido democrático, siempre que
«a los extranjeros se les conceda la oportunidad real de naturalización sin engorrosos
procedimientos o altos precios».36 Sin duda, aligerar las condiciones requeridas para la
concesión de la nacionalidad forma parte del necesario «entorno normativo propicio» y
del elenco de «buenas prácticas» recomendados por diversos organismos internacionales
para «superar las barreras» y mejorar el trato otorgado a los inmigrantes con el propósito
de su final «integración».37 En algún modo, a favor de esta tesis habla el dato de la
conocida baja participación electoral de los extranjeros (en aquellos procesos, claro está,
en los que se les permite esta posibilidad), en contraste con el constante crecimiento de la
tasa de naturalizaciones.38 No obstante, y aunque la naturalización siempre debería ser
una opción razonablemente accesible, habría que tener en cuenta que ciertos residentes
extranjeros no tienen entre sus principales expectativas vitales convertirse en ciudadanos
de un nuevo país,39 y que en tales casos un Estado democrático que se precie de serlo
debería tener interés en asegurar de algún modo su participación. Habría, por tanto, que
mantener abierta una vía alternativa para paliar este déficit democrático: «Un derecho al
voto basado en la residencia minimizaría la discrepancia entre el sometimiento a las leyes
y la representación en la legislación, al asegurar que los emigrantes que, por la razón que
fuese, no quisieran naturalizarse, no por ello quedaran excluidos del proceso
democrático».40
La participación política está convirtiéndose en los países receptores en parte
importante de las estrategias de integración.41 La apertura a los derechos políticos y
civiles es signo de un país de inmigración seguro de sí mismo.42 No obstante, y a pesar
de lo señalado, es discutible el empleo de los derechos políticos como mecanismo de
cohesión social. La experiencia acumulada no siempre avala la hipótesis de que extender
su mero reconocimiento formal equivale a integrar, por más que pueda ser muy
conveniente en el aspecto normativo. En general, el reconocimiento de plenos derechos
no basta para evitar la vulnerabilidad ni la subalternidad social de los habitantes de un
país, ya sean nacionales o extranjeros, ni tampoco para suprimir sus sentimientos de
injusticia si por otro lado persisten discursos insidiosos y prácticas discriminatorias.43
Aunque la titularidad de tales derechos, como sucede con la posesión de la nacionalidad,
puede reducir la discriminación y la exclusión de los inmigrantes, pero no eliminarlas de
por sí,44 su negación representa, por el contrario, una condición suficiente para excluir a
una persona como actor social activo, en la medida en que sus opciones de integración
disminuyen drásticamente, especialmente en lo referente a la movilidad social, además de
incrementar su fragilidad legal. Si es cierto que la extensión del derecho al voto no es una

120
panacea, lo contrario también lo es: mantener a los inmigrantes apartados de la vida
política del país en nada favorece su integración social.
Las elecciones periódicas constituyen el único mecanismo formal que reconoce por
igual a todos los integrantes de una sociedad como sujetos políticos. De ahí que no
reconocer a los nuevos miembros el derecho de sufragio —y de este modo hacerlos
sentir que políticamente no cuentan para nada— supone interponer un considerable
obstáculo al proceso de acomodo mutuo necesario para lograr una sociedad integrada.
El ejercicio de los derechos políticos constituye una condición necesaria para la
integración social plena, aunque, desde luego, no sea condición suficiente. El derecho al
voto no es un premio a la integración ya lograda, sino, más bien, un medio para
alcanzarla. Pero si importantes son los derechos de participación política, tanto o más lo
son los derechos civiles, económicos y sociales, al menos en la apreciación de los propios
inmigrantes.
En todo caso, la puesta en funcionamiento de políticas de inclusión cívica dirigidas a
extender los derechos políticos a los residentes extranjeros establecidos legalmente tiene
una indudable ventaja en aras de su integración social y política: dificulta la consagración
de nítidas líneas de segregación y evita que se consolide una categoría o clase social
marginal de residentes no ciudadanos. Éste es un riesgo latente en cualquier sociedad de
inmigración que es preciso conjurar cuanto antes, y ello tan sólo es factible si se facilitan
instrumentos políticos y legales para dar voz al otro —al relativamente recién llegado—
en la esfera pública y, por ende, en el espacio de la acción en común. Impedir que voten
los inmigrantes asentados legalmente implica no sólo privarlos del ejercicio de unos
derechos básicos en cualquier democracia, sino además exponerlos a que sean víctimas
de la vulneración de sus derechos civiles y sociales. Aparte del peso simbólico que se les
atribuye por connotar la pertenencia plena, los derechos políticos poseen también un
valor instrumental nada despreciable en la medida en que constituyen un poderoso
«recurso para mejorar el acceso a otros derechos».45 Un colectivo privado del derecho
de voto carece de los instrumentos mínimos de defensa legítima que se dan entre sí los
miembros de una sociedad democrática: poder ejercer sanciones políticas en el mercado
electoral. Esta privación de poder democrático —que implica además la incapacidad de
formular normas y aplicarlas— sitúa a los inmigrantes en una situación objetiva de
subordinación y facilita que los partidos políticos los ignoren o prescindan de ellos a la
hora de formular sus programas electorales. Los inmigrantes no son electores que haya
que ganar. Si, por el contrario, los partidos tuvieran que captar sus votos, con toda
probabilidad tendrían que cambiar el alcance de algunas de sus promesas y el tono de sus
discursos, empezando por el que mantienen acerca del propio fenómeno migratorio. En
este sentido, resulta pasmoso el modo en que, especialmente en periodos de crisis
económica, ciertas formaciones políticas ejercitan una demagogia cobarde que se ceba

121
en quienes ni siquiera pueden responderles y menos aún sancionarlos en materia
electoral, pues no tienen derecho al voto.
Entender que la participación en los asuntos públicos se circunscribe a la mera
participación electoral representa una perspectiva bastante alicorta de ese valor
fundamental de la política democrática. El voto sirve habitualmente para la elección de
representantes. Si no se va más allá, la representación deviene entonces mecanismo de
expropiación de la capacidad política directa de los ciudadanos. Los derechos de
participación política no se reducen al derecho de sufragio en los procesos electorales, ya
sea en su dimensión activa o en la pasiva (esto es, el derecho a elegir y a ser elegido), ni
tampoco a poder participar en los procesos de democracia directa (como los referéndums
o las iniciativas legislativas populares). Comprenden también otros importantes
instrumentos que protegen las diversas posibilidades de intervención de los individuos en
la vida pública, entre los que cabe destacar: los derechos de creación y participación en
asociaciones y partidos políticos; los derechos de participación en sindicatos y comités de
empresa; el derecho de huelga; el derecho a ocupar cargos públicos o a participar en
órganos consultivos; los derechos de manifestación, la libertad de expresión, etc. Como
se ve, toda una amplia gama de facultades en la que, no obstante, el derecho de sufragio
sigue ostentando una posición emblemática. No en vano es, entre todos los citados, el
derecho que con mayor obstinación es negado a los extranjeros en casi todos los Estados
nacionales. La mera posibilidad de emitir un voto, acompañada de una inserción activa
en las distintas instancias y tramas de la sociedad civil, además del evidente potencial que
como instrumento de integración bidireccional conlleva, abre una fecunda vía para la
transformación del imaginario colectivo, de la concepción del nosotros, en la que se
incluya como sujetos activos también a los nuevos sujetos sociales. Dicho ahora de un
modo más positivo y ambicioso: los inmigrantes deben participar también en la
construcción del nuevo relato colectivo que dé cuenta de esa realidad social mucho más
plural —tanto en lo cultural como en lo identitario— que ha ido emergiendo.
El debate sobre el derecho de voto de los extranjeros está estrechamente vinculado a
la definición de los límites de la comunidad política y de los derechos que sus miembros
pueden ejercer. Más allá de la oportunidad en clave electoral, se trata de un debate
ineludible sobre el núcleo del sistema democrático. Y no es indiferente para la calidad de
una democracia la forma en que quede resuelto este debate. Algunas opciones han de ser
evitadas, en particular aquellas que pretenden configurar una ciudadanía disminuida al
modo de la institución romana de la civitas sine suffragio, pues constituiría una
injustificada mutilación de los derechos básicos de una parte de la población que reside
legalmente en un territorio. Y ello resulta inaceptable no sólo por razones de prudencia
política, sino especialmente por motivos de estricta justicia. Una sociedad no será ni justa
ni democrática hasta el día en que todos sus integrantes habituales sean ciudadanos cum

122
suffragio. La exclusión de los convecinos extranjeros de la dimensión política de la
ciudadanía pone en tela de juicio la radicalidad, pero ante todo la honestidad con que se
implementa el proyecto democrático en una determinada sociedad.
La negación del derecho de sufragio no sólo contradice el principio democrático, sino
que es un ejemplo flagrante de esa forma de injusticia política que puede definirse como
la incapacidad de participar en paridad con otras personas en las interacciones que tienen
lugar en la esfera política de la sociedad. Se trata de una forma de injusticia que, además
de violar la paridad representativa, repercute en el conjunto de opciones y oportunidades
de los individuos: «Los que sufren representación fallida son vulnerables a injusticia de
estatus y de clase. Al carecer de voz política, son incapaces de articular y defender sus
intereses con respecto a la distribución y el reconocimiento, lo cual a su vez aumenta su
representación fallida».46 La falta de capacidad de representación es, pues, central en la
articulación de las distintas dimensiones de la justicia social, pues «no hay redistribución
ni reconocimiento sin representación».47
Sentirse relegado de la sociedad política siempre podrá ser codificado subjetivamente
como una experiencia de injusticia. Y esa interpretación estaría plenamente justificada:
«En cualquier momento histórico resulta dudoso que algún régimen pueda seguir siendo
justo si los ciudadanos no toman parte activa de su vida pública».48 Sus víctimas podrán
resignarse en un primer momento, pero también podrá crecer en ellos el resentimiento.
Almacenar en casa combustible inflamable siempre será una decisión irracional. No
obstante, para prevenir el riesgo latente también hay siempre un remedio disponible: «La
manera democrática más drástica para sofocar el sentido de la injusticia es permitir a los
ciudadanos que hagan las normas»,49 esto es, que participen en igualdad de
oportunidades en el proceso político de formación de la voluntad general. Y para ello
puede que sea indiferente que los residentes habituales no sean formalmente ciudadanos,
pero es imprescindible que tengan atribuidos iguales derechos y puedan desempeñarse
como sujetos políticos plenos.

123
4. LOS ÚLTIMOS DE LA FILA. IRREGULARIDAD MIGRATORIA
E INCLUSIÓN DISCIPLINARIA

… dolor de tantos seres humanos injuriados,


rechazados, retrocedidos al último eslabón.
GIL DE BIEDMA, Lágrimas

En el polo opuesto de aquellos extranjeros integrados, que por su elevado grado de


cualificación, poder adquisitivo, nacionalidad o rasgos fenotípicos disfrutan de las
ventajas de la movilidad humana en un contexto social globalizado y pasan socialmente
inadvertidos como migrantes, se encuentran los migrantes irregulares. Éstos son
conocidos también como migrantes ilegales, indocumentados (undocumented workers),
sin papeles (sans-papiers), no autorizados o clandestinos (clandestini), y esta fluctuación
de nombres y el consiguiente debate terminológico denotan problemas de fondo con la
caracterización de este poliédrico fenómeno y también, sin duda, un afán de enmascarar
y a veces de edulcorar su sentido.50 De lo que no caben muchas dudas es de que son los
últimos de la fila en esa escala jerárquica decreciente en cuya cima se ubican los
nacionales. Una escala en la que algunos son puestos en una condición de máximo
privilegio y otros, por el contrario, son aplastados en un régimen de absoluta
dependencia, como es el caso de los denominados margizens, a los que se aludió en las
categorizaciones anteriormente recogidas. Y son además los últimos en un contexto social
en el que los migrantes en general están situados en una posición subalterna.51 Su propia
situación legal revela a las claras su condición de migrantes no deseados y que su
presencia no resulta grata. De modo paradójico, esa percepción puede coexistir, como se
indicará, con la conciencia de los beneficios que aportan. En la medida en que para ellos
hacerse notar en la esfera pública comporta un grave riesgo, viven en un régimen de
invisibilidad impuesta (y en absoluto deseada). Son empleados a conveniencia como un
ingente ejército laboral de reserva (actualizando así la ya clásica expresión de Karl Marx
en El capital referida al conjunto del proletariado)52 y están excluidos de antemano de
cualquier beneficio directamente asociado a la ciudadanía, además de carecer de toda
capacidad de agencia política. O, dicho con las palabras de David Harvey, conforman
«una enorme reserva de personas aparentemente desechables privadas de protección
social y de estructuras sociales de solidaridad».53
Tan desprotegida es la situación legal de los inmigrantes irregulares que, en
determinados casos, puede resultarles incluso beneficioso estar acusados de un pequeño
delito. Las siguientes palabras publicadas en 1951, que configuran un pequeño test
pensado para evaluar la situación de los apátridas (esos individuos que el derecho romano
denominaba peregrini sine civitate), conservan aún toda su vigencia en relación con la

124
situación de desprotección legal en la que se encuentran hoy muchos de ellos:

El mejor criterio por el que decidir si alguien se ha visto expulsado del recinto de la ley es preguntarle si se
beneficiará de la realización de un delito. Si un pequeño robo puede mejorar, al menos temporalmente, su
posición legal, se puede tener la seguridad de que ese individuo ha sido privado de los derechos humanos […]
Como delincuente, un apátrida no será peor tratado que otro delincuente, esto es, será tratado como cualquier
otro. 54

Mediante la ilegalización de su situación personal se lleva a cabo un proceso


implacable de «deshumanización», aunque manteniendo una relativa «baja intensidad»,
en comparación con otras experiencias históricas mucho más atroces, como el
colonialismo o la limpieza étnica.55 Aunque conocida, nunca está de más recordar cierta
verdad que el lenguaje al uso parece desmentir: los migrantes ilegales no son criminales,
sino más bien «el caldo de cultivo de un criminal mercado de personas»,56 un sórdido
mundo que encuentra su lado más oscuro en el mercado de mujeres forzadas a ejercer la
prostitución.
La irregularidad migratoria es un fenómeno ampliamente extendido en el mundo
contemporáneo al que los países de inmigración dedican una atención creciente. El
fenómeno por su propia naturaleza trasciende, no obstante, las fronteras nacionales, y de
ahí que haya sido abordado en algún relevante documento jurídico internacional. Así, el
artículo 5 de la Convención sobre la Protección de los Derechos de Todos los
Trabajadores Migratorios y de sus Familiares (instrumento de las Naciones Unidas
aprobado en 1990 y al que se hará referencia más detallada en el apartado 3 del capítulo
V) define tanto la regularidad como la irregularidad migratorias. Es un revelador texto que
merece citarse en toda su extensión:

A los efectos de la presente Convención, los trabajadores migratorios y sus familiares:

a. Serán considerados documentados o en situación regular si han sido autorizados a ingresar, a


permanecer y a ejercer una actividad remunerada en el Estado de empleo de conformidad con las leyes
de ese Estado y los acuerdos internacionales en que ese Estado sea parte.
b. Serán considerados no documentados o en situación irregular si no cumplen las condiciones
establecidas en el inciso a) de este artículo. 57

Sin separarse apenas de lo enunciado en este artículo, y aunque no todos los Estados
gestionan la irregularidad migratoria del mismo modo, un individuo puede incurrir en esta
situación por alguno de los siguientes motivos: a) por cruzar la frontera por los puestos
fronterizos habilitados y, cumpliendo con los requisitos de entrada, sobrepasa
posteriormente los periodos de estancia o ejerce actividades no autorizadas; b) por cruzar
la frontera por los puestos fronterizos habilitados sin cumplir con los requisitos de entrada
(empleando, por ejemplo, documentos fraudulentos); c) por cruzar la frontera eludiendo

125
los puestos fronterizos, o d) por trabajar cuando tan sólo se dispone de permiso de
residencia. La irregularidad migratoria no es una condición objetiva preexistente a la
normativa estatal y menos aún una propiedad innata de ciertas personas, sino una
situación administrativa —y, por ende, una categoría construida por los distintos Estados
— derivada, en definitiva, de la no posesión de una determinada documentación en regla.
No se incurre en situación de irregularidad administrativa por mero automatismo, esto
es, por el simple y objetivo hecho de proceder de alguna de las maneras anteriormente
detalladas, sino que dicha tipificación jurídica es el resultado de una construcción
sociopolítica no improvisada que legitima las relaciones de producción en la actual fase
del capitalismo. Implica una expresa voluntad de controlar el acceso, la instalación y la
actividad laboral en el territorio estatal (y, por ende, un decidido empeño en ejercer esa
facultad soberana), así como la previa articulación y puesta en marcha de todo un
complejo mecanismo administrativo. Esta categorización jurídica obedece, pues, a una
funcionalidad tácita, pero relevante (los migrantes son funcionalmente indispensables,
necesarios para el mantenimiento del sistema), un hecho cuya evidencia, sin embargo,
apenas resiste la mínima publicidad. El papel de estos migrantes es consentido en la
práctica, pero no está expresamente autorizado, por lo que cabría afirmar que son objeto
de un contrato social informal.58
La estratificación o jerarquización de la ciudadanía en el interior de Estados
receptores de inmigración contribuye significativamente a la diferenciación jurídica de los
trabajadores disponibles y a la explotación de los situados en los estratos inferiores. Los
indocumentados están insertos en la denominada economía informal, un ámbito de
relaciones laborales que, por definición, está exento de las regulaciones y garantías del
derecho laboral. La reproducción institucional de la irregularidad —dificultando e incluso
imposibilitando salir del circuito cerrado de la residencia ilícita y el trabajo en negro—
asegura la satisfacción de la demanda de mano de obra de la economía sumergida. Su
situación de precariedad, su obligada flexibilidad y su carencia real de derechos (no
pueden ni siquiera apelar a los derechos humanos más básicos que les corresponden por
el mero hecho de ser personas) representan cualidades muy apreciadas en este sector.59
Además, la disponibilidad de este remanente de mano de obra contribuye en sí misma a
alejar el temido escenario del pleno empleo que, desde la lógica del empleador, pondría
en riesgo su tasa de beneficios. La presencia masiva de migrantes irregulares produce un
excedente de un activo básico en la economía capitalista como es la fuerza de trabajo, y
la producción de excedente tiene siempre, bien como consecuencia, bien como objetivo,
el abaratamiento de costes tanto en sentido literal como en sentido amplio. Su
contribución global es ampliamente positiva, pues, lejos de constituir una carga, el trabajo
de los migrantes indocumentados representa una relevante fuente de beneficios
económicos para empresas y Estados. Esta valoración se ve además potenciada por el

126
hecho, bien sabido, de que la condición de clandestinos desincentiva un uso habitual de
prestaciones y servicios públicos y desactiva, en principio, su potencial reivindicativo. En
el otro lado de la balanza se encuentra un inmenso coste humano, traducido en un sinfín
de penalidades.60
La presencia de trabajadores extranjeros indocumentados en la economía sumergida,
un enorme número de personas arrojadas a la ilegalidad, constituye el último eslabón de
la estratificación social. Su situación administrativa los sitúa en la condición de
deportables, y la posibilidad de incurrir en esa vulnerable condición representa un
instrumento básico en el proceso de disciplinamiento de todos los no ciudadanos. Esa
opción, no siempre actualizada, se mantiene, no obstante, latente como un recordatorio
constante de la precariedad de su situación:

[L]as autoridades de inmigración de USA casi nunca han pretendido alcanzar el presunto objetivo de una
deportación masiva de todos los inmigrantes indocumentados. Al contrario, es la deportabilidad, no la
deportación como tal, la que asegura que algunos sean deportados para que muchos puedan permanecer (sin
ser deportados) como trabajadores cuya pronunciada y prolongada vulnerabilidad legal puede ser mantenida
indefinidamente por este medio. 61

Aunque esta observación se refiere al particular caso estadounidense, prácticas


similares se dan en muchos otros países. Además de la deportación, otra amenaza latente
sería la reclusión en centros de internamiento bajo condiciones similares a las carcelarias,
un deplorable ejemplo del empleo del poder coercitivo estatal en la represión de la
inmigración irregular.62 Siguiendo la terminología de Foucault,63 cabría afirmar que la
inoculación del sentimiento de deportabilidad —una eventualidad nada remota asociada
a la situación de irregularidad migratoria— representa, más que una exclusión, una forma
táctica de inclusión disciplinaria con objeto de hacer de determinadas personas sujetos
más dóciles para la explotación social.64 Se les excluye y se les cataloga como
deportables para poderlos explotar mejor. La política de mano dura puede alternarse con
prácticas más benevolentes, como las que representan los procesos de regularización, que
múltiples países emprenden y que son contemplados, bien como una recompensa por la
buena conducta observada, bien como una promesa incentivadora de dicho tipo de
conducta. Es difícil no ver en ello sino una parte de una estrategia más general del
neoliberalismo tendente a generalizar la desregulación del mercado laboral. Cualquier tipo
de participación política o sindical del migrante irregular, y en general cualquier forma de
agencia en el espacio público, resulta impensable, además de inviable en la práctica, pues
con ello aumentan muy significativamente las probabilidades de que sea deportado,
facilitando así que sea frecuente objeto de chantaje y explotación.65
Esta comprensión de la continua amenaza de expulsión o deportación es compartida
desde distintas perspectivas teóricas, incluso nada radicales, como la que representa, por

127
ejemplo, Michael Walzer.66 El propio sistema sancionador previsto para los migrantes
representa una hibridación entre la inclusión subordinada y la exclusión selectiva. No de
iure, pero sí de facto: no se les reconoce estatuto legal, pero se les integra en el mercado
laboral. Y algo aún más relevante para el objeto de este capítulo: con los migrantes
irregulares se amplía la población residente (con una función pasiva) en el territorio
soberano de un Estado, pero no así su «cuerpo político» soberano (con una función
activa), cuya composición queda inalterada, pues no incluye a dichos migrantes.
A diferencia de los viejos imperios, como el romano, ya no es preciso extender el
territorio (mediante conquista, por ejemplo) para lograr el aumento de la población no
agregada al cuerpo político. Y de formar parte de este cuerpo depende la capacidad no
sólo de disfrute, sino también de negociación política de los diversos derechos.67 No
pueden ocultarse las consecuencias que la adopción de tales prácticas comporta para la
coherencia interna de los sistemas democráticos de tantos países receptores: «La
consolidación de un sector de la población residente al margen de la ley y, con
frecuencia, económicamente activo y socialmente asentado, plantea nuevas cuestiones de
orden político y jurídico que atañen al compromiso de las sociedades occidentales con
sistemas democráticos constitucionales de corte liberal».68 El riesgo de convertirse en
una sociedad de castas es mucho más letal para un orden liberal democrático que la
vulneración de la soberanía estatal que implica la presencia irregular de inmigrantes en su
territorio.
El lugar de nacimiento y, en general, la nacionalidad parecen haberse vuelto un
criterio aceptable para discriminar quién tiene derecho a desarrollar una vida plena dentro
de las fronteras de las sociedades avanzadas. Aunque en principio nadie merece nacer en
los límites territoriales de un Estado y verse restringido exclusivamente a las
oportunidades que se encuentren en él, en la práctica el derecho a emigrar y elegir el
lugar de residencia —la capacidad de decidir dónde vivir es un elemento clave de la
libertad humana, como se señalará en el último capítulo— cede ante las prerrogativas
supuestamente indeclinables de la soberanía estatal. Las fronteras, sin embargo, son
porosas casi por definición y, en todo caso, sus limitaciones estructurales para impedir la
movilidad se tornan evidentes ante la avidez de las personas por desplazarse y mejorar
sus condiciones de vida. El poder del Estado no desaparece y la venganza por la burla
sufrida se la hacen pagar a los inmigrantes situándolos en el limbo administrativo y legal
de la irregularidad. Son incontables los costes humanos y sociales provocados por la
presencia reiterada de trabajadores en la economía sumergida y personas en la ilegalidad.
Y esos costes los pagan a la postre todos los miembros de la sociedad, incluidos los
autóctonos: los primeros bienes públicos afectados por tales anomalías son el nivel de los
derechos y libertades que disfruta el conjunto de la ciudadanía y la calidad democrática
de sus sistemas de gobierno.

128
129
130
IV. Las fronteras culturales
Migraciones, diversidad cultural y derechos

Con el asentamiento de un número significativo de inmigrantes, se reabren en las


sociedades de acogida viejos debates sobre la convivencia y la tolerancia intercultural.
Con los flujos de población, especialmente con los de carácter internacional, se
incrementa la diversidad por razón de origen, y con ello tiende también a aumentar la
diversidad étnico-cultural en los países receptores. No hay nada extraño en ello, ya que
obviamente «los inmigrados no llegan “desnudos”: llevan también consigo, en su
equipaje, cosmovisiones, tradiciones, creencias, prácticas, escalas de valores, sistemas
morales, imágenes y símbolos».1 Aunque las migraciones no son el único factor de
diversificación cultural e identitaria en las sociedades contemporáneas, pues lo son
también los mass media, los productos culturales globalizados y el turismo de masas, su
incidencia en este terreno es de especial relevancia, pues suponen de ordinario la
reorganización de las fronteras de los grupos étnico-culturales y de su distribución
geográfica.2 Afectan no sólo su grado relativo de concentración y dispersión, sino la
vinculación afectiva que sus miembros mantienen con un determinado territorio (una
vinculación supuestamente exclusiva), así como su grado de mestizaje con otros grupos.
De este modo, las migraciones ejercen una notable influencia en la conformación de las
identidades colectivas y las lealtades políticas.
La incidencia de las migraciones como factor de diversificación o pluralización de la
vida social es tanto más perceptible cuanto más homogénea o monocultural sea la
sociedad de acogida. A la diversidad largamente asentada o tradicional, aunque oculta
muchas veces, se le suma entonces una palpable diversidad de reciente cuño. Se hacen
presentes personas de origen dispar que hablan otras lenguas, practican otras religiones,
portan otras indumentarias, celebran otras fechas, siguen otras costumbres y sostienen
otras formas de concebir la moral, la política y el derecho. La afluencia de movimientos
migratorios conlleva, ciertamente, un incremento del patrimonio cultural en el seno de la
sociedad receptora y, en consecuencia, un aumento del repertorio de opciones puesto a
disposición de los individuos. Mas, por otro lado, y a medida que se introducen aspectos
novedosos en la cotidianidad y se mezclan modos de vida que estaban separados y
claramente diferenciados, emerge también un escenario de potenciales conflictos,

131
riesgo de que cada una de las comunidades culturales cancele, desde su interior, la libertad de sus propios
individuos; riesgo también de que las comunidades de mayor fuerza y tradición cierren la posibilidad de
desarrollo de las más débiles; finalmente, de que la cultura nacional, que es el cemento que une a la sociedad
más amplia, se debilite y llegue a la desintegración total. 3

De estas palabras, acertadas sin duda en la descripción de los posibles escenarios,


cabría deducir una idea bastante común de la que, sin embargo, conviene desprenderse
pronto. A menudo se da por sentado que tanto unos como otros, población autóctona e
inmigrante, conforman grupos con nítidos perfiles socioculturales. En unos y en otros lo
habitual es, más bien, la presencia en su interior de minorías con diversos marcadores
distintivos, más o menos numerosas y más o menos reconocidas. Las poblaciones
receptoras, supuestamente homogéneas en su autorrepresentación (de acuerdo con
poderosas ficciones identitarias), no lo son tanto en su configuración real.4 Tampoco los
migrantes suelen conformar grandes grupos cerrados ni habitar en enclaves realmente
monoculturales. Los procesos migratorios provocan cambios en todas las direcciones e
inducen siempre, aunque sea de forma asimétrica, una aculturación recíproca. De ahí que
resulte especialmente desenfocado plantear la cuestión como un conflicto entre la parte
originaria de la población y aquellos otros que recientemente se han sumado a la misma.
Por esa pendiente es fácil deslizarse a terrenos indeseables y convendría clavar bien los
talones para evitar resbalar por ella.
El uso y abuso del término «comunidades», tan del gusto no sólo de los
comunitaristas sino de muchos multiculturalistas, puede inducir a pensar en su
proliferación. En realidad, y dado que las personas que arriban a un país suelen tener
procedencias diferentes y casi nunca conforman un único bloque homogéneo, y aunque
se registre una cierta tendencia hacia la concentración residencial u ocupacional, o a la
creación de asociaciones y redes étnicas, las migraciones propician la multiplicación y
superposición de lenguas, religiones y costumbres a lo largo de la geografía estatal.5 Los
préstamos, las apropiaciones y los mestizajes culturales están tan a la orden del día, que
difícilmente cabe señalar grupos verdaderamente aislados e «incontaminados» o al
menos con vínculos internos fijos y lindes externas claramente definidas.
La idea de la separación entre grupos étnico-culturales, núcleo del sombrío panorama
que nos pintan ciertos autores,6 o la algo más elaborada de «sociedades paralelas»,7
carecen con frecuencia del necesario refrendo empírico como para tomarlas en serio.
Con todo, el sentido dual de la pertenencia que poseen muchos migrantes transnacionales
contemporáneos supone un firme desafío tanto para el nacionalismo como para el
multiculturalismo más comunitarista.8 El multiculturalismo mantiene sin cuestionar la
noción de pertenencia primaria, esto es, la idea de que los individuos están vinculados
fundamentalmente a una única comunidad cultural, a la que prestarían la lealtad básica. Y
es ese presupuesto el que el fenómeno en expansión del transnacionalismo migratorio

132
pone en cuestión. Muchos migrantes viven hoy simultáneamente en dos culturas y en dos
sociedades. Mantienen un conjunto de prácticas, relatos, valores y lealtades tanto con su
familia y su lugar de origen como con su nuevo país. Expresan identidades compartidas y
movilizan representaciones colectivas híbridas.
La diversificación cultural e identitaria de las sociedades de inmigración introduce, en
cualquier caso, una considerable brecha en la construcción heredada de Estado-nación y
en los mitos identitarios sobre los que se sustenta. Las redes transfronterizas donde se
insertan muchos migrantes, las identidades múltiples que cultivan y las lealtades
transnacionales que mantienen, además de contrarrestar la posible eficacia de las políticas
asimilacionistas (cf. supra, sección 3 del capítulo II), cuestionan la noción de un demos
sometido en exclusiva a un Estado. Pero una cosa es advertir la presencia de nuevos
retos y otra bien diferente conceptualizarlos como amenaza disolvente, tal como con
frecuencia se hace desde mentalidades eminentemente conservadoras: «En el mundo
contemporáneo, la mayor amenaza a la seguridad societal de las naciones proviene de la
inmigración».9 Esta percepción social de amenaza se nutre de una confusión y de una
sospecha: por un lado, de la confusión consistente en identificar homogeneidad cultural
con cohesión social y, por otro, de la sospecha, no siempre confirmada por los hechos,
de que los inmigrantes tienden a mantener relaciones más fuertes de lealtad e
identificación con sus naciones de origen que con el país en el que residen. El
multiculturalismo, al potenciar la reproducción de las diferencias culturales, estaría
alentando supuestamente ese inquietante fantasma.
Con todo, cabe preguntarse por el resultado de las mencionadas transacciones
culturales, esto es, qué sucede cuando entran en contacto diversas culturas ajenas entre
sí. El abanico de posibilidades que se abre es amplio: resistencia purista, segregación,
aculturación, asimilación forzada, préstamo oportunista, emulación interesada e
hibridación, por citar algunas. Si bien no todas las opciones señaladas son rechazables
por igual, ante la insatisfacción que provoca su escrutinio en detalle surge con fuerza la
conveniencia de pensar sobre nuevas bases la configuración de una sociedad pluricultural
y de discutir públicamente cómo articular la convivencia entre las distintas formas de vida
e imágenes del mundo que compiten en su seno.
La presencia masiva y permanente de extranjeros portadores de bagajes culturales
dispares dentro de las lindes de un Estado representa —o puede representar— un reto
para las sociedades liberales, tanto en lo concerniente al respeto integral de los derechos
humanos como en lo que respecta al funcionamiento de las instituciones de la democracia
representativa. Sobre estos dos pilares se articula una arquitectura política cuyas piezas
esenciales son la preeminencia del individuo, la igualdad de trato ante la ley, el gobierno
de la mayoría, el respeto de las minorías y la limitación del poder. Aunque la diversidad
cultural de las sociedades contemporáneas no supone en sí misma un peligro para esos

133
valores políticos que fueron concebidos desde (y para) el horizonte de una cierta
homogeneidad social, la modificación de esas condiciones iniciales exige que sean
revalidados y que su sentido sea adaptado a las nuevas circunstancias. El pluralismo de
voces, creencias y opiniones ya era un postulado básico del modelo demócrata-liberal
(más concretamente, un postulado básico de una cultura individualista en el sentido
propugnado por John Stuart Mill), mas ese pluralismo era entendido como una diversidad
social limitada por un consenso explícito —el texto constitucional— o implícito —las
tradiciones culturales compartidas del mundo de la vida—. Ante la emergencia de una
realidad social mucho más polifónica, y no siempre armónica, el ángulo de la mirada
debe ampliarse para permitir que los añejos presupuestos normativos se adapten a la
nueva situación. Entra dentro del juego político normal que en esas circunstancias los
distintos grupos busquen renegociar la distribución de poder resultante. El reto, en todo
caso, estaría en aprender a convivir con ese nuevo pluralismo, construir un nuevo marco
narrativo donde acomodarlo y realizar los necesarios ajustes políticos y jurídicos, pero
también psicológicos y cognitivos. No es pequeña la tarea, y más aún si además se
pretende que todo ello se haga sin entrar en contradicción con los rasgos básicos de la
estructura política.
A lo largo del presente capítulo se abordará este amplio abanico de problemas,
aunque restringiéndolo a la consideración de cinco puntos. En primer lugar, se
cuestionarán las críticas masivas contra los programas multiculturalistas mediante las que
se encubren diatribas contra la inmigración, sospecha que no impide, sin embargo, que se
preconice la reformulación de tales programas (sección 1), y de ahí se pasará a examinar
la pertinencia del denominado «posmulticulturalismo» como enfoque que trata de
encuadrar un nuevo discurso sobre la inmigración (sección 2). En un tercer paso se
esbozará una propuesta para trazar los límites legítimos de las políticas migratorias en el
poliédrico ámbito de la diversidad cultural (sección 3). A continuación, se analizará la
cuestión más particular de la relación entre políticas migratorias y diferencias
confesionales, deteniéndose en el caso de los inmigrantes musulmanes (sección 4). Y, por
último, se indagará lo idóneo de los derechos culturales como instrumento para la
salvaguardia de la diversidad cultural (sección 5).

134
1. EL MULTICULTURALISMO,
UNA FÓRMULA SUJETA A REVISIÓN

«Los movimientos contra la inmigración se han vuelto también contra el


multiculturalismo», de modo que, en aquellos lugares donde tales movimientos se han
hecho fuertes, las políticas multiculturales han entrado en franco retroceso.10 En realidad,
el rechazo del multiculturalismo está estrechamente asociado a un gran temor respecto a
la inmigración. La elevada propensión a reducir la compleja problemática de las
reivindicaciones del multiculturalismo a sus aspectos más caricaturescos no es ajena al
hecho de que habitualmente se le atribuya una actitud extremadamente receptiva hacia el
fenómeno migratorio. Aunque esta atribución precisaría ser matizada, es más que
probable que si en ciertos países de inmigración el multiculturalismo llegó a ser «un
movimiento política e ideológicamente significativo», esto fuera debido precisamente «a
su rechazo a las demandas asimilacionistas de la sociedad de acogida».11 En todo caso,
es objeto de generalizaciones poco fundadas que conectan con un extendido sentimiento
de prevención frente a los excesos de quienes reivindican el reconocimiento público de
toda diferencia cultural, ya sea real o inventada, significativa o trivial. La «guerra contra
el terrorismo» global de inspiración islamista —el lema propagandístico que aglutina el
discurso prevaleciente sobre la seguridad nacional en el mundo occidental— ha dado alas
también a este creciente rechazo. Los más alarmistas llegan a afirmar que el culto a la
diferencia imposibilitaría incluso el más mínimo atisbo de convergencia en torno a valores
y principios universales.
A ciertos fustigadores del multiculturalismo, entre quienes ocupa un lugar destacado
Giovanni Sartori y su libro La sociedad multiétnica,12 hay que reconocerles, no
obstante, el mérito de no haberse dejado hechizar por los trillados tópicos de lo
políticamente correcto y de haberse atrevido a ponerlos en cuestión. Diferente es
determinar si además han sabido dotar a sus opiniones de argumentos suficientemente
convincentes y ajustados. En el caso del reputado politólogo italiano, su polémico
planteamiento ha de entenderse ciertamente como material de parte —y, por ende, no
imparcial— dentro de una contienda mucho más amplia que no es otra que la batalla por
la hegemonía cultural, una forma de lucha por el poder que, a veces de una manera
solapada y otras de manera explícita, atraviesa las plurales sociedades de nuestro tiempo.
Es así como habría que leer su alegato por la vuelta a las raíces autóctonas occidentales o
su repudio de los inmigrantes «no integrables». Tales inmigrantes son perfilados como si
fueran una suerte de infiltrados y calificados consecuentemente de «quintacolumnistas» o
«caballos de Troya» que buscan socavar desde dentro los valores de las sociedades en
las que han buscado residencia para así poderlas dominar más fácilmente. Similar

135
cometido cumple la revelación sartoriana de los supuestos efectos deletéreos —tanto para
la cohesión social como para la identidad nacional— inducidos por las concepciones
políticas del multiculturalismo.13
Como de manera reiterada señalara Isaiah Berlin, uno de los máximos adalides que el
liberalismo tuvo a lo largo del siglo XX,14 y como nos recuerda en la actualidad su
discípulo John Gray,15 la teoría demoliberal —que oficia en los países occidentales como
pensamiento político hegemónico— es directamente deudora de una concepción
pluralista de los fines y valores humanos: éstos no sólo son múltiples y variados, sino
inconmensurables y están en permanente conflicto. Puesto que del monismo axiológico
derivarían el fanatismo y todos los tipos de extremismo, lo que nos corresponde es
aceptar la diversidad irreductible de fines humanos y obrar en consecuencia. Éste no
sería, sin embargo, el camino emprendido por el multiculturalismo, al menos si nos
atenemos a la caracterización que de él nos proporciona Sartori: pluralismo y
multiculturalismo constituirían, en realidad, dos concepciones antitéticas, pues mientras
que el primero constituye el código genético de una sociedad abierta (con infinidad de
asociaciones voluntarias, afiliaciones múltiples y líneas de división cruzadas), el segundo
no sería sino una variante perversa del pluralismo en la medida en que sus adeptos no se
conformarían con el acomodo de la diversidad existente, sino que tratarían además de
fabricarla e incluso de multiplicarla. Por todo ello habría que insistir en que «un
multiculturalismo que reivindica la secesión cultural, y que se resuelve en una
tribalización de la cultura, es antipluralista».16 Frente a esta negativa actitud, «el intento
primario del pluralismo es asegurar la paz intercultural, no fomentar una hostilidad entre
culturas».17 En definitiva, la discrepancia fundamental entre ambas posturas radicaría en
lo siguiente: «El pluralismo se manifiesta como una sociedad abierta muy enriquecida por
pertenencias múltiples, mientras que el multiculturalismo significa el desmembramiento
de la comunidad pluralista en subgrupos de comunidades cerradas y homogéneas»,18 de
tal modo que cualquier tentativa de diálogo intercultural quedaría cortocircuitada.
Concebido así, el multiculturalismo representaría un desafío a la idea de E Pluribus
Unum, esto es, al proyecto de integración de la diversidad que sociedades de inmigración
como la estadounidense han hecho suyo como elemento nuclear de su identidad
colectiva.19
El «multiculturalismo» es un concepto académico —o, dicho con mayor propiedad,
una elaboración ideológica generada y empleada fundamentalmente en círculos
académicos— que en ciertos países, como Canadá, Australia y Suecia, se ha plasmado
en políticas públicas (esto es, en un modelo político con respaldo institucional) y que en
otros muchos sólo logró introducirse en el debate político hasta convertirse en objeto de
enorme controversia. Como se ha señalado, en los últimos años han arreciado las críticas

136
recibidas de tal modo que se ha pasado del «ahora todos somos multiculturalistas» 20 a
decretar la muerte del multiculturalismo.21 Algunos, sin embargo, se resisten a dar el
asunto por periclitado y apuestan por salvarlo reivindicando la categoría de
«posmulticulturalismo».22 Sea como fuere, es cierto que el multiculturalismo «no parece
ser el más feliz de los términos; virtualmente induce a confusión, ya que se presta a usos
contradictorios y, de hecho, incompatibles».23 La exactitud de este aserto no justifica, sin
embargo, la forma en que autores como Sartori y Huntington exponen su alcance
práctico, una presentación que, sin embargo, ha encontrado una considerable audiencia y
que incluso ha logrado calar en mentes extremistas. En ese polémico contexto, no es
nada casual que, por ejemplo, el noruego Anders Behring Breivik, autor de la masacre de
más de setenta personas, en su mayoría jóvenes socialdemócratas, perpetrada en julio de
2011, identificara a sus víctimas como defensores del multiculturalismo y cifrara en ello
el principal móvil de su propia acción criminal.
Ante la confusión generada, es más necesario que nunca, en un ejercicio de mínima
higiene conceptual, distinguir con nitidez entre dos acepciones básicas asociadas al
término multiculturalismo: como un mero dato social hecho y como una corriente en la
teoría y en la práctica políticas contemporáneas. En su primer sentido, se emplea el
vocablo para expresar una mera constatación empírica: la pluralidad étnico-cultural
existente con mayor o menor intensidad en todas las sociedades modernas; esto es, la
presencia en un mismo espacio geográfico y social de grupos con formas de vida y
códigos culturales diferentes. En su segunda acepción, es frecuente que tanto en estudios
monográficos y disputas académicas como en debates políticos se use el término con un
contenido prescriptivo; es decir, como una respuesta normativa al hecho del pluralismo
cultural, que se concreta en un proyecto político de sociedad en la que sea factible la
convivencia armónica de esas diversas formas e identidades culturales. En este sentido, el
multiculturalismo se propone como una meta no alcanzada, un ideal de convivencia aún
por construir, así como caracterizar un modelo político idóneo para su realización. Esta
segunda posibilidad podría entenderse, ciertamente, como una respuesta de carácter
normativo al hecho social expresado en la primera acepción.
El perfil del proyecto político multiculturalista se torna algo más nítido en el contraste
con los modelos monoculturalistas de tratamiento de la diversidad de grupos y culturas
procedentes de las migraciones. De acuerdo con Zygmunt Bauman, en una
generalización ciertamente metafórica y simplificada que sigue la estela dejada por el
antropólogo Claude Lévi-Strauss, durante las dos últimas centurias los Estados nacionales
habrían intentado gestionar la presencia de extranjeros de alguna de estas dos maneras:
mediante la asimilación («comerse a los extranjeros») o mediante la exclusión
(«vomitar a los extranjeros»). Según este mismo autor, la asimilación se habría
convertido hoy en misión imposible porque «ningún modelo cultural puede reivindicar

137
con autoridad y eficacia su superioridad sobre los modelos alternativos».24 Por su parte,
la exclusión tampoco resultaría factible, pues «las deportaciones y las expulsiones
proporcionan regularmente imágenes a la televisión-espectáculo y tienen muchas
posibilidades de provocar un clamor de indignación público y empañar el crédito
internacional de los culpables». Sería ahí, frente a estas dos vías sin salida, donde el
multiculturalismo podría reivindicarse como opción razonable.
En cualquier caso, los discursos multiculturalistas que han proliferado con fuerza
desde los años ochenta ofrecen rasgos y perfiles nada monolíticos que sólo de manera
muy parcial se ven reflejados en las descripciones de sus detractores. Si por
multiculturalismo entendemos, como sostiene Sartori, que bajo una misma frontera
convivan sin referencias normativas comunes culturas distintas gobernadas por leyes
propias y costumbres diferentes, no cabe duda de que estaríamos ante una doctrina
disgregadora que acabaría ocasionando grave inestabilidad social.25 Frente a ese probable
caos, sería preferible la defensa cerrada del Estado de derecho: un país, una ley. Si, por
el contrario, bajo dicho término se entiende que cada cual pueda mantener y expresar su
cultura y conformar su propia identidad dentro del imperio de la ley del país receptor,
estaríamos ante un ejercicio de libertad difícilmente reprochable. De hecho, y por poner
un ejemplo representativo, en esa dirección se sitúa una de las versiones más sólidas del
pensamiento y la política multiculturales: la reflejada en el informe que emitió la
Commission on the Future of Multi-Ethnic Britain (2000), conocido también como el
Informe Parekh, por el nombre de su coordinador, un filósofo político a quien se debe
además una de las exposiciones más solventes del tema.26 Ambos textos —que
representan una decidida toma de distancia con respecto a algunas perspectivas previas
de las culturas de carácter más esencialista— se esfuerzan en presentar el
multiculturalismo como un planteamiento encaminado fundamentalmente a combatir la
discriminación y el racismo institucionalizado que desemboca, en última instancia, en un
proyecto de inclusión social.27
Se ha extendido la idea de que el multiculturalismo —y sus críticos emplean
intencionadamente el singular, cuando lo cierto es que presenta plurales acepciones— se
muestra interesado en reflejar una visión estática de la cultura, como si ésta fuera una
foto fija, negando así el carácter complejo, flexible y adaptativo de todo entramado
cultural. Mas esta concepción dinámica, y no otra, es la que haría propia el
multiculturalismo al parecer de múltiples e insignes tratadistas.28 En realidad, suscribir
este discurso político implica asumir una doble negación: en primer lugar, la negación del
universalismo abstracto y uniformador, que presupone una homogeneidad cultural básica
entre quienes integran un Estado-nación, y, en segundo lugar, la negación del
particularismo, estéril por reduccionista, que pretende plantar a cada uno para siempre en
el gueto cerrado de sus singulares raíces. Un botón de muestra:

138
El multiculturalismo no consiste en una fragmentación de la sociedad en comunidades encerradas en sí
mismas que sólo estarían ligadas entre sí por el mercado o incluso por la segregación y la guerra santa, la
guerra de clases, de naciones, de religiones o de sexo: el multiculturalismo sólo tiene sentido si se define como
la combinación, en un territorio dado, de una unidad social y de una pluralidad cultural mediante intercambios
y comunicaciones entre actores que utilizan diferentes categorías de expresión, análisis e interpretación. 29

Con el término multiculturalismo se alude, por consiguiente, a una singular propuesta


normativa que busca manejar la diversidad cultural de las sociedades contemporáneas,
diversidad potenciada por el aumento de la movilidad humana. No es, sin embargo, una
fórmula política dirigida a regular la convivencia con grupos que quieren —o no tienen
problemas en— diluirse en el conjunto social más amplio, sino con aquellos otros cuyos
miembros, sin estar separados geográficamente del resto de la población, se muestran
reacios a ser absorbidos sin más y perder sus perfiles propios.30 De ahí precisamente la
dificultad que entraña el empeño.
Sin entrar aquí en mayores detalles, al multiculturalismo se le asocia una actitud de
respeto por la diversidad étnica, cultural y religiosa. Presupone la afirmación de la
diferencia cultural como condición de posibilidad para la convivencia social y, por tanto,
se distinguiría «por un énfasis positivo sobre las culturas, y por la asunción de que sea
posible una coexistencia que no implique sin más su plena neutralización».31 En la
medida en que pone en entredicho la idea del Estado nacional homogéneo y
monocultural, el multiculturalismo puede ser concebido como una especie de radical
correctivo a los enfoques asimilacionistas que durante mucho tiempo han rodeado a los
procesos de incorporación de los inmigrantes a las sociedades receptoras (y que aún hoy
inspiran a los mal llamados contratos de integración, que más que como acuerdos
bilaterales se conciben como imposiciones unilaterales a los recién llegados).32 No se
trata de encerrar a nadie ni de limitar la libertad por medio de normas comunitarias, sino
de luchar contra la opresión de la uniformidad cultural y, sobre todo, de diseñar medidas
políticas para erradicar o al menos mitigar la discriminación de las minorías y las
relaciones de subordinación que padecen sus miembros, con el objetivo último de lograr
un tratamiento equitativo.
No parece, por tanto, que se haya entendido bien el sentido del multiculturalismo
cuando se le concibe o se le identifica como un programa político que propone
institucionalizar las diferencias culturales segmentando a la sociedad de manera
irreversible. Sin duda, la reflexión sobre la «buena sociedad» y, sobre todo, la propia vida
en común sería mucho más cómoda en el seno de una sociedad con identidades lábiles
que en una sociedad dominada por quienes sacralizan las más pequeñas diferencias
tribales o gregarias. Más cómoda ciertamente, pero, aparte de que ése no es el caso, no
está claro que una comunidad política bajo la égida de la homogeneidad cultural fuera a
ser más interesante o más dinámica.

139
2. POSMULTICULTURALISMO Y MIGRACIÓN

Los debates públicos, a veces ardientes, que en torno a los procesos migratorios tienen
lugar en las sociedades receptoras se focalizan sobre todo en su dimensión cultural y, en
particular, en la identitaria. En este punto coinciden, paradójicamente, tanto el discurso
multiculturalista, supuestamente progresista, como todo un amplio bloque en el que se
incluirían, además de los sectores más nacionalistas y más decididamente xenófobos, los
neocons y sus inspiradores teóricos, muchos de ellos declarados antimulticulturalistas.
Estos últimos eran los que hasta hace poco se llevaban la palma y habían logrado que en
los países de acogida calara la idea de que la diversificación de culturas e identidades
generada por los flujos migratorios supone un factor corrosivo de la cohesión social.
Lo cierto es que, de este modo, multiculturalistas empeñados en afirmar las
diferencias culturales y asegurarlas mediante derechos colectivos, junto con intelectuales
y publicistas que trataban de combatirlas, contribuyen a desplazar el foco de atención
fuera de las desigualdades económicas y, particularmente, de las posiciones de desventaja
estructural que soportan numerosos inmigrantes. Los debates tienden así a centrarse en
cuestiones de otro tenor, por ejemplo, el velo musulmán en la escuela, el derecho a erigir
mezquitas, los ya mencionados contratos de integración (puestos en marcha en Francia
y Bélgica y propuestos por algunas formaciones políticas en España) o la pertinencia de
que «lo británico» (sea lo que esto fuere) articule el proceso de integración social.
En este caldo de cultivo —generado tanto por las críticas radicales al
multiculturalismo como por la creciente insatisfacción de quienes apostaron de buena fe
por él— es donde ha surgido el término posmulticulturalismo con objeto de dotarse de
una herramienta conceptual útil con la que tratar de encuadrar un nuevo discurso sobre la
inmigración. Si durante la década de los noventa las políticas migratorias de cualquier
país democrático no tenían más remedio que medirse con las políticas multiculturalistas
de reconocimiento de la diferencia, en los últimos años el panorama ha cambiado
sensiblemente. Como admite Will Kymlicka, probablemente el más preclaro teórico del
multiculturalismo, «aunque la gente discrepa sobre qué viene después del
multiculturalismo, existe un sorprendente consenso acerca de que estamos de hecho en
una era post-multicultural».33 Los cambios en la formulación del multiculturalismo se
registran no sólo en el ámbito académico, sino también en las políticas desarrolladas en
su nombre. Así, en Canadá, donde el modelo del multiculturalismo se erigió en política
de Estado, se ha pasado de una fase inicial de subrayar lo étnico (el respeto por las
diferencias culturales) a otra en la que el acento se ponía en lo cívico (la igualdad de
derechos y obligaciones, la no discriminación), y de ahí a una fase ulterior, la actual, en la
que la prioridad se sitúa en lo convivencial (en la interacción social).34

140
La primera observación que habría que hacer con respecto al denominado
posmulticulturalismo es que es una noción fundamentalmente equívoca, que arrastra a
su vez la enorme polisemia que encierra el término multiculturalismo. El prefijo «pos»
remite a algo pasado que de alguna manera se considera ya superado. Por su parte, el
sustantivo «multiculturalismo» tiene, como ya se ha indicado, el sentido tanto de un
hecho sociológico como de una respuesta normativa que haga factible la convivencia
armónica entre las diversas formas e identidades culturales. Desechada por ilusoria la
posibilidad de que el término apunte a la extinción del pluralismo cultural en las
sociedades contemporáneas, no está claro, no obstante, si con este neologismo se está
aludiendo al abandono de lo multicultural en su acepción normativa o si, por el contrario,
se trata de una exhortación a radicalizar el tradicional enfoque multicultural. Considero
que este neologismo tiene que ver fundamentalmente con la necesidad percibida por
muchos de «volver a pensar el multiculturalismo» 35 con objeto de rescatar lo mejor de
sus intuiciones. Por ello, a lo largo de este escrito se entenderá por posmulticulturalismo
la propuesta normativa que trata de ir más allá de los postulados multiculturales sin echar
por la borda aquellos que aún mantengan validez después de la intensa crítica de que han
sido objeto en las últimas dos décadas.
Concebido así, el posmulticulturalismo difiere del antimulticulturalismo cultivado por
autores como Giovanni Sartori, Samuel Huntington, Francis Fukuyama y Thilo Sarrazin,
todos ellos defensores a su vez de la puesta en marcha de políticas fuertemente
disuasorias en materia migratoria, cuando no directamente antiinmigratorias. Representa
más bien una crítica interna que no suprime los acentos del discurso multiculturalista,
pero los desplaza de manera significativa. Este nuevo enfoque, aun preservando el interés
por la diferencia, la identidad y la etnicidad, nociones clave del multiculturalismo,
mantiene un cierto distanciamiento con respecto a dicha perspectiva: las cuestiones de la
identidad o la etnicidad no tendrían por qué decaer ante las cuestiones de clase, sino que
deberían ser atendidas en interrelación con ellas; tampoco habría que dar por amortizada
la opresión o la discriminación racial, sino que deberían ser abordadas sin desligarlas de la
explotación económica. El posmulticulturalismo hace así una decidida apuesta por la
pluralización de las perspectivas de análisis. En este mismo orden de ideas, serían
reconocibles sus afinidades electivas con la perspectiva de la «interseccionalidad»
(intersectionality), que desde el seno de los estudios feministas trata de afrontar los
distintos vectores que, como la clase, la etnia y el género, confluyen habitualmente en las
situaciones de discriminación, opresión y desigualdad.36 En el ámbito de la filosofía
política, conectaría también con concepciones, como la defendida por Nancy Fraser, que
cifran el sentido de la justicia social en la satisfacción de demandas no sólo de
reconocimiento cultural, sino también de redistribución económica y representación
política.37 No cabría soslayar la imbricación de las dimensiones política, económica y

141
cultural en las experiencias de injusticia. Trasladado esto al acomodo de los procesos
migratorios, implicaría la potenciación de una política de integración de y con los
inmigrantes en esos tres ejes de la justicia.
También hay buenas razones de carácter progresista para enfrentarse a algunas
cantinelas típicas de la retórica multicultural. La tendencia a la «culturalización» de los
problemas sociales, consecuencia de la fetichización de la cultura y de la identidad,
provoca un efecto ideológico de enmascaramiento que hace perder de vista los
fenómenos de desigualdad, de exclusión y, en resumidas cuentas, de injusticia asociados
a la situación real en la que viven una muy apreciable parte de los migrantes (véase infra,
sección 5 del capítulo IV). Los componentes políticos y económicos del asunto se sitúan
de este modo fuera del foco central y se pierde de vista el análisis del sistema social
como totalidad articulada. Se abordan en clave cultural los problemas que no interesa
afrontar en función de estricta justicia y, en definitiva, de derechos. Se sublima, por
tanto, como problema cultural e identitario lo que no es sino una diferencia económica y
de condición social o, lo que aún sería peor, se utiliza de manera interesada la diferencia
cultural para justificar la desigualdad en el acceso y el ejercicio del poder y la riqueza o,
al menos, para pasar por alto que los inmigrantes conforman, aunque no en exclusiva,
una población en situación de desventaja y vulnerabilidad.
La «culturalización» de la esfera política conduce a que las reivindicaciones de una
mayor equiparación económica se releguen con frecuencia a favor de las demandas
étnico-culturales y, en particular, de las de índole religiosa y lingüística. Los conflictos en
torno a intereses materiales se obvian como si ya no existieran o hubieran sido superados
por arte de magia. Y esto, trasladado al campo migratorio, conduce a percepciones
insostenibles. Resulta sorprendente, por no decir obsceno, omitir en este contexto hechos
como, por ejemplo, que en numerosos países ricos existe un mercado de trabajo en
condiciones tales de precariedad, clandestinidad y miseria —condiciones cercanas, en
ocasiones, a la semiesclavitud—, que resultan inaceptables para los trabajadores
autóctonos, al menos hasta la llegada de la crisis, pero que son asumidas, no obstante,
por trabajadores procedentes de países no desarrollados, circunstancia que revierte en
exclusivo beneficio de los empresarios y de la economía del lugar.
Desde la perspectiva posmulticultural, el acento no se coloca en el riesgo —actual o
potencial— que los procesos migratorios podrían suponer para el mantenimiento de la
identidad y la esencia de la sociedad receptora, sino en el hecho de que las mayores
trabas para alcanzar una sociedad integrada no se encuentran en los atributos culturales
diferenciados que puedan portar los migrantes, sino en cuestiones como la segregación
residencial o la estratificación laboral de la que son víctimas en una elevada proporción,
por no hablar de la situación de irregularidad sobrevenida a la que son arrojados tantos
inmigrantes cuando por motivos del ciclo económico se quedan sin empleo.

