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La invocación del druida

(una secuela de Edgar, los marcianos y el Juicio Final)


Rubén Mesías Cornejo.
1. El druida comete un crimen
Mi sueño es pesado, pero no tanto como para no percibir la tremenda oleada de ruido que
ha estallado allá afuera, los murmullos se sienten cercanos del mismo modo que si me
hubiera ocurrido pegarme un caracol al oído para solazarme con la melodía del viento,
pero lo que oigo no invita precisamente a sumergirse en la paz del espíritu, por el
contrario, es una melopea bajo la cual se percibe la intensidad del pavor de toda esa
muchedumbre que corre y huye lo mejor que puede.
Aquella gente grita a voz en cuello: ¡que son marcianos, y que han venido del espacio
exterior! pero no soy ningún ingenuo para dar crédito a semejante estupidez pues solo los
grandes dioses primordiales, a los que tengo el placer de servir son, capaces de proezas
semejantes y pueden trasladarse de un mundo a otro si se les antojara hacerlo, además
según todo los intentos del hombre por elevarse a los cielos utilizando máquinas de su
invención han culminado en aparatosos fracasos; por otra parte el griterío de esa multitud
salvaje y desordenada me recuerda los tiempos cuando los belicosos régulos locales
organizaban a sus hombre para medir sus fuerzas contra las poderosas legiones que los
romanos desparramaron sobre el suelo de esta isla con el propósito de conquistarla, cosa
que a la larga lograron gracias a su habilidad militar.
Ahora lo que cuenta es hacerme con uno de los tipos que huyen para sacrificarlo y saber
lo que debo hacer luego. Mi túnica blanca, mi tez cerúlea y mis largos cabellos níveos sin
duda no son habituales en la moda que rige este mundo gobernado por esa vieja mujer
que reside en Londinium y se llama Victoria, pero imponen respeto. Un tipo tocado por
un bombín se detiene bruscamente, y voltea la cara hacia mí; tiene el semblante sudoroso
y jadea como si hubiera corrido mucho, su chaqueta está abierta y de uno de sus bolsillos
se asoma una libreta de apuntes. No sé muy bien lo que este tipo quiere de mí en medio
del éxodo general, pero el caso es que me viene a pedir de boca pues me ahorra el trabajo
de buscar una victima para el sacrificio que he proyectado hacer.
En eso sacó mi daga de su tahalí y se la hundo a la altura del pecho, el infeliz pierde el
equilibrio y se derrumba sobre el suelo, perdiendo el bombín y desatando una nube de
polvo mientras cae. Nadie se preocupa de su suerte, y todos continúan alejándose hacia
lo que consideran su seguridad, mientras tanto yo arrastro el cuerpo hacia mi cueva, son
sin antes echarle un rápido vistazo a la retaguardia, de ese modo pude ver cómo eran los
seres que provocan la huida de esta horda descontrolada, y se me ocurrió que si procedían
de alguna parte ese lugar debía ser el mismo infierno, pues el horrendo aspecto de esas
criaturas y sus cabalgaduras hace consecuente que se me dé por pensar así.
Debo apurarme en arrastrar el cuerpo mi victima hacia el interior de la cueva, pues si no
lo hago es factible que alguno de los hambrientos decápodos que acompañan a esos
extraños jinetes se le ocurra probar la carne del fulano que estoy arrastrando. Mentalmente
le pido auxilio a mi dios para que siembre de espejismos el camino que voy dejando atrás,
solo me sentiré seguro cuando ponga distancia entre esos decápodos y yo.
Un traqueteo de engranajes resuena por encima de mi cabeza, eso me indica que la reja
que vigila la entrada de mi cueva está descendiendo, por ende, ya no tengo nada que temer
del exterior. Por arte de magia (o por el poder de mi dios que mas da) la yesca de las
antorchas, estratégicamente distribuidas a lo largo de la cueva, se encienden, y una vaga
claridad se expande por toda la cueva brindando nitidez a la escena.
