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Se o Outro não advém no lugar de quem se supõe um saber – na demanda não se estabelece

cadeia significante – ele instaura-se como aquele que sabe e por isso goza do sujeito como
objeto.

CADEIA SIGNIFICANTE =SUJEITO SUPOSTO SABER

É preciso estar em determinadas condições para que possamos vir a ocupar o


lugar de parceiros para o sujeito psicótico. Quanto a isso é possível verificar que
estarmos “atentamente distraídos” (BAIO, 1999a), ou mesmo numa “presença/ausente”
(LAMY, 2000) ou ainda “subtraídos de uma posição demandante” (ZENONI, 1991) é o
que permite que o trabalho aconteça.

Virginio Baïo (2000) coloca que é preciso saber-não-saber, o que equivale a dizer
que o saber está do lado do sujeito psicótico.

“subtraídos de uma posição demandante” (ZENONI, 1991)

Penso que é preciso levar as coisas mais longe e inventar uma instituição
que dê lugar a uma instituição particular para cada caso (...), para cada
sintoma e que é preciso nos deixarmos guiar pela realidade psíquica, feita
de linguagem, mais do que pela realidade social e espacial. É preciso
produzir uma instituição tal que permita a existência, no seu próprio
interior, de tantas instituições quanto de sujeitos que a habitam
(STEVENS, 2003: 17).

Estar en el lenguaje no quiere decir estar en el discurso. Para Lacan, el niño


autista está en el lenguaje pero no está en el discurso. Estar en el discurso quiere decir,
que se sepa o no, saber arreglárselas con los diversos lazos sociales que se instauran
entre los seres que hablan.

Para el niño autista estar en el lenguaje quiere decir que, igual a cualquier otro,
también él recibe su ser de sujeto de su relación con el significante. Sólo que, a
diferencia de otros, en lugar de hacerse representar y al mismo tiempo hacerse tachar
por el significante, él es no tachado y como tal, él realiza en lo real el objeto
fantasmático que satura la falta del Otro. Por esto, no logra estar en la circulación del
discurso.

Nosotros sabemos que la regla normal es un efecto de lo que Lacan llama el


nombre del padre y que induce en la palabra la separación entre el decir y el gozar. Es
como si – normalmente – el nombre del padre nos distrajese del hecho de que el
lenguaje y el goce son una sola cosa. Hacemos como si, a través del nombre del padre,
el lenguaje y el goce hacen dos. El niño autista no está en este engaño: para él hay un
Uno-solo, un Uno-sin-el-Otro del lenguaje. Y este Uno se dice de un sólo modo: goce.

El niño autista es aquél que – como todos y cada uno – hace recurso del
simbólico como lugar: él también está en el lugar del Otro, lugar del inconsciente que es
la escena donde se juega la partida de su destino. Él también está en una red simbólica
que procede de modo lógico. Lógica que se puede hallar, nada menos que, en la
sucesión de las generaciones. Pero en esta lógica él no viene representado por un
elemento, el significante, que lo representa en cascada en una serie que vuelve el destino
contingente, abriéndolo a posibilidades inéditas.
El niño autista es aquél que – como todos y cada uno – hace recurso del
simbólico como lugar: él también está en el lugar del Otro, lugar del inconsciente que es
la escena donde se juega la partida de su destino. Él también está en una red simbólica
que procede de modo lógico. Lógica que se puede hallar, nada menos que, en la
sucesión de las generaciones. Pero en esta lógica él no viene representado por un
elemento, el significante, que lo representa en cascada en una serie que vuelve el destino
contingente, abriéndolo a posibilidades inéditas.
Para él en cambio, el lugar del inconsciente no es un lugar donde él está incluido
como móvil, pues él es como un objeto fijado y congelado en un destino ya jugado.

El lugar, como marco que pone el simbólico para que la vida sea humana, es lo
que permite que también el niño autista pueda vivir en una cierta pacificación. Su lugar
de vida debe ser regido, regulado por un funcionamiento simbólico que lo ponga al
amparo del capricho del Otro. Nosotros conocemos el derrumbamiento que a menudo
acompaña al niño autista solamente en el cambiarlo de lugar de vida o cuando se le
cambia el marco de vida de modo no regulado.
Al contrario del lugar, el niño autista no hace uso sin daño al simbólico en
cuanto puesto. Normalmente para él lo que es esencial es que el lugar sea separado del
puesto, porque es a nivel del puesto que el niño autista – y sin duda para cada psicótico
– el simbólico toma eminentemente valor de real: la represión, la denegación y la
preclusión del nombre del padre están correlacionados con un puesto. Es en efecto, en
términos de sustitución de puesto, es decir de metáfora, que están indizadas aquellas
operaciones que denotan el desplazamiento que traduce la movilidad en la cual se
inscribe el deseo. En cambio, es en términos de jaque de la metáfora, o de la sustitución
de puesto, que son indizadas aquellas operaciones que denotan la fijación o la
repetición del goce.
El simbólico, entonces, a nivel del lugar, mantiene al sujeto a distancia respecto
a lo real. Mientras, en cambio la coalescencia del Otro del lenguaje y del goce se
produce y se revela a nivel del puesto.

El Otro de la comunicación
Si el niño autista está en el Uno-goce, que engloba al Otro excluyéndolo como lo
que hace límite al goce, el Otro no es entonces lo que hace presencia pacificante, lo que
permite la comunicación y, finalmente, lo que hace lazo social.
Si el autismo es esta exclusión del Otro, ésta debe manifestarse, por cuanto
precoz puede ser. Una indicación de Lacan aquí es preciosa: es la risa lo que manifiesta
que el lactante recibe la presencia del Otro como pacificante. La risa es el indicador de
una comunicación que es, mucho antes que la palabra, el indicador del inicio de un lazo
social.
Aún antes de la falta de juego, es a través de la falta de la risa dirigida hacia el
adulto que le hace zalamerías, y la persistencia de una mirada que punta más allá de lo
que lo mira, que el niño manifiesta, con signos tangibles, su ir a la deriva, su perder el
ancla que lo vincula al mundo y la brújula que lo orienta: el deseo del Otro.

Es necesario pues, saber inventar, poniendo en serie las manipulaciones del niño
autista, tratándoles como si fueran elementos discretos. Se trata de hacer, con esta
concatenación, una oferta al niño autista. Se trata de la oferta de una operación de la
cancelación del objeto y de la elevación del objeto a la dignidad del significante. Pero se
trata también de un forzamiento respecto a la inercia de la repetición del goce.
¿Y que se espera de esta concatenación? Se espera la posibilidad que se
produzca alguna posición sujetiva.
¿Es posible, a través de este forzamiento, que el niño autista llegue a ocupar un
lugar de sujeto, de sujeto de enunciación?

Para el partner del niño autista como también para el niño psicótico es el camino
de la suposición de saber que tiene que ser tomada con precaución porque o es del todo
inoperante o conduce a una secuencia que podría llevar a un regreso hacia el cuerpo del
goce mortífero en el primer caso y a la emergencia de un Otro persecutor en el segundo.
Es en ese contexto que se deberá entender el sintagma «saber no saber». Saber
que un camino conduce al desastre pero saber que la enseñanza de Lacan ha abierto otro
camino que hace confianza a la operación significante, que hace confianza al Otro
reglado y limitado, al Otro del deseo y no al Otro del goce. En el caso del niño autista y
psicótico, como también en casos similares del adulto, es necesario desconfiar de los
caminos que, desde el saber resbalan hacia el goce.