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La Vida en la Casa

del Padre
Un Manual para Membresía
en la Iglesia Local

Dr. Wayne A. Mack


David Swavely

Con Guía de EstudioP.O. Box 1043


Graham, NC 27253

Primera Edición
Publicado por:
Publicaciones Faro de Gracia
P.O. Box 1043
Graham, NC 27253
www.farodegracia.org
ISBN 978-1-928980-29-2
Agradecemos el permiso y la ayuda brindada por el Dr. Wayne Mack y P & R Publishing, (P.O.
Box 817, Phillipsburg, New Jersey, 08865) para traducir e imprimir este libro, Life in the Father’s
House, al español.
© 1994 Todos los Derechos Reservados, Wayne A. Mack
Traducido por David Rivera
Ninguna parte de esta publicación se podrá reproducida, procesada en algún sistema que la pueda
reproducir, o transmitida en alguna forma o por algún medio – electrónico, mecánico, fotocopia,
cinta magnetofónica u otro – excepto para breves citas en reseñas, sin el permiso previo de los
editores.
© Las citas bíblicas son tomadas de la Versión Reina-Valera © 1960
Sociedades Bíblicas en América Latina. © renovada 1988, Sociedades Bíblicas Unidas.
Utilizado con permiso.
Este libro está dedicado a mi hijo, Josué Mack, que ha sido mi amigo durante muchos años
y mi co-pastor en la Fellowship Church de Lehigh Valley desde 2000 a 2005.
Wayne Mack
Este libro está dedicado a la Faith Church en Sonoma, California, que fue mi familia
espiritual, mi rebaño amado, y mis mejores amigos durante seis años maravillosos.
Dave Swavely

Contenido
Prólogo
Introducción
1 Comprendiendo la Importancia de la Iglesia Local
2 Comprometiéndonos con la Membresía de la Iglesia
3 Escogiendo una Buena Iglesia
4 Relacionándonos con los Líderes de la Iglesia
5 Cumpliendo Nuestras Funciones como Hombres y Mujeres
6 Participando en los Cultos de Adoración
7 Usando Nuestros Dones Espirituales
8 Corregiéndonos los Unos a los Otros en Amor
9 Preservando la Unidad en el Cuerpo
10 Orando los Unos por los Otros
Conclusión: El Corazón del Asunto
Guía de Estudio
Prefacio
En estos días cuando muchos que profesan ser cristianos piensan solamente en su relación
personal con Jesucristo y, en consecuencia, vagan libremente sin ninguna consideración de
su relación con la iglesia, es de suma importancia tratar el asunto del cristianismo
corporativo.
Dios ha ordenado que estemos unidos no sólo a Él, sino también a Su iglesia. Las
metáforas del Nuevo Testamento que describen la iglesia son muy instructivas al manifestar
la importancia de este énfasis. Dios ha llamado y ha puesto a todos los redimidos dentro de
Su iglesia, la cual Él ha definido como:
• Un sacerdocio santo y real que ofrece a Dios sacrificios espirituales
• Una raza escogida que pertenece a Dios
• Una nación separada cuyo rey es el Dios eterno
• Un templo habitado por el Espíritu de Dios
• Un conjunto de ramas conectadas a Jesucristo como la vid
• Un rebaño guiado por el Buen Pastor
• Una casa o familia que comparte la vida común del Padre eterno
• Un cuerpo del cual el Señor Jesús es la cabeza.
Todas estas metáforas muestran las características comunes de unidad, vida compartida y
comunión.
Los creyentes componen un sacerdocio, una nación, una raza, un templo, una planta, un
rebaño, una familia, y un cuerpo. Todos nosotros hemos sido hechos uno espiritualmente,
estamos hechos el uno para el otro en comunión, para vivir esa unidad en iglesias locales.
Se nos ordena “no dejar de congregarnos”, de tal manera que podamos “estimularnos al
amor y a las buenas obras” (Hebreos 10:24–25).
Ha habido una gran cantidad de enseñanza sobre lo que los creyentes deben ser en sus
propias vidas con el Señor, y hay abundante material sobre el llamamiento y los deberes de
los líderes de la iglesia. Lo que se ha echado de menos es la instrucción necesaria para los
creyentes acerca de cómo deben conducirse en la iglesia a la cual pertenecen eternamente y
donde expresan localmente su fe.
Este libro tan práctico expone el modelo crucial para la conducta en la asamblea de
creyentes que lleva al cumplimiento del deseo de nuestro Señor en la iglesia que Cristo
“compró con su propia sangre” (Hechos 20:28).
John F. MacArthur, Jr.
Grace Community Church
Sun Valley, California
Introducción
El Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia Española define la palabra
“iglesia” como:
1. Congregación de los fieles cristianos en virtud del bautismo. 2. Conjunto del
clero y pueblo de un país donde el cristianismo tiene adeptos. Iglesia latina, griega.
3. Estado eclesiástico, que comprende a todos los ordenados. 4. Gobierno
eclesiástico general del Sumo Pontífice, concilios y prelados. 5. Cabildo de las
catedrales o colegiatas. 6. Diócesis, territorio y lugares de la jurisdicción de los
prelados. 7. Conjunto de sus súbditos. 8. Cada una de las comunidades cristianas
que se definen como iglesia. Iglesia luterana, anglicana, presbiteriana. 9. Templo
cristiano.
Estas definiciones de la palabra iglesia revelan la confusión que existe en nuestros días con
respecto a esa institución. Nosotros reflejamos estas definiciones cuando decimos cosas
como: “ya es hora de que pintemos la iglesia”, “hoy disfruté mucho de la iglesia”, “mi
iglesia es la iglesia luterana”, o “yo creo en la separación de iglesia y estado”. Pero ninguno
de esos significados se puede encontrar en la Biblia. Por el contrario, la palabra griega
traducida de esa manera (ekklesia) es usada más de cien veces en el Nuevo Testamento, y
siempre se refiere a “un grupo de adoradores”, que es [en parte] la primera definición del
Diccionario de la Lengua Española.
La iglesia, según la Escritura, no es un edificio, una denominación, o una actividad; es
un grupo de personas. Esto es cierto tanto de la iglesia universal (o invisible), que es el que
grupo de personas que por todo lo largo y ancho del mundo creen verdaderamente en
Jesucristo (Mateo 16:18; Efesios 5:25–27), como de la iglesia local (o visible), que es el
grupo de personas que profesan conocer a Cristo y se reúnen en un lugar particular para la
adoración (Mateo 18:17; 1 Corintios 1:2). La palabra ekklesia se usa en ambas maneras en
el Nuevo Testamento, pero el segundo significado es mucho más frecuente. Así que a lo
largo de este libro nos referiremos a “la iglesia” en ese sentido: el cuerpo local de creyentes
que se reúnen para adorar a Dios y servirse unos a otros.
Técnicamente hablando, esas personas no adoran “en una iglesia” o participan “en la
iglesia”; ¡ellos son la iglesia! Y si tú eres un miembro del cuerpo de Cristo, tú no “vas a la
iglesia”, ni “te sientas en la iglesia”; tú eres una parte de la iglesia que se reúne para adorar
con el resto del cuerpo. Es importante entender esto porque la calidad de una iglesia no se
mide, por lo tanto, por la condición de su edificio o lo atractivo de sus cultos, sino por el
estado de la propia gente. Ellos son la iglesia, así que la iglesia sólo es tan buena como
ellos.
Esta es la razón por la que este libro es “una guía para los miembros de la iglesia local”.
La mayor parte de las personas en una congregación particular no son líderes de la iglesia;
son simplemente miembros de la iglesia, o “laicos” como se les ha llamado con frecuencia.
Pero casi todos los libros escritos acerca de la iglesia local han sido orientados hacia los
líderes. Uno tendría que investigar por todas partes para encontrar otro libro como éste que
hable directamente y de manera extensa de las responsabilidades de la gente “común” que
son parte de una iglesia local.
Puesto que este libro está escrito para satisfacer esa carencia específica, no contiene,
por lo tanto, ninguna discusión sobre ciertos asuntos sobre los que los líderes de la iglesia
deben decidir, tales como el modo del bautismo o la forma del gobierno de la iglesia. La
verdad contenida aquí se aplica a los miembros de cualquier cuerpo local que trata de
obedecer las Escrituras, sin tener en cuenta a qué denominación están afiliados ni otros
distintivos.
En nuestros días no sólo se entiende de manera equivocada la palabra “iglesia”, sino
que muchos cristianos son ignorantes o están confundidos con respecto a su papel y sus
responsabilidades en un cuerpo local. Por ejemplo: ¿Sabes por qué la mayor parte de las
iglesias tienen un procedimiento para la membresía? ¿Hay una diferencia sustancial entre
un “miembro” y “una persona que asiste regularmente”? ¿A que qué clase de iglesia debe
asistir un cristiano, y que buenas razones hay para dejar una iglesia por otra? ¿Qué clase de
relación deberías tener con los líderes de tu iglesia, y qué papel deben desempeñar ellos en
tu vida? ¿Cómo puedes evitar que los cultos del domingo se conviertan en una rutina? ¿Y
cómo puedes tú causar o evitar una “división de iglesia”?
Estas preguntas y muchas otras son respondidas concienzudamente en las páginas
siguientes. Esperamos que para cuando hayas terminado de leer este libro, entiendas
completamente lo que Dios quiere que tú hagas como una parte de la iglesia local, y cómo
Él quiere que lo hagas. Nuestra oración también es que pongas en práctica cada verdad que
aprendas, de tal manera que tu Vida en la casa del Padre le sea agradable a Él.
1
Comprendiendo la Importancia de la Iglesia Local
¡”JESÚS SÍ! ¡IGLESIA NO!” Así decía un cartel que llevaba un estudiante. En esta
edad espiritualmente hambrienta, el interés en la persona de Jesús es
inconfundible… Al mismo tiempo la imagen popular de la iglesia es la de edificios
vacíos y deteriorados, congregaciones femeninas y avejentadas, y un clero
deprimido e irrelevante. Así el entusiasmo creciente por Jesús parece trágicamente
contrarrestado por el desencanto casi total con la iglesia.

Esas palabras escritas hace dos décadas por el pastor inglés David Watson captan con
precisión el espíritu de nuestros tiempos en el mundo evangélico. El “Movimiento Jesús”
de los años sesenta y setenta, ha generado cientos de organizaciones paraeclesiales
dedicadas a proclamar el Evangelio y la enseñanza de la Biblia, y en la mayoría de los
casos, esas organizaciones han desviado la atención de los creyentes lejos de la iglesia
local. Toda una generación de líderes estaba ejercitando sus dones espirituales en otros
contextos paralelos a las asambleas a las que asistían los domingos. Este “robo”
paraeclesial y una sociedad que corre aceleradamente hacia el secularismo a una velocidad
vertiginosa, se combinan para reducir la asistencia en las iglesias locales hasta un mínimo
sin precedentes.
El final de los ochenta y los noventa, por el otro lado, han traído tanto buenas como
malas noticias para la institución llamada la iglesia local. Las buenas noticias son que el
interés en la iglesia es mayor de lo que ha sido durante muchos años (especialmente en
América), y muchas iglesias pueden presentar un crecimiento tremendo en el número de
personas que asisten a sus cultos. Las malas noticias son que este “movimiento para el
crecimiento de la iglesia” se ha acomodado ampliamente al uso de técnicas de mercado y
ha mantenido una tendencia desafortunada a diluir o camuflar los rasgos más polémicos del
mensaje bíblico. Por lo tanto tampoco ha conseguido producir un compromiso con la
iglesia en las vidas de muchos, como ha indicado recientemente William Hendricks en un
libro enigmático, Exit Interviews, (Entrevistas de Salida).
Hendricks hace una crónica del fracaso del “movimiento para el crecimiento de la
iglesia” en mantener a las personas en la iglesia, como explica la contraportada del libro:
Hay un lado oscuro en los informes recientes sobre el vertiginoso aumento de la
asistencia a la iglesia en Norteamérica. Mientras que un número incontable de
personas “de fuera de la iglesia” pueden estar acudiendo en masa a la puerta
delantera de la iglesia, un flujo constante de los “de dentro de la iglesia” está
abandonándola por la puerta trasera. ¡Se estima que 53.000 personas dejan las
iglesias cada semana para no regresar jamás!
El libro documenta estas afirmaciones por medio de estadísticas actuales y numerosas
entrevistas con individuos que han dejado la iglesia. La tendencia que describe es
verdaderamente triste, pero lo que es más alarmante aún acerca del libro son las propias
opiniones del autor acerca de la importancia de la iglesia local, que están intercaladas a
todo lo largo de sus interpretaciones de las entrevistas. Aunque hace varias afirmaciones en
el sentido de que él no quiere minimizar la importancia de la iglesia, está claro que
considera que ésta es sólo una de las muchas opciones para el crecimiento espiritual de los
creyentes.
A pesar del entusiasmo en los informes sobre el aumento vertiginoso en la
asistencia a la iglesia, más y más cristianos en Norteamérica se están sintiendo
desilusionados con la iglesia y otras expresiones institucionales del cristianismo.
Esto no quiere decir que estos “creyentes de la puerta de atrás” han abandonado la
fe. Por el contrario, pueden estar muy articulados con respecto a los asuntos
espirituales. De hecho, algunos tienen vidas espirituales extraordinariamente
vibrantes y amistades conmovedoramente íntimas con una o dos personas del
mismo espíritu. Pero por regla general, tienden a nutrir sus relaciones con Dios
aparte de los medios tradicionales de iglesia y para-iglesia.
“¡Imposible!” responderá alguno. “Uno simplemente no puede crecer como
cristiano a menos que sea parte de una iglesia, un cuerpo local de creyentes.” Así lo
expresaría la sabiduría convencional…
¿Por qué sacar a relucir algo que pone una nota negativa al cristianismo [es decir,
las entrevistas]? Como creyentes, ¿No deberíamos ahondar en lo positivo, en las
cosas edificantes que Dios está haciendo entre Su pueblo y por medio de Su pueblo?
Sí, pero las preguntas asumen que no está sucediendo nada edificante, cuando en
muchos casos eso es exactamente lo que está sucediendo: Dios está haciendo Su
maravillosa obra en la vida de alguien, incluso aparte de la iglesia, lo creamos o no.
Refiriéndose a aquellos con quienes él ha hablado que han dejado la iglesia completamente,
el autor dice:
Después de languidecer por un tiempo donde estaban, escogieron salir y encontrar
un camino mejor…
Con mucha frecuencia se describían a sí mismos como: ¡trasladándose más cerca de
Dios pero más lejos de la iglesia!
Finalmente, dedica un capítulo a dirigirse a los “marginados” (los que han abandonado la
iglesia), a los cuales ha entrevistado y a cualquiera de sus lectores que también han dejado
la iglesia. He aquí su reflexivo mensaje para ellos:
Yo soy extremadamente reacio a sacudir el dedo delante de ti y decir: “¡Date la
vuelta y vuelve a una iglesia!” Yo no conozco tus circunstancias. Podría ser que
hubiera montones de alternativas alrededor de ti, en cuyo caso te animaría
ciertamente a explorarlos diligentemente hasta que encontraras algo que funcione…
La tradición sostiene que tú no puedes crecer aparte de una iglesia. Entonces, ¿cómo
has de seguir adelante (asumiendo que quieras seguir adelante)? Unas pocas de las
personas a las que he entrevistado han dado un paso adelante al poner la tradición
patas arriba y recibir el sostenimiento espiritual de cualquier lugar donde han
podido encontrarlo: en libros, en revistas, en los ministerios de la radio y la
televisión, en uno o dos amigos comprensivos, tal vez en las artes y la música, tal
vez en la obra voluntaria. Con el paso del tiempo, han llegado a ser muy ingeniosos
para hallar maneras de encontrar a Dios aparte de una iglesia local…
No os culpo por haberos echado fuera.
El libro, Entrevistas de Salida, fue escrito por un autor cristiano respetado y bien conocido,
y publicado por una editorial cristiana conservadora. También se ha mantenido durante
algún tiempo en lo más alto de la lista de los diez libros cristianos más vendidos. A la luz
de estos hechos se puede decir sin temor a equivocarse que el concepto general de la iglesia
local entre los que profesan ser cristianos no ha mejorado mucho desde los sombríos años
60 y 70. Y esta indiferencia contemporánea hacia la iglesia representa un cambio
descomunal desde los valores mantenidos desde antiguo sostenidos a lo largo de la historia
por aquellos que se han considerado a sí mismos el pueblo de Dios.
Sí Entrevistas de Salida hubiera sido escrito en cualquier otro siglo distinto del nuestro,
muy probablemente se hubiera encontrado con un coro de protestas justamente indignadas
por parte de los líderes cristianos del momento. Nuestros antepasados, que llamaban
apóstatas a las personas que dejaban la iglesia en lugar de llamarlos “creyentes de la puerta
de atrás”, incluso lo habrían etiquetado como una “herejía”.
Considera, por ejemplo, algunas afirmaciones de tres de los nombres más reconocidos
en la historia de nuestra fe. Agustín dijo: “nadie puede tener a Dios como su padre sino
tiene a la iglesia como su madre”. Martín Lutero describió: “aparte de la iglesia, la
salvación es imposible.” Y la Institución de la Religión Cristiana de Juan Calvino, que es la
obra más ampliamente leída y atesorada desde la era apostólica, contiene unas afirmaciones
tan vehementes acerca de la iglesia local como las siguientes:
Mi intención es tratar aquí de la iglesia visible, y por eso aprendamos ya de sólo su
título de madre qué provechoso y necesario nos es conocerla, ya que no hay otro
camino para llegar a la vida sino que seamos concebidos en el seno de esta madre,
que nos dé a luz, que nos alimente con sus pechos, y que nos ampare y defienda
hasta que, despojados de esta carne mortal, seamos semejantes a los ángeles (Mat.
22:30). Porque nuestra debilidad no sufre que seamos despedidos de la escuela hasta
que hayamos pasado toda nuestra vida como discípulos. Anotemos también que
fuera del gremio de la iglesia no hay remisión de pecados ni salvación… Con estas
palabras se restringe el favor paternal de Dios y el testimonio de la vida espiritual a
las ovejas del aprisco de Dios, para que advirtamos que el apartarse de la iglesia de
Dios es pernicioso y mortal.
Porque tanto aprecia el Señor la comunión de su Iglesia, que tiene como traidor y
apóstata de su religión cristiana a todo el que de manera contumaz se aparta de
cualquier compañía cristiana en que se hallare el ministerio verdadero de su Palabra
y de sus sacramentos.
Agustín, Lutero, y Calvino, simplemente representan a los miles de líderes cristianos que a
lo largo de los siglos han creído que la iglesia era absolutamente indispensable para nuestro
crecimiento como cristianos. Aparentemente nuestros días han traído un cambio tremendo
en la manera en que la gente ve la iglesia local, especialmente cuando un libro de gran éxito
de ventas da a entender repetidamente que podemos crecer de la misma manera sin ella.
¿Pero, qué dice la Palabra de Dios con respecto a la iglesia de Dios? Nuestra autoridad no
es ni la corriente del pensamiento actual ni el dogma de teólogos falibles. Por el contrario,
nosotros debemos averiguar lo que Dios piensa acerca de esta institución que Él ha
diseñado, por el Libro que Él nos ha escrito.
¿Es posible tener una vida espiritual vibrante y nutrir satisfactoriamente nuestra
relación con Dios aparte de una iglesia local? ¿Es simplemente la “sabiduría convencional”
la que nos dice que debemos formar parte de una iglesia local? ¿Es posible acercarse a Dios
y alejarse de la iglesia? ¿Existen “montones de alternativas” a la iglesia en lo que respeta a
nuestro crecimiento espiritual? Y ¿aquellos que abandonan toda relación con la iglesia
están verdaderamente libres de culpa por esa decisión?
La respuesta a todas esas preguntas, según la Escritura, es un sonoro ¡no! Lejos de ser
sólo una de entre muchas opciones para el cristiano, la iglesia es el medio principal por el
cual Dios lleva a cabo Su plan en el mundo. Es el instrumento ordenado por Él para llamar
a los perdidos a Sí mismo en el contexto en el que Él santifica a aquellos que son nacidos
en Su familia. Por lo tanto, Dios espera (e incluso demanda), un compromiso con la iglesia
de todo aquel que afirma conocerle.
Incluso una lectura superficial del Nuevo Testamento deja clara la centralidad de la
iglesia en el registro bíblico. Jesucristo proclamó que Él edificaría Su iglesia (Mateo
16:18), le otorgaría la autoridad para actuar con el imprimátur del cielo (Mateo 18:17–20),
y en última instancia reveló que Su plan era llenar el mundo con cuerpos locales de
creyentes (Mateo 28:18–20). La mayor parte de las epístolas están escritas a iglesias
locales, y tres de las otras escritas a individuos (1 y 2 Timoteo y Tito), analizan cómo debe
funcionar la iglesia local. Finalmente, las maravillas del Apocalipsis estaban dirigidas
expresamente a siete iglesias locales en Asia menor, y fueron enviadas a ellas por el apóstol
Juan siguiendo el mandato del Cristo resucitado (Apocalipsis 1:4,11).
Ningún otro versículo proclama la importancia de la iglesia local de una manera más
poderosa que 1 Timoteo 3:15, y ese versículo nos servirá como marco de trabajo para una
discusión de esta doctrina en la Escritura. Allí Pablo le dice a Timoteo: “Esto te escribo…
para que si tardo, sepas cómo debes conducirte en la casa de Dios, que es la iglesia del
Dios viviente, columna y baluarte de la verdad.” Pablo quería que su joven aprendiz
entendiera la importancia y el significado de sus instrucciones, y por ello se refiere a la
asamblea local de creyentes con cuatro términos descriptivos que tienen el propósito de
enfatizar la importancia que Dios le da. Estos términos siguen siendo designaciones
apropiadas para la iglesia, y entenderlos nos ayudará a compartir el amor y el respeto de
Pablo por esta santa institución.
La Casa de Dios
La palabra “casa” viene del griego oikos, que puede significar un edificio para habitar o una
familia integral. En la Escritura se aplican ambos significados a la iglesia, y ambos proveen
un testimonio profundo de su origen divino y su significado.

La Iglesia Es la Morada de Dios


Si Pablo usó la palabra en el sentido de una vivienda, entonces esto da testimonio del hecho
de que Dios mismo vive en Su iglesia y entre Su iglesia. La iglesia misma es la casa de
Dios. Hay que entender que no estamos hablando del edificio de la iglesia. Las mismas
palabras “casa de Dios” traen a la memoria imágenes de un viejo diácono mirándonos por
encima del hombro cuando éramos niños y diciendo: “¡Jovencito, no se puede correr en el
santuario, esta es la casa de Dios!” (Por supuesto, podíamos correr en el gimnasio o en las
clases, que formaban parte del mismo edificio, pero había algo especialmente santo
respecto de la habitación con el púlpito y los bancos.)
Aquel viejo diácono estaba usando incorrectamente el término “casa de Dios”, porque
no se refiere en absoluto a un edificio, excepto en un sentido metafórico. El término es una
alusión al tabernáculo y al templo del Antiguo Testamento, los cuales son llamados de esa
manera con frecuencia en la Escritura (ej. Juan 2:16; Hechos 7:47). Por lo tanto se refiere al
hecho de que, a todo lo largo de la historia, Dios ha decidido trabajar con grupos de
personas y manifestar Su presencia de una manera especial cuando ellos se congregan.
En 1 Corintios 3:16–17, Pablo dice a toda aquella iglesia (no a individuos): “¿No sabéis
que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? Si alguno destruyere
el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios, el cual sois vosotros,
santo es.” También le dice al mismo grupo: “Porque vosotros sois el templo del Dios
viviente, como Dios dijo: Habitaré y andaré entre ellos, y seré su Dios, y ellos serán mi
pueblo” (2 Corintios 6:16). Y en Efesios 2:19–22 dice que nosotros somos “miembros de
la familia de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la
principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, en quien todo el edificio, bien coordinado,
va creciendo para ser un templo santo en el Señor; en quien vosotros también sois
juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu.”
La aplicación de estos versículos a nuestra discusión debería ser obvia: Si queremos
estar donde Dios está, necesitamos estar en Su iglesia, porque allí es donde Él mora. Y la
manera en que nosotros nos relacionamos con Él depende en buena parte de la manera en
que nos relacionamos con Su iglesia, pues es la casa que Él ha construido con Sus propias
manos (1 Pedro 2:5).

La Iglesia Es la Familia de Dios


El significado más probable de la palabra “casa” en 1 Timoteo 3:15 es el de una familia,
porque Pablo lo usó de esa manera en los versículos 4, 5, y 12 del mismo capítulo. La idea
de ser una parte de la familia de Dios no es nueva para la mayoría de los cristianos;
nosotros hablamos a menudo de ser “nacidos de nuevo” en ella, nos referimos a Dios como
nuestro Padre celestial, y Le alabamos por adoptarnos como hijos, y por hacernos Sus
herederos (Romanos 8:15–17). También cantamos: “estoy tan contento porque soy parte de
la familia de Dios.” Rara vez (si es que lo hacemos alguna vez), pensamos en esa “familia
de Dios” como la iglesia local, pero eso es exactamente lo que la frase significa en este
versículo.
Sin duda Pablo usó esta frase con el propósito de convencer a Timoteo de la
importancia de una conducta correcta en la iglesia. Si se les demanda a los ancianos y
diáconos que tengan sus casas en orden (vv. 4,5, y 12), ¡cuánto más necesita estar en orden
la propia casa de Dios! Pero su lenguaje nos deja con una lección adicional pertinente para
esta discusión. No sólo necesitamos estar en Su iglesia si queremos estar donde Dios está,
sino que también necesitamos estar en Su familia si queremos considerarle a Él nuestro
Padre. Con las palabras de Pablo en mente, ¿cómo podría la gente llamar a Dios su Padre
mientras rehusan ser parte de Su familia? Sin embargo, esa clara contradicción describe
esencialmente la posición de aquellos que dicen que tienen fe y salvación aparte de la
iglesia.

La Iglesia del Dios Viviente


El énfasis en esta segunda descripción de la iglesia recae en las palabras “del Dios
viviente.” La iglesia procede de Dios y pertenece a Dios. Este Creador y Dueño de la
iglesia es el Dios; el único Dios verdadero. Y en contraste con los templos de los ídolos
paganos muertos, Pablo dice que esta iglesia es del Dios viviente. Así que en todo
momento, Él está involucrado personal y activamente en la operación y las actividades de
la iglesia.
A lo largo de todo el Nuevo Testamento, Dios nos deja bien claro que la iglesia es Su
creación y posesión más querida. De hecho, cada miembro de la Santísima Trinidad es
descrito repetidamente como atesorándola por encima de todas las demás instituciones
terrenales.
Dios el Padre ha revelado Su amor por la iglesia por medio de Su elección soberana de
ella antes de la fundación del mundo (Efesios 1:4–5; Apocalipsis 13:8) y por las promesas
que Él dio a Abraham y a los otros patriarcas, muchas de las cuales han sido cumplidas al
menos parcialmente en la iglesia del Nuevo Testamento (Hechos 2:39; Gálatas 3:6–9). El
Padre pagó el precio final por la iglesia enviando a Su Hijo amado a morir (Juan 3:16; 1
Juan 4:14), de tal manera que se dice que ha sido comprada “por su propia sangre” (Hechos
20:28). Él participa continuamente en la comunión de la iglesia (1 Juan 1:3), y ella funciona
principalmente con el propósito de darle gloria a Él (Efesios 3:21).
El Hijo de Dios también “amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella” (Efesios
5:25; cf. Tito 2:14). Él dio Su propia vida por Sus ovejas (Juan 10:11–16). Por lo tanto Dios
Le ha hecho la “cabeza de la iglesia” (Efesios 5:23; cf. 1:22), y se le llama repetidamente
“el cuerpo de Cristo” (Efesios 4:12; cf. 1 Corintios 12:12). Jesús ha prometido estar
presente personalmente cuando la iglesia se reúne para aprobar Su proceso de disciplina
amante (Mateo 18:20) y cuando va adelante para llevar a cabo Su mandamiento de hacer
discípulos de todas las naciones (Mateo 28:19–20). La iglesia es también donde se observa
regularmente Su amada ordenanza de la comunión en conmemoración de Su muerte (Lucas
22:17–20; 1 Corintios 11:23–26).
Finalmente, el Espíritu Santo inició la iglesia del Nuevo Testamento en Pentecostés por
medio de señales y milagros maravillosos (Hechos 2:1–4) y confirmó la inclusión de los
gentiles con una actuación semejante (Hechos 10:44–48). Él introduce a cada miembro en
el cuerpo de Cristo por medio de Su milagro de la regeneración (1 Corintios 12:13; Juan
3:6–8) y garantiza su glorificación final (Efesios 1:13–14). En cumplimiento de las
promesas de Cristo en Juan 14, el Espíritu le otorga poder a los miembros de la iglesia,
habita en ellos, e ilumina sus mentes a la verdad de las Escrituras, que Él mismo ha
producido por medio de los profetas y apóstoles (vv.16–17, 26; cf. 2 Pedro 1:21; Hebreos
2:4). Él también obra para promover unidad y paz en el cuerpo (Efesios 4:3) y provee los
distintos dones espirituales que la capacitan para funcionar adecuadamente (1 Corintios
12:7–11).
1 Pedro 1:1–2 menciona a los tres miembros de la Trinidad cuando dice que las iglesias
por toda Asia Menor fueron elegidas “según la presciencia de Dios Padre en santificación
del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo.” La entera Deidad
está profunda e íntimamente involucrada en el origen y el funcionamiento de la iglesia. Por
lo tanto, nosotros, que deseamos ser “llamados hijos del Dios viviente” (Romanos 9:26)
debemos estar involucrados en Su iglesia. Y sin duda, las duras advertencias del libro de
Hebreos se aplican hoy a aquellos que desdeñan el involucrarse en la iglesia: “Mirad,
hermanos, que no haya en ninguno de vosotros corazón malo de incredulidad para
apartarse del Dios vivo” (Hebreos 3:12) y: “¡Horrenda cosa es caer en manos del Dios
vivo!” (Hebreos 10:31). Haríamos bien en recordar que este celoso Dios viviente es Aquél
a quien pertenece la iglesia.

La Columna de la Verdad
El siguiente nombre descriptivo de Pablo para la iglesia, “columna” (del griego stulos), nos
dice que la iglesia realmente sostiene la verdad. O para ponerlo en términos más gráficos (y
tal vez asombrosos), la verdad de Dios no puede permanecer firme sin la iglesia. Si se
elimina la columna de un edificio, como probó Sansón en su último acto en el templo
filisteo (Jueces 16:29–30), el edificio se derrumbará y la gente que está dentro quedará
herida o muerta. La implicación de las palabras de Pablo es que la verdad caería de manera
desastrosa si no existiera la iglesia.
Por supuesto, ese temible evento nunca ocurrirá, porque Dios ha prometido que Su
iglesia se sostendrá siempre (Mateo 16:18). Él ha ordenado que tanto la verdad como su
“columna” permanezcan firmes para siempre (cf. 1 Pedro 1:25; Efesios 3:21). Pero como
las palabras de Pablo tenían el propósito de ayudar a Timoteo a comprender la importancia
vital de una conducta recta en la iglesia, también tienen el propósito de convencernos del
papel indispensable que desempeña la iglesia en nuestras vidas individuales. Nuestra propia
relación con Dios y Su verdad está en peligro mortal si la iglesia no ocupa su lugar
adecuado en nuestras vidas. Así que cuando consideramos a aquellos que abandonan la
iglesia como un medio de crecimiento espiritual, es muy improbable que ellos estén
manteniendo la verdad o cultivando una relación significativa con Dios por sí mismos. A la
luz de 1 Timoteo 3:15, es mucho más probable que su fe se haya desmoronado, porque han
eliminado la columna que sostiene la verdad.
¿Cómo funciona la iglesia como una columna de la verdad? Las siguientes son algunas
de las maneras en que la iglesia ha sido diseñada para sostener la verdad de Dios:
La revelación. Dios decidió revelar la verdad del Nuevo Testamento en la iglesia y por
medio de la iglesia. Pablo escribió:
A mí, que soy menos que el más pequeño de todos los santos, me fue dada esta
gracia de anunciar entre los gentiles el evangelio de las inescrutables riquezas de
Cristo, y de aclarar a todos cuál sea la dispensación del misterio escondido desde los
siglos en Dios, que creó todas las cosas; para que la multiforme sabiduría de Dios
sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en
los lugares celestiales, conforme al propósito eterno que hizo en Cristo Jesús
nuestro Señor. (Efesios 3:8–11)
1 Corintios 12:28 dice: “Y a unos puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles, luego
profetas”, y esos son los hombres cuyas bocas y plumas nos trajeron Su Palabra inspirada
(cf. Efesios 4:11). Deberíamos añadir, no obstante, que los apóstoles y profetas sirvieron
sólo como el fundamento de la iglesia (Efesios 2:20), y por lo tanto ese ministerio de
revelación no continúa en nuestros días. La fe “ha sido una vez dada a los santos” en el
primer siglo (Judas 3; cf. Apocalipsis 22:18–19), y por lo tanto, cualquier iglesia que afirme
añadir una revelación subsiguiente a las Escrituras es una iglesia falsa.
La proclamación. Aunque la iglesia ha concluido su tarea de revelar la verdad de Dios,
continúa siendo el instrumento que Él ha escogido para proclamar esa verdad al mundo.
Como escribió R. B. Kuiper:
La iglesia de Roma está en grave error cuando afirma que la Iglesia dispensa la
gracia salvadora. También están en error los que no se fijan en el hecho de que la
iglesia debe dispensar los medios de la gracia salvadora.
Dios emplea un sólo medio para impartir la fe al hombre. Ese medio es su Palabra,
la Biblia. “Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios” (Romanos
10:17). Es el sagrado deber de la iglesia proclamar la palabra de Dios. Cuando le
place al Espíritu Santo llamar eficazmente a los pecadores por la Palabra predicada
por la iglesia, es entonces que los pecadores llegan a ser creyentes. Es por este
importante papel de la iglesia en el nacimiento de los creyentes, que ella merece ser
llamada la madre de los creyentes. Los creyentes son nacidos de Dios a través de la
iglesia.
Obviamente la mayor parte de la proclamación del evangelio tiene lugar fuera de la
asamblea de la iglesia, pero en la Escritura siempre es la iglesia la que inicia y sanciona tal
evangelismo. Hechos 13:1–3 nos dice que la iglesia de Antioquía ordenó oficialmente a
Pablo y a Bernabé como misioneros, y Pablo dijo más tarde que Tito “también fue
designado por las iglesias como compañero de nuestra peregrinación” (2 Corintios 8:19).
Dios también ha designado a la iglesia para ser la institución en la cual la Palabra de
Dios es proclamada a los creyentes. Hechos 2:42 dice que la iglesia primigenia se reunía
regularmente para estudiar la enseñanza de los apóstoles, y Efesios 4:11–12 nos dice que a
la iglesia le fueron dados “pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la
obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo”.
La administración. La iglesia también actúa como una columna de la verdad porque
sólo en ella el pueblo de Dios puede disfrutar la estructura y el orden que Él ha concebido
para su adoración y crecimiento. Dios nunca ha provisto instrucciones sobre cómo una
organización paraeclesial debe funcionar, mucho menos para cómo las personas pueden
adorar y crecer totalmente por sí solas. Pero Él ha revelado un plan exhaustivo con respecto
a cómo debe funcionar la iglesia para Su gloria y para el bien de sus miembros (1 Timoteo
3:15). Ese plan incluye directrices para el bautismo y la Cena del Señor (que son
ordenanzas de la iglesia), para las ofrendas, el liderazgo, la adoración, la predicación, las
funciones de los hombres y las mujeres, y una multitud de otros asuntos esenciales (la
mayoría de los cuales discutiremos en el resto de este libro). Lo primordial es que Dios ha
designado que la iglesia sea el contexto en el cual nos trasladamos de la pecaminosidad a la
santidad. ¡Intentar crecer en Cristo fuera de la iglesia es como intentar aprender a nadar sin
meternos jamás en la piscina!
La protección. Finalmente, la iglesia sostiene la verdad protegiéndola del error. Ella
juzga la enseñanza de los falsos profetas, declara que son divisivos, y renuncia a ellos si
persisten en su herejía (Romanos 16:17; Tito 3:9–11; 2 Juan 9–11). Cuando una disputa
surge entre dos hermanos, la iglesia es llamada a arbitrar su caso y determinar quién está en
lo correcto y quien está equivocado (1 Corintios 6:1–6). Y la iglesia también protege la
verdad de la influencia dañina de aquellos que viven modos de vida impíos.
Jesús dijo que si una persona rehusa responder a una confrontación reiterada, nosotros
debemos tenerle “por gentil y publicano. De cierto os digo que todo lo que atéis en la tierra,
será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo” (Mateo
18:17–18; 1 Corintios 5; 2 Tesalonicenses 3:6–15). Sólo a la iglesia se le da la habilidad y
la autoridad por parte de Dios para tomar ese tipo de acción contra el error y el pecado, y
sin ella la verdad queda desprotegida en un alto grado. Cuando la columna desaparece, es
mucho más probable que la verdad sea tergiversada, comprometida y pasada por alto.

El Baluarte de la Verdad
A primera vista esta descripción de la iglesia parece idéntica a la anterior, pero traduce una
palabra griega completamente diferente (hedraioma) y comunica un matiz de significado
considerablemente diferente. A la luz de su etimología y de su emparejamiento con
“columna,” esta palabra griega probablemente significa “fundamento,” como indican la
mayor parte de las herramientas léxicas. Algunos eruditos han estado renuentes a traducirla
de esa manera porque la iglesia Católica Romana ha usado esa traducción para apoyar la
idea de que la verdad procede de la iglesia. Pero, de hecho, la traducción “fundamento” no
otorga validez a esa doctrina católica, porque la palabra no contiene en absoluto la idea de
fuente. Más bien habla sólo de estabilidad y permanencia.
Un diccionario teológico dice esto acerca de otra forma de la palabra usada a menudo
en el griego clásico:
El adjetivo hedraios (derivado de hedra, asiento, silla, morada, lugar)…
originalmente era usado por los hombres en el sentido de “sentarse”, “sedentario”, y
luego de manera más general para “firme”, “inquebrantable”, “estable”. De esta
manera, hedraios es usado… en asuntos acerca de una certeza absoluta y de la base
final de toda la existencia (especialmente usado por Plotino). La referencia es
siempre a algo seguro y permanente en sí mismo.
¿Por qué escogió Pablo esta palabra en su intento por ayudar a Timoteo a comprender la
primacía y la importancia de la iglesia local? El quería que Timoteo conociera que la iglesia
es la única institución que Dios ha prometido preservar a lo largo de todos los tiempos.
Siempre permanecerá, y siempre tendrá éxito, sin tener en cuenta los muchos asaltos y
catástrofes que la amenazan. Jesús afirmó este hecho en los términos más firmes cuando
dijo: “[Yo] edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella” (Mateo
16:18). Y Efesios 3:21 dice que Dios recibirá “gloria en la iglesia en Cristo Jesús por todas
las edades, por los siglos de los siglos”.
La verdad de que la iglesia siempre será edificada y bendecida por Dios mismo provee
una tremenda fuente de esperanza y confianza para nosotros como cristianos. También
presenta un argumento convincente para la idea de que deberíamos dirigir nuestras energías
y esfuerzos principalmente hacia la edificación y el crecimiento de la iglesia local y no a
organizaciones e instituciones fuera de ella. Dios ha prometido preservar y bendecir la
iglesia, pero los esfuerzos de los cristianos en esas otras arenas no producirán
necesariamente un fruto duradero.
Por ejemplo, muchos cristianos (y líderes cristianos) en nuestros días están gastando
cantidades tremendas de energía para poner freno a la ola creciente de secularismo y
relativismo moral en América. Nuestra cultura de hecho se ha convertido tristemente en
poscristiana, y sin duda, en el futuro se irá convirtiendo cada vez más en anti-cristiana. Pero
la Biblia nunca nos manda a dedicar nuestros mayores esfuerzos para asegurarnos de que la
sociedad en la que vivimos permanece tolerante hacia el cristianismo. Y si invertimos
nuestros esfuerzos y esperanzas en esa lucha, simplemente nos expondremos a una
tremenda decepción, porque no tenemos garantía de que nuestro gobierno será jamás
tolerante hacia los cristianos. Dios puede muy bien permitir que se haga como la Alemania
nazi o la Rusia comunista. Si lo hace, eso no sería “el fin del mundo” para nosotros los
creyentes, ni tampoco sería un golpe horrible para los propósitos de Dios. El glorioso plan
de Dios para edificar Su reino espiritual continuará, sin tener en cuenta si América
mantiene su libertad religiosa.
No obstante, si estamos luchando principalmente por y para la salvación de las almas y
la edificación del pueblo de Dios (particularmente en el contexto de la iglesia local),
nuestra esperanza nunca será sacudida, porque esas benditas obras continuarán incluso si la
cultura alrededor de nosotros cae en picado. Puesto que la iglesia actúa como un
fundamento permanente para la verdad de Dios, siempre permanecerá como un lugar
emocionante y satisfactorio en el cual servirle.
• La morada y familia de Dios.
• El cuerpo amado profundamente por cada miembro de la Trinidad.
• La columna indispensable que sostiene la verdad de las Escrituras.
• El fundamento estable y eterno de nuestro servicio a Cristo.
¿Qué más se podría decir acerca de la importancia de la iglesia que comunicó Pablo en
estas cuatro descripciones tan vívidas? Sólo queda preguntarnos si la iglesia es tan
importante para nosotros como lo es para el Señor, y cómo podemos asegurarnos de que
tiene el lugar que le corresponde en nuestras vidas y ministerios. El resto de este libro nos
ayudará a entender lo que Dios espera de nosotros en relación con su iglesia, pero por ahora
estas palabras de Robert Saucy servirán como un resumen adecuado y una conclusión a lo
que hemos discutido hasta aquí:
A lo largo del curso de la historia Dios ha obrado en una variedad de maneras por
medio de individuos, naciones, y personas. El epicentro de su obra presente es la
iglesia. Aquello que fue comenzado en las Escrituras, cuando hombres y mujeres
fueron llamados a reconocer el señorío de Cristo, continúa hoy en cumplimiento de
la promesa de Cristo de edificar su iglesia. Cristo no sólo está edificando Su iglesia,
sino que ésta es el instrumento principal por medio del cual Él ministra en el
mundo. Como Cristo fue enviado por el Padre, así la iglesia cumple el papel de
embajadora de su Señor como enviados con un mensaje de reconciliación al mundo
(Juan 20:21).
La realidad de que la iglesia como el instrumento de Dios y como Su principal
preocupación es recibida con escepticismo e incredulidad, no sucede enteramente
sin razón. En medio de la contracorriente bravucona de nuestros tiempos, que ha
sacudido todas las instituciones de los hombres hasta dejarlas por los suelos, y en
algunos casos, incluso los fundamentos están peligrando, si es que no han sido
destruidos ya, la iglesia no ha permanecido indemne. Aquello que lleva el nombre
de Dios ha sufrido confusión con el resto de las cosas. La tan extendida debilidad
resultante y la incertidumbre han hecho que muchos se aparten, rechazando con
censura a la iglesia como el lugar de la actividad de Dios. Aunque es cierto que
algunas formas de vida eclesiástica, adiciones del tiempo más que modelos bíblicos,
deben ser rechazadas, el seguidor de Jesucristo no puede profesar lealtad a Él y
negar Su iglesia. Lo que se necesita mucho más que las denuncias son una crítica
constructiva y un esfuerzo renovado por buscar los caminos de Dios en los cuales
uno pueda ser parte del proceso de edificación. Porque su propósito aún permanece:
su iglesia perdurará.

Preguntas para la plática y la aplicación:


1. Cuando la iglesia es llamada “el cuerpo de Cristo” en la Escritura, ¿qué implica
esto para la importancia de la iglesia? ¿Y qué sucede con la expresión “la
familia de Dios”

2. Hechos 20:28 dice que Dios compró la iglesia “con su propia sangre”. ¿Cómo
habla eso de la importancia de la iglesia? Analiza también Efesios 5:25–27.

3. ¿Por qué dice la confesión de fe de Westminster que fuera de la iglesia “no hay
posibilidad ordinaria de salvación”? ¿Qué dos extremos crees que está tratando
de evitar esta afirmación?

4. ¿Cómo valorarías la importancia de la iglesia en tu propia vida personal? ¿Cuán


importante es comparada con otras instituciones humanas, como la familia, el
gobierno, la escuela, las organizaciones paraeclesiales, los equipos de deporte o
los clubes? ¿Y comparada con tus pasatiempos y otras actividades de ocio?
2
Comprometiéndonos con la Membresía de la Iglesia