La hoja de mi daga continúa ociosamente hundida en medio del pecho del fulano que
elegí como víctima, una marea carmesí rezuma a través de aquella herida recién abierta,
puede parecer extraño pero cuando mi retina capta la intensidad de ese color mi cuerpo
parece galvanizarse, me sucede lo mismo que los toros cuando ven un capote rojo; es
más acicateado por ese deseo mi mano vuelve a apoderarse de la daga para seguir
dibujando un cauce sangriento teniendo como lienzo el chaleco y la camisa de aquel
reportero solo de ese modo podre enterarme de cual será la voluntad de mi dios respecto
a esas criaturas que continúan sembrando el terror y la destrucción entre los habitantes de
este pequeño pueblo inglés.
Mi mano va y viene, no parece haber ninguna lógica en esto de marcar un camino de
sangre sobre aquel cuerpo desfalleciente, pero no soy yo precisamente el cartógrafo de
este mapa, que ha llenado de ríos rojos el torso de este desgraciado, pero es necesario
hacerlo; solo de ese modo la muerte de aquel infeliz tendrá cierta trascendencia para el
posterior discurrir de los acontecimientos. Si lo vemos en profundidad lo he salvado de
convertirse en alimento de unos seres horrendos e infernales, para hacer de él un
instrumento del destino que mi dios está a punto de forjar.
Al final mi mano, o mejor dicho el dios al que sirvo, decide que ya es suficiente de andar
destrozando esa carne muerta, es momento de salir de aquel trance e interpretar el
garabato surrealista que he dibujado sobre el pecho de mi víctima. Mis ojos escrutan todas
las líneas sinuosas e irregulares que he trazado, para un profano ese laberinto de heridas
abiertas y sangrantes no significarían nada especial, es más es posible que lo vean como
el trabajo de un sádico apasionado por la simple efusión de sangre; pero yo sé que no he
sacrificado la vida de este fulano en vano; todos sabemos que los caminos y la voluntad
de los dioses se manifiestan mediante caminos misteriosos, y este no es menos que
cualquier otro que se lo antojase escoger a una deidad cualquiera.
De ese modo, siguiendo aquel camino sangriento con la mirada lo sigo como si estuviera
escuchando una sinfonía desde su principio hasta su clímax, con sus crestas y mesetas
intermedias, entonces aquellos surcos entreverados brillan como destellos de sol ante mis
ojos de siervo acomedido, y el mensaje adquiere sentido e intención. Siento que mi cuerpo
se llena de vigor, como si todos mis músculos se hubieran llenado de una poderosa energía
le hubiera prestado una vitalidad inusitada a mi ser; es una sensación cálida y agradable
que me impele a la actividad más febril, en una palabra, me siento aguerrido, con ganas
de aniquilar con mis propias manos a esas abominables criaturas que ha parido la boca
del mismo infierno.
Mi dios ha decidido enfrentarse a “los marcianos”, pues no puede tolerar su intromisión
en un territorio que siempre ha considerado suyo; digamos que es una deidad celosa y que
no admite competencia alguna en sus predios, además su arribo a este mundo es de larga
data si lo comparamos con las pocas horas que tienen acá las criaturas que vamos a
erradicar, y ese detalle lo hace mucho más fuerte que ellas.
Es momento de deshacerme del cadáver del reportero, no soy un fortachón, pero tampoco
un alfeñique como para no poder levantar el cuerpo de un difunto, eso sí debo apresurarme
en pasar sus extremidades a través de las anillas de hierro que sobresalen de la pared
rocosa antes que el rigor mortis convierta en piedra, por así decirlo, el cuerpo del infeliz
que sirvió para que mi dios me transmitiera su voluntad. Solo entonces abandono el
cadáver de ese individuo en el lugar que le corresponde, ahí empezará a podrirse y su
esqueleto formará parte de la ingente colección de huesos que prospera en ese sector de
la cueva, yo tengo que emprender el ascenso a través del túnel que comunica mi cueva
con la cima de esta montaña.
