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Plan supremo de evangelización

Por Robert Coleman


Traducido por José María Blanch

CASA BAUTISTA DE PUBLICACIONES

CASA BAUTISTA DE PUBLICACIONES


Apartado Postal 4255, El Paso, TX 79914, EE. UU. de A.
www.casabautista.org

Plan supremo de evangelización. © Copyright 1983, Casa Bautista de Publicaciones, 7000 Alabama
St., El Paso, Texas 79904, Estados Unidos de América. Las primeras dos ediciones en español
fueron publicadas por Editorial Caribe y la Casa Bautista de Publicaciones. Traducido y publicado
con permiso. Todos los derechos reservados. Prohibida su reproducción o transmisión total o
parcial, por cualquier medio, sin el permiso escrito de los publicadores.
Este libro fue publicado originalmente en inglés por Fleming H. Revell Company bajo el título The
Master Plan of Evangelism, © Copyright 1963, 1964 por Robert E. Coleman.
Ediciones: 1972, 1974, 1977, 1978, 1980, 1983, 1984, 1986, 1989, 1991, 1992, 1993, 1994, 1995,
1996, 1997, 1997, 1999, 2001, 2002, 2003
Vigésimosegunda edición: 2004
Clasificación Decimal Dewey: 269
Tema: Evangelización
ISBN 0-311-13816-0
C.B.P. Art. No. 13816

CONTENIDO

PROLOGO
INTRODUCCION
CAPITULOS:
1. SELECCION
2. ASOCIACION
3. CONSAGRACION
4. COMUNICACION
5. DEMOSTRACION
6. DELEGACION
7. SUPERVISION
8. REPRODUCCION
EPILOGO
BIBLIOGRAFIA

PROLOGO

Bien merece el puesto de profesor de evangelismo el doctor Robert E. Coleman, autor


de este libro. Su conocimiento sobre este inquietante asunto no se debe a otra cosa sino a la
práctica de la evangelización que ha llevado a cabo en la conversión de nuevos creyentes en
Cristo.
Como en los días cuando el Señor Jesús anduvo por la tierra, los sencillos principios
que el doctor Coleman nos ayuda a descubrir en el Nuevo Testamento tienen aplicación
para las tres décadas finales de nuestro siglo XX.
Toda la América Latina está viviendo “su hora histórica” en el terreno espiritual.
Millares están recibiendo a Cristo Jesús como Señor y Salvador por medio de la fe. Sin
embargo, aún quedan millones que desconocen “la palabra verdadera del evangelio”
(Colosenses 1:5). La evangelización del mundo entero en esta generación demanda, por
tanto, discípulos del calibre bíblico que nos pinta el autor en esta obra: hombres cuya
misión en principio y método sea la que Cristo mostró con su vida.
Es inquietante la falta de visión nacional y aun mundial en muchas etapas de nuestro
historial evangélico. Pero, Plan Supremo de Evangelización demuestra que en nuestro día
es posible evangelizar a una nación entera. En verdad, al mundo entero también. Aquí
encontramos los principios que practicó y nos enseñó nuestro Maestro, el Señor Jesucristo.
¿Puede haber plan mejor?
La visión nacional y mundial, sin embargo, no elimina en ningún momento la obra
personal. La predicación a las masas reunidas en algún estadio deportivo o plaza de toros
para escuchar la Palabra de Dios, encuentra su solidez y se desarrolla a través de la labor
personal y el discipulado serio de los cristianos en la ciudad en que se efectúe. La
evangelización de las multitudes y el discipulado individual marchan del brazo. ¡Son
hermanos!
Hechos uno con Cristo y actuando como un solo Cuerpo, nuestro plan supremo
personal deberá ser, entonces, dar a conocer al que es Maestro de evangelización por
excelencia. Esto es lo que la Biblia explica como la Gran Comisión.
Vaya para la editorial, por tanto, un aplauso caluroso por escoger un libro tan
vitalmente necesario en esta hora decisiva para la iglesia de Jesucristo en los países de
habla hispana.
LUIS PALAU

YO SOY EL CAMINO
JUAN 14:6

INTRODUCCION
EL MAESTRO Y SU PLAN
El problema de los métodos de evangelización
Propósito y pertinencia: estos son los problemas cruciales de nuestra labor. Tienen
relación mutua y la significación de toda nuestra actividad dependerá en gran parte de la
medida en que logremos que ambos elementos sean compatibles. El hecho solo de que
estemos ocupados (o de que seamos hábiles) en alguna actividad no significa
necesariamente que estemos cumpliendo algún propósito. Siempre habrá que preguntarse:
¿Vale la pena hacerlo? ¿Se cumple la tarea establecida?
Estas son las preguntas que debieran plantearse constantemente en relación con la
actividad evangelizadora de la iglesia. En nuestros esfuerzos por llevar adelante las cosas,
¿estamos realmente cumplimentando la gran comisión de Cristo? ¿Vemos como resultado
de nuestro ministerio una comunidad creciente y pujante de hombres consagrados que
comunican al mundo el evangelio? No se puede negar que estamos muy ocupados en la
iglesia, afanados por llevar a cabo un programa tras otro de evangelización. Pero, ¿estamos
cumpliendo el propósito deseado?
A la función le sigue la forma
Nuestra atención se centra de inmediato en la necesidad de idear una bien madurada
estrategia de acción diaria, en función de la meta a largo alcance que nos proponemos
alcanzar. Debemos estar conscientes de cómo armoniza determinado curso de acción con el
plan general que Dios tiene para nuestra vida, si queremos que conmueva nuestra alma con
un sentido de destino. Esto es así en cualquier procedimiento o técnica que se utilice para
propagar el evangelio. Al igual que un edificio se construye de acuerdo con un plano
diseñado en función de su uso, así también todo lo que hacemos debe tener un propósito.
De lo contrario, nuestra actividad puede resultar inútil por falta de rumbo y por confusión
de metas.
Estudio de los principios
Lo anterior explica lo que ha motivado este estudio. Es un esfuerzo por descubrir los
principios que dirigieron las acciones del Maestro; con la esperanza de que nuestros propios
esfuerzos puedan conformarse a una pauta semejante. Por consiguiente, el libro no pretende
interpretar métodos específicos de Jesús en la evangelización personal o de masas.* Es más
bien un estudio de los principios que forman el sustrato de su ministerio: principios que
determinaron sus métodos. Se le podría llamar un estudio de su estrategia de evangelización
en torno a la cual orientó su vida sobre la tierra.
Necesidad de más investigación
Causa sorpresa lo muy poco que se ha publicado acerca de este tema, aunque, desde
luego, la mayoría de los libros que tratan de métodos de evangelización contienen en forma
somera algo acerca de ello. Lo mismo podría decirse de los estudios acerca de los métodos
docentes de Jesucristo, como también de las historias generales que tratan de su vida y
obra.
Probablemente el estudio más esmerado que se ha escrito hasta la fecha, en cuanto al
plan general de evangelización del Maestro, haya sido en relación con la preparación de los
discípulos. Destaca entre todos el libro The Training of the Twelve (La Preparación de los
Doce) de A. B. Bruce. Publicado por primera vez en 1871 y revisado en 1899, este relato
del crecimiento de los discípulos en la presencia del Maestro, no ha sido superado en
cuanto a riqueza de ideas. Otro volumen, Pastor Pastorum, de Henry Latham, escrito en
1890, hace hincapié sobre todo en la forma en que Jesús preparaba y capacitaba a hombres,
aunque resulta menos comprensivo en su análisis. Después de estos primeros estudios, han
aparecido unos cuantos volúmenes menores que proporcionan ideas estimulantes siempre
en relación con el mismo tema. No todos estos volúmenes tienen el mismo punto de vista
teológico evangélico, pero es interesante advertir que coinciden cuando se trata de evaluar
la característica fundamental de la obra que Jesús realizó con los discípulos.
Lo mismo se puede decir de muchas obras prácticas acerca de diversas fases de la vida
y ministerio de la iglesia que han sido publicadas en años recientes, sobre todo de los
escritos relacionados con el movimiento creciente de testimonio laico y de grupos pequeños
dentro de la iglesia. Estamos conscientes de que estos autores no han escrito de modo
primordial desde el punto de vista de la estrategia de la evangelización; con todo, debemos
reconocer lo mucho que les debemos por tratar de los principios fundamentales del
ministerio y misión de nuestro Señor.
Sin embargo, el tema de la estrategia básica de Jesús muy pocas veces ha recibido la
atención que merece. Aunque agradecemos los esfuerzos de los que la han estudiado —y
no prescindimos de sus hallazgos—, sigue siendo apremiante la necesidad de más
investigación y aclaración, sobre todo en el estudio de las fuentes primarias.
Nuestro plan de estudio
Para comprender plenamente el plan de Jesús, debemos acudir al Nuevo Testamento y,
en especial, a los Evangelios. A fin de cuentas, son los únicos relatos de primera mano que
nos hablan del Maestro en acción (Luc. 1:2, 3; Jn. 20:30; 21:24; 1 Jn. 1:1). Es cierto que los
Evangelios se escribieron primordialmente para presentarnos a Cristo el Hijo de Dios, y
para que por fe podamos tener vida en su nombre (Jn. 20:31). Pero lo que a veces no
acertamos a ver es que la revelación de esa vida en Cristo incluye la forma cómo vivió y
enseñó a otros a vivir. Debemos recordar que los testigos que escribieron los libros no sólo
vieron la verdad, sino que la verdad los cambió. Por consiguiente, al escribir el relato nunca
dejan de hacer resaltar lo que más influyó en ellos y en otros para que dejaran todo y
siguieran al Maestro. Claro que no lo mencionan todo. Como cualquier otro historiador, los
autores de los Evangelios presentan un cuadro de conjunto, poniendo de relieve unas pocas
personas y experiencias características y haciendo resaltar ciertos puntos vitales dentro del
desarrollo de los acontecimientos. Pero en lo que respecta a esas cosas que se seleccionan y
detallan con esmero y con integridad absoluta bajo la inspiración del Espíritu Santo,
podemos tener la seguridad de que conllevan la intención de enseñarnos cómo seguir las
huellas del Maestro. Por esto, los relatos evangélicos de Jesús constituyen nuestro mejor e
infalible libro de texto sobre la evangelización.
De ahí que el plan de este estudio es el de seguir las pisadas de Jesús, tal como se
describen en los Evangelios, sin recurrir mayormente a fuentes secundarias. Para ello se ha
examinado con detenimiento —repetidas veces y desde varios puntos de vista— el relato
inspirado de su vida, con el afán de descubrir la razón que lo indujo a llevar a cabo su
misión en la forma en que lo hizo. Sus tácticas se han analizado desde el punto de vista de
su ministerio en conjunto, con la esperanza de entender de este modo el significado más
amplio que revistieron los métodos que siguió con los hombres. Hay que confesar que la
tarea no ha sido fácil, y sería yo el primero en admitir que queda mucho por aprender. Las
dimensiones ilimitadas del Señor de Gloria no pueden en modo alguno encerrarse en alguna
interpretación humana de su perfección, y cuanto más lo contempla uno, tanto más se da
cuenta de que así es.
Cristo: ejemplo perfecto
No obstante de reconocer esta realidad, ningún otro estudio resulta más satisfactorio.
Por limitadas que sean nuestras facultades perceptivas, sabemos que en Jesús tenemos al
Maestro perfecto. Nunca cometió error alguno. Si bien compartió nuestra vida y fue tentado
como nosotros, no estuvo sujeto a las limitaciones de la carne de que se revistió por nuestro
bien. Aun en los casos en que decidió no utilizar su omnisciencia divina, su mente tuvo una
claridad absoluta. Siempre supo discernir la senda recta y, como hombre perfecto, vivió tal
como Dios viviría entre los hombres.
Su propósito fue claro
Los días que Jesús vivió como hombre no fueron sino la manifestación, en el tiempo,
del plan que Dios concibió desde el principio. Siempre lo tenía presente en su mente.
Quería salvar del mundo y reservarse para sí un pueblo y también edificar una iglesia del
Espíritu que nunca pereciera. Tenía puesta la mirada en el día en que su reino aparecería
con toda gloria y poder. Este mundo era suyo por creación, pero no quiso convertirlo en su
morada permanente. Sus mansiones estaban en lo alto. Fue a preparar para su pueblo un
lugar que tenía fundamento eterno en los cielos.
Nadie estaba excluido de su propósito de gracia. Su amor era universal. No nos
confundamos en cuanto a esto. Era “el Salvador del mundo” (Jn. 4:42). Dios quiso que
todos los hombres se salvaran y llegaran al conocimiento de la verdad. Para ello se entregó
Jesús a fin de ofrecer a todos los hombres la salvación del pecado, y al morir por uno,
murió por todos. Al contrario de nuestra forma de pensar superficial, en la mente de Jesús
no existió jamás distinción alguna entre misiones extranjeras y domésticas. Para Jesús era
todo evangelización mundial.
Se propuso triunfar
Toda su vida se encaminó a este propósito. Todo lo que hizo y dijo fue parte del plan
general. Su significado emanaba del hecho de que contribuía al propósito último de su vida
de redimir el mundo para Dios. Esta fue la visión rectora de su conducta. Fue la norma de
todos sus pasos. Démonos bien cuenta de ello. Ni por un momento perdió Jesús de vista su
meta.
Por esto es de suma importancia examinar la forma cómo Jesús realizó su propósito. El
Maestro puso de manifiesto la estrategia de Dios para la conquista del mundo. Tenía
confianza en el futuro precisamente porque vivió de acuerdo con ese plan en el presente. En
su vida nada hubo fortuito: no hubo energías malgastadas ni palabras ociosas. Se dedicó a
los negocios de su Padre (Luc. 2:49). Vivió, murió, y resucitó según lo previsto. Al igual
que un general planea el curso de la batalla, el Hijo de Dios hizo planes para triunfar. No se
pudo permitir el lujo de correr riesgos. Sopesó todas las alternativas y los factores variables
en la experiencia humana, después de lo cual concibió un plan que no fallaría.
Su plan merece cuidadoso examen
Es sumamente revelador estudiarlo. Reflexionar en ello con seriedad conduce al
cristiano a conclusiones profundas y a veces abrumadoras, si bien es probable que su plena
comprensión resulte lenta y ardua. De hecho, a primera vista podría incluso parecer que
Jesús no tuvo plan alguno. Otros descubrirán una técnica particular pero no las normas
básicas. Y aquí radica una de las maravillas de esa estrategia. Es tan modesta y silenciosa,
que el cristiano atolondrado no atina a descubrirla. Pero cuando el discípulo dispuesto llega
por fin a caer en la cuenta del método general de Jesús, le sorprende su sencillez y se
pregunta cómo la pudo pasar por alto anteriormente. Sin embargo, cuando se reflexiona
acerca del plan de Jesús, la filosofía básica del mismo es tan diferente de la de la iglesia
moderna, que sus implicaciones resultan poco menos que revolucionarias.
Las páginas que siguen pretenden aclarar ocho principios rectores del plan del Maestro.
Sin embargo, debe aclararse que no hay que entender los distintos elementos si se dieran
siempre en un mismo orden, como si el último no comenzara hasta tanto que los otros
estuvieran en pleno funcionamiento. De hecho, cada uno de ellos implica todos los demás
y, en cierto modo, todos comenzaron con el primero. El esquema sólo pretende estructurar
el método de Jesús y hacer resaltar la lógica progresiva del plan. Se observará que a medida
que el ministerio de Jesús se desarrolla, los elementos se hacen más patentes y la secuencia
de los mismos se vuelve más perceptible.