142
3. ACERCA DE LOS LÍMITES NORMATIVOS
DE LAS POLÍTICAS MIGRATORIAS

Los debates en torno al control de los flujos migratorios alcanzan una notable audiencia e
intensidad en las sociedades occidentales más prósperas. Expresiones tecnocráticas harto
imprecisas, como «umbral de tolerancia» o «capacidad de acogida», forman parte del
arsenal discursivo empleado. Supuestamente, tales umbrales o capacidades dependerían
no sólo de las afinidades culturales, lingüísticas o religiosas existentes entre la población
receptora y la inmigrante, sino también de factores tan variopintos como la composición
demográfica, el nivel de riqueza, la estructura del mercado de trabajo, el nivel de
cualificación de los inmigrantes, etc. En ese contexto de polémica parece entonces
inevitable la cuestión de «¿hasta qué punto la sociedad pluralista puede acoger sin
desintegrarse a extranjeros que la rechazan?» 38 Con una pregunta así se busca, sin duda,
llamar la atención sobre el riesgo que para las ricas sociedades occidentales representa la
llegada masiva y desordenada de inmigrantes con formas religiosas y actitudes culturales
diferentes de las occidentales. Conflictivas se presentan especialmente las demandas de
grupos de inmigrantes definidos por criterios confesionales que pretenden el
reconocimiento jurídico o al menos la tolerancia de costumbres como la poligamia, los
arreglos matrimoniales que afectan a menores, la ablación del clítoris de las niñas y la
discriminación de las mujeres. Todas estas prácticas chocan frontalmente con los
principios laicos y liberales fundamentales en las sociedades democráticas.
Una supuesta «excesiva proporción de extranjeros» no constituye por sí misma un
factor que explique y menos aún que justifique actuaciones excluyentes y xenófobas. No
obstante, a partir de un cierto porcentaje de población extranjera resulta ineludible la
intervención activa de las administraciones públicas con objeto de favorecer su efectiva
«integración» y evitar así el enquistamiento de situaciones potencialmente conflictivas.
Mantenerse impasibles y no actuar equivaldría, por un lado, a fomentar el fanatismo de
determinados grupos y, por otro, a permitir que se ponga en marcha la bomba de tiempo
de la xenofobia. Uno y otra constituyen amenazas no sólo para la población autóctona y
los inmigrantes, respectivamente, «sino también para las instituciones democráticas y el
orden social».39 En esas circunstancias, puede y debe plantearse cuál sería el tipo de
medidas más adecuado y preguntarse si es o no preferible articular la diversidad cultural
en forma incluyente a pretender frenar su proliferación mediante la implantación de
estrictos controles que impidan la entrada de quienes no comparten los valores básicos de
una sociedad y la introducción de códigos jurídicos que impongan coactivamente la
homogeneización cultural.
Descartando las tácticas pacíficas destinadas a desalentar el asentamiento de ciertos

143
grupos en un determinado país, de dudosa eficacia práctica, las únicas formas legítimas
de relegación (o, si se prefiere, de intolerancia) en una sociedad democrática serían
aquellas encaminadas a asegurar el mantenimiento del orden constitucional. No es ésta
una cláusula «débil» ni banal. Al contrario: su aceptación implica el rechazo de toda
actitud integrista que impida un espacio suficiente para la diferencia y el disenso
razonable.40 Precisamente para que en el plural y complejo mundo contemporáneo sea
posible la coexistencia de distintas formas de vida y prácticas culturales, «a la
constitución se le asigna no la tarea de establecer directamente un proyecto
predeterminado de vida en común, sino la de realizar las condiciones de posibilidad de la
misma».41 Intentar convertir los hábitos culturales y los códigos morales de una
determinada forma de vida en obligatorios para todos los ciudadanos imposibilitaría la
pluralidad de opciones que la norma suprema del Estado ha de defender. Esa pretensión
sobrepasa los márgenes de la autonomía personal y ante ella no cabe mantener una
actitud de estricta neutralidad: «Como el caso Rushdie nos ha recordado, un
fundamentalismo que conduzca a una praxis intolerante resulta incompatible con el
Estado de derecho».42
Si las políticas públicas buscan garantizar la convivencia intercultural, han de estar
inspiradas por la idea del igual respeto de las distintas culturas, tradiciones y
comunidades. Sólo así resultarían compatibles con los presupuestos demoliberales. Igual
respeto no implica, sin embargo, indiferencia, ni menos aún relativismo moral o cultural.
En las sociedades realmente existentes, multiculturales de hecho, se precisan principios
igualitarios coherente e imparcialmente aplicados. La democracia no se sustenta en clase
alguna de relativismo cultural que pudiera dar pie a la promoción de propuestas
reaccionarias y opresivas: cree en los valores democráticos y descree de muchos otros
que son antitéticos de sus principios. En este sentido, si, como algunos denuncian, el
multiculturalismo supusiera una equiparación de todas las orientaciones valorativas, sería
un fenómeno sumamente negativo: «El multiculturalista de buena voluntad se une y alía
fácilmente con los relativistas, culturales y contribuye de este modo a que algunos
déspotas que defienden el derecho a la diferencia no salgan trasquilados».43 Aunque no
está tan claro que todos los multiculturalistas se identifiquen con posiciones como la
recién descrita, la misma es en todo caso difícilmente sostenible, pues no es cierto que
todas las diferencias sean valiosas ni todas las culturas tengan igual valor: esa atribución
destruiría la noción misma de valor.44 La tolerancia versa sobre lo discutible y, en
general, indica una actitud moral de permisividad acerca de ámbitos que no están
estrictamente regulados por la ley,45 pero defender la tolerancia y el pluralismo no
equivale a renunciar a normas de alcance general. Para que una sociedad abierta
sobreviva es necesario que la inclusión de nuevos ciudadanos se realice dentro de los
límites que marca el pluralismo. Invocar el pluralismo para dar alas a quienes quieren

144
acabar con él representa un contrasentido. De ahí la dificultad de articular políticamente
la diversidad cultural cuando concurren grupos dogmáticos o fundamentalistas, sean
religiosos o no. Lo paradójico estribaría en el hecho de que estos grupos exigen
reconocimiento y tolerancia de los demás, pero ellos mismos no están dispuestos a
modificar sus costumbres para aceptar las normas vigentes.46 Se imponen, entonces,
ciertas restricciones, pues el punto no está en fomentar la diversidad cultural por sí
misma, sino más bien en promover una cultura de la diversidad.
Hay quienes niegan que el discurso de la ciudadanía, la democracia y los derechos
sea el modo adecuado para integrar realmente a los diferentes, y se apoyan para ello en
un supuesto controvertido: que ciertos individuos son a priori incompatibles con las
convicciones democráticas por el hecho de profesar un determinado credo religioso o
pertenecer a un determinado grupo étnico y que, por tanto, resultan inasimilables. Con
esta argumentación se transita desde el diferencialismo cultural —núcleo «teórico» del
nuevo racismo emergente— a la justificación de discriminaciones inaceptables. Esas
posiciones no distan mucho de las sostenidas por un insigne politólogo:

En todo caso, el hecho es que la integración se produce sólo a condición de que los que se integran la acepten
y la consideren deseable. Si no, no. La verdad banal es, entonces, que la integración se produce entre
integrables y, por consiguiente, que la ciudadanía concedida a inmigrantes inintegrables no lleva a integración
sino a desintegración. 47

La capacidad integradora de la ciudadanía no es, ciertamente, un valor intangible,


sino que se pone a prueba en casos límites, como puede ser el rechazo o no de prácticas
atroces, como la ablación genital, o simplemente ilegales o perjudiciales, como la
desescolarización femenina o la concertación de matrimonios entre menores. Es ante
casos concretos, y no ante generalizaciones apriorísticas, cuando ha de actuar el derecho.
En los encendidos debates sobre la incorporación de los inmigrantes, en los que desde
hace tiempo están atrapadas las opiniones públicas de los diferentes países europeos,
cada vez resulta más acuciante contar con un tipo de discurso compartido que dé sentido
y coherencia a los procesos puestos en marcha y permita articular una forma de identidad
colectiva en la que puedan sentirse incluidos también los recién incorporados a la
sociedad receptora. De hecho, son infinidad los modelos propuestos con el fin de
acomodar las diferencias culturales.48 Un socorrido término comodín usado en este
contexto es el de integración, aunque a menudo no resulta nada claro cuál es el
contenido que se le pretende otorgar.49 En cualquier caso, la idea de integración en el
sistema es plenamente defendible desde una perspectiva democrática e igualitaria, por
mucho que hasta tiempos no muy remotos la acompañara una fuerte connotación de
sumisión y que en ambientes progresistas fuera frecuente censurar a quienes aceptaban
participar en las estructuras del sistema. Hoy, por el contrario, el objeto de muchas

145
movilizaciones sociales es precisamente la lucha contra la exclusión, entendida ésta como
la situación de quienes no encuentran acomodo estable en las redes institucionales del
sistema ni albergan perspectivas de alcanzarlo. En el contexto específico migratorio, las
posibilidades interpretativas del término van desde la uniformización aplanadora de la
diversidad hasta la promoción activa de una atmósfera de mutua tolerancia cultural. En
particular, en el ámbito de la Unión Europea se ha intentado fijar de una vez su sentido
preciso, y aunque se ha apostado por infundirle un sesgo de acomodación bilateral,50 no
se ha logrado el objetivo. El desafío sigue consistiendo, sin duda, en encontrar una forma
de cohesión social que no incurra en la uniformidad opresora de la cultura única. Para
ello, así como para evitar los malentendidos asociados al multiculturalismo, se ha
formulado una propuesta alternativa bajo el nombre de interculturalismo, que podría
entenderse como la «propuesta de una sociedad regida por el diálogo» y por una
convivencia mucho más interactiva entre grupos que portan diversas culturas, una receta
con la que inmediatamente se hace inevitable plantearse «el problema del código
normativo común a todas ellas».51 Mediante una base dialógica se trataría de estrechar
los vínculos entre los diferentes grupos étnico-culturales asentados en un mismo país con
el objetivo de fijar un cuerpo de principios, instituciones y políticas aceptables para
todos.52 Sin ese fondo común, la afirmación de una pluralidad de diferencias culturales
irreductibles convertiría probablemente al multiculturalismo en una vía suicida para la
cohesión social.
Los debates públicos en torno al fomento de una «cultura básica» o «cultura
conductora» (Leitkultur) desarrollados en Alemania a lo largo de la última década dan
buena muestra de la dificultad de alcanzar un consenso acerca de los valores y normas
comunes que guíe el proceso de integración social.53 Se ha puesto de manifiesto que la
adhesión a la imagen del ser humano acuñada por la tradición cristiana —alentada por
quienes preconizan el retorno a las «raíces cristianas» de las sociedades europeas—54 o
algunos datos históricos y culturales exigidos para superar los tests establecidos para los
procesos de naturalización parecen requerimientos que sobrepasan lo admisible y en poco
contribuyen a la formación de un ethos común. Para que fuese reconocido como tal,
tendría que ser efectivamente construido en común. Y eso no es precisamente lo que se
hace cuando se les exige a los inmigrantes, y sin que medie un razonable periodo de
adaptación, un estándar de conducta —v. g., el estricto rechazo de actitudes homófobas
o la aceptación del laicismo— cuyo respeto, por desgracia, aún dista mucho de ser
general entre la propia población autóctona.55 A los inmigrantes, como a cualquier
ciudadano, lo que cabe exigirles es, en definitiva, el acatamiento de la legalidad vigente.
Si lo que se pretende es ir más allá y requerir el seguimiento de ciertos supuestos
culturales propios de una preconcepción nacional de la ciudadanía, tal como se apunta en
algunos proyectos legislativos, la propuesta se encontraría muy probablemente fuera de

146
los márgenes de un Estado de derecho democrático.
Por supuesto, no todos los requerimientos son igual de razonables: mientras que no
hay motivos legítimos que puedan argüirse para promover la aculturación religiosa de los
inmigrados o para imponer un determinado modelo de familia, sí que los habría para
impulsar el aprendizaje de la lengua con objeto de facilitar la «integración ocupacional»,
aunque sin necesidad de abandonar la propia lengua ni renunciar a su transmisión a los
descendientes (pues, entre otras cosas, las capacidades políglotas son cada vez más
apreciadas en una economía globalizada). Razonable es también la exigencia de aceptar
los valores fundamentales del canon democrático-liberal sobre los que se asienta la
convivencia en las sociedades receptoras, entre los que cabría citar los valores
democráticos y los principios de no discriminación y de igualdad de oportunidades. Es
ahí donde el principio de laicidad adquiere relevancia como matriz integradora de la
pluralidad cultural, sobre todo si se concibe no sólo como la separación entre Estado e
Iglesia, sino también como la interdicción de un trato especial a alguna confesión religiosa
por parte del Estado (un régimen, por lo demás, aplicable con mayor o menor flexibilidad
según las circunstancias). Para que este principio muestre todo su potencial cohesionador
ha de ser requerido por igual, y de manera coherente, eso sí, tanto a inmigrantes como a
autóctonos. Esto también deriva de la comprensión de la integración como un proceso
bidireccional que precisa de ajustes por ambas partes. La laicidad como también la
tolerancia, la igualdad ante la ley, la primacía del principio democrático y los derechos
humanos son valores exigibles a todos por igual, pues representan las condiciones de
posibilidad de la convivencia y el respeto entre quienes profesan diversas visiones de la
vida y portan distintas identidades. Se trata, en última instancia, de una labor de ajuste
mutuo que ha de desembocar en la construcción de un nuevo marco normativo y
narrativo construido en común suficientemente sólido:

No tiene sentido fomentar identidades multiculturales o minoritarias fuertes y unas identidades comunes o
nacionales débiles. Las identidades multiculturales fuertes son algo bueno —no son intrínsecamente divisorias,
reaccionarias o quintas columnas—, pero necesitan de un marco de narrativas nacionales vibrantes y
dinámicas, así como de las ceremonias y rituales que dan expresión a la identidad nacional. Esta última, sin
embargo, deberá tejerse mediante el debate y la discusión, en vez de reducirse a una lista de valores
impuestos. 56

Afrontar el reto de la inmigración y, a la postre, el de la diversidad cultural resultante


implica enfocar la pertenencia y la lealtad política —vinculadas ambas a la noción de
ciudadanía— de un modo diferente al habitual en los Estados nacionales. De ahí que una
versión reformulada de la ciudadanía debe ser parte central de ese nuevo relato. No todas
las concepciones de la ciudadanía poseen los mismos efectos prácticos en este particular.
Difieren entre sí en virtud del mayor o menor peso otorgado a los atributos identitarios, a
los rasgos adscriptivos requeridos para su concesión. Cuanto mayor y más exigente sea el

147
componente identitario de la ciudadanía, menor será su capacidad de inclusión. Los
rasgos densamente definidos son instrumentos potenciales de discriminación y dificultan,
por ende, la configuración de una sociedad integrada.

148
4. ¿IDENTIDAD AMENAZADA? RELIGIÓN Y POLÍTICA
MIGRATORIA EN UNA SOCIEDAD DEMOCRÁTICA

En las políticas públicas y, en particular, en las políticas migratorias la coherencia es un


valor de obligado cumplimiento, pues de lo contrario es difícil deshacerse de la sospecha
de parcialidad. En este sentido, el debate sobre los distintos tipos de pañuelos portados
por mujeres musulmanas —erigidos en símbolos de la diferencia cultural— ha resultado
a veces demasiado errático, una percepción que se torna en evidencia cuando se
consideran otras polémicas similares. No cabe prohibir llevar prendas que, como el
hiyab, no impiden ni la comunicación no verbal ni la socialización (diferente es el caso
del burka y del niqab, que ocultan del todo o casi del todo a las mujeres y, por tanto,
deberían ser objeto de un debate separado) y al mismo tiempo pretender libertad para
publicar impunemente caricaturas de Mahoma. Desde principios liberales, sobre los que
se asientan la mayoría de las democracias constitucionales, se sigue tanto la libertad de
portar determinadas indumentarias como la libertad de expresión. Las restricciones
legítimas vendrían únicamente de la aplicación coherente e imparcial del principio de
evitación de graves daños a terceros.57 En este sentido, cabría justificar la restricción o
prohibición de su uso mediante razones de seguridad pública (parece razonable exigirlo,
por ejemplo, para poder embarcar en un vuelo comercial).58
El ya famoso debate sobre las 12 caricaturas de Mahoma dibujadas por Kurt
Westergaard, en las que el profeta aparece con turbante en forma de bomba o con espada
en mano, transcurrió en un terreno sumamente resbaladizo. Fueron publicadas
inicialmente en un diario danés en septiembre de 2005 bajo el título «Los rostros de
Mahoma» y pronto alcanzaron una amplia resonancia internacional, hasta el punto de
provocar meses después fuertes protestas en el mundo islámico, con disturbios en varios
países, en los que murieron alrededor de 150 personas, y un boicot comercial a los
productos daneses. El dibujante fue objeto posteriormente de varios intentos de
asesinato. Poco después, en febrero de 2006, esas mismas caricaturas fueron
reproducidas por el semanario satírico francés Charlie Hebdo, a las que, echando más
leña al fuego de las violentas protestas ya desatadas, añadió otras más en un número —
del que se llegaron a vender unos 300 000 ejemplares— cuya portada mostraba al
profeta llorando y diciendo: «Es duro ser amado por gilipollas». Un perfil similar, con
conatos igualmente virulentos, adoptaron las discusiones públicas en torno a las
polémicas y reiteradas declaraciones del político holandés Geert Wilders, potenciadas
además por la difusión de su video Fitna (2008), en el que se presenta al islam como una
ideología religiosa de carácter intrínsecamente violento y antidemocrático, y recrudecidas
con la subsiguiente sentencia absolutoria hecha pública en junio de 2011.59 El fallo

149
judicial proclamaba que la noción de libertad de expresión incluye también el derecho a
criticar los dogmas confesionales y denostar las prescripciones religiosas. No hay razón
alguna para ceder en este punto, pues no debe admitirse excepción cultural en cuestiones
de derechos humanos, y la libertad de expresión es uno de ellos. En todo caso, y aunque
las invectivas y sátiras estén amparadas por el derecho vigente, en una sociedad plural,
en la que coexisten preferencias culturales y religiosas diferenciadas, no estaría mal
atenerse a un código de buenas prácticas que desechara insensatas e incendiarias
provocaciones que buscan envenenar el ambiente. En este terreno habría que tener
siempre presente que «el hecho de que tengamos el derecho de hacer x no significa que x
sea sensato o deseable».60 Pero, probablemente porque un código tal puede ser papel
mojado, las legislaciones penales de muchos países persiguen como delitos la calumnia y
la difamación que atenten contra la dignidad de individuos y grupos.61 Ya fuera de
Europa, la quema pública de un ejemplar del Corán realizada por el pastor
estadounidense Terry Jones en marzo de 2011 podría señalarse como claro ejemplo de lo
que se debe evitar, por más que la legislación de su país permita la quema de la enseña
nacional.62 La incitación al odio, en cualquier caso, nunca debería ser una práctica
protegida. Como siempre que se entra en el terreno en el que compiten derechos,
delimitar la libertad de expresión de la provocación premeditada que busca desencadenar
una respuesta violenta es una tarea complicada, pero no menos necesaria en un mundo
inestable.
Casos como los mencionados son tan sólo un botón de muestra de cómo en los
países occidentales, y en particular en Europa, la integración de los musulmanes se ha
convertido en una cuestión candente. La integración de inmigrantes de otras procedencias
o con filiaciones culturales diferentes apenas concita debate público. Es significativa al
respecto la siguiente opinión:

El principal desafío intercultural que tendrán que afrontar las sociedades europeas es el del advenimiento de
una nueva religión en Europa: el islam. Es un desafío importante. Por primera vez en la conflictiva historia de
las relaciones entre el islam y la cristiandad, el encuentro se produce de forma pacífica a través de los
cambios demográficos. 63

Esta focalización en la inmigración musulmana se encuentra vinculada, obviamente,


al establecimiento en Europa occidental de un considerable número de inmigrantes que
profesan dicha religión y que muestran voluntad de fijar su residencia de manera
permanente. Desde hace ya décadas representan una pujante minoría en crecimiento
que está configurando un nuevo islam europeo, distinto al existente en la región balcánica
y en diversas zonas de la antigua Unión Soviética, donde tras el paso del Imperio
otomano se asientan sin especiales problemas numerosas minorías musulmanas.64 Tras
esta simple constatación se amontonan toda una serie de interrogantes nada banales.

150
Además de preguntarse si se puede hablar de un islam propiamente europeo (con un
perfil diferenciado adaptado al contexto sociocultural) o más bien de la sección europea
de la umma islámica (o comunidad extraterritorial de creyentes), una cuestión que desde
presupuestos nativistas cabe plantearse es si el islam es una de las religiones que pueden
profesar los europeos o es un credo propio de una población extranjera. Más relevante, y
también más polémica, es esa otra cuestión que de manera más o menos velada se
formula acerca de si los nuevos musulmanes europeos (aunque muchos de ellos hayan
nacido en el continente y no sean inmigrantes, sino descendientes de quienes tiempo atrás
mudaron su país de residencia e incluso adquirieron la nacionalidad del país receptor)
asumirán los principios y normas jurídicas vigentes en las sociedades de acogida o si
tratarán de mantener y extender sus propios usos y costumbres, aun cuando entren en
abierta oposición a las normas vigentes en los países donde residen.65 Aunque este
planteamiento tiene cierta lógica desde la exclusiva perspectiva de los países anfitriones,
no deja de ser un enfoque sesgado. Un planteamiento más integral debería dirigirse hacia
los dos lados: «La comprensión del Islam en Europa debe combinar una doble
observación en términos positivos: cómo Europa está cambiando al Islam y cómo el
Islam está cambiando a Europa».66
Mientras que en los Estados Unidos el islam se ha ido haciendo parte de manera
acelerada del variopinto paisaje religioso y los musulmanes han sido aceptados —aunque
con reservas apenas ocultas— en la amplia coalición multiconfesional, en Europa
occidental, por el contrario, el pluralismo religioso —fuera de las múltiples variantes
cristianas— es un nuevo fenómeno social que aún tiene que encontrar su adecuado lugar
bajo las correspondientes condiciones jurídicas y en el discurso público. Las sociedades
europeas eran, hasta tiempos muy recientes, mucho más homogéneas en lo religioso.
Ante la emergencia de esa nueva realidad, las reacciones ante la presencia musulmana
varían a lo largo del arco político europeo: desde la derecha suele hacerse hincapié en las
raíces cristianas del continente, mientras que desde la izquierda se tiende a afirmar los
principios de la laicidad y la neutralidad del Estado.
La cuestión dista de ser un mero tema de debate académico, pues se ha convertido,
más bien, en objeto de enconada batalla política y, sobre todo, electoral. Sobre ella se
cierne, además, el riesgo de convertirse en excusa para proceder a graves repliegues
identitarios. Poco se han hecho esperar las reacciones, a veces airadas, ante las
reivindicaciones musulmanas de una mayor visibilidad en la esfera pública. En este
sentido, son significativas las múltiples trabas burocráticas impuestas ad hoc para impedir
que se construyan y se abran mezquitas (en España y en Alemania, entre otros países),
se levanten minaretes (prohibidos expresamente en Suiza en una decisión adoptada en
referéndum), se lleven a cabo plegarias musulmanas en las calles o se sirvan alimentos
halal en los comedores escolares. El fantasma de la identidad amenazada, no por un

151
enemigo exterior, sino por un enemigo que reside en casa, un síndrome experimentado
cada vez por más gente, explicaría en cierta manera estas reacciones tan poco
integradoras que buscan situar fuera de cualquier debate la identidad colectiva, un
supuesto hecho inalterable que como un pesado fardo habría que soportar de manera
obligatoria: «La identidad en peligro es el argumento principal de quienes —católicos y
no católicos— propugnan una política de defensa agresiva frente al Islam […] Apelar a la
identidad equivale a dar un puñetazo encima de la mesa contra los extranjeros que
aparecen o están entre nosotros».67
La obsesión identitaria exhibida en algunas sociedades occidentales alienta y
conforma con frecuencia una respuesta estatal ante el fenómeno migratorio que, al
adoptar la forma de medidas protectoras de la integridad cultural de la sociedad de
acogida, delata una importante falta de autoconfianza colectiva que no ayuda a integrar a
los inmigrantes ni a dar cabida política e institucional a la diversidad cultural que con ellos
aflora. Por regla general, la insistencia en una única singularidad de la multiforme
identidad humana no sólo nos empequeñece a todos, sino que hace que el mundo resulte
más inflamable.68 Y, por desgracia, esta deriva no es descartable. De hecho, ante el
incremento de la inmigración y la consiguiente pluralización cultural, muchas reacciones
responden básicamente a la lógica del miedo y la desconfianza y a la consecuente
adopción de la heterofobia:69 de la xenofobia, en general, y de la islamofobia, en
particular. Esas fobias admiten ciertamente distintos grados, que van desde el recelo,
pasando por el rechazo, hasta llegar a la abierta hostilidad. Con ellas se traslada la
imagen acerca de personas de quienes habría que desconfiar o, en el peor de los casos,
desembarazarse.
Si hay una forma arquetípica de las distintas etnofobias registradas a lo largo de la
historia, el antisemitismo tendría que ser nombrado en primer lugar. El mismo patrón
mental que subyace en la judeofobia se manifestaría en cada época mediante diversos
equivalentes funcionales, de manera que iría variando únicamente el objeto de
estigmatización. Sea como fuere, el modo en que la islamofobia de nuestros días
construye su propio discurso y su imagen de la amenaza presenta un fuerte paralelismo
con el seguido por la inveterada tradición antijudía.70 En un periodo de aguda crisis
económica, como es el actual, con el consiguiente empobrecimiento de las clases medias,
el antiislamismo —cuando va más allá de la legítima crítica a una particular creencia
religiosa— está canalizando miedos y resentimientos sociales de modo similar a como
antaño hiciera el antisemitismo: «En ambos casos, las prácticas religiosas, culturales, de
vestimenta y de alimentación de una minoría han sido utilizadas para construir el
estereotipo negativo de un cuerpo extraño e imposible de asimilar en la comunidad
nacional».71
La existencia de un terrorismo yihadista, con actividad sumamente letal en diversos

152
países occidentales (y con efectos incluso más mortíferos en algunos países de
abrumadora mayoría musulmana), proporciona un caldo de cultivo donde florece el
rechazo de todo lo islámico.72 De nutrir este humus son responsables, en parte,
determinados agentes sociales capaces de fabricar casos e influir en la opinión pública. Si
dentro del ámbito académico Samuel Huntington73 se distinguió por respaldar
teóricamente la reacción nativista angloprotestante ante la supuesta «invasión hispana»
de los Estados Unidos, Giovanni Sartori74 se ha destacado en la labor de dotar de cierta
respetabilidad intelectual a una posición sumamente perniciosa: la imposibilidad de
incorporar a los colectivos de procedencia musulmana debido a su irreversible
fundamentalismo religioso o, dicho de otro modo, la incompatibilidad de la cultura
islámica con la sociedad abierta occidental y, por ende, con la democracia. Obviando
regímenes como el turco, se afirma sin recato que los musulmanes están incapacitados
congénitamente para el ejercicio de las libertades, la democracia y los derechos humanos,
valores todos ellos de las sociedades de acogida que en el fondo desprecian.75 Se incurre
así en un grosero determinismo: su cultura religiosa los programaría para otra cosa.
El viejo discurso racista centrado en las diferencias físicas o biológicas retornaría así
ahora transfigurado en un nuevo discurso provisto de un extenso argumentario
culturalista y diferencialista o, mejor dicho, en «un discurso de las diferencias culturales
esencializadas»,76 diferencias que se jerarquizan en función de su grado de adaptación a
una imaginaria cultura anfitriona. Ya no es la raza, sino la adscripción religiosa, en
particular, la divisoria cultural relevante y, lo que es aún más pernicioso, el impedimento
legitimante para negar la plena incorporación a la ciudadanía y, con ello, también para
negar la oportunidad de emanciparse de la «servidumbre de la etnia».77 La cultura, como
«categoría articuladora», ha ocupado el lugar dejado por el esencialismo biológico tan
característico del racismo tradicional.78 Los musulmanes son cuerpos extraños no
susceptibles de regeneración ni de ser integrados. De este modo, un extendido prejuicio
culturalista —la clave del denominado neorracismo—79 ha favorecido el afianzamiento
de interpretaciones profundamente sesgadas del mundo musulmán que lo señalan como
cobijo de una cultura monolítica portadora de un tradicionalismo irracional y agresivo. El
problema radica en que difícilmente puede haber voluntad de integración cuando se
atribuye a todo inmigrante musulmán el tópico, falso por acrítico y generalizante, de
fundamentalista islámico, cuando no de presunto terrorista y, si no, de cómplice.
El caso de la inmigración musulmana en Europa tiene, en cualquier caso, el efecto
involuntario de volver a poner en primer plano el fenómeno religioso. La llegada de
inmigrantes tiene al menos un triple efecto en el ámbito religioso. Uno es bastante obvio:
resultado directo de los flujos migratorios internacionales, es un aumento de la oferta en
las sociedades de acogida; esto es, una ampliación del pluralismo religioso. Un segundo

153
efecto sería el desdibujamiento de una distinción que estaba muy arraigada en las
sociedades eurooccidentales; a saber: la separación entre lo público y lo privado. Así,
prácticas religiosas que si fueran llevadas a cabo por los «autóctonos» (los no
inmigrantes) serían una mera cuestión privada, cuando están protagonizadas por
inmigrantes adquieren una significación pública y pueden incluso llegar a ser vistas como
anomalías alarmantes que deben ser corregidas. El tercer efecto no es tan evidente,
aunque esté conectado con el anterior: con la incorporación de inmigrantes en las
sociedades europeas se registra una mayor visibilidad de la religión en el espacio público,
un fenómeno que cabe ser conceptualizado como un «retorno de la religión» en esas
sociedades secularizadas en mayor o menor grado (pues, en realidad, las diferencias a
este respecto resultan notables dentro del propio espacio europeo).80
A diferencia de lo que sucede en otros países occidentales igualmente democráticos,
como los Estados Unidos, en Europa la presencia de la religión se da en un contexto
social altamente secularizado.81 Europa ha sido el escenario de una particular experiencia
consistente en la drástica contracción de la influencia pública de las confesiones
religiosas, que perdieron poder y funciones, y la correlativa obtención de autonomía por
parte de la esfera secular, que ha alcanzado la primacía social.82 Con el tiempo, la
retirada de lo religioso del ámbito público acabó por alcanzar también a las conciencias
individuales, un terreno en el que se ha registrado un fuerte declive de las creencias y
prácticas religiosas. De ahí que en Europa la inserción religiosa de los inmigrantes haya
discurrido por cauces singulares deudores de esa experiencia histórica y, por tanto,
difícilmente exportables fuera de ese contexto y, en general, del ámbito cultural cristiano.
Este retorno en cierta medida inesperado fuerza a replantearse algunas convicciones
fuertemente asentadas en las instituciones políticas de las sociedades receptoras. Aunque
pocos pondrían hoy en duda que el proceso de secularización representó un logro frente
a formas previas de dominación religiosa, en el contexto de pluralidad sociocultural
emergente puede constituir una rémora, pues hace que se corra el riesgo de «limitar
innecesariamente la libertad religiosa de las minorías inmigrantes con la fuerza de
nuestras soluciones institucionales históricas, a la vez que enviamos a esas minorías el
mensaje de que en modo alguno gozan de un estatus igual al de la mayoría dominante
tradicional».83
El aumento de la movilidad humana implica un aumento de la comunicación
interreligiosa y, con ello, tal como se acaba de señalar, una pluralización de la oferta
religiosa, que, en algunos casos, como en varios países del sur de Europa, era hace poco
tiempo sumamente restringida (incluso cabría hablar, en este terreno, de un régimen
monopolístico). El «supermercado de bienes religiosos», por utilizar una terminología ya
habitual en la sociología de la religión, no ha hecho sino incrementarse y ello, además, en
un contexto de múltiples «agencias de marketing de la identidad». Pues bien, y aunque la

154
imagen no sea del todo ajustada, pues la religión nunca acabó de irse, con dicho
«retorno», impulsado en parte por la entrada de nuevos inmigrantes, toma una nueva
dimensión el debate sobre los límites de la diversidad cultural en las sociedades plurales,
liberales y laicas del espacio europeo.84
El resurgimiento de lo religioso en la esfera pública europea, gracias en parte a la
irrupción del islam a través de los procesos migratorios, vuelve a someter a tensión la
noción de tolerancia, una noción forjada en los inicios de la modernidad como un
pragmático mecanismo de gestión de una diversidad restringida, en principio, al estrecho
pluralismo de las confesiones cristianas. La presencia islámica en Europa podría ser
ocasión propicia para repensar o reabrir de forma distinta cuestiones ya plenamente
asumidas.85 Lejos de proceder así, se insiste en que ello no es posible porque el islam no
acepta el consenso constitutivo de la modernidad europea acerca del carácter secular del
Estado y la sociedad. De este modo se evita tener que confrontarse con cuestiones que
las propias sociedades europeas aún no han resuelto satisfactoriamente. Más que centrar
el debate en cuestiones de indumentaria, focalización que no hace sino ocultar el rechazo
de una cultura diferente, podría resultar mucho más productivo en cuestión democrática
discutir abiertamente, por ejemplo, sobre el papel de la mujer y sus derechos tanto en la
esfera pública como en la privada. De esta manera se podrían someter a debate prácticas
tradicionales como el repudio, el reparto desigual de bienes, la segregación educativa y la
custodia de los hijos.
Puede que la imbricación entre religión y política sea en el caso del islam tan
constitutiva como señalan Sartori y otros autores. De hecho, las dos principales
tradiciones coránicas, tanto la chií como la suní, parecen desconocer la doctrina
agustiniana de las Dos Ciudades, aunque no es tan claro que en el resto sea así.86 Puede
que en general los musulmanes entiendan que la religión está facultada para reclamar
influencia directa sobre la vida pública e imponer coactivamente sus posiciones. Eso es
posible, pero sería poco ecuánime olvidar que en las sociedades europeas las agresiones
más rotundas y reiteradas a la laicidad y aconfesionalidad del Estado constitucional no
provienen de los inmigrantes musulmanes, sino de corrientes largamente asentadas en su
interior. En concreto, en Italia, España y Polonia las embestidas partirían de las potentes
organizaciones del mundo católico (podría citarse también el caso de Grecia, dentro del
mundo ortodoxo). En tales países el laicismo es, en realidad, muy imperfecto y el
principio de separación Iglesia-Estado está puesto en entredicho por el continuo empleo
de fórmulas jurídicas, basadas en el derecho concordatario, para regular asuntos tan
relevantes como el estatuto de la enseñanza de la religión en la escuela pública, el
calendario festivo, el reconocimiento civil automático de los matrimonios religiosos o la
financiación de los entes y del personal eclesiástico.87 Es cierto que, desde el punto de
vista sociológico, la diversidad que ha ido aflorando en la esfera religiosa por el

155
incremento de la inmigración ha configurado en esos países un «pluralismo asimétrico»,
donde el catolicismo sigue siendo abrumadoramente predominante frente a otras
confesiones religiosas. Esta circunstancia no justifica, sin embargo, el mantenimiento de
ciertos privilegios. Pero lo cierto es que, si se abre una espita por un lado, las aguas
pueden desbordarse: «Especialmente en Italia, la Iglesia reclama cada vez más una
escuela privada reconocida y financiada por el Estado […] Pero si el Estado italiano
acaba por sucumbir a la demanda católica, ¿cómo podrá oponerse después a una
demanda análoga de los musulmanes?» 88
Si la legislación vigente establece que el Estado paga e integra la enseñanza de la
religión en el sistema educativo, esto vale ciertamente para todos, ya sean católicos,
protestantes, musulmanes o judíos. Lo contrario sería violar flagrantemente el principio
de igualdad ante la ley.89 Los acuerdos concordatarios que amparan determinadas
excepciones han de generalizarse o, por el contrario, derogarse. Tampoco vale imponer
regulaciones ad hoc para aquellas nuevas religiones asentadas como consecuencia de los
movimientos migratorios. A la postre, acuerdos especiales entre el Estado y una
determinada confesión representan una vía insostenible en sociedades que, además de
estar secularizadas, han devenido mucho más pluralistas en lo religioso. Ese camino
conduce de manera inexorable hacia un modelo multicultural, pues el resto de las
confesiones religiosas demandarán, con buenos argumentos jurídicos, el mismo trato de
favor. Otra vía sería un modelo republicano que abogase por un laicismo consecuente y
que definiese instituciones públicas exentas de adhesiones confesionales. Habrá, pues,
que elegir. En este estratégico ámbito para la formación y reproducción de la identidad
colectiva, las ocasiones de conflicto menudean, de modo que las escuelas en Europa son
escenarios de enfrentamientos no sólo por el velo islámico, sino también por el crucifijo
cristiano.90 En una sociedad pluralista es lógico que sea en las iglesias, en las mezquitas o
en las sinagogas donde se difunda el mensaje religioso y se forme a los fieles en sus
creencias.
En realidad, el conflicto principal no se sitúa entre democracia e islam, sino, si acaso,
entre democracia y ciertas formas de fe religiosa.91 El confesionalismo y la intolerancia
no son patrimonio exclusivo del islam.92 Sin llegar a constituir un rasgo intrínseco de las
creencias monoteístas, tampoco puede sostenerse que les resulte algo ajeno a su propia
historia la asunción de ese principio de acción que impone «promover el bien y prohibir
el mal», expresión de un palmario absolutismo moral, que llevado al extremo conduce a
la negación de cualquier diferencia.93 En todo caso, no es un problema particular del
islam, sino de alcance mucho más general. Así, por ejemplo, se falta al rigor histórico
cuando se afirma que la compatibilidad entre democracia y catolicismo viene de suyo,
pues en realidad esta confesión nunca ha aceptado sin reservas la democracia, y la
desconfianza aún no se ha diluido. Lo que ha prevalecido a lo largo de la historia ha sido

156
una cierta indiferencia de la Iglesia ante las distintas formas de gobierno, aunque fueran
poco respetuosas con las libertades básicas de los ciudadanos, mientras se respetaran los
derechos y prerrogativas de la institución eclesiástica. Sólo en el caso de que éstos fueran
conculcados, lanzaba sus anatemas. En el fondo, la aceptación del principio de las
mayorías se convierte en un desafío para quien profesa fe en una verdad absoluta.
Concentrarse tan sólo en el caso de los musulmanes no deja de resultar una visión
eurocéntrica y, más exactamente, una visión particular propia de quienes, creyentes o no,
están convencidos de que el cristianismo es un elemento tan inseparable de la idea de
Europa que sin él perdería su identidad. En este asunto, el islam no constituye el caso por
antonomasia, sino un caso más:

Existe una diferencia entre el resto de las pertenencias y la pertenencia a comunidades dogmáticas que se
reservan para sí mismas la gestión de la verdad […] No es lo mismo pertenecer a un partido político, a una
organización sindical o a una asociación cultural, que la pertenencia a una fe religiosa. Este problema de lealtad
democrática no es diferente en la Iglesia o en las comunidades islámicas…94

El error, sin embargo, está muy extendido como para poder ser considerado inocente.
Entre las opiniones que realzan la presunta peculiaridad del mundo musulmán resulta
relevante la expresada en 1984 por el entonces cardenal Ratzinger, que presentó al islam
«como el contramodelo de la democracia pluralista»,95 posición de la que nunca se ha
distanciado.96 La demonización del islam en su conjunto, identificándolo sin más con el
islamismo radical o yihadismo, error interesado en el que con frecuencia se incurre
especialmente tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, cumple o puede cumplir
una misión ideológica si funciona como una profecía autocumplida, que es lo que parece
que algunos buscan. La angelización indiscriminada, por su parte, tampoco representa la
forma más adecuada de abordar la cuestión.
Si se pretende evitar ciertos riesgos latentes para la cohesión social, el camino nunca
tendría que consistir en la restricción de derechos a los inmigrantes musulmanes ni en la
instauración de circuitos jurídicos diferenciados. Esas iniciativas chocarían frontalmente
con la lógica inclusiva de los derechos humanos, que pugna por la extensión de
mecanismos de garantía universalmente válidos. Habría que buscar otras estrategias e
incluso atreverse a ensayar medidas alternativas. En este sentido, podría no ser tan
descabellado pensar en intervenciones de acción positiva destinadas a fomentar
precisamente los valores de una sociedad pluralista: una sociedad caracterizada por la
diversidad de asociaciones voluntarias, por las afiliaciones múltiples y, sobre todo, por
líneas de división cruzadas entre los ciudadanos. Coherencia no es sinónimo de
inflexibilidad, sobre todo si se tiene un proyecto a la vista.97
Si no se busca discriminar ni excluir al otro —a aquel que por sus rasgos étnico-
culturales es considerado extraño al cuerpo social— mediante prácticas que violentan los

157
principios fundantes de las sociedades demoliberales, resulta obligado admitir la
multiculturalidad fáctica, una exigencia además plenamente compatible con la perspectiva
de configurar una sociedad integrada: «Dentro de un Estado multicultural no puede darse
por supuesto el acuerdo entre fines y valores colectivos últimos entre personas de
culturas diferentes; por lo tanto, el presupuesto de cualquier acuerdo es el reconocimiento
de esa diferencia».98 De ahí que la postura de aceptar el hecho del pluralismo religioso y
sus expresiones públicas sea mucho más pragmática y prometedora que el discurso que
pretende ignorarlo o incluso negarlo. En cualquier caso, ese reconocimiento —que, sin
embargo, no debe conducir a un nuevo comunitarismo de base religiosa— es un paso
ineludible para la configuración de un modus vivendi en un contexto de permanentes e
irreductibles diferencias. Es preciso encarar aquello que nos divide para poder construir
valores comunes sobre los que vertebrar una sociedad pluralista. Para ello es
indispensable que las sociedades receptoras desarrollen «una cultura pública capaz de
reflejar la experiencia de la inmigración y la consiguiente pluralización social».99

158
5. LA ENCRUCIJADA DE LOS DERECHOS CULTURALES

Las demandas de reconocimiento diferenciado de los grupos y minorías étnico-culturales


gozan actualmente de un grado de receptividad mucho mayor que en épocas anteriores.
La cultura y la identidad se han convertido en categorías políticamente relevantes y el
respeto de la diferencia ha pasado a ser considerado parte integrante del principio de
igualdad, uno de los presupuestos normativos básicos sobre los que se levantan las
democracias constitucionales. La retórica de las raíces identitarias, del sentido de
pertenencia y de la singularidad grupal ha logrado un protagonismo que hasta hace
apenas dos décadas le era negado en los discursos ideológicos dominantes.100
Las distintas manifestaciones culturales, en particular la lengua y la religión, en cuanto
relevantes productores sociales de identidad, son utilizadas como arietes en la contienda
política diaria. Su ubicuidad se ve facilitada en gran medida por el hecho de que las
luchas por la distribución de recursos y bienes materiales se han visto desplazadas por la
primacía mediática que han alcanzado los llamados conflictos de reconocimiento, pese a
las dificultades que existen en muchos casos para distinguir entre ambas cuestiones. En
los países más desarrollados, que son también los que disponen de mayor capacidad de
exportar sus propios temas de debate, durante un periodo de tiempo —que en cualquier
caso concluyó con el advenimiento de la aguda crisis que actualmente golpea al sistema
económico— se aminoró ciertamente la intensidad de las luchas sociales y políticas por la
distribución de los recursos básicos. Aunque esta circunstancia nunca pudo ser
universalizada al conjunto del planeta, se ha ido configurando un nuevo entorno político-
social en el que la cuestión de los derechos culturales ha podido saltar a la palestra, dando
así una proyección pública a aspectos simbólicos de la vida humana que hasta entonces
permanecían casi invisibles.
Un modo de dar amparo legal a las mencionadas demandas de reconocimiento sería
la afirmación de los derechos culturales. En principio, tales derechos pueden ser
englobados bajo la prestigiosa figura de los derechos humanos, pero para ello habría que
prescindir del alcance colectivo que sus más ardientes partidarios suelen atribuirles.101 De
hecho, el artículo 27 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (DUDH), que
proclama el derecho que le asiste a toda persona «a tomar parte libremente en la vida
cultural de la comunidad», así como el conjunto de esa declaración, obedece
fundamentalmente a una filosofía de corte individualista. Ese artículo no ampara
directamente las reivindicaciones culturales formuladas por grupos o comunidades. La
caracterización de la «cultura» en la DUDH, además de imprecisa, se ve empañada por la
mención de «las producciones científicas, literarias o artísticas», que no hacen sino

159
abonar una interpretación elitista del término. De los otros instrumentos jurídicos que
desarrollan la mencionada declaración, como el Pacto Internacional de los Derechos
Económicos, Sociales y Culturales, tampoco deriva una protección jurídica para
contenidos culturales determinados, ni se sustenta guisa alguna de «conservacionismo»
cultural, sino exclusivamente la promoción de un espacio público, exento de
discriminaciones, que haga posible la libre generación de las diferencias culturales y el
acceso a sus manifestaciones. Eso mismo cabe afirmar en concreto del artículo 27 del
Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, cuyo contenido, pese a su explícita
referencia a las minorías culturales, no aporta un soporte convincente a los pretendidos
derechos diferenciados de grupos.102 En cualquier caso, este exiguo anclaje normativo
del que adolecen los derechos culturales impide que grupo cultural alguno imponga
restricciones internas a sus miembros para garantizar la pervivencia de determinados
patrimonios, prácticas o hábitos culturales.103
En un debate público, más que partir de aproximaciones académicas, lo más
adecuado es acudir a algún documento normativo que goce de amplio reconocimiento.
Por su carácter universal y no partidista, tal como corresponde a la institución que la
impulsó, puede servir como punto de arranque la Declaración Universal de la UNESCO
sobre la Diversidad Cultural, adoptada por unanimidad en su Conferencia General de
2001. Esta declaración es, pese a su limitado alcance jurídico, un instrumento novedoso
que eleva la diversidad cultural a la categoría de «patrimonio común de la humanidad» y
erige su defensa en imperativo ético indisociable de la dignidad de la persona. En su
preámbulo se encuentra una caracterización integral de la noción de «cultura» que
conecta con el objeto de los debates contemporáneos antes mencionados: «La cultura
debe ser considerada como el conjunto de rasgos distintivos, espirituales y materiales,
intelectuales y afectivos, que caracterizan a una sociedad o grupo social y que abarca,
además de las artes y las letras, los modos de vida, las formas de conciencia, los sistemas
de valores, las tradiciones y las creencias».
Si se parte de la idea de que la variación cultural forma parte del patrimonio de la
humanidad, tal como se proclama en el documento de la UNESCO, y de manera implícita
en la DUDH, los Estados que lo suscriben deberían desarrollar una política articulada en
torno a tres principios: el reconocimiento por parte del Estado —y de la mayoría cultural
que lo controla— de la diversidad cultural existente en el seno de la sociedad civil; la
reducción de los obstáculos que impiden la participación social y política de los grupos
culturales marginados, y el apoyo a los diferentes grupos para que reproduzcan sus
culturas. La puesta en marcha de una política como la esbozada en el párrafo anterior no
estaría, sin embargo, exenta de controversia. Y tampoco lo está la omnipresente
apelación a la «cultura», que sale a relucir de manera recurrente tan pronto como se
abordan fenómenos como la inmigración y los problemas de integración generados por

160
ella, o el auge de los nacionalismos minoritarios en el seno de Estados con una tradición
unitaria aparentemente sólida.
En puridad, y en sintonía con la letra y el espíritu del citado artículo de la DUDH, los
derechos culturales no pueden ser concebidos como derechos colectivos, sino más bien
como derechos individuales que «garantizan a todos los ciudadanos un acceso igual a los
contextos culturales, a las relaciones interpersonales y a las tradiciones, en la medida en
que son esenciales en el desarrollo y aseguramiento de su identidad personal», tal como
sostiene Habermas.104 La cultura, pues, se encuentra subordinada como tal a la voluntad
y a los intereses del individuo, y no al revés, pues éste es siempre quien ha de decidir
preservar o no una determinada faceta de su propia identidad. Las culturas han de ser
tratadas siempre como medios y nunca como fines en sí. Proceder de otra manera sería
caer presos en la cárcel de la cultura y en la trampa de la identidad.105 No sería asumible,
por tanto, aquella forma de comunitarismo que pretende erigir la propia comunidad de
referencia como fuente última de la que emanan las normas que han de regir la vida de
los individuos. Por encima de cualquier tipo de abstracción, el bien a proteger es la
primacía moral y también jurídica del individuo, pues, en última instancia, y tal como
arguye el mencionado filósofo alemán, «una cultura como tal no posee las cualidades
necesarias para ser un sujeto de derecho, pues no puede satisfacer por sí misma las
condiciones de su reproducción, sino que depende de la apropiación constructiva por
parte de intérpretes».106 Son, en definitiva, los ciudadanos quienes poseen derechos
culturales; las culturas como tales no tienen derechos. La cultura está a disposición de las
personas y no al contrario.
Sin embargo, la «culturalización» de la esfera política, gracias al uso de un lenguaje
de identidad de grupos, es, como ya se ha indicado, un proceso en expansión. Esta
tendencia se concreta en dos direcciones en cierta manera convergentes: por un lado, se
encierra a los grupos diferenciados en guetos identitarios y, por otro, se trazan políticas
públicas que diferencian los derechos de los ciudadanos de acuerdo con su afiliación
étnica. Como derivación de ello, las demandas socioeconómicas de clase parecen perder
relevancia. Sin embargo, la esfera socioeconómica y la sociocultural no están tan
separadas y la reivindicación de los derechos culturales es, de hecho, un recurso
estratégico que algunos grupos emplean para tratar de marcar terreno en defensa de sus
propios intereses, especialmente en el contexto de una feroz competencia darwiniana por
los servicios y bienes de un menguante Welfare State. Es conocido el hecho de que la
conciencia de diferencia cultural de ciertos grupos se afianza precisamente con más
ahínco si están ubicados en contextos de marginación socioeconómica.107
Las antiguas luchas materialistas por la justicia distributiva han acabando siendo
sustituidas en muchos casos por una multitud de pequeñas batallas por el reconocimiento
de la diferencia identitaria. También en lo referente a la cuestión migratoria, lo étnico-

161
cultural se ha entronizado como la división primordial, origen y motor básico de la
movilización política y de la acción colectiva. Sin embargo, el tratamiento de las
cuestiones de identidad y diferencia cultural distará mucho de ser integral si está
disociado de una comprensión más amplia de la realidad social que abarque también la
estructura política y económica. De lo contrario, difícilmente podrá evitar ser tildado de
distracción inoportuna y, a la postre, de maniobra ideológica de enmascaramiento.
En las décadas finales del pasado siglo se produjo un giro en la reflexión sobre las
prioridades de la política, y se pasó de focalizar la atención en la igualdad
socioeconómica y en el paradigma de la redistribución a poner el acento en la cuestión
de la diferencia cultural-identitaria y en el paradigma del reconocimiento, por emplear
los términos de Nancy Fraser.108 De este modo, las nuevas formas de desigualdad
económica generadas por la globalización pasaron a ocupar un segundo plano. La
virulencia con la que se ha presentado la última gran crisis económica, así como la ola de
indignación protagonizada por amplios sectores de la ciudadanía, han obligado, sin
embargo, a resituar la mirada sobre fenómenos que habían sido relegados por el discurso
neoliberal hegemónico. No se trata de polemizar sobre qué cuestión reviste prioridad, si
la marginación socioeconómica o el desprecio de la diferencia identitaria, sino de
combatir el nexo común que origina y reproduce ambas fuentes de injusticia.
Una atención directa a determinados colectivos culturalmente diferenciados, mediante
la concesión de especiales derechos de grupos, puede conducir a la institucionalización de
la etnicidad y, en definitiva, a la estigmatización y segregación de tales grupos.109 En
particular, la transformación de los grupos de inmigrantes en minorías étnicas,
depositarias de derechos singulares, constituiría una inversión casi especular del modelo
asimilacionista en la medida en que presupone igualmente una homogeneidad de los
grupos minoritarios y el carácter estático de la cultura que portan,110 dos valoraciones
que no se compadecen de los hechos. La pluralidad cultural realmente existente se
empobrecería drásticamente si se impele a todo individuo a ser monocultural.
Si se desea evitar que la diversidad cultural se erija en una nueva fuente de
discriminación y desigualdad social, ni la cultura ni la ascendencia étnica ni la procedencia
nacional han de convertirse en marcador de distinción social, y menos aún en factor
decisivo de nuevas formas de exclusión. El gran riesgo que habría que conjurar sería
entonces que el derecho a la diferencia, el derecho que ampara a todo individuo a que
sus posibles diferencias sean tomadas en consideración en nombre del respeto de la
dignidad humana, devenga diferencia de derechos. En definitiva, el significado y el
alcance de los derechos culturales han de estar siempre acotados por el conjunto de los
derechos humanos.

162
163
164
V. Las políticas migratorias
ante las exigencias de la justicia global

Las políticas públicas encaminadas a gestionar el complejo fenómeno migratorio


encuentran no sólo una enorme resonancia en la esfera pública de las sociedades
receptoras, sino que incluso pueden llegar a cuestionar los fundamentos de la concepción
de justicia en que tales sociedades se reconocen. La justicia, entendida no tanto como
compendio de las virtudes que han de caracterizar al sujeto moral, sino como el rasgo
distintivo de las instituciones básicas de una sociedad bien ordenada (haciendo uso de
una noción central de la teoría de la justicia de John Rawls), exige un escenario jurídico-
político en el que todos los individuos sean iguales ante la ley y estén sometidos a los
mismos criterios generales. Tal exigencia de la justicia —de la que ahora tan sólo se ha
explicitado la igualdad de trato como un criterio mínimo, aunque habría que incluir al
menos otra acepción básica del término: la igualdad de oportunidades— también ha de
servir de valor guía a la hora de definir las políticas públicas en general, y en particular
las relacionadas con el fenómeno migratorio, cuya regulación los Estados consideran
parte irrenunciable de su ámbito de competencias privativas.
Las diversas políticas que diseñan y ponen en marcha los países de inmigración no se
limitan al control del acceso de los extranjeros al territorio nacional o a las condiciones
para su estancia legal. Comprenden también a veces un conjunto de medidas que buscan
la consecución de una sociedad integrada en la que tanto nacionales como residentes
extranjeros convivan en igualdad de derechos y obligaciones. En virtud de tales políticas,
se puede y se debe proceder a una equiparación progresiva de derechos entre todos los
residentes, sea cual sea su nacionalidad, así como a una redistribución de los recursos,
bienes y servicios hasta entonces disponibles en la que también participen los recién
llegados.
Sin embargo, en las sociedades receptoras de inmigrantes, especialmente en las
sociedades más ricas, se registran con frecuencia reacciones de resistencia por parte de
sectores que, no siempre manejando datos contrastados, sienten amenazado su propio
bienestar material. En tales casos, se ha de poner especial empeño en explicar de manera
argumentada el sentido de las medidas con objeto de que los criterios de justicia hasta
entonces aceptados no sean revisados a la baja. Si los ciudadanos no están dispuestos a
realizar ciertos esfuerzos en pro de una redistribución equitativa de recursos y posiciones

165
de poder, existe el riesgo nada remoto de que emerja una sociedad dual con dos
categorías nítidamente diferenciadas de individuos: por un lado, los ciudadanos y, por
otro, los extranjeros. Esto implicaría la ruptura del escenario imprescindible para la
realización de la justicia, una fractura social inaceptable.
La presencia más o menos permanente de migrantes y refugiados plantea en toda su
crudeza la cuestión de los límites de la comunidad política receptora y, en particular, la
legitimidad de los límites basados en la nacionalidad. La situación real que experimentan
muchos migrantes desde que emprenden su viaje y buscan asentarse en un nuevo país, e
incluso después de haberlo logrado, pone de manifiesto que la realización de los
principios de justicia sigue siendo concebida desde la perspectiva de los intereses de cada
Estado y, en última instancia, a partir de una noción restringida de la soberanía estatal
como vector fundamental de actuación. Quienes cruzan las fronteras para instalarse en
otro país perciben, con respecto a los nacionales, diferencias relevantes en los niveles de
garantía y disfrute efectivo de los distintos derechos. La persistencia de este tipo de trato
desigual resulta sumamente inquietante, pues el respeto de los derechos humanos marca
el estándar mínimo de justicia, que disfruta en nuestros días de un consenso más amplio,
aunque no universal.1 Al limitarse el ámbito de aplicación de la justicia, reduciéndolo al
conjunto de los nacionales del país, se está alterando sustancialmente el alcance
universalista inherente a dicha noción. Sus destinatarios —y merecedores, por tanto, de
un trato equitativo— son todos los habitantes del planeta. De ahí que el acomodo político
de los movimientos migratorios y, en particular, el estatus de los derechos que han de
tener garantizados los migrantes sea una cuestión que no puede ni debe ser esquivada en
un debate serio sobre el sentido de la noción de justicia en el contexto de un mundo
globalizado.
La opción de salir del propio país resulta, en la mayoría de los casos, no una decisión
completamente voluntaria, sino más bien una opción forzada por las circunstancias y
vinculada, de una u otra manera, a una situación de escasez de recursos y oportunidades
(en un sentido amplio del término). Es difícil negar la existencia de un estrecho vínculo
entre las migraciones y el injusto reparto de la riqueza mundial. Afrontar las causas de los
masivos flujos migratorios internacionales hace necesario reconocer que «no vivimos en
un mundo justo», una afirmación que probablemente sea, tal como sostiene Thomas
Nagel, la «menos controvertida que uno pueda realizar en teoría política».2 Afirmar lo
contrario sería perpetuar en el orden del discurso una imagen falsa de un trágico
fenómeno en el que está involucrada la humanidad entera. No es de extrañar, en
consecuencia, que entre las cuestiones realmente impostergables de la agenda
internacional se encuentre la erradicación de la pobreza extrema y el hambre: es, de
hecho, el primero de los Objetivos de Desarrollo del Milenio que la ONU definió y aprobó
sobre el papel en el año 2000 para su consecución en el 2015.3

166
En este capítulo se abordan las implicaciones normativas existentes entre las
concepciones de la justicia global y de la ciudadanía, por un lado, y la definición de las
políticas migratorias, por otro. El desarrollo de estas cuestiones se efectúa en cuatro
pasos: en primer lugar, se ofrecen algunas razones para superar el enfoque marcadamente
estadocéntrico del que adolece el planteamiento de la justicia predominante en nuestros
días (sección 1); posteriormente se presentan la pobreza mundial y los flujos migratorios
inducidos por una distribución global no equitativa de los recursos como cuestiones
ineludibles desde una perspectiva de justicia (sección 2); a continuación se analizan los
obstáculos que la vigencia del marco estrictamente estatal interpone a la hora de
implementar las exigencias globales de la justicia, así como la conveniencia de contar en
correspondencia con instituciones de alcance global (sección 3), y finalmente, se
argumenta a favor de redefinir la institución de la ciudadanía de modo que constituya el
horizonte normativo de políticas migratorias de carácter inclusivo (sección 4).

167
1. EL PROBLEMÁTICO ÁMBITO DE APLICACIÓN
DE LA TEORÍA DE LA JUSTICIA

El tratamiento contemporáneo de la noción de justicia está moldeado en sus rasgos


esenciales por A Theory of Justice de John Rawls, obra publicada en 1971 que delimitó
el campo conceptual donde desde entonces se han librado las principales disputas de
filosofía política. Sin embargo, y pese a su pretensión de adecuarse a las sociedades
desarrolladas de la modernidad, la doctrina rawlsiana no cuestiona un presupuesto teórico
de extraordinaria repercusión práctica: la idea de que los límites de la justicia son los
límites de cada uno de los Estados existentes en el planeta.4 Es más, la mayoría de las
actuales aproximaciones al tema de la justicia están constreñidas por esta horma
intelectual tan arraigada.
En términos generales, las diversas concepciones contemporáneas de la justicia se
configuran como diferentes conjuntos de principios que pueden invocarse para asignar
derechos y deberes, así como beneficios y cargas, entre los miembros de una
determinada sociedad. Pese a las considerables divergencias que pueden apreciarse a la
hora de especificar tales principios, las principales teorías rivales coinciden en que un
cometido fundamental de la justicia política consiste en articular un esquema básico de
cooperación social. A esta coincidencia se añade una precisión igualmente compartida:
ese esquema básico implica sólo y exclusivamente a todos aquellos que se ubican y
comparten un espacio común de actividad. Debido a consideraciones de este tenor, el
alcance de las exigencias de justicia se ha restringido tradicionalmente a aquellas
sociedades ya constituidas y, en la época moderna, particularmente a los Estados, dentro
de los cuales se establecen los términos que regulan la cooperación social. Cada Estado
soberano se torna así en unidad idónea para concebir y administrar la concepción de la
justicia; por su parte, sus ciudadanos se convierten en sus destinatarios y, en el caso de
los regímenes democráticos, en los agentes cualificados para discutir sobre ella, pues la
justicia concerniría exclusivamente a las relaciones entre conciudadanos. De este modo,
los residentes que no sean ciudadanos, aunque sean directamente afectados por las
resoluciones que se adopten, no están facultados para participar en el proceso de toma de
decisiones. Casi la totalidad de las teorías contemporáneas de la justicia, empezando por
la de Rawls, incurrirían en esta grave «negligencia excluyente».5
Todo este imaginario político básico se vio reforzado por la hegemonía del añoso
modelo westfaliano, que de algún modo aún sigue vigente (cf. supra, sección 1 del
capítulo II). En ese marco geopolítico —y, sobre todo, mental— se insertan los
conceptos de la teoría rawlsiana. De hecho, toda su teoría parte de un presupuesto en
nada irrelevante y que, sin embargo, no queda adecuadamente justificado: la idea de que

168
la justicia redistributiva encuentra su campo de acción más idóneo dentro de sociedades
organizadas estatalmente como empresas cooperativas para beneficio mutuo de sus
integrantes, para lo que resulta preciso que cada una de ellas sea tomada como «un
sistema cerrado aislado de las demás sociedades».6 Con ello se da carta de naturaleza al
Estado territorial moderno, esto es, a aquella entidad política que ejerce el poder
soberano sobre un determinado territorio definido por fronteras reconocidas
internacionalmente. Es llamativo que, pese a la relevancia que de este modo se concede a
las fronteras, no sea posible encontrar en la obra de Rawls argumento alguno que las
acredite ni una reflexión sobre las implicaciones morales y políticas resultantes.
Hasta la publicación en 1979 de Political Theory and International Relations, obra
ya clásica de Charles Beitz, el enfoque de la justicia centrado en el Estado (para abreviar,
el enfoque estadocéntrico) era el único realmente articulado de manera sistemática. A
partir de esa fecha se ha ido erigiendo una serie de filósofos políticos y teóricos sociales
que, si bien se sitúan en la estela de Rawls, se muestran partidarios de aplicar con mayor
coherencia su pensamiento político en el ámbito internacional. Además del propio Beitz,
entre los integrantes de este grupo liberal-igualitario y cosmopolita se encontrarían, entre
otros, autores como Barry, Jones, Pogge, Caney, Nussbaum, Brock y Risse. Con
determinados matices, todos ellos consideran que se mantienen en realidad más fieles al
pensamiento de Rawls adoptando un cosmopolitismo centrado en los individuos que
asumiendo, en aras de una discutible eficacia, aquel extraño cosmopolitismo entre
Estados que en sus últimos años hizo suyo el maestro, en contradicción, según ellos, con
sus propios presupuestos iniciales. El auténtico reto al que se enfrentan estribaría en
encontrar el modo de sobrepasar el ámbito de las sociedades estatales y desplazar el foco
de atención hacia la estructura básica de la sociedad global, sin perder en el camino ni
rigor conceptual ni exigencia normativa.7 Aunque en publicaciones posteriores Rawls
intentó abordar este reto, sobre todo en The Law of Peoples,8 en realidad se quedó a
medio camino, pues, como afirma Peter Singer, continúa «firmemente anclado en la idea
de que la unidad para decidir qué es justo sigue siendo algo parecido al Estado-nación
actual. El modelo de Rawls es el de un orden internacional, no un orden global».9
Así, pues, a la apaciguadora postura de Rawls, que se inclinaba por abordar la
injusticia y la pobreza en el mundo como una cuestión de mera ayuda humanitaria, le ha
salido al paso toda una serie de críticos que apuestan por tratar tales asuntos como
cuestiones de estricta justicia distributiva en nombre precisamente de los principios
propuestos por Rawls. Estos críticos concuerdan en que no cabe obviar el hecho de que
la interrelación entre las distintas sociedades del planeta es hoy más estrecha que nunca y
que constantemente las interacciones sociales cruzan las fronteras estatales.10 La toma en
consideración de tales fenómenos de carácter estructural debería propiciar una reflexión
acerca de la necesidad de ampliar las fronteras de la justicia.11 De hecho, ante este

169
trasfondo sociohistórico, cuyos perfiles se han acentuado en la era de la globalización
(el auténtico presupuesto fáctico de todos estos planteamientos), la determinación del
ámbito de aplicación de la justicia, de «quiénes» son sus sujetos, se ha convertido en
materia expresa de un debate académico a tres bandas entre nacionalistas liberales,
internacionalistas y cosmopolitas.12 En el transcurso de esas disputas, la postura de
Rawls, identificada básicamente con el primer grupo, ha pasado a ser una más entre los
diversos esfuerzos para pensar la justicia social en un mundo tan interdependiente como
el actual. Los nacionalistas liberales estiman que las exigencias de la justicia son
aplicables exclusivamente en el interior de los Estados nacionales y, por tanto, no
contemplan ninguna provisión de justicia de alcance inter o transnacional, una posición
que es impugnada conjunta y vehementemente por los otros dos grupos. Pero mientras
que los cosmopolitas o globalistas consideran que el objeto de la justicia son las
relaciones entre todos los seres humanos y que, por tanto, la unidad básica de
distribución son las estructuras globales, los internacionalistas presuponen una estructura
básica de doble nivel (nacional e internacional) con grados distintos de obligaciones
distributivas. Así pues, internacionalistas y globalistas sostienen, con los matices
apuntados, que desde una posición liberal atenta a una distribución equitativa de derechos
y recursos; esto es, desde una perspectiva rawlsiana que no se mantenga en la literalidad
de Rawls pero sí en el sentido de su teoría, los principios de la justicia habrían de tener
una aplicación global o internacional, de modo que los recursos disponibles sean tratados
y gestionados en una escala mundial. Como se señalará más adelante, esta estrategia
argumentativa permite que también asuntos como, por ejemplo, los relativos a los flujos
migratorios puedan ser considerados desde una perspectiva mucho más integral.
En puridad, y para ser justos también con Rawls, cabe distinguir dos propuestas a lo
largo de su obra, cuya diferenciación tiene consecuencias significativas en los debates a
tres bandas recién mencionados: por un lado, una primera teoría en la que se trazan con
bastante detalle los rasgos de una sociedad justa13 y, por otro, una concepción, mucho
menos articulada, acerca de las relaciones justas entre los pueblos.14 Una de las
principales disparidades que se perciben entre estas propuestas es que mientras la primera
va encaminada a lograr un acuerdo sobre los criterios públicos para la valoración, el
diseño y, en su caso, la reforma del orden institucional de una sociedad (su «estructura
básica»), la segunda tan sólo aspira a obtener un conjunto de normas de buena conducta
a las que se atendrían los pueblos. Cabe entonces hablar, como bien ha destacado Pogge,
de una «asimetría estructural» entre ambas teorías rawlsianas.15 Si esto es así, entonces
no es completamente cierto que, como afirma su propio autor,16 la teoría del derecho de
gentes se desarrolle dentro del liberalismo político y constituya una extensión de una
concepción liberal de la justicia interna de cada Estado (domestic justice) a una sociedad
de los pueblos. Pese a esta declaración, los niveles de exigencia normativa aplicables en

170
uno u otro ámbito difieren de manera muy ostensible.
Entre las dos concepciones de la justicia propuestas por Rawls se registra una
asimetría de tal grado que la credibilidad de su teoría internacional se ve seriamente
empañada: en el ámbito interno de los Estados se adopta un individualismo normativo
que, sin embargo, es rechazado de plano en el ámbito supra o interestatal. Por tal
modalidad de individualismo se entiende aquella «concepción que, respecto al
establecimiento de las cuestiones morales, asume que sólo deben contar los intereses de
los seres humanos individuales».17 Pues bien, mientras que en su teoría intraestatal de la
justicia, restringida al ámbito interno o local, los intereses colectivos alcanzan un peso
inapreciable, en su teoría internacional «los pueblos son reconocidos como las últimas
unidades de interés».18 Y aquí Rawls entiende por pueblos las entidades jurídico-políticas
reconocidas internacionalmente, es decir, los Estados. El Estado, circunscrito por
fronteras territoriales definidas, proporcionaría un ámbito político unitario en el que
apelar al interés general y los criterios de imparcialidad, constituyendo así el entorno
propicio para la realización de la justicia social.19 Es ésta una comprensión del campo de
juego de la justicia que, por un lado, guarda suma coherencia con un presupuesto básico
del modelo westfaliano —los sujetos del derecho internacional son exclusivamente los
Estados—20 y que, por otro, choca frontalmente con el contenido potencialmente
cosmopolita de los derechos humanos que apunta hacia el reconocimiento de todos los
individuos como sujetos del derecho internacional. Si desde una genuina perspectiva
cosmopolita la primera preocupación debería ser, según Rawls, «el bienestar de los
individuos y no la justicia de las sociedades»,21 en su obra El derecho de gentes lo
relevante pasa a ser la estabilidad del sistema de Estados y no la redistribución de
recursos entre todos los habitantes del planeta, cuestión que sitúa expresamente fuera del
objeto de la teoría. De ahí que tanto internacionalistas como globalistas se posicionen en
contra de Rawls y postulen un sentido ampliado de justicia que sobrepasa el terreno
acotado de cada sociedad cerrada en sus propias fronteras. Entienden que la Tierra en su
conjunto constituye una totalidad que debe ser regulada por principios de justicia que
tengan en consideración los intereses de todos sus pobladores.
No existen razones suficientes para afirmar que los efectos injustificados de las
asimetrías socioeconómicas en el orden internacional tengan que ser tratados de manera
diametralmente diferente a los problemas de justicia en la esfera interna.22 Si esto es así,
el principio de la diferencia —otra pieza clave del modelo de Rawls— también debería
aplicarse a escala planetaria, de modo que cualquier incremento de la desigualdad global
sólo estaría justificado si resultara en beneficio de los más pobres del planeta. Sin
embargo, en El derecho de gentes sólo se contempla formalmente un mero deber de
asistencia internacional, siendo además el último enumerado entre los principios de
justicia entre pueblos libres y democráticos: «Los pueblos tienen el deber de asistir a

171
otros pueblos que viven bajo condiciones desfavorables que les impiden tener un régimen
político justo o decente».23 Se entiende que este deber es de aplicación en aquellos casos
en que la pobreza amenaza el buen ordenamiento interno de una sociedad o en los que
persisten desequilibrios estructurales históricos derivados, por ejemplo, de la dominación
colonial. De este deber no se deduce, sin embargo, la exigencia de ningún arreglo
institucional de alcance global, una opción que queda al arbitrio de una posible
negociación entre los Estados soberanos. Su puesta en marcha tampoco requiere la
transferencia de recursos hacia los países más necesitados, tal como se desprende de las
tres pautas que establece Rawls para satisfacerlo: primera, que la riqueza no es esencial
para una sociedad bien ordenada; segunda, que lo importante es la cultura política de los
países, y tercera, que la idea que está detrás de cualquier asistencia es que habilite a las
sociedades para funcionar de una manera razonable.24 Es precisamente esta falta de
ambición lo que conduciría al planteamiento rawlsiano a la más completa irrelevancia en
un mundo que demanda patrones normativos globales. Parece que Rawls ha desarrollado
su teoría para un mundo que ya, en gran medida, es el de ayer. El de hoy es, cada vez
más, un solo mundo, con una elevada tasa de retos y riesgos compartidos.
Entre las razones que mueven a Rawls a no extender el mencionado individualismo
normativo a la esfera global destacan dos argumentos de muy distinto tenor. El primero
se basa en la convicción —aunque presentada como si fuera un hecho incontrovertible
corroborado por las ciencias sociales— de que las causas de la pobreza a escala nacional
y de la desigualdad entre los países obedecen fundamentalmente a circunstancias internas
de cada Estado, haciendo así propio el código explicativo de lo que se ha denominado
nacionalismo metodológico, una fuente de continuas distorsiones en el enmarque de las
cuestiones sociales.25 Esa posición rawlsiana implica afirmar, aunque sea con cierta
sutileza, que los países pobres son, en última instancia, los responsables de su propia
situación. Una afirmación sin duda insostenible a la luz de los datos empíricos disponibles
y, sobre todo, del alto grado de interconexión e interdependencia alcanzado por la
economía mundial o el envenenado legado dejado por las historias de explotación colonial
en tantos países que hoy cuentan como del Tercer Mundo. Además, el punto de partida
de la explicación rawlsiana de la pobreza y el hambre en el mundo es una suposición que
desgraciadamente no siempre encuentra correlato en la realidad social, a saber, «el
derecho de gentes presume que cada sociedad tiene, en su población, un conjunto
suficiente de capacidades humanas para establecer instituciones justas».26
Por su parte, el segundo argumento descansa en la negativa a diseñar un orden
institucional global. Rawls descarta esta posibilidad amparándose sencillamente en un
argumento de autoridad: «Sigo aquí a Kant en La paz perpetua en que un gobierno
mundial —que entiendo como un régimen político unificado con los poderes legales
ejercidos habitualmente por los gobiernos nacionales— sería un despotismo global o un

172
frágil imperio desgarrado por frecuentes guerras civiles».27 Pero aun aceptando esta
objeción, no está nada claro por qué Rawls se niega a estudiar otras posibilidades, entre
las que destacarían las siguientes: una libre federación de Estados soberanos (que era
precisamente la segunda opción manejada por el propio Kant), alguna federación con
atribuciones de coordinación o incluso algún tipo de organización supranacional de
carácter continental (como la Unión Europea). Y, sobre todo, tampoco se explica por qué
Rawls sigue otorgando prioridad al marco estatal como ámbito óptimo —exclusivo, en la
práctica— para la resolución de los problemas de justicia distributiva. Estos argumentos
serán abordados y rebatidos en los dos siguientes apartados.

173
2. POBREZA MUNDIAL Y MIGRACIONES INTERNACIONALES

Entre los pasajes más controvertidos de The Law of Peoples de Rawls se encuentra aquel
en el que se afirma que la carencia de un mínimo de bienestar en determinadas naciones
no obedece a la existencia de condiciones no equitativas de intercambio y de dominación
política en la esfera internacional, sino a la escasez de recursos naturales y
fundamentalmente a determinados hábitos políticos idiosincrásicos de algunos pueblos
(gobiernos opresivos, malas políticas y élites corruptas, en particular), así como a la falta
de laboriosidad, probidad y capacidad de sus miembros.28 Las causas determinantes de la
pobreza de un país serían, por tanto, básicamente internas. Aparte del evidente influjo
que la geografía, la climatología y, en general, los recursos naturales tienen en la
generación de riqueza, es empero más que dudoso, al menos desde una perspectiva
histórica, que los países pobres sean en realidad los responsables últimos de su mísera
situación: en una considerable medida, su postración deriva más bien de factores
institucionales que, mediante una compleja red de incentivos y regulaciones diseñados
por los países más prósperos,29 configuran un orden mundial estructuralmente injusto.30
La explicación rawlsiana —una posición, en realidad, bastante extendida— recuerda, por
lo demás, el falaz argumento del liberalismo conservador que pretende explicar la
desigualdad social en el interior de los Estados: se presupone que todos los individuos
comienzan en condiciones iguales y que, por lo tanto, cada uno debe imputarse a sí
mismo el tener menos. Lo habitual, sin embargo, es que los recursos más valiosos se
encuentren desde el principio en manos de algunos pocos y que ese acaparamiento, como
se señalará más adelante, repercuta a lo largo del tiempo en las posibilidades efectivas de
desarrollo de cada persona y, desde una perspectiva global, también de cada país.31
Cuestionar que la pobreza mundial responda fundamentalmente a motivos endógenos
de carácter político-institucional no implica negar, sin embargo, que éstos puedan tener
un peso específico. Resulta plausible argumentar, por ejemplo, que la negación de los
derechos de participación política en un país obstaculiza la movilización de la opinión
pública y la reclamación de la puesta en marcha de medidas adecuadas para la generación
y el reparto equitativo de la riqueza. Cabría así vincular el subdesarrollo con la falta de
instituciones democráticas que controlen la planificación económica de cada Estado.32
Las buenas instituciones desempeñan un papel decisivo en la reducción de la pobreza,
pero esta constatación no constituye obviamente una respuesta a la cuestión de por qué
ciertos países no disponen de ellas, ni quita valor a la ayuda que precisan los Estados que
carecen de tales instituciones, ni tampoco exime del deber de prestarla.
Siguiendo el mismo esquema explicativo recién descrito, Rawls procede también con

174
la cuestión migratoria, reduciendo las diferentes causas de los complejos flujos
internacionales de población a una principal: la ausencia de instituciones y estructuras
liberal-democráticas estables en los países emisores.33 Si tal explicación se concibe en sus
estrechos y exclusivos términos, resulta difícil darla por válida. Por el contrario, si la
remisión a causas endógenas o idiosincrásicas se interpreta en el sentido de que en el
origen de una parte muy considerable de los procesos migratorios se encuentra la
ausencia de una estructura social bien ordenada, esto es, el carácter injusto de las
relaciones sociales, se apuntaría entonces en una dirección correcta. Pero aun aceptando
esta interpretación, resulta enormemente difícil emitir un juicio sobre la estructura social
remitiéndose en exclusiva al ámbito estatal y olvidándose de la incardinación de los
Estados en una estructura de intercambio mucho más amplia de alcance potencialmente
planetario.
El enfoque puramente estadocéntrico de las cuestiones de justicia, que concibe a los
Estados como si fueran entidades dotadas de suficiencia y plena autonomía, podría estar
justificado acaso en tiempos pretéritos, en los que se interponían obstáculos
prácticamente insalvables para establecer contactos y relaciones permanentes con lugares
alejados, obstáculos que hoy ya no pueden ser invocados.34 Este mundo se ha
convertido en un escenario único de interacción, de modo que las capacidades de
beneficiar o perjudicar se han globalizado: como se señalaba ya a mediados del siglo
pasado, «cada país se ha convertido en el vecino casi inmediato de cualquier otro país, y
cualquier persona siente el golpe de los hechos que suceden en el otro extremo del
globo».35 En este punto, como en tantas otras cuestiones, desde el inicio de la
modernidad las condiciones materiales de existencia han cambiado de tal modo que se
han agravado las circunstancias de la justicia, esto es, aquellas condiciones
sociohistóricas bajo las cuales se hace necesaria la cooperación humana. Como ya
observara David Hume, siguiendo una intuición que se remonta hasta Aristóteles, la
cuestión de la justicia adquiere especial significación cuando se dan cita ciertas
«circunstancias» y, en particular, estas dos: una de carácter objetivo, la moderada
escasez de recursos; y otra más bien subjetiva, el limitado altruismo (o sentimiento de
solidaridad) que muestran los individuos en general en cuanto que no son ni ángeles ni
demonios.36
A escala planetaria, las circunstancias son ahora tan extremas o más que en cualquier
otro momento del pasado, pues en los últimos dos siglos los procesos de desarrollo
desigual han provocado disparidades económicas sin parangón (al menos desde que se
tiene registro fehaciente).37 Tales disparidades se traducen en oportunidades de
desenvolvimiento para los habitantes de los distintos países tan desorbitadamente
desiguales que resultan intolerables desde cualquier planteamiento de justicia social. Lejos
de consideraciones relativas al mérito o a la cualificación personal, un porcentaje

175
considerable de las oportunidades reales —en educación, atención sanitaria, asistencia
social, entorno laboral, etc.— que una persona pueda disfrutar a lo largo de su vida
depende de la suerte o desgracia de haber nacido en un país o en otro:

En un mundo caracterizado por masivas desigualdades globales, la idea de que las libertades y oportunidades
que se tienen estén circunscritas al Estado en que se nace significa que algunas personas nacen con un estatus
legal que les garantiza seguridad personal, amplias oportunidades y un nivel de vida digno, mientras que otros
(sin culpa alguna) nacen con un estatus jurídico que les condena a la pobreza e inseguridad. 38

Si una teoría normativa de la justicia no puede ignorar que el abismo que se abre
entre los Estados más ricos y los más pobres del planeta es ahora más profundo que
nunca, tampoco debería hacerlo una teoría que pretenda dar una explicación convincente
de las migraciones internacionales contemporáneas. Los actuales procesos de
globalización se caracterizan, entre otras cosas, por la generación de profundas
asimetrías, empezando por el paradójico hecho de que «quienes perciben con mayor
intensidad su impacto son quienes menos se benefician de ella».39 Sus palpables ventajas
y sus inocultables inconvenientes no se extienden de manera uniforme: «Desde el punto
de vista económico, se sigue cumpliendo que la globalización no produce equiparación,
sino una jerarquización del espacio global».40 A medida que avanza el grado de
desarrollo del mundo en su conjunto, más desigual se torna el reparto de sus beneficios.
Las desigualdades se multiplican en la medida en que «la globalización supone la
intersección de múltiples estructuras de injusticia»,41 entre las que se situarían en un
lugar destacado las derivadas de la pervivencia de relaciones pos y neocoloniales (cuyas
palpables secuelas de explotación, dependencia y subordinación suelen ser, por cierto,
ignoradas por la mayoría de las teorías liberales de la justicia al uso).42 La persistencia de
situaciones de injusticia enquistadas se encuentra detrás —aunque no como factor único
ni como exclusivo desencadenante— del continuo incremento de los movimientos
migratorios a escala mundial registrado en los últimos años, así como del que
previsiblemente tendrá lugar si no cambian las tendencias actuales, pues «en la medida en
que la globalización signifique la inclusión de ciertas áreas en la prosperidad económica
global y la exclusión de otras, la inmigración seguirá creciendo».43
La consideración de las migraciones internacionales contemporáneas como resultante
en gran medida de los procesos de globalización en marcha encuentra una expresión
contundente en la Declaración de Granada sobre la globalización, suscrita en 2005 por
Jürgen Habermas, David Held, Will Kymlicka, Boaventura de Sousa Santos, Neil
MacCormick y toda una pléyade de filósofos políticos y del derecho:

La sociedad globalizada es, pues, una sociedad mal estructurada y con efectos perversos sobre centenares de
millones de seres humanos. Puede, por ello, hablarse también, siguiendo la terminología acuñada, de
«injusticias globales». Nadie puede dudar que son esas injusticias y desajustes sociales los que dan lugar a

176
flujos incesantes de inmigrantes que, empujados por la extrema necesidad, tratan de ingresar una y otra vez y
contra toda esperanza en países extraños y hostiles que, sin embargo, les ofrecen una posibilidad remota de
sobrevivir con dignidad. 44

En un planeta cuya superficie seguirá teniendo la misma extensión y cuyos territorios


fértiles y habitables disminuyen desde hace tiempo por causa, entre otros factores, del
cambio climático, el aumento igualmente predecible de la población mundial en las
próximas décadas —más acentuado además en las regiones menos prósperas— empujará
a muchas personas a abandonar su terruño. A ello se une toda una serie de
condicionantes profundamente entrelazados y extendidos, aunque algunos tienen mayor
incidencia en los países emisores y otros en los receptores de migración: el retroceso
demográfico que se registra en los países industrializados desde hace tiempo, el
ensanchamiento de la sima de desigualdad entre los países (y, en particular, de la enorme
brecha salarial que los separa),45 la existencia en los intercambios internacionales de
barreras de protección que impiden que los países emergentes puedan colocar sus
propios productos, en condiciones competitivas, en los mercados de los países más
prósperos, la discriminación o persecución de determinadas minorías étnico-culturales, y,
en fin, la proliferación de guerras y conflictos civiles.
La intensificación de los flujos migratorios hacia los países desarrollados
experimentada en las dos últimas décadas, percibida por la opinión pública como una
«crisis migratoria», es, en gran medida, una respuesta al agravamiento de los
desequilibrios sociales, económicos y demográficos, tanto en el plano regional como en el
mundial. Aunque algunos flujos de personas tengan su origen en situaciones de
emergencia coyuntural (v. g., las hambrunas, las situaciones bélicas o las catástrofes
naturales ya mencionadas), una parte considerable de las migraciones tienen una
dirección definida que va desde las áreas más pobres hacia las zonas ricas y que, en gran
medida, son resultado de una situación estructural injusta, de una distribución no
equitativa de la riqueza, de los recursos naturales y del llamado capital humano. Por eso,
si se busca comprender las migraciones de manera integral y, por lo tanto, atender a su
auténtica escala global, no pueden perderse de vista las relaciones Norte-Sur, tomados
estos términos no en el sentido de referencias geográficas, sino de configuraciones
político-sociales que cristalizan en formidables disparidades «en materia de prosperidad
económica, condiciones sociales, seguridad y derechos humanos»,46 tocándole siempre al
Sur la peor parte.47 Esta bipolaridad ha sustituido, en lo geopolítico, al ya extinto
enfrentamiento entre el bloque soviético y el occidental, la antigua bipolaridad basada en
la confrontación ideológica. La situación resultante no es, sin embargo, estática, pues las
líneas de fractura se han tornado difusas y cambiantes, de modo que asistimos a una
«redefinición geográfica continua»,48 en correspondencia con las fluctuantes relaciones

177
entre el centro (o los centros) y la periferia del sistema mundial. En el seno del Sur
también se dan un Norte y un Sur, como sucede también en el Norte. Existen enclaves
de prosperidad en el Sur, del mismo modo que los hay de exclusión social en el Norte.
En el interior de prácticamente todos los países se abren a su vez simas sociales más o
menos pronunciadas. De ahí también que flujos migratorios tomen rumbos diversos, de
tal modo que ya no operan en un único sentido: «De hecho, menos de la mitad del total
de los migrantes internacionales se desplazan de Sur a Norte, y prácticamente el mismo
número se desplazan entre los países del Sur».49 El resultado que derivaría de la
confluencia de esos factores es una situación potencialmente explosiva, una inquietante
posibilidad: «En el Sur aumenta la desesperación, en el Norte el miedo».50 Si no cambian
las condiciones que sirven de caldo de cultivo de las migraciones, todos saldrán
perdiendo, todos acabarán temiendo. En todo caso, en el siglo XXI, como en siglos
anteriores, «el desigual crecimiento demográfico de las distintas regiones del mundo va a
ser la primera de sus causas fundamentales [del incremento de las migraciones], seguida
por la desigualdad en la distribución de la renta en el mundo y la reducción en los costes
de transporte de las personas».51
Concebir el conjunto de movimientos migratorios como un éxodo voluntario no es
sino una representación completamente falaz de la realidad, pues los márgenes de acción
y de decisión individual son enormemente restringidos y difícilmente pueden sustraerse
completamente a la variedad de condicionantes materiales. Los procesos migratorios son,
en un muy buen grado, estrategias de adaptación para alcanzar tanto la satisfacción de
necesidades básicas como la consecución de proyectos personales. Ahora bien, aunque
detrás de muchos procesos migratorios —en cuanto fenómeno social y no como mera
agregación de decisiones individuales— estén la pobreza y la búsqueda de mejores
oportunidades de vida,52 la identificación del factor desencadenante, que no hay que
confundir con su causa última, resulta sumamente compleja. Con los datos disponibles,
y dado que se trata de un fenómeno multicausal, debe afirmarse que «no hay correlación
sistemática entre demografía, pobreza y migraciones internacionales»,53 pues sólo
emigran un porcentaje muy reducido de los pobres del mundo. Se sabe que, por regla
general, no son los más pobres quienes emigran, pues no se lo pueden permitir, sino
quienes tienen los recursos mínimos —no sólo económicos, sino también sociales e
incluso aptitudinales— para poder hacer frente a la enorme inversión requerida. La tasa
de migración no depende tan sólo, pues, de la voluntad individual, aunque en este punto
no es de extrañar que la perspectiva del protagonista no coincida con la del observador: el
migrante puede entender «su propia emigración como el resultado de sus decisiones
personales, pero la opción misma de emigrar es un producto social», tal como sostiene
Sassen.54 Es más, como señala esta misma socióloga, existen motivos suficientes para
considerar que, «desde una perspectiva macrosocial», las migraciones laborales

178
constituyen «una especie de mecanismo equilibrador» en un contexto de desigualdad
entre países.55
Aunque, como acaba de señalarse, no quepa aseverar una causa última, se requiere
normalmente que concurran otras circunstancias para que las disparidades en niveles de
renta y volumen de empleo y, en definitiva, la falta de opciones de desarrollo en los
países de origen lleguen a operar como factores de estímulo de la emigración. La
existencia de antiguos vínculos coloniales (devenidos a veces lazos neo o semicoloniales)
o de redes transnacionales es uno de los factores que facilitan el inicio del proceso
migratorio. De especial relevancia son los efectos provocados por interacciones
constantes de todo tipo entre los distintos países, que en ocasiones llegan a constituir
nexos sistémicos y cuya multiplicación ha sido propiciada por las últimas olas
globalizadoras. Y afirmar esto implica admitir que las migraciones están determinadas por
circunstancias tanto de los países emisores como de los receptores. Además de poderosas
razones que inciten a las personas a salir de su propio país (factores push out), tiene que
haber motivos que impulsen a instalarse en otro (factores pull up). En el origen de todo
proceso migratorio opera siempre una doble causalidad, aunque en cada caso en una
proporción desigual. En ocasiones, los pull factors pueden jugar un papel más decisivo
que los push factors, y viceversa. En principio, los factores de atracción —por ejemplo,
los generados por la «necesidad económica», o al menos la «conveniencia económica»,
experimentada por el mercado laboral de los países receptores de acuerdo con las
oscilaciones del ciclo económico—56 sólo suelen ser tomados en consideración después
de que en los países emisores se hayan manifestado circunstancias desfavorables, como
una desigualdad social profunda y enquistada, un crecimiento demográfico descontrolado
o una alarmante desestructuración económica, social y cultural. Al respecto, una hipótesis
ciertamente sugerente, aunque no siempre verificada, sería la siguiente: «Los factores de
expulsión determinan la génesis de las migraciones y los factores de atracción su
distribución entre los distintos destinos potenciales».57
Concebir las migraciones como procesos exógenos a los países receptores y presentar
determinadas propiedades asociadas a los países emisores como sus únicas causas o
principales detonantes sería, en cualquier caso, dar por bueno un esquema explicativo
insuficiente, por unilateral. Los países receptores no son espectadores pasivos, pues en
ellos se registran poderosas dinámicas internas que reclaman, propician y sostienen tales
procesos, llegando incluso al reclutamiento de trabajadores extranjeros mediante
campañas específicas organizadas directamente por los gobiernos o por empresas
apoyadas por ellos.58 La emigración no es siempre el resultado de carencias económicas
absolutas y de la baja calidad de vida de un determinado país. Su riqueza relativa, así
como su sistema de distribución de bienes, pueden ser satisfactorios y, no obstante,
presentar una considerable diferencia de salarios y oferta laboral con respecto a algún

179
país vecino, de modo que éste resulte atractivo como destino migratorio. Ante ese
panorama, parece bastante sensato mantener una cierta cautela y asumir que «carecemos
de un cuerpo de conocimiento acumulado para explicar por qué algunas personas migran,
mientras que la mayoría no lo hacen».59
Sea como fuere, el hecho es que si la pobreza mundial constituye, en su mayor parte,
una vulneración de los derechos humanos y, en particular, una flagrante violación del
artículo 25 de la DUDH, que establece el derecho a un nivel de vida adecuado, entonces
aquellas migraciones motivadas por la carencia de recursos económicos mínimos serían,
en última instancia, resultado de un quebrantamiento masivo de los derechos humanos. Y
si resulta correcto comprender los derechos humanos como el mínimo básico debido a
todos los seres humanos, de ahí se desprende que el ideal de justicia está íntimamente
vinculado a la noción de derechos humanos, cuya garantía constituiría entonces un deber
de justicia. En esta relevante cuestión, la obra de Thomas Pogge titulada La pobreza en
el mundo y los derechos humanos se ha convertido en un punto de referencia
inexcusable para el tratamiento teórico del tema de la pobreza mundial. Cuatro tesis
suyas serían fundamentales para enmarcar el debate contemporáneo: primera, que el
problema de la pobreza no es un problema de ayuda humanitaria o de solidaridad, sino
de justicia; segunda, que dicho problema no es, por tanto, cuestión individual, sino
institucional; tercera, que se trata de un problema de violación de los derechos humanos
que tiene su origen en un orden institucional injusto; cuarta, que la pregunta que hay que
formularse es cuáles son las alternativas realizables al injusto orden vigente.60 En relación
con la última cuestión, este filósofo considera que, aun reconociendo la estrecha
vinculación existente entre migraciones internacionales y pobreza mundial, la forma de
deshacer este nexo ha de ser abordado por métodos distintos a los proporcionados por las
políticas migratorias.61 No se trataría de forzar que los países ricos admitan personas en
situación de acentuada pobreza, pues de este modo no se aliviaría la situación del
conjunto de personas que están sufriendo privación, sino tan sólo la de aquellas, siempre
pocas en términos relativos, que pudieran ser admitidas. Lo que sí sería un imperativo,
según Pogge, es modificar las condiciones que ordinariamente imponen los países ricos
para la admisión y, sobre todo, para la permanencia de los extranjeros necesitados.
Es muy probable que lo único que de alguna manera pueda frenar la salida masiva de
emigrantes sea una mejora sustancial de sus condiciones de vida en los países de origen.
Pero una vez dicho esto, no se sostienen opiniones como la expresada por Rawls, quien
mantiene que en un mundo globalmente bien ordenado, en un mundo justo, las
migraciones constituirían un fenómeno irrelevante, pues sus causas habrían sido
eliminadas y, por tanto, no actuarían como elementos de presión sobre la política.62 En
un sentido similar, se afirma también que «las migraciones no cesarán si el orden, si así
puede llamarse, económico y político mundial no cambia».63 El desacuerdo no proviene

180
tanto de la literalidad de estas palabras como de lo que parecen sugerir: que en un mundo
sin pobreza los movimientos migratorios no tendrían lugar. Sin embargo, esa prognosis es
más que cuestionable, pues los desplazamientos y cambios de residencia responden
también a algo más profundo y permanente, a una suerte de constante antropológica: a
una capacidad innata tendente a buscar la mejora de las condiciones de vida. Se olvida
también que, entre otros motivos, los desastres naturales y la degradación
medioambiental de raíz antropogénica impondrán que un número importante de personas
tengan que emigrar.64 En todo caso, el objetivo que no hay que perder de vista no es
poner punto final a las migraciones, sino ordenarlas desde principios de justicia. Y en este
orden de ideas las siguientes palabras resultan sumamente clarificadoras:

Las teorías de la migración global no deberían estar basadas en el objetivo normativo de encontrar formas de
ayudar a la gente a quedarse en sus casas. Más bien, deberían estar basadas en el postulado de que la
migración es una parte normal de las relaciones sociales […] Si hay un objetivo normativo, éste no debería ser
reducir la migración, sino encontrar formas en las que pueda tener lugar bajo condiciones de igualdad y
respeto de los derechos humanos. 65

Siendo las razones normativas de enorme peso en la dilucidación de la cuestión


relativa a los vínculos entre pobreza, migraciones y justicia, existen también otras de
orden más práctico. Encerrar a los países pobres en su precariedad no resuelve ni alivia
el problema de fondo: lejos de aminorarse, las desigualdades y las diferencias de
desarrollo se acrecientan. La movilidad, sin embargo, tiene efectos contrarios. En este
sentido se pronuncia precisamente el Informe sobre desarrollo humano 2009, que lleva el
significativo título de Superando barreras: movilidad y desarrollo humanos.66 En él se
argumenta de manera convincente que facilitar la movilidad humana impulsa de manera
decisiva el desarrollo humano entendido como aumento integral de las capacidades de
todas las personas que habitan el planeta. El potencial de desarrollo de las migraciones
posee una doble dimensión: económica y social. Dado que la decisión de migrar se toma
con frecuencia en un entorno supraindividual, los migrantes normalmente comparten sus
ganancias con sus familias y comunidades de origen. En muchos casos se trata de dinero
en efectivo, conocido como remesas, que probablemente constituyan la forma más
directa y menos autoritaria de distribución a escala mundial, además de representar un
medio nada insignificante para mitigar las desigualdades globales.67 Por otro lado, las
familias y su entorno se benefician también de otro tipo de recursos más intangibles: de
unas remesas sociales que contribuyen a promover aspectos nada banales del desarrollo
humano, como son, por ejemplo, la reducción de las tasas de fecundidad, el aumento de
las tasas de matrícula escolar y el progresivo empoderamiento de las mujeres, que de este
modo se convierten en agentes de cambio social y vectores para la mejora de la calidad
de vida.

181
Como se señaló en la sección anterior, la teoría de la justicia más emblemática de los
últimos tiempos, la elaborada por Rawls, no está especialmente dotada para afrontar la
cuestión migratoria desde una perspectiva global. La razón de esta carencia estriba en
uno de sus supuestos básicos: su objeto no es otro que el de regular la relación entre cada
Estado y sus propios ciudadanos, por lo que, ya de entrada, los inmigrantes no cuentan
como actores que participan en los acuerdos sobre la justicia.68 Además de descartar la
obligación de arbitrar mecanismos compensatorios que reduzcan la creciente desigualdad
en el planeta, esa exclusión inicial implica una vulneración del principio de igualdad ya en
la esfera interna, pues las cargas y los beneficios sociales no se distribuyen de igual
manera entre todas las personas residentes de facto en cada territorio estatal.
Procediendo de esta manera, el acceso de los inmigrantes a las prestaciones sociales —no
homogéneo además, pues con frecuencia los inmigrantes se agregan en grupos
diferenciados y ocupan posiciones jurídicas jerarquizadas (cf. supra, sección 1 del
capítulo III)— se presenta en las sociedades receptoras como una fuente de conflictos
que tarde o temprano acaban por aflorar. El problema se agrava por la perspectiva
estadocéntrica adoptada, y es precisamente este error de enfoque el que tanto globalistas
como internacionalistas pretenden rectificar. Tales teóricos, aunque sin llegar aún a
presentar una solución coherente al desafío de la participación plena de los inmigrantes
en la sociedad receptora, se encuentran mejor predispuestos a aceptar que las
migraciones son un fenómeno de dimensiones planetarias que ningún Estado puede
orientar ni canalizar eficazmente, pues sus causas o circunstancias determinantes se
encuentran tanto en los países emisores como en los receptores, de modo que no tiene
sentido tratarlas como si fueran una cuestión de mera política interior. Ningún país
dispondría de los medios precisos para controlar todas las variables en juego. Por tanto,
la visión estatal no puede ser enarbolada como marco único de actuación política, y
menos aún en esta materia.

182
3. JUSTICIA, MIGRACIONES E INSTITUCIONES GLOBALES

En el tratamiento de cuestiones de migración, la mayoría de los gobiernos tienden a


reafirmarse en aquella concepción política tradicional según la cual se considera
incumbencia privativa e irrenunciable de la soberanía estatal la misión de definir no sólo
quiénes pertenecen al cuerpo político, sino también quiénes pueden instalarse de manera
estable en el territorio de su jurisdicción. Esta tendencia va, sin duda, a contracorriente
de los actuales procesos de globalización, que pueden ser concebidos en cierto sentido
como procesos de desnacionalización que impulsan la configuración de un escenario
mundial unificado, un objetivo ya alcanzado en algunos ámbitos, como en el financiero
o en el de la información. Por ello, en un mundo crecientemente interconectado e
interdependiente, esta tendencia nacionalizadora no puede ser enjuiciada sino como algo
extemporáneo, y más aún si se tiene en cuenta que los sistemas migratorios están cada
vez más mundializados y sus efectos se dejan sentir en cualquier región del planeta, por
muy remota que parezca. En este contexto, se impone con fuerza la adopción de una
perspectiva global en el análisis y gestión de procesos sociales tan complejos y
multidimensionales como los migratorios.
La extensión de la globalización, marco donde se inserta la conversión del fenómeno
migratorio en producto masivo con incidencia a lo largo de todo el planeta, tiene una
repercusión directa en la comprensión de la noción de justicia social en el mundo
contemporáneo. De entrada, contribuye a hacer saltar por los aires el escenario jurídico-
político habitual de realización tanto de la justicia social como de la democracia: los
Estados. Y esta ruptura afecta el núcleo indiscutido de la filosofía política dominante
hasta hace muy poco. Bien de manera expresa, bien de modo tácito, el ámbito de
aplicación de los principios políticos fundamentales —y, en concreto, de los principios de
la justicia— está circunscrito por unos límites espaciales muy precisos: las fronteras
estatales. En su interior se hace concreto el primado de la lógica estatal, una lógica
incompatible con las exigencias universalistas de la justicia. De fronteras afuera, la
validez de principios esenciales de la justicia tiende a difuminarse, sobre todo los de
carácter distributivo. En cambio, los particulares intereses nacionales adquieren plena
primacía y apenas hay miramiento alguno para cualquier otra consideración, incluso
aunque aquello que pueda favorecer al propio país vaya en detrimento del resto de la
humanidad. No es aceptable sin más, sin embargo, que un asunto tan azaroso como el
trazado de las fronteras se tome como una circunstancia moralmente relevante a la hora
de definir y aplicar principios de justicia. Y lo peor no es ciertamente que esta posición
encuentre justificación en las construcciones teóricas más reputadas (con ciertas
matizaciones, eso sí), sino que siga representando el motivo impulsor de tantas prácticas

183
políticas contemporáneas.
Para modificar ese inadecuado escenario estadocéntrico se necesitan, además de
nuevos marcos conceptuales, nuevas estructuras político-institucionales con las que
desarrollar un modelo de convivencia en el que «los accidentes de nacimiento y origen
nacional no viciaran desde el principio y en todos los sentidos las opciones vitales de las
personas».69 Si se acepta que todos los seres humanos tenemos el deber de ayudar a
nuestros congéneres que se encuentran en un estado de necesidad extrema, no resulta
muy defendible argüir que tal deber decae completamente con respecto a quienes se
hallan más allá de las fronteras del territorio estatal en el que uno vive. En este caso, se
haría propia una dudosa noción de responsabilidad moral. Se violaría además el principio
de no discriminación, de igual consideración de todos los seres humanos. Sostener que
las obligaciones que cada cual tiene ante sus conciudadanos no son esencialmente
diferentes que las que tiene ante los demás miembros de la humanidad no implica negar,
sin embargo, que existan deberes especiales con respecto a aquellos con quienes se ha
establecido un sistema reconocido de cooperación y responsabilidades mutuas.70 Pero
con todo, y pese a la legitimidad de esta vía de argumentación, al adentrarnos en ella es
fácil incurrir en disquisiciones sobre la naturaleza de la obligación moral que en el fondo
no son decidibles en el aspecto puramente normativo. Por ello resulta preferible incidir
dialécticamente en las consecuencias pragmáticas que, a escala global, tiene el obrar de
manera insolidaria.
Aunque difícilmente se llegue a un consenso, tiene sentido plantearse cuestiones
relativas a cuál es el contexto social idóneo para hablar de obligaciones redistributivas:
¿existe un deber de asistencia, basado en la apelación a la justicia, más allá de los límites
de la comunidad de la que formamos parte y con la que nos encontramos ligados por
vínculos de cooperación mutua y reciprocidad? O, por el contrario, ¿no están vinculados
todos los deberes a un contexto de interacción social determinado? Al respecto, Thomas
Nagel sostiene en un polémico texto, pero de lectura ineludible, que tan sólo cabe hablar
propiamente de justicia social y, por ende, de obligaciones de redistribución en contextos
intraestatales con sólidos vínculos asociativos, de cuyas interdependencias cooperativas
resulta la correspondiente asunción de responsabilidades políticas.71 Haciendo uso de un
conocido argumento hobbesiano, Nagel entiende que la noción misma de justicia está
intrínsecamente ligada a la existencia del Estado, y que fuera de él tan sólo puede haber
acaso una aspiración a la justicia desde un punto de vista meramente moral. Las
exigencias de justicia distributiva tendrían cabida únicamente entre quienes pertenecen a
la misma comunidad política y están sometidos a una autoridad común, esto es, entre
quienes están sujetos a un mismo centro de poder coercitivo capaz de imponerla y de
responder a posibles reclamaciones. Se quiera o no, fuera del marco estatal no es factible
reclamar justicia, pues «allí donde no hay República, nada es injusto», tal como señalaba

184
Hobbes en el capítulo XV del Leviatán, un texto fundamental de la filosofía política
publicado en 1651, tres años después de la firma de la Paz de Westfalia.
Es posible, no obstante, que muchas personas coincidan en juzgar como algo
arbitrario limitar el ámbito espacial de aplicación de las normas morales, de los deberes y
obligaciones, a las lindes territoriales de los Estados, como si los demás habitantes del
planeta no fueran congéneres. Pero también serían muchos quienes discrepasen a la hora
de considerar irrelevante el hecho de que los destinatarios prioritarios de nuestras labores
de asistencia pertenezcan a nuestra propia comunidad. Si bien es un hecho constatable
que esta última opinión está enormemente extendida, quizás obedezca a una falta de
información acerca de cuál sea el ámbito real de las interacciones humanas. Si esto es
así, parece más pragmático argüir de manera consecuencialista, pues limitar nuestra
comunidad de pertenencia a determinadas fronteras políticas implica desconocer que la
humanidad entera comparte de facto un mismo mundo, que todos estamos
continuamente interactuando y estableciendo transacciones. Los efectos de las
instituciones sociales compartidas transnacionalmente, la exclusión sin compensación del
disfrute de recursos naturales y los efectos acumulativos de la explotación originada por
la historia colonial son fenómenos, entre otros que se podrían aducir,72 que nos revelan la
existencia de una estructura básica global en la que de una u otra manera ya están
implicadas las distintas partes del planeta y algunas incluso sometidas. De ahí que pueda
concluirse que «la responsabilidad en relación con la injusticia no deriva de vivir según
una misma constitución, sino de participar en los diversos procesos institucionales que
provocan injusticia estructural».73
La ampliación del marco de las relaciones de justicia más allá de las fronteras
nacionales precisa ciertamente de la existencia de una base común que abarque a todas
las partes implicadas. Para que la reclamación de medidas de compensación redistributiva
esté justificada han de darse algunas condiciones mínimas. Entre ellas, siguiendo el
esquema rawlsiano, dos serían las más señaladas: que la situación de los más
desfavorecidos provenga de circunstancias que escapan de su propio control y que exista
un esquema de cooperación social.74 Dos requisitos que se cumplen sobradamente en
nuestro mundo. Que la primera condición se satisface resulta evidente tan pronto como
se repara en que la situación en la que se encuentran los menos aventajados del planeta
es, en una medida nada despreciable, producto de la lotería de haber nacido en
determinados países. Y como satisfacción del segundo requisito se puede señalar la
participación de las distintas partes del planeta no tanto en estructuras políticas comunes
como en estructuras de interdependencia de carácter fundamentalmente económico.
Que el conjunto de la humanidad participa, aunque de modo deficiente, de
estructuras informales de interdependencia puede explicarse no sólo como una expansión
de los vínculos económicos, sino como reacción ante problemas comunes de enorme

185
gravedad. Más allá de los imperativos ineludibles de una economía globalizada, en las
últimas décadas se han ido haciendo presentes toda una serie de cuestiones y desafíos
cuya etiología y resolución trascienden los límites estatales. No se trata de una mera
suma de cuestiones puntuales, aunque destacadas, sino de algo mucho más serio y
relevante: el hecho de que la especie humana en su conjunto, la humanidad entera,
constituye una comunidad que, quiera o no, está expuesta y comparte riesgos globales:
cambio climático, pandemias, explotación de los recursos naturales, fluctuaciones de los
mercados financieros y un largo etcétera.75 Ante la envergadura de tales riesgos, no es
fácil sortear la cuestión de cuál es la forma adecuada de organización política para
abordar problemas que no se detienen ante las fronteras espaciales entre Estados ni
tampoco ante las fronteras temporales entre generaciones. En este contexto, las fronteras
estatales o bien se han vuelto enormemente porosas, o bien han perdido gran parte de su
relevancia y funcionalidad. De ahí que no se pueda seguir negando por más tiempo la
capitidisminuida proyección del Estado, su progresiva obsolescencia como forma básica y
ordinaria de organización política. Más ajustado sería en realidad hablar, siguiendo a
Bauman, de «los efectos inhabilitantes de la globalización sobre la capacidad decisoria de
los gobiernos estatales».76 De hecho, cada día resulta más patente la brecha entre el
marco decisorio institucional y el ámbito en el que se producen y distribuyen los recursos
necesarios para la toma y ejecución de las decisiones: «En un mundo cada vez más
densamente entretejido —ecológica, económica y culturalmente—, las decisiones que, en
virtud de su competencia legítima, pueden adoptar los Estados en su ámbito territorial y
social coinciden cada vez menos con las personas y territorios que pueden ser afectados
por ellas».77 Si se han visto alterados el contexto donde se originan los problemas y el
entorno donde éstos ejercen impacto, también se ha de ver modificado el ámbito donde
las cuestiones más importantes han de ser abordadas. No hay apenas problema de
consideración que pueda ser solucionado en un ámbito estrictamente estatal.
Pero las limitaciones no afectan únicamente el plano de la eficacia, sino el de los
principios y fines de la política. En este sentido, la lógica soberanista propia de los
Estados no resulta ni propicia ni sensible a una visión multilateral de las relaciones
internacionales. Aunque con ello se planteen dificultades inéditas a las sociedades
estatalmente organizadas, se impone la lógica de la interdependencia global y la
necesidad de obrar de manera cooperativa y coordinada entre los diversos Estados. De
este modo se podría mantener viva la política —la articulación de formas de vivir juntos
—, pero desplazando el punto de gravedad desde los espacios estatales delimitados hacia
los interdependientes escenarios mundiales.
En el actual marco de interdependencia global, la intensificación de la cooperación
intergubernamental se presenta como una opción obligada. Se ha ido tomando conciencia
de la urgencia de algún tipo de integración política de carácter supranacional que facilite

186
un enfoque regulador global para afrontar los principales riesgos que nos afectan a
todos.78 Es cierto que ni los entramados jurídicos e institucionales ni la legitimidad moral
garantizan por sí mismos la resolución de los conflictos, pero sin ellos parece difícil que
pueda ni siquiera plantearse una respuesta eficaz. De ahí que el surgimiento de entidades
supranacionales de carácter regional o continental responda, en realidad, a esa
contrastada necesidad de actuar concertadamente. En este orden de ideas, el camino
emprendido por la Unión Europea constituye una experiencia muy valiosa, y su ejemplo
podría dar pie a otras formas de integración más amplias a lo largo del planeta. Con todo,
lograr siquiera la articulación de una instancia realmente mundial aún requiere mucho
trecho por recorrer, y la sola propuesta plantea toda una larga serie de complejos
interrogantes.
Aún queda por resolver en clave democrática la cuestión relativa a las consecuencias
derivadas de la creciente interdependencia de todos los pueblos, que, como otras tan
esenciales como el respeto de los derechos humanos, el equilibrio ecológico del planeta y
el acomodo político de los flujos migratorios mundiales, precisan de un cambio profundo
de los principios estructurales del orden mundial y, en particular, del derecho
internacional en lo referente, al menos, a la no intervención en asuntos de la jurisdicción
interna, la igualdad soberana de todos los Estados y la cooperación entre ellos. Sin
embargo, no todos estos principios se han vuelto obsoletos. Al establecimiento de un
orden mundial diferente haría referencia precisamente el artículo 28 de la DUDH: «Toda
persona tiene derecho a que se establezca un orden social e internacional en el que los
derechos y libertades proclamados en esta Declaración se hagan plenamente efectivos».
De este artículo se deduce que una de las funciones básicas del concepto de derechos
humanos es la de servir como criterio para conformar las instituciones no sólo nacionales
sino internacionales.79 Lo que se precisaría ahora es encontrar un desarrollo coherente
con ese enunciado.
En el caso de los derechos humanos, las obligaciones que de ellos derivan son de tal
calado que la propia soberanía de los Estados se ve restringida. En caso de violación
grave y continuada por parte de un Estado, la comunidad internacional estaría legitimada
a intervenir con el fin de salvaguardar tales derechos.80 A diferencia de los derechos
constitucionales, su satisfacción no es un asunto de interés meramente interno. De ellos
han de responder los Estados no sólo ante su propia ciudadanía, sino también ante toda
la comunidad humana, que, para efectos políticos y jurídicos, se encuentra representada
por la comunidad jurídica internacional. Aunque los Estados tienen una responsabilidad
primaria de respetarlos, protegerlos y promoverlos, la comunidad internacional tiene la
responsabilidad derivada o secundaria de contribuir a que los Estados satisfagan los
derechos humanos de su población. Eso sí, la responsabilidad secundaria se activa
exclusivamente cuando los Estados incumplen sus deberes. El desempeño de esta

187
responsabilidad es gradual y flexible: va desde pedir cuentas a los Estados hasta la
activación de diferentes tipos de presión, pasando también por las acciones destinadas a
apuntalar la capacidad de los Estados de cumplir su misión. Esta comprensión de los
derechos humanos forma parte de su práctica habitual en nuestro tiempo.81 No siempre
está claro, sin embargo, cómo se organiza la distribución de obligaciones o
responsabilidades en esta materia.
Volviendo al asunto específico de este capítulo, el fracaso casi permanente de las
políticas migratorias desarrolladas por distintos Estados se ve agravado, sin duda, «por la
ausencia relativa de un gobierno global con respecto a la migración internacional, en
contraste con el desarrollo de reglas e instituciones globales en otras áreas de relaciones
económicas y políticas».82 Así, por ejemplo, en el ámbito de los intercambios
económicos se han dado pasos relevantes en las últimas décadas y se ha dotado a la
Organización Mundial del Comercio de una considerable capacidad reguladora y de un
procedimiento jurisdiccional obligatorio para todos sus miembros. Con independencia de
la valoración que puedan merecer las medidas preconizadas desde este organismo, esa
forma de concertación supranacional puede ser considerada en sí misma como un logro.
Sorprende que, en un mundo empeñado en eliminar todos los posibles impedimentos a
los movimientos de capitales, bienes y servicios, no haya ningún organismo internacional
que tenga como misión propia levantar las restricciones a la movilidad internacional de las
personas. En la medida en que «la globalización está introduciendo una cuña cada vez
más ancha entre la territorialidad estatal y la efectividad social»,83 los márgenes
soberanos de actuación de cada Estado se ven limitados en el ámbito global. En
particular, la aproximación al fenómeno migratorio siempre resultará unilateral e
incompleta si se realiza desde una lógica nacional estrecha. También en esta materia se
hace valer la idea de que no existen soluciones locales para problemas globales. Para
salvar este importante escollo sería preciso establecer un régimen migratorio global con
un sólido soporte normativo.
Los migrantes económicos, que sin duda constituyen la inmensa mayoría de las
personas migrantes, carecen de efectivos instrumentos de derecho internacional que los
amparen expresamente. La vasta panoplia de convenios disponibles no cubre
adecuadamente «los diversos riesgos especiales de abuso a los derechos humanos a los
que los migrantes están expuestos con frecuencia».84 No es que en este punto todo esté
por hacerse, pues, además de la normativa general sobre derechos humanos, para los
migrantes económicos es de aplicación, y muy particularmente, la Convención sobre la
Protección de los Derechos de Todos los Trabajadores Migratorios y de sus Familiares,
aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidad en 1990, aunque no entrara
en vigor hasta el año 2003 (¡se tardó casi trece años en lograr el mínimo de 20
ratificaciones requeridas para hacer operativa esta convención!). Hasta el año 2015 este

188
instrumento jurídico había sido ratificado únicamente por 48 países, todos ellos
fundamentalmente de emigración (y, en ocasiones, de tránsito). El hecho de que no haya
sido adoptado por ningún país receptor importante —y ninguno con un índice de
«desarrollo humano muy alto»— le resta gran parte de su potencial eficacia.85 Este
hecho podría obedecer a la continuada resistencia de los países receptores netos a
reconocer oficialmente tanto los beneficios que reciben de la migración en general como
el carácter endógeno de la demanda de fuerza de trabajo migrante,86 así como a la
renuencia general a contraer obligaciones que limiten su margen de acción en materia
migratoria. En este sentido, suena a pretexto o a evasiva que se arguya que la convención
tiene algo de superflua en la medida en que los derechos recogidos ya están cubiertos por
instrumentos previamente existentes.
Otros tipos de migrantes con menos grado de espontaneidad relativa, como, por
ejemplo, las víctimas de los desplazamientos forzados,87 cuentan con normas
específicas, como la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados (1951) y el
Protocolo sobre el Estatuto de los Refugiados (1967), que han sido ratificados por 147
países y pasan por ser de los instrumentos internacionales relativamente más efectivos.
Son objeto además de la labor asistencial desplegada por el ACNUR, una de las agencias de
las Naciones Unidas con más medios y prestigio contrastado. Con todo, no cabe sostener
que la cuestión de los refugiados y demás desplazados ni la situación de los solicitantes
de asilo estén satisfactoriamente resueltas, pues se observa un aumento del sentimiento
de hostilidad hacia ellos que se traduce en una tendencia creciente a la restricción del
derecho de asilo e incluso, en algunos casos, al rechazo en la misma frontera o al
internamiento en centros de demandantes de asilo bajo condiciones indignas.88 Caso
aparte, y en muchas ocasiones mucho más dramático, es el de los refugiados internos,
exiliados en sus propios países, que carecen de estatus jurídico internacional y apenas
reciben asistencia organizada. El resultado de todo ello es un escenario bastante anómico
en materia de migraciones internacionales, un escenario que se asemeja en gran medida
al estado de naturaleza que en su día describiera Hobbes:

La gobernanza de la migración aún es en gran medida unilateral, por parte de los países de destino o, en
algunos casos, bilateral. Existen pocos mecanismos de coordinación multilateral […] Los mecanismos
multilaterales podrían liberalizar y simplificar los canales que permiten a las personas buscar trabajo en el
extranjero, asegurar los derechos básicos de los migrantes, reducir los costes de transacciones relacionadas
con la migración, y mejorar los resultados para los migrantes y las comunidades de destino por igual. 89

Incluso adoptando una perspectiva nacionalista o estatalista, está en el interés directo


de todos los países concernidos por las migraciones —sean emisores, receptores o de
tránsito— alcanzar un reconocimiento efectivo de los derechos humanos de los migrantes
tanto documentados como indocumentados, pues sólo así será posible reducir de una

189
manera sistemática la reiteración de conflictos generados por aquellas nefastas
condiciones en las que con frecuencia tiene lugar el acceso y el asentamiento de
migrantes, que no son sino la negación expresa de tales derechos.90 Pero dadas las
características intrínsecas de las migraciones, lo recomendable sería que su regulación y
gestión fueran abordadas siempre desde un enfoque multinivel (local, nacional,
internacional y global). De ahí que si bien es cierto que las regulaciones multilaterales no
tienen la exclusiva, sería recomendable contar con mecanismos de coordinación
internacional que sirvieran de apoyo y garantía a los acuerdos bilaterales y regionales ya
existentes. Con cierta frecuencia se cierran acuerdos bilaterales sobre temas como las
readmisiones de migrantes irregulares atendiendo a los particulares intereses de los
respectivos gobiernos y sin que haya instancias independientes que velen por los
derechos de los directamente afectados. Y si disponer de reglas generales reconocidas por
toda la comunidad internacional es un requisito para el establecimiento de un régimen
jurídico global, para su implementación y supervisión se requeriría además una agencia
específica con autoridad efectiva sobre los países donde se asienta el grueso de la
migración internacional. Recopilando ahora la idea con palabras de un reconocido experto
en historia de las migraciones:

Mucho se ha hecho para incrementar y regular los intercambios económicos, pero nada, en cambio, para
gobernar las migraciones. En todo lo que a este tema se refiere, los Estados se niegan obstinadamente a ceder
la más mínima parcela de soberanía a favor de alguna institución supranacional. Sin embargo, la cooperación
internacional y un gobierno mundial son cada vez más necesarios para la requerida compaginación de los
distintos intereses en conflicto y para restituir plenamente a las migraciones su función positiva en el
desarrollo de las sociedades. 91

Es cierto que desde 1951 existe la Organización Mundial para las Migraciones, que
cuenta con 157 Estados miembros, pero se trata de una organización intergubernamental
fuera del sistema de las Naciones Unidas que carece, aunque sea la principal agencia
mundial en esta materia, de un mandato jurídico de protección de los migrantes. Como
muchas otras instituciones internacionales, no posee verdadera capacidad reguladora y se
limita a emitir informes y marcar pautas de escaso alcance práctico. Su experiencia
acumulada —así como la adquirida por el Foro Mundial sobre Migración y Desarrollo,
esa instancia más informal creada en 2006 y que hasta 2015 se ha reunido en ocho
ocasiones—92 podría servir, no obstante, como base para establecer una agencia con
mayor nivel de responsabilidades, categoría jurídica y capacidad ejecutiva, que a su vez
diera soporte institucional a un acuerdo de eficacia global sobre asuntos migratorios. La
nueva agencia debería, en todo caso, evitar incurrir en las mismas patologías de las que
adolecen otras agencias internacionales. Como es bien sabido, una creciente red de
organizaciones internacionales tratan de atender las crecientes necesidades de
coordinación y regulación en una sociedad mundial altamente interdependiente. Sin

190
embargo, muchas de estas instituciones «no cumplen las condiciones de la transparencia,
la accesibilidad y la responsabilidad».93 La democratización de la esfera internacional es
una asignatura pendiente, cuya superación también tendría que llegar a esa futura
organización multilateral dedicada específicamente a regular y supervisar los derechos de
los migrantes, así como el desarrollo equilibrado de todas las partes implicadas en los
procesos migratorios.

191
4. MIGRACIONES Y RESIGNIFICACIÓN
DE LA CIUDADANÍA EN CLAVE COSMOPOLITA

La división política del planeta sirve con frecuencia como coartada a distribuciones
injustas de los bienes y servicios básicos que cada individuo en particular disfruta o
padece según disponga la fortuna (léase el conjunto de circunstancias y decisiones sobre
las que no ejerce control ni tiene responsabilidad). De entrada, la mera posesión de un
determinado estatus de ciudadanía, como expresión de la pertenencia formal a un Estado,
prefigura unas oportunidades individuales diferenciadas en el acceso a los recursos
disponibles en el mundo. Detrás de las formas más agudas de desigualdad persistente —
aquellas que, entre otras cosas, merman la capacidad de vivir con dignidad y superar la
pobreza— se encuentran mecanismos causales recurrentes institucionalizados y, entre
ellos, el par categorial nacional / extranjero ocupa un lugar sumamente destacado.94 De
ahí que, con toda razón, Walzer sostenga que para cualquier concepción de la justicia la
pertenencia a una determinada comunidad política representa el «bien primario», en el
sentido de que es el primero que ha de ser distribuido, pues de su atribución deriva la
posibilidad de ser o no acreedor a la distribución del resto de bienes disponibles en una
sociedad.95 El enfoque comunitarista adoptado por Walzer no hace sino expresar lo que
es práctica comúnmente aceptada: el único modo de acceder a una distribución equitativa
de los recursos y bienes básicos del planeta es mediante la pertenencia formal a un
Estado. No puede obviarse, sin embargo, que la posesión de una determinada
nacionalidad es, como sucede también con la delimitación de las fronteras estatales, una
contingencia arbitraria desde el punto de vista moral que puede llegar a influir
profundamente en las condiciones de vida de las personas, en los derechos reconocidos y
en los bienes públicos a los que tienen acceso. Estas posibles repercusiones se hacen
especialmente visibles en los contextos migratorios. De ahí que la mencionada dicotomía
conceptual, tan habitual en los ordenamientos jurídicos, resulte cuestionable tanto a la luz
del valor de la dignidad humana como de los principios generales de igualdad de trato y
de interdicción de la discriminación. Tampoco en este punto las exigencias igualitaristas y
de universalización de los derechos humanos deberían ser echadas en saco roto.
El contexto contemporáneo en el que se ha de pensar la ciudadanía como materia
propia de la noción de justicia está conformado por la globalización, esto es, por el
conjunto de cambios estructurales que han ido haciendo que los límites del espacio de
intercambio humano coincidan de una manera real —y no sólo como hipotética
posibilidad— con los límites físicos del planeta, cambios que a su vez generan un
sensible incremento de los niveles de interdependencia entre las diversas partes del
planeta.96 Pero no sólo como resultado de la globalización económica y, en especial, de

192
la deslocalización de los capitales y de la producción, sino por efecto de las
peculiaridades de los flujos migratorios contemporáneos, lo político está sometido al
influjo creciente de lo transnacional, que incide directamente en la estructura y funciones
del Estado, así como en el contenido y significado de la ciudadanía. En ese entorno
emergente, la constitución y consolidación de redes migratorias transnacionales, que se
extienden sin pararse ante las fronteras territoriales por muy fortificadas que estén, ponen
a prueba las concepciones habituales acerca de los fundamentos de derechos y
obligaciones individuales, y ponen asimismo en evidencia la necesidad de reformular el
ámbito territorial de las nociones tradicionales de ciudadanía y pertenencia (cf. supra,
capítulo II).
Hablar sin más de la ciudadanía como una garantía frente al atropello y la
arbitrariedad suena para muchos a amargo sarcasmo, precisamente para aquellos que al
verse desprovistos de sus beneficios comprueban que la ciudadanía formal se ha
convertido en mecanismo de exclusión social. Los importantes logros igualitarios de la
ciudadanía, saludados con fervor —y con muy buenas razones— por demócratas y
liberales progresistas, se tornan, al pasar a ser contemplados desde una perspectiva más
universalista, en privilegios arbitrarios reservados para el disfrute exclusivo e insolidario
de los afortunados ciudadanos nacidos en países prósperos.97 De un modo similar al que
hasta el siglo XIX tenía la condición de no propietario o al que hasta el siglo XX se atribuía
a la condición de no varón, la condición de no ciudadano, de extranjero, sigue aún
fungiendo como razón suficiente para negar a alguien el derecho a pertenecer al demos y
disfrutar de los beneficios de la comunidad. De ahí que, en el escenario actual, el
objetivo de extender todos los derechos de ciudadanía a los inmigrantes legalmente
instalados pueda ser presentado como una nueva frontera que más pronto que tarde
tendrá que ser rebasada, tal como se hizo con otras que en el pasado parecían igual de
inamovibles. En esta misma línea, debería contemplarse el empeño por desvincular
completamente el disfrute integral de los derechos humanos de la posesión del estatus de
ciudadano nacional.
El estatus de ciudadanía representa una ruptura del principio de igualdad no sólo en la
esfera intraestatal sino allende las fronteras: una suerte de «propiedad heredada» que
garantiza la protección de derechos y libertades y el acceso a bienes y servicios
exclusivos y que, por lo tanto, consagra la perpetuación de desigualdades globales
moralmente injustificables.98 La configuración jurídica de la nacionalidad como
fundamento para el acceso a la ciudadanía nos revela así que el nacimiento y la herencia
siguen vigentes como criterios distributivos básicos. De hecho, la superior efectividad
atribuida al estatus de ciudadanía con respecto al de persona contribuye enormemente a
que se revalorice el estatus de ciudadanía de los países más desarrollados: un bien escaso
del que inmigrantes y refugiados se ven privados en un mundo asimétricamente

193
globalizado y por el que pugnan e incluso pujan (tendencia que se ve reforzada por la
práctica de algunos Estados de poner precio a la adquisición de la nacionalidad para
poder llenar así las arcas públicas).
Las posibilidades reales de movimiento, y en particular de emigrar a otro Estado, se
derivan de la particular nacionalidad / ciudadanía que uno posea (aunque ambos
conceptos sean disociables analíticamente, en la práctica el disfrute pleno de los derechos
de ciudadanía sigue ligado a la previa posesión de la nacionalidad; véase supra, sección 3
del capítulo I). No da lo mismo ser nacional de un país que de otro. En la práctica, el que
un migrante ostente una determinada nacionalidad predetermina su situación jurídico-
política en el país en el que se haya asentado. Así, dicho estatus jurídico, lejos de ser un
principio distributivo universalista, se presenta, pues, como instrumento que legitima
exclusiones selectivas. Cambiar este estado de cosas es una tarea ingente que sólo será
posible si se procede de manera gradual y se sigue una meditada priorización de
objetivos. En general, las políticas migratorias priman la puesta en marcha de
mecanismos de control dirigidos a ordenar los flujos migratorios y controlar su volumen.
Sólo subsidiariamente se atienden las necesidades de integración y equiparación jurídica y
social de los extranjeros ya instalados. Para invertir este orden de prioridades —o al
menos equilibrarlo—, los países de inmigración que buscan la incorporación integral de
sus nuevos habitantes deberían marcarse como primer objetivo articular reglas claras y
relativamente accesibles para su adquisición.
La decisiva distinción entre nacional y extranjero —incorporada al ordenamiento de la
mayoría de los países en un ejercicio de soberanía— puede y debe ser superada en
nombre de los derechos humanos. Si los distintos Estados han acordado libremente
integrar estos derechos en su propio ordenamiento, entonces esa superación de la
discriminación legal no es más que un ejercicio soberano de autolimitación. Apoyándose
en esa decisión soberana, son numerosos los tribunales que corrigen decisiones
gubernamentales o administrativas que transgreden las exigencias de la igualdad. Pese a
lo significativo de ese paso, la equiparación, para que sea real, implica algo más: un
proceso de empoderamiento o habilitación de los inmigrantes cuya culminación sería su
plena incorporación en la sociedad receptora. Sólo superando cabalmente esta asimetría
de poder, que coloca al inmigrante en una situación de vulnerabilidad estructural (cuya
expresión extrema sería la impunidad con la que puede ser tratado), cabría hablar de una
sociedad integrada.99
Con todo, para asegurar que la institución de la ciudadanía pudiera desempeñar
realmente una función inclusiva y servir de vía de entrada en la comunidad política en la
que se reside legalmente, se requeriría que estuviera desvinculada de la pertenencia a una
comunidad nacional y que, por lo tanto, estuviera articulada desde el punto de vista
posnacional o al menos parcialmente desnacionalizado. Una ciudadanía así concebida

194
se fundaría en la pertenencia real a un espacio compartido de interacción social, de la
cual la residencia legal sería un indicio tan revelador como determinante, y no en
cualquier suerte de particularismo étnico-cultural de vinculación a un grupo determinado.
La titularidad de una misma ciudadanía abarcaría entonces a todos aquellos que
comparten dicho espacio y, de este modo, la extensión del demos se adecuaría a la
población efectiva. Se trataría, en definitiva, de redefinir o resignificar en forma inclusiva
la categoría de ciudadanía de modo que quede desligada doctrinal y normativamente de
la nacionalidad (con todo su enorme potencial discriminador) y vinculada funcionalmente
a la residencia legal. Además de sostenerse en buenas razones, de esta tendencia se
pueden constatar ya empíricamente ciertos casos. Como ya se indicó (véase supra,
sección 4 del capítulo II), en esta labor de equiparación de los derechos de los
inmigrantes con los de los nacionales, las normas jurídicas internacionales sobre derechos
humanos han jugado y siguen jugando un papel fundamental, pues marcan las reglas
mínimas por las que han de regirse tanto los Estados como los individuos sometidos a su
jurisdicción. Por un lado, «el Estado se encuentra atrapado en una red más amplia de
derechos y actores que limitan su soberanía en cuanto a las decisiones sobre los
inmigrantes».100 Por otro, los derechos humanos aportan un repertorio normativo que
ampara a los individuos en cualquier lugar donde se encuentren con independencia de la
nacionalidad que ostenten y de la voluntad de los distintos gobiernos. Por eso, más que
en postular una ciudadanía cosmopolita, podría ponerse el acento en una efectiva
extensión de los derechos humanos a todas las personas. Y no faltarían razones para ello,
pues tal como argumenta Ariadna Estévez, dada la tendencia ontológica a la exclusión
contenida en la institución de la ciudadanía, «lo que corresponde no es una
reconceptualización de la ciudadanía, sino una reconceptualización de los derechos
humanos que extienda los ya existentes a los migrantes modernos».101
En todo caso, si los derechos humanos a duras penas sirven de criterio normativo
para las políticas migratorias habitualmente puestas en práctica, la ciudadanía en un
estricto sentido cosmopolita ni siquiera aparece en el horizonte. Aunque en algunos
países y en lo relativo a determinadas materias se observa una cierta equiparación entre
nacionales y residentes extranjeros regularizados, subsisten por doquier disonancias
injustificables entre los derechos atribuidos a unos y otros. E igualmente sangrante —o
más— es la brecha que separa a estos dos grupos de aquel otro que conforman los
migrantes indocumentados: el hecho de estar sin papeles estigmatiza y sitúa a las
personas al margen del sistema social y de las instituciones públicas. El paroxismo de esta
política excluyente sería la reclusión de aquellas personas extranjeras desprovistas de los
permisos administrativos requeridos en centros de internamiento mientras se tramitan los
procesos para su repatriación forzosa, centros en los que los internos son desnudados
prácticamente de todo ropaje jurídico que los ampare al encontrarse sus derechos básicos

195
literalmente en suspenso. Por el contrario, que los inmigrantes indocumentados o en
situación irregular fuesen tratados como titulares de derechos constituiría un signo
palpable de que los derechos humanos son tomados en serio. De momento, sin embargo,
sigue siendo una tarea pendiente extender también a tales personas el universalismo
inherente a los derechos humanos.
Abolir o al menos limitar ciertas prerrogativas asociadas a la idea de soberanía estatal
es una condición imprescindible para configurar una ciudadanía cosmopolita y ubicarse
en el horizonte normativo de una teoría global de la justicia. Para dar este paso se
requeriría, eso sí, de una nueva comprensión de dicha noción, pues, de acuerdo con este
clásico principio de la geopolítica westfaliana, sigue siendo bastante común en las
relaciones internacionales defender que ningún Estado u organismo internacional está
facultado a entrometerse en los asuntos internos de otros Estados y, menos aún, a
inmiscuirse en el modo en que trata en su territorio a sus propios ciudadanos, ya no
digamos a aquellos que no lo son. Sin embargo, ser ciudadano de un determinado Estado
no excluye a nadie de ser miembro del género humano ni de la ciudadanía universal y,
por lo tanto, de poder invocar la protección internacional que le corresponde como titular
de los derechos asociados a tal condición.
El hecho de que se hayan modificado en muchos países las condiciones de estancia
de los migrantes y que estos cambios sean, en ciertos casos, para adaptarse a las
exigencias de los derechos humanos no significa, lamentablemente, que se hayan
transformado también las condiciones de entrada en la misma dirección. Por el
contrario, y como se verá con mayor detalle en el próximo capítulo, en las últimas
décadas ha ido surgiendo un nuevo orden migratorio internacional en el que las
restricciones constituirían la regla y la libertad de circulación de las personas la excepción.
Un orden imposible, por contradictorio, en la medida en que intenta establecer fronteras
a la globalización.
Si los procesos de globalización se nos presentan en su fase actual ante todo como
una superación de las barreras al comercio y a la comunicación en general, apenas se
entienden los argumentos que siguen esgrimiéndose en contra de la apertura o supresión
de las fronteras que impiden la libertad de circulación y asentamiento de las personas.
Desde una perspectiva normativa, tal como se defenderá en el próximo capítulo, resulta
completamente incongruente mantener este emblemático desfase. Pero con
independencia de ello, y aunque no es nada seguro que los gobiernos nacionales estén
tomando debida conciencia, la facticidad de la globalización y la validez universal de los
derechos humanos están posibilitando la emergencia de un nuevo marco discursivo. Un
discurso que ha de verse plasmado no sólo en el ámbito de las políticas estatales, sino
también en la concertación de acciones internacionales sobre materia migratoria.

196
197
198
VI. Una política migratoria
de fronteras abiertas

Si durante mucho tiempo la supresión de las fronteras fue alentada por mentes
habitualmente calificadas de utópicas y marginales, como podían ser los anarquistas,
recientemente la idea se ha visto reavivada e impulsada por respetados promotores de la
globalización neoliberal que, provistos de una ideología ultraliberal o liberal-libertaria,
abogan por la libre circulación no sólo de las mercancías sino, de manera consecuente, de
las personas en un mundo sin barreras. Lo cierto es que en torno a la deseabilidad y
viabilidad de un mundo con fronteras abiertas se ha iniciado una amplia y animada
controversia académica que, como es habitual, ha dado lugar a una prolija bibliografía.
Aunque cabe rastrear observaciones sobre la libre circulación de personas a lo largo de la
historia del pensamiento político-moral, el debate en los términos contemporáneos surge
de la contraposición entre dos posturas nítidamente definidas: por un lado, Michael
Walzer y su escrito de 1983 titulado «La pertenencia», donde se defiende el derecho de
toda comunidad política constituida a controlar el acceso de inmigrantes,1 y, por otro, el
ya clásico artículo de Joseph H. Carens publicado en 1987, «Aliens and Citizens: The
Case for Open Borders», que planteaba la cuestión de la justificabilidad ética de los
criterios de admisión y selección de inmigrantes desde una perspectiva liberal. Es Carens,
no obstante, quien encarna el papel de permanente instigador de la controversia y, de
hecho, desde entonces no ha dejado de argumentar a favor de un mundo con fronteras
abiertas.2
La cuestión en disputa no estriba tanto en la supresión de las fronteras políticas como
en su apertura o no para el tránsito de seres humanos. Por lo general, los argumentos
aducidos a favor de la apertura comparten posiciones de fondo que tienen un reconocible
aire de familia liberal y cosmopolita. En particular, los cosmopolitas igualitaristas tienden
a ver en las fronteras abiertas una forma de responder a las enormes desigualdades
existentes entre países. A favor de estos planteamientos confluyen, además de
perspectivas utilitaristas, también las mencionadas posiciones libertarias, que preconizan
transacciones voluntarias entre las personas (tanto de los nativos como de los
extranjeros) y defienden la libertad de circulación como un componente inseparable de la
libertad civil y económica. En contra, es decir, a favor de mantener las fronteras
cerradas, se arguye —desde posiciones más bien comunitaristas, aunque también desde

199
un nacionalismo de corte liberal— el derecho de autodeterminación de las comunidades
políticas, así como argumentos basados en la preservación de la cultura, la integridad de
la identidad colectiva, el mantenimiento del nivel económico, la seguridad nacional, el
Estado de bienestar e incluso el funcionamiento del sistema político. Unos y otros
argumentos están implícitos a lo largo de este capítulo y, aunque no serán objeto de un
análisis específico, servirán para perfilar una posición propia.
La libertad de circulación a lo largo y ancho del planeta es un derecho básico que le
corresponde a todo ser humano. Dado que privar a alguien de la posibilidad de
desplazarse supone cercenar gravemente su libertad, la carga de la prueba recae en
quienes abogan por suspender o restringir dicho derecho.3 Este presupuesto constituye el
punto de partida del presente capítulo, de modo que se ahorrará espacio en la tarea de
fundamentar dicho derecho en cuanto tal y se incidirá, más bien, en la de poner en
evidencia la amplia difusión de prácticas destinadas a negarlo, a desdibujarlo o a
cuestionar su contenido esencial. No obstante, un segundo objetivo de esta parte final del
libro, y en absoluto lateral, consistirá en mostrar que el reconocimiento generalizado del
ius migrandi como un derecho básico de las personas representa una forma de ordenar
los actuales flujos migratorios preferible —por lo menos desde un enfoque normativo,
aunque también cabría aducir argumentos desde una perspectiva meramente pragmática
o funcional— a las habituales políticas encaminadas a intentar controlar o incluso
bloquear las fronteras. Un mundo de fronteras abiertas no sólo es un modo razonable de
superar la irracionalidad del actual régimen migratorio, sino que es el mejor modo de
estar a la altura de los principios demoliberales más básicos. Se abogará, en
consecuencia, por un mundo en el que la apertura de fronteras sea la regla y no la
excepción.
Con el fin de movilizar diversos argumentos a favor de esta posición, se seguirá una
doble vía: una que aduce el valor absoluto de la libertad de circulación de las personas, y
otra —sobre la que se hará especial hincapié— que remite a una idea de justicia
distributiva que no se detenga en las fronteras de cada Estado soberano, esto es, a una
idea de justicia global. Estas vías no son acumulables, pues, si se atribuye tal valor a
dicha libertad, no tiene sentido admitir, a renglón seguido, que los Estados pueden
conservar la potestad de mantener cerradas las fronteras con tal de que contribuyan
significativamente a aminorar la pobreza en el mundo.4 Este último argumento se puede
hacer valer tan sólo ante aquellos que no aceptan el primero.
En el capítulo anterior se argumentaba que la concepción de la justicia global debería
inspirar e impulsar las políticas migratorias en lo concerniente al acceso a la ciudadanía.
Con el presente se pretende ahondar en ese mismo argumento, darle otra vuelta de tuerca
con el fin de poner bajo la lupa de la justicia global una dimensión tributaria de la noción
moderna de la concepción nacional de la ciudadanía: las fronteras territoriales.

200
Reconociendo que las fronteras están profundamente ancladas en el imaginario colectivo
de las comunidades políticas, lo que viene a continuación es un trabajo crítico de
imaginación política que admite ya de entrada la enorme dificultad de construir
cartografías mentales alternativas.
A lo largo de este capítulo se desarrollarán en cuatro pasos las ideas que se acaban de
apuntar. En primer lugar, se presenta de una manera crítica la paradójica configuración
que desde el derecho internacional se ofrece del derecho a la libre circulación de las
personas (sección 1). A continuación se destaca que, pese a los actuales procesos de
globalización, los movimientos de personas no sólo siguen topándose con las fronteras
políticas tradicionales, sino que incluso, en una demostración de trasnochada soberanía,
éstas han sido potenciadas mediante la erección de nuevos muros (sección 2). Se registra
así una situación de globalización asimétrica, en la que la movilidad humana sigue sujeta
a selectivas restricciones cuyos principales damnificados son precisamente los más
pobres. Ante este panorama, y con el fin de afrontar de manera más integral la cuestión
del control de las fronteras en relación con las migraciones internacionales, se señala la
necesidad de adoptar una mirada cosmopolita (sección 3) y, más específicamente, una
perspectiva de justicia global (sección 4).

201
1. EL DERECHO A LA LIBRE CIRCULACIÓN DE PERSONAS

Hablar del derecho a la libre circulación de las personas en el mundo de hoy es


adentrarse en un campo minado de paradojas, por no decir de flagrantes contradicciones.
De entrada, que el conjunto de la superficie del planeta que habitamos todos fuera
accesible a cualquiera que pretenda desplazarse por ella debería ser algo completamente
normal. Al fin y al cabo, la Tierra entera es —dicho sea esto con el permiso de las otras
especies animales que la habitan— una «posesión común» de la humanidad, una
propiedad que cada generación recibe como herencia inmerecida. Y si la Tierra es un
bien común (y, muy probablemente, el más genuino), el acceso a sus distintas partes ha
de estar garantizado de manera universal.5 De ahí se infiere también una forma de
relacionarse con el territorio que compromete y limita a todos, visitantes y anfitriones:

Al igual que no podemos llegar a otras tierras como si fuéramos propietarios, tampoco podemos pensarnos
como propietarios del territorio que habitamos, debemos estar dispuestos a que lleguen otros a nuestras tierras
y debemos compartir toda la Tierra con toda la especie humana […] Una ciudadanía cosmopolita que nos
haga a todos propietarios de toda la Tierra nos hace también a todos extranjeros en cada uno de los territorios
que han delimitado la geografía y la historia. 6

Es opinión comúnmente aceptada que la ocupación continuada de un determinado


territorio por un grupo humano —un hecho histórico mil veces repetido, ya sea por
medios pacíficos o de manera violenta— genera ciertos derechos de uso, derechos que,
sin embargo, además de estar sujetos a ciertas servidumbres, no pueden negar ni
desvirtuar el derecho más básico de todo individuo a relacionarse con los demás seres
humanos ni tampoco cancelar la obligación de dar acogida a individuos procedentes de
otros lugares. Tanto del derecho a relacionarse como del deber de hospitalidad pueden
encontrarse abundantes antecedentes históricos en diversos contextos culturales. Para
empezar, la hospitalidad constituye una extendida e inmemorial costumbre (legendaria es,
por ejemplo, la practicada por los hombres del desierto) prescrita por numerosas
tradiciones religiosas, incluida la bíblica: «El extranjero que reside con vosotros será
tratado como uno de vuestros compatriotas y lo amarás como a ti mismo, porque
también vosotros fuisteis extranjeros en tierra de Egipto» (Éxodo 22:21 y Levítico
19:33). Hasta el monje, retirado del mundo, está obligado a dar hospitalidad, según la
reputada regla benedictina. El trato cuasisagrado que se ha de otorgar a los extranjeros —
derivado, en parte, de la innegable situación de indefensión en la que se encuentran— fue
subrayado en la Grecia clásica también por algún filósofo, como sería el caso de Platón
(cf. Las Leyes, 729c-730a). Más recientemente, el deber universal de hospitalidad, así
como el correlativo derecho de visita, fue teorizado por Kant (en su opúsculo sobre La

202
paz perpetua, de 1795), quien abogaba por el reconocimiento universal del «derecho de
un extranjero a no ser tratado hostilmente por el hecho de haber llegado al territorio de
otro», un derecho que tendrá vigencia en tanto el extranjero «se comporte
amistosamente en su puesto».7 Por su parte, el denominado ius communicationis ac
societatis —el derecho de recorrer otras regiones de la Tierra y de establecerse en ellas
para así poder entrar en comunicación con los demás seres humanos— fue introducido
en el lenguaje académico por Francisco de Vitoria (en su Relectio de Indis recenter
inventis, de 1539).
Desde este tipo de planteamientos tan sucintamente esbozados cabría derivar como
corolario la afirmación del ius migrandi: el derecho de toda persona no sólo a
desplazarse a lo largo del planeta, sino a mudar su lugar de asentamiento e instalarse
donde juzgue conveniente. Además de condición imprescindible para el disfrute de otras
libertades y poder «desarrollar los propios talentos y realizar las legítimas ambiciones de
cada quien»,8 la posibilidad de decidir dónde vivir es un aspecto fundamental de la
libertad humana. Esta aseveración resulta completamente evidente cuando el destinatario
es uno mismo. Nadie en sus cabales se negaría este elemental derecho. Y aunque
ciertamente la regla de oro, no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti,
no sea una prueba descabellada para juzgar éticamente las políticas migratorias, no se
procede siempre de la misma manera cuando se trata de aplicar ese derecho a los demás.
Entonces valen mil distingos. Un despropósito que a lo largo de los últimos tiempos no ha
hecho sino acentuarse, de modo que la distancia entre la teoría y la práctica acaba
resultando abismal. No hay más que remitirse a las pruebas. La libre circulación de las
personas, así como la libertad de residencia, es un derecho humano básico y, sin
embargo, la forma concreta en que está regulado adolece de un grado tal de asimetría
que raya en el absurdo. Un rasgo visible incluso en el texto normativo más significativo
sobre los derechos humanos, la Declaración Universal de 1948 (DUDH), cuyo artículo 13
proclama: «1. Toda persona tiene derecho a circular libremente y a elegir su residencia en
el territorio de un Estado. 2. Toda persona tiene derecho a salir de cualquier país, incluso
del propio, y a regresar a su país». Por su parte, el artículo 12 del Pacto Internacional de
Derechos Civiles y Políticos, adoptado en 1966, apenas altera la literalidad de este
enunciado normativo.
Dicho crudamente y sin rodeos: «La emigración es un derecho humano, mientras que
la inmigración no lo es».9 Eso es efectivamente lo que se desprende de la legislación
internacional vigente sobre la materia, inspirada en el citado artículo de la DUDH. En ella
se reconoce a toda persona el derecho de abandonar el Estado del que sea nacional, así
como el de retornar a él, pero se guarda, empero, un estrepitoso silencio acerca de la
correlativa obligación de los otros Estados de aceptar su entrada en el territorio de su
propia jurisdicción. Es cierto que en su momento normas de tal tenor representaron un

203
evidente avance frente a las restricciones feudales a las que estaban sometidos los
siervos, que, en el mejor de los casos, estaban obligados a pagar un peaje para poder
salir. Hasta bien entrada la edad contemporánea, la población era considerada por la
mayoría de los gobiernos como uno de sus bienes básicos y era vinculada a la
prosperidad y al poder económico y militar del país, por lo que se mostraban sumamente
renuentes a permitir la salida de sus súbditos. La privación de la condición de nacional y
la confiscación de bienes eran penas habituales si se emigraba sin autorización oficial. Las
regulaciones derivadas de la DUDH representan también, sin duda, una mejora frente a los
severos controles de salida que hasta hace poco mantenían países de corte totalitario,
como los del antiguo bloque soviético, prácticas que, por cierto, aún subsisten en Corea
del Norte. Los regímenes democráticos, por el contrario, tienden a considerar la libertad
de los ciudadanos para abandonar el territorio estatal como un derecho esencial que no
puede ser restringido. El derecho a regresar al territorio del propio país supone asimismo
un avance frente a la práctica del ostracismo, típico recurso punitivo de los regímenes
autoritarios para deshacerse de la disidencia interna. Por otro lado, del artículo 13.1 de la
DUDH, que consagra el derecho a circular por el territorio del propio país, deriva la
interdicción en general de las trabas a las migraciones internas y en particular de aquellos
sistemas que, como el de los reductos raciales (o bantustanes) impulsados por el régimen
de apartheid sudafricano, confinaban a ciertas personas en un pequeño espacio del
territorio estatal.
Conforme a las mencionadas normas internacionales, existe, pues, un derecho de
salida del propio país, pero, en realidad, nada se dice acerca del de entrada en otro, salvo
en los casos de persecución, ya sea política, étnica o religiosa, en los que es de aplicación
el derecho de asilo. Es éste, por cierto, un derecho positivamente tutelado, pero
administrado con frecuencia de manera extremadamente restrictiva por muchos países,
incluso democráticos, que han suscrito convenios —empezando por el artículo 14 de la
DUDH y siguiendo con la Convención y el Protocolo sobre el Estatuto de los Refugiados
(1951 y 1967)— que los vinculan jurídicamente.10
La legislación internacional afirma, es verdad, el derecho a emigrar (que apenas tiene
costes directos para los Estados emisores, pues, pese a la pérdida de capital humano que
supone la salida de algunos de sus connacionales, puede representar incluso un
momentáneo alivio a sus preocupaciones), pero ignora su contrapartida lógica, el derecho
a inmigrar (que sí puede conllevar costes para los Estados receptores en un primer
momento, aunque sean compensables con las contribuciones futuras de sus nuevos
vecinos), de modo que al final se acaba conculcando el primero de esos derechos. Falla,
pues, la clave de bóveda de la construcción: el derecho a inmigrar no está configurado, y
menos aún codificado, de manera vinculante para los potenciales Estados receptores. Se
reconoce un derecho individual, pero no se señalan obligaciones específicas para los

204
posibles destinatarios implicados en su satisfacción.11 Para sus potenciales beneficiarios
no es más que un derecho condicionado por factores externos a su proceder y
circunstancia. Se registra, por lo tanto, un notable desajuste entre el reconocimiento
irrestricto de la libertad emigratoria y el sometimiento fáctico del derecho a inmigrar a la
decisión soberana de los países receptores. No obstante, en estricta lógica jurídica, el
deber de acogida está ya implícito, pues cuando se reconoce un derecho se adquiere
también la obligación de no impedir su realización.12 Pero mientras la lógica y la recta
interpretación discurren por sus cauces, los Estados se desentienden de las obligaciones
contraídas y no dejan de reclamar discrecionalidad absoluta para el control de sus
fronteras. En medio de su viaje, el migrante permanece entonces atrapado de facto en
una zona de paso, en una difusa zona normativa donde sus derechos quedan como
mínimo en suspenso.
La incoherencia como rasgo característico de la regulación internacional del ius
migrandi salta también a la vista cuando se considera el diferente tratamiento que
reciben las migraciones intraestatales y las interestatales. En conformidad con el artículo
13.1 de la DUDH, recién reproducido, así como con el artículo 12.1 del Pacto
Internacional de Derechos Civiles y Políticos («Toda persona que se halle legalmente en
el territorio de un Estado tendrá derecho a circular libremente por él y a escoger
libremente en él su residencia»), la libertad migratoria en el interior de los Estados es
irrestricta, incluso en aquellos con marcada estructura federal y descentralizada. Sin
embargo, ni en tales textos ni en las normas que los desarrollan se explica por qué las
razones esgrimibles a favor del derecho humano a la libertad circulatoria y de
asentamiento dentro de las fronteras nacionales no valen también para sostener un
derecho humano a esa misma libertad con un alcance transfronterizo.13
Las reticencias respecto a una comprensión integral del ius migrandi se formulan
tanto en la esfera del derecho internacional y la praxis política como en el ámbito
académico. También ahí se pone en cuestión que del derecho a emigrar se siga de
manera automática el derecho a instalarse libremente en otro país, y ello a pesar de que
esta última afirmación no sea sino corolario de la primera, o al menos condición material
para la satisfacción del derecho a emigrar. No es extraño encontrarse con filósofos
habitualmente normativistas que en este punto adoptan una posición realista:

No existe un derecho a instalarse de manera duradera en cualquier Estado del mundo, a participar en igualdad
de derechos en su conformación y a disfrutar de los beneficios de su sistema social de protección; dicho
brevemente: no existe un derecho humano a inmigrar. Contra un derecho universal a la inmigración habla ya el
principio ultra posse nemo obligatur; incluso los recursos de un Estado anfitrión generoso pueden llegar a
saltar por los aires. 14

Atender a este tipo de argumentos en el que priman los imperativos funcionales de la

205
política implica prescindir no sólo de las exigencias de tipo moral, sino de aquellas
derivadas de los derechos humanos. Si se dan por válidos principios jurídicos básicos,
como son la igualdad de trato y la no discriminación, la carga de la prueba en este asunto
debe recaer en todo caso sobre quien arguye en favor de limitar la libertad de
movimiento y asentamiento. En la medida en que las restricciones a los movimientos
transfronterizos constituyen limitaciones decisivas de las libertades básicas de las que son
titulares todos los individuos,15 su aplicación no puede ser contemplada como el ejercicio
de una supuesta potestad discrecional de los gobiernos. Como todas las restricciones de
derechos básicos, éstas han de estar regladas y han de ser justificadas expresamente en
cada caso (esto es, ha de mostrarse por qué son justas para todos los involucrados). La
pregunta clave sería, entonces, en qué casos (o bajo qué condiciones) un Estado puede
impedir la entrada o el establecimiento a quienes lo deseen, y no tanto en qué casos una
persona que desee emigrar tiene el derecho de entrar.16 Otra cuestión diferente es que,
desde una perspectiva analítica, pueda distinguirse entre la cuestión relativa a las
condiciones de entrada de inmigrantes y la cuestión relativa al trato jurídico que ha de
dispensarse a los que ya están instalados en el país. En principio, son dos asuntos que
admiten un tratamiento diferenciado. Pueden aducirse, dado el caso, motivos
pragmáticos y coyunturales para justificar restricciones a la entrada de inmigrantes que,
sin embargo, no justifiquen la limitación de derechos de estancia, y viceversa. Algo
similar vale para diferenciar entre los derechos de entrada y los derechos de pertenencia a
una comunidad política, pues mientras al primero cabe poner menos reparos, el segundo
puede ser confrontado con el derecho de toda comunidad política a controlar los criterios
que conforman su identidad.17
Por lo demás, la peregrina idea de que a un individuo se le puede otorgar el derecho a
salir de su país sin reconocerle al mismo tiempo el derecho a entrar en otro únicamente
sería pensable si introducimos en la argumentación un supuesto que pudo resultar
plausible en momentos pretéritos de la historia: me refiero a la presunta existencia de
tierras que no pertenecen a nadie. A esta creencia, cargada de un evidente componente
ideológico, le correspondía un sintagma latino, terra nullius, con el que, por ejemplo,
durante la era de los colonialismos se aludía a aquellos territorios no ocupados o que no
formaban parte de ningún Estado reconocido por la comunidad internacional.18 Ahí,
claro, sí que tendrían derecho a ir, e incluso a establecerse, todos quienes ejercen el
derecho a salir y se encuentran con que ningún Estado los acoge. Sin embargo, esa
opción, en el mundo de hoy, no es más que una absurda entelequia: en este finito planeta
no existe ningún lugar adonde ir que no sea territorio soberano de alguna entidad política.
Pero más allá de la imposibilidad fáctica, y teniendo en cuenta esta estrecha
interconexión existente —tanto desde la perspectiva lógica como pragmática— entre el
derecho a emigrar y el de inmigrar, habría que apurar el examen de todas las posibles

206
opciones derivadas del reconocimiento o no de estos dos derechos. Nombradas de un
modo exhaustivo, éstas serían las opciones que tienen delante los Estados a la hora de
afrontar la movilidad humana internacional:

1. opción autoritaria coherente: rechazar tanto el derecho a emigrar como el derecho


a inmigrar;
2. opción liberal coherente: aceptar tanto el derecho a emigrar como el derecho a
inmigrar;
3. opción autoritaria incoherente: rechazar el derecho a emigrar (en contra de lo
previsto por el derecho internacional de los derechos humanos), pero aceptar el
derecho a inmigrar, y
4. opción liberal incoherente: aceptar el derecho a emigrar (conforme a lo previsto
por el derecho internacional de los derechos humanos), pero rechazar el derecho a
inmigrar.

Las opciones 1 y 3 violarían de una u otra manera lo reconocido por la legislación


internacional vigente y, por lo tanto, serían inaceptables en términos normativos. Por su
parte, las opciones 2 y 4 se situarían dentro de lo previsto por dicha legislación. La
opción 4 se corresponde, de hecho, con el actual estado de cosas en la mayoría de los
Estados demoliberales, un estado de cosas que puede ser descrito en estos paradójicos
términos: «Hay una total libertad de movimiento internacional, excepto que nadie tiene el
derecho de entrar en un Estado del que no es ciudadano».19 La discusión se centraría,
pues, en dirimir si la situación actual, la opción 4, es mejor o no en términos normativos
que la que se abriría si se adoptase la opción 2. Y por «términos normativos» se entiende
aquí no sólo los que derivan del derecho internacional de los derechos humanos, sino de
los principios de justicia global distributiva (y sobre la dilucidación de estos últimos en
relación con la política migratoria versarán precisamente los apartados finales de este
capítulo).
De la dificultad de encajar normativamente la configuración asimétrica del derecho a
migrar —que, como se ha señalado, es la que ha acabado por prevalecer— dan prueba
los muchos y graves interrogantes que plantea. ¿Cómo puede argumentarse, por ejemplo,
que negar a una persona la entrada en un país —sin que medien impedimentos objetivos
como pueden ser la protección de la salud pública u otros similares— no representa una
violación palmaria de los derechos humanos? ¿Puede justificarse en general un régimen
de «inmigración cero»? ¿Puede tratar un Estado a los candidatos a la inmigración como
si fueran seres carentes de derechos? ¿Existe alguna razón compatible con los derechos
humanos que autorice negar el acceso a alguien que huye de la miseria material o que no
puede ni desea seguir viviendo bajo un gobierno tiránico? ¿Puede utilizar un Estado la

207
fuerza contra individuos que penetran en su territorio sin agredir a nadie ni atacar ninguna
propiedad pública o privada? ¿Tiene derecho a deportarlos y penalizar incluso a quienes
les ofrezcan hospitalidad? ¿Tienen potestad los Estados para constreñir la interacción
voluntaria entre personas?
Las migraciones y, en particular, los masivos movimientos forzados de personas
registrados tras la primera Guerra Mundial y, sobre todo, durante la segunda, conforman
un trasfondo de experiencias históricas que desempeñaron un papel relevante en la
elaboración y aprobación de la DUDH, en la medida en que eran experiencias compartidas
con mayor o menor proximidad por todos los actores relevantes del momento.20 Tanto la
libre circulación dentro del propio Estado como la posibilidad de abandonarlo o el
derecho a volver al propio país fueron opciones negadas a millones de personas durante
esos aciagos años, un rechazo que tuvo un elevadísimo coste de vidas humanas. Es
evidente que la DUDH es un documento histórico, tanto en un sentido literal como en uno
crítico. Dado que sus logros y debilidades tienen una lectura histórica, si lo que se
pretende es que no decaiga su vigencia, la interpretación de los derechos de movilidad
(recogidos en los artículos 13 y 14 de la DUDH de 1948) debería ser actualizada y
adaptada al nuevo contexto histórico: «Ambos derechos fueron formulados e
interpretados entonces en el contexto del Holocausto y la Guerra Fría, y hoy tendrían
que ser reinterpretados a la luz de las consecuencias socioeconómicas y ambientales de la
globalización».21 Ése es precisamente el propósito principal de lo que resta del capítulo:
examinar la posibilidad de configurar un escenario de migración sin fronteras o, dicho
con más precisión, «una política de puertas abiertas que entienda la migración como un
elemento más del proceso de globalización y no como un caldo de cultivo para la
violencia y el conflicto»,22 de modo que se posibilite una implementación cabal de las
libertades de circulación y asentamiento.