He llegado a la cumbre, desde aquí puedo sentir la respiración del viento golpeando mi
cuerpo y la roca viva, además de ver la escena toda que se extiende ante mis ojos: los
marcianos continúan cabalgando sobre esos dragones de Komodo, seguidos de esas cosas
de forma alargada y aspecto abominable que parecen grandes gusanos gigantes cuya
cavidad oral parece haber sido remplazada por la dentadura de un perro bravo ávido de
presas.
Poco a poco la multitud que huye se acerca a la playa, sin embargo, a pesar de todos sus
esfuerzos por escapar de sus perseguidores, han continuado pagando un alto tributo a la
sevicia de los marcianos que van por ellos con esos hilos tan finos que pueden cortar sus
cuerpos con tanta facilidad para que el hambre de esos decápodos quede saciada por
entero.
Mas allá se divisa el mar y el final del camino para los que han conseguido sobrevivir, a
menos que puedan apoderarse de alguna embarcación que les permita realizar la proeza
de cruzar el brazo de mar que separa esta isla de las costas de la Galia.
Y pareciera que la suerte empezara a sonreírles a esos desgraciados después de tantas
tribulaciones, en el puerto se haya surto un navío metálico dotado de dos mástiles, y dos
alargadas chimeneas situadas entre ambos palos, quizá haya sido enviado a recogerlos.
Pero no es así, ese bajel no ha venido a rescatar a nadie; se trata de un buque de guerra
de la Royal Navy, y está armado con esos grandes tubos que escupen fuego y matan a
distancia, montadas sobre torretas semovientes, cosa que me recuerda las máquinas de
guerra que usaban los romanos cuando Claudio dispuso conquistar esta isla para hacerse
un nombre entre sus compatriotas.
No me cabe la menor duda, el barco disparará sus cañones cuando los marcianos y
aquellos a los que estos persiguen ingresen a la playa, esos pobres desgraciados han sido
abandonados hasta por aquellos que deberían velar por ellos.
Mi dios me dice que es el momento de actuar ya, por eso cierro los ojos y veo su cara de
cefalópodo susurrándome su designio a través de los tentáculos que recubren su boca. A
continuación, lanzo un grito estentóreo que capta la atención de todos los que están ahí
abajo, mi voz suena como un trueno que se desprende del cielo, luego alzo las manos y
las extiendo hacia donde están ellos como si fuera a bendecirlos y estas empiezan a
refulgir como si estuviesen hechas de fuego.
Quiero que las miren bien, pues será lo último que vean mientras todavía posean la
consciencia de ser humanos.
2. La transformación de Edgar.
El camino se está acabando ya, y realmente no hay escapatoria ni queda un lugar donde
ir, más allá está el mar, pero el agua salada es el hogar de los peces no de los hombres.
Los marcianos cubren todas las salidas de la playa con esos jamelgos horrendos que
parecen dinosaurios domesticados, y sus manos cogen con firmeza esos hilos tensos y
sutiles que fraccionan los cuerpos para que sean devorados por esos perros del averno
cuya función para ser limpiar el camino de restos humanos frescos y palpitantes, que
aparecen dispersos a lo largo de la senda que nos ha traído hasta aquí como ofrendas
dispuestas para un dios cruel.
Ahora que lo pienso me pregunto si estos seres tendrán algún dios ¿nos estarán
descuartizando para hacer puntos ante esa supuesta deidad o simplemente vienen a hacer
el trabajo sucio del dios cristiano, cuya religión llego a estas tierras a principios de la Era
cuyo computo seguimos?
No lo sabemos, y poco importa decidirse por una u otra alternativa; estamos condenados
por un lado están los marcianos y por el otro los cañones de ese acorazado de la Royal
Navy que ha girado sus torretas para que toda su artillería apunte contra la playa, dispuesta
a hacer fuego en cuanto su capitán de la orden. No somos importantes para nadie, sin
duda nuestra condición de víctimas nos torna sacrificables, pues tenemos detrás a los
marcianos y aniquilándonos a nosotros también pueden dar cuenta de ellos, pues
continúan acercándose y eso indica claramente que desconocen el poder destructivo de la
artillería.
