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“José Manuel Balmaceda: salitre, revolución y final del presidencialismo chileno” 1

Roberto García
Departamento de Historia Americana
Facultad de Humanidades, UdelaR
Montevideo, Uruguay

“José Manuel Balmaceda: salitre, revolución


y final del presidencialismo chileno”
1- Introducción
Solamente una somera y detallada visualización del proceso histórico que vivió Chile a partir
de su victoria en la Guerra del Pacífico (1879-1883) y hasta 1891, nos permite un cabal
entendimiento del desenlace político y sobre todo espiritual que vivió no sólo este país sino uno de
los más polémicos presidentes de toda su historia, como sin dudas lo fue José Manuel Balmaceda.
Anexado el departamento de Tarapacá y con él su “emporio de riquezas” salitreras, desde el
punto de vista económico Chile se adentró en una nueva fase de su historia que, paulatinamente lo
encaminó hacia una dependencia cada vez mayor de uno sólo y fundamental producto de
exportación: el salitre.
Con éste mismo en pleno auge en cuanto a cotización en los mercados internacionales hacia
las dos últimas décadas del siglo XIX, prontamente pasó a constituirse como “el nuevo nervio de toda
su estructura económica”, al punto tal que (más allá del grueso contraste que provocó su vertiginosa
expansión en detrimento de los sectores tradicionales de exportación), hacia el último año de
Balmaceda en la presidencia, el 52% de los ingresos del Estado provenían de las rentas de aduana
cobradas a la nueva y hasta ese momento pujante industria salitrera. Observados y analizados los
cuantiosos montos que ella misma producía, un tema no tardó en plantearse: la propiedad de dichas
riquezas (que más allá de cual era el suelo en que las mismas se encontraban), fundamentalmente
en manos extranjeras. Hecho que necesariamente derivó en la discusión de un punto nada menor
para Chile como nación: la nacionalización.
Con el problema sobre la mesa, asumió el presidente Balmaceda entonces no sólo la tarea de
estudiar la “cuestión salitrera” (lo que incluyó una gira por el norte), sino emprender un
enfrentamiento retórico con el poder del capital británico predominante en ese entonces (simbolizado
tras el mítico coronel John Thomas North), e incluso dejando por sentadas las bases de un posible
cambio.
Convencidos de que dicho mandatario ha sido antes que nada mayormente conocido en su
forma que por su contenido (ya que según nos parece, lo primero en analizar es justamente el final
de su vida y la forma por la cual él decidió terminar con la misma), entendemos que por medio de un
análisis no determinista del conjunto de factores de tipo endógeno y exógeno (devenidos éstos a su
vez de una muy extensa cadena causal) podemos echar luz acerca del papel que cada uno jugó en
la dilucidación violenta del drama político vivido por la nación y muy especialmente por su primer
mandatario, cuando en la mañana del 19 de setiembre de 1891 optó por acabar con su vida luego de
ver derrotado el gobierno que constitucionalmente presidía en manos de un poderoso y heterogéneo
grupo representante de inocultables intereses.

2- La Guerra del Pacífico y sus consecuencias


El conflicto armado que enfrentó a los países de Bolivia, Perú y Chile entre los años 1879 y
1883, ha sido conocido a lo largo de la tradicional historiografía latinoamericana como Guerra del
Pacífico. Pese a haber estallado oficialmente en abril de 1879, son muchas las evidencias que
surgen respecto de que el interés no declarado y evidente por la posesión de algunos territorios ricos
en minerales fue el problema determinante que más allá del tema de los límites, desencadenó el
conflicto armado entre las citadas naciones.
“José Manuel Balmaceda: salitre, revolución y final del presidencialismo chileno” 2

Bien cierto también resulta subrayar que las apetencias por lo que fueron las zonas de disputa
(fundamentalmente Tarapacá, Atacama y Antofagasta) tomaban sus raíces desde bastante tiempo
atrás del citado 1879.
Ricas en guano y el salitre, a partir de 1836 poco a poco se tornaba evidente que la zona del
Pacífico iba a ser teatro de disputas por la hegemonía y sus recursos. Finalizado el primer conflicto
armado entre Perú y Chile con la memorable batalla de Yungay (1839) (“una de las más sangrientas
de América” apuntaba Francisco Encina1), desde entonces las idas y venidas por el derecho de
posesión no cesaron.
Más allá de esto, la presencia de exploradores chilenos en el desierto de Atacama era oficial
desde por lo menos 1866, cuando por ese entonces adelantados de esa nacionalidad realizaban allí
estudios y excavaciones con miras a futuras inversiones2. Consecuencia de ello, y vistos los
intereses que se cernían en torno al territorio, en el correr del citado año los países de Chile y Bolivia
dispusieron la firma de un acuerdo no sólo por límites sino sobre la “posesión y goce de los territorios
en que se descubran depósitos de salitre o de bórax”3.
Dos años más tarde, legalizados los derechos de posesión de ciudadanos chilenos por parte
del gobierno boliviano y, muy seguramente por los buenos resultados que ya daba la zona a sus
ocupantes, surgió la denominada “Sociedad Explotadora del desierto de Atacama”. Organización que
nacida para hacerse cargo de los problemas que generara la explotación minera en el lugar, logró
asimismo obtener de parte de Bolivia un “privilegio exclusivo” para la explotación de minerales por el
lapso de 15 años4.
Transcurridos cuatro, la nueva clase gobernante en Bolivia, “ante la bancarrota de su país”
decidió declarar “nulas y sin ningún valor las concesiones de terrenos salitreros” realizadas por la
pasada administración5. Puesta en estupor la citada “Sociedad” chilena, y pese a lograr sortear en un
primer momento la declaración antes referida, la decisión boliviana estaba ya encaminada a mejorar
su participación en torno a los réditos que proporcionaba a los explotadores chilenos un producto que
yacía debajo de las capas de un territorio que no les pertenecía. Así, y si bien la medida tardó en
tomarse, el gobernante boliviano Hilarión Daza6 fue quien promulgó el decreto por el cual se “gravó
con diez centavos por quintal la industria salitrera de Antofagasta, perteneciente a sociedades
chilenas”. Ley que, considerada como “abuso” por parte de Chile, hizo prontamente surgir reclamos
formales de este país para con Bolivia, quien a la postre decidió radicalizar su postura respecto al
diferendo y decretar lisa y llanamente la “expropiación a favor de Bolivia” y su venta en “público
remate”.
Radicalizadas las posturas de ambos gobiernos, intentó infructuosamente mediar Perú, país
que a la postre también se vio empujado a participar activamente en el conflicto en su posición
favorable a la postura de Bolivia.
Así delineados los bandos, y resultado de la marcada superioridad chilena con respecto a
Perú y Bolivia, luego de las batallas de Chorrillos y Miraflores (13 y 15 de enero de 1881) la guerra
quedó virtualmente concluida. Cesadas las hostilidades dos años más tarde al vencer el ejército
chileno la última resistencia peruana, el 20 de octubre de 1883 se firmó el denominado Tratado de
Ancón, un acuerdo por el que se selló definitivamente la paz entre los contendientes.
Más allá de esto, lo que sustancialmente importa subrayar son las consecuencias producidas
en Chile como resultado de la victoria militar. Parece claro que por medio de la misma “cambiaba en
su favor todo el equilibrio sudamericano”, hecho que además “daba al liberalismo [partido triunfador y
ahora gobierno] un arraigo aún mayor” como señalara Tulio Halperin7. Sin embargo, no menos cierto
resulta remarcar, siguiendo al profesor Hernán Ramírez Necochea, en que más allá de lo señalado,
de allí en más “la historia de Chile entra en un nuevo período”8. En efecto, la anexión de las
provincias de Antofagasta y Tarapacá (unos 180.000 kilómetros cuadrados) “poseían en plena
explotación los únicos yacimientos de salitre natural existentes en el mundo; [y] tenían además,
importantes minerales de plata (…) y, en la costa, valiosos depósitos de guano”. Dinamizada la
economía chilena en base al nuevo producto de exportación con el que pasaba a contar en gran
escala (salitre), debe apuntarse en ello un límite considerable pues, tal dinamización no resultó en sí,
armónica. Por el contrario, poco a poco toda la vida económica pasó a “reposar en una fuente de
riqueza gigantesca que hacía –por su magnitud- un contraste muy agudo con las demás en el país”9.
Convertido así en el “nuevo nervio” de la economía chilena, al cabo de un breve período de tiempo y
sin abandonar la monoproducción, este país sustituyó a sus tradicionales productos de exportación,
trigo y cueros, por salitre y cobre.
“José Manuel Balmaceda: salitre, revolución y final del presidencialismo chileno” 3