Hace varios años, el Dr. Jay Adams estaba respondiendo un panel de preguntas en una
conferencia de orientación en San Diego. Un hombre levantó la mano y preguntó:
“¿Debemos aplicar la disciplina eclesiástica a las personas que no son miembros de nuestra
iglesia?”
“No, por supuesto que no,” respondió Jay en su inimitable estilo de firmeza afectuosa.
“La disciplina de la iglesia es sólo para creyentes.” Un estruendo inquisitivo atravesó la
sala, así que se explicó más detalladamente: “Las personas que no son miembros de una
iglesia deberían ser tratadas como no creyentes, porque ellos se están tratando a sí mismos
como no creyentes.”
Una ola de murmullos aún más fuerte corrió por toda la audiencia, y una multitud de
manos salieron disparadas a lo alto.
“¿Y que ocurre si tu iglesia no tiene membresía?”, fue la siguiente pregunta.
La persona que preguntó continuó explicando que era de una determinada
denominación (como lo era la mayoría del resto de asistentes a la conferencia) cuyos líderes
no creían en la necesidad de tener un registro de ningún tipo porque sentían que eso era un
requisito innecesario y legalista que se impone sobre las personas. Así que, de hecho, Jay
Adams acababa de decirle a varios cientos de pastores, consejeros y laicos comprometidos,
¡que todos ellos deberían ser tratados como no creyentes!
El Dr. Adams tenía conocimiento de la política de esa denominación antes de hacer
aquellos comentarios, y su intención no era insultar a aquellos hermanos y hermanas. En
lugar de eso, él quería atraer la atención de ellos y hacerles pensar en el asunto de la
membresía de la iglesia. Aparentemente funcionó, porque escucharon con mucha atención
mientras él hablaba y continuó explicando y matizando sus provocativos comentarios.
Varios pastores de aquella misma denominación se acercaron a él posteriormente y le
dijeron que habían sido convencidos por sus razonamientos y estaban planeando poner en
práctica la membresía en sus iglesias.
Aunque puede ser que no usemos las mismas palabras que utilizó Jay (¡al menos no sin
un montón de matizaciones!) estamos de acuerdo con él en que la membresía de la iglesia
es muy importante. De hecho, creemos que toda iglesia local debería tener un sistema de
membresía, y que todo cristiano debería comprometerse con la membresía cuando la
oportunidad esté al alcance. Este capítulo analizará tres razones básicas por las que la
membresía de la iglesia es bíblica y esencial: (1) el mandato para el compromiso con una
iglesia local, (2) la obligación de obedecer a los líderes de una iglesia local, y (3) los
privilegios de la asociación con una iglesia local.
El Mandato para el Compromiso
La Biblia claramente ordena a todo creyente a estar profundamente involucrado en las vidas
de otros creyentes. Hebreos 10:24–25 dice: “Y considerémonos unos a otros para
estimularnos al amor y a las buenas obras; no dejando de congregarnos, como algunos
tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se
acerca.” Dios dice que no debemos abandonar el “congregarnos”, pero Él no quiere decir
sólo que debemos asistir a los cultos de la iglesia regularmente. El significado del pasaje es
mucho más pleno que eso, tal como revelan los otros mandatos que contiene. Si nosotros no
estamos considerando (o planeando) cómo estimular a los demás al amor y a las buenas
obras, si no estamos implicados de todo corazón en ese proceso, y si no estamos animando
a los otros más y más todo el tiempo, entonces estamos desobedeciendo al Señor.
El contexto principal en el que Dios quiere que tenga lugar ese compromiso es el
cuerpo local de creyentes, y por ello, el compromiso que se está demandando es también un
compromiso con la iglesia. Casi todas las veces que ocurre la expresión “los unos a los
otros” en el Nuevo Testamento son dichas directamente a iglesias locales, y tienen el
propósito de ayudar a esas iglesias a ser lo que Dios quiere que sean. Para nosotros no es
suficiente decir que somos meramente parte de la iglesia universal o invisible (todos
aquellos que creen por todo el mundo, sin considerar su afiliación a una iglesia). También
debemos comprometernos con un grupo local o visible del pueblo de Dios. De hecho, de la
misma manera que se requería que todo creyente en los tiempos del Antiguo Testamento se
identificara externamente con el pueblo del pacto de Dios (Gén. 17:9–14, 23–27; 34:14–
17), así mimo el Nuevo Testamento no contiene ni siquiera una insinuación de alguien que
fuera verdaderamente salvo y no fuera miembro de una iglesia local. Como escribió R. B.
Kuiper:
Es claro que en los días de los apóstoles fue una práctica universal recibir a los
creyentes dentro de la iglesia visible por medio del bautismo.
¿Qué cosa podría ser más lógica? El que cree en Cristo se une a Cristo. La fe le une
a Cristo. Ahora es miembro del cuerpo de Cristo, la iglesia invisible. Ahora bien, la
iglesia visible es sólo la manifestación externa de la iglesia invisible. Cada miembro
de la iglesia invisible debería, por supuesto, ser miembro de la iglesia visible. Muy
significativo es en relación con este asunto Hechos 2:47: “Y el Señor añadía cada
día a la iglesia los que habían de ser salvos”. El Señor no sólo quiere que aquellos
que son salvados se unan con la iglesia, sino que Él mismo les une a la iglesia. Y la
referencia es inequívocamente con relación a la iglesia visible.
¿Hay que concluir que los que están fuera de la iglesia visible están también fuera
de Cristo? No, de ninguna manera. Es posible que un verdadero creyente por
razones circunstanciales poco comunes no se una a la iglesia visible. Se puede
concebir, por ejemplo, que uno puede creer en Cristo y morir antes de recibir el
bautismo. Pero la circunstancia es excepcional. La regla bíblica es que, mientras el
ser miembro de la iglesia no es un requisito para la salvación, es, en cambio, una
consecuencia necesaria de la salvación. Fuera de la iglesia visible “no hay
posibilidad ordinaria de salvación” (Confesión de Fe de Westminster, Capítulo
XXV, Sección II).
El compromiso con una iglesia local no es sólo la responsabilidad asumida por cualquiera
que afirme ser parte de la iglesia universal, sino que también es la única respuesta
apropiada a las verdades que aprendimos en el capítulo 1 acerca de la importancia de la
iglesia. Algunos de los versículos mencionados en aquella discusión se referían al cuerpo
invisible, mundial; pero esos constituyen sólo una pequeña minoría de los usos de la
palabra griega ekklesia en el Nuevo Testamento. De las 110 veces que esa palabra es
traducida como “iglesia”, sólo 17 son referencias claras a la iglesia universal, mientras que
90 indican sin duda alguna a la iglesia local. Incluso en aquellas pocas veces en que los
escritores del Nuevo Testamento se están refiriendo a la iglesia universal, no se puede
eliminar de la palabra la idea de una iglesia local, porque las dos están unidas de manera
muy inseparable, siendo una la manifestación visible de la otra.
Si la iglesia es la casa de Dios, la columna y el baluarte de la verdad, el cuerpo por el
que Cristo murió, y la forma presente de Su reino y de Su pueblo, entonces toda persona
que afirma pertenecerle a Él, debiera pertenecer a la iglesia local. Carlos Spurgeon habló de
manera muy significativa acerca de esa verdad hace más de cien años:
Yo sé que hay algunos que dicen: “Yo me he entregado al Señor, pero no tengo la
intención de entregarme a ninguna iglesia.” Ahora bien, ¿por qué no? “Porque yo
puedo ser un cristiano sin ella.”
¿Estás completamente seguro de eso? ¿Puedes ser tan buen cristiano
desobedeciendo a los mandatos de tu Señor como siendo obediente? Piensa en un
ladrillo. ¿Para qué está hecho? Para ayudar a edificar una casa. No tiene ningún
sentido que ese ladrillo te diga que es un ladrillo tan bueno mientras que está dando
vueltas por ahí, como cuando está en la casa. Es un ladrillo bueno para nada. Así
mismo, vosotros cristianos que andáis de acá para allá, yo no creo que estéis
cumpliendo con vuestro propósito. Estáis viviendo contrariamente a la vida que
Cristo quiere que viváis, y sois responsables del daño que hacéis.
Muchas de las personas que asisten a las iglesias en nuestros días, tal vez, la mayoría de
ellas, no están familiarizadas con un compromiso bíblico con la iglesia. Si simplemente
llegasen a ser conscientes de su importancia e hiciesen ese compromiso, entonces el
problema de la membresía de la iglesia quedaría resuelto en sus vidas porque estarían
dispuestos a unirse a la iglesia a la cual se están comprometiendo. O si están en una iglesia
que no tiene membresía, deberían hacer todo lo que les sea posible en esa situación para
estar comprometidos con el cuerpo. Pero nos damos cuenta de que también hay muchos
cristianos que ya están comprometidos con una iglesia local y dirían que no hay necesidad
de pasar por ningún proceso de entrevistas ni de ser incluidos en una lista. Dicen que el
compromiso con la iglesia no tiene que reflejarse necesariamente en un proceso formal de
membresía. Entre ellos están algunos de los propios líderes de iglesias, como aquellos en la
denominación mencionada al principio de este capítulo.
El resto de este capítulo está dirigido tanto a estas personas como a aquéllas que no se
comprometen. Creemos que los principios bíblicos y la sabiduría sostienen la idea de
identificar específicamente, públicamente, e incluso legalmente a aquellos que son parte de
una iglesia. Lo ideal sería que cada iglesia tuviese una lista de miembros que contuviera los
nombres de cada creyente que adora allí con regularidad. Y cada creyente que adora allí
debería estar dispuesto y deseoso de ser identificado con la iglesia de esa manera.
La Obligación de la Obediencia
En ambas iglesias donde nosotros ministramos, los ancianos le han pedido a cada creyente
que ha decidido adorar con nosotros que se una a la iglesia por medio de un proceso formal
de membresía. Ese proceso implica una clase en la que se explica la membresía, una
entrevista con uno de los líderes de la iglesia, y un compromiso público y una bienvenida
durante uno de nuestros cultos. La mayoría de las demás iglesias tienen un proceso similar
desarrollado y fomentado por sus líderes. Esta debería ser una razón suficiente para
cualquier cristiano en esos cuerpos para convertirse en miembros de iglesia, basada en la
clara enseñanza de estos pasajes:
Os rogamos, hermanos, que reconozcáis a los que trabajan entre vosotros, y os
presiden en el Señor, y os amonestan; y que los tengáis en mucha estima y amor por
causa de su obra. Tened paz entre vosotros. (1 Tes. 5:12–13)
Obedeced a vuestros pastores y sujetaos [a ellos;] porque ellos velan por vuestras
almas, como quienes han de dar cuenta. Permitidles que lo hagan con alegría y no
quejándose, porque eso no sería provechoso para vosotros. (Heb. 13:17 LBLA)
Así que si los líderes de tu iglesia quieren que te hagas miembro de ella, entonces Dios
mismo quiere que te hagas miembro, porque Dios los usa para guiarte a su voluntad. Y
observa que ese último pasaje no sólo te dice que obedezcas y que te sometas a tus líderes,
sino que contiene un tercer mandato que con frecuencia se pasa por alto. Dice que debemos
ayudar a nuestros líderes a cuidar de nuestras almas con gozo. No sólo hemos de hacer lo
que nos dicen que hagamos (a menos que nos digan que pequemos), sino que también
hemos de hacer todo lo que podamos para facilitarles que lleven a cabo su supervisión. Sin
lugar a dudas, la membresía de la iglesia facilita a los líderes el pastoreo del rebaño, por las
siguientes razones. Estas razones no sólo deberían ayudar a quienes asisten a la iglesia a ver
la importancia de hacerse miembros, sino también de convencer a algunos de los propios
líderes a establecer y animar un proceso de membresía:
La membresía es esencial para una administración ordenada de la iglesia. Dios ha
otorgado a la iglesia su multiforme gracia, la verdad de Su Palabra, y las almas de Su
pueblo redimido. La iglesia debe ser una administradora fiel de estos tesoros, y para hacerlo
debe poner mucho cuidado en el desarrollo y el mantenimiento de su estructura y
organización. ¿Por qué los negocios que luchan por una ganancia económica de corta
duración han de ser administrados de una manera más prudente, seria y comedida que una
institución que está trabajando para almacenar tesoros en el cielo (Juan 6:27; Mat. 6:19–
21)? Por el contrario, nosotros debemos hacerlo todo “decentemente y con orden” (1 Cor.
14:40), y la membresía juega una parte vital en la estructura de cualquier iglesia. Eric Lane
escribió:
En la Biblia, algunas veces la iglesia es comparada a un cuerpo, otras veces a una
familia o una casa, algunas veces a un reino, algunas veces a un ejército. Para que
cualquiera de esos organismos funcione adecuadamente, se requiere algún tipo de orden. Lo
mismo se aplica a la iglesia. La iglesia no es simplemente una colección vaga de
individuos, sino una estructura íntimamente tejida como un cuerpo humano (Ef. 4:16), y
por lo tanto tiene que estar correctamente organizada. Para ese ordenamiento, se necesita
conocer exactamente quien pertenece a ella. Una familia que se sentase a la mesa para
cenar o que cerrase sus puertas por la noche, sin saber quien se supone que debe estar allí y
quien no, sería un fenómeno sumamente extraño. Un batallón del ejército que no supiese a
quien se espera para desfilar pronto acabaría en el caos. Si la iglesia ha de ser una verdadera
familia y una fuerza de combate efectiva, necesita conocer exactamente quien pertenece a
ella.
La membresía clarifica la diferencia entre la iglesia y el mundo. O, como dijo Jay
Adams, ayuda a conocer quienes deben ser tratados como creyentes y quienes deberían ser
tratados como “no creyentes”. La membresía nunca nos dirá quién es, y quién no es un
verdadero cristiano, porque siempre habrá no-miembros que son salvos y miembros que no
son salvos (cf. Mat. 7:21–23; 13:36–43). En otras palabras, la lista de miembros de la
iglesia invisible siempre será diferente de la lista de miembros de la iglesia visible, en algún
grado. Pero habrá momentos en que se hará necesario tener algunos criterios por los cuales
decidir si alguien debería ser tratado como un cristiano o no (o como lo pone el Nuevo
Testamento, un “hermano” o una “hermana”). Un ejemplo sería el matrimonio – un
creyente no se debería casar con un no creyente (2 Cor. 6:14); otro ejemplo es el divorcio –
se dan instrucciones diferentes a aquellos casados con no creyentes (1 Cor. 7:15; 2 Cor.
5:17); y un tercer ejemplo es los requisitos para los ancianos – deben tener “hijos
creyentes” (Tito 1:6). En situaciones como esa, ¿cómo pueden determinar los líderes de la
iglesia y los demás si alguien está en la categoría de creyente o de no creyente? La teología
bíblica y la sabiduría práctica indican que una mera profesión de fe no es suficiente en este
sentido. Pero un compromiso de responsabilidad con la iglesia, junto con una profesión de
fe creíble, es un camino más seguro por el que andar. No obstante se requiere una
instrucción paciente, porque son tantos los cristianos en nuestros días a los que no se les ha
enseñado sobre la membresía de la iglesia, y muchos han estado en iglesias que ni siquiera
la practican. Así, por ejemplo, si una pareja de jóvenes quiere que un pastor celebre su
boda, puede preguntarles desde el principio si son miembros de una buena iglesia. Si la
joven lo es, pero el hombre no, entonces el pastor puede preguntar las razones e instruirle
sobre la importancia de la membresía. No obstante, si después de dicha instrucción el joven
rehusa comprometerse con la iglesia, entonces el pastor tiene que considerarlo en la
categoría de no creyente, y rehusar casarlos, porque de otra manera estaría creando un
“yugo desigual”.
La cuestión de quién ha de ser tratado como un creyente puede ser de lo más pertinente
en el asunto de la disciplina de la iglesia (véase el capítulo 8). Si un “hermano” o una
“hermana” está viviendo un estilo de vida pecaminoso y rehusa responder a la
confrontación privada, entonces la iglesia tiene la orden dada por Dios de tratar con el
pecado (Mt. 18:15–17; 1 Co. 5). Pero, ¿cómo sabemos si una determinada persona que
asiste es un “hermano” o una “hermana” sin un sistema por el cual la persona puede, de
manera oficial, unirse a la iglesia o rechazarla? Y, ¿cómo podemos poner fuera de la iglesia
oficialmente a la parte ofensora, si nunca ha entrado en ella oficialmente? Si las personas
que han de ser tratadas como no creyentes cometen pecado, nuestra respuesta a eso no sería
excomulgarles, sino evangelizarles.
Las consideraciones legales también entran en juego con respecto a la disciplina de la
iglesia. En los últimos años varias iglesias han sido demandadas por personas a las cuales
se les ha nombrado desde el púlpito y han surgido preguntas sobre la legalidad de la
disciplina de los no-miembros. A la luz de estos acontecimientos recientes, probablemente
no es prudente ejercer el proceso disciplinario sobre aquellos que no son miembros. Así
que, si los líderes de la iglesia permiten que un porcentaje alto de su rebaño sean no-
miembros, se pueden ver grandemente maniatados cuando una de esas personas cae en
pecado. Pueden ser incapaces de obedecer varios mandatos importantes de la Escritura, se
verán impotentes para quitar del cuerpo la influencia ruinosa de una persona inmoral o que
causa divisiones.
La membresía hace que la iglesia local refleje mejor la iglesia invisible. Este punto es
similar al anterior, pero tiene una naturaleza más teológica. R. B. Kuiper lo expresó de
manera clara y elocuente:
La iglesia visible es gloriosa a medida que refleja la iglesia invisible. La visibilidad
y la invisibilidad son dos aspectos de la única iglesia de Jesucristo. Por esa simple y
determinante razón, la iglesia visible debe ser una manifestación de la iglesia
invisible. Hay que admitir, no obstante, que la semejanza de la una a la otra nunca
es perfecta. Pero en algunas ocasiones la iglesia visible no es más que una simple
caricatura de la iglesia invisible; entonces no es gloriosa. En muchísimas otras
ocasiones la iglesia trata de reflejar en forma muy tenue la iglesia invisible;
entonces su gloria es opaca. Por la gracia de Dios hay también ocasiones en las
cuales la iglesia visible emula con claridad a la iglesia invisible; tal iglesia es
ciertamente gloriosa.
Por causa de su testimonio ante el mundo, la iglesia local debería parecerse tanto como
fuera posible al cuerpo espiritual de Cristo, el cual disfruta de una unidad perfecta (Juan
17:22–23), de una sumisión incondicional a Él (Ef. 5:22), y de una estabilidad absoluta
(Mat. 16:18). Eso significa que no se le debería permitir unirse a la iglesia a nadie que
niega el evangelio, pero también significa que todo aquel que es parte de la familia
espiritual de Dios debería ser un miembro de la iglesia local. Si ese fuera el caso, aquellos
que sólo asisten a la iglesia de vez en cuando con corazones insinceros no serían
considerados parte de la iglesia con tanta frecuencia como sucede en nuestros días.
También tendrían menos probabilidades de manchar la reputación de la iglesia ante el
mundo llamándola “mi iglesia” mientras están viviendo vidas impías.
Dos razones finales apoyan el hecho de que es sabio para los líderes de la iglesia
enfatizar la membresía.
1) La membresía promueve la participación de aquellos que están en la “periferia” de la
iglesia. Esto es especialmente cierto cuando comprenden que deben tomar una decisión
entre estar comprometidos o no comprometidos. Un énfasis en la membresía provee una vía
para que las personas den un gran paso en su santificación al trasladarse desde “la multitud”
a la “congregación”. También es más probable que sirvan en la iglesia cuando han hecho la
inversión de un compromiso de membresía. Como dijo Jesús, “Porque donde esté vuestro
tesoro, allí estará también vuestro corazón” (Mt. 6:21; Lc. 12:34).
2) La membresía provee una oportunidad para educar a las personas acerca de la
naturaleza y los distintivos de la iglesia. Esto librará a las personas que están involucradas
regularmente de ser ignorantes en asuntos tales como la disciplina de la iglesia y los dones
espirituales, incluso cuando no son discutidos frecuentemente desde el púlpito. En nuestras
iglesias, hemos encontrado que las personas pueden asistir durante un largo período de
tiempo antes de que se les enfrente a algunas doctrinas concretas de suma importancia,
simplemente porque esas verdades no han surgido en la exposición bíblica por largo
tiempo. Así que nosotros consideramos el proceso de la membresía como un ingrediente
vital en nuestros intentos por amonestar “a todo hombre, y [enseñar] a todo hombre en toda
sabiduría, a fin de presentar perfecto en Cristo Jesús a todo hombre” (Col. 1:28).
Los Privilegios del Compañerismo
Carlos Spurgeon en una ocasión le contó a su congregación esta historia con respecto a la
membresía de la iglesia:
Me acuerdo muy bien de cómo me uní a la iglesia después de mi conversión. Yo
mismo me forcé a ello al decirle al ministro (que era poco estricto y lento, y después
de haber intentado hablar con él en cuatro o cinco ocasiones sin poder verle), que ya
había cumplido con mi deber. Y que si él no me recibía, yo convocaría una reunión
de la iglesia y les diría que había creído en Cristo, y les preguntaría a ellos si me
querían admitir.
¿Por qué estaba el joven Spurgeon “aporreando la puerta” de la iglesia para entrar en ella?
Sin duda, él sabía que el compromiso con una iglesia local y la obediencia a los líderes eran
necesarios para su crecimiento espiritual, y temía enormemente al Señor que había dictado
esos mandamientos. Pero también puede haber habido otra razón imperiosa para que él
forzara su camino hacia la membresía en la iglesia: los beneficios que obtendría siendo
parte de ella.
La membresía de la iglesia no es sólo un compromiso por parte del miembro con la
iglesia, sino que también es un compromiso de la iglesia para con el miembro. Tanto la
iglesia como un cuerpo, como sus líderes, se comprometen a cuidar del miembro
proveyendo las siguientes ventajas:
Oportunidades ministeriales. El liderazgo, la enseñanza, el evangelismo, el manejo de
los fondos, la música, el cargo de ujier, e incluso las tareas aparentemente mundanas como
el cuidado de la guardería, y el mantenimiento del edificio, deberían ser realizados por
aquellos que aman a Cristo y están comprometidos con la iglesia. Esto es así porque los
miembros del cuerpo son dotados por el Espíritu con el propósito de llevar a cabo la obra
del ministerio (1 Co. 12; Ef. 4:11–16). Una manera de asegurarse de que eso sucede es
haciendo de la membresía un requisito necesario para tal servicio. Muchas iglesias hacen
justamente eso; así que en muchos casos, aquellos que rehusan convertirse en miembros
están diciendo básicamente que no están dispuestos a cumplir los ministerios para los que
pueden haber sido dotados por Dios. Por otro lado, aquellos que son miembros tienen la
libertad de obedecer a Dios en cualquier manera que Él les llame a servir.
Servicios útiles. Una iglesia que conocemos tiene un ministerio de orientación bíblica
dotado de más de veinte hombres y mujeres cualificados para aplicar las Escrituras a los
cuidados del alma. Han sido tantas las personas que han expresado un deseo por recibir este
servicio que la iglesia ha tenido que limitar el acceso a recibir este ministerio solamente a
los miembros. De la misma manera el personal pastoral agotado por el trabajo, a menudo
tiene que tomar decisiones respecto a quien pueden ofrecer su tiempo, y aquellos que son
miembros tienen prioridad sobre los que no lo son. La iglesia incluso se ha visto forzada a
limitar las bodas en sus edificios a los miembros debido a la gran demanda y a lo limitado
de su personal.
Puede ser que todas las iglesias no estén tan abrumadas como lo está ésta, pero es
probable que muchas se encuentren en una situación similar. Y otras iglesias pueden
incluso decidir (como lo hemos hecho nosotros en algunos casos) limitar
intencionadamente sus servicios a los miembros con el propósito de animar a los creyentes
a tomar ese compromiso. De cualquier manera, en muchos cuerpos locales aquellos que se
han comprometido oficialmente encuentran que les resulta más fácil ser ministrados por la
iglesia.
Responsabilidad amante. Otro beneficio de pertenecer a una iglesia local es que se nos
pueden pedir responsabilidades ante sus líderes y miembros según el proceso de disciplina
eclesiástica mencionado anteriormente en este capítulo. La posibilidad de ser amonestados
por nuestro pecado o de ser puestos fuera de la iglesia es algo que de manera natural no
vemos como beneficioso, pero esto es así sólo porque nuestro punto de vista está nublado
por nuestra carne pecaminosa. Realmente deberíamos recibir con agrado e incluso buscar
tal responsabilidad, porque es una herramienta poderosa que Dios usa para moldearnos a la
imagen de Su Hijo.
La amonestación es un acto de amor que beneficia enormemente al amonestado, e
incluso la disciplina más severa es llevada a cabo por el bien del ofensor. Considera estos
versículos:
Que el justo me castigue, será un favor, Y que me reprenda será un excelente
bálsamo. (Sal. 141:5)
No reprendas al escarnecedor, para que no te aborrezca; Corrige al sabio, y te
amará. Da al sabio, y será más sabio; Enseña al justo, y aumentará su saber. (Pro.
9:8–9).
El que ama la instrucción ama la sabiduría; Mas el que aborrece la reprensión es
ignorante. (Pro. 12:1)
El que tiene en poco la disciplina menosprecia su alma; Mas el que escucha la
corrección tiene entendimiento. (Pro.15:32)
Mejor es reprensión manifiesta Que amor oculto. Fieles son las heridas del que
ama; Pero importunos los besos del que aborrece. (Pro. 27:5–6)
El tal sea entregado a Satanás para destrucción de la carne, a fin de que el espíritu
sea salvo en el día del Señor Jesús. (1 Cor. 5:5).
De los cuales son Himeneo y Alejandro, a quienes entregué a Satanás para que
aprendan a no blasfemar. (1 Tim. 1:20)
Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, Ni desmayes cuando eres
reprendido por él; Porque el Señor al que ama, disciplina, Y azota a todo el que
recibe por hijo. (Heb. 12:5–6)
La responsabilidad y la amonestación por parte de otros creyentes pueden tener lugar en
nuestras vidas si no somos miembros de una iglesia, pero como tratamos anteriormente, las
últimas fases del proceso con frecuencia no pueden llevarse a cabo. De tal manera que si
nosotros persistiéramos en algún pecado (¡Dios nos libre!), todos los medios que Dios ha
diseñado para sacarnos del pecado no estarían a nuestra disposición. Así que, en efecto, el
no estar dispuestos a unirnos a una iglesia local equivale a decir que no estamos interesados
en la responsabilidad ante Dios en nuestras vidas.
Considerando los privilegios de la pertenencia a la iglesia local, toda persona que no es
miembro de una debería estar “aporreando la puerta” para entrar. La suma del mandato para
comprometernos con la iglesia y nuestra obligación de obedecer a nuestros líderes, nos
lleva a ver por qué la membresía no es una mera opción para un verdadero creyente. Por
esto es certero decir que en un sentido aquellos que rechazan la membresía de la iglesia “se
tratan a sí mismos como no-creyentes” (especialmente después de haber sido enseñados en
las verdades anteriores), porque son voluntariamente desobedientes a los mandatos de Dios
y se niegan a sí mismos neciamente los beneficios de la comunidad de Dios.
Eric Lane dice que la relación de un creyente con la iglesia es análoga a un matrimonio.
Compara a los cristianos que rechazan la membresía de la iglesia con un hombre y una
mujer que meramente se declaran a sí mismos casados y se ponen a vivir juntos sin
someterse jamás a una ceremonia legal de matrimonio.
Han pensado sólo en sí mismos y no en la sociedad de la cual forman parte. El
matrimonio es un asunto público, porque, por mucho que algunos individuos lo
consideren un asunto privado, los demás miembros de la sociedad tienen el derecho
de saber quien pertenece a quien y quien es el esposo o la esposa de quien. Una
sociedad en la que todo el mundo se comportara como esta pareja sería un caos
absoluto. Por otra parte, su egoísmo rebota sobre su propia cabeza, porque al
rehusar registrarse como matrimonio, se excluyen a sí mismos de ciertos beneficios
que el estado otorga a las personas casadas.
Tomando la misma analogía del matrimonio, necesitamos honrar a Cristo siendo Su esposa
en todo sentido, externamente tanto como internamente, de manera visible tanto como
invisible, y oficialmente en la iglesia local tanto como espiritualmente en el cuerpo
universal.

Preguntas para la plática y la aplicación:


1. ¿Piensas que las iglesias deberían tener un listado de membresía, y un proceso
por el cual las personas se pueden unir a la iglesia? ¿Por qué o por qué no?

2. Si tu iglesia tiene un listado de miembros, ¿estás tú en él? ¿Por qué o por qué
no?

3. ¿Qué votos de membresía o qué compromisos hiciste tú cuando te hiciste


miembro, o harías si te hicieras miembro? ¿Cómo piensas que el hacer esos
votos podría afectar a tu vida?

4. ¿Cuáles son algunas maneras en que tú has vivido esos votos en el cuerpo, y
cuáles son algunas maneras en que planeas hacerlo en el futuro?
3
Escogiendo una Buena Iglesia

Cuando los cristianos comprenden la importancia de la iglesia y buscan una en la cual


involucrarse, con frecuencia caminan hacia una plétora de posibilidades. El número
estimado de denominaciones que afirman formar parte de la religión cristiana en todo el
mundo era en 1980 de 20.800, y sin duda, ese número ha crecido desde entonces. En
muchas comunidades americanas, hay más iglesias que escuelas, tiendas de comestibles, o
incluso restaurantes. (En algunas ciudades del Sureste, ¡parece haber más iglesias que la
suma de esas tres otras cosas!)
Así que, comprender la importancia de la iglesia y de la membresía no es el final de la
guerra para muchos creyentes; luego tienen que luchar la batalla terrible de encontrar una
iglesia en la cual puedan adorar y servir a Dios. La Grace Community Church (Iglesia
Cristiana Comunitaria) y el ministerio Grace to you (Gracia para ti), reciben más de
trescientas cartas cada mes con preguntas acerca de la Biblia o expresando necesidades
personales. Con mucho, las peticiones más frecuentes son las de recomendaciones de
iglesias o las de consejos sobre cómo encontrar una buena iglesia.
Este capítulo tiene el propósito de ayudar a tales personas a saber qué cosas buscar en
una iglesia local. Para aquellos de nosotros que ya estamos involucrados en buenas iglesias,
también nos proveerá un patrón por el cual podremos juzgar la calidad y el progreso de esos
cuerpos. Tendremos una buena idea de lo que debe ser una iglesia local mirando atrás a los
primeros cristianos en Jerusalén. Hechos 2:42–47 describe a aquellos creyentes de esta
manera:
Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en
el partimiento del pan y en las oraciones. Y sobrevino temor a toda persona; y
muchas maravillas y señales eran hechas por los apóstoles. Todos los que habían
creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas; y vendían sus
propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno. Y
perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas,
comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios, y teniendo favor
con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser
salvos.
La iglesia primigenia descrita en este pasaje tenía éxito en todas las áreas. Era efervescente,
agradable a Dios, y creciente a pasos agigantados. Por lo tanto podemos aprender mucho de
ella. También, porque encarnaba los principios que se enseñan a lo largo de todo el Nuevo
Testamento y que son aplicables a todas las iglesias de todos los tiempos, sabemos que
nuestros cuerpos eclesiásticos de hoy pueden llegar a ser como ella en sus énfasis y su
filosofía.
Para que no haya ningún malentendido, no estamos diciendo que deberíamos ni que
podemos hacer todas las cosas exactamente de la manera en que lo hacía la iglesia en
Jerusalén. Había diferencias incluso entre las distintas iglesias en los tiempos del Nuevo
Testamento, y creemos que hay lugar para las diferencias entre las iglesias de nuestros días.
No se puede esperar de nosotros que copiemos su ejemplo en cada detalle. Si lo hiciéramos,
deberíamos tirar nuestros trajes, suéteres, y vestidos y comprar túnicas; deberíamos dejar de
hablar español y aprender griego o arameo; deberíamos vender nuestros coches e ir
andando a todas partes, con sandalias en nuestros pies y no zapatillas Nike ni zapatos de
tacón.
Así que Dios no quiere que hagamos todas las cosas como lo hacía la iglesia
primigenia, pero sin duda hay algunos rasgos que deberían caracterizar también a la iglesia
del siglo XXI. Estas se podrían resumir diciendo que una buena iglesia local exhibe una
devoción a la enseñanza de los apóstoles, un enfoque centrado en Dios, y un interés
amante por las necesidades de las personas. La presencia de esas características hizo
apasionante y efectiva a la iglesia primigenia, y las mismas deben estar presentes en
cualquier iglesia en nuestros días para que sea verdaderamente exitosa a los ojos de Dios.

Una Devoción a la Enseñanza de los Apóstoles


La primera característica de la iglesia primigenia que se menciona en Hechos 2:42, y el
rasgo más fundamental que ha de tener cualquier iglesia que honre a Dios, es una devoción
continua a la enseñanza de los apóstoles. La iglesia del Nuevo Testamento fue fundada
como resultado directo de la enseñanza de los apóstoles (Hch.2:14–41), y después nuestro
texto dice que los creyentes en Jerusalén “perseveraban” en ella. La palabra griega
traducida como “perseveraban” (proskarterountes), significa literalmente “ser fuerte hacia”.
Eso nos dice que los primeros creyentes se dedicaban de todo corazón y perpetuamente a la
enseñanza de los apóstoles; también puede significar entusiasmo e interés en ello.
La palabra griega traducida como “enseñanza” (didache) engloba tanto el contenido
como la manera de la enseñanza de los apóstoles. El entender ambas cosas de manera plena
nos ayudará a evaluar cualquier iglesia de nuestros días.
El Contenido de la Enseñanza Apostólica
¿Qué enseñaron los apóstoles exactamente? Encontramos la respuesta a esa pregunta en
el resto del libro de los Hechos, y en el resto del Nuevo Testamento, porque todo él fue
escrito por los apóstoles o por aquellos que trabajaban con ellos. También se encuentran en
todo el Antiguo Testamento, porque esas eran las Escrituras inspiradas que los apóstoles
estudiaban y de las que enseñaban. Hechos 17:2 dice que Pablo fue según su costumbre a la
sinagoga de los judíos y durante tres sábados razonó con ellos basándose en las Escrituras.
Las Escrituras que él tenía en aquel momento eran el Antiguo Testamento.
Así que la enseñanza apostólica es todo lo que está contenido en la Palabra de Dios, o
“todo el consejo de Dios”, como lo pone Pablo en Hechos 20:27. Esto incluye la verdad
acerca del carácter de Dios: la soberanía de Dios, la justicia de Dios, el amor de Dios, el
poder de Dios, la gracia de Dios, y la omnisciencia de Dios. Incluye la verdad acerca de la
elección, la predestinación, la justificación, la redención, la gracia irresistible, la
perseverancia de los santos, el pecado, la justicia, la salvación, el juicio, el perdón, el
nacimiento virginal de Cristo, la vida sin pecado de Jesucristo, la expiación sustitutoria, Su
gloriosa resurrección, y Su ascensión a la diestra de Dios el Padre.
La enseñanza apostólica también incluye amonestaciones prácticas e instrucciones
sobre el matrimonio, las finanzas, las relaciones empleador-empleado, las relaciones padre-
hijo, las misiones, y la manera de responder a las autoridades. En resumen, la enseñanza
apostólica incluye “todas las cosas pertenecientes a la vida y a la piedad” (2 Pe. 1:3). Así
que cuando abordamos cualquier tema que cae dentro de la categoría de “la vida y la
piedad”, el asunto principal no es qué es lo que dicen los grandes teólogos de la iglesia, no
es lo que dice la tradición, no es lo que dicen las personas educadas de nuestros días, y
tampoco es lo que dicen los predicadores muy conocidos de la iglesia. En lugar de eso, el
asunto es ¿qué es lo que dice la Palabra de Dios? De eso es de lo que se ocupaba la iglesia
primigenia, y ese debe ser el énfasis de nuestras iglesias hoy. John MacArthur ha escrito:
La función principal de la iglesia es proclamar la Palabra de Dios. He oído a personas
criticar a la Grace Church (Iglesia de la Gracia) diciendo: “Hay demasiada predicación y
enseñanza en la Grace Church, y no lo suficiente de otras cosas.” ¡No puedo ver cómo
puede haber nunca demasiada predicación y enseñanza! Eso podría suceder si todas las
personas conociesen todo sobre la revelación de Dios, pero eso es imposible. La razón por
la que ponemos tanto énfasis en la predicación y la enseñanza es que ellas ayudan a que las
demás cosas sucedan. Debemos saber lo que la Biblia dice acerca de algo antes de que
podamos saber cómo actuar. No sabremos como adorar, orar, evangelizar, disciplinar,
pastorear, adiestrar, o servir, a menos que sepamos lo que dice la Palabra de Dios.
Una buena prueba de la solidez de una iglesia en particular es si podría estar expuesta a
esa clase de crítica (que hay “demasiada enseñanza”). Si ese es el caso, la iglesia
probablemente comprende la importancia de comunicar la verdad y se ha comprometido
con ese énfasis bíblico. Otra buena pregunta que se puede formular para evaluar una iglesia
es si la enseñanza allí incluye todas las verdades enumeradas anteriormente. Si es así, ese
cuerpo probablemente está haciendo un esfuerzo coordinado por darle a la enseñanza
apostólica el lugar al que tiene derecho.
La Manera de la Enseñanza de los Apóstoles
¿Cómo enseñaban los apóstoles? Podemos vislumbrar la manera de su enseñanza en el
sermón de Pedro registrado en Hechos 2:14–36, y deberíamos desear formar parte de una
iglesia que practica el mismo tipo de enseñanza. El mensaje de Pedro fue efectivo y
agradable a Dios debido a las siguientes características:
Era relevante. En los versículos 14–15, Pedro comenzó su sermón relatando los eventos
que ocurrieron en su audiencia y en el entorno de la misma. Respondió a las preguntas que
le estaban haciendo y proveyó la información específica que necesitaban para entender la
situación que estaban viviendo.
Era bíblica y expositiva. En los versículos 16–21, 25–28, y 34–35, Pedro citó pasajes
del Antiguo Testamento. Luego procedió a explicar el significado de todos aquellos pasajes
e hizo una aplicación de los mismos a las vidas de sus oyentes.
Era Cristo-céntrica. El tema central del mensaje de Pedro era la persona y la obra de
Jesucristo (vv. 22ss.), y el mismo tema dominó toda la predicación subsiguiente de los
apóstoles (cf. 1 Co. 2:2; 15:1ss.; 2 Co. 4:5; Col. 1:28).
Era específica y personal en cuanto a su aplicación. Pedro se dirigió directamente a sus
oyentes, diciendo: “vosotros mismos sabéis” (v. 22), “vosotros matasteis clavándole [a
Cristo] en una cruz” (v. 23 RVA), y “sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que
a este Jesús a quien vosotros crucificasteis…” (v.36). El no se limitó meramente a darles
una charla sobre unos hechos, sino que trató vigorosamente de dejar una impresión de esa
verdad sobre sus almas.
Era autoritativa. Pedro no se limitó simplemente a compartir su opinión para que la
audiencia la considerase. El declaró con atrevimiento los hechos innegociables del
evangelio. Les ordenó “escuchar” la verdad acerca del hombre que había sido “aprobado”
(o avalado) “entre vosotros con las maravillas, prodigios y señales” (v. 22).
Era resueltamente con propósito. Sus palabras tenían el designio de persuadir a aquellos
que le oyeron; él quería producir un efecto en ellos por medio del poder del Espíritu Santo,
e incitarles a actuar sobre la verdad que escuchaban (v. 37 ss.).
Ese era el tipo de enseñanza que los apóstoles presentaron a la iglesia primigenia, y a
esta clase de enseñanza es a la que se consagraron continuamente. Aquellas personas no se
reunían para ser entretenidas; no se reunían para hablar de sus sentimientos en una especie
de sesión de “terapia de grupo”; no se reunían para discutir sus opiniones o exhibir de
alguna manera su ignorancia; y tampoco se reunían para contemplar las ideas de Sócrates,
Epicuro, Platón, o cualquier otra autoridad secular. Más bien se reunían con la intención
primordial de aprender de la enseñanza de los apóstoles.
Además, los primeros cristianos examinaban todo a la luz del modelo de los apóstoles.
Cualquier creencia o práctica que no estaba de acuerdo con él, era rechazada
inmediatamente, y cualquier organización religiosa que no se atenía al mismo era
considerada una iglesia falsa. Juan escribió lo siguiente en su nombre propio y en el de los
demás apóstoles:
Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque
muchos falsos profetas han salido por el mundo. En esto conoced el Espíritu de Dios: Todo
espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no
confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios; y este es el espíritu del anticristo,
el cual vosotros habéis oído que viene, y que ahora ya está en el mundo. Hijitos, vosotros
sois de Dios, y los habéis vencido; porque mayor es el que está en vosotros, que el que está
en el mundo. Ellos son del mundo; por eso hablan del mundo, y el mundo los oye. Nosotros
somos de Dios; el que conoce a Dios, nos oye; el que no es de Dios, no nos oye. En esto
conocemos el espíritu de verdad y el espíritu de error. (1 Jn. 4:1–6)
Efesios 2:20 dice que la iglesia ha sido edificada “sobre el fundamento de los apóstoles
y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo.” En nuestros días ya no
hay más apóstoles ni profetas: el fundamento de su enseñanza ya ha sido asentado y no
necesita ser asentado de nuevo. Pero debemos asegurarnos de que la iglesia se conforma al
fundamento que ha sido puesto por los apóstoles. Si un edificio ha de permanecer en pie,
debe tomar la forma de su fundamento: si una iglesia en nuestros días ha de pasar la prueba
de la Palabra de Dios, debe adherirse completamente a la enseñanza de los apóstoles.
En 1 Timoteo 6:20, Pablo le dijo a su joven protegido, Timoteo, que entonces
pastoreaba la iglesia en Éfeso: “guarda lo que se te ha encomendado, evitando… los
argumentos de la falsamente llamada ciencia.” Y en su segunda carta a Timoteo, Pablo
escribió:
Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los
muertos en su manifestación y en su reino, que prediques la palabra; que instes a tiempo y
fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque vendrá
tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oir, se
amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad el
oído y se volverán a las fábulas. (2 Tim. 4:1–4)
En este pasaje Pablo habla de personas que amontonan para sí mismos maestros que les
digan lo que ellos quieren escuchar. No quieren escuchar la enseñanza de los apóstoles,
pero quieren escuchar la idea o la filosofía más nueva, o la moda del mundo que les haga
sentir mejor respecto de sí mismos y de sus estilos de vida. Pero ese no era el caso de la
iglesia de Jerusalén descrito en Hechos 2, y no debe ser el caso en nuestras iglesias hoy.
Una buena iglesia es aquella en la que la gente desea y responde a una enseñanza y
predicación bíblicas, y donde los líderes están comprometidos con proveerles eso de
manera regular y perpetua.
Desafortunadamente, nuestras iglesias hoy en día a menudo le dan a la Biblia la
autoridad titular en lugar de darle la autoridad funcional. Muchos de ellos relegan la
Palabra de Dios a un papel semejante al de la Reina de Inglaterra. La Reina tiene el título
de gobernante, pero participa muy poco en las decisiones del gobierno del país. El
verdadero poder y la influencia residen en el Primer Ministro y en el Parlamento. De
manera similar, muchas iglesias de hoy despliegan de una manera prominente la Biblia y
afirman creer en ella, pero cuando se trata de las funciones cotidianas de la iglesia, la Biblia
no es su autoridad final. Así que, cuando consideramos nuestro compromiso con una iglesia
en particular, necesitamos averiguar si está caracterizada por practicar la Palabra o
simplemente por oírla (Stg. 1:22–25). Como escribió Calvino con respecto a Hechos 2:42,
¿Buscamos la verdadera Iglesia de Cristo? Aquí se describe el retrato de su vida. El
comienza con la doctrina, que es el alma de la Iglesia. No nombra la doctrina de ninguna
clase, sino la de los apóstoles, que el Hijo de Dios ha entregado en las manos de ellos. Por
lo tanto, dondequiera que suena la voz pura del Evangelio, donde los hombres permanecen
en la profesión de la misma, donde se aplican a escucharla regularmente para ser
beneficiados por ella, allí, sin duda alguna, está la Iglesia.

Un Enfoque Centrado en Dios


Hechos 2:43 dice que en la iglesia de Jerusalén “sobrevino temor a toda persona”. El poder
de la enseñanza de los apóstoles y las numerosas señales y prodigios realizados entre el
pueblo afectaron profundamente a la actitud de ellos hacia Dios. Un comentarista observa:
“La convicción de pecado que siguió a la predicación de Pedro no fue un pánico
momentáneo, sino que llenó a las personas con un sentido de sobrecogimiento duradero.
Dios estaba obrando en ellos; ellos estaban siendo testigos del amanecer de una nueva era.”
El sobrecogimiento de las personas estaba dirigido hacia Dios, por supuesto, y este
asombro se podría llamar de manera más precisa “un temor respetuoso”. La palabra griega
traducida como “temor” es phobos, que casi siempre se traduce como “temor” en el Nuevo
Testamento (cf. Hch. 5:5, 11).
Este temor de Dios que la gente experimentó, no obstante, no es un estado irracional
que produce el comportamiento incontrolado reflejado por nuestro uso moderno de la
palabra fobia. Más bien era un reconocimiento solemne de la presencia de un Dios santo y
amante en sus vidas, que les motivaba a obedecerle con el mayor agrado (vv. 44–46) y a
alabarle continuamente (v. 47). De este modo, el “temor” que ellos experimentaban era una
mezcla de gratitud, respeto, y terror al ver a Dios por lo que Él era y reconocer Su presencia
entre ellos. En una palabra, ellos estaban adorando a Dios constantemente.
Nosotros no estamos contemplando el amanecer de una nueva era en nuestros días, ni
las señales sobrenaturales que lo acompañaban; pero podemos y deberíamos experimentar
el mismo tipo de sobrecogimiento y adoración hacia Dios que tenía la iglesia primigenia. El
Salmo 2:1 dice: “Servid a Jehová con temor, y alegraos con temblor.” Nuestra actitud hacia
Dios debería incluir gozo y gratitud, pero esos buenos sentimientos deben estar siempre
matizados con el respeto y temor que es debido al Soberano del universo. Sin ese respeto y
temor, podemos llegar a ser frívolos hacia Dios y dejar de darle el honor que Él merece (cf.
1 Sam. 2:30).
Esa importante verdad es comunicada muy claramente en 1 Pedro 1:17. Antes de este
versículo, Pedro estaba discutiendo la elección amante de Dios y la gran salvación que Él
ha prodigado sobre Su pueblo (vv. 1–12); luego comenzó a enfatizar la respuesta de
obediencia y santidad que corresponde a los hijos de Dios (vv. 13–16). El versículo 17
comienza con la conjunción griega kai, que con frecuencia puede traducirse como “ya que”
si el contexto lo permite. En este caso es posible, así que las palabras de Pedro se pueden
leer de esta manera: “Ya que vosotros invocáis como Padre a Aquel que juzga
imparcialmente según la obra de cada hombre, conducíos en temor.” Aquí la palabra
phobos significa lo mismo que en Hechos 2:23: un temor reverente de Dios. Y también
Pedro está diciendo que aunque nosotros estamos agradecidos y felices de tener a Dios
como nuestro Padre amante (un término de cariño e intimidad), aún debemos comprender
que Él es también el Juez santo, y debemos tener cuidado de obedecerle con una reverencia
solemne. O, como dice un comentarista, cuando los cristianos “llaman a Dios Padre,
deberían recordar Su carácter y no permitir que la familiaridad sea una excusa para el mal.”
Este principio también debe ser cierto respecto de una iglesia. La actitud que gobierna
sus ministerios y que es transmitida a su gente debe ser de temor hacia Dios. Esto significa
que se Le debe tomar muy seriamente, y también significa que Él debe ser preeminente en
todo lo que sucede en la iglesia. Sólo entonces un cuerpo local puede estar verdaderamente
centrado en Dios como lo estaba el de Jerusalén. Los líderes y miembros de una iglesia
deben comprender que ésta no existe principalmente para el beneficio del hombre, sino para
la gloria de Dios y de Su Hijo Jesucristo. Considera estos versículos cuidadosamente:
Todos los llamados de mi nombre; para gloria mía los he creado, los formé y los
hice. (Isa. 43:7)
Porque en él [Cristo] fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las
que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean
principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. (Col. 1:16)
Señor, digno eres de recibir la gloria y la honra y el poder; porque tú creaste todas
las cosas, y por tu voluntad existen y fueron creadas. (Apo. 4:11)
Todas las cosas existen principalmente para la gloria de Dios, más que para nuestro
beneficio. Y eso incluye la iglesia, que fue creada predominantemente para Su honor y no
para nuestra felicidad (Ef. 3:21). Lamentablemente, no obstante, este no es el enfoque de la
mayor parte de las iglesias de hoy. Su propósito principal es resolver los problemas de la
gente o suplir para las necesidades de la gente, en lugar de dar gloria a Dios. El contraste
siguiente puede ayudarnos a determinar si una iglesia, en su enfoque, está centrada en Dios
o centrada en el hombre:
Una iglesia centrada en el hombre seguirá tradiciones extrabíblicas que hacen sentir
más cómodas a las personas debido a su familiaridad, pero una iglesia centrada en Dios
siempre se deshará de tradiciones no-bíblicas y no se fiará de nada que pueda, de alguna
manera, oscurecer la sencillez de Cristo (cf. Mar. 7:6–13; 1 Cor. 4:6; 2 Cor. 11:3).
Una iglesia centrada en el hombre titubeará a la hora de tratar ciertas doctrinas o las
evitará totalmente porque pueden ser ofensivas para algunos miembros, pero una iglesia
centrada en Dios proclamará osada y fielmente “todo el consejo de Dios” (Hch. 20:27; cf. 2
Tim. 4:1–2; 3:16–17; Tit. 2:15).
Una iglesia centrada en el hombre escogerá estilos de adoración y enseñanza
principalmente sobre la base de las preferencias de la gente, pero una iglesia centrada en
Dios se esforzará por ajustar sus cultos tanto como sea posible al modelo bíblico, sin tener
en cuenta lo que la gente pueda pensar o cuantas personas puedan venir (cf. Rom. 1:16; 1
Cor. 4:1–3; 2 Cor. 10:3–4; 2 Tim. 4:3–5).
Una iglesia centrada en el hombre animará a la gente a recibir consejo de los “expertos”
impíos (ya sea directamente o por medio de la integración de sus ideas con la Escritura),
pero una iglesia centrada en Dios les guiará a la suficiencia de las respuestas provistas por
nuestro celoso Dios en Su Palabra (cf. Sal. 1:1; Col. 2:8; 2 Ped. 1:3).
Una iglesia centrada en el hombre no practicará la disciplina eclesiástica con respecto a
los miembros que pecan porque ese proceso es demasiado “severo” o “falto de amor”,
porque puede disminuir la asistencia o las ofrendas, o simplemente porque implica
demasiado trabajo duro. Sin embargo, una iglesia centrada en Dios, manifestará verdadero
amor por sus miembros y obediencia a Cristo al ejercer disciplina cuando sea necesario (cf.
Mat. 18:15–17; 1 Cor. 5; 2 Tes. 3:6–15).
Finalmente, una iglesia centrada en el hombre pondrá muy poco énfasis en la oración y
rara vez se ocupará en la oración corporativa (de nuevo porque es un trabajo duro), pero
una iglesia centrada en Dios se parecerá a los primeros creyentes en que estarán
perseverando “en las oraciones” (Hch. 2:42; cf. Ef. 6:18; 1 Ti. 2:1, 8; Stg. 5:16–18).

Un Interés Bondadoso por las Necesidades de las Personas


Aunque está comprometida con la enseñanza de la sana doctrina por encima de todas las
demás actividades, y aunque existe más para la gloria de Dios que para nuestro bien, una
buena iglesia se ocupa también de las necesidades de las personas. Para que esta ocupación
sea genuinamente bíblica, debe guardarse en equilibrio con las prioridades de la sana
enseñanza y la adoración, de tal manera que las necesidades de las personas nunca lleguen a
ser más importantes que Dios mismo o Su verdad. Por otro lado, una iglesia que está
comprometida con la enseñanza y la adoración pero que no muestra interés por las
verdaderas necesidades de la gente está desequilibrada y no es bíblica. Como Pablo dijo en
1 Corintios 13:2, “Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si
tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy”. Y
Proverbios 29:7 dice: “El justo se preocupa por la causa de los pobres, pero el impío no
entiende [tal] preocupación” (LBLA).
La iglesia descrita en Hechos 2 era en este sentido tanto equilibrada como bíblica. Ellos
exhibían gran amor y cuidado los unos por los otros y por aquellos fuera de su grupo que
aún no conocían al Señor.

Un Interés por Otros en el Cuerpo de Cristo


Hechos 2:42 dice que los miembros de la iglesia de Jerusalén “perseveraban… en la
comunión unos con otros”; el versículo 44 dice que “estaban juntos”; y el versículo 46 dice
que regularmente “comían juntos”. Habían desarrollado relaciones estrechas, y pasaban una
cantidad significativa de tiempo los unos con los otros. Esta “unión” no era sólo física, por
supuesto, sino también emocional y espiritual; el versículo 46 dice que “continuaban
unánimes” (LBLA). Ellos estaban vinculados los unos a los otros en respuesta a la oración
de su Señor “para que todos sean uno” (Jn. 17:21).
Esta unidad amorosa no se expresaba sólo pasando tiempo juntos en comunión
espiritual, sino también por medio de un dar sacrificado para satisfacer las necesidades
físicas entre ellos. Ellos “tenían en común todas las cosas; y vendían sus propiedades y sus
bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno” (vv. 44–45). Esto no era una
forma temprana de comunismo sino un compartimiento voluntario y generoso de los
recursos que tenía lugar cada vez que surgía una necesidad específica. Lo que
probablemente hizo manifiestas las necesidades en aquel tiempo fue que judíos de todas las
naciones habían estado visitando Jerusalén para la fiesta de Pentecostés (Hch. 2:5), y
muchos de ellos que habían llegado a ser cristianos permanecieron en Jerusalén para
aprender de los apóstoles y para tener comunión con la iglesia. Algunos de ellos, sin duda,
se quedaron sin trabajo desde ese momento, lejos de sus hogares o privados de su relación
con sus familias (o ambas cosas).
Los creyentes que estaban en mejor posición económica vendían las propiedades y las
posesiones que no necesitaban y daban libremente el dinero a aquellos que eran menos
afortunados. En el mundo del siglo XXI, mucho de lo que tenemos son cosas que no
necesitamos; ¡pero muchos de nosotros encontramos tremendamente difícil renunciar a
nada por los demás! Los sacrificios hechos por los primeros cristianos eran una indicación
de que Dios estaba obrando entre ellos y de que ellos eran una verdadera iglesia.
Cualquier verdadera iglesia de hoy exhibirá el mismo tipo de interés por las necesidades
de sus miembros. El amor de Cristo y el poder del Espíritu Santo persuadirán al pueblo de
Dios a dar generosamente para este propósito, de tal manera que ninguna iglesia será jamás
capaz de hacer caso omiso de las necesidades económicas legítimas o físicas de su gente.
Tampoco podría una verdadera iglesia relegar su “fondo de diaconía” a una minúscula
fracción de su presupuesto (que existe sólo con el propósito simbólico de desviar las
críticas de sobre los líderes). El hecho es que, una buena manera de probar el calibre de una
iglesia determinada es averiguar cuanto dinero han asignado para el cuidado de los
necesitados (si es que lo han asignado) y qué relación tiene esta cantidad con el presupuesto
global.
Nosotros estamos agradecidos de que nuestras iglesias tienen unos fondos considerables
dedicados para los ministerios de misericordia, y de que ningún miembro con una
necesidad legítima es rechazado sin recibir ayuda. Pero conocemos de muchas iglesias
jóvenes y en crecimiento que no han designado ninguna cantidad de dinero para ese
propósito porque están centrados en un proyecto de edificación, el aumento de su personal
pastoral, y otras actividades que han tomado la prioridad en este momento.
Eso no debería de suceder. Dios ordena claramente a la iglesia que cuide de las
necesidades de sus miembros. Este mandamiento está explícito e implícito a lo largo de las
muchas referencias que hay en los dos Testamentos al interés de Dios por los pobres y los
necesitados. También está implícito en el tema dominante de la familia que la Escritura
emplea continuamente con respecto a la comunidad cristiana. Se hace referencia a la iglesia
como la familia de Dios en 1 Timoteo 3:15; las Escrituras se refieren a Dios repetidamente
como nuestro Padre; y el término más común usado en referencia a los cristianos en el
Nuevo Testamento es adelphos, que significa “hermano” (o “hermanos” en su forma
plural). Se utiliza más de trescientas veces para referirse a otros creyentes, y el significado
de ese hecho para nuestra discusión es que debemos cuidar de nuestros hermanos y
hermanas espirituales de la misma manera que cuidamos de nuestra familia física. Sin duda,
muchos de nosotros vaciaríamos nuestras cuentas bancarias antes de permitir que nuestras
madres o nuestros hermanos pasasen hambre o tuviesen que seguir adelante sin un
tratamiento médico necesario, y deberíamos tener la misma actitud hacia nuestros hermanos
y hermanas en Cristo.
1 Timoteo 5:8 dice: “si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su
casa, ha negado la fe, y es peor que un incrédulo”. Este versículo se está refiriendo
específicamente a la familia física de una persona. No obstante, en el contexto, la
aplicación de su verdad se extiende también hacia nuestra familia espiritual porque se le
ordena a la iglesia proveer para las necesidades de las viudas que no pueden proveer para sí
mismas. Así que una buena iglesia cuida de sus viudas y otros miembros que están en
necesidad.

Un Interés por Aquellos que Están Fuera del Cuerpo de Cristo


Hechos 2:47 dice que la iglesia primigenia estaba “teniendo favor con todo el pueblo. Y el
Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos”. En el libro de Hechos, el
término griego para “pueblo” (laos) con mucha frecuencia se refiere a los habitantes no
salvos de un área concreta (cf. 4:1–10). De esa manera, en este versículo, es probablemente
una referencia general a la población judía no creyente de Jerusalén. Por supuesto, “los que
iban siendo salvos” (LBLA) eran anteriormente incrédulos que habían venido a Cristo por
el mensaje del Evangelio. Por esto sabemos que la iglesia en Jerusalén estaba teniendo un
impacto tremendo en el mundo que les rodeaba, y sin duda ese impacto fluía de un gran
amor por sus vecinos no salvos.
En nuestras iglesias de hoy no podemos esperar necesariamente la aprobación de los
incrédulos en nuestras comunidades (el propio favor de que disfrutó la iglesia de Jerusalén
no duró mucho tiempo), y nosotros tampoco podemos esperar que Dios esté añadiendo
convertidos a nuestras congregaciones cada día. Pero podemos ser como los primeros
cristianos al proclamar amorosa y fielmente el Evangelio al mundo que nos rodea. Una
buena iglesia estará haciendo esto siempre.
Como dice John MacArthur, “¡Para muchos cristianos, lo más cerca que están de
penetrar en su comunidad es conduciendo a la iglesia en un coche que tiene un adhesivo de
un pez en el parabrisas trasero!” Y desafortunadamente, lo más que algunas iglesias se
acercan al evangelismo es hablando de ello de vez en cuando o teniendo un culto de
“avivamiento” al cual asisten casi exclusivamente sus propios miembros. No obstante, una
iglesia verdaderamente bíblica enfatizará repetidamente la necesidad del evangelismo y
equipará a sus miembros regularmente para hacerlo (cf. Mat. 28:19–20; 1 Tes. 1:8). Así que
una manera de evaluar una iglesia es inquirir sobre cuántas profesiones de fe han tenido en
el último año, o cuántas personas que previamente no asistían a ninguna iglesia se han
hecho miembros. En nuestra experiencia, hemos encontrado numerosas iglesias que son
muy sólidas en doctrina, pero que raramente llevan personas a Cristo. Sin duda, esto no
agrada a nuestro Señor Jesús, el cual vino a buscar y a salvar a los perdidos, y nos mandó
hacer discípulos de todas las clases de personas (Mt. 28:18–20).
¡No Digas Sí a una “No-Iglesia”!
En su libro Handbook of Church Discipline [Manual de Disciplina Eclesiástica], Jay
Adams acuñó un término para las iglesias que rehusan practicar la disciplina eclesiástica
incluso después de una repetida instrucción y exhortación. Adams dice que “deberíamos
declararlas “no-iglesias” ya que no trazan una línea entre el mundo y la iglesia practicando
la disciplina”. “No-iglesia” es un término muy fuerte, pero es apropiado, porque no importa
con qué frecuencia un grupo de personas se llaman a sí mismas una iglesia, no significa
nada si no están funcionando como una iglesia, según las instrucciones de Dios. El Club
Rotario local podría decidir llamarse a sí mismo una iglesia, ¡pero eso no lo haría una
iglesia! Lamentablemente, muchas de las opciones que afrontan los creyentes de hoy al
buscar un lugar de comunión caen en la categoría de “no-iglesia”. Definitivamente caen en
esa categoría si no están caracterizados por las cualidades esenciales que hemos tratado en
este capítulo. Así que estamos obligados bíblicamente a escoger una iglesia que demuestra
una devoción por la enseñanza de los apóstoles, que tiene un enfoque centrado en Dios, y
un interés amante por las necesidades de la gente.
Esa clase de iglesia refleja el carácter del cuerpo descrito en Hechos 2, que tanto
agradaba a Dios y que fue usado por Él de una manera tan enorme. Un comentarista resume
lo que hemos estado tratando de esta manera:
Los versículos 43–46 dan un retrato ideal de la joven comunidad cristiana, dando
testimonio de la presencia del Espíritu en los milagros de los apóstoles,
compartiendo sus posesiones con los necesitados que había entre ellos,
compartiéndose a sí mismos en la intimidad de la mesa de su comunión. Su vida
común estaba marcada por la alabanza a Dios, el gozo en la fe, y la sinceridad de
corazón. Y en todo ello, experimentaban el favor de los no-creyentes y las
bendiciones continuadas del crecimiento dado por Dios. Fue un tiempo ideal, casi
de felicidad absoluta marcado por el gozo de su vida juntos y la calidez de la
presencia del Espíritu entre ellos. Casi podría describirse como “la edad de la
inocencia” de la iglesia primigenia. La narrativa subsiguiente de Hechos mostrará
que no permaneció siempre así. La sinceridad algunas veces cedió su lugar a la
deshonestidad, el gozo fue emborronado por divisiones en la comunión, y el favor
de la gente fue ensombrecido por las persecuciones de los oficiales judíos. Las
reseñas de Lucas presentan un ideal para la comunidad cristiana a la cual ha de
aspirar siempre, regresar constantemente, y descubrir de nuevo, si quiere tener esa
unidad de espíritu y propósito esencial para un testimonio efectivo.

Preguntas para la plática y aplicación:


1. ¿Sobre qué base escogiste tú la iglesia a la que ahora asistes? ¿Qué fue
importante para ti cuando hiciste esa elección, y qué no fue tan importante?

2. ¿Por qué es la enseñanza de la Palabra de Dios tan importante en una iglesia?


¿Cómo se relaciona con los otros ministerios en una iglesia?
3. Con una actitud humilde y constructiva, evalúa tu iglesia basado en la lista de
características de una iglesia “centrada en Dios” frente a una iglesia “centrada
en el hombre” en las páginas 45–48. ¿Qué está haciendo bien tu iglesia, y cómo
piensas que podría estar más “centrada en Dios”?

