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ARTES Y LETRAS

Domingo 24 de Julio de 2011

PLÁsTICA EL pintor (1922-2011) falleció este miércoles


Lucian Freud: los pliegues de la carne
Rara vez se ha puesto en duda la extraordinaria habilidad técnica de Freud, o la
individualidad de su mirada. Pero la misma calidad de su visión y la naturaleza de su
actitud suscitó en el pasado enorme debate y hostilidad. Presentamos un recorrido
por la trayectoria de quien era considerado el pintor vivo más grande del mundo.
THE TIMES Durante la década de los 80, la reputación de Lucian Freud creció de forma
sostenida a nivel nacional e internacional, y desde la muerte de Francis Bacon en
1992, fue ampliamente reconocido como el pintor vivo más grande del mundo. Él fue
sin duda la figura más importante de lo que se ha llamado la Escuela de Londres -
nombrada a semejanza de la Ecole de París- y, al igual que aquella, formada en su
mayor parte de artistas inmigrantes.

Pero el liderazgo de una agrupación tan heterogénea no debería implicar que Freud
reunía alrededor suyo a un importante grupo de discípulos, y mucho menos alumnos.
Como pintor, Freud fue siempre el gato que caminaba solo. Su estilo audaz y
exuberante de pintura realista, con mucho ' impasto ' (óleo pastoso), fue
esencialmente su propio invento, por lo general indiferente ante las prácticas de
moda. Incluso cuando el realismo minucioso en pintura volvió a estar de moda, todo
su modo de aplicar la pintura a la tela era la antítesis directa de la lisura fotográfica a
la que aspiran los hiperrealistas.

Fuego en la escuela de arte

Aunque Freud era originalmente alemán, nacido en Berlín (hijo de Ernst, hijo menor
de Sigmund Freud) él y su familia, incluyendo sus hermanos Clement y Stephen, se
trasladaron a Londres cuando Lucian tenía 10 años, justo en el año en que Hitler llegó
al poder en 1933. Ya había comenzado a destacarse como dibujante compulsivo
cuando estaba en el colegio en Frankfurt.

Freud no sólo fue artísticamente precoz, sino que también socialmente. Durante los
dos años que pasó en la Central School vivió principalmente en un estudio en
Fitzrovia y conoció a todo tipo de personalidades y personas influyentes con un trato
más o menos de igual a igual.

Su familia parece haber estado dispuesta a que viviera su vida como quería, y cuando
decidió, aconsejado por alguien a quien casualmente conoció en un café, cambiar la
Central School por la East Anglian School of Drawing and Painting en Dedham, Essex,
nadie le puso ninguna objeción. La escuela estaba en ese momento a cargo de Cedric
Morris y su pareja, Lett-Haines. En ese momento Freud estaba pintando lo que a
simple vista parecía un estilo más bien primitivo, pero una mirada más detallada
sugiere un enfoque sorprendentemente sofisticado. Morris fue para sus alumnos una
influencia liberadora y les infundía confianza para pintar y dibujar de la manera que
quisieran, por excéntrica que esta fuera.

Freud fue el alumno estrella en Dedham. Y lo siguió siendo incluso después que logró
quemar la escuela con un cigarrillo mal apagado. (Esa es al menos la leyenda y la
escuela fue ciertamente destruida por el fuego en julio de 1939). Freud siguió con
Morris, viviendo y pintando en la casa del artista. En 1941 se alistó en la Marina
Mercante, pero fue dado de baja tras unos pocos meses. Volvió con Morris, quien
estaba en Hadleigh en Suffolk. Allá realizó muchos de los dibujos meticulosamente
detallados, convirtiendo una cierta rigidez y torpeza en un efecto deliberado de estilo,
que siguen siendo sus primeras obras conocidas y apreciadas.

En 1943 Freud regresó a Londres, pintando y dibujando en lo que ya era sin lugar a
dudas su propio estilo, en el que la percepción de la realidad afilada como una aguja
se unía a un elemento de extraño surrealismo y una agudeza y preocupación por la
muerte que lo vinculaba (aparentemente, a regañadientes) con la escuela
contemporánea de británicos neo-románticos, con uno de los cuales, John Craxton,
compartió un estudio durante un par de años. Fue en esa compañía que Freud realizó
sus primeras muestras significativas: con Julian Trevelyan y Felix Kelly en Lefevre en
1944. En 1954 fue considerado para compartir el pabellón británico en la Bienal de
Venecia con Ben Nicholson y Francis Bacon, pero, curiosamente, no parece haber
tenido una exposición solo hasta que se unió al grupo de artistas del Marlborough
Fine Art en 1958.

¿Misoginia hereditaria?

Durante los años 50, el estilo de Freud evolucionó considerablemente. Su estilo en un


principio apuntaba a un acabado duro y liso que ocultaba toda evidencia de
pinceladas individuales. Pintó en este estilo una serie de sus obras más famosas,
incluyendo a la "Mujer con un perro blanco" (1951-52), el levemente surrealista "Gran
Interior, Paddington" (1951) y el retrato en 1952 de Francis Bacon que fue robado con
gran escándalo de la Berlin Nationalgalerie durante una retrospectiva de Freud en
1988. (Ahí uno puede darse cuenta por qué Herbert Read lo llamó en aquel entonces
"el Ingres del Existencialismo").

Pero hacia fines de los años 50 había cambiado hacia su estilo más maduro: mucho
más pictórico, con las formas de los desnudos en los que se concentraba de manera
cada vez más audaz en formas esculpidas en un pesado impasto. Era como si, en
términos del arte del siglo XX con el que parecía alinearse cada vez más, hubiera
mudado de una exterioridad típicamente Neue Sachlichkeit a un subjetivismo casi
expresionista, con una carga emocional que ya no podía mantenerse dentro de bordes
duros y formas nítidamente delineadas.

Rara vez se ha puesto en duda la extraordinaria habilidad técnica de Freud, o la


individualidad de su visión. Por otro lado, la calidad de su visión y la naturaleza de su
actitud hacia sus temas han suscitado mucho debate y hostilidad. Una queja frecuente
ha sido que a sus desnudos -sobre todo los femeninos- les falta compasión o incluso
cierta cálida sensualidad y que presenta a los cuerpos de sus modelos como si fueran
un pedazo de carne sobre una tabla. Los que juegan a ser psicoanalistas amateurs a
menudo observan las escasas pruebas de su vida privada, -reservada, pero sumamente
comentada-, viendo en sus cuadros claras señales de la arraigada misoginia que su
abuelo, Sigmund Freud, consideraba como la marca del Don Juan compulsivo. (Lucien
Freud no ocultaba su gusto por las mujeres ni su aparente necesidad de fecundar a la
mayor cantidad posible de sus contactos casuales: reconoció a varios hijos ilegítimos
y algunos cálculos moderados sobre su número dicen que fueron más de 30).

Las acusaciones hechas a Freud sobre su feísmo y ridiculización no disminuyeron ni


fueron contrarrestadas convincentemente con el paso del tiempo, y su contribución a
la serie de selecciones de Ojo del Artista (Artist's Eye) para la National Gallery en 1987
pareció corroborar que éste era su gusto: cada pieza que seleccionó de la colección
permanente de la galería, ya fuera famosa o bien guardada entre sus reservas, tenían
suficientes elementos feos o grotescos como para dejar bien en claro que eran cosas
que a él le atraían. Pero a medida que Freud fue gradualmente asumiendo un status
de clásico moderno, el coro de dudas se fue apaciguando y su arte fue comercializado
por su marchand habitual, James Kirkman.

Fue sin duda en parte debido a ello que Freud se convