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Yo estaba en casa y esperaba que llegara la lluvia

Jean-Luc Lagarce

Traducción del francés: Laura Campodónico


Personajes

LA MÁS VIEJA
LA MADRE
LA MAYOR
LA SEGUNDA
LA MÁS JOVEN
LA MAYOR. Estaba en casa y esperaba que llegara la lluvia. Miraba el cielo como lo
hago siempre, como siempre lo hice, miraba el cielo y miraba una vez más el campo
que se aleja sin prisa de nuestra casa, el camino que desaparece detrás del bosque.

Miraba, era tarde, es siempre de tarde cuando miro, es siempre de tarde cuando me
quedo en el umbral y miro.
Estaba allí, de pie como lo estoy siempre, como siempre lo estuve, supongo, estaba
allí de pie y esperaba que llegara la lluvia, que cayera sobre los campos y los
bosques y nos trajera paz.

Esperaba.

¿Acaso no esperé siempre?

(Y pensaba una vez más en eso: ¿acaso no esperaré siempre y el verme así me hizo
sonreír?)

Miraba el camino y pensaba como pienso a menudo, cuando cae la tarde, de pie en
el umbral y espero que lleve la lluvia, pensaba una vez más en los años que
habíamos vivido allí, todos esos años de ese modo, ustedes y yo, las cinco, como
estábamos siempre, como siempre estuvimos, pensaba en eso, en todos los años
que habíamos vivido y que habíamos perdido, porque los perdimos, esos años que
pasamos esperándolo a él, al joven hermano, desde el momento en que se fue,
huyó, nos abandonó, desde que su padre lo echó.

Hoy, precisamente hoy, pensaba en eso.

En todos los años que perdimos sin movernos, esperando

(y una vez más me reí de mí misma y el imaginarme así y poder reírme de mi


misma, me llevó al borde de las lágrimas y tuve miedo de hundirme)

en todos los años que habíamos vivido y perdido, esperando, no hacer otra cosa que
esperar y no lograr nada, nunca, no tener otra finalidad que esa, yo pensaba, sí, en
este día preciso, en el tiempo que hubiera podido pasar lejos de aquí, en huir, hacer
otra vida, otro mundo, la idea que yo me hago de eso, sola, sin ustedes, sin todas
ustedes, en el tiempo que hubiera podido vivir de otra manera, sin esperar, sin
esperarlo más, en salir de mí misma.

Yo esperaba la lluvia, esperaba que cayera, esperaba como esperé siempre, esperaba
y lo vi, esperaba y entonces lo vi, el joven hermano que subía hacia la casa por la
curva del camino, esperaba sin esperar nada concreto y lo vi regresar, esperaba
como espero siempre, desde hace tantos años, sin ninguna esperanza y en ese
preciso instante, cuando cae la tarde, en ese preciso instante apareció y lo vi.

Baja de un coche, su bolso a la espalda y camina unos metros hacia mí.

Lo miro venir hacia mí, hacia mí y hacia esta casa. Lo miro.

No me moví, estaba segura de que sería él, estaba segura de que era él, volvía a
nuestra casa después de tantos años, ni más ni menos, siempre pensamos que
volvería de esa manera, sin avisarnos, sin decir una palabra, hacía lo que yo siempre
había pensado que haría, lo que siempre pensamos que hacía.
Miraba ante sí y caminaba con calma, sin apresurarse y sin embargo no parecía
verme,
él, el joven hermano por quien había esperado tanto y por quien había perdido mi
vida
–porque la perdí y tan inútilmente, ya no tengo dudas, sí, en ese momento supe que
la había perdido–
lo vi por fin al joven hermano, de regreso de sus guerras y nada cambió en mí,
ni un grito, yo había pensado que gritaría y todas ustedes pensaron que yo gritaría,
nuestra versión de las cosas,
estaba asombrada de mi propia calma, ni un grito de sorpresa o de alegría,
nada,
lo veía caminar hacia mí, pensaba que él volvía y que nada iba a cambiar, que me
había equivocado.
Sin solución.

(…)
LA MADRE. ¿Duerme?

LA MÁS VIEJA. Lo puse en su cuarto, el mismo de su niñez. Las jóvenes me ayudaron,


lo llevamos arriba y duerme. Creo que llegó agotado, ya no podía caminar, lo miraba
dar los últimos pasos y venir hacia nosotras como un ebrio, yo no entendía, parecía
agotado, a punto de caer y desplomarse.

LA MADRE. ¿No dijo nada? ¿A ti no te dijo nada? ¿Ni siquiera una palabra antes de
dormirse, de hundirse, ni una palabra?
Hubiera querido que hablara, que dijera algo, pero es siempre lo mismo, que dijera
algo antes de caer.
Hubiera querido oír su voz
(«¡Como soy, como he sido siempre…!»)
me daba miedo de que guardara silencio y que ni siquiera nos dirigiera la palabra,
me daba miedo de que se acostara enseguida sin pedir nada, que cayera al suelo, no
sé cómo decirlo, me sentía mal, me ahogaba.

Me equivoqué, no es así como pensé que ocurriría.

LA MÁS VIEJA. Dejamos cerradas las persianas de su cuarto, como siempre, de día
apenas dejan pasar la luz y de noche apenas un poco de fresco.
Está en su cama, siempre la conservamos, nunca se trató de sacarla de ahí
–«¿Acaso no tenía razón?» Sacarla era como renunciar a que regresara–
ese cuarto era suyo, no lo mencionábamos, yo lo lavaba, lo arreglaba, nunca
hubiéramos pensado en vaciarlo, en pintarlo de nuevo.
Él está en su cuarto, una vez más.

LA MADRE. Estaba ante mí, lo miro, lo espero desde hace muchos años, no es poca
cosa, tú puedes actuar como si no supieras nada, pero no es poca cosa, un hijo, no
es poca cosa mi hijo que regresa, y para ti tampoco, y para ellas, las hijas, puedes
verlas, desde que él llegó y duerme en su cuarto, arriba, para ellas tampoco es poca
cosa.
Todo el tiempo que pasé esperando este momento, ahora está delante de mí.
Su rostro ha cambiado, se ha endurecido, es el rostro hundido, estragado, de un
viejo, un extraño rostro de viejo o el cuerpo envejecido antes de tiempo de un
hombre joven.
¿Acaso creí que volvería igual a como se fue?
¿Acaso lo imaginaba siempre así?

LA MÁS VIEJA. Duerme como dormía cuando era niño. Estaba desvanecido a mis pies y
por un instante tuve miedo de que muriera.
Lo miraba y me dije: «Duerme como dormía cuando era niño».
Es extraño. Nosotras lo tomamos, una, por debajo de los brazos como se supone que
se debe llevar un cuerpo inerte, como se ve en las fotografías, en los cuadros,
cuando la gente cae al suelo, y la otra lo tomó por los pies, yo lo agarré por los pies
y lo llevamos arriba.
Su cuerpo era pesado para nosotras a pesar de su delgadez.
Toda una tarea.
La pequeña tomó el bolso, sólo eso le interesaba y se lo dejamos.

