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colección general psicoanálisis


I m a g in a rio , Simbólico, Real.
Aporte de Lacan al psicoanálisis
I m a g in a rio , Simbólico, Real.
Aporte de Lacan al psicoanálisis

C a rm en Lucía Díaz editora

VICERRECTORÍA INVESTIGACIÓN
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FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS


DE
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2014
cat alo gació n en la publicación universidad nacional de colombia

Imaginario, Simbólico, Real : aporte de Lacan al psicoanálisis / Carmen Lucía Díaz L., editora. -- Bogotá
: Universidad Nacional de Colombia. Vicerrectoría de Investigación. Dirección de Investigación Sede
Bogota: Facultad de Ciencias Humanas. Escuela de Estudios en Psicoanálisis y Cultura, 2014.
196 p. – (Biblioteca abierta. Psicoanálisis)

Incluye referencias bibliográficas


ISBN : 978-958-761-952-2

Freud, Sigmund, 1856-1939 2. Lacan, Jacques, 1901-1981 3. Psicoanálisis 4. Psicoanálisis – Historia 5.


Filosofía del simbolismo I. Díaz Leguizamón, Carmen Lucía, 1958-, editor II. Serie

CDD-21 150.195 / 2014

Im aginario, Simbólico, Real. A p o r t e de Lacan al psicoanálisis


Biblioteca A b ie rta
Colección General, serie Psicoanálisis

© Unive rsidad Nacional de Co lo mb ia ,


sede B o go tá , Facultad de Ciencias Humanas,
Escuela de Estudios en Psicoanálisis y C ultu ra
Primera edición, 2014

ISBN : 978-958-761-952-2

© V ice rrecto ría d e In ves tigac ió n, sede Bo go tá, 2014

© E dito rial U niversidad Nacional de C olo m bia , 2014

© E dito ra
Carmen Lucía Díaz, 2014

©Varios a utores , 2014

Facultad de Ciencias Humanas


Comité editorial
Sergio Bolaños Cuéllar, decano
Jorge Rojas Otálora, vicedecano académico
Luz Amparo Fajardo, vicedecana de investigación
Jorge Aurelio Díaz, profesor especial
Myriam Constanza Moya, profesora asociada
Yuri Jack Gómez, profesor asociado

Diseño original de la Colección Biblioteca Abierta


Camilo Umaña

Preparación editorial
Centro Editorial de la Facultad de Ciencias Humanas
Esteban Giraldo González, director
Felipe Solano Fitzgerald, coordinación editorial
Diego Mesa Quintero, coordinación gráfica
editorial_fch@unal.edu.co
www.humanas.unal.edu.co

Bogotá, 2014

Prohibida la reproducción total o parcial por cualquier medio,


sin la autorización escrita del titular de los derechos patrimoniales.
C o n te n id o

Introducción 9

Sylvia De Castro
Psicoanálisis: el aporte de Lacan. Imaginario, Simbólico, Real 19

LO IMAGINARIO
C a r me n Lucía Díaz
El cuerpo y el yo: en su origen, lo imaginario 35

J uan Carlos Suzunaga


La agresividad en el psicoanálisis 53

LO SIMBÓLICO
Á l v a r o Reyes
Las formaciones inconscientes y lo simbólico 73

Sylvia De Castro
El síntoma como metáfora: entre sentido y mensaje 93
LO REAL

B elé n del Ro c í o M o r e n o
El concepto de pulsión de Freud a Lacan 123

Gloria Helena Gómez


De Freud a Lacan: lalengua determina el goce en el cuerpo 159

Los autores 181

Índice de materias 185

Índice de nombres 193


In tro du cción

Freud, c r e a d o r d e l psicoanálisis, descubrió el inconsciente


y elaboró su teoría del psiquismo con un modelo cuyo paradigma
fue una estructura organizada por el conflicto entre las instancias
que lo constituyen, ello, yo, superyó, con características dinámicas
inconscientes o preconscientes-conscientes, y con montos ener-
géticos libidinales que fluctúan entre el placer y el displacer. A la
vez, el principio del placer y su más allá, la repetición, fueron re-
conocidos como los regentes del psiquismo inconsciente. Muchos
otros elementos conforman su compleja dinámica, entre ellos la
incoercible acción pulsional, la indestructibilidad del deseo, la per-
tinaz defensa del yo frente al trauma, la resistencia para develar
lo inconsciente y, simultáneamente, la insistencia de lo reprimido
por retornar a través de las llamadas formaciones del inconsciente,
como los sueños, los actos fallidos, los síntomas, sostenidas en el
lenguaje con sus ingenios y resonancias.
Los recursos científicos existentes en la época, derivados de
la bioquímica, la mecánica y la dinámica energética, incidieron
en los planteamientos freudianos al servir como explicación de
su modelo de psiquismo. Sin embargo, el vínculo del lenguaje
con el inconsciente siempre estuvo presente en su obra, así como

9
Carmen Lucía Díaz

la prelación dada a las representaciones de lo escuchado, de lo


visto, de lo vivido, con sus posibles sentidos latentes. De este
modo sus articulaciones se distanciaron de los determinismos
meramente biológicos y mecánicos; tanto más al reconocer que
las representaciones se forjan gracias a las huellas trazadas en la
memoria, derivadas de la experiencia con el prójimo. La cultura
de Freud, su espíritu investigativo y genialidad le permitieron
enriquecer su pensamiento, de donde resultó una teoría rigurosa y
rica en complejidad sobre el alma humana.
Su concepción sobre aquello que funda al sujeto en lo más
constituyente e íntimo se anticipó a planteamientos posteriores de-
sarrolladas en diversos ámbitos, principalmente por autores de la
antropología, la lingüística, la ciencia de las religiones, tales como
la prohibición del incesto en el fundamento de lo humano (Lévi-
Strauss), los mecanismos del lenguaje operados por desplazamientos,
condensaciones e insistencias, organizadores del pensamiento y de
la formación de símbolos (Ferdinand de Saussure, Roman Jakobson
y Émile Benveniste).
La lucidez de su teorización, que dio lugar a la formulación de
los distintos conceptos psicoanalíticos, presenta algunas dificultades
relativas no solo al paradigma energético utilizado, sino también a
los deslindes imprecisos entre algunos de sus conceptos, pero estas
no demeritan la potencia de su teoría tanto en los derroteros del psi-
coanálisis mismo, como en su aporte a otras disciplinas, a las in-
tervenciones clínicas desde lo psíquico (casi todas las psicoterapias
tienen su origen en el psicoanálisis) y en general a la cultura, en al-
gunos de cuyos movimientos y significaciones el pensamiento psi-
coanalítico ha tenido enorme influencia.
Jacques Lacan, psicoanalista francés, trabajó a la letra los
textos freudianos, en la búsqueda de restituir el espíritu esencial
del pensamiento formulado por el fundador del psicoanálisis,
perdido en las elaboraciones de los llamados «posfreudianos». A la
vez que propendió por el retorno al espíritu freudiano, Lacan aclaró
conceptos que en la obra de Freud resultan oscuros y se prestan a

10
Introducción

confusión (de donde se derivaron algunos de los desvíos del pen-


samiento psicoanalítico), e introdujo el paradigma del lenguaje a
cambio del energético, señalando al inconsciente como efecto del
lenguaje, organizado a partir de sus leyes y de su lógica.
Ubicar las leyes del lenguaje formadoras de la lógica del incons-
ciente llevó a Lacan a dar le prelación al significante como aquello
que irrumpe de manera sorpresiva en lo proferido por alguien. El
significante, explícito y a la vez cifrado, no solo se enlaza a otros
significantes, sino que en su encadenamiento también representa al
sujeto, con lo cual permite que surja por momentos para develar algo
de lo inconsciente en quien logre escucharlo. Al rearticular el pensa-
miento de Freud desde la perspectiva de las leyes del lenguaje, Lacan
sitúa las figuras de la retórica como los mecanismos básicos con los
que opera el inconsciente; así, la metáfora y la metonimia resultan
análogas de los mecanismos fundamentales de la operación incons-
ciente, ya expuestos por Freud: la condensación y el desplazamiento.
Lacan revisó las tesis freudianas en un momento extraordinario
del pensamiento occidental, tiempo en el cual confluyeron grandes
teóricos y el estructuralismo se encontraba a la vanguardia; se trata
de las primeras décadas de la segunda mitad del siglo XX. En medio
de distintas corrientes de pensamiento, en cuanto psicoanalista, él
generó la suya.
[…] una posición teórica absolutamente singular define Lacan.
Ilustrado, por un lado, por su experiencia clínica y guiado por el
modelo de la certeza científica, renueva el concepto de inconsciente,
en tanto sistema de determinación de la experiencia subjetiva. Del
otro, mantiene, a riesgo de renovarla en profundidad, la noción
de sujeto, que era central en la fenomenología —en Sartre, espe-
cialmente, que liga al sujeto a una teoría de la conciencia y de la
libertad—. El camino de Lacan va cresteando y toma una arista to-
talmente propia: […], capta la herencia estructuralista y la vuelve
a fundar, mostrando que el inconsciente, estructurado «como un
lenguaje», determina la constitución del sujeto; […], vuelve a des-
plegar el concepto de sujeto en toda su radicalidad, afirmando la

11
Carmen Lucía Díaz

posibilidad, que cabe a cada uno, de comprometerse con libertad


asumiendo riesgos de carácter ético.1

Concebir el inconsciente como efecto del lenguaje, apoyándose


a la vez en teóricos del lenguaje, la antropología, la filosofía y las
matemáticas, y en obras literarias, en el arte, en la óptica, la teoría
de los conjuntos y la topología, le permitió aclarar e iluminar en
detalle la teoría del inconsciente revelada por Freud, precisando
y resituando su conceptualización. Además, esas fuentes diversas
potenciaron sus propias elaboraciones, soportadas en lógicas de-
finidas, y con su singular ingenio generó un sustantivo avance
de la teoría psicoanalítica al introducir nuevos conceptos y para-
digmas en la explicación del intrincado mundo subjetivo. En su
propósito de formulación, Lacan construyó matemas, grafos; se
sirvió también del recurso a las figuras topológicas y al trabajo con
nudos. Hizo un uso particular de la escritura para formalizar así la
estructura del sujeto del inconsciente.
Entonces, no solo aportó una reflexión ineludible sobre el
sujeto del que se ocupa la experiencia psicoanalítica, al haber des-
tacado el lugar del lenguaje y su incidencia en la subjetivación y en
la construcción de los lazos sociales, sino que además sitúo, vía el
tratamiento de lo pulsional, el límite del lenguaje para dar cuenta
del ser del sujeto.
Los desarrollos de Lacan han contribuido a dotar a los psi-
coanalistas de herramientas conceptuales, metodológicas y éticas
capaces de responder al desafío de sostener la disciplina en el pa-
norama actual de la ciencia y la cultura.
Uno de sus grandes aportes fue introducir el paradigma re-
ferido al ternario imaginario, simbólico y real como registros esen-
ciales de la realidad humana y organizadores fundamentales del
sujeto del inconsciente. Con este ternario conceptual surge un
nuevo modelo para pensar la experiencia subjetiva inconsciente,
sus relaciones con la consciencia, su vínculo con los otros, con el

1 Alain Badiou en Élisabeth Roudinesco y Alain Badiou, Jacques Lacan.


Pasado-presente. Diálogos (Buenos Aires: Edhasa, 2012), 63.

12
Introducción

cuerpo y con la cultura. Su introducción no solamente subtiende


toda la elaboración de los conceptos lacanianos, sino que además
produce efectos de reordenamiento del edificio conceptual del psi-
coanálisis legado por Freud, al situar en uno u otro de los registros
el conjunto de los diferentes tópicos que constituyen su campo.
Este paradigma posibilita entonces ubicar más claramente las dis-
tintas dimensiones en que se viven y se analizan las experiencias y
los fenómenos humanos, al tiempo que hace viable una mayor cla-
ridad conceptual y un más preciso ordenamiento de la experiencia
psicoanalítica en la conducción de una cura.
Lo imaginario se define por excelencia como el lugar del
yo, con sus fenómenos de ilusión y engaño, captación, señuelo y
con-fusión, que inducen la fascinación erótica, el narcisismo y
la rivalidad mortífera en las relaciones entre los semejantes. Lo
simbólico designa el registro cuyo fundamento es el lenguaje, es
decir, los significantes que a la vez que determinan al sujeto, le
permiten separarse del Otro; hace referencia al deseo regulado por
la Ley que rige los intercambios y ordena los vínculos humanos, y
a las formaciones del inconsciente que, como efectos del lenguaje,
también constituyen este registro. Lo real permite situar aquello
que escapa al registro de las imágenes y las palabras, que queda
confinado al orden de lo imposible y de lo que vuelve siempre al
mismo lugar; podemos ubicar en esta categoría los aspectos re-
lativos al goce pulsional, a las marcas fundantes del sujeto, al
trauma, a la angustia y a aquellas determinaciones que acom-
pañan al organismo viviente. Así, localiza una dimensión de lo
real como efecto de la intervención simbólica e imaginaria y como
consecuencia del mal encuentro con el Otro, y otra dimensión re-
lacionada con el equipamiento del organismo viviente y aquello
inmodificable que se le impone.
Desde muy temprano en la obra de Lacan están presentes
estos registros, pero el énfasis dado y la comprensión lograda de
cada uno varían a medida que elabora su teoría, sin descuidar en el
recorrido el interés por definir y encontrar los límites de cada uno
de ellos. Inicialmente el acento recayó sobre lo imaginario, luego
fue lo simbólico el registro que más ocupó su interés y, finalmente,

13
Carmen Lucía Díaz

sus elaboraciones destacaron lo real. Sin embargo, a pesar de los


énfasis, según el momento de construcción teórica, los registros
adquieren entre sí una relación estructural, de nudo, la cual se
hace explícita en el nudo borromeo con sus distintas transforma-
ciones, e, incluso, en sus distintos accidentes o desanudamientos,
que Lacan denominó «lapsus del nudo». Estos registros o dimen-
siones, que se desagregan solo con propósitos comprensivos del
carácter de la realidad concernida, se encuentran anudados en la
dinámica de lo humano, privilegiándose uno u otro según la expe-
riencia de la que se trate; además, según el modo en que se anuden
o el privilegio que tome alguno, se organizará su estructura sub-
jetiva, el síntoma, el fantasma… en función de las características
singulares de la realidad psíquica.
El énfasis que hace en lo imaginario aparece por su interés
en el narcisismo y el yo, que Lacan derivó de su trabajo sobre la
psicosis paranoica, asunto que lo llevó a elaborar el Estadio del
Espejo en la formación de la instancia yoica y a su crítica al desvío
de aquel psicoanálisis que insiste en la adaptación del yo. Lo sim-
bólico ocupa un buen tiempo de su investigación en la perspectiva
de resituar el alcance de la cura psicoanalítica, la relación entre el
deseo y la ley como efectos del lenguaje, la organización del sujeto y
su deriva en el encadenamiento significante. El abandono de la pri-
macía de lo simbólico no solo fue correlativo al lugar determinante
que Lacan dio a lo real de la pulsión y el goce, y a un concepto
inédito, el objeto a, sino que además produjo un movimiento en
las coordenadas teóricas al señalar a lo imposible de lo real como
núcleo del inconsciente. Por otra parte, la puesta en cuestión de la
consistencia de lo simbólico inaugura una reflexión de fértiles con-
secuencias sobre la clínica, el mundo contemporáneo y su malestar.
La diferenciación de los registros le permite al psicoanálisis,
como a quienes se interesan en esta disciplina, establecer la par-
ticularidad de las distintas experiencias de la subjetividad, y de-
limitar la pertenencia de los conceptos, con lo cual se logran
deslindes muy precisos. Por otra parte, aporta rigurosos elementos
de análisis a quienes desde otras disciplinas quieren sostener un
diálogo con el psicoanálisis.

14
Introducción

Este libro recoge el material trabajado en uno de los cursos de


educación continua desarrollado por la Escuela de Estudios en Psi-
coanálisis y Cultura, en el segundo semestre del año 2011, titulado
«Psicoanálisis: el aporte de Lacan. Imaginario, Simbólico, Real»,
desarrollado con el fin de trabajar conceptos fundamentales del
psicoanálisis, y enmarcado en una serie iniciada tiempo atrás con
la presentación y discusión de las principales tesis freudianas y del
camino que se fue gestando conceptualmente en el paso de Freud
a Lacan. Algunas de esas elaboraciones se presentaron en el libro
El descubrimiento freudiano2. Estos cursos se ofrecen como una de
las modalidades de extensión académica y de difusión del psicoa-
nálisis para quienes están interesados en la disciplina.
Se abordan los registros a partir de algunos campos, con-
ceptos y fenómenos, cuyo discernimiento permite deslindarlos.
El primer capítulo, «Psicoanálisis: el aporte de Lacan. Imagi-
nario, Simbólico, Real», expone el surgimiento de este para-
digma lacaniano, señalando sus consecuencias y su importancia,
sus implicaciones y efectos tanto en la teoría como en la clínica;
sitúa el contrapunto con el paradigma binario de Freud, reco-
nociendo a la vez la existencia, en muchas de sus elaboraciones
conceptuales, de una dinámica que articula y pone en tensión
tres elementos. A partir del segundo capítulo se subdivide la
presentación en tres apartados según la prevalencia del registro
correspondiente en el campo analizado, sin olvidar que en toda
realidad humana intervienen de algún modo los tres órdenes.
La presentación general sigue el énfasis que dio Lacan a los
registros a lo largo de la construcción de su teoría.
Así, el apartado «Lo imaginario» contiene dos capítulos: «El
cuerpo y el yo: en su origen, lo imaginario» y «La agresividad
en psicoanálisis». El primero expone el poder de la imagen, en
tanto gestalt, en la formación del yo ideal como primer pivote
organizador de la subjetividad, correlativo a la unificación del
cuerpo y al narcisismo, a condición de la preexistencia de lo

2 Sylvia De Castro, ed., El descubrimiento freudiano (Bogotá: Editorial


Universidad Nacional de Colombia, 2011).

15
Carmen Lucía Díaz

simbólico. El segundo desarrolla esta dimensión del ser ha-


blante, correlativa al surgimiento del yo y del narcisismo, en
cuya explicación el psicoanálisis descarta la existencia del ins-
tinto de agresión al considerarla una realidad subjetiva, no bio-
lógica, con lo cual se opone a la explicación etológica que la
ciencia propone para dar cuenta de la agresividad humana.
«Lo simbólico» es el segundo apartado. Está conformado por
los capítulos: «Las formaciones del inconsciente y lo simbólico»
y «El síntoma como metáfora: entre sentido y mensaje». Se trata
de un apartado dedicado a las formaciones del inconsciente en su
relación con el lenguaje, más particularmente con el significante,
y desde esa perspectiva se reconocen sus posibilidades interpreta-
tivas. Aunque los sueños, los actos fallidos, los chistes o ingenios
del lenguaje, junto con los síntomas, organizan el conjunto de
estas formaciones, los síntomas tienen un estatuto diferente, por
tanto, el primero de los capítulos de este apartado diserta sobre las
distintas manifestaciones y le deja un lugar específico al síntoma;
su argumentación indica la dimensión lenguajera del inconsciente
y del deseo que así se expresa, que lejos de ser funciones fallidas,
son formaciones logradas del inconsciente. En el segundo la autora
hace una importante elaboración sobre el síntoma en su vertiente
simbólica al enmarcarlo en la preeminencia de la palabra y del
lenguaje, destacándolo como un mensaje cifrado cuya revelación
se espera una vez que sea «declarado».
El último apartado, «Lo real», también está integrado por dos
capítulos: «El concepto de pulsión: de Freud a Lacan» y «De Freud
a Lacan: lalengua determina el goce en el cuerpo». En el primero
la autora expone en detalle los planteamientos freudianos sobre
el concepto de pulsión y aquellos que introduce Lacan, lo cual
permite distinguir las convergencias y divergencias entre los dos
autores; la pulsión es señalada como uno de los conceptos prin-
cipales del psicoanálisis, que explica la realidad que enlaza las
exigencias somáticas a las psíquicas, realidad incoercible e indo-
meñable que demanda satisfacción. El otro capítulo está dedicado

16
Introducción

al concepto de la lalengua, neologismo introducido por Lacan


para indicar la relación primigenia y constituyente del núcleo de la
subjetividad que, como vínculo estructural del sujeto con el Otro
del lenguaje, deja marcas imborrables en él.

Carmen Lucía Díaz L.


Editora

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Psicoanálisis: el a p o rt e de Lacan.
I m a g in a rio , Simbólico, Real

Sylvia De Castro
Universidad Nacional de Colombia

La m ejo r p resen ta c ión de conjunto de los tres registros


—imaginario, simbólico y real— es aquella que los explica como
elementos constitutivos de un nuevo paradigma que Lacan habría
introducido en psicoanálisis1. No es mi objetivo desplegar esta idea,
que nos llevaría a los difíciles asuntos de una epistemología del
psicoanálisis —si es que algo de ese orden existe—, pero sí quiero
aprovechar la comprensión del ternario como un nuevo paradigma
para situar el asunto central del que se trata para Lacan: el de un
retorno a Freud, pero también, como podemos esperar de alguien
que lo prolongó, de un más allá de Freud. Eso sí, nunca sin Freud.
Una posibilidad de introducir el ternario es empezar por se-
ñalar que si bien Lacan no inventa los tres términos —imaginario,
simbólico y real—, sí les imprime su sello. El hecho de articularlos,
es decir, de destacar uno de ellos según lo requiera, pero siempre
sobre el telón de fondo de los otros, de los que precisa para ir defi-
niendo sus límites al tiempo que sus posibles entrecruzamientos,
hace de ellos una invención; digamos más bien, una reinvención.

1 Jean Allouch, De Freud a Lacan (Yatai: Editorial Edelp, 1993).

19
Sylvia De Castro

Una reinvención que es la del psicoanálisis mismo y, al respecto


resulta interesante señalar, con Allouch, que con la introducción
de los registros Lacan opera sobre la racionalidad del pensamiento
de Freud una suerte de desplazamiento: en efecto, una concepción
dualista, binaria, subyace a la invención freudiana del inconsciente
y, en general, a todo su pensamiento 2. Por ejemplo, el inconsciente
freudiano requiere para su formulación de la idea del conflicto, es
decir, de una oposición entre el deseo y su realización, en razón de
lo cual las formaciones del inconsciente —síntomas, sueños, actos
fallidos— son ellas mismas el lugar de la expresión de ese conflicto,
cuando no de su solución —solución de compromiso, como decía
Freud refiriéndose al síntoma—. A la idea del conflicto psíquico,
que no por dualista es simplista, Freud agrega algo más crucial,
que es la división del aparato psíquico en dos sistemas (desde la
perspectiva dinámica) —inconsciente / preconciente-conciente—;
y también el caso de las pulsiones, que soportan una oposición,
primero, entre las pulsiones sexuales y las funciones del yo y, luego,
entre Eros y Tánatos… No pongo aquí sino ejemplos clave, que se
refieren a dos columnas del edificio conceptual psicoanalítico: el
inconsciente y la pulsión.
Quizá no sobre recordar que el dualismo de los elementos
en juego, junto a términos tales como contradicción, oposición,
contrario, polaridad, etc., «poseen una larga tradición y un horizonte
significativo propios»3 en la cultura alemana de la que Freud es tanto
intérprete como deudor. Sin embargo, no podríamos pasar por alto

2 Este binarismo freudiano remite directamente al razonamiento


abductivo que permitió a Freud construir su hipótesis de partida,
según la cual una serie de fenómenos psíquicos observados —síntomas,
sueños, actos fallidos— pierden su carácter extraño al descubrirse que
todos ellos dependen de los mismos mecanismos y que todos ellos
guardan un sentido cifrado, que el desciframiento revela. Recordemos que
«abductivo» es el tipo de razonamiento —nombrado así por Charles
Sanders Pierce— en el que lo decisivo es una hipótesis que explica un
conjunto de fenómenos observados reduciendo su extrañeza mediante
la construcción de una ley de funcionamiento.
3 José Luis Etcheverry, «Sobre la versión castellana», en Sigmund Freud. Obras
completas (Buenos Aires: Amorrortu, 1978), 11.

20
Psicoanálisis: el a p o rte de Lacan. Imaginario, Simbólico, Real

que si bien para Freud el binarismo es una exigencia doctrinaria,


él mismo no dejó de advertir la presencia de un tercer término
que pone en apuros, por así decir, la comodidad de la oposición
planteada. Así, la oposición entre inconsciente y preconsciente
no elimina otra oposición, si bien de carácter secundario, que se
plantea entre el preconsciente y la consciencia; la distinción entre
pulsiones sexuales y funciones del yo escapa a la simple oposición,
tanto que luego se unifican para constituir las pulsiones de vida
—Eros—; y, finalmente, no es posible dar cuenta de la oposición
entre el autoerotismo y el amor de objeto sin pasar por un tercer
término, el de narcisismo…
No creo que el ternario lacaniano se proponga intencional-
mente como la vía de resolución de las dificultades del binarismo
en Freud, pero sí marca el ingreso en el pensamiento psicoana-
lítico de una nueva aproximación, de una nueva concepción de los
elementos en juego en los distintos fenómenos que constituyen su
«objeto». De este modo, la reinvención lacaniana del psicoanálisis
se reconoce, indudablemente, en la propuesta de los tres registros,
de los que él dice, en el momento de su introducción, que «son los
registros esenciales de la realidad humana»4. Una vez nombrados,
Lacan produce un reordenamiento de los campos de la experiencia
psicoanalítica5. Y bien, este reordenamiento nos resulta hoy día
hasta tal punto imprescindible que ya no podemos pensar el psi-
coanálisis al margen.
Los tres términos, imaginario, simbólico y real, no son ellos
mismos una invención de Lacan. ¿Dónde los encontró? ¿De dónde
le vienen, no digo de manera general —lo que sería exagerado—,
sino con una acepción análoga a la que él les imprimió y segura-
mente reforzó, al tiempo que modificó, al ponerlos a la cuenta
del psicoanálisis?
En un primer momento Lacan incursiona en el registro ima-
ginario. La palabra imaginario hace serie con el término imagen,

4 Cf. Jacques Lacan, «Función y campo del lenguaje y la palabra en


psicoanálisis» [1953], en Escritos 1 (México: Siglo Veintiuno Editores, 1984).
5 Alain Vanier, Lacan (Madrid: Alianza editorial, 1998).

21
Sylvia De Castro

del latín imago, que viene del verbo imitare. El término inmediato
es el sustantivo retrato y también quien lo hace: así, imaginario se
decía del pintor de imágenes, incluso del estatuario. Una variante
semántica pasa del campo artístico a otro muy distante, el militar,
en el que imaginaria es a la vez la función de vigilar y el que la
cumple, de quien se dice que es, precisamente, un imaginaria. La
etimología siempre nos depara sorpresas, pero no voy a dete-
nerme en ello.
En sus primeros trabajos psicoanalíticos, anteriores a sus se-
minarios e incluso a los textos que constituirán sus «antecedentes»
en los Escritos, Lacan utiliza el término imago en su significación
de ‘modelo’ o ‘arquetipo’, al que le acuerda, como ya lo había hecho
Freud, una función de «organizador psíquico». Incorporada la hi-
pótesis freudiana del inconsciente, la imago designa una «repre-
sentación inconsciente» de la presencia estructurante de las figuras
del medio familiar, presencia hecha de imágenes, cuyos efectos se
constatan tanto a nivel de la llamada «personalidad», como de la
relación con los semejantes.
En cuanto al complejo freudiano y a la imago, Lacan señala:
Hemos definido al complejo en un sentido muy amplio que no
excluye la posibilidad de que el sujeto tenga conciencia de lo que
representa. Freud, sin embargo, lo definió en un primer momento
como factor esencialmente inconsciente. En efecto, bajo esta forma
su unidad es llamativa y se revela en ella como la causa de efectos
psíquicos no dirigidos por la conciencia, actos fallidos, sueños, sín-
tomas. Estos efectos presentan caracteres tan distintos y contin-
gentes que obligan a considerar como elemento fundamental del
complejo esta entidad paradójica: una representación inconsciente,
designada con el nombre de imago. Complejo e imago han revolu-
cionado a la psicología, en particular a la de la familia, que se reveló
como el lugar fundamental de los complejos más estables y más tí-
picos: la familia dejó de ser un tema de paráfrasis moralizante y se
convirtió en objeto de un análisis concreto. Sin embargo, se com-
probó que los complejos desempeñan un papel de «organizadores»
en el desarrollo psíquico […].6

6 Jacques Lacan, La familia [1938] (Buenos Aires: Editorial Argonauta, 1979), 28-29.

22
Psicoanálisis: el a p o rte de Lacan. Imaginario, Simbólico, Real

En la perspectiva de lo que constituirá lo propio de su elabo-


ración del registro imaginario, puede decirse que Lacan «actualiza»
el concepto de imago en la línea de las preocupaciones de una psico-
logía que por entonces buscaba resolver el problema de las relaciones
entre el individuo y el ambiente —los efectos de determinación
del ambiente sobre el individuo, su integración, su adaptación, la
función constituyente de los estímulos externos—. Para esta psico-
logía, la imagen ya no es simple facultad del alma —la facultad de
imaginar—, de ahí que sus fuentes procedan de diversos sectores
de la investigación: de la biología7, de la anatomía fisiológica8, de la
etología9, de la psicología genética10 y de la teoría de la forma, más
conocida como gestalt11.
Todas estas reflexiones aportan desde su particularidad a la
construcción de una tesis fundamental que consiste en reconocer
la preferencia por la imagen en lo humano, la eficacia de la imagen
—como pura materialidad— para producir efectos sobre el orga-
nismo. Este es el punto de partida de Lacan, quien sitúa esta efecti-
vidad, es decir, la función constituyente de la imagen, en el terreno
del psiquismo. «Que una Gestalt sea capaz de efectos formativos
sobre el organismo es cosa que puede atestiguarse por una expe-
rimentación biológica, a su vez tan ajena a la idea de causalidad
psíquica que no puede resolverse a formularla como tal»12.
El aporte de la filosofía en la formulación lacaniana de la
función del yo no habrá estado ausente, por supuesto, pero apenas
indicaré que Lacan se interesó más en el Hegel de la consciencia
alienada que en la elaboración de sus contemporáneos, Jean-Paul
Sartre (1905-1980) y Maurice Merleau-Ponty (1908-1961), quienes se
mantuvieron aferrados a la ilusión de autonomía de la consciencia

7 Jakob Von Uexküll (1864-1944).


8 Louis Bolk (1866-1930).
9 Konrad Lorenz (1903-1989).
10 Henry Wallon (1879-1962) y James M. Baldwin (1861-1934), cuya obra de
1895 conoció Freud.
11 Max Wertheimer (1880-1943), Kurt Koffka (1886-1941) y Wolfgang Köhler
(1887-1967).
12 Jacques Lacan, «El estadio del espejo como formador de la función del yo (je) tal
como se nos revela en la experiencia psicoanalítica» [1949], en Escritos 1, 88.

23
Sylvia De Castro

de sí alimentada por el yo, no obstante haber avanzado por la senda


del ser y la nada…
Lo imaginario es, entonces, el asunto de las imágenes y, en prin-
cipio, el asunto de la imagen del cuerpo y de lo que esta tiene de
fundante, pues inaugura a nivel tanto de la imagen del yo como
de la imagen del otro. «El yo se inscribe en lo imaginario. Todo lo
que es del yo se inscribe en las tensiones imaginarias, como el resto
de las tensiones libidinales. Libido y yo están del mismo lado. El
narcisismo es libidinal. El yo no es una potencia superior, ni un
puro espíritu, ni una instancia autónoma […]»13.
Pero lo imaginario solo integra el ternario hasta el momento
en que se articula, aún de manera incipiente, con los otros registros.
Es lo que ocurre muy pronto, cuando Lacan utiliza la noción de
imaginario para sostener una crítica a las desviaciones de una co-
rriente del posfreudismo, sugerentemente llamada «psicología del
yo»… En ese contexto subraya Lacan que lo imaginario es lo que
aparece en la praxis psicoanalítica cuando se olvida que esta se
apoya en la palabra, que esta praxis es ante todo una experiencia de
palabra. Y lo que aparece cuando se olvida el registro de la palabra
es aquello que «corresponde al orden de la captación, de la ilusión,
de los modos ilusorios de satisfacción del sujeto […]»14.
[…] [L]o imaginario está lejos de confundirse con el dominio
de lo analizable, donde puede haber una función distinta de la ima-
ginaria. No es porque lo analizable coincida con lo imaginario que
lo imaginario se confunde con lo analizable, que sea enteramente lo
analizable o lo analizado. […] no basta que un fenómeno represente
un desplazamiento (v. gr., del órgano femenino a la pantufla en el
caso del fetichista), en otras palabras, se inscriba en los fenómenos
imaginarios, para ser un fenómeno analizable. […] un fenómeno
solo es analizable si representa algo que no sea él mismo. 15

13 Jacques Lacan, El Seminario. Libro 2. El yo en la teoría de Freud [1955]


(Barcelona: Paidós, 1984), 481.
14 Vanier, Lacan, 12.
15 Jacques Lacan, Lo simbólico, lo imaginario y lo real [conferencia
pronunciada en el Anfiteatro del Hospital Psiquiátrico de Sainte-Anne
(8 de julio de 1953)], 27. Manuscrito traducido y establecido por Ricardo

24
Psicoanálisis: el a p o rte de Lacan. Imaginario, Simbólico, Real

En este punto tal vez no nos asombre encontrar en el mismo


texto freudiano la diferencia planteada por Lacan: en el capítulo
VII de La interpretación de los sueños, hablando del método de
interpretación de su invención, Freud señala de manera ma-
gistral la diferencia entre el sueño considerado como una picto-
grafía —esto es, las imágenes del sueño — y el sueño como una
escritura jeroglífica —esto es, como texto cifrado que, entonces,
puede ser interpretado—.
Voy a suponer que con este comentario sobre la interpretación
de los sueños queda introducido el registro simbólico, el asunto de
la palabra y del lenguaje: de lo que será para Lacan el sistema signi-
ficante. La doxa sostiene que el registro de lo simbólico se debe al
encuentro de Lacan con dos referencias convergentes, situadas estas
en una serie: la primera se halla en el punto de partida de la orien-
tación estructuralista para pensar los hechos humanos como hechos
sociales: es la obra del lingüista suizo Ferdinand de Saussure (1857-
1913). A la segunda se le debe la más rigurosa exposición del método
propio del estructuralismo: la obra del etnólogo y antropólogo de
origen belga Claude Lévi-Strauss (1908-2009).
El estructuralismo aporta al pensamiento, no solo a Lacan,
una constatación tan obvia que parece mentira que tengamos que
subrayarla y decir de ella que sus consecuencias para el estudio de
lo humano fueron incalculables: «No existe un hombre natural. La
naturaleza es lo dado, el hombre la asume por medio de una cultura»16.
Así, el estructuralismo resuelve uno de los mayores obstáculos con
los que tropezaba el investigador de lo humano cuando buscaba
captar el paso de la naturaleza a la cultura. Allí donde muchos
fueron conducidos a buscar el punto cero y en su búsqueda se
extraviaron por la senda de la llamada «ilusión arcaica», la respuesta
del estructuralismo vislumbra la operación sincrónica de reglas
fundamentales que rigen a los grupos humanos independientemente
de las múltiples formas que estos grupos asumen, reglas que
Rodríguez Ponte. Inédito. Puede confrontarse con la versión francesa. Le
symbolique, l’imaginaire et le reel, en Pas-tout Lacan, http://www.ecole-
lacanienne.net/pastoutlacan50.php.
16 Jean-Marie Auzias, El estructuralismo (Madrid: Alianza Editorial, 1970), 86.

25
Sylvia De Castro

determinan los modos de vinculación entre los participantes y que


son dadas previamente a las vinculaciones efectivas.
Pero antes que a Lévi-Strauss, es a Marcel Mauss (1872-1950), el
iniciador de la antropología francesa, a quien se le debe el encuentro
entre etnografía y psicoanálisis. Desde 1924 Mauss sostenía que toda
cultura puede ser considerada como un conjunto de sistemas sim-
bólicos, irreductibles entre sí, siendo los de mayor rango el lenguaje,
las reglas del parentesco, las relaciones económicas, el arte, la ciencia
y la religión. Pero el lenguaje, según sostenía el mismo Mauss, el
lenguaje tal como fue pensado por la lingüística estructural desde
Saussure, nos familiarizó con la idea de que los fenómenos funda-
mentales de la vida psíquica, los fenómenos que la condicionan y
determinan, se sitúan a nivel del pensamiento inconsciente. Mauss
hace del pensamiento inconsciente una noción fundamental a la que
identifica con un sistema simbólico17.
Sin duda, Lévi-Strauss extendió y profundizó estos hallazgos
y les aportó un ordenamiento, hasta tal punto que ya para no-
sotros es difícil discernir a Mauss como su antecesor. Ahora bien,
en cuanto a la obra de Lévi-Strauss, ¿acaso podríamos desconocer
que su teoría de las estructuras del parentesco descansa sobre la
fecunda intuición freudiana de la universalidad de la prohibición
del incesto? La novedad reside en el hecho de otorgarle a esta pro-
hibición la función de instituir la ley del intercambio, que es el fun-
damento antropológico de lo social.
Entre Freud y Lévi-Strauss, pasando por Saussure, Lacan
acentuó el isomorfismo entre la ley de prohibición del incesto y
el orden del lenguaje, pues, según sus palabras, «ningún poder
sin las denominaciones de parentesco tiene alcance de instituir
el orden de las preferencias […]»18 y de las prohibiciones. Lacan
no duda en afirmar que el sistema simbólico es el complejo de
Edipo. Pero no solo eso. También establece la relación entre la
estructura del lenguaje y la estructura del inconsciente mediante
17 Claude Lévi-Strauss, «Introduction à l’oeuvre de M. Mauss», en Sociologie et
anthropologie [1950], Marcel Mauss (París: PUF, 1989).
18 Jacques Lacan, «Función y campo del lenguaje y la palabra en psicoanálisis»
[1953], en Escritos 1.

26
Psicoanálisis: el a p o rte de Lacan. Imaginario, Simbólico, Real

la aplicación al inconsciente del mismo método que se había mos-


trado fecundo en lingüística.
El Lacan estructuralista, el que le concede a lo simbólico el
poder de determinación del destino humano, no tarda sin embargo
en vislumbrar la distancia entre el psicoanálisis y la antropología,
y en separar, como consecuencia, la dimensión de la palabra y del
lenguaje del simbólico levistraussiano. Como psicoanalista, Lacan
separa en efecto una cosa de la otra situando esa «falla» que la an-
tropología estructural no puede concebir: el sujeto. El problema
será en adelante, como él lo sostiene, «el de las relaciones en el
sujeto de la palabra y del lenguaje»19.
El lenguaje no es un sistema simbólico total. Parafraseando a
Lacan, el lenguaje presenta interferencias y pulsaciones y es en ellas
donde se aloja el deseo.
Los símbolos envuelven en efecto la vida del hombre con una
red tan total, que reúnen antes de que él venga al mundo a aquellos
que van a engendrarlo «por el hueso y por la carne», que aportan a
su nacimiento con los dones de los astros, si no con los dones de las
hadas, el dibujo de su destino, que dan las palabras que lo harán fiel
o renegado, la ley de los actos que lo seguirán incluso hasta donde
no es todavía y más allá de su misma muerte, y que por ellos su fin
encuentra su sentido en el juicio final en el que el verbo absuelve
su ser o lo condena —salvo que se alcance la realización subjetiva
del ser-para-la-muerte—. Servidumbre y grandeza en que se anona-
daría el vivo, si el deseo no preservase su parte en las interferencias y
las pulsaciones que hacen converger sobre él los ciclos del lenguaje,
cuando la confusión de las lenguas se mezcla en todo ello y las ór-
denes se contradicen en los desgarramientos de la obra universal.
Pero este deseo mismo para ser satisfecho en el hombre, exige ser
reconocido, por la concordancia de la palabra o por la lucha de pres-
tigio, en el símbolo o en lo imaginario. Lo que está en juego en un
psicoanálisis es el advenimiento en el sujeto de la poca realidad que
este deseo sostiene en él en comparación con los conflictos simbó-
licos y las fijaciones imaginarias como medio de su concordancia, y

19 Lacan, «Función y campo del lenguaje», 269.

27
Sylvia De Castro

nuestra vía es la experiencia intersubjetiva en que ese deseo se hace


reconocer. Se ve entonces que el problema es el de las relaciones en
el sujeto de la palabra y del lenguaje. (268-269)

Tal vez no resulte demasiado arriesgado el salto que me pro-


pongo dar desde esas interferencias y pulsaciones del lenguaje, es
decir, desde lo que falta al lenguaje, para introducir ahora el re-
gistro de lo real. Este registro, el más difícil de precisar, es también
el que constituye la mayor novedad de la articulación lacaniana.
Corrientemente decimos que es el último registro en ser desarro-
llado, si bien desde muy pronto Lacan lo define como la parte que
se nos escapa, la que no se inscribe ni en lo imaginario ni en lo
simbólico… Entonces, no es solo lo que falta al lenguaje, también
lo que falta a la imagen para totalizarse.
Algunos teóricos proponen que Lacan deriva este registro de
la llamada «casilla vacía» del estructuralismo: allí donde se alojan,
excluidos de las pretensiones científicas, los restos del lenguaje que
no caben en su dominio, en su método, porque escapan a la articu-
lación que fundamenta el orden simbólico20.
A pesar de las formas y los nombres que los autores le han
dado, la casilla vacía ocupa en la economía de los diferentes textos
del estructuralismo una misma función: la que corresponde a lo que
no se inscribe en el cuadro de lo binario. Se refiere a lo que escapa a
la articulación que se halla en el fundamento del orden simbólico.
[En nota a pie:] He aquí las más corrientes: objeto a, noise, lugar del
rey en particular y del poder en general, el cero en lógica, el mana
como significante flotante. De todos aquellos de los que se ha dicho
«estructuralistas», […] Lacan, según me parece, es quien más ha
dejado aflorar las formas no binarias, tanto las de la trinidad como
las de lo unario […].21

20 Dany-Robert Dufour, Le bégaiment des maîtres: Lacan, Benveniste, Lèvi-


Strauss (París: Arcanes, 1999), 14.
21 Dany-Robert Dufour, «Preface à la nouvelle Edition», en Le bégaiment des
maîtres, 14. (La traducción es mía.)

28
Psicoanálisis: el a p o rte de Lacan. Imaginario, Simbólico, Real

Esta idea de la casilla vacía22 nos aporta algo de claridad acerca


de la relación de Lacan con el estructuralismo —del hecho de que
tal vez él no lo fue nunca del todo—, y de cómo, una vez se le
impone lo «no integrado», para decirlo con términos freudianos, se
ve conducido a buscar otros modelos de formalización de sus con-
ceptos: de ahí los matemas y, más aún, la topología, que se sitúan
en la misma preocupación de abordaje de lo real, por cuanto lo real
también se sustrae a la transmisión y a la sistematización. Pero no
vayamos tan lejos.
Digamos por ahora que un cierto reconocimiento de lo real,
que no es la realidad, campeaba en el ámbito de la filosofía y de la
ciencia en la primera mitad del siglo XX a propósito de la trans-
formación que sufriera la oposición clásica entre lo real dado a la
percepción y otro real, un real construido, no fenoménico, que se
sustrae ya no solo a la percepción sino también a la intuición y al
saber, y que recupera la muy kantiana cosa en sí.
Indudablemente Lacan asistió a tal debate, y su retorno a Freud
se muestra, en lo que a esto concierne, inmediatamente: ¿quién no
recuerda la lúcida distinción freudiana, situada en los orígenes de
su obra, entre los dos componentes de la experiencia originaria del
niño con el Otro que lo acoge, el Otro materno? Dos componentes,
uno de los cuales puede ser reconocido gracias al hecho de que el
sujeto guarda el recuerdo de impresiones del Otro que coinciden
con impresiones propias, con la experiencia de su propio cuerpo. Por
ejemplo, «los movimientos de las manos de la madre coincidirán con
el recuerdo de impresiones visuales propias […] con las que se en-
cuentran en asociación los recuerdos de movimientos por él mismo
vivenciados»23. Mientras que el segundo componente corresponde
a impresiones del Otro nuevas e incomparables que hace de este
Otro un extraño, un extranjero, una «cosa del mundo», excluido del
aparato psíquico, inasimilable e imposible de simbolizar…

22 Gilles Deleuze, «À quoi reconnaît-on le structuralisme?», en L’îlle déserte et


autres textes (París: Minuit, 1989).
23 Sigmund Freud, «Proyecto de psicología» «Orígenes del psicoanálisis (1950
[1895])», en Obras completas.

29
Sylvia De Castro

Algunos sostienen que de la mano del escritor francés Georges


Bataille (1897-1962), Lacan descubrió esta doble dimensión ya an-
ticipada por Freud, al distinguir lo homogéneo, propio del ámbito
social útil y productivo, y lo heterogéneo, lugar de irrupción de
eso que permanece excluido de la simbolización…, con la que el
escritor especificaba la idea de la parte maldita, tan prominente
en su obra24.

Bibliografía
Allouch, Jean. De Freud a Lacan. Yatai: Editorial Edelp, 1993.
Auzias, Jean-Marie. El estructuralismo. Madrid: Alianza Editorial, 1970.
Deleuze, Gilles. «À quoi reconnaît-on le structuralisme?». En L’îlle
déserte et autres textes. París: Minuit, 1989.
Dufour, Dany-Robert. Le bégaiment des maîtres: Lacan, Benveniste, Lèvi-
Strauss. París: Arcanes, 1999.
Etcheverry, José Luis. «Sobre la versión castellana». En Sigmund Freud.
Obras completas. Buenos Aires: Amorrortu, 1978.
Freud, Sigmund. «Proyecto de psicología» «Orígenes del psicoanálisis»
(1950 [1895]). En Obras completas. Buenos Aires: Amorrortu
Editores, 1895.
Lacan, Jacques. «El estadio del espejo y la formación del yo tal como
se nos presenta en la teoría psicoanalítica» [1949]. En Escritos 1.
México: Siglo Veintiuno Editores, 1984.
. La familia [1938]. Buenos Aires: Editorial Argonauta, 1979.
. «Función y campo del lenguaje y la palabra en psicoanálisis» [1953],
en Escritos 1. México: Siglo Veintiuno Editores, 1984.
. El Seminario. Libro 2. El yo en la teoría de Freud [1955]. Barcelona:
Paidós, 1984.
. Lo simbólico, lo imaginario y lo real [8 de julio de 1953]. Inédito.
[Puede confrontarse la versión francesa. Le symbolique, l’imaginaire
et le reel, en Pas-tout Lacan. http://www.ecole-lacanienne.net/
pastoutlacan50.php]

24 Élisabeth Roudinesco, Lacan. Esbozo de una vida, historia de un sistema de


pensamiento (Montevideo: Fondo de Cultura Económica de Argentina, 1994).