En eso escuchó el grito que nos hace mirar lejos de la playa, lejos de la tribulación que
nos embarga a todos los que hemos conseguido sobrevivir hasta ahora. Esa voz nos hace
mirar hacia la gran montaña desde la que se domina esta playa que comenzamos a invadir
por pura inercia porque ya estamos cansados de correr sin esperanza, ahora ese grito nos
proporciona algo nuevo en que interesarnos en estos momentos postreros de nuestras
vidas, y hablo en nombre de todos los que hemos logrado llegar vivos hasta aquí.
Alzamos la vista hacia aquella cumbre y distinguimos la diminuta figura de alguien cuyas
manos parecen arder como dos hogueras que se mueven y entrelazan en el aire creando
la impresión de que el fuego estuviera danzando en honor de alguien. Entonces notamos
que algo empieza a ocurrir en nuestro interior, es como si esa fuerza, o lo que sea,
empezara a reajustarnos por entero, modificando no solo nuestro estado de ánimo sino
también la condición nuestros cuerpos.
De repente, tambaleamos un poco antes de echarnos las manos a la cara pues sentimos
que algo nos hormiguea por debajo de la piel, al cabo de un rato nuestros rostros se
hinchan como globos de carnaval, desfigurándonos de tal modo que parecemos los
sobrevivientes de algún incendio; poco a poco dejamos de ser humanos, y nos damos
cuenta porque el pelo empieza a crecernos de forma desmedida por todo el cuerpo como
si fuésemos monos y no hombres, asimismo nuestros cuerpos se fortalecen y expanden
de tal modo que la indumentaria que nos cubre se rompe y hacen jirones pues ya no
pueden contener a las moles en la que nos estamos convirtiendo los hombres y mujeres
que pisamos la arena de esta playa.
Los marcianos cesan de acosarnos, sus perros y sus monturas también se detienen, y por
vez primera percibo, en aquellos malignos ojos rubí algo que podría considerarse el
equivalente marciano de la sorpresa. ¿Será que empiezan a tenernos miedo ahora que no
tenemos el aspecto de criaturas aterradas y desvalidas?
Mis brazos se han hecho gruesos y tan peludos como los de un simio, y mi mano ya no
es una mano sino una garra poderosa y ofensiva, ávida de herir y desgarrar. Todavía tengo
un vestigio de conciencia humana y me siento exultante, con muchas ganas de atacar a
nuestros perseguidores para devolverles todos los sinsabores que me han hecho sentir
cuando me perseguían junto a mis congéneres
Ya no les tememos ahora que gracias a un extraño milagro les igualamos en tamaño y
fuerza, y estamos en condiciones de trabarnos en lucha con ellos. Ahora somos una
mesnada de bestias que carga contra los marcianos con mucha rabia y odio contenidos,
ya no tememos nada de ellos, ni a sus nefastos hilos, ni a los horribles “perros” que los
acompañan.
Entonces me arrojo sobre unos de aquellos gigantes de piel verde y cuatro extremidades
y consigo derribarlo de su montura con mi impulso; cae de espaldas y su cabeza va y
viene de un lado a otro, mientras mueve desesperadamente sus cuatro brazos del mismo
modo que lo haría una cucaracha antes de ser pisoteada. Ahora abro mis fauces y las
acercó al cuello del marciano; es la hora de la revancha y la disfruto mientras todavía me
resta un poco de conciencia de mis actos, por eso siento un gozo inmenso mientras mis
colmillos desgarran esa carne verde con fruición como si fuera el alimento más delicioso
del universo.
El capitán del acorazado ve todo lo que sucede en la playa a través de sus prismáticos, y
se da cuenta que sobre la arena se libra una batalla entre monstruos, algo inédito en los
actuales anales del planeta, algo que no debe estar sucediendo pues constituye una herejía
para el sentido común y un baldón para la historia de Inglaterra; por eso ordena hacer
fuego para que los cañones de la marina más poderosa del mundo acaben con ese anatema
manifiesto, aniquilando del mismo modo al horror que procede de afuera, como al que
surge de adentro.
FIN
Chiclayo, 18 de febrero de 2018.

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