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Doctorado en Arquitectura y Urbanismo

Facultad de Arquitectura, Urbanismo y Diseño


Universidad Nacional de Mar del Plata
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Acerca del conocimiento proyectual


El carácter científico —si es posible adjudicarle esa cualidad—, de la investigación
arquitectónica reside en el núcleo de la discusión acerca del conocimiento proyectual,
entendido éste como campo de saber específico de la arquitectura, y abocado a la construcción
de nuevo conocimiento. Su interés radica en ahondar en alternativas posibles de actuación
frente a un conjunto de escenarios potenciales, siempre diversos y cada vez más cambiantes.
Esta peculiaridad sienta las bases para revisar el modo de acercarse a la problemática y, por
ello, siguiendo a R. Fernández (2013, p. 19) “deben hacerse esfuerzos prioritarios en el doble
campo de investigar sobre y con el dispositivo proyectual”.
Para abordar ésta cuestión, debe aclararse en principio, — y en coincidencia con lo
expresado por Manuel Martín Hernández (1997, p. 19)—, que cualquier interrogación acerca
de ¿qué es la arquitectura?1 lleva consigo cierta analogía respecto a toda pregunta que pueda
hacerse en referencia a la esencia de las cosas. De hecho, han de encontrarse tantas
definiciones de arquitectura como arquitectos —o teóricos— haya dispuestos a arriesgarlas.
Sin embargo, a pesar del aparente sinsentido al momento de definir a la arquitectura,
existe un consenso manifiesto en que se trata de una disciplina en la que intervienen
determinadas habilidades, las cuales actúan en forma conjunta con cierta inspiración. Afirma,
en ese aspecto, Martín Hernández, que “no puede negarse que en todo discurso (científico,
artístico, filosófico…) es necesario, después un trabajo, una actividad disciplinar que se
alimenta de cierto oficio y que es la encargada de llevar aquella inspiración a su desarrollo”.
La idea se completa con lo acontecido en uno de los debates que se mantuvieron en un
encuentro referido a la “imaginación científica” celebrado en Barcelona en 1987 2. Allí, Jesús
Mosterín apuntó la inevitable existencia de tres ingredientes para fomentar la ciencia:
“imaginación salvaje, disciplina y buena suerte”. El filósofo español se refería al
descubrimiento científico pero “parece indiscutible la necesidad de aplicar esa trilogía a todos
los campos de la invención”. Y además, para Martín Hernández (1997, p. 15), “era evidente la
necesidad de incorporar la buena suerte —una reflexión acerca del azar— a los procesos
científicos”, proponiendo, a renglón seguido, en referencia a la arquitectura, “dos categorías
esenciales más: el sentido común —porque por desgracia no suele estar tan clara la necesidad
de moverse en torno a lo obvio— y la capacidad de hacer preguntas”.
Por su parte, J. Sarquís (2003, p. 24) refuerza esta idea de entender a la arquitectura
como una actividad predominantemente práctica, refiriendo al “momento proyectual —como
actividad poiética, en posesión de una determinada techné—”, el cual sigue determinadas

1 En su discurso en Agradecimiento por la Royal Medal (1959) uno de los maestros del Movimiento
Moderno, Ludwig Mies van der Rohe, confesó: “…en cierta ocasión le pregunté a un profesor ¿qué es
la arquitectura?, a lo que me contestó: ‘No haga preguntas tontas’. Pero las hago. Eso fue todo lo que
pudimos sacar. Aprendí más de los edificios antiguos que de ese hombre, aprendí de esos edificios que
poseen una finalidad y una construcción simples y magníficas, de su ejecución, de su maravillosa
proporción y ausencia de alambicamiento. De ahí aprendí. Aquellas vetustas edificaciones han sido
fuente de inspiración incluso actualmente”.
2 En (Haken et al., 1990, p. 112) Citado por Martín Hernández (p. 15))
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reglas que se renuevan permanentemente y que, en general, cuestionan o re-formulan la