30
Psicoanálisis: el aporte de Lacan. Imaginario, Simbólico, Real

Lévi-Strauss, Claude. «Introduction à l’oeuvre de M. Mauss». En


Sociologie et anthropologie [1950], Marcel Mauss. París: PUF, 1989.
Roudinesco, Élisabeth. Lacan. Esbozo de una vida, historia de un sistema
de pensamiento. Montevideo: Fondo de Cultura Económica de
Argentina, 1994.
Vanier, Alain. Lacan. Madrid: Alianza Editorial, 1998.

31
LO IMAGINARIO
El cuerpo y el yo: en su o rige n , l o i m a g i n a r i o

Ca rm en Lucía Díaz
Universidad Nacional de Colombia

Cuando los espejos, [ … ]


Aseguran que estoy aquí, yo, […].
Que hay otro ser por el que me miro en el mundo
Porque me está queriendo con sus ojos.
Que hay otra voz con la que digo cosas
No sospechadas por mi gran silencio;
Es que también me quiere con su voz.
Pedro Salinas,
Salinas de amor (fragmento)

El poder d e la imagen
e n la base d e l o imaginario
Lo imaginario refiere a la imagen y a su poder en la cons-
trucción subjetiva. Es Lacan quien acuña este término como
concepto psicoanalítico para designar uno de los registros que
organizan la experiencia humana; aun cuando Freud habla de lo
imaginario, al utilizar este término le da el sentido que posee en el
léxico cotidiano, como algo relativo a la imaginación, a la fantasía.
Lo imaginario para Lacan se caracteriza como el registro que in-
volucra el dominio de lo ilusorio, de la captación y el señuelo en-
gañoso, que permite integrar y totalizar experiencias cuya índole
básica es la fragmentación, la parcialidad, la división. Las imágenes
que logran dar forma al yo en solidaridad con el surgimiento de la
imagen del cuerpo están en su fundamento; los fenómenos rela-
tivos al narcisismo y al amor, vinculado con la fascinación erótica
frente al objeto y su imagen, así como la rivalidad mortífera que se

35
Carmen Lucía Díaz

cierne en las relaciones entre los semejantes, también son parte de


esta dimensión imaginaria.
Vamos primero a Freud para reconocer los antecedentes y el
lugar organizador que le ha dado a la imagen. Desde los primeros
planteamientos freudianos la imagen ha sido un elemento funda-
mental en las organizaciones incipientes del psiquismo. Así, desde
sus textos más tempranos, como el Proyecto de psicología (1895) y
la Interpretación de los sueños (1899), nos habla de imágenes-movi-
miento, imágenes-recuerdo, imágenes-mnémicas, que quedan regis-
tradas en la memoria como huellas a partir de la percepción de los
objetos y de las satisfacciones brindadas por estos, y en tanto tales,
se constituyen en imagos1 fundantes del psiquismo. En estas imá-
genes y su recuerdo encuentra asiento el mecanismo que surge a
partir de las primeras vivencias de satisfacción, y que da origen a la
reanimación del deseo, en la búsqueda de ese objeto mítico vivido
como pleno, objeto ilusoriamente perfecto que colma al sujeto y
que solo alucinatoriamente podrá ser alcanzado. Sobre esas imá-
genes guardadas en la memoria se instala el deseo. Hacer referencia
a la alucinación da cuenta, a la vez, de la presencia de la imagen que
se reproduce en la percepción, anticipando a partir de sus repre-
sentaciones el objeto a buscar, imagen interpuesta en las relaciones
del sujeto con el mundo.
Nos dice Freud en el Proyecto de psicología:
El organismo humano es incapaz de llevar a cabo la acción
específica (que cancele un estímulo perturbador como el hambre).
Esta sobreviene mediante auxilio ajeno; […].
Si el individuo auxiliador ha operado el trabajo de la acción es-
pecífica en el mundo exterior en lugar del individuo desvalido, este es
capaz de consumar sin más en el interior de su cuerpo la operación
requerida para cancelar el estímulo endógeno. El todo constituye en-
tonces una vivencia de satisfacción, que tiene las más hondas conse-
cuencias para el desarrollo de las funciones del individuo.

1 Jung estableció el concepto imago, para las representaciones inconscientes


derivadas de las imágenes primigenias que remiten a un esquema de
relación fantasmática con las figuras parentales. Cf. Jean Laplanche y Jean-
Baptiste Pontalis, Diccionario de psicoanálisis (Barcelona: Editorial Labor, 1983).

36
El cuerpo y el yo: en su origen, lo imaginario

Las noticias de la descarga se producen porque cada movi-


miento, en virtud de sus consecuencias colaterales, deviene ocasión
para nuevas excitaciones sensibles (de piel y de músculo), que dan
como resultado en φ una imagen-movimiento. […].
Entonces, por la vivencia de satisfacción se genera una facili-
tación entre dos imágenes-recuerdo […].2

Las sensaciones de diferente orden, las percepciones, los mo-


vimientos, se guardan como imagen en la memoria, imágenes que
dan lugar a un campo de representaciones y que se entretejen con
aquellas que provienen de las palabras, del lenguaje.
De modo más detallado, en La interpretación de los sueños
encontramos:
El apremio de la vida lo asedia primero en la forma de las
grandes necesidades corporales. La excitación impuesta {setzen}
buscará un drenaje en la motilidad que puede designarse «alteración
interna» o «expresión emocional». El niño hambriento llorará o
pataleará inerme. Pero la situación se mantendrá inmutable, pues la
excitación que parte de la necesidad interna no corresponde a una
fuerza que golpea de manera momentánea, sino a una que actúa
continuadamente. Solo puede sobrevenir un cambio cuando, por
algún camino (en el caso del niño, por el cuidado ajeno), se hace
la experiencia de la vivencia de satisfacción que cancela el estímulo
interno. Un componente esencial de esta vivencia es la aparición de
cierta percepción (la nutrición, en nuestro ejemplo) cuya imagen
mnémica, queda de ahí en adelante, asociada a la huella que dejó
en la memoria la excitación producida por la necesidad. La próxima
vez que esta última sobrevenga, merced al enlace así establecido
se suscitará una moción psíquica que querrá investir de nuevo la
imagen mnémica de aquella percepción y producir otra vez la
percepción misma, vale decir, en verdad, restablecer la situación
de la satisfacción primera. Una moción de esa índole es lo que
llamamos deseo; la reaparición de la percepción es el cumplimiento

2 Sigmund Freud, «Proyecto de psicología» (1950 [1895]), en Obras completas,


vol. 1 (Buenos Aires: Amorrortu Editores, 1982), 362-364.

37
Carmen Lucía Díaz

del deseo, y el camino más corto para este es el que lleva desde la
excitación producida por la necesidad hasta la investidura plena de
la percepción. Nada nos impide suponer un estado primitivo del
aparato psíquico en el que ese camino se transitaba realmente de
esa manera, y por tanto el desear terminaba en un alucinar. Esta
primera actividad psíquica apuntaba entonces a una identidad
perceptiva [En nota a pie: Es decir, algo perceptivamente idéntico a
la «vivencia de satisfacción»], o sea, a repetir aquella percepción que
está enlazada con la satisfacción de la necesidad.3

Son planteamientos que permiten reconocer que en la base


de la construcción psíquica, en el origen del deseo está la imagen,
la imagen que se ha convertido en huella mnémica, en huella psí-
quica, de ese objeto que ha brindado satisfacción y también de la
satisfacción misma. Será una imagen que se anticipará alucinato-
riamente buscando ser reencontrada en los nuevos objetos ofre-
cidos por el otro, y al anticiparse, esa imagen convertida en huella
orientará el deseo, las búsquedas de nuevos objetos.
En su teoría de los sueños, permanentemente Freud nos
expone a la presencia de las imágenes o figuraciones oníricas
con su dinámica de desplazamientos, condensaciones, desfigu-
raciones, omisiones, entre otras, como formas de expresión del
inconsciente, o más precisamente como sus modos genuinos de
operar. A estos modos Jacques Lacan los reconocerá equivalentes a
las figuras retóricas del lenguaje, situando a la metáfora y a la me-
tonimia como las fundamentales, (metáfora = condensación;
metonimia = desplazamiento).
Al teorizar Freud sobre las representaciones, concepto que
atraviesa toda su obra, señala que las representaciones de las
imágenes de los objetos son más arcaicas que las representaciones
de palabra o representaciones-palabra, situadas también como
restos mnémicos. Estas últimas pueden apoyarse en las primeras,
pues las palabras también producen imágenes, en ellas además del

3 Sigmund Freud, «La interpretación de los sueños» (1900 [1899]), en Obras


completas, vol. 5, 557-558.

38
El cuerpo y el yo: en su origen, lo imaginario

componente auditivo está el visual. Entonces, en sus planteamientos


la articulación entre la imagen y la palabra está presente.
En su texto El yo y el ello, que escribe en 1923, cuando ya ha cons-
truido los pilares fundamentales de su teoría, nos dice al respecto:
Los restos de palabra provienen, en lo esencial, de percepciones
acústicas, a través de lo cual es dado un particular origen sensorial,
por así decir, para el sistema Prcc. En un primer abordaje pueden
desdeñarse los restos visuales de la representación-palabra por ser
secundarios, adquiridos mediante la lectura, y lo mismo las imá-
genes motrices de palabra, que, salvo en el caso de los sordomudos,
desempeñan el papel de signos de apoyo. La palabra es entonces,
propiamente, el resto mnémico de la palabra oída.
Pero no se nos ocurra, acaso en aras de la simplificación, ol-
vidar la significatividad de los restos mnémicos ópticos —de las
cosas del mundo—, ni desmentir que es posible, y aún en muchas
personas parece privilegiado, un devenir conscientes los procesos
de pensamiento por retroceso a los restos visuales. […] Por tanto, el
pensar en imágenes es solo un muy imperfecto devenir consciente.
Además, de algún modo, está más próximo a los procesos incons-
cientes que el pensar en palabras, y sin duda alguna es más antiguo
que este, tanto ontogenéticamente cuanto filogenéticamente. 4

Vemos el lugar que les da Freud a la imagen y a sus


representaciones ligadas a lo auditivo y a lo visual, indicando las
imágenes visuales u ópticas como lo más arcaico del psiquismo,
soporte de las fantasías primitivas. Es este un aspecto que
Abraham y Melanie Klein retoman ampliamente en su elaboración
teórica, considerándola fundamento de la relación establecida
entre el sujeto y el objeto, orientando el desarrollo libidinal, donde
la imagen del objeto guía su búsqueda, «ese famoso objeto ideal,
terminal, perfecto, adecuado, […] que es concebido como un punto
de mira, una culminación»5.

4 Sigmund Freud, «El yo y el ello» (1923), en Obras completas, vol. 19, 23.
5 Jacques Lacan, El Seminario. Libro 4. La relación de objeto (1956-1957)
(Barcelona: Editorial Paidós, 1994), 18.

39
Carmen Lucía Díaz

Es sobre esas imágenes primigenias que se sostiene la fantasma-


goría inconsciente, fantasía que Lacan sitúa en el orden de lo imagi-
nario. Además de su vínculo con la imagen que totaliza lo disperso,
lo imaginario, para Lacan abarca los fenómenos que implican con-
fusión entre el sujeto y el otro, fusión que revela una relación dual
entre semejantes o iguales, donde el uno es reflejo del otro, donde lo
propio es lo externo y lo exterior se hace propio. Es el registro donde
se asientan fenómenos como la proyección, las identificaciones
no simbólicas, las idealizaciones, y en general los mecanismos de
defensa. Al ser el registro donde el yo tiene su base, las caracterís-
ticas del yo son las mismas de lo imaginario, tales como la búsqueda
de unificación de lo disperso, la tendencia a la totalidad y a la inte-
gración, a lo ilusorio, al engaño y al desconocimiento.
Lacan como psiquiatra y en su experiencia con personas psi-
cóticas se interesa por su mundo fantasmático y por el lugar y sig-
nificación del yo en la psicosis. Son inquietudes que lo conducen al
psicoanálisis y, por supuesto, a Freud. Ingresa a la indagación en el
campo del psicoanálisis, analizando los textos de Freud en la bús-
queda de recuperar el espíritu fundamental que el padre del psi-
coanálisis ha troquelado en su obra. La perspectiva de los registros,
paradigma que introduce Lacan en el análisis, le permite aclarar y
categorizar en detalle las distintas realidades humanas que con-
forman lo psíquico y lo subjetivo, los conceptos que a ellas se re-
fieren y los vínculos existentes entre estas. En sus elaboraciones
señala al registro simbólico, aquel registro ligado al lenguaje, como
la estructura precedente, necesaria para que lo imaginario se or-
ganice. Reconoce que la falta de claridad en este punto ha sido
motivo de extravío teórico y práctico, al primar lo imaginario en
las elaboraciones y en la clínica de los posfreudianos, y al poner su
acento en el yo o en su desarrollo, en muchos ligado a lo biológico.
Interroga la experiencia analítica, indicando el privilegio dado a lo
imaginario cuando se trabaja sobre el yo buscando su autonomía,
adaptación a la realidad y la identificación con el analista. Su crítica
va dirigida ante todo a los representantes de la psicología del yo, es-
cuela que ha tenido sus mayores desarrollos en Norteamérica.

40
El cuerpo y el yo: en su origen, lo imaginario

El c u e r p o y el y o c o n s t i t u i d o s
por l o imaginario
En el reconocimiento que hace Lacan sobre la importancia
de la imagen como organizadora concurren estudios que se rea-
lizaban en la época desde otras aristas y disciplinas, además de
los que le aportaron algunos autores psicoanalíticos. Para ese
entonces había en la psicología y en la etología gran actividad
tendiente a reconocer la función de la imagen en las improntas
comportamentales, así como las similitudes y diferencias en el
aprendizaje de animales y humanos, específicamente niños(as),
diferencias en la inteligencia, en la reacción frente a la propia
imagen y la de otros; se indaga, además, en los animales, la res-
puesta frente a imágenes que exigen mecanismos de adaptación y
a señuelos desencadenantes de comportamientos sexuales o agre-
sivos, etc. Desde la psicología, en este campo tuvieron influencia
los trabajos de James Mark Baldwin y Henri Wallon, y desde la
etología, principalmente los estudios de Konrad Lorenz, Nikolaas
Tinbergen y Köhler. También fueron inspiradores los estudios
sobre mimetismo, donde la imagen visual recibida por el orga-
nismo transforma las apariencias o formas corporales.
Lacan, basándose en dichos estudios, señala:
La cría del hombre, a una edad en la que se encuentra por poco
tiempo, […] superado en inteligencia instrumental por el chimpancé,
reconoce ya sin embargo su imagen en el espejo como tal […].
Este acto, en efecto, lejos de agotarse como en el mono, en el
control, una vez adquirido, de la inanidad de la imagen, rebota en
seguida en el niño en una serie de gestos en los que experimenta
lúdicamente la relación de los movimientos asumidos de la imagen
con su medio ambiente reflejado, y de ese complejo virtual a la rea-
lidad que reproduce, o sea con su propio cuerpo y con las personas,
incluso con los objetos que se encuentran junto a él.6

6 Jacques Lacan, «El estadio del espejo como formador del yo [je] tal como
se nos revela en la experiencia psicoanalítica», en Escritos 1 (México: Siglo
Veintiuno Editores, 1984), 88.

41
Carmen Lucía Díaz

En 1936 escribe su primer texto sobre el «Estadio del espejo»,


en el cual sitúa la confusión del niño con su imagen especular (se
refiere a aquella que le refleja como en espejo quien lo sostiene y
acompaña), y anticipa el lugar de la imagen del cuerpo en la orga-
nización del yo y de las fantasías que se le asocian. Trece años más
tarde, en 1949, presenta una reescritura de su tesis inicial en El es-
tadio del espejo como formador de la función del yo tal como se nos
presenta en la experiencia psicoanalítica, texto crucial que indica la
función de la imagen del cuerpo en la organización yoica y la signi-
ficación de este estadio, señalándolo estructurante en la formación
del sujeto al permitirle la construcción de su yo. Es el proceso fun-
dante de lo imaginario que estructura, aunque de modo incipiente,
la realidad inicial, que permite una primera distinción entre lo
propio del sujeto y el mundo externo o lo otro, distinción a la vez
alienada, por cuanto lo propio es dado desde el exterior, desde el
otro; es decir, identificándose con el semejante, el sujeto naciente
ubica que él es igual, y asume de modo inaugural algo propio.
Al decir: «Que una gestalt sea capaz de efectos formativos sobre
el organismo es cosa que puede atestiguarse por una experimentación
biológica, a su vez tan ajena a la idea de causalidad psíquica»7, Lacan
nos indica cómo la imagen del cuerpo del semejante, que le llega
desde el exterior y es percibida por el niño, le permite organizar
su propia imagen corporal y su yo; cuerpo y yo causados no por
determinantes biológicos, sino por el encuentro con el semejante y
con el lenguaje, es decir, generados por una «causalidad psíquica»,
producto de una identificación fundamental.
Freud ya ha situado el nacimiento del yo en una nueva acción
psíquica que se agrega al autoerotismo. El yo se constituye en una
unidad que no existe desde el principio 8, unidad que toma los
rasgos del otro por efecto de procesos identificatorios, y que puede
fragmentarse por preexistirle el desgarramiento y la fragmentación 9

7 Lacan, «El estadio del espejo como formador del yo», 86.
8 Sigmund Freud, «Introducción del narcisismo» (1914), en Obras
completas, vol. 14, 74.
9 Sigmund Freud, «La descomposición de la personalidad psíquica» «Nuevas
conferencias de introducción al psicoanálisis» (1933 [1932]), en Obras
completas, vol. 22, 54-55.
42
El cuerpo y el yo: en su origen, lo imaginario

bajo la primacía del autoerotismo, que es el estado antecedente a


esa organización corporal. Hace solidario al yo con el narcisismo
por cuanto aquel se convierte en un objeto privilegiado al que se
dirige la libido.
Lacan precisa esta conceptualización relativa a la formación
del yo, dándole un lugar estructural en la constitución subjetiva10.
Expone entonces el surgimiento simultáneo del yo y de la imagen
del cuerpo a partir del reconocimiento en el exterior de una unidad
corporal que corresponde a la imagen integrada del cuerpo del se-
mejante, esa imagen unificada, que es constante por su presencia-
ausencia y que resalta frente a otros objetos cambiantes del mundo
que rodean al bebé humano. Esa imagen corporal proveniente
del otro, del semejante, se le devuelve en espejo, le es reflejada y
le permite reconocerse en ella, identificándose con esa imagen al
asumir su propia imagen como igual a aquella que reconoce en
el exterior. Imagen que a la vez le llega transida de deseos porque
está acompañada de palabras otorgadas por los otros; las palabras
transportan deseos. El otro se convierte en espejo para el niño, en
él ve reflejada su imagen. Es una imagen que él ve y que al mirarlo
también le permite mirarse en ella.
Esa imagen con la que niños y niñas se identifican, y que se cons-
tituye simultáneamente en su yo inicial y en su imagen corporal11,
es una imagen plena por cuanto unifica la experiencia fragmentaria
vivida hasta el momento. Yo inicial, situado por Lacan como yo ideal
[i(a)], yo omnipotente por la plenitud que produce al situar esa imagen
como representante del sujeto12, que le brinda una sede y le permite

10 Los planteamientos de Freud en torno al origen del yo están ligados


en algunos puntos al desarrollo perceptual y al paso del pensamiento
primario al secundario, ligando el yo a la conciencia. Cf. Sigmund Freud,
«Formulaciones sobre los dos principios del acaecer psíquico» [1911], en
Obras completas, vol. 12.
11 En la organización yoica Freud indica algunos aspectos que de otro
modo encontramos en Lacan: el vínculo del yo con la percepción, el
cuerpo como objeto, como proyección de una superficie y ante todo
el estrecho nexo entre el yo y el cuerpo, a tal punto que en numerosos
momentos habla de yo esencia-cuerpo.
12 Freud ha dicho que en el núcleo del yo se aloja el sujeto más genuino. Cf.
Freud, «La descomposición de la personalidad psíquica», 54-55.
43
Carmen Lucía Díaz

comenzar la organización de su mundo interno y el externo. Para


que esto se dé es necesario de todos modos que lo simbólico esté de
fondo, preexista, es decir, que el semejante (otro) que refleja la imagen
se dirija al niño situado en un lugar simbólico, en un lugar de Otro, es
decir, exista un fondo de lenguaje, de ausencias y presencias.
Es una experiencia fundante de la constitución subjetiva, más
aún, momento estructurante en el cual la cría humana se anticipa
psíquicamente unificando su cuerpo, que aún no domina porque
neurológicamente es inmaduro e impotente para realizar todas las
funciones motrices, experiencia en la que el niño y la niña anti-
cipan lo psíquico frente al dominio de su cuerpo. Nos dice Lacan:
El estadio del espejo es un drama cuyo empuje interno se
precipita de la insuficiencia a la anticipación; y que para el sujeto,
presa de la ilusión de la identificación espacial, maquina las fan-
tasías que se sucederán desde una imagen fragmentada del cuerpo
hasta una forma que llamaremos ortopédica de su totalidad —y en
la armadura por fin asumida de una totalidad enajenante, que va a
marcar con su estructura rígida todo su desarrollo mental. 13

El bebé se apropia de una imagen que representa a su yo y a


su cuerpo, con lo cual se posibilita que sus vivencias tengan cierta
«cabeza», tengan «dueño», aunque un dueño aún dependiente y
alienado al semejante, endosado a quien le ha otorgado su imagen,
enajenado a su deseo. Es una organización psíquica que se anticipa al
desarrollo motor, ya que es evidente la precariedad en que el infante
aún está sumido físicamente, pues «no tiene todavía dominio de la
marcha, ni siquiera de la postura en pie»14. Este acontecimiento en
un individuo impotente en su comportamiento motor, pero que
avanza psíquicamente, además de lograr la identificación yoica
y de unificarlo corporalmente, le permite adquirir una primera
organización temporal y espacial, proyectándolo subjetivamente
en su historia. Se constituye en una marca inaugural en la
organización subjetiva «que prefigura la permanencia mental del

13 Lacan, «El estadio del espejo como formador del yo», 90.
14 Lacan, «El estadio del espejo como formador del yo», 86.

44
El cuerpo y el yo: en su origen, lo imaginario

yo» (88), sobre la cual se cimienta el posterior desarrollo psíquico y


será el pilar de las identificaciones venideras.
Este drama vivido por el sujeto naciente es un suceso que lo
conmueve en su estructura, o mejor, que organiza su estructura.
Organización que permite una identificación primordial, identifi-
cación con el semejante, con su imagen, y que al lograrse posibilita
la identificación con la especie. Es decir, a partir de ahí logra sa-
berse un ser humano como quien le otorga su imagen y la autentica,
sus padres, hermanos o quienes lo sostienen en la vida, señalándole
esa imagen como suya.
Identificarse con la imagen de un cuerpo totalizado implica,
entonces, la unificación de las vivencias dispersas, característica
dominante hasta el momento en la relación del «organismo vi-
viente» con lo real de su cuerpo, por cuanto ha prevalecido el au-
toerotismo y la fragmentación corporal. Es una unidad que, en
tanto yo, albergará las fantasías generadas en el encuentro con el
otro, en la satisfacción pulsional, en la frustración a sus demandas,
en la realización alucinatoria de su deseo. Esa imagen «está preñada
todavía de las correspondencias que unen el yo [je] a la estatua en
la que el hombre se proyecta como a los fantasmas que le dominan,
al autómata, […], en una relación ambigua, […]» (88).
El yo ideal creado a partir de esta identificación constituyente,
que Lacan ha denominado identificación primordial, imaginaria,
identificación entendida en su pleno sentido por cuanto implica
hacerse ídem, forjarse idéntico al otro, se erige en núcleo sobre el
cual se asentarán las identificaciones posteriores, las identifica-
ciones secundarias derivadas de los determinantes sociales. Este yo
ideal [i (a)]15 aquí creado, estará siempre en el horizonte psíquico del
sujeto. Él deseará recuperarlo, pero será inalcanzable por cuanto
será otro objeto más que se sitúa en la serie de los objetos perdidos.
Al respecto, Lacan señala:
Esta forma por lo demás deberá designarse como yo ideal, […]
en el sentido de que será también el tronco de las identificaciones

15 El yo ideal es designado por Lacan como i(a), señalando con este símbolo la
equivalencia del yo ideal con la imagen del otro (autre).

45
Carmen Lucía Díaz

secundarias, cuyas funciones de normalización libidinal reco-


nocemos bajo este término. Pero el punto importante es que esta
forma sitúa la instancia del yo, aun desde antes de su determinación
social, en una línea de ficción, irreductible para siempre por el in-
dividuo solo; o más bien, que solo asintóticamente tocará el devenir
del sujeto, cualquiera que sea el éxito de las síntesis dialécticas por
medio de las cuales tiene que resolver en cuanto yo [je] su discor-
dancia con respecto a su propia realidad.16

Esa gestalt o forma correcta de la imagen del cuerpo que lo


identifica con la especie humana, con el semejante, al establecer
su igualdad con el otro, simultáneamente instaura la confusión
con él: lo del otro es lo suyo y lo suyo es lo del otro. Por eso, en
esa organización yoica, que es eminentemente imaginaria, prima
la dinámica de las proyecciones e identificaciones fusionales con
el semejante. La alienación a esa imagen lleva entonces a que el yo
asuma como característica la enajenación y la necesidad continua
de que el otro sostenga su imagen.
En este proceso interviene de modo fundamental la mirada. Es
a través de ella que el bebé puede reconocer esa imagen que resalta
en el exterior, esa forma que permanece a pesar de las percepciones
cambiantes de aquello que llega de afuera. Es una mirada que di-
rigida hacia aquella figura prevalente, se le devuelve al sujeto, des-
cubriéndose igual a aquello que logra contemplar17. Dicha imagen se

16 Lacan, «El estadio del espejo como formador del yo», 90.
17 Los niños ciegos «ven» de modo diferente; reciben la imagen del otro a
través de lo que escuchan de aquel, de lo que reconocen con su tacto, con
su gusto, con su olfato, y, aunque están privados de visión, logran construir
su imagen corporal y su yo del mismo modo que el vidente: identificándose
con la «imagen» que logran reconocer en el exterior y que les es devuelta en
espejo. Por otra parte, para Lacan la mirada no es propiamente equivalente a
la visión o al acto de mirar; y aunque conceptualmente esta diferencia no es
clara aún cuando escribe el Estadio del espejo, hay ciertos atisbos que dejan
ver ya para esa época que la mirada se distancia del puro fenómeno físico de
la percepción a través del sentido de la visión, al poner el acento en aquello
que del exterior se le devuelve al sujeto, al estar sobredeterminada por todo
lo que viene del otro y al ir acompañada, además, de las interpretaciones y

46
El cuerpo y el yo: en su origen, lo imaginario

acompaña a la vez de las miradas y voces provenientes de aquel que


dona su imagen; son miradas y voces que al enlazarse con esa imagen
ideal, plena, quedarán situadas también como plenas, organizando
objetos pulsionales que al perderse, el sujeto buscará recuperar18.
Que el yo y la imagen del cuerpo se organicen en espejo, a partir
de aquello que proviene del exterior, marca en el sujeto el destino de
su relación con el conocimiento y con aquello que lo forja. Así, ese
vínculo con el conocimiento tendrá un fundamento «paranoico», y
por consiguiente de confusión entre lo propio y lo ajeno. Por otra
parte, dado que el exterior que circunda al niño está ordenado por lo
simbólico, la experiencia corporal imaginaria, en el encuentro con
el significante, quedará a la vez afectada por este; por tanto, «cierto
número de elementos, vinculados todos ellos con la efigie corporal
y no tan solo con la experiencia vivida en el cuerpo, constituyen ele-
mentos primeros, tomados de la experiencia, pero completamente
transformados por el hecho de ser simbolizados»19.
Esa imagen, con todo lo que ella comporta, ejerce una fasci-
nación o seducción tal, que el sujeto naciente queda prendado de
ella, enamorado de la imagen. Por eso con la formación del yo y del
cuerpo florece el narcisismo, brota el amor.

El n a r ci s is m o y el y o como i d e a l
Para Freud el narcisismo surge cuando ya existe el yo y este
se convierte en objeto sexual para el bebé, es decir, objeto al que
se le dirige la libido. Antes de la formación del yo ha primado el

posiciones que el infante va tomando frente al otro. Para Lacan, a partir de


su conceptualización del objeto a, en el seminario dedicado a la angustia
(1963-1964), la mirada se convierte en el objeto de la pulsión escópica,
aquella mirada que, por su plenitud perdida, el sujeto busca en el Otro, y
que al topársela, de modo fulgurante, el sujeto queda convertido en objeto
del Otro, objeto de su mirada.
18 Al situarse como objetos pulsionales por recuperar, Lacan los ha
denominado objetos a. La mirada será el objeto de la pulsión escópica, y
la voz, el objeto de la pulsión invocante, voz aún desligada de los sentidos
y significaciones que transporta la palabra, voz encadenada a la pura
sonoridad, al ritmo, a su musicalidad.
19 Jacques Lacan, El Seminario. Libro 4. La relación de objeto (1956-1957), 53.

47
Carmen Lucía Díaz

autoerotismo; con el surgimiento del narcisismo, aquel continúa


pero dirigido al nuevo objeto organizado. El narcisismo del niño
se sostiene gracias al narcisismo de los padres, a su fascinación con
ese hijo por cuanto el bebé los remite a su propia infancia, donde
reinaba su narcisismo y con este a una vivencia de perfección y ple-
nitud perdida, donde la vida y la cultura aún no hacían exigencias,
donde se desconocía la moral, el dolor de la enfermedad, de la
muerte, de la renuncia al goce.
Freud nos dice:
Si consideramos la actitud de los padres tiernos hacia sus hijos
habremos de discernirla como renacimiento y reproducción del nar-
cisismo propio, ha mucho abandonado. La sobreestimación, marca
inequívoca que apreciamos como estigma narcisista ya en el caso
de la elección de objeto, gobierna como todos saben este vínculo
afectivo. Así prevalece una compulsión a atribuir al niño toda clase
de perfecciones […] y a encubrir y a olvidar todos sus defectos […]
realmente debe ser de nuevo el centro y núcleo de la creación. His
Majesty the Baby, como una vez nos creímos. […] El conmovedor
amor parental, tan infantil en el fondo, no es otra cosa que el narci-
sismo redivivo de los padres, que en su transmudación al amor de
objeto revela inequívoca su prístina naturaleza. 20

El niño queda prendado de sí al reconocer la fascinación de


los padres hacía él. Ese amor naciente del niño hacia él se cons-
tituye en el narcisismo primario, el cual representa «un espacio de
omnipotencia que se crea en la confluencia del narcisismo naciente
del niño y el narcisismo renaciente de los padres. En ese espacio
vendrán a inscribirse las imágenes y las palabras de los padres, a
la manera de los votos, que […] pronuncian las buenas y las malas
hadas sobre la cuna del niño»21.
El narcisismo secundario aparece después de que el infante ha
elegido un objeto sexual externo 22 (la madre), dirigiendo su libido
20 Freud, «Introducción del narcisismo», 87-88.
21 Juan David Nasio, Enseñanza de siete conceptos cruciales del psicoanálisis
(Buenos Aires: Editorial Gedisa, 1990), 65-66.
22 La fascinación de sí en el narcisismo primario lleva a que el mismo sujeto

48
El cuerpo y el yo: en su origen, lo imaginario

y su amor hacia aquel, con el reconocimiento de que él no lo es


todo para aquel a quien ama, ni es tan perfecto como alguna vez
creyó serlo. Esta dinámica le genera heridas narcisistas, a las que se
suman las multitudes exigencias culturales y el descubrimiento de
la diferencia sexual en su cuerpo y en la del otro, que lo sumen en
angustia de castración y en desilusión de sí. Esa experiencia con-
lleva erigir dentro de sí un ideal con el que comparará su yo, y el
amor a ese ideal es lo que Freud denomina narcisismo secundario.
Así lo expone Freud:
Sobre este yo ideal recae ahora el amor de sí mismo de que en la
infancia gozó el yo real. El narcisismo aparece desplazado hacia este
yo ideal que, como el infantil, se encuentra en posesión de todas las
perfecciones valiosas. […] No quiere privarse de la perfección narci-
sista de su infancia, y si no pudo conservarla por estorbárselo las ad-
moniciones que recibió en la época de su desarrollo y por el despertar
de su juicio propio, procura recobrarla en la nueva forma de ideal
del yo. Lo que él proyecta frente a sí como su ideal es el sustituto del
narcisismo perdido de su infancia, en la que él fue su propio ideal.23

Como podemos ver, Freud utiliza indistintamente yo ideal e


ideal del yo, indeterminación que Lacan precisa, señalando al yo
ideal como el resultado del primer momento estructurante de la
subjetivación, que él ha llamado «Estadio del espejo», acaecido en
el bebé humano entre los 6 y los 18 meses, equivalente al nacimiento
del yo y de esa imagen aparejada a su imagen corporal. El Yo ideal
corresponde al registro imaginario hacia el cual se dirige el narci-
sismo primario con las características descritas por Freud. El ideal
del yo, en cambio, es el resultante del paso por otro proceso, el
proceso edípico, cuya función estructurante es fundamental y
reorganizadora de la estructura lograda con la formación yoica.
Así, el ideal del yo pertenece al registro simbólico por derivarse
de los determinantes simbólicos, culturales, interiorizados por el
sujeto en construcción.

naciente se elija como objeto al que dirige su libido y, en ese sentido, queda
situado ante sí como objeto sexual.
23 Freud, «Introducción del narcisismo», 91.

49
Carmen Lucía Díaz

Para Lacan el yo queda plenamente ligado al narcisismo, sea


primario o secundario, por implicar la captación imaginaria y por
la fascinación que produce la imagen que lo forma, la imagen que
se sitúa como ideal en el yo ideal, y que el ideal del yo, construido
con posterioridad, retorna en su búsqueda. Con la formación
del ideal surge el narcisismo y el amor (enamoramiento) hacia la
propia imagen, que es la misma imagen del semejante, por la cual
el infante queda cautivado. El niño y la niña aman la imagen que
viene del otro. Y no solamente se identifica con esta, sino también
con lo que a ella se le asocia y lo que de ella proviene. Se ama a él
porque reconoce el amor del otro hacia él, ama lo que el otro ama,
dirige su mirada hacia donde la dirige el otro, y al reconocer que el
otro desea, también organiza su deseo a partir del deseo del otro.
Lacan plantea en este punto que «el deseo es el deseo del otro»,
aforismo que implica distintas resonancias: «Deseo de aquello que
el otro desea», es decir, mi deseo es el mismo del otro; «deseo al
otro» o lo que es equivalente a decir: el otro es objeto de mi deseo;
«deseo despertar el deseo del otro», es decir, situarme como aquel
a quien el otro desea.
Estas equivalencias y el juego de proyecciones e identifica-
ciones hacen que Lacan caracterice el registro imaginario como
el registro en el cual prima la fusión y la confusión con el otro. Es
también lo que lleva a que en esta dimensión imaginaria, con el
surgimiento del narcisismo, no solo florezca el amor sino también,
como correlato de este, germine la agresividad. Y la agresividad
brota con sus componentes de rivalidad, de celos y de envidia, pues
no solamente aparece la lucha por el prestigio entre esas dos imá-
genes idénticas y los objetos que las circundan (¿cuál es mi imagen
y cuál la del otro? ¿Qué es lo mío y qué lo del otro? Eso del otro es
mío; es mío y no suyo; quiero ocupar el lugar del otro; quiero tener
eso que tiene el otro), sino porque esa imagen ideal es disonante
con lo que en realidad soy (el otro representa esa imagen y me con-
fronta con lo que soy); se produce una discordancia entre la imagen
del yo ideal y el yo de la realidad y entre la imagen ideal del cuerpo
y el cuerpo de la realidad. La imagen ideal será una imagen inal-
canzable. Y ese contraste genera hostilidad, origina una hiancia o

50
El cuerpo y el yo: en su origen, lo imaginario

ruptura estructural en el corazón del ser del sujeto en su relación


con su yo, con su cuerpo y con el otro.
Por su vínculo con el amor, atado siempre a la sexualidad, y con
la agresividad, «la relación imaginaria brinda definitivamente los
marcos dentro de los cuales se harán las fluctuaciones libidinales»24,
y donde el cuerpo es necesario no solo como real sino como imagen,
pues en esa relación que el hombre establece con su cuerpo, su
imagen se convierte en «el anillo, el gollete, por el cual el haz confuso
del deseo y las necesidades habrá de pasar para que pueda ser él, es
decir, para que pueda acceder a su estructura imaginaria» (262).

Bibliografía
Freud, Sigmund. «La descomposición de la personalidad psíquica»
«Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis» (1933 [1932]).
En Obras completas, vol. 22. Buenos Aires: Amorrortu Editores, 1982.
. «Formulaciones sobre los dos principios del acaecer psíquico»
[1911]. En Obras completas, vol. 12. Buenos Aires: Amorrortu
Editores, 1982.
. «La interpretación de los sueños» (1900 [1899]). En Obras
completas, vol. 5. Buenos Aires: Amorrortu Editores, 1982.
. «Introducción del narcisismo» [1914]. En Obras completas, vol. 14.
Buenos Aires: Amorrortu Editores, 1982.
. «Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis» (1933
[1932]). En Obras completas, vol. 22. Buenos Aires: Amorrortu
Editores, 1982.
. «Proyecto de psicología» (1950 [1895]). En Obras completas, vol. 1.
Buenos Aires: Amorrortu Editores, 1982.
. «El yo y el ello» [1923]. En Obras completas, vol. 19. Buenos Aires:
Amorrortu Editores, 1982.
Lacan, Jacques. «El estadio del espejo como formador del yo [ je] tal como
se nos revela en la experiencia psicoanalítica». En Escritos 1. México:
Siglo Veintiuno Editores, 1984.
. El seminario. Libro 1. Los escritos técnicos de Freud (1953-1954).
Buenos Aires: Editorial Paidós, 1991.

24 Lacan, El Seminario. Libro 1. Los escritos técnicos de Freud (1953-1954), 268.

51
Carmen Lucía Díaz

. El seminario. Libro 2. El yo en la teoría de Freud y en la técnica


psicoanalítica (1954-1955). Buenos Aires: Editorial Paidós, 1991.
. El seminario. Libro 4. La relación de objeto (1956-1957). Barcelona:
Editorial Paidós, 1994.
Laplanche, Jean y Pontalis, Jean-Baptiste. Diccionario de psicoanálisis.
Barcelona: Editorial Labor, 1983.
Nasio, Juan David. Enseñanza de siete conceptos cruciales del
psicoanálisis. Buenos Aires: Editorial Gedisa, 1990.
Salinas, Pedro. Salinas de amor. Madrid: Grijalbo Mondadori, 1998.

52
La ag re sividad en el psicoanálisis

Juan Carlos Suzunaga


Universidad Distrital Francisco José de Caldas

Universidad Nacional de Colombia

Acerca d e u n a c u e s t i ó n e p i s t e m o l ó g i c a
Para hablarles sobre la noción de agresividad en Lacan, antes
de abordar el tema quisiera hacer unas precisiones de orden episte-
mológico, puesto que en el transcurso de mi exposición voy a contar
con nociones que el discurso de la ciencia no ha considerado porque
no responden al proyecto de la época1, y si lo ha hecho, ha trans-
formado el estatuto que aquellas tienen, incluyéndolas en el campo
de la ciencia, bien sea como excepción o adaptadas al ideario mo-
derno. Es el caso de nociones tales como el sujeto de la consciencia,
el inconsciente, la pulsión, el objeto a, el goce.
Aunque parezca extraño, aludo al sujeto de la consciencia, dado
que el discurso de la ciencia lo ha ido marginando, pues en el desa-
rrollo del capitalismo global se han dejado de pensar y de estudiar
los aportes del pensamiento alemán, a pesar de ser el fundamento

1 Para la modernidad, los fenómenos de lo humano son incluidos como parte


de lo que existe, se los ubica como objetos dentro de campos definidos de
investigación, dentro de lo explicable por la ciencia, es decir, en relación con
lo constante o con lo estándar.

53
Juan Carlos Suzunaga

mismo de la modernidad. Igual sucede con las otras nociones,


empero, estas, a diferencia del sujeto de la consciencia, han sido for-
cluidas por la ciencia, es decir, ni siquiera son consideradas, pues
debido a su singularidad no entraron en el proyecto de la ciencia2.
Las razones de este marginamiento responden a la definición
de lo existente, pues las únicas llamadas a definirlo han sido las
ciencias naturales y las ciencias del espíritu, entendidas ambas
como aquellas que dan cuenta de lo objetivo, es decir, aquellas que

2 Con pensamiento alemán me refiero a aquellos que plantean y resuelven


el problema del espíritu del hombre moderno, la razón y la consciencia,
basados en los aportes que derivan de Immanuel Kant en el siglo XVIII,
quien hace críticas y desarrollos a una de las derivas de la filosofía
cartesiana —la relativa al sujeto en relación con la construcción del saber
y del pensar, incluyendo el tiempo y el espacio, bien como ideas a priori
en el alemán o ideas innatas en el francés—; también Kant introduce el
sujeto de la razón como la expresión más lograda, manifiesta en la historia
y en la ciencia, al plantear la razón pura (tomando los aportes de Newton e
incorporando al sujeto), la razón práctica, centrada en la acción humana,
y la razón del juicio, mediatizada por la estética. El pensamiento kantiano
tiene resonancia en Alemania a finales del siglo XVIII y principios del XIX
en pensadores como Fichte, Schelling, Hegel y Schopenhauer, y en quienes
van a ser sus críticos: Engels, Marx, Nietzsche; luego por Brentano, Husserl
y Heidegger. Este último, será un crítico implacable de nociones derivadas
de la subjetividad cartesiana, el cual ha servido como piso fundamental en
todo el edificio de la filosofía moderna y en el desarrollo de ese pensar: la
ciencia y la técnica. Por tanto, cuando aludo a la marginación de los aportes
del pensamiento alemán me refiero a la marginación de nociones tales
como el sujeto de la razón, el sujeto de la consciencia, la historia, las cuales
han sido subsumidas al ámbito de la neurología, la genética y a la lógica
de las ciencias cognitivas, sustrayéndoseles el peso que tiene el pensar del
sujeto, que si bien ha sido cuestionado y relativizado por el psicoanálisis, ha
sido incluido en el «aparato psíquico»; se puede decir que estos conceptos
han sido reordenados después del descubrimiento del inconsciente y del
objeto a. En consecuencia, la marginación a la que me refiero implica un
desentendimiento radical tanto de la responsabilidad del sujeto con el Otro
—bien en términos de la razón práctica kantiana, bien en la hegeliana—,
como de la responsabilidad del sujeto en su acto, pues los desarrollos de la
ciencia positiva conciben al hombre como un organismo, y al Otro como
un medio natural, lo cual implica que no hay sujeto, tampoco hay historia,
menos aún un acto responsable del sujeto.

54
La agresividad en el psicoanálisis

tienen en el horizonte las constantes y las reglas, o aquello que es


comparable para poder ser explicado3.
En consecuencia, si se habla de algún tipo de sujeto se hace
desde los principios fundamentales de la lógica matemática, de
las ciencias cognitivas, la neurología o la biología, donde el sujeto
cobra valor como individuo dentro de una especie, como unidad
en el cálculo matemático, o como referencia ideal de la historia,
mas no como efecto del discurso, del vínculo social, y menos aún
a partir de la responsabilidad frente a su acto en su singularidad 4,
donde estaría incluido el inconsciente. Es por esta razón que
Martin Heidegger llamó a la modernidad «Época de la Imagen del
Mundo», es decir, un sistema panificable y calculable, constituido
por campos de objetos, o sea, que lo existente, en su estatuto de
verdad, ha de pasar por aquello que la ciencia demuestra a partir
de sus coordenadas. Por eso se puede decir que el aporte del psicoa-
nálisis ha permanecido en la sombra de aquello que es incalculable
en la modernidad, dado que cuenta con la lógica de lo singular 5,
definiendo así su estatuto clínico desde la ética, más que desde la
ciencia, a pesar de los intentos que hizo Freud al respecto6.
El psicoanálisis, en consecuencia, no ha ahorrado esfuerzos
para darle lugar a lo singular, y lo ha hecho desde la clínica, por
eso cuenta con el sujeto del inconsciente y el objeto a, entre otras
nociones, acuñadas a partir de una intersección entre la clínica y
los conceptos derivados de la ciencia o la filosofía. No sobra aclarar
que el empeño de Lacan fue entablar un diálogo con la filosofía, la

3 A pesar de las discusiones de Dilthey, las ciencias del espíritu corren hoy
por hoy la misma suerte que está corriendo el pensamiento alemán.
4 Lo singular cuestiona el campo de la ciencia, sin embargo, esta última no lo
toma como arista para construir saber, sino que lo integra como excepción
de lo constante, lo cual le permite enmarcarlo en su campo.
5 Entendido como aquello que no es susceptible de ser comparado para
explicarlo. Lo singular, lo raro, lo simple, lo no habitual no se entiende de
por sí, y por eso queda inexplicado para la ciencia, dado que esta exige la
comparación para poder entrar en el campo de lo explicable.
6 Sigmund Freud, «35.ª Conferencia. En torno de una cosmovisión» «Nuevas
conferencias de introducción al psicoanálisis» (1933 [1932]), en Obras
completas (Buenos Aires: Amorrortu Editores, 2004).