ESCOGIO A DOCE DE ELLOS


LUCAS 6:13

1 • SELECCION
Hombres fueron su método
Todo comenzó cuando Jesús invitó a unos pocos hombres a que lo siguieran. De
inmediato puso así de manifiesto el camino que habría de seguir su estrategia
evangelizadora. No se preocupó por programas con los cuales llegar a las multitudes, sino
por los hombres a quienes las multitudes habrían de seguir. Por extraño que parezca, Jesús
comenzó a reunir a estos hombres aún antes de organizar una campaña de evangelización o
de siquiera predicar un sermón en público. Los hombres constituirían su método para ganar
al mundo para Dios.
El propósito inicial del plan de Jesús fue reclutar a hombres que pudieran dar testimonio
de su vida y completar su obra después de que él regresara al Padre. Los primeros a los que
Jesús invitó, cuando abandonó el escenario del gran avivamiento del Bautista en Betania,
más allá del Jordán, fueron Juan y Andrés (Jn. 1:35–40). Andrés a su vez trajo a su
hermano Pedro (Jn. 1:41, 42). Al día siguiente, Jesús encontró a Felipe cuando iba hacia
Galilea, y Felipe encontró a Natanael (Jn. 1:43–51). No hay indicios de apresuramiento en
la selección de estos discípulos; sólo descubrimos decisión. Jacobo, el hermano de Juan, no
se menciona como parte del grupo sino hasta que los cuatro pescadores reciben el
llamamiento meses más tarde junto al mar de Galilea (Mar. 1:19; Mat. 4:21). Poco después,
cuando Jesús pasó por Capernaum, invitó a Mateo para que le siguiera (Mat. 9:9; Mar.
2:13, 14; Luc. 5:27, 28). Los detalles que rodearon el llamamiento de los otros discípulos
no se mencionan en los Evangelios, pero se cree que todos ellos fueron llamados en el
primer año del ministerio del Señor.
Como era de esperarse, estos esfuerzos iniciales por ganar almas tuvieron muy poco o
ningún efecto en la vida religiosa de ese tiempo, pero esto no importó mucho. Los pocos
conversos que el Señor hizo, al comienzo, estaban destinados a ser los líderes de la iglesia
que había de ir por todo el mundo con el evangelio; y desde el punto de vista de su
propósito final, el impacto de sus vidas se haría sentir por toda la eternidad. Y esto es lo
único que cuenta.
Hombres ansiosos de aprender
Lo más revelador acerca de estos hombres es que al principio no nos causan la
impresión de que fueran hombres clave. Ninguno de ellos ocupaba un lugar prominente en
la sinagoga, ni pertenecía alguno de ellos al sacerdocio levítico. En su mayoría eran
trabajadores comunes, que probablemente no tenían preparación profesional que no fuera
los rudimentos de conocimientos necesarios para su vocación. Quizá unos pocos procedían
de familias de ciertos recursos, tales como los hijos de Zebedeo, aunque ninguno de ellos
pudo haberse considerado rico. No tenían títulos académicos en las artes y la filosofía de la
época. Al igual que su Maestro, su educación formal la consiguieron probablemente en las
escuelas de la sinagoga. La mayoría de ellos creció en la región pobre del país alrededor de
Galilea. Al parecer, el único de los doce oriundo de la región más culta de Judea fue Judas
Iscariote. Cualquiera que sea el criterio cultural que se aplique, tanto de entonces como de
ahora, habría que considerarlos más bien como un grupo de personas toscas. Uno podría
preguntarse cómo iba a poder servirse Jesús de ellos. Eran impulsivos, temperamentales,
susceptibles, y tenían todos los prejuicios del medio ambiente. En resumen, estos hombres
que nuestro Señor seleccionó para que fueran sus ayudantes, representaban bien a la
sociedad de la época. Pero no constituían un grupo del cual se pudiera esperar que fuera a
ganar el mundo para Cristo.
Con todo, Jesús vio en estos hombres sencillos la capacidad de liderazgo para el reino.
Eran realmente “hombres sin letras y del vulgo” según el criterio del mundo (Hch. 4:13),
pero eran moldeables. Aunque a menudo de juicio errado y lentos para comprender las
cosas espirituales, eran hombres honrados, dispuestos a confesar su necesidad. Sus modales
quizás fueran toscos y sus capacidades limitadas; pero a excepción del traidor, eran de gran
corazón. Quizás lo más significativo de ellos era su anhelo sincero de Dios y de las
realidades de la vida divina. Lo superficial de la vida religiosa que los rodeaba no había
adormecido sus esperanzas del Mesías (Jn. 1:41, 45, 49; 6:69). Estaban hartos de la
hipocresía de la aristocracia dirigente. Algunos de ellos ya habían entrado a formar parte
del movimiento de avivamiento de Juan el Bautista (Jn. 1:35). Buscaban a alguien que los
guiara por el camino de la salvación. Maleables en las manos del Maestro, podían ser
modelados según una imagen nueva: Jesús puede servirse de todo el que desea ponerse a su
servicio.
Concentración de unos pocos
Por darle atención a este hecho, sin embargo, no queremos pasar por alto la verdad
práctica de cómo lo hizo Jesús. En ello radica la sabiduría de su método, y al fijarnos en él,
volvemos una vez más al principio fundamental de la concentración en aquellos que quería
fueran sus instrumentos. No se puede transformar al mundo a menos que se transforme a
los individuos que lo componen; y este cambio individual no se dará sino únicamente
cuando éstos sean modelados por las manos del Maestro. Es evidente, pues, no sólo la
necesidad de seleccionar a unos pocos hombres, sino también la de mantener al grupo lo
suficientemente reducido como para poder trabajar con ellos eficazmente.
Por consiguiente, a medida que el grupo de seguidores de Jesús crecía, —hecho que
ocurrió a la mitad de su segundo año ministerial—, se hacía necesario reducir el grupo
escogido a un número más manejable. En consecuencia, Jesús “llamó a sus discípulos, y
escogió a doce de ellos, a los cuales también llamó apóstoles” (Luc. 6:13–17; cp. Mar.
3:13–19). Aparte del significado simbólico que se le prefiera dar al número doce, es
evidente que Jesús quiso que estos hombres tuvieran privilegios y responsabilidades únicas
en la obra del reino.
Esto no quiere decir que la decisión de Jesús de tener doce apóstoles excluyera que
otros lo siguieran, porque, como sabemos, tuvo muchos más asociados, algunos de los
cuales llegaron a ser obreros muy eficaces en la iglesia. Los setenta (Luc. 10:1); Marcos y
Lucas, los evangelistas; Santiago, su propio hermano (1 Cor. 15:7; Gál. 2:9, 12; cp. Jn. 2:12
y 7:2–10), son ejemplos notables de esto. Con todo, debemos reconocer que la prioridad
otorgada a los que no formaban el grupo de los doce fue cada vez menor.
La misma norma se podría aplicar a la inversa, porque dentro del grupo apostólico,
Pedro, Santiago y Juan parecieron disfrutar de una relación más especial con el maestro que
los otros nueve. Sólo estos pocos privilegiados pudieron entrar en la habitación de la hija de
Jairo (Mar. 5:37; Luc. 8:51); sólo ellos ascendieron con el Maestro para contemplar su
gloria en el monte de la Transfiguración (Mar. 9:2; Mat. 17:1; Luc. 9:28); y entre los olivos
de Getsemaní, con sus sombras nefastas a la luz de la luna llena de la Pascua, sólo estos
miembros del grupo íntimo estuvieron más cerca de su Señor en oración (Mar. 14:33; Mat.
26:37). Es tan notable la preferencia demostrada hacia estos tres que de no haber sido por la
falta de egoísmo tan evidente en la persona de Cristo, hubiera despertado resentimiento en
los otros apóstoles. El hecho de que no se menciona en ninguna parte que los otros
discípulos se quejaron de la preeminencia de los tres, aunque sí murmuraran de otras cosas,
es prueba de que cuando se demuestra preferencia por la razón adecuada y en el espíritu
justo nadie se siente ofendido.
El principio aplicado
Todo esto ciertamente le deja a uno la impresión de que Jesús tuvo una forma
premeditada de dedicar su vida a los que quería preparar. También ilustra en forma gráfica
un principio fundamental de la enseñanza: que en igualdad de circunstancias, cuanto menor
es el tamaño del grupo al que se le enseña, tanto mayor es la oportunidad para impartir una
instrucción eficaz.
Jesús dedicó la mayor parte de la vida que le quedaba en la tierra a estos pocos
discípulos. Literalmente consagró todo su ministerio a ellos. El mundo podría mostrarse
indiferente hacia él y, con todo, no hacer fracasar su estrategia. Ni siquiera le preocupó gran
cosa el que sus seguidores marginales lo abandonaran cuando se les propuso el verdadero
significado del reino (Jn. 6:66). Pero no pudo soportar que sus discípulos íntimos no
comprendieran su propósito. Tenían que entender la verdad y ser santificados por ella (Jn.
17:17) o, de lo contrario, todo se perdería. Por esto oró no “por el mundo” sino por los
selectos que Dios le dio (Jn. 17:6, 9). De la fidelidad de ellos dependía todo, si es que el
mundo habría de creer en él “por la palabra de ellos” (Jn. 17:20).
No descuidar al pueblo
Sería erróneo, sin embargo, basarse en lo dicho para afirmar que Jesús se olvidó de las
masas, pues no fue así. Jesús hizo todo lo que se le podía haber pedido a un hombre, y aún
más, para llegar a las multitudes. Lo primero que hizo al comenzar su ministerio fue
identificarse en forma visible con el gran avivamiento espiritual popular de su tiempo, por
medio del bautismo de manos de Juan (Mat. 3:13–17; Mar. 1:9–11; Luc. 3:21, 22), y
posteriormente proclamó y ensalzó la obra de este gran profeta (Mat. 11:7–15; Luc. 7:24–
28). Predicó sin cesar a las multitudes que seguían su ministerio milagroso. Les enseñó. Los
alimentó cuando tuvieron hambre. Curó a los enfermos y echó de ellos a los demonios.
Bendijo a los niños. A veces pasó días enteros dedicados a servirlos, hasta el extremo de
que “ni aun tenían tiempo para comer” (Mar. 6:31). En todas las formas posibles, Jesús
mostró una preocupación sincera por las multitudes. Ellos eran los que había venido a
salvar: los amaba, lloró por ellos, y por fin murió para salvarlos del pecado. Nadie debería
pensar que Jesús desatendió la evangelización de las masas.
Entusiasmo de las multitudes
De hecho, el poder de Jesús para impresionar a las multitudes creó un problema serio en
su ministerio. Produjo tanto efecto el manifestarles su compasión y poder, que en una
ocasión quisieron “apoderarse de él y hacerle rey” (Jn. 6:15). Los seguidores de Juan el
Bautista fueron a informar al profeta que “todos” acudían a Jesús (Jn. 3:26). Incluso los
fariseos admitieron entre sí que el mundo se iba tras él (Jn. 12:19), y por desagradable que
fuera admitirlo, los sumos sacerdotes estuvieron de acuerdo con esta opinión (Jn. 11:47,
48). Sea como fuere que uno lo mire, el relato evangélico ciertamente no indica que Jesús
careciera de seguidores entre las masas, a pesar de que la lealtad de éstas fue vacilante, y
así continuó hasta el fin. En realidad, fue precisamente el temor de este sentimiento popular
amistoso por Jesús lo que indujo a sus denunciantes a apoderarse de él a escondidas del
pueblo (Mat. 21:26; Mar. 12:12; Luc. 20:19).
De haber estimulado Jesús en lo mínimo este sentimiento popular entre las multitudes,
fácilmente hubiera podido tener a su disposición todos los reinos terrenales. Lo único que
hubiera tenido que hacer era satisfacer con su poder sobrenatural los apetitos y curiosidades
temporales del pueblo. Esta fue la forma en que Satanás lo tentó en el desierto cuando lo
incitó a que convirtiera las piedras en panes, y a que se echara abajo del pináculo del
templo para que Dios lo sostuviera (Mat. 4:1–7; Luc. 4:1–4, 9–13). Estos hechos
espectaculares sin duda hubieran suscitado el entusiasmo de las multitudes. Por otra parte,
Satanás no le ofreció nada extraordinario a Jesús cuando le prometió todos los reinos del
mundo si el Maestro lo adoraba (Mat. 4:8–10). El astuto engañador de los hombres sabía
muy bien que Jesús hubiera conseguido todo esto en forma automática si no hubiera
concentrado sus energías en lo que concernía al reino eterno. (Estos comentarios, sin
embargo, no intentan sugerir que en la tentación no entrara más elemento que este, sino
destacar que la tentación apelaba tanto a la estrategia de Jesús para la evangelización
mundial como al propósito espiritual de su misión.)
Pero Jesús no actuaba para espectadores. Al contrario, en muchas ocasiones se esforzó
por calmar el apoyo popular y superficial de las multitudes que su poder extraordinario
había suscitado (p. ej. Jn. 2:23–3:3; 6:26, 27). En varias ocasiones pidió a los que habían
recibido la ayuda de su poder sanador que no lo propagaran, para así evitar demostraciones
masivas de las multitudes tan impresionables. Asimismo, a los discípulos, después de que
vieron la transfiguración en el monte “mandó que a nadie dijesen lo que habían visto” sino
hasta después de la resurrección (Mat. 17:9; Mar. 9:9). En otras ocasiones, cuando la
multitud lo aclamaba, Jesús se retiraba con los discípulos hacia otro lugar para continuar su
ministerio.
Esta actitud suya a veces molestaba a sus seguidores, los cuales no comprendían su
estrategia. Incluso sus propios hermanos y hermanas, quienes todavía no creían en él, lo
incitaron a abandonar esta actitud y a manifestarse al mundo, pero no quiso aceptar tal
indicación (Jn. 7:2–9).
Pocos parecieron entender
Frente a tal actitud, no sorprende el hecho de que poca gente se convirtiera durante el
ministerio de Cristo, es decir, en una forma clara. Desde luego, muchos de entre las
multitudes creyeron en Cristo en el sentido de que su ministerio divino les pareció
aceptable, pero relativamente pocos captaron el significado del evangelio. Quizá el número
total de los que todavía lo seguían al final de su ministerio terrenal no excedía en mucho los
500 hermanos a los que Jesús se apareció después de la resurrección (1 Cor. 15:6), y sólo
unos 120 permanecieron en Jerusalén para recibir el bautismo del Espíritu Santo (Hch.
1:15). Si bien este número no es pequeño si se considera que su ministerio activo sólo duró
unos tres años, con todo, si uno midiera la eficacia de su evangelización por el número de
conversos, Jesús, sin duda, no podría ser considerado como uno de los evangelizadores
populares más productivos de la iglesia.
Su estrategia
¿Por qué Jesús consagró su vida en forma deliberada a un número tan reducido de
personas? ¿No fue su venida para salvar al mundo? Resonando todavía en los oídos de las
multitudes el glorioso anuncio de Juan el Bautista, el Maestro hubiera podido fácilmente
conseguirse miles de seguidores si lo hubiera querido. ¿Por qué, pues, no trató de
aprovecharse de esas oportunidades para conseguirse un ejército poderoso de creyentes que
conquistara el mundo por asalto? Sin duda el Hijo de Dios hubiera podido adoptar un
programa más atractivo para reclutar a las masas. ¿No resulta acaso descorazonador que
alguien que posee todo el poder del universo viviera y muriera para salvar al mundo y, con
todo, a fin de cuentas, dispusiera sólo de unos pocos discípulos de poco valor como
resultado de sus esfuerzos?
La respuesta a esta pregunta pone inmediatamente de relieve el verdadero propósito del
plan evangelizador de Jesús. El no quiso impresionar a las multitudes sino introducir un
reino. Esto significó que necesitaba hombres que pudieran ser líderes de las multitudes. ¿De
qué hubiera servido para su objetivo final el suscitar el entusiasmo de las multitudes y hacer
que lo siguieran si esa misma gente no iba luego a tener quien los dirigiera e instruyera en
el Camino? Se había demostrado en un sinnúmero de ocasiones que las multitudes son
presa fácil de los dioses falsos cuando no hay quien las cuide. Las masas eran como ovejas
indefensas descarriadas y sin pastor (Mat. 9:36; 14:14; Mar. 6:34). Estaban dispuestas a
seguir a quien se presentara con promesas que los favorecieran, ya fuera éste amigo o
enemigo. Esta era la tragedia de ese tiempo: Jesús despertaba fácilmente las nobles
aspiraciones de la gente, pero con la misma facilidad las apagaban las falaces autoridades
religiosas que la dominaban. Los líderes de Israel, espiritualmente ciegos (Jn. 8:44; 9:39–
41; cp. Mat. 23:1–39), aunque relativamente pocos en número, tenían dominada por
completo a la gente. Por esta razón, a menos que a los convertidos de Jesús se les dieran
hombres de Dios competentes que los dirigieran y protegieran en la verdad, muy pronto
iban a caer en la confusión y desesperación, y su condición final sería peor que la de antes
de conocer a Jesús. Por consiguiente, para que el mundo pudiera recibir ayuda permanente,
se hacía necesario preparar a hombres que pudieran dirigir a las multitudes en las cosas de
Dios.
Jesús fue realista. Se dio perfecta cuenta tanto de la veleidad de la depravada naturaleza
humana como de las fuerzas satánicas confabuladas contra el hombre, y por este
conocimiento basó su evangelismo en un plan que satisficiera la necesidad. Las multitudes
de almas desentonadas y errantes estaban potencialmente dispuestas a seguirlo, pero Jesús
no estaba en condiciones de dar a cada una de ellas el cuidado individual y personal que
necesitaban. Su única esperanza era conseguirse hombres llenos de él y de su vida que
hicieran esto en su nombre. Por esta razón se concentró en aquellos que iban a ser los
pioneros de este liderazgo. Aunque hizo lo que pudo por ayudar a las multitudes, quiso
dedicarse primordialmente a unos pocos hombres, y no a las masas, a fin de que éstas
pudieran, en último término, salvarse. Esto fue lo genial de su estrategia.
Aplicación actual del principio
Con todo, por extraño que parezca, en la práctica apenas si se comprende actualmente el
principio de Jesús. La mayor parte de los esfuerzos que la iglesia realiza para evangelizar
comienzan por las multitudes, en el supuesto de que la iglesia está en condiciones de
conservar todo lo bueno que se hace. El resultado es nuestra espectacular insistencia en el
número de convertidos, candidatos para el bautismo, y más miembros para la iglesia, con
poco o ningún interés genuino por fundamentar a estas almas en el amor y poder de Dios, y
mucho menos por la conservación y continuación de la obra.
No cabe duda de que si el ejemplo de Jesús a este respecto significa algo, nos enseña
que el primer deber del pastor y la primera preocupación del evangelizador es velar por
echar el fundamento al comienzo mismo, de modo que sobre él se pueda edificar un
ministerio evangelizador eficaz y continuado entre las multitudes. Esto exigirá más
concentración de tiempo y talentos en unos pocos hombres en la iglesia aunque sin olvidar
la pasión por el mundo. Significará intensificar la preparación de líderes “para la obra del
ministerio en unión con el pastor (Ef. 4:12). Unos cuantos consagrados así, con el tiempo
sacudirán al mundo para Dios. El triunfo nunca lo consiguen las multitudes.
Algunos quizá objeten este principio cuando lo practica el obrero cristiano, por razón de
que con ello se muestra favoritismo hacia un grupo selecto dentro de la iglesia. Pero sea así
o no, es cierto que Jesús así lo hizo, y sigue siendo necesario, si se quiere disponer de un
liderazgo preparado permanentemente. Cuando se practica con un espíritu genuino de amor
hacia toda la iglesia, y se manifiesta la debida preocupación por las necesidades de todos,
por lo menos se pueden armonizar las objeciones con la misión que se lleva a cabo. Sin
embargo, la meta final debe resultar completamente clara para el obrero, y no ha de haber
en él ni aun mínima sospecha de parcialidad en las relaciones con los demás. Todo lo que
se hace con esos pocos es para la salvación de las multitudes.
Demostración moderna
Este principio de selección y concentración está grabado en el universo, y producirá
resultados sea quien fuere el que lo practique, sea que la iglesia crea en él o no. No carece
de significado el que los comunistas, siempre listos a adoptar lo que produce resultados,
incorporan en su sistema este método del Señor. Empleándolo para su propio fin, se han
multiplicado y, de un puñado de fanáticos hace setenta y cinco años, han pasado a ser a una
vasta multitud de seguidores que esclaviza a la mitad de los pueblos de la tierra. Han
demostrado en nuestros días la validez de lo que Jesús puso en práctica con tanta claridad
en su tiempo, a saber, que se puede ganar con facilidad a las masas si se tienen líderes a
quienes seguir. ¿Acaso esta difusión de la filosofía comunista no es, en cierta medida, una
acusación a la iglesia, no sólo por su floja dedicación a la evangelización, sino por la forma
superficial en que la ha enfocado?
Tiempo de acción
Ya es hora de que la iglesia se enfrente en forma realista a la situación. Se están
acabando los días de superficialidades. El programa de evangelización de la iglesia ha
fracasado en casi todos los frentes. Lo que es peor, el empuje misionero del evangelio hacia
nuevas metas ha perdido en gran parte su fuerza. En muchos países la iglesia debilitada ni
siquiera aumenta en proporción al crecimiento de la población. Mientras tanto, las fuerzas
diabólicas de este mundo se vuelven cada vez más osadas en sus ataques. Resulta irónico
cuando uno se detiene a pensarlo. En esta era en que la iglesia dispone más que nunca de
facilidades para la rápida difusión del evangelio, estamos en realidad consiguiendo menos
en la conquista del mundo para Dios que antes del invento de la radio, la televisión y la
aviación.
AI valorar la situación trágica en que se encuentra la iglesia hoy, no debemos, sin
embargo, tratar en forma frenética de cambiar de la noche a la mañana el curso de los
acontecimientos. Quizá este haya sido nuestro problema. En nuestro afán de hacerle frente
a esta situación, hemos iniciado uno tras otro programas agresivos para llegar a las masas
con la Palabra salvadora de Dios. Pero lo que no hemos acertado a comprender en nuestra
frustración es que el verdadero problema no está en las masas: en lo que creen, cómo se
gobiernan, si reciben una alimentación adecuada o no. Todas estas cosas que se consideran
tan vitales las manipulan en último término otros. De manera que, antes de que podamos
resolver el problema de la explotación de los pueblos, debemos alcanzar a aquellos a
quienes la gente sigue.
Esto, desde luego, indica la prioridad de ganar y preparar a aquellos que ya están en
posiciones responsables de liderazgo. Pero si no podemos comenzar desde arriba, por lo
menos comencemos donde estamos, y preparemos a unos cuantos de los que ahora están en
cierne para que después lleguen a ocupar cargos elevados. Y recordemos también que no es
preciso poseer el prestigio del mundo para ser de gran utilidad en el reino de Dios.
Quienquiera que esté dispuesto a seguir a Cristo puede llegar a poseer una gran influencia
en el mundo, suponiendo, desde luego, que esta persona tenga la preparación adecuada.
Ahí es donde debemos comenzar, como lo hizo Jesús. Será lento, aburrido, doloroso, y
es probable que al principio los hombres ni le presten atención; pero el resultado final será
brillante, aunque no vivamos para verlo. Sin embargo, si se considera desde este punto de
vista, se hace necesaria una decisión sumamente importante en el ministerio. Uno debe
decidir en qué esfera quiere que tenga valor el ministerio: si en la del aplauso momentáneo
de la aclamación popular, o en la de reproducción de su vida en unos pocos escogidos que
proseguirán la obra cuando uno ya no esté. En realidad el problema se reduce a decidir para
qué generación vivimos.
Pero debemos proseguir. Es necesario ver ahora cómo Jesús preparó a sus hombres para
continuar su obra. Toda la pauta es parte del mismo método, y no podemos separar una fase
de la otra sin destruir su eficacia.

