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6.

Colecistitis Aguda
Los exámenes de laboratorio casi siempre demuestran leucocitosis; el aumento
de bilirrubina corrobora la ictericia lo mismo que la detección de elementos
biliares en la orina.

La bilis es un líquido secretado por el hígado que contiene colesterol, sales biliares y
productos de desecho como la bilirrubina. Las sales biliares ayudan a la digestión de las
grasas. La bilis sale del hígado a través de las vías biliares y se concentra y almacena en
la vesícula hasta ser liberada en el intestino delgado, después de una comida, con el fin
de ayudar en la digestión de las grasas.

Cuando las vías biliares se obstruyen, la bilis se acumula en el hígado y se desarrolla


ictericia (color amarillo de la piel) a causa de la acumulación de bilirrubina en la sangre.

Entre las causas de obstrucción de las vías biliares están las siguientes:

 Cálculos biliares
 Tumores de las vías biliares o del páncreas
 Otros tumores que se han diseminado al sistema biliar
 Traumatismos como lesiones por cirugía de la vesícula
 Quistes en el colédoco
 Agrandamiento de los ganglios en el hilio hepático
 Inflamación de las vías biliares

Entre los factores de riesgo se pueden mencionar:

 Antecedentes de cálculos biliares, pancreatitis crónica o cáncer pancreático


 Cirugía biliar reciente
 Cáncer biliar reciente (como el cáncer de las vías biliares)
 Traumatismo abdominal

En pacientes inmunodeprimidos, la obstrucción puede ser causada por infecciones.

Síntomas Volver al comienzo

 Heces pálidas (causadas por la falta de bilirrubina)


 Orina turbia (causada por la excreción de bilirrubina en la orina)
 Ictericia (color amarillo de la piel)
 Prurito
 Dolor abdominal en el cuadrante superior derecho
 Fiebre
 Náuseas y vómitos

Signos y exámenes Volver al comienzo

El médico examinará el abdomen y podrá palpar la vesícula biliar.

Los siguientes resultados de exámenes de sangre podrían indicar una posible


obstrucción:
 Bilirrubina elevada
 Fosfatasa alcalina elevada
 Enzimas hepáticas elevadas

Vías biliares Extrahepáticas.- se resumen en dos conductos hepáticos derecho e


izquierdo, que emergen del hilio y se reunen debajo de éste: Aquí comienzan las vías
biliares extrahepáticas que comprenden la Vía Biliar Principal y la Vía Biliar Accesoria.

Los dos conductos hepáticos se reunen para formar el Conducto Hepatico, segmento
inicial de la vía biliar principal. El conducto hepático recibe, la vía biliar accesoria.

CONDUCTO CÍSTICO, debajo de la cual se denomina Conducto Colédoco, que


conduce a la bilis a la segunda porción del duodeno (papila de Vater).

La Vía Biliar Principal.- Está dirigida de arriba abajo y describe una curva concava a la
derecha, se sitúa en el borde libre del epiplón menor, antes de pasar por detrás del
duodeno, para quedar por detrás de la cabeza del páncreas.

Penetra luego dentro de este, donde se reune con el conducto de Wirsung, en la cara
posterointerna de la segunda porción del duodeno.

Los dos conductos desembocan en la ámpula de Vater, que se abre en el intestino a nivel
de la Carúncula mayor.

Esta región terminal, está rodeada de un aparato muscular liso, el esfinter de Oddi.

La Vía Biliar Principal, tiene un diámetro de 6mm. y una longitud de 8 a 10 cm en el


adulto. El Conducto Cístico, se reúne al colédoco a un nivel variable

Vía biliar

La vía biliar se divide en dos, una intrahepática y otra extrahepática.


La vía intrahepática se va a originar en el área centrolobulillar.
Histológicamente, el área centrolobulillar es una zona de tejido
hepático con forma hexagonal. En el centro de este hexágono se
encuentra la vena centrolobulillar, que va a depender del sistema de
las venas suprahepáticas, y esto es lo que se denomina el lobulillo
hepático. Múltiples lobulillos hepáticos van a estar relacionados hacia
la periferia, y en esta relación vamos a encontrar en su intersección,
un espacio denominado espacio porta, que es un tejido conjuntivo
laxo que va a dar origen, y donde van a terminar los elementos del
pedículo portal. Por lo tanto, en el espacio porta vamos a tener a las
ramas terminales de la vena porta, ramas terminales de la arteria
hepática y el origen del conducto biliar. Estos conductillos forman
redes que se encuentran alrededor del tejido hepático. El acino
hepático son los hepatocitos que rodean al eje portal, y se divide en
tres zonas: 1) la zona I del acino es la zona más cercana al pedículo
porta y es la que está más ricamente vascularizada, por lo que las
células van a tener mayor grado de regeneración; 2) después se
encuentra la zona II, que es una zona intermedia; y 3) la zona III, que
es la zona más alejada al pedículo portal, y por lo tanto son las
células del tejido hepático que son más susceptibles a lesiones.
Entonces, los conductos biliares se originan en una red
centrolobullilar, alrededor de los lobulillos, y estas redes biliares
confluyen hacia la periferia del lobulillo, formando los conductos
interlobares.
Los canalículos biliares van a converger en los conductillos, luego
van a seguir uniéndose a los periféricos, formando los canales
segmentarios, y luego estas ramificaciones se van a seguir uniéndose
hasta formar canalículos sectoriales dentro del hígado, y finalmente
los conductos hepáticos, que son dos, derecho e izquierdo. Estos
canalículos sectoriales van a ser los canales de cada segmento.
La vía biliar corresponde a la vía biliar intrahepática. La vía biliar
extrahepática, una vez formada, va a determinar junto con las venas
porta, la segmentación hepática.