55
Juan Carlos Suzunaga

lógicamatemática, la topología, la cibernética, la termodinámica,


entre otros campos, no simplemente como un recurso contingente,
sino como una necesidad, sobre todo si se entiende que una era es
fundamentada por la metafísica7. En consecuencia, al contar con
el inconsciente, el psicoanálisis subvierte el pensamiento mismo,
pues introduce el campo del sujeto, entendido desde lo singular,
descentrándose del proyecto moderno de la ciencia por cuanto este
exige que lo existente quede inscrito en algún campo de objetos.
Se puede entender, entonces, que las notas que siguen pretenden
diferenciar la noción de agresividad elaborada sin sujeto, cuyo piso
fundamental es la biología, de la que construye el psicoanálisis
cuando se le da un lugar al inconsciente en la experiencia clínica.
Sin más preámbulos, en primer lugar vamos a esbozar bre-
vemente lo que dice la ciencia sobre la agresividad. En este caso,
abordaremos a Konrad Lorenz, etólogo austriaco, cuyas tesis han
influido los planteamientos sobre el comportamiento animal.
Luego nos detendremos en la afirmación de Lacan, que plantea que
la agresividad es subjetiva en su constitución misma.

La a g r e s i v i d a d e n la etología…
Para Konrad Lorenz la agresividad es uno de los instintos su-
periores junto al sexo, el hambre y el miedo, los cuales son meca-
nismos innatos, determinados en la evolución filogenética, es decir,
transmitidos hereditariamente. Desde esta perspectiva, el etólogo
austriaco explica el impulso agresivo y así entiende el porqué de ese
impulso por agredir a otros individuos de su especie, lo que llamó
«agresividad intraespecífica». Su explicación se hace extensiva para
entender las conductas agresivas del humano hacia sus semejantes,
desde una simple pelea hasta una guerra.
Algunos autores afirman erróneamente que Konrad Lorenz
toma elementos de Freud, dado que plantea que
[e]l conocimiento de que la tendencia agresiva es un verdadero
instinto, destinado primordialmente a conservar la especie, nos
hace comprender la magnitud del peligro: es lo espontáneo de ese

7 En el pensamiento moderno, es la metafísica cartesiana.

56
La agresividad en el psicoanálisis

instinto lo que lo hace tan temible […]. La opinión, completamente


errónea, que se enseña de que tanto el comportamiento humano
como el animal son de tipo predominantemente reactivo y que aun
conteniendo elementos innatos puede modificarse por el apren-
dizaje, todavía tiene profundas raíces, y difíciles de extirpar. 8

Además, proponen que los argumentos tanto de Freud como


de Lorenz se fundamentan en una carga instintual propia de
la especie; y entonces, al ser el instinto agresivo innato, la única
diferencia es que el primero dice que la agresión tiene causas psi-
cológicas, mientras que el segundo las ubica en la biología. Desde
esa perspectiva, ambos pretenderían analizar las causas innatas
del comportamiento. Veremos más adelante que esa diferencia,
aunque parece de forma, no tiene el mismo fundamento episte-
mológico, sino que daría cuenta de una diferencia radical entre la
constitución del sujeto y el desarrollo de un cachorro.
Se puede decir que lo que realmente fundamenta al etólogo
son las tesis de Charles Darwin, las cuales proponen que el instinto
agresivo es el motor específico evolutivo de la lucha intraespecífica
del más fuerte, quien tiene el encargo, instintivamente hablando,
de la supervivencia de la especie, mientras que los más débiles mu-
tarán para mejorar su respuesta ante el medio y así poder conser-
varse. Darwin dirá que de este juego, por decirlo de alguna manera,
entre selecciones naturales y mutaciones, surgieron las nuevas es-
pecies. La tesis de los etólogos, en este caso de Konrad Lorenz, es
que el instinto agresivo apareció por la evolución de las especies y
en consecuencia los animales superiores poseerían esta carga, lo
cual garantizaría la supervivencia de los mejores en la naturaleza.
Este instinto permitirá que los individuos de una especie se
reconozcan mediante la secreción de un olor característico de la
especie y de la familia a la cual pertenecen. En su libro, Sobre la
agresión: el pretendido mal, Lorenz da varios ejemplos de la manera
como ciertos animales, al reconocer un olor que no pertenece a su
familia, agreden fuertemente al intruso hasta provocarle la muerte:

8 Konrad Lorenz, Sobre la agresión: el pretendido mal (Madrid: Siglo XXI,


2005), 60-61.

57
Juan Carlos Suzunaga

Lo que hacen las ratas cuando un miembro de una familia ex-


traña de ratas va a dar al territorio de las primeras (o cuando el expe-
rimentador lo pone entre ellas), es lo más horrible y repugnante que
puede imaginarse. A veces el extraño se pasea durante varios mi-
nutos, y aún más largo tiempo, sin tener idea del espantoso destino
que le espera. Y a todo eso, los residentes siguen en sus ocupaciones
como si nada. Hasta que el intruso se acerca lo suficiente a uno de
ellos para que le llegue el olor. Inmediatamente, una sacudida eléc-
trica recorre a este animal residente, y en un abrir y cerrar de ojos,
toda la colonia ha recibido la alarma por el proceso de transferencia
de la motivación, que en la rata noruega se realiza tan sólo mediante
movimientos de expresión y en la rata doméstica con un grito en-
sordecedor [...]. Entonces, con los ojos desorbitados por la emoción
y los pelos erizados, las ratas se disponen a la caza de ratas. 9

A pesar de este resultado nada halagüeño, el investigador aus-


triaco propone, paradójicamente, que el instinto agresivo en los
animales cumple ciertas funciones para el mantenimiento de la
especie, a saber:
La distribución regular y equitativa de los individuos de una
misma especie al acceso del territorio vital, es decir, de un te-
rritorio provisto para el mantenimiento de la especie, de tal
suerte que si aparece uno que no pertenece a ese territorio,
desencadenará la agresividad de aquellos que sí pertenecen, lo
cual implica la defensa de las condiciones de vida.
La lucha del más fuerte garantiza el mantenimiento de la es-
pecie, pues en el enfrentamiento asegura la supervivencia de
los mejores, capaces quizá de enfrentarse a enemigos de otras
especies que amenacen la suya.
El cuidado de la progenitura mediante la agresión a aquellos
que intenten vulnerarla.
La presión permite establecer la jerarquía que sostiene la orga-
nización animal.

9 Lorenz, Sobre la agresión, 182.

58
La agresividad en el psicoanálisis

La agresión favorece la constitución de lazos amistosos. En


aquellos animales donde hay alta tendencia a la agresividad
intraespecífica se establecen lazos amistosos más fuertes que
en aquellos animales donde no la hay. Estos forman grandes
masas de animales consolidados, donde unos siguen a otros.
Fenómeno definido por Konrad Lorenz como «multitudes
anónimas». En el primer caso la agresión se inhibe cuando
se encuentra con otro individuo con la misma agresividad,
mientras que se agrede a aquel que la tiene baja. Según el autor,
emerge la frontera de lo familiar y lo extraño. Entre animales
de la misma especie el más fuerte inhibe la agresión cuando
el otro da signos de sumisión. Por tanto, la agresividad no es
mortal, al menos que sea por un accidente.
Dentro de esta lógica se introduce al hombre, pero con una va-
riedad fundamental, pues este no posee los inhibidores de las ten-
dencias agresivas, ya que los perdió al incorporar el pensamiento
conceptual y las herramientas, las cuales sirvieron, ante la ausencia
de armas propias, para modificar las condiciones extraespecíficas,
y devinieron en armas para matar a sus semejantes. Dado que el
instinto no se adaptó correlativamente a la construcción del pen-
samiento conceptual, dejó al ser humano desprovisto de un inhi-
bidor de la agresión física, y a cambio posee, repito, el pensamiento
conceptual y el avance técnico para domeñar la naturaleza.
Después de haber la humanidad, gracias a sus armas y sus ins-
trumentos, sus prendas de vestir y su fuego, dominado más o menos
las fuerzas hostiles de su ambiente extra específico, se produjo sin
duda un estado de cosas en que las contrapresiones de las hordas
enemigas vecinas fueron el principal factor selectivo, que determinó
los siguientes pasos de la evolución humana. Nada tiene de sorpren-
dente el que ese factor produjera un peligroso exceso de lo que se ha
dado en llamar «virtudes guerreras» en el hombre.10

En este texto, Lorenz plantea que la agresión es una respuesta


refleja, que está dentro de los Mecanismos Inhibidores Innatos

10 Lorenz, Sobre la agresión, 269-270.

59
Juan Carlos Suzunaga

ante condiciones desconocidas por el hombre, por tanto es nece-


sario diferenciar la agresión natural de la violencia culturalmente
pautada. Si bien todo animal no busca la agresión de su congénere,
el hombre sí lo hace con lo que fue el producto del cerebro. Por
tanto, el desarrollo de la adaptación del hombre y el producto de
esta, que es la función simbólica, genera causas morales que lo
llevan a matar; es lo que Lorenz llama «entusiasmo», causa de la
crueldad y de los síntomas del cuerpo. Puesto que esa agresión
no tiene inhibidores naturales, su desenlace es la eliminación del
otro, causada por la rivalidad sexual y la selección natural. La
manera de controlar esa acumulación de agresividad es el movi-
miento reorientado a rituales simbólicos. Esta salida es explicada
por la pérdida de la función original en la filogénesis y se convierte
en ritual innato, de tal forma que son sus efectos los que permiten
inhibir la conducta agresiva.
Si bien el autor se cuida de generalizar el problema del ins-
tinto, aunque propone que lo común entre animales y el hombre
es el instinto de agresión, el cual garantizaría la regulación entre
individuos de una misma especie, deja entre bambalinas lo que él
llama el «producto del cerebro», como si se tratara de una línea
filogenética de desarrollo. No alude al porqué del cambio de una
carga de inhibidores por el pensamiento. No obstante, refiere la
construcción de una moral que llevaría al hombre a eliminar a su
congénere, tipo de agresión que no tiene inhibidores naturales.

La a gr e si vi da d ,
u n a p r o p u e s t a ps icoanal ítica
El psicoanálisis, por su parte, descarta el instinto de agresión y
su determinación filogenética. Por dos razones: la primera estriba
en que el sujeto no está determinado por el instinto a causa de
su prematuración biológica, y la falencia neuronal con la que
nace le imposibilita la respuesta motora ante un impulso externo
—esto lo llevará ulteriormente a construir un aparato psíquico para
huir de aquello que desequilibra su homeostasis—, condiciones
neuronales que le hacen requerir de manera radical al Otro. La
segunda tiene que ver con el hecho de que el psicoanálisis descubre

60
La agresividad en el psicoanálisis

que la agresividad es consustancial a la constitución misma del


sujeto, pues se genera en la dialéctica implicada en el encuentro
con el Otro primigenio (la madre), y que, mediante esta relación lo
llevará, en un segundo momento de alienación, al encuentro con
la cultura, con el lenguaje; es una estructura que no responde a la
misma lógica de la naturaleza. Vale la pena resaltar que el marco
en que se realiza esta construcción subjetiva es la cultura preñada
de la lógica significante.
Cuando Lacan alude al estadio del espejo como formador de
la función del yo, a partir del modo como se revela en la expe-
riencia analítica, nos dice que el niño, a razón de la inmadurez de
su sistema piramidal —encargado de la actividad motora volun-
taria—, es compelido a depender del Otro de modo radical, de su
deseo, para vivir; si esto no ocurre, si el Otro no lo acoge, las con-
secuencias serán funestas11. Es necesario aclarar que ese Otro no
es una hembra, sino una madre, es decir, alguien que se reconoce
como sujeto, y que lo sepa o no, está determinada por su historia
familiar, la cual a su vez está «incrustada» en la historia misma
de la humanidad, o sea, en la cultura. Esta madre, a partir de su
deseo, ubica dialécticamente al niño como su hijo, en cuanto tiene
en el horizonte un padre; esta posición permite la transmisión de

11 El recién nacido no viene al mundo provisto del sistema nervioso apto


para sus autonomía, pues hay una suerte de prematuración que impide
que el niño literalmente pueda controlar sus músculos, dado que el
movimiento que posee es fundamental para la vida, ya que el sistema
piramidal aún no se ha mielinizado. Por esta razón está a expensas del
sistema extrapiramidal, el cual se encarga de percibir la excitación de los
órganos de recepción y manda los impulsos a la musculatura mediante
mecanismos automáticos de la médula espinal; en consecuencia
aparecen los movimientos automatizados, por ejemplo el reflejo de la
posición de la cabeza, y aquellos necesarios para la vida. A diferencia de
la vía piramidal, la cual está encargada de los movimientos involuntarios
—dado que une la corteza con la periferia del organismo— mediante
una decusacion de la pirámide, a través de la médula espinal, de manera
que tiene control de los músculos pequeños como los de los dedos de la
mano. Por eso se puede decir que el sistema se mieliniza cuando el niño
tiene movimientos voluntarios, por ejemplo, el control de esfínteres se
produce a los dos años, aproximadamente.

61
Juan Carlos Suzunaga

las leyes del parentesco, que no son otras que las del lenguaje. En
consecuencia, ese lugar en el que funciona la madre, la convierte en
representante de un saber que se transmite de generación en gene-
ración, mediante las relaciones de parentesco y, como tal, cumple
dos funciones, a saber: la primera, facilitar una imagen y un cuerpo
a ese pequeño neonato, y la segunda, introducir la función paterna,
entendida como una prohibición a la satisfacción pulsional. De esta
manera, el niño es introducido en una dialéctica que no es natural,
puesto que no está provisto de las condiciones materiales; su si-
tuación de vulnerabilidad lo sujeta completamente al Otro.
Esta mención, en lo que respecta al recién nacido, alude a la
imposibilidad de la autonomía, la cual lo llevará a vérselas con un
Otro que no es natural. Esto quiere decir que la manera en que
sobrevive no es mediante los instintos, como lo ha planteado la bio-
logía, sino a partir del deseo del Otro. Entonces, no es la evolución
aquello que lo determina, ni el desarrollo, sino el deseo que deriva
de una falta constitutiva causada por el lenguaje12 y derivada de la
vulnerabilidad neuronal, falta privativa de todo el género humano,
de todo ser hablante.

De la prematuración
b i o l ó g i c a al a p a r a t o p s íq ui co
Quisiera detenerme brevemente en la prematuración. El niño, al
nacer, carece de la capacidad de movimientos voluntarios, por tanto,
está a expensas de estímulos externos que no son ubicables, y de los
cuales no puede huir, por su incapacidad motora de deshacerse de ellos,

12 El lenguaje para el psicoanálisis es una estructura que preexiste al


sujeto y es la condición para que este se constituya como tal. Es decir, el
neonato no solo necesita que tenga un organismo para vivir, sino que al
nacer se encuentra con una estructura que lo transforma (el lenguaje),
introduciéndolo en una suerte de conjunto de elementos que guardan una
relación de oposición entre sí y cada uno de los cuales adquiere su valor, en
cuanto que está relacionado con el Otro. Se puede decir que lo que recibe a
un recién nacido no es el medio ambiente, sino la cultura, entendida como
ese conjunto de relaciones de elementos (las estructuras de parentesco, la
historia, la sociedad, y todo aquello que introduzca una prohibición para
regular el goce o la satisfacción pulsional).

62
La agresividad en el psicoanálisis

lo cual causa el llanto, que será leído por el Otro como un llamado. En
su dependencia, va a ser el Otro el que disminuirá su displacer al sa-
tisfacerlo provisionalmente con el primer amamantamiento, lo cual le
dejará una huella en el sistema nervioso, pues aún no se ha formado su
cuerpo como objeto imaginario.
Esta satisfacción primera desaparecerá definitivamente y se
convertirá en la satisfacción paradigmática, con la cual el niño
alucinará como si fuera la primera en su repetición. Esa fuerza
constante y endógena será llamada por Freud «pulsión», y se dis-
tanciaría de esa otra noción empleada por la biología, el instinto,
pues este último operaría como una fuerza variable, su estimulo
será exógeno y su función es homeostática, mientras que la cons-
truida por Freud será irremediablemente insatisfecha en su tota-
lidad; tan solo será satisfecha de manera parcial, pues buscará un
objeto real ya desaparecido, inexistente, en otro registro, bien sea
en lo imaginario de la dialéctica donde se constituye el yo con el
otro, o en lo simbólico, donde se sublima con el lenguaje.
Al intentar librarse de ese displacer, el niño construye un
aparato psíquico, a partir de la alienación a la imagen del otro, ex-
pulsando fuera aquello que soporta de su insatisfacción. Por tanto,
esa insatisfacción de objeto, de la cual no podrá librarse, orientará
el resto de su vida. Se puede decir que la pulsión es una exigencia
del trabajo impuesto al aparato psíquico. Mientras que el instinto es
guía de la vida para el encuentro de un objetivo preciso, la pulsión
pone en riesgo la vida misma en su búsqueda insensata de un objeto
que dista de ser específico, pues su correlato es la destrucción total,
ya que buscará un retorno imposible. A pesar de que la pulsión de
muerte no es la agresividad, esta última la representará como un in-
tento de restituir la armonía interior cuando se dirige al otro.
Recordemos que optar por esta vía es inexorable, dado que el
niño está imposibilitado de ir a la acción, sin embargo, esta salida
es la más expedita. Aquello que no reconoce como suyo es lo más
íntimo, en tanto que lo que le causa displacer es, precisamente, esa
fuerza constante y endógena, pues en principio la satisfacción se
experimenta en el sistema nervioso mediante un objeto que le sa-
tisfizo en la inmediatez y que va a desaparecer de manera radical.

63
Juan Carlos Suzunaga

Más aún, cuando ese objeto que facilita la satisfacción es buscado en


un registro que no tiene nada que ver con el registro de lo real, lo bio-
lógico; ya no es natural. Me refiero a la pulsión. Esta fuerza, constante
y endógena, es la que va a acompañar al sujeto durante su vida; él
tendrá que vérselas con esta una y otra vez, en diferentes momentos,
lo cual se va a vivenciar de manera dramática, o si se quiere, trágica,
a menos que sea tramitada mediante la inhibición de su satisfacción.
El auxilio del semejante es fundamental porque en su ausencia
el niño irremediablemente moriría. Por lo tanto, el niño es intro-
ducido en una relación dialéctica imaginaria dentro de un marco
simbólico que le preexiste, como es la cultura. Es importante su-
brayar esto porque me permite exponer las razones por las cuales
la agresividad, más que ser una respuesta de un mecanismo desin-
hibidor innato, es efecto de la relación que tiene el niño con su
madre, en tanto sujeto en relación con el otro.

Lo i m a g i n a r i o . Una d i al éc t ic a necesaria
Lacan ubica la fase del espejo entre los 6 y los 18 primeros
meses. Su importancia radica en que Lacan la plantea como fase
fundante de la subjetividad y como la que determinará la estructura
del sujeto. Recordemos que en este momento el niño carece de mo-
tilidad, puesto que no ha habido mielinización del sistema pira-
midal, lo cual le impide moverse a voluntad y por tanto no puede
deshacerse de aquello que lo excita o lo desequilibra, en tanto que
es un organismo, pero paradójicamente hay actividad psíquica. Se
reconoce, entonces, una falta de correspondencia entre la organi-
zación física y el desarrollo físico, puesto que ocurre la anticipación
de una imagen a partir del otro mediante la identificación a su
imagen, lo cual permite la construcción de una ortopedia o imagen
correcta de su cuerpo, que lo salva de la dispersión.
Una imagen a la cual se identifica, identificación a la que
Freud llama el «yo ideal», en tanto que el niño se identifica con el
objeto del deseo de su madre; es decir, al objeto que completaría
su falta, a saber: el falo imaginario 13.

13 La madre, en cuanto ser hablante, posee una falta estructural, falta de un


objeto pleno que colme su deseo y que la sitúa en la condición de sujeto

64
La agresividad en el psicoanálisis

La a g r e s i v i d a d como m a n i f e s t a c i ó n d e la
m ascarada i m a g i n a r i a d e la completitud
En la experiencia analítica, al afinar la escucha de lo que el
sujeto habla dentro del dispositivo14, hay ciertos hechos que sirven
de huellas que orientan la escucha hacia el reconocimiento de una
estructura que les da origen y que se manifiestan como intenciones
agresivas, reacciones de diferente matiz, vividas como odio y hosti-
lidad. La ironía, la burla, el sarcasmo, el insulto, entre otras, aluden
a la instalación de la agresividad como intención subjetiva en una
relación dialéctica. La inhibición que causan, la amenaza que ame-
drenta o el daño que generan a aquel a quien se dirigen revelan la
eficacia de la agresión.
Según Lacan, la causa de la agresividad son las imagos, o re-
presentaciones inconscientes del sujeto de su propio cuerpo frag-
mentado (imágenes de castración, destripamiento, dislocación
corporal) que se generan en el marco de la constitución de su
propio yo, donde se ha producido la anticipación de una imagen
total y plena, a partir de la imagen del otro; se trata de un proceso
fundante del yo y, a la vez, del narcisismo primario, proceso al
que Lacan ha dado el nombre de Estadio del espejo. La agresividad

deseante. El objeto al que tiende su deseo se le ha llamado objeto fálico.


En la serie de objetos fálicos construidos por un sujeto, algunos se sitúan
en la categoría de «falo simbólico» y otros en la de «falo imaginario». Esta
última categoría corresponde a aquellos objetos con los que el sujeto, de
modo ilusorio, engañoso, cree completarse plenamente, y el hijo entra
en esa categoría (el hijo como falo imaginario al que el niño se identifica
inicialmente —creer que él es todo para la madre, que colma su falta y
acomodarse allí identificado con ese objeto—); la madre debe brindarle
esa ilusión para luego hacerle saber lo contrario, «desilusionarlo». Parte
del proceso de la organización psíquica del niño es reconocer que ni él
completa a su madre ni ella lo completa a él, es decir, que debe constituirse
él mismo no como objeto sino como sujeto deseante, accediendo al falo
simbólico a través de la castración, en otras palabras, aceptando la falta;
pues la falta misma es el falo simbólico, su significante.
14 Se llama «dispositivo analítico» a las condiciones requeridas para empren-
der una cura psicoanalítica, en las que se permita seguir la regla funda-
mental de parte de quien se somete a dicha experiencia, la asociación libre,
con su correlato, la atención flotante, de parte de la persona que escucha,
el psicoanalista.

65
Juan Carlos Suzunaga

viene a ser testigo de un trasfondo de fragmentación corporal que


muestra el engaño narcisista, en cuanto se establece como imagen
totalizadora que se funda como proceso anticipatorio de un yo
ideal, y que supone una matriz simbólica que determinará al sujeto.
Expusimos en líneas precedentes que aquí se trata no de la
respuesta de un organismo a un estímulo, sino de una tendencia
correlativa a la identificación del niño a la imagen de otro, lo cual
implica una dimensión subjetiva que se manifiesta en relación con
la intención del otro. A diferencia de la lógica lineal, evolutiva, de
desarrollo gradual de la biología, la agresividad se expresa y se
constituye en procesos anticipatorios y retroactivos, pues los pro-
cesos subjetivos no tienen la misma lógica del desarrollo porque
sus procesos están enmarcados por el lenguaje, y en consecuencia
puede decirse que son procesos de anticipación y retroacción 15.
No hay representación, en tanto que para el infante aún no hay
sujeto ni objeto, y menos un otro. Además, la representación de cada
órgano es inexistente, puesto que cada uno es vivido de manera se-
parada; así mismo, se confunde en los movimientos de su madre.
Podemos decir que la experiencia del niño ante lo que percibe es
de confusión. Son objetos en su estatuto de real, aparecen y desapa-
recen en la inmediatez de la experiencia, vienen y se van, sin que
logre situarlos en una suerte de coherencia. De la misma manera, el
placer que experimenta no es ubicable. Lo característico de esta ex-
periencia (anterior a la constitución del yo) es su fragmentación, su
dispersión, pues aún no posee una unidad que integre esa fragmen-
tación en la que se encuentra su organismo, la cual se constituirá a
partir de su identificación con la imagen de la madre; identificación
que de manera anticipada le da unidad al cuerpo, pese a su inma-
durez biológica. El niño es objeto de una suerte de reordenamiento
en el momento en que él aparece en el mundo y es introducido en la
dialéctica significante.
Esta insuficiencia del organismo que caracteriza al cachorro
humano viene a ser su gran potencia, dado que a causa de ella

15 Cuando se organizan aspectos psíquicos anticipándose a desarrollos


biológicos se está frente a un proceso anticipatorio. Cuando una experiencia
posterior reorganiza una vivencia anterior, se habla de proceso retroactivo.

66
La agresividad en el psicoanálisis

construye un aparato que le permite sobrevivir, a partir del deseo


del Otro. Esta insuficiencia aflorará en los fantasmas de fragmen-
tación del cuerpo, al surgir de manera retroactiva.
Respecto al proceso de reconocimiento del propio cuerpo, en
relación con el otro, en tanto imagen, es necesario anotar que hay
una discordancia entre la realidad del cuerpo y la idea de totalidad
que emerge en el proceso de identificación con la imagen del otro 16.
Se identifica con el otro, en tanto que es omnipotente y autónomo,
aspecto que forja la fascinación como esencia de la constitución del
yo. La anticipación psíquica respecto del desarrollo físico implica la
identificación del niño con el ideal del yo, en un momento en el que
para nada domina los movimientos ni la estabilidad de su cuerpo.
En la formación del yo no se trata de un sujeto de conocimiento,
puesto que no está en el marco del sistema percepción-consciencia.
Es decir, aún no se ha constituido un sujeto, pues lo que sucede es
el inicio de una anticipación de una imagen que viene del otro, lo
cual le dará unidad a la dispersión de movimientos, sensaciones
autónomas, no ubicables, a partir de la unidad imaginaria: yo en
tanto que Otro. Esta primera alienación tiene estructura dual, per-
seguirá una imagen que no es la suya, pero inexorablemente lo es,
por tanto no podrá ser alcanzada. En la intimidad se juega la con-
fusión de un objeto imaginario en disputa, en una estructura de
imágenes. El conocimiento del yo implica un desconocimiento del
otro del que deriva, y del que inexorablemente depende. Un cono-
cimiento que tiene estructura paranoica: saber del yo supone nece-
sariamente encontrarse con un otro. Lo íntimo de la imagen está
afuera, en una relación dialéctica que se invierte. Hay alienación a
una imagen ideal que se escurre.
«Yo soy el otro» inaugura una tensión fundamental, puesto
que el yo se constituye en la imagen del otro, de tal suerte que el
yo aparece como objeto de disputa. La estructura del yo es dual,
imaginaria, es decir, está en relación con la imagen, ya que se
constituye a partir del Otro; en consecuencia, aparece una con-

16 Hay discordancia por cuanto el niño logra organizar una imagen total de su
cuerpo a pesar de no tener control total de este, de no dominarlo aún.

67
Juan Carlos Suzunaga

tradicción entre la fascinación y la rivalidad, ente lo semejante y


lo extraño. Así, la identificación narcisista, el yo y la agresividad
son consustanciales. Esta contradicción, que es fundamental por
su estructura misma, se juega entre la fusión de la identificación
—fusión que confunde— y la agresividad que divide y permite
apropiarse de un lugar que distancie al sujeto del otro, de los otros.
Es una dialéctica que instaura una lucha a muerte por el prestigio y
el reconocimiento. El correlato es la destrucción del otro.
La contradicción ante la fascinación y la destrucción de la imagen
que es el Otro desemboca en un callejón sin salida que debe ser re-
suelto en una segunda alienación, donde la lucha a muerte tendrá
una salida, afortunadamente. Aquí lo simbólico reordenará la lógica
imaginaria con la introducción de un tercero, de la identificación
con el ideal del yo a partir de un rasgo, de tal manera que resuelve
los impulsos destructivos y el temor que implica quedar a expensas
del deseo del Otro, pues se lograrán representar en el lenguaje y se
reconocerán a través de este los referentes que permiten limitar los
impulsos destructivos. Este segundo momento, el de la identificación
con el ideal del yo, se resuelve al no poder realizarse; por tanto, la se-
gunda identificación se juega del lado del tener, es decir, tener lo que
el otro tiene, y alude a los objetos que remiten al deseo del Otro. De la
lógica del ser el objeto del otro, el sujeto pasará a tener los objetos del
deseo del Otro. En este movimiento la agresividad se inscribe en un
registro diferente al que la fundó, pues el gran Otro de la cultura, la
deriva del lado de los ideales y su tramitación se vehicula en los sín-
tomas o en la palabra, de tal forma que la vuelve dialectizable.
Ya para terminar, es necesario anotar para ulteriores trabajos
que si bien la agresividad no es la pulsión mortífera, es una re-
presentación de ella, un rodeo posible ante la inexorable captura
en esa dialéctica imaginaria, una suerte de estrategia inconsciente
para realizar lo imposible de la satisfacción pulsional, el goce. La
intención agresiva por su estructura puede quedar atrapada en lo
que Freud y Lacan llaman la «tendencia agresiva», que es el re-
encuentro con lo mortífero de la pulsión, con la imposibilidad de
la armonía imaginaria, de forma que la pulsión de destrucción
surge en el otro o en el propio cuerpo del sujeto y se evidencia en

68
La agresividad en el psicoanálisis

el fenómeno de la repetición como compulsión, y con el descubri-


miento del masoquismo primordial.
No hay una suerte de tendencia natural hacia los valores mo-
rales. Desde esta perspectiva el psicoanálisis rompe la dinámica del
evolucionismo como lo plantea Konrad Lorenz, señalado en líneas
más arriba. Así, para el psicoanálisis, el dato que arroja la agresi-
vidad es la necesidad de expulsar la experiencia propia del cuerpo
fragmentado, por lo tanto rechaza la explicación de la agresividad
como respuesta ante la frustración de una necesidad, o de una res-
puesta del cerebro ante la ausencia de inhibidores de tendencias
agresivas de la especie.

Bibliografía

Obras citadas
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«Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis» (1933 [1932]).
En Obras completas. Buenos Aires: Amorrortu Editores, 2004.
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Obras consultadas
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Tinbergen, Nikolaas. El estudio del instinto. Bogotá: Siglo XXI Editores, 1981.

70
LO SIMBÓLICO
Las fo rm a cio ne s inconscientes y l o sim b ó li co

Á l v a r o Reyes
Universidad Nacional de Colombia

Muchos de los pacientes neuróticos a los que someto al tratamiento


psicoanalítico acostumbran confirmar, echándose a reír, los
resultados del análisis que descubren a su percepción consciente
lo inconsciente oculto, y ríen incluso cuando el contenido
de lo descubierto no justifica en absoluto tal hilaridad.
Sigmund Freud

Es cierto, percatar lo inconsciente da risa, pues la interpretación


psicoanalítica está estructurada como un chiste. Empero la segunda
parte del comentario nos deja perplejos y, acaso como a Freud, nos
incita a decir a quienes ríen cuando el contenido no justifica el júbilo:
«Oiga, esto no es un chiste», con lo cual parafrasearíamos a Magritte
escribiendo debajo de una pipa: «Esto no es una pipa».
Así las cosas, los párrafos siguientes discurren en torno a
las formaciones del inconsciente y a lo simbólico en Lacan, en
tiempos en que traza la preponderancia del significante sobre el
significado, de lo simbólico sobre lo imaginario y lo real, mo-
mento entonces del inconsciente lenguaje.
Cuando se habla de tales formaciones se dice que son los
sueños, los olvidos, los recuerdos, los lapsus, los chistes y los sín-
tomas. Aquí cabe una precisión, pues si bien Freud en unas ela-
boraciones las deja en el mismo conjunto, por ejemplo, en sus
Lecciones introductorias al psicoanálisis (1917), en otras separa al
síntoma dándole un lugar específico; tal diferenciación será acen-
tuada por Lacan. Tres trabajos del maestro vienés sobre estos temas
obligan a volver a ellos porque poseen tintes y tintas fundacionales

73
Álvaro Reyes

y convocan, además, lo punzante de su invención. El primero en


aparecer fue La interpretación de los sueños (Die Traumdeutung),
en 1900, y le siguió Psicopatología de la vida cotidiana en 1904, año
de su primera edición con cuerpo de libro, ya que desde 1898 cir-
culaban capítulos o partes referidas al olvido. En 1905 se publica
El chiste y su relación con lo inconsciente, que a diferencia del texto
de los sueños, fue considerado por Freud y analistas posteriores
como un ensayo de aplicación; resituarlo como volumen magistral
haciendo trilogía con los dos anteriores, al abordar asuntos lengua-
jeros, del inconsciente, del deseo humano y por tanto del campo
psicoanalítico, requirió otra lectura para no dejar olvidar asuntos
como el que indica desde sus primeras líneas:
Las palabras constituyen un material plástico de una gran ma-
leabilidad. Existen algunas que llegan a perder totalmente su pri-
mitiva significación cuando se emplean en un determinado contexto.
Un chiste de Lichtenberg se basa precisamente en esta circunstancia:
¿Cómo anda usted?, preguntó el ciego al paralítico.
Como usted ve, respondió el paralítico al ciego.1

En la primera parte de El chiste y su relación con lo inconsciente


Freud se ocupa de mostrar los diversos modos como se arman los
chistes. Ellos apelan a esa plasticidad, a mecanismos como los del
sueño, es decir, a procesos de condensación y desplazamiento ac-
tuando al unísono, que él designa como «los dos obreros»2. Reitera
que desde La interpretación de los sueños distingue un contenido
manifiesto de unas ideas latentes: el primero es recuerdo —por
lo común, ininteligible o sin sentido— y las segundas, aquello de
donde ha partido el sueño. Un chiste como el que acabamos de citar
es análogo a lo manifiesto. Ahora bien, si nos diéramos a la tarea de
explicarlo, sería como las ideas latentes: para empezar, la extensión
sobrepasaría la predilección por la economía y explicarlo sería arrui-

1 Sigmund Freud, «El chiste y su relación con lo inconsciente» (1905), en


Obras completas, tomo 1 (Madrid: Biblioteca Nueva, 1981), 1042.
2 Sigmund Freud, «La interpretación de los sueños» (1900), en Obras
completas, tomo 1, 1015.

74
Las formaciones inconscientes y lo simbólico

narlo; algo parecido ocurre al indagar las ideas latentes, se vacía la


gracia al perderse goce.
Nos sigue iterando el maestro vienés que la condensación
procede de varios modos, uno de los cuales es la creación de for-
maciones sustitutivas3. Así, en el contenido manifiesto topamos
personajes, situaciones, objetos e imágenes compuestas o com-
binadas como modos de expresión de estas formaciones; son
también comunes los sueños donde actuamos con un personaje
algo que le corresponde a otro y que tiene, además, características
de un tercero. La labor interpretativa muestra los enlaces entre
tales figuraciones de manera que hace patente su múltiple con-
tenido y determinación.
En la misma senda están los lapsus y las equivocaciones en la
lectura o la escritura, como las que trae la Psicopatología de la vida
cotidiana. Freud nos comenta allí que un empleado desea invitar
a sus colegas a beber por la prosperidad del jefe y en vez de decir
«los invito a stossen [‘hundir’] por la salud de nuestro jefe»,
dirá «los invito a aufstossen [‘eructar’] por la salud de nuestro
jefe»4. Con seguridad las sonrisas y las risas —quizás acalladas—
no faltaron a la ocasión. Se quiso decir algo y se expuso otra cosa
percatándose algo del inconsciente, que los asistentes y nosotros
comprendemos, interpretamos como deseo; advertimos el carácter
discursivo-social inconsciente. Notemos además cómo en la susti-
tución efectuada aufstossen conserva letras y fonemas comunes con
stossen, pero el significado es otro. Esas letras son soporte real del
inconsciente cuya alteración implica mutaciones, permutaciones de
sentido por rupturas simbólicas. Ahora bien, complicaciones idio-
máticas, como las que preocupan toda traducción, obligan a acercar
la ilustración. Usemos algo más vecino.
En un salón de clase donde la mayoría de asistentes se conocen,
una joven levanta la mano para intervenir; en medio del silencio
ella quiere apuntar que el tema tratado es toda una complicación.

3 Freud, «La interpretación de los sueños», 1042.


4 Sigmund Freud, «Lecciones introductorias al psicoanálisis» ([1916] 1917), en
Obras completas, tomo 2, 2147.

75
Álvaro Reyes

En lugar de ello dice: «Es que esto sí es toda una embarrazada».


Saltan carcajadas y comentarios. Ella se pone roja y luego asiente
estar embarazada. Toda una complicación embarrada embarazada
ha sido unida para formar un nuevo decir que trasluce una verdad
por la vía de la hilaridad. Apreciemos la sustitución: embarrada se
ha trastocado con embarazo. Dos tendencias, al decir freudiano,
una perturbada y otra perturbadora, dualidad básica para producir
conflicto, cuya resolución es una transacción posibilitadora
de retorno de lo reprimido, esquema básico mínimo de toda
producción inconsciente.
Advirtamos la presencia simultánea del desplazamiento y de
la condensación en ese lapsus por la actuación de los dos obreros
sobre similitudes temáticas; con económica precisión se textualiza
y lo reprimido destella. Escribirá Lacan que como acto fallido es
un discurso logrado porque consigue hacer que se reconozca algo
del orden del deseo. Pero como cambio, modificación o alteración
quizá no va más allá de la vergüenza, del ponerse roja, lo cual da
cuenta del carácter volátil, efímero, del sujeto del inconsciente.
Este lapsus chista y tal como otras formaciones inconscientes pa-
rafrasea a Picasso: no busca, encuentra, procede bajo la economía
de la ficción de la verdad, según la cual: a buen entendedor…5.
Hemos señalado los modos como se da la condensación en
sueños y chistes, acabamos de registrar lapsus donde actúa esta for-
mación mixta o sustitutiva; también indicamos que los procesos de
condensación y desplazamiento proceden juntos. En la situación
descrita el desplazamiento transcurre en función de la temática de la
complicación, de lo embarazoso, y hay un transcurrir entre sonidos,
entre fonemas: se recortan y se pegan. Freud nomina estas asocia-
ciones como externas, entendidas como exteriores al sentido inicial;
es decir, se hacen sobre el significante, son procederes como de una
gramática. Señalemos de una vez con Melman que actos fallidos y
producciones como las anteriores acaso sean inventivas en su forma,
5 Esta es la transcripción literal del minicuento que Guillermo Bustamante,
psicoanalista escritor, publicó en su premiado libro Convicciones y otras
debilidades mentales (Cali: Deriva, 2009), 73.

76
Las formaciones inconscientes y lo simbólico

pero iterativos en su fondo, en lo que dicen: «[…] siempre es un no…


el lapsus viene a desafiar la autoridad y por ello hace reír… reta el
poder, a la castración. Y, no lo dice el que lo dice… eso se dice»6.
La castración aparece entonces como asunto de lenguaje, cuestión
simbólica y no de personaje.
Descentrar, hacer lo importante accesorio, destacar lo nimio,
poner el «acento psíquico»7 en otro lugar, son modos de proceder
del desplazamiento. De tal manera que, como en los sueños y en los
chistes, colegimos la función del desplazamiento por sus efectos;
su obrar da la apariencia de absurdo, de fallas de sentido, de des-
piste por el contrasentido o «la representación indirecta»8.
En el artículo de 1915 «Lo inconsciente»9, Freud busca esta-
blecer la especificidad del inconsciente en el campo inaugurado
por sus histéricas y él, ya que aquel tiene varios modos de ser com-
prendido. Uno de ellos es en sentido descriptivo, referido a lo in-
consciente como latente. Mientras en sentido dinámico es aquello
que impide o fuerza la exclusión del sistema consciente, se ilustra
con la orden hipnótica dada a un sujeto (salir de un recinto, bos-
tezar y volver), ejecuta pero no puede dar cuenta de ello, el incons-
ciente hace que realice la labor eficazmente, es decir, es ajeno a la
consciencia pero perceptible en la conducta del sujeto. De aquí se
desprende una idea más del concepto, pues esa coerción o fuerza
que impide llegar a la consciencia ha de ser ubicable en un lugar
psíquico, es la noción tópica.
No obstante, estas concepciones, presentes en otros campos
o autores, no capturan el sentido medular del invento psicoana-
lítico. Y, entonces, vuelve Freud a los sueños para recordarnos que
allí aprendemos a ubicar la emergencia alucinatoria de las ideas
y a establecer, por la vía de la interpretación, contenidos latentes.
Así, inconsciente, en el sentido propiamente psicoanalítico, es un

6 Charles Melman, Para introducir al psicoanálisis hoy en día (Buenos Aires:


Letra Viva, 2009), 26.
7 Freud, «El chiste y su relación con lo inconsciente», 1072.
8 Freud, «El chiste y su relación con lo inconsciente», 1072.
9 Sigmund Freud, «Lo inconsciente» (1915), en Obras completas, tomo 2.

77
Álvaro Reyes

concepto para nombrar las leyes de transformación de tales con-


tenidos e ideas; es legalidad y no atributo o característica poseída
por un ser. Son los procesos primarios y secundarios 10, lo cual nos
lleva a los dos obreros y a ubicar los aspectos medulares del sueño
y por ende de todas las formaciones en el trabajo de elaboración-
interpretación. Inconsciente es sistema, maquinaria cuya lógica no
es equiparable con lo irracional, sino que es discurso organizado
por operaciones de desplazamiento-condensación. Restablecer esa
legalidad y su lógica, perdida en muchos de los desarrollos pos-
freudianos, es una de las faenas lacanianas hecha con la idea de lo
simbólico y su retorno a Freud.
El analista francés echa mano de desarrollos lingüísticos y es-
tructuralistas de Ferdinand de Saussure, Émile Benveniste, Roman
Jakobson, Claude Lévi-Strauss, entre otros, para dar cuenta de
nuestra sujeción al campo simbólico —lenguajero—. Pero al acudir
a sus teorías no hace una transposición sino una transformación,
metaforización o creación de algo distinto: se trata —dice Lacan—
de «lingüistería» y no de lingüística, de «lalengua» y no de lengua.
Justamente, buena parte de las elaboraciones lacanianas son una
reflexión dictada desde la praxis analítica en torno al lenguaje y lo
simbólico: a su función, a su efecto sobre lo humano, a sus límites
e imposibilidades. Consigna también lo siguiente al adentrarse en
los trazos de la pluma freudiana:
La obra completa de Freud nos presenta una página de cada
tres de referencias filológicas, una página de cada dos de infe-
rencias lógicas, y en todas partes una aprehensión dialéctica de la
experiencia, ya que la analítica del lenguaje refuerza en ella más
aún sus proporciones a medida que el inconsciente queda más di-
rectamente interesado. 11

10 Los procesos primarios son aquellos comandados por las leyes del
inconsciente, mientras que los secundarios son los relativos al pensamiento
desde la lógica consciente.
11 Jacques Lacan, «La instancia de la letra en el inconsciente o la razón desde
Freud», en Escritos 1 (México: Siglo XXI, 1971), 194.

78
Las formaciones inconscientes y lo simbólico

Es notoria una ausencia en Freud: las escasas referencias a lin-


güistas, apenas dos, comparadas con la riqueza de su obra en re-
lación con el lenguaje. Es llamativo el hecho de que haya acudido
a otras fuentes y haya dejado de lado a Ferdinand de Saussure, no
obstante de que eran contemporáneos y de que Freud tuviera no-
ticia sobre él a través de su hijo, Raymond de Saussure, quien era
su paciente y estaba muy interesado en establecer investigaciones
de psicoanálisis-lingüística; incluso le prologó un libro. Acude
el maestro vienés a trabajos de Carl Abel sobre las palabras pri-
mitivas y los jeroglíficos para indicar particularidades del sueño;
toma también de Hans Sperber —a quien menciona en El múltiple
interés del psicoanálisis (1913)— nociones sobre el simbolismo y las
traslada al fenómeno onírico, que, como se sabe, remitirán siempre
a lo sexual. Estas dos referencias lingüísticas siguen añejas discu-
siones sobre el origen del lenguaje y sobre la nominación, que se
ubican en la dimensión diacrónica o histórica. Agreguemos un
hecho de cierta relevancia: Raymond de Saussure tiene contacto
en 1940 con Roman Jakobson, lingüista y filólogo ruso, quien le
señalará afinidades entre los desarrollos de su padre y los de Freud.
Jakobson halla una equivalencia entre la metáfora y los procesos
de desplazamiento, e igualmente encuentra similitud entre la me-
tonimia y los procesos de condensación 12. Sobre esto trabaja Lacan,
quien hace una inversión en la relación planteada por Jakobson se-
ñalando que la correspondencia de la metáfora es con la conden-
sación y la de la metonimia es con el desplazamiento. En la misma
vía, invierte la relación significante y significado, propuesta por Fer-
dinand de Saussure, dando preeminencia al significante, productor,
incluso, del significado.
Ahora bien, Ferdinand de Saussure13 introduce la dimensión
sincrónica en relación con la lengua. Separa el signo lingüístico,
como estructura básica del lenguaje, para lo cual retoma elabora-
ciones alemanas que distinguen entre Sinn y Bedeutung; traduce

12 Roman Jakobson, Ensayos de lingüística general (Barcelona: Planeta


Agostini, 1985).
13 Ferdinand de Saussure, Curso de lingüística general (Madrid: Akal, 1981).

