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DIARIO DE PRESENCIA

Escritura y Ciudad (frontera)

R. Sebastián Pinchao. H.1

RESUMEN.
El texto fluctúa entre la creación literaria y el ensayo estético-filosófico. Lectura
performática relacionada con la propuesta escrilecturartística de Sandra Mara Corazza,
resultado de etnografías diarias realizadas en la ciudad de Ipiales-Nariño, con el fin de
analizar y escribir –pero sobre todo, encarnar– las dinámicas y problemáticas que
actualmente se encuentran en relación a una producción existencial de habitancia en la
frontera, proyectando además, una acercamiento a la reflexión sobre las implicaciones de
escritura en la ciudad. Fundamentalmente, los interrogantes de ¿Qué es frontera? ¿Es la
escritura una frontera? Cuestión que permite abrir otra discusión en referencia a las categorías
de territorio e identidad. Se expone la provocación a un llamamiento de estéticas y éticas de
la escucha, como pronunciamientos saturados de presencia, los cuales invitan a una reflexión
educativa de la diferencia. Así las cosas, estos apuntes se realizan al borde de un confín
errático, puerta-boca de Colombia, la cual pasa por un temblor existencial, sociopolítico,
económico, en su inmediata y aguzada vecindad con el Ecuador. La ciudadanía impura que
encarna este texto, figura en el acontecimiento deleuzeano, y posibilita aperturas sin
localización, en el afuera del discurso. La escritura como espacio pedagógico, plantea un
existir lúdico que desterritorializa la dominación del discurso científico; este devenir
escritura, puede esbozarse como un ejercicio de taller, en donde se entabla una didáctica de
aprendizajes otros, entre el existir en la mixtura lejana de la ciudad, y el habitar múltiples
probabilidades del trazo: escrituras (im)posibles.

PALABRAS CLAVES:
-Frontera
-Ciudad
-Escritura
-Afuera
-Ficción

1
Lic. Filosofía y Letras de la Universidad de Nariño, Maestrante en Didáctica de la Lengua y la Literatura
Españolas, Universidad de Nariño.
INTRODUCCIÓN

El título de esta escritura, da paso a una hibridez en lo que se pretende con pensar y repensar
la existencia a través de una escritura diaria, constituida como la fundación de un trazo que
se hace, y se radica en un lugar, esto es un ¿dónde? Fundamentalmente, el interrogante de
¿dónde estoy cuando escribo? o ¿dónde está mi presencia cuando escribo? Permite cuestionar
en cierta medida la categoría de territorio, lugar, no-lugar; pero en todo caso, la escritura y
su juego de ausencia-presencia, determina la categoría de espacio. Ahora, el territorializar
un espacio de escritura, convoca otro cuestionamiento dirigido hacia el límite. ¿Hasta dónde
va o está mi espacio de escritura? ¿El lugar que escribo tiene fronteras? En el arremetido
hecho de complicar el asunto, se puede agregar una pregunta más ¿qué sucede cuando acaece
la escritura en una ciudad frontera? ¿Qué es la frontera? Así las cosas, estos apuntes se
realizan al borde de una frontera errática en Ipiales- Nariño, puerta, boca, ano de Colombia,
el cual pasa por un temblor existencial, sociopolítico, económico, en su inmediata y aguzada
vecindad con el Ecuador. La ciudadanía impura que encarna este texto, converge con
tembleques tecleos que resultan ser un conjunto de anotaciones del acontecimiento en el
afuera. Pero aquí, ese afuera que suena como un llamamiento, es un grito para abrir la herida,
y recomenzar en el adentro de lo que se escribe como Urbe. El tono impuesto, es el de la
arremetida oscilación de lo que se llama síncopa, además de configurarse, en ciertos
momentos, como una atonalidad seguida, sin ton ni son, al ágape del casquete horizontal, el
mismo que resonará cuando las ciudades se caigan, es decir en el tiempo sin tiempo, la hora
de los cavias no asesinados, y el abismo del puente que nos comunica con el mundo.
DIARIO DE PRESENCIA
Escritura y ciudad (Frontera)

1. Yo soy la frontera.

La primera frontera es el vientre. El naciente, no es el responsable absoluto de la


fronterización de ese cuerpo. Infinitud de líneas demarcan las latitudes físicas que hacen
inconmensurable la cuantificación del límite, tanto en la madre como en el niño, y la piel
resulta siendo esa acumulación mitificada de confines en el ser espaciado. Pero, no es muro
absoluto la piel. Es precisamente eso: una frontera, una extensión de espacio que va más allá
de mi lugar, y que estira la presencia, resignificándola como un aquí fluctuante e insondable.
Maurice Blanchot (1973), le dirá lo neutro, “Lo Neutro permite yuxtaponer una afirmación
y una serie no definida de negaciones; no las junta por medio de una inversión dialéctica;
ésta es, incluso, una de las particularidades de su aportación; la afirmación, según la cual lo
que está en juego no es ni lo uno ni lo otro” (p. 105).

