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HISTORIA DE TESEO A TRAVES DEL ARTE

Nacimiento y Juventud
Héroe nacional de Atenas y verdadero émulo de Hércules, su leyenda data
del S. VI a.C, a partir de antiguos relatos y sintetizada después por
Plutarco en su obra “Vidas Paralelas”.

Su historia comienza ya antes de su nacimiento, S. XIII a.C., cuando Egeo,


rey de Atenas sin descendencia, decide ir a consultar el oráculo de Delfos,
donde la diosa Themis sólo le da el mensaje críptico de que “no debía
destapar el tapón del odre hasta llegar a su ciudad”.

A su vuelta se hospeda en casa de Piteo, rey de Trecén, que entendiendo


el mensaje le ofrece a su hija Etra quedando ésta embarazada. Pero ésta
había tenido una dramática aventura el día anterior: en el momento en
que ofrecía a los dioses el contenido de un cesto, la había asaltado y
violado Poseidón, tal como muestran varios vasos áticos de principios del
siglo V a.C. De esta forma, con una profunda duda sobre su paternidad,
quedó concebido el futuro héroe.

Convencido de haber dejado embarazada a Etra, Egeo ocultó una espada y


unas sandalias bajo una gran roca y partió hacia Atenas, encargando a la
futura madre que cuidase al niño y que “se lo enviara con estos objetos
cuando tuviese fuerza suficiente para mover la roca” (Apolodoro,
Biblioteca, XV, 5, 7).

Teseo pasó sus primeros años en Trecén ignorante de la identidad de su


padre, y con dieciséis años, una vez revelado el secreto de su nacimiento
por su madre, levantó la roca, cogió la espada y las sandalias y se
encaminó hacia Atenas para conocer a Egeo.

Se puso en marcha siguiendo la vía que bordeaba el golfo Sarónico, y a lo


largo del camino se presentaron ante él, uno tras otro, los más variados
malhechores. Él los fue derrotando en una sucesión de gestas comparable,
según los atenienses, a las hazañas que Hércules había acometido unos
años antes: “En primer lugar, dio muerte en Epidauro a Perifetes, que
portaba una maza con la que mataba a los viajeros; Teseo se la arrebató y
la llevó después consigo, siendo ésta uno de sus atributos más
representativos. En segundo lugar mató a Sinis, que habitaba en el istmo
de Corinto y obligaba a los que por allí pasaban a doblar pinos para
lanzarlos después por los aires. En tercer lugar, mató a la Jabalina de
Cromión, fiera que mataba a los que pasaban por su camino, llamada
“Phea” en recuerdo de la vieja que la alimentaba... El cuarto que mató fue
al bandido Escirón, quien obligaba a los caminantes a lavarle los pies y, en
mitad de la faena, los arrojaba a un abismo como pasto para una enorme
tortuga. Teseo lo agarró por los pies y lo arrojó al mar. En quinto lugar
mató, en Eleusis, al forzudo Cerción, que obligaba a los viajeros a pelear
con él y les daba muerte durante la lucha. Teseo lo alzó en el aire y lo
estrelló contra el suelo. Y en sexto lugar mató a Procrustes, quien habitaba
al borde del camino y había dispuesto en su casa dos camas, una corta y la
otra larga: tras invitar a los caminantes, acostaba a los bajos en la larga y
los golpeaba para alargarlos; en cuanto a los altos, los colocaba en la corta
y serraba lo sobrante de su cuerpo. (Apolodoro, Biblioteca, III, 16, 1-2 y Ep.
1,1-4).

Estas hazañas juveniles fueron concebidas, en la Atenas tardoarcaica y del


siglo V a.C., como un ciclo particular en la vida del héroe, digno de ser
representado como un verdadero friso en los bordes de las copas, desde
la pintada por Onésimo (h. 490 a.C.) hasta las de Aisón y el Pintor de
Codro (h. 420 a.C.). En ciertas ocasiones —por ejemplo, en las metopas del
Tesoro de los Atenienses en Delfos—, se colocaron realmente en paralelo
con los Doce Trabajos de Hercules. Pero pronto evidenciaron su carácter
menor: tomadas por separado, algunas —como la de Sinis y la de Escirón-
siguieron representándose hasta mediados del siglo iv a.C. e incluso
resucitaron en el Periodo Imperial, pero su desaparición, cuando ocurrió,
fue definitiva para todas.