79
Álvaro Reyes

el primero como ‘significante’, ‘representación psíquica’ o ‘imagen


acústica’, distinta del mero sonido; mientras el otro término lo
traduce como ‘significado’ o ‘concepto’. Dice Ferdinand:
Lo que el signo lingüístico une no es una cosa y un nombre,
sino un concepto y una imagen acústica. La imagen acústica no es
el sonido material, cosa puramente física, sino su huella psíquica,
la representación que de él nos da el testimonio de nuestros sen-
tidos; esa imagen es sensorial, y si llegamos a llamarla «material»
es solamente en este sentido y por oposición al otro término de la
asociación, el concepto, generalmente más abstracto. 14

El chiste del ciego y el paralítico recrea esta división. Ante la pre-


gunta: ¿Cómo anda usted?, se responde desde el significante, desde
la representación psíquica; no desde el significado, sino desde la
polisemia encarnada del sujeto. La disociación del signo lingüístico,
el carácter abierto del significante, las complicaciones de la signi-
ficación y del referente son retomados por Lacan para dar cuenta
de la clínica psicoanalítica, para hacer distinciones entre psicosis,
neurosis y perversión, vía la inscripción de la metáfora paterna o la
constitución del sujeto del inconsciente y del deseo humano como
fenómeno metonímico.
Desde la referencia lingüística, el Lacan de esta época nos
incita a recordar que cuando hablamos, estamos sometidos a dos
operaciones simultáneas: a la escogencia y a la combinación. La
primera implica optar por un término en lugar de otro: es el eje
paradigmático, que procede mediante la unión o asociación con
base en similitudes; allí se sitúan los procesos metafóricos. La se-
gunda operación conlleva la combinatoria en el empleo de los tér-
minos, que actúa con base en la contigüidad y corresponde a los
procesos metonímicos; es el eje sintagmático. De manera general,
la metáfora consiste en la sustitución, en el reemplazo de una cosa
por otra, en una sustitución significante, precisará Lacan. El hecho
de que ese reemplazo se haga con independencia del significado y
se apoye en la red de significantes existentes en la lengua, muestra

14 De Saussure, Curso de lingüística general, 98.

80
Las formaciones inconscientes y lo simbólico

lo que él llama supremacía del significante. Las construcciones me-


tafóricas conllevan el enriquecimiento de la lengua. La «toda em-
barrazada» de nuestra ilustración da cuenta de ello. Por su parte,
los procesos metonímicos proceden más por un desplazamiento,
pasando el valor o el sentido a un término distinto al que tiene
corrientemente, pero con el que tiene conexiones o relaciones para
que sea posible tal movimiento.
El sueño es el terreno propicio para explicar e ilustrar lo señalado
hasta aquí. Efectivamente, esta enigmática producción psíquica tiene
en su haber dorados momentos que han encendido los intereses de
pueblos, de legos, de santos, de doctos y de imperios non sanctos,
pero conoce también épocas de escaso lustre, como las ligadas a la
emergencia cientificista, cuyos embates nos envuelven hoy. Entre
unos y otras están las elaboraciones psicoanalíticas, pues con Freud
y su descubrimiento, el sueño es ante todo trabajo de elaboración y
ciframiento del deseo inconsciente.
En el capítulo sobre la elaboración onírica de La interpretación
de los sueños consigna que el sueño es un rebus o adivinanza orga-
nizada sobre las semejanzas fonéticas de los símbolos. Freud nos
ilustra con un acertijo de los que publican los periódicos, pero nos
advierte, eso sí, de no embromarnos con la presentación figurada,
con lo imaginario —dirá Lacan—, con el concepto o significado —
diríamos con De Saussure—. El desciframiento del rebus que es el
sueño ha de hacerse desde el significante, oyendo al pie de la letra,
sustituyendo «cada imagen por una sílaba o una palabra suscep-
tible de ser representada por ella. La yuxtaposición de las palabras
que así reuniremos no carecerá ya de sentido, sino que podrá cons-
tituir incluso una bellísima sentencia»15.
C.K.B.C.A.Y.C.K.E Armar y descifrar rebus y sueños es operar
la estructura, el lenguaje, apelando a la fonética, a la semejanza de
las palabras, a su descomposición: a los juegos significantes y sus
cadenas, tal como este antiquísimo texto oriental de Artemidoro
citado por Freud en La interpretación de los sueños:

15 Freud, «La interpretación de los sueños», 1292.

81
Álvaro Reyes

Acertadísima, a mi juicio, fue la interpretación dada por


Aristandro a un sueño de Alejandro Magno. Preocupado éste
por la tenaz resistencia que le oponía la ciudad de Tiro, a la que tenía
sitiada, tuvo un sueño, en el que vio a un sátiro bailando sobre su
escudo. Aristandro se hallaba casualmente en las cercanías de Tiro
incorporado al séquito del monarca, que guerreaba con los sirios.
Dividiendo la palabra satyros en Σά y τυρος dio alientos al rey para
insistir con mayor energía en su empeño hasta apoderarse de la ciudad
(Σά - τυρος = tuya es Tiro). De todos modos, se hallan los sueños tan
ligados a la expresión verbal, que Ferenczi observa justificadamente
que cada lengua tiene su idioma onírico propio. Los sueños son, pues,
en general, intraducibles a un idioma distinto del sujeto [...].16

Hay afinidades entre esta descripción y la experiencia psi-


coanalítica rescatada por Lacan con su retorno a Freud. Las dos
ocurren en un campo discursivo o de lenguaje, el Magno Ale-
jandro dirige su palabra a Aristandro como supuesto poseedor
de un saber del cual él no es rey sino sujeto dividido, con avidez
de preguntar. En una posición semejante a la analítica, Aristandro
cierra los ojos al sátiro bailando sobre su escudo, no usa simbo-
logías ni apela a códigos, sino que rompe esta como unidad imagi-
naria: centrándose en el término sátiro, lo desteje para restituir al
privado monarca los hilos de un saber armado en Otra escena, al
decir de Freud, en el Otro (legalidad inconsciente) como lugar de
despliegue de la palabra, según Lacan, quien agrega: en el sueño, el
sujeto está en su casa. Pero sin descansar, laborando sin dormirse,
como si no cesara el obrar que ha hecho de sátiro una compo-
sición metafórica, y del baile y el escudo, un desplazamiento y una
composición figurada para cifrar un deseo, una falta o falla de
conquista de una Tiro esquiva.
El sueño de Alejandro, como el de todos, es efecto de un
maquinal obrar del inconsciente que vela para condensar, meta-
forizando, y desplazar, metonimizando, un deseo esquivo, de con-
quista, de seducción o de imposibilidad, según el cual no se alcanza

16 Freud, «La interpretación de los sueños», 1303.

82
Las formaciones inconscientes y lo simbólico

el esperado reconocimiento ni se tiene el objeto de los desvelos. El


sueño engarzado al soñar más amplio de la vida es el paradigma in-
consciente que pretende nombrar lo innombrable e intenta tramar
lo real (imposible) que enseña Lacan.
Aristandro, en posición analítica, procede ateniéndose a lo
simbólico enlazado con lo imaginario. Fijémonos cómo lo incons-
ciente pierde toda profundidad por estar articulado con la super-
ficie textual, con la combinatoria del lenguaje (estructura), donde
el significante y el significado están separados por la barra de la
represión, de la cual resbala el significado. No obstante, en la me-
táfora, como en satyro o en la «embarrazada», se supera tal barrera
y hay un retorno de lo reprimido: vía significante, un sentido se
da a oír: Tu Tyro… Mi Tyro, Estoy embarazada… embarrada. En
ambos casos hay un decir a medias, una verdad que trae un sentido
nuevo, entendible y corroborado por la interpretación de quienes
padecen sueño y lapsus.
Así, el registro simbólico es el del doble sentido, el de la dia-
lectización, mientras que el registro imaginario es simplemente el
sentido, y lo real es el envés de lo imaginario17, el blanco vacío del
sentido. El Lacan del predominio de lo simbólico impulsa a dejar
atrás la preponderancia imaginaria en que el psicoanálisis había
caído con los llamados posfreudianos, da a tal registro función de
bisagra de los otros dos, insiste en que es en el campo del lenguaje,
de la palabra dirigida al analista, cuyo sentido remite siempre a
otra cosa, donde acontece la experiencia psicoanalítica. Nos ad-
vierte, eso sí, de la chifladura del sentido a la cual lleva lo simbólico
y de los límites interpretativos. El límite es el punto de basta u om-
bligo expresado por Freud respecto al sueño, momento donde falta
el significante al toparse con un punto de real.
Analizar es como simbolizar, se descompone el decir del sujeto
para encontrar conexiones y ubicar allí aspectos cardinales de una
verdad. Lo común a las diversas formaciones del inconsciente es
que son conformes a las leyes del significante, correspondientes

17 Jacques Lacan, El Seminario. Libro 10. La angustia (1963) (Río de Janeiro:


Jorge Zahar, 2005), 30.

83
Álvaro Reyes

con procesos metafórico-metonímicos, lo cual le permite decir a


Lacan que el inconsciente está estructurado como un lenguaje18, es
organización discursiva, es discurso del Otro. El decir de Lacan:
eso está en los textos de Freud sin él saberlo, aflora acaso porque
como texto sufre efectos simbólicos e inconscientes que llevan a
decir más de lo dicho, menos de lo creído y a convocar la mudez
indecible, pero también al intérprete, al oyente lector con su falta,
con su deseo. Freud no tuvo la fórmula el inconsciente estructurado
como un lenguaje, pero sí tuvo tal práctica, pues en su proceder
lo inconsciente es indisociable del significante, de la materialidad
sonora de las palabras y, el saber que detenta el inconsciente, solo
existe a partir del desciframiento, lejano a cualquier hermenéutica.
Es este el primer giro lacaniano de los años 50-60. Habrá otro en
los 70, de redefinición del lenguaje y articulación de la lalengua19.
De esta manera, la cifra del deseo en los sueños infantiles, en
los típicos, en los de angustia y en las pesadillas responde con tal
lógica. Igual pasa en la Psicopatología de la vida cotidiana con el
olvido de nombres y la emergencia de sustitutos, con las palabras
en la punta de la lengua, con el déjà-vu, con el trascordar propó-
sitos e intenciones, con los recuerdos de cosas triviales figurada-
mente sin sentido —encubridores de memoria, al decir de Freud—,
con las equivocaciones en la lectura y la escritura, con… ¿con lo
cotidianamente psicopatológico? En la misma senda, el chiste
aislado del humor y de lo cómico, es decir, como juego de palabras
e ingenios con el lenguaje, será paradigmático de uno de los proce-

18 Jacques Lacan, El Seminario. Libro 11. Los cuatro conceptos fundamentales del
psicoanálisis (1964) (Buenos Aires: Paidós, 1989), 28.
19 Philippe Lacadée escribe al respecto: «Un poco más tarde, Lacan aborda
la cuestión de “la confusión del sujeto con el mensaje” y de “la pretendida
reducción del lenguaje a la comunicación”. Según él, lo esencial reside, en
efecto, en el poder de evocación o de invocación de la lengua, en lo que
Lacan denomina “las resonancias de la palabra”, y que designará mediante
el neologismo lalengua, donde el serhablante encuentra su hábitat». Cf.
Philippe Lacadée, El despertar y el exilio (Madrid: Gredos, 2010), 16. El
neologismo lalengua remite a la lengua inicial, a las palabras que venidas
del Otro y que al recibirlas por el sujeto hicieron marca de goce en él. En
la experiencia analítica se busca bordear esas marcas, esos significantes.

84
Las formaciones inconscientes y lo simbólico

deres psicoanalíticos y de la interpretación, mientras los analistas


son —en los Escritos del Lacan de este periodo— practicantes de la
función simbólica.
La lectura lacaniana hace entonces eco del logro freudiano al
ilustrar que los sueños dicen, como lo enuncian populares saberes
y poetas; también oye la renuncia a atribuir ciertos actos al azar,
a la casualidad, a la superstición o la fe, de manera que los ubica
más bien como efecto de la legalidad inconsciente. La empresa
freudiana es, en estos ámbitos, un esfuerzo por mostrar que tanto
los chistes, como los sueños y los actos fallidos son actos psíquicos,
poseen una significación, una «intención, una tendencia y una lo-
calización en un contexto psíquico continuo»20.
El rasgo cortante de esta tesis son sus consecuencias: ella
complica la tendencia a achacar el sueño a otras causas aisladas de
la vida psíquica, dificulta escamotear los errores, los deslices, las
fallas o los olvidos y no deja obviar que los chistes chistan un goce
intimidatorio. La molestia del descubrimiento freudiano es que
hace perder inocencia e induce renovadas resistencias, nos canta
responsables ante un deseo excéntrico tramado en formaciones in-
conscientes, cuya irrupción quiebra la ilusión de un yo dominante
en toda situación.
Al respecto, Freud relata una anécdota:
Un cierto señor Y. se enamoró, sin ser correspondido, de una
señorita, la cual se casó poco después con el señor X. A pesar de que
el señor Y. conoce al señor X hace ya mucho tiempo y hasta tiene re-
laciones comerciales con él, olvida de continuo su nombre, y cuando
quiere escribirle tiene que acudir a alguien que se lo recuerde.21

Freud comenta: «El olvido parece ser aquí la consecuencia di-


recta de la animosidad del señor Y. contra su feliz rival. No quiere
saber nada de él» (770). La inquina recae sobre la marca simbólica
del nombre significante del hombre; sobre trazos o letras que dife-
rencian: X. o Y. Afirmemos con Lacan que el símbolo es asesinato

20 Freud, «Lecciones introductorias al psicoanálisis», 2154.


21 Sigmund Freud, «Psicopatología de la vida cotidiana», en Obras
completas, tomo 1, 770.

85
Álvaro Reyes

de la cosa, notemos que los temas en juego son muerte y sexua-


lidad, inevitables cuestiones de la división o castración. De esta
forma, si en Freud Castración es ante todo escenario de celos,
odios y amores, privilegio imaginario, en Lacan es cuestión de
nombre, filiación, apellidos, letras, asunto de ser parlante; hay en-
tonces Castración, Objeto, Sujeto, Eros, Tánatos porque hablamos,
pintamos, escribimos… Privilegio simbólico, tal como ilustra pre-
cisamente un cierto señor Y.
Entre noviembre de 1957 y julio de 1958 un auditorio francés oyó
a Lacan disertar sobre estos temas, mas no sabremos fielmente qué se
dijo aun cuando tenemos un texto escrito: el Libro 5. Las formaciones
del inconsciente22, que comenzó, eso sí, con el chiste, trató sobre la cas-
tración, habló del padre y lo propuso como metáfora paterna, señaló
el falo como significante, enseñó sobre el sueño y propuso el deseo
humano como metonímico. Hay aquí entonces un uso clínico psi-
coanalítico de nociones provenientes del campo lingüístico. En esos
encuentros orales Lacan recordó distinciones freudianas del humor,
considerado como categoría cómica. El requerimiento del chiste, por
estructura, es siempre de tres elementos, igual que cualquier juego sig-
nificante; Freud lo explica señalando que aquello que hace sonar u oír
el chiste depende del contexto, del Otro dijo Lacan; tampoco tiene un
único propietario al compartirse, domando, por instantes, la humana
soledad; el chiste o el ingenio proviene pues del Otro y hace cercanía
con lo simbólico. Por su parte, lo cómico se basta con dos, apela a ca-
ricaturizar, a la exageración y a la parodia, se dirige al narcisismo y se
acerca más a lo imaginario, tal como lo indican estas palabras:
Si alguien nos hace reír cuando simplemente se cae al suelo,
es en función de su imagen más o menos pomposa a la que antes,
incluso, no prestábamos tanta atención. Los fenómenos de promi-
nencia y de prestigio son hasta tal punto la moneda corriente de
nuestra experiencia vivida, que ni siquiera percibimos su relieve.
La risa estalla en la medida en que el personaje imaginario prosigue
en nuestra imaginación sus andares afectados, cuando lo que es su

22 Jacques Lacan, El Seminario. Libro 5. Las formaciones del inconsciente (1957-


1958) (Buenos Aires: Paidós, 1999).

86
Las formaciones inconscientes y lo simbólico

soporte en lo real queda ahí tirado y desparramado por el suelo. Se


trata siempre de una liberación de la imagen. Entiéndanlo en los dos
sentidos de este término ambiguo —por una parte, algo liberado de
la constricción de la imagen, por otra parte la imagen se va también
de paseo con ella sola—. Por eso hay algo cómico en el pato al que le
cortas la cabeza y da todavía algunos pasos por el corral. 23

El humor, por su parte, comparte los mecanismos del chiste,


apela al material plástico de una gran maleabilidad, a los juegos del
significante, a los dos obreros, a lo filoso del ingenio del descubri-
miento freudiano: inconsciente como legalidad, maquinal sistema.
Pero el humor además de chiste arrastra comicidad, ya que devela
o vela una verdad. Y los tres juntos son clara muestra de que el
lenguaje humano, y con él lo simbólico, no son solo intentos de
organizar y comunicarnos, sino también medios de goce, tal como
acontece en este humorístico apunte:
—¿Qué día es hoy? —pregunta un condenado a muerte a quien con-
ducen a la horca.
—Lunes.
—¡Vaya; buen principio de semana!24

En una situación donde podrían aparecer intensos afectos,


surge un humorístico chiste con el consiguiente ahorro, dice Freud;
es un modo de conseguir placer, de eludir encuentros con lo real,
podríamos agregar, apelando a lo imaginario del humor cómico y
a lo simbólico del chiste.
El Lacan del predominio simbólico se ocupa más de la técnica,
del armazón lenguajero del chiste y deja de lado lo placentero y
el goce. La técnica es el ropaje que hará brotar el significante re-
primido para burlar la censura y manifestarse; en el sueño el resto
diurno cumple la función de troyano corcel. Es posible ubicar tres
lapsos en el armazón del placer ligado a estas cuestiones. Ten-
dríamos un primer proceder para producir placer por el mero

23 Lacan, El Seminario. Libro 5. Las formaciones del inconsciente, 136.


24 Freud, «El chiste y su relación con lo inconsciente», 1163.

87
Álvaro Reyes

jugar sonoro, como el laleo del infans tratando palabras cual cosas;
igual proceder es el el empleo de la similicadencia en el retruécano
y la homofonía para armarse chistes y desternillar humor. Otro
modo es el de las jugarretas con el significante haciendo tambalear
al ya de por sí resbaladizo significado, poniéndose el acento en la
polisemia, sacándole jugo placentero al doble sentido; es el paso
del inocente al indecente, a la chanza, al disparate, hasta llegar al
goce del sin-sentido. Finalmente, nos topamos con la franca burla
a la represión, aquí se hace traje para que un significante reprimido
resuene, son los placeres licenciosos —digamos—, es el chiste
tendencioso freudiano donde una tendencia reprimida pasa dis-
frazada, con el santo y seña del chiste.
Y a propósito de juegos de infans, de placer y de goce, trai-
gamos unas palabras sobre la lengua materna. Ella, entre otras
cosas, ata con horarios y cuidados al mundo simbólico del orden
y de las reglas, nos arregla incorporándonos e incorporados a la
más fundamental ley, a la máxima imposición: la del lenguaje. De
tal forma tendremos y nos tendrán fonemas aceptados / fonemas
excluidos, reprimidos. Esta es una pregnancia sobre la cual Lacan
hará hincapié, pues la dominancia es de forma, de significante, y
no de concepto o significado. En esa medida, el trabajo del analista
es de musicalista, de poética escucha.
Mencionamos atrás el carácter de terceridad del chiste; ahora
señalemos una manera como es trabajado desde desarrollos de la
época que nos interesa aquí. Partamos de la idea de que el deseo
cuyo sujeto se anuncia en las formaciones inconscientes es, ante
todo, deseo de ser reconocido. Para ello requiere de tres: aquel que
habla, ese a quien se habla y el Otro. Para hacerse oír, este Otro in-
consciente transforma el poco sentido en un pasaje-desentido (juego
de palabras que hace Lacan entre «peu de sens» y «pas de sens»: ‘sin
sentido’, pero también es literalmente ‘paso de sentido’), siendo el
Otro, por lo tanto, ese lugar que ratifica y complica el mensaje25.
Las producciones inconscientes nos suelen llevar la delantera,
tal como acontece en la historia del psicoanálisis, pues son las
histéricas quienes le llevan a Freud sus sueños, sus actos fallidos,

25 Lacan, El Seminario. Libro 5. Las formaciones del inconsciente.

88
Las formaciones inconscientes y lo simbólico

sus fantasías y, en general, su logrado discurso. Freud no les pidió


directamente traerlos, pero sí les dio oreja al concitar palabra.
También es cierto que con este proceder, el psicoanalista hizo de
los sueños no un acto fallido, sino logrado, transformante, y pronto
Freud notó cómo sus histéricas sueñan para él; por ejemplo, la bella
carnicera trae un sueño para decirle que es contrario a su teoría,
pues su onírico fenómeno contradice la hipótesis de este como
realizador de deseo. Algo similar ocurre con la joven homosexual,
quien factura un sueño donde se casa con un hombre y tiene hijos.
Heredero de Aristandro, aquel del satyro consultado por Ale-
jandro, quien ubicaba el sueño como un decir del porvenir, Freud
nos deja más bien el sueño como un cifrar, no del pasado, sino
de lo que aún no acontece, virtual, con lo cual el inconsciente es
algo por crearse y producirse. Y será tarea sobre todo del analista,
y en ello contará con las formaciones inconscientes, mientras la
interpretación, con su estructura de chiste, queda del lado del ana-
lizante. El analista contará en su faena con el sujeto, eso que Freud
desterró en lo que, si les parece, llamaremos sus tres resuellos, re-
suella donde «eso sueña, eso falla, eso ríe»26. Tres lugares siempre
en amenaza de ser sofocados.
Se evidencia la irrupción del inconsciente en el siguiente
pasaje de Freud:
Una señora había estado paseando por la noche con su marido
y dos amigos de este. Uno de estos últimos era su amante, circuns-
tancia que los otros dos personajes ignoraban y no debían descubrir
jamás. Los dos amigos acompañaron al matrimonio hasta la puerta
de su casa y comenzaron a despedirse mientras esperaban que
vinieran a abrir la puerta. La señora saludó a uno de los amigos
dándole la mano y dirigiéndole unas palabras de cortesía. Luego
se cogió del brazo de su amante y, volviéndose a su marido, quiso
despedirse de él en la misma forma. El marido entró en la situación
y, quitándose el sombrero, dijo con exquisita cortesía: «A los pies
de usted señora». La mujer asustada, se desprendió del brazo del
amante y, antes que se abriera la puerta de su casa, tuvo aún tiempo

26 Jacques Lacan, «Mi enseñanza, su naturaleza y sus fines», en Mi enseñanza


(Buenos Aires: Paidós, 2007), 102.
89
Álvaro Reyes

de decir: «¡Parece mentira que pueda pasarle a uno una cosa así!». El
marido era de aquellos que tienen por imposible una infidelidad de
su mujer. Repetidas veces había jurado que en un caso tal peligraría
más de una vida.27

Freud comenta que esta situación le fue relatada por uno


de los participantes. La otra acotación la hace en relación con el
marido, señalando que este tenía motivos de sobra para no en-
tender aquello que la situación parecía decirle. No avanza sobre
los motivos, pero alude al carácter cómico de la situación si no
mediara un asunto grave.
¿Quién acudió con Freud? ¿Ella con su «¡parece mentira que
pueda pasarle a uno una cosa así!»? ¿Fue él? ¿Al contrario de lo
que ella hizo, cerrando la puerta al resuello del sujeto, este fallido
acto abrió compuertas al análisis? ¿O era ya un analizante, por
tanto intérprete, por eso relató, Freud escribió y ahora nosotros
recontamos? ¿O se quedó, como nuestras cotidianas formaciones
inconscientes, en mero resuello, produciendo sorpresa y risa ma-
cabra? Lacan dice que frente al inconsciente funciona la risa gene-
ralizada. En últimas, ¿sería que cualesquiera de los presentes pasó
a la dimensión del acto y, como decimos en colombiano, da paso a
dejar de vivir muerto de la erre? En fin… chocó con un real. Y eso
pone a pensar, a inventar, a delirar, a soñar, a desear… a.
Aquí topamos con sujeto y objeto. Y
[n]o se puede pensar el sujeto sin ese contrapunto suyo. El
primero es vacío, hace corte y acontecimiento; el segundo es sólido,
opaco, algo con lo que se tropieza. Uno es huidizo, y el otro pre-
sencia imperativa. Uno es «?» y el otro «¡» […] tomarlos fuera de la
articulación (significante), más allá del lenguaje, coquetearía peli-
grosamente con lo místico.28

27 Freud, «Psicopatología de la vida cotidiana», 889.


28 Marcus André Vieira, «Signo y significante», en Scilicet: semblantes y
sinthome (Buenos Aires: Grama Ediciones, 2009), 338.

90
Las formaciones inconscientes y lo simbólico

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92
El s í n t o m a c o m o m e tá f o r a :
e n t r e se n tid o y mensaje

Sylvia De Castro
Universidad Nacional de Colombia

Lo simbólico es el lenguaje: se aprende a hablar y eso deja


trazas. Eso deja trazas y, debido a eso, deja consecuencias
que no son ninguna otra cosa que el síntoma.
Jacques Lacan, El tiempo lógico y el
aserto de la certidumbre anticipada.
Un nuevo sofisma

1.
A manera de introducción, voy a situar brevemente las coor-
denadas que enmarcan el tratamiento que haré del síntoma en este
texto, puesto que no abordaré la cuestión de forma general. Tra-
tándose del síntoma en psicoanálisis, no me ocuparé de su com-
prensión ni como signo de enfermedad mental ni como fenómeno
psicopatológico a suprimir —algo que en todo caso corresponde al
discurso médico-psiquiátrico y/o psicoterapéutico—, si bien Freud
empezó por ahí…
Hablaré entonces del síntoma neurótico, es decir, del síntoma
del que el psicoanálisis está en posibilidad de derivar un saber por
cuanto lo ha aprehendido en la cura —«bajo transferencia», como
solemos decir—. Y empezaré por Freud, delimitando el tratamiento
del asunto a la conceptualización que corresponde a la primera
tópica, entre 1895 y 1917, es decir, antes de la formulación de la pulsión
de muerte que, como sabemos, inaugura la segunda tópica en la
elaboración freudiana, e inaugura también, una nueva comprensión
del síntoma, pensado desde ahí en relación con la compulsión de
repetición. Dicho de otra manera, voy a situar algunos elementos

93
Sylvia De Castro

fundamentales relativos al síntoma en el marco del principio del


placer como organizador del funcionamiento psíquico.
Permítanme exponer las razones de esta delimitación. Cuando
Lacan hace su famoso «retorno a Freud», lo hace ya armado de una
concepción de lo simbólico y con la finalidad expresa de atender a
lo que está en juego en la experiencia psicoanalítica, en particular
en las formaciones del inconsciente, que es la estructura misma del
lenguaje. En efecto, según sus palabras, el inconsciente está «estruc-
turado como un lenguaje»1. Durante este periodo, Lacan hace én-
fasis en los textos freudianos fundadores —La interpretación de los
sueños, La psicopatología de la vida cotidiana, El chiste y su relación
con lo inconsciente—, de cuya lectura concluye que palabra y len-
guaje constituyen su fundamento, el de estos textos fundadores y,
por supuesto, el del psicoanálisis mismo.
Esta preeminencia dada a la palabra y al lenguaje es, como puede
advertirse fácilmente, una referencia al orden simbólico. Pues bien,
palabra y lenguaje delimitan la dimensión simbólica del síntoma.
Así Freud no lo haya puesto de relieve, es esto lo que Lacan lee en
Freud, diría más, lo que Lacan destaca de las formulaciones freu-
dianas, a las que me referiré en detalle, dado que son de una riqueza
excepcional. En este asunto, y a esta altura, no hay Lacan sin Freud.
De este encuentro —entre Lacan y el Freud de la primera
tópica— resulta una teorización muy sólida de la estructura del
síntoma. Es lo que debemos a Lacan. Es lo que espero mostrar. Hay
una cita suya que recoge claramente esta orientación, dice así: «El
síntoma se resuelve por entero en un análisis del lenguaje, porque
él mismo está estructurado como un lenguaje, porque es lenguaje
cuya palabra debe ser librada»2. A propósito, uno recuerda inme-
diatamente lo que Freud decía del síntoma ya en los inicios de su
práctica: que el síntoma era una palabra impedida, detenida, que
esperaba ser «declarada»3.

1 Jacques Lacan, El Seminario. Libro 3. Las psicosis (1955-1956) (Buenos Aires:


Paidós, 1985), 237.
2 Jacques Lacan, «Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoaná-
lisis (1953), en Escritos 1 (México: Siglo XXI, 1990), 258.
3 Sigmund Freud, «Estudios sobre la histeria» (1893-1895), en Obras completas,
vol. 2 (Buenos Aires: Amorrortu, 1980).
94
El síntoma como metáfora: entre sentido y mensaje

Luego, como ha sido ampliamente registrado, en lo que


sigue en la obra de Lacan el tratamiento del síntoma no se li-
mitará a la estructura porque no todo es andamiaje significante,
mejor dicho, no todo del síntoma es simbólico o, mejor aún,
simbólico/imaginario, si es que tenemos en cuenta sus efectos de
sentido. Esta constatación abrirá la vía para un abordaje que pone
el acento en la vertiente real del síntoma —lo cual requiere del paso
por la redimensión del signo y por la función de la letra— y concluye,
mediando una compleja elaboración, en la idea del síntoma como
un fenómeno que viene de lo que no anda en lo real o, incluso, que
apunta a lo real, y cuyos efectos son de goce, ya no de sentido4.
Pero todavía el asunto no termina ahí porque, dada la impor-
tancia progresiva que Lacan otorga al anudamiento de los tres re-
gistros —imaginario, simbólico y real—, sin predominio de uno
sobre los otros, el síntoma se situará en un nuevo horizonte que
pone de presente ya no su estructura, tampoco sus efectos de goce,
sino su función: una función de anudamiento a la que pueden con-
ducir diferentes variables, el padre, por ejemplo, en cuyo caso se
entiende la razón de la aproximación que Lacan establecerá para
entonces entre la función del síntoma y la función del padre.
Por lo demás, habría que agregar una veta de la teorización
lacaniana sobre el síntoma, muy interesante y muy polémica hoy
en día, que articula síntoma y discurso, y cuyas formulaciones
giran en torno a la historicidad del síntoma, a la relatividad del sín-
toma en relación con las figuras de Amo que dominan el discurso
en cada época.
Espero con esto haber mostrado el amplio panorama relativo
al síntoma, de Freud a Lacan, del que en este texto he trabajado
tan solo la parcela que corresponde al registro simbólico y, en
particular, a la consideración del síntoma como formación del
inconsciente y como sustituto metafórico.
4 Hay, en efecto, dos versiones de esta modificación sustancial: en la primera,
el síntoma «viene de lo real» y sus efectos son de goce. Cf. Jacques Lacan,
«La Tercera» (1974), en Intervenciones y textos 2 (Buenos Aires: Manantial,
1988), 84. En la segunda versión, «el síntoma es el efecto de lo simbólico
en lo Real». Cf. Jacques Lacan, Seminario 22. RSI (1974-1975). Clase de
diciembre 10, 1974. Inédito.
95
Sylvia De Castro

2.
Para entrar en materia empiezo por recordar que la invención
freudiana de la primera tópica —aquella de la división del psi-
quismo en dos sistemas, Icc/Prcc-Cc, cada uno con sus propias
leyes de funcionamiento— es también la de las formaciones del in-
consciente: del síntoma al chiste, pasando por los sueños y los actos
fallidos. Esta invención se sostiene, creo yo, en un hallazgo funda-
mental, que consiste en reconocer que estos fenómenos o actos psí-
quicos tienen sentido, no obstante su sinsentido aparente en virtud
del cual fueron desechados por la investigación científica.
Tal vez no sobre tener presente que, en los albores de la cons-
trucción freudiana, el síntoma despreciado por la ciencia médica
era precisamente el síntoma histérico. Sabemos que a las histéricas
se las acusaba de «simuladoras»: de inventar las enfermedades
corporales de las que se quejaban y para las que no se encontraba
sustrato alguno, estructural o funcional, anatómico o fisiológico.
En este sentido, las histéricas se situaban en una exterioridad con
respecto a la racionalidad médica, que los representantes de esta
racionalidad no podían integrar… Fue en esa exterioridad en la
que Freud se situó para pensar el síntoma, y fue por eso que Freud
pudo inventar el psicoanálisis.
Al respecto, Lacan sugiere, ya al inicio de su enseñanza —estoy
hablando del Seminario 1—, que el hallazgo fundamental de Freud
en el punto de partida consiste en haber descubierto «la relación
problemática del sujeto consigo mismo», una relación que Freud
intuyó de entrada cuando se dedicó a escuchar a las histéricas, y
que conceptualizó con las nociones de «conflicto de inconciliabi-
lidad» primero, y luego «conflicto psíquico», de donde se siguieron
nada más y nada menos que los conceptos de represión e incons-
ciente. Pero la novedad freudiana que Lacan destaca no se limita
al descubrimiento de este «sujeto dividido»: su alcance está dado
por el hecho de haber aproximado ese descubrimiento al sentido
de los síntomas. Es decir, que la cuestión del síntoma se presenta de
entrada para Freud en relación con su sentido, un sentido del que el
sujeto no sabe porque le es inconsciente, pero que tampoco puede
asumir. Lacan por su parte agregará, en ese mismo seminario, que

96
El síntoma como metáfora: entre sentido y mensaje

siendo el sentido del síntoma del orden de una significación sexual,


el sujeto no solo no lo asume sino que lo rechaza5.
Hay aquí, en esta acotación de Lacan, implícitamente, una
propuesta de finalidad de la cura en términos de la asunción del
sentido del síntoma por parte del sujeto… Pero lo que quisiera
destacar es que esa aproximación entre síntoma y sentido
—que supone que el síntoma conlleva un mensaje cifrado por el
inconsciente y que es, por lo tanto, un llamado a la interpretación—
es absolutamente inaugural y marcó tanto la comprensión como el
tratamiento analítico del síntoma desde Freud. Ahora bien, en
el campo del psicoanálisis solo Lacan sostuvo que el síntoma es un
significante, más aún, un significante metafórico. Ese es el asunto del
que trata, para empezar, este texto.

3.
El síntoma está en el principio del asombro de Freud ante el
relato que Josef Breuer le hace de la cura catártica de Anna O. Los
hallazgos que Freud destaca —y ordena— del trabajo de Breuer y del
suyo propio en esta época, que es la época de los Estudios sobre la his-
teria, tienen como referencia central la cuestión de la causa. Es decir,
que el síntoma se presenta como efecto de una causa, no cualquiera,
una causa traumática, siendo el traumatismo, además, de carácter
sexual. En relación con esto, Freud define el síntoma como «un sus-
tituto […] de sucesos de afecto traumático» : su símbolo mnémico.
6

En efecto, Freud propone que entre el traumatismo y el «fenómeno


patológico» se establece un vínculo particular, de tal modo que, por
ejemplo, «a un dolor anímico se acopla una neuralgia»7: el dolor psí-
quico, ha sido, pues, sustituido por un dolor corporal.

5 Jacques Lacan, El Seminario. Libro 1. Los escritos técnicos de Freud (1953-


1954). (Barcelona: Paidós, 1986), 53. Agreguemos que lo que el sujeto rechaza
es la significación de castración del síntoma: el defecto o el menos de goce
que es su marca de fábrica. Cf. Sidi Askofaré, «La révolution du symptôme»,
en Psychanalyse. Érès 4 (2005): 31-40.
6 Sigmund Freud, «La etiología de la histeria» (1896), en Obras completas, vol. 3, 33.
7 Freud, «Estudios sobre la histeria», 31.

97
Sylvia De Castro

Entonces, el síntoma es una suerte de monumento conmemo-


rativo del encuentro del sujeto con un acontecimiento traumático
de orden sexual, acontecimiento que es, primero, la seducción por el
padre —ese es al menos el motivo que Freud copia de lo que le dicta
la histérica, como diría Lacan—. Muy pronto la seducción dará paso
a la sexualidad infantil y, en lo que se refiere al síntoma, al «infanti-
lismo de la sexualidad»8. Freud constata que el encuentro del niño
con el sexo es traumático porque es siempre prematuro, siempre
anticipado con respecto a sus posibilidades para simbolizarlo, para
adjudicarle un sentido —sexual— que, en todo caso, le permitiera
hacerse de eso una representación, incluso un juicio. Entonces, el
síntoma viene al lugar de ese «mal encuentro» y, en ese sentido, es
ya, digámoslo así, una manera de vérselas con lo irrepresentable. Al
menos esa es la apuesta de Freud.
A este asunto de la causa traumática hay que reconocerle todo
el valor que tiene, porque con él Freud inaugura una concepción
inédita de la causalidad, a la que se ha calificado de «psíquica»,
pero que es preferible pensarla en términos de causalidad lógica,
para no situar las cosas en el plano simple de la «psicogénesis». En
todo caso, se trata de un tipo de causalidad irreductible a aquella
relativa a la producción de los fenómenos físicos que establece una
relación directa de causa-efecto, en la que, como se ve, no hay lugar
para el sujeto. En virtud de esta causalidad novedosa, el trauma-
tismo no provoca un síntoma sino a condición de que un acon-
tecimiento posterior de la historia del sujeto venga a significarlo
retroactivamente como traumático.
El ejemplo princeps es freudiano y, llamativamente, es de apa-
rición muy precoz en su obra: se trata del ejemplo clínico que Freud
presenta en el Proyecto de psicología bajo el subtítulo de «La proton
pseudos histérica». Emma se encuentra aquejada de un síntoma que
consiste en no poder entrar sola a una tienda, pues se angustia, en
razón de lo cual toma precauciones para no tener que hacerlo. A
propósito de esto, ella recuerda que cuando tenía 12 años en una

8 Sigmund Freud, «Tres ensayos de teoría sexual» (1905), en Obras


completas, vol. 7.

98
El síntoma como metáfora: entre sentido y mensaje

ocasión entró sola a una tienda en la que los empleados se reían


entre sí. El hecho es que salió de allí corriendo, presa de un afecto
de terror. Ella piensa que se reían de su vestido, y también dice que
uno de los empleados le gustó… Por supuesto, no es el vestido ni
la falta de protección lo que ahora, instalado el síntoma, le impide
entrar a una tienda, pues ella ya no se viste como en ese entonces,
y basta con que un niño la acompañe para sentirse segura. En
conclusión, estos recuerdos que constituyen el acontecimiento I
no explican el terror que le impide entrar sola a una tienda y, por
lo tanto, no aclaran «el determinismo del síntoma»9, como dice
Freud. En otros términos: los recuerdos de Emma no corresponden
a la ocasión causal.
Pero Emma recuerda luego otro acontecimiento, ocurrido
cuando tenía 8 años. Este acontecimiento II —segundo en el re-
cuerdo, pero primero en el tiempo— no estuvo presente en su
memoria en el momento de aquel recordado inicialmente. En esa
ocasión —sobre la cual Freud recalca que tuvo lugar cuando Emma
era una niña, es decir, antes de la pubertad— ella fue dos veces a la
tienda de un pastelero y este hombre, entrado en años, le tocó los
genitales a través del vestido. No obstante, ella regresa a esa tienda
una segunda vez, ¡como si se estuviera buscando que el atentado
ocurriera de nuevo!, por lo cual se reprocha 10.
El segundo recuerdo permite comprender retroactivamente
el primero: en la tienda los dos empleados ríen y esa risa evoca
inconscientemente el recuerdo del pastelero, quien había acom-
pañado su atentado con una risotada. El recuerdo del pastelero trae
consigo, por asociación, el recuerdo del atentado, y este recuerdo
despierta un desencadenamiento sexual, una excitación sexual,
que se traspone en angustia. Por eso ella sale corriendo de la tienda
de los empleados, en la que se encontraba sola como aquella vez en
la tienda del pastelero.

9 Sigmund Freud, «Proyecto de psicología» (1850 [1895]), en Obras completas,


vol. 1, 401.
10 «Este recuerdo resuena con la idea de la atracción sexual experimentada
en el otro recuerdo». Cf. Jacques Lacan, El Seminario. Libro 7. La ética del
psicoanálisis (1969-1970) (Buenos Aires: Paidós, 1990), 92.

99
Sylvia De Castro

ESTAR SOLA
RISA VESTIDOS

EMPLEADO TIENDA
DESPRENDIMIENTO
SEXUAL
HUIDA

PASTELERO VESTIDOS

ATENTADO

FIGURA 1. Figuración del proceso asociativo en la formación


del síntoma de Emma (la proton pseudos histérica).11

Este fragmento clínico ilustra más de una cuestión. En primer


lugar, aquello para lo cual acudimos a él: la causalidad lógica y la
temporalidad retroactiva. El acontecimiento I, al cual designa-
remos, con Lacan, S1, aquel del que Emma no guarda el recuerdo,
se ha inscrito en el psiquismo a título de una huella, de una marca
que funciona como causa del síntoma cuando adquiere su valor
sexual a posteriori, a propósito del acontecimiento II, S2.
El a posteriori en juego aquí, en este momento de la formu-
lación freudiana, es la pubertad: el acceso de la niña a una época de
la vida en la que ya estaría en capacidad de otorgar carácter sexual
al recuerdo recién sobrevenido del acontecimiento I. Pero sabemos
que esta referencia a la pubertad se queda corta en relación con
aquello de lo que se trata, pues la significación sexual de la escena
infantil, el hecho de que la niña, devenida ahora mujer, pueda
acordarle al recuerdo de esa escena una significación sexual, es un
efecto del paso por el Edipo y la castración. El Edipo y la castración
organizan la sexualidad, aportando sentido a lo sexual y limitando
el ejercicio pulsional desbordado, propio del niño al que, por esa
razón, Freud califica de polimorfo perverso.
Quizá podamos entender esto último a propósito de la refe-
rencia que Freud hace en los Tres ensayos de teoría sexual a lo que

11 Esquema realizado por Sigmund Freud en «Proyecto de psicología», 402.

100
El síntoma como metáfora: entre sentido y mensaje

llama «diques anímicos / psíquicos» —el asco, el pudor, la ver-


güenza, la compasión, la moral—, que contribuyen a circunscribir
la satisfacción pulsional dentro de ciertos límites, y que se instalan
de manera correlativa a la subjetivación por parte del niño de que
la madre le está prohibida: complejo de castración.
A propósito de esa temporalidad retroactiva descubierta en
su constitución, Freud concluye su presentación de la formación
del síntoma de Emma diciendo lo siguiente: «Dondequiera se des-
cubre que es reprimido un recuerdo que sólo con efecto retardado
{nachträglich} ha devenido trauma»12. Es como decir que el acon-
tecimiento traumático no tiene efecto ni sentido en sí mismo sino
cuando se convierte en recuerdo a reprimir. De ahí en más el re-
cuerdo reprimido, es decir, el recuerdo causante de displacer, que
ha sido forzado por esa razón hacia lo inconsciente, retornará. El
retorno de lo reprimido dará cuenta del síntoma para Freud.
De este ejemplo paradigmático —me refiero aún a Emma—,
Lacan deduce
[…] la condición constituyente que Freud impone al síntoma
para que merezca ese nombre en el sentido analítico, es que un ele-
mento mnésico de una situación anterior privilegiada [S1] se vuelva
a tomar para articular la situación actual [S2], es decir que sea em-
pleado en ella inconscientemente como elemento significante con
el efecto de modelar la indeterminación de lo vivido en una signifi-
cación tendenciosa. 13

Como puede observarse, ya no se trata tan solo del síntoma


como sustituto —digamos «retoño directo»— de la vivencia trau-
mática: al menos, vivencias, hay dos… Y es aquí, a partir de este
caso temprano de Freud, en el que él se anticipa a sí mismo, que po-
demos mostrar cómo el síntoma «está sostenido por una estructura
que es idéntica a la estructura del lenguaje»14.
Para desplegar esta afirmación me detendré en la ilustración
clínica del caso Emma con el fin de desentrañar el tipo de enlaces

12 Freud, «Proyecto de psicología», 403.


13 Jacques Lacan, «El psicoanálisis y su enseñanza» (1957), en Escritos 1, 429.
14 Lacan, «El psicoanálisis y su enseñanza», 426.

101
Sylvia De Castro

o, como Freud dice, de procesos asociativos que dieron lugar a la


constitución del síntoma. Ya en la figura que Freud proporciona, el
relato de la paciente ha quedado reducido a cadenas de representa-
ciones, que corresponden, la primera, a la escena I, recordada por
Emma (señalada con círculos negros), y la segunda, a la escena II,
inconsciente, recuperada en el recuerdo durante la cura (señalada
con círculos blancos). Cadenas significantes, para decirlo con
Lacan: S1 y S2.
Con Freud sabemos que la conexión asociativa entre ambas
cadenas está dada por el elemento risa, que aparece en una y otra,
es decir, que risa establece una relación de semejanza entre las dos
escenas. Hay otra relación de semejanza: el estar sola en la tienda.
Pero risa es el elemento que evoca por vía de semejanza el recuerdo
del pastelero —que ríe— y, este evoca, a su vez, por vía de vecindad
en la asociación, o de contigüidad, el recuerdo del atentado que este
pastelero comete, al que se agrega, de nuevo por contigüidad, el
elemento vestidos. Freud destaca que vestidos es el único elemento
de la cadena asociativa inconsciente que ingresó en la consciencia
(¡proton pseudos!)15.
Como ya sabemos, el recuerdo del pastelero, traído a la cons-
ciencia por las conexiones asociativas que se desplegaron a partir
del elemento risa, es el que despierta la angustia a la altura de la
escena II, por lo cual Emma sale corriendo. Entonces, Freud dice:
«La conclusión de no permanecer sola en la tienda a causa del pe-
ligro de atentado se formó de manera enteramente correcta, con
miramiento por todos los fragmentos del proceso asociativo»16.
Digámoslo en otros términos: las relaciones de semejanza mencio-

15 «Todo lo que queda en el síntoma está vinculado con la vestimenta, con la


burla sobre la vestimenta. Pero la dirección de la verdad es indicada bajo
una cobertura, bajo la Vorstellung mentirosa de la vestimenta. Hay alusión,
en forma opaca, a lo que aconteció, no durante el primer recuerdo, sino
durante el segundo. Algo que no pudo aprehenderse en el origen, sólo
lo es après-coup y por intermedio de esa transformación mentirosa —
proton pseudos». Cf. Jacques Lacan, El Seminario. Libro 7. La ética del
psicoanálisis, 92.
16 Freud, «Proyecto de psicología», 402.