El paulatino y poco gradual (en términos de periodización histórica) avance cuantitativo del
peso de las rentas fiscales derivadas de la exportación salitrera en cuanto a porcentaje en el total de
los ingresos del Estado chileno ilustra con fidelidad la situación anteriormente descrita10.

RENTAS FISCALES POR EXPORTACIÓN DE


SALITRE
AÑOS PORCENTAJE (del total
de los ingresos)
1880 5,2 %
1885 33,7 %
1890 52 %

Participación d el salitre en el % total d e


ingresos estatales

60,0%
50,0% 52%
40,0%
33,70%
% 30,0%
20,0% %
10,0% 5,20%
0,0%
%
1880 1885
1890
Años

En vista de estos elocuentes resultados y del significativo peso conquistado por las rentas
devenidas de las exportaciones salitreras dentro de la recaudación estatal, quedó claro que en los
próximos tiempos, dicho nuevo “nervio” habría de plantear nuevos desafíos para el país. Desafíos y
grandes repercusiones que fundamentalmente se centrarán en dos elementos uno interno y otro
externo, estrechamente ligados entre sí.
El primero de ellos hacía que el apremio fuese para las autoridades políticas gobernantes en
ese entonces, ya que en el éxito de la nueva industria también se jugaba buena parte de la obra del
gobierno de turno, hecho que imponía la necesidad de conciliar con quienes detentaban su
propiedad y eran fundamentalmente extranjeros. En torno a éstos, enraizaba el segundo elemento
pues, aquella industria por pujante y redituable había ya provocado el celo de no pocos extranjeros,
los que, conscientes de su poder habrían de ejercer una determinante presión en pos de no ceder
espacio alguno en cuanto la propiedad de dicho aparato productivo.

3- José Manuel Balmaceda


José Manuel Balmaceda y Fernández nació el 19 de julio de 1840 en Bucalemu, provincia de
Santiago de Chile. Hijo del matrimonio de don Manuel José Balmaceda y Encarnación Fernández, el
recién nacido llegó al mundo en un período crítico de la historia de su país, cuando conseguida la
ansiada independencia lo imperioso era constituir de aquel legado colonial un orden político estable.
Nacido en el seno de una familia conservadora y “altamente colocada” de la sociedad
chilena11, el joven José Manuel tempranamente se decidió a entrar dentro del ámbito católico con el
objetivo de “ordenarse sacerdote”12. Nada conforme su padre respecto a la “pasajera vocación” de su
hijo, condicionó en 1864 el viaje del mismo a Lima, donde asistió al Congreso Americano en calidad
de “oficial de la secretaría” de la Legación chilena junto a dos figuras de renombre: Manuel Montt e
“José Manuel Balmaceda: salitre, revolución y final del presidencialismo chileno” 4

Ignacio Zenteno. Fue no sólo este viaje sino la influencia y liberalidad de los mencionados el factor
determinante para que el joven Balmaceda desistiera de su intento en pro de obtener el sacerdocio.
Despertada con claridad y en su lugar la vocación política, ésta a la postre resultó ya irrefrenable.
Dedicado en primera instancia a los negocios y labores agrícolas de su padre (“quizá los más
extensos y variados que en aquel entonces había en el país” apunta Bañados Espinosa13) pronto
derivó hacia la escena política. Asistiendo de manera cada vez más habitual a banquetes y meetings
de carácter reformista, ingresó en 1869 al denominado Club de la Reforma, institución de la que por
otra parte fue uno de sus primeros oradores. Con una plataforma netamente liberal y reformista
presentó su candidatura para las elecciones constituyentes de 1870 en representación del Partido
Reformista. Electo diputado, comenzaron así los nuevos e intensos años de labor parlamentaria, una
tarea por la cual según su amigo Bañados Espinosa, Balmaceda pudo percatarse de las hondas
divisiones y la “intransigencia” que reinaban en ese poder representativo. Destacado prontamente
por sus dotes de orador parlamentario (“era, sin duda, un orador en su más elevada concepción”
escribía Bañados) su programa parlamentario abarcaba temas como la separación de la Iglesia y el
Estado, el fomento de la instrucción pública, libertad electoral, proteccionismo y libre cambio,
independencia municipal, garantías individuales, constitución de los poderes fundamentales, etc.
Iniciada la Guerra del Pacífico, y tras la expresa declaración por parte de Chile (abril de 1879)
concurrió Balmaceda como delegado de su país a la república Argentina a fin de obtener de ésta no
sólo su neutralidad respecto al conflicto sino a que se postergasen las discusiones bilaterales sobre
los terrenos patagónicos y el Estrecho de Magallanes. Obtenidos ambos cometidos (lo que le llevó a
abandonar sus negocios), y prácticamente finalizadas las acciones militares en 1881, Balmaceda se
abocó a trabajar de lleno en el programa liberal del candidato a la postre electo, Domingo Santa
María (1881-1886).
Fue este presidente quien confió en Balmaceda la estratégica cartera de Relaciones
Exteriores primero, y, a posteriori de una crisis ministerial, lo designó en la de Interior, “el más
elevado puesto político del país después de la Suprema Magistratura”14. Superados en 1883 los
diferendos y estable Balmaceda como Jefe de Gabinete, sobre junio de este año Santa María
anunció al Congreso que había “sonado en el reloj de los acontecimientos la hora de realizar las
cuatro aspiraciones más antiguas y más queridas del liberalismo chileno: Cementerio Común,
Matrimonio Civil, Registro Civil y Libertad de Conciencia”.
Con el conservadurismo estupefacto ante tal decisión y empuje, Carlos Walter Martínez (tal
vez uno de sus más conspicuos representantes) espetó a Santa María y Balmaceda la siguiente
diatriba incendiaria: “los más execrables tiranos de la humanidad han perseguido únicamente a los
vivos, de ninguno se cuenta que haya perseguido a los muertos”15.
Con una actuación ministerial comprometida en cuanto al avance anticlerical y reformista del
presidente Santa María, Balmaceda era hacia 1885 el candidato natural a sucederle pues, como
apuntara Ricardo Donoso, él “había sido el instrumento más vigoroso de la política presidencial”16 y
en consecuencia contaba tanto con el apoyo del Partido Liberal como con el aval del presidente, este
último, un elemento determinante pues implicaba la participación directa del aparato estatal en las
elecciones y con ello, la continuidad liberal en el gobierno.

