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EL TESORO DEL ALMA

EN LOS
QUINCE MISTERIOS
DEL SANTO ROSARIO
Soledad Arroyo
E L

TESORO DEL A L M A
EN LOS

QUINCE MISTERIOS DEL SANTO ROSARIO


ESORO DEL ALMA
BN LOS

QUINCE MISTERIOS DEL SANTO ROSARIO


Ó EL MBS BE OCTUBRE

CONSAGRADO A MARÍA

POR

SOLEDAD ARROYO
Hermana d« la V. O. T. da Santo Domingo,

\ :

(Con licencia eclesiástica.)

MADRID
IMPRENTA DE SAN FRANCISCO DE SALES
Pasaje de la Alhambra, núm< 1.
INDIQE
Dedicatoria á Su Santidad León X III.................................... , . » . 5
Súplica á M am ,. * ..............................* .................................... . . . . 7
Prólogo............. ................................................................................. 9
Día 1 . 0 . « ........................................ ............................... 13
» 2 ................ , .........................., .... ................................................ 29
» 3 * .......... - ..................................... .............................................. 34
» 4. ........... ......................................... .............................. ............... 40
» 5 ................................................................................................... 43
» óv ............. * ..........................................*.......... * ....................... 54
'> 7 ......................................................................... ........................ 59
» 8.......... . . - . ................................................................ .. * . -. 64
» 9- ........... .................................................................................... 7°
» 1 0 .................. * ................................... ........................................ 77
» i i .......................................................................................... .. S4
» 12 , ................................................................................................. 90
» iJ........................................................................... .................. 99
» 1 4 . ...............................................*............................................... 104
» 1 5 ..................................................................... „ ..................... .. no
» 1 6 .................................. .. ....................................................................................... 115
» 1 7 ..........................................................- ..............., ...................... 121
» iS.................................... ....................................................... 126
» 1 9 , . ................................. ................... ......................... . ............... 13 f
» 2 0 ........................................................................................ .. I3S
» 2 1 . ................................................ ................................................ 14^
>> 2 2 . . . , ........................................... ... * ....................................................... M9

» 23 ........ ............................ ............ . . ......................... 155


» 24 . * ........................................................................................ I 6O
' » 25 .. " ................*................................... . ____, * ........................ l66
» a‘6 . ......................................................................................... 174
». 2 7 * .............................................................................................. *79
» a s. . . . . ..............................................„ ..................................... 184
» 2 9 . . ..................................................................t i . . . ............. 189
» 30 * - - * .................................................................... *------* ------ *95
» 3 1 . ........................................... .......... ................... iot
Los quince sábados del Rosario..................................................... . 207
A V E M A R ÍA

Dedicatoria á Su Santidad el Papa Leún XIII.


B e a t ís im o P a d r e :

rendida á Vuestras Augus­


Pr o f u n d a m e n t e

T
tas plantas y conmovida todavía mi almat
por la bendición qne os dignasteis otorgarmef
y por la paternal benevolencia con que acogis­
teis el pobre Ubrito qué osé dedicaros, os rue­
go me perdonéis si nuevamente os presento
otro pobre trabajo.
Aunque es propia de ruines la importuni­
dad, no me hubiera atrevido d esto, si otro hu~
biese sido el asunto de esta humildísima obra .
,
Pero tratándose del Rosario ¿á quién habré
,
de dedicarla he pensado, sino al Pontífice del
,
Rosario que si ha inundado de consuelo y gra -
cias las almas de todos sus hijos con la con­
sagración del mes de Octubre á la Sanísim a
,
Virgen todavía ha proporcionado un consuelo
especialisimo á los hijos de Santo Domingof
como herederos del amor á esta bendita prác -
tica del Santo Rosario, inspirada á su Santo
Padre por la Reina del cielo?
Ojalá fuese otra la índole de mi insignifi­
cante trabajo, para podérosle ofrecer como re­
cuerdo de agradecimiento en nombre de mi
Orden} por ese acontecimiento que perpetuará
la devoción al Santo Rosario .
,
Supla Beatísimo Padre, la insuficiencia de
la obray los deseos de mi corazón y el amor v i­
vísimo con que os la 0freBC0\ y sobretodo, supla
Vuestra paternal bondad^reflejo en la tierra de
la Bondad divinat á la que se acoge besando
con la mayor reverencia Vuestra augusta plan­
ta, é implorando humildemente rendida Vues­
,
tra bendición la última y más indigna de Vues­
tros hijas,
L a A utora.
SÚPLICA Á MARÍA

JIja d r e mía am orosísim a; postrada humilde-


mente á tus maternales plantas, te presento
este pobre trabajito que voy á emprender, si es la
voluntad santísima del Señor. T ú sabes bien, Ma~
dre mía, mi inutilidad, y que solamente puede re­
solverm e á empezarle el pensar si será del divino
agrado, para tu honor y el bien de las almas,
[Ah Madre mía! aunque soy indigna de invo­
carte con este dulce título, él es el consuelo y el
aliento en mis penas y miserias-, Soy tu hija, sí,
Madre mía, y por esto he de pedirte la bendición
al empezar todos mis trabajos.
Bendice, pues, éste, Madre querida, e l'c u a l
quiero ejecutar bajo el celestial influjo de tu m i­
rada maternal; tú me guiarás en él; así como la
madre que presencia y dirige las prinferas labores
de su hija.
Bendice, sí, Madre mía, mis débiles esfuerzos,
mi pobre trabajo y las almas de los que le lean, y
haz que sirva para que en nuestros corazones
crezca tu amor dulcísim o, de tal m odo, que en la
vida merezcamos tu especialísima protección, y
que en la hora de la m uerte nos bendigas, y sea
tu ósculo maternal el principio de nuestra eterna
dicha. Amén»

La autora suplica una Avemaria en caridad k los de­


votos de la Santísima Virgen que lean este libro.
PROLOGO

JjfoÉTico es, en verdadt el pensamiento de consagrar


áf? á María el mes de las Flores, presentándolas á sus
plantas para que simbolicen las espirituales que en
profusos ramilletes la ofrecen las almas piadosas du­
rante esos días en que la naturaleza, adornada con sus
más bellas galas, las habla de la Inmaculada Virgen,
Reina de la belleza, y Madre amorosa de las almas
ataviadas con la hermosa estola de la gracia y de la
virtud.
Pero la piedad filial de los devotos de M aría, de
continuo estimulada por sus favores, no se conforma
ya con dedicarla solamente el mes de las flores, y la
ofrece también el mes de los frutos, el mes de Octu­
bre, en cuyo primer domingo se celebra la hermosa
festividad del Rosario, y al que Nuestro Santísimo
Padre León XIII ha dado solemne realce con sus nota­
bilísimas y repetidas encíclicas, exhortando á sus hijos
para que siempre, y especialmente durante él, obse*
quien á la Santísima Virgen é imploren su patrocinio
medrante la hermosísima devoción del Santo Rosario.
Si, mes del Rosario, mes de María, por lo tanto, es
ya el mes de Octubre, y ciertamente que el peñsa-
miento de dedicarla el mes de los frutos, es también
poético y consolador,
En efecto; esos frutos cosechados por el infatigable
labrador, que la tierra con su sudor regada, ha produ­
cido, bien pueden simbolizar los frutos de virtud y
santidad que el alma debe cosechar en el campo de la
vida, tan lleno de espinas y malezas.
Mas ¡ahí cuántas almas olvidan que están en este
campo única y exclusivamente para cultivarle y ha­
cerle fructífero en obras de santidad y perfección, y
con cuánta facilidad olvidan el fin para que el hombre
fué creado, que no es otro que el servicio de Dios y la
salvación de su alma. [Cuántos cultivan las malas
hierbas de las pasiones, las espinas de los pecados, y
dejan secar la hermosa semilla de la gracia, germen fe­
cundo de preciosos frutos de santidad y de gloria!
Pero las almas fieles á la gracia que cultivan los
preciosos frutos de la virtud, conságranlos, pónenlos
en este mes á las augustas plantas de María. Y ¿cómo
no, sabiendo cuánto maduran y adelantan bajo el be­
llísimo sol de su maternal ternura?
Congreguémonos, pues, durante este mes bajo el
manto de nuestra Madre, y repitamos con fervor la
salutación angélica, mientras meditamos los misterios
del Santo Rosario.
El fué siempre para las almas amantes de María
cual rica mina de la que extrajeron inmensos tesoros
espirituales; cual bellísimo jardín embalsamado por el
celestial aroma de preciosas ñores de las virtudes, que
por doquier esparcen el perfume de la piedad y de!
consuelo; cual sol radiante, en fin, iluminando con sus
rayos de consoladoras verdades, las tinieblas de esta
triste vida.
Contemplemos en estos misterios á María, recolec- <
tando frutos de santidad sublime, y pidámosle gracia,
para, á su imitación, recoger, también, frutos de vir­
tud en el árido desierto de esta vida, cuyo precio go­
cemos, á sus'benditas plantas, en el eterno paraíso de
la Gloria. Amén.
DIA 1.°

Hecha la señal de la cru% y recado con arrepentimiento el


acto de contrición, se empegará con la siguiente

O RA C IÓ N PAKA TO DO S LO S D IA S

Reina del santísimo Rosario, dulcísima Madre de


nuestras almas, aquí tenéis á vuestros hijos que confu­
sos y arrepentidos de sus miserias, fatigados por las
tribulaciones de la vida y confiando en vuestra mater­
na! protección, vienen á postrarse ante vuestro altar
en este mes consagrado ¿ honraros por el supremo Je­
rarca de la Iglesia.
¡Oh Madre amorosísima! nosotros queremos obse­
quiaros dedicándoos estos breves momentos con toda
la efusión de nuestras almas. Acogednos bajo las alas
de vuestro maternal amparo, cubridnos con vuestro
manto y atraednos bondadosas á vuestro Corazón Pu­
rísimo, depósito de celestiales gracias.
Dejaos rodear de vuestros hijos que están pendien­
tes de vuestros labios. Hablad, Madre querida, para
que oyéndoos sumisos y poniendo en práctica las san­
tas inspiraciones que, cual maternales consejos os dig­
néis concedernos durante este bendito mes, logremos
la dicha de vivir cumpliendo con perfección la santisi’
ma Voluntad de vuestro divino Hijo, creciendo en todo
momento su amor en nuestros corazones para que lo­
gremos la dicha de alabarle con Vos eternamente en la
gloria.— Amén.
PRIMERA CONSIDERACIÓN
SOBRE EL P R IM E R M IS T E R IO G O ZO SO

La Encarnación del Hilo de Dios.

De la virtud de la humildad.

Vamos á dar comienzo á las consideraciones que


hemos de hacer sobre las virtudes en los misterios del
santísimo Rosario hablando de la virtud de la humil­
dad, pues que ella es base y cimiento del edificio espi­
ritual de la perfección que con las demás virtudes he­
mos de levantar en nuestras almas.
Con la humildad verdadera puede decirse vienen
como consecuencia todas las demás virtudes, y sin hu­
mildad toda virtud es ilusoria, y esto parece signi­
ficarnos aquel pasaje que se lee en la vida de Santa
María Magdalena de Pazzis, que dice: «Queriendo un
día Jesús darla inteligencia de los divinos secretos, le
plugo instruirla por sí mismo. Y entre otras palabras,
la dijo: «En el infierno hay muchas vírgenes, pero no
»hay ningún alma humilde.»
En la contemplación del primer misterio gozoso
encontraremos sublimes ejemplos, elocuentísimas lec­
ciones que nos impulsen al amor de tan necesaria
virtud,
«Por los hombres— dice el P. Tesniére— Dios se
hace hombre; por nosotros, miserables, el Altísimo se
humilla; por nosotros, criaturas, el Cieador es creado;
por nosotros, débiles é indigentes, el Todopoderoso
conoció y se sometió á la indigencia. Por nosotros,
hijos ingratos extraviados y rebeldes, el Hijo primogé­
nito ha sacrificado su felicidad y su gloria. Por nos­
otros, pecadores y perdidos para siempre, el Santo de
los Santos se ha entregado á los suplicios y á la muer­
te, Propter nos bomines. Por nosotros, si, por puro
amor, por pura misericordia, para levantarnos, rehabi­
litarnos, hacernos dichosos y abrirnos de nuevo, las
puertas del cielo, cerradas por la rebelión de nuestros
primeros padres.»
iOh que estupendo anonadamiento el del Divino
Verbo, descendiendo del cielo á tomar nuestra huma­
na naturaleza en el seno purísimo de la Santísima
VirgenI
Qiie nuestras almas le adoren en el silencio de la
admiración y sin atrevernos á hablar de tan profundo
misterio, fijemos nuestra atención en esa humildísima
Virgen que ha de ser nuestro modelo y celestial Maes­
tra en toda virtud y que parece darnos ejemplo de un
modo especial de ésta de la humildad, no sólo en el
misterio presente^ sino también durante toda su santí­
sima vida, ¿Quién pudo conocer durante ella en el as­
pecto humildísimo de esta Virgen, la excelsitud, la
grandeza, sólo inferior á la de Dios, que poseía esta
privilegiada criatura, obra maestra de su Diestra omni­
potente? ¿Quién hubiera reconocido á la excelsa Reina
de tierra y cielo, en la tierna r.iña que se ofrece en el
templo de jerusalén, á la Esposa inmaculada del Espí­
ritu Santo en la jovencita desposada con el humilde
carpintero de Nazaret, á la H ija predilecta del Eterno
y Tesorera de todas las gracias y bienes, fugitiva y
desterrada en Egipto, y á la Madre del mismo Dios,
viéndola en la cueva de Belén, ó inmóvil junto á la
Cruz del Calvario? Sólo Simeón y Ana la profetisa,
celestialmente inspirados, pudieron conocer que aque­
lla pobre mujer que se presentaba en el templo á cum­
plir la ley de la purificación era la misma pureza;
aquella alma inmaculada, toda hermosa y perfecta
desde el primer instante de su ser, á la que no osó
aproximarse jam ás la sombra de la más leve imper­
fección.
Mas Ella misma lo dijo en profética y bellísima
frase en el sublime cántico del Magníficat. Y cierta*
mente que esta profecía ha tenido la más completa y
consoladora realización, ¿Cómo no? Si era vaticinio de
la augusta Reina de los profetas. Regina Propbetarum.
¡Bienaventurada, sí, !a han llamado, llamarán y llaman
todos los siglos, las generaciones todas, porque el S e­
ñor ha visto la humildad de esta Virgen humildísima
de Nazaret, Reina excelsa de tierra y cielo. Hija, Ma­
dre y Esposa del mismo Dios!— «El que se humilla
será ensalzado», dice el divino Maestro, y así vemos
siempre en relación la grandeza con la humildad, y
esta Virgen, sublimada sobre toda criatura humana y
angélica, había de poseer una humildad excepcional,
por decirlo así, grandemente superior á la que tuvieron
las almas más santas, así como por ella fué Bienaven­
turada y ensalzada inconmensurablemente sobre todas
ellas.
IOh Madre mía! verdaderamente eres ejemplo per-
fectísimo, dechado admirable de esta hermosa virtud,
y si de todas las demás podemos decir que eres acaba­
dísimo modelo, pues que tu alma benditísima es el
ideal completo de toda perfección que enamora al mis*
mo Dios, todavía parece como si quisieras mostrarnos
esta virtud de un modo significativo.
;A h! es tanta la necesidad que tenemos de esta pri­
mordial virtud, y tanta la dificultad que ofrece á nues­
tra miseria su práctica, que debemos bendecir al Señor
viendo cómo se destaca, por decirlo así, la virtud de
La humildad, con un brillo extraordinario, y esto, no
porque todas las demás virtudes no resplandezcan en
ti igualmentej sino por la gran necesidad que tenemos
de fijarnos en ella.
En efecto, al contemplarte sobre la tierra, Madre
mía, parece que este rasgo de tu hermosísima figura
atrae poderosamente nuestra atención.
Tú, la Reina excelsa del cielo, Regina Sanctorum
omnium, nos ofreces un ejemplo de vida tan oculta, re­
tirada y humilde, sin que en ella se aperciban ní aun
esas demostraciones de celestial grandeza que el Omni­
potente hace brillar algunas veces en la vida de sus
siervos.
Tú, Madre mía, que reuniste las prerrogativas, las
gracias y dones que á todos ellos concediera, y cuya
perfección, gracia y santidad está á inconmensurable
altura de todos ellos, te presentas á nuestra vista sin
dar muestra alguna de tan excelsa grandeza, sin des­
cubrir nunca la gloria, los eminentes dones de gracia
inmensa que te circunda. Yo te contemplo, Madre mía,
allí donde hay humillación y dolor. Te veo al lado de
tu divino Hijo, cuando su humillación asombra al cie­
lo. En el pesebre de Belén, allí donde la Majestad y la
grandeza llega á ocultarse hasta el punto de ver á un
Dios niño que quiere nacer en un pobre establo, ro v
deando dos animales su cuna; allí te veo, Madre mia,
sosteniendo en tus brazos al divino Infante y partici­
pando de aquel desamparo y pobreza ,
Cuando en su sagrada pasión tué insultado y hecho
la befa y el escarnio de la plebe, te veo salir á su en­
cuentro en la calle de la Amargura á compartir los in­
sultos, burlas y humillaciones con tu amado jesús, y
si, por último, le contemplo expirando en un infame
patíbulo en medio de dos malhechores, allí estás tu
también, Madre querida, inmóvil al pie de la cruz, par­
ticipando de la ignominia de aquella afrentosa muerte
y absorbiendo en tu purísimo Corazón amarguras y
tormentos inexplicables, |Oh Madre mía! Yo te busco
en vano en esos momentos en que la divinidad de tu
Santísimo Hijo parecía brillar instantáneamente.
No me dice el Evangelio que estuvieses con Jesús
cuando las multitudes entusiasmadas por su predica­
ción y prodigios querían aclamarle R ey, ni con los
discípulos que contemplaron la manifestación de su
gloria en el Thabor, ni que tampoco te encontraras
con el Bautista al lado del Jordán, cuando se abriera
el cielo y se oyera aquella voz soberana que descubría
la gloria del Salvador, ni cuando entrase triunfante
por las calles de Jerusalén,
¡Ah, Madre mía, sólo te veo cerca de Él en la hu­
millación y en el dolor! ¡Qué bello ejemplol Bien p o ­
dremos decir que tu Inmaculado Corazón es el mode­
lo de los corazones verdaderamente generosos que no
quieren otra cosa que los sufrimientos por amor á J e ­
sús; mas esto, demostrándonos de manera asombrosa
la predilección de tu alma benditísima á la virtud de
la humildad.
Haz, Madre mía, que y a que hemos contemplado
los ejemplos sublimes que nos das de esta hermosa
virtud, tan rara desgraciadamente como necesaria, la
practiquemos imitándote en las humillaciones para
que un día alabemos á Dios contigo en la exaltación de
!a Bienaventuranza.— Amén.
e je m p l o

La institución de la festividad de Nuestra Señora del


Rosario tuvo su origen en el glorioso triunfo de las
huestes cristianas en Lepanto.
El Papa San Pío V, de gloriosa memoria, congregó
á los Pííncipes cristianos en una santa confederación y
liga contra las fuerzas del gran turco Selín Solimán en
el año de 1 5 7 1 , Para conseguir la victoria quiso que
el pueblo cristiano se preparase con oraciones, y muy
principalmente con la del Santo Rosario, para lo cual
aprobó y confirmó todas las indulgencias y gracias
que sus predecesores habían enriquecido á la Cofradía,
concediendo para en adelante indulgencia plenaria á
los que, inscribiéndose en ella, confesasen y comul­
gasen, y alentó muciio las procesiones que el primer
domingo de mes celebre esta Cofradía, exhortando á
que los cofrades y también los que no lo fuesen asistie­
ren á ellas, rezando devotamente el Rosario, implo*
rando de este modo el Patrocinio de la Santísima V ir­
gen. Ésta bondadosa Madre escuchó los ruegos que s us
hijos ía dirigían por medio de la devoción que tanto
ama, y concedió una milagrosa victoria, haciendo que
el viento cambiase, contra lo que era natural, á favor
de los cristianos, é infundiendo el desaliento en !a es­
cuadra de los turcos, habiendo confesado algunos de
ellos haber visto ángeles con espadas desnudas sobre
nuestras galeras. Por esto, en la saía Real del Vaticano
se pintó á San Pedro y San Pablo y un ejército de
ángeles que por la armada de la Liga peleaban contra
el poder del infierno, y se acuñaron medallas con la
misma alegoría. Mientras tenía lugar e-te memorable
triunfo, el Papa se ocupaba en Roma de un trabajo im­
portante con varios Prelados. De repente les impone
silencio con un signo de la manot se levanta brusca­
mente se dirige á una ventína, la abre, y permanece
asomado á ella algunos minutos en profunda contem­
plación. Estaba absorto mirando at cielo, y en su sem­
blante se delaba ver una gran emoción; después vol­
vióse á los Prelados, y exclamó: «N o hablemos ahora
de ningún asunto*, corramos á la iglesia á dar gracias
á Dios; nuestro ejército ha triunfado.» Todos los que
estaban presentes se fijaron en el día y la hora en que
tuvo esta visión el Papa: era el 7 de Octubre á las
cinco de la tarde. El día y la hora precisamente en los
que triunfaba la cruz en el golfo de Lepanto
En acción de gracias por esta victoria, quiso San
Pío V que se celebrase una fiesta el primer domingo de
Octubre, la fiesta de Nuestra Señora del Rosario, y
añadió también la invocación Auxiium Cbristianorum,
á las letanías de la Santísima Virgen María. (Padre
Pradel.)
san to s d evo to s d el r o sa r io

El glorioso Patriarca Santo Domingo de Guzmán


instituyó la devoción del Rosario* por revelación de
la Santísima Virgen, y en él halló un manantial abun­
dantísimo de gracias espirituales para renovar el espí­
ritu de fervor y de oración que parecí* haberse extin­
guido por completo entre los cristianos. La conversión
de más de cien mil herejes que habían resistido obsti­
nadamente la fuerza de los razonamientos, y la de in­
numerables pecadores, prueban con evidencia la ma­
ravillosa eficacia de esta hermosa devoción. Santo Do­
mingo la recomendaba á toda clase de personas, ex­
plicaba sus misterios con admirable unción y sencillez,
y aseguraba que Dios ha concedido á este piadoso
ejercicio una gracia especialísima y maravillosa para
alcanzar la conversión de los pecadores. (P . Moran.)

ELOGIOS DEL ROSARIO

Después de la Misa, ninguna devoción me es tan


agradable como el Rosario. (La Santísima y irgen al
Beato Alano.)
o b s e q u io

El obsequio á la Santísima Virgen para este día y lo


mismo para todos los del mes, será redoblar en cada
uno de ellos el fervor en la recitación del Santo Rosa-
rio* y la atención en la meditación de sus misterios.
También se podrán ofrecer á la Santísima Virgen,
como obsequio, los actos de piedad y mortificación
que á cada uno su devoción le inspire.

SÚ P LIC A S PARA TODOS LOS DÍAS

Y o os saludo, Virgen Santísima, Hija de Dios Pa­


dre, y bendigo á Dios que os preservó de toda mancha
en vuestra Inmaculada Concepción.
Por tan excelsa prerrogativa os rogamos nos con­
cedáis pureza de alma y cuerpo, y que nuestras’ con­
ciencias estén siempre libres, no sólo del pecado m or­
tal, sino también de to ia voluntaria falta é imper­
fección*
Avemaria.
Yo os saludo, Virgen Santísima, Madre de Dios
Hijo, y bendigo á Dios que os concedió el privilegio-de
unir la virginidad á la maternidad divina. Por tan sin­
gular beneficio os rogamos nos concedáis la gracia de
vivir cumpliendo nuestras respectivas obligaciones sin
apartarnos nunca de la presencia de Dios, dirigiendo
á su Gloria, y ofreciéndole por su amor hasta nuestro
más leve movimiento, santificando así todas nuestras
obras.
Aventaría,
Yo os saludo, Virgen Santísima, Esposa de Dios Es­
píritu Santo, y bendigo á Dios por la gracia que os
concedió en vuestra Asunción, glorificándoos en alma
y cuerpo. Por tan portentosa gracia os rogamos nos
alcancéis la de una muerte preciosa á los ojos del S e ­
ñor y que nos consoléis, bondadosa, en aquellos supre­
mos momentos, para que, confiados en vuestro po­
deroso auxilio, resistamos á los embates del enemigo
y muramos dulcemente reclinados enr vuestros aman­
tes brazos. Amén.
Avemaria.
o r a c ió n f in a l

[Oh Virgen Santísima del Rosario, Madre de Dios,


Reina del cielo, consuelo del mundo y terror del in­
fierno! ¡Oh encanto suavísimo de nuestras almas,
refugio en nuestras necesidades, consuelo en nuestras
penas y confianza en nuestros desalientos y pruebas!
A vos llegamos con filial confianza para depositar en
vuestro ternísimo corazón todas nuestras necesidades,
deseos, temores, tribulaciones y empresas. Vos, Madre
mía, lo conocéis todo, y omnipotente por gracia, po~
deis remediarnos; Vos nos amáis, Madre querida, y
queréis todo nuestro bien. [Ah, madre mía, cuán con -
solador es saber que no hay dolor para el que íio ten­
gáis consuelo, ni situación para la que no haya mise­
ricordia en vuestro amante corazón! Por esto nos arro­
jamos confiadamente en vuestros brazos, esperando
vuestro amparo maternal. Somos vuestros hijos, aun­
que indignos, por nuestras miserias y por la ingratitud
con que hemos correspondido á vuestros innumerables
favores.
Pero una vez más, madre querida, oid nuestras
súplicas y despachadlas favorablemente. Y para más
obligaros, os alabaremos con todo el afecto de que con
vuestra ayuda seamos capaces, con esa devoción pre­
ciosísima del Santo Rosario, por Vos inspirada, y me­
diante la cual habéis concedido tantas gracias. Protes­
tamos contra todas las distracciones que puedan venir­
nos y procuraremos rezarle con todo fervor, medi­
tando sus misterios y con la vista del alma fija en Vos,
Madre querida.
Vayan directas á vuestro corazón amabilísimo estas
salutaciones recitadas con creciente amor cada una de
ellas, y que al llegar á ese manantial inagotable de
dulzuras y bondades, salten hasta nuestros pobres co­
razones esas aguas benéficas de gracias y bendiciones.
Glorioso Santo Domingo que obtuvisteis en el mundo
cuanto pedisteis á María por medio del Santo Rosario,
alcanzadnos que alabemos dignamente á nuestra Ma­
dre. Santos devotos del Rosario, bienaventurado A r­
cángel San Gabriel, que fuisteis quien primero saludó
á vuestra Reina con el Ave María, ángel de nuestra
guarda y ángeles todos benditos que en el cielo la ala­
báis y alabaréis eternamente, unios á nosotros para ala­
barle en este instante, y hagamos coro diciendo. (Re%o
del Santo Rosario,)
Ave María gratiaplena, etc.
Deus in adjutorñm, etc.
M ISTERIOS GOZOSOS
P r im e r m i s t e r i o . — La Encarnación del Hijo de Dios*
Trasladémonos en espíritu á la casita de María, en
Nazareht, y unámonos a! Arcángel, saludando á la
Santísima Virgen con sus mismas palabras, al anun­
ciarle el grandioso misterio que vamos á meditar,
Contemplemos en él la humildad de María y la inefa­
ble Providencia del Señor, uniendo á la excelsa pre­
rrogativa de Madre de Dios á la virginidad que tanto
amaba.
Confundámonos de ser tan poco humildes, y avi-
vemos la confianza en la Divina Providencia,

S e g u n d o m i s t e r i o .— La Visitación de nuestro Señor.

Acompañemos en espíritu á María á través de las


montañas de la Judea, é imitemos su paciencia en las
molestias y privaciones de tan penoso viaje, en la tra­
vesía también penosa del desierto del mundo. Recor­
demos cuántos bienes lleva la presencia de María, á la
casa del Bautista no nos apartemos nunca de su lado, é
imitémosla en la práctica de la misericordia con nues­
tro prójimo, sin que nos arredren para ello los sacrifi­
cios y penalidad&s.

T e r c e r m i s t e r i o . -- E l Nacimiento del Hijo de Dios.

Unámonos en este misterio á los venturosos pasto­


res que santamente alborozados por la dichosa nueva
que el celeste mensajero les anuncia, rodean la hum il­
dísima cuna del Dios Niño. Ofrezcámosle en don nues­
tros corazones, y esperemos compartir con ellos las
sonrisas y caricias del amorosísimo Infante. Entonemos
con los ángeles aquel Gloria á Dios, pero no sólo con
nuestras voces, sino también con nuestras obras, para
que obtengamos la paz en el mismo cántico anunciada
por los ángeles, á los hombres de buena voluntad.

, C u a r t o m i s t e rio Purificación de Nuestra Señora.

Dirijamos la vista de nuestro espíritu al templo de


Jerusalén, y veremos asombrados cómo va á purificar­
se la misma pureza, cómo se humilla la excelsa Reina
de tierra y cielo, la Madre inmaculada y perfectísima
deí mismo Dios. Confundámonos ante ese ejemplo de
profundísima humildad, nosotros, miserables pecado­
res, alabemos con Simeón y Ana al Divino Niño pi­
diendo á María le deje reposar unos instantes en nues­
tro corazón.

Q u in t o m i s t e r i o . — E l Niño perdido y hallado en el templo.

Acompañemos á María en su dolor buscando por


calles y plazas al Amado de su alma, y veamos su so­
licitud en buscarle, aunque no era culpable de su pér­
dida. Busquemos también sin descanso á Jesús, reco­
brándole por la gracia si la hemos perdido por el pe-
, cado, y suframos con María resignados en su ausencia,
si sin culpa nuestra se aleja aparentemente de nuestra
alma para purificarla y hacerla crecer más por la prue­
ba en su divino amor.
*

MISTERIOS DOLOROSOS

P k im e r m i s t e r i o . — La Oración del Huerto,


Contemplemos á Jesús en el Huerto dé las Olivas
sufriendo tan horrible angustia su Divino Corazón, que
le produce sudor de sangre preciosísima. Postrémonos
también á su lado, aceptando á su imitación el cáliz
que la divina Providencia nos tiene preparado á cada
uno, y al gustar su amargura, repitamos la oración
que en el Huerto nos enseña nuestro adorable Maestro,
conformándonos siempre y en todo con la divina vo­
luntad.

S e g u n d o m i s t e r i o . — Los
acotes que el Hijo de Dios padeció
atado a la columna.

Oigamos durante este Misterio los despiadados g o l­


pes que descargan los judíos sobre las espaldas de
nuestro adorable Redentor, y al considerar cuánto
sufre por nuestro amor,hagam os generosos propósitos,
ofreciéndole no sólo sufrir resignados los azotes que
por nuestros pecados nos envíe, sino también cuanto
necesario sea para probarle nuestro amor por medio
de una vida verdaderamente piadosa y mortificada.

T e r c e r m i s t e r i o . — La
coronación de espinas
del Hijo de Dios,

Contemplemos al Soberano Señor de todo cuanto


existe, coronado, no de oro y piedras preciosas, sino
de cruelísimas espinas que taladran con tormento ho«
rrible su sacratísima cabeza. Oigamos las burlas de
aquellos inhumanos sayones, y allí junto á nuestro
divino Salvador, hecho la befa y el escarnio de la píe-
be, depongamos todo orgullo é ilusoria grandeza,
abrazándonos con las espinas de la humillación y del
desprecio.

C u a r t o m i s t e r i o . — De
cómo el Hijo de Dios
llevó por nuestro amor la cru% a cuestas.

Unámonos en espíritu á la Santísima Virgen y á las


piadosas mujeres, y salgamos al encuentro de Jesús
cargado con la cruz en las calles de Jerusalén. Miré­
mosle atentamente con la vista del alma, y al leer en
su divino rostro la dulzura, la mansedumbre y el ámor
con que lleva su cruz, avergoncémonos de la imper­
fección, impaciencia y falta de amor con que tantas
veces llevamos las nuestras.

Q u in t o m i s t e r i o . — La Crucifixión dei Hijo de Dios.

Subamos ya al Monte Calvario, y colocándonos


junto á la cruz de jesús, recojamos durante este m is­
terio las últimas gotas de aquella sangre preciosísima,
derramada toda por nuestra salvación, las últimas pa­
labras que, cual sublimes lecciones, salen de los divi­
nos labios del Salvador. Resolvamos, al contemplar
este supremo sacrificio, aceptar todos aquellos que el
Señor de nosotros exija para su gloria, nuestra, santifi­
cación y bien de nuestros prójimos} y si nuestra alma
se siente débil ante el sufrimiento, recordemos que no
estamos solos, pues que Jesús nos ha dado por Madre
á la Santísima Virgen María.

MISTERIOS GLORIOSOS

P r im e r m is t e r io . — La Resurrección dé nuestro Svñor.


Vayam os al sepulcro con la Magdalena, y al ver
que y a el Señor ha resucitado triunfante y glorioso,
avivem os nuestra fe y consideremos para consuelo de
nuestra alma, que también los sufrimientos que santa­
mente se padecen han de tener un fin glorioso y bien­
aventurado.

S eg un d o m is t e r io . — La Ascensión del Stñcr*

Contemplemos á nuestro divino Salvador subir al


cielo por su propia virtud, radiante de gloria y majes­
tad, y cuando las nubes de los cuidados ó de las tribu­
laciones de la vida nos impidan su vista, oigamos como
los apóstoles á los ángeles, es decir, á nuestros con­
fesores, á los buenos libros, á las inspiraciones de la
gracia que nos alientan á trabajar, recordándonos la
vuelta del Salvador para juzgar nuestras obras, y con-
cedernos, si fuesen buenas, la entrada en ese reino mag­
nifico de que toma posesión en su Ascensión gloriosa.

T e r c e r m i s t e r i o . — De la venida del Espíritu Santo,

Rodeemos á la Santísima Virgen en el Cenáculo,


uniéndonos á los discípulos del Salvador, que allí oran
bajo ía dirección de María. Contemplemos la plenitud
con que Ies comunica sus dones el Divino Espíritu, y
esperemos que, si devotos de ta Santísima Virgen per­
severamos fieles en la oración, Ella obtendrá también
para nuestras almas los soberanos y preciosos dones
del Espíritu Santo consolador»

C u a r t o m i s t e r i o . — La Asunción de Nuestra Señora.

Meditemos en este Misterio el bienaventurado trán­


sito de María en su Asunción á los cielos, y pidámosla
por ello una santa muerte, y que venga amorosa en
aquellos instantes supremos para que con su auxilio
triunfemos de las asechanzas del enemigo y alcance­
mos la corona de la eterna bienaventuranza.

Q jj ih t o m i s t e r i o . — La Coronación de Nuestra Señora.

Regocijémonos al contemplarla exaltación de María


en el cielo al ser coronada por la Trinidad Beatísima y
aclamada Reina por todos los cortesanos de la patria
celestial. Tomemos parte desde este triste valle de lá­
grim as en la alegría de la eterna jerusalén, y bendiga­
mos á María á todo momento, aclamándola como
Reina, Madre, vida, dulzura y esperanza suavísima de
nuestras almas.
Terminado el Rosario, se rezará la letanía Lau re-
tana con el Sub íuum presidium, é inmediatamente se
dirá la oración siguiente,, compuesta por Su Santidad
el Papa León XIII, para que se rece después del Rosario
durante el mes de Octubre, y que tiene concedidos
siete años y siete cuarentenas de indulgencia cada día
del citado mes.
ORACIÓN

A V os, bienaventurado San José, -acudimos en


nuestra tribulación, y después de implorar el auxilio
de vuestra santísima Esposa, solicitamos también con­
fiadamente vuestro patrocinio. Por aquella caridad
que con la Inmaculada Virgen María, Madre de Dios,
os tuvo unido, y por el paterno amor con que abra­
zasteis al Niño Jesús, humildemente os suplicamos que
volváis benigno los ojos á la herencia que con su san­
gre adquirió Jesucristo, y con vuestro poder y auxilio
socorráis nuestras necesidades.
Proteged ¡oh providentísimo custodio de la divina
Fam ilial la escogida descendencia de Jesucristo; apar­
tad de nosotros toda mancha de error y de corrupción;
asistidnos propicio desde el cielo, fortísimo libertador
nuestro, en esta lucha con el poder de las tinieblas; y
como en otro tiempo librasteis al Niño Jesús de inmi­
nente peligro de la vida, así ahora defended la Iglesia
santa de Dios de las asechanzas de sus enemigos y de
toda adversidad, y á cada uno de nosotros protegednos
con perpetuo patrocinio, para que á ejemplo vuestro,
y sostenidos por vuestro auxilio, podamos santamente
v ivir, y piadosamente morir y alcanzar en los cielos la
eterna bienaventuranza. Amén.
DIA 2

SEGUNDA CONSIDERACIÓN

SOBRE EL P R IM E R M IS T E R IO G O ZO SO

De la humildad.

Hermosos y sublimes son, como hemos visto* los


ejemplos que de la virtud de la humildad nos dió la
Santísima Virgen, y grande es la necesidad que tene­
mos de practicar esta fundamental virtud Ella es el
verdadero distintivo de las almas grandes. Parece que.
el Señor, siempre admirable en su sabiduría, las pro­
veyese de esta virtud,cual de escudo impenetrable, con
que puedan defenderse de los ataques de sus enemigos,
de los cuales el alma humilde siempre sale victoriosa.
«La humildad bien practicada— dice una piadosa
autora— lleva 3a paz al alm a y constituye la felicidad
de la vijla. Suele haber entre las personas piadosas un
error lamentable que consiste en considerar á la humil­
dad como una virtud austera y sombría y que entriste­
ce el alma, cuando, por el contrario, no hay virtud más
noble y consoladora que la humildad. Ella consiste en
apreciar en su justo valor lo que se debe á D ios, á las
criaturas y á si mismo, y obrar en consecuencia de
esta apreciación. La humildad es la franqueza y lealtad
del alma que quiere ver triunfar siempre la verdad
aun cuando este triunfo la humille y la confunda. Es
la delicadeza de un corazón que ama á Dios y cifra su
felicidad en que sea suya toda la gloria, pues nada es
más grato á aquel que ama que ver¿ la gloria de la
persona amada.»
Es la humildad verdadera piedra preciosa, moneda
de circulación segura para obtener los divinos favores,
báculo en que se.sostiene el alm a, tanto en los valles
obscuros de la prueba como en las alturas de la con­
templación. Dios la coloca en el alm a, donde quiere
hacer brillar sus misericordias, cual lastre maravilloso
para qne no sea sumergida en el borrascoso mar del
orgullo; ella previene» cual celestial antídoto,el veneno
de la propia estima, y cual seguro puerto sirve de asi­
lo en las furiosas tempestades y vientos de la lisonja
humana, tan frecuentes como terribles. El Beato En­
rique Suso, en un discurso sobre la humildad, dice elo­
giando esta virtud: «El que marcha por la senda de la
humildad ha encontrado el medio de abreviar el cami­
no y tiene alas para volar al Paraíso. Este es el camino
de pa2 y tranquilidad perfecta; imposible es servir á
Dios con m ayor seguridad que sepultándose sincera­
mente en la profundidad de su nada; y nadie puede
excusarse de hacerlo así, sea viejo ó joven , enfermo ó
sano, grande ó pequeño, pues que esta es una verdad
común á todas las criaturas.»
Y si aún queremos oír nuevos elogios de la humil­
dad, escuchemos al _P. Granada, que en uno de sus
arrebatos de sublime elocuencia exclama, contemplan­
do al Salvador arrodillado á los pies de sus discípulos
en el acto de lavarles los pies: «¡Oh admirable virtud
de la humildadl ¡Cómo deben ser grandes tus riquezas,
pues tanto eres alabada) ¡Oh, cómo no deben ser cono­
cidas, pues por tantas vías nos eres encomendada! ¡Oh
humildad predicada y enseñada en toda la vida de
Cristo; cantada y alabada por boca de su Madre* flor
hermosísima entre las virtudes, divina piedra imán
que atraes á ti el Criador de todas las cosas, El que te
desechase será de Dios desechado, aunque esté en lo
más alto del cielo, y el que te abrazare será de Dios
abrazado, aunque sea el mayor pecador de! mundo.
Tú places á los hombres, agradas á los ángeles, con­
fundes á los demonios y atas las manos al Criador. Tú
eres fundamento de las virtudes, muerte de los vicios,
espejo de las vírgenes y hospedería de la Santísima
Trinidad. Quien allega sin ti, derrama; quien edifica y
no sobre ti, destruye; quien amontona virtudes sin ti,
el polvo lleva ante la cara del viento. Sin ti la virgen
es desechada de las puertas del cielo, y contigo la pú­
blica pecadora es recibida á los pies de Cristo. Abra­
zad esta virtud las vírgenes para que por ella os apro­
veche vuestra virginidad. Buscadla vosotros los reli­
giosos, porque sin ella será vana vuestra religión. Y
no menos vosotros los legos, porque por ella seréis li­
brados de los laxos del mundo.í>
Nada añadiremos á tan provechosas enseñanzas, á
elogios tan brillantes de esta virtud fundamental. Pero
notemos que si la humildad es la base de todas las vir­
tudes, es también necesaria para conservarlas, y cual
precioso velo, por decirlo así, que preserva su brillo,
sin el cual el polvo de la vanagloria y los insectos as­
querosos del orgullo bien pronto le destruirían. ¡Ojalá
que contemplando la excelencia de esta virtud y la
absoluta necesidad que de ella tenemos para elevar y
conservar el edificio de la perfección en nuestras almas,
nos resolvamos á practicarla siempre de una manera
verdadera. Tengamos para ello presente el ejemplo que
de esta hermosa virtud nos da nuestra amorosísima
Madre; corramos á sus plantas benditas á suplicarla
sea Ella nuestra celestial Maestra, y seamos dóciles á
sus maternales enseñanzas. Sí, Madre mía, á tu ampa*
ro recurrimos, bajo tu manto nos cobijamos, cual el
niño que atemorizado á la vista de una fiera se preci­
pita confiado en el seno cariñoso de su madre. Nosotros
sabemos que esa fiera, ese monstruo horrible del orgu­
llo y de la soberbia, asóla la tierra, le vemos por do­
quiera hacer víctimas sin respetar siquiera los asilos
de la piedad ni las almas consagradas á practicarla.
Quiere separarnos de Dios y de ti, Madre querida;
robar el mérito de nuestras pobres obras con una vana
complacencia; á todas horas y en todas partes nos per­
sigue. Pero, joh Madre mía! Nosotros recurrimos á ti
con la confianza de que siguiendo dóciles tu amorosa
voz, é imitando con la ayuda de Dios los sublimes
ejemplos que de esta virtud nos dejaste, mientras v i­
viste sobre la tierra, triunfaremos de nuestros enemi­
gos, y llegaremos un día á la exaltación eterna de la
gloria, pues que si somos verdaderamente humildes
se cumplirá en nosotros aquella soberana é infalible
sentencia: E l que se humilla será ensalmado.

EJEMPLO

El P. Fernández refiere el siguiente caso, compro­


bado por otros seis autores que pueden verse en dicho
escritor (i).
' Sabido es que cuando Inglaterra y Escocia abraza­
ron las herejías de Lútero, Irlanda se mantuvo fiel ¿
Jesucristo, sufriendo increíbles trabajos y persecucio­
nes por su constancia. Sin duda alguna para premiar
su fidelidad y sostener á aquellos buenos católicos ha
obrado Dios muchas maravillas. En el año 15 7 5 , hacia
la Semana Santa, nació un árbol, de la estatura de un
¡¡.hombre, en una heredad de! piadoso Conde de Esmón.
1 Era un árbol desconocido en Europa; pero lo más ad­
m irable era que de sus ramas, en lugar de hojas, nacían
rosarios perfectamente formados, como los que usa-
rrios, y las cuentas estaban engarzadas en unos hilos
delgados, pero muy fuertes y de mucha consistencia.
El fervoroso Conde envió aquellos rosarios á diferentes
reinos para que fuesen testimonio de que el Santo Ro­
sario no sólo es árbol de vida que sustenta á los cató­
licos, sino también medicina que cura á los incrédulos

(j) Libro VI de] Rosario, cap. VI,


que se quieren aprovechar de sus quince misterios.
{/\ Moran.)
SA N TO S D EVOTOS DEL ROSARIO

El Beato Alano, religioso dominico, fué el restau­


rador del Rosario. Un atractivo singular le inclinaba al
culto de la Santísima Virgen; así que abrazó con fer­
vor la devoción del Rosario, creciendo más y más su
amor á esta práctica, hasta que llegó á hacer de ella su
ocupación favorita. La Santísima Virgen se le apareció
y animó á que propagase esta devoción, prometién­
dole su ayuda. El Beato Alano se dedicó durante quin­
ce años, con celo infatigable, á predicar el Santo Ro­
sario, y la Santísima Virgen bendijo su predicación,
apoyándola con admirables portentos. (P . Pradel.)