La segmentación hepática es una segmentación funcional, homónima


a lo que es la segmentación pulmonar, pero a diferencia de ésta, los
segmentos no se encuentran diferenciados uno del otro en la
macroscopía del órgano, sino que se separan a través de planos
vasculares que solamente se pueden ver por técnicas como ser la
inyección de material de color dentro de las arterias o vena porta.
Cada segmento hepático tiene un pedículo portal específico, y por lo
tanto es funcionalmente independiente.

La vía biliar intrahepática, que converge hacia los conductos


hepáticos, van a salir del hígado a nivel del hilio. Entonces, a nivel del
hilio termina lo que es la vía biliar intrahepática y comienza la vía
biliar extrahepática. Este inicio esta dado por la convergencia biliar. A
este nivel, la cápsula de Glison se refuerza y forma la placa hiliar, que
marca ese comienzo de la vía biliar extrahepática.

La vía biliar extrahepática se va a dividir en una vía biliar principal y


una vía biliar accesoria. La principal va a estar dado por el conducto
hepato-colédoco, mientras que la accesoria va a estar formada por la
vesícula y el conducto cístico.
Desde el punto de vista de las relaciones, va a tener cinco sectores:
un sector inicial, que es donde va a estar la convergencia biliar; un
sector epiploico, que va a estar contenido en el borde libre del epiplón
menor, relacionándose con la vena porta, arteria hepática, nervios y
linfáticos; un sector retroduodenal, que se va a relacionar con el
duodeno I; un sector retropancreático, que se va a relacionar con la
cabeza del páncreas y con las arterias pancreáticododenales (ramas
de la gastroduodenal); y un sector parietal, que va a ser cuando se
introduce en la pared del duodeno. Hacia atrás, a través de la fascia
de Treitz se relaciona con la vena cava inferior y con el peritoneo
parietal posterior que la cubre.

El hepato-colédoco, se divide en hepático común, por arriba de la


desembocadura del conducto cístico, y colédoco por debajo. El
hepato-colédoco se extiende desde el hilio hepático hasta el duodeno
II, va a estar en posición retroduodenopancrática, y va a tener una
dirección hacia abajo, atrás y a la izquierda. Se topografía en la pared
abdominal trazando una línea vertical sifo-púbica, cruzada por una
línea horizontal que pasa por la región umbilical, y la bisectriz de este
ángulo determina la dirección del hepato-colédoco, que tiene un
diámetro de 4 a 10 mm, lo cuál es importante para diagnosticar
obstrucciones biliares.

El conducto hepáto-colédoco, a partir de la desembocadura del


cístico se denomina vía biliar supracística y vía biliar infracística, y no
conducto hepático común y colédoco.

La vía biliar accesoria está formada por la vesícula biliar y el


conducto cístico. La vesícula biliar es un reservorio músculo
membranoso que se encuentra en la cara inferior del hígado, cuya
función es almacenar la bilis secretada por el hígado en el período
inter-cardial, y tiene forma piriforme, en el que se distingue un fondo,
un cuerpo, y un cuello, en el cuál hay una zona dilatada que es el
infundíbulo. El fondo corresponde al sector que se relaciona con la
escotadura cística (que está en la cara inferior del hígado). El cuerpo
presenta una cara superior, que se adhiere a la cara inferior del
hígado, y una cara inferior libre, que está revestida de peritoneo. El
bacinete o infundíbulo y el cuello determinan una curvatura o codo, a
nivel del cuál se une al conducto cístico. Desde el punto de vista de la
configuración interna, existe una válvula que determina el límite entre
lo que es la vesícula y el cístico, llamada válvula de Lookle.

La vía biliar termina junto con el conducto de Wirsung, en la cara


posterior de la segunda porción del duodeno.