4- Su obra e ideario
Proclamado por la Convención liberal de enero de 1886 reunida en el Teatro Nacional de
Valparaíso, Balmaceda acudió a la elección como candidato oficial del partido gobierno. Efectuados
en el Congreso los comicios, verificaron lo que se preveía: Balmaceda recogió 324 de los 330 votos
posibles, erigiéndose así como Presidente de Chile para el período 1886-1891.
A esa altura poseedor de un ya “sobresaliente historial”, como destaca el estudioso profesor
británico Harold Blakemore17, Balmaceda arribó a la presidencia de su país en un ambiente de
decidida expansión económica y cruentas divisiones políticas. Convencido respecto de que de no
mediar una pacificación ello sería el “escollo insalvable para su plan de acción”18, logró entonces
conformar un primer gabinete basado en la idea fundamental de pacificar el ambiente político
partidario de entonces. En pro de este objetivo general, acercó posiciones con la Iglesia Católica
reanudando incluso relaciones con la Santa Sede (cortadas durante la presidencia de Santa María),
intentando mediatizar así el encono conservador derivado del avance secularizador inmediatamente
anterior a su mandato (y del que Balmaceda había formado parte activa). Y lo que resultó en sí
“José Manuel Balmaceda: salitre, revolución y final del presidencialismo chileno” 5

trascendente, rompió con una férrea tradición podría decirse histórica, al no permitir la intervención
estatal en las elecciones municipales de Santiago celebradas a finales de 1886.
En cuanto a los aspectos económicos que guiaron su accionar al frente de la presidencia,
debe decirse que en lo sustancial su programa en mucho significó una continuación de lo realizado
por Santa María. Ambicioso en cuanto a sus últimos objetivos, debe sin embargo destacarse que, en
muchos aspectos el programa de acción balmacedista fue en sí más profundo y amplio que el de
Santa María, características derivadas de los crecientes recursos que al Estado proporcionaba la
renta salitrera creciente sin cesar. A estos efectos, planteó todo un programa de obras públicas
tendiente a re invertir los dividendos de las rentas de exportación de salitre. Si bien en ello no le
correspondía a Balmaceda ninguna novedad (pues el proceso de re inversión de dichos recursos
había comenzado con su predecesor), tal vez sí cabe asignarle a este presidente el hecho de la
sistematización. En base a este conjunto de factores, y más allá del choque historiográfico producido
en torno a cuál fue la concepción guía que sobre el Estado tenía Balmaceda, sí resulta insoslayable
reconocer que la intervención estatal fue continua y su esfera de acción profusamente ampliada por
medio de la inversión en áreas como salud, industria, comunicaciones, instrucción y sobre todo,
obras públicas19.
Convencido respecto a lo grandioso de su plan en pro de ensanchar la intervención del
Estado, Balmaceda creó y dio forma entonces al Ministerio de Industria y Obras Públicas, organismo
a quien al cabo de un año asignó “más de una quinta parte del presupuesto nacional”20 convirtiéndolo
así en el eje central de su gobierno. En consecuencia de ello el programa de obras resultó fantástico.
En la capital la friolera de diez grandes edificios marcó con elocuencia la amplitud de lo proyectado:
la Escuela de Medicina, el Hospital Clínico de Mujeres, la Escuela de Artes y Oficios, el Ministerio de
Industria y Obras Públicas, el Internado de Santiago, el Consejo de Enseñanza Técnico Industrial, la
Inspección de Instrucción Primaria, la Escuela Normal de Preceptores, la Escuela Militar y la Cárcel.
Todo un verdadero furor constructor que llevó a que Santiago creciera a razón de 18 hectáreas
anuales cuando la media de los ochenta años anteriores rondaba las 11,8 hectáreas21. El resto del
país mientras tanto observó también como los planes del gobierno llegaban hasta zonas bien
diversas. En Valparaíso se construyeron los “malecones” que rodean la bahía, la Escuela Naval y el
Liceo de Niños; en Iquique el Liceo de Hombres y se culminaron además cinco edificios de otras
tantas intendencias así como otros dos para gobernaciones22.
En cuanto a lo educativo, Balmaceda había sido claro respecto a mejorar la “capacidad
intelectual de Chile”: “es necesario desarrollar la instrucción pública en todos los órdenes del saber”
había declarado. En concordancia con este postulado el accionar estatal abarcó varias áreas, a
saber, la profesionalización del educador, reformulación de los planes de estudio, el auspicio a la
celebración de congresos pedagógicos y la citada construcción de liceos y escuelas. Asignándole al
Ministerio de Educación una “séptima parte” del presupuesto (lo que suponía una fuerte apuesta) los
resultados positivos son elocuentes. De las 768 escuelas a las que en 1885 asistían 64000 niños se
pasó, una década más tarde, a 1253 y una asistencia diaria de más de 114000 escolares23.
Si bien es pertinente destacar que el programa presidencial incluyó no sólo los campos
educativo y de obra pública sino que abarcó además la cultura, la industria y la colonización,
merecen destacarse por sobre éstos los esfuerzos encaminados a fortalecer las comunicaciones.
Rubro que pone en evidencia la importancia que para Balmaceda tenían, en su afán unificador y
descentralizador, los puentes, caminos, carreteras, canales, faros, telégrafos, y sobre todo,
ferrocarriles. Sobre éstos, el principal medio de transporte de la época, el accionar presidencial es
posible explicarlo sobre la base de las dos coordenadas sobre las cuales giró: la liberalización hacia
el capital privado (tanto local como internacional24) por un lado, y la intervención pública estatal por
otro. Así, pronto alternó su política entre las exenciones y amortizaciones otorgadas a empresas
particulares como manera de estimular la inversión y una dura retórica anti monopolista
especialmente atenta a la rápida extensión del británico John Thomas North, quien por ese entonces
detentaba de forma exclusiva los transportes de salitre de Tarapacá a los puertos de embarque por
intermedio de la Nitrate Railways Company25. Un punto que Balmaceda abordó públicamente a lo
largo de su famosa gira por el norte salitrero, donde se expresó en los siguientes términos: “aspiro a
que Chile sea dueño de todos los ferrocarriles que crucen su territorio. Los ferrocarriles particulares
consultan necesariamente el interés particular, así como los ferrocarriles del Estado consultan, ante
todo, los intereses de la comunidad, tarifas bajas y alentadoras de la industria, fomentadoras del
valor de la propiedad de la misma”26. Expresión completada una semana después cuando en
“José Manuel Balmaceda: salitre, revolución y final del presidencialismo chileno” 6

Antofagasta predijo que “no está lejano el día en que se consume la expropiación de los ferrocarriles
particulares en toda la República”27. Si discutibles son la profundidad de los planes de Balmaceda
respecto a los ferrocarriles, exactas son las cifras en cuanto al avance estatal en el área: hacia 1890,
de 2747 kilómetros construidos, 1106 ya eran estatales y los restantes 1641 correspondían al sector
privado28.

