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Caminos de emancipación: interesarse por la música compuesta, interpretada y producida por

mujeres como un acto político

"La cuestión de la mujer como creadora de bienes musicales


comienza a menudo con una frase dicha
y oída con admirado asombro:
¡Para una mujer, no está mal!"
Graciela Paraskevaídis

"A pesar de todo lo que los estándares tradicionales se han modificado,


podemos constatar que desde que nacemos
las instituciones nos clasifican en varones y mujeres,
y que las estadísticas dicen que las artistas
clasificadas como mujeres representan, en el mejor de los casos,
un 30% de lo que se realiza en el mundo del arte."
Andrea Giunta

1. Primer impulso
En el año 1986 Graciela Paraskevaídis publicaba en Montevideo un artículo llamado "Acerca de las
mujeres que, además de ser mujeres, componen", intentando brindar un panorama latinoamericano
sobre la situación de las mujeres en la música. Allí explicitaba algunas reflexiones básicas para pensar
en la complejidad del problema, que propongo tomar como elementos para trazar un posible proceso
histórico uruguayo en la reivindicación de la participación femenina en el ambiente musical. En ese
artículo, la compositora y musicóloga asociaba el machismo con el colonialismo: "Acerca de (el
machismo), cabría destacar que, él también, fue generado por fuentes europeas (...), implantado con
los mismos sutiles métodos con que se llevaron a cabo exterminios y humillaciones, a las subsiguientes
generaciones de criollos, muchos de cuyos representantes se sintieron orgullosos de ejercerlo,
configurando así otro rasgo de coloniaje."
Si bien supone una posición de alternativa latinoamericanista a la idea de las sociedades europeas
como preconizadoras de la libertad sexual y propone que fueron justamente los europeos quienes
instalaron el machismo en América Latina, pensar la perspectiva de género en relación al colonialismo
es el primer signo de una postura donde la lucha de las mujeres aparece condicionada
necesariamente por otros sistemas de opresión, que impiden pensarla como reivindicación aislada o
específica. En el artículo aparecen problemas que el feminismo posterior destacaría como
fundamentales: la necesidad de las mujeres de imitar modelos masculinos para autoafirmarse, su baja
autoestima, sus roles tradicionales como educadoras musicales, cantantes o instrumentistas (en
desmedro de la composición). Pero hay muchos otros aspectos que escapan de su reflexión, como la
dimensión que ocupan las tareas de cuidado en la dificultad de las mujeres para acceder a ser
creadoras de cultura, o la enorme pregunta de por qué, si las mujeres igualan la formación y
escolarización de los varones hasta la educación terciaria, el mercado de trabajo sigue presentando
una brecha de género alarmante. De hecho el artículo puede ser leído como contradictorio, como una
reflexión a medio camino, propia de una mujer que, casi en solitario, empezaba un proceso de
deconstrucción del mandato de género. Por un lado atisba a definir la problemática del acceso de las
mujeres a la creación artística como un cuerpo de reflexión particular, necesario de ser aislado y
pensado en sí mismo, pero por el otro asume que las luchas femeninas solo son válidas en la medida
en que se integran a un proceso de emancipación de clase que abarca hombres y mujeres por igual,
sin distinguir diferenciaciones.
Paraskevaídis afirma que uno de los problemas es: "La relativa incapacidad (de la mujer compositora)
(...) para asumir sus responsabilidades y concentrar esfuerzos en la problemática que la afecta, como
mujer y como creadora, en su ámbito socio cultural". Es decir, reconoce que hay una problemática
única a la que se enfrenta la mujer como sujeto social. Pero después dice: "La tarea de la compositora
no se diferencia entonces, en nuestra realidad de acá y de hoy, de la de su colega masculino: consiste
en optar por el desafío histórico y por su derecho a existir para contribuir al trabajoso logro de los
inevitables cambios que se van afirmando en nuestro continente. (...) Es decir que hablar de la
problemática de la compositora es irrelevante en sí, si no está integrada al contexto latinoamericano.