ELOGIOS DEL ROSARIO

El Rosario es una corona de gloria formada de dia­


mantes, que son los méritos; y de oro, que es la cari­
dad; con ella me corona la Virgen cada vez q le la
rezo. {E l Beato Alano.)
Todo lo dem/s como el día primero-
I>T^V 3
PRIMERA CONSIDERACIÓN

SOBRE EL SEGUNDO M IS T E R IO GO ZO SO

La Visitación de Nuestra Señora.

De la caridad para con el prójimo.

De gran trascendencia é importancia para nuestra


vida práctica son las enseñanzas que en este misterio
nos ofrece la Santísima Virgen María.
Contemplémosla, después de haber recibido la pre­
rrogativa sin igual de concebir en su purísimo seno al
Unigénito del Padre, y observemos cuál es su conducta
inmediatamente después de poseer tan excelsa gracia.
Lo primero que el Señor, que ya habita en ella cual
en inmaculado tabernáculo, la inspira, es un acto de
caridad para con el prójimo, es la visitación á su prima
Santa Isabel. Esta inspiración es fielmente correspon­
dida por María, sin que la detengan en su cum pli­
miento las dificultades y privaciones de un largo y pe­
noso viaje. ¡Ah! bien claramente nos demuestra este
ejemplo, que cuando el alma está cerca de Dios, cuando
le ama verdaderamente, no puede menos de traducirse
este mismo amor en obras de caridad para con el
prójimo.
Es que el amor de Dios y el amor al prójimo son
cual dos ramas que,partiendo delm smo tronco, han de
estar unidas para florecer y dar fruto, pu es pronto se
architarían si se tratara de separarlas. Por eso, según
mta Teresa, podremos juzgar del amor que á Dios
nemos por la medida del que tenemos á nuestros
ármanos, imagen suya. Esencial es este amor al pro­
no} es uno de los dos mandamientos en los que está
icerrada toda la ley, y tan íntimamente unido con el
-imero y principal de amar á Dios, que no pueden
pararse. Y es tan hermosa su práctica, tan conforme
»n los sentimientos grabados en el fondo de nuestro
irazón por la mano omnipotente del Señor, y tiene
nto atractivo la caridad, que aun aquellos que han
:rdido toda virtud, no quieren que se les niegue la de
;r compasivos en las necesidades de sus hermanos.
Pero, no es de esta caridad, como erróneamente se
llama en el mundo, de la que hemos de ocuparnos.
I am o ral prójimo podríamos compararlo á una pie-
ra preciosísima de inmenso valor, pero sumamente
ra, y que todo el que no la posee trata de falsificar,
leriendo engañarse á si propio, fingiendo que la
>see.
Veamos, si no las falsificaciones de esta hermosa
rtud, en esos actos externos de compasión, en los
íe para hacer una manifestación pública de caridad,
hiere de muerte á esa caridad, cometiendo pecados
mtra su mis.ua esencia,
¿Qué otra cosa son si no esos espectáculos donde
ofende á Dios, y por lo tanto, se destruye toda ca­
lad en el alma con el pretexto de ejercitar la benefi-
ncia para con el prójimo? ¿Qué esas limosnas fari-
icas á son de trompeta que despiertan el orgullo y las
¡serables pasiones, publicando extsriormente la prác*
¡a engañosa de la caridad, á la que en realidad se
ende? ¿Qué tantos y tantos actos que los hombres
lauden, pero que Dios reprueba y castiga? jAh, de
ántas maneras se falsifica la caridad para con el
ójimoj
Pero no hemos de detenernos en consideraciones
de este género; tal vez no encontraremos en ellas los
escollos más temibles para las personas piadosas que
saben la obligación que tenemos de ejercitarnos en
las obras de misericordia y el sigilo que en cuanto
sea posible deben guardar en su práctica, siguiendo el
consejo del Divino Maestro, que nos dice que ignore
nuestra mano izquierda el bien que con la derecha
practiquemos. Además, la vida retirada las pone á cu­
bierto de tan extravagantes y perjudiciales errores
como en el mundo se profesan.
Pero |ah! que aun cuando esto sea así, tenemos
mucho que temer todavía, pues no son esas las solas
falsificaciones de la caridad. Otras hay que, por lo :
mismo que son menos groseras, pueden engañarnos
con más facilidad, y es digno verdaderamente de llo­
rarse con lágrimas de sangre, ver tantos errores y
faltas en esta materia, no ya en el mundo, de quien es
propio errar y extraviarse caminando en tinieblas, sino
lo que es más doloroso, entre los que se precian de
caminar á la luz del Evangelio y de practicar sus di­
vinas enseñanzas.
No nos será difícil convencernos de cuán raro es el
espíritu de verdadera caridad, si nos fijamos en la con-:
ducta que se observa generalmente entre las personas
que hacen profesión de piedad. jEn cuántas conversa­
ciones se falta á esa caridad, que debiera ser el distin­
tivo de los discípulos del Salvador, ó por mejor decir,
cuán pocas son las conversaciones en las que reina e?te
espíritu cristianol ¡Oh cuán diferentes son las visitas
de los cristianos de lo que debieran ser, de lo que fuera
la que la Santísima Virgen hiciera á su Santa Prima!
Guiada María por la inspiración divina, sólo busca
en esta visita la gloria de Dios y el bien de las almas,
mientras que frecuentemente en las visitas de los que
imitarla debieran, se observa que el móvil para ellas es
alguna de esas pasiones de las que dominan el mísero
corazón humano, por más que á veces quiera disfra-;
rse con capa de virtud. Engaño lamentable es aquel
que tantas personas son víctimas, olvidando, mien-
ts se creen en camino -de perfección, la verdadera
ridad, que es el fundamento de esa perfección mis­
il No puede pensarse de otro modo, si se examinan
s conversaciones, en las que no se encuentra otra
sa que faltas contra la caridad, juicios contra su
5jimo, dureza en su propio parecer, aversiones, m i-
"ia, en fin, orgullo y falta de caridad de todos modos. .
Cierto que el mal es tan general, que casi no se
jara ya en él, y que aun á veces cree cubrirse con
ariencias de bien, sirviendo de pretexto ya el celo,
el deseo de que se corrijan los defectos que tal vez
aginariamente se suponen, sin reparar en los que
límente se están cometiendo, ó bien sirviendo de
cusa el amor ó la defensa de estos ó los otros prin­
gos ó ideas, la simpatía por esta ó la otra orden; y
> no sé con cuántas razones que disfrazan el mal, en
¡ que parece ayuda el enemigo de nuestras almas,
i interesado en que á la caridad se falte. Y ya que no
lede ocultarse que hay falta, se dice que estas son
tas ligeras, que de algo hay que hablar, y otras mil
cusas que en nada atenúan la gravedad á ñ mal.
¡Oh! si á la luz de la fe y con la vista interior libre
toda pasión lo considerásemos, ¡cuán distintamente
juzgaríamos, y con qué cuidado haríamos uso de
lestra lengua, de ese pequeño miembro, pero que
icde dar la muerte en expresión del Apóstol Santiago!
Y sí de toda palabra ociosa hemos de dar cuenta,
ué será de estas palabras^no ya ociosas solamente,
10 injuriosas al prójimo, por ilusiones que queramos
cernos?
En los diálogos de Santa Catalina de Sena, en ese
ro divinamente inspirado, se leen las siguientes pa­
iras, que el Señor revelara á la santa, respecto á
uellos que juzgan temerariamente á su prójimo;
fo piensan estos desgraciados-^dice— que la lengua
ha sido formada únicamente para honrarme, p ara con­
fesar süs faltas, p ara p racticar la v irtu d y tra b a ja r en
la salvación del prójimo.»
Examinemos, pues, si hacemos de nuestra lengua
el solo uso para que fue formada. No está prohibida
una santa, amena y modesta conversación, pues la
recreación prudente y santificada por una recta inten­
ción, honra también al Señor, ofreciéndosela como
descanso para reparar las fuerzas y emplearlas después
con mayor ardor en su servicio. Pero en manera algu­
na caben en este uso esas censuras apasionadas, esa
ligereza de juicio, ese deseo de sobreponerse á los de­
más, esa falta de docilidad á los representantes de Dios,
y de discreción en materias de las que nadie nos ha
constituido jueces, que se observan con una frecuencia
tristísima en las conversaciones de muchas personas
que deben aspirar á la perfección.
Sepamos callar; que el silencio es padre de grandes
pensamientos, y practicándolo en determinadas oca­
siones, evitaremos grandes males á nuestra alma; no
miremos como falta ligera contravenir á la divina Ley
y á los consejos y ejemplos que nuestro divino S alv a ­
dor nos dfó durante su vida mortal, y tengamos siem­
pre presente que son bienaventurados los misericor­
diosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
EJEMPLO

El venerable Clemente María Hofbaner, infatigable


Apóstol de Polonia, Alemania y Austria, decía: «Di­
choso aquel que comprende todo lo que hay de fe y de
luz, de esperanza y de amor en la práctica del Santo
Rosario.» Clemente María, ío comprendió admirable­
mente y supo hacerlo comprender á los demás.
«Esta piadosa corona— decía otra vez— es mi bi­
blioteca.» Era también su espada y su nscudo y el ins­
trumento de que se servía para hacer tantas conver­
siones. Complacíase en repetir que con el rezo del Ro­
sario ó de una parte de él, había siempre alcanzado de
Dios lo que le había pedido. Sentado en el tribunal de
la Penitencia, tenía en la mano los Rosarios benditos
que había recibido del Papa Pío VII, y jamás los deja­
ba cuando en el interior de la casa iba de una parte á
otra, ni por las calles más frecuentadas de la ciudad.
Si sabía que un enfermo rehusaba reconciliarse con
Dios, se apresuraba á ir en su busca pero armado de su
látigo para ahuyentar al demonio, «Cuando me llaman
cerca de un pecador obstinado— decía, — basta que yo
pueda rezar un Rosario por el camino para estar muy
seguro de un éxito feliz. No tengo memoria que en
semejantes casos un sólo enfermo haya muerto sin
convertirse. Cuanto mayor es la distancia, más seguro
estoy de salir con la míaT porque entonces tengo más
tiempo para decir mi Rosario.» A la vuelta de sus
correrías apostólicas decía: «Dios me ha dado otra vez
un alma por el precio de un Rosario.» No cesaba de
recomendar el Santo Rosario á sus discípulos, y les
procuraba Rosarios con los cuales pudiesen orar por
el camino, fortificarse contra las tentaciones y hablar
con Dios sin ser observados de los hombres. Pidámosle
interceda por nosotros con la Virgen del Rosario, á
quien invocó tantas veces y con tan feliz resultado
sobre la tierra. (Revista del Santísimo Rosario.)
SA N TO S DEVOTOS DEL ROSARIO

San Francisco de Asís, glorioso fundador de la Or­


den Franciscana, vivía animado de la más dulce ter­
nura hacia la Santísima Virgen, y en sus pláticas espi­
rituales con Santo Domingo de Guzmán aprendió la
devoción del Rosario, que frecuentemente recomendaba
á sus innumerables y santos hijos. ( R . del 5 . Rosatio.)
ELOGIOS DEL ROSARIO

El Rosario es el aumento de los cristianos. (Ur­


bano VIL)
SEGUNDA CONSIDERACION

SOBRE E L SEGUNDO MISTERIO GOZOSO

De 11 caridad.

Muchos son los ejemplos que nos ofrece el misterio


de la Visitación de la Santísima Virgen.
En efecto, ¿quién podrá decir cuánta sería la cor­
dialidad, dulzura y caritativo trato de que fué modelo
en la dichosa morada de su Santa Prima? [Ah y cuán
necesaria y conveniente es imitarla en esta cristiana
afabilidad, en el trato con nuestros prójimos! Pudié­
ramos llamar á esta virtuosa condescendencia con el
prójimo pequeña moneda de la caridad, pero como las
ocasiones de practicarla son continuas, podemos for­
mar con ella tesoros de virtud para nuestra alm a, edi­
ficando y ayudando así al espiritual aprovechamiento
de nuestros hermanos.
Personas hay piadosas, por otra parte, y capaces
hasta de hacer sacrificios por sus semejantes en ocasión
determinada, pero cuyo trato ordinario es tan áspero
é intransigente, que desvían, no sólo de su comunica­
ción en fa que tanto bien podrían sembrar, sino hasta
de la piedad que dicen practicar, pues con su “adusto
proceder la presentan bajo un aspecto sombrío é in­
soportable,
¡Qué contraste ofrece su conducta con la dulzura y
condescendencia de la Santísima Virgen!
Si estas personas se hubiesen encontrado en las bo­
das de Canaán, ciertamente que no hubiesen interce­
dido por los esposos para que el Salvador Ies proveye­
se, por un miíagro, de excelente y abundante vin o.
Hubieran pensado que esta falta era provechosa, pues
hacía practicar á los convidados la abstinencia y á los
esposos la humillación, Pero María no piensa de este
modo. El espíritu de la verdadera piedad es rígida so­
lamente para nosotros mismos, pero indulgente para
con el prójimo, no sólo socorriéndole en las necesida­
des graves, sino procurando en todo su bien y hasta
procurándole todo aquello que lícitamente pueda serle
agradable.
¡Hermoso ejemplo nos ofrece de esta complacencia
la Santísima Virgen enaquellas bodas!
No parece sin misterio que sólo nos hable el Evan­
gelio de un milagro obrado por nuestro divino S a lv a ­
dor á instancias de su Santísima Madre, y que esto no
sea por una causa grave, sino solamente para propor­
cionar vino á aquellos convidados y evitar la confusión
que los esposos hubieran de sufrir por esa falta. Y
para esto insiste María sin desanimarse por la negativa
de su divino Hijo, cual si con esto quisiera demostrar­
nos que si tanto se interesaba en nuestra felicidad tem­
poral, ¿cuál será su solicitud cuando se trate de los in ­
tereses de nuestra eterna salvación?
Revistámonos, pues, de ese espíritu de caridad sa­
biendo soportar en él las flaquezas de nuestros próji­
mos, haciéndonos á todos para ganarlos á todos par a
Dios, recordando siempre ios consejos y ejemplos de
este hermoso espíritu de caridad que nuestro adorable
Salvador nos dió durante su vida mortal, queriendo al
fin de ella inculcarnos especialmente este precepto, y
llamándole nuevo y suyo para que más grabado nos
quedara. Pues, ¿cómo podremos olvidar, si somos
agradecidos, la amonestación que nos hace nuestro di­
vino Redentor, precisamente al despedirse de sus discí­
pulos y darnos en herencia el inapreciable tesoro de la
Sagrada Eucaristía?
¡Oh, no olvidemos este principalísimo deber del
amor á nuestro prójimo, y no permitamos sea falso en
nosotras el espíritu de caridad! ¡Oh caridad hermosa,
virtud sublime, cuán pocos te conocen bajo tu verda­
dero aspecto! Tú eres, sin embargo, el distintivo de
los discípulos de nuestro amoroso Jesús, y es bien tris­
te considerar cuántos de los que honrarse quieren con
tan bello título no te poseen. Creen algunos que tu
práctica consiste en alargar con vanidad un socorro
material al pobre prójimo, á quien quizá se trate dura­
mente si en algo contraría. Tú eres dulce, atable, be­
nigna é indulgente, Todo lo sufres, lo embelleces todo
y no admites límite» frontera, resentimiento ni antago­
nismo de ningún género.
El que por ti es dirigido, no reconoce estos n om ­
bres; para él no hay más que dos clases de hombres.
Unos, los discípulos del Evangelio, sus hermanos, á
quienes ama en Dios; y otros, Tos desgraciados que se
apartan de esta divina enseñanza, por los que desea
sufrir y por los que ruega con todas las veras de su
alma. Hermanos también y que corren ciegos á su per­
dición, son objeto de sus sufrimientos por la desgracia
que les amenaza y por las ofensas que infieren á Dios
su amoroso Padre, de quien locamente se apartan.
¡Oh dulce caridadl para tu predicación podemos
decir en cierto modo, reservó el Salvador sus más me­
morables enseñanzas. Quiso dejarte como distintivo de
nuestra fe en Él y de nuestra adhesión á su doctrina;
«En esto conocerán que sois mis discípulos, en que os
amáis.» Cuando ha de darnos el dulce nombre de hi­
jos de Dios, quiere que sea á título de esta misma ca­
ridad, y exclama: aBiena venturados los pacíficos,» V
como si temiera nos habíamos de olvidar de este pre­
cepto, nunca deja de recomendarle, hasta que últim a­
mente, cuando su dulcísima palabra puede hacer m ayor
impresión en el corazón de sus discípulos, por estar
próximo á la muerte, entonces, cual si quisiera fijar
más su atención, les anuncia un mandamiento nuevo.
Pero, Jesús mío, ¿cómo le llamáis nuevo? Si no ha­
béis dejado de predicar este mutuo amor, esta dulcísi­
ma caridad con vuestra palabra, con vuestros ejem­
plos, con vuestros m ilagros, en toda vuestra vida m or­
tal, qué vais á inmolar por un acto de esa caridad
misma* ¿Por qué llamar nuevo á este precepto, si no
hay rasgo en vuestra santísima vida (que ha de ser el
modelo de la de vuestros discípulos), en el que no se
nos manifieste de una manera terminante? ¡Oh mi Je ­
sús! Nuevo le llamáis, sí, pero es para que sea siempre
nuevo nuestro ardor en practicarlo, Y ya que nuestra
atención está fija, entonces, como si quisierais dar toda
la fuerza á este precepto, parece que nos mandáis hasta
lo imposible. Amáos, decís, como yo os be amado. jOh
amado de mi corazón! ¿Cómo es posible esto? ¡Amar­
nos como Vos nos habéis amado! ¡Vos, que siendo
Dios habéis bajado á nuestro destierro para sufrir nues­
tras miserias (excepto el pecado), pagar nuestras deu­
das y traernos vuestras gracias y misericordias! V os,
que habéis querido nacer pobre siendo el infinito Po­
der; vivir ignorado, siéndola misma Sabiduría; y m o­
rir condenado como criminal, siendo el Autor divino
de toda santidad. Vos, cuyo corazón amantísimo no
ha acertado á separarse de nosotros, y habéis obrado
la estupenda maravilla de quedaros con nosotros hasta
la consumación de los siglos en el Sacramento de vues-
tro amor.
¡Oh Dios mío! Solo Vos mismo sabéis cuánto nos
habéis amado. Nosotros, Señor, nunca podremos com­
prenderlo. Mas ya que no sea posible la imitación de
este inmenso amor en su extensión, nos le habéis deja­
do como bellísimo original para que nos esforcemos en
copiar algunos rasgos, siquiera sea imperfectamente.
Mas, ¡oh Jesús míol i Con qué facilidad olvidamos
vuestras amorosas enseñanzas! ¿Dónde buscar ya esa
caridad hermosa en toda su pureza? El mundo hace
gala de destrozarla, y lo que es más triste, muchos en­
tre los que se llaman vuestros discípulos, desprecian
esta jo y a que les legasteis con tanto amor.
El hombre enemigo (el demonio), parece que siem­
bra la envidia, el orgullo en vuestro bello cam po(
y ya casi se percibe entre esta cizaña maldita el
hermoso grano de la caridad, paz, dulzura, compasión
y misericordia. Llámase á esta cizaña miserable con
pomposos títulos, espíritu de partido, de nacionalidad,
y otros nombres aún más sagrados, pero en realidad
se destroza la caridad, y se renuncia á ser vuestros dis­
cípulos, pues que Vos mismo habéis dicho que este
mutuo amor sería la señal de que pertenecemos á vues*
tra escuela. Mucho tenemos que llorar de parte de
nuestros enemigos; mas ¡oh Dios míol cuán diferente
sería nuestra situación sí ellos pudieran decir de nos*
otros lo que se decía de los primeros cristianos: «M i­
rad cómo se aman.» ¡Cuántos más serían los que se
nos unieran, atraídos por este divino sello de la ca­
ridad!
Señor, Vos lo podéis todo. Venid en medio de nos­
otros en este borrascoso mar del mundo, é instruidnos
con vuestras inspiraciones. Decidnos á qué espíritu
pertenecemos cuando un falso celo nos haga ser duros
con nuestros hermanos. Enseñadnos á conducir con
dulzura al pobre paralítico á la piscina de la peniten­
cia; á no huir del que muerto á la gracia exhala el mal
olor de sus pecados; dadnos aquel espíritu de los pri­
meros fieles con el que mutuamente nos exhortemos á
la caridad; con aquella ternura con que el Apóstol
San Juan lo hacía en su ancianidad á sus discípulos,
dándoles por único consejo este mutuo amor, y gra­
bad en nuestros corazones aquellas sublimes palabras
que desde la Cruz pronunciasteis rogando por vues­
tros enemigos, para que á vuestra imitación y por
vuestro am or todo lo suframos y perdonemos.
E JE M P L O

Un religioso salía á pedir limosna por los pueblos,


y es sabido que en muchos las Ordenes religiosas te­
nían sus casas de hermandad, y que allí comían y dor­
mían cuando estaban de viaje. Sucedió un día, q u ¿el
buen religioso tuvo que pasar la noche y parte del día
en una gran casa aislada de esas tan comunes en C a­
taluña y que parecen castillos feudales. Los morado­
res de la casa eran personas piadosas y de sentimien­
tos puramente cristianos. Formábanla una viuda, el
hijo casado, la nuera y los hijos de éstos.
A la hora de comer, el religioso observó cierta tris­
teza en la familia, cierto malestar. Todos obsequiaban
al buen fraile, todos hablaban con él; pero ellos entre
sí no se dirigían jam ás la palabra.
Después de concluida !a comida, el buen religioso
quedó un momento solo con la nuera, y no por curio­
sidad, sino por caridad, le preguntó:
— ¿Qué os sucede, hija mía? Veo aquí una tristeza
que no comprendo.
— [A y, Padre!— dijo la jo ven ,— lo que sucede en
casa es que tenemos en ella un verdadero infierno. Mi
suegra tiene un genio atroz, y no hay quien la aguan*
te. Hace cerca de un año que tuvimos una reyerta, y
desde entonces no nos hemos hablado, ni nos hablare­
mos hasta el fin del juicio.
— ¿Y rezáis el Rosario juntas?— dijo el Padre.
- Todos los días— contestó la nuera.— Mi suegra lo
reza como ama de casa, y los demás la acompañamos
en el rezo; ya lo verá vuestra reverencia hoy, aunque
como hay un religioso, mi suegra le cederá su lugar.
>—¿Y las dos juntas habláis con Dios y con su San­
tísima Madre durante el expresado Rosario, y no ha­
bláis después? ¿Y piensas tú que Dios ni la Virgen Ma­
ría os escuchan rezando con el corazón lleno de odio
y de resentimiento?
La joven bajó la cabeza y no contestó.Antes de
cenar rezaron el Rosario. Al fraile le pareció observar
que la nuera contestaba con voz trémula y conm ovi­
da; en los últimos Padrenuestros apenas se la oía.
Al concluirla última Salve, al decir el padre: Ave
Marta Purísima, la nuera se levantó, co p ó la mano á
su suegra, y delante de toda la familia, criados y mozos
de labranza, besó la mano á la madre de su marido,
diciendo con voz entrecortada por las lágrimas;
— Perdonadme, madre mía; os he faltado hace un
año y os pido perdón, pues soy mal educada y poco
cristiana. Toda la culpa es mía.
La anciana cogió entre sus brazos la esposa de su
hijo, y entonces empezó otra disputa mezclada con
lágrimas y besos.
— Si soy y o — decía la suegra,— que tengo un ge­
nio que no nje aguantarían los santos del cielo.
— No, no, que soy y o ; pues no me hago cargo de
vuestra edad y de lo que habéis sufrido durante vues­
tra vida, pobre madre mía, y lo que os ha costado lle ­
var la cosa adelante; y al fin y al cabo, nuestra dispu­
ta vino de que vos no queríais que se gastase el dine­
ro, que de seguro no os llevaríais al otro mundo, sino
que lo ahorrabais para vuestro hijo, mi marido, y todo
quedaba en casa.
— De todos modos— intervino el religioso,— resul­
ta que érais dos personas buenas, y que el diablo se
había metido en medio, teniendo bastante ganancia, y
la Virgen del Rosario le ha obligado á huir.
El buen fraile se marchó al día siguiente.
Un año después volvió á visitar á la familia. Allí
todos estaban alegres, y vió á la viuda que* tenía en
sus rodillas á una criatura de pocos meses que la mi­
raba y la sonreía.
— fHolal— dijo el religioso— gente nueva tenemos.
— Es una niña— dijo la anciana— que Dios nos
mandó hace tres meses.
— Y se llama Rosario— dijo el ama joven.
— ¡Bendito sea Dios!— contestó el religioso.
— Ahora ya podemos rezar el Rosario— dijo la
nuera,— ¿no es verdad, madre?
—¿No callarás?— contestó la buena mujer dando
con la mano un golpecito en la mejilla á su nuera.
Al acostarse el religioso, se puso de rodillas y dió
las gracias á la Virgen María por la felicidad de aque­
lla casa.
Al despedirse de la familia, el herelero le besó la
mano.
— Padre— le dijo,— Dios trajo aquí á vuestra reve­
rencia. Desde que usted dijo á mi mujer que Dios y la
Virgen María no escuchaban en el Rosario á los que
tenían rencor, esta casa, de un infierno que era, se ha
trocado en un cielo, y todo se lo debemos á !a visita
de vuestra reverencia.
--N o hijo mío; gracias sean dadas á Dios— contes­
tó el fraile,— y á la Virgen del Rosario.
(Semana Católica, !&83.)

san to s d evo to s del r o s a r io

San Felipe Neri adoptó la piadosa costumbre de


dormir con su Rosario á ñn de comenzar á rezarlo tan
luego como se despertase. Maravillosamente aficionado
á modo de rezar tan provechoso, decía que creía dis­
gustaría grandemente al Señor si no le rezase todo'
entero cada día. (Revista del Rosario.)

ELOGIOS D EL ROSARIO

El Rosario es el tesoro de las gracias. (Paulo V.)


I>I A. 5

TERC ERA CONSIDERACION

SOBRE E L SEGUNDO MISTERIO GOZOSO

Caridad con las benditas almas del purgatorio.

Al hablar de la caridad y del deber que tenemos de


ejercitarla con nuestros prójimos, no es posible pasar
en silencio el que tenemos de aliviar y socorrer á unos
prójimos tan amados de Dios como son las almas del
purgatorio.
¡Oh qué grandes consuelos, cuánta felicidad pode­
mos hacer llegar á este penoso lugar de expiación! En
él podemos ejercitar varias obras de misericordia con
sólo practicar la de rogar á Dios con oraciones y sa­
crificios, por las almas que allí se purifican.
Vestiremos al desnudo, no con los harapos que en
el mundo cubren la desnudez, sino con vestidura de
gloria preciosísima é imperecedera. Allí podremos sa­
ciar el hambre y sed de nuestros hermanos, pero no el
hambre y sed material es, sino esa hambre penosísima,
esa mística sed de Dios, de la que dijo el Profeta: Sitivit
in te anima mea, qiiam multiplidter, tibi caro mea. Que-
madmodum desiderat cervus ad fontes aquarum ita desideral
anima mea ad te Deus, y que las almas del purgatorio,
libres y a de la mortal envoltura del cuerpo, y conoce­
doras de la inmensidad del bien que anhelan, padecen
por manera tan violenta, que ella constituye el m ayor
de sus horrorosos tormentos. Allí visitaremos, no con
nuestra presencia, pero sí con nuestros sufragios á
aquellas benditas almas, que sufren mucho más que
todos los enfermos del mundo, á aquellas prisioneras
de la Divina Justicia, que suspiran por la libertad con
ansia incomparablemente mayor que los prisioneros
de la justicia humana. Allí redimiremos alm as cautivas
á costa de nuestras oraciones y obras satisfactorias;
allí, por fin, consolaremos á estas tristes almas abre­
viando su destierro y acelerando el momento á tan
fatigados peregrinos, de llegar al celeste albergue, á la
patria inmortal de la bienaventuranza.
Verdaderamente que nunca nuestra caritativa a yu ­
da se empleará mejor que en favor de las almas del
purgatorio. No tendremos que temer que nuestros fa­
vorecidos paguen con la ingratitud nuestros dones, y
aunque esta consideración nunca debe de detenernos
en el ejercicio de las obras de caridad, pues puramente
por Dios deben hacerse, todavía es consolador pensar
que la semilla de caridad que sembremos en el purga­
torio será de la que mayores frutos de bendición reco­
gerá nuestra alma, que los intereses espirituales que
en la banca deL purgatorio coloquemos, serán los que
más nos enriquezcan de bienes de gracia en el tiempo
y de gloria en la eternidad. ¿Y cómo no, si son nues­
tros deudores, no solamente esas almas santas que,
-agradecidas, nos alcanzarán gracias preciosísimas, sino
el mismo cielo, que nos debe, por decirlo así, la anti-
cipación del gozo que. allí proporciona la entrada de
nuevos bienaventurados?
El mismo Dios puede decirse que en cierto sentido
ha querido como ligar su mano omnipotente para esta
obra del alivio del purgatorio, dejándonos á nosotros
el poder y el mérito de arrancar á aquella purgación
terrible á esas almas benditas,.esposas suyas, á las que
tanto ama, así que al satisfacer nosotros su justicia
con nuestros sufragios, y anticipar la entrada, en el
cielo-de estas almas, cabe pensar, á nuestro modo de
entender, que esta obra quiere recibirla y hacerse como
deudor nuestro el mismo Dios. ¡Oh cuán misteriosa­
mente grande y cuán poco conocida es la devoción en
favor de las almas del purgatorio! Verdaderamente,
que aunque nuestro corazón fuese bastante insensible
para no dolemos de las terribles penas que aquellas
benditas almas padecen, y aunque nuestra fe fuese tan
tibia que no nos moviera la gloria que á Dios procura
esta hermosa obra, todavía habíamos de practicarla,
aunque sólo fuese por el bien que proporcione á núes
tra alma.
Bienaventurados los misericordiosos, dijo el Se­
ñor, porque ellos alcanzarán misericordia; y cuando
habla del juicio final, nos promete el cielo en premio
de esta misericordia, tomando como hechos en favor
suyo las obras de caridad que con nuestro prójimo
hubiésemos practicado.
Cierto es que no debemos conformarnos cuando
podamos con practicar la misericordia en el purgato­
rio; sino que en el mundo hemos de ayudar también
á nuestro prójimo; pero [qué consolador es saber que
hay un lugar en el que siempre, y cualquiera que sean
nuestras circunstancias, podemos ser misericordiosos
y alcanzar, por lo tanto, misericordia. En efecto, hay
ocasiones á veces poco favorables para ayudar al pró­
jimo. La pobreza, la enfermedad, la falta de libertad,
se presentan en la vida como obstáculos para que el
alma piadosa no pueda practicar todo el bien que de­
searía. Pero ¿qué obstáculo puede impedir que se ejer­
cite' la misericordia con las almas benditas del purga­
torio? A llí llegan como sufragio los dolores de la en­
fermedad, las privaciones de la pobreza, los sufrimien­
tos del corazón, los esfuerzos todos del alma para
alcanzar la virtud, cuando todo esto se ofrece al Señor
para alivio de aquellas almas desterradas.
Seamos, pues, caritativos con las almas del purga­
torio, y y a que tantas son nuestras deudas, imitemos
al mayordomo del Evangelio, cuya prudencia alaba
nuestro divino Maestro en la parábola, porque supo
hacerse amigo de los deudores de su Señor, perdo^
nándoles parte de sus deudas. Imitemos esta pruden­
cia, perdonando, es decir, satisfaciendo las deudas de
las almas del purgatorio para tener por amigas á estas
santas almas en el día de la cuenta, ó sea en la hora
de la muerte. ¡Oh qué consuelo debe ser en aquellos
momentos haber sido devoto de las almas del purga­
torio, haber puesto por medio del voto de ánimas,
la parte satisfactoria de nuestras buenas obras en ma­
nos de María, haber ofrecido continuamente sufragios
é indulgencias para acelerarlas el gozo de la bienaven­
turanza!
No es tan fácil por medio de las indulgencias ali­
viar y librar de horrorosos tormentos á aquellas almas
amadas de Dios. Todos los días recibiendo la sagrada
Comunión y rezando después la oración. ¡Vedme aquí,
oh mi amado y buen Jesús!, que se lee en casi todos
los devocionarios, podemos mandar una indulgencia
plenaria al purgatorio, y en días determinados con la
misma Comunión podemos ganar otras varias. El
Santo Rosario, como se verá en otra parte, tiene con­
cedidas multitud de indulgencias. ¿Por qué, pues, no
hemos de comulgar, oir la santa Misa, rezar el Rosa­
rio y hacer otras buenas obras en favor de las almas
del purgatorio?
¡Oh, feliz el alma que con una santa vida se dedi­
case al alivio de las almas del Purgatorio! ¿Cuál sería
su dicha en la hora de la muerte? Si quisiéramos exten­
dernos en piadosas conjeturas, podríamos pensar cuán
fervorosamente orarán por ella entonces aquella mul­
titud de almas á quienes ayudó á salir de indecibles
tormentos y aceleró la posesión del Bien infinito. ¿No
podrían tal vez estas almas para quien tanto bien Ies
hizo, alcanzarla la gracia de morir en brazos de María?
Y entonces si una madre del mundo no es capaz de
soltar al hijo que estrecha en su regazo para que caiga
en el fuego, cuánta será su confianza de no caer desde
estos amantes brazos en las terribles llamas del pur­
gatorio.
Verddad es que el alma no puede entrar en el cíelo
sino enteramente purificada, pero María, que tiene las
llaves de los tesoros de gracia que en el divino Cora-
zón se encierran, no podrá obtener para esta alma
tales disposiciones que la purifiquen en sus últimos
instantes y la libren de aquellos espantosos tormentos,
Cierto que esto no pasan de ser piadosas suposi­
ciones, pero no por esto dejan de ser consoladoras,
pues al fin cuando se trata de la bondad del Corazón
amorosísimo de María, por lejos que se vaya en la
consideración de su poder y de su misericordia, siem-
pre nos quedaremos lejos de la realidad.
Seamos, pues, muy devotos de las ánimas bendi­
tas, y no dudemos en poner en manos de María todas
nuestras obras satisfactorias, que esta amorosa Madre
hará que sean no sólo fructiferas para las almas del
purgatorio, sino también para nuestras propias almas.

E JE M P L O

L a venerable Sor Benita de Laus, aplicaba diaria­


mente en sufragio de las ánimas los quince rosarios
que rezaba todos los días, y á imitación de Santo Do­
m ingo, añadía á sus oraciones grandes penitencias.
Muchas veces, por especial dispensación de la Provi­
dencia, aquellas alm as venían á pedir que rogase por
ellas. Sor Benita las otorgaba sin tardanza lo que re ­
clamaban. En cierta ocasión en que rezaba su Rosario
por los difuntos, observó junto á ella una sombra que
parecía mirarla con fijeza y como con gran ansiedad,
cual si esperase de aquel Rosario su libertad y rescate.
Muchas veces venían las almas del cielo para darle
gracias y bendecirla; ai ausentarse dejaban su pobre
celda embalsamada con los aromas del paraíso. Otra5
almas, después que salían del purgatorio, pasaban jun­
to á ella y decían: «Adiós, hermana querida, hasta
que nos veamos en la gloria.» (P . P ra d e l)

D EVOTOS DEL ROSA RÍO

El célebre P. Milleriot, lUm ido el apóstol del pue­


blo, fué devotísimo del Rosario en favor de las almas
del purgatorio. Un mes antes de morir, decía á su
Prelado:— ¿Uáted trabaja por el cielo, verdad?— S í.—
Pues yo no.— ¿Por quién trabajáis entonces?— Trabajo
por el purgatorio.Yo paso toda la mañana en enviar al
purgatorio almas que sin la confesión trían al infierno.
En el tiempo restante yo saco de allí.— Y mostraba su
gran rosario, que rezaba en las calles, en los caminos,
en todas partes, por las almas del purgatorio. (Revista
del Santísimo Rosario,)

ELOGIOS DEL ROSARIO

Con mi Rosario saqué de las penas del purgato­


rio á más de un millón de almas, (Beato Juan Masías.
DIA O

PRIMERA CONSIDERACION
SOBRE E L TERCER MISTERIO G 020S0

El nacimiento del Hijo de Dios.

De la virtud de la pobrera

Si es tierno, poético y lleno de celestial consuelo


el m isterio que vam os á considerar, se presta también
á profundas m editaciones, y despréndese de él un fruto
práctico de la ir a y o r trascendencia en la vida e sp iri­
tu al. L a pobrezat es decir, el desprendim iento de los
bienes y cosas terrenales, es la virtud que principal­
mente descuella en este tercer m isterio del nacim iento
del Hijo de Dios en el portal de Belén. ¡Ahí tanta es la
dificultad que nuestra m ísera naturaleza encuentra en
la práctica de la pobreza, de las p rivaciones que, por
decirlo así, no quiso nuestro sapientísim o y Divino
M aestro darnos en este caso una lección m enos elo­
cuente que la contem plación del nacim iento tem poral
de un Dios infinito, om nipotente y eterno, sin tener
siquiera un m iserable rincón preparado para su naci-
cim iento, com o el m ás pobre y necesitado de los hom ­
bres, e ligién d o lo m ás despreciable, un pesebre rod ea­
do de bestias, y aun éste prestado y sin propiedad,
siendo el dueño absoluto de todas las cosas y su sobe-
rano C reador.
Vam os, pues, á ese p ortal, junto á ese pesebre.
cuna del R ey de reyes y Señor de los que dom inan, á
aprender cuál es el aprecio y la estimación que deben
tener para el cristiano, y de una m anera especial para
el alm a que aspi.a á la perfección, los bienes, los ho­
nores, las dignidades de este m undo. Este pesebre es
la cátedra donde por prim era vez se presenta á nues­
tra vista el celestial Maestro que descendió del cielo
para ser nuestro divino m odelo, y sólo á su im itación
está vinculada nuestra salvación eterna. Quede, pues,
esta prim era enseñanza, grabada en nuestro corazón.
¡Oh] ¿ Y cóm o ju stificar al lado de este pobre pesebre,
en este m iserable portal, esos deseos de am ontonar r i­
quezas, que han de ser un puñado de basura; esos cui­
dados excesivos por un porvenir, que quizá no llegue
para nosotros; esas superfluidades que nos rodean y
de las que no serem os menos responsables delante de
Dios, porque el uso y las costum bres de un siglo sen­
sual y falto de fe las autorice? ¿Qué pensar allí de esos
fantasm as de superioridad que nos forjam os en nues­
tra insensatez y que llam am os nobleza, posición ele­
vada, superioridad de talento; y por las cuales lle g a ­
mos á creernos m ayores que nuestros semejantes? M i­
rem os, m irem os, á ese portal, y veam os lo que signi -
fican en la presencia de Dios esas noblezas, riquezas,
honores, ó por m ejor decir, esa m iseria, ese orgu llo ,
é insensatez que desola la tierra. O jalá esta mirada
haga caer á tiem po la venda de nuestros ojos, para
que nos apartem os de la senda del error, por donde el
mundo se precipita en el eterno abism o. Con razón
exclam a el P, Granada: a¡Oh curiosidades y dem a­
sías, cóm o sois vosotras acogidas en tierra de cristia­
nos! ¡O bien seam os cristianos, ó bien desechemos de
nosotros todos estos regajo s y dem asías, pues nuestro
Señor y M aestro, no sólo desechó de sí todo lo dem a­
siado, sino tam bién lo necesario!»
Por esto observam os que esta virtud de la pobreza
ha sido particularm ente am ada por los santos. Virtud
rara es, en efecto, la verdadera pobreza, y poco c o ­
nocida en toda su perfección; m as ella es característica
de las alm as que conocen á la luz de la conjiepiplación
dé las soberanas grandezas, la nada y m iseria de las
cosas m ateriales, y el m agnífico prem io que por re­
nunciarlas se alcanza. Y no cream os que esta virtud
ptjede sólo practicarse en ia carencia absoluta de terre­
nales bienes, no; ella, com o todas, no depende tanto
de las circunstancias com o de la voluntad, y por eso
dijo nuestro divino Salvad o r: «Bienaventurados los
pobres de espíritu.» Poco ó nada im plican las e x te rio ­
ridades para el alm a que quiere seguir 4. Jesú s en ía
p obreza. El la inspirará sacrificios de tal m odo, que en
medio de la m ayo r opulencia pueda, desnuda de todo
afecto m aterial, obtener el premio prom etido á tan her­
m osa virtud . S í, pobre es, aunque posea grandes cauda­
les, el que se sujeta á un plan de vida m ortificado y p o ­
bre, no perm itiéndose nunca m oderar sus austeras pres­
cripciones, y á quien el espíritu de pobreza inform a en
todas sus obras com o tirano im placable de las in clin a­
ciones y deseos de la naturaleza, Rico es en espíritu, y
puede m orir con el anatema del avaro, aquel que au n ­
que v iv a forzosam ente en la miseria, alim enta deseos
desordenados de riqueza y placer, sin m oderarlos en
nada en cuanto le es posible satisfacerlos.
Esto nos asegura el Beato Enrique Suso, cuando en
su discurso sobre la necesidad de renunciarse á sí m is­
m o, dice: «Si el rico tom a de sus riquezas lo necesario
para alim entarse y vestirse, com o si lo pidiera á otro;
si cuando sus am igos ú otros que lo merezcan tienen
necesidad de socorros les a y u d a , com o si aquellos bie­
nes fuesen realm ente de los pobres á quien los da; si,
en fin, cuando viene la adversidad y pierde su fortu­
na perm anece tranquilo y sosegado com o si jam ás
hubiese poseído nada, éste será verdaderam ente pobre
de espíritu, aunque posea el im perio de A u gu sto ó los
tesoros de Creso.»
No encontrarem os, pues, obstáculos si q uerem os
practicar esta virtud de la pobreza. A todas horas y
de todos m odos se nos presentarán ocasiones para ello ,
si verdaderam ente queremos obrar según prescribe, y
constante Bien te tendrem os que practicar el sacrificio
si querem os llegar á su perfección. ]Cuántas necesida­
des dejarán d escrío para nosotros! ¡C uántas p riv a d o *
nes sabrem os im ponernosi ¡C u án tos a livio s, aunque
sean lícitos, y aun cuando nos parezcan hasta cierto
punto necesarios rehusarem os, si tenemos presente
que hem os de practicar la pobreza! ¡A hí dichosos no s­
otros si som os verdaderam ente pobres de espíritu, pues
poseeremos al mismo Dios, tesoro infinito de nuestras
almas y A utor soberano soberano de todo bien.