LA MADRE. Debemos dejarlo dormir, creo que va a dormir mucho tiempo y un día lo
veremos despertar.
Y lo que no tuvimos hoy y que tanto habíamos esperado todos estos años, que
volviera y después de franquear la puerta, él nos hable, nos ame, nos diga cosas,
exactamente eso,
que diga cosas que habíamos deseado oír,
que nos reconozca, que me reconozca y las reconozca a ustedes y nos haga el relato
de su viaje, todo este tiempo perdido,
lo que no tuvimos hoy cuando cruzó la puerta, lo oiremos por fin, no debo
preocuparme,
después de haber dormido mucho tiempo, va a despertar, no sabrá ni siquiera dónde
está, no reconocerá su cuarto, tendremos que decírselo, habrá que explicarle,
va a despertarse como lo hacía cuando era niño, lo veremos decirnos lo que ha
vivido, lo escucharemos contar lo que ha vivido, lo escucharemos contar lo que ha
vivido, qué fue de su vida, su viaje, todos esos años perdidos, porque fueron años
perdidos.
Él se asombrará.
Ella ríe.

Habrá llegado el momento de las quejas y de los largos reproches.

LA MÁS VIEJA. Y a partir de ahora, todo el tiempo, nos quedaremos cerca de él,
espiando un gesto, ¿eso dices?
¿Relevarnos para estar a su lado, para espiar su despertar o su naufragio, cada vez
más suave, cada vez más lento,
su desaparición sin que regrese a todas, su hundimiento en el sueño mas profundo?
¿Su muerte?
¿Quieres que no lo abandonemos más?

LA MADRE. Tendremos que esperarlo, siempre lo mismo, habrá que quedarse cerca de
él, sí.
Como lo esperamos desde el día en que nos dejó para tal vez no regresar nunca
más, desde el día en que su padre lo echó

–«¿Qué podía hacer? Todas ustedes están allí para reprocharme por no haber hecho
nada, por no haberlos separado, ¿qué podía hacer?»–

como lo hemos esperado aquí


y más todavía después de la muerte de su padre, después de que su padre muriera y
que las razones para quedarse, las secretas razones para quedarse hayan
desaparecido,
como lo hemos esperado sin creer en su regreso, nadie lo confesaba pero todas
nosotras lo pensábamos,
tú misma dices que no te has movido, nada hacía cambiar tu parecer,
¿quién lo puede creer?
Tú misma dudabas, poco a poco lo pensabas, suponías que ya no lo verías antes de
morir a tu vez,
tú misma, es inútil hacer trampas, poco a poco renunciabas, ¿quién no lo entiende?
Cada una de nosotras pensaba lo mismo.

Cómo lo habíamos esperado, inútilmente, sin creer que regresara.


Y ahora, tendremos que esperar aún
–esto no terminará nunca, envejeceré y tú habrás muerto y yo seguiré esperando–
tenemos que esperar que él despierte y que vuelva a nosotras, que abra los ojos y
nos hable y nos relate su viaje, debe haber hecho un viaje, siempre imaginamos su
vida así, no puede decepcionarnos,
un bello y largo viaje, ¿no?, un bello y largo viaje, tan descabellado, por el Mundo,
debe despertarse y volver a nosotras y contarnos su historia todos esos años
–debió librar batallas, guerras y batallas y salir victorioso, ¿no?, ¿qué otra cosa si
no?–
tiene que despertarse y volver a nosotras y nosotras,
cada una,
le contaremos nuestra historia, todas parecidas y todas diferentes.

Tenemos que esperarlo, escuchar, afinar el oído y atrapar el menor indicio,


acechar los menores indicios que nos lo traigan a la vida,
el momento preciso,
el momento exacto del tiempo en que era un niño, cuando se despertaba y
empezaba a dirigir la casa, el joven hijo, la hacía gravitar a su alrededor,
porque siempre la casa giró a su alrededor.

Si es preciso, tú dices eso, acechar inútilmente y destruirnos,


y no lo creo, no puedo suponerlo, no me harás pensar en eso, no quiero el naufragio,
su renuncia, esperar su muerte, verla venir,
no ver nunca más sus ojos abiertos, nunca más una palabra,
ni una huella después de todos esos años esperando, todos esos años perdidos,
esperándola.

¿Tú crees eso?

LA MÁS VIEJA. ¿Después de todos aquellos años, aún más todavía, aquí,
en la casa y esperar todavía, en el mismo lugar,
sin movernos, esperar que despierte como si esperáramos el despertar de un niño
enfermo en su cuarto, arriba y nosotras allí relevándonos sin fin?
¿Eso es lo que dices?

LA MADRE. Sí, vamos a hacer eso, estaré todo el tiempo ahí, esperando que despierte.
Vamos a hacer eso y si ustedes no quieren hacerlo, si no lo hacen, si ellas ya no
quieren hacerlo, si tú misma me abandonas, si no me ayudas, sí, lo haré sola, me
quedaré y esperaré sola, ¿qué importa?

(…)

LA SEGUNDA. El día que vuelva me lo repito, me lo he repetido todos esos años, el día
que vuelva
–jamás dudé que volviera–
el día que vuelva me pondré el vestido rojo, el que ustedes detestan, que siempre
detestaron, ese vestido rojo que me da el aspecto vulgar de las chicas del sábado a
la noche, ese día corro y me pongo el vestido rojo y él me encontrará tal cual me
dejó.
Está bien. Él ríe.

LA MAYOR. Cuando cruzó el umbral, deja su bolso,


cuando franquea el umbral, entra en la penumbra de la casa, casi no se le ve, lo veo
apenas,
a contra luz, se lo ve apenas con la luz detrás de él,
estaba segura de que se lo vería así y que tendría que adivinar sus ojos, sólo su
silueta ocupa la entrada de la casa y sus ojos quedan en la oscuridad.

Cuando cruza el umbral y deja caer su bolso, un bolso de marinero, un bolso como
los que usan los marineros
–yo pensé: «¿Alguna vez en mi vida vi un bolso de marinero?» Eso pensé–, un bolso
de marinero o acaso un bolso de militar, esos atados de ropa, largos y redondos
donde nunca la ropa debe quedar bien arreglada, pensé eso y todavía me río, creo
que me reí por pensar en esos detalles (siempre al borde de las lágrimas)

cuando él vuelve,
cuando por fin él vuelve, me reí de mí, de la importancia que se da a los detalles,
la importancia estúpida y aterradora que doy a los detalles, cuando él, el joven
hermano, después de todos esos años perdidos esperándolo, cuando el joven
hermano por fin regresa, tal vez lo que he esperado más en mi vida, tantos años,
cuando por fin él regresa,
reí de mí misma,
estar allí y pensar en ese bolso, el uso y la forma,
no poder pensar en algo mejor –¿es un bolso marinero o un bolso militar?–,
me reí de mí misma,

mientras trataba de alejar de mí esa idea estúpida, esa idea indigna, porque eso
pensé, es una idea indigna en semejante momento,
me asaltó también la pregunta
–una quisiera pensar en cosas nobles, esas palabras, las cosas nobles
y se deja llevar por los detalles, los detalles estúpidos, en esos momentos que
deberían ser los más importantes de la vida–
entonces me asaltó la idea de saber si ese bolso que estaba ahí a mis pies, ese bolso
que resbalaba de su hombro al suelo, si ese bolso marinero o militar es el mismo que
tenía cuando nos dejó, exactamente el mismo, no logro recordarlo, no recuerdo y me
preocupa esa pregunta, eso detalles estúpidos, me equivoco y me río, me río por
estar equivocada,
y sin embargo no puedo abandonar esa idea.

Él cruza los últimos metros que separan el camino del patio de la casa, y sube los
tres escalones que lo llevan a nuestro cuarto.

