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INSTITUTO DE ALTOS ESTUDIOS SOCIALES

UNIVERSIDAD NACIONAL DE SAN MARTÍN

TESIS DE MAESTRÍA EN CIENCIA POLÍTICA

RASTROS DE AZUFRE
LA INTELECTUALIDAD DEL LIBERAL-CONSERVADURISMO
ARGENTINO, ENTRE LA OBTURACIÓN RETROSPECTIVA Y LAS
LÓGICAS DE LA ÚLTIMA DICTADURA MILITAR

ALUMNO: LIC. MARTÍN VICENTE


DIRECTOR: DR. ALEJANDRO BLANCO
JULIO 2008

Teléfono y correo electrónico del alumno:


Tel: (03488) 15569247
Mail: martinvicente28@yahoo.com.ar
ÍNDICE :

Introducción ............................................................................................................... 5
1-Los análisis centrados en las Fuerzas Armadas ....................................................... 8
2-Los análisis centrados en el paralelismo católico-militar ....................................... 11
3-Los análisis centrados en las coincidencias entre políticos y militares .................. 12

Primera parte: En busca de los intelectuales ......................................................... 16


Lineamientos de trabajo ............................................................................................. 17
Capítulo I: Intelectuales: nacimiento, itinerario y exploraciones de un
concepto .................................................................................................................... 18
1-Nacimiento e itinerario de un concepto .................................................................. 18
1.a- El caso Dreyfus y la intelectualidad como concepto moderno ......................... 19
1.b-La expansión del concepto .................................................................................. 21
2-Exploraciones de un concepto: las grandes tradiciones del siglo XX .................... 26
2.a-La tradición generalista ....................................................................................... 26
2.b-La tradición clasista ............................................................................................. 27
2.c-La tradición sociológica ...................................................................................... 29
3-Dos perspectivas contemporáneas: Pierre Bourdieu y Zygmunt Bauman ............ 30
3.a-Pierre Bourdieu: la sociedad en campos y el lugar de los intelectuales .............. 31
3.b-Zygmunt Bauman: los intelectuales y el cambio de lógica epocal ..................... 32
Capítulo II: Ampliación del campo de batalla: de miradas y vacíos sobre el caso
argentino ................................................................................................................... 35
1-Trazar un campo: un abordaje al caso argentino .................................................... 35
1.a-Rearmar el campo: lecturas , construcciones, vacíos .......................................... 37
1.b-La vía analítica de la especificidad política: más allá del vuelco a la izquierda ..... 40
1.c-La vía analítica de la especificidad cultural: alrededor del desgaje de la figura del
intelectual ................................................................................................................... 42
2-El campo imposible y el campo real ...................................................................... 45

Segunda parte: En busca del liberal-conservadurismo ........................................ 48


Lineamientos de trabajo ............................................................................................. 49
Capítulo III: Sobre el espacio de la intelectualidad del liberal-conservadurismo:
nombres, redes y lineamientos ................................................................................ 50
1-El liberal-conservadurismo y la compatibilidad política ........................................ 50
1.a-Breves apuntes sobre el liberal-conservadurismo en la Argentina ........................ 51
2-Nombres y espacios para la compatibilidad política .............................................. 57
Capítulo IV: Ejes temáticos del liberal-conservadurismo: de la decadencia real al
futuro ideal ............................................................................................................... 62
1-Las décadas de decadencia y el rumbo perdido ..................................................... 63
1.a-Las masas, frontera política ................................................................................. 70
1.b-El radicalismo reconsiderado .............................................................................. 73
1.c-Alrededor de los sujetos políticos: el sitio de los actores .................................... 76
1.d-La construcción de las masas y el rol del liderazgo ............................................ 81
2-Del inferior al enemigo: extremización de la otredad política ............................... 85
2.a-La lógica dicotómica y el juego de espejos ......................................................... 86
2.b-Mi amigo y mi enemigo: Carl Schmitt y sus aplicaciones .................................. 88
3-Occidentales y cristianos: basamento y trascendencia en una lectura clausurante .... 90

1
3.a-La cuestión religiosa: el cristianismo como verdad universal e identidad
argentina .................................................................................................................... 92
3.b-El sol sale por el Este: Occidente como configuración cultural .......................... 98
4-El horizonte desde el cenit: ideas sobre la Argentina futura, sitio y autoconcepción
intelectual ................................................................................................................. 105
4.a-La autorepresentación intelectual como basamento del discurso programático .... 107
4.b-Refundar la Argentina: planes y lógicas ........................................................... 111

Conclusiones generales .......................................................................................... 119

Bibliografía ............................................................................................................. 123

2
“Debemos tratar de incluir el enunciado particular
de la creencia que nos interesa dentro de un
contexto intelectual que le dé un soporte adecuado.”
-Quentin Skinner

3
Introducción

Cierta vez, en 2007, un político que en ese momento era diputado nacional, me dio una
muestra de ciertas generalidades muy extendidas a la hora de concebir el mundo
intelectual: se refirió a nosotros –puesto que allí, entre los intelectuales, era donde él me
colocaba– como “el gremio de la crítica”. Ese legislador estaba, sin saberlo,
parafraseando en cierto sentido a Michael Walser (1997), claro que con una lectura del
todo contraria a la que el autor inglés utiliza para sus modélicos análisis de la relación
entre intelectuales y política. Aquella definición, aportada por un dirigente que
repudiaba la idea de “corporación política” que creía ver implícita en cierto sentido
común social a la hora de mirar a los políticos, y que, siempre según su óptica, se hacía
extensivo a las miradas intelectuales, me resultó inquietante: en ella mi interlocutor
reproducía el mecanismo que fustigaba, aplicándolo en sus conceptos sobre la
intelectualidad, dejando al desnudo una concepción simplista que colocaba a los
intelectuales como un actor social uniforme que se ufana en realizar críticas, vistas por
él como lejanas a lo productivo. Para su lógica, el intelectual era parte de un conjunto
social dedicado a vilipendiar lo que otros construían. No podía, tal congresista, entender
a la intelectualidad como un conjunto heterogéneo capaz de ejercer actividades
propositivas, siquiera de modo indirecto. En la participación política institucional
estaba, para él, la vía de construcción. Pese a la reducción que latía en el fondo de esta
concepción unilateral y estigmatizante, ella transmitía una lectura que desligaba a los
intelectuales de la construcción política entendida en sentido lato. Por supuesto, y como
veremos en este trabajo, una multiplicidad de teorías sobre los intelectuales podrían
utilizarse para refutarla, pero no es en estas palabras iniciales la intención, sino marcar
cómo puede, incluso desde los conceptos de un hombre experimentado en política,
perderse de vista la concurrencia de construcciones intelectuales que todo proceso
político tiene dentro suyo, puesto que justamente de política estábamos hablando.
Creemos que las investigaciones sobre la última dictadura militar sufrida por la
Argentina, entre 1976 y 1983, replican en parte el razonamiento descripto: escasamente
se ha mirado el rol que la intelectualidad jugó en la construcción de la lógica del
autoproclamado “Proceso de Reorganización Nacional”. Sorprendente hecho, si
tenemos en cuenta la poderosa presencia del tópico intelectuales en investigaciones de

4
diverso talante desde hace ya varios años, y la multiplicidad de miradas y discursos que,
creemos, confluyen en la lógica de dicha experiencia dictatorial.
Intelectuales, en efecto: ese objeto de la indagación, oscuro y por ello deseado,
que aparece una y otra vez desde las más distintas apreciaciones, desde las miradas
filosóficas, históricas, sociológicas, politológicas, antropológicas, periodísticas,
literarias. Pareciera, más que un signo entre tantos de los tiempos que atravesamos, una
constatación: se ha vuelto difícil narrar a la sociedad sin narrar, también, a los
intelectuales, esos sujetos que han surcado la historia humana pero se han convertido en
uno de los arquetipos de la modernidad cultural, que han pensado y expuesto su
pensamiento en el espacio público. Desde cuartos abarrotados de libros, desde altares
académicos, desde las expansivas trazas de los medios de comunicación masiva, los
intelectuales lanzan a la vida pública la puesta en acto de la relación que los define
como tales: publicitar un acervo de ideas. Tal conjunto de ideas, la relación de ellas con
quienes las producen y de ellos con el espacio social, se han convertido en ejes de
reflexión e investigación desde ángulos muy diversos, enfocando objetos muy distintos
dentro del basto universo que la palabra intelectual –o su plural– permite abrir.
En un artículo incluido en una obra colectiva, el historiador Paul Lewis
planteaba lo siguiente: “Durante el período comprendido entre la caída de Perón y el
final de la dictadura militar de 1976-1983 –lo mismo que antes– existieron dos
tendencias principales de la derecha argentina: 1) la nacionalista, caracterizada por sus
rasgos autoritarios, corporativistas y su militancia en defensa de la herencia hispánica
del país; y 2) la liberal, que buscaba el establecimiento de un sistema capitalista basado
en el autoritarismo. A su vez, la derecha liberal puede subdividirse en extremista y
moderada; la primera estaba a favor de un gobierno militar a largo plazo para poner fin
al populismo, mientras que la última propiciaba la consolidación de un sistema político
de participación restringida.” (en AA.VV, 2001: 323). Contrariamente, en este trabajo
postulamos que el ala derecha del liberalismo argentino, el liberal-conservadurismo,
actuaba como una unidad y concebía que ambos objetivos como uno único, en necesaria
complementariedad. Su objetivo central, sostenemos, era erradicar la política de masas
de la vida pública argentina.
Esta Tesis tiene por objeto analizar a los intelectuales del liberal-
conservadurismo en la Argentina, alrededor de los años en los cuales asaltó el poder
público de este país la última dictadura militar. Busca, también, y en un movimiento
previo, rastrear claves que permitan explicar porqué tales teóricos han sido dejados de

5
lado en los análisis sobre la intelectualidad argentina. Como ambas metas no son
cerradas, tanto como creemos que el liberalismo-conservador es, en efecto, el
lineamiento ideológico más apto para comprender los aportes intelectuales a la
cosmovisión del autodenominado “Proceso de Reorganización Nacional”, entraremos
también en la búsqueda de sus lógicas centrales y su historia en el país, y haremos
además un recorrido por las principales teorías acerca de los intelectuales en la
Modernidad, tarea ineludible en un análisis de estas características.
Este trabajo proviene, como es casi obvio, de una motivación personal, marcada
por el interés en poder relevar las líneas directrices del pensamiento intelectual cuya
lógica corría en paralelo a la procesista, pero también sus diferencias internas, puesto
que no abonamos aquí lecturas que propongan unificar un universo de lógicas, temáticas
e interpretaciones capaz de ver como un todo inconmovible a un espacio cuya densidad
se nos hace evidente. La mencionada motivación parte de una constatación: no existen
trabajos en profundidad que hayan relevado el estado de la intelectualidad argentina
relacionada ideológicamente con aquella funesta experiencia, sino unos pocos trabajos,
artículos o papers ellos, que buscan dar cuenta de algunas situaciones específicas. Ellos
aparecerán tratados en el cuerpo central de este estudio. Esta laguna analítica no será
saldada, por supuesto, por este trabajo, sino que él apunta a ser un paso exploratorio de
caminos capaces de dar cuenta de la problemática. Para ello, el enfoque elegido será el
del análisis de los textos elegidos en clave de lectura política, es decir, buscando
destacar la significación y la especificidad política de ellos, más allá de enfoques
eminentemente deudores de distintas prácticas propias de la historia cultural y la
sociología de la cultura, como se verá en su momento. Esta Tesis es, así, un trabajo de
análisis cualitativo, es decir que busca acercarse y explicar de modo argumentativo su
objeto de estudio.
No hay aquí intenciones de recrear el campo1 de la intelectualidad argentina y
sus relaciones con la política, trabajo también ausente en la actualidad y también
necesario, como estudiar la circulación de los textos que conformaron el corpus
intelectual liberal-conservador. Es decir, no nos proponemos operaciones típicas de

1
Este concepto, proveniente del arsenal teórico de Pierre Bourdieu, es usado aquí de modo libre, como
metáfora para captar la segmentación social en diversas áreas particulares pero interrelacionadas. No
creemos que pueda usarse, en el sentido pleno que la concepción del sociólogo francés, para estudiar la
situación de la intelectualidad argentina en los años que nos ocupan, salvo como término descriptivo
libremente aplicado, para realizar un parcelamiento “geográfico”, que es el uso que aquí tiene. Discutimos
los motivos en el capítulo siguiente.

6
Sociología de la Cultura, sino un trabajo que, de acuerdo con los lineamientos de la
Maestría en Ciencia Política para cuya finalización está escrito, no interprete desde lo
meramente politológico su objeto de estudio, sino que se abra a una multiplicidad de
registros, modos, lecturas, en busca de configurar, desde las preguntas de la Ciencia
Política, un trabajo también de historia intelectual. Creemos en la posibilidad de
colaboración e imbricación entre las Ciencias Sociales, por lo que no queremos aquí
producir un análisis dentro de un compartimento aislado y autosuficiente.
La presente investigación puede entonces ubicarse dentro de un marco de
producciones tan amplio como sus dos líneas referentes lo marcan: por un lado, los
análisis sobre la intelectualidad argentina en el siglo XX; por el otro, las investigaciones
sobre la dictadura militar instaurada en 1976. El punto en que ambas líneas se tocan es
el sitio donde esta Tesis quisiera colocarse: en la indagación sobre los lineamientos
cognitivos, intelectuales, ideológicos que nutrieron a tal etapa dictatorial, actuaron en
paralelo a su lógica o nos permiten, hoy, a más de treinta años de su asalto al poder,
utilizarlos como vías de lectura que a la vez complejizan y particularizan la
especificidad de aquella experiencia. Precisamente, y como planteamos, creemos que es
en la apertura de las lógicas analíticas y descriptivas que podemos llegar a abordar
caminos apenas transitados para captar alguna de las coordenadas que marcaron la
especificidad del último gobierno autoritario en este país. Escogimos, para ello, a tres
intelectuales que creemos representativos del liberal-conservadurismo, y cuyas obras
centrales, escritas en los años en que el pretorianismo político2 lentamente daba paso a
la breve experiencia democrática saldada con el golpe de Estado de 1976, pueden
reflejar distintos enfoques capaces de actuar como ejes desde los cuales simbolizar
dicho ideario y su confluencia en la lógica de la última experiencia autoritaria del país.
Nos referimos a Jorge L. García Venturini, filósofo, cuya mirada aborda la filosofía
política, Jaime Perriaux, abogado y teórico del derecho, verdadero factotum de los
aportes intelectuales al gobierno que él mismo denominó “Proceso de Reorganización
Nacional”, y Ricardo Zinn, economista que despliega un análisis atinente a la historia
política argentina3. Por supuesto, el espacio del liberal-conservadurismo no se agota ni

2
Figura que remite a la existencia de asaltos militares al poder tanto como a la ligazón de estos con
miembros civiles que permiten su arribo, por falta de instituciones fuertes para encausar la demanda
social. Sobre las interpretaciones de este término de Huntington (1972) según la situación argentina, ver
Quiroga, (2004). En el contexto general de América Latina, Rouquié, (1984).
3
La biografía de estos intelectuales y el análisis de sus obras, serán tratados en los capítulos III y IV de
esta Tesis.

7
remotamente en ellos, por lo cual apelaremos cuando sea necesario a otros autores de tal
corriente, pero serán los tres nombres mencionados quienes actuarán como hilo
conductor de nuestro análisis.
Dijimos, entonces, que este trabajo se encastraba con aquellos que analizaban el
marco de ideas que conformó el acervo de la última experiencia militar y de aquellas
que podían leerse en consonancia4. El trayecto que la bibliografía sobre tal temática ha
cubierto es, no obstante el hueco teórico que mencionamos, muy amplio, tanto en los
objetos de estudio de diversas investigaciones como en la cantidad de publicaciones. A
la hora de hacer un recuento, un balance que dé cuenta del estado de la cuestión, asoman
tres grandes núcleos en los que se han posado las miradas mayoritarias: la propia
ideología militar, la relación con el ideario de la Iglesia Católica, el puente de
concurrencia entre ideas militares y político-partidarias. En este entramado de
investigaciones de diverso talante, se destaca, como se hace patente, la relación entre las
visiones de los sectores militares, sus aliados civiles, y otros actores sociales. Todas
ellas apuntan a una constatación: la constitución de un ideario o de tópicos en común
que trascendían a los militares que produjeron el golpe de Estado de 1976. Esta
hipótesis macro, patente en los diversos trabajos que conforman la bibliografía sobre la
última experiencia autoritaria, se desarrolla según objetos puntuales de estudio que
remiten a una de las tres líneas de investigación en trabajos especialmente dedicados a
tales temáticas.

1- Los análisis centrados en las Fuerzas Armadas


En volúmenes que hoy son de referencia obligada, académicos extranjeros como Robert
Potash con El ejército y la política en la Argentina. 1966-1973 y Alain Rouquié en
Poder militar y sociedad política en la Argentina proponen distintos recorridos de
análisis de la historia contemporánea del ejército argentino, sus relaciones con el mundo
de la política y las conformaciones ideológicas que fueron signando su participación en
la vida pública. Esfuerzos de diverso tenor, el trabajo del historiador estadounidense
buscó un eje en el corazón mismo del proceso militar que antecedió al de 1976-1983, es

4
Para la intelectualidad y el contexto ideológico alrededor del Golpe de Estado de 1930: Devoto (2006),
Lvovich (2003), Rock (1993); para el Golpe de 1943: Halperín Donghi (2003), Zanatta (1999); para el de
1955, Fiorucci (2005). Para el de 1966, si bien no hay trabajos específicos, pueden consultarse De Riz
(2000) y el capítulo 2 de Mochkofsky (2004). Para visiones más generales, entre otros: AAVV (2001),
Romero (2004), Di Stéfano y Zanatta (2000) y los libros de Rouquié reseñados a continuación.

8
decir el que se inició con el período dictatorial que lideró inicialmente el general Juan
Carlos Onganía y que se conoció como “Revolución Argentina”. Dentro de un arco
temporal que, tal el subtítulo de la obra, abarca “de la caída de Frondizi a la restauración
peronista”, el autor oriundo de Boston ancla su mirada en las complejas relaciones entre
el poder político y el militar en el pleno corazón del pretorianismo político característico
de una gran parte del siglo pasado en la Argentina. Años marcados por la polémica entre
los dos bandos mayoritarios del poder militar, los “Azules” y los “Colorados”, o bien
los “moderados” –liberales conservadores, que apoyaban un paso a la democracia
velado por las tres armas– y los “duros” –furibundos en su creencia en el ejército como
último valor de la Nación, de sólidas bases nacionalistas y anticomunistas–, según las
interpretaciones más difundidas de la época, desembocan para Potash en una lógica
común de exterminio de las organizaciones insurgentes –el autor, imbuido de jerga,
utiliza el término “terroristas”(1994: 445)– que llevó a que “la metodología que se
empleaba garantizaba que tanto individuos inocentes como militantes fueran el blanco,
y el resultado fue que miles de personas fueron muertas y otros miles que temían por
sus vidas se exiliaron” (Idem: 445). En tanto, y también compuesto de dos volúmenes,
el trabajo del sociólogo francés hace una exploración más amplia temporalmente,
rastreando las vicisitudes del rol social, político y cultural del poder militar en la
Argentina desde la misma independencia de la Nación. Igual que el trabajo de Potash, el
de Rouquié llega hasta 1973, pero es finalizado en 1975, por lo que no hay en él una
reflexión, por mínima que sea, que concierna a lo que ocurrió tras el 24 de marzo de
1976, como sí la hay en un posterior trabajo comparativo: El Estado militar en América
Latina, donde el autor concluye que las construcciones ideológicas de los militares de
este país, previas a la mencionada fecha, que “el apoliticismo ostensible del Estado
Mayor argentino demuestra ser una forma sutil de intervención putchista” (1984: 404).
El análisis de Rouquié en los tomos dedicados al caso argentino busca las bases
socioculturales de las formaciones ideológicas del militarismo nacional, en una
construcción que se mueve incesantemente de la sociedad y sus lógicas al poder, y
viceversa, para buscar entender los porqués del militarismo recurrente, en un país donde
los militares actúan como reemplazo de una clase dominante armónica, logrando una
cohesión de la legitimidad política y la económica a través de la fuerza (1982: 419).
Potash, en cambio, elige una mirada más atenta al interior del mundo militar –lo mismo
hizo en sus estudios precedentes– que desnuda los conflictos internos y las soluciones
que, hacia 1976, se planteaban en un marco de concordancia. Vemos, así, que de los

9
profusos recorridos que estos dos analistas realizan, se desprende la constatación de una
unidad ideológica o programática de las Fuerzas Armadas, algo que hasta 1981 pareció
imponerse como dato, y de ahí la coincidencia de nuestros autores, inseparable del
marco temporal, pero que no era sino una sutura aferrada a líneas macro de coincidencia
que ocultaba profusos conflictos internos que, si hasta allí no habían explotado, lo
harían pronto5.
El tercer análisis que debemos mencionar es la obra del sociólogo militar
español Prudencio García, El drama de la autonomía militar, donde el autor postula que
“lo sucedido en la República Argentina entre 1976 y 1983 constituye un caso
paradigmático, por su evidencia, de lo que puede llegar a ocurrir en una sociedad (…),
que pretendía, y sigue pretendiendo, vivir bajo un sistema democrático, pero cuyas
Fuerzas Armadas, lejos de hacer suyos los postulados de la democracia, han mantenido
vigente –como mínimo desde 1930– una determinada filosofía de lo que son los
Ejércitos, de lo que es la sociedad civil, de lo que son los políticos como clase genérica,
de lo que significa la ‘Seguridad Nacional’, de lo que exige la ‘defensa de la Patria’, y
de toda otra valoración moral y social. Valores, todos ellos, contemplados desde un
peculiarísimo concepto del espíritu militar, de la moral castrense profesional, y de lo
que los propios interesados denominan ‘la civilización occidental y cristiana’” (1995:
23). García arriba a tales constataciones por medio de ver una concurrencia de los
factores más generalizados del militarismo latinoamericano, sumados a lo que denomina
factores específicamente argentinos, gestados previamente a 1976 (Idem: 49). A su vez,
si bien en puntos breves, dedica esfuerzos al análisis de influjos o visiones compartidas
entre militares, eclesiásticos, intelectuales y políticos.
Finalmente, otro trabajo de inevitable mención en este apartado es el de la
periodísta francesa Marie-Monique Robin (2002), quien en su obra Escuadrones de la
muerte. La escuela francesa, investiga las relaciones doctrinarias entre las concepciones
de combate contrainsurgente desarrolladas por los militares de su país y las adoptadas
por los uniformados argentinos. Si bien las especificidades de las concepciones técnicas
de la lucha armada se alejan de lo buscado en esta Tesis, por medio de bagaje
documental, entrevistas y bibliografía secundaria, la autora traza las coordenadas de
varias de las distinciones de la metodología represiva que diferenció el proceder de la

5
Nos referimos centralmente a las disputas por el rumbo político del “Proceso”, su liderazgo, y los
complejos y tensos equilibrios entre las tres armas, que más allá de las vicisitudes vividas en el período
videlista tienen su epicentro en los años de Roberto Viola al frente del gobierno. Ver Novaro y Palermo
(2002), Quiroga (Op. Cit.) y Seoane y Muleiro (2001).

10
última dictadura militar de las experiencias autoritarias previas, y marca un claro
antecedente de concepción ideológica actuante como marco de sentido.

2- Los análisis centrados en el paralelismo católico-militar


En segundo término, como indicamos, aparecen los análisis que rearman las lógicas
coincidentes entre las Fuerzas Armadas y la Iglesia Católica argentina: el análisis
pionero es el del fundador del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), Emilio
Mignone, Iglesia y Dictadura, originalmente editado en 1986, donde a través de sus
memorias, quien fuera un hombre de la Iglesia desgrana lógicas comunes entre ambas
instituciones. De un carácter más investigativo, pues el objetivo es otro, es el trabajo de
Horacio Verbitsky Doble juego. La Iglesia Católica y Militar. Allí, el actual presidente
del CELS escruta las relaciones de todo tipo entre Iglesia y gobierno militar. Para el eje
que aquí nos interesa, el periodista postula ciertos idearios defendidos en común por las
Fuerzas Armadas y determinados sectores de la Iglesia, basados en concepciones
propias del integrismo católico y su linaje de razonamiento desde el binomio espada y
cruz, tales como la equiparación de las Fuerzas Armadas a un ente de la tradición
católica (2006: 56), o la coincidencia en tópicos propios sobre los asedios ideológicos a
los que presuntamente era sometida la nación cuando no Occidente todo (Idem: 49-50).
Macrovisiones, entonces, donde el discurso militar podía recurrir a uno de bases más
sólidas, y entre ambos reforzarse, encontrar nuevos puntos para alimentar una u otra de
las concepciones. Si bien las postula como mayoritarias, Verbitsky no totaliza estas
actitudes y muestra un campo eclesiástico de alta conflictividad, donde se entrecruzan
visiones e ideas, incluso dentro de los sectores que apoyaron y alimentaron
ideológicamente a los uniformados.
En otro trabajo centrado en esta relación, Martín Obregón analiza los
comportamientos de la Iglesia Católica durante los primeros años de la última
experiencia militar. También él define allí diversos ejes ideológicos dentro de la
institución, que obviamente implicaban diversas tomas de posición, tanto como modos
de encastrase con sus lógicas, frente a la última experiencia dictatorial. “Para el
tradicionalismo católico estaba claro, más allá de quien ocupaba el gobierno, que era el
régimen político democrático-liberal el responsable de la situación” previa al golpe de
Estado, por lo cual para este sector, nos dice el historiador, la solución militar era “un
horizonte deseable, y a a favorecerla estuvieron dirigidas las intervenciones de algunos

11
obispos los meses previos a marzo de 1976” (2005: 68). Igualmente, el autor señala que
el apoyo de los sectores mayoritarios de la Iglesia –a los que denomina
“conservadores”– al “Proceso” fue mucho más moderado que el de tal sector, sin desear
“una salida de tipo clerical-militar”, pero que se estructuraba igualmente por las lecturas
sobre “la ‘crisis moral’ y el avance de ideologías de izquierda” (Idem: 72). Obregón
destaca la importancia de las distintas posiciones en la dinámica interna del “Proceso”,
en tanto ellos se enmarcaban en una lectura que el sector mayoritario de la jerarquía
eclesiástica establecía diferenciando a los militares entre “duros” y “blandos” y se
colocaba en sintonía con el ideario de estos últimos (Idem: 74)6.

3- Los análisis centrados en las coincidencias entre políticos y militares


Finalmente, tenemos los trabajos que postulan las coincidencias entre militares y
políticos o cuanto menos la particular relación entre ellos dentro del sistema político. El
trabajo clave aquí es El tiempo del “Proceso”, de Hugo Quiroga, editado originalmente
en 1994, pero fruto de una investigación comenzada por el autor en su exilio francés en
1980. Según el politólogo, “el constante juego pendular de políticos y militares
gobernando el país entre 1930 y 1983 deja su impronta en una sociedad que asume
comportamientos pretorianos. Nace entre los partidos y los militares una larga y
compleja relación de ‘aliados-adversarios’ que los mantiene, a la vez, unidos y
separados. Esta situación abrió paso a la presencia de partidos desleales y semileales en
un sistema político inestable que no podía más que dividir a la sociedad en sus
sentimientos de lealtad; la falta de lealtad cívica también se hizo presente” (2004: 23).
Así, en el análisis del autor rosarino, el sistema político argentino no se debatió a lo
largo del siglo pasado entre “dos sistemas antagónicos, uno democrático y el otro
autoritario. En todo caso, lo que existe son dos polos antagónicos, el democrático y el
autoritario, que conviven en el interior del mismo y único sistema” (Idem: 36). Hay un
acervo común, entonces, entre militares, políticos y sociedad que desemboca en la
lógica pretoriana y permite la formación de un sistema donde “las fuerzas armadas se
piensan garantes de la continuidad de lo que entienden son los principios, valores y
normas constitutivas de la Nación (…). Se visualizan a sí mismas como los vectores que

6
Elegimos aquí las obras centradas en la última dictadura militar, pero remitimos también al volumen que
recrea la historia de la Iglesia Católica en la Argentina, Di Stéfano y Zanatta (Op. Cit.).

12
indican el rumbo del Estado nacional” (Idem: 42). Por lo tanto, este análisis marca la
influencia que poseen las relaciones de mutua dependencia y enfrentamiento entre
políticos y militares, y el rol de la sociedad ante ellas: de ese modo, la experiencia
abierta en 1976 aparece como la culminación de un ciclo, bajo bases teóricas de arraigo
en el sistema político y la sociedad.
En su libro Política y dictadura, María de los Ángeles Yanuzzi ha caminado
también la línea trazada por el estudio previamente citado. Tras destacar las
particularidades de un sistema político en el cual los uniformados aparecieron
constantemente con un “rol de contralor último de todo el juego político” (1996: 28), la
autora marca que al mismo tiempo el “Proceso” dejaba en claro no tener un proyecto
unificado con respecto a los partidos políticos (Idem: 66), pero en cierto sentido se
desprendía tanto desde militares como de políticos una suerte de idea común acerca de
“una construcción pactada” como salida institucional (Idem: 64). Pero esta idea,
justamente, llevaba no sólo a un marco de coinciencias alrededor de un proceso cívico-
militar, sino también a una “disociación de intereses” (Idem: 91), enmarcados ambos
fenómenos en las peculiares características de una experiencia dictatorial inédita.

Este breve relevamiento de obras, a modo tanto de estado de la cuestión macro


como de apertura hacia caminos concurrentes con nuestra investigación pero no por ello
similares, deja en claro que los modos de aproximación a las conformaciones
ideológicas, cuanto a los análisis de protagonistas que excedían el núcleo militar y sus
más cercanos satélites civiles, deben ser abarcativos y multiformes, puesto que en la
heterogeneidad de concurrencias intelectuales –utilizado aquí el término en sentido
amplio: cognitivo– se encuentra un punto clave para captar la especificidad del luctuoso
proceso dictatorial, el cual es irreductible a su principal actor institucional.
No nos resulta aceptable repetir en un marco académico aquella mirada de
desasosiego que lanzaba un personaje de la más famosa novela de Julio Cortázar,
Rayuela: “Cuántas palabras, cuántas nomenclaturas para un mismo desconcierto”. Es
decir, no podemos analizar una concepción que no compartimos como un mero fruto del
error, sino que se requieren no sólo argumentos para contraponerle o la creación de un
modelo alternativo, sino primeramente la operación que intentaremos llevar a cabo en
las páginas venideras: sacarla a la luz y explicarla, comprenderla según su propia lógica.
El camino que esta Tesis recorrerá, entonces, consta de dos partes: en primer
lugar, un espacio dedicado a los intelectuales como objeto de estudio, que se divide en

13
dos capítulos. El primero, busca relevar las más importantes teorías sobre los
intelectuales para, sobre esa base, construir el capítulo siguiente, donde se analizan las
miradas sobre la intelectualidad argentina en los años del pretorianismo político y su
camino hacia la última dictadura militar, buscando recrear la lógica que llevó a la
obturación del análisis de los intelectuales de derecha en aquella etapa. La segunda parte
de la Tesis se divide en dos capítulos: el primero presenta a los autores centrales del
análisis y los coloca dentro de la lógica del liberal-conservadurismo argentino; el
segundo, que es el centro de este trabajo, releva las lógicas comunes de tales
intelectuales, agrupadas en ejes temáticos interrelacionados.

∗∗∗

Esta Tesis de Maestría, si bien lleva en su portada mi nombre, y soy por supuesto y
como suele señalarse correctamente en estos casos, el único responsable final tanto de
sus elecciones temáticas, metodológicas y expositivas cuanto de sus interpretaciones, se
vio enriquecida por los aportes de un conjunto de académicos que me concedieron su
tiempo para charlas, me aportaron ideas, me recomendaron o consiguieron materiales o
contactos. En estricto orden alfabético de sus apellidos, entonces, quiero agradecer a
Gerardo Aboy Carlés, Carlos Altamirano, Fernando Devoto, Osvaldo Furman, Daniel
Lvovich, Alfredo Mason, Sergio Morresi, Silvano Pascuzzo y Hugo Vezzetti.
Sergio merece un párrafo aparte: su análisis en progreso sobre la introducción
del neoliberalismo en la Argentina contiene autores y tópicos coincidentes con los que
se verán en esta Tesis, con lo cual todo intercambio con él significó una fuerte
retroalimentación para mi trabajo. Funcionó, además, como una vía para poder
compartir certezas, dudas y preguntas con alguien que atravesaba un río confluyente con
aquel en el cual chapoteaba yo. Ojalá mis trabajos le hayan devuelto una parte de la
inspiración que los suyos me brindaron.
Alejandro Blanco fue mi director de Tesis. Le debo su predisposición conmigo y
con este trabajo cuando este aún no era sino un bosquejo tan voluntarioso como caótico,
las horas dedicadas a leer y discutir lo que aquí se dice, el préstamo de libros o artículos
que no estaban a mi alcance, y fundamentalmente su apoyo, esa actitud que no se puede
aprehender ni medir. Mi agradecimiento, por ende, no puede llegar a ser tan grande
como mi deuda con él.

14
El trabajo intelectual es, afortunadamente, bastante distante de la caricatura que
coloca a quienes lo realizan, solitarios, en un cuarto tapiado de libros, interactuando sólo
con las letras. Si bien tal situación existe como etapa, y es lo bastante prolongada como
para dar a dicha caricatura cierto irónico asidero, las redes humanas son forjadoras de
conocimiento tan fuertes como ella, que en el extendido imaginario que mencionamos
se devora cualquier otra instancia.
Finalmente, y excediendo el marco académico, el sincero agradecimiento a mis
afectos, demasiados para ser nombrados, por los motivos que cada uno/a conoce y que
sería imposibles siquiera resumir en este espacio.
Como siempre se indica en estos casos, los aportes de todos los nombrados han
contribuido a que esta investigación sea mejor de lo que hubiera sido sin ellos, y los
errores que tenga son sólo míos.

15
PRIMERA PARTE
EN BUSCA DE LOS INTELECTUALES

16
Lineamientos de trabajo
En el presente capítulo nos proponemos dos objetivos, diferenciados pero
complementarios: primero, realizar un relevamiento del enclave histórico que propició
la moderna concepción del término “intelectual”, o “intelectuales”; el trayecto de tal
conceptualización y por ende los debates que ella suscitó, donde ya se dejan leer las dos
grandes posturas sobre tales actores sociales, una favorable y otra contraria; finalmente,
una sucinta exposición de las grandes tradiciones de concepción sobre el fenómeno de
la intelectualidad. Luego ingresaremos al terreno de las interpretaciones sobre los
intelectuales en la Argentina, trazando los lineamientos que nos parecen básicos para
poder explicar porqué, a diferencia de lo ocurrido con décadas previas, no aparecen los
intelectuales conservadores como objeto de estudio relevante en los años del
pretorianismo. Como ya señalamos, no buscaremos con ello realizar un rearmado del
campo intelectual de la época, sino realizar un rastreo de las líneas de interpretación que
colocaron fuera de la vista analítica a tales agentes sociales, los cuales serán estudiados
en el capítulo III.
Tal estructuración, una de muchas posibles, busca presentar a los intelectuales
como problema multiforme, de allí que presentemos las grandes vías en que tal
problemática ha sido trabajada, para luego mostrar cómo en la Argentina, el análisis de
la temática de la intelectualidad en los años que nos competen ha tenido soluciones que
prefirieron –con total validez, por supuesto– presentar investigaciones focalizadas en los
fenómenos centrales que el espacio de la intelectualidad experimentó en tal época,
producto de lo cual el análisis del marginal pero clave cúmulo de teorías conservadoras
quedó relegado en el imaginario de la teoría social. Pero buscamos, también, marcar los
caminos analíticos en su real complejidad, para evitar las simplificaciones con las cuales
se han leído en ciertas oportunidades los principales procesos culturales y políticos de
aquellos años.
El objetivo, entonces y como ya señalamos, es marcar la cuestión intelectuales
como polimorfa, y por ello mismo relevar modos de aproximación que, lejos de cerrar
el proceso cognitivo, actúan como disparadores para potenciar la heterogeneidad del
problema.

17
“En el comienzo estaba el caso Dreyfus.”
-Jean-Francois Sirinelli

Capítulo I
INTELECTUALES: NACIMIENTO, ITINERARIO Y EXPLORACIONES DE
UN CONCEPTO

1- Nacimiento e itinerario de un concepto


El término “intelectuales”, tal como es utilizado hoy día, es un producto inescindible de
la Modernidad, al punto que podemos señalar, con Carlos Altamirano, que como
“sustantivo destinado a designar un grupo social, el vocablo intelectual tiene una
trayectoria breve –no va más allá del siglo XIX–” (2004: 148), precisamente cuando la
conmoción generada por el “caso Dreyfus” da una nueva relevancia a la expresión: la
politiza. En efecto, si antes del sonado incidente que conmocionó a la opinión pública
francesa y desde allí resonó en el mundo7 se podía hablar de “hombres de letras”,
“hombres de ideas”, philosophes, u otras categorías abarcativas y laxas que englobaban
a aquellos practicantes de las artes, las letras, las ciencias o el pensamiento en general, a
partir de las vicisitudes que envolvieron el mentado affaire el concepto “intelectual”
ganó su significado actual y delineó los principales tópicos que serían utilizados a partir
de allí para enfocar la espinosa cuestión de los intelectuales8. El trayecto tanto del
término resignificado como de las líneas con las cuales se abordaría su análisis,
entonces, tienen en Francia su punto inicial, se desprenden desde allí a distintos países,
culturas y lenguas, dentro de un proceso que es inseparable de las implicancias de tal
concepto a lo largo del el siglo XX y de los modos en que cada cultura nacional ha visto
reformular su terminología y modos de comprender la problemática de la

7
Para un detallado análisis de la repercusión en nuestro país, además del trazado de las correlaciones
dreyfusards y antidrefusards, Lvovich (Op. Cit.).
8 “
Se llaman hoy intelectuales los que, en otros teimpos, se han llamado sabios, eruditos, philosophes.
Literatos, gens de leerte, o simplemente escritores, y, en las sociedades dominadas por un fuerte poder
religioso, sacerdotes, clérigos (...)”, según la elegante aclaración de Norberto Bobbio, al trazar una suerte
de lineamiento de las denominaciones históricas del fenómeno. (1998b: 17).