HE AQUI YO ESTOY CON VOSOTROS TODOS LOS DIAS


MATEO 28:20

2 • ASOCIACION
Permaneció con ellos
Una vez que Jesús hubo llamado a sus discípulos, tuvo por costumbre permanecer con
ellos. Esta fue la esencia de su programa de preparación: permitirles que lo siguieran.
Cuando uno se detiene a pensarlo, fue una manera increíblemente sencilla de
capacitarlos. Jesús no disponía de escuela formal, de seminarios, de curso organizado de
estudios, de clases periódicas para miembros en las que pudiera matricular a sus discípulos.
Ninguno de estos procedimientos sumamente organizados, que actualmente se consideran
tan necesarios, entraron en absoluto a formar parte de su ministerio. Por sorprendente que
parezca, todo lo que hizo Jesús para enseñar a estos hombres su camino fue mantenerlos
cerca de él, y serles escuela y programa de estudios.
La natural informalidad de este método de enseñanza de Jesús contrastaba notablemente
con el procedimiento formal, casi escolástico de los escribas. Estos maestros religiosos de
su tiempo insistían en que sus discípulos siguieran estrictamente ciertos rituales y fórmulas
intelectuales, que los distinguían de otros; Jesús, por su parte, sólo pidió a sus discípulos
que lo siguieran. El Maestro no les comunicaba el saber en forma de leyes y dogmas, sino a
través de la personalidad viva y palpitante de Uno que permanecía junto a ellos. Sus
discípulos se distinguieron, no por la conformidad externa a ciertos rituales, sino por
permanecer con él, y participar así de su doctrina (Jn. 18:19).
Saber y presencia
En virtud de esta intimidad, a los discípulos se les permitió “conocer los misterios del
reino de Dios” (Luc. 8:10). El conocimiento lo adquirieron por asociación antes de que les
fuera explicado. Este hecho nunca se ha expresado mejor que cuando uno del grupo,
frustrado ante el pensamiento de la Trinidad, preguntó: “¿Cómo, pues, podemos saber el
camino?” A lo que Jesús contestó: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida” (Jn. 14:5, 6),
lo cual equivalió a decir que el punto en cuestión ya había sido contestado con sólo que los
discípulos abrieran los ojos a la realidad espiritual encarnada en medio de ellos.
Esta metodología sencilla se reveló desde un principio en la invitación que Jesús hizo a
los que quiso que lo siguieran. A Juan y Andrés los invitó a “venir y ver” el lugar donde
Jesús moraba (Jn. 1:39). El evangelio no dice que agregara nada más. Pero, ¿qué más
hubiera hecho falta decir? Estando a solas con Jesús podían hablar largo y tendido y verlo
en la intimidad, tal como era y actuaba. Felipe recibió prácticamente la misma invitación,
“Sígueme” (Jn. 1:43). Sin duda, impresionado ante esta palabra tan sencilla, Felipe invitó
también a Natanael para que “viniera y viera” al Maestro (Jn. 1:46). Un sermón viviente
vale por den explicaciones. Más tarde, cuando Santiago, Juan, Pedro y Andrés estaban
remendando las redes, Jesús les dijo las mismas palabras, “Venid en pos de mí”, sólo que
esta vez agregó la razón, “y haré que seáis pescadores de hombres” (Mar. 1:17; cp. Mat.
4:19; Luc. 5:10). Del mismo modo, Mateo fue llamado con el mismo “sígueme” cuando se
hallaba sentado “al banco de los tributos públicos” (Mat. 9:9; Mar. 2:14; Luc. 5:27).
El principio aplicado
Véase la tremenda estrategia del mismo. Al responder a este llamamiento inicial, los
creyentes, de hecho, se matriculaban en la escuela del Maestro donde su comprensión iba a
ahondarse y su fe a fundamentarse. Había, desde luego, muchas cosas que estos hombres no
entendían —cosas que ellos mismos reconocieron ante el Maestro— pero todos estos
problemas podían resolverse en contacto con Jesús. En su presencia podían aprender todo
lo que necesitaban saber.
Este principio, implícito originalmente, más adelante fue formulado en forma explícita
cuando Jesús escogió de entre el grupo que lo seguía a los doce “para que estuviesen con
él” (Mar. 3:14; cp. Luc. 6:13). Añadió, desde luego, que los iba a enviar a “predicar” y con
“autoridad para sanar enfermedades y para echar fuera demonios”, pero con frecuencia no
nos damos cuenta de aquello que fue primero. Jesús dijo bien claro que antes de que estos
hombres fueran a “predicar” o a “echar fuera demonios” tenían que estar “con él”. De
hecho, esta elección personal para que estuvieran constantemente con él fue tan parte de la
comisión que les asignó como lo fue la autoridad para evangelizar. En realidad, en ese
momento fue incluso más importante, porque fue la preparación necesaria para la otra.
Más íntimos hacia el final
El empeño con que Jesús trató de cumplir esta comisión es evidente cuando uno lee los
relatos evangélicos que siguen. Contrariamente a lo que se podría esperar, en el curso de su
segundo y tercer años de ministerio Jesús cada vez dedicó más tiempo a los discípulos
escogidos, no menos.
A menudo los tomaba consigo a algún lugar montañoso de la región donde apenas si era
conocido, para así evitar lo más posible la publicidad. Fueron juntos hasta Tiro y Sidón en
el noroeste (Mat. 15:21; Mar. 7:24); a la “región de Decápolis” (Mar. 7:31; cp. Mat. 15:29),
a la “región de Dalmanuta” en el sureste de Galilea (Mar. 8:10; cp. Mat. 15:39), y a “las
aldeas de Cesarea de Filipo” en el noroeste (Mar. 8:27; cp. Mat. 16:13). Hizo estos viajes
en parte debido a la oposición de los fariseos y a la hostilidad de Herodes, pero sobre todo
porque Jesús sentía la necesidad de estar a solas con los discípulos. Más adelante pasó
varios meses con los discípulos en Perea, al este del Jordán (Mat. 19:1–20:34; Mar. 10:1–
52; Luc. 13:22–19:28; Jn. 10:40–11:54). A medida que la oposición crecía, “Jesús ya no
andaba abiertamente entre los judíos, sino que se alejó de allí a la región contigua al
desierto, a una ciudad llamada Efraín; y se quedó allí con sus discípulos” (Jn. 11:54).
Cuando por fin le llegó el momento de ir a Jerusalén, en forma significativa “tomó a sus
doce discípulos aparte” del resto y se dirigió hacia la ciudad (Mat. 20:17; cp. Mar. 10:32).
Siendo esto así, no sorprende que durante la semana de la pasión Jesús casi en ningún
momento perdiera de vista a los discípulos. Incluso cuando oró a solas en Getsemaní, sus
discípulos se quedaron “a distancia como de un tiro de piedra” (Luc. 22:41). ¿No sucede
acaso lo mismo en las familias cuando se acerca la hora de la muerte para alguno de sus
miembros? Cada minuto es precioso porque se percibe que la intimidad física pronto
desaparecerá. Las palabras que se pronuncian en circunstancias así son siempre más
preciosas. En realidad, no fue sino hacia el final de la vida de Jesús que los discípulos
empezaron a comprender muchos de los significados más hondos de la presencia suya en
tre ellos (Jn. 16:4). Sin duda esto explica por qué los escritores de los Evangelios se
sintieron impelidos a dedicar tanta atención a estos últimos días. De todo lo escrito acerca
de Jesús, como una mitad sucedió en los últimos meses de su vida, y la mayor parte de ello
en la última semana.
El curso que Jesús siguió a lo largo de su vida se reflejó de una manera clarísima en los
días que siguieron a la resurrección. Es interesante advertir que todas las diez apariciones
de Cristo después de la resurrección fueron a sus seguidores, en especial a los apóstoles.*
Según lo que la Biblia narra, ni a una sola persona no creyente se le permitió ver al Señor
glorificado. Pero no es tan raro. No había que excitar a las multitudes con su espectacular
aparición. ¿Qué hubieran hecho? Pero los discípulos, quienes habían huido desesperados
después de la crucifixión, necesitaban que se les reavivara la fe y que se les confirmara en
su misión al mundo. Todo el ministerio de Jesús giró en torno a ellos.
Y así fue. El tiempo que Jesús dedicó a estos pocos discípulos fue tanto más en
comparación con el que dedicó a otros, que no puede sino considerarse como estrategia
premeditada. De hecho pasó más tiempo con sus discípulos que con todos los demás juntos.
Comió con ellos, durmió con ellos, y habló con ellos durante la mayor parte de todo su
ministerio activo. Anduvieron juntos por los caminos solitarios, fueron juntos a las
ciudades, navegaron y pescaron juntos en el mar de Galilea, oraron juntos en los desiertos y
las montañas, y juntos dieron culto a Dios en las sinagogas y el templo.
Ministró a las masas
No se debe pasar por alto, tampoco, que incluso mientras Jesús se ocupaba de otros, los
discípulos estuvieron siempre cerca para observar y escuchar. De este modo, el tiempo de
Jesús producía dividendos dobles. Sin descuidar su ministerio regular a los necesitados,
mantuvo un ministerio constante para los discípulos al tenerlos siempre cerca. De este
modo fueron adquiriendo los beneficios de todo lo que decía y hacía a otros, además de las
explicaciones y consejos personales que les daba.
Lleva tiempo
Una asociación íntima y constante de esta índole, desde luego, implicó que Jesús
prácticamente no dispusiera nunca de tiempo para él. Como niños que exigen la atención de
su padre, los discípulos estaban siempre a los pies del Maestro. Incluso cuando se retiraba
para sus devociones personales, se veía sujeto a interrupciones de los discípulos (Mar.
6:46–48; op. Luc. 11:1). Pero Jesús no hubiera querido otra cosa. Deseaba estar con ellos.
Eran sus hijos espirituales (Mar. 10:24; Jn. 13:33; 21:5), y la única forma en que un padre
puede educar a su familia en forma adecuada es estando con ella.
El fundamento de la consolidación
Nada es más obvio y, sin embargo, se olvida más, que la aplicación de este principio.
Por su misma naturaleza, no llama la atención, y uno tiende a pasar por alto los lugares
comunes. Pero Jesús no quiso que pasara inadvertido para sus discípulos. Durante los
últimos días de su vida, el Maestro sintió especial necesidad de cristalizar en la mente de
ellos lo que había estado haciendo. Por ejemplo, en una ocasión, digiriéndose a los que lo
habían seguido por tres años, Jesús dijo: “Y vosotros daréis testimonio también, porque
habéis estado conmigo desde el principio” (Jn. 15:27). Sin jactancia y sin que el mundo se
diera cuenta, Jesús daba a entender que había estado preparando a hombres para que fueran
testigos suyos después de que se hubiera ido, y el método que siguió para ello fue
simplemente el de estar “con ellos”. En realidad, como dijo en otra ocasión, por haber
“permanecido con” él en las tentaciones, fueron escogidos para ser líderes de su reino
eterno en el que iban a comer y beber a su mesa, y a sentarse en tronos para juzgar a las
doce tribus de Israel (Luc. 22:28–30).
Sería erróneo concluir, sin embargo, que este principio de consolidación personal se
puso en práctica sólo en el caso del grupo apostólico. Jesús se concentró en estos pocos
escogidos, pero en grados distintos manifestó la misma preocupación por otros que lo
siguieron. Por ejemplo, fue a la casa de Zaqueo después de que éste se hubo convertido en
la calle de Jericó (Luc. 19:7), y pasó unas horas con él antes de abandonar la ciudad.
Después de la conversión de la mujer junto al pozo en Samaria, Jesús permaneció por dos
días en Sicar para instruir a los hombres de esa comunidad que “creyeron en él por la
palabra de la mujer”, y como resultado de esa asociación personal con ellos “creyeron
muchos más”, no por el testimonio de la mujer sino por lo que ellos mismos oyeron de los
labios del Maestro (Jn. 4:39–42). A menudo, alguien que recibía alguna ayuda del Maestro
se unía al grupo que seguía a Jesús, como por ejemplo, Bartimeo (Mat. 20:34; Mar. 10:52;
Luc. 18:43). De este modo muchos se unieron al grupo apostólico, como lo demuestran los
setenta que andaban con él en la parte final de su ministerio en Judea (Luc. 10:1, 17). Todos
estos creyentes recibieron atención personal, pero no en la proporción que la recibieron los
apóstoles.
También debería mencionarse el pequeño grupo de fieles mujeres que lo ayudaron con
sus bienes personales, como María y Marta (Luc. 19:38–42), María Magdalena, Juana,
Susana, “y otras muchas” (Luc. 8:1–3). Algunas de ellas permanecieron con él hasta el fin.
Jesús, desde luego, no rechazó sus amables servicios, y a menudo aprovechó las
oportunidades para ayudarlas en la fe. Sin embargo, Jesús estuvo bien consciente de la
barrera que suponía la diferencia de sexos, y si bien aceptó su ayuda, no trató de
incorporarlas al grupo selecto de sus discípulos escogidos. En esta clase de consolidación
existen limitaciones que uno debe reconocer.
Pero aparte de las normas de decoro, Jesús no tuvo tiempo para dedicar a toda esta
gente, hombres y mujeres, una atención constante. Hizo todo lo que pudo, y esto sin duda
sirvió para dejar grabada en los discípulos la necesidad de dedicar cuidado personal a los
neoconversos, pero personalmente tuvo que dedicarse sobre todo a la tarea de cultivar a
algunos hombres, quienes a su vez pudieran dar esta clase de atención personal a otros.
La iglesia como intimidad constante
En realidad, este problema de dedicar cuidado personal a cada uno de los creyentes,
sólo se resuelve si se comprende a fondo la naturaleza y misión de la iglesia. Es bueno
observar a estas alturas que el nacimiento del principio de la iglesia en torno a Jesús, por el
cual un creyente pasaba a asociarse íntimamente con todos los demás, era la práctica, a
escala más amplia, de lo mismo que Jesús había hecho con los doce. De hecho, la iglesia
fue el medio para consolidar a todos los que seguían a Jesús. Es decir, el grupo de creyentes
se convirtió en el cuerpo de Cristo y, como tal se ayudaban unos a otros individual y
colectivamente.
Cada uno de los miembros de la comunidad de la fe desempeñaba un papel en el
cumplimiento de este ministerio Pero esto resultaba posible sólo en la medida en que ellos
mismos estaban preparados y recibían inspiración. Mientras Jesús estuvo con ellos en la
carne, él fue el líder, pero luego, los que estaban en la iglesia tuvieron que asumir este
liderazgo. Esto significa que Jesús tuvo que prepararlos para ello, lo cual implicó su
asociación personal constante con unos pocos elegidos.
Nuestro problema
¿Cuándo aprenderá la iglesia esta lección? Predicar a las masas, aunque es necesario,
nunca bastará en la obra de preparar líderes para evangelizar. Ni tampoco las reuniones de
oración y las clases de preparación para obreros cristianos cumplen este cometido. Formar a
hombres no es tan fácil. Exige atención personal constante, casi como el padre la dedica a
sus hijos. Esto es algo que ninguna organización ni clase puede dar. A los hijos no se les
educa por substitutos. El ejemplo de Jesús debiera enseñarnos que lo pueden hacer sólo
personas que permanecen con aquellos a quienes tratan de guiar.
La iglesia sin duda ha fracasado en este respecto, y fracasado en forma trágica. En la
iglesia se habla mucho acerca de la evangelización y la educación cristiana, pero hay poca
preocupación por asociarse en forma personal cuando se ve claramente que tal cosa
implicaría el sacrificio de algo personal. Desde luego que la mayoría de las iglesias insisten
en que los nuevos miembros asistan a clases bautismales que suelen ofrecerse una hora por
semana durante más o menos un mes. Pero el resto del tiempo el joven converso no tiene
ningún contacto con ningún programa concreto de preparación cristiana, a excepción quizá
de la asistencia a los cultos y escuela dominical de la iglesia. A no ser que el nuevo
cristiano, si ya se ha convertido, tenga padres o amigos que llenen ese vacío en una forma
genuina, queda por su cuenta el hallar soluciones para los innumerables problemas
prácticos con los que se encuentra, cualquiera de los cuales podría tener efectos desastrosos
para su fe.
Con una consolidación tan incierta de los creyentes, no sorprende que cerca de una
mitad de los que hacen profesión de fe y entran a formar parte de la iglesia lleguen a caer o
a perder el resplandor de la experiencia cristiana, y que sea imposible que crezcan lo
suficiente en conocimiento y gracia para llegar a ser de verdadero servicio para el reino. Si
los servicios dominicales y las clases para nuevos miembros es todo lo que una iglesia tiene
para ayudar a los nuevos conversos a llegar a ser discípulos maduros, entonces se echa por
tierra ese propósito al contribuir a dar una seguridad falsa, y si la persona sigue el mismo
ejemplo perezoso, en última instancia puede hacer más mal que bien. No hay sustitutos para
el asociarse con las personas, y es ridículo imaginar que alguna otra cosa, a no ser que sea
un milagro, pueda formar líderes cristianos de peso. Después de todo, si Jesús Hijo de Dios,
consideró necesario permanecer casi constantemente durante tres años con sus pocos
discípulos escogidos, y aún así uno de ellos se perdió, ¿cómo puede una iglesia esperar
cumplir su cometido con una serie de actividades unos cuantos días al año?
Aplicación actual del principio
Es evidente que el ejemplo de Jesús a este respecto nos enseña que cualquiera que sea el
método de consolidación que la iglesia adopte, debe tener por base una preocupación de
custodia personal para con los que se encomiendan a su cuidado. No hacerlo así es
básicamente abandonar a los nuevos creyentes en manos del diablo.
Esto significa que hay que encontrar algún sistema por medio del cual se le dé al
cristiano un amigo a quien él siga hasta que llegue el tiempo en que él pueda guiar a otro.
El consejero debería estar lo más posible con el nuevo creyente, estudiando la Biblia y
orando juntos, contestando a sus preguntas, aclarando la verdad, tratando juntos de ayudar a
otros. Si una iglesia no dispone de consejeros, así, consagrados y dispuestos a prestar este
servicio, entonces debería preparar a algunos. Y la sola forma de prepararlos es darles un
líder a quien sigan.
Esto responde a la pregunta de cómo ha de hacerse, pero es necesario todavía
comprender que este método puede llenar su cometido sólo cuando los seguidores practican
lo que aprenden. De ahí que haya que entender otro principio en la estrategia del Maestro.
LLEVAD MI YUGO SOBRE VOSOTROS
MATEO 11:29