El hepato-colédoco es retropancreático y en el 70% de los casos


cadavéricos la terminación se hace en la cara posterior del duodeno a
nivel del tercio medio, sobre el borde medial, pero la mayoría del
porcentaje en seres humanos vivos, el hepato-colédoco junto con el
Wirsung es a nivel del tercio inferior del duodeno. Estos conductos
entran en la pared del duodeno y determinan una dilatación
denominada ampolla de Vater, que determina en la mucosa del
duodeno II un repliegue llamado papila duodenal. Según su relieve en
la luz duodenal, la papila se divide en 3 tipos: papila duodenal cónica
mayor, cuando el relieve es mayor de 3 mm; papila duodenal cónica
menor, cuando es de 0,5 a 3 mm, y la papila duodenal plana, cuando
no determina relieve. Además de la dilatación, tanto el colédoco como
el Wirsung están revestidos por fibras musculares lisas que forman el
esfínter de Oddi, que está inervado por el sistema vegetativo y que
determina el cierre y la apertura del mismo. La apertura determina el
pasaje de bilis hacia el duodeno y cuando se cierra evita el reflujo. El
esfínter presenta un pliegue transversal o carúncula que lo fija, y un
pliegue longitudinal.
El hepato-colédoco se extiende desde T11 a L3 en su margen
derecho, por delante de las espinosas.

Un sistema porta se inicia en capilares y termina en capilares. La


vena porta tiene un inicio en los capilares viscerales de la periferia,
con la sangre que va a estar drenada en el tubo digestivo
infradiafragmático. De aquí se forman las venas viscerales (vena
esplénica y mesentéricas superior e inferior), que confluyen por
detrás de la cabeza del páncreas, uniéndose la mesentérica
superior con el tronco veno-mesaraico, y ahí se forma el origen de
la vena porta, que es retropancreático. Por detrás de la cabeza del
páncreas se va a dividir en la vena portal derecha e izquierda. La
vena porta termina en el hígado, a nivel del hilio, siendo
extrahepática. La venas portales van a determinar una
ramificación, y así una segmentación portal, que va a terminar en
el acino hepático. A ese nivel se encuentran capilares hepáticos, y
esa es la zona de transición con el origen de las venas
centrolobulillares

Vesícula biliar y vías biliares

La vesícula biliar es una pequeña bolsa de tejido muscular en la que se almacena la bilis, una secreción digestiva viscosa
verde-amarillent a, producida por el hígado. La bilis sale del hígado a través de los conductos hepáticos, derecho e
izquierdo, que se unen para formar el conducto hepático común. Luego, este conducto se une a otro, que viene de la
vesícula biliar, denominad o conducto cístico, para formar el conducto biliar común. Éste se une al intestino en el esfínter
de Oddi, unos centímetros por debajo del estómago.
Casi la mitad de la bilis secretada entre las comidas llega hasta la vesícula biliar a través del conducto cístico; el resto
pasa directamente al intestino delgado. Cuando una persona come, la vesícula biliar se contrae y vierte en el intestino la
bilis almacenada de manera que se facilite la digestión de las grasas y de ciertas vitaminas.
La bilis está compuesta de sales biliares, electrólitos y pigmentos biliares tales como la bilirrubina, el colesterol y otras
grasas (lípidos); permite la eliminaci ón de ciertos productos de desecho, en particular los pigmentos producidos por la
destrucción de los glóbul os rojos y el exceso de colesterol, y contribuye a la digestión y a la absorción de las grasas. Las
sales biliares aumentan la solubil idad del colesterol, de las grasas y de las vitaminas liposolubles para facilitar su
absorción por el intestino.
La hemoglob ina producida en la destrucción de los glóbulos rojos se convierte en bilirrubina (el principal pigmento de la
bilis) y pasa a ésta como un producto de desecho.
En la bilis se secretan también algunas proteínas que tienen un importante papel en la función biliar. Los cálculos biliares
pueden obstruir la salida de la bilis desde la vesícula biliar, causando dolor (cólico biliar) o la inflamació n de la vesícula
biliar (colecistitis). Estos cálculos también pueden pasar de la vesícula al conducto biliar, y causar ictericia bloqueando el
flujo normal de bilis hacia el intestino. Los tumores y otras causas menos frecuentes pueden igualme nte obstruir el flujo
normal de la bilis.

Se pueden realizar varios exámenes para determinar las posibles alteraciones del hígado, de la vesícula y de las
vías biliares. Entre los más importantes están los exámenes de sangre conocidos como pruebas de la función
hepática