Se queda inmóvil en el umbral y no nos dice nada, mira hacia el interior del cuarto,
se asombra.
Su mirada es de asombro, la mirada de asombro que tenía cuando era niño la mirada
de asombro que tenía cuando se fue cuando su padre lo echó, cuando su padre lo
echó y cuando tuvo que dejarnos, ya tenía esa mirada de asombro cuando nos dejó.

En los momentos más brutales, más inesperados de la vida, parecía siempre


sorprendido, asombrado, sí, no hay otra palabra, asombrado, en el colmo del
asombro, y el asombro siempre pareció en él la expresión de la injusticia, la
expresión de haber descubierto la injusticia su rostro de niño es aún más el de un
niño en esos momentos, lo recuerdo.

Acaba de entrar, está ahí delante de nosotras y el recuerdo de esa mirada me hace
sonreír sin que sepa por qué. Era él, el joven hermano, tenía esa mirada de asombro.
No nos dijo ni una palabra, reconoce su cuarto. Sonríe apenas y se asombra al
vernos, al ver el interior de la casa y al vernos.
Es todo.

LA SEGUNDA. Soy la primera a quien ve, con mi vestido rojo, la única que ve y
reconoce enseguida, soy la que él reconoce antes, con mi vestido rojo, ríe, lo veo
reír, se acuerda de ese vestido y de los bailes ensayados en las tardes,
trabajosamente, el aprendizaje, en que cada uno quería llevar al otro, la preparación
de nuestras entradas, él ríe como lo hacía cuando se burlaba de mí y me siento feliz
al oírlo reír.

LA MADRE. No tuviste tiempo de cambiarte, pobrecita,


te imagino –¡como lo serás siempre!– te imagino trotando por la escalera e
insultando como un changador y buscar y buscar en tus placares. Tu vestido rojo, el
de las grandes ocasiones debe estar escondido y arrugado, tan vulgar,
apenas pone el pie en el umbral, cae, se desvanece y no nos dice nada, ni una
palabra,
se desploma, apenas lo veo, sólo su cuerpo caído, ahí, a mis pies.
Tú estás allí como yo, como todas nosotras,
estás a mi lado, me tomas de la mano, no tuviste tiempo de hacer nada,
ni un gesto, nada.
Sólo miras.

(…)

LA MÁS JOVEN. Cuando se desplomó, despacio, creo que yo no me moví. Lo vi caer y


pensé que se caía, eso es todo.
Cada una de nosotras se quedó en su lugar, es como si ninguna de nosotras lo
hubiera visto caer, lentamente, como en cámara lenta, sin que pudiéramos hacer
nada, sin que pudiéramos pensar en hacer algo. Cayó con suavidad según creo.
Él está en el suelo, lo miramos, no tomo la mano de nadie.
Un poco aparte, estoy totalmente sola. Ahí.
LA SEGUNDA. Sin embargo, a pesar de tantos años, yo recordaba el baile y me decía,
cuando él vuelva iré de nuevo a bailar, qué historia, vaya uno a saber,
el hermano y la hermana en el baile del valle, unos tipos horribles nos miran
sorprendidos, nunca hubiera pensado que lo volvería a ver, al heredero varón, no lo
hubiera apostado.

–¡lo que hemos oído, durante todos esos años! Que había muerto, que no volvería
más, que rehacía su vida en el otro extremo del mundo, que no nos necesitaba, las
Pobres Estúpidas, esperándolo, los insultos, ¡lo que hemos tenido que oír!–
tipos odiosos que miraban esto como se mira pasar los trenes, con sus estúpidas
bocas abiertas, el hermano y la hermana entran juntos en el salón de fiestas
municipal,
donde la gente se divierte, a los empujones, y se preguntan de dónde sacó a ese
extranjero,
y la música empieza a sonar, me gusta el globo facetado, siempre tuve gustos
tontos, el globo facetado,
bailamos,
bailes que no aprendí y lo hago muy bien, bailamos aislados del resto.
Una pareja estupenda.
La gente siempre se burlaba de mí, me peleé, las obscenidades que decían de él,
tuve que pelearme,
por esas mentiras, esas burlas a causa de su partida, se burlaban de nuestro padre,
que lo echó,
despreciaban nuestro orgullo, la desdichada historia del hermano que un día debía
regresar pero que jamás volvería a poner los pies aquí y que sin embargo cinco
pobres extraviadas seguían esperando.

El hermano está allí, ahora, es un hermoso guerrero –¿ustedes qué pueden


entender?– el hermano está allí y bailamos juntos, así es mi historia.

Lo miro, cayó al suelo, agotado, destruido y pienso que quería bailar con él y escupir
la cara de los imbéciles y que nada ocurrirá, ya no podemos contar con él, es como
un cadáver.
LA MÁS JOVEN. Nosotras dos vamos a ir a bailar juntas, no será bien visto, parecerá
un poco bobo, dos pobres chicas feas, pero iremos juntas.

(…)

LA MADRE. Ahora, el tiempo en que esté en su cuarto, en que se irá debilitando, el


tiempo de la agonía,
el tiempo que le llevará morir,
–va a durar semanas, ¿meses?–
todo ese tiempo las hijas podrán alejarse, dejar que estemos a su lado,
que lo cuidemos,
que lo protejamos, que vigilemos su respiración, que temamos por él…

LA MÁS VIEJA. Tú quisieras tenerlo para ti, nada más que para ti.

LA MAYOR. ¿Que nos vayamos?

LA MÁS JOVEN. ¿Que te lo dejemos?

LA MADRE. No sé. Sí. ¿Acaso se puede pedir eso, que las que también quieran estar
cerca de la muerte y observar su tarea, se alejen y concedan un poco de soledad?
No sé.
Tú comprendes y ellas también, ¿todas ustedes pueden comprenderlo?

LA MÁS VIEJA. Yo y también cada una de ellas lo desea, eso exactamente. No


compartir ya, no devorarse, no tener que compartir.
¿Es lo que tú quisieras?

LA MADRE. Eso exactamente. Y no es poca cosa, es pedir mucho.


Exactamente eso.
El momento preciso.
Ellas van a despedazarse, van a bailar, van a buscar el amor, van a exigir, van a
querer que él les hable, que salga de su sueño, no quieren comprender,
van a destruir nuestra vida, no quieren hacer daño, pero nos destruirán tratando de
obtener no sé qué verdad.
También quieren saber si se han equivocado, si todos esos años los perdieron por
nada. Puedes verlas, están aterradas por el sacrificio.

LA MÁS VIEJA. Quisieras eso,


que te lo dejemos. Como cada una de nosotras, pero tú más que las otras.
Ser la única y guardártelo.

LA MADRE. No creo que lo tenga.

LA MÁS VIEJA. No, como él era de temer…

LA MÁS JOVEN: Empezó mal.

(…)

LA SEGUNDA. ¿Tuviste hombres?

LA MAYOR. ¿Hombres? Felizmente, sí. ¿Tuve algunos hombres? ¿Esa es la pregunta?