208
2. GLOBALIZACIÓN ASIMÉTRICA:
MUROS CONTRA LA LIBRE CIRCULACIÓN DE PERSONAS

En la actualidad, ya sea en el ámbito de la producción de bienes, el comercio y las


finanzas o en el de las comunicaciones, los transportes y la información, los procesos
ocurren en un escenario mundial unificado, en el cual se han eliminado la mayoría de las
tradicionales trabas y se han liberalizado los flujos e intercambios. Sin embargo,
observamos la enorme paradoja de que por todas partes se pone cerco a la movilidad de
las personas.23 Todos los factores que intervienen en la producción tienen libertad de
movimientos, menos los trabajadores. Cuando no se cierran a cal y canto las fronteras,
se exigen premiosos y caros visados de entrada o se imponen limitadas cuotas de acceso
(vinculadas, por ejemplo, a la posesión de una determinada nacionalidad o de una precisa
cualificación profesional). En un mundo en el que, por otro lado, los medios de
locomoción resultan mucho más rápidos y seguros que en épocas anteriores y que
además sus costes son considerablemente más reducidos (y, por lo tanto, más accesibles
para un número mayor de personas), por no mencionar la obtención generalizada de
pasaportes incluso en países donde hasta hace poco era casi imposible salir (el caso, por
ejemplo, de los antiguos países comunistas), las políticas migratorias están regidas de
hecho por ordenanzas disuasorias y crecientemente restrictivas para el ingreso y la
movilidad de las personas —de ciertas personas, siempre las más vulnerables y con
menores recursos— a través de las fronteras internacionales. Se asiste, en suma, a una
hipermovilidad, prácticamente sin cortapisas, de los flujos de capital e información, en
coexistencia con una movilidad restringida para los flujos de personas. Es evidente que
«las barreras a la movilidad contradicen las poderosas fuerzas de la globalización que
llevan hacia un mayor intercambio económico y cultural».24 Es aquí donde este mundo
globalizado en tantos aspectos ofrece una de sus caras menos presentables: un mundo
fronterizado, reterritorializado; incluso un mundo por el que campan a sus anchas
sofisticadas estrategias de vigilancia y control.
Las reglas por las que se rigen las migraciones transfronterizas parecen, pues, que son
ajenas a las dinámicas generales que caracterizan nuestro tiempo. En este ámbito, las
políticas vuelven a estar sometidas a la implacable lógica de interés nacional, una
tendencia cuyo origen, en realidad, se remonta al menos al periodo que sobrevino tras la
primera Guerra Mundial (cf. supra, sección 5 del capítulo I). Desde entonces, el mero
hecho de plantear la posibilidad de reconocer la libre circulación de personas —y, con
ella, la paulatina configuración de un mundo con fronteras abiertas— suele ser
considerado un desafío directo a una sacrosanta facultad atribuida tradicionalmente a
dichas entidades soberanas: la de controlar sus fronteras territoriales y reservarse el

209
derecho de admisión. En este sentido, la existencia misma de los Estados territoriales
soberanos representa un hándicap estructural para el libre ejercicio del ius migrandi.
En el tratamiento de esta cuestión se debería empezar por el reconocimiento de lo
más obvio: según la costumbre y el derecho internacional, el acto de migrar no constituye
un delito. Y si esto es así, los Estados deberían abstenerse de desplegar cualquier tipo de
política o legislación orientada a criminalizar la inmigración no expresamente autorizada.
Sin embargo, hacen justo lo contrario. Entre los muchos ejemplos que dan prueba de ese
tipo de práctica, puede aducirse la polémica ley SB1070, promulgada por el estado de
Arizona en 2010 (aunque al poco tiempo su aplicación fuera suspendida por un tribunal
federal), que legalizaba la detención arbitraria de personas «sospechosas» de ser
inmigrantes irregulares en razón de sus rasgos étnicos, y que además convertía en autor
de un crimen estatal de entrada ilícita a cualquier persona que no fuera ciudadano y
accediera sin el pertinente permiso al territorio de los Estados Unidos.25 En la legislación
penal italiana, por señalar otro caso, se ha introducido el «delito de inmigración
clandestina» (Ley 189 / 2002 o Ley Bossi-Fini). Para ilustrar lo dicho, también podría
valer la abundante legislación existente en numerosos Estados europeos —legislación
amparada, además, por una directiva de la Unión Europea (2008 / 115 / CE)— dirigida a
perseguir a los inmigrantes indocumentados (illegal aliens) y que faculta a las
autoridades a recluirlos en centros de internamiento en condiciones paracarcelarias y a
expulsarlos del país con pocos miramientos. Todas estas medidas ejemplifican con
claridad el uso cotidiano del poder coercitivo estatal en la represión de la inmigración
irregular. Aunque estos métodos no son nuevos, su empleo se ha agudizado últimamente,
pues en su auxilio se ha presentado, como coartada perfecta, la extendida obsesión por
la seguridad que, elevada a valor supremo por encima de casi cualquier otra
consideración, domina el espacio y el discurso público desde los atentados del 11 de
septiembre.26 Expresión significativa de esa retórica de la seguridad nacional resultan las
siguientes palabras de Newt Gingrich, ex presidente de la Cámara de Representantes de
los Estados Unidos: «Ningún país serio en la era del terror puede permitirse el lujo de
tener abiertas las fronteras a millones de extranjeros ilegales que cruzan a su antojo».27
Para cerrar las fronteras a las personas no es imprescindible, sin embargo, presentar a
los migrantes como potenciales terroristas. Eso es sólo una excusa sobrevenida, pues las
barreras físicas estaban erigidas desde mucho antes, desde el mismo momento en el que
el control del tránsito de migrantes fue equiparado con la lucha contra el narcotráfico, la
trata de blancas y el contrabando en general. El objetivo no era ya mantener separados
dos mundos con ideologías enfrentadas, como sucedía hasta la caída del Muro de Berlín,
sino impedir el acceso de personas comunes que buscan mejorar su situación. Siguiendo
una dinámica en gran medida autopoiética, son los propios controles los que con
frecuencia crean los grupos a controlar y la necesidad de nuevos controles. Aunque la

210
materia migratoria ya se abordaba desde una perspectiva policial, cuando no
estrictamente militar, a partir del derribo de las Torres Gemelas el gobierno
estadounidense aceleró la construcción de nuevos muros. Erigidos en un intento de frenar
la inmigración ilegal, cubren una parte considerable de los 3 145 kilómetros de la frontera
entre los Estados Unidos y México, la más larga y dramática línea de encuentro entre un
mundo rico y uno pobre.28 Tales barreras, dotadas en muchos de sus trechos de cámaras
y alumbrado de alta intensidad, y equipadas con detectores térmicos y de movimiento, no
impiden, sin embargo, que ambos países mantengan el nexo migratorio bilateral más
importante del mundo. Y aunque no llegan a evitar que cientos de miles de personas
franqueen todos los años la frontera, sus efectos son aterradores por letales. En los 15
años que van de 1998 a 2012 murieron en esa frontera más de seis mil inmigrantes, un
número que multiplica por 22 los fallecidos en el Muro de Berlín en sus 28 años de
historia.
Las barreras antiinmigración no son, sin embargo, un fenómeno privativo de los
Estados Unidos. De hecho, han proliferado por todos los continentes y, según algunas
estimaciones, sumando todas las levantadas a lo largo del planeta alcanzan ya una
longitud total de unos 18 000 kilómetros.29 No tan célebre como la recién nombrada,
pero de una longitud comparable, es la doble hilera de alambradas de unos dos metros y
medio de altura que desde hace década y media erige la India para detener la migración
procedente de Bangladesh y que ya supera los 2 500 kilómetros. Más cortas, pero mucho
más altas y tecnificadas, son las alambradas izadas para resguardar el perímetro terrestre
de las ciudades españolas norteafricanas de Ceuta y Melilla e impedir expresamente el
tránsito migratorio desde Marruecos. Barreras y obstáculos físicos también se levantan
en diversos tramos de la frontera terrestre entre Grecia y Turquía no coincidentes con el
río Evros. En 2015 Hungría izó igualmente un doble muro en sus fronteras con Serbia y
Croacia.
Por su parte, la Unión Europea ha hecho del cierre de fronteras su «doctrina
migratoria» 30 y de la lucha contra la inmigración ilegal su estrategia para llevarla a cabo.
La llamada Fortaleza Europa es mucho más que un socorrido recurso lingüístico para
empleo periodístico: es una realidad tangible planeada con la finalidad de intentar
contener la propagación de la indigencia planetaria,31 una realidad que ha puesto las
condiciones para que, ante las mismas fronteras de la Unión —terrestres o marítimas—,
una infinidad de personas pierdan la vida.32 Concomitante a ello sería también la
tendencia que se observa en esa entidad supranacional a desjudicializar los procesos de
detención y expatriación de los indocumentados, con la consiguiente quiebra de los
derechos de tutela judicial efectiva.
La construcción de muros y la militarización de las fronteras son prácticas cada vez
más frecuentes que, sin embargo, no logran detener el tránsito internacional de personas.

211
No se conoce frontera alguna que sea infranqueable. Ni la policía fronteriza, ni el
ejército, ni la armada, ni los vuelos de observación, ni las cámaras de televisión, ni los
sofisticados sistemas de sensores alcanzan la eficacia requerida en la consecución del
objetivo perseguido. Lo mismo cabe decir de la intensificación y refinamiento de las
medidas de control en los aeropuertos, del desplazamiento preventivo de esos controles a
los lugares de origen o de la generalización de la exigencia de dotarse de pasaportes
biométricos. Ninguna de estas medidas sirve para contener los sueños de la gente e
impedir que las personas entren en un país y, menos aún, para detener a quienes
azuzados por la desesperación quieren salir de su propio país. Además de nutrir todo un
lucrativo negocio del que se beneficia una potente industria de la seguridad generada ad
hoc,33 valen únicamente para agudizar el ingenio a la hora de burlarlas, agravar el riesgo
físico y encarecer el peaje debido a los traficantes.
Con el transcurso del tiempo, los métodos para impedir la entrada de migrantes
indeseados se han ido sofisticando. De momento, el último grito sería la denominada
extraterritorialización del control fronterizo, de la que la Unión Europea se ha
convertido en auténtica especialista.34 Se trata de encomendar a terceros países —por los
que han de transitar los migrantes antes de llegar a su destino— la tarea de cerrar las vías
de comunicación entre países emisores y receptores. Como contrapartida a su ingrata
labor de aduaneros externos, estos países tapones reciben ayudas al desarrollo o se les
concede un estatus privilegiado en las relaciones comerciales. Esta táctica se completa
con la firma de acuerdos bilaterales de readmisión o repatriación con países que a
menudo poseen un historial poco presentable en materia de derechos humanos. Estas
políticas de externalización —no exentas de ciertos tintes neocoloniales— no son sino un
nuevo caso de la ubicuidad de las fronteras. La lógica del cierre de fronteras sigue siendo
la misma aunque las fronteras se hayan desplazado, y esta lógica genera efectos
perversos: por un lado, el exceso de control y vigilancia conduce al aumento de la
clandestinidad, con todo lo que implica de degeneración del Estado de derecho, y, por
otro, provoca tal grado de alarma social que se convierte en una incitación a la xenofobia
y a la discriminación.35 De este modo, el recorte sustancial de derechos está servido y
con ello también el aumento de la vulnerabilidad de los inmigrantes frente a los abusos, la
explotación en el mundo laboral y la discriminación en el acceso a servicios y
prestaciones sociales.
En realidad, y pese a toda la suerte de métodos desplegados, no existen espacios
completamente herméticos con respecto a las migraciones, y ello tiene su correlato en las
políticas seguidas: «En la actualidad no es exacto hablar de cierre fronterizo o de políticas
de inmigración cero, sino de una regulación estricta y condicionada […] Las fronteras se
transforman, por tanto, en límites poco porosos y fuertemente simbólicos entre los
Estados que reciben y los que envían población».36 Se trata, más bien, de un cierre

212
selectivo en función del tipo de persona que pretenda acceder al territorio estatal, forma
de proceder que responde a una extraña comprensión de los flujos migratorios: como si
los movimientos de personas obedecieran fundamentalmente a una dinámica unilateral
procedente del exterior. Se desdeña aquella dimensión multilocal del fenómeno que lo
dota con frecuencia de un marcado sesgo transnacional y, en consecuencia, lo conecta
con demandas y necesidades de los países receptores. A esa misma incomprensión, unida
a una renacionalización del discurso político no exenta de una cierta obsesión identitaria,
responde también la imposición de cláusulas de prioridad nacional a la hora de regular el
acceso de trabajadores inmigrantes (cláusulas que prescriben, por ejemplo, que sólo se
tendrán en cuenta las solicitudes de los no nacionales cuando todos los nacionales
dispongan de trabajo o al menos no lo demanden).
Los muros, los fosos y demás costosos intentos de impermeabilizar las fronteras
escenifican una patente voluntad de excluir del bienestar a los más desfavorecidos del
planeta. Las fronteras representan, de hecho, uno de los mecanismos más potentes en la
reproducción de la desigualdad a escala global.37 No por casualidad, las barreras suelen
erigirse en las fronteras más desiguales del mundo en materia económica, como la que
separa Ceuta y Melilla de Marruecos o la ya mencionada frontera entre los Estados
Unidos y México.38 Su mantenimiento implica apostar por modelos de exclusión y
contención que han demostrado ser tan ineficaces como injustos. El bloqueo de las
fronteras no es ya sólo una tarea policialmente imposible, sino que cada vez resultará
más inadmisible desde las perspectivas social y política, dados los enormes costes
materiales y, sobre todo, en valores humanos que conlleva. Estas trabas a la movilidad
humana resultan además inapropiadas para alcanzar el objetivo perseguido, pues la
inanidad de tantas políticas de firmeza resulta más que evidente: «La persistencia de la
inmigración clandestina, la prosecución del reagrupamiento familiar y el mantenimiento
de un colectivo de inmigrantes de gran movilidad sugieren una gran autonomía de los
flujos respecto a las políticas disuasivas de control fronterizo».39
En todo lo que concierne a la libertad de circulación y residencia, los Estados se
siguen negando obstinadamente a ceder la más mínima parcela de su soberanía, y ello
pese a que los muros no hacen sino erosionar la misma soberanía estatal que pretenden
apuntalar.40 En un mundo crecientemente globalizado, el empeño de los Estados por
planificar, orientar y regular los flujos migratorios tiene una eficacia limitada y puede ser
valorado como un vano e intempestivo intento de renacionalización de sus políticas. Es
cierto que esta consideración no cancela por sí misma el derecho que toda comunidad
política legítimamente constituida pueda invocar para definir sus propios contornos y su
composición interna y, por lo tanto, para controlar la inmigración. La facultad para
establecer las condiciones de inclusión y exclusión estaría precisamente en la raíz de la
muy democrática noción de autodeterminación.41 De ahí, sin embargo, no se sigue que

213
tal derecho sea absoluto y, menos aún, que no puedan cuestionarse las formas concretas
en que se lleva a cabo. En realidad, como sabemos, ningún derecho es absoluto y el
sentido de la justicia incorporado en las instituciones y en la legislación de cada Estado
supone, en cualquier caso, un límite irrebasable a su ejercicio: nuestro sentido de «la
justicia», como nos recuerda Carens, «impone importantes constricciones morales sobre
cómo ha de ejercerse tal control».42 Como se analizará en la sección siguiente, los
Estados deben respetar además sus obligaciones internacionales —pacta sunt servanda—
y proteger los derechos humanos: no sólo los de sus ciudadanos, sino los de todas las
personas, sean migrantes, desplazadas, refugiadas o solicitantes de asilo.
Unas fronteras cerradas no pueden ser la única respuesta que los países más
favorecidos del planeta ofrezcan a tantos millones de personas que, en travesías inciertas
a lo largo de desiertos y mares, arriesgan todo, incluida la vida, porque corren mayor
peligro si permanecen en sus países de origen, desgarradas por hambrunas letales o
sangrientos conflictos. Cabe pensar, sin duda, en otras soluciones que remuevan las
condiciones estructurales que perpetúan las desigualdades globales, pero «mientras
perduren Estados desestructurados y no exista una estructura institucional distributiva
global que sea adecuada y efectiva, los Estados no pueden rehuir sus obligaciones
respecto de los desplazados».43

214
3. MOVILIDAD HUMANA, COSMOPOLITISMO Y JUSTICIA

En su conjunto, las políticas migratorias puestas en marcha en las últimas décadas por la
mayoría de los países receptores conducen a una secuencia perversa de hechos
concatenados que tienen como punto de arranque el cuestionamiento generalizado de la
libertad de circulación y residencia, un cuestionamiento que justifica el endurecimiento de
los controles fronterizos de los flujos de personas y que finalmente conlleva el
incremento exponencial de irregularidad migratoria y, lo que es más grave aún, un
intolerable aumento de vidas perdidas. Aunque pudiera pensarse que esa situación resulta
de utilidad para el mantenimiento de un abundante contingente laboral de reserva,
siempre disponible para cubrir las necesidades de la economía (ya sea formal o
sumergida) y postergar el escenario del pleno empleo que pudiera poner en riesgo la tasa
de beneficios, en realidad representa, sobre todo, la perpetuación de una estratificación
social que propicia una situación estructural de violación de los derechos humanos muy
poco acorde con los presupuestos normativos mínimos de una sociedad bien ordenada
(cf. supra, sección 1 del capítulo V). Dicho de otro modo, la política migratoria de
numerosos países receptores, inspirada en una filosofía profundamente controladora e
incluso criminalizadora de la inmigración no deseada, genera efectos colaterales muy
graves en cuanto a justicia social. Para superar esta situación incompatible con estándares
mínimos de equidad y romper con esa espiral endiablada, se precisa cambiar de enfoque
y adoptar una nueva estrategia. Aunque no sea más que como un esbozo, a continuación
se presentarán algunos de sus lineamientos básicos.
Mientras que para incrementar y regular los intercambios económicos se han dado
pasos relevantes en las últimas dos décadas, sorprende que apenas se haya hecho algo
significativo para gobernar las migraciones internacionales (cf. supra, sección 3 del
capítulo V). Esta negligencia no es casual, sino que obedece a la convicción de
numerosos Estados de que todo lo que atañe a la gestión de los asuntos migratorios es
tema de su exclusiva competencia, aunque entren en juego derechos humanos básicos.
Sin embargo, también en materia migratoria la soberanía estatal está limitada por dichos
derechos:

En circunstancias extremas, la denegación del derecho de inmigración puede constituir una falta de respecto a
los derechos humanos o al deber universal de rescatar a personas necesitadas […] Los derechos y deberes
más básicos son universales y no dependientes de relaciones institucionales específicas entre las personas. 44

Cuestión diferente —y no menor— es determinar cuáles serían las situaciones


concretas de necesidad ante las que los Estados soberanos deberían plegarse. En todo

215
caso, el alcance auténticamente planetario adquirido por los flujos migratorios y la
diversidad de agentes implicados en ellos merman enormemente la eficacia de las
políticas estatales e imponen, como en tantos otros retos de nuestro tiempo, la adopción
de un enfoque multilateral para abordar más integralmente los procesos desencadenados
por tales flujos. Desde hace ya un tiempo se ha ido afianzando entre muchos cultivadores
de las ciencias sociales y la filosofía política y moral la certeza de que no sólo es
oportuno sino obligado ampliar el punto de vista desde donde examinar las cuestiones
sociales en su complejidad y multiplicidad. Se ha tomado conciencia de que todos
habitamos un solo mundo y que, por lo tanto, una perspectiva meramente estadocéntrica
resulta inadecuada para abordar los complejos problemas que menudean en él. Esto
también vale para los conflictos y problemas inducidos por las migraciones: si los Estados
buscan soluciones por separado, encallarán dentro de su reducido marco de actuación.45
En este orden de cosas, una condición previa para poder ampliar la escala de análisis
y adoptar además una concepción global de la justicia es abandonar el «nacionalismo
metodológico» (cf. supra, p. 248, nota 25) y avanzar hacia un enfoque más global que
no distorsione el enmarque de los problemas y, en particular, el examen de los procesos
de producción de injusticias. Una suerte de «cosmopolitismo metodológico» —que
evalúe los procesos sociales en relación con los derechos, recursos y oportunidades
ganados por los individuos con independencia de cuál sea su origen o adscripción
nacional— aparece como una perspectiva cognitiva, a la vez que estratégica, más
ajustada a las necesidades de análisis de una nueva realidad histórica y social, apta, pues,
para un mundo —que es cada vez más el nuestro— en el que los individuos «comparten
y son conscientes de compartir, directa o indirectamente, un mismo entorno natural
finito».46 Este mundo se ha convertido de hecho en una unidad global de intercambio.
En un marco global, donde se hacen presentes cada vez con más fuerza problemas
sistémicos de alcance planetario, se requiere que todos los Estados pongan en común
recursos, tecnología, servicios de información y también su autoridad, esto es, se precisa
una respuesta necesariamente multilateral y coordinada, que haga también posible
«reestructurar radicalmente el sistema económico mundial» de acuerdo con las
obligaciones de justicia.47 Una reordenación que no puede quedarse en cambios
cosméticos ni en apelaciones retóricas, sino que debe ser estructural.
Una de las primeras implicaciones de la idea de justicia es la exigencia de poner punto
final a las situaciones de injusticia activa, así como la de compensar a los perjudicados
por el mal que se les haya causado (deberes de reparación). Con todo, el potencial
crítico-normativo del valor de justicia no se circunscribe a aquellas situaciones causadas
por agentes particulares. Objeto de compensación serían también todas aquellas
injusticias y desigualdades propiciadas no por apuestas deliberadas o por
comportamientos culpables de los agentes individuales, sino por circunstancias azarosas

216
(azarosas al menos desde la perspectiva de los perjudicados, en la medida en que sobre
ellas no poseen control alguno) en las que el componente estructural es decisivo.48 Se
amplía así la noción de responsabilidad ante las desigualdades globales, de tal manera que
su peso recae no sólo sobre sus beneficiarios directos, sino sobre quienes contribuyen a
la creación y el funcionamiento del conjunto de normas, instituciones y prácticas que
conforman el orden jurídico-económico global que ampara y reproduce tales
desigualdades.
Y esta extensión de la justicia social contiene implicaciones patentes en el ámbito
migratorio: detrás de muchos desplazamientos humanos se encuentran situaciones de
injusticia sistémica o estructural que contribuyen a agravar aún más la suerte de los
más desprovistos del planeta, una modalidad bastante frecuente de injusticia que no
debería quedar sin alguna suerte de reparación compensatoria.49 Es indiferente a este
respecto que tales injusticias sean resultado de una explícita voluntad de dañar o de la
desidia o del desinterés que mantiene incólume ciertos procesos y estructuras; lo
relevante es si finalmente provocan que «las opciones de algunos sean injustamente
obstaculizadas y sufran la amenaza de privaciones, mientras que otros obtienen
beneficios significativos».50 En uno u otro caso, los injustamente beneficiados han de
cumplir con sus deberes de reparación, unos deberes que tienen al menos una doble
vertiente: en primer lugar, compensar a los injustamente perjudicados y, en segundo lugar
y no menos importante, rediseñar el orden jurídico-económico internacional para que no
siga provocando tales daños. Pero ¿cómo enfrentarse a las consecuencias negativas de la
desigual distribución de la riqueza global? O dicho de manera algo más concreta, ¿cómo
asignar los costes de mitigación de tales efectos?
En un mundo con flagrantes desigualdades, los países más prósperos que se
benefician de ese estado de cosas están obligados a contribuir a la redistribución de la
riqueza. No se trata de una mera responsabilidad moral, sino de una responsabilidad legal
internacional derivada de la asunción integral de los derechos humanos (artículos 22 y
25.1 de la DUDH). La responsabilidad de actuar cuando un gobierno fracasa en su misión
de satisfacer las necesidades básicas de subsistencia se imputa de manera genérica a la
comunidad internacional y de manera más singular a cada uno de los Estados que la
componen (cf. supra, sección 4 del capítulo V). El modo de atender esa responsabilidad
no está, sin embargo, prescrito de antemano.51 En el plano interno, los gobiernos suelen
poner en marcha distintas medidas para alcanzar una mayor equidad distributiva y tratar
de superar las desventajas más directas que padecen algunos, ya sea mediante
transferencias (protección del desempleo, pensiones, etc.) o mediante servicios sociales
subvencionados (educación, salud, etc.). Globalmente, podrían barajarse distintas
opciones distributivas en analogía con tales medidas:

217
La ayuda internacional equivale al mecanismo de transferencia fiscal redistributiva y tiene el potencial de
generar un cambio dinámico, por ejemplo, mediante inversiones en salud, educación e infraestructura. De
igual modo, las prácticas del comercio internacional pueden abrir (o cerrar) oportunidades a los países pobres
y sus ciudadanos para conseguir una parte más grande de la tarta económica. 52

Dejar la satisfacción de los deberes de justicia en manos de una ayuda voluntaria y


coyuntural parece bastante insuficiente. La justicia «exige algo más que la asistencia
meramente humanitaria a quienes se encuentran en un estado de necesidad
apremiante».53 La contribución a un sistema de transferencias internacionales
compensatorias (una suerte de pago de impuestos globales —y a este respecto no habría
que tirar en saco roto los sesudos estudios realizados para el establecimiento de un
impuesto a las transacciones financieras, también conocido como tasa Tobin, un
proyecto que ha logrado recabar ya el apoyo de relevantes instituciones internacionales
—) sería entonces una opción, pero no la única ni tampoco siempre la más eficaz. Una
profunda reforma de las reglas comerciales vigentes que otorgue ventajas tangibles a los
países más desfavorecidos sería otra posibilidad. Además de estas dos (o de otras
similares), en el capítulo de las posibles medidas compensatorias de las desigualdades
globales existe una que habría que considerar seriamente. Se trataría de arbitrar una
política de fronteras abiertas que, además de constituir un modo de poner en práctica el
derecho humano a la libre circulación, desempeñaría esa función compensatoria. Una de
las primeras formulaciones de esta propuesta se la debemos a un reconocido filósofo de
la lógica, Michael Dummett, quien mantiene que «mientras persista el inmenso contraste
entre naciones ricas y pobres, la justicia, que exige que las ricas lo corrijan tan rápida y
completamente como les sea posible, también exige que éstas no alcen o refuercen sus
barreras contra la entrada de gente procedente de terceros países».54 Mediante la
flexibilización de las restricciones inmigratorias en los países ricos —sobre todo, con la
apertura de más canales para la inmigración— se buscaría garantizar de manera efectiva
los derechos de subsistencia de los habitantes de los países más desfavorecidos.

218
4. FRONTERAS ABIERTAS Y JUSTICIA GLOBAL

Desde esta mirada amplia, de alcance planetario, algunos teóricos de la justicia global se
han posicionado a favor de la apertura de las fronteras (o al menos de una política
migratoria de fronteras permeables), que no es lo mismo que un mundo sin fronteras.
Los debates contemporáneos versan de hecho más bien sobre la primera que sobre la
segunda opción, considerada demasiado radical y extemporánea.55 Los argumentos
empleados reproducen en gran parte aquellos que habitualmente se proponen a favor de
la justicia social o distributiva. Se arguye así que si la igualdad de oportunidades es un
principio básico de la justicia, limitar la opción de migrar supone «una discriminación
inaceptable en función del lugar de nacimiento o de la ciudadanía».56 En este mismo
sentido, se señala que confinar a los individuos en determinados espacios y restringir el
acceso a los recursos disponibles en otros países cercena gravemente la libertad al limitar
las oportunidades básicas necesarias para llevar una vida digna.57 Se incide además en
que, desde la perspectiva de la justicia distributiva, las restricciones de las migraciones
hacia los países ricos constituyen una forma ilegítima de intentar respaldar una
participación desigual en los finitos recursos del planeta. Sólo desde una «exaltación
desmesurada de lo nacional frente a lo extranjero» (que es precisamente lo que
caracterizaría al chovinismo, según el diccionario de la RAE), la restricción del acceso de
los extranjeros puede entenderse como un mecanismo legítimo de reservar los recursos
de un país en beneficio exclusivo de los propios ciudadanos. Con razón, esta resistencia
que las sociedades más desarrolladas presentan a la hora de compartir sus derechos y
servicios sociales con los migrantes procedentes de los países pobres ha sido censurada
como expresión de un insolidario «chovinismo del bienestar».58 Frente a esa situación,
una alternativa sería la aplicación de algún sistema de gobernanza económica global. En
ese nuevo entorno normativo-institucional, la libre circulación de personas podría
representar un factor impulsor de la redistribución global:

Si estas competencias [de redistribución] se transfirieran a un Estado mundial, la movilidad transnacional


podría favorecer la asignación óptima de los factores de producción sin inmunizarlos contra las extracciones
fiscales y, desde ese momento, aumentaría sin ambigüedad el potencial de mejora de la suerte de los más
desprovistos del planeta. 59

Aunque un Estado mundial no es estrictamente necesario para una gobernanza global


y puede ser sustituido ventajosamente por un orden cosmopolita en el que los principales
actores fueran instituciones multilaterales o alianzas continentales,60 el alcance del
razonamiento de estos dos autores podría ser ampliado y aducirse que una de las formas

219
más sensatas de introducir racionalidad en los flujos migratorios sería precisamente
apostar por la regulación del mercado mundial de capitales y por un reparto de la riqueza
planetaria menos desigual. De un modo u otro, se trataría de globalizar el bienestar y las
oportunidades, de repartir mejor el poder, la riqueza, el acceso a la cultura, las cargas
medioambientales, etc. Y de esta manera se adentraría uno en el quid de la cuestión: «El
problema no es la inmigración en sí misma, sino las condiciones de desigualdad bajo las
cuales la mayoría de las migraciones norte-sur tienen lugar. Éstas llevan a la
marginalización y explotación de muchos inmigrantes».61
Difícilmente cabe determinar si una sociedad es justa sin evaluar los criterios por los
que se regula la pertenencia a ella, así como los criterios que permiten el acceso, la
movilidad y la permanencia de las personas en su territorio. Son cuestiones ineludibles
para una teoría de la justicia, tan ineludibles como el hecho de que el control migratorio
que ejercen los Estados «juega un papel central en el mantenimiento de injustas
desigualdades globales y en la injusta limitación de la libertad humana».62 En este orden
de ideas, y siguiendo el mismo esquema conceptual de Rawls, aunque no su letra, bien
podría pensarse que, sin saber dónde uno va a nacer y cuál es la nacionalidad de la que
va a ser titular, nadie en sus cabales propondría una estructura básica global que hiciese
depender el disfrute de derechos y bienes básicos de la previa posesión de una
determinada nacionalidad. O, dicho de un modo algo más preciso, sin saber dónde han
de nacer, las distintas partes presentes en la posición original —aquel experimento
mental que vertebra por entero la teoría rawlsiana de la justicia— querrán cerciorarse de
que ningún sistema de fronteras territoriales legitimará disparidades sustantivas que
impidan el acceso a recursos y oportunidades necesarias para llevar una vida digna y
reconocerán la libertad de movimientos como un derecho universal. Sería, sin duda, el
modo más sensato de domesticar el azar y evitar caer situado en el peor de los escenarios
posibles: que a uno le toque nacer en un país sin recursos y carecer además de derechos
que le permitan salir de él y acceder a otro. Y si, pese a todo, en ese acuerdo inicial se
diese por bueno un mundo organizado mediante fronteras, las distintas partes
estipularían, al menos, que los países ricos que se negaran a compartir su riqueza
perderían la potestad de vedar la entrada en sus territorios.63
Siguiendo esta misma línea argumental, en un contexto en el que la brecha entre los
niveles de riqueza de los diferentes países es descomunal, además de creciente, los
Estados nacionales más ricos (o relativamente más prósperos) estarían legitimados a
seguir manteniendo la facultad de controlar la admisión de extranjeros en su territorio
sólo si satisfacen determinadas condiciones y, en concreto, si eliminan sus barreras al
comercio frente a los países más desfavorecidos, si modifican las instituciones
económicas internacionales existentes o si intervienen mediante alguna suerte de
impuesto redistributivo en una participación más justa de los recursos planetarios; esto

220
es, sólo si contribuyen significativamente y en la medida de sus posibilidades al
establecimiento global de la justicia distributiva. A favor de esta postura puede esgrimirse
un argumento que actualiza ciertas ideas de Hugo Grocio e Immanuel Kant. La Tierra,
nuestro planeta, es originariamente una «posesión común» de todos los que integramos la
humanidad, y esta condición —que no cuestiona, sin embargo, los derechos privados de
usufructo— impone restricciones a su uso, entre las que se encontraría, como han
propuesto Blake y Risse,64 que los Estados que infrautilizan, aunque sólo sea en términos
relativos, sus tierras y demás recursos naturales tienen el deber de admitir que los
inmigrantes procedentes de los países con población que no puede satisfacer sus
necesidades básicas se instalen en su territorio, o bien de compensarlos por negarles el
acceso.65 Lo que estos autores plantean es, en el fondo, que los países no tienen una
discrecionalidad ilimitada o incondicional en sus políticas de admisión de inmigrantes,
sino que en este terreno tienen bastantes más deberes que los que convencionalmente se
admiten. Las regulaciones que se establezcan han de incluir en cualquier caso las
garantías necesarias para respetar el estatus de copropietario originario atribuido a
cualquier ser humano.
Este planteamiento de la cuestión migratoria inspirado en una idea de justicia
distributiva global es en cierta medida afín al acento en la reparación postulado por la
teoría poscolonial.66 El objetivo de una distribución equitativa de la riqueza a escala
global no es en absoluto incompatible con el afán de compensar los daños y las
condiciones de dependencia y subordinación económica causados por el pasado colonial.
Ambas perspectivas defienden la obligación de resarcir los perjuicios injustamente
infligidos por el colonialismo, cuyo nefasto legado ha dado lugar en ocasiones a la
emergencia de Estados fallidos (failed States), causados en gran medida por el modo en
que muchos de ellos fueron diseñados territorialmente desde lejanas metrópolis sin tener
en cuenta las identidades forjadas a lo largo de siglos. Estos países son precisamente los
que nutren los principales flujos migratorios contemporáneos, de modo que no es difícil
reconocer en muchos desplazamientos la presencia de los descendientes de los viejos
colonizados, que llegan ahora como inmigrantes en condiciones tales que con frecuencia
vulneran sus derechos humanos.
Existen ciertamente distintos modos de atender la responsabilidad general de aliviar la
pobreza en el mundo y aminorar las desigualdades globales, pero es obligatorio elegir
alguno, con la salvaguarda de que, sea cual fuera la opción adoptada, los Estados ricos
han de dejar a los demás participar en el reparto del pastel común. En materia migratoria,
la consecuencia práctica que se extrae de ahí no es nada baladí: no sería obligatorio abrir
las fronteras, pero el rechazo de esta opción no sería sin coste. Los Estados podrían
ejercer un cierto grado de discrecionalidad en lo relativo al cierre de las fronteras (uno de
los pocos ámbitos en el que aún conservan de facto un cierto remanente de su ajada

221
soberanía), pero su margen de acción se reduciría mucho y estaría sujeto a condiciones,
ya que se verían obligados a ofrecer soluciones alternativas. Para decirlo más
gráficamente, «el control de las fronteras se compra con la billetera».67 En este sentido,
un planteamiento respetuoso con la obligaciones de justicia, a la vez que con la
autodeterminación estatal, sería, por poner un ejemplo práctico, aquel en que los
Estados, sobre todo los más prósperos, tuvieran que optar entre mantener sus fronteras
abiertas a los flujos migratorios y transferir una suerte de tasa que iría a una caja global
dedicada a compensar a los países más pobres del planeta.
Siguiendo el ejemplo de la liberalización del comercio y la inversión llevada a cabo
por la Organización Mundial del Comercio, la liberalización de los flujos migratorios
tendría que ser fruto de un proceso multilateral. Por lo demás, tendría que establecerse
como preceptivo —tal como sucede en dicha organización— el principio de no
discriminación, de manera que si éste se transgrede también sería motivo suficiente para
pagar una multa. De este modo, el mero hecho de plantear el reconocimiento del derecho
universal a la migración y la consiguiente exigencia de apertura de fronteras supondría ya
de por sí insertar una perspectiva revolucionaria en las relaciones internacionales, pues la
necesidad de darle satisfacción —aun dando un margen para optar por otras medidas—
provocaría que los países más ricos tuvieran que esforzarse de verdad para reducir las
asombrosas desigualdades que desgarran nuestro mundo.68
La lucha contra la pobreza en el mundo puede realizarse, por lo tanto, de distintos
modos. Cabe, no obstante, no sólo cuestionar la idea de que las migraciones desde los
países pobres hacia los más ricos posibilitan un acceso más equitativo a los recursos
finitos del planeta, sino incluso pensar que la transferencia internacional de recursos para
luchar contra la pobreza global es mucho más eficiente que la acogida de migrantes en los
Estados ricos.69 Aun en ese caso, es difícil negar que una posible apertura de fronteras a
los flujos migratorios supone un alivio a la gran pobreza que aqueja a la población de
tantos países: no una solución radical, pero sí una respuesta parcial. Dejando ahora
aparte la consideración normativa —en absoluto banal— de que la capacidad de decidir
dónde se quiere vivir es un elemento constitutivo e innegociable de la libertad humana,
las migraciones poseen un enorme valor instrumental en cuanto que representan una
oportunidad para mejorar el desarrollo no sólo de quienes las protagonizan en propia
persona, sino de los diversos países involucrados, tanto de origen como de destino. Si
desde una perspectiva estrictamente económica se asocian razones de eficiencia para
justificar la liberalización de los intercambios comerciales, pueden aducirse razones
similares también a favor de la movilidad humana y, en particular, de la laboral. De este
modo el mundo mejoraría en sus niveles de redistribución y, por lo tanto, de equidad. Y
ello no es una mera suposición bienintencionada:

La evidencia empírica disponible demuestra que tanto en la primera ola migratoria como en esta segunda los

222
flujos migratorios han ayudado a reducir la desigualdad en el mundo, a mejorar las rentas en los países de
origen y a mejorar la mayoría de las rentas en los países de destino […] Es decir, la emigración ha probado
ser, sin duda, el flujo más eficiente para mejorar la distribución de renta en el mundo. 70

El esfuerzo migratorio muy probablemente sea el que más réditos ofrezca a los
individuos en la aventura de la movilidad social, muy por encima de los procesos de
movilidad social ascendente a través de la educación, el trabajo o los cambios en el
modelo redistributivo y en el acceso a los bienes públicos.71 Si se tiene en cuenta esto, no
se puede sino llegar a la conclusión de que las trabas a la movilidad que se imponen a
estos trabajadores violan gravemente el principio de equidad a escala global. En un
mundo en el que no se diera la pobreza extrema muy probablemente disminuiría
drásticamente la intensidad de los flujos migratorios. Pero éste no es el caso, y no se les
puede pedir a los potenciales migrantes que se queden a esperar los resultados de una
convergencia de los niveles de bienestar global, una convergencia posible pero de
resultado incierto. Cualquier medio que, sin lesionar derechos vitales de terceros, sirva
para atenuar los graves niveles de pobreza en el mundo ha de ser aplaudido e incluso
apoyado con base en razones no sólo morales sino pragmáticas. Sin desdeñar las
penalidades que los desplazamientos suponen tanto para quienes los realizan como para
sus familiares, las migraciones redundan en el desarrollo de las partes implicadas, pues
ofrecen a quienes las protagonizan la oportunidad de recibir una mejor remuneración por
su trabajo y de desplegar sus propias capacidades, así como de enviar dinero al país de
origen, mientras que amplían y diversifican la fuerza laboral y el capital social en los
países receptores.72
Un balance completo de una política migratoria de fronteras abiertas (o, en su caso,
de fronteras cerradas) debe tener en cuenta a todos los posibles afectados por su
aplicación. Y entre éstos, además de las personas que quieren emigrar y las que residen
en los países receptores, se encuentran también aquellos ciudadanos de los países de
origen que no emigran.73 En este sentido, no se pueden minimizar los posibles
quebrantos que para estos últimos conlleva la emigración de algunos de sus
conciudadanos más cualificados, la mal llamada «fuga de cerebros» (brain drain), como
sería el caso, por ejemplo, del desplazamiento de personal sanitario cualificado, un sector
de vital importancia y escasamente presente en los países menos desarrollados.74 De ahí
que quepa examinar la posibilidad de imponer restricciones o contrapartidas a la salida de
personas cualificadas de dichos países, como requerir algún tipo de tasa —bien al Estado
receptor, bien a los propios emigrantes— para compensar a los habitantes de los países
emisores.75 Los países ricos, sin embargo, no deberían emplear este argumento para
limitar la migración en general. Una restricción general dictada por un país rico sólo
podría ser considerada legítima —y no una mera expresión de insolidaridad— si

223
previamente dicho país ha puesto en marcha medidas eficaces para ayudar a los más
desaventajados en los países pobres.
No son pocas, pues, las ideas preconcebidas que no están sujetas a contraste
empírico, como es el caso de la afirmación de que la apertura de fronteras equivale a
legitimar una forma de invasión, por muy pacífica que sea, o a alentar una afluencia
ingente de migrantes que torne inviable la sostenibilidad de los países receptores y, en
particular, de sus sistemas de protección social, puestos en marcha gracias a las
esforzadas contribuciones de varias generaciones de ciudadanos.76 Se olvida con
frecuencia que migrar no es una opción sencilla y que implica, además de fatigosos
esfuerzos, múltiples desgarros existenciales, que no se suelen afrontar si no se tienen
poderosas razones.77 La tendencia de las personas es, más bien, a vivir en su propio
país, donde tienen a su familia y conocen el idioma y las costumbres, de modo que hay
motivos para sostener que las migraciones seguirán siendo como hasta ahora un
fenómeno relativamente minoritario (que en el año 2012, como ya se ha indicado,
afectaba a 3.15% de la población mundial).78
Por otro lado, la presunta imposibilidad práctica de mantener simultáneamente una
política de fronteras abiertas y un Estado de bienestar extenso se basa en superficiales
cálculos que no tienen en cuenta la contribución económica neta de la población
inmigrante.79 Se suele pasar por alto que, a diferencia de los nacionales que se benefician
de los bienes públicos desde el nacimiento y, por ende, mucho antes de participar en la
producción, una parte muy importante de los migrantes se instalan en el país de acogida
en edades plenamente productivas y habiendo superado ya los procesos de formación, de
modo que en términos generales contribuyen a lo largo de su vida en una mayor
proporción que los nacionales a la generación de bienes públicos. Esos cálculos
formulados de manera preventiva ignoran, además, la necesidad reconocida por
numerosos países desarrollados de compensar mediante la incorporación de nuevos
trabajadores inmigrantes el creciente déficit de sus sistemas de pensiones, generado por la
concurrencia de una baja tasa de natalidad y una alargada esperanza de vida. Aparte de
las consideraciones económicas, hay motivos también para pensar que la apertura de
fronteras, al propiciar el tránsito legal y aminorar la proliferación de situaciones de
irregularidad, favorece una mejor integración social. Si esto es así, el avance en el respeto
de los derechos humanos sería considerable.
En muchos casos, no en todos ciertamente, la transgresión de las fronteras puede
interpretarse como un síntoma de un mal pandémico llamado pobreza e injusticia global.
Difícilmente se puede pretender controlar los movimientos migratorios internacionales sin
poner en marcha medidas sustantivas que equilibren la distribución de la riqueza y
posibiliten la participación igualitaria de todos los países en los beneficios de la
globalización. No se puede luchar eficazmente contra una grave enfermedad, y menos

224
aún tratar de erradicarla, combatiendo únicamente los síntomas.

225
226
Coda
Entre la utopía y el realismo

Si durante largo tiempo la cuestión central que estaba en el trasfondo de la reflexión


filosófico-política sobre el fenómeno migratorio era el derecho a emigrar, en el presente el
punto de controversia gira más bien en torno a los derechos de inmigración y los
correspondientes deberes estatales de admitir a extranjeros e incluso de naturalizarlos. A
este cambio de enfoque no le es ajeno el reconocimiento universal del derecho a emigrar
como un derecho humano (artículo 13.2 de la DUDH) y su consolidación, por tanto, como
un derecho protegido. De lo que se trataría ahora es de dar un paso más allá y reconocer
el complementario derecho a inmigrar, sin el cual la proclamación del primero no es más
que un discurso vacío. Es en este escenario de debate donde la apertura de fronteras
adquiere su significación más cabal. Hay que reconocer, no obstante, que, pese a las
intensas disputas académicas registradas en los últimos años, el derecho a la inmigración
universal sigue sin figurar en ninguna agenda política relevante. Y ésa es precisamente la
batalla que ahora habría que dar.
Es muy posible que la propuesta perfilada en el último capítulo, pese a la coherencia
interna que pueda tener, sea tachada de utópica, en el sentido atribuido por el diccionario
de la RAE, esto es, como un proyecto «que aparece como irrealizable en el momento de
su formulación». En el mundo de hoy, un mundo aún cortado al talle de los Estados
territoriales soberanos, un mundo que no ha dejado de ser westfaliano (pues sigue
vigente el principio de no injerencia en los asuntos internos y las fronteras estatales
siguen mereciendo la máxima protección internacional), la libre circulación de personas se
nos presenta ciertamente como algo de lo que aún no existen las circunstancias
adecuadas para su efectivo reconocimiento. Pero también es verdad que se trata de una
utopía en la misma línea de aquellas que han hecho mover el mundo: la de un mundo sin
esclavos o la de un mundo sin un género subordinado, por poner sólo dos ejemplos de
metas sociales que en otros momentos parecían completamente inalcanzables por
constituir en ambos casos algunas de las instituciones sociales con mayor arraigo en la
historia humana.
La propuesta aquí formulada puede ser ciertamente utópica, pero no quimérica: no es
una ilusión abstracta y meramente imaginada que carezca de todo fundamento. Es más
bien una microutopía, una utopía mínima, alejada del macrorrelato social

227
omnicomprensivo. No trata de dibujar un mundo perfecto, un paraíso en la Tierra;
simplemente pretende señalar una vía para evitar o al menos minimizar los grandes y
constantes males generados por la obsesión de control en la que está atrapada la mayoría
de los Estados contemporáneos: se trataría, en definitiva, de una utopía concentrada
fundamentalmente en la prevención de los daños provocados por ese irracional afán
controlador.
Más allá de sus posibles derivas totalitarias, el valor del pensamiento utópico como
potencial motor de transformación social es difícilmente cuestionable.1 Que una idea
incorpore un componente utópico no es razón suficiente para despacharla sin mayor
examen. Como bien diría Max Weber, «es completamente cierto, y así lo prueba la
historia, que en este mundo no se consigue nunca lo posible si no se intenta lo imposible
una y otra vez».2 No obstante, la formulación de una utopía será únicamente de utilidad
si, además de ser deseable, satisface requisitos mínimos de viabilidad y, en consecuencia,
marca un recorrido posible. No conduce a ningún lugar afirmar un nostálgico «sería
hermoso que…» si acto seguido no se indican los pasos necesarios para hacerlo factible.
Son multitud las condiciones materiales que han de concurrir a su posible puesta en
práctica y que han de ser consideradas. Esta exigencia, por supuesto, también ha de ser
tenida en cuenta por el pensar filosófico sobre la materia que nos ocupa.3 Por esta razón,
y porque además la reflexión planteada no se concibe como un mero ejercicio de
diversión intelectual, sino que es alentada por una pretensión práctica y por el afán de
transformar la realidad social, se ha tratado de ser aquí muy cuidadoso en el dibujo de
esa utopía mínima. De ahí que se haya evitado recurrir a la idea de un «mundo sin
fronteras», que insinuaría bien un mundo sin Estado o bien un único Estado mundial, y
se haya optado por la mitigada fórmula de una «apertura de fronteras», mucho más
matizada y accesible, pues no cuestiona la vigente división del mundo en Estados
soberanos.
Abogar por un mundo con fronteras abiertas, y no tanto por un mundo sin fronteras,
significa no sólo que las fronteras persisten en cuanto demarcaciones de entidades
estatales independientes y, por lo tanto, de ámbitos jurisdiccionales diferenciados, sino
también que no hay que descartar la imposición de restricciones coyunturales al tránsito
fronterizo en circunstancias especiales. Las autoridades estatales estarían facultadas
para cerrar temporalmente las fronteras si concurren determinadas circunstancias, entre
las que cabe señalar, por ejemplo, que se haya declarado una grave pandemia o que, en
el interior del propio país, se registren catástrofes naturales, conflictos bélicos o
situaciones de riesgo inminente de ataque terrorista. Esas circunstancias deberían estar
convenientemente tasadas para soslayar la discrecionalidad gubernamental, de modo que
la posibilidad de imponer restricciones no dé pie a limitaciones desproporcionadas de la
libertad de movimiento, libertad que, en todo caso, tendría que constituir la regla general.

228
Una política migratoria de puertas abiertas —o, en su defecto, un sistema de alcance
global que compense a la población de los países pobres por la opción de mantenerlas
cerradas— configuraría un nuevo estado de cosas. Y ese nuevo escenario constituye no
sólo un horizonte deseable, sino una propuesta no menos viable que otras formuladas a
lo largo de la historia para responder a conflictos reales irresueltos, que en su momento
pudieron parecer ilusorias y hoy forman parte de nuestra realidad social. Sin ingenuidad
alguna, cabe preguntarse si de hecho no resulta mucho más utópica la opción opuesta
propugnada desde posiciones autodesignadas como realistas. Y con esta pregunta no se
alude exclusivamente al cierre completo de las fronteras, a la «inmigración cero» tan
anhelada por algunos populismos de corte chovinista, sino a la simple pretensión de
mantener los flujos migratorios bajo el implacable control de los Estados. Ante las
reiteradas inconsistencias que genera la gestión política de estos flujos, la apertura de
fronteras se presenta como una opción razonable digna de ser tomada en consideración.
Ya va siendo hora de que se abra con todo rigor el debate público sobre una política de
apertura y sobre si el balance costes / beneficios —políticos, económicos y, sobre todo,
humanos— que provoca dicha política es más favorable o menos que el balance derivado
de una política de rigurosa contención de los flujos migratorios.4
Los cambios sociales más significativos acaecidos a lo largo de la historia nunca
fueron el resultado de procesos estructurales inexorables, sino fruto de la intervención
humana en forma de movilizaciones políticas y luchas sociales. Los límites de lo posible
no vienen dados por los límites de lo realmente existente, pues lo real, además de ser
contingente, puede ser modificado. Mientras tanto, mantener a la vista una opción
situada más allá de lo realmente existente, que no de lo posible, resulta imprescindible
para poder someter a una mirada crítica esa perspectiva —cada vez más extendida— que
nos presenta la movilidad humana como una potencial amenaza para el orden
establecido. Ese mundo con fronteras abiertas, esa utopía cosmopolita que soñamos, es
factible y puede llegar a existir realmente, mas el camino no es recto ni llano, y esto
tampoco puede ser ocultado. Se requiere encontrar un tipo de soluciones que no sean ni
tan endebles que ofendan a la humanidad ni tan drásticas que desacrediten a los Estados.
Dos bienes, la humanidad y el Estado, «que son goznes esenciales de las lógicas políticas
modernas»,5 aunque introduciendo un relevante matiz. El Estado no es, y menos aún el
Estado territorial, un sacrosanto e inviolable hecho natural, sino un producto humano al
servicio de las necesidades de los hombres, un mero medio provisto de valor
instrumental. Su persistencia, al menos en su actual perfil, dependerá de la capacidad que
acredite para responder a los nuevos retos y hacerlo en beneficio de la humanidad entera.
Muchos son los tabúes que rodean el tratamiento del fenómeno migratorio en las
principales sociedades receptoras. El silencio sobre determinadas cuestiones aleja a sus
miembros de las evidencias que pudieran poner en entredicho supuestos acuerdos de

229
fondo. Una misión clásica de la filosofía es precisamente someter los tabúes al cedazo de
la crítica. En ese empeño se inscribe este libro al cuestionar los tópicos acerca de la
intangibilidad de las fronteras y de la potestad soberana de los Estados (una potestad que
con frecuencia se traduce en la capacidad que ellos mismos se arrogan para saltarse las
normas válidas que les vinculan), tópicos que por extendidos parecen inmunes a
cualquier escrutinio y dan pátina de normalidad a una infinidad de prácticas odiosas. Para
que tales prácticas puedan algún día ser abolidas será preciso ir forjando antes un nuevo
consenso en torno al tema de las fronteras y a su papel a la hora de definir la estructura
básica del orden global. En la medida en que tal consenso sólo puede surgir tras una
amplia discusión pública, la ambición de este escrito no ha sido otra que contribuir a que
ese debate se nutra de argumentos solventes y no concluya abruptamente con esa típica
sonrisa nerviosa que aparece en el rostro de muchas personas cuando escuchan una idea
que, aun admitiendo que ya les había pasado por la cabeza, rechazan como algo que no
puede ser tomado en serio.