Para Blanchot, lo Neutro implica una paradoja, puesto que, el concepto es una totalidad,
y a la vez una vacuidad que, al obedecer al movimiento de lo neutral, carece de nominación.
Por ello, esta categoría puede decirse de muchas y de todas las maneras. La frontera sería, lo
que no puede decirse, y no por norma, sino por carecer de nombre. En ella, está la
colectividad, el habla cotidiana y su banalidad, la palabra inapreciable que fluye. Está en la
amalgama de la palabrería, en la expresión concreta y ligera del silencio. Un movimiento
constante en donde la palabra escrita coincide con el murmullo del mundo, no tiene privilegio
ni estratificación, y el otro es un todo que acontece, a partir de su habla indefinida, esto es:
su presencia indefinida. Según el diccionario Crítico Etimológico Castellano e Hispánico de
Joan Corominas y Jose A. Pascual (1980), Frontera, viene del latín Frons, Frontis que se
transcribiría al español como frente, cara, semblante, fachada (p. 963). De Frontera,
derivarían: Afrontar: dar la cara (rostro) o hacia el frente, enfrentar: ponerse la cara (rostro).

Esta posibilidad del dar el rostro, constituye la potencia de lo neutro, en tanto este frente,
poblado de agujeros y protuberancias, es un espacio de lo multiforme, mescolanza indiscreta
y agresiva; por donde sea, la cara, el frente, el rostro, es un territorio sin linealidad, y no por
ello, es un bien intransitable, pero tampoco es un espacio franqueable en su totalidad. Deleuze
y Guattari (2002), escriben: “Los rostros no son, en principio, individuales, defienden zonas
de frecuencia o de probabilidad, delimitan un campo que neutraliza de antemano las
expresiones y conexiones rebeldes a las significaciones dominantes” (p. 174). Entonces la
frontera, en su condición de dadora de rostro, es decir de, un espacio neutro que oscila entre
lo transitable e intransitable, es carente de nombre pues en ella están todos los nombres.
Caminar lo neutro, implica el paso de esquivar la espacialidad y la urgencia de la
pertenencia. En la frontera no hay ese cauce trenzado de soy de aquí, y como más adelante
se verá, los ocasos de la presencia son intermitentes y perdurables.

Caminar es condicionar el paso al choque. Aquí, en la ciudad-frontera, este caminar es


vestirse de una excesiva multiplicidad ardiente, caudal encefálico de lo rastrero, se muestra
el humano sin ser íntimo, y hay una nostalgia del territorio privado, mientras se camina la
extensión de una comunidad desplomada en lugares todo, esto es el lugar de lo público.

Cada urbe, representa un límite, ganado por su territorialización espacial, es decir, un


encarnar el lugar avisado por el tiempo, y la construcción. En ella se permiten espacios
simbólicamente reconfigurados por una abstracción de lo material, en ¿Qué es la filosofía?
se escribe: “vector loco, como el mango de una escoba de bruja” (Deleuze, G., 1993, p. 185),
y que en el suceder del tiempo, se reinauguran mientras se friccionan con la llegada de
habitantes, el crecimiento y decrecimiento del dólar, el transporte público y su
transformación desconfigurada. Una segmentarización:

“Estamos segmentarizados por todas partes y en todas las direcciones. El hombre es un animal
segmentario. La segmentaridad es una característica específica de todos los estratos que nos
componen. Habitar, trabajar, jugar: lo vivido está segmentarizado espacial y socialmente. La
casa está segmentarizada según el destino de sus habitaciones; las calles, según el orden de
la ciudad; la fábrica, según la naturaleza de los trabajos y de las operaciones”. (Deleuze, G.
1988, p. 214)