Los tumores benignos de las vías biliares son extremadamente
raros y apenas tienen relevancia clínica. Los tumores malignos son relativa­
mente infrecuentes en nuestro medio, aunque se ha evidenciado que está
aumentando su incidencia, posiblemente porque se estén aplicando méto­
dos diagnósticos mas precisos gracias a las nuevas tecnologías de imagen.
El tipo histológico más frecuente es el adenocarcinoma (90%) seguido a dis­
tancia del cistoadenocarcinoma. El sarcoma derivado de las capas fibro­
musculares es excepcional.
Para una mejor comprensión del comportamiento clínico y de las
actitudes terapéuticas, los tumores del árbol biliar se clasifican topográfica­
mente en: Carcinoma de vesícula biliar, de la ampolla de Vater y de la vía
biliar principal, y ésta última dividida en tres tercios: los cánceres proxima­
les de la vía biliar afectan al tercio superior, es decir, a la convergencia de
los conductos biliares derecho e izquierdo con el conducto hepático común,
justo hasta la inserción aparente del conducto cístico; los del tercio medio
comprende el colédoco hasta la entrada del páncreas y; los del tercio distal
o del colédoco intrapancreático. Los tumores periampulares son difíciles de
clasificar con precisión y de diferenciar su origen primario en la ampolla, en
la vía biliar, en el páncreas o en el duodeno, por lo que no es infrecuente
denominarles tumores de la encrucijada duodeno­ bilio­pancreática.
CLÍNICA Y DIAGNÓSTICO
Carcinoma de vesícula biliar. Supone alrededor del 2% de todos los
carcinomas. Es el más frecuente de los tumores biliares, seguido del de la
confluencia hiliar.
Dado que la localización inicial más frecuente del tumor es en el fon­
do y cuerpo de la vesícula, su diagnóstico es muy tardío, cuando la enfer­
medad está en fases avanzadas y su pronóstico es infausto. Los síntomas
más frecuentes son dolor permanente en abdomen superior, anorexia y pér­
dida de peso. La manifestación clínica que generalmente motiva la consulta
es la aparición de ictericia por infiltración de la vía biliar principal. La pre­
sencia de una masa palpable y dolorosa en área vesicular es un hallazgo
común. Desafortunadamente, en pocas ocasiones el diagnóstico se esta­
blece de forma fortuita en el acto operatorio de una colecistectomia por litia­
sis sintomática o en el examen histopatológico de la vesícula resecada.

TUMORES DE LAS VÍAS
BILIARES 
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El diagnóstico preoperatorio en los estadios precoces del tumor es
muy infrecuente. Solo sería posible ante el hallazgo ecográfico de una masa
polipoidea intraluminal de naturaleza adenomatosa que contuviera un carci­
noma in situ. La presencia en la radiografía de abdomen sin preparación de
calcificaciones de la pared vesicular o de una vesícula “en porcelana“ obli­
gan a pensar en su posible malignización. En las fases avanzadas, la eco­
grafía puede tener una fiabilidad de más del 80% en presencia de una vesí­
cula de paredes irregulares y de dilatación de las vías intrahepáticas y del
hepático común. La tomografía axial computadorizada (TAC) aporta informa­
ción complementaria de la extensión tumoral a distancia. La ultrasonografía
endoscópica (USE) permite establecer el diagnóstico del carcinoma vesicu­
lar con una fiabilidad superior al 85% y mayor aún si se asocia punción aspi­
rativa guiada por USE para estudio citológico. La colangiografía transhepáti­
ca percutánea (CTH) o la colangiografía retrógrada endoscópica ( CPRE ) son
procederes diagnósticos más invasivos, pero que tienen una faceta funda­
mental que es su vertiente terapéutica.
Cáncer del hilio hepático. Debe ser abordado como un grupo hete­
rogéneo de tumores que, no sólo contemple el carcinoma hiliar o tumor de
Klastkin, sino otros que afecten a la confluencia hiliar por extensión, por
ejemplo, el carcinoma de vesícula, tumores primarios o metastásicos de
hígado o infiltración ganglionar de tumores gástricos o pancreáticos. 
Representan más de la mitad de las diferentes localizaciones del
árbol biliar. La litiasis se ha invocado como causa predisponente del colan­
giocarcinoma, si bien no es un factor causal cierto. Sí que existe una rela­
ción directa con la colangitis esclerosante asociada a colitis ulcerosa, los
quistes de colédoco y enfermedades afines como la enfermedad de Caroli,
la fibrosis hepática y la enfermedad poliquística del hígado y la administra­
ción de thorotrast como medio de contraste, hoy ya en desuso.
Su pronóstico es sombrío, al igual que el de la vesícula, con una
tasa de supervivencia menor del 10% a los 5 años, falleciendo la mayor par­
te de los pacientes en el primer año.
Clínicamente se manifiesta por ictericia progresiva (precedida desde
unos meses antes de síndrome constitucional), prurito, coluria, acolia y
agravamiento progresivo del estado nutricional, metabólico, renal y de los
factores de la coagulación. La obstrucción biliar lleva con frecuencia a epi­
sodios de colangitis que aceleran el deterioro general clínico y la muerte del
paciente en pocos meses. Los exámenes analíticos confirmarán la colesta­
sis. La ecografía percutánea debe ser el procedimiento diagnóstico inicial
con cerca de un 90% de seguridad para el diagnóstico topográfico de la
lesión y bastante menor para su naturaleza. La TAC no añade mayor infor­
mación relevante, salvo para detectar lesiones metastásicas en parenquima
hepático o a distancia. Ni la ecografía ni la TAC son suficientes para tomar
decisiones terapéuticas. Es necesario obtener, por una parte, un buen
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TRATAMIENTO DE LAS ENFERMEDADES HEPÁTICAS Y BILIARES