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250
Índice analítico

África: 12, 32, 33, 48, 253, 293, 305


Agamben, Giorgio: 66
Agencia Europea para la Gestión de la Cooperación Operativa en las Fronteras Exteriores
(Frontex): 305
Agustín, san: 224
Alemania: 69, 166, 209, 213, 217
Allievi, Stefano: 184
Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR): 274
altruismo: 252, 291. Véase también visión pragmática: sobre las consecuencias de la
conducta insolidaria
América: 12, 154
América Central: 33
América Latina: 32, 48, 65, 128
América del Norte: 32
Ámsterdam: 13
anarquismo: 85, 285
Andorra: 169
Andrenacci, Luciano: 146
antisemitismo: 218, 219. Véase también Holocausto
apátridas: 70, 96, 107, 124, 125, 176
apertura de fronteras: 138, 300, 309, 315, 316; compatible con la soberanía estatal: 331,
332; e integración social: 327; como microutopía alcanzable: 330, 331; como
proyecto más sólido que los presuntamente realistas: 332; como solución intermedia:
333. Véase también visión pragmática: sobre la migración y la apertura de fronteras
Appadurai, Arjun: 104, 114, 128
Appiah, Kwame A.: 92
Arabia Saudita: 32
Arango, Joaquín: 34, 44, 259, 307
Arendt, Hannah: 60, 62, 63, 98, 99, 104, 131, 132, 176, 252, 289, 317
Argelia: 158
Aristóteles: 252

251
Ariza, Libardo J.: 117
Arizona Immigration Law SB 1070 (Ley SB 1070 del estado de Arizona): 302
Arnsperger, Christian: 313, 317, 318
arraigo: 68, 111, 112, 116, 162
Asia: 32
asilados: 46, 54, 64, 74, 86, 131, 135, 151, 274, 291, 293, 310
Attac, Conseil Scientifique de (CS): 65
Australia: 193
autodeterminación: 286, 309, 322
autoritarismo: 293, 298
azar: 9, 15, 16, 18-22, 42, 64, 74, 75, 80, 87, 92, 93, 95-97, 265, 266, 269, 277-279,
314, 318, 319, 333
Azurmendi, Mikel: 187

Baggio, Fabio: 259


Balibar, Étienne: 11, 123, 132, 148, 182
Banco Mundial: 32, 103, 250
bangladesíes: 32
Bangladesh: 305
Barbero, Iker: 117
Barcelona: 166
Barreras: 305
barrios étnicos: 186
Barry, Brian: 241, 243, 301
Barth, Frederik: 81, 184
Bauböck, Rainer: 61, 70, 91, 110, 118, 126, 140, 169
Bauman, Zygmunt: 14, 61, 194, 195, 269
Bayón, Fernando: 27
Beck, Ulrich: 40, 206
Beitz, Charles S.: 135, 239, 242, 272, 313, 315
Bélgica: 196, 199
Bello, Gabriel: 23, 105, 175, 220
Beltrán, María Jesús: 27
Benedicto XVI, papa (Joseph Ratzinger): 228
Benhabib, Seyla: 23, 63, 64, 128, 129, 139
Bentham, Jeremy: véase también panóptico
Berlín: 166, 187
Berlin, Isaiah: 192

252
Bin Laden, Osama: 219
Blake, Michael: 295, 320
Bloch, Ernst: 330
Bolivia: 157
Bottomore, T.: 62, 73
Brasil: 158
Brock, Guillian: 243, 263, 326
Brown, Wendy: 84, 222, 259, 304, 309
Bustamante, Jorge A.: 135, 179, 274, 281

Cabo Verde: 157


cambio climático: 255, 271
cambio de estructuras sociales y jurídico-económicas: 261, 266, 271, 310, 313-317, 319,
323
Campillo, Antonio: 219, 289
Canadá: 193, 200, 213
Caney, Simon: 243
capitalista, orden: 63, 78, 178, 179
Carens, Joseph H.: 23, 87, 88, 119, 147, 162, 285, 286, 295, 310, 319
Caribe, el: 32
Carrillo Salcedo, Juan Antonio: 134, 136
Casanova, José: 36, 222
Casquete, Jesús: 27
Castells, Manuel: 13
Castles, Stephen: 108, 110, 168, 190, 204, 254, 256, 260, 262, 272, 301, 318
Cercano Oriente: 33
Cervantes, Miguel de: 19
Ceuta: 305, 308
Chile: 157
China: 31, 158
chinos: 31, 186
chovinismo: 317, 318, 332
ciudadanía: 24; como condición excluyente: 71, 73-75, 92, 105, 106, 148, 152, 153, 166,
176, 179, 182, 220, 240; cosmopolita: 282, 283, 289; definición de Marshall: 62-64,
119; y democracia: 148, 163, 165, 183; y derecho romano: 66-69, 144, 145, 173; y
derechos: 58-64, 66-67, 69-75, 131, 132, 136, 137, 143, 146, 149, 150, 156, 168,
200, 207, 280; desagregada: 128, 129, 147; y dinámica inclusiva: 69, 78, 91, 122,
151, 212, 281; y esfera pública: 62, 149; extensión de, y autocracia: 146; exterior:

253
127, 162; fruto de las revoluciones democráticas: 149; como institución en
entredicho y sujeta a mutación: 37-39, 56, 103, 116, 130; y legitimación de poderes
estatales: 84, 107, 147; y lucha por la igualdad y la justicia: 72, 97, 181, 237, 279,
280; múltiple: 123-126, 168, 214; vs. nacionalidad: 58-60, 70, 118, 125, 162, 210
(véase también naturalización); y persona: 148, 279; reformulaciones del concepto
en el ámbito anglosajón: 61; su relevancia normativa, en mengua: 120-122; su
sustitución por un estatuto posnacional: 133, 139, 140; y transformaciones del
sistema político: 100, 101; transnacional: 89, 129 (véase también migración: y
transnacionalismo); sus tres principales acepciones: 57, 168
clases sociales: 14, 17, 34, 38, 63, 110, 138, 171, 173, 175, 197, 201, 202, 219
Clemens, Michael A.: 326
Cole, Phillip: 23, 254, 263, 299
Collier, Paul: 46, 251, 255, 332
Colom, Francisco: 27, 69
Colombia: 128, 157
colombianos: 128
Colombia Nos Une, programa: 128
colonialismo: 247, 248, 268, 297, 298, 309, 321; relaciones pos y neocoloniales: 254,
258, 307; teoría poscolonial: 321
Comisión Europea: 26
Commission on the Future of Multi-Ethnic Britain: 196, 196
comunidades presuntamente aisladas: 186, 187
comunistas, países: 301
Consejo Nacional para las Comunidades Mexicanas en el Exterior: 128
conservadurismo: 78, 130, 250
constituciones políticas: de Alemania: 226; de Colombia: 59, 59, 107; de España: 107,
139, 156-159, 161; de los Estados Unidos: 66, 215; de Europa: 210; de México: 59,
107, 108. Véase también orden constitucional
construcción identitaria: utilización instrumental de: 126
Convención de Ginebra: 54
Convención sobre el Estatuto de los Refugiados: 274, 293
Convención sobre la Protección de los Derechos de Todos los Trabajadores Migratorios
y de sus Familiares: 177, 273
Convenio Europeo sobre Nacionalidad (1997): 65
Convenio de La Haya (1930): 65
Convenio de Schengen: 305
Corea: del Norte: 86, 293; del Sur: 86
cosificación: 111, 142

254
cosmopolitas: ciudades convertidas en, como efecto de la migración: 35; contrapuestos a
los marginados: 13, 110
cosmopolitismo: connotación positiva y negativa: 80; y defensa de la justicia: 94, 242-
244, 246, 264, 282, 283, 286, 288, 289, 311, 312, 318, 325, 331, 333; y
homogeneización: 76
cristianismo: enseñanza de la religión en la escuela: 225, 226; y las Dos Ciudades: 224
Croacia: 305
cultura, noción de: 232

Davis, Mike: 305


Declaración de Derechos del Buen Pueblo de Virginia: 227
Declaración de Granada sobre la Globalización: 254, 255
Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas: 232
Declaración Universal de los Derechos Humanos (DUDH): 65, 88, 133, 134, 136, 231-
233, 260, 271, 292, 293, 295, 300, 315, 329
Declaración Universal de la UNESCO sobre la Diversidad Cultural: 232, 233
Dehesa, Guillermo de la: 257, 323, 324
democracia: 24, 37, 46, 47, 53, 56, 69, 74, 91, 92, 94, 95, 100, 103, 104, 107, 119, 121,
122, 125, 129, 132, 134, 139-141, 147-149, 154, 157-159, 161-169, 171-174, 181,
183, 189, 200, 204-208, 210-212, 214, 220, 222, 226-228, 241, 247, 251, 265,
271, 277, 279, 293, 309. Véase también pueblo
demografía: 255-257, 263, 327
deportación: 24, 131, 175, 180-182, 195, 299, 304
derecho de gentes: 243, 245-248, 309, 317
derecho de inmigración: 293, 294, 298, 329
derecho internacional: 86, 131, 135, 136, 139, 159, 179, 246, 273, 292, 298, 299, 302; y
no intervención: 91, 134, 271
derecho de sufragio: 108, 123, 126, 127, 143-145, 147, 149, 154, 157-173, 214, 217
derechos básicos: 63, 137, 149, 171, 177, 275, 283, 297; y represión: 73
derechos humanos: 14, 25, 26, 48, 63, 65, 89, 94, 99, 100, 119, 123, 131-141, 151,
176, 178, 189, , 211, 214, 220, 231-233, 238, 239, 246, 256, 260, 271-273, , 275,
278, 279, 282, 283, 292
derechos de participación política: 58, 127, 149, 153, 155, 157-165, 169-172, 251
derechos de la persona(lidad): 141, 142, 148; vs. derechos del ciudadano: 63, 93, 133.
Véase también persona, concepto de
derechos de prestación positiva: 149, 150
Derrida, Jacques: vocabulario derridiano: 70
desempleo: 155, 315

255
desigualdad: 15-18, 20, 252; brecha entre países ricos y pobres: 17, 90, 249, 250, 252-
257, 269, 316; brecha entre personas ricas y pobres: 250, 252; y disfuncionalidad
psicológica y sociocultural: 250; y fetichización identitaria y cultural: 78, 202, 203,
234, 235; y fronteras: 308, 319; no limitada a la diferencia económica: 250; y
pertenencia a un país como factor determinante: 253. Véase también reparación
compensatoria
Dion, Stéphane: 223
diversidad identitaria y cultural: 60, 75, 76, 173, 184, 185, 188-190, 197, 198, 205, 207,
208, 218, 231, 232, 235, 236
Doménech, Carmen: 27
Dumitru, Speranta: 325
Dummett, Michael: 94, 139, 297, 316
Dumont, Gérard-François: 112, 113

economía sumergida: 180, 183, 311


Ecuador: 157
emigración: 30, 32-34, 36, 37, 42, 44, 47, 48, 80, 96, 104, 111-114, 127, 128, 155, 157,
158, 161-163, 169, 183, 222, 255, 257, 258, 260-262, 273, 280, 292-298, 323,
325, 326, 329
Eritrea: 54
esclavitud: 62, 72, 98, 153, 164, 203, 291, 330
España: 48, 147, 152, 154-156, 161, 162, 169, 199, 200, 217, 225
españoles: 108, 113, 155, 157
Estado(s): 14, 15, 19, 58, 65, 91-94, 104, 118, 123, 161, 241, 269; arbitrariedad y: 53,
86, 88, 95, 99, 104, 105, 131, 238, 302, 307, 328; de bienestar (Welfare State):
120, 234; y comunitarismo: 161, 278; cooperación entre: 50, 99; cuerpo político:
60, 182, 264; y derechos humanos: 133-138, 246, 272, 310; y desigualdad: 250-
253, 287, 319-323; estadocentrismo: 242, 264; fronteras abiertas y: 138, 330;
ideología de la homogeneidad: 44; interdependencia global y: 12, 38, 82, 83, 96,
102, 103, 106, 247, 270, 271, 283, 312, 313, 315; libre federación de: 249, 251,
252, 276, 281 (véase también gobierno mundial); modernos, y significación de las
fronteras a través de la historia: 82-84; y muros: 10, 12, 84-86, 303-306, 309; y no
intervención: 91, 92, 134, 135, 271; opciones de, ante el flujo migratorio: 298-300;
y ordenación social: 23; y organismos supranacionales: 12, 25, 103, 104, 249, 271,
272, 276; políticas migratorias: 24, 39, 100-109; seguridad nacional: 43, 102;
territorio y: 83; y vínculo lingüístico: 223. Véanse también derechos de ciudadanía;
nacionalidad
Estado(s) fallido(s): 321

256
Estado-nación: 44, 61, 103, 109, 123, 188, 197, 243
Estados Unidos, los: 32, 33, 36, 65, 79, 127, 128, 130, 167, 179, 180, 186, 217, 220,
222, 302-304, 308
Esteban, Valeriano: 213
Este-Oeste, conflicto: 90
Estévez, Ariadna: 275, 282, 300, 321, 323
etnia: 13, 15, 35, 60, 67, 74, 122, 131, 140, 166, 186, 194, 195, 203, 207, 229, 230,
235, 255, 281, 302
etnofobias: 218
eurocentrismo: y tradición cristiana: 227
Europa: 12, 22, 32, 36, 42, 48, 49, 54, 55, 79, 101, 113, 120, 142, 154, 215-217, 220-
223, 225, 303, 305. Véase también Unión Europea
evolución del derecho: 73, 101
extremismo: 275

Faist, Thomas: 110


Falk, Richard: 61
feminismo: 13, 15, 34, 202, 330
Ferrajoli, Luigi: 63, 72, 74
Ferrara, Alessandro: 164
Fichte, Johann Gottlieb: 11
Filipinas: 169
filipinos: 32
flujo migratorio, movilidad del: 13, 14, 21, 31-36, 40-42, 45, 48, 54, 83, 109, 113, 115,
125, 134, 137, 175, 183, 197, 223, 262, 273, 288, 295, 298, 300, 301, 308, 309,
312, 314, 317-319, 323
fobia: 218. Véanse también etnofobias; heterofobia; homofobia; islamofobia; xenofobia
Fondo Monetario Internacional (FMI): 103, 250
Fontana, Josep: 73
Foro Mundial sobre Migración y Desarrollo: 276
Fortaleza Europa: 305
Fortuyn, Pim: 214
Foucault, Michel: 181
franceses: 65, 142
Francia: 65, 130, 196, 199
Fraser, Nancy: 174, 202, 235, 254, 268, 273
Freud, Sigmund: freudiano: 77
Frisch, Max: 142

257
fronteras: 17-19; argumentos a favor del cierre de: 87-89, 305, 309; carácter contingente
y artificioso: 9, 10; y comunitarismo: 94, 286; control de: 14, 15, 21, 40, 41, 43, 45-
47, 83, 84, 97, 102, 105, 295, 304-306, 308, 309, 321, 330, 332; función histórico-
política: 10; internas: 11, 105, 106, 148; lógica del cierre de: 307, 309; su
prevalencia sobre los derechos: 141. Véanse también apertura de fronteras; visión
pragmática: sobre la necesidad de restringir la entrada de inmigrantes
Fukuyama, Francis: 78, 187, 201
fundamentalismo: 78, 205, 207, 220, 221, 226, 228, 229

Galli, Carlo: 105, 198, 333


García Guitián, Elena: 171
Garzón, Ernesto: 89
Genova, Nicholas P. de: 175, 180, 181
Ghosh, Bimal: 273
Gil de Biedma, Jaime: 174
Gingrich, Newt: 303
Glick Schiller, Nina: 111, 116
globalismo: véase también cosmopolitismo: y defensa de la justicia
globalización: 13, 23, 33, 38, 40, 82, 84, 89, 97, 107, 141, 235, 252-255, 264, 265, 269,
270, 273, 278, 280, 281, 284, 285, 288, 300, 301, 302, 309; cese engañoso de
fronteras y: 14, 34; sus efectos ambivalentes sobre el Estado: 101, 102, 104; e
identidad: véase también identidad; y nivel microsocial: 113; como presupuesto para
la ampliación de la justicia: 244, 318, 327 (véase también cosmopolitismo: y
defensa de la justicia); del siglo XIX: 29; y transformaciones de la ciudadanía: 103,
119, 129
gobernanza: global: 25, 271, 318; no multilateral: 275
gobierno mundial: 264, 272, 273, 275, 276; riesgos de: 317
Gobineau, Joseph de: 221
Gogh, Theo van: 214
Golfo Pérsico, países del: 32
González Cámara, Noelia: 27, 181
Goytisolo, Juan: 30
Granado, Víctor: 27
Gran Bretaña: 196, 213, 215
Grecia: 48, 153, 225, 290, 305
Greenwich, meridiano de: 84
griegos: 113
Grocio, Hugo: 298, 320

258
grupo originario: 76, 77
grupos étnico-culturales: 35, 184, 184; su postulación como entidades separadas, falsa:
186, 187, 207. Véase también migración: y transnacionalismo
Guarnizo, Luis E.: 110
Guinea Ecuatorial: 169
Gunsteren, Herman van: 61

Habermas, Jürgen: 69, 73, 89, 156, 205, 228, 233, 234, 243, 254, 270, 277, 318
Hammar, Tomas: 121
Hardt, Michael: 43
Harpaz, Yossi: 125
Harvey, David: 70, 176
Heater, Derek: 61
hegemonía: 51, 128, 192, 235, 242
Heine, Heinrich: 222, 286
Held, David: 61, 254
Heller, Agnes: 292
herencia (derecho de sucesión): 15, 17, 73, 74, 148, 280
herencia genética: 66, 221, 313
heterofobia: 79, 218, 218
hispanos: reacción a la invasión de, en Estados Unidos: 220
Hobbes, Thomas: 20, 267, 274
Hobsbawm, Eric: 254
Höffe, Otfried: 296
Holanda: 214
Holert, Tom: 35, 48
Holocausto: 300
homofobia: 210
hospitalidad: 290, 299
Hoyos, Guillermo: 206
Huddleston, Thomas: 169
humanidad: y derecho a los recursos: 320; vs. estulticia: 290; e interacción a escala
planetaria: 268, 269; su preeminencia sobre el Estado: 333
Hume, David: 252
Huntington, Samuel: 78, 79, 130, 188, 194, 201, 220
Hyde, Mr. (Stevenson): como política incluyente: 70

Iberoamérica: 113, 157, 169

259
identidad: colectiva: 39, 70, 75, 77-80, 84, 87, 89, 101-103, 115-118, 123, 128, 129,
185, 192, 193, 196, 199, 203, 208, 211, 234, 286, 297, 319, 321; cultural: 129,
194, 201, 235; individual: 80, 84, 129, 188, 201 (véase también medios: cultura
como). Véanse también construcción identitaria; desigualdad: y fetichización
identitaria y cultural; diversidad identitaria y cultural; religión: construcción
identitaria y
Iglesia: 210, 211, 223-228
igualitarismo: y cosmopolitismo: 286; en derechos humanos: 278
igualitarismo de la suerte: 313
Ihring, Rudolf von: 73
imaginario: colectivo: 10, 55, 81, 173, 288; emocional: 10; jurídico: 101; político: 242
Imperio romano: 49, 146, 182; y expansionismo: 145
impuestos: 71, 144, 167, 168, 250, 316
India, la: 127, 128, 158, 305
indios: 32, 128
individualismo: 231; metodológico: 114; y modelo demócrata-liberal: 189; normativo:
245, 248; posesivo: 298, 320
indumentaria: y legislación: 213, 224
Informe Parekh: 196
injusticia: 19, 20, 73, 92, 132, 143, 170, 173, 174, 202, 235, 238, 243, 254, 255, 268,
312, 313, 327; e instituciones; injusticia sistémica o estructural: 21, 314
inmigración: 30, 32-34, 37, 40-42, 46, 48, 49, 55, 56, 68, 77, 79, 80, 87-89, 96, 99,
105, 108, 119, 121, 122, 139, 141, 147, 148, 156, 162, 166, 167, 169-171, 176,
179-181, 188, 190, 191, 193, 200, 212, 214, 215, 218, 221, 233, 237, 254, 281,
286, 292, 296, 299, 302-305, 307-309, 318, 320, 326, 329, 332
Instituto de los Mexicanos en el Exterior: 128
interculturalidad: 184, 193, 200, 215
interculturalismo: 209, 211
internacionalismo: 244, 246, 264
Irak: 54
Irurozqui, Marta: 27
islam, el: caricaturización de, como provocación riesgosa: 213, 214; y Europa, su
comprensión e influencia recíproca: 216, 217; fundamentalismo, acusación falsa:
221; e imbricación entre religión y política: 224; y libertad de uso de indumentaria:
212, 213; temor a: véase también islamofobia; su tolerancia religiosa, precedente a
la del cristianismo: 227; la umma: 216, 229
islamofobia: 218-221, 228
Islandia: 157

260
Italia: 48, 53, 54, 162, 225, 226
italianos: 144, 191
Jahanbegloo, Ramin: 220
Janoschka, Michael: 27
Jekyll, Dr. (Stevenson): como política excluyente: 70
Jellinek, Georg: 149, 150
Jones, Charles: 243
Jones, Terry: 215
Joppke, Christian: 107
judíos: 110, 216, 219, 226, 289
justicia: 15, 17, 18, 20, 21, 23-25, 41, 82, 88, 90-95, 97, 125, 132, 173, 174, 235, 238-
240, 262, 265, 287, 288, 299, 309, 311, 322, 325; administración de: 138, 143; y
azar: véase también igualitarismo de la suerte; debate académico sobre el ámbito de
aplicación de: 244; posición comunitarista ante: 267; teoría de: 22, 96, 237, 239,
241-249, 252-254, 260, 261, 263, 266-268, 277, 278, 283, 310, 312, 314-317,
319-321; tres ejes de: 202

Kant, Immanuel: 142, 249, 290, 320


Kapuściński, Ryszard: 90
Kukathas, Chandran: 87, 296
Kymlicka, Will: 61, 93, 129, 137, 200, 226, 231, 253, 254, 319

La Barbera, MariaCaterina: 27
laicidad: y neutralidad del Estado: 217, 225; y polémica sobre la licencia para usar
indumentaria: 213, 229; y su relevancia en el marco del pluralismo cultural: 211
Lampedusa, isla de: 54
Lejano Oriente: 33
lengua: enseñanza del idioma oficial: 46; y migrantes: 11, 67, 115, 185, 186, 210;
poliglotismo: 210; y religión: su papel en la formación de la identidad: 223
lenguaje: diplomático: 107; e identidad de grupos: 234; metáforas: véase también
metáforas sobre las migraciones; moral: 239
leninismo: 142
Leviatán: 317
Levitt, Peggy: 110, 111, 116
Ley Bossi-Fini: 303
liberalismo: 24, 62, 88, 89, 93, 94, 192, 139, 140, 183, 189, 192, 196, 204, 206, 211,
212, 223, 229, 244, 245, 250, 251, 267, 279, 286, 287, 298, 299, 321; e
igualitarismo: 242; ultra: 285, 286

261
libertad de circulación: 107, 284-288, 295, 300-302, 309, 310, 316, 318, 326, 330
libertad de expresión: 172, 212, 214, 215
Libia: 54
Livi Bacci, Massimo: 29, 45, 48, 276
Locke, John: 298, 320
Loewe, Daniel: 27, 293, 317, 322
López Sala, Ana: 27, 44, 45, 120, 213, 307
Lucas, Javier de: 140, 141, 209

Maclure, Jocelyn: 213, 214


MacCormick, Neil: 254
Madrid: 26
Mahoma: 212, 213
mano de obra: 34, 37, 102, 142, 175, 178, 179, 250, 255
Maquiavelo: 145, 146
Marcu, Silvia: 27
Marcuse, Herbert: 206
Mármora, Lelio: 42
Marruecos: 33, 55, 127, 158, 308
Marshall, Thomas H.: 61-64, 73, 119, 121, 129, 150. Véase también posición
posmarshalliana
Martín Muñoz, Gema: 216, 217, 229
Martínez Escamilla, Margarita: 95, 181
marxismo: 176
Marx, Karl: 176
matrimonios: entre menores: 208; mixtos: 124; religiosos: 225
Mattei, Hugo: 101
medios de comunicación e informáticos: 33, 51, 55, 79, 112, 113, 301
medios: culturas como: 232, 233
medios de locomoción: 13, 33, 301
medios de movimiento: 83
Melilla: 55, 305, 308
Melville, Herman: 34
membresía: 64, 68, 82, 122, 132, 138, 139
Menke, Christoph: 161
metáforas sobre las migraciones: 12, 30, 50-56
metecos: 69, 153
México: 33, 127, 128, 304, 308

262
Mezzadra, Sandro: 23, 118, 119, 122, 130, 151, 181, 256
migración: 14, 23, 24, 31, 32, 40, 44; como aculturación recíproca: 80, 186; antigüedad
de: 29; cambio en las políticas de: 261, 262; cambio social: 154, 155, 263; de
carácter minoritario: 326; causas personales y sociales de: 257-259, 260; y concepto
de persona: 141, 142; como consecuencia de desastres naturales y de cambio
climático:262, 274, 321; contribución económica: 37, 168, 326, 327; y cultura
política: 309; como desafío o amenaza: 39-42; y desplazamientos forzados: 274; y
estructura social: 251, 255, 256, 269; factores ignotos: 260; y “fuga de cerebros”:
325; y globalización: 33, 34; y gobierno global: 272, 273; grandes movimientos
históricos de: 30-32, 42; interestatal: 295; intraestatal o interna: 31, 295; y mapas
culturales: 76; y necesidad económica: véase también necesidad económica; países
emisores y receptores: 26, 35, 37, 46-48, 50, 110, 124, 126, 251, 255, 259, 264,
275, 306, 325; y posición comunitarista: 89, 186, 187, 233, 234; potencial de
desarrollo promovido por: 262, 263; y prestaciones sociales: 264; reflexión
filosófico-antropológica sobre: 11, 30, 261, 262; y renacionalización de las agendas
políticas: 103, 107; tipología básica de la conflictividad de: 37-39, 43; y
transnacionalismo: 100, 109-119, 126-128, 277, 279; y turismo: 35. Véanse
también flujo migratorio; migrantes
migrantes: ámbito local y: 13, 154, 159-161; su carácter intrínsecamente no proclive a la
homogeneidad; 236; circulares o temporales: 37, 152; control del acceso de: 203,
237, 303, 331; y deportabilidad: 180, 181; falsas analogías: 41, 303; y globalización:
34; imagen edulcorada de un sector de: 80; indocumentados: 32, 41, 54, 96, 106,
131, 137, 138, 140, 151, 179-182, 275, 283, 306; irregulares: 25, 37, 41, 54, 68,
74, 79, 85, 108, 121, 130, 147, 152, 174-182, 203, 275, 302-304, 310, 327; más
productivos que los nacionales: 326, 327; no integrables: 191, 192, 207; pertinencia
del término: 34; postura no fatalista: 20; regulares: 153, 174, 175
Milanovic, Branko: 17, 48, 250
Miller, David: 267
Miller, Mark J.: 168, 190, 204, 254, 301
Modood, Tariq: 211
Monroy Núñez, Leoncio: 287
Moore, Robert: 57
moral individual: 309
Moré, Íñigo: 37, 308
movilidad de los flujos de capital e información: 301
movilidad social: 170, 323, 324, 331
movilizaciones sociales y políticas: 72, 73, 78, 113, 114, 120, 126, 130, 153, 181, 231,
234, 235, 333. Véase también cambio de estructuras sociales y jurídico-económicas

263
mujer (condición femenina): 224, 263; y desindividuación: 213
multiculturalismo: 35, 61, 229; alteraciones causadas en las sociedades de acogida: 78,
79; comunitarista: 186, 187; como dato social y como fórmula de la teoría y la
praxis política: 194-197; y diversidad como alternativa a la asimilación
homogeneizadora: 75, 198; y el fantasma de la diferencia: 188, 190, 191; e
integración bidireccional: 80, 81, 156, 172; supuesta pero no realmente reñido con la
normatividad y el pluralismo: 191-193, 206. Véanse también interculturalismo;
posmulticulturalismo
Muro de Berlín: 12, 43, 303, 304
musulmanes: su integración a Europa: 215; sus derechos irrestrictos: 228, 229. Véase
también islam, el

nacimiento: 15, 16, 18, 60, 66, 68, 74, 75, 125, 136, 149, 151, 183, 266, 280, 317
nación: homogeneidad excluyente y: 60, 122
nacionales: 11, 58, 59, 60, 65, 70, 74, 93, 106, 107, 122, 136, 156, 158, 167, 168, 170,
175, 238, 239, 282, 308, 327; residentes en el extranjero: 124, 154, 158, 161-163
nacionalidad: su ambivalencia: 70; vs. ciudadanía: 56, 58-61, 107, 153, 162, 280; su
concesión: 168; y condicionamiento vital: 11-13, 15, 73, 74, 106, 319; su
conservación: 162; y contingencia: 278; democracia y: 140, 166, 168; y derecho:
66-68, 238, 280; y derechos humanos: 132, 136, 138, 282; desafiada como
categoría por la inmigración: 37; y discriminación: 16, 99, 170, 183; doble: 123-127,
169, 214; y Estado: 60, 65, 82, 154; como frontera jurídica: 64, 83, 84, 90, 91; y
justicia: 125; en mutación: 123, 124; como propiedad privada: 17. Véase también
naturalización
nacionalismo: 76, 80, 89, 94, 127, 187, 199, 233, 244, 248, 275, 286, 312, 325
nacionalismo metodológico: 248, 248
Naciones Unidas (ONU): 48, 232, 240, 274, 276
Nagel, Thomas: 17, 239, 266-268, 311, 315, 316
Naïr, Sami: 169, 215
naturalización: 58, 64, 69, 104, 107, 108, 124, 139, 151, 152, 155, 168, 169, 210, 329
nazismo: 289
necesidad económica: 33, 78, 199, 201-203, 228, 229, 235, 259, 260, 263, 293, 326
Negri, Antonio: 43
neoconservadurismo: 57
neoliberalismo: 23, 57, 62, 102-104, 107, 120, 181, 235, 285
neorrawlsianos: 22, 23, 93, 243, 244
Norte-Sur, relaciones: 90, 256, 257
Noruega: 157

264
noruegos: 194
Nueva York: 13
Nueva Zelanda: 157
Nussbaum, Martha: 243, 266

Obama, Barack: 304


Objetivos de Desarrollo del Milenio (ONU): 240
Oceanía: 32, 154
11 de septiembre de 2001, atentados del: 43, 303, 304; y obsesión de seguridad: 304
ordenamientos jurídicos nacionales: 59, 65-69, 108, 128, 133, 135, 136, 154, 159, 164,
169, 179, 215, 215, 217, 225, 302, 303
orden constitucional: 23, 132, 136, 182, 189, 205, 212, 225, 229, 230, 268, 272, 309
Organización Internacional para las Migraciones (OIM): 257, 305
Organización Mundial del Comercio: 103, 250, 272, 322
Organización de las Naciones Unidas (ONU): 48, 232, 240, 241, 274, 276
otredad: 230, 232; exclusión de: 229. Véase también heterofobia
Ovejero, Félix: 149

Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos: 136, 231, 292, 295


Pacto Internacional de los Derechos Económicos, Sociales y Culturales: 231
Pagden, Anthony: 49
Pakistán: 158
panóptico: 305
paquistaníes: 32
Paraguay: 157
Parekh, Bhikhu, 191, 196, 205. Véase también Informe Parekh
Parijs, Philippe van: 312, 313, 317, 318
Park, Robert E.: 117
particularismo: diversificante: 76; reduccionista: 197, 281
pasaporte: como acicate para burlar las medidas de contención: 306; y control de
movimientos: 83; y cosificación: 98; y moral: 34
Pascal, Blaise: 16
Pastore, Ferruccio: 257
Pedroza, Luicy: 163
Peña, Javier: 141, 167
Peña, Lorenzo: 27, 326
persona, concepto de: 98
pertenencia: 11, 16, 22, 37, 38, 57-59, 69, 71, 72, 74, 78, 99, 100, 115-118, 123, 126,

265
128-130, 132, 141, 147, 148, 161, 171, 187, 193, 212, 230, 232, 267, 268, 277-
279, 281, 285, 294, 297, 318
Perú: 157
Plan Estratégico de Ciudadanía e Integración (España): 156, 200, 209
Platón: 290
pluralismo: cultural: 75, 77, 194, 196, 201; y democracia: 228; de los fines y valores:
192; vs. multiculturalismo: 193; religioso: 36, 196, 217, 221, 224-227, 230; social:
128, 189, 204, 206, 207, 229, 230
PNUD (Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo): Informe sobre desarrollo
humano 2005. La cooperación internacional ante una encrucijada: 315; Informe
sobre desarrollo humano 2009. Superando barreras: movilidad y desarrollo
humanos: 262, 273; Informe sobre desarrollo humano 2013. El ascenso del Sur:
progreso humano en un mundo diverso: 275
pobreza mundial: 240, 243, 244, 247-251, 258, 260-262, 268, 321-324, 327
Pogge, Thomas: 242, 245, 246, 260, 261, 268, 322, 323
políticas migratorias: 25, 26, 39-41, 43-50, 64, 97, 100, 101, 105-107, 115, 131, 137,
140, 150, 158, 159, 168, 190, 200, 203-212; nueva estrategia: 311, 315, 318-326
Pollmann, Arnd: 161
Polonia: 225
Portes, Alejandro: 110, 116
Portugal: 48, 169
portugueses: 113
posición posmarshalliana: formas de ciudadanía: 120, 128
posmulticulturalismo: 199, 200; como interrelación de las perspectivas de análisis: 201;
como remedio para la fetichización culturalista de los problemas sociales: 202, 203
prostitución: 177
Protocolo sobre el Estatuto de los Refugiados: 274, 293
provincianismo: 13
pueblo: 58, 60, 88, 309; y democracia: 166, 167, 181

Quebec: 196, 213, 227


Quijote, don: prevalencia de la ventura: 19

racismo: 44, 80, 176, 196, 207, 219-221, 293


Rancière, Jacques: 164
Ratzinger, Joseph, cardenal: 210, 228
Ravenstein, Ernst Georg: 44
Rawls, John: 22, 92, 93, 237, 241-251, 261, 263, 268, 309, 314, 319. Véase también

266
neorrawlsianos
raza: 18, 34, 66, 136, 138, 221
Real Academia Española (RAE): 64, 317, 329
refugiados: 12, 38, 54, 64, 74, 92, 95, 96, 99, 104, 135, 141, 274, 280, 291, 293
Reino Unido: 139
reivindicaciones grupales o colectivas: 231, 238
relativismo cultural: 206
religión: 13, 203; construcción identitaria y: 17, 76, 212, 213, 223, 228, 229; derecho a
criticar los dogmas: 214; y enseñanza pluriconfesional: 225, 226; inmigrante: 36,
184-186, 210; e islam:véase también islam, el; mayor visibilidad pública: 221-223; y
oposición beligerante a la laicidad del Estado: 224, 225; y poder secular: 224;
pluralismo: 36, 196, 204, 214, 217, 221, 229; y secularización: 222-224, 226;
tolerancia e intolerancia: 206, 226-229, 231. Véase también visión pragmática: sobre
la cuestión religiosa
religiones monoteístas: y confesionalismo absolutista: 225-227
reparación compensatoria: 314, 316, 320, 321
represión política: 294, 303
residencia: 24, 34, 45, 46, 61, 63, 65, 69, 74, 84, 88, 92, 99, 102, 105-107, 116, 119,
121-124, 126, 128, 137-140, 150-155, 157-164, 167-169, 171, 174, 178, 179, 182,
183, 186, 192, 203, 209, 216, 237, 238, 242, 261, 263, 281, 282, 291-293, 295,
310, 325, 326
Revenga, Miguel: 157
Reyes Mate: 289
Risse, Mathias: 243, 295, 320
Rodier, Claire: 180
Rodríguez Borges, Rodrigo Fidel: 51, 55
Roma: 49, 144, 145
romanos: 69, 144, 145, 153
Rubio Marín, Rut: 67, 182, 183
Rushdie, Salman: 205, 215
Rystad, Göran: 42

Sachs, Wolfgang: 254


Salmerón, Fernando: 185
Sánchez, Javier: 27
Santamarina, Cristina: 27
Santarius, Tilman: 254
Santolaya, Pablo: 157

267
Sartori, Giovanni: 78, 187, 191-195, 201, 204, 207, 220, 224, 225
Sassen, Saskia: 42, 59, 67, 69, 70, 103, 104, 107, 110, 118, 121, 135, 136, 169, 177,
179, 182, 257, 258, 260, 282
Schmitt, Carl: 83, 297
sefardíes: 169
segregación: 14, 15, 71, 171, 188, 197, 203, 224, 235
seguridad: internacional: 40; nacional, y migración: 41, 43, 79, 85, 86, 102, 114, 131,
176, 188, 191, 286, 303, 306; personal: 253, 256; pública: 213; social: 153
Sen, Amartya: 132, 242
Serbia: 305
Sha, Nasra M.: 32
Shachar, Ayelet: 23, 68, 74, 279, 280
Shapiro, Ian: 16
Shklar, Judith: 19, 20, 57, 174
Simmel, Georg: 82
Singer, Peter: 91, 241, 243, 266
Siria: 54
Sísifo: y análisis del lenguaje distorsionador: 56
soberanía: y cambio de estructuras: 19; mengua o relativización de: 99, 100-109, 136,
137, 283, 309
socialdemocracia: 62, 194
sociedad global: su lenguaje moral: 239; vs. sociedades estatales: 243; vs. sociedad
globalizada actual: 255
Solanes, Ángeles: 158, 159, 198
Somek, Alexander: 331
Sousa Santos, Boaventura de: 254
Soysal, Yasemin: 61, 129, 133, 144
Steiner, George: 289
Suárez, Liliana: 111, 113, 125, 148, 149, 181
subsaharianos: 55
Suecia: 193
suerte: véase también azar; igualitarismo de la suerte
Suiza: 217

Taylor, Charles: 213, 214, 222, 223


Tercer Mundo: 52, 248; y corrupción: 250
Terkessidis, Mark: 35, 48
terrorismo: 41, 303, 332; e inmigración: 221; yihadista: 219

268
Therborn, Göran: 250, 308
Thiebaut, Carlos: 21, 22, 289, 291
tierra, la: decisión sobre quiénes la deben habitar: 289; su finitud: 298; como posesión
común de la humanidad: 84, 289; como totalidad gobernada por la justicia: 239,
246, 269; usufructuarios pasajeros de: 289
Tocqueville, Alexis de: 142
tolerancia: como sinónimo de represión: 206
Tomás de Aquino: 320
Toral, Guillermo: 160
Torpey, John: 83
tortura: 159
totalitarismo: 60, 293, 317, 330
Touraine, Alain: 197
Traverso, Enzo: 219
traza westfaliana: 45, 101, 118, 242, 246, 267, 283, 329
Túnez: 54, 301
turcos: 69, 127, 187
Turégano, Isabel: 310
turismo: 13, 35, 55, 80, 184,
Turner, Bryan S.: 61
Turquía: 33, 127, 305

Unión Europea (UE): 33, 41, 48, 54, 103, 139, 151, 155, 157, 159, 208, 249, 271, 303,
305, 306, 326
Unión Soviética: 43, 216, 256, 293
universalismo: abstracto y homogeneizante: 197; y derechos humanos: 133, 137, 138,
283
Uruguay: 157
utilitaristas: 286
utopía: e historia: 330-332; como forma de postergar la transformación social: 330

Vargas Llosa, Mario: 52, 308


Vertovec, Steven: 109, 110, 115, 125, 126
Villoro, Luis: 229
visión pragmática: sobre las consecuencias de la conducta insolidaria: 266, 268; sobre la
cuestión religiosa: 224, 228, 229; sobre la migración y la apertura de fronteras: 164,
165, 196, 287, 309; sobre la necesidad de restringir la entrada de inmigrantes: 297
Vitale, Ermanno: 23, 75, 261, 291, 322

269
Vitoria, Francisco de: 291
Voltaire: 42

Wallerstein, Immanuel: 123


Walzer, Michael: 65, 71, 87, 88, 154, 182, 267, 277, 278, 285, 309
Weber, Max: 101, 330, 331
Westergaard, Kurt: 213
Westfalia: véase también traza westfaliana
Wihtol de Wenden, Catherine: 33, 54, 258, 293, 305, 308
Wilders, Geert: 214

xenofobia: 46, 56, 80, 180, 199, 204, 218, 219, 275, 304, 307

Young, Iris M.: 21, 61, 250, 268, 314


Yuval-Davis, Nira: 61

Zagrebelsky, Gustavo: 205, 218, 228


Zamora, José Antonio: 27, 92-94
Zanfrini, Laura: 48, 58, 99, 229
Zapata-Barrero, Ricard: 330
Zelin, Ana: 27
Zolberg, Aristide: 45, 72
Zweig, Stefan: 83, 98, 99

270
1 Étienne Balibar, Nosotros, ¿ciudadanos de Europa?, Tecnos, Madrid, 2003, p. 65.
2 Manuel Castells, La era de la información, vol. 1, Alianza, Madrid, 2000, p. 493.
3 Zygmunt Bauman, La globalización. Consecuencias humanas, FCE, México, 2001,
p. 8.
4 Cf. PNUD, Informe sobre desarrollo humano 2005. La cooperación internacional
ante una encrucijada, Mundi-Prensa, Madrid, 2005, pp. 58-61.
5 Ian Shapiro, La teoría de la democracia en el mundo real, Marcial Pons, Madrid,
2011, p. 177.
6 Thomas Nagel, «El problema de la justicia global», Revista Jurídica de la
Universidad de Palermo, año 9, núm. 1, 2008, p. 181.
7 Branko Milanovic, Los que tienen y los que no tienen, Alianza, Madrid, 2012, p.
132.
8 Judith Shklar, Los rostros de la injusticia, Herder, Barcelona, 2010, p. 103.
9 Ibid., p. 127.
10 Cf. Iris M. Young, Responsabilidad por la justicia, Morata, Madrid, 2011.
11 Carlos Thiebaut, Invitación a la filosofía, Acento, Madrid, 2003, pp. 269-270.
12 John Rawls, Teoría de la justicia, FCE, México, 1979, p. 124.
13 Ibid., pp. 122-125.
14 Gabriel Bello, Emigración y ética, Plaza y Valdés, Madrid, 2011, p. 306.

271
1 Cf. Stephen Castles y Mark J. Miller, La era de la migración, Universidad
Autónoma de Zacatecas / Porrúa, México, 2004.
2 Cf. Klaus J. Bade, Europa en movimiento, Crítica, Barcelona, 2003, p. 9
3 Massimo Livi Bacci, Breve historia de las migraciones, Alianza, Madrid, 2012, p.
10.
4 Juan Goytisolo, «Metáforas de la migración», El País (consultado el 4 de junio de
2016), disponible en
<http://elpais.com/diario/2004/09/24/opinion/1095976806_850215.html>.
5 Cf. Guillermo de la Dehesa, Comprender la inmigración, Alianza, Madrid, 2008,
pp. 71-86.
6 Cf. United Nations, Department of Economic and Social Affairs, «International
Migration Wallchart 2013» (consultado el 11 de diciembre de 2013), disponible en
<http://esa.un.org/unmigration/documents/WallChart2013.pdf>.
7 Aunque a lo largo de este libro la atención se focaliza en las migraciones
internacionales, no debe olvidarse que las migraciones internas (o intraestatales) alcanzan
un volumen mucho mayor. Por señalar tan sólo un caso, pero sumamente significativo:
China se encuentra actualmente en medio del mayor proceso de migración de masas que
el mundo haya conocido jamás. Al inicio del presente siglo, más de 115 millones de
chinos habrían abandonado las zonas rurales para establecerse en los medios urbanos. Y
esa tendencia está lejos de haberse detenido.
8 El caso de los países del Golfo Pérsico, y en especial el de Arabia Saudita, es muy
significativo (cf. Nasra M. Shah, «Políticas migratorias en el Golfo Pérsico», Vanguardia
/ Dossier, núm. 22, 2007, pp. 59-65): 28% de sus 29 millones de habitantes son
extranjeros y representan casi la mitad de la fuerza laboral (11.3 millones). La
procedencia de estos inmigrantes es fundamentalmente asiática y musulmana:
paquistaníes, indios, bangladesíes y filipinos. Casi 30% se encuentra sin un visado en
regla. Según el Banco Mundial, Arabia Saudita es el tercer país que más remesas genera.
9 Entre los muchos ejemplos que se pueden aducir, puede citarse el caso de tres países
tradicionalmente de emigración que han devenido en las últimas décadas países también
de tránsito e incluso de inmigración: México, Turquía y Marruecos. Esta transformación
está provocada en parte por la enorme dificultad que para muchos migrantes
provenientes de América Central, Cercano o Lejano Oriente y África subsahariana,
respectivamente, supone atravesar las fronteras de esos tres países con otros mucho más
desarrollados (los Estados Unidos en el primer caso y la Unión Europea en los otros dos)

272
y la no menor de volver a su propio país (cf. Catherine Wihtol de Wenden, El fenómeno
migratorio en el siglo XXI, FCE, México, 2013, pp. 23 y 34).
10 Cf. Ferruccio Pastore, «El continente móvil. Migraciones y relaciones
internacionales», Vanguardia / Dossier, núm. 22, 2007, p. 110.
11 Cf. Joaquín Arango, «Inmigración y diversidad humana. Una nueva era en las
migraciones internacionales», Revista de Occidente, núm. 268, 2003, pp. 9-10. No
obstante, sería más preciso hablar de globalización selectivamente fronterizada. De la
índole marcadamente selectiva de las fronteras es sumamente ilustrativo este testimonio
literario: «En este mundo, el pecado que paga sus derechos puede caminar libremente,
sin necesidad de pasaporte, mientras que la virtud, si es indigente, es detenida en todas
las fronteras» (Herman Melville, Moby Dick [1851], diario El País, Madrid, 2004, p.
83).
12 El término migrante resulta mucho más abarcador que los de inmigrante y
emigrante. Posee la ventaja de poner de relieve tanto el carácter cambiante del punto de
referencia de los movimientos migratorios como los vínculos transnacionales que sus
actores mantienen de manera duradera entre las sociedades de origen y las de destino.
13Tom Holert y Mark Terkessidis, La fuerza centrífuga. Sociedad en movimiento:
migración y turismo, Carena, Barcelona, 2009, p. 231.
14 Cf. Charles Hirschman, «El papel de la religión en los orígenes y la adaptación de
los grupos de inmigrantes en Estados Unidos», en A. Portes y J. DeWind (coords.),
Repensando las migraciones, Miguel Ángel Porrúa, México, 2006, pp. 411-439.
15 Aunque la siguiente observación se refiere en principio al proceso de integración de
los inmigrantes en los Estados Unidos, se podría extender también a otros países: «La
religión inmigrante no es simplemente un residuo tradicional, un vestigio del viejo mundo
con muchas probabilidades de desaparecer con la adaptación al nuevo contexto, sino más
bien una respuesta adaptativa al nuevo mundo» (José Casanova, «Inmigración y el
nuevo pluralismo religioso. Una comparación Unión Europea / Estados Unidos», Revista
CIDOB d’Afers Internacionals, núm. 77, 2007, p. 22).
16 Cf. Guillermo de la Dehesa, Comprender la inmigración, Alianza, Madrid, 2008,
pp. 285-312.
17 Íñigo Moré, La vida en la frontera, Marcial Pons, Madrid, 2007, p. 84.
18 Cf. Francis Cheneval, «Migration and Global Inequalities», en J. Ch. Merle, L.
Foisneau, Ch. Hiebaum y J. C. Velasco (eds.), Spheres of Global Justice, Springer,
Dordrecht, 2013, pp. 307-316.

273
19 Cf. Paul Collier, Éxodo. Inmigrantes, emigrantes y países, Turner, Madrid, 2013,
p. 274.
20 Ulrich Beck, La sociedad del riesgo, Paidós, Barcelona, 1998.
21 Cf. Manuel Rivas, «Los inmigrantes», El País (2014) (consultado el 4 de junio de
2016), disponible en
<http://elpais.com/elpais/2014/02/07/opinion/1391786442_169026.html>.
22Cf. Ruben Andersson, Illegality, Inc.: Clandestine Migration and the Business of
Bordering Europe, University of California Press, Oakland, 2014.
23 Sin recurrir a la idea de libertad, sino aduciendo meras razones de utilidad pública,
en la época de la Ilustración comenzó a criticarse como nefasta la prohibición de emigrar.
Por el contrario, la inmigración como tal no era objeto de preocupación ni de censura
alguna: «Dado que los hombres son excesivos en todo cuanto emprenden y han
exagerado esta desigualdad, han implantado en varios países la prohibición a cualquier
ciudadano de salir de la comarca donde el azar le ha hecho nacer. Pero el sentido de esta
ley es evidente: “Este país es tan malo y está tan mal gobernado que prohibimos a todos
los individuos marcharse de él, temiendo que todo el mundo se vaya”. Sin embargo, hay
algo mejor que hacer: proporcionar a todos los súbditos el deseo de permanecer en el
país y a los extranjeros el de trasladarse al mismo» (Voltaire, Diccionario filosófico,
Akal, Madrid, 1985, pp. 321-322).
24 Sobre la caracterización del siglo XIX y el inicio del XX como un periodo en general
de libertad migratoria, cf. Göran Rystad, «Inmigration History and the Future of
International Migration», International Migration Review, vol. 26 / 4, 1992, pp. 1170-
1171. La intensificación drástica de los controles fronterizos es algo ya propio del siglo
XX: «A partir de la primera Guerra Mundial, los Estados de Europa Occidental
desarrollaron una capacidad técnica y burocrática plena de controlar sus fronteras y
regular un segmento cada vez mayor de actividades y sucesos que tenían lugar en sus
territorios» (Saskia Sassen, Inmigrantes y ciudadanos, Siglo XXI, Madrid, 2013, p. 33).
25 Lelio Mármora, Las políticas de migraciones internacionales, Paidós, Buenos
Aires, 2003, p. 40.
26 Michael Hardt y Antonio Negri, Imperio, Paidós, Barcelona, 2002, p. 202.
27 Cf. PNUD, Informe sobre desarrollo humano 2009. Superando barreras: movilidad
y desarrollo humanos, Mundi-Prensa, Madrid, 2009.
28 Cf. David Scott FitzGerald y David Cook-Martin, Culling the Masses, Harvard
University Press, Cambridge, Mass., 2014.

274
29 Ana M. López Sala, Inmigrantes y Estados, Anthropos, Barcelona, 2005, p. 31.
30 No es ajena a esta minusvaloración del papel de los Estados la influencia ejercida
por Ernst Georg Ravenstein y sus dos ensayos sobre «The Laws of Migration»,
publicados entre 1885 y 1889, que fueron el primer intento de explicación de los
procesos migratorios y que durante mucho tiempo se consideraron textos de referencia
ineludibles (cf. Joaquín Arango, «Las “Leyes de las Migraciones” de G. Ravenstein, cien
años después», Reis, núm. 32, 1985, pp. 7-26). Este geógrafo germano-británico
estableció un modelo formal que relacionaba causalmente los ciclos económicos, la
densidad de población y los desplazamientos de seres humanos. En su teoría se advierte
una importante carencia: el olvido de la dimensión política, pues «niega el papel del
Estado en el fluir de los movimientos migratorios» y «omite el papel de las fronteras
estatales» (A. M. López Sala, op. cit., p. 53).
31Aristide Zolberg, «Las migraciones internacionales desde una perspectiva política»,
Zona Abierta, núm. 116-117, 2006, pp. 26-27.
32 M. Livi Bacci, op. cit., p. 11.
33 En este sentido, un problema no menor de las políticas migratorias elaboradas por
los países receptores es que no suele estar explicitado, al menos públicamente, cuál es
realmente el objetivo del Estado en esta materia. Apuntar simplemente, por ejemplo, que
se trata de regular el número de entradas o, de modo aún más general, el número total de
inmigrantes, no deja claros la finalidad ni el porqué de esa regulación. Algún avance
supondría, en cambio, sostener, por ejemplo, que «la tarea de las políticas migratorias es
prevenir la aceleración de la inmigración hasta tasas que resultasen dañinas, tanto para
quienes se quedan en los países de origen como para la población nativa de los países de
acogida» (P. Collier, op. cit., p. 308). Es obvio que además de deliberar públicamente
sobre los medios, una sociedad democrática tendría que hacerlo también sobre los fines.
34 Laura Zanfrini, La convivencia interétnica, Alianza, Madrid, 2007, p. 43.
35 T. Holert y M. Terkessidis, op. cit., p. 55.
36 Desde una perspectiva comparada, pocos son los países del mundo que han
cambiado tan súbita y drásticamente su posición en el escenario migratorio internacional
como los del sur de Europa. Esta acelerada «transición migratoria» es un hecho
demográfico muy reciente y, en gran medida, imprevisto incluso para los especialistas:
«De acuerdo con las previsiones de las Naciones Unidas formuladas hace poco más de
diez años (1998), se consideraba que España e Italia se hallaban en incipiente decadencia
demográfica, y que habrían de contar hoy (2010) con 95 millones de habitantes, lo que

275
es un error de bulto, pese a la correcta metodología y las óptimas fuentes estadísticas,
porque en la actualidad la población de ambos países roza los 108 millones gracias a la
aportación de los inmigrantes y de sus hijos» (M. Livi Bacci, op. cit., p. 107). Estos
relevantes cambios —y puede tomarse el caso de España como paradigmático— tienen
que ser comprendidos desde una perspectiva más amplia y puestos en relación con lo que
sucede más allá de sus fronteras: «La inmigración de África, América Latina y Europa
del Este es la forma más obvia en que se refleja en España el desequilibrio económico del
mundo global. Gracias a un rápido desarrollo en los últimos veinte años, España se ha
transformado del país de emigrantes que tradicionalmente fue, en un país que atrae a
muchos inmigrantes» (Branko Milanovic, Los que tienen y los que no tienen, Alianza,
Madrid, 2012, p. 14).
37 En realidad, los países de la región noroccidental europea comenzaron a recibir
migrantes internacionales de manera masiva a partir de la segunda Guerra Mundial, y en
las primeras décadas procedían fundamentalmente del sur de Europa. Las migraciones
extraeuropeas a gran escala, iniciadas hace apenas medio siglo, son «un fenómeno que
no se había vivido en Europa desde los últimos días del Imperio romano» (Anthony
Pagden, Pueblos e imperios, Debate, Madrid, 2014, p. 171).
38 Rodrigo Fidel Rodríguez Borges, El discurso del miedo, Plaza y Valdés, Madrid,
2010, p. 196.
39 Mario Vargas Llosa, «Los inmigrantes», El País (consultado el 26 de mayo de
2016), disponible en
<http://elpais.com/diario/1996/08/25/opirion/840924004_850215.html>.
40Cf. George Lakoff y Mark Johnson, Metáforas de la vida cotidiana, Cátedra,
Madrid, 1986.
41 Aunque se repita mil veces, las personas como tales no son nunca ilegales; lo
pueden ser, en todo caso, sus actividades o su situación. Para caracterizar a las personas
sin la documentación requerida para entrar o establecerse en un país se dispone de toda
una serie de términos, todos ellos preferibles al de «ilegales»: indocumentados,
irregulares, sin papeles, etc. Véase, más adelante, la sección 4 del capítulo III.
42 Es muy cierto que «la dicotomía trabajadores extranjeros / refugiados se ha
desgastado desde los años noventa, cuando los perfiles de los solicitantes de asilo (que
también buscaban trabajo) dejaron de corresponder al modelo arquetípico de refugiado
según la Convención de Ginebra de 1951» (C. Wihtol de Wenden, El fenómeno
migratorio…, op. cit., p. 24), pero, con todo, el virulento conflicto civil que en esos
momentos se registraba en Libia, y que era la causa de esos movimientos masivos hacia

276
la ribera septentrional del Mediterráneo, era una circunstancia contemplada claramente en
la citada convención y, sobre todo, en el protocolo de 1967. Argumentos similares
pueden emplearse también a la hora de abordar el desplazamiento de varios cientos de
miles de personas desde Irak, Siria y Eritrea hacia Europa a partir del año 2014. La
elección de determinados términos no suele ser inocente ni estar exenta de
intencionalidad. Así, en la preferencia por la palabra «inmigrante» es evidente el empeño
de la Unión Europea y los Estados miembros por descargarse de la responsabilidad
internacional de acoger refugiados.
43 R. F. Rodríguez Borges, op. cit., p. 196.
44 Entre quienes albergan una imagen menos positiva de la ciudadanía cabe citar a
neoliberales y neoconservadores, que tienden a concebirla como «uno de los tantos
dislates progresistas que sólo sirven para calentar los cascos de la gente respecto al
espacio social que ocupa, y para que los súbditos acaben por creer que no son sólo eso,
súbditos obligados a dejarse gobernar, sino también personas dotadas de derechos»
(Robert Moore, prefacio a T. H. Marshall y Tom Bottomore, Ciudadanía y clase social,
Alianza, Madrid, 1998, p. 9).
45Judith Shklar, American Citizenship, Harvard University Press, Cambridge, Mass.,
1991, p. 1.
46 Cf. Will Kymlicka y Wayne Norman, «El retorno del ciudadano», La política, núm.
3, 1997, pp. 5-39.
47 Cf. Benito Aláez, «Nacionalidad y ciudadanía ante las exigencias del Estado
constitucional democrático», Revista de Estudios Políticos, núm. 127, 2005, p. 139.
48 Cf. Dieter Gosewinkel, «Untertanschaft, Staatsbürgerschaft, Nationalität. Konzepte
der Zugehörigkeit im Zeitalter des Nationalstaats», Berliner Journal für Soziologie, vol.
8, 1998, pp. 507-522.
49 Laura Zanfrini, La convivencia interétnica, Alianza, Madrid, 2007, p. 139.
50 Saskia Sassen, Territorio, autoridad y derechos, Katz, Buenos Aires y Madrid,
2010, p. 354.
51 En los artículos 30-38 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos
se distinguen con claridad el sentido y alcance de ambas nociones, reservándose la
condición de ciudadanos a aquellos nacionales mayores de 18 años que tengan «un modo
honesto de vivir». En los artículos 96-99 de la Constitución Política de Colombia se
establece esa misma distinción.