3 • CONSAGRACION
Exigió obediencia
Jesús contaba con que los hombres que le acompañaban le obedecieran. No les exigió
que fueran inteligentes, pero tenían que ser fieles. Esto se convirtió en la característica que
los distinguía. Se les llamaba sus “discípulos” en el sentido de que eran “aprendices” o
“alumnos” del Maestro. No fue sino hasta mucho más tarde que se les llamó “cristianos”
(Hch. 11:26), aunque fue inevitable, porque con el tiempo los seguidores obedientes
invariablemente adoptan las características del líder.
Lo sencillo de este enfoque es maravilloso si no sorprendente. A ninguno de los
discípulos se le pidió al principio que hiciera profesión de fe o aceptara un credo bien
concreto, aunque sin duda reconocieron y aceptaron que Jesús era el Mesías (Luc. 5:8; Jn.
1:41, 45, 49). De momento, todo lo que se les pidió que hicieran fue seguir a Jesús. Por
supuesto, que esta invitación inicial implicaba claramente un llamamiento a la fe en la
persona de Cristo y obediencia a su palabra. Si no entendieron esto al principio, lo
percibirían en el curso de su asociación con el Maestro. Nadie sigue a una persona en la que
no confía, ni da con sinceridad el paso de fe a no ser que esté dispuesto a obedecer lo que el
líder dice.
El camino de la cruz
Seguir a Jesús pareció bastante fácil al principio, pero fue así porque no lo habían
seguido muy lejos. Pronto se vio claro que ser discípulo de Cristo implicaba más que una
aceptación gozosa de la promesa mesiánica: significaba la entrega de la vida toda al
Maestro en sumisión absoluta a su soberanía. No cabían componendas. “Ningún siervo
puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y
menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas” (Luc. 16:13). Tenía que
haber una separación completa del pecado. Las formas de pensar de antes, los hábitos y
placeres del mundo debían conformarse a la nueva disciplina del reino (Mat. 5:1–7:29; Luc.
6:20–49). Ahora la única norma de conducta era el amor perfecto (Mat. 5:48), y este amor
había de manifestarse en obediencia a Cristo (Jn. 14:21, 23), y expresarse en dedicación a
aquellos por cuya salvación él murió (Mat. 25:31–36). Había una cruz en ello: la negación
voluntaria del yo por los demás (Mat. 16:24–26; 20:17–28; Mar. 8:34–38; 10:32–45; Luc.
9:23–25; Jn. 12:25, 26; 13:1–20).
Se trataba de una enseñanza exigente. No muchos de ellos supieron aceptarla. Les
agradó contarse entre sus seguidores cuando los alimentaba con panes y peces, pero cuando
Jesús comenzó a hablar acerca de las características espirituales genuinas del reino y de los
sacrificios necesarios para alcanzarlas (Jn. 6:25–59), muchos de los discípulos “volvieron
atrás, y ya no andaban con él” (Jn. 6:66). Tal como ellos mismos lo expresaron: “Dura es
esta palabra; ¿quién la puede oir?” (Jn. 6:60). Lo sorprendente es que Jesús no salió
corriendo tras ellos para que permanecieran en el grupo de los discípulos. Preparaba líderes
para el reino, y si iban a ser instrumentos útiles de servicio, tenían que pagar el precio.
Calcular el costo
Los que no pudieron persistir, con el tiempo se desviaron. Por su propio egoísmo se
separaron del grupo escogido. Judas, al que se le calificó de diablo (Jn. 6:70) se mantuvo
hasta el final, pero en el momento decisivo su codicia lo perdió. (Mat. 26:14–16; 27:50;
Mar. 14:10, 11, 43, 44; Luc. 22:3–6; 47–49; Jn. 18:2–9). Nadie podía seguir a Jesús por
todo el curso de su vida a menos que se separara del mundo; los que pretendieron hacerlo
sin llenar esta condición, cargaron su conciencia de angustia y tragedia (Mat. 27:3–10; Hch.
1:18, 19).
Quizá por esto Jesús habló con tanto rigor al escriba que fue a decirle: “Maestro, te
seguiré adondequiera que vayas.” Jesús le dijo con toda franqueza, a éste que se ofrecía
voluntario para servir, que no iba a ser fácil. “Las zorras tienen sus guaridas, y las aves del
cielo nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene donde recostar su cabeza” (Mat. 8:19, 20;
Luc. 9:57, 58). Otro discípulo quiso que Jesús lo dispensara de la obligación inmediata de
obedecer para poder ir a cuidar a su padre enfermo, pero Jesús no aceptó dilaciones.
“Sígueme” le dijo, “deja que los muertos entierren a sus muertos; y tú vé, y anuncia el reino
de Dios” (Mat. 8:21, 22; Luc. 9:59, 60). Otro hombre indicó que seguiría a Jesús, pero a su
manera. Quería primero ir a decir adiós a su familia, quizá con la idea de que ello le iba a
proporcionar momentos agradables. Pero Jesús le advirtió esto: “Ninguno que poniendo su
mano en el arado mira hacia atrás, es apto para el reino de Dios” (Luc. 9:62). Jesús no tenía
ni el tiempo ni las ganas de dedicarse a los que querían ser discípulos suyos a su manera.
De ahí que el que quisiera ser discípulo suyo tenía primero que calcular el costo.
“Porque ¿quién de vosotros, queriendo edificar una torre, no se sienta primero y calcula los
gastos, a ver si tiene lo que necesita para acabarla?” (Luc. 14:28). No hacerlo así equivalía
a acabar por hacer el ridículo ante el mundo. Así ocurriría en el caso del rey que se lanzara
a la guerra sin calcular el costo de la victoria antes de comenzar las hostilidades. Para
resumirlo con claridad Jesús dijo: “Así, pues, cualquiera de vosotros que no renuncia a todo
lo que posee, no puede ser mi discípulo” (Luc. 14:33; cp. Mat. 19:21; Mar. 10:21; Luc.
18:22).
Pocos quisieron pagar el precio
De hecho, cuando los oportunistas lo abandonaron en Capernaum porque no satisfacía
sus expectativas populares, a Jesús le quedó sólo un puñado de seguidores. Volviéndose a
los doce les dijo: “¿Queréis acaso iros también vosotros?” (Jn. 6:67). Se trataba de una
pregunta crucial. Si estos pocos hombres no seguían con él, ¿qué iba a ser de su ministerio?
Pero Simón Pedro respondió: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Y
nosotros hemos creído y conocemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Jn.
6:68, 69). En realidad estas palabras del Apóstol tuvieron que resultar tranquilizadoras para
el Maestro, porque en adelante Jesús comenzó a hablar con sus discípulos mucho más
acerca de su sufrimiento y muerte, y con mucha mayor franqueza.
Obedecer es aprender
Esto no quiere decir, sin embargo, que los discípulos entendieran de inmediato todo lo
que el Señor les decía. Lejos estaban de ello. Su habilidad para comprender las verdades
más profundas del ministerio vicario del Señor se veía limitada por la fragilidad humana.
Cuando Jesús dijo a los discípulos después de la gran afirmación en Cesarea de Filipo, que
los líderes religiosos de Jerusalén le iban a dar muerte, Pedro de inmediato lo contradijo,
diciendo: “Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca” (Mat. 16:22;
cp. Mar. 8:32). Ante lo cual Jesús tuvo que decirle al buen pescador que Satanás lo estaba
engañando, “porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres”
(Mat. 16:23; Mar. 8:33). Ni esto bastó. Una y otra vez Jesús se vio constreñido a hablar de
su muerte y del significado que la misma tenía para los discípulos, pero éstos no lo llegaron
a entender de verdad hasta el día en que fue entregado en manos de sus enemigos.
Al no comprender con claridad el mensaje de la cruz, desde luego, los discípulos al
principio no entendieron el lugar que ocupaban en el reino. Les resultaba difícil aceptar la
enseñanza del servicio humilde en bien de los demás (Luc. 22:24–30; Jn. 13:1–20).
Pleiteaban entre sí acerca de quién sería el mayor en el reino (Mat. 18:1–5; Mar. 9:33–37;
Luc. 9:46–48). Santiago y Juan deseaban ocupar los lugares prominentes (Mat. 20:20; Mar.
10:35–37), y los otros diez, llenos de envidia, se indignaron por ello (Mat. 20:24; Mar.
10:41). Se mostraban innecesariamente duros al juzgar a otros que no estaban de acuerdo
con ellos (Luc. 9:51–54). Se llenaban de indignación con los padres que querían que Jesús
bendijera a sus hijos (Mar. 10:13). Obviamente, no habían llegado a experimentar de una
manera plena las consecuencias prácticas de lo que significaba seguir a Cristo.
Con todo, Jesús soportó lleno de paciencia estas fallas humanas de sus discípulos
porque, a pesar de todas sus deficiencias, estaban dispuestos a seguirlo. Por un breve lapso
de tiempo, después del llamamiento inicial, volvieron a su ocupación previa de pescadores
(Mat. 4:18; Mar. 1:16; Luc. 5:2–5; cp. Jn. 1:35–42), pero no parece que ello se debiera a
ningún acto de desobediencia de su parte. Sólo que no habían llegado a darse cuenta de lo
que Jesús esperaba de ellos como líderes futuros, o quizá todavía no se les había dicho. Sin
embargo, desde el momento en que se acercó a ellos para pedirles que lo siguieran para
llegar a ser pescadores de hombres, “dejándolo todo, le siguieron” (Luc. 5:11; cp. Mat.
4:22; Mar. 1:20). Más adelante, aunque les quedaba mucho por aprender, pudieron decir
que su entrega a Cristo seguía siendo total (Mat. 19:27; Mar. 10:28; Luc. 18:28). A tales
hombres Jesús estuvo dispuesto a pasarles por alto muchas cosas que nacían de su
inmadurez espiritual. Sabía que podían llegar a vencer estos defectos a medida que fueran
creciendo en gracia y conocimiento. Su capacidad para recibir la revelación iba a crecer con
tal de que siguieran practicando cuantas verdades fueran entendiendo.
La obediencia a Cristo fue, pues, el medio por el cual los que lo acompañaban fueron
aprendiendo más. No pidió a los discípulos que siguieran aquello que todavía no sabían que
fuera verdad, pero nadie lo siguió sin aprender la verdad (Jn. 7:17). Así pues, Jesús no urgió
a sus discípulos a que entregaran la vida a una doctrina, sino a una persona que era la
doctrina, y sólo a medida que prosiguieran en su Palabra podían llegar a conocer la verdad
(Jn. 8:31, 32).
La prueba del amor
La obediencia suprema se interpretó como la expresión del amor. Esta lección quedó
puesta de relieve sobre todo en la víspera de la muerte del Maestro. A los discípulos
reunidos en torno a él en el aposento alto después de la cena pascual, Jesús dijo: “Si me
amáis, guardad mis mandamientos. El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el
que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a
él. El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos
morada con él. El que no me ama no guarda mis palabras; y la palabra que habéis oído no
es mía, sino del Padre que me envió. Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi
amor … Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros, como yo os he amado.
Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando” (Jn. 14:15, 21, 23, 24; 15:10, 12,
14).
Jesús lo demuestra
La obediencia absoluta a la voluntad de Dios fue, desde luego, el principio rector de la
vida del Maestro. Su vida fue plenamente dirigida y utilizada, según el propósito divino,
porque en su naturaleza humana Jesús se sujetó continuamente a la voluntad del Padre.
Repetidas veces lo expresó así: “Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y
que acabe su obra” (Jn. 4:34); “no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió, la
del Padre” (Jn. 5:30; cp. 6:38); “yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y
permanezco en su amor” (Jn. 15:10; cp. 17:4). Se podría resumir en su exclamación en
Getsemaní, “pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Luc. 22:42; cp. Mat. 26:39, 42, 44;
Mar. 14:36).
La cruz no fue sino el remate glorioso de la entrega de Jesús al cumplimiento de la
voluntad de Dios. Demostró para siempre que con la obediencia no se anda en
componendas: fue siempre una entrega hasta la muerte.
Los líderes religiosos de mentalidad mundana dijeron la verdad cuando expresaron con
burla: “A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar” (Mat. 27:42; Mar. 15:31; Luc. 23:35).
Desde luego que no se podía salvar a sí mismo. No había venido para salvarse a sí mismo.
Vino a salvar al mundo. Vino no “para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en
rescate por muchos” (Mat. 20:28; Mar. 10:45). Vino “a salvar lo que se había perdido”
(Luc. 19:10). Vino a ofrecerse en sacrificio a Dios por los pecados de todos los hombres.
Vino a morir. En ninguna otra forma se hubiera podido satisfacer la inviolable ley de Dios.
Esta cruz, que ya había sido aceptada de antemano (Apoc. 13:8; cp. Hch. 2:32), hizo de
cada paso que Cristo dio en la tierra una aceptación consciente del propósito eterno de Dios
para su vida. Cuando Jesús, por tanto, hablaba de obediencia, era algo que los discípulos
podían ver encarnado en forma humana. Como dijo Jesús: “Porque ejemplo os he dado,
para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis. De cierto, de cierto os digo: El
siervo no es mayor que su señor, ni el enviado es mayor que el que le envió” (Jn. 13:15,
16). Nadie pudo hacer caso omiso de esta lección. Al igual que Jesús halló su
bienaventuranza en hacer la voluntad de su Padre, sus seguidores hallarían la suya. Este es
el único deber del siervo. Fue así en el caso de Cristo, y nada que no sea esto se podrá
aceptar jamás como digno de un discípulo suyo (Luc. 17:6–10; cp. 8:21; Mat. 12:50; Mar.
3:35).
El principio en perspectiva
Desde el punto de vista de estrategia, sin embargo, esta obediencia fue el único modo
cómo Jesús pudo moldear las vidas de sus discípulos con su Palabra. Sin eso, de ningún
modo podría darse en los discípulos crecimiento en cuanto a vida y propósito. El padre
debe enseñar a sus hijos a obedecer si espera que los hijos sean como él.
Se debe recordar también que Jesús preparaba a hombres para que dirigieran a su iglesia
en la conquista del mundo, y nadie puede ser líder a no ser que antes haya aprendido a
seguir a un líder. Por esta razón escogió a sus futuros dirigentes de entre el pueblo,
enseñándoles sin cesar la necesidad de la disciplina y el respeto a la autoridad. Junto a él no
cabían insubordinaciones. Nadie sabía mejor que Jesús que las fuerzas satánicas de las
tinieblas estaban bien organizadas y pertrechadas en contra de ellos a fin de volver estéril
cualquier esfuerzo de evangelización hecho a medias. De ningún modo podían superar a los
poderes diabólicos de este mundo si no se adherían en forma estricta al único que conocía
la estrategia del triunfo. Esto exigía obediencia absoluta a la voluntad del Maestro, y al
mismo tiempo olvido total de la voluntad propia.
Aplicación actual del principio
Hoy día debemos aprender de nuevo este principio. Con los mandatos de Cristo no se
puede jugar. Estamos metidos en una guerra, cuyo resultado es la vida o la muerte, y cada
día en que nos mostramos indiferentes a nuestras responsabilidades es un día perdido para
la causa de Cristo. Si hemos aprendido aunque sólo sea la verdad más elemental acerca del
discipulado, debemos saber que hemos sido llamados a ser siervos de nuestro Señor y a
obedecer su Palabra. No es deber nuestro andar averiguando por qué habla como lo hace,
sino sólo cumplir sus órdenes. A no ser que haya esta dedicación a todo lo que sabemos que
desea que hagamos, por inmadura que sea nuestra comprensión, es dudoso que lleguemos a
hacer avanzar su vida y misión. En el reino no hay lugar para los cobardes, porque una
actitud así no sólo impide cualquier crecimiento en gracia y conocimiento, sino que
destruye también cualquier posible utilidad en el campo mundial de batalla del
evangelismo.
Uno debe preguntarse: ¿Por qué tantos llamados cristianos en la actualidad no crecen y
son ineficaces en su testimonio? O para formular la pregunta en un contexto más amplio:
¿por qué la iglesia contemporánea vive tan frustrada en su testimonio al mundo? ¿No es
acaso porque tanto entre el clero como entre los laicos existe una indiferencia general a los
mandamientos de Dios, o por lo menos, una especie de aceptación complacida de la
mediocridad? ¿Dónde está la obediencia de la cruz? En realidad, pareciera que las
enseñanzas de Cristo acerca de la auto-negación y la dedicación, han quedado suplantadas
por una especie de filosofía respetable de hacer lo que a uno más le convenga.
La gran tragedia es que se hace muy poco para enmendar la situación, incluso por parte
de quienes se dan cuenta de lo que sucede. Ciertamente que lo que nuestro tiempo necesita
no es desesperar, sino acción. Ya es hora de que los requisitos para formar parte de la
iglesia se interpreten y se exijan en términos del auténtico discipulado cristiano. Pero esto
sólo no bastará. Los seguidores deben disponer de líderes, y esto significa que antes de que
se pueda hacer mucho en cuanto a lo que significa formar parte de la iglesia, se tendrá que
hacer algo por los oficiales de la iglesia. Si esta tarea parece demasiado grande, entonces
tendremos que comenzar como lo hizo Jesús: escoger a unos pocos e imbuir en ellos el
significado de la obediencia.
Cuando este principio se acepte en la práctica, entonces se podrá llegar a un desarrollo
pleno, de acuerdo con el siguiente paso en la estrategia del Maestro para la conquista.

