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Salvador Márquez Gileta

España, la calle
Salvador Márquez Gileta
España, la calle
rada: LAURA QUINTANILLA. la Tequia, en

PRIMERA EDICIÓN. IS

IS. Vcruz 185-000. Col. Doctorea. Dclug. Cuauhlcmoc.

IIKCHOEN MÉXICO
• Él? ¿Ella? porque siempre se tuvo duda sobre
V su sexo, despierta cuando han transcurrido
^ ^ c a s l tres mil años desde que el fuego celestial
destruyera a la perversa Sodoma. No recuerda nada.
ni el amor ni los celos parecen preocuparle. La cru-
da es un martillo y daría todo por una cerveza hela-
da y un whisky en las rocas.
Un solo vicio posen Leonardo, La Cliula Linda, asu-
mirse reacio, conspicuo frecuentador del pecado
nefando, según lo tiene clasificado la Santa Madre
Iglesia Católica; el más avezado discípulo de la es-
cuela socrática, según la concepción que priva en
las escuelas filosóficas... Pulo. m. v. loe. Del vulgo
que nombra sin ambages, a lo que el Oix.kmcmo de la
Real Academia de la Lengua Españala (definidora
por vocación) indica como sujetos que sostienen co-
mercio carnal con Individuos de su propio sexo.
Cómo no ha de serlo, en aquella sangre roja (azul
cuando a ella se refiere la tia Genoveva), que pinta
blasones y escuderias donde, si se hurga un poco.
se hallarán cuatreros malvivientes, intrigosos acon-
sejadores que condujeron a nobles y virreyes a una
ruina moral, premalura; tristemente celebres por su
infortunio, sangre de los Borgia, de los cobardes Ca-
rrlón circula por sus venas débiles, hierve frente a
los mancebos de talante hastiado: esos que. de puro
aburrimiento, se entregan al placer con tai de no In-
currir en tediosas discusiones sobre la esencia del
bien y del mal. bajo la tibia brisa, barredora de pre­
juicios y frenos.
La calle España, señalada por cantinas, que al
igual que un tarot: La Sirena. El Gato Negro. El
Tenampa... remata con el Salón Palacio, cantina dis­
frazada de "Centro Familiar", une s u s vestigios colo­
niales a los parroquianos que desparraman entre las
sillas y las m e s a s el tedio, el bochorno de un verano
infinito.
Calilo dice que no. que él no es. ¿l*uede un hijo de
don Clemente Santalucia ¡Clemente Santalucia! de­
cir que no? Amante de Leonardo desde los dieciocho
años, mujer e hijos de por medio, eso no importa.
decir que no, si ya le ha dado vuelo a la hilacha por
todos lados.
Nunca hubiera imaginado que los vuelcos de la vi­
da lo arrastrarían, en el torbellino al que se abando­
nó sin resistencia y que. antes de darle oportunidad
de agarrar resuello. lo había colocado en un inundo
distinto. Dónde quedaron los minutos, las horas, los
días: diez años, toda una vida. La Juventud, el amor.
cuántas cosas llegó a significar el hombre Junto al
cual dejó correr el tiempo, el dinero... El Tigre que
llevara hasta s u lecho en llamas, en los revueltos
tiempos del fin del milenio, estos en los que gusta
disertar acerca de grandes artistas: Aristóteles. Mi­
guel Ángel. J u a n Gabriel... Y. ¿en qué se diferencian
aquellas divinidades de las que habitan la calle
España? Sólo porque no son filósofos, pintores,
cantantes...
—¿Dígame, perverso polimorfo, en qué se dife­
rencian? —Interpela el borracho que apenas logra

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levantar la cara, respondiéndole con murmullo Inin-
teligible para, luego, desplomarse sobre el mostrador
de la cantina. Descubre tras las botellas su rostro
marchito, de ojos cansados, que palpa con las ma-
nos de amarillentos dedos. El tiempo —¡maldita
vida!—, cómo ha pasado el tiempo.

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"SEÑORITA COLOCA 1962"

prmlta la casa al mediodía, siesta de fau-


Ü nos con arrullos bcthovianos que nacen.
escapan del antiguo radio. Los corredores Indiferen-
tes a los vlollnes. las violas, los planos, los timbales
enmarcan al viejo patio donde un niño levanta las
manos para consagrar galletas cuando no "Marías"
de "Animalitos". "Saladas" no, porque Dios no es
salado, Josefina exclama —¡Ay señor cura, déme su
bendición— con impaciencia, tal si se encontrara
frente al obispo y le regalara un chocolate con
buñuelos, para comprar asi un millón de Indulgen-
cias plenarias o un pasaje al cielo sin escalas en el
maldito purgatorio. —Este niño es un santo—. a doña
Clara se le nublan los ojos. Lo consagra al Sagrado
Corazón de Jesús y escapa para hacer oración a ca-
da rato, sin ¡jermiso. pero —para hablar con Dios, para
platicarle— le deja hacer en libertad, hasta le dan
dinero para limosnas, al cepo de Santa Eduwigcs,
reina pródiga, reina magnánima, reina esplendida
que reparte monedas de oro entre los menesterosos,
leprosos, mendicantes, bajo su manto de terciopelo
rojo, su vestido azul, cstolado por la piel ¿de qué
animal? manchada de motas negras. Estirando la
mano con gracia, gracia de reina de corona y cetro.
ojos de párpados caídos y en el fondo las torres de
Padua. de Florencia, torres renacentistas, calles
adoquinadas. Al cepo de San Jorge luchando contra
un dragón verde como la envidia, como el libidinoso
deseo de los viejos, como los cuentos verdes, de her-
mosa barba y estandarte, clavando la lanza en el
vientre mismo de la más horrenda pesadilla, la que
abre fauces demoniacas mostrando dientes Igual
que paletas de limón, de grandes que son. de boca
roja flamígera como la boca de doña Regina cuando
la chiquillería estrella el balón en su puerta y sale
esgrimiendo la escoba, Insultando sobre todo a sus
mamas, de las que conoce hasta el más ligero desliz,
San Jorge con su armadura, su cabello blanco asus-
tado por la presencia del monstruo. Al cepo de San
Cristóbal cargando un niño pequeño, casi de su
edad, ayudándole a sortear la corriente del río de la
vida, el sol desparramado en las aguas rizadas y el
santo con los brazos, el tórax, las piernas desnudas.
una calentura bajo el vientre, quién fuera niño-dios.
Pero las limosnas no llegan completas, unas se van
tras los helados, las Jicamas con chile, las doradltas.
y otras, tras los patines del diablo, del diablo sí, que

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las aparta de su divina suerte, de su santo destino,
cuando no las tuerce hacia los cuentos de Donald.
Archl, El Hombre Araña que alquila don Julián, col-
gados de un lazo. Así lo encuentra doña Clara una
tarde no hablando con Dios, ni rezando, ni pidiendo
piedad para las pecadoras almas de sus padres, sino
comiendo pepitas y leyendo ¡Oh Dios, un niño de
seis añosl ¡Ayúdame doctora Corazón! 'Problemas
del corazón" consultorio sentimental para quien
quisiera recetarse de alguna decepción, de algún
engaño, para quien fuera de toda esperanza, tratara
de buscar alivio por la puerta falsa. Allí está la silue-
ta que nunca tiene cara, pero que en la radio posee
la voz de Carlota Solares, para apartar a la mujer
del padrote infame y regresarla al lado de su marido
y sus hijos, o a la anciana torturada por la nuera.
enviarla a un asilo. Allí está la voz que también es la
de la esposa del Panzón Panseco, para vender ilusio-
nes y Jabón Fab con sus tres movimientos: "Remoje.
exprima, extienda". |Oh Dios, un niño de seis años!
le arrebata la historieta, hasta intenta regañar a don
Julián pero no. él no tiene la culpa sino ella que le
procura dinero. El obispo rueda báculo, mitra y es-
tola ladera abajo en la Indiferencia de su madre, que
no vuelve a darle dinero ni de domingo durante un
mes. ni le deja salir de casa una larga, eterna.
semana.
Castigado, castigada su mentira y simulación, que
aquella es la forma en que se expresa Satán, cuando
no se vuelve sapos y culebras en la boca de los
niños, sabe a Jabón el peor de los pecados, el que
hace que el niño Jesús, de pura pena, se arrincone
para llorar avergonzado. Ya casi le chamuzca la

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lumbre del Infierno los pies que, si no fuera por los
zapatos, la sentiría arder porque allá irá a parar jun-
to a los diablos mentirosos que la verdad, que es de
Dios, brilla como la luz del sol. y la mentira.
oscuridad, tinieblas, le irán envolviendo y se perderá
y nunca habrá de volver, de tan oscuro que este, a
ver a su mamá, ni a su papá, ni a sus hermanos ni
a Fancy. el gato.
Escucha claramente, después del anuncio del Ja-
bón Casablanca —el de espuma blanca y abundante—
antes de "Complacencias musicales", donde solicitará
al amable señor locutor le dedique el mambo núme-
ro cinco, en la "XERL" —"La Voz Costeña, desde
Colima"—, la noticia de que jubilarán a las maestras
Emérita Nonato y Refugio Benitez. Si Jubilan a la se-
ñorita Emérita Nonato bien merecido se lo tiene, se
lo ha ganado a pulso: "La letra con sangre entra" y
¡Prazl golpea la regla sobre el escritorio. ¡Prazl sobre
la espalda de Leonardo que. desgraciadamente.
confunde la letra "a" con la "e" y. mientras la señori-
ta Emérita señala la "u" sonando el pizarrón con la
regla. Impaciente porque no hace más que temblar y
mirarla con ojos aterrados, escogiendo en su mente
cuál sería el maldito nombre de la letra que tiene las
patas para arriba, la punta de la regla cae sobre la
pizarra y el pie de la maestra describe un compás
irritado en el piso. Para su mala suerte decide y dice
"i". Apremia fulminante: ¿Cómo dijiste? "i" repite.
candido, "a lo hecho pecho". ¡Praz! cae la regla sobre
su cabeza. El miedo se vuelve llanto y orines, un
charco moja el pupitre, humedeciendo las
sentaderas. Miedo caliente que apesta. Sin embargo,
aquel primero "B" aprende a leer, escribir, contar,

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recitar, todas las operaciones aritméticas y hasta
cálculo diferencial habría aprendido sí la maestra
Emérita Nonato se lo hubiera solicitado amablemen-
te con su regla.
Hoy la van a Jubilar "Así es el destino" y no cabe
de gozo porque "La que mal anda...". A ratos.
pobrecita. tiene ganas de compadecerla, pero no que
la jubilen, se lo merece. La verá caer en el patio de
cemento, al fondo contra la pared, entre las puertas
que señalan con letreros "Niños" "Niñas", la diferen-
cia existente entre unas faldas y unos pantalones.
I-a verá caer con los ojos vendados y las manos ata-
das a la espalda mientras él. seguramente, devorará
un mango con chile. Caer en el patio, donde un 10
de mayo bailó "El Rascapctate" y la Daisy. "I-a Calle
12": caer con su vestido de crepé gris de grecas
negras que. en realidad, eran paragüitas y
sombremos sabría Dios qué serían aquellas man-
chas que Jamás logró descifrar. Pero la señorita Cu-
ca Dcnítcz es un alma del cielo. ¿Por qué la habrían
de Jubilar?
—Mamá... —Inquiere Leonardo— ¿le pondrán una
venda en los ojos?
—Por supuesto que no.
—Pero... ¿habrá mucha gente?
—Todos los que deseen asistir a la ceremonia.
—Yo quiero ir.
Corre a llevar la feliz nueva a la Daisy. asi llaman
a Rene Valverde. intimo amigo de estudios y cuitas.
los condiscípulos del primero "B" de la escuela
"Rafael Suárez". Daisy. hay consenso en que camina
como pato.
Rene se pinta las uñas en ausencia de su madre,
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que todas las lardes sale de compras al hotel "San
Francisco" y. cuando no. al hotel "San lorenzo", y de
su padre que. religiosamente, regresa siempre lo
más tarde posible.
—¡Daisy! Por fin la veremos morir frente a un pelo-
tón de soldados. Como en el cine.
—Que estás diciendo... cómo serás pendeja,
Ixonarda, Jubilar no quiere decir Jusllar.
Que tonto se siente. mientras Daisy rie
interrumpiéndose sólo para soplar sobre el fresco
esmalte de las uñas.

—¡SUPERMAAANN! —Grito guerrero de Jalmito que


marca un cambio de ruta en el Juego, hasta enton-
ces conducido por la vereda de tierra donde se aban-
donan los coches de plástico.
—¡TAAARZAAANN! —Pepe, a los cinco todavía con
dificultad para pronunciar la "R". la que siempre
sustituye por una "L".
—iSUPERNIÑAAA! —aclara Leonardo. Caen los su-
perhéroes apenas niños, sobre él en la soledad de la
huerta, al fondo de la casa ancestral. En los corre-
dores que apacentan macetas, que hacen crecer he-
lechos y colomos. Allí Junto al pozo, donde se le apa-
reciera el chamuco a Josefina, la sirvienta, y donde
seguramente se le aparecería a todo Infante que tra-
te de indagar en su Interior. A los pies del guayabo.

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donde trepara el gatlto que su padre, don Jacinto.
hubo de rescatar, aunque descendió con todo y ra-
ma estampando su humanidad contra el piso de tie-
rra húmeda y. aunque el felino saliera ileso, única
cosa que Importó al niño, a don Jacinto lo traslada-
ron al Hospital de Jesús, para enyesarle un brazo
roto, a resultas de la imprudente falta de cálculo;
allí descubre que convivir con los superherocs será
la vocación de su vida.
Amado patio escolar donde ruedan como monedas
los primeros besos. No. él no le dirá a la señorita
Emérita que está por faltar tres días a clases, ni le
entregará el recado donde doña Clara explica que
van de compras a Guadalajara.
—Mejor no voy. mamá. Vayanse ustedes, yo me
quedo con mi papá. —Don Jacinto ríe.
—Bueno. Iré yo para hablar con tu maestra. —Mejor.
no fuera a ser que la señorita Nonato de un reglazo
le quite las ganas de andar viajando.
Guadalajara es otro mundo, calles, aparadores lle-
nos de Juguetes, árboles de navidad. Sobre el mos-
trador los empleados despliegan telas azules.
naranjas, rayadas, boleadas, floreadas, tules, sedas.
encajes: doña Clara las mira, las huele, las toca,
acaricia: —No. Si. Si. No.— Y los dependientes sacan
más y más rollos. Damlana y Teodoro se aburren so-
bre los bancos, recargando la piocha sobre el borde.
mientras su madre ingresa, lela tras tela, en un
mundo fascinante de Bombasíes. Mussellnas y
Chifones. Del otro lado de la calle se encuentra el
cielo: un aparador repleto de angelitos de papel, de
cartón, cuelgan del techo en hilos invisibles, con
guitarras, viollnes. cellos, ángeles grandes y

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pequeños, querubines, cabezas aladas infantiles y
sobre el piso del aparador pequeños ángeles
sentados, sonriendo desde el cartón de sus cuerpos,
de sus alas, le miran con las piernas cruzadas, con
los mentones recargados en las manos, con las meji-
llas reposando; ángeles dormidos y despiertos, tris-
tes y alegres, de vestidos azules, rosas, amarillos,
vestidos cortos para los ángeles niños, largos para
los adultos, ceñidos por un cordón en las cinturas. Y
entre el angelcrio, uno de su edad, afable.
prometedor; esconde medio cuerpo tras una roca y
el otro medio cuerpo asoma desnudo, perfecto. Es
aquel, lo sabe, el único: el amor: aunque pequeño.
pura sensualidad en sus piernas regordetas. en la
cadera misteriosa, coqueto, ignorante de su
desnudez, diciendo: —Ven. Ven conmigo tras la
roca...—Regresa al lado de su madre que extaslada
comprueba la caída de un tul estampado en flores
anaranjadas.
—No se vayan a ir de aquí. Ya casi termino.
Primero desciende del banco, se para un momento
a su lado, sólo para hacer notar su presencia: en se-
guida está en la puerta, voltea para comprobar que
permanece embebida en su mundo de telas, y corre
al encuentro del ángel, que todavía está allí. Igual.
libido alada derramándose sobre el cartón desnudo.
Dos rizos caen sobre los hombros, los ojos miran
entre Inmensas pestañas. Arrobado, extasiado. to-
cando un cielo infantil, el ansia Inexplicable que al-
tera el pulso, aletea en su pecho ¿que es aquello que
acelera su respiración? ¿un ángel? ¿una sonrisa?
Pegadas las manos, la nariz al cristal para estar más
cerca, tan cerca del celestial deseo. Regresa corrien-

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do sin ver el auto que se avoraza tras su pecho de
niño: el ángel enamorado también de sus ojos, de su
boca entreabierta, le llamó. Pronto se halla entre
todos, uno se adelanta gozoso para tomarle de la
mano, llevarlo frente a un viejo autoritario que le re-
cuerda a su padre enojado.
—Señor, acaba de llegar; ¿le permites quedarse?
—Aparta sus divinos pensamientos de los im-
portantes aconteccres que mantienen su faz agria.
preocupada, y mira de soslayo al perverso renacuajo
que recién llega: no le engaña la niñez que esconde
un demonio, ¡en flnl un niño...
—¿Te vas o te quedas? —Mira al ángel, al hermoso
ángel, eterna promesa de amor, a todos los ángeles
mirarle impacientes...
—¿Señora, ese niño que atropellaron no es el
suyo? —El dependiente desvia la atención de las
telas.
—No. Kl mío está aquí. —Voltea al banco desnudo y
corre a mirar bajo el auto, donde un niño con el
vientre sumido, desmayado, sueña y sonríe. Abajo
en la tierra, su madre llora entristecida.
desesperada.
—Me voy. —Se despide el angelito cabizbajo.
enmudecido, solo. Cuando despierta su madre lo es-
trecha temblando.
—¿Por qué. por qué. si te dije que no me desobe-
decieras? —Ajena a las telas le mira.
—Es que... me gustó un angelito. —Los toma de
las manos, los arrastra hasla el ciclo-aparador.
—¿Cuál? —¿Cuál? —preguntan los ojos de todos los
curiosos: de la vendedora de billetes de lotería, del
bolero que sostiene su cajón, del chofer del taxi.
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compungido —"Señora, yo no tuve la culpa, el niño
salló corriendo..." —¿Cuál —pregunta el dueño de la
tienda. Dios acusador, "¿verdad, pequeño sodomita.
que ese que se esconde desnudo tras la roca?". —le
mira sarcásrica, lnquisidoramenle.
—¡Ese! —señala a un ángel adulto, vestido hasta los
puños, hasta el cuello, donde arrastra su túnica
verde; de alas recogidas y hermoso rostro, cuya boca
se abre para entonar una canción de cartón, como
de cartón es la guitarra que la acompaña. A nadie
desalienta su elección más que al tendero.
—No es nada señora, se lo regalo.
Ni una sola esfera logra salvar su integridad, con-
vertidas en polvo diamantino, espejeante, en la deses-
peración de Ixonardo que. cada vez que se para el
tren o emprende la marcha, aunque levante las ca-
jas con ambas manos intentando salvar sus frágiles
vidas, escucha en el Interior crujir los vidrios y sollo-
za "otra mamá, ya se rompió otra". I-a mole vibra so-
bre los rieles, entre el olor del vapor y el diesel: al
Anal, decepcionado, arroja por la ventana las cajas.
asoma la cabeza para ver brillar los pedazos despa-
rramados a un lado de la vía.
—No le vayas a decir a tu padre que le atropello un
auto. —En la oscura noche, en la oscura vida, en las
oscuras horas de la madrugada saca de bajo la al-
mohada un ángel de cartón para romperlo, para
romper su futuro, por no haber tenido el valor de
decir: |Esel dejó un ángel desnudo, sonriente, espe-
rando y ya nunca lo encontrará ni en el pasado ni
en el porvenir.
Dios ha perdido su capacidad de regidor. Si al
principio creyó lo que contaba el padre üazán ¡en
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pleno siglo velntel que la tierra, centro de todo el
universo, se halla circundada por las esferas celes-
tiales que al girar emiten la música excelsa, divina.
en honor del señor, música como la de Hacndcl.
más hermosa aún. interpretada por complicadísimos
mecanismos que. al escucharla, arroba, extasía.
mientras los hijos de la luz. los ángeles, revolotean
en parvadas alrededor de un señor gordo, barbón.
cantándole su gloria, su apoteosis. Renuncia, a los
doce años, porque no le conviene creer en un Dios
que le segrega, le condena de antemano, sin
Juzgarle, sin oírle, que dice le vallera más atarse una
piedra al buche y lanzarse al mar que detentar su
nefando pecado.

Etapa difícil la adolescencia. Si es para todos


Indefinida, para Leonardo aún más. Extraños veri-
cuetos lo llevan de espejo en espejo, para odiarse
por feo: maldecirse y preguntar que qué es él, que
qué es aquello que ni hombre ni mujer parece. Tor-
cido como la rama de un árbol torcido. Torcido como
la Daisy. cuando camina frente al cuartel militar y
los soldados silban desde el Interior. Para que en-
cuentre cabida y definición en el género masculino.
para que se vuelva hombre, lo envían a una acade-
mia militarizada en Bostón.
Lo primero es raparlo, cosa que ha de sucederle a
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todos los perros —perros son lodos los de primer
Ingreso. Trata de salvar su cabellera, negra como el
pecado, rizada como mar embravecido sallando la
tapia. Hasta allá lo persiguen. A la sombra de un
pino, entre lágrimas, mira caer los rizos, orgullo de
su abuela y de lia Toñita. Embarrado de brea, cu-
bierto de plumas desfila por las callejas del infeliz
internado, adonde la intransigencia de sus progeni-
tores le condujo. Pájaro gigante, lorpe. Incapaz de
alzar el vuelo. Salta sobre los guijarros de los sende-
ros con pies descalzos, dolidos, ampollados por tan-
tas vueltas en tomo al edificio donde ríen los alum-
nos de grados avanzados. I-ejos de Colima, de sus
calles, llora su impotencia. Maldiciendo a Dios, a sus
padres, al destino que no le dio ni voz ni modo de
hombre. Extrañando el pozole, las tostadas, los chu-
rros con chocolate que. en los atardeceres de un
"SgsbiJ lusrtoso_ ,•toscünajnj>ófíco¿r>j-oix rao/il*)...
Lo peor viene con la noche, manojo de enfebreci-
dos nervios: un puro temblar, temblor incontrolable
que chirria en los resortes de la cama. Chirrido que
se distingue con claridad entre los ronquidos, las
palabras aisladas que brotan de bocas durmientes
que suenan con regresar algún día a sus hogares y.
los que no duermen, los de segundo grado, esos por
la madrugada lo cazan. Desnudo avanza por entre
los prados de escarcha en las últimas negrísimas
horas inmediatas a la aurora y desnudo lo arrojan al
estanque, para entonces casi hielo. Aguantará el re-
to y. al final, un diploma donde constará que Leo-
nardo de Sandoval y Rlvas es un hombre hecho y
derecho, un hombre "Comme 11 faut" será restregado
en la jeta de don Jacinto, para que no se ande con

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chismes y murmullos de entredicho. Para que su
madre no llore como la noche en que. arrastrándose
hasta la alcoba de sus padres, la descubriera frente al
locador en la coilette nocturna encontrando tam-
bién dos hilos de lágrimas y la voz de su padre:
—¡Por tu culpa es un Joto y un blandengue, porque
lo educaste como niña, pegado a tus naguas!
Lamerá las botas de los Jovenzuelos güeros.
grandoles: aunque quiera lamer más arriba, ni si-
quiera se atreverá a levantar la cabeza. Ni asi se vol-
verá hombre: la voz. la misma, entre pito y clarinete.
Los ojos se le irán tras cualquier pantalón de mezcli-
11a que guarde en sus adentros Indescifrables
misterios: es un árbol torcido, torcidísimo.
Iil colmo llega cuando la partida de gañanes lo
persigue, furibundos, como perseguirían sus Innom-
brables deseos, para destruirlo; aquellos que los
obligan a bajar los ojos en la regadera, en el baño
matutino; lo acosan. Jauría loca de sangre y
destrucción, frente a un director que se hace tonto.
delante de los maestros que se desentienden de
aquel perro lanudo que huye desesperado, en la
búsqueda Inútil del refugio donde ocultar la vida y
sus enigmas. La banda anglosajona, armada de pa-
los y cadenas, lo arrincona contra la puerta del
almacén, lanzados sobre su Inerme esperanza, im-
precándole en un inglés que apenas entiende. Con-
vertido en ovillo, doblado a manera de feto que se
muerde los huevos, encomendándose a Dios para
que recoja su alma o lo que de ella quedara, estira
hacia la turba ambos brazos y les pone las cruces.
Como el diablo frente a la cruz se detienen. 9ulzá
porque entre la chusma rubia se pudo colar algún

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católico o porque Intuyen que la extraña Invocación
significa lo que en realidad es: un conjuro contra
quienes se atrevan a tocarlo.
Se alejan rendidos, malhumorados, diciendo que
asi no se vale: salta el alambrado y toma el autobús
a New York.
Que no, que nunca, que Jamás regresará a tal
Infierno.
—Ay, hljlto. Ahora le paso la dirección de los
Gómez. Viven en Brooklin. Vete con ellos. En este
momento llamo y les aviso. Hoy por la tarde salgo
para allá. No te desesperes, mi amor. — l-conardo
cuenta, llorando, su vlacrucis.
A los dos días arriba doña Clara, presidenta del
Patronato de Damas Voluntarlas. Vicentlna, Tercera.
Merccdaria. asistente destacada de la Cofradía de la
Adoración Nocturna.
—No te apures, hljito: yo hablare con el director.
Y el señor Meadows oyó la boca que, todos
concuerdan. más que de santa de piruja tiene doña
Clara cuando se enfurece. Arrinconado, golpea donde
más le duele: en el bolsillo. Obligándolo a devolver.
desde los gastos de Inscripción y colegiaturas, hasta
los pasajes de regreso. Que si no. ella escribirá a don
Adolfo López Mateos, presidente de México, a John
Fitzgcrald Kennedy, presidente de los Estados
Unidos, y al mismo Papa, el beatísimo Pío XII. Para
referir lo que por las noches sucede en aquel antro.
el G. Sartorls Instltute. donde se amanceban entre
puros hombres, mientras a otros, a los lllos, a quie-
nes parecen mujeres, a esos los obligan a conocer
su aciaga suerte.
El matrimonio de Sandoval y Rivas no presumirá
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que su hijo, el mayorcito. esto educándose en un in-
ternado norteamericano, sino en la proletaria Se-
cundaria 4. donde será bien recibido por los moceto-
nes que se dejan manosear, tan libremente, que lo
abrazarán para conducirlo a los baños, a cualquier
rincón oscuro y, otra vez. Supemiña cruzará volan-
do el cielo de la costa.
Pero si doña Clara no ceja, menos aún su padre.
que para él representa la extraña mezcolanza de Pe-
dro Infante. Jorge Negretc y el Santo. Dios sabrá de
dónde salió aquella misteriosa cruza.
Don Jacinto conduce a Leonardo donde "limpia" el
espiritista. Porque así es el rito o por verle las
partes, el brujo desnuda al Joven. Le pasa unas ra-
mas de plrul por todo el cuerpo. Asustado mira caer
tierra a su lado, sobre todo por atrás, quemando los
menjurges mágicos. Para rematar le aplasta un
blanquillo en la cabeza, mismo que logra hacerlo
vomitar; apesta a podredumbre.
Hasta el siguiente día podrá bañarse, así ordena el
rito. Parece que la limpia le sirve, porque una doce-
na de alumnos, incluso el mismo director, de
rodillas, le declara apasionadamente su oculto
amor. Ni decir que aprueba con "excelente" y diplo-
ma de honor los tres años de aquella Secundaria 4.
Para Supemiña, hasta un templo habría construido
El Ballenato, como apodan los alumnos al director.
Años después, aún lo distingue como "el más aplica-
do alumno que haya tenido Jamás aquella escuela".
donde los "delincuentes", "rapaces", "escoria de la
sociedad", encuentran su refugio y reparte sopapos
para apartarlos del camino del mal.