(...) El problema de la compositora en América Latina es igual al problema de las luchas que - en
América Latina y en todas partes- libran cotidianamente, anónimamente, hombres y mujeres." Esta
mirada donde la lucha contra la explotación de clase es más importante que el feminismo, y que
asume que la victoria traerá aparejada una abolición implícita del machismo, la lleva a despreciar
ciertos feminismos que se presentaban como autónomos. Asume como un hecho negativo "la
tendencia hacia el "gueto" femenino, traducido, por ejemplo, en festivales con música solo de
compositoras, a veces tocada solo por intérpretes femeninas y tal vez para un público exclusivamente
femenino, que no hace más que afianzar el continuismo del papel femenino tradicional de "objeto"
(...)".
En su libro Feminismo y arte latinoamericano la escritora argentina Andrea Giunta reconoce esta
postura como uno de los impedimentos de avance del feminismo en el arte: "(las iniciativas
feministas) en casi todos los países del Cono Sur se habían visto frenadas por dos razones principales:
la invalidación hacia la militancia feminista proveniente de las formaciones de la izquierda, que
entendían que esta debilitaba el frente común al que aspiraba la revolución y, en segundo lugar, la
violencia represiva de las dictaduras militares (...)"
De todas maneras, leído después de más de treinta años, es interesante proponer este artículo de
Paraskevaídis como una de las piedras fundacionales de un pensamiento que buscaba con timidez el
espacio en Uruguay para la pregunta específica: ¿qué significa hacer música y ser mujer?; reconocer
que Graciela, mujer compositora estimulada por el pensamiento crítico de izquierda, tuvo la
necesidad de hacerse esa pregunta (cuya intensidad urgente se traduce sobre todo en el título del
artículo).
2. Diagnóstico efectivo
Muchos años después, en 2012, un grupo de mujeres volvió a sentir la necesidad de reflexionar sobre
el papel que cumplían las mujeres en la cultura uruguaya. Me refiero al libro Mujeres de la cultura,
coordinado por Susana Dominizain y que contiene un trabajo de María Victoria Espasandín llamado
"Músicas y música". En él la autora cita estadísticas del "Primer informe desde una perspectiva de
género del sector de la música" (Soledad González, 2008) que afirma que 8 de cada 10 músicxs son
varones, y que 8 de cada 10 docentes de música son mujeres. También refiere a la segregación de las
mujeres en oficios técnicos (iluminación, sonido), y revela que durante 2008 se editaron 142 discos, de
los cuales 115 corresponden a solistas o a grupos, 89 pertenecen a grupos conformados en su
totalidad por hombres, 8 a grupos de mujeres y 17 mixtos. Sería interesante contar con un informe
que actualizara esos números, pero aunque existe una tendencia mayor de visibilidad de las mujeres
en la música, es difícil saber con exactitud cuánto se han mejorado (de hecho, si tomamos como
referencia el Carnaval Oficial del Uruguay, en 2018 las mujeres representaron solamente un 12% de los
componentes de todos los conjuntos, y salvo en vestuario y maquillaje, su participación fue de menos
de un 30% en todos los rubros técnicos, incluidos coreografía y puesta en escena).
El trabajo de Espasandín se centra en realizar un diagnóstico de las problemáticas que las propias
mujeres de la música asumen como propias, y piensa de manera compleja el por qué de la restricción
sistemática de su acceso y participación. Las entrevistadas muestran una extensa formación
universitaria, en escuelas de música, en el área de la educación, etc; de todas maneras, la mayoría
reconoce sufrir la condición de género. Las discriminaciones son interseccionales: si sos del interior es
peor, si sos de raza negra es peor, si te dedicás a ciertos géneros musicales asociados con menor
calidad, es peor. Montevideo es un espacio de posibilidades, pero en el imaginario general la gran
salida laboral se encuentra en el exterior del país. La docencia es el medio de subsistencia de la
mayoría de las entrevistadas, a diferencia de los varones, que son en general quienes tocan, quienes
ejecutan los instrumentos. Las mujeres enseñan, los hombres tocan: según este trabajo de hace seis