277
52 Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, Alianza, Madrid, 1987, p. 35.
Arendt desarrolló una clarividente visión de las mutaciones experimentadas por la forma
política estatal al ser «conquistada» por la nación y convertirse en Estado nacional.
Aunque largo, merece citarse en toda su extensión este revelador texto: «Tanto en la
forma de una nueva República como en la de una reformada monarquía constitucional, el
Estado heredó como su suprema función la protección de todos los habitantes de su
territorio, fuera cual fuese su nacionalidad, y se estimaba que había de actuar como
suprema institución legal. La tragedia de la nación-Estado consistió en que la creciente
conciencia nacional del pueblo chocó con estas funciones. En nombre de la voluntad del
pueblo, el Estado se vio obligado a reconocer únicamente a los “nacionales” como
ciudadanos, a otorgar completos derechos civiles y políticos sólo a aquellos que
pertenecían a la comunidad nacional por derecho de origen y el hecho del nacimiento.
Esto significó que el Estado pasó en parte de ser instrumento de la ley a ser instrumento
de la nación» (H. Arendt, Los orígenes…, op. cit., p. 343). Esta apropiación del Estado
por parte de la nación se agudizó por la deriva totalitaria de algunos regímenes políticos,
que empezaron excluyendo de los derechos de ciudadanía a las minorías nacionales y
luego pasaron a hacerlo también con grupos de población definidos arbitrariamente.
53 Zygmunt Bauman, La globalización. Consecuencias humanas, FCE, México, 2001.
54 T. H. Marshall y Tom Bottomore, Ciudadanía y clase social, Alianza, Madrid,
1998, p. 37.
55 Hannah Arendt, La condición humana, Paidós, Buenos Aires, 2005, p. 238.
56 Seyla Benhabib, Los derechos de los otros, Gedisa, Barcelona, 2005, p. 126.
57 Luigi Ferrajoli, Derechos y garantías. La ley del más débil, Trotta, Madrid, 1999,
pp. 98-99.
58 Ibid., p. 105.
59 Desde la perspectiva de la filosofía política, Seyla Benhabib subsume los
procedimientos de naturalización y regularización bajo la categoría de «membresía
política» (political membership), concebida como «los principios y prácticas para la
incorporación de forasteros y extranjeros, inmigrantes y recién venidos, refugiados y
asilados, en entidades políticas existentes» (S. Benhabib, op. cit., p. 13).
60 Michael Walzer, Las esferas de la justicia, FCE, México, 1993, p. 73.
61 ATTAC, Conseil Scientifique, Pour une politique ouverte de l´immigration, Syllepse,
París, 2009.

278
62 Giorgio Agamben, Homo sacer, Pre-Textos, Valencia, 1998, p. 164.
63 Rut Rubio Marín, «Inmigración ilegal y ciudadanía nacional», Claves de razón
práctica, núm. 68, 1996, p. 36.
64 Idem.
65 Cf. Christian Jopke, Citizenship and Immigration, Polity Press, Cambridge, 2010,
y Saskia Sassen, Inmigrantes y ciudadanos…, op. cit., pp. 163-172.
66 Cf. Stephen Castles, «Jerarquías de ciudadanía en el nuevo orden global», Anales
de la Cátedra Francisco Suárez, núm. 37, 2003, pp. 18-19.
67
Cf. Ayelet Shachar, The Birthright Lottery. Citizenship and Global Inequality,
Harvard University Press, Cambridge, Mass., 2009, pp. 164-190.
68 Cf. Will Kymlicka, Las odiseas multiculturales, Paidós, Barcelona, 2009, p. 189.
Usada la prerrogativa estatal de la naturalización en positivo, el desarrollo de políticas de
inclusión cívica dirigidas a extender el estatuto de ciudadanía a los inmigrantes
establecidos legalmente tiene una indudable ventaja en aras de su integración social y
política: impide que se consolide una categoría social, que de lo contrario se perpetuaría
de padres a hijos, de residentes no ciudadanos de larga data (como sucedía, por ejemplo,
con los turcos en Alemania, al menos hasta que, como ya se ha indicado, ese país
adoptara una suerte de ius soli cualificado en 2000), de metecos, cuya misma existencia
implica una ruptura radical con la dinámica inclusiva de universalización de las libertades
básicas seguida por las sociedades democráticas contemporáneas.
69 Francisco Colom, «La gestión de la diversidad etnocultural», Δαίμων, núm. 27,
2002, p. 36.
70 Jürgen Habermas, Entre naturalismo y religión, Paidós, Barcelona, 2006, p. 257.
71 Saskia Sassen, Contrageografías de la globalización, Traficantes de Sueños,
Madrid, 2003, p. 96.
72 Esta misma idea puede ser expresada mediante la noción de «exterior constitutivo»,
un término derridiano empleado para subrayar el hecho de que forjar una identidad
implica siempre establecer una diferencia (cf. Chantal Mouffe, Agonística, FCE, Buenos
Aires, 2014, pp. 24-25). Esa reflexión es especialmente relevante en el ámbito
sociopolítico y conduce a considerar que la afirmación de una diferencia es precondición
para la afirmación de cualquier identidad colectiva, esto es, su condición misma de
posibilidad. De ahí también la dificultad de conformar un «nosotros» sin señalar su
correspondiente «ellos» que haga las veces de «un otro exterior».

279
73 Rainer Bauböck, «Citizenship and Free Movement», en Rogers M. Smith (ed.),
Citizenship, Borders, and Human Needs, Pennsylvania University Press, Filadelfia,
2011, p. 1.
74 David Harvey, Breve historia del neoliberalismo, Akal, Madrid, 2011, p. 198.
75 M. Walzer, op. cit., p. 71.
76 Ibid., p. 70.
77 Ibid., p. 74.
78 L. Ferrajoli, op. cit., p. 41.
79 A. Zolberg, op. cit., pp. 40-41.
80 La extensión de la ciudadanía y la atribución de derechos no son el resultado de la
evolución endógena del derecho ni el solo efecto de la labor de teóricos y publicistas. Si
no hay sociedad que avance sin conflictos y tensiones, es difícil negar el papel decisivo
que las movilizaciones sociales desempeñan en la adquisición de derechos elementales y
en su extensión a todas las capas de la sociedad: «Los derechos fundamentales, incluso
en su letra y estilo, se dan a conocer como enfáticas manifestaciones de voluntad y
declaraciones políticas que reaccionan contra experiencias concretas de represión y
vulneración de la dignidad humana. En la mayoría de los artículos [de las Constituciones]
dedicados a derechos fundamentales resuena el eco de una injusticia padecida que, por
así decir, es negada palabra por palabra» (Jürgen Habermas, Facticidad y validez,
Trotta, Madrid, 1998, p. 470).
81 Josep Fontana, El futuro es un país extraño, Pasado y Presente, Barcelona, 2013,
p. 8.
82 T. H. Marshall y T. Bottomore, op. cit., p. 22.
83 L. Ferrajoli, op. cit., p. 116.
84 Cf. Joseph H. Carens, «Aliens and Citizens: The Case for Open Borders», Review
of Politics, vol. 49, núm. 2, 1987, p. 252, y A. Shachar, op. cit., pp. 21-43.
85 Ermanno Vitale, «Modelos normativos de sociedad y migraciones», Arbor, núm.
744, 2010, p. 534.
86 Puesto que la definición del «nosotros» implica de por sí la negación de los «otros»,
la construcción social del ciudadano y del extranjero son respectivamente la cara y la
cruz de un mismo proceso. Aunque cabe reconocer que los esquemas dicotómicos son
inevitables y forman parte de la lógica humana, el proceso de identificación colectiva va

280
más allá: en su forma más cruda, supone un proceso en el que las diferencias étnicas o
culturales se presentan como si fueran «naturales» y como si fueran realidades definidas
y coherentes, esto es, como si fueran realidades externamente delimitadas e internamente
homogéneas (cf. Juan Carlos Velasco, «Pluralidad de identidades e integración cívica»,
Arbor, núm. 722, 2006, pp. 727-729). De este modo se obvia todo lo que tienen de
«construcción social» que se impone a las personas concretas y a los grupos como si
fueran etiquetas indelebles. En este pantanoso terreno no es extraño el recurso a la
mitificación de las diferencias o, dicho en jerga freudiana, al «narcisismo de las pequeñas
diferencias».
87 Francis Fukuyama, El fin de la historia y el último hombre, Planeta, Barcelona,
1992.
88 Samuel Huntington, ¿Quiénes somos?, Paidós, Barcelona, 2004, p. 216.
89 Cf. L. Zanfrini, op. cit., pp. 26-27.
90 Cf. Frederik Barth, Los grupos étnicos y sus fronteras. La organización social de
las diferencias culturales, FCE, México, 1976.
91 En su ensayo «El puente y la puerta», Georg Simmel nos ofrece una iluminadora
reflexión sobre el papel de las fronteras. Éstas serían tanto puentes como puertas, pues
unen igual que separan. Su tesis al respecto es que «sólo al hombre le es dado, frente a la
naturaleza, el ligar y el desatar, y ciertamente en la sorprendente forma de que lo uno es
la presuposición de lo otro» (Georg Simmel, El individuo y la libertad. Ensayos de
crítica de la cultura, Península, Barcelona, 1986, p. 29). Obviamente, sería inútil
separar algo que no está unido y unir algo que no está, en un principio, separado. Por eso
los procesos de ligar y desligar forman dos caras del mismo acto, desde el punto de vista
tanto práctico como lógico: cada uno es presupuesto de lo otro.
92 Cf. Will Kymlicka, Fronteras territoriales, Trotta, Madrid, 2006, p. 45.
93 La apropiación de un territorio por un grupo humano —y más aún si el
asentamiento en el terreno va acompañado de la instalación de un cerco físico que lo
demarque— puede ser entendida como acto fundacional del poder político soberano (cf.
Carl Schmitt, El Nomos de la Tierra en el derecho de gentes del «Ius Publicum
Europaeum», Centro de Estudios Constitucionales, Madrid, 1979, pp. 19-24).
94 Cf. Zygmunt Bauman, Amor líquido, FCE, Buenos Aires, México y Madrid, 2005,
pp. 162-164.
95Cf. John Torpey, «Yendo y viniendo. La monopolización estatal de los legítimos
“medios de movimiento”», Zona abierta, núm. 116-117, 2006, pp. 59-87.

281
96 Según el testimonio de Stefan Zweig, no fue sino hasta los inicios del siglo XX
cuando se generalizó la exigencia de portar determinados documentos oficiales para
cruzar las fronteras, de modo que la datación del cambio sería incluso algo posterior:
«Antes de 1914 la Tierra era de todos. Todo el mundo iba donde quería y permanecía
allí el tiempo que quería. No existían permisos ni autorizaciones […]. La gente subía y
bajaba de los trenes y de los barcos sin preguntar o ser preguntada, no tenía que rellenar
ni uno del centenar de papeles que se exigen hoy en día. No existían salvoconductos ni
visados ni ninguno de esos fastidios. Las mismas fronteras que hoy aduaneros, policías y
gendarmes han convertido en una alambrada a causa de la desconfianza patológica de
todos hacia todos, no eran más que líneas simbólicas que se cruzaban con la misma
despreocupación que el meridiano de Greenwich» (Stefan Zweig, El mundo de ayer, El
Acantilado, Barcelona, 2002, p. 514).
97 La ciudadanía hace las veces de recurso discursivo para la adscripción no sólo de
derechos sino también de identidad. Para alcanzar este último objetivo, uno de los
primeros y más eficaces medios es precisamente la expedición de documentación oficial
que acredite la identidad nacional del individuo que la porta.
98 Wendy Brown, Estados vallados, soberanía en declive, Herder, Barcelona, 2015.
99 Cf. R. Andersson, op. cit.
100 Desde la perspectiva del derecho internacional, las fronteras son límites
nítidamente definidos, incluso con extrema precisión topográfica, pese a que no sean más
que líneas imaginarias que por sí mismas no ocupan un espacio físico (cf. Chadran
Kukathas, «Expatriatism: The Theory and Practice of Open Borders», en Rogers M.
Smith [ed.], Citizenship, Borders, and Human Needs, University of Pennsylvania Press,
Filadelfia, 2011, p. 325). En general, las marcas o zonas fronterizas —como las que
existían en los antiguos imperios— han dejado de existir en el mundo moderno. Una
excepción ya clásica en nuestra época sería la tierra de nadie que separa las dos Coreas.
En este caso no se trata de una mera línea, sino de un espacio de anchura variable,
enormemente ambiguo y donde la soberanía estatal está formalmente cuestionada.
101 J. H. Carens, «Aliens and Citizens…», op. cit.
102 Chandran Kukathas, Immigration and Freedom, 2015 (consultado el 26 de
noviembre de 2015), disponible en
<https://www.academia.edu/12411786/Immigration_and_Freedom_Introduction_to_a_book_of_that_t
103 M. Walzer, op. cit., pp. 44-74.
104 Entre las numerosas publicaciones de Joseph H. Carens sobre el tema, cabe

282
destacar las siguientes: «Aliens and Citizens…», op. cit.; «Migration and Morality», en
B. Barry y R. Goodin (eds.), Free Movement, Penn State University Press, Pensilvania,
1992, pp. 25-47; «Inmigración y justicia», Isegoría, núm. 26, 2002, pp. 5-27, y The
Ethics of Immigration, Oxford University Press, Oxford, 2013.
105 Ernesto Garzón, «Cinco confusiones acerca de la relevancia moral de la diversidad
cultural», Claves de razón práctica, núm. 74, 1997, p. 23.
106 Jürgen Habermas, La constelación posnacional, Paidós, Barcelona, 2000, p. 108.
107 Ryszard Kapuściński, El mundo de hoy, Anagrama, Barcelona, 2004, p. 112.
108 Rainer Bauböck, «Cómo transforma la inmigración a la ciudadanía», en G.
Aubarell y R. Zapata (eds.), Inmigración y procesos de cambio, Icaria, Barcelona, 2004,
p. 181.
109 Peter Singer, Un solo mundo, Paidós, Barcelona, 2003, p. 184.
110Kwame A. Appiah, Cosmopolitismo. La ética en un mundo de extraños, Katz,
Buenos Aires, 2007, p. 19.
111 José Antonio Zamora, «Inmigración, ciudadanía y multiculturalidad», en José A.
Zamora (coord.), Ciudadanía, multiculturalidad e inmigración, Verbo Divino, Estella,
2003, p. 217.
112 W. Kymlicka, Fronteras territoriales…, op. cit., p. 36.
113 Ibid., p. 35.
114 Michael Dummett, Sobre inmigración y refugiados, Cátedra, Madrid, 2004, p. 38.
115
Cf. Héctor C. Silveria Gorski, «Los centros de internamiento de extranjeros y el
futuro del Estado de derecho», Panóptico, núm. 3, 2002, pp. 180-189.
116 Margarita Martínez Escamilla, «¿Qué son los CIE?», Crítica, núm. 973, 2011, p.
56.
117 Cf. Martha Nussbaum, Las fronteras de la justicia, Paidós, Barcelona, 2007, p. 1.

283
1 Stefan Zweig, El mundo de ayer, El Acantilado, Barcelona, 2002, p. 435.
2 Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, Alianza, Madrid, 1987, p. 435. Para
entender el grado de desprotección legal que, según Arendt, es propio de la nuda
condición de ser humano es oportuno tener en cuenta el significado de la noción de
persona en el derecho romano, a pesar de que luego fuera universalizada por el
cristianismo (cf . Roberto Esposito, El dispositivo de la persona, Amorrortu, Buenos
Aires y Madrid, 2012). En Roma, el significado del término persona no coincide con el
del término homo , que era usado preferentemente para indicar al que estaba al margen
del derecho y del cuerpo político de los ciudadanos, por ejemplo, el esclavo, y que
técnicamente estaba asimilado al régimen de la cosa. Persona era únicamente aquel tipo
de homo al que se le atribuía la capacidad de ejercer derechos y asumir deberes (cf.
Hannah Arendt, Sobre la revolución , Alianza, Madrid, 2004, pp. 141-142). Adquiere así
pleno sentido otra pregnante sentencia de la mencionada filósofa: «El mundo no halló
nada sagrado en la pura desnudez del ser humano» (H. Arendt, Los orígenes… , op. cit.,
p. 434).
3 Con la Paz de Westfalia de 1648 se inició en Europa una dinámica histórica que, tras
extenderse a los demás continentes a partir de las grandes revoluciones del siglo XVIII,
condujo a la configuración de un orden internacional centrado en la figura de los Estados,
a los que se les atribuían competencias exclusivas de decisión tanto en el ámbito interno
como en la representación externa. Según el modelo westfaliano, el Estado moderno se
concebía como una unidad política autónoma con base territorial nítidamente delimitada
y con una estructura institucional centralizada dirigida a mantener el monopolio de la
violencia en su interior, tal como ejemplarmente señaló Max Weber (Economía y
sociedad, FCE, México, 1993, p. 1056). En correspondencia directa con estos
presupuestos, «el imaginario jurídico se construyó en torno a la idea de la omnipotencia
del legislador sobre un territorio, de una organización jerárquica de la soberanía y de un
único sistema de fuentes del derecho válido en el interior de las fronteras de cada Estado
concreto» (Ugo Mattei, Bienes comunes. Un manifiesto, Trotta, Madrid, 2013, pp. 28-
29). En realidad, este ideal de concentración del poder fue puesto en práctica en pocos
lugares de manera completamente coherente, pero alcanzó una indudable supremacía en
el plano teórico.
4 Saskia Sassen, Contrageografías de la globalización, Traficantes de Sueños,
Madrid, 2003, p. 104.
5 Cf. Dani Rodrik, La paradoja de la globalización, Antoni Bosch, Barcelona, 2012,
y Jürgen Habermas, Im Sog der Technokratie, Suhrkamp, Berlín, 2013.

284
6 Más que impotencia ante el proceso de globalización económica, como cabría pensar
en una primera instancia, es posible que lo que haya sea, más bien, cierta connivencia de
algunos gobiernos con el sesgo neoliberal imperante (cf. Saskia Sassen, Una sociología
de la globalización, Katz, Buenos Aires, 2007). Éste sería un modo «creativo» de
afrontar el ya famoso trilema formulado por Rodrik (Dani Rodrik, La paradoja…, op.
cit.): un país no puede tener al mismo tiempo democracia, globalización y soberanía
nacional. Dado que, a lo sumo, de las tres opciones sólo puede escoger dos, algunos
tienen claras las prioridades.
7 Saskia Sassen, ¿Perdiendo el control? La soberanía en la era de la globalización,
Bellaterra, Barcelona, 2001, p. 73.
8 H. Arendt, Los orígenes…, pp. 406-407.
9 Arjun Appadurai, «Soberanía sin territorialidad. Notas para una geografía
posnacional», Nueva Sociedad, núm. 163, 1999, p. 116.
10Cf. Bernardo Bolaños, «Migración, derecho consular y justicia global», Isonomía ,
núm. 30, 2009, pp. 11-17.
11 Carlo Galli, La humanidad multicultural, Katz, Buenos Aires y Madrid, 2010, p.
53.
12 Cf. Gabriel Bello, Emigración y ética, Plaza y Valdés, Madrid, 2011.
13Cf. Fabio Baggio, «Fronteras nacionales, internacionalizadas y externalizadas», en
M. E. Anguiano y A. M. López Sala (eds.), Migraciones y fronteras, Icaria / CIDOB,
2010, pp. 49-73.
14 Cf. S. Sassen, ¿Perdiendo el control?..., op. cit.
15 Cf. Christian Joppke, Citizenship and Immigration, Polity Press, Cambridge, 2010,
pp. 73-110.
16 En ausencia de un acuerdo bilateral de doble nacionalidad, la concesión de una
nueva nacionalidad por naturalización puede estar condicionada a la renuncia de la
antigua. Por su parte, la desnaturalización o revocación de los derechos de nacionalidad
es una práctica amparada por las legislaciones nacionales. En la legislación española, por
ejemplo, el artículo 25 del Código Civil recoge los motivos de pérdida de la nacionalidad
de quienes no son españoles de origen, entre los que se detallan haber seguido usando la
nacionalidad anterior a la que se dijo renunciar, ser militar o tener un cargo público en un
país extranjero (sólo en el caso de que se haya ocupado «contra la prohibición expresa
del gobierno» español) o haber falsificado el expediente del proceso de naturalización.

285
Motivos similares se contemplan en el mencionado artículo 37 de la Constitución
mexicana.
17 Stephen Castles, «Factores que hacen y deshacen las políticas migratorias», en A.
Portes y J. DeWind (coords.), Repensando las migraciones, Miguel Ángel Porrúa,
México, 2006, p. 53.
18 Ibid., pp. 45-46.
19 Steven Vertovec, «Desafíos transnacionales al “nuevo” multiculturalismo»,
Migraciones y Desarrollo , núm. 1, 2003, p. 11.
20Cf. Saskia Sassen, Territorio, autoridad y derechos, Katz, Buenos Aires y Madrid,
2010, p. 375.
21 Liliana Suárez, «La perspectiva transnacional en los estudios migratorios», en J.
García Roca y J. Lacomba (eds.), Inmigración en la sociedad española , Bellaterra,
Barcelona, 2008, p. 777.
22 L. Suárez, op. cit., p. 788.
23Peggy Levitt y Nina Glick Schiller, «Perspectivas internacionales sobre migración»,
Migración y Desarrollo, núm. 3, 2004, p. 61.
24Cf. Steven Vertovec, «Cheap Calls: The Social Glue of Migrant Transnationalism»,
Global Networks, vol. 4, núm. 2, 2004, pp. 219-224.
25 Gérard-François Dumont, «La nueva lógica migratoria del siglo XXI», Debats, núm.
99, 2008, p. 75.
26 Cf. L. Suárez, op. cit., pp. 777-778. La llamada «globalización desde abajo» o
«globalización de las bases» tiene como protagonistas a distintas instituciones de la
sociedad civil (y, por ende, no gubernamentales), movimientos sociales, redes de
activismo y organizaciones transnacionales y transurbanas que luchan por encima de
fronteras nacionales con el fin de modificar la agenda global e introducir en ella
cuestiones como la desigualdad, los derechos humanos, el medio ambiente y la salud (cf.
Arjun Appadurai, El rechazo de las minorías, Tusquets, México, 2013, pp. 161-169).
27 Steven Vertovec, «Transnacionalismo migrante y modos de transformación», en A.
Portes y J. DeWind (coords.), Repensando las migraciones, op. cit., p. 157.
28 Cf. Cristina Blanco, «Procesos migratorios contemporáneos y su incidencia en los
tradicionales paradigmas de integración», en J. García Roca y J. Lacomba (eds.),
Inmigración en la sociedad española , Bellaterra, Barcelona, 2008, pp. 267-288.

286
29 Alejandro Portes, «Convergencias teóricas y evidencias empíricas en el estudio del
transnacionalismo de los inmigrantes», Migración y Desarrollo , núm. 4, 2005, p 15.
30 P. Levitt y N. Glick Schiller, op. cit.
31 La caracterización de los migrantes como híbridos culturales tiene una larga
tradición en la sociología, cuyo origen lo podemos ubicar en el clásico trabajo de Robert
E. Park de 1928 («Las migraciones humanas y el hombre marginal», Scripta Nova.
Revista Electrónica de Geografía y Ciencias Sociales, núm. 75, 2000). En este
acreditado texto se destaca el componente existencial de desarraigo propio de la
experiencia migratoria y, sobre todo, su vinculación con la marginación social. Dejando
este segundo aspecto aparte, con la migración surgirían individuos híbridos fruto de la
fusión —o resultado, más bien, «del contacto y colisión»— de formas de vida y de
tradiciones de dos pueblos distintos. Park apunta así a la idea de un ambivalente estar
entre dos mundos contiguos y a menudo ajenos: el migrante es un hombre «que vive en
dos mundos y en ambos es más o menos un extranjero». Durante un tiempo
experimentan una intensa autoconciencia, no exenta de agitación interna, en la que «los
viejos hábitos van deshaciéndose y los nuevos no han llegado a formarse».
32Iker Barbero y Libardo J. Ariza, «Ciudadanía más allá del Estado-nación», en
Yasemin Soysal et al., Ciudadanía sin nación , Siglo del Hombre, Bogotá, 2010, p. 61.
33 Rainer Bauböck, «Cómo transforma la inmigración a la ciudadanía», en G. Aubarell
y R. Zapata (eds.), Inmigración y procesos de cambio , Icaria, Barcelona, 2004, p. 183.
34 Saskia Sassen, Contrageografías de la globalización, Traficantes de Sueños,
Madrid, 2003, p. 89.
35 Sandro Mezzadra, Derecho de fuga. Migraciones, ciudadanía y globalización,
Traficantes de Sueños, Madrid, 2005, p. 50.
36 Joseph H. Carens, «La integración de los inmigrantes», en G. Aubarell y R. Zapata
(eds.), Inmigración y procesos de cambio, Icaria, Barcelona, 2004, p. 399.
37 El Welfare State es un modelo de sociedad inclusiva que desde el auge del
neoliberalisno se bate en retirada en aquellos pocos países en que llegó a ser una realidad
tangible. Si esta tendencia se mantiene, corre el riesgo de verse convertido en un efímero
episodio de la historia social. De ahí también que los derechos sociales de los que ahora
pueden disfrutar algunos inmigrantes sean una sombra de aquellos que estaban vigentes
hasta fechas recientes (entre otros, cf. Joseph Fontana, El futuro es un país extraño,
Pasado y Presente, Barcelona, 2013). Así se pone además de manifiesto que las
conquistas sociales son siempre dependientes de una frágil y fluctuante correlación de

287
fuerzas históricas y que, por lo tanto, tienen un ingrediente mayor de compromiso (en el
sentido de acuerdo de concesiones mutuas) que otros derechos conquistados
democráticamente.
38 Cf. Ana M. López Sala, Inmigrantes y Estados, Anthropos, Barcelona, 2005, pp.
132-141.
39 El término denizen es un antiguo vocablo inglés hasta hace poco en desuso que,
gracias a la obra de Tomas Hammar (Democracy and the Nation State, Avebury Press,
Aldershot, 1990), ha alcanzado una amplia recepción en la bibliografía especializada en
temas migratorios. «En su uso contemporáneo», tal como señala Sassen, dicho término
«subraya que la tajante distinción tradicional entre el extranjero y el ciudadano se ha
erosionado y que un gran número de ciudadanos extranjeros han establecido relaciones
íntimas, intensas, seguras y duraderas con su país de residencia. Son miembros de esas
comunidades incluso aunque sean extranjeros» (Saskia Sassen, Inmigrantes y
ciudadanos. De las migraciones masivas a la Europa fortaleza, Siglo XXI, Madrid,
2013, p. 197, nota 14).
40 Cf. S. Mezzadra, op. cit., p. 106.
41Cf. Sandro Mezzadra y Brett Neilson, Borders as Method, or the Multiplication of
Labor, Duke University Press, Durham, 2013.
42 Cf. Étienne Balibar, Violencias, identidades y civilidad, Gedisa, Barcelona, 2005,
p. 80.
43 Immanuel Wallerstein, Geopolítica y geocultura, Kairós, Barcelona, 2007, p. 263.
44 Cf. Thomas Faist y Jürgen Gerdes, «La doble ciudadanía como un proceso
dependiente de la trayectoria», en A. Portes y J. DeWind (coords.), Repensando las
migraciones , op. cit., pp. 97-129.
45 Cf. David Cook-Martin, «El pasaporte del abuelo», en Pablo Mateos (ed.),
Ciudadanía múltiple y migración: perspectivas latinoamericanas , CIDE / CIESAS,
México, 2015, pp. 145-169.
46 Cf. Liliana Suárez, «Ciudadanía e inmigración: ¿un oxímoron?», Puntos de Vista,
núm. 4, 2005, pp. 29-47. No obstante, la ambigüedad queda patente en la medida en que
«la doble ciudadanía, que a primera vista parecía ser parte de una era posnacional, a
menudo sirve como herramienta clave que los Estados usan para promover sus proyectos
nacionales» (Yossi Harpaz, «La doble nacionalidad como herramienta geopolítica,
régimen de movilidad y forma de capital», en Pablo Mateos (ed.), Ciudadanía múltiple y
migración…, op. cit., p. 274).

288
47 Puesto que la posesión de una determinada nacionalidad, que en la mayoría de los
casos viene dada por la lotería del nacimiento, condiciona enormemente el conjunto de
oportunidades que los individuos pueden disfrutar a lo largo de la vida, la posesión de dos
o más nacionalidades permite maximizar la movilidad y aumentar las opciones
disponibles. De este modo, no todos los individuos juegan a esa lotería global con el
mismo número de boletos: quienes poseen una única nacionalidad lo hacen con un único
número; los que tienen dos o más nacionalidades juegan con varios números, y los
apátridas, sin ningún número. Desde la perspectiva de los agentes, la adquisición de una
segunda nacionalidad puede verse, entonces, como un modo estratégico de desafiar el
determinismo del nacimiento.
48
S. Vertovec, «Desafíos transnacionales…», art. cit., p. 17.
49 R. Bauböck, 2011, pp. 182-183.
50 Cf. P. Levitt y N. G. Schiller, op. cit., p. 78.
51 Subrayar el componente identitario e incluso emocional del estatuto de ciudadano
nacional no implica, sin embargo, negar la evidente utilización instrumental que se hace
de él para la satisfacción de necesidades más prosaicas de supervivencia y promoción
social. Esta utilización subyace con frecuencia en los casos de doble ciudadanía, en los
que la identificación emocional y la perspectiva pragmática pueden disociarse o
combinarse en variados grados de intensidad.
52 Cf. Ferrucio Pastore, «El continente móvil. Migraciones y relaciones
internacionales», Vanguardia / Dossier, núm. 22, 2007, p. 111.
53Cf. Catherine Wihtol de Wenden, El fenómeno migratorio en el siglo XXI, FCE,
México, 2013, pp. 186-195.
54 Cf. Arjun Appadurai, «Soberanía sin territorialidad. Notas para una geografía
posnacional», Nueva Sociedad, núm. 163, 1999, pp. 113-114.
55 Sólo dos ejemplos. México cuenta desde 2003 con el Instituto de los Mexicanos en
el Exterior, órgano de la Secretaría de Relaciones Exteriores, que remplazó en sus
funciones al Consejo Nacional para las Comunidades Mexicanas en el Exterior, creado en
1990 con el objetivo de promover la vinculación de dichas comunidades con el país.
Colombia, por su parte, puso en marcha pocos años después el programa Colombia Nos
Une, adscrito a la Dirección de Asuntos Migratorios, Consulares y Servicio al Ciudadano,
que busca vincular a los colombianos en el exterior y hacerlos sujetos de políticas
públicas.
56 Cf. Seyla Benhabib, Los derechos de los otros, Gedisa, Barcelona, 2005, pp. 107-

289
108 y 125-129.
57 Cf. Yasemin N. Soysal, Limits of Citizenship: Migrants and Postnational
Membership in Europe , University of Chicago Press, Chicago, 1994; Aihwa Ong,
Flexible Citizenship , Duke University Press, Durham, 1999; Linda Bosniak,
«Citizenship Denationalized», Indiana Journal of Global Law Studies , vol. 7 (2), 2000,
pp. 446-509; Rainer Bauböck, «Cómo transforma la inmigración a la ciudadanía», en G.
Aubarell y R. Zapata (eds.), Inmigración y procesos de cambio, Icaria, Barcelona, 2004,
pp. 177-214, y Stephen Castles, «Globalización e inmigración», en G. Aubarell y R.
Zapata (eds.), Inmigración y procesos de cambio, op. cit., pp. 33-56.
58 Will Kymlicka, «Le mythe de la citoyenneté transnationale», Critique
internationale, núm. 23, 2004, pp. 97-111.
59 Samuel Huntington, ¿Quiénes somos?, Paidós, Barcelona, 2004, p. 241.
60Sandro Mezzadra, «Capitalismo, migraciones y luchas sociales», Nueva Sociedad,
núm. 37, 2012, p. 162.
61 Cf. Ariadna Estévez, Derechos humanos, migración y conflicto, UNAM, México,
2014, pp. 43-74.
62 Amartya Sen, La idea de la justicia, Taurus, Madrid, 2010, pp. 172-173.
63 En la expresión «el derecho a tener derechos», acuñada por Hannah Arendt (Los
orígenes del totalitarismo, Alianza, Madrid, 1987, vol. 2, pp. 430-433), la doble
referencia al término derecho tendría una acepción diferente en cada caso: mientras que
en el primer caso se alude a un imperativo o derecho moral a la membresía o pertenencia
a una comunidad política, en el segundo tendría un sentido jurídico, de derechos
positivos reclamables. Arendt destaca que sólo si se pertenece a una determinada
comunidad política se es portador de derechos, pues de facto no se distingue entre el
«derecho a tener derechos» y el «derecho a pertenecer a algún tipo de comunidad
organizada», lo que a su vez posibilitaría «no ser excluido(a) del derecho a luchar por sus
derechos» (Étienne Balibar, Ciudadanía, Adriana Hidalgo, Buenos Aires, 2013, p. 109).
La expresión arendtiana también podría reescribirse como el «derecho a tener un lugar en
el mundo», una formulación que adquiriría un enorme potencial argumentativo en el
ámbito de la discusión sobre el ius migrandi en cuanto reclamación de justicia y
reconocimiento. La posesión de una nacionalidad cobraría entonces el sentido —en
absoluto banal— de tener al menos un lugar sobre la tierra del que a uno no se le puede
expulsar.
64 Entre otros, cf. Y. N. Soysal, Limits…, op. cit.

290
65Cf. Juan Antonio Carrillo Salcedo, Dignidad frente a barbarie. La Declaración
Universal de Derechos Humanos, cincuenta años después , Trotta, Madrid, 1999.
66 Charles S. Beitz, La idea de los derechos humanos, Marcial Pons, Madrid, 2012, p.
37.
67 Jorge A. Bustamante, Migración internacional y derechos humanos, UNAM,
México, 2002, p. 191.
68 S. Sassen, ¿Perdiendo el control? , op. cit., p. 18.
69 La formulación completa de este artículo reza así: «Cada uno de los Estados Partes
en el presente Pacto se compromete a respetar y a garantizar a todos los individuos que
se encuentren en su territorio y estén sujetos a su jurisdicción los derechos reconocidos
en el presente Pacto, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión
política o de otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o
cualquier otra condición social».
70 S. Sassen, ¿Perdiendo el control?, op. cit., p. 97.
71 Juan Antonio Carrillo Salcedo, Dignidad frente a barbarie, op. cit., p. 136.
72 Cf. Seyla Benhabib, Las reivindicaciones de la cultura, Katz, Buenos Aires, 2006,
pp. 244-249.
73 Will Kymlicka, Fronteras territoriales, Trotta, Madrid, 2006, pp. 37-38.
74 Así, por ejemplo, en el ordenamiento jurídico español (de acuerdo con la STC 107 /
84) pueden distinguirse, en principio, tres tipos de derechos fundamentales en virtud de la
naturaleza de sus destinatarios: a) derechos comunes a nacionales y extranjeros, b)
derechos condicionados a la configuración legal, y c) derechos vinculados a la
nacionalidad (cf . Javier de Lucas, «Ciudadanía, extranjería y derechos», en VV. AA.,
Constitución y derechos fundamentales, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales,
Madrid, 2004, pp. 381-382). Aunque sea más que discutible por dónde ha de trazarse la
línea divisoria, es indudable que la jurisprudencia constitucional reconoce una serie
importante de derechos a los no nacionales.
75 En el caso español, en virtud del artículo 10. 2 de la Constitución de 1978, los
derechos humanos reconocidos por el derecho internacional se han convertido no sólo en
criterio hermenéutico cualificado de la jurisprudencia interna, sino incluso en derecho
directamente aplicable. Entre las democracias liberales, el Reino Unido representaría una
clara excepción en este terreno, pues muy raramente los tratados internacionales son
incorporados plenamente a su derecho interno (cf . Michael Dummett, Sobre

291
inmigración y refugiados, Cátedra, Madrid, 2004).
76 Seyla Benhabib, Las reivindicaciones…, op. cit., p. 246.
77 Cf. Yasemin Soysal et al., Ciudadanía sin nación, estudio preliminar de Iker
Barbero y Libardo J. Ariza, Siglo del Hombre, Bogotá, 2010, p. 127.
78 R. Bauböck, «Cómo transforma…», art. cit., p. 180.
79Cf. T. H. Marshall y Tom Bottomore, Ciudadanía y clase social, Alianza, Madrid,
1998, p. 128.
80 Javier de Lucas, El desafío de las fronteras. Derechos humanos y xenofobia frente
a una sociedad plural, Temas de Hoy, Madrid, 1994, pp. 24-25.
81 Javier Peña, «Migraciones y apertura cosmopolita de la ciudadanía», Arbor, núm.
755, 2012, p. 534.
82 Alexis de Tocqueville, El Antiguo Régimen y la Revolución, Alianza, Madrid, 2004,
p. 210.
83 Cf. Judith Shklar, Los rostros de la injusticia, Herder, Barcelona, 2010, p. 95.

292
1 Cf. Henrik Mouritsen, «The civitas sine suffragio. Ancient Concepts and Modern
Ideology», Historia. Zeitschrift für alte Geschichte, vol. 56, núm. 2, 2007, pp. 141-
158, y Wolfgang Kunkel, Historia del Derecho romano, Ariel, Barcelona, 1989, pp. 44-
45.
2Nicolás Maquiavelo, Discursos sobre la primera década de Tito Livio, Alianza,
Madrid, 2003, p. 191.
3 Luciano Andrenacci, «Imparis Civitatis. Elementos para una teoría de la ciudadanía
desde una perspectiva histórica», Sociohistórica, núm. 13-14, 2003, p. 94.
4 Joseph H. Carens, «La integración de los inmigrantes», en G. Aubarell y R. Zapata
(eds.), Inmigración y procesos de cambio, Icaria, Bacelona, 2004, p. 401.
5 Cf. Carlos Fuentes, La frontera de cristal, Alfaguara, Madrid, 1995.
6 Cf. Étienne Balibar, Les frontières de la démocratie, La Découverte, París, 1992.
7 Liliana Suárez, «Ciudadanía e inmigración: ¿un oxímoron?», Puntos de Vista, núm.
4, 2005, p. 30. La abolición de la figura del súbdito y la emergencia del ciudadano
representan, sin duda, el legado más valioso que los procesos revolucionarios del XVIII
transmitieron a las generaciones posteriores: «Los Estados nacidos de las revoluciones
democráticas se convertirán en espacios jurídicos y políticos donde desaparecerán los
privilegios por nacimiento. Esa aspiración se cristalizará en la figura jurídica y política del
ciudadano, un sujeto político autónomo, dotado de derechos y obligaciones y con igual
capacidad de influencia política a través del voto» (Félix Ovejero, Contra Cromagnon,
Ediciones de Intervención Cultural, Barcelona, 2006, p. 85).
8 Georg Jellinek, Allgemeine Staatslehre, Häring, Berlín, 1914, pp. 406-427.
9 Cf, Tomas Hammar, Democracy and the Nation State, Aldesrshot, Avebury Press,
1990; Marco Martiniello, «Citizenship of the European Union: a critical view», en R.
Bauböck (ed.), From Aliens to Citizens, Aldershot, Avebury Press, 1994, pp. 29-47;
Stephen Castles, «Jerarquías de ciudadanía en el nuevo orden global», Anales de la
Cátedra Francisco Suárez, núm. 37, 2003, pp. 9-33, y Sandro Mezzadra y Brett
Neilson, «Fronteras de inclusión diferencial», Papeles del CEIC, vol. 2014 / 2, núm.
113, 2014, pp. 1-30.
10 Cuando los inmigrantes con residencia legal pierden el empleo, algo sumamente
común en épocas de crisis, en algunos lugares (por ejemplo, en España) pierden también
este estatus administrativo y caen en una situación de irregularidad sobrevenida, un
riesgo del que, sin embargo, están libres aquellos que han accedido a la nacionalidad por

293
naturalización.
11Cf. Lydia Morris, Managing Migration. Civic Stratification and Migrants’ Rights,
Routledge, Londres, 2002, y S. Castles, «Jerarquías…», art. cit.
12 Desde una perspectiva de legislación comparada, los extranjeros con permiso de
residencia indefinida no sólo carecen habitualmente de derechos de participación política,
sino también de otros de distinto tenor, como, por ejemplo, el derecho de acceso a la
función pública y, en especial, el derecho a desempeñar funciones o cargos que
impliquen el ejercicio de la autoridad. Por lo general, también el derecho / deber de
participar en la defensa nacional les sería ajeno.
13 También entre los metecos de la Grecia clásica (a quienes se les atribuía un estatus
intermedio entre ciudadano y esclavo) y los actuales trabajadores migrantes puede
establecerse un parangón similar, pues ambos grupos estarían igualmente excluidos de los
beneficios de la ciudadanía plena (cf. Michael Walzer, Las esferas de la justicia, FCE,
México, 1993, pp. 65-73).
14Cf. Rainer Bauböck, «Expansive Citizenship – Voting beyond Territory and
Membership», Political Science & Politics, 38 (4), 2005, pp. 763-767.
15 A partir de 2009, coincidiendo con el desorbitado aumento de las tasas de
desempleo en España, el saldo migratorio se ha invertido de tal modo que ha incidido
sensiblemente en el cómputo total de la población residente en el país, que durante el
cuatrienio 2011-2014 disminuyó en 664 372 personas. En ese mismo periodo el número
de extranjeros mermó en torno a 1 050 000, hasta situarse en 4 718 864 a fecha de 1º de
enero de 2015 (cf. INE, «Avance de la Estadística del Padrón Continuo a 1 de enero de
2105», Instituto Nacional de Estadística, Madrid, 2015). La disminución del número de
extranjeros se debe principalmente a dos factores: a la reemigración y al notable aumento
del número de naturalizaciones concedidas, que se multiplicaron por diez en una década
y pasaron de las 11 996 otorgadas en el año 2000 a las 123 718 en el 2010. En 2013
fueron 225 793 y en 2014, 205 880 (cf. INE, Estadística de adquisiciones de
nacionalidad española, Instituto Nacional de Estadística, Madrid, 2015b). En total, entre
1994 y 2014 más de 970 000 extranjeros adquirieron nacionalidad española.
16 Cf. Thomas Huddleston et al., Migrant Integration Policy Index 2011 (MIPEX
III), British Council & Migration Policy Group, 2011.
17 La integración social es definida en el II Plan Estratégico de Ciudadanía e
Integración (2011-2014), en correspondencia con el anterior plan aprobado por el
gobierno de España en 2007, como «un proceso bidireccional, de adaptación mutua y de
acomodación, que afecta al conjunto de la ciudadanía, tanto a los autóctonos como a los

294
de origen extranjero» y en el que estarían implicados todos los agentes e instituciones
sociales (cf. Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales, II Plan Estratégico de
Ciudadanía e Integración [2011-2014], Madrid, 2011, pp. 105-110).
18 Jürgen Habermas, Ach, Europa!, Suhrkamp, Fráncfort, 2008, p. 93.
19 Pablo Santolaya y Miguel Revenga, Nacionalidad, extranjería y derecho de
sufragio, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, Madrid, 2007, p. 39.
20 Cf. T. Huddleston et al., op. cit., pp. 182 y 186.
21 Ángeles Solanes, «La participación política de las personas inmigrantes», Derechos
y Libertades, núm. 18, 2008, p. 88.
22 Cf. P. Santolaya y M. Revenga, op. cit., p. 38.
23 Cf. Á. Solanes, op. cit.
24 Cf. Guillermo Toral, «Las papeletas y el papel de los inmigrantes», Migraciones.
Reflexiones cívicas, 2008, disponible en
<http://www.madrimasd.org/blogs/migraciones/2008/10/06/102701>.
25Cf. VV. AA., Los derechos de participación como elemento de integración de los
inmigrantes, Fundación BBVA, Bilbao, 2008, pp. 97-118.
26 G. Toral, op. cit.
27 Christoph Menke y Arnd Pollmann, Filosofía de los derechos humanos, Herder,
Barcelona, 2010, p. 121.
28 J. H. Carens, «La integración…», art. cit., p. 404.
29 Luicy Pedroza, «¿Por qué los migrantes deben tener el derecho a votar?»,
Fronteras adentro (2011), disponible en <http://www. letraslibres.com/blogs/frontera-
adentro/por-que-los-migrantes-deben-tener-el-derecho-votar>.
30Jacques Rancière, El desacuerdo. Política y filosofía, Nueva Visión, Buenos Aires,
1996, pp. 25-26.
31 Alessandro Ferrara, El horizonte democrático, Barcelona, Herder, 2014, p. 29.
32 VV. AA., Los derechos…, op. cit., p. 53.
33 Cf. Stephen Castles y Mark J. Miller, La era de la migración, Universidad
Autónoma de Zacatecas / Porrúa, México, 2004, p. 334.
34 El caso de Barcelona se repite en otras muchas ciudades de países democráticos

295
europeos. Así, por ejemplo, en Berlín (con datos referidos al año 2000), de 2.87 millones
de berlineses mayores de 18 años, 480 000 no tenían derecho de sufragio (16.5%). En
varios distritos de la capital (Friedrichhain-Kreuzberg, Neuköln y Mitte), el porcentaje de
la población sin derecho a voto giraba en torno a 25%. Este considerable segmento de la
población berlinesa estaría excluido no sólo de las elecciones ordinarias, sino también de
las diversas consultas populares que, especialmente desde el año 2007, han proliferado
en esta ciudad (cf. Günter Piening, «Wahlrecht statt Kulturkampf», en S. Stemmler [ed.],
Multikultur 2. 0, Bundeszentrale für politische Bildung, Bonn, 2011, pp. 216-218).
35 Javier Peña, «Migraciones y apertura cosmopolita de la ciudadanía», Arbor, núm.
755, 2012, p. 535.
36 Cf. S. Castles y M. J. Miller, op. cit., p. 340. Los distintos modelos de ciudadanía
inciden de manera significativa en la marcha de los procesos de acomodo de los
inmigrantes: pueden imponer la inserción e intensificarla, pero también pueden
obstaculizarla y frenarla. Éstas son precisamente las principales metas que de manera
explícita o implícita se plantea cualquier política migratoria.
37 Por señalar un solo ejemplo, cf. PNUD, Informe sobre desarrollo humano 2009.
Superando barreras: movilidad y desarrollo humanos, Mundi-Prensa, Madrid, 2009. Es
sumamente significativo que en el prestigioso Migrant Integration Policy Index (MIPEX),
en su tercera edición (T. Huddleston et al., op. cit.), entre los siete indicadores de
integración seleccionados se encuentre el acceso a la nacionalidad. En este punto el
caso óptimo sería aquel en el que «todos los residentes estables que creen que su futuro
está en el país obtienen un pleno apoyo para convertirse en ciudadanos y poder participar
en condiciones de igualdad en la vida pública. Todos los ciudadanos pueden tener una
doble nacionalidad».
En lo que respecta a este relevante punto, España se encuentra entre los principales
países de inmigración con peor vía de obtención de la ciudadanía para todos los recién
llegados y sus descendientes (cf. T. Huddleston et al., op. cit., pp. 183 y 187). No
obstante, esta calificación tan sólo sería válida en referencia al régimen general que señala
el artículo 22 del Código Civil (que exige diez años de residencia para incoar el
procedimiento) y no al previsto, como excepción (aunque sea, en realidad, la vía más
demandada), para aquellas personas procedentes de los países con los que se mantienen
especiales vinculaciones históricas (los iberoamericanos, Andorra, Filipinas, Guinea
Ecuatorial y Portugal, o los sefardíes), que disfrutan de un régimen sensiblemente más
benigno y requieren sólo dos años de residencia (cf. Claudia Finotelli y Maria Caterina La
Barbera, «When the exception becomes the rule: The Spanish citizenship regime»,
Migrations Letters, vol. 10, núm. 2, 2013, pp. 246-253). Cabría, pues, describir el
régimen español de acceso a la nacionaldad como un régimen selectivo pero no

296
restrictivo.
38 Cf. Sami Naïr, La Europa mestiza, Círculo de Lectores / Galaxia Gutenberg,
Barcelona, 2010, p. 323.
39 Cf. S. Sassen, Inmigrantes y ciudadanos…, op. cit., p. 196.
40 Rainer Bauböck, «Lealtades rivales e inclusión democrática en contextos
migratorios», Revista Internacional de Filosofía Política, núm. 27, 2006, p. 54.
41 La integración social, una noción compleja y polémica, incluye otras dimensiones.
Tradicionalmente, como señala Solé, se entiende como un proceso en el que se dan cita
con mayor o menor intensidad cuatro variables: la inserción laboral u ocupacional, la
adaptación urbana, la aceptación institucional o jurídico-política y la adopción de pautas
culturales (Carlota Solé, Inmigración y ciudadanía, Anthropos, Barcelona, 2011, pp. 40-
42).
42 Cf. T. Huddleston et al., op. cit., p. 18.
43 Cf. S. Sassen, Inmigrantes y ciudadanos…, op. cit., p. 195.
44 Cf. Jasper Dag Tjaden (ed.), Acces to Citizenship and its Impact on Immigrant
Integration. Handbook for Spain, s. l., s. e., 2013, p. 21. Disponible en <http://eudo-
citizenship. eu/images/acit/acit_handbook_spain_english. pdf>.
45 Elena García Guitián, «Los derechos políticos de los inmigrantes», en VV. AA.,
Inmigración. Un desafío para España, Pablo Iglesias, Madrid, 2005, p. 179.
46 Nancy Fraser, Escalas de justicia, Herder, Barcelona, 2008, p. 49, nota 24.
47 Ibid., p. 49.
48 Judith Shklar, Los rostros de la injusticia, Herder, Barcelona, 2010, p. 171.
49 Ibid., p. 172.
50 Cf. Nicholas P. de Genova, «Migrant “illegality” and deportability in everyday life»,
Annual Review of Anthropology, vol. 31, 2002, pp. 419-447, y Noelia González Cámara,
Migrantes, procesos de irregularización y lógicas de acumulación y exclusión: un
estudio desde la filosofía política, tesis de doctorado, Universitat Pompeu Fabra,
Barcelona, 2011.
51 El carácter subalterno atribuido en general a la población migrante deriva en gran
medida del predominio de los movimientos masivos de mano de obra no cualificada. En
ese contexto, migrantes cualificados resultan con frecuencia también subempleados.