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—¡Qué vergüenza, qué van a decir las Obvledol.
las hermanas del Obispo. —Doña Clara solloza
compulsiva, desoladamcntc. Y lo que dijera don Ro-
lando Méndez, padre del Infante que Leonardo In-
tentó seducir: "¡Los putos son la basura del mundo.
Deberían encerrarlos a todos, qué digo: matarlos...!
SI no hizo una demanda Judicial fue por considera-
ción al matrimonio Sandoval Rlvas, tan honorable,
al que estima tanto". Sin duda aquella pena acabará
con doña Clara. En el acuciante silencio, el escozor
de una exudación fría le recorre vientre y espalda.
Con la mirada gacha, espera el correctivo, el castigo
que Impondrá don Jacinto que no dice nada alzando
los hombros en un gesto desesperanzado, al tiempo
que niega con la cabeza. Lanza una mirada de ren-
cor y vergüenza ¿es aquello su sangre: sangre de
Jorge Negrete. Pedro Infante y el Santo?
Hay penas que matan, aniquilan. Ahora está fren-
te a una de esas: Como siempre, cada vez que una
situación asi lo derrumba, se dedica a escribir poe-
sías en las que la palabra tristeza se repite diez
veces, antes de dar fin al poema; poesías cargadas
de resentimiento en las que maldice la vida. la
gente, el mundo con sus animales. Deja la máquina
de escribir, para dedicar una mirada al Jardín que
en momentos como éste le parece triste, como triste
es el cielo y la casa que habita. A fuerza de tanta pe-

26
na y dolor ha logrado acumular una extensa antolo-
gía de adioscs que llenan tres cajones de su escrito-
rio con títulos: "Despedida" "Amarga Derrota"
"Maldita Soledad"... todas por el estilo. Ya no queda
espacio en el escritorio o la cómoda para cualquier
otra diatriba contra la Ingrata vida que tan mal le
paga. A él. futuro habitante del Parnaso, donde mo-
rarán los poetas: a él. gloria incógnita de San Sebas-
tián de los Caballeros, tercera ciudad fundada en la
Nueva España, que resbala de las naguas del
volcán, hasta tocar las playas del Pacífico, con calles
pobladas de chiquillos encuerados que corretean Ig-
norando la lluvia de fuego del mediodía. Jala una
hoja de la máquina de escribir, estrujándola para ti-
rarla furiosamente al suelo...

—Pase. —Invitación indiferente, ni siquiera alza la


vista. La curiosidad, aun en su disfrazada forma de
cortesía, ha desaparecido del trato cotidiano. Con
aprehensión, con timidez, piensa en si mismo introdu-
ciéndose al consultorio, asustado. La imagen es tan
embarazosa que Inicia el esfuerzo por recuperar el
aplomo. El doctor Díaz Díaz finge la sonrisa que, tal
vez, pasará por sincera: un mero formalismo, para
ocupar el lugar que el médico le Indica.
A lo largo de la habitación que hace las veces de
consultorio, varios cuadros con reproducciones de
Van Gogh cuelgan de las paredes, encima de los
libreros. Acata el minucioso examen, un tanto
turbado.
—Mis padres hablaron con usted. —Como si tratara
27
de espantar una mosca renuente, pertinaz, que se
empeña en molestarlo.
—...usted es psiquiatra, pensaron que tal vez podrá
ayudarme. —Esto último, tratando de ocultar los
movimientos de la boca, parpadea en exceso.
—¿Tus padres...? ¿Y tú qué piensas de ello?
¿Necesitas apoyo?
Asiente con la cabeza, esforzado en dominar la
emoción, las fantasías que genera la Intimidad con
el galeno. De nueva cuenta, la mirada de la ciencia
cae sobre su cuerpo homosexual, con manos frías,
Indiferentes, como deben ser las manos de la
ciencia. Le auscultan vientre, senos de pezones
rígidos, las formas dulces de hombros y piernas, su
culo de mujer: Glnecomastla Bilateral, nombre del
tamaño de senos y ensoñaciones. Abandona el
consultorio, cargando montones de frascos y cajitas,
pastillas, inyecciones, cápsulas grandes y pequeñas.
rojas, blancas, azules. El tratamiento de testostero-
na hace aparecer un prematuro mostacho, viriliza
los músculos, mascullnizando los ángulos del
rostro: dolor persistente en la erección continua que
controla, difícil, casi Imposible. Todas las mañanas
es puro arrojar, al cesto de la ropa sucia, las sába-
nas maculadas por la Involuntaria cyaculación
nocturna, apenas acaba una y ya comienza otra.
acompañada de piernas, talles de Jóvenes escultóri-
cos y hombros de atletas, de viriles astros
deportivos. Soñando muslos, vientres endurecidos
por la gimnasia. Bajo el colchón la foto de las in-
mensas piernas de Pelé, saltando en el momento de
meter un gol. El short. más que una segunda piel.
una alusión apenas, sobre el cuerpo del futbolista.

28
denuncia dos enormes promontorios. La cintura
breve, brevísima, manchada de tanto deseo
maltrecho, ajada por el delirio febril del sexo
anhelado.
Por aquella época, sus padres intiman con él. En-
cuentra la explicación en el convencimiento que el
doctor Díaz Díaz ejerce para que se acerquen y me-
joren sus relaciones. Habla doña Clara, sobre todo,
durante las comidas, de lo mucho que le quieren, de
cómo han cifrado en él sus esperanzas, de lo Inteli-
gente que parece, sobre el resto de los chicos de su
edad.
—Cuando te cases... —Inicia la charla de sobremesa
doña Clara, por lo cual tose don Jacinto nervioso.
—...la mitad de esto será para li. —Desliza la vista
sobre el salón comedor, la estantería, cárcel de vaji-
llas y cubiertos. Juegos de té de plata maciza, bajo
los retratos de ancestros. Agacha la cabeza, descan-
sa los ojos en el mantel de encaje y. para matar de
una vez por todas, sus esperanzas:
—Ten la seguridad de que. si es bajo esa condición.
nada de esto será mío jamás. —Su madre Juguetea
entre los dedos la sarta de su collar de perlas. Alza
la copa del agua, da un sorbo y así oculta el rostro
apesadumbrado. Contempla entrar el sol a raudales.
danzando entre las cortinas.
—De cualquier forma, quiero que sepas que. como
mi hijo que eres, siempre te querré, te querremos.
—completó, haciendo partícipe a don Jacinto.

29
¿Cambiar a la "Chula Linda"? Solicita ese mambo
de Pérez Prado por acompañamiento. Música que le
da sex-appeal como se dice ahora: ñañaras en el
vientre, camina en la pasarela, coronlia de
brillantes, cetro. Primera en lucir el Indecente bikini
en la comarca. Con sus quince anos, sonriendo a los
bultos, a las sombras tras los reflectores que. segu-
ramente. son la Janis. Lulú. La Espinita y tantas
otras. Leonardo de Sandoval y Rlvas "Señorita Coli-
ma 1962", del brazo de Guillermo Lugo, hijo del
gobernador. El mambo derrite los cuerpos, convir-
Uéndolos en sudor, semen, fluidos que se
entremezclan, cosquillas en las orejas. Él. ella, zapa-
tillas de lático, tacón del 12. "un sueño": regia.
Avanza como la Coco había enseñado que se debe
caminar en la pasarela. "Como si fueras la mujer
más rica del mundo..." los saxofones se alargan, es-
curren miel, los bongos, para desmayarse en el
hombro del más guapo galán de su exigua corte: dos
princesas La Macarena y La Doris. Las trompetas
reviven, elevándose sobre sus cabezas, encima del
pelo transformado en chongo, de treinta
centímetros, igual a los de Angélica María, de pelos
que el spray convierte en alambres. Sonríe, esta su
noche, la más feliz de su existencia. En la que es rei-
na de todas las torcilongas de la entidad, de tres
equipos de fútbol que se desparraman en las mesas.
mismos que ruegan no les niegue el honor de ser su
madrina y cuyos integrantes terminan a golpes, por-
que Leonardo no escoge a ninguno, reina de cinco

30
prostitutas y tres soldados, dos damas de la Acción
Católica que aseveran es lguallto a doña Clara.
cuando a su vez fue reina de la feria de Todos los
Santos en 1946 y están de acuerdo en que corona y
cetro parecen los mismos. Camina dichoso como al
encuentro del señor, del brazo de un Guillermo Lugo
trajeado, de corbata, que huele a loción Yardley. que
también usa su padre. Se abre paso, para terminar
diciendo lo que confiesan todas: "Gracias. Estoy tan
emocionada que no puedo decir nada", pero que. de
todos modos, le aplauden mucho. "I-a Chula Unda".
se le fue quedando, se le quedó dice Luiú, por aquel
mambo.
Regresan del certamen. Bárbara. El Bárbaro, con-
duce el auto que transporta a Miss Colima hasta su
casa. Todo lo que no puede ver Leonardo fascina a la
leguleya que llenó las paredes de su bufete con fotos
de boxeadores, púgiles, enfrentados en un rin que
representa las violentas fantasías con las que sedu-
ce secretarias de Juzgado, viudas y divorciadas. Un
auto trasnochado va a estampar la trompa contra su
Oldsmovllle. y los borrachos envalentonados porque
han tirado la corona de dos reinas, la Cruda Linda y
la Dorts. ríen. Sin contar con los modales de El Bár-
baro que. apenas se baja uno queriendo amedrentar
y recibe el uppíírcur que lo pone fuera de combate y,
aún continúa la machorra brincoteando. fresca.
igual que si ni siquiera hubiera sonado la campana
que da fin al primer rou/i/i Una patrulla, que por
aquellos momentos pasea a dos policías entonados
por una botella de tequila, se detiene para atemperar
el percance. Apenas descienden y. el que se encuen-
tra trepado, dándose valor, inicia la retahila:

31
—¡listos pendejos que no se Ajan. Vienen como tor-
tugas por medio carril!
—¡Caliese! Más respeto, no ve que hay damas. —El
oficial no se refiere, por supuesto, a El Bárbaro que.
exactamente, se ignora qué puede ser aquello que
luce igual que un boxeador de pelo largo, sino a la
reina y su princesa que todavía lucen el fulgor del
triunfo en el rostro. Asustadas por el encontronazo.
se estremecen.
—¡Cuáles damas: si son cabrones! —El policía se fija
con atención y parece aún más entusiasmado.
—¡De todos modos, cállese o me lo jalo para la
comisaría!
El Bárbaro no sólo recibe la Ucencia. la tarjeta de
circulación y la promesa de pago del tumbacoronas.
Además, entrega a cambio el papellto con el nombre
y el número de teléfono de la reina y su princesa:
"['ase su majestad": las escoltan hasta su casa.
—¿Eres tú. Ijeonardo?
Sí. mamá. Soy yo.
—¿Por qué llegas tan tarde, hijo?
—Estuve en casa de Guillermo estudiando. Ya te
advertí que estamos en exámenes. No prendas la luz
mamá, ¡por favorl
—¿Por que hijo...?
—Tengo muy irritados los ojos y me duele la
cabeza. —Si doña Clara enciende la luz. hallará que.
en la oscuridad donde termina la escalera, el bulto
pegado a la pared porta su vestido fucsia bordado de
chaquira y lentejuela, en el que destaca la cinta:
"Señorita Colima 1962". bajo su estola de visón.
—Ya duérmete hijo, y no dejes de rezar tus
oraciones. Hasta mañana, mi amor...
32
—Hasta mañana, mamá.
Al mambo siguió el cha cha cha. el rock & roll.
el Max Potatos, el Jamaica Ska, el Surf, el Soul. la
Yenka. el Boomping y ya está Juan Gabriel
cantando:
"Buenos días alegriaaaa
buenos días señor sooool"
Canción a la que las reverendas madres del cole-
gio de las Adoratrtces hacen especial adaptación:
"Buenos días a Maríaaaa
buenos días al señooooor..."
Entonces aparece Calilo Santalucía.

33
UN TIGRE A LA CHANTILLT

A ntes que Colima se convierta en mierda


como sucedió con Sodoma, Gomorra.
Pompeya. Port Royal y demás ciudades que adoran
por dios a Prlapo. Galllo ya habrá fornicado con la
ciudad entera.
Algo de animal, de tigre —así le llaman en el
barrio—, cobra en el modo de arrugar la cara al
sonreír. Los ojos, ni verdes, ni amarillos, pura luju-
ria derramada frente a la presa vencida, en todo el
gesto dispuesta al sacrificio, frunce el ceño, al pare-
cer tan sin chiste, y no hay escapatoria.
El canto de los pájaros atraviesa hojas verdes.
anaranjadas, de la cortina de cretona. La luz, a tre-
chos matizada por los colores de la tela, se abre pa-
35
so entre las rejas para apaciguarse sobre el buró, el
piso de cemento pulido. Abrazado a la almohada se
abandona hacia una nueva fantasía; al retirar las
sábanas, la piel lustrosa es una Invitación a la
caricia, reclina la mejilla, aspira entre la axila y res-
bala la mano sobre el vello del trasero, el olor lo
excita. ¿Para qué pensar más en eso? Don José, el
"Chino Hoyos", está muerto, muertas las posibilida-
des de viajar a Los Angeles, Cancún. Puerto
Vallarta. Además, ya no tiene doce años —al chino le
gustaban niños—. cumplirá quince el dieciséis de
mayo. Debe buscar un nuevo incauto, un hombre.
una mujer, cualquier cosa que se mueva y que. al
moverse, suene un dulce tintinear, el argentino tin-
tinear del dinero.
—¡Por puto! —Afirma el chichifo que asesinó al
Chino. Aquello fue razón suficiente, lo detuvieron
dos semanas y le dejaron libre, para que siguiera
limpiando la sociedad de una de las siete calamida-
des con las que Dios padre castigó al mundo. Significa
que no volverán a aparecer en El Diarlo de la
Costa los anuncios de: "Solicito Joven me acompañe a
la frontera. Sueldo abierto". ¡Te llevaba a los Estados
Unidos y. además, te pagaba: la gloria! La mayo-
ría no pasó de los límites de la ciudad: en el libra-
miento a Guadalajara, después de habérselos
echado. los dejaba regresar a pie por la carretera.
Esta tarde, la Shlrley cambia súbitamente su
rutina, no compra el pan como siempre lo hace, co-
mo desde niño lo hizo en La Ideal, sino en La
Antigua, situada Justo por la calle España, a media
cuadra de donde Galllo espera vestido con el unifor-
me de fútbol, sentado en el umbral de la casa sola y
36
de su cama sola, como atestigua, observando las
piernas desnudas y el lecho cubierto por una colcha
de poliéstcr. Regresa a casa sin pan. sin leche y sin
dinero. Galllo, para asesinar lo que resta de la tarde
que se toma oscura, anota en la pequeña libreta que
guarda desde niño —misma que facturó de trabajos
manuales en la escuela Salvador Allende, forrada
con papel estaño, charplada de corazoncitos rojos,
anudados sus lomos con un cordel azul, cuando fi-
nalizó los cursos del primer grado de primarla, que
tan acertadamente dirigió la señorita Trini, tan acer-
tadamente porque nunca lo despertó mientras
dormía, ni lo amonestó mientras copiaba; sin casti-
garlo porque le hubiera partido la frente a Gonzalltos
y lo pasó sin saber restar ni sumar y sin haber
aprendido la tabla del ocho, ni la del nueve ni la del
diez. |Ah!. la señorita Trini—, anota en el cuademito a
su conquista número doscientos seis, con lo cual
queda demostrado que. con el tiempo, aprendió a
contar, sumar y a multiplicar porque aquella llbretl-
ta de trescientas páginas ya va a más de la mitad.
en ella se consignan nombres, direcciones, señas
particulares y alguna que otra anotación que escribe
al pie del nombre: "No paga". "Sí paga", "Debe"...
Escoltando la fotografía de la primera comunión
—tan serlo, vela en mano, enmedio de un niño Jesús
que le abre los brazos y de su padrino Carlos
Aguayo, entrenador del Tenería, equipo de segunda
fuerza que no logra conseguir el tan ansiado pase a
la primera división—, la foto del Guadalajara, del
"rebaño sagrado": el Snoopy Pérez, el portero Coco Gó-
mez con sus guantes y la mueca, sonrisa de
seguridad, pelo rizado como el de Roberto Carlos y.

37
del otro lado, la foto del Tenería con todos sus cua-
dros y su padrino Carlos abrazando al viejo, en
aquel entonces, portero del equipo. Los primeros re-
cuerdos corren sobre el zacate del A.D.C.. estadio
de la Asociación Deportiva Colímense, pateando una
bola. Sábados, domingos, ratos y días libres se van
tras los balones y. desde los flancos de la cancha, si-
gue las carreras de su padre, en los ahora lejanos
partidos. Entonces los hombres eran hombres, no se
abrazaban ni se manoseaban cuando metían un gol,
cuando mucho una palmadlta en el hombro, en la
espalda y de retomo a la seriedad, a conservar la
atención en el partido. Se hubieran sorprendido, in-
cluso al grado de suspender el Juego, si algún
futbolista, enseguida de anotar un gol. hubiera caí-
do de rodillas, levantando las manos al cielo, diera
tres maromas y escapara esperando que todos lo co-
rretearan para besarlo y agarrarle aquí y allá.
A los siete años ya era campeón goleador de la
cuarta Infantil. En el momento que entrega a su pa-
dre la copa plateada —primera de lasque Invaden re-
pisas y alacenas en el comedor y el cuarto que hace
las veces de recámara y sala— observando los ojos
mojados por el orgullo, se promete conseguir todas
las copas del mundo.
Las piernas se cincelan a fuerza de sol y viento.
Diez kilómetros corre; el anillo de circunvalación, el
periférico, la carretera a Guadalajara. le miran pasar
cada mañana con la ropa empapada, pegada al
cuerpo, el pañuelo enredado al pelo, para que no se
venga sobre los ojos. Amo de la mediacancha. vive
sólo cuando pisa el empastado de los estadios o la
tierra suelta de los cuadranglares en los Uanos, de
38
pases exactos, de ubicación incomparable, con el
don de mando necesario para capitanear a "Los Lo-
bos de San José", equipo del cual es dinamo y
cabeza. Conocedor profundo de cualquier estilo, co-
mo que todas las Jugadas las aprendió
estudiándolas. Ninguno de su clase. Calilo promete.
por sobre los demás, convertirse en una gloria
regional, nacional. Internacional: Calilo, la estrella.
motor de todos los partidos de su categoría, la Juve-
nil B. siempre a la ofensiva, constructor de las Ju-
gadas perfectas, las que le llevan. Junto con su equi-
po. de copa en copa, para quedarse con todas: Cam-
peón del tomeo de barrios, campeón goleador, cam-
peón de liga... siempre al ataque porque la vida es
un partido y uno tiene que conservar el balón, no
perderlo y. si la vida arrecia, también para la defen-
siva existen Jugadas, antes que perder, un empate
puede resultar honroso. Bloqucador de atavismos,
de prejuicios a los cuales, revlrtléndolos, da curso
contrario, preciso. Siempre se convierten en Jugada
a su favor. Cierto, en un equipo todos quieren
brillar: como parte de un engranaje no siempre po-
drán hacerlo. Lo peor, los celosos, atacan, no por las
Jugadas, porque: puto, degenerado, depravado, no
son epítetos para un futbolista. Se Juzga un estilo y
un estilo no puede ser ni puto ni degenerado ni
depravado.
"La calle es de quien la trabaja". Mira a Leonardo,
descubre que le gusta, se gustan, detenidos en un
aparador que exhibe una mierdas. Escudriña entre
sus piernas, compara el bulto con el suyo, intercam-
bian miradas a las braguetas, de reojo observa el
culo, las^ piernas: se encuentran las miradas, se
39
abordan con cualquier pretexto y terminan
desnudos, transformados en amasijo.
La brasa de un cigarro alumbra un sueño: el reloj
Cartler, que viera en la vitrina de la joyería El
Diamante. Los ojos rasgan la oscuridad, destellan
un olor cálido, ácido, cosquillea la nariz. El amor,
cansancio, dolor entre las piernas. Leonardo
languidece, descansando los miedos en el Hotel San
Cristóbal. En Colima, para bendecir el amor
clandestino, los hoteles tienen santos nombres: San
Francisco. San Jorge. San Lorenzo. Santa Mónlca,
todo el santoral se avoca a disfrutar el cine de
madrugada, para después comentar sobre alguna
nube del cielo: ¿Te acuerdas Cecilia de la parejlta
del 18? y reir. hasta que San Pedro los mande callar
sonando sus llaves: |Por todos los diablos que ya ni
aquí se puede dormir en pazl Consigue el reloj con
la frase mágica que le compra todos los relojes, to-
dos los zapatos, todas las camisas: Tú fuiste el
primero", y se carcajea para sus adentros, aunque
aquella risa sólo él la escucha. Leonardo cae como
cayeron todos ¿quién no iba a caer delante de las
piernas maravillosas? Cayó, y es el número 207 de
la llbretlta. recuento amoroso de Galilo, donde sólo
merece la nota que lleva un subrayado: 'Sí paga*.
Raro que ande solo, sus amigos, los del equipo, los
mismos que darían la vida por él. si se las pidiera.
aunque casi siempre les pide otra cosa. Jamás le de-
jan tranquilo.