Sí, tuve algunos hombres. Algunos hombres me tuvieron. Ya no recuerdo la letra de
la canción, pero es más o menos así,
tuve algunos hombres y algunos hombres me tuvieron…
¿Era previsible, verdad? ¿Por qué me lo preguntas?
Me quede aquí con ustedes, en el campo, el pueblo allá y uno o dos pueblos más
grandes, más lejos,
la gente me mira caminar por la carretera, lo hago exactamente como quieren, el
andar prudente de una muchacha respetable,
la Señorita Maestra,
yo desprecio a los campesinos, lo que repiten y no se equivocan, aún me respetan,
se sienten obligados porque les enseño a sus estúpidos hijos los rudimentos de nada,
ellos me desprecian y me saludan.
Tomo el ómnibus, paso el día en el centro para elegir zapatos, eso es lo que digo y
duermo en una sucia y oscura pieza de hotel, con un seductor tal vez un poco harto
de mí.
Me cuenta su historia, habla de su mujer y de sus hijos, siempre lo hacen. Vende
enciclopedias médicas por suscripción.
A veces lloran, es todo.
Meses después nos encontramos por azar en la Cervecería de los Viajantes,
fingiremos que nunca nos vimos y el amor, llamémosle así, el amor volverá a
empezar, sin explicaciones. Sí, tuve algunos hombres, de tanto en tanto, sin
conocerlos.
¿Es lo que querías saber?

LA SEGUNDA. ¿Era bueno? Algunas veces, ¿era bueno?

LA MAYOR. No, no sé, no sé nada. No me lo preguntaba. Es como debe ser, cualquiera


sea el hombre, es casi siempre lo mismo, las mismas manías, los detalles que más
vale no mirar, sus medias es lamentable y unas ganas locas de reír.
Y a veces la molesta sorpresa de sentirse enternecida.

LA SEGUNDA. ¿Amaste a algunos? Quiero saberlo.

LA MAYOR. ¿Nostalgia?

LA SEGUNDA. Sí, nostalgia…

LA MAYOR. Compasión por mí misma, ¿esas cosas?... No, no lo creo. Higiénica… Nada
más. No lo creo.
Siempre desconfié de la tristeza, la tristeza egoísta, el placer de compadecerse a sí
misma, de apiadarse llena de emoción, la piedad que podría sentir después, eso
trataba de evitarlo, era preciso estar vigilante.
Hay que tener reglas y principios.
Me levanto cuando el tipo todavía duerme, ronca como roncan los hombres casados,
los que saben que la otra, el hábito Honesto, ya no espera nada,
me levanto, me pongo las medias sentada en el borde de la bañera, es el momento
en que dejamos a los otros sin deberles nada.
De mañana temprano en el café de la estación –¡hay que ver a los tímidos de
permiso!– de mañana tan temprano eso podría hacerme daño, insidiosamente, no
abandonarme durante el viaje de regreso, pero en eso soy experta, me he vuelto
experta, poseo una buena y verdadera falta de sentimientos, me he entrenado, me
burlo de mí misma y así evito los disgustos, la nostalgia, las cuentas, los balances,
todo eso. Sé cuidarme.

LA SEGUNDA. Yo hablaba de hombres,


pero hombres más atractivos, no pasajeros, hombres de los que una recuerda algo,
no esos, hombres diferentes a los míos, una vida diferente a la mía.

LA MAYOR. ¿Historias de amor? ¿Hombres con quienes una viviría una historia de
amor?

LA SEGUNDA. Sí, eso es. Hombres con los cuales se podría vivir una historia de amor.

LA MAYOR. ¿Un hombre por el cual se sufrirá siempre? ¿Con quien una se cruzó una
vez y no vuelve a ver y se busca su huella entre los otros, aquel que trastornó todo y
ni siquiera se dio cuenta y a veces me sorprendería odiándolo por haberme
abandonado? ¿El indiferente? ¿Mi secreto?

LA SEGUNDA. Sí, un hombre así.

LA MAYOR. No, no sé, tengo miedo, no quiero recordar.


Acaso yo decidí algo, acaso sucedió sin que lo supiera, naturalmente, no sé.
¿Por qué tendría que hablar de ello, no debo renunciar, no pensar más?
¿Un día como aquel?
¿Nunca hablo?

LA SEGUNDA. No, nunca, jamás.

Pausa.

LA MAYOR. Sí.
Yo aburro a los alumnos con aquella frase:
«Ella había tenido como cualquiera su historia de amor…»
¿Es eso?

Pausa.
¿Y tú?

LA SEGUNDA. ¿Yo?
Oh, yo no contesto esas preguntas.

Ríen, tal vez.

(…)

LA MÁS JOVEN. Yo era pequeña cuando él se fue, siempre fui la pequeña, la niña, la
muchachita, una niña sin importancia en un rincón.
Recuerdo que lo que yo decía no contaba para nada, no tenía importancia, nunca me
tuvieron en cuenta, y ustedes no pueden decir lo contrario, nunca me tomaron
realmente en cuenta y esto se lo debo a ustedes.
No sé.
Cuando se fue, nos dejó, nos abandonó a nuestra triste suerte, cuando dejó la casa
sin esperanza de volver, es una manera de hablar, cuando se fue no me prestaron
atención, y aquel día aún menos que otros días, y aquel día aún más que los otros
días, cuando se fue, lo recuerdo bien, no se preocuparon por mí.
Cuando el padre lo echó, cerró la puerta, ustedes nunca lo dicen, guardan el secreto,
creen que es un secreto, durante años enteros hablaban susurrando para que yo no
oyera, se callaban cuando entraba, el secreto de ustedes…
Cuando el padre lo echó, en medio de su cólera, de su violenta cólera, esas cóleras
terribles que hacen temblar las paredes, repito lo que dijeron, una cólera terrible que
hace temblar las paredes, una cólera aún mayor que todas las otras, una explosión
más, aquel día como tantos otros,
–porque no tengo recuerdos, era pequeña y no contaba, ustedes siempre quieren
embellecer aquella vida, aquella época y sin embargo, no recuerdo que hubiera día
sin gritos y sin violencia, porque se trataba de violencia y nada más–

el padre y el hijo se pelean, se insultan siempre y se amenazan a los gritos,


vociferando, porque ustedes guardan el secreto, pero eran amenazas, ustedes lo
niegan pero se trataba de amenazas que, una imagina, pueden realizarse, yo
suponía, era una niña y estaba en ese rincón.
Muestra con la mano.

Amenazas que una teme que pueden volverse reales, una imagina que no serán sólo
palabras, yo era una niña, ustedes quieren transformarlo en palabras, pero las
amenazas, los golpes, las heridas, ¿qué más? El odio y, por un instante, el
resplandor del crimen.

Yo era una niña y no se preocupaban por mí, pero ya comprendía, el padre y el hijo
se odiaban, yo era pequeña, no me tenían en cuenta, no me prestaban atención, me
olvidaban como siempre me olvidan, pero jamás tendré otros recuerdos de aquella
época, creo, no lo puedo imaginar.
Jamás tendré otros recuerdos de aquella época más que la cólera, los gritos y la
violencia, más aún, el odio y ese miedo al crimen que vive en mí,
esa cólera terrible que hace temblar las paredes, más grave todavía, más definitiva y
más dura que la que habíamos conocido…

LA MADRE. ¿Tú te acuerdas de eso? ¿Te acuerdas de todo eso, lo viste, no estabas
dormida lejos de nosotras, lo viste y lo recuerdas?
Inventas.
¿Dónde estabas?