dimensión teórica. Las cualidades de hábito o repetición de estas reglas o técnicas,
‘universalizables y enseñables’, coexisten con otras, más personales, que resultan de
improbable transmisión.
Ahora bien, llevada al extremo, una caracterización eminentemente práctica de la
arquitectura puede llevar —y de hecho ha llevado— a preconizar el carácter superfluo de la
teoría. Nada más erróneo. Siguiendo a J. R. Morales (1999, p. 104) la arquitectura no
pertenece al universo de ‘lo dado’, aquello que se encuentra sin una intervención humana,
sino que por el contrario, “...supone, principalmente, un hacer, y, por tanto, su auténtica
comprensión requiere establecer previamente cuales fueron las condiciones de semejantes
acciones especializadas”.
Es en este sentido que A. Muñoz Cosme (2008, p. 197), a partir de la particular
convergencia de diversos campos epistemológicos, refiere al quehacer arquitectónico y, en
especial, a su modo de aprendizaje, al que caracteriza como “un proceso complejo en el que
confluyen diferentes conocimientos y capacidades que se adquieren en las distintas
asignaturas de la carrera, conviviendo con algunos propios de la práctica proyectual para, en
su conjunción, lograr la síntesis creativa del proyecto”. Ha de tratarse entonces de conseguir
una base de conocimientos de arquitectura, cultivar al estudiante y dar las herramientas
necesarias para que luego, por sí solo, a través del proyecto pueda seguir cultivándose. Dicho
de otra forma, es asumir el proyecto como una herramienta de conocimiento, tal vez la mejor
herramienta que puede disponer un arquitecto (Rossi, 1977).

Algunas notas para abordar un fenómeno complejo


El denominado “paradigma de la complejidad”, siguiendo a Edgar Morín (1995, p.
10), “puede enunciarse tan sencillamente como el de la simplicidad: mientras este último
propone separar y reducir, el paradigma de la complejidad preconiza reunir sin dejar de
distinguir”. En este sentido, el mismo autor, en (1995, p. 34) propone “sustituir al paradigma
de disyunción / reducción / unidimensionalización por un paradigma de distinción /
conjunción que permita distinguir sin desarticular, asociar sin identificar o reducir”. La
característica esencial de un fenómeno complejo reside en la intervención distintos elementos,
pero para su conocimiento no resulta suficiente el saber profundo acerca de cada uno de ellos
sino que, por sobre todo, interesa comprender la dinámica en que éstos interactúan, se retro-
alimentan y se relacionan con el entorno, siguiendo la visión de Paul Cilliers (1998).
Dando por cierto que éste paradigma refiere, al menos, al ámbito de la ciencia,
resulta necesario revisar cuál sería su aporte respecto del conocimiento proyectual. Para
sortear esta disyuntiva puede arriesgarse, inicialmente, un parangón entre la generación del
saber científico y la producción en el ámbito de la arquitectura:
En términos generales, la ciencia investiga una problemática —sea ésta teórica o
práctica—, en un área o ámbito científico determinado, con un núcleo teórico consolidado,
bajo la dirección de un experto reconocido, con un método determinado, cuyos resultados se
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exponen en publicaciones especializadas para, luego, ser reconocidos por la comunidad


científica, conformando nuevas expectativas o predicciones.
En el campo de la arquitectura, algún Arquitecto, (o Estudio de Arquitectura)
reconocido3, realiza una obra —con determinada finalidad—, sustentada en cierta teoría (o
lógica) que, a partir de la producción de la misma obra, de la interacción con el destinatario y
de la intervención de la crítica, se consolida o se revisa. Claro que lo que con más asiduidad
se traslada a las publicaciones especializadas es la representación de la obra, relegándose sólo
a algunos pocos casos la publicación de la teoría que la sustenta. Quizá la característica más
marcada aparece en tanto aquellos arquitectos que se dedican a la teoría, en general, no hacen
práctica proyectual, y viceversa. Según este proceso, la teoría toma como referencia a la
práctica pero, no necesariamente, con la intención de modificarla.
Según R. Doberti, “el proyecto (considerado en todas sus modalidades) tiene el
mismo rango, el mismo valor identificatorio y primordial que tienen la Ciencia, el Arte y la
Tecnología. Esto significa, también de manera muy clara y precisa, que no puede subsumirse
en ninguna de las posiciones, ni es una mezcla ni combinación de ellas. Las distintas
posiciones, en todo caso, no delimitarían sectores inconexos sino, por el contrario, fronteras
porosas, donde influencias, capacitaciones, procedimientos y aportes circularían entre ellas.4”
En esta linea de revisión interesa incorporar la cuestión de la investigación
proyectual que podría abordarse por un lado, en tanto hecho anticipado “como entidad
conceptual fundante” además de “como instrumento o medio de generación de conocimiento”
(Fernández, 2013, p. 144), pero que excede los límites del presente trabajo y será repasado en
el próximo, en relación al ST5 dictado por el Dr. Jorge Sarquís.

3 En tanto hasta los años 60/70 eran conocidos como “vanguardia”, en la actualidad a los arquitectos (o
estudios de arquitectura), reconocidos a nivel internacional —y también, en cierta medida, del ámbito
regional— conforman el denominado “Star System” (Sistema de Estrellas).
4 Conceptos desarrollados por R. Doberti en el Seminario de Epistemología Proyectual, en el marco del
Doctorado FADU-UBA. Citado por (Mazzeo & Romano, 2007, p. 58 Nota 8)