18
intelectualidad, hasta llegar a conformar las modernas tipologías que abordan el tópico.
En efecto, si toda concepción contemporánea sobre los intelectuales depende de
operaciones de sentido propias de cada cultura, es también cierto que sobre ellas pesa la
fuerza que los sucesos franceses imprimieron a partir de finales del siglo XIX.
Antes de desgranar tal significado, veamos entonces las implicancias del “caso
Dreyfus” y los motivos de su enorme influencia.

1.a- El caso Dreyfus y la intelectualidad como concepto moderno


El 14 de enero de 1898 Francia pudo leer una declaración de escritores y universitarios
en el periódico L’ Aurore, titulada “Manifiesto de los intelectuales”, que reclamaba
revisar el juicio que había condenado al capitán alsaciano de etnia judía Alfred Dreyfus
bajo el cargo de “alta traición”, en 1894, por supuesta entrega de información secreta al
agregado militar alemán en París. El oficial fue sentenciado a cumplir cadena perpetua
en la Isla del Diablo, de la Guyana Francesa, tras haber sido despojado de sus grados
profesionales. El juicio, llevado a cabo por un tribunal militar, estuvo basado en pruebas
endebles, que llevaron a la inmediata acción de la familia del condenado. En 1896 se
descubrieron evidencias que indicaban la existencia de un posible verdadero culpable, el
comandante Walsin Esterházy, y diversas personalidades se sumaron a la campaña de la
familia Dreyfus, en medio de un contexto donde el ideario derechista y antisemita era
dominante en la justicia militar francesa. A poco más de un año, un día antes de la
seminal declaración que mencionamos, Émile Zola, escritor de fama mundial que se
había esforzado en promover la revisión del juicio desde las páginas de Le Figaro y L’
Aurore, publica en este último medio una carta abierta al presidente de la República,
que fue titulada por el editor del matutino como “Yo acuso”. El título que Georges
Cleamenceau, que de él se trata, le colocó al escrito del autor de Germinal pasaría a la
historia como el momento de nacimiento de una nueva lógica, completada por la
declaración colectiva posterior: la lógica que cifraba qué era un intelectual.
Como todo término política y culturalmente dinámico, el concepto moderno de
intelectual tuvo su reverso: inmediatamente a la aparición de ambas tomas de palabra, el
escritor conservador Maurice Barrès escribió, el 1° de febrero, un editorial en Le
Journal titulado “La protesta de los intelectuales”, donde resignificó el término que los
firmantes utilizaron como símbolo de autoridad, señalando que “estos supuestos
intelectuales son un desecho inevitable del esfuerzo que lleva a cabo la sociedad para

19
crear una elite” (cf. Altamirano, 2006: 21). Justamente, elite era la palabra que
organizaba el giro en torno a la dicotomía de posiciones entre los dreyfusards y los
antidreyfusards: si en el primer colectivo la intelectualidad era el recorte de un grupo
social cuya formación los llevaba a tomar la palabra frente al poder y la revestía de
autoridad, por ser justamente quienes conformaban el estrato del conocimiento, para sus
antagonistas el autoimpuesto rótulo de intelectuales no era sino una operación que
buscaba separar a los así autodenominados del resto del conjunto social, elevándolos
mediante un ejercicio autolegitimante.
El litigio, que acabó con la rehabilitación del capitán en 1906, tras una polémica
segunda condena en 1899, signó durante su curso el debate que conformó la nueva
concepción del intelectual, su lugar y rol en la sociedad. París era en aquellos años la
capital cultural de Occidente, lo que llevó tanto a que la repercusión del “caso Dreyfus”
se convirtiera en un hecho internacional, como a que la construcción de la moderna
significación del término “intelectual” se extendiera más allá del caso francés,
centrándose en las vicisitudes que conformaron su lógica. La concepción del intelectual
en tanto hombre de ideas y actor político daba nacimiento a la figura del intelectual
comprometido, en un procedimiento donde la primera de las palabras incorporaría como
relación necesaria a la segunda. Por ello, al mismo tiempo, se abrió camino una
tendencia de desacralización y cuestionamiento de la intelectualidad y sus supuestas o
autopretendidas tareas en la sociedad, que retomaría y perfeccionaría una y otra vez los
argumentos de la señera columna de Barrès, llegando a puntos de profunda elaboración
y amplia repercusión en el mundo de las ideas, cuyo caso arquetípico es el trabajo del
teórico francés Raymond Aron, El opio de los intelectuales (1967)9.
Efectivamente, pues, como señalamos antes, luego del polémico caso ya
relevado, un intelectual pasó a ser no sólo una persona cultivada teóricamente y

9
En un sólido trabajo, Aron propone “desmitificar” la concepción que hace del intelectual un sujeto
comprometido, y especialmente hacia tendencias de izquierda. Lo hace a través de sucesivos capítulos
donde busca romper lo que denomina como mitos y dogmas modernos, en tres grandes bloques: “Mitos
políticos”, “Idolatría de la historia” y “La alienación de los intelectuales”, más una conclusión titulada
“Destino de los intelectuales”, donde finaliza su recorrido de la siguiente manera: “Si la tolerancia nace
de la duda, debe enseñarse a dudar de los modelos y de las utopías, a recusar a los profetas de la
salvación, a los anunciadores de catástrofes./Hagamos votos por el advenimiento de los escépticos, si
ellos han de extinguir el fanatismo” (Op. Cit.: 310). El autor galo traza una correlación entre
intelectualidad y política, endilgándole a los intelectuales el sitio de promotores de nuevos dogmatismos.

20
productora de bienes simbólicos, sino que se transformó en un actor político que hace
toma de la palabra en el espacio público. En consonancia con esta última idea,
retomamos lo señalado por Zygmunt Bauman cuando recuerda que a partir del siglo XX
los intelectuales se vieron como “figuras públicas que consideraban como su
responsabilidad moral y su derecho colectivo intervenir directamente en el sistema
político mediante su influencia sobre las mentes de la nación y la configuración de las
acciones de sus dirigentes políticos” (1997: 9). Esta actitud definitoria del rol del
intelectual en las sociedades del siglo que comenzaba llevó paulatinamente a acotar el
uso de un vocablo que hasta allí había sido puesto en paralelo, inteligentsia,
“introducido en el lenguaje ruso en la década de 1860 por un novelista secundario
llamado Boborykin y (que) fue adoptado casi inmediatamente” (Marsal, 1971: 25). El
término se usó para designar a una elite de hombres de letras fuertemente ideologizados
y críticos acérrimos del orden imperante, que se nuclearon en “círculos” entre las
décadas de 1830 y 1840. Influida por el idealismo alemán, la inteligentsia pasó por
diversas etapas generacionales, coherentes entre sí por la ligazón dada por la centralidad
atribuida al intelecto y “cargada de un sentimiento exacerbado de diferenciación y
superioridad” (Idem: 37) que llevó a que se vea a sus componentes como elitistas y
alienados del resto de la sociedad. Si bien en algunos pocos casos la palabra se usa
todavía en un sentido similar al de intelectuales, ha quedado casi exclusivamente
reservada para usos peyorativos, que en general refieren a aquella fracción de los
intelectuales que “levanta la idea de una misión de las elites culturales para con su
sociedad: la de esclarecerla, guiarla y, generalmente, también reformarla” (Altamirano,
2004: 148).

1.b- La expansión del concepto


El conjunto de las lenguas habladas en Occidente recibió el influjo del concepto en su
significado moderno a partir del “caso Dreyfus”. Destacada la desigual propagación que
toda terminología encuentra al diseminarse por lenguas y sociedades diferentes, demos
un recorrido por la polémica que tal trayecto ha desatado, antes de sumergirnos en la
situación del idioma que nos concierne. Efectivamente, la moderna conceptualización
del término intelectual o intelectuales como apelativo de quienes ejercen funciones
específicas ligadas al saber y, a partir de él, a la intervención pública, ha sido colocada
bajo ópticas diferentes en distintas sociedades, pero ello no habilita, creemos, a

21
estructurar concepciones en oposición entre unas y otras acepciones, signando a unas el
rol de definitorias de un significado y a otras como casos opuestos. Sostenemos, en
cambio, que la polémica sobre los casos donde el término se mira bajo ópticas
divergentes está aún abierta: por un lado, y frente a la universalización que la
concepción francesa tuvo en Occidente tras el mencionado litigio alrededor del militar
alsaciano, aparece el trabajo de relevamiento realizado por Raymond Williams. El autor
británico señala que en Inglaterra, contrariamente, el término intelectual ha sido objeto
de una caracterización negativa: se ligaba a quienes podían ser englobados bajo tal
definición a sujetos ligados a lo abstracto, lo frívolo (2000: 189). Así, en su recorrido
por la genealogía del concepto, Altamirano recoge posturas que buscan tanto explicar
tal diferencia desde motivos culturales que han marcado históricamente las diferencias
de la cultura insular con la(s) de la Europa continental, como aquellas que hacen
explícito foco en la oposición entre Francia e Inglaterra, considerando las
manifiestaciones culturales del país galo como artificiales, y por ello opuestas a una
presunta autenticidad de la cultura del país isleño. Ante tales ideas, surgen
inevitablemente un cúmulo de preguntas que poseen respuesta inmediata y obvia:
¿Hubo/hay intelectuales en sentido “francés” –para ponerlo en los términos ingleses– en
Inglaterra? ¿Pudieron/pueden ellos, de existir, concebirse bajo los mismos cánones de
rol social, cultural y político? Responder estas preguntas llevaría a acentuar lo que
creemos una discusión estéril, si recordamos una miríada de nombres que, de Charles
Darwin a Perry Anderson, pasando por George Orwell o Kingsley Amis, para
mencionar teóricos de las más diversas extracciones y orientaciones, han tomado la
palabra, polemizado e influido en su sociedad y su tiempo en un sentido que aquellas
concepciones motejarían de “francés”.
Por ende, lo que consideramos interesante aquí como punto de análisis es una
sugerente reflexión del sociólogo Lewis Coser: en una conferencia brindada décadas
atrás en la ciudad de Buenos Aires, este experto en la temática sobre la intelectualidad
marcó que, analizando los vasos comunicantes entre los intelectuales y la sociedad, el
caso inglés “es mucho más similar al francés que al americano (refiere al caso
estadounidense)” (1967: 6)10, puesto que “la dispersión y fragmentación de la vida

10
Todas las citas de este trabajo, traducción nuestra. El artículo es de 1967, es decir, el año previo a los
sucesos del Mayo Francés, que colocarían bajo polémicas diversas a los intelectuales y su rol en la
sociedad gala, y que generarían una polémica que trascendería al país europeo y sería especialmente
fuerte en los ámbitos de izquierda.

22
intelectual en América contrasta muy estrictamente con las condiciones estructurales
relevantes de Francia e Inglaterra” (Ibid: 4). En la mirada de Coser, entonces, aparece
en ambos países europeos un marco de producción intelectual que atraviesa múltiples
vías en contacto, a la vez que se da una centralización de la producción y la
socialización del conocimiento en París y Londres, las ciudades capitales. En tal sentido
de distribución geográfica, el caso estadounidense se ligaría mayormente al alemán. A
la hora de ver las especificidades que, según el análisis inglés, separarían al país
continental del insular, Coser prefiere destacar que “la mirada común tiene para ella que
los intelectuales franceses tienen un peso político y una influencia que es
considerablemente más alta que la de sus contrapartes anglosajones. No estoy de ningún
modo seguro que ese sea realmente el caso. Seguramente, la escena intelectual francesa
ha sido ampliamente coloreada, por lo menos hasta momentos recientes11, por
contenidos ideológicos. Pero ideología no es lo mismo que política” (Ibid: 12), por lo
cual sí puede aquí encontrarse la llave para una comparación opositiva frente a sus
colegas ingleses: “los intelectuales británicos, por supuesto, han sido tradicionalmente
más pragmáticos y menos ideológicos que sus contrapartes franceses. Una porción
claramente alta entre ellos han, aún más, mantenido una distancia a resguardo de todo lo
político”, por lo cual el autor traza, luego, una línea que vuelve a la concepción moderna
del término y su correlación con la formación histórica francesa, que lleva a que “el
intelectual francés tiene la expectativa de su audiencia de ser un articulador de la
consciencia común y consciente de su familia espiritual. Ninguna de tales demandas son
hechas en Inglaterra, por eso, excepto en tiempos de crisis empinada, como durante la
depresión o el ascenso del fascismo durante los ’30, el intelectual británico está libre de
cultivar su propio jardín” (Ibid: 12-13).
Vemos, entonces, que una de las vías para complejizar y a la vez hallar caminos
capaces de zanjar la polémica entre dos modelos presuntamente contrapuestos, es
colocar el foco analítico en las diferencias que marcan, por un lado, la cosmovisión
ideológica como una línea de acción no equiparable totalmente a la política, y por el
otro las conformaciones culturales que llevan a que la sociedad genere espacios de
participación específicos para los intelectuales. El aporte más grande de lo propuesto

11
Destacamos también que no creemos que las palabras de Coser puedan ser tomadas a pies juntillas en la
actualidad, sino que son representativas de un momento temporal que nos concierne: los finales de la
década de los ’60.

23
por el sociólogo, empero, y que consideramos clave para la visión que desarrollaremos
cuando atendamos a los intelectuales que forman nuestro objeto de análisis, es la
consideración de las distintas aproximaciones a lo político y los diversos modos de
intervención que los intelectuales pueden ejercer, lejos de cualquier tipificación
normativa que no sólo acotaría las líneas de lectura de las funciones intelectuales, sino
que reduciría mediante una caricaturización groseramente funcionalista su relación con
la sociedad.
Ingresemos, tras este necesario rodeo, al caso del idioma que nos toca, el
castellano: la llamada “generación de 1898” española hizo un profuso uso del término
para autodenominarse y fijar las tareas del intelectual en la sociedad, ligadas al
vanguardismo sociopolítico12. Yendo al mapa latinoamericano en general y al argentino
en particular, es notoria la identificación entre grupos dirigentes e intelectuales hasta
bien entrado el siglo XIX, donde a partir de su segunda mitad se da un proceso lento y
conflictivo de separación entre elites políticas e intelectuales, durante el cual los
“pensadores” –tal el término utilizado en la época– se van autonomizando como un
grupo con tareas, modos y lógicas propias13. La importancia del affaire que rodeó al
juicio celebrado contra el militar saleciano, su repercusión mediática y la vastedad de
implicancias culturales que desde allí se reformularon, hizo del concepto intelectuales el
término que pasó a denominar a tal grupo: los hasta entonces llamados pensadores
ingresaron al siglo XX, como figuras sociales, bajo una nueva denominación que
implicaba a su vez una órbita de acción social determinada por nuevos patrones.
Más allá del quiebre que implicó para la cultura occidental el “caso Dreyfus”,
podemos indicar que la autonomización de la estructura social que Pierre Bourdieu
denominó en un artículo seminal de 1967 como “campo intelectual” fue un proceso
largo y sinuoso, que tuvo un punto de partida en el Renacimiento, se oscureció bajo el
absolutismo monárquico, recobró fuerza durante el Siglo de las Luces y recorrió un
camino recto hacia la autonomía durante el siglo XIX, para transformarse en uno de los
rasgos característicos de las sociedades modernas. En este avance hacia la lógica

12
El autor más difundido en la Argentina de esa generación fue Miguel de Unamuno. Según recoge
Altamirano, estos intelectuales no sólo se verían a través del término según su modernda concepción sino
que “se identificarían con la idea de la función dirigente de las elites culturales, idea conectada con la
noción de intelectual” (Op. Cit.: 23).
13
Para un análisis de la situación de la intelectualidad argentina en aquellos años, “Intelectuales, sociedad
y vida pública en Hispanoamérica a través de la literatura autobiográfica” y “1880: un nuevo clima de
ideas”, en Halperín Donghi (1998). Para visiones más ligadas a la relación con la política: Botana (1988)
y Romero (2004).

24
contemporánea, desde el siglo de la Ilustración y hasta promediado el siglo XIX se forjó
el modelo de intelectual previo al contemporáneo, asentado básicamente en tres
características. En primer lugar, su competencia cognitiva: el desarrollo paulatino de la
diferenciación de funciones dentro de la sociedad, a la vez que el avance de la
alfabetización, hicieron de los intelectuales un grupo latente, compuesto por aquellos
practicantes de las artes, las ciencias y el pensamiento, con un criterio de diferenciación
que sería puesto de relieve por los firmantes del manifiesto a favor de Dreyfus, su
condición de diplomados. A partir de allí emerge la autoconciencia del grupo, su
voluntad de brindarse a sí mismo una identidad y reconocerse como un grupo de
pertenencia, como un espacio de lógicas comunes. En segundo término, la proximidad a
los valores fundamentales de la sociedad (Shils, 1981: 37): la intelectualidad se acerca,
desde sus preocupaciones y su actuación, a los criterios base sobre los cuales se
organiza la sociedad a la cual pertenecen sus componentes, los juzga desde su
competencia cognitiva, siendo por ello su tarea influyente políticamente. Finalmente, se
sitúan los rasgos definitorios que darán a la cuestión de la intelectualidad una
multiplicidad de sentidos que circularán entre apólogos, detractores y los propios
englobados por el término: su extrañación o distanciamiento con respecto al conjunto
social; su condición de analistas del orden que rige a la sociedad; y, como cifra de todas
las características mencionadas, su elitismo.
Una vez delineados estos parámetros centrales que confluyeron desembocando
en la concepción moderna de intelectuales, es necesario repasar las tres grandes
tradiciones que, en las primeras décadas del siglo XX, tras la instauración del
significado que hoy manejamos, intentaron reflexiones comprensivas sobre el
fenómeno14.

14
Las tradiciones que rescata Altamirano (2006), donde no incluye la primera que analizamos aquí y sí lo
hace con la que denomina “tradición normativa” la cual se estructura alrededor de la transformación de la
pregunta “¿qué es un intelectual?” en “¿qué debe ser un intelectual?”. Elegimos privilegiar nuestra
categoría ya que creemos que el influjo normativista se extiende también en las otras dos categorías
elegidas. Igualmente, el debate nos parece abierto, lo mismo que acerca de elegir denominar “marxista” a
la que aquí llamamos “clasista”: privilegiamos nuestra terminología ya que postulamos que el análisis
clasista sobrepasa al estrictamente marxista, si bien admitimos que la mayor fortaleza analítica de la
tradición así denominada por Altamirano bien puede justificar su aplicación.

25
2- Exploraciones de un concepto: las grandes tradiciones del siglo XX
Como señalamos, una vez autonomizados e integrados dentro de un concepto de
significado plenamente moderno, los intelectuales se transformaron en un grupo que se
estudia a sí mismo. Es decir, modernamente, los intelectuales se centraron en sí mismos
tanto para análisis ontológicos –¿qué es un intelectual?– como estructurales –¿qué lugar
ocupan en la sociedad?– y normativos –¿qué debe ser un intelectual y qué lugar debe
ocupar en la sociedad?–. Lejos de implicar una práctica entrópica, el conjunto de
cuestionamientos que los intelectuales desplegaron sobre ellos mismos se configuró
como una tarea constitutiva de su identidad y su rol en la sociedad. La politización del
término, su dinamismo, depende desde ese momento de tales operaciones. Podemos,
así, dividir en tres grandes tradiciones el examen que la intelectualidad dedicó a sí
misma. El criterio con el cual construímos aquí las categorías es subrayando el principal
elemento de análisis sobre el cual cada tradición signa las construcciones teóricas de sus
partícipes.
En las dos últimas de las tradiciones que relevaremos, vastas, ricas y regadas de
tensiones internas, y por obvias limitaciones de espacio, haremos hincapié en la obra de
quienes consideramos los nombres centrales dentro de cada tradición.

2.a- La tradición generalista


La categoría dentro de la cual Louis Bodin agrupa lo que denomina “definiciones
corrientes”, ejemplificadas en el ámbito francés donde, como hemos visto, se resignificó
el término, es la que aquí vamos a denominar tradición generalista. Esta no reconoce
categorías o niveles, ni es normativa, lo cual hace al conjunto de sus reflexiones
generales y dispersas. Dentro de tales descripciones, Bodin cita algunas de diccionarios
clásicos del país europeo: el Dictionnaire de l’ Académie francaise entiende que por
intelectuales “se dice de las personas en quienes predomina el empleo de la inteligencia
y, en ese sentido, se utiliza a menudo por oposición a (trabajo) manual”; el Robert
(1957) postula como intelectual a aquel “que tiene pronunciado o excesivo gusto por las
cosas de la inteligencia, de la mente; en quien predomina la vida intelectual. Por
extensión: cuya vida está consagrada a las actividades intelectuales”. Por último, el Petit
Larousse (1961) señala que un intelectual es una “persona que se ocupa, por gusto o por
profesión, de las cosas del espíritu” (1970: 9). En idioma castellano, por ejemplo,

26
podemos remitir al Diccionario de la lengua castellana de la Real Academia Española,
el cual entiende por intelectual a aquel “dedicado preferentemente al cultivo de las
ciencias y las letras”, a la vez que define al intelectualismo como “actitud de quienes
dan al intelecto preminencia frente a lo afectivo y volitivo”. Así, vemos que esta
tradición trabaja con criterios fundados mayormente en una oposición entre el trabajo
manual y el intelectual, bajo categorías de difícil circunscripción, ligadas a lo abstracto,
y por ende con fronteras porosas. Dentro de esta concepción, pueden ingresar como
intelectuales, más allá de sus diferencias cualitativas y de posiciones sociales, tanto los
artistas como los docentes, los periodistas como los filósofos, los científicos como los
abogados.
Como bien señala Bodin, no es Francia el único ejemplo de esta concepción, por
lo que debemos marcar que en general la interpretación occidental hace convivir esta
definición opositiva entre trabajo manual e intelectual como eje de la clasificación. Al
ser, como indica Bourdieu (1999), la autonomización del campo intelectual,
consecuencia del grado de división laboral en las sociedades modernas, la concepción
corriente no hace sino encastrar sobre la base primigenia de tal división el criterio
primordial de su análisis.

2.b- La tradición clasista


La tradición clasista, ubicada mayormente dentro del marxismo pero sobrepasándolo,
alcanza su punto más alto en la obra de Antonio Gramsci. Los escritos del político y
teórico italiano se enfocaron en lo que la teoría marxista entiende por “superestructura”,
es decir, los componentes político-ideológicos, culturales, de la sociedad. Las
reflexiones gramscianas, se sabe, tienen un antes y un después, marcado por su arresto
en 1926 a manos del régimen fascista, y que tras esta circunstancia fueron signadas por
la censura y el uso de alusiones metafóricas o indirectas que intentaron burlarla, a la vez
que por la lógica dispersión. El corpus –si es que tal categoría puede usarse para una
obra expuesta a tal desarticulación– analítico gramsciano, así, se caracteriza por una
doble especificidad, su originalidad dentro del marxismo y su carácter incompleto y
fragmentario. A partir de la II Internacional, el marxismo comenzó a profundizar su
interrogación sobre la intelectualidad, yendo más allá de la categoría que más aparecía

27
en las obras de Karl Marx y Frederic Engels, la de ideólogos15. Si Karl Kausty16 buscó
completar la teoría de ambos, Gramsci en cambio apareció con un perfil propio. Como
bien señala Altamirano, dos preguntas organizan su interrogación (2006: 63): la primera
es si los intelectuales conforman un grupo social autónomo o si, en cambio, cada clase
social tiene una categoría propia de intelectuales; la segunda aparece, en palabras del
italiano, bajo la siguiente interrogación “¿se puede encontrar un criterio unitario para
caracterizar igualmente todas las diversas y variadas actividades intelectuales y para
distinguir a estas al mismo tiempo y de modo esencial de las otras agrupaciones
sociales?” (Gramsci, 2006: 12). La palabra que unirá a ambas será el concepto de
“hegemonía”: por un lado, cada clase social crea su propia categoría de intelectuales
“orgánicos”, que forjan su conciencia y homogeneidad. Pensadas dentro del dinamismo
de la sociedad moderna, Gramsci señala que, a su vez, existe una categoría de
intelectuales “tradicionales”, cuyo mayor ejemplo es el clero, que se considera a sí
misma más allá de la división social y el movimiento histórico. Respondiendo al
segundo planteo, el piamontés sostendrá que todas las actividades conllevan consigo
trabajo intelectual –con lo cual romperá con los análisis oposicionales pero también con
los más esquemáticos de la tradición marxista previa e incluso establecerá un patrón
opuesto a lo más ralo de la posterior–, pero que se diferencian por una gama de
funciones que distinguen a los intelectuales del resto de las ocupaciones de la vida
social.
Dentro de las categorías con las cuales Gramsci construyó su lógica analítica
debemos diferenciar entre “dominio” y “hegemonía” de una clase social sobre las
demás: el primero se da en la “sociedad política”, por ende es el Estado su medio
coactivo; la segunda, una etapa más profunda, implica el direccionamiento moral y
cultural de la sociedad, con consenso en lugar de coacción, y se da en el ámbito de la
“sociedad civil”, es decir, dentro del espacio de las instituciones ajenas al poder público.
Los intelectuales son, aquí, los creadores de la hegemonía, en tanto esta implica la
universalización de los criterios particulares de la clase hegemónica, y el consenso sobre
su cultura como cultura sin más. Es, por lo tanto, una operación que necesita de los
intelectuales y de las distintas funciones intelectuales, desde aquellas centradas en la

15
Si bien en la obras de Marx y en las escritas junto a Engels hay constantes alusiones al macrocosmos de
la intelectualidad, el análisis más profuso sobre el tema está en La ideología alemana, siendo el término
usual para describir a los intelectuales el de “ideólogos”. Ver Marx y Engels (2006).
16
Ver Kautsky “La inteligentsia y la socialdemocracia”, en Adler (1980).

28
definición moderna del término hasta las que se encargan de la reproducción de lo
concebido por quienes están en el primero de los niveles.
Por lo tanto, los intelectuales no forman una clase aparte, sino que son parte
inescindible de una clase social, aún en los casos de los tradicionales que se alienan a su
realidad de pertenencia, y forman un eje central para la regulación cultural –por ende,
política– de la sociedad moderna.

2.c- La tradición sociológica


Entre las décadas de 1920 y 30, y más allá de los análisis de Gramsci que redefinieron la
tradición marxista, en Alemania comenzó a forjarse una perspectiva que actualmente es
colocada como la central entre las pioneras del campo de las diversas formas de
sociología de la cultura, la cual “se asocia con los nombres de Max Scheler, Alfred
Weber y, sobre todo, Karl Mannheim” (Altamirano, 2004: XI). Es así, en efecto, pues la
obra del sociólogo húngaro es tanto precursora de una perspectiva como articuladora de
diversas reflexiones y temáticas a las que hace confluir en una estructura común. Su
obra Ideología y utopía, originalmente aparecida en 1929 es, en ese sentido, un trabajo
ineludible. Profundizando aspectos que ya habían sido puestos en movimiento por la
obra de Max Weber17, Mannheim construyó una de las primeras y definitivas
sociologías sobre los intelectuales –el término explícitamente mannheimiano es
inteligentzia–, que marca aún hoy los modos de aproximación al tema. Si bien el
pensamiento marxista fue una de sus influencias destacadas, Mannheim concibió como
incompletos los preceptos tradicionales del marxismo a la hora de analizar la temática
de la intelectualidad. La perspectiva clasista aparece insuficiente para la visión
mannheimiana, donde se destaca como uno de los rasgos definitorios de la Modernidad
que quienes generan ideas e ideologías no pertenecen, como en épocas pretéritas, a una
clase social rigurosamente definida, sino que se trata “más bien de un estrato social, en
gran parte desligado de cualquier clase social y que se recluta en un área cada vez más
extensa de la vida social” (1987: 138). Su evidente diferenciación impide, para el autor,
considerar a los intelectuales como una clase.

17
Puede señalarse que “por intermedio de Mannheim la caracterización de los literatos chinos de Weber
se transforma en una categoría sociológica general” (Rodríguez, 2004: 21). Ver Weber (1985). Para un
relevamiento de la temática dentro de la obra de Weber, ver Scott (1997).

29
“Si admitimos que el pensamiento político se halla relacionado siempre con
determinada posición en el orden social, será lógico suponer que la tendencia hacia una
síntesis total debe encarnarse en la voluntad de algún grupo” (Idem: 136). Estas palabras
muestran a las claras el rasgo que, en esta mirada, define la singularidad de los
intelectuales en las sociedades modernas, donde al contrario de las tradicionales, la
teorización intelectual en materia política no se liga a su representación de clase. La
tarea, postula Mannheim, necesita de “una capa relativamente sin clase (,) no demasiado
firmemente situada en el orden social” (Ibid). Son los intelectuales, entonces, el eje de
la conexión entre la creación de ideas y la dinámica social. Y es esta relación, sumada a
la condición de estrato de los grupos intelectuales, la que llevará a que el modelo del
autor inaugure una perspectiva donde los intelectuales dejen de analizarse tanto desde la
mirada de separación cultural de grupos según su la característica fundamental de su
trabajo, como bajo una perspectiva que piensa la división social según criterios de base
economicista.

3- Dos perspectivas contemporáneas: Pierre Bourdieu y Zygmunt Bauman


Sin dudas, el sociólogo francés Pierre Bourdieu es el nombre obligado del pensamiento
contemporáneo a la hora de reflexionar sobre el rol social y la dinámica propia de los
intelectuales. Su concepto de “campo intelectual” es una herramienta clave para analizar
la ubicación de la intelectualidad en las sociedades altamente diferenciadas, que
entrelazado con su teoría de los campos conforma un modelo muy completo de abordaje
a la cuestión de la intelectualidad, que sin embargo –y probablemente a causa de sus
virtudes– se ha prestado a ser usado para analizar situaciones que no se condicen con los
marcos necesarios para su aplicación. Para el tipo de mirada que pretendemos desplegar
en esta investigación, los aportes del autor necesitan ser completados con las reflexiones
del teórico polaco Zygmunt Bauman, también sociólogo, que hacen eje en el rol
fundamental de los intelectuales en la Modernidad y su trastocamiento bajo las
coordenadas de la Posmodernidad. Vamos, por ello, a relevar los principales focos
conceptuales que sustentan y desarrollan las miradas de ambos autores europeos para,
luego sí, insertarnos en el contexto específico de los intelectuales que estudiaremos en el
siguiente capítulo: la intelectualidad del liberal-conservadurismo argentino.

30
3.a- Pierre Bourdieu: la sociedad en campos y el lugar de los intelectuales
Sin dudas, la teorización de Pierre Bourdieu acerca de los intelectuales conforma
actualmente el más extendido corpus conceptual sobre la temática, atravesando con su
influjo múltiples áreas del conocimiento humanístico y social. La obra del autor nacido
en Denguin, en efecto, “pone en actividad tres esquemas teóricos básicos: una
concepción del papel social de las formas simbólicas, una teoría de los ‘campos’ en el
espacio social y, asociada con ésta, una teoría de los diferentes tipos de capital en las
sociedades modernas” (Altamirano, 2006: 80-81). La teoría de los campos, así, es el
mayor aporte conceptual del sociólogo galo para estudiar la diferenciación de funciones
y roles en las sociedades modernas. Inseparables del concepto de campo, se encuentran
las nociones de “habitus” y “capital”. El juego relacional tripartito implica una
construcción dentro de parámetros ligados al estructuralismo y el funcionalismo: el
campo actúa como una estructura mayor donde se encastran funcionalmente los
movimientos de agentes, signados por el habitus, en torno del capital.
El primer paso para definir qué es un campo en la lógica bourdiana es aclarar
que el propio concepto ha sufrido modificaciones a lo largo de su trayectoria intelectual
truncada con su muerte en 2002. A fines de resumir las características principales que se
han mantenido indemnes, Bernard Lahire brinda un excelente resumen en su artículo
“Campo, fuera de campo, contracampo” (2005: 31-32), de donde podemos extraer las
líneas básicas que nos interesan: un campo es un microcosmos de relaciones de fuerza,
con reglas de acción y desafíos específicos, dentro de un macrocosmos que constituye el
espacio social –nacional– global. Dentro del campo hay una desigual repartición de su
capital específico que condiciona las acciones de los agentes, y por ello la relación de
cada campo con los demás, ya que la autonomía de cada campo es siempre relativa. A
su vez, dentro del campo, el habitus es el sistema de disposiciones incorporadas que
permite a los actores desenvolverse dentro de él, justamente a través de tal
incorporación. Así, no todo contexto de actividad social es un campo, sino que lo son
básicamente aquellos ámbitos de relaciones profesionales y que otorgan un capital real y
simbólico alrededor del cual se dan las tensiones internas del campo. Por ende, vemos la
capacidad de movimiento interno del campo y su dinámica de interacción con otros
campos de la sociedad en cuanto esta se relaciona a través de campos y la relación
influye en ambos. El campo es un sistema dinámico pero no multiforme; es histórica y
socialmente determinado, ligado a la progresiva diversificación de la sociedad.

31
A su vez, la estructuración del campo intelectual debe verse como “irreductible a
un simple agregado de agentes aislados, a un conjunto de adiciones de elementos
simplemente yuxtapuestos, el campo intelectual, a la manera de un campo magnético,
constituye un sistema de líneas de fuerza: esto es, los agentes o sistemas de agentes que
forman parte de él pueden describirse como fuerzas que, al surgir, se oponen y se
agregan, confiriéndole su estructura específica en un momento dado del tiempo. Por otra
parte, cada uno de ellos está determinado por su pertenencia a este campo (…)”
(Bourdieu, 2002: 9). La actuación en el campo intelectual implica el sistema relacional
de este campo y el de este con otros campos. Bourdieu señala que es central ver el
enclave ideológico de las obras del campo intelectual, el lugar de tal corpus ideológico
en el campo intelectual y el de sus propios agentes allí (1999: 26).
En la teoría del ex director de la École de Hautes Études en Sciences Sociales,
los intelectuales luchan por monopolizar la producción cultural legítima, dentro de un
espacio mayor aún al campo intelectual, que es el campo de poder. El primero de ellos
puede desagregarse según esferas de competencia, tanto en campo artístico o intelectual
como científico u otros, pero no puede desligarse de las implicancias de su relación con
el poder simbólico y la lucha por la legitimidad como capital mayor. Confluyen en esta
idea las tres grandes influencias sobre las cuales nuestro autor cimentó su mirada: Émile
Durkheim, Karl Marx y Max Weber, de quienes tomó esquemas y conceptos que,
puestos conjuntamente en acto, formaron un esquema propio y coherente18.
El diseño que relevamos habilita, básicamente, construir dentro de fronteras
nacionales una lógica del campo intelectual y analizar su dinámica interna. Las pautas
que presenta Zygmunt Bauman, permiten, por su parte, un análisis en torno a las
construcciones epocales del concepto de intelectuales, y las veremos a continuación.

3.b- Zygmunt Bauman: los intelectuales y el cambio de lógica epocal


La relación entre conocimiento y poder es, también en Zygmunt Bauman, el eje central
para construir su concepción de la intelectualidad, aunque a diferencia de Bourdieu el
sociólogo polaco presenta una reflexión menos plausible de operacionalizarse y más
ligada a una visión valorativa, cuando no normativa –lo cual, como se verá, no deja de

18
Para profundizar en la lógica bourdiana, las polémicas y diferentes lecturas que suscitó, ver Lahire (Dir.
Op. Cit.). El trabajo colectivo tiene el interés adicional para estas temáticas de centrarse en los conceptos
del teórico francés más ligados a los que remiten a su concepción del campo intelectual. Para una
complejización del fallecido sociólogo francés sobre su trabajo, Bourdieu (2007).