—Trata de no pasar tantos tiempo en el baño. Qué


otras partes de tu cuerpo tocas... —Sobre las manos
40
cruzadas, por encima de los nudillos, la malla de
alambre del confesionario. El tafetán morado prote-
ge la identidad de la voz que alcanza tono sensual.
La madera, caoba pulida, veteada, asimila el olor de
la mirra. Espectáculo liso, oscuro, no brinda ningu-
na ayuda para sincerarse. Suspira; al silencio largo,
embarazoso, sigue la tos forzada que le empuja a se-
guir hablando:
—¿Qué otras partes?... pues... este... bueno, yo... a
veces... —el silencio pesa en la dificil confidencia.
—No puedo presionarte. Ayudarte sí. pero si no
quieres decirlo...
—Pues, es que... ¡cojo con hombres! —Al carraspeo
sigue una tos Interminable que lo pone a sudar. Es-
truja las manos, lo más grave está dicho, respira
aliviado. Falta sólo el perdón para sus pecados.
—¿Y sientes placer cuando lo haces? —El tono,
distinto, Jadeante, morbo que alimenta la
comunicación. Reflexiona sorprendido; sobre el po-
der de las palabras, una nueva circunstancia:
¿quién es el hombre que protege su persona tras el
confesionario. Es, en realidad, un sacerdote? Para
salir de dudas, descorre la cortinilla descubriendo al
padre Amaldo. bello como un cristo Joven, visión ce-
lestial que levanta la mirada en éxtasis, cuando le
alza la sotana, al mismo tiempo que. de rodillas, se
apresta a recibir absolución de sus pecados. Apenas
si puede murmurar:
—gulero que me ayudes a decir la misa del
domingo. —Con dejo de beatitud Introduce los dedos
entre el pelo y la nuca de GalUo. para acariciar las
orejas, recreándolas en la forma en que dios lo hizo
cuando moldeó a Adán.
41
—Señor cura... yo no sé... —con la diestra, con la
que bendice, con la que consagra, le obliga a reco-
brar el ritmo.
—¡Bah!. sólo tienes que decir Benedictus Dominas
Bobiscum cuando levante la eucaristía.
Lo mira en la seña convenida. Por aquello del pá-
nico escénico no se atreve a volver la vista, deja so-
nar tres veces la campana, olvidando los latinajos al
levantarse la eucaristía; acierta a musitar:
Fúistebus meus. filistebus meus. El ofertorio. Igual
que rueda de moto, revelación que abre las puertas
del paraíso. De todos es conocido que el padre Ar-
naldo Curlel obsequia con motocicletas a los mu-
chachos que requiere, para auxiliarle en los santos
oficios, con la limosna que dona el beaterío para al-
zar las derruidas torres de San José que,
milagrosamente, se convierten en Suzukis,
Yamanas. Hondas. Kawasakls y pasean ángeles ado-
lescentes que vuelan, divinos, sobre el asfalto: de allí
le nacerá el amor de cirios y de inciensos y la ins-
cripción en la A.C.J.M.. Acción Católica Juvenil
Mexicana.

—¡Yal Pinches güeyes... se ponen quietos o me


quito el cinturón.
—Prende la lele ¿no?
—¿Vasaverfut...?
—¿A ver? quién lo va a ver...
—Pues tú, estúpido animal. Tú y iya cálmate! dere-
cho ¿no?

42
—Simón. Si, ya me voy a calmar.
—Vamos a dar un rol. ¿no?
—Nos caería al Uro. Quieto, manso, estacionado
Junto a una esquina con la puerta sin el seguro
puesto.
—¿Viste?
, —Simón. Si.
—¿Y, cómo...?
—I*ues. directo. Te agachas bajo el asiento. Alejan­
dro que eche aguas desde la esquina por si viene
alguien.
—Si. Y a mi. que me agarren.
—¡Puuuta. cabrón. Quítate, yo lo hago.
—¡UUUUUHH!
—¡Ahora si cabrones: a Manzanillo!
—¿Dercchooo? Yo tengo clases mañana.
—¡Ay si! El nene tiene clases mañana ¿te cal? ¿Y
qué crees, que yo vivo de mis rentas?
—Sí. Pero a U no te dicen ni madres en tu casa.
—¿Ah. nooo? ¿crees que mi padre no me tral tinto
con las calificaciones?
—Mira, tral b u e n a s r o l a s e s t e gi'Jcy: Mlchacl
Jackson. Kiss. Queen...
—¡Ponió, hijo ponió! —Al ritmo de líllly J e a n .
guían el rumbo hacia Manzanillo.
—Al pedo ¿no?
—Simón.
—Ya no llores putilo. En dos horas estaremos vien­
do el mar. deleitándonos con las chavas ¿o no. hijo?
—Clarines...
—¿Sí? y qué vamos a tragar...
—¿Tienes hambre güey. tienes hambre?

43
■—Pues, ahorita no pero... ¿y luego?
—¿Luego? Ya veremos hijo. ¡Aliviánate!
—No mames.
—¿Ah. tú también?
—Pues... a lo mejor tiene razón, no traemos feria.
—¿Y si nos agarran...?
—¡Puuuulaa!: son un par de pinoles.
—Mañana tenemos examen de inglés.
—No m a m e s , hijo. Tu examen está acá. con las
gabachas: si te entienden ya chingaste, y si no. vales
pura...
—Simón, es cierto.
—¿A ver. hijo, qué quiere decir: "ay guana bir"...?
¿eh?
—¿Ay guana quéec?
—Ya dije, cabrón.
—¿Ya ves? ni tú sabes.
—Pues no. pero yo vengo a aprender.
—Si. Mucho te van a enseñar.
—Cuando menos las nalgas ¿o no galán?
—Simón.
—Estás tan cuero.
—¡Puta! Ya sé que no soy tu Upo. papaelto; pero
con las chavas dos tres ¿vcees?
Al dar la vuelta a una curva aparece el mar y el
puerto que se trepa en los cerros. El inmenso anun­
cio de u n refresco les dice, en boca de una rubia
escultural: "Bienvenidos". Sin patrullas, no está la
mitad del ejército para detenerlos. Probablemente, el
dueño aún no se habia percatado del robo del auto
que abandonan en las primeras calles del puerto. Le
dirigen una mirada de despedida.
—Olvídale, n u n c a lo volveremos a ver. Pancho

44
avanza a saltos, alejándose rápidamente del lugar.
—¿Y si le bajamos el auloestérco?
—Nel. Nada que nos comprometa. —Durante dos
horas andan baboseando por el centro y La Costera.
hasta que. al llegar a la bahía de San Pedrlto, Ale-
jandro bosteza contagiando a Calilo y. en mutuo
acuerdo, deciden que es hora de dormir. Se hacen bolas
Junto a las rocas.
Descienden del autobús urbano que los lleva a la
Bahía de Santiago. Queda caminar varias cuadras.
sobre el asfalto, antes de arribar a la playa. En
cuanto brincan del camión corren a refugiarse, bajo
una higuera. Galllo mira arriba con impaciencia. A
un lado, entre las palmereas. distingue, al cruzar la
carretera, el letrero que anuncia una fonda. Luego
de contar el dinero, el hambre les aconseja enviar al
Tigre para conseguir algunas bolsas de papas y. de
ser posible, un refresco.
Intenta decir algo amable a las dos señoras que se
abanican en una de las mesas del acceso con aire de
dueñas.
—Pase joven, pase. —Abriéndose camino, guarda
silencio, dirigido a uno de los últimos lugares. La
Chantilly. en corta chaqueta de dril blanco, hace su
aparición. Anles de que pueda decirle algo escucha
al mancebo ordenarle una limonada. Cuestión de
segundos, para estar de regreso con la botella que,
de puro helada, despide vaporcillo. Le acerca una
servilleta. Galllo no puede menos que admirar las
manos delicadas de uñas en las que se nota el tra-
bajo de un excelente manlcurista. Tropieza con la
mirada del mesero: Blanco, pelo decolorado en tra-
mos naranja, le sonríe. El Tigre baja la vista, retl-

45
rándose a un lado de la barra; la Chantilly continúa
sonrléndole. Sin prestarle demasiada atención, bebe
el refresco, casi enseguida hace una nueva seña al
mozo que se acerca:
—Vengo con dos amigos. No hemos comido y no
traemos feria, si te discutes con unas tortas me mo-
cho con lo que quieras... —Se acercan a la mesa don-
de la Chantilly, sin parar de hablar, sirve tres comi-
das corridas.
—¿Cómo le hiciste...? —Observando al mesero. Pan-
cho espetó:
—...qué puto eres.
—Si no quieres no te tragues nada. —Se comieron
todo y durante tres días disfrutaron de la hospitali-
dad del puerto a expensas del mesero.
—Para qué quieres que vaya. Ya sé que me van a
decir que estás expulsado. No voy a inventar enfer-
medades ni a estar manteniendo vagos. Total, si ya
no quieres estudiar, te me vas a chamblar. Mira que
faltar tdda la semana.
—Ksos amlgotes con los que se junta. Bien había
dicho yo que no le iban a traer nada bueno. —Sus
padres, los que siempre están peleando entre ellos.
ahora confabulan en su contra.
—Desde mañana te me vas a trabajar, voy a hablar
con mi compadre para que te dé chamba en el taller.
—Ya entrada la noche, sigue escuchando la alegata.
Discutiendo su futuro, arreglándole la vida, que ya
tomó curso, un curso distinto al que sus padres
desean.

46
TOBICLUB

S I lo hubieras heeecho anteees de partiiir


Si lo hubieras heeecho anteees de
sufriiir..."
—Pocos años debo haber tenido para que me gus-
tara esa tonta letra.
La canción continúa cayendo igual que la gota de
un grifo que no cierra completamente. La existencia.
detenida, no se marca por acontecimientos
relevantes. Desde que doña Clara falleció se ha deja-
do caer sobre los amorosos vasos repletos de
brandy, tequila, ron. cualquier cosa que borre, aun-
que sea por momentos, el coraje, el resentimiento,
que muchas de las veces encauza contra si mismo.
47
Del escepticismo surge el inmenso vacío que llena
con la obsesión del efebo.
"Hoy tendrías taaanto taaanto amooor
y sólo me queda el hablar de aquécel
aquccel..."
El sonsonete mata, lleno de recuerdos que se figu-
ran remotos, que lo ponen a meditar sobre la relati-
vidad del tiempo. El sol de las cinco de la tarde, sol
del verano, atraviesa el vitral multicolor: un paisaje
de montes, ríos, árboles pelones resbalan vueltos
reflejo, sobre el mostrador del bar, entre copas y va-
sos Jaibolcros. Los vitrales recrean la infancia, se-
ducción que arrebata y pierde, para casi olvidar la
copa intacta.
—"Mejor muerto que tomarme en serio".
De nuevo el barullo de la cantina en tumulto, la
realidad lo Ínstala sobre el banco. El cantinero le-
vanta la copa, limpia el mostrador: sonríe, obligado
a decir algo amable, por mero formalismo. Intuyen-
do que ninguno de los dos tiene el minlmo deseo de
hablar, en este día de perros, sobre todo para él que
le han comentado —¡bah! murmuraciones—, que Galllo
anda con la Shirley. Afortunadamente, un parro-
quiano viene a salvar la situación solicitando un
ponche, alejando al cantinero de aquella parte. El ci-
garro se ha consumido en el cenicero repleto de
colillas.
Algo tiene el licor que derrite la decencia, para en-
tregarla al amor con valentía, y beber de un sólo tra-
go el vino que pronto se vuelve incertldumbre. Perdi-
do en el marasmo verde de los dos huracanes que
arrasaron todo y tomaron su vida en un paisaje
yermo, desolado por el frío espíritu, falto de
48
sentimientos, indiferente a todo lo que no es fútbol o
dinero. Arrogancia disfrazada bajo la sospecha de
una infancia que aún no se agota, despertando su
deseo de protección. Lo mejor será terminar de una
vez por todas con el problema, alud que crece con el
tiempo al volverse costumbre. No puede ser amor.
Es ridiculo exhibirse con el mozalbete Inexperto.
aunque en la oscura realidad de la alcoba fuese al
revés porque. Calilo, aún tiene mucho que
enseñarle.
Desde siempre se ha sabido que el alcohol tumba
a las gentes, pero no las levanta. Sin embargo.
abandona el bar decidido a dar fin de una vez por
todas a la situación: exterminar a Calilo, muerto an-
tes que ajeno, ya lo dijera Haudelairc: "Si tanto lo
amas, llévalo al bosque y mátalo". Mandarás al más
allá al chlchifo que se entrega a todos por tres
pesos, aunque la mayoría de los habitantes de la re-
glón concuerdan en que Calilo nunca se entrega
por menos de una fortuna.
Tarda en llegar, tarda tres horas. Abandona el Sa-
lón Taurino a las cinco menos cinco, se detiene a
guacarcar en el atrio del Refugio, se detiene, otra vez.
en el Beaterío. Orina sobre una pareja de novios que
se adormila de tanto amarse en una de las bancas
del Puente Nuevo. Hace escala en El Salón Palacio.
donde se zampa tres brandis. dos Bohemias y un le-
qulla a la salud de Donaclano Pérez, que fue su
alumno en la clase de Ética del Bachillerato número 1.
Ahora, abogado que labora para el ayuntamiento.
"Nunca me lo eché, nomás nos dimos un faje". Casi
olvida la fuerza que le impele para abandonar El
Taurino y cobrarse con la vida del infame todo lo

49
que la mísera existencia le negara. Enfrascado en
una discusión sobre Nietzsche receta las primeras
diez páginas de Así hablaba Zaratustra al licencia-
do Pérez que más bien está tratando de recordar a
dónde han ido a parar los doscientos cuarenta y tres
mil pesos que faltan para cerrar las cuentas del
mes. Pasa un perro y los huele, pasan dos niños con
sendos cajones de bolear cantando "SI me dejas
ahora", pasa Chana Aréchlga volteando, como quien
no quiere la cosa, para ver si dentro encuentra a su
marido. Cuando Gumersindo Sánchez. El
Tanguero. El Cuarraco. El Tambadle de Húr\gara y
otra innumerable cantidad de apodos con los que
es reconocido, acuesta la mejilla sobre el dorso de
la guitarra, regala mirada de nostalgia y. como si
abrazara a una mujer bonita, desgrana entre los dos
únicos dientes:
"Vende caro tu amooor
aventurera..."
Queda clavado, hipnotizado, no por la boca del
Tambache de Húngara enorme cavidad rosada.
que suelta un vaho adormilante, para quizá
devorarlo. Observa los dientes o lo que de ellos dejan
las caries. Su atención centrada en la letra. I la sus-
pendido la afanosa discusión Nletzschcana. Su dedo
permanece apuntando al techo, al que ahora dirigen
la mirada todos los clientes, para encontrar sólo una
lámpara ennegrecida por las necesidades de las
moscas. Su voz sonora, la discusión tan acalorada.
que el silencio se hace notorio. Cayendo en la cuen-
ta los contertulios de que algo se ha roto, porque
hasta el perro que los husmeó gruñe presintiendo
extrañas sombras.

50
Dando traspiés y como puede —se lleva tres mesas
con todo y parroquianos— abandona el lugar con el
odio más grande de este mundo: el que nace de los
celos, que sostiene sus pies aunque tiemblan y la
vida misma, no encuentra ubicuidad ni eje que
¡carajo! pueda sostenerlas.
Media cuadra antes de llegar a la casa de la fami-
lia Santalucía. en la enorme oquedad de un portón
cerrado, queda roncando. Pasa la Janís y no lo ve,
pasan dos vlejllas camino del rosario y se santiguan.
pasa Calilo y finge no verlo; todavía lleva el sabor de
su reciente conquista entre los dientes.
Con el amanecer una patrulla, como quien recoge
la basura, lo lleva hasta su casa. Durante el trayecto
se afana en convencer a los patrulleros de que.
Mussollni. Jamas había leído a Hegcl y de que la
suntuosidad de los espacios fascistas no sustitui-
rían nunca la necesidad del hombre de inventar a
Dios. Para callarlo entonan bajito:
"Queridaaa
Cada momento de mi vidaaaaaa.."
Que va subiendo de tono: de nueva cuenta se
duerme.

Cuando entras a un estadio ya no eres el mismo.


eres todos, todos los que gritan, los que siguen tus
movimientos en la cancha y ahí te diluyes, donde
tienes que sacar el coraje, la rabia por lo que nunca
fuiste. ix>r lo que no te dio la jodida calle España. El
• portero contrario es tu padre gritando: ¡No voy a
' mantener güevones. te me vas a la chingada! Con
51 '
un cañonazo, con un gol lo destruyes, familia. Dios.
todas las telarañas que atrapan, que impiden
respirar, ser.
Al enemigo se le vence con engaños o con
violencia. Leonardo es el equipo contrario que hay
que engañar: eso requiere astucia, estrategia que se
sucede por la planificación de un partido que puede
durar una semana, un mes; a veces hay. incluso.
que recurrir a tiempos extras.
Entrenando bajo la lluvia, a la Intemperie, la
rudeza, la capacidad de odio que circula por las
piernas y se avalanza sobre el contrario. Actuar
igual que una aplanadora, sin piedad, sin
compasión, fríamente, calculando cada movimiento,
cada Jugada del rival y no dejarse vencer.
Calilo recorre la piel de la ciudad en la Yamaha
ajeno a la rabia de Leonardo. En vano se esfuerza
por alejarlo del vino. No. no es malo, pero el licor lo
transforma en un ser mezquino, violento. Le arroja
objetos, lo insulta, el afecto que pudo haberle tenido
poco a poco se transmuta en resentimiento callado.
aunque no en resignación y empieza a sembrar la
semilla de la indiferencia.
Como todos los de la calle España, es perro para
los putazos. Así que chltón y a callarse la boca ¿A
ver quién lira la primera piedra para romperle las
ganas? Aunque en el barrio de las Huertas las más
calvas peinaran trenzas y las chlmuelas mastiquen
tuercas, callan chismes, guardando opiniones res-
pecto a su persona.
Hoy mismo, un día después a las once, encuentra
la calle convertida en mercado, el tianguis de los
viernes: dos maromeros, un teatro de títeres, un
52
grupo de damas dedicadas a peinar y manlcurar a
las señoras, cuyas canastas aguardan mientras se
embellecen ¡gratis!, sí gratis, aquello parle de la cam-
paña presidencial, un tumulto donde reparten azú-
car y camisetas con el retrato del elegido, del
mesías. Regresa, los brazos atestados de bolsas de
azúcar, playeras, un papel en la boca, donde los re-
partidores anotaron sus nombres y números de telé-
fono que pronto irán a encontrar su lugar definitivo,
en la libreta de corazoncitos. Manco, Imposibilitado
por los fardos, de retomo a casa, cuando aparece la
negra figura de Leonardo al doblar la esquina de "La
Sirena".
—¡Perro! ¡Rata de alcantarilla! ¡Mierda! Vaya, no hay
calificativos para ti. No se han inventado. —Luego.
como si dijera la peor cosa, en tono despectivo, con
mueca de ironía, suelta lentamente, separando las
silabas:
—¡Ga li lo! —Al escuchar su nombre dicho de esta
manera, con tanto desprecio, descubrir en la expre-
sión tamaña ruindad, la rabia le quema los pelos.
"Ya me llenaste el culo de pledritas". Van resbalando
bolsas de azúcar, camisetas, del coraje, tal si fuera
chicle, traga el papel con todo y nombres. Leonardo
Intenta reflexionar; demasiado tarde, una patada le
rompe la boca, otra se clava en el vientre, una más
le hubiera aplastado vida y cabeza si Antonia. La
Pescadera, no logra detenerlo con un: "Ya estuvo
hijo, no ves que te vas a perjudicar". Lupe. La
Chilaya. finge no haber visto nada. José. El
Tamborero y María IM Cirquera vuelven de nueva
cuenta a escoger sandias. Don Habano y Doña
Zanahoria, ex-payasos del Circo Atayde. se acomi-

ffe
den para auxiliarle.
—Pobre hombre, todavía respira. —Respira y no. Le-
jos de aquel lugar, en el Peloponeso, más exacta-
mente en una de las playas de Atenas, La Chula
Linda discute con Aristóteles sus ideas personales
sobre la educación de los héroes y. aunque cuando
dice héroes se refiere a Galilo. el filósofo responde
con tonteras que Implica a las computadoras y la
bioquímica, para alejarse luego con una carcajada.
Al volver en sí. descubre unas latas vacias, después
un cúmulo de Jitomates podridos, cebollas, repollos
y un grupo de perros husmeando aquí. allá, los res-
tos del Jolgorio, todo cubierto de hojas de lechuga y
envases de cartón.
Ingrata humanidad, asi paga sus desvelos y más
ingrato Galilo, no se tentó el corazón para golpearlo.
La cruda lo conduce a El Manchón; aún sangra, busca
calmar rencor y sed de venganza con una Bohemia o
Negra Modelo, cuyo pico apenas si entra a través de la
boca hinchada.
—Rayos, jsí me partió la madrel
Exploran sus dedos la masa informe. Labios que
doblaron su tamaño, el olor a sangre agolpado en la
nariz con sabor a cobre, que no logra lavar del lodo
la cerveza.

Todos los bares tienen un espejo, todos los bares


54
tienen cantinero —Intercambia una sonrisa con el
hombre que limpia los vasos—, todos los bares tienen
sinfonola. descubre al fondo, tras las mesas, el anti-
guo aparato que a manera de nave espacial proyecta
haces multicolores en el techo, sobre las caras y
cuerpos de la clientela.
La música ¡Ah! la música; alguna vez. de niño, so-
ñó ser pianista, tocar como el profesor Velasco en la
Scala Milán. Pobre profesor Vclasco, lo encontraron
mucho tiempo después muerto, en el cuarto donde
malvivía solitario, quizá había fallecido de hambre.
E*olor fétido, aquella peste que se agolpó entre las
oscuridades, cuando abrieron la puerta, no fue sólo
la del anciano profesor, era la de Mozart, la de
Beelhoven, la de todos los músicos que habían
fenecido en la miseria "¿Por qué nadie les dio de
comer?" los ojos se le vuelven agua.
—¡Qué quién creo que soy. Estúpido. No veees: soy
la reencarnación de James Deán! —De dónde charcos
si el municipio subió el costo del agua. Para qué ha-
cerla de aspavientos; Galllo vino a reconciliarse.
—Estoy hecho de alcohol y sueños. Soy el más
erótico, el más exacerbado poema de amor. —Voltea,
para continuar mirando en el espejo el hocico
desflorado. Calilo también da la espalda, pero para
abandonar el lugar. No. No merece una expulsión;
suspendido si. por una corta temporada, ahora debe
Jugar hipócritamente, menos rudo, darle unos pases
suaves, regalarle las bolas, para que meta uno o dos
goles y sienta, aunque sólo sea por un breve lapso.
el dominio sobre el juego.
—¡No quiero saber nada! —Leonardo gritó a nadie,
porque ya nadie se encuentra cerca suyo en el
55
mostrador. La mayoría de los parroquianos abando-
naron el lugar: ni el mesero se halla tras la barra.
En una mesa dos borrachos duermen la mona, uno
más yace tirado en el suelo Junto al perro. Se
Incorpora, se va. El mesero le alcanza junto al
puente, cuenta en mano. Saca un bolígrafo, firma la
nota. De un derechazo, el mozo lo alarga sobre la
banqueta.
La llovizna lo despierta a las 2:18, una llovizna
tenaz, fría, que no logra empaparlo del todo. Abre
los ojos en París, en la Plaza de la Concordia, los
dragones de hierro que retuercen las farolas sobre el
puente se parecen tanto a aquellos, bajo los cuales
soñó alguna vez con ser poeta, poeta sí y de los
buenos, no se conformaría con poco. La literatura
menor está hecha para los mediocres, los de sueños
cortos; su estatura literaria se elevará hasta el cielo
de Sor Juana y Pelllcer. Pero, en eso. pasa Lulú con
dos soldados, le explica que no está en París, sino
en Colima, tirado en la banqueta y llueve. Repara en
cuatro piernas fuertes, verdes, de lona, preguntando
si tiene algo de beber en casa. Luüi responde que sí
y los soldados le ayudan a levantarse.
Lulú. ahora es Joven, surlpantea en Manzanillo, en
el barrio de La Pedregosa en la Quinta de las Rosas.
Cuando arriba algún barco francés, corre
por el malecón gritando: "Je mam", que quiere decir
mamo; "Je acuché". que significa cojo y. desde la
proa donde se agolpan los marinos, preguntan:
¡Commc Tol te apele tol! |U est quol habite tol! y
responde: Lulú, en la Quinta de las Rosas. Asi no
sólo aprende francés, sino griego, alemán, holandés,
Japones... Miembra de la Cofradía de Las

56
Parabólicas, no porque como asegura un sabio
colímense "Los homosexuales poseen una especie
de antenita que les permite reconocerse entre si", si-
no porque agarran en todas las estaciones. Están en
malos términos con las Tobis —club donde no se
admiten mujeres—, que se reúnen en el Jardín Libertad
y que. a su vez, pelean con las Eléctricas —por
corrientes—. Sin embargo, a pesar de tantas
diferencias, confluyen, después de las doce, rumbo a la
calle España, origen y fin. eterno retomo, descanso de
cuerpos y almas.