En Atenas, Egeo se había casado con la maga Medea confiado en que la


maga le curaría su esterilidad. Teseo se presentó a Egeo, sin conocerlo, en
hábito de caminante (así lo vemos en vasos del siglo v a.C.). Pero Medea
adivinó la personalidad del recién llegado y, temiendo perder su poder,
hizo que se le encargase una hazaña grandiosa, verdadero colofón del
ciclo que acabamos de presentar: la de dar caza al Toro de Maratón, un
gran toro que asolaba la región y que echaba fuego por sus hocicos, el
mismo animal que había capturado y soltado Heracles en el curso de su
“séptimo Trabajo”. El joven héroe venció y sacrificó al animal, y el
banquete celebrado en esa ocasión determinó su destino: Medea intentó
envenenarlo con un bebedizo pero durante la comida, Teseo sacó su
espada, por lo que Egeo, al reconocerle como su hijo, se abalanzó sobre él
y le quitó la copa envenenada, expulsando después de Atenas a su
maléfica esposa.

Para afianzar su puesto en la corte, Teseo derrotó poco después a


cincuenta primos suyos, los Palántidas, que se veían como herederos de
Egeo al carecer éste de descendencia.

El combate de Teseo contra el toro del Maratón, al que a veces conduce,


ya vencido, en presencia de su padre y de Medea, es tema recurrente en
Atenas desde fines del siglo v i hasta el iv a.C.; en cambio, apenas lo vemos
desde el Renacimiento (C. van Loo, 1745). En cuanto a la escena en que
Egeo reconoce al héroe, sólo la conocemos a través de pinturas modernas
(H. Flandrin, 1832).

Teseo y el Minotauro
La muerte de Androgeo, hijo de Minos, rey de Creta, durante unos juegos
en Atenas, llevó a las dos ciudades a la guerra.

Tras su victoria, Minos estableció como tributo la entrega de siete efebos


y siete doncellas necesarios para alimentar al Minotauro cada año.

Obviamente, tributo tan doloroso empezó a causar descontento entre los


atenienses y, por esta razón, Teseo decidió ser él uno de los escogidos
para el envío del tercer año, que el propio Minos había venido a reclamar
a Atenas. Le dijo a su padre que su objetivo era matar al monstruo y que,
si triunfaba, volvería a Atenas en una nave con velas blancas.

El tema del tributo a Minos y del sorteo de sus víctimas ha interesado


poco a los artistas, aunque podemos verlo representado por la
sensibilidad dieciochesca y romántica (J.-H. Fragonard, h. 1765; P. Peyron,
1778; G. Moreau, 1855). En cambio, la escena de la despedida de Teseo
aparece sólo en el Clasicismo ateniense: suele celebrarse en ella un
sacrificio, y Etra aparece ya al lado de Egeo.
En el viaje hacia Creta se suscitó una discusión: como Minos se jactase de
ser hijo de Zeus, nuestro héroe proclamó ser hijo de Poseidón. Entonces,
el rey de Cnosos, para que probase tal aserto, arrojó un anillo por la borda
y le invitó a ir a recogerlo al reino de su pretendido padre. En efecto,
Teseo fue recibido por Anfitrite y otros dioses del mar en su fabuloso
reino, y el propio Poseidón le entregó el anillo.

Por curioso que parezca, este viaje submarino - a veces a lomos de Tritón-
atrajo a los pintores atenienses desde fines del siglo v i a.C.; obviamente,
planteaba problemas a la hora de imaginar el espacio acuático, pero, aun
así, fue hábilmente representado por Micón en un cuadro, conocido a
través de versiones en cerámica (Fig. 133), que se le encargó para el
santuario del héroe en Atenas cuando, h. 475 a.C., se colocaron en él sus
huesos, recién hallados entonces en la isla de Esciros.