4. ¿De qué manera se están extendiendo las personas de tu iglesia hacia los
cristianos necesitados? ¿De qué manera se están extendiendo hacia las personas
que no son cristianas? Y, ¿cómo puedes involucrarte tú en esa clase de
ministerios?
4
Relacionándonos con los Líderes de la Iglesia

A lo largo de todo el Antiguo Testamento, Dios proveyó líderes para Su pueblo Israel, y el
bienestar de aquella nación dependía en buena parte de la efectividad de sus líderes (cf. Pr.
29:12). La manera en que la gente respondía a sus líderes era también un factor
significativo respecto a si la nación sería bendecida o juzgada por Dios. En 1 Crónicas
16:22, Dios le dijo a las naciones paganas que rodeaban a Israel: “No toquéis a mis
ungidos, ni hagáis mal a mis profetas” (LBLA). Lamentablemente, el propio pueblo de
Dios con frecuencia se volvió contra sus líderes, trayendo así condenación sobre sí mismos.
Nehemías 9:26–27 dice: “Pero te provocaron a ira, y se rebelaron contra ti, y echaron tu ley
tras sus espaldas, y mataron a tus profetas que protestaban contra ellos para convertirlos a
ti, e hicieron grandes abominaciones. Entonces los entregaste en mano de sus enemigos, los
cuales los afligieron”.
Dios también ha instituido posiciones de liderazgo dentro de la iglesia del Nuevo
Testamento, y está profundamente interesado en que sean reconocidas y mantenidas de la
manera que Él ha prescrito en la Escritura. También tiene un gran interés en que los
miembros de cualquier iglesia local entiendan y vivan los principios bíblicos que tienen que
ver con su relación con sus líderes. Lamentablemente, en relación con este asunto, muchas
iglesias están caracterizadas por extremos no-bíblicos.
Uno de los extremos es una negación absoluta o una ignorancia de la necesidad de una
correcta estructura de autoridad en la iglesia, y otro de los extremos es un autoritarismo
esclavizante que deja lisiado el cuerpo. Como escribe un autor:
En los círculos evangélicos de hoy estamos siendo testigos del abuso de la autoridad
en dos direcciones. Hay, por un lado, una abdicación de la autoridad de la iglesia
por parte de algunos. Teniendo que afrontar el espíritu individualista y “anti-ley” de
nuestros tiempos, algunos oficiales de la iglesia cobardes rehusan ejercer la
supervisión bíblica que les ha sido confiada por Cristo. En muchos círculos la
predicación autoritativa y la disciplina eclesiástica correctiva están notoriamente
ausentes. Igualmente peligrosa, no obstante, es la tendencia por parte de otros a
reaccionar de forma exagerada contra tal relajación. Los líderes de la iglesia pierden
de vista la delgada línea que existe entre la virtud del consejo y la guía bíblicos, y el
vicio de un control usurpador de la conciencia. Los pastores sabios reconocen que
los parroquianos que emergen del caos social, moral y doméstico de la sociedad
moderna necesitan orden y estructura en sus vidas. En vista de la lucha del cristiano
con la incertidumbre y la confusión de vida en un entorno poscristiano, los pastores
vigilantes del rebaño de Dios ven la necesidad de una dirección y una previsión
firmes. Pero al batallar con estos desafíos, los supervisores piadosos pueden
ensombrecer en las mentes de sus seguidores la distinción entre la Palabra de Dios y
la palabra del hombre y sin darse cuenta cambiar el patrón de la voluntad de Dios
reflejado en la Biblia por pronunciamientos humanos. El consejo se convierte en
control, el control se convierte en coacción, y la coacción se convierte en tiranía
sobre la conciencia. La libertad cristiana es erosionada mientras los laicos se van
enamorando más y más de los decretos de los ancianos y de los mandamientos de
hombres. Todo ello tiene la apariencia de sabiduría, pero representa un camino
resbaladizo hacia la esclavitud.
Ambos extremos ocurren con frecuencia y son una lamentable posibilidad en cualquier
congregación. Los líderes de la iglesia son ciertamente responsables de asegurarse de que
no ocurre ninguno de ellos, pero también lo son los miembros del cuerpo. De hecho, para
que la estructura de autoridad de una iglesia funcione como Dios se ha propuesto, cada
miembro debe ser consciente de sus responsabilidades hacia los líderes y tratar de
cumplirlas diligentemente (cf. 1 Cor. 12:12–30).
Un versículo que habla clara y directamente con respecto a este asunto de nuestra
relación con los líderes de la iglesia es Hebreos 13:17: “Obedeced a vuestros pastores, y
sujetaos a ellos; porque ellos velan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta;
para que lo hagan con alegría, y no quejándose, porque esto no os es provechoso”.
El autor de Hebreos, por la inspiración del Espíritu Santo, resume nuestras
responsabilidades hacia los líderes diciendo que necesitamos reconocer su autoridad y
ayudarles a disfrutar su ministerio. Un entendimiento riguroso de los mandamientos que se
hallan en este versículo y otras referencias que los desarrollan, nos proveerán una
descripción completa de la relación que Dios quiere que tengamos con aquellos que Él ha
puesto sobre nosotros.

Reconociendo la Autoridad de los Líderes


La primera mitad de Hebreos 13:17 nos impone la obediencia y la sumisión a nuestros
líderes, y luego nos provee algún incentivo para poner en práctica esas virtudes.

El Mandato de Obedecer
“Obedeced a vuestros pastores”, nos dice el autor inspirado. Obedecer a Dios y a las
autoridades ordenadas por Él es un tema común en el Nuevo Testamento, pero la palabra
griega “obedecer” (peitho) no es el término más comúnmente usado para esa idea. Debido a
eso, y debido a que es usada tan cerca de la palabra “someteos,” tiene un matiz muy
significativo. En el sentido y en la voz verbal usados aquí, significa literalmente “ser
persuadidos continuamente”. Siempre es usado en referencia a una proclamación verbal o
un argumento, y por ello, la idea, obviamente, es que se requiere de nosotros que
permitamos que la enseñanza y el consejo de nuestros líderes sean muy persuasivos en
nuestros corazones y en nuestras vidas.
El escritor de Hebreos probablemente escogió esta palabra para hacerse eco
intencionadamente de una afirmación que había hecho anteriormente en el mismo capítulo.
El versículo 7 dice: “Acordaos de vuestros pastores, que os hablaron la palabra de Dios;
considerad cuál haya sido el resultado de su conducta, e imitad su fe”. Allí estaba
hablando de la responsabilidad de los creyentes de aferrarse a la enseñanza de sus
anteriores líderes (que ahora probablemente ya habían muerto), como algo opuesto a
dejarse “llevar de doctrinas diversas y extrañas” (v. 9). El versículo 17 ordena a los
cristianos que reciban las palabras de sus líderes actuales con el mismo vigor y fidelidad.
No obstante, la palabra “obedecer” en el versículo no sólo denota una recepción
voluntaria de la enseñanza y el consejo. También lleva una innegable connotación de
conformidad a las instrucciones. Está claro que el verbo griego es usado de esa manera en
otros lugares. Santiago 3:3 dice que “He aquí nosotros ponemos freno en la boca de los
caballos para que nos obedezcan” (peitho).
Pero lo que es más importante, la palabra griega traducida como “pastores” es
hegoumenois, que es usada 24 veces en el Nuevo Testamento (normalmente traducida
como “gobernador”) para referirse a autoridades seculares, tales como Pilato y Félix. De
ahí que en sus tres usos en el libro de Hebreos (13:7, 17 y 24), la versión Reina Valera
Actualizada la traduzca correctamente como “vuestros dirigentes”.
Este mandamiento de obedecer a nuestros líderes contiene un inequívoco énfasis sobre
la autoridad de sus palabras en nuestras vidas, pero ¿significa eso que se nos demanda
obedecer incuestionablemente cualquier cosa que ellos nos digan que hagamos? No, según
la tercera epístola de Juan. El apóstol, de hecho, le dice a su amigo Gayo que desobedezca a
Diótrefes, el cual era un líder debidamente designado o elegido en la iglesia. Juan dice que
“Diótrefes, al cual le gusta tener el primer lugar entre ellos, no nos recibe. … no recibe a
los hermanos, y a los que quieren recibirlos se lo prohíbe, y los expulsa de la iglesia.
Amado, no imites lo malo, sino lo bueno. El que hace lo bueno es de Dios; pero el que hace
lo malo, no ha visto a Dios” (3 Jn. 9–11).
Según ese pasaje, Dios no quiere que obedezcamos a los líderes de la iglesia si ellos nos
dicen que hagamos lo malo; debemos obedecerles sólo cuando nos digan que hagamos lo
bueno. Si somos dirigidos hacia lo que es malo, entonces debemos responder como lo
hicieron Pedro y Juan a los judíos: “Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres”
(Hch. 5:29). Las siguientes preguntas nos ayudarán a determinar si debemos obedecer a
nuestros líderes en unas circunstancias concretas:
• ¿Es nuestra objeción un asunto de conciencia o meramente de preferencia? Si
estamos cuestionando si debemos seguir a nuestros líderes en un área concreta, debemos
preguntarnos por qué es esto así. Si, después de un estudio intenso y continuado, estamos
firmemente convencidos desde la Escritura que sus indicaciones no son bíblicas, entonces
tenemos buenas razones para seguir nuestras conciencias en lugar de sus palabras. No
obstante, hay que tener en cuenta que la evaluación de la conciencia está basada en el
conocimiento que nuestra mente posee (la palabra griega para conciencia significa “conocer
con”), así que las emociones o los sentimientos no son el factor determinante en tales
decisiones. Una opción concreta puede ser la correcta incluso si no nos “sentimos bien” en
cuanto a ella (y viceversa). Lamentablemente, en nuestra pecaminosidad, nuestras
emociones con frecuencia nos apartan de la obediencia en lugar de dirigirnos hacia ella.
También debemos tener mucho cuidado de no confundir las convicciones de nuestra
conciencia con nuestras preferencias. De hecho, es precisamente en los asuntos de
preferencia donde los líderes necesitan tomar decisiones con el propósito de que la iglesia
funcione sin complicaciones. Por ejemplo, los horarios de los cultos de adoración y la
elección de los estilos musicales en esos cultos son asuntos de preferencia sobre los cuales
sería imposible que todo el mundo en la congregación se pusiera de acuerdo. Nosotros sin
duda deberíamos ofrecer nuestra opinión a nuestros líderes sobre estos asuntos, pero salir
del culto antes de tiempo cada semana o negarse a cantar serían ejemplos de una
desobediencia impía que sólo fomentaría la desunión en el cuerpo.
• ¿Nos está llevando su liderazgo a pecar, o está haciéndonos afrontar nuestro pecado?
Sin duda deberíamos objetar si nuestros líderes ponen sobre nosotros unas cargas tales que
no podemos cumplir mandatos claros de las Escrituras, o si quieren que hagamos algo que
es expresamente contrario a la Palabra de Dios. Pero muchas veces parece que nuestras
objeciones a la enseñanza o a las normas de la iglesia surgen simplemente porque somos
criaturas caídas y pecaminosas, que tienen la tendencia a resistir cualquier autoridad en
nuestras vidas. (La adoración a la autonomía y la independencia en nuestra cultura tampoco
nos ayuda a luchar contra esa tendencia.) O puede ser que Dios está obrando por medio de
nuestros líderes para sacar a la luz algún área en nuestras vidas que necesita crecimiento, y
nuestra pecaminosidad está resistiéndose al cambio en esa área.
Un ejemplo de una objeción infundada al liderazgo de la iglesia es el asunto de la
membresía que analizamos en el capítulo 2. Simplemente no hay buenas razones bíblicas
para rehusar unirse a una buena iglesia local, y hay unos beneficios tremendos en ser una
parte comprometida de un cuerpo de creyentes. Pero incluso algunos cristianos sinceros a
menudo se irritan cuando son confrontados por sus líderes sobre la necesidad de dedicarse a
la iglesia de esa manera. Cuando nosotros nos encontramos resistiendo a nuestros líderes
por alguna razón que no sea una convicción bíblica, haríamos bien en prestar atención a las
palabras del apóstol Pablo a los Gálatas: “Vosotros corríais bien; ¿quién os estorbó para no
obedecer a la verdad? Esta persuasión no procede de aquel que os llama” (Gál. 5:7–8).
• Finalmente, ¿están los líderes promulgando mandamientos o simplemente ofreciendo
consejo? Debido al énfasis textual sobre la autoridad en este mandato a obedecer a nuestros
líderes, podemos entender que es principalmente con respecto a los requisitos que ellos
ponen sobre nosotros. Estos pueden incluir (entre otras cosas) la responsabilidad hacia los
deberes bíblicos, el permiso para involucrarse en ministerios particulares, y asuntos de
protocolo necesarios para la administración ordenada de la iglesia. Lo que Hebreos 13:17
no demanda es que obedezcamos, ni tan siquiera estemos de acuerdo con las sugerencias
proferidas por nuestros líderes. Como explicaremos detenidamente más adelante, estaría
mal que nosotros permitiéramos que nuestros líderes pensaran todas las cosas por nosotros.
Con frecuencia sería bueno preguntarles si se espera de nosotros que “seamos persuadidos”
por sus palabras. ¿Están diciendo: “Nosotros pensamos que deberías hacer esto,” o, “Tú
tienes que hacer esto”?
Eso no significa que el consejo de nuestros líderes no es importante. Por el contrario,
Dios les ha dotado de habilidades especiales y experiencia, capacitándoles para proveer una
perspicacia crucial de la que nosotros carecemos muchas veces. Proverbios 15:22 dice que
“Sin consulta, los planes se frustran, pero con muchos consejeros, triunfan” (LBLA). Y
Proverbios 20:18 nos exhorta: “Los proyectos con consejo se preparan, y con dirección
sabia se hace la guerra” (LBLA). La Escritura no sólo nos ordena obedecer las directrices
de nuestros líderes en cuanto al dogma, también se nos ordena considerar muy
cuidadosamente el consejo que ellos nos ofrecen.

El Mandato a Sujetarse
Hebreos 13:17 no sólo dice que debemos obedecer a nuestros líderes, sino también que
debemos “sujetarnos a ellos”. Esta es la única ocasión en la Biblia en que aparece la palabra
griega (hupeikete), pero sabemos que la raíz de la palabra (eiko) significa “ceder” o “poner
debajo”. También sabemos que en el griego clásico la palabra se usa a menudo para indicar
sumisión a la autoridad. Por lo tanto, el significado básico de la palabra no es muy diferente
de la palabra “obedecer”. Entonces, ¿por qué la utiliza el autor de Hebreos? ¿Está
repitiendo el mismo mandamiento con una palabra nueva, o hay una diferencia de
significado en los dos mandamientos?
La respuesta se encuentra en el hecho de que la palabra griega traducida como
“obedeced” está en la voz media, que le da el sentido pasivo de “dejaos persuadir”. Pero la
palabra traducida como “sujetaos” es un verbo activo (en el tiempo presente), que indica
que debemos dedicarnos de manera diligente y continuada al proceso de “ponernos a
nosotros mismos bajo” nuestros líderes. Sin duda el Señor comprende que nuestra
tendencia es tomar una actitud pasiva respecto a nuestros líderes, respondiendo a ellos sólo
cuando ellos esperan algo de nosotros o cuando un líder en concreto “se cruza por nuestro
camino” de alguna manera. Pero Él quiere que tomemos una actitud activa con respecto a la
sumisión, con la cual busquemos constantemente estar más sujetos, o mejor sujetos, a
nuestros líderes.
¿Cómo podemos obedecer este mandamiento? ¿A qué se parece la sumisión bíblica a
los líderes? En primer lugar, 1 Tesalonicenses 5:12–13 es un pasaje que nos provee algunas
respuestas. Allí Pablo dice: “Os rogamos, hermanos, que reconozcáis a los que trabajan
entre vosotros, y os presiden en el Señor, y os amonestan; y que los tengáis en mucha
estima y amor por causa de su obra. Tened paz entre vosotros”. Señalar lo más destacado de
este texto nos ayudará a entender la naturaleza de la sumisión piadosa.
• “Conoce” a tus pastores. La palabra griega traducida como “reconozcáis” (eidenai)
literalmente significa “conocer”, así que su significado aquí podría entenderse de varias
maneras diferentes. Tal vez Pablo simplemente quiere decir que debemos reconocer su
autoridad (cf. 1 Cor. 16:18) o que debemos reconocer a aquellos que lideran entre nosotros
y que les demos una posición acorde con su ministerio (en otras palabras, que designemos
líderes). Pero la traducción de Reina-Valera probablemente recoge el verdadero significado
de la apreciación, como escribe un comentarista:
Parece obvio que habían surgido algunos sentimientos de tensión y malentendidos
entre los miembros y sus líderes. Los miembros aparentemente no habían apreciado
ni entendido correctamente la naturaleza y función de sus líderes. Por lo tanto…
necesitaban llegar a conocer la dignidad de sus líderes. No debían permanecer en la
ignorancia con respecto a sus líderes, sino que después de reflexionar sobre ello
deberían llegar a un entendimiento pleno de su verdadero carácter y su obra.
• “Piensa lo mejor posible de ellos”. Pablo dice que debemos tenerlos “en mucha
estima”, pero la traducción ni siquiera se acerca al significado pleno del texto original.
“Mucha” podría traducirse como “abundantemente fuera de todo límite, por encima de
cualquier medida” porque es una palabra compuesta que agrupa tres preposiciones griegas
con el propósito de hacer énfasis. También es muy probable que este mandato incluya la
idea de una manifestación externa de ese gran respeto, ya que viene a continuación de un
mandato similar que denota un respeto interno por los líderes. Así que Pablo no sólo está
diciendo que debemos “pensar lo mejor posible de ellos,” sino también que debemos
“¡tratarles como reyes!” Si queremos someternos activamente a los líderes de nuestra
iglesia, debemos relacionarnos con ellos como lo haríamos con algún alto dignatario.
Puede surgir la pregunta: “¿Cómo puedo pensar tan altamente de mis líderes y mostrar
tanto respeto hacia ellos cuando ellos cometen tantos errores?” Otra pregunta sería: “¿Y
qué pasa si a mí no me gusta un pastor en concreto? ¿Cómo puedo respetar a alguien que no
me gusta?” Pero Pablo se anticipa a esas preguntas diciendo que nosotros debemos tenerles
“en mucha estima y amor por causa de su obra”. La motivación para nuestra sumisión,
según Pablo, no son nuestros gustos personales hacia los líderes, sino el deseo de obedecer
a Dios al amarles a ellos, y la comprensión de la posición de ellos ante el Señor. Como
explica Leon Morris:
Él quiere que ellos sean amados, y no que se piense en ellos como la fría voz de la
autoridad. El amor es la actitud cristiana característica hacia el hombre, y esto debe
mostrarse dentro de la iglesia. Esto es así especialmente en relaciones como las
existentes entre los gobernantes y los gobernados, las cuales, entre otros grupos de
personas son propensas a ser formales y distantes. El amor cristiano, agape, no es
un asunto de gustos personales,… y es en consonancia con esto que Pablo dice
expresamente que ellos han de estimar a sus líderes en amor “por causa de su obra”.
Lo que importa es el bien de la iglesia. No se puede esperar que la iglesia haga su
obra de manera efectiva si los líderes no están siendo apoyados lealmente por sus
fieles. Es un hecho que muchas veces somos lentos para comprender que el
liderazgo efectivo en la iglesia de Cristo hasta este día demanda unos seguidores
efectivos. Si continuamente somos críticos con aquellos que están puestos por
encima de nosotros, no nos debe asombrar que ellos sean incapaces de realizar los
milagros que les demandamos. Si tenemos en cuenta “por causa de su obra”
podemos estar más dispuestos a tenerles en mucha estima con amor.
• No pelees con ellos. Pablo termina sus exhortaciones con respecto a nuestra sujeción a
los líderes con el mandato: “Tened paz entre vosotros”. La paz es la ausencia de conflictos,
por supuesto, y tanto los líderes como los miembros de la iglesia deben trabajar duro para
mantenerla si la iglesia ha de glorificar a Dios. No obstante, la ausencia de conflictos no es
sinónimo de acuerdo. Nosotros podemos estar en desacuerdo con nuestros líderes en varios
asuntos sin crear conflictos, en tanto en cuanto mantengamos nuestras opiniones con una
humildad y con una gentileza piadosas (cf. Pro. 18:2; 19:27; Ef. 4:15; Col. 4:6). Esta clase
de actitud dice: “En este momento yo no estoy de acuerdo contigo sobre este asunto, pero te
respeto y quiero entender mejor tu pensamiento”.
Lo creas o no, nosotros podemos incluso ser capaces de desobedecer sin crear
conflictos. Puede haber lugar para la interpretación de algunas reglas de la iglesia, y si
nosotros explicamos que no podemos seguirlas porque nuestra conciencia nos dicta lo
contrario, los líderes pueden permitir una excepción.
Jay Adams resume muy bien estas ideas:
Un miembro puede rehusar someterse a sus líderes sólo después de mucho cuidado
y una buena disposición para ser enseñado y corregido por ellos después de que
estos le explican la Palabra de Dios. Y entonces puede hacerlo sólo si está
plenamente convencido de que los líderes no han logrado basar su caso en las
Escrituras. No puede rehusar someterse a la autoridad debido a diferencias
personales ni debido a ningún conflicto de otro tipo. Debe recordar siempre que la
autoridad a la que se somete no es la de ellos, sino que es la autoridad de Cristo…
Incluso en aquellas ocasiones excepcionales en las cuales se puede encontrar
básicamente en desacuerdo con el liderazgo de la iglesia, un miembro debe tener
mucho cuidado con la manera en que difiere. No debe hacerlo con un espíritu
rebelde ni independiente. Esas diferencias deben presentarse con un espíritu de
pesar y con una disposición a trabajar por llegar a una posición de acuerdo bíblica
(Filipenses 4:2: “que se pongan de acuerdo en el Señor” LBLA).
Por ejemplo, un caso podría surgir cuando un maestro de la Escuela Dominical cree con
un convencimiento basado en las Escrituras que los materiales que le han pedido que use
están en error y son un peligro para sus alumnos. Este miembro debería compartir sus
inquietudes con los líderes de la iglesia y tratar de ayudarles a entender mejor el asunto. Tal
vez ellos deberían ver el peligro y dejar de usar esos materiales. Pero si no lo hacen, un
espíritu de mansedumbre y humildad por parte de todos los implicados debería dar lugar a
una resolución que no cause una división en el cuerpo. El maestro podría saltarse o
modificar aquellas secciones del material con permiso de los líderes, o podría buscar otro
lugar para servir donde su conciencia no fuese obstaculizada.
Lamentablemente, algunos cristianos tienen una dificultad tremenda para exhibir una
actitud piadosa cuando están en desacuerdo con otros en la iglesia. Para ellos, demostrar
que tienen razón es más importante que la unidad en el cuerpo, así que agitan su superior
“sabiduría” y “entendimiento” como un mazo contra sus “enemigos”. Santiago 3:13–18 fue
escrito para tales personas:
¿Quién es sabio y entendido entre vosotros? Muestre por la buena conducta sus
obras en sabia mansedumbre. Pero si tenéis celos amargos y contención en vuestro
corazón, no os jactéis, ni mintáis contra la verdad; porque esta sabiduría no es la que
desciende de lo alto, sino terrenal, animal, diabólica. Porque donde hay celos y
contención, allí hay perturbación y toda obra perversa. Pero la sabiduría que es de lo
alto es primeramente pura, después pacífica, amable, benigna, llena de misericordia
y de buenos frutos, sin incertidumbre ni hipocresía. Y el fruto de justicia se siembra
en paz para aquellos que hacen la paz.

La Importancia de la Autoridad en la Iglesia


Según el autor de Hebreos continúa su breve exposición de nuestra necesidad de reconocer
la autoridad de nuestros líderes, hace una pausa para explicar por qué es tan necesaria esta
autoridad. Dice que deberíamos someternos a ellos porque “ellos velan por vuestras almas,
como quienes han de dar cuenta”. La imaginería que está detrás de esta afirmación
probablemente viene de Ezequiel 3:16–21, donde Dios llama al profeta un “atalaya a la
casa de Israel”. Si Ezequiel hablaba la Palabra del Señor al pueblo, estaba absuelto de toda
responsabilidad por la mala conducta de ellos; pero si dejaba de advertirles contra su
pecado, él mismo sería castigado. O como le dijo Dios al profeta, con respecto a un hombre
que no había sido advertido, “su sangre demandaré de tu mano”.
Esta imaginería subraya la grave responsabilidad que Dios ha encomendado a los
líderes de una iglesia, pero también revela la tremenda necesidad de su ministerio. Los
creyentes, como “la casa de Israel”, tenemos la necesidad de atalayas que nos adviertan de
los enemigos invasores del alma que hacen la guerra contra nuestra pureza o nos roban
nuestro gozo. Con mucha frecuencia nosotros no alcanzamos a ver cómo se acercan esos
enemigos, pero nuestros líderes, que están mejor equipados que nosotros, pueden ayudarnos
a reconocer su presencia y a luchar contra ellos de una manera más efectiva. Esos enemigos
podrían incluir la enseñanza falsa, las decisiones equivocadas, y las relaciones rotas. Los
líderes de la iglesia han sido ordenados y dotados por Dios para batallar contra esos males a
favor nuestro (cf. Ef. 4:11–14; Gál. 6:1–6; Mat. 18:15–17).
Ayudando a los Líderes a Tener Gozo en su Ministerio
Muchos cristianos están familiarizados hasta cierto punto con los dos primeros
mandamientos de Hebreos 13:17 (obedecer y someterse a los líderes), pero muy pocos
están al corriente del tercer mandamiento. El escritor dice con respecto al ministerio de
nuestros líderes de velar sobre nuestras almas: “para que lo hagan con alegría, y no
quejándose”. La idea en ese mandamiento, especialmente a la luz de la gramática griega, es
que nuestra relación con los líderes debería permitirles disfrutar verdaderamente de su
gobierno en el cuerpo.

Cómo Traerles Gozo


Ciertas actividades de los miembros de la iglesia tienen la garantía de traer gozo al corazón
de cualquier líder sincero. A continuación hay una lista que en ningún modo es exhaustiva
pero que puede resultar muy útil para aquellos que quieren cumplir este importante
mandamiento para la gloria de Dios y el bien de la iglesia.
• Cree en Cristo. Cualquier líder que comprende la desafortunada pero inevitable
presencia de cizañas entre el trigo (Mat. 13:36–42) anhelará y orará por la verdadera
conversión de todo su rebaño. Le encantará saber que todo aquel que profesa a Cristo
también posee a Cristo (cf. Mat. 7:21–23), y se entusiasmará al saber de cualquier cambio
en las vidas de los miembros con respecto a su salvación o a su doctrina de la salvación.
Robert Murray McCheyne escribió en una ocasión:
Mientras caminaba por los campos, me vino el pensamiento, con un poder casi
sobrecogedor, de que pronto todos los miembros de mi rebaño estarían en el cielo o
en el infierno. Oh, cuánto deseé tener una lengua como un trueno para hacer que
todos escuchasen; oh, si tuviese una fortaleza como el hierro para poder visitar a
cada uno de ellos y decirle: “¡Huye por tu vida!” ¡Ah, pecadores! qué poco sabéis
cuánto temo que me echéis la culpa por vuestra condenación.
Pablo preguntó a los tesalonicenses: “Porque ¿cuál es nuestra esperanza, o gozo, o
corona de que me gloríe? ¿No lo sois vosotros, delante de nuestro Señor Jesucristo, en su
venida? Vosotros sois nuestra gloria y gozo” (1 Tes. 2:19–20).
• Anda en obediencia a Cristo. El apóstol Juan escribió a su amigo y discípulo Gayo:
“Pues mucho me regocijé cuando vinieron los hermanos y dieron testimonio de tu verdad,
de cómo andas en la verdad. No tengo yo mayor gozo que este, el oír que mis hijos andan
en la verdad” (3 Jn. 3–4). Pablo expresó pensamientos similares a sus hijos e hijas
espirituales en Tesalónica:
Pero cuando Timoteo volvió de vosotros a nosotros, y nos dio buenas noticias de
vuestra fe y amor, y que siempre nos recordáis con cariño, deseando vernos, como
también nosotros a vosotros, por ello, hermanos, en medio de toda nuestra
necesidad y aflicción fuimos consolados de vosotros por medio de vuestra fe;
porque ahora vivimos, si vosotros estáis firmes en el Señor. Por lo cual, ¿qué
acción de gracias podremos dar a Dios por vosotros, por todo el gozo con que nos
gozamos a causa de vosotros delante de nuestro Dios. (1 Tes. 3:6–9; cf. 2 Cor. 2:3;
7:4)
• Cultiva y preserva la unidad en el cuerpo. Pablo dijo a los filipenses: “Por tanto, si
hay alguna consolación en Cristo, si algún consuelo de amor, si alguna comunión del
Espíritu, si algún afecto entrañable, si alguna misericordia, completad mi gozo, sintiendo lo
mismo, teniendo el mismo amor, unánimes, sintiendo una misma cosa” (Fil. 2:1–2).
También elogió a Filemón por ser un ejemplo de un verdadero “pacificador” (cf. Mat. 5:9)
al decir: “Doy gracias a mi Dios, haciendo siempre memoria de ti en mis oraciones,
porque oigo del amor y de la fe que tienes hacia el Señor Jesús, y para con todos los
santos;… Pues tenemos gran gozo y consolación en tu amor, porque por ti, oh hermano,
han sido confortados los corazones de los santos” (Flm. 4–7).
• Ora por ellos. Como Aarón y Hur sostuvieron las manos de Moisés de tal manera que
él pudiese ministrar de manera efectiva al pueblo de Israel (Ex. 17:12), así mismo nosotros
podemos apoyar a nuestros líderes elevando peticiones a Dios en su favor. En 2 Corintios
1:10–11 Pablo escribió: “[Dios] nos libró, y nos libra, y en quien esperamos que aún nos
librará, de tan gran muerte; cooperando también vosotros a favor nuestro con la oración,
para que por muchas personas sean dadas gracias a favor nuestro por el don concedido a
nosotros por medio de muchos”.
• Exprésales amor y lealtad. En este último pasaje, Pablo también se está regocijando
debido al afecto que los tesalonicenses le habían expresado personalmente. Este tema
aparece frecuentemente en sus escritos, por ejemplo, en 2 Corintios 7:5–7, donde dice:
Porque de cierto, cuando vinimos a Macedonia, ningún reposo tuvo nuestro cuerpo,
sino que en todo fuimos atribulados; de fuera, conflictos; de dentro, temores. Pero
Dios, que consuela a los humildes, nos consoló con la venida de Tito; y no sólo con
su venida, sino también con la consolación con que él había sido consolado en
cuanto a vosotros, haciéndonos saber vuestro gran afecto, vuestro llanto, vuestra
solicitud por mí, de manera que me regocijé aun más.
Más tarde en el mismo capítulo repite el hecho de que tanto él como Tito recibieron gran
consuelo y gozo del afecto de los corintios (vv. 13–16).
• Busca su consejo y dirección. A la mayoría de los líderes no hay nada que les guste
más que proveer consejo oportuno o responsabilidad a su gente, pero muchos también
tienen que batallar con la frustración de no conocer lo que está sucediendo en nuestras
vidas. Tenemos que hacer un esfuerzo por compartir nuestro crecimiento y nuestras luchas
con ellos y darles oportunidades para ejercitar sus dones más plenamente. Una pregunta
específica que nos servirá para este y otros propósitos es: “¿Cómo piensas que puedo
serviros mejor a ti y a la iglesia?”
• Recibe su reprensión con gratitud. Proverbios 9:8 dice: “No reprendas al
escarnecedor, para que no te aborrezca; Corrige al sabio, y te amará.” Las ovejas sabias
amarán al pastor que las rescata cuando vagan lejos del redil, sabiendo que el propio Gran
Pastor reprende a Su rebaño (Heb. 12:5–11). John Brown escribió lo siguiente sobre los
hombres en su posición:
El puede recalcaros una verdad difícil de digerir; puede pronunciar reprensiones
cortantes; pero recordad que no tiene elección; recordad que es “un hombre bajo
autoridad.” Haceos la pregunta: ¿Ha dicho algo que Cristo no ha dicho? Si es así, no
le prestéis atención. Si no es así, no le culpéis; él simplemente ha desempeñado su
deber ante su Señor y ante vosotros; y recordad, en este caso no podéis hacer caso
omiso del siervo sin deshonrar al Señor. Si él ha sido designado para entreteneros,
para hablaros “palabras suaves”, vosotros podríais con razón criticarlo por sus
afirmaciones inflexibles y sus reprensiones cortantes. Pero él “vela por vuestras
almas.” Vuestro avance espiritual, vuestra salvación eterna, es su objeto; y por lo
tanto él no debe, para evitaros vuestros sentimientos, poner en peligro vuestras
almas. Sería una amabilidad cruel del médico, si con el propósito de evitaros un
pequeño dolor presente, permite que una enfermedad fatal fije sus raíces en vuestra
constitución, lo cual con el tiempo producirá un sufrimiento mucho mayor que el
que ahora se está evitando, y no sólo sufrimiento, sino la muerte.
• Cree lo mejor de su carácter y sus decisiones. Aunque siempre somos propensos a
darnos a nosotros mismos “el beneficio de la duda”, nuestra carne pecaminosa tiene una
fuerte tendencia a sospechar, a ser escépticos e incluso cínicos hacia los demás. Eso es
especialmente cierto con respecto a los líderes de la iglesia. Muchos miembros tienen el
hábito regular de disfrutar de “pastor asado” en su comida dominical, y cuando los líderes
toman decisiones difíciles se lanzan acusaciones sugiriendo que no se toman por el bien de
la iglesia sino por la ambición de los líderes.
Pero el amor bíblico, según 1 Corintios 13:7, “todo lo cree, todo lo espera”. Un
miembro amante pensará lo mejor acerca de sus líderes y confiará en ellos hasta que
algunas palabras o acciones claras le provoquen una preocupación legítima sobre la
sabiduría o los motivos de ellos. Y si eso sucede, se acercará a ellos humildemente con la
expectación de que ellos tendrán una buena explicación o cambiarán en respuesta a esa
preocupación afectuosa.
Un buen miembro también rehusará fomentar o incluso aceptar chismes de sus líderes.
1 Timoteo 5:19 dice: “Contra un anciano no admitas acusación sino con dos o tres
testigos”. Nuestro escepticismo natural no debería estar dirigido hacia nuestros líderes, sino
contra aquellos que los acusan o los difaman de alguna manera.
• Trabaja junto a ellos en el ministerio. Probablemente la mejor manera en que
podemos traer gozo a nuestros líderes es trabajando diligentemente en el servicio del Señor,
de tal manera que ellos no sientan la presión de mantener y edificar la iglesia por sí solos.
Su trabajo, según Efesios 4:12 ha de ser: “capacitar a los santos para la obra del ministerio,
para la edificación del cuerpo de Cristo” (LBLA). Por lo tanto, no es bíblicamente correcto
referirse a los líderes de la iglesia sólo como ministros. Realmente ellos han de ser
ministros para los ministros, que son los miembros de la iglesia. Como comenta Jay
Adams:
A cada miembro del rebaño, Cristo ha dado dones por medio de Su Espíritu y les ha
asignado que hagan tareas que son apropiadas para esos dones. Él ha provisto el
liderazgo con el propósito de ayudar a cada oveja a descubrir, desarrollar y hacer
uso de sus dones en maneras que contribuyen al bienestar de todo el rebaño y que
promueven Sus propósitos en este mundo. Y de acuerdo con las habilidades
otorgadas y el liderazgo requerido para su adecuado ejercicio, Él ha dado a cada
miembro autoridad para ministrar en Su nombre.
Este ministerio multilateral de los miembros debería incluir la enseñanza (Hch. 5:28; Col.
3:16–17), la orientación (Rom. 15:14), la “visitación” (Hch. 2:46; Stg. 1:27), la
administración (Hch. 6:1–6), y todos “los unos a los otros” del Nuevo Testamento. Esto
incluirá el dar generosamente, por supuesto, de tal manera que se puedan afrontar las
necesidades de los líderes que son sostenidos por la iglesia (cf. 1 Cor. 9:6–14); 1 Tim. 5:7–
18). Y también debería de incluir su participación en el propio liderazgo, por medio de
sugerencias útiles e incluso críticas constructivas que tienen el propósito de ayudar a la
iglesia a funcionar de una manera bíblica y ordenada.

Cómo Traerles Sufrimiento


Hebreos 13:17 dice que debemos ayudar a nuestros líderes a velar por nuestras almas con
gozo y “no quejándose”. La palabra griega para “quejarse” literalmente significa “gemir”.
Lamentablemente, ser la causa de que nuestros líderes giman llenos de decepción es un
peligro muy real debido a nuestra tendencia pecaminosa a centrarnos en nosotros mismos y
no en los demás. Nosotros podemos dificultar su ministerio y hacer que carezca de todo
disfrute, por supuesto, haciendo lo opuesto a las actividades enumeradas anteriormente.
• Entristecemos a nuestros líderes cuando somos indiferentes con respecto a la
salvación y dejamos de examinarnos con regularidad para ver si estamos en la fe
(2 Cor. 13:5).
• Les entristecemos cuando pecamos contra Cristo o dejamos de crecer en Él
como debiéramos.
• Les entristecemos cuando “nos mordemos y nos comemos unos a otros” (Gál.
5:15), y cuando sembramos discordia entre los hermanos (Pro. 6:19).
• Les entristecemos cuando no hacemos ningún esfuerzo por afirmar nuestro amor
por ellos ni por conocerles personalmente.
• Les entristecemos cuando buscamos consejo meramente entre nuestros amigos o
fuera de la iglesia, especialmente cuando lo hacemos en el ámbito de los impíos
(Sal. 1:1).
• Les entristecemos cuando respondemos a sus reprensiones afectuosas con
insultos o insensibilidad (Pro. 9:7).
• Les entristecemos cuando desconfiamos de sus motivaciones y les juzgamos
injustamente o demasiado apresuradamente (1 Cor. 4:1–5).
• Y finalmente, les entristecemos siendo “patatas de banco” que piensan que
nuestra única responsabilidad es calentar un asiento el domingo por la mañana.
La historia del pueblo de Dios está tristemente llena de ejemplos de entristecer a los líderes.
A lo largo de los libros de Éxodo y Números, Moisés estuvo repetidamente disgustado por
la obstinación y las quejas de los Israelitas. Incluso su momento más glorioso como siervo
del Señor, cuando recibió la Ley de la propia mano de Dios en el Monte Sinaí, quedó
arruinado por su regreso a un pueblo inmoral e idólatra que estaba adorando un becerro de
oro. El disgusto y la ira contra el pecado de su pueblo estallaron de una manera tan violenta
dentro de él que tiró las tablas, estrellando contra las rocas al pie de la montaña el regalo
más grande que había recibido jamás.
Sin duda, el ejemplo más conmovedor de un líder apenado fue Jeremías. El ha llegado a
ser conocido como “el profeta llorón”, porque escribió todo un libro de “Lamentaciones” y
porque pasó la mayor parte de su vida golpeado por el dolor a causa del estado espiritual de
su pueblo. A continuación podemos ver algunos de los pasajes que describen su dolor:
¡Alma mía, alma mía! Estoy angustiado, ¡oh corazón mío! Mi corazón se agita
dentro de mí. (Jer. 4:19 LBLA)
Mi tristeza no tiene remedio, mi corazón desfallece [en mí]. (Jer. 8:18 LBLA)
Por el quebrantamiento de la hija de mi pueblo estoy quebrantado; ando enlutado,
el espanto se ha apoderado de mí. (Jer. 8:21 LBLA)
Quien [me] diera que mi cabeza se hiciera aguas, y mis ojos fuente de lágrimas,
para que yo llorara día y noche por los muertos de la hija de mi pueblo. (Jer. 9:1
LBLA)

Arroyos de agua derraman mis ojos a causa de la destrucción de la hija de mi


pueblo. Mis ojos fluyen sin cesar, ya que no hay descanso hasta que mire y vea el
Señor desde los cielos. Mis ojos causan dolor a mi alma por todas las hijas de mi
ciudad. (Lam. 3:48–51 LBLA)
El profundo pesar de Jeremías estaba causado, por supuesto, por la incredulidad y la
desobediencia de Israel. Sin embargo, estaba causado más concretamente por el hecho de
que ellos no respondieron nunca a su enseñanza, consejo, ni reprensión, aunque él había
sido ordenado y designado por el Señor para liderarlos en esos caminos (Jer. 1).
Quiera Dios que usted nunca traiga ese pesar a los corazones de sus líderes, pues el
autor de Hebreos nos dice que “esto no sería provechoso para vosotros” (LBLA). El usa
una palabra comercial griega para “provechoso”, que se hace eco del mismo tipo de
terminología que usó cuando dijo que nuestros líderes “han de dar cuenta”. Así que su
argumento es que si nosotros no nos relacionamos con nuestros líderes de una manera que
agrade a Dios, sufriremos junto con ellos. El autor podía haber dicho “os estáis haciendo
daño a vosotros mismos”. O como ha escrito un comentarista: “Si dificultan la vida y el
ministerio de los líderes, ellos serán los que acabarán perdiendo”.
Por la gracia de Dios, podemos ser ganadores con respecto a nuestra relación con los
líderes de la iglesia, y podemos ayudarles a ganar la carrera a la que han sido llamados (1
Cor. 9:26–27). Pedro les dice a los líderes que corren bien la carrera: “Y cuando aparezca
el Príncipe de los pastores, vosotros recibiréis la corona incorruptible de gloria” (1 Ped.
5:4). Pero luego continúa en el siguiente versículo dirigiéndose a los miembros de una
iglesia: “Igualmente, jóvenes, estad sujetos a los ancianos; y todos, sumisos unos a otros,
revestíos de humildad; porque: Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes” (1
Pedro 5:5).

Preguntas para la plática y aplicación:


1. ¿Por qué es importante tener algún tipo de autoridad en la iglesia local? ¿Y qué
sucede en la familia, el trabajo y en la sociedad como un todo?

2. ¿Conoces personalmente a los líderes de tu iglesia? Si no los conoces bien, ¿de


qué maneras podrías familiarizarte más con ellos?
3. ¿Conoces cuál es la visión y las metas de los líderes de tu iglesia? ¿Lo
suficientemente bien como para explicárselo a alguien que visite la iglesia?
¿Qué le dirías a alguien que te preguntara qué es lo que está tratando de lograr tu
iglesia?

4. Pregúntale a tus líderes sobre la visión y las metas para los años venideros, y
cómo podrías tú ayudarles a alcanzar esas metas.

5
Cumpliendo Nuestras Funciones como Hombres y Mujeres

Un número reciente de la revista Time publicaba varios artículos documentando cómo la


investigación científica ha indicado que los hombres y las mujeres son naturalmente
diferentes unos de otros. El artículo principal incluía las siguientes observaciones:
Muchos científicos confían en equipos complejos y costosos para probar los
misterios que afronta la humanidad. No así Melissa Hines. La científica de la
ciencia de la conducta de la Universidad de California en Los Angeles espera
resolver uno de los enigmas más antiguos con una caja de juguetes llena de coches
de policía, Lincoln Logs, y muñecas Barbie… Hines y sus colegas han intentado
determinar el origen de las diferencias de género grabando en cintas de video las
carcajadas de deleite, el ceño fruncido de la concentración y múltiples decisiones
que hacen mientras juegan los niños de entre dos años y medio a ocho años de edad.
Aunque ambos sexos juegan con todos los juguetes disponibles en el laboratorio de
Hines, su trabajo confirma lo que la mayoría de padres (y muchas tías, tíos y
maestros de jardines de infancia) ya saben. Como grupo, los niños prefieren los
coches deportivos, los camiones de bomberos y los Lincoln Logs, mientras que las
niñas se sienten atraídas con más frecuencia a las muñecas y a los juguetes de
cocina…1
Durante la revolución feminista de los años 1970, hablar de las diferencias innatas
en el comportamiento de hombres y mujeres estaba claramente pasado de moda, era
incluso un tabú. … Según se argumentaba, una vez abolido el sexismo, el mundo
sería un lugar perfectamente equitativo, andrógino, aparte de unos pocos detalles
anatómicos. Pero la biología tiene una manera muy divertida de confundir las
expectativas. En lugar de desaparecer, la evidencia de las diferencias sexuales
innatas comenzó a aumentar…
Otra generación de padres descubrió que, a pesar de sus mejores esfuerzos por dar
pelotas de béisbol a sus hijas y juegos de costura a sus hijos, las niñas seguían
acudiendo a las casas de muñecas mientras que los niños trepaban a las cabañas en
los árboles.
La cubierta de aquella revista decía: “¿Por qué son diferentes los hombres y las mujeres?
No es sólo la educación. Los nuevos estudios muestran que nacen de esa manera”. Por las
Sagradas Escrituras nosotros sabemos que eso es cierto, y también sabemos que la razón
por la que nacemos diferentes es que Dios nos ha diseñado de esa manera para que
pudiésemos desempeñar funciones diferentes en Su plan. Por lo tanto, si nosotros como
hombres y mujeres queremos agradar a Dios con todo nuestro potencial, particularmente en
la arena de la iglesia local, debemos entender las funciones únicas para las que hemos sido
diseñados.
Este capítulo se centrará en los llamamientos que son enfatizados especialmente para
hombres y para mujeres en la Escritura, más que en las responsabilidades que ambos
comparten. También se centrará principalmente en sus respectivas funciones en la iglesia,
más que en el hogar o en la sociedad. Puesto que la iglesia y las relaciones dentro de ella
son una representación del carácter de Dios para el mundo que está observando (cf. Mat.
5:13–16; 1 Cor.14:23–25; Ef. 3:10), es esencial para el testimonio de cualquier
congregación que los hombres y las mujeres cumplan las funciones que les han sido
asignadas.
Además, si se pasa por alto o se tergiversa la voluntad de Dios con respecto a las
funciones de los hombres y de las mujeres en cualquier cuerpo local de creyentes, esa
iglesia simplemente no puede afirmar que está honrándole, a pesar de cualesquiera otras
cualidades de las que pueda presumir. Después de hablar de manera clara (y probablemente
impopular) sobre la conducta de las mujeres en las reuniones de la iglesia, el apóstol Pablo
dijo lo siguiente a los corintios: “Si alguno piensa que es profeta o espiritual, reconozca
que lo que os escribo es mandamiento del Señor. Pero si alguno no reconoce [esto,] él no
es reconocido” (1 Cor. 14:37–38 LBLA). Para que nosotros podamos ser reconocidos por
Dios como miembros obedientes de Su iglesia, debemos reconocer las funciones de los
hombres y las mujeres, cumplirlas en nuestras propias vidas, y ayudar a otros a conseguir
una mayor conformidad a ellas.

La Función de los Hombres en la Iglesia


Muchas veces a lo largo de la historia de Su pueblo, Dios ha sido descrito como queriendo
que los hombres cumplan las funciones que Él les ha designado:
El Señor ha buscado para sí un hombre conforme a su corazón. (1 Sam. 13:14
LBLA)

Recorred las calles de Jerusalén, y mirad ahora, e informaos; buscad en sus plazas,
a ver si halláis [algún] hombre, si hay quien haga justicia, que busque la verdad, y
yo la perdonaré. (Jer. 5:1 LBLA)
Busqué entre ellos alguno que levantara un muro y se pusiera en pie en la brecha
delante de mí a favor de la tierra, para que yo no la destruyera, pero no [lo] hallé.
(Ez. 22:30 LBLA)
Estos versículos y muchos otros similares indican que no es una exageración decir que el
bienestar del pueblo de Dios se alza y se viene abajo sobre sus hombres. Y como indica el
último versículo, la desafortunada ausencia de hombres que “se pongan en pie en la brecha”
es demasiado común. Las iglesias de hoy llegarán al nivel de su Señor sólo si tienen
hombres que sean líderes afectuosos, maestros eficaces, y ejemplos piadosos.

Líderes Bondadosos
El liderazgo sobre toda la iglesia es una función que ha sido diseñada especialmente para
los hombres. En los dos mil años de historia de Israel registrados en el Antiguo Testamento,
todos los puestos de liderazgo continuado (como sacerdotes, reyes, y los profetas que
escribieron la Escritura) estuvieron ocupados por hombres. Cuando Jesús comenzó Su
iglesia en el primer siglo, todos los apóstoles, pastores, y ancianos eran hombres, y el
Nuevo testamento prohíbe a las mujeres servir en esas posiciones (1 Tim. 2:11–14). Eso lo
están haciendo en muchas iglesias en nuestros días como resultado de la teología liberal,
del movimiento feminista moderno, y de algunas nuevas interpretaciones creativas de los
pasajes bíblicos sobre las funciones de las mujeres. Pero durante los últimos diecinueve
siglos, la iglesia ortodoxa estaba unificada en el mantenimiento de la norma bíblica del
liderazgo masculino.
Una de las razones por las que ha avanzado tanto una perspectiva no-bíblica de la mujer
en el liderazgo es que hay muy pocos hombres que den un paso adelante para tomar las
riendas de la iglesia y conducirla en una dirección piadosa. Los hombres cristianos de
nuestros días necesitan prestar atención más que nunca a las palabras de 1 Timoteo 3:1:
“Palabra fiel [es ésta]: Si alguno aspira al cargo de obispo, buena obra desea [hacer]”
(LBLA). (Este versículo se refiere específicamente al oficio de supervisor, o anciano, pero
los principios que se encuentran aquí son aplicables a todas las formas de liderazgo en las
que pueden involucrarse los hombres dentro de la iglesia.)
Pablo comienza el versículo diciendo que lo que viene a continuación es una afirmación
fidedigna, “palabra fiel”. El usa esas mismas palabras otras cuatro veces en las epístolas
pastorales (1 Tim. 1:15; 4:9; 2 Tim. 2:11; Tit. 3:8), y en cada ocasión introducen
afirmaciones que probablemente se citaban con frecuencia entre los primeros cristianos. Su
significado lo explica muy bien Alexander Strauch en su excelente libro, El Liderazgo
Bíblico de Ancianos:
Esta expresión enfatiza, y al mismo tiempo hace un juicio positivo, o un elogio, de
la afirmación con la que está asociada. En efecto, dice que lo que se afirma es
realmente cierto y fidedigno; una verdad probada y demostrada a lo largo del
tiempo con la que se puede contar y que es refrendada plenamente por todos los
creyentes y por Pablo el apóstol por medio del Espíritu Santo.
Lo dicho,… pues, es absoluta e incontestablemente cierto, totalmente fiable, y
completamente digno de confianza. Es una verdad que merece ser repetida
constantemente entre el pueblo del Señor.…
El hecho de que los primeros cristianos fueron impulsados a crear un dicho especial
con respecto a la supervisión de la iglesia revela que habían entendido
profundamente el gran valor de los supervisores, y su propia necesidad de tales
líderes.
Pablo refuerza su ánimo a que los hombres deseen funciones de liderazgo al decir: “buena
obra desea [hacer]”. Tal vez algunos hombres que leen este versículo pueden dudar en tener
ese deseo o buscar una función de liderazgo porque piensan que hacer eso puede ser egoísta
o pecaminosamente ambicioso. Algunos lectores pueden incluso preguntarse por qué Pablo
anima a los hombres a buscar el liderazgo, al considerar que nuestros impulsos
pecaminosos naturales nos inducen a desear el peldaño más alto de la escalera y a menudo
eso nos lleva a pisar a otros para llegar allí.
La respuesta se encuentra en la situación cultural de los días de Pablo y en las
descripciones bíblicas de la función de un anciano. En primer lugar, el liderazgo en la
iglesia primigenia apenas podía considerarse como una posición fascinante; la persecución
de los cristianos era galopante, y los líderes eran los primeros en ser señalados para ello por
las autoridades judías y romanas (Hch. 12:1–3). En segundo lugar, aquellos hombres que
mantenían posiciones de liderazgo recibieron el mandato del propio Jesucristo de ser
siervos de todos (Mar. 9:35; Luc. 22:24–27). Se les demandaba que fuesen líderes
afectuosos y se les prohibía ser tiranos autoritarios o tratar de buscar su propio beneficio en
cualquier manera (1 Ped. 5:1–3). Pablo estaba animando a todo hombre a desear ese tipo de
liderazgo, porque el bienestar de la iglesia depende absolutamente de él.
Varón cristiano, ¿has pensado y orado cuidadosamente y de todo corazón por la
posibilidad de servir al Señor y a Su Iglesia de esta manera? ¿Estás desarrollando tus
capacidades de liderazgo en tu vida personal y en tu hogar con la esperanza de que Dios
pueda usarlas para Su gloria en un cuerpo local de creyentes? Deberías estar preparado y
dispuesto para ser el hombre que Dios está buscando para cumplir esta función tan crucial,
porque sin tales hombres la iglesia sólo puede tambalearse y decepcionar a su Señor.

Maestros Eficaces
La función de enseñar la Palabra de Dios a todo el pueblo de Dios también ha sido
reservada principalmente a los hombres. Aunque el plan de Dios incluye a las mujeres
comunicando los principios de Su Palabra a los niños y a otras mujeres (Pro. 1:8; Tit. 2:3–
5), Él ha ordenado que sólo los hombres alimenten a todo el rebaño de Dios cuando este se
reúne (1 Ti. 2:12–14; 1 Co. 14:34–35). Lamentablemente, como en el área del liderazgo,
con frecuencia hay una carencia de hombres dispuestos y capaces de cumplir esta función,
y ese triste hecho ha contribuido al creciente número de mujeres en puestos de enseñanza.
Si las iglesias quieren contener la corriente de esta inversión de las funciones bíblicas, no
será suficiente simplemente con enfatizar las restricciones puestas sobre las mujeres en el
ministerio; también tendrán que enfatizar la necesidad de hombres que desarrollen sus
habilidades de enseñanza.
Una de las razones para la escasez de maestros varones en nuestros días puede ser la
idea común de que la enseñanza bíblica es responsabilidad únicamente de los pastores y
ancianos. Muchos “laicos” ni siquiera llegan a considerar jamás si están dotados para
enseñar porque piensan que para ello tendrían que asistir a un seminario. El mismo
problema básico existe con respecto a la orientación, la cual, para tener éxito, requiere
habilidades para enseñar. Pero aunque el aprendizaje formal produce beneficios
considerables y los cargos de la iglesia necesitan ser ocupados por hombres que están
especialmente cualificados, en la mayoría de las iglesias es imposible que sólo los ancianos
y los líderes lleven a cabo todos los ministerios de enseñanza de la Palabra y de orientación
de manera plena y efectiva. Esos líderes necesitan a otros hombres de la iglesia para
compartir esos ministerios.
Cada hombre en la iglesia debería estar desarrollando y practicando de manera
intencionada sus habilidades para la enseñanza, porque todo hombre es al menos esposo, o
esposo en potencia, y Dios ha ordenado a los esposos que sean maestros en el hogar (Dt.
6:6–7; Ef. 5:25–27; 6:4). La clave para eso está en unos estudios bíblicos personales
apasionantes, porque cuando aprendemos profundas verdades de la Palabra de Dios
personalmente y las aplicamos a nuestras propias vidas, crecerá un deseo de compartirlas
con los demás. Cuando la Palabra de Cristo mora en nosotros abundantemente nos
encontraremos enseñándonos y exhortándonos los unos a los otros (Col. 3:16).