años, son realmente muy pocas las mujeres que logran tener un empleo formal vinculado a hacer
música. El trabajo independiente no brinda seguridad económica ni derechos laborales, y el
multiempleo se presenta como única opción. La vida familiar y la obligación de realizar tareas de
cuidados juegan un papel importante en la dificultad de acceder a un tiempo disponible para
dedicarse a la música. "Trabajar en el ámbito musical implica noches de ensayo, fines de semana de
actuación. Conciliar la vida familiar y laboral no es tarea sencilla" (Espasandín, 2012). El matrimonio,
la maternidad, son razones por las que las mujeres abandonan la vocación, en pos de trabajos más
formales o para dedicarse al cuidado de los hijos y la organización de la vida doméstica.
Otra reflexión bastante común entre las mujeres entrevistadas es que son los varones quienes deben
habilitarlas para que puedan entrar al mundo de la música: relaciones de parentesco, de docente-
alumna, de padrino/mentor-protegida. Por otro lado, la interpretación aparece como un lugar clásico
a ocupar por las mujeres, mucho más que la composición. En este sentido, resulta muy interesante
reflexionar sobre qué es considerado "creación musical" y cómo se ha relegado el trabajo creativo de
la intérprete a un lugar de prestigio muy inferior al compositivo. El sinónimo de "crear música" suele
ser el de componer, cuando nuestra historia está llena no solo de mujeres que armaron repertorio
popular trascendente sino que, gracias a ellas, se sostuvieron y difundieron diversos géneros llamados
"menores" de los que muchas veces ni siquiera tenemos registros: tango, candombe, géneros
melódicos, boleros, etc. La casi totalidad de la historia de las mujeres uruguayas en la cultura popular
se encuentra invisibilizada; es el caso por ejemplo de las mujeres murguistas, ausentes por completo
del canon tradicional, o de las cantantes de candombe o revistas, donde salvo escasísimas excepciones
sus nombres no integran ningún registro en la Historia Musical uruguaya.
En la segmentación de los géneros musicales, aquellos donde las mujeres ocupan más espacios gozan
de menor prestigio. La asociación de ciertos géneros (la murga o el rock, por ejemplo) con la
masculinidad, funciona como un valor de prestigio social y estético. De este modo, la mayor parte de
los reconocimientos del ámbito musical son para los varones, en modo de premiaciones o de
contrataciones. Muchas veces las mujeres no cobran por realizar actuaciones donde los conjuntos
masculinos sí son remunerados. Hay una naturalización de la desigualdad, y todavía cuesta que
muchas mujeres se hagan esa pregunta que inauguraba Paraskevaídis en los ochenta: ¿qué significa
hacer música y ser mujer? Espasandín afirma que muchas mujeres no se cuestionan su ingreso a
espacios o géneros tradicionalmente reservados a los varones: "En ocasiones las mujeres construyen
esas barreras, asumen como natural que ese espacio no es para ellas." El artículo, al que puede
accederse en internet, trabaja aun con más conclusiones que diagnostican la situación de
discriminación flagrante que sufren las mujeres al salir de un "deber ser" que va en contra de su
vocación, su deseo y su realización, incluso después de años de estudio, autogestión y experiencia.
3. ¿Cómo modificamos la brecha de género en la música y el arte?
Andrea Giunta cita en su libro ciertas preguntas de la escritora Maura Reilly que creo perfectas para
pensar en la situación en que nos encontramos:
"Si no podemos ayudar a otros a ver los problemas estructurales, no podemos empezar a arreglarlos.
¿Qué podemos hacer para promover una representación justa y con mayor conciencia en el mundo del
arte? ¿Cómo podemos lograr que los que participan del mundo del arte reconozcan, acepten y sean
conscientes de que sí hay desigualdad entre los sexos? ¿Cómo podemos educar a los incrédulos que
afirman que, porque hay señales de mejora, la batalla ha sido ganada?"
Giunta reflexiona sobre ciertos caminos que se abren como posibles para una sociedad que se haga
cargo de que se está perdiendo de escuchar las voces femeninas, su creación interpretativa y
compositiva, sus aportes estéticos y políticos. Propone que es importante que las mujeres estudiemos