5- John Thomas North y la política salitrera del presidente Balmaceda


Merece separarse y destacarse del resto del programa brevemente esbozado con
anterioridad, la política desempeñada por Balmaceda en lo referido al tema del recurso mineral sobre
el cual descansaba ahora el erario nacional. Consciente de que la mayoría de los ingresos fiscales
provenían de dicha industria y de que de los mismos dependía tanto el éxito de su programa como el
suyo propio29, ello lo condicionó en su postura y tal vez imposibilitó el seguimiento de una línea
política definitiva sobre el salitre, por lo demás, un producto sometido a los avatares de los siempre
imprevisibles mercados internacionales. Si bien resulta evidente que tal dependencia así como el
poder que tenían los propietarios extranjeros (especialmente británicos) condicionaron y matizaron su
accionar en el campo de las realizaciones prácticas, llevándolo a necesariamente tener que conciliar
con los mismos; no es menor el hecho, también claro, de que con Balmaceda en la presidencia la
política y el abordaje que del tema se hizo desde el Estado, cambió radicalmente (y pese a los
elementos disuasivos enunciados).
Afincados (los británicos) en la zona de Tarapacá desde por lo menos 182530, hacia finales
del siglo XIX el negocio del salitre constituía un boom, precios altos y demanda creciente. La
finalización del conflicto limítrofe entre Chile, Perú y Bolivia, tal cual vimos, había pasado a manos
chilenas los territorios más importantes y ricos en salitre y guano. Pese a ello, lo importante radicaba
en el hecho de que más allá de encontrarse en suelo (ahora) chileno, su propiedad era detentada en
su casi totalidad por extranjeros de nacionalidad británica, uno de los cuales, era el célebre y mítico
North.
John Thomas North había nacido en la pequeña aldea de Yorkshire, en las afueras de Leeds,
el 30 de enero de 1842. Hijo de un pequeño comerciante distribuidor carbón, con la joven edad de 16
años emprendió viaje rumbo a Leeds, ciudad en la que cursó diferentes estudios industriales y “lo
transformó [además] en un engranaje del régimen capitalista; adquiriendo allí las ambiciones y la
típica manera de actuar y de apreciar las cosas que caracterizan al empresario”31. Regresado como
mecánico a su lugar natal, comprendió que el mismo le ya era incompatible con sus motivaciones y
afán de superación. En consecuencia, emprendió viaje rumbo a Valparaíso, lugar adonde llegó en
1866 movido por intereses de lucro y, “con diez libras esterlinas en el bolsillo”.
Una vez en América, y tras trabajar a lo largo de sus primeros años como mecánico y
calderero en Tarapacá, su buena disposición para las amistades lo llevaron a asociarse junto a su
compatriota Maurice Jewel (cónsul británico en Iquique) en un emprendimiento importador y de
distribución en Tarapacá, obteniendo buenos dividendos. Su temprana relación y posterior éxito
dentro del negocio del salitre fueron también en principio, resultado de una amistad y asociación,
esta vez con Robert Havrey, británico igual que North y nombrado por el gobierno chileno en 1874,
Inspector General de Salitreras. Aprovechando ambos la primera desvalorización de los títulos de las
empresas salitreras a raíz de la Guerra del Pacífico, invirtieron igualmente en los mismos sabedores
no sólo de que Chile vencería sino que a la postre, respetaría los derechos por ellos adquiridos. Todo
un riesgo y posterior fortuna que el mismo North describió tiempo después a lo largo de una
entrevista concedida al periódico francés “Le Figaro”: “conocía mejor que los demás extranjeros el
valor exacto de esos certificados, desde que sabía, por mis trabajos precedentes y por mis viajes,
que muchos de aquellos terrenos contenían muy importantes depósitos de salitre. En consecuencia,
compré, a pesar de su descrédito, cantidades considerables de ellos, persuadido de que el Gobierno
chileno triunfaría en la guerra y, vencedor, respetaría plenamente el derecho de propiedad que
constituían esos títulos vencidos. Todo lo que había previsto sucedió (…) [y] en cuanto a los bonos
territoriales, su valor se centuplicó en el acto (…). (…) En seguida, con el propósito de afianzar para
siempre la prosperidad de esta industria, cuya colosal importancia e inmenso porvenir aún nadie
presentía en Europa, compré, en unión de varios amigos, la mayor parte de las acciones del
ferrocarril que sirve la región donde están ubicadas las principales salitreras. Me convertí así en el
árbitro del porvenir de la industria del salitre”32. Alcanzada de esta forma “la fama y la fortuna”33,
“José Manuel Balmaceda: salitre, revolución y final del presidencialismo chileno” 7

sobre 1885 la capacidad productiva de sus empresas llevaba la delantera respecto de todas las
demás que operaban en Chile por ese entonces34.
Sin embargo, y pese al orgullo con que mostraba el determinante papel que desempeñaba
dentro del negocio salitrero, no había quien supiera “mejor que él del carácter inestable del comercio
del nitrato”, hecho singular y por el cual North tomó “gran cuidado de asegurarse que su propia
dependencia en él estuviera lejos de ser absoluta”35. Consciente de que pertenecían a su naturaleza
misma los repetidos “booms” y “declives pronunciados”, tomó entonces conciencia que debía
traspasar su esfera de acción bastante más allá de dicha industria pues, “así como las grandes
fortunas se habían hecho en un muy corto período de tiempo, ellas también se gastaban
prontamente, y con ellas la reputación de sus hacedores”.
Convencido respecto de tales consideraciones, en Tarapacá fundó en 1888 el banco The
Bank of Tarapacá and London Company Limited. Monopolizó la línea de ferrocarriles por medio de la
Nitrate Railways Company, a su cargo tenía la empresa que daba alumbrado público a la citada
provincia así como la que se encargaba de potabilizar y distribuir el agua. Acaparó también “el
comercio de aprovisionamiento de las salitreras” con la Nitrate Provision Suplí Company, e hizo lo
propio en cuanto a la compra y venta de acciones salitreras, actividad que dependía de la Nitrate
General Investment Trust. Fuera de Chile, era dueño de dos fábricas de cerveza en Francia; en
Bélgica fue propietario de una fábrica de cemento; participó de una sociedad encargada de explotar
oro en Australia; comercializó en su país productos africanos; se interesó por la explotación de
diamantes en Brasil y participó en una concesión destinada a la circulación de tranvías en Egipto36.
Respetados los contratos de quienes como North, habían comprado certificados salitreros
durante el conflicto, la entrega definitiva del grueso de la industria de los nitratos obtuvo formalización
definitiva por medio de los decretos firmados por Aníbal Pinto primero (1 de octubre de 1880, 11 de
junio de 1881) y Santa María después (28 de marzo de 1882). En consecuencia de éstos, aquellos
que depositaran el 50 % del valor nominal que los certificados vencidos poseían en la tesorería fiscal,
obtendrían así el certificado definitivo de propiedad37. Situación que resumió con expresa claridad
Pedro Lucio Cuadra (Ministro de Hacienda de Santa María): “no obstante los derechos privilegiados
consiguientes al estado de guerra y consagrados por la victoria, el gobierno renunció a toda
participación en el valor de aquellos establecimientos, destinándolos exclusivamente al pago de las
obligaciones o certificados emitidos por el gobierno peruano, y sólo se reservó el derecho establecido
sobre la exportación del salitre”.
Una vez Balmaceda en la presidencia, varió sustancialmente la óptica de análisis al respecto
del salitre, adquiriendo la misma, una dinámica propia y precisa.
Contrató primero un empréstito destinado a pagar las oficinas salitreras que “North y los
suyos” habían despreciado a la hora del reparto. Un año más tarde, en noviembre de 1888, por
intermedio de su ministro de Hacienda, el presidente ordenó al Inspector General de Salitreras,
Gustavo Jullian, una completa y detallada elaboración acerca del estado de la industria del salitre en
general así como se le pedía al mismo funcionario adelantara una opinión al respecto. Presuroso
este, a las dos semanas elevó a Balmaceda por escrito lo que éste había pedido, afirmando en las
conclusiones de su informe, que era de “gran conveniencia” para Chile “la idea de nacionalizar esta
industria”38.
Conocido el informe así como la influencia que el mismo tuvo en el entorno presidencial más
cercano, la Legación Británica se hizo pronto eco de lo que ya por entonces era algo más que un
rumor. De esta forma, se informaba a Londres que “desde 1887, los partidarios del Gobierno ahora
en poder, han declarado frecuentemente la necesidad de nacionalizar los distritos salitreros”. Idea
que se tornaba más preocupante puesto que a su entender había sido el mismo presidente
Balmaceda quien, a lo largo de un mensaje dirigido al Congreso, había manejado tal posibilidad así
como defendido su posición favorable, lo que “desde ese entonces (…) ha repetido pública y
privadamente”.
Tomado ya como una cuestión personal por el presidente, para el mes de marzo de 1889 se
programó una gira presidencial por el norte salitrero. “Bien orquestado publicitariamente” como ha
señalado Blakemore39, el viaje tal vez puso de manifiesto las aristas más radicales del pensamiento
presidencial en torno a la cuestión salitrera. En Iquique, tras los postres que cerraban un banquete de
600 cubiertos, el presidente comenzó su discurso diciendo que había “llegado el momento de hacer
una declaración a la faz de la República entera”40. Tras ello, y consonancia a su credo liberal, señaló
que “el monopolio del salitre no puede ser empresa del Estado, cuya misión fundamental es garantir
“José Manuel Balmaceda: salitre, revolución y final del presidencialismo chileno” 8