Territorio fronterizo, segmentarizado, pero tremendo en sus excepciones, pues se levanta


a raíz de miles de invitados y no invitados. Poco a poco, la narración de la ciudad-frontera,
se establece como una marcha donde están todos los humanos posibles. Desde los santos
santos, hasta los malos malos. Poblada de iglesias por todos sus trazos. Más maldita que
bendita, pero caminada por todo el mundo; pues la frontera, si del cielo y el infierno
habláramos, es el mismo mundo, este presente insufrible, y aerostático. Todas las calles de
la ciudad, están adornadas por la multitud de vendedores foráneos2, mutiladores y creadores,
les dice una monja, doble implicación nada anormal, para nominar el hecho de que, su
presencia radica en el final de ciertos imaginarios, pero también en la pro creación inmediata
de una indirecta e inconsciente producción activa de imaginarios urbanos.

La senda que se camina por la ciudad-frontera, es el camino del laberinto, pues al estar las
fronteras en todas partes, esta ciudad no es más que una Máquina estupenda de la perdición.
En la medida en que, la escritura se desprende de sí misma, con una transparencia líquida de
tarde verde-grisácea (sombras de Juan Montalvo), se va dando cuenta el Ipialeño, la Ipialeña,
que no es toda mentira su ensoñación del frío, mientras la sombra los atraviese como una
bocanada de humo en el hombro izquierdo; no es toda mentira Ipiales, mientras se sepa que,
existe un arcoíris canceroso en la punta del edificio más alto, “El Angasmayo”, en el que
todos, alguna vez, en el pasar lento de sus diitas, desearon subir para tirarse del último piso,
y ser primera noticia en toda la ciudad.

2. Coexistencia, lo público y el Afuera.

El problema fundamental de la desbordante muestra de heterogeneidad en la frontera es


la coexistencia, y con ella la construcción a largo plazo de identidad, la cual aparece en el
marco de lo urbano haciendo alarde de su contradictorio robo – pérdida, y excediendo el
cauce de lo homogéneo. La identidad, terreno imantado por su diferencia sempiterna, y
además meta-construido en un nudo (de los pastos), que deja recaer sobre él, toda la
extranjería posible, pero también toda la semilla llamada propia, hasta cierta parte: ilusión
utópica de lo que se denomina como mío, nuestro. Esta identidad posesiva, puede
comprenderse, a diario, en la frontera, como una migración que nutre la experiencia del
confín, mientras el pensamiento se desplaza en una dirección polifónica; pero a la vez como

2
La categoría de Foráneo, ya despierta con otro sentido, balbucea otros andares, pues radicalmente, ya no es
el extraño, o el de la tierra otra, o el de afuera de la puerta; el foráneo, es el que ha convertido la tierra ajena,
en tierra propia a través de mecanismos de territorialización, cualquiera que estos fuesen. Entre ellos está por
ejemplo, la venta y comercio ilegal ambulante, el recorrido temático de subir y bajar las mismas calles, el
dominio de los territorios a través de un manto de habla que recubre el andén, es decir: un grito que aparta
al transeúnte común; también está, el tráfico de estupefacientes, tráfico de armas, contrabando y por último,
el pacto amaestrado con las putas o los medianamente dueños de cierto territorio.
un imposible acceso a la migración del pensamiento, que obstruye el equilibrio neutro de la
coexistencia.

Este ejercicio de autoprotección de la identidad, y de salubridad o higiene de la existencia,


pero además, derecho de todo ser humano de tener una libertad protegida, es denominada
por Peter Sloterdijk (2011) como Piel electrónico-mediática: “El cuerpo de la humanidad
quiere procurarse un nuevo estado de inmunidad dentro de una piel electrónico-mediática”.
(p. 34), esto es procurarse una esfera, que le resguarde de perder su mismidad; y en ese
esfuerzo por la exageración de la presencia en un alarde identitario, la coexistencia pacífica
sin perjuicios y sin consecuencias es imposible. La ciudad-frontera: Ipiales, elabora
mecanismos similares a la piel electrónico-mediática, barreras en la subjetividad que están
plagados por los roces estatales y las extremísimas condiciones económicas de todas las
partes. Cabría extender la noción de esa supuesta primerísima identidad, y agotar el egoísmo
de la identificación.