32
ser una ironía sobre su propia elucubración, algo que Bauman, por cierto, no
desconoce19–, pero que posee la particularidad positiva de abrir frentes teóricos cuya
aplicación brinda una vía metodológica original de acercamiento a la cuestión
intelectuales.
Al igual que en otros analistas –es, de hecho, la idea que postulamos en esta
Tesis–, para este autor la categoría de intelectual es inseparable de la Modernidad y de
sus prácticas de visibilidad social y regulación: ambas se sustentan en que, como ya
señalamos previamente, según Bauman se trata de figuras públicas que consideran su
obligación intervenir políticamente y reclaman por ello su derecho a hacerlo. Sin
embargo, el análisis del profesor de la Universidad de Tel Aviv considera que tales
lógicas encuentran sus raíces ya fuertemente ancladas en el período de la Ilustración y
que el paso epocal Modernidad–Posmodernidad las ha trastocado fuertemente. Si la
lógica moderna implica(ba) un punto axial, este es que los intelectuales eran parte de la
razón legisladora y desempeñaban un rol pastoral: su actividad primordial fue concebir
las leyes y los principios del orden social moderno, en un contexto de búsqueda de la
emancipación humana. Pero, señala el teórico oriundo de Poznan, la tarea se dio en
paralelo al crecimiento del Estado moderno entendido como jardinero, es decir, como el
ente capaz de desligitimar a una población salvaje, y que desmalezándola introducía
esquemas racionales, precisamente el tipo de marcos propios de la práctica intelectual.
Tal relación se explicaba porque “la visión típicamente moderna del mundo es la que lo
considera una totalidad esencialmente ordenada” y control y conocimiento estaban
íntimamente ligados, dentro de una concepción que pensaba al conocimiento como
adecuable al orden natural y a tal adecuación, en principio, alcanzable (1997: 12). El
traspaso epocal que, para Bauman, implica el advenimiento de la Posmodernidad,
trastoca las funciones de los intelectuales en una sociedad que se vuelve “líquida”: las
categorías modernas, caracterizadas por su solidez, se licúan lentamente hacia la lógica
posmoderna, donde el carácter principal es la fluidez (2004: 7 y ss.). En tales
condiciones, la intelectualidad deja, entonces, su rol legislador para pasar a detentar el
papel de intérpretes: “este consiste en traducir enunciados hechos dentro de una
tradición propia de una comunidad, de manera que puedan entenderse en el sistema de

19
En efecto, basta ver la introducción a Legisladores e intérpretes para notar cómo Bauman considera las
especificidades insuperables de la lógica interna de la temática de los intelectuales: en primer término, por
la propia dialéctica entre ambos tipos de intelectual, como se ve en el desarrollo que le damos a la teoría
del autor polaco; en segundo lugar, por una tensión epocal: “no creo que la modernidad, como modalidad

33
conocimiento basado en otra tradición. En vez de orientarse hacia la selección del mejor
orden social, esta estrategia apunta a facilitar la comunicación entre participantes
autónomos (soberanos)” (1997: 14). Quedan de lado, entonces, las ambiciones
universalistas de los intelectuales, que salvo aquellos a los que aún es posible
denominar “generales”, se parcializan y especializan: la intelectualidad vive un proceso
de “territorialización” del conocimiento.
Establecer las coordenadas principales de la postura del autor polaco nos
permitirá utilizar su lógica analítica a fin de juzgar los movimientos del campo
intelectual, abordado a la manera bourdiana, según las posiciones de rol, generalista o
territorializado, que adopten los actores dentro de él. Por ello mismo, una vez recorrido
el itinerario teórico recién presentado, iremos hacia las miradas que interpretaron el
campo intelectual argentino en los años que nos ocupan.

intelectual, haya sido concluyentemente superada por el advenimiento de la posmodernidad, o que esta
última haya refutado la validez de la primera” (Op. Cit.: 16).

34
“Pero en tanto no se piense los sistemas
sociales como sistemas de hombres, sigue
uno sin pisar tierra al usar este concepto.”
-Norbert Elias

Capítulo II
AMPLIACIÓN DEL CAMPO DE BATALLA: DE MIRADAS Y VACÍOS
SOBRE EL CASO ARGENTINO

1- Trazar un campo: un abordaje al caso argentino


¿Qué sucedió en las operaciones de análisis cultural y político para que la situación de
los intelectuales en la Argentina en las décadas de 1960 y 1970, encastrada a la de
América Latina, pero con sus particularidades, se haya estado leyendo en los años
precedentes y aún hoy, bajo una lente donde se entendía que “una particularidad
conceptual de esos años es que la fórmula intelectual progresista entrañaba una
redundancia. El sólo contenido de la palabra intelectual arrastraba hacia sí ese adjetivo.
Dicho de otro modo, lo que no podía pensarse, excepto como aberración de la
naturaleza social o caso de laboratorio, es la idea de que un intelectual ‘reaccionario’
mereciera el nombre de intelectual” (Gilman, 2003: 57)? ¿Signo de los tiempos, tan
sartreanos, tan marcuseanos ellos, que producirían intelectuales parados en una sola de
las veredas ideológicas? ¿Construcción retrospectiva de analistas fascinados por la
efectiva izquierdización de los campos intelectuales, al punto que tal inclinación
impediría ver la construcción de ideas derechistas dentro de los espacios marginales o
desatendidos de tales campos y su posterior centralidad soterrada? ¿Lecturas simplistas
que toman los aspectos más generales o más destacados y reducen a ellos la
multiplicidad de un universo basto y harto complejo? ¿Error de quienes, como lectores,
acabamos por olvidar que la bibliografía dedicada a los intelectuales en aquellos años
posee objetos claros de análisis y la hemos llevado a totalizar los aspectos históricos que
ella cubre de modo parcial? Lo cierto es que asistimos a un vacío de conocimiento de
los fundamentos intelectuales, entendidos ahora en el sentido restrictivo del término,
que forjaron los esquemas represivos de los asaltos dictatoriales que reformularon

35
drásticamente la historia de nuestras sociedades. Por supuesto, esta Tesis no se propone
realizar un estudio global de las composiciones de tales campos –aún admitiendo, y no
es este trabajo el caso, que la terminología de Pierre Bourdieu pueda ser transplantada a
la geografía y la época que nos ocupan20– y los procesos que llevaron a que lógicas
marginales ascendieran al poder junto con las espadas de quienes desarrollaron
esquemas de una violencia inaudita en el siglo XX para esta parte del mundo, pero sí
tratar de ser un aporte a la complejización de las bases intelectuales que los sustentaron,
a la vez que colaborar, por esta misma operación, a una ampliación de las miradas sobre
el campo de batalla cultural y política que significa todo territorio intelectual.
Como adelantamos en la introducción a este trabajo, lejos está de nuestras
intenciones realizar una reconstrucción del estado del espacio intelectual argentino que
desembocó en los años del autoproclamado “Proceso de Reorganización Nacional”, sino
que pretendemos aquí marcar líneas que den cuenta de la posibilidad de un análisis de
una amplitud tal que permita incluir dentro de la lógica del campo y por ende de su
historia a los intelectuales de derecha, a la vez que marque los caminos que han estado
obturando tales vías de investigación. Por ello mismo, destacaremos aquí líneas sobre
las cuales creemos que debe sostenerse dicha operación inclusiva, y no nos atendremos
a destacar, como sí debe hacerlo cualquier procedimiento que busque una efectiva
restauración del campo, autores, obras, órganos o instituciones. Para ello, remitiremos
oportunamente a la bibliografía correspondiente o saldaremos cualquier definición que
pueda leerse como cerrada en sí misma con notas al final del cuerpo principal del
capítulo.
Totalizar, como lectores, las ideas contenidas en análisis que focalizaron sobre el
carril que va desde el centro hacia la izquierda del campo intelectual en la parte sur del
continente y en especial en la Argentina, puede llevar a forzar una imagen que,
dibujando tales parcelas del quehacer social inclinadas hacia dicho carril, acabe por
narrar que esa era toda su significación. Lo cual colocaría a quienes se encargaron de

20
Como ya señalamos en la Introducción, usaremos aquí de modo libre ciertas categorías bourdianas,
tales como “campo” y “campo intelectual”. Libre, no en sentido que vaciaremos su significado, sino que
respetándolo atenderemos a los conceptos sin el entramado total de la teoría de los campos y del campo
intelectual mismo. Sigal propone uno de los modos de argumentación de porqué es inadecuado trasladar
las categorías del autor francés a la situación argentina (Op. Cit.:16 y ss.), a la vez que retoma algunos de
los argumentos ofrecidos por Altamirano y Sarlo (Ibid.: 33 y ss.) en una obra, Literatura y sociedad, no
incluida en la bibliografía de esta Tesis, y realiza también un uso libre de los conceptos. Remitimos,
además y nuevamente, al análisis de las categorías bourdianas en el excelente libro dirigido por Lahire
(Op. Cit.).

36
flajelar históricamente a estas sociedades en el lugar de actores de una especificidad
única e incontestable, cuando es evidente que, para recurrir a palabras cargadas de una
amarga causticidad sobre el caso argentino en 1976, si lo que sucedió fue posible se
debió a que “esta dictadura no surgió de un día para otro, ni fue la obra exclusiva de un
pequeño y aislado grupo de fanáticos alienados” (Novaro, 2006: 22). Creemos que en
los recovecos no demasiado mirados del campo intelectual de este país hacia los años
que desembocaron en la instalación del autodenominado “Proceso de Reorganización
Nacional”, se encuentran claves que permiten explicar los fundamentos intelectualmente
sólidos y multiformes que sustentaron la cosmovisión procesista, por lo menos en los
que fueron sus años de mayor homogeneidad discursiva, aquellos en que Jorge Videla
ejerció la presidencia de facto, de 1976 a 1981, también en los que se llevaron a cabo las
medidas más profundas que signarían la especificidad de la última dictadura y que
alterarían a puntos notables la sociedad sobre la cual se efectuaron. Creemos, también,
que allí se encuentran claves que permiten potenciar la correcta lectura de tal proceso
como un régimen no sólo militar sino también de conformación y participación cívica.

1.a- Rearmar el campo: lecturas, construcciones, vacíos


Inevitablemente, como en el apartado que acabamos de dejar atrás, las preguntas, las
respuestas totales o parciales, las apuestas y las dudas que podamos formular aquí están
íntimamente ligadas con pasajes de lo que hemos expuesto en los capítulos precedentes.
Se trata entonces de comenzar a esbozar las lógicas que posibilitaron tanto la
conformación del campo intelectual en los años previos a la instauración de la última
dictadura militar como de los análisis que, focalizando en otros objetos de estudio, nos
permitan acoplarle los nuestros propios y dar cuenta, así, de la complejidad del universo
en el cual se gestaron y aparecieron las formulaciones intelectuales que aquí nos
ocupan.
La indagación del campo intelectual argentino en los años que verían el asalto
del poder por parte de la más violenta dictadura del pasado siglo en América Latina
debe comenzar varios años antes. Creemos, para ello, un camino fructífero el que se
trace en dos líneas paralelas: por un lado, relevando las lógicas rectoras del campo
desde la década precedente, cuando comienzan a desarrollarse procesos de diversa
índole que, en una relación dinámica, alimentarán la arquitectura que defina la forma y
los contenidos del campo mismo y que fueron posteriormente rescatados por quienes

37
han posado allí su lente analítica; por otra parte, los lineamientos que conectarán a los
autores que hemos elegido para este trabajo con la historia y los tópicos de la derecha
intelectual de la Argentina en el siglo XX, así como las rupturas que ellos establecerán
con las distintas corrientes de esa tradición para nada uniforme. Como se ve, el
paralelismo de ambas operaciones que emprenderemos exige que, en aras de la
argumentación y la legibilidad, las realicemos por separado. Por lo tanto, en este
apartado vamos a proceder a la primera de las operaciones, dejando para el próximo
capítulo, cuando escuchemos las voces de los teóricos elegidos, las indagaciones dentro
del ámbito específico de la derecha argentina.
Si, como ya hemos marcado, existió una efectiva izquierdización del campo
intelectual con epicentro en la década de 1960, debemos en primer término marcar los
hitos que la posibilitaron y explican. El intelectual se leyó modernamente, para bien o
para mal, como elogio o como reproche, pero siempre como característica constitutiva
de su función social, como un sujeto comprometido con su presente, lo cual dista mucho
de entender por tal un valor aplicable sólo a inclinaciones unilaterales, es decir, cuanto
menos, progresistas. Indisociable de la realidad, forjador simbólico y por ello cultural y
por ello político de las alternativas bajo las cuales la sociedad la interpreta, el intelectual
como sujeto moderno vio, además, el nacimiento de un retoño anómalo de su propio
tronco: el experto, desgaje particularista de la tradición intelectual. Como postulan
Federico Neiburg y Mariano Plotkin en la introducción a un trabajo colectivo por ellos
compilado, “si la figura del intelectual remite a un tipo de formación general, que puede
o no tener a la universidad como ámbito principal de acción, la figura del experto evoca
especialización y entrenamiento académico. En su aparición pública, el primero dice
anteponer un conjunto de valores y un tipo de sensibilidad; el segundo, al contrario,
actúa en nombre de la técnica y de la ciencia, reclamando hacer de la neutralidad
axiológica la base para la búsqueda del bien común” (en Neiburg y Plotkin, 2004: 15).
Como han analizado diversos trabajos21, en la propia década de los ’60 se da el
epicentro de la reformulación que crea un núcleo de nuevas formas intelectuales en la
Argentina: si por un lado avanza la profesionalización y se consolidan los espacios
académicos como nuevas plataformas legitimadoras de la práctica cognitiva, por otro
lado se da un fuerte movimiento de redefinición y reinterpretación de espacios políticos

21
Ver Altamirano (2001), Blanco (2006), Rubinich (en James, 2002) Terán (1991), Sarlo (2001), Sigal
(Op. Cit.), y los artículos del mencionado trabajo compilado por Neiburg y Plotkin (Op. Cit.).

38
y simbólicos. Lo que podría pensarse como un quiebre que deja de lado la tradicional
práctica del ensayo de interpretación como marco de expresión, en pos del avance del
academicismo, no es sino una situación de pujas, tanto de concepción del conocimiento
cuanto de modalidades expresivas, donde lo que está en pugna es ni más ni menos que
la pertinencia, e incluso la validez, de modos de apropiación del capital cognitivo, ese
eje que define en torno de sí al campo. Si queremos leerlo en los mencionados términos
de Bauman, entonces, tendríamos la dinámica de luchas entre los intelectuales generales
y los territorializados, con los movimientos en torno a la política y en torno a las
resoluciones del proceso cognitivo en constante fricción.
Los profusos y profundos cambios que la formación del conocimiento social en
la Argentina verá durante tal década son claves para ver dónde se han ubicado las
miradas que han analizado aspectos del campo, ya que no sólo han primado las visiones
que indagaron sobre la, repetimos, patente izquierdización del campo, sino también los
análisis que han focalizado en las condiciones de forjamiento, dinamismo y vías de
resolución del conflicto entre intelectuales y expertos. El conjunto de tales
investigaciones ha construido un sólido espacio de base para inquirir en las
especificidades del campo intelectual en nuestro país, tanto en los años previos como en
los que nos ocupan en esta Tesis y que son inseparables de ellos, pero han llevado
también, por consecuencia de sus objetos de estudio, a que el estado de la cuestión
refleje la dinámica del campo desde los debates y conflictos tocantes al progresismo.
Por supuesto, esto no es resultado de falencias en tales obras sino, por el contrario,
consecuencia de sus méritos, que resultaron en un estancamiento de la cuestión, la cual
permanentemente remite a los caminos temáticos que los pioneros entre tales análisis
han abierto.
Así, como hemos marcado, encontramos dos grandes movimientos que se
desarrollaron desde la década de los ’60 y se hicieron notar fuertemente en los primeros
años de la década posterior, y que, al ser estudiados, constituyeron cada uno una vía
analítica de enfocar el fenómeno de los intelectuales en aquellos años y sus relaciones
con la sociedad: por un lado, la vía que analizó la especificidad cultural, es decir, las
pujas entre intelectuales y expertos; en segundo lugar, la vía que analizó la especificidad
política, es decir, el notorio movimiento hacia la izquierda de amplias franjas del campo
intelectual. En los siguientes puntos nos apoyaremos en las obras más destacadas de
estos dos caminos de investigación, para graficar lo que hemos estado postulando hasta
aquí. Por supuesto, ambas lógicas, como deja ver el apartado que aquí finaliza, han

39
interactuado en un proceso dinámico donde por momentos los núcleos de una se
confundían con los de la otra. Tal imbricación, empero, hace necesaria también la
separación expositiva de ambos procesos tanto como de las miradas que los
reconstruyeron, a fin de graficar la complejidad de ambos procesos, muy distantes de la
linealidad con que muchas veces han sido presentados.

1.c- La vía analítica de la especificidad política: más allá del vuelco a la izquierda
Si entendemos que, por un lado, debemos rastrear el proceso que supuso la
izquierdización del campo intelectual desde los años ’60, es referencia obligada remitir
a la lógica cultural y política que dio lugar a tal movimiento: son hechos imposibles de
negar el influjo de la Revolución Cubana y el rol que desde ella y a través de ella
ocuparon o se figuró y hasta dogmatizó que debían ocupar los intelectuales22. A lo largo
de tales años, además, se configuró fuertemente una interpretación que ligaba el
compromiso intelectual con posiciones progresistas, cuando no directamente
revolucionarias, y cuyos intelectuales faro fueron, por supuesto, el filósofo y escritor
francés Jean Paul Sartre y el filósofo alemán Herbert Marcuse. El influjo que los
movimientos de liberación o insurgencia tercermundista ejercieron sobre los
intelectuales es otro hecho destacable del momento, lo mismo que las explosiones
juveniles de finales de la década, de las cuales el Mayo Francés se transformó en
símbolo y actuó, a la vez, como un nuevo mojón a la hora de revisar las relaciones entre
intelectuales, cultura y política.
En el caso argentino, es evidente la necesidad de incluir, además, el conjunto de
nuevas reflexiones sobre el peronismo, marcadas por un evidente acercamiento de los
intelectuales hacia el “hecho maldito”, que dio una reconstrucción de las lógicas
analíticas y de los resultados de ellas que fue más allá de aquel intento, originario y
original de una lectura desde la izquierda ejercida por los integrantes de la hoy mítica
revista Contorno (Croce, 1997: 111 y ss.; Sigal, 1991: 134 y ss.). Si, como escribe
Silvia Sigal, “la débil capacidad interna de producción de legitimidad tuvo una
equivalencia simétrica: la actividad intelectual se encontró sometida, sin mediaciones,
tanto a los acontecimientos políticos como a los cambios de humor ideológico de las

22
El cambio en la agenda cultural que implicó la revolución socialista en suelo americano, al igual que los
demás factores que incluiremos aquí como ejes que explican la lógica del movimiento hacia la izquierda,
sobrepasa los límites de este trabajo. Ver Gilman (Op. Cit.).

40
capas cultas” (Op.Cit.: 35-36), vemos entonces que, por un lado, la dinámica operada
por las transformaciones en el seno de la práctica del análisis social, y el rol de primacía
de la política, por el otro, actuaron como dos vías paralelas que irían a encontrarse en la
movilidad ideológica de una etapa que estaba pariendo nuevas concepciones, con
forceps, a la vez que no acababa de enterrar las previas, y donde los intelectuales
entraron en una encrucijada plena de dinamismo interno y retroalimentación con el
exterior: mencionemos nuevamente a Sigal, cuando señala que, “estos interrogantes
sobre el lugar de los intelectuales en la política son inseparables de la pregunta sobre el
lugar de lo político para los intelectuales”, y que esta relación por sitios de concepción
y acción aparece “inevitablemente contaminada por los problemas que,
retrospectivamente, plantea la ideologización de una basta zona del espacio intelectual
poco más de diez años más tarde. Ideologización que traduce límpidamente el esfuerzo
de los intelectuales argentinos para encontrar un lugar y una identidad a través de
simbiosis entre cultura y política en una coyuntura pensada en términos de ruptura del
orden social” (Ibid.: 16). Vemos, entonces, que aquí aparece la mutua implicancia entre
los espacios culturales y políticos –tomando, claro, a ambos como conceptos acotados–
y el nuevo desafío que asumirán muchos intelectuales de una reconstrucción de sentidos
de ambos ámbitos que los una y, a la vez, los inscriba dentro de una lógica que avance
hacia posiciones de izquierda.
Pero no por ello debe obturarse que, como señalamos, ciertas concepciones no
acababan de ser enterradas: ejemplos de ello serán las miradas que, desde la
intelectualidad ligada a la izquierda más dogmática, seguían analizando a los partidos
movimientistas tales como el radicalismo y el peronismo con lentes antiguos, cuando no
lo hacían de ese modo con una concepción de la historia argentina toda; y, además, el
reverdecer de un nuevo antiintelectualismo que colocaría a los intelectuales –más que
nunca ejerciendo, un grueso de ellos, un complejo acercamiento teórico o fáctico a la
política de masas– como verdaderos agentes que desfiguraban la política (Saitta, en
Neiburg y Plótkin, Op. Cit.: 114; Terán, 1991: 151 y ss.). Desde los propios
intelectuales, a su vez, y visto el fiasco en el que acabó la experiencia de apoyo de
muchos de ellos al gobierno de Arturo Frondizi, se recrudecieron ciertas posturas por
medio de las que se “reforzó la tradición ‘modernista’ de la incontaminación del
intelectual con el Príncipe, cerrando el círculo que definía un estilo de intervención en la
política que veda la incidencia directa sobre el Estado, caracterizado como un centro no

41
reformable y con el que es preciso no comprometerse para no verse incluido en su
‘engranaje’ (…)” (Terán Op. Cit: 153)23.
Es decir que tenemos aquí, entonces, un extendido arco de posiciones: desde los
propios clivajes entre aquellos intelectuales que se acercaban a la política y asumían el
riesgo de hacerlo desde una renovación de lecturas, hasta aquellas posturas que desde la
propia intelectualidad clausuraban las posibilidades de acercamiento a la política en
acto, vista como contaminante de los hombres de ideas, pasando por el
antiintelectualismo que invertía tal relación y el dogmatismo partidario que clausuraba
posibilidades como la primera de las mencionadas.
Vemos, así, que la reconstrucción de miradas permite colocar bases de mayor
amplitud para atender el tipo de análisis que circulaban en aquellos momentos, y que
ello mismo nos lleva a señalar que la tan extendida idea de una sinonimia entre los
términos intelectual e izquierda se muestra insuficiente: es el primer paso para dibujar
lineamientos que permitan recrear el olvidado lugar de la intelectualidad conservadora,
ampliando, como ya postulamos, el campo de batalla en el que se incluyen los
intelectuales y su relación con la producción de conocimiento, el despliegue de ideas en
la sociedad y su lógica política.

1.d- La vía analítica de la especificidad cultural: alrededor del desgaje de la figura


del intelectual
Al mismo tiempo en que se daban las contriciones en la relación de los intelectuales con
la política, se daba una fuerte polémica entre los dos modelos que buscaban retener para
sí la verdad última del capital que signa al campo intelectual: el conocimiento. El
debate, que adelantamos ya, entre los cultores de la práctica intelectual generalista, y
aquellos que, desde criterios de profesionalismo y emplazamiento académico, buscaban
en cambio espacios territorializados de intervención, incluyó dentro de sí matrices
fundamentales: primeramente, una de carácter cultural, donde lo que se ponía en juego
eran las pertinencias de los distintos modos de producción de conocimiento social,
donde en primer término colisionaban quienes practicaban el ensayismo, esa tradición

23
Para una lectura de los años de Frondizi, Romero (2003). Para la relación de los intelectuales con dicho
político y su posterior gobierno, Croce (Op. Cit.), Sigal (Op. Cit.), Terán (Op. Cit.), el capítulo 2 de la
biografía del periodista Jacobo Timerman escrita por Mochkofsky (Op. Cit.), brillante descripción de los
vínculos entre política e intelectuales en la época, y la biografía de Mariano Grondona de Sivak (2005).

42
tan cara a las prácticas intelectuales argentinas, y quienes buscaban pautar tal
conocimiento según modalidades de rigor científico. La polémica, además, se extendía
al ámbito político, en tanto aparecían entonces en pugna los modos de intervención
pública y la pertinencia de la construcción del conocimiento por parte de los
intelectuales, aún cuando en medio del fragor de la contienda se admitiera la validez de
tal término para englobar a quienes se paraban en veredas antagónicas pero, por las
mismas características de la puja, en permanente contacto24.
Fue en los ámbitos de la sociología, y a través de una renovación de la disciplina
con la incorporación de técnicas empiristas, y el acento en un distanciamiento de las
prácticas cognitivas de todo basamento ideológico a la vez que por ello mismo un eje en
la búsqueda de la neutralidad valorativo-axiológica, como ya ha sido estudiado en
diversos trabajos25, donde comenzó la lucha entre dos modos de concebir las formas de
conocimiento social: “frente al pensamiento social predominante en América Latina,
cuya principal forma de expresión era el ensayo, surgía esta nueva disciplina que se
proponía lograr un conocimiento objetivo de la realidad social” (Rubinich, en James,
2003: 251). Son un desafío y un trastorno mayúsculo el que estas formas introducen en
la intelectualidad, puesto que, como expusimos, los modos tradicionales y aceptados de
cuestionar y explicar lo social aparecían ahora desafiados, y se generaba en torno de
estos dos modos de aprehender la realidad una polémica que ponía en disputa ni más ni
menos que la pertinencia de los modos de producir, expresar y reproducir conocimiento
tanto como la validez de la propia figura del intelectual según los lineamientos que tal
estampa poseía desde su, ya vista aquí, instauración en la Francia del “caso Dreyfus”.
A la concepción ya clásica del intelectual le surgía un desgaje que no sólo
implicaba un cambio de sus contenidos y alcances, sino que aparecía en abierto desafío
a su figura previa, cuestionándola en su capital y acompañada de un marco internacional
supeditado a la reformulación internacional de las ciencias sociales y el interés de las
instituciones en la investigación social, tan efervescente como aquel que recibía a la
lógica de los intelectuales comprometidos con posiciones progresistas. Es decir,
estamos aquí ante el doble relato de procesos de relevancia internacional que hacen
eclosión en el contexto local. Y justamente en tal marco la polémica se mostró de una
fuerza tal que trascendió el inicial ámbito sociológico donde, como mencionamos,

24
Reenviamos aquí a la misma bibliografía citada en la nota 21.
25
Blanco (Op. Cit.), Rubinich (Op. Cit.), y los trabajos de Saítta, Blanco y la introducción de los propios
Neiburg y Plotkin en el citado trabajo por ellos compilado (Op. Cit.).

43
comenzó en nuestro país tal puja entre intelectuales y expertos. Quienes pugnaban por
las nuevas concepciones buscaban un lineamiento con criterios científicos, objetivistas,
que era condenado por los practicantes del ensayo como “cientificismo”, a la vez que
estos eran vistos por los primeros como promotores de un conocimiento viciado. Como
dijimos, el tesoro por cuya apropiación simbólica se luchaba era tan luego el capital
cognitivo, el que define a las prácticas intelectuales, y tal batalla se prolongó en la
creación de canales de expresión de todo tipo, que actuaban a la vez como portadores de
los lineamientos y roces internos de cada facción, y como modos de validación y
legitimación.
El peso que sobre la vida cultural y política tuvo este enfrentamiento es difícil de
exagerar, al punto que ha opacado las mucho más sutiles alternativas del caso. Si bien
no son nuestro foco de atención, en aras de mostrar la coincidencia con el diagnóstico
de un alto dinamismo de las pujas que ya marcamos, debemos mínimamente hacer
mención a ellas. La narrativa, muy extendida, que ha focalizado en el enfrentamiento de
las dos lógicas ha dejado de lado dos situaciones indudablemente verificables una vez
que se recorre la bibliografía especializada: primeramente, el segmento de lo que se ha
agrupado en el imaginario analítico como “sociología científica” lejos estaba de
conformar un conjunto estandarizable, sino que en él convivían tensiones interiores, que
han quedado relegadas largo tiempo por la relevancia propia del enfrentamiento entre
intelectuales y expertos, entre ensayistas y científicos (Blanco, Op. Cit., Rubinich, Op.
Cit.). Tanto como han quedado de lado, en las miradas sobre el conjunto del ensayismo,
las ideas de la corriente antiintelectualista sobre el rol de los intelectuales en la sociedad
de su época (Saitta, Op. Cit.). Y lo mismo podemos señalar acerca de la relación que
comenzaron a ocupar, por medio de la apropiación y difusión universitaria tanto como
militante obras de una y otra corriente (Rubinich, Op. Cit.).
Una vez recorridas estas alternativas, notamos que en el desgaje que supuso la
idea de experto, la noción de intelectual no sólo encontró al principio un desafío, sino
que también halló un modo de engrosar sus implicancias, en medio de un proceso que
fue de una alta complejidad y un dinamismo que hizo que los nucleamientos
inicialmente en oposición acabaran por momentos en una complementación, a la vez
que desdibujando los gruesos trazos de uniformidad con los cuales se los supo pintar.

44
2- El campo imposible y el campo real
¿Qué tenemos, entonces, sino un campo intelectual en un estado de ebullición? Por lo
tanto, difícilmente podríamos aquí abonar las ideas que lo relatan escindiéndose
límpidamente hacia la izquierda, sin ver las tensiones internas y los marcos que
posibilitaron y realimentaron constantemente a estas. En el juego por la apropiación del
capital clave del campo, se ejerció la operación polémica que tendió a buscar legitimar
uno de los dos modos de acceso al conocimiento de lo social, el ensayístico o el
científico, el generalista o el territorialista, retomando a Bauman, y que supo construir
espacios de legitimación, sean académicos, mediáticos o, en menor medida, políticos.
Aquí vemos una de las puertas de entrada que permiten mostrar cómo se dio el
solapamiento de los importantes contingentes conservadores en la intelectualidad
argentina: las batallas centrales por el capital y la legitimación estuvieron en manos de
actores de ideología cuanto menos progresista, o bien ligada a lo popular, con lo cual su
parangón con la intelectualidad conservadora era impensable. A su vez, el modo en que
los esquemas conservadores se extremaron hacia la derecha por medio de órganos de un
carácter ultramontano alejó a los intelectuales del liberal-conservadurismo –es decir,
aquellos que serán fruto de nuestro estudio– de tomar contacto con ellos, que a la vez
organizaban, en ciertos casos, verdaderos cenáculos autosuficientes26. Escasamente
interviniendo en los debates por la reorganización del conocimiento social, escasamente
construyendo órganos de expresión, escasamente participando de las experiencias
arquetípicas de la derecha, los intelectuales liberal-conservadores bien pueden, hoy,
aparecer como un objeto evanescente, puesto que su presencia pública dista
enormemente de la de sus colegas progresistas, populares o de izquierda. Esta falta de
participación de las lógicas que rigen el campo intelectual es uno de los motivos que
más fuertemente podemos destacar para que sus figuras no hayan trascendido como sí lo
hicieron estos últimos. Si, como ya mencionamos, Bourdieu señala que los intelectuales
luchan por monopolizar la producción cultural legítima, dentro de un ámbito mayor aún

26
No hay bibliografía abarcativa sobre tales medios, cuyo ideario es abiertamente extremo, tales como el
diario La Nueva Provincia o la revista Cabildo, que conformaron en su rededor ejes derechistas
visiblemente endógenos. En el caso del primero, si bien para épocas muy distintas, y analizado como
parte de un contexto mayor, ver Lvovich (Op. Cit.) y Dotti (2000). Para el segundo medio, y
específicamente concentrado en los años del “Proceso”, Saborido (2005). En el correspondiente apartado
que presenta a los intelectuales que esta Tesis analiza, se hace referencia a otros medios y sitios sociales
donde estos sí participaron.

45
al de su campo, que es el campo de poder, vemos cómo el monopolio de tal producción
no quedó en manos de la intelectualidad conservadora, por ende, no hubo una
reproducción directa de su lógica en el campo de poder simbólico, aún cuando sus
lógicas hayan sido visibles en las concepciones centrales de la última dictadura militar:
como ha demostrado Silvia Sigal, la cuestión intelectuales y poder, desde la década del
‘60, se muestra cerrada en sus ámbitos centrales para la intelectualidad conservadora.
Las ambiciones de redefinición cognitiva, así como los proyectos políticos que a partir
de aquellos años danzan en la arena pública, están alejados del conservadurismo, pero
por debajo de ellos, permanecen los ejemplos de un lineamiento de derecha que,
ignorado o soterrado, menospreciado o marginado, se mantuvo y retroalimentó.
Las nubes que cubrieron cualquier posibilidad de un campo intelectual prístino
se formaron por un cúmulo de factores coincidentes: la debilidad institucional; la
precariedad de los lineamientos intelectuales; la inexistencia de lecturas cruzadas entre
los polos ideológicos antagónicos; la reducción de las prácticas intelectuales a fines
externos; la, finalmente, imposibilidad de la sistematización de un campo intelectual á
la Bourdieu durante el largo ciclo del pretorianismo, las pautas que van dando lugar a
las anomalías que cualquier construcción que siga a pies juntillas los criterios ofrecidos
por el fenecido sociólogo francés detectaría a la hora de relevar el campo vernáculo.
Instituciones culturales débiles y avasalladas, órganos de difusión efímeros o
censurados, dinamismo de las pugnas soterrado bajo enfrentamientos irreconciliables,
depreciación de lo intelectual por lo político, partición de toda lógica común por los
antagonismos: el campo intelectual imposible de una sistematización que resista a los
tiempos, además de las consabidas diferencias entre situaciones de una sociedad central,
como la Francia para la cual el autor concibió su teoría, y una periférica como es el caso
de la Argentina, que llevarían a translaciones que, seguidas en su linealidad, resultarían
operaciones forzadas.
La marcada visión que ya describimos acerca de la relación de homonimia entre
intelectual e izquierda se alimenta, así, del campo bourdiano imposible: de la
imposibilidad fáctica de un campo estructurado según las categorías del sociólogo
francés surge una mirada que obtura la real complejidad para ofrecer un modelo
parcializado. El vértigo de reformular una estructura cuyos límites se vuelven porosos y
que desde su propio interior cuestiona su centro, y por ello mismo pone en conflicto sus
márgenes, que dialoga, choca o se nutre en relación mutua con el campo de poder con
un fervor que no había conocido antes, a la vez que la fascinación por una etapa donde

46
el ideario progresista avanzó fuertemente, obturan una realidad que dio lugar a procesos
de represión de una ferocidad inusitada, avalados en fuertes concepciones intelectuales
que habían estado forjándose a la sombra de las luces de quienes se disputaban la
centralidad del campo. Es decir, no ver el enclave ideológico de las obras de ciertos
partícipes del campo, como pedía Bourdieu, por lo ínfimo de las posiciones de estos
dentro de él, obtura el proceso de producción de una macrovisión conservadora que, en
los años que rodearán al inicio de la última dictadura militar, se encontraba
poderosamente consolidada sobre ejes que reformulaban la tradición conservadora y la
abrían a un nuevo marco de interpretaciones, cuya consonancia con el discurso militar
en su primera etapa, 1976-1981, se haría evidente.
Para retomar las palabras de Norbert Elias que funcionan como epígrafe a este
capítulo, el olvido de ciertos hombres obedeció al de ciertas ideas, por lo cual no pudo
reconstruirse en su verdadera densidad un sistema, intelectual en este caso, que, como
todos los sistemas, funciona basado en los hombres que lo forman.

47
SEGUNDA PARTE
EN BUSCA DEL LIBERAL-CONSERVADURISMO

48
Lineamientos de trabajo
En esta segunda parte de nuestro trabajo nos proponemos indagar el discurso de la
intelectualidad liberal-conservadora argentina en los años que rodearon la instauración
del autodenominado “Proceso de Reorganización Nacional”. La operación analítica se
llevará a cabo mediante la construcción y el estudio de ejes temáticos capaces de actuar
como centros convergentes para las ideas de los autores elegidos, previo gráfico de un
mapa relacional que nos permita ingresar en las líneas básicas de las biografías de tales
intelectuales y sus sitios de sociabilidad intelectual y política. Como destacamos ya en
la introducción a esta Tesis, no nos proponemos una recreación del campo intelectual en
sentido bourdiano según los parámetros de la sociología de los intelectuales, sino
realizar una reconstrucción que nos permita introducir información que no sólo dé
cuenta de quiénes fueron nuestros objetos de estudio sino también de un esquema de las
relaciones que tejieron con otros actores sociales.
Valga aclarar que, pese a nuestro proceso analítico que elige privilegiar
temáticas comunes, el tratamiento de ellas no es de igual extensión ni valor en todos los
autores, por lo que, como se notará, mayormente elegimos pararnos en las líneas escritas
de quien consideremos más apto en cada tema, para desarrollar desde ahí nuestro
estudio, salvo en los casos en que haya divergencias o desarrollos tales que enfocarlos
en su totalidad o mediante contrapuntos enriquezca la lectura. A su vez, y como quedará
evidenciado, las diferencias internas entre estos intelectuales, lejos de implicar una
contradicción dentro del lineamiento ideológico que representan, le otorga una dinámica
propia que hace que no pueda leérselo como un compartimento definido e internamente
cerrado.
Última aclaración pertinente, no colocaremos en las citas de nuestros autores
bastardillas tendientes a destacar ciertas expresiones, para no intervenir dentro de la
propia escritura de los intelectuales elegidos, sino que actuaremos tratando
analíticamente el sentido de las frases citadas.