RECIBID EL ESPIRITU SANTO


JUAN 20:22

4 • COMUNICACION
Se entregó a sí mismo
Jesús quiso que sus seguidores le obedecieran. Pero juntamente con esta verdad, él hizo
realidad el hecho de que sus discípulos descubrieran la experiencia más profunda de Su
Espíritu. Al recibir el Espíritu, ellos conocerían el amor de Dios por un mundo perdido. Por
esto su exigencia de disciplina fue recibida sin discusión. Los discípulos entendieron que no
se limitaban a cumplir una ley, sino que respondían a alguien que los amaba y que estaba
dispuesto a entregarse por ellos.
Su vida fue de entrega: entregar lo que el Padre le había dado (Jn. 15:15; 17:4, 8, 14).
Les dio su paz, que los sostenía en medio de la tribulación (Jn. 16:33; cp. Mat. 11:28). Les
dio su gozo en el que vivían en medio de los sufrimientos y penas que los rodeaban (Jn.
15:11; 17:13). Les dio las llaves de su reino contra el cual los poderes del infierno nunca
prevalecerían (Mat. 16:19; cp. Luc. 12:32). En realidad, les dio su propia gloria que había
poseído desde antes de la creación del mundo, a fin de que pudieran ser uno como él lo era
con el Padre (Jn. 17:22, 24). Les dio todo lo que tenía: nada se guardó, ni siquiera su propia
vida.
Así es el amor. Siempre se entrega. Si anda con precauciones, no es amor. En este
sentido Jesús hizo ver con toda claridad a sus seguidores el significado de “de tal manera
amó Dios al mundo” (Jn. 3:16). Significaba que Dios dio todo lo que tenía a los que amaba,
incluso su “Hijo unigénito”. Y para el Hijo, el encarnar ese amor significó renunciar al
derecho que tenía de vivir, para dar su vida por el mundo. Sólo a la luz de esto —cuando el
Hijo pasa a ocupar el lugar del mundo— se puede comenzar a entender la cruz. Pero para
esto la cruz de Cristo es inevitable, porque el amor infinito de Dios sólo puede manifestarse
en un modo infinito. Así como el hombre tenía que morir por razón del pecado, así Dios
por razón de su amor tuvo que enviar a su Hijo para que muriera en nuestro lugar. “Nadie
tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos” (Jn. 15:13).
El apremio de evangelizar
Jesús no dejó pasar oportunidad de grabar bien en sus seguidores el apremio profundo
de su propia alma abrasada con el amor de Dios por un mundo perdido. Todo lo que hizo y
dijo tuvo como motivo esta pasión consumidora. Su vida no fue más que la revelación en el
tiempo del propósito eterno de Dios de salvar para sí un pueblo. Por encima de todo, esto es
lo que los discípulos necesitaban aprender, no en teoría, sino en la práctica.
Y lo vieron puesto en práctica ante sus ojos de muchas maneras todos los días. Aunque
las pruebas de ello fueron a veces duras de aceptar, como cuando les lavó los pies (Jn.
13:1–30), no pudieron dejar de entender lo que les quería decir. Vieron cómo el Maestro se
negaba a sí mismo muchas de las comodidades y placeres del mundo para convertirse en
siervo en medio de ellos. Vieron cómo las cosas que más querían — satisfacción física,
aclamación popular, prestigio— las rechazaba; por el contrario, las cosas que ellos trataban
de eludir—pobreza, humillación, penas, e incluso la muerte—las aceptaba voluntariamente
por amor a ellos. Al contemplarlo ministrar a los enfermos, consolar a los afligidos, y
predicar el evangelio a los pobres, comprendieron con claridad que el Maestro no
consideraba ningún servicio demasiado pequeño, ni ningún sacrificio demasiado grande, si
eran para la gloria de Dios. Quizá no siempre lo entendieron, y sin duda no podían
explicarlo, pero nunca pudieron engañarse en cuanto a ello.
Su santificación
La renovación constante de la consagración de sí mismo a Dios, por medio del servicio
amoroso a los demás, constituyó la santificación de Jesús. Así lo dijo él mismo con toda
claridad en su oración sacerdotal: “Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al
mundo. Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados
en la verdad” (Jn. 17:18, 19). Adviértase que este apartarse a sí mismo para Dios, como lo
indica la palabra “santificar”, no fue necesario que en el caso de Jesús produjera
purificación, ya que fue siempre puro. Ni tampoco fue necesario para recibir poder para
servir, ya que Jesús poseía todo el poder imaginable. Más bien su santificación, como lo
revela el contexto, fue en el terreno de la entrega a la tarea para la que había sido “enviado
al mundo”,* y en la dedicación a ese propósito de evangelismo entregó constantemente su
vida “por ellos”.
Su santificación no tuvo como propósito beneficiarle a él mismo, sino que fue en bien
de sus discípulos, para que ellos fueran “santificados en la verdad”. Es decir, al entregarse a
Dios, Jesús se entregó a los que lo rodeaban, a fin de que llegaran a conocer por medio de
la vida de él una entrega semejante. El vivía la misión para la que había venido al mundo.
Todo su plan de evangelización giraba en torno a esta dedicación, y a la fidelidad con que
sus discípulos se entregaran a sí mismos por amor al mundo que los rodeaba.
Credenciales del ministerio
Esta iba a ser la medida que debían aplicar a su propio servicio en nombre de él. Iban a
tener que dar con la misma liberalidad con que habían recibido (Mat. 10:8). Tenían que
amarse unos a otros como él los amaba (Jn. 13:34, 35). Por este distintivo serían
reconocidos como discípulos suyos (Jn. 15:9, 10). En esto se contenían todos sus
mandamientos (Jn. 15:12, 17; cp. Mat. 22:37–40; Mar. 12:30, 31; Luc. 10:27). Amor —
amor de calvario— era la norma. Tal como lo habían visto durante tres años, los discípulos
tenían que entregarse en dedicación desinteresada a aquellos a quienes el Padre amaba y
por quienes el Maestro moría (Jn. 17:23).
Tal demostración de amor por medio de ellos iba a ser el conducto para que el mundo
reconociera que el evangelio era verdadero. ¿De qué otro modo se podría convencer a las
multitudes? El amor es el único medio para ganarse la respuesta voluntaria de los hombres,
y esto es posible sólo por la presencia de Cristo en el corazón. Por esto Jesús oró: “Padre
justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido, y éstos han conocido que tú me
enviaste. Y les he dado a conocer tu nombre, y lo daré a conocer aún, para que el amor con
que me has amado, esté en ellos, y yo en ellos” (Jn. 17:25, 26).
La obra del Espíritu Santo
Que nadie imagine, sin embargo, que esta clase de experiencia con Cristo pudiera ser
fruto de la inventiva humana. Jesús dijo con claridad meridiana que su vida nos llegaría
sólo por medio del Espíritu Santo. “El espíritu es el que da vida; la carne para nada
aprovecha” (Jn. 6:63). Por esto, incluso para comenzar a vivir en Cristo, uno ha de nacer de
nuevo (Jn. 3:3–9). La naturaleza corrupta del hombre tiene que ser regenerada por la acción
del Espíritu de Dios antes de que pueda conformarse a su genuino propósito de criatura
hecha a imagen de Dios. Asimismo, el Espíritu es el que sostiene y alimenta la vida
transformada del discípulo en su crecimiento en gracia y conocimiento (Jn. 4:14; 7:38, 39).
Por la acción del mismo Espíritu uno se purifica por medio de la Palabra y es puesto aparte
para Dios en servicio santo (Jn. 15:3; 17:17; cp. Ef. 5:26). Desde el principio hasta el fin, el
experimentar al Cristo vivo en cualquier forma personal es obra del Espíritu Santo.
Del mismo modo, es sólo el Espíritu de Dios el que capacita para proseguir la misión
redentora de la evangelización. Jesús subrayó muy pronto esta verdad, en relación con su
propia obra, al afirmar que lo que hacía era en cooperación con “el Espíritu del Señor”. Por
la virtud del mismo predicaba el evangelio al pobre, sanaba al afligido, proclamaba
liberación al cautivo, abría los ojos al ciego, echaba demonios, y liberaba al oprimido (Mat.
12:28; Luc. 4:18). Jesús era Dios revelado; pero el Espíritu era Dios actuando. Era el agente
de Dios realizando de hecho, por medio de hombres, el plan eterno de salvación. Por esto
Jesús explicó a sus discípulos que el Espíritu prepararía el camino para el ministerio de
ellos. Les enseñaría cómo hablar (Mat. 10:19, 20; Mar. 13:11; Luc. 12:12). Convencería al
mundo de pecado, de justicia y de juicio (Jn. 16:9–11). Iluminaría con la verdad para que
los hombres pudieran conocer al Señor (Mat. 22:43; cp. Mar. 12:36; Jn. 16:14). Con el
poder de Jesús los discípulos recibieron la promesa de poder hacer las mismas obras de su
Señor (Jn. 14:12). A la luz de todo esto, la evangelización no se interpretó en absoluto
como empresa humana, sino como proyecto divino que había comenzado desde el principio
y proseguiría hasta que se cumpliera el propósito de Dios. Era por completo la obra del
Espíritu. Lo que a los discípulos se les pidió que hicieran fue dejar que el Espíritu tomara
posesión completa de sus vidas.
Otro Consolador
Desde el punto de vista de la satisfacción propia, sin embargo, los discípulos
necesitaron aprender en una forma más significativa la relación del Espíritu con la persona
de su Señor. Jesús, desde luego, reconoció esta necesidad, y, por consiguiente, habló en
forma más específica acerca de ello en los últimos días de su vida. Hasta ese momento él
siempre había estado con ellos. Había sido su consolador, su maestro, su guía. En intimidad
con él los discípulos habían adquirido valor y fortaleza; con él sentían que todo era posible;
pero el problema era que ese Jesús regresaba al cielo. En tales circunstancias, Jesús
necesitaba explicarles cómo seguir adelante cuando él se hubiera ido.
Por eso entonces Jesús les habló del Espíritu como de “otro Consolador”, como
abogado, como alguien que iba a estar junto a ellos, como persona que iba a ocupar junto a
ellos, en el reino invisible, exactamente el mismo lugar que Jesús había ocupado en la
experiencia visible de la carne (Jn. 14:16). Al igual que Jesús se había dedicado a ellos por
tres años, ahora el Espíritu los iba a guiar a toda verdad. Les mostraría las cosas por venir
(Jn. 16:13). Les enseñaría lo que necesitaban saber (Jn. 14:26). Los ayudaría a orar (Jn.
14:13, 14; 16:23, 24). En pocas palabras, glorificaría al Hijo al hacer realidad las cosas de
Cristo para sus seguidores (Jn. 16:14, 15). El mundo no podría recibir esta verdad, porque
no había conocido a Jesús; pero los discípulos sí lo conocieron, porque estuvo con ellos, y
en el Espíritu seguiría estando con ellos para siempre (Jn. 14:17).
No era de teorías, ni credos, ni arreglos artificiales que Jesús hablaba. Era la promesa de
una compensación genuina por la pérdida que los discípulos iban a sufrir. “Otro
Consolador”, como Jesús, iba a llenarlos con la presencia misma del Maestro. En realidad,
los privilegios que los discípulos iban a disfrutar en esta relación más profunda con el
Espíritu eran mayores que los que habían conocido junto a Jesús por los senderos de
Galilea. Después de todo, en su carne, Jesús estuvo confinado a un cuerpo y a un lugar,
pero en el Espíritu estas limitaciones iban a desaparecer. Ahora podría estar con ellos
siempre, y literalmente ser capaz de no dejarlos ni abandonarlos (Mat. 28:20; cp. Jn. 14:16).
Considerándolo en esta perspectiva, era mejor que Jesús una vez terminada su obra,
regresara al Padre y enviara al bendito Consolador para que viniera a ocupar su lugar (Jn.
16:7).
El secreto de la vida victoriosa
Es fácil ver, pues, por qué Jesús esperaba que sus discípulos aguardaran hasta que esta
promesa se les hiciera realidad (Luc. 24:49; Hch. 1:4, 5, 8; 2:33). ¿De qué otra manera
hubieran podido jamás cumplir la comisión de su Señor con gozo y paz interior?
Necesitaban una experiencia tan real de Cristo que sus vidas se llenaran de su presencia. La
evangelización tenía que convertirse en un impulso ardiente dentro de ellos, que purificara
sus deseos y guiara sus pensamientos. Nada que no fuera un bautismo personal del Espíritu
Santo bastaría. La obra sobrehumana a la que fueron llamados exigían ayuda sobrenatural:
una comunicación de poder de lo alto. Esto significaba que los discípulos por medio de la
confesión de su orgullo y desamor tan profundamente arraigados y en la entrega total de sí
mismos a Cristo, tenían que llegar por fe a una experiencia nueva y purificadora de la
plenitud del Espíritu.
El hecho de que estos hombres fueran seres humanos corrientes no fue obstáculo en
ningún sentido. Sólo sirve para recordarnos el poder avasallador del Espíritu de Dios quien
realiza su propósito en hombres sometidos por completo a su dirección. Después de todo, el
poder está en el Espíritu de Cristo. No es quiénes somos, sino quién es él lo que constituye
la diferencia.
Verdad oculta a los incrédulos
Con todo, conviene mencionar de nuevo que sólo los que siguieron a Jesús hasta el final
llegaron a conocer la gloria de esta experiencia. Los que siguieron de lejos, como las
multitudes, al igual que los que se empeñaron en no querer andar a la luz de su Palabra,
como los fariseos, ni siquiera oyeron hablar de la obra del bendito Consolador. Como se
dijo antes, Jesús no iba a echar sus perlas a los que no las querían.
Esto caracterizó su enseñanza durante toda la vida. Jesús a propósito reservó para sus
propios discípulos escogidos, y sobre todo para los doce, las cosas más reveladoras (Mat.
11:27; cp. 16:17; Luc. 10:22). Realmente, sus ojos y oídos fueron bendecidos. Muchos
profetas y reyes habían deseado ver las cosas que ellos veían, y oír las cosas que ellos oían,
y no pudieron (Mat. 13:16, 17; Luc. 10:23, 24; cp. Mat. 13:10, 11; Mar. 4:10, 11; Luc. 8:9,
10). Esta táctica puede parecer extraña hasta que se vuelve a caer en la cuenta de que Jesús
invirtió voluntariamente todo lo que tenía en estos pocos hombres, a fin de que estuvieran
adecuadamente preparados para realizar la obra.
El problema actual de principios
Todo gira en torno a la persona del Maestro. Básicamente su camino fue su vida. Y lo
mismo debe ser en el caso de sus seguidores. Deberaos tener su vida en nosotros por el
Espíritu si queremos realizar su obra y poner en práctica su enseñanza. Cualquier obra de
evangelización sin esto, carece tanto de vida como de significado. Sólo en cuanto el
Espíritu de Cristo en nosotros exalta al Hijo, es que los hombres son conducidos al Padre.
Desde luego, no podemos dar algo que no poseamos. La capacidad misma de dar la
vida en Cristo es la prueba de la posesión. No podemos negar lo que poseemos en el
Espíritu de Cristo, y seguir conservándolo. El Espíritu de Dios siempre insiste en dar a
conocer a Cristo. Esta es la gran paradoja de la vida: debemos morir a nosotros mismos
para vivir en Cristo, y en esta renuncia a nosotros mismos debemos entregarnos en servicio
y dedicación a nuestro Señor. Este fue el método de Jesús en la evangelización, que al
principio sólo vieron unos cuantos seguidores, pero por medio de ellos iba a convertirse en
el poder de Dios para triunfar sobre el mundo.
Pero no nos podemos detener ahí. Es necesario también que se vea en nosotros una
demostración clara de la forma de vivir de Cristo. Por consiguiente, debemos entender otro
aspecto obvio de la estrategia de Jesús con sus discípulos.

EJEMPLO OS HE DADO
JUAN 13:15

5 • DEMOSTRACION
Les mostró cómo vivir
Jesús se preocupó de que sus discípulos aprendieran su forma de vivir con Dios y con
los hombres. Reconoció que no era suficiente introducir a las personas a la comunión
espiritual con él. Sus discípulos necesitaban saber cómo mantener esta experiencia y cómo
compartirla, ya que era necesario perpetuarla por medio de la evangelización. Desde luego
que, en un sentido técnico, la vida precede a la acción, pero bajo un punto de vista
completamente práctico, vivimos gracias a lo que hacemos. Uno debe respirar, comer,
hacer ejercicio, y proseguir con su trabajo si quiere crecer. Cuando estas funciones
corporales se olvidan, la vida cesa. Por esto el esfuerzo de Jesús por hacer comprender a sus
seguidores los secretos de su influencia espiritual han de considerarse como parte
voluntaria de su estrategia básica. Sabía lo que era importante.
La práctica de orar
Tomemos, por ejemplo, su vida de oración. No fue accidental que Jesús dejara que sus
discípulos muchas veces lo vieran conversar con el Padre. Así pudieron comprobar la
fortaleza que esta práctica daba a su vida, y si bien no podían entender completamente de
qué se trataba, tienen que haber caído en la cuenta de que era parte de su secreto de vida.
Adviértase que Jesús no les impuso la lección, sino que más bien siguió orando hasta que
por fin los discípulos se sintieron tan deseosos de imitarle que le pidieron que les enseñara
lo que hacía.
Aprovechando esta oportunidad cuando se presentó, Jesús pasó a darles una lección que
sus corazones estaban listos para recibir. Les explicó algunos de los principios básicos de la
oración, y luego, antes de concluir, ilustró su explicación con una oración modelo (Mat.
6:9–13; Luc. 11:1–11). Se podría pensar que semejante práctica estaba por debajo de la
capacidad de estos discípulos —la idea de tener que ponerles palabras en la boca para que
supieran orar— pero Jesús no hubiera dado por sentado un punto tan importante. En
realidad, estos métodos elementales de enseñar a menudo resultan necesarios para que las
personas se inicien en esta práctica. Pero sea lo que fuere lo que resultara necesario, Jesús
quiso que comprendieran la lección.
Al hablar con sus discípulos, insistió una y otra vez en la vida de oración, ahondando
constantemente en su significado y aplicación a medida que iban siendo más capaces de
comprender las realidades más profundas de su Espíritu. Fue una parte indispensable de su
preparación, que a su vez habrían de transmitir a otros. Una cosa es cierta. A no ser que
comprendieran el significado de la oración, y aprendieran cómo practicarla en forma
continua, sus vidas nunca iban a producir mucho fruto.
Uso de la Escritura
Otro aspecto de la vida de Jesús que les fue presentado en forma gráfica a los discípulos
fue la importancia y el uso de las Sagradas Escrituras. Esto resultó evidente tanto en el
mantenimiento de su vida de devoción personal como al ganar a otros para el reino. A
menudo hacía esfuerzos especiales para grabar bien en sus seguidores el significado de
algún pasaje bíblico, y nunca dejó de usar las Escrituras en sus conversaciones con ellos.
En conjunto, hay por lo menos sesenta y seis referencias al Antiguo Testamento en sus
diálogos con los discípulos en los cuatro Evangelios, para no mencionar más de noventa
alusiones al mismo al hablar con otros.
Todo esto sirvió para mostrar a los discípulos cómo debían conocer y usar las Escrituras
en su propia vida. Los principios de la exhortación bíblica fueron practicados tan repetidas
veces ante ellos, que no pudieron sino asimilar algunas de las reglas básicas de la
interpretación y aplicación escriturales. Además, la capacidad de Jesús para recordar tan
fácilmente pasajes del Antiguo Testamento, debe haber dejado impresa en los discípulos la
necesidad de aprender de memoria las Escrituras, y de que ellas fueran la autoridad en que
se basaran sus pronunciamientos.
En todo se pudo ver con suma claridad que la palabra escrita en las Escrituras y la
palabra que Jesús hablaba no se contradecia, sino que se complementaban. Lo que Jesús
creía también debía ser apreciado por los discípulos. De ahí que las Escrituras, junto con las
propias palabras de él, se convirtieron en la base objetiva de su fe en Cristo. Además, se les
hizo ver con claridad que si querían continuar en intimidad con él por medio del Espíritu,
después de que se hubiera ido, tendrían que permanecer en su Palabra (Jn. 15:17).
Sobre todo ganar almas
Por medio de esta forma de demostración personal, todos los aspectos de la disciplina
personal de Jesús fueron legados a los discípulos. Pero lo que quizá fue más importante que
ninguna otra cosa, en relación con su objetivo último, fue que mientras tanto les fue
enseñando cómo ganar almas.
Prácticamente todo lo que Jesús hizo y dijo tuvo algún significado para su obra de
evangelización, ya fuera por medio de la explicación de una verdad espiritual o ya al
revelarles cómo tratar a los hombres. No se vio urgido de preparar situaciones didácticas,
sino que se limitó a aprovechar las que se iban presentando, y por ello su enseñanza
siempre parecía realista. De hecho, en su mayor parte, los discípulos la iban absorbiendo
sin siquiera saber que estaban recibiendo preparación para ganar, en condiciones parecidas,
a las gentes para Dios.
Enseñar con naturalidad
Este punto, al que ya se ha aludido varias veces, nunca se hará resaltar lo suficiente.
Jesús fue tan magistral en su enseñanza que no dejó que el método obscureciera lo que
enseñaba. Quiso que la verdad atrajera por sí misma, y no la presentación. Su método a este
respecto fue ocultar el hecho de que siquiera tuviera un método, él era su método.
Puede resultar difícil comprender esto en estos tiempos de técnicas profesionales y de
recursos vistosos. En algunas esferas parecería casi que somos incapaces de actuar sin un
manual bien ilustrado o un cuadro bien detallado que nos indiquen qué debemos hacer. Lo
menos que podríamos esperar es una clase de cómo ganar almas. Con todo, por extraño que
parezca, los discípulos nunca dispusieron de ninguna de estas cosas que hoy día se
consideran tan esenciales para el trabajo.
Todo lo que los discípulos tuvieron que enseñarles fue un Maestro que practicó con
ellos lo que esperaba que aprendieran. La evangelización fue vivida ante ellos en espíritu y
en técnica. Observándolo aprendieron en qué consistía. Los ayudó a reconocer la necesidad
innata en todas las clases de personas, y los mejores métodos para acercárseles. Observaron
cómo atraía a la gente; cómo ganaba su confianza e inspiraba su fe; cómo les manifestaba el
camino de salvación y los invitaba a decidirse. En toda clase de situaciones y entre toda
clase de gente, ricos y pobres, sanos y enfermos, amigos y enemigos por igual, los
discípulos vieron en acción al Maestro ganador de almas. No fue resumido en el pizarrón de
una clase concurrida ni escrito en un manual de “hágalo usted por sí mismo”. Su método
fue tan real y práctico porque era totalmente natural.
Clase siempre en acción
Esto fue así tanto en su trato con las masas como con los individuos. Los discípulos
siempre estaban allí para observar su palabra y sus acciones. Si la forma concreta no
resultaba clara, todo lo que tenían que hacer era pedir al Maestro que se la explicara. Por
ejemplo, después de que Jesús contó la historia del sembrador a “mucha gente” (Mar. 4:1s.;
cp. Mat. 13:1–9; Luc. 8:4–8), sus discípulos “le preguntaron, diciendo: “¿Qué significa esta
parábola?” (Luc. 8:9; cp. Mat. 13:10; Mar. 4:10). Ante lo cual Jesús procedió a explicarles
en detalle el significado de las analogías empleadas en la ilustración. De hecho, a juzgar por
el texto escrito, dedicó tres veces más de tiempo a explicar esta historia a los discípulos que
a la lección inicial dada a la multitud (Mat. 13:10–23; Mar. 4:10–25; Luc. 8:9–18).
Cuando los discípulos parecían reacios a confesar su desorientación, entonces Jesús a
menudo tomaba la iniciativa en cuanto a aclarar el problema. La historia del joven rico es
un incidente típico. Después de que Jesús lo hubo tratado más bien con dureza, y el joven
se hubo ido entristecido porque amaba a las riquezas más que el reino de Dios, Jesús se
volvió a los discípulos y les dijo: “De cierto os digo, que difícilmente entrará un rico en el
reino de los cielos” (Mar. 10:23; cp. Mar. 10:23; Luc. 18:24). “Los discípulos se
asombraron de sus palabras” (Mar. 10:24). Esto condujo a una extensa conversación en la
que Jesús explicó la razón de su forma de tratar a este hombre moralmente bueno, aunque
al mismo tiempo aprovechó la oportunidad de aplicar el principio a la profesión de fe de
ellos (Mat. 19:24–20:16; Mar. 10:24–31; Luc. 18:25–30).
El principio enfocado
El método de Jesús en este caso fue más que un sermón ininterrumpido; fue también
una lección objetiva. Este fue el secreto de su influencia al enseñar. No pidió a nadie que
hiciera o fuera algo que él no hubiera demostrado antes en su propia vida, con lo que no
sólo demostró que el principio era aplicable sino también que tenía importancia para su
misión. Y esto fue así porque estuvo constantemente con sus discípulos. Sus clases de
preparación nunca se interrumpieron. Todo lo que hizo y dijo fue una lección personal real,
y como los discípulos estaban con él para darse cuenta de ello, en la práctica estuvieron
aprendiendo sin cesar, cada minuto.
¿De qué otra manera se podría aprender su camino? Está muy bien explicar a la gente lo
que queremos decir, pero es infinitamente mejor mostrarles cómo hacerlo. La gente busca
demostraciones, no explicaciones.
Aplicación actual del principio
En resumidas cuentas, los que tratamos de preparar a hombres debemos estar dispuestos
a hacer que nos sigan, como nosotros seguimos a Cristo (1 Cor. 11:1). Nosotros somos el
ejemplo (Fil. 3:17s.; 1 Tes. 2:7, 8; 2 Tim. 1:13). Harán lo que oyen, y ven en nosotros (Fil.
4:9). Con tiempo, por medio de esta clase de liderazgo, es posible enseñar nuestra forma de
vivir a los que están constantemente con nosotros.
Debemos poner en práctica esta verdad en nuestra vida. No podemos desentendernos ni
eludir nuestra responsabilidad personal de mostrar el camino a los que estamos preparando,
y esta revelación debe incluir la práctica en la vida de las realidades profundas del Espíritu.
Este es el método del Maestro, y sólo esto puede preparar a otros para realizar su obra.
Con todo, como sabemos, el simple conocimiento no basta. Llega un momento en que
hay que actuar. No tener en cuenta esto puede anular todo lo que se ha adquirido en el
proceso de aprendizaje. En realidad, el conocimiento que no se aplica a la vida se puede
convertir en piedra de tropiezo para seguir aprendiendo. Nadie entendió esto mejor que el
Maestro. Preparó hombres para llevar a cabo una labor, y cuando ya supieron lo suficiente
para comenzar a actuar, hizo posible que así fuera. La aplicación de este principio es tan
notable que hay que estudiarla como otra parte de su estrategia de conquista por medio de
hombres preparados y espiritualmente activos.