LA MÁS JOVEN. Aquel día cuando el padre lo echó, supe que lo echaba para siempre,
¿por qué no habría de entenderlo? (Todas ustedes lo entendieron, quieren mentirse,
pero todas ustedes lo supieron.) Cuando el padre lo echó y ordenó que no volviera
más, le ordenó que dejara la casa y que no volviera nunca más,
cuando lo echó y lo maldijo,
aquella palabra extraña,
la maldición,
esas frases que dichas por otro, en un libro, en el cine, tal vez nos harían reír o
carecerían de importancia, desde aquel día resuenan en mi cabeza y me dan miedo,
cuando maldijo, yo era una niña y creí, creí en esa maldición, aquello que nunca
ocurre o tal vez sólo a los otros, en otros países en un pasado lejano, millares de
años antes que nosotros,
esas frases siempre definitivas, un poco ridículas y sin embargo me ponen
a mí también –¿cómo dijiste?– al borde de las lágrimas, cuando el padre lo echa, con
el puño levantado, yo creo haber visto su puño levantado –¿o lo imagino?–
cuando lo echa y vocifera,
más bien son aullidos,
cuando lo echa, lo maldice y le grita que nunca más lo dejara volver.

Lo veo a él, tan joven, el joven hermano, siempre dijo eso pero tiene más edad que
yo, pero yo digo ustedes, el joven hermano

Esto les hace sonreír, tal vez.

Cuando lo echa, lo veo de espaldas, el joven hermano se va, baja por el camino y se
aleja de la casa hacia donde dobla el camino y más allá del bosque, desaparece.
Y sé que nada, o tal vez supongo que lo pensé, nada lo retiene, ninguna de nosotras,
quien hubiera podido hacerlo, tampoco yo, demasiado pequeña, una niña sin
importancia, nadie lo retiene.

No lo volveremos a ver.
Me hubieran escuchado y sabrían que no lo volveríamos a ver, me hubieran
escuchado, la habría detenido.

LA MÁS VIEJA. No se va para siempre.


Hoy es fácil decirlo, pero aquel día él se va como se iba a menudo y luego regresaba.

Se peleaban siempre, sí, todos los días, se trataba siempre de peleas, pensé que era
una pelea mas, no un crimen mayor que los otros.

Su padre gritaba mucho, siempre ha sido así,


lo maldecía, sí, palabras, palabras,
pero ¿cuántas veces lo había echado y había dicho que no volvería y cuantas veces el
joven hermano
había vuelto unas horas o unos días mas tarde y había vuelto a ocupar su lugar, sin
que nada cambiara?
Antes era más violento todavía, hoy es fácil, todos recordamos aquel día y uno olvida
todos los otros, sólo queremos recordar aquel, tal vez era más violento, no sé, estoy
perdida, hace tiempo, se decían cosas tan duras, tan llenas de odio que yo pensaba
que sería mejor que se separara por unos días, como sucedía a veces. Deseé eso, un
tiempo.
Pero no lo vi partir como si se fuera para siempre.
Nos acusa porque no hicimos nada, porque yo no hice nada y por no haber hecho
nada puedes acusarme, pero no podía creer que era el comienzo de esos años
perdidos.
Tú nos acusas.
Yo no debí dejar que ocurriera y ella, tu madre, tampoco y las otras tan débiles,
tampoco, no debimos dejar que ocurriera.
Tú nos acusas pero hubiéramos podido golpear a uno o al otro, pelearnos realmente,
nos hubiéramos golpeado. Hubiéramos salido al patio, al camino, no nos hubiéramos
portado muy bien, nos hubiéramos sacado las chaquetas, cosas que uno hace.

LA MADRE. Él se iba siempre y siempre volvía. ¿Cómo podía imaginar eso? ¿El
comienzo de todos estos años de espera?

LA MÁS VIEJA. Se decían cosas tan terribles, tan horribles, cada uno tratando de
destruir al otro, hacerle daño, derribarlo, cada uno juzga al otro según lo que él era o
quería ser, cada uno quiere ganar la pelea.
Yo esperaba que él se alejara. Lo esperé.

Prestaba atención y temía que ya no pudieran entenderse y perdonarse como lo


hacían siempre
–siempre quise pensar que se perdonarían porque siempre terminaban por
perdonarse–
tenía miedo, tenía miedo, sí, siempre tuve miedo de su violencia
–¿odio?, no, eso no, odio no–
tenía miedo pero no lo veía partir para siempre,
que se fuera para no volver a poner los pies en esta casa, que no se preocupara ya
por nosotras, que no nos necesitara más.
No lo pensé.
LA MÁS JOVEN. ¿Y cuando te diste cuenta fue para siempre?

LA MÁS VIEJA. Nosotras lo esperamos.

No decíamos nada a su padre, no hablábamos y su padre no nos decía ninguna


palabra, su partida,
la ausencia,
nunca nos decía nada sobre su desaparición.
Envejecía poco a poco, se hundía en la vejez, en ese momento quería ser viejo, y
nada más.
Cuando tenía que venir aquí caminaba en silencio,
yo oía el ruido de sus pasos en la escalera, la llave en la cerradura, trataba de oír,
tampoco le hablaba a tu madre de su desaparición, ella no decía nada pero no creo
que le hablara de su desaparición de su ausencia, él tampoco hablaba y el resto del
día caminaba afuera, por el bosque, supongo que se iba de mañana, regresaba a la
tarde y a menudo durante toda una semana no nos hablaba, no lo creía necesario.

No preguntábamos nada, esperábamos al muchacho,


nos relevamos en el umbral para mirar el camino, ese camino que siempre se aleja
de nosotros y desaparece en dirección al bosque, una trataba de adivinar, de
escuchar el ruido de un coche que se detuviera al pie de la ladera.
Esperábamos el menor indicio, el ruido de unos pasos en la noche.
Nos quedamos ahí para esperar, esa es la palabra, esperar, una palabra así, un poco
ridícula y nunca hablábamos de eso, nada más.

Esos años los pasamos así, los perdimos así, los perdimos sin pensar que pudieran
durar tanto, pero no lo sabíamos, no podíamos saberlo.
Y si lo hubiéramos sabido, ¿tu qué crees? Habríamos podido detenerlo a su padre y a
él, habríamos impedido los hechos, quien podía imaginar, nosotras no podíamos
imaginar la vida de esta manera.
Creo que quiere hacernos reproches, acusarnos como si fuéramos culpables, como si
por no haber visto nada fuéramos culpables y querer hacernos reproches, no está
bien, no es justo,
creo,
no es justo porque nadie podía pensar que no regresaría jamás o que iba a volver
hoy, en el momento en que va a morir, porque se muere y nosotras sabemos que se
muere,
nadie podía pensar que nos dejara así, nos abandonara, porque nos abandonó
y nunca hizo un gesto,
cuando murió su padre, ¿pero él podía saberlo? –¿alguien hubiera podido decírselo?,
¿hubiera podido enterarse?– ni siquiera cuando su padre murió, nunca hizo un gesto.
Y hoy, al final de su viaje, viene a morir aquí como si quisiera demostrar algo, algo
que puede dolernos, porque esto nos hará mal, tú pareces acusarnos pero nadie,
ninguna de nosotras, nunca, podía suponerlo y comprenderlo.

LA MADRE. Déjala. Quiere hacernos reproches. Ella nunca tendrá culpa, siempre será
inocente. Es lo que le gustaría.