49
“Sucedió a fines de los años setenta. Por entonces,
narrarlo era uno de los proyectos con menor sentido
entre tantos que se podían concebir.”
- Fogwill

Capítulo III
SOBRE EL ESPACIO DE LA INTELECTUALIDAD DEL LIBERAL-
CONSERVADURISMO: NOMBRES, REDES Y LINEAMIENTOS

1- El liberal-conservadurismo y la compatibilidad política


Hugo Quiroga, siguiendo una tradicional operación politológica, realiza una
diferenciación entre los tres tipos de legitimidad en los cuales la última dictadura militar
buscó basamento y fortaleza: la legitimidad de origen o título, la legitimidad de
ejercicio y la legitimidad de fines. En la pluma del autor rosarino, “la primera obedece
al ‘estado de necesidad’ que invocan las fuerzas armadas el día del levantamiento”, en
tanto “el peligro que amenaza el orden público, la integridad del Estado y conduce a la
disolución social debe ser conjurado”; por su parte, la legitimidad de ejercicio aparece
ya que el gobierno golpista “ha sido supuestamente legitimado en su título, pero que
también se piensa legitimado en el ejercicio de un poder que se practica con coherencia,
sin contradicciones con los valores y objetivos que son su razón de ser”; finalmente,
“completando la justificación del uso de la fuerza, para buscar obediencia y consenso, el
régimen militar de 1976 invoca también la legitimidad de fines o de destino. Ello fue
planteado el mismo día del golpe; la intención de instaurar una auténtica democracia
republicana, representativa y federal” (Op. Cit.: 50-51). A esta vía tripartita, Quiroga le
suma la legitimación debida al “apoyo pasivo de la mayoría para que el golpe se
legitimara con el apoyo activo de una minoría convencida en las bondades de la
autoridad militar” (Idem: 52).
En un artículo reciente, Sergio Morresi se apoya en la citada distinción del
profesor de la Universidad Nacional de Rosario para trazar la vía múltiple sobre la cual
la intelectualidad liberal-conservadora actuó enhebrando un discurso que sirvió de
basamento al del “Proceso”, ya que según su óptica, que compartimos, en “el terreno

50
común entre estos tres reclamos de legitimidad del PRN es donde debe buscarse su
sustrato ideológico” (2007a: 4-5), y que es justamente allí donde, acoplados sobre la vía
del liberal-conservadurismo, intelectuales de miradas diversas como nuestros tres
principales objetos de estudio, Jorge L. García Venturini, Jaime Perriaux y Ricardo
Zinn, pero también nombres como Alberto Benegas Lynch, Juan J. Catalán, Horacio
García Belsunce, Mariano Grondona, Segundo Linares Quintana, Víctor Massúh, Carlos
A. Quinterno o incluso Carlos Sánchez Sañudo y Luis Gazzoli, singulares intelectuales
militares, entre otros, pudieron converger en un esquema común que permitió, en
términos también de Morresi, una “particular compatibilidad política” (Idem: 5).
Al tomar esta idea descriptiva del tipo de ligazones políticas que se trazó entre
los intelectuales liberal-conservadores, buscamos señalar, como lo hace el citado
artículo, que ella se encontraba facilitada y permite ser explicada por la concordancia de
tales teóricos en un territorio ideológico común que, más allá de las diferencias internas
específicas que pudieran mostrar entre ellos, los ligaba a una matriz de larga data capaz
de actuar como espacio de referencia, y sumar positivamente dentro de ese marco tales
disparidades, logrando un movimiento dinámico que permite, en parte, explicar la
fortaleza de este lineamiento ideológico. Tal unidad montada en una matriz común nos
lleva, ahora, a poder leer tal geografía ideológica como el núcleo desde el cual se
explican los presupuestos y modos analíticos de los mencionados autores, tanto como
las líneas directrices que elaborarán desde ese marco eje. Es decir, con el liberal-
conservadurismo como centro, los intelectuales que aquí nos ocupan realizarán una
intervención donde actuarán asumiendo tanto la condición de analistas como la de
ideólogos, en un proceso complejo que por sus propias características parece
preanunciar otro de los tantos motivos de su soterramiento a la hora de los abordajes
sobre la intelectualidad en los años que este estudio abarca.

1.a- Breves apuntes sobre el liberal-conservadurismo en la Argentina


“La tesis que sostengo, y que he venido sosteniendo en el transcurso de mi vida, es que
en nuestra Argentina bien puede hablarse de conservadurismo liberal o de liberalismo
conservador como sistema político ideal”, escribió en el prólogo a un libro que
compilaba y reformulaba varios de sus artículos Alberto Benegas Lynch (1989: 9), uno
de los principales intelectuales del liberal- conservadurismo en el país, y cercano a los
ámbitos gubernamentales de la última dictadura militar. No es la creencia en el tipo de

51
sistema político ideal que destacaba el fallecido economista lo que en este apartado nos
ocupa –cuya ponderación por su parte, creemos, es obvia– sino su apelación a las
fórmulas que unifican liberalismo y conservadurismo, ejemplo de cómo el propio
pensamiento liberal-conservador se entiende a sí mismo. La fórmula liberal-
conservadurismo, u otras análogas, en efecto, pese a su aparente roce con el espacio del
oxímoron, proviene de la constatación que tanto el pensamiento liberal como el
pensamiento conservador encontraron, en un momento de su evolución histórica, puntos
de imbricación que dieron lugar a toda una corriente ideológica amalgamadora capaz de
ser envuelta por la expresión mencionada. En efecto, y si bien sería un despropósito
para un trabajo como este rastrear la historia de ambas tradiciones y los modos en que
estas construyeron una imbricación, debemos marcar que según los cánones analíticos
presentados en esta Tesis creemos que es totalmente aplicable para caracterizar un tipo
de ideología que, en la Argentina, fue adoptado por los grupos dirigentes luego de la
batalla de Caseros, y que llegó a su expresión arquetípica durante el desarrollo de los
lineamientos de la denominada “Generación del ‘80”27: una mirada conservadora de la
política aparecía como seguro para las libertades civiles y económicas, a la vez que
sobre ella se asentaba la paulatina apertura del orden político que implicó, dentro de las
pautas interpretativas generales del liberal-conservadurismo, el tránsito desde la
República liberal políticamente restringida hacia un liberalismo reformista –el cual,
partiendo desde esa óptica, la superó, como analizaremos luego– que dio paso a
esquemas democráticos participativos. Por supuesto, y si bien el propio proceso que
creció bajo el signo del ’80 fue encontrando en su interior las primeras claves para
desarrollar un proceso de cambio, basadas ellas en las mismas pautas que acabamos de
mencionar, no fue este un desarrollo exento de conflictos, al punto que creemos válido
repetir que, por encima del liberal-conservadurismo, fue una vertiente reformista del
liberalismo la que acabó marcando el paso hacia el rediseño del sistema político28.

27
La batalla de Caseros puede utilizarse como mojón histórico para marcar la preeminencia de los
proyectos unitarios por encima del federalismo, la centralidad de Buenos Aires por encima del resto de las
provincias, y del asentamiento de un proyecto de fuertes implicancias liberales. Obviamente rodeada de
diversos conflictos, la etapa siguiente a Caseros es indisociable del posterior proceso de hegemonía del
liberal-conservadurismo que tendrá en la “Generación del ‘80” su estandarte.
28
La bibliografía sobre esta temática es muy abultada, por lo que remitimos a ciertos trabajos ya
tradicionales: Botana (1997 y 1998), Botana y Gallo (1997), Gallo y Cortés Conde (2005), Halperín
Donghi (Ops. Cits.), Zimmerman (1995). Para un análisis en línea con la perspectiva analítica que aquí
desarrollamos sobre el liberal-conservadurismo, Morresi (Op. Cit.). Para nuestra visión sobre el período,
Vicente (2006).

52
Coinciden en la ideología liberal-conservadora dos tópicos que se ligan
genéricamente con el ideario de derecha: la defensa del orden establecido y la primacía
de la libertad por encima de la igualdad. Dentro del esquema del liberal-
conservadurismo estos ejes se articulan a un sistema ideológico coherente que, a su vez,
en el caso argentino se expresó en una temprana relación entre liberalismo y
conservadurismo, que dio lugar a una corriente subsidiaria de ambos pero a la vez
desprendida y ocupando un sitio propio en la cultura política nacional, donde el
liberalismo actuó como base y el conservadurismo se añadió conformando una corriente
ideológica particular.
Ahora bien, a esta altura del apartado, quien se enfrentara a los párrafos
precedentes bien podría preguntarse por qué, ya que estamos aquí trazando esquemas
capaces de dar cuenta de una relación histórica e ideológica tanto como de una
definición terminológica, utilizamos una fórmula encabezada por un término remitente
al liberalismo y seguida por otro referente al conservadurismo: es decir, por qué el
concepto utilizado privilegia al liberalismo en una relación que, según planteamos, aúna
dos concepciones. Debemos, entonces, marcar ciertas particularidades propias del caso
argentino que nos llevan a utilizar la mencionada expresión: apoyándonos en una tesis
altamente sugerente de Fernando Devoto, creemos que en la Argentina, pese a lo que
ciertos estudios han planteado, los sectores más importantes de la derecha vernácula han
sido marcados por la fortaleza de su adscripción al liberalismo antes que al
conservadurismo. En su libro Nacionalismo, fascismo y tradicionalismo en la Argentina
moderna, el historiador destaca que el pensamiento conservador –nacionalismo y
autoritarismo en sus vertientes más destacadas, a la vez las que han recibido mayor
atención académica– no ha tenido preeminencia en tal relación bipartita, sino que marca
“su debilidad, su subalternidad ante la larga pervivencia del fundador imaginario liberal
argentino” (2006: XI). Tal proceso, aceptando la lectura del profesor Devoto,
encontraría su clave en la fuerza con la cual el modelo básico liberal hubo generado un
consenso alrededor de su concepción de los valores, los basamentos políticos y legales,
y “en torno de una idea de pasado que subtendría otra de futuro” (Idem: XII). Es
innegable, obviamente, que este ideario tuvo frente a sí escollos de todo tipo, venidos
desde diversas concepciones, y que se enfrentó, según los propios autores del liberal-
conservadurismo analizados en esta obra, con tres grandes adversarios que partían de un
núcleo común: la política de masas. En efecto, y como quedará demostrado en el
recorrido a través de los intelectuales elegidos para esta Tesis, en ella cierto liberalismo

53
encontró los genes forjadores del populismo, el socialismo y/o el fascismo, siempre
unidos conceptualmente por los modos masivos de su politización. En segundo lugar, y
como se desprende de lo antes expuesto, a diferencia del liberalismo, es posible hablar
del conservadurismo en la Argentina, como lo hace Ezequiel Gallo, marcando el
“carácter sui generis de la tradición conservadora en la Argentina” (en Montserrat,
Comp., 1992: 91). A diferencia del liberalismo, el conservadurismo no logró forjar una
estructura basamental capaz de convertirlo en una expresión con la fuerza necesaria para
incorporar en sí otras lógicas políticas, salvo claro en casos minoritarios, incomparables
con la amplitud del esquema que el liberalismo pudo construir.
El tercer punto a tener en cuenta para el esquema que aquí estamos planteando y
que completaría la justificación de la elección terminológica y la colocaría dentro de un
racconto de puntos salientes para analizar la lógica del liberal-conservadurismo, es
marcar que, al mismo tiempo, el liberalismo absorbió en su seno lineamientos diferentes
a los del conservadurismo: nos referimos, obviamente, al reformismo que se hace
patente como visión gradualista y a la vez, frente al conservadurismo, progresista: nos
referimos a la corriente que podemos llamar liberal-reformismo o liberalismo
reformista. Como ya se habrá notado, entendemos por ella a la vertiente del liberalismo
que buscó ampliar sus criterios políticos básicos, mediante el recurso de la polemización
y posterior reforma de los esquemas vigentes. Históricamente, el eje de la aparición de
esta concepción debemos colocarlo en las ideas que buscaron, dentro de los cánones del
liberalismo, la superación del signo del ’80, y cuyo momento de mayor influjo sobre la
política nacional se da con la denominada Ley Sáenz Peña en 1912. Efectivamente, este
liberal-reformismo, pese a su basamento en el liberalismo, se ve enfrentado en muchas
de sus ideas centrales al liberal-conservadurismo. La pertenencia de ambos al esquema
mayor del liberalismo, empero, es lo que logra miradas que, pese a ser disonantes e
incluso antagónicas entre sí, las entiende y justifica desde el liberalismo. A su vez, y
retomando en cierto sentido los aportes de la mencionada obra de Devoto, creemos que
en esta bifurcación del liberalismo en dos alas diferenciadas pero en relación de
retroalimentación con el esquema liberal madre se encuentran muchas de las claves para
explicar la importancia de tal ideario en la Argentina, por medio de un proceso
dinámico que permitió su fortaleza a través de la polémica entre sus vertientes.
Para profundizar las ideas previas, demos paso a una voz tanto más autorizada
que la nuestra, la de José Luis Romero, que caracterizaba como “la línea del liberalismo
conservador” a la ideología de las clases dirigentes una vez que “la evolución de la élite

54
republicana hacia una organización cada vez más estrechamente oligárquica fue
acelerada” (Op. Cit.: 190). Para el historiador, el mencionado ciclo “suscitó una
contradicción íntima entre los ideales liberales y los ideales democráticos” (Idem: 191),
que derivó en la crisis del proceso, el cual se decidió por medio de posturas liberales
diferentes, que abrieron una brecha en su estructura previa. Este cambio, según Natalio
Botana, para quien “la combinación de conservadurismo y liberalismo generó actitudes
muchas veces contradictorias” (Op. Cit.: 14), implicaba que “ahora ocupaban el primer
plano los reformadores” (Idem: 16). Si bien ambos autores prefieren marcar que dentro
de aquellos esquemas luego superados existían fuertes contradicciones, en nuestra
lectura, en cambio, postulamos al liberal-conservadurismo como un lineamiento
ideológico coherente, que por ello mismo no resolvió sus aparentes contradicciones sino
que otra vertiente dentro del tronco madre del liberalismo pero diametralmente opuesta,
la del liberal-reformismo, fue la encargada de dar paso a la renovación del sistema
político, y con ella a sentar las bases para un tipo de puesta en acto de la sociedad en la
política que el liberal-conservadurismo, sesenta años luego, aún estigmatizaba29.
Una vez abordada la diferenciación precedente, volviendo ya al mencionado
escrito de Morresi, allí el politólogo traza puntos capaces de llevar a una tipología del
liberal-conservadurismo, que por ello citaremos largamente. Según su lectura, tal
ideología: “1) valoriza la experiencia y es contraria al racionalismo (es decir, a las
abstracciones y a las idealizaciones, lo que comporta, en general, una antropología
pesimista), 2) es moderada y prudencialista en cuanto al cambio social, 3) se opone a las
redistribuciones progresivas de los bienes y recursos, pero no a la acción estatal que
garantiza un orden, orienta a la economía y protege los derechos; es una tradición que,
además, se muestra 4) temerosa de la democracia (por sus tendencias populistas y por
entrañar el peligro de desembocar en una demagogia o en una tiranía de la mayoría) y 5)
respetuosa de la sabiduría de las tradiciones e instituciones heredadas (a las que se debe
restaurar cuando son atacadas de modo sistemático por factores exógenos). A diferencia
del conservadurismo a secas, el liberalismo-conservador no es contrario al mercado, al

29
Remitimos nuevamente a nuestros trabajos mencionados en la nota previa. Podemos, además, señalar
que la concepción del liberalismo reformista es la que permite que muchas de sus lógicas se hayan
imbricado, en los años que rodearon su gran mojón político, la llamada Ley Sáenz Peña, con visiones del
radicalismo y del socialismo, dos partidos que, según creemos, no pueden comprenderse en aquellos años
sin establecer una relación analítica que tienda puentes con tal lineamiento ideológico. La misma apertura
del liberalismo hacia la vertiente reformista, consideramos, ayuda a una lectura más compleja del ciclo
iniciado políticamente con el golpe de Estado de 1930, pero cuyas raíces se hunden más lejos en el
tiempo, y que Luis Alberto Romero (2003) denominó “reacción conservadora”.

55
cambio social ni al individualismo, ya que descree de la nocividad de sus efectos
potencialmente disolventes. Por otra parte, y distanciándose de lo que podríamos llamar
el liberalismo clásico, el liberalismo-conservador cree en la importancia de un orden
social de tipo jerárquico y, aunque comparte la idea liberal de libertad, cree que sus
límites deberían ser fijados mucho más estrechamente de lo que habían sostenido los
liberales” (Op. Cit.: 2-3)30. Debemos observar, sin embargo, que encontramos distintos
argumentos para discrepar acerca del primero de los puntos destacados, ya que, como
veremos, y si bien estamos de acuerdo en lo concerniente a las miradas resultantes en
una antropología pesimista, el racionalismo y la abstracción se hacen muy presentes en
los intelectuales que vamos a analizar, en especial a la hora de diseñar modelos que
vayan en contra de opciones leídas como de baja racionalidad o de pura acción: el
populismo como figura antagónica para tal enfrentamiento. Por lo pronto,
adelantaremos que por lo menos en los casos de los teóricos que aquí vamos a tratar no
se verifica tal tipificación que, si bien creemos aplicable a muchas de las teorizaciones
del liberal-conservadurismo, no podemos sino marcar la existencia de un tono
fuertemente abstracto tanto como la apelación constante a esquemas racionalistas como
método de argumentación. Analizaremos expresiones capaces de dar cuenta de estas dos
aclaraciones a medida que desarrollemos el trabajo.
La potencia de las implicancias tanto ideológicas como históricas del modelo del
liberal-conservadurismo llevarán a una constante apelación, por parte de los
intelectuales que pronto estudiaremos, a las concepciones tanto como condiciones de la
vida social que se forjaron durante los años en que tal visión fue la de las elites
dirigentes del país. Esto, veremos, desembocó muchas veces en lecturas que analizaron
el modelo ideológico montado alrededor del “Proceso” como puramente liberal o
puramente conservador, lo cual evidencia una lectura sesgada, tan errónea como aquella
antigua mirada que lo definía como fascista o la más extendida, casi arquetípica de la
década de 1980, que se contentaba con describir un modelo bifronte entendido como
liberal en lo económico y conservador en lo político. Peor aún, puesto que se balancean
erróneamente sobre una relación que creemos cierta, y que hemos repasado aquí, ciertas
miradas que hacen de los términos liberal y conservador palabras intercambiables: al no

30
Como aclara, Morresi moldea su tipología según los conceptos del tradicional estudio de Harbour
(1985), y de un artículo del estudioso español Ángel Rivero: “Liberalismo conservador (de Burke a
Nozick)”, incluido en el volúmen organizado por Juan Mellón (1998), Ideologías y movimientos políticos
contemporáneos. Madrid, Tecnos –no presente en la bibliografía de esta Tesis–, a los que remitimos para
profundizar estas nociones.

56
ver la relación de imbricación que dio lugar a un verdadero ideario liberal-conservador,
utilizan ambos vocablos casi al modo de sinónimos pero no como conceptos sobre cuya
relación real se explica un modo de mirar el mundo que en la Argentina tiene una
historia y un entramado ideológico que le pertenece.

2- Nombres y espacios para la compatibilidad política


Como ya señalamos, Jorge L. García Venturini, Jaime Perriaux y Ricardo Zinn serán los
intelectuales sobre los cuales centralizaremos nuestra atención. A través de ellos
reconstruiremos las ideas del liberal-conservadurismo en la Argentina y, por lo tanto,
primeramente aquí realizaremos breves presentaciones de ellos y reconstruiremos la
trama básica de sus espacios relacionales31.
Jorge L. García Venturini nació en la ciudad de Bahía Blanca en 1928, y se
mudo a los quince años a la Capital Federal, donde cursó sus estudios secundarios y
universitarios, estos últimos en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de
Buenos Aires, donde se doctoró en Filosofía. Fue docente de esa casa de altos estudios,
tanto en esa dependencia como en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales. Tradujo
diversos textos filosóficos y publicó obras de importante impacto como Ante el fin de la
historia, Antropología filosófica, Filosofía de la historia, y Politeia. Esta última, la que
analizaremos en las próximas páginas, tiene el raro placer dentro del universo de los
intelectuales del liberal-conservadurismo que nos ocupan, de haber sido reeditada hace
unos pocos años, eludiendo el desván del olvido al que la casi totalidad de tales obras ha
sido enviada. Aún más, es al día de hoy texto de aula en diversos colegios secundarios.
Actualmente, algunos de sus artículos paradigmáticos pueden encontrarse en diversos
foros que reúnen firmas ligadas al liberal-conservadurismo –Economía para todos,
Igooh. Expresión ciudadana, entre otros– con lo que se establece no sólo una ligazón

31
En vistas de la señalada laguna analítica en torno de esta temática, cualquier reconstrucción biográfica
de los intelectuales que nos ocupan es una operación que se nutre de fuentes variopintas y multiformes.
Para no caer en un exceso de citas que remiten a datos mínimos, preferimos aquí mencionar las fuentes
sobre las que se armó tal relevamiento: en primer lugar, conversaciones nuestras con Carlos Altamirano,
Fernando Devoto, Osvaldo Furman y Sergio Morresi. En segundo término, y amén del artículo ya citado
de Morresi, hay importantes datos diseminados en Álvarez (2007), Novaro y Palermo (2003), Sáenz
Quesada (2003), Seoane y Muleiro (Op. Cit.), Spivak (2004). En los artículos que conforman la obra
colectiva dirigida por Pucciarelli (Dir., 2003), hay también información destacable, amén de diversos
análisis sobre la relación entre distintas órbitas sociales y sus lógicas rectoras. Para un análisis general
sobre la intelectualidad durante la última dictadura militar, si bien no compartimos muchas de sus
postulaciones acerca de la preeminencia de las matrices ideológicas que marcaron al autoproclamado
“Proceso”, remitimos al artículo mencionado de Álvarez. El trabajo de Morresi releva otras fuentes de
interés, lo mismo que los artículos periodísticos recogidos en la bibliografía de esta Tesis.

57
del autor con la actualidad de dicho pensamiento, sino también, y es esto un análisis que
por supuesto requeriría más espacio que el aquí disponible, una continuidad dentro del
liberalismo–conservador que marca la secuencia de una línea de pensamiento que,
creemos, refuerza las pautas identitarias de este tipo de concepción ideológica según las
hemos recreado en el punto precedente.
Un compañero de ideas y académico de fuerte presencia en la época que rodeó a
la última dictadura militar, Víctor Massúh, a la sazón embajador ante la UNESCO de tal
gobierno militar, analizó elogiosamente su obra, que fue premiada con varias
distinciones, y aparecía frecuentemente citada en los escritos de otros intelectuales de su
universo ideológico. García Venturini fue, sin dudas, el teórico con menos peso
personal en las redes relacionales de los autores aquí mencionados, pero también el que
tenía mayor reconocimiento intelectual. Fue, además, asiduo colaborador del periódico
La Prensa, y tuvo dos cargos públicos relevantes: director de Cultura de la provincia de
Buenos Aires y director de EUDEBA durante la última experiencia autoritaria. No llegó
a ver el final del régimen cuyas palabras ayudaron a conformar ideológicamente, pero sí
sus declinantes últimos días: falleció el 23 de setiembre de 1983.
Jaime Perriaux, uno de los personajes más relevantes de la historia Argentina de
las últimas décadas y también de los menos estudiados y recordados, nació en 1920 y
murió en 1981: tampoco él llegó a ver la finalización del “Proceso”, nombre que él
mismo propuso. Abogado, posteriormente tomó cursos de filosofía y teoría del derecho
en Michigan y París, y desarrolló una profunda vinculación con el universo de José
Ortega y Gasset, de quien se consideraba heredero intelectual. Tuvo a su cargo la
representación editorial del español en la Argentina y extendió su relación con el
universo orteguiano al también español Julián Marías, el más importante discípulo del
filósofo. Fue directivo de la Asociación Cultural Argentina para la Defensa y
Superación de Mayo, ASCUA. Tuvo diversos cargos como funcionario en los gobiernos
de José María Guido, Juan Carlos Onganía, Rodolfo Levingston y Alejandro Lanusse,
siendo en este último donde se le dio la mayor de sus responsabilidades públicas: fue
ministro de Justicia, y allí creó la Cámara Federal en lo Penal, CAFEPE, conocida
popularmente como “Camarón”. Ya luego del Golpe de Estado que derrocó al gobierno
de Juan Perón en 1955 Perriaux comenzó a oficiar de anfitrión en reuniones en su
domicilio, que se profundizaron a partir de la llegada al gobierno de Arturo Frondizi en
1959, donde se discutían temas ligados a la política, la filosofía, el derecho y la
economía. Tales tertulias fueron el primer paso del grupo conocido más tarde como

58
“Grupo Azcuénaga”, por el nombre de la calle donde se realizaban tales encuentros, y
que se constituiría en uno de los soportes intelectuales clave al “Proceso”. Muchas
veces, las referencias a tal grupo eran directamente bajo el mote de “Grupo Perriaux”.
Allí se reunían hombres directamente vinculados a la futura dictadura como José
Martínez de Hoz, posterior ministro de Economía videlista; Juan José Catalán, luego
secretario de Cultura; Mario Cadenas Madariaga y Jorge Zorreguieta, quienes serían
secretarios de Agricultura en la cartera ocupada por el nieto del fundador de la Sociedad
Rural; Ricardo Zinn, a quien analizaremos a continuación; o nombres ligados al mundo
académico como Horacio García Belsunce, de las academias de Derecho, Economía,
Historia y Ciencias Políticas; y nuestro ya conocido García Venturini, entre otros. En
cierto sentido, el grupo fue una continuación del “Club Demos”, otra pretendida
agrupación de notables, en este caso conformada en torno a Federico de Álzaga, a la
cual Perriaux se unió en los primeros años ’50. Ya iniciado el periplo dictatorial, fundó
la Sociedad de Estudios y Acción Ciudadana, SEA, dedicada a la confección de planes
de acción política y cultural.
Pese a que muchas veces se menciona a Las generaciones argentinas como su
única obra, Perriaux editó casi dos décadas antes una obra ligada al ámbito del derecho,
Las reglas de conducta: diferencias esenciales entre la teoría tradicional del derecho,
incluso la de Kelsen, y la teoría ‘egológica’, a la vez que el propio intelectual señaló
que varios de sus artículos, firmados con seudónimo, aparecieron en diversos espacios.
Podemos compartir las palabras de Emiliano Álvarez cuando señala que “para
muchos, fue Jaime Perriaux el intelectual con mayor influencia dentro del gobierno
militar” (2007: 80), al punto que Morresi de hecho indica que, en más de un sentido, el
proyecto de Perriaux es el de la última dictadura militar (Op. Cit.: 8).
Alfredo Zinn, economista, banquero y consultor económico nacido en la década
de 1930, fue, como señalamos, uno de los asiduos concurrentes a los encuentros del
“Grupo Azcuénaga”. Ligado tanto al mundo de los negocios como al de la política, ya
que fue ejecutivo de las empresas Sasetru y SocMa, presidente de Sevel, y tuvo cargos
en los gobiernos de Arturo Frondizi, Roberto Levigston, Alejandro Lanusse y María
Estela Martínez de Perón, como secretario de Coordinación del ministerio de Economía,
asesor en temas financieros de los gabinetes de facto, y secretario de Programación y
Coordinación Económica, respectivamente. Sobre esta última experiencia, muchos
análisis coinciden en marcar a Zinn como el creador del plan económico conocido como
“el Rodrigazo”, en la breve gestión ministerial de Celestino Rodrigo, a la cual llegó en

59
un momento de distanciamiento de Franco Macri, junto a quien compartía el directorio
del Banco de Italia, donde estaban también los hermanos Rohm. Ya durante la
experiencia autoritaria, Zinn fue impulsor del Centro de Estudios Macroeconómicos de
la Argentina, CEMA, y la Escuela de Dirección y Negocios, IAE, hoy parte de la
Universidad Austral, y asesor de dirección de la publicación política A fondo, dirigida
por su amigo Mariano Grondona. Junto al empresario Gilberto Montagna creó la
Fundación Carlos Pellegrini, otro nucleamiento del liberal-conservadurismo, como lo
deja en claro su nombre. Trajinó, en aquellos años, diversos escenarios nacionales e
internacionales como conferencista, ligado a la Fundación Piñeiro Pacheco, de
escandaloso final legal.
Una vez acabada la última dictadura militar, Zinn fue hombre de la Ucedé, tuvo
fuertes relaciones con la Fundación de Investigaciones Económicas Latinoamericanas,
FIEL, el Consejo Argentino para las relaciones Internacionales, CARI, y la Asociación
de Bancos Argentinos, ADEBA. En los primeros años de la presidencia de Carlos
Menem fue asesor de María Julia Alsogaray en las privatizaciones de la telefónica
ENTEL y SOMISA, junto con Mariano Grondona (h). Murió en 1995, junto a José
Stenssoro, de quien era asesor en la privatización de la petrolera YPF, en un accidente
aéreo que despertó fuertes sospechas sobre, precisamente, su carácter accidental.
Amén de la coincidencia en los parámetros del liberal-conservadurismo, los
mencionados autores estaban incluidos dentro de redes de socialización que los
colocaban dentro de una lógica relacional común: tanto los círculos exclusivistas como
su participación como anexos civiles al último gobierno de facto, tanto con cargos en el
Estado como a través de fundaciones profundamente vinculadas con el gobierno y sus
sectores de apoyo más influyentes. Las concurrencias relacionales estaban, además,
sostenidas por una apelación a muchas bases ideológico-filosóficas comunes: el influjo
de las ideas de extracción católica –veremos luego cómo la temática religiosa aparece
en sus lecturas como políticamente operante– y de las teorías contemporáneas dentro del
liberalismo, la influencia de autores que teorizaban sobre el desafío de las masas en la
vida pública, una común lectura sobre la vida política nacional y sus particularidades,
entre otros tópicos, contribuían a crear un humus común que se hacía extensivo a varios
nombres del universo intelectual del liberal-conservadurismo y que se trasladaría a gran
parte de las lógicas sostenidas por el “Proceso” en su discurso público durante, cuanto
menos, los años videlistas, donde la verba procesista se mostró, más allá de las

60
desaveniencias internas a la institución militar y dentro del universo de civiles que la
rodearon, en su etapa de mayor coincidencia discursiva.
Debemos aquí reforzar la atención sobre la noción de compatibilidad política
extraída previamente de Morresi para destacar cómo, más allá de la pertenencia de los
autores recientemente presentados a los esquemas del liberal-conservadurismo, en las
particularidades de esta conformación ideológica se encontraban muchas de las claves
que podían hacer que ella incorporase en su núcleo diversas apetencias de las distintas
corrientes de la derecha vernácula, lo cual explica la dificultad de muchas miradas de
analizar los lineamientos ideológicos del “Proceso”: idearios del universo derechista
muy diferentes entre sí podían encastrarse sobre los marcos del liberalismo conservador
como marco fuertemente cohesionado, históricamente arraigado y capaz de resignificar
en su seno a las demás expresiones. Es decir, una lógica intelectualmente dinámica. De
ahí que las lecturas que, erróneamente según nuestra apreciación, han tildado a la
ideología procesista con motes tan disímiles como fascista, neoliberalismo autoritario, o
han ejercido la diferenciación entre una lógica liberal en lo económico y otra
conservadora en lo político, se hayan encontrado con un escollo: cómo explicar las
diferencias dentro de un marco ideológico que ellas mismas explicaban como unívoco
o, en su vertiente de clasificación bifronte, como una sumatoria de idearios. Por el
contrario, planteamos aquí que fue esa remisión a un espacio ideológico común capaz
de actuar como eje aglutinador pero nunca como cierre autónomo, lo que explica la
dinámica de imbricaciones que sustentaron la lógica amplia de la última dictadura
militar, y que a la vez permite, por medio de esta relación, entender sus diferencias
internas como algo más que lucha política por espacios de poder o repentinos quiebres
de una lógica anterior.

61
“El infierno son los otros.”
-Jean-Paul Sartre

Capítulo IV
EJES TEMÁTICOS DEL LIBERAL-CONSERVADURISMO: DE LA
DECADENCIA REAL AL FUTURO IDEAL

1- Las décadas de decadencia y el rumbo perdido


A la hora de identificar el eje general alrededor del cual se mueven las ideas de la
intelectualidad del liberal-conservadurismo, encontramos dos tópicos equiparables, si
bien con diferencias: por un lado, la idea de una progresiva decadencia dentro de la
historia argentina; por el otro, la de la pérdida de un rumbo deseable o, cuanto menos,
concreto, definido: sanamente racional. Si el primero de los análisis remite
invariablemente a una tradición muy fuerte en la derecha vernácula, e inevitablemente
ligada a grandes esquemas analíticos de corte conservador nacidos en Europa, como es
la lectura decadentista, el segundo, en cambio, si bien posee antecedentes en la
interpretación que las diversas corrientes de derecha han ejercido sobre el desarrollo de
la historia nacional, aparece en nuestros autores de modo novedoso. Debemos destacar,
al mismo tiempo, que existe un factor clave a la hora de interpretar dicha decadencia: el
rol de las masas en la vida pública, al punto que entre decadencia y presencia de las
masas existe, para las lecturas aquí analizadas, una relación sino necesaria cuanto menos
explicativa.
Primeramente, la mirada decadentista puede ligarse a una operación analítica
típica de la derecha, la que depende de marcos interpretativos conservadores que, una
vez determinada la naturaleza del problema que enfrentan, actúan ante él de modo
reaccionario o clausurante, en general con postulaciones que buscan el retorno a
tiempos pretéritos que generalmente se presentan idealizados o bien reformulados por
medio de un procedimiento de lectura que destaca ciertos ángulos de la realidad
obturando –cuando no haciendo desaparecer– otros, en el primero de los casos, y
generalmente cerrándose a aceptar la lógica del desafío y creando una visión modélica
para enfrentarlo, en el segundo de los casos. La lectura sobre una falta de rumbo o un

62
extravío de los rumbos deseables y casi naturales, distintamente, será tomada por los
autores que nos ocupan de diverso modo: ella misma marcando la posibilidad de la
decadencia, como lo hace Zinn y como se desprende de Perriaux, o bien como resultado
del gobierno de expresiones anatemizadas como punto máximo de la pérdida de los
cánones políticos racionales, como sucede en el caso de García Venturini. Es decir, si
por un lado lo que marca el proceso que es señalado como de decadencia es la falta de
rumbo o proyectos, o la incompletud o ineficacia de ellos, en el caso del filósofo
bahiense es leído como el obvio corolario de una forma de regulación política que
implica decadencia en sí misma en un doble movimiento: por un lado, la desaparición
de los lineamientos que hacen al modo racional de regulación política; por el otro, la
consagración de una expresión inadecuada como punto extremo del camino iniciado con
la marcada desaparición. También las condiciones de tal declinación aparecen bajo
distinta óptica en cada uno de los intelectuales, lo cual le da a la concepción
decadentista global que comparten un remarcable dinamismo interno, donde las
conceptualizaciones ingresan dentro de un mismo ámbito de lecturas, bajo una
macrovisión común, pero se diferencian internamente, remitiendo finalmente a un
marco que las resume.
Señalábamos en el párrafo anterior la pertenencia de la idea decadentista a un
universo de lecturas típicas de derecha, que se ligan a una muy extendida concepción de
decadencia de los marcos civilizatorios occidentales, y que tiene a través de autores
como Herbert Spencer y especialmente de José Ortega y Gasset fuertes influjos en la
intelectualidad del liberal-conservadurismo argentino, que a su vez utiliza esta
influencia de modo diferenciado al de la derecha de corte autoritario o nacionalista. El
eje sobre el que se monta la crítica liberal-conservadora es el de la masificación de las
sociedades, hecho que según tal lectura va obturando los fundamentos de la buena
sociedad en pos de un criterio que liquida a su paso el orden, la tradición, la aristocracia,
el elitismo y al propio individuo. A su vez, las formas políticas centrales del siglo XX,
que toman en sí a las masas, aparecen como el canal por medio del cual se pasa de una
decadencia cultural, ligada a la pérdida de principios reguladores compartidos que se
transmiten por tradición o por acuerdo racional –respectivamente, según la lectura se
apoye en cánones conservadores o liberales, y en una imbricación de ambos en los casos
que nos ocupan–, a una decadencia política que termina operando la concreción de los
peligros inherentes en las masas y hace de tal operación su lógica de sustento.

63
Vamos a permitirnos un breve paso por las lógicas mediante las cuales la
derecha argentina de corte nacionalista o autoritario expresó mayormente su visión
decadentista, puesto que en una de las vertientes más notorias de este análisis
encontramos un importante punto de confluencia discursiva con el liberal-
conservadurismo: el fenómeno de las masas. Una de las ideas más típicas de estas
corrientes derechistas era el mito de la conspiración: por medio de él se postulaba la
existencia de grupos definidos en términos genéricos –“judíos”, “socialistas”,
“comunistas”, “masones”, “inmigrantes”, entre los más comunes, y que de hecho
resultaban muchas veces intercambiables– que buscarían por medio de su prédica y su
accionar el cambio de los modos tradicionales de la sociedad argentina, en general
apuntando a la consecución de intereses espurios u oscuros. El proceso de asentamiento
de dichas lógicas conspirativas actuaría al mismo tiempo como un proceso de
decadencia, por medio del cual los mencionados caracteres tradicionales eran atacados
hasta lograrse su desvanecimiento, en pos de la aparición de una sociedad moldeada
según los cánones que el enemigo señalado en cada ocasión propondría como esquema
rector. Como describe Daniel Lvovich, la operación mitológica del complot se
desarrollaba mediante un movimiento bipartito: por un lado, la denuncia de la
conspiración; por el otro, el llamado a la reconquista de la patria (Op. Cit.: 551). Ante el
miedo ante la pérdida o el enrarecimiento de las tradiciones y los grandes lineamientos
políticos, sociales, económicos, culturales, que actuaba como eje de la construcción del
mito del complot, la aparición profunda de las masas en el espacio público y su
creciente peso social permitió a su vez, desde la segunda mitad de los años ’20, una
confluencia de estas miradas con el fuerte antiliberalismo que comenzaba a soplar en el
viejo continente y que impactaba con fuerza en la Argentina. Y justamente en el
problema del ingreso de las masas a la vida pública encontramos, como ya escribimos,
un punto de unión con las preocupaciones que el liberalismo-conservador desplegaría:
verdadero punto nodal, la cuestión de las masas aparecerá, entonces, como un eje capaz
de articular, si bien con enfoques y respuestas diversos, las preocupaciones de la
derecha argentina32.
Más allá de estos lineamientos de la derecha de corte nacionalista o autoritario,
entremos entonces hacia las lógicas del liberal-conservadurismo sobre la definitoria

32
Además de la obra de Lvovich, para profundizar en los usos que la derecha de corte nacionalista o
autoritario hace de la idea de decadencia, ver especialmente Mc Gee Deutsch (en AAVV, 2001). Para
lecturas de más largo aliento, Devoto (Op. Cit.) y Rock (Op. Cit.).