La Janís se lo había dicho en pocas palabras: "No


entiendo a esas que no tienen una relación
planificada". La Janis. la que se deshace de la ropa
interior en cualquier rincón oscuro, en todas partes.
con cualquiera. "A las que no planifican su
relación". Habrase visto. Decirle eso a él. que siem-
pre define al amor como a un angelito ciego que dis-
para flechas a diestra y siniestra, y de las cuales
una le tocara en suerte, en el preciso momento en
que Galilo paseó su humanidad por la Maclovio
Herrera.
Cuando no vende mariguana, la Janis da clases en
la Universidad Autónoma de Colima (U.A.C.),
"Estudia. Lucha y Trabaja", quejándose lodo el
tiempo del miserable salarlo que devenga, utilizando
esto como excusa para sablear a quien se lo
permita. A todo mundo debe, a medio Colima pide
prestado mientras, gracias a la mariguana, su cuenta
en El Paso. Texas. se hincha de millones.
57
—Cómo puedes decir que Hegel no aborda el con-
cepto de la sociedad de clases si ni siquiera lo has
leído, hojeado.
—Lo dice Marx y me basta.
—Cuándo tendrás una opinión propia. ¡Marx es un
perro muerto! —Por no haber leído a Hegel. por no te-
ner una opinión propia, la Jants se lanza, vuela
aprisionándole el cuello. I-a furia de las manos cie-
rra su garganta, desorbitando los ojos. Obligado a
caer, cuando le falta el aire. Junto a la fuente del pa-
to que, gloriosamente, avienta un chorro de agua
por el pico. Todavía le arrastra, para ocultarlo entre
los arbustos, colocarlo bajo una palmera, descando.
tal vez, le regale un cocazo. Todo es estrellas cuando
recobra la conciencia. Una luna dichosa se despa-
rrama en el Jardín y sobre el palacio de gobierno. A
lo lejos, dos policías zarandean a un borracho, odia
a la Janis. a Hegel. al mismo Marx y a sí mismo se
odia Leonardo por no haber leído, ni siquiera
hojeado, a Hegel.

Para qué machacar odios y amores, igual a vaca


que rumiando yerbas con algún hongo se empacha.
Un hilo hay que seguir, el de la vida. El tiempo am-
biguo no vale, ni siquiera como referencia. Están.
eso sí. los fantasmas del recuerdo, otro momento.
otra vida cuando apellidarse Sandoval Rlvas era un
privilegio, al menos saleslano. Le obligaba a doblar
las rodillas —uno. dos. uno dos...— el padre Bazán.
de largo calzón que. cubriendo media pantorrilla, se
extendía hasta las muñecas, para luego enrojecer el
cuello y colorear no sólo sus mejillas sino también
las de los treinta infantes que le siguen atribulados.
equivocándose, aquel tercer año del kindergarten.
Jardín de niños, entre los cuales Leonardo es la más
bella flor, la más prometedora. ¿Y si el tiempo no
fuera más que eso: tiempo, y no relojes que marcan
la hora Imperdonable, la de levantarse, la de comer.
la azul, la del poeta? Nunca compró un reloj, para no
ser esclavo de ningún concepto filosófico o referencia
subjetiva de la dimensión de todos tan temida: la del
dios que devora a sus hijos como los peces a los
pecesltos. las arañas a las arañltas. las culebras a
las culebrltas. como devora el tiempo a todo lo que
se mueve y lo que no.
Basta de inventar pretextos y eludir la realidad. La
aventura espera siempre al final del recodo. Harto
ya de caer de un cuerpo en otro. Por qué no
establecerse, sentar cabeza y dejarse de tanto amor
efímero, de tanto sexo apresurado que. al cabo, sólo
deja una Inmensa sensación de vacío, como deben
sentirse las prostitutas con el amanecer, peor, por-
que ellas, al menos, regresan con los bolsillos llenos.
él, por el contrario, a veces, hasta sin bolsillos. Pero.
¿y si esta vez fuera el amor, el de a deveras? Decidir,
qué difícil es decidir ¿existe algo más Incómodo que
tomar partido? que si azul, que si rojo, que si blanco
o que si negro... ¡bah! |Así lo quiso Dlosl
Uno busca en el otro su complemento, sus
59
carencias. Galllo tiene todo lo que a él le falta, pero
sobre todo: huevos, para no andar buscando
pretextos, donde guarecerse de la fatalidad, del des-
tino aciago, de la mala fortuna de haber nacido de la
estirpe de Caín. Qué más puede pedir: don
Clemente, padre del muchacho, le recibe como a un
amigo, aunque a la tercera copa le solicita en prés-
tamo medio millón de pesos, mismo que concede pa-
ra abrirse las puertas de aquella que, el exportero
del Tenería, le ofrece como "su casa".
—Aquí siempre será bien recibido licenciado. —Le
abraza con tanta familiaridad que Galllo. celoso, de-
mostrando inconformidad, se retira a su recámara.
—Cómo se va a marchar licenciado. Ya ve lo peli-
grosa que está la calle a estas horas. Quédese aquí
licenciado. Galllo le hará un campo, o si prefiere en
mi cama, mi vieja puede ir a dormir con m"i)o.
—De un impulso decidió, dirigiendo la atención a la
puerta del cuarto del Joven: desprendió la mano de
la prisión en que se convertían las manos de don
Clemente que ya se la besaba, mano que valía
millones.
—No quiero causar molcsdas.
—¡Por favoor. licenciado. Qué falta de confianza, si
usted ya es de la familia. —La moto dormita a un la-
do de la cama de Galllo que, de pura desconfianza, la
Introduce a su cuarto, para que su padre no fuera a
disponer de ella, como sabia cada que se
emborrachaba, que para eso era su padre. De puro
gusto, porque al fin logra completar para pagar el
enganche del auto, don Clemente, se duerme
temprano.
Leonardo no enciende la luz. De la calle se cuela
60
un brillo de luna que no atraviesa las cortinas. Cae
en tres líneas dividiendo la moto, la cama. Levanta
la colcha para descubrir a un atleta desnudo.
imberbe. Entre las neblinas del alcohol la cabellera
besa los hombros. Tiembla, no se atreve a
desvestirse.
—¿Vas a dormir vestido? —Contiene el impulso de
llevarse u n dedo a la boca para indicarle guardar
silencio. Su pregunta debe haberse oido hasta media
cuadra. Ante s u estupor, Galllo ríe estrepitosa­
mente. Se incorpora para huir, atrapado por la
pierna, vencido, animal asustadizo, s e deja quitar la
camisa, el pantalón. Al recostarse...
—No le des el dinero. Mejor vamonos para los Esta­
dos Unidos.
Por no alegar, para conquistar el cuerpo y la vo­
luntad del caprichoso dios, asiente con la cabeza.
—¡Que le partiste la madre al licenciado Sandoval!
¿No te he dicho que no andes de pendenciero?
Cuándo vas a entenderme. O haces lo que te digo o
te me vas a la chingada. —NI hace lo que le dice, ni se
va de la casa. Más bien, don Clemente s e dirige al
billar del Sapo, c o m o l l a m a el v e c i n d a r i o a s u
propietario: "A perder el tiempo". —dice dona Mana
Helena, madre de Calilo; —"¡A buscar mayates!" —ex­
presa don Jorge. El Palo, su vecino, al que niega ha­
ber robado una caja de herramientas. De cualquier
forma, se va dando u n portazo.
—Me vas a acompañar a cobrar. —Para ayudarse en
el gasto, la madre de Galllo vende vestidos en
abonos.
—¡No voy!
—No te estoy preguntando.

61
—¿Ah. si? Quién me va a obligar. Me quiero quedar
aquí, con mis amigos.
—El domingo pasado la botella de tu padre quedó a
la mitad.
—Nosotros no, señora... —se disculpa Alejandro.
—No estoy diciendo que fueron ustedes. Arréglate
porque nos vamos.
—|NO VOY!
—Calilo, no me hables así. Soy tu madre. —Ya no le
quedan argumentos; de cualquier forma. Pancho y
Alejandro se encuentran en la puerta.
Había sido Leonardo quien lo trepó sobre aquel
pedestal de huacales. Bello, como tantos mozos que
apenas rozan la virilidad; pero un dios no. Aunque.
como dijera bulú, tenía muy buen tambache. Para
huir de la casa paterna o para que cesaran todos
esos argüendes alrededor de su persona, decide
contraer matrimonio y solicita a Leonardo atestigüe
en su boda civil.
—¡Jamás. Yo no voy a ser testigo de esa farsa!
Se aleja decidido a no volver a dirigirle la palabra a
su amante.
BAJO EL SIGNO DE ORUS

A ntes que Raúl se operara, para convertir-


se en Alejandra, y de que a Mamá Zana-
fxoria lo encontraran muerto, acuchillado, en el
parque, bajo la estatua de Hidalgo que, con una ma-
no en el pecho y el estandarte de la virgen de Gua-
dalupe en la otra, observara Indignado, sorprendido,
el amasijo de carnes macilentas y pelo anaranjado;
mucho antes que Changonones ganara tres a uno
al San Francisco. Leonardo recobra su antigua vida.
Enamorizcando ahora a Tarclslo. moreno como el
mascabado y como el mascabado dulce.
La cruda, la de siempre. El bar. el de siempre: El
Salón Palacio; hasta las caras se repiten. Tarcislo
parece en mucho la continuación de Calilo, por el
63
que todavía algunas noches llora, empapados los re-
cuerdos de aguardiente: pero no llora solo, media
ciudad llora también. Quizá por él aullaran aquellos
perros dementes.
"La vida es un rock & roll" dice Jaime López y
Tardslo por supuesto que lo sabe bailar —sobre todo
cuando anda marihuano—, cómo baila a Leonardo
IVaya si lo baila!; no es como el Chino Hoyos que
deslumhra a los chlchlfos abriendo su caja fuerte
para mostrarles una larga. Inmensa cantidad de
anillos, relojes, pulseras. Joyas que acumuló de los
clientes que rara vez acabalaban para pagar la
cuenta en su burdel. Leonardo no. Los fascina con
la herencia de casas y terrenos que, alguna vez.
poseerá. Persiguen aquel sueño deseando con ardor
la muerte del viejo correoso, renuente, que se resiste
a fallecer —un rayo lo parta—. Ya varios mayangas
ofrecen, "Si Leonardo desea", borrar de este mundo al
viejo impertinente que con la insolencia de su longe-
vidad los priva de lujos y placeres. —|No! —Responde.
hurgando en las rendijas de su conciencia, para ver
si el no brota del miedo o es producto de la piedad.
Nunca logrará esclarecerlo del todo. Hasta llega a te-
mer que. con tanta borrachera, acabará su vida an-
tes que el viejo. Antes que su padre, verá brillar el
rostro de Dios entre los Justos. Pero no. él, aunque
se considera honesto, no entrará al paraíso, ni de le-
jos lo verá, como advirtiera el padre Rentería a Doro-
tea. La Cuarraca. de oficio conseguldora.
Tarcisio. de si mismo, dice que no es ni bueno ni
malo. Que tiene más verga que cabeza —cosa con la
que todos están de acuerdo— y que las nalgas úni-
camente las presta a sus amigos: aunque amigos
64
tiene muchos. La marihuana, y no porque la
busque, le salta al paso en todas partes, quizá por-
que con un toque casi todos consiguen su
amistad.
De la marihuana pasa a las pastillas, de las pasti-
llas al cemento, y del cemento, al manicomio de Za-
popan donde, después de un tratamiento de
electroshoks. lo devuelven sin pelo y paso torpe a un
I-eonardo que ya no lo quiere porque se volvió
monosílabos, ríe solo y. casi siempre, está con la mi-
rada ausente, cuando no alucina gritando que no lo
vayan a matar.
Leonardo descubre un auditorio perfecto para sus
largos monólogos y. aunque de cuerpo no perdió
mucho, con el tiempo se aburre de aquella sombra
que, a veces, aún le sonríe.
Cambia a Tarclslo por Valerio. A Valerio se lo en-
trega Gal lio:
—Te traigo este mayate. Ya le advertí que. si se por-
ta bien, le darás de comer y hasta algo de feria.
Se aleja sin más. hasta perderse al cerrar la puer-
ta de la calle. Valerio se quita los zapatos en
silencio, la camisa, los pantalones, los calzones tam-
bién en silencio y en silencio se acuesta a su lado.
Hasta ese momento no puede decir nada. Descansa
la mirada sobre el muchacho que estudia las man-
chas del techo: en silencio apaga la luz.
El escarabajo tiene un lugar en la trilogía egipcia
de Orus, Osiris y Rah: ocupa un lugar entre los
dioses. ¿Por qué? —piensa Leonardo—, tal vez por el
papel que detenta en la fertilidad al abonar la tierra.
la que producirá la vida: pero, junto al escarabajo y
el gato, está el chacal porque Osiris, en algunos
65
altorrclieves. posee cabeza de chacal. Estira la mano
entre las piernas de Valerio y el deseo, como una
Vía Láctea crece, crece hasta cubrirlo todo: la
habitación, la casa, la ciudad entera.
Vuelve Leonardo a enamorarse "Esta vez para
siempre", y, para no vivir en pecado mortal, decide
casarse como Dios manda. Y mandó hacerse con La
Tibitrcia, que lo mismo hace crespones para las no-
vias que velos para las viudas, su vestido de bodas:
para lo cual se ve en la penosa necesidad de empe-
ñar el collar de perlas que doña Clara, al fallecer, le
heredó a él y no a su hija. Puede ser porque pensa-
ra que a Leonardo le luciría mejor, o porque nunca
perdonó a Damiana que no la obedeciera y se casara
con el cartero de sus sueños. A Valerio le alquila un
smoking. IJLÚÚ será la madrina de lazo. Farra la de
pastel. Shirley la de botana, y así sucesivamente.
El gran día llega: la peinan, le ponen su corona de
azahares. Udú prepara unos bocadillos, la Libertina
lleva las botellas y, la Dorada, los hombres. Todo es-
tá completo.
—Te ves divina. Leonarda —la chulean las
madrinas. Pero si el gran día llega, Valerio no. Dan
las once y las doce y la una en el reloj de la sala. A
las dos Udú ronca, la peluca le cubre media cara.
Los hombres se marchan y la Dorada también, des-
pués de comerse el pastel, los sandwiches y las tos-
tadas que Udú no probó.
Dos surcos de negro rimel resbalan por el rostro,
enmarcando el labio superior.
—Ay. Leonardo, por que eres asi... Ya no te enamo-
res tanto. No llores mana. Ya sabes que los hombres
son unos hijos de... —Tapa los oídos para no escu-
66
char los sabios consejos de la Farra que. desprovista
de medias y zapatillas, masajea el pie derecho; sin
dejar de observarlo, comienza a cantar "Bésame
mucho". Leonardo estalla en sollozos.
Ya para dar las tres llega Valerio, por primera vez
en su vida, borracho. El traje desgarrado, sin corba-
ta y, la nota, solamente con un calcetín. De un cla-
vado se tira en la cama: casi de inmediato inicia la
serie de ronquidos que. Junto con los de Lulú. inun-
dan la casa.
Casada o no. vive tres años en amasiato. No tienen
hijos y. así como llegó un día. se va, se Ucva la ropa de
Leonardo, sus zapatos, también los de l-eonardo
—Jamás logra reunir dinero suficiente para comprar
unos propios—, un cancionero de Juan Gabriel y el
retrato de Hugo Sánchez que teonardo enmarcara.
Entra en estado de absoluta dejadez, casi
catatonía, negándose a comer, y menos sopa de
elote, platillo favorito de Valerio. Su hermana deja a
su hijo Adrián, de apenas cinco años, para que lo
acompañe durante las noches.

De tristeza fallece Leonardo, mientras las demás


mueren acuchilladas: el Chino Hoyos de cinco puña-
ladas en la cabeza, el doctor Enriquez de siete, pero
en el derriere, a Reynaldo Vera le corlaron el cuello.
a Mircea Rodríguez lo castran, expira desan-
grándose. raramente. Miguel Ángel García. La
Esperanza, como era de todos conocida, fenece de la
manera más estúpida, se le dobla un tacón al bajar la
banqueta y golpea la sien contra el filo, por lo cual
muere ipso Jacto. Cuando la encuentran ya no tiene
67
peluca ni el bolso de los maquillajes: si dejaron las
zapatillas fue porque a una se le había roto el tacón.
Esperanza conserva una mirada Ingrávida, como de
reproche, por aquella muerte tan pendeja.
Las doce: llega Arnaldo. La Dorada, borracha.
llorando. iPobreelta! ¡Por que! |Por quél Quieta, casi
dormida, envuelta en sopor interminable. Pasan cin-
co minutos, eternos; con voz de fondo de caverna
pregunta:
—¿Quién se murió?
—Esperanza. Miguel Ángel... —responde la libertina
que. aprovechando la ocasión, luce entallada falda de
terciopelo negro y blusa negra. Igual, pero de tafeta.
—¡No puede serl ¿Por qué Dios mío? ¿Por qué?
—Luego de esto y de un llanto generalizado, ayes y
desgarramientos, durante los cuales Lulú se tira al
piso —como poseída, —expresa la Farra: —como perra
en brama, —asevera la Jarás; —como epiléptica, —ase-
gura La Chula IJnda. La Dorada nuevamente entra en
estado catatónico. para reponerse un momento des-
pués y de nueva cuenta preguntar que quién era
Esperanza.
—Esperanza. Aquella que te consiguió al sargento
que fue tu marido durante dos semanas.
—¡Me consiguió un marido! ¡No! ¿Dios mío. por qué te
la llevaste? —Después que toma un refresco, das cane-
las con alcohol, tres Jalboles. y media botella de
tequila, termina pidiendo cooperación entre los
asistentes porque desea operarse para cambiar de
sexo, y convertirse en mujer cien por ciento. Si la
mayoría le da dinero, y la Dorada reúne los miles, es
porque la concurrencia piensa que pide para el
sepelio. Con el dinero adquiere vino para dos

68
semanas, un marinero, dos chlchlfos de la calle Es-
paña y un esmalte para las uñas, marca Cutex, co-
lor impromtu.
El cortejo fúnebre convertido en manifestación —Se
teme el arribo de la policía y una redada: pero no,
tendrían que llevarse a Esperanza también y Espe-
ranza está en una caja y está muerta— precedido de
un mariachi, se convierte en mitin al llegar al
camposanto, donde Rafael, l/i Chupadedos arenga
en contra de la represión y el hostigamiento. Se gri-
tan consignas: "En mi cama nadie manda". "La que
no brinque es macha". De tanta bebida \xi Pava cae en
la fosa abierta, aunque sin soltar la botella. Sale
enterregada: apenas se notan los ojos, dos piedras
negras, entre el polvo que le cubre la cara.
"...alguna vez nos encontraremos allá en el
infinito, en un lugar donde el amor sea el rumbo.
para cantar una canción a la libertad", —concluye. El
mariachi, simultáneamente, suelta los primeros
acordes de "No quiero verte llorar". Parece que al-
guien aprieta el botón, un alarido Inunda el
cementerio. Después tocan T e vas ángel mío" y
"Las Golondrinas": entonces sí que hay desmayadas.
Casi todas se retratan Junto al féretro: La Cochini-
ta Pibil aprovecha que el ataúd se encuentra abierto
para arrojar una peluca adentro (la que llevaba
puesta en el momento que la sorprende la muerte),
con un "Perdóname Esperanza": todas agradecen el
gesto, ¡ A Cara de Ctxancleta echa el bolso con los
maquillajes, enseguida Luiú introduce una pulsera
y. parece que no hubo nadie que no le haya robado
algo a La Esperanza, la caja se va llenando de
collares, abanicos, pulseras, pelucas, zapatillas,

69
hasta que llega el momento en que el cajón repleto
se va a volver imposible de cerrar. Los hombres que
la sostienen y que, a su vez, fueron maridos de La
Esperanza, gritan:
—¡Ya! [Ya! muchachas.
Ixx Fanta, la que contrató al mariachi, según ella,
porque Esperanza le solicitó que, cuando muriera.
deseaba que la enterraran con mariachi, cosa poco
probable, porque por aquellos tiempos no pensaba
morirse y así se lo comunicó a La Shide.y. de cual-
quier modo, hay que pagar y apenas si logra juntar
un montón de monedas que aprisiona en un palia-
cate y que —todas se dan cuenta— no será suficiente
para cubrir la deuda, por lo que Lulú ordenó:
—Pues, muchachas... nosotras.
La Farra se lleva al de la trompeta, Lulú al del
violin. La Dorada al del guitarrón, músicos y deudos
se dispersan en parejas por el crepúsculo.
Sin pensar en nada. Asi está, sin pensar en nada.
Languidece, pedazo de madera flotando, involunta-
riamente en el río de la vida. Permanece, sólo eso.
permanece... Poco antes, la camioneta del altavoz
deja escuchar, a través del micrófono, la
exhortación para que abrieran puertas y ventanas.
La campana contra el mosco que produce el dengue
da inicio y los camiones que fumigan soltando cho-
rros a presión pasarán rociando con la apestosa
bruma todas las casas de aquella avenida, la de "Los
Regalado".
7:18 del 19 de septiembre. Adrián dormita con
sueño intranquilo. Es entonces que comienza, pri-
mero, un zumbido, luego, el nudo que haría una ma-
nada de caballos corriendo en la azotea. Los Jarro-
70
nes de las repisas en la sala van a estrellarse contra
el suelo Junto con la alacena de la cual no queda ni
una tacita china entera, ni una copita de cristal
cortado, ni una figura de porcelana. Todo convertido
en un rompecabezas indescifrable.
—[No señor, no! —corre Leonardo por la sala.
—|Perdónanos señor! —Al despertar. Adrián lo
observa tratando de abrir una puerta sellada.
—¡No nos castigues señor! —Entonces la tierra ya es
de olanes, el polvo brota de todas partes. "Esta pinche
Dorotea que Jamás limpia nada", alcanza a pen-
sar en el momento en que. la puerta, cediendo a su
esfuerzo, se abre de golpe. De boca va a dar sobre el
piso, todavía atina a levantar la cara para que el ve-
hículo que fumiga le arroje el chorro que lo libra del
pánico del desastre.
Recobra el Juicio a las 7:25, asfixiándose, con un
pie roto. En eso llega Damlana —¡Santo Dios!— para
ver cómo se encuentra su hijo y su hermano:
—Mamá, un señor nos movió la casa.
Estrena muletas y pie de yeso. Ya para dar las diez
aparece Tarcisio, por primera vez. desde su segundo
intemamiento en la clínica de Zapopan. Lo nota
furioso, transfigurado. Sin más se sienta y sin más
comienza a decirle:
—Leonardo ¿no crees que ya está bueno de tantas
chingaderas? Ya viste en la televisión cómo quedó la
ciudad de México... —Observa dubitativo. Acaso este
loco le culpará ahora de todo lo malo que acontezca
en el planeta.
—...por qué no organizamos un destacamento con
la policía y el ejército y detenemos a Dios, para que
se deje de estar haciendo tanto daño. —Guarda
71
silencio, más por precaución que por respeto. Lo
mira, se miran. Leonardo tratando de dar crédito a
lo oído, y Tarclslo impelido a convencerlo a fuerza de
miradas, presionándole, exigiéndole respuesta
Inmediata: con quién está, con ét o contra él. SI por
Tarclslo fuera. Dios hijo, con todo y cruz y corona de
espinas, andaría por éstas en prisión, fumando
cigarros Delicados con expresión de "Fue sin querer".
Aunque Tarclslo lograra reunir a la policía con el
ejército, todos saben que seria un problema; desde
que los policías detuvieron a dos soldados que ar-
maban tremendo zafarrancho en el bar El Pirulí
ningún miembro del ejército puede topar con algún
policía sin. cuando menos, mirarlo feo. Esto, si no
pasan a las palabras y de allí a los puños. Y. aunque
los ciudadanos que como Tarclslo, enfurecidos,
quieran hacerse Justicia por sus manos, "de dónde
va a salir una escalera tan grande como para llegar
al cielo". En aquello no había pensado Tarclslo pues.
como saben I-eonardo y Tarclslo y mucha gente,
desde que los habitantes de Babel trataron de levan-
tar una torre, terminando peleados, en una boru-
quera sin entender ni ponerse de acuerdo para que
al final cada cual marchara por su lado e hiciera
cosas más útiles que andar alzando torres, nadie
más había Intentado hacer otra escalera hasta el
ciclo, como no fuera Enrique Guzmán que cantaba:
"Haré una escalera al cielo, por las nubes
andaréc...". Sin duda que Tarcisío descendió de los
antiguos pobladores de Babel que, cuando se les vi-
no abajo la Ilusión, por todos los caminos y veredas,
por todos los azares del destino, vinieron a dar pre-
cisamente a Colima, para que. ahora, uno de aque-