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mapa radiográfico de las vías biliares y, por otra, conocer la extensión tumo­
ral. Hasta hace muy poco tiempo, la CTH o la CPRE conseguían el primer
objetivo, siendo las técnicas de elección. Sin embargo y más recientemen­
te, la colangiografía por resonancia magnética (CRM) las está sustituyendo
al tratarse de un método no invasivo y muy seguro para la evaluación del
árbol biliar. La ultrasonografía endoscópica (USE) aporta información muy
valiosa acerca de la extensión tumoral locorregional. Ambos métodos, la
CRM y USE, han demostrado tener una alta sensibilidad y especificidad para
el diagnóstico y estadiaje de la obstrucción biliar maligna, siendo más segu­
ras que la ecografía convencional. Sin embargo, ésta debe seguir siendo la
primera técnica de imagen, dado que es no invasiva, barata y fácilmente
repetible. En pacientes en los que la ecografía convencional fracasa para la
demostración de la causa de la obstrucción, debe realizarse una CRM o una
USE para evitar tener que hacer una CPRE o una CTH con intencionalidad
exclusivamente diagnóstica. Por el contrario ni la CRM ni la USE pueden
reemplazar a la CPRE como método de elección en pacientes de alto riesgo
con colangitis y, sobre todo, cuando además de su vertiente diagnóstica se
indica como proceder terapéutico. La citología obtenida por cepillado trans­
papilar por CPRE puede ayudar a difenciar las estenosis malignas, con una
sensibilidad del 56%, una especificidad del 90% y una seguridad del 65%.
Carcinoma subhiliar. Los tumores primarios del tercio medio e infe­
rior del colédoco son mucho menos frecuentes que los del hilio. Lo más
común es que se trate de tumores de la cabeza del páncreas que infiltren la
vía biliar. De ahí que se les denomine tumores de la encrucijada duodeno­
bilio­pancreática. Las manifestaciones clínicas son muy similares, aunque
la ictericia puede ser más precoz.
La ecografía percutánea mostrará dilatación biliar retrógrada. La
CPRE precisará la longitud y calibre de la estenosis biliar y la morfología del
conducto pancreático, permitirá la toma de muestras citológicas y, si es
necesario, será el vehículo para drenar los conductos obstruidos.
Carcinoma de la ampolla de Vater. En la ampolla de Vater, accesible
a la visión directa de un endoscopio, la presencia de adenomas benignos no
es infrecuente. Las tomas múltiples de biopsias o las macrobiopsias con
asa diatérmica son de capital importancia para la toma de decisiones tera­
péuticas y para el pronóstico, incluso cuando la visión endoscópica es
dudosa; las tomas de especímenes pueden ser intraampulares tras una
esfinterotomía o una simple infundibulotomía endoscópicas, con lo que se
alcanza una seguridad diagnóstica cercana al 100%.
Aunque la realización de una TAC es necesaria para detectar metás­
tasis a distancia, la USE es el único método para estadiar preoperativa­
mente estas lesiones tumorales. Las sondas ultrasónicas son una alterna­
tiva a los ecoendoscopios, ya que tienen la ventaja de que pueden ser usa­
das en el curso de una CPRE. En un estudio comparativo sobre 12 adeno­
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TUMORES DE LAS VÍAS BILIARES 