la propiedad y la libertad”, luego de lo que continuó que tampoco debía ser el mismo “obra de
particulares, ya sean éstos nacionales o extranjeros”. Pese a ello, manifestó que igualmente
correspondía al Estado “conservar siempre la propiedad salitrera suficiente para resguardar, con su
influencia, la producción y su venta y frustrar en toda eventualidad la dictadura industrial en
Tarapacá”. Dejando en claro que “la propiedad salitrera particular y la propiedad nacional” eran
“objeto de seria meditación y estudio”, mostró primero su irritación ante el hecho de que dicha
propiedad fuera “casi toda de extranjeros (…) de una sola nacionalidad”. A posteriori de lo cual
adelantó que “la próxima enajenación de una parte de la propiedad salitrera del Estado, abrirá
nuevos horizontes al capital chileno”, hecho que “producirá, para nosotros, los beneficios de la
exportación de nuestra propia riqueza y la regularidad de la propia producción, sin los rumbos de un
posible monopolio”.
Acompañado de nutrida comitiva, Balmaceda visitó los territorios conquistados por su país
tras el conflicto armado y conoció de primera mano algunos detalles que sobre la realidad misma
pudo apreciar a lo largo de los veinte días que duró un periplo que abarcó Antofagasta, Coquimbo,
Iquique, La Serena, Piragua y Atacama.
De seguro recogidas vastas experiencias, el pensamiento del presidente se complementó en
lo que fue su mensaje del 1 junio de 1889 al Congreso de la República. Allí, y tras ratificar la línea
expuesta a lo largo de su gira presidencial, Balmaceda indujo a los legisladores que hicieran
“examen atento” de lo que entendió como un “grave problema” puesto que, según dijo, “la industria
salitrera nos induce a formular una solución que juzgamos impuesta por las reglas generales de la
libertad económica”: no “prescindir” de un artículo que “es de Chile y que sólo de nuestro territorio
puede exportarse para su consumo en los mercados del mundo”. Según el presidente, este esquema
entonces imponía tanto “al hombre de gobierno” como al “legislador” la necesidad de “no aplazar la
solución del problema y resolverlo” por la vía de resguardar “eficazmente el legítimo interés de
nuestros nacionales”.
Advertido del clima aparentemente hostil para con los capitales extranjeros
(fundamentalmente los británicos) que se publicitaba, North, radicado en Londres desde 1882,
decidió regresar en 1889 a Chile para interesarse personalmente de la marcha de sus negocios en el
país. Enterado de todos los movimientos y declaraciones presidenciales, que en mucho estaban
dirigidas a cuestionar su poder económico, North consiguió entrevistarse en tres ocasiones con
Balmaceda, una vez retornado éste del norte. Más allá de la cordialidad que reinó en los encuentros,
Blakemore escribió que de los mismos “no hubo resultados dramáticos”41, aunque sí Balmaceda
prosiguió su ataque a las actividades monopolistas de North.
Punto de repetido encuentro a la hora del abordaje del período político en que se desempeñó
Balmaceda como presidente, los estudiosos no se han puesto de acuerdo en cuanto a cuál era en
realidad la profundidad de la propuesta de Balmaceda para con el salitre en general. Así, la polémica
ha seguido fundamentalmente centrada en torno a dos líneas de interpretación básicas.
La primera de ellas fue la acuñada por el prestigioso historiador chileno Hernán Ramírez
Necochea, quien a lo largo de dos estudios serios, profundos y debidamente documentados defendió
(en el aspecto concerniente a la política salitrera) la tesis de que el presidente Balmaceda en efecto
tendió hacia la nacionalización de la industria de los nitratos. Pese al sello liberal que caracterizó la
política de Balmaceda, Ramírez Necochea explicó que tal afán presidencial resulta explicable dentro
del rol principal e incluso planificador que asignaba al Estado el presidente Balmaceda42.
El estudioso británico Harold Blakemore, no menos documentado y preciso que Ramírez, ha
liderado la posición contraria, y subrayado insistentemente, que “la evidencia muestra que la actitud
de Balmaceda hacia los intereses extranjeros por el nitrato contenía muy poco de nacionalismo
económico o de intervencionismo estatal”43. Remarcando que de los discursos pronunciados en el
norte por Balmaceda podían hacerse “todas las lecturas posibles”, Blakemore argumentó que lo que
había detrás de ellos era una “astuta táctica para sembrar dudas” pues, por lo que respecta a las
realizaciones posteriores, el presidente chileno “hizo muy poco para socavar el predominio de los
intereses extranjeros en la industria de los nitratos en su conjunto”. Todo lo cual lo llevó a concluir
resumiendo que en efecto, los planes salitreros tuvieron “un alcance limitado en amplitud y vago en
intencionalidad, y que la reputación póstuma de Balmaceda como un nacionalista en lo económico
fuera muy exagerada”.
Más allá de las diferencias, en torno a un elemento ambos han coincidido: el fundamental
papel que dentro del esquema balmacedista jugaba la acción de intereses extranjeros no originarios
“José Manuel Balmaceda: salitre, revolución y final del presidencialismo chileno” 9