72
líos ilusos este proponiéndole recuperar el antiguo
proyecto. Sea porque el argumento es en si suficien-
temente sólido o porque en su memoria ancestral
existen inmensos muros que se derrumban.
desmoronan, cuando parecen arañar la gloria, Tarcf-
sio se da por vencido.
El terremoto lo devuelve a Valerio, como quien no
quiere la cosa. Disimula la alegría que El Ausente
nota en la dilatación de sus pupilas. Regresa con las
cejas depiladas y notorio amaneramiento. No le dice
nada: le rompe una de las muletas en la espalda.
Durmiendo tres dias seguidos, como con la Juven-
tud de Cristo, de lo que aconteció en los meses que
estuvo perdido jamás se supo nada ni le preguntó
para no lastimarlo.
Ahora que Valerio parece tener miedo de salir de
casa pasando lodo el dia encerrado, aprovecha para
cojear por las calles y. de una vez. matar el Uempo.
Al pasar por el templo descubre a La Shirley en su
interior —¿qué puede estar haciendo la pécora en la
casa de Dios? —Para que no sólo Dios lo sepa, acerca
su cautela. No es necesario arrimarse mucho, por-
que más que rezar, grita:
—;Ay virgencita. quítame esta enfermedad. Te pro-
meto casarme y a la primera hija le pondré Fátlma.
en tu honor! —Si nombraría Fátlma a su hija no será
porque la virgen le haga o no el milagro, sino porque
se sabe que antes de llamarse Martín o Shirley siem-
pre deseó llamarse Fátima y así lo comunicó a
todos. 'Fátlma —dijo— suena como a nombre de
vedette". Se santigua, y Ixonardo hace lo mismo. Co-
jeando. le acompaña al exterior. Avergonzado de sa-
berse descubierto, sonríe con mansedumbre. Una vez

73
afuera, donde el aire y las pertinencias son otras:
—Cuando se ha visto que las perras vuelen, o que
los burros sean directores de orquesta. Tú ya no
puedes cambiar, querida.
—¡No eres Diosl —espeta rabiosa.
—Ni soy Oíos ni soy la virgen pero soy su mensaje-
ro y estoy aquí para decirte que Jota eres y Jota
serás. Ademáaas [pendejo] esta no es la virgen de
Fátima sino la del Platanar. ¿Acaso piensas ponerle
a tu primer hijo plátano o a tu primera hija
banana?
—;Ay I-eonardo...! —Suelta el llanto, le abraza. Con el
hombro empapado, suavemente, lo aparta y entre
los sollozos:
—¿Ves estas manchas? —Y. así. se atrevió a
estrecharlo, con aquella Jiricua. De haberlo sabido
ni se le hubiera arrimado.
—El médico dice que salen porque uno tiene
parásitos... —Otra vez respira: ésta, aliviado.
—...pero... La Cara de Chancleta ya fue con el
argñende de que tengo SIDA. Ahora me ven y corren:
hasta Beto, mi marido, me dio con la puerta en las
narices. Por qué tienen que ser tan malas. Leonardo.
—Otra vez le abraza llorando: ésta, para mojar el hom-
bro Izquierdo. Nada puede hacer, sino dejarlo llorar
hasta que vacíe toda su amargura, su resentimiento.
A través del llanto ve acercarse, entre los árboles del
jardín que rodea al templo, un carrito de hot-dogs.
un carrito de hot-dogs como cualquier otro, pero és-
te llama su atención porque es empujado por un
hermoso ángel. Qué brazos aquellos que levantan
las pesas del Gimnasio Rodríguez, qué piernas
aquellas que le han metido tantos goles al equipo de

74
La Capacha, eternos enemigos del de Puertas
Guangas. Noel. Así se llama el ángel que vende
hot-dogs. Así le dijo que se llama y también dijo que
tiene diecisiete años y que, cuando no vende hot-
dogs. estudia en la preparatoria No. 19. Todo esto dijo,
porque cuando lo mira se olvida de que desea cam-
biar de vida o quizá porque, a su edad, ya no cree en
milagros, o. mejor dicho, porque el maravilloso ángel
le sonríe, se le antoja un hot-dog. Cuando el ángel-
Noel abre el pan humeante, vaporoso, y coloca en el
medio una salchicha. IJX Shiríey. al descuido, posa la
mano en el borde del carrito. El ángel-Noel sube una
de las piernas, la derecha, mejor dicho el pie
derecho, sobre la llanta del carro, dejando expuesta
la dimensión de su plema poderosa y un pequeño
promontorio entre la Ingle, pequeño, porque cuando
se recarga, con discreto aunque perceptible
sobresalto, esto mientras pone la salsa Katsup. |Oh!
milagro de milagros, el bulto empieza a crecer. En
fin, I-eonardo vende 14 perros calientes —para caste-
llanizar la acción— y doce refrescos, antes que IM
Shirley y el ángel-Noel regresaran sonrientes, satis-
fechos del mismo templo donde ha Jurado rehacer
su vida y donde lo único que logra es cambiar de
marido.
IM Chona. la Jota más gorda de Colima, sólo traba-
Ja una vez, en diciembre, armando con cartón y dia-
mantina un uinco destartalado, vestido de Santa
Claus, mientras el chlchifo en tumo toma fotos, ob-
tiene el dinero que le permite no trabajar el resto del
año. Ah. cómo odia Leonardo a La Chona. cómo
pudo Calilo refocilarse, revolcarse con tamaña bola
de sebo. Al final, todos caen donde La Chona. ya
75
cansados, probablemente porque ya no les queda
dónde más caer o porque su oficio es prometer,
prometer, prometer... La odia y hace como que no la
ha visto. Sin embargo. La Chona si lo ve ren-
queando, apoyándose en una muleta: lo ve caminar
con dificultad y. por su gesto, se puede pensar que
hasta le da gusto.
—La que se va a condenar, por una pata empieza.
—Aún voltea para Indicarle a su amante:
—Nolo. tómale una foto. —Nolo obtuvo la foto y la to-
ma en el momento en que la única muleta que le
queda se estrella contra la cabeza de La Chona Sa-
len los dos. Leonardo y La Chona. en la fotografía
—aunque ni siquiera en un retrato hubiera querido
estar junto a ella—. Asi aparecen también en las no-
las policiacas dado que. la susodicha Ilustración, es
adquirida por el Diario de la Costa y se publica
acompañada del texto: "Golpea la crisis a la
navidad".
Si La Chona se encuentra en el jardín de La
Soledad con trineo, chichifo y todo es porque ya es-
tamos en diciembre. Ha pasado la feria de Todos los
Santos, acaba el año y aún no le ve fin a la tarca de
pegar todas las figuras que el sismo rompió cuando
Valerio parte, esta vez para siempre.

76
^ ^ uzbcl. el m á s bello de los ángeles, el favo­
rito de Oíos, cayó al abismo. I)c la misma manera ha
caído Galllo. el más bello de los hombres, en el abis­
mo del olvido de Leonardo cuando irrumpe en s u
vida, en su casa; en silencio, estira el papel:
"Mijitos:
Perdónenme. Me voy con el hombre
que siempre amé. Cuando crezcan
sabrán comprender. S u madre que
nunca los olvidará.
Rosa".
No acaba de reponerse de la sorpresa cuando ya
ha Introducido seis maletas, una cuna, un triciclo y
una caja de cartón que contiene juguetes. Dos hom-
bres le ayudan, paga al chofer de la mudanza y el
camión se va. deja a Galllo Junto con dos niños: Or-
lando —pecado de nueve anos, que cometiera la fugi-
tiva con el solista de un conjunto rockero— y
Lconardilo. la misma cara del Tigre.
—No tengo a dónde más Ir. NI quién cuide a los
niños mientras trabajo.
—Pero... es que... ¡Mira mi pie!. —Todos, Calilo.
Orlando. Leonardilo y hasta el mismo Leonardo mi-
ran el pie enyesado como si solamente aquel pie pu-
diera admitirlos en casa.
—¡Y. y... tengo que pegar lodo esto! —Se refiere al
montón de tepalcates que se desparraman sobre la
mesa, residuos de copas y porcelanas.
—¡Nosotros te ayudamos! —Se sientan alrededor de
la mesa; Leonardilo estrecha su palo de plástico.
—¡Por favor! di que si... —Le miran los niños con
expresión de Tú has sido nuestra madre, la única.
la de a deveras, la que nunca nos abandonará". Si
la súplica de los niños no le convence, la mano de
Galllo sí. Se Introduce entre sus plemas por debajo
de la mesa: en alud arriban los recuerdos de lantas
noches a su lado.
—Los niños pueden ocupar esa recámara. —Apunta
la que desocupó Valerio.
—...nosotros... dormiremos en ésta —Galllo hace un
guiño que Leonardo paga con una sonrisa y. así. se
encuentra madre de dos Infantes.
"A lo mejor soy el único al que ha querido. De otro
modo, por qué le puso mi nombre a su hijo". Esto
piensa Leonardo y piensa también cómo es posible
que unas peras rieran. De qué pueden estar riendo,
78
si toda la gente sabe que las peras no deben reírse.
Pero aquellas si, puesto que lucen eslampadas en
una servilleta y en una servilleta todo puede suce-
der como, por ejemplo, que los elefantes vuelen, co-
mo vuela éste Junto a Campanlta en la servilleta ba-
jo el plato de lentejas de Lconardlto que, refiriéndose
a su padre, pregunta:
—¿Cuándo regresará mamá? —Melando el alma de
Leonardo un nuevo miedo, el del regreso de Rosa.
Qué argumentará cuando se encuentre frente al
Juez, frente a Rosa. Quién podrá creer en él; Leonar-
do de Sandoval y Rivas y no Rosa Fuentes es la ma-
dre de los pequeños, porque: "Madre es la que cría y
no la que procria".

Asegura Felipe López Rosado, parafraseando a


Juan Jacobo Rousseau, en su libro El hombre en
sociedad, que: "El ser humano es un ser social por
excelencia". Poca gente debe haber leído el texto,
aunque era obligatorio en la secundarla, porque jun-
tar a un hombre con otro, o a una mujer con un
hombre, o a una mujer con otra, resulta como meter
a un perro y a un gato en el mismo costal.
Por todo y de todo pelean, tanto si hay razón como
si no. Si pasa la mosca, Leonardo culpa a GalUo y
Galllo, a su vez. a Leonardo. Cuando no pelean se
aburren, cuando no se aburren juegan dominó o
79
pókar o slrip-pókar y. cuando ya no les queda
prenda que perder y se hayan como su madre
los echó a pecar en el mundo, entonces juegan
"Picrdenalga". De nueva c u e n t a pelean.
resultado de que Leonardo alega haber perdido
y Galilo asegura que no. que quien ha perdido
es él. ¡Cómo hacen trampa para perder los
Cosa difícil esa de la convivencia, compartir
territorios, renunciar a la-intimidad. Ya no puede
por las noches guardar las placas en un vaso con
agua, ni ponerse mascarillas, ni andar con los tubos
puestos sin que Galllo lo impreque: Joto, maricón.
torcilongo y otros eufemismos que. por reiterativos.
no le resultan ofensa. Extrañamente, para Galilo, no
es homosexual la definición que da el diccionario si-
no los hombres que se pintan la boca. las uñas.
Después, su concepto se amplia, aún más, para
abarcar a todos aquellos que usan tenis de florecitas
y camisas hawaianas para, al final, caber en su con-
cepto de hombre sólo los que visten botas, pantalo-
nes vaqueros y usen mostacho al estilo Zapata; fue-
ra de esto, casados o no, con novia o no. todos los In-
dividuos del género masculino le parecen, por lo
menos, sospechosos.
A ratos lo odia, por ratos lo ama. luego lo vuelve a
odiar. Cómo puede odiar al hombre que más ama.
"De que está hecha la naturaleza del amor" —piensa
Leonardo— mientras cocina unos huevos rancheros.
desayuno de Galilo. ¿Existe otra vida? ¿Existe la
reencarnación? Si reencarnara, en qué animal se
convertirá: ¿en galo? ¿en perro? de esos que andan
siempre oliendo el trasero de los otros. En qué espe-
80
cíe animal no hay homosexuales. Dicen que los que
más son los patos, luego siguen los changos.
¿Podría ser que. en el futuro, se encuentre nadando
en algún estanque? Por lo pronto y "por si las
dudas", está convertido en el más agresivo defensor
de los animales: un ecologista.
Como Galilo nace en la calle España y no en la de
los "Regalado", como nace pobre y no rico, tiene que
trabajar en el taller del Tuercas, lugar en donde
don Clemente lo acomodó y. seguramente, donde
terminará sus días. Al regresar del trabajo, se baña
para, luego, regañar a los niños, come instalándose
frente al televisor, de donde ya no se levanta hasta
que el aparato se vuelve un zumbido sordo, una se-
rie de rayas pequeñitas. Para entonces. Leonardo
lleva horas dormido. Se desviste cauteloso, se acues-
ta a su lado. Cuando el cuerpo desnudo toca el suyo
una atmósfera electrizada, serie de relámpagos y
chisporroteos, cruzan el aire. Empujado al centro de
la luz, un polvo de estrellas que se toma, al final,
fulgor lechoso convierte la cama en festival de
pirotecnia, fuegos artificiales que resplandecen,
flotan, suspendidos en la oscuridad de la alcoba.
Deja caer la cabeza sobre el pecho del Tigre.
abandonándose. El entorno queda en paz. 1.a boca
de Galilo recorre su espalda, todo el ruido escapa en
remolino por algún agujero del espacio que en des-
tellos escurre por la puerta que dejó entreabierta y
recela porque la observa cerrarse lenta, convertirse
en rendija, antes de la oscuridad total.
El alma se le vuelve mantequilla. Embargado por
la dicha, observa dormir a una chica con el libro
abierto sobre el regazo, en el camión circunvalación.
81
Un adolescente le regala una mirada azul, los ojos
se le nublan. Al descender en el Jardín de La
Corregidora, un muchacho habla por el telefono pú-
blico y le parece el más hermoso que ha visto nunca.
Cae sobre la banca para llorar de alegría, de pura fe-
licidad. a sollozo franco, abierto, un puro sentir el
llanto ardiéndole sobre la piel
A su alrededor todos han quedado dormidos, dos
novios recargan sus cabezas entre sí, otro más cu-
bre con el periódico la cara, una anciana sueña ten-
dida sobre una banca con las manos cruzadas sobre
el pecho, hasta un policía ronca recargado en un
árbol.
El sol. oro puro de luz, labra las hojas de los
tabachlncs. la primavera, los laureles de la India,
para apacentarse sobre el zacate entre los heléchos,
donde, en una explosión de color, las flores forman
ramilletes; los huele, aquello es el amor.
Tumbado sobre una alfombra de pasto verde tiene
como única actividad contemplar el cielo, cielo
dorado, esplendoroso, con nubes apelmazadas que
se levantan Inmensas hacia el oriente.
En el arbusto cercano una araña teje apresurada.
La prisa de las hormigas acarreando briznas, insec-
tos muertos, certifican la inminencia de la lluvia. Qué
Importa mojarse, volverse agua todo, charco, arroyo.
fundirse con la tierra, ser parte de la euforia verde.
del grito verde y que nada, ni un sólo vestigio quede
en evidencia, para demostrar que existió un ser que
lleva por nombre Leonardo de Sandoval.
La tarde se vuelve agua ese martes 24 de junio.
Al contemplar la cara de una estatua en el Jardín.
que se parece en exceso a Galllo. descubre el carác-
82
tcr público de la belleza. Por qué desear que un ser
así de bello sea propiedad personal. Para qué priva-
tizar la belleza, la absoluta belleza de rostro clasico.
de cuerpo perfecto: ¿acaso los dioses son
particulares? Tiene, debe darse, precisa que se
muestre, que la gente disfrute su perfección. No: no
morirá de celos ni sentirá un puñal clavársele en el
estómago cuando una mirada de mujer acaricie los
rizos al descuido, forzada por una orden superior.
No se le nublarán los ojos de rabia porque la Joven-
cita muerda con la vista los muslos escultóricos o
porque algún adolescente dilate sus pupilas al topar
el trasero de Calilo. De un solo golpe, como sucede a
los santos cuando, en una milagrosa revelación ob-
tienen verdades eternas, Leonardo comprende que
tendrá que compartirlo con todos; pero nomás de
vista; ¿cesarán los deseos de vivir solos en alguna
alejada isla, remota, ausente de los mapas? "|Ya no!"
—dice para sus adentros. Jamás volverá a reducirlo,
aunque sólo sea en su imaginación, a una propiedad
particular.

83
LA NOCHE gUE PERDIÓ EL GUADALAJARA

V íctor. La Apasiónala, estilista ella. Llama-


da para cortarle el pelo a la familia
Azpeltla. Como todos los días de San Juan, de todos
los años, los miembros de la familia Azpeltla y de ca-
si todas las familias ele Colima, se cortaron el pelo; des-
pués hay que bañarse porque San Juan ordena que.
en su día. hay que bañarse y él. a su vez. baña
casas, calles y Jardines con la primera lluvia que se
deja venir de los volcanes anunciando el principio de
la temporada y reincide. Igual que cada año, en
bautizar, otra vez. la ciudad, "purificarla" de todo
pecado —según Mercedltas Nolazco.
El señor Azpeltla tiene dos hijos: Juan, por
supuesto, y Manolo, diecisiete y diecinueve años, pc-
85
ro parecen de más por tan altos, tan fuertes y tan
alegres que son. Ya pelados, ya bañados, beben, co-
men y no trabajan, porque el dia de San Juan es
fiesta. La Apasionata se queda porque se lo piden,
se lo pide don Pedro Azpeitla y sus hijos también se
lo piden, se lo niegan; doña Carmen no. Se deben
lavar todas las cazuelas, y La Apasionata ayuda.
Comen, bailan, se embriagan; en alguna parte de la
reglón Vasca, en toda España, vuelan las brujas en
bandadas como murciélagos, algunas hasta con los
gatos sentados sobre las escobas. A las doce, don
Pedro, sale a orinar cada esquina de la casa, como
se debe hacer cada año y los muchachos van a col-
gar sus camisas blancas en algún árbol, para asegu-
rarse la boda. Víctor los ve cantar abrazados, ve su
silueta reflejada en los charcos del plenilunio y
frente a una primavera se quitan la camisa y |Dlosl
qué brazos, qué cinturas de Junco, por no decir otra
cosa. No por borrachos pierden agilidad. La
Primavera, el árbol de Juan y un Mango —que bien lo
representa—, el de Manolo. Trepan, bajan, siguen
cantando, bebiendo, miran a La Apasionata recar-
gada en un Guayabo: en acuerdo mutuo. Manolo por
delante. Juan por detrás hacen del estilista un
sandwich. Se encuentran brazos, bocas,
desnudeces, ninguno tiene ropa que cubra sus ver-
güenzas y qué vergüenzas tan grandes, dijo La
Apasionata: ¿de aquelarre? ¿de orgia? de qué es la
noche de San Juan: Ixi Apasionata pide queso y le
dan dos huesos.
—|Hasta don Pedro quería! —Frenética, alucinada
por la borrachera. La miran Lulú. Leonarda. La
Janis. La Dorada. Se miran entre ellas.
86
interpelándose, si será cierto lo que cuenta aquella.
Cómo los Azpeitia. familia tan decente.
—Pero si la botella apenas va a la mitad —implora
I,eonardo: ¿la dejarán sola, ahora que Galllo no da
señas de aparecer? ¿sola en la noche de San Juan.
las brujas? que. "ahora que me acuerdo me van a
llamar de Los Angeles; que se me olvidó meter al
gato"; que si "creo que dejé el boiler prendido*. Lu-
chan por salir todas juntas en la puerta por la que
no caben, donde topan con Galllo. Aunque cada una
se va por su lado, pronto ya están reunidas frente a
la casa de los Azpeitia.
—¿Dónde andabas?
—Bebiendo con los amigos del taller.
—Sí. ¡Taller, taller! Seguro que ya te has de haber
estado revolcando quien sabe con quién. Al cabo
aqui está tu pendeja... —iba a decir "sacrificándose.
preocupándose": su atención cae sobre la botella, los
vasos que Galllo observa: mejor da media vuelta para
Irse a dormir.
—Pues solamente tú, Leonairla. Tú y las otras des-
caradas son capaces de andar marchando, gritando
(y porque qué le hace una raya más al tigre. Janis
pinta de azul los párpados), ya mero que yo voy a
andar por esas calles de Dios gritando mi defectito.
No: una tiene que darse su lugar. Y no es que yo
tenga algo contra doña Rosarlo ¡barra, me parece
una gran dama, pero andar paseando una bandera
de Lambda... —Voltea para mirarse en el espejilo de
mano, redondo, que, en la parte posterior, luce el
rostro, la sonrisa de Marilyn Monroe. Luego de com-
probar el maquillaje, aplica un poco de brillo en los
labios.