64
cuestión de la visión decadentista. “Sesenta años de decadencia”, tal el título del
capítulo que inaugura La segunda fundación de la República, de Zinn, hace explícito
uno de los tópicos capaces de actuar como puntos troncales de la lectura liberal-
conservadora. Nos dice ahí el autor: “la Argentina no está en crisis. La Argentina está
viviendo la extremidad de una decadencia que ha corroído pausadamente los centros
vitales de su estructura”. Para el también hombre de negocios debe separase claramente
el concepto de decadencia del de crisis, término este último cuyo uso considera
inadecuado para describir la situación del país en el momento en que escribe su obra:
“La crisis es generalmente una explosión mientras que la decadencia es una sucesión de
sustracciones. La crisis irrumpe e interrumpe, la decadencia es un proceso prolongado
de desvanecimiento y corrupción de calidades alguna vez existentes. La crisis no es
inevitablemente negativa, la decadencia sí” (1976:19). Por ende, en Zinn hay una
concepción de decadencia acumulativa, que llega hasta un límite en el cual aparece la
crisis, que lleva a la ruptura del proceso previo, puesto que, según postula, “en el campo
político los ciclos suelen ser largos”, por lo cual realiza el siguiente balance: “En lo que
va de historia argentina como nación orgánica sólo tenemos una gran crisis: la
Argentina que crece hasta 1910 y se paraliza con el sufragio universal; y la decadencia
que comienza con Hipólito Yrigoyen en 1916, cuya crisis de finalización está aún por
producirse” (Idem: 20). Es decir: una primera crisis de la cual se sale del peor modo,
iniciando la prolongada decadencia cuyo momento de culminación aparece con la crisis
de salida representada por las posibilidades inherentes al “Proceso”, solución política
que vendría, en caso de efectuarse correctamente –ahondaremos en el ámbito de las
propuestas más adelante–, a dar por finalizado el rumbo de decadencia por medio de la
salida de la crisis.
Marcos Novaro y Vicente Palermo marcan, en su voluminoso estudio de la
última experiencia dictatorial, que un análisis como el precedente era típicamente propio
de los uniformados que la llevaron a cabo: estos actuarían sobre una “crisis terminal”,
de características inauditas, con el “objetivo de poner fin a una época” (Op. Cit.: 19).
Justamente, las miradas de los autores del liberal-conservadurismo aparecían también
bajo el convencimiento de estar parados ante el abismo, y desde allí trazaban una línea
retrospectiva que buscaba rastrear los orígenes del mal argentino, para poder bajo esta
lógica encontrar los puntos de fuga: nacía allí la lectura propositiva. Esta, como se verá
a lo largo de este capítulo, podía expresarse tanto con un plan como el de Zinn, como a
través de una concepción cuasi-teleológica basada en criterios generacionales como la

65
de Perriaux, o bien por medio de una postura “pedagógica” como la de García
Venturini, quien buscaba permanentemente salvaguardar a la razón política de los
desvíos a los que la sometía la realidad histórica.
En la mirada de Perriaux, la Argentina “que tan gallardamente avanzó durante el
primer tercio de este siglo, y que luego atravesó años tan difíciles, y a la vez de tanta
frustración en el curso de la mayor parte de su segundo tercio (…)” se encontraba ante
el desafío “de hallar una fórmula política más o menos aceptable, y estable, en lugar de
ir de solución en provisional en solución provisional” (1970: 74). Y si esto es así, si la
decadencia tenía solución, es porque nuestros autores, como acabamos de mencionar, se
embarcaban en consideraciones de mayor o menor contenido programático pero
tendientes a postular vías de salida, que veremos más adelante, a lo que leían como las
décadas perdidas, y que invariablemente encontraba en el gobierno de facto iniciado en
el ’76 su punto de fuga33.
Si en Zinn la decadencia aparece como una debilidad prolongada de
características acumulativas pero a su vez internamente diferenciada –“debilidad
desparejamente acelerada” es su concepto (Op. Cit.: 19)–, que carcome una virtud
previa, en Perriaux está se expresa en la quietud (Op. Cit.: 43), término donde también
se reconoce para sus análisis Zinn –“quietismo pernicioso” (Op. Cit.: 42)–, si bien en su
mirada hay, como se desprende de la anterior descripción, una sumatoria dinámica de
errores que llevan hacia el límite. Del todo lógico con los parámetros analíticos de
ambos, el primero privilegia la sucesión y acumulación que llevan necesariamente a la
crisis, el segundo autor en cambio pone el foco en el momento durante el cual se
estancan las generaciones, tanto en lo inter como en lo intrageneracional.
Zinn planteaba, al presentar su concepción de la decadencia argentina, que el
país “de pronto absorbe una inmigración aluvional, heterogénea y bulliciosa y hay que
correrse para hacerles sitio en todos los órdenes, inclusive en el político” (Idem: 21),
puesto que, en efecto, la participación de contingentes sociales cada vez mayores en el
espacio público, con la carga institucional y simbólica correspondiente, era vista como
el factor clave del quiebre de la aristocracia política, de la mano de aquello que García
Venturini denomina “igualitarismo”, y que en su lectura no es sino “desvirtuación de la
igualdad”, obrada por “demagogos”. El ámbito de igualación de lo social, entonces,

33
Cabe destacar que para Perriaux, el estancamiento se da en los años del peronismo –una lectura típica
del liberalismo–, si bien correspondiendo “sobre todo en lo económico y lo político. En lo demás mucho
menos, o casi nada” (Op. Cit.: 74 y nota 1).

66
aparece aquí dividido entre dos alas, una válida y otra inválida. En primer lugar, una
“igualdad legítima y deseable, aquella que consiste en dar a cada cual lo que le
corresponde (…), en tratar a cada uno según sus méritos y necesidades” (2003: 243). En
segundo término, la ya vista deformación practicada por el “igualitarismo”: resuenan en
estas interpretaciones las incorporaciones sociales producidas por el radicalismo y el
peronismo, y su actuación sobre una concepción aristocrática de igualdad, que considera
que uno de los modos de aproximación a ella puede darse de manera artificial, como
deformación de los modos auténticos.
En el mismo sentido, e íntimamente ligada, se mueve entonces la idea de
“justicia social”, que en el caso de García Venturini el autor desdobla también en un
sentido positivo y otro negativo: de un lado, aquella por la que “puede entenderse aquel
aspecto de la justicia conmutativa que hace a amplios sectores de la sociedad (…). No
vemos otro significado válido para ‘justicia social’. No se trata de sacar a unos para dar
a otros, no se trata del estado benefactor (Welfare State) ni, menos por supuesto, de la
desenfrenada demagogia que se suele hacer empleando dicho término” (Idem: 241-2).
Pues bien, para García Venturini, en la demagogia, que toma para sí acciones y
conceptos a los que vacía de significado e incorpora, se encierra uno de los mayores
peligros de la política: “En general hay acuerdo sobre su significado: gobierno
desordenado de la mayoría, despotismo de la plebe, etc. Sin embargo conviene advertir
que quien gobierna no suele ser la plebe, sino el demagogo, que utiliza a aquella para
ejercer su desgobierno (por lo general tiránico) (…). La demagogia, que es lo contrario
de la veracidad y de la sobriedad, es esencialmente estéril y, lo que también importa,
inapelablemente antiestética” (Idem: 47).
Han retornado aquí las “cuestiones de estilo” que señala Maristella Svampa con
respecto a los análisis sobre el yrigoyenismo (2006: 190 y ss.), y que se encastran luego
a las lecturas sobre el peronismo, demostrando que el factor estético es clave en la
interpretación liberal-conservadora: aquello que se salga de los cánones de la política de
cuño aristocrático será lanzado al ámbito de la barbarie, en el cual inexorablemente
aparecen los sectores populares, a quienes esta mirada niega la capacidad política de
agencia y, por ello, los coloca como manipulables. Zinn señala que “la justicia social no
puede lograrse en la masificación política, que no es una solución para la miseria y sí es
un aumento de la irresponsabilidad” (Op. Cit.: 181). Vemos que, justamente, en la
masificación que denuncia Zinn es donde el liberal-conservadurismo encuentra el punto
de quiebre de la lógica que postula la coordinación política de la sociedad, y que es

67
reemplazado por un desvanecimiento de las responsabilidades que se licúan en lo
multitudinario.
De ahí la esterilidad que azora a García Venturini: la demagogia se descubre
como una operación finalmente lineal que remite al beneficio del demagogo, es decir a
una tiranía vestida con ropajes plebiscitarios, por lo que “hay, pues, que desmitificar la
llamada ‘voluntad popular’” (Op. Cit.: 251). Lo mismo ocurre en la mirada de Zinn,
para quien el populismo –donde engloba al radicalismo y al peronismo– no hace sino
ejercer un fraude consistente en “el copamiento irracional de la voluntad popular” (Op.
Cit.: 188).
Vemos aquí una versión extrema, aunque argumentalmente la inferioridad sea
exponencial, de aquello que años antes Gino Germani analizaba, siguiendo a Raymond
Aron, como la “disponibilidad” de los sectores incorporados por el peronismo como su
base política34. En las lecturas del liberal-conservadurismo, al ser expulsados del ámbito
de la agencia política, los sectores populares lo son de la política en cuanto tal, y es este
el primer paso a ver allí un tipo de agencia que no se corresponde con el de la política
aristocrática: la agencia de la barbarie, que restituye a las masas un halo de primitivismo
y las coloca por ello mismo como diferentes al zoon politikón.
Debemos hacer aquí un paréntesis: hemos señalado que el concepto de
“disponibilidad” que utilizó Gino Germani en su clásico trabajo Política y sociedad en
una época de transición aparece reversionado en el pensamiento de García Venturini y
Zinn, inscripto en estos casos en líneas interpretativas que en lugar de hacer una
caracterización sociológica de los sectores populares realizan una operación simbólica
de supresión de la validez de la politización popular. En el análisis del fundador de la
carrera de Sociología en la Argentina, para comenzar, hay una división de la sociedad
de masas, en masas populares por un lado y masas de clase media por el otro, donde “la
posición políticosocial de estos dos tipos de masas en la sociedad contemporánea no es
necesariamente análoga. Por el contrario, existen generalmente ciertos elementos que
tienden a escindir su acción” (1966: 240-241). Esta distinción propuesta por Germani,
que a su vez se prosigue de una mirada sobre la incorporación de ambos tipos de masas
a las lógicas del radicalismo y el justicialismo, difiere de la concepción de masas que el
liberal-conservadurismo propone, donde ellas aparecen como un bloque uniforme,

34
En respuesta a muchos de los argumentos de Germani, y como modo de enriquecer un debate que
aparece por demás simplificado en los argumentos del liberal-conservadurismo, Murmis y Portantiero
(2004). Sobre el trayecto intelectual de los modelos germanianos, Blanco (Op. Cit.). Para un contexto de
las ciencias sociales y el ensayismo en la época, Neiburg y Plotkin (Op. Cit.).

68
identificable por diferencia opositiva con las minorías, sobre el que se ejerce una crítica
igualmente uniforme que diferencia a las masas del sujeto político deseable,
enajenándolas por medio de la misma operación. En efecto, mirar a los sectores
populares como diferentes al sujeto ansiado para la política es el primer paso para
alienarles su capacidad de agencia, que quedará siempre en manos de un poder
discernible: el Líder, en este caso visto como despótico, puesto que en él se coloca la
voluntad y capacidad para ser agente político, frente a las masas cuya conformación
cultural no hace sino colocarlas en el sitio de dominadas por medio de la demagogia.
Entre nuestros autores, podemos notar cómo Zinn, más apegado a un
relevamiento interpretativo de la historia argentina, realiza una división entre
radicalismo y peronismo. Si bien los considera dentro del populismo, al cual endilga el
error de considerar que “el país está hecho” y que por ende “lo único que hace falta es
que el pueblo –es decir el populismo– gobierne” (Op. Cit.: 188), también los diferencia:
el radicalismo, donde, como vimos, comienza para Zinn el quietismo, es visto como un
partido de “presidentes-espectadores y de ninguna manera presidentes-protagonistas”
(Idem: 42), mientras que el peronismo no se contenta con ejercer un quietismo sobre los
cánones aparecidos durante el radicalismo, sino que marca la profundización de la
decadencia, en tanto con él “comienza la era demagógica a la que pronto se le habrá de
sumar el populismo y de esa fórmula lóbrega, populismo más demagogia, habrá de
nacer la Argentina inválida que hemos heredado” (Idem.: 43). Es decir que en un
momento demagogia y populismo se unen, por ende comienzan, a partir de ahí, a actuar
al unísono: se da, como se ve en las citas que hemos venido desgranando, un proceso de
sinonimia, cuando no de homonimia. Ya años antes, el propio Germani bregaba por
dejar de lado una “versión generalmente aceptada” en la cual se consideraba que “el
apoyo de las clases populares se debió a la demagogia (…)” que habría puesto en
práctica el peronismo (Op. Cit.: 243). Si bien el teórico nacido en Italia realiza una dura
critica a los entramados discursivos peronistas, su análisis se empeña en mostrar la
construcción subjetiva de quienes conformaban las masas populares: sin negar el
trascendente rol del liderazgo, Germani propone dar a las masas un protagonismo
propio que se encastra con el del liderazgo en una operación compleja, de la cual las
miradas liberal-conservadoras no dan cuenta, sino que más bien reaccionan por medio
de argumentaciones elitistas que patentizan como, según los planteos de William
Harbour, invariablemente se construye una unidad entre el liberalismo y el
conservadurismo frente al problema crucial de las masas (Op. Cit.: 144 y ss.).

69
Es en la concepción de las masas que conforman a los partidos Radical y
Justicialista, y en los modos del liderazgo, donde se encuentran las claves para entender
esta relación que, en su versión interpretativa más suave, realiza una equiparación de
populismo y demagogia como sinónimos, y en su lectura más dura lleva ambos
conceptos a un plano de igualdad. Si para Zinn en el peronismo, como vimos, se da la
unión de populismo –que ya existía, según el autor, si bien bajo una modalidad diversa,
en el radicalismo– y demagogia, en la mirada de García Venturini no es difícil encontrar
una concepción que ve en lo popular un amplio universo donde el populismo y la
demagogia conforman una unicidad en la relación política entre el lider y las masas. En
el caso de Perriaux, cuya lectura sobre el tópico estamos reservando para un punto
futuro, adelantamos que se encuentra en la misma línea que el autor de Politeia: la
política de masas necesariamente contiene en sí un extravío de la razón política.

1.a-Las masas, frontera política


En un texto que se planteaba un análisis de la reformulación de las identidades políticas
en la recompuesta democracia argentina posterior al “Proceso”, el politólogo Gerardo
Aboy Carlés se preguntaba y contestaba por la definición del concepto de frontera
política en los siguientes términos: “Pero, ¿qué es una frontera política? Referirnos a
ella evoca la imagen de una discontinuidad, de un término, un confín o un linde,
constituyendo en su conjunto la imagen ambigua de una coexistencia de registros
espaciales y temporales. Dicha ambigüedad es (…) propia de la idea misma de límite:
‘estar más allá del límite’ supone ubicarse fuera de un espacio previamente definido.
‘Vivir una situación límite’ evoca la experiencia de un estado inhabitual, que contrasta
con la historia que le precede” (2001: 168-169). En ese sentido, agrega luego el también
sociólogo, una frontera “es el planteamiento de una escisión temporal que contrasta dos
espacialidades diferentes” (Idem: 170). Ingresamos, así, en la lógica que nos permite
comprender la construcción de frontera política, y también sociocultural, que los
intelectuales del liberal-conservadurismo argentino realizan respecto de las masas. En
efecto, para las miradas que aquí estamos estudiando, las masas están más allá del límite
político dentro de una regulación política de lo social deseable, y al mismo tiempo están
más allá del límite sociocultural que define en su interior a los actores capaces de actuar
políticamente. Si su participación cada vez mayor en la vida pública ha sido explicada
por medio de la mirada decadentista, identificándolo con demagogia y manipulación, es

70
porque en las lecturas del liberalismo-conservador las masas aparecen como un factor
del todo externo a los cánones de imbricación sociocultural y política que la regulación
de lo público implica.
El proceso de apropiación del sentido que la lógica liberal-conservadora busca
hacer de las categorías básicas de la regulación de lo público depende de la construcción
de este efecto de frontera que a la vez rompe con la lógica previa –las circunstancias que
hacen y que explican el esquema político de masas y su realidad operante– y que por
ello mismo introduce en la concepción política mayoritaria un quiebre, a la vez que
busca precisamente desplazarla tras frontera.
Los signos particulares de este proceso pueden entenderse por medio de un
doble camino analítico que, en ambos lineamientos, está profundamente relacionado con
lo que hemos estado proponiendo en el apartado precedente. En primer término,
tenemos lo que podemos entender como la línea de lectura comprensiva, emparentada
con las implicancias de la mirada decadentista: ingresan aquí los análisis que ven en las
acción de las masas una consecuencia de la decadencia o bien un fruto de ella, pero que
fundamentalmente entienden que un problema remite al otro, y por ende sitúan sus
lecturas en tal carril. En segundo lugar, aparece que lo que proponemos ver como la
línea de análisis propositiva: en ella aparecen tanto las posturas que llevan implícito el
lugar para las masas como las propuestas que hacen explícito qué hacer ante la
problemática que ellas presentan, y que analizaremos más adelante.
Ambas lógicas, ambas vías por las cuales el discurso de la intelectualidad del
liberal-conservadurismo transcurre no son sino una doble operación que parte desde un
nucleamiento ideológico común para deslizarse hacia análisis y pautas particulares de
cada autor, pero en los que se hacen patentes los dos caminos analíticos mencionados en
el párrafo previo. En tanto ambas funcionan como construcción del efecto de frontera,
vemos allí la pretensión de ruptura con lineamientos mayoritarios, a la vez que el
proceso de acaparamiento se efectúa tanto por esta ruptura como por medio de enviar
por fuera de la frontera, así delimitada por medio de un proceso que es homogéneo y
coherente en sí mismo pero no uniforme, a las masas. En esta dinámica, entonces,
aparece la fuerza de la mencionada operación: la falta de una de las dos vías que hemos
diferenciado redundaría en una construcción incompleta, agotada en un ámbito del
discurso que aparecería conformando un mero diagrama expositivo, que se cerraría en
un diagnóstico o una propuesta, pero nunca en el intento de hegemonización que todo
efecto de frontera implica.

71
Ruptura, separación, son aquí inseparables de una intervención profunda sobre
las lógicas atacadas que busca, para erigir su propia teorización como dominante, la
expulsión de aquellas hacia un afuera configurado como externo a lo que dicha
conceptualización postula.
Como se vio, en la formulación de Aboy Carlés es clave el factor temporal, a
través del cual los constructores de la frontera política diferencian entre “la
demonización de un pasado, que se requiere aún visible y presente frente a la
construcción de un futuro venturoso que aparece como la contracara vis á vis de ese
pasado que se presente dejar atrás” (Idem: 170). En los casos que estamos aquí
trabajando, vemos que las décadas entendidas como de decadencia actúan como dicho
pasado, que no sólo es visible sino que es entendido como un proceso cuyo punto límite
se da hacia los años en que la última dictadura militar asalta el poder, y a partir de ahí se
construye el futuro, asentado en las fuertes pautas propositivas que los intelectuales del
liberal-conservadurismo destacan o que, por efecto de su construcción expositiva, se
hacen visibles en sus discursos.
Llevando el análisis a términos de Emilio de Ípola, la construcción de efectos de
frontera puede ser vista bajo las que el autor postula como “metáforas de la política” por
antonomasia: orden o revolución; es decir, la metáfora que grafica el pensar la política
como un subsistema con funciones determinadas dentro de un sistema mayor que lo
contiene, y sobre el cual aquel sólo puede incidir dentro de límites acotados, o bien
aquel pensamiento que lo hace entendiendo la política como un todo capaz de exceder
cualquier límite (2001: 9-10). Los autores del liberal-conservadurismo argentino,
justamente, asientan su operación de ruptura sobre una concepción que entiende a la
política desde la lectura, la gran metáfora, del orden, y que desde ella elabora, entonces,
un límite por fuera del cual coloca a las masas: ellas aparecen como el desborde del
orden, por lo cual el efecto de frontera actúa delimitando un espacio dentro del cual la
acción sobre lo público aparece acotada a determinados lineamientos preconcebidos por
encima de los cuales se está en el terreno del afuera. Las vertientes diferenciadas liberal
y conservadora, acopladas en la particular tradición del liberalismo-conservador
argentino, aportan argumentos de diversa índole capaces de asentar, así, en las masas el
estigma de aquel modo de intervenir en lo público que debe quedar por fuera del
espacio que los intelectuales aquí estudiados elaboran como deseable.
Debemos destacar que en la operación de los intelectuales que analizamos
aparece una relación tripartita entre masas, liderazgo y populismo que actúa por medio

72
de la identificación relacional de uno con otro término, a la vez que por la propia lógica
de este procedimiento se subsumen dos cualesquiera de los términos en el que esté
siendo utilizado en ese momento: justamente esta construcción posee implicancias tan
fuertes en el discurso del liberal-conservadurismo que el uso de un término acarrea
consigo la presuposición de los otros dentro de un esquema discursivo, pero sin que ello
redunde en una reducción de lo especifico de cada vocablo. Es por ello que a
continuación vamos a realizar una exploración sobre las ideas del liberalismo-
conservador sobre el radicalismo, en tanto creemos, a diferencia de ciertos análisis, que
en él aparece, para este ideario, la primera encarnación de populismo en tanto relación
viciosa entre masas y liderazgo.

1.b-El radicalismo reconsiderado


Ciertas miradas han puesto el foco en el peronismo como eje de análisis del populismo
en la Argentina, tanto en los análisis pioneros marcados en el apartado de inicio de este
capítulo como en otros que componen una parte importante del corpus académico sobre
tal temática35 Pero debemos aquí preguntarnos por las consideraciones que la
intelectualidad del liberal-conservadurismo reservaba al partido hoy centenario, en
donde encontramos una mirada que establece la continuidad entre el movimiento radical
y el peronista, si bien ve en el “hecho maldito” una extremización de los factores que
llevaban a la crítica del radicalismo. Es decir que aquí no haremos un punto de estudio
exclusivo del radicalismo para estos autores, sino un recorrido capaz de dar cuenta de la
presencia que tal tradición política tenía en las plumas de la intelectualidad liberal-
conservadora, en pos de realizar una complejización de las mencionadas lecturas
académicas, que creemos incompletas si sólo abordan al justicialismo como foco de
ataque del ideario del liberalismo-conservador.
Nos parece oportuno, primero, hacer un muy breve esbozo de las coincidencias y
divergencias entre las formas movimientistas y democrático-masivas de los partidos que

35
En especial aquellos análisis que, desde posiciones políticas alejadas de la derecha, ven recién en el
peronismo la novedad de las masas incorporadas a la vida política. Ver para ello el balance de, y los
artículos recogidos por, Mackinnon y Petrone (1998). Frente a ello, diversas corrientes dentro del vasto
espacio de la derecha han entendido que en el radicalismo se da la primera experiencia de tendecias
masivas y populistas. El liberal-conservadurismo argentino es un ejemplo patente, pero no el único:
ciertas expresiones de la derecha no liberal veían allí una licuación de los cánones deseables por medio
del personalismo del líder y la adhesión de las masas. Como ocurrió luego con el peronismo, esta lectura
que hemos ejemplificado según los propios límites de la Tesis lejos estuvo de ser sólo una lectura de la
derecha, menos aún de sólo una de sus alas. Ver Fiorucci (2005).

73
dominarían la concepción política de la Argentina desde sus respectivas llegadas al
poder y los posteriores procesos históricos en los cuales fueron protagonistas
destacados. En primer lugar, buscamos leer al radicalismo como el partido político que
incluyó en su núcleo a importantes contingentes de las clases medias en ascenso y veloz
politización en los primeros años del siglo XX. Su eje convocante, un liberalismo de
masas articulado institucionalmente se valió tanto de los ataques a la lógica política
imperante, la del ya clásicamente conceptualizado como orden conservador (Botana,
1998), como a la construcción de una articulación entre sectores sociales en crecimiento
y un liderazgo fuerte. La misma lógica –sin que esto implique equiparación–, pero
llevada a niveles mayores se vio en el peronismo: incorporación del contingente obrero
urbano en lugar de clases medias profesionales y liderazgo de mayor penetración,
especialmente por las condiciones materiales y simbólicas que lo transformaron en
modelo emblemático de los populismos latinoamericanos. Representación, negociación
en esquemas de masas bajo un liderazgo aglutinante eran puntos coincidentes de ambos
partidos, si bien el radicalismo fue más gradualista e institucional por peso de su
raigambre liberal, y el peronismo llevó a un antagonismo mayor entre partidarios y
detractores. Ambas expresiones efectuaron en su momento un unanimismo discursivo
que separaba el tablero político y protagonizaron etapas de inclusión de amplios
agregados sociales con efectividad pero en medio de amplias tensiones. Precisamente en
esos factores aparece el punto en el cual las miradas anatemizantes hurgarían al
momento de la crítica: el unanimismo discursivo daba lugar a que se construyera como
respuesta una concepción que lo señalaba, alternativamente, como populista o
antiliberal, cuando no directamente antidemocrático o tiránico; la inclusión de
contingentes sociales daba paso a la lectura que entendía que los recién llegados eran
masas inadecuadas para la vida política, culturalmente ensoberbecidas e
ideológicamente vacías, que podían ser manipuladas por el caudillo de turno
precisamente como resultado de su lógica política y las limitaciones de las masas36.
En orden de dejar en claro esta traslación hacia un radicalismo reconsiderado,
vamos a ilustrar con las palabras de Zinn, quien, como mencionamos, es el autor más

36
Las implicancias del unanimismo en el radicalismo y el justicialismo aparecen, bajo el uso de tal
concepto u otros análogos, en diversos trabajos. Además de las obras sobre dichos partidos que aparecen
en la bibliografía, para ver las distintas aristas de la polémica en torno de las concepciones de las dos
grandes instituciones partidarias del sistema político argentino, ver especialmente las compilaciones de
Halperín Donghi (Op. Cit.) para el caso del radicalismo, y las de Altamirano (Op.Cit) y Sarlo (Op. Cit.)
para el peronismo.

74
ligado a relevar la historia política argentina: “La modernización de nuestra experiencia
democrática tiene el alto costo de poner al país en manos inexpertas y comienza a
deteriorarse el crecimiento. Con Hipólito Yrigoyen llega a la Presidencia un estilo que
entroniza a la emoción y desplaza a la razón, instalando criterios desordenadamente
lenitivos que debilitan la capacidad creadora”, señala, y continúa con un breve análisis
que ubica al radicalismo como una lógica que va extendiéndose de gobierno en
gobierno, primero mediante la circulación de hombres formados en esa cultura política
por el Estado: “El radicalismo será desde entonces una presencia constante y decisiva
hasta nuestros días (1976) y, exceptuando al gobierno de Uriburu y al de Justo,
encontramos radicales en todos los demás gobiernos; radicales ortodoxos, radicales
cismáticos, radicales evolucionados, radicales oblicuos, radicales renegados, pero todos
ellos hijos de Yrigoyen”. Y si esto es así en la mirada del ensayista es porque esa
relación de filiación con la lógica yrigoyenista implica la segunda vía de movimiento de
la lógica radical: “No podrá negarse que han estado activamente presentes en la mayor
parte de la vida política de los últimos sesenta años gestando, propiciando o induciendo
la utopía populista” (Op. Cit.: 21). Así, son la ramificación del radicalismo y su relación
con el populismo las características que, en la mirada de Zinn, permiten la ubicuidad del
partido de Leandro N. Alem en el esquema político argentino.
La pauta basamental en la cual se basa la consideración de Zinn aparece muchas
páginas luego, donde el economista se encargará de destacar que la UCR se expresa a
través del mecanismo que coloca a la elección como eje de la vida política, por ende hay
una relación de mismidad entre el sistema electoral remozado y el partido que obtiene la
primera presidencia luego de la reforma electoral: “Esta falacia es el máximo
ingrediente del remedio que acaba de aparecer, y con el que se promete curar la
enfermedad política: es el radicalismo” (Idem: 127).
En varios de los análisis del liberalismo-conservador se desprende una lectura
del radicalismo yrigoyenista como una tradición eminentemente centrada en la política,
algo que no se deduce de sus miradas sobre la corriente alvearista: en efecto, tanto a la
hora de describir los gobiernos de Yrigoyen como de Marcelo T. de Alvear, como las
distintas vertientes personalista y antipersonalista, las visiones del liberal-
conservadurismo, al día de hoy inclusive, han marcado estas diferencias. La mirada
liberal-conservadora aparece tempranamente con este diagnóstico sobre la corriente
yrigoyenista, puesto que se da ya en los años en que “la afirmación recurrente entre los
publicistas y la prensa en el momento en que el radicalismo asumió el gobierno era que

75
había dos partidos, uno rojo y otro azul, uno popular y otro conservador (…)” (Persello,
2004: 33). Según ambas corrientes han sido leídas, mientras el antipersonalismo sería
una versión renovada del tradicional liberalismo-conservador que había regido en el
país, el yrigoyenismo sería una primera experiencia, rupturista y fundante, de formas
políticas luego profundizadas por el peronismo, el cual llevaría hacía los límites ciertos
ejes ya presentes en el primer radicalismo: la concepción populista, el discurso
unanimista, la aparición de rasgos plebeyos en todo divergentes con las concepciones
patricias anteriormente asociadas a la actividad política y gubernamental, la
incorporación de los nuevos sectores sociales relevantes, entre los rasgos más
enervantes para quienes trazarían luego una línea de continuidad y aumento entre los
dos grandes partidos de masas, donde aparecen como centrales tres ejes de análisis en
relación dependiente: el esquema democrático masivo, la relación dentro de este de las
elites y las masas como actores políticos, y finalmente el rol del liderazgo como
aglutinante de estas37.
Como se ve, entramos, entonces, en terreno fértil para observar cómo el liberal-
conservadurismo considera a la democracia según lecturas acerca de la voluntad popular
y la relación masas-elites, tópicos centrales para desarrollar las visiones de nuestros
autores. Veremos luego la cuestión del liderazgo. Estos tópicos conforman, así, la
lectura del liberalismo-conservador sobre los actores políticos.

1.c-Alrededor de los sujetos políticos: el sitio de los actores


Si hay un factor clave que ligue las lecturas de los autores del liberal-conservadurismo
que nos ocupan, este es, sin lugar a dudas, su sesgo antipopular. A partir de él, y a través
de él, pueden leerse sus ideas sobre temáticas tales como la democracia, el rol de los
partidos políticos, la pertinencia o no de ciertos actores sociales como agentes políticos,
el entramado de ejes conflictivos en la sociedad. El anclaje en diversas variaciones de la
concepción antipopular es lo que explica el suelo teórico desde el cual se han estado
desprendiendo las lecturas relevadas previamente, a la vez que la lógica rectora de cada
una de las partes individuales de tal diversidad que, empero, lleva a un núcleo común, se
ve explicada siempre por los autores como credo y necesidad: tal concepción, reflejada

37
Sobre el radicalismo y la separación entre estas dos corrientes, además del citado trabajo de Perselló,
Rock (2001). En cuanto a la continuidad de miradas dentro del liberal-coservadurismo sobre ambas
corrientes, es altamente ilustrativo el conjunto de entrevistas incluidas en Montserrat (Op. Cit.).

76
en términos de elitismo o aristocracia, se presenta como basamento de la sociedad y
como finalidad al mismo tiempo, en una operación discursiva que así crea dos límites
–el fundamento y la idealidad– dentro de los cuales ahoga a las vertientes políticas
populares.
El problema al que se enfrenta el liberal-conservadurismo, las masas, se encastra
a tópicos tradicionales tanto dentro del liberalismo como del conservadurismo, actuando
como un puente entre ambas visiones que, en el caso argentino, da al liberalismo-
conservador uno de sus más fuertes rasgos identitarios. Retomando los argumentos del
mencionado análisis de Harbour, por un lado aparece el modo conservador de enfrentar
la temática de las masas: la crisis de la clase privilegiada y cultivada que en el diseño
conservador debe liderar la sociedad marca que “los conservadores ya no pueden
señalar a una clase o grupo específicos como poseedores de una facultad especial de
liderazgo. Con todo, a pesar de que ya no se puede confiar en una clase aristocrática
gobernante, el conservador afirma que al menos debe preservarse el espíritu
aristocrático como fuente necesaria del orden social” (Op. Cit.: 146-147). A su vez, el
liberalismo avanza frente al desafío de las masas por medio de una concepción
fuertemente individualista, que coloca la excelencia individual como base para un
elitismo basado en las capacidades y los logros de cada individuo, es decir,
meritocrático. Entre ambas tradiciones, el liberal-conservadurismo argentino hace su
propia operación elitista, diferente en los tres autores principales estudiados en este
trabajo, pero perteneciente en cada uno de ellos a un esquema que se sustenta en una
construcción restrictiva de lo cultural y lo político: una segmentación de la vida social
que coloca en sus extremos enfrentados a las masas y a las minorías.
El trabajo de tablas generacionales de Perriaux aparece, como es obvio,
estructurado tanto por la metodología como por las concepciones analíticas de su fuente
de inspiración, José Ortega y Gasset (2002), a la vez que por el trabajo que sobre ellas
realiza Julián Marías (2002). Así, despliega no sólo una tabulación generacional en
torno a las figuras destacadas, sino una lectura enfocada hacia las elites como motor de
fuerza de la historia, relegando a las masas: en palabras del anfitrión del “Grupo
Azcuénaga”, “cada generación, como la sociedad en general, consiste en una dinámica
entre minorías y masas”, donde cada una tiene un rol específico que el ensayista explica
así: “Minorías –y dentro de ellas los hombres sobresalientes de la generación, los guías,
los arquetipos, en uno u otro campo– que crean las novedades propias de cada
generación y, sobre la base de lo recibido en los primeros dos períodos, niñez y

77
juventud, en especial el segundo, acuñan la sensibilidad, el estilo, propios de ella. Y
masas que, dóciles a esas minorías –¡gran bendición!– o rebeldes, pero siempre
suscitadas por ellas, son, si cabe la metáfora, la vasta altura media sobre la cual se alzan
los cerros y los picos de las minorías que configuran así el paisaje generacional” (Op.
Cit.: 19). Así, tenemos el reflejo de una mirada que considera que las minorías son las
que crean, con su comando, la historia, y las concibe como grupos selectos que
motorizan a los pueblos para que cumplan una determinada cantidad de objetivos por
ellas fijados. Sean estas masas sosegadas o insurrectas ante las elites, prefiriéndose
obviamente aquí la primera actitud, igualmente estará en las minorías el poder de
concebir y conducir la historia. Según su basamento en el pensador español, las
minorías actúan como goznes ante la multitud –nótese que Perriaux no usa el término
“pueblo”– y la historia. Destruye la construcción discursiva del populismo, y convierte
al hombre-pueblo en hombre-masa, por tanto hombre mediocre, carente de
individualidad y perteneciente a un colectivo amorfo; reemplaza al pueblo por la
multitud, y postula minorías aristocráticas para conducir la sociedad, en una operación
que veremos repetirse por otra vía en García Venturini.
En la construcción de Perriaux, implícita en el trayecto de su obra, aparecería
una nueva Generación del ’80, que, como la original del siglo XIX, construiría una
nueva República. En el análisis que hace de ella, Morresi postula que “tal como lo
reconoce Ricardo Zinn, la lectura de Perriaux sobre las generaciones orteguianas parece
demandar a la Argentina una segunda alianza alrededor de una nueva generación del
ochenta (de 1980) y de un nuevo proyecto nacional que venga a suplantar a las
generaciones de políticos ‘viejos’, populistas demagógicos (como Balbín y Perón)
nacidos entre 1880 y 1917” (Op. Cit.: 5). Por supuesto, Perriaux no compara las
condiciones del siglo XIX y del XX –una simplificación en la cual ciertos estudios
sobre la lógica de la última dictadura militar, como veremos, incurren–, sino el rol de las
minorías en el proceso histórico, el cual desde el ángulo analítico generacional es, tanto
en su lectura como en la del filósofo hispano, dinámico: las generaciones conforman un
cuerpo social plural capaz de conflicto, pero marcado finalmente por compatiblidad
interna, donde individuos y elites, masas y muchedumbres, tienen relación ágil,
polémica o lineal, pero en última instancia determinada por los lineamientos de la
minoría partera de la historia.
La evidente postura aristocrática de Perriaux encuentra, como destacamos,
consonancia con la de García Venturini, quien la asume de un modo diferente. En