297
También los hay, cierto es, que tienen reconocida su alta cualificación y que son
apreciados por ello. En todo caso, los migrantes no conforman una clase social uniforme,
ya que presentan diferencias muy acusadas entre ellos mismos, tanto en lo referente a los
ingresos como en lo relativo al estatus o posición jurídica que disfrutan.
52 De acuerdo con la teoría marxista, el mantenimiento de salarios bajos, que
garanticen un elevado nivel de plusvalías para el capital, requiere una masa de
trabajadores sin empleo que fuerce a los que sí lo tienen a aceptar salarios de
subsistencia. Esa función sería la que cumplirían en las sociedades de inmigración los
trabajadores extranjeros en situación irregular.
53 David Harvey, Breve historia del neoliberalismo, Akal, Madrid, 2011, p. 203.
54 Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, Alianza, Madrid, 1987, p. 417.
55 Cf. Gabriel Bello, Emigración y ética, Plaza y Valdés, Madrid, 2011, pp. 119-148.
56 Saskia Sassen, «Die Kriminalisierung von Migranten», Blätter für deutsche und
internationale Politik, núm. 8, 2004, p. 957.
57 La mencionada convención reconoce derechos básicos y establece protecciones
para los migrantes con estatus legal, pero deliberadamente excluye de tales garantías a los
migrantes sin estatus. Tampoco propugna la obligación de regularizar la situación de los
inmigrantes indocumentados (así, el artículo 35 señala expresamente: «Ninguna de las
disposiciones de la presente Parte de la Convención se interpretará en el sentido de que
implica la regularización de la situación de trabajadores migratorios o de familiares suyos
no documentados o en situación irregular o el derecho a que su situación sea así
regularizada»). No obstante, recoge en su preámbulo una serie de consideraciones que no
tienen desperdicio alguno: «Teniendo presente que los problemas humanos que plantea la
migración son aún más graves en el caso de la migración irregular, y convencidos por
tanto de que se debe alentar la adopción de medidas adecuadas a fin de evitar y eliminar
los movimientos y el tránsito clandestinos de los trabajadores migratorios, asegurándoles
a la vez la protección de sus derechos humanos fundamentales.
»Considerando que los trabajadores no documentados o que se hallan en situación
irregular son empleados frecuentemente en condiciones de trabajo menos favorables que
las de otros trabajadores y que para determinadas empresas ello constituye un aliciente
para buscar ese tipo de mano de obra con el objeto de obtener los beneficios de una
competencia desleal.»
58Cf. Saskia Sassen, Territorio, autoridad y derechos, Katz, Buenos Aires y Madrid,
2010, pp. 370-372.

298
59 Que lo arriba señalado no es una expresión retórica queda manifiesto cuando se
observan algunos casos de discriminación legal especialmente lacerantes, pero no
infrecuentes, como, por ejemplo, la decisión adoptada por la Corte Suprema de los
Estados Unidos en 2002, que, desafiando la legislación internacional, despojó a los
trabajadores inmigrantes irregulares de indemnización alguna en caso de que fueran
despedidos por desplegar actividades sindicales (cf. Jorge A. Bustamante, Migración
internacional y derechos humanos, UNAM, México, 2002, pp. 171-176).
60 El coste humano del mantenimiento del sistema de irregularidad migratoria es
inmenso: explotación, violencia, extorsión, secuestros, trabajos forzados, forman parte
del «día a día de todos aquellos que, empujados al exilio, se ven obligados a eludir las
vías legales a causa de la multiplicación de controles» (Claire Rodier, El negocio de la
xenofobia, Clave Intelectual, Madrid, 2013, p. 147).
61 Nicholas de Genova «La “ilegalidad” migratoria y la metafísica del antiterrorismo»,
Rebelión, p. 1 (consultado el 4 de junio de 2016), disponible en <http://www. rebelion.
org/noticias/2006/11/41021.pdf>.
62 Cf. Margarita Martínez Escamilla, «¿Qué son los CIE?», Crítica, núm. 973, 2011,
pp. 54-58.
63 Michel Foucault, Vigilar y castigar, Siglo XXI, Madrid, 2005, p. 285.
64 Cf. N. P. de Genova, «La “ilegalidad” migratoria…», art. cit.
65 No obstante, y pese a las indisimuladas tentativas de mantenerlos sumidos en un
estado de docilidad, se observa entre los inmigrantes irregulares un despertar de la
combatividad (cf. N. González Cámara, Migrantes, procesos…, op. cit., cap. 5). Así, y
pese a la vulnerabilidad de su condición de indocumentados, en diversos países
democráticos han protagonizado, en complicidad con otros colectivos sociales, luchas
políticas a favor de la revisión no sólo de su propia situación, sino también de los límites
aceptables de la comunidad política y, por ende, por la extensión de la ciudadanía (cf.
Suárez et al., Las luchas de los «sin papeles» y la extensión de la ciudadanía,
Traficantes de Sueños, Madrid, 2007; Sandro Mezzadra, «Capitalismo, migraciones y
luchas sociales», Nueva Sociedad, núm. 37, 2012, pp. 159-178). No sólo desafían la
amenaza de expulsión que se cierne sobre ellos, sino que se atreven a erigirse en sujetos
políticos y convertirse en parte legítima del demos. Los efectos de estas movilizaciones
no se limitan al círculo de sus propios actores, sino que tienen una derivación
democratizadora en el conjunto de la sociedad: «La lucha de los sin-papeles ha llevado a
una parte de los intelectuales y de la opinión a reactivar la idea de la desobediencia civil,
recordándonos que ésta —con todos los riesgos que comporta— constituye un

299
componente esencial de la ciudadanía y contribuye a restablecerla en los momentos de
crisis o cuando se cuestionan sus principios» (Étienne Balibar, Nosotros, ¿ciudadanos de
Europa?, Tecnos, Madrid, 2003, p. 94).
66 M. Walzer, op. cit., pp. 70-71.
67 Ni la inclusión ni la exclusión social son siempre completas. Lo que se genera, más
bien, es una zona gris donde, como señala Saskia Sassen (Territorio…, op. cit., pp. 370
y ss.), se sitúan individuos «reconocidos, pero no autorizados» (inmigrantes sin papeles,
pero con un contrato social informal), junto con otros que, por el contrario, son
«autorizados, pero no reconocidos» (por ejemplo, ciudadanos de grupos minoritarios que
sufren discriminación).
68 Rut Rubio Marín, «Inmigración ilegal y ciudadanía nacional», Claves de razón
práctica, núm. 68, 1996, p. 32.

300
1 Stefano Allievi, «Inmigraciones y religiones en Europa», en G. Aubarell y R. Zapata
(eds.), Inmigración y procesos de cambio, Icaria, Barcelona, 2004, p. 330.
2 Las fronteras de los grupos étnico-culturales se fijan mediante procesos
entrecruzados de autodefinición y heterodefinición que buscan resaltar las diferencias (cf.
Frederik Barth, Los grupos étnicos y sus fronteras, FCE, México, 1976; Norbert Elias y
John L. Scotson, Establecidos y marginados [1965], FCE, México, 2016, y Andreas
Wimmer, «Ethnische Grenzziehungen in der Immigrationsgesellschaft. Jenseits des
Herder’schen Commonsense», en F. Kalter [ed.], Migration und Integration. Kölner
Zeitschrift für Soziologie und Sozialpsychologie, núm. especial 48, 2008, pp. 57-80).
Las fronteras no se trazan para marcar diferencias previamente percibidas como
significativas, sino que es más bien el establecimiento de fronteras lo que conduce e incita
a buscar diferencias que las justifiquen. Sólo con posterioridad las diferencias adquieren
entidad suficiente y su significación queda entonces realzada.
3 Fernando Salmerón, «Ética y diversidad cultural», en Osvaldo Guariglia (ed.),
Cuestiones morales, Trotta / CSIC, Madrid, 1996, p. 70.
4 Cf. Oswald Schwemmer, «Mischkultur und kulturelle Identität», Lablis. Jahrbuch
für europäische Prozesse, núm. 1, 2002, pp. 81-93.
5 Existen ciertamente barrios étnicos, esto es, distritos de las grandes ciudades donde
un determinado grupo nacional, religioso o lingüístico diferente al de la población
autóctona conforma la mayoría social. Un ejemplo ya clásico son los chinatowns de las
urbes norteamericanas. No siempre tienen carácter residencial, ya que pueden adoptar un
sesgo ocupacional: concentraciones en un espacio físico de empresas étnicas que
emplean mayoritariamente a trabajadores de una minoría (cf. Graciela Malgesini y Carlos
Giménez, Guía de conceptos sobre migraciones, racismo e interculturalidad, Libros de
la Catarata, Madrid, 2000, pp. 140-146). Por regla general, y de una manera más
evidente en las ciudades europeas, dichos barrios no son, sin embargo, espacios
monoculturales cerrados, sino que se encuentran en contacto permanente con el mundo
circundante (cf. Laura Zanfrini, La convivencia interétnica, Alianza, Madrid, 2007, pp.
32-38). En muchos casos, como en los denominados barrios turcos de Berlín (Kreuzberg
o Neuköln), también reside población autóctona en porcentajes muy relevantes. En otros
casos, como en las banlieues del entorno parisino, conviven personas de muy diversos
orígenes nacionales con escasa población autóctona. Habría que hablar, más bien, de
áreas urbanas con tintes étnicos más o menos perceptibles. Sería más preciso, pues,
referirse a esos espacios como barrios multiétnicos o multiculturales, convertidos
muchos de ellos en escenarios de una transnacionalización cada vez más extendida,
donde la vida «de siempre» coexiste y se mezcla con nuevas relaciones interétnicas e

301
intraétnicas de gran complejidad (cf. Benjamín Tejerina et al. (eds.), Barrios
multiculturales, Trotta, Madrid, 2010).
6 Cf. Giovanni Sartori, La sociedad multiétnica. Pluralismo, multiculturalismo y
extranjeros, Taurus, Madrid, 2001; Mikel Azurmendi, Todos somos nosotros, Taurus,
Madrid, 2002; Samuel Huntington, ¿Quiénes somos?, Paidós, Barcelona, 2004, y
Francis Fukuyama, «Identity, Immigration, and Liberal Democracy», Journal of
Democracy, vol. 17, núm. 2, 2006, pp. 5-20.
7Cf. Thomas Meyer, Identitätspolitik, Suhrkamp, Fráncfort, 2002; Seyran Ateş, Der
Multikulti-Irrtum, Ullstein, Berlín, 2007, y Thilo Sarrazin, Deutschland schafft sich ab,
Deutsche Verlags-Anstalt, Múnich, 2010.
8 Cf. Steven Vertovec, «Desafíos transnacionales al “nuevo” multiculturalismo»,
Migraciones y Desarrollo, núm. 1, 2003, pp. 32-48.
9 S. Huntington, op. cit., p. 215.
10 Stephen Castles y Mark J. Miller, La era de la migración, Universidad Autónoma
de Zacatecas / Porrúa, México, 2004.
11 Bhikhu Parekh, Repensando el multiculturalismo, Istmo, Madrid, 2005, p. 20.
12 Véase G. Sartori, op. cit., y Giovanni Sartori, La sociedad multiétnica. Extranjeros
e islámicos (apéndice actualizado), Taurus, Madrid, 2002.
13 La sospecha de que la adopción de políticas multiculturales desincentiva el deseo de
integración de los inmigrantes no está respaldada por los hechos (cf. Will Kymlicka, La
política vernácula, Paidós, Barcelona, 2003, pp. 185-218, y Will Kymlicka, Las odiseas
multiculturales, Paidós, Barcelona, 2009, pp. 169-179). La acusación, no obstante, es
recibida por muchos con los oídos abiertos y, dado su carácter intuitivo, resulta en todo
caso bastante difícil de desmontar.
14 Cf. Isaiah Berlin, Dos conceptos de libertad y otros escritos, Alianza, Madrid,
2001, pp. 138-143.
15 Cf. John Gray, Las dos caras del liberalismo, Paidós, Barcelona, 2001.
16 G. Sartori, La sociedad multiétnica. Pluralismo…, op. cit., p. 34.
17 Ibid., pp. 32-33.
18 Ibid., p. 127.
19 Cf. Francisco Colom, Razones de identidad, Anthropos, Barcelona, 1998, cap. VI.

302
20Cf. Nathan Glazer, We Are All Multiculturalists Now, Harvard University Press,
Cambridge, Mass., 1997.
21 Cf. Tariq Modood, «¿Ha muerto el multiculturalismo?», Metrópolis, núm. 81,
2011, pp. 26-31.
22 Cf. Will Kymlicka, «The Rise and Fall of Multiculturalism?», International Social
Science Journal, vol. 61, núm. 199, 2010, pp. 97-112, y Steven Vertovec, «Towards
Post-multiculturalism? Changing Communities, Conditions and Contexts of Diversity»,
International Social Science Journal, vol. 61, núm. 199, 2010, pp. 83–95.
23 Zygmunt Bauman, En busca de la política, FCE, Buenos Aires, 2009, p. 208.
24 Zygmunt Bauman, Amor líquido, FCE, Buenos Aires, México y Madrid, 2005.
25 Cuestión diferente es el caso de los usos jurídicos desarrollados por algunas
minorías étnico-religiosas con el fin de autorregularse en materias específicas, como el
derecho de familia, y que pueden llegar a contar con el beneplácito expreso del Estado
donde están insertas (cf. Francisco Colom, «Entre el credo y la ley», Revista de Estudios
Políticos, núm. 157, 2012, pp. 83-103). Los problemas más graves surgen, sin duda,
cuando dichas minorías se niegan a reconocer el marco jurídico estatal como marco
general válido para regular la convivencia social. Es entonces cuando la estabilidad del
orden social en su conjunto puede ponerse en peligro.
26 Cf. B. Parekh, op. cit. La Commission on the Future of Multi-Ethnic Britain fue
una de las primeras de ese tipo que se pusieron en marcha en países occidentales.
Posteriormente se organizaron otras similares en Bélgica, Francia y, más recientemente,
en Quebec. Mientras que estas tres últimas fueron iniciativas gubernamentales, la liderada
por Parekh fue patrocinada por una fundación independiente. Todas han desarrollado
reflexiones relevantes sobre los nuevos patrones sociales convocados por la
diversificación de la población y la gestión del pluralismo religioso y cultural, aunque el
trasfondo social y político desde donde se realiza cada una sea muy diverso. Para una
lectura comparativa de los cuatro informes, cf. Solange Lefebvre, «Inmigración y
religión. Balance de cuatro comisiones nacionales sobre la diversidad», en Ana López y
Francisco Colom (eds.), ¿Hacia una sociedad post-secular?, Fundación Manuel
Giménez Abad, Zaragoza, 2011, pp. 73-98.
27 Dejando aparte los méritos propios de los textos mencionados, Gran Bretaña
representa sin duda un buen caso para el estudio de estas cuestiones. No sólo es una
sociedad liberal típica (casi podría decirse que lo es por antonomasia), sino que además
desde hace varias décadas se ha esforzado en buscar una solución pragmática que
permita acomodar la realidad multicultural surgida de los procesos migratorios a los

303
principios liberales que inspiran su estructura política. Una cuestión distinta es si ha
logrado o no este objetivo.
28 Cf. Will Kymlicka, Ciudadanía multicultural, Paidós, Barcelona, 1996; B. Parekh,
op. cit.; Joseph Raz, «Multiculturalismo: una concepción liberal», en Joseph Raz, La
ética en el ámbito de lo público, Gedisa, Barcelona, 2001, pp. 184-207; Alain Touraine,
«¿Qué es una sociedad multicultural?», Claves de Razón Práctica, núm. 56, 1995, pp.
14-25, y L. Zanfrini, op. cit.
29 A. Touraine, op. cit., p. 15.
30 Cf. J. Raz, op. cit., p. 188.
31 Carlo Galli, La humanidad multicultural, Katz, Buenos Aires, 2010, pp. 56-57.
32 Cf. Virginie Guiraudon, «Contratos de integración para inmigrantes», ARI, Real
Instituto Elcano, Madrid, 43 / 2008, y Ángeles Solanes, «¿Integrando por ley?: de los
contratos europeos de integración al compromiso de la Ley Autonómica Valenciana»,
Revista de Derecho Migratorio y Extranjería, núm. 20, 2009, pp. 47-75.
33 W. Kymlicka, «The Rise…», op. cit., p. 97.
34 Es precisamente el ejemplo canadiense el que se invoca en el II Plan Estratégico de
Ciudadanía e Integración (2011-2014), aprobado por el gobierno de España en 2011,
con el fin de poner distancia crítica con el multiculturalismo y apostar por un modelo de
convivencia intercultural (cf. Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales, II Plan
Estratégico de Ciudadanía e Integración [2011-2014], Madrid, 2011, pp. 189 y 110).
35 Cf. B. Parekh, op. cit.
36
Cf. Leslie McCall, «The Complexity of Intersectionality«, Signs, 30 (3), 2005, pp.
1771–1800.
37 Cf. Nancy Fraser, Escalas de justicia, Herder, Barcelona, 2008, pp. 39-43.
38 G. Sartori, La sociedad multiétnica. Pluralismo…, op. cit., p. 8.
39 S. Castles y M. J. Miller, op. cit., p. 25.
40 Cf. Jürgen Habermas, La inclusión del otro, Paidós, Barcelona, 1999, p. 212.
41 Gustavo Zagrebelsky, El derecho dúctil, Trotta, Madrid, 1995, p. 13.
42 J. Habermas, op. cit., p. 211. El affaire Rushdie, provocado por la publicación en
1988 de Los versos satánicos, obra del escritor angloindio Salman Rushdie, y la
subsiguiente fatwa contra el autor, brindan una excelente oportunidad para reflexionar

304
sobre los límites del debate público en una sociedad multicultural. Para una exposición
detallada de las vicisitudes del affaire y, sobre todo, una discusión de algunos de los
principales temas suscitados por el mismo, cf. Parekh, op. cit. En todo caso, este asunto
es todo un hito, pues no se puede negar que desde entonces la actitud intimidatoria del
islamismo radical no ha dejado de crecer (cf. Paul Berman, La huida de los
intelectuales, Duomo, Barcelona, 2012).
43 Ulrich Beck, La mirada cosmopolita o la guerra es la paz, Paidós, Barcelona,
2005, p. 96.
44 Cf. G. Sartori, La sociedad multiétnica. Pluralismo…, op. cit., pp. 79-80.
45 La noción de tolerancia está sumamente cargada semánticamente y su formulación
no deja de ser equívoca: «Son diversos los significados que se dan hoy al término
tolerancia, desde quienes lo consideran sinónimo de paciencia, resignación e impunidad,
hasta quienes lo señalan como represión, en el sentido en que lo criticara Marcuse o
simplemente como expresión de indiferencia y frivolidad» (Guillermo Hoyos,
«Tolerancia y democracia en una política deliberativa», en Gustavo Leyva (coord.), La
teoría crítica y las tareas actuales de la crítica, Anthropos, Barcelona, 2005, p. 222).
Sobre su historia y su nexo con la idea de derechos culturales, cf. Jürgen Habermas,
Entre naturalismo y religión, Paidós, Barcelona, 2006, pp. 255-274.
46Cf. Juan Carlos Velasco, «Pluralidad de identidades e integración cívica», Arbor,
núm. 722, 2006, pp. 725-740.
47 G. Sartori, La sociedad multiétnica. Pluralismo…, op. cit., p. 114.
48 Cf. L. Zanfrini, op. cit.
49
Cf. Mark Terkessidis, Interkultur, Suhrkamp, Berlín, 2010, pp. 39-76.
50 Éste sería uno de los objetivos de los Principios Comunes Básicos sobre
Integración aprobados por el Consejo de Ministros de Justicia y Asuntos de Interior de la
Unión Europea en 2004. Las divergencias se mantienen, no obstante, en las proclamas
oficiales de los distintos gobiernos. Así, la integración social es definida como un
proceso bidireccional en el II Plan Estratégico de Ciudadanía e Integración (2011-
2014), aprobado por el gobierno español (véase supra, sección 2 del capítulo III, nota
17). En un sentido contrario se sitúan las nociones programáticas del gobierno alemán: la
integración se ha de basar en «nuestras concepciones valorativas y en nuestra
autocomprensión cultural» y, en definitiva, sería una tarea que los nuevos residentes
asumirían en solitario (Presse- und Informationsamt der Bundesregierung, Nationale
Integrationsplan. Neue Wege – Neue Chancen, Berlín, 2007, p. 12).

305
51 Javier de Lucas, El desafío de las fronteras. Derechos humanos y xenofobia frente
a una sociedad plural, Temas de Hoy, Madrid, 1994, p. 71.
52 Cf. B. Parekh, op. cit., pp. 496-498.
53 Cf. Bassam Tibi, «Leitkultur als Wertekonsens - Bilanz einer missglückten
deutschen Debatte», Aus Politik und Zeitgeschehen (Das Parlament), vols. 1-2, 2001,
pp. 23-26, y Jürgen Nowak, Leitkultur und Parallelgesellschaft - Argumente wider
einen deutschen Mythos, Brandes und Apsel, Fráncfort, 2006.
54 Tales raíces cristianas constituirían, como afirma Joseph Ratzinger, «el humus del
que [el Estado moderno] no puede verse privado sin destruirse» (Joseph Ratzinger,
«Cristianismo y democracia pluralista», Scripta Theologica, núm. 16, 1984, p. 828). La
Iglesia acudiría rauda a instrumentalizar esta presunta necesidad de un vínculo unificador
de la sociedad y a ofrecerse como último baluarte en régimen de monopolio. Se anima,
pues, a los cristianos a no perder el «derecho a exigir que se reconozca el carácter
público de lo cristiano» (J. Ratzinger, op. cit., p. 829). Y, de hecho, recientemente han
presentado batalla: en el proceso de elaboración del fallido proyecto de Constitución
europea, la posible inclusión de las «raíces cristianas» en el preámbulo fue precisamente
uno de los temas que dominaron el debate.
55 Cf. M. Terkessidis, op. cit., pp. 43-46.
56 T. Modood, op. cit., p. 28.
57 El caso del hiyab es sumamente complejo y contiene múltiples implicaciones. Un
caso particular, por ejemplo, es el relativo a si pueden o no llevar hiyab las profesoras en
las escuelas públicas. Algunos Länder alemanes lo prohíben, mientras que en Gran
Bretaña la decisión se deja en manos de cada escuela. La forma en que se resuelve la
cuestión y la instancia donde se decide difieren, ciertamente, pero de un modo o de otro,
como señalan Maclure y Taylor, «prohibir que una profesora lleve el hiyab acentúa la
aparente neutralidad de la institución escolar, pero limita su libertad de conciencia y culto,
o pone en peligro el principio de igualdad de oportunidades cerrándole las puertas de una
carrera gracias a la cual podría haber contribuido a la sociedad» (Jocelyn Maclure y
Charles Taylor, Laicidad y libertad de conciencia, Alianza, Madrid, 2011, p. 40). Por
otro lado, la regulación restrictiva del uso del pañuelo ha conducido, en algunos casos, a
un ostensible cierre de filas. Encontrar el equilibrio o la conciliación entre principios y
valores contrapuestos será siempre una tarea ardua, objeto de un acomodo siempre
inestable, por muy razonable que sea. La institucionalización en Canadá y, más
concretamente, en Quebec, de prácticas de ajuste o armonización normativa de intereses
y conductas contrapuestos por razones de índole cultural, conocidas precisamente como

306
«acomodos razonables», no ha estado exenta de polémica y su extensión ha sido puesta
socialmente en entredicho por quienes ven en ello concesiones incompatibles con la
laicidad del Estado (cf. Valeriano Esteban y Ana López Sala, «La crisis de los “acomodos
razonables” en Quebec», Revista Internacional de Filosofía política, núm. 33, 2009,
pp. 191-209).
58 Aunque cabe atribuir significados distintos al hecho de portar tales vestimentas
(expresión religiosa, forma de resistencia cultural, estrategia política, instrumento de
opresión, etc.), no resulta desenfocado que, desde una perspectiva feminista, se destaque
el componente de radical desindividuación o del más absoluto ninguneamiento de la
mujer que conllevan determinadas formas de vestir (cf. Ángeles Ramírez, La trampa del
velo, Libros de la Catarata, Madrid, 2011).
59 Precedentes de este caso se pueden encontrar en la misma Holanda (un país que,
por lo demás, es un excelente laboratorio de nuevas políticas públicas), aunque con
consecuencias incluso más dramáticas. En mayo de 2002, el político Pim Fortuyn, un
implacable detractor de la inmigración musulmana (una de sus publicaciones más
celebradas tenía por título Contra la islamización de nuestra cultura), fue asesinado en
plena campaña electoral. En noviembre de 2004, el polémico cineasta Theo van Gogh,
autor de provocadoras descripciones del islam, fue asesinado por un joven que ostentaba
doble ciudadanía holandesa-marroquí. Estos sucesos sirvieron de detonantes para un
radical replanteamiento de la tradicional cultura de acogida por la que Holanda se
caracterizaba hasta tiempos muy recientes (cf. Rinus Penninx, «Las vicisitudes de las
políticas de integración holandesas», Vanguardia / Dossier, núm. 22, 2007, pp. 89-94).
60 J. Maclure y Ch. Taylor, op. cit., p. 137. El posible remedio debe ser buscado en la
esfera extrajurídica, pues el ejercicio sensato de los derechos no puede ser materia de
legislación: «Esta sensibilidad ética no puede imponerse a golpe de decreto, pero las
instituciones pueden fomentarla, y los ciudadanos, practicarla y promoverla en su vida
privada y asociativa» (J. Maclure y Ch. Taylor, op. cit., p. 138).
61 Cf. B. Parekh, op. cit., pp. 458-464, y J. Maclure y Ch. Taylor, op. cit., pp. 133-
139.
62 La Primera Enmienda a la Constitución de los Estados Unidos veta taxativamente la
posibilidad de que una ley restrinja la libertad de expresión. En la legislación
norteamericana no existe, por tanto, una normativa antiblasfemia, que sí se da, sin
embargo, en Gran Bretaña y cuya vigencia se hizo ver en los debates sobre el affaire
Rushdie.
63 Sami Naïr, La Europa mestiza, Círculo de Lectores / Galaxia Gutenberg, Barcelona,

307
2010, p. 326.
64 Cf. Marcel Maussen, The Governance of Islam in Western Europe: A State of the
Art, IMISCOE Working Paper núm. 16, 2007.
65 Este tipo de preguntas guarda una enorme semejanza con aquellas que desde
principios del siglo XIX hasta la segunda Guerra Mundial se planteaban en muchos países
europeos con respecto a la «integración» de los judíos (cf. Fernando Bravo López,
«¿Qué es la islamofobia?», Documentación Social, núm. 159, 2010, pp. 36-38).
66 Gema Martín Muñoz, «Emigración e islam», en G. Aubarell y R. Zapata (eds.),
Inmigración y procesos de cambio, Icaria, Barcelona, 2004, p. 369.
67 Gustavo Zagrebelsky, El derecho dúctil, Trotta, Madrid, 1995, pp. 64-65.
68 Cf. Amin Maalouf, Identidades asesinas, Alianza, Madrid, 1999, y Amartya Sen,
Identidad y violencia, Katz, Buenos Aires, 2007.
69 En un sentido técnico, una fobia sería una reacción de temor, asco o angustia que
un sujeto padece ante un determinado objeto, animal o situación. En el caso de las
heterofobias (una forma de fobia social), serían determinadas personas —englobadas en
una particular categoría genérica— las que se convertirían en detonantes de tales
angustias. Estas fobias se focalizarían, pues, en seres humanos.
70 Cf. F. Bravo López, op. cit.
71 Enzo Traverso, «La fábrica del odio. Xenofobia y racismo en Europa», El Viejo
Topo, núm. 285, 2011, p. 52. Pese a la complejidad de la cuestión, se acumulan datos
que avalarían la tesis de una equivalencia funcional entre la nueva islamofobia y el viejo
antisemitismo: «Para las naciones europeas orgullosas de su autoctonía, los judíos eran
considerados peligrosos precisamente por su desarraigo, por su carencia de tierra propia,
por perturbar el sueño de una comunidad étnicamente pura y territorialmente soberana. Y
ese papel perturbador del sueño nacional, desempeñado en el pasado por los judíos, han
pasado a desempeñarlo hoy los inmigrantes extranjeros, y muy especialmente los de
lengua árabe y religión musulmana, sobre todo desde la aparición de la red terrorista
creada por Bin Laden y su grupo Al-Qaeda» (Antonio Campillo, «Ciudadanía y
extranjería en la sociedad global», en A. Pedreño y M. Hernández [coords.], La
condición inmigrante, Editum, Murcia, 2005, p. 115).
72 La islamofobia posee, no obstante, algunos rasgos propios: «El miedo moderno al
islam no es sólo resultado de un anti-islamismo cristiano, sino de una relación laica con el
islam y los musulmanes. La islamofobia, en el mundo contemporáneo, deriva de una
visión culturalista y esencialista del islam que lo considera no como una forma de

308
espiritualidad sino como una cultura totalizadora que representa una amenaza contra la
cultura universalista de Occidente. La islamofobia es más fuerte en las culturas
occidentales con una firme convicción de que tenemos la misión republicana, laica y
universalista de excluir o asimilar todas las prácticas religiosas anticuadas. Por eso, los
intentos de prohibir el hiyab y el niqab no son sólo muestras de discriminación sino que
alimentan el sentimiento antimusulmán que se extiende en determinados círculos de
Europa y Norteamérica» (Ramin Jahanbegloo, «El islam, Occidente y la doble
intolerancia», El País (consultado el 4 de junio de 2016), disponible en
<http://elpais.com/ elpais/2012/10/01/opinion/1349085105_334469.html)>.
73 Cf. S. Huntington, op. cit.
74 Cf. G. Sartori, La sociedad multiétnica. Pluralismo…, op. cit., y G. Sartori, La
sociedad multiétnica. Extranjeros…, op. cit.
75 Además de Sartori, cf. F. Fukuyama, op. cit., y T. Sarrazin, op. cit.
76 Gabriel Bello, Emigración y ética, Plaza y Valdés, Madrid, 2011, p. 94.
77 Cf. G. Sartori, La sociedad multiétnica. Pluralismo…, op. cit.
78 El enfoque en la diferencia biológica entre los seres humanos cristalizó a lo largo del
siglo XIX en la noción de raza. La obra de Joseph de Gobineau, en especial su Ensayo
sobre la desigualdad de las razas humanas (1853-1855), considerado como el primer
intento científico de fundar el racismo moderno, era leído hasta bien entrado el siglo XIX
como un libro de ciencia. Hace tiempo que la genética desacreditó el empleo de esa
categoría para clasificar a los miembros de la especie Homo sapiens.
79 Cf. Michel Wieviorka, El racismo: una introducción, Barcelona, Gedisa, 2009.
80 Acudiendo al repertorio de la literatura universal para dar cuenta del fenómeno antes
descrito, se podría decir que aquello que evocaba el sugerente y neopagano título de una
de las obras más celebradas de Heinrich Heine, Los dioses en el exilio (1853), se habría
invertido y que en nuestros días no parece que los dioses estén muertos ni que hayan
emigrado a otra parte, sino que más bien han retornado (si es que algún día llegaron a
irse completamente).
81Cf. José Casanova, «Inmigración y el nuevo pluralismo religioso. Una comparación
Unión Europea / Estados Unidos», Revista CIDOB d”Afers Internacionals, núm. 77,
2007, pp. 13-39.
82 En cualquier caso, la secularización no equivale a la extinción de la religión, sino a
su transformación, pues es ese proceso el que «da origen a una religión sin espada, una

309
religión que se sitúa y se desarrolla al margen de la autoridad política directa» (Wendy
Brown, Estados vallados, soberanía en declive, Herder, Barcelona, 2015, p. 104). La
secularización transforma también el poder político, que, entre otras cosas, se ve
empujado a buscar nuevas formas de legitimación.
83 Charles Taylor, «Por qué necesitamos una redefinición radical del secularismo», en
VV. AA., El poder de la religión en la esfera pública, Trotta, Madrid, 2011, p. 52.
84 La relativa sorpresa que pueda provocar la preeminencia de la religión en los
debates públicos por encima de otras dimensiones culturales no es, sin embargo, algo
privativo de Europa. La siguiente posición de un relevante político e intelectual
canadiense es bastante representativa: «La modernidad aumenta la importancia de la
lengua y disminuye la de un principio de identidad concurrente: la religión. Los valores
individuales de la modernidad conducen a la secularidad y reducen en gran medida el
peso de las iglesias en la vida pública y las referencias simbólicas de los ciudadanos […].
El Estado moderno es laico pero promueve la existencia de un vínculo lingüístico que le
resulta necesario para funcionar» (Stéphane Dion, «Bélgica y Canadá: comparación de
sus oportunidades de supervivencia», Debats, núm. 56, 1996, p. 19). En todo caso, y
sea cual fuere el valor relativo atribuido en cada momento histórico a cada una de estas
formas de expresión cultural, la cuestión de la lengua nunca resulta baladí, pues
constituye el principal instrumento de transmisión de la historia y de la literatura de
cualquier comunidad particular. Y a su vez, las narraciones históricas, orales o escritas,
son las formas expresivas más habituales para la conservación y reproducción de la
memoria colectiva conformadora de una identidad compartida. Por eso mismo, apenas
existe en las sociedades modernas ningún otro factor cultural que tenga mayor potencial
político como principio de identidad colectiva que la división lingüística.
85
Cf. S. Allievi, op. cit., p. 343.
86 Véase Thomas Bauer, Die Kultur der Ambiguität. Eine andere Geschichte des
Islams, Insel, Berlín, 2011.
87 Cf. G. Zagrebelsky, Contra…, op. cit.,
88 G. Sartori, La sociedad multiétnica. Extranjeros…, op. cit., p. 30.
89 Cf. G. Martín Muñoz, op. cit., p. 359.
90 En este respecto es ilustrativa la sentencia del Tribunal Constitucional alemán sobre
la presencia de crucifijos en las escuelas públicas de Baviera. En ella se reafirma que los
principios legales abstractos que incumben a todos los ciudadanos han de estar
desvinculados de lo que la cultura mayoritaria de un país da por sentado (cf. Juan Carlos

310
Velasco, «Los crucifijos en las escuelas», Claves de razón práctica, núm. 72, 1997, pp.
36-40).
91 Para afrontar el conflicto de manera constructiva es recomendable situarlo en sus
justos términos. Así, como bien señala Will Kymlicka, a partir de las discusiones públicas
en Quebec acerca del uso del hijab en los colegios, la lección que se extrajo fue que «el
enemigo no era el Islam como tal sino, más bien, ciertas formas de extremismo que
pueden encontrarse en muchas culturas diferentes, incluida “la nuestra propia”» (W.
Kymlicka, La politica…, op. cit., p. 216).
92 Por el contrario, y mucho antes de que a partir de los siglos XVII y XVIII
determinados países cristianos, extenuados por las cruentas guerras de religión, pusieran
en marcha formas limitadas de tolerancia religiosa, ya la ley islámica permitía a las
comunidades de creencias distintas practicar sus religiones dentro de ciertos límites
(como la prohibición expresa de todo tipo de proselitismo) en el interior de los países
musulmanes.
93 También en este terreno hay excepciones, aunque habría que esperar a fases
posteriores de la historia. En un polo quizás opuesto a lo arriba indicado se situaría el
artículo 16 de la emblemática Declaración de Derechos del Buen Pueblo de Virginia
(1776): «Que la religión, o las obligaciones que tenemos con nuestro Creador, y la
manera de cumplirlas, sólo pueden estar dirigidas por la razón y la convicción, no por la
fuerza o la violencia».
94 Cf. G. Zagrebelsky, Contra…, op. cit., p. 82.
95 J. Ratzinger, op. cit., p. 824.
96 Posteriormente, en septiembre de 2006, ya convertido en papa Benedicto XVI, en
un polémico discurso pronunciado en la Universidad de Ratisbona resaltó la existencia en
el islam de una relación entre religión y violencia. Un juicio más ecuánime hubiera
trasladado esa asociación —no consustancial, pero tampoco meramente aleatoria— al
conjunto del fenómeno religioso: «Con frecuencia —señala Habermas—, conflictos
latentes de origen profano se encienden cuando se codifican en términos religiosos»
(Jürgen Habermas, «El resurgimiento de la religión», Dianoia, núm. 60, 2008, p. 6).
97 Una posible medida que podría someterse a examen sería la siguiente. Si lo que se
busca es que los inmigrantes musulmanes se adapten al contexto sociopolítico europeo,
resulta de gran importancia garantizar su independencia económica respecto de
determinadas monarquías árabes para la construcción de sus lugares de culto. Con esa
financiación también llegan líderes religiosos impuestos que transmiten posiciones
teológicas y morales fundamentalistas (con frecuencia, de inspiración salafista) ajenas, en

311
muchos casos, a la religiosidad practicada en los países de procedencia de la mayoría de
los inmigrantes musulmanes (la umma es, como se puede observar, muy amplia y
diversa). Asegurar esa independencia implicaría seguramente hacer algún tipo de
excepción al principio de la laicidad, aunque estrictamente acotada en lo temporal, que
facilite (en el sentido de levantar gratuitas trabas burocráticas, lo que en ocasiones ya
sería suficiente) e incluso ayude en la construcción de las mezquitas (una posición
semejante se encuentra en G. Martín Muñoz, op. cit., p. 372). En esto consiste en gran
parte el juego de la política, en equilibrar el peso entre lo táctico y lo estratégico. En todo
caso, los pros y contras tendrían que ser considerados a la luz del marco constitucional y
de las condiciones socioculturales de cada país.
98 Luis Villoro, Estado plural, pluralidad de culturas, Paidós, México, 1998, p. 93.
99 Zanfrini, op. cit., p. 173.
100 Cf. F. Colom, Razones…, op. cit.,
101 Cf. Juan Carlos Velasco, «Derechos de las minorías y democracia liberal», Revista
de Estudios Políticos, núm. 109, 2000, pp. 201-221.
102 El mencionado artículo del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos
reza así: «En los Estados en que existan minorías étnicas, religiosas o lingüísticas, no se
negará a las personas que pertenezcan a dichas minorías el derecho que les corresponde,
en común con los demás miembros de su grupo, a tener su propia vida cultural, a
profesar y practicar su propia religión y a emplear su propio idioma». Aunque este
artículo admite ciertamente interpretaciones contrapuestas, en él puede señalarse el punto
de partida hacia ese giro más favorable a los derechos colectivos verificado en la agenda
internacional desde hace poco más de dos décadas. No obstante, del artículo no se deriva
necesariamente «algún derecho específico para las minorías como algo opuesto a la
simple afirmación del alcance de los derechos humanos universales» (W. Kymlicka, Las
odiseas…, op. cit., p. 49).
103 Una excepción a lo arriba indicado la conformaría el caso particular de los
derechos de los pueblos indígenas, un caso con escasa incidencia en contextos
migratorios. En 2007, las Naciones Unidas adoptaron una declaración (un documento
con menor rango jurídico que un pacto o un convenio) sobre tales derechos en la que
expresamente se recoge su carácter colectivo. En concreto, en los artículos 33 y 35 de la
Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas se
reconoce el derecho de los pueblos a determinar las formas de pertenencia y de imponer
obligaciones a sus miembros.
104 J. Habermas, Entre naturalismo y religión, op. cit., p. 273.

312
105 Cf. A. Sen, op. cit.,
106 J. Habermas, Entre naturalismo y religiòn…, op. cit., p. 305.
107 Cf. Máriam Martínez, «¿Es el multiculturalismo bueno para los inmigrantes?»,
Reis, núm. 135, 2011, p. 37.
108 Cf. N. Fraser, op. cit.
109 Cf. John L. Comaroff y Jean Comaroff, Etnicidad S. A., Katz, Buenos Aires,
2011.
110 Cf. L. Zanfrini, op. cit., p. 172.

313
1 Tal como están enunciados en innumerables documentos del derecho internacional
vigente, los derechos humanos representan en sí mismos una concepción de justicia y
para ello podrían aducirse al menos dos razones: primera, la asignación de derechos
humanos iguales a todos es ya un acto de justicia; segunda: la atribución de derechos
económicos mínimos constituye una concepción de la justicia distributiva (cf. Ernst
Tugendhat, Lecciones de ética, Gedisa, Barcelona, 1993, pp. 370-371). Es más, hoy en
día es casi impensable una teoría de la justicia que no contemple los derechos humanos
como parte central e incluso como elementos axiomáticos de la misma (como un
explanans prácticamente incuestionable), aunque por centrarse en cuestiones referentes a
la «protección básica» no abarquen obviamente la totalidad del significado atribuido
generalmente a la noción de justicia. Comoquiera que sea, los derechos humanos poseen
el valor añadido de contar con un amplio reconocimiento hasta el punto de constituir el
«lenguaje moral en común» de la sociedad global (cf. Charles S. Beitz, La idea de los
derechos humanos, Marcial Pons, Madrid, 2012, p. 37).
2 Thomas Nagel, «El problema de la justicia global», Revista Jurídica de la
Universidad de Palermo, año 9, núm. 1, 2008, p. 169.
3 Aunque en esta materia difícilmente se puede llegar a la plena satisfacción, hay que
reconocer que desde 1990 (fecha de referencia para los “Objetivos del Milenio”) la tasa
mundial de pobreza extrema (vivir con menos de 1.25 dólares diarios) se ha reducido en
más de la mitad, es decir, que se ha alcanzado el objetivo número uno del programa. Su
erradicación completa es ahora la meta propuesta por los “Objetivos de Desarrollo
Sostenible” aprobados en septiembre de 2015 por la Asamblea General de las Naciones
Unidas para su consecución en 2030.
4 Cf. Brian Barry, Teorías de la justicia, Gedisa, Barcelona, 1995, p. 20, y Peter
Singer, Un solo mundo, Paidós, Barcelona, 2003, p. 199.
5 Cf. Amartya Sen, La idea de la justicia, Taurus, Madrid, 2010, pp. 168-174.
6 John Rawls, Teoría de la justicia, FCE, México, 1979, p. 25.
7 Cf. Juan Carlos Velasco, «El giro globalista de la filosofía de la justicia», en Óscar
Nudler (ed.), Enciclopedia iberoamericana de filosofía, vol. 31, Trotta / CSIC, Madrid,
2010, pp. 395-422, y Juan Carlos Velasco, «La justicia en un mundo globalizado»,
Isegoría, núm. 43, 2010, pp. 349-362.
8 Cf. John Rawls, El derecho de gentes, Paidós, Barcelona, 2001.
9 Peter Singer, Un solo mundo, op. cit., p. 21.

314
10 El distanciamiento con respecto a esta visión estadocéntrica de la justicia social no
es, por supuesto, algo privativo de este grupo de neorawlsianos. Véase, por ejemplo, la
siguiente afirmación de un filósofo proveniente de la tradición continental: «El sentido de
la injusticia se extiende no sólo a la marginalización de grupos, el desclasamiento de
capas sociales y el abandono de ciertas regiones dentro del propio país, sino también a
una pobreza sumamente drástica en otros continentes» (Jürgen Habermas, Carta al
Papa, Paidós, Barcelona, 2009, pp. 217-218).
11 Cf. Martha Nussbaum, Las fronteras de la justicia, Paidós, Barcelona, 2007.
12 Cf. Nancy Fraser, Escalas de justicia, Herder, Barcelona, 2008, pp. 67-79.
13
Cf. J. Rawls, Teoría…, op. cit.,
14 Cf. J. Rawls, El derecho…, op. cit.,
15 Thomas Pogge, Hacer justicia a la humanidad, FCE / UNAM, México, 2009, pp.
165-192.
16 Cf. J. Rawls, El derecho…, op. cit., p. 19.
17 T. Pogge, Hacer justicia…, op. cit., p. 171.
18 Idem.
19 Cf. David Miller, National Responsibility and Global Justice, Oxford University
Press, Oxford, 2007.
20 Cf. Danilo Zolo, Cosmópolis, Paidós, Barcelona, 2000, pp. 137-140.
21 J. Rawls, El derecho…, op. cit., p. 138.
22 Cf. Nigel Dower, «La pobreza en el mundo», en P. Singer (ed.), Compendio de
ética, Alianza, Madrid, 1995, pp. 377-390.
23 J. Rawls, El derecho…, op. cit., p. 50. En la acepción rawlsiana, se trataría de una
mera ayuda humanitaria, en ningún caso de un derecho que una sociedad con problemas
o sus ciudadanos pudieran reclamar.
24 Cf. ibid., pp. 125-132.
25 El «nacionalismo metodológico» es un presupuesto tácito de la mayor parte de las
teorías sociales y no tanto una propuesta teórica expresamente definida. Bajo tal etiqueta
se entiende generalmente aquel enfoque epistémico que toma al Estado nacional como el
modelo de organización política y social por antonomasia y, sobre todo, como el punto

315
de partida incuestionable para el estudio de los procesos sociales, de modo que todos los
análisis se han de ajustar a este marco primario de referencia (véanse Thomas Pogge, La
pobreza en el mundo y los derechos humanos, Paidós, Barcelona, 2005, pp. 181-186, y
Ulrich Beck, La mirada cosmopolita o la guerra es la paz, Paidós, Barcelona, 2005, pp.
38-51). Acerca del peso particular que este enfoque tiene en el ámbito específico de las
migraciones y las dificultades que ello genera, véase Andreas Wimmer y Nina Glick
Schiller, «Methodological Nationalism and the Study of Migration», European Journal of
Sociology, núm. 43, 2002, pp. 217-240.
26 J. Rawls, El derecho…, op. cit., p. 138.
27 Ibid., p. 49.
28 Cf. ibid., pp. 125-126.
29 En este sentido, cabría señalar la práctica, amparada por la Organización Mundial
del Comercio, que fuerza a que los países más pobres abran de golpe sus mercados
mientras que permite a los países más prósperos proteger sus mercados internos de los
productos provenientes de países en desarrollo (en especial, sus producciones agrícolas y
de bienes intensivos en mano de obra, que son precisamente las únicas que la mayoría de
tales países suelen poder exportar realmente) mediante cuotas de mercado o
subvenciones internas. Por su parte, el Banco Mundial y el Fondo Monetario
Internacional proporcionan ayuda financiera a los países en desarrollo condicionada a la
adopción de programas de ajuste estructural que implican, según los casos, la
privatización de servicios públicos básicos o el aumento de los impuestos sobre el
consumo. Y en cuanto a la corrupción de la que adolecen numerosos países en
desarrollo, suele olvidarse que algunos de sus principales inductores proceden del
exterior, en concreto, de las grandes compañías extranjeras que ofrecen jugosos sobornos
para llevar a cabo sus negocios (cf. Marisa Iglesias Vila, «La pobreza extrema en tiempo
de crisis», en Marina Gascón et al. [coords.], Cuestiones actuales de derecho sanitario
y bioética, Tirant lo Blanch, Valencia, 2011, pp. 1163-1164).
30 Cf. >Iris M. Young, Responsabilidad por la justicia, Morata, Madrid, 2011.
31 Cf. Branko Milanovic, Los que tienen y los que no tienen, Alianza, Madrid, 2012,
pp. 140-143. Las diferencias económicas no son, sin embargo, la única faceta del
fenómeno de la desigualdad social: «La desigualdad no se relaciona exclusivamente con
el tamaño de la billetera. Es un orden sociocultural que reduce nuestra capacidad (la de la
mayoría de las personas) para funcionar como seres humanos, nuestra salud, la
autoestima, nuestra percepción del propio yo, así como nuestros recursos para actuar y
participar en el mundo» (Göran Therborn, La desigualdad mata, Alianza, Madrid, 2015,

316
p. 15). De ahí que tanto su análisis como, sobre todo, los esfuerzos para combatirla
requieran de un enfoque global y decididamente multidimensional (como podría ser, por
ejemplo, el proporcionado por el enfoque de las capacidades [cf. Amartya Sen, Nuevo
examen de la desigualdad, Alianza, Madrid, 1995]).
32 Cf. Amartya Sen, «Reif für die Freiheit», Internationale Politik, 60 (6), 2005, pp.
34-38. En este mismo sentido va la siguiente evidencia: «Una buena muestra de la
importancia de las instituciones democráticas es que los cambios de líder sólo se traducen
en una diferencia significativa del rendimiento económico cuando estas instituciones son
débiles» (Paul Collier, Éxodo. Inmigrantes, emigrantes y países, Turner, Madrid, 2013,
p. 42).
33 Cf. J. Rawls, El derecho…, op. cit., pp. 18 y 51-52.
34 Cf. Brian Barrry, Teorías de la justicia, Gedisa, Barcelona, 1995, p. 21.
35Hannah Arendt, «Karl Jaspers, ¿ciudadano del mundo?», en Hannah Arendt,
Hombres en tiempos de oscuridad, Gedisa, Barcelona, 2001, p. 91.
36Cf. David Hume, Investigación sobre los principios de la moral, Alianza, Madrid,
1993, pp. 47-72.
37 Incluso mayor que el abismo que distancia a los distintos países es la gran brecha
que separa a las personas muy ricas de las demás: 1% de la población mundial posee
tanto como el 99% restante (cf. Suisse Research Institute, Global Wealth Report 2015,
Zúrich, 2015). Entre la multitud de datos que revelan la existencia de flagrantes
desigualdades globales, cabe señalar los siguientes: 2 500 millones de personas viven con
menos de dos dólares al día —casi 40% de la población mundial— y unos 850 millones
de personas pasan hambre todos los días (cf. PNUD, Informe sobre desarrollo humano
2005, Mundi-Prensa, Madrid, 2005, pp. 5 y 27). El mayor desfase se registra en África,
donde 10 países con una población total de 150 millones de personas tienen en la
actualidad una renta per cápita inferior a la que tenían en el momento de la
independencia. En el conjunto de este continente, la tasa media de crecimiento de la
renta per cápita entre 1980 y 2000 fue cero, de modo que la brecha con el resto del
mundo no ha hecho sino multiplicarse (cf. Branko Milanovic, «Las causas económicas
de las migraciones», El País (30 de octubre de 2013), disponible en <http://elpais.
com/elpais/2013/ 10/29/opinion/1383051125_783112.html)>.
38 Will Kymlicka, Fronteras territoriales, Trotta, Madrid, 2006, p. 37.
39 Eric Hobsbawm, Guerra y paz en el siglo XXI, Diario Público, Barcelona, 2009, p.
12.

317
40 Wolfgang Sachs y Tilman Santarius, Un futuro justo. Recursos limitados y justicia
global, Icaria, Barcelona, 2007, p. 97.
41 N. Fraser, op. cit., p. 89.
42 Cf. P. Cole, op. cit.
43Stephen Castles, «Globalización e inmigración», en G. Aubarell y R. Zapata (eds.),
Inmigración y procesos de cambio, Icaria, Barcelona, 2004, p. 53.
44 VV. AA., «Declaración de Granada sobre la globalización», El País (consultado el 4
de junio de 2016), disponible en <http://elpais.com/diario/2005/06/06/opinion/111800
8808_850215.html>.
45 Los desequilibrios sociodemográficos entre países desarrollados y en desarrollo
siguen aumentando: mientras que en los primeros decrece el número de personas en edad
de trabajar, por el acelerado envejecimiento de su población, en los segundos se registra
un exceso de mano de obra por la juventud de la suya, lo que hace que las diferencias de
niveles salariales entre ambos grupos sean crecientes y, por ende, resulte aún más
atractivo emigrar a los países desarrollados (cf. Guillermo de la Dehesa, Comprender la
inmigración, Alianza, Madrid, 2008). Sobre la relevancia de la brecha salarial como
factor impulsor de la migración, cf. P. Collier, op. cit., pp. 50-55.
46 Stephen Castles, «Factores que hacen y deshacen las políticas migratorias», en A.
Portes y J. DeWind (coords.), Repensando las migraciones, Miguel Ángel Porrúa,
México, 2006, p. 54.
47 Cf. OIM, Informe sobre las migraciones en el mundo 2013. El bienestar de los
migrantes y el desarrollo, Organización Internacional para las Migraciones, Ginebra,
2013, pp. 42-45.
48 Sandro Mezzadra, Derecho de fuga. Migraciones, ciudadanía y globalización,
Traficantes de Sueños, Madrid, 2005, pp. 24-25.
49 OIM, op. cit., p. 36.
50 Saskia Sassen, «Die Kriminalisierung von Migranten», Blätter für deutsche und
internationale Politik, núm. 8, 2004, p. 959.
51 G. de la Dehesa, op. cit., p. 9.
52 «Cada intento de emigración es el fruto de una elección dura, a menudo trágica,
basada en la percepción de una desigualdad y en la valoración de una oportunidad. En
una minoría de los casos se trata de la simple oportunidad de sobrevivir; en la mayoría,

318
de la oportunidad de vivir mejor y de que vivan mejor tus seres queridos» (Ferruccio
Pastore, «El continente móvil. Migraciones y relaciones internacionales», Vanguardia /
Dossier, núm. 22, 2007, p. 110).
53Catherine Wihtol de Wenden, ¿Hay que abrir las fronteras?, Bellaterra, Barcelona,
2000, p. 29.
54 Saskia Sassen, «La formación de las migraciones internacionales: implicaciones
políticas», Revista Internacional de Filosofía Política, núm. 27, 2006, p. 19.
55Cf. Saskia Sassen, Inmigrantes y ciudadanos. De las migraciones masivas a la
Europa fortaleza, Siglo XXI, Madrid, 2013, pp. 182-185.
56 Cf. Fabio Baggio, «Fronteras nacionales, internalizadas y externalizadas», en M. E.
Anguiano y A. M. López Sala (eds.), Migraciones y fronteras, Icaria / CIDOB, 2010, y
Wendy Brown, Estados vallados, soberanía en declive, Herder, Barcelona, 2015, p.
144.
57 Joaquín Arango, «Las “Leyes de las Migraciones” de E. G. Ravenstein, cien años
después», Reis, núm. 32, 1985, p. 16.
58 Cf. S. Sassen, Inmigrantes…, op. cit., pp. 184-186.
59 Stephen Castles, «Comprendiendo la migración global», Relaciones
Internacionales, núm. 14, 2010, p. 142.
60 Para una problematización del planteamiento eminentemente institucionalista con el
que Pogge aborda la pobreza mundial como cuestión de justicia, cf. Federico Arcos,
«Ética y pobreza mundial», Anuario de Filosofía del Derecho, núm. 25, 2009, pp. 149-
178, y M. Iglesias Vila, op. cit.
61 Cf. T. Pogge, «Migraciones y pobreza», Arbor, núm. 744, 2010, pp. 571-583.
62 Cf. J. Rawls, El derecho…, op. cit., p. 18.
63 Ermanno Vitale, Ius migrandi, Melusina, Barcelona, 2006, p. 240.
64 Cf. Jesús M. Castillo, Migraciones ambientales, Virus, Barcelona, 2011. Las
consecuencias ya perceptibles del cambio climático —como la inundación o el
agostamiento de tierras hasta ahora fértiles— ya han provocado importantes
desplazamientos de población, fenómeno que previsiblemente se multiplicará en las
pr