EJEMPLO

El santo Cura de A rs daba tantas lim osnas, qua


frecuentemente se encontraba con que no tenía siquie­
ra lo necesario.
En una ocasión no tenía con qué pagar una capilla
que había hecho construir en la iglesia. ¿Qué hacer?
Tom a su rosario y va á pasaearse por el cam po, com o
solía hacerlo cuando se veía en sem ejantes apuros.
Mas apenas había llegado á las puertas de la ciudad, se
encontró a u n caballero que le preguntó cómo le iba:
— Estoy bien— contestó el Cura de A rs ;— pero m uy
: afligido porque no tengo con qué p agar una capilla que
; acabo de hacer construir.— El caballero reflexiona un
i poco, saca de) bolsillo veinticinco m onedas de oro, y
i se las entrega al sacerdote, encomendándose á sus o ra ­
ciones, desapareciendo á galope, sin dar lu g a r á que
el varón de D ios le m anifieste su agradecim iento.
En otra ocasión que debía el trig o empleado en el
mantenimiento de su Instituto La Provid ncia, rezab a
el Rosario con la m ayo r confianza en M aría, cuando
de repente se le presenta una mujer preguntándole si
era el C u ra de A rs, y com o la respondiese que s ít—
hé aquí— dijo la m ujer— el dinero que me han m anda­
do entregarle; se encomiendan á sus oraciones,— L a
m ujer desapareció al instante sin decir quién era, ni
quién la había enviado, y el virtuoso p árroco, lleno de
reconocim iento, llevó el dinero al propietario que le
había vendido el trigo. (Vida del Cura de A rs.)

SANTOS DEVOTOS DEL ROSARIO

San Antonio de Padua, este portentoso tau m atu rgo,


llam ado por el Soberano Pontífice Arca del Testamentot
á causa del conocim iento profundo que tenía de las S a ­
gradas Escrituras, fué devotísim o del Rosario- L a cró­
nica de su Orden refiere lo siguiente: a Habiéndole sor­
prendido al Santo, en despoblado un fu erte aguacero,
y no teniendo con qué abrigarse, se colocó sobre la ca ­
beza su rosario, rogando á la Virgen que le defendiese
de la lluvia. ¡C osa adm irable) Apenas acabó su oración,
he aquí que el rosario, cual si se hubiese convertido en
grande y solidísim o techo, lo cubrió y p rotegió de tal
m anera, que llegó á la ciudad sin que le tocase una
go ta de a g u a ,» (Revista del Santísimo Rosario J

ELOGIOS DEL ROSARIO

El R osario es el hom enaje m ás agradable á la Ma­


dre de D ios, y su re¿o es la práctica de todos los fieles.
(San Alfonso Ligorio.)
r>i^ 7
SEGUNDA CONSIDERACION
SOBRE EL TERCER MISTERIO GOZOSO

Pobrera de espíritu

No se puede dudar que la doctrina de Jesu cristo es


en todo opuesta á las m áxim as del m undo, y por esto
necesitan cegarse aquellos que pretenden herm anarlas,
olvidando que es imposible servir á dos señores.
Por cierto que es el pobre establo de Belén lu gar
á propósito para convencernos de esta verdad, pues
vem os al R e y del cielo elegir la m ayo r pobreza para
su nacim iento, ofreciéndonos gran contraste con el e s­
píritu del m undo, en el que no se viv e sino para pro­
curar riquezas, com odidades y placeres. Nuestro Divino
Maestro llam ó bienaventurados á los pobres de espí­
ritu, pero el mundo no llam a dichoso sino al que posee
grandes riquezas, siquiera sean mal adquiridas y labre
con ellas su eterna desgracia.
Parece que la explicación de tan opuesta doctrina
se encuentra en la existencia de la otra vid a , en la que
el pobre de espíritu gozará el fruto de sus privaciones,
m ientras que el llam ado dichoso en el mundo no g o ­
zará de su felicidad m ás que lo que dure su efím era
existencia sobre la tierra.
Pero aunque al ju zg ar de este m odo no nos equi­
vocaríam os ciertam ente, tam poco com prenderíam os
toda la dicha dex pobre de espíritu ni la esclavitud del
que vive anhelando los bienes del m undo. La d esgra­
cia de éste no empieza del otro lado de la tum ba, ni
la de aquél, aun cuando aquél sea el verdadero prem io,
tiene que esperar á la m uerte para em pezar á gozar el
fruto de la virtud de la pobreza.
O bservem os si no al que padece la sed de riquezas,
y verem os con cuánta exactitud se la ha com parado á
la del hidrópico, que no sirve nada más que para e x ci­
tar el torm ento del deseo, sin llegar jam ás al descanso
de la saciedad.
Nunca el avaro estará satisfecho; no h a y en el m un­
do cifras que puedan com poner la cantidad que su e ­
ña su codicia, ni tesoros capaces de a p a g a r esa sed pe­
nosa de oro que le d evora. De suerte que, á pesar de
sus riquezas, tiene que ser desgraciado por no poder
satisfacer los deseos de su corazón. Se dirá que no to ­
dos los ricos son avaro s, ciertam ente; m a s ía m ultitud
de cuidados que la riqueza proporciona, las p érdidas,
negocios, sinsabores á ellas anejas, son com o espinas
que punzan y no dejan gozar de paz y a le g ría .
El pobre de espíritu, por el contrario, disfruta una
paz inalterable, un gozo que nadie le puede arrebatar ,
Tiene lo que quiere, pues nada desea, y es verdad in­
negable que no es más feliz quien m ás tiene, sino quien
menos necesita. La ausencia de cuidados y sobre todo
la tranquilidad de la conciencia, tan difícil en la pose -
sión de las riquezas, son fuentes también de dicha
para el pobre de e sp íritu , no sólo durante la vid a,
sino tam bién á la hora de la m uerte. En efecto» en
aquella ñora no le atorm entará el am or á las r i­
quezas que deja, ni el recuerdo de cómo las adm inis­
tró durante su vida, y gozosa su alm a, desprendida de
los bienes del mundo, saldrá de él dichosa para tom ar
posesión del verdadero bien, inm utable y eterno. [Bien­
aventurados los pobres de espíritu podemos excla-
m ar, no sólo en la bienaventuranza de la g lo ria , sino
aun en este mundo, pues todo lo tiene quien nada de­
sea, y ellos gozarán la sola paz y contento que puede
haber en este m iserable va lle de lágrim as!
Anim ém onos, pues, á pesar de la obstinada resis­
tencia que nuestra mísera naturaleza nos opone, á
practicar, pero de una manera generosa y sin re la ja ­
ción esta virtud evagélica de la pobreza. Veam os los
elogios que de ella hacen los San tos: «La pobreza v o ­
luntaria— dice San Ju a n C lím aco— es una abdicación de
los cuidados del sig lo , un cam ino sin obstáculos hacía
Dios, ía expulsión de la tristeza, el fundam ento de la
paz y la pureza de la vid a.» «La pobreza—dice San
Francisco de A sis— es el c. mino de la salv ació n , el
fundam ento de la humildad y de la perfección v e r­
dadera.»
«Te he m ostrado— dijo el Señor á Santa Catalina
de S e n a — que todo el m al, todas las penas de esta
vida y en la otra provienen del am or desordenado á
las riquezas; ahora verás cóm o, por el contrario, toda
paz y reposo nace de la verdadera pobreza. Contem ­
pla á mis am ados pobres y adm ira con qué santa ale­
gría pasan sus días; no les entristece otra cosa que las
ofensas que se me hacen; pero esta tristeza* en lu gar
de afligirlos, conforta su alm a. En la pobreza han en­
contrado la suprem a riqueza y han abandonado las ti­
nieblas para gozar de una perfecta luz. Por haber aban­
donado la miseria del mundo gozan de una alegría sin
lim ites, pues han trocado despreciables bienes por in­
mortales tesoros, y experim entan una gran satisfacción
en sufrir por la justicia. En sus relaciones con las cria­
turas racionales, brilla la caridad, y por esto no h ay
aceptación de personas. Pues, ¿dónde si no en el fuego
de la caridad luce la virtud de la esperanza? Por eso en
esta luz que les he manifestado Y o , que so y la eterna
y soberana felicidad, han renunciado á las esperanzas
y consolaciones del m undo, y han abrazado com o á
tierna esposa la verdadera pobreza con todas sus se ­
guidoras consecuencias, que son la hum illación, el des­
precio de sí m ismo y una humildad sincera, las cuales
mantienen en el alm a el am or á la pobreza.»
V olvam os, después de haber meditado las excelen­
cias de la pobreza* al m ísero portal de Belén, y veam o s
allí á la Santísim a V irgen tan pobre, que ni aun tiene
lo necesario para abrigar al divino Niño. Mas ]ah! que
Ella es la prim era que tiene la dicha de verle sobre la
tierra, y para María es la prim era m irada del Dios he­
cho hom bre, que si nada de lo que el mundo estim a ha
querido v e r junto á su cuna al venir á é l, ha querido
se encontraran cerca los prodigios de la gracia, y ser
recibido en su venida al m undo por la más pura de las
criaturas que en ella h a ya existido ni existirá ja m á s, la
San tísim a V irgen M aría,
¡Oh Madre m íal haced que despreciem os los bienes
de este mundo y que va ya m o s á estudiar á ese porta-
lito cuál es su valo r y la estim a que para el cristiano
deben tener. ¡Oh portal bendito de B elén, desprovisto
de los bienes de la tierra, pero ilum inado por los ex-
plendores del cielo y conteniendo sus tesorosl ¡Oh Ma­
dre querida] Haced, sí, que esta enseñanza no la o lv i­
dem os ja m á s; que sepam os despojarnos de todo lo
hum ano y m aterial, y que nuestras alm as sean místico
p ortal, pobre y desnudo de todo afecto y deseo de los
bienes de este m undo, para que las luces del cielo pe­
netren en ellas y sean dignas de albergar también á
nuestro divino Salvad o r, pudiendo así esperar nos
llev e un día á ias m oradas eternas del reino de los cie­
lo s, por Él prom etido á los pobres de espirita. Am én.

EJEMPLO

Refiere el beato A lano que una señ ora, llam ada Do­
m inga, acostum braba á rezar el R o sario, y habiendo
dejado de rezarle quedó reducida á tan extrem ada m i­
seria, que un d ía, desesperada, se dió tres cuchilladas.
E staba y a para espirar y ios dem onios se preparaban
á llevársela al infierno, cuando se le apareció M aría
Santísim a, diciéndola: «H ija, tú te has olvidado de m í,
pero y o no he querido olvidarm e de ti en recom pensa
del Rosario que en otro tiem po me rezabas. Si p ro si­
gues rezándolo te d evolveré la vida y las riquezas que
perdiste.» Pronto sanó D om inga, y habiendo conti­
nuado rezando el Rosario recobró sus bienes, y en la
hora de la m uerte María v o lv ió á aparecérsela alabán­
dola por su fidelidad, y espiró en la paz del Señor.
(De las glorias de Marta.)

SANTOS DEVOTOS DEL ROSARIO

San Benito Jo sé L ab re, m uerto en R om a a fin e s del


pasado siglo , practicaba en grad o eminente la d ev o ­
ción al Rosario. Era fácil reconocerle por un gran ro ­
sario que llevaba colgado al cuello y del que no se des­
prendía ni de día ni de noche; pero no contento con
esto, habíase revestido, por decirlo así, del espíritu del
R o sario, es decir, del espíritu de pobreza y anonada­
miento que enseñan los m isterios gozosos; del espíritu
de m ortificación y guerra á las pasiones que enseñan
los m isterios dolorosos, y del espíritu de elevación su ­
blim e que gustan ciertas alm as en los m isterios g lo rio ­
sos. ( Revista del Santísimo Rosario.)

ELOGIOS DEL ROSARIO

Ja m á s será tenido por buen cristiano quien no rece


el R o sario, (E l Rdo, P . ClareL)
DIA 8

PRIMERA CONSIDERACION
SOBRE EL CUARTO MISTERIO GOZOSO

La Purificación de Nuestra Señora.

De las prácticas piadosas,

Qiié singulares afectos deben despertarse en nues­


tras alm as al considerar este m isterio de la Purificación
de Nuestra Señora. ¿C óm o es esto? ¡P u rfic a rse la m is­
m a pureza, la Reina inm aculada de las vírgenes, la
excelsa Madre de D ios, cuya bendita alm a estuvo
exenta desde el prim er instante de su Concepción P u rí­
sim a de toda som bra de im perfección! M ateria abun­
dante nos prestaría para esta consideración conteimpiar
la inm aculada perfección de esta humilde y obediente
V irgen que se presenta en el tem plo para cum plir una
le y que en m anera alguna la ob ligaba. M as no vam os
á ocuparnos ahora de estas tres virtudes, que cual pie­
d ras preciosas se destacan en este m isterio en la diade­
m a de la Reina del cielo: la hum ildad, la obediencia y
la pureza. De la prim era de estas virtudes nos hemos
ocupado y a ; de la segunda encontrarem os ocasión de
hacerlo m ás tarde, y de la tercera sólo una pluma an­
gélica podría ocuparse convenientem ente. Virtud d eli­
cada^ flor bellísim a, transplarjtada del cielo,, que no nace
en el m ísero lodazal del m undo, ni entre el estiércol de
la naturaleza corrom pida. Sólo se aclim ata á las plan-
tas de Ja purísim a Reina de las vírgen es, creciendo ¿ la
som bra de su am paro y cercada por las espinas de la
cristiana m ortificación. Reservado tiene esta virtud an­
gélica premii> singular en el cielo, pues sólo los que
con perfección la poseyeron en el mundo entonarán
aquel cántico m isterioso no com prensible á otras a l­
mas, y seguirán al Cordero divino, celestial Esposo de
las alm as puras continuam ente, y aun desde esta vida
son objeto estas almas dichosas de los m ás preciosos
favores y de una íntim a confianza del Corazón divin o
que desde su venida al mundo quiso estar rodeado y
com unicarse especialmente con las alm as adornadas de
tan celestial virtud.
Podrem os com prender algo de cuán grata sea á sus
divinos ojos si consideram os que no h ay falta leve
cuanto á ella se opone, al paso que nada h ay extre­
mado cuando se trata de conservarla ó perfeccionarla,
pues la prudencia que regula de ordinario otras v irtu ­
des, parece se detiene con respeto ante ésta, sin gu lar­
mente bella, de tal m odo, que cualquiera que sea el sa­
crificio que en su honor haga el hom bre, aun cuando
sea el de la propia vid a, tal vez el mundo le tache de
imprudente; pero la Iglesia, la voz de Dios, no le re­
conviene por falta de prudencia, sino que le aclam a
mártir heroico de Ja castidad.
Pero aunque no nos ocupemos de las tres virtudes
que tanto resplandecen en este m isterio, todavía po­
dremos sacar de él una provechosa enseñanza, si con­
tem plam os á la Santísim a Virgen en el tem plo, cum­
pliendo con el precepto de la purificación á que no
estaba obligada, y ofreciéndonos un ejemplo bellísim o
de la exactitud que debemos observar en nuestras prác­
ticas piadosas, tanto en aquellas á que estam os obli­
gados com o cristianos, cuanto en aquellas otras que
estando recom endadas para adelantar en la perfección
no debemos tam poco om itir.
Debemos parar nuestra atención en el espíritu que
debe anim arnos al practicar estos actos de religión,
para que evitem os el hacerlos por rutina, y los p rac­
tiq u e m o s/^ no de una manera digna de ta grandeza
de Dios á quien se dirigen, á lo menos del modo más
reverente que nos sea posible.
A consideraciones tristísim as se presta ver ía falta
de com postura que se nota en los tem plos, á los que
á veces parece se va más bien á ofender á la Majestad
de Dios, allí presente, que á adorarle y d esagraviarle.
Esto hace pensar esa falta de reverencia, esa ignoran­
cia hasta en la m anera de entrar y salir en ellos, sin
hacer las genuflexiones debidas, ó no haciéndolas de la
m anera conveniente, m ientras que se estudian cuida­
dosamente los usos para presentarse bien en la socie­
dad, Y lo que acaba de apenar el alma es observar
cuán sin respeto se permanece en la casa de Dios, con
qué libertad se m ira á todas partes y con qué facilidad
se habla, y no y a una p alabra necesaria, sino se llega
hasta entablar una conversación, haciendo caso om iso
de la santidad del lugar,
[A h ! Si nos penetráram os bien de la grandeza de
Dios allí presente; si avivásem os nuestra fe y conside­
ráram os los espíritus angélicos que postrados ocultan
sus rostros bajo sus alas, deslum brados por la gloria
que contem plan, ¿qué haríam os nosotros, viles gu sa­
nillos, m iserables pecadores, que hemos ofendido á
este Dios de m ajestad y grandeza? Bien podríam os
decir, llenos de asom bro y confusión, aquellas p ala­
bras de Ja c o b : «Verdaderam ente grande es este lu gar
en que Dios habita,» Pero no podríam os añadir que lo
ignorábam os, pues que la fe nos ensena la real 'pre­
sencia de nuestro Dios en el augusto Sacram ento de
nuestros altares.
No entrem os, pues, en el tem plo, sin considerar
que es un lu gar santo, y entonces evitarem os caer en
¿esas faltas, tan frecuentes por desgracia, com o daño­
sas á ía fe. R ecojam os nuestros sentidos, cerrem os
nuestros ojos corporales para descubrir m ejor con la
vísta interior la santidad del tem plo, y adorem os con
toda la atención de nuestro espíritu y con la m ayo r
reverencia exterior á nuestro Dios sacram entado, que
en su am or y m isericordia se dignó quedarse en núes-
tros Tabernáculos, y adm itirnos en su divina presencia
para recibir nuestras adoraciones y acoger bondadoso
nuestras súplicas. No nos ocupem os de otra cosa que
de la oración en el tem plo; recordemos cóm o nuestro
mansísimo Jesús arrojara á los profanadores de Jeru-
salén, y por lo mismo que en él recibe el Señor tantas
irreverencias, hagám onos un deber de ser escrupulo­
samente fieles en esta reverencia, para d esagraviarle
y dar buen ejem plo, y nunca sin m uy grave necesidad
hablemos en él, aunque cream os podíam os hacerlo
buenamente. También hemos de practicar con recogí’
miento y atención todos nuestros deberes religiosos,
aunque sea fuera del tem plo, pues no hemos de olvid ar
la majestad de Dios á quien los dedicam os. Digo con
atención, porque vem os hay personas que se ocupan
más de aum entar el num ero de sus devociones, que de
practicarlas de una manera conveniente. San Francisco
de Sales aconseja hacer las cosas ordinarias, mas no de
una manera ordinaria, sino con perfección. Pero estas
personas miden ésta por el m ayo r número de o rad o -
nes y prácticas piadosas que pueden m ultiplicar. No
oyen hablar de nuevas oraciones ó d evocion es, sin que
las abracen inm ediatamente, resultando de aquí que
cargándose de un cúm ulo de prácticas que no pueden
cum plir, encuentran en esta m ultiplicidad una carga
que les abrum a, de la que tratan de desembarazarse lo
más pronto posible, y pensando únicamente en ter­
minar pronto, no se ocupan de las disposiciones que
á la oración deben llevarse, ni sacar se puede otro
fruto de esta m anera de obrar, que el cansancio, y lo
que es peor, una cierta costum bre de rezar m aquinal­
mente, por decirlo así} apartándose en un todo é irrv*
posibilitándose en cierto m odo de llevar á la oración
un espíritu tranquilo, atento, hum ilde y recogido cual
se debe. Bien se ve cuán preferible fuera reducir estas
devociones y practicar con verdadero espíritu aquellas
que son com patibles con los deberes y disposiciones
de cada uno, según el dictamen de su director espiri­
tual. Esta debe ser nuestra conducta, huir de esa fiebre
de novedad que quiere abarcar cuanto o y e é imitar á
todo el mundo. H em os de conform arnos con practicar,
pero con perseverancia inquebrantable, aquello que
prudentem ente ha sido aprobado en nuestro plan de
v id a t y si querem os hacer m ás, fijémonos en hacer
m ejor cada día aquello m ism o que m ás haremos (es
decir, más agradables serán á Dios nuestras prácticas
á medida que con m ayo r perfección las observem os),

EJEMPLO

T res vírgen es, con objeto de prepararse para la


fiesta de la Purificación y por consejo de su confesor,
rezaron el R csario por espacio de cuarenta días. En la
vig ilia de dicha fiesta la Santísim a V irgen se apareció
á la prim era hermana con un rico vestido bordado en
o ro , y dándola las gracias la bendijo. Aparecióse des­
pués á la otra hermana con un vestido sencillo y tam ­
bién la dió las gracias, m as preguntándole ésta por.qué
se había presentado á la otra con un vestido tan rico,
M aría la contestó:— Porque ella me ha vestido mejor
que tú. Después aparecióse á la tercera con un vestido
de cañam azo, y ésta la pidió perdón por su tibieza en
am arla.
A l siguiente año todas tres se prepararon m uy bien
para dicha fiesta, rezando el R o sario con gran d evo ­
ción, y en la noche anterior á la fiesta, apareciéndo-
selas María m uy engalanada, las dijo que se prepara­
sen para ver el paraíso en la mañana siguiente. Así lo
hicieron, confesando y com ulgando, y á la hora de
Completas volvieron á ve r á la Santísim a V irgen , que
vino á buscarlas, y entre los cánticos de los ángeles
expiraron dulcemente las tres una tras otra. (De las
glorias Marta.)

SANTOS DEVOTOS DEL ROSARIO

El Rosario fué el único libro de Santa Herminia de


Pibrao. En él, y en los m isterios que nos hace contem ­
plar, halló un m anantial inagotable de luces, consola­
ciones y de arrobam ientos inefables. (P . Pradel.)

ELOGIOS DEL ROSARIO

Bien mirada la devoción del R o sa rio , en su form a


interna com o externa, se ve que contiene en sí ó su ­
ministra materia á todas las devociones, cualesquiera
que ellas sean. (P . Leikes.)
DIA O

SEG U N D A CO NSIDERACIO N

SOBRE E L CUARTO MISTERIO GOZOSO

De las prácticas piadosas.

Siguiendo hoy las consideraciones sobre las prác­


ticas piadosas que la contem plación de la Santísim a
V irgen en el tem plo nos inspiran, y habiéndonos y a
ocupado de la m anera de que hemos de practicarlas,
harem os algunas reflexiones acerca d é lo s principales
actos de piedad, exceptuando los Santos Sacram en tos,
de los que nos ocuparem os más tarde.
Entre ellas ocupa el prim er lu g a r la diaria asisten­
cia al santo sacrificio de la Misa.
Verdaderam ente no se concibe cóm o un cristiano,
y m ás aún una persona que h aga profesión de piedad,
puede, á menos de tener g rav es im pedim entos, pasar
un solo día sin asistir á la renovación de los m iniste­
rios sagrad os de nuestra redención, sin im plorar la
divina m isericordia tan propicia durante el santo sa­
crificio de la Misa, sobre tantas y tantas necesidades
particulares y generales que nos rodean, y sobre las
alm as benditas del purgatorio para las que la santa
M isa es sufragio valiosísim o. 1
El P. Corm ier, en sus entretenim ientos á los T e r­
ciarios dom inicos, dice lo siguiente, que puede m uy
bien aplicarse á los devotos del santo R osario:
«El Terciario debe considerar la santa Misa com ó
el sol de su día y com o sólido eje alrededor del cual
se m ueven con facilidad, ardor y vigo r todas sus ac­
ciones, tanto interiores com o exteriores. Por lo tanto,
debe disponer todas las obligaciones de su estado de
tal m odo, que le permitan asistir á ella todos los días.
Si tiene que hacer algunas concesiones respecto á sus
ejercicios de piedad, por causa de las personas que le
rodean ó de las exigencias de sus ocupaciones, tratará
de que estas concesiones recaigan m ás bien sobre otros
ejercicios, para que no se le m oleste respecto ¿ éste.
Ha de saber también soportar en paz (sin que por esto
se resista absolutam ente á las personas que debe obe­
diencia), las in vectivas y recrim inaciones que puedan
hacérsele, con el fin de conquistar poco á poco esta
justa y preciosa libertad de asistir al santo sacrificio de
la Misa todos los días. Y le será más fácil conquistarla
á medida que dem uestre sabe aprovecharse de ella,
trabajando el resto del día en cum plir sus deberes, con
mejor acierto y m ayo r discreción y generosidad.»
La oración m ental, la lectura espiritual y el exa­
men de conciencia, son tam bién medios para alcanzar
la perfección, y por lo tanto, nunca tas debemos om itir.
Más adelante encontraremos ocasión de ocuparnos
de la prim era de estas prácticas, y en cuanto á las
otras dos, debemos procurar ob servarlas del modo
que piadosos autores nos enseñan, cuidando en la lec­
tura espiritual de usar solam ente los libros que nues­
tro director nos aconseje, pues no todo lo bueno hace
bien á todos, y debem os hacerla con detención, sa b o ­
reando cada uno de aquellos pensamientos que hacen
bien á nuestro esp íritu, dejándoles penetrar dulcem en­
te, suspendiendo algunos instantes nuestra lectura,
que m ás vale leer poco y sacar mucho fruto, que no
devorar m uchas páginas, fría y precipitadam ente.
Conveniente es fijarnos un mom entito antes, y hacer
una ligerita preparación á nuestra lectura, no olvidan­
do tam poco una acción de gracias, siquiera sea brevísi­
m a, después de ella. En cuanto al exam en, debemos
ser m u y constantes en su práctica, procurando hacer­
le con atención y según se nos prescribe, para que
después de habernos servido como de escardillo para
arrancar de nuestra alm a todos los defectos, nos a y u ­
de á plantar en ella todas las virtudes, de m odo que
sea agradable á tos ojos del Señor.
M uy provechosos son los ejercicios anuales, los
cuales, si deseam os de veras adelantar en la virtud y
hemos tenido la dicha de haberlos practicado, deseare­
m os no om itirlos ningún año, en cuanto nos sea posi­
ble, pues que sabem os se nos conceden en ellos abun­
dantes y preciosas gracias. No hablarem os del santo
R osario, para ocuparnos aparte de tan herm osa de­
voción.
Por lo demás, la verdadera piedad no consiste en
acum ular prácticas piadosas, sino en seguir las que
una prudente dirección establece, con constancia y la
posible perfección. L a piedad, por otra parte, debe in­
form ar todos nuestros actos, siendo á Dios dirigidos y
ofrecidos, y de este modo podrem os lleg ar hasta la
santidad. E s un error creer que no puede hacerse vida
de perfección m ás que en el claustro, pues si bien es
cierto que el mundo es lu gar de peligro y g ra v e ries­
go para aquel que le am a, y aun para el que llam ado
por Dios á abandonarle en él permanece, es lu gar de
santificación para quien solo en el mundo vive obede­
ciendo á la voluntad del Señor que en e) mundo le
quiere, Q ye si el horno de Babilonia era por sí lu gar
de muerte para los santos jó ven es, que por el am or de
Dios en él entraron, lu gar fué de alabanza y bendición.
¡Oh cuán gran espectáculo es ver en medio de vo races
llam as sin abrasarse á los niños de Babilonia! Mas no
es menos adm irable el poder del A ltísim o haciendo
servir á la santificación del alm a los m ism os peligros
y pecados del m undo.
El devoto del Rosario puede atesorar las gracias
que recibir pudiera en los lugares solitarios y reserva­
dos á la oración y la penitencia, en tanto que cruza
esas calles á las que le llevan las obligaciones de su
propio estado, ó los deberes de caritativo celo, reco­
giendo en ellas los méritos que atesorar se puedan en
solitario claustro. No será edificado com o en él por fer­
vorosos herm anos, pero el olvido que ve de Dios, las
ofensas que se le infieren, servirán para que su alm a se
lance con vehem encia á am arle y d esagraviarle.
Por esas calles en que tanta vanidad se m uestra,
puede pasar sin fijar su vista ni su pensam iento, oran­
do en los m ism os sitios en que tanta blasfemia se p ro­
fiere, y ofreciendo sus sufrim ientos, y a sean ocasiona
dos por las inclem encias del tiem po, por la fatiga ó
enfermedad, ó por la penitencia, en los m ism os lu ga­
res que ve atravesar en busca de placeres culpables.
No se podrá lam entar tam poco de perder el m érito
de una vida de austeras prácticas, de votos sagrados
que indisolublemente á su Dios le unieran. T o das ó
casi todas estas prácticas, estos votos m ism os, n o le
será obstáculo el v iv ir en el mundo para practicarlos;
ejemplos ofrecen los santos que en medio de él los si­
guieron. Y si no puede por com pleto seguirlos, en este
mismo m undo ha de encontrar penalidades para suplir
con ventaja lo que á esto faltase, si sabe aprovecharlas
con la gracia de Dios. ¡Ahí ¡Cuántas m iserias, m oles­
tias, ingratitudes; cuánta penalidad de todo género y
de todo m odo ofrece este m ismo m undo! L u g a r de
cruces puede llam arse, y si abandonándonos por com ­
pleto á la Provid encia, querem os ser mártires en él,
cierto que no habrá de faltarnos el m artirio, aunque
no estemos dentro de las austeras prácticas de un
claustro.
Puede practicar la mortificación si sabe sufrir en
esta intención y v e r la acción de la Providencia en
cuanto le ocurre, en todo, desde la picadura del insec­
to hasta la m ás cruel enferm edad; desde la m ás ligera
inconveniencia dom éstica hasta la m ás injusta perse­
cución, y desde el más leve tedio hasta las penas inte­
riores más dolorosas, todo con am or, abandono y sin
apartarlo de sí ni aún con el deseo. Cuántos m éritos
podrá alcanzar si á Dios dirige todos sus pensam ientos,
si por su am or le ofrece todas sus acciones, y si inspi­
rado en santo celo trabaja constantem ente y sin d es-
canso por todos los medios que estén á su alcance, por
penosas que le sean en conducir ¿ ¿l las alm as de sus
herm anos.
¡Oh! ¡H asta qué grado de perfección podría llegar
en medio del mundo el alm a que siguiera siem pre en
la senda del sacrificio! No le faltaría nunca terreno que
recorrer, pues el Señor dilataría estos horizontes del
sufrim iento para que el prem io fuese á su vez más mag~
niñeo, pues en el cielo no se equivocan las medidas y
■ se fabrican las coronas á medida de las cruces. ¡Ah!
dichosa el alm a que así se santifica. El m undo podrá
burlarse y su m érito estará oculto, pues nada de ex­
traordinario ofrecerá su vida aun á los ojos de los bu e­
nos; pero preciosa será á los ojos del Señor.

EJEMPLO

San Francisco Ja v ie r , gloria de la Com pañía de Je ­


sús, fué gran apóstol del R osario. P o r todas partes
predicaba esta devoción. Por ninguna ocupación ni
trabajo alguno dejó de rezarle todos los días de su
v id a . Siem pre le llevó at cuello, no bajo la sotana,
sino encim a patentemente para que todos le viesen y
supieran que el R osario era la cadena de oro que unía
su corazón al corazón de M aría; los corazones del Hijo
y la Madre.
M uy á menudo era llam ado el Santo en las Misiones
á la asistencia de los enferm os y á la adm inistración
de Sacram entos á gran distancia. Com o le era im posi­
ble visitar muchos enferm os en un m ismo día y aun en
la m isma sem ana, enviábales su R osario, recom en­
dándoles que lo rezasen si podían, y en caso de im po­
sibilidad que se lo pusiesen al cuello, asegu ránd oles á
unos que se aliviarían, á otros que sanarían; al m enos
que sin Sacram entos no m orirían. Promesa mil v e c e s
cum plida: por grave que fuese la enferm edad, siem p re
dió tiem po á que el Santo llevase al m oribundo los so­
corros divinos de la Religión,
Un día el mensajero mandado por el Santo con el
Rosario á un enfermo, encontró y a á éste m uerto. Pu­
siéronle, sin em b argot el R o sario, y el difunto v o lv ió
inmediatamente á la vida como quien despierta á un
leve golpecito.
Iba á embarcarse un negociante para Malaca y pidió
al Santo la bendición y un recuerdo. Le alargó ía m ano
y le dió un recuerdo diciendo: No os será inútil, Uniendo
confianza en la Virgen. El negociante partió.
El barco, al atravesar el golfo que hay entre Meliá-
pur y M alaca, azotado por una horrible tem pestad, da
contra un escollo y se hace pedazos, pereciendo una
parte considerable de la tripulación.
Unos cuantos náufragos ganaron las alturas del
prom ontorio en que se había estrellado el buque, y por
el pronto aquellas rocas les dieron hospitalidad; pero
mantenerse solitarios allí, sin alim entos, á la intem pe­
rie, sin albergue en alta m ar.*. ¡Insostenible situación!
«Tom em os, pues— dijeron,— una resolución desespera­
da; m uerte por m uerte, m uram os.» Y cada cual coge
un resto de la embarcación y á la v e n tu ra ..., á discre­
ción de las o la s.
Entre aquéllos se encontraba el com erciante de
quien hem os hablado. A ferrado á un pedazo del m ástil
ó palo m ayo r y con el Rosario que San Francisco J a ­
vier le había dado rodeado al brazo y confiando en la
Santísim a V irgen, se entrega sin rum bo adonde Dios
quiera.
A poco se d esm aya, y cuando vuelve en sí se en­
cuentra en una p laya desconocida. Mira en rededor, y
sus com pañeros de viaje y de infortunio habían des­
aparecido. ¿Cómo y cuándo en aquel paraje se encon­
traba? Lo ignoraba. Conoce que se halla en la tierra
de N agapatan y que de allí podrá dirigirse á su patria.
L o que desea es publicar que el R osario le ha salvad o .
(Revista Popular.)

SANTOS DEVOTOS DEL ROSARIO

San C am ilo de Lelis ju zgaba la devoción del R o sa ­


rio tan propia de los cristianos, y sobre todo de los
sacerd o tes, que habiéndole dicho uno de éstos que no
tenía R o sario, exclam ó; « ¡A y , a y ! ¿qué es esto? He
aqu í un sacerdote sin R o sario, un sacerdote sin R osario,
(Revista del Santísimo Rosariot)

' e l o g io s d e l r o s a r io

El R o sario es una oración en gran m anera grata á


la V irgen, llena de eficacia para la defensa d é la Iglesia
y del pueblo cristiano, y para im petrar de Dios públi­
cos y particulares beneficios. (León X III.)
D I A ÍO

TERCERA CONSIDERACION
SOBRE EL CUARTO MISTERIO GOZOSO

De la devoción al Santo Rosario.

La preciosísim a devoción del Santo R osario ha sido


siempre m anantial perenne y fecundo de gracias y v ir­
tudes ( i ) ; y la protección de la Santísim a Virgen, para
los que con ella la honran, ha sido visible y altam ente
consoladora en todo tiem po. .
En el S an to Rosario parece que quiso dejar María
á los cristianos, adem ás de la cadena conductora que
atraiga sobre sus alm as m ultitud de celestiales gracias,
una red salvadora p ara atraer las alm as extraviadas á

( i ) Innumerables son las indulgencias que pueden ganar los co­


frades de] Santo Rosario, las cuales constan en el Matmal de la Cofra­
día. Sdlo citaremos aquí, para animar á las almas á enriquecerse con
los celestiales tesoros de esta arca preciosa, que cuando los cofrades
rezan una parte de é l, ganan dos mil veinticinco días de indulgencia
por cada Avemaria, resultando ciento un mil doscientos cincuenta por
cada parte de Rosarioj y trescientos tres mil setecientos cincuenta por
cada Rosario entero. Además, todos los cofrades del Rosario que
arrepentidos de sus pecados lleven consigo el Rosario, aunque sea en el
bolsillo, ganan una vez al di a cuarenta mil quinientos días de indulgen­
cia. Todas estas indulgencias son auténticas (Catál. IX , 3 , Congrega de
indulge 29 de Marzo de 1886.)
Para ser cofrade del Rosario y ganar estas indulgencias, es preciso:
l . ° f hacerse inscribir en el libro de la Cofradía; 2 .0, rezar cada se­
mana tres partes de Rosario; 3 .0, servirse de un Rosario bendecido por
sacerdote que tenga facultad especial.
su dulcísim o Corazón.¿Q ué, no vem os esto confirm ado
en nuestros m ism os días? Miremos á Bernardetta, sen­
cilla pastorcita, que al tener la dicha de contem plar á
la Reina del cielo en !a gruta bendita de Lourdes, c e-
lestíalm ente inspirada, tom a el R osario, y desde en to n ­
ces reza el R osario cada vez que M aría se presenta ante
su vista. Bernardetta reza el Rosario y María la colm a
de gracias. Mas no es y a sólo ella. Después de Berna -
detta rezan el Rosario en Lourdes m ultitudes de todos
los países cristianos, allí arrastrados por am or á Ma­
r i d é incesantemente también María derrama sus ben­
diciones, m ultiplica los prodigios sobre esas m ultitudes
que rezan el R osario. Ella m isma se aparece con el R o ­
sario, como m ostrando al mundo nuevam ente dónde
está su salvación. Veámosla sobre el rosal que le sim ­
boliza, con blanco ropaje, y dejando deslizarse entre
sus virginales dedos las cuentas de ese m bm o R osario.
O bservem os cóm o dice á Bernardetta v a y a á aquel lu­
g ar durante quince días .consecutivos, recordándonos
así sus quince m isterios, Más tarde, m agnifico tem plo
con quince altares, dedicados á estos quince m isterios,
habían de perpetuar en Lourdes la devoción predilecta
de la Reina de los cielos que inspirara al glorioso Pa­
triarca Santo D om ingo de Guzm án.
¿Qyién no se anim ará á propagar por doquier el
Santo R osario y á practicar constantemente esta devo­
ción, amada con tanta predilección por la Santísim a
Virgen? ¡O h, de cuánto consuelo nos servirá en la hora
de nuestra muerte haber sido fieles con escrupulosidad
en rezar el Santo R osario! Pues si cada día de nuestra
vida hem os pedido con fervor ciento cincuenta veces á
nuestra Madre que ruegue por nosotros en aquella
h ora, y esto m ientras m editábamos los misterios de su
vida y de la de su D ivino Hijo, ¿cómo no esperar su
protección am orosa de modo especialisimo en aquel
m omento decisivo? ¡Oh el Santo Rosario! ¿Quién pue­
de contar las gracias que medíante él ha concedido la
Santisim a Virgen? M ucho se ha-dicho y escrito sobre
esta devoción predilecta de M aría; pero todo es poco
para dem ostrar su excelencia.
Mística cadena que eleva nuestras alm as de la m í­
sera sima del m undo á elevadas regiones; m isterioso
rosal en el que se aspira celestial arom a; imán pode­
roso que atrae sobre nosotros las bendiciones de nues­
tra Madre am orosa, el Santo R osario ha sido siem pre
la devoción con que sus verdaderos amantes han hon­
rado especialmente á ta Santísim a Virgen. H agám oslo
así nosotros tam bién, y no aleguem os impedimento
para dejarlo. Mucho puede la voluntad cuando es firme
en, sus propósitos, y raro será el caso en que verd ad e­
ramente no podamos rendir este tributo de amor filial
á nuestra Madre, Sea antes ó después de nuestras o cu ­
paciones, ó en medio de ellas, si su índole lo perm ite,
que ingenioso es el am or cuando es verdadero, y si de
veras am am os á María, encontraremos ocasión de m a­
nifestarlo.
Recem os, pues* el Santo R osario, aunque para ello
tengamos que sacrificar una pequeña parte de nuestro
descanso^ pero si tenemos tiem po, podemos dividirlo -
en tres partes, santificando así nuestros días con la
consideración de sus m isterios. Podemos contem plar­
los gozosos, cuando empieza el día, sacando saludables
enseñanzas para obrar bien en él. Cuando y a estam os
en medio de nuestras obligaciones, y la cruz deja sen­
tir su peso, recitemos los m isterios dolorosos, apren­
diendo en ellos á sufrir santam ente; y por últim o,
cuando el día termina y sentimos la fatiga que el tr a ­
bajo y la lucha nos han producido, va y a m o s al tem~
pío, si nos es posible, á ofrecérsela á nuestro Jesú s y
reposar un poco cerca del Tabernáculo, y allí conso­
lémonos en la contemplación de los m isterios glo rio ­
sos, pensando que cual aquel día concluirán todos los
de nuestra vida, á la que seguirá el consuelo eterno,
si santamente los em pleam os, y term inarán todas núes-
tras penas, com o consideram os en estos m isterios, ter­
m inaron las de Jesús y María.
C oncluyam os con las palabras de un insigne Pre­
lado dom inico, de santa m em oria, y m ártir contempo­
ráneo de los episcopales deberes, diciendo ( i ) : «Esta
devoción (el Santo Rosario) lo es para nosotros todo y
encierra cuanto el cristiano puede desear. En el R osa­
rio entran las m ejores y más excelentes plegarias que
la Iglesia enseña á sus hijos; en é l se recuerdan todos
los venerables m isterios de nuestra reparación y las
excelsas grandezas de María Santísim a. El ofrece á los
individuos, á las fam ilias, á los Institutos religiosos, á
la sociedad entera virtudes que adm irar, grandezas que
contem plar, ejemplos que excitar é inclinar al bien; en
él se encuentra consuelo para las penas, remedio para
los m ales y satisfacción para los más ardientes deseos.
El Rosario sirve de oración vocal y da materia abun­
dante al espíritu m ás perfecto para sus diarias m edita­
ciones, abriendo también vastísim o cam po por donde
se puede subir al más alto grado de contemplación. El
R osario bien entendido y bien recado es eficacísimo
m edio p ara los m ales que hoy afligen á los pueblos.
Ejercitaos, pues, en la práctica de esta devoción, ha­
ciéndole vuestro ejercicio preferente, que repetido con
hum ildad y fervor, os alcance las m isericordias del
A ltísim o,»

EJEMPLO

Monseñor Dupanloup contaba á sus oyentes el si­


guiente caso: «Me acuerdodehaber encontrado un ejem­
plo íje la eficacia del Avemaria, que no olvidaré jam ás.
Era al lado de un lecho de m uerte, recogiendo y bendi­
ciendo el últim o suspiro de una jo ven á quien y o había

( i) E l primer Obispo de Madrid-AlcaJá, S r. Martínez Izquierdo,


preparado para hacer su prim era comunión. Tenía la
costumbre de no preparar á ningún niño sin recom en­
darle al menos la fidelidad á esta sencilla y poderosa
oración, el Avemaria. Esta joven (apenas tenía veinte
años y hacía poco más de uno que había bendecido su
casamiento) desde su prim era comunión había sido m uy
fiel á mis consejos, y tam bién, según otra de mis re­
com endaciones, recitaba todos los días algunas decenas
del R o sario, y hacía cuatro años todo entero. Hija de
uno de los antiguos mariscales del im perio y de los
más célebres, adorada, idolatrada de un padre, de una
madre y de un m arido, rica, jo ven , brillante, feliz, en
fin, por haber dado á luz un hijo. Y bien; en medio de
toda esta dicha presente y estos sueños de felicidad, de
pronto, á los veinte años, es menester morir* A cababa
de ser m adre, y herida por una de esas enferm edades
inexorables de las que no se salva nadie. Era preciso
morir. Y o entré. Su madre estaba desolada, su m arido
desesperado, su anciano padre abrum ado; esto no es
raro; he reparado más de una vez en los grandes d o ­
lores que las mujeres cristianas, á pesar de su gran
sensibilidad, sobrellevan con m ás valor su pena que
los guerreros m ás valientes. Entré, pues, á través de
todos estos dolores, y no sabía cómo dirigirm e á la
enferma. Me quedé atónito cuando me acerqué ¿ ía
cama y la vi con la sonrisa en los labios. Sí, esta joven
que iba á ser arrebatada tan de pronto á las espe­
ranzas m ás brillantes, á la felicidad m ás legítim a, á
todos los afectos más tiernos, más vivo s, m ás puros,
me sonrió, La m uerte se adelantaba á pasos de gigan ­
te: lo sabía, lo sentía; hasta tenía un brillo en el rostro
que revelaba que estaba próxim a, y se sonreía con
cierta tristeza dulce, en la que sobrenadaba la alegría.
No pude menos de decirle: ¡Oh, hija m ía, qué golpe!
Y ella, con un acento inexplicable; «¿Es que no creéis
padre m ío— me dijo— que iré al cielo?— Hija m ía­
le respondí,— tengo mucha esperanza.— ¿Y y o — re­
plicó ella,— estoy casi segura habiendo seguido el con­
sejo que usted me dió.— ¿Y cuál es este consejo?—
Cuando hice mi prim era comunión nos recom endas­
teis que dijéram os todos los días el Avemaria con de­
voción, La he dicho todos los días, y también desde
hace cuatro años no he dejado uno solo de rezar el
R osario, y por eso estoy casi segura que iré a) cielo.
— ¿Y por qué?— la dije y o .— No puedo creer— añadió
ella con g rav ed a d ,— y este pensamiento no me aban­
dona, no puedo creer que habiendo dicho desde hace
cuatro años cincuenta veces todos los días el Avema­
ria á la V irgen Santísim a, no esté Ella á mi lado en
este m om ento en que v o y á m orir. E sta, estoy segura
de ello, pide por mí, y Ella es la que me va á introdu­
cir en el cielo. He aquí lo que me dijo esta jo v e n , y
entonces presencié un espectáculo indescriptible, una
m uerte verdaderam ente celestial. Vi una tierna y débil
criatura dejando toda la felicidad que la rodeaba con
radiante serenidad , consolando á sus ancianos p a ­
dres, bendiciendo á su pobre niño, animando ¿ su m a­
rido, no viendo otra cosa que el cielo, y no hablando
m ás que del cielo; siendo su último suspiro una son­
risa á la gracia y á la gloria eterna. Este recuerdo es
para mí inefable.» (Revista del Santísimo Rosario.)