102
El síntoma como metáfora: entre sentido y mensaje

nadas bastaron para precipitar la huida de Emma y, con ella, el


síntoma fóbico por el que teme entrar sola a una tienda...
Pues bien, las relaciones de semejanza entre representaciones
son la condición del proceso psíquico que Freud llama «conden-
sación», por medio del cual, en este caso, la palabra risa, que
aparece a nivel de la cadena consciente, concentra o representa
elementos de la cadena inconsciente: risa sustituye al elemento
pastelero y evoca los elementos que le son asociados a este último
por vínculos de contigüidad. La contigüidad, por su parte, es el
modo de relación entre representaciones que Freud designa como
«desplazamiento», en virtud del cual, a lo largo de la cadena, tiene
lugar una subversión de los valores psíquicos por una transferencia
de valor de una representación a la siguiente. Es por eso que el ele-
mento vestidos, el de menor valor psíquico, el que despierta menor
interés, como dice Freud, es el que aparece en la cadena consciente:
vestidos y no atentado.
He presentado el síntoma de Emma con este nivel de detalle
para mostrar cómo aquí, a propósito del síntoma, se encontraba
ya, en germen, el método de interpretación propio del psicoanálisis
que Freud inventa y teoriza en La interpretación de los sueños. En
esa obra maestra tomamos conocimiento de los mecanismos del
proceso primario, es decir, condensación y desplazamiento, las
leyes del inconsciente, de las que Lacan deriva su propia lógica
significante. En la lectura que Lacan hace de esos mecanismos
reconoce su analogía con ciertas figuras de la retórica y, así,
aproxima la condensación a la metáfora mientras que hace lo
mismo entre el desplazamiento y la metonimia. La primera,
la metáfora, advierte acerca de una sustitución significante,
pues consiste en designar algo con el nombre de otra cosa: un
significante por otro, para abreviar. La segunda, la metonimia, es
también un cambio de nombre, pero aquí algo se designa por un
término diferente del que le es propio, a condición de que entre los
dos se mantenga algún tipo de vínculo: un significante tras otro,
también para abreviar.
Ahora bien, si me atengo a la formulación relativa al síntoma
de Emma, a lo que Freud llama la conclusión que se formó de

103
Sylvia De Castro

manera correcta, es decir, teniendo en cuenta todos los elementos


del comercio asociativo, puedo proponer una escritura de este
síntoma según una sustitución significante, así:

Sdel síntoma
S risa (S pastelero / Satentado - vestidos (
S

Como puede verse en esta fórmula, el significante del síntoma


sustituye metafóricamente el significante risa, que aparece aquí
como significante del trauma sexual, pues es el que ha recibido
el encargo, por así decir, de sustituir al significante pastelero y,
con él, a los significantes contiguos de la cadena atentado, ves-
tidos. Hay, pues, metáfora, una condensación en último término,
definitoria del síntoma histérico, pero no por ello está ausente la
metonimia, los desplazamientos. Parafraseando a Freud, digamos
que los desplazamientos se han vuelto aprovechables para la con-
densación puesto que así, por vía de la transferencia de valor desde
un elemento al siguiente, en lugar de varios elementos consigue
ser recogido uno solo, algo común intermedio entre ellos17. Lacan,
por su parte, sostiene que la existencia misma de la cadena sig-
nificante, S1-S2, sugiere la anterioridad lógica del desplazamiento
con respecto a la condensación. Lo cual no es cualquier cosa, pues
es en ese primer punto de enlace del S1 con el S2 donde «existe la
posibilidad de que se abra esa falla que se llama el sujeto»18.
En todo caso, el síntoma de Emma brota, como dice Lacan
en alusión al efecto de creación de la metáfora, «entre dos signifi-
cantes de los cuales uno ha sustituido al otro tomando su lugar en
la cadena significante, mientras [que] el significante oculto sigue
presente por su conexión (metonímica) con el resto de la cadena»19.

17 Sigmund Freud, «La interpretación de los sueños» (1900), en Obras


completas, vol. 5, 345.
18 Jacques Lacan, El Seminario. Libro 17. El reverso del psicoanálisis (1969-1970)
(Barcelona: Paidós, 1992), 93.
19 Jacques Lacan, «Instancia de la letra en el inconsciente y la razón desde
Freud» (1957), en Escritos 1, 487.
104
El síntoma como metáfora: entre sentido y mensaje

No quiero demorar más la formulación mayor de Lacan con


respecto al síntoma en la época del inconsciente estructurado
como un lenguaje:
El mecanismo de doble gatillo de la metáfora es el mismo
donde se determina el síntoma en el sentido analítico. Entre el sig-
nificante enigmático del trauma sexual y el término al que viene a
sustituirse en una cadena significante actual, pasa la chispa, que fija
en un síntoma —metáfora donde la carne o bien la función están
tomadas como elementos significantes— la significación inaccesible
para el sujeto consciente en la que puede resolverse.20

Me propongo ahora retomar lo planteado hasta aquí para se-


ñalar que si el síntoma «está sostenido por una estructura que es
idéntica a la estructura del lenguaje», como lo había dicho, lo está
en cuanto que es una sustitución significante, S1/S2, en cuyo caso se
trata de la relación metafórica entre significantes, de la cual «brota»
el sentido del síntoma. En esta perspectiva, el sentido no es signi-
ficado; dicho de otra manera, «el significante no tiene sentido sino
en su relación con otro significante»: S1-S2, por lo cual «el síntoma
no se interpreta sino en el orden del significante»21. Sin embargo,
Lacan no empezó por ahí. En Función y campo… el síntoma está
definido como el «significante de un significado reprimido de la con-
ciencia del sujeto»22: S/s. Es decir, que por mucho que nos situemos
en el terreno de lo simbólico para pensar el síntoma, hay, según la
bienvenida aclaración que introduce Fabián Schejtman23, un sim-
bólico que hace énfasis en el «sentido aprisionado» y otro que pone
el acento en la dimensión metafórica, es decir, en la articulación sig-
nificante. Y, aun así, incluso en la búsqueda de sentido reprimido,
Lacan otorgó siempre al significante el valor de elemento guía en la
investigación: en esto consiste la primacía del significante.
No podría pasar por alto el correlato freudiano de esta pri-
macía del significante, que es tan claro que vale la pena tomarlo
20 Lacan, «Instancia de la letra en el inconsciente», 498.
21 Jacques Lacan, «El sujeto por fin cuestionado» (1966), en Escritos 1, 224.
22 Jacques Lacan, «Función y campo», 270.
23 Fabián Schejtman, «Síntoma y Sinthome», Ancla 2 (2008): 15-59.

105
Sylvia De Castro

como referencia: se trata de la valoración que Freud hace de la pa-


labra-cosa, de la palabra cortada, separada de su significado, de la
cual dice que hay que tomarla «sin miramiento por el sentido ni
por el deslinde acústico entre las sílabas», o que hay que tratarla
como se hace con el pictograma de una frase destinada a formar un
acertijo gráfico o un jeroglífico. Esto es lo que Freud muestra en sus
ejemplos claves, de los cuales apenas evocaré el olvido del nombre
Signorelli, en la Psicopatología de la vida cotidiana24. Como podrá
notarse, este es un asunto central del descubrimiento freudiano.
Respecto a lo que nos ocupa, el mejor ejemplo de la primacía
del significante es el síntoma de conversión de Elisabeth Von
R., uno de los casos descritos en Estudios sobre la histeria. La
conversión, la traducción de lo psíquico en lo somático, demuestra
el lazo entre el cuerpo y el significante, la posibilidad de expresar
un deseo o un conflicto psíquico a través del cuerpo, pero de un
cuerpo regido por leyes que no son las de la anatomía, que es lo
que Freud descubre muy pronto y que resume en estas palabras:
«… la histeria se comporta en sus parálisis y otras manifestaciones
como si la anatomía no existiera, o como si no tuviera noticia
alguna de ella»25.
Elisabeth sufre de dolor en las piernas. Freud supone que ella
sabe acerca de las razones de su padecer, pero que ese saber le es
inconsciente. Entonces le pregunta de dónde le vienen los dolores,
y ella relata diversas escenas y situaciones conectadas con impre-
siones psíquicas dolorosas que la sorprendieron de pie: así, para
empezar, estaba de pie cuando recibió a su padre, quien fue con-
ducido a la casa tras sufrir un ataque al corazón y ella, al verlo,
presa del terror, se quedó de pie, estrictamente, petrificada; a este
primer «terror estando de pie» {Stehen} se suman otra cantidad
de recuerdos hasta aquel, horroroso, en el que se quedó parada
{Stehen}, como presa de un hechizo, frente al lecho de su hermana

24 Sigmund Freud, «Psicopatología de la vida cotidiana» (1901), en Obras


completas, vol. 6, 10-13.
25 Sigmund Freud, «Algunas consideraciones con miras a un estudio
comparativo de las parálisis motrices orgánicas e histéricas» (1893 [1888-
1893]), en Obras completas, vol. 1, 206. (Las cursivas son de Freud.)

106
El síntoma como metáfora: entre sentido y mensaje

muerta. Freud advierte entonces acerca del enlace de los dolores


con el estar de pie. Pero Elisabeth también le relata el enlace de los
dolores con el hecho de caminar {gehen}, de levantarse {aufstehen},
dirigir sus pasos hacia un cierto lugar «cargado de afecto» {hinau-
fgehen}, de sentarse {setzen sich}, incluso de yacer {liegen}… Y no
solo eso. Ella se queja también de su soledad {Alleinstehen}, de su
falta de apoyo, de no poder avanzar un paso… Es decir que ella
utiliza giros lingüísticos que hacen las veces de «puentes» para la
conversión, dice Freud.
Pero así como el síntoma de Elisabeth ilustra la primacía sig-
nificante, ilustra también la metáfora, donde «la carne o la función
están tomadas como elementos significantes…», según lo había
dicho. Es lo que Freud retoma más adelante, en una explicación
que me voy a permitir parafrasear, atendiendo al síntoma de Eli-
sabeth, del cual entonces podemos decir que, «por medio de la más
extrema condensación»26, se han comprimido en una sensación
única, que es el dolor en las piernas, las escenas traumáticas pro-
piamente dichas, los recuerdos de «eficacia patógena» y la «ex-
presión simbólica» de sus pensamientos tristes.
Ahora bien, Freud no alude solamente a la metáfora para dar
cuenta del síntoma conversivo, pues también interviene el despla-
zamiento, la metonimia. Así, a la «[…] más extrema condensación
[…]» (de la cita anterior) agrega que «[…] por medio de un extremo
desplazamiento puede circunscribirse a un pequeño detalle de todo
el complejo libidinoso»27. En Elisabeth, este «pequeño detalle» es el
foco de sus dolores, situado en la parte central del muslo de
la pierna derecha, aquella sobre la cual el padre enfermo reposaba
su propia pierna mientras la hija repetía a diario las curaciones. El
«foco» ha requerido, pues, del extremo desplazamiento.
En fin, «el síntoma es un sustituto, producido mediante con-
versión, del retorno asociativo de esas vivencias traumáticas»28;
26 Sigmund Freud, «23.° Conferencia: Los caminos de la formación de
síntomas» «Conferencias de introducción al psicoanálisis» (1917[1916-17]),
en Obras completas, vol. 16, 334.
27 Freud, «23.° Conferencia: Los caminos de la formación de síntomas», 333.
28 Sigmund Freud, «Las fantasías histéricas y su relación con la bisexualidad»
(1908), en Obras completas, vol. 9, 145.
107
Sylvia De Castro

pronto será un sustituto del deseo inconsciente, o de la «fantasía al


servicio del cumplimiento del deseo»29, cuando a la altura de La in-
terpretación de los sueños el deseo estructurado de manera edípica
y su escenificación fantasmática constituyan la referencia central
de Freud. La definición del síntoma que aquí se renueva anuda el
deseo y, sistemáticamente, las operaciones destinadas a cifrarlo:
el síntoma es un «retoño del cumplimiento de deseo libidinoso in-
consciente desfigurado de manera múltiple»30.
Un vez que Freud formula su tesis según la cual en el síntoma
participan los mismos mecanismos que en el sueño, el síntoma queda
situado, no ya como una formación aislada, sino formando parte del
conjunto de las formaciones del inconsciente. Es decir que, en prin-
cipio, Freud reconoce una homología de estructura entre los dos: el
síntoma, «[a]l igual que el sueño, […] figura algo como cumplido»31.
Pero, no obstante la homología, una diferencia se impone a
propósito del cumplimiento del deseo, pues mientras el sueño se
basta a sí mismo en relación con ese enunciado —el sueño es un
cumplimiento de deseo—, el síntoma «no es la mera expresión de
un deseo inconsciente realizado», dice textualmente Freud: a este
deseo inconsciente «tiene que agregarse todavía un deseo del pre-
consciente que se cumpla mediante el mismo […]»32.
El horizonte de esta última formulación del deseo contrariado
no es otro que el conflicto psíquico entre las dos instancias de la
primera tópica freudiana (Icc/Prcc-Cc), conflicto que se resuelve
en el síntoma como formación de compromiso. Freud aporta un
ejemplo al respecto en su libro de los sueños:
En el caso de una paciente el vómito histérico resultó ser, por
una parte, el cumplimiento de una fantasía inconsciente del tiempo
de su pubertad; era el deseo de estar continuamente grávida, de
tener innumerables hijos, […] del mayor número posible de hom-
bres. Contra este deseo desenfrenado se elevó una poderosa moción

29 Freud, «Las fantasías histéricas», 145.


30 Freud, «23.° Conferencia: Los caminos de la formación de síntomas», 333.
31 Freud, «23.° Conferencia: Los caminos de la formación de síntomas», 333.
32 Freud, «La interpretación de los sueños», 561.

108
El síntoma como metáfora: entre sentido y mensaje

de defensa. Y como por los vómitos la paciente podía perder la lo-


zanía de su cuerpo y su belleza, de suerte que ningún hombre la
encontrase ya agradable, el síntoma se ajustaba también a la ilación
de pensamientos punitorios y, admitido por ambos costados, podía
hacerse realidad. 33

Una nota extra aporta esta viñeta clínica: la consideración del


autocastigo. Dejémosla en suspenso.
Por ahora se trata del deseo sexual, inconfesable, reprimido,
que el síntoma cifra y que por eso mismo retorna, irreconocible,
de la represión. En ese orden de ideas, el síntoma es «un susti-
tuto de algo que fue estorbado por la represión»34.
Esto irreconocible es lo que permite explicar el sentimiento de
ajenidad del sujeto con relación a su síntoma, el sentimiento de ab-
surdidad, si puedo decirlo así, la impotencia frente a aquello que sim-
plemente se le impone como una alteración o una acción repetitiva,
como un sufrimiento o un pensamiento sin sentido. El síntoma es
una «opacidad subjetiva», un enigma, dirá Lacan35, soporte de la di-
visión del sujeto.

33 Freud, «La interpretación de los sueños», 561. Con una suerte de ironía,
Freud dice que el síntoma opera de la forma como lo hizo la reina de Partia
con el triunviro romano Craso: como pensó que este había emprendido la
campaña guerrera por la sed de oro, le hizo verter, ya muerto, oro fundido
en su rostro, proclamando: «Aquí tienes lo que deseabas».
34 Freud, «23.° Conferencia: Los caminos de la formación de síntomas», 272.
35 Jacques Lacan, Seminario 14. La lógica del fantasma (1966-1967), clase de
febrero 22 de 1967. Inédito. Decididamente freudiano en su retorno a Freud,
Lacan no cuenta, sin embargo, con las advertencias freudianas sobre los
límites al advenimiento del recuerdo del traumatismo, tal como podía leerse
ya en la «Psicoterapia de la histeria», el apartado final de Estudios sobre la
histeria. En efecto, en los albores de la invención del psicoanálisis, cuando
todavía presionaba el recuerdo de la histérica sobre la ocasión primera
en la que aparecieron los síntomas, Freud descubre que estos recuerdos
se organizan, a la manera de un archivo, en cadenas asociativas en torno
al factor traumático, que llamó «núcleo patógeno». Freud descubre que
una resistencia —a la que llama «de asociación»— se levanta contra el
recuerdo y se incrementa a medida que las representaciones se acercan al
núcleo patógeno. De este modo, Freud intuye un límite al recuerdo que

109
Sylvia De Castro

Ahora bien, la contundencia de esa formulación del síntoma


como testimonio de la división subjetiva resulta al menos inte-
rrogada por la concepción del síntoma como símbolo, incluso,
como metáfora. A mi modo de ver, la división del sujeto debida al
síntoma no parece formar parte de los «principios» del predominio
de lo simbólico enunciados por Lacan en ese texto que se considera
su manifiesto, Función y campo de la palabra y del lenguaje en psi-
coanálisis (1953). En efecto, en el tratamiento que allí hace Lacan no
hay un límite al desciframiento. En este texto, incluso de manera
más problemática que en Freud antes de Más allá del principio
del placer (1920), Lacan considera que la interpretación cumple la
función de develar el deseo que el síntoma sustituye y, por consi-
guiente, que el levantamiento de la represión conduce necesaria-
mente a la supresión del síntoma.
Así es como, en el manifiesto citado, luego de sostener que el
síntoma es un «significante de un significado reprimido de la con-
ciencia del sujeto», «símbolo escrito sobre la arena de la carne […]»,
Lacan llega hasta otorgarle el carácter de «una palabra de ejercicio
pleno porque incluye el discurso del Otro en el secreto de su cifra»36.
El desciframiento estaría en capacidad de restablecer la historia
del sujeto, interrumpida entretanto por la emergencia sintomática.
En efecto, dice: «El inconsciente es ese capítulo de mi historia que
está marcado por un blanco u ocupado por un embuste: es el ca-
pítulo censurado». Pero, agrega, «[…] la verdad puede volverse a en-
contrar», puesto que «está escrita en otra parte», en particular, «en
los monumentos: y esto es mi cuerpo, es decir, el núcleo histérico de
la neurosis donde el síntoma histérico muestra la estructura de un

será, por consiguiente, un límite a la interpretación. Lacan tampoco cuenta


con la explícita formulación freudiana de Más allá del principio del placer:
«El enfermo puede no recordar todo lo que hay en él de reprimido, acaso
justamente lo esencial […]. Más bien se ve forzado a repetir lo reprimido
como vivencia presente, en vez de recordarlo, como el médico preferiría,
en calidad de fragmento del pasado». Cf. Sigmund Freud, «Más allá del
principio del placer» (1920), en Obras completas, vol. 18, 18.
36 Lacan, «Función y campo», 270.

110
El síntoma como metáfora: entre sentido y mensaje

lenguaje y se descifra como una inscripción que, una vez recogida,


puede sin pérdida grave ser destruida […]» (270).
De manera casi poética, Lacan afirma su convicción:
Jeroglíficos de la histeria, blasones de la fobia, laberintos de
la Zwangsneurose; encantos de la impotencia, enigmas de la inhi-
bición, oráculos de la angustia; armas parlantes del carácter, sellos
del autocastigo, […]; tales son los hermetismos que nuestra exégesis
resuelve, los equívocos que nuestra invocación disuelve, los arti-
ficios que nuestra dialéctica absuelve, en una liberación del sentido
aprisionado que va desde la revelación del palimpsesto hasta la pa-
labra dada del misterio […]. (270)37

El desciframiento es, pues, liberación del sentido aprisionado,


según una comprensión del síntoma que es simbólica, pero no nece-
sariamente metafórica. Ahora bien, cuando la comprensión es propia-
mente metafórica, como es el caso en La instancia de la letra en
inconsciente…, el asunto no será muy distinto: al fin de cuentas la
metáfora es interpretable.
Entiendo que el telón de fondo de esta convicción lacaniana
en relación con los alcances del desciframiento y la resolución del
síntoma no es cualquier cosa: es la revelación freudiana del sentido

37 En el contexto de esta cita, el asunto del sentido aprisionado del síntoma


conducirá las cosas, en última instancia, a establecer una articulación
entre el síntoma y la verdad del sujeto, cuyas proposiciones básicas están
contenidas en el texto con el que Lacan prologa sus Escritos en el momento
de su publicación: 1) el síntoma representa «el retorno de la verdad en las
fallas de un saber»; 2) el síntoma es verdad «por estar hecho de la misma
pasta de que está hecha ella», si aceptamos «que la verdad es lo que se
instaura en la cadena significante»; 3) «[a] diferencia del signo, del humo
que no va sin fuego, […] el síntoma no se interpreta sino en el orden del
significante. El significante no tiene sentido sino en su relación con otro
significante. Es en esta articulación donde reside la verdad del síntoma». Cf.
Jacques Lacan, «El sujeto por fin cuestionado», 224-225. Otro momento será
aquel en el que Lacan considere que el síntoma está habitado por un resto
de verdad del inconsciente que no puede ser enunciado, y esto porque «la
verdad solo se sostiene en un medio-decir». Cf. Jacques Lacan, El seminario.
Libro 17. El reverso del psicoanálisis, 116.

111
Sylvia De Castro

del síntoma 38, punto de partida del psicoanálisis mismo por cuanto
solo así el síntoma pudo ser pensado como una formación que cifra
un deseo inconsciente. Por supuesto, esto implica cierta forma de
situar el síntoma en la cura, de orientarse en la cura en relación
con él, lo cual exige una posición dada del analista en la transfe-
rencia, seguramente tomando el sentimiento como supuesto saber
el sentido del síntoma…

4.
Por ahora voy a detenerme en otra de las variantes del síntoma
destacadas por Lacan en el tiempo de la primacía de lo simbólico,
esto es, en su valor de mensaje, lo cual no resulta ajeno a su es-
tructura de metáfora. Dora, la paciente de «Fragmento de análisis
de un caso de histeria» (1905[1902]), aporta una de las ilustraciones
más pertinentes, por el hecho de que Freud mismo así lo indica.
Él presenta el caso situando de entrada el hecho de que al
iniciar el tratamiento, a los 18 años, la tos que Dora había sufrido
de niña reaparecía ahora de manera característica. De esta tos, de
la que se supo desde siempre que se trataba de «nerviosismo», no
había podido curarse no obstante los variados tratamientos.
Es necesario agregar, para la mejor comprensión del estado de
cosas, que Freud se pregunta de qué tipo es la tos de Dora, es decir,
que no excluye que esa tos sea un fenómeno ordinario, orgánico,
para concluir, dadas las características con las que se presenta
ahora, que se trata de un síntoma histérico: en primer lugar, esa tos
insiste, es decir que se repite, vuelve una y otra vez y en determi-
nados momentos, lo cual Freud considera como una condición de

38 «El síntoma se nos presenta primero como una huella, que nunca será
más que una huella, y que siempre permanecerá incomprendida hasta
el momento en que el análisis haya avanzado suficientemente, y hasta el
momento en que hayamos comprendido su sentido. Puede entonces decirse
que, así como la Verdrängung no es nunca más que una Nachdrängung, lo que
vemos bajo el retorno de lo reprimido es la señal borrosa de algo que sólo
adquirirá su valor en el futuro, a través de su realización simbólica, su
integración en la historia del sujeto. Literalmente, nunca será sino algo que,
en un momento determinado de realización, habrá sido». Jacques Lacan, El
Seminario. Libro 1. Los escritos técnicos de Freud, 239-240.

112
El síntoma como metáfora: entre sentido y mensaje

todo síntoma. En segundo lugar, Dora hace cierto uso de la tos, por
ejemplo, señala con deleite la impotencia de los médicos para cu-
rarla, lo cual, por supuesto, se dirige transferencialmente a Freud.
Entonces, de entrada esta tos «quiere decir algo», tiene
sentido, lo que Freud llama «significado {valor, intencionalidad}».
En efecto, Freud intuye que alguna relación hay entre la tos recu-
rrente de Dora y sus acusaciones contra el padre, que se repetían
monótona y simultáneamente en el curso de las sesiones. Es esto lo
que lo lleva a agregar un cierto acento al sentido: «pensar que ese
síntoma podía tener un significado referido al padre»39. El síntoma,
pues, se pone al servicio de la articulación de un mensaje.
Freud se decide a explorar esta vía, y la forma como lo advierte
es por lo menos anticipatoria con respecto al interrogante que for-
mularé más adelante:
De otra manera los requisitos que suelo exigir a una explicación
de síntoma estarían lejos de satisfacerse. Según una regla que yo
había podido corroborar una y otra vez, pero que no me había
atrevido a formular de manera universal, un síntoma significa la
figuración —realización— de una fantasía de contenido sexual,
vale decir, de una situación sexual. Mejor dicho: por lo menos uno
de los significados de un síntoma corresponde a la figuración de
una fantasía sexual, mientras que los otros significados no están
sometidos a esa restricción en su contenido. (42)

Así pues, no se trata de un mensaje cualquiera; no solo está re-


ferido al padre, sino que se enlaza con la fantasía sexual que el síntoma
figura y que, si nos atenemos a lo dicho, tendrá que ver con el padre. En
efecto, Freud encuentra la oportunidad de atribuir a la tos tal interpre-
tación a propósito del equívoco significante en la frase de Dora cuando
habla de su padre en referencia a la relación amorosa que él sostiene
con la señora K.: «ein vermögender Mann {un hombre de recursos,
acaudalado}» que oculta la contraria: «ein unvermögender Mann {un
hombre sin recursos}» (42)40. Es decir que el padre es impotente.

39 Freud, «Fragmento de análisis de un caso de histeria» (1905 [1901]), en Obras


completas, vol. 7, 42.
40 Equívoco reconocido por Freud debido a «ciertas circunstancias colaterales».

113
Sylvia De Castro

El síntoma de Dora resulta ser entonces la figuración de una


fantasía sexual que tiene que ver con la impotencia del padre, y el
contenido de fantasía que el síntoma figura no puede sino estar re-
ferido a la modalidad oral de la satisfacción sexual que Dora supone
como la única posible para el padre. Freud concluye que, con su tos
espasmódica, que «respondía al estímulo de un cosquilleo en la
garganta, ella se representaba una situación de satisfacción sexual
per os entre las dos personas cuyo vínculo amoroso la ocupaba tan
de continuo» (42).
Sin lugar a dudas, desde dos ángulos por lo menos, la tos de
Dora apunta a corroborar la tesis de Lacan según la cual el síntoma
es una metáfora. Lo es, primero, en la perspectiva de la conversión,
pues la figuración de la fantasía sexual se concentra en una sen-
sación o inervación somática: la del cosquilleo en la garganta que
constituye el estímulo de la tos. Pero lo es también en la perspectiva
del mensaje cifrado que el síntoma transporta: la impotencia del
Otro a quien Dora sostiene en su deseo mediante la figuración de
esa fantasía sexual. Seguramente no se agota en este mensaje, como
veremos, y de hecho Freud agrega aquí que un síntoma tiene más
de un significado, mejor dicho, que puede figurar distintas ila-
ciones de pensamiento. Lo que esta pluralidad de significados le
agrega al síntoma tiene la mayor importancia: se trata del hecho,
precozmente dilucidado por Freud, de la sobredeterminación del
síntoma, en virtud de la cual difícilmente la interpretación agotará
todos los significados que transporta.
Ahora se impone la pregunta que he anticipado, a propósito
de la fantasía sexual que Freud le supone al síntoma de Dora.
Considerando que Freud sostiene que «el síntoma sirve a la satis-
facción sexual y figura una parte de la vida sexual de la persona
(en correspondencia con uno de los componentes de la pulsión
sexual)»41, debemos deducir que en la tos de Dora el síntoma sus-
tituye y figura, de manera deformada por la defensa, su propia
satisfacción sexual infantil.

41 Freud, «Las fantasías histéricas y su relación con la bisexualidad», 145.

114
El síntoma como metáfora: entre sentido y mensaje

Y al respecto, encontramos en el historial los elementos para


afirmarlo. Ante todo, Freud sostiene que el síntoma histérico de
la tos tuvo una tos orgánica como antecedente. Así que había en
Dora una zona corporal ya irritada, en ese sentido, una zona faci-
litada para la excitación. Este proceso es lo que Freud llama «com-
placencia somática»: el síntoma histérico, conversivo, hace un uso
nuevo de esa irritación previa, digamos que la «inviste» secunda-
riamente para su propósito.
Pero entre una cosa y otra, entre la precondición somática
que brinda la irritación en la garganta y el síntoma de la tos, se inter-
pola otro factor: el que tiene que ver con la satisfacción sexual
infantil. Este factor es el que facilita la creación autónoma de la
fantasía. Y es que Dora había sido en su infancia una «chupeteadora»,
como dice Freud. Ella relata una escena fantasmática, coagulada,
enigmática, de sus 4 o 5 años, en la que «estaba sentada en el suelo,
en un rincón, chupándose el pulgar de la mano izquierda, mientras
con la derecha daba tironcitos al lóbulo de la oreja de su hermano,
que estaba ahí quieto, sentado»42. Freud sostiene que esa es la
manera completa de autosatisfacción por el chupeteo.
Así pues, el síntoma hunde sus raíces en la práctica sexual
infantil, autoerótica —luego recubierta por la fantasía—. En otras
palabras, hunde sus raíces en el «infantilismo de la sexualidad». Esta
práctica ha sido estorbada por la represión, pero las aspiraciones
libidinales insisten y logran retornar de lo reprimido; por
supuesto, no lo logran sin consentir una cuota nada despreciable
de desfiguración que hace irreconocible esta satisfacción. Pero
el síntoma es su sustituto: sustituto de la satisfacción infantil
autoerótica ahora reprimida, del goce pulsional, para decirlo en
términos de Lacan.
En consecuencia, el síntoma realiza un goce sustitutivo. En-
tonces, uno no puede menos que preguntarse qué va de la susti-
tución significante —metafórica— a esta otra sustitución, que es la
de una satisfacción pulsional. ¿Acaso la metáfora da cuenta de las

42 Freud, «Fragmento de análisis de un caso de histeria», 46.

115
Sylvia De Castro

dos modalidades de sustitución? Al respecto, Sidi Askofaré43, en un


texto recientemente publicado en español, afirma que Lacan ofrece
una pista a la altura del seminario de la ética cuando aporta una
definición del síntoma en ese sentido: «El síntoma es el retorno, vía
sustitución significante, de lo que está en el extremo de la pulsión
como su meta»44. Sí, puesto que, por una parte, la pulsión se sa-
tisface en el síntoma y, por otra, la sustitución significante «cons-
tituye la estructura sobredeterminada, la ambigüedad, la doble
causalidad, de lo que se llama compromiso sintomático»45. Una
cosa no va sin la otra.
De todos modos, el asunto no se detiene aquí. Y vuelvo al caso
Dora para advertir la conclusión a la que llega el mismo Freud en
relación con el síntoma de la tos, una vez que ha podido reconstruir
lo que él llama el «conjunto de sus determinaciones». Dice entonces
que, ante todo, cabe suponer el estímulo de la tos real, que es como
«el grano de arena en torno del cual el molusco forma la perla». Este
estímulo real no pasó en vano, al contrario, quedó fijado; debe su fi-
jación al hecho de que afectaba una región del cuerpo que tenía para
Dora la significación de una zona erógena: el tracto bucofaríngeo.
La fijación, a su vez, facilitó la vía para dar curso a la libido excitada.
Pero en la fijación participó además otro elemento que Freud llama
«revestimiento psíquico»: se refiere al hecho de que este estímulo
resultó apto para figurar, mediante conversión, cierta situación psí-
quica en la que se hallaba involucrada la misma zona corporal. En
el síntoma de la tos de Dora el último revestimiento, dicho de otro
modo, la última significación psíquica fue la fantasía de la satis-
facción sexual entre el padre y la señora K.
Freud concluye que el estímulo orgánico, el núcleo real del
síntoma, quedó «psíquicamente seleccionado y revestido»46, al
modo como el molusco envuelve el grano de arena «con las capas
de la madreperla». El síntoma es eso para Freud, una formación

43 Sidi Askofaré, «Del síntoma al sinthome», en Clínica del sujeto y del lazo
social (Bogotá: Gloria Gómez-Ediciones, 2012).
44 Lacan, El Seminario. Libro 7. La ética del psicoanálisis, 136.
45 Lacan, El Seminario. Libro 7. La ética del psicoanálisis, 136.
46 Freud, «Fragmento de análisis de un caso de histeria», 73.

116
El síntoma como metáfora: entre sentido y mensaje

de doble rostro, significante y de satisfacción pulsional. Uno no


puede sino recordar la famosa referencia lacaniana de la «envoltura
formal del síntoma»47.

5.
La redacción del caso Dora data de 1901. Es decir que desde el
comienzo Freud trató simultáneamente lo que luego fue pensado
por Lacan en dos capítulos separados entre sí: el que sitúa al
síntoma en el registro de lo simbólico, y aquel que pone el acento
en el registro de lo real. El primero está subtendido por las formu-
laciones freudianas del principio del placer, mientras que el se-
gundo toma en consideración las consecuencias de la elaboración
freudiana de la segunda tópica, es decir, de la introducción de la
compulsión de repetición. Con esta separación en mente, estamos
acostumbrados a pensar que, de un lado, el síntoma es cumpli-
miento de deseo y, del otro lado, satisfacción de la pulsión.
Ahora bien, al término de este recorrido, de la mano de Freud
con Dora hemos podido concluir que la satisfacción libidinal sus-
titutiva no está ausente del síntoma pensado como sustitución
metafórica, que el síntoma repite la modalidad infantil de la sa-
tisfacción pulsional. Así las cosas, la pregunta que me formulo es
la siguiente: ¿qué novedad introduce la segunda tópica? Dicho en
otros términos, si la satisfacción pulsional ya está implicada en el
«síntoma-metáfora», ¿qué le agrega al síntoma el más allá del prin-
cipio del placer para que la otra versión del síntoma, el «síntoma-
goce», pueda ser así, tan claramente deslindada?
En una de las conferencias de introducción de 1916-1917, antes
del vuelco que supone el más allá…, Freud ya se refería a la repetición,
vía el síntoma, de la satisfacción pulsional, haciendo intervenir
un elemento extra relativo a la «sensación de sufrimiento» que el
síntoma aporta. Este elemento sería apto para pensar el síntoma en
su vertiente de goce, es decir, como «satisfacción inconsciente […]
sentida como displacer o sufrimiento»48. Dice Freud:

47 Jacques Lacan, «De nuestros antecedentes» (1966), en Escritos 1, 60.


48 Askofaré, «Del síntoma al sinthome», 108.

117
Sylvia De Castro

[…] el síntoma repite de algún modo aquella modalidad de sa-


tisfacción de [la] temprana infancia, desfigurada por la censura que
nace del conflicto, por regla general volcada a una sensación de su-
frimiento y mezclada con elementos que provienen de la ocasión que
llevó a contraer la enfermedad. La modalidad de satisfacción que el
síntoma aporta tiene en sí mucho de extraño. Prescindamos de que es
irreconocible para la persona, que siente la presunta satisfacción más
bien como un sufrimiento y como tal se queja de ella. Esta mudanza
es parte del conflicto psíquico bajo cuya presión debió formarse el
síntoma. Lo que otrora fue para el individuo una satisfacción está des-
tinado, en verdad, a provocar hoy su resistencia o su repugnancia.49

De hecho, el sujeto deriva sufrimiento de su síntoma. Pero


lo que introduce el más allá… no se reduce a esta constatación.
También sufría la paciente de Freud a la que hice referencia más
arriba, aquella en la cual el vómito histérico, al tiempo que cumplía
una fantasía de deseo, resultaba apto para expresar sus pensa-
mientos punitorios… Es que el síntoma es formación de com-
promiso entre tendencias contrarias. No se trata únicamente, pues,
de la presencia del dolor y el displacer. ¿Entonces?
Voy a dejar apenas planteada la cuestión, esta importante
cuestión, pero ya suficientemente indicada en la pluma de Freud:
Desde el punto de vista económico, la existencia de la aspiración
masoquista en la vida pulsional de los seres humanos puede con derecho
calificarse de enigmática. En efecto, el masoquismo es incomprensible si
el principio de placer gobierna los procesos anímicos de modo tal que su
meta inmediata sea la evitación de displacer y la ganancia de placer. Si
dolor y displacer pueden dejar de ser advertencias para constituirse, ellos
mismos, en metas, el principio de placer queda paralizado, y el guardián
de nuestra vida anímica, por así decir, narcotizado.50

49 Freud, «23.° Conferencia: Los caminos de la formación de síntomas», 333.


50 Sigmund Freud, «El problema económico del masoquismo» (1924), en
Obras completas, vol. 19, 16. (Las cursivas son mías.)

118
El síntoma como metáfora: entre sentido y mensaje

Bibliografía
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119
Sylvia De Castro

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nuevo sofisma». En Escritos 1. México, Siglo Veintiuno Editores,
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Schejtman, Fabián. «Síntoma y Sinthome». Ancla [Revista de la Cátedra
II de Psicopatología, Facultad de Psicología, Universidad de Buenos
Aires] 2 (2008): 15-59.

120
LO REAL
El conce pto de p u l sió n de Freud a Lacan

Belén d e l Rocío Moreno


Universidad Nacional de Colombia

Yo, que entiendo el cuerpo. Y sus crueles exigencias.


Siempre he conocido el cuerpo. Su vórtice que marea.
El cuerpo grave. Personaje mío aún sin nombre.
Clarice Lispector, «El viacrucis del cuerpo»

El c o n c e p t o d e p u l s i ó n e n F reud
Comenzaré este recorrido por el concepto de pulsión en Lacan
con la siempre necesaria referencia a las elaboraciones de Sigmund
Freud. Este concepto fue introducido por el fundador del psicoaná-
lisis, en 1905, en Tres ensayos para una teoría sexual1; luego, en 1915,
le dedicó un importante trabajo, Pulsiones y destinos de pulsión2,
que forma parte de los denominados escritos metapsicológicos
de su obra, donde considera la pulsión como un concepto funda-
mental (Grundbegriff ) del psicoanálisis. La misma consideración
encontraremos luego en Lacan, pues la pulsión tiene un lugar en
el Seminario 11 (1964), cuyo nombre es justamente Los cuatro con-
ceptos fundamentales del psicoanálisis3; allí la pulsión aparece al
lado de los conceptos de inconsciente, repetición y transferencia.

1 Sigmund Freud, «Tres ensayos para una teoría sexual» (1905), en Obras
completas, vol. 7 (Buenos Aires: Amorrortu, 2005).
2 Sigmund Freud, «Pulsiones y destinos de pulsión» (1915), en Obras
completas, vol. 14.
3 Jacques Lacan, El Seminario. Libro 11. Los cuatro conceptos fundamentales del
psicoanálisis (1964) (Buenos Aires: Paidós, 1989).

123
Belén del Rocío M o re n o

Freud comienza planteando, en su texto de 1915, que una


ciencia no inicia con conceptos básicos claros y definidos, sino con
la descripción de un material empírico, en la que se aplican ciertas
ideas abstractas recogidas en otra parte. En este punto es necesario
recordar que «la otra parte» a la que Freud acude para formular su
concepto es la física de su época, de donde extrae una importante
serie de nociones: energía, cantidad, acumulación, tensión, fuerza y
trabajo; procedencia que Lacan recuerda, en su seminario, cuando
dice que con estas formulaciones «vemos esbozados […] los con-
ceptos que para Freud son conceptos fundamentales de la física.
Sus maestros en fisiología son aquellos que se proponen realizar,
por ejemplo, la integración de la fisiología a la física moderna y en
especial a la energética»4.
Volviendo a Freud, tenemos que las primeras ideas así sur-
gidas tendrán el carácter de convenciones; sin embargo, tales con-
venciones han de estar determinadas por relaciones significativas
con el material empírico5. Una observación más aguda de los fe-
nómenos permitirá delimitar y afinar los conceptos, que entonces
podrán ser utilizables en un amplio campo. Este amplio campo
puede constituirse al considerar tanto el espacio de la clínica como
aquel otro referido a los fenómenos colectivos. Así, en primer lugar,
en el campo de la praxis analítica constatamos que al operar con
palabras es posible incidir en la economía pulsional6; también en
ese mismo terreno podemos situar, por ejemplo, el vínculo entre
la fantasía y la satisfacción pulsional o hallar el valor erógeno que
cobran los síntomas en la economía psíquica. Por fuera del campo
estrictamente clínico, el concepto de pulsión nos permite pensar

4 Lacan, El Seminario. Libro 11. Los cuatro conceptos fundamentales del


psicoanálisis, 170.
5 En un sentido similar se pronunciará Lacan, tiempo después, al afirmar que
«un concepto se mantiene si traza su vía en lo real que se ha de penetrar».
Cf. Lacan, El Seminario. Libro 11. Los cuatro conceptos fundamentales del
psicoanálisis, 170.
6 Asunto sobre el cual Lacan dirá: «[…] nos referimos a la pulsión porque
el estado de satisfacción se ha de rectificar a nivel de la pulsión». Lacan, El
Seminario. Libro 11. Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, 174.

124
El concepto de pulsión de Freud a Lacan

en las satisfacciones erógenas que resultan patentes en los colec-


tivos y que, dado el caso, pueden marcar de manera predominante
la subjetividad de una época; por ejemplo: se ha dicho que el siglo
XX fue el siglo de la mirada. En la misma vía, podemos situar las
seducciones invocantes que alientan en los movimientos de masas7.
De este modo, comenzamos a esbozar el amplio campo en que el
concepto de pulsión se vuelve utilizable.
Una vez los conceptos son acuñados en definiciones, habrán
de experimentar sin embargo un cambio constante en su con-
tenido, dado el estrecho vínculo que liga la teoría psicoanalítica
con la praxis en que se soporta. Después de estas consideraciones
iniciales, Freud se refiere a los cuatro términos asociados con el
concepto de pulsión.
Drang: Esta palabra ha tenido numerosas traducciones al es-
pañol: ‘fuerza’, ‘empuje’, ‘esfuerzo’, ‘presión’, ‘carga’, ‘perento-
riedad’. Con este término Freud se refiere al factor energético,
a la intensidad de la excitación que tiene lugar en zonas deli-
mitadas del cuerpo. La particularidad del Drang de la pulsión
es ser una fuerza endógena constante (Konstante Kraft), de
carácter irreducible. Freud opone, en este punto, el impacto
de una fuerza de choque momentánea (momentane Stosskraft)
a la persistencia de una fuerza constante, que sería entonces
característica de la pulsión. Esta presión de la pulsión se dife-
rencia de la presión que ejercen las necesidades vitales como el
hambre o la sed. Más adelante, precisaremos esta distinción.
Ziel: La meta o el fin de toda pulsión es la satisfacción, que
implica una disminución de la excitación a nivel de la fuente.
Objekt: El objeto es aquello en lo cual o por medio de lo cual la
pulsión puede alcanzar su meta; de allí que tenga un valor pura-
mente instrumental respecto de la obtención de la satisfacción.
Quelle: La fuente es aquella parte del cuerpo donde se produce
el proceso somático que da lugar a la excitación representada
en la vida anímica por la pulsión.

7 Al respecto, véase el trabajo de Michel Poizat, Vox populi, vox dei. Voz y
poder (Buenos Aires: Nueva Visión, 2003).

125
Belén del Rocío M o re n o

Freud plantea que «[…] la pulsión nos aparece como un con-


cepto fronterizo entre lo anímico y lo somático, como un represen-
tante {Repräsentant} psíquico de las excitaciones que provienen del
interior del cuerpo y que alcanzan el alma, como una medida de la
exigencia de trabajo que es impuesta a lo anímico a consecuencia
de su trabazón con lo corporal»8. Se advierte entonces que el con-
cepto de pulsión subvierte el canónico dualismo alma-cuerpo,
pues permite más bien situar el enlace necesario entre lo somático
y lo psíquico. La pulsión implica entonces que la excitación de las
zonas erógenas halla inscripción en el psiquismo por medio de un
representante psíquico.
Freud también planteó, muy pronto, una diferencia entre
pulsión e instinto, conceptos para los cuales disponía de dos tér-
minos en alemán: Trieb e Instinkt, respectivamente. Revisemos
brevemente esta distinción, para luego avanzar sobre el asunto
más preciso de nuestro interés. Sucede que en español, Luis López
Ballesteros, a cuyo cargo estuvo la primera traducción de las obras
completas, tradujo Trieb por ‘instinto’, es decir, no advirtió que
Freud había acuñado una diferencia entre pulsión e instinto. Es
preciso insistir en que esta diferencia es de factura freudiana, pues
en alemán los dos términos se usan como sinónimos y aluden a una
fuerza que impulsa y hace avanzar. ¿Qué es entonces el instinto? El
instinto es un esquema heredado de comportamiento, adaptativo,
propio de una especie animal. Este mecanismo no varía de un indi-
viduo a otro de la especie y se desarrolla según una secuencia tem-
poral que no se deja alterar tan fácilmente. Se entiende, además,
que este mecanismo fijo parece responder a una finalidad, esto es,
que está orientado por una teleología: la conservación de la especie.
Entonces, el instinto es un legado hereditario, no aprendido, que
transmite un conocimiento acerca de la conservación9. Como en

8 Freud, «Pulsiones y destinos de pulsión», 117.


9 Posteriormente, Lacan construyó un contraste entre conocimiento y saber
que le permitió distribuir de manera inversa los conceptos de instinto
y pulsión: «[…] el instinto […] se define como aquel conocimiento en el
que admiramos el no poder ser un saber. Pero de lo que se trata en Freud
es de otra cosa, que es ciertamente un saber que no comporta el menor

126
El concepto de pulsión de Freud a Lacan

el campo del instinto el objeto está predeterminado de manera na-


tural, debe tratarse de un objeto preciso, a diferencia del objeto de
la pulsión, cuya condición, según veremos, es la contingencia, es
decir, que el objeto pulsional puede ser cualquier cosa que permita
la satisfacción. Tenemos entonces una inflexibilidad del instinto
contraria a la plasticidad de la pulsión. El funcionamiento ins-
tintivo es rígido, pues su desarrollo no se modifica según even-
tuales cambios en las circunstancias. Una vez se desencadena el
instinto, el animal repite automáticamente un mecanismo que se
desenvuelve según una secuencia, que en caso de ser interrumpida,
al momento de volver a instalarse, no se culmina en el trecho fal-
tante, sino que se inicia de nuevo por el primer movimiento.
Con la pulsión (Trieb), en cambio, tenemos una fuerza im-
pulsora que no obliga a un comportamiento determinado ni tiene
un objeto específico por medio del cual sea posible alcanzar la sa-
tisfacción. También sucede que a la meta se puede llegar por dis-
tintos caminos: ya sea por vía de la satisfacción sexual directa o
por conducto de la satisfacción sustitutiva del síntoma o por medio
de la satisfacción desexualizada de la sublimación. A diferencia del
esquema instintivo preformado, la plasticidad de la pulsión con-
cierne en último término a que es el resultado de las vicisitudes
en los lazos edípicos; o dicho en términos lacanianos: la pulsión se
constituye en el lazo del sujeto con el Otro.
En el campo del psicoanálisis, desde Freud, se plantea que las
pulsiones son los elementos fundamentales a que se puede llegar en
el examen de la sexualidad humana; son, por así decirlo, sus «partí-
culas elementales». Así como en el campo de la física «las partículas
elementales» son los constituyentes básicos de la materia, así para
el psicoanálisis la sexualidad humana está conformada, en último

conocimiento, en cuanto está inscrito en un discurso del cual, a la manera


del esclavo mensajero del uso antiguo, el sujeto que lleva bajo su cabellera su
codicilo que le condena a muerte no sabe ni su sentido ni su texto, ni en qué
lengua está escrito, ni siquiera que lo han tatuado en su cuero cabelludo,
rasurado, mientras dormía». Cf. Jacques Lacan, «Subversión del sujeto y
dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano», en Escritos 2 (México:
Siglo XXI, 1985), 783. (La cursiva es mía.)