87
—Yo no. mana. Ya sabes que soy muy discreta. ¿Por
qué perdona Leonardo tal esquizofrenia cómplice del
secreto a voces? Será porque piensa que un no-
venta por ciento de la humanidad no se encuentra
en sus cabales. ¿Y por qué siendo todas tan perras
no le gritan sus verdades a La Janis? por una senci-
lla razón: porque ÍM Janls es aún más perra.
penisima más perra que ninguna. No por nada ha
leído a Hegcl, a Kant. a Heldegger y porque pobre de
la que intente morderla. No sólo responderá la
Janls. sino la Hcgel. la Kant. la Heldegger y hasta la
misma Tomasa de Aquino; ladrarán, gruñirán ende-
moniadas contra la incauta que abra la boca y el po-
co Juicio contra ella: La Janis. La Soberana.
Defilosofía,mejor ni hablar: un pato, que también
es fuente, es testigo de que /-a Janis jamas perderá una
discusión, así sea sobre las categorías o las mona-
das que para monadas: ella. Bien puede Leonardo
—pobre Sartreano—. andar sobando el viejo dlscurslto
de Foucault "del dicho al hecho...", "candil de la
calle....". No saben todas, y esto quiere decir Lulú. La
Libertina. La Apasionara. La Dorada... cómo trata al
pobre de Calilo, cómo lo deja: sin comer cuando se
va sin permiso al fútbol o le cierra la puerta si llega
después de las diez y el arcángel tiene que volar,
usar sus divinas dotes para escalar el techo y colar-
se por alguna ventana del segundo piso para que
luego se escuche como se rompen los platos, las
macetas, los sueños, el silencio en medio de los gri-
tos y la ladradera de perros, que "¡Esta es una casa
decente, al que no le parezca se puede Ir a la
chingada!" Otra vez resucita don Clemente, apesta.
Galilo. callado, escucha la reprimenda, rompe un

88
vaso, un plato, despedaza un cuadro y. cuando va ya
directo sobre el televisor, se detiene. —Bueno... creo
que podemos hablar. Lo más Importante es la comu-
nicación en la pareja. —teonardovaria el tono, que se
vuelve de psicoanalista, de consejero espiritual. Ga-
111o recuerda al padre Amaldo, su respiración se
apacigua, finalizando en la cama, donde se resuelven
todos los problemas, donde siempre se llega al
acuerdo, a la coincidencia y. otra vez. inunda la paz
a la ciudad, al vecindario y duermen las casas, las
gentes y los perros.
Qué trabajo la educación de los niños. Libros y
más libros hasta formar enciclopedias: Piagct. Neill.
Montcssorl. Aún no puede explicarles por qué duer-
me con su papá Galilo y por qué tía Lulú, tia Janis,
tía Libertina... siendo hombres se llaman como
mujeres.
—1.a razón es muy simple —dice Galilo—. si Leonardo
y yo dormimos Juntos es porque él es puto y yo
mayatc. Y si sus tías Lulú, Libertina y Janis tienen
nombre de mujeres y son hombres es porque tam-
bién son putos.
—¿Entonces mamá Leonardo también es puto?
—pregunta Leonardito. La rata que le ha estado royen-
do las entrañas asoma a su boca:
—Ese más que ninguno.
Qué ansia, extraño fuego, al parecer venido de si-
glos atrás, obliga a Leonardo al abandono de su ho-
gar en el primer descuido de Galilo. Ansia que le lle-
va de una calle a otra, de un Jardín a otro, de un bar
a otro. Buscando su destino bajo los pantalones de
los Jovenzuelos. Qué otro destino puede aguardarle
si no es el que ya tiene al lado de Galilo y que mu-
89
chas otras, tantas, envidian.
Mauro se andaba vendiendo y Leonardo lo
compra, camino del mercado, olvidándose de la co-
mida de los niños y de Galllo: lo compra por seis
cervezas y la promesa de unos tenis. Ya en la oscuri-
dad del cuarto del hotel Santa Sofía, los remordi-
mientos lo asaltan como perros voraces. Una frase
se clava en su cabeza ya despeinada por las manos
y los besos de Mauro: "Engañé a Galllo". "qué busco
en la calle si en casa tengo lo que necesito".
Magdalena arrepentida regresa al hogar, aunque sin
bolso y sin dinero.
—¡Mátame! —Cae a los pies del medlocamplsta. que
aparta los ojos de la televisión: apenas lleva 16 mi-
nutos el partido América-Universidad. No tiene ga-
nas de matarlo, pero, si insiste, a lo mejor en el rece-
so del medio tiempo.
—¡Mátame, por favor mátame...! —Los niños, que
para la ocasión apartan los ojos del aparato, miran a
su padre Intentando decirle: "papá, ya que él te lo
está pidiendo".
—Pos encuérate. Ya sabes que soy "matador" de
oficio.
—Te lo digo en serio. Mátame, por favor: soy una
puta, una perdida, —lloriquea.
—Bueno... no me estás diciendo nada nuevo. —Man-
da los niños a la recámara. Asi como no hubo, ni
siquiera, quién le tirara un guijarrazo a Santa
Magdalena. Galllo mucho menos, pues está comple-
tamente seguro que es quien menos derecho tiene.
Hincado lo encuentra Lulú cuando se Introduce
hasta la sala. Intuyendo que Interrumpe algo
Importante...
90
—Perdón, —da la vuelta.
—|No! No. Espera... —grita Leonardo.
—Es que. como te veo hincada pensé que...
—No. Te equivocas. Le estoy pidiendo que... —limpia
las lágrimas— me mate.
—Cómo ves a ésta —interviene Galllo.
—Ay mana. ¿Y no te parece que e s muy temprano?
apenas van a dar las nueve. —Mira Uilú su reloj.
—¡No entiendes! ¡Nadie entiende nadal —Baja co­
rriendo los escalones para esconder el llanto en la
cocina. Plasta allá lo sigue Lulú. intentando calmarlo
y. para consolarlo, regresa por Alvar, el soldado que
dejó en el baño, guerito. chapiadito; seguro le albo­
rotará la hormona, olvidando s u s moralidades. Lo
encuentra inclinado, apoyando a m b a s m a n o s en la
Una y, Calilo detrás. Inclinado también; los dos con
los pantalones caídos. Lulú se a s o m a al interior de
la Una sin comprender que pueden estar buscando:
dentro de la Una no está m á s que el pato de
Lconardlto. Lulú. se baja el pantalón para sentarse
en la tasa —porque IMÍÚ. orina sentado—. Aprovecha
Galllo para escapar corriendo a s u recámara, quizá
para anotar al número 3 2 1 4 en la UbreUta de
corazones. Alvar, apenado, escapa a los ojos de Lulú.
quien, para tranquilizarlo:
—Estás buenislmo ¿verdad? —el soldado sonríe.
—...pero que no se vaya a enterar s u marida porque
témala.
Tal como lo temía Leonardo, u n día regresa Rosa:
regresa para llevarse a los niños; a Galllo no. porque
no quiere. NI verla quiere. Llora Leonardo, Orlando
le abraza gritando:
—|No dejes que nos lleve! —Y s u s ojos dorados, de

91
24 kilates, se anegan de tristeza. Leonardito a su vez:
—¡No dejes que nos lleve, mamá Leonardo! —De na-
da sirven quejas y llantos. Rosa se los lleva de cual-
quier forma, de las orejas se los lleva y, ya en la
calle, quitándose el zapato, da a cada uno de sus
dos querublncltos diez buenas razones de por qué
deben acompañarla.
Para que ya no moleste con sus gimoteos, cada vez
que deambula por el cuarto de los niños. Calilo lleva
al Uyuyuy, perro de dos años, "híbrido", según el
carnet del médico Acevedo cuando lo vacunó contra
la rabia; "Doméstico mexicano" según la clasificación
del veterinario Hernández, quien lo desparasitó;
"Corriente cruzado con de la calle", en opinión de
Lulú. Preocupado porque los Estados Unidos estén
siempre amenazando a Rusia, o que los argentinos
peleen contra los ingleses, o que los israelitas con
los palestinos, o que los nlcaragücnces con los
contra, o que Leonardo contra Calilo, el caso es que.
el perro pacifista, desde que Galllo lo llevó ha corri-
do a esconderse bajo la cama, de donde sólo asoma
para comer. De poca ayuda fue el animal, porque
compañía no es.
—¡Es que tú no tienes sentimientos! —No le vio llorar
cuando murió su madre ni llorar cuando don Cle-
mente fue encontrado acuchillado en los baños del
billar El Sapo. No se puso triste cuando se fue
Rosa ni triste cuando regresó para llevarse a los
niños. Pero esto tampoco era cierto, porque una no-
che lloró Galllo, y vaya que sí lloró, lloró tanto la no-
che que el Guadalajara perdió dos a uno contra el
América: parecía que alguien había muerto y hubie-
ra luto en casa. De puro miedo, Leonardo ni le

92
habló; se durmieron temprano y ni siquiera el perro
salió de bajo la cania para cenar.

Algún día Iba a pasar por aquella provincia "La


más amena de la Nueva España" —según el barón
von Humboldt—: un entrenador profesional, un verda-
dero rastreador de talentos, lo descubriría para fir-
mar un contrato con un equipo de primera división.
I-eonardo lo vería a través de la televisión, corriendo
por el verde césped del estadio Azteca, del
Corregidora, del Jalisco, suspirando para sus
adentros "y pensar que fue mío...", gritaría de celos.
desesperación, cuando cl resto del equipo, luego de
que hubiera anotado un gol. lo abrazaran, besaran.
Tal vez hasta cl mismo Hugo —si es que llegara a
figurar en la selección nacional—. ;ah!. Hugo.
estrechándolo, sonriendo con gratitud: "Gracias a ti.
Gracias a ese pase afortunado...". Sí. Serían una
magnifica mancuerna, la más sensacional, la mejor
que se haya visto. Claro que, al principio, tendría
que Jugar en las reservas, aprender de las viejas
estrellas, un día, con suerte. El Abuelo se rompería
un pie y entraría en su lugar: ¡Galllo Santalucia con
el número 13! Porque ese tenia que ser su número
y el locutor: "Vamos a ver qué tal resulta este mu-
chacho proveniente de un equipo del barrio Los Lobos
de San José". Deslumhrado por los reflectores.
por las órdenes del capitán del equipo. Sintiendo el
crujiente, húmedo pasto bajo los tacos, el olor a
sudor, el Jadeo extenuado de los miembros del
equipo, abrumados por la derrota contra el América
y antes de que la muchedumbre pudiera reponerse
¡Gooool! ¡Gooool! —anotado i>or Calilo Santalucia "El
Fenómeno". "1.a Sorpresa". "El Tigre", asi lo presen­
taría Carlos Albcrt: "El Tigre" ¡A la bloo! ¡A la baooo!
¡Alabao sea Calilo Santalucia!—. Tratarían de quitarle
zapatos, medias, camiseta, hasta el short les daría,
al cabo que estaba acostumbrado a andar en
cueros, sobre los hombros de los fanáticos, una
vuelta y otra y otra más. Miles, cientos de miles de
caras iguales todas gritarían s u nombre como se
grita el nombre de un rey, de un dios, con Júbilo.
con agradecimiento. Alguien, allá a lo lejos, en Coli­
ma apagaría una televisión llorando, repitiéndose.
una y otra vez. "Qué tonto fui, qué tonto, qué
tonto..."
—Que dices —devuelve una mirada sorprendida.
—Deque...
-Por que me dices tonto.

—Ahora vas a aparentar locura diciendo que habla­


bas solo.
Lo compraría un equipo internacional, el Real
Madrid, no. mejor el Barcelona, para que hacerle
sombra a 1 lugo. Hay que darle chance. Sonríe.
—¡Ah! Te ríes de mi. ¡Estoy harto de tus burlas! —se
marcha.
Con los grandes, en el equipo mundial. Calilo
Sanlalucia. la estrella, camisetas, pants, tenis con
su nombre, con s u s iniciales "GS" y un tigre, la pc-

94
quena cabeza de un tigre, adornando playeras,
camisas, pantalones. Dejar de fumar, de beber.
acostarse temprano para mantenerse en forma. Más
vale iniciar ahora. Asistir a un gimnasio, correr, no
necesita mucho para quemar esas Uantltas
impertinentes, la panza que apenas se nota. En el
partido amistoso entre el Real Madrid y el
Barcelona se abrazarían sobre el campo español.
los dos mexicanos, llorando, oyendo el himno
nacional. Permitirá que meta el primer gol. por pura
cortesía, nomás porque es su ídolo; pero después la
multitud no gritaría |Ga-li-lo! |Ga-li-lol ni |Hugoool!
sino |Mé-xi-col |Mé-xl-co! El partido se habrá reduci-
do al control exclusivo de Hugo y Calilo que
sucesiva, alternadamente, meterán uno y otro gol
para, al final, quedar empatados a tres, no. mejor a
cuatro goles, y felicitarse, despedirse sonrientes.
Entonces, en voz baja para que Butragueño no escu-
che, Te Invito a cenar" y un nombre que llenaría solo
toda vina página de la libretlta de corazones se anotaría
con letras de oro.
—¿Ya no me quieres? —le mira Galilo con ojos tristes
—dice la canción— como de santo. Calla para no
mentir. Desmenuza los sentimientos, sopesa los
afectos, compara la convivencia con la idea que del
amor tiene.
—Slil. Aunque ya no como al principio. —Su actitud
frente a la existencia vulgar, la que se resiste a valo-
rar como una existencia genulna. remedo de lo que
alguna vez pensó era la vida, de lo que debe ser la
vida: pero para que llamarse a engaño, siempre con-
vencido de que nada puede esperar de este mundo
de apariencias como no sea la nada, la nada en la
95
que Irá diluyéndose a medida que la existencia
avance a su fin último: la nada. Perdida en la lejana
posibilidad de esa región ambigua, el futuro, hallará
la respuesta, si es que existe, a lo que es el amor.

La Shirley. qué mala amiga la Shirley que el do-


mingo en que Leonardo abandona la casa para diri-
girse "al mandado" en el mercado grande. Ingresa a
sus aposentos:
—¡¿Queridaaa?! ¡¿Reinaaa?!... ¡¿Hay alguien en
casa?! —Si hay. Gallgo dormita, finge dormir, aun a
tiempo para arrojar al suelo el cobertor. Abre la
puerta de la recámara. Todo el sol. alegre, del do-
mingo quiere entrar por la ventana. Un viento feliz
despeina la cabellera de los mangos. En el patio se
lanzan a cantar gorriones y ticuzes. Bajo la luz, las
piernas, los hombros de Calilo que ni Miguel Ángel,
ni Da Vinel, ni Praxlteles, ni todos los grandes
pintores, escultores homosexuales Juntos hubieran
logrado esculpir, dibujar, imposible llevar al lienzo.
al mármol o a la simple piedra aquella sensualidad
inusitada. Sólo Dios y Dios solo le había creado para
refocilarse, admirar su obra, su grandiosidad eterna
en la espalda, el tórax... Así lo ve la Shirley dur-
miendo y también ve el bulto entre los muslos que
se desdibuja entre la truza. Upo bikini, que no cubre
del lodo las senladeras ni la cadera. El ombligo

96
sube, baja, vuelve a subir en el sosiego estival. Duda
por un instante. Intenta dar vuelta, huir ¿pero?
¿Deveras hubiera podido huir de la visión
maravillosa? Cauteloso se acerca, con el derecho
que le confiere ser el número 206 de la llbretlta de
corazones —"Yo lo conocí primero"— se convence a si
mismo. Un gesto decidido, alevoso, el que toca la
rodilla. Da un largo suspiro, aunque no despierta.
La mano sube al muslo, la boca se prolonga en be-
so sobre la pelambre que cubre la piel morena y
sube, sube hasta la cadera, se apresura sobre un
deseo duro, en tramos casi prieto, que asoma sonro-
sado como un ratón de hocico pequeñito bajo el
calzón, cuando se abre la puerta, la de abajo, la de
la calle:
—¡¿Papá Osooo?! ¡¿Cuchi cuchi»?! ¡Ya llegué! —Arro-
ja sobre la mesa de la cocina la bolsa, la canasta
con la carne, las zanahorias. las papas y demás fru-
galidades por las que regateó hasta el enojo: que dé-
jemelos más baratos, que estos Jitomates se parecen
a mis chichis, ¡válgame! por que tan caras las zana-
horias si luego se ve que carecen de ambición, que
estas papas arrugadas están como mis... Y sube la
escalera. Rápida, como rayo, se cuela bajo la cama.
cubierta por la oscuridad de una colcha de artlsela
que barre el mosaico, topa dos ojos grandes.
amarillos, que lo miran, intruso. Invadir un terreno
privado que el Uyuyuy no está en disposición de
compartir con nadie. Al mismo tiempo que menea el
rabo en una ambigüedad de gestos que la Shirley no
sabe interpretar, dos largas filas de dientes brillan
en lo oscuro. No sabe interpretar porque.
erróneamente, estira la mano para acariciar al perro

97
que, haciendo el desentendido, la muerde. Ni pío, ni
ay, ni nada dice la Shirky: velozmente la recoge ha-
cia la plema. Los pasos continúan subiendo la
escalera.
—¿Papá Osooo? —Abre la puerta de la habitación.
Mejor cierra los ojos. Para entonces. Calilo, ha ocul-
tado la erección dándose vuelta. Lo encuentra de es-
paldas al domingo. El Uyuyuy trata de incorporarse
ladrando esquivamente, en vano Intenta silenciarlo
poniendo un dedo en la boca, el perro como si ni la
viera.
—¿MI amor, qué tiene el perro?
—¡Qué va a tener, hombre! Ya sabes que cada que
te ve ladra. Como aquello es cierto, da la vuelta
gritando:
—I-cvantate. voy a preparar el almuerzo. —Perrito...
perrito... perrito... amurmura. El Uyuyuy continúa
gruñendo. Cuando escucha una puerta cerrarse
Galllo. dice:
—Salte. —Se acaba de meter al baño. Sale. Corre y
corre, baja la escalera, para continuar corriendo por
la calle 27 de Septiembre, hasta alcanzar el centro
de la ciudad: aún voltea a ver si el Uyuyuy no la si-
gue antes de encerrarse en su casa.

—Bonita como aquellos Jugueteees que yo tuve en


los años infantiles de ayeeer.
—Bonita como el beso robadoooo... —Luego cantó
Mujer Divina. Señora Tentación. El teléfono repique-
tea terco.
—¿Buenooo? Sí. Sí señora.
98
—Yo creo que estoy en mi casa y si quiero cantar...
—No sea usted ofensiva, señora ¿llamar a la
policía? Si ya sé que son las once de la noche.
—Lo mismo para la suya, y le deseo diez veces más.
|üah! entonces ya ni en su casa puede una... ¡Vaya!
Jamás se quejan cuando pelea con Galllo. y parece
que nada en la casa quedará en pie. Todo se rompe.
y a la calle van a dar macetas, platos, revistas.
ceniceros, hasta el plato del perro y. ahora, sólo por-
que trata de mantener el ánimo, alegrándose el rato.
suenan teléfonos y golpes en la pared. "iQué gente.
Dios mió!"
ELLAS PLATICAN CON LAS SERPIENTES

T rabajar, todo el mundo lo hace, desde que


abandonó su clase de Ética porque lo acu-
saron de haber presionado a un alumno bajo la
amenaza de reprobarlo si no accedía a sus insinua-
ciones —situación absolutamente falsa porque no ha-
bía sido un alumno sino treinta y siete todos:
adelantándose, le Incitaron para que los adiestrara
en el escabroso campo y ¡carajol al único que no ac-
cediera tenía que haberlo presionado de aquel
modo—, resultó, para su mala suerte, sobrino del
rector.
Integrarse al sistema productivo, hacerlo por todos
los niños hambrientos que sueñan un futuro mejor.
No puede pasar el tiempo esperando a que Calilo lle-
101
gue siempre enojado, siempre a reprocharle que no
quiere esa comida sino tal otra, que la casa está
sucia, que si su ropa, que si esto, que si lo otro...
cierto, su madre le enseñó a tejer y a fabricar her-
mosas florecltas de migajón —que las Obvicdo chu-
lean tanto. Carpetltas ya nadie quiere desde que el
maldito plástico se metió hasta en las carpetas.
asentando sus reales sobre consolas y alacenas: "son
más fáciles de lavar y casi no se ensucian"; nadie
compra sus tejidos. Flores de migajón hay en todos
los floreros, de todas las casas de todas las amigas.
Lo más difícil al llenar las solicitudes viene cuando
encuentra la palabra sexo. Derrapa, lleva el lápiz a
la boca para mordisquear el borrador, bajo la mira-
da dubitativa de la secretarla mordaz que se oculta
con movimiento de ojos o desciende la mirada para
no tener que enfrentarlo: Tú dlme de que sexo
soy...". Contestar con un signo de Interrogación, no:
deveras necesita trabajar, no tanto por el apoyo
económico, que desde antes de nacer tenía resuelto,
sino para huir del espacio que se vuelve cada vez
más conflictlvo y que llaman hogar. Pero, bueno, ¿la
camisa hawalana, los pantalones amarillos de ravi-
tas cafes no les dice de qué sexo es? Que si es
casado: pues si. Nombre del cónyuge: Calilo
Santalucia. Lo sabe todo Colima que él. ella, Leonar-
do La Chula Linda se adjudicó al más cuero de to-
dos los cueros de la reglón. ¿Cuántos hijos tiene?
Tiene dos; pero Rosa Fuentes, la infame, la cncllna. se
los llevó "porque madre es la que cria y no...". Qué
estarán haciendo sus querubines, se le nublan los
ojos. Deja vacíos los espacios, sexo, estado civil.
nombre de los hijos. La secretarla ofrece el pañuelo

102
desechable, que agradece, para limpiar la nariz, ter-
mina llorando: platica que la Ingrata Rosa le arreba-
tó a sus angelitos, a él que los alimentó y cuidó co-
mo si los hubiera parido. La secretarla desaparece
con la solicitud tras la puerta de nogal.
—9ue pase, por favor.
Más bonita que ninguna, la barre de la cabeza a
los pies: el Lie. de la Rosa ofrece asiento. "Más que
de la Rosa, del Girasol" —piensa, malévolamente.
Leonardo. Del casi rechazo trasciende a la
decepción: esperaba un macho del tipo Prince Mat-
chiabelll con el que viviría tórrido romance y, en su
lugar, encontró miren a quien.
—^co que usted ha trabajado en la universidad.
—Asi es. (Querida). —Se miran retándose. (Esta
torcida cómo se atreve a pedir trabajo así: hasta se
puso rubor en las mejillas).
—(Muérdeme perra. Nada más porque estás del
otro lado del letrerito que dice "Director" dejo que
me muerdas. Tu trabajo te ha de haber costado y
"acostado", hija de tu madre).
—Por qué ha dejado de trabajar tanto tiempo...
—Es que... me casé.
—Hummm... —Observa todos los espacios vacíos, los
pasa de largo. Con aire prepotente lee la solicitud.
lenta, detalladamente. Tamborilea los dedos sobre la
cubierta del escritorio, dedos que llaman su aten-
ción pintados de un discreto "pink Velvet". el mismo
que usa bulú, que al sentirlos observados oculta con
movimiento fugaz, bajo el escritorio. Los ha visto y
también ve la cara, roja como pitaya. del Lie. de la
Rosa; con una mirada de ¡aja! cruza una pierna so-
bre la otra, recarga los codos sobre el escritorio para
103
observar mejor las cejas levemente depiladas, las
sienes pintadas y hasta el perfume "Farouche" de
Nina Rlccl. A punto de gritar |Comadrel se contiene;
tanto así necesita del trabajo.
—Lie. Sandoval, el sueldo no es muy elevado...
—Disculpándose aparta el papel para, entrelazando
las manos, enfrentar su mirada.
—|Ahl No se preocupe Uc. de la Rosa, estoy Intere-
sado en el puesto... creo que promete.
—Si. Eso si. el puesto tiene una gran proyección.
Todo depende de la manera en que usted se
desempeñe.
Se desempeña muy bien: el Lie. de la Rosa com-
placido por las mascarillas, los masajes que le pro-
porciona —al cabo, los estudios de mercado y los re-
sultados de las encuestas los tabula Pérez Iniestra,
dispuesto siempre a trabajar horas extras—, así como
por su ayuda para darle manicure y teñirle el pelo lo
asciende, apenas pasado el primer mes de labores, a
la subgerencla de zona.
—¡¡¡QUE QUE QUEEEÜ1 ¿El licenciado Sandoval a
la subgerencla de zona? Lleva cuatro años persi-
guiendo el puesto con el que soñara dormido y des-
pierto. ¿No está el Lie. de la Rosa satisfecho con su
trabajo? La diarrea le dura tres días. Desde ese Ins-
tante compra un enemigo, un problema, que porta el
nombre de Jesús Pérez Iniestra.
Primer salarlo del nuevo empleo, sobre amarillo,
engrapados los billetes, los de diez, de cinco mil
pesos, retribuidas las desmañanadas, las carreras
para llegar a tiempo a pintar las uñas del Lie. de la
Rosa que. al fin. confiesa su nombre de batalla: Jua-
na de Arco. Asi la bautizaron por el fleco del bisoñe
104
que cae hasta la mitad de su frente por los flancos,
no |x>stizos. sino de él. que cubren lacios s u s orejas.
Machorra como J u a n a no arderá en la hoguera que
procure un obispo trasnochado o las lenguas
viperinas, flamígeras, de quienes lo odian. No se cha­
muscará en la lumbrada de la opinión pública, ata­
ca siempre antes que cualquier hijo de vecina trate
de Inmiscuirse en su privacidad. Juana, guerrera,
conquistadora, abriendo nuevos mercados, territo­
rios para la firma de cosméticos vendidos en abonos
que las amas de casa sustraen al gasto familiar, pa­
ra maquillar, disfrazar la tristeza de un Ingreso
raquítico, procaz "al mal tiempo buena cara" y pin­
tar! una raya aquí, otra allá, labios, nariz, rayltos
para deslumhrar, espantar la miseria con los cosmé­
ticos que llaman —¡Din Don!— hasta su puerta.
- Oiga Marthita. A mi se me hace que el Uc. San-
doval es... —Pérez Iniestra deja caer la mano, no como
la traen los de mano caída, sino como los señores
casados piensan que se les cae a los raritos.
—No sé. Por qué no le pregunta... —No. No tan fácil
la secretaria devendrá en su cómplice: Ignorándolo.
continúa con el escrito suspendido.
—Le han dicho que tiene usted u n o s ojos muy
bonitos.
¡Vaya! tres años en el lugar y. por fin. Pérez Inies­
tra descubre a la mujer, a la que siempre está ur­
giendo con facturas, pedidos, a la misma que tres
m e s e s atrás gritó: "¡Es usted una inútil!" porque
había extraviado los machotes de unas cartas.
Cuenta el dinero. Todo, todo será para celebrar.
lodo se irá en fiesta para olvidar el embruteccdor. el
vil trabajo que reduce su vida en aras de un progre-