estos problemas, alzando nuestras opiniones al respecto con claridad. Destaca a su vez la importancia
del periodismo cultural en la generación de nuevos cánones, que incluyan en su mirada la valoración
de género. También es fundamental que las propias artistas activen formas de conciencia, y tejan
redes de apoyo entre sí; es necesario destruir "una desigualdad que el medio no reconoce, dado el
poder del que gozan una serie de ideologemas que actúan como dispositivos deslegitimadores del
problema, impiden el abordaje crítico y paralizan el análisis intelectual, teórico o estadístico." (Giunta,
2018).
Es evidente que los procesos que Paraskaveídis denigraba en los ochenta por ser tendientes "al gueto
femenino" son realmente fundamentales para un avance de las mujeres en la música. Festivales de
mujeres, eventos con artistas mujeres, espacios como los que se han ensayado en Uruguay donde las
intérpretes, instrumentistas y compositoras se encuentran, no solamente funcionan como
oportunidades de encuentro y reconocimiento entre ellas sino que posibilitan en el público la
apertura a una nueva valoración artística, donde la calidad no sea la única medición posible (sobre
todo si entendemos "calidad" como una suerte de construcciones culturales de medida pseudo
objetiva que lo que hacen es cerrar el camino a una cantidad de otras valoraciones y diálogos posibles
entre los artistas y su público). Si permitimos que la episteme de la "calidad" sea la única medida
mensurable y deseable para la gestión pública y privada, nunca saldremos de esos "ideologemas
dominantes" de los que habla Andrea Giunta, que son los que hacen que a las murgas de mujeres no
se las considere murgas, o que se le pida perfección absoluta a una música mujer cuando se es mucho
más tolerante con errores de interpretación o ejecución masculinos. El problema con esos
ideologemas de "calidad" es que no son inocentes: encierran una mirada ideológica que controla,
ordena y domestica la diversidad. El músico y escritor Guillermo Lamolle escribía este febrero a
propósito de la tendencia al estándar y la anulación de ciertas expresiones pobres y humildes en el
carnaval: "Quien puede cantar en murga, puede hacerlo en un coro “de los otros”, y viceversa, y el que
puede escribir letras de carnaval también debe poder guionar un programa de televisión o una
desopilante comedia de enredos. Total, es todo lo mismo. Tabla rasa: uniformidad y chatura,
paradójicamente, son impulsadas en nombre de la cultura y el buen gusto." (La Diaria, 2018)
Modificar la exclusión de las artistas mujeres y su situación de discriminación es una responsabilidad
de toda la sociedad uruguaya. En ese sentido, es importantísimo también asumir nuestro rol como
consumidoras: las mujeres somos las que definimos en gran medida el consumo cultural. A pesar de
estar mucho menos representadas sobre el escenario, en la pantalla, en la escritura, somos quienes
más compramos entradas, quienes más leemos y vamos al cine. Entonces, en ese sentido, tenemos en
nuestras manos la responsabilidad de apoyar, investigar y concurrir a las propuestas de nuestras
músicas mujeres. Reconocernos y valorarnos entre nosotras es un acto político; intentar poner en
diálogo nuestras feminidades con la idea de un esquema de representación cultural que nos incluya
mucho más, que nos interpele desde nuestro rol social, que nos libere espacios de creación y
expresión comunitarias y colectivas. Consumir cultura hecha por mujeres también es un acto político
de emancipación, que ayuda a que el arte cumpla con uno de sus objetivos sociales más importantes:
la rebelión contra lo establecido; la posibilidad de soñar otros mundos posibles.

Soledad Castro Lazaroff

Bibliografía:

Dominzain, Susana; María Victoria Espasandín y otras: Mujeres de la cultura. Ed. Trilce, Montevideo,
2012.
Giunta, Andrea: Feminismo y arte latinoamericano. Ed. Siglo veintiuno, Argentina, 2018
Lamolle, Guillermo: Bastará con su acento (artículo publicado en La Diaria, Montevideo, de febrero
de 2018).
Paraskevaídis, Graciela: Acerca de las mujeres que además de ser mujeres, escriben. Revista La del
Taller Número 5, Ed. América Latina, Montevideo, 1986.