127
Belén del Rocío M o re n o

término, por estas unidades fundamentales. En tal sentido, hay


que subrayar que Freud fue muy riguroso a la hora de designarlas,
pues se opuso al desvío de multiplicar el número de pulsiones de
acuerdo con la amplia gama de acciones humanas. Por otra parte,
desde la sección sobre las desviaciones respecto a la meta sexual
de Los tres ensayos para una teoría sexual (1905), Freud planteó el
carácter siempre parcial de la pulsión. No hay, en ningún caso, la
pulsión sexual total; hay siempre pulsiones parciales.
De este modo —para utilizar una metáfora de Korman—10,
en el cuerpo se configura una especie de «archipiélago pulsional»,
esto es, un conjunto de islotes que son zonas excitables, en las que a
través de un cierto recorrido es posible obtener satisfacciones eró-
genas parciales.
Freud señaló que no hay posibilidad de huir de la excitación
pulsional tal como ocurre ante un estímulo externo. Contrapuso
así dos términos, estímulo (Reiz) y excitación (Erregung), y con ello
situó la proveniencia de los aumentos de tensión a los que se ve so-
metido el cuerpo: de un lado, están los estímulos que provienen del
exterior y, de otra parte, las excitaciones que surgen en cualquier
lugar del cuerpo. Así, con la excitación pulsional que es endógena,
la fuga fracasa. Al respecto, recuerdo un grafiti que vi hace poco
en la puerta de un baño que dejaba testimonio de una queja sobre
el cuerpo, que pretendía resolverse en un cierto llamado al ideal:
«A veces, el cuerpo estorba porque impide ver el alma». A tal con-
signa replicaba una breve e ingeniosa respuesta: «¡Pues quíteselo!».
Si hay queja referida al cuerpo, seguramente esta se encuentra de-
terminada por la incesante exigencia que imponen las excitaciones
pulsionales. Por otra parte, la respuesta resulta chistosa porque
indica un imposible: resulta que no hay huida posible, ni cese po-
sible al permanente acicate pulsional; dicho de otra manera: ¡no me
puedo quitar el cuerpo ni salir corriendo de las excitaciones que
lo desencajan! Puesto que la huida, entendida como alejamiento
del estímulo, resulta ineficaz para las excitaciones pulsionales, en-
tonces serán necesarias otras complejas operaciones psíquicas, que

10 Víctor Korman, El espacio psicoanalítico (Madrid: Síntesis, 2004), 181.

128
El concepto de pulsión de Freud a Lacan

son las defensas contra ese inagotable bombardeo pulsional; nos


encontramos entonces con lo que Freud denominó «destinos» de la
pulsión. En el texto de 1915, Pulsiones y destinos de pulsión, planteó
que hay varios destinos posibles para la pulsión: la represión, la
sublimación, la orientación a la propia persona y la transformación
en lo contrario. La mayor parte de estos destinos son, en realidad,
modos de defensa contra el apremio inacabable que las pulsiones
representan para el aparato anímico.
Por otra parte, al examinar los pares antitéticos «sadismo/maso-
quismo» y «placer visual (escopofilia) / exhibición», Freud encontró
en las voces gramaticales el recurso para seguir las transforma-
ciones pulsionales: voz activa, pasiva y media refleja. Tratándose,
por ejemplo, de la pulsión de ver —llamada también por él «esco-
pofílica»—, estos modos corresponderían respectivamente a ver, ser
visto y hacerse ver. Los elementos que acabo de señalar conciernen a
la meta de la pulsión, pues se refieren a la manera como se satisface la
pulsión: viendo, siendo visto o haciéndose ver.
Agreguemos ahora otra indicación sobre el objeto parcial
que es, como lo habíamos indicado, el medio necesario para que
la pulsión alcance su meta que es la satisfacción. Según Freud,
el objeto no está enlazado originalmente con la pulsión, y solo
se le coordina «a consecuencia de su aptitud para posibilitar la
satisfacción»11. Así, el objeto puede ser cualquier cosa; por ejemplo,
tratándose de la pulsión oral, el objeto puede ser el dedo pulgar,
el chupete, un pedacito de cobija, el chicle, el alcohol, el humo del
cigarrillo… De hecho, el objeto es un pretexto o, como se ha dicho,
un «catalizador»12 en la acepción química del término, esto es, el
elemento necesario para que se precipite la satisfacción; a su vez,
la satisfacción implica un efecto a nivel de la fuente consistente en
una disminución de la cantidad de excitación. De modo que sin ese
objeto contingente, sin ese objeto cualquiera, sin ese «catalizador»,
no hay posibilidad alguna de que disminuya temporal y parcial-
mente la tensión excitativa.

11 Freud, «Pulsiones y destinos de pulsión», 118.


12 Serge Leclaire, Escritos para el psicoanálisis. Moradas de otra parte (Buenos
Aires: Amorrortu, 2000), 211.

129
Belén del Rocío M o re n o

Freud planteó que la contingencia inicial del objeto puede


ceder paso a la fijación. Tal fijación, que acontece en épocas tem-
pranas de la vida, pone cortapisa a la movilidad inicial del objeto
de la pulsión, a su contingencia. Podemos ahora agregar que esa
fijación ocurre en el momento en que un sujeto construye su fan-
tasma. Entonces, para cada quien hay singularidades del objeto
que se convierten en condición necesaria para procurarse, por su
conducto, una satisfacción pulsional. Recuerdo en este punto el
relato de un joven fetichista que contaba, en algún programa tele-
visivo, la singular inclinación que orientaba su vida erótica: inflar
bombas de colores hasta hacerlas reventar. Al joven le causaba
enorme excitación el color de las bombas, su transparencia, y fi-
nalmente, obtenía el orgasmo cuando escuchaba el estallido. En
este caso, resultaba notable no solo la ausencia de un partenaire
sexual y el carácter singular del objeto con el cual se procuraba
satisfacciones erógenas, sino ante todo los detalles que para él eran
condición necesaria para el cese parcial de la tensión excitativa:
color, tamaño, transparencia y, finalmente, el ruido de las bombas
al reventar… En aquella ocasión, además, se nombraba el colectivo
que había adoptado a las bombas como el objeto de goce: looners.
Desde luego, hay que decir que esas singularidades del objeto, que
para cada quien son específicas, habrán de ingresar en las escenas
fantasmáticas con las que un sujeto sostiene su deseo.
En Los tres ensayos para una teoría sexual, Freud planteó que
las pulsiones sexuales se constituyen por apoyo o apuntalamiento
sobre las pulsiones de autoconservación, de las que luego se in-
dependizan; también formuló tal apuntalamiento diciendo que
la pulsión sexual nace apoyada en una función vital. En el ejer-
cicio de la función vital, habría la producción de un plus de placer
que pronto se independiza de la función biológica, para cobrar un
valor puramente erógeno. Al respecto dice que, durante el ama-
mantamiento, el lactante conoce el primer placer que consiste en el
paso de la cálida corriente de la leche por la boca. Así, al comienzo
habría una especie de coalescencia entre la función vital y la
pulsión sexual. Diremos entonces que la pulsión oral surge, como
tal, cuando se abandona el seno que alimenta. Al mismo tiempo

130
El concepto de pulsión de Freud a Lacan

se constituye un objeto que será el núcleo de una actividad fantas-


mática, de allí en más acompañante de la satisfacción pulsional auto-
erótica. Cualquiera que haya visto a un bebé chupeteándose los
labios y la lengua, en ausencia de la ingestión del alimento, podrá
suponer con facilidad que hay un objeto fantaseado sosteniendo
tal actividad. Hay un momento posterior para la pulsión, la bús-
queda de objetos en el mundo externo con los cuales procurarse
una satisfacción. Las pulsiones privilegiarán en ellos los objetos par-
ciales, a través de los cuales sea posible alcanzar la satisfacción; por
ejemplo, la boca, los labios y la lengua del partenaire sexual vendrán
al lugar del objeto por medio del cual se goza del erotismo del beso.
Por otra parte, es necesario indicar que para Freud no hay
doma posible de las pulsiones, puesto que, en su perpetuo movi-
miento, son ajenas a preceptos de carácter moral; las pulsiones
apuntan a satisfacerse por el conducto que sea. Allí radica el impo-
sible que signa la tarea de educar, una de las tres labores imposibles,
al lado de gobernar y analizar 13. El carácter ineducable de las pul-
siones provoca el conflicto psíquico, pues invariablemente habrá de
emerger un choque entre la satisfacción pulsional siempre buscada
y las instancias que ejercen la censura en el aparato psíquico.
Al comienzo Freud propuso distinguir dos tipos de pulsiones:
las pulsiones yoicas o de autoconservación y las pulsiones sexuales,
en lo que se llamó el «primer dualismo pulsional»; se trataba de la
clásica oposición entre Eros y Ananké. Luego, en Más allá del prin-
cipio del placer14 (1920), reorganizó las pulsiones en dos categorías:
las de vida y las de muerte; se trata con ello de la oposición entre
Eros y Tánatos. Como lo recuerda Korman, Freud vinculó con la
pulsión de muerte un conjunto de fenómenos clínicos y teóricos
que antes no aparecían articulados: la compulsión a la repetición,
el sadismo, el masoquismo, la ambivalencia, el sentimiento de
culpa, la reacción terapéutica negativa15… Hay que decir que con el

13 Sigmund Freud, «Análisis terminable e interminable» (1937), en Obras


completas, vol. 23, 249.
14 Sigmund Freud, «Mas allá del principio del placer» (1920), en Obras
completas, vol. 18.
15 Korman, El espacio psicoanalítico, 184.

131
Belén del Rocío M o re n o

concepto de «pulsión de muerte» —que resultó tan «traumático»


para la posteridad freudiana, habida cuenta de las lecturas pueriles
que sobre él se construyeron— no se designa una pulsión más para
agregar a la serie, sino el principio mismo que orienta el funciona-
miento pulsional: la repetición, dado que siempre habrá una dife-
rencia entre el placer buscado y el placer hallado. Esta diferencia,
tal como lo plantea Freud en su texto de 1920, genera lo que de-
nominó «el factor pulsionante». Puesto que la satisfacción erógena
conquistada es invariablemente poca respecto de la totalidad de
goce fantasmáticamente anhelada, no queda más que… intentarlo
de nuevo: la repetición. En Lacan, no hay tales dualismos; en sus
articulaciones al respecto es más bien monista, dado que afirma
que la única pulsión es la pulsión de muerte.

El c o n c e p t o d e p u l s i ó n e n Lacan
Según Lacan, el concepto de pulsión ha de tratarse como una
«ficción», noción acuñada por Jeremy Bentham. El psicoanalista
francés dejó de lado la idea de modelo que se le antojaba muy
manida, y la de mito, que Freud había utilizado en sus Nuevas con-
ferencias de introducción al psicoanálisis16, cuando afirmaba que las
pulsiones son nuestra mitología. Es preciso indicar que la noción
de ficción en Bentham no se refiere al campo de la mentira, del
engaño o la falsedad, sino que alude a un artefacto de la represen-
tación, de carácter convencional, cuya utilidad se sostiene mientras
permita interpretar la realidad 17.

16 «La doctrina de las pulsiones es nuestra mitología, por así decir. Las
pulsiones son seres míticos, grandiosos en su indeterminación. En nuestro
trabajo no podemos prescindir ni un instante de ellas, y sin embargo
nunca estamos seguros de verlas con claridad». Cf. Sigmund Freud,
«32.° Conferencia: Angustia y vida pulsional» «Nuevas conferencias de
introducción al psicoanálisis» (1932), en Obras completas, vol. 22.
17 Al respecto, resulta esclarecedor el artículo «Una aproximación a la teoría
de las ficciones», de Alfredo Pérez Galimberti, del cual transcribo enseguida
algunos fragmentos: «Las ficciones son recursos de la imaginación para
interpretar la realidad, para narrarla. Artefactos de representación, de origen
convencional, su utilidad se mantiene en la medida en que conservan este
poder que se les confiere, y son abandonadas cuando lo pierden. Este es el

132
El concepto de pulsión de Freud a Lacan

En el seminario sobre Los cuatro conceptos fundamentales del


psicoanálisis, Lacan plantea que, desde Freud, esos cuatro términos
asociados con la pulsión no son tan naturales como podría hacerlo
pensar su simple enumeración: «Pongamos primero el Drang, el
empuje, la Quelle, la fuente, el Objekt, el objeto, el Ziel, la meta. Al
leer esta enumeración, por supuesto puede parecer muy natural. Mi
propósito es probar que todo el texto se empeña en demostrar que no
es tan natural como puede creerse»18. Entonces, la presión, la fuente,
el objeto y el fin son elementos disjuntos; o para decirlo con una pa-
labra acuñada por el poeta portugués Fernando Pessoa, esos compo-
nentes de la pulsión son inconjuntos. No va de suyo que cada uno de
ellos suponga a los otros. Como de lo que se trata es de la condición
de disyunción de estos elementos, resulta posible que, estando así
desagregados, puedan sin embargo entrar en las combinaciones más
diversas. Dado que cada elemento es separable de los otros, existe la
posibilidad de ensamblajes distintos. De ello se deriva que si la pulsión

terreno de lo consciente. Las ficciones pueden degenerar en mitos cuando


no se las considera conscientemente como tales, y en este sentido se tornan
peligrosas, si se quiere hacer coincidir la realidad en el molde de una ficción
a la que se ha quitado de la esfera de lo convencional, y por lo tanto de lo
racional. El mito tiene un ingrediente totalizador, porque opera desde un
ritual, lo que supone explicaciones “totales y adecuadas de las cosas tal como
son y como fueron”; y exige aceptación incondicional, mientras que en el
terreno de las ficciones siempre se opera desde el “como si”, y su aceptación
es condicional, y vinculada a su utilidad para leer la realidad […].
En un nivel lingüístico, alejado ya de las contingencias políticas,
Bentham no remite las ficciones al orden de la mendacidad, de la arbitraria
falsedad y de lo confuso, sino que las valora como entidades reales del
lenguaje, cuya necesidad está relacionada con la génesis y el desarrollo
del discurso. Y es de esta perspectiva donde la teoría de las ficciones de
Bentham es revalorizada por Lacan: las ficciones no en el sentido de
quimeras fabulosas, sino entendidas como aparatos lingüísticos, montajes
de los motivos y deseos presentes detrás de los intereses. Las ficciones no
serían entonces instrumentos contingentes de uso, sino la médula y el
tejido de la estructura de la verdad». Cf. Alfredo Pérez Galimberti, «Una
aproximación a la teoría de las ficciones» (1995). http://defensachubut.gov.
ar/userfiles/file/ Publicaciones/ficcion_ discurso_narrativo_y_juridico.pdf
18 Lacan, El Seminario. Libro 11. Los cuatro conceptos fundamentales del
psicoanálisis, 170.

133
Belén del Rocío M o re n o

es un montaje, sus elementos no implican un modo de engranaje


predeterminado. Por eso Lacan dijo que la pulsión es un montaje
a la manera de un collage surrealista. Hay que recordar, en este
punto, que la técnica del collage procede ensamblando materiales di-
versos. Los elementos conjugados en el collage no son uniformes; por
ejemplo, en un collage se puede ensamblar un trozo de madera con
un montón de arena, a lo que además se pueden agregar algunos pe-
gotes de pintura. Entonces, para seguir esta metáfora, en el collage
pulsional se pueden pegar elementos distintos: una fuente, un ob-
jeto, una meta, una presión19. Elementos disjuntos que una vez
articulados, en su ensamblaje, resultan tan asombrosos como la
singular composición que construye Lacan con una dínamo, una
toma de gas, una pluma de pavo y una hermosa mujer… Esta es
pues la singular composición que él construye para la pulsión:
Diré que si a algo se parece una pulsión es a un montaje. No
es un montaje concebido desde una perspectiva finalista. Esta pers-
pectiva es la que se instaura en las modernas teorías del instinto,
y allí la presentación de un montaje es cabalmente satisfactoria.
Dentro de esta perspectiva, un montaje, por ejemplo, es la forma
específica que hace que la gallina en el corral se aplaste contra el
suelo si se pasa a unos metros por encima de ella un trozo de papel
recortado en forma de halcón, es decir, algo que desencadena una
reacción más o menos apropiada, y cuya sutileza consiste, por cierto,
en hacernos ver que esta no siempre es adecuada. No estoy hablando
de este tipo de montaje. El montaje de la pulsión es un montaje que,
en primer lugar, se presenta como sin ton ni son —tiene el sentido
que adquiere cuando se habla de montaje en un collage surrea-
lista—. Si reunimos las paradojas que acabamos de definir al nivel
del Drang [,] del objeto, de la meta de la pulsión, creo que la imagen
adecuada sería la de una dínamo enchufada a la toma de gas, de la

19 Alain Didier-Weill ha planteado, de manera muy sugestiva, que los


elementos del montaje pulsional, presión, fuente, objeto y fin, pueden
asociarse con las causas distinguidas por Aristóteles, en Metafísica:
eficiente, material, formal y final, respectivamente. Cf. Alain Didier-Weill,
Invocaciones, Dionisos, Moisés, San Pablo y Freud (Buenos Aires: Nuevas
Visión, 1999), 119.

134
El concepto de pulsión de Freud a Lacan

que sale una pluma de pavo real que le hace cosquillas al vientre de
una hermosa mujer que está allí presente para siempre en aras de la
belleza del asunto. El asunto, por cierto, empieza a ponerse intere-
sante porque la pulsión, según Freud, define todas las formas con las
que puede invertirse un mecanismo semejante. Ello no quiere decir
que se vuelve del revés a la dínamo, sino que se desenrollan sus hilos
—ellos se convierten en la pluma de pavo real, la toma de gas pasa a
la boca de la dama, y del medio sale una rabadilla—.20

Con esta sugerente composición, volvamos ahora sobre las


singularidades de los elementos de nuestro collage pulsional: la
presión empuja, pero no se sabe para dónde, aguijonea entonces
sin una teleología predeterminada. El objeto es indispensable para
la satisfacción, pero puede ser cualquier cosa, es lo más variable,
lo más contingente y, luego sin embargo, también puede fijarse.
A la meta, que siempre es la satisfacción, se puede llegar por di-
ferentes caminos, de manera directa o por los tortuosos caminos
sustitutivos. Pero con estas singularidades no tenemos aún, en su
exceso maravilloso y surrealista, el montaje del collage pulsional,
pues este aparecerá tan pronto como consideremos la imbricación
pulsional que da lugar a algunas teratológicas junturas, por efecto
de la plasticidad inherente a las pulsiones. Por ejemplo, pensemos
en el collage que se hace evidente cuando alguien dice que recuerda
cómo ante la mirada furiosa de su padre se volvía mierda, o cuando
aquella otra siente que se la están comiendo con los ojos. Aún, po-
demos evocar aquel otro que habla reteniendo su palabra, tal como
lo hace con sus excrementos.
Hagamos ahora una segunda vuelta por cada uno de los ele-
mentos de esta surrealista composición, para precisar los aportes
de Lacan. Examinaremos, enseguida, con mayor detalle los cuatro
términos que Freud asoció con el concepto de pulsión: presión,
fuente, fin y objeto.

20 Lacan, El Seminario. Libro 11. Los cuatro conceptos fundamentales del


psicoanálisis, 177.

135
Belén del Rocío M o re n o

1. La presión (Drang)
El carácter ingobernable de la pulsión concierne a su presión, al
empuje que esta ejerce de manera incesante. Harari 21 planteó que la
traducción más adecuada al español para el Drang sería el término
«presión». Ello en razón de que Drang, ‘presión’, está relacionado con
la Verdrängung, palabra que se ha traducido como ‘represión’. Ad-
vertimos, pues, que Drang está en Verdrängung; por ello, de manera
homóloga, se puede articular la presión de la pulsión con la re-
presión —un destino posible para la excitación erógena—. En la
traducción de José Etcheverry (Amorrortu), Drang se tradujo como
‘esfuerzo’. Ese término, según Harari, no parece muy apropiado,
pues dio lugar también a traducir conceptos como el de represión
secundaria como ‘esfuerzo de dar caza’. La traducción de Drang
por ‘presión’ implica entonces una distancia con la palabra «es-
fuerzo» y la alusión a la disposición pseudovolitiva que implica22.
Esta traducción del Drang de la pulsión como ‘presión’ queda
además autorizada por el mismo Lacan cuando dice: «En efecto,
en la experiencia encontramos algo que posee el carácter de lo irre-
presible aún a través de las represiones —Por lo demás, si ha de
haber represión es porque del otro lado algo ejerce una presión»23.
Como ya lo habíamos indicado, la excitación que produce el
Drang, la presión pulsional, es distinta de la que ejercen las ne-
cesidades vitales como el hambre o la sed, que surgen de acuerdo
con ciertos ciclos; en este último caso habría primero una tensión
que hace manifiesta una necesidad, luego se realizan las acciones
conducentes a su satisfacción, para que después, según cierto
ritmo, vuelva a aparecer la urgencia de la necesidad. La excitación

21 Harari Roberto, Los cuatro conceptos fundamentales para el psicoanálisis


(Buenos Aires: Nueva Visión, 1987), 210.
22 Como lo señala Harari, «cuando hay represión no sucede que un
significante desapareció o cayó en el olvido, carente de potencia y eficacia
[…]. Lo reprimido es eso que retorna presionando, no lo desaparecido». Cf.
Roberto, Los cuatro conceptos fundamentales para el psicoanálisis, 211. (La
cursiva es mía.)
23 Lacan, El Seminario. Libro 11. Los cuatro conceptos fundamentales del
psicoanálisis, 169. (La cursiva es mía.)

136
El concepto de pulsión de Freud a Lacan

pulsional, en cambio, es una fuerza constante; nunca es cero. «La


constancia del empuje impide cualquier asimilación de la pulsión
a la función biológica, la cual siempre tiene un ritmo. Lo primero
que dice Freud de la pulsión, valga la expresión, es que no tiene ni
día ni noche, ni primavera ni otoño, ni alza ni baja. Es una fuerza
constante» (172). Por eso cuando Lacan se pregunta si la presión
de la pulsión es equivalente a la presión a la que podría verse so-
metido alguien urgido por cierta necesidad, afirma: «Pues bien,
sépase que desde las primeras líneas, Freud formula de la manera
más expresa que en el Trieb no se trata en absoluto de la presión de
una necesidad como Hunger, el hambre, o Durst, la sed» (171). El
hambre o la sed acarrean efectos distintos de aquellos ocasionados
por la excitación pulsional: el malestar producido por la tensión
de una necesidad afecta todo el organismo, mientras la presión, el
Drang pulsional, interesa solo al sistema nervioso, al yo real (Real
Ich)24, entendido aquí como el sistema destinado a asegurar cierta
homeóstasis. Resulta notable el contraste entre la totalidad del or-
ganismo que se ve afectado con la urgencia de la necesidad y la
limitación del alcance de los efectos ocasionados por la presión de
la pulsión; en este último caso se trata de un aspecto parcial del
soma: solo se afecta al yo real (Real Ich). Notemos, de paso, que
este calificativo, «parcial», es rasgo definitorio en relación con la
pulsión: pulsión «parcial», objeto «parcial», satisfacción «parcial»
y, ahora, efecto «parcial» de la presión pulsional…
Entonces, la presión de la pulsión nunca es cero; sin embargo,
es necesario precisar que esa constancia «corresponde a la medida
de una abertura hasta cierto punto individualizada, variable. O sea
que hay gente más bocona que otra» (178). Esto es, gente para la
cual el apremio de la pulsión oral resulta tanto más exigente. Po-
dríamos, desde luego, con la serie pulsional oral, anal, escópica,

24 «El Real Ich está concebido de forma tal que su soporte no es el organismo
entero, sino el sistema nervioso […]. El Real Ich [es] el sistema nervioso
central en tanto funciona no con un sistema de relación, sino como un
sistema destinado a asegurar cierta homeostasis de las tensiones internas».
Cf. Lacan, El Seminario. Libro 11. Los cuatro conceptos fundamentales del
psicoanálisis, 171 y 183.

137
Belén del Rocío M o re n o

invocante, fabricar una lista de los calificativos que, partiendo del


«bocona» de Lacan, designe tales preeminencias a nivel del goce...

2. Objeto (Objekt)
Como recién lo recordamos, el objeto de la pulsión también
es parcial. En este punto podemos establecer un nuevo contraste,
ahora entre los asuntos del amor y los de la pulsión, pues cuando
hablamos de objeto total, nos referimos al campo del amor. Hay
que decir que esta distinción, freudiana en su fundamento, con-
cierne de manera más precisa a la diferencia entre el objeto del ena-
moramiento y el objeto de la pulsión. Para decirlo sencillamente:
amamos en una aspiración narcisista a la totalidad, mientras go-
zamos pulsionalmente con pedacitos del cuerpo del otro. Esta di-
ferencia señala que los asuntos del amor y los de la pulsión habrán
de ser articulados en ejes teóricos distintos. En el seminario al que
hemos referido, Lacan prosigue aquí sobre la misma senda freu-
diana al insistir en la distinción entre amor y pulsión; más adelante
señalará que los asuntos del amor implican no tanto al yo y sus
aspiraciones narcisistas de totalidad, como al sujeto que, a cuenta
de la castración, puede enlazarse con otro sujeto.
La pulsión se satisface al contornear el objeto, mientras traza
en torno a él un circuito para volver a la fuente. Recordemos que
Freud decía que el objeto no es el fin de la pulsión, sino el medio
por el cual la pulsión logra alcanzar su meta.
Enumeremos ahora la serie limitada de pulsiones parciales es-
tablecidas por Freud y Lacan: pulsión oral, pulsión anal, pulsión
escópica y pulsión invocante; nombremos enseguida los objetos
mediante los cuales estas pulsiones se satisfacen: el seno, las heces,
la mirada y la voz, respectivamente. Este listado puede dar la im-
presión de una evidencia cuya simplicidad rotunda haría innece-
saria cualquier elaboración sobre la cuestión del objeto requerido
para alcanzar la meta pulsional. Sin embargo, el problema del
objeto aquí planteado concierne a que, en principio, este no es
un objeto al que se pueda calificar como «objetivo», en el sentido
que habitualmente se le otorga a este término. Así, el objeto de la
pulsión oral no es el seno que da la leche, sino aquel que brindó

138
El concepto de pulsión de Freud a Lacan

una satisfacción que luego se perdió con el destete; se trata pues


del objeto en tanto ausente. Entonces, cuando consideramos una
zona erógena como la boca, resulta que no tiene al alimento como
objeto. Es por eso que «[…] ningún objeto de ninguna Not, ne-
cesidad, puede satisfacer la pulsión. Aunque la boca esté ahíta de
comida —esa boca que se abre en el registro de la pulsión— no se
satisface con comida, sino como se dice, con placer de la boca»25.
Lacan plantea que donde se distingue de la manera más neta lo que
concierne a la pulsión oral es en aquel modelo del autoerotismo
propuesto por Freud, consistente en besarse los propios labios. En
efecto, hay una frase que Freud puso en boca del lactante, o mejor
digamos, del exlactante —dado que no se trata de la ingestión del
alimento—: «Lástima que no pueda besarme a mí mismo»26. En la
aspiración autoerótica de esta frase, no se trata simplemente de una
estimulación sensorial placentera, sino del vacío del objeto que sos-
tiene el movimiento pulsional. Entonces, aquello que se emplaza en
este repliegue de la zona erógena sobre sí misma es precisamente
un vacío, el del objeto, que Lacan denominó objeto a. De allí que
solo hay objeto pulsional a condición de su pérdida, y por eso de
lo que se trata con el objeto, en el campo de la pulsión, es de un
vacío, que resulta muy bien ilustrado en el autoerotismo oral del
«Lástima que no pueda besarme a mí mismo». Nos encontramos,
ahora, por un nuevo conducto, con otra manera de situar la dife-
rencia entre instinto y pulsión: el objeto del instinto es una entidad
tangible de la cual es posible apoderarse, mientras que el objeto de
la pulsión sostiene un hueco, un vacío, un agujero:
En todo caso, hay algo que nos obliga a distinguir esta satis-
facción del puro autoerotismo de la zona erógena, y es el objeto que
con demasiada frecuencia confundimos con aquello sobre lo cual
se cierra la pulsión —ese objeto que, de hecho, no es otra cosa más
que la presencia de un hueco, de un vacío […] y cuya instancia solo
conocemos bajo la forma del objeto perdido a minúscula. 27

25 Lacan, El Seminario. Libro 11. Los cuatro conceptos fundamentales del


psicoanálisis, 175.
26 Freud, «Tres ensayos para una teoría sexual», 165.
27 Lacan, El Seminario. Libro 11. Los cuatro conceptos fundamentales del
psicoanálisis, 187.

139
Belén del Rocío M o re n o

Por ello es necesario rearticular el asunto de la ausencia de


objeto en el autoerotismo, pues no se trata tanto de que no haya
objeto, cuanto de que el objeto está operando por su ausencia; dicho
de otra manera, el objeto a está presente por ausente, y a la vez, allí
habrá de localizarse el objeto fantaseado que tal ausencia produce.
A estas alturas resulta necesario discernir el nexo entre la
pérdida como condición necesaria de la existencia del objeto a
pulsional, en tanto vacío, según las formulaciones de Lacan, y la
contingencia del objeto que situábamos con Freud. ¿Cómo así que
el objeto es un vacío y a la vez puede ser cualquier cosa? Diremos
que solo a condición de la pérdida del objeto se inaugura la serie
de objetos contingentes que llegarán al lugar de ese agujero, sin
jamás colmarlo. Merced a que el seno se perdió con el destete, se
constituye como objeto a pulsional, y con ello queda abierta la serie
de sus sucedáneos: el chupete, el dedo pulgar, la cobijita, la lengua
y los labios del partenaire, en fin… todos los objetos que se pueden
poner en la boca para apaciguar de manera temporal y parcial la
presión de la pulsión oral. Hay que insistir en que esos objetos
serán siempre insuficientes respecto del vacío generador del que
parte la serie.
Para ilustrar y repensar esta cuestión del objeto de la pulsión,
tomaré como ejemplo un caso propuesto por Leclaire28, quien in-
tenta aprehender la naturaleza del objeto de la pulsión escópica, en
el caso de una perversión exhibicionista. Según la disposición de
cierta escenificación, el exhibicionista puede procurarse una satis-
facción que le permite que la tensión pulsional culmine y se pro-
duzca un orgasmo. Ocurre entonces que la tensión pulsional puede
contornear al objeto, lo cual hace posible la satisfacción. ¿Pero, cuál
es el objeto del exhibicionista? ¿Cuál es el objeto por cuyo conducto
se hace posible la satisfacción? Habitualmente el exhibicionista se
esconde en estado de excitación, a la espera de la llegada de la mu-
chacha, a quien le mostrará sus atributos, los dones que el buen Dios
le ha otorgado. Lo fundamental, en ese momento, es que la joven
vea su pene en erección, y que se sienta al menos sorprendida, y

28 Serge Leclaire, Escritos para el psicoanálisis. Moradas de otra parte, 211 y 212.

140
El concepto de pulsión de Freud a Lacan

de preferencia, espantada. En ese momento, él se satisface. La pre-


gunta que enseguida formula el psicoanalista es: ¿qué percibió el
exhibicionista para que su tensión pulsional pudiera descargarse?
El exhibicionista apresó la mirada de la joven, o para decirlo con
mayor precisión, él provocó en esa mirada un cambio repentino; en
una mirada indiferente hizo surgir, de súbito, el miedo, la estupe-
facción, o al menos el asombro. Lo notable es que a ese cambio solo
es posible referirse de manera perifrástica diciendo, por ejemplo,
que se produjo un «brillo en la mirada». Entonces, el elusivo objeto
es eso, ese cambio que precipitó la satisfacción y sin el cual no es
posible descargar temporalmente la tensión excitativa. Así, cada
vez hay que hacer surgir el objeto de la pulsión, pues nunca está allí
dispuesto de antemano.
Pasando ahora al terreno de la creación artística, por vía de la
sublimación, podemos mencionar un performance de Ana Men-
dieta, Gente mirando sangre, en que la artista captaba la mirada
sorprendida del transeúnte cuando veía que bajo la puerta de una
casa brotaba un torrente de sangre. La obra, en este caso, consistía
en el registro fotográfico de esa mirada sorprendida, aterrorizada,
del paseante. A pesar de las evidentes diferencias que se puedan
señalar, entre el ejemplo propuesto por Leclaire y la referencia a la
obra de la artista, notamos que respecto del montaje necesario para
alcanzar la meta pulsional se trata de algo muy próximo: producir
una mirada que cause satisfacción.
A partir de las elaboraciones precedentes, volvamos a la
pulsión oral para procurar distinguir cuál es entonces la natu-
raleza de su objeto. Como lo hemos dicho, el objeto de la pulsión
oral no es el seno que da leche ni el alimento, sino el seno perdido
con el destete. A partir de esa pérdida, el objeto de la pulsión oral
no tiene que ver con la comida que se ingiere sino con el sabor, la
temperatura, el contacto, ese gusto singular que me provoca una
satisfacción. Al respecto, Leclaire señala que ese objeto concierne
más bien a una diferencia, a una ruptura en el flujo sensorial, a un
«corte», que signa un antes y un después: primero está la tensión
pulsional, luego la satisfacción. En el punto donde se produce la di-
ferencia se aloja el objeto, que genera entonces una discontinuidad,

141
Belén del Rocío M o re n o

cuyo estatuto mismo no es posible reducir. De allí que solo po-


damos hablar de ese objeto por medio de la perífrasis… el rodeo se
impone, de múltiples formas, dada la condición elusiva, fugitiva,
del objeto. Ahora bien, esta palabra «corte» nos conduce, antes que
nada, a las formulaciones de Lacan en el Seminario 10. La angustia
(1962-1963)29; allí en efecto, el objeto a resulta del «corte» producido
en el protosujeto por su inserción en el campo del Otro.
Ese fracaso de la palabra, hecho patente cuando intentamos
localizar con más precisión el objeto pulsional, es el que nos deja,
desprovistos, en la antesala de lo real como lo innombrable. Lo real
aquí es evidencia de un límite de la palabra. Y luego, lo real del
objeto nos conduce, de manera inevitable, a lo real del goce ex-
perimentado, ya que para decir el goce la palabra siempre resulta
insuficiente. Nos pasa a todos como a Enrico Gnei, aquel personaje
de Italo Calvino 30, quien al empezar a contarle a un amigo sobre
los goces maravillosos que había experimentado con una mujer la
noche anterior, se queda, en la medida en que agrega palabras, con
nada entre las manos. Quizá también sea esta misma dimensión
inasible del objeto aquella a la que alude Beckett en uno de sus
primeros textos:
He tardado mucho tiempo, toda la vida por así decirlo, en com-
prender que el color que tiene un ojo entrevisto, o la procedencia de
un ruido lejano, están más cerca de Giudecca, en el infierno de las
ignorancias, que la existencia de Dios, o la génesis de protoplasma,
o la existencia del ser, y exigen mucha más sabiduría de la que de-
vuelven. Es un poco abusivo, toda una vida, para llegar a esta con-
soladora conclusión, no le queda a uno tiempo de aprovecharla. 31

Resulta entonces que el objeto, ese elemento que nos parecía tan
sencillo nombrar en un listado (seno, heces, mirada, voz), que nos

29 Jacques Lacan, El seminario. Libro 10. La angustia (1962-1963) (Buenos


Aires: Paidós, 2006).
30 Italo Calvino, «La aventura de un empleado», en Los amores difíciles
(Barcelona: Tusquets, 1993).
31 Samuel Beckett, «Primer amor», en Relatos (Barcelona: Tusquets, 2003), 26.
(La cursiva es mía.)

142
El concepto de pulsión de Freud a Lacan

parecía tan fácil de asir, en el momento de intentar situarlo, se nos


escabulle, se nos escapa, para surgir y desaparecer, en un instante.
También podemos decir que la dimensión real de la pulsión resulta
de que el objeto es un hueco, un vacío, un agujero. Así las cosas,
en el nivel de la pulsión, el objeto es más bien la falta de objeto que
de manera incesante instiga. Como ya lo he planteado, la pérdida
inaugural del objeto determinará entonces la serie de sucedáneos de
carácter imaginario que vendrán a ocupar precariamente el lugar
de ese agujero. De donde los sucedáneos, los objetos imaginarios
de la pulsión, nunca darán la talla respecto de los deleites soñados.
Por ello resulta imposible lograr de forma total la meta pulsional:
la satisfacción de la pulsión siempre será limitada, lo cual relanzará
incesantemente el circuito de la pulsión en una búsqueda que no
halla puerto definitivo, que no encuentra término…

3. Meta (Ziel)
El fin de toda pulsión es la satisfacción que implica alguna
disminución de la excitación en la fuente; sin embargo, como no
es posible eliminar totalmente la presión, habrá de persistir una
excitación constante en la zona erógena —la Konstante Kraft de la
que Freud hablaba—. Ahora bien, en relación con la satisfacción de
la pulsión, Lacan va a examinar las vías sustitutivas a través de las
cuales esta se satisface: el síntoma y la sublimación.
Tomemos, en primer término, su referencia clínica a los pacientes
que dicen no estar contentos ni satisfechos; pues bien, nos dice que
allí mismo algo, sin embargo, se satisface. El sufrimiento del síntoma
comporta invariablemente un envés de goce pulsional acéfalo:
Es evidente que la gente con que tratamos, los pacientes, no
están satisfechos, como se dice, con lo que son. Y no obstante, sa-
bemos que todo lo que ellos son, lo que viven, tiene que ver con la
satisfacción. Satisfacen algo que sin duda va en contra de lo que
podría satisfacerlos, lo satisfacen en el sentido de que cumplen con
lo que ese algo exige. No se contentan con su estado, pero aún así en
ese estado de tan poco contento se contentan. El asunto está en saber
qué es ese se que queda allí contentado […]. Digamos que, para una
satisfacción de esta índole, penan demasiado. Hasta cierto punto ese

143
Belén del Rocío M o re n o

penar de más es la única justificación de nuestra intervención […].


En todo caso, nos referimos a la pulsión justamente porque el estado
de satisfacción ha de corregirse a nivel de la pulsión.32

La paradójica satisfacción del síntoma implica numerosas


preguntas. Ante todo, no es una satisfacción que resulte evidente,
puesto que se manifiesta como sufrimiento. El sufrimiento sinto-
mático es una de las formas de procurarse satisfacciones de carácter
erógeno, una de las formas en que el neurótico vive su sexualidad,
un modo de satisfacción pulsional. Una forma también, según
Freud lo planteaba, de satisfacer el sentimiento inconsciente de
culpa que agobia al neurótico. A propósito del valor erógeno del
síntoma, podemos evocar la referencia al caso Elisabeth, aquella
joven afectada por una astasia-abasia, que respondía de un modo
singular a la estimulación de la zona dolorosa:
[…] cuando en la señorita Von R. se pellizcaba u oprimía la
piel y la musculatura hiperálgicas de la pierna, su rostro cobraba
una peculiar expresión, más de placer que de dolor; lanzaba unos
chillidos —yo no podía menos que pensar: como a raíz de unas vo-
luptuosas cosquillas—, su rostro enrojecía, echaba la cabeza hacia
atrás, cerraba los ojos, su tronco se arqueaba hacia atrás. Nada de
esto era demasiado grueso, pero sí lo bastante nítido […].33

En relación con la paradójica satisfacción pulsional en el


síntoma, Lacan introdujo la categoría de lo imposible, como defi-
nición de lo real. Afirma que «el camino del sujeto —y aquí pro-
nuncio el único término en relación con el cual puede situarse la
satisfacción— pasa entre dos murallas de imposible»34. La función
de lo imposible no ha de tomarse simplemente por vía de la ne-
gación, diciendo que lo imposible es lo contrario de lo posible; más

32 Lacan, El Seminario. Libro 11. Los cuatro conceptos fundamentales del


psicoanálisis, 173.
33 Sigmund Freud, «Estudios sobre la histeria» (1905), en Obras completas,
vol. 2, 153.
34 Lacan, El Seminario. Libro 11. Los cuatro conceptos fundamentales del
psicoanálisis, 174.

144
El concepto de pulsión de Freud a Lacan

bien Lacan define lo real como lo imposible. En Lacan, lo real es


lo que impide el funcionamiento del principio del placer; así dis-
tingue lo real por su separación de este principio. En el Seminario 11,
Lacan plantea que la pulsión es lo que hace fracasar el principio del
placer. Tal principio, en la formulación freudiana, apunta a man-
tener lo más baja posible la cantidad de excitación en el aparato psí-
quico. Así, la pulsión misma es lo que obstaculiza tal principio de
mínima tensión, de equilibrio, pues la tensión pulsional nunca es
nula, siempre hay una cantidad de excitación aguijoneando. Freud
propuso la imagen del ave Fénix para referirse al renacimiento de
la excitación pulsional que surge renovada tras cada satisfacción;
de modo que a la pulsión le ocurre como a aquel ser mitológico:
renace de entre las cenizas. Podemos entonces relacionar esta
figura mitológica con otra de las definiciones de Lacan sobre lo
real: lo real es lo que vuelve al mismo lugar, es —para decirlo ahora
con Freud— lo que renace de entre las cenizas… dado que la par-
cialidad de la satisfacción reactiva incesantemente el movimiento
pulsional. Así pues, para decirlo con una metáfora pirómana, entre
las cenizas, los rescoldos de una satisfacción limitada encienden
nuevamente la llama de la pasión, el incendio de la pulsión.
Pero como Lacan plantea que hay dos murallas de imposible
para la satisfacción, es necesario agregar que lo imposible también
aparecía cuando Freud aún sostenía el principio del placer como
rector de la vida psíquica. Asunto al que se refiere Lacan hablando
de la satisfacción alucinatoria. Recordemos que tal satisfacción
alucinatoria fue planteada por Freud cuando habló de la primera
vivencia de satisfacción, para distinguir el movimiento del deseo
como aquella tendencia que apunta a establecer una identidad de
percepción con esa vivencia. Tal propósito, orientado por el prin-
cipio del placer en el estado primario del aparato psíquico, culmina
en una alucinación. Pues bien, la satisfacción alucinatoria también
quedará situada en esa función de lo real como imposible, puesto
que la alucinación es mero señuelo y de ninguna manera la satis-
facción que se tuvo.
Pero no solo el síntoma plantea inquietudes respecto de la sa-
tisfacción pulsional; hay un destino que provoca nuevas preguntas

145
Belén del Rocío M o re n o

sobre la meta pulsional: la sublimación. Freud planteó que este


destino pulsional implicaba una inhibición de la meta sexual. En
efecto, puede ocurrir que una pulsión avance en procura de una
satisfacción, pero que de súbito se detenga en ese recorrido; en tal
inhibición se hallaría el comienzo de una sublimación. Entonces,
a una pulsión inhibida en su meta le queda obstaculizado el logro
de una satisfacción sexual directa. La cuestión que surge enseguida
es cómo puede producirse una satisfacción pulsional aun estando
inhibida la meta directa de la pulsión.
Freud dice que la sublimación es también satisfacción de la
pulsión a pesar de que está inhibida en cuanto a su meta —a pesar
de que no la alcanza. La satisfacción no deja de ser por ello satis-
facción de la pulsión y además sin represión. En otros términos,
en este momento no estoy copulando, les estoy hablando y, sin em-
bargo, puedo alcanzar la misma satisfacción que copulando. 35

Notemos, además, que existe una relación de disyunción


entre el síntoma y la sublimación; diremos entonces «síntoma o
sublimación», exclusión que equivale simplemente a la oposición
entre dos destinos de la pulsión (represión y sublimación). El
germen del síntoma está en la represión, que luego habrá de ma-
nifestarse con el fracaso de la defensa y el consecuente retorno
de lo reprimido; en cambio, la sublimación opera sin represión y,
no obstante, implica un destino en el que se obtiene una cuota de
satisfacción pulsional.

4. Fuente (Quelle)
La fuente de la pulsión, que es la zona erógena, tiene un lugar
primordial en la serie de intercambios que se establece entre el
sujeto y el Otro. Las fuentes son zonas orificiales cuyos bordes
tienen movimientos de cierre y apertura. Desde el punto de vista
de su valor erógeno, la fuente de la pulsión no es un órgano o con-
ducto sino fundamentalmente un borde:

35 Lacan, El Seminario. Libro 11. Los cuatro conceptos fundamentales del


psicoanálisis, 173.