Ejemplos Piadosos
Aunque todo miembro del cuerpo de Cristo ha recibido el mandamiento de ser un ejemplo
piadoso que lleve a otros a crecer en Cristo, los hombres de la iglesia han sido
comisionados especialmente para servir a los demás de esta manera. Ser un ejemplo es una
parte tan integral del liderazgo y la enseñanza que esas funciones no se pueden desempeñar
de manera efectiva sin ello (1 Ped.5:3; 2 Tes. 3:6–7). También los maridos están llamados
por Dios a relacionarse con sus esposas en una manera que tipifique el Gran Ejemplo,
Jesucristo (Ef. 5:25–27).
1 Timoteo 3:2–13 y Tito 1:6–9 contienen listas de los rasgos del carácter que son
propios de un hombre piadoso. El propósito principal de esas listas es identificar qué
hombres pueden servir en los oficios eclesiásticos de anciano y diácono, pero hay un
propósito secundario que es desafiar a todo hombre en la iglesia a cultivar esas
características en su vida. Eso lo sabemos porque Pablo anima a todo hombre que desea los
oficios de la iglesia (1 Tim. 3:1, 13). Es más, ninguna de las características que aparecen en
estas listas es demasiado elevada como para que no la alcance cualquier hombre por la
misericordiosa capacitación de Dios. En realidad, las características enumeradas son
simplemente las que deberían formar parte de todo hombre cristiano (en algún grado
creciente), y Pablo está diciendo que no deberíamos designar para el liderazgo a nadie que
carezca de alguna de ellas.
Más abajo hay veinticinco cualidades mencionadas con respecto a los ancianos y
diáconos. Esto no tiene el propósito de ser un análisis exhaustivo de los asuntos
interpretativos ni de las ramificaciones prácticas de esas cualidades, sino solamente una
breve explicación de cada una, con el propósito de ayudar a los hombres a evaluar el
ejemplo que están presentando a los demás en la iglesia.
• “Irreprensible” (probablemente un encabezamiento general para las demás
cualidades) significa que yo vivo una vida coherente de crecimiento en la piedad
a lo largo de un amplio período de tiempo de tal manera que nadie pueda poner
en duda legítimamente mi salvación, mi santificación, ni mi sinceridad.
• “Marido de una sola mujer” (u “hombre de una sola mujer”) significa que yo, de
una manera coherente, expreso afecto y devoción a mi esposa y no a otras
mujeres. Si soy soltero, significa que practico la pureza sexual en mente y en
acción.
• “Sobrio” significa que soy prudente, cuidadoso, y controlado en mis acciones.
No me entrego a los caprichos de la comida, ni la bebida, ni ningún otro placer,
más allá de los límites de la Escritura, la conciencia y el buen sentido.
• “Prudente” (también traducido como “sobrio”) significa que soy sensato,
cuidadoso, y controlo mi pensamiento según la Palabra de Dios. No estoy sujeto
a los caprichos del pensamiento ni las emociones, ni acepto mis propias ideas o
las ideas de los demás sin un escrutinio bíblico.
• “Decoroso” (o “disciplinado”) significa que vivo una vida organizada y
estructurada en la cual planifico hacer el uso más sabio de mi tiempo y se puede
contar conmigo para cumplir tanto las responsabilidades grandes como las
pequeñas.
• “Hospedador” (literalmente “un amigo de los extranjeros”) significa que mi
hogar y todas mis posesiones le pertenecen a Dios y no a mí, y estoy listo y
dispuesto a compartirlas incluso con aquellos que tal vez nunca hagan nada por
mí.
• “Apto para enseñar” significa que he aprendido la suficiente doctrina bíblica por
mi propio estudio y por medio de maestros fieles como para instruir a otros de
manera precisa y efectiva.
• “No dado al vino” significa que yo nunca podría ser considerado como alguien
cuyo juicio está afectado por el uso del alcohol ni de otras sustancias.
• “No pendenciero” significa que yo nunca recurro a ningún tipo de violencia
física o verbal en mis relaciones con mi familia, amigos, conocidos, ni siquiera
enemigos.
• “Amable” significa que respondo a las deficiencias de los demás, e incluso a sus
abusos, con una preocupación afectuosa y no con comentarios hirientes ni
ningún otro tipo de represalias.
• “Apacible” significa que la última cosa que yo quiero hacer es entrar en debates
o conflictos, aunque sé que en ciertas ocasiones estos surgirán. He mostrado
repetidamente la habilidad para estar en desacuerdo con otros sin crear división
en el cuerpo.
• “No codicioso” significa que mis motivaciones en mi trabajo y en mis
inversiones nunca son hacerme rico ni siquiera acumular más posesiones para
mí mismo. Yo veo el dinero que gano meramente como un medio para cumplir
los deberes bíblicos de proveer para mí mismo y para mi familia, para sostener
la obra de Dios, y para dar a quienes tienen necesidad.
• “Que gobierne bien su casa” significa que yo cumplo la función de un líder
piadoso en mi hogar con respecto a cualesquiera responsabilidades Dios me ha
dado. Si tengo hijos, debo ser tan buen líder, ejemplo, educador, y administrador
de disciplina, que ellos viven unas vidas obedientes y ejemplares.
• “No un neófito” (no un recién convertido) significa que me esforzaré para crecer
tan rápido como pueda en Cristo, de tal manera que los demás puedan verme
como espiritualmente maduro. También tendré cuidado de cultivar la humildad
en mi vida de tal manera que no caiga en el hoyo del orgullo espiritual.
• “Que tenga buen testimonio de los de afuera” significa que mi conducta no
cambia cuando dejo la compañía de los cristianos; soy una persona tan
consciente, honesta, y comprensiva cuando trabajo, conduzco, y voy de compras
como cuando estoy dando una clase de la escuela dominical.
• “Honestos” significa que soy lo suficientemente serio como para que nadie me
pueda acusar de ser frívolo o que no reconozca la gravedad de los asuntos
espirituales.
• “Sin doblez” significa que no digo una cosa a una persona y lo contrario a otra.
Tampoco hablo gratuitamente cuando es mejor no decir nada.
• “Que guarden el misterio de la fe con limpia conciencia” significa que entiendo
la doctrina bíblica, pero también la vivo hasta el punto que no tengo ningún
pecado inconfesado ni dudas acerca de la justicia de ninguna actividad en mi
vida.
• “No soberbio” significa que me considero a mí mismo como menos importante
que los demás y busco el bien de ellos por encima del mío propio.
• “No iracundo” significa que no “exploto” cuando soy maltratado o cuando las
cosas no se hacen a mi manera. En el calor del momento no actúo de una cierta
manera de la que luego tengo que arrepentirme.
• “Amante de lo bueno” significa que me regocijo tanto en mi propia obediencia y
crecimiento y en la obediencia y el crecimiento de los demás, que haré
gustosamente cualquier cosa que facilite ese crecimiento.
• “Justo” significa que no muestro parcialidad hacia un tipo de persona respecto a
otra, y que se puede contar conmigo para actuar de una manera bíblicamente
coherente en mis tratos con los demás.
• “Santo” significa que adoro a Dios coherentemente apartándome del pecado y
de los estorbos que pudieran tentarme a pecar.
• “Dueño de sí mismo” significa que he desarrollado el hábito de luchar y vencer
mis deseos pecaminosos en lugar de ceder a ellos. Practico la disciplina personal
incluso en asuntos no morales de tal manera que pueda estar mejor equipado
para vencer la tentación cuando esta surja.
• “Retenedor de la palabra fiel” significa que estudio la Escritura con la suficiente
profundidad para ser capaz de “saber defenderme” en una conversación con un
hereje o con un hermano que está en el error.
Hemos de admitir que estos patrones divinos para los hombres son muy altos; pero, de
nuevo hemos de enfatizar que todos nosotros somos capaces de ser la clase de ejemplos
descritos en estos pasajes (por el poder del Espíritu Santo). Parece ser que muchos hombres
en el cuerpo de Cristo han considerado que estos requisitos son aplicables sólo a los
ancianos y diáconos, y por lo tanto no han hecho una prioridad en sus vidas el vivir
conforme al modelo divino. Quiera Dios dar a Su iglesia más y más hombres que busquen
la función de un líder afectuoso, un maestro eficaz y un ejemplo piadoso.

La Función de las Mujeres en la Iglesia


Las últimas décadas en América han traído unos cambios tremendos en la implicación de
las mujeres en el ministerio de la iglesia, como atestigua el libro Megatrends for Women
[Megatendencias para Mujeres] en un capítulo titulado “Al Diablo con el Sexismo: Las
Mujeres en la Religión”:
Las mujeres de finales del siglo XX están revolucionando la institución más sexista
de la historia: la religión organizada. Derribando milenios de tradición, están
desafiando a las autoridades, reinterpretando la Biblia, creando sus propios
servicios, abarrotando seminarios, ganándose el derecho a la ordenación, purgando
el lenguaje sexista en la liturgia, reinterpretando los valores femeninos y asumiendo
posiciones de liderazgo.
Entre los “feministas cristianos” que apoyan estas tendencias, una de las acusaciones más
comunes contra los puntos de vista más tradicionales de la función de la mujer es que son
“sexistas”, o, en otras palabras, degradantes para las mujeres. No obstante, esa acusación es
un argumento extremo, falso y que trata de desviar la atención de la verdad, una caricatura.
De hecho los puntos de vista tradicionales que están arraigados en las doctrinas bíblicas han
sido usados por Dios a lo largo de toda la historia para mejorar el respeto por las mujeres,
no para oprimirlas.
Las mujeres eran estimadas y loadas en el antiguo Israel de una manera que no era
compartida por la mayoría de las sociedades de la época. La ley de la nación demandaba la
práctica atípica del matrimonio monógamo (cf. Pro. 5:15–21), y Dios enviaba juicio sobre
cualquier hombre que era infiel a la mujer de su juventud (1 Rey. 11; Mal. 2:13–16). El
libro de Proverbios dice que “la mujer virtuosa es corona de su marido” (12:4) y que “su
estima sobrepasa largamente a la de las piedras preciosas” (31:10).
En los tiempos del Nuevo Testamento, el mandamiento de Pablo a que los maridos
amen a sus mujeres como a sus propios cuerpos (Ef. 5:28–30) era una auténtica revolución
para los ciudadanos de una cultura grecorromana, en la que la esposa de un hombre era su
sirvienta y numerosas concubinas eran sus parejas sexuales. E incluso en la última época
puritana de nuestro país, inmediatamente después de un tiempo en que las actitudes
religiosas imperantes eran más conservadoras que nunca, a las mujeres se les libraba de
desgracias de todo tipo. Como escribe un historiador:
Cuando Philip Schaff contestó por carta a sus distinguidos colegas en Alemania en
1855, tratando de explicarles cómo era América, dijo que “el respeto profundo de
América por el sexo femenino es bien conocido”. De hecho, dijo que América es
“llamada algunas veces el paraíso de la mujer” porque a la mujer se le libraba de los
duros trabajos comunes en Europa, estaba tan considerada por los hombres como
para poder viajar libremente sin que se le molestase, y “tiene la precedencia en
cualquier compañía”. En Europa, un orador que se dirige a una multitud mixta
comenzaría diciendo: “Caballeros y Damas”, en América, los oradores que se
dirigiesen a la misma multitud dirían: “Damas y Caballeros”.
Los cristianos bíblicos reconocen que la Palabra de Dios pone claramente algunas
restricciones sobre los ministerios de las mujeres en la iglesia. Sin embargo, no creemos
que Dios haya creado a las mujeres inferiores a los hombres, pero simplemente las ha hecho
diferentes de los hombres. De la misma manera que cada una de las partes de un motor
debe cumplir una tarea distinta para hacer que el automóvil corra sin problemas, y de la
manera que cada jugador de un equipo debe jugar un papel único para poder ganar, así
mismo, los hombres y las mujeres deber realizar funciones diferentes en la iglesia para que
ésta honre a Dios.
Algunas de las funciones principales que Dios ha querido que desempeñe una mujer en
Su cuerpo son las de una alumna sumisa, una instructora dotada, una anfitriona cualificada,
y una sierva humilde.

Alumnas Sumisas
Aunque todo miembro del cuerpo de Cristo ha recibido el mandamiento de ser sumiso a los
demás (Ef. 5:21), la Escritura enfatiza especialmente este rasgo cuando habla de las
funciones de las mujeres. Considera los siguientes pasajes, todos los cuales tienen una
referencia especial a la conducta de las mujeres en las reuniones públicas de la iglesia:
Pero quiero que sepáis que Cristo es la cabeza de todo varón, y el varón es la
cabeza de la mujer, y Dios la cabeza de Cristo… Porque el varón no debe cubrirse
la cabeza, pues él es imagen y gloria de Dios; pero la mujer es gloria del varón.
Porque el varón no procede de la mujer, sino la mujer del varón, y tampoco el
varón fue creado por causa de la mujer, sino la mujer por causa del varón. Por lo
cual la mujer debe tener señal de autoridad sobre su cabeza, por causa de los
ángeles. (1 Cor. 11:3–10)
Vuestras mujeres callen en las congregaciones; porque no les es permitido hablar,
sino que estén sujetas, como también la ley lo dice. Y si quieren aprender algo,
pregunten en casa a sus maridos; porque es indecoroso que una mujer hable en la
congregación. ¿Acaso ha salido de vosotros la palabra de Dios, o sólo a vosotros
ha llegado?
Si alguno se cree profeta, o espiritual, reconozca que lo que os escribo son
mandamientos del Señor. Mas el que ignora, ignore. (1 Cor. 14:34–38)
La mujer aprenda en silencio, con toda sujeción. Porque no permito a la mujer
enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio. Porque Adán
fue formado primero, después Eva; y Adán no fue engañado, sino que la mujer,
siendo engañada, incurrió en transgresión. (1 Tim. 2:11–14)
Los numerosos asuntos interpretativos de estos pasajes y las muchas cuestiones de
aplicación que surgen de ellos, están más allá del ámbito de nuestra discusión en este
capítulo. En otros lugares se tratan estos asuntos de manera hábil y exhaustiva. Pero en esos
pasajes hay dos conceptos que están muy claros y no están expuestos legítimamente a una
interpretación abierta:
1. En el contexto de la iglesia local, cada mujer debería someterse al liderazgo
masculino y debería aprender de la enseñanza de los hombres en lugar de ser
una maestra de los hombres.
2. La función de anciano y otras posiciones de autoridad en la iglesia simplemente
no son una opción bíblica para una mujer cristiana, ni tampoco lo es ningún tipo
de función de enseñanza ni orientación en la cual se encuentre ministrando a los
hombres. Por el contrario, Dios ha planeado que el aprendizaje sumiso de la
mujer sea un elemento clave en la revelación de Su carácter a través de la iglesia
y del testimonio efectivo del cuerpo.
Una vez más, la función sumisa de las mujeres no significa que sean inferiores a los
hombres en ningún sentido. La diferencia entre los hombres y las mujeres no es de calidad
ni de habilidad, sino de función. Esta diferencia está ilustrada en 1 Corintios 11:3, donde
Pablo dice: “Pero quiero que sepáis que Cristo es la cabeza de todo varón, y el varón es la
cabeza de la mujer, y Dios la cabeza de Cristo.” ¡El que el hombre sea la cabeza de la
mujer no significa que el hombre es superior a la mujer más que el que Dios sea la cabeza
de Cristo signifique que Dios es superior a Cristo! “Dios es la cabeza de Cristo” se refiere a
la función subordinada que Jesús tomó sobre Sí mismo cuando anduvo sobre la tierra, y “el
hombre es la cabeza de la mujer” simplemente se refiere a las funciones diferentes que Dios
les ha asignado a los hombres y a las mujeres.
Y la “función diferente” de las mujeres, contrariamente a las quejas de las feministas,
no es en absoluto onerosa. Como escribió William Hendriksen en su comentario a 1
Timoteo:
Aunque estas palabras y las paralelas de 1 Cor. 14:33–35 puedan parecer poco
amistosas, en realidad son lo opuesto. En realidad, expresan el sentimiento de tierna
simpatía y de comprensión básica. Quieren decir: que la mujer no entre en la esfera
de actividad para la cual a fuerza de su creación misma no es apta. Que el ave no
trate de vivir bajo el agua. Que el pez no trate de vivir sobre la tierra seca. Que la
mujer no desee ejercer autoridad sobre el hombre enseñándole en los cultos
públicos. Por amor de ella y por el bienestar espiritual de la iglesia se prohíbe esa
pecaminosa intromisión en la autoridad divina.
En una forma similar, R. L. Dabney escribió:
Pablo no dice que la mujer no debe predicar en público porque la considere menos
piadosa, con menos celo, menos elocuente, menos erudita, menos valerosa, o menos
intelectual que el hombre. En los que abogan por el derecho de las mujeres a esta
función hay una tendencia continua a una confusión de pensamiento, como si el
apóstol, cuando dice que una mujer no debe hacer lo que un hombre hace, quisiese
menospreciar su sexo.
Este es un tremendo error. … la mujer está excluida de esta función masculina de la
predicación pública por Pablo, no porque sea inferior al hombre, sino simplemente
porque su Hacedor la ha ordenado para otro trabajo que es incompatible con este.
De la misma manera que Él habría pronunciado, como lo hace la naturaleza, que
ella no cante la voz de un bajo, no porque Él pensara que las cuerdas bajas sean más
hermosas, tal vez Él haya pensado que el contralto puro de la garganta femenina sea
mucho más dulce, sino porque la constitución de la mujer la hace encajar mejor en
esta segunda voz en el concierto de la existencia humana, y por lo tanto la
incapacita para la otra parte, más gruesa y menos melodiosa.
Nuestra sociedad pecaminosa (y tal vez nuestros corazones pecaminosos) ha convencido a
muchos de nosotros que es más bendecido liderar que seguir. Eso no es necesariamente
cierto, pues el liderazgo trae problemas, dificultades, y disgustos que los seguidores nunca
experimentan. Dios hizo a las mujeres para ser dependientes de los hombres, de tal manera
que ellos las protejan, provean para ellas y las cuiden. Cualquier marido que realmente ama
a su esposa y desea ser la cabeza adecuada del hogar sabe que esta tarea no es fácil.
Algunas veces será más agradable seguir que liderar. Y cualquier anciano que realmente
ama al Señor y desea ser un líder adecuado de la iglesia sabe que la suya no es una tarea
fácil. ¡Durante muchos momentos difíciles es posible que llegue a desear firmemente
renunciar a su función en favor de un sucesor con ansias de serlo!
La dirección e instrucción de la iglesia no es una carga que las mujeres deban llevar.
Ellas deben estar agradecidas a Dios por eso, y deberían tratar de cumplir alegremente los
muchos otros ministerios cruciales a los que han sido llamadas.

Instructoras Dotadas
El propósito de las mujeres no es enseñar a los hombres, pero eso no significa que carezcan
de talentos en las áreas del discipulado y la instrucción. Por el contrario, son instrumentos
esenciales en el plan de Dios para la educación de los hijos y de otras mujeres.
• La Instrucción de Niños. 1 Timoteo 5:9–10 habla de una lista de mujeres mayores que
llevaba la iglesia primigenia, con el propósito de identificar a esas mujeres que se
comprometerían con una posición especial de servicio en el cuerpo. Los requisitos dados
para que las mujeres sean puestas en la lista revelan algunos de los ministerios que las
mujeres piadosas pueden y deben realizar. Debe tener “testimonio de buenas obras,” y la
primera buena obra mencionada es la crianza de los hijos. Pablo dice que una mujer puede
ser puesta en la lista “si ha criado hijos.” La palabra griega traducida como “criado” es la
misma palabra usada en Efesios 6:4, que dice: “padres [y, nosotros podemos inferir,
“madres”], no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y
amonestación del Señor.” Y en 1 Timoteo 2:15, Pablo continúa su discusión de las
restricciones que Dios ha puesto sobre las mujeres en el ministerio al decir: “Pero se
salvará engendrando hijos, si permaneciere en fe, amor y santificación, con modestia.”
Esos versículos (y otros de la Escritura) parecen indicar que las mujeres desempeñan
una función principal en el desarrollo de los hijos. El mandamiento a ser “cuidadosas de su
casa” permite a las mujeres pasar la mayor parte del tiempo con niños, y en la mayor parte
de los casos ellas están aparentemente más dotadas para ello que los hombres. Como
mínimo, la Escritura claramente indica que la función de la mujer en la crianza de los hijos
es indispensable. En Éxodo 20:12, el quinto mandamiento dice: “Honra a tu padre y a tu
madre.” A los ojos de Dios, la madre debe ser honrada tanto como el padre. Éxodo 21:17
declara que “el que maldijere a su padre o a su madre, morirá.” A los ojos de Dios,
despreciar y desobedecer a la madre es tan grave como despreciar y desobedecer al padre.
El libro de Proverbios está repleto de ilustraciones que amonestan a los hijos a dar igual
respeto a los padres y a las madres. Proverbios 1:8 dice: “Oye, hijo mío, la instrucción de
tu padre, y no desprecies la dirección de tu madre”; Proverbios 6:20 dice: “Guarda, hijo
mío, el mandamiento de tu padre, y no dejes la enseñanza de tu madre”; y Proverbios
30:17 afirma: “El ojo que escarnece a su padre y menosprecia la enseñanza de la madre,
los cuervos de la cañada lo saquen, y lo devoren los hijos del águila.” Una y otra vez, se
instruye a los hijos a obedecer a sus madres, de la misma manera que obedecen a sus
padres. Una y otra vez, Dios dice que castigará a los hijos por desobedecer a la madre de la
misma manera que castigará a los hijos por desobedecer al padre.
Ciertamente, si criar a los hijos es un ministerio especial de las mujeres, las mujeres
deben, si es posible, tener hijos. Hay ocasiones cuando eso puede ser físicamente
imposible, pero cuando ella puede tener hijos, debería tenerlos. Y cuando los tiene, ella
debería criarlos “en disciplina y amonestación del Señor” de tal manera que puedan
producir un gran impacto para Cristo en la iglesia y en el mundo. Piensa en la contribución
que tantas mujeres han hecho al mundo a lo largo de toda la historia al criar líderes
piadosos. En un sentido muy real el dicho de que “La mano que mece la cuna gobierna el
mundo” es verdad. Las mujeres pueden hacer una contribución tremenda a la iglesia y al
mundo de abajo arriba o de arriba abajo.
Pero, ¿qué sucede con las mujeres que no tienen hijos, o qué sucede con las mujeres
cuyos hijos han dejado el hogar? ¿Pueden estas mujeres tener aún un ministerio con los
niños? Sí, porque si no tienen hijos propios, deben buscar algunos niños y ayudar a
“criarlos.” Pueden invitar a los hijos de otros a sus hogares. Pueden divertirse con esos
niños y hablarles del Salvador. Algunos padres que tienen varios hijos están muy ocupados,
y las mujeres sin hijos pueden ejercer una influencia tremenda en las vidas de esos niños,
los cuales pueden necesitar mayor supervisión y atención de parte de adultos de la que sus
padres les pueden dar.
Incluso las mujeres sin hijos pueden tener un don especial para trabajar con niños. Dios
les ha dado ese don y deberían usarlo. Las mujeres deberían buscar a los niños y guiarlos a
Jesús. Aunque los padres pueden haber exhortado y reprendido a menudo a sus hijos con
poco éxito, algunas veces la misma exhortación o reprensión venida de otra persona lleva
un peso añadido y produce resultados. Puede ser que las mujeres nunca lleguen a conocer la
extensión de su influencia en la vida de los niños hasta que lleguen al cielo, pero pueden
tener la seguridad de que su influencia es grande.
• La Instrucción de Mujeres Más Jóvenes. Es triste escuchar a cristianas mayores decir
cosas como: “Yo he tenido mis hijos. Los he criado, y ahora estoy de vacaciones. Ahora no
quiero estar involucrada con niños. No quiero esos problemas de nuevo.” Pero Dios les ha
dado una sabiduría tremenda sobre el hogar y la crianza de los hijos con su experiencia. A
esas alturas de sus vidas deberían estar diciendo: “¡Mi ministerio apenas está comenzando!”
Tito 2:3–5 dice: “Las ancianas asimismo sean… maestras del bien; que enseñen a las
mujeres jóvenes a amar a sus maridos y a sus hijos, a ser prudentes, castas, cuidadosas de
su casa, buenas, sujetas a sus maridos, para que la palabra de Dios no sea blasfemada.”
Las mujeres mayores deberían estar continuamente enseñando a las mujeres más
jóvenes porque ellas han tenido años de experiencia. Y las mujeres jóvenes deberían
enseñar a las aún más jóvenes lo que han aprendido por su estudio de las Escrituras y por
medio de su experiencia cristiana. Esta es una responsabilidad clave y un privilegio de las
mujeres en la iglesia.
Puesto que hay más mujeres y niños en el mundo que hombres, ¡qué campo misionero
tan grande tienen las mujeres! Algunas mujeres se quejan: “No tengo nada que hacer para
Cristo.” Pero las mujeres que dicen eso normalmente están buscando una excusa porque
realmente no quieren servir a Cristo sacrificadamente. Las mujeres nunca pueden decir
legítimamente que no tienen nada que hacer para Cristo hasta que hayan enseñado a cada
niño necesitado y a cada mujer necesitada en la iglesia y en su comunidad todo lo que
saben sobre la Palabra de Dios. De hecho, estos son ministerios que las mujeres con
frecuencia pueden realizar mejor que los hombres, porque hay problemas entre los niños y
otras mujeres que las mujeres pueden tratar mejor que los hombres. Las mujeres pueden
revelar a otras mujeres problemas personales que no estarían dispuestas a discutir con
hombres, y con frecuencia las mujeres pueden entender el modo de ser emocional y la
disposición de otras mujeres mejor que los hombres.

Anfitrionas Cualificadas
Primera de Timoteo 5:10 indica otro ministerio importante de las mujeres en la iglesia
cuando dice que una viuda puede ser puesta en la lista “si ha practicado hospitalidad a
extraños” (LBLA). El ministerio de la hospitalidad ha sido olvidado ampliamente en
nuestros días, pero era un ingrediente clave en la vida de la iglesia primigenia. Alexander
Strauch ha escrito un libro excelente sobre este asunto titulado Using Your Home for Christ
[Usando tu Hogar para Cristo], que contiene el siguiente resumen:
• La hospitalidad es un elemento crucial en la edificación de la comunidad
cristiana. La hospitalidad bien puede ser el mejor medio que tenemos para
promover el amor cristiano entrañable. Es especialmente importante en iglesias
donde las personas no se conocen las unas a las otras o donde las relaciones son
superficiales, sólo de los domingos por la mañana.
• La hospitalidad es una herramienta efectiva para el evangelismo. Mostrar el
amor de Cristo a los demás en el entorno de un hogar puede ser el único medio
que tienen los cristianos para alcanzar a los vecinos para Cristo. Un hogar
cristiano puede ser un faro para Dios en una vecindad espiritualmente en
tinieblas…
• La hospitalidad es un mandato bíblico. Muchos cristianos no se dan cuenta de lo
que enseña el Nuevo Testamento sobre la hospitalidad y lo que ésta puede hacer
por la iglesia local.
Los mandatos que él menciona se encuentran en Romanos 12:13, 1 Pedro 4:9, y Hebreos
13:2. Este último versículo dice: “No os olvidéis de mostrar hospitalidad, porque por ella
algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles” (LBLA). Sin duda Strauch está acertado al decir
que debemos redescubrir la hospitalidad, e incluso aunque los hombres están llamados a ser
“hospedadores” (1 Ti. 3:2), con frecuencia son las mujeres en la iglesia las que están
dotadas de una manera excepcional para ese ministerio. Ellas han sido destinadas a ser
“cuidadosas de su casa,” y la hospitalidad para los propósitos de la edificación y el
evangelismo es un ministerio que encaja perfectamente con sus esfuerzos en ese ámbito.
Considera cuidadosamente las palabras de Dorothy Patterson, madre, ama de casa (y
graduada de un seminario):
Las mujeres han sido liberadas completamente de la libertad genuina de la que
disfrutaban durante siglos para supervisar el hogar, criar a sus hijos, y buscar la
creatividad personal; se les ha lavado el cerebro para que crean que la ausencia de
una ocupación titulada y remunerada esclaviza a una mujer al fracaso, al
aburrimiento y al encarcelamiento dentro de los confines del hogar.
Aunque el feminismo habla de liberación, realización personal, derechos personales,
y ruptura de barreras, esas frases inevitablemente significan lo opuesto. De hecho,
lo cierto es lo opuesto porque un trabajo asalariado y una posición titulada impiden
el instinto natural de la mujer de anidar y de la maternidad, invirtiendo sus
prioridades de tal manera que los fracasos vienen casi inevitablemente en el ámbito
de la crianza de sus propios hijos y en la construcción de un escudo terrenal para
aquellos a quienes más ama.
Lo mundano acompaña a cada tarea, por muy alto que sea el salario o prestigioso
que sea el trabajo, así que el aburrimiento no es inevitable simplemente porque tu
lugar de trabajo no sea el hogar. Y ¿dónde está el tiempo para la creatividad
personal cuando en esencia estás trabajando en dos trabajos, uno en el hogar y otro
fuera?…
El ser ama de casa, siendo esposa y madre a tiempo completo, no es una sequía de
la utilidad sino un oasis rebosante de oportunidades; no es una celda deprimente
para encerrar tus talentos, sino un catalizador brillante para encauzar la creatividad
y las energías hacia un trabajo con significado; no es una cuerda para atar tu
productividad en el mercado, sino las riendas para guiar a tu posteridad en el hogar;
no es una restricción represiva de la destreza intelectual para la comunidad, sino una
liberación de sabia instrucción para tu propio hogar; no es una tarea amarga de
inferioridad para tu persona, sino la brillante certidumbre de lo ingenioso del plan
de Dios para la complementariedad de los sexos, especialmente en cómo está
desarrollado en el plan de Dios para el matrimonio; no es ni una limitación de los
dones disponibles ni una tacañería en la distribución de los beneficios de esos
dones, sino más bien la multiplicación del legado de una madre a las generaciones
venideras y la generosa concesión de todo lo que Dios quiere que una madre dé a
aquellos que han sido puestos a su cuidado.

Siervas Humildes
Primera de Timoteo 5:10 también dice que una mujer puede ser puesta en la lista “si ha
lavado lo pies de los santos; si ha socorrido a los afligidos.” En los tiempos de Pablo, las
mujeres literalmente lavaban los pies de los santos, porque ese ministerio se necesitaba
cuando la iglesia se reunía. Para la iglesia de hoy, ese acto representa la necesidad de que
las mujeres cumplan la función de siervas al ministrar para las necesidades físicas de los
miembros de la iglesia, e incluso el edificio de la iglesia. Y las mujeres piadosas pueden
servir de una manera muy efectiva asistiendo a aquellos que están en algún tipo de
aflicción, ya sean madres que crían a sus hijos sin pareja, personas que están confinadas en
casa, enfermos, o aquellos que tienen necesidades económicas (cf. 1 Tim. 5:16).
Así que los cometidos de alumnas sumisas, instructoras dotadas, anfitrionas
cualificadas, y siervas humildes son funciones que las mujeres pueden desempeñar en la
iglesia. Sin duda cualquier persona con una mente abierta comprenderá que hay más que
suficiente para mantener ocupada a una mujer piadosa en su servicio a Cristo. Cualquier
persona con una mente abierta también se dará cuenta de que las tareas que Dios ha
asignado a las mujeres no son insignificantes, sino muy importantes. De hecho, son
absolutamente tan importantes como las asignadas a los hombres. Son diferentes en algunos
aspectos de las tareas de los hombres, pero sólo porque sean diferentes no significa que no
tengan importancia.
En Génesis 3:1, Satanás le dijo a Eva: “¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo
árbol del huerto?” Eso no era cierto. Dios había dicho: “De todo árbol del huerto podrás
comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás” (Gén. 2:16–17). Satanás,
no obstante, quería centrar la atención de Eva en lo que ella no podía hacer. Y eso es lo que
Satanás está haciendo con las mujeres hoy. Está sugiriendo a las mujeres que los hombres
las están utilizando como sus esclavas y siervas. Las anima a levantarse y hacer saber a los
hombres que las mujeres tienen todo el derecho a hacer todo lo que los hombres pueden
hacer. Quiere que las mujeres se concentren en las cosas que se les ha prohibido hacer, y
dejen de hacer las importantes tareas que ellas pueden hacer y deberían llevar a cabo.
Quiera Dios ayudar a las mujeres cristianas a no rezongar ni quejarse por lo que Dios no
las ha destinado a hacer, sino que en lugar de eso, lleven a cabo con gratitud y entusiasmo
los ministerios que Dios les ha dado. Y quiera Dios también ayudar a los hombres a
cumplir sus responsabilidades, porque cuando las mujeres y los hombres están cumpliendo
las funciones para las cuales han sido designados, Él recibe la gloria.

Preguntas para la plática y aplicación:


1. ¿Cuáles son algunas de las cosas que los hombres pueden hacer para prepararse
para llegar a ser líderes en la iglesia (o mejores líderes)?

2. ¿Por qué es tan importante que los hombres sean ejemplos piadosos, en el hogar,
en la iglesia, y en la sociedad? Considera algunos ejemplos de buenos y malos
modelos y los efectos de cada uno.

3. ¿Qué le dirías a alguien que se queja de que las diferentes funciones en la iglesia
son degradantes para las mujeres?

4. Analiza algunas maneras específicas de cómo pueden practicar las mujeres la


hospitalidad, y que los hombres pueden animarlas y alentarlas al hacerlas.
6
Participando en los Cultos de Adoración

El hombre moderno adora su trabajo, trabaja en sus juegos, y juega en su adoración.


La adoración es un arte perdido en el cristianismo moderno. Lo que es peor, es un deber
olvidado. Muchos de nosotros utilizamos el término “culto de adoración” para describir la
reunión de creyentes un domingo, pero ¿cuántos de nosotros afrontamos esas reuniones
centrándonos de manera singular en participar en la adoración? ¿Cuántos de nosotros
entendemos siquiera la naturaleza y los elementos de la adoración lo suficientemente bien
como para evaluar con precisión si estamos adorando de una manera que agrada a Dios?
Todo cristiano debe entender y practicar una adoración bíblica porque Dios nos ha
ordenado repetidamente que lo hagamos así (Dt. 6:13; Mat. 4:10), porque la verdadera
adoración es una confirmación de nuestra salvación en Cristo (Jn. 4:23–24; Fil. 3:3), y
porque la ausencia de una verdadera adoración y la presencia de una falsa adoración
despertó el espantoso juicio de un Dios celoso (1 Sam. 13:8–14; Rom. 1:18–32).
Además, las vidas del pueblo de Dios a lo largo de los siglos han estado caracterizadas
de manera constante por la adoración. Hebreos 11:4, al describir a uno de los primeros
seres humanos, dice: “Por la fe Abel ofreció a Dios más excelente sacrificio que Caín, por
lo cual alcanzó testimonio de que era justo, dando Dios testimonio de sus ofrendas.”
Inmediatamente después del diluvio, “edificó Noé un altar a Jehová, y tomó de todo animal
limpio y de toda ave limpia, y ofreció holocausto en el altar” (Gén. 8:20). De la misma
manera Abraham erigió lugares de adoración en cada parada a lo largo de su viaje a la tierra
que Dios le había prometido (Gén. 12:7–8; 13:4).
La historia de Israel también revela el énfasis que Dios pone sobre la adoración en las
vidas de su pueblo. Como ha escrito John MacArthur:
En el Antiguo Testamento, la adoración cubría todo en la vida; era el centro del
pueblo de Dios. Por ejemplo, el Tabernáculo estaba diseñado y dispuesto para
enfatizar la prioridad de la adoración. La descripción de sus detalles en Éxodo,
requiere siete capítulos (243 versículos), mientras que Génesis dedica sólo 31
versículos a la creación del mundo…
La disposición del campamento sugiere que la adoración era central con respecto a
toda otra actividad. El Tabernáculo estaba en el centro, e inmediatamente a
continuación estaban los sacerdotes, que lideraban la adoración. Un poco más allá
del Tabernáculo estaban los levitas, que estaban involucrados en el culto. Más allá
estaban todas las tribus, vueltas hacia el centro, el lugar de adoración.
El Tabernáculo fue reemplazado posteriormente por el templo, que también era el centro de
la vida de la nación y también requirió instrucciones voluminosas para su construcción y
mantenimiento. A lo largo del resto del Antiguo Testamento, Dios bendijo o castigó a Israel
basado en la calidad de la adoración de ellos. Incluso su último libro, Malaquías, está lleno
de advertencias de que la nación caería bajo el juicio de Dios si no cesaban en su adoración
falsa y desganada.
Desde que la iglesia del Nuevo Testamento ha sido instituida, por supuesto, la
adoración ha continuado siendo una prioridad esencial para el pueblo de Dios. Así que cada
creyente tiene la obligación de entender su significado y practicarla continuamente. Nuestro
Señor Jesucristo nos dice a cada uno de nosotros: “Al Señor tu Dios adorarás” (Mat. 4:10).

La Esencia de la Adoración Corporativa


Adorar es reconocer la dignidad única de un objeto y mostrarle honor y respeto. Así que las
palabras bíblicas tales como honrar, respetar, temer, temblar, adorar, reverenciar, y
glorificar, con frecuencia son sinónimos del término “adorar”, y comunican una idea
similar. Obviamente esta práctica no está limitada a las reuniones públicas. De hecho, en la
Escritura esos términos son usados mucho más frecuentemente con respecto a nuestra
relación personal con Dios que a nuestras actividades en presencia de otros cristianos.
Así que Dios requiere de nosotros que nos involucremos en una adoración personal y
privada como un modo de vida, pero también quiere que le adoremos con otros creyentes.
Esta adoración corporativa, pública, siempre ha sido una compañera de la adoración
individual, privada, y siempre ha sido igualmente necesaria. Como escribe John
MacArthur:
“La fuente de la mayor parte de los problemas que la gente tiene en sus vidas
privadas está relacionada con dos cosas: o no están adorando seis días a la semana
con sus vidas, o no están adorando un día a la semana con la asamblea de los santos.
Necesitamos las dos.”
Lo que este capítulo tratará principalmente es la adoración corporativa de la iglesia. La
Escritura enseña varios principios acerca de esa adoración que debemos entender si hemos
de participar en ellos adecuadamente.
• El centro de la verdadera adoración está en Dios. Los Salmos 95 y 96 son dos de los
más grandes pasajes de la Escritura con respecto a la adoración corporativa. Dicen: “Venid,
adoremos y postrémonos; arrodillémonos delante de Jehová nuestro Hacedor. Porque él es
nuestro Dios” (95:6–7); y “Dad a Jehová la honra debida a su nombre; traed ofrendas, y
venid a sus atrios. Adorad a Jehová en la hermosura de la santidad” (96:8–9). Notad
cuántas veces se hace referencia al Señor en esos breves pasajes. Él es el sólo objeto de la
adoración y el personaje dominante en el evento de la adoración. El propósito primordial de
la adoración es darle a Él gloria y placer, y por ello, los intereses y las necesidades de los
hombres son sólo de una importancia secundaria. De hecho, son importantes sólo en tanto
en cuanto son oportunidades para Dios de darse más gloria a Sí mismo.
Lamentablemente, con frecuencia podemos afrontar la adoración corporativa con
nuestra atención centrada en algo que no es la persona y la gloria de Dios. Podemos pensar
fundamentalmente en como nosotros estamos disfrutando del culto, si nosotros estamos
sacando provecho de ello, o podemos incluso estar preocupados con asuntos que no tienen
nada que ver con la adoración. La comida del domingo, el fútbol, las relaciones
interpersonales, nuestra apariencia, y una serie de trivialidades que pueden empujar a Dios
fuera del centro de nuestra atención. Pero si hemos de adorar de una manera bíblica,
debemos concentrar nuestros corazones y mentes en Aquel por el cual nos hemos reunido a
adorar. Donald Whitney explica:
Cuanto más nos centramos en Dios, más entenderemos y apreciaremos lo digno que
Él es. Según entendemos y apreciamos esto, no podemos hacer otra cosa que
responder a Él. De la misma manera que una puesta de sol indescriptible o una vista
impresionante de la cumbre de una montaña evocan una respuesta espontánea, así
mismo no podemos encontrar la dignidad de Dios sin responder en adoración. Si tú
pudieras ver a Dios en este momento, entenderías de tal manera lo digno que Él es
de ser adorado, que instintivamente te postrarías sobre tu rostro y le adorarías. Por
eso en Apocalipsis leemos que aquellos que están alrededor del trono, que le ven, se
postran sobre sus rostros en adoración, y aquellas criaturas que están más cerca de
Él están tan sobrecogidas por Su dignidad que por toda la eternidad le adoran
incesantemente con la respuesta de: “Santo, santo, santo.…”
Puesto que adorar es centrarse en Dios y responder a Dios, no importa que otra cosa
estemos haciendo, nosotros no estamos adorando si no estamos pensando en Dios.
Tú puedes estar escuchando un sermón, pero si no estás pensando en cómo se aplica
la verdad de Dios a tu vida y cómo afecta a tu relación con Él, no estás adorando.
Tú puedes estar cantando: “Santo, santo, santo,” pero si no estás pensando en Dios
mientras lo cantas, no estás adorando. Tú puedes estar escuchando a alguien orar,
pero si no estás pensando en Dios y orando con esa persona, no estás adorando.”
• Los participantes en la verdadera adoración responden a Dios activamente con todo su
ser. La verdadera adoración implica una respuesta activa a Dios, antes que la actitud de un
espectador pasivo que tantas veces asociamos con la asistencia a un culto de adoración. Los
Salmos 95 y 96 mandan al pueblo de Dios a venir físicamente al lugar de la adoración
corporativa; hacen mención a hablar con Él, a cantarle a Él, a inclinarse ante Él, a
arrodillarse ante Él, a traerle una ofrenda, e incluso a temblar delante de Él. Estas
descripciones de la adoración pública indican claramente que ningún cristiano debería ser
una “patata de banco” que se puede confundir fácilmente con el mobiliario de la iglesia.
Dios quiere que nosotros participemos externamente y físicamente en el culto en las
maneras que sean apropiadas.
La parte interna de nuestro ser también debe estar involucrada con entusiasmo y
sinceridad en la adoración pública. Jesús le dijo a la mujer samaritana que “los verdaderos
adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales
adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en
verdad es necesario que adoren” (Jn. 4:24, énfasis añadido). Debemos ejercitar la disciplina
espiritual para evitar ser como aquellos a los que describió Jesús con las palabras del
profeta Isaías: “Este pueblo de labios me honra, mas su corazón está lejos de mí. Pues en
vano me honran” (Mar. 7:6–7). John Piper ilustra bien este peligro cuando dice:
Si la realidad de Dios nos es expuesta en Su Palabra o en Su mundo, y nosotros a su
vez no sentimos en nuestro corazón ningún pesar ni anhelo ni esperanza ni asombro
ni gozo ni gratitud ni confianza, entonces podemos cantar y recitar y gesticular
cuanto queramos diligentemente, pero no será una adoración real. No podemos
honrar a Dios si nuestro “corazón está lejos de Él.”
La adoración es una manera gozosa de devolver a Dios el reflejo de Su dignidad.
Esto no se puede hacer con meros actos de deber. Sólo puede hacerse cuando surgen
del corazón afectos espontáneos.
Considera la analogía de un aniversario de boda. El mío es el 21 de diciembre.
Suponga que en ese día yo traigo a casa una docena de rosas rojas de tallo largo
para Noel. Cuando ella sale a encontrarme a la puerta yo le extiendo las rosas, y ella
dice: “Oh, Johnny, son preciosas, gracias,” y me da un fuerte abrazo. Luego
suponga que yo le hago un gesto con la mano y le digo con total naturalidad: “Ni lo
menciones; es mi deber.”
¿Qué sucede? ¿No es el ejercicio del deber una cosa noble? ¿No honramos nosotros
a aquellos a los que servimos con sentido del deber? No mucho. No si el corazón no
está puesto en ello. Las rosas dadas con sentido del deber son una contradicción de
términos. Si no soy movido por un afecto espontáneo por ella como persona, las
rosas no la honran. De hecho, la denigran. Son una cubierta muy fina del hecho de
que ella no tiene a mis ojos la dignidad ni la hermosura suficientes para despertar
mis afectos. Todo lo que puedo producir es una expresión calculada de deber
marital.…
El deber real de la adoración no es el deber externo para decir o llevar a cabo la
liturgia. Es el deber interno, el mandato: “Deléitate … en Jehová” (Sal. 37:4).
“Alegraos en Jehová y gozaos” (Sal. 32:11).
La razón por la que este es el deber real de la adoración es que esto honra a Dios,
mientras que la representación vacía de un ritual no lo hace. Si yo llevo a mi esposa
a cenar fuera en nuestro aniversario y ella me pregunta: “¿Por qué lo haces?” la
respuesta que más la honra es: “Porque no hay nada que me haga más feliz esta
noche que estar contigo.”
“Es mi deber,” es una deshonra para ella.
“Es mi placer,” es un honor.
Para que nuestra adoración sea plenamente agradable a Dios, debe estar motivada por el
gozo y no meramente por el deber. Aunque la obediencia nunca es menos que nuestro
deber, la más verdadera expresión de adoración ocurre cuando nuestro deber se convierte
en nuestro deleite.

Los Elementos de la Adoración Corporativa


En las Escrituras no sólo se nos informa acerca de la naturaleza de la verdadera adoración,
sino que también se nos instruye con respecto a las distintas actividades que deberían estar
incluidas en las reuniones de la iglesia. Una breve consideración de cada una de esas
actividades nos ayudará a entender su importancia y el papel que cada cristiano tiene en
ellas de manera individual.

Preparándose para la Adoración Pública


El tipo correcto de participación en un culto de adoración comienza mucho antes de que
el culto comience en realidad. Nuestras actitudes y acciones durante la semana con
frecuencia determinarán si el domingo agradaremos a Dios o no.
El asunto más importante en este sentido es si pasamos la semana andando con Dios en
santidad. En el Salmo 15 David pregunta: “Jehová, ¿quién habitará en tu tabernáculo?
¿Quién morará en tu monte santo?” (v.1). Aunque estas palabras se refieren
principalmente a nuestra salvación y a nuestra santificación individual, su imaginería del
“santuario” también las hace aplicables al tema de la adoración corporativa. A la pregunta
de quién es un verdadero adorador, Dios responde:
El que anda en integridad y hace justicia, y habla verdad en su corazón. El que no
calumnia con su lengua, ni hace mal a su prójimo, ni admite reproche alguno
contra su vecino. Aquel a cuyos ojos el vil es menospreciado, pero honra a los que
temen a Jehová. El que aun jurando en daño suyo, no por eso cambia; quien su
dinero no dio a usura, ni contra el inocente admitió cohecho. (vv. 2–5)
Ese pasaje indica claramente que la calidad de nuestra adoración en la iglesia depende de la
integridad de nuestras vidas en el mundo. Hebreos 10:22 es otro pasaje que habla de la
santidad personal mientras utiliza la terminología de la adoración pública. Dice:
“acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones
de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura.”
Nuestras relaciones con otros cristianos deben ser correctas para que nuestra adoración
sea aceptable a Dios. Mateo 5:23–24 dice: “Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te
acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y
anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda.”
También debemos adorar a Dios de manera privada durante la semana si queremos
agradarle en nuestra adoración pública. De hecho, muchos han observado que aquellos que
participan de una manera más gozosa y provechosa en los cultos de adoración son quienes
pasan los momentos más frecuentes y más vibrantes con Dios durante la semana. Su
adoración el domingo es un desbordamiento de la relación apasionante que han tenido con
Dios durante los días anteriores.
Orar específicamente por los cultos de la iglesia es otra manera de prepararnos para
ellos, y también lo son asuntos aparentemente tan mundanos como irnos a la cama
temprano el sábado por la noche y levantarnos suficientemente temprano para no tener que
ir con prisas a la iglesia. Todas estas cosas tienen realmente una importancia tremenda
cuando comprendemos la gravedad de las responsabilidades espirituales que reposan sobre
nosotros cuando nos reunimos para adorar. Considera las palabras de Carlos Spurgeon:
Debe haber alguna preparación del corazón al venir a adorar a Dios. Si
consideramos quien es Aquel en cuyo nombre nos reunimos, sin duda no podremos
apresurarnos a reunirnos sin pensar lo que hacemos. Consideremos a Quien
profesamos adorar, y no iremos apresuradamente a Su presencia como corren los
hombres al fuego. A Moisés, el hombre de Dios, se le advirtió que se quitara las
sandalias de sus pies cuando Dios apenas se reveló en una zarza. ¿Cómo deberíamos
nosotros prepararnos para venir a Aquel que Se revela a Sí mismo en Cristo Jesús,
su Hijo amado? No deberíamos entrar a trompicones en el lugar de adoración medio
dormidos, no debemos deambular aquí como si esto no fuera más que ir a un teatro.
No podemos esperar sacar mucho provecho si traemos con nosotros un enjambre de
pensamientos ociosos y un corazón atiborrado de vanidad. Si estamos llenos de
necedad, podemos cerrar la puerta de nuestras mentes a la verdad de Dios.
Aprendiendo de la Enseñanza de la Palabra de Dios
Las últimas palabras de esa cita de Spurgeon describen algo que ocurre con frecuencia en
iglesias bíblicas. La Palabra de Dios es proclamada desde el púlpito, pero los oyentes con
frecuencia aprenden muy poco de ella y cambian muy poco como resultado de ella. Esto es
inaceptable y desagradable a Dios porque Él ha puesto la enseñanza de Su Palabra al frente
de la adoración corporativa. La adoración bíblica siempre ha implicado escuchar la Palabra
de Dios tanto como darle a Él. De hecho, darnos a Dios es siempre una respuesta a las
maravillosas verdades que Él nos comunica por medio de la revelación divina.
La centralidad de la enseñanza bíblica en la adoración corporativa es evidente para
cualquiera que examine el Nuevo Testamento. Los miembros de la iglesia primigenia
“perseveraban en la doctrina de los apóstoles” (Hch. 2:42; cf. 5:42), y parece claro por
muchos ejemplos del Nuevo Testamento que esa enseñanza era la característica prominente
de cada culto público. Las palabras de Pablo a Timoteo con respecto a la iglesia local
fueron registradas para el bien de todas las edades venideras. “Ocúpate en la lectura, la
exhortación y la enseñanza… Ocúpate en estas cosas; permanece en ellas” (1 Tim. 4:13–
15).
Si los cultos de adoración han de encontrar su mayor atractivo y beneficio en la
revelación de Dios por medio de la enseñanza de Su Palabra, ¿por qué parece haber tal
ineficacia y aburrimiento generados por muchos predicadores? Sin duda, una respuesta es
que muchos hombres que proclaman la Palabra de Dios no están tan bien cualificados como
debieran y no se preparan tan bien como podrían. Tal vez muchos incluso carecen de los
dones necesarios para ser maestros efectivos.
Pero Jay Adams, en su excelente libro A Consumer’s Guide to Preaching [Una Guía
del Oidor de la Predicación], ofrece otra explicación además de esa. Dice que aquellos que
escuchan sermones son tan culpables por su falta de eficacia como aquellos que los
predican:
“Demasiados laicos hablan de la predicación como si fuera una calle de un solo
sentido, como si la responsabilidad de lo que sucede cuando la Biblia es proclamada
descansase solamente sobre los hombros del predicador. ¡Pero esto no es así! La
comunicación eficaz demanda aptitud de todas las partes.”
Adams está en lo cierto con respecto a la comunicación, la propia definición de la palabra
implica la recepción tanto como la transmisión de ideas. Así que incluso si el más excelente
predicador del mundo pronunciara el discurso más claro posible mientras se dirige a una
pared de ladrillos, la comunicación no tendría lugar. Sin duda muchos maestros de la Biblia
dirían que con frecuencia se sienten como si estuviesen hablando a una pared de ladrillos
cuando están frente a sus congregaciones, y muchas veces tendrían razón, porque las
personas han realizado muy poca preparación o esfuerzo en su parte del proceso de
comunicación. Una vez más, los comentarios de Carlos Spurgeon son apropiados:
Se nos dice que los hombres no deben predicar sin preparación. De acuerdo, pero
nosotros añadimos, los hombres no deben escuchar sin preparación. ¿Quién pensáis
que necesita más preparación, el sembrador o el campo? A mí me gustaría tener al
sembrador con manos limpias, pero me gustaría tener el campo bien arado, bien
rastrillado, bien removido, y los terrones rotos antes de que llegue la semilla. Me
parece que se necesita más preparación por parte del terreno que por parte del
sembrador, más del oyente que del predicador.
Muchos cristianos no se dan cuenta de que tienen la responsabilidad bíblica de escuchar la
Palabra de Dios adecuadamente (cf. Mat. 13:9 y pasajes similares: Mar. 4:24; Luc. 8:18;
10:16; Apo. 2–3). Y muchos de nosotros que reconocemos esa responsabilidad no estamos
seguros de cómo cumplirla adecuadamente. A continuación hay diez sugerencias que nos
ayudan a convertirnos en mejores oidores y alumnos durante la enseñanza de la Palabra (la
mayoría de ellos son expuestos de una manera más extensa en el libro de Jay Adams antes
mencionado):
1. “Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe” (2 Cor. 13:5). Sólo aquellos
que han sido salvados del pecado por la gracia por medio de la fe en Cristo
pueden entender la verdad de la Palabra de Dios (1 Cor. 2:14).
2. Confiesa y abandona tu pecado continuamente (1 Jn. 1:9), porque 1 Pedro 2:1–2
dice que debemos desechar “toda malicia y todo engaño, e hipocresías, envidias
y toda difamación” para que podamos desear, “como niños recién nacidos, la
leche pura de la palabra” (LBLA).
3. Prepárate para el mensaje la noche anterior orando y yendo temprano a la cama,
y también levantándote suficientemente temprano como para tener el suficiente
tiempo para estar preparado por la mañana.
4. Por medio de la oración y un pensamiento disciplinado, ajusta tu actitud antes
del culto de tal manera que esperes escuchar verdades de Dios que te produzcan
entusiasmo y un cambio de vida (Sal. 119:18, 40, 96, 125, 162).
5. Elimina cualesquiera distracciones potenciales que puedan estorbar tu atención
durante el mensaje (Rom. 13:14).
6. Haz un esfuerzo coordinado durante el culto para entender y retener tanto como
puedas de la enseñanza, tal vez tomando notas y escribiendo en tus propias
palabras las lecciones principales que aprendas y las preguntas que surjan en tu
mente (cf. Sal. 119:11; Stg. 1:25).
7. Practica y desarrolla tus habilidades de discernimiento examinando
cuidadosamente la enseñanza, pero recuerda mantener un espíritu humilde y
enseñable (Hch. 17:11; 1 Tes. 5:21–22).
8. Analiza el mensaje con otros cristianos después del culto, formulándoles
preguntas y compartiendo los ánimos y los desafíos que tú has recibido (cf.
Rom. 15:14; Heb. 10:24).
9. Estudia más a fondo el pasaje o tema analizándolo con el maestro o con otros
cristianos entendidos, y consultando comentarios y otros libros de utilidad.
10. Proponte en tu corazón realizar los cambios necesarios como resultado de lo que
has aprendido, ora por esos cambios, y practícalos diariamente (Stg. 1:22–25).