SANTOS DEVOTOS DEL ROSARIO

E l Papa Pío IX dió cerca de cuarenta decretos en


fa v o r del R o sario, cu ya práctica recom endaba ince­
santem ente, siendo él el prim ero en dar ejem plo. «R e­
ta d — decía con frecuencia,— rezad esta oración tan sen­
cilla y que tiene tantas indulgencias; anunciad que el
Papa no se contentó con bendecir el R o sario, sino que
lo reza cada día y quiere que sus hijos hagan otro
tanto; tal. es mi última palabra, que os dejo por re­
cuerdo.» Pió IX m urió contemplando los m isterios del
Rosario, (P , Pradel.)

ELOGIOS DEL ROSARIO

Com o la rosa es la reina de las ñores, así el R o sarlo


es la devoción de las devociones. fR m sta de Bolonia.)
DIA 11

P R IM E R A CO N SIDERACIO N

SOBRE EL QUINTO MISTERIO GOZOSO

El Mino perdido y hallada en el templo.

Del buen ejemplo y recepción de Jos Santos Sacramentos.

Aunque son varias las enseñanzas que podríam os


sa ca r de la consideración de este m isterio, hem os de
fijarnos solam ente en el ejemplo que nos da el divino
N iño, predicando en el tem plo de Jerusalén, y en el
que nos ofrece M aría buscando sin descanso día y no­
che al am ado de su alm a, sin tener reposo hasta ha­
berle hallado. En cuanto á la prim era, poco nos de­
tendrem os; m as sí hemos de n o ta r, siquiera sea de
paso, que á imitación de Jesú s, debem os buscar siem ­
pre en prim er térm ino la gloria de Dios en nuestras
determinaciones todas, y hasta en nuestras m ás m íni­
m as acciones. Toda obra buena y aun indiferente que
practiquem os con esta recta intención de glorificar á
Dios, de cum plir su voluntad adorable, y ofreciéndola
com o un acto de am or su y o , sera agradable á sus di­
vin os ojos. ¡Ah! No busquem os otra cosa en todo que
la gloria de Dios, y hasta el m ás mínim o pensamiento
ó deseo, hasta la m ás pequeña acción, aun un m ovi­
m iento de nuestra vista no debem os dejar de consa­
grárse lo , ofreciéndolo todo por su am or y sabiendo
renunciar á todo lo que no pueda servir á este fin.
Cuando de procurar la gloria de Dios se trate y
de cum plir su santísim a voluntad, no nos arredren los
sacrificios ni las penalidades, ni capitulem os con las
naturales inclinaciones, ni con las dificultades de nin­
gún género. Miremos á Jesú s, que amando tanto á su
bendita Madre la Santísim a Virgen y á San José, se
aparta de ellos voluntariam ente, sabiendo la am argu ­
ra que en su ausencia iban á su frir, y cuando la San*
tísima V irgen con m aternal ternura !e dirige com o
una am orosa reconvención>Jesú s en su respuesta nos
enseña que la gloria de su Padre celestial debe pre­
ferirse á todo, y que hemos de cum plir su santísi­
ma voluntad, sean cuales fueren los sacrificios á que
este cum plim iento nos obligue. Tam bién hem os de
predicar, á ejemplo de Jesú s, para atraer las ovejas
extraviadas al redil del Padre de fam ilias,
Pero no cream os que, com o ía gloriosa Santa Cata­
lina de Sena, hemos de dirigir la palabra á las m ulti­
tudes, no; esta vocación es del todo extrao rd in aria,
no general. Mas h ay otra predicación á la que estam os
obligados: es la que se refiere hiciera San Fran cisco
un día que diciendo á un hermano lego que iban a pre­
dicar, recorrieron las calles de la ciudad regresando al
convento sin haber desplegado los labios.— Pad re—
preguntó el lego ,— ¿no decíais que íbam os á predi­
car?— Y a hemos predicado, hijo— respondió el San­
to.— ¿Cóm o, Padre?— replicó el le g o .— A lo que San
Francisco contestó, diciendo: Hornos predicado con el
ejemplo.
He aquí cuál ha de ser nuestra predicación, fil
ejemplo; sí, hem os de dar buen ejemplo en todo y
constantemente, y si así lo hacem os, haremos m ucho
fruto en las alm as, pues aunque nos parezca que el
mundo se burla de nosotros y de la virtud que practi*
cam os, es m uy grande la fuerza del ejem plo, y quizá
en aquellos corazones que menos pensamos se grab an
aquellas acciones de que ahora se mofan, viniendo m ás
tarde ó más tem prano á convertirse esta sem illa en
fruto saludable para sus alm as. ¡Felices nosotros si
salvam os por el buen ejemplo el alma de nuestros her­
manos, pues que dice el Señor salvarem os la nuestra,
y no olvidem os que no sólo puede decirse esto de la
predicación propiam ente dicha, pues que esta recom ­
pensa está prometida al que salve un alm a, y esto
puede conseguirse, com o hem os v;..to, con el buen
ejemplo.
Cierto que no-hemos de dejar de in stru irá nuestros
prójim os en las eternas verdades, y a sea en la fam ilia,
y a á los niños en esa obra tan recom endable de la C a ­
tcquesis, en los hospitales, cárceles ó de cualquier
m odo que podam os instruir en estas verdades á los po-
brecitos que las ignoran, y esto según las circunstan­
cias especiales y con una santa prudencia, pero recor­
dem os siem pre que nuestra verdadera predicación ha
de ser el bueno y santo ejemplo.
Tam bién podem os considerar cóm o á imitación de
María hemos de buscar sin descanso á jesú s, y cómo
le encontrarem os en el tem plo tam bién, especialm en­
te en la recepción de los Santos Sacram entos, en la
sagrada Com unión. H oy direm os sólo algo sobre la
confesión, que es la preparación para recibirla, y es el
respeto con que debem os acercarnos á este santo sa ­
cram ento de la Penitencia. Hemos de pensar que las
disposiciones necesarias p ara recibir este sacram ento,
ob ligan siem pre, y sobre todo el arrepentim iento,
aunque se trate de confesiones frecuentes y no h aya
culpas g rav es.
Tengam os presente, siem pre que nos confesem os,
que debem os presentarnos ante el m inistro del Señor
com o reos, no á ju zgar, sino á ser ju zgad o s, y pre*
sentém onos humildes, contritos y con sentim ientos de
viva fe, que nos hagan olvidar la personalidad del
sacerdote y no veam os en el confesonario sino al m i­
nistro de Dios, y de este modo evitarem os caer en tan­
tas faltas com o en esta m ateria se cometen entre per­
sonas que se llam an piadosas y que parece olvidan la
santidad del sacram ento, hablando sin discreción de
sus confesores, poniendo en tela de juicio lo que en el
confesonario se dice, y acercándose muchas veces á
confesar más preocupadas de cóm o serán acogidas las
impertinencias que van á contar al confesor (pues
hasta allí va á veces la mísera vanidad hum ana), que
de prepararse debidamente al acto siempre imponente
y grandioso de la santa confesión.
¿Cuáles son los frutos de tales confesiones? L a ex­
periencia responde de manera desconsoladora á esta
pregunta. Se da escasa im portancia á estas faltas; pero
nosotros, sin querer ju zgarlas, huyam os de ellas con
saludable tem or, pensando que santam ente han de
tratarse las cosas santas y que el m ismo Dios ven gará
los ultrajes hechos á cosas tan grandem ente santas
com o son los Santos Sacram entos.
Llevem os siempre á la confesión una santa prepa­
ración y esa pureza de intención, de la cual dice el
P. Corm ier «que su luz hace desaparecer el hombre en
e! confesor y hace que aparezca en é! Dios, y que ella
es la medida de la calidad y del número de gracias
que van á descender sobre el alm a. ¡A h, si 53 supieran
los bienes de que uno se p riva— continúa diciendo,—
buscando en la dirección del m inistro de Dios su pro­
pia satisfacción y turbándose cuando no se encuentra!
Los pretextos que se alegan para disim ular esta m ane-
ra de buscarse á sí m ism o, no hacen otra cosa que
añadir la ceguedad á l a m iseria. Pero si se busca á
Dios puram ente con humildad de corazón; si se tiene
confianza en la virtud de su preciosa S an g re , enton­
ces será suficiente una sola palabra, com o dice el E va n ­
gelio: Tantum dic verbo. La fórm ula de la absolución,
un consejo fam iliar que la acom paña, una palabra in ­
terior de la gracia, será suficiente para ilum inar v iv a ­
mente el alm a y conm overla profundamente á hacerla
progresar y darla fuerzas inesperadas para adelantar
en la virtud.
EJEMPLO

Refiere Fr. Alberto Castellano ( i ) , y lo cita el Padre


M ora, que en la ciudad de Leidi, en H olanda, un joven
de diecisiete años de edad había cometido un pecado
gravísim o. Cuando se confesaba se apoderaba de él tan
gran vergüenza, que callaba aquel pecado y pasaba á
com ulgar sacrilegam ente. Predicaba en aquella ciudad
con gran fervor el P. Conrado, del Orden de Santo Do­
m ingo, exhortando á la devoción del santo R osario.
Un día asistió este jo ven al serm ón, y oyendo las e x ­
celencias del Rosario y los frutos de bendición que con­
seguían los que le rezaban devotam ente, se conm ovió,
y mucho m ás cuando o y ó que el predicador decía: «El
santo Rosario alcanza la gracia de una verdadera con­
trición y de confesar enteramente los pecados.» Com o
el joven padecía esta dolencia espiritual, fue sin dila­
ción á inscribir su nom bre en la Cofradía, y comenzó
á rezar todos los días el santo R osario.
La Santísim a Virgen o y ó benigna á su d evoto y le
alcanzó de su divino Hijo la gracia de una entera y
verdadera confesión, la que hizo el jo ve n derram ando
muchas lágrim as.
Continyó después toda la vida rezando el santo
R o sario y m urió santam ente. (P . Moran.)

DEVOTOS DEL ROSARIO

El R osario fue la práctica de predilección de la


ilustre pastora de L au s la Venerable S o r Benita, T er­
ciaria dom inica en el siglo XV III. C om o la Santísim a
V irgen la dijese que no había oración que le fuese m ás
grata que el R osario, ni súplica más poderosa para

(i) Historia da ln provincia de Flaudes, cap. X X V II, pág. 24S.


arrancar á los pecadores del abism o del mal y para a l­
canzar la libertad d é la s alm as del p u rgatorio, tom ó la
resolución, á que no faltó jam ás, de rezar quince R o sa­
rios por día. Durante Ía noche solía salir de casa sin
hacer ruido, y á pesar de la obscuridad, del frío y de la
lluvia iba á arrodillarse á la puerta de la iglesia de la
villa, donde á veces la sorprendió el día, sucediendo
más de una vez que, com o á Santo D om ingo, la abrie­
se un ángel la puerta del santuario. ( P . Pradel.)

ELOGIOS DEL ROSARIO

El Rosario es la destrucción del pecado, la recu pe­


ración de la gracia y d é la glo ria de Dios. (Grego­
rio X IV ,)
DIA 13

SEGUNDA CONSIDERACION

SOBRE EL QUINTO MISTERIO GOZOSO

Recepción de los Santos Sacramentos.

Siguiendo las consideraciones sobre la recepción de


los Santos Sacram entos, considerarem os hoy cuál debe
ser nuestra solicitud en acercarnos al sagrad o banque­
te, al augusto Sacram ento del A ltar. ¡Cuán triste es
ver con qué poco am or responden los hom bres á este
sacram ento de A m or, apartándose de él con especiosas
razones!
La Iglesia, Madre am orosa, quisiera que todos los
días sus hijos se acercasen al banquete eucarístico, y
así se lee en el Catecismo romano, que dice: «En cuan­
to á la frecuencia de la Com unión, San A gustín da la
infalible regla siguiente: Vivid de tal modo que podáii
comulgar todos Jos dios. Por tanto, deben los párrocos
exhortar frecuentem ente á los fieles é inspirarles un
gran deseo de recibir este Sacram ento todos los días
para alim entar y fortalecer sus alm as, de la misma
m anera que toman todos los días el alimento materia!
para sustentar el cuerpo, puesto que no tiene menos
necesidad de alim entarse el alm a que el cuerpo.» «Por
donde se ve — dice Mons. Segu r com entando estas
p alabras— que el deseo formal y explícito de la Iglesia
católica, y por consiguiente de Nuestro Señor Jesu cris­
to, es que llevem os una vida tan ajustada y tan cris-
liana, que podam os recibir la Santa Com unión todas
las m añanas y santificar así cada uno de los días de
nuestra v id a , por medio de la unión incesantemente
renovada de nuestras alm as con Jesu cristo . Esta es una
regla segurísima* y los que la censuran se oponen á la
sabiduría infalible de la Iglesia católica; esto es lo que.
debemos enseñar á los fieles.»
Por aquí podrem os conocer cuál sea el deseo de la
Iglesia, aunque no ordene m ás que una sola Com unión
en el año, y com prenderem os que si querem os aspirar
á la perfección hemos de conform ar nuestros actos con
este espíritu de la Santa Iglesia, y por lo tanto, fre­
cuentar la Sagrada Comunión. Y si nos fijam os en la
historia de los santos devotos del R osario en la O r­
den de Santo Dom ingo, observam os que en ella se ha
practicado siem pre la frecuente Com unión. «Desde los
prim eros tiem pos de la Orden— dice un M anual—las
Comuniones frecuentes y cotidianas se propagaban por
todas partes en la Orden. Santa Catalina de Sen a,
Santa R o sa , Santa Catalina de R ic d , Santa Inés, la
Beata M argarita de Castillo com ulgaban todos los días;
la Beata Imelda m oría en el éxtasis de su Com unión
m ilagrosa; Santo Tom ás de Aquino escribía el inm or­
tal Oficio del Santísim o Sacram ento; San Jacinto atra­
vesaba á pié enjuto las corrientes tum ultuosas del Nie-
per, llevando en una mano el Santísim o Sacram ento y
en la otra una im agen de la Santísim a V irgen; en fin#
la Orden entera profesaba úna devoción especial á la
Sagrad a Eucaristía.» En el Catecismo del P, Corm ier
leem os tam bién diferentes citas sobre esto m ism o, de
las cuales citarem os algunas solamente por no a largar­
nos dem asiado; «Y a es el divino Maestro— dice— que
para facilitar la Com unión á sus siervos disipa sus d u ­
das, hace cesar inflamaciones rebeldes, les ayuda á so­
portar una ardiente sed. Ya es M aría, q u e á vísta d é la
Bienaventurada Bienvenida hace una inclinación respe­
tuosa á cada persona'que vu e lve de com u lgar. Aquí es
la bienaventurada Zedmére, que ve á Jesú s en la S a ­
grada Form a, rodeado por los ángeles y por los Santos
Inocentes, bellos m odelos de la pureza de corazón que
reclama el Pan de los ángeles. A llí es la bienaventura­
da María B agnesi, que postrada en el lecho del dolor
no pide á Dios su curación, sino la gracia de poder c o ­
m ulgar todos los días, y la obtiene con la concesión
de que se celebre Misa diariam ente en su habitación.
Después es la Hermana María de San Benito que pide
todos los días m orir después de su última Com unión,
por estar de este m odo mejor preparada para com pa­
recer delante de Dios, y que obtiene esta gracia, O bien
es la venerable Hermana Teodora, que en el artículo de
la m uerte, después de haber recibido la visita de N u e s­
tro Señor, se la ve con el rostro radiante com o un sol,
y exclam a, á ejem plo del Santo M ártir, su patrón:
Con mi Cristo be estadot estoy y estaré. Y a , en fin, es la
Madre Magdalena de Ursins que, fortalecida con los
Santos Sacram entos sostiene terribles com bates contra
los dem onios, y exclam a al fin: «¡V ictoria! ¡V ictoria!»
recitando después llena de jú bilo la estrofa: Matia wa­
ter gratiae. »
Anim ém onos, pues, á vista de estos ejem plos, á
c om u lgar con frecuencia y con santas disposiciones.
Mas no fijem os sólo nuestra atención en la prepara­
ción próxim a, sino tam bién y con preferencia en la
preparación rem ota; es decir, en la santidad de vida
propia del alm a que frecuenta la Sagrad a Com unión.
N o im item os á aquellos que m irarían com o una g rav e
falta acercarse á la sagrada Mesa sin haberse p repara­
do tanto ó cuanto tiem po, haber recitado tales ó c u a ­
les oraciones, pero que no tienen escrúpulo en re ca er,
inm ediatamente después de haber recibido al Señ o r,
en las m ism as faltas y se preocupan poco de empren­
der seriam ente la lucha necesaria para evitarlas.
Trabajem os constantemente con la gracia de Dios
en procurar en nuestras alm as esta preparación rem ota
eón la práctica de las virtu d es, y si hemos pasado el
día anterior en el recogimiento de nuestros sen tidos,
en la m ortificación de nuestras inclinaciones, tratando
de abrazarnos bien á nuestra cruz, por am or á Jesús*
vayam o s humildemente confiados á recibirle,aun cuan­
do no tengam os largo tiem po para prepararnos la m a­
ñana siguiente, que siem pre ora quien con recta inten­
ción y santam ente obra. No nos preocupem os tam po­
co después de recibir al Señor del libro que hemos de
leer ó el m étodo que hem os de seguir para la acción
de gracias. Sigam os el consejo de Santa T eresa, quien
recomienda se cierren los ojos corporales para m ejor
contemplar interiorm ente al Señor, que está realm ente
en nuestras almas* Sepam os aprovechar tan preciosos
m om entos; abram os de par en par el alma á nuestro
Jesús, que quiere colm arla de gracia, y en santo aban­
dono y confianza arrojém onos en sus divinas m an os,
exponiéndole sencillam ente nuestras penas y com bates,
nuestros temores y esperanzas todas, nuestras necesi­
dades, en fin, que El nos escucha am oroso para conso­
larnos, fortalecernos y concedernos todas aquellas g r a ­
cias que convengan para su gloria y nuestro bien, ¡O h,
qué dicha la del alm a que todos los días de su perm a­
nencia en la tierra son em pleados en esta preparación
y acción de gracias, sirviéndola una santa Comunión
de preparación para la del día siguiente, y ésta de ac­
ción de gracias por la de todos los días}
El P, Corm ier, en su Catecismo y a citado, hablando
con los Terciarios, dice que á esta Comunión puede
llam ársela perpetua y continua, «Si el Terciario guarda
durante el día una dulce unión con Dios; si se ejercita
en actos de acción de gracias; si olvidando sus pruebas
personales se entrega con dulzura al prójim o por Dios;
si por la tarde visita piadosamente al Santísim o Sacra­
mento para purificarse de las faltas del día, para exh a­
lar en el secreto sus gem idos por las tristezas del des­
tierro, reanim ar la esperanza y prepararse á la C om u­
nión del día siguiente, bien podrá aplicársete lo que
dice San Ju a n Crisóstom o: la Pascua dura todo el año,
pues toda su vida será una buena Com unión.»
¡O jalá puedan aplicársenos estas palabras! Grande
será nuestra dicha, pues el que frecuente debidam ente
los Santos Sacram entos, puede decir que pasa por este
mundo m iserable, pero no que vive en él. En efecto,
¿qué puede haber de sem ejante en los estragos, pasio­
nes y m iserias de ese mundo corrom pido, con el alm a
que v iv e en pura atm ósfera de ^tntos deseos, cuya
conversación está en ios cielos, y que cada día se une
m ás íntimamente á su Dios? A llí, allí, en la divina Eu­
caristía está la fuerza para el alm a fiel; allí el consue*
lo, el consejo, la esperanza, la luz y todo bien, pues
que está el Soberano A utor de todos los bienes de las
g racias todas.
¡O h, qué triste es ver tan poca fe, y la indiferencia
con que se miran los infinitos tesoros que cada día se
-nos ofrecen en el sagrad o Tabernáculo, donde un Dios
am ante de sus criaturas está esperando con inefable
am or se acerquen a El, para visitar sus pobres co ra­
zones y trocarlos en su m isma m oradal ¡Oh Señor,
qué inexplicable am or el vuestro en la sagrada E uca­
ristía! ¡Jam ás la palabra hum ana se m uestra tan pobre
é insuficiente com o al querer hablar de tan inefable
m aravilla! ¡O h, cóm o quisiera el alm a encontrar nue­
vo s acentos con que expresar algunas de sus im pre­
siones! E lla descubre, aunque im perfectamente por su
lim itación, pero absorta ante tanta grandeza, vuestras
divinas perfecciones cual inmensos abism os. Se pierde
en el de vuestro poder om nipotente, se anonada en el
de vuestra infinita sabiduría, y se siente arrastrada
fuertemente al de vuestro inm enso am or. ¡Oh qué es­
tupendo prodigio! Toda esta inmensidad y m agnifi­
cencia, que V os sólo podéis com prender, está encerrada
en ésa sagrada Fo rm a, y luego depositada en el cora­
zón m iserable de vuestra criatura. ¡Oh m isterio de los
misterios! ¡Tu unes en cierto modo la tierra con el
cielo, teniendo suspensos á los ángeles en la contem ­
plación de este p rodigio, y elevando el alm a hum ana
hasta el trono de la infinita Misericordia! ¿Quién puede
hablar dignam ente de ti? No el hom bre, ciertam ente,
en su lim itación y m iseria, ni tam poco el ángel con
su privilegiada inteligencia, pues aunque abism ado en
Dios no ha experim entado la dicha de recibirle en la
sagrada Com unión, cual la experim enta el m ortal. ¡Oh
Señor! ¿C óm o no permanece el mundo extasiado ante
este portento de vuestra divina misericordia? Parece
que el infierno se halla unido á la ingratitud humana
para oponer á El otro prodigio que entristece el alm a,
cual es la indiferencia hacia este Santísim o Sacram ento.
¡Buscar riquezas, honores, placeres, paz y consue­
lo, y apartarse de V os, Poder infinito, que queréis
venir á nuestras alm as á concederlas eternos bienes,
inundarlas en las m ás puras delicias, em briagarlas en
celestiales consuelos y colm arlas de paz inefable! ¡Oh
humana ceguedad, que no fuera bastante llorar con
lágrim as de sangrel ¡Ah Jesús mío! Quien á Vos se
acerca, anim ado de verdadera fe y penetrada el alm a
de vuestro dulcísim o am or, puede decirse que camina
ya en medio de este m undo con dichosa seguridad,
pues es conducido por el Soberano de la Patria adonde
se dirige. jPero cuán pocos son, oh Bien m ío, los que
aceptan esta felicidad que á todos ofrecéis con tan
inmenso am orl Pretextan unos su miseria para recibir
tan precioso tesoro, ó sus ocupaciones para separarse
de V o s, que sois quien podía hacerlas provechosas; y
no reconocen que la falta de fe es el m uro que les se ­
para de ¿,u felicidad, no dejándoles percibir vuestra
amorosa voz, que á todos invita, llegando hasta de­
cirnos que tenéis vuestras delicias en habitar nuestros
pobres corazones. Som os indignos de tanto bien, e x ­
claman otros. ¡A hí Si exigierais proporcionada prepa­
ración, sólo para V o s, Jesú s m ío, hubierais instituido
este Santísim o Sacram ento. Es un abuso recibirle con
tanta frecuencia, piensan algu nos, sin fijarse en que e!
verdadero error, la lamentable ingratitud, es apartarse
de E l, no agradeciendo vuestra bondad inmensa.
[Oh Je sú s de mi vida! ¿No nos dice nada el que os
quedarais bajo los accidentes de pan, que es el ali­
m ento que diariam ente y sin distinción todos necesi­
tam os? Así debieron com prenderlo los prim eros cristia­
nos, que todos los días os recibían. Se dirá que com ul­
gaban porque eran santos; pero se pudiera responder:
que eran m ás santos, porque com ulgaban diariam ente.
Q ye si en el mundo no se adquiere la ciencia separán­
dose del m aestro, ni nadie se desvía del fuego para
percibir m ás calor, y el afligido no huye del corazón
am igo para encontrar algún consuelo, ¿cóm o se quiere
encontrar la virtud apartándose de V os, celestial Maes­
tro , que nos enseñáis con tanta dulzura; fuego divino
que purificáis nuestros corazones inflam ándoles en
vuestro am or, y consuelo único y m aravilloso de
todos nuestros pesares, angustias y m iserias?
Se dirá todavía que la Comunión frecuente hace
com o acostum brarse y fam iliarizarse dem asiado, ¡Di­
chosa fam iliaridad, si ella hace crecer el am or del alma
hacia su DiosI Pero acostum brarse en el sentido de
perder el respeto y reverencia, ¿cómo puede pensarse
una cosa semejante? ¿Nos hemos acostum brado acaso
á los ra yo s del sol y podem os m irarlos fijamente por­
que todos los días nos alum bra? Pues si siem pre apa­
rece este astro superior á nuestra vista, que es des-
lum brada por ellos, ¿cómo acostum brarnos entonces á
lo que jam ás podremos com prender, sino adorarle y
abism arnos m ás y m ás á medida que nos acerquemos
a l divino S o l, cu yos ra yo s fecundan, enardecen é ilu­
minan nuestras alm as en el tiem po y las harán revivir
á vid a inm ortal y bienaventurada en la eternidad?
EJEMPLO

Una mala m ujer, llamada Catalina la Hermosa, oyen ­


do en Rom a predicar la devoción del Santísim o Rosario
á Santo Dom ingo, inscribióse en el libro de la Cofra -
día; pero, á pesar de empezar á rezarlo, seguía en su
mala vida. Habiendo ido á verla un jo ven que parecía
noble, le recibió cortésm ente, y estando á la mesa o b ­
servó que cuando el jo ven cortaba ei pan caían de sus
manos algunas gotas de sangre. Preguntóle de dónde
procedía aquella sangre, y el jo ven la contestó que el
cristiano no debe de comer nada que no esté tenido
con la sangre de Jesucristo y condimentado con su P a­
sión. A l oír esto Catalina, le preguntó adm irada—
;Quién era?— Luego te lo diré— contestó el jo ven , Y
pasando á otro aposento mudó de sem blante, se la
apareció coronado de espinas, con las carnes destroza­
das, y la d ijo :—¿Quieres seber quién soy? ¿No me co­
noces, Catalina? ¿Cuándo cesarás de ofenderme? Mira
cuánto padecí por ti. Ea, pues> bastante me hiciste su­
frir: cambia de costum bres.— Al oír esto prorrum pió
Catalina en am argo llanto, y Jesú s anim ándola la dijo:
— Amame, pues, ahora tanto cuanto me ofendiste, y
sabe que te he concedido esta gracia por el Rosario
que rezas á mi M adre.— Y dicho esto desapareció.
Catalina fue á confesarse con Santo Dom ingo,
O 1
d is-
tribuyó entre ios pobres cuanto poseía, y emprendió
una vida tan santa, que llegó á una sublim e perfección.
La Virgen se la apareció varias veces, y el mismo Jesús
jeveló á Santo Dom ingo que am aba m ucho á esta pe-
ni ten te, (De las glorias de María,)
SANTOS DEV OT OS DEL ROSARIO

San Juan de Rossi, canónigo romano (siglo X V Ill),


rezaba el R osario diariam ente por más abatido y fati­
gado que se encontrara, y cuando estaba enfermo le
■tenia siem pre en las manos. (P , PradeL)
ELOGIOS DEL ROSARIO

Com o quiera que se considere al R osario, se ve en


él una cosa absoluta y com pletísim a. Con tantas in­
dulgencias, con tantos privilegios y con tantos elogios
pontificios, parece encerrar en sí todo el tesoro de la
Ig lesia. (Robrbacher.)
1>T^ 13
PRIMERA CONSIDERACION
SO B R E EL P R IM E R M IS T E R I O D O L O R O SO

La Oración del Huerto.

De la Oración.

Profundo, consolador y altamente instructivo para


nuestras almas es el misterio que vam os á considerar.
La Oración del Huerto, [Ahí la oración... y la oración
practicada por nuestro divino Maestro, que se nos pre­
senta en ella com o modelo que hemos de im itar si
querem os ser sus discípulos. L a oración es indispen­
sable, no sólo para m archar por la senda de la perfec-
ción cristiana, sino para todo aquel que desea seria­
mente la salvación de su alm a. ¡L a oración! Grande es
la virtud de está arm a poderosa para triunfar de nues­
tros enem igos. Con razón se la denom ina entre otros
bellos títulos con el de suave perfum e del c ie lo , y
bienhechor rocío que hace fructificar las virtudes.
Sola y pobre está el alma que no conoce este teso­
ro y depósito precioso de celestiales gracias. Esos m o­
mentos m ás ó menos largos en que el alm a reposa á
los pies del Señor, son los que la dan fuerza para lu ­
char durante el día con las dificultades interiores y ex
tenores, con las que enem igos visibles é in visibles
tratan -"constantemente de entorpecer su m archa hacia
Dios, y verdaderam ente, en esos instantes que se está,
por decirlo así, fuera del m undo, es en los que parece
quiere el Señor conceder las fuerzas necesarias para
vivir en el m ism o m undo, según su le y y según su.
am or. A lm a sin oración es cual navegante sin rum bo
que no sabe dónde se d irige, y podríam os decir que es
el tiem po de la oración sem ejante á aquel en que el
buen servidor recibe las órdenes de su señor, ó al que
el hijo sumiso recibe e! cariñoso saludo y la bendición
de su am oroso padre. «La oración— ha dicho un sabio
Prelado t de santa m em oria ( i ) — ordena los deseos y en­
noblece las aspiraciones del hom bre; ella es el conse­
jero en nuestras dudas; la luz á cu yos resplandores el
entendimiento descubre á Dios; la centella que prende
en nuestros pechos la llam a del am or divino. Por ella
establecemos nuestras relaciones con Jesucristo, le con­
sultam os y nos ilustra, le conocem os y nos conocem os,
en lo cual consiste la verdadera ciencia; le presentam os
nuestras necesidades y nuestras miserias, y las socorre
y las cura. E lla , en fin, rectifica nuestras ideas, arregla
y dirige nuestro proceder, y hace que no pensemos, ni
sintam os ni obremos por nosotros m ism os, sino que
Dios ejecute todo en nosotros. Por eso se ha dicho: «D i­
choso aquel á quien el Señor enseña»; por eso Dios ha
prom etido al alma que le invoca guiarla á la soledad y
allí hablar á su corazón.»
Sobre la necesidad de la oración y el modo de prac­
ticarla, hay libros divinam ente inspirados, como son
el Tratado sóbrela Oración, de Santa Catalina de Sena,
las obras de Santa Teresa de Jesú s y otros; y en cuan­
to á su aplicación práctica á nuestras alm as, debem os
guiarnos sin reserva por nuestros directores espiritua­
les, una vez que con reflexión y oración h ayam os he­
cho una elección acertada, lo cual es de suma im por­
tancia, pues buen guía será el que conoce por exp e­
riencia propia el cam ino por que ha de conducirnos, y
así adelantarem os más fácil y seguram ente por el ca­
mino de la oración, á medida que sea m ás práctico en
este santo ejercicio, y por lo tanto esté más cerca de
Dios el Director á quien confiem os nuestra alm a,

(i) El S r , Martínez Izquierdo,


¡A h , dichosos nosotros, si llegam os á practicar co n ­
venientem ente la oración; poco tendremos entonces
que tem er de nuestros enem igos, y nos enriquecere­
mos de preciosas gracias! Así com o los que descienden
á los m ares en busca de tesoros, no perecen en ellos,
por el aparato colocado al efecto para hacerles respirar
aire de la tierra, y m ucho asom bro causaría verlos sa­
lir iiesos al que este secreto no conociera, así puede
asom brar ver ai alm a sum ergida en este am argo y p e­
ligroso m ar del mundo sin perecer, y recogiendo en él
los m agníficos tesoros de las virtudes.
Mas ¡ahí que la oración es el conducto que la sa lv a ,
haciéndola aspirar aire del cielo.
Recordem os aquellas palabras, conviene siempre
orar y nunca desfallecer, y el consejo del A póstol S an ­
tiago: «Si alguno está triste, acuda á la oración.» O re­
mos, sí, continuam ente; en nuestras penas, im plorando
el socorro de lo alto; en acción de gracias, en las p ros­
peridades, en todo tiem po, en rm , y en toda circuns­
tancia, O rem os, sí, que vida de oración es vida de luz,
de consuelo y de virtud en el tiem po, y atajo seguro
para llegar á la eterna Bienaventuranza.

EJEMPLO

El célebre C luck poseía una hermosa voz, y siendo


m uy niño aún cantaba ya en una de las principales
iglesias de Viena, causando la adm iración de la m ul­
titud de fieles que le escuchaba.
Un día, al salir de la iglesia, le vino al encuentro
un religioso de edad provecta. Estrecha su rubia cabe-
cita y después de felicitarle le dice:
— Tom a este rosario, hijo m ío, y promete á la S a n ­
tísima V irgen que en su honor lo rezarás cada día. E lla
te protegerá y alcanzará virtud para que glorifiques á
su divino Hijo con el valioso talento que en la voz te
ha cabido en suerte. Adiós, acuérdate siem pre del p o­
bre F ray Anselm o.
D icho esto, bendijo á la am able criatura y desapa­
reció entre el gentío. Quedóse Cluck asom brado, quiso
seguir con su penetrante mirada al anciano religioso
qne por su aspecto y m isterioso lenguaje parecía una
extraña visión, mas había desaparecido para jam ás ser
visto de Cluck, por más que no om itió después d iligen­
cia alguna para saber su paradero.
Con una inclinación de cabeza m uy sign ificativa
había respondido Cluck at aparecido, y permaneció
toda la vida fiel á su prom esa, y fiel con Cluck se m os­
tró la Virgen Santísim a del R osario. Veam os cómo se
verificó esta mutua fidelidad*
Entraba C luck en los quince años y presa su alma
de la sagrada llam a del genio que no puede d esenvol­
verse más que en la escuela de los grandes m aestros,
determ inó irse á Rom a. Pero ¿quién le proporcionaría
los recursos necesarios para tan largo viaje, si sus pa­
dres vivían en la escasez? ¿Quién? El Santo R osario.
F ra y Anselm o le había prom etido la asistencia de la
V irgen si le rezaba con asiduidad. Rezó, pues, el Ro­
sario no y a una vez cada día com o antes, sino con m ás
frecuencia y m ás fervor. No había pasado m ucho tiem ­
po, cuando se presentó en la casita de C luck el m aes­
tro de capilla de la basílica, el cual, encargado de c o ­
leccionar en Rom a las obras del célebre Palestrina, s o ­
licitaba de parte del Arzobispo que sus padres perm i­
tiesen á Cl^ick acom pañarle en calidad de secretario.
Júzguese cuál sería el gozo de aquella pobre fam i­
lia y de Cluck especialm ente. C on dulces lágrim as
rociaba el Rosario de F ray A nselm o, besándole una y
mil veces, bendiciendo á la am abilísim a Reina que tan
benignam ente había escuchado su plegaria»
C luk, acom pañado de su profesor, llegó á R om a,
donde füé considerado como un prodigio del arte, y en
consecuencia invitado á desempeñar los m ás brillantes
destinos de su profesión.
Y si el R osario le sirvió de talism án para el logro
de sus aspiraciones, luego le servía de tem a celestial
para sus inspiraciones y de expresión la m ás adecuada
para m anifestar á la Virgen la gratitud de su corazón
reconocido.
¿Recordaba Cluck el insigne favor de su divina M a­
dre? Pues rezaba el Rosario. ¿Necesitaba tom ar alguna
resolución im portante? Rezaba tam bién el R osario.
¿Padecía alguna aflicción ó gozaba de algo próspero?
Rezaba siem pre el R o sario. En sus m isterios buscaba
las inspiraciones para sus obras, meditando y a unos,
ya otros, según el carácter de la com posición. Más
tarde fué Mamado á la corte de Versalles por los reyes
cristianísim os Luis y María Antonieta, que le hicieron
su m aestro de capilla y le colm aron de honores, y
Cluck todo lo atribuía al m ágico poder de su Breviario
de músico.
En fin, fiel á su prom esa, jam ás se acostó sin rezar
el R osario que le encargó F ray A nselm o, hasta que
lleno de méritos y glorias llegó al fin de su carrera y
cortó la muerte el hilo de su vida.
Cierto consuelo m isterioso que se experim entaba
junto á su lecho de muerte, indicaba la presencia de la
amabilísim a Reina del cielo, que sin duda venía á re­
cibirle y darle la últim a y m ayo r prueba de corres­
pondencia á su fidelidad en rezar el Santo R osario.
{'Revista del Rosario.)

SANTOS DEVOTOS DEL ROSARIO


San Alfonso R odríguez, recientem ente canonizado,
consideraba como su principal ejercicio de devoción el
rezo del santo Rosario. (Revista del Santísimo Rosario,)

ELOGIOS DEL ROSARIO '

Pío V I, al m orir en el destierro, com paró el R o sa ­


rio al ángel que confortó á Jesú s en la Oración del
Huerto.
DIA 14

SEG U N D A CO N SID ERA CIO N


SOBRE EL PRIMER MISTERIO DOLOROSO

Perseverancia en Ja oración.

R eflexionábam os a yer brevem ente sobre la exce­


lencia de la oración; pero indispensable es para gustar
sus preciosos frutos saber ser constantes en su práctica.
L a s consideraciones que hagam os h oy se dirigirán,
pues, á alentarnos en la perseverancia en ella, á pesar
de todas las dificultades; tentaciones y repugnancia que
en su práctica pudiéram os encontrar.
Lam entable error sería creer que sólo habíam os de
perseverar en la oración cuando encontram os en ella
facilidad y consuelos, pues no son éstos los que en la
oración debemos buscar ni ellos nos han de santificar,
si bien debemos recibirlos con reconocimiento cuando
nos los concede el Señor para alentarnos al sufrim ien­
to; pero no ellos, sino la perseverancia en la oración,
sean cuales fueren los obstáculos que se opongan á
á nuestros buenos propósitos, es la prueba de que am a­
m os y buscamos sólo á Dios en la oración*
Muchos ejemplos de esta perseverancia se leen en
la vida de los santos, pero sólo recordarem os el del
glorioso fundador del R osario, Santo D om ingo de
Guzm án, que en todo tiempo practicaba la oración sin
que ni la necesidad de reposo, ni las fatigas de los v ia ­
jes que hacía á pie descalzo, fuesen obstáculo suficien­
te para im pediría, y así leemos en su vida que se en­
tregaba á la oración pasando las noches en el templo,
y que se separaba de los que le acompañaban en los
caminos para entablar oración fervorosa. Tengamos
presentes estos ejemplos, y consultemos á nuestra pro­
pia experiencia, que nos dice con bastante claridad lo
que somos cuando descuidamos la oración; pero sobre
todo fijémonos en el misterio que contemplamos.
Miremos al divino Redentor prosternado' en el
huerto, sumido en cruel amargura y derramando su
preciosa sangre, cual sudor copioso, por la fuerza de
interiores angustias más que mortales. Venga tan do­
loroso cuadro á alentar nuestro ánimo en esos días en
que sentimos la desolación, la angustia, el tedio, el
desaliento, el temor y la duda en nuestro espíritu. Días
en que cuerpo y alma parecen negarse á soportarse
mutuamente, y en los que sólo la voluntad, ayudada
por la misericordia del Señor, por oculta que esté á
nuestro afligido espíritu, puede sostenernos y hacernos
obrar según esa fe y esperanza que parecen extingui­
das completamente.
¡Ah! cuántas penas puede padecer nuestra alma.
Todas se expresan ordinariamente por las mismas pa­
labras (prueba de que ellas no son adecuadas para su
demostración); ¡pero en cuán distintos modos y gra­
dos se padecen y hasta qué punto puede crecer en nú­
mero é intensidad!
Si en las enfermedades físicas no es frecuente que
un mismo sujeto padezca diferentes males, estos sufri­
mientos interiores pueden multiplicarse en una misma
alma cuando la sabia y misericordiosa Providencia del
Señor ve conviene para su bien. Mas hay una diferen-
cía notabilísima entre unos y otros sufrimientos. Las
enfermedades físicas debilitan y hasta destruyen la
fuerza y la vida del cuerpo que las padece; las tribula­
ciones é interiores sufrimientos aumentan la vida, dan
fuerza, dignidad, bienes indecibles de gracia y gloria
al alma que debidamente las acepta, de tal modo, que
las desearíamos con ansia si ese velo que parece ocul­
tarnos los hermosos horizontes de la esperanza, se des­
corriese por un momento, y claramente pudiéramos
contemplar la inmensidad de bienes que resulta á nues­
tras almas, precisamente en esas pruebas en que nos
creemos cercados de densas nieblas y lejos de todo
bien, y aun dudamos si fuera del camino de salvación.
Alentémonos á sufrir cuanto el Señor disponga en
este sentido; pensemos que todos nuestros padecimien­
tos y angustias han pasado antes por el corazón de
nuestro Salvador, «y— decía un religioso— así como
el aire atrae los aromas ó los miasmas de las regiones
de donde viene, así nuestras penas, viniendo del divino
Corazón, nos atraen esas amarguras que debemos
amar por haber pasado por este amantísimo Corazón
de nuestro Jesús.»
Sí, en todos los momentos de tribulación acuda­
mos al huerto de Getsemaní á aprender de los labios
de nuestro divino Salvador y Maestro la oración que
en ellos conviene. Escuchémosle, y repitamos también
humildemente resignados que pase de nosotros, si es
posible, el cáliz de la tribulación; pero ante todo y s o ­
bre todo, en estos y en todos los momentos de nuestra
vida, que en nosotros se cumpla la divina voluntad y
no la nuestra. Perseveremos, sí, en la oración; repeti­
remos otra vez y otras mi! veces; no separemos la vis­
ta de nuestro Salvador, postrado en angustiosa agonía,
perseverando una y otra vez hasta tres veces, sin que
el aparente abandono del cielo ni la intensidad de la
mortal y creciente angustia que inundaba su divino
Corazón le hicieran decaer en tan heroica perseveran­
cia. ¡Oh, Jesús mío, preciosísimo modelo del alma san­
ta! ¡De cuánta importancia debe ser esta perseverancia
en la oración cuando quisisteis dejarnos tan á vuestra
costa, lección tan señalada, ejemplo tan expresivo y
admirable! Tengámosle presente cuando sintamos el
desaliento y la angustia en nuestro espíritu; entonces
es cuando, lejos de abandonarnos á esa peligrosa tenta­
ción, hemos de perseverar con m ayor constancia en la
oración, dirigir con más insistencia nuestras súplicas
al cíelo. No importa que por largo tiempo no hayamos
obtenido su favorable despacho, que en nuestra impa­
ciencia quisiéramos tocar inmediatamente con la mano.
¿Upé sabemos nosotros, miserables gusanillos, de los
eternos juicios del Omnipotente? Tal vez aquella süpli
ca, que negligentemente y por causa de este desaliento
omitimos, es la que iba á completar la prueba que el
Señor pedía á nuestra perseverancia para concedernos
aquello que tanto tiempo hacía le suplicábamos.
Tal vez aquella última prueba qué hemos experi­
mentado, aquella desolación, aquella angustia que vie­
ne como á querer destruir toda la esperanza, era la ul­
tima negación próxima ya á la concesión de la gracia
solicitada, como le sucediera á la Cananea del Evange­
lio, á la que su perseverancia, después de oir la última
y más desconsoladora negativa del Salvador, le valió,
no sólo el inmediato y favorable despacho de su súpli­
ca, sino también que su fe y perseverancia fuesen ala­
badas por el divino Maestro. ¡Oh Jesús mío! A Vos nos
volvemos, y al contemplaros triste y abatido en el huer­
to, pero perseverando en vuestra oración, no se puede
menos de exclamar: ¿Qué es esto, Señor? Veo triste y
angustiado vuestro divinoCorazón.¿No es Él el manan­
tial de celestiales consuelos, al que han de llegar las
almas á embriagarse de las más sublimes delicias y de
las más puras é inefables alegrías? ¡Ah, Señor! ¡Paré-
cerne como si en ese huerto hubieseis querido estable­
cer cátedra, en la que pudiéramos aprender sublimes
lecciones sobre la oración! ¿Quién se atreverá á quejar­
se de las penas que en ella puede experimentar si con*
templa las vuestras? Qyé, ¿no sabremos sufrir un po­
quito por vuestro amor pensando en las inmensas an­
gustias que quisisteis sentir en vuestra oración por el
nuestro? Y cuán bien nos enseñasteis, Jesús mío, cuán­
to d e b em o s a m a r la divina vo lu n t a d , pues después de
haber oído es ttfia t en los la b ios de la R ein a del cielo,
en el m isterio de vu estra Encarn ac ión , y después do
h aberla V o s repetido y enseñádon osla en la oración
del Padrenuestro, queréis todav ía decirla de n u e v o en
tan a n gu stio so s m om entos. Haced, Je sú s m ío, que no>
sea p ro v e c h o s a esta-di vina enseñanza y que io dos los
m o m e n to s de nuestra vida sólo deseem os, pid am o s y
nos co n fo r m e m o s con esta d ivin a v o lu n tad , repitiendo
en todos ellos, cualq uiera que sea el dolor ó la prueba
que nos aflija, esa oración que V o s dijisteis en el H ue r­
to : Fiat voluntas huí . A m é n .