(…)

LA MÁS VIEJA. Aquel no era el día para despedirse. Se fue brutalmente, golpeó la
puerta, insultó a su padre y su padre lo insultó a él y golpeó la puerta.
No recuerdo que me haya abrazado, no se tomó el tiempo de hacerlo, que se haya
preocupado por mí o por ella, su madre, no lo recuerdo, ni aun por su madre, no lo
recuerdo.
No tengo ese recuerdo, tampoco una palabra o una sonrisa, él no nos ve, no se
preocupa por nosotras y nunca, es lo que siempre pensamos, nunca pareció
preocuparse por nosotras, nunca parecimos tener importancia para él, el menor
interés.

LA MAYOR. Él nos deja, nos abandona y nosotras cinco, todas nosotras, lo


esperaremos durante todos esos años perdidos, allí, bloqueadas, exhaustas, él deja a
su padre, es una historia que pertenece a los dos, su separación y la violencia de su
separación y nosotras no contábamos.

LA SEGUNDA. Nunca se ocupó de nosotras, no nos necesitaba.

LA MÁS JOVEN. Una lo descubre después.


LA MADRE. Cállense, no digan eso, no quiero oírlo.

LA SEGUNDA. Nunca nos envió noticias, no nos necesitaba, en todo ese tiempo no
escribe una palabra, ni una carta, ¿acaso no contábamos algo siquiera? ¿no teníamos
ningún valor en su vida? Nada,
¿no pensó jamás en nosotras, en nuestra angustia?
Porque vivíamos en la angustia
y él no puede ignorar que estamos perdidas y que lo esperábamos.

Cuando era mas joven, las otras veces,


cuando se iba y volvía unas horas más tarde o después de varios días,
a veces,
no podía equivocarse, él sabía, nos veía, veía nuestros rostros cuando por fin
cruzaba el umbral, comprendía que lo esperábamos, conocía nuestra inquietud.

LA MAYOR. Su propio padre, sin insistir demasiado,


trataba de hacerle comprender,
no recuerdo bien, pero a su padre le inquietaban esas desapariciones y le expresaba
alivio cuando lo veía regresar,
él no podía ignorarlo,
la felicidad que nos daba su regreso, para nosotras era una fiesta, lo sabía, no podía
ignorarlo, no podía ignorar nuestra inquietud.
Lo sabía, lo sabe, lo supo siempre,
nuestra gran preocupación por él.

LA SEGUNDA. Él no puede desconocer nuestra inquietud, no puede burlarse de ella así,


él lo sabe,
no puede desconocer qué perdidas estamos, qué desesperadas, todos esos años que
pasa lejos de nosotras hasta el día de su regreso, esperándolo, no puede ignorarlo.

Y no dar noticias nunca, ni una palabra, nunca,


lo digo, es un crimen de su parte, una especie de crimen, no necesitar a aquellos que
lo aman a uno, es una especie de crimen, creo, no estoy segura,
ustedes deberían ayudarme, mi preocupación, mi angustia, todos los años perdidos,
el tiempo que yo y todas ustedes –deberían ayudarme– el tiempo que arruiné
esperándolo y preocupándome por él, no volver a verlo hasta el último instante,
exactamente el último instante en que deja caer su bolso de marinero o de militar,
–regresar, caer al suelo y aun morir sin justificar nada de su vida, dejarme en la
ignorancia, ¡no darme nada!–

dejemos todo ese tiempo


es una especie de crimen, lo pienso realmente, es una especie de crimen, casi tan
grave como un crimen.

LA MAYOR. Tal vez desprecio por nosotras o desprecio por nuestras vidas, desprecio
por lo que somos, desprecio por lo que soy, por lo que ustedes son, desprecio por lo
que somos nosotras todas, ustedes no contestan pero entienden, desprecio por lo
que somos.
Rechazo, asco.

LA SEGUNDA. No nos necesitaba, ustedes no quieren oírlo,


tienen miedo de escucharlo,
nosotras no existíamos para él y es un crimen habernos ignorado tanto tiempo, él es
culpable. Y morir, si acaso muere, el hecho de morir no le concede el perdón.

(…)

LA MÁS VIEJA. Y basta de efusividades para aquellas dos, ya no más –la pequeña en
ese rincón, debajo de la escalera, la pequeña mira y nadie se preocupa por ella, no la
tienen en cuenta–, basta ya de ternura para ellas dos, basta de ternura.
La despedida, no.

LA MADRE. Ellas estaban presentes, no lo olvidemos, presentes y bien presentes,


gritaban como solían hacerlo, aullaban como aprendieron a hacerlo, querían detener
o impedir los gestos de ambos, interponerse en la batalla.

LA MAYOR. Él me abrazó, a escondidas.

LA MÁS VIEJA. Nada de eso. Lo habríamos visto.


LA MAYOR. Me abrazó apenas, pero me abrazó…

LA SEGUNDA. Me apretó brutalmente contra él, me abrazó y enseguida me separó de


él violento,
como si quisiera alejarme y llevarme con él, las dos cosas a la vez, al mismo tiempo.

LA MÁS VIEJA. Nada de eso. Es un invento, cada vez ustedes inventan un poco más.

LA MÁS JOVEN. Cada vez.

LA MAYOR. Quería impedir que lo siguiéramos.


Él me agarra, me atrae hacia él y me rechaza después, con los mismos movimientos
con que uno se pelearía, con el mismo sentimiento y la misma violencia.

LA SEGUNDA. Nosotras gritamos, gritábamos. El padre nos da unas cachetadas…

LA MADRE. Nunca las tocó, nunca le pegó a nadie.

LA MÁS VIEJA. Eso era lo peor, gritaba y nada más.

LA MADRE. Jamás vi un golpe.

LA SEGUNDA. El padre nos daba cachetadas, nos golpeaba al vuelo y nosotras


recibíamos los golpes.

LA MÁS JOVEN. Ahora les gusta el recuerdo de esas batallas. Tienen una imaginación
bella y fecunda.

LA MADRE. Nadie vio eso. Ustedes se ponen de acuerdo. La que está en el rincón,
debajo de la escalera, no puede decir la verdad, ella no vio nada. Aquello ocurrió en
medio de la violencia, palabras violentas, pero sólo palabras y nada más.
Nadie puede decir que golpeara, eso no es verdad.

LA MAYOR. El padre nos abofetea, nos golpea, pero no podemos detener al joven
hermano, él deja la casa, nosotras no hicimos nada.
Nos separamos.

LA SEGUNDA. Desde la puerta no se ve nada, sólo el camino que desciende hacia el


bosque y desaparece en el recodo. Deberíamos haber corrido detrás de él, salir al
patio, agarrarnos unas a otras y no quedarnos tan dignas como siempre queremos
ser.

LA MAYOR. Podríamos haber huido con él, hubiera sido lo mejor, andar todos esos
años por los caminos, me hubiera gustado.

Las tres más jóvenes ríen.

LA SEGUNDA. A él no le importaba, tenía su bolso, no quería mas carga.

LA MAYOR. Él ya estaba en el tren mientras tú te ponías el vestido rojo.

LA MÁS JOVEN. Por una vez nos hubiera abofeteado para que lo dejáramos.

(…)

LA MAYOR. Hoy, la noche del regreso del joven hermano, qué hacemos esta larga
noche, no nos acostamos, cantamos nuestras canciones, bailamos nuestra lenta
danza, las cinco,
como siempre hemos estado, como aprendimos a hacerlo, todos los años perdidos,
nuestra pavana por el joven hermano, aquella historia.
No podemos dormir, nos quedamos en nuestro cuarto, el cuarto donde vivimos, en
este lugar,
acechamos los ruidos que puedan provenir de su cama, él descansa, nos decimos,
espiamos el menor movimiento, quisiéramos tanto que se moviera, que se dé vuelta
al dormir o que hable en sueños.
Nos quedamos allí, esperamos.