146
El concepto de pulsión de Freud a Lacan

¿Por qué las zonas llamadas erógenas se reconocen solo en esos


puntos que para nosotros se diferencian por su estructura de borde?
¿Por qué se habla de la boca y no del esófago o del estómago? Estos
participan también de la pulsión oral. Pero, en lo que respecta a lo
erógeno, hablamos de la boca, y no solo de la boca sino de los labios
y los dientes, de lo que Homero llama el cercado de los dientes. (176)

En este punto podemos evocar las elaboraciones de Freud y


de los analistas de las primeras generaciones que hablaban de una
fase oral caníbal, donde la satisfacción pulsional supone —como se
dice— meterle el diente a algo, con ganas.
Entre esas zonas orificiales, hay sin embargo una que resulta
ser la excepción: los párpados se abren y se cierran, la boca se abre
y se cierra, el esfínter anal se abre y se cierra; el oído, en cambio,
es un orificio que, no solo desde el punto de vista anatómico, sino
fundamentalmente desde el punto de vista del inconsciente, jamás
se cierra. Recordemos el provocador título de un ensayo de Pascal
Quignard, «Ocurre que las orejas no tienen párpados»36. Esta sin-
gular condición determina que, en el juego pulsional, la pulsión
invocante sea la única subjetivante y por ello resulte ser la expe-
riencia más cercana a lo inconsciente.

El c i r c u i t o d e la p u l s i ó n p arci al
Freud había planteado las tres voces gramaticales —activa,
pasiva y media refleja— para situar la forma como la pulsión al-
canza su meta. Para Lacan, este recurso recubre algo más funda-
mental, a saber: la pulsión se satisface haciendo un retorno sobre la
fuente, después de darle la vuelta al objeto. Es esto lo que el psico-
analista francés denominó «circuito de la pulsión parcial».
Freud nos presenta la pulsión de una forma muy tradicional,
utilizando en todo momento los recursos de la lengua y apoyándose
sin vacilaciones en algo que solo pertenece a los sistemas lingüís-
ticos, las tres vías, activa, pasiva y reflexiva (media). Pero esto no

36 Pascal Quignard, «Ocurre que las orejas no tienen párpados», en El odio a la


música. Diez pequeños tratados (Barcelona: Andrés Bello Española, 1998), 103.

147
Belén del Rocío M o re n o

es más que el cascarón. Tenemos que darnos cuenta de que esta


reversión significante es una cosa y otra muy distinta lo que re-
cubre. Lo fundamental de cada pulsión es el vaivén con el que se es-
tructura. Es notable cómo Freud no puede designar estos dos polos
sin echar mano de algo que llamamos verbo […] ver y ser visto, ator-
mentar y ser atormentado. Y es porque desde el comienzo Freud da
por sentado que no hay parte alguna del trayecto de la pulsión que
no pueda separarse de su vaivén, de su reversión fundamental, de
su carácter circular.37

a Aim

Bord

Goal

El circuito inicia su recorrido en el borde erógeno, rodea al


objeto, para volver a la fuente; el retorno implica que la pulsión
obtiene una satisfacción en el mismo borde erógeno. Este reco-
rrido, que le da la vuelta al objeto para retornar a la fuente, es el
modo como la pulsión se satisface: «La tensión siempre es un lazo
y no puede disociarse de su regreso sobre la zona erógena. Su meta
no es otra cosa que su regresión en forma de circuito» (186). Esta
última referencia indica que cada uno de los elementos que Freud
asoció con la pulsión está allí representado en el esquema que
Lacan propuso para el circuito de la pulsión. Así, la fuente (Quelle),
la zona orificial, zona de borde, está representada por la elipse; la
presión (Drang) es la que lanza desde el orificio erógeno el vector
que representa el recorrido pulsional (allí tenemos el trazado
en arco, en lo que Lacan denomina el retorno en circuito de la
pulsión); el objeto (Objekt) es la a minúscula que está en el centro
y, cuyo rodeo, finalmente permitirá que la pulsión alcance su meta
(Ziel), la satisfacción, en el mismo agujero erógeno.

37 Lacan, El Seminario. Libro 11. Los cuatro conceptos fundamentales del


psicoanálisis, 185.

148
El concepto de pulsión de Freud a Lacan

Acá podemos recordar la referencia a Heráclito que Lacan


consigna como epígrafe para esta sesión del Seminario: «Al arco le
dio el nombre de vida (Bíos) y su obra es la muerte» (181). El arco es
el lazo del Drang, de la presión pulsional, que al partir del orificio
erógeno y bordear al objeto, para producir una satisfacción parcial,
le hace su obra a la muerte, esto es, a la repetición. Este recorrido en
vaivén, este circuito, termina en hacerse chupar, cagar, mirar, oír...
La actividad de la pulsión se concentra en ese hacer se, y po-
dríamos lograr ciertos esclarecimientos si lo referimos al campo
de las demás pulsiones […]. Después de hacerse ver, me gustaría
aportar otro, el hacerse oír, del cual Freud ni siquiera habla [meta
de la pulsión invocante]. Tengo que indicarles rápidamente la dife-
rencia con el hacerse ver. Los oídos son el único orificio, en el campo
del inconsciente, que no puede cerrarse. Mientras el hacerse ver se
indica con una flecha que de veras retorna al sujeto, el hacerse oír
va hacia el otro. La razón de esto es estructural, y no podía dejar de
señalarlo de paso. Consideremos la pulsión oral […] digamos que
la pulsión oral es hacerse chupar, es el vampiro […]. A nivel de la
pulsión anal —descansemos un poco— parece que ya la cosa no
anda para nada, y sin embargo cuando se dice hacerse cagar, ¡tiene
mucho sentido! Cuando se dice aquí, que uno se hace cagar a lo
grande, se está en relación con el gran cagador, el gran molesto […].38

38 La cita continúa con algunas elaboraciones sobre el escíbalo: «Es un gran


error identificar sencillamente el famoso escíbalo con la función que se le
da en el metabolismo de la neurosis obsesiva. Es un gran error amputarle
lo que le representa, en ocasiones como regalo, y despojarlo de la relación
con una polución, la purificación, la catarsis. Es una equivocación no ver
que de allí sale la función de la oblatividad. Para decirlo todo, en esto, no
está muy lejos de eso que llamamos alma». Lacan, El Seminario. Libro 11.
Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, 202 y 203. Recordemos
que ese valor de regalo que tiene el escíbalo ya había sido planteado por
Freud en Transmutaciones de las pulsiones y especialmente del erotismo anal,
cuando decía que la madre le pedía a su hijo el esperado regalito, primera
propiedad del infante que acepta ceder por el amor a ella. Cf. Sigmund
Freud, «Transmutaciones de las pulsiones y especialmente del erotismo
anal» (1917), en Obras completas, vol. 17. Por otra parte, en relación con el
amor oblativo, que se rinde en toda clase de pruebas, ofrendas y sacrificios
entregados al otro —y que los posfreudianos consideraban la cereza

149
Belén del Rocío M o re n o

Más adelante continúa con esta misma formulación, para


agregar un elemento que permite hacer otra distinción entre los
asuntos del amor y los de la pulsión:
Hoy indiqué de forma muy explícita que cada uno de los
tiempos a, b y c, con que Freud articula cada pulsión, debe ser
reemplazado por la fórmula hacerse ver, oír y toda la lista que les
enumeré. Esto implica fundamentalmente actividad, en lo cual
coincido con lo articulado por el propio Freud cuando distingue
los dos campos, el campo pulsional de un lado, y del otro, el campo
narcisista del amor, subrayando que hay reciprocidad entre amar y
ser amado, mientras que en el otro campo solo se trata de una pura
actividad durch seine eigene Triebe para el sujeto. ¿Está claro? De
hecho salta a la vista que aún en su supuesta fase pasiva, el ejercicio
de una pulsión, masoquista por ejemplo, exige que el masoquista,
si me permiten decirlo así, sude la gota gorda. 39

Es por ello que Freud decía que las pulsiones son fragmentos
de actividad y por tal razón resultaba impreciso hablar de pul-
siones pasivas; con rigor habremos de referirnos a pulsiones de
meta pasiva, puesto que en su fundamento las pulsiones son pura
actividad; de allí que Lacan afirme que el masoquista, quien apa-
rentemente está en una posición pasiva, tiene que trabajar ardua-
mente para hacerse golpear como le gusta.
Lacan se sirvió de la lengua inglesa para precisar de qué se
trata el circuito de la pulsión parcial; así, para referirse al trayecto
tomó la palabra aim y para situar el fin del circuito propuso la
palabra goal:
Aim: si se encarga a alguien una misión, aim no se refiere a
lo que debe traernos; se refiere al camino que tiene que recorrer.
The aim es el trayecto. La meta tiene también otra forma, the goal.
Goal, en el tiro al arco, no es tampoco el blanco, no es el pájaro que

del ponqué, el mayor signo de madurez—, vemos cómo Lacan revela el


fundamento anal del empuje a ofrecer tantos regalitos.
39 Lacan, El Seminario. Libro 11. Los cuatro conceptos fundamentales del
psicoanálisis, 208.

150
El concepto de pulsión de Freud a Lacan

derribamos, es, más bien, haber marcado un punto y, con ello, haber
alcanzado la meta. (186)

El trayecto del circuito consiste en contornear el objeto, ha-


cerle un tour, darle la vuelta. De allí que habría que tomar tour «con
la ambigüedad que le imprime la lengua francesa, a la vez punto en
torno al cual se gira, turn, y trick, juego de manos» (176). Tenemos,
entonces, dos palabras con las que juega Lacan; el tour del francés,
cuya polisemia indica tanto el giro como la trampa, el ardid, el
truco, que a su vez reenvía al trick del inglés. Podemos ahora decirlo
con un uso particular del español: el circuito de la pulsión «le hace
la vuelta al objeto». En efecto, cuando se dice «hacerle la vuelta» a
alguien, se trata de engañarlo trampeándolo, sin que se percate de
qué suerte de combinación está siendo objeto. En francés, el tour
d’escamotage, el juego de manos al que se refiere Lacan, nos lleva al
campo de la prestidigitación. Entonces, así como el prestidigitador,
en sus pases de manos, deja algo oculto 40, de modo semejante algo
también se esconde en el circuito pulsional, puesto que, como ya
lo señalé, tras la contingencia está el vacío del objeto, su condición
siempre elusiva, ráfaga que se precipita, para enseguida desapa-
recer. Cada tour alrededor del objeto —que implica el retorno a la
fuente— trae consigo no solo una satisfacción parcial, sino además
una instigación a trazar de nuevo el circuito, por efecto de la reac-
tivación de la fuente… El ave Fénix renace de entre las cenizas.

El matema d e la p u l s i ó n : $◊D
El último punto por trabajar, en este recorrido, es la afir-
mación de Lacan de que la pulsión se constituye en relación con
las demandas del Otro. En tal sentido, se advierte que abandona la
idea freudiana de que la pulsión se apoya en una función biológica
de importancia vital, pues sostiene que la pulsión se constituye en
función de las demandas del Otro. Si para Freud la pulsión sexual

40 «¿Dónde está la bolita? ¿Dónde está la bolita?», pregunta el mago mientras


la esconde, sin que el alelado espectador se dé cuenta del pase de manos
que ejecuta.

151
Belén del Rocío M o re n o

estaba enchufada a la función vital o a lo que denominó pulsiones


de autoconservación, para Lacan el circuito de la pulsión se en-
chufa en las demandas conscientes e inconscientes del Otro. O,
para decirlo con más precisión, esas necesidades biológicas se des-
naturalizan y cobran un valor pulsional al tejerse en el lazo del
infans con el Otro.
Esta formulación tiene un antecedente incipiente, despro-
visto de consecuencias, en los Tres ensayos para una teoría sexual,
cuando Freud afirmó que la madre con sus caricias y cuidados era
quien despertaba y preparaba la posterior intensidad de la pulsión
sexual; es ella quien transforma el cuerpo biológico del bebé en un
cuerpo erógeno41. Con esta afirmación, Freud reanimó, en otro
sentido, su primera teoría etiológica de la histeria, que según
sus formulaciones iniciales era provocada por la seducción de
un adulto. Lacan derivó importantes consecuencias de esta indi-
cación, acaso marginal, de Los tres ensayos para una teoría sexual
y planteó que son las demandas del Otro dirigidas al protosujeto
las que determinarán las particularidades de su vida pulsional. Las
demandas del Otro tienen una influencia determinante sobre el
cuerpo, excitando algunas partes más que otras. Es decir que los
bocones, los mirones, los orejones, no nacieron así; la desmesura
de la representación psíquica de sus orificios no está determinada
por su constitución biológica; sus inclinaciones pulsionales se esta-
blecieron en esa relación constitutiva con el Otro.
Ahora bien, hay que señalar que en el lazo del sujeto con el
Otro se establece una doble demanda: tanto el niño expresa, de
diversas maneras, su pedido dirigido a la madre, como ella le dirige
a su hijo, de múltiples formas, su demanda. Se trata entonces del

41 «El trato del niño con la persona que lo cuida es para él una fuente continua
de excitación sexual y de satisfacciones sexuales a partir de las zonas
erógenas, y tanto más por el hecho de que esa persona —por regla general
la madre—, dirige sobre el niño sentimientos que brotan de su vida sexual,
lo acaricia, lo besa y lo mece y claramente lo toma como sustitutivo de un
objeto sexual de pleno derecho. La madre se horrorizaría, probablemente, si
se le esclareciese que con todas sus muestras de ternura despierta la pulsión
sexual de su hijo y prepara su posterior intensidad». Cf. Freud, «Tres ensayos
para una teoría sexual», 203.

152
El concepto de pulsión de Freud a Lacan

«toma y da acá» en el vínculo que instala la insistencia de las de-


mandas, pues tanto la madre le pide al niño que coma («esta cu-
charada por el papá, esta por la mamá, esta por el gato…», «¡Uhm,
está delicioso!»), como él le dirige de múltiples formas su pedido
«tengo hambre». La insistencia de las demandas de la madre tendrá
el efecto de erotizar los bordes del cuerpo. Las palabras del Otro
polarizan la atención del infante sobre tales o cuales zonas del
cuerpo, sobre tales o cuales funciones corporales, y así las hacen
surgir en su valor pulsional. Entonces, las palabras del Otro afectan
las zonas erógenas de modos diversos: tanto causan el hormigueo
de la excitación sexual como pueden refrenarla. El agujero ana-
tómico solo será agujero erógeno si es horadado por las demandas
de la madre; si ello no ocurre, el cuerpo quedará sellado como la
superficie esférica y silente de los planetas.
De la misma manera, es necesario tener en cuenta ese registro
de la demanda del Otro respecto de la pulsión anal. En un cierto
momento, la madre dirige a su hijo el pedido de depositar sus ex-
crementos, en un sitio y tiempo determinados. En el registro de la
pulsión anal resulta muy evidente que hay una demanda del Otro
pidiéndole al niño que haga sus deposiciones en un momento y
un sitio fijados para tal propósito. La madre pide, y si el niño en-
trega el valioso regalito, ella le dará algo a cambio. Eso que recibe
a cambio es nada menos que una identificación con el objeto que
completa ilusoriamente al Otro materno: el falo imaginario (φ).
Surge así el registro del intercambio: la caca por una identificación
fálica: «si me das tu caca, obtendrás estotro en retribución». La
demanda materna, que puede expresarse de diversas formas —ca-
riñosas, quejosas y hasta rabiosas—, hace en último término un
pedido animado por el amor: «Cédeme el regalo de tu caca, por
el amor que te tengo, por el amor que me tienes». Entonces no se
trata simplemente de la función biológica de la defecación, sino de
su captura en el campo de la demanda del Otro, que, al ser satis-
fecha por el sujeto, instaura la dialéctica del don. Lacan planteó
que todo lo que es del registro del don, del intercambio —incluido,
desde luego, el famoso amor oblativo—, está ligado con la ana-
lidad. De allí que esa modalidad amorosa, que los posfreudianos

153
Belén del Rocío M o re n o

consideraron como la cumbre de la maduración, tenga un origen


más bien poluto.
Hay que decir que Lacan no siguió la idea freudiana de una
secuencia de fases o etapas de la organización psicosexual: primero
la fase oral, luego la anal, enseguida la fálica, para después de un
periodo de latencia, terminar en una fase genital, que implicaría
la subordinación de las pulsiones parciales a la primacía de los ge-
nitales. No hay pues traslado de los énfasis erógenos por simple
seriación histórica ni mucho menos por una supuesta maduración
evolutiva. Advertimos, de inmediato, que plantear las cosas en
estos términos resulta de lo más impropio, por cuanto implica des-
conocer que con las pulsiones siempre ha de considerarse el lazo
con el Otro.
No hay ninguna relación de engendramiento entre una pulsión
parcial y la siguiente.
El paso de la pulsión oral a la pulsión anal no es producto de la
maduración, es el producto de algo que no pertenece al campo de la
pulsión —la intervención, la inversión de la demanda del Otro—. Si
hacemos que intervengan las demás pulsiones cuya serie podemos
establecer y cuyo número es limitado, se verían en un aprieto, si
tuviesen que situar respecto a las pulsiones que acabo de nombrar,
dentro de una sucesión histórica, la Schaulust, pulsión escópica, y
aún de lo que distinguiré en el momento oportuno como pulsión
invocante, y si tuviesen que establecer entre ellos una relación de
deducción o de génesis.42

El paso de una modalidad de satisfacción a otra solo es po-


sible mediante la intervención de la demanda del Otro. De allí que
Lacan escriba de la siguiente manera el matema de la pulsión: $◊D,
donde el rombo, el losange, el punzón, conformado por la reunión
de varios signos lógicos, puede leerse como todas las formas de re-
lación —conjunción, disyunción, implicación recíproca— entre el
sujeto y las demandas del Otro. Entonces, el predominio temporal

42 Lacan, El Seminario. Libro 11. Los cuatro conceptos fundamentales del


psicoanálisis, 187.

154
El concepto de pulsión de Freud a Lacan

de una pulsión sobre otras no está regido por ningún programa


biológico, sino por la orientación que sobre las zonas del cuerpo
determina la demanda materna. Como esta migración se produce
por esta intervención, el funcionamiento pulsional se puede ver
afectado, incluso sintomáticamente, por las vicisitudes diversas de
las relaciones entre el infans y el Otro.
Dado que la pulsión es representante de una excitación, por
esta vía la pulsión logra una inscripción en el inconsciente. Así,
las pulsiones parciales representan la realidad sexual en el incons-
ciente. Finalmente, solo dejo anunciado que, en el Seminario 23.
Joyce. El Sinthome (1975-1976), Lacan propuso una definición de
la pulsión que permite retomar, de nueva manera, la articulación
entre la pulsión, la palabra y, ahora su soporte, la voz:
[las pulsiones son] el eco en el cuerpo del hecho de que hay
un decir. Para que resuene este decir, para que consuene […] es
preciso que el cuerpo sea sensible a ello. De hecho lo es. Es que el
cuerpo tiene algunos orificios, entre los cuales el más importante es
la oreja, porque no puede taponarse, clausurarse, cerrarse. Por esta
vía responde en el cuerpo lo que he llamado la voz.43

Así, lo que hace sensible al cuerpo no es el aparato auditivo,


sino la voz como objeto a, el vacío que hace posible la resonancia
de los significantes. Entonces, de manera en extremo condensada,
podemos decir simplemente que la pulsión es el efecto bien real de
la palabra sobre el cuerpo.
Finalmente, después de este recorrido, no queda más que
situar el fin en el comienzo, para un nuevo comienzo:

Yo, que entiendo el cuerpo. Y sus crueles exigencias.


Siempre he conocido el cuerpo. Su vórtice que marea.
El cuerpo grave. Personaje mío aún sin nombre.
Clarice Lispector, «El viacrucis del cuerpo»

43 Jaques Lacan, El Seminario. Libro 23. El Sinthome (1975-1976) (Buenos Aires:


Paidós, 2006), 18. (La cursiva es mía.)

155
Belén del Rocío M o re n o

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El concepto de pulsión de Freud a Lacan

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157
De Freud a Lacan: lalengua
d e t e r m i n a el goce en el cue rpo

G lori a Helena G ómez


Universidad Nacional de Colombia

Lalengua nos afecta primero por todos los efectos que encierra
y que son afectos. Si se puede decir que el inconsciente está
estructurado como un lenguaje es por el hecho mismo de que
los efectos de lalengua, ya allí como saber, van mucho más
allá de todo lo que el ser que habla es capaz de enunciar.
J. Lacan,
Seminario 20. Aún.

El significante no s o l o representa al sujeto para otro signi-


ficante, también determina para cada quien las formas particulares
de goce en su cuerpo. El significante afecta el cuerpo, sustancia go-
zante, desde el comienzo de la vida. Se le canta, se le habla al niño
antes de que este comprenda el sentido de lo dicho allí, antes de que
él comience a hablar. Es musicalmente como el cachorro humano
entra en el lenguaje. En el primer tiempo de la vida las palabras
habladas y cantadas producen efectos de satisfacción, antes que
de sentido: «Duérmete, mi niño. Duérmete, mi amor. Duérmete,
pedazo de mi corazón. Arrorró, arrorró, niño de mi corazón…
Nana, nanita, nanita, nana, duérmete, lucerito de la mañana». Las
nanas, esas canciones de cuna con las cuales se arrulla al niño,
forman parte de la lengua materna; forma primera del lenguaje con
la que se invita a entrar al niño en el orden humano.
En la infancia, las palabras son utilizadas para cantar, jugar, dis-
paratar, no solo para hablar y comunicar1. Ellas resuenan, se asocian,
se repiten y deforman. Canciones, rimas, trabalenguas, retahílas y

1 En la literatura infantil se conoce como naderías a las estrofas cortas, sin


mensaje, pero cargadas de musicalidad en su rima, que fascinan a los pequeños.

159
Gloria Helena Gómez

adivinanzas son motivo de risas. El niño se sirve de las palabras


como juguetes, con lo cual deja ver la enorme satisfacción que expe-
rimenta al jugar con ellas, hilarlas sin tener en cuenta la lógica y el
sentido; juego con las palabras en tanto puro material verbal:
Don Pepito bandolero
Se metió en un sombrero
El sombrero era de paja
Se metió en una caja
La caja era de cartón
Se metió en un cajón
Se metió entre un balón
El balón era muy fino
Se metió entre un pepino
El pepino maduró
Y don Pepito se salvó.

Ahora bien, si debemos a Lacan la teorización de los efectos de


satisfacción y no solo de sentido que trae el lenguaje, ya en algunas
anotaciones clínicas de Freud encontramos cómo en la primera
infancia, particularmente algunas de las palabras escuchadas del
Otro, resuenan para el niño como afectos de orden penoso.

Lacan f o r m a l i z a Lalengua
Lalengua, neologismo creado por Lacan al escribir en una sola
palabra la lengua, y al cual hace referencia en diferentes momentos
de su enseñanza a partir de 1970: Televisión (1970), Atolondradicho
(1972), Seminario Aún (1972-73), La tercera (Intervención en el con-
greso de Roma, 31-10-1974), Seminario R.S.I. (1974-75), Conferencia
en Ginebra sobre el síntoma (Conferencia en el Centro Raymond de
Saussure, organizada por la Sociedad Suiza de Psicoanálisis, 04-10-
1975), Seminario El Sinthome (1975-1976).
Lalengua, dirá en «La conferencia en Ginebra sobre el
síntoma», hace homofonía con lallation: «[…] ese lenguaje que no
tiene absolutamente ninguna existencia teórica, interviene bajo la

160
De Freud a Lacan: lalengua determina el goce en el cuerpo

forma de una palabra que quise fuese lo más cercana posible a la


palabra francesa lallation —‘laleo’ en castellano— lalangua»2.
Lallation, del latín lallare, alude a cantar la-la-la... para hacer
dormir al niño. En francés lallation remite a la emisión de sonidos
más o menos articulados, por parte del niño, antes de su adqui-
sición del lenguaje; balbuceo entonces del niño que todavía no
habla en propiedad, que solo produce sonidos. En francés babillage
(‘balbuceo’) es sinónimo de lallation
Recogiendo las diferentes anotaciones de Lacan a propósito
de lalengua, tenemos que esta lleva a Lacan a diferenciar dos as-
pectos en las palabras que el niño recibe de la lengua materna: el
mensaje del Otro y lalengua del Otro, cuyos efectos difieren. La-
lengua remite entonces a:
El modo como el Otro habla al niño y la forma como este recibe
sus palabras. La lengua escuchada del Otro (lengua materna)
así como la emitida por el niño, antes de su apropiación del len-
guaje vía las reglas gramaticales, que vienen a ponerle límite.
La lengua del sonido (no del sentido), anterior al significante
articulado a otro significante en la cadena.
La entrada del significante en la sustancia gozante, bajo la
forma de los dichos del Otro, que dejan una huella de afecto.
El sonido de las palabras desconectadas de sentido, pero em-
bebidas de goce. Los efectos de este goce sobre el cuerpo y no
solo los efectos de sentido de lo escuchado del Otro. Lalengua,
traumática.
Conjunto de S1 (1, 1, 1…) que no están articulados formando una
cadena (S1...S2); lo cual implica que dicho conjunto de S1 no re-
presenta al sujeto a la manera como un significante representa
a un sujeto para otro significante.
Lugar de donde, en la experiencia analítica, el desciframiento
extrae algunos significantes; solo algunos, puesto que a
lalengua es difícil acceder, por no decir imposible, en la

2 Jacques Lacan, «Conferencia en Ginebra sobre el síntoma», en Intervenciones


y textos 2 (Buenos Aires: Manantial, 1991), 125.

161
Gloria Helena Gómez

medida que sobrepasa todo lo que el ser que habla es capaz de


enunciar.
El desciframiento propio a la experiencia analítica consiste en
hacer pasar el saber inconsciente (S2), del lado de (S1); S1, que
aquí no representa al sujeto, sino que organiza y determina la
forma de gozar en el síntoma. S2 (saber ignorado) significante,
causa y objeto, se convierte en S1, que no representa al sujeto
sino que comanda su goce.
Lalengua es inexpugnable, pero produce efectos que son los
afectos; ella afecta la sustancia gozante y es por esta vía que es
factible deducirla3.

El e n c u e n t r o d e F reud con lalen gua


Con el fin de entrar en la clínica de lalengua, tomaremos como
referencia dos planteamientos de Lacan en su «Conferencia de Gi-
nebra sobre el síntoma », para enseguida ir a Freud y a su aporte
respecto de eso que Lacan formaliza como el significante y sus
efectos de goce. Dice Lacan:
1. «Para nada es una azar que en lalengua, cualquiera sea ella, en
la que alguien recibió una primera impronta, una palabra es
equívoca. Ciertamente, no por azar en francés la palabra ne [‘no’]
se pronuncia de manera equívoca con la palabra noeud [‘nudo’].
Par nada es un azar que la palabra pas [‘no’] en francés, contra-
riamente a muchas otras lenguas, redobla la negación y designe
también un paso».4
2. «[…] algo volverá a surgir luego en los sueños, en toda clase de
tropiezos, en toda suerte de maneras de decir, en función de
la manera en que lalengua fue hablada y también escuchada
por tal o cual en su particularidad». 5

3 Estas formulaciones acerca de lalengua las debemos al trabajo de Colette


Soler alrededor del problema en cuestión. Véanse las referencias a este autor
en la bibliografía.
4 Lacan, «Conferencia en Ginebra sobre el síntoma», 125.
5 Lacan, «Conferencia en Ginebra sobre el síntoma», 126.

162
De Freud a Lacan: lalengua determina el goce en el cuerpo

Lalengua que, no por azar, se denomina «materna», como


pura sonoridad de las palabras se caracteriza por la homofonía y el
equívoco. Es algo que ya entrevé Freud, aunque es Lacan quien da
a estos hallazgos clínicos un marco teórico.
A propósito del carácter homofónico y equívoco de lalengua,
veamos este ejemplo: un padre que intenta corregir el equívoco
(evidente para él) de su hijo de 4 años, que confunde la palabra
grande (en el sentido de ‘edad’ y de ‘estatura’), dice al niño: «La
abuelita es mayor que yo, ella es más vieja; tiene más años que yo,
pero yo soy más grande en tamaño, en estatura que la abuelita».
En su trabajo alrededor de las formaciones del inconsciente,
Freud se topa con la homofonía y el equívoco —dominantes
en lalengua—. Para rastrear su encuentro con la homofonía y el
equívoco, tomaremos las anotaciones que al respecto encontramos
en el capítulo V, «Material y fuentes de los sueños» (Apartado B. «Lo
infantil como fuente onírica»), de La interpretación de los sueños
(1900), donde Freud presenta tres indicaciones (que nos llevan a
una cuarta), al ocuparse de lo infantil como fuente del sueño. Dice
Freud: «Cuanto más ahondamos en el análisis de los sueños, más
frecuentemente descubrimos las huellas de sucesos infantiles que
desempeñan, en el contenido latente, el papel de fuentes oníricas»6.
He aquí sus cuatro puntuaciones:
1. Un paciente médico dice:
Después de leer la descripción que Nansen escribió de su expe-
dición polar, soñó que en medio del hielo prestaba sus servicios profe-
sionales al valeroso explorador, aplicándole corrientes eléctricas para
curarle de unos dolores de vientre que le aquejaban. En el análisis
de este sueño recordó una anécdota de su niñez, sin la cual no sería
posible explicarlo. Teniendo 3 o 4 años, oyó una conversación sobre
los viajes de exploración (Entdeckungsreisen), preguntó a su padre
si aquello era una enfermedad muy grave, confundiendo los viajes

6 Sigmund Freud, «Material y fuentes de los sueños» «La interpretación


de los sueños» (1900), en Obras completas, tomo 1 (Madrid: Biblioteca
Nueva, 1973) 467.

163
Gloria Helena Gómez

(reisen) con los retortijones (reissen). Las burlas de sus hermanos gra-
baron para siempre en su memoria el recuerdo de este suceso.7

2. Luego de referir este sueño de su paciente-médico, agrega


Freud que un sueño suyo va en la misma dirección:
En mi sueño de la monografía botánica se da un caso idéntico
al que precede. Al analizarlo tropiezo, en efecto, con el recuerdo in-
fantil, conservado, de que teniendo yo cinco años me dio mi padre un
libro con láminas en colores, para que lo destruyera a mi antojo. (463)

Este es el relato completo del suceso:


Mi padre tuvo un día la humorada —apenas justificable desde
el punto de vista educativo— de entregarnos a mí y a la mayor
de mis hermanas, para que lo estropeáramos y destruyéramos a
nuestro antojo, un libro con láminas en colores (Descripción de un
viaje por Persia). Por entonces tenía yo cinco años y mi hermana no
llegaba a tres. El cuadro que formábamos mi hermana y yo, destru-
yendo gozosamente el libro —al que fuimos arrancando las hojas
una a una (como a una alcachofa)— es casi el único perteneciente a
aquella edad, del que conservo aún un recuerdo plástico. (452)

Podemos observar que, desde el punto de vista del afecto do-


minante en estos dos recuerdos, ellos sin embargo difieren: en
Freud, se trata de un afecto próximo a la extrañeza, a la sor-
presa (humorada) ante la actitud del padre que da ese libro a
sus dos pequeños hijos, no para que lo hojeen sino para que lo
destruyan; mientras en el paciente-médico de Freud, el afecto
perturbador tiene que ver con un daño de orden narcisista:
«[…] las burlas de sus hermanos grabaron para siempre en su
memoria el recuerdo de este suceso», anota Freud.

7 Sigmund Freud, «La interpretación de los sueños», en Obras completas,


tomo 1, 463. (El resaltado es mío.)

164
De Freud a Lacan: lalengua determina el goce en el cuerpo

3. Ahora bien, este recuerdo de infancia de Freud nos conduce


a otro lugar de su obra, donde nos ofrece otro recuerdo suyo,
aún más temprano, esta vez impregnado de un afecto penoso;
el de su madre encerrada en un cajón:
Cuando habiendo yo cumplido cuarenta y tres años, comencé
a dirigir mi interés hacia los restos de recuerdos de mi infancia que
aún conservaba recordé una escena que desde largo tiempo atrás
—yo creía que desde siempre— venía acudiendo a mi conciencia
de cuando en cuando, escena que, según fuertes indicios, debía si-
tuarse cronológicamente antes de haber cumplido yo los tres años.
En mi recuerdo, me veía yo, rogando y llorando ante un cajón cuya
tapa mantenía abierta mi hermanastro, que era unos veinte años
mayor que yo. Hallándonos así, entraba en el cuarto, aparentemente
de regreso de la calle, mi madre, a la que yo hallaba bella y esbelta
de un modo extraordinario.
Con estas palabras había yo resumido la escena que tan plásti-
camente veía en mi recuerdo, pero con la que no me era posible cons-
truir nada. Si mi hermanastro quería abrir o cerrar el cajón —en
la primera traducción de la imagen era éste un armario—, por qué
lloraba yo y qué relación tenía con todo ello la llegada de mi madre,
eran cosas que se me presentaban con gran oscuridad. Estuve, pues,
tentado de contentarme con la explicación de que, sin duda, se
trataba del recuerdo de una burla de mi hermano para hacerme
rabiar, interrumpida por la llegada de mi madre.
Esta errónea interpretación de una escena infantil conservada
en nuestra memoria es algo muy frecuente. Se recuerda una si-
tuación, pero no se logra centrarla; no se sabe sobre qué elemento
de la misma debe colocarse el acento psíquico. Un esfuerzo analítico
me condujo a una inesperada solución interpretativa de la imagen
evocada. Yo había notado la ausencia de mi madre y había entrado
en sospechas de que estaba encerrada en aquel cajón o armario. Por
lo tanto, exigí a mi hermanastro que lo abriese, y cuando me com-
plació, complaciéndome de que mamá no se hallaba dentro, comencé
a gritar y llorar. Este es el instante retenido por el recuerdo, instante

165
Gloria Helena Gómez

al que siguió, calmando mi cuidado o mi ansiedad, la aparición de


mi madre. Mas ¿cómo se le ocurrió al niño la idea de buscar dentro
de un cajón a la madre ausente? Varios sueños que tuve por esa
época aludían oscuramente a una niñera, sobre la cual conservaba
algunas otras reminiscencias; por ejemplo, la de que me obligaba
concienzudamente a entregarle las pequeñas monedas que yo re-
cibía como regalo, detalle que también puede aspirar por sí mismo
a adquirir el valor de un recuerdo encubridor sustitutivo de algo
posterior. Ante estas indicaciones de mis sueños decidí hacerme
más sencillo el trabajo interpretativo interrogando a mi ya anciana
madre sobre tal niñera, y, entre otras muchas cosas, averigüé que
la astuta y poco honrada mujer había cometido, durante el tiempo
que mi madre hubo de guardar cama a raíz de un parto, impor-
tantes sustracciones domésticas y había sido después entregada a la
justicia por mi hermanastro. Estas noticias me llevaron a la com-
prensión de la escena infantil, como si de repente se hubiera hecho
luz sobre ella. La repentina desaparición de la niñera no me había
sido indiferente, y había preguntado su paradero, precisamente a
mi hermanastro, porque, según todas las probabilidades, me había
dado cuenta de que él había desempeñado un papel en tal desapa-
rición. Mi hermanastro, indirectamente y entre burlas, como era su
costumbre, me había contestado que la niñera «estaba encajonada».
Yo comprendí infantilmente esta respuesta y dejé de preguntar, pues
realmente ya no quedaba nada por averiguar. Más cuando poco
tiempo después noté un día la ausencia de mi madre, sospeché que
el pícaro hermano le había hecho correr igual suerte que a la niñera,
y le obligué a abrir el cajón. Ahora comprendo también por qué en la
traducción de la visual escena infantil aparece acentuada la esbeltez
de mi madre, la cual me debió de aparecer entonces como nueva y
restaurada después de un peligro. Yo soy dos años y medio mayor
que aquella de mis hermanas que nació entonces, y al cumplir tres
años cesó mi hermanastro de vivir con nosotros. 8

8 Sigmund Freud, «Recuerdos infantiles y recuerdos encubridores»


«Psicopatología de la vida cotidiana», en Obras completas, tomo 1, 786-787.
(El resaltado es mío.)

166
De Freud a Lacan: lalengua determina el goce en el cuerpo

4. Una paciente, relata Freud, tuvo un sueño cuando tenía 4


años, su contenido es el siguiente:
Ve andar a un lince o una zorra por encima de un tejado.
Después cae algo o se cae ella tejado abajo. Luego sacan de casa a
su madre muerta y rompe a llorar amargamente. Apenas expliqué a
la sujeto [dice Freud] que su sueño tenía que significar el deseo in-
fantil de ver morir a su madre y que el recuerdo del mismo es lo que
la inspira ahora la idea de que tiene que causar horror a su familia,
me suministró espontáneamente material bastante para un total
esclarecimiento. Siendo niña, un golfillo que había encontrado en
la calle se había burlado de ella aplicándole algunas calificaciones
zoológicas, entre las que se hallaba la de «lince», y, posteriormente,
teniendo ya tres años, había sido herida su madre por una teja que le
cayó sobre la cabeza, originándole intensa hemorragia. 9

En consecuencia, a la luz de las dos indicaciones extraídas de


Lacan sobre lalengua, destacaremos en estos cuatro relatos lo si-
guiente: por una parte, aluden a acontecimientos de la más tem-
prana infancia. En el caso de la señora es explícito: las palabras
del pillo —entre ellas «lince»— fueron escuchadas antes de los 3
años, mientras que su sueño acontece un año más tarde. En los
dos recuerdos de Freud, estamos ante escenas entre los 3 y 5 años.
Para el caso de su paciente-médico, lo temprano de la escena se
deduce de su confusión entre la palabra viajes (reisen) y retorti-
jones (reissen); comprensión incorrecta del sentido por parte de los
niños pequeños que aún no dominan el lenguaje (homofonía).
Por otra parte, en el caso del médico y la señora, ciertas pa-
labras resuenan como burlas venidas del Otro, que quedan gra-
badas; dejan huellas de afecto. En efecto, muchas de las palabras de
los niños que nos hacen reír tienen que ver con esas imprecisiones
en su uso del lenguaje. «Se habla del carácter concreto del lenguaje
del niño. Al contrario de lo que parece, esto es algo que se relaciona

9 Freud, «Recuerdos infantiles y recuerdos encubridores», 505. (El resal-


tado es mío.)

167
Gloria Helena Gómez

con la contigüidad. […] los niños […] todavía no llegaron a la me-


táfora, sino a la metonimia»10.
Como igualmente lo puntúa Lacan, «[…] la comicidad del sig-
nificado exige que los significantes no sean antitéticos»11. Ejemplo:
tres niñas de 6 años se disponen a jugar. Una dice: «yo soy el ca-
ballo». Otra replica: «yo soy la caballa». Risas de sus dos compa-
ñeras de juego (que con ello dan prueba de poseer ya la oposición:
caballo-yegua) que le corrigen: «no se dice la caballa, sino la yegua».
En otro orden de ideas, a propósito del contenido de los primeros
recuerdos infantiles, en Recuerdos encubridores (1898) Freud avanza:
La cuestión de cuál puede ser el contenido de estos primeros
recuerdos infantiles presenta especialísimo interés. La psicología de
los adultos nos haría esperar que del material de sucesos vividos
serían seleccionadas aquellas impresiones que provocaron un in-
tenso afecto o cuya importancia quedó impuesta a poco por sus cir-
cunstancias. Algunas observaciones de los Henri parecen confirmar
esta hipótesis, pues presentan como contenidos más frecuentes de
los recuerdos infantiles, bien ocasiones de miedo, vergüenza o dolor
físico, bien acontecimientos importantes: enfermedades, muertes, in-
cendios, el nacimiento de un hermano, etcétera.12

De lo expuesto por Freud, años más tarde, acerca de la causa


traumática haremos valer particularmente dos cuestiones: por un
lado, su última formulación sobre el trauma: «Llamamos traumas
a las impresiones precozmente vivenciadas y olvidadas más tarde,
que, según dijimos, tienen tanta importancia en la etiología de las
neurosis […]. (Ellas) consisten en experiencias somáticas o en per-
cepciones sensoriales, por lo general visuales o auditivas; son, pues,
vivencias o impresiones».13

10 Jacques Lacan, El Seminario. Libro 3. Las psicosis (1955-1956) (Barcelona:


Paidós, 1981), 328.
11 Jacques Lacan, Radiofonía (Barcelona: Anagrama, 1977), 21.
12 Freud, «Recuerdos infantiles y recuerdos encubridores», 331. (El resal-
tado es mío.)
13 Sigmund Freud, «Moisés y la religión monoteísta. Tres ensayos», en Obras
completas, tomo 3, 3283-3285.

168
De Freud a Lacan: lalengua determina el goce en el cuerpo

Y, por otro, los tres caracteres que asigna a las vivencias trau-
máticas que constituyen el corazón de la neurosis; insistiendo por
lo demás en que «[l]a relación entre aquellos tres atributos la es-
tablece una teoría emanada de la labor analítica, única que puede
suministrar un conocimiento de las vivencias olvidadas, o que, en
términos más concretos, aunque menos correctos, puede volverlas
a la memoria»14: 1) ocurren en la época en que el niño comienza a
desarrollar el lenguaje; 2) generalmente esas vivencias se olvidan,
permanecen inaccesibles al recuerdo, caen en el periodo de la am-
nesia infantil, que casi siempre resulta penetrado por algunos restos
mnémicos aislados —los recuerdos encubridores—; 3) remiten a im-
presiones de carácter sexual o agresivo, como a daños precozmente
sufridos por el yo —ofensas narcisistas— que derivan en afectos:
sentimientos de inferioridad, traición, burla, humillación (3285).
El trauma es explicado aquí por Freud en términos económicos
como una perturbación en la homeostasis del principio del placer:
Si podemos aceptar que el carácter traumático de una vivencia
solo reside en un factor cuantitativo; si, por consiguiente, el hecho de
que una vivencia despierte reacciones insólitas, patológicas, siempre
obedece al exceso de demandas que plantee al psiquismo, entonces
será fácil establecer el concepto de que frente a determinada cons-
trucción puede actuar como trauma algo que frente a otra distinta
no tendría semejante efecto. (3284)

Expone el trauma como fracaso del principio del placer para


regular los excesos del quantum de afecto. Es la magnitud del mon-
tante de excitación la que hace a una impresión algo traumático;
ella paraliza la función del principio del placer y da a la situación
de peligro su significación. En el instante traumático el sujeto no
cuenta con los recursos para poner en marcha el principio del
placer, siendo presa de una excitación imposible de tramitar. Expe-
riencia de desamparo que Freud explica en términos económicos a

14 Freud, «Moisés y la religión monoteísta. Tres ensayos», 3285. (El resaltado es


mío.) Freud alude aquí al libro de los psicólogos C. y V. Henri, Enquête sur
les premières souvenirs de l’enfance (1897).

169
Gloria Helena Gómez

partir de la relación entre cantidad de excitación y las fuerzas del


sujeto; su capacidad de soportar y usar tal excitación.
Lacan ratificará y formalizará esta teoría. El núcleo traumático
del síntoma está hecho con vivencias que dejaron una huella de
afecto. El sujeto, determinado por lo inconsciente-real, inventa una
respuesta al enigma, al goce imposible de asimilar, que representan
tales experiencias de goce en el cuerpo; de donde se desprenden
sus afirmaciones: el síntoma viene de lo real. El síntoma, aconteci-
miento del cuerpo; cuerpo que lleva la marca de goce, mediante la
inscripción particular del significante en la carne (el significante
se hace carne) para cada quien. Del agua del lenguaje [concluye
Lacan] quedan algunos detritos fuera de sentido, bajo la forma de
un Uno sonoro proveniente de lo oído del Otro 15; fuera de sentido,
efecto del imposible, propio de lo simbólico.

Desmaternalización: el l e n g u a j e
limita el e q u í v o c o

[ … ] quizás no exista ningún sujeto que no tenga entre sus


recuerdos, alguna reprimenda, alguna sorpresa o alguna burla
que le hayan valido esos años de aprendizaje del uso correcto
del lenguaje, es decir, su salida de lalengua materna.
C o l e t t e Soler,
L’èpoque dei traumi; L’époque des traumatismes

Desmaternalización de la lengua materna 16 anunciada por


Lacan, refiriéndose a lo que acontece en el jardín infantil (école
maternelle) y enseguida en la escuela primaria; dematernalisation
que se revela como una experiencia subjetiva que hace patente que

15 Jacques Lacan, «Conferencia en Ginebra sobre el síntoma», 125.


16 Dematernalisation: neologismo construido por Lacan a partir de école
maternelle (‘jardín infantil’) y mère (‘mamá’).

170
De Freud a Lacan: lalengua determina el goce en el cuerpo

lalengua implica efectos de goce; comprende lo real traumático 17.


En el proceso de escolarización, se constata la dificultad del niño
para pasar de lo escuchado de lalengua a la estructura del lenguaje,
en tanto articulada a lo escrito.
A este respecto contamos con este relato de un paciente de Freud:
Un hombre de veinticuatro años conserva en su memoria la
siguiente imagen de una escena correspondiente a sus cinco años:
Se recuerda sentado en una sillita, en el jardín de una residencia
veraniega y al lado de su tía, que se esfuerza en hacerle aprender
las letras. El distinguir la m de la n constituía para él una gran difi-
cultad, y pidió a su tía que le dijese cómo podía conocer cuándo se
trataba de una y cuándo de la otra. La tía le hizo observar que la m
tenía todo un trazo más que la n, un tercer palito.18

Como se vio antes, el juego con las palabras domina el mundo


infantil propiciándole satisfacción: rimas infantiles, estrofas de
versos acompañadas por melodías sencillas son entonadas para
hacer dormir a los niños, para entretenerlos, para calmar su llanto
y sus dolores (sana que sana, colita de rana, si no sanas hoy, sa-
narás mañana) y más adelante para enseñarles; se utiliza la lúdica
de las rimas infantiles como recurso didáctico. Está, por ejemplo,
la rima que busca que el niño conozca los meses por su duración:
«Treinta días trae noviembre con abril, junio y septiembre; de vein-
tiocho solo hay uno, los demás de treinta y uno». Hay los juegos
rimados para aprender a contar el tiempo, memorizar el alfabeto
y la ortografía: «Allá se lo haya el aya si no halla al niño debajo
del haya», o las fórmulas mnemotécnicas ligadas con operaciones
como la suma: «dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis, seis y
dos son ocho y ocho dieciséis», donde la cadencia está asegurada
por la medida silábica. Es en el ámbito de estos juegos didácticos
que el niño, en el primer tiempo del aprendizaje, adquiere nuevas
nociones a la par que se divierte.