105
so que se le vendrá encima como a Síslfo la piedra.
de un trabajo que, igual que a Prometeo. Zeus con-
vertido en buitre vendrá a comerle el hígado durante
el dia, hígado que crecerá nuevamente por la noche
para que. al dia siguiente. Zeus Pérez Inlestra o el
mismo Lie. de la Rosa lo devore a trozos con un
"¡cómo es posible que aún no se hayan enviado estos
pedidos!" Por qué mejor no se largan al campo o van
a sus hogares, y hacen mejores cosas que estarse
agriando la vida en las oficinas donde palidecen,
languidecen, quejándose cuando no de una enferme-
dad de otra. Sólo brillan los ojos en quincena cuan-
do les entregan el fuego que no deja ni cenizas, que
como el fuego es ilusión porque quema y hay que
desaparecer lo antes posible. Ahora que trabaja co-
mo bestia le embarga la nostalgia de la casa. Los
lunes, los odiosos lunes, insoportables; pero si tra-
bajan todos, por que no habría de hacerlo él.
Trabajar es aprender a decir "si señor", disimulando
el odio, el rencor frente a la más absurda estupidez
humana. Es el arte de hacerse el tonto, haciendo
parecer que es difícil, que te cansa. Casi siempre
consiste en quejarse de un sueldo bajo, que no ajus-
ta para nada y convencer a los demás hasta que
digan: "pobre licenciado Sandoval cómo lo explotan".
Morder lápices disfrutando el maravilloso sabor de
las gomas de borrar, hacerles creer que están
pensando, meditando, preocupado en diez esluches
Tortugulta para despertar urticarias, eczemas en
la piel de los bebes y de las que sus padres dirán:
"Es una alergia' para no tirar el lindo estuche que
tanto gustó a la señora. De jorobarse sobre el escri-
torio para llenar pedidos: para borrar sospechas, le

106
nacerá el dolor en la espalda y el aire sumiso.
derrotado.
Cuándo regresará la Edad de Oro. en la que todo
pertenecía a todos o, más atrás, cuando en el paraí­
so llovían manjares de todos los árboles.
Todo por una maldita manzana "De este árbol no
comerás", decirle eso a una mujer ¡a una mujerl que
era como decirle: "sírvete chula". líe allí los dolores.
los sudores, los espinazos torcidos, las manos enca­
llecidas ¡claro! como ellas permanecen en casa pin­
tándose las uñas, mordisqueando manzanas y plati­
cando con s u s amigas las víboras.
Dice Marx que en el socialismo no habrá miseria y
verVmos renacer Igualdad y Justicia |OJalá! aunque
nunca volviera a probar manzanas ni en pays. |Qué
aburrimiento! SI pudiera Igual que en la secundaria
gritar ¡Huelga! ¡Huelga! y salirse, largar todo, para
ver pasar las m o s c a s en el Jardín. No. Aquí nadie le
hará segunda.
—¿Oiga Marthita y todos los días tienen Junta de
estudios de mercado el Lie. Sandoval y el Uc. de la
Rosa?
—Si. señor Inlcstra.
—Pero... pasan horas y horas encerrados, tanto se
tardan, antes las Juntas duraban cuando mucho
cuarenta minutos.
—Es que ahora los m e m o r á n d u m s tienen m á s
puntos.
—Cómo que clase de puntos. Marthita. —Con la re­
nuencia de la mierda que cuando se baja la palanca
del inodoro vuelve a aparecer, cuando todo indicaba
que se había ido. sonríe la secretarla, sardónica, de­
cidida a Jugar el Juego, atenazar la curiosidad del

107
Intruso.
—Qué se imagina que hacen, señor Pérez Iniestra.
—Nada. Nada... sólo por preguntar. —Se aleja sin
vergüenza, sin rendirse para urdir con qué enredo
penetrará al reducto, cacharlos por sorpresa. Algo
sucio. Innombrable, acontece tras la puerta
inaccesible. Regalos para el cumpleaños del Lie. de la
Rosa, promotor de las comidas y las fiestas en su
honor. Hasta el día del padre (todos saben que el Lie.
de la Rosa no llene hijos) Pérez Iniestra se aparece
con un ramo de flores, algún regallto, no por peque-
ño barato, para el padre que se muestra renuente a
ser adoptado. El mismo que ahora lo sustituye por
el engendro, al que de Inmediato convirtiera en su
favorito, en el hombre de sus confianzas.
Malditos abortos del infierno, tiene que agarrarlos
infraganti; los amantes, seguro se revuelcan sobre
las listas de pedidos a puerta cerrada. Tantas Insi-
nuaciones que hiciera al Uc. de la Rosa, que cuándo
vamos a cenar licenciado, que tengo una botella pa-
ra que nos la lomemos Juntos. Juana impávida,
seria, circunspecta:
—Cómo no. señor Pérez Iniestra, yo le aviso.
La secretaria, la cancerbera, no le dejará
acercarse, mucho menos atlsbar por el ojo de la
proscrita cerradura. Confabulan, maquinan, traman
la manera de echarle para quedarse con la empresa
y. desde allí, dominar al mundo, la plaga de
torcidas.
Antes de entrar a la casa, al voltear, descubre la
figura escondida tras la esquina: a pesar de la ga-
bardina no oculta su identidad: Pérez Iniestra.
No enciende las luces, desde la ventana de uno de
108
los cuartos del segundo piso le observa ocultarse
tras un árbol, espiando la casa sumida en sombras,
¿cuándo quiere salir el llyuyuy. —desgraciado perro.
para ladrarle? Atrás de las cortinas. Leonardo Inicia
iGuau! |Guaul |Guaul la serle de ladridos. El cólico
retuerce en risas a Galllo. Que no se les vaya a ocu-
rrir aparecer a La Janis. Lulú o La Shíríey. Caen las
campanadas en la noche y la figura sigue apostada
tras el árbol.
Los ojos que son en Leonardo sombras, en Pérez
Inlestra figuran negros abismos:
—¿Desvelado? ¿Descubrió lo que buscaba? —A la
sonrisa que. inocente, lo saluda. Se aleja rumbo a la
ofiCína del Lie. de la Rosa.
Entrará. Asi tenga que derribar la puerta para co-
Jerlos desnudos ¿subgerente de zona? |Así qué fáclll
Pero aún quedan hombres dignos en el mundo.
Amontona la serie de expedientes con ambas
manos, casi cubren la cara.
—Marthlia, tengo que entrar para que el Lie. de la
Rosa revise esta documentación.
—¡Imposible. Uene junta, ya sabe que no le gusta
que lo moleste! —Desde el Interior. Leonardo, que
aplica el tinte a los flancos de Juana de Arco, escu-
cha el altercado.
—|Voy a entrar de todos modos, así que hágase a
un ladol —Apenas alcanza a cubrir con la toalla la
calva del Lie. de la Rosa dejando su cabeza converti-
da en envoltorio donde desde la rendija asoman los
ojos. La puerta se abre de un empellón. Pérez Inles-
tra coloca los expedientes observando sobre el escri-
torio el bisoñe, el frasco del Unte, el estuche del
manicure, a Leonardo con los guantes puestos: aun-
109
«|i ic- ili'i'('|K'lonii(ln. no suspende la recriminación:
|A.HI c|i i<! llenen convertida la dirección en un sa-
lón 1 Ir Iwllcza...! —Ahora viene su oportunidad de gri-
inr a las enfermas, torcidas, cuatro verdades.
—Se metió a fuerzas, licenciado. —Se disculpa gimo-
teando la secretarla. Iniestra golpea con la palma de
la mano la cubierta del escritorio.
—¡Ahora me van a oirl
|Ohl los Ineptos dentistas modernos que ya no tra-
bajan como antes, que dejaron tan floja,
desajustada. la placa superior de Pérez Iniestra que.
por el esfuerzo, por el coraje, cae cuando abre la bo-
ca sobre el escritorio. La vergüenza roja, verde,
amarilla, blanca, la que transforma su rostro en
arocolris. Debajo de la toalla una sonrisa, pura
sonrisa, como la del gato de Alicia en el país de las
maravillas, más grande aún. hace centellear los ojos
del Uc. de la Rosa, de Marthlta. de Leonardo, que ob-
servan a Pérez Iniestra recoger su placa y marcharse
para no volver a aparecer por la compañía.

110
LOS BOTONES DEL DESTINO

A yer dijo una gitana a Leonardo que pronto


tendrá mucho dinero, la fortuna le sonrei-
rá y el mundo será lodo para él: sólo tiene que esti-
rar la mano y la estira y don Jacinto la pata; muere
legándole seis casas y tres terrenos, y su tío
Leodibas. emigrante que viviera en Laredo Tcxas. fa-
llece también, y en herencia le deja una cuadra en-
tera del centro comercial de la fronteriza ciudad,
hasta Agustlnlta. la anciana que vivía frente a su
casa, señorita, en cuyo hogar se refugió la noche
que Calilo le quemó la ropa, le arrojó dos cazuelas
para, finalmente, corretearlo con un palo. Escu-
chando la terrible, trágica historia de la vida de su
vecino, la pasó tan divertida y rió tanto que. por ha-
111
bello obsequiado la mejor noche de su vida, le here-
ila dos casas, la de la calle de los Regalado, una en
Manzanillo, y el rancho de Tccomán.
Cuántos acontecimientos y con que vertiginosidad
se sucedieron a raíz del asunto de la herencia. Paz.
sosiego, palabras huecas, ajenas, todo parte del pa-
sado y el pasado era un sólo recuerdo que cae al rit-
mo de la gola de agua, persistente: el de Galilo y IJJ.
Chona amancebados.
Viven mejor. Instalados en la comodidad regalona.
en el apoltronamicnlo de un habitat confortable, na-
da les falta, los mundos de la ciencia y la electrónica
son puestos a su servicio: teléfonos inhalámbrlcos.
televisores de pantallas gigantescas que se encien-
den y apagan a control remoto y a control remoto
cambian sus canales, canales en todos los idiomas.
de todos los países, le hablan las imágenes a veces
en Japones, a veces en francés, gracias a las antenas
parabólicas que. amorosamente, siguen en su curso
a los satélites. Hornos, cazuelas, cuchillos y abrela-
tas eléctricos, las maravillas del mundo moderno.
Pasa el día apretando botones que abren y cierran
puertas, que hacen brotar un chorro de agua, que
aparecen y desaparecen paredes: sólo un botón no
funciona: el de Galilo. y daria todo, todas las
herencias, con tal que vuelva a funcionar.
—¡Ya no me quieres como antes! —Corre a encerrar-
se en la habitación donde, debajo de la cama, apare-
ce el Uyuyuy para ofrecerle un gruñido desafiante:
de puro miedo abandona el cuarto no fuera a ser
que el perro Ingrato la muerda. Sentado Junto a un
Galilo, que no desaparta la vista del televisor ni
cuando los gemidos se hacen sollozos, ni cuando los
112
sollozos se vuelven gritos, antes bien, sube el volu­
men acompañando la carrera de los Jugadores con
una serie de Imprecaciones, palabrotas dirigidas a
los delanteros o al arbitro. Cuando el más amargo
sollozo se convierte en aullido, ahogado por el grito
del locutor, de Calilo, de los vecinos de las calles
aledañas —¡GOOOOOUÜ. —Apaga el televisor. Un rayo
deja sin sangre la cara de Galilo que. segundos des­
pués. vuelve a ocupar su lugar, más roja aún. por­
que hasta los ojos lucen encamados.
—¿Me puedes explicar por qué has hecho eso? —To­
no serlo, grave, de locutor en la última pregunta del
programa que regala millones. Con parsimonia, con
un pañuelo descchable procede a limpiar los ojos
con cautela, elegancia, sin atreverse a mirarle...
—Porque ya no me quieres.
—¡Vivo contigo! ¡Como contigo! ¡Duermo contigo!
¿De qué otra manera quieres que te demuestre mi
amor?
—Tú sabes cómo. —Abandona el sillón.
—¿Nada más piensas en eso? ¡Sexo! ¡Sexo! ¡Sexo!...
—Mira quién lo dice. - F.n mejor posición, la nueva
vida fue un pase a la primera, desde aquí no habrá
balones, cargas ni disparos que puedan resistirse.
Por fin logra saber para que han servido tantos años
de entrenamiento, se dan las condiciones para en­
contrarse a la altura de las circunstancias, de s u
n u e v a circunstancia: Primera División. Esta nueva
vida e s eso. fama y riqueza. Leonardo Inflado s e
vuelve exigente, s u s miradas constantes significan lo
m i s m o que el lengüeteo de un perro. Sin embargo.
d e s c u b r e que bajo la epidermis sobrcvaluada de Ga­
lilo e x i s t e el alma, la formación de u n pobre hombre

113
que de niño durmió en lechos que olían a orines, y
donde las chinches devoraban el sueño, que comió
carne sólo los domingos, que conservó la misma die­
ta de arroz y frijoles durante la aciaga adolescencia.
En el fondo. El Tigre desprecia al manojo do nervios.
a Leonardo, que en s u Infancia tuvieron que golpear
—dice— para que comiera, para que bebiera su leche
entre llantos y protestas, leche que vertía sobre las
macetas más cercanas, cuando la servidumbre se
descuidaba. No desaprovechó la ocasión para recor­
darle su humilde origen, el oficio de su madre, la li­
bertina vida de s u padre. De "dios" d e s c i e n d e a
"mecánico mugroso" y a "futbolista fracasado". Para
olvidar el cargado ambiente de la casa coge s u
maletín, los zapatos de fútbol y se va a cascarear a
la unidad deportiva.
—Voy ;i una fiesta a casa de los Gómez.
—Entonces voy a arreglarme.
—¿Y a ti quien te invitó?
—¿No quieres que vaya? Pero si los Gómez me co­
nocen bien.
—Todo ha cambiado y no me voy a aparecer ahora
con un chlchiio de la calle España. —Lo mira, perro
viejo, caído en desgracia. Apoyándose en el descanso
de la escalera sube a encerrarse en la recámara para
ponerse la mascarilla, escoger vestuario. Baja alegre
gorrión los escalones cuando se ve volando por los
aires. De no ser por los tubos que le hacen rebotar
cuando va a dar de cabeza sobre el piso, se la hubie­
ra partido: a s u lado caen dos cubitos de hielo. Ni
Calilo ni el Uyuyuy asoman a ver quien produce el
escándalo: antes de perder el conocimiento escucha
la voz del Pájaro Loco, que viene de la televisión.

114
Despierta en una casa oscura, el dolor está por to-
dos lados, más aún por la cadera. A quejidos sube
tambaleante y se deja caer sobre la cama a un lado
de Galilo.
— ¿Qué pasó, no fuiste a la lícsla? —El silencio le
respondió. Con los ojos pelones en la oscuridad es-
cudriña el futuro, la situación: "No. No puede ser
posible".
El tiempo se vuelve silencio, lo Ignora, pasa sin
mirarle. Si lo encuentra en la sala se retira al
comedor: si en el comedor, huye a la recámara en la
que ya no duerme, acomodando su indiferencia en el
sofá de la biblioteca. Comen cada cual por su cuenta
y riesgo: Galilo se ausenta durante todo el día. para
regresar por las noches a una casa oscura, solitaria.
Sombra entre las sombras, sombra que se vuelve
silencio, se acuesta en su lecho.
—\x> mejor será que te vayas; creo que lo que había
entre nosotros ya se terminó.
—¿Crees que ya terminó? ¿Que me vaya de la
casa? Siempre decidiendo por los demás. Aquí sólo
Importa lo que tú pienses. Qué fácil ¿no? Te quedas
con los mejores artos de mi vida y luego me echas al
bote de basura.
—Tómalo como quieras.
—Lo pensaré. —Cuánto cambia el dinero a la gente.
el dinero que se vuelve poder. En la premonición del
final que se acerca, que se loma Inminente como lle-
ga la muerte para cerrar los ojos de los muertos y
negarles toda posibilidad de luz.
"Y yo te habré de quereeer
y tú me habrás de adoraaar
luego me has de aborrececer

115
y te tendré que olvidaaar"
El disco lo pone Galilo desde el amanecer hasta
por la noche, cuando se acuesta para no dormir, pa­
ra mirar la vida oscura con los ojos del Insomnio.
No. no será tan fácil.
Apenas si nota el olor ácido de la leche: sin
embargo, no parece descompuesta, u n tufo exü-año,
casi ni s e percibe, la prueba con el índice, no sabe
mal: desconfiado la sirve al Uyuyuy. sí se encuentra
descompuesta seguro no la,beberá: pero la bebe, la
bebe toda y pide más con la mirada, con el rabo. El
pobre, el inocente anlmalito. tan pacifista, tan ajeno
a pleitos e Inconformidades, va a convertirse en la
víctima inocente, pagará por toda la inhumana in­
comprensión y las discordias. Pasados apenas los
primeros minutos lanza un vómito amarillo, después
rojo y. al final, espuma inagotable, al tiempo que los
miembros se le ponen rígidos, temblaba y temblaba
Leonardo de indignación, de cólera, de rabia, de u n
sinnúmero de sentimientos que le embargan porque
no ve al perro retorciéndose, a sí mismo se ve tirado
en el piso con los tubos desparramados, la mascari­
lla de barro resquebrajada: asomar s u s ojos ya sin
brillo, por las dos aberturas que sobresalen de la
mancha café. NI tiempo de llamar a un médico
veterinario, ni ganas, el deseo de dormir, de olvidar
todo, lo va venciendo. No queda más que la noche
con s u s grillos, s u s perros aullando y la luz plateada
que entra por la ventana abierta.
Ya están s u s maletas esperando Junto a la puerta,
cuando llama al taxi. Aquello e s peor que caer en las
reservas de u n equipo de barrio, aquello es una tar­
jeta roja. A u n q u e Dios, el gran arbitro, con s u s

116
pantaloncillos, su camiseta que bajo la cruz reza
Jilistebus meus. ha silbado que se detenga, conti­
núa con sus Joulís. No habrá tiros libres ni penaitys:
"Suspensión": derrotado por primera vez en su vida,
herido, ya no será más campeón invicto. De nada
servirá tratar de intimidarlo, el Juego está
suspendido, terminado, no habrá asociación ni Juez
que falle a su favor, aun queda la suerte, el azar que
se da en todo Juego:
—Si me perdonas, te Juro que cambiare, Jamás has
de volver a tener una queja. Seré como tú quieras.
Leonardo deposita la mirada sobre el Uyuyuy cu­
yas patas tiesas apuntan al ciclo, las dos hileras de
dientes parecen una sonrisa fija en él. Galilo s e in­
terpone para ahorrarle el espectáculo del perro.
—Dame otra oportunidad, n u n c a le he rogado a
nadie.
Se ha ido: aunque le tuviera enfrente. Calla du­
rante los minutos que se alargan. S u s ojos hablan
de ausencia. Sonríe tratando inútilmente de atarle a
la coherencia del convencimiento. Mata a gritos el
silencio, J u a n Gabriel:
"Yo creí que eras buena, yo creí que eras
sinceraaaa
tú fingiste ser buena
resultaste tralcloneraaaa
Y este orgullo que tengo no lo vas a
miraaaar..."
—Dame las llaves - l a voz fría, ajena, no es la suya.
Busca en los bolsillos jen fin! S u carrera no está
terminada, quedan por allí muchos Leonardos con
los cuales continuar el juego: otro partido, lleno de
hipocresías, de engaños, ojalá esta vez encuentre a

117
un contrincante fogueado, alguien de su categoría.
para poder continuar su carrera de profesional de la
aventura. Descuelga el banderín, la foto del Guada-
lajara que olvidó meter al equipaje. Como el partido
concluye estira la mano, Leonardo asustado retroce-
de esquivando el golpe Imaginarlo. Calilo sonríe co-
mo sabe, como un tigre de mirada verde. Aferrando
la mano recia de músculos endurecidos por tantos
balones interceptados por todos los ángulos.
callente, mano que tierna acarició su piel desnuda.
Quiere decirle "No te vayas'T Le entrega las llaves.
para dar fin al ritual. Galilo devuelve la cadena con
sus Iniciales. Le observa Incrédulo, la vida continúa
siendo un Juego, una experiencia lúdica. tan seguro
está que lo pueda detener. Rccojc las maletas, se
aleja. De las ruinas de si mismo, un apagado grito
permanece suspendido en el intervalo. No dijo nada.
calla y. Galilo. de un portazo cerró el mundo. El
amor, la vida, se vuelven pasado que se desmorona
de golpe. Envuelto en su bata de seda china se de-
rrumba en amasijo de tristeza y llanto. Todo ha
concluido, sólo queda la voz de Juan Gabriel:
"¡Yo soy bueno por las buenaaaas
y por las malas soy muy malooooo!"
I-a casa cierra puertas y ventanas, su silencio de
templo vestal se ve roto por la Roció, la Juanga, la
Lucha Villa y la "Alondra de Iluentltón". que cantan.
gritan la irrefutable mentira del amor, la falsedad de
los besos, las promesas y la profecía de que un nue-
vo amor aparecerá para borrar al otro, al perdido, al
cabo: "¡Tan al pelo lo jayé que ni me acuerdo de tii!".
Grita, ríe. a ratos solloza caído otra vez, sobre las
amorosas bocas de las botellas que entorpecen.

118
embriagan; pero no borran los recuerdos. Kl
Uyuyuy. fuera de su escondrijo, se solidariza.
muerto, con el dolor, el abandono de su amo. Lleva
dos días sin comer cuando de una patada rompe la
puerta El Bárbaro.
—¡¿Cómo voy a creer que iwr culpa de ese mayatc
estés asi?! |Claro que va a regresar. No tiene dónde
más meterse! —Avíenla el perro a media calle. Lo
obliga a bañarse y a comer y se duerme junto a el. A
ratos lo escucha llorar entre el sueño. Que sola que-
dó la casa, la ciudad, el mundo...