de Londres. Así, estos estudiosos no retacearon comentarios al respecto, pues las evidencias
parecen corroborar plenamente sus interpretaciones. Blakemore escribió que la concepción de
Balmaceda giró alrededor de un profundo convencimiento en que el accionar monopolista británico (y
de North en particular) así como sus cuantiosos intereses en Chile “podrían ser atacados por la
agencia [unión] [con] (…) otros intereses extranjeros”. Hecho fundamentado por Ramírez cuando da
cuenta de que el único empréstito contratado en todo el siglo XIX por Chile, fuera de Londres, lo hizo
con Balmaceda en la presidencia en el año 1889, con el banco alemán Deutches Bank (país que, en
suma a lo expuesto, había ido ganando considerable terreno en cuanto a inversiones de capital y
para 1890 había ya alcanzado a abarcar un 18 % de la producción salitrera)44.
Partiendo de este encuentro de posicionamientos recogidos por la historiografía es bueno
señalar, sobre la denominada “cuestión salitrera”, algunas puntualizaciones esquemáticas.
Independientemente de cuál fuese la profundidad del planeamiento alternativo que tuviera
Balmaceda sobre la cuestión (si acaso este existió), debe reconocerse que el Estado chileno partía
desde muy atrás en cuanto a aspirar a una más destacada participación sobre esta industria. Como
señalamos ya, los decretos de reconocimiento posteriores a la Guerra del Pacífico habían puesto en
manos privadas el grueso del negocio quedando el Estado en una posición por la cual como máximo,
sólo podía aspirar a cobrar rentas por exportación.
Dentro de este esquema interpretativo, parece razonable señalar que el enfoque de
Balmaceda se presentó por lo menos novedoso. Pedido el informe al inspector Jullian, la idea de
nacionalizar la industria (o al menos una parte de la misma) comenzó a sonar con insistencia dentro
el entorno presidencial. En buena medida resultado de ello se planeó la gira por el norte salitrero,
aunque ese no sea en realidad el factor que la explica en su totalidad45. Más allá de esta
circunstancia, Balmaceda apuntaba también a torcer un tradicionalismo político hasta ese entonces
bastante habitual. El emprender una gira por la zona implicaba conocer más de cerca y de primera
mano una realidad sobre la cual descansaba buena parte de los ingresos del Estado. Fue a partir de
entonces que el tema pareció adquirir una dinámica precisa y quedó así definitivamente colocado
como un tema central del debate nacional.
Si bien la palabras señaladas por Balmaceda, como explicó Blakemore, “estaban cortadas a
la medida del orgullo y las expectativas locales”, no menos cierto es que la situación en que se
encontraba su país parecía herirlo ya que aquel producto pese a ser esencialmente chileno este país
no lo dominaba y por ende considerablemente veía reducidas las capacidades de aporte del mismo a
las cuentas del país, pues el grueso de los réditos iba hacia el exterior.
Sin despreciar que el clima previo a la revolución armada de 1891 sin dudas influyó en la
óptica de Balmaceda al respecto, merece remarcarse que en su propuesta para con la industria de
los nitratos tal vez se haya presentado más prometedor de lo que en esencia era, pues sus pasos
posteriores nunca superaron la barrera de la timidez. En ningún momento fue más allá de la libre
concurrencia del capital, al cual no se le opusieron límites de importancia46, propio de sus principios
liberales y quizás resultado de que no estorbarlos en su libre juego era mantener el orden, y
conservar este, primordial por cuanto implicaba la armonía para con el plan de obras públicas por
medio del cual Balmaceda sabía que pasaría a la historia.
Parece justo también interpretar que, al menos desde el punto de vista discursivo previno a la
oligarquía y a los intereses extranjeros, evidencia que se torna clara en lo que fueron sus manifiestos
beneplácitos por el desarrollo favorable a la revolución armada que depuso al presidente.
Pero, y en concordancia con el hecho de que la observación histórica nos impone ser
abarcadores del conjunto de los fenómenos, es dable apuntar que Balmaceda no se presentó claro a
la hora de las formulaciones. Repudió, es cierto, la factoría extranjera en Tarapacá así como lo que
consideraba una “dictadura industrial”, pero de sus mensajes no se desprende con claridad una idea
de tipo nacionalista. En todo caso, y lo que parece más claro, su nacionalismo quizás pasaba más
por un plano sentimental, apolítico, y en consecuencia era mitigado y poseía serios límites en cuanto
a política se refiere47. Su actitud sin embargo, sí mostró claridad y decisión en lo referente a la
negación de los monopolios. Pero sus pasos no fueron nunca tan reacios y decididamente
confrontadores con el poder extranjero como quizás pueda desprenderse en primera instancia de sus
manifestaciones, ello porque quizás tal vez comprendiera que la idea de nacionalizar aquel gran
poder era un “eufemismo”.
Todo ello nos lleva a concluir en que el accionar de dicho mandatario fue más bien retórico
que resolutivo, carácter que debe ser interpretado desde un ángulo fundamentalmente interno.
“José Manuel Balmaceda: salitre, revolución y final del presidencialismo chileno” 10

Balmaceda, en caso de creerlo, para llevar adelante una política con dicho alcance, necesitaba de
una gran unidad política hacia dentro de su partido y, de una cohabitación con el resto de las fuerzas
políticas, hacia fuera, que en esos momentos48, fruto de un proceso49, era absolutamente
impensable. Dentro del liberalismo gobernante anidaba una diversidad tal que anestesiaba cualquier
movimiento. Y fuera de él, la oposición se encontraba tan recelosa que haría imposible una
reformulación tal, ello amén de considerar también la influencia del poder extranjero, considerado
éste no como un factor único sino como uno más de una compleja cadena causal.

6- El desenlace final
Independientemente de la pacificación tentada por Balmaceda ni bien arribó a La Moneda, la
crisis político institucional había avanzado ya demasiado rápido. Fue así que pese a las buenas
intenciones y realizaciones señaladas del primer momento (intentar dar cabida en los gabinetes a las
más diversas facciones y no intervención del Ejecutivo en las elecciones) la situación acabó por
desbordarse. Sucesivas crisis ministeriales y obstrucciones parlamentarias reiteradas fueron
paulatinamente ampliando la base de reivindicación de los opositores, ubicados tanto dentro como
fuera del partido Liberal oficialista. Así, en las propuestas oposicionistas figuraban ya, en suma a las
demandas expuestas, la independencia de los partidos respecto del presidente y la subordinación de
este mismo al cuerpo legislativo.
Fue entonces que se delinearon con claridad dos bandos fundamentales. El oficial que
bregaba por la primacía del presidente respecto del Congreso y, la oposición, quien en su posición
contraria acuñaba la idea de que el presidente debía ceñirse a los dictados del legislativo.
Era en el fondo, la crisis del sistema portaliano.
Radicalizadas ambas posturas, la intransigencia se apoderó de los sectores políticos.
Mientras por un lado Balmaceda sostenía que de acuerdo a la Constitución recaía en el Ejecutivo la
potestad de nombrar a sus ministros, no menos claro era el precepto constitucional que ponía en
manos del Congreso la capacidad para aprobar o no, las leyes esenciales.
Con un clima político y social muy tenso, se arribó al primero de enero de 1891, fecha en que
tras la sostenida puja entre el Ejecutivo y el Congreso, Balmaceda decidió enfrentarlo y decretar
(ante la negativa del Congreso a votar los presupuestos) la vigencia de las leyes de presupuesto del
pasado año. Aglutinadas fuerzas desde tiempo antes, el día siete de enero una flota sublevada a
mando de una importante proporción del Ejército partió hacia el norte iniciando una cruenta guerra
civil.
Tras ocho meses de combate y aproximadamente 10000 vidas perdidas en los campos de
batalla, derrotado, Balmaceda se vio obligado a dimitir. Era el 28 de agosto de 1891 y el presidente
recibió el telegrama con la noticia de la caída de su último bastión a manos de las fuerzas
congresistas mientras cenaba junto a su familia. Lo leyó sin inmutarse. Se levantó de la mesa y una
vez en el estudio pidió a su secretario que redactase la renuncia, tras lo cual retornó a la mesa. Más
tarde, comunicada su familia del desenlace ya previsto, fueron asilados en la Legación de Estados
Unidos. Balmaceda mientras tanto, tras redactar personalmente la carta de renuncia (pues no
concordaba con la propuesta redactada por su secretario) entregó el mando al General Manuel
Baquedano. A posteriori, culminadas las gestiones con el representante argentino, señor José
Uriburu, concurrió a la Legación de este país y se asiló allí.
Virtualmente recluido, y pese a que en los primeros días no quiso leer la prensa, poco a poco
comenzó a interesarse por el desarrollo posterior de los acontecimientos, lo que a su vez le permitió
darse cuenta del frenesí que había ganado a sus opositores. Destruida su residencia a manos de una
turba encolerizada, una tarde pasó por la calle de la Legación una manifestación opositora
vociferando contra el presidente depuesto sin saber que el mismo se encontraba allí en ese edificio.
Nervioso el representante del gobierno argentino y subiendo a calmar a su huésped, entró
intempestivamente a la habitación, donde Balmaceda estaba sentado tranquilamente con un revólver
en la mano.
Meditó más tarde dos posibilidades. La primera presentarse ante una junta y ponerse a su
disposición para ser juzgado; la segunda, escapar rumbo al extranjero. Descartadas de plano ambas,
los caminos se cerraron. Era a todo esto, 16 de setiembre. Restaban dos días para la finalización
oficial de su mandato. Los dejó transcurrir en calma. Momentos después de las doce de la noche del
18, llegado del teatro el señor Uriburu, subió a visitar a Balmaceda. Conversaron ambos algunos
“José Manuel Balmaceda: salitre, revolución y final del presidencialismo chileno” 11