Orando por y con el Cuerpo


La oración corporativa era un elemento importante en las reuniones de adoración del
Antiguo Testamento (cf. 1 Rey. 18:36; 2 Cron. 7:15; Isa. 56:7), y la iglesia primigenia
continuó esa tradición. Les encontramos orando juntos en Hechos 1:14; 2:1, 46; 4:24, 32;
5:12; 6:4, etcétera. La unidad y el poder presentes en la iglesia primigenia eran
evidenciados por su énfasis en la oración corporativa, pero también es probable que esa
oración fuera la causa de su mayor éxito. Cuando la iglesia se reúne a orar existen unos
beneficios que no están presentes cuando un cristiano ora individualmente a solas, como el
poder proporcional de más voces que se elevan a Dios o el ejemplo instructivo de las
oraciones públicas de los líderes piadosos (1 Tim. 2:8). Este último propósito es
probablemente una de las razones por las que Jesús elevó su larga oración sumo-sacerdotal
en presencia de Sus discípulos (Juan 17).
Todos los creyentes (por separado) deben participar atentamente cuando alguien está
llevando a la congregación en oración, en lugar de estar soñando despiertos o atusándose el
cabello. Pero hay otras maneras con las que podemos contribuir a los cultos de adoración
por medio de nuestras oraciones. Podemos orar antes, durante y después de los cultos para
que nosotros y los demás honremos a Dios y crezcamos espiritualmente.
También podemos orar específicamente por el predicador, como hacía el hombre
conocido como “Praying Hyde”, como un ministerio continuo al principio de este siglo.
Este hombre se reunía con misioneros y otros obreros cristianos en la India y oraba durante
largos períodos de tiempo antes de que ellos cumpliesen con sus compromisos de predicar.
“Hyde se arrodillaba durante varias horas en su habitación o se postraba en el suelo, o se
sentaba a escuchar un mensaje e intercedía por el predicador y por los oyentes.”10
Algunas iglesias tienen grupos de personas que se retiran a una habitación durante el
sermón y oran por la obra de Dios por medio del mensaje. Luego escuchan una grabación
del sermón para su propia edificación. Estas y otras maneras de enfatizar la oración en el
culto de adoración hará que el poder de Dios descienda más plenamente sobre nuestras
iglesias (cf. Stg. 5:16–18).

Cantando los Unos a los Otros y al Señor


Efesios 5:18–19 dice que hemos de ser “llenos del Espíritu, hablando entre vosotros con
salmos, con himnos y cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros
corazones.” Y Colosenses 3:16 dice de manera similar: “La palabra de Cristo more en
abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría,
cantando con gracia en vuestros corazones al Señor con salmos e himnos y cánticos
espirituales.” Ambos pasajes describen la doble función que la música ha desempeñado
siempre en la adoración corporativa del pueblo de Dios. El cántico ha provisto desafíos y
ánimos a los miembros del cuerpo, y ha provisto alabanzas y peticiones a Dios.
La primera función es pasada por alto en buena parte, tal vez porque parece más natural
alabar a Dios por medio de la música que hablar a otras personas o dejarnos estimular por
este medio. Pero dirigirse a otros creyentes por medio de la música es bíblico, según los
pasajes antes mencionados, y Dios ha usado con frecuencia los talentos y las pasiones de
los músicos para confrontar y confortar a Su pueblo. Por lo tanto, la responsabilidad de
cada creyente en este sentido es pensar seriamente en la letra de las canciones que escucha,
para aplicar sus mensajes a su propia vida, y estar dispuesto a usar cualquier habilidad
artística propia en el proceso de estimular a otros por medio de la música.
La segunda función que desempeña la música en la adoración es actuar como un canal
especial por medio del cual podemos dirigir nuestros tributos y peticiones a Dios. Nosotros
hemos de “cantar al Señor” como dice 33 veces en el libro de los Salmos. Apocalipsis 14:3
y 15:3–4 describen a los redimidos en el cielo cantando alabanzas a Dios, indicando que
todos los cristianos sin duda pasarán la eternidad haciendo lo mismo. Así que, ¿por qué no
practicamos diligente y repetidamente mientras estamos en la tierra? Deberíamos hacerlo,
por supuesto, y los cultos de adoración corporativa son un lugar donde podemos hacerlo.
Por lo tanto, cuando tenemos la oportunidad, nada honrará tanto a Aquel a quien adoramos
como un cantar enérgico y sincero. Y si tenemos habilidades instrumentales o vocales,
debemos estar dispuestos a ponerlas a disposición del Señor para usarlas en la iglesia.

Observando las Ordenanzas de la Iglesia


En el Antiguo Testamento, Dios dio a la nación de Israel muchos ritos, rituales, ordenanzas,
o “sacramentos”, para que las observaran como señales de pertenecerle a Él. Una de esas
ordenanzas era la circuncisión, y el pasaje siguiente muestra con cuanta seriedad veía Dios
esa ordenanza:
Dijo de nuevo Dios a Abraham: En cuanto a ti, guardarás mi pacto, tú y tu
descendencia después de ti por sus generaciones. Este es mi pacto, que guardaréis
entre mí y vosotros y tu descendencia después de ti: Será circuncidado todo varón
de entre vosotros. Circuncidaréis, pues, la carne de vuestro prepucio, y será por
señal del pacto entre mí y vosotros. Y de edad de ocho días será circuncidado todo
varón entre vosotros por vuestras generaciones; el nacido en casa, y el comprado
por dinero a cualquier extranjero, que no fuere de tu linaje. Debe ser circuncidado el
nacido en tu casa, y el comprado por tu dinero; y estará mi pacto en vuestra carne
por pacto perpetuo. Y el varón incircunciso, el que no hubiere circuncidado la carne
de su prepucio, aquella persona será cortada de su pueblo; ha violado mi pacto.
(Gén. 17:9–14, énfasis añadido).
Cuando el antiguo pacto estaba en vigor, ningún hombre podía formar parte del pueblo de
Dios si no participaba de esta ordenanza de la circuncisión que Dios había establecido. La
responsabilidad de participar en las otras ordenanzas, tales como las fiestas decretadas, era
igual de grave.
Dios ha establecido dos ordenanzas en el nuevo pacto, el bautismo y la Cena del Señor,
y Él se las toma tan en serio como los ritos anteriores. Pero, lamentablemente, muchos que
profesan ser cristianos en nuestros días las consideran simplemente como meras
sugerencias que ellos pueden tomar o dejar. Por el contrario, han sido diseñadas para ser
elementos esenciales de la adoración corporativa de la iglesia, en las cuales han de
participar todos los miembros.
• El Bautismo. La primera manera en la que todo creyente debe participar en la
ordenanza del bautismo es siendo bautizado (cf. Mat. 28:19–20). Esto no es simplemente
una opción para cualquiera que afirme conocer a Cristo como Señor y Salvador,
contrariamente a la impresión que dan multitud de miembros de iglesia no bautizados y
personas que asisten a las iglesias evangélicas. En el primer siglo, cuando alguien profesaba
creer en Cristo, era bautizado inmediatamente (cf. Hch. 2:41; 8:12, 36–38; 9:18; 10:47–48).
Como comenta F. F. Bruce, “La idea de un cristiano no bautizado simplemente no se
considera en el Nuevo Testamento.”
Esta es la razón por la que el bautismo y la salvación están relacionados tan
estrechamente en algunos pasajes (ej. Hch. 2:38; 22:16), no porque el rito en sí mismo salve
a nadie (no lo hace), sino porque es el primer paso de obediencia con el cual el creyente se
identifica externamente con Jesucristo y con Su iglesia. Es la señal inicial de formar parte
del nuevo pacto. Además, el bautismo está relacionado con la salvación en el sentido de
que aquellos que lo rechazan desobedecen un mandamiento directo de Dios y de esa
manera ponen serias dudas sobre la validez de su fe (cf. Jn. 14:15; 1 Jn. 2:3; Stg. 2:14–26).
Así que decir que todo creyente tiene la responsabilidad de ser bautizado es quedarse
corto. Pero también es importante observar que nuestras responsabilidades con respecto al
bautismo no acaban cuando somos bautizados. Luego tenemos la responsabilidad de ser
testigos del bautismo de otros que entran en el cuerpo, confirmarles en su identificación
externa con Cristo y con la iglesia, y pedirles cuentas de las responsabilidades que tienen
ahora como miembros del cuerpo.
• La Cena del Señor. Esta segunda ordenanza del nuevo pacto no está enlazada en la
Escritura con la salvación como lo está el bautismo, pero de ninguna manera es menos
importante. Mientras que el bautismo es una señal externa de entrada en el pacto, la Cena
del Señor (o Comunión, como se le llama con frecuencia) es una conmemoración de la
muerte de Jesucristo, el evento que inició el nuevo pacto y que en realidad lo hizo posible.
Y nuestro Salvador mismo ha ordenado que participemos del pan y del vino que simbolizan
Su cuerpo y Su sangre. Él dijo: “Haced esto en memoria de mí” (1 Cor. 11:24).
Puesto que el mandamiento vino de los labios del propio Jesucristo, no nos sorprende
que el libro de los Hechos describa a la iglesia celebrando la Cena del Señor repetidamente.
De hecho, Hechos 2:42 dice: “Y perseveraban… en el partimiento del pan.” La
importancia de esta ordenanza es enfatizada aún más por Pablo en 1 Corintios 11:26–30:
Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte
del Señor anunciáis hasta que él venga. De manera que cualquiera que comiere
este pan o bebiere esta copa del Señor indignamente, será culpado del cuerpo y de
la sangre del Señor. Por tanto, pruébese cada uno a sí mismo, y coma así del pan, y
beba de la copa. Porque el que come y bebe indignamente, sin discernir el cuerpo
del Señor, juicio come y bebe para sí. Por lo cual hay muchos enfermos y
debilitados entre vosotros, y muchos duermen [es decir, habían muerto].
Este pasaje deja claro que debemos tomar la Comunión muy seriamente y acceder a ella
con la actitud correcta. Cuando lo hacemos, no sólo evitaremos el juicio de Dios, sino que
también experimentaremos la bendición especial que esta celebración puede proporcionar.
El consejo de Carlos Spurgeon es de mucha ayuda: “Nunca te preocupes por el pan o por el
vino, a menos que los uses como la gente usa sus anteojos. ¿Para qué los usan? ¿Para
mirarlos? No, para mirar a través de ellos. Así que, usa el pan y el vino como un par de
anteojos. Mira a través de ellos, y no te quedes satisfecho hasta que puedas decir: ‘Sí, sí,
puedo ver al Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.’ ”
Así que la Cena del Señor es una bendita ordenanza de la que todo creyente debe
participar regularmente para ser un verdadero adorador de Dios. Las palabras del
compositor Michael Card se aplican a todos los que desean obedecer a Cristo de esta
manera:
Hay una mesa preparada para ti,
Con pan y vino, que recuerdan el perdón,
La paz, la vida, la hermosa liberación,
Que Cristo diera, cuando fue a morir por mí.
Ven a la mesa, y siéntate junto a mí,
Y participa del gozo de tu Señor,
Cristo te invita, y lo hace con dulce voz:
Ven a mi lado, no te pierdas el festín.

Ofrendando al Señor y a Su Iglesia


Ofrendar de nuestros recursos económicos al Señor es al mismo tiempo un deber solemne y
un privilegio maravilloso. Es un deber porque Dios nos ha ordenado que lo hagamos (1
Cor. 16:2; 2 Cor. 9:7) y porque Él ha advertido que aquellos que retengan sus dones para Él
serán reprendidos severamente (Mal. 3:8–9; Luc. 16:11). Pero también es un privilegio
maravilloso porque el deleite y la bendición de Dios descansan sobre aquellos que dan
generosamente para Él (Mal. 3:10; Hch. 20:35; 2 Cor. 9:6–8; Heb. 13:16).
Según la Palabra de Dios, el principal lugar donde debe hacerse esto debería ser la
iglesia local. Ofrendar es un acto de adoración, y Dios ha querido que sea un elemento de la
adoración corporativa del cuerpo. 1 Corintios 16:1–3 dice: “En cuanto a la ofrenda para
los santos, haced vosotros también de la manera que ordené en las iglesias de Galacia.
Cada primer día de la semana cada uno de vosotros ponga aparte algo, según haya
prosperado, guardándolo, para que cuando yo llegue no se recojan entonces ofrendas.”
El término griego traducido como “guardándolo” es un participio del verbo thesaurizo,
y nuestra palabra “tesoro” viene de la forma nominal de esta palabra. Implica un lugar
central donde los fondos son recolectados y guardados. Por lo tanto la versión Reina Valera
de 1960 traduce esta sección del versículo así: “Cada primer día de la semana cada uno de
vosotros ponga aparte algo, según haya prosperado, guardándolo.” Esto parece recoger
muy bien el significado de lo que Pablo está diciendo: porque si lo que quisiera decir es que
cada uno debería apartar dinero por su cuenta, no habría tenido ninguna razón para decirles
que hicieran eso “cada primer día de la semana”; ni tampoco tendría ningún sentido si cada
uno de ellos estuviese guardando su dinero individualmente. ¿Cómo podría Pablo recibir el
dinero si nunca lo hubieran reunido? Además, las palabras de Pablo en el versículo 3
indican que algunos creyentes habían sido aprobados por la iglesia para manejar los fondos.
Así que parece claro que Pablo estaba ofreciendo instrucciones divinas a los corintios (y
a todos los cristianos subsiguientes) con respecto al ofrendar en la iglesia local. Como en la
adoración corporativa del Antiguo Testamento (Sal. 96:8; Mal. 3:10), las ofrendas de los
cristianos deben ser llevadas a la asamblea de tal manera que los líderes piadosos allí
puedan distribuirlas para la obra del ministerio. 1 Corintios 16:1–2 y otros pasajes del
Nuevo Testamento revelan también algunos principios adicionales que deben gobernar
nuestro ofrendar:
• Se debe ofrendar regularmente. Pablo les dijo a los corintios que debían ofrendar
“cada primer día de la semana.” Sin duda él sabía que ofrendar de manera sistemática nos
ayudará a centrarnos en Dios de una manera más constante, particularmente con respecto a
esta área tan importante de nuestras finanzas.
• Se debe ofrendar individualmente. Al decir “cada uno de vosotros,” Pablo enfatiza que
ofrendar es una responsabilidad de cada cristiano que tiene algo que dar. Esto se aplica
incluso a las esposas y los hijos que pueden recibir sólo una pequeña cantidad de dinero con
poca frecuencia. Recuerda que la viuda de Marcos 12:41–44 dio sólo el equivalente a una
cuarta parte de un centavo de dólar, pero honró al Señor con su ofrenda.
• Se debe ofrendar de manera planificada. Hemos de “poner aparte” el dinero que
vamos a ofrendar a Dios, lo cual es un procedimiento deliberado, considerado
cuidadosamente. 2 Corintios 9:7 dice que “cada uno dé como propuso en su corazón,” y la
palabra griega para “propuesto” (proaireo) significa “apartar de antemano.” Como dijo
Jesús cuando trató el asunto del dinero, “El que es fiel en lo muy poco, también en lo más
es fiel; y el que en lo muy poco es injusto, también en lo más es injusto. Pues si en las
riquezas injustas no fuisteis fieles, ¿quién os confiará lo verdadero?” (Luc. 16:10–11).
• Se debe ofrendar de manera proporcional. Pablo dijo a los corintios que cada uno
diera “según haya prosperado.” Nuestro ofrendar debe ser proporcionado a las bendiciones
económicas que Dios nos haya dado. Por esta razón, es muy útil decidir dar un determinado
porcentaje de nuestros ingresos brutos como una ofrenda mínima a la iglesia regularmente.
• Se debe ofrendar de manera sacrificada. Esa cantidad proporcional que damos de
manera regular a la iglesia debe ser tal que tense nuestros presupuestos lo suficiente como
para que nunca sea una simple ofrenda simbólica a Dios. Y debemos estar dispuestos a
proveer para las necesidades de otras personas de la congregación dando donativos además
de nuestras ofrendas regulares. Para decirlo de una manera muy clara, el dar es agradable a
Dios sólo cuando nos cuesta algo. Esa es la razón por la que la viuda con su ofrenda más
escasa fue mucho más agradable a Dios que las personas ricas con sus ofrendas abundantes
(Marcos 12:41–44). Considera la descripción de cómo ofrendaban los macedonios en 2
Corintios 8:1–4:
Asimismo, hermanos, os hacemos saber la gracia de Dios que se ha dado a las
iglesias de Macedonia; que en grande prueba de tribulación, la abundancia de su
gozo y su profunda pobreza abundaron en riquezas de su generosidad. Pues doy
testimonio de que con agrado han dado conforme a sus fuerzas, y aun más allá de
sus fuerzas, pidiéndonos con muchos ruegos que les concediésemos el privilegio de
participar en este servicio para los santos.
• Se debe ofrendar alegremente. La última afirmación en ese pasaje revela la razón más
importante por la que la manera de ofrendar de los macedonios le resultó tan impresionante
a Pablo y tan agradable a Dios: ellos realmente querían sacrificarse por el Señor. Como la
adoración en general, el ofrendar sólo es aceptable cuando se hace desde un corazón
agradecido y desde el gozo por la majestad de Dios y la bondad que Él nos ha otorgado. Así
que Pablo nos ordena en 2 Corintios 9:7: “Cada uno dé como propuso en su corazón: no
con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre.”

Sirviéndonos los Unos a los Otros en los Cultos


Aunque los cultos de adoración muchas veces no son el lugar ideal para edificar relaciones
íntimas con otros miembros del cuerpo (debido al tamaño y naturaleza de los cultos), aun
hay maneras de servirnos los unos a los otros en ellos. Estas maneras tienen que ver
principalmente con hacer que los cultos de adoración sean más placenteros y provechosos
para todos los que están allí.
• Podemos hacer uso del don de “ayudas”. 1 Corintios 12:28 dice que las “ayudas” son
un don espiritual dado a los miembros de la iglesia, y ese don debe ejercitarse
abundantemente para que los cultos de adoración se desarrollen sin contratiempos. Se
necesitan ayudadores para preparar los elementos de la Comunión, para ayudar a quienes se
bautizan, para controlar el equipo de sonido, para mantener el edificio, para cuidar a los
niños, y para asistir en una multitud de ministerios. Una reunión de adoración que honra a
Dios y acerca a las personas a Él depende de mucho más que de la predicación y de la
música.
• Podemos hacer uso del don de “administrar”. 1 Corintios 12:28 también dice que
algunos miembros del cuerpo tienen el don de organizar y de tomar decisiones de tipo
práctico para la vida de la iglesia. Necesitamos personas que puedan planear y decidir
diferentes consideraciones prácticas tales como el orden del culto, la música, cómo se
recogen las ofrendas, cómo se da la bienvenida a las visitas, etc. Normalmente es mejor que
el pastor no haga estas cosas, de tal manera que pueda entregarse a la Palabra y a la oración
(Hch. 6:1–6). Es importante que los cultos sean administrados adecuadamente, de tal
manera que “todo se haga decentemente y con orden” (1 Cor. 14:40 LBLA)
• Podemos mostrar simpatía y hospitalidad a los demás. Dios quiere que los cultos de
la iglesia sean un lugar donde la gente se sienta bienvenida y amada, y la única manera de
que esto suceda es si cada uno de los miembros hace un esfuerzo para ser amable hacia los
demás y hacia los que vienen de visita. Algunos pueden ocupar las funciones de “ujier” o
“anfitrión,” ministrando antes y después de los cultos a quienes asisten. Otros simplemente
pueden planear hablar con algunos de los otros, incluyendo al menos una persona a la que
no conocen. Podemos pasar un himnario abierto a una pareja que ha llegado tarde,
cambiarnos de sitio para cederlo a otros, y mostrar simpatía por medio de una multitud de
otras pequeñas muestras de amabilidad que hacen un impacto importante en la atmósfera
del culto. Por encima de todo, debemos de asegurarnos de evitar el tipo de favoritismo
discriminatorio descrito en este pasaje:
Hermanos míos, que vuestra fe en nuestro glorioso Señor Jesucristo sea sin
acepción de personas. Porque si en vuestra congregación entra un hombre con
anillo de oro y con ropa espléndida, y también entra un pobre con vestido
andrajoso, y miráis con agrado al que trae la ropa espléndida y le decís: Siéntate tú
aquí en buen lugar; y decís al pobre: Estate tú allí en pie, o siéntate aquí bajo mi
estrado;¿no hacéis distinciones entre vosotros mismos, y venís a ser jueces con
malos pensamientos? Hermanos míos amados, oíd: ¿No ha elegido Dios a los
pobres de este mundo, para que sean ricos en fe y herederos del reino que ha
prometido a los que le aman? Pero vosotros habéis afrentado al pobre. ¿No os
oprimen los ricos, y no son ellos los mismos que os arrastran a los tribunales?¿No
blasfeman ellos el buen nombre que fue invocado sobre vosotros? Si en verdad
cumplís la ley real, conforme a la Escritura: Amarás a tu prójimo como a ti mismo,
bien hacéis; pero si hacéis acepción de personas, cometéis pecado, y quedáis
convictos por la ley como transgresores. (Stg. 2:1–9)
Probablemente hay muchas otras maneras en las cuales podemos participar como
creyentes en la adoración pública, pero las descritas en este capítulo son fundamentalmente
necesarias para una verdadera adoración. Si buscamos una participación bíblica en cada una
de ellas cuando nos reunimos con otros creyentes, podemos evitar caer en la trampa de la
pseudoadoración descrita en esta ilustración de Don Whitney:
Una de las experiencias más tristes de mi niñez sucedió en mi décimo cumpleaños.
Varios días antes se enviaron invitaciones para la celebración. Iba a ser mi mejor
cumpleaños hasta entonces. Todos vinieron a mi casa justo después del atardecer.
Mi padre asó perritos calientes y hamburguesas mientras mi madre daba los toques
finales a mi tarta de cumpleaños. Después de comernos toda la tarta y todo el
helado, llegó la hora de los regalos. Francamente, hoy no recuerdo ni siquiera uno
de los regalos, pero recuerdo lo bien que lo estaba pasando con los muchachos que
me los daban. Como yo no tenía hermanos, lo mejor de todo el evento era
simplemente estar con los otros niños.
El punto culminante de la celebración era un regalo de mí para ellos. Nada era
demasiado bueno para mis amigos. El coste era inmaterial. Yo iba a pagar sus
entradas para el evento más emocionante de la ciudad, el partido de baloncesto del
instituto. Aún puedo ver cómo bajábamos del coche de mi padre con alegría aquella
fría tarde y cómo corríamos hasta el gimnasio. Estar allí en la ventanilla, pagando 9
entradas de 25 centavos rodeado por mis amigos, era uno de aquellos momentos
simples pero dorados de la vida. Aquella imagen en mi mente era el final perfecto
para el cumpleaños perfecto de un niño de diez años. Cuatro amigos a un lado y
cuatro amigos al otro, yo me sentaría en el medio mientras todos comíamos
palomitas de maíz, nos dábamos codazos unos a otros y animábamos a nuestros
héroes del instituto. Según entrábamos, recuerdo sentirme más feliz que Jimmy
Steward en la escena final de ¡Qué bello es vivir! (It’s a Wonderful Life).
Luego el momento dorado quedó hecho añicos. Una vez en el gimnasio, todos mis
amigos se dispersaron y no los volví a ver durante el resto de la noche. No me
dieron las gracias por la diversión, ni por la comida ni por las entradas. Ni siquiera
un “Feliz Cumpleaños, pero me voy a sentar con otra persona.” Sin ninguna palabra
de gratitud ni de despedida, todos se fueron sin mirar atrás. Así que me pasé el resto
de mi décimo cumpleaños a solas en las tribunas, envejeciendo solo. Tal como lo
recuerdo, fue un partido espantoso.
Cuento esta historia, no para recibir lástima por un recuerdo doloroso de la infancia,
sino porque me recuerda la manera en que muchas veces tratamos a Dios en la
adoración. Aunque venimos a un evento en el que Él es el Invitado de Honor, es
posible darle un regalo rutinario, cantarle unas pocas canciones habituales, y luego
desatenderle totalmente mientras nos centramos en otros y disfrutamos de la
interpretación de aquellos que están delante de nosotros. Como mis amigos de diez
años, podemos irnos sin ningún remordimiento de conciencia, sin ninguna noción
de nuestra insensibilidad, convencidos de que hemos cumplido bien nuestra
obligación.
Quiera Dios que nosotros no seamos hijos egoístas, sino que seamos hijos afectuosos y
agradecidos, que adoramos al Padre en espíritu y verdad.

Preguntas para la plática y aplicación:


1. Revisa la sección titulada “La Esencia de la Adoración Corporativa” (páginas
111–115). ¿Cómo piensas que una aplicación de esos principios podría evitar
que una iglesia cayera en una “guerra de adoraciones” sobre estilos musicales y
otros elementos del culto?

2. ¿Cómo te preparas tú da antemano para la adoración dominical? ¿Si no has


estado haciéndolo, cómo puedes comenzar a hacerlo?

3. Evalúa y discute esta afirmación: “La bendición recibida en un sermón depende


más del oyente que del predicador”.

4. ¿Por qué es cierto que para algunas personas, el 10% de sus ingresos es
probablemente una cantidad muy pequeña para dar a la iglesia?

7
Usando Nuestros Dones Espirituales

“Lo que no sabes no te hará daño”, dice el viejo proverbio. Esto es cierto en algunos casos
(especialmente durante la niñez). Pero según la Palabra de Dios, esto no es cierto cuando se
trata de los dones espirituales. Pablo le dijo a la iglesia de Corinto: “En cuanto a los
[dones] espirituales no quiero, hermanos, que seáis ignorantes” (1 Cor. 12:1 LBLA). Por
medio del Espíritu Santo les estaba diciendo a aquellos creyentes que lo que ellos no sabían
acerca de los dones espirituales les haría daño.
La ignorancia acerca de los dones espirituales en la vida de cualquier creyente es nociva
para la iglesia como un todo y para esa persona. La iglesia sufre porque Dios ha dado dones
a ese creyente para desempeñar una función única en el cuerpo, y el propio individuo sufre
porque su utilidad y gozo en Cristo dependen de su ejercicio de esos dones. Por otro lado, si
tú, como cristiano, entiendes la verdad en la Palabra de Dios con respecto a los dones
espirituales y la practicas, harás una contribución importantísima para el éxito de tu
congregación y experimentarás una realización personal cada vez mayor en tu andar con
Cristo.
Efesios 4:7–16 es uno de los pasajes del Nuevo Testamento que explican de manera
más clara y más minuciosa la naturaleza y el propósito de los dones espirituales. Allí
leemos:
Pero a cada uno de nosotros fue dada la gracia conforme a la medida del don de
Cristo. Por lo cual dice [la Escritura]: Subiendo a lo alto, llevó cautiva la
cautividad, Y dio dones a los hombres… Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a
otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de
perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo
de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del
Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de
Cristo; para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo
viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con
astucia las artimañas del error, sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos
en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, de quien todo el cuerpo, bien
concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente,
según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir
edificándose en amor.
Este pasaje de la Escritura y otros paralelos proveen respuestas a una serie de preguntas
importantes acerca de los dones espirituales. Analizaremos cada una de esas preguntas a lo
largo de este capítulo, con la esperanza de que no ignores ni desconozcas este asunto tan
esencial.

¿Qué Son los Dones Espirituales?


Efesios 4:7–8 dice que el Señor ha dado dones a los creyentes. La palabra griega traducida
como “dones” (domata) es una palabra común que puede tener una amplia variedad de
significados, pero el contexto revela que Pablo se está refiriendo a habilidades que Dios ha
dado a los cristianos para la edificación de los demás en el cuerpo, y para la evangelización
de aquellos que están fuera del cuerpo. 1 Corintios 12:1–7 dibuja un cuadro más completo
de la naturaleza de los dones espirituales. Allí, Pablo utiliza cinco palabras griegas
diferentes para referirse a estos dones. Estudiar brevemente esas palabras nos ayudará a
entender mejor qué clase de dones se han dado a los creyentes:
• Pneumatikon (tr. “dones espirituales”, v. 1). Esta palabra viene del término griego
pneuma, que significa “espíritu”, y se usa con frecuencia para referirse al Espíritu Santo.
Nos dice que los dones espirituales no pueden ser equiparados directamente con las
habilidades naturales que hemos poseído desde el nacimiento. Más bien, esas habilidades
espirituales nos fueron dadas en nuestro segundo nacimiento, cuando fuimos nacidos de
nuevo por el Espíritu de Dios. Pueden estar asociados de alguna manera con nuestras
habilidades naturales, pero no necesariamente. Alguien que tiene la habilidad de enseñar en
el contexto de una escuela también puede tener el don de enseñar la Biblia a la iglesia, pero
otro educador excelente puede tener muy poca o ninguna habilidad para exponer la
Escritura.
• Charismaton (tr. “dones”, v. 4). Esta palabra viene del término charis, que significa
“gracia”. La idea de la palabra en relación con los dones espirituales es que nos llegan a
nosotros enteramente por medio del favor inmerecido de Dios y nunca como una
recompensa por nuestra sinceridad en nuestros esfuerzos por la piedad (contrariamente a lo
que algunos enseñan al respecto en nuestros días). Pablo enfatiza esta verdad también en
Efesios 4:7, cuando dice que a cada uno de nosotros nos “fue dada la gracia”. Alguien ha
definido muy bien la idea de la gracia con tres palabras: “a pesar de”. Dios quiere que
entendamos que nosotros recibimos nuestras habilidades espirituales a pesar de lo que
hemos hecho, no por lo que hemos hecho. Una ilustración de esto es la propia iglesia de
Corinto, que había recibido una abundancia de dones espirituales (1 Cor. 1:7) a pesar de
estar llena de discordia (cap 3), pecado (cap. 5) y falsa doctrina (cap. 15).
• Diakonion (tr. “ministerios”, v. 5). Esta palabra denota la idea de servicio, y también
se usa en el Nuevo Testamento para referirse a aquellos en la iglesia que cumplen la
función de “diácono” (una transliteración española de la palabra griega). Nos habla de que
los dones espirituales nos son dados para que podamos servir a los demás. Dios no nos ha
dado dones espirituales para que los demás nos miren y queden impresionados, de tal
manera que podamos sentirnos mejor con nosotros mismos, ni siquiera para que nos
sentemos y hagamos debates sobre ellos. No nos son dados principalmente para nuestro
propio beneficio, sino para el beneficio de los demás.
• Energematon (tr. “operaciones”, v. 6). Nuestra palabra española “energía” viene de
esa palabra griega, que enfatiza el hecho de que el poder de Dios mismo está obrando
cuando se están ejercitando en el cuerpo los dones espirituales. La eficacia de nuestros
dones no es algo que nosotros podemos controlar en último término; nosotros no podemos
encenderla y apagarla a voluntad. Dios soberanamente dicta cuándo Su energía divina hará
su obra, y por lo tanto, debemos depender constantemente de Él para que se produzca algún
tipo de bien cuando nos servimos los unos a los otros.
• Phanerosis (tr. “manifestación” v. 7). Finalmente, Pablo se refiere a los dones
espirituales como una “manifestación del Espíritu”, queriendo decir que son dados con el
propósito de que cuando se usen los dones se manifieste a la iglesia el carácter y el poder de
Dios. Nosotros no tenemos dones espirituales de tal manera que los demás vean llenos de
asombro nuestra destreza y habilidad, sino para que vean al Espíritu Santo obrando en
medio nuestro y alaben a Dios por Su gracia y por Su gloria. Como dijo Pablo en 1
Corintios 1:31: “El que se gloría, gloríese en el Señor.”

¿Quién Da los Dones Espirituales?


Pablo usa esas cinco palabras en 1 Corintios 12:1–7 y todas las ideas comunicadas en su
contexto inmediato enfatizan que Dios el Padre ha provisto dones a la iglesia por medio del
Espíritu Santo como una exhibición de Su soberanía y de Su gracia. El apóstol presenta este
mismo punto repetidamente a lo largo de todo el capítulo (cf. vv. 11, 18, 24 y 28). Y en
Efesios 4, menciona tres veces que es Jesucristo quien da los dones a la iglesia, así que los
tres miembros de la Trinidad están involucrados en la concesión de esos dones a nosotros.
Este énfasis en la fuente divina de los dones espirituales claramente es intencionado y tiene
el propósito de promover la unidad en el cuerpo.
Si tú entiendes que cualquier habilidad que tú tengas viene de un Dios de gracia y que
cualquier cosa buena que puedas llevar a cabo sucede sólo por Su poder, entonces lo más
probable es que no te hagas arrogante como resultado de tus habilidades y tus éxitos.
También tendrás menos actitudes de superioridad y serás menos crítico hacia aquellos que
tienen dones diferentes a los tuyos, porque recordarás que Dios mismo ha organizado el
cuerpo según Su perfecto plan, “como Él quiere” (1 Cor. 12:11). Si tú no estás contento con
alguno de los componentes de tu iglesia local y deseas que sea más como tú, entonces tu
problema lo tienes con Dios, el cual los puso allí y los hizo como son. En lugar de quejarte
de sus debilidades, deberías con avidez tratar de usar tus dones para el beneficio de ellos y
recibir humildemente el ministerio que Dios ha querido que ellos tengan en tu vida.
Este es el punto de la exhortación del apóstol Pedro en 1 Pedro 4:10–11: “Cada uno
según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores de la
multiforme gracia de Dios. Si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios; si
alguno ministra, ministre conforme al poder que Dios da, para que en todo sea Dios
glorificado”.
Este pasaje nos dice varias veces y de varias maneras diferentes que Dios es Aquel que
nos da los dones espirituales y nos capacita para usarlos. Así que cuando los usamos,
debemos hacerlo como receptores humildes de Su gracia, reconociendo que Su “multiforme
gracia” ha provisto al cuerpo con una amplia variedad de habilidades y personalidades. Ya
sea que hables o sirvas o cumplas cualquier otro ministerio, debes darle toda la gloria a
Dios y estar agradecido por aquellos que hacen sus aportaciones a la iglesia de otras
maneras.

¿A Quién Han Sido Dados los Dones Espirituales?


Efesios 4:7 dice que “a cada uno de nosotros fue dada la gracia conforme a la medida del
don de Cristo.” Todos los verdaderos creyentes han recibido del Señor dones espirituales.
No hay un solo cristiano en este mundo que no tenga alguna habilidad para servir a los
demás en el cuerpo (cf. 1 Cor. 12:7, 11; 1 Ped. 4:10). Si tú eres cristiano, ya seas viejo o
joven, educado o inculto, rico o pobre, fuerte o débil, maduro o inmaduro, tú tienes al
menos un don espiritual (y probablemente tienes más de uno).
Algunos creyentes no piensan que tienen algún don espiritual, pero la Palabra de Dios
dice que sí lo tienen. Muchos creyentes no conocen cuales son sus dones espirituales, pero
eso no cambia el hecho de que los tienen. También es cierto que nosotros podemos
descuidar el don que hay en nosotros, como implica Pablo en 1 Timoteo 4:14 (cf. 2 Tim.
1:6). Pero todos nosotros estamos dotados de alguna manera con dones, y necesitamos
reconocer esto como el primer paso para usar nuestros dones para la gloria de Dios.
El hecho de que todos nosotros hemos sido dotados con dones espirituales significa que
cada miembro del cuerpo es indispensable en el plan del reino de Dios. Pablo se extiende
más en este punto cuando dice que cada creyente recibe habilidades espirituales “conforme
a la medida del don de Cristo”. La fraseología nos ayuda a entender algunas verdades
importantes acerca del uso de los dones espirituales.

Cada Don Es Importante


Cualquier persona que cosa o cocine entiende la importancia de las medidas. Un vestido
hecho a mano confeccionado por una costurera que nunca mide las piezas de tela acabará
dando miedo de verlo, y un pastel elaborado por alguien que echa cantidades
indiscriminadas de ingredientes tomados al azar se lo acabará comiendo sólo el cubo de la
basura. Para que un vestido o un pastel funcionen como se espera de ellos, se deben llevar a
cabo unas mediciones escrupulosas.
Afortunadamente para nosotros, la Escritura dice que nuestro Señor ha medido
sabiamente los dones que ha dado a la iglesia. Él sabe exactamente lo que Él quiere
producir en la iglesia que Él está edificando, y Él conoce exactamente qué dones se
necesitan en la iglesia para llevarlo a cabo. Él mide los dones que da de tal manera que no
falte ningún recurso en ningún cuerpo de creyentes en particular. Él te ha dado de manera
precisa la cantidad exacta y la clase exacta de talentos para que tú Le honres y ayudes a tu
iglesia a ser todo aquello para lo cual ha sido concebida.
Esto significa que cada creyente desempeña una función importante en el progreso de
una iglesia. Tú te harás daño a ti mismo y al cuerpo de Cristo como un todo si no ejercitas
fielmente tus dones. De la misma manera que una pieza de tela perdida puede estropear un
vestido o la falta de un ingrediente puede arruinar un pastel, así mismo un cristiano
ineficiente puede estorbar el funcionamiento de una iglesia según el modelo bíblico.

Cada Creyente es Único


La idea de que Cristo “mide” los dones en cada iglesia indica que nosotros no deberíamos
esperar que cada creyente sea igualmente competente o exitoso en cada área de servicio.
Sólo hubo un hombre que haya andado jamás sobre la tierra que tuviese todos los dones
espirituales en el grado más elevado, Jesucristo. Juan 3:34 dice que Cristo recibió el
Espíritu “sin medida”. El resto de nosotros, sin embargo, hemos recibido sólo una medida
de talentos que nos capacita para desempeñar una función única en el cuerpo.
• No todos los cristianos tienen los mismos dones. Esto no quiere decir que cualquiera
puede descuidar las responsabilidades bíblicas dadas a todos los creyentes al decir: “Yo no
tengo dones en esta área”. Todo cristiano tiene el mandato de estar involucrado en la
oración, en las ofrendas, en la confrontación afectuosa, en el evangelismo, y en todos los
demás deberes que se examinan en este libro. Pero podríamos decir que mientras que cada
uno de nosotros está llamado a ser un médico de medicina general, también se requiere de
cada uno de nosotros que seamos especialistas en algún área o áreas. Mientras tú cumples
fiel y regularmente todas las responsabilidades de la vida en la casa del Padre, también
debes dedicar la mayor parte del tiempo y energías sirviendo en aquellas áreas en las cuales
tienes la mayor dotación de dones espirituales. Y debes tener mucho cuidado para no
esperar que otros creyentes tengan tanto éxito como tú en esos ministerios.
Por ejemplo, algunos cristianos están tan dotados para el evangelismo que parece que
surge de ellos de manera natural, y ven personas convertidas a Cristo regularmente. Pero a
otros creyentes les resulta más difícil testificar y no en seguida llevan a otros a Cristo.
Ambos necesitan obedecer al Señor involucrándose en el evangelismo, pero los unos no
deben menospreciar a los otros porque no evangelicen tan a menudo ni tan bien como ellos.
Algunos creyentes también tienen un don especial de hospitalidad o amistad, de tal manera
que, como dice el refrán, “nunca se han encontrado con un extraño”. Ellos hacen que
cualquier persona que entre en su presencia se sienta amada y apreciada. Otros, no obstante,
han de trabajar duro simplemente para evitar ofender a las personas con las que se
encuentran. Esto puede ser porque tienen patrones de pensamiento y de actuación
pecaminosos que es necesario que Dios cambie. Pero también puede ser que a pesar de
amar a los demás y de querer desarrollar amistades, hay algo en sus personalidades o en sus
dones que hace que les resulte más difícil. Cuando tú eres tentado a juzgar a otros
duramente porque ves un área de debilidad en sus vidas, recuerda que ellos te pueden
sobrepasar en otras áreas en cuanto a dones y efectividad.
• No todos los cristianos dotados con los mismos dones tienen la misma cantidad de
dotación en esa área. Entre aquellos que están dotados para el evangelismo, algunos están
más dotados que otros. Lo mismo se puede decir de la hospitalidad y de todos los demás
dones. Recordar esto puede ser especialmente importante cuando evaluamos a los líderes y
a los maestros en la iglesia. Efesios 4:11 dice que Dios ha dado pastores y maestros a la
iglesia, y no debemos esperar que todos ellos tengan las mismas habilidades. Por lo tanto,
en lugar de comparar a tu pastor con otros que parecen estar más dotados, debes de dar
gracias a Dios por las habilidades que tu pastor tiene, y ayudarle a sacarles el mejor
provecho posible. Las siguientes palabras del comentarista puritano Paul Bayne con
respecto a los líderes de la iglesia se aplica a cualquier área de la dotación de dones
espirituales:
El estudio de la diversidad de dones reprende a los que no les gusta ésta o la otra
clase de don porque no es lo que les apetece. Si uno habla con calma y en voz baja,
aunque proclame la verdad sólidamente, si no habla fuerte, dicen “no es nadie”
como si todo el mundo hubiera de ser un Elías o un Hijo del Trueno. Si otro con
base (preparación) humilde [a los que les falta sofisticación o garbo] le da una
buena paliza (apela, fustiga) a la conciencia, “Vaya”, dicen, él no es para ellos, no
profundiza en el texto—ellos mismos podrían verlo desde el principio. Como si
todo barco desplazara la misma cantidad de agua. Aún así, toda clase de barcos
llevan sus pasajeros a buen puerto. Así es con los pastores. Todos no tienen la
misma perspicacia en doctrina. Sin embargo, todos pueden ser instrumentos de Dios
para tu salvación. Este es un temperamento descarado e irritante que, si queréis ser
cristianos de verdad, tendréis que dejar.
Es importante reconocer que Dios ha dado diferentes dones a cada creyente porque te
ayudará a librarte tanto del orgullo como de la desesperación. Ten cuidado de no pensar
nunca que eres mejor que otro creyente porque tengas un determinado don. Y recuerda con
gratitud que el carácter único de tus dones siempre será indispensable en la obra de la
iglesia. También, si otros están más dotados que tú en un área particular, deberías reconocer
que Dios les ha puesto en la iglesia para que tú aprendas de ellos, en lugar de para sentir
celos y resentimiento por el éxito de ellos.

¿Para Qué Se Dan los Dones Espirituales?


En Efesios 4, después de analizar la naturaleza y los receptores de los dones espirituales,
Pablo continúa analizando su propósito en la iglesia y los maravillosos resultados que
ocurren cuando son utilizados como debe ser en una iglesia local. Entender esta instrucción
inspirada nos ayudará a usar nuestros dones bíblicamente y también nos motivará a hacerlo.

El Propósito de Usar Nuestros Dones


En Efesios 4:11–12 Pablo dice: “Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros,
profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los
santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo”.
• Los líderes han de usar sus dones para equipar a los santos. A ciertos hombres en la
iglesia primigenia Dios les dio dones especiales, y ellos mismos se convirtieron en dones
especiales para la iglesia como un todo porque entrenaban a los miembros de la iglesia para
hacer la obra del ministerio. Su trabajo no era hacer la obra del ministerio ellos mismos,
sino equipar a los santos para hacerlo. El verbo griego traducido como “perfeccionar”
(katarizo) también se puede traducir como “remendar” (Mar. 1:19), “preparar” (Heb. 11:3
LBLA), y “restaurar” (Gál. 6:1). Conlleva la idea de llenar lo que falta en algo, dejándolo
listo, o renovándolo para hacerlo útil. Así que los dones que los líderes han recibido
deberían ser usados para enseñar, modelar, aconsejar, confrontar, y desarrollar de otras
maneras las habilidades de servicio de los miembros de la iglesia.
• Los miembros han de usar sus dones para hacer la obra del servicio. La diferencia
entre la función de los líderes y la función de los miembros en este pasaje es algo que a
menudo pasamos por alto, en detrimento de la iglesia. Muchos miembros de la iglesia
asumen que le están pagando a su pastor para hacer todo el evangelismo, toda la
orientación, toda la visitación, toda la confrontación, todo el planear, y todos los demás
ministerios de la iglesia. Si alguien tiene una necesidad, esperan que el pastor la satisfaga.
Si dos personas tienen un conflicto, esperan que el pastor lo resuelva. Si alguien necesita
escuchar el Evangelio, esperan que el pastor lo comparta, etcétera. Pero Dios no ha
planeado que la iglesia obre de esa manera. Él ha dado a los pastores y otros líderes la
función especializada de preparar a los santos de tal manera que los propios miembros
lleven a cabo la mayoría de esos ministerios.
Una iglesia que entiende este principio tendrá un boletín dominical que diga:
Personal: [Los nombres del personal pastoral]
Ministros: Cada miembro
Esa manera de concebir el ministerio en la iglesia viene no sólo de Efesios 4, sino también
de la doctrina bíblica del sacerdocio del creyente (1 Ped. 2:5, 9; Apo. 1:6; 5:10). Esa
doctrina significa que cada persona en la iglesia tiene el privilegio de venir directamente
ante Dios sin un mediador humano, pero también significa que cada uno de nosotros tiene
la responsabilidad de cumplir los ministerios que deben llevarse a cabo en la iglesia para
que ésta agrade al Señor. Como miembro del cuerpo de Cristo, tú eres un sacerdote ante
Dios y tú has de ser un ministro. Los líderes de la iglesia están ahí principalmente para
ayudarte a ser eficaz en tu servicio.
A lo largo de todo el Nuevo Testamento, se exhorta a todos los creyentes a servirse los
unos a los otros de las muchas maneras que contribuyen a “la edificación del cuerpo de
Cristo”. Ya hemos analizado en el capítulo anterior algunas maneras en que tú puedes
participar en el servicio cuando la iglesia se reúne para adorar, pero Dios quiere que todos
los cristianos hagan la obra del ministerio cada día de la semana (Heb. 3:13). Los maridos
deben usar constantemente sus dones espirituales para edificar a sus esposas y a sus hijos
en el hogar. Las esposas deben usar sus dones para edificar a sus maridos y a sus hijos. Los
hijos deben buscar maneras de animar y servir a sus padres y los unos a los otros.
Si tienes un hogar, puedes mostrar hospitalidad a tus prójimos y a otros cristianos. Si
tienes un trabajo, puedes usar el dinero que ganas para satisfacer las necesidades de
aquellos que no tienen tanto. Si tienes un automóvil, puedes usarlo para llevar algunas
personas a la iglesia o a otros lugares a donde necesiten ir. Si tienes una habilidad, puedes
ponerte a disposición de otros para darles clases a los que estén débiles en esa área. Incluso
si te gusta hablar por teléfono, eso puede ser útil no para chismorrear, sino para animar y
estimular a otros al amor y a las buenas obras. Todas las personas en el cuerpo de Cristo
tenemos dones espirituales y varias maneras en que podemos usar esos dones para
contribuir considerablemente a la obra del ministerio.
Los miembros han de usar sus dones para hacer la obra de evangelismo. La edificación
del cuerpo no sucede sólo por la edificación de otros creyentes, sino también por la
evangelización de aquellos que Dios está añadiendo a la iglesia por Su gracia. Y el
ministerio esencial del evangelismo ha sido hecho siempre de la manera más efectiva por
los miembros de la iglesia. Esperar que un pastor lo haga todo es claramente contrario a la
Escritura. Hechos 2:47 dice que en la iglesia primigenia “el Señor añadía cada día a la
iglesia los que habían de ser salvos.” Según se va desarrollando el libro de Hechos, va
quedando claro que los miembros estaban testificando constantemente durante el curso
normal de sus vidas (Hch. 8:1–4; 11:19–21). Puesto que esta es una tarea tan importante, de
la que dependen la salud y el futuro de la iglesia, considera otra cita, larga pero útil, de Don
Whitney:
¿Por qué se espera de nosotros el evangelismo? El Señor Jesucristo mismo te ha
mandado a testificar. Considera Su autoridad en lo siguiente:
“Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre
del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las
cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el
fin del mundo” (Mateo 28:19–20).
“Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Marcos
16:15).
“Y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en
todas las naciones, comenzando desde Jerusalén.” (Lucas 24:47).
“Entonces Jesús les dijo otra vez: Paz a vosotros. Como me envió el Padre, así
también yo os envío.” (Juan 20:21).
“Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me
seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la
tierra.” (Hechos 1:8).
Estos mandamientos no fueron dados sólo a los apóstoles. Por ejemplo, los apóstoles nunca
vinieron a esta nación. Para que el mandato de Jesús se cumpliera y para que América
escuchara acerca de Cristo, el evangelio tenía que venir aquí por otros cristianos. Y los
apóstoles nunca vendrán a tu hogar, ni a tu vecindario, ni al lugar donde tú trabajas. Para
que la Gran Comisión se cumpla allí, para que Cristo tenga un testigo en esa “parte remota”
de la tierra, un cristiano como tú debe disciplinarte para que tú lo hagas…
Piensa en tu responsabilidad de hacer evangelismo personal desde la perspectiva de 1
Pedro 2:9: “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo
adquirido por Dios.” Muchos cristianos que están familiarizados con esta parte del
versículo no tienen ni idea de cómo va el resto del mismo. Continúa diciendo que estos
privilegios son tuyos, cristiano, “para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de
las tinieblas a su luz admirable”. Nosotros pensamos normalmente en este versículo como
estableciendo el sacerdocio de todos los creyentes. Pero es igualmente apropiado decir que
también nos exhorta a una especie de oficio profético de todos los creyentes. Dios espera
que cada uno de nosotros “declare las alabanzas” de Jesucristo.
Así que, como miembro de la iglesia de Jesucristo, tú debes preguntarte continuamente
estas dos preguntas al considerar el propósito de los dones espirituales: ¿Cómo puedo ser
servido y desafiado por los demás miembros del cuerpo (no sólo los líderes)? Y ¿Quién en
la iglesia y fuera de ella puede beneficiarse de mis habilidades y recursos?

Los Resultados de Usar Nuestros Dones


¿Qué sucede cuando los miembros de una iglesia se hacen estas preguntas y ejercitan
fielmente sus dones espirituales en el ministerio? Efesios 4:13–16 nos habla de tres
resultados positivos.
• La iglesia se hará más unificada y más afectuosa. Pablo dice que los dones deberían
operar “hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe” (v. 13). Muchas iglesias
experimentan desunión e incluso “divisiones” porque en ellas los dones espirituales no son
puestos en práctica de una manera bíblica. Las personas que no están involucradas en el
ministerio encuentran muy fácil criticar a los demás, lo cual lleva al conflicto y a la
división. Pero cuando los miembros de la iglesia se están sirviendo los unos a los otros por
medio del poder del Espíritu, se desarrolla una dependencia los unos de los otros y una
gratitud de los unos por los otros, y las personas son atraídas las unas a las otras. (El
capítulo 9 de este libro analizará estas ideas de manera más detallada).
• La iglesia se hará más madura y más sabia. Los dones espirituales son dados también
para que el cuerpo pueda llegar “a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la
plenitud de Cristo; para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo
viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las
artimañas del error, sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que
es la cabeza, esto es, Cristo” (vv. 13–15). En nuestros días Satanás y sus emisarios
bombardean a las iglesias con una doctrina falsa y una filosofía mundana, y
lamentablemente, muchas iglesias parecen ser como niños sin discernimiento y que todo se
lo creen, y adoptan cualquier idea nueva que se les ponga delante. Pero en una iglesia
donde se ponga énfasis en el entendimiento y en la práctica de los dones espirituales, y
donde haya líderes que enseñan fielmente y que adiestran a los miembros a hacer la obra
del ministerio, se podrá alcanzar un nivel de madurez que creará una barrera formidable
contra el Enemigo y sus confabulaciones.
• La iglesia se hará más efectiva y exitosa. Cuando nosotros usamos nuestros dones
espirituales, “Cristo, de quien todo el cuerpo (estando bien ajustado y unido por la cohesión
que las coyunturas proveen), conforme al funcionamiento adecuado de cada miembro,
produce el crecimiento del cuerpo para su propia edificación en amor” (vv. 15–16 LBLA).
Cuando los miembros del cuerpo cumplen sus funciones únicas de servicio para las cuales
Dios les ha equipado con Sus dones, la iglesia crecerá. Crecerá cualitativamente en la
efectividad de sus ministerios, y en la mayoría de los casos también crecerá
cuantitativamente añadiendo personas que estarán siendo salvas por escuchar el Evangelio
o siendo servidas de alguna manera por el cuerpo. Por otro lado, la iglesia es como un
cuerpo humano en que no puede trabajar de manera efectiva cuando sus partes por separado
no están desarrollando sus funciones.
¿Estás tú haciendo tu parte en la edificación de tu cuerpo local, o estás desperdiciando
tus dones espirituales y estorbando el crecimiento de la iglesia? Si esto último es lo que te
ocurre, necesitas comprender que te estás haciendo daño a ti mismo tanto como a la iglesia,
porque recibirás la reprensión del Señor por desobedecer Sus mandamientos (Gál. 5:13; 1
Ped. 4:10) y por no usar los recursos que tan generosamente te ha dado (Mat. 25:14–30).
Carlos Spurgeon ha dicho: “Creo que delante de cada cristiano está el servir a Dios con
todo su corazón o caer en el pecado. Creo que debemos seguir adelante o caer. La regla en
la vida cristiana es que, si no producimos fruto para el Señor nuestro Dios, perderemos
incluso nuestras hojas, y seremos como un árbol en el invierno, desnudo y marchito.”
¿Cómo Podemos Descubrir Nuestros Dones Espirituales?
Dios nos manda a tomar decisiones sabias con respecto a la mejor manera de usar nuestro
tiempo (Ef. 5:15–16), y por lo tanto es importante conocer donde están nuestros dones de
tal manera que podamos centrarnos en servir a Dios y a los demás en esas áreas. A
continuación hay algunas breves sugerencias sobre cómo puedes discernir cuáles son tus
dones:
• Estudia la Biblia. Además de Efesios 4, hay algunos otros pasajes en el Nuevo
Testamento que analizan con alguna profundidad los dones espirituales (Rom.
12:3–8; 1 Cor. 12; 1 Ped. 4:10–11). Lee esos pasajes y algunos comentarios
conservadores sobre los mismos.
• Ora. 1 Juan 5:14 dice: “si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos
oye”. Dios ha dicho que Él no quiere que seamos ignorantes respecto a los
dones espirituales (1 Cor. 12:1), así que pedir sabiduría para determinar cuales
son nuestros dones es una petición conforme a Su voluntad revelada.
• Examina cuales son tus intenciones. Jesús dijo: “El que quiera hacer la voluntad
de Dios, conocerá” (Jn. 7:17). Para que tú tengas discernimiento con respecto a
tus dones espirituales, debes buscar ese entendimiento con un corazón humilde
que está abierto a cualquier cosa que Dios quiera que hagas. Si tú quieres
descubrir que tienes un determinado don para poder ser admirado por la gente, o
cualquier otra motivación egoísta, entonces el proceso estará descarrilado desde
el principio.
• Evalúa tus habilidades. En el contexto de los dones espirituales, Romanos 12:3
dice que debemos ejercer un sano juicio con respecto a la administración de
gracia que nos ha sido adjudicada a cada uno de nosotros. Una manera práctica
de hacer esto es tomar una hoja de papel y hacer las siguientes listas: Puedo
Hacer (maneras en que tú sabes que eres capaz de servir), He Hecho (maneras
en que Dios te ha usado ya en el cuerpo), Estoy Mejorando (áreas de servicio en
las cuales estás mejorando), y Quiero Hacer (ministerios en los que te gustaría
estar involucrado).
• Pregunta a otros. Las Escrituras repetidamente afirman la importancia de recibir
consejo santo (Pro. 11:14; 15:22), y el área de los dones espirituales no es una
excepción para este principio. Una de las cosas más útiles que puedes hacer para
averiguar cuáles son tus dones es pedir la opinión de varios cristianos maduros
que te conozcan bien y que te den respuestas objetivas y honradas.
• Aprovecha las oportunidades para servir. Esta sugerencia está al final de la lista
porque sólo deberías entrar en un área especializada de servicio después de
haber seguido las demás sugerencias. Sin duda, deberías afrontar las necesidades
individuales que puedan surgir en el cuerpo, pero no te sumerjas en un
ministerio sin un entendimiento de la Escritura, sin oración, sin los motivos
correctos, sin una evaluación cuidadosa de tus habilidades, y sin una afirmación
de otras personas de que éste es un ministerio que encaja con tus dones. Si no
ves ninguna “bandera roja” durante esos pasos de preparación, entonces tu
experiencia sirviendo en un área particular revelará si has sido dotado para ella o
no (cf. Pro. 18:16).
En resumen, considera esta analogía: En un partido de béisbol, los entrenadores y los
jugadores hacen todo el trabajo en un esfuerzo combinado para ganar, mientras que el
público observa. Algunos espectadores son entusiastas y gritan: “¡Vamos! ¡Podéis hacerlo!
¡Adelante!” Otros son críticos, y dicen: “¿No podéis hacer nada bien? ¡Yo podría jugar
mejor que eso!” Otros son indiferentes, como la esposa a la que su marido arrastró hasta el
estadio, y levantando la mirada de su labor de bordado decía: “¿Qué cuarto es este?” Estos
espectadores contribuyen muy poco al resultado del juego, aunque puedan tener opiniones
muy fuertes sobre cómo se debería jugar.
Lamentablemente, muchas iglesias están llenas de personas que afrontan la vida de la
iglesia como si estuviesen en un partido de béisbol. Se contentan con dejar que los líderes y
otros miembros hagan la obra mientras ellos mismos se sientan y animan, critican, o
simplemente pasan el tiempo. Pero la Palabra de Dios deja bien claro que la vida en la casa
del Padre no es un juego para espectadores. Hemos recibido dones espirituales para usarlos
en el servicio a los demás, y sólo haciendo eso trabajaremos como un equipo ganador. El
Padre ha querido que todos nosotros seamos jugadores clave en Su plan de juego para el
cuerpo de Cristo. Así que cada miembro debería ser un “ministro a tiempo completo” en la
obra de la iglesia local.