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mas benignos y 15 adenocarcinomas, las sondas ultrasónicas fueron más
sensibles (100 % versus 62,5 %) y específicas (75 % versus 50 %) que la
USE para el diagnóstico de los tumores ampulares.
TRATAMIENTO
Carcinoma de vesícula. Debido al inevitable retraso del diagnósti­
co, más del 90% de los carcinomas se encuentran en fases avanzadas y las
tasas de curación no superan el 10%. La colecistectomía profiláctica de las
vesículas litiásicas silentes es ineficaz, aunque está justificada en presen­
cia de una vesícula “en porcelana” o con calcificaciones parietales por el
elevado riesgo de degeneración maligna.
El pronóstico del cáncer de vesícula depende fundamentalmente
del estadio evolutivo y del tipo histológico y a ellos debería orientarse la acti­
tud terapéutica. Aunque el diagnóstico pudiera establecerse pre o intraope­
ratoriamente, no existen criterios unánimes acerca de la opción quirúrgica
más adecuada: colecistectomía simple o ampliada a una linfadenectomía
regional más excisión en cuña del lecho hepático, dado que la superviven­
cia a los cinco años es prácticamente la misma; incluso se propugna abs­
tenerse de cirugía radical y practicar exclusivamente una colecistectomía
simple. 
Las metástasis linfáticas regionales se encuentran presentes en
45%­80% de los pacientes, por lo que la linfadenectomía debe contemplar la
excisión de los gánglios del triángulo de Calot hacia el ligamento hepato­
duodenal y grupos peripancreáticos. Por la peculiar situación de la vesícula,
en los tumores avanzados son frecuentes la invasión del lecho hepático y
las metástasis hepáticas. Estas circunstancias han dado argumentos a
algunos grupos japoneses para recomendar resecciones hepáticas exten­
sas, tales como lobectomía hepática derecha ampliada, trisegmentomía e
incluso hepatectomías derechas, tratamientos muy agresivos que compor­
tan una elevada morbimortalidad sin resultados a largo plazo distintos a los
obtenidos con la colecistectomía con linfadenectomía. En estos estadios
avanzados la supervivencia global a los cinco años es inferior al 5­6%.
Cuando la extensión tumoral desaconseja una cirugía demasiado
agresiva y sin posibilidades de ser curativa, las actitudes terapéuticas
deben dirigirse a proporcionar la mayor calidad de vida para el paciente con
la menor morbimortalidad, ya que la esperanza de vida va a ser corta. Las
derivaciones biliodigestivas propugnadas por Longmire o Bismuth o los dre­
najes quirúrgicos con tubos en T, pueden ser sustituidos hoy por la radiolo­
gía o la endoscopia intervencionistas mediante implantación de endopróte­
sis biliares que mantengan la permeabilidad del flujo biliar, con menores
costes y tasas de morbimortalidad mucho más bajas.
396
TRATAMIENTO DE LAS ENFERMEDADES HEPÁTICAS Y BILIARES

Page 5
La quimioterapia y la radioterapia externa no son útiles. La braqui­
terapia o radioterapia interna mediante inserción de sondas con Iridium
192
es menos eficaz sola que asociada a la radioterapia externa.
Actualmente y con la divulgación de la colecistectomía laparoscó­
pica se ha descrito la aparición de implantes tumorales en los orificios de
entrada de los trócares en pacientes con carcinoma de vesícula no recono­
cido en el acto operatorio. La posibilidad de esta complicación hace reco­
mendable que, de forma sistemática, tras la sección del cístico se introduz­
ca la vesícula en una bolsa de plástico y se extraiga con ella.
Carcinoma hiliar. A pesar del mal pronóstico de los tumores hiliares
y del pesimismo con que se aborda su orientación terapéutica, la mayoría de
los autores abogan siempre que sea posible por la resección tumoral.
El tratamiento quirúrgico es muy difícil por las características anató­
micas de la zona, con la proximidad de la vena porta y de la arteria hepáti­
ca, además de las posibles variantes anatómicas biliares y vasculares. De
ahí, el interés de disponer de la CRM antes de la intervención.
La cirugía de resección contempla la excisión local del tumor y de
los conductos biliares extrahepáticos y la limpieza ganglionar. La recons­
trucción bilioentérica se lleva a cabo con anastomosis hepático­yeyunal en
Y de Roux separando los conductos derecho e izquierdo. La invasión tumo­
ral puede exigir practicar segmentomías, lobectomías o hepatectomías, o
incluso ser más radical, con resección en bloque de toda la región hiliar con
reconstrucción vascular con autoinjertos.
La cirugía paliativa puede llevarse a cabo ante la imposibilidad de
una cirugía con finalidad curativa cuando ya se está en el campo operatorio
y se han valorado exactamente las limitaciones (extensión tumoral, invasión
vascular, metástasis hepáticas), o bien con la decisión ya tomada a “priori”
por los datos aportados por la TAC, la CRM, la CTH o la CPRE. Su finalidad
es la resolución o paliación de la ictericia y consiste en la realización de un
bypass biliodigestivo para resolver la obstrucción biliar. La anastomosis
bilioentérica más utilizada es la que une el conducto intrahepático izquierdo
a la altura del ligamento redondo con una asa de yeyuno. Es menos habitual
que la anastomosis entérica se aboque al conducto extrahepático izquierdo,
al intrahepático derecho o bilateral.
En muchas ocasiones tan solo cabe alguna forma de drenaje palia­
tivo mediante tubos en T. Sin embargo, estas situaciones deben estar pre­
vistas de antemano de forma que el paciente no tenga que llegar a la lapa­
rotomía para un simple drenaje. La radiología y la endoscopia intervencio­
nistas para la inserción de prótesis deben ser las técnicas de primera
opción.
En pocas ocasiones es posible una cirugía de resección. General­
mente se aceptan cifras del 15% al 20%. En una amplia revisión bibliográfi­
397
TUMORES DE LAS VÍAS BILIARES 