Al llegar el barco a Creta y descender todos sus ocupantes, Ariadna, hija


de Minos, se enamoró de Teseo y se propuso librarlo de su previsible
muerte: fue entonces cuando, aconsejada por Dédalo, le entregó un ovillo
de hilo, para que lo fuese desenrollando desde la puerta del Laberinto y
pudiese así, posteriormente, hallar la salida desde el lugar al que llegase.
En efecto, Teseo pudo localizar al Minotauro, peleó con él, le dio muerte y
volvió a salir, sano y salvo, entre los vítores de sus compañeros.

Esta compleja aventura permite mostrar distintos pasajes, que muy raras
veces se han figurado en un ciclo concreto o en una composición unitaria:
en este sentido, cabe resaltar una compleja tabla del Maestro de los
Cassoni Campana, que muestra, en un tono aún quattrocentista con
resabios góticos, a Teseo recibiendo el hilo, dirigiéndose al Laberinto,
dando muerte al Minotauro y huyendo con Ariadna.

El primer pasaje de la leyenda es, en efecto, la entrega del ovillo de hilo


por parte de la princesa: un asunto que, en la Antigüedad, sólo aparece en
Época Romana, aunque ya desde el Arcaísmo lleve Ariadna, como
atributos, la pelota de lana y la corona que habrá de entregar al vencedor.
El tema de la entrega vuelve a interesar en el Renacimiento (Cima da
Cornegliano, h. 1497) y ve acentuarse progresivamente su connotación
amorosa (H. Füssli, 1788; F.P. Palagi, h. 1814; E. Burne-Jones, 1862).
Obviamente, tiene mucha mayor trascendencia iconográfica el
enfrentamiento mismo de Teseo y el Minotauro, sin duda el momento
más grandioso en la vida del héroe: surge ya en el siglo VII a.C. e interesa
mucho hasta fines del siglo V a.C., mostrando a veces, como espectadores,
a Minos, Ariadna y algunos jóvenes. Después, estas figuraciones se van
espaciando, Teseo sustituye su arma inicial —una espada— por la maza
que arrebatara a Perifetes, y la evolución de la perspectiva permite marcar
la distancia de los asistentes y situarlos junto a la puerta del Laberinto.
Escenas de esta índole llegan en pintura y mosaico hasta el siglo IV d.C. A
partir del Renacimiento, el tema se recupera: sus versiones se escalonan
desde Cima da Cornegliano (h. 1497) hasta B. Thorvaldsen (h. 1810) y A.-L.
Barye (1846), por no hablar del memorable cartel que compuso G. Klimt
para la primera exposición de la Secesión vienesa (1898), donde Teseo
simboliza el arte joven derrotando a la tradición. Incluso J. Lipchitz volvió
sobre el tema en una escultura de 1942 para augurar la victoria aliada
sobre Hitler.

Finalmente, la figura de Teseo victorioso sobre el cadáver del Minotauro


tiene un valor añadido: el de ser su mejor imagen representativa, ya que
nuestro héroe, si exceptuamos su maza (una versión reducida de la clava
de Hércules), carece de atributos que lo identifiquen fuera de sus hazañas.
Por tanto, podemos dar este sentido, siquiera parcialmente, al Teseo que,
en una famosa copa pintada por Aisón (h. 420 a.C.), arrastra al monstruo
moribundo sacándolo del Laberinto, o a las figuras del héroe que, en
ciertas pinturas pompeyanas, dejan atrás el cadáver de su oponente. Es el
mismo significado que recupera, en el Neoclasicismo, el Teseo de A.
Canova (1804). Una variante antigua de este tema, cultivada sólo en Epoca
Romana, es la que muestra a Teseo y Ariadna en actitud meditativa junto
al cadáver del Minotauro.