EJEMPLO

F r a y Lu is de G r a n a d a , refiere el caso s igu iente.


«Había un h om b re que era m u y devoto de Nuestra
S e ñ o ra , á quien rezaba su San to R o sa r io , y por este
medio eficaz para todo bien y a p r o v e c h a m ie n to , le
hacía Dios tantas m ercedes y regalo s, que por espacio
de algu n os años a n d u v o casi siem pre en continua ora­
ción.
« V ié n d o s e , pues, tan ap ro v e c h a d o en la oración
m ental, preguntó á un co m p a ñ e r o s u y o llam a d o G r e ­
g o r io , si para darse más á ella sería bien dejare! R o s a ­
rio, R espon dióle que no* por Lo cual p e rs e ve r ó un año
en la d e v o c ió n del R o sa r io , y co m o viese que iban al
m ism o paso los fa v o re s á d cielo en su a lm a , como
h om b re y a m u y espiritual se de te rm in ó, sin dar cueiv
ta de ello á G r e g o r i o , á dejar el R o sa r io . Y á pocos
días que ta dejó, com enzó á tener m uchos trab a jo s y
sequedades y casi á no tener oració n; que á tales ríes-
g o s se e x p o n e quien piensa sin esta Estrella del mar,
M aría, tener feliz n a v e g a c ió n en la vida del espíritu.
Dió cuenta de esto á G r e g o rio , sin decirle la causa,
que era haber dejado el R o s a r io , á lo cu al éste son-
rióse y le dijo:
— »Vuelve á rezar el Rosario.
aHízolo así, y le fué tan bien con ello, que en bre­
ve volvió á tener el espíritu y .devoción-que solía. Este
Gregorio aconsejaba á los que querían aprovechar en
la vida del espíritu que rezasen devotamente el Rosa­
rio. Es hoy Venerable, y se espera que la Iglesia le
ponga en el catálogo de los santos.» (Revista del Santí­
simo Rosario.)

SANTOS DEVOTOS DHL ROSARIO

San Luis, rey de Francia, fué durante toda su vida


devotísimo del Rosario, que rezaba diariamente aun
en medio de Eos negocios del Estado y de las fatigas
de los combates. (7 a. Pradel.)

ELOGIOS DEL ROSARIO

Por los méritos del Rosario de María ha exaltado


Dios nuestra fe. (Fernando II en el Concilio de Trento.)
P R IM E R A C O N S ID E R A C IO N
SOBRE EL SEGUNDO MISTERIO DOLOROSO

Los azotes del Hijo de Dios.

De la mortificación exterior.

Muy dura á nuestra flaca naturaleza es la conside­


ración que habremos de hacer sobre el segundo miste­
rio doloroso, pero muy necesaria é indispensable á
todo cristiano.
Vamos a reflexionar sobre esta necesidad* no en
- medio del mundOj que en los adelantos materiales ha
ido retrocediendo y casi perdiéndose el espíritu cristia­
no, y retinándose en esos mismos adelantos, en el que
esas costumbres verdaderamente paganas, se ha lle­
gado á llamar necesidad á la sensualidad, lícito á lo
prohibido, exigencia social al pecado, y de tal modo
se han extendido, á pesar de las luces brillantes de la
contemporánea civilización, las nieblas densísimas del
error en el orden moral, que desde, ese mundo es casi
imposible distinguir la senda del deber que conduce á
la eterna salvación.
Apartémonos, pues, de este mundo desgraciado;
olvidemos todas sus erradas máximas y supuestas ne­
cesidades, y como cristianos, recordemos lo que esta
palabra mortificación significa, que hemos de imitar
á nuestro divino Salvador, y vayam os á meditar sobre
este punto, junto á la columna donde por nuestro
amor se ofreció á sufrir aquellos cruelísimos azotes.
¡Ah! Miremos una y otra vez ese sacratísimo cuerpo
horriblemente despedazado; veamos correr esa precior
sísima sangre regando el pavimento donde nos en­
contramos; contemplemos aquellas heridas dolorosísi-
mast para las que no hay otro bálsamo que nuevos y
desapiadados golpes que las abren más y más con tor­
mento inaudito; reflexionemos un momento que somos
la causa de estos espantosos tormentos, que por nues­
tro amor los sufría con invencible constancia nuestro
amorosísimo Redentor, y considerando de nuevo que
somos cristianos, que quiere decir discípulos é imita­
dores de Jesucristo, contemplemos otra vez ese sacra­
tísimo cuerpo despedazado, y luego, si tenemos valor,
digamos allí, junto á aquella columna» que los nues­
tros miserables no pueden sufrir la mortificación, y
que en nada nos obliga afligirlos de modo alguno.
T a l hacemos si desconocemos la necesidad de la
mortificación y huimos de practicarla en m ayor ó
menor grado, según nuestras circunstancias; pero no
hay n inguna en que nos debamos dispensar de ella
por completo.
No nos vamos á ocupar ahora precisamente de la
clase de mortificaciones que hemos de practicar; pero
debemos ser generosos, y sí bien nada hemos de prac­
ticar en este punto que la obediencia no sancione, so­
licitemos humildemente y sin porfía, pero con cons­
tante deseo, que nuestros cuerpos sean hostias vivas
inmoladas á Dios en aras de la mortificación.
Dice Santa Teresa, que cuándo una buena inspira­
ción viene muchas veces, aconseja su práctica, y es
que sabía por experiencia que el Señor ayuda en tales
casos.
Sepamos, pues, ser fieles á los deseos de m ayor
perfección que podemos sentir en nuestras almas, y
no los olvidemos por temor al trabajo y mortificación
que su práctica nos exija, bajo el pretexto de no tener
fuerzas suficientes, mientras que previa prueba no nos
autorice para usar este lenguaje* La-misma Santa dice
en su vida, que después que se dió más á la penitencia
por consejo de su director( tenía más salud y fuerzas,
diciendo humildemente lo que le decía su confesor: que
tal vez muchos de sus sufrimientos se los enviaba el S e­
ñor para suplir la mortificación que luego practicaba.
No quiere decir esto que todos tengamos fuerzas
ni estemos llamados á practicar aquellas austeridades
verdaderamente asombrosas que algunos santos prac­
ticaron , y en las que sólo un milagro de la gracia fiel­
mente correspondida podía sostenerles. Pero si pocos
entre nosotros son llamados á esa mortificación extra­
ordinaria- ante la que se estremece nuestra mísera na­
turaleza, todos estamos obligados á su práctica, de tal
modo, que no parece se comprende un alma devota
verdadera del Santo Rosario, que aspira á la perfección
si le es desconocida la práctica de la mortificación de
su cuerpo, á menos de muy serias razones de salud,
pues no debe tanto atender á éste, que porque aquélla
sea un poco débil, ó por no padecer en ella leve detri­
mento, se deba renunciar á toda maceración corporal.
No son tan dañosos como generalmente se les supone
ciertos instrumentos ó prácticas de mortificación, y
muchas son las personas, no solamente de salud deli­
cada, sino de verdad enfermas, que los usan y han usa­
do sin que tengan que arrepentirse ni temer la cuenta
del detrimento .de su salud, y además Dios ayuda á
quien en El confía.
No quisiera aconsejar contra la prudencia; mas como
en este caso, salvo varias excepciones, más se pasan los
límites por defecto que por exceso, no parece incon­
veniente expresarse así, pues según dice Santa Teresa,
es extraño cómo estos cuerpos nuestros quieren ser.
regalados y cómo fingen necesidades y males para l i ­
brarse de la mortificación. De esto se lamenta el Padre
Jandel en su Manual ya citado, diciendo: «Parece ¡ en
efecto, que se quisiese borrar la mortificación corpo­
ral del catálogo de las virtudes prescritas en el E van­
gelio. Una multitud de cristianos en el mundo, y aun
personas que hacen profesión de piedad, no compren­
den sü necesidad, y parecen no apercibirse siquiera de
los motivos que hay para practicarla.»
Y en el mismo capitulo dice más adelante, hablan­
do de los que defienden ser suficiente la mortificación
interior: «A los que pretenden disculparse con la impor­
tancia de la mortificación interior para excusarse de la
mortificación de los sentidos, excusa pueril para dis­
pensarse de ambas, no hay mejor respuesta que darles
que aquélla de San Luis Gonzaga: Es preciso practicar
Ia una y no omitir la otra. Así han obrado los Santos y
han conformado constantemente su conducta á estos
principios. Para convencerse de ello, no hay más que
teer su historia en los Anales de. la Iglesia, y se verá,
como lo hace observar el P. Surin, que entre los San-
tos cuya vida conocemos con algunos detalles, no se
encuentra uno solo que no haya vivido en la práctica
de las austeridades y de las maceraciones corporales,
ejemplo decisivo en que se apoya este piadoso autor,
tan versado en cosas espirituales, para combatir el
intolerable abuso de los cristianos que quieren alcanzar
la perfección sin mortificar sus sentidos, y llegar al cielo
por un camino que los Santos no han seguido nunca.»
EJEMPLO

Una gran pecadora, llamada Elena, entró en una


iglesia precisamente en el momento en que se predi­
caba la devoción del Rosario. Exaltaba el predicador,
poniendo de relieve la grandeza y eficacia de esta de­
voción, tanto, que Elena, a) volver á su casa, compró
un Rosario, el cual ocultó cuidadosamente para evitar
las burlas de sus amigas. Le rezaba de vez en cuando
sin la menor atención; pero al poco tiempo, aficionán­
dose á esta práctica, concluyó por rezarle diariamente.
Esta fidelidad fué bastante para que la Santísima
...Virgen mirara con misericordia á esta pobre pecadora,
quien sintió tales remordimientos de su vida pasada,
que no la permitían reposo alguno, hasta que no pu-
diendo resistir más, se acercó al tribunal de la Peni­
tencia y confesó todas sus culpas con tanto arrepenti­
miento, que el confesor quedó admirado. Gozosa por
haber obtenido el perdón de sus pecados, se postró
ante el altar de la Santísima Virgen, y mientras que
rezaba el Rosario, la Madre de misericordia y Refugio
de pecadores se dignó decirla: «Elena, mucho has ofen
dido á Dios, pero cambia de vida, que yo te concederá
preciosas y abundantes gracias.» Profundamente con­
movida y bañada en llanto, Elena respondió: «¡Oh,
Madre mía, verdad es que hasta aquí he cometido mu­
chos pecados y que estoy cargada de deuda?, pero Vos,
que sois tan poderosa, ayudadme, y o quiero entregar­
me á Vos sin reserva y hacer penitencia lo que me
resta de vicfcf» Elena cumplió esta promesa. Distri-
buyó sus bienes á ios pobres y llevó una austera y
penitente vida. Sí se sentía asaltada por las tentaciones,
rezaba con confianza el Rosario. Perseveró hasta
exhalar el último suspiro, invocando el dulce nombre
de María. Pocos días antes de su muerte, vinp á con­
solarla la. Santísima Virgen con el Niño Jesús, y en el
momento de expirar se vió su alma volar al cielo en
figura de paloma. (Propagateur du Rosaire.)
SANTOS DEVOTOS DEL ROSARIO

San Francisco de Borja, en medio de los trabajos y


cuidados sinnúmero que le imponían las funciones de
su cargo., halló siempre tiempo para rezar el Rosario y
meditar sus misterios con detención, (P , Pradel.)
ELOGIOS DEL ROSARIO
El Rosario fué instituido para conjurar los peligros
que amenazan al mundo. (León X ,)
S E G U N D A C O N S ID E R A C IO N

s o b r e e l S eg u n d o m i s t e r i o d o l o r o s o

De la obediencia y perseverancia en la práctica


de la mortificación.

Consid erando los terribles azotes que nuestro a d o ­


rable S a l v a d o r sufrió por nuestro a m o r , c o m p r e n d e ­
mos la necesidad de hacer penitencia por nuestros p e ­
cados, y pa ra se g u ir el ejem plo que nu estro divin o
Maestro, y á su im itación todos los San tos, nos dan en
este punto, pues co m o y a hem os v is to , no es posible
elevarse p o r las alturas de la perfección cristiana sin
atravesar el cam ino del sacrificio, del ve n cim iento p r o ­
pio, de la Penitencia y mortificación. Mas no se crea
que por ser tan necesaria la m ortificación se puede
uno lanzar á practic arla sin otro juez que el juicio p r o ­
pio, pues de este, modo la m ortificación podría ser in­
fructuosa y hasta perjudicial.
La pru dencia, que es la reg uladora de las virtu des
todas, lo es también de ésta m u y especia lm ente.
La obediencia y la perseverancia son in d is p e n s a ­
bles para que sea fructuosa la mortificación.
«Toda m ortificación corporal, unida á la Pasión de
nuestro S e ñ o r — dice el P. F a b e r ,— debe ser practic ada
'p o r una humilde obediencia, j a m á s por elección p r o ­
pia y sin autorización del superior» ; y añade después:
«La firme p e rseverancia en las austeridades pe rm itidas,
á pesar de las re p u gn a n c ias de la na tu rale z a, es de una
importancia infinitamente mayor que su número ó
severidad.»
De suma importancia son estas dos reflexiones,
pues que la obediencia es más grata al Señor que el
sacrificio, y sería engaño lamentable el apartarse de
ella, tanto en este como en otro particular, pues nues­
tras obras, por muy excelentes que en sí fueran, no
tendrían el valor á los ojos de D.ios que la más sencilla
práctica informada por la obediencia. En cuanto á la
perseverancia en los ejercicios de mortificación que he­
mos abrazado, debemos ser en extremo exactos en su
cumplimiento, sin dejarlos ni demorarlos sin muy no­
table causa, A esta constante perseverancia en el cum­
plimiento del plan üe vida sabiamente trazado por un
prudente director, están vinculadas gracias muy espe­
ciales, y parece que el enemigo de nuestra salvación
forma también un especial empeño á que á ella falte­
m os. Muy cautos debemos ser, por lo tanto, en cono­
cer sus astucias, y no fijar la atención en esas mil difi­
cultades que diariamente parecen oponerse á que siga*
mos las prácticas ordinarias; teniendo por regla fija é
invariable seguirlas con constancia invencible, cueste
lo que cueste, sin atender á esas dificultades, repugnan­
cias, turbaciones y malecillos que vienen como á ha­
cernos poner en tela de juicio si será suficiente motivo
para abandonar por, el momento lo que debemos prac­
ticar.
Si el mal es gra vet por sí solo se queja, dice Santa
Teresa, y cuando las dificultades son verdaderamente
tales, no dan lugar á vacilación.
Sepamos, pues, ser generosos en esta fidelidad, y
digamos al Señor en esas repugnancias y turbaciones;
¡Oh, Señor! si yo hubiera de hacer mi voluntad, f¡¡
mi cuerpo me perteneciera, ciertamente que no 1c
mortificara en este instante en que siento tanta repug-
nancíaj pero como todo os lo he entregado, y á Vos
pertenece, este es el momento de probar que de vera»
os pertenezco, y he de ser víctima inmolada á vuestra
voluntad adorable, sin que la mía éntre para nada' en
mis obras. Pronto ahuyentaremos al enemigo con se­
mejante conducta, y muchas veces acabaremos con
consuelo en el alma la obra que con tanta repugnancia
habíamos comenzado.
Un religioso dedicado á dar ejercicios espirituales,
y muy práctico en este santo ministerio, refería el caso
siguiente: «Después de haber practicado una señora
fervorosos ejercicios, resolvió abrazar una vida de
gran austeridad, sin duda por inspiración del cíelo,
pues que el mismo Padre aprobó el plan de vida que
debía observar en adelante* Poco sueño, escaso ali­
mento, larga oración, y mortificación austera y cons­
tante} tal era el plan propuesto que aquella alma fer­
vorosa comenzó á practicar con esfuerzo, consiguién­
dolo sin dificultad la primera semana. Mas ía segunda,
cuando hubo de dar cuenta á este Padre, su director,
fué acongojada, pues las fuerzas parecían extinguirse,
y no sabía qué resolver ante esta duda que interior-
mente la atormentaba,..— ¿Cómo podrás sufrir durante
toda tu vida un martirio semejante?— EE Padre, cono­
ciendo la emboscada del enemigo de las almas, acogió
con benignidad á aquella afligida por esta tentación,
diciéndola:— Bien, hija mía, esté tranquila y no piense
por cuánto tiempo ha de seguir la vida que ha em*
prendido; sólo quiero que si tiene valor para ello la
observe con exacta fidelidad esta semana, y veremos
después.— Aquella alma, viendo tan corto plazo, pro­
metió durante él seguir practicando aquello mismo que
tan imposible le parecía, y el Señor, que no se deja
vencer en generosidad, le dió tanto esfuerzo, que
cuando la semana terminó ella misma solicitaba de su
director abrazar hasta la muerte aquella forma de vida
tan austera, ante la cual se había estremecido la natu­
raleza,» Este Padre recomendaba que se apartase pronto
la atención cuando semejantes tentaciones se presenta­
ran, y se ocupara uno en lo que actualmente se iba á
ejecutar, sin discutir nunca-en nuestro interior sobre si
tendremos ó no fuerzas para practicar durante tanto ó
cuanto tiempo tal ó cual obra.
En efecto, no sabemos si aquel tiempo llegará para
nosotros, y si llega, nunca nos negará el Señor-los sufi­
cientes auxilios para cumplir su voluntad santísima» si
humilde y confiadamente se los pedimos, pues no se
deja vencer en generosidad, y si somos fieles en su
servicio, irán en aumento sus gracias que nos harán
soportables y hasta dulces las prácticas de ]a cristiana
mortificación.
EJEMPLO

En Jaffa de Galilea, población distante media legua


de Nazareth, tuvo lugar un hecho estupendo el día 1 4
de Abril de 1886,
Sor Catalina, una de las Hermanas del Rosario allí
instaladas, estaba sacando agua de un pozo ancho,
hondo y sin brocal. Una niña, llamada Neseira, que
asistía á la escuela de las Hermanas, corrió apresura­
damente hacia ella queriendo ayudarla; mas al llegar
cerca del borde, tropezó y se precipitó en el fondo del
pozo. Grande fué la consternación de Sor Catalina y de
las demás religiosas. Instantáneamente se extendió por
el pueblo la funesta noticia, que atrajo al lugar del su­
ceso gran número de personas. Milagro de Dios fué sin
duda que dejasen con vida á las Hermanas, porque to­
dos se mostraban enfurecidos contra ellas cual si fue­
ran autoras de un crimen. Todos miraban al fondo del
pozo, todos gritaban á la infortunada niña que cerrase
la boca y se agarrase á la cuerda que le tiraron, mas en
vano; la niña estaba sumergida en el fondo del pozo
sin señal alguna de movimiento. Sus desolados padres,
creyéndola perdida para siempre, hacían extremos de
dolor.. Más de una hora hacía que Neseira estaba su­
mergida en las aguas. Los muchos circunstantes, per­
dida ya la esperanza, iban retirándose poco á poco,
quién llorando, quién imprecando, quién proponiendo
se cumpliese la costumbre árabe, es decir, reclamar de
las Hermanas, por precio de sangre, una. fuerte suma.
En tan críticos y angustiosos momentos cae de rodi­
llas la Hermana Sor Catalina, exclamando: «¡Virgen
Santísima del Rosario, Vos sois toda nuestra esperanza,
socorrednos!» Y al decir esto, movida por súbita in s­
piración de lo alto, se arranca de la cintura su rosario,
lo arroja al pozo, y luego introduce en el agua el cubo
con que la sacaba poco antes. A los pocos momentos
la cuerda del cubo se movía. Reanimóse la esperanza;
todos unánimemente invocaron á la Santísima Virgen;
nunca se había orado con tanto fervor en aquel triste
rincón de la tierra. Tiran de la cuerda, y un bulto se
asomó sobre el agua. «¡Es Neseira!» prorrumpen todos
á una voz. Y en efecto; la niñat con los pies en el cubo,
el rosario en la mano, asida á la cuerda, salió del pozo
sin la menor lesión interior ni exterior.
Atónitos Ips espectadores ante hecho tan asombro­
so, convirtieron sus lamentos en exclamaciones de ale­
gría. Preguntaron á Neseira qué había visto, qué oído,
y e|la respondió riendo: «Nada vi ni oí hasta el mo­
mento en que sentí alguna cosa sobre mi pierna; era
el rosario. Apenas.lo hube asido, abrí íos ojos, y viendo
una gran luz, percibí muy claramente el cubo y la
cuerda, á los cuales me agarré.»
Cambiados luego sus chorreantes vestidos, Neseira
se dirigió al oratorio de las Hermanas para dar gracias
á la Virgen del Rosario por favor tan insigne.
Desde aquel día quiso llamarse y la llamó todo ei
mundo María del Rosario. (Revista del Santísimo Ro­
sario,)
SANTOS DEVOTOS DEL ROSARIO

San Vicente de Paúl llevaba siempre un rosario col­


gado á la cintura, no tan sólo para rezarlo con frecuen-
cía, sino también para hacer una profesión exterior y
pública de su veneración á la Reina de los Cielos, (Re­
vista del Santísimo Rosario.)

ELOGIOS DEL ROSARIO

¡Felices los pueblos, felices las familias en las cuales


la devoción del Rosario, la más bella de todas, se
practica con fidelidad! (Revista de Bolonia.)
TERCERA CONSIDERACION

SOBRE EL SEGUNDO MISTERIO DOLOROSO

De la mortificación.

Ya que hemos considerado en los días anteriores la


necesidad que de la mortificación cristiana tenemos, y
las condiciones que esta mortificación ha de tener, con­
sideraremos hoy las mortificaciones que continuamente
se presentan en la vida, y que tanto pueden ayudarnos
á la santificación de nuestra alma.
No es necesario decir que ocupan el primer lugar
todas las mortificaciones que sean necesarias para cum­
plir exactamente los Mandamientos de Dios, los de la
Iglesia y las respectivas obligaciones de cada uno.
Pero además de éstas de precepto, se nos presentan
sin buscarlas mortificaciones cotidianas, cuyo valor es
mucho mayor de lo que aparece á primera vista, pues
pueden enriquecernos de mérito y ayudar grandemente
á santificarnos si las sabemos mirar y recibir en espíritu
de fe y de sacrificio. Entre estas mortificaciones ocupan
el primer lugar (no olvidando que hablamos de la mor­
tificación corporal), las enfermedades. Si ellas son vio­
lentas, no hay, en efecto, mortificación más penosa, pues
que no está en nuestra mano apartarla de nosotros al
cabo de tanto ó cuanto tiempo, sino que hemos de su­
frir sin alivio, pues poco valen los exteriores cuidados,
que cuando el sufrimiento es intenso, tiene poder para
convertir en potro de tormentos el más cómodo lecho.
Tales enfermedades son ocasiones preciosas para las
almas santas de mostrar su amor al Señor, y tiempo
oportuno para hacer rápidos progresos en la perfección
de este mismo amor.
Mas prescindiendo ahora de ellas, hay otros males,
si no tan violentos, más frecuentes, y de los que se
sirve á menudo la divina Providencia para nuestra
santificación* Muchos santos vemos que padecieron
de este modo durante largos años> y así debemos mi­
rar esas enfermedades habituales que más ó menos nos
mortifican constantemente, y nos hacen penosas las
más ordinarias acciones, como medio adecuado para
nuestra perfección, y besar amorosamente la mano
soberana que para nuestro bien nos las envía.
Por lo demás, se nos presentan ocasiones de practi­
car la mortificación á cada instante y de todos modos
en mayor ó menor escala, y que ciertamente no hemos
de desperdiciarlas por su pequenez, pues que si somos
fieles en las cosas pequeñas, poco á poco y con la gra­
cia de Dios lo seremos también en las grandes. No
pueden enumerarse estas continuas ocasiones que la
vista del alma ansiosa de sacrificio descubre en todas
partes, sabiendo aprovechar toda molestia natural de
los elementos ó de las intenciones de los hombres, é
imponerse constantes privaciones y sacrificios, si no
notables por su importancia, sí por ía continuidad y
fidelidad en la práctica. Su deseo de padecer les hace
descubrir estas ocasiones de que está poblada la vida,
así como lo está la atmósfera de esos pequeños insec­
tos que no percibe más que el que está provisto de un
apropiado microscopio.
Notemos que no se habla aquí del s'acrificio de las
cosas superfluas; éste, si ellas se oponen á la salvación
del alma, es obligatorio al cristiano; y aunque esto no
sea, por el sólo hecho de ser superfluas, lo es al alma que
aspira á la perfección, que debe vivir según el espíritu
de pobreza. Pero aun de lo necesario sabe cercenar el
espíritu de penitencia, y sacrificar, siquiera sea en pe­
queña parte, y a el reposo, y a el alimento* ya el abri­
go, algo de lo lícitamente y Sin exceso permitido, y
aceptar mil y mil incomodidades que lícitamente tam ­
bién pudieran excusarse en obsequio de la mortifi­
cación.
Ciertamente que este constante sacrificio es penoso
á la naturaleza; mas dichosas las almas que le practi­
can: ellas podrían decirnos cuántas y cuántas gracias
y preciosas consolaciones encontraron en este camino,
al parecer tan espinoso, pues hay ciertas gracias que
parece no se conceden á otro precio que el del sacri­
ficio.
Animémonos, pues, á imitarlas, y aunque hayamos
de hacernos alguna violencia, entremos con valor en
e s a s m d a d e la mortificación tan frecuentada ,por los
Santos. Miremos, por fin, á nuestro divino Salvador
atado á la columna; arrojémonos á sus píes, y allí,
contemplando aquel sacratísimo cuerpo despedaza­
do y bañado en sangre preciosísima que de El mana
para nuestro remedio, digámosle con fervorosas ansias
de imitarle: ¡Oh amorosísimo Redentor de nuestras
almas! ¡Qué confusión es para mi sensualidad veros
en esa columna recibiendo con mansedumbre amorosa
los desapiadados golpes de inhumanos verdugos, en
vuestro inocentísimo"£uerpo! ¡Oh Jesús óe mi vidal
¡Cuánto me habéis amado y qué mal he correspondido
yo á este amor, cuando habiendo Vos sufrido tanto,
huyo y o , miserable pecador, de los más ligeros sufri­
mientos, pareciéndome excesiva toda mortificación!
¡Oh Jesús- mío, perdón, perdón y misericordia para tan
vil é ingrata criatural No obraré así en adelante, Se­
ñor, yo os lo prometo, pidiéndoos vuestra gracia,
abrazado y regando con mis lágrimas esa columna
donde os he contemplado en suplicio tan espantoso.
¡Oh, cuántas veces he ligado yo también vuestras di­
vinas manos con mis ingratitudes, impidiendo que
derramasen las gracias que vuestro amor me pre­
paraba!
Basta de ingratitud," Jesús mío; ya me entrego á
Vos completamente. Ligadme Vos ahora con los lazos
de vuestro amor á la columna de la mortificación, del
sufrimiento, del sacrificio, y allí Vos mismo castigad­
me por mis culpas; yo quiero sufrir por ellas, en ex­
piación de los pecados que en el mundo sé cometen
contra Vos, y sin esto, Jesús mío, quiero sufrir porque
os amo. ;Oh, sí, mi Redentor amorosísimo, dulce Es­
poso de mi alma! Vos sois verdaderamente Esposo de
sangre, y las jo y as de vuestro amor son los azotes,
las espinas y la cruz. ¡Oh! Haced que no lo olvide en
mi miseria, Jesús mío, y que la sed de amaros y pa­
decer por vuestro amor, crezca siempre en mi alma,
aumentando vuestro amor el amor á la cruz, y éste las
ansias de amaros más, de tal modo, que viva y muera
en amoroso martirio de amor á Vos. Amén.
EJEMPLO

Hallábase en un monasterio la hija de un príncipe,


y á pesar de su buena índole, como tuviese disipado el
espíritu, progresaba poco en la virtud. Pero empezando
á rezar el Rosario, por consejo de un buen confesor, se
obró en ella un cambio tan redical, que fué el modelo
de las demás monjas que, ofendidas, intentaron por
todos los medios que dejase la vida emprendida. Mas
ella continuaba rezando el Rosario,* y un día que su­
plicaba á María rezándole que la ayudase en aquella
persecución vió caer una carta del altar. El sobrescrito
decía; «María Madre de Dios á su hija Juana; salud.»
Y el contenido era el siguiente: aMi querida hija, p ro ­
sigue rezando mi Rosario, apártate de las que te eston
ban para vivir bien, evita el ocio y la vanidad, y quita
de tu celda las cosas inútiles, que yo te protegeré ju n­
to á Dios.» Visitando después el abad el monasterio,
procuró reformarle, pero sin éxito. Un día observó que
muchos demonios entraban en las celdas de las mon­
ja s, mas no en la de Ju ana, porque los echaba de allí
la Santísima Virgen, á cuyos pies vio á juana en ora­
ción, Sabiendo por esta su devoción de rezar e! Rosa­
rio, y que había recibido la carta referida, ordenó que
todas las monjas dijesen el Rosario, y según refiere la
historia, por este medio el monasterio se convirtió en
paraíso. (De las Glorias de María.)
SANTOS DEVOTOS DEL ROSARIO

San Pablo de la Cruz, el fundador admirable de la


Orden de los pasionistas, queriendo asegurar á sus hi­
jos una participación abundante en los bienes espiri­
tuales del Santo Rosario, obtuvo del General de los
dominicos, en virtud de singular privilegio, facultades
para establecer la Cofradía en los noviciados de su
Orden, Era socio del Rosario perpetuo, y como en el
momento de su agonía le viniese á la memoria la hora
que él había tomado, y no pudiese rezar el Rosario de
memoria, suplió la imposibilidad física repasando los
misterios con el m ayor fervor de espíritu. (Revista del
Santísimo Rosario.)

ELOGIOS DEL ROSAREO


El Rosario es la espada que contiene los asaltos de
los demonios. (Reviglione.)
I>I¿L . 18

PRIMERA CONSIDERACION
SOBRE EL TERCER MISTERIO DOLOROSO

La Corona de espinas.

De la m o rtifica ció n in t e r io r .

Verdaderamente que si supiésemos meditar bien los


misterios del santo Rosario, seríatf para nosotros un
m anan ti^inagotable de ejemplos, consuelos y ense­
ñanzas. ^Contemplábamos en el misterio anterior á
nuestro divino Salvador sufriendo ignominiosos y crue­
lísimos azotes, y allí, junto á aquella columna donde
tanto sufriera por nuestro amor, proponíamos ser más
fieles en la práctica de la mortificación exterior; mas
como ella sería incompleta, y por decirlo así, cual un
cuerpo sin alma si no va unida y animada por la inter­
na mortificación, al ocuparnos de ella en esta considera­
ción, contemplaremos en el tercer misterio doloroso la
coronación de espinas en la sacratísima cabeza de nues­
tro divino Redentor, « ¡ O h, dulcísimo Salvador míoJ—
pudiéramos exclamar con el Venerable Granada al con­
templar este misterio.— Cuando yo abro los ojos y
miro ese retablo tan doloroso que aquí se me pone de­
lante, ¿cómo no se me parte el corazón de dolor? Veo
esa delicadísima cabeza, de quien tiemblan los poderes
del cielo, traspasada con crueles espinas; veo escupido
y abofeteado ese divino rostro, obscurecida la lumbre
de esa frente clara, cegados con |a lluvia de la sangre
esos ojos serenos, y veo ios hilos de sangre que gotean
de la cabeza, descendiendo por el rostro y borrando la
hermosura de esa divina cara.» En efecto, que por duro
que sea nuestro corazón, no podrá menos de conmo­
verse si contemplamos al Señor en tan espantoso
suplicio.
¡A h , mirétnosle! Después de haber recibido aque­
llos terribles azotes, que llagaron cruelmente su cuer­
po sacratísim o, colocan sobre aquellas dolorosísimas
llagas, como único vendaje , un pedazo de manta v ie ­
ja , raída y llena de basura. ¡Oh , qué tormento debió
sufrir nuestro jesú s! Si una sola llaga, cuando es pro­
funda, tanto atormenta, aun curada cuidadosamente,
¿qué sufrimiento causarían al Salvador tantas y tan te*
rribies, y sobre las que no caía otro bálsamo que la
desnudez, aquel inmundo ropaje, y los empellones y
malos tratamientos de los soldados? jOh, Jesús amo­
rosísimo! Qué, ¿no es este bastante tormento para que
todavía quieran añadir, mientras le sufrís, otro nuevo
y más cruel?
Sí ;■ el alivio que hay para este tormento tan terri­
ble que sufre nuestro Jesús después de los azotes, es
otro más espantoso, cuya sola consideración estremece.
Oigamos entre las carcajadas de befa y escarnio que
se hace del Salvador tan atormentado , un ruido leve,
pero terrible. Son agudísimas espinas que penetran su
sacrosanta cabeza. ¡O h , con cuánta ferocidad se las
clavan! Y ¿quién podrá ponderar la intensidad espan­
tosa del dolor que causarían al atravesar los nervios y
penetrar-hasta los más dolorosos? Estos nervios tan de­
licados , en los que nos parecen intolerables los dolores
y multiplicamos los calmantes para aliviarlos, son en
Jesús atravesados, destrozados por cruelísismas espinas
clavadas con violencia inhumana.
¡Oh! ¿Qué decimos ante tan cruel espectáculo? Fi­
jémonos un momento en ese hermosísimo rostro, en el
que desean mirarse los ángeles, y le veremos desfigu­
rado por la sangre y los cardenales; contemplemos al
R ey inmortal de los siglos; mas ¡a h í tiene por trono
un miserable banquillo, por cetro una caña, y por co­
rona cruelísimas espinas; miremos todavía á nuestro
amorosísimo Salvador v divino modelo en tan lasti­
mosa figura, rodeado de soldados* que no tienen otro
consuelo para sus dolores que el escarnio, tratarle de
loco tapándole los ojos y renovando sus llagas con fie^
ros tratamientos, y allí, cerca de je sú s, pensemos sin
quitar la vista de su demacrado rostro; en esos supues­
tos agravios que se nos hacen; digamos allí, si nos
atrevemos, que no se nos considera cual merecemos, y
que no queremos sufrir las injusticias que contra nos­
otros se cometen* Pero no, jesús mío; bien conocemos
ahora cuánta es nuestra insensatez cuando, pretendien­
do ser discípulos vuestros y mirándoos á Vos burlado
y despreciado, buscamos con afán la honra y conside
ración de nuestros semejantes, y huimos, y no es vio­
lento si se nos injuria ó calumnia.
Mucho podremos aprender á los pies del Salvador,
colocados entre aquella chusma impía que de El se bur­
la, en orden á !a mortificación interior, que podremos
ver significada en aquellas espinas que atormentan su
divina cabeza, y que sí en apariencia no son tan crue­
les como los azotes, no son por esto menos dolorosas.
Así la mortificación interior no parece á primera
vista tan penosa como la exterior; mas bien practicada
no es menos costosa, pues se nos presenta continua­
mente como espinas que ban de taladrar nuestras incli­
naciones y deseos, en primer lugar los malos, pero
pasando á los que sean lícitos, á los que muchas veces
se ha de renunciar también. Mortificación en nuestros
sentidos, mortificación en la vista, en la lengua, en el
oído; mortificación en el entendimiento, en la memo-
mona y en la voluntad. Tal es la interna mortificación.
Y no nos parezca esto excesivo si queremos tender
constantemente á la perfección hasta llegar á la santi-
dad; pues si bien se reflexiona, un Santo no es más que
una víctima ante Dios, un loco á los ojos del mundo y
un verdugo para consigo mismo. Y si hemos de imitar
álo s Santos, que llegaron á la unión con Dios por me­
dio de la oración, nos es indispensable esta mortifica­
ción, este recogimiento de los sentidos; pues con razón
se ha dicho que ellos son como las ventanas del alma.
Y así como en destemplado invierno, por mucho calor
que haya en una habitación, pronto se enfría si se
abren las ventanas, así también si no cuidamos de reco­
ger nuestros sentidos, pronto se resfriará en nuestra
alma el calor de la devoción, y se disiparán en la
atmósfera de mil puerilidades inútiles los preciosos per-
fumes de celestiales gracias, que la habían embalsama­
do durante la oración y el recogimiento. Este es el
menor mal que causarnos puede la falta de mortifica­
ción en nuestros sentidos, pues difícilmente se librará
de pecado el que en medio del mundo pretende vivir
sin ejercitarla. La falta de moralidad que en él se obser­
va hace un deber para el cristiano de esta regla de per­
fección, particularmente en lo que se refiere á la vista
y al oído; pues no todo lo que á su paso en las calles se
presente le es lícito ver ni o ir , y mucho se expondría
si sin reserva en sus sentidos las atravesara. Pero aun­
que este peligro no existiese, hemos de tener presente
que la disipación de los sentidos es completamente
opuesta á la perfección á que debemos aspirar.
EJ E MPLO
El Rosario y el incendio del Ba%ar de la Caridad de París.
juzguese por la siguiente gracia, obtenida merced á
la fidelidad, á la Hora del Rosario, con cuánta razón
debemos ser devotísimos de tan hermosa práctica y
exactos en rezarle.
Escriben á La Corona, de Lyon:
«La escena ocurre en París, el 4 de Mayo de 189 7,
en casa de una amiga mía.— No te olvides del Bazar
déla Caridad— la dice su esposo;— hoyes la gran fiesta.
Prepárate, se dice que asistirá su Excelencia el Nuncio
de Su Santidad.— Con mucho gusto iría— respondió
ella,— pero me corresponde hoy-ía Hora del Rosario
Perpetuo, y de tres á cuatro estaré ocupada en ella;
no quiero que sea hoy el primer día que la deje.— Bien
— replicó el marido,— haz lo que quieras.
»Mi devota amiga se retiró cuando la füé posible del
bullicio de la ciudad de las diversiones, hizo su Hora
de guardia, y fortalecida con el retiro y el recogi­
miento, se disponía á salir. Mas he aquí que de pronto
se oyen gritos. ¡Al fuego) ¡A l fuego!, en la calle deJean
Gonjon!
d Y en seguida se sabe la noticia de la espantosa ca­
tástrofe, La piadosa señora, at tener noticia de aque*
lias desastrosas muertes, adoró los inescrutables de­
signios de la divina Providencia, aunqueá veces terri­
bles también, y dió gracias á la IVladre de Dios, que
por medio de la hora de guardia la había salvado.
»En esta misma catástrofe murieron heroicamente
dos Hermanas de la Caridad, que despreciaron su vida
por salvar del fuego á algunas personas más, y afir­
man testigos oculares, que una de ellas, la Superiora
de Raynecey, murió de rodillas con el rosario en la
mano, el cual dejaron intacto las llamas por singular
prodigio.» (De ia Revista del Rosario.)
SANTOS DEVOTOS DEL ROSARIO

San Ignacio de Loyola rezaba el Rosario todos los


■ días, y acostumbraba á tenerlo en las manos aun cuan­
do dormía, como para dar á entender que jamás olvi­
daba sus misterios, y que al despertar quería consa­
grarlos su primer pensamiento. ( P , Pradel.)
ELOGIOS DEL ROSARIO
Son inmensos los bienes que cada día recibe el pue­
blo cristiano por eí Rosario. (Urbano I V .)
SEGUNDA CONSIDERACION
SOBRE EL TERCER MISTERIO DOLOROSO

M o rtifica ció n in te r io r.