La revista Dinero le denomina curiosa y cómicamente: La primavera económica de


Ipiales3, sin embargo existe un fondo invernal-infernal, en donde la prominencia económica
transita en medios comerciales a gran escala, a costa de un deterioro sociocultural, en donde
el habitante promedio fronterizo, balbucea entre dientes el repudio extranjero. En ese caso,
Ipiales es una perpetua extranjería. Esta coexistencia foránea debe hacerse posible en el
escenario de lo público, el espacio del pueblo todo. Adolfo Vásquez Rocca, en “El vértigo
de la Sobremodernidad, “No Lugares”, espacios públicos y figuras del anonimato”, escribe
en relación:

“El Espacio público es aquel en el que el sujeto que se objetiva, que se hace cuerpo, que
reclama y obtiene el derecho de presencia, se nihiliza, se convierte en una nada ambulante e
inestable…
Quién se ha hecho presente en el espacio público ha desertado de su sitio, y transcurre por lo
que por definición es una tierra de nadie, ámbito de la pura disponibilidad, de la pura potencia,
tanto de la posibilidad como del riesgo, territorio huidizo, en el más radical anonimato de la
aglomeración donde el único rol que le corresponde es circular” (Vásquez, A., 2007, p. 2-3).

3
Disponible en: http://www.dinero.com/opinion/columnistas/articulo/la-primavera-economica-de-ipiales-
narino-por-camilo-diaz/223428
Circular el espacio, avanzar sin fin la ciudad, consumir la ciudad, pareciera arrojar uno de
los primeros limitantes para esa coexistencia: en el afán capitalista del consumo, la
extranjería se da únicamente desde una construcción material, la cual deja de lado las infinitas
alteridades de la presencia foránea en un territorio. La reinvención del estatuto fronterizo
coexistente, estaría cubierto bajo el hecho de dar la presencia y com-partir la existencia. La
dación de lo que es mío, en tanto soy un ser que antes que ser presencia: es ser un presentidor
del mundo, se constituye haciendo la mejor de sus apologías, aproximándose al mundo, no
siéndolo, sino pronosticándolo, mirando al afuera de la fronterización, compartiendo mí
afuera.

El existir en la frontera, es encarnar un exterior y un adentro ¿Cómo se experimenta el


afuera? Para Foucault (1966) es posible gracias a un movimiento de atracción, que implica
una manifestación de llamamiento a la presencia diferente del afuera. Pero si bien se sabe
que el afuera se encuentra en una constante vacuidad propia de lo cercano y lo lejano, no es
cierto conocer la totalidad de su esencia, nos es negada, es impropia, y atenta contra los
cercos que posiblemente se construyen en la base de esta idea. Por lo tanto, este afuera (del
que nos encontramos en su exterior), es indefiniblemente posible gracias al agujero que actúa
de manera irremediable en los pasos descalzos de quien es atraído, de quien camina en
dirección a un sin-fin, pues no se obtiene el afuera, no se lo sabe, apenas es una oscilación
sin término. La existencia en esta infinitud, aproxima la necedad de la frontera, mientras es
un tiempo-espacio, del adentro y el afuera simultáneos. Una indecibilidad pura, imposible
palabra que al nombrarla, se inscribe en la permanencia de una virtualidad de lo propio, pero
que a la vez, traza un margen activo en la radicación de lo sagrado del espacio, como potencia
antigua de la hierofanía, fundación in illo tempore de la ciudad. Mircea Eliade, escribe acerca
del espacio:

“De hecho el lugar nunca es “escogido” por el hombre, es simplemente descubierto por él;
dicho de otra manera, el espacio sagrado se revela a él bajo una especie u otra. La “revelación”
no se produce necesariamente por intermedio de formas hierofánicas directas (este espacio,
este manantial, este árbol, etc); se obtiene a veces por medio de una técnica tradicional nacida
de un sistema cosmológico y fundada en él. La orientatiao es uno de esos procedimientos
empleados para “descubrir” los emplazamientos”. (Eliade, M., 1964, p. 330)
En sí, toda ciudad es una frontera, al igual que toda presencia, más allá de su ánima-
logicidad, lo es consigo misma y sus habitantes. Esa neutralidad fundadora que muraliza (y
en parte moraliza) el borde de la existencia, es un descubrimiento, y nunca una escogencia.