Una vez culminada la hazaña, que tantas veces se ha visto como la visión
poética del triunfo aqueo sobre la civilización minoica, los compañeros de
Teseo bailaron al son de la cítara, como vemos en un registro del Vaso
François (h. 570 a.C.). Entonces entregó Ariadna a su amado la corona de
la victoria (tema de varios vasos arcaicos) y se inició la vuelta hacia Atenas,
embarcándose la princesa junto al héroe, como muestra algún mosaico
romano. Pero, al hacer escala en Naxos, ocurrió un acontecimiento de
gran trascendencia mítica: sin duda por decisión de los dioses, Teseo, que
parecía haberse enamorado de Ariadna, aprovechó su sueño para
abandonarla en la isla.

En realidad, se preparaba así el camino para que apareciese Dioniso,


decidido a hacerla inmortal y a convertirla en su esposa.

El abandono de Ariadna en Naxos es un tema muy atractivo, ya que


implica un problema muy difícil de explicar en la relación de la pareja, y
por tanto permite enfoques encontrados. A principios del siglo v a.C.,
Teseo abandona el lecho, mientras que, en torno a 400 a.C., se impone
como solución alternativa su subida al barco por una pasarela, momento
que se repetirá hasta el Imperio Romano y que permite mostrar a Ariadna
dormida en la playa. Cualquiera de las dos soluciones refleja la visión
teológicamente correcta del relato, puesto que deja a la heroína
inconsciente hasta la llegada de Dioniso. En cambio, en la pintura
pompeyana de mediados del siglo I d.C. surge una visión radicalmente
distinta: el llanto de la heroína al verse abandonada y contemplar, a lo
lejos, la nave de su amado infiel. En los orígenes de esta imagen deben
situarse los versos famosos que puso Catulo en boca de Ariadna (LXIV,
132-201), así como otras alusiones poéticas de esa época, y eco de tales
textos serían, mucho más tarde, diversos cuadros de la Edad Moderna (C.
Saraceni, h. 1605) y, sobre todo, del Neoclasicismo y la Edad
Contemporánea (A. Kauffmann, h. 1774; J.-B. Greuze, 1804; A.-L. Girodet,
h. 1820; lord Leighton, h. 1868; H. Fantin-Latour, once versiones entre
1872 y 1904; L. Corinth, 1913).

Teseo, atribulado por esta aventura y “entristecido por la pérdida de


Ariadna, se olvidó en su regreso de aparejar la nave con velas blancas, y
Egeo, al ver desde la Acrópolis que la nave portaba velamen negro, creyó
que Teseo había perecido y se arrojó” desde allí (Apolodoro, Biblioteca, Ep.
1,10), dando su nombre al mar cercano.

Teseo, en consecuencia, fue coronado rey de Atenas de forma inmediata.


Madurez y muerte
Teseo gobernó desde el palacio micénico de la Acrópolis en la primera
mitad del siglo XIII a.C., es decir, durante la generación anterior a la
Guerra de Troya. Fue, por una parte, un gran rey, que dotó a su ciudad de
todo tipo de instituciones, pero fue también, y sobre todo, un héroe muy
activo, presente en diversas leyendas de su época. Intervino, por ejemplo,
según ciertos autores, en la gesta de los Argonautas, y es común verle
mencionado entre los que acudieron a la cacería del Jabalí de Calidón. A la
vuelta de ésta situó Ovidio (Metamorfosis, VIII, 546 a IX, 134) un banquete
celebrado en su honor por el dios-río Aqueloo: obviamente, tema tan
nimio no se representa en la Antigüedad, pero sí podemos verlo en el
Barroco flamenco (P.P. Rubens, 1614; J. Brueghel, 1625; Th. vanThulden,
h. 1660).