Si queremos practicar bien la mortificación interior,


no es bastante'que mortifiquemos la vista y el oído;
hemos [de 'mortificarj también nuestra lengua} guar­
dando en cuanto nos sea posible un santo silencio. No
hay nada que así ponga de manifiesto, no diremos ya
sólo la fa lta re espíritu, sino-hasta la falta de cordura
y de educaciónj'que‘un inmoderado afán de hablar, así
como la vasija que suena mucho al golpearla, declara
que’sólo contiene aire, que está vacía. Pero principal­
mente es perjudicialJeí|no saber guardar silencio, por­
que el que habla mucho, muchas faltas ha de cometer
necesariamente, y aunque esto no fuera, el hablar más
de lo que prudentemente es necesario, va contra la
perfección á que debemos aspirar. «Nuestro S e ñ o r -
dice el P, Jandelj— por el silencio que guardó durante
su pasión, nos ha demostrado el aprecio que hace d§
esta virtud, y cómo debemos prácticarla, aun en me­
dio de las injurias, desprecios, injusticias y malos tra­
tamientos. El Apóstol Santiago hace del gobierno de
la lengua una irrecusable medida de la perfección»
Sí alguno cree— dice — practicar la pie Jad y ser religioso
sin poner peno á su lengua, su piedad y su religión son
vanas. Y como más fácil es á la fragilidad humana
callar que hablar debidamente, resulta que el silencio
será siempre un gran bien, mientras que con él no
faltemos á la caridad del prójimo. Dichosa, ha dicho
un gran santo, el alma que guarda silencio-sobre las
cosas de que le es permitido hablar, pues no encon­
trará dificultad en callar cuando^sea conveniente. San
Ambrosio no tenía reparo en decir á las vírgenes de su
tiempo, que es frecuentemente un crimen para una
virgen consagrada á Dios, querer hablar mucho aun~
que sea de cosas buenas, y que el pudor nunca es más
agradable al Señor que cuando está acompañado dei
silencio. Santo Domingo daba tal importancia al silen-
cio^ que las Constituciones de la Orden no hablan de
interrumpirle en ningún otro tiempo que en el del
santo ministerio, y las horas de recreación que hay en
la Orden fueron concedidas por los Soberanos Pontí­
fices, que templaron así el primer rigor de las obser­
vancias dominicanas. Un alma silenciosa por virtud,
se preserva de muchos escollos. El silencio es tan ne­
cesario como difícil en el mundo, en el que la disipa­
ción forzada de la vida ofrece tantos obstáculos al es­
píritu interior; también es un sacrificio muy meritorio
que ofrecemos á Dios, porque el deseo de hablar y de
comunicar sus propias impresiones es vivo é impe­
rioso en el alma humana.»
El P. Cormier asegura que la mortificación de la
lengua será una buena compensación á las penitencias
que no puedan observarse. «Difícil sería— añade—en­
contrar una compensación más adecuada, pues la mor­
tificación bien elegida debe ser medicinal y verdadera­
mente penosa, sin ser perjudicial; pues bien, la morti­
ficación de la lengua reúne todas estas condiciones*
Ella consiste en no hablar con inconsideración y alta­
nería, vanidad ú otros motivos humanos; en callarse
voluntariamente para dejar la palabra á otros, ó para
reprimir la precipitación, y en no prolongar las con­
versaciones más de lo que una prudente conveniencia
aconseja, £ s preciso trabajar mucho tiempo para ad­
quirir esta mortificación, aun en un grado ordinario.
¡Felices los que saben evitar las palabras inútiles y que
hasta oirías les causa tedio! Tal sucedía á la Beata
Margarita d'Iprés, que cuando las pronunciaban en su
presencia era acometida del sueño ó entraba en_éx-
tasis.j)
Procuremos, pues, este silencio, que si costoso es
á la naturaleza, llega á ser dulce al alma cuando se ha
habituado á su práctica* Pero aún hemos de ir más
adelante; no ha de ser nuestro silencio solamente exte-
rior, sino que hay, por decirlo así, un silencio interior
que consiste en el recogimiento de nuestro espíritu sin
dejarle vagar por inútiles pensamientos, y éste hemos
de proeurar también. «Más vale un pensamiento del
hombre que todo el mundo— dice San Juan de la Cruz,
— y por eso sólo Dios es digno de El y á El se le debe; y
así, cualquier pensamiento del hombre que no se tenga
en Dios, se lo hurtamos.»
Desde luego se comprende que este silencio interior
supone una continua vigilancia y una serie no inte­
rrumpida de sacrificios. Preciso es, no sólo renunciar á
toda novedad ó espectáculo, sino aun aquellas conver­
saciones ó distracciones que aunque no sean malas y no
nos estén prohibidas, distraen"nuestra atención.
Hay que sacrificar toda curiosidad, viviren el mundo
ignorando cuanto e'n él pasa, fuera de lo que sea nece­
sario saber para el cumplimiento de nuestras particu­
lares obligaciones; hay que prohibirse, no sólo y a las
lecturas dañosas que circulan como veneno mortífero
por las venas de nuestra desgraciada sociedad, sino
hasta las indiferentes , aunque no contengan nada
malo, y ceñirse á aquellas lecturas que nuestro direc­
tor nos prescribe, y no leer ni aun libros piadosos sin
especial licencia. Hay que trabajar con la gracia de Dios
para que ningún acontecimiento exterior turbe esta
paz deliciosa de nuestro espíritu, siquiera estemos ob li­
gados á oir cómo se nos injuria ó calumnia; hay que
soportar lo que es aún más difícil, toda pena interior,
angustia, tentación ó desolación, procurando no perder
la paz, ni buscar con ansía exterior el consuelo, sino
esperar el alivio solamente de Dios, permaneciendo en
esta silenciosa soledad de espíritu.
Cierto que no se consigue fácilmente este silencio,
esta vida interior, pero precisamente los esfuerzos que
constanlementehemos de hacer para conseguirlo, cons­
tituirán esa interna mortificación de que nos estamos
ocupando. No nos desanimemos, si no adelantamos
cuanto fuera de desear; multipliquemos en la presencia
del Señor estos actos de interna mortificación, sin re­
troceder nunca por penosos que^nos sean. Miremos á
nuestro Jesús sufriendo crueles é innumerables heridas
en su sacratísima cabeza, ocasionadas por aquellas pe­
netrantes espinas, y pidámoste gracia para sufrir por
su amor en nuestro corazón las espinas de continuos y
penosos actos de interna mortificación.
jOh Jesús míol Al contemplar cubierto de sangre
vuestro divino rostro, por la multitud de punzantes
espinas que han taladrado vuestra sactatísima cabeza,
sin que hayáis opuesto la menor resistencia, me lleno
de confusión por mi flojedad é inmortificación. jOh
fesús de mi alma] ¡Cuánto, cuánto sufristeis por mi
amor! ¿Y será posible que yo huya del sacrificio? No,
Jesús mío, basta de ingratitud. Tomad ya incondicio­
nalmente mi pobre corazón; unidle al vuestro sacratí­
simo, y herilde según os plazca con las espinas que le
circundan. No oigáis mis indiscretas lamentaciones,
Jesús de mi alma; estrechadle fuertemente contra esas
espinas, porque cuanto más penetren, más próximo
estará á vuestro Corazón adorable, y concededme que
vuestro amor penetre por las heridas que abren estas
espinas en mi espíritu, y que cada una de ellas sea una
boca que procure vuestra gloria y la salvación de las
almas. Amén.
EJEMPLO

Las Hermanitás de tos Pobres de la calle de Nuestra


Señora de Champs, en París, habían visto caer rotos to­
dos los cristales de la casa durante el bombardeo. T er­
minado el sitio, hubieron de llamar á un vidriero, como
era natural. Mientras que éste colocaba los cristales,
una Hermanita trataba de evangelizarte; pero sus pala­
bras, si bien eran escuchadas con atención, por pura
cortesía, no hacían mella en el espíritu del obrero. La
Hermanita, viendo al fin su indiferencia, le dió un ro-.
sario, explicándole la manera de servirse de él, y le
dijo: «Aceptadlo, amigo mío; llevadlo siempre en el
bolsillo, el os hará dichoso, y cuando os encontréis en
algún peligro, rezadle como os he dicho, y estad seguro
-que la Santísima Virgen os atenderá en vuestras aflic­
ciones.
Pocos días después, firmado el armisticio, comenzó
á permitirse á algunos ía salida de París, Nuestro v i­
driero se procuró un pase y fué en busca de algunas
provisiones para su familia y amigos, Al llegar á Vi-
íleneuve Saint-Georges entró en una cantina con ánimo
de echar un trago; pero traspasando los limites que se
había propuesto, se puso más alegre de lo que convenía
á la circunstancias y dirigió terribles apostrofes con­
tra los prusianos y aun contra el mismo Emperador.
Los soldados prusianos que estaban presentes conclu­
yeron por impacientarse, le detienen y le llevan á la
cárcel. Allí/calm ándose poco á poco, se hizo cargo de
.su situación el pobre vidriero. «¿Cuánto tiempo per­
maneceré aquí?— se preguntaba apesadumbrado.— ¿Me
¡llevarán á Alemania? ¿Qué será entonces de mi mujer
y de mis hijos? En buena me lie metido— dice;— y tengo
un hambre espantosa,» De pronto se acuerda que en
tino de sus bolsillos ha guardado un pedazo de pan.
Buscándole encuentra en él un objeto pequeño que saca
por curiosidad; era su rosario. «jAhl— exclama;— sí,
rae acuerdo; es el rosario de la Hermanita. ¡Pobre her­
mana, cómo perdió el tiempo con sus sermones! Ella
me dijo que lo guardase, que me daría buena suerte y
que lo rezara cuando me viese en un apuro. A fe mía,
que este es ei caso. Pero ¿cómo se reza el R osario?...
Esta es la dificultad. Bien me lo explicó, lo recuerdo;
pero y o no hice caso de lo que decía.» Entretanto,
mientras el pobre prisionero trata de recordar en vano
las instrucciones de la buena Hermanita, y cuando co­
mienza su primer Avemaria, que-de mucho tiempo
atrás no había salido de sus labios, oye dar vuelta á la
llave de su prisión. La puerta se abre, y un oficial bá-
varo entra. Al ver al prisionero sentado sobre la paja
con el rosario en la mano, se detiene sorprendido:—
«Pero ¿cómo— dice el oficial,— no sois incrédulo?— No;
— contesta el prisionero maquinalmente.— ¿Y so isca tó ­
lico?— En efecto-, y como veis, rezo el Rosario.-^En­
tonces salid y sed en adelante algo más comedido con
nosotros, que somos católicos y también rezamos el
Rosario.»
No hubo necesidad de que el oficial repitiese la o r­
den. A la mañana siguiente nuestro vidriero se apre­
suró á ir á dar las gracias á la buena Hermanita que le
habia regalado el rosario y la prometió guardarlo toda
su vida é invocar en los momentos difíciles á Aquella
que había acudido en su auxilio de una manera tan
oportuna y tan manifiesta. (De L*Ilustré pottr Tous.)

SANTOS DEVOTOS DEL ROSARIO

El venerable Gura de A rs, siendo todavía muy


niño, sentía un gozo especial cuando le daban un ro­
sario. L o rezaba devotamente cada vez que iba ó vo l­
vía cié los trabajos del campo. La Cofradía del Rosario
fué uno de los medios que empleó para la santificación
de su parroquia, y ésta era la devoción que más calu­
rosamente y con más frecuencia recomendaba á sus
feligreses en las instrucciones que Ies daba. Ei A ve­
mariat decía, es una oración que nunca fastidia, (Padre
P radel)
ELOGIOS DEL ROSARIO

Por el Rosario fueron disipadas las tinieblas de la


herejía, y la luz de la fe católica brilló con todo esplen­
dor, (San Pío V .)
PRIMERA CONSIDERACION
SOBRE EL CUARTO MISTERIO DOLOROSO

La cruz á cuestas.

De la necesidad de la Cru% t su amor y modo de llevarla.

|Cuán provechosas son las enseñanzas que podemos


sacar del misterio que vam os á meditar! ((Contemple­
mos á Jesús que camina— dice el Venerable Granada—
con aquella tan pesada carga (de la cruz) sobre sus
hombros tan flacos, siguiéndole mucha gente y muchas
piadosas mujeres, que con sus lágrimas le acompañaban.
«¿Quién no había de llorar— añade— viendo al Rey de
los ángeles caminar paso á paso con aquella carga tan
pesada, temblando las rodillas, inclinado el cuerpo, los
ojos mesurados, el rostro sangriento, con aquella guir­
nalda en la cabeza y con aquellos tan vergonzosos cla­
mores y pregones que daban contra él?»
jOh, qué espectáculo tan doloroso para nuestra Ma­
dre la Santísima V irgen, que nos da un herniosísimo
ejemplo presentándose en la calle de la Am argura, sa­
liendo alencuentrode su divino H ijo,cargadoconlacruz
de nuestras culpas, con la cruz de cruel amargura que
abrumaba su purísimo Corazón! Parece querernos de­
mostrar en este paso dolorosísimo que no puede seguir
el alma las huellas del divino Maestro sin recorrer el
camino del Calvario cargada con la cruz que la adora­
ble Providencia la ha deparado, para que, mediante la
semejanza con el Salvador, pueda obtener su salvación;
pues que sólo los que se hallen conformes al divino
irtodeto entrarán en la bienaventuranza de la gloria.
¡Ah! Todos estamos convencidos de esta verdad: que
sin cruz no puede haber salvación, y, sin em bargo, por
una contradicción que sólo puede explicarse atendiendo
á la miseria de nuestra naturaleza corrompida por el pe­
cado, queremos, sí, la salvación, pero procurando huir
del sufrimiento é imitación del Salvador que la procura.
Comprendemos bien la necesidad de la cruz, y escu­
chamos con entusiasmo las excelencias que de ella se
nos predican; ta consideramos como signo salvador,
llave del cielo, tesoro de gracias, regalo amoroso de
Dios; nos conmueve ti heroísmo cristiano de almas que
se abrazaron con cruces, que verdaderamente parecen
insoportables, sin el amor y la gracia del Señor por
quien las sufrían, y tal vez sentimos ansias de imitarlas
en ciertas ocasiones; -mas ¡a h í con cuánta frecuencia
suele suceder que amando tantola cruz soñada, se mire
con desdén y se soporte con imperfección y á veces
hasta con impaciencia la cruz real y verdadera, aque­
lla que la sabiduría y misericordia de Dios nos ha des­
tinado como la más adecuada á nuestro bien, y á la
que ha vinculado nuestra salvación y gracias preciosí-_
simas para santificarnos, según los planes de su inefa­
ble Providencia.
Somos á veces como el niño sin razón, que desean­
do poseer lo que más brilla, se deja arrebatar lo que
más vale, j Ah, cuánto inútil deseo de cosas im practi­
cables en las circunstancias en que la divina Providen­
cia nos ha colocado, y cuántas ocasiones desperdiciadas
de alcanzar la santidad en estas mismas circunstancias
que Juzgamos desfavorables á este fin! No tenemos que
ir muy lejos para buscar estos tesoros inapreciables,
estos bienes inmensos que proporciona el amor á la
cruz. Esta cruz bendita nos sigue á todas partes, está
colocada sobre nuestra alma por la mano bondadosa
del Señor. La cruz está siempre á nuestro lado, está
con nosotros, dentro de nosotros mismos. Es la enfer­
medad que sufrimos, la prueba que nos aflige, la per­
sona que nos mortifica, todo el cúmulo'de fatigas, de
miserias, de contrariedades que nos rodean* No perda­
m os, pues, el tiempo y la ocasión preciosa de santifi­
carnos, dando oídos y comentando las especiosas razo­
nes que nuestros enemigos nos presentan para que no
nos aprovechemos de nuestra propia cruz, que es la que
sólo tiene la virtud para nosotros de salvarnos y santifi*
carnos. No seamos del número de los necios, que es
infinito, los cuales alegan como causa de su flojedad en
eí divino servicio, los mismos medios que Dios les con­
cede como más adecuados á su eterna salvación, las
cruces más propias para su aprovechamietf to y santifi­
cación , elegidas é impuestas por la infinita sabiduría.
Triste cosa es, en efecto, oir decir al pobre que él
se santificaría si la miseria no se lo impidiera; al rico,
que la multitud de cuidados le privan de ocuparse cual
quisiera en su santificación; ver que el que trabaja sus
pira por que cree que sólo en el sosiego llegaría á con­
seguirla; y al que privado del trabajo a ctivo , por en­
fermedad ú otra causa, creer que sólo alcanzaría la per­
fección, obrando con la actividad de que se ve privado.
Sueña con el claustro el que está obligado á vivir en el
mundo j con ia libertad, el que debe soportar, por pe­
nosa que le sea, la dependencia de sus superiores; y así,
jcuántos y cuántos llaman obstáculos á los que preci­
samente son medios de santificación para su alma!
¡AhI Si cada uno conociéramos todo el valor de las
circunstancias que nos rodean, de la cruz que nos afli­
ge , lejos de soñar con otras, nos abrazaríamos con
santo entusiasmo á aquellas que nos impone la pater­
nal y amorosa Providencia de nuestro Dios, y hasta
haríamos los mayores sacrificios, no por apartarlas
de nosotros, sino por conseguir que el Señor nos con­
cediera esas mismas ocasiones, que tan poco sabemos
apreciar. Los santos, iluminados por la luz del cielo
que dejaban penetrar con docilidad en su alm a, com­
prendían el valor de estas cruces, y servíanles de esca­
bel para la santidad las circunstancias en que se veían
colocados por Dios; llamábase pobrera para unos, trono
para otrds, claustro, matrimonio, enfermedad, desprecios,
p rsecución , desamparo, soledad, trabajo continuo, pues
todo conduce á Dios cuando á Dios queremos dirigirnos.
No hay que hacerse ilusiones; cuando creemos que
otra cruz la llevaríamos con más fruto, no es tanto que
queremos abrazar otra, sino soltar la nuestra. No obre­
mos insensatamente prorrumpiendo en amargas quejas
y mirando nuestra cruz cdmo carga intolerable de peso
excepcional; pues con ellas demostramos, no su gra ­
vedad, sino nuestra flaqueza y flojedad. Animémonos;
pues cierto es qüe no nos cargará el Señor con un áto­
mo más del peso que con su divina gracia podamos
llevar, y recordemos según aquella sentencia del Após­
tol: «Nadie será tentado sobre sus fuerzas.»
EJEMPLO

Refiere Fray Diego Ojea, y lo cita el P. Moran en .


su Mes del Rosario, que cuando Santo Domingo predi­
caba en Italia, yendo de camino, se encontró con un
célebre ladrón que con sus robos y asesinatos tenía
aterrados los pueblos. El Santo hizo un fervoroso dis­
curso, exhortándole á buscar su conversión por medio
del Santo Rosario. El ladrón no se resolvió á mudar
de vida; pero á pesar de su criminalidad, se avino á
rezar diariamente esta devoción. Fué atacado de una
violenta enfermedad, y cayendo en un paroxismo los
ladrones, sus compañeros, creyendo que estaba muer­
to le enterraron en el campo. Acertó á pasar por allí
Santo Domingo, acompañado de algunos religiosos y
personas seglares, y todos oyeron repetidas veces las
siguientes palabras: «Padre Fray Domingo, Siervo de
Dios, compadeceos de mí.» Abrieron la sepultura y
salió vivo el famoso ladrón, el cual les contó cuanto
le había acaecido, y añadió que por intercesión de
María Santísima del Rosario, Dios le había librado del
infierno, y le había conservado la vida en el sepulcro
por haber sido devoto del Rosario. Hizo ijna buena
confesión de sus culpas, y luego murió santamente,
sirviéndole de purgatorio los tormentos y penas con
que Dios le purificó en los dos años que había estado
milagrosamente vivo en el sepulcro. (P . Moran,)

SANTOS DEVOTOS DEL ROSARIO

La Beata Margarita María de Alacoqué, desde la


edad de cuatro años, rezaba el Rosario entero diaria­
mente, besando la tierra á cada Avemaria.
De creer es que á causa de esta fervorosa devoción
la alcanzó la Santísima Virgen una luz especial para
descubrir los inestimables tesoros del Corazón de jesús.
(Revista del Santísimo Rosario.)

'e l o g io s d e l r o s a r i o

'Lejos de ser el Rosario una devoción abstracta, una


fórmula vana é insubstancial, ó una fastidiosa repeti­
ción, como algunos sacrilega é impíamente dijeron,
es, por el contrario, una devoción viviente, racional y
admirable que ilumina el entendimiento, inflama el
corazón y sacia por completo á todo el hombre. (Padre
Leikes.)
T>I 4
L

SEGUNDA CONSIDERACION

SOBRE EL CUARTO MISTERIO DOLOROSO •

Necesidad de ¡a propia crn%.

Siguiendo las reflexiones que la meditación del


cuarto misterio nos sugiere sobre la necesidad de llevar
la cruz á ejemplo de nuestro divino Maestro, hemos de
ocuparnos hoy en particular de lo. provechosa que á
nuestra alma es la cruz que pesa sobre cada uno de
nosotros, y de cuánto debemos amarla.
Cierto, que efecto de nuestra miseria y de las ten­
taciones del enemigo de nuestra eterna salvación, se
nos presenta á veces esta propia cruz tan pesada y
violenta, que la creemos superior á nuestras fuerzas, y
ni aun parece nos anima á abrazarla el provecho espi­
ritual que proporciona á nuestras almas, pues la cree­
mos casi inútil, y nuestros sufrimientos en ella como
infructuosos y sin objeto, ¡Cuán grande es nuestro
engaño si así pensamos, creyendo en nuestra am ar­
gura, que ya sufriríamos gustosos en otras cruces que
si bien son penosas, procurarán grandes bienes al que
las soporta y á los prójimos á quienes ayuda!
Engaño síp y engaño grande es considerar Jos bie­
nes deotras cruces, y estimar poco la nuestra, en la que
únicamente está para nosotros todo bien. Oigamos si no
de los labios de nuestro divino Maestro cuál es la cruz
,que debe santificarnos. ¡Ah! que no dijo el Señor que
él que quisiera seguirle y ser su discípulo, tomara la
cruz que más provechosa le pareciera ó aquella á que
más se inclinara su corazón. No, no nos dejó derecho
de elegir en este punto; terminantes son sus palabras,
y no dan lugar á . vacilación alguna: «El que quiera
venir en pos de mí, tome sit cru% y sígame.» Su cru%t
sí, su propia cru%, no la cruz que desea, la cruz que
sueña, sino aquella que la Providencia divina le ha
deparado, y ésta por penosa, intolerable é infructuosa
que se nos presente, aunque nos parezca casbinvenci-
ble la repugnancia y resistencia que nuestra natura­
leza opone para abrazarla. No hay escape* cargados
Con esta cruz, con la nuestra, es con la que hemos de
seguir al Salvador y llegar á santificarnos.
Qué, ¿nos parece demasiado dura esta necesidad
absoluta de tener que renunciar á apartar de nosotros
esa cruz, esas circunstancias, esos sufrimientos, sean
cuales fueren, de que tanto anhela versje libre nuestro
corazón? No temamos; no hay cruz ninguna, por mu­
chas que sean sus asperezas, en la que no haya depo­
sitado la mano de la Providencia bálsamo celestial
.para aliviar las heridas que estas asperezas causan,
Pero, ¡ah! que no brotará este bálsamo consolador de
nuestra cruz, mientras que con generosidad no la abra­
cemos y la estrechemos con efusión contra nuestro co­
razón, sin temor de herirle demasiado. Mas si así lo ha­
cemos, confiando en la gracia de Dios, que nunca falta,
¡ahí entonces, ¡qué gracias, qué bálsamo embriagador
puede brotar de estas espinas que tanto nos atormen»
tan! Preguntad á aquéllas almas dichosas que con amor
abrazaron su c r u y ved en sus respuestas hasta qué
punto llegaron á amar aquellos sufrimientos, cuando
en celestial transporte exclamaban: <*0 padecer ó mo­
rir» con Santa Teresa, «ó sufrir y no morir» con Santa
Magdalena de Pazzis.
¡Oh! Verdad que esto es ya el heroísmo del amor,
la locura de la cruz. Pero, ¿por qué no tratar de con­
formarnos en cuanto nos sea posible á estos sublimes
ejemplos? Resolvámonos para principiar este camino,
á mirar con menos prevención á esta propia cru{ 9 con­
siderándola como regalo amoroso de nuestro divino
Salvador, y meditando los bienes que á nuestra alma
proporciona. Tomémosla con amor, tal cual el Señor
nos la presenta, y no queramos juzgar del peso que
podrá tener más adelante.
Este es un engaño del enemigo, hacernos creer que
más tarde nos será insoportable el peso de nuestra
cruz, y á veces como las fuerzas que tenemos son las
necesarias para el momento, y queremos tenerlas para
todo lo que á nuestra imaginación se presenta, teme­
mos sucumbir. No pensemos, no, más que en el mo­
mento presente: En él pidamos fuerzas al Señor, y
cierto que obtendremos de su misericordia las necesa­
rias para sostener en él esa cruz salvadora que nos ha
de llevar ai cielo.
Actuémonos siempre y esforcémonos en llegar á
amar esta cruz, por amar al Señor que nos la impone,
y para ello recordemos á menudo las’ consideraciones
que á esto nos ayuden y que de nuestro corazón, car­
gado con su cruz, se escapen amorosas jaculatorias, di­
rigidas al Corazón amantísimo que cargó con la enor­
me cruz de nuestros pecados. Su amor nos sugerirá me­
dios para que lleguemos á amarla.
Sé de alguien que una práctica sencilla le propor­
cionó mirar su cruz que le parecía muy violenta, con
más amor. Después que al levantarse ofrecía sus obras
al Señor, se postraba en tierra pidiéndole le impusie­
se la cruz que en aquel día hubiese de llevar, y al be­
sarla, se proponía abrazar aquella cruz que recibía
de mano del Señor y amarla por su amor. Esta ó
análogas prácticas, y sobre todo una firme voluntad
de padecer sin examen de lo que nos conviene, sino
abandonándonos completamente á la acción de la Pro*
videncia, nos conducirá á este amor dichoso á nuestra
propia cruz, con. la que, si abrazados seguimos á núes*
tro divino Maestro, seremos verdaderamente sus dis­
cípulos* y , por consiguiente, amados de su corazón
dulcísimo en el calvario triste de esta vida, mientras
llega el momento de penetrar con esta bendita llave
de la cruz en las eternas mansiones de la gloria.
]Oh Jesús mío! Dejad que nos acerquemos á Vos
con las piadosas mujeres que os acompañaban por las
calles de Jerusalén hasta el Calvario. [Ah! bien podéis
decirnos que lloremos sobre nosotros. S í(Jesús mío, ya
lloramos ante Vos, que con tanto amor y mansedum­
bre lleváis vuestra cruz, y reconocemos la miseria é
imperfección con que llevamos las nuestras y el engaño
de querer ser vuestros discípulos/ huyendo del sufri­
miento. jOh' Jesús mío! Cruz debe ser toda nuestra
vida, pues cruz fué la vuestra, de tal modo, que medi­
tándola comprendemos que hemosde vivir en continuo
sufrimiento. ¡Oh Bien mío! yo os contemplo pobre y
abandonado en Belén, desterrado en Egipto, en trabajo,
sumisión y silencio en Nazareht,’ penitente y tentado
en el desierto, fatigado y sin albergue en vuestra vida
pública, con terrible angustia y mortal sudor en el
huerto, vendido por uno de vuestros discípulos, ne­
gado de otro, abandonado de casi todos, calumniado,
tratado com oá loco, pospuesto á un criminal conde­
nado por jueces y sacerdotes, vilipendiado por el pue­
blo, maniatado, atormentado cruelísimamente, abofe­
teado, azotado, coronado de espinas, conducido al su­
plicio, llevando públicamente el patíbulo en que debíais
morir y á son de pregón; yo os veo, por último, Jesús
mío, morir en esa cruz pendiente de tres clavos, ro­
deado de verdugos y malhechores y abandonado de
vuestro Padre celestial en angustia suprema.
[Oh Bien míol ¿Y queremos llamarnos vuestros
discípulos, es decir, imitadores de vuestra vida, en la
debida proporción, huyendo del sufrimiento y procu­
rando el descanso?
¿Qyé puede ser la imitación de vuestra santísima
vida sino padecimientos y penas d e todos modos?
Qyé desatinados que somos, Jesús m ío; mas Vos, que
conocéis nuestra miseria y tanto nos amáis, podéis
darnos luz para que .conozcamos que á Vos sólo se llega
por la Cruz, y darnos fuerzas y amor para no esqui­
varle sino amarle y abrazarle estrechamente para vivir
y morir en ella por vuestro amor. Amén.
EJEMPLO

En X , capital del Mediodía de España, una señora


Terciaria lloraba angustiada y sin consuelo el desvío
religioso de su marido. Más de veinte años hacía que
éste no se confesaba. Constante y habitualmente apar­
tado de Dios, había cerrado las puertas de su alma á
todos los llamamientos y benéficas inspiraciones de la
gracia. En vano su devota esposa le reconvenía cari­
ñosamente mostrándole su ingratitud para con Dios;
en vano, cuan ángel bueno, trataba de atraerle al buen
camino; en vano, postrada en el santuario, suplicaba
la conversión de su esposo.
Éste, frío, indiferente, empedernido , seguía impa­
sible el sendero de la perdición y de la desventura
eterna.
Agotados ya por la esposa casi todos los ingenio­
sos medios de atracción, ocurriósela, por verdadera
inspiración, tentar el último recurso, obligando á su
marido con repetidas instancias á que rezase diaria*
mente el Santísimo Rosario. ¡Primer prodigio de la
m aravillosa eficacia del Rosario de María! El caballe­
ro, esquivo á toda devoción, accedió á los reiterados
ruegos de su amante esposa y empezó el rezo diario
del Rosario. Tres meses continuó rezándole, y antes
de terminar el cuarto, la Emperatriz de los cíelos* Re­
fugio de pecadores, conmovida por los ruegos de aquél
que la invocaba con su oración favorita, descendió del
trono esplendoroso de su gloria, y tocando y conmo­
viendo el corazón del caballero , completó la obra
m aravillosa de la gracia . £1 último día del mes de
Octubre hacía éste confesión g en eral, y s al día si­
guiente comulgaba fervorosamente, recibiendo así á
suDios en el seno de su alma ya purificada. A continua­
ción recibió la sagrada librea de Terciario dominico.
Lázaro había salido del sepulcro por mediación de
la Virgen Santísima del Rosario. (Revista del Santísimo
Rosario.)
SANTOS DEVOTOS DEL ROSARIO

San Bernardino de Sena fué uno de los santos de


la Orden franciscana de los que más se distinguieron
por su amor á la Virgen. Sus virtudes, milagros y
elocuencia, le hicieron muy célebre en su tiempo; y su
devoción al Rosario, juntamente con el amor que pro~
tesaba al dulcísimo Nombre de Jesús, le alcanzaron
glorioso triunfo en el cielo* (Revista del Santísimo Ro­
sario.)
ELOGIOS DEL ROSARIO
Es el Rosario para los mortales áncora segurísima
de su salvación eterna, y eficaz antídoto contra todos
los dolores del alma. (Rmo. Clocbe.)
P R I M E R A C O N S ID E R A C IÓ N

SOBRE E L QUINTO MISTERIO DOLOROSO

La Crucifixión del Señar.

De la virtud de la obediencia.

Hagamos esta consideración á la sombra del árbol


de vida de la cruz bendita, regado con la sangre pre­
ciosísima de nuestro divino Salvador. ¡O h, cuánto
fruto espiritual podemos sacar de la contemplación del
misterio de que nos vamos á ocupar I ¡ Qyé lecciones
tan sublimesl ¡Qué ejemplo tan admirable nos ofrece
el divino Maestro desde esa cátedra santa de la cruz!
Ojalá supiésemos comprender todas las virtudes que
nos predica desde ella, y que con el fervor de esta con­
templación nos lanzásemos á practicarlas con denuedo.
Pero entre todas estas virtudes de que nos da ejemplo,
parece descollar especialmente la santa virtud de la obe­
diencia. Sí, Jesús obedece. Ese Dios omnipotente y eterno
que sostiene con su dedo la inmensa bóveda del firma­
mento, obedece. jOh, qué confusión para el vil gusanillo
que no quiere obedecerá Dios en la persona de sus supe­
riores! Pero lo que más asombra es considerar á quién
obedece, ¡Ah] esta lección sí que debemos meditarla
constantemente, si por desgracia nuestra juzgamos que
la obediencia obliga sólo en relación con la virtud y
la prudencia de nuestros superiores. Jesús obedece,
pero no á hombres prudentes, sabios y caritativos,
sino obedece á inicuos jueces, á sentencias formuladas
contra toda justicia, á inhumanos verdugos que le
odian hasta el extremo de burlarse ferozmente de la
victima inocente que van á sacrificar.
]Ahí ¿Y en qué obedece? ¿Pensará jesús si es dema­
siado penosa la obediencia ó si está dictada por la pru­
dencia y la caridad? No. Obedece sin examen, presen­
tando sus manos omnipotentes y sus pies sacratísimos
para que viles clavos los traspasen cruelísimamente,
y ni una queja, ni una repulsa, ni una objeción se es­
capa de sus divinos labios á las órdenes bárbaramente
inhumanas de los soeces verdugos á quienes obedece
el Supremo Hacedor con la m ayor sumisión y manse­
dumbre. ¡Oh, cuán gran ejemplo! [Qué soberano re­
medio para nuestro orgullo esta obediencia admirabi­
lísima del Redentor.
¡Bendito seáis, Jesús mío, divino médico de nues­
tras almas, que en vuestra infinita sabiduría nos qui­
sisteis dejar tan eficaz ejemplo y supremo remedio
para que conociésemos la gravedad de esta rebelde y
mortal enfermedad del orgullo, y cuán grande es la
necesidad que tenemos de practicar la santa virtud de
la obediencia!
Sí, esta virtud es, por decirlo así, la que avalora to­
das las otras (pues que se practica obedeciendo la vo­
luntad del Señor), y la que reduce todos nuestros de­
beres á un sólo obedecer.
Veamos algo de lo que en el dialógo de Santa Ca­
talina dice el Señor á la Santa acercaesta virtud: «¡Oh
cuán dulce y gloriosa es esta virtud de la obediencia
por la cual existen todas las demás virtudes, pues nace
de la caridadl Sobre ella está fundada la piedra de la
santa fe; es como una reina majestuosa. El que la posee
tiene todos los bienes y nunca experimenta mal algu­
no, Todos sus días son colmados de paz y reposo, y
no llegan á él las olas irritadas del mar tempestuoso
del mundo. El centro de su alma es inexpugnable á la
pasión del odio, aun cuando se le injuria, porque
quiere obedecer y sabe que está ordenado el perdón.No
siente amargura cuando no son satisfechos sus deseos,
porque la obediencia hace que no desee realmente más
que á Mí, que puedo, sé y quiero satisfacer todos sus
deseos. Se ha apartado de todas las alegrías munda­
nas y encuentra en todas las cosas una dichosa paz,
pues se ha desposado con esta gran reina, la obedien*
cia, que he comparado antes á una llave para entrar
en el cielo. ¡Oh dulce obediencia que navegas sin pena
y arribas sin peligro al puerto de la salvación! Tienes
semejanza con mí amado Hijo, pues subes en la barca
de la santa cruz y estás dispuesta á sufrirlo todo antes
de faltar á la obediencia de mi Verbo y alejarte de su
doctrina. Ella es para ti como un banquete donde te
^alimentas del celo por las almas, apasionándote de
amor por el prójimo. Estás perfumada por una humil­
dad sincera, y no deseas otra cosa en las relaciones con
tu prójimo que cumplir mi voluntad. Tu eres recta,
sin fingimiento; por eso haces al corazón sencillo y
caritativo, sin reserva ni disimulo. Eres como la aurora
que anuncia la luz de la divina gracia, como sol que
das calor á quien te posee, porque el ardor de la cari­
dad no te abandona nunca. Cada día fecundizas la
tierra, porque haces producir un fruto que da la vida
al hombre y á su prójimo, Tú agradas á todo el mun­
do, porque tu rostro no está obscurecido por ninguna
nube, sino siempre radiante por la dulce luz de la pa­
ciencia. Tu calma procede de tu fuerza, eres tan gran*
de y poderosa por tu perseverancia, que vas de la
tierra al cielo y le abres por tu medio. Eres una perla,
pero oculta, que el mundo hoíla y pocos te conocen;
pero tú, despreciándote á ti misma y haciéndote pe­
queña en toda ocasión, elevas las criaturas que te
poseen. Tu poder es tan grande, que nadie puede man-»
dar sobre ti, porque estás libre de la mortal servidum­
bre de la sensualidad que destruye tu grandeza, y
dando muerte á este enemigo con el odio y el despre­
cio de ti misma, has reconquistado tu libertad;» En este
mismo libro también se lee: «Nadie puede entrar en la
vida eterna sin la obediencia; ella es la llave que abre
la puerta del paraíso, cerrada por la desobediencia de
Adán. Cuando Yo vi al hombre, á quien tanto amaba,
privado del fin glorioso para que le había creado, y
que jam ás él podría alcanzarle por sí mismo, me sentí
forzado por mi inefable bondad á tomar las llaves de
la santa obediencia y ponerlas en manos de mi amado
Hijo que, fiel á mis órdenes, abrió la puerta del cielo,
y nadie después puede entrar por esa puerta si este
divinoi Portero no le abre con la llave de la obediencia,1
pues El ha dicho en el Evangelio, pque nadie puede
venir á mí si no es por el,»
Bien podremos comprender por esto la necesidad-y
excelencia de la virtud de la obediencia, la cual esta­
mos obligados á practicar. Pero no olvidemos que
nuestra obediencia ha de ser inspirada en motivos so-
branaturales, es decir, no fijándonos nunca en la per­
sonalidad de los superiores, sino en la autoridad que se
deriva del mismo Dios, á quien obedecemos en ellos.
Por lo tanto, nada importa para obedecer sean ó nos
parezcan más ó menos virtuosos y prudentes; lo que
interesa es obedecer con rendimiento de juicio y pron-
titud, en cuanto nos manden, no siendo pecado.
Nada perjudicará á nuestra obediencia que esto sea
más ó menos acertado, pues aunque ellos erraran en lo
que nos mandan, nosotros acertaremos obedeciendo,
y puede ser más meritoria la obediencia, á medida que
sea menos prudente el mandato. ¡Cuántas veces se ha
servido el Señor, para perfeccionor esta virtud en sus
santos, de superiores poco idóneos y prudentes! No
dejaremos aquí de recordar el consejo de Santa Teresa;
dice que las personas que quieran seguir camino de
perfección y oración en el mundo, deben sujetarse por
completo á la obediencia de un buen director. Consejo
importantísimo, pues, en verdad, no hay medio más ex­
celente para caminar rápida y seguramente á la per­
fección. Pero este sacrificio de la propia voluntad ha
de hacerse generosa y completamente, entregándose
sin reseiva en manos de la obediencia, cueste lo que
cueste, renunciando para siempre á nuestra propia v o ­
luntad. Citaremos para concluir lo que en el mismo diá­
logo de Santa Catalina se lee: «Hay personas— decía el
Señor á la Santa— que no están incorporadas á urna O r­
den religiosa, y que, sin embargo, están en la barca
de la perfección. Estos son los que observan los conse­
jos sin ser religiosos, y que renuncian real y espiritual-
mentfí las riquezas y pompas del mundoj guardan la
castidad, sea en el estado de virginidad, sea en el per­
fume de la continencia, y observan la obediencia, so­
metiéndose á una persona á la cual se esfuerzan en
obedecer perfectamente hasta la muerte. Si tú me pre­
guntas quién tiene más mérito, si los que. obedecen de
este modo ó los que están en una Orden, te respon­
deré que el mérito de la obediencia no se mide por los
actos, por el lugar ó por la persona, que puede ser
buena ó mala, seglar ó religiosa. El mérito de la obe­
diencia está en el amor del que obedece, y este amor
es la medida de la recompensa.»
EJEMPLO

Predicando Santo Domingo en Carcasonne de F ra n ­


cia, condujeron á su presencia un hereje albigense, deí
cual se habian posesionado los demonios para desacre­
ditar públicamente la devoción del Santísimo Rosario.
El Santo mandó de parte de Dios á los espíritus ma­
lignos que manifestasen si eran ciertas las cosas que
ellos mismos habian dicho acerca del Santísimo Rosa­
rio. Entonces los demonios dijeron: «Todo lo que este
enemigo nuestro ha dicho de María y del Santísimo
Rosario es cierto.» Y añadieron que ellos no tenían
ningún poder contra los 'siervos de María, y que mu­
chos, á pesar de sus pocos méritos, invocando á María
en la hora de la muerte, se salvaban.
Luego, Santo Domingo, hizo rezar el Rosarte al
pueblo, y ¡oh maravillaI á cada Avemaria salían del
cuerpo de aquel desdichadomuchos demonios en forma
de carbones encendidos, y al finalizar el Rosario que­
dó enteramente líbre de ellos. En vista de lo cual, se
convirtieron muchos herejes. (De las Glorias de María,)

SANTOS DEVOTOS DEL ROSARIO

San Luis Gonzaga fué tan devoto del Santísimo Ro­


sario , que confesaba deber su vocación religiosa á esta
devoción. (Revista del Santísimo Rosario.)

ELOGIOS DEL ROSARIO

El Rosario es el árbol de vida que resucita á los


muertos, sana á los enfermos y conserva á los sanos.
(Nicolás I.)
SEGUNDA CONSIDERACIÓN

SOBRE EL QUINTO MISTERIO DOLOROSO

Necesidad de la obediencia.

Consideraremos hoy, siguiendo ocupándonos de la


virtud de ta obediencia, cómo podremos recibir en este
espíritu todo ' acontecimiento que directa ó indirecta­
mente nos contraríe; y esto, hasta en las cosas más
pequeñas, pues sabemos que nada sucede sin la permi­
sión de Dios. «La paciencia— dijo el Señora Santa C a ­
talina (en el diálogo citado),— la paciencia es la com­
pañera inseparable de la obediencia y dichoso el que
sabe obedecer de este modo en todas las cosas á la vo ­
luntad de Dios,
Bien podremos decir que con esta obediencia cami-
a á pasos agigantados hacia la santidad.
Porque, ¿qué es la santidad? Muchos errores hay ge­
neralmente en la manera de apreciarla. Creen algunos
que esta hermosa flor sólo crece á la sombra de los
claustros ó en medio de las asperezas del desierto.
Ciertoque estos lugares son muy favorablesá suaclima-
tación y en ellos se la ha visto florecer con frecuencia;
pero no sólo allí puede nacer y desarrollarse, pues en
todas partes puede brotar al soplo de la divina gracia,
fielmente correspondida, y la hemos visto nacer, fo
mismo en el trono que en la choza, en la humilde al­
dea que en la populosa ciudad, y abrigada á la sombra
de medios abundantes de piadosas ayudas, como isola-
da ert' medio de un pueblo pagano y constantemente
amenazada de sus enemigos.
Creen otros que la santidad son las austeridades
impracticables ó el don de hacer milagros, y encon­
trándose lejos de este camino y viendo su imposibilidad
para llegar á él, sírveles esto de pretexto para no pro­
curar este bien. Se toma por la esencia los accidentes
con que quiere honrarla ó rodearla á veces la divina
Sabiduría. Perosi juzgamos la santidad bajo su verda­
dero aspecto, y escuchamos la palabra del Salvador
cuando nos dice: «Sed perfectos como mi Padre celes­
tial es perfecto, y mi manjar es hacer la voluntad de
mi Padre;» comprendemos que la santidad á todos obli­
ga respectivamente, y en ellas y en los ejemplos que
no? ofrece la sagrada vida de nuestro divino Salvador,
veremos claramente que ta santidad consiste en una
completa sumisión á ía voluntad santísima de Dios,
Así pudiéramos llamar á la santidad un prolongado
fiat á todas las disposiciones soberanas del Señor, Fiat
pronunciado con igual constancia, amor y abandono,
en los días serenos del alma, que en los borrascosos
que parecen anegarla en la tribulación; fiat que no pier­
de su intensidad en los dolores interiores y exteriores, y
que se repite en toda situación, disposición, trastorno
ó prueba. Podría compararse este fiat en cierto modo
á una nota tenida en una composición musical que
armonizara con todos los acordes, embelleciera toda
melodía y apareciese siempre dando carácter musical,
sin disonar nunca, cualquiera que fuese la transforma­
ción de movimiento, carácter, tonalidad ó matiz en la
misma composición.
Cierto que no puede esto realizarse en la armonía
humana, pero la armonía espiritual tiene combinacio­
nes más ricas, y puede oírse siempre este fiat, desde el
llamamiento de la gracia hasta la muerte, que es el
último acorde en que se deja oir en la tierra este fiat,
eco del cielo, para entonarle después allí eternamente,
Pronunciemos, pues, el f a t de la obediencia en todas
las circunstancias de nuestra vida, en los preceptos de
Ja ley de Dios, en las obligaciones de nuestro estado,
en los mandatos de nuestros directores y superiores, en
los dolores de nuestro cuerpo, en las aflicciones de
nuestro espíritu, en todo acontecimiento ó prueba, en
todo, en fin, de cualquier modo que pueda presentarse.
Obedezcamos, sí, la voluntad de ese Dios que obe­
deció por nuestro amor, y cuando esta obediencia nos
sea penosa, en los momentos de lucha y dificultad,
vayamos á cobrar ánimo al pie de la cruz, tomemos
un crucifijo en nuestras manos y aprendamos contem­
plándole á ob decer. j A h 3 ¿Para qué pena no encontra-
remos esfuerzo, viendo á nuestro Jesús crucificado por
nuestro amor? Mirémosle y escuchemosle en nuestras
penas y desalientos, cuando desde la cruz parece de­
cirnos: «Seca tus lágrimas, hijo mío, y contémplame
unos instantes en esta cruz, en la que me ha colocado
mi amor á ti y el deseo de hacerte bienaventurado.
Desahoga á mis heridos pies tu afligido corazón. Cuén­
tame tus penas, tus dolores, tus desconsuelos, tus des­
gracias. ¡Ah, hijo míol Y o conozco todo sufrimiento, y
para todo te ofrezco ejemplo, consuelo y esfuerzo al
pie de mi cruz. ¿Sufres en el cuerpo, hijo mío, terribles
dolores ó lentas y penosas enfermedades que hacen de
tu vida un prolongado martirio? Mirame convertido en
viva llaga, pendiente de tres clavos en la cruz durante
tres horas de espantoso suplicio. Une tus dolores á los
míos, y súfrelos por amor á quien tanto padeció por ti.
¿Careces de medios para tu subsistencia? ¿Eres pobre,
hijo mío? Ven, ven y contempla al Creador de cuanto
existe morir desnudo en la cruz, sin tener siquiera
donde reclinar su cabeza y atormentado en su sed con
hiel. ¿Eres despreciado, insultado, calumniado de aque­
llas personas á quienes amas y sólo has hecho bien?
¿Es mofado tu talento, tu virtud, son mal interpretados
tus sacrificios aun por los buenos? Mírame entonces,
hijo querido. Medita cómo siendo la infinita sabiduría,
se me llama loco, siendo la suma bondad, blasfemo y
endemoniado, y mira cómo jueces, sacerdotes y todo
el pueblo paga mi inmenso amor. No olvides que soy
entregado á él por uno de mis discípulos* á los que
tantas pruebas de amor había dado, negado por otro y
abandonado de muchos. ¿Sufres, hijo m ío, por estar
ligado á personas que me ofenden, y en medio de un
mundo depravado? Mírame crucificado entre dos mal­
hechores y atormentados mis oídos con sus blasfemias
y las del pueblo que me rodea. ¿Te sientes culpable,
hijo mío? No huyas de mí. Ven y arrepiéntete. Mira
con cuánta dulzura acojo al pecador, en las palabras
que dirijo al buen ladrón, y con cuánto amor imploro
misericordia para mis mismos verdugos. Ven al pie de
mi cruz, si te encuentras solo y desamparado, y oye
con inefable consuelo de tu alma que te doy á mí mis­
ma Madre para que lo sea tuya. Ella es la Reina de tie­
rra y cielo, te ama con indecible ternura. Arrójate en
sus brazos, y no,te consideres solo, pues tienes una
Madre tan poderosa y amante. Y sí sientes en tu alma el
desamparo, la desolación, [ay hijo mío! no te desani­
mes. Ven á mi cruz, y abrazándote á ella con fer­
vorosa constancia, une tu oración á la que dirijo á mi
eterno Padre, exclamando: «¡Dios mío! ¡Dios mío!
»¿por qué me has abandonado?» Ven al Calvario cuando
te sientas abandonado de todo y hasta de ti mi^mo, y
aunque sientas temblar la tierra bajo tus píes, zumbar
el trueno de la tentación, levantarse cual espectros tus
miserias, mira aún á ía cruz, y allí hallarás un asilo en
mi corazón abierto. Entra por esta llaga, hijo m ío/y
al penetrar en este corazón que tanto ama al que sufre,
bendecirás tus dolores que te abren paso á este divino
mar de amorosas delicias.»