Mientras hablo, con la palabra, acaezco en la infertilidad del espacio redescubierto, es


decir, una frontera virtual, a diario colonizada, y descolonizada. Me vuelvo más irreal, en
tanto más fronterizo soy, el acontecimiento de escritura es una materialidad que me
desaparece:

“El ser del lenguaje es la visible desaparición de aquel que habla” (Foucault, M., 1966, p. 75)

3. Impostación de mi identidad ciudadana.

Como un ocaso pérfido, está la cohesión de un territorio que cae sobre el cuerpo,
pronunciando en su desvanecimiento de raíz mutilada, el histriónico balbuceo de un hueco
regularmente muerto. El habitante, la hormiga casual de la noche, pero también que se afirma,
como la avispa causal de todo el presente, escondida, mutilada, mutilada, mutilada, re-
encontrada con su espejismo del pasado. Se habla, y ese pronunciar el habla, es un atentado
para el mostrar la ciudad entera, caja paranormal de lo que enferma, aglutinación de la
estampida. Llega mi habla huyendo de la xenofobia, que no mira estratos ni colores de piel.
Ipiales es un muestrario de cuerpos, témpanos andantes del dispositivo, abducciones
decoloradas y castradoras, firmes en el suelo anestésico del poder del dólar. Es incongruente
estar en la ciudad, mientras los agujeros de la vida, están arrinconados en la esquina azul de
la decadencia ontológica, o del despojo (dépossession), o del olvido, l’oubli, manque de
mémoire, esquina que estaría dispuesta para todo ciudadano-extranjero, en tanto desee el
acercamiento al aleph lajero, santuario voluptuoso, del que se hablará en otro tiempo, por
motivos apócrifos.

Retraído en la palabra, el caudal de la posibilidad contribuye a la radicación de un hablarse


a sí mismo, versificando lo que por ciudad se conoce, como un octaedro que eclosiona con
lo parlante. Entonces la palabra parece una guía fronteriza también. Se habla en la medida en
que no se es escuchado; cuidado de hablar aquí en la ciudad, la atraviesan los cactus foráneos,
y la voz es un parlante enjaulado, regador seminal en el oído cualquiera.

- ¿Cuánto de habla hay en el silencio?- pregunta un viejo abstraído en el vientre


pronominal de la biblioteca.

-Yo qué sé- respondo como si la frase fuera mucho más que mía, ya de otros, en la
amargura de la muchedumbre extranjera.

-La cosa está así - dice, pero sé que yo también lo digo, mirándolo ahogado en el
ulterior icónico de su lente: “nadie se aguanta el robo, la bulla y el peligro de todo”- La cosa
está así, entrar a la casa a las ocho pm, como un toque de queda a medias. Dar mi tiempo,
para ningún otro.

Desterritorializar a diario la ciudad que en una construcción lenta, se va constituyendo


como el remedo del no lugar destituido. La escritura nace, en el golpe que asiste de la ciudad,
y prefiere transfigurar al hombre en un todo fugado, como sabiendo que, el futuro de cada
hombre será siempre el ser una ciudad amurallada que, se va de a pocos desmuralizando, des-
fronterizando, apartando y a la vez mezclando la masa una con otra. El golpe que va siempre
hacia afuera de la ciudad, pero en ella misma, comprende un territorio del todo habitado por
mí, que se encarga de deshabitarme por el hecho de haber nacido más que todos aquí.

La caracterización de ser un nacido en la ciudad, implica la ampliación del espectro del


tiempo y el espacio con una reafirmación demasiado impostada, como decir: “nací aquí, aquí
mismo”, y decir: “en esa fecha, en esa fecha misma y no otra”. Reafirmarme como nacido en
la ciudad, me permite imaginar(me), como el que menos ha podido nacer en ella. Pues habita
y es de la ciudad quién no la nombra, ya que la ciudad -como en un principio se enuncia- es
lo indecible, y allí mismo, todo un desborde semántico. El hombre que sale de su ciudad
natal, y regresa a ella, sabe que, es ya otra ciudad la que lo ha golpeado, y la ciudad de ahora,
es decir, la que fue siempre, la de antes, se convierte en el lugar de paso que se inunda de no-
lugares. Pero el fronterizo entonces, ve al territorio otro, como una Urbe no violable, entre
habitáculo y receptáculo de sus dolencias. Autómata productor de vida, en aparte, y espacio
para el abandono de sí mismos. Por ello, el personaje que anda de calle a calle, de carrera a
carrera, huele toda la ciudad a una tristeza caliente que se disimula con el acopio del
vendedor.