78
efecto, en la concepción del filósofo encontramos una construcción más compleja en
tanto esta pasa no ya por un fundamento ligado a lo histórico-generacional de orden
invariablemente teleológico sino a una lectura de conceptos filosófico-políticos que van
conformando un armazón teórico que se nutre de los tópicos relevados a cada paso. Así,
es necesario abordar, como primer paso, las lecturas que García Venturini hace del
concepto de soberanía popular, eje ideal para observar sus ideas: tras calificar al proceso
de elección por voluntad popular que determina “cómo ha de organizarse esa sociedad,
quiénes la gobernarán y cuál será su orientación”, como “sin duda, el procedimiento
más civilizado que se conoce”, advierte que “en el orden político general, si bien es
también el procedimiento en teoría más correcto, aparece de hecho seriamente viciado,
lo cual relativiza notoriamente su valor”. Y si esto es así, es porque en la lectura del
autor sucede que “por de pronto, esa ‘voluntad’ popular se traduce inevitablemente en
‘voluntad’ de la mayoría a pesar de los variados modos de representación de minorías.
Pero esto no es lo más grave. Lo más grave está en el hecho de que el número –totalidad
o mayoría o minoría– como tal no tiene necesariamente la verdad” (Op. Cit.: 250). Es
decir, aquí estamos frente al ya visto procedimiento del filósofo de reconstruir
categorías cuya pertinencia teórica es apreciada pero sus resultados prácticos atacados.
Debemos destacar, primero, los modos de escritura de García Venturini, donde la
utilización de comillas es una constante en toda la obra que lleva a explicitar su mirada
sobre la mencionada deformación práctica de una construcción teórica, y en segundo
lugar, la constatación de un criterio que, como lo admite Zinn, es consecuente con la
mentada frase de Jorge Luis Borges que postulaba a la democracia como un exceso de
la estadística. Y precisamente en la mirada del economista podemos encontrar muchas
más apoyaturas para desgranar la visión del liberal-conservadurismo en cuanto a la
construcción de sujetos políticos.
En primer término, el análisis de Zinn también remitirá al elitismo como
fundamento e ideal: “En 1916, cuando comienza el pleno imperio del gobierno radical,
la pregunta fue: ¿Gobierno del pueblo? ¿Para qué?”. Si el autor puede, efectivamente,
plantear un desafío tan fuerte a la más tradicional concepción democrática, es porque en
su visión, fácilmente homologable a la del liberal-conservadurismo todo, implica que
“el gobierno del pueblo, frente a la independencia y frente a la organización nacional, es
un objetivo de segundo orden. No tiene valor autosuficiente” (Op. Cit.: 129). Estas
tajantes ideas encuentran su basamento en la concepción del autor sobre lo que él
entiende como “la deformación populista”, que como vimos nace con la reforma

79
electoral de 1912 y se hace patente en el radicalismo, para profundizarse luego con el
justicialismo. El populismo, “excelente mímica de la democracia”, se basa en lo que al
autor denomina “criterio cuantificador”, en el cual “los más parecen tener la razón
porque son más; y si no la tienen da lo mismo, ya que el hombre descubrió de pronto
que la mayor cantidad es en sí misma la razón” (Idem: 44).
Esta visión es explicada por Zinn por medio de lo que interpreta como un
proceso de identificación entre elección y voto, en primer lugar: “La democracia tuvo
–entre otros– el propósito de que la conducción de un país estuviera regido por la
opinión coincidente de la mayor cantidad de personas posibles. Para eso, el acto de
elegir –que no debe ser confundido de ninguna manera con el mero acto de votar– era la
ceremonia de las coincidencias y las disimilitudes”. Sobre esta lógica que presenta el
ensayista, la cual en su mirada devora en el voto la elección, actúa el populismo:
“Deformación de la democracia, trabaja obnubilando el raciocinio, induce a las
aprobaciones por aclamación. Desvaloriza el comicio y lo transforma en una
burocrática corroboración de lo que el pueblo ya aprobó en forzadas adhesiones
previas” (Idem: 44). El proceso electoral, aquí, aparece entonces atrapado dentro de una
concepción y una práctica propias del populismo por medio de las cuales este “instala
otro fraude mucho más hondo y efectivo que se traduce en sabidurías inapelables, es
decir, en slogans agresivos y peligrosos que se escriben en las paredes o se publican en
los diarios: El pueblo siempre tiene la razón.” (Idem: 44-45).
Inevitablemente, según el esquema de Zinn, la democracia deriva en un
fetichizado gobierno del pueblo, que no es sino la máscara del populismo que toma para
sí la complejidad de la elección, borrándola y tornándola unilateral, haciendo de tal
construcción su basamento. El populismo, así, es leído como el modo de deformar,
mediante obturación de su real espesor, a la democracia.
“La patología de la democracia es el populismo”, postula finalmente Zinn,
puesto que “si la democracia es el gobierno del pueblo, el populismo es el abuso del
pueblo y el abuso por el pueblo, lo que engendrará invariablemente a un tirano” (Idem:
45). Hay aquí una relación de dinamismo en la cual el populismo transforma al objeto
de su abuso en la herramienta para ejercerlo: el líder –cuyo rol leído por el liberal-
conservadurismo analizaremos luego– logra erigirse en tirano del pueblo por medio de
él mismo. El pueblo aparece como objeto y medio del poder del líder, a la vez que sólo
a través de esta relación de hierro el liderazgo logra llegar a su punto de supremacía
máxima: cuando hace del fin de su dominio el arma para su concreción. Zinn da aquí un

80
paso más allá del dirigismo de Perriaux y de la reformulación aleccionadora de García
Venturini, pues en su crítica de la Argentina radical y justicialista no se trata ya de la
desconfianza al criterio de mayorías o a la asimilación de estas a una metafísica
voluntad popular, sino que encuentra un espacio irresoluble en los criterios de la
democracia de masas cuando esta se expresa en modos populistas: contrariamente a la
noción ampliamente presente en el fortalecimiento de los Estados modernos que divide
aguas entre un poder civilizatorio y un pueblo a civilizar, en Zinn aparece una lectura de
los riesgos barbarizadores del poder cuando este se expresa en su faceta populista, la
cual produce para el autor una suerte de pedagogía inversa que lleva a las masas, sean
estas “la chusma radical” o “la negrada peronista”, según las más extendidas
descalificaciones, a un nuevo estrato, el de la manipulación utilitarista.
Estos tópicos recién vistos nos permiten ir en busca de dos lecturas del liberal-
conservadurismo que se complementarán: una profundización sobre la concepción del
rol de las masas en la vida pública, y un relevamiento sobre el análisis de los liderazgos
en la democracia de masas.

1.d-La construcción de las masas y el rol del liderazgo


Las interpretaciones, como se vio, oscilan entre un elitismo basamental y dirigista en el
caso de Perriaux, a un liberalismo aristocrático en García Venturini y el consecuente
elitismo como resguardo ante la ley de hierro del populismo en la mirada de Zinn. El
resultado es, como adelantamos, un diagnóstico general compartido, donde se escinde
en la vida política, por medio del recurso de la separación socio-cultural que deviene
una diferenciación de roles presupuestos, a las masas y a las elites.
En el problema socio-cultural de pertenencia de clase, que naturalizaba el rol
pasivo de las masas, se anticipaba el problema político de los presuntos bárbaros que
toman la Polis del liberal-conservadurismo por asalto, tanto en 1916 como en 1945. Ni
en el radicalismo ni el peronismo estaba, para las miradas liberal-conservadoras, la
posibilidad de construir una democracia con las masas, sino que, contrariamente, en la
segunda de tales expresiones se condensaba la profundización de los cánones populistas
que el primero de los movimientos había incorporado a la vida nacional. El peronismo
llevaba a un nivel más alto el miedo de aquellos que, con espanto, analizaban cómo un

81
residuo primitivo resurgía de lo profundo y se enseñoreaba en el poder38. Para el liberal-
conservadurismo, eran estos sectores los que habían sido manipulados y por ello
conformaron el pasto de los demagogos, al punto tal que se ha hecho corriente
considerar, señala García Venturini, que “la democracia –en el lenguaje ligero y
convencional– suele resultar así lo contrario de la aristocracia” (Op. Cit.: 307).
Bregando por una concepción aristocrática, el autor lanza aquí un concepto que
fue muy divulgado en los años previos a la imposición del autodenominado “Proceso de
Reorganización Nacional”: el término “kakistocracia”. “En no pocas conciencias
democracia pasó a significar o a implicar la mediocridad, la medianía (la llamada
mediocracia), o directamente la posibilidad de acceso al poder de los menos aptos, de
los inferiores, aun de los incapaces y de los peores. Hay casos donde ya no se trata de
aristocracia ni de democracia sino abiertamente de kakistocracia.” (Idem: 307-8).
Aclara el autor: “Kakistoi: los peores. Es decir entonces, ‘el gobierno de los peores’;
pensamos que sería ilustrativo la divulgación de este vocablo, dadas las circunstancias
que atravesamos” (Idem: 308). Las palabras del filósofo aparecieron publicadas
originalmente en un artículo periodístico del año ’74, lo que renovaba aquella mirada
para la cual, como indica Maristella Svampa, el peronista –entendido por nosotros como
ejemplificando al sujeto popular– remitía entonces a una frontera social o a una cultura
política inferior (Op. Cit.: 324). Por ende, más allá de ese límite que el pensamiento
liberal-conservador colocaba entre la democracia sana y la populista estaban las
verdaderas raíces sociales de su mirada hacia los sectores populares: el prejuicio de
clase y la imposibilidad de ver en las clases populares un atisbo de politización concreta
y auténtica que no sean los designios del prestidigitador de turno en el poder ante las
masas ideológicamente vacías, huérfanas de cultura política: es decir, los cánones que
definirían a la “cultura política inferior” en contraste con la democracia liberal y elitista.
Era esa la cultura política de “los peores”, la que arrasaba primero con la aristocracia y
luego con la democracia. En efecto, qué lugar habría para la verdadera política –tal y
como la entienden estos intelectuales– cuando sólo quedan las masas, esos residuos
culturales manipulables que dependían, por la lógica interna de los esquemas populistas
según son entendidos por los autores que nos ocupan, de la voluntad aglutinadora del
líder demagógico capaz de darle a las masas su única posible constitución como actor
político por medio del recurso de la manipulación.

38
Un claro ejemplo de este tipo de miradas, claro que escrito con una pluma superior, amén de una
ambición exponencialmente mayor, es el de Ezequiel Martínez Estrada (2005).

82
Si bien difícilmente aún al día de hoy pueda llegarse a una definición exacta o,
cuanto menos, a una tipología común entre los análisis del populismo, al punto que
María Moira Mackinnon y Mario Petrone señalan que “las interpretaciones académicas
de este fenómeno han sido polémicas al punto de que muchas veces resultan
irreconocibles los mismos movimientos en las distintas descripciones” (Op. Cit.: 15), un
tipo de interpretaciones relacionado con las precedentes, si bien atemperadas por el
análisis de otros factores, fueron moneda corriente en el análisis de los populismos
latinoamericanos: como ejemplos de análisis sobre el caso argentino, para Mackinnon y
Petrone, la obra de Germani analiza cómo “la rigidez del sistema político y la
incapacidad de los actores políticos de dirigir la crisis favorece la emergencia de una
figura carismática, que junto con distintas elites los recluta y manipula” (Idem: 26), a la
vez que en la lectura de Torcuato Di Tella aparece la mirada sobre “una ideología o un
estado emocional difundido que favorezca la comunicación entre líderes y seguidores y
cree un entusiasmo colectivo” (Idem: 27). Es decir que en los estudios académicos de
los años que nos ocupan – puesto que Populismo y contradicciones de clase, donde se
contienen estudios de los mencionados autores, es editado en 1977–, aparece también la
mirada posada sobre las relaciones de manipulación por medio de una modalidad
pasional, embriagadora, que constituiría el eje identitario de la democracia populista,
entendida en tanto identificación entre líder y masas.
En las ideas de Zinn puede rastrearse otra clave de esta interpretación del liberal-
conservadurismo sobre la cuestión de las masas: si, como vimos, estos intelectuales
exponen una concepción elitista y/o aristocrática, hay en ella una lectura del populismo
no sólo como la más flagrante contradicción a dicha lógica en la Argentina sino como
un fenómeno que actúa construyendo su negación: “En el populismo la minoría debe ser
perseguida, amedrentada y destruida para procurar la uniformidad imbecilizadora que
tanto complace a la emoción colectiva de la masa. En cada experiencia populista hay
que buscar el manipulador que va a usufructuar de la domesticación del pueblo”. Es
claro que aparece, aquí, la cuestión del unanimismo, en una lectura que lo lleva al
paroxismo, en tanto supone que “si todo el pueblo quiere esto, el que no lo quiere está
en contra del pueblo y es, por lo tanto, reo de alta traición al pueblo. Y a partir de esta
falacia queda permitida cualquier violencia” (Op. Cit.: 47). Zinn se lanza luego a un
análisis dispuesto a mostrar que el concepto de pueblo es, históricamente, de “un
carácter elusivo”, pero que “de una manera u otra, el populismo ha resuelto el problema
sustituyendo los procedimientos de análisis lingüístico, lógico, metafísico y sociológico,

83
por una simple operación aritmética. Es pueblo la suma de partidarios del movimiento.
El resto es material de desecho. Es antipueblo” (Idem: 48). La operación del populismo,
entonces, consistiría para esta mirada en un procedimiento centrípeto: incorporación del
pueblo a través de construcciones discursivas que lo equipararían con sus partidarios,
creando con el mismo movimiento una frontera donde quien no fuera partidario no
sería, tampoco, pueblo. El análisis de Zinn presenta, al mismo tiempo y como
complemento, al populismo como capaz de una intervención contraria, centrífuga: la de
eyectar fuera de sí las responsabilidades. Si el pueblo es quien gobierna, el liderazgo
populista, según esta mirada, dejaría de lado sus responsabilidades, que no serían sino
las de una totalidad abstracta que él mismo forma a su gusto, como puede notarse a la
hora de los análisis que este autor hace de la constante apelación del populismo a
factores externos como peligrosos y, en última instancia, destructivos, que conformarían
el afuera del pueblo.
Una de las lógicas capaces de unificar criterios entre la intelectualidad del
liberal-conservadurismo es, como mencionamos, su concepción antipopular de la
política. Ahora bien: ¿qué solución política late detrás de ella? ¿Nos encontramos ante
miradas reaccionarias que buscan volver hacia atrás, desandar los “sesenta años de
decadencia”, o más bien sentar las bases de un nuevo esquema político? Sin duda, una
interpretación rápida optaría por la primera de las respuestas, y debemos concederle
que, en caso de seguir literalmente las palabras de los autores mencionados, esta opción
es una respuesta no sólo plausible sino de fuertes basamentos en la letra escrita. Pero,
sin embargo, creemos que hay allí un error central que consistiría en llevar al plano de
la realpolitik –donde, como vimos por sus redes relacionales, indudablemente también
se paraban estos intelectuales– las reflexiones explicativas.
Como postulamos al principio de esta parte de la Tesis, creemos que los autores
que estamos estudiando buscaban una reformulación de la realidad política argentina
que estaba diametralmente más allá del reaccionarismo: no se trataba de recrear las
condiciones alguna vez existentes sino contribuir a la institución de una nueva realidad
política. Poniéndolo en las palabras de Seoane y Muleiro, quienes hacen referencia a la
ligazón de objetivos entre el grupo Perriaux y el liderazgo militar, “una cosa parecían
compartir Videla y los suyos: había que retrotraer al país a un estadio previo a la
existencia del peronismo y del yrigoyenismo” (Op. Cit.: 59). Debemos señalar, en
cambio, que la apelación a la situación pre-Ley Sáenz Peña no actúa como ambición de
punto de retorno sino como espejo basamental a partir del cual desplegar el nuevo

84
esquema político. Por decirlo con una metáfora, actúa del modo en que se predisponen
al salto los felinos: apoyándose en una base trasera, para llegar adelante por medio de un
impulso nuevo. Si leemos bajo la misma lógica el papel que juega en el análisis la
democracia de masas, esta no es sino el revés de ese espejo, en tanto la situación política
buscada debería incluir las enseñanzas de esa larga etapa que funciona en las
teorizaciones del liberal-conservadurismo como negativo de la imagen deseada. Es por
ello que la escritura de los autores que estamos estudiando se extrema en tal punto: la
apelación a la democracia de masas como concepción y proceso que fue desvirtuando
una lejana etapa, leída esta como punto de partida del orden político sano, logra
configurar un esquema donde no se hace sino llevar la teorización al punto de los
antagonismos.
Alcanzar el nivel de las dicotomías es la conclusión de un proceso analítico que
comienza creando, como hemos visto, una frontera por fuera de la cual se coloca a la
otredad representada por las masas. Y como en ellas aparece el punto de quiebre de la
democracia entendida en cánones elitistas típicos del liberal-conservadurismo, se
procede por vía indirecta a la saturación de la figura de otredad, que aparece desplazada
hacia la figura del enemigo.

2-Del inferior al enemigo: extremización de la otredad política


Mucho se ha escrito sobre la radicalización ideológica desde los años ’60 y que tuvo su
pico en la década posterior, pero en general se colocó la mirada sobre el arco izquierdo
de la intelectualidad y la política, olvidando que la inaudita represión que acabó con tal
ciclo tenía profusas bases intelectuales y –factor que sí ha sido más analizado–
conquistó paulatinamente a una significativa parte de la sociedad. Efectivamente, en el
menosprecio y la denigración que las esferas populares recibieron por parte de diversas
miradas se encontraban los frutos del juicio sobre las tradiciones políticas capaces de
colocarse en el rol de aglutinantes de dichos sectores, como vimos, el radicalismo en
primer término histórico y luego, y profundizando la experiencia, el peronismo. Una
genealogía de este desprecio no es sino una genealogía de la violencia, la que coloca en
el rol de enemigo al otro, para peor un otro que, como vimos a través del contrapunto
con la mirada de Germani, no es realmente estudiado como una realidad sociocultural
sino que es la imagen negativa devuelta por el espejo sobre el cual se realiza una
construcción de sujetos políticos deseables.

85
El clivaje central de la política que anunció a principios del siglo XX Carl
Schmitt como amigo-enemigo resurge, deformado, en los análisis del liberal-
conservadurismo para trazar una frontera brutal en la cual aparecían en el segundo
término de la extrema ecuación la totalidad de los sectores populares y sus prácticas
políticas, a las cuales se les negaba, como vimos, toda capacidad propia de agencia. La
obra del jurista alemán señala la vacuidad de olvidar que toda mirada sobre la política,
como toda práctica política, aparece regulada por la conflictividad eje amigo-enemigo.
El discurso liberal-conservador fue trazando, incluso más allá de sus pautas
establecidas, la genealogía de la violencia a la cual hicimos referencia previamente. En
las miradas liberal-conservadoras, el peronismo aparecía como la figura constante y de
mayor capacidad polémica, como el otro de las relaciones políticas deseables, a la vez
que como el término tensionante del clivaje, y por ello la parte combatida. Pero no
debemos, por esta centralidad que adquiere, olvidar que la concepción del liberal-
conservadurismo, como vimos, engloba en el mismo conjunto a toda construcción
política de masas, puesto que su diagnóstico de los males que aquejan a la democracia
arranca desde el lejano 1912 y se efectiviza en 1916, cuando por primera vez las masas,
según su lectura, asaltan a la democracia liberal. La solución analítica de los autores que
aquí estamos trabajando, como puede haberse notado en los apartados previos, es la
apelación al populismo como categoría genérica, que en sí incluye al radicalismo y al
peronismo, actuando como concepto englobador y como calificativo deslegitimante.

2.a- La lógica dicotómica y el juego de espejos


Conflictividad y antagonismo son rasgos básicos de los modos en los cuales se ha
planteado lo político en la Argentina, al punto las formulaciones dicotómicas se han
utilizado incluso como motor explicativo del devenir histórico del país: la postulación
de un binomio compuesto por opuestos irreconciliables funcionó como uno de los
modos discursivos arquetípicos a la hora no sólo de oír la palabra política nacional, sino
también al momento de brindar interpretaciones sobre ella. Por ello, Federico Neiburg
habla de “la ‘dicotomía’ como rasgo inmanente de la cultura argentina” (Op. Cit.: 256).
En tal esquema, ella apareció evidentemente como una configuración clave en las
narrativas unanimistas ejecutadas en su momento por el radicalismo y del peronismo
–entendidos aquí como ejes representativos de la política de masas a la que el liberal-
conservadurismo denosta–, a la vez que se repitió una y otra vez como modelo

86
explicativo del funcionamiento real de las dinámicas políticas. Pero lo que aquí
queremos destacar es su aparición indirecta en teorías que no la enfrentan como
esquema motor, sino que ella inunda sus argumentos de modo tangencial, mediante las
concepciones que entienden a todo un sector de la sociedad y sus modos de relacionarse
con la política según categorías que ven allí una expresión primaria.
Es decir, la lógica dicotómica puede leerse como un verdadero esquema motor
de la cultura política argentina, que en el caso de los intelectuales del liberal-
conservadurismo es ejecutada por medio de los procedimientos que hemos visto
previamente, y que acaban en otorgar el rol de enemigo a quien fue previamente
construido como otredad, por medio del proceso de erección de un efecto de frontera
política. La antropología negativa, que ya hemos visto en la tipología que construía
Morresi alrededor de este lineamiento ideológico y en las ideas que nos aportaba el
trabajo de Harbour, pasa aquí a tener una centralidad excluyente, en tanto es desde ella
que podemos entender la extremización de la lógica dicotómica que opera en las ideas
liberal-conservadoras: como postulamos, puede entenderse ese proceso a través de la
sencilla metáfora de los espejos: uno positivo y basamental, otro capaz de actuar como
negativo, y dentro de esta construcción entran, indefectiblemente, los sujetos políticos.
En efecto, sucede aquí que el otro es no sólo borrado como agente político, sino que
directamente, como bien lo dejan patentes las ideas de García Venturini, es liquidado
como zoon politikón: deshumanizado. Así, en medida que el hombre es definido como
zoon politikón se encastra en los sectores relegados fuera del esquema de politización
válida un cuestionamiento antropológico que refuerza la genealogía de la violencia.
Encontramos aquí, entonces, el punto culminante de la antropología negativa que este
tipo de consideraciones lleva en sí.
Debemos hacer notar que el peso del pensamiento religioso es, en los principales
autores que estamos analizando, decisivo. Si bien le dedicaremos un apartado propio,
valga adelantar, para completar la lectura que realizamos previamente, que tanto a la
hora de un planteo ético-político –central para entender el basamento de las ideas de
sociedad– como de la concepción de persona –clave para analizar a los sujetos
políticos– que presenta el liberal-conservadurismo, el fundamento religioso aparece
como básico de su construcción y es esencial para entender el alcance de la antropología
negativa desplegada por los intelectuales que nos ocupan.

87
2.b- Mi amigo y mi enemigo: Carl Schmitt y sus aplicaciones
“La distinción propiamente política es la distinción entre el amigo y el enemigo.
Ella da a los actos y a los motivos humanos sentido político; a ella se refieren en último
término todas las acciones y motivos políticos y ella, en fin, hace posible una definición
conceptual, una diferencia específica, un criterio”, escribía Schmitt en el ya célebre
comienzo de su Concepto de lo político, para aclarar luego: “En cuanto este criterio no
se deriva de ningún otro, representa, en lo político, lo mismo que la oposición
relativamente autónoma del bien y el mal en la moral, lo bello y lo feo en la estética, lo
útil y lo dañoso en la economía. Decir que la distinción es autónoma no significa que
constituya un campo de naturaleza pareja a la moral, pero sí que no se funda en una de
esas contraposiciones, ni en varias, ni puede ser referida a ellas, como tampoco ser
negada o impugnada desde cualquiera de esos planos” (2006: 31). En esta obra, el
polémico pensador germano establece los límites de esta concepción y, en lo que parece
una paradoja del destino que sus conceptos tendrían al ser retomados por la
intelectualidad del liberal-conservadurismo en la Argentina, se encarga de subrayar, que
pese a seguir siendo una otredad, “el enemigo político no es preciso que sea moralmente
malo o estéticamente feo” (Idem: 32). Es decir, sus palabras advierten sobre el tipo de
uso que encontramos en los intelectuales que este trabajo estudia, y cuya construcción
aparece enmarcada en una lógica mayor, la de la lectura dicotómica. En efecto, el
concepto de enemigo, forjado a través de una elaboración de la otredad fuertemente
amparada en aquellos tópicos que Schmitt consideró centrales en la política, aparece
como el extremo de la mirada hacia el otro, tanto como colofón de la genealogía de la
violencia en la cual desbarranca la mirada dicotómica cuanto ligada a las construcciones
discursivas del autoproclamado “Proceso”.
El teórico del clivaje Freund und Feind postuló: “El antagonismo político es el
más intenso y extremado y cualquier contraste es tanto más político cuanto más se
acerca a la agrupación amigo-enemigo” (Idem: 37), a la vez que señalaba que “implica
el concepto del enemigo la posibilidad, existente en la realidad, de una contienda
armada, o sea, de una guerra” (Idem: 42). Y justamente esta es la línea que, en un
schmittianismo unilateral, deformado, fue tomando el liberal-conservadurismo
argentino: hiperpolitizar su lectura de la otredad hasta llevarla al campo de la dicotomía
eje de la política, para estarblecer desde allí los criterios de una guerra interna sobre un
enemigo que se creía mundial pero se atacaba focalmente como enemigo interno.

88
Con respecto a estas implicancias, la bibliografía sobre la última experiencia
autoritaria se ha encargado de subrayar los alcances de la concepción que el término
enemigo tenía en la lógica dictatorial, al tiempo que subrayó suficientemente su
dependencia de esquemas interpretativos mayores: la lógica de la guerra como resultado
extremo de la genealogía de la violencia (Vezzetti, Op. Cit.), la constante actuación
“salvadora” –según los términos del lenguaje militar y de sus allegados, claro– de las
Fuerzas Armadas que en 1976 llegó a su punto álgido (Calveiro, 2005, 2006), o como
culminación de un diagnóstico perenne dentro de los sectores protagonistas del golpe de
Estado que esta vez libraban su batalla decisiva (Novaro y Palermo, Op. Cit.).
En Schmitt, consideramos pertinente prolongar la salvedad ya iniciada, la
concepción del otro como enemigo no busca su deshumanización, sino que el límite que
traza su categorización se dirige precisamente a evitar tal procedimiento: la enemistad
es política, sin aceptar un colofón posterior que desbarranque a lo social o, incluso, a lo
antropológico. No puede leerse esta versión extrema y paranoica del célebre clivaje
schmittiano sino como decantación de la áspera concepción que la intelectualidad
liberal-conservadora tenía de las masas y que aquí elegimos señalar como un punto
límite de su intervención en las coordenadas de la genealogía de la violencia39.
Hemos visto ya como, en la pluma de Perriaux, se concibe a las masas como un
actor social supeditado a la acción de las elites, lo que lleva a su concepción
antropológica negativa: por un lado, la posibilidad de las masas de actuar en
consonancia con los dictados de las minorías forjadoras de la historia, es decir
asumiendo su lugar de subalternidad en la construcción histórica que realizan las elites;
por el otro lado, revelándose a ella. Pese a las obvias diferencias que la mirada del líder
del “Grupo Azcuénaga” concibe entre ambas actitudes de las masas, descansa aquí su
lectura sobre una otredad donde el otro es el conjunto de los individuos inferiores,
masificados y dependientes de integrarse a la historia en relación de respuesta al trazado
de la realidad que ejecutan las elites. Reaparece aquí la lectura de las masas como una
instancia social inferior, pero plausible de ingresar dentro de la categoría de enemigo
cuando se oponen al obrar de las minorías, puesto que ellas conforman “los cerros y
picos de las minorías que configuran así el paisaje generacional” (Op. Cit.: 19).

39
El imponente trabajo de Dotti (2000) analiza la recepción y los usos de la obra de Carl Schmitt en la
Argentina, a la vez que realiza un balance de la obra del alemán cuya línea de lectura sobre los conceptos
amigo-enemigo, y sus implicancias, es la que postulamos en este estudio.

89
Vemos que Perriaux se distancia aún más que García Venturini de la posibilidad
de enfrentar las conclusiones violentas del elitismo, pero marca a las claras la actitud de
docilidad esperable por parte de las masas frente a las minorías. En el caso de Zinn, más
allá de la obvias referencias al genérico enemigo rojo, y de la frontera trazada por estos
autores con respecto a las masas, encontramos una lectura que amplía los terrenos en los
cuales pueden aparecer las expresiones del enemigo, como veremos en el siguiente
punto. En suma, la intelectualidad del liberal-conservadurismo pudo construir, desde su
versión de la otredad, una categoría de enemigo tan amplia como para incluir a todo
aquel que no se ajustase a los cánones que ella misma determinaba, en una operación
multiabarcativa y maximalista que el propio “Proceso” también supo realizar a la hora
de determinar dónde se encontraban sus antagonistas.

3- Occidentales y cristianos: basamento y trascendencia en una lectura clausurante


Uno de los más reiterados slogans del autoproclamado “Proceso de Reorganización
Nacional” fue aquel que definía a los argentinos como “occidentales y cristianos”. Esta
formulación clausurante que tomaba para sí tópicos propios de la Guerra Fría para
delimitar un tipo nacional frente al cual se erigían otredades discordantes con tal
lineamiento apareció profusamente entre la intelectualidad del liberal-conservadurismo,
tanto para fundamentar sus análisis en las verdades reveladas de la religión de Cristo
como para realizar análisis de características geopolíticas o culturalistas del todo
atípicos para lo que eran los modos en los cuales la gran mayoría de la intelectualidad
argentina entendía lo político. Lejos de leer a la mentada definición dictatorial como una
construcción autónoma, debemos marcar lo profundamente ligada a ciertos esquemas
del liberalismo-conservador, como veremos a la hora de analizar a los intelectuales que
aquí nos ocupan. En ambos discursos aparecía la apelación a la condición occidental y
cristiana de la Argentina actuando como el recurso de creación de un fundamento
identitario que colocaba por fuera, en otra producción de fronteras, lo que esta misma
lente entendía como ideologías extrañas, las cuales por su no pertenencia a dichos
basamentos actuaban de modo perturbador o disolutivo. Si hemos visto que con el
efecto de frontera realizado sobre las masas el liberal-conservadurismo elevaba un muro
que separaba sujetos y modos políticos, con la frontera occidental y cristiana aparece
una operación que remite tanto a lo basamental –Occidente como una totalidad cultural–
como a lo trascendente –el cristianismo como fundamento ético cuyas verdades

90
pertenecen a un reino que no es de este mundo pero actúan sobre él–, en donde ambos
conceptos pueden bien ser intercambiados en cuanto a sus funciones: es tal el efecto
discursivo de la relación entre Occidente y cristianismo.
Ambos tópicos, la religión y la ubicación geográfico-cultural de la Argentina,
aparecen en el discurso del liberal-conservadurismo como resultado de una operación
por la cual, como hemos dicho, lo basamental y lo trascendente se amalgaman en la
postulación de un tipo identitario que aparece forjando las características más densas de
lo nacional, su pertenencia a espacios mayores que definen a la vez no sólo ámbitos
superiores donde la Argentina se inserta sino fundamentalmente sitios de referencia
inseparables entre sí y al mismo tiempo indivisibles de la verdad argentina. Y es en este
espacio de absoluta fundición donde el liberalismo-conservador coincide con otros
espacios de la derecha, los ligados a tendencias nacionalistas, tradicionalistas o
autoritarias: si bien los autores que aquí analizamos distan de sostener un discurso
crispado sobre estas temáticas, prefiriendo mayormente la construcción de discursos no
erigidos desde y por las justificaciones de estos tópicos, sino que ellos aparecen como
justificaciones del punto de vista de los intelectuales, lo cual lejos de restarle
importancia los incluye en un esquema más dinámico y complejo que los operados por
las otras líneas de la derecha vernácula.
En su amplio análisis sobre el avance de un conservadurismo de nuevo cuño en
los Estados Unidos, que en cierto punto, como sucede en nuestro país, vive profusas
relaciones con el liberalismo, George H. Nash marca características similares en el
desarrollo de la intelectualidad de derecha en el país del norte: el punto central, como
marcamos en el párrafo previo, pasaba también por lo tocante a la esfera de la tradición
y los valores, que en su decadencia daban lugar a una especie de “siglo del hombre
común”, es decir un espacio secularizado, impersonalizado, que entroncaba lógicamente
con el mayor miedo del liberal-conservadurismo: la masificación. Esta derrota de la
persona individual, entendida dentro de los principales esquemas cristianos, era la
apertura al siglo de las masas, como derrota de la visión de sacralidad de la persona,
pero también como reacción ante el avance de un tipo de individualismo que resultaba
tan alienante como la masificación (1985: 79 y ss.). Nuevamente, la antropología
negativa como respuesta, esta vez actuando por medio de un proceso con eje único pero
que entendía que el camino de derrota del concepto de persona humana podía darse por
medio de dos vías, una que implicaba la pérdida del individuo en la masa, otra que
atendía a los vicios de una conceptualización individualista cada día más presente.

91
Occidente y el cristianismo aparecen como una amalgama, como una unidad de
sentido capaz de configurar una cultura nacional, la Argentina por caso, que de este
modo remite su identidad clave a un poderoso esquema lógico propio de la última
dictadura militar: ante el fantasma de disolución nacional que aparecía en los primeros
diagnósticos militares sobre la situación previa a la instalación del “Proceso”, existía
una conceptualización fuertemente presente en la intelectualidad del liberal-
conservadurismo capaz de actuar como núcleo de sentido de lo que era la Argentina. Es
por ello que no es exagerado afirmar que en esta coincidencia entre civiles y militares
en cuanto a la apelación a esta entelequia se ciernen varios de los puntos nodales que
explican ciertas lógicas de los militares que asaltaron el poder en marzo de 1976 y de
sus compañeros civiles.
En tren de una presentación más clara, dividiremos los análisis que los autores
aquí tratados realizan sobre la cuestión occidental y sobre el cristianismo, puesto que
amén de merecer tratamientos individuales pese a ser coincidentes en una
categorización común como la explicada antes, el segundo de los tópicos nos llevará por
momentos a un análisis donde aparecen puntos polémicos entre las visiones de militares
y ciertos ideólogos y las del liberal-conservadurismo: nos referimos a la temática del
judaísmo. Por ello, daremos paso primero al análisis del tema religioso, que como
veremos aparece como una configuración mayor al geopolítico-cultural representado
por Occidente, y luego iremos a las implicancias de este último.

3.a- La cuestión religiosa: el cristianismo como verdad universal e identidad


argentina
Como marcamos en uno de los primeros apartados de esta parte de la Tesis, el liberal-
conservadurismo abreva de tópicos propios del liberalismo y del conservadurismo. En
el caso de los intelectuales que nos ocupan, vemos claramente que, a diferencia del
extendido consenso laicista propio del liberalismo-conservador de la Generación del ’80
aparece fuertemente la cuestión religiosa, cristiana, como eje sobre el cual se desarrollan
planteos de talante ético-político a la vez que construcciones de identidad cultural40. El

40
Las diferencias en cuanto a las posturas del liberal-conservadurismo que estudiamos en esta Tesis con
el de finales del siglo XIX y comienzos del XX son ostensibles. En cuanto al laicismo del ’80, ver
Halperín Donghi (1998). Algunas explicaciones de ellas, ligadas no sólo a la historia del liberalismo-
conservador sino también al rol cultural y político de la Iglesia, junto a las transformaciones culturales del
propio cristianismo, pueden verse en Di Stéfano y Zanatta (Op. Cit.) y especialmente en Zanca (2006).