OS HARE PESCADORES DE HOMBRES


MATEO 4:19

6 • DELEGACION
Les asignó trabajo
Jesús realizó siempre su ministerio con miras al momento en que sus discípulos habrían
de asumir la responsabilidad de la obra y salir al mundo con el evangelio redentor. Este
plan se fue aclarando en el transcurso de su vida con Jesús.
La paciencia con que Jesús hizo comprender esto a los discípulos refleja su
consideración para con la capacidad de ellos de aprender. Nunca se adelantó a insistir en
que actuaran. La primera invitación que les hizo para que lo siguieran no incluyó nada en
cuanto a salir a evangelizar al mundo, si bien este fue su plan desde el principio. Su método
fue que los discípulos llegaran a una experiencia vital con Dios, y mostrarles cómo actuaba
él mismo antes de decirles lo que tenían que hacer.
Por otra parte, Jesús no se opuso a los deseos espontáneos de los discípulos de dar
testimonio de su fe; y, de hecho, pareció complacido de que desearan conducir a otros al
conocimiento de lo que ellos habían hallado. Andrés consiguió a Pedro; Felipe encontró a
Natanael; Mateo invitó a sus amigos a una comida en la casa de Jesús; y Jesús respondió
con gozo a estas presentaciones. Conviene también advertir que en varias ocasiones Jesús
pidió en forma específica a aquellos a quienes ayudaba con su ministerio, a que dijeran algo
acerca de ello a otros. Sin embargo, en ninguno de estos casos preliminares la vida de
testimonio fue objeto de un mandato explícito.
Jesús utilizó a sus discípulos en otras formas de ayuda en su obra, tal como encargarse
de conseguir comida y preparar hospedaje para el grupo que lo seguía. También les dejó
bautizar a algunos que aceptaron el mensaje (Jn. 4:2). Aparte de esto, sin embargo, más
bien sorprende observar en los Evangelios que estos primeros discípulos en realidad no
hicieron mucho más que observar a Jesús por un año o más. Su actividad fue la que
mantuvo ante ellos la visión, y en su llamamiento de los cuatro pescadores recalcó que
siguiéndole tenían que ser pescadores de hombres (Mat. 4:19; Mar. 1:17; Luc. 5:10), pero
no parece que hicieran mucho a este respecto. Es más, incluso después de haber sido
formalmente ordenados para el ministerio unos meses después (Mar. 3:14–19; Luc. 6:13–
16), siguieron sin dar pruebas de llevar a cabo ninguna iniciativa evangelizadora propia.
Esta observación quizá debería hacernos ser más pacientes con los recién convertidos que
nos siguen.
Primera misión evangelizadora de los doce
Pero al comenzar Jesús el tercer recorrido de Galilea (Mat. 9:35; Mar. 6:6), sin duda se
dio cuenta de que había llegado el momento en que los discípulos podían participar más
directamente en la obra. Ya habían visto lo suficiente, por lo menos para comenzar. Ahora
necesitaban poner en práctica lo que habían visto hacer a su Maestro. Por esto “llamó a los
doce, y comenzó a enviarlos de dos en dos” (Mar. 6:7; cp. Mat. 10:5; Luc. 9:1, 2). Al igual
que el águila madre enseña a sus crías a volar empujándolas fuera del nido, así Jesús
empujó a sus discípulos al mundo para que probaran sus propias alas.
Instrucciones breves
Antes de enviarlos, sin embargo, Jesús les dio algunas instrucciones para su misión. Lo
que les dijo en esa ocasión es muy importante para este estudio porque, en un sentido, les
resumió en forma explícita lo que les había estado enseñando en forma implícita todo el
tiempo.
Primero reafirmó el propósito que había asignado a sus vidas. Tenían que salir a
‘predicar el reino de Dios, y a sanar a los enfermos” (Luc. 9:1, 2; cp. Mat. 10:1; Mar. 6:7).
En esta comisión nada había de nuevo, pero sirvió para aclarar la tarea. Sin embargo, las
instrucciones nuevas que les dio sí hicieron resaltar lo inminente de la tarea con el anuncio
de que “el reino de los cielos se ha acercado” (Mat. 10:7). También detalló en forma más
completa el objetivo de su autoridad al decirles no sólo que sanaran, sino también “limpiad
leprosos, resucitad muertos, echad fuera demonios” (Mat. 10:8).
Pero Jesús no se limitó a esto. Les indicó también a quiénes debían dirigirse en primer
lugar. “Por camino de gentiles no vayáis, y en ciudad de samaritanos no entréis, sino id
antes a las ovejas perdidas de la casa de Israel” (Mat. 10:5, 6). Fue como si Jesús les dijera
a los discípulos dónde iban a encontrar el auditorio más capaz de oir el mensaje. Así había
procedido Jesús en su ministerio, si bien, a medida que pasaba el tiempo, no se limitó a
ello. Como los compatriotas eran los más parecidos a ellos en formación cultural y
religiosa, es natural que comenzaran con ellos. Es interesante, sin embargo, que unos meses
más tarde, al enviar a los setenta, no repitiera esta recomendación, con lo que quizá quiso
indicar que ya había llegado el momento de ir con el mensaje de Cristo más allá de las
fronteras naturales.
En cuanto a su sostenimiento, tenían que confiar en que Dios les iba a proveer de todo
lo necesario. Se les dijo que sirvieran gratuitamente del mismo modo que su Señor les había
servido a ellos (Mat. 10:8). En consecuencia, Jesús los instruyó para que no cargaran sin
necesidad con bagaje y provisiones (Mat. 10:9, 10; Mar. 6:8, 9; Luc. 9:3). Si eran fieles a
Dios, él procuraría que no les faltara nada. “El obrero es digno de su alimento, (Mat.
10:10).
Seguir su método
El plan de Jesús es todavía más específico en las instrucciones que da a los discípulos
de encontrar alguna persona amigable en cada ciudad que visiten, y de vivir en su casa por
el tiempo que continúen su labor evangelizadora en la zona. “Más en cualquier ciudad o
aldea donde entréis, informaos quién en ella sea digno, y posad allí hasta que salgáis” (Mat.
10:11; comp. Mar. 6:10; Luc. 9:4). En efecto, se les dijo a los discípulos que dedicaran la
mayor parte del tiempo a los individuos más prometedores de cada ciudad, quienes con ello
podrían proseguir la obra después de la salida de los propios discípulos. Esto tenía que
recibir prioridad absoluta. De hecho, si no podían encontrar a nadie que los acogiera, se les
instruye específicamente a que sacudan el polvo de sus pies como testimonio en contra de
aquellos faltos de hospitalidad. Sería “más tolerable el castigo para la tierra de Sodoma y de
Gomorra, que para aquella ciudad” (Mat. 10:14, 15; cp. Mar. 6:11; Luc. 9:5). Este principio
de establecer una cabeza de puente en un lugar nuevo de trabajo, por medio de la obtención
de un líder potencialmente clave para la labor de continuación, no ha de minimizarse. Jesús
lo había practicado con sus discípulos, y esperaba que ellos hicieran lo mismo. Todo su
plan de evangelización dependía de ello, y esos lugares que negaban a los discípulos la
oportunidad de practicar este principio, de hecho se atrajeron sobre sí el juicio de
obcecación total.
Esperar inconvenientes
El hecho de que algunos rechazaran el ministerio de los discípulos sólo hizo más
patente la advertencia de Jesús en cuanto al tratamiento que podían esperar recibir.
“Guardaos de los hombres, porque os entregarán a los concilios, y en sus sinagogas os
azotarán; y aun ante gobernadores y reyes seréis llevados por causa de mí, para testimonio a
ellos y a los gentiles” (Mat. 10:17, 18). Esto resultaba del todo natural, ya que “el discípulo
no es más que su maestro, ni el siervo más que su señor” (Mat. 10:24). Los dirigentes
habían llamado a Jesús Beelzebú, y los suyos no debían esperar menos (Mat. 10:25). Esto
equivalía a decir que su camino se oponía a las pautas aceptadas de la sabiduría del mundo.
Por ello los hombres los odiarían (Mat. 10:22, 23). Sin embargo, Jesús les dijo que no
temieran. Dios nunca los abandonaría. Y aunque su testimonio se viera acompañado de
graves peligros para su vida, el Espíritu Santo los capacitaría para salir al paso de los
problemas (Mat. 10:20, 21). Fuera lo que fuere lo que les sucediera, Jesús les garantizó que
a quienquiera que lo confesare ante los hombres, él lo recordaría delante de su Padre en los
cielos (Mat. 10:32).
No se puede evitar sentirse impresionado por la forma realista como Jesús nunca
permitió que sus discípulos subestimaran la fuerza del enemigo, ni la resistencia natural de
los hombres a su evangelio redentor. No buscaban problemas. De hecho, les advierte que
sean “prudentes como serpientes, y sencillos como palomas” (Mat. 10:16), lo cual subraya
la necesidad del tacto; pero a pesar de todas sus precauciones, subsistía el hecho de que el
mundo no iba a recibir a los discípulos en forma acogedora cuando predicaran el evangelio.
Se los enviaba “como a ovejas en medio de lobos” (Mat. 10:16).
Evangelio que divide
Es significativo también que Jesús les recordara la naturaleza decisiva de la invitación
que el evangelio hace. No podía haber componendas con el pecado, y por esta razón,
quienquiera que se resistiera a Dios, tenía la seguridad de quedar perturbado ante la
predicación de ellos. No eran enviados amistosos que iban a mantener el statu quo de la
complacencia propia. Más bien dijo Jesús: “No penséis que he venido para traer paz a la
tierra; no he venido para traer paz, sino espada. Porque he venido para poner en disensión al
hombre con su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra; y los
enemigos del hambre serán los de su casa. El que ama a padre o madre más que a mí, no es
digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su
cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí” (Mat. 10:34–38). Si los discípulos habían
pensado antes que su labor iba a ser fácil, ciertamente tuvieron que cambiar de idea. Iban a
salir con un evangelio revolucionario, y cuando se le obedecía, producía un cambio
revolucionario en las personas y la sociedad.
Uno con Cristo
Lo que Jesús quiso hacer notar en todas estas instrucciones fue que la misión de los
discípulos no era diferente en principio o método de la suya. Comenzó dándoles su propia
autoridad o poder para realizar la obra (Mat. 10:1; Mar. 6:7; Luc. 9:1), y concluyó
asegurándoles que lo que hicieran sería como si lo hiciera él mismo. “El que a vosotros
recibe, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió” (Mat. 10:40; cp. Jn.
13:20). ¡Pensemos en esta identificación! Los discípulos iban a ser los verdaderos
representantes de Cristo cuando salieran. Era tan clara esta asociación, que si alguien diera
aunque sólo fuera un vaso de agua fría a un niño en nombre de un discípulo, ese acto de
misericordia sería recompensado (Mat. 10:42).
De dos en dos
Estas fueron las instrucciones que Jesús dio a sus discípulos. Pero antes de que salieran,
formó grupos de dos en dos (Mar. 6:7). Sin duda este plan tuvo como intención que los
discípulos tuvieran siempre compañía. Juntos se podían ayudar mutuamente, y cuando
surgieran circunstancias adversas, como sin duda ocurriría, podrían encontrar solaz entre
ellos. También esto refleja la preocupación característica de Jesús por la unión.
“Y saliendo, pasaban por todas las aldeas, anunciando el evangelio y sanando por todas
partes” (Luc. 9:6; cp. Mar. 6:12). Y así el pequeño grupo de discípulos comenzó por fin el
ministerio activo propio para Cristo.
Desde luego, esto no fue excusa para que Jesús descuidara su propio trabajo. Nunca
pidió a nadie que hiciera algo que él no estuviera dispuesto a hacer. Por esto cuando los
discípulos salieron, el Maestro igualmente “se fue de allí a enseñar y a predicar en las
ciudades de ellos” (Mat. 11:1).
La misión de los setenta
No muchos meses después de esto “otros setenta” fueron enviados de dos en dos para
dar testimonio de su Señor (Luc. 10:1). No se sabe con seguridad quiénes fueron estos otros
discípulos, pero hay indicios de que los doce formaban parte de ese grupo. El tamaño del
grupo también indica que se debió en cierto modo a la creciente actividad de los doce en el
testimonio de Cristo.
Las instrucciones dadas a este grupo más numeroso fueron esencialmente las mismas
que las dadas antes a los doce (Luc. 10:2–16). Una novedad en esta nueva comisión fue el
recordarles que iban “a toda ciudad y lugar a donde él había de ir” (Luc. 10:1). Es decir, los
discípulos eran precursores de su Señor, para preparar su ministerio. Este detalle les había
sido recalcado unas semanas antes durante un viaje a Samaria (Luc. 9:52), de manera que
en realidad no fue algo que les resultara nuevo. Simplemente indicaba de nuevo que todos
ellos iban a practicar lo que habían aprendido en cuanto a la estrategia evangelizadora de su
Maestro.
Mandatos después de la resurrección
El principio de asignar trabajo de evangelización a los discípulos se demostró en forma
definitiva poco antes de que regresara al cielo después de la crucifixión y resurrección. En
por lo menos cuatro ocasiones al reunirse con sus discípulos, les dijo que salieran a realizar
su obra. Se lo mencionó por primera vez a los discípulos, con la excepción de Tomás, en
esa primera noche de Pascua, cuando estaban reunidos en el aposento alto. Después de que
Jesús hubo mostrado a los sorprendidos discípulos las señales de los clavos en las manos y
los pies (Luc. 24:38–40), y de que hubo compartido la comida con ellos (Luc. 24:41–43),
les dijo: “Paz a vosotros. Como me envió el Padre, así también yo os envío” (Jn. 20:21).
Luego Jesús les garantizó una vez más la promesa y la autoridad del Espíritu Santo para
realizar la obra.
Un poco después, cuando Jesús desayunaba con los discípulos junto al mar de Tiberias,
le dijo a Pedro tres veces que apacentara sus ovejas (Jn. 21:15, 16, 17). Esta exhortación
significó para el gran pescador la prueba de su amor por el Maestro.
En una montaña de Galilea dio la Gran Comisión no sólo a los once discípulos (Mat.
28:16), sino también a toda la iglesia que por entonces contaba unos 500 hermanos (1 Cor.
15:6). Fue una proclamación clara de su estrategia de conquista mundial. “Toda potestad
me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones,
bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que
guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días,
hasta el fin del mundo” (Mat. 28:18–20; cp. Mar. 16:15–18).
Finalmente, antes de regresar al Padre, Jesús por última vez se lo volvió a repetir a los
discípulos, mostrándoles cómo había sido necesario que todo se cumpliese mientras estuvo
con ellos (Luc. 24:44, 45). Su sufrimiento y muerte, al igual que su resurrección de entre
los muertos al tercer día, fue según lo previsto (Luc. 24:46). Jesús pasó a mostrarles a los
discípulos que era necesario “que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón
de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén” (Luc. 24:47). Y para el
cumplimiento de este propósito divino, los discípulos eran parte tan importante como el
Maestro. Tenían que ser los instrumentos humanos que anunciaran las buenas nuevas, y el
Espíritu Santo iba a ser el poder personal que Dios les daría para su misión. “Recibiréis
poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en
Jerusalén, en Samaria, y hasta lo último de la tierra” (Hch. 1:8; cp. Luc. 24:48, 49).
El principio está claro
Es evidente que Jesús no dejó la obra de evangelización sujeta a impresiones o
conveniencias humanas. Para los discípulos fue un mandato concreto, captado por instinto
al comienzo de su condición de discípulos, pero luego aclarado progresivamente en su
pensamiento a medida que seguían a Jesús, y por fin especificado en términos nada
confusos. Nadie que siguiera de continuo a Jesús podía eludir esta conclusión. Así fue
entonces; así es hoy.
Los discípulos cristianos son hombres enviados: enviados para la misma labor de
evangelización mundial para la que fue enviado el Señor y por la que dio la vida. La
evangelización no es un accesorio optativo de nuestra vida. Es el palpitar de todo lo que
hemos sido llamados a ser y hacer. Es la comisión de la iglesia que da significado a todo lo
demás que se emprende en el nombre de Cristo. Con este propósito bien claro, todo lo que
se dice y hace cumple en forma gloriosa el propósito redentor de Dios —instituciones
educativas, programas sociales, hospitales, reuniones de la iglesia, de la clase que sean—
todo lo que se hace en el nombre de Cristo tiene justificación en el cumplimiento de esta
misión.
Aplicación actual del principio
Pero no basta convertir esto en ideal. Debe recibir expresión tangible de parte de los que
siguen al Salvador. La mejor forma de estar seguros de que así se hace es asignar trabajo
práctico y esperar que se lleve a cabo. Esto hace que los hombres den los primeros pasos, y
cuando ya han visto la obra demostrada en la vida de su Maestro, no hay razón para no
cumplir con la asignación hecha. Cuando la iglesia tome en serio esta lección, y se dedique
de verdad a la evangelización, entonces los que ocupan los bancos de la iglesia comenzarán
a moverse para Dios.
Sin embargo, el hecho de que uno inicie la labor no es garantía de que la va a continuar.
Una vez superada la inercia, sigue siendo necesario continuar en movimiento, y en la
dirección adecuada. Ciertamente que lo que Jesús asignó a los discípulos, por lo menos al
principio, no los eximió de continuar en su escuela de preparación. Tenían que aprender
mucho más antes de que se les pudiera considerar listos para recibir el diploma, y hasta que
no llegara este momento, no tenía la intención de que se apartaran de su dirección personal.
Su preocupación a este respecto fue tan explícita y su método de ocuparse de ello tan
evidente, que hay que analizarlo como otro paso en su estrategia de victoria final.

¿NO ENTENDEIS NI COMPRENDEIS?