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ca realizada por Boerma, sobre más de 500 resecciones, la mortalidad ope­
ratoria fue del 12% y la supervivencia a los dos y cinco años del 30% y 13%,
respectivamente. Las resecciones amplias tienen mayor supervivencia que
las locales, pero están gravadas de una mayor mortalidad operatoria (15%
frente a 8%).
La cirugía paliativa debe pretender dar alivio y calidad de vida sin
tasas de mortalidad operatoria que resulten inaceptables. La derivación
bilioentérica resuelve total o parcialmente la ictericia en más de un 90% de
los casos, sobre todo en la anastomosis hepático­yeyunal izquierda, con
supervivencias medias de ocho a nueve meses. Sin embargo, disponemos
de alternativas terapéuticas menos invasivas. La dilatación de los conduc­
tos biliares intrahepáticos facilita el abordaje percutáneo transhepático y la
inserción de endoprótesis. Inicialmente el objetivo de la radiología interven­
cionista es facilitar el drenaje biliar interrumpido por un tumor inoperable.
Se trata básicamente de introducir un catéter de drenaje percutáneo que se
deja en el límite proximal de la obstrucción (drenaje biliar externo), o se
intenta atravesar la estenosis y dejar el extremo distal en el duodeno (dre­
naje interno­externo), éste último con las ventajas de no interrumpir la cir­
culación bilioentérica. Por su parte, el acceso endoscópico a la papila de
Vater sirve para drenar las vías biliares retrógradamente. Las mejoras meto­
dológicas e instrumentales han reducido cada vez más las tasas de compli­
caciones del drenaje percutáneo (bilirragias, coleperitoneo) y, en ambos
métodos las obstrucciones precoces de los drenajes con la consiguiente
colangitis.
Las prótesis biliares, percutáneas o endoscópicas, pretenden resol­
ver el problema de la obstrucción biliar sin tener que dejar un drenaje exter­
no. Básicamente hay dos tipos de prótesis, las de plástico y las metálicas o
de malla autoexpandible. En las primeras su mayor inconveniente es la obs­
trucción, facilitada por el calibre interno y por la producción de mucoprotei­
nas bacterianas que inducen la formación de una película adherida a la
superficie del material plástico. El diámetro interno desempeña un gran
papel en la incidencia de obstrucciones y colangitis, siendo preferible utili­
zar las de 10 a 12 French. Los orificios de drenaje son distales, ya que los
laterales facilitan la formación de la película bacteriana y su obstrucción. En
los tumores hiliares irresecables se ha propuesto la inserción de dos o más
prótesis para el adecuado drenaje de los dos lóbulos hepáticos. Sin embar­
go ello comporta múltiples procedimientos con mayor morbi­mortalidad. No
se han demostrado diferencias en el descenso de la bilirrubina, complica­
ciones, mortalidad a los 30 días y tasas de supervivencia, drenando el lóbu­
lo derecho o el izquierdo. Se recomienda poner una prótesis en la rama
intrahepática que resulte más accesible.
Las prótesis metálicas de malla autoexpandible, introducidas
mediante un catéter fino (de 8­10 French), consiguen tener un calibre muy
amplio cuando expanden (10 mm), con tasas muy bajas de oclusión a medio
plazo y muy escasas complicaciones. Dado el elevado precio de las prótesis
398
TRATAMIENTO DE LAS ENFERMEDADES HEPÁTICAS Y BILIARES

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de malla respecto a las de plástico, se recomienda decidir su elección en
función de la supervivencia estimada del paciente. Para supervivencias
menores de 4 meses, se recomienda utilizar una de plástico de 10­11
French y para supervivencias estimadas más prolongadas, una de malla. Si
éstas se obstruyen por crecimiento tumoral o tejido conectivo intraprotési­
cos es posible insertar otra por dentro, metálica o de plástico.
La inserción de prótesis biliares no excluye otras opciones terapéu­
ticas paliativas complementarias, tales como la endorradioterapia sola o
combinada con la radioterapia externa.
Carcinoma subhiliar. La obstrucción biliar extrahepática maligna por
carcinoma de colédoco medio o distal, tendrá su opción terapéutica según
el estadio evolutivo y las condiciones generales del paciente. Obviamente,
la posibilidad de resección tumoral será preferible a las simples derivacio­
nes biliodigestivas paliativas.
La afectación tumoral del colédoco medio debe abordarse median­
te la exéresis en bloque del tumor. La reconstrucción biliar se realiza
mediante una hepático­yayunostomía en Y de Roux 
La resección del carcinoma del colédoco distal se realiza median­
te una duodenopancreatectomía cefálica, exactamente igual que para el
tumor maligno de la ampolla de Vater o de cabeza de páncreas. La mortali­
dad de este proceder es inferior al 15%, pero la tasa de supervivencia a los
cinco años no supera el 20%.
Si la extensión tumoral no permite la resección con intencionalidad
curativa, la derivación biliar paliativa es mucho más sencilla que en los
tumores hiliares y si existe afectación duodenal, debe practicarse una deri­
vación gastroyeyunal simultánea. Son intervenciones bien toleradas, con
una mortalidad operatoria de un 10%­15%.
En la obstrucción distal, la alternativa a la cirugía paliativa es el tra­
tamiento endoscópico mediante la inserción de endoprótesis biliares. El
dilema entre uno u otro proceder persiste todavía hoy. En grupos expertos,
los éxitos iniciales para la resolución de la ictericia son similares (más del
90%), las complicaciones son mucho menores con la endoscopia que con la
cirugía (11% frente al 29%), al igual que la mortalidad operatoria (3% versus
14%). Sin embargo, la recurrencia de la ictericia es mucho más frecuente y
precoz tras la prótesis endoscópica que tras la cirugía, con una media de
permeabilidad de aquella de unos cuatro meses. Ello comporta mayor
número de actuaciones para la sustitución o la inserción de una nueva pró­
tesis, pero aún así la estancia hospitalaria es más corta con el método
endoscópico. La supervivencia media es similar con ambos procederes. 
Para algunos autores, debería actuarse quirúrgicamente en los
pacientes con buen estado general en los que la esperanza de vida se esti­
399
TUMORES DE LAS VÍAS BILIARES 