92
cristianismo aparece tanto como rasgo central de la identidad de los argentinos como
sirviendo de base argumentativa para exponer concepciones o análisis que trascienden
el ámbito inmediato de lo religioso para tornarse ordenadores de zonas de lo público que
en las visiones de los autores aquí analizados se explican y justifican según verdades
religiosas.
“Hay una pregunta básica y anterior a cualquier otra digresión. ¿Cuál es el
objetivo de la política? ¿Cuál es el fin de la ciudad temporal?”, se plantea García
Venturini, a lo que responde: “Desde un punto de vista cristiano –que es el que
asumimos– la política, como ciencia y como práctica, es una expresión de la moral, una
‘rama especial de la ética’, como ya la definía Aristóteles. Luego es un modo de
relación con Dios y con el prójimo, y no parece haber otra traducción de este mandato
moral que trabajar por la dignificación de la persona humana.” (Op. Cit.: 223). Vemos
entonces que la política aparece no sólo como una práctica supraindividual, social, de
relación con el otro, sino también religiosa: es relación con Dios, en tanto fuente de
verdad y trascendencia, objetivos a los cuales debería apuntar la política. “Por supuesto,
que en la perspectiva cristiana la ciudad temporal es paso, tránsito y cosa efímera, no
morada definitiva (…). Pero también la ciudad temporal tiene su dignidad, porque es la
ciudad del hombre, que es hijo de Dios y heredero de su gloria” (Idem: 223-224). En el
mismo sentido deben leerse las palabras de Zinn, quien traza una línea similar: “El
hombre es libre porque participa, aunque de manera imperfecta, en la absoluta ausencia
de necesidad que es Dios” (Op. Cit.: 163-164).
En la política está, entonces, la posibilidad de apuntar la temporalidad hacia la
trascendencia, en medio de un esquema, el humano y temporal, que García Venturini
considera esencialmente imperfecto: “¡Ah, la paradoja, que es signo y es misterio!
Nuestro esfuerzo va en pos de lo efímero, pero en ese esfuerzo jugamos nuestra
permanencia. Por eso, hay que saber, antes que nada, que es efímero, pero saber
también que es el camino obligado de la trascendencia” (Op. Cit.: 224). Es decir, debe
conocerse que el accionar sobre el mundo es temporal, pero a sabiendas también de que
precisamente esa incompletud es parte de un marco superior, el de la salvación de las
almas, que juega en lo temporal su lógica, según relación del hombre con Dios y sus
semejantes.
Esta lógica expuesta por el autor nos remite a lo que marcamos en el punto
previo, acerca de las diferencias entre corrientes de derecha a la hora de plantearse el
tema religioso: este aparece de modo basamental pero en medio de una construcción

93
que no traslada automáticamente las implicancias del modelo cristiano a la realidad
social, sino que las postula como marco ideal y por ello mismo trascendente, a la vez
que analiza las condiciones de la vida pública como una esfera diferenciada, particular,
de una totalidad a la cual igualmente remite.
Hemos marcado, también en el apartado previo, la importancia que tenía el
concepto de persona humana en el influjo del pensamiento cristiano en este tipo de
autores, algo que en García Venturini aparece generalmente de la mano del rescate de
las ideas de uno de sus autores de cabecera, el pensador francés Jacques Maritain
–homenajeado por el bahiense en el título Filosofía de la historia, homónimo al del
autor católico–, en quien ve que “representa el mayor esfuerzo filosófico, no sólo de
nuestra época, por asumir la mejor tradición occidental y expresarla en una síntesis,
fundada ésta en ciertas verdades teológicas y morales” (Idem: 209). Del filósofo y
teólogo galo, es clave el rescate que el argentino hace de su diferenciación entre las
nociones de persona e individuo, que atribuían al ser humano la primera de las
categorías, en tanto “el hombre no es un mero individuo, como un animal, una planta o
cualquier cosa, sino una persona, un todo en sí mismo y no una parte, un microcosmos,
un universo espiritual, una imagen de Dios y, por ello, le corresponde una ‘dignidad
absoluta, porque está en relación directa con lo absoluto’”, puesto que en las ideas del
teórico francés García Venturini destaca otro punto que es evidente también en sus
postulaciones: el “reconocimiento de que Dios es el fundamento de la persona, del
derecho natural y de la sociedad política” ((Idem: 208). En la pluma de Zinn aparece
también su concepto de persona, tomado de Emmanuel Mounier, precisamente uno de
los autores católicos que García Venturini destaca dentro de los aportes de hombres
comprometidos con tal religión a la filosofía política: “Una persona es un ser espiritual
constituido como tal por una forma de subsistencia y de independencia en su ser;
mantiene esta subsistencia mediante su adhesión a una jerarquía de valores libremente
adoptados, asimilados y vividos en un compromiso responsable y en una constante
conversión (…)” (Op. Cit.: 164-165).
García Venturini, además, liga la noción de persona a su construcción
conceptual del “Espíritu de Occidente”, con cuya conformación –que analizaremos en el
siguiente apartado– “desde entonces fuimos sabiendo que el ser humano no es un mero
objeto o un objeto más importante, sino un sujeto: que no es algo sino un alguien; que
no es sólo un individuo sino una persona” (Op. Cit.: 257). Estamos nuevamente en el
terreno de las concepciones humanistas, ligadas aquí a un esquema de persona que no

94
sólo se apoya en las implicancias que remiten y se proyectan a Dios, sino que se
encuentra profundamente unido a una concepción occidental: la persona aparece como
el fruto de las uniones que conforman el “Espíritu de Occidente”.
Tanto en García Venturini como en Zinn son evidentes las miradas que remiten
directamente a lo que se ha denominado genéricamente como humanismo cristiano. En
el primero de los ensayistas la filiación se hace patente tanto en la construcción que
hemos expuesto antes como en su elogio de los lineamientos teóricos de Maritain, cuya
filosofía quedó básicamente asociada a tal concepto. En el caso del economista aparece
por medio de un rescate de los preceptos de tal corriente en contra del “humanismo
ateo”, el cual es “una trampa fatal que escamotea el alma y despoja al individuo del
concepto de futuro en aras de un presente inasible y de una supuesta seguridad social
que de ninguna manera es liberadora”, puesto que el hombre “al alejarse de Dios que era
la síntesis de todo el futuro y cuyos mandamientos y cuya ética compatibilizan la
conducta del presente con la existencia del individuo y de la sociedad, comienza a
transitar círculos concéntricos plenos de presente y curiosamente vacíos de valores
inmutables” (Idem: 97). Estamos aquí otra vez en la temática de los valores, en tanto
estos son leídos como un modo en que el hombre realiza una unión con Dios. La
antropología negativa, nuevamente, aparece como resultado de una lectura que ve en el
quiebre de esa unión el desvío y el vacío. El resultado es lo que podemos denominar una
suerte de esquemas que balbucean una especie de nuevo humanismo, que se apoya en el
cristiano pero al mismo tiempo procede a enfrentar al humanismo ateo en busca de una
reformulación consiente de los presupuestos de la mencionada antropología negativa41.
La relación entre lo político y lo religioso lleva a nuestros autores no sólo a
identificar una línea de unión del hombre con lo trascendente, sino a la abierta condena
de movimientos que nieguen la existencia de Dios o que lleven al extremo el carácter
laico. Como bien señala Morresi, en Zinn aparece una condena al marxismo, el

41
El influjo del humanismo católico es difícil de exagerar: como lo demuestra Zanca, las ideas de autores
como Maritain o Mounier se sumaron a una corriente de ruptura con los postulados dogmáticos dentro del
catolicismo, que se entroncaba con una línea polémica que tenía entre sus antecedentes los intentos de
pensadores modernistas, o la influyente obra de Teilhard de Chardin, y que causaron un verdadero
hervidero dentro del mundo católico, a cuyas repercusiones no escapó la Argentina (Op. Cit.: 137 y ss.).
Si bien puede parecer sorprendente a primera lectura, el rescate del humanismo católico no va de la mano,
en la intelectualidad del liberal-conservadurismo, con una reformulación de la dogmática. Los conflictos
inherentes al catolicismo, que el mencionado trabajo señala que pueden entenderse en tres planos, el
religioso, el disciplinario y el político, son dejados de lado por estos autores. Late en ellos una concepción
tradicional del cristianismo que se desentiende de las pujas internas para abonar una lectura uniforme en
consonancia con el esquema de basamento-trascendencia que se les da a los tópicos de Occidente y de la
propia religión católica.

95
nihilismo, el existencialismo y, como ya hemos visto, al humanismo ateo (Op. Cit.: 10).
En el caso de García Venturini, como ejemplo del rol basamental que posee la cuestión
religiosa, el filósofo señala que “no existe filosofía política válida” que no se apoye
tanto en “una filosofía de la historia” como en “una antropología pertinente”, “y estas
ambas en una concepción teológica que les otorgue sentido y las rescate de la
ininteligibilidad” (Op. Cit.: 225)42.
En su ya mencionada obra El pensamiento conservador, William Harbour
postula que las normas éticas de la tradición judeo-cristiana actúan como base moral
para ciertas concepciones derechistas, coincidentes con las que aquí estamos relevando,
que justamente se diferencian de la derecha de corte ultramontano en tanto esta última
se caracterizó, entre otros puntos, por un fuerte antisemitismo. Por supuesto que tal
concepción discriminatoria no tuvo en esas expresiones su único sitio de acogimiento
ideológico, ya que como bien muestra la investigación de Lvovich (Op. Cit.), el propio
liberalismo tuvo ligazones con el antisemitismo43. Por ello mismo, es importante
destacar que en los autores que estamos analizando el antisemitismo no sólo no aparece,
sino que de hecho García Venturini realiza una construcción teórica de lo que denomina
“el Espíritu de Occidente” –que desarrollaremos en el siguiente apartado– donde señala
a Israel como “pueblo elegido de la Revelación” (Op. Cit.: 260), a la vez que lo ubica
como un punto irreductible a Oriente u Occidente. El filósofo ve allí el inicio de las
concepciones forjadoras de Occidente, en tanto “la concepción judía –que luego serán la
fe y la cosmovisión cristianas– habría de integrarse con el espíritu griego para constituir
el núcleo sustancial de lo que personalmente llamamos el Espíritu de Occidente”.
¿Dónde residía, para García Venturini, la centralidad de la cultura judía en su aporte a
tal espíritu? Pues en que “en esa tierra apareció una concepción personal, espiritual y
trascendente de Dios” (Idem: 254).

42
Al igual que ocurría con las líneas directrices de la lógica militar, pese al apoyo en el cristianismo, lo
central era cerrar el dique al agnosticismo y el ateísmo: en su obra Nihilismo y experiencia extrema,
Víctor Massuh se encargaba de dejar en claro cómo se leía desde la intelectualidad liberal-conservadora la
amenaza de la pérdida de los fundamentos religiosos. En la cima de los problemas aparecía la
“subversión” como pico de una tendencia del humanismo ateo que destruía sus propias bases, en tanto
este había sido desvirtuado por el “nihilismo contemporáneo” (1975, esp. Segunda Parte).
43
El rol del antisemitismo en la última dictadura militar tuvo dos grandes ejes de análisis: la
sobrerepresentación de personas de ascendencia hebrea entre las víctimas de la represión comparada con
el porcentaje poblacional que representaban los judíos en esa época, y el sonado “caso Timerman”. El
secuestro y sometimiento a tortura del empresario periodístico, el escándalo internacional que implicó, su
posterior liberación y la quita de su ciudadanía argentina, en Mochkofsky (Op. Cit.), y Seoane y Muleiro
(Op. Cit.). El rol del antisemitismo durante el “Proceso”, en Kaufman y Cymberknopf (en Senkman,
Comp., 1989). Para miradas históricas de la cuestión, la misma obra y Lvovich (Op. Cit.).

96
En Zinn aparece una idea en línea con las recién estudiadas: “Occidente
comienza en el Gólgota”, pero que curiosamente no nos deja aprehender la mirada del
autor sobre el aporte judío a Occidente. Si bien es incluso el nombre de uno de los
capítulos de La segunda fundación de la república, la frase aparece utilizada a modo de
una cuasi verdad literaria, puesto que el autor no se explaya sobre esta idea más que con
las palabras que usa para introducirla: “Porque es mucho más que una sede geográfica,
porque es un modo de vivir asociado en libertad, porque conoce la solidaridad de la
convivencia, porque ha edificado su ética a partir del respeto a la vida, Occidente
comienza en el Gólgota” (Op. Cit.: 66). No queda claro si, más allá de la evidente
apelación a la relación entre Occidente y cristianismo, Zinn quiere marcar una
continuidad o una ruptura con la herencia judía. Sus apelaciones contra las sociedades
que olvidan a Dios, que dejan de lado el sentimiento religioso, no aportan a la
clarificación de su postura.
Sí es clara la lectura que hace Perriaux, en una de las frecuentes notas por medio
de las cuales se explaya sobre temas que sobrepasan su proyecto de tabulación
generacional, donde aparece una apelación a “lo prodigioso de la contribución judía,
hebrea, israelita, o como se la quiera llamar, a la civilización occidental, por lo menos
en su faz contemporánea” (Op. Cit.: 41).
El hecho de que veamos que los autores que estamos relevando pueden tener
posturas tan discordantes con las variantes ultramontanas de la derecha, es explicable
precisamente por la fuerza del liberalismo en el esquema del liberal-conservadurismo,
puesto que el conservadurismo tradicional en cuantiosas ocasiones, como destaca
Harbour, corre el peligro de quedar atrapado en modos teológicos, en devenir un puro
sistema dependiente de justificaciones teocéntricas (Op. Cit.: 33). El liberalismo-
conservador, contrariamente, logra expresarse por medio de un balance que coloca
como base y trascendencia a lo religioso pero deja en manos del hombre, de su libertad,
el obrar en la vida terrenal. Es por ello que el rol que lo religioso juega en esta ideología
puede ser de una importancia central pero a la vez no asfixiar, resumiendo en sí
constantemente, la dinámica de lo público.
“La Argentina es ética y culturalmente cristiana y geopolíticamente occidental”,
nos dice Zinn (Op. Cit.: 220), y son justamente estas palabras las que, una vez
abordados los distintos aspectos antes relevados sobre las implicancias que el lugar de la
religión posee en el liberal-conservadurismo, nos permiten retrotraernos a lo que hemos
marcado como el uso central que tanto la cuestión del cristianismo como la de

97
Occidente tienen en este nucleamiento ideológico: la apelación a un tipo identitario
nacional que actuaba, mediante otra operación de construcción de fronteras,
determinando un adentro y un afuera cultural y políticamente operantes. La postulación
de dos ejes, entonces, que actuaban como lógicas profundas: las características más
hondas de lo nacional, su referencia a espacios mayores que definen a la vez no sólo
ámbitos superiores donde la Argentina se encuentra inserta, sino que, discursivamente,
implican fundamentalmente espacios referenciales inseparables entre sí y al mismo
tiempo indivisibles de la construcción de una verdad argentina. A continuación veremos
el tratamiento que recibe, en los intelectuales que estamos trabajando, la cuestión de
Occidente.

3.b- El sol sale por el Este: Occidente como configuración cultural


Señalamos previamente el rol que cumple en el discurso del liberal-conservadurismo la
cuestión de Occidente, concepto que sumado al del cristianismo conforma una argamasa
referencial sobre la cual se realiza una construcción de tipo identitario que actúa como
efecto de frontera. El papel de ambos conceptos, más allá de que hemos postulado la
fuerte identificación de uno con otro al punto de indicar que en los autores que estamos
analizando pueden aparecer intercambiando las que marcamos como sus funciones
centrales, la basamental y la trascendente, debe estudiarse por separado. Es así puesto
que la construcción conceptual que estos intelectuales realizan es diferenciada en ambos
tópicos, a la vez que, como vimos al momento de relevar la cuestión del cristianismo,
existen puntos de encuentro pero también de diferenciación interna entre ellos, lo que
lejos de comprender algún tipo de contradicción le da a este lineamiento ideológico una
fuerte dinámica.
Como se habrá notado leyendo el apartado precedente, García Venturini, con su
concepto de “Espíritu de Occidente” y las implicancias de este, nos ofrece un fructífero
eje sobre el cual desarrollar el análisis de la cuestión de Occidente para el liberal-
conservadurismo. Tras aclarar que Occidente puede definirse primeramente por su
ubicación geográfica, y por ello diferenciarse de Oriente, el filósofo indica: “Luego
vinieron las descripciones de culturas y civilizaciones, y Occidente –o civilización
occidental y cristiana– fue y es aún hoy una expresión con fuerza (…)”. Vemos, por lo
tanto, la directa identificación entre Occidente y el cristianismo dentro de la definición
del autor. “Por de pronto, no se trata –como se dice habitualmente– que en Occidente

98
(un lugar) nació una determinada cultura o concepción del mundo o –como diremos
nosotros– un espíritu nuevo, sino al contrario, al nacer ese espíritu nació Occidente.
Estrictamente, no había Occidente antes de ese espíritu, en la medida en que llamamos
Occidente precisamente a ese espíritu” (Op. Cit.: 253). En Grecia, dice García
Venturini, nace tal espíritu que, como vimos, acaba por tomar su forma una vez dado su
encuentro con las concepciones judías. “Intentando desentrañar el contenido del
concepto que nos ocupa, enunciamos dos elementos fundamentales, la razón y la fe, a
los cuales hay que añadir un tercero, en cierta forma derivado o consecuente de estos
dos primeros: la libertad” (Idem: 255). En la lectura de este intelectual, entonces, la
libertad aparece como un valor basamental, producto y pilar del “Espíritu de
Occidente”: sin más, la libertad es occidental. Y al mismo tiempo, Occidente la hace, se
explica por ella, y ella se explica por Occidente. En este juego relacional que aparece en
las ideas del ensayista, el componente central del pensamiento liberal –en su conocida
categorización, Norberto Bobbio (1998a) decía que era el tópico eje del pensamiento de
derecha en general– aparece, entonces, en estricta relación de causa y sentido con
Occidente.
¿Cómo y mediante qué proceso define García Venturini a la libertad? Siguiendo
uno de sus más característicos procedimientos, mediante una construcción donde se
mechan velozmente referencias históricas y relevamientos conceptuales. Nos marca,
entonces: “Advirtamos que frecuentemente la palabra ‘libertad’ queda reducida a eso,
una palabra, pronunciada con fervor o con malicia, pero palabra al fin. Pero libertad es,
antes que nada, libertad de espíritu, conquista y señorío de la propia interioridad, donde
–según San Agustín– habita la Verdad. Autoconciencia, conquista de la yoidad,
personificación, libertad y conciencia de la libertad. Todo esto no fue punto de partida
de la humanidad sino más bien de llegada, verdadera conquista”. El movimiento que el
autor describe adquiere completud en medida que “la conquista de la libertad interior
fue acompañada paulatinamente por un acto de objetivación, de proyección cívica y
jurídica. El hombre comienza a construir su ciudad, ciudad en cuanto sociedad (…). La
polis fue, propiamente hablando, la primera ciudad del hombre, porque en rigor es la
primera ciudad de la ley y de la libertad ” (Op. Cit.: 257). La mirada occidentalista del
filósofo bahiense, como pudo verse ya previamente, se explica por la totalización
identificatoria de ciertos valores con Occidente, en lo que conforma su modo de ejercer
el efecto de frontera que postulamos como inherente a las construcciones teóricas que

99
los intelectuales del liberal-conservadurismo realizan alrededor de las cuestiones de
Occidente y del cristianismo.
En la concepción de García Venturini, empero el modo en el cual hemos visto
que trabaja su solución teórica, aparece una lectura de Occidente que no se queda
plantada en la ubicación geográfica, y que analiza al “Espíritu de Occidente” como
capaz de movimiento, ya que “por ser un espíritu puede desplazarse y encarnarse en
otras áreas o, también, eclipsarse en zonas del oeste (…)”. Pero este movimiento así
entendido posee una finalidad, dice el filósofo, en tanto “siendo el Espíritu de Occidente
(…) lo mejor en cuanto concepción del hombre, de la vida y de la sociedad, puede y
debe tener por escenario las anchas calles del mundo, para dignificación de la
humanidad toda” (Idem: 255). Y si esto es así, es porque para nuestro autor el
mencionado espíritu logró dejar de lado “las cosmovisiones politeístas y panteístas”, la
“historia abolida, o atada al gesto primero y paradigmático”, elementos característicos
de las culturas que han persistido “sin la fuerza creadora y la fecundidad que trajo la
concepción lineal del progreso humano, concebida por los profetas judíos y los Santos
Padres” (Idem: 259).
“El Espíritu de Occidente se ha dado, pues, en función de una teología, una
metafísica, una antropología y una filosofía de la historia distintas de las que existieron
secularmente en todo el planeta, con la excepción –ya está dicho– de Grecia –pueblo
elegido de la razón– e Israel –pueblo elegido de la Revelación–. La razón y la fe, pues,
Jerusalén y Atenas, Atenas y Jerusalén, curiosamente las capitales de Occidente. Y
sobre esta base teológica y filosófica surgió una ética y una política diferentes” (Idem:
260). Ese surgimiento, el que para el filósofo conforma el “Espíritu de Occidente”, es el
punto en el cual Occidente se forja a sí mismo como espacio cultural diferenciado de las
demás conformaciones culturales, sean estas el Oriente o los puntos en los cuales el
propio Occidente ve su lógica cegarse. Por este último fenómeno, García Venturini
entiende aquellos momentos en que lo que él denomina “las patologías de Occidente”,
que son productos exclusivos de quiebres en su interior –aunque, como veremos,
también marque la confluencia de ciertos elementos que ve como propios de Oriente–:
“Esas aberraciones han nacido –en principio– en el seno de Occidente, no sólo en
términos geográficos, ya dijimos que no es esa la cuestión, sino que provienen del
mismo pensamiento occidental” (Idem: 262).
Para este intelectual, las máximas representaciones de los desvíos que pueden
aparecer dentro del derrotero del “Espíritu de Occidente” son el nazifascismo y el

100
comunismo, si bien no se priva de marcar la nocividad de “otros ismos menores
imitadores que señorean en nuestra época, como el ismo que señoreó, sin señorío, dos
veces en nuestro país en menos de veinte años” (Idem: 262). Huelga decir que la
referencia está destinada al peronismo, al cual no se nombra en todo el libro, pero sobre
el que, como se vio especial y suficientemente en el primer punto de este capítulo, giran
constantemente muchas de las observaciones del autor. “Es fácil advertir en todos ellos
un ancestral irracionalismo, esencialmente ajeno a la principal inspiración de Occidente,
opuesto a la razón, al logos socrático y a la noción de persona del Cristianismo”, y son
así entendidos en tanto “niegan toda concepción teocéntrica y toda antropología
trascendente”, dando por resultado que “estas fuerzas irracionales son verdaderamente
devastadoras y tienen en jaque al Espíritu de Occidente. Penetran todos los estratos
sociales y culturales” (Idem: 262-263). Por ello, señala García Venturini, el “Espíritu de
Occidente enfrenta a un enemigo que, con los medios que el propio Occidente le ha
proporcionado, es hoy más temible y poderoso que nunca” (Idem: 265). La tiranía
totalitaria y la kakistocracia son ese enemigo de dos caras: el totalitarismo nazifascista
y/o comunista, y el gobierno de los peores. Y es, para el filósofo, el propio “Espíritu de
Occidente” la conformación capaz de hacer frente a lo que presenta como tan decisivo
enfrentamiento, “cosmovisión que hay que poner al día todos los días y mostrarla
reactualizada y cargada de esperanzas a las nuevas generaciones, porque si bien su
fuerza radica en que es verdadera, también es menester que luzca un rostro atractivo y
una prestancia hidalga” (Idem: 268)44.
Si en García Venturini vimos la construcción de un esquema que da centralidad
a una concepción de Occidente como una totalidad cultural dinámica pero anclada en
los fundamentos de la fe y la razón, veremos ahora un modo distinto de abordar la
cuestión, que es el que aparece en la lectura de Zinn. En efecto, para el economista, y si
bien no deja de lado implicancias culturales de fortísimo acento, el eje analítico está
colocado en una materia extraña a la intelectualidad argentina de esos años: la
geopolítica. Temática que aparecía en otros autores del liberal-conservadurismo, con

44
En distintos estudios pueden encontrarse análisis que marcan la fortaleza de una clave interpretativa,
que se extendió a diversos lineamientos ideológicos, fuertemente influida por las categorías de los años de
entreguerra y luego por las de la Guerra Fría: la lucha “libertad vs. totalitarismo” aparecía tutelando
muchas construcciones discursivas inevitablemente reduccionistas. Es notable cómo, por otra parte, los
teóricos del liberal-conservadurismo se manejan, décadas luego, con mucha de la terminología que signó
los conflictos alrededor del primer peronismo, y cómo encastran esa lógica dicotómica dentro del
esquema prohijado por las concepciones bipolares propias de la Guerra Fría. Las reacomodaciones
conceptuales, empero, no hacen sino marcar la fortaleza de las construcciones dicotómicas y los
posteriores efectos de frontera, que como vimos aparecen actuando sobre tópicos diversos.

101
Grondona como más claro exponente, pero que era también una inquietud de varios
militares, como Osiris Villegas, cuya obra Tiempo geopolítico argentino apareció en la
misma casa editorial que el ensayo de Zinn que estamos analizando: Pleamar. No es
extraño que, en un contexto donde muchos de sus protagonistas políticos e intelectuales
creen estar efectivamente librando una soterrada tercera guerra mundial, un tópico como
el de la geopolítica aparezca con relevancia, máxime para hombres como Zinn, quien
considera que “el hombre es un animal geopolítico”, como reza el título de uno de los
capítulos de su obra.
“Cuando la expresión medio ambiente es sinónimo de ambiente humano designa
algo más que los lugares próximos al hombre; consiste, en realidad, en un sistema de
condiciones dinámicas que estimularán o inhibirán sus actividades individuales y serán
el marco de su victoria o su derrota”, plantea Zinn, ubicando a la Nación como medio
ambiente máximo de los hombres, a la vez que colocando a ella en un medio ambiente
superior que es el mundo (Op. Cit.: 60). En este cuadro, el también banquero postula
como central la relación del hombre con su espacio geográfico y político, a la vez que
considera clave la interacción entre cultura y medio geográfico. Para el autor la correcta
mirada geopolítica es aquella capaz de escapar de las visiones “horizontales”, creando
lo que denomina la “concepción en cruz”, donde una línea de visión “horizontal” se
cruza con una “vertical”: “En estas dos líneas de visión deben cruzarse cuatro áreas
indeludibles: en la horizontal la geopolítica del territorio sólido y la geopolítica del
territorio líquido; en la vertical, la geopolítica del territorio aéreo y la geopolítica del
territorio yacente” (Idem: 62). Dentro de tal entramado, es la cultura la encargada de dar
forma a los potenciales determinados geográficamente. Como se ve, en la ecuación de
Zinn aparece una relación entre la determinación geográfica y la cultural que hacen a
Occidente, cuya esencia, nos dice muchas páginas luego del trazado de su esquema
geográfico-culturalista, es “el régimen liberal capitalista” (Idem: 95). Al igual que con
García Venturini, notamos aquí la equiparación de Occidente a uno de sus modos
culturales centrales, sólo que esta vez estamos frente a un proceso constructivo
diferente, pues lo que en este caso relevaremos es la conformación de Occidente no por
medio de la apelación a líneas maestras, como pasaba en el discurso del filósofo
bahiense, sino por medio de la postulación de un núcleo duro que es acechado
geopolíticamente por la amenaza roja arquetípica.
Dentro del contexto en el cual dijimos que debe inscribirse la lectura de Zinn, es
decir dentro de aquellos quienes sostenían que la Argentina no sólo estaba participando

102
de una guerra sino que era además un punto clave en ella, es que podemos entender el
tipo de armado teórico que el autor realiza: primeramente, con su apelación a que
ignorar la existencia de esa guerra es perderla, y posteriormente con la puesta en juego
de dos tipos de desafíos que Occidente, tal como aquí es entendido, enfrenta: la
expansión geopolítica del comunismo y su penetración ideológica. Tópicos nada
originales, huelga decirlo, pero formulados en La segunda fundación de la república de
un modo particular.
El concepto de guerra es el eje de la interpretación de Zinn, mediante lo que
entiende como la prolongación de la Guerra Fría por parte de Rusia: para el intelectual
del liberal-conservadurismo, esta “comienza formalmente en 1947 y termina con la
visita de (Richard) Nixon a Moscú en 1972” pero si bien “es oficialmente abandonada
por EE.UU, no lo es por Rusia (…)”. Por lo tanto, “es necesario que el gobierno, las
Fuerzas Armadas y el pueblo tengan conciencia del estado de guerra y sepan que lo que
está en juego es la supervivencia de la Argentina” (Idem: 90). Como destacamos al
inicio de este punto, aparece la construcción de una identidad nacional occidental y
cristiana, que en esta mirada es la que está amenazada, por ende lo está la Argentina
misma, en tanto y en cuanto ella no es sino eso. Para Zinn hay ciertas fechas-faro que
marcan la voluntad de penetración soviética en este país: el ingreso de productos a la
Argentina durante los dos últimos años del segundo gobierno de Yrigoyen, la
concurrencia de dirigentes de izquierda a Moscú “y a las capitales satélites que están
detrás de la cortina de hierro” y la Revolución Cubana, con la cual “pocos años después
de la toma del poder castrista nace en la Argentina la guerra subversiva” (Idem: 90-91).
Luego de ese punto, Zinn ve con zozobra hechos que no duda en entender como un
avance del ideario tan temido, en un abanico que abarca desde la santificación de la
figura de Ernesto “Che” Guevara, hasta las canciones de protesta, que para él no
representan sino los modos en que el enemigo va parasitando la vida pública, ante la
indiferencia generalizada: “Por una falla imperdonable de los mecanismo culturales y de
acción psicológica, campea la ignorancia colectiva en torno de cuestiones tan profundas
como ésta de la guerra” (Idem: 92).
“Nos transformamos rápidamente en la capital meridional del movimiento
revolucionario comunista”, se alarma Zinn (Idem: 91). El enemigo es poderoso,
advierte, puesto que esa miríada de hechos que entiende como la concreción de la
amenaza es inasequible a la medianía; si ya se encargó de indicar cómo la general
desatención a tales expresiones las posibilita, ahora el ensayista no se priva de marcar

103
dónde se encuentra el eje de tal obturación: “la incompetencia política, todavía no ha
aceptado el catálogo de las armas empleadas”, con lo cual no puede ver la ley de hierro
que él desnuda, y que lleva al punto en el cual “los cigarrillos de marihuana de la
disolución comparten sitio en ella con los panes de gelamón y con las minas
direccionales vietnamitas” (Idem: 95)45.
Si bien, por obvios motivos de la temática que le atañe al libro que estamos
revisando aquí, no aparecen visiones analíticas sobre las cuestiones Occidente y
cristianismo en la pluma de Perriaux, sí puede leerse allí la validación de la categoría de
“Civilización Occidental” para el cúmulo cultural al cual pertenece, en su mirada, la
Argentina; así, podemos encontrarnos con la siguiente afirmación apenas abrimos su
obra de aplicación de las formulaciones orteguianas: “Hace ya unos cuantos años que
vengo preparando, mientras me han abrumado tareas muy alejadas de las intelectuales,
un ensayo sobre nuestro país y su posible sentido en la historia de la civilización a la
que pertenece, es decir, la Occidental” (Op. Cit.: 1). Tal pertenencia, postula el abogado,
es la que hace posible que, de extenderse hacia atrás, su racconto generacional bien
pudiera ir mucho más atrás de lo que lo hace en su estudio: “El comienzo convencional
tradicional, digamos, de 1810, al que me he restringido en este trabajo, puesto que ello
bastaba para los efectos que buscaba con él. Pero esto no impide, naturalmente, que,
hablando en serio, la historia argentina haya comenzado en realidad con la colonización
de nuestro territorio y que, si se va al fondo de las cosas, haya comenzado antes, con el
conjunto de la historia de nuestra civilización” (Idem: 3). Es decir, encontramos aquí
también la relación entre la Argentina y Occidente como pertenencia a una unidad de
sentido definida por las coordenadas culturales de este último.
La salvedad que realizamos sobre el libro de Perriaux, sin embargo, actúa al
mismo tiempo demostrando el peso de la concepción occidentalista-cristiana, en tanto y
en cuanto vemos que, en un trabajo que poco tiene para expresar sobre estos tópicos,
ellos –representados por el segundo de los términos que, como vimos, en el discurso de
los intelectuales del liberal-conservadursimo, incorpora al primero en una relación

45
Es notable cómo la temática del consumo de drogas ilegales es asimilada a las estructuras con las
cuales estos autores conciben las zonas de la cultura amenazadas: García Venturini señala que la idea de
Occidente entregada a “una orgía de desviaciones sexuales y uso de drogas” es una construcción “del
enemigo” tendiente al descrédito de Occidente en su totalidad (Op. Cit.: 278). Pese a las citas que
acreditan una lectura de bibliografía al día, no aparece en los autores ningún tipo de mirada que
contemple los varios intentos académicos, periodísticos o literarios de captar los modos en los cuales se
fueron creando nuevas pautas culturales, con epicentro en la segunda parte de la década de 1960, y en
especial entre las culturas juveniles. Allí, los cambios en la sexualidad y el uso de drogas recreativas
ocuparon un lugar central.

104
lógica y necesaria– aparecen realizando las que hemos marcado como funciones
centrales dentro de la concepción del liberalismo-conservador: una amalgama
conceptual capaz de edificar una identidad nacional, al tiempo que aparecen con
implicancias diferenciadas que, por ello mismo, otorgan un dinamismo interno
potenciador a dicha unidad. Función basamental, función trascendente: ejes en los
cuales se jugaba, para el liberal-conservadurismo, la lógica central de la construcción de
un efecto de frontera que, lejos de la inmediatez política que poseía el tema de las
masas, extendía sus cimientos hacia distancias profundas y añejas, por ello mismo
plausibles de presentarse como incuestionables, a la vez que elevaba la vista y entendía
desde ellas la historia y también desde allí se aventuraba a diseñar un futuro.

4- El horizonte desde el cenit: ideas sobre la Argentina futura, sitio y


autoconcepción intelectual
Quizá uno de los puntos más fuertes de interrogación para quien intente una explicación
acerca del rol que han jugado los intelectuales a la hora de conformar una lógica que
rodease a la del autoproclamado “Proceso”, sea la pequeña cantidad de ideas
programáticas emitidas desde la intelectualidad. En efecto, aún si el recuento fuese
mucho más allá de los límites del liberal-conservadurismo, nuestro posible investigador
no encontraría alrededor de marzo de 1976 nada parecido a la cantidad de discursos
intelectuales más o menos propositivos que podría encontrar haciendo una regresión
hacia los anteriores golpes de Estado, salvando la excepción del ocurrido en 1943,
donde el punto álgido de emisión de estos discursos sucedió una vez acaecido el asalto
institucional. Si bien es una perogrullada afirmar que la intelectualidad que conformaba
el que aquí presentamos como el principal lineamiento ideológico que ligaba
intelectuales y lógica de los sectores golpistas, es decir el liberal-conservadurismo, no
contaba en esta ocasión con nombres de la talla de los que acompañaron golpes previos,
no por ello debemos considerar que no hubo en el caso de la última dictadura militar un
proceso consecuente con esta línea.
Los motivos que han oscurecido la participación de los intelectuales, amén de
los tópicos que nos han interesado relevar en el capítulo II de esta Tesis –y que estaban
más orientados a estudiar los lugares en los cuales el ojo de las ciencias sociales estuvo
posándose–, pueden extraerse de una multiplicidad de hechos: por un lado, el golpe de
1976, al igual que el de 1966, no permite ser leído específicamente como un golpe de

105
clase, aplicación más adecuada para lo acaecido en 1930 o 1955, por lo cual no
encontraremos, entre otros factores, una participación decisiva de intelectuales
orgánicos en la senda de las ideas de Gramsci que hemos relevado en el capítulo I. Este
fenómeno lleva, entonces, a un doble borramiento de linealidades: las de los apoyos y
actores sociales que confluyen en las lógicas centrales del golpe, y por ende el de las
ideas que circulan en torno suyo. En segundo lugar, y otra vez en línea con el golpe que
depositó a Juan Carlos Onganía en el poder, estamos aquí en un ámbito social
fuertemente mediatizado, donde los medios de comunicación social aparecen con un rol
no sólo como agentes noticiosos o productores de discurso social, sino que también
comienzan, paulatinamente, a ejercer una función de reemplazo de los ámbitos
intelectuales: en tanto estructuradores de esquemas cognositivos y discursivos, los
medios argentinos, desde la veloz etapa de modernización experimentada en la década
de los ’60, comienzan a jugar un rol central a la hora de entender la composición del
posible campo intelectual y de los modos en los cuales los discursos que por él circulan
llegan a la sociedad. Este fenómeno lleva a una complejización de los tópicos que
rodean lo atinente a la formación, difusión y dinámica de los discursos intelectuales,
evidentemente mayor a la que existió en los golpes de Estado previos al que eligió
denominarse así mismo como “Revolución Argentina”46. Tercero, una falta de
definición programática dentro del propio elenco gobernante del golpismo destacada por
la bibliografía atinente, que impide en muchos momentos postular una lógica de
objetivos no ya comunes entre la intelectualidad y el último golpe de Estado, sino al
propio “Proceso”47. Es por ello mismo que, como hemos estado haciendo aquí, creemos

46
Para ver el rol de los medios de comunicación social en la Argentina a partir de la modernización
experimentada por este sector a partir de la década de los ’60, Carnevale (1999). Para análisis de sus
relaciones puntuales con la política, Mochkofsky (Op. Cit.) y Sivak (Op. Cit.). Para la construcción
discursiva en torno del último golpe de Estado, Díaz (2004).
47
Un análisis comparativo entre las lógicas cívico-militares en los diversos golpes de Estado del siglo
XX, en el artículo de Sidicaro (en Pucciarelli, Coord., 2004). Con respecto al de 1976, y más allá de las
diferencias que el propio autor se encarga de destacar, allí el sociólogo nos indica la unidad respecto a que
“todos coincidían en el antiperonismo y el anticomunismo”, pese a lo que aclara que no era este un
antiperonismo de cuño tradicional, sino que el eje Videla-Martínez de Hoz –es decir, la representación del
núcleo de ideas más ligadas al liberal-conservadurismo– ponía especial énfasis en lo social, buscando
transformar “el sistema de relaciones políticas, sociales y económicas (…)” (Idem: 90-91). En segundo
término, debemos señalar que, si bien la bibliografía marca objetivos centrales muy fuertes para la
concepción procesista –la eliminación de la Argentina populista y sus condiciones de posibilidad como el
principal–, amén de visiones claramente patentizadas, también es una lectura destacable el hecho de que
muchas de las líneas que direccionaban al “Proceso” eran poco definidas. Por ello Vezzetti afirma: “La
dictadura estuvo lejos de poder implementar un proyecto constructivo de reforma de la sociedad; lo que
hizo fue descargar una empresa de terrorismo revanchista atravesada por facciosidades y conflictos que
no demostraban una efectiva unidad ideológica o política” (Op. Cit.: 53).

106
que la idea de paralelismo es la más adecuada para la relación entre las ideas del liberal-
conservadurismo y las de la última dictadura militar.
Hechas estas aclaraciones, pensamos que el modo más conveniente de trazar los
ejes que definan las ideas sobre el futuro político que le reservaron a la Argentina los
teóricos que aquí nos ocupan será a través de un juego relacional entre esas ideas y el
lugar de enunciación, conformado este por las autorepresentaciones de los mismos
autores en cuanto intelectuales. Este último relevamiento, imposible de obviar en un
trabajo de estas características, trata de dar cuenta de un sentido profundo desde el cual
los actores entran en la trama discursiva social: el modo según el cual los propios
creadores de un tipo de lineamiento discursivo se conciben a sí mismos, su autoridad y
su rol dentro de la dinámica de la lucha por el sentido de la palabra intelectual-política.
Y en este caso, a su vez, se encuentra encastrado de manera indisociable a sus ideas
programáticas, en tanto es desde el elitismo no sólo propio de la intelectualidad que
hemos marcado como tópico constante en los análisis de distinto calibre sobre ella, sino
también del rol que cumple tal elitismo dentro de las teorizaciones del liberal-
conservadurismo como punto nodal de una concepción deseable, sana, de lo público.
A continuación, tras una reconsideración del sitio que los mismos intelectuales
del liberal-conservadurismo se asignan a sí mismos, iremos a ver sus ideas
programáticas, que hallan en tal autoconcepción su más profunda justificación.