Preguntas para la plática y la aplicación:


1. ¿Por qué piensas que Dios quiere que consideres tus habilidades y tus recursos
como dones de Él? ¿Qué diferencia hará esto en tu actitud hacia ellos?

2. Piensa en otros cristianos que suelen irritarte. ¿Podría ser que parte del problema
es que tú y ellos tenéis dones diferentes, y que deberíais aprender a ser
agradecidos por las diferencias que hay entre vosotros, porque Dios tiene un
propósito para ellas?

3. ¿Has caído alguna vez en el pensamiento de que los líderes de la iglesia son los
que deberían hacer todo el ministerio, en lugar de equiparte a ti y a los demás
miembros para hacer la obra del ministerio? ¿Cuáles son algunas de las maneras
en que puedes evitar ese tipo de actitud?

4. ¿Cuáles piensas que son tus dones espirituales? Haz las listas que se sugieren en
las páginas 150–151, y compártelas con uno o varios de los líderes de tu iglesia,
de tal manera que ellos puedan equiparte mejor para la obra del servicio.
8
Corrigiéndonos los Unos a los Otros en Amor
Si Dios me diera la oportunidad de cambiar mi vida por el establecimiento de una
verdad entre todos los cristianos y quisiera que mi vida tuviese la influencia más
amplia posible, escogería la verdad de Mateo 18… Aquí tenemos una de las
verdades más profundas de toda la Escritura. Resulta ser la instrucción paso a paso
más clara que Cristo dio a Sus discípulos. Si cada cristiano estuviese comprometido
con este principio, nosotros transformaríamos la iglesia en una fuerza dinámica en
nuestra nación y en el mundo.

La importancia de una confrontación afectuosa tal como está delineada en Mateo 18:15–17
para la vida de la iglesia no puede ser exagerada. Los principales intereses que Cristo tiene
por Su cuerpo son su pureza (Ef. 5:25–27) y su unidad (ver el capítulo siguiente), y
ninguno de ellos puede existir donde no se pone en práctica el proceso de Mateo 18. Esto es
así porque los obstáculos a la pureza y a la unidad son el pecado y el conflicto, y esas
enfermedades no se pueden curar sin la medicina de una confrontación afectuosa y bíblica.
Si hay algo que aprendemos de las medidas drásticas que Dios toma para remediar el
pecado (en la cruz) y de las medidas drásticas que Dios nos recomienda por medio de
Cristo (por ejemplo, Mat. 5:29–30), es que los problemas nunca se resolverán tratando de
hacerles caso omiso. Una de las afirmaciones más estúpidas hechas jamás es: “El tiempo
cura todas las heridas”. Las heridas espirituales pueden endurecerse y formar costras o
escaras con el paso del tiempo, pero sus consecuencias nocivas continúan inevitablemente a
menos que ocurra una verdadera curación. El tiempo por si mismo nunca puede
verdaderamente sanar ninguna herida de naturaleza espiritual, pero la confrontación
afectuosa que analizaremos en este capítulo puede, y de hecho lleva a cabo una curación
cuando se practica de una manera bíblica.
A lo largo de los años nuestra experiencia pastoral y de orientación nos ha expuesto a
cientos de problemas dentro de iglesias locales, y la solución a la mayoría de esos
problemas ha implicado la aplicación de una o más verdades contenidas en la instrucción de
Jesús a Sus discípulos en Mateo 18:15–17. Ese pasaje dice:
Y si tu hermano peca, ve y repréndelo a solas; si te escucha, has ganado a tu
hermano. Pero si no [te] escucha, lleva contigo a uno o a dos más, para que toda
palabra sea confirmada por boca de dos o tres testigos. Y si rehusa escucharlos,
dilo a la iglesia; y si también rehusa escuchar a la iglesia, sea para ti como el
gentil y el recaudador de impuesto [LBLA].
Nuestro Señor nos dice en este pasaje que la solución al pecado y el conflicto en el cuerpo
es la confrontación, que va en aumento hasta el nivel que sea necesario para producir un
cambio. La mayoría de las personas, incluidos muchos cristianos, se estremecen cuando
leen acerca de la confrontación que puede entrañar incluso la reprensión pública de un
hermano que ha pecado. La razón por la que encuentran esto repulsivo es que les parece
que es una cosa muy “falta de amor”. Pero por el contrario, las Escrituras enseñan que la
confrontación es realmente una de las maneras más completas en que podemos expresar
nuestro amor a los demás. Hacer caso omiso de las relaciones rotas o de cualquier otro
pecado en el cuerpo es normalmente el camino más fácil para nosotros, pero sería
perjudicial para aquellos que están implicados y por lo tanto sería egoísta. No obstante, si
nosotros realmente sentimos afecto por los demás, estaremos dispuestos a sacrificar nuestro
propio tiempo, nuestra energía y nuestra comodidad para ayudarles a tener una relación
correcta con Cristo y con los demás. Considera los versículos siguientes, que indican esta
relación complementaria entre el amor y la confrontación al mencionar las dos ideas de
manera intercambiable.
Que el justo me castigue, será un favor, Y que me reprenda será un excelente
bálsamo. (Sal. 141:5)
No reprendas al escarnecedor, para que no te aborrezca; Corrige al sabio, y te
amará. (Pro. 9:8).
Mejor es reprensión manifiesta que amor oculto. Fieles son las heridas del que ama;
Pero importunos los besos del que aborrece. (Pro. 27:5–6)
Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, ni desmayes cuando eres
reprendido por él; Porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que
recibe por hijo. (Heb. 12:5–6)
La confrontación no sólo beneficia al que es confrontado, sino que, en muchas maneras,
también beneficia al que confronta. La manera principal es la bendición y recompensa que
recibimos cuando agradamos a Dios al obedecer Sus mandamientos. Y Él nos ha dicho
repetidamente en Su Palabra que nos involucremos en una confrontación afectuosa.
Además de Mateo 18:15–17, en los siguientes pasajes del Nuevo Testamento se nos ordena
de alguna manera reprender o amonestar a los demás: Romanos 15:14; 1 Corintios 5;
Efesios 4:29; 5:11; 6:4; Colosenses 1:28; 1 Tesalonicenses 5:14; 2 Tesalonicenses 3:6–15;
1 Timoteo 5:1–2, 20; 2 Timoteo 2:14, 25; 4:2; Tito 3:10–11; Hebreos 3:13; Santiago 5:19–
20; y 2 Juan 9–11.
Así que la confrontación afectuosa es un elemento esencial en la vida de la iglesia, y
debería ser algo “natural” que cada miembro recibiera y diera tal amonestación de manera
regular. No obstante, puesto que es tan importante para la pureza y la unidad del cuerpo,
Satanás y la carne hacen horas extras para distorsionar su práctica, y la iglesia desde su
comienzo ha estado plagada de errores a la hora de ponerla en práctica. Puesto que la
confrontación practicada de una manera errónea realmente agrava los problemas en lugar
de resolverlos, necesitamos estudiar con cuidado las palabras de Jesús y entender
exactamente lo que Él quiere que nosotros hagamos cuando el pecado o el conflicto surgen
en medio nuestro.

Tú Eres el Guardián de Tu Hermano


Jesús comienza Su enseñanza en Mateo 18:15 diciendo: “Si tu hermano peca, ve y
repréndelo a solas; si te escucha, has ganado a tu hermano.” En este versículo y a lo largo
de todo el resto del pasaje, Él usa pronombres en la primera persona singular para indicar
que cada miembro de la iglesia es responsable de estar involucrado en la resolución del
pecado y del conflicto en el cuerpo. Jesús dice que si tú sabes que otro cristiano ha pecado,
o si otro cristiano ha pecado contra ti, entonces tú necesitas confrontar a esa persona acerca
del problema. No es correcto afrontar la situación con un ojo ciego y con un oído sordo, y
no es suficiente con contárselo a otros y esperar que ellos lo “manejen” por ti. Cada
miembro del cuerpo tiene una responsabilidad personal cuando conoce algún problema en
la iglesia, y esa responsabilidad está en convertirse en una parte de la solución. “¿Soy yo
acaso guarda de mi hermano?” es la pregunta que formula el pecador desobediente como
Caín (Gén. 4:9). Dios siempre ha querido que cada uno de nosotros seamos un “vigilante”
que advierta a nuestros hermanos del peligro inminente (Ez. 3:16–21; cf. Pro. 24:11–12).
No obstante, cuando nosotros comprendemos nuestra responsabilidad de hablar con los
demás de sus problemas, vienen a nuestra mente muchas preguntas. ¿Debería confrontar a
cualquier cristiano que peca o sólo a aquellos a los que conozco bien? ¿Debería confrontar
cada pecado que conozco, o simplemente “los grandes”? ¿Cuál debería ser mi actitud
cuando hago una confrontación, y qué método puede evitar que el problema se haga más
grande o que la persona me odie? Y puesto que tales resultados negativos son con
frecuencia posibles, ¿por qué debería siquiera arriesgarme a confrontar a alguien? Todas
estas preguntas y algunas más las responde Jesús en Mateo 18:15. Un estudio cuidadoso de
Sus palabras y de otros pasajes afines nos ayudará a ser buenos “guardianes” de nuestros
hermanos y hermanas en Cristo. Y puesto que la mayoría de los problemas en el cuerpo se
pueden resolver durante este primer paso de la confrontación “de uno a uno”, lo
analizaremos de una manera más extensa que las otras partes del proceso.

¿A Quién Deberíamos Confrontar?


El tipo de persona al que Jesús dice que deberíamos confrontar es a un “hermano”. Este
término implica alguien que profesa ser cristiano y se identifica a sí mismo con la
comunidad de una iglesia bíblica (tal como describimos en el capítulo 3). Este es un
término familiar, por supuesto, y por lo tanto se refiere a otro miembro de nuestra familia
espiritual. La iglesia local es llamada una “casa” o familia en 1 Timoteo 3:15, y esa
terminología había sido usada para la comunidad del pacto de Israel (Mateo 5:47). Y
“hermanos” es el término que se usa en las epístolas de una manera más común para
referirse a los demás cristianos.
El apóstol Juan utiliza el término “hermano” muchas veces en sus cartas, y la manera en
que lo usa nos ayuda a entender su significado en Mateo 18:15. Dice: “El que dice que está
en la luz, y aborrece a su hermano, está todavía en tinieblas” (1 Jn. 2:9; cf. 3:14–15; 4:20).
Primero, su manera de expresarlo indica que el término “hermano” significaba cualquiera
que compartía una creencia común y una comunión con los demás en las iglesias. No estaba
limitado a aquellos que eran amigos íntimos o compatriotas. Incluso dos personas que no se
llevaban bien eran considerados “hermanos”.
En segundo lugar, las palabras de Juan dejan claro que “hermano” se refiere a aquel que
profesa ser cristiano, no necesariamente a un creyente genuino. Alguien que aborrece a su
hermano no es verdaderamente salvo, según Juan, pero eso no le impide referirse a tal
persona como “hermano”. Es importante observar esto porque podemos tener la tendencia a
juzgar que si alguien en la iglesia no es un verdadero cristiano, dejamos de considerarle un
“hermano” y dejamos de seguir el proceso de Jesús en su caso. Pero puesto que los
verdaderos cristianos pecan, y puesto que nosotros no podemos conocer en última instancia
el corazón de otro, necesitamos seguir los pasos de Jesús para la confrontación sin llegar a
una conclusión acerca del estado espiritual de alguien que está pecando.
Otro pasaje que vierte luz sobre a quién deberíamos confrontar es 1 Corintios 5:9–11.
Allí Pablo está diciéndole a la iglesia de Corinto que lleve a cabo el paso final de disciplina
eclesiástica, que implica poner fuera de la comunión de la iglesia a un hombre incestuoso.
El apóstol escribe: “os escribí que no anduvierais en compañía de personas inmorales; no
[me refería a] la gente inmoral de este mundo, … Sino que en efecto os escribí que no
anduvierais en compañía de ninguno que, llamándose hermano, es una persona inmoral”
(LBLA).
Observa que Pablo dice que el proceso de la confrontación afectuosa no está diseñado
para “la gente inmoral de este mundo” (lit. “uno que se llama hermano”) que es inmoral de
alguna manera. De este modo, nuestra responsabilidad para confrontar un pecado específico
está limitada a aquellos que afirman ser cristianos y comparten comunión con otros en una
iglesia bíblica. Cuando se trata de personas no salvas o de aquellos que se llaman a sí
mismos “cristianos” pero que mantienen un sistema doctrinal falso, nuestra responsabilidad
es evangelizarlos. Podemos analizar algún pecado específico con ellos, pero debe ser
principalmente con el propósito de ayudarles a ver su pecaminosidad y su necesidad de un
Salvador (cf. Gál. 3:22–24).

¿Qué Pecados Debemos Confrontar?


Jesús dice que deberíamos confrontar a nuestro hermano si “peca”, pero ¿qué quiere decir
exactamente con esto? ¿Deberíamos confrontar todo lo que vemos en otra persona que
podría ser malo, o deberíamos confrontar solamente algunos pecados que son “grandes”?
Debido a los extremos potenciales en este asunto, será muy útil proveer una respuesta clara
y completa a esta pregunta. El ámbito más amplio de la Escritura indica que deberíamos
confrontar a nuestro hermano cuando comete cualquier acción que está prohibida en la
Escritura y no puede ser pasada por alto. Explicar cada parte de esta respuesta nos ayudará
a entender su suficiencia.
Cualquier acción pecaminosa, ya sea “grande” o “pequeña”, debería ser confrontada (si
no puede ser pasada por alto; véase el análisis posterior). La Biblia no distingue entre
pecados “graves”, que están expuestos a la confrontación, y pecados “leves”, que no lo
están. La palabra griega para “pecados” en Mateo 18:15 (hamartese) es un término general
usado para cualquier clase de pecado y los ejemplos del Nuevo Testamento de pecados que
eran confrontados en la iglesia primigenia contienen una gran variedad. Incluyen crímenes
atroces tales como la inmoralidad sexual, la idolatría, la embriaguez (1 Cor. 5:11), y la
enseñanza falsa (Gál. 1:9; 2 Jn. 9–11), tanto como muchos pecados “cotidianos” como la
codicia, las expresiones hirientes, el engaño (1 Cor. 5:11), el legalismo (Gál. 2:11–14), el
divisionismo (Tit. 3:9–11), el conflicto personal (Fil. 4:2), el engaño (Hch. 5:1–6), e incluso
la pereza (2 Tes. 3:6–13).
No obstante, sólo deben confrontarse los pecados de acción, porque evaluar sólo una
actitud es extremadamente difícil con nuestras limitaciones humanas, y juzgar lo que está
en el corazón de alguien simplemente está mal (Rom. 14:4; 1 Cor. 4:5), a menos que sus
palabras o acciones revelen claramente un problema en su corazón. Incluso en ese caso,
sigue siendo tan difícil conocer exactamente lo que está ocurriendo en el corazón de otra
persona, que necesitamos proceder sobre la base más clara de su acción. También, una
afirmación como “tienes una mala actitud” es tan vaga que produce frustración y no provee
un fundamento sólido para el análisis del problema.
Nosotros deberíamos confrontar a alguien sólo cuando él o ella actúan de una manera
prohibida en la Escritura. Eso significa tener cuidado de no confrontar a otra persona
basándonos en una mera preferencia fuera de la Escritura (1 Cor. 4:6), o incluso un
principio inferido de la Escritura por medio de una “gimnasia exegética” y elevada
erróneamente al nivel de una norma universal (cf. Rom. 14:1–12). Un ejemplo de esto
último incluiría el uso de Deuteronomio 22:5 para decir que las mujeres nunca deberían
usar pantalones; ese versículo sólo prohíbe el travestismo. Otro ejemplo es la tan
mencionada pero anticuada e incorrecta traducción de 1 Tesalonicenses 5:22: “Absteneos
de toda especie de mal.” Ese versículo habla de evitar la enseñanza falsa, pero los
cristianos lo han usado a menudo, a falta de un verdadero testimonio bíblico, para condenar
prácticas que simplemente no les gustan. Las Escrituras hablan claramente de muchos
asuntos, y esos principios explícitos son una base suficiente para la reprensión y la
corrección (2 Tim. 3:16). En asuntos que quedan fuera de la enseñanza clara de la Escritura,
cada uno debería estar “plenamente convencido en su propia mente” (Rom. 14:5) pero
también debería tener cuidado de no juzgar a su hermano (Rom. 14:4, 10, 13).
Finalmente, sólo es necesario confrontar los pecados que no pueden ser pasados por
alto. Proverbios 19:11 dice: “La discreción del hombre le hace lento para la ira, y su
gloria es pasar por alto una ofensa” (LBLA). Y 1 Pedro 4:8 nos dice que: “el amor cubre
multitud de pecados” (LBLA). Si nosotros dedicásemos el tiempo a confrontar todo pecado
posible que cometen los demás cristianos, probablemente no tendríamos mucho tiempo
para ninguna otra cosa. Las palabras desconsideradas, los descuidos egoístas, y los
pensamientos orgullosos expresados de alguna manera proliferan en cualquier cuerpo de
creyentes y son particularmente comunes en las relaciones familiares. Muchas de esas
ofensas no necesitan ser analizadas, pero pueden ser pasadas por alto. Así que, ¿cómo
podemos saber si debemos pasar por alto o confrontar una situación concreta?
Crecer en el amor y en la humildad bíblicos te ayudará a cubrir más y más ofensas
(especialmente aquellas cometidas contra ti), y crecer en la sabiduría bíblica puede ayudarte
a decidir qué pecados no deberían ser pasados por alto debido a sus consecuencias
perniciosas. El amor cubre una multitud de pecados, pero algunas veces el pecado levanta
los cobertores. Así que sugeriríamos que cuando las siguientes condiciones existen, es poco
afectuoso y es incorrecto ignorar el problema:
• Si el pecado crea una relación irreconciliable entre ti y el ofensor, de tal manera
que tú piensas a menudo en el pecado y piensas mal del ofensor, entonces la
confrontación es necesaria por causa de la unidad del cuerpo (cf. Mat. 5:23–24;
Fil. 2:1–4).
• Si no confías en que la persona está creciendo en la dirección de ser como Cristo
al confesar regularmente su pecado y al tratar de cambiar, entonces confrontar
su pecado puede ser la única manera de desenmascarar su apatía espiritual y de
ayudarle a evitar la reprensión de Dios (cf. Heb. 3:12–14; Stg. 5:19–20; 2 Ped.
1:5–10).
• Si tú sabes que habrá consecuencias de este pecado que herirán a otros en la
vida del ofensor, entonces, por amor a ellos, deberías asegurarte de que ha
reconocido su error y se ha arrepentido del mismo (cf. Mat. 18:6; 1 Cor. 5:6–7;
12:26).
Por otro lado, si no encuentras que la ofensa se está interponiendo entre ti y el ofensor, si
sabes que está confesando sus pecados y creciendo en el Señor, y no tienes conocimiento de
que otros puedan ser dañados por ese pecado, entonces podrás pasarlo por alto. (Por
supuesto, puede ser que necesites volver a evaluar la situación si más tarde se convierte en
un problema mayor). Una pregunta que puedes hacerte cuando pienses en confrontar a
alguien es esta: A la luz del siguiente paso en Mateo 18:16, ¿considerarían una o dos
personas de buen criterio que este asunto es lo suficientemente importante como para
acompañarme en esta confrontación? Si no, tal vez debería pasar por alto el problema en
esta etapa.
Si te preguntas seriamente si debes confrontar a alguien o no, tal vez sería mejor estar
seguro que lamentarlo, y deberías hablarle afectuosamente a la persona acerca del asunto.
Pero según crecemos en nuestro amor y humildad hacia los demás en el cuerpo, deberíamos
cada vez más “aprender a pasar por alto una multitud de ofensas,… reconociendo que todos
nosotros somos pecadores y que debemos expresar sinceramente nuestra gratitud por cubrir
también nuestros pecados.”

¿Cómo Debemos Confrontar?


Cuando sabemos que Dios quiere que hablemos con otro creyente con respecto a un
problema, es esencial afrontar esa confrontación de una manera bíblica. Si no lo hacemos,
correremos el riesgo de complicar e intensificar el problema en lugar de resolverlo.
Afortunadamente, Dios nos ha provisto un tesoro de instrucciones en Su Palabra con
respecto a este asunto. A continuación tenemos diez palabras que representan principios
bíblicos acerca de la confrontación y describen cómo podemos hacerlo de una manera
afectuosa. Las primeras cuatro se encuentran en Mateo 18:15, y el resto vienen de otros
pasajes de la Escritura:
• Rápidamente. Jesús dice: “si tu hermano peca, ve y repréndelo” (LBLA). No indica
que debería haber ningún espacio de tiempo entre el conocimiento del pecado de un
hermano y la correspondiente confrontación. De hecho, el tiempo de lo verbos griegos
implica lo opuesto: “ve” es un imperativo presente que podría traducirse como “ve yendo”.
Otro pasaje en el que Jesús enfatiza la inmediatez de la confrontación es Mateo 5:23–24:
“Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo
contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu
hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda”.
Nuestro Señor siguió este mandato con otro que dice: “Ponte de acuerdo con tu
adversario pronto, entre tanto que estás con él en el camino”. Su modo de tratar con los
problemas no es posponer la confrontación u otros esfuerzos para la reconciliación, sino
emprenderlos inmediatamente. Mientras se deja pasar el problema, el pecado y la culpa
crecen como una bola de nieve hasta que se convierten en una avalancha que destruye al
propio pecador y a otros con su pecado. La resolución que anhela Dios no sucederá hasta
que vayamos, así que debemos ir con prontitud.
Sin embargo, hay un paso importante que la Escritura pone antes de la confrontación.
Jesús enseñó que debes tener cuidado de no intentar sacar una paja del ojo ajeno mientras tú
tienes una viga en tu propio ojo. Dijo: “¡Hipócrita! saca primero la viga de tu propio ojo, y
entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano” (Mat.7:5). Así que antes de
que vayamos, o incluso mientras estamos yendo, debemos examinarnos a nosotros mismos
y confesar cualquier pecado que encontremos en nuestros corazones.
• Resueltamente. Al decirnos “ve” cuando sabemos que nuestro hermano ha pecado,
Jesús estaba diciendo que deberíamos ir a él deliberadamente con la intención de hablar con
él acerca del problema. Él no quiere que te encuentres con la persona para otro propósito y
saques el tema sólo si surge. Tampoco quiere que simplemente “ores por una oportunidad”
para hablar con él. En lugar de eso debes fijar un momento para hablar con la persona tan
pronto como sea posible, e incluso decirle cuales son los propósitos de la conversación.
Esto eliminará cualquier sensación de decepción que pueda surgir por un acercamiento
menos directo.
• Verbalmente. La palabra griega traducida como “repréndele” en Mateo 18:15 es
elegxon que habla de alguien convenciendo de algo por medio de palabras. El problema no
puede resolverse con ciertas expresiones faciales, gestos sutiles, haciendo caso omiso de la
persona, o cualquier otra comunicación no verbal. Debe analizarse con palabras bien
escogidas. Por lo tanto, no se puede exagerar la importancia de la Escritura en el proceso de
la confrontación; las palabras de Dios son las palabras mejor escogidas del universo, y sólo
ellas tienen el poder para rectificar realmente el problema (cf. Heb. 4:12). Cuando vas a
mostrarle a alguien su pecado, asegúrate de que se lo muestras desde la Biblia.
• Privadamente. El último principio de Mateo 18:15 acerca de cómo confrontar a
alguien es que debes hacerlo “en privado”, o como dice el texto griego: “entre tú y él a
solas”. Si el supuesto pecado no es un asunto de conocimiento público, entonces debe
analizarse entre el menor número de personas posible. De hecho, inicialmente la
confrontación debería ser “de uno a uno”, sin que ninguna otra persona lo sepa. La
sabiduría de este mandamiento de Cristo es evidente: puede que no sea necesario que
ninguna otra persona conozca el problema porque el hermano que ha pecado puede
arrepentirse o puede que quede claro que todo era un simple malentendido. Por lo tanto, la
reputación del ofensor puede ser protegida. Además, contarles el problema a otras personas
antes de ir a la persona implicada es básicamente chismorreo.
Proverbios 25:9–10 dice: “Trata tu causa con tu compañero, y no descubras el secreto
a otro, no sea que te deshonre el que lo oyere, y tu infamia no pueda repararse”. Dios
quiere que te impliques en el proceso de restauración si tu hermano se vuelve de su pecado
(Gál. 6:1–2), pero será muy difícil que confíe en ti plenamente si le has contado a otros su
problema antes de hablar con él. (Sin duda, sería legítimo, pedir consejo sobre el asunto sin
mencionar su nombre o revelar de alguna manera su identidad.)
• Renuentemente. La confrontación no debe ser algo que hagamos entusiasmados o con
ansiosa expectación. “Al que le gusta pecar, le gusta pelear” (Pro. 17:19 NVI); “Honroso
es al hombre evitar la contienda, pero no hay necio que no inicie un pleito” (Pro. 20:3
NVI). Nuestra actitud debería ser como la del apóstol Pablo cuando tuvo que escribir una
dura carta de confrontación a los corintios. 2 Corintios 2:4 describe esa actitud: “Porque
por la mucha tribulación y angustia del corazón os escribí con muchas lágrimas”.
Siguiendo el ejemplo de Pablo, sería bueno que expresases tu renuencia a cualquiera
que tengas que confrontar. Podrías decirle: “Quiero que sepas que hacer esto no es algo que
me agrade. De hecho, ¡preferiría ir al dentista que tratar contigo este problema! Pero debo
hacerlo para obedecer a Cristo y para mostrar verdadero amor por ti.” Cuando se expresa
este tipo de actitud, es mucho más difícil para la otra persona asumir motivos erróneos por
tu parte o enfadarse contigo.
• Compasivamente. Pablo continuó describiendo su actitud hacia los corintios diciendo
que había escrito su carta de confrontación “no para que fueseis contristados, sino para que
supieseis cuán grande es el amor que os tengo”. El quería que ellos entendieran que su
propósito al confrontarles no era herirles en ninguna manera, sino ayudarles a crecer en el
Señor y a recibir Su bendición para sus vidas. El deliberadamente afirmó su amor hacia
aquellos que estaba reprendiendo, y nosotros también debemos hacerlo. Proverbios 27:6
dice: “Fieles son las heridas del que ama.” Los demás podrán aceptar tu corrección e
instrucción más fácilmente si saben que tú les amas.
• Mansamente. Gálatas 6:1 nos ayuda a entender aún más como debemos hacer la
confrontación: “Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois
espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre”. Debemos reconocer que un
cristiano sorprendido en el pecado está en una posición muy precaria y podría ser
“quebrantado” aún más por una manera de proceder errónea por nuestra parte (cf. Isa.
42:3). Una falta de mansedumbre puede tentarle a responder mal y ponerse al margen de la
ayuda que necesita, pero la presencia de la mansedumbre puede obrar milagros. Considera
estos versículos:
La blanda respuesta quita la ira; Mas la palabra áspera hace subir el furor. (Pro.
15:1)
Los labios convincentes promueven el saber. (Pro. 16:21 NVI)
Con paciencia se convierte al gobernante. ¡La lengua amable quebranta hasta los
huesos! (Pro. 25:15 NVI)
La mansedumbre que hace más receptiva la confrontación puede exhibirse de distintas
manera prácticas. Tú debes confesar cualquier pecado que hayas podido cometer contra
aquellos que vas a confrontar y pedirles que te perdonen. Si no eres consciente de haber
cometido ningún pecado, aún puedes preguntarles si creen que has hecho algo malo. Debes
asegurarte de que tu forma de hablar y el tono de tu voz son calmados y amables, en lugar
de ser airados o bruscos. Puedes explicar cómo tú mismo has luchado con el mismo pecado
o con otros pecados en tu vida, e incluso cómo alguien te ayudó con una confrontación
afectuosa. Y deberías halagarles por las buenas cosas que hay en sus vidas al mismo tiempo
que les confrontas por sus problemas.
• Humildemente. Después de que Pablo les dice a los Gálatas que deben restaurar a los
demás con un espíritu de mansedumbre, añade: “considerándote a ti mismo, no sea que tú
también seas tentado”. El Señor quiere que entiendas que tú eres tan capaz de caer en el
pecado como cualquier otro (incluso en el mismo pecado), de tal manera que entres en la
confrontación con una actitud de humildad. De hecho, ¡necesitas comprender que tú puedes
ser tentado incluso durante la confrontación! Podrías tratar la situación de una manera
equivocada y herir más a la persona, o podrías llenarte de orgullo y mirarla por encima del
hombro sin intentar ver el problema desde su perspectiva.
Proverbios 18:2 dice: “Al necio no le complace el discernimiento; tan sólo hace alarde
de su propia opinión” (NVI). Algunas veces estamos tan resueltos a mostrar nuestro punto
de vista que continuamos haciéndolo incluso aunque surjan nuevos datos que demuestren
que estamos equivocados. Por eso debemos comenzar toda confrontación haciendo
preguntas en lugar de soltar perogrulladas. Debemos darles a los demás el beneficio de la
duda e intentar ponernos nosotros mismos en su lugar, de la manera que nos gustaría que se
hiciese con nosotros si se invirtieran los papeles (Luc. 6:31).
• Cuidadosamente. La confrontación necesariamente implica palabras, y las palabras
pueden sanar o herir. Y como dice el antiguo refrán, no las puedes desdecir. Así que en el
“barril de pólvora” potencial de la confrontación, debemos escoger las palabras con sumo
cuidado. El Libro de la Sabiduría afirma esto repetidamente:
En las muchas palabras no falta pecado; mas el que refrena sus labios es prudente.
(Pro. 10:19)
Con la boca el impío destruye a su prójimo, mas por el conocimiento los justos
serán librados. (Pro. 11:9 LBLA)
Hay hombres cuyas palabras son como golpes de espada; mas la lengua de los
sabios es medicina. (Pro. 12:18)
La enseñanza del sabio es fuente de vida, para apartarse de los lazos de la muerte.
(Pro. 13:14 LBLA)
Manzana de oro con figuras de plata es la palabra dicha como conviene. (Pro.
25:11)
¿Ves a un hombre precipitado en sus palabras? Más esperanza hay para el necio
que para él. (Pro. 29:20 LBLA)
Escoger las palabras cuidadosamente implicará la oración concienzuda, el pensamiento
profundo y la planificación antes de la discusión. Si entras en la confrontación a
trompicones y sin preparación, sin duda acabarás hiriendo más que ayudando.
• Intercesoriamente. Finalmente, como acabamos de mencionar, la confrontación
afectuosa debe estar bañada en oración, porque Dios debe obrar en la situación para ser
glorificado en ella. Orar sin hacer nada es erróneo, como ya hemos dicho, pero hacer algo
sin orar es igualmente erróneo. Pablo oraba por las iglesias antes de instruirlas con respecto
a sus problemas (ej. Fil. 1:9–11; Col. 1:9–12), y Jesús oró por Pedro antes de confrontar al
discípulo sobre su inminente negación (Luc. 22:31–34).

¿Por qué debemos confrontar?


Jesús sabía que la carne pecaminosa de los discípulos les dificultaría obedecer Su
mandamiento de confrontarse los unos a los otros. Así que les recordó los beneficios de la
confrontación afectuosa al final de Mateo 18:15, diciendo: “si te escucha [si reconoce su
error y pide perdón], has ganado a tu hermano”. La meta de la confrontación bíblica
siempre es la restauración, y con frecuencia el ofensor es ganado de nuevo a una vida de
santidad (cf. He. 12:10) y a una relación reconciliada con los demás. De hecho, algunas
veces se desarrolla un vínculo especial de intimidad entre los dos hermanos como
consecuencia de una confrontación entre ellos (Pro. 9:8), tal como ocurrió con Pablo y
Pedro (cf. Gál. 2:11–14 y 2 Ped. 3:15). Además, una persona que profesa ser creyente
puede ser ganado a la verdadera salvación por medio de una confrontación piadosa (cf. Stg.
5:20).
En muchos casos estos son los beneficios de la confrontación afectuosa. No siempre
funcionará tan bien, por supuesto, y a continuación analizaremos qué debemos hacer
cuando eso suceda. Pero la mayor parte de los conflictos y problemas dentro de la iglesia
pueden ser resueltos “de uno a uno” cuando cada creyente está comprometido a tratar con
ellos bíblicamente en lugar de pasarlos por alto.
Llamad a las Tropas
“Pero si no te escucha”, continúa Jesús, “lleva contigo a uno o a dos más”. Si la
confrontación “de uno a uno” no tiene éxito, entonces ha quedado demostrado que la
situación es demasiado difícil para que la resuelvan sólo dos personas. Necesitan ayuda, y
“uno o dos” creyentes más con frecuencia son capaces de aportar la suficiente asistencia
para resolver el asunto. Pero antes de identificar a esas personas y las funciones que
desempeñan, es importante entender exactamente cuándo se les necesita.
Jesús describe la respuesta inaceptable a la reprensión al decir: “si no te escucha…”
“Escucha” en este pasaje es un eufemismo para describir una profesión de arrepentimiento,
como es evidente por el pasaje paralelo de Lucas 17:3–4. El arrepentimiento mencionado
allí es sólo un arrepentimiento aparente exhibido por una disposición a admitir el error y a
pedir perdón, porque la enseñanza de Jesús en el versículo 4 no le concede tiempo a la
persona ofendida para “esperar a ver el fruto” antes de perdonar. No obstante, si
posteriormente el arrepentimiento muestra ser insincero, entonces habrá una causa para una
confrontación posterior.
Así que los “uno o dos más” sólo son necesarios si el que está siendo confrontado no
está de acuerdo en que ha pecado o no está dispuesto a cambiar, y si el que está
confrontándole aun cree que el problema no está resuelto. No obstante, si el ofensor
reconoce su error y pide perdón, o si el confrontador se da cuenta de que era un
malentendido, no hay razón para que tenga lugar otra confrontación. Puede ser que ambas
partes quieran buscar el consejo de otros para completar la restauración, pero ese consejo
no debe ser parte del proceso de la disciplina eclesiástica descrito en Mateo 18.

¿Qué Funciones Cumplen los “Uno o Dos”?


El texto de Mateo 18 indica que hay dos propósitos para involucrar a otras personas en la
confrontación. Uno es “para que toda palabra sea confirmada por boca de dos o tres
testigos” (v.16 LBLA). Puesto que Jesús continúa diciendo que el pecado del que no ha
habido arrepentimiento debe ser dado a conocer “a la iglesia” (v.17), Él quiere dejar claro
que esa revelación pública no debe tener lugar a menos que el pecado haya sido confirmado
por más de una persona. Esto está en armonía con la legislación Mosaica en Deuteronomio
19:15, que Jesús cita directamente. El propósito de esa ley de los testigos era eliminar la
posibilidad de que alguien fuera condenado sobre la base de una acusación falsa de un
individuo.
Por lo tanto, para que el proceso de confrontación proceda al siguiente nivel, es
necesario que los “uno o dos más” sean capaces de testificar de manera fiable que el pecado
realmente ha sido cometido. Pueden testificar del pecado inicial que ocasionó la
confrontación (al analizar los asuntos o incluso haciendo la obra de “detectives” en un
intento de zanjar el asunto), o podrían testificar de cualquier pecado que tuviera lugar
durante la confrontación. Aunque sea imposible verificar el pecado inicial del acusado, éste
puede exhibir palabras o acciones impías durante el curso de la “investigación” y demostrar
con ello que necesita la disciplina de la iglesia.
Sin embargo, en las primeras palabras de Mateo 18:17 se revela otro propósito para los
“uno o dos más”: “Si no los oyere a ellos…” Aquí se les describe como intentando
amonestar al hermano que ha pecado. Cuando ellos saben que el pecado ha tenido lugar en
la situación, en cualquier momento durante su intervención en el asunto, su función es
confrontar afectuosamente a quienquiera que sea culpable (lo cual en una disputa con
frecuencia incluye a ambas partes). Jay Adams escribe:
Los “testigos” no son meros testigos. Son en primer lugar consejeros que tratan de
reunir a las dos partes distanciadas. Esto lo indican las palabras: “si no los oyere a
ellos.” Son descritos como participando activamente en el proceso de
reconciliación. Es cuando tiene lugar la negativa, y sólo entonces, cuando se
convierten en testigos. No aparecen como testigos en esta etapa informal (¿ante
quién van a testificar?); se convertirán en testigos cuando y si el asunto es llevado
formalmente ante la iglesia. Pablo deja claro que no se deben llevar los problemas a
la iglesia a menos que estén presentes los testigos (2 Corintios 13:1).

¿Qué Tipo de Personas Deben Ser los “Uno o Dos Más”?


Jesús no responde directamente a esta pregunta en Mateo 18, pero la sabiduría bíblica nos
dice que las personas involucradas en la confrontación afectuosa deben ser cualificadas,
serias y objetivas.
• En primer lugar, los “uno o dos más” deben estar cualificados para aconsejar a ambas
partes y para participar en un proceso de restauración si es necesario. Gálatas 6:1 dice: “Si
alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con
espíritu de mansedumbre.” Las personas espirituales son aquellas que tienen un
conocimiento práctico de las Escrituras (Col. 3:16; cf. Ef. 5:18) y que andan por el Espíritu
en lugar de hacerlo por la carne (Gál. 5:16–18). Así que, antes de pedirle a otros que te
ayuden para confrontar a alguien, debes tener la confianza de que sean capaces de proveer
algunas respuestas al problema y que no están albergando pecados en sus propias vidas
(Mat. 7:4–5). También deben tener la suficiente integridad personal ante los demás como
para poder ser testigos creíbles ante la iglesia si se hace necesario otro paso de
confrontación. Obviamente los líderes de tu iglesia deberían estar cualificados para estar
involucrados en este tipo de discusión, pero con frecuencia sería mejor dejarles fuera del
problema hasta que se hiciera necesario “decírselo a la iglesia”. Esto les libraría de estar
sobrecargados con cada problema que surge en el cuerpo local y también permitiría que
más miembros de la congregación se involucrasen en este aspecto tan importante del
ministerio.
• En segundo lugar, aquellos a los que se les pide que ayuden en el proceso de la
confrontación afectuosa deben ser también serios en su participación en el asunto. Deben
tener una actitud que reconozca la presencia especial de Cristo mismo en las discusiones
relacionadas con el pecado y el conflicto (Mat. 18:20). También la ley de los testigos del
Antiguo Testamento afirma que cuando alguien era declarado culpable de un crimen digno
de muerte, los propios testigos habrían de ser los primeros en hacer caer las pesadas piedras
sobre la cabeza del criminal (Dt. 17:5–7). Esta estipulación proveía un incentivo para que
se produjera un testimonio honesto, grave y renuente por parte de los testigos, y el principio
que está detrás de esto debe recordarnos la seriedad de la confrontación. La vida del
acusado realmente está en juego, incluso en nuestras confrontaciones hoy, y por ello, los
“uno o dos más” deben exhibir una actitud sobria en sus palabras y acciones.
• Finalmente, los consejeros / testigos deberían ser tan objetivos como sea posible.
Puesto que es muy posible que ambas partes estén de alguna manera equivocadas, y puesto
que las personas son tentadas a responder de manera equivocada cuando se les confronta,
sería ideal tomar a uno o dos cristianos que son amigos del ofensor. Si eso no es posible,
entonces deberías al menos intentar tomar personas que no son tus propios amigos íntimos,
especialmente en un conflicto. De esa manera el que está siendo confrontado no será
tentado a pensar que estás “confabulado” contra él al traer sólo a aquellos que están de tu
lado.
Cuando necesitamos ayuda para confrontar a alguien, es importante que se la pidamos a
aquellos que más nos pueden ayudar. Y si te piden a ti que seas parte de los “uno o dos
más”, entonces debes asegurarte de que eres la clase de persona que Dios puede usar para
remediar el problema.

El Último Recurso
La mayor parte de los problemas en la iglesia se pueden resolver con la fiel aplicación de
los principios que ya hemos analizado, pero algunas veces el liderazgo de la iglesia y el
cuerpo como un todo necesitan involucrarse cuando todos los demás esfuerzos han
fracasado. Jesús describe esta función de la iglesia en Mateo 18:17 cuando dice: “Y si
rehusa escucharlos [a los “uno o dos más”], dilo a la iglesia; y si también rehusa escuchar
a la iglesia, sea para ti como el gentil y el recaudador de impuesto.” Se puede ver que
estos pasos son un “último recurso” en la terminología de Jesús cuando dice: “Si rehusa
escucharlos…” Esta expresión es distinta a la del versículo anterior (“Si no escucha…”), e
indica que el ofensor ha mostrado una obstinada indisposición a tratar con el problema. Es
sólo un rechazo empedernido a escuchar lo que inicia el proceso de estos pasos posteriores.
De hecho, las palabras “Y si también rehusa escuchar a la iglesia…” posteriormente en el
versículo sugieren un sentimiento de impacto ante la dureza del corazón del ofensor.
Si este lamentable rechazo tiene lugar en las confrontaciones privadas, entonces Jesús
nos manda: “dilo a la iglesia”. Abandonar el asunto sin hacer esto sería una desobediencia a
Cristo, porque Él quiere que la confrontación se incremente en ámbito y en intensidad. Y la
implicación del cuerpo de la iglesia en este proceso incluye una presión creciente hacia el
arrepentimiento y si es necesario la remoción del individuo del cuerpo.

Presión del Cuerpo de la Iglesia


Jesús dice que debemos contarle el problema a “la iglesia”, y ese término griego (ekklesia),
siempre se usa en referencia a todo el cuerpo de creyentes. Así que está claro que Jesús
tiene la intención de que toda la congregación tenga conocimiento de ese pecado. Pero los
principios que enseñan otros pasajes nos dicen que Él no quiere que informes a la iglesia
interrumpiendo el culto de la mañana con un anuncio espontáneo ni que pongas un anuncio
en el boletín dominical. En lugar de eso, deberías analizar el problema con los líderes de tu
iglesia y seguir el proceso que ellos hayan desarrollado para poner en práctica este mandato
(cf. 1 Tes. 5:12–13; Heb. 13:17).
La práctica habitual de nuestras iglesias es que el consejo de los ancianos primero
escuche lo que los testigos tienen que decir del asunto, darle la oportunidad al ofensor de
responder a los cargos y decidir si ha de presentarse a la congregación. Si es claramente un
asunto de pecado del que no ha habido arrepentimiento, entonces enviamos una carta
certificada al ofensor hablándole del proceso, suplicándole que se arrepienta, y
advirtiéndole que su nombre será mencionado a la congregación en un determinado tiempo.
Si no responde a la carta o comunica de alguna otra manera que está dispuesto a actuar para
la resolución del problema, entonces mencionaremos su nombre en el culto o la reunión
designada, explicándoles a los miembros de la iglesia que ha pecado y que deben de orar
por él, suspender la comunión con él y llamarle al arrepentimiento.
Esta clase de declaración pública y esta indicación a la congregación no sólo se
encuentran en Mateo 18:17, sino que también se enseña y se ejemplifica repetidamente en
el Nuevo Testamento (Rom. 16:17–18; 1 Cor. 5; Gál. 2:11–14; Fil. 4:2–3; 2 Tes. 3:6–15; 1
Tim. 1:20; 1 Tim. 5:19–20; 2 Tim. 4:9–15; Tit. 3:10–11; 3 Jn. 9–11). Por lo tanto, cada
iglesia debe practicarlas en obediencia a la Palabra de Dios. Pero también hay muchos
beneficios de esta confrontación más amplia que nos deben motivar a seguir la enseñanza
del Señor en esta manera.
En primer lugar, decírselo a la iglesia es bueno para aquellos que pecan. Sin la
confrontación creciente, probablemente no cambiarán y continuarán ahogándose bajo la
culpa de su pecado y de la mano disciplinante de Dios en sus vidas. Pero esta presión del
cuerpo de la iglesia es usada por el Señor con frecuencia para traer un gozoso
arrepentimiento y el perdón (cf. Sal. 32:1–5; 2 Cor. 2:6–8). También, debido a que su
ámbito de responsabilidad anterior aparentemente no era suficiente para librarles de estar
atrapados por el pecado, necesitarán ayuda especializada y un mayor número de personas
ante las cuales han de ser responsables si se arrepienten y necesitan ser restaurados.
Ampliar la confrontación a todo el cuerpo permite a todo el cuerpo participar en dicha
restauración (cf. Gál. 6:1–2).
En segundo lugar, este paso en la disciplina es bueno para la iglesia. Cuando el pecado
es confrontado ante toda la congregación, toda la congregación es desafiada respecto a la
pureza personal. Cada miembro será consciente de la gravedad del pecado (especialmente
de la gravedad del pecado concreto que se está tratando). La Escritura ordena: “A los que
continúan en pecado, repréndelos en presencia de todos para que los demás tengan temor
[de pecar]” (1 Tim. 5:20 LBLA). También, la congregación desarrollará un respeto por los
líderes que están dispuestos a obedecer un mandato difícil del Señor, y serán instruidos por
el ejemplo a obedecer los mandatos que a ellos les resultan difíciles de obedecer. Pablo le
dijo a la iglesia de Corinto que una de las razones por las que les mandaba a practicar la
disciplina eclesiástica sobre una persona era “para poneros a prueba y [ver] si sois
obedientes en todo” (2 Cor. 2:9).
Ese versículo afirma claramente que el hecho de que una iglesia practique la
confrontación pública es un asunto de obediencia o desobediencia a Cristo. Así que si tu
iglesia no la practica, ¡tú tienes la responsabilidad de confrontar a tus líderes acerca de la
confrontación afectuosa! Muéstrales este capítulo o los versículos que se mencionan en él,
y pídeles humildemente que te respondan con respecto a este asunto. Posiblemente estén
dispuestos a escuchar, aprender, y cambiar sus prácticas. Si no lo hacen, entonces esa sería
una razón para buscar otro lugar de adoración. Una iglesia que descuida estos
mandamientos de Cristo no es mejor que una iglesia que descuida la predicación o las
ordenanzas (cf. Apo. 2:14–16, 20–23). No obstante, si la iglesia a la que perteneces no está
dispuesta a practicar la disciplina eclesiástica, pero no hay otra mejor en tu zona, entonces
deberías seguir el proceso de Mateo 18 tan lejos como te sea posible personalmente y dejar
el resto en las manos del Señor.

La Remoción del Cuerpo de la Iglesia


Cuando el cuerpo eclesiástico confronta corporativamente a un hermano que peca y éste
“también rehusa escuchar a la iglesia”, Jesús dice que deberíamos tratarle “como un gentil
y un recaudador de impuestos”. Estos eran unos tipos de personas con los cuales los judíos
no tenían una interrelación religiosa. No se les consideraba parte del pueblo del pacto de
Israel debido a su falta de compromiso con la Ley de Dios. Así que Jesús nos está diciendo
básicamente que aquellos que continúan pecando después de una confrontación reiterada,
deben ser puestos fuera de la comunión de la iglesia. Deben ser destituidos de la membresía
con un anuncio público y no permitírseles participar en la Cena del Señor. El resto de los
miembros deben ser instruidos a tratarles como incrédulos al mostrarles el amor de Cristo
según tengan la oportunidad, pero sin tener comunión espiritual con ellos, lo cual implicaría
que están en buena relación con Dios.13 1 Corintios 5 contiene un ejemplo de este tipo de
“excomunión”.
De igual manera que con las otras partes del proceso de la confrontación, este paso final
de la disciplina eclesiástica a muchos les parece dura y carente de amor. Algunas personas
que escuchan acerca de ello algunas veces han estado aterrados por este modo de proceder
(una mujer escribió una nota a una de nuestras iglesias diciendo que “¡Jesús nunca haría
eso!”). Por supuesto, nuestra respuesta fue que el propio Jesús nos ha dicho que lo hagamos
en Su Palabra. Ningún pastor o anciano piadoso disfruta jamás del proceso de disciplina
eclesiástica (muy al contrario), pero lo seguimos en obediencia a Cristo, porque sabemos
que es bueno tanto para el hermano que peque como para la iglesia como un todo. Además
de los beneficios mencionados anteriormente con respecto a la confrontación pública, poner
a alguien fuera de la iglesia es bueno para el pecador porque Dios con frecuencia usa esta
remoción para reprenderlo severamente y traerlo de nuevo al Señor. Cuando ha sido
“entregado a Satanás” (1 Cor. 5:5; 1 Tim. 1:20), lo cual significa que ha sido enviado fuera
al ámbito mundano donde reina Satanás (2 Cor. 4:4; Ef. 2:2), le resulta más difícil mantener
una apariencia de pureza moral o una falsa certidumbre de la bendición de Dios. Estando
“ahí fuera”, esperamos que le ayudará a darse cuenta de su estado patético y puede hacerle
anhelar la reconciliación con Cristo Esto es lo que Pablo quiere decir cuando dice que como
resultado de “la destrucción de su carne,… su espíritu sea salvo en el día del Señor Jesús”
(1 Cor. 5:5 LBLA).
El paso final de la disciplina también es bueno para la iglesia como un todo porque la
gente que vive en el pecado no puede evitar tener un efecto negativo en la salud espiritual
del cuerpo. Pablo también escribió a los corintios: “¿No sabéis que un poco de levadura
fermenta toda [la masa]? Limpiad la levadura vieja para que seáis masa nueva” (1 Cor.
5:6–7 LBLA). La pureza de la iglesia como un todo depende de la pureza de sus miembros
individualmente.
Jesús concluye Su análisis de la confrontación afectuosa enfatizando que cuando una
iglesia bíblica lleva a cabo la disciplina en forma bíblica, lo hace en el nombre del propio
Dios y lleva Su imprimátur. Mateo 18:18 dice: “De cierto os digo que todo lo que atéis en
la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el
cielo.” Cuando se sigue correctamente el procedimiento del Señor, las decisiones de la
iglesia se corresponden con las decisiones del propio cielo (cf. 1 Cor. 5:4). Por lo tanto,
ninguna persona que haya sido puesta bajo disciplina bíblica puede legítimamente
marcharse de esa iglesia diciendo: “Dios conoce mi corazón, y Él está de mi parte”. Por el
contrario, el proceso de la confrontación afectuosa ha mostrado que esa es una persona a la
que Dios se opone (cf. Stg. 4:6; 1 Ped. 5:5).
A lo largo de todo este capítulo, se ha destacado de varias maneras la importancia de la
confrontación afectuosa para la pureza y para la unidad de la iglesia. Esa importancia está
bien resumida en la siguiente advertencia formulada por Juan Calvino cuando se refiere a
todo el proceso de confrontación en términos de disciplina eclesiástica:
Si no hay sociedad ni casa, por pequeña que sea la familia, que pueda subsistir en
buen estado sin disciplina, mucho más necesaria ha de ser en la Iglesia, que debe
mantenerse perfectamente ordenada. Así como la doctrina salvadora de Cristo es el
alma de la Iglesia, así la disciplina es como sus nervios, mediante la cual los
miembros del cuerpo de la Iglesia se mantienen cada uno en su debido lugar. Por
ello, todos los que desean que no haya disciplina o impiden que se establezca o
restituya, bien sea que lo hagan deliberadamente, bien por inconsideración,
ciertamente éstos tales procuran la ruina total de la Iglesia.
En lugar de tirar abajo nuestras iglesias, ya sea pasando por alto los problemas o
manejándolos de una manera mundana, debemos edificar nuestras iglesias confrontándonos
los unos a los otros en amor.

Preguntas para la plática y la aplicación


1. ¿Cuáles son algunas de las razones por las que se puede considerar un acto de
amor el confrontar a una persona cuando está equivocada, o incluso cuando uno
piensa que está equivocada? ¿Por qué no es un acto de amor el dejar de
confrontar a alguien que uno considera que está equivocado?