17 Colette Soler, L’èpoque dei traumi; L’époque des traumatismes (Roma:


Bislink, 2004).
18 Freud, «Recuerdos infantiles y recuerdos encubridores», 786.

171
Gloria Helena Gómez

Es en la melodía más que en el texto mismo donde reside la


fuerza de una historia; lo avizoran poetas y escritores: «Esa fe ciega
en las palabras, más allá de su sentido literal, es a mi modo de ver,
el lazo más fuerte que nos vincula a la lectura. Y, como casi todo lo
que sucede con los hombres, se da en los primeros años de vida, en
el entorno familiar»19.
Así, desde la infancia las palabras están impregnadas de tono
poético. Si en la poesía hay ideas y palabras que expresan la cuestión,
es por excelencia el sonido de las palabras y su euforia lo que las
hacen versos poéticos. La música de las palabras captura al oyente.
Afirma Freud que el niño que juega se comporta como un poeta al
crear un mundo propio, al situar los asuntos de su existencia en un
orden nuevo, más gratificante20.
Y, cuando la primera infancia y los juegos quedan atrás, el
niño, el adolescente y el adulto buscan recuperar y procurarse,
por otras vías, esta satisfacción perdida, anota Freud. El placer
derivado de nuevos juegos, chanzas, fantasías, humor, sustituyen
al alcanzado en los primeros años. Las técnicas del contrasentido
corresponden a una fuente de placer según Freud21. El juego con
las palabras de los años de infancia, visto en retrospectiva, repre-
senta el grado preliminar de las agudezas del lenguaje y sus ren-
dimientos. El sujeto, a través de estos y otros productos, intenta
preservar la consecución del placer extraído de las palabras desde
muy temprano en su existencia.
Pero a medida que el niño crece, continúa Freud, este uso dis-
paratado de las palabras va siendo menguado por la razón hasta
quedar limitado a las uniones de palabras que forman un sentido.

19 Yolanda Reyes, «Los libros sin páginas», Revista Alegría de Enseñar 19,
año 5 (abril-junio 1994). Yolanda Reyes es maestra y escritora colombiana,
directora de Espantapájaros-Taller (Bogotá), proyecto cultural de animación
a la lectura.
20 Sigmund Freud, «El poeta y los sueños diurnos», en Obras completas, tomo 2.
21 Sigmund Freud, «El chiste y su relación con el inconsciente», en Obras
completas, tomo 1, 1099.

172
De Freud a Lacan: lalengua determina el goce en el cuerpo

La educación desempeña aquí un papel determinante. El someti-


miento al sentido se impone, y el no-sentido no es aceptado más.
En el aula de clase, el niño se ve forzado a despojarse del no-sentido,
y por allí mismo, a renunciar a la satisfacción que aquello le pro-
curaba. Está en la escuela para aprender, lo cual implica someterse
al sentido de las palabras. ¿Juego con las palabras o producción de
sentido? ¿Placer de disparatar o cohesión intelectual? He aquí el
dilema al que se enfrenta.
Prosigue Freud:
Este placer va siéndole prohibido al niño cada día más por su
propia razón, hasta dejarlo limitado a aquellas uniones de palabras
que forman un sentido. Todavía en años posteriores da la tendencia
a superar las aprendidas limitaciones en el uso del material verbal
muestras de su actividad en el sujeto, haciéndole modificar las pa-
labras por medio de determinados afijos, transformar sus formas
merced a dispositivos especiales (reduplicaciones) o hasta crear,
para entenderse con sus camaradas de juego, un idioma especial.
A mi juicio, sea cualquiera el motivo a que obedeció el niño al
comenzar estos juegos, más adelante los prosigue, dándose perfecta
cuenta de que son desatinados y, hallando el placer en el atractivo
de infligir las prohibiciones de la razón. No utiliza el juego más que
para eludir el peso de la razón crítica. Pero las limitaciones que la
misma establece en este punto son bien poca cosa comparadas con
las que luego, durante la educación, tienen que ser constituidas para
lograr la exactitud del pensamiento y enseñarle a distinguir en la
realidad lo verdadero de lo falso. A estas poderosas limitaciones
corresponde una más honda y duradera rebeldía del sujeto contra
la coerción intelectual y real, rebeldía en los que quedan compren-
didos los fenómenos de la actividad imaginativa. El poder de la
crítica llega a ser tan grande en el último estadio de la niñez y en el
periodo de aprendizaje que va más allá de la pubertad, que el «placer
de disparatar» no se aventura ya a manifestarse directamente sino
muy raras veces. Los muchachos ya casi adolescentes no se atreven

173
Gloria Helena Gómez

a disparatar sin rebozo alguno, pero su característica actividad sin


objeto me parece ser una derivación directa del placer de disparatar.
[…] esta tendencia se intensifica hasta el punto de volver a dominar
las conferencias y respuestas de los escolares [en algunos de los
cuales] el placer inconsciente que [les producen] sus propios des-
atinos, [tiene] en lo equivocado de las respuestas una participación
equivalente a la de su ignorancia. 22

El paso del juego con las palabras al sentido, incluso la acep-


tación simultánea de estas dos modalidades, que es contradictoria,
no va de sí; constituye un rasgo propio de la relación del sujeto con
el lenguaje, y en determinados casos se convierte en un tropiezo
mayor cuando el niño no logra regresar del no-sentido de las letras
al sentido del texto. Con bastante frecuencia, lo saben los maestros,
el niño da la impresión de realizar una lectura sin tropiezos, sin
comprender por tanto lo que lee.
El lenguaje resulta del trabajo sobre lalengua; constituye una
elucubración de saber sobre esta23. Y, en este paso de lalengua al
lenguaje, los errores son frecuentes y el niño se ve obligado a co-
rregirlos. Pasar de lalengua al lenguaje significa que las palabras
deben resituarse respecto al entramado en el cual se localizaron
en primera instancia. ¿No es acaso esto lo que está implícito en
los juegos rimados, como ese usado como recurso didáctico para
que los niños memoricen la ortografía?: «Allá se lo haya el aya si
no halla al niño debajo del haya». Rima con la cual se busca hacer
entrar la homofonía de estas cinco palabras (allá, haya, aya, halla,
haya) en las leyes gramaticales que regulan la escritura y el sentido
en la lengua castellana: Allá (lugar), haya (expresión coloquial para
denotar que una persona no quiere participación en algo o se separa
del dictamen de otra persona), aya (nana), halla (de encontrar),
haya (árbol)23.

22 Freud, «El chiste y su relación con el inconsciente», 1099.


23 Jacques Lacan, El Seminario. Libro 20. Aún (Buenos Aires: Paidós, 1981), 19.

174
De Freud a Lacan: lalengua determina el goce en el cuerpo

El significante se encar na
e n el c u e r p o sustancia
Lacan insiste en el hecho de que en el primer tiempo de la in-
fancia el niño está atrapado en el discurso del Otro, de ahí su defi-
nición de inconsciente: «El inconsciente es la manera que ha tenido
el sujeto de ser impregnado por el lenguaje, de llevar la huella»24.
La expresión «impregnado por el lenguaje» excluye la idea de
dominio; evoca más bien la alienación y abre la vía para aproximar
un hecho llamativo: antes de que el niño se apropie del lenguaje se
muestra sensible a este, es capaz de reaccionar, responder a expre-
siones complejas de lenguaje que no comprende a cabalidad. Sen-
sibilidad particular del niño a la Otredad de lalengua25, de la cual
da cuenta su postura frente a las palabras del Otro; postura que no
deja de sorprender y hasta de producir risa al adulto.
Ejemplo: un niño de veintidós meses, frente al intento de su
abuelo de acercarlo a un gato, y que el pequeño pierda su recelo y se
atreva a tocarlo, le dice: «Tócalo, no pasa nada». A partir de aquí este
pequeño entra en un juego de ir y venir, de aproximarse-retirarse
del gato, e incluso de llegar a perseguirlo para tocarlo, acciones
que acompaña también en un ir y venir a buscar a su abuelo, una
y otra vez, cuando este delegó en la nana de la tarea de acompañar
al niño. Después de cada intento del pequeño de acariciar el
susodicho gato, dice a su abuelo con la pequeña voz de infans que
apenas comienza a servirse de las palabras: «No pasa nada», «no
pasa nada», moviendo su pequeña cabeza de un lado al otro; todo
esto, con algunos intervalos por cerca de una hora, y siempre con la
cara de asombro de un niño de corta edad que todavía no domina
el lenguaje y que muy seguramente aún no comprende enteramente
la compleja situación en la que su abuelo lo aproxima a un extraño
animal, al tiempo que le dice: «Tócalo, no pasa nada». Luego, a cada
intento del niño de acercarse al gato, ya sin la compañía directa del

24 Lacan, «Conferencia en Ginebra sobre el síntoma», 124.


25 Collete Soler, De un trauma al Otro (Medellín: Asociación Foro del Campo
Lacaniano de Medellín, 2009), 87.

175
Gloria Helena Gómez

abuelo, sino de su nana, repite con extraña firmeza una y otra vez
para ese abuelo: «No pasa nada», «No pasa nada». Para quienes
presenciamos la escena, lo que por un lado se presenta como un
asombroso y rápido dominio de la situación (pérdida del miedo),
por otro está cargada de un aire de gracia e inocencia, por cuanto la
acción resulta reiteradamente acompañado de ese «No pasa nada»
que sale de su boca; expresión que excede en mucho a la situación
aún precaria, de falta de dominio del lenguaje por parte de este
infans que comienza a hablar.
Ahora bien, en esta misma dirección, veamos lo que Freud
recoge de un recuerdo de infancia de Goethe:
«Cuando intentamos recordar lo que en nuestra primera in-
fancia nos sucedió nos exponemos muchas veces a confundir lo
que otras personas nos han dicho con lo que debemos realmente a
nuestra experiencia y a nuestras observaciones personales». Goethe
[continúa Freud] hace esta consideración en una de las primeras
páginas de su biografía, cuya redacción comenzó a los sesenta años.
A la frase copiada [prosigue Freud] preceden tan solo algunas
noticas sobre su nacimiento, acaecido «el 28 de agosto de 1749, a
mediodía, en el momento mismo en que el reloj daba las doce». La
constelación de los astros le era favorable y fue quizá la causa de su
conservación, pues vino al mundo «como muerto», y solo con gran
trabajo se consiguió que viera la luz. A estas observaciones sigue
una breve descripción de la casa y de la habitación en que los niños
—su hermana y él— gustaban más de estar. Pero luego solo relata
Goethe, realmente, un único suceso que puede ser situado en su
primera infancia (¿antes de los cuatro años?), del cual parece haber
conservado un recuerdo personal.
He aquí un relato del mismo: «También los niños hacían cono-
cimiento con los vecinos mediante estas galerías, y los tres hermanos
Ochsenstein, hijos del difunto alcalde, que vivían enfrente, me to-
maron mucho cariño y se ocuparon de mí y me embromaban de
diversos modos. Mis padres contaban toda clase de travesuras mías,
que aquellos señores, por lo demás gente retraída y seria, me habían
excitado a cometer. Contaré tan solo una de ellas. Había habido
mercado de cacharros, y no solo se había provisto la cocina de estos

176
De Freud a Lacan: lalengua determina el goce en el cuerpo

utensilios para algún tiempo, sino que nos habían comprado a los
niños, como juguetes, otros cacharros semejantes en miniatura.
Una hermosa tarde en que la casa estaba silenciosa y tranquila
jugaba yo en la galería con mis platos y pucheros, y no sabiendo ya
qué hacer con ellos, tiré uno a la calle, divirtiéndome mucho verlo
estrellarse ruidosamente contra el suelo. Los Ochsenstein, que ob-
servaron lo mucho que aquello me regocijaba hasta el punto de ha-
cerme palmotear alegremente, me gritaron: “¡Más!”. Sin vacilar tiré
en el acto el puchero, y como no dejaron de gritar: “¡Más!”, todos los
platitos, las cazuelitas y los pucheritos fueron a estrellarse contra el
suelo. Mis vecinos continuaron testimoniándome su aprobación, y
yo me sentía extremadamente gozoso de procurarles aquel placer.
Pero mi provisión se agotó, y ellos siguieron gritando: “¡Más!”.
Entonces corrí a la cocina y traje unos platos de loza, que ofrecieron,
al romperse, un espectáculo más divertido aún; de este modo, yendo
y viniendo, traje los platos, uno tras otro, según podía alcanzarlos
sucesivamente del vasar, y como aquellos señores no se daban nunca
por satisfechos, precipité en igual ruina toda la vajilla que pude ir
recogiendo. Por fin llegó alguien, pero demasiado tarde para de-
tener y prohibirme aquel juego. El mal estaba hecho, y a costa de
tantos cacharros rotos se tuvo, por lo menos, una historia divertida,
que fue, sobre todo para los maliciosos instigadores, y hasta el fin de
su vida, un gozoso recuerdo»26.

El Otro se a l oj a e n el c u e r p o
Lacan formula, acerca del Otro como lugar del significante, que
el cuerpo es el lugar de este Otro: el Otro se inscribe en la sustancia
gozante determinando sus modos de goce. El cuerpo sustancia, que
es igual para todos, se particulariza vía el Otro. El cuerpo aloja al
Otro bajo la forma de las marcas de goce que quedan de ese lazo
primero con él. Este goce experimentado, va a lalengua, que afecta
la sustancia gozante, dice Lacan27. Así parece percibirlo y describirlo
Freud, cuando señala:

26 Sigmund Freud, «Un recuerdo de Goethe en poesía y verdad», en Obras


completas, tomo 3, 2436. (El resaltado es mío.)
27 Lacan, Radiofonía.

177
Gloria Helena Gómez

No existe un tío que no le haya mostrado a un niño volar alre-


dedor de la pieza cogiéndolo ente sus brazos, o que no haya jugado
dejándolo caer súbitamente al estar cabalgando en su rodilla y
extender de improviso la pierna, o llevándolo en vilo y repentina-
mente simular dejarlo caer. Los niños gozan con tales experiencias
y no se cansan de pedir su repetición particularmente si ellas les
producen un cierto susto o vértigo. Años después se repiten tales
escenas en los sueños; pero dejando aparte las manos que los suje-
taban, por lo que flotan o caen sin tener apoyo. El placer derivado
por los niños en juegos por el estilo (columpio y balancín) es por
todos conocidos y cuando ven acrobacias en un circo se reactiva
la memoria de dichos juegos. […]. No es infrecuente que suceda en
estos juegos de movimiento, aunque inocentes en sí, que den lugar
a sensaciones sexuales […]. El retozar de los niños (hetzen), usando
un término que corrientemente describe tales actividades, es lo que
se repite en los sueños de volar, caer, vértigo, etc., en tanto que el
sentimiento placentero a ellas enlazado se transforma en angustia.
Muy a menudo, como toda madre lo sabe, el retozar de los niños
lleva a terminar en riñas y lágrimas. 28

Estas sutiles pero invaluables apreciaciones freudianas abren


un camino para avanzar hacia la cuestión de la angustia como el
afecto que por excelencia afecta al cuerpo en su goce. También, ellas
permiten, de manera más general, adentrarnos en el problema de
los afectos fundamentales del sujeto, efectos del inconsciente real,
que remite, de un lado, a lo real de las exigencias de satisfacción y a
los límites del cuerpo viviente para alcanzarla, y por otro, a lo real
que representa el imposible propio de lo simbólico. Inconsciente-
lalengua entonces que afecta el goce del cuerpo y es indescifrable,
cuando el inconsciente-lenguaje, estructurado como un lenguaje,
se descifra29.

28 Sigmund Freud, «Material y fuentes de los sueños», 513. Retozar: Saltar y


brincar alegremente. Travesear con otros. (El resaltado es mío).
29 Véanse al respecto los dos últimos libros publicados por Colette Soler,
L’inconscient réinventé (París: PUB, 2009) y Colette Soler, Los afectos
lacanianos (Buenos Aires: Letra Viva, 2011).

178
De Freud a Lacan: lalengua determina el goce en el cuerpo

Bibliografía
Freud, Sigmund. «El chiste y su relación con el inconsciente», en Obras
completas, tomo 1. Madrid: Biblioteca Nueva, 1973.
. «Material y fuentes de los sueños» «La interpretación de los sueños».
En Obras completas, tomo 1. Madrid: Biblioteca Nueva, 1973.
. «Moisés y la religión monoteísta. Tres ensayos». En Obras
completas, tomo 3. Madrid: Biblioteca Nueva, 1973.
. «El poeta y los sueños diurnos», en Obras completas, tomo 2.
Madrid: Biblioteca Nueva, 1973.
. «Recuerdos infantiles y recuerdos encubridores» «Psicopatología
de la vida cotidiana». En Obras completas, tomo 1. Madrid:
Biblioteca Nueva, 1973.
Hebrart, Jean. «Instruction ou education», Ornicar? 26-27 (1983).
Nominé, Bernard. Darling Clementine, la musique et ses rapport au
langage. Conferencia en la jornada «Musique et psychanalyse»,
Rennes, marzo del 2012. Inédita.
Lacan, Jacques. «El atolondrado, el atolondradicho o las vueltas dichas».
En Revista Escansión 1. Buenos Aires: Paidós, 1984.
. «Conferencia en Ginebra sobre el síntoma». En Intervenciones y
textos 2. Buenos Aires: Manantial, 1991.
. Radiofonía. Barcelona: Anagrama, 1977.
. El Seminario. Libro 3. Las psicosis (1955-1956). Barcelona:
Paidós, 1981.
. El Seminario. Libro 20, Aún. Barcelona: Paidós, 1981.
. El Seminario. Libro 23. El Sinthome (1975-76). Buenos Aires:
Paidós, 2006.
. Seminario R.S.I. (1974-75). Inédito.
. «Televisión» (1970). En Psicoanálisis, Radiofonía y Televisión.
Barcelona: Anagrama, 1993.
. «La tercera». En Intervenciones y textos 2. Buenos Aires:
Manantial, 1991.
Reyes, Yolanda. «Los libros sin páginas». Revista Alegría de enseñar 19,
año 5 (abril-junio 1994).
Soler, Colette. Los afectos lacanianos. Buenos Aires: Letra Viva, 2011.
. De un trauma al Otro. Medellín: Asociación Foro del Campo
Lacaniano de Medellín, 2009.

179
Gloria Helena Gómez

. L’en-cops du sujet. Curso 2001-2002. París: Colegio Clínico de


París. Formaciones Clínicas del Campo Lacaniano, 2003.
. Los ensamblajes del cuerpo. Medellín: Asociación Foro del Campo
Lacaniano de Medellín, 2006.
. L’èpoque dei traumi; L’époque des traumatismes. Roma: Bislink, 2004.
. L’inconscient réinventé. París: PUB, 2009.

180
Los au to re s

Silvia De Castro es psicoanalista. Psicóloga y magíster en Filosofía de la


Pontificia Universidad Javeriana. Magíster en Clínica del Cuerpo y
Antropología Psicoanalítica de la Universidad de París VII. Miembro
fundador de la Asociación de Psicoanálisis de Bogotá (Analítica).
Trabaja como profesora asociada de la Escuela de Estudios en Psi-
coanálisis y Cultura de la Facultad de Ciencias Humanas de la Uni-
versidad Nacional de Colombia. Entre sus publicaciones recientes
cabe mencionar los textos «Notes sur des symptômes contempo-
raines» (Psychanalyse, 2010), «Freud: de la experiencia religiosa al
complejo de Edipo» (El descubrimiento freudiano, 2011), «Síntoma
y discurso. Las enseñanzas de “La moral sexual cultural y la ner-
viosidad moderna”» (Universitas Psychologica 11, 2012) y «Síntoma y
segregación» (Desde el Jardín de Freud 13, 2013). Editó en 2011 el libro
El descubrimiento freudiano y los números 10, 12 y 13 de la revista
Desde el jardín de Freud.
sylviadecastro@gmail.com

Carmen Lucía Díaz es psicoanalista. Psicóloga de la Universidad Nacional


de Colombia. Magíster en Ciencias Sociales con énfasis en Psicoaná-
lisis, Cultura y Vínculo Social de la Universidad de Antioquia. Cursó
estudios en psicoanálisis en la Fundación de Psicoanálisis y Psico-
terapias. Es miembro fundador de la Asociación de Psicoanálisis de
Bogotá (Analítica). Trabaja como profesora asociada de la Escuela
de Estudios en Psicoanálisis y Cultura de la Facultad de Ciencias
Humanas de la Universidad Nacional de Colombia. Ha publicado
los artículos «La embriaguez del goce» (Desde el jardín de Freud 7,
2007), «Sobre el sujeto de la investigación en psicoanálisis» (El Sujeto

181
Los autores

à Objeto en la investigación psicoanalítica, 2011) y «Freud, el incons-


ciente y la experiencia de lo corporal» (El descubrimiento Freudiano,
2011). Editó la colección Ser padres, ser madres hoy (N.° 1, 2 y 3, 2009)
y el número 11 de la revista Desde el jardín de Freud.
cldiazl@unal.edu.co

Juan Carlos Suzunaga es psicoanalista. Psicólogo de la Universidad Nacional


de Colombia. Magíster en Ciencias Sociales con énfasis en Psicoaná-
lisis, Cultura y Vínculo Social de la Universidad de Antioquia. Can-
didato a doctor en Historia de la Universidad Nacional de Colombia.
Trabaja como docente en la Universidad Distrital Francisco José de
Caldas y en la Universidad Nacional de Colombia. Algunas de sus pu-
blicaciones son «Notas lacanianas sobre la vigencia del diálogo entre
Marx y Freud» (Desde el jardín de Freud 6, 2006), «Apuntes sobre la
toxicomanía generalizada» (Desde el jardín de Freud 7, 2007), «No-
ticias sobre un texto de Althusser» (Desde el jardín de Freud 10, 2010)
y «Modernidad, crueldad y sujeto» (Desde el jardín de Freud 13, 2013).
csjuanca3@hotmail.com

Álvaro Reyes es psicólogo de la Universidad Nacional de Colombia. Magíster


en Literatura de la Pontificia Universidad Javeriana. Es miembro
fundador de la Asociación de Psicoanálisis de Bogotá (Analítica),
director de Docencia y Currículo Institucional de la Fundación Uni-
versitaria Monserrate y profesor asociado de la Escuela de Estudios
en Psicoanálisis y Cultura de la Facultad de Ciencias Humanas de
la Universidad Nacional de Colombia. El libro Análisis documental
en torno a la pedagogía hospitalaria (2008) y los artículos «Develar
imaginarios de infancia, niño y niña también es cuestión de escuela»
(Diálogos entre universidad y escuela, 2007), «Imágenes de niños in-
formacionales» (Magazín Aula Urbana 30, 2008) y «El psicoanálisis
y sus pasiones» (Desde el jardín de Freud 10, 2010) son parte de su
producción académica.
dracre@yahoo.com

182
Los autores

Belén del Rocío Mo re no es psicoanalista. Psicóloga de la Universidad Na-


cional de Colombia. Especialista en Clínica de la Universidad de los
Andes. Magíster en Literatura Hispanoamericana del Instituto Caro
y Cuervo. Es miembro fundador de la Asociación de Psicoanálisis
de Bogotá (Analítica) y profesora titular de la Escuela de Estudios
en Psicoanálisis y Cultura de la Facultad de Ciencias Humanas de
la Universidad Nacional de Colombia. Algunas de sus publicaciones
recientes son los libros Goces al pie de la letra (2008) y Adivinar en la
carne la verdad (2010), así como los artículos «Obediencia y enun-
ciación» (Desde el jardín de Freud 8, 2008), «Fragmentos de un viaje»
(Desde el jardín de Freud 10, 2010), «Freud y la literatura» (El descubri-
miento freudiano, 2011) y «Un grito que rompe los espejos» (Desde el
jardín de Freud 13, 2013). Editó los números 1, 8 y 9 de la revista Desde
el jardín de Freud.
bdmorenoc@unal.edu.co

Gloria Elena Gómez es psicoanalista. Psicóloga de la Universidad de An-


tioquia y magíster en Psicoanálisis de la Universidad de París VIII.
Editó y dirigió las colecciones de psicoanálisis Colección Temas
Cruciales y Colección Estudios de Psicoanálisis (De la infancia a la
adolescencia. Acto, pasaje al acto y acting out en psicoanálisis. Sujeto,
saber y psicoanálisis. Destinos de familia, entre otros). Es miembro
de la Escuela de Psicoanálisis de los Foros del Campo Lacaniano
(EPFCL) y de la Asociación Foro del Campo Lacaniano de Medellín.
Trabaja como profesora asociada de la Escuela de Estudios en Psi-
coanálisis y Cultura de la Facultad de Ciencias Humanas de la Uni-
versidad Nacional de Colombia. Sus publicaciones recientes son «El
poder organizador de la imagen» (Affectio Societatis 16, 2012) y «Es-
tudio de la angustia en la obra de Freud. Últimas consideraciones»
(Desde el jardín de Freud 10, 2010).
gloriagomezb@gmail.com

183
Índice de m a te ria s

A C

acontecimiento traumático: 98, 101 carácter moral: 131


actos casilla vacía: 28-29
-fallidos: 9, 16, 20 y n. 3, 22, 76, 85, causalidad
88-89, 96 -lógica: 98, 100
-psíquicos: 85, 96 -psíquica: 42
-perturbador: 164 chiste: 16, 73, 74, 76-77, 80, 84-89
-traumático: 97 cibernética: 56
agresividad: 15-16, 50-51, 53, 56, 58-61, circuito de la pulsión: 143, 147-148,
63-66, 68-69 150-152
-intraespecífica: 56, 59 collage pulsional: 134-135
alteración interna: 37 comicidad: 87, 168
ambivalencia: 131 cómico: 84, 86-87, 90
angustia: 13, 47 n. 17, 49, 83 n. 17, 84, complacencia somática: 115
98-99, 102, 111, 132 n. 16, 142, 178 complejo
anterioridad lógica: 104 -de castración: 101
anticipación: 44, 64, 66-67 -libidinoso: 107
aparato psíquico: 20, 29, 38, 54 n. 2, completitud: 65
60, 62-63, 145 comportamiento
archipiélago pulsional: 128 -animal: 56
armas parlantes del carácter: 111 -sintomático: 116
autocastigo: 109, 111 compulsión: 48, 69
autoerotismo: 21, 42-43, 45, 48, 139-140 -de repetición: 93, 117, 131
auxilio ajeno: 36 concepto fronterizo: 126
condensación: 10-11, 38, 74-76, 78-79,
B 103-104, 107
barra de la represión: 83 conflicto
blasones de la fobia: 111 -de inconciliabilidad: 96
borde: 146-147, 154 -psíquico: 20, 96, 106, 108, 118, 131
-erógeno: 148 consciente: 73, 77, 78 n. 10, 96, 103,
108, 133 n. 18

185
Índice de materias

constitución subjetiva: 43-44 desplazamiento: 10-11, 20, 24, 38, 74,


construcción subjetiva: 35, 61 76-79, 81-82, 103-104, 107
contenido manifiesto: 74-75 dialéctica: 46, 61-65, 67-68, 78
contingencia del objeto: 140 diques anímicos / psíquicos: 101
conversión: 106-107, 114, 116 discurso del Otro: 84, 110, 175
corte: 90, 141-142 disjunto / inconjunto: 133-134
cosa en sí: 29 dispositivo analítico: 65 n. 13
creación artística: 141 doble sentido: 83, 88
cuerpo: 13, 15-16, 24, 29, 35-36, 41-43 y doxa: 25
n. 11, 44-47, 49, 51, 60, 62-65, 67 y n.
16, 69, 106, 109-110, 116, 123, 125-126, E
128, 138, 152-153, 155, 159, 161, 170, 175, economía psíquica: 124
177-178 Edipo: 26, 100
-biológico: 152 efecto(s)
-erógeno: 152 -retardado: 101
-fragmentado: 65, 69 -de goce: 95, 162, 171
-sustancia gozante: 159, 161-162, 177 -de lalengua: 159
cultura: 10, 12-13, 15, 20, 25-26, 48-49, -de satisfacción: 159-160
61-62 y n.12, 64, 68 -de sentido: 95, 161
cumplimiento del deseo: 108 -del inconsciente real: 178
cura catártica: 68 eje
-paradigmático: 80
D -sintagmático: 80
déjà-vu: 84 ello: 39
demanda del Otro: 153-154 empuje: 125, 133, 136-137
desciframiento: 20 n. 2, 81, 84, 110, encantos de la impotencia: 111
111, 161 enigmas de la inhibición: 111
deseo: 9, 14, 16, 20, 27-28, 36-38, 43-45, envés de lo imaginario: 83
50-51, 61-62, 65 y n.13, 67-68, 74-76, envés del goce pulsional: 143
80-82, 84-86, 88-89, 106, 108-110, Eros: 20-22, 86, 131
112, 114, 117-118, 127 n. 9, 130, 133 n. escena fantasmática: 115, 130, 108
17, 145, 167 estadio del espejo: 14, 42, 44, 46 n. 17,
-del Otro: 50, 62, 67-68 49, 61, 66
-inconsciente: 81, 108, 112 estímulo: 23, 36-37, 62, 66, 114, 116, 128
desmaternalización: 170 estímulo (Reiz): 128

186
Índice de materias

estructura -sustitutiva: 76
-de la verdad: 133 n. 17 -del inconsciente: 9, 13, 16, 20, 73, 83,
-del lenguaje: 26, 101, 105 86, 94, 96, 108, 163
-dual: 67 frustración: 45, 69
estructuralismo: 11, 25, 28-29 fuente (Quelle): 125, 133, 146, 148
etología: 23, 41 fuerza endógena constante: 125
evolucionismo: 69 función
excitación (Erregung): 128 -biológica: 130, 137, 151, 153
-pulsional: 128, 137, 145 -del padre: 95
exigencia de trabajo: 126 -del síntoma: 95
expresión emocional: 37 -vital: 130, 152

F G
factor gestalt: 15, 23, 42, 46
-pulsionante: 132 goce: 13-14, 16, 48, 53, 62 n. 12, 69, 75,
-traumático: 109 n. 35 84-85, 87-88, 95 y n. 4, 97 n. 5, 115,
fallas de un saber: 111 n. 37 117, 130, 132, 138, 142-143, 159, 161-162,
falo: 86 170-171, 177-178
-imaginario (φ): 65 y n. 13, 153
-simbólico: 65 n. 13, H
fantasía heces (objeto pulsional): 138, 142
-inconsciente: 108 hiancia: 50
-sexual: 113-114 historicidad del síntoma: 95
fantasma: 14, 45, 67, 109 n. 35, 130 huellas de afecto: 167
fenómeno patológico: 97 humor: 84, 86-88, 164, 172
ficciones: 132 n. 17, 133 n. 17
figuración de fantasía sexual: 114 I
figuras de la retórica: 11, 38, 103 ideal del yo: 49-50, 67-68
fijación: 27, 116, 130 ideas latentes: 74-75
filosofía: 12, 23, 29, 54 n. 2, 55 identificación: 40, 42, 44-46, 50, 64,
formación 66-68, 153
-de compromiso: 18, 118 identificación imaginaria
-de síntoma: 107 nn. 26 y 27, 108 nn. identificación narcisista: 68
30 y 31, 109 n. 34, 118 n. 49, imagen: 13, 15, 21-25, 28, 35-36 y n. 1,
-del yo: 15, 43, 47-48, 67 37-45 y n. 15, 46 y n. 17,47-51, 55, 62-68,
-mixta: 76 75, 80, 81, 86-87, 134, 145, 165, 171

187
Índice de materias

-acústica: 80 -materna: 88, 159, 161, 170


-corporal: 42-43, 49 lenguaje: passim
-mnémica: 36-37 libido: 24, 43, 47-49, 116
-movimiento: 37 lingüistería: 78
imago: 22-23, 36 y n. 1 lingüística: 10, 26-27, 78-79 y nn. 12 y
inconsciente: passim 13, 80 y n. 14
-descriptivo: 77 lo imposible: 13-14, 68, 144-145
-dinámico: 77 lo innombrable: 83, 142
-real: 170, 178 lo reprimido: 9, 76, 83, 101, 110 n. 35,
inervación somática: 114 112 n. 38, 115, 136 n. 22, 146
infans: 88, 152, 155, 175-176 lógica matemática: 55-56
infante: 44, 47-48, 50, 66, 149 n. 38, 153
infantilismo de la sexualidad: 98, 115 M
inferencias lógicas: 78 madre: 29, 48, 61-62, 64 y n. 13, 65 n.
inflexibilidad del instinto: 127 13, 66, 101, 149 n. 38, 152 y n. 41, 153,
ingenios del lenguaje: 16 165-167, 178
instinto: 16, 56-60, 62-63, 126 y n. 9, mal encuentro: 13, 98
127, 134, 139 marca simbólica: 85
instinto (Instinkt): 126 marcas: 13, 17, 84 n. 19
interpretación psicoanalítica: 73 -de goce: 177
mascarada imaginaria: 65
J masoquismo: 69, 118 y n. 50, 129, 131
jeroglíficos de la histeria: 111 -primordial: 69
juego: 20-21, 27, 50, 57, 81, 84, 86-88, matema de la pulsión ($◊D): 151, 154
94, 100, 147, 151, 160, 168, 171-175, mensaje del Otro: 161
177-178 meta o fin de la pulsión (Ziel): 125, 133,
143, 148
L metafísica: 56 y n. 7, 134 n. 19
lallation: 160-161 metáfora: 11, 16, 38, 79-80, 83, 86, 93,
lalengua: 16-17, 78, 84 y n. 19, 159-162 103-105, 107, 110-112, 114-115, 117, 128,
y n. 3, 163, 165, 167, 170-171, 173-175, 134, 145, 168
177-178 -paterna: 80, 86
lapsus: 14, 73, 75-77, 83-84 y n. 19, 88 metonimia: 11, 38, 79, 103-104, 107, 168
lengua: 27, 80-82, 84 y n. 19, 88, 127 n.
9, 131, 140, 147, 150-151, 159-162, 170,
174

188
Índice de materias

mirada (objeto pulsional): 46 y n. 17, oráculos de la angustia: 111


47 y nn. 17 y 18, 125, 135, 138, 141-142 orden simbólico: 28, 94
mito: 132, 133 n. 17, 145 organismo humano: 36
moción de defensa: 108-109 orientación a la propia persona: 129
modernidad: 53-55 Otra escena: 82
montaje pulsional: 134 Otro: 13, 16, 19, 22, 29, 44, 47 n. 17, 54
muerte: 27, 48, 57, 63, 68, 86-87, 93, 127 n. 2, 60-62 n. 12, 63, 67-68, 82, 84 y
n. 9, 131-132, 149, 168 n. 19, 86, 88, 110-111 n. 37, 114, 127,
142, 146, 151-155, 160-161, 167, 170, 175
N y n. 25, 177
narcisismo: 13-16, 21, 24, 35, 42 n. 8,
43, 47-48 y n. 20 y 22, 49 y n. 23, 50, P
65, 86 palabra: passim
-primario: 48, 48 n. 22, 49, 65 -como juguetes: 160
-secundario: 48-49 partenaire: 130-131, 140
naturaleza: 25, 48, 57, 59, 61, 140-141 pensamientos punitorios: 109, 118
neurosis: 80, 110, 149 n. 38, 168-169 percepción: 29, 36-39, 43 n. 11, 46 y n.
niño: 24, 29, 37, 41-44, 46-48, 50, 61 y 17, 67, 73, 145, 168
n. 11, 62-65 y n. 13, 66-67, 98-101, 152 perversión: 80, 140
y n. 41, 153, 159-161, 163, 166-167, 169, pesadillas: 84
171-178 placer
núcleo patógeno: 109 n. 35 -buscado: 132
-de disparatar: 173-174
O -hallado: 132
objeto: passim -visual (escopofilia): 129
-a: 14, 28, 47 nn. 17 y 18, 49 n. 22, 53-54 plasticidad de la pulsión: 127
n. 2, 55, 65 n. 13, 139-140, 142, 155 plus de placer: 130
-catalizador: 129 polisemia: 80, 88, 151
-mítico: 36 preconsciente: 39, 96, 108
-pulsional (Objekt): 125, 133, 138, 148 prematuración biológica: 60-61 n. 11,
-pulsional: 127, 139, 142 62
objeto total (de amor): 138 presión (Drang): 125, 133-134, 136-137,
ofensas narcisistas: 169 148-149
olvido: 73-74, 84-85, 106, 136 n. 22, primacía del significante: 105-106
ombligo del sueño: 83 primer dualismo pulsional (Eros): 131
opacidad subjetiva: 109 primera tópica: 93-94, 96, 108

189
Índice de materias

principio del placer: 9, 94, 110 y n. 35 -infantiles: 166 n. 8, 167 n. 9, 168 n. 12,
proceso 171 n. 18,
-primario: 78 y n. 10, 103 registro
-secundario: 78 y n. 10 -imaginario: 21, 23, 49, 50, 83
-asociativos: 100, 102 -real: 95, 117
proton pseudos histérica: 98, 100 -simbólico: 25, 40, 49, 83, 95
protosujeto: 142, 152 regresión: 148
proyección: 40, 43 n. 11, 46, 50 relación
psicología del yo: 24, 40 -dialéctica: 64-65, 67
psicosis: 14, 40, 80, 94 n. 1, 168 n. 10 -de semejanza: 102-103
pulsión: 14, 16, 20 reminiscencias: 166
pulsión (Trieb): 126-127, 137 repetición: 9, 63, 69, 93, 117, 123, 131-
-anal: 138, 149, 153-154 132, 149, 178
-escópica: 47 nn. 17 y 18, 138, 140, 154 representación: 10, 22, 36-39, 65-66,
-invocante: 47 n. 18, 138, 147, 149, 154 68, 77, 80, 98, 102-103, 109, 132 y n.
-oral: 129-130, 137-141, 147, 149, 154 17, 152
-parcial: 147, 150, 154 -psíquica: 80, 152
-de autoconservación: 130, 152 representante psíquico: 126
-pulsiones sexuales (Eros): 20, 21, 130, represión: 83, 88, 96, 109, 110, 115, 129,
131 136, 146
pulsiones yoicas o de autoconser- resistencia: 9, 82, 85, 109 n. 35, 118
vación (Ananké): 131 retorno: 10, 19, 29, 63, 76, 78, 82-83, 94,
101, 107, 109, 111-112 n. 38, 116, 146-
R 148, 151
reacción terapéutica negativa: 131 -asociativo: 107
realidad: 12, 14-16, 21, 27, 29, 40, 42, -de la verdad: 111 n. 37
46, 50, 67, 109, 129, 132 y n. 17, 133 n. -de lo reprimido: 76, 83, 101, 112, 146
17, 155, 173 retroacción: 66
-sexual en el inconsciente: 155 revestimiento psíquico: 116
rebús: 81
recuerdos: 29, 73, 84, 99, 106, 107, 109 S
n. 35, 164-166 n. 8, 167 y n. 9, 168 y n. saber: 29, 45, 54 n. 2, 55 n. 4, 62, 67, 82,
12, 169-171 n. 18 84, 85, 89, 93, 106, 111 n. 37, 112, 126
-encubridores: 166 n. 8, 167 n. 9, 168 y n. 9, 162, 174
n. 12, 169, 171 n. 18 – Supuesto: 112
sadismo: 129, 131

190
Índice de materias

satisfacción(es) – Sustitución: 80, 103-105, 115, 116


– alucinatoria: 145 signo lingüístico: 79, 80
– de la pulsión: 117, 143, 146 símbolo(s): 10, 27, 45 n. 15, 81, 85, 97,
– desexualizada: 127 110
– erógena: 125, 128, 130, 132, 144 – mnémico: 97
– – parcial: 128 síntoma:
– libidinal: 117 – como metáfora: 16, 93, 95
– parcial: 149, 151 – conversivo: 107, 115
– sexual: 114-116, 146, 152 n. 41 – fóbico: 103
– – directa: 127, 146 – formación de compromiso: 108, 118
– – infantil: 114, 115 – goce: 117
– sustitutiva: 127 – neurótico: 93
– Vivencia de: 36-38, 145 – Sobredeterminación del: 114
seducciones invocantes: 125 – sustituto: 95, 97, 101, 107, 109, 115
segunda tópica: 93, 117 subjetivación: 12, 49, 101
sellos del autocastigo: 111 sublimación: 127, 129, 141, 143, 146
seno (objeto pulsional): 130, 138, sueños: 9, 16, 20 y n. 2, 22, 25, 36-38,
140-142 73-79, 81-89, 94, 108, 162-164, 166,
sensación(es): 37, 67, 107, 114, 117, 118, 167, 178
178 sujeto(s): 10-14, 17, 22, 24, 27-29, 36, 39,
sentido del síntoma: 97, 105, 112 42, 43 y n. 12, 45, 46 y n. 17, 47, 48 n. 18,
sentimiento de culpa: 131 49, 51, 53, 54 y n. 2, 55, 56, 57, 60, 61, 62
ser hablante (serhablante): 16, 62, 64 n. 12, 64, 65 y n. 13, 66-69, 76, 77, 80,
n. 13, 84 n. 19 82, 83, 84 y n. 18, 88-90, 96, 97 y n. 5,
ser-para-la-muerte: 27 98, 104, 105 y n. 21, 109, 110, 111 y n. 37,
sexualidad: 51, 86, 98, 100, 115, 127, 144 112 n. 38, 118, 127 y n. 9, 130, 138, 142,
significación sexual: 97, 100 144, 146, 149, 150, 152-154, 159, 161, 162,
significado(s): 73, 75, 79-81, 83, 88, 105, 167, 169, 170, 172, 173-175, 178
106, 110, 113, 114, 168 – dividido: 82, 96
significante: 11, 13, 14, 16, 25, 28, 47, 61, superyó: 9
65 n. 13, 66, 73, 76, 79-81, 83, 84 y n.
19, 85-88, 90, 95, 97, 101-107, 110, 111 T
n. 37, 113, 115-117, 136 n. 22, 148, 155, Tánatos: 20, 86, 183
159, 161, 162, 168, 170, 175, 177 temporalidad retroactiva: 100, 101
– metafórico: 97 tendencia(s)
– Supremacía del: 81 – agresiva(s): 56, 59, 68, 69

191
Índice de materias

– perturbada: 76 voz (activa, media refleja, pasiva):


– perturbadora: 76 129, 147
termodinámica: 56 – (objeto pulsional): 47 n. 18, 138, 142,
topología: 12, 29, 56 155
transferencia: 58, 93, 103, 104, 112, 113,
123 Y
transformación en lo contrario: 129 yo
tratamiento analítico: 97 – El: 9, 13-16, 20, 21, 23, 24, 40, 35, 41 y
trauma: 9, 13, 101, 104, 105, 168, 169 n. 6, 42, 43 y n. 10-12, 45-47, 49, 50,
– sexual: 104, 105 61, 63, 65- 68, 169
traumático(a)(s) – ideal: 15, 43, 45 y n. 15, 49, 50, 64, 66
– Acontecimiento: 98, 101 – real (Real Ich): 49, 137 y n. 24
– Vivencia(s): 101, 107, 169
traumatismo: 97, 98, 109 n. 35 Z
Zona(s)
V – de borde: 148
valor erógeno: 124, 144, 146 – erógena(s): 116, 126, 139, 143, 146-
verdad: 55, 76, 83, 87, 102 n. 15, 110, 111 148, 152 n. 41, 153
n. 37, 133 – orificial(es): 146-148
vertiente real: 95
vocesgramaticales/transformaciones
pulsionales: 129, 147

192
Índice de n o m b re s

A H
Abel, Carl : 79 Harari, Roberto: 136 y nn. 21 y 22
Allouch, Jean: 19 n. 1, 20
Askofaré, Sidi: 97 n. 5, 116 n. 43, 117 J
n. 48 Jakobson, Roman: 10, 78, 79 y n.12
Auzias, Jean-Marie: 25 n. 16
K
B Klein, Melanie : 39
Baldwin, James M.: 23 n. 10, 41 Koffka, Kurt: 23 n. 11
Bataille, Georges: 30 Köhler, Wolfgang: 23 n. 11, 41
Beckett, Samuel: 142 y n. 31 Korman, Víctor: 128 y n. 10, 131 y n. 15
Bentham, Jeremy: 132, 133 y n. 16
Breuer, Josef: 97 L
Bolk, Louis: 23 n. 8 Lacadée, Philippe: 84 n. 19
Bustamante, Guillermo: 76 n. 5 Lacan, Jacques: passim
Leclaire, Serge: 129 n. 12, 140 n. 28, y
C 141
Calvino, Italo: 142 n. 42 Lévi-Strauss, Claude: 10, 25, 26 y n. 17,
28 n. 20
D Lispector, Clarice: 123, 155
Deleuze, Gilles: 29 n. 22 Lorenz, Konrad: 23 n. 9, 41, 56-60, 69
Didier-Weill, Alain: 134 n. 19
Dufour, Dany-Robert: 28 nn. 20 y 21 M
Mauss, Marcel: 26 y n. 17
E Melman, Charles: 76, 77 n. 6
Etcheverry, José Luis: 20 n. 3, 136 Merleau-Ponty, Maurice: 23

F N
Ferenczi, Sandor : 82 Nasio, Juan David: 48 n. 21
Freud, Sigmund: passim

193
Índice de nombres

P Schejtman, Fabián: 105 n. 23


Pérez Galimberti, Alfredo: 132 n. 17 Sperber, Hans. 79
Poizat, Michel: 125 n. 7 Soler, Colette: 162 n. 3, 170, 171 n. 17,
175 n. 25, 178 n. 29
Q
Quignard, Pascal: 147 n. 36 T
Tinbergen, Nikolaas: 41
R
Reyes, Yolanda: 172 n. 19 V
Roudinesco, Élisabeth: 12 n. 1, 30 n. Vanier, Alain: 21 n. 5, 24 n. 14
24 Vieira, Marcus André: 90 n. 28
Von Uexküll, Jakob: 23 n. 7
S
Salinas, Pedro: 35 W
Sartre, Jean-Paul: 11, 23 Wallon, Henry: 23 n. 10, 41
Saussure, Ferdinand de: 10, 25,78-81 Wertheimer, Max: 23 n. 11

194