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“Un viento caliente comenzó a soplar, era el infierno en la tierra… Entonces me quedé sin

palabras”

Hibakusha (sobreviviente)

EL IMPACTO DE LA BOMBA ATÓMICA DE HIROSHIMA Y NAGASAKI, JAPÓN


EN LA HISTORIA HASTA LA ACTUALIDAD

En la producción social de su vida, los hombres contraen determinadas relaciones


necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción que
corresponden a una determinada fase de desarrollo de sus fuerzas productivas
materiales. El conjunto de estas relaciones de producción forma la estructura
económica de la sociedad, la base real sobre la que se rige una súper estructura
política y jurídica a la que corresponde determinadas formas de conciencia social,
política y espiritual en general.

No es la conciencia de los hombres la que determina el ser, sino por el contrario,


su ser social el que determina su conciencia. Al llegar a una determinada fase de
su desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad chocan con las
relaciones de producción existentes o, lo que no es más que la expresión jurídica
de esto, con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se han desenvuelto
hasta allí. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas, estas relaciones se
convierten en trabas, y se abre así una época de revolución social.

El 6 de Agosto de 1945 se produjo el lanzamiento de la Bomba Atómica sobre la


cuidad de Hiroshima, Japón, cuando los relojes se detuvieron, quienes lo vieron
describen como un relámpago silencioso, tan extraordinario en su apariencia como
en su capacidad de daño. Un hongo gigante y letal con nombre irónico, que bajó
del cielo e iluminó de silencio y muerte a una población entera y la primera bomba
nuclear arrojada sobre una cuidad dejó un saldo de 85 mil muertos en el acto, una
cifra que se amplificó en las semanas siguientes hasta llegar a 140 mil. El B-29
estadounidense Enola Gay lanzó la bomba “Little boy” sobre el centro de la cuidad
en hora pico; para acentuar su capacidad de destrucción, el arma estaba
programada para explotar a 500 metros de altura, con una capacidad de acción
similar a la de 12 mil toneladas de dinamita. Tan solo 3 días después un 9 de
Agosto, el lanzamiento de una segunda bomba sobre la cuidad de Nagasaki; en lo
que podríamos calificar como el más terrorífico acto de violencia en la historia de
la humanidad.

Einstein se sintió desgarrado, pero no cegó en su actitud de compromiso hacia un


desarme total. La segunda Guerra Mundial había acabado con la neutralidad de la
ciencia, en lo sucesivo ligada políticamente a las exigencias de los gobiernos más
poderosos del mundo. Y el autor de la teoría de la relatividad sabia que aquella
neutralidad, junto con la independencia del científico, solo podría ser recuperada a
condición de que cesara la carrera armamentista.

Siempre se nos dijo y enseñó que no hemos tenido guerras nucleares, en el


entendido capcioso que una guerra es un intercambio militar simétrico, y aunque
sabemos que no es así, pocas veces se ha cuestionado este hecho.

Sin embargo, en Japón se usaron armas nucleares, en el Golfo se usaron armas


nucleares, en los Balcanes de usaron, nuevamente armas nucleares. Un arma
nuclear no es sólo un misil capaz de hacer polvo a una región completa; también
lo son los proyectiles de Uranio empobrecido que es altamente radioactivo, usados
por los tanques estadounidenses.

Sabemos que los relojes se detuvieron y también que los autores de la masacre y
sus defensores la justifican diciendo que así se aceleró el fin de la Segunda
Guerra y que el número de muertos que provocó el ataque nuclear (aun sumando
las víctimas de la bomba arrojada tres días después sobre Nagasaki) fue
infinitamente menor al que se habría producido si EE.UU invadía Japón entonces,
en términos que amplifican la banalidad del mal producido, también se ha
asegurado lo hizo incluso algún militar estadounidense de renombre que días
antes de la explosión de “Little boy” el presidente Harry Truman había sido
advertido de que el emperador Hirohito iba a rendirse en breve.

Leiko Shimoda tenía 15 años cuando explotó la bomba, estaba sola, en la calle,
camino al taller en el que trabajaba; días después, seguía sola, con una cuidad en
sombras y una población convertida en una sociedad de fantasmas. Buscó por
semanas a su madre hasta que la encontró en casa de desconocidos, con el
cuerpo hecho llagas y la memoria astillada; la mujer murió meses más tarde a
causa de las heridas, nunca supo que su hija había conseguido estar a su lado.

En marzo de 2003, el mismo día que EE.UU lanzaba su invasión sobre Irak, Leiko
de 73 años, pelo renegrido a fuerza de voluntad encabezaba la marcha anti bélica
en la calle principal de Hiroshima. Hablaba con los periodistas y contaba su
historia, los años no habían apaciguado ni su indignación ni su dolor, solo habían
avivado aún más su memoria.

El mundo está siendo desollado de su piel y la tierra ya no puede adsorber y


almacenar las lluvias, se multiplican las sequias y las inundaciones mientras
sucumben las selvas tropicales, devoradas por las explotaciones ganaderas y los
cultivos de exportación que el mercado exige y los banqueros aplauden, cada
hamburguesa cuesta nueve metros cuadrados de selva centroamericana, y
cuando uno se entera de que el mundo estará calvo más temprano que tarde, con
algunos restos de selva en Zaire y Brasil y que los restos de selva de México se
han reducido a la mitad en menos de medio siglo, uno se pregunta: ¿Quiénes son
peligrosos? ¿Los indígenas que se han alzado en armas en la selva lacándola o
las empresas ganaderas y madereras que están liquidando esa selva y dejan a los
indios sin casa y a México, Brasil, Panamá, Perú, Colombia sin árboles? ¿O
nosotros?

Entonces, se dirán ustedes: ¿Qué tiene que ver todo esto con las bombas
atómicas del 6 y 9 de agosto de 1945?, hubo un tiempo en el que la gente creía
que podía cambiar el mundo en el que había políticos que creían que podrían
cambiar las cosas para mejor, en que la gente tenía el valor de expresar su
opinión de manifestar su existencia y de exigir una mejoría, pero no sólo exigirla,
sino que estaban dispuestos a luchar por ello. Soñadores les llaman algunos,
idealistas, necios, locos, trasnochados, gente que ha perdido el vínculo con la
realidad, pero yo no estoy de acuerdo, no eran nada de eso, al menos no en su
connotación negativa, eran visionarios, eran personas que sentían la necesidad de
cambiar el mundo, se trataba de personas que comprendían que no podíamos
vivir en sociedad si no estábamos dispuestos a formar parte de ella, a ver al que
camina a nuestro lado como un igual, y no como una amenaza por sus diferencias.

Fueron tiempos difíciles, duros, pero seguro que quien los vivió te dirá que lo
volvería a hacer, que valió la pena, aunque no creo que nadie te diga que no haya
que seguir luchando; pero parece que precisamente esto último no lo hemos
sabido comprender, o quizá hemos optado por ignorarlo conscientemente,
verdaderamente no lo sé, pero una cosa es segura, nos hemos acomodado,
aburguesado como dirían algunos, nos hemos sublevado a los latigazos del poder,
nos hemos vuelto vulnerables al terrorismo psicológico al que somos sometidos,
hemos alzado al trono y nombrado rey de nuestros hogares al aliado del enemigo,
la ventana a la mentira, hemos permitido la imposición de un pensamiento único el
cual precisará de otro nombre pues ya no es siquiera pensamiento.

La conclusión a la que llego es que hemos degenerado como especia, vivimos en


un mundo en el que perdemos el tiempo peleándonos con quien reza a otro Dios,
al que tiene otro color de piel, al que tiene otra nacionalidad, clase social o
pensamiento distinto que el nuestro. Perdemos el tiempo en tantas luchas sin
sentido, y es precisamente esto lo que conviene a quienes controlan nuestras
vidas. ¿Por qué confeccionamos armas atómicas y permitimos salir de una
diplomacia para ir a genocidios como estos? ¿Por qué tenemos tantas disputas
entre nosotros que olvidamos que teníamos un enemigo común, nosotros mismos.

Nosotros construimos un mundo a partir de profetas muertos, a quienes no hay


que olvidar nunca, pero que no son suficientes para elevar de nuevo a la
humanidad a un estado en el que lo dominante sea la unión, el compromiso, la
justicia, la racionalidad, un mundo en el que pensar no sea pecado, sino lo
deseable y requerimiento indispensable para participar de la vida en sociedad, un
mundo a fin de cuentas humano, virtuoso y no un recinto que sirve de vertedero y
que es dirigido por unas personas de mentes putrefactas que aún piensan que la
vida se puede comprar y manipular.