MARCOS 8:17

7 • SUPERVISION
Los vigiló sin cesar
Jesús procuró siempre reunirse con los discípulos después de sus recorridos, a fin de
escuchar sus informes y compartir con ellos las bendiciones de su propio ministerio. En
este sentido, se podría decir que su enseñanza alternó entre instruir y asignar. Durante todo
el tiempo que estuvo con ellos, los ayudó a entender la razón de alguna acción previa o los
preparó para alguna experiencia nueva. Sus preguntas, ilustraciones, advertencias y
admoniciones tenían como fin hacerles ver lo que necesitaban saber a fin de llevar a cabo
su obra, la cual consistía en la evangelización del mundo.
En consecuencia, no mucho después de haber enviado a los doce, “los apóstoles se
juntaron con Jesús” para contarle “todo lo que habían hecho” (Mar. 6:30; Luc. 9:10).
Parecería, por lo que dice la Biblia, que esta reunión había sido acordada de antemano, y
por ello, esa primera salida de los apóstoles solos no fue más que un experimento sobre el
terreno mientras proseguían su preparación junto al Maestro.
El reagrupamiento de los discípulos luego de su recorrido evangelizador, desde luego
les proporcionó cierto descanso indispensable de cuerpo y alma. La Escritura no dice
cuánto tiempo estuvieron los discípulos fuera. Quizá unos pocos días, o una semana. El
factor tiempo en este caso no es lo importante. Lo que sí importa, como los Evangelios
muestran, es que después de que los discípulos fueron enviados a trabajar, tuvieron que
volver a reunirse para compartir sus experiencias con el grupo.
En forma semejante, después de que salieron los setenta, Jesús los llamó para que
informaran de su labor. “Volvieron los setenta con gozo, diciendo: Señor, aun los demonios
se nos sujetan en tu nombre” (Luc. 10:17). En la misión previa de los doce, no se menciona
ningún éxito espectacular, pero en esta ocasión habían conseguido triunfos emocionantes.
Quizá la diferencia radicó en la experiencia que los discípulos habían ganado.
Nada hubiera podido alegrar a Jesús más que esto. Frente al triunfo final que la labor de
ellos garantizaba, Jesús dijo: “Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo” (Luc. 10:18).
“En aquella misma hora Jesús se regocijó en el Espíritu” y luego alabó en voz alta a Dios
por lo que había hecho (Luc. 10:2, 22). Por esto había trabajado Jesús durante todos esos
largos meses, y ahora comenzaba a ver los frutos de su obra. Con todo, para demostrar
cómo Jesús estaba al tanto para que las experiencias sirvieran de maestras de la verdad,
incluso utilizó esta ocasión para llamar la atención de los discípulos a que no cayeran en el
orgullo por lo conseguido. Como él lo dijo: “Pero no os regocijéis de que los espíritus se os
sujeten, sino regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos” (Luc. 10:20).
Repaso y aplicación constantes
Lo que se percibe con tanta viveza en estas reuniones de examen que seguían a las
salidas de los discípulos, no hace más que resaltar la estrategia de Jesús a lo largo de su
ministerio. Al examinar alguna experiencia concreta que los discípulos habían tenido
sacaba alguna aplicación práctica de la misma para sus vidas.
Tomemos, como ilustración, la forma en que respondió a los esfuerzos inútiles de
algunos de sus discípulos para curar a un muchacho endemoniado. Este incidente se
presentó mientras Jesús estaba en el monte de la Transfiguración, con Pedro, Santiago, y
Juan. En ausencia del Maestro, los otros discípulos habían tratado de curar a un muchacho
endemoniado que el padre había traído ante ellos. El caso era excesivo para la fe que tenían,
y cuando Jesús regresó para ver cómo iban las cosas, encontró al padre angustiado con el
hijo enfermo que sufría un ataque delante de los discípulos impotentes. Jesús, desde luego,
sanó al muchacho, pero no dejó pasar la oportunidad sin dar a los discípulos frustrados una
lección, que tanto necesitaban, de cómo, por medio de la oración y el ayuno, habrían debido
servirse de la fidelidad de Dios (Mat. 17:14–20; Mar. 9:17–29; Luc. 9:37–43).
O, en otra ocasión, pensemos en la forma en que les recordó la parte que habían
desempeñado en alimentar a la multitud para grabar en ellos la idea de su poder para hacer
cualquier cosa, en tanto que les enseñaba una lección vital de discernimiento espiritual
(Mat. 14:13–21; 15:29–38; Mar. 6:30–44; 7:31–8:9, 13–21; Luc. 9:10–17; Jn. 6:1–13).
Ocurrió cuando cruzaban el mar de Galilea en una barca, inmediatamente después de la
dura acusación del Maestro contra la actitud crónica que tenían las sectas religiosas de ese
tiempo de buscar señales (Mat. 15:39–16:4; Mar. 8:10–12). Jesús, sin duda muy agobiado
por el incidente ocurrido al otro lado del lago, se volvió a los discípulos y les dijo: “Mirad,
guardaos de la levadura de los fariseos.” Pero los discípulos, espiritualmente torpes, todavía
hambrientos y sin pan, pensaron que no deberían comprar pan de esa gente incrédula, y por
tanto se preguntaban de dónde sacarían con qué comer. Al darse cuenta de que no habían
entendido para nada la lección espiritual de sus observaciones, las cuales querían ponerlos
sobre aviso contra la incredulidad, Jesús dijo: “¿Qué discutís, porque no tenéis pan? ¿No
entendéis ni comprendéis? ¿Aún tenéis endurecido vuestro corazón? ¿Teniendo ojos no
veis, y teniendo oídos no oís? ¿Y no recordáis? Cuando partí los cinco panes entre cinco
mil, ¿cuántas cestas llenas de los pedazos recogisteis?” Los discípulos contestaron, “doce”
(Mar. 8:19).
Sin duda que esto les hizo recordar claramente ese día cuando sentaron a las multitudes
para comer, y luego vieron a Jesús realizar el milagro de los panes. Recordaron, también,
cómo los había utilizado para distribuir las provisiones de modo que todos tuvieran
bastante, y luego para recoger el sobrante. En realidad, fue un recuerdo vivo, porque cada
uno de los doce se quedó con una cesta llena de comida cuando la multitud se dispersó.
También recordaron cómo les habían quedado siete cestas después de dar de comer a los
cuatro mil. Con esta prueba del poder milagroso de Jesús no podía caber la menor duda
acerca de su capacidad para darles de comer con el pan que tenían si fuera necesario.
“Entonces entendieron que no les había dicho que se guardasen de la levadura del pan, sino
de la doctrina de los fariseos y de los saduceos” (Mat. 16:12)
Lecciones sobre la paciencia
Una de las lecciones más penetrantes de carácter correctivo que el Maestro dio
inmediatamente después de la actividad de los discípulos, tuvo relación con la actitud de
ellos respecto a otros que trabajaban pero no eran miembros del grupo apostólico. Parece
que en el curso de sus viajes se habían encontrado con personas que arrojaban demonios en
el nombre de Jesús, pero como dichas personas no eran de su grupo, los discípulos los
habían censurado duramente por ello (Mar. 9:38; Luc. 9:49). Sin duda que los discípulos de
Jesús sintieron que actuaban bien, pero cuando el Maestro se enteró de ello, sintió la
necesidad de explicarles en detalle los peligros de oponerse a cualquier obra sincera hecha
en su nombre (Mat. 18:6–14; Mar. 9:39–50). “No se lo prohibáis”; dijo Jesús, “porque el
que no es contra nosotros, por nosotros es” (Luc. 9:50). Luego, aplicando esta idea en una
forma más general a todas las personas inocentes, sobre todo a los niños, siguió diciendo:
“Cualquiera que haga tropezar a uno de estos pequeñitos que creen en mí, mejor le fuera si
se le atase una piedra de molino al cuello, y se le arrojase al mar” (Mar. 9:42). “No es la
voluntad de vuestro Padre que está en los cielos, que se pierda uno de estos pequeños”
(Mat. 18:14).
En otro viaje, los discípulos encontraron cierta resistencia a su labor cuando se hallaban
trabajando por su Señor en Samaria. Su reacción impulsiva fue de querer destruir al pueblo,
por lo que quisieron pedir que bajara fuego del cielo (Luc. 9:51–54). Pero Jesús, que estaba
cerca, “los reprendió, diciendo: Vosotros no sabéis de qué espíritu sois; porque el Hijo del
Hombre no ha venido para perder las almas de los hombres, sino para salvarlas” (Luc. 9:55,
56). Y luego, mostrando a los discípulos cómo podían resolver esta clase de problemas, “se
fueron a otra aldea” (Luc. 9:56).
El principio aplicado
Se podrían citar muchos otros ejemplos para mostrar cómo Jesús vigilaba las acciones y
reacciones de los discípulos a medida que se encontraban con situaciones difíciles. Estuvo
siempre tras ellos, observándolos más de cerca a medida que su ministerio en la tierra
llegaba a su fin. No les permitía descansar ni en los triunfos ni en los fracasos. Por sobre
todo lo que ya hubieran hecho, siempre quedaban cosas por hacer y aprender. Se alegraba
con sus éxitos, pero su meta no era otra que la conquista del mundo, y con este objetivo
supervisaba sin cesar los esfuerzos.
Ahí tenemos la capacitación práctica más excelente. Jesús dejaba que sus seguidores
experimentaran algo u observaran algo por sí mismos, y luego se servía de ellos como
punto de partida para enseñar una lección de discipulado. El hecho de que ellos trataran de
realizar la labor de él, aunque a veces fracasaran, les daba una conciencia más aguda de sus
deficiencias, y por ello estaban más dispuestos a recibir la corrección del Maestro. Además,
el enfrentarse con situaciones vivas permitía a Jesús orientar su enseñanza hacia
necesidades específicas y detallarlas en términos concretos basados en experiencias
prácticas. Siempre se valora más una enseñanza después de que se ha tenido oportunidad de
aplicar lo que se sabe.
Lo importante en toda esta labor de supervisión de Jesús fue que mantuvo a los
discípulos progresando hacia la meta que les había establecido. No esperaba de los
discípulos más de lo que podían hacer, pero sí esperaba lo mejor de sus esfuerzos, y
esperaba que fueran mejorando a medida que crecían en conocimiento y gracia. Su plan de
enseñanza, por ejemplo, el asignar trabajos, y la vigilancia constante, tuvieron como fin el
que descubrieran todo lo que podían llegar a hacer.
Aplicación actual del principio
En nuestros días se necesita una supervisión no menos paciente aunque decidida de
parte de los que tratan de preparar a otros para la evangelización. Que nadie se atreva a
presumir de que la obra se llevará a cabo simplemente porque ha enseñado a un obrero bien
dispuesto cómo hay que actuar, y luego lo ha enviado con grandes esperanzas en cuanto a
obtención de frutos. Multitud de cosas pueden suceder que hagan fracasar o desviar la obra,
y a no ser que personas competentes y comprensivas se ocupen de esto en forma realista, el
obrero puede muy bien sentirse desalentado y derrotado. Asimismo, muchas experiencias
de gracia que deleitan el alma necesitan aclararse y ahondarse por medio de su
interpretación a la luz de la misión mundial total de Cristo. Es, pues, crucial que los que se
dedican a la obra de evangelización dispongan de supervisión y guía personales hasta tanto
lleguen a la madurez suficiente para proseguir solos.
Tener visión clara
Siempre se debe recordar, también, que la meta es la conquista del mundo. No
permitamos que nada inferior a esto se convierta en el objetivo de nuestra estrategia.
Demasiadas veces llega alguien bien dispuesto en busca de algo en qué servir, y es enviado
sin ninguna preparación ni inspiración. El resultado es que su actividad se limita a una
descarga ardorosa de excitación. No hay crecimiento. La capacidad en potencia que hay en
el obrero no se desarrolla y, en breve, por falta de supervisión, se echa a perder un dirigente
prometedor. El éxito se pierde en la víspera del triunfo. Lo que parecía bueno viene a
resultar piedra de tropiezo en el mejor de los casos.
Sin duda que muchos de nuestros esfuerzos por el reino se disipan por esta razón.
Fracasamos, no por no tratar de hacer algo, sino porque dejamos que nuestros pequeños
esfuerzos se conviertan en excusa para no hacer más. El resultado es que perdemos por
negligencia lo adelantado en años de duro trabajo y sacrificio.
¿Cuándo aprenderemos la lección de Cristo de no contentarnos con las primicias de
aquellos que son enviados a dar testimonio? Hay que conducir a los discípulos a la
madurez. No puede haber sustitutos para la victoria total, y nuestro campo de trabajo es el
mundo. No hemos sido llamados a proteger el fortín, sino a atacar las cumbres. A la luz de
esto se puede entender la última fase de la estrategia evangelizadora de Jesús.

OS HE PUESTO PARA QUE VAYAIS Y LLEVEIS FRUTO


JUAN 15:16

8 • REPRODUCCION
Esperaba que reprodujeran
Jesús se propuso que los discípulos reprodujeran su imagen en y por medio de la iglesia
que se iba formando en el mundo. De este modo su ministerio en el Espíritu quedaría
duplicado muchas veces por medio de su ministerio en las vidas de sus discípulos. Por
medio de ellos y de otros como ellos continuaría expandiéndose en un ámbito cada vez
mayor, hasta que las multitudes pudieran conocer en algún modo parecido la experiencia
que ellos habían conocido con el Maestro. Con esta estrategia, la conquista del mundo era
sólo cuestión de tiempo y de la fidelidad de ellos al plan.
Jesús había creado en sus discípulos la estructura de una iglesia que desafiaría y
triunfaría sobre todos los poderes de la muerte y el infierno. Había comenzado en pequeño
como un grano de mostaza, pero crecería en tamaño y fuerza hasta convertirse en “la mayor
de las hortalizas” (Mat. 13:32; cp. Mar. 8:32; Luc. 13:18, 19). Jesús no esperó que todos se
salvaran (se dio cuenta en forma realista de la rebelión de los hombres a pesar de la gracia),
pero también previó el día en que el evangelio de salvación en su nombre sería proclamado
en forma convincente a toda criatura. Por medio de ese testimonio, su iglesia militante un
día sería la iglesia universal y llegaría a ser la iglesia triunfante.
No iba a ser una conquista fácil. Muchos sufrirían persecución y martirio en la batalla.
Con todo, por grandes que fueran las pruebas por las que su pueblo pasara, y por muchas
escaramuzas momentáneas que se perdieran en la lucha, el triunfo final era seguro. Su
iglesia triunfaría al final. Nada podría prevalecer en forma permanente contra ella (Mat.
16:18).
Triunfo por medio del testimonio
Esta confianza increíble en el futuro se basaba en su conocimiento de aquellos que le
rendían culto en el presente. Sabía que sus discípulos habían conocido por lo menos la
esencia de su gloría. Pedro, el portavoz del grupo, lo había sintetizado en su afirmación a
Jesús: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mat. 16:16; cp. Mar. 8:29; Luc. 9:20).
Ahí estaba una verdad indestructible, y sobre este fundamento veía Jesús que su triunfo se
conseguiría, al contestar: “Tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia” (Mat.
16:18).
La fuerza de estas palabras indica lo importante que es la iniciativa humana en la
consecución de ese fin. A pesar de las discusiones que ha provocado el matiz eclesiástico
del pasaje, deberíamos estar de acuerdo, por lo menos, en que las palabras de Jesús fueron
dirigidas a alguien que en forma personal había hecho profesión de fe en su Señor. En
realidad, al darse cuenta de que su Maestro era el mismo Hijo de Dios no fue algo a lo que
Pedro había llegado por sí mismo, como Jesús lo dijo claramente (Mat. 16:17). Sin
embargo, la experiencia de esa revelación en su vida estuvo concretamente ubicada en su
“carne y sangre”, y por medio de la expresión fiel de ese hecho a otros, la iglesia de Cristo
estaba destinada a triunfar. ¿Cómo podría perecer? La fe de los apóstoles en el Cristo vivo
estaba tan enraizada en su vida que se había convertido en una roca –roca que Pedro
reconoció que era su Señor– “la piedra del ángulo” sobre la que todos los creyentes eran
“piedras vivas” en la construcción de su iglesia (1 Ped. 2:4–8; cp. Ef. 2:20–22).
Sin embargo, no debemos dejar de ver la relación directa que existe entre dar testimonio
de Cristo y la victoria final sobre el mundo. Una cosa no llega sin la otra. El aunar estos dos
hechos dinámicos con el poder del Espíritu Santo es la genialidad culminante de la
estrategia evangelizadora de Jesús.
El principio aplicado
Todo se centra en sus discípulos. Ellos eran la vanguardia del movimiento de conquista
que se iniciaba. “Por la palabra de ellos” esperaba que otros creyeran en él (Jn. 17:20), y
que éstos a su vez lo comunicaran a otros hasta que llegara el momento en que el mundo
pudiera saber quién era él y qué había venido a hacer (Jn. 17:21, 23). Toda su estrategia
evangelizadora –de hecho, hasta el cumplimiento de su propósito al venir al mundo, morir
en la cruz, y resucitar– dependía de la fidelidad de sus discípulos en esta tarea. No
importaba lo pequeño que fuera el grupo con el que iba a comenzar, siempre que
reprodujeran y enseñaran a sus respectivos discípulos a reproducir. Esta era la forma en que
su iglesia iba a triunfar: por medio de las vidas dedicadas de aquellos que conocían también
al Salvador, que su Espíritu y método los constreñía a hablar a otros. Por sencillo que
parezca, esta era la forma en que el evangelio triunfaría. No tenía otro plan.
La piedra de toque de su ministerio
He aquí la prueba decisiva. ¿Iban los discípulos a continuar la obra después de su ida?
O lo que quizá sería más importante, ¿realizarían una labor tan buena sin su supervisión
física como con ella? Quizá esto parezca pedir mucho, pero el hecho es que hasta que la
madurez cristiana de ellos no alcanzara ese punto, Jesús (desde un punto de vista puramente
humano) nunca podría estar seguro de que lo que había invertido en sus vidas iba a dar
frutos para el reino. Si no llegaban a comunicar su Espíritu y método a otros que
continuaran la obra, entonces su ministerio con ellos todos estos años se reduciría a la nada.
No sorprende que Jesús grabara tan indeleblemente en sus discípulos la necesidad e
inevitabilidad de que su vida debía reproducirse. Una ilustración de esto la tenemos en la
parábola de la vid y los pámpanos (Jn. 15:1–17). En una de sus analogías más sencillas
aunque profundas, Cristo explicó que el propósito de la vid (él mismo) como de los
pámpanos (los creyentes en él) era dar fruto. Por tanto el agricultor cortaba todo pámpano
que no diera fruto: de nada valía. Lo que es más, el agricultor aun podaba los pámpanos que
producían para que dieran más fruto (Jn. 15:2). Era evidente que la fuerza vital de la vid no
debía comunicarse a pámpanos sin vida. El pámpano que vivía unido a la vid debía
producir para sobrevivir porque esa era su naturaleza. Jesús hizo luego la aplicación a los
discípulos. En cuanto participaran de su vida darían fruto (Jn. 15:5, 8), y además, su fruto
permanecería (Jn. 15:16).* El cristiano estéril es una contradicción. El árbol se conoce por
sus frutos.
Este principio se puso de relieve repetidas veces a lo largo de su ministerio. Se vio
como la recompensa inevitable de su propio sacrificio por el mundo (Jn. 12:24; cp. 17:19).
Apareció como la obra distintiva de los que cumplían la voluntad de su Padre en los cielos
(Mat. 7:16–23; Luc. 6:43–45). Se interpretó como el salario dado a los discípulos por su
trabajo en la cosecha (Jn. 4:36–38). Se reconoció como lo que se negaba a los que dejan
que “los afanes de este siglo, y el engaño de las riquezas, y las codicias de otras cosas”
ahoguen la Palabra de Dios sembrada en su corazón (Mat. 13:22, 23; Mar. 4:18–20; Luc.
8:14, 15). Se observó como lo que faltaba en la vida de los saduceos y fariseos que los
hacía tan despreciables a los ojos de Cristo (Mat. 3:7, 8; 12:33, 34; Luc. 13:6–9). De
distintas maneras, y entre toda clase de gente, Jesús invitó a los hombres a que evaluaran el
producto de sus vidas. Esto revelaba lo que eran. De hecho, cuando el dar fruto se considera
en el contexto más amplio de reproducción de la vida de Cristo en la persona humana –
primero en nosotros mismos y luego en otros– prácticamente todo lo que el Maestro hizo y
dijo se refirió a este principio.
La gran comisión
La Gran Comisión de Cristo dada a su iglesia se resumió en el mandato de “haced
discípulos a todas las naciones” (Mat. 28:19). Estas palabras indican que los discípulos
tenían que salir al mundo para ganar a otros que llegarían a ser lo que ellos mismos eran:
discípulos de Cristo. Esta misión se ve todavía con mayor claridad cuando se estudia el
texto griego, y se ve que los verbos “ir”, “bautizar”, y “enseñar” están todos en participio, y
estos participios derivan su fuerza del verbo principal “hacer discípulos”. Esto significa que
la gran comisión no es simplemente ir hasta los confines de la tierra predicando el
evangelio (Mar. 16:15), ni bautizar a muchos convertidos en el nombre del Dios Trino, ni
enseñarles los preceptos de Cristo, sino “hacer discípulos”: preparar a hombres como ellos,
que se sintieran tan constreñidos por la comisión de Cristo que no sólo siguieran, sino
guiaran a otros para que siguieran el camino. Sólo cuando se hicieran discípulos podrían
cumplir su propósito las otras actividades de la comisión.
Orar por los segadores
Lo decisivo era el liderazgo. Jesús ya había demostrado con su propio ministerio que las
masas engañadas estaban listas para la cosecha; pero, sin pastores espirituales que las
guiaran, ¿cómo se las podría ganar? “Rogad, pues, al Señor de la mies”, recordó Jesús a los
discípulos, “que envíe obreros a su mies” (Mat. 9:37, 38; cp. Luc. 10:2). Hay casi una nota
de desesperación en estas palabras, desesperación nacida de la convicción de la necesidad
urgente de obreros que se preocuparan por las almas. De nada sirve orar por el mundo. ¿De
qué valdría? Dios ya ama al mundo y le ha dado a su Hijo para que lo salve. No, de nada
sirve orar vagamente por el mundo. El mundo está perdido y ciego por el pecado. La única
esperanza del mundo es que haya hombres que vayan a los hombres del mundo con el
evangelio de salvación, y una vez ganados para el Salvador, que no los dejen, sino que
sigan trabajando con ellos fiel y pacientemente, hasta que lleguen a convertirse en
cristianos fecundos que den sabor al mundo que los rodea con el amor del Redentor.
Aplicación del principio a nuestras vidas
Según esto, todos nosotros debemos en último término evaluar en cuánto contribuye
nuestra vida y nuestro testimonio al propósito supremo de Aquel que es el Salvador del
mundo. ¿Acaso los que nos han seguido hasta Cristo están ahora conduciendo a otros a él y
enseñándoles a hacer discípulos como nosotros mismos? Adviértase que no es suficiente
rescatar a alguien para que no perezca, aunque es obligatorio hacerlo; ni tampoco es
suficiente instruir a los recién nacidos en la fe en Cristo, aunque también esto es necesario
si se quiere que el primer fruto perdure; de hecho, no es suficiente conseguir que salgan a
ganar almas, por encomiable que dicha labor sea. Lo que en realidad vale en la continuidad
final de nuestra obra, es la fidelidad con la que nuestros conversos salen a formar líderes de
sus conversos, y no simplemente seguidores. Sin duda que queremos ganar a nuestra
generación para Cristo, y cuanto antes, pero esto no basta. Nuestra obra no concluye sino
hasta que se haya asegurado la continuidad en la vida de los redimidos por el evangelio.
La piedra de toque de cualquier obra evangelizadora no es, pues, lo que se ve de
momento, o en el informe de la misma, sino la eficacia con que la obra prosigue en la
generación siguiente. Igualmente, los criterios según los cuales una iglesia debiera medir el
éxito no es cuántos nombres han venido a aumentar la lista de miembros ni en cuánto ha
aumentado el presupuesto, sino en cuántos cristianos se dedican activamente a ganar almas
y a prepararlas para ganar a las multitudes. La amplitud final de nuestro testimonio es lo
que importa, y por esta razón sólo la eternidad es la medida última.
¿No es hora ya de que echemos un vistazo a nuestra vida y a nuestro ministerio desde
esta perspectiva? ¿Dónde están nuestros hombres? ¿Qué hacen por Dios? Pensemos en lo
que significaría para el futuro de la iglesia si tuviéramos aunque sólo fuera un discípulo
verdadero como fruto de nuestra labor. ¿No doblaría esto inmediatamente nuestra
influencia? Y supongamos que formáramos a otro más como nosotros mismos al mismo
tiempo que el primero hiciera lo mismo. ¿Acaso esto no multiplicaría por cuatro nuestra
vida? Teóricamente, por lo menos, con este modo de multiplicarse sólo nuestro ministerio
pronto alcanzaría a multitudes con el evangelio. Es decir, si esa persona a la que hemos
llamado discípulo de verdad siguiera los pasos del Maestro.
La iglesia lo demuestra
Podemos estar agradecidos de que así fuera en el caso de los primeros discípulos.
Comunicaron el evangelio a las multitudes, pero mientras tanto iban consolidando a
aquellos que creían. A medida que el Señor iba añadiendo diariamente a la iglesia aquellos
que se salvaban, los apóstoles, como su Maestro, preparaban a hombres que reprodujeran su
ministerio hasta los confines de la tierra. Los Hechos de los Apóstoles no es más que la
manifestación, en la vida de la iglesia creciente, de los principios de evangelización que
estuvieron sintetizados en la vida de Cristo.
Baste decir que la iglesia primitiva demostró que el plan del Maestro para la conquista
del mundo funcionaba. Fue tan grande el impacto de su testimonio que antes del final del
siglo la sociedad pagana de la época había sido sacudida en sus cimientos e iglesias en
crecimiento se habían establecido en la mayor parte de los centros de población. Si el
impulso en la obra evangelizadora de la iglesia hubiera continuado tal como al comienzo,
en pocos siglos las multitudes del mundo entero habrían conocido el contacto de la mano
del Maestro.
Fracaso de los caminos fáciles
Pero los tiempos cambiaron, y poco a poco el camino sencillo de la evangelización de
Jesús fue modificado. Desde luego, siempre es necesario adaptar los principios según las
circunstancias cambiantes, pero de una forma u otra se llegaron a confundir los principios
mismos debido al deseo de darle un rostro nuevo al evangelio. Los principios costosos de
desarrollo y reproducción de líderes parece que quedaron sumergidos bajo la estrategia más
fácil de reclutamiento masivo. El objetivo inmediato del reconocimiento popular por lo
general se prefirió a la meta de largo alcance de ganar al mundo, y los métodos de
evangelización que la iglesia empleó tanto colectiva como individualmente reflejaron esa
misma perspectiva pasajera. De vez en cuando, como en épocas de grandes avivamientos
espirituales, los principios del método de Jesús salieron a flote, pero para este observador
de la historia de la iglesia tales períodos han tenido una vida corta y nunca se han
apoderado de la imaginación de la gran mayoría de las personas de iglesia. El plan de Jesús
no ha sido repudiado, se ha prescindido de él. Se ha convertido en algo digno de recordar,
perteneciente al pasado, pero no se ha tomado en serio como norma de conducta para el
presente.
El problema actual
Este es el problema metodológico actual. Ceremonias, programas, organizaciones,
comisiones y cruzadas, todo bien intencionado y fruto de la ingeniosidad del hombre, se
ponen a prueba con generosidad para que cumplan una labor que sólo pueden realizar
hombres movidos por el poder del Espíritu Santo. Esto no es tener en menos tales
esfuerzos, porque sin ellos la iglesia no podría funcionar como lo hace. Sin embargo, a no
ser que la misión personal del Maestro se incorpore vitalmente al plan de acción y a la
entraña misma de todas estas iniciativas, la iglesia no podrá funcionar como debería
hacerlo.
¿Cuándo nos daremos cuenta de que la evangelización no se lleva a cabo por medio de
algo, sino por medio de alguien? Es una expresión del amor de Dios, y Dios es una persona.
Su naturaleza, siendo personal, se expresa sólo por medio de la personalidad, revelada por
primera vez en forma plena en Cristo, y ahora expresada por medio de su Espíritu en la vida
de los que se han entregado a él. Las comisiones pueden ayudar a organizarlo y dirigirlo, y
para este fin sin duda que son necesarias, pero la obra misma la hacen hombres que buscan
a otros hombres para Cristo.
Por esto debemos decir con E. M. Bounds que “los hombres son el método de Dios.”
Hasta que no tengamos hombres imbuidos de su Espíritu y entregados a su plan, ninguno
de nuestros métodos servirá.
Esta es la evangelización nueva que necesitamos. No es métodos mejores sino hombres
mejores–hombres que conozcan a su Redentor por algo más que de oídas–hombres que
tengan su visión y sientan su pasión por el mundo–hombres que estén dispuestos a no ser
nada para que él lo sea todo–hombres que sólo quieran que Cristo produzca su vida en ellos
y por medio de ellos según su voluntad. Este es, en último término, el camino que el
Maestro ideó para que se realice su objetivo en la tierra, y donde se aplica con su estrategia,
las puertas del infierno no pueden prevalecer contra la evangelización del mundo.
YO SOY EL ALFA Y LA OMEGA
APOCALIPSIS 1:8