EJEMPI.O

El Beato Fray Gabriel de Ancona, siendo Guardián


de una casa de ía observancia, había mandado á un no­
vicio que todos los días rezase ana parte del Rosario á
la Santísima Virgen, antes de comer, el cual un día por
ocupaciones de la obediencia se olvidó de rezarle. El
Guardián, que era hombre alumbrado de Dios, preguntó
al novicio si había rezado la corona aquel día, y como
le respondiese que no, le reprendió muy ásperamente y
le mandó levantar de la mesa y que luego se fuese á
rezar. El novicio obedeció arrodillándose ante el altar
mayor. De allí á poco mandó el Guardián al que ser
vía la mesa que fuese á mirar lo que hacía el novi­
cio, y acechándole por la puerta, vió un ángel sobre la
cabeza del novicio (que devotamente oraba), el cual po­
nía diez rosas y un lirio de oro en un hilo, y, embebido
en esta visión y consolación, no se acordó de volver á
dar respuesta al Guardián, el cual envió á otro de los^
que servían, y después otro, y viendo que ninguno v o l ­
vía, fué él mismo con todos los frailes y vieron aquella
angélica aparición. Cuando el novicio término, el ángel
ató el hilo é hizo una guirnalda de rosas y lirios, púsola
sobre la cabeza del novicio, y desapareció.
De esta aparición quedó una maravillosa señal, que
en el lugar donde el novicio bacía oración se sintió por
algunos años muy suave olor de rosas y lirios. El no­
vicio perseveró en su devoción, y no mucho tiempo
después pasó de esta vida á la otra. ( Martínez de la
Parra.)
SA N TO S D EV O TO S DEL ROSARIO

El Beato Gregorio Barbarigo, Cardenal, no dejaba


de rezar cada día el Santo Rosario, meditando atenta­
mente sus misterios aun en medio de las ocupaciones
y cuidados de su ministerio, y viendo que esta devoción
había decaído en su diócesis de Bérgamo la restableció
en todas partes. ( P , Pradelt)
ELOGIOS DEL R O S A R IO

El Rosario es el azote del demonio. (Adriano V I.)


PR IM ER A C O N S ID E R A C IÓ N

SO BRE E L PRIM ER MISTERIO GLORIOSO

La Resurrección del Señor.

Del espíritu de fe que debe animarnos,

¡Cuán grandioso e.s el misterio que vamos á medi­


tar, y de cuánto esfuerzo para nuestras almas esta me­
ditación I [O h, qué transformación tan completa 1 En
los misterios dolorosos hemos visto á nuestro adorable
Redentor padeciendo cruelísimos tormentos, hecho
mofa y ludibrio de la plebe t abandonado de sus dis-
cípulos, y en suprema angustia le hemos oído lamen­
tarse del desamparó de su Padre celestial.
En esos misterios hemos comprendido á cuánto nos
obliga la imitación del Salvador, como discípulos su ­
yos^ y hemos abrazado las angustias y sufrimientos, la
mortificación exterior é interior, la cruz que la divina
Providencia nos depare, sea cual fuere, y la obediencia,
cual verdugo de nuestra propia voluntad. Tal vez como
nuestio pobre corazón se ha sentido abrumado ante
estas consideraciones; pero [ahí que no hay sólo penas
para el cristiano imitador de Jesús, V ayam os al sepul­
cro donde fuera colocado el sagrado cadáver de nuestro
Redentor, y no temamos, no, encontrar Ía muerte con
sus horrores, ni esa desolación, término de las grande­
zas é ilusiones humanas. AL sepulcro del Salvador y al
de sus discípulos, guardando la debida proporción, va
á buscarse la gloria y el principio de ía verdadera y
eterna vida, ¿Dónde está?, podremos preguntar al acer­
carnos al sepulcro y a vacío con la amante Magdalena.
¿Dónde está aquel cuerpo sacratísimo tan maltratado
y desfigurado por los tormentos, del que los poderes
de la tierra se habían apoderado para saciar en El su
satánica fiereza? ¿Dónde está? Ha resucitado, no está
aquí, se nos dirá, no por un esbirro de la corte roma­
na, sino por un ángel hermoso, guardián celestial del
santo sepulcro. ¿De qué han servido entonces aquellos
centinelas que antes le rodearan? ¿De qué la muerte
ignominiosa con que el pueblo deicida ha querido ver­
se libre de la divina persona del Redentor? Todo ha
servido para la gloria de Dios. Aquel sacratísimo c u er­
po ha resucitado, pero no ya desfigurado por los tor­
mentos , sino lleno de glo ría , majestad y grandeza.
Veamos cuál es el fin de los sufrimientos de este mun­
do, cuando, según la voluntad de Dios, se padecen, y
cobremos ánimo, pues también un día serán para nos­
otros motivo de eterna resurrección y gloria sin fin.
Saquemos de ía consideración de este misterio, fun­
damento de nuestra fe cristiana, la resolución de vivir
según el espíritu de esta misma fe. El justo v iv e de la
f#, dice la Escritura Santa, pero no se entiende de esa
fe lánguida y sin obras, que llama el Apóstol fe muer­
ta, No, ésta, si fe puede llamarse, no es más que som­
bra, y pudiéramos tratar de inconsecuente al que de
ella blasona, pues en todo se exige at hombre el acuer­
do de sus acciones con las ideas que profesa, y sóio en
esta fe bendita, p o r u ñ a aberración lamentable é in­
comprensible, si no la sostuviera el enemigo de la sal­
vación del alma, no pasa por insensato en nuestros días
el que proclamando profesar esta fe, obra contra lo que
confiesa, y se emplea este dicterio solamente contra
los que consecuentes en sus ideas, practican los precep­
tos y consejos á que esta fe les lleva necesariamente
si á ella son fieles* Esto lo vemos á todas horas, y si
queremos fijarnos en algunas ideas de los que de tener
fe se precian, podremos, entre otras, observar el len­
guaje que se usa contra los que, por ejemplo, asisten
al templo frecuentando las prácticas piadosas propias
de la fe.
Por locos, en efecto, se tiene generalmente en el
mundo á esas personas que abandonan sus placeres y
diversiones ( á los que renunciaron en el bautismo), y
van á buscar su recreo y descanso al rincón empolvado
de una iglesia sombría (en su lenguaje), en la que los
que no la frecuentan sólo encuentran un tedio insopor­
table que les hace de interminable duración los cortos
instantes que allí permanecen. Así no es raro oírles
exclamar que los que con tanta asiduidad á ellas asis­
te n /so n presa de un necio fanatismo, y que hasta su
salud ha de resentirse-por falta de condiciones higiéni­
cas en las mismas, y por la hipocondría que debe apo­
derarse necesariamente de la persona que, habitando
tan lúgubres recintos, se priva de toda distracción, tan
necesaria al hombre para reposar de sus fatigas.
Este es el lenguaje en el mundo de personas que se
dicen tener fe, en su sentido más benigno, y cuando
en la persona á quien juzga no pueden hallar la menor
sombra que empañe su virtud, ni el más ligero m otivo
en que poder cebar su mordaz crítica, á pesar de obser­
varla de cerca; que frecuentemente se oy e la más gro­
sera calumnia, los dichos más soeces para tildar á las
personas del delito de consagrarse á la piedad, de vivir
según la fe que profesan y la que aseguran profesar los
que tal dicen.
La razón natural se opondría si se la permitiera la
entrada en este juicio; pero se le ha negado la vo z en
él, y hasta la misma urbanidad se sentiría ofendida si
no estuviera también excluida de este tribunal. No e x ­
trañemos que al ver algo que no comprenden, y que­
rer explicarlo según sijs luces, se extravíe su juicio.
¿Cómo puede comprender la virtud el esclavo de sus
pasiones y vicios? ¡Ah! ¡ Cuán admirados quedarían si
llegaran á comprender el mérito y aun la felicidad que
en practicar esa virtud encuentran aquellos de quienes
hacen mofa, y que con santo ardor están siendo con
sus oraciones y sacrificios los intercesores para que el
cielo detenga el castigo que está suspendido sobre
ellos! Sonreirían con desdén si se les difera que allí en
aquellos templos donde el tedio les corroe, gozan otros
de la sublime dicha de inefables consuelos, y que des­
viándose de los goces dei mundo y entregándose de
lleno al ejercicio de la virtud, se ven á veces obligados
á exclamar desde esos rincones inundados en dicha
incomparable. ¡O h , Señor! Gracias infinitas os sean
dadas por haberme arrancado del mundo. ¡ A h í mien­
tras en él estuve nada bastó á saciar mi corazón. Fui
desgraciado en medio de lo que llaman dicha^sus aplau­
sos, sus diversiones, sus halagos, todo era frío é in­
completo para mi pobre alma; y a h o r a , Señor, que le
he abandonado y que me compadeciera y burlara de
mí al verme pobremente vestido y postrado ante Vos
en este obscuro rincón; ahora, Dios mío, es cuando me
colmáis de dicha de tal m odo, que pudiera decir con
Santa Teresa ó San Francisco Javier: «Señor, basta de
gozo ó dadme fuerza para soportarlo.»
¡Oh, qué ceguedad es verse desdichado y pretender
encontrar la dicha en aquello mismo que origine esa
desgracia! [Qué insensatez pedir á la nada la satisfac­
ción de infinitos deseos! Así vemos á aquellos que al
fin llegan á perder esta fe divina, que después de des­
cargar su saña contra lo que no comprenden, sintiendo,
sin embargo, esa inclinación que lleva el alma á creer
algo sobrenatural, se dejan precipitar en abismos de
perdición, buscándolo en tenebrosas é infernales mani­
festaciones. Sí; hay quien no quiere admitir los miste­
rios de la fe d ivin a , y se lanza con ardor á observar y
admirar maquinaciones diabólicas. ¡Infelices! Se apar­
taron dé Dios, espíritu soberano que con inefable bon­
dad quería comunicarse á sus almas, y se entregaron
desde la vida misma á la comunicación infernal con el
espíritu de las tinieblas, que ha de ser su eterno verdu­
go. No, no sentirán dulce consuelo después de sus horri­
bles experimentos, ni verán la muerte bajo la hermosa
perspectiva que la divisa el alma en que Dios habita y
á la que comunica sus misterios con inefable amor.
Aunque por la misericordia de Dios estemos lejos
de que las anteriores consideraciones puedan convenir­
nos, todavía podrán servirnos para comprender hasta
dónde puede llegar rodando de abismo en abismo el
hombre que se va apartando de la luz bendita de la fe,
que es la que ilumina la senda de la verdad que con­
duce á la-salvación. No nos apartemos, pues, un punto
de esta luz resplandeciente, y hagamos los mayores
esfuerzos con la gracia de Dios para que la fe informe
nuestros actos y obrar según ella en cada uno de los
momentos de nuestra vida.

EJEMPLO

Un jo v e n que al morir su padre heredó muchas


riquezas, con el juego y las embriagueces que tenía con
sus amigos, disipó todos sus bienes, pero conservósiem-
pre la virginidad. Un tío suyo viéndole pobre á causa
de sus dilapidaciones, le exhortó á que rezase cada día
una parte del Rosario, prometiéndole que si lo cumplía
le procuraría un buen casamiento. El jove n lo hizo así,
y mudó de vida. En la noche de las bodas se levantó
de la mesa para rezar el Rosario, concluido el cual se
le apareció la Santísima Virgen, y le dijo: «Ahora v o y
á devolverte los obsequios que me has tributado. No
quiero que pierdas la virginidad; por lo que de aquí á
dos ó tres días morirás y vendrás conmigo al cielo.» Así
sucedió, pues luego le acometió la calentura, refirió él
mismo la visión, y al tercer día espiró lleno de gozo.
(De las glorias de María.)
SA N TO S D EVO TOS DEL RO SAR IO

San Estanislao de Kostka profesaba una ternura sin


límites á la Virgen del Rosario, y aún se conserva una
bellísima imagen de tan bondadosa Reina, que el S an ­
to guardaba como un preciado tesoro. En sus últimos
momentos pedía su rosario, y cuando le decían que
para qué lo pedía si no podía ya rezarlo, contestaba:
«El es una prenda de mi Madre querida.» (Revista del
Santísimo Rosario.)

ELOGIOS DEL ROSARIO

El Rosario es el honor de la Iglesia romana. (JulioIII.)


S E G U N D A C O N S ID E R A C IO N

SO BRE EL PR IM ER MISTERIO GLORIOSO

Del espíritu de fe.

Considerábamos ayer ante el grandioso misterio de


la Resurrección gloriosa de nuestro divino Salvador,
cómo debíamos mirarlo todo bajo el prisma de la fe
que embellece los horizontes de la esperanza y nos hace
ver más lejos de lo que nuestra razón nos descubre.
¡Oh, y cuán hermoso es vivir, por decirlo así, una vida
sobrenatural, juzgando en todo según este espíritu
de fe!
Por cierto que para vivir de este modo hay que
caminar contra la corriente, pues vivim os en un tiem­
po en que hasta la palabra de sobrenatural se recibe
con prevención, no sólo por los que no tienen fe, sino
aun hasta por muchos de los que de tenerla se precian,
y sin embargo, no quieren admitir tal palabra, y á todo
lo que tiene este carácter atacan, pretextando la defen­
sa de la misma fe. Cuando más- respétanle, sí, en el
pasado, pero parece le niegan pueda existir actualmen­
te, y se llenan de miedo al menor anuncio de nada que
pueda revestir este carácter, creyendo ver el poder
infernal ó atribuyéndolo á enfermedad ó ilusión, al
paso que ningún peligro se ve , ni parece concedérsele
intervención al tentador de las almas, en ese materia­
lismo absoluto, en esa helada indiferencia, en esa tris­
tísima y desgraciada prudencia humana, que excluyen
todo arranque de fervor, toda acción heroica, todo ge*
neroso sacrificio.
Ss huye, en efecto, de todo lo que parece extraor­
dinario, y habrá quien se crea ya libre de peligro en el
camino espiritual, con apartarse de Ja lectura de cier­
tos libros sublimes, que se dice con engañosa humil­
dad no es digno de hojear y que ellos serían una gran
exposición. Mas ¡ah! cuántas veces no es este el ver­
dadero motivo* y si no se quiere entrar en el camino
que ellos conducen, no es tanto por el temor á los peli­
gros» cuanto por las dificultades que ellos presentan.
SÍ se teme elevarse, no es tanto por la exposición de
verse en alto, cuanto por no abandonar la tierra; á se­
mejanza del pájaro que no quisiera volar por estar co­
miendo el grano que encuentra en la tierra, ó que no
pudiera verificarlo al mover las alas por tenerlas car­
gadas de barro. Pues de otro modo, ¿por qué conside­
rar esta elevación peligrosa?
Antes, por et contrario, las manchas é imperfeccio­
nes más se distinguen á la luz del so l, que en la obs­
curidad, y nunca veremos mejor nuestras imperfeccio­
nes, que á medida que nos acerquemos á la eterna
belleza, ni descubriremos con más claridad nuestra
miseria y nuestra nada, que cuanto más conozcamos
la inmensidad y omnipotencia de Dios.
Con constante afán se aplica el hombre en nuestros
días en los descubrimientos del mundo natural, admi­
rable ciertamente, como obra del Omnipotente j mas
con triste frecuencia, apartándose en su orgullo de la
luz bendita de la fe, no puede percibir la inmensidad
de maravillas de la gracia q u e , cual mundos sobrena­
turales, son infinitamente más bellos, más grandiosos
y más dignos de ocupar su atención y llevar su espíri­
tu á la alabanza de su divino Autor. ¡Ahí es que la fe
es en el alma á semejanza de un espejo. Una mala con­
ciencia la encubre de tal m o d o , que no parece existe,
ni puede verse en ella nada sobrenatural; por el con­
trario, C uanto m ayor es la pureía del alma, más aumen­
ta su brillo y con m ayor luz se reflejan en ella las g r a n ­
dezas y misericordias del Creador omnipotente,
|Ohl ¡Cuántas son las bellezas de esa vida de fe, de
esa vida interior que es por sí misma secreto celestial
realizado en este mísero destierro, hermoso paraíso en
el desierto del mundo, fuerte muradla donde no pene­
tran los tiros de los enemigos, manantial perpetuo de
méritos y gradas! No, no alcanzará estos bienes el
hombre que ama los goces materiales, ni el que no
quiere ver más allá de lo que su pobre razón le descu­
bre, gozará de tan celestiales encantos. Dios tes oculta
á los soberbios y los descubre á los humildes. No se
penetra en este paraíso sino por las puertas de la ora­
ción y del sacrificio, ni llega á tan inexpugnable f o r ­
taleza el que no atraviesa el mar del dolor en la nave
deí abandono total en manos de la divina Providencia.
No descubrirá este manantial precioso, cuyas aguas
saltan á la vida eterna, el que está sentado en las som­
bras de la muerte, que muerte y muerte eterna significa
el olvido de Dios en esta vida.
Pocos entran, en efecto, por esta puerta, á la cual
podrían aplicársela aquellas palabras del Salvador:
«Que es estrecha y son pocos los que entran por ella.»
Esto nos podría explicar la angustia de algunas al­
mas que parece, por decirlo así, están como atravesa­
das en esta puerta sin tener ánimo para estrecharse por
el sacrificio para poderla traspasar. Dios lasinvita á que
pasen, y una prudencia falsa las retrae, entablándose
esta lucha, de que habla Santa Teresa, que siente el
alma cuando no quiere seguir en un todo el llama­
miento de Dios, y nos maniíiesta cómo á veces encuen­
tran obstáculos en las mismas personas que debieran
ayudarlas* sin considerar que si hay una prudencia ne­
cesaria para contener ciertos fervores inspirados en el
amor propio, cuando es la voz Je Dios quien llama á
ellos, es esta prudencia humana un terrible enemigo á
ta perfección del alma, pues se opone á eü vocación y
no es posible el reposo interior, en tanto que no siga
esta voz divina,, abandonando esa falsa prudencia, y
arrojándose sin restricción alguna en las manos de
Dios que la llama con tan inefable bondad. Enamoré­
monos, pues, de la vida interior informada por el espí­
ritu de fe, y huyamos para procurarla de tanto error
como en el mundo se respira. Parece que densa nube
se ha tendido por las inteligencias, y peso abrumador
ha caído sobre los corazones, que no les permiten ver
la verdad ni moverse para el bien.
[Ahí Y puede tanto el ejemplo, es tan contagioso
este aire impuro del error, que facilísimamente se pier­
de el verdadero espíritu de fe y se cae en esa indiferen­
cia que, cual mortífera peste, nos rodea por doquier. Y
no sólo son víctimas de ella las almas que se entregan
al mundo sin reserva, sino que más ó menos son ata­
cadas de esta enfermedad la m ayor parte de las almas,
aunque hagan profesión de ser piadosas. Q ué, ¿no ve­
mos cómo muchas veces se miran con gran interés los
negocios del mundo, el bienestar material, el reposo,
la saLud del cuerpo, posponiendo á todo esto los inte­
reses de ía gloria de Dios y del bien de las almas? Para
procurar aquellos bienes no se omite sacrificio ni se.
desperdicia ocasión, mientras que se pierden innu­
merables de conquistar los bienes espirituales que la
fe nos ofrece, como si no fuesen tan verdaderos ó
tuviesen menos valor. ¿Y es esto vivir según el espíritu
de la fe? Pues qué? ¿no sabemos que el menor grado de
gracia vale más que todos los bienes de la naturaleza
y que la naturaleza toda reunida? ¡Ab! No nos dejemos
arrastrar por este espíritu de indiferencia y sensualismo
que impera hoy en el mundo y al que, más ó .menos,
rinden ya homenaje casi todos los hombres. Hagámo­
nos fuertes con la gracia de Dios, y estemos siempre
prevenidos contra esas ideas que poco á poco é insen­
siblemente arrastran, semejantes á las olas del mar
cuando tiene resaca, que arrastran adentro insensible­
mente ai que en él se baña, si no está prevenido y cuida
constantemente de retirarse á la orilla*
Vivamos según la fe en un todo; no importa que
nadie viva como nosotros, ni que las tentaciones del
enemigo se unan al mal ejemplo y á la atracción de las
máximas del mundo: tengamos presente aquella pro­
vechosa máxima: En tiempo de tentación, vida de fe.
Así, cuanto mayorsea el desaliento y la obscuridad que
nos rodee, con mayor empeño hemos de esforzarnos
por vivir en todo según la fe. Tengamos presente que
Dios no se deja vencer en generosidad, y premia con
divina munificencia esta Jucha de nuestro espíritu. Y si
toda nuestra vida, sean cuales fueren las dificultades
que encontremos, obramos según la fe, aun en las cosas
más sencillas, pues que en todo, podemos merecer,
¡qué cúmulo de merecimientos podremos recoger du­
rante nuestro destierro en el mundo! Y consideremos
para nuestro consuelo, que ese mismo Dios misericor­
dioso que nos dice olvidará nuestros pecados, una vez
que de ellos hayamos hecho penitencia, nos promete
también que no olvidará ninguna de nuestras buenas
obras, y que tendrá recompensa hasta un vaso de agua
dado por su amor.
¡Oh bondad infinita de nuestro Dios, que cual ge­
neroso señor que quiere enriquecer á su siervo, le per­
dona las deudas, mientras que no olvida el más insig­
nificante servicio para remunerarle grandemente y ha­
cer crecer así más y más su caudal! ¡Oh, cómo debe­
mos multiplicar estos actos de fe y depositarlos en el
seno de nuestro Dios, y esto á pesar de todas las con ­
tradicciones! Nosotros olvidamos, cuando ya han pa­
sado las luchas y las victorias que con la gracia de Dios
conseguimos en este campo de batalla y desolado, des­
tierro*, pero el amor de nuestro Dios las graba en su
divino y amante corazón, que se complace en prepa­
rarnos por ellas magníficas coronas que ceñirán núes-
tras sienes eternamente en eí cielo. Dejemos, pues (si
bien con pena de nuestra alma y orando por ellos);
dejemos, correr á los hombres en pos de los bienes de
la tierra, que cual castillos de pólvora se convierte su
brillo en negro humo en la hora de la muerte, y apre^
surémonos á atesorar esos bienes reales que la fe nos
muestra. Sigamos en todo esta vida de fe y sacrificio,
que si en ella encontramos algunas espinas, y hemos
de atravesar penosos desiertos, también se encuentran
oasis deliciosos, y su término está en el bello edén de
la eterna bienaventuranza.

EJEMPLO

E l Rosario del centinela,

Con este título publicó la Revista del Santísimo R o ­


sario un hecho1 relatado por el mismo á quien aconte­
ció, soldado francés que combatió en la guerra pru­
siana, He aquí lo extractado de dicha relación por él
referida al general Au b ert:
«Estábamos en V itry construyendo reductos y obras
de defensa, pero el enemigo nos acechaba é inquietaba
continuamente. Nuestro comandante eligió algunos ti­
radores experimentados, y á mi entre ellos, para que
deslazándonos á gatas hasta cierta distancia pudiésemos
observar al enemigo sin ser vistos. Antes de amanecer
entré por el cauce de un arroyo desecado y fui arras­
trándome á gatas por sus sinuosidades. Llegado junto á
un árbol corpulento, escogí este punto para mi obser­
vatorio. Cavé la tierra con la bayoneta é hice un hoyo
con una empalizada de hierbas secas, dejando algunas
rendijas para poder observar sin ser vu to . Pasé una hora
y otra , y después otra, oyendo sobre mi cabeza el sinies­
tro silbido de las granadas que estallaban aquí y allá.
Ya empezaba á desesperar de mi misión, cuando me
pareció ver detrás de un árbol una mano que aparecía
y desaparecía sucesivamente. Tomé los catalejos y vi,
no sin emoción, la cabeza y las manos de un hombre,
tan cerca, que instintivamente hice un movimiento
hacia atrás. El hombre, sin duda, no me veía, pues
estaba cavando la tierra tranquilamente con un palo.
Su fisonomía revelaba un honrado campesino que s o ­
ñaba tal vez con su hogar. Sentía en el alma verme
obligado á matar á aquel simpático joven como se
mata á una liebre. No obstante me preparé. Quería
herirle en el pecho para evitarle sufrimiento, y espe­
raba la ocasión oportuna en completa inmovilidad. El
joven echó una mirada en torno s u y o , y no viendo á
nadie sacó de un saquito de cuero un objeto eme no
pude distinguir. Mít¿ con los catalejos y vi que tenía
en sus manos un Rosario. Se levantó para ponerse de
rodillas, hizo la señal de la cruz y quedó todo su cuer­
po al descubierto para mí. El instinto de la guerra me
obligó á coger el fusil, y apunté al joven soldado. Le
vi al extremo de mi cañón, inmóvil, un po:o inclinada
la cabeza y los ojos mirando al cielo, Sus labios se
movían y entre sus dedos se deslizaban las cuentas del
Rosario. ¿Qué pasó por mi? No lo sé. Toda mi sangre
de cristiano se estremeció dentro de mis venas; me
pareció ver descender de lo alto sobre aquel hombre
rayos de misteriosa luz, y que entre nubes de oro se
remontaba al cielo. Una santa visión dominó todo mi
ser, y el fusil se me cayó de las manos.» El soldado
suspendió su narración, y entonces le dije: ¿Con que
el fusil se cayó de vuestras manos?. Esto me recuerda
cierta sentencia de un religioso: «¿Quién de vosotros
no ha encontrado en el camino de su vida otra mano
que no es la suya, una mano imprevista, hábil inex­
plicable, sin recurrir al nombre de providencia?» Des­
pués de tina breve pausa, el soldado terminó su rela­
ción, diciendo: «Aquel joven volvería, sin duda, á su
país, sin sospechar siquiera que el Rosario le había
salvado la vida. Al momento de retirarme las balas
silbaron á mi alrededor, pero no vi de dónde salían;
la oración del joven me protegió en aquellos momen­
tos sin duda alguna.» (Revista del Santísimo Rosario.)

SAN TO S D EVO TO S DEL ROSARIO

San Pío V rezaba el Rosario todos los días, sin que


fueran obstáculo sus múltiples al par que gravísimas
ocupaciones, y antes de la célebre batalla de Lepanto,
decía: airemos á Santa María de la Minerva á ofrecer
Rosarios por la victoria de los cristianos.»

ELOGIOS DEL ROSARIO

L os monstruos de los errores modernos serán des­


truidos por el Rosario, (Pió IX al convocar el Concilio
Ecuménico.)
P R IM E R A C O N SID E R A C IO N

SO BRE E L SEGUNDO MISTERIO GLORIOSO

La Ascensión de( Señor

De la virtud de la esperanza.

¡Qué fecundo manantial de consuelos nos ofrece la


contemplación de este misterio! La ascensión gloriosa
del Señor á los cielos, ¡Ah! subamos al monte Olívete
con Ja Santísima Virgen y los Apóstoles, y contemple­
mos allí cuán gloriosamente terminan las penas que
en el mundo se padecen por cumplir la voluntad de
Dios. Y si imitamos á Jesús en sus dolores en ¡atierra,
también entraremos como El un día en ese cielo á que
se eleva triunfante y glorioso nuestro divino Salvador.
Fijemos, pues, nuestra vista en el cielo á semejanza
de los Apóstoles, que aunque la nube de la fe nos
oculte la vista del Señor, todavía queda una huella
luminosa para entrever ese cielo hermoso, patria sus­
pirada de nuestras almas. Esta huella luminosa que al
elevarse á él ha dejado impresa nuestro adorable Re­
dentor, es la esperanza. ¡O h, cuán bella es la virtud
de la esperanza! Ella es cual sol radiante que ilumina
las tinieblas de este m n n d o , cual celestial aroma que
recrea nuestras almas en medio de su fetidez y corrup­
ción, cual bálsamo precioso que calma los dolores del
destierro, y cual luminoso faro que, descubriéndonos
el anhelado puerto, nos alienta á luchar con la mar
tempestuosa de nuestras propias pasiones.
«Hay en el cielo— dice Chateaubriand— una poten­
cia divina, compañera asidua de la religión y de la
justicia, que nos ayuda á soportar la vida. Se embarca
con nosotros para mostrarnos el puerto en las tempes­
tades, y es igualmente dulce y caritativa con los via­
jeros célebres que con los pasajeros desconocidos.
Aunque una venda cubre sus ojos, sus miradas pene­
tran el porvenir, y muestra en sus manos, ían pronto
flores en capullos preciosos, tan pronto una copa llena
un licor embriagador. Nada hay tan encantador
como su dulce voz y la gracia con que sonríe, y
cuanto más se avanza hacia la tumba más pura y
brillante se muestra á los mortales que consuela. La
fe y la caridad la llaman hermana, y su nombre es
[la esperanza!»
¡Ah, cuán desgraciado es aún en el mundo el que
no conoce esta esperanza cristiana, pues la cifra en lo
que no puede llenar su corazón, que sólo se satisface
con lo infinito, y pierde la posesión del eterno bien,
llamando neciamente bienes á la miseria y aflicción del
mundo! No pueden ellos darle felicidad, por cierto,
pues que en este mundo todos hemos de llorar, porque
al cabo él es un valle de miserias y lugar de expiación,
y las espinas del dolor brotan por doquier, sucediendo
con frecuencia que el que forma m ayor empeño en
apartarlas de su camino, se hiere con ellas más pro­
fundamente. Pudiéramos decir que entre el que hace
de este mundo el lugar de sus goces y esperanzas, y
el que v iv e en él como de paso, suspirando por su eter­
na patria, sucede algo semejante á lo que acontecería
á dos viajeros, de los cuales uno viajase con todos los
goces y comodidades, pero que al fin le esperase el
cadalso, y otro que, aunque hiciese el camino en el
más pobre asiento y lleno de privaciones y miserias,
supiera le esperaba un trono al término de su penoso
viaje. Cierto que el primero no quisiera que este viaje
tuviese f i n , y tal vez huyera de este pensamiento y
esquivara se le habíase de él, como le sucede al que no
quiere prepararse bien para el término del viaje de la
vida, que es la muerte, después de la cusí le espera el
suplicio eterno del infierno. Mas aquél que espera rei~
nar dichosamente en la gloria al fin de su camino,
cierto también que, á semejanza del segundo viaje­
ro, no huye del pensamiento de acabar su viaje, antes,
por el contrario, ve con felicidad pasar los días que le
abrevian, y aun encuentra en este mismo pensamiento
fuerzas para soportar sus penalidades. Para uno y otro
va pasando el tiempo, y aunque colocados diferente­
mente, al fin hay molestias en el camino de la vida que
han de ser comunes á ambos, pues son inevitables; mas
¡ah, qué término tan distinto les esperal
Que si pronto olvidaría las comodidades de aquel
trayecto el que se viera condenado á morir afrentosa­
mente al terminarle, y si nada le importarían todas las
anteriores privaciones el que á su llegada se encontra­
ra rey feliz y poderoso, ¿cuánto más deberán olvidarse
los goces y penas de esta pobre vida, al descubrir á su
término en la hora de la muerte, la inmensidad de eter­
nas y terribles penas, ó de sempiternos é innarrables
goces? Pero ¿qué goces, qué felicidad es esta que espera
el alma fiel por toda una eternidad? ¡Ah! aquí hay que
enmudecer, pues no son bienes que podamos compren­
der en este mísero destierro de la vida.
Son bienes completamente diferentes á las miserias
que en el mundo llamamos engañosamente tales, ¿quién
podrá describirlas cuando la celestial elocuencia del
Apóstol de las gentes sólo pudo, balbuceando de asom­
bro, decir que ni el ojo vió, ni el oído o y ó , ni el cora^
zón del hombre puede comprender lo que el Señor
tiene reservado para los q j e le aman? ¡Oh» Dios mío!
qué bienes tan inmensos serán éstos, cuando¿el Ap ós­
tol con-su ciencia no acertó á decirnos más, y cuando
las almas á quien os ha placido enviar una sola gota
de esos torrentes de delicias que las inundaran en la
gloria, no podían soportar tan inmenso peso de dicha,
pidiéndoos ensancharais su capacidad para poderlo re­
cibir, didéndoos basta, basta, Señor, con Santa Teresa
y otros santos: «jOh Padre de las misericordias— dire­
m os, para concluir, con el venerable G ranada,— oh
Padre de las misericordias y Dios de toda consolación!
Suplicóte, Señor, por tas entrañas de tu piedad, no sea
y o privado de este soberano bien. Señor, Dios mío, que
tuviste por bien criarme á tu imagen y semejanza, y
hacerme capaz de ti, hinche este seno que tú creaste,
pues lo criaste para ti. Mi parte sea, Dios m ío, en la
tierra de los vivientes; no me des, Señor, en este mun­
do descanso ni riqueza ; todo me lo guarda para allá.
No quiero heredar con los hijos de Rubens en la tierra
de Galaad y perder el derecho á la tierra de promisión.
Una sola cosa pedí al Señor y ésta siempre buscaré:'
que more y o en la casa-del Señor todos los días de
mi vida.»
EJEMPLO

El devoto autor del libro Secreto para todas las


gracias en alabanza dd Santísimo Rosario s refiere que
como San Vicente Ferrer dijese á un moribundo que
estaba desesperado: «¿Por qué quieres condenarte
cuando Jesucristo te quiere salvar?» El le contestó que
á pesar de Jesucristo quería condenarse. El Santo repli­
có: «Pues á despecho tuyo te salvarás,» y empezó á
rezar el Rosario con las demás personas que había en
la casa. El enfermo pidió confesión, se confesó llorando
y murió dando marcadas muestras de arrepentimiento.
Y en dicho libro se lee también que en un terremo*
to quedó sepultada una mujer en las ruinas de una
• casa que se desplomó sobre ella. Un sacerdote hizo
sacar las piedras y hallaron á la mujer con sus hijos
sanos y salvos en los brazos. Habiéndole preguntado
después qué devoción tenía, contestó que acostumbra­
ba á rezar el Rosario y visitar su capilla.
Refiere asimismo el citado autor, que ana mujer
tenía un trato ilícito, figurándosela imposible vivir de
otro modo. La aconsejaron que se encomendase á
María y rezase el Rosario. Hízolo asi, y una noche se
le apareció la Santísima Virgen y la dijo: «Deja el
pecado, gánate el sustento para vivir, y confía en mi,
que y o cuidaré de ti.» A ia mañana siguiente fué á
confesarse, dejó el pecado y María Santísima la f a v o ­
reció. (De las Glorias de Mari a J

SA N TO S D EVO TO S DEL ROSARIO

San Alfonso María de Ligorio llevaba un Rosario


al cuello y otro puesto en Ja cintura, y le rezaba con
frecuencia.
En una de sus instrucciones, escribe: aEntre todas
las prácticas en honor de la .Santísima Virgen, ningu­
na hay más agradable á la Madre de Dios que el R o ­
sario.» En su Teología moral recomienda de una ma­
nera apremiante á tos párrocos que trabajen sin des­
canso porque todos sus feligreses recen diariamente en
familia el santo Rosario, y cómo San Francisco de Sa­
les se obligó con voto él mismo á rezarle todos los
días. En su ancianidad, habiéndosele debilitado la
memoria, quería que los que le rodeaban le recordasen
esta obligación. Cierto día, dudando de si la había cum­
plido, preguntó á uno de sus familiares, y como éste le
respondiese que sí, el Santo dijo estas palabras: «De
esta devoción pende mi salud eterna’ cuando dudo de
haberla practicado, dudo de mi predestinación.» (Re­
vista del Santísimo Rosario,)

ELO GIO S DEL RO SAR IO

El Rosario fué instituido por Santo Domingo por


inspiración del Espíritu Santo para utilidad de la Reli­
gión católica. (Sixto V .)
SEGUNDA C O N SID E R A CIO N

SO BRE E L SEG U N D O M IS T E R IO G L O R IO S O

De ¡a virtud de la esperanza.

«Las penas de este mundo— se lee en las máximas


espirituales,— son como las aguas del mar que pierden
su amargura cuando se elevan al c i e l o , Y en efecto;
¿cuál será la pena que no se mitigue, el dolor que no
tenga alivio cuando se eleve nuestro corazón al cielo
por medio de la consoladora virtud de la esperanza?
¿Cómo no se alentará nuestra alma y cobrará nuevos
bríos para sufrir por amor de Dios y para llegar á esa
dichosa bienaventuranza que el Señor con su miseri­
cordia nos tiene preparada? La virtud de la esperanza
es e! lenitivo de nuestros dolores, sí, pues que la espe­
ranza es la medida de las gracias que se nos conceden.
«Esta virtud tan consoladora es agradabilísima al Se­
ñor, quien— dice San Francisco de Sales— nos concede­
rá tantos cuanto santamente hubiéramos esperado.»
¿Qué nos detendrá, pues, en la práctica de esta hermo­
sa virtud? Huyam os del desaliento, de esas tentaciones
de desconfianza que el enemigo de nuestras almas nos
pone á veces por sj pudiera hacernos participar de su
miserable suerte de no esperar jamás.
Sepamos hacer de modo que ni nuestras miserias
resfríen esta esperanza. Levantémonos de ellas humil­
des, sí, pero confiados siempre en la misericordia de
Dios, «que no quiere la muerte del pecador, sino que se
convierta y viva»} arrojémonos confiadamente en ma­
nos de su amorosa Providencia, sin permitir que nada
turbe esta confianza de nuestraalma, practicando a q u e ­
lla máxima del P. Caussade: «Dejemos el pasado á la
misericordia de Dios, el futuro á s u Providencia y con­
sagremos el presente á su amor.»
Alentemos, sí, constantemente nuestro espíritu con
la consideración de la gloria en los momentos de prue­
ba y desaliento. Reposa, sít alma mía de tus angustias
y fatigas, contemplando este misterio de la Ascensión
gloriosa del Señor, que su consideración te hará vis­
lumbrar á través del precioso prisma de la fe el térmi­
no dichoso adonde conduce el sendero penoso de la
vida cristiana, el camino de ía cruz y del sacrificio.
Olvida unos momentos el destierro en que te hallas
para contemplar con delicia la patria que te espera. [Oh
alma míall Tu permanencia en él es momentánea,
mientras que tu estancia en la gloria será eterna. P u ­
dieras entristecerte si fuese al contrario, pero, ¡cuál
debe ser tu alegría si esto meditas! Esfuerza tu fe. No
es un sueño esta perspectiva hermosa, este porvenir
eternamente venturoso es la realidad. Sueño puedes
llamar, y sueño triste y con frecuentes pesadillas á
esta pobre vida tan llena de quebrantos, é ilusos á los
desgraciados que persiguen esos vanos fantasmas,
separándose de su eterno bien y que ai alcanzarlos
dejan caer el disfraz de felicidad que les cubría y se
desploman sobre sus insensatos amadores, desgarrando
sus corazones el peso abrumador de su brazo, y que
se llaman remordimiento, miseria t pecado y deses­
peración.
Mas si la bondad inmensa del Señor te ha librado
ya de estos terribles monstruos, si su diestra omni­
potente te sostiene en el camino de salvación, á pesar
de tu miseria, á lo que puedes entender ¡oh alma mía!,
¿por qué estás triste y por qué te turbas? Espera, espe-
raenDios, tu fuerza, tu inmenso bien y eterna felicidad.
Recuerda ese hermoso día en que al entrar Jesús en
su gloria dejó las puertas abiertas para que tú entres
también si eres fiel á su amor, y piensa cómo su divino
corazón, que tanto te ama, desea llegues k ocupar en
esa gloria el esplendente trono que su amor te tiene
preparado, ]Ah, alma mía! Sí; hay cielo, es decir, el
lugar de amor, luz, paz y felicidad eterna é indecible;
y en ese lugar tienes una propiedad que nadie ni nada
podrá arrebatarte, si tú no renuncias á ella por el
pecado. Podrá faltarte todo en la tierra, ¿qué te impor­
ta, mientras puedas decir con humilde confianza; el
cielo es mío, allí tengo un trono que nadie puede
arrebatarme? ¡Irás al cíelo! ¡Oh! ¿Has pensado bien en
esto alguna vez? Lo crees, sí, pero piensas fríamente
en ello. ¿Cuándo será eso? has dicho tal vez encon­
trando largo el plazo y sintiendo como cierto desalien­
to, y esta consideración ha perdido gran parte de su
fuerza al reflexionar de un modo semejante. Pero al fin,
si no te extravías, allí habrás de llegar. Puede ser mu­
cho, ó tal vez poco, m uy poco el tiempo que para esto
falte, y sea poco ó mucho, ha de pasar brevemente,
pues no dejas un instante de caminar.
Pues si en ios acontecimientos que se esperan en el
mundo se piensa, por lejanos que estén, ¿por qué no
meditar con frecuencia en la gloria, cuando esta m edi­
tación pudiera ser lenitivo poderoso á tus males é
infundirte gran aliento para la virtud? Sí; pensemos
en la gloria, y sufriremos con la paz de la virtud y
el consuelo de la esperanza. Digamos con el Profeta;
«Aunque me cerquen los dolores de la muerte y los
peligros del infierno, esperaré siempre en el Señor»; y
con la Madre Barat: « Pues que eterna es la misericordia
del Señor, eterna debe ser también nuestra esperanza.»
EJEMPLO

San Francisco de Saleé se vio combatido á la edad '


de diecisiete años por una tentación gravísima contra
la santa virtud de la esperanza. En la noche obscura
de su alma y atormentado el corazón con horribles
amarguras, creíase perdido sin remedio y caía en una
profunda tristeza. En semejante estado de espíritu en­
tró un día en la iglesia y viendo colgada de la pared
una tablilla con la oración Acordaos, de San Bernardo,
fuese á los pies de la Virgen y rezó dicha plegaria con
fervor. Luego, postrado en tierra, renovó su consagra­
ción á María é hizo voto de rezar en su honor todos los
días el santísimo Rosario. Apenas hubo hecho esta pro­
mesa, se disipó aquella tentación horrible y brilló en su
alma la más dulce claridad de la más consoladora es­
peranza.
El santo cumplió su voto con tal perfección, que
dedicaba todos los días una hora á rezar los quince
misterios del Rosario, y ló llevaba siempre pendiente
de la cintura.
Espectáculo edificante era verle asistir todos los
meses con su rosario en la mano á la procesión de la
cofradía, de la cual era miembro desde su juventud.
Suyas son las siguientes palabras: «El Rosario es el
mejor modo de orar, y ocupa el primer puesto entre
las demás oraciones no prescritas ó mandadas. Rézalo
diariamente con devoción, y llévalo contigo en señal
de que deseas ser siervo de Dios y de María.»
San Vicente de Paúl le o y ó decir que si no estuvie­
se obligado á rezar el Oficio divino, no rezaría otra cosa
que el Rosario de la Santísima Virgen.» Estando para
morir mandó que le colocasen su rosario en el brazo
para que le sirviese de escudo con que rechazar los
Vjltimos asaltos del enemigo. ( P . Pradel.)
SA N TO S D EVO TOS DEL ROSARIO

San Carlos Borromeo rezaba el Rosario diariamen­


te de rodillas, y por amor á tan eficaz plegaria, tomó
ías disposiciones siguientes: fundar la cofradía en la
iglesia metropolitana de Milán; obligó á los soldados á
rezar en común el Rosario. «El Rosario— decía— es más
poderoso contra los turcos que millares de ejércitos.»
Ordenó á sus criados comulgar todos los primeros do­
mingos de mes y asistir á la procesión del Rosario, y
en cartas pastorales lo recomendó á todos sus diocesa^
nos, y le prescribió como punto de reglamento en todos
los seminarios, conventos* colegios y demás casas de
piedad. (Revista del Santísimo Rosario.)