momentos y el ex mandatario entregó al ministro argentino tres cartas dirigidas a sus hermanos, Julio
Bañados Espinosa y Claudio Vicuña.
A la mañana siguiente, Balmaceda redactó entonces la última misiva, esta vez para el señor
Uriburu. Finalizada la misma, recostado sobre la cama, con la decisión y frialdad de siempre se
disparó un tiro de revólver sobre la cien derecha.

7- Hipótesis tentativas acerca del fenómeno


El abrupto final de Balmaceda por medio de un acto tan simbólico como plagado de
romanticismo abrió la controversia historiográfica referida a cuáles fueron los elementos
determinantes que tentaron tal desenlace. Debate que planteó dos visiones contrapuestas: una, el rol
determinante que le cupo a los intereses extranjeros (especialmente los del nitrato) en pro de la
salida del presidente de Balmaceda; dos, la preponderancia del factor político institucional interno por
sobre cualquier otra consideración.
Intentando trascender la polémica creemos que es necesario recurrir, primero, a un enfoque
de conjunto en observancia del proceso histórico, y segundo, a la utilización de una lupa no
determinista para la explicación de los sucesos. Ello nos lleva a delinear, observar y reconocer la
existencia de un mar de factores (internos y externos) componentes de una muy extensa cadena
causal. Y al cabal convencimiento de que sólo su conjunción puede echar luz acerca de lo acaecido.
En 1891 Chile parecía tener todo preparado para vivir su gran drama, el que a la postre
dividió y polarizó en dos bandos la sociedad. El terreno estaba sembrado y, en dicha siembra habían
participado, entre otros, todos los actores de un sistema político que paulatinamente comenzó a
hacerse la idea de que no podía convivir en paz debido a la creciente intolerancia reinante hacia
dentro del mismo. En ello jugó además un considerable papel la crisis económica que derivó a su vez
en una aguda crisis social bien dirigida por una oposición que tentó a los errores de un gobierno que
en medio de la tormenta pareció perder el timón y reprimió donde no debía, en el norte salitrero.
Pese a que son muchos los que achacaron a Balmaceda su intransigencia, tal estado de
cosas venía en sí gestándose desde mucho tiempo atrás. Aquel 7 de enero entonces, no hizo sino
sistematizar una violencia hasta allí declarada pero potencial. A decir verdad, vale reconocer que la
obstrucción parlamentaria (única herramienta en manos de los legisladores para presionar al
Ejecutivo) a las leyes de presupuestos había sido ya adoptada como fórmula en reiteradas ocasiones
anteriores sin que de ello hubiera surgido una tentativa revolucionaria50. El mismo Balmaceda había
en 1887 comenzado de esa forma aquel año sin que se lo tildase de dictador.
En efecto, parece evidenciarse que el presidencialismo chileno no murió con Balmaceda,
venía muriendo desde tiempo atrás. Entendida la revolución armada del 7 de enero como un estallido
de fuerzas simultáneas y latentes dispuestas desde mucho tiempo antes y en el que no hubo nada
fortuito; sólo una mirada atenta a la compleja continuidad histórica explica lo sucedido. En vista de
ello, comprendemos que en primera instancia fue el resquebrajamiento político y social interno,
fácilmente apreciable, quien explica en buena medida la sublevación congresista de 1891. Fue en
dicho resquebrajamiento que el papel externo desempeñó su rol separatista, aprovechando una
situación propicia para la solidificación de su poderío, retóricamente amenazado por una clase
política gobernante que era peligrosa (desde el ámbito conservador), aunque profundamente
desgastada por el tiempo y los vicios que este genera en el ejercicio del poder. En última instancia
encontramos también que fueron las ambiciones de poder y la puja constante entre un presidente
dispuesto a no ceder más espacio del que ya venía cediendo y un Congreso reaccionario a su
política y decididamente volcado en pro de su propio reforzamiento como única autoridad, quienes
abonaron de continuo un terreno ya sobrecargado de conflictos, en medio del cual un tercer actor,
externo, actuó como eficaz fertilizador de un campo ya propicio y predispuesto para la dilucidación
violenta de su drama político.
“José Manuel Balmaceda: salitre, revolución y final del presidencialismo chileno” 12

