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CIENCIA CALDEA

Por José Álvarez López.

En contraste con el hombre de la calle moderno, el hombre antiguo


sabía de la convivencia con los astros. El primitivo agricultor descubría por
la altura de las constelaciones cuándo llegaba la época de la siembra; por la
forma de las nubes y su color si habría viento o lluvia. Solía, también,
cuidarse de cosechar con la luna propicia o podar los árboles ajustándose a
ella. El cuidado de la hacienda, la preñez, todo debía ser controlado por los
astros, y de este modo, la Astrología existió antes de que posiblemente
hubiera astrólogos.
Podemos imaginarnos a un primitivo pastor dormitando con las
estrellas. Rato ha que sus ovejas duermen, pero él contempla la bóveda
azulada. La estación propicia, el cielo muestra en todo su esplendor los
diamantes, zafiros, rubíes, que una mano desparramó al azar como un
reguero de estrellas.
De pronto, una se corre en el firmamento y ello lo conduce a recordar
que la posición del lucero ya ha cambiado. Venus se ha desplazado algo más
arriba y aumentado su brillo. Las otras estrellas siguen en sus lugares de
siempre, pero el conjunto ha avanzado casi media vuelta desde el comienzo
de la primavera.
Marte ha invertido su curso y ahora retrocede en contra de todo el
cielo; pareciera que no hay ley para él; rojo, su cólera desata la guerra y
enferma el ganado. Prefiere no contemplarlo y dirige su mirada sobre el
horizonte donde un resplandor anuncia la luna llena. El conoce sus faces que
varían a medida que se retrasa el Sol, al girar los dos en torno a la tierra.
Es probable que la preocupación primitiva por la Luna se continuara
dentro de los antiquísimos monasterios caldeos, pues la Arqueología nos
muestra a aquellos astrónomos como expertos conocedores de los fenómenos
lunares. Esto puede afirmarse hoy gracias a los recientes descubrimientos
arqueológicos, ya que hasta hace pocos años se negaba a los caldeos mayores
conocimientos astronómicos.
Es curioso que mientras Heródoto, Diodoro de Sicilia, Aristóteles, etc.
consideraban que el origen de la ciencia griega se hallaba entre los pueblos
orientales, los investigadores del siglo XIX afirmaran que los griegos fueron
los creadores de toda la Ciencia y que nada debían a la influencia de
Oriente. No puede pedirse nada más paradójico: los griegos disminuyeron
sus propios méritos, a pesar de su acendrado patriotismo, y los modernos
ensalzábanlos hasta convertirlos en semidioses.
Pero esta situación, hasta si se quiere ridícula, terminó con recientes
descubrimientos arqueológicos que han mostrado a la ciencia caldea con una
magnitud de conocimiento superior a la que llegó a poseer Grecia; en lo cual
resulta evidenciado el afán de los historiadores por disminuir el valor de los
conocimientos científicos y la capacidad de los antiguos.
No es posible entender de otra manera los conceptos de John Burnet
cuando afirma que muy mal podrían los caldeos prever los eclipses de la
Luna no habiendo sido capaces de descubrir sus causas. Para Burnet el
verdadero desarrollo de la astronomía caldea corresponde a la época
alejandrina, es decir, a la época de la conquista griega. En esa época se
descubre que los astrónomos babilonios conocían el período de 18 años que
corresponde que corresponde a 223 lunas, utilizándolo Ptolomeo para la
predicción de los eclipses.
Pero ahora sabemos que los caldeos no sólo conocían este ciclo lunar
sino que, habiendo calculado el movimiento diario de la Luna en su órbita en
13º 10’ 35’’ (que es el valor aceptado actualmente), habían llegado a conocer
el ciclo de 600 años al cual llamaban saros.
Muy acertadamente ha observado Th. Moreux que el conocimiento
astronómico de los caldeos llegó a extremos que compiten con el que
poseemos actualmente, como lo hace resaltar en el pasaje que transcribimos:

“El cálculo de los eclipses supone el conocimiento con una gran


aproximación de los diámetros aparentes de la Luna y el Sol.”
“En 1915, teniendo necesidad de conocer para mis cálculos los
diámetros máximo y mínimo lunar me dirigí a diversos colegas para
la obtención de estos datos que no aparecían con suficiente exactitud
en las publicaciones técnicas, pero sólo obtuve datos contradictorios y
discordantes”
“Resolví entonces armarme de paciencia y tomando las tablas de la
“Connaissance des Temps” en que aparecen los diámetros máximos y
mínimos lunares a lo largo de doscientos años, calculé los valores
promedios durante este período. El resultado fue realmente
sorprendente, pues los valores que obtuve fueron los mismos que
conocían los caldeos y que resumo a continuación:

Valores calculados por mí:


Máx. 33’ 44’’ —— Mín. 29’ 22’’

Valores calculados por los Caldeos:


Máx. 34’ 16’’ —— Mín. 29’ 27’’

.................................

En opinión del susodicho astrónomo la difícil obtención de estos


valores presupone por su acierto, un conocimiento astronómico muy
adelantada entre los caldeos que, de acuerdo a este autor, debieron poseer
dispositivos ópticos para realizar tales mediciones pues, añade, de otro modo
no se explica que representaran al planeta Saturno acompañado de un
anillo, lo que sólo es visible con un buen anteojo.
Entre estas dos posiciones extremas: la de Burnet que le niega a los
caldeos hasta la capacidad de razonar, y la de Moreux que los hace
poseedores de telescopios, creo que corresponde tomar un término medio, y,
sin ánimo de terciar en una discusión que sólo puede llevar a término el
desarrollo de la Arqueología, haré algunas consideraciones en torno a la
ciencia caldea.
Es conocida la curiosa manera de contar de los caldeos que lo hacían
utilizando un sistema a base de sesenta. A diferencia de otros pueblos que,
como nosotros contamos de a diez o de los vascos que cuentan de veinte en
veinte, los caldeos contaban de sesenta en sesenta.
Esto presuponía la existencia de un trabajoso sistema de numeración,
y en cuanto a las causas de tal complicación se han emitido las más variadas
hipótesis; habiendo quien afirma que un sistema de esta base era más apto
para representar cantidades astronómicas. Sin darse cuenta quien así
razonó, que no había en el sistema de numeración caldeo ningún propósito
de simplificación ya que, por otra parte, su sistema no era simplemente
sexagesimal, sino una complicada combinación de decimal y duodecimal.
La primera base era 60, la segunda 600 y la tercera 3600. Es fácil
descubrir entre estos números el Saros ya visto y, como quiera que la
cantidad 600 era llamada también Saros, la asociación es innegable. Podría
así plantearse la hipótesis, que no creo haya sido formulada anteriormente,
de que éste era un sistema desarrollado con el propósito de su adaptación a
ciclos cósmicos.
La extensión del conocimiento matemático de aquellos sabios caldeos
puede también apreciarse en el análisis del método que crearon para dividir
la circunferencia, que es el que nosotros usamos actualmente: 360 grados de
60 minutos que, a su vez, se dividen en 60 segundos.
Si observamos la órbita terrestre vemos que es un círculo dividido
aproximadamente en 360 partes que son los días del año, y por las
divisiones que indican las faces de la Luna encontramos a este círculo
dividido en 12 partes de 30 días que son los meses. Si ahora consideramos la
circunferencia encontraremos la misma división, pues desde el punto de
vista trigonométrico se divide naturalmente en 12 sectores de 30 grados.
Si pensamos que, además, la circunferencia se divide
geométricamente en 6 partes, la asociación entre el círculo y la división del
año, es inevitable. Creo que esta asociación gravitó en el ánimo de los
caldeos al establecer el sistema de división que actualmente usamos para la
circunferencia, que presenta, fuera de éstas, otras características que lo
hacen irreemplazable.
Todo esto muestra con claridad la preocupación caldea por analizar el
universo a través de los sistemas de numeración. La enorme importancia
que tiene un sistema de numeración en el estudio del Sistema Solar, fue el
conocimiento de la Ciencia Caldea.