ELOGIOS DEL ROSARIO

En las tentaciones, cualesquiera que sean éstas, es


un gran auxilio besar el rosario y estrecharle contra
el corazón. (San Alfonso de Ugorio.)
CONSIDERACION

SO B R E EL T E R C E R MISTERIO GLORIOSO

La venida del Espíritu Santo

Del don de fortaleza.

«Et monte Calvario— dice el piadoso autor de Todo


á Jesüs por M a r í a el monte Calvario era el lugar en
que la Iglesia debía ser engendrada, por decirlo así,
con la sangre preciosa y por medio de la Pasión acer­
bísima de su divino fundador. Allí era donde María,
com o madre de toda la posteridad d élo s santos, debía
contribuir con sus propios sufrimientos á estaespiritual
y dolorosa generación,
»Pero el Cenáculo era el lugar donde, con estupen­
dos prodigios, debía manifestarse al mundo el naci­
miento de esta misma Iglesia, cuya cuna debía estar
protegida por la majestad de la presencia de María y
defendida por su altísima dignidad de Madre, T o d o s-
dice San Lúeas— perseveraban unánimes én oración con las
mujeres y con Maria¡ Madre de jesús,
»¿Por qué se encuentra hoy la Santísima Virgen
en-medio del Colegio apostólico, si desde que fué for­
mando no se cuenta que hubiese comparecido en él?
]Ahl que los Apóstoles, mientras tuvieron la dicha de
gozar de la presencia de su Divino Maestro, encontra­
ban en Él la luz, las fuerzas necesarias; pero después
que subió á la diestra del Eterno Padre, sólo la presen-
cía de María era capaz de consolarles de semejante
ausencia.»
Por cierto que si meditamos atentamente este con­
solador misterio, comprenderemos que para obtener
los dones del Espíritu Santo hemos de prepararnos
con el retiro y la oración, como lo hicieron los A p ó s ­
toles; y ¡cuánta ayuda es para recibir todo bien espi­
ritual estar cerca de María, nuestra amante Madre, in­
vocando su poderosa intercesión para que por sus
súplicas reciban nuestras almas los dones del Espíritu
Santo, como le recibieron los Apóstoles y discípulos
que al lado de María se preparaban á recibirlos!
¡Ah! cuán abundantemente los recibió la Santísima
Virgen! Oigamos lo que sobre esto dice el autor antes
citado:
«El Espíritu Santo, al comunicarse á los discípulos
el día de Pentescostés, los enriqueció con las purísimas
luces de la verdad, é inflamó sus corazones con las ar­
dientes llamas de la caridad, pero reposó de un modo
especial en el Corazón de María. La penetró, por de­
cirlo así, de sí mismo, la inflamó, la consumió con el
fuego de su amor, y la hizo oir aquellas deliciosas-pa­
labras que, á ella aplicadns, tienen un sentido particu­
lar: Sponsabo te mibi in sempitemum. Te desposaré con ­
migo para siempre, y la eternidad toda entera no será
sino un continuo día de íntima unión contigo; y des­
de luego, se unió á ella con la mayor plenitud é inten­
sidad posibles.»
Vayam os, pues, á María, suplicándola nos obtenga
de su divino Esposo el Espíritu Santo nos favorezca con
sus dones. Todos son preciosos; pero haremos solamente
algunas reflexiones sobre ta necesidad que en los tiem­
pos actuales tenemos del don de fortaleza. El Sobera­
no Pontífice nos llama á luchar contra los errores y de
pravación de los tiempos modernos, y eí arma que
pone en nuestras manos es el Rosario de María, <rQye
todos los hijos de Santo Domingo— dijo nuestro santí­
simo Padre al Vicario general de los Dominicos y de­
más. Padres en la audiencia del 26 de Septiembre
de 1883— se levanten á-luchar y se preparen á esgri­
mir en el combate* cual aguerridos soldados, las armas
que con tanta previsión les dejó su glorioso Padre. Que
instituyan en todas partes el Rosario de ía Santísima
Virgen María, lo propaguen y lo cultiven, de manera
que, merced á sus solicitudes, se alisten los pueblos á
las santas milicias en que resplandecen las insignias
del Rosario* y los fieles, conociendo las gracias y pri­
vilegios de esta devoción, se sirvan de ella con frecuen­
cia y la empuñen cual arma poderosa.»
Sigamos, pues, los consejos de nuestro Santísimo
Padre, revistámonos de esta cristiana fortaleza, y em­
puñando el arma del Rosario, es decir, revistiéndonos
del espíritu de sacrificio que sus misterios nos predicen,
luchemos con el espíritu del mundo, no sólo apartán­
donos en un todo de sus máximas perniciosas, sino ro­
gando al Señor, por medio de la poderosa oración del
santo Rosario, y venceremos en la lucha* Animémonos,
pues, á pelear de este modn hasta plantar la bandera
del Crucificado en esos corazones que las pasiones le
han usurpado, proclamar el reinado de Jesucristo en
esta sociedad extraviada, rescatar los cautivos del de­
monio, y difundir la luz hermosa de la fe en toda su
pureza y esplendor en el abismo tenebroso de este
mundo desgraciado. Sepamos orar y sufrir según el
espíritu del Rosario, y nuestra será la victoria* y cuan­
do sintamos nuestro ánimo desfallecer, recordemos que
cerca de María se obtienen los dones del Espíritu Santo,
y roguémosla nos alcance el de fortaleza, que no sólo
nos dé fuerzas para nuestra propia santificación, sino
para procurar también la de nuestros hermanos.

EJEMPLO

El venerable Arzobispo P. Claret, de cuya causa de


beatificación se trata, fué devotísimo del santo Rosario.
No contento con rezar sus quince dieces, se dirigía
muchas veces por sí mismo antes de sus predicaciones
con entonación clara y fervorosa er.señando al pueblo
prácticamente el modo de rezarlo, y recomendaba con
mucha eficacia se rezara diariamente. En su viaje á la
Isla de Cub;t reunía á los pasajeros sobre cubierta para
rezar el Rosario, y en Cataluña de tal manera res­
tableció la costumbre de rezarlo, que dicen sus bió­
grafos era más difícil hallar de-pués quien dejase de
rezarle que antes quien se atreviese á hacerlo pública­
mente.
Llamado para auxiliar á cuatro reos que no querían
confesarse, aconsejó que los que les acompañaban fue*
sen rezando el santo Rosario, por c u y o medio obtuvo
su conversión, *
Se negó á ordenar á un seminarista sólo porque
observó que permanecía mudo mientras sus compañe­
ros rezaban el Rosario, y en una ocasión que entró en
una iglesia donde guiaba el Rosario el sacristán en vez
del señor Cura, como éí había mandado, se puso con
la mayor naturalidad á guiarlo él mismo, diciendo lo
haría siempre que el señor Cura no pudiera mientras
él estuviese en aquel pueblo.
En el altar del Rosario le vió celebrar el P. Comas,
observando en él un resplandor extraño que le acom­
pañó hasta volver á la sacristía después de celebrar.
Varias veces le habló la Santísima Virgen, animán­
dole á la propagación del Santo Rosario, y el venera­
ble Arzobispo, fiel á la voz de su amada Madre, trabajó
sin descanso en ella, no sólo con sus exhortaciones,
sino con sus escritos en Pastorales, opúsculos y hojas
de prcpRganda, que á millones distribuyó.
Estando ya para morir, manifestó todavía su amor
al Rosario, pues tomándole en sus manos, lo besó re­
petidas veces, entregándolo después al P. Clotet. (Vida
del P . Clarei, del P. Aguilar.)
SA N TO S D EVO TO S DEL RO SAR IO

San Francisco Javier llevaba ostensiblemente el


santo Rosario colgado al cuello, y con él obraba mu­
chos milagros para mover á los infieles convertidos á
rezarle con gran fervor. (Revista del Santísimo Rosario.)

ELOGIOS DEL RO SAR IO —

El Rosario de la Orden de Predicadores ha confir­


mado los reinos de España en la fe católica. (La Uni­
versidad de Salamanca.)
PRIMERA CONSIDERACION

SOBRE E L CUARTO MISTERIO GLORIOSO

La Asunción de Nuestra Señora.

De la buena muerte.

La existencia del hombre sobre la tierra es tan breve


y fugaz, que pudiéramos considerarla como un átomo
de polvo salido del abismo de la nada, que agitado un
instante por el viento de la vida, va á caer inmediata­
mente en el abismo de la eternidad.
Sí, la muerte es inevitable, y viene como ladrón á
sorprender á los hombres en ese soplo de vida tan rá­
pido, por más que muchos quisieran cerrar los ojos á
la experiencia que les demuestra evidentemente esta
verdad. ¡Ah! Es que apenas encontraremos otra idea
en la que más difiera el pensamiento humano que en
este acontecimiento infalible de la muerte.
Vemos, en efecto, que mientras á unos causa terror,
y desgraciados huyen con espanto de una idea que, sin
embargo, será la única que con seguridad verán reali­
zada, otros, por el contrario, hallan en este mismo
pensamiento manantial inagotable de consuelos y espe­
ranzas, y llegan á mirar esta muerte cual libertadora
de su cautiverio y conductora á su eterno destino, á
su inmortal patria, á la posesión del bien infinito, ¡ Ahí
No extrañemos esta diferencia. La divina Sabiduría la
señala diciendo que la muerte del impío es pésima, al
paso que la det justo es preciosa á los ojos del Señor.
Vamos á meditar sobre esta preciosidad de muerte al
justo reservada, en esté misterio en el que contempla­
mos la preciosa por excelencia, et tránsito bienaven
turado, la Asunción dichosísima y llena de gloría de
nuestra Madre la Santísima Virgen. ¡Ah,cuán feliz sería
esta santísima muerte!, ¡quién puede comprenderlo!
La muerte es el eco de la vid a ( y sí la vida de María
fué santa sobre todas ias vidas, su muerte ha sido ne­
cesariamente preciosa sobre todas las muertes. Muerte
producida por la llama det divino amor, que cual en
ningún otro ardía en su corazón, ¿quién puede c o m ­
prender la inmensa felicidad de ese término de ansioso
martirio de amor de este corazón purísimo por la tan
anhelada posesión del divino objeto que le causara? Si
muchos santos ansiaban tanto ese momento de unirse
á su Dios eternamente; si tantas almas, exclaman,
exhalando el ansia de su amor repitiendo vehemente­
mente con el Profeta: Heu mihi quia incolatus m¿u$pro­
lóngalas est. [Ay de mí, que mi destierro se ha prolon­
gado! ¿Con qué intensidad le repetiría María en a que­
llos años que transcurrieron desde la Ascensión de su
divino Hijo hasta el momento mil veces dichoso de su
tránsito bienaventurado? ¿Y cuál sería el transporte
más que seráfico de su purísima alma en et momento
de entrar en la posesión del infinito bien á quien amaba
con ardor incomparablemente m ayor que le amaron
todos los santos, pues que con perfección también in­
comparablemente m ayor le conocía?
Contemplemos en el silencio de la admiración lo
que por su grandiosidad no puede expresarse, y pase­
mos á considerar cuán dulce es la muerte del justo que
sirve y ama á Dios mientras permanece en el destierro
de la vida. Para él la muerte es preciosa, como el re­
medio único para calmar las ansias que siente su alma
de unirse á Dios, su dulce cen tro, bien que no puede
gozar enteramente mientras está .en la cárcel terrena. Sí,
la muerte es la libertadora de esta alma, el lazo que ha
de unirla á Dios, premio de sus trabajos, seguridad y
término de sus peligros, celestial mensajera de su eter­
na dicha. El recuerdo de la muerte sírvela de alivio en
los pesares, de esfuerzo en la prueba, de esperanza
consoladora y bien inmenso siempre. Sabe ciertamente
que la muerte ha de arrancarle un día de este mundo
penoso; mas jah! que aunque no puede negarlo, des­
fallece en su deseo, y á pesar de esta certeza llega como
á dudar del bien que tanto ansia. Lejos le parece al
caminante el término de su viaje; largo al hambriento
el día de su necesidad; larga al desterrado la ausencia
de su patria; largo al que sufre el mal que le ator­
menta, y larga al que ama, la separación del objeto de
su amor.
Pero si largo le parece el tiempo al que espera e n ­
gañosos y caducos bienes, ó sufre pasajeros y breves
males; si con tanta ansja desea la posesión de aquéllos
y verse libre de éstos, ¿cómo deseará la muerte el alma
del justo que sabe viene á librarla de todo mal, y sobre
todo del peligro de caer en el mal eterno, y á colmarla
de infinita, imperecedera y verdadera dicha. Ella con­
sidera á la muerte cerrando las puertas de este mísero
calabozo del mundo, y abriéndole las de su eterna
patria, la mira como el glorioso término de su penoso
y dilatado viaje; ve que sólo la muerte puede llegarla
al perenne manantial de eterno bien que con ansia
contemplaba suspirando, y sólo á gotas refrigerarse
puede en esta vida sin saciarse nunca, y la espera como
la encargada por Dios de conducirla al regazo de una
Madre amadísima, á los eternos abrazos de su celestial
y divino Esposo,
San Juan de la Cruz, dice hablando de la muerte
de aquellos que de veras aman á Dios: <¡rLa muerte de
semejantes almas es muy suave y dulce, más que les
fué la vida espiritual toda su vida, porque mueren con
ímpetus y encuentros sabrosos de amor, como el cisne
que canta más dulcemente cuando se quiere morir.
Que por esto dijo David que la muerte del justo es
preciosa, porque allí van á entrar los ríos del amor en
la mar det amor, y están altí tan anchos y represa­
dos que parecen ya mares juntándose allí el principio
con el fin, lo primero y lo postrero para acompañar
al justo que va á su reino oyéndose — como dice
lsaíasj— las alabanzas de los fines de la tierra que son
gloria del justo, y sintiéndose el alma en esta sazón
con estos gloriosos encuentros, muy á punco de salir
en abundancias á poseer el reino perfectamente. Por­
que se ve pura y rica cuanto se compadece con la fe y
el estado de esta vida y dispuesta para ello. Que ya en
este estado déjales Dios ver su hermosura, y fíales los
don^s y las virtudes que les ha dado, porque todo se
les vuelve en amor y alabanzas, sin toque de presun­
ción ni vanidad, no habiendo ya levadura de imper­
fección que corrompa la masa. Y como ve que nu le
falta más que romper la tela flaca de su humana con­
dición de vida natural en que está enredada y presa,
impedida su libertad, con deseo de ser desatada y
verse con Cristo, deshaciéndose ya esta urdiumbre de
espíritu y carne que son de muy diferente ser, y reci­
biendo cada una por sí su suerte, que la carne se que­
de en la tierra y _el espíritu vuelve á Dios que le dió,
pues la carne mortal no aproveche, como dice San
Juan: Non prodesl quiáquamy antes estorba este' bien de
espíritu haciendo la lastima, que una vida tan baja la
la impida otra tan alta, y pide que se rompa.» Muerte
dichosísima, sí, podemos llamar á Ía que termine una
santa vida, pues aquel Dios misericordioso que no de­
jará sin premio un vaso de agua dado por su amor,
parece que quiere mostrar sus magnificencias en los
últimos momentos del alma justa, aun antes de que
entré en ese gozo inmortal que nos dice el Apóstol que
ni el ojo vió, ni el oído o y ó , ni el corazón del hombre
puede comprender.
EJEMPLO

Refiere el bienaventurado Alano Rupe en el capítu­


lo X V de su libro sobre los milagros del Rosario, que
había un hombre que le rezaba todos los días por ser
devotísimo de María, Entre .las tribulaciones con que
Dios quiso purificarle, no era la menor un temor terri-
ble que tenía á las tentaciones del demonio á la hora
de la muerte.
Cuando terminaba el Rosario decía siempre la es­
trofa: «María, Madre de gracia, Madre de misericordia,
defiéndenos del enemigo y ampáranos en la hora de la
muerte.»
Llegó por fin este trance terrible á este devoto de
la Virgen Santísima, y acudieron los demonios á com­
batirle en aquellos postreros momentos. Entonces acu­
dió la clementísima Madre de Dios, ahuyentando á
los espíritus infernales y consolando grandemente á su
devoto. Le dijo que no temiese, que no le desampara­
ría hasta que espirase; que en premio de haber sido tan
devoto de su Santo Rosario y haberle invocado tantas
veces para la hora de la muerte, ella había oído sus
ruegos, cumpliría sus deseos y le llevaría en su c o m ­
pañía al cielo.
Así sucedió; pues aquel hombre, después de recibir
los Santos Sacramentos, murió con extraordinaria ale-
gría y su alma voló al cielo acompañada de María
Santísima, ( P , M oran,)

S A N TO S D EVO TO S DEL RO SAR IO

San Juan Berchmans estaba tan persuadido de la


excelencia del Santo Rosario, que al acercarse á tomar
la comida lo besaba reverentemente y se lo ponía al
cuello ó al brazo para no perderlo nunca de vista. Lle­
vábalo siempre consigo cual preciosa reliquia, y se
complacía en decir que tenía tres tesoros m uy queri­
dos, con los que deseaba morir: el crucifijo, el Rosa­
rio y el libro que contenía las reglas de su Instituto.
En efecto, tu v o el consuelo de morir con aquellos
amados objetos de su devoción, y teniendo el Rosario
entre las manos. (Revista del Santísimo Rosario.)

ELOGIOS DEL ROSARIO

El Rosario es la salvación de los cristianos. (Cle­


mente VII.)
SEGUN DA CONSIDERACION

SOBRE EL CUARTO M IS T E R IO G L O R IO S O

De la buena muerte.

Si se pensara á menudo en la muerte y se procura­


ra prepararse á ella* no sería tan frecuente el temor que
á la muerte se observa por doquier. Dice San Agustín
que si no gemís como viajeros, tampoco os alegraréis
com o ciudadanos; es decir, jamás llegaréis á ser habi­
tantes det cielo, porque habéis preferido serlo de ía
tierra. Si rehusáis las fatigas del viaje, no conseguiréis
el descanso de la patria; si reposáis donde es necesario
caminar, nunca llegaréis al término de la prueba.
«¡Ah!— exclamaba Santa Teresa,— si no tuviésemos
puesto nuestro contento en cosa de la tierra, la pena
que causa el vivir lejos de Dios, templaría el miado de
la muerte, cambiándole en deseo de gozar de la vida
verdadera.»
Ciertamente que la muerte es maestra, cuyas Eeccio-
res son de éxito seguro para vivir bien. Aunque se la
pinte con aspecto terrible, ella aprecia las cosas en su
justo valor y nunca se engaña el que la consulta para
aprenderlas.
En efecto, en los momentos de la muerte, es cuan­
do se comprende el verdadero valor de lo que se atpa
viendo la vanidad de iodo aquello , que no sirve para
aquella hora en la que !este amor se sinte con más
vehemencia. Así, que ha habido desgraciados que
amando con extremo ]os bienes materiales, y habién­
dose de separar para siempre de ellos, los han hecho
traer junto al lecho mortuorio desde el cual iban á
abandonarles irremisiblemente. También el alma justa
quiete verse rodeada de lo que ama en aquella hora, y
por eso pide una cruz en donde esté colocada la ima­
gen de su Salvador. |Mas ah! Que la muerte que sepa­
ra de las criaturas, destruyendo su amor, es la que
conduce á la perfección del amor divino para el alma
feliz que le posee.
Grande es el encanto que para el alma santa tiene
el crucifijo en los últimos instantes de su vid a, pues
allí está en la cruz bendita su adorado Jesús, á quien
amó en la vida y á quien y a va á unirse eternamente*
Y en tanto que el que amó ías cosas transitorias las ve
convertirse en humo que se escapa, cual figuras de
pólvora que brillan breves instantes» el que amó la
cruz y vivió en ella constantemente, la abraza enton-
ces con inefable dicha, pues la ve trocada en preciosa
llave con la que va á penetrar en las eternas mansio­
nes de la gloria- |C ómo bendice al Señor por haber
soportado este ligero peso con su divina ayuda y no
haberla abandonado como tantos otros desgraciados
que se dejaron seducir por el aparente brillo de los m i ­
serables y caducos bienes que el mundo les ofrecía!
jOh, qué coloquios serán los del santo moribundo con
su amor crucificado! ¿Quién será capaz de describir­
los? Debemos alabar á Dios en toda circunstancia,
pero ¿cómo no hacerlo así cuando vemos el contraste
que presenta la muerte del desgraciado que, presa de
horrorosa! desesperación, se arroja blasfemando en el
abisriio, y la del santo que, dulcemente reclinado en el
pecho amoroso de su Salvador, se eleva estático á la
bienaventurada mansión de su eterna 'dic'ha?'No' nos
admiremos que la vida del alma santa es un acto con­
tinuó de deseo de la eterna, y si la llama del amor
divino tuvo poder para trocar la vida en muertev¿por
qué no le tendrá para convertir la muerte en vida?
¡Oh, senda amable de la virtud! ¿Quién no se lanza
á ti con denuedo, viendo que aunque pareces espino­
sa tienes tan dichoso y glorioso término! ¡Oh, maldito
camino del pecado! ¡Quién no te detestará aunque tu
entrada esté cercada de flores, sabiendo que conduces
y terminas en el sempiterno abismo de horror y con­
fusión! ¡Y cuán distinto será también el juicio de estas
dos almas! ¡Cuán terrible y formidable para el répro-
bo! Pero fijémonos solamente, para concluir, en con­
siderar para aliento de nuestras alm as, cuán dichoso
será el juicio del alma justa.
¡Oh! |Q yé dulzura, qué alegría ver por fin el di­
vino objeto de todo su amor! Contemplar por vez pri­
mera aquella mirada dulcísima, de tan irresistible en ­
canto, y c u y o celestial influjo percibió tantas veces en
su corazón. ¡Oh, qué experimentará este alma ventu­
rosa si con amor la dirige palabras de consuelo!
Jam hiems transiit. Sí, y a pasó el tiempo helado de
la prueba, de la soledad, del destierro, de la desola­
ción, del tormento. Y a pasaron las lluvias de temores,
angustias, penas y miserias en las que creiste anegar­
te. S u rg e , levántate, sal y a de este mundo miserable
y peligroso en el que constantemente temías perderte.
Arnica mea. Porque en mi infinita misericordia he que­
rido lavarte con mi preciosa sangre, y purificarte con
el fuego de mi divino amor. Et veni. Ven y a á m í, á
este corazón amante que tanto te ama; ven á anegarte
en ii,falibles dulzuras por toda una eternidad. Y o mis­
mo seré tu recompensa, y no ha de quedar sin premio
ni la más mínima acción de cuantas ejercitaste por mi
amor. Ni un'suspiro, ni unjdeseo, ni un paso que hu­
bieras dado con este fin. Ni nsda de cuanto hiciste con
este mismo amor por tus hermanos, pues si bien todo
fué inspirado por mi g r a c i a , fuistes fiel mensajero de
ella, y quiero que todo sea premiado magnífica y eter­
namente. [ Oh! |Qyé pensará este alma entonces de
todos sus trabajos, de aquellos dolores y de cuantos
sacrificios haya podido practicar! Todo le parecerá
nada, bendecirá por ello al Señor, y si alguna pena
pudiera sentir en medio de tan inmensa dicha, fuera no
tener más sufrimientos que presentar, ahora que cono­
ce todo su valor* ¡Qyé felicidad será la de este alma al
contemplar á su amadísima Madre la Santísima Vir­
gen, gozándose en su dicha, pues hasta en el mundo
es dulce la enhorabuena de una madre después de unos
largos trabajos y una penosa separación.
Propongamos vivir santamente para que nuestra
muerte sea preciosa á los ojos de Dios, dichosísima á
nuestra alma y de edificación á las de nuestros próji­
mos. Recordemos siempre aquella sabia máxima que
dice: «El placer de morir sin pena, vale bien la pena
de vivir sin placer.»
EJEMPLO

Un celoso sacerdote se complacía en referir un su­


ceso que le acaeciera, y que es una prueba bien e v i ­
dente de la bondad de la Santísima Virgen hacia las al­
mas que en ella confían y la invocan por medio del
Santísimo Rosario.
Una tarde de invierno recibió aviso dicho sacerdote
de un enfermo que había de recibir los últimos Sacra­
mentos. No siendo inminente el peligro, continuó el
rezo del Breviario, apuntando antes, en su libro de no­
tas, calle X, núm. 28, que eran las señas de la enfer­
ma. Terminado el rezo, se dirigió el sacerdote á la calle
que se le había indicado, y entrando en el núm. iS , se
encontró en un sombrío corredor de esas casas de v e ­
cindad donde, habitando numerosas familias, es tan di­
fícil á veces encontrar á aquélla que se busca. No ha­
biendo encontrado á quién preguntar el sacerdote,
llama en la primera puerta, pero pronto se convenció*
se había dirigido mal, pues no obtuvo otra respuesta
que groseros insultos. Sin desconcertarse poir esto el
sacerdote, preguntó á un joven, quien le indicó dónde
había una enferma grave, aunque, anadió, su nombre
no era por el que preguntaba el sacerdote. Este, sin
embargo, llamó á la puerta, bien persuadido de que
era de allí de dónde se le avisaba. Penetró en una re­
ducida habitación donde la miseria se presentaba por
doquier. En un mal jergón yacía una mujer moribun­
da, y á su lado estaba sentado un hombre, que al ver al
sacerdote, se levantó bruscamente, y encolerizado,
dijo:— ¿Qyé viene Ud. ha hacer aqui?— Am igo mío, res­
pondió el sacerdote con dulzura,-— se me ha avisado para
vuestra pobre mujer, que parece estar muy mal, y v e n ­
g o á traerla los auxilios de la Religión.— Ni mi mujer
ni y o tenemos necesidad de Ud.; ni nadie le ha llama­
do; salga Ud. de aquí, y déjenos tranquilos,— Enton­
ces— repuso el sacerdote— me habré equivocado de
puerta; pero, de todos modos— continuó con firmeza,
— aquí hay una persona que va á morir, y antes de
marcharme, quiero saber si desea hablarme.— ¡Oh, sí,
señor cura!— respondió la enferma con débil vo z;— y o
tengo necesidad de Ud. Hace tres dias que pedí un
sacerdote y se me n ega con crueldad. Dios os ha con­
ducido aquí, pues y o deseo confesarme.— Y a lo oye
usted, amigo mío,— dijo el el sacerdote dirigiéndose al
marido;— es su voluntad, y su voluntad suprema. U s ­
ted no puede oponerse á ella, y así le ruego nos deje
solos unos momentos.— Fueron pronunciadas con tanta
autoridad estas palabras y a c o m p a ñ a d a s de una actitud
tan firme, que aquel hombre, como fascinado, siguió
Ja dirección de !a mano del sacerdote que le señalaba
la puerta, y salió refunfuñando. La pobre mujer enton­
ces no sabía cómo expresar su dicha y reconocimiento.
— Es la Santísima Virgen— dijo al sacerdote bañada en
lágrimas y mostrándole su rosario.— Es la Santísima
Virgen quien le ha conducido á U d . aquí* Desde que
me siento grave he rezado todos los días el Rosario su*
plicando á esta buena madre no permitiera que y o m u­
riera sin recibir los Santos Sacramentos, y he aquí que
precisamente llega Ud. á tiempo que creo v o y á mo ■
rir.— PerOj ¿quién meha avisado?— dijo eí sacerdote.—
— ¡Ay! no he sido y o ni mi marido tampoco, seg u ra ­
mente.
El sacerdote abrió su cuaderno, y vio que no era
para el núm, 18 sino el 28 para el que se le había a vi­
sado. Su memoria le había engañado.
Admirado de esto* respondió á la enferma:— Ver­
daderamente que no hay que dudar que la Santísima
Virgen es quien me ha conducido aquí, y de una ma­
nera prodigiosa. Déla Ud. gracias, y tenga plena c o n ­
fianza, pues es evidente que ha querido salvarla.
El buen sacerdote, después de haber cumplido su
misión cerca de la enferma, se retiró conmovido hasta
derramar lágrimas, y bendiciendo á María. Dirigióse
en seguida al núm. 28, donde encontró la enferma que
le esperaba, y vo lv ió á su casa dichoso, con esa felici­
dad que inunda el corazón del sacerdote cuando siente
haber sido escogido por el Señor como instrumento
para la salvación de una alma. (Le Propagaieur du fto-
saire.)
SA N T O S D EV O TO S D EL RO SAR IO

Santa Juana Francisca Chantal se obligó con voto


á rezar todos los días el Santo Rosario,

ELOGIOS DEL ROSARIO

Por el Rosario se alcanzó la protección de María y


se aplacó la ira del Señor. (Gregorio XIII.)
CONSIDERACION

SOBRE E L QUINTO MISTERIO GLORIOSO

La Coronación de Nuestra Señora.

De la devoción á María,

Llegado hemos al fin de estas pequeñas considera-


ciones con la del último de los misterios del Santo
Rosario: la Coronación de Nuestra Señora. Misterio
bellísimo que termina este místico ramillete, siendo,
por decirlo así, cual precioso lazo que une todas sus
flores y las presenta celestialmente combinadas. ]Oh
cuán bello ramillete, qué guirnalda tan encantadora!;
pero en este último misterio va como escrita la dedica­
toria de estas ñores hermosas que nos dice quién es la
Reina excelsa, y la amorosa Madre á quien la consa­
gramos. ¡Oh Madre mía! Si y o pudiese en estos m o ­
mentos entregar la pluma á un serafín de los que cerca
de Ti contemplan tu excelsa belleza, tu poder omnipo­
tente por gracia, ó al menos, si mi corazón hecho pe­
dazos á impulsos de tu amor grabar pudiera en este
papel tus bondades sin cuento. ¡Ah! Ciertamente que
nada podremos decir que sea digno ni adecuado al
hablar de la grandeza y bondad de nuestra Madre que­
rida; pero todavía hemos de llegarnos á sus materna­
les plantas y balbucear allí algunas palabras de amor.
Que el niño es comprendido por su madre, quien son-
ríe cariñosa á esas inconexas palabras que sólo la ter­
nura del corazón materno sabe traducir.
Mas ¿qué decir de la grandeza de nuestra Madre?
¡Ah! Sólo ese Dios omnipotente que, si cabe hablar
así* en el sentido que según algunos santos no pudiera
y a crear criatura más perfecta, agotó el poder de su
diestra en su creadíón, conoce la grandeza, la perfec­
ción, la gracia de su obra maestra: de aquella criatura
en todo privilegiada, concebida sin pecado, Madre sin
haber dejado de ser virgen, y que libre de la corrup­
ción del sepulcro fué llevada al cielo en cuerpo y alma»
Portento admirable de !a g r a cia / lirio inmaculado,
mujer benditísima entre todas las mujeres, á quien
llama Hija predilecta el Eterno Padre, Madre el divino
Verbo y Esposa el Espíritu Santo.
Sí, la excelsitud de María, su grandeza, sólo Dios la
comprende; nosotros, cuando la llamamos Reina del
cíelo, asiento de la sabiduría, Madre de la divina g r a ­
cia y otros títulos, no hacemos más que balbucear sus
grandezas en nuestro pobre lenguaje, que en modo
alguno puede expresarlas. Contentémonos, pues, con
bendecir á Dios del fondo de nuestra alma, porque hizo
tan grande, tan pura, tan perfecta y admirable á nues­
tra Madre, y unámonos así á las celestes jerarquías que
celebran su triunfante entrada en el cielo y gloriosa
coronación, como el triunfo más completo y dichoso
que haya jamás alcanzado pura criatura. ¡OhJ ¡Bendita
seas, Emperatriz dei cielo, compendio maravilloso de
las misericordias del Altísimo, abogada mil veces ben­
dita del humano linaje, Madre amadísima de nuestras
almas; bendita seas, sí, en ese momento solemne, en
que eres coronada por la beatísima Trinidad como
Madre, Hija y Esposa del mismo Dios; bendito mil y
mil veces ese Dios omnipotente y misericordioso, que
de tan admirable modo te quiso engrandecer]
Pero y a que nada podamos decir de la grandeza de
nuestra Madre, nos ocuparemos en meditar sus inmen­
sas bondades. Mas ¿qué podemos decir? ¿No fuera mejor
hacer esta meditación en el silencio, recordando el cú­
mulo de estas mismas bondades, de que nos habla
nuestra propia experiencia? Sí, registremos el libro de
nuestra alma, y en aquellas páginas que encontremos
gracias, bendición, favores del cielo, allí veremos gra ­
bado el nombre dulcísimo de María. Pero ¿qué digo?
No sólo en las páginas de nuestra alma está unido el
nombre de María á todo bien, á toda gracia, á todo
beneficio. En la historia de las naciones le leeremos
cerca de los combates más gloriosos; en la de los pue­
blos, le veremos escrito al lado de todo lo que para
ellos ha sido grandeza. Qué, ¿no vemos que cada pue­
blo, cada aldea guardan bellas tradiciones, piadosos
monumentos de las bondades de María? ¿No observa­
mos esa multitud de títulos dados á ia Santísima V ir­
gen y que están proclamando cuántos y cuántos hayan
sido los beneficios que en todo tiempo y lugar ha de­
rramado esta Madre amorosa?
Se invoca á María bajo los títulos de Nuestra Se­
ñora del Rosario, del Pilar, del Carmen, de las Mer­
cedes y otros muchos, en recuerdo de gracias que bajo
eilos concedió á sus hijos; y multitud de corazones se
consuelan, llamándola según sus necesidades, Virgen
de los Desamparados, de los Dolores, de la Paz, del
Consuelo, del Refugio, del Tránsito, y tantos otros
nombres que parecen agotar y a el Diccionario en esta
aplicación poética á la Santísima Virgen. ¡A h 3 Es que
al hablar de María todo se agota sin que se haya po­
dido empezar á decir nada; todo se agota, sí, mientras
que su bondad, cual caudaloso río de gracias y bendicio­
nes, sigue en creciente perpetua inundando el mundo y
los corazones de sus hijos. Por esto el nombre de María
tiene un encanto irresistible oara el alma, y su invoca­
ción es tan natural y consoladora al pobre corazón hu­
mano. Y esto aun en medio de los más amargos sufri­
mientos, de las situaciones más difíciles y desesperadas.
Así como la luna, en esas noches que las nubes c u ­
bren el puro azul del cielo, todavía deja ver su res­
plandor á través de las mismas, y no pocas veces pa­
rece tener más poder que el sol para disipar las tor­
mentas; así el recuerdo de María, su invocación, da
alguna luz, algún alivio y consuelo en medio de las
mayores tribulaciones, y parece que acudiendo á Ella
se disipan aún con m ayor facilidad las tempestades del
alma. Y no es ciertamente porque tenga María más
poder que su divino Hijo; así como la luna no puede
competir con el sol, de quien recibe la luz que posee,
sino que parece darla con esta luz la más benéfica in­
fluencia para despejar la atmósfera, así parece también
que la misericordia infinita del Señor ha comunicado
con sus luces, con sus gracias, á esa luna bellísima,
de suavísimo resplandor y celestial encanto, al Purísi­
mo Corazón de nuestra Madre, el poder de remediar
directamente á los hijos que en el Calvario la confiara,
depositando en ese mismo amante Corazón el consuelo
y alivio para las necesidades del pobre mortal. Por
esto nos dicen los Santos que María es el canal por
donde se nos comunican todas las gracias que del cielo
recibimos.
Que nuestro amor y confianza en María, pues, crez­
can cada día en nuestro corazón.
Acudamos áElla siempre, imitemos, ante todo, sus
virtudes, y luego confiemos* pero confiemos sin límite
ni término en s ü maternal bondad. Pudiéramos llamar
á esta confianza en María un sendero florido por el
que se ataja en el camino de la virtud y en el camino
del cielo. [Ah, sil Sí Ella nos conduce, ¡cuántos peli­
gros apartará de nuestro paso su previsión maternal!
¿No hemos visto en días de deshecho temporal, cómo
el tierno niño, que abandonado perecería, desafía lo
que para él fuera peligro, cobijado en el seno materno
y en tranquilidad y reposo? ¡Ahí Cobijémonos también
nosotros bajo el manto de nuestra Madre; no nos se-
paremosnunca de Ella* y sepamos volverprontam ente,
si alguna vez tuviésemos esa desgracia, ¡Oh! Qué c o n ­
suelo tan inmenso, cualquiera que sea nuestra necesi­
dad, los peligros, las angustias de nuestra alma, aun­
que de todo nos pareciera dudar, no desesperemos
jamás, pues aunque otra cosa no supiéramos, sabemos
que nuestra Madre nos acogerá si á ella acudimos,
cuatquiera que sea nuestra necesidad; que Ella es con­
suelo de afligidos, auxilio de los cristianos y refugio
de pecadoras! ¡Oh Madre mía dulcísima! ¡Qué consola­
dora verdad es esta! Tú tienes remedio para todos los
males, y cualquiera que sea el que nos aflija, á Tí po*
demos recurrir confiados. ¡Oh Madre mía! Una súplica ,
te dirigimos al terminar: que nunca se extinga en
nuestros corazones el fuego de tu amor, que nunca,
jamás, dejemos de invocarte, Madre queriJa. Planta tú
misma y riega bondadosa, para que fructifique el árbol
de tu devoción en nuestras almas. Ese árbol precioso
del que podríamos decir: quod plantaíum esi secusdecur-
smí aquarum, que está plantado en las corrientes de las
aguas vivas de la gracia, que inundan el alma que le
posee, y aun podríamos proseguir diciendo, quod fru -
ctum suum da bit in tempore suo> que produce frutos á su
tiempoj pues si bien es eierto que este árbol hermoso
da fruto y fruto copioso de bendiciones en todo tiem p o,
h ay un tiempo en el que este fruto es de excepcional
valor y podríamos llamarle su verdadero fruto, Este
tiepnpoes la hora de la muerte. [Oh, Madre mía, y qué:
frutos tan preciosos han recogido en esa hora tus de­
votos, las almas que verdaderamente te han amado!
Madre querida, sea así también para nosotros. Ven tú
misma á presentarnos esos frutos dulcísimos de amor
divino, para qne embriagados con ellos, atravesemos
los umbrales de la eternidad, donde alabemos á Dios
por los siglos de los siglos y le demos gracias por ha­
bernos concedido una Madre tan poderosa y amante.
¡Bendita seas! Am én.
EJEMPLO
Eti el año 1460 se apareció la Reina del cíelo al
Beato Alano de Rupe, gran siervo de Dios, insigne pre­
dicador de la Orden de Santo Domingo y devotísimo
de la Señora, y le dijo: «Hijo mío, bien sabes la anti­
gu a devoción de mi Rosario, predicado por tu padre,
mi siervo Domingo y por sus religiosos hijos, herm a­
nos tuyos. Es ejercicio m u y agradable á mi Hijo y á
Mí, y de mucha utilidad á los fieles. Deseo en gran
manera la salud y bien de los hombres, y por ese modo
de rezar, tan grato á mi Hijo, se alcanza fácilmente,
Quiero que se renueve en la Iglesia para remedio de
inñnítas almas. Predicarás mi Santo Rosario y a m o ­
nestarás á todos los ñeles á que lo recen devota­
mente. A n im a á los religiosos de tu Orden á que hagan
lo mismo, y y o favoreceré co n milagros vuestra doc­
trina y vuestros sermones.» Así lo hizo el Beato Alano,
em pleando quince años en predicar con gran fervor
el Santo Rosario, bendiciendo la Santísima Virgen,
según su promesa* el celo del devoto predicador con
tan abundantes gracias y con tan maravillosos prodi­
gios, que aumentóse la devoción á la Santísima Virgen
y convirtió innumerables almas. (P . Moran.)

SA N T O S D EV O TO S DEL ROSARIO

Santa Teresa de Jesús rezaba todos los días los


quince misterios del Rosario, y compendió en breves,
pero sublimes frases, sus principales virtudes, diciendo:
«El Rosario es un modo admirable para retraer á los
fieles de las vanida'des.del mundo. Del Rosario tomé y o
aquellos dulcísimos y suaves afectos soberanamente
eficaces para la unión de mi alma con Dios.» (Revista
del Santísimo Rosario.)

ELOGIOS DEL RO SAR IO

El Rosario es la mejor manera de orar. (San Fran­


cisco de Sales.)
Los quince sábados del Rosario.

Consiste esta devoción en obsequiar á la Santísima


V irgen quince sábados consecutivos precedentes á la
fiesta del Rosario (ó en otro tiempo del año), del modo
siguiente:
Comulgar cada sábado, meditar por su orden un
misterio en cada uno de ellos, visitar la capilla rogan­
do por lo que ordinariamente acostumbra á pedir la
Iglesia, practicar una virtud y una mortificación v o ­
luntaria y pudtendo, rezar el Rosario entero.
«El primer milagro aprobado, obtenido, por esta
devoción— dice el P. Palomeque— se obró en Toloáa
de Francia el año 1641, y desde entonces fué tal el en­
< ,
tusiasmo por esta devoción, que en el año l 586 en el
convento del mismo Tolosa, comulgaban cada sábado
m ás de 1.300 personas.»
Las indulgencias concedidas á esta devoción son:
1 / Una indulgencia plenaria cada sábado. (Decreto
de 29 Diciembre de 1859,) 2,* Otra plenaria en tres
sabados que se elijan á voluntad. (Decreto de 12 D -
ciembre de 1849.) 3.* En los doce sábados restantes, á
más de la plenaria, se ganan siete años y siete cuaren­
tenas (Idem.)
La manera de servirse de este libro, para practicar
la devoción de Los quince sábados dd Rosario, es la mis­
ma que se Índica para la celebración del mes, leyendo
cada sábado las consideraciones referentes al misterio
que toca meditar.