4.a- La autorepresentación intelectual como basamento del discurso programático


Vamos a repetirlo: según el cúmulo de diversas teorías que repasamos en el capítulo I
de este trabajo, es una conclusión que las atraviesa el hecho de que uno de los rasgos
definitorios de la condición de los intelectuales sea su elitismo. En efecto, el intelectual
se forja a sí mismo como parte de un sector social donde dicha postura es un eje: el
capital de base de la intelectualidad es su conocimiento de tópicos que no son posesión
del entero conjunto social, de allí que tengamos aquí la primera pauta para entender los
motivos de tal elitismo; en segundo lugar, y sólo a los modos de trazar este diagnóstico
que no se quiere una tipificación, los intelectuales conforman un segmento estructurado
por tal elitismo: el de aquellos que poseen un acerbo de conocimientos pero también de
quienes, en virtud y función de él, interpretan, engrosan y crean ciertos patrones de
circulación social de tal cúmulo cognitivo. Dentro de tales pautas se encuentra la idea de
círculo, ya que a través de esta construcción relacional ciertos sectores de la

107
intelectualidad generan espacios acotados dentro del propio segmento social que implica
la categoría de intelectual.
Obviamente, la condición de dependencia de toda terminología analítica dentro
del ámbito de las ciencias sociales al contexto histórico en que ella aparece y se utiliza,
lleva a que el uso de términos como círculo conlleve, en el caso que estamos tratando,
un peso simbólico extra, ya que como hemos visto, la conformación de espacios
relacionales entre estos nombres atiende a una doble idea de elitismo: primeramente, las
pautas que acabamos de nombrar previamente como estructurantes de la condición
elitista de los intelectuales; pero, fundamentalmente, en segundo lugar vemos que,
frente a las condiciones socio-políticas imperantes en los años en los cuales se asientan
las lógicas del campo intelectual que analizamos en el capítulo II de la Tesis, estamos
ante una situación de reforzamiento del elitismo, en tanto nuestros autores conforman
círculos propios que entran en relación con otros ámbitos posteriormente, y desarrollan
desde allí la función de intelectuales no sólo analistas sino programáticos. A diferencia
de muchos nombres propios inmediatamente asimilables a ciertas ideas de la última
dictadura militar –pensar en artistas, periodistas, locutores, cuyos tópicos entran en
relación directa con la fraseología procesista– aquí tenemos que el ámbito macro de la
política no aparece reducido a una estrategia de enunciación, sino que, retomando las
categorías de Bauman, tenemos un proceso donde el discurso aparece de la mano de
intérpretes en un sentido amplio, a la vez que legisladores48. Juez y parte, entonces,
como la doble función de estos teóricos, que se liga no sólo a los modos en los cuales se
leen los roles de los intelectuales como sector social autónomo, sino también como uno
de los diversos núcleos discursivos de un proceso histórico49.
Relevamos ya, anteriormente, cómo la idea de elitismo aparece de modo
basamental en las concepciones de los autores que estamos trabajando. Ahora bien, sería
un trazo demasiado grueso remitir su autorepresentación como intelectuales a una

48
Piénsese que frases inmediatamente asimilables a la retórica procesista como “Los argentinos somos
derechos y humanos” no provenían de los ámbitos intelectuales, como sí lo hacían otras como la previa
“Achicar el Estado es agrandar la Nación”: el “Proceso” tuvo en su órbita una gran cantidad de aportes
discursivos, que transformados en suertes de máximas son un claro ejemplo de cómo los ideólogos o
apoyos civiles contribuían a la fraseología oficial sin que detrás de ello hubiera un proceso constructivo
asimilable al que estudiamos aquí en el caso intelectual. Creemos que de ese modo se prueban, por un
lado, las líneas directrices de un clima cultural convergente con la lógica procesista, a la vez que se hace
evidente la complejidad, la multiplicidad, de la palabra en el espacio público aún en situación dictatorial.
49
Amén de los mencionados trabajos de Álvarez y Morresi, el rol de la intelectualidad durante el
“Proceso” se ha visto enriquecido por trabajos que la tocan generalmente de modo tangencial,
básicamente ligada al rol de los economistas en la reformulación de corte neoliberal de la economía:
Beltrán (2005), o los artículos de Canelo y Heredia (en Pucciarelli, Coord., Op. Cit.).

108
sencilla fórmula “elitismo + condición intelectual = autorepresentación”. Como se
desprende de lo que hemos estado destacando, el elitismo debe entenderse aquí como
una operación multiforme que va pregnando de significado el camino de ida y vuelta a
la autoconcepción.
Tres puntos del discurso de la intelectualidad del liberal-coservadurismo brindan
ejes para entender cómo estos teóricos conciben su lugar de enunciación. En primer
lugar, su análisis del proceso histórico argentino como desviado de cánones correctos o
deseables: esta postura de intelectual legislador a la vez que remitente a una concepción
teleológica de la historia, se asume desde una autoconstrucción donde el ensayista deja
de lado su condición de analista para colocarse en un sitio normativista, desde el cual
traza leyes históricas que han sido vilipendiadas por el avance de las expresiones
sociales, culturales o políticas por ellos denostadas, fundamentalmente mediante la
masificación de una actividad elitista como la política y las consecuencias derivadas de
ello.
Segundo, una mirada que aparece permanentemente en García Venturini, en
medida menor pero aún muy repetidamente en Zinn, y que tiene en Perriaux su punto
más modesto, que es aquella que se dedica a analizar los contenidos destacados como
verdaderos de cierta terminología o concepciones, para luego mostrar cómo en el
conjunto social o las interpretaciones pretendidas como corrientes estas se transfiguran
u olvidan. Aquí, el intelectual busca restituir al lenguaje político un significado que la
dinámica social pareciera haber extraviado o deformado, desde una lectura que
privilegia concepciones unilaterales y a la vez cerradas: la palabra no es sino lo que ha
sido, obturándose el accionar histórico y social sobre ella. La lucha por el sentido, aquí,
es uno de los modos de arrancar a la política la posibilidad de hacer de las palabras
factores dinámicos: el intelectual elitista las recupera para sí, en una operación de
incautación del sentido validada por su propia condición en tanto intelectual. El punto
central es el que García Venturini se encarga de dejar más que claro, cuando se ocupa
de alertar acerca de las condiciones de claudicación que implica el ceder términos al
enemigo (Op. Cit.: 63).
Finalmente, y como modo de encastrar este apartado con el siguiente, las ideas
programáticas de estos teóricos se colocan dentro de su autorepresentación como el
punto en el cual el intelectual provee a su tiempo de vías por las cuales el futuro, para
ser venturoso, deberá transitar. Convergen en este sitio tanto las lógicas generales que
expusimos al inicio del apartado, como los dos puntos relevados recientemente, para

109
conformar una argamasa discursiva que, al igual que ha sucedido con las pautas
mayores de la concepción procesista, puede ser resumida por el esquema que brindan
Novaro y Palermo en su ineludible trabajo sobre el “Proceso”: “En síntesis, la
profundidad de la crisis política, económica y social que proporcionó el marco y las
‘razones’ del golpe, y las enseñanzas que los militares y las elites civiles habían extraído
de los sucesivos fracasos en que concluyeran los intentos ordenancistas previos,
confirieron al Proceso una radicalidad en el diagnóstico y una amplitud de miras nunca
antes alcanzadas. De allí que la nueva irrupción militar no reprodujera meramente el
patrón de conductas cultivado por las Fuerzas Armadas y las elites políticas y
económicas desde los años treinta” (Op. Cit.: 43).
Para los intelectuales que estamos estudiando, entonces, es central el recurso de
marcar caminos o modos deseables por donde la política debería transcurrir, sumado a
la postura de intervención sobre el lenguaje político y la operación de estigmatizar
diversas expresiones sociales o modos de politización e intervención en lo público. Se
ejecuta, así, una confluencia sobre un núcleo que expresa la voluntad –y la certeza de
poder cumplir el objetivo– del intelectual de colocarse, junto con sus ideas, más allá de
la política entendida como conflicto o puja. Por ello mismo, se refuerzan dos líneas que
hacen a la figura del intelectual legislador: el sujeto que posee un conocimiento clave de
lo público en tanto él guarda los verdaderos significados de la palabra política, y su
acción sobre la sociedad a la cual busca esclarecer una vez signado el extravío. Se
rompe, por concepción y acción, la puja por el capital cognitivo y su peso en lo público,
en tanto aquí los teóricos se autoconciben como guardianes de la verdad política. No
están ante un debate sino frente a una tarea de esclarecimiento de lo que aparece
deformado por la dinámica social.
Si bien podría motejarse este tipo de operación como despolitizadora, lo que más
bien ella implica es una supresión de lo heterogéneo, una convergencia hacia un solo
signo: la política elitista entendida como único sentido posible de un modo verdadero y
por ello sano de actuar sobre lo público. En este proceso, tal heterogeneidad es liquidada
y por ende el conflicto desaparece soterrado bajo el imperio de lo que se postula como
la uniformidad de la razón política. No es un sentido de cientificidad lo que justifica
esta intervención, sino un criterio de verdad conceptual que estos intelectuales buscan
devolver al extravío político que ven operar en la sociedad. Si, como plantea Suasnabar,
una mirada de “optimismo” encontró en el desarrollismo y la reformulación científica
del conocimiento social la solución al atolladero histórico (2004: 42-43), en la

110
intelectualidad del liberal-conservadurismo, bajo las coordenadas fuertemente marcadas
por su pesimismo antropológico, no aparecían sino soluciones clausurantes que
retrotraían lógica de lo público a un significado único.
Si el diagnóstico de los males al que se referían previamente Novaro y Palermo,
en su versión del liberal-coservadurismo, ya lo hemos trazado en los puntos previos,
veremos ahora las facetas propositivas en el cual este discurso buscó trazar las vías de
escape a lo que leyeron como el punto de fuga de la decadencia argentina.

4.b- Refundar la Argentina: planes y lógicas


Hemos visto, en el citado trabajo de Morresi, cómo allí el politólogo consideraba
la inextrincable ligazón entre el proyecto de Perriaux –entendido aquí como el nombre
propio que representaba una corriente ideológica– y el de la última dictadura. Si en esta
Tesis apoyamos esta idea, es porque creemos que precisamente en tal aporte de los
sectores intelectuales se hallan claves que han sido tan basamentales para la
construcción de la cosmovisión procesista como desatendidas a la hora de efectuar un
balance de las convergencias discursivas hacia la matriz ideológica que signó el último
golpe de Estado.
En la visión de Novaro y Palermo, el proyecto de la última dictadura tenía como
punto nodal “refundar el ethos de la sociedad”, en tanto ello implicaba la eliminación de
“la Argentina populista” (Idem: 37). Ordenar la sociedad implicaba quebrar las que eran
vistas como las bases de la “subversión”: el modelo populista y sus lineamientos
sociales, políticos y económicos. Revanchismo histórico clasista y mesianismo se
conjugaban en medio de un diagnóstico que excluía a la propia sociedad de su
refundación, puesto que ella estaba enferma. Las visiones elitistas, que operaban una
concepción de las masas que llevaba a su anatemización, que hemos analizado en la
pluma de los intelectuales del liberal-conservadurismo, convergen en este modelo: el
populismo como punto de extravío de la democracia, como ceguera colectiva, a la vez
que por ello mismo como confirmación de una enfermedad que la sociedad reproducía
en su seno y de la cual sólo se estaba a salvo con un sentido aristocrático de lo público.
La visión teleológica y la lectura mesiánica, entonces, como bases capaces de sostener
la idea de decadencia con la cual se leía el proceso histórico del país, y que bajo iguales
cánones llevaba a plantear soluciones de idéntico cuño.

111
El título del capítulo que cierra La segunda fundación de la república
“Propuesta para los ochenta”, marca que Zinn no tenía dudas en cuanto a su función de
intelectual propositivo, y que a la vez el esquema generacional de Perriaux, como ya
destacamos, llevaba a la idea de una nueva generación del ’80: para el economista, el
trabajo de su compañero de ruta “otorga inteligibilidad a la historia argentina”, y deja a
las claras que “estamos entonces en plena generación del ochenta. Si sus protagonistas
se convencen de que nada se logra con costo cero y toman a su cargo el liderazgo real,
que incluye la tarea de guiar al pueblo –para el bien común– hacia los fines más
convenientes para la nación, las sucesivas generaciones podrán realizar lo que hasta
ahora no hemos sabido hacer: una nación segura de su identidad y de significación en el
mundo” (Op. Cit.: 186). Este sugestivo párrafo del cofundador de la Fundación
Pellegrini contiene una variedad de elementos altamente representativos de la postura
con la cual la intelectualidad liberal-conservadora se veía a sí misma y su rol como
diagramadores de un futuro: el elitismo que implica ser guías del pueblo, la concepción
contraria a las masas –estas, hechas pueblo, deben ser guiadas–, la frontera identitaria y
la conformación de una identidad nacional.
Antes de seguir con el camino que traza el economista y que es el más apto para
aprehender esta temática según la lectura del liberal-conservadurismo, volvamos
momentáneamente a Perriaux, para entender cómo su proyecto generacional actúa
dentro de esta concepción estructural propositiva del liberal-conservadurismo.
Entendida según los cánones propios de Ortega y Gasset, más la lectura que de ellos ha
hecho Marías, especialmente significativa para estos autores, la idea generacional
implica concebir que las generaciones, como acertadamente resume Morresi,
“conforman un cuerpo social íntegro y plural (los miembros de una generación no
piensan igual, pero sí de forma compatible), con su elite y con su muchedumbre, y un
compromiso dinámico entre masas e individuo” (Op. Cit.: 6). Es decir, para comprender
los alcances de esta mirada, debemos notar cómo una concepción de este tipo lleva a
leer un proyecto como el del liberalismo-conservador como necesariamente estructural
y marcado por líneas directrices estáticas que implican roles diferenciados para elites y
muchedumbres, individuos y masas: de allí el elitismo de nuestros autores a la hora de
su faceta propositiva y la íntima relación de este con su autorepresentación como
intelectuales.
Zinn elabora, como modo de ordenar una serie de confluencias de ideas y
acciones negativas, una enumeración de lo que entiende como los errores de los

112
distintos sectores que han gobernado el país: el liberalismo, el populismo, el
desarrollismo, los militares, y también de quienes denomina “francotiradores o no
alineados” (Idem: 190). Tal cuadro da como resultado las “opciones en marcha” de la
hora, donde el autor señala: “El 24 de marzo de 1976 asume un gobierno militar en
reemplazo de un gobierno populista demagógico. Posiblemente en ningún caso anterior
hubo tanto consenso sobre la necesidad de un cambio brusco, de una interrupción
abrupta” (Idem: 191). Si bien Zinn se encarga de aclarar que una vez en el poder las
Fuerzas Armadas comienzan a enfrentar los desafíos que las han hecho fracasar
previamente, y que la sociedad y los propios uniformados no deben reducir su rol al de
la lucha contra la “subversión”, luego retoma la línea central de su diagnóstico: “Los
políticos populistas no tenían en marzo de 1976 solución alguna para brindarle a la
Nación, como no la han tenido en los últimos sesenta años”, y por ello, ante la
decadencia argentina y sus desafíos, “deben las Fuerzas Armadas tener la seguridad de
que solo ellas los resolverán y que a ellos les cabe colocar los fundamentos para la
transformación nacional definitiva” (Idem: 193). Pese a ello, el autor se muestra
escéptico de una solución parcialista que implique una salida concentrada en una de las
dos alas de las Fuerzas Armadas: “blandos” o “duros” –básicamente, retoma la tipología
de azules y colorados–, sino que se necesita una respuesta unívoca: “Para oponerse a la
línea populista se requiere un esquema que explique cómo va a ser gobernado el país en
el futuro” (Idem: 196). A ello dedicará Zinn las últimas páginas de su obra, que
desglosaremos ahora.
Tomando la relación kantiana entre libertad, ley y fuerza, Zinn nos señala que
“Kant imaginó varias combinaciones de fuerza-ley-libertad. Por ejemplo, la ley y la
libertad sin la fuerza constituyen la anarquía. La ley y la fuerza sin la libertad
configuran el despotismo. La fuerza sin libertad y sin ley es simplemente la barbarie.
Sólo cuando la fuerza actúa junto a la libertad y la ley, tenemos las bases de una
república” (Idem: 197). Ahora bien, una vez trazado nuevamente el esquema que
confiere a la Argentina una identidad occidental y cristiana “totalmente europea” en
cuanto a su conformación étnica y cultural, que se ve amenazada por “el auge del
populismo”, más factores como “la subversión y el caudillismo” y los errores de los
diversos sectores políticos intervinientes en la vida pública (Idem: 197-200), el desafío
aparece en manos de la salida que las Fuerzas Armadas “que hoy son el único custodio
de la Nación”, logren con la “definición sin apresuramiento de un futuro político
paulatino y (de un) controlado funcionamiento institucional” (Idem: 201). Carlos

113
Alberto Quinterno, un intelectual del mismo lineamiento ideológico, caracterizaba la
“crisis argentina” como una situación pendular en la cual las Fuerzas Armadas actuaban
cuando el populismo radical o peronista llevaba al país a “situaciones-límite”, de las
cuales 1976 era la culminación (1977: 7 y ss., 323 y ss.). Al igual que él, Zinn
encontraba en las Fuerzas Armadas el camino de salida una vez realizada una
intervención entendida como inevitable.
¿Cómo se alcanzaría, entonces, para Zinn, tal objetivo? Primeramente, con una
acción paulatina de las Fuerzas Armadas en cuanto a agente de apertura del nuevo ciclo,
el cual debe, además de responder a criterios republicanos basados en el esquema
kantiano según su acepción zinneana, tomar en cuenta líneas de veto: “los partidos,
candidatos y plataformas, deben ser previamente compatibilizados con los objetivos
nacionales”; “los sindicatos, agremiaciones patronales, obras sociales y asociaciones
estudiantiles y profesionales, deben tener amplia libertad para actuar en defensa de
derechos gremiales o mutuales”, pero sin “afiliación obligatoria ni aporte compulsivo”,
a la vez que “ninguna de estas asociaciones podrá actuar políticamente”; “no se
permitirá proselitismo marxista en lo partidario o sindical”. Para ello, el autor propone
que “debe crearse un Consejo de Garantía de la República (C.G. R.), que dé el visto
bueno a los candidatos a Presidente y legisladores, en la cuestión atinente a la no
infiltración marxista y a la seriedad política para eliminar el peligro de nuevas aventuras
populista-marxistas”. Este órgano “estará integrado al principio, por los comandantes de
las Fuerzas Armadas y luego por los futuros presidentes electos que hayan cumplido su
mandato” (Idem: 202). Dentro de las demás competencias de esta instancia institucional,
Zinn propone el poder de veto y remoción de funcionarios, el poder de veto de
legislación durante las tres primeras presidencias posteriores a la primera, la capacidad
de supervisar el contenido ético, político y geopolítico de la formación cultural. A su
vez, postula que los gobernadores sean elegidos por el presidente con acuerdo del
Consejo, el cual dejará de contar con integrantes de las comandancias militares una vez
cumplidas tres presidencias sucesivas y en vistas de que el país haya llegado a un nivel
de habitantes y de producto bruto determinados (Idem: 202-203). Estos son, para el
economista, “los recaudos que nos permitirán conciliar la fuerza con la libertad y la ley,
y cumplimentar en el futuro, la definición kantiana de república” (Idem: 203).
Como bien indica Morresi, es posible la lectura de la intelectualidad del liberal-
conservadurismo desde el ángulo de lo ético-político (Op. Cit.: 1). Mirar tal ámbito del
discurso de esta corriente, generalmente dejado de lado en los pocos casos en que se han

114
estudiado intelectuales ligados a la última dictadura es hacerlo hacia una amplia
variedad de tópicos confluyentes en una lectura del mundo que conforma el juego
discursivo entre dos tipos de miradas: la del intelectual intérprete y la del intelectual
legislador, en un registro que elude la división propuesta por Bauman y coloca, como
hemos señalado ya, a estos autores dentro de un muy especial conjunto de teóricos.
En el caso del programa de Zinn, este implica recurrir a las salidas ya descritas,
las que buscan un resultado que permita que “se manifiesten nuevamente aquellas dotes
de responsabilidad, seguridad, grandeza de espíritu, solidaridad y espíritu nacional que
caracterizaron al hombre argentino e hicieron la República. Alrededor de tales
características habrá que construir el o los nuevos movimientos que orienten la
participación política del pueblo en el quehacer público” (Op. Cit.: 203). Sobre tal
concepción se apoya la propuesta final de Zinn: la reforma constitucional, en tanto y en
cuanto la Constitución de la República Argentina aparece en el momento como “uno de
los mitos argentinos”, impotente ante los hechos de la vida pública y del momento en
que el libro se escribe. La refundación, La segunda fundación de la república, no estaría
completa, entonces, sin un espíritu que entienda y ponga en acto que “en 1853 los
triunfadores no dudan sobre la necesidad de dar al país una nueva Constitución, ya que
la anterior no se aplicaba./ En 1977 los triunfadores de marzo de 1976 deben tener la
misma convicción” (Idem: 223)50.
Hemos marcado ya la íntima ligazón entre las ideas de Perriaux y los
lineamientos generales del autodenominado “Proceso de Reorganización Nacional”.
Pero debemos ir más allá y volver a retomar el influjo de la metodología orteguiana en
este autor, y destacar cómo la visión del abogado da lugar a la creación de proyectos
estructurales: en efecto, Perriaux propone un esquema de largo alcance que lleve hacia
la Argentina del año 2000, el cual debe “establecer con toda claridad las metas que nos
proponemos alcanzar para entonces como nación”, elaborarse luego “un programa
completo, y flexible a la vez” que permita llegar a tales metas (Op. Cit.: 74). La lógica
generacional aparece aquí por medio de los esquemas relacionales que ya hemos
marcado al abordar el discurso del autor de Las generaciones argentinas: propone que

50
Es evidente que este tipo de planteos no sólo muestran en Zinn la esperanza puesta en las bondades
atribuidas al rol del “Proceso”, sino que se desprende de ellos una lectura del economista donde se
percibe un profundo conocimiento de las diferencias internas que sacudían a los uniformados y sus
aliados civiles. Sobre los conflictos al interior de la última experiencia autoritaria, ver especialmente
Novaro y Palermo (Op. Cit.) y Quiroga (Op. Cit.). Para una historia de los conflictos intramilitares,
Potash (Op. Cit.) y Rouquié (Op. Cit.). Para una interesante interpretación de ellos, debido al rol de
militar y sociólogo de su autor, García (Op. Cit.).

115
los primeros años que median entre 1970 y 2000, sean usados para establecer una
alianza generacional, puesto que el período, donde “reinarán solo dos generaciones” lo
cual “simplificariá mucho la tarea”, pero a la vez cambiando el eje de la periodización
se vería que bien podrían ser tres: la de 1960-1975, la de 1975-1990 y la de 1990-2005.
Hagamos un aparte. Es bien sabido que la última dictadura militar y muchos de
sus socios civiles se habían propuesto regir los destinos de la Argentina más allá del año
1983 en que efectivamente colapsó el “Proceso”. Más allá de los documentos
dictatoriales que así lo prueban, el plan estructural de Zinn antes expuesto y también la
lectura de Perriaux refuerzan esta concepción. En efecto, en la propuesta del convocante
del “Grupo Azcuénaga” aparece un horizonte amplio donde la alianza generacional se
extiende en su “reinado”. Los planes de su entorno marcan a las claras esta vocación: el
propio Perriaux señalaba en una conferencia de prensa que, si bien no hablaba de negar
el proceso eleccionario hasta tales fechas, el rumbo era el de un proyecto que debía
extenderse al nuevo siglo, y coincidir con el bicentenario de la Nación en 2010
(ministerio del Interior, 1980). Pero lo central, más allá de fechas, es ver que para el
liberal-conservadurismo debía llevarse a cabo una compleja operación temporal que
implicase una remodelación completa de la sociedad argentina, de la cual el “Proceso”
era un paso inicial, cuyo espíritu y bases eran las adecuadas para ejecutar dicha tarea51.
Para ponerlo en la terminología de García Venturini, este operación implicaba
desterrar la “kakistocracia” para llegar a la verdadera República, para lo cual debía
establecerse, según lo reconocía Perriaux, que “no lleguen a determinados cargos
hombres o mujeres que a priori se sepa que no los van a poder desempeñar”. Sin
embargo, va de suyo que esta remodelación implicaba para las voces del liberal-
conservadurismo desterrar la matriz populista: desarmar los modos en los cuales se leía
que la sociedad “enferma” había resuelto la vida pública. Para patentizarlo en las
palabras de Benegas Lynch en uno de los encuentros en el ministerio del Interior, “por
haber sobreestimado el valor de la voluntad mayoritaria, pronto la democracia comenzó
a degenerar como consecuencia de haber caído en la falacia de que las mayorías son
omnipotentes y omniscientes (…). Porque la ansiada unión nacional no consiste en

51
Ver los documentos incluidos en la bibliografía, y los presentados por Vázquez (1984), que además
permiten un recorrido por diversas posturas sobre cuánto debería durar la experiencia autoritaria y cómo
debería regular sus instancias para dar lugar a la anhelada nueva República. Es especialmente importante
para nosotros lo expresado por los documentos que reúnen las opiniones de diversos intelectuales en las
por entonces típicas reuniones en el ministerio del Interior comandado por el Gral. de Brigada Albano
Hardindeguy: ellos permiten ver las coincidencias en lo macro tanto como las diversas posturas barajadas
por los uniformados y sus apoyos civiles.

116
unirse con cualquiera para cualquier cosa. Por el contrario, ella supone necesariamente
exclusiones que responden a un imperativo ético y están en armonía con la exigencia
constitucional de la idoneidad para la función pública” (ministerio del Interior, 1980).
Para García Venturini también debía encontrarse una vía para romper con la
asechanza de la “kakistocracia”. Constata alarmado que “en nuestros días todos se
autodenominan democráticos y casi no hay quien se diga aristocrático; este término
puede sonar casi a un insulto. Y esto es muy grave. Porque al socaire de los términos
mal empleados, se ha ido perdiendo el sentido de lo mejor, desplazado paulatinamente
por el conformismo ante lo mediocre y aun, de hecho, por la aceptación de lo peor” (Op.
Cit.: 308). Y que por ello mismo se hace patente la “peligrosa tendencia de nuestro
tiempo de mediocrizar, de igualar por lo más bajo, de apartar a los mejores, de aplaudir
a los peores, de seguir la línea del menor esfuerzo, de sustituir la calidad por la
cantidad”, y es en el populismo donde el filósofo bahiense ve la cima de tal desvío hijo
de su tiempo: “Sólo el populismo actual, que no es democrático sino totalitario, adjura
del ideal aristocrático y entroniza a los inferiores” (Idem: 309).
Como señala Quiroga, las Fuerzas Armadas –y, agreguemos, también los
sectores que se imbrican a ellas–, “en 1966 y en 1976 procuran –desde un nuevo tipo de
golpe de Estado– reestructurar la sociedad y el Estado argentinos” (Op. Cit.: 42), sólo
que en esta última experiencia, como acertadamente aclaran Novaro y Palermo, había
una clara conciencia de los puntos que no debían repetirse de la anterior experiencia
autoritaria (Op. Cit.: 26-27). En este diagnóstico apoyaban su pretendida validez los
proyectos elitistas, que, como destacamos, estaban cerrados para la sociedad “enferma”
y los modos en los cuales ella actuaba en la dinámica de lo público.
Retomando la idea de Lewis que citamos en la introducción, hemos recorrido
desde esas páginas un camino que ha tratado de probar que el ala de derecha del
liberalismo argentino, que aquí analizamos como liberal-conservadurismo, no estuvo
dividida en una línea dura y otra moderada. Creemos, contrariamente, que los objetivos
que el autor estadounidense fija para una y otra, una larga dictadura y el establecimiento
de un régimen político restringido, respectivamente, eran una unidad que debía actuar
en ese orden, en una operación propia de la concepción ideológica que elegía bautizar a
su solución autoritaria como “Proceso de Reorganización Nacional”, proclamando su
linaje con el liberalismo-conservador del siglo XIX y buscando finalmente erradicar la
política de masas.

117
Hija de un lineamiento ideológico fuertemente arraigado en la cultura política
argentina, la lectura del liberal-conservadurismo no puede, sin embargo, despegarse de
las secuencias de funcionamiento de un sistema político cuya marca central era el
pretorianismo: todo lo contrario, en la sumatoria de estas dos grandes líneas directrices
es donde debemos buscar la lógica que impulsaba las ideas de la intelectualidad liberal-
conservadora en pos de ir hacia una resolución dictatorial de lo público. Allí, en ese
cruce entre vectores político-culturales, y el rol que debería tener en tal marco el
“Proceso”, es donde se definían las condiciones de posibilidad de esa expectativa
mesiánica que Yanuzzi denominó agudamente como el “reordenamiento ideológico del
país” (Op. Cit: 107), cuyas condiciones de posibilidad, tanto como sus consecuencias,
nos han llevado a emprender este camino analítico que buscó a la intelectualidad del
liberal-conservadurismo argentino, como dice en su título, entre la obturación
retrospectiva y las lógicas de la última dictadura militar.

118
“Creer en los libros como medio de acción o no creer
es ante todo eso: creer o no creer.”
-Gabriel Zaid

CONCLUSIONES GENERALES
Objeto de estudio de miradas que proceden desde los diversos campos de las ciencias
sociales y las humanidades, tanto como desde las narrativas periodísticas y literarias, los
intelectuales han sido un foco de interés de las sociedades modernas al mismo punto en
que la lógica de estas los transformó en un nuevo concepto y en nuevo grupo social
inescindible, desde el “caso Dreyfus” en adelante, de las vicisitudes que ellas
atravesaron. Se los leyó desde ópticas tradicionales o generalistas, desde visiones
clasistas o desde parámetros sociológicos. Se los indagó y se los relató. Eje evidente de
las actuales construcciones analíticas, los discursos y las lógicas intelectuales aparecen
como inseparables de los procesos históricos en los cuales ellos se insertaron. La
palabra pública pareciera estar incompleta sin la apelación a aquellos que hacen de su
función cultural el detentar un acerbo de conocimientos que transforman en su capital
social, y que a partir de él se configuran como tales, como intelectuales, en el espacio
público.
Además de realizar un racconto de las principales corrientes y teorías que se
encargaron de analizar la cuestión de la intelectualidad en las sociedades modernas, a
fin de graficar uno de los ejes de la multiplicidad de variantes analíticas que el
fenómeno de los intelectuales convocó en torno suyo, esta Tesis se propuso el abordaje
de un caso específico: la intelectualidad del liberal-conservadurismo argentino y su
relación con las lógicas de la última dictadura militar, la que eligió denominarse a sí
misma como “Proceso de Reorganización Nacional”. Para ello hemos optado por
establecer, luego del mencionado relevamiento, una relación entre los patrones centrales
de estudio que conformaron el estado de la cuestión de la intelectualidad argentina en
los años precedentes a la instauración de la última experiencia autoritaria, a fin de
elucidar las condiciones que han hecho posible lo que aquí denominamos la obturación
retrospectiva de tales autores. Creemos que justamente la existencia de tal condición
hace necesario este paso previo al análisis de las ideas de los teóricos del lineamiento
ideológico que aquí nos ocupó, como parte integrante del esquema de estudios sobre las
lógicas de la última dictadura militar. En efecto, como ya hemos señalado, hubo tres

119
grandes vertientes a la hora de buscar dilucidar la faceta ideológico-discursiva del
gobierno que usurpó el poder el 24 de marzo de 1976 y sus apoyos civiles: las ideas
dentro de las propias Fuerzas Armadas, las que llegadas desde la Iglesia Católica
confluían con ellas, y las que venidas desde el mundo político-partidario realizaban el
mismo trayecto.
Este trabajo, junto con otros a los cuales hemos recurrido en los capítulos
precedentes y con otros pocos pero valiosos estudios que pueden encontrarse en la
bibliografía presentada luego de estas páginas, busca ser un aporte a un segmento que
durante años fue dejado de lado como objeto de análisis: las ideas de los intelectuales a
la hora de expresar lógicas capaces de ser puestas en sintonía con el marco ideológico-
discursivo del “Proceso”. La Tesis que aquí concluye busca ser un paso más en esa
dirección, esperando ser un aporte a ese pequeño corpus analítico, y de modo alguno la
consideramos capaz de agotar la problemática, en caso que ello fuese posible.
Como dijimos, dos han sido las preocupaciones centrales de este estudio: recrear
las condiciones que llevaron a la obturación retrospectiva de los intelectuales que nos
han ocupado –de sus ideas, sus relaciones, sus lineamientos ideológicos– y analizar sus
discursos como parte integrante de una lógica mayor: la del liberal-conservadurismo, y
a esta como camino de ingreso en el espectro ideológico-discursivo del “Proceso”. En
ese sentido, hemos postulado que la falta de participación de los intelectuales que
hemos analizado dentro de las lógicas de estructuración que regían el campo intelectual
apareció como uno de los grandes motivos para su obturación: las batallas por el capital
y la legitimación aparecieron dadas por intelectuales ligados al progresismo o al campo
popular, al tiempo que ciertos esquemas conservadores se extremaban hacia la derecha
de carácter ultramontano, con lo cual los intelectuales de raigambre liberal quedaban
alejados de ambos procesos. Es decir, no aparecían en la lucha por la reorganización del
conocimiento social, ni contruyendo órganos de expresión o participando de ciertas
expresiones arquetípicas de la derecha más visible. Sus espacios, en cambio, aparecían
dados por la pertenencia a redes cerradas que luego se integraron a los apoyos civiles de
la última dictadura. A esta falta de concurrencia de los intelectuales del liberal-
conservadurismo dentro de los esquemas rectores de la época, se sumaban las
condiciones del propio campo intelectual imposible de ser captado según una
sistematización bourdiana. Finalmente, lo ínfimo de las posiciones de estos teóricos
dentro de las líneas directrices del tablero intelectual de la época, determinado este por

120
los procesos que hacían una suerte de eyección de tales autores, acababa por conformar
las condiciones para tornarlos invisibles en las construcciones retrospectivas.
Pero ello no debe borrar, sino contrariamente fortalecer su ligazón con el
conjunto de ideas que confluyeron con la lógica de la última dictadura militar: una
visión decadentista de la historia argentina que encontraba su punto de inicio alrededor
de la democracia de masas, en tanto estas expresaban el quiebre de la política de cuño
aristocrático y amenazaban al estimado elitismo por medio de las desviaciones del
populismo. En él se patentizaba, para los intelectuales del liberal-conservadurismo, la
misma verdad que emitían los totalitarismos: el desvío de la razón política por medio de
la masificación. Contra las masas, entonces, se creaba un efecto de frontera que las
colocaba como otredad, y que en su extremización las llevaba a la condición de
enemigo, en una concepción que excedía lo político para llegar al punto límite de una
antropología negativa como colofón de una genealogía de la violencia actuante en una
lectura dicotómica de lo público.
El efecto de frontera, empero, no se detenía con la construcción de la otredad de
las masas, sino que, bajo la idea de estar siendo parte de un enfrentamiento definitivo
entre el Occidente cristiano y sus enemigos, se creaba una idea de tipo nacional definido
por las implicancias de Occidente y el cristianismo como ejes basamentales y
trascendentes respectivamente, pero mediante un procedimiento retórico amalgamador
que los colocaba como necesariamente ligados a la vez que intercambiables en sus
funciones discursivas. Inseparables entre sí, ambos tópicos aparecían a la vez
indisociables de la verdad argentina, con lo cual se conformaba una unidad de sentido
capaz de especificar las condiciones de la erección de esa frontera que, lejos de la
inmediatez política que implicaba el problema de las masas, extendía sus cimientos
hacia distancias cuya profundidad las hacía plausibles de presentarse como
incuestionables, y por ello mismo desde allí podía elevarse la mirada para captar la
historia y atreverse a diseñar un futuro donde las amenazas hubieran sido conjugadas.
Si la operación que los teóricos liberal-conservadores ejecutaban en su doble rol
de legisladores e intérpretes no era a sus ojos aventurada, se debía a que sus
autorepresentaciones en cuanto intelectuales estaban ligadas a las pautas de sus
concepciones elitistas, las cuales por esa misma lógica estaban lejos de poder entenderse
como un elemento en una sumatoria lineal que diera por resultado dicha
autoconcepción. Desde allí, se proponían acabar con el gobierno de los peores, para
llegar a la verdadera República: aquella que desterrase la matriz populista, desarmando

121
los modos en los cuales había resuelto lo público una sociedad “enferma”. El golpe de
Estado que eligió rotularse como “Proceso de Reorganización Nacional”, estableciendo
obvias relaciones de correspondencia con el liberal-conservadurismo decimonónico, era
el primer paso práctico. El teórico, para quienes, como postula el poeta y ensayista
mexicano en el epígrafe, creemos en los libros como medio de acción, estaba ya
iniciado.

122
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Aclaraciones: En el caso de trabajos grupales o compilaciones consignamos la obra
total cuando se hayan usado más de dos artículos, caso contrario destacamos los aquí
utilizados. Las fechas de imprenta de todos los trabajos remiten a las ediciones con las
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Ministerio del Interior: “Prosiguió hoy el dialogo en el ministerio del Interior”.
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