2. ¿Ha habido alguna ocasión en tu vida cuando no confrontaste a alguien, y más


tarde deseaste haberlo hecho? ¿Has confrontado alguna vez a alguien de una
manera equivocada, y si lo hiciste, qué sucedió?

3. Mateo 18:20 (“Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí
estoy yo en medio de ellos”) se cita con frecuencia fuera de contexto para
referirse a la oración, pero realmente está hablando del segundo paso de la
confrontación amante (lo cual también podría llamarse “orientación bíblica”).
¿Por qué piensas que es importante reconocer la presencia personal de Cristo
cuando nos reunimos a analizar problemas, y cómo nos ayudará ese
reconocimiento a resolver esos problemas?

4. ¿Por qué piensas que 1 Corintios 5 y 2 Tesalonicenses 3 dicen que durante el


tercer paso de la confrontación, los miembros de la iglesia deberían retraerse o
suspender la comunión con la persona que está pecando (véase especialmente 2
Tes. 3:14)? ¿Es esto una forma de castigo, o una medida restauradora?
9
Preservando la Unidad en el Cuerpo
Ruego a Evodia y a Síntique, que sean de un mismo sentir en el Señor. Asimismo te
ruego también a ti, compañero fiel, que ayudes a éstas que combatieron juntamente
conmigo en el evangelio, con Clemente también y los demás colaboradores míos,
cuyos nombres están en el libro de la vida. (Fil. 4:2–3).

En muchos sentidos, la iglesia de Filipos era una iglesia ejemplar. Con respecto a ese
grupo de creyentes, Pablo escribió: “Doy gracias a mi Dios siempre que me acuerdo de
vosotros” (Fil. 1:3). Esta y otras afirmaciones en el primer capítulo indican que había una
relación especial entre el apóstol y la iglesia filipense. Pero según avanza la carta de Pablo
a ellos, comenzamos a ver algunas insinuaciones de que las relaciones entre los propios
miembros de la iglesia no eran todo lo que Dios quería que fuesen.
Por ejemplo, Pablo les exhorta: “Solamente comportaos de una manera digna del
evangelio de Cristo, de modo que ya sea que vaya a veros, o que permanezca ausente,
pueda oír que vosotros estáis firmes en un mismo espíritu, luchando unánimes por la fe del
evangelio” (Fil. 1:27 LBLA). También escribe: “haced completo mi gozo, siendo del mismo
sentir, conservando el mismo amor, unidos en espíritu, dedicados a un mismo propósito”
(Fil. 2:2 LBLA). Resulta aparente por esos pasajes que los Cristianos en Filipos no estaban
tan unificados como deberían estarlo; de hecho, parece probable que había amargura,
resentimiento, y conflictos manifiestos entre algunos de ellos. Esta sospecha es confirmada
en Filipenses 4:2–3, donde Pablo nombra a dos mujeres que estaban enzarzadas en un
conflicto la una con la otra. No conocemos mucho acerca del propio conflicto ni de cuál fue
su origen, pero sabemos que era lo suficientemente grave como para que Pablo lo tratara
públicamente. El problema entre Evodia y Síntique no sólo les estaba haciendo daño a ellas,
sino que también era perjudicial para toda la iglesia.
Alguien se ha referido jocosamente a estas dos mujeres como “Odiosa y “Susceptible”,
lo cual implica que eran “personas problemáticas”, que con frecuencia se metían en
conflictos. Pero notad que Pablo las describe en Filipenses 4:3 como quienes “han
compartido mis luchas en [la causa] del evangelio” (LBLA). La palabra griega para
“luchas” es una forma intensificada de la palabra griega athleo, de la cual viene la palabra
española “atleta”. Implica la participación voluntaria en una competición ardiente. Así que
Evodia y Síntique han estado contendiendo ardientemente por la fe de una manera tal que
Pablo las consideraba colaboradoras con él. El también tenía la confianza de que eran
verdaderas cristianas, lo cual es más de lo que se puede decir de otros miembros de iglesia a
los cuales él escribió (cf. 2 Cor. 13:5). Esto lo sabemos porque Pablo se refirió a las dos
mujeres como parte de un grupo “cuyos nombres están en el libro de la vida” (Fil. 4:3).
El asunto es que el conflicto y la contención pueden ocurrir entre dos cristianos
cualesquiera, incluso si están dedicados a Cristo y Le sirven ya por muchos años. La
desunión y la disensión también pueden ocurrir en cualquier cuerpo eclesiástico, no importa
lo fiel que la iglesia haya sido al Señor en el pasado. De hecho, las “divisiones de iglesia”
algunas veces comienzan con peleas entre aquellos que anteriormente trabajaron juntos en
el cuerpo cuando éste crecía y tenía éxito en otros aspectos.
¿Cómo sucede esto? Si nosotros queremos evitar esa desunión en la iglesia, nos sería de
mucha ayuda entender cómo el flujo normal de las relaciones humanas puede convertirse
en un diluvio de discordia aparentemente irreparable. La respuesta es: por el fracaso en
resolver los conflictos interpersonales bíblicamente. Es inevitable alguna forma de
conflicto en cualquier relación que implique a dos personas pecaminosas, pero un enfoque
adecuado de esa dificultad lo resolverá y acercará a las partes aún más la una a la otra. No
obstante, si no se maneja adecuadamente un conflicto inicial, el problema comenzará a
agravarse como una bola de nieve y con el tiempo dará lugar a una avalancha de discordia.
Si estuvieras conduciendo tu auto y se encendiera una luz roja en el tablero de mandos,
podrías responder de varias maneras diferentes. Podrías pretender ignorar la luz y continuar
conduciendo, podrías darle un golpe a la luz con un martillo, o podrías buscar a un
mecánico para que te mirase el vehículo. Si el problema fuera que el radiador está
goteando, cualquier solución que no fuera llevar el vehículo a un mecánico sólo
intensificaría el problema. Continuar conduciendo el vehículo convertiría un problema
menor en otro mas grave.
Esto es lo que sucede cuando los cristianos desarrollan graves conflictos interpersonales
y las iglesias acaban dividiéndose. Un conflicto inicial no fue resuelto bíblicamente. El
problema creció, continuó sin ser resuelto adecuadamente, etcétera.
Un ejemplo típico es el de una esposa que está angustiada por algo que hace su marido.
En lugar de informarle de su queja de una manera afectuosa, esconde el asunto bajo la
superficie y trata de aparentar que no existe. No obstante, a pesar de todos sus esfuerzos por
pasar por alto el problema, continúa pensando en ello. Y el hecho de que le de vueltas en la
cabeza afecta a la manera en que reacciona y habla y se relaciona con su marido. Puesto
que su marido percibe que algo va mal y puesto que no le gusta la manera como ella lo
trata, le pregunta: “¿Qué pasa?” Cuando ella responde: “Nada”, la negativa de ella a hablar
del asunto lo indigna a él, así que le demanda a ella airadamente que se lo diga, lo cual la
irrita a ella aún más, etcétera, Pronto el pequeño bulto se ha convertido en una montaña y la
pequeña grieta entre ellos se ha convertido en un abismo. Sin embargo, el problema nunca
habría llegado hasta este punto, si ella hubiera afrontado adecuadamente la cuestión. Otro
ejemplo de manejo erróneo de un problema, y realmente intensificarlo, es el de una persona
ofendida por lo que ha dicho otro miembro de la iglesia. En lugar de afrontar el problema
bíblicamente, la persona ofendida toma el teléfono y le cuenta a una tercera persona cómo
este otro individuo le ha maltratado. La respuesta que recibe es: “¿Qué te parece?, ya sabes
que a mí me ha hecho lo mismo”. Muy pronto estos dos chismosos están llamando a otras
dos personas y están esparciendo las noticias de aquel que les ha ofendido. Los rumores se
esparcen, y el problema se va complicando.
Lo que sucedió entre Evodia y Síntique probablemente fue algo similar. Un pequeño
asunto en disputa se había convertido en un problema lo suficientemente grande como para
que la noticia se extendiera hasta Roma, donde Pablo escribió su carta a los Filipenses.
Puesto que este conflicto fue un asunto de conocimiento público, Pablo lo trató
abiertamente en su carta y sugirió algunas soluciones para el problema inspiradas
divinamente. El entender las instrucciones que les dio a los miembros de la iglesia de
Filipos nos ayudará a resolver conflictos en nuestras iglesias hoy. Dios nos ha dado este
pasaje para ayudarnos a seguir las indicaciones del apóstol Pablo cuando dice:
“esforzándoos por preservar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz” (Ef. 4:3 LBLA).
El Principio de la Responsabilidad Mutua
Pablo dice: “Ruego a Evodia, y ruego a Síntique que se pongan de acuerdo en el Señor.”
(Fil. 4:2 RVA). Considera a ambas responsables de la situación que hay entre ellas por falta
de reconciliación, un hecho que enfatiza al repetir el verbo “ruego” con cada uno de sus
nombres. Pablo no quiere de ninguna manera dar a entender que una persona está
completamente equivocada y la otra persona está absolutamente acertada. El tenía mucho
cuidado de no ponerse del lado de ninguna en particular, porque sabía que de alguna
manera ambas eran culpables del problema. Evodia pudo haber sido quien en principio
desairó o criticó a Síntique. Pero si Síntique había respondido erróneamente al pecado de
Evodia, se había vuelto resentida hacia ella, o había andado con chismes, entonces Síntique
también estaba pecando.
Si tú no respondes al maltrato y al consiguiente resentimiento de una manera bíblica,
entonces estás actuando tan mal como la persona que te está tratando mal a ti. “Si uno no
quiere, dos no pelean”, dice el viejo refrán, y también podríamos decir: “si uno no quiere,
dos no se enredan”. En la mayoría de los casos de desunión, ambas partes están de alguna
manera fuera de tono. Será bueno que consideremos algunas maneras erróneas de responder
a un conflicto que con frecuencia agravan un problema, de tal manera que podamos
identificarlas en nosotros mismos y en los demás y nos esforcemos para eliminarlas.
Las maneras en que con frecuencia contribuimos a un conflicto se pueden agrupar en
las tres categorías de represalia, inacción y confrontación poco prudente.

La Venganza
Cuando alguien nos ha herido, nuestra tendencia es a contraatacarle de alguna manera. Esta
tendencia es producto de nuestra carne pecaminosa (Gál. 5:19–20), contra la cuál debemos
luchar por medio del poder del Espíritu (Gál. 5:22–23). Pablo resumió la enseñanza de
Cristo en este asunto cuando escribió a los romanos: “Bendecid a los que os persiguen;
bendecid, y no maldigáis… No paguéis a nadie mal por mal… No os venguéis vosotros
mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la
venganza, yo pagaré, dice el Señor. Así que, si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer;
si tuviere sed, dale de beber” (Rom. 12:14–20).
Estos y otros pasajes nos mandan a no vengarnos nunca contra alguien que nos ha
herido. La represalia es siempre un pecado contra la otra persona y contra Dios. Con todo,
con frecuencia añadimos este pecado al pecado inicial y con ello agravamos mucho más el
problema. Esto lo podemos hacer por medio de acciones que van desde golpear al ofensor
en la cara hasta hacer como si no existiera, pero la mayoría de las veces sucede por medio
de nuestras palabras. A menudo nos represaliamos con nuestras bocas lanzando insultos
manifiestos o sutiles hacia quienes nos han ofendido (cf. Pro. 9:7; Stg. 3:8–10), o hablando
de ellos negativamente a otras personas que no necesitan estar implicadas en la situación
(cf. Pro. 25:9; Mat. 18:15).

La Inacción
La venganza no es la única respuesta que empeora el conflicto. Tú puedes contenerte de
represaliarte y aún así empeorar la situación al no hacer nada. Esta es una dificultad común
entre los cristianos. Tratando de “volver la otra mejilla”, con frecuencia pretenden ignorar
una ofensa porque confrontarla llevaría mucho tiempo y sería dificultoso. De la misma
manera, cuando son la parte ofensora, con frecuencia pasan por alto el problema, esperando
a que la otra persona venga a ellos o confiando en que de alguna manera se quede en el
olvido. Pero las Escrituras dicen que cuando entre tú y otro cristiano existe una ofensa por
la que no ha habido reconciliación, la inacción es totalmente inaceptable. Ya seas el ofensor
o el ofendido, la Biblia dice que nunca debes huir de la otra persona ni de un problema que
dañe vuestra relación, sino que debes ir a la otra persona y hacer todo lo que esté en tu
mano para resolver el problema.
Mateo 5:23–24 dice: “Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu
hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate
primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda.” Y Mateo 18:15 dice: “Por
tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has
ganado a tu hermano.” Cuando entre dos hermanos en Cristo ocurre una ofensa que no
puede ser pasada por alto ni “cubierta” en amor, entonces lo peor que se puede hacer en ese
caso es no hacer nada. El abstenernos de la venganza es loable, pero eso por sí sólo no
resolverá la mayoría de los problemas en la iglesia. Los conflictos entre los miembros de la
iglesia deben confrontarse y analizarse en amor, para que la reconciliación pueda tener
lugar.

La Confrontación Poco Prudente


Algunas veces los creyentes reconocen la pecaminosidad de la venganza y la necesidad de
hacer algo para resolver el problema, pero entonces acaban atacándolo de una manera
equivocada. La manera, el contenido, o el momento oportuno para la confrontación pueden
no ser completamente bíblicos, y esto, con frecuencia agrava el conflicto tanto como lo
harían la represalia o la inacción. La siguiente historia, contada por el autor y
conferenciante Jay Adams, ilustra como puede ocurrir esto:
Juan y María son un matrimonio que tiene un problema de convivencia. Ambos son
cristianos, pero es evidente para ambos (y para los demás) que entre ellos se está
produciendo un cierto enfriamiento. Una mañana, mientras Juan va a su trabajo en el tren,
el Señor comienza a obrar en su corazón, y él empieza a pensar en su matrimonio. Es
consciente de que algo no va bien entre él y María. Durante mucho tiempo ha intentado
hacer caso omiso del problema, pero esto no lo ha solucionado. Así que decide que cuando
llegue a casa esa noche, va a hablar con ella. Está dispuesto a destaparlo y resolver esa
ruptura en la comunicación.
Durante ese día, María también comienza a pensar en el asunto, y Dios le produce una
profunda convicción respecto a su actitud hacia Juan. Llega a la conclusión de que es
necesario hacer algo entre los dos. Sí, está decidida, intentará hablar con Juan cuando él
regrese a casa. Las cosas van a cambiar.
Sin embargo, durante ese día, tienen lugar varios acontecimientos no planeados, una
serie de pequeñas catástrofes. Ella comienza a limpiar la alfombra y se le rompe el cepillo.
Su hijo de tres años decide escalar por las cortinas del salón y arranca la barra de las
cortinas de la pared. También recibe varias llamadas de teléfono que son preocupantes y
además le quitan mucho tiempo. A las dos de la tarde no ha conseguido hacer lo que
planeaba tener terminado a las diez de la mañana. Luego, además de todo eso, suena el
teléfono cuando está preparando la cena y ¡se le quema la comida!
Cuando Juan atraviesa la puerta a las 5:30, María está en la cocina de rodillas, tratando
de raspar la comida quemada del horno. Dispuesto a resolver sus problemas matrimoniales,
pero sin prestar mucha atención a las circunstancias de María, Juan anuncia: “María, algo
no va bien con nuestro matrimonio”. María responde a todo pulmón: “¡Tienes razón, algo
no va bien con nuestro matrimonio! Y si vuelves a venir otra vez de esa manera, no habrá
ningún matrimonio!” Aturdido, Juan piensa: ¡Así que esto es lo que me llevo por tratar de
mejorar nuestro matrimonio! Herido, frustrado y ahora hirviendo de indignación, se va
muy enfurecido al salón, se sienta, y se enfurruña tras la protección que le da el periódico.
Mientras Juan se sienta allí nervioso, Dios está tratando con el corazón de María en la
cocina. Ella sabe que su respuesta a Juan fue contraria a la Palabra de Dios. Así que le pide
perdón a Dios y apesadumbrada entra en el salón para tratar de obtener el perdón de Juan.
“Juan, ¿recuerdas lo que sucedió cuando llegaste a casa esta tarde?” A lo cual él ruge: “Sí,
recuerdo lo que sucedió cuando llegué a casa esta tarde, ¡y si vuelve a suceder, no volveré a
casa jamás!”
Juan y María están acertados al proponerse tratar los problemas entre ellos, pero se
confrontan el uno al otro de una manera poco sabia y por lo tanto empeoran el problema.
Observa también cómo ambos son responsables del crecimiento del conflicto. Resolver el
conflicto, por lo tanto, requiere comenzar con un reconocimiento mutuo de la culpa y con
una confesión mutua. Hasta que eso suceda, como en el caso de Evodia y Síntique en
Filipenses 4, la disensión entre ellos crecerá, y más y más personas en la iglesia serán
arrastradas a entrar en la lucha.
Si tú te encuentras involucrado en un conflicto dentro de la iglesia, lo primero que
debes hacer es examinarte a ti mismo para ver qué viga pueda haber en tu propio ojo (Mat.
7:1–5). Y si tienes la oportunidad de ayudar a otros a resolver un conflicto, asegúrate de
que comienzas por ayudar a ambas partes a ver sus responsabilidades en el problema y en
su solución.

Dos Personas con la Misma Mente


Puesto que los conflictos están compuestos de represalias, inacción, y una confrontación no
sabia, ¿cómo podemos cambiar en medio de esas respuestas erróneas y comenzar a resolver
el problema en lugar de empeorarlo? Y lo que es más importante, ¿cómo podemos evitar
que sucedan esas respuestas erróneas inicialmente?
La clave para toda conducta piadosa es tener un modo de pensar correcto (Rom. 12:2;
Ef. 4:23), y comprender que la unidad en el cuerpo no es una excepción. Pablo instruye a
Evodia y a Síntique a “vivir en armonía en el Señor”. La traducción más literal de este
mandamiento en el texto griego es “pensar la misma cosa”. El Señor nos dice por medio de
este pasaje que la solución a la falta de unidad es que todos en el cuerpo sean “de un mismo
sentir”, como dicen otras traducciones. Pero, ¿cómo es esto posible cuando todas las
personas en la iglesia son tan diferentes? ¿Está diciendo Pablo que tenemos que pensar
exactamente igual sobre cada asunto y cada situación? ¿No podemos tener personalidades y
opiniones diversas?
La respuesta a estas preguntas aparece anteriormente en Filipenses, donde Pablo explica
claramente lo que quiere decir con “ser de un mismo sentir”. El utiliza la misma expresión
griega en este mandato a la iglesia:
Completad mi gozo, sintiendo lo mismo, teniendo el mismo amor, unánimes,
sintiendo una misma cosa. Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien
con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; no
mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros.
Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús. (Fil. 2:2–5)
El “mismo sentir” que Dios quiere que tengamos en el cuerpo es el sentir de Cristo Jesús,
por el cual consideramos a los demás como más importantes que nosotros mismos y
tratamos de proveer para sus necesidades más que para las nuestras. De hecho debería de
haber mucha variedad de opiniones, personalidades y dones en el cuerpo de Cristo, pero
incluso esa diversidad tiene el propósito por parte de Dios de ayudarnos a cuidar mejor los
unos de los otros (1 Cor. 12:14–27). Si todos tuviésemos la actitud de humildad que había
en Jesucristo, entonces nuestras diferencias serían usadas sólo para equilibrarnos los unos a
los otros y ayudarnos a crecer los unos a los otros, en lugar de causar divisiones. Así que
para evitar y resolver conflictos, debemos trabajar duro para cultivar la actitud de Cristo. En
los tres versículos siguientes, Pablo describe con más detalle la humildad de nuestro Señor,
de tal manera que podamos entender Su ejemplo y emularlo mejor: Jesucristo, “aunque
existía en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino
que se despojó a sí mismo tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres.
Y hallándose en forma de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la
muerte, y muerte de cruz” (Fil. 2:6–8 LBLA).
Cada uno de esos versículos describe la actitud de Cristo relacionada con Su
encarnación, cuando anduvo sobre la tierra “dejándonos ejemplo, para que sigáis sus
pisadas” (1 Ped. 2:21). Filipenses 2:6 describe Su actitud en la eternidad pasada cuando
tomó la decisión de hacerse hombre en el cumplimiento del tiempo según el “pacto eterno”
entre la Trinidad (Tit.1:1–2; Heb.9:12–13; 13:20); el versículo 7 describe la gran transición
que sufrió desde un trono en un cielo santo a un pesebre en un mundo lleno de odio
(Luc.2:10–12); y el versículo 8 nos dice que cuando los hombres no reconocieron quien era
ni le trataron como merecía, Él aún se entregó a una muerte agónica a favor de ellos
(Luc.23:33–34; 1 Ped.2:21–25).
El factor común a lo largo de la vida de nuestro Ejemplo fue que Él consideraba las
necesidades de los demás como más importantes que Su propio bienestar o felicidad. La
actitud de Cristo fue la de un siervo nada egoísta que intenta hacer la voluntad de Dios
(Mat. 20:28; Jn. 5:30). Fue una mente llena de preocupación por las demás personas. Así
que “tener el mismo sentir que hubo también en el Señor” significa que ambas partes
involucradas en un desacuerdo deben centrar su preocupación en la otra persona, en lugar
de hacerlo en sí mismas y en sus derechos o deseos. En Filipenses 4:2, por lo tanto, Pablo
está exhortando a Evodia y a Síntique a dejar de ser egoístas en su modo de pensar. De
hecho, él dice: “Evodia, ya es tiempo de que pienses en lo que puedes hacer por Síntique en
lugar de pensar en lo que Síntique puede hacer por ti. Y Síntique, tú necesitas comenzar a
considerar lo que es mejor para Evodia.”
Pablo sabía que Dios creó nuestras mentes de tal manera que nosotros estamos siempre
pensando. Tu mente muy rara vez es un vacío. Estás pensando ya sean pensamientos
constructivos o pensamientos destructivos. Cuando meditas sobre tus experiencias diarias,
piensas pensamientos egoístas, como que alguien te ha tratado mal cuando tú merecías algo
mejor, o piensas pensamientos nada egoístas, como la manera en que puedes servir a la otra
persona y suplir para sus necesidades. Por otra parte, es muy común que tus sentimientos y
acciones hacia la otra persona estén en consonancia con la naturaleza de tus pensamientos
sobre ella. Si tú la consideras tu sierva y te centras en lo que ella debería estar haciendo por
ti, entonces tu relación con ella inevitablemente se deteriorará tan pronto como ella no te
esté sirviendo de la manera que a ti te gusta. Por el contrario, si tú te consideras su siervo,
serás capaz de ayudarle de alguna manera sin tener en cuenta como ella te trata, y vuestra
relación probablemente mejorará porque ella apreciará tu humildad y ella misma aprenderá
de tu humildad (Rom. 12:17–21).
Puesto que tener la actitud de Cristo hacia los demás es esencial para preservar la
unidad del cuerpo, será muy útil considerar brevemente algunas maneras prácticas de cómo
podemos exhibir una actitud de siervos en nuestra manera de pensar.

Optimismo
El amor “todo lo cree, todo lo espera”, según 1 Corintios 13:7. Es bíblico darle a los
demás “el beneficio de la duda”, especialmente a los cristianos que tienen al Espíritu Santo
obrando en ellos. Tu actitud hacia los demás en la iglesia debería ser que ellos son
inocentes hasta que se demuestre que son culpables, e incluso entonces deberías
comprender que tu habilidad para juzgar es muy limitada debido a tu humanidad finita y
caída. Esas limitaciones son lo que Pablo tenía en mente cuando escribió esta condenación
del pecado de juzgar a los demás:
En cuanto a mí, es de poca importancia que yo sea juzgado por vosotros, o por
[cualquier] tribunal humano; de hecho, ni aun yo me juzgo a mí mismo. Porque no
estoy consciente de nada en contra mía; mas no por eso estoy sin culpa, pues el que
me juzga es el Señor. Por tanto, no juzguéis antes de tiempo, [sino esperad] hasta
que el Señor venga, el cual sacará a la luz las cosas ocultas en las tinieblas y
también pondrá de manifiesto los designios de los corazones; y entonces cada uno
recibirá su alabanza de parte de Dios. (1 Cor. 4:3–5 LBLA)
No siempre es erróneo hacer un juicio en tu mente sobre otra persona; de hecho,
algunas veces es necesario hacerlo, como vemos en 1 Corintios 5:12. Pero anteriormente,
en el capítulo 4, Pablo nos dice que hay algunas cosas que somos incapaces de juzgar y por
lo tanto no debemos intentar juzgarlas. Estas son las “cosas ocultas en las tinieblas”
(aquello que no ha sido revelado en la Palabra de Dios, véase el versículo 5) y “los
designios de los corazones” (aquello que es conocido sólo por la otra persona y por Dios).
Los juicios basados en tales cosas son pecaminosos y conducen a divisiones dentro del
cuerpo (v.6). Y así Dios quiere que tú guardes tu mente contra la tendencia común a juzgar
lo que hay en el corazón de otra persona o sacar una conclusión negativa de otra persona
demasiado rápido, antes de tener todos los datos. Comprende que tu carne pecaminosa te
hace propenso a pensar lo mejor de ti mismo y lo peor de todos los demás, y trata de
invertir esa pauta por medio de la oración y la autodisciplina.
Una manera de hacer esto es por medio de la confrontación afectuosa analizada en el
capítulo 8, porque con frecuencia el sustituto bíblico para el juzgar de manera pecaminosa
es hablar abiertamente con la otra persona del problema. Pero una actitud esperanzada
también te capacitará para pasar por alto muchas ofensas (como también analizamos en el
capítulo 8), porque tendrás la confianza de que Dios está obrando en las vidas de otros
cristianos y serás capaz de confiar en Él en distintas situaciones sin tener que recurrir a la
confrontación.
Gentileza
Incluso cuando necesitamos confrontar las ofensas y resolver los conflictos por medio del
diálogo unos con otros, quien tiene la actitud de Cristo siempre afrontará estas situaciones
queriendo tratar a los demás como quisiera que le trataran a él (Lucas 6:31). También debes
esforzarte por relacionarte con los demás con la gracia que Cristo ha exhibido contigo,
como dice Pablo en Efesios:
Sea quitada de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritos, maledicencia, así como
toda malicia. Sed más bien amables unos con otros, misericordiosos, perdonándoos
unos a otros, así como también Dios os perdonó en Cristo.
Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados; y andad en amor, así como
también Cristo os amó y se dio a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios,
como fragante aroma. (Ef. 4:31–5:2 LBLA)
Considera también un pasaje similar del libro de Colosenses:
Entonces, como escogidos de Dios, santos y amados, revestíos de tierna compasión,
bondad, humildad, mansedumbre y paciencia; soportándoos unos a otros, y
perdonándoos unos a otros, si alguno tiene queja contra otro; como Cristo os
perdonó, así también [hacedlo] vosotros. Y sobre todas estas cosas, [vestíos de]
amor, que es el vínculo de la unidad. Y que la paz de Cristo reine en vuestros
corazones, a la cual en verdad fuisteis llamados en un solo cuerpo; y sed
agradecidos. (Col.3:12–15 LBLA)

Una Persona de Oración


Nadie puede tener la actitud de Cristo sin ser una persona de oración. Cuando tú adoras a
Dios en oración, encuentras que en tu corazón se desarrolla una gratitud que hará difícil que
te sientas frustrado con otras personas. Cuando tú confiesas constantemente tus propios
pecados a Dios, no te ofenderás tan rápidamente por los pecados de los demás. Cuando tú
intercedes por las necesidades de otros creyentes, te centrarás en ellos en lugar de hacerlo
en ti mismo y tendrás la actitud correcta incluso si surgen problemas entre tú y ellos.
Esta actitud mental de un siervo optimista, gentil y lleno de oración no es fácil de
generar ni de mantener. Pablo lo sabía, y por eso en Filipenses 4:2 exhorta a Evodia y a
Síntique a “que vivan en armonía en el Señor”. Aquellas dos mujeres no podían resolver su
problema con sus propias fuerzas. Ni nosotros podemos mantener la unidad del cuerpo con
nuestra propia fuerza. Con una dependencia de Dios en oración, debemos comprender que
sólo podemos vencer el pecado y andar en novedad de vida por medio de los recursos
divinos que recibimos por Su poder y gracia. Nosotros que somos orgullosos y egoístas
podemos llegar a ser humildes y generosos. Nosotros que deseamos ser servidos podemos
llegar a ser siervos. Y los conflictos interpersonales en el cuerpo se pueden resolver, pero
sólo por el poder de Jesucristo obrando en nosotros y capacitándonos para tener Su actitud
los unos para con los otros.

Bienaventurados los Pacificadores


En Filipenses 4:3, Pablo indica que algunos problemas interpersonales pueden resolverse
sólo con la ayuda de otros. Después de dirigirse directamente a Evodia y a Síntique con
respecto a su conflicto, él se vuelve a otros cristianos en la congregación filipense y dice:
“En verdad, fiel compañero, también te ruego que ayudes a estas [mujeres] …junto con
Clemente y los demás colaboradores míos” (Fil. 4:3 LBLA).

Busca la Ayuda de Otros


Aparentemente, Evodia y Síntique no habían buscado la ayuda de nadie. Tal vez pensaban
que nadie conocía su problema o tenían mucha vergüenza en admitir que tenían un
conflicto que no podían resolver por sí mismas. Tal vez tenían temor de que los demás
pensasen mal de ellas, que chismorreasen de ellas, o incluso que las rechazasen. O tal vez
tenían la opinión de que pedir ayuda a otros era una cosa poco espiritual. Después de todo,
podían pensar, con la ayuda del Señor seremos capaces de resolver nuestras diferencias.
Cualquiera que fuese la razón, las palabras de Pablo implican que las dos mujeres no habían
ido a su pastor ni a sus ancianos ni a otros cristianos maduros en busca de consejo y
dirección.
Su desatención de esa ayuda sin duda contribuyó al crecimiento del problema entre
ellas, porque las Escrituras dicen repetidamente que necesitamos la ayuda y el consejo de
otras personas en nuestras vidas:
Donde no hay buen consejo, el pueblo cae, pero en la abundancia de consejeros
está la victoria. (Pro. 11:14 LBLA)
El camino del necio es recto a sus propios ojos, mas el que escucha consejos es
sabio. (Pro. 12:15 LBLA)
Sin consulta, los planes se frustran, pero con muchos consejeros, triunfan. (Pro.
15:22 LBLA)
Escucha el consejo y acepta la corrección, para que seas sabio el resto de tus días.
(Pro. 19:20 LBLA)
Y si tu hermano peca, ve y repréndelo a solas; …Pero si no [te] escucha, lleva
contigo a uno o a dos más. (Mat. 18:15–16 LBLA)
En cuanto a vosotros, hermanos míos, yo mismo estoy también convencido de que
vosotros estáis llenos de bondad, llenos de todo conocimiento y capaces también de
amonestaros los unos a los otros. (Rom. 15:14 LBLA)
Hermanos, aun si alguno es sorprendido en alguna falta, vosotros que sois
espirituales, restauradlo en un espíritu de mansedumbre, mirándote a ti mismo, no
sea que tú también seas tentado. Llevad los unos las cargas de los otros, y cumplid
así la ley de Cristo. (Gál. 6:1–2 LBLA)
En una clara violación de la Escritura y en perjuicio espiritual de sí mismas y de otros,
Evodia y Síntique aparentemente habían rehusado buscar consejo bíblico de aquellos a
quienes Dios ha dotado y equipado para proveer tal ayuda. Lamentablemente, muchos
cristianos en nuestros días siguen su ejemplo. No quieren buscar una solución a sus
problemas personales a través de los medios ordenados por Dios para obtener consejo de
los pastores, ancianos, y otros cristianos maduros. Como resultado, sus conflictos se hacen
más graves, su testimonio se hace más infructuoso, y su gozo y paz en Cristo se disipan.
Cuando tú luchas con problemas interpersonales y no eres capaz de vencerlos por ti
mismo, pide ayuda a los líderes de tu iglesia o a otros creyentes que tú sabes que son
capaces de aconsejaros a ti y a la otra persona. Deja que diagnostiquen bíblicamente las
causas del conflicto y encuentren la manera divina de resolverlo. No intentes llevar una
carga tan pesada por ti mismo, sino permite que otros reciban la bendición de ser
pacificadores (Mat. 5:9).

Provee Ayuda a los Demás


Otra manera en que puedes preservar y promover la unidad en el cuerpo es siendo tú mismo
un pacificador. Los pastores y demás líderes de la iglesia no pueden aconsejar a todas las
personas en la iglesia de una manera tan exhaustiva como les gustaría, así que necesitan la
ayuda de miembros que puedan acercarse a las personas que estén en medio de un
conflicto. Esta es la razón por la que los mandamientos a amonestar y restaurar a los
hermanos son dados al cuerpo como un todo, y no sólo a los líderes. Si tú eres un cristiano,
estos mandamientos te son dados a ti.
Pero tal vez digas: “¿Cómo puedo yo aconsejar a la gente si no tengo una preparación
formal en psicología ni en teología?” En primer lugar, para ayudar a otros en sus vidas
espirituales no es necesaria ninguna preparación en teorías psicológicas seculares, porque
Dios ha declarado que Su Palabra y Su Espíritu son suficientes para “todas las cosas que
pertenecen a la vida y a la piedad” (2 Ped. 1:3); “Toda la Escritura es inspirada por
Dios… a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda
buena obra” (2 Tim. 3:16–17). De hecho, la teoría psicológica secular con mucha
frecuencia es tan contraria a la verdad de la Escritura que un conocimiento de la misma
puede ser perjudicial para la tarea de ayudar espiritualmente a las personas. Y con respecto
a la teología, incluso los cristianos sin una preparación teológica formal conocen la
Escritura lo suficiente y han tenido la suficiente experiencia de la vida cristiana como para
impartir a otros las verdades que han aprendido. Siempre hay alguien que conoce menos
que tú en algún área, y siempre hay alguien luchando en un área en la cual tú has
experimentado alguna victoria.
Según Romanos 15:14, todos los verdaderos cristianos son “aptos para aconsejar”
porque se les ha dado todo tipo de valores y conocimiento por la gracia de Dios en Cristo.
Pero eso no significa que tú no puedas crecer en tu habilidad para aconsejar a otros. De
hecho, deberías estar creciendo constantemente en la piedad personal y en el entendimiento
de la Escritura de tal manera que puedas ser un mejor ejemplo a los demás y enseñarles las
verdades que tú aprendes. También puedes estudiar las doctrinas y las prácticas bíblicas
específicas que tienen relación con la orientación leyendo buenos libros sobre este asunto e
incluso recibiendo una preparación profesional que está a disposición de cualquier persona.

Hay Esperanza
Nuestro estudio de Filipenses 4:2–3 nos ha provisto tres principios importantes para
preservar la unidad en una iglesia: debemos reconocer la responsabilidad mutua en un
conflicto, desarrollar la actitud de Cristo hacia los demás, y trabajar juntos como un grupo
de creyentes para resolver los conflictos. Pero en conclusión, también sería muy útil
observar algo que Pablo no dice a los filipenses. Aunque el conflicto entre Evodia y
Síntique era grave, Pablo ni siquiera insinúa que la situación pueda ser irreparable o que
una de las mujeres pudiera tener que dejar la iglesia.
Pablo no dijo: “Es evidente que vosotras dos sois incompatibles. Evodia es extravertida,
y Síntique es introvertida. Evodia es una despreocupada, y Síntique es seria. Vuestros
trasfondos y personalidades son demasiado diferentes. Vuestra manera de hacer las cosas
son demasiado diversas, y el problema ha existido por demasiado tiempo. Mi consejo, por
lo tanto, es que cada una vaya por su camino”. En lugar de eso, Pablo exhortó a ambas
mujeres a obrar para la resolución del problema, dando a entender que había esperanza de
que la relación se pudiera reparar.
En otra ocasión, Pablo escribió: No os ha sobrevenido ninguna tentación [o prueba]
que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis
resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis
soportar” (1 Cor. 10:13). Aplicado a los conflictos interpersonales, este versículo significa
que dos personas cualesquiera, que realmente deseen resolver sus problemas, pueden
hacerlo por la gracia y el poder de Dios.
No hay problema que Dios no pueda solucionar. Las cosas que son imposibles para los
hombres son posibles para Dios (Mat. 19:26). Ninguna situación es desesperada ni sin
posibilidades de arreglo, las heridas se pueden sanar, las amistades se pueden restaurar, las
relaciones se pueden consolidar, cuando dos personas manejan sus problemas de la manera
establecida por Dios. Cuando Pablo aconsejó a Evodia y a Síntique y al resto de los
filipenses, dejó esto bien claro. El estaba haciéndose eco de uno de los aspectos más
importantes de la oración sumo-sacerdotal de Cristo en Juan 17. En esa oración, nuestro
Señor nos mostró la importancia de la unidad y también nos proveyó la esperanza que
puede preservar esta unidad en el cuerpo. Él oró al Padre a favor de todos los que creen en
Él: “que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean
perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste” (Jn. 17:22–23).

Preguntas para la plática y la aplicación


1. ¿Cuáles son algunas de las razones por las que la inacción es una respuesta
inadecuada a los conflictos que surgen en el cuerpo? ¿Qué sucede normalmente
cuando no hacemos nada, y por qué?

2. ¿Cómo pueden dos personas estar en desacuerdo la una con la otra pero aún y
así “ser de un mismo sentir”? Da un ejemplo de ese tipo de relación.

3. ¿A qué tipo de persona deberías ir en busca de ayuda cuando tienes un conflicto


interpersonal? Enumera algunas características de un buen “pacificador”.

4. ¿Qué le dirías a alguien que está planeando dejar la iglesia debido a algunas
quejas que tiene contra algún otro miembro del cuerpo?

10
Orando los Unos por los Otros

Un día los discípulos de Jesús vinieron a Él y Le dijeron: “Señor, enséñanos a orar”


(Luc.11:1). Ellos sentían lo inadecuado de sus vidas de oración y le pidieron instrucciones a
Jesús. Muchos cristianos hoy sienten una falta de confianza similar en sus patrones de
oración. Muy pocos de nosotros podríamos decir que necesitamos muy poca o ninguna
mejoría en esta área de nuestras vidas. Puesto que muchos de nosotros compartimos el
deseo de los discípulos de ser instruidos en la oración, deberíamos estar entusiasmados al
saber que se nos ha dado mucha más instrucción que la que ellos recibieron de Cristo aquel
día. No sólo tenemos Su enseñanza registrada para nosotros, sino que también tenemos el
Nuevo Testamento entero, que está lleno de ayuda adicional para aquel que desea saber
cómo orar de una manera que glorifique a Dios.
2 Timoteo 3:16–17 dice que la Palabra de Dios es capaz de hacer al cristiano
“enteramente preparado para toda buena obra”. Sin duda alguna, una de esas buenas obras
es orar por el cuerpo de Cristo como un todo y por sus miembros en particular, y en la
Palabra encontramos ejemplos de tales oraciones para instruirnos. El apóstol Pablo con
frecuencia registraba en sus cartas el contenido de sus oraciones por las iglesias, y parte de
su propósito para hacerlo era que sus lectores aprendiesen de su ejemplo cómo orar los
unos por los otros. Puesto que sus oraciones están registradas en la Escritura inspirada,
sabemos que pueden servirnos como un modelo para nosotros cuando oramos por nuestras
iglesias. Sería muy útil estudiar en profundidad todas esas oraciones de Pablo, pero en este
capítulo veremos principalmente un ejemplo representativo y trataremos de entender
algunos principios orientativos para nuestras oraciones con respecto al cuerpo. Esa oración
se encuentra en Efesios 1:15–19:
Por esta causa también yo, habiendo oído de vuestra fe en el Señor Jesús, y de vuestro
amor para con todos los santos, no ceso de dar gracias por vosotros, haciendo memoria de
vosotros en mis oraciones, para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria,
os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él, alumbrando los ojos de
vuestro entendimiento, para que sepáis cuál es la esperanza a que él os ha llamado, y cuáles
las riquezas de la gloria de su herencia en los santos, y cuál la supereminente grandeza de
su poder para con nosotros los que creemos.

Ora por Todo el Cuerpo


Una mirada más profunda a este pasaje revela que Pablo no sólo oraba por aquellos en
la iglesia a los que conocía bien, ni tampoco oraba sólo por aquellos que tenían grandes
necesidades espirituales o físicas. Esas son las personas por las que nosotros solemos orar
más de manera natural, pero el ejemplo de Pablo puede ayudarnos a evitar el peligro de una
oración desequilibrada que excluye a algunos miembros del cuerpo.

Pablo Oraba por la Iglesia como una Entidad Corporativa


Es bíblico abarcar en la oración a todos los miembros de un grupo particular al orar por
ese grupo como un todo. Esto es debido a que Dios obra con grupos de personas al igual
que con individuos de manera personal. Romanos 5:12–21 y otros pasajes revelan que toda
la humanidad se puede separar en dos grupos, cada uno de ellos con una cabeza y con una
relación con Dios compartida. Un grupo, a causa del pecado, permanece “en Adán” y
continuará separado de Dios y cosechará el castigo eterno. El otro grupo está “en Cristo”,
es justificado por medio de Su muerte en la cruz, y disfrutará de Él para siempre en el cielo.
Este segundo grupo es conocido como “los elegidos”, “el pueblo de Dios”, o “la iglesia”.
Es el cuerpo colectivo, universal y espiritual por el que Cristo oró en Su Oración Sumo-
sacerdotal en Juan 17. Él también continúa intercediendo por Su cuerpo en el cielo (Rom.
8:34; He. 7:25).
El Antiguo Testamento indica que Dios también se ha relacionado con las naciones
terrenales como entidades corporativas. Por supuesto, sucedía con respecto a las gentes de
Israel, todas las cuales eran afectadas por la manera en que Dios trataba con la nación como
un todo (Dt. 5:32–6:3). Pero también sucedía con las naciones gentiles, que eran bendecidas
o maldecidas dependiendo de cómo trataran a Israel y a su Dios (Gén. 12:3; 27:29). Y
parece evidente que hasta cierto punto, en la era del Nuevo Testamento, Dios se relaciona
con las iglesias locales individuales de esta manera holística (como un todo). La mayor
parte de las epístolas fueron escritas a iglesias como un todo, de la misma manera que lo
fueron los mensajes de Cristo en Apocalipsis 2 y 3, los cuales incluían mensajes a una
iglesia tales como: “Recuerda, por tanto, de dónde has caído, y arrepiéntete, y haz las
primeras obras; pues si no, vendré pronto a ti, y quitaré tu candelero de su lugar, si no te
hubieres arrepentido” (Apo. 2:15).
La iglesia que recibió esa advertencia acerca de una reprensión corporativa fue la
iglesia de Éfeso, la misma por la que Pablo estaba orando en nuestro pasaje. Sin duda, él
oraba por la iglesia como un todo porque no quería que fuera maldecida de esa manera,
sino bendecida. Nosotros hoy, como cristianos, también deberíamos acordarnos de orar por
nuestra iglesia como un cuerpo, no sólo porque podemos beneficiar a cada uno en la iglesia
en un momento dado por medio de nuestra oración, sino porque cuando estamos pensando
en una iglesia como una unidad, aprenderemos a pensar en maneras que promueven la
unidad (cf. 1 Co. 12:12–27).

Pablo Oraba por Aquellos que Solían Ser Desatendidos


Cuando oramos por nuestra iglesia, deberíamos orar no sólo de manera general por el
cuerpo como un todo, sino que también deberíamos recordar a los individuos en la iglesia
por sus nombres. No obstante, cuando hacemos esto, tenemos la tendencia a orar
primordialmente (o solamente) por ciertos tipos de personas que nos vienen a la mente. En
su oración, Pablo se refiere por implicación a algunas personas acerca de las cuales es
necesario que se nos traigan a la memoria.
Primero, Pablo oraba por aquellos que no eran sus colegas más cercanos. Dice:
“habiendo oído de vuestra fe”, lo cual significa que él había estado lejos de los efesios el
suficiente tiempo como para necesitar un informe sobre cómo les iban las cosas. El había
fundado la iglesia de Éfeso (Hechos 19), pero ahora estaba en la cárcel y no había visto a
ninguno de los miembros durante varios años. La iglesia probablemente tenía muchas
personas nuevas a las que Pablo nunca había conocido. No obstante, oraba por aquellas
personas que para él eran extrañas, o que al menos no estaban en su actual círculo de
relaciones (cf. 1 Tes. 3:5–10).
Esto contrasta fuertemente con nuestra mentalidad típica de “ojos que no ven, corazón
que no siente”. Nosotros solemos pensar y orar por nuestros amigos más cercanos, o por las
personas que están involucradas en nuestros ministerios personales, o por aquellos con los
que nos “topamos” con mayor frecuencia. Pero el ejemplo de Pablo debería enseñarnos a
orar por aquellos de quienes “apenas oímos” o no vemos con frecuencia. Eso ensancha
nuestros ministerios personales, nos ayuda a evitar el exclusivismo, y además promueve la
unidad en el cuerpo, como hemos mencionado anteriormente.
Observa también que Pablo oraba por aquellos que eran espiritualmente prósperos. El
dice que había oído “de vuestra fe en el Señor Jesús, y de vuestro amor para con todos los
santos”. Muchos miembros de la iglesia de Éfeso estaban andando por la fe y mostrando un
amor sacrificado hacia todos los cristianos sin discriminación (incluso por los que eran de
otras culturas). Estas son marcas de la madurez y estabilidad espiritual, y algunos de
nosotros podríamos pensar que Pablo estaba perdiendo el tiempo al orar por ellos cuando
había otros tantos atrapados en el pecado y en el error doctrinal. ¿No deberíamos orar
principalmente por los especialmente “necesitados”? No según Pablo. De hecho, un estudio
de sus otras oraciones registradas en el Nuevo Testamento revela que él realmente parece
haber orado con más frecuencia por los cristianos que estaban teniendo éxito
espiritualmente. El oraba por gente con problemas, pero ciertamente no los tachaba de su
lista de oración cuando habían “conquistado sus problemas” y estaban viviendo de una
manera que agrada a Dios.
Otra razón para esto es que Pablo sabía que siempre hay lugar para el crecimiento en la
vida de cualquier creyente. Ninguno de nosotros alcanza la perfección en este mundo.
Confiamos en Cristo, pero no tanto como deberíamos. Amamos a los santos, pero no lo
suficiente. Servimos a Cristo, pero nunca tanto como Él merece. Conocemos algo de la
Palabra de Dios, pero ninguno de nosotros la conoce tanto como deberíamos. Ninguna
iglesia es tan espiritual como podría serlo, y ningún cristiano alcanzará en esta vida el punto
en el que ya no necesite nuestras oraciones. Por el contrario, es peligroso retirar el apoyo en
oración a las personas simplemente porque “les va bien”. 1 Corintios 10:12 dice: “Así que,
el que piensa estar firme, mire que no caiga”.
¿Cómo piensas que el equipo de fútbol americano Notre Dame llegó a ir ganando por
24–0 al USC en 1972, para acabar perdiendo por 55–24? ¿Y cómo piensas que los Bufalo
Bills lograron la mayor remontada de la historia en la Liga Nacional de Fútbol (NFL) en
1993 cuando derrotaron a los Houston Oilers por 41–38 después de ir por detrás en el
marcador con 35–3 en el tercer cuarto? Parte de la respuesta debe ser que los jugadores del
Notre Dame y los del Houston Oilers se confiaron demasiado con sus grandes ventajas en
el marcador y relajaron sus esfuerzos lo suficiente como para permitir que ocurrieran tales
debacles.
Lamentablemente, este tipo de colapso puede ocurrir también en el ámbito espiritual; en
las vidas de las iglesias y de sus miembros individualmente. La historia de la propia iglesia
de Éfeso es un testimonio de este hecho. Pablo escribió en su carta que ellos habían
mostrado una gran fe y un gran amor por todos los santos, pero no muchos años después,
Jesús tuvo que decirle estas palabras a la iglesia: “Pero tengo contra ti, que has dejado tu
primer amor. Recuerda, por tanto, de dónde has caído” (Apo. 2:4–5). Y las iglesias y los
individuos no sólo pueden perder su primer amor, sino que también pueden caer
perdidamente en una falta de vida espiritual o incluso en una negación rotunda de Cristo
(Ap. 3:14–18; cf. Demas en Flm. 24 y 2 Ti. 4:10).
Ese peligro debería motivarnos a orar fervientemente no sólo por las iglesias y
miembros individuales que están en medio de una crisis, sino también por aquellos que
están prosperando espiritualmente. Estos pueden perder su entusiasmo, su estabilidad, y su
compromiso con Jesucristo y Su verdad. Pero por medio de nuestras oraciones Dios puede
librarles de ese destino y otorgarles Su continuada bendición (cf. 1 Co. 1:11).

Orad Sin Cesar


Pablo le dijo a los efesios que él no cesaba de dar gracias por ellos ni de hacer mención de
ellos en sus oraciones. El estaba cumpliendo el mandamiento que había dado en 1
Tesalonicenses 5:17 de “orar sin cesar”, y nosotros también debemos hacerlo por nuestros
hermanos y hermanas en Cristo. Pero, ¿qué quiere decir ese mandamiento? ¿Significa que
no debemos hacer nunca otra cosa que orar? ¿Significa que de alguna manera debemos orar
entre cada pensamiento o actividad que experimentamos? No, eso no es lo que “orar sin
cesar” significaba para Pablo. Más bien el mandamiento incluía las ideas de orar
frecuentemente, de no abandonar nunca la oración, y de ser prontos para ponernos a orar.

Debemos orar frecuentemente


Nuestras vidas como cristianos deberían estar caracterizadas por la oración. Deberíamos
orar tan a menudo que cada uno de nosotros pudiera ser descrito como que está “orando
siempre”. La oración no debería ser meramente una ocurrencia ocasional. Se nos manda a
seguir el ejemplo de nuestro Señor Jesucristo (1 Juan 2:6), y Él era un hombre de oración
constante y habitual.
Lucas 22:39 nos dice que después de la Última Cena, Jesús salió “como solía, al monte
de los Olivos”. Iba allí a orar, por supuesto. Los períodos de oración eran habituales en la
vida de Cristo, porque llevaba a cabo un programa de oraciones diarias como lo haría
cualquier judío devoto. El especialista en textos bíblicos del Nuevo Testamento, Joachim
Jeremías, en su libro Las Oraciones de Jesús, dice que “Jesús venía de un pueblo que sabía
orar”. Luego continúa analizando la evidencia histórica de la práctica de la oración ritual de
los judíos en los días de Cristo. Luego concluye ese análisis diciendo:
De esta manera vemos que al amanecer, por la tarde (3 p.m.), y a la puesta del sol eran
las tres ocasiones diarias de oración para los judíos de la era del Nuevo Testamento. Por la
mañana y por la noche, recitaban el Shema, enmarcado por bendiciones y seguido por el
Tephilla, por la tarde se oraba sólo este último. Estas tres horas de oración, junto con las
bendiciones pronunciadas antes y después de las comidas, eran el tesoro más grande de
Israel, el esqueleto del armazón para una educación en la oración y para la práctica de la
oración para todas las personas desde su infancia en adelante.
Jesús, casi sin duda alguna, practicaba esos momentos de oración cada día: fue criado
en un hogar devoto (Lc. 2:21ss; 4:16). La Escritura Le menciona orando en esos momentos
(Mc. 1:35; 6:46–47). Y Su enseñanza contiene referencias a esa práctica (cf. Lc. 10:26;
18:9–14). Joachim Jeremías dice que “podemos concluir con toda probabilidad que ni un
solo día en la vida de Jesús pasó sin los tres períodos de oración: la oración de la mañana al
amanecer, la oración de la tarde en el tiempo en que se ofrecía el sacrificio vespertino en el
templo, la oración de la noche antes de ir a dormir.” Pero esos no eran los únicos momentos
que Jesús pasaba orando. La Escritura contiene ejemplos de cómo Él de repente recurría
espontáneamente a la oración a lo largo de todo Su ministerio (Mt. 11:25–26; Jn. 11:41–
42), igualmente elevaba oraciones más largas en los momentos más diversos, tales como la
Oración Sumo-sacerdotal en Juan 17 y durante el tiempo que pasó en el Jardín de
Getsemaní.
Puesto que el plan de Dios para nosotros es que seamos “hechos conformes a la imagen
de su Hijo” (Rom. 8:29), sabemos que debemos agradar a Dios ofreciéndole oraciones de
manera habitual y frecuente. Y en esos momentos de oración debemos asegurarnos de
recordar a “la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre” (Hch. 20:28).

Nunca Deberíamos Dejar de Orar


Otra manera con la cual podemos cumplir el mandato de “orar sin cesar” es continuar
orando por la iglesia y por sus miembros incluso en los momentos en que somos tentados a
abandonar la oración. Cuando Pablo dijo que no cesaba de orar por los creyentes, quería
decir que nunca renunciaba a la oración. El no dejaba de orar por las personas
espiritualmente prósperas, como hemos observado anteriormente; ni tampoco dejaba de
orar por aquellos que habían rechazado su consejo o caído en el pecado. Nunca dijo: “No
tiene sentido orar por ellos; se han ido demasiado lejos”, “Igual me da dejar de orar porque,
de cualquier manera, no estoy llegando a ninguna parte”, ni siquiera decía: “Mi corazón
está demasiado frío o mi propio pecado es demasiado grande para orar”. En lugar de hacer
que dejemos de orar, tales preocupaciones deberían estimularnos a orar aún más.
Las siguientes citas de Carlos Spurgeon son muy útiles en este sentido:

De la manera que respiramos sin cesar, así mismo debemos orar sin cesar. De la
misma manera que no hay logro en la vida, de la salud, o de la fortaleza, o del vigor
muscular que pueda poner al hombre más allá de la necesidad de respirar, así mismo
ninguna condición de crecimiento espiritual o avance en la gracia permitirá que una
persona prescinda de la oración…
Nunca abandones la oración, ni siquiera aunque Satanás te sugiera que es en vano
que clames a Dios. Ora a pesar de su oposición; “orad sin cesar”. Su durante algún
tiempo los cielos son como el bronce y tu oración sólo recibe el eco del trueno sobre
tu cabeza, continúa orando; si mes tras mes tu oración parece malograda, y no te ha
sido otorgada ninguna respuesta, aún así, continúa acercándote al Señor. No
abandones el propiciatorio por ninguna razón en absoluto. Si lo que has estado
pidiendo es una cosa buena, si estás seguro de que es según la voluntad divina, si la
visión se demora, espera por ella, ora, llora, suplica, lucha, agoniza hasta que
obtengas aquello por lo que estás orando. Si tu corazón se enfría en la oración, no
restrinjas la oración hasta que tu corazón se caliente, pero ora hasta que tu alma se
caliente con la ayuda del siempre bendito Espíritu, el cual nos ayuda en nuestras
enfermedades. Si el hierro está caliente martilléalo, y si está frío martilléalo hasta
que lo calientes. Nunca ceses de orar por ninguna clase de razón o argumento. Si el
filósofo te dice que cada evento está fijado, y que, por lo tanto, la oración no tiene
ninguna posibilidad de cambiar nada, y en consecuencia, es una necedad; con todo,
si no puedes responderle y estás de alguna manera perplejo, continúa con tus
súplicas a pesar de todo. Ningún problema difícil con respecto a la digestión te
impediría comer, pues el resultado justifica la práctica, y asimismo ninguna
objeción debería hacernos cesar de orar, porque el éxito asegurado de la misma nos
lo recomienda. Tú sabes lo que tu Dios te ha dicho, y si no puedes responder a cada
dificultad que el hombre pueda sugerir, determina ser obediente a la voluntad
divina, y aún “ora sin cesar”. Nunca, nunca, nunca renuncies al hábito de la oración,
ni a tu confianza en su poder.