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ma más larga y en aquellos con necesidad de una gastroenterostomía por
obstrucción tumoral duodenal.
Carcinoma de la ampolla de Vater. La duodenopancreatectomía
total o subtotal es el tratamiento de elección cuando se practica con inten­
ción curativa. La mortalidad del proceder se estima en un 5% y la morbili­
dad en un 65%, sobre todo por las complicaciones infecciosas. La supervi­
vencia depende sobre todo de la presencia o ausencia de tumor en los már­
genes quirúrgicos, siendo a los 5 años del 15% y 60%, respectivamente. El
tamaño del tumor, la infiltración tumoral de los ganglios periféricos e inclu­
so el grado de diferenciación celular, tienen una influencia limitada en la
supervivencia. Así, tumores muy pequeños, confinados a la ampolla de
Vater, pueden ser tratados curativamente mediante una papiloduodenecto­
mía (exéresis de la ampolla con reimplantación de los conductos biliar y pan­
creático). En tumores de más de 2 cm, con afectación ganglionar o histoló­
gicamente mal diferenciados, la supervivencia a los 5 años puede ser supe­
rior al 40% con duodenopancreatectomía subtotal. De ahí, la gran importan­
cia de seleccionar adecuadamente los pacientes para no excluirles injustifi­
cadamente de un tratamiento quirúrgico con intención curativa.
Las alternativas terapéuticas paliativas en tumores irresecables se
centran fundamentalmente en la práctica de una CPRE para tomas biópsi­
cas, con esfinterotomía o ampulectomía endoscópica en tumores muy vege­
tantes, seguidas de la inserción de una prótesis, recomendándose colocar
prótesis de malla autoexpandible, dado que la supervivencia de estos
pacientes es igualmente prolongada.
RESUMEN

Los tumores benignos de las vías biliares son extremadamente
raros.

El tipo histológico más frecuente de los tumores malignos es el
adenocarcinoma.

El carcinoma hiliar representa más de la mitad de las diferentes
localizaciones del árbol biliar.

En el carcinoma subhiliar la colangiografía retrógrada endoscópi­
ca (CPRE) es el método diagnóstico de confirmación más adecuado y puede
además ser terapéutica.

La colecistectomía simple es una opción terapéutica adecuada en
el carcinoma de vesícula.

La cirugía paliativa mediante derivaciones biliodigestivas puede
400
TRATAMIENTO DE LAS ENFERMEDADES HEPÁTICAS Y BILIARES

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ser sustituida por la radiología o la endoscopia intervencionistas mediante
implantación de endoprótesis biliares, con menores costes y tasas de mor­
bimortalidad más bajas.

En los tumores avanzados, la quimioterapia y la radioterapia
externa no son útiles. Pueden aplicarse si se asocian a la radioterapia
interna.

El carcinoma hiliar, pese a su mal pronóstico, debe ser tratado
mediante resección tumoral siempre que sea posible. La cirugía paliativa con­
siste en la realización de un bypass biliodigestivo para resolver la obstrucción
biliar.

La alternativa terapéutica a las derivaciones biliodigestivas es la
inserción de endoprótesis mediante radiología o endoscopia intervencionis­
tas.

Las prótesis biliares, percutáneas o endoscópicas, pueden ser de
dos tipos: de plástico y metálicas o de malla autoexpandible. La inserción
de unas u otras dependerá esencialmente de la esperanza de vida.

En los tumores de la ampolla de Vater, la duodenopancreatecto­
mía total o subtotal es el tratamiento de elección con intención curativa.

Las alternativas terapéuticas paliativas en tumores irresecables
se centran fundamentalmente en la esfinterotomía o la ampulectomía
endoscópicas, seguidas de la inserción de una prótesis de malla autoex­
pandible. 
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