Mucho más importante, en todos los sentidos, fue la actividad bélica de


Teseo para defender y exaltar el poderío de su ciudad, faceta que se
entremezcló desde el principio con las acciones a las que le llevó su
amistad con Pirítoo, rey de los lapitas. Esta amistad tuvo su origen, al
parecer, en la propia fama del rey de Atenas: Pirítoo quiso poner su
heroísmo a prueba, lanzó un ataque contra Maratón, y, al hallarse ambos
en el campo de batalla, decidieron dar por concluido su enfrentamiento y
declararse amigos para siempre. A partir de ese momento comenzaron
diversas aventuras, de las que algunas se sitúan, junto con la gesta del
Minotauro, en el núcleo más antiguo de la vida legendaria de Teseo,
fechable en el siglo VIII a.C.

Sin olvidar la ya conocida intervención de Teseo tras la campaña de los


Siete contra Tebas, una de sus principales actuaciones como monarca fue
consecuencia de una gesta anterior de carácter más personal: nuestro
héroe había acompañado a Heracles en su noveno Trabajo, es decir, en su
expedición contra las Amazonas para conseguir el cinturón de Hipólita, y
entonces se había apoderado de la Amazona Antíope, la había llevado a
Atenas como esposa y había tenido con ella un hijo, Hipólito. Sin embargo,
sea para recuperar a su compañera, sea para castigar a Teseo cuando la
repudió para casarse con Fedra, las Amazonas atravesaron el Egeo y se
lanzaron a la conquista del Ática. La batalla final se dio en torno a la propia
Acrópolis, y en ella murió Antíope, cuya postura en esta circunstancia
resulta discutida: según unos escritores, luchaba a favor de su marido;
según otros, se unió a sus compañeras. Sea como fuere, tal
amazonomaquia se convirtió en la imagen primordial de la lucha de
Atenas contra el Oriente asiático.

El rapto de Antíope por Teseo se representa ya a principios del siglo vi


a.C., pero interesa sobre todo a fines del Arcaísmo -época en la que,
puntualmente, puede aparecer Pirítoo junto a su amigo- y después se
olvida. En cambio, la Amazonomaquia de Atenas —en la que ya es más
normal la asistencia de Pirítoo y del fiel auriga Forbante— es el combate
entre griegos y Amazonas más representado desde fines del siglo vi a.C.,
con hitos como las metopas occidentales del Partenón (h. 445 a.C.), el
escudo de la Atenea Pártenos de Fidias (h. 440 a.C.) o el Sarcófago de las
Amazonas de Tarquinia (h. 350 a.C.), y con la peculiaridad de que, por lo
común, en esas obras Antíope luche junto a su esposo. En la Edad
Moderna, el tema se renovó, apoyado en parte por la Teseida de
Boccaccio (1340), y se convirtió en un tema relativamente común (V.
Carpaccio, 1500; P.P. Rubens, h. 1615; N. Poussin, 1640).

Para demostrarle su amistad, Pirítoo invitó a Teseo a su boda con


Hipodamía, una fiesta a la que acudieron, junto a numerosos lapitas de
ambos sexos, un buen número de centauros. Estos comenzaron
ofreciendo regalos a la pareja (tema de alguna pintura pompeyana), pero,
haciendo gala de su desenfreno congénito, se emborracharon, intentaron
propasarse con las jóvenes lapitas y desencadenaron así una tumultuosa
centauromaquia, con multitud de combatientes por ambos bandos.

Obviamente, Teseo, Pirítoo y sus súbditos triunfaron, y su éxito se


convertiría en la imagen prototípica de la victoria de los helenos civilizados
sobre la barbarie.

En efecto, si la amazonomaquia de Teseo es la amazonomaquia por


excelencia, lo mismo ocurre con su Centauromaquia: desde luego, debe
mantenerse en la duda la identificación de los combates singulares de
Época Geométrica en la cerámica griega, que tanto pueden recordar a
Heracles como a Teseo, pero, a partir del momento en que el primero
queda claramente caracterizado, las dudas se desvanecen, y más aún
cuando el enfrentamiento es colectivo. Por tanto, la batalla de los lapitas y
los centauros se define perfectamente a partir del Vaso François (h. 570
a.C.), y la vemos afirmarse con particular energía en la Grecia Clásica, con
brillantes manifestaciones en el frontón occidental de Olimpia (h. 460
a.C.), en las metopas meridionales del Partenón (h. 445 a. C.) y en el friso
del Hefesteo de Atenas (h. 425 a. C.). En estas escenas se multiplican los
combates individuales, y en su contexto suele aparecer la desgraciada
muerte del lapita Ceneo, también identificado como Cenis, una mujer que,
a raíz de sus amores con Poseidón, logró su deseo de convertirse en un
varón invulnerable: para darle muerte, los centauros hubieron de clavarlo
en el suelo golpeándolo con piedras y estacas hasta que lo ahogaron bajo
tierra.