Debemos Ser Prontos Para Ponernos A Orar


Una tercera aplicación del mandato a “orar sin cesar” es que, de manera instintiva,
deberíamos volvernos hacia nuestro Padre celestial muchas veces en nuestras vidas diarias.
Deberíamos responder inmediatamente a los eventos que ocurren en nuestras vidas diarias,
ya sean buenos o malos, con acción de gracias (1 Tes. 5:18) y con petición (Ef. 6:18).
Sabemos que Jesús rompía en oración en respuesta a eventos cotidianos, como hemos visto
anteriormente; Pablo ofrecía oraciones espontáneas a Dios incluso en medio del proceso de
escribir sus epístolas (Rom. 11:33–36; 15:5, 13, 33); y Nehemías, el santo del Antiguo
Testamento hablaba con Dios repetidamente durante su trabajo en los muros de Jerusalén.
De la misma manera, el ir y venir de nuestras vidas diarias deberían estar llenos de
oraciones breves que son nuestra primera respuesta a las situaciones que afrontamos.
Debemos estar elevando nuestros corazones a nuestro Padre a lo largo del día, diciendo:
“Señor, ayúdame a glorificarte. Señor, enséñame. Señor, guíame. Señor, ábreme puertas de
oportunidad. Señor, líbrame del mal. Señor, cuida de mis ojos. Señor, Tú sabes que esa
persona me puede molestar, así que ayúdame. Señor, dame sabiduría. Señor, estoy
pensando ahora mismo en una determinada persona. Acaba de venir a mi mente, sé que
tiene algunas necesidades. Por favor, ayúdale. Gracias por protegerme ahora mismo”,
etcétera. Dondequiera que estemos, y estemos haciendo lo que sea, debemos orar por
cualquier cosa o cualquier persona que venga a nuestra mente.
¿Es la oración tu respuesta inicial a las situaciones que surgen en la iglesia? Debería
serlo. Cuando un conflicto comienza a maquinarse o ya ha explotado y producido una
guerra, deberías orar al respecto a solas y con otras personas que estén al corriente del
asunto o estén involucradas en el mismo. Cuando te enteras de que la iglesia está
atravesando un problema económico, deberías ponerlo inmediatamente en tu lista de
oración, y deberías tratar de buscar oportunidades para orar colectivamente sobre ese
asunto. Si te preocupa algo sobre la vida o la enseñanza de tu pastor, deberías orar por él
inmediatamente antes de hablar con él o con otros respecto a ese problema. Sólo cuando los
miembros de una iglesia “oran sin cesar”, serán el tipo de cuerpo que honra al Señor.

Ora con Acción de Gracias


En Efesios 1:15–16, Pablo dice: “…no ceso de dar gracias por vosotros”. Sus oraciones
por los efesios y por las demás iglesias estaban llenas de acciones de gracias a Dios. Una
vez más, él estaba practicando lo que predicaba, porque a lo largo de sus epístolas manda a
los cristianos a dar gracias (Fil. 4:6; Col. 4:2; 1 Ti. 2:1; etc.). Observa, no obstante, que
Pablo está dando gracias específicamente por el pueblo de Dios en esta congregación en
particular, algo que hace en la mayoría de sus epístolas. Y en la mayor parte de los casos, lo
hace antes de continuar haciendo peticiones a Dios con respecto al bienestar espiritual de
ellos o los problemas que habían surgido en medio de ellos. Nosotros haríamos bien en
seguir su ejemplo cuando oramos por nuestras iglesias, por una serie de razones.
En primer lugar, el dar gracias de manera habitual por las personas de nuestras
congregaciones nos ayudará a tener un modo de pensar humilde que promueva el servicio a
los demás. Filipenses 2:1–3 dice que una motivación para estimar a los demás como más
importantes que nosotros mismos es el hecho de que en el cuerpo tenemos una
“consolación en Cristo” y un “consuelo de amor” y una “comunión del Espíritu” comunes
(v. 1). Cuando tú piensas en lo que Dios ha hecho en las vidas de las personas en tu iglesia
y le das gracias a Dios por esa obra, te centrarás más en los demás que en ti mismo y
tendrás muchas más ansias por participar en la obra de Dios al servir a los demás en el
cuerpo.
En segundo lugar, el dar gracias a Dios por los demás en la iglesia nos recordará que es
Él quien ha puesto a cada miembro en el cuerpo, según su Divina voluntad. Esto nos
ayudará a evitar actitudes que pudieran engendrar conflictos o divisiones en el cuerpo,
porque comprenderemos que es Dios mismo quien nos ha puesto juntos en el mismo cuerpo
para Sus buenos propósitos. Si sientes ira o insatisfacción porque ciertas personas son parte
de tu iglesia, entonces el problema realmente lo tienes con Dios y no con esas personas. En
Su divina sabiduría Él sabía que era mejor para ti ser co-miembro con esas personas, así
que sería más beneficioso para ti dejar de luchar contra Su plan y estar abierto a lo que Él
quiere que tú aprendas de los demás en la sociedad tan diversa que es la iglesia.
En 1 Corintios 12, un pasaje que trata los dones espirituales en el cuerpo de Cristo, Dios
en Sus tres personas es mencionado veintidós veces, y la mayoría de esas referencias son
específicamente con el propósito de enfatizar que Él es Aquel que ha constituido el cuerpo
“como él quiere” (v. 11) o “como él quiso” (v. 18). Pablo escribió esta carta a los Corintios
en buena parte para eliminar las divisiones entre ellos (cf. 1 Co. 1:11–13; 3:3–5). Él quería
que ellos entendieran que sus distintos dones, personalidades, e incluso maneras de realizar
el ministerio, eran todo parte del plan soberano de Dios para la iglesia. El apóstol escribe:
“Dios ordenó el cuerpo… para que no haya desavenencia en el cuerpo, sino que los
miembros todos se preocupen los unos por los otros. De manera que si un miembro padece,
todos los miembros se duelen con él, y si un miembro recibe honra, todos los miembros con
él se gozan. Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular” (1
Co. 12:24–27).
Una tercera razón para dar gracias a Dios por las personas en nuestra iglesia es que ello
nos ayuda a pensar en las cosas buenas que tienen, y en la obra positiva que Dios está
haciendo en sus vidas, en lugar de pensar y orar meramente en los problemas que surgen.
Cualquier iglesia podría ser considerada una mala iglesia si la consideramos sólo por sus
“cosas negativas”, pero cualquier iglesia también podría inspirar en nosotros gratitud
cuando pensamos en las maneras en que Dios está edificando la iglesia (Mt. 16:18). En
cualquier lugar donde hay verdaderos creyentes, Dios está obrando y debe ser alabado por
la gracia con la que actúa. El centrarnos en las características positivas de otros miembros
también ayuda a promover la unidad en el cuerpo, porque es difícil ser pecaminosamente
críticos de las personas por las que estamos dando gracias de manera habitual.
Efesios 1:15 nos dice por qué cosas estaba agradecido Pablo en las vidas de aquella
iglesia. El daba gracias incesantemente por la fe y por el amor de ellos. Aquellas realidades
espirituales eran el centro de su agradecimiento, no consideraciones terrenales como la
calidad del edificio de su iglesia, las personalidades encantadoras de los miembros, o el
valor de sus servicios de adoración como actos de entretenimiento. Sin tener en cuenta si tu
iglesia tiene tales accesorios, puedes dar gracias a Dios constantemente por la fe y el amor
que Él ha producido en el cuerpo.

Ora Por Asuntos Espirituales


Ahora que entendemos nuestra necesidad de orar por todo el cuerpo de Cristo en
nuestra congregación local, de orar sin cesar por ese cuerpo, y de expresar siempre nuestra
gratitud a Dios, podemos analizar el contenido de la oración de Pablo por la iglesia de
Éfeso. Puesto que las peticiones de Efesios 1:15–19 están inspiradas por el Espíritu Santo,
deberían servirnos como modelo cuando oramos por nuestras iglesias, tanto de manera
general como específica.
El principio general que se evidencia en esta oración de Pablo, y en todas sus otras
oraciones por las iglesias, es que él está interesado casi exclusivamente en asuntos de
naturaleza espiritual, más que en los terrenales o físicos. No le encontramos orando por
cosas como el dolorido dedo pulgar de la Tía Juana, la construcción de la piscina cubierta
del Diácono Manuel, ni siquiera por el mantenimiento del recinto de la iglesia. Sin duda, las
necesidades terrenales y físicas son, con frecuencia, asuntos legítimos para orar por ellos
(cf. Fil. 4:6; Stg. 5:13–16), pero el ejemplo de Pablo nos enseña que el centro principal de
nuestras oraciones por el cuerpo debería ser las necesidades espirituales de sus miembros y
su efectividad en el ministerio. Hacer esto nos ayudará a vencer nuestra tendencia carnal a
centrarnos demasiado en lo temporal en lugar de lo eterno (cf. 2 Co. 4:18; Col. 3:2).
También logrará mucho más, porque los asuntos fundamentales en las vidas de las personas
son los espirituales, lo cual afecta a su actitud hacia sus situaciones temporales. Por
ejemplo, tal vez Dios no quite el dolor al dolorido pulgar de la Tía Juana, pero puede darle
la gracia para glorificarle a Él y para estar gozosamente contenta incluso mientras está
sufriendo (Rom. 5:3–5; Stg. 1:2–4), y usar esta prueba para darle oportunidades para
alcanzar a otros con el evangelio y el amor de Dios (2 Tim. 1:8; 2 Cor. 1:3–7). Orar por este
tipo de cosas se ha dado en llamar “oración centrada en el reino”.
Puesto que debemos centrarnos en los asuntos espirituales cuando oramos por la iglesia,
sería de mucha ayuda conocer algunas peticiones específicas que agradan a Dios y ayudan a
las personas a crecer realmente en Cristo. Las oraciones de Pablo en Efesios 1 y en otros
lugares del Nuevo Testamento nos proveen los ejemplos que necesitamos. Las páginas
siguientes contienen sus oraciones, seguidas cada una de ellas de una lista de peticiones
extraída de esa oración (omitiendo las repeticiones). Estas listas deberían ayudarnos a ver
qué tipo de peticiones presentaba Pablo a Dios a favor de las iglesias, y también nos
proveerá una guía espiritual para que la uses cuando ores por tu iglesia. Tal vez quieras
dedicar un tiempo habitual para orar por tu iglesia local y leer esta sección, orando por cada
petición según vas avanzando. Las oraciones están enumeradas en el orden en que aparecen
en el Nuevo Testamento, con la inclusión del pasaje de Efesios 1.
Romanos 1:8–12
En primer lugar, doy gracias a mi Dios por medio de Jesucristo por todos vosotros,
porque por todo el mundo se habla de vuestra fe. Pues Dios, a quien sirvo en mi
espíritu en [la predicación del] evangelio de su Hijo, me es testigo de cómo sin
cesar hago mención de vosotros siempre en mis oraciones, implorando que ahora,
al fin, por la voluntad de Dios, logre ir a vosotros. Porque anhelo veros para
impartiros algún don espiritual, a fin de que seáis confirmados; es decir, para que
[cuando esté] entre vosotros nos confortemos mutuamente, cada uno por la fe del
otro, tanto la vuestra como la mía. (LBLA)
• Ora para que tu iglesia tenga un ministerio más allá de la comunidad en la que
está ubicada. Recuerda a algunos misioneros concretos o miembros de la iglesia
que están sirviendo en otras áreas.
• Ora para que tú personalmente seas capaz de construir relaciones dentro del
cuerpo en las cuales puedas ayudar a otros a crecer en Cristo y a servirle mejor.
Menciona a algunos creyentes con quienes ya tengas relaciones, y ora por
algunas maneras específicas en que les puedas edificar espiritualmente.
• Ora para que tú y otros miembros de la iglesia halléis ánimo en Cristo al
compartir unos con otros las buenas cosas que Dios está haciendo en vuestras
vidas. Pide a Dios que os ayude a ti y a otros a no centraros principalmente en
las debilidades del cuerpo y sus miembros, sino más bien en la fe común que
todos compartís.

Efesios 1:16–19
[Yo] no ceso de dar gracias por vosotros, haciendo mención [de vosotros] en mis
oraciones; [pidiendo] que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria,
os dé espíritu de sabiduría y de revelación en un mejor conocimiento de El. [Mi
oración es que] los ojos de vuestro corazón sean iluminados, para que sepáis cuál
es la esperanza de su llamamiento, cuáles son las riquezas de la gloria de su
herencia en los santos, y cuál es la extraordinaria grandeza de su poder para con
nosotros los que creemos, conforme a la eficacia de la fuerza de su poder. (LBLA)
• Ora para que cada miembro tenga un espíritu que sea enseñable y receptivo a lo
que Dios está diciendo por medio de Su Palabra. Piensa especialmente en
aquellos que necesitan la sabiduría y la guía de la Palabra de Dios para las
decisiones importantes en sus vidas.
• Ora para que por medio de la enseñanza de la iglesia y el estudio personal, los
miembros de tu iglesia entiendan que Dios les ha dado “toda bendición
espiritual en los [lugares] celestiales en Cristo” (Ef. 1:3) y estén verdaderamente
agradecidos a Él por Su gran amor. Pide que Dios les ayude específicamente a
comprender que Él les ha llamado soberanamente a venir a Él debido a Su
elección eterna, que les espera un futuro de gran felicidad en el cielo, y que
incluso ahora Dios está haciendo que “todas las cosas cooperan para bien” en
sus vidas (Rom. 8:28).
Efesios 3:14–21
Por esta causa, [pues,] doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor
Jesucristo, de quien recibe nombre toda familia en el cielo y en la tierra, que os
conceda, conforme a las riquezas de su gloria, ser fortalecidos con poder por su
Espíritu en el hombre interior; de manera que Cristo more por la fe en vuestros
corazones; [y] que arraigados y cimentados en amor, seáis capaces de comprender
con todos los santos cuál es la anchura, la longitud, la altura y la profundidad, y de
conocer el amor de Cristo que sobrepasa el conocimiento, para que seáis llenos
hasta [la medida de] toda la plenitud de Dios. Y a aquel que es poderoso para
hacer todo mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el
poder que obra en nosotros, a El [sea] la gloria en la iglesia y en Cristo Jesús por
todas las generaciones, por los siglos de los siglos. Amén. (LBLA)
• Ora para que Dios le de a las personas de tu iglesia la fortaleza espiritual que les
capacite para soportar cualquier prueba con contentamiento e incluso con gozo.
Especialmente recuerda a aquellos que están pasando por un tiempo de prueba.
• Ora para que el amor de los unos por los otros sea un compromiso fundamental
de cada persona en tu iglesia, de tal manera que ni siquiera el viento más
extraordinario de conflicto o dificultad pueda “arrancar las raíces” de la unidad
del cuerpo.
• Ora para que la conciencia del gran amor de Cristo por Su pueblo sea tan fuerte
en tu iglesia que las vidas de todos los miembros reflejen el carácter de Dios y
Le den gloria a Él en esta generación y en generaciones venideras. Recuerda las
familias en las que se está criando y modelando a la siguiente generación de
creyentes.

Filipenses 1:9–11
Y esto pido en oración: que vuestro amor abunde aún más y más en conocimiento
verdadero y [en] todo discernimiento, a fin de que escojáis lo mejor, para que seáis
puros e irreprensibles para el día de Cristo; llenos del fruto de justicia que [es] por
medio de Jesucristo, para la gloria y alabanza de Dios. (LBLA)
• Ora para que vuestro amor los unos por los otros en el cuerpo esté siempre
creciendo, pero también que nunca sea un “amor” que ignore la verdad o deje de
corregir el error. Ora también para que cualquier confrontación necesaria tenga
lugar “en amor” (Ef. 4:15).
• Ora por la santidad y la pureza de tu iglesia: que Dios se agrade con el
compromiso que tenéis por la excelencia en la adoración, la enseñanza, y el
testimonio; que no haya ninguna razón para que Cristo os reprenda como lo hizo
con algunas de las iglesias en Apocalipsis 2 y 3; y que tu iglesia sea conocida
por las vidas justas de sus miembros. Da gracias a Dios por aquellos que son
ejemplares en su piedad, y menciona a aquellos cuyas vidas necesitan cambiar.
Ora también para que Dios te use de alguna manera para ayudarles a ellos (Gál.
6:1–2).
Colosenses 1:9–12
Por esta razón, también nosotros, desde el día que [lo] supimos, no hemos cesado
de orar por vosotros y de rogar que seáis llenos del conocimiento de su voluntad en
toda sabiduría y comprensión espiritual, para que andéis como es digno del Señor,
agradándole en todo, dando fruto en toda buena obra y creciendo en el
conocimiento de Dios; fortalecidos con todo poder según la potencia de su gloria,
para obtener toda perseverancia y paciencia, con gozo dando gracias al Padre que
nos ha capacitado para compartir la herencia de los santos en luz. (LBLA)
• Ora para que las personas de tu iglesia estudien la voluntad de Dios revelada en
las Escrituras y aprendan cómo aplicar la Palabra a cada parte de sus vidas. Pide
a Dios que les haga “hacedores de la palabra y no solamente oidores que se
engañan a sí mismos” (Stg. 1:22 (LBLA)).
• Ora para que tengan la fortaleza interna por medio del Espíritu de Dios para
perseverar en la fe y en la piedad a lo largo de todos los giros y vueltas de la
vida. Ora específicamente por cualquiera que sepas que haya considerado
“abandonar”.
• Pide a Dios que produzca un verdadero gozo y gratitud en tu iglesia local, de tal
manera que nunca se deslice dentro de ella un espíritu cínico o crítico que cause
frialdad y división.
Estos son algunos de los asuntos espirituales por los que podemos orar cuando
intercedemos por nuestras iglesias. Podemos saber que Dios obrará entre nosotros si
oramos por estas cosas de la manera que hemos analizado en este capítulo.
La necesidad más grande de nuestras iglesias hoy no es de teólogos más profundos ni
de predicadores poderosos ni de otros recursos, aunque todos ellos son necesarios y útiles.
La mayor necesidad es que haya personas que oren bíblicamente, incesantemente, y
poderosamente. Santiago 5:16 dice que “la oración eficaz del justo puede lograr mucho”
(LBLA). Una iglesia puede no tener al próximo Spurgeon en su púlpito y puede carecer de
muchos recursos para el ministerio, pero si su gente ora, será efectiva. Satanás tiembla
cuando incluso el santo más débil está de rodillas ante Dios.
Las batallas espirituales por las almas de los hombres, mujeres y niños, no se ganan
cuando el predicador llega al púlpito o el evangelista sale a las calles. Se ganan antes de que
la predicación o el evangelismo siquiera comiencen, por las personas que vienen ante el
trono de Dios en oración. Es Dios quien hace la obra de convencer, regenerar, convertir,
santificar, dar poder y proteger; y Él hace más de esa obra cuando Su pueblo ora. Eso no
significa, por supuesto, que Dios cambia Su plan en respuesta a nuestras oraciones, pero
Dios usa la oración como un medio para llevar a cabo Su plan (cf. Jn. 15:16; 1 Jn. 5:14).
Esa es precisamente la razón por la que podemos tener la confianza de que Dios bendecirá
nuestras iglesias cuando somos fieles orando por ellas, y también es la razón por la que
nosotros somos los responsables cuando no oramos y nuestras iglesias se desvían.
El profeta Samuel entendió estas verdades cuando dijo estas palabras al pueblo de
Israel: “Porque el Señor, a causa de su gran nombre, no desamparará a su pueblo, pues el
Señor se ha complacido en haceros pueblo suyo. Y en cuanto a mí, lejos esté de mí que
peque contra el Señor cesando de orar por vosotros, antes bien, os instruiré en el camino
bueno y recto” (1 Sam. 12:22–23 (LBLA)).

Preguntas para la plática y la aplicación


1. Vuelve a mirar los tipos de personas por los que oraba Pablo, mencionados en
las páginas 205–207. ¿Tienes la tendencia a ser negligente con algunos de estos
tipos de personas en tus oraciones? ¿Hay otros tipos de personas a los que sueles
desatender en tus oraciones?

2. Revisa lo que significa “orad sin cesar” y compáralo con tus propios hábitos de
oración.

3. Imagina que estás liderando el tiempo de oración en un grupo pequeño, y


alguien te pide oración por su mascota enferma. ¿Cómo podrías responder a su
petición, y guiar al grupo a una “oración centrada en el reino” (sin ofender a la
persona con la mascota).

4. Toma una de las oraciones analizadas en las últimas páginas de este capítulo, y
usa las palabras que hay en ella para orar por tu iglesia. Si estás reuniéndote con
un grupo pequeño, usa todos los pasajes en el tiempo de oración por tu iglesia.

Conclusión
El Corazón del Asunto

En este libro hemos aprendido acerca de algunos deberes importantes como


comprometernos con la membresía en una iglesia, someternos al liderazgo, adorar al Señor
con Su pueblo, confrontarnos los unos a los otros en amor, y orar por el cuerpo. No
obstante, lo que no hemos tratado suficientemente es la razón por la que deberíamos querer
cumplir esos deberes, ni la motivación por la cual podemos encontrar gozo al hacer lo que
Dios ordena. Además, si hacemos todas las cosas correctas por razones equivocadas, o por
motivaciones que no son agradables a Dios, entonces todas nuestras labores son en vano. El
Señor se cuida más por lo que está sucediendo en nuestros corazones que por lo que
estamos haciendo con nuestros cuerpos o diciendo con nuestros labios. Así que esta
conclusión no es un mero apéndice a este libro, sino una parte necesaria de cualquier
análisis de nuestra vida en la casa del Padre.
Primero, cuando tú luchas por ser un buen miembro de una iglesia local, deberías
hacerlo no para ser salvo, sino porque has sido salvado. Efesios 2:8–9 dice:
Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de
Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo
Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en
ellas.
Observa el orden de pensamientos en ese pasaje: La salvación comienza con la gracia
de Dios – una elección unilateral de Su parte para otorgar el favor inmerecido a pecadores
que merecen sólo juicio (véase Efesios 1:13–14; 2:1–7). La salvación que Él ha escogido
darnos libremente es recibida por medio de la fe, lo cual significa una dependencia
completa en la Persona y la obra de Jesucristo para el perdón de nuestros pecados (Rom.
3:21–26; 10:1–17). Obviamente, nosotros no recibimos esta salvación “como resultado de
obras” – no está basada en ninguna manera en quienes somos o qué hacemos (Luc. 18:9–
14; Tit. 3:5). El cambio en nuestras vidas (“somos hechura suya”) y las buenas obras que
hacemos (“que Dios preparó de antemano”) son el resultado de nuestra salvación, no su
causa.
Si has leído el libro hasta aquí, obviamente tienes un interés de algún tipo en ser un
buen miembro de iglesia. Pero si lo has estado leyendo con la mentalidad de una
“salvación-por-obras”, entonces lo primero que necesitas hacer es arrepentirte de intentar
salvarte a ti mismo y pedirle al Señor que te salve. Sólo por la fe en Cristo puedes ser un
verdadero miembro de Su cuerpo, y disfrutar la comunión con Él y con Su pueblo por toda
la eternidad.
En segundo lugar, deberías vivir tu vida en la casa del Padre no para ser más amado por
Dios, sino porque Él ya te ama. Romanos 5:6–10 dice:
Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos.
Ciertamente, apenas morirá alguno por un justo; con todo, pudiera ser que alguno
osara morir por el bueno. Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que
siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Pues mucho más, estando ya
justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira. Porque si siendo
enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más,
estando reconciliados, seremos salvos por su vida.
Hay una clara progresión de pensamientos también en este pasaje. Pablo dice que previo a
nuestra salvación nosotros éramos “débiles”, “impíos” y “enemigos” de Dios. En el tiempo
en que Cristo murió en la cruz, nosotros éramos “débiles” para salvarnos a nosotros
mismos, porque venimos a este mundo como parte de una raza caída que desde Adán ha
estado muerta en nuestros delitos y pecados (Ef. 2:1, cf. Gén. 2:16–17; Rom. 5:12). Pero
también éramos “impíos” cuando vinimos al mundo, debido a que nuestra naturaleza
inherente suprime la verdad de Dios y Su justicia (Rom. 1:18–20). En resumen, todos
nosotros desde nuestro nacimiento encajamos en la descripción que Jesús les dio a los
fariseos cuando dijo: “vosotros sois de vuestro padre el diablo” (Jn. 8:44, cf. Sal. 51:5).
Además de eso, nosotros llegamos a ser “pecadores” de hecho tanto como de naturaleza, al
escoger una y otra vez, desde nuestras primeras decisiones, desobedecer los mandamientos
de Dios. Como dice Romanos 3:23: “todos pecaron, y están destituidos de la gloria de
Dios”. Y finalmente, el resultado de nuestra naturaleza pecaminosa, y nuestros pecados
reales, es que éramos “enemigos” de Dios – Su santidad y justicia demandaban que Él
estuviera contra nosotros, no por nosotros. Pero a causa de Cristo, ahora podemos decir con
Pablo: “Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?” (Rom. 8:31).
Las buenas noticias son que debido a lo que Cristo hizo por nosotros (mucho antes de
que nosotros naciéramos), ahora nosotros podemos estar unidos a Él por la fe, y al ser uno
con Él podemos recibir todo el amor que Dios el Padre tiene por el Hijo. Y este amor que el
Padre tiene por el Hijo, que nosotros disfrutamos en Cristo, nunca fluctuará, titubeará,
disminuirá, ni cesará por toda la eternidad. ¡Es un amor infinito que permanecerá
infinitamente! Así que nosotros, por nuestras buenas obras, no hacemos que Dios nos ame
más, ni tampoco hacemos que nos ame menos por nuestras malas obras. Incluso cuando nos
disciplina, lo hace porque nos ama, y quiere que compartamos Su santidad (He. 12:5–11).
Las buenas obras que nosotros hacemos en la iglesia, por lo tanto, deberían estar motivadas
por un agradecimiento a Dios por Su gran amor que nos ha otorgado en Su Hijo.
En tercer lugar, la motivación correcta para nuestra adoración y ministerio no es para
ser aceptados o estimados por otros, sino para agradar a Dios. Mateo 6:1–6 dice:
Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos;
de otra manera no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos.
Cuando, pues, des limosna, no hagas tocar trompeta delante de ti, como hacen los
hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser alabados por los hombres; de
cierto os digo que ya tienen su recompensa. Mas cuando tú des limosna, no sepa tu
izquierda lo que hace tu derecha, para que sea tu limosna en secreto; y tu Padre
que ve en lo secreto te recompensará en público. Y cuando ores, no seas como los
hipócritas; porque ellos aman el orar en pie en las sinagogas y en las esquinas de
las calles, para ser vistos de los hombres; de cierto os digo que ya tienen su
recompensa. Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a
tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en
público.
Algunas personas en las iglesias de hoy son como los fariseos – asisten porque quieren que
los demás piensen de ellos como de personas morales, con integridad, o como buenos
padres por llevar a sus hijos a la iglesia fielmente. Algunos otros creen que la asistencia fiel
a la iglesia y el servicio es bueno para sus negocios, porque será más probable que las
personas confíen en ellos. Cualquiera que sea el motivo, no es correcto a menos que esté
dirigido a agradar a Dios en lugar de a los hombres. El Señor es la única Persona a la que
debemos tratar de impresionar. Como dice 1 Corintios 10:31, “Si, pues, coméis o bebéis, o
hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios”. Y 2 Corintios 5:9 dice: “Por tanto
procuramos también,…serle agradables”.
Finalmente, no deberías estar involucrado en una iglesia para ser servido
(principalmente), sino para servir a los demás en el nombre de Cristo. Marcos 10:45 dice:
“Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en
rescate por muchos”. Ser un miembro fiel de una buena iglesia ciertamente será una
bendición para ti personalmente, pero ese no debería ser tu motivo primordial. De hecho.
Serás mucho más bendecido cuando tu meta principal sea ser una bendición a los demás.
Algunas personas sirven en el ministerio musical básicamente porque disfrutan tocando
sus instrumentos los domingos o cantando en el coro. Así que si no se les permite hacerlo
por alguna razón, se molestan. Otros son “animales sociales” a los que les encanta estar en
una multitud, escuchando el último chisme, o comprobando cómo van vestidas las personas
– sus razones para ir a la iglesia no son muy diferentes de las razones por las que la gente
va a las fiestas o a otros eventos sociales. Y por lo tanto, si no sienten que gustan a los
demás o que llaman la atención, ya no tienen ninguna razón para ir a la iglesia. Pero cuando
estamos motivados por un deseo de servir a Dios al servir a Su pueblo, entonces cualquier
iglesia, no importa en que estado se encuentre, puede ser un lugar donde dé gusto estar.
Siempre hay alguien allí a quien podemos servir – ¡tal vez de una manera especial cuando a
la iglesia no le va tan bien!
Así que, según vayas viviendo tu vida en la casa del Padre, examina constantemente tus
motivos para ver si lo estás haciendo por gratitud al Señor que te ha amado y te ha salvado,
y con el propósito de servirle a Él y a los demás, más que a ti mismo. Si tu deseo es ser el
mejor miembro de iglesia que puedas ser, recuerda que ¡el corazón del asunto es el asunto
del corazón!

Guía de Estudio
Más Preguntas para el Estudio y la Aplicación

Estas preguntas se sugieren para usarlas al liderar un grupo pequeño que esté estudiando el
material; para una clase, como tarea para hacer en casa o para hacer preguntas en un
examen; o simplemente para que cada uno individualmente vea cuánto ha retenido de la
lectura a lo largo del libro.

Capítulo 1. Comprendiendo la importancia de la iglesia local


1. ¿Qué sucedió durante las décadas de los 1960 y los 1970 que redirigió la
atención de las personas hacia fuera de la iglesia?

2. ¿Cuáles son las buenas y las malas noticias con respecto a la iglesia desde las
décadas de los 1980 y 1990?

3. ¿Cómo se compara la actitud hacia la iglesia expresada en el libro Exit


Interviews (Entrevistas de Salida) con las perspectivas de líderes cristianos del
pasado como Agustín, Lutero y Calvino?

4. ¿Qué dice la Palabra de Dios acerca de la importancia de la iglesia, la relación


entre la vitalidad espiritual personal y la iglesia local?
5. ¿Qué quiere decir la Biblia cuando dice que la iglesia es la casa de Dios, y qué
implicaciones podemos extraer de este hecho?

6. ¿Qué verdades están implicadas en la frase “la iglesia del Dios viviente”?

7. ¿Qué significa la frase “columna de la verdad”, y qué implica respecto a la


iglesia? ¿Cómo funciona la iglesia como la “columna de la verdad”?

8. ¿Qué significa la frase “baluarte de la verdad”, y qué implica respecto a la


iglesia? ¿De qué maneras funciona la iglesia como el “baluarte de la verdad”?

9. ¿Qué relevancia tiene el material de este capítulo para los líderes de la iglesia y
para los miembros de la iglesia?

10. ¿De qué maneras violan algunas iglesias y algunos cristianos individualmente
estas verdades relacionadas con la iglesia?

11. ¿Cómo se aplican las verdades de este capítulo a tu vida? ¿Hay maneras en que
debes cambiar y mejorar en tu relación con la iglesia?

Capítulo 2. Comprometiéndonos con la Membresía de la Iglesia


1. ¿Qué piensas de la afirmación de Jay Adams sobre la disciplina de la iglesia y la
membresía de la iglesia?

2. ¿Qué tres razones bíblicas existen para que todo creyente sea miembro de una
iglesia?

3. ¿Qué verdades acerca de la membresía de la iglesia aprendemos de Hebreos


10:24–25?
4. ¿Qué implicaciones acerca de la membresía de la iglesia podemos extraer de los
pasajes de la Biblia que contienen la expresión “los unos a los otros”.

5. Según R. B. Kuiper, ¿cuál es la relación entre la iglesia invisible y la iglesia


visible?

6. Responde a esta afirmación: “Aunque la membresía de la iglesia no es un


prerrequisito para la salvación, es una consecuencia necesaria de la salvación”.

7. ¿Qué verdades acerca de la membresía de la iglesia se enseñan en 1


Tesalonicenses 5:12–13 y en Hebreos 13:17?

8. ¿Cómo ayuda la membresía de la iglesia a los ancianos a ejercer mejor su


supervisión?

9. Explica cómo “la membresía clarifica la diferencia entre creyentes y no


creyentes”.

10. ¿Cómo puede la membresía causar que la iglesia visible refleje mejor la iglesia
invisible?

11. ¿Cómo es esencial la membresía para una administración ordenada de la iglesia?

12. Enumera y explica algunos de los beneficios de la membresía de la iglesia.

13. ¿Qué relevancia práctica tiene el material de este capítulo para los líderes de la
iglesia y para los miembros de la iglesia?

14. ¿De qué maneras violan algunas iglesias y algunos cristianos individualmente
estas verdades relacionadas con la iglesia?

15. ¿Cómo se aplican las verdades de este capítulo a tu vida? ¿Hay maneras en que
debes cambiar y mejorar en tu relación con la iglesia?

Capítulo 3. Escogiendo una Buena Iglesia


1. ¿Cuáles son algunos de los criterios no bíblicos que usan las personas para
determinar a qué iglesia unirse.

2. ¿Cuáles son los tres rasgos principales de una “buena iglesia” analizados en este
capítulo?

3. ¿Qué enseñanzas básicas deberían caracterizar a la iglesia a la que un cristiano


debería unirse?

4. Describe detalladamente la forma de enseñanza que debería ser característica de


la iglesia a la que un cristiano debería unirse.

5. ¿Cuál es la diferencia entre darle a la Biblia una autoridad titular y darle una
autoridad funcional?

6. ¿Qué actitud hacia Dios debería caracterizar a las personas de una “buena
iglesia”?

7. ¿Qué criterios deben usarse para distinguir entre una iglesia centrada en Dios y
una iglesia centrada en el hombre?

8. ¿Qué actitud tendrá una “buena iglesia” hacia las personas?

9. ¿Cómo se manifestaba esta actitud hacia los creyentes y hacia los no creyentes
en la iglesia de Jerusalén (Hechos 2:42–47)?

10. ¿Por qué un entendimiento de las verdades que se enseñan en este capítulo es
importante tanto para los líderes de la iglesia como para los miembros de la
iglesia?
11. ¿De qué maneras violan algunas iglesias y algunos cristianos individualmente
estas verdades relacionadas con la iglesia?

12. ¿Cómo se aplican las verdades de este capítulo a tu vida? ¿Hay maneras en que
debes cambiar y mejorar en tu relación con la iglesia?

Capítulo 4. Relacionándonos con los líderes de la iglesia


1. ¿Qué dos extremos no bíblicos o abusos se encuentran algunas veces entre el
pueblo de Dios en relación con la autoridad de la iglesia? ¿Cómo se manifiestan
o se expresan estos dos extremos?

2. ¿En general, qué indica Hebreos 13:17 respecto a la manera en que los
miembros de la iglesia deben considerar y responder a los líderes de la iglesia?

3. Analiza las implicaciones prácticas específicas que la palabra “obedeced” tiene


para los miembros de la iglesia en relación con los líderes de su iglesia.

4. ¿Qué maneras de entender erróneas o qué aplicaciones erróneas de Hebreos


13:17 pueden tener los miembros y los líderes de la iglesia?

5. En general, ¿qué calificaría o limitaría el concepto de “obediencia” para los


miembros de la iglesia y para los líderes de la iglesia?

6. ¿Qué criterios específicos deberían usar los miembros de la iglesia para


determinar si deben o no obedecer a los líderes de su iglesia?

7. ¿Qué otras facetas acerca de la manera en que los miembros de la iglesia


deberían considerar y relacionarse con los líderes de la iglesia están implícitos
en la palabra “someteos” en Hebreos 13:17?

8. ¿Qué perspectivas adicionales provee 1 Tesalonicenses 5:12–13 con respecto a


la manera en que Dios quiere que los miembros de la iglesia consideren y se
sometan a los líderes de la iglesia?

9. ¿Es posible para un miembro de la iglesia estar en desacuerdo con los líderes de
la iglesia e incluso desobedecerles sin violar los mandamientos de Hebreos
13:17 y 1 Tesalonicenses 5:12–13? Si lo es, ¿cómo?

10. ¿Por qué son tan importantes para los cristianos el ejercicio y la respuesta
adecuados a la autoridad apropiada?

11. Hebreos 13:17 ordena a los miembros de la iglesia que se relacionen con sus
líderes de una manera que les capacite para cumplir su ministerio con gozo y no
con sufrimiento. ¿De qué maneras específicas pueden los miembros de la iglesia
posibilitar que sus líderes verdaderamente disfruten de su función en el cuerpo
de Cristo?

12. ¿Por qué un entendimiento de las verdades que se enseñan en este capítulo es
importante tanto para los líderes de la iglesia como para los miembros de la
iglesia?

13. ¿De qué maneras violan algunas iglesias y algunos cristianos individualmente
estas verdades relacionadas con la iglesia?

14. ¿Cómo se aplican las verdades de este capítulo a tu vida? ¿Hay maneras en que
debes cambiar y mejorar en tu relación con la iglesia?

Capítulo 5. Cumpliendo Nuestras Funciones como Hombres y Mujeres


1. ¿Qué conclusiones respecto a las diferencias entre hombres y mujeres se
presentaban en los artículos de la revista Time?

2. ¿Por qué es tan importante una consideración como ésta para la iglesia?

3. Identifica las tres funciones principales que Dios ha dado a los hombres en la
iglesia y algunos pasajes que las mencionan.
4. En tu opinión, ¿por qué no hay más hombres que se levanten para cumplir esos
desafíos y responsabilidades dados por Dios? ¿Por qué se hace necesario dar a
los hombres el mandato de cumplir estas responsabilidades?

5. Si eres un hombre, ¿de qué cualidades enumeradas para los ejemplos piadosos
careces tú?

6. ¿Por qué es importante que los líderes de la iglesia posean estas cualidades?
¿Qué sucede cuando los hombres que carecen de estas cualidades son puestos en
posiciones de liderazgo en la iglesia?

7. Si eres un hombre, ¿cuáles de las 25 características para el liderazgo encuentras


más evidentes o más ausentes en tu vida? Evalúate en cada una de esas
características en una escala del 0 al 5.

8. ¿Cómo describen las feministas modernas la perspectiva tradicional de la


función de las mujeres? ¿Por qué es irreal, prefabricada y una caricatura de la
verdad la perspectiva feminista?

9. ¿Por qué es tan importante para la iglesia una consideración como esta?

10. ¿Qué se quiere significar con la afirmación de que “la diferencia entre los
hombres y las mujeres no es de calidad ni de habilidad, sino de función”?

11. Identifica las cuatro funciones que Dios ha dado a las mujeres en la iglesia y
algunos pasajes que las mencionan.

12. En tu opinión, ¿por qué muchas mujeres resisten y se resienten con esta
perspectiva de la función de la mujer en la iglesia?

13. Haz una lista de las cualidades (no de las funciones o responsabilidades, sino de
las virtudes) ya sea que estén afirmadas explícitamente o ya estén implícitas,
que son necesarias para que las mujeres cumplan las funciones y las
responsabilidades dadas por Dios. También refleja e incluye en tu lista las
importantes cualidades que sugieren Proverbios 31:11–31 y 1 Pedro 3:1–6.

14. ¿Por qué es importante para la iglesia que las mujeres cristianas posean esas
cualidades? ¿Qué sucede en el hogar, en la iglesia, y en el mundo, cuando las
mujeres carecen de esas cualidades?

15. Si eres una mujer, ¿de cuantas de esas cualidades bíblicas careces en tu vida?

16. ¿Por qué un entendimiento de las verdades que se enseñan en este capítulo es
importante tanto para los líderes de la iglesia como para los miembros de la
iglesia?

13. ¿De qué maneras violan algunas iglesias y algunos cristianos individualmente
estas verdades relacionadas con la iglesia?

14. ¿Cómo se aplican las verdades de este capítulo a tu vida? ¿Hay maneras en que
debes cambiar y mejorar en tu relación con la iglesia?

Capítulo 6. Participando en los Cultos de Adoración


1. ¿Qué verdades bíblicas indican que el asunto de este capítulo es
extremadamente importante para los cristianos?

2. ¿Qué es la adoración? Da una definición general de la naturaleza y de la esencia


de la verdadera adoración.

3. Identifica, define, ilustra y apoya bíblicamente los factores importantes de la


verdadera adoración.

4. ¿Cómo parecen evaluar muchos cristianos si un culto ha sido bueno o no?

5. ¿Qué implicaciones prácticas tiene para nosotros como cristianos el hecho de


que “el centro de atención de la verdadera adoración está en Dios”?

6. ¿Qué quiere decir la afirmación de que “los participantes en la verdadera


adoración responden activamente a Dios con todo su ser”?

7. ¿Cuáles son algunas de las razones por las que las personas no participan
realmente ni se benefician de los cultos de adoración de la iglesia?

8. ¿Qué quiere decir la afirmación de que “el tipo de participación correcto en un


culto de adoración comienza mucho antes de que comience el propio culto”?
Identifica, explica, ilustra y apoya bíblicamente qué cosas están implícitas en la
preparación para la adoración.

9. ¿Cómo responderías a la pregunta: “Si los cultos de adoración deben encontrar


su principal atractivo y beneficio en la revelación de Dios por medio de la
enseñanza de Su Palabra, ¿por qué parece haber tal ineficacia y aburrimiento
generado por muchos predicadores?”

10. Estudia la lista de diez sugerencias para beneficiarse de la predicación de la


Palabra de Dios, e identifica cuáles piensas que los cristianos son más propensos
a descuidar. ¿Cuáles eres más propenso a descuidar tú?

11. ¿De qué maneras pueden participar los cristianos en los cultos de adoración por
medio de la oración? ¿Cómo pueden los cristianos hacer que los cultos de
adoración de la iglesia sean más eficaces, significativos, y que honren a Dios,
por medio de la oración?

12. La Biblia indica que cantar es una parte importante de nuestra adoración. ¿Qué
doble función debería tener la música en la adoración corporativa a Dios?

13. ¿Qué importancia tiene para los creyentes participar en las ordenanzas del
bautismo y de la Cena del Señor? Da razones bíblicas para tu respuesta.

14. ¿Qué actitudes y prácticas no bíblicas tienen algunos que profesan ser cristianos
hacia estas ordenanzas de la iglesia?
15. ¿Por qué están tan íntimamente relacionados el bautismo y la salvación en
algunos pasajes de la Biblia? ¿Qué significa y simboliza el bautismo?

16. ¿Qué significa y simboliza la “Cena del Señor”?

17. ¿Por qué puede considerarse el ofrendar parte de la adoración?

18. ¿Sobre qué base se puede decir que el lugar principal donde debe tener lugar el
ofrendar debe ser la iglesia local?

19. Si la adoración incluye el servirse los unos a los otros en los cultos, ¿cómo
pueden y deben los cristianos adorar a Dios de manera individual por medio de
esta actividad? ¿Qué implicaciones tiene para nuestra adoración corporativa el
hecho de que la adoración incluye servir a los demás?

20. ¿Por qué es importante tanto para los líderes de la iglesia como para los
miembros de la iglesia un entendimiento de las verdades que se enseñan en este
capítulo? ¿Hay algunas maneras en que debas cambiar y mejorar en tu relación
con la iglesia?

Capítulo 7. Usando Nuestros Dones Espirituales


1. ¿Por qué es perjudicial la ignorancia respecto a los dones espirituales?

2. Da una breve definición de los dones espirituales.

3. ¿Por qué es importante para la iglesia y para los cristianos individualmente


recordar que es Dios quien da los dones espirituales a la iglesia (a Su pueblo)?

4. ¿Qué verdades importantes transmite la expresión “conforme a la medida del


don de Cristo” (Ef. 4:7)?
5. ¿Qué significa que “mientras que cada uno de nosotros está llamado a ser un
médico de medicina general, también se requiere de cada uno de nosotros que
seamos especialistas en algún área o áreas”?

6. Describe brevemente los propósitos de los dones espirituales, y apoya tu


descripción con referencias bíblicas.

7. Este capítulo afirma que “Como miembro de la iglesia de Jesucristo, tú debes


preguntarte continuamente estas dos preguntas al considerar el propósito de los
dones espirituales”. ¿Cuáles son estas dos preguntas, y por qué deben
formularlas los cristianos?

8. Según la Biblia, ¿qué sucede cuando los miembros de una iglesia se formulan a
sí mismos estas preguntas y ejercitan fielmente sus dones espirituales en el
ministerio?

9. Según Carlos Spurgeon, ¿qué sucede cuando los cristianos no sirven a Dios con
todos sus corazones? ¿Estás de acuerdo?

10. Enumera algunas de las maneras en las que tú estas sirviendo a Cristo en Su
iglesia.

11. ¿Qué método has usado para decidir dónde y cómo servirás a Cristo y a Su
iglesia?

12. ¿Qué consejo darías a una persona que te preguntara cómo decidir dónde y
cómo debe servir a Cristo y a Su iglesia? ¿Qué debe hacer un cristiano para
discernir dónde y cómo centrar su servicio a Dios y a Su iglesia?

13. ¿Cuál es el punto de la afirmación: “muchas iglesias están llenas de personas


que afrontan la vida de la iglesia como si estuviesen en un partido de béisbol”?

14. ¿En que sentido es cada cristiano como un “copo de nieve espiritual”?
15. ¿Cuáles son las implicaciones de este concepto para la iglesia y para los
cristianos individualmente?

16. ¿Por qué un entendimiento de las verdades que se enseñan en este capítulo es
importante tanto para los líderes de la iglesia como para los miembros de la
iglesia?

17. ¿De qué maneras violan algunas iglesias y algunos cristianos individualmente
estas verdades relacionadas con la iglesia?

18. ¿Cómo se aplican las verdades de este capítulo a tu vida? ¿Hay maneras en que
debes cambiar y mejorar en tu relación con la iglesia?

Capítulo 8. Confrontándonos los Unos a los Otros en Amor


1. Según este capítulo, ¿cuáles son las dos preocupaciones principales que
Jesucristo tiene por Su iglesia?

2. ¿Por qué algunas personas encuentran repulsiva la práctica descrita en este


capítulo? ¿Estás de acuerdo o en desacuerdo? Da razones y textos bíblicos para
apoyar tu respuesta.

3. ¿Qué se transmite con el hecho de que hemos de confrontar a un “hermano”?

4. ¿Cuándo y cuándo no debemos confrontar a un “hermano”?

5. ¿Cuándo es malo y carente de amor pasar por alto los pecados de otro?

6. Enumera y define cada una de las palabras usadas en este capítulo para describir
la manera en que deberíamos confrontar a otra persona con respecto a sus
pecados. ¿Qué se debe y qué no se debe hacer?

7. ¿Cuáles son los beneficios potenciales de la confrontación afectuosa?


8. ¿Qué práctica es descrita con las palabras “llamad a las tropas”?

9. ¿Cuándo debería emplearse esta práctica de “llamar a las tropas”?

10. ¿Qué funciones deben cumplir las “tropas”?

11. Describe el tipo de personas que deben componer “las tropas”. ¿Cuáles son las
tres calificaciones para formar parte de este grupo?

12. ¿Qué práctica debe reservarse y usarse como “último recurso” en el proceso de
confrontación?

13. Delinea los factores que se podrían usar para animar al arrepentimiento antes de
que toda la iglesia sea informada respecto a un pecador no arrepentido.

14. ¿Qué beneficios bíblicos pueden acumularse por anunciar a toda la iglesia el
nombre de un pecador no arrepentido? Da apoyo bíblico a esta práctica.

15. ¿Qué debería hacer un cristiano si su iglesia no está dispuesta a practicar la


disciplina eclesiástica.

16. ¿Cómo responderías a alguien que dijera de la disciplina eclesiástica que “¡Jesús
nunca haría eso!”?

17. ¿Qué quiere decir la Biblia cuando dice que los pecadores no arrepentidos
deberían ser “entregados a Satanás” (1 Co. 5:5; 1 Ti. 1:20)?

18. ¿Por qué la confrontación y la disciplina eclesiástica son cosas que hay que
hacer por amor?

19. ¿Por qué un entendimiento de las verdades que se enseñan en este capítulo es
importante tanto para los líderes de la iglesia como para los miembros de la
iglesia? ¿Hay maneras en que debes cambiar y mejorar en tu relación con la
iglesia?

Capítulo 9. Preservando la Unidad en el Cuerpo


1. ¿Quiénes eran Evodia y Síntique? Escribe todo lo que conozcas de ellas como
personas.

2. ¿Qué lecciones debemos aprender del hecho de que estas dos mujeres estaban en
conflicto la una con la otra?

3. ¿Qué debemos hacer para evitar la desunión en la iglesia?

4. ¿Qué sucede cuando los conflictos iniciales no se manejan adecuadamente?

5. ¿Cómo se relaciona la ilustración del radiador con la resolución de conflictos en


las iglesias?

6. ¿Cuáles son algunas de las maneras erróneas de manejar los conflictos?

7. ¿Por qué repite Pablo el verbo “ruego” en relación tanto con Evodia como con
Síntique?

8. Describe tres maneras en que las personas a menudo contribuyen a los


conflictos.

9. ¿Cómo empeora la situación muchas veces el no hacer nada?

10. Si te encuentras involucrado en un conflicto en la iglesia, ¿qué principio para la


resolución de conflictos ilustra Mateo 7:1–5?
11. ¿Qué tiene que ver el ser de un mismo sentir (Fil. 4:2) con la resolución de
conflictos? ¿Qué quiere decir Pablo cuando le pide a Evodia y a Síntique que
sean de “un mismo sentir”?

12. Describe y apoya bíblicamente algunas de las maneras prácticas en las que
podemos exhibir la actitud de un siervo en nuestra manera de pensar.

13. ¿Por qué es cierto que “no siempre es erróneo hacer un juicio en tu mente sobre
otra persona; de hecho, algunas veces es necesario hacerlo” (cf. 1 Co. 5:12).

14. Según este capítulo, “Pablo nos dice que hay algunas cosas que somos incapaces
de juzgar y por lo tanto no debemos intentar juzgarlas”. ¿Cuáles son estas cosas
que somos incapaces de juzgar?

15. ¿Cómo podemos invertir la tendencia a pensar lo mejor de nosotros mismos y lo


peor de los demás?

16. ¿Qué consideraciones pueden ayudarnos a relacionarnos con los demás con
gentileza?

17. ¿Cómo se relaciona la frase “en el Señor” con este asunto de mantener la unidad
y resolver los conflictos en la iglesia?

18. ¿Qué principios se enseñan en Filipenses 4:3 respecto a mantener la unidad y


resolver conflictos? ¿Qué otros pasajes de la Escritura enseñan las mismas
verdades?

19. ¿Qué le dirías a alguien que dijera: “¿Cómo puedo yo aconsejar a la gente si no
tengo una preparación formal en psicología ni en teología?”?

20. ¿Por qué un entendimiento de las verdades que se enseñan en este capítulo es
importante tanto para los líderes de la iglesia como para los miembros de la
iglesia?
21. ¿De qué maneras violan algunas iglesias y algunos cristianos individualmente
estas verdades relacionadas con la iglesia?

22. ¿Cómo se aplican las verdades de este capítulo a tu vida? ¿Hay maneras en que
debes cambiar y mejorar en tu relación con la iglesia?

Capítulo 10. Orando los unos por los otros


1. ¿Por quién oraba el apóstol Pablo, y qué importancia tiene eso para nuestras
oraciones?

2. ¿Por qué nosotros, como cristianos, debemos orar por la iglesia como un todo?

3. ¿Qué nos dice la frase “habiendo oído de vuestra fe” acerca de la vida de
oración de Pablo, y qué desafío nos presenta esto para nuestra vida de oración?

4. ¿Qué indica un estudio de las oraciones de Pablo registradas en el Nuevo


Testamento acerca de las personas por quienes oraba con más frecuencia?

5. ¿Por qué piensas que Pablo hacía esto?

6. ¿Qué quería decir Pablo cuando dijo que no cesaba de dar gracias por ellos ni de
mencionarles en sus oraciones?

7. ¿Por qué es importante para nosotros tener como práctica el dar gracias por
nuestros hermanos cristianos?

8. ¿Qué indican las oraciones de Pablo acerca de los asuntos por los que estaba
más concernido en sus oraciones?

9. Usando como modelos las oraciones de Pablo en Romanos 1:8–12; Efesios


1:16–19; Efesios 3:14–21; Filipenses 1:9–11; y Colosenses 1:9–12 como
modelos, enumera los puntos mencionados en estas oraciones por los cuales
nosotros deberíamos estar orando constantemente.

10. Este capítulo afirma que: “Las batallas espirituales por las almas de los
hombres, mujeres y niños, no se ganan cuando el predicador llega al púlpito o el
evangelista sale a las calles. Se ganan antes de que la predicación o el
evangelismo siquiera comiencen, por las personas que vienen ante el trono de
Dios en oración.” Apoya esta afirmación con promesas o ejemplos bíblicos.

11. Estudia la oración de Daniel en Daniel 9:1–19, y observa todo lo que puedas
aprender acerca de la oración efectiva en este pasaje.

12. Estudia las palabras de Samuel en 1 Samuel 12:20–25, y anota todo lo que
descubras sobre la importancia y la naturaleza de la oración.

13 ¿Por qué un entendimiento de las verdades que se enseñan en este capítulo es


importante tanto para los líderes de la iglesia como para los miembros de la
iglesia?

14. ¿Cómo se aplican las verdades de este capítulo a tu vida? ¿Hay maneras en que
debes cambiar y mejorar en tu relación con la iglesia?1

1MacArthur, J. F. J. (1994). Prefacio. En La Vida en la Casa del Padre: Un Manual para


Membresía en la Iglesia Local (Primera Edición, pp. i–251). Graham, NC: Publicaciones
Faro de Gracia.