LA MADRE. Escucho como escuchaba detrás de la puerta cuando era niña, escucho y
me aproximo, ahora hago lo mismo. Trato de adivinar, no consigo nada.
LA SEGUNDA. Durante mucho tiempo creí que no iba a sobrevivir, ¿qué sé yo? Por
libros que leí o tú me contaste, durante mucho tiempo creí eso, pensé que no iba a
sobrevivir y que poco a poco iba a ser devorada por el dolor y la inquietud,
un día sería vieja, envejecería por su causa, por haber esperado tanto tiempo y
pensé que eso me destruiría, durante mucho tiempo creí eso y hoy ocurre, el
retorno, lo temía, tenía miedo,
durante mucho tiempo suponía que su muerte, la muerte del joven hermano, mucho
tiempo creí y quise creer que su muerte me llevaría con él.

LA MAYOR. ¿No?

LA SEGUNDA. No.
No es bueno o malo, ni siquiera tranquilizante. No es así, no es verdad, uno supone
algo y se pone de acuerdo con lo que supone, pero no es verdad.
No lo sé pero no lo creo, no moriré de pena, ya no lo puedo imaginar, no me parece
posible, ya no me imagino morir de pena.
¿Por qué mentiría?
Queríamos la tragedia, la hermosa y trágica familia, pero no será así, sólo la muerte
de un joven en una familia de mujeres.
Puedes sonreír, nada más.

Nosotras soñábamos, hubiéramos querido que así ocurriera, lo hubiéramos deseado,


sería bello, doloroso y hasta noble y dejaría a los idiotas del pueblo con la boca
abierta
–no sobrevivió a su hermano, lo quería tanto que murió con él, de pena, así, la
mandíbula colgando–
pero no creo en eso, es una mentira, por más que lo lamente, es una mentira.

Ni siquiera lo sé, esto es también una mentira, ni siquiera sé si lo lamento de verdad,


si voy a lamentarlo de verdad.
Ella siempre tiene razón, habla siempre de nuestros acuerdos.
No creo lamentar el hecho de no haber muerto.
Tener escrúpulos por sobrevivir a aquellos que mueren, no creo reprochármelo o
avergonzarme un poco y por poco tiempo, nada más.
Mi cuerpo no va a abandonarme,
uno siempre lo cree, no, ¿tú no lo creerías? Uno quisiera pensar, mi cuerpo no va a
abandonarme, la tristeza o el dolor cuando esté definitivamente muerto,
la tristeza va a ser inmensa y me dolerá el vientre, los brazos y las piernas, me
dolerá como si me hubiera golpeado, no me gustará haber sido golpeada, la tristeza
me invadirá entera, me quemará, lo sé y tengo miedo, lo sé, lo veo llegar, lo temo
tanto, tengo miedo, miedo de que me duela y mientras me duela tendré miedo,
tendrán que ayudarme, ustedes me ayudarán, en medio de su tristeza habrá que
pensar también en la mía porque será aún mayor, tendrán que ayudarme, deben
hacerlo, mi tristeza siempre será mas triste que la de ustedes.

–Ya desde niña, cuando era niña, sufría tanto por las cosas mas ínfimas, sufría tanto,
quería morir y no hablar más y lo creía sinceramente, lo deseaba con sinceridad,
quería morir,
llamaba a la muerte con mis suplicas, ¿es así?
Y no conseguía nada, ni una respuesta, sufría y nada más y sin embargo podría
haber sido tan fácil, tan puro, desaparecer, la solución.–

Mi cuerpo no va a abandonarme y no me avergonzaré. Seguiré caminando y con el


deseo de caminar, seguiré comiendo y con el deseo de comer, mañana iré al camino,
me preocuparé por el tiempo que hace y me vestiré de acuerdo a él,
tú también lo harás y la semana próxima volveré a la ciudad, haré mi trabajo y
saldré de aquí.

No me atrevo a decirlo pero sobre todo nosotras tres y todas ustedes, es probable
que todas, ustedes ni siquiera pueden imaginarlo, ni me atrevía a decirlo, pero
vamos a retomar nuestra tarea cotidiana,
nada más, lo que ocurre después de una muerte, la tarea cotidiana.

LA MAYOR. Y mucho más tarde, ¿nos sentiremos culpables?


Dirán que no estábamos tan desesperadas como debíamos, las cinco mujeres
desconsoladas y orgullosas en su colina, tal vez nos lo reprocharán,
nos decepcionaremos de nosotras mismas
y los otros se burlarán de nosotras, mis buenos alumnos se lo contarán a sus buenos
padres, me verán de nuevo en mi lugar, como si nada, estar en mi lugar, no mostrar
nunca la pena, esconderla.
No volveré a ser amable, aquello no me habrá dulcificado el carácter.

Nos acusarán por habernos burlado de ellos, durante todos estos años, por esta
soledad, por la vida de reclusas, nuestros bellos rostros de viudas, nos acusarán por
haber vivido así sólo para evitarlos, tan altivas y orgullosas, por querer alejarnos de
ellos, los otros, la gente, por no frecuentar a los imbéciles.
Nos acusarán de mentirosas. De mentiras y orgullo.

LA MÁS JOVEN. El domingo en la plaza, ella, nuestra madre adelante y la más vieja a
su lado
y nosotras tres, detrás, rebaño de cuervos, tan bellas y desagradables en nuestras
ropas de duelo, seremos juzgadas en medio de susurros.

LA MAYOR. Se recuperan, se salvan. (Es lo que dicen.)

LA MÁS JOVEN. De nuevo toman gusto a la vida.

LA SEGUNDA. Van a vigilar nuestros viajes en ómnibus


y cuando vaya al baile más lamentable con mi vestido rojo, comenzarán otra vez los
comentarios burlones de los campesinos. Ellos quieren el dolor definitivo, la rutina.
Las que no mueren de pena y no se cubren de cenizas la cabeza o van a las
montañas y terminan cubiertas por las ramas,
a ellas las juzgan enseguida y las condenan, ¿por qué las juzgarían si no fuera para
condenarlas?

(…)

LA MAYOR. Va a ser raro, mi primer verano sin hacer el amor.


El año pasado he tenido algunos hombres y luego nunca más, todo el otoño y el
invierno, no, nada ocurrió, estuve sola y no estaba triste por estar sola y poco a poco
eso dejó de tener importancia, dejó de tener importancia o interés, ya no sé.
Y poco a poco, hasta esa idea se desvaneció y tuve que renunciar –¿puedes
entenderlo?–, renuncié.
Yo estaba bien.
Ahora, desde que él está allí, el joven hermano, volví a pensar en eso, desde que
volvió y durante el tiempo que vivía y el tiempo que tendremos que esperar,
Ya no me preocuparé de nadie más que de él, no buscaré nada más en mi vida, me
parece.
Vamos a cuidar de él, vamos a relevarnos a su cabecera, vamos a cuidarlo y no lo
abandonaremos nunca más.

Vamos a estar a cada instante, de noche y de día,


siempre a pocos pasos de él y vigilar la vida y la muerte, la lucha que se lleva a
cabo.
No tendré nada más.