EPILOGO
EL MAESTRO Y SU PLAN
La vida tiene un plan
¿Cuál es el plan de su vida? Todo el mundo tiene que vivir de acuerdo con algún plan.
El plan es el principio organizador en torno al cual se persigue el objetivo de la vida. No
podemos estar conscientes del plan en cada una de nuestras acciones, ni siquiera quizá
saber que tenemos un plan, pero, con todo, nuestras acciones no dejan de manifestar una
especie de pauta básica.
Cuando nos ponemos a tratar de descubrir nuestro objetivo y ver qué hacemos para
conseguirlo, lo que descubrimos quizá no sea del todo satisfactorio. Pero una evaluación
sincera debería hacernos preocupar más por el llamamiento recibido, por lo menos en el
caso de la persona que cree que el camino de Jesús es la norma según la cual todas las
acciones deberían examinarse.
Quizá haya que modificar algunos planes propios que queremos mucho, o quizá haya
que abandonarlos por completo. También puede resultar angustiosa la adaptación de la
congregación a la idea del ministerio que el Maestro nos ha dejado. Es más que probable
que todo nuestro concepto del éxito tendrá que ser reevaluado. Sin embargo, los principios
resumidos en esta obra tienen alguna validez, deberían entenderse como guía para la
acción. Sólo cuando se aplican a la obra diaria de la vida tienen significado. Considerarlos
como genuinos significa que deben ser pertinentes.
Los métodos variarán
Todos nosotros deberíamos, pues, buscar alguna forma de incorporar la sabiduría de la
estrategia de Jesús a nuestro método preferido de evangelización. No todos querrán adoptar
el mismo ritual u organización, ni tampoco deberíamos querer que todos se ajusten a un
mismo molde. El universo es variado en su misma estructura, y cualquier método que Dios
quiera usar es bueno, si bien esto no excluye la posibilidad de mejoría en nuestra forma de
utilizarlo. El Maestro nos da un esquema a seguir, pero espera que elaboremos los detalles
según las circunstancias y tradiciones locales. Esto exige poner en juego todos los recursos
disponibles. Enfoques nuevos y valientes tendrán que ser puestos a prueba a medida que las
situaciones cambien, y no todo lo que se experimente servirá. El que no quiera equivocarse
en la búsqueda de formas nuevas de llevar a cabo la obra nunca comenzará, ni progresará
tampoco mucho el que tenga miedo de probar una y otra vez.
Los hombres son primero
Pero cualquiera que sea la forma específica que adopte nuestro método, la vida de Jesús
nos enseña que encontrar y preparar a hombres para que ganen a otros hombres ocupa el
primer puesto. Las multitudes no pueden conocer el evangelio a no ser que tengan un
testigo vivo. Darles sólo una explicación no bastará. Las masas desorientadas del mundo
deben tener una demostración de qué creer–deben tener a un hombre que en medio de ellos
les diga, “seguidme, yo conozco el camino”. En esto, pues, deben centrarse todos nuestros
planes. Por espiritual que fuera nuestro enfoque, la importancia duradera de todo lo que
hagamos dependerá de lo bien que se cumpla esta misión.
Con todo, debemos darnos cuenta de que la clase de hombres que Cristo necesita no se
consigue por casualidad. Para ello se necesitan planificación premeditada y esfuerzo
concentrado. Si queremos preparar hombres, debemos trabajar para ellos. Debemos
buscarlos. Debemos ganarlos. Sobre todo, debemos orar por ellos. Algunos ya están
ocupando puestos importantes en la iglesia. Otros todavía están entre aquellos que esperan
recibir la invitación para llegar a Cristo. Pero dondequiera que estén, han de ser ganados y
preparados para que lleguen a ser discípulos eficaces de nuestro Señor.
Comenzar con pocos
No deberíamos esperar comenzar con muchos, ni deberíamos desearlo. Las obras
mejores siempre se comienzan con pocos. Es mejor dedicar más o menos un año a uno o
dos hombres que aprendan qué significa conquistar para Cristo, que pasar toda la vida con
una congregación que se limite a hacer que camine el programa. No importa lo pequeño o
desfavorable que sea el comienzo; lo que cuenta es que aquellos a los que damos
preferencia en nuestra vida aprendan a entregarse.
Permanecer juntos
La única forma realista de conseguir esto es estando juntos. Si nuestros seguidores han
de ver en nosotros lo que van a ser, debemos estar con ellos. Esta es la esencia del plan:
dejar que nos vean en acción, de modo que perciban nuestra visión y vean qué relación
tiene con la experiencia diaria. De este modo, la evangelización se convierte para ellos en
algo íntimo y práctico que se extiende a todo lo demás. Se ve como una forma de vida, no
como dogma teológico. Lo que es más, estando con nosotros, es inevitable que se inicien en
la obra.
Darles tiempo
Un plan como este, desde luego, toma tiempo. Todo lo que vale la pena demanda
tiempo. Pero con un poco de previsión podemos planear hacer muchas cosas juntos que, de
todos modos, tendríamos que hacer: visitar, ir a reuniones, tomar recreos, e incluso
compartir el momento devocional. De este modo, el tiempo que toma el estar juntos no
tiene por qué ser abrumador. Asimismo, si estamos al tanto, nuestros discípulos podrían
estar con nosotros la mayor parte del tiempo mientras servimos a otros y, de hecho,
ayudándonos en nuestras obras de mayor alcance.
Reuniones de grupo
Sin embargo, a fin de dar algo de estabilidad a este sistema, quizá sea necesario
preparar momentos especiales en que el grupo, o parte del mismo, pueda reunirse con
nosotros. Durante estas reuniones informales podemos estudiar la Biblia, orar, y en general
compartir unos con otros nuestras preocupaciones y deseos más hondos. No es necesario
propalar lo que se hace, ni siquiera al principio decírle al grupo cuál es nuestro plan, sino
basta dejar que las reuniones vayan tomando forma según la necesidad común de compartir.
El grupo, a su vez, puede elaborar su propia disciplina dentro del cuadro general de la
iglesia.
Esta idea del grupo actualmente se está volviendo a descubrir en muchos lugares. Como
tal, probablemente represente una de las señales más esperanzadoras de avivamiento en el
horizonte actual. En todas las esferas de la vida y en toda clase de ambiente eclesiástico
están surgiendo pequeños organismos espirituales, algunos de ellos todavía en busca de
dirección, algunos fuera de órbita, pero en conjunto, este hecho manifiesta un anhelo
profundo en el corazón del hombre por las realidades de la experiencia cristiana. Como no
están ligados por la tradición, ni hay normas fijas impuestas desde afuera, es natural que
estas células tomen formas y enfoques muy diferentes; pero el principio de comunicación
íntima y de disciplina dentro del grupo es común a la mayoría. Es este principio básico el
que hace que este método lleve al crecimiento, y por esta razón todos nosotros haríamos
bien en utilizarlo en nuestro ministerio con los hombres.
En relación con esto, es muy significativo que el evangelista más destacado del mundo
actual, Billy Graham, reconozca el tremendo potencial de este plan cuando se emplea
adecuadamente en la iglesia. En respuesta a la pregunta: “Si fuera pastor de una iglesia
grande en una ciudad, ¿cuál sería su plan de acción?”, Billy Graham respondió: “Creo que
una de las primeras cosas que haría sería conseguirme un pequeño grupo de ocho, diez, o
doce hombres que se reunieran conmigo todas las semanas y pagaran el precio. Les costaría
algo en función de tiempo y esfuerzo. Compartiría con ellos durante unos años todo lo que
tengo. Entonces tendría de hecho doce ministros entre los laicos quienes a su vez podrían
tomar ocho, diez o doce más para enseñarles. Conozco una o dos iglesias que lo están
haciendo, y están experimentando una positiva transformación. Cristo, me parece, sentó el
precedente. Pasó la mayor parte del tiempo con doce hombres. No dedicó mucho tiempo a
las multitudes. De hecho, cada vez que se encontró con una gran multitud, me parece que
los resultados no fueron muchos. Los grandes resultados, creo, vinieron de sus contactos
personales y del tiempo que dedicó a los doce.”* Billy Graham con estas palabras no hace
más que repetir la sabiduría del método de Jesús.
Esperar algo de ellos
Pero no basta solamente vincular a ciertas personas a algún grupo del que la iglesia no
es más que su expresión más extensa. Se les debe dar la oportunidad de expresar lo que han
aprendido. De no ser así, el grupo puede estancarse en autocomplacencia, y con el tiempo
fosilizarse en una simple sociedad de admiración mutua. Debemos tener bien claro nuestro
propósito. Los momentos en que nos apartamos del mundo no son para aislamos de los
conflictos, sino sólo una maniobra estratégica para adquirir más fuerza para el ataque.
Nuestra responsabilidad, pues, es procurar que los que están con nosotros tengan algo
que hacer que les exija utilizar sus mejores recursos. Todo el mundo sabe hacer algo. Las
primeras responsabilidades podrían ser tareas normales, rutinarias, como enviar cartas,
ocuparse de preparar el local para reuniones, hacerse responsables de organizar una reunión
en su casa. Pero poco a poco estas responsabilidades pueden aumentarse a medida que
vayan aprendiendo más. Los que tienen el don de enseñar lo podrían utilizar en la escuela
dominical. Al cabo de un tiempo podríamos muy bien asignarles algún trabajo pastoral
adecuado para su capacidad. Casi la mayoría puede visitar a los enfermos. A algunos se les
podría estimular para que acepten invitaciones para hablar en público o predicar en iglesias
vecinas. Y, desde luego, todos necesitan que se les dé algún trabajo específico de
evangelización personal.
Probablemente no haya contribución más esencial al ministerio de la iglesia que la que
se haga en el campo de la consolidación de los nuevos cristianos. En esto los líderes pueden
representar un papel indispensable del ministerio, reuniéndose con los que son todavía
niños en Cristo y guiándolos en la misma disciplina y forma en que a ellos se les enseñó.
Aquellos a los que queremos preparar para esta labor se convierten, pues, en la clave para la
conservación de los esfuerzos evangelizadores de la iglesia, y en la garantía de un alcance
cada vez mayor.
Mantenerlos en movimiento
Todo esto va a requerir mucha supervisión, tanto en el desarrollo personal de estos
hombres como en su obra con los demás. Deberemos acostumbrarnos a reuniones con ellos
para escuchar cómo van las cosas. Esto significará buscarlos donde estén o aconsejarlos
mientras nos acompañen en otras actividades. Las preguntas que se hayan planteado
durante sus experiencias deben contestarse mientras las circunstancias que produjeron el
problema están todavía frescas en su memoria. Las actitudes y reacciones carnales hay que
descubrirlas pronto para atacarlas en forma decidida, al igual que los hábitos personales
molestos, los prejuicios infundados, y cualquier otra cosa que sea obstáculo para su
sacerdocio con Dios y el hombre.
Lo principal es ayudarlos a que crezcan en gracia y en conocimiento. Sería prudente,
habida cuenta de lo limitado de nuestra memoria humana, prepararnos un programa de lo
que tenemos que hacer en el curso de la preparación, y luego mantener un registro del
progreso a fin de asegurarnos de que no olvidamos nada. Esto es especialmente necesario
en el caso de que estemos trabajando con varios al mismo tiempo, si cada uno de ellos se
halla en una etapa diferente de experiencia. Necesitaremos ejercitar la paciencia, porque su
desarrollo es muy probable que sea lento y con retrocesos. Pero mientras busquen
sinceramente conocer la verdad y estén dispuestos a seguirla, llegarán un día a la madurez
en Cristo.
Ayudarles a llevar la carga
Lo que quizá resulte más difícil en todo el proceso de preparación es que debemos
prever sus problemas y prepararlos para lo que les espera. Esto es muy difícil de hacer, y
puede llegar a ser exasperante. Significa que muy raras veces podemos dejar de pensar en
ellos. Incluso cuando estemos en meditación y estudio privados, nuestros discípulos
seguirán presentes en nuestras oraciones y sueños. Pero ¿acaso el padre que ama a su hijo
querría que no fuera así? Hemos de aceptar la carga de su inmadurez hasta que sean
capaces de hacer las cosas por sí mismos. Dar por sentado, al menos en las primeras etapas
de su desarrollo, que se Pueden valer por completo por sí mismos, sea lo que fuere lo que se
presente, es abrir la puerta al desastre. Debemos ser razonables. Como custodios y
consejeros suyos somos responsables de enseñar a nuestros hijos espirituales cómo vivir
para el Maestro.
Dejarlos a su propia iniciativa
Todo debería conducir a estos elegidos al día en que asumirán por sí mismos un
ministerio en su propia esfera de influencia. A medida que se acerque ese tiempo, cada uno
de ellos debería estar más y más adelantado en el programa de preparación para aquellos
que ganó para Cristo por medio de su testimonio o que le han sido asignados en la obra de
consolidación. Nuestra estrategia, pues, sin que ellos lo sepan, se habrá ya infundido en su
práctica. Sin embargo, para que no queden confusiones, antes de suspender nuestra
supervisión deberíamos explicarles con claridad cuál ha sido nuestro plan desde el
comienzo. Necesitan tenerlo bien presente a fin de que puedan evaluar sus vidas según el
mismo y también comunicarlo a aquellos a los que tratan de ayudar.
Sobre todo experiencia espiritual
Lo crucial, desde luego es su propia experiencia espiritual. Antes de que salgan de
nuestra esfera de influencia necesitan estar sólidamente basados en la fe que triunfa sobre el
mundo. El diablo, con la ayuda de todos los demonios del infierno, tratará de derrotarlos
por todos los medios arteros en su mano. El mundo al que van está bajo su influencia. Será
una batalla constante. Cada pulgada de progreso tendrá que ser ganada con esfuerzo,
porque el enemigo nunca se rendirá. Sólo la plenitud del Espíritu de Cristo bastará para
salir airosos. A no ser que vivan en comunión con él y salgan armados de su pureza y
poder, es muy fácil que se vean dominados por las fuerzas confabuladas contra ellos, y
entonces todo nuestro trabajo acabará en la nada.
Todo lo que hemos hecho, pues, depende de la fidelidad de estos hombres. No importa
cuántos reclutemos para la causa, sino cuántos conquisten ellos para Cristo. Por esto hemos
insistido todo el tiempo en la calidad de vida. Si conseguimos la calidad adecuada de
liderazgo, lo demás seguirá; si no la conseguimos, nada habrá en lo demás que valga la
pena seguir.
El precio del triunfo es elevado
Expectativas tan altas son costosas, claro está. Es probable que muchos de aquellos con
los que comenzamos pensarán que es demasiado y se perderán por el camino. Es mejor que
nos demos cuenta de ello desde ahora. El servicio cristiano es exigente, y si los hombres le
han de servir en algo a Dios, deben aprender a buscar primero el reino. Sí, habrá
desengaños. Pero para aquellos que salgan adelante más allá de todo cálculo, para proyectar
nuestra vida en los campos listos para la cosecha, habrá un gozo cada vez mayor a medida
que el tiempo vaya pasando.
No vivimos sobre todo para el presente. Nuestra satisfacción radica en saber que en
generaciones venideras nuestro testimonio de Cristo todavía dará fruto por medio de ellos
en un ámbito cada vez más amplio de reproducción, hasta los confines de la tierra y hasta el
fin de los tiempos.
¿Es ésta nuestra visión?
El mundo busca desesperadamente a quién seguir. Que seguirán a alguien es seguro,
pero ¿será alguien que conoce el camino de Cristo, o alguien como ellos mismos que los
conduzca a tinieblas cada vez mayores?
Este es el problema decisivo de nuestro plan de vida. La importancia de todo lo que
hacemos espera su veredicto y, a su vez, el destino de las multitudes está sobre la balanza.

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No. 1 La Nueva Vida en Cristo.
No. 2 La Vida Cristocéntrica.
No. 3 Caminando con Cristo.
No. 4 El Carácter del Cristiano.
No. 5 Fundamentos de la Fe.
No. 6 Creciendo en el Discipulado.1

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