La ciudad-frontera es una venta fenomenal y nouménica, toda apariencia de capitalismo


está en la inversión del niño que vende pijamitas suaves en el centro del parque San Felipe,
atrás está el gremio de las prostitutas, las cuáles, algunas han puesto su estate quieto, a los
extranjeros. Por eso, la coordinación de su espacio no está invadido, más bien se cubre bajo
la manta del pacto que dice: “ustedes se quedan y nosotras/nosotros también”. Apertura de
trueque territorial. Este noúmeno accidental pero estilizado, tiene una razón de ser en el
secreto erótico del pueblo grande. Si un enano ectoplasmático, abre la boca, seguro
preguntará: ¿a quién se considera extranjero en la ciudad-frontera? ¿al ecuatoriano?, ¿al
Ipialeño?, ¿al pastuso?, ¿al colombiano?, ¿a todos?

4. Ciudad y yo, subjetivados.

En uno de los ensayos de “La Polis Reinventada”, Félix Guattari, nos dice:

“Reconquistar la mirada de la infancia y de la poesía en lugar de la óptica seca y ciega del


sentido de la vida del experto y el tecnócrata. No se trata de oponer aquí la utopía de una
nueva ”Jerusalén celeste”, como la del apocalipsis, a las duras necesidades de nuestra época,
sino de instaurar una Ciudad Subjetiva, en el corazón de esas necesidades, reorientar las
finalidades tecnológicas, científicas, económicas, las relaciones internacionales, y las grandes
máquinas massmediáticas. Liberarse de un falso nomadismo que nos deja en realidad sobre
el mismo lugar, en la vida de una modernidad exangüe, para acceder a las líneas de fuga del
deseo a las cuales convienen las desterritorializaciones maquínicas, comunicacionales,
estéticas.” (Guattari, F., 1980, p. 210)

Esta ciudad subjetiva, implica un desplazamiento básicamente educativo del habitante


promedio de la ciudad. Pero el caso de la frontera, como ciudad de todos (y nadie), implica
una re-evaluación de las condiciones educativas presentes. Es decir, el ciudadano nacido en
esta neutralidad de lo fronterizo, erradicado en un sistema educativo homogeneizador y
decadente, da por sentado que, la educación es un momento de las aulas y las jornadas. A
diferencia de eso, La ciudad Subjetiva de Guattari propone una comunidad educativa que
tienda al desplazamiento, sin simular el nomadismo equívoco del vagabundeo sanitario; esto
es: una reinvención de las gramáticas educativas, como fenómeno cambiante. La
subjetividad, implicaría salir a la ciudad y hablar con el otro en una libertad hechizada, agonía
del discurso que no termina, y del habla por el habla, como germen no solo comunicativo,
sino estético, de la inseminación saciada de silencio y de la perforación vertebral del espíritu,
a través de lo invisible. Aquí, es justo nombrar a la juventud Cultural que emancipa las calles
actualmente.

La Ciudad Subjetiva, ejerce un acontecimiento de Comunidad transversal sin límite que


agacha el hábito banal de lo que radica como lo mismo, o el igual a mí, y lo toca, en una
agonía para sufrir la distinción, la diferencia de la palabra, el agotamiento del rostro estatal,
y el brinco cantadito del goce analéctico de la mística que redunda, y dice en una especie de
eco primario con el patrocinio de Dussel: más allá, más allá, la diferencia de la razón es el
más allá.

5. Ciudad Jadeante

El fuego aparente de toda escritura adviene en el regocijo enclenque de todas las revistas
diarias: Un tinto en tres cuartos a llenar de la taza, una empanada manoseada –de grasa
hermana fiel del polvo y la saliva del viento-, una cascada de la rutina imperial, y el hosco
entretejido del misterio subterfugio de las anemonas escolares: sacapuntas, libro de los
muertos del antiguo egipcio, y los zapatos escolares que mutan el negro formal y el blanco
deportivo de la educación media. Muta el calzado en una relación perenne entre el suelo y el
pie, que no solo camina, sino que, también es un hondo martillo del suelo, ruina de la pierna
encogida, atisbo de la nomenclatura y extracción barata de mi firma, inventada por allá en el
año 2008, y que ahora y siempre ha sonado tan cercana, pero que utilizo la expresión “por
allá”, para enfatizar esa micro-ficción del tiempo, y para excluir de mí, a toda distancia,
sabiéndola menos que encarnada, mucho más que enviciada en el tejer apariencia de su estar
inacabado.