Vamos a estar siempre allí, tensas, al acecho,


sin otro cuidado que atrapar el momento imperceptible, solamente la respiración,
y sin embargo vamos a quedar agotadas de no ver nada, destruidas por los mínimos
detalles, el sosiego, el silencio para espiar su aliento, días enteros en que caminamos
sin hacer ruido, nos preocupamos por nuestra propia violencia, y destruidas al fin por
la agonía.
Sólo seré eso.
Después estaré vacía.
Cuando todo haya terminado estaré vacía.
Me quedaré sin fuerza, habré perdido y ya no tendré ningún deseo, nada más que la
idea de ir al camino,
de irme a la ciudad a buscar a un hombre y regresar al día siguiente, pasará eso,
pero ni siquiera lo pensaré,
y cuando él muera,
el joven hermano,
cuando haya muerto,
me pondré de duelo, ya no tendremos nada más, me habré vuelto gris y negra,
de duelo,
exactamente eso,
de duelo,
ya no tendré ningún deseo –eso es lo que te cuento–, habré perdido todo deseo y
aún mas, el deseo de tener un atisbo de deseo.
Habré terminado.
No creeré más en nada, a menudo pensé que eso me pasaría un día sin que lo
hubiera previsto,
no creeré más en nada, me encerraré en mi duelo y será suficiente para mi vida,
estaré muerta, descansaré, no lucharé más y no sufriré más, mi soledad y el olvido,
bella,
misteriosa y altiva, no querré nada más.

Los recuerdos me bastarán para vivir, será suficiente, recordaré y los recuerdos me
darán la paz.

Y más adelante, muchos años después


–a la edad que tengo–,
muchos años después de la muerte del joven hermano, su regreso aquí y su muerte,
después de que ese hermano haya salido definitivamente de nuestras vidas,
ustedes no pueden imaginarlo, todavía no ha muerto y ustedes no pueden pensar en
eso, el miedo a declinar,
las Bellas Desconsoladas,
ocupadas de su dolor,
ustedes no pueden ni suponerlo, pero él saldrá de nuestras vidas, lo olvidaremos, tú
puedes pensar otra cosa, pero lo olvidaremos, tú misma lo olvidarás,
y ellas también lo olvidarán,
nos arreglaremos, ustedes podrán resistirse, recordar los aniversarios, mantener su
tumba,
lavar y volver a lavar el embaldosado del cuarto, no tocar nada, no tirar nada, no dar
nada, un museo, el mausoleo campesino, nos pondremos de acuerdo y lo
olvidaremos.
Una tendrá un niño,
tú tendrás un hijo, acabarás por traer un hijo al mundo, te ríes, volvemos a hablar,
mi joven sobrino,
uno de esos idiotas que te insultan en la plaza, te hará un hijo, volvemos a hablar,
vas a volver del baile con tu vestido rojo desordenado y nos darás un hijo, y el
cuarto del niño será ese, el del joven hermano muerto, ¿una hermosa tarde de
limpieza, las ventanas abiertas para que entre el aire, el olor del jabón en el piso, el
olor de la cera en los muebles –¿recuerdas eso, el olor de la cera?– y las últimas
huellas, el bolso marinero, guardado en el desván…

Hoy, ustedes no quieren admitirlo, es demasiado pronto para admitirlo, mirar su


cadáver, porque ya era su cadáver delante de nosotras,
ahí, a nuestros pies,
y no querer admitirlo, tú no quieres entender, te resulta imposible, por encima de tus
fuerzas,
ustedes rehúsan admitirlo, pero nos pondremos de acuerdo.
Será necesario.
Nos pondremos de acuerdo.

Y más adelante todavía


–a la edad que tengo–,
muchos años más tarde,
cuando sea vieja, cuando me parezca a ella, la Madre, nuestra sólida madre, cuando
haya adquirido su porte, su aire,
cuando yo sea esa estatua, la que nunca llora y nunca nos dice nada, nunca, de lo
que siente,
cuando sea yo quien discuta las facturas con los proveedores, cuando empiece a
envejecer, la edad del renunciamiento, cuando todo haya terminado,
y todavía más adelante
–a la edad que tengo–,
muchos años más tarde,
si el deseo me invadiera de pronto,
si la vida de amar y ser amadas se impusiera, el deseo de que alguien venga por fin
y me lleve,
–lo habré merecido, ¿no lo crees?

Lo pensaré como un dolor tan grande, una catástrofe tan cruel, y sobre todo una
dramática ironía tan amarga, una burla de la vida, ¿no?, que me iré, espero que
encuentre la fuerza para huir, para gritar de cólera y huir, y lograré alejarme,

echaré a quien venga y me diga que me ama y quisiera que yo también lo amara y
habrá cometido el gran crimen de haber llegado demasiado tarde.
(…)

LA MAYOR. ¿Te irás?

LA SEGUNDA. No sé. ¿Acaso puedo decidir?


Como decía el joven hermano,
en su cama de niño, nuestro hombrecito, de donde sacaba esas frases que le daban
tanta ventaja:
«Quién no ha dejado su país a los treinta años, no lo dejará nunca mas…»
No sé.
En el límite de la edad, podría, si me apresuro, escaparme.
Él muere esta noche y yo me voy al alba, en plena desolación, tomo el primer
ómnibus hasta la nueva estación, no sé,
necesitaré fuerza.

¿Y tú?

LA MAYOR. Yo, como es esa cifra, treinta años, el límite de edad, es una grosería, eres
una muchacha grosera.

Las dos ríen, tal vez

Yo me quedaré, ¿no lo crees?, me quedaré definitivamente aquí, para conservar mi


rango y ocuparme de esas dos, las dos más viejas, para acompañarlas,
viviremos las tres juntas
y voy a pasar, supongo,
sin poder impedirlo, del grupo de las jóvenes al de las viejas, poco a poco,
no sé
–deben llamarnos de alguna manera, los otros, la gente–, envejeceré, despacio, sin
rebelarme, serena, quisiera que fuera así,

y seguiré dando mis clases, la Señorita Maestra, me protegeré de la vida, una cree
que se puede, una se lo promete a sí misma.
A partir de ese momento, ellas dos no desearán más nada, renunciarán, tengo miedo
de que se hundan con él, tengo miedo y las cuidaré.

LA MÁS JOVEN. No sé, la más joven, no sé,


ella, la única que puede tener todavía su oportunidad,
para quien las cosas pueden comenzar, por fin,
no sé, me iré, es probable, lo supongo, me iré.
¿Ustedes no me lo preguntan?

LA SEGUNDA. No, no te lo preguntamos.

LA MADRE. No, no te lo preguntan, pero se alarman.

LA MÁS JOVEN. Esperaré mi hora y me iré, es probable, yo también me iré y viviré mi


vida, supongo.

LA SEGUNDA. Eso exactamente, lo supongo, sí, pero no te lo preguntamos, lo


supongo, tú te irás, no te lo preguntamos, supongo, será como dices, pero no te lo
preguntábamos…

LA MAYOR. En el umbral de la casa, siempre las tres, esperando, sin saber nada, sin
separarnos jamás…
Apoyadas una en la otra, contando nuestra historia.
Las tres siempre.
Lo veía así.

Tal vez las cinco, ¿por qué no?, las cinco también, está bien…
(…)

LA MÁS VIEJA. ¿Qué tienes?


LA MADRE. Nada, me pareció oír un ruido.

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