119
ESPAÑA, LA CALLE...

C atedral. 1.a Salud. San José... elevan cru-


ces para espantar al diablo renuente, em-
briagado del aire que es puro ardor, sal sobre la piel
porque: "Donde el pecado es luz. Dios se vuelve
sombras". Apenas un cirio necio Ilumina los pies
llagados, sangre y carne de cera de cristos temero-
sos a levantar la vista, bajo la corona de espinas.
por no caer de nuevo en tentaciones. No lo dijera ya,
el por oficio oidor, don lebrón de Quiñones que en
aquella villa donde han venido a refugiarse los con-
quistadores españoles, donde Hernando de Cortés
facturara ambicioso testamento autonombrándose
marqués, dueño de villas y señoríos, reinaba la li-
viandad y la molicie. En el somnolicnlo abandono de
121
la austera moral católica. las costumbres caían y
caían y caían... tan lejos de la corona, de los perspi­
caces ojos de la Santa Inquisición, que no encontra­
ba vereda nl paso para conducir hasta las lonlanas
selvas tropicales, s u s potros de tormento, s u s
silicios, s u s enormes ruedas para achicharrar cuer
pos en los que se hubiera metido Uelbecú. S u s habi­
tantes se entregaban a toda suerte de licencias
amancebándose entrellos. y con españoles y negros
sin discriminar raza, sexo ni edades. Ni respeto por
las nobles canas de los conquistadores guerreros.
dioses blancos, centauros depredadores, merecían
de los aborígenes espléndidos de carnes, bajo cuya
piel bullían los soles, los misterios de la tierra mágl
ca y lejana.
Los Ponce de León. los Velasco. los Pinzón, los
Sandoval. los Agulrre. los lleredia... los pobres espa­
ñoles sufrían mucho en las cruentas batallas soste­
nidas para ejercer la santa misión en la que Dios les
encomendara la salvación de aquellas ánimas —que
en ánimas los convertían si no accedían a salvarse—
si acaso por su mala suerte o por designio del Espí­
ritu Santo alguno de estos nobles guerreros hispa­
nos caían en manos de los Indios, sufrían mucho
—atestigua Bernal Díaz del Castillo— porque, una vez
prendidos, todos los indígenas (y cuenta la historia
que eran muchos) les daban por el culo cometiendo
en s u s personal las m á s terribles abominaciones.
Pero ni asi se fueron: antes bien se quedaron, per­
manecieron bajo la fronda de cacaos y tamarindos
abanicando sueños, fantasías, que no solapaban ba
jo ningún pretexto en la tierra acogedora, libertina.
que amanceba una cultura severa a la de un indio

122
desnudo, sin vergüenzas, de ojos alertas a la mini
nía alusión al deseo.
Aunque destruyeron templos y poblados, para cía
var encima s u s cruces esotéricas, nunca lograrían
eliminar la religión pagana, plagada de hombrecillos
de barro, de penes gigantescos que rebasan s u s
sonrientes, satisfechas cabezas. Símbolos de la
fertilidad, del puro sexo derramado que transforma
la naturaleza y da origen a la vida, siglos después.
hasta nuestros días, continúan apareciendo:
avasallantes, al construir los cimientos de un edifi
ció o al abrir un drenaje: ocultando sonrisas en los
jacales de los ranchos, en los oscuros rincones de la
decencia, en los roperos de las casas de la ciudad
más antigua de la costa occidental. Más vieja aun
que Mina. Guadalajara. San Francisco, destruida
tantas veces por pecadora, renace renuente, necia.
para inventar nuevos pecados, nuevas perversiones.
con más Imaginación, con más codicia de cuerpos
jóvenes, morenos, creciendo en un reto al adagio di­
que "Nada humano es perfecto". A veces un sismo.
en ocasiones una peste, una erupción de Coliman
fc'l Viejo la diezman, la podan para crecer con nur
vas calles, brazos lloridos amarillos de "lYimavoras".
de "Lluvias de Oro", incendiarse de T a b a c h i n e s .
Uugambilias. volverse una esperanza de Plátanos.
Palmeras. Parolas. Laureles.
Consagrada a San Felipe de J e s ú s , amante de lo
ros y mojlgangos. de charros y adelitas. de chiquillos
embicicletados que guian a los mojigangos. a las
chirimías por las nocturnas calles hasta la misma
plaza de toros, para que no vayan a perderse: que
cuando no hay toros tiembla, porque se enoja el

123
santo que fue a morir crucificado a Japón para ver
si asi aprendía a no largarse tan lejos de su casa.
Los charros y los choferes escogen reina que
cuando no es IMIÚ es la Ubertina. IJOL Dorada: La Ja-
nis no porque es dicreta y no va a andar montada en
un carro alegórico con un charro de chambelán se-
guido por una corte de choferes y boleteros vestidos
de vieja de esos que se avientan borrachos al ruedo
para torear con las naguas, para jotear hasta que
los cuerna un toro y se los lleva la Cruz Roja para
que no anden comportándose como mujeres y se
acuerden que son choferes casados, con hijos, y no
Jotos de esos $uc andan contoncándose por las ca-
lles y Jardines aunque no nada más a los choferes se
les olvida, a los charros también que son hombres y
luego los encuentran en los baños, en los que tienen
un letrero afuera que dice "Hombres", besándose en-
tre ellos, cuando no a gatas y nomás se oye cómo ta-
llan la pistola contra el suelo.
"SI los jotos volaran el cielo se oscurecería"; "Si los
jotos volaran en Colima ya nunca saldría el sol"; y
por eso no vuelan, ni solos ni en parvada vuelan: se
sientan en los Jardines y allí esperan a los Insectos
que giran y giran en motos, en carros, en bicicletas
alrededor de los Jardines.
Santa, puta y parrandera, asi es Colima, ya sea en
tiempo de aguas o de secas, de fríos o de calores.
tiempo de loros o de feria, que feria es siempre: aun-
que no halla caballitos, ni fortuna en forma de
rueda, ni el amor en forma de avión. Feria es siem-
pre porque Ixx Janis dice, y si dice La Janis. la
soberana, no hay quien la contradiga.
Diosa de la sensualidad, ruega por nosotros.
124
El tiempo viento, tiempo ciclón, se ha llevado todo,
los niños se hicieron Jóvenes, los Jóvenes viejos, los
viejos murieron y los acomodaron en sus tumbas,
uno al lado del otro, según iban muriendo: don Cle-
mente Junto a La Esperanza. La Esperanza a un lado
de doña Clara, doña Clara junto al Sapo. El Sapo
Junto al Tambache de Húngara. El Tambache de
Húngara Junto al Chino Hoyos bajo los mirlos, las
parotas y las palmas.
La ciudad creció y volvió a crecer y el deseo Junto
con ella. Los rios se volvieron calles y las flores y los
poetas y los países prestaban sus nombres, los rega-
laban para que la gente no fuera a perderse en una
ciudad de calles sin nombres. Villa y Zapata. Genaro
Vásquez y Lucio Cabanas se volvieron colonias.
Desde "La Cumbre" vuela el diablo, los vientos hu-
racanados chillan en remolino alrededor de la
virgen, de la figura esculpida en mármol de la Virgen
del Rosarlo, que se trepara hasta la cima del cerro
para que ya no la enchapopotaran los masones co-
mo hicieron cuando se instaló la primera vez al lado
de una curva de "El Salado", culebra plateada por
las tardes, de donde los pescadores obtienen chopas
y doradillas. Allá, abajo, entre las sauces, se zambu-
llen encuerados los chiquillos. Desde su ermita, mi-
ra al río con las manos Juntas, su rosario, y mira a
los muchachos manosear a las putas ya borrachas.
arrojarlas vestidas en el rio para salir carcajeándose.
con las ropas untadas al cuerpo, mira también los
cerros, los volcanes, al horizonte hacerse curvo, a la
oscuridad, al infinito tragarse al sol. Entonces, el
diablo, transformado en gran murciélago, se dirige al
poblado a seducir pecadores: sonríe, alcahueta, por-

125
que si no hubcra diablo no habría virgen.
Dios de la perversidad, ruega por nosotros.
Desde allá, desde "La Cumbre", cintila. Junto al
parque Metropolitano, un rosarlo mercurial, la calle
Esparta: donde fue el billar del Sapo hoy se
encuentra el supermercado: "El Gato Negro" ahora
es "Cenaduría": "La Sirena", tienda.
La luna vibra sobre los tejados, mar de vientos que
en oleadas azota los follajes esparciendo aromas de
frutales. La ausencia de Galllo, acrecentada por las
noches en las que descansa su Impaciencia sobre la
televisión enmudecida, ¿de qué ha servido decidirse
y sembrar la distancia en lo que alguna vez llamó
amor? CadaMetalle. cada cosa, la ciudad, la casa
convertida en inmensa llaga, cicatriz que no cierra,
que nunca cerrará. Espera horas frente al teléfono
que parece muerto ¿de dónde llegará la ayuda?
¿Qué luz le Iluminará para obligarle a regresar a
ocupar su sitio frente al televisor, para que en la ca-
sa vuelvan a derramarse los gritos de Carlos Albert y
de Ángel Fernández, los zumbidos de panales
gigantescos? Nada en la casa es como antes. Al fin
la encuentra como siempre ha deseado: pulcra,
ordenada, sin tenis, ni pants regados por todas
partes, sin colillas de cigarros quemando tapetes.
sin revistas pornográficas ni literatura barata sobre
las mesas ¿no era esto lo que siempre había
querido?
Cambió los muebles de lugar, renovando el deco-
rado engañará la ansiedad, disfrazará el tedio. La
esperanza, convertida en reloj de arena donde, en
realidad, lo que caen son recuerdos. En el salón de
belleza le arreglan el pelo, un corte de los que están
126
de moda, ropa nueva, vida nueva y a buscar otro
marido "marida" —dice LaJanis. \x> encuentra sentado
en una banca del Jardín de "La Soledad", con la
cabeza echada hacia atrás dejando que el sol de
agosto le acaricie el rostro, rostro de facciones
duras, sol que convertido en perro lame su frente.
su pelo y él se deja hacer con gesto displicente. La
tarde pura modorra, a la sombra de los árboles Jue-
gan los niños a la guerra. Una banda de música
compuesta por cuatro campesinos desarrapados,
mientras uno más extiende un sombrero luido hacia
la caridad indiferente, desentonan frente al super-
mercado "El Nuevo Kclrio". "Dios Nunca Muere". Al
sol se une la música. Ernesto, despojado de la
camiseta, estira las piernas enfundadas en el apre-
tado pantalón vaquero que muestra por las roturas
tramos de una piel bronceada. En el hombro iz-
quierdo un tatuaje extraño, garigoleo. laberinto de
líneas, inscripciones, mapa de algún tesoro oculto
que aumenta la dimensión de sus bíceps. Se arrella-
na a un lado sobre la banca, obliga a Ernesto a abrir
un ojo. uno solo, el derecho, con aquel único ojo ob-
serva la playera rosa, el pantalón blanco impecable.
un montículo en el bolsillo derecho, e intuye se en-
cuentra hinchado de dinero y tarjetas de crédito.
Leonardo, para darse su lugar, apenas si voltea a
mirarle pero ya Ernesto le sonríe con sus veintidós
años, con su dentadura más blanca que el alba de la
virgen y los ojos ¡Dios, qué ojos!; qué Iba a hacer si no
a sonrcirle también, corresponder a la amabilidad.
"Una sonrisa nunca se desaira", aunque la de La
Chula Linda parece más un mordisco que obliga a
retroceder un tanto al Joven. Los músicos |Maldltos

127
músicos! se han acercado y tocan frente a ellos. Im­
posible hablar, preguntar la hora, solicitar u n
fósforo, u n cigarrillo o todo de u n a vez para no an­
darse con rodeos. La banda interpreta "Me viene
guango el pantalón", hasta los niños que antes juga­
ban belicosamente terminan abrazados, bailando.
Dejan de tocar y Leonardo extrae la cartera repleta
de billetes, para arrojar uno dentro del sombrero
expectante. Ernesto se enamora a primera vista, así
ya nomás dice:
—¿Nos vamos? —Se incorpora, viste la camiseta y
en gesto solicito, familiar, cuenta que es casado y con
tres hijos "Pero no capado". ¡Ya no más! Ya no más
mamá Leonardo. Ernesto será sólo una aventura.
entremés, bocadillo, como de ahora en adelante se­
rán ^todos en su vida, hombres de entrada por
salida.
—Pancho quiere money. —Señala a su miembro
desnudo, agotado Igual que u n bebé dormido. Le en­
trega dos billetes antes de despedirlo.
Ningún Ernesto. Pedro, J u a n o José le harán olvi­
dar la escultura morena que se trepa sobre las pla­
teadas copas para patear baloncltos Igualmente
plateados: "Calilo S a n t a l u c í a . c a m p e ó n goleador
1978. 79. 80..." Pero ya no. ya no volverá ningún
hombre a hacerle daño Jamás!, Jamás volverá a de-
Jarse explotar ni económica ni sentimentalmente.
Convirtió el amor en pasión, el placer en vicio y a los
dioses ofenden tales desfigures. ¿Por qué siempre
ha sido presa tan fácil de cualquier gañán? ¿Por que
dejó que los sentimientos prevalecieran sobre la
razón? Ya nunca volverá a enamorarse ¡Nunca!
¡Nunca! |Nunca! Primero morir antes que volver a

128
pronunciar "Te quiero". "Eres todo para mi" o cual-
quier otra sandez que implique renuncia o enajena-
ción "Dónde estás ahora..." Cualquiera puede
llegar, adueñarse de su corazón, su tiempo y él se
entregaba Inocente sin que nada lo defienda, razón.
sentimientos, dualidad disímbola, tan contraria
iMeJor muerto que volver a enamorarscl Qué tonto
se ha mostrado al exhibir los sentimientos con el
maldito canalla, rufián "Con quién estás. Quién te
hace plojlto para que te duermas. |Oh mi papá oso!"
"iMaldito. maldito, mil veces maldito. Si te vuelvo a
ver te despedazo, mejor no te encuentres conmigo!"
"(Dios mió por que" Se abraza al poste para llorar
franca, abiertamente, sin importarle el rimel que le
corre hasta los labios, limpia la nariz con el dorso de
la mano y en el espejo comprueba el deplorable esta-
do de su cara. "¡Qué horror!" Recobra la serenidad,
apresura el paso, porque ya es hora de la tclcnovela
y Lulú y La Shirley le van a decir hasta lo que no si
se retrasa.

Hijo de la ciudad donde los padres duermen bajo


tierra, por todas sus calles saltan los recuerdos, ciu-
dad de ancestros, de fantasmas amorosos. Indoma-
bles a la fuerza del viento de los siglos, de la pasión
lrrcdenta.
Ahora sólo se fijará en las mujeres. Cuánto, cuán-
129
to tiempo ha perdido, desperdiciado. Por qué no hizo
caso a su madre y buscó a una buena mujer que lo
atendiera, que le diera hijos, que lo cuidara: "No es
bueno que los hombres vivan solos", y, bueno: "Los
hombres" y que era él si no. en qué era distinto a los
demás.
Mira en el espejo de un aparador el pelo con base,
los ojos pintados, el pantalón lila, la camisa roja, se
alejó de allí rápidamente.
La observa, flor de pantano, diosa de barrio pobre.
Algo mágico, sagrado, poseen aquellas mujeres de
porte insolente, de tanto orgullo por las formas, por
el cuerpo exuberante, por la manera en que mira
fija, sin bajar los ojos. Igual que una reina. Parada
en la esquina, espera el camión. El vestido le parece
escandaloso, diseñado más bien para un coctel o
una fiesta, no para las tres de la tarde de este
Jueves; aunque así se hubiera vestido él de haber
nacido mujer. La chica es de su talla, casi de su
estatura: alta, altiva, de pie grande, si se disgustan
podrá conservar algo de su ropa, sus zapatillas y si
no, de vez en cuando, sin que ella se dé cuenta, to-
mará prestado, sólo prestado alguna blusa, unos
pantalones, una peluca, lucirla en una fiesta de Lulú
o La Shirtey. Claro que no se enterará de que su ma-
rido es rarito. Jamás se lo dirá. Y las mujeres, tan
tontas las mujeres que nunca se dan cuenta de que
sus novios son lllos o mayangas ¿cómo la abordará?
"perdone señorita, me puede dar su hora". No, de-
masiado formal. "Disculpe, pero desde que la vi me
enamoré de usted", tampoco, como del siglo pasado.
Tiene que mostrarse viril, macho, hacerle sentir su
fortaleza. Se acerca decidido, con paso seguro:

130
—¡Adiós mamacita! —Le mira de arriba abajo. Igual
que se mira a un buey, un chivo que de pronto se le
apareciera enfrente. Mirada de cálculo que enfria,
desnuda a Leonardo y sólo acierta a preguntar:
—¿Dónde compraste tus zapatillas? —De allí surge
la amistad, porque Lupita responde que en "La Copa
de Oro", están rebajadas y si quiere le acompaña
porque ha visto que venden de su número, 26 y
medio. Sí. hay unas moradas, de razo, que se le ve-
rán divinas. La invita a comer a su casa.
—Que cutis tan descuidado. Leonardo. Te voy a po-
ner una mascarilla de aguacate. —De todo sabe Lupi-
ta porque en la sala de belleza "Shangri-La" todo le
han enseñado, tanto a poner una base como a teñir
pelos "que a ü buena falta te hace", poner rayltos.
La mascarilla sale tan buena que mejor se la co-
men con galletas de soda. Mientras pinta el pelo a
Leonardo cuenta la historia de su romance con
GaMo.
—¿Y por qué no lo buscas ya que parece que él no
va a venir? ,
—¡¿Buscarlo yoooo?! |Yo. la "Señorita Colima 1962"!
Yo, no querida.

Llegan a todo lo que dan al "Salón Palacio", refugio


que Calilo escogiera en el destierro. Lugar donde es-
conde el aburrimiento luego de la salida del trabajo.
Lupita, enfundada en el vestido de seda roja que le
prestara Leonardo y La Chula Linda toda de blan-
co y estrenando Unte: "Atardecer Canadiense no.
37". Lo toma por el brazo cuando percibe su
131
estremecimiento, no tiene qué indicarle cuál es
Galilo; le ve palidecer, sudar, desviar los ojos de la
mesa donde un hombre moreno, guapo él, acompa-
ñado de un ventrudo bigotón La Chona. sonríe al
reconocer el vestido.
Se sientan las dos. muy dignas ellas, piden dos
cervezas. Hablan, aparentan la seguridad que no
sienten. Lenta, arrastrada la vista cae sobre el ama-
do rostro. Le ven los ojos como antes, como siempre
le han mirado: "¿ya no me quieres?"
—¡Pinche puto ridiculol
La voz de La Chona enmudece a las gentes del
Salón Palacio. Leonardo evita mirar los ojos que le
insultan.
—iMiralo y con el pelo pintadol —Para acallar los
gritos. Lupita deposita unas monedas en la rocola.
Veneido. Leonardo abandona la mesa para ocupar
un lugar frente a la barra. El Mambo No. 8 inicia su
conteo.
—¡Uno! —Ya no está doña Clara para defender a
Superniña. Ahora es sólo un collar de perlas guar-
dado en un estuche.
—|Dosl —|Por favooor! licenciado. Qué falta de
confianza, si usted ya es de la familia. Cómo se va a
marchar ¿no ve lo peligrosa que está la calle a estas
horas?
—|Trcs! —Leonardo ¿no crees que ya está bueno de
tantas chingaderas? Ya viste en la televisión cómo
quedó la ciudad de México.
—iCuatrol —La razón es muy simple, si Leonardo y
yo dormimos Juntos es porque él es puto y yo
mayate. Y si sus tias Lulú, Libertina y Janis tienen
nombres de mujeres y son hombres es porque tam-
132
bien son putos.
—iClncol — |Tú no tienes sentimientos. IJI única vr/.
que te vi llorar fue la noche en que perdió el
Guadalajaral
—¡Selsl —Pues sií. sí tengo un apodo: ¡Juana de
Arco!
—¡Slctel —¿Nada más piensas en eso? |Sexol |Sexo!
|Sexo!...
—¡Ocho! —¡Salud anciano! Humillado por La Chona
que levanta s u tarro de cerveza. devuelve u n a sonri­
s a de Inocencia.
Cuando Pérez Prado grita iMaaaaaamból u n re­
lámpago rojo cae sobre La Cliona. Ruedan sobre el
estruendo de m e s a s y botellas, entre las trompetas y
la batería, entre los trompctlstas que siguen con s u
ritmo la lucha a los pies de IM Foca, de la rocola.
Pérez Prado puja y Lupita desgarra la camisa de La
Chona. se levanta acomodándose el pelo, s e dirige al
bario de "Damas". La Chona. enfurecida, es conduci­
da a rastras hasta la puerta por Galllo.
El tiempo, el tiempo, el tiempo... tiene razón, no es
m á s que un pobre viejo. Mira en el espejo la cara de
incipientes arrugas, el gesto cansado. El ruido del
motor del auto que se detiene, de la portezuela que
se abre en el silencio de la calle, que luego se cierra
para llevarse su amor, s u sueño.

133
La calle España no conduce al centro, a ningún
Jardín; y menos guía a sus Infaustos habitantes por
el derecho camino del cielo con templo como aduana
de por medio. Por ella nunca desfiló presidente u
obispo alguno; sin monumentos municipales, se
retuerce, extraño ofidio, en su Ignominia. Atrás las
huertas: mangos y palmeras, atestiguan en los
condones, en el papel sanitario, en los Cotex aban-
donados sobre la hojarasca historias Inéditas, de
amores consumados a granel, bajo tarifa, tasados
por un tiempo exiguo. Inexorable. La sordidez, impe-
rio de tufos, pestes, la miseria, ondean estandartes
de vicios junto a Sagrados Corazones y Vírgenes de
Guadalupe a cuyos pies nunca faltan las flores ni el
ángel que la sostiene, ni la lumbre sosegada de la
veladora que ahuyenta espíritus malignos.
fantasmas, sombras Indomables; las que. de otro
modo, caerían negras para ahogar la luz avara que
se atreve a penetrar sus puertas.
Soltera, otra vez. dedicada a las labores del hogar,
a regatearle a la vida por los chiles y la zanahorias.
los plátanos, cocinando para la soledad, huérfana de
amor y perros, de hijos prestados, de maternidades
postizas. "La vida es una calle larga y solitaria", se le
ocurre en su pesimismo, en la dejadez que apabulla.
compunge su alma.
Y si. ciertamente, la vida es una calle larga... por
estos momentos en que regresa con las bolsas de las
compras, no la encuentra solitaria: al doblar la cs-
134
(|iiln:i de "I-i Sirena". un niii|M> do Jóvenes, enfrenta­
dos en equipos liillxilmiH. aullan las cabelleras de
su adolescencia bajo el IIIÍIM hernioso crepúsculo.
Coloca las bolsas sobre el piso, se a|>oya de una ven­
tana para contemplar la visión maravillosa <|uc pa­
tea una pelota: pendiente del gesto de U-onardo que
atrapó su vida, s u mirada. Murga en el fondo del
sentimiento y encuentra un fluido silencioso. salxT
oculto que brota de la tierra y esplende sobre las Cor
m a s del muchacho: "¿Creíste que nunca llegaría?"'
¡Ora pinche Gato, ya dejaste ir la bola!
—¿Oye Janis. qué puedes ofrecer a un joven cuan
, do ya has pasado de los cuarenta y la piel está
marchita?
—¡Ay. querida. Aún nos queda el alamour. el en­
canto que deja la experiencia y ellos por s u p u e s t o
que lo notan...I
Se aleja para que unos tenis felinos la sigan por la
calle Esparta, por la Javier Mina, por la Pino Suárez.
Tiembla, arredrado por un destino presentido. Ixi
Clmlu Linda se detiene, se flnje Interesado en el
a n u n c i o del e n c u e n t r o l u c h i s l i c o e n l r e El Bello
Orneo y El Hombre Montaña, para que se acerque El
(¡ato. q u e ronda t r é m u l o , a p o c a d o . S o n r í e para
animarlo a dejar s u s temblores y estremecimientos y
diga lo que durante toda s u vida ha e s t r a d o
escuchar, para que abra la boca como ahora lo
hace, tan sencilla, llanamente:
- ¿Ya no te acuerdas de mi. mamá I^eonardo?
Le quitan el resuello, los ojos que miran con
lujuria, con el deseo acumulado durante quince
veranos.
Supe que papá Calilo ya no vive contigo.

135
Por puro amor de Edlpo. porque ya no estará tras
las rendijas espiando fuegos artificiales. El instinto.
igual que luces multicolores. Iba a estallar de todas
formas. No supo a dónde mirar, el descubrimiento lo
desarma, en gesto apresurado se avalanza sobre las
bolsas: pero Orlando le gana la partida, las abraza.
las estrecha como si pudieran escapar volando. Para
qué complicarse la existencia decidiendo qué es lo
malo, qué es lo bueno: que si lo blanco, que si lo
negro... la luz del atardecer se vuelve reflejos sobre
un amor de 24 kllates. y otra vez un ángel loco, un
dios perverso, sensual, enfebrecido, que habrá de
despertar una lluvia de lumbre sobre su lecho, tu-
multo de impresiones de recuerdos, todos de ángeles
de papel cayendo sobre la calle España, un tren, la
vida misma, doña Clara diciendo que siempre le
amaría. Emprende una marcha feliz, resignada; su
rostro transformado escucha a sus espaldas pasos
de terciopelo, esferas celestiales tocando la música
exquisita, coral de ángeles erotizados, extasiados
ante los ojos claros, de oro puro; el padre Bazán te-
nía razón: "¡La tierra es el centro de todo el uni-
verso!"

136
índice

1. "SEÑORTTA COLIMA 1962" 11

2. UN TIGRE A LA CHANTILLY 35

3. TOBI CLUB 47

4. BAJO EL SIGNO DE ORUS 63

5. LA EXTRAÑA FÓRMULA 77
DEL SEÑOR LÓPEZ ROSADO

6. LA NOCHE QUE PERDIÓ EL GUADALAJARA 85

7. ELLAS PLATICAN CON LAS SERPIENTES 101

8. LOS BOTONES DEL DESTINO 111

9. ESPAÑA LA CALLE... 121


SALVADOR MÁRQUEZ G

En su segunda novela, Salvador Márquez Gileta


crea un cuadro kttsch de la sociedad colímense. A
partir de los acontecimientos de la calle España, el
autor disecciona todos sus estratos sociales y sus
instituciones. Mordaz, crítico, sarcástico, el ojo del
narrador todo lo ve: la moral del clérigo, las
preferencias sexuales de la gente bien, los sueños
de las capas medias, los deseos de los intelectua-
les, la policía semper fidelis a su verdadera
vocación, los lavaderos de agua sucia.
España, la calle es una novela de un ritmo
vertiginoso, hecha sin concesiones, con alta dosis
de ironía, sin moralina y con pasión. Los ambien-
tes sórdidos, de lujuria, de placer, que el autor
hace habitar al lector a lo largo de su relato son la
mejor demostración de su calidad narrativa, así
como el manejo de los diálogos y la psicología de
sus personajes; sin embargo, la esencia de su
historia la convierte en una obra entrañable.

Carlos López