He abierto la obra, el libro del Desasosiego, y he encontrado la siguiente frase:

“Ojalá pudieras entender tu obligación de ser tan sólo el sueño de un soñador. De ser tan sólo
el incensario de la catedral de los devaneos. De esculpir tus gestos como sueños, para que
sean tan sólo las ventanas abiertas a nuevos paisajes de tu alma. Construir tu cuerpo en
remedos de sueño…” (Pessoa, F., 1914, p. 111)
Entonces revienta la migaja suburbana en la periferia de las narices alcantarilladas; se
mezclan por el cociente que dejan los transeúntes para ser hijos de la urbe; ellos enseñan a
ver el mundo como se ve desde los edificios. Un transeúnte, no sólo pasa, sino también se
estanca y florece como mata seca, que es fruto de una baldosa gris, bañada en niebla infiel
de septiembre. Pasan los pasos, conspirados por las intenciones mayéuticas y sobrantes de
los prototipos que piensan, alardean sobre una tesis iconoclasta que se cumple en cuanto se
progresa, y se muere posteada en la repisa ocular que tienen todos en la red.
Las mujeres, caminando, pretenden una especie de condensación extra-lunar, que se fuga
bajo sus piernas y encuentra, en ese compás remoto, una aniquilación de sus vidas presentes.
Al balancearse por los andenes, los cuerpos parecen sortilegios enjuagados con internet
bilioso, apagado y traumático, siendo una vigilia de veinticuatro horas solares, extra-solares,
porno-solares. Todo sucede en ese paso por la iglesia de las doce, donde se posan las aves
menos viejas, que se hacen las voladoras cinematográficas; sucede cuando ellas no pretenden
nada, en una absoluta venganza con desquicio frenado sin predecir cada paso en desprestigio.
Los charcos de la prestidigitación suelen columpiarse mientras las horas embisten un
pedazo rojo de pieles irritadas.
Gemidos de absoluta indelicadeza se escuchan, las voces humanas han comenzado a
mezclarse con las voces de animales suicidas. Pulgas se enfrentan a su maravillosa anestesia
diaria del suelo, huyen de él pensando en qué significa el tiempo que las arrastrará a la
devastación; por tanto, saltan, al migrar hacia la intemperie de los segundos soplados; por
eso saltan pues, de no hacerlo, la vejez filtra sus belicosas patas portadoras de los anillos de
Saturno. La muerte de una pulga es la triste apertura del desencaje entre el afuera y el adentro;
la sangre que, inaudita, sale de su exquisito vientre, impugna la faz, el cuero, la piel, niega la
existencia de lo externo: ahora la sangre del insecto, que era de otro y es suya, es toda del
mundo. La pulga es el mundo. Se sabe que el suicidio es un acontecimiento cuando el
ciudadano prueba y se deleita con la delicia de la sangre; entonces, el diminuto vampiro no
ha muerto sin quererlo.
Pero las tardes son inevitables en una ciudad sin cólera, llegan solapadas e imprimen los
viejos fuegos que eran testigos de otras ciudades grises; van sobrecogiendo a la urbe con un
achante atemporal, arraigados en la idea infecunda de un pueblo inmenso; pero no, las almas
en las ciudades son poros que sólo admiten respiraciones interrumpidas, pues las cabezas
bailan el tema de la asfixia y son engranaje o silla impura de un ciego. Así, las ciudades son
necesariamente asmáticas y el transeúnte camina para sentirse una gota de polvo estéril, una
chispa de mugre viajera. Va ondulándose la tarde gris, como todas las tardes…
Nótese el desperdicio de aire cuando se botan ligeramente las palabras, note que, hay en
todo alrededor de la palabra una pequeña semiósfera, sinónima a la imagen de ciudad que
cada habitante lleva; entonces, hablar y habitar la ciudad es redundar.

6. Urbanografía.

Este anteceder la escritura fue el cojeo dinámico de la ventura por el quiosco Ipialeño,
madrugada con nevados. Muestrario del maíz en pan, cocido por la piedra que alberga al
hombre descabezado, caminante sin orejas pero con rostro, en la “Y” pronunciada del
Gólgota, dónde los niñitos no tienen miedo del hervido o la Punta de Nelly, tía Nelly, vieja
Nelly, cucha Nelly; carrera sexta, cañón de la impaciencia y concejera inaudita; plaza veinte,
recuerdo del árbol y las sillas cómodas.

Cementerio civil, cuna de mis sacralidades, motivo finito de este texto de pobres
escrituras.
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

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Blanchot, M. (2005). El libro por venir. Madrid: Editorial Trotta,


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