NOTAS

1
ENCINA, Francisco Antonio, “Resumen de la historia de Chile”, Santiago, Editora Zig-Zag, 1961, cuarta edición, p.
2099.
2
CRUCHAGA, Miguel, “Salitre y guano”, Madrid, Editorial Reus, 1929, pp. 268-270.
3
Ídem.
4
Ídem, pp. 270-271.
5
Ídem, p. 272.
6
Un “soldado torpe y grosero” de acuerdo al chileno Domingo Amunátegui. AMUNÁTEGUI, Domingo, “La democracia
en Chile”, Santiago, Universidad de Chile, 1946, pp. 199-201.
7
HALPERIN, Tulio, “Historia Contemporánea de América Latina”, Madrid, Alianza, 1972, p. 336.
8
RAMÍREZ NECOCHEA, Hernán, “Balmaceda y la contrarrevolución de 1891”, Santiago, Editorial Universitaria, 1969,
p. 12.
9
Ídem, pp. 12-13.
10
Tabla y gráfico son composición del autor. Datos en RAMÍREZ NECOCHEA, Hernán, citada.
11
El fundador de la familia, José María Fernández de Balmaceda (abuelo de José Manuel) era sobrino nieto del oidor Juan
de Balmaceda [sic] quien había arribado a Chile en el año 1802. ENCINA, Francisco, citada, p. 1671.
12
Ídem, p. 1672.
13
BAÑADOS ESPINOSA, Julio, “Balmaceda. Su gobierno y la revolución de 1891”, París, Librería de Garnier Hermanos,
1894, volumen I, p. 7.
14
Ídem, p. 32.
15
ENCINA, Francisco, citada, p. 1623.
16
DONOSO, Ricardo, “Breve Historia de Chile”, Buenos Aires, Editorial Universitaria de Buenos Aires, 1963, pp. 86-88.
17
BLAKEMORE, Harold, “Chile, desde la Guerra del Pacífico hasta la depresión mundial, 1880-1930”, en; BETHELL,
Leslie, “Historia de América Latina”, Londres, Cambridge University, volumen X, p. 166.
18
ENCINA, Francisco, citada, p. 1689. Convencimiento en el cual jugó también un considerable papel lo que le expresara
su antecesor Santa María al abandonar la presidencia: no terminaría Balmaceda su mandato con normalidad. DONOSO,
Ricardo, citada, p. 87.
19
Apenas arribado al gobierno, Balmaceda explicitó su programa con estas palabras: “procuro que la riqueza fiscal se
aplique a la construcción de liceos y escuelas y establecimientos de aplicación de todo género que mejoren la capacidad
intelectual de Chile; y por eso no cesaré en emprender la construcción de vías férreas, de caminos, de puentes, de muelles
y de puertos, que faciliten el trabajo, que alienten a los débiles y que aumenten la savia por donde circula la vitalidad
económica del país”. RAMÍREZ NECOCHEA, Hernán, citada, p. 104.
20
BLAKEMORE, Harold, citada, p. 170.
21
DE RAMÓN, Santiago, “Santiago de Chile (1541-1991). Historia de una sociedad urbana”, Madrid, Mapfre, 1992, pp.
220-221.
22
AMUNÁTEGUI, Domingo, “La democracia en Chile. Teatro político (1810-1910)”, Santiago, Universidad de Chile,
1946, pp. 232-234.
23
Tomamos como referencia el año 1895 pues hasta ese entonces llegaron las consecuencias de las obras planeadas bajo el
mandato de Balmaceda. AMUNÁTEGUI, Domingo, citada, p. 268.
24
Aunque notoriamente prefería la participación de capitalistas chilenos, se mostró escéptico respecto a su
conservadurismo y escaso espíritu de riesgo: “si el capital nacional es indolente o receloso, no debemos sorprendernos de
que el capital extranjero llene con previsión e inteligencia el vacío que en el progreso de esta comarca hace la incuria de
nuestros compatriotas” señaló con elocuencia en Iquique. CAVIERES, Eduardo, “Inversionistas e inversiones extranjeras
en Chile, 1860-1930”, en, MARICHAL, Carlos, “Las inversiones extranjeras en América Latina, 1850-1930”, México,
Fondo de Cultura Económica, 1995, p. 224.
25
Idea que le llevó a solicitar al Congreso, en 1889, la aprobación de una ley dirigida a expropiar ferrocarriles privados en
el Norte Chico, medida fundamentada de la siguiente forma: “el provecho de los empresarios [extranjeros], [hace que] las
tarifas [sean] (…) hasta tres y cuatro veces más altas que las fijadas por los ferrocarriles del Estado en el centro y sur de
la República”. RAMÍREZ NECOCHEA, Hernán, citada, p. 119.
26
Ídem, p. 118.
27
Ídem.
28
MOURAT, Oscar, “Cronología comparada de la historia de Chile. 1850-1900”, inédito, 1973, p. 56.
29
El crecimiento de los volúmenes exportados de salitre entre 1886 y 1887 trepó entonces en un 63 %. MOURAT, Oscar,
citada, p. 151.
30
VILLALOBOS, Sergio, “La vida fronteriza en Chile”, Madrid, Mapfre, 1992, p. 195.
31
RAMÍREZ NECOCHEA, Hernán, citada, p. 41.
32
Ídem, pp. 22-23. ENCINA, Francisco, citada, p. 1653.
33
BLAKEMORE, Harold, “British nitrates and chilean politics 1886-1896: Balmaceda & North”, London, London
University, 1974, p. 227.
“José Manuel Balmaceda: salitre, revolución y final del presidencialismo chileno” 13

34
Mientras las empresas de North producían 170000 quintales españoles (anuales), la mayor de las restantes, la Casa
“Gibbs and Company” llegaba a 160000. CRUCHAGA, Miguel, citada, p. 198.
35
BLAKEMORE, Harold, “British nitrates...”, citada, pp. 227-228.
36
RAMÍREZ NECOCHEA, Hernán, citada, pp. 45 y ss. ENCINA, Francisco, citada, p. 1784.
37
Véase, ENCINA, Francisco, citada, p. 1646.
38
RAMÍREZ NECOCHEA, Hernán, citada, pp. 90-91.
39
BLAKEMORE, Harold, “Chile, desde la Guerra del Pacífico…”, citada, p. 171.
40
RAMÍREZ NECOCHEA, Hernán, citada, pp. 92-93.
41
BLAKEMORE, Harold, “Chile, desde la Guerra del Pacífico…”, citada, 172.
42
Ramírez Necochea, tras definir a la planificación estatal como una “reacción contra la ineficacia de los principios
liberales y contra el papel eminentemente pasivo que tales principios asignan al Estado” señaló que el estudio de los
discursos de Balmaceda así como lo que fue su accionar de gobierno, permiten interpretar que dentro de lo que fue su
concepción liberal, dicho mandatario actuó guiado por un principio planificador de carácter “rudimentario o incipiente”.
RAMÍREZ NECOCHEA, Hernán, “Balmaceda…”, pp. 156-157.
43
BLAKEMORE, Harold, “The british…”, citada, p. 248.
44
RAMÍREZ NECOCHEA, Hernán, “Historia del imperialismo en Chile”, Santiago, Austral, 1960.
45
Blakemore apuntaba que el agobio y constantes presiones que recibía el presidente en la capital también explican la gira
pues por medio de ella también se buscaban tejer nuevas alianzas.
46
Hacia el mes de julio de 1891, y en vistas del apremio en que se encontraba el gobierno de Balmaceda, circuló
repetidamente en la prensa el rumor de que el presidente estaba decidido a gestionar en Estados Unidos un préstamo por el
cual el Estado chileno tendría la capacidad de nacionalizar la empresa británica Nitrate Railways Company, propiedad de
North y encargada del transporte del salitre a los puertos de embarque cobrando tasas superiores al promedio. Alterada la
colonia británica, el señor Kennedy (representante de ese país en Chile) se entrevistó con Balmaceda el 12 de agosto. Su
inmediatamente posterior reporte sobre la conversación es sumamente ilustrativo de los límites que se cernían sobre el
ideario presidencial acerca del papel del Estado. Tras asegurarle verbalmente al británico que no tenía intenciones de
nacionalizar la compañía citada, ni que tampoco era su deseo perturbar las concesiones ya hechas; señaló (siempre de
acuerdo al informe de Kennedy) que los propósitos en torno del nitrato “concernían solamente a las salitreras que ya
pertenecían al estado”. BLAKEMORE, Harold, “The british…”, citada, pp. 213-214.
47
Encina apuntó que la omnipotencia del “Rey del Salitre”, North, era sobre todo una gran “desafío” para la “altivez” del
mandatario. ENCINA, Francisco, citada, 1789.
48
Cuando en el año 1889 pareció instalarse definitivamente el tema de una posible reforma de la propiedad salitrera, la
opinión pública chilena estaba “sorda, ciega y muda para todo lo que no fuera la conquista de la libertad electoral”.
ENCINA, Francisco, citada, p. 1793.
49
Al repasar en su conjunto el proceso político partidario es fácilmente distinguible el notorio desgaste del sistema de
partidos cuya convivencia pacífica tendió, día a día, a hacerse insostenible. Por eso será que una vez arribados a finales de
1890 (con crisis económica incluida) la situación se tensó de tal manera que la cuerda acabó por romperse.
50
En su casi totalidad los presidentes chilenos habían gobernado algún período de tiempo sin tener aprobadas las leyes de
contribuciones de parte del Congreso y, en consecuencia siempre habían decidido mantener en vigor los presupuestos del
año anterior de forma provisoria. Búlnes en 1848, 1850 y 1851. Pérez en 1864, 1867, 1869, 1870 y 1871. Errázuriz en
1872, 1873 y 1876. Aníbal Pinto desde 1877 hasta 1881, al igual que Santa María quien comenzó todos los años de su
mandato sin leyes de presupuestos. FRÍAS COLLAO, Baldomero, “La revolución de Chile”, Buenos Aires, El Correo
Español, 1892, pp. 24-25.