En época moderna, los combates de centauros y lapitas vuelven a ser las


centauromaquias por excelencia, aunque, en muchas ocasiones, los
artistas no caractericen a los héroes que combaten (relieve de M.A.
Buonarroti, h. 1492; cuadros de P. di Cosimo, 1505; J. Jordaens, h. 1615;
P.P. Rubens (Fig. 135); L. Giordano, h. 1685; G.P. Panini, 1710; G. de
Chirico, 1909, etc.). Realmente es inusual que se insista en la personalidad
de Teseo, y más aún que se sintetice la escena en el combate personal del
héroe con un centauro (A. Canova, 1804; A.-L. Barye, h. 1850).

Teseo estaba ya casado con Fedra, hermana de Ariadna, quien le había


dado varios hijos, Acamante y Demofonte, pero, en un momento dado, se
desencadenó la tragedia de Fedra e Hipólito: según una leyenda, que
adquirió toda su fuerza en el teatro ático del siglo V a.C., Fedra se
enamoró locamente de su hijastro, el hijo de Antíope, quien, para hacer
honor a su raza, rechazaba las relaciones amorosas y sólo se entretenía
cazando jabalíes y ofreciendo sacrificios a Artemis.

Fedra sufrió su drama interno -genialmente imaginado por Eurípides—


hasta que, mezclando vergüenza y pasión, hizo saber al joven sus
sentimientos, tanto personalmente como a través de una nodriza.
Hipólito, horrorizado, la rechazó.
Entonces ella, para vengarse, hizo creer a Teseo que Hipólito había
intentado violarla. Teseo no quiso escuchar las alegaciones de su hijo:
encolerizado, pidió a Poseidón que le diese muerte, y el dios hizo surgir
del mar un “astado toro que, irguiéndose hasta el pecho contra los
vientos, arrojaba chorros de agua marina por las narices” (Ovidio,
Metamorfosis, XV, 510-513). Hipólito se vio sorprendido por este
monstruo marino cuando corría en su carro sobre la playa: cayó, se
enredó con las riendas y se mató contra unas rocas. En cuanto a Fedra,
desesperada ante tal desgracia y presa de remordimientos, se ahorcó al
instante.

Como tantas leyendas tratadas por la tragedia ateniense, la de Fedra e


Hipólito se vio reflejada en el arte del siglo iv a.C. (Fig. 136) y se mantuvo
en época romana a través de sarcófagos que muestran distintas escenas
sucesivas, escogiendo varias entre las siguientes: Hipólito cazando y
ofreciendo sacrificios a Artemis; desesperación de Fedra; horror de
Hipólito ante la carta que le entrega la nodriza, o ante la propia Fedra;
comparecencia de Hipólito ante Teseo; muerte de Hipólito, y, finalmente,
relato del acontecimiento a Teseo. De todos estos temas, algunos tuvieron
éxito en otros contextos: así, la muerte de Hipólito se multiplicó en urnas
etruscas helenísticas, mientras que el rechazo personal de Hipólito a Fedra
tuvo un éxito muy prolongado: aún lo vemos en un marfil de Brescia (siglo
v d.C.) y en una bandeja de plata bizantina (siglo v i d.C.).

En el Renacimiento, el interés de los artistas por esta leyenda es al


principio escaso, aunque conocemos una representación renacentista de
la comparecencia de Hipólito ante Teseo (V. Carpaccio, h. 1520). Después,
en cambio, se inicia una época en que resulta atractiva la muerte de
Hipólito (P.P. Rubens, 1611; J.-B. Lemoyne el Viejo, 1715), y en el siglo
XVIII pasa a preferirse el tema del amor no correspondido, visto a través
de la tragedia Phèdre (1677), de J. Racine (E.-B. Garnier, 1793; P.N. Guérin,
1802). Desde el Romanticismo, estos dos asuntos pervivirán, el primero,
por su dinamismo (Th. Géricault, h. 1820; L. Alma-Tadema, i860; G. de
Chirico, 1951), y el segundo, por su dramatismo intimista (A. Cabanel,
1880; A. Beardsley, 1899; O. Zadkine, 1953).
Ya viudo y con cincuenta años, Teseo se planteó un nuevo matrimonio.
Por entonces, había hablado con Pirítoo sobre este punto, y ambos habían
concluido que, dada su alcurnia, sólo podían tomar como esposas a hijas
de Zeus. En consecuencia, a pesar de que ambos eran ya maduros,
decidieron organizar dos raptos sucesivos. El primero fue el de Helena, la
hija de Leda y hermana de los Dioscuros, que era entonces aún una niña.

Efectivamente, los dos amigos la hallaron en Esparta, mientras que bailaba


en el santuario de Artemis Ortia (A. Canova, 1798), y la llevaron consigo,
sea a pie, sea en carro: tal es el tema de varias obras antiguas desde el
siglo VII a.C. (recordemos, sobre todo, un mosaico de Pella de h. 300 a.C.),
y, mucho más tarde, de una pintura de G.F. Romanelli (h. 1655). En el
camino la sortearon jugando a los dados y, al haberle correspondido a
Teseo, éste la llevó al Ática y la puso al cuidado de su madre Etra hasta
que se hiciese mayor.

Mucho más ambicioso, prácticamente demencial, fue el segundo rapto


que planearon los dos amigos: nada menos que el de Perséfone, la diosa
de los infiernos, de quien estaba enamorado Pirítoo.

Obviamente, su intento fue un fracaso, y ambos quedaron encadenados a


unas sillas en el Hades. Sólo Teseo logró el permiso de abandonar tan
triste estado y volver a la tierra cuando, poco tiempo después, abogó por
él su viejo amigo Hércules en el curso del último de sus Doce Trabajos,
cuando bajó a los infiernos en busca de Cerbero.

Obviamente, esta leyenda resultaba vergonzosa y poco atractiva para los


atenienses; sin embargo, el encierro de los héroes en el Hades no falta en
las representaciones de los infiernos que se realizan en vasos áticos y
suditálicos desde mediados del siglo v a.C., y el tema interesó también a
los etruscos (por ejemplo, en la Tomba dell’Orco II de Tarquinia (h. 340
a.C.). En cuanto al desenlace —la liberación de Teseo por Heracles-, puede
aparecer desde el propio siglo v a.C. e incluso prolongarse hasta la pintura
pompeyana.

Cuando Teseo retornó a Atenas, se enteró de que los Dioscuros habían


rescatado a Helena (un tema escaso, pero que aparece, junto al rapto de
Helena antes citado, ya en el siglo VII a.C.) y se habían llevado como
esclava a la anciana Etra, que la acompañaría durante toda la Guerra de
Troya. Además, habían colocado como rey de Atenas a Menesteo, un
biznieto de Erecteo.

El desengañado héroe, incapaz ya de recuperar el poder, hubo de partir al


exilio y tuvo una muerte tan dramática como oscura, despeñándose por
un acantilado en la isla de Esciros. Sus hijos, Acamante y Demofonte,
acudirían como particulares a la Guerra de Troya, mientras que el
contingente ateniense propiamente dicho sería dirigido por Menesteo.

Fuentes

• Plutarco. Vidas paralelas.

• British Museum

• Museo Del Prado

• Harrow School Museum

• M.A. Elvia Barba. Arte y Mito. Manual de Iconografía Clásica.

• Apolodoro, Biblioteca- XV

• Ovidio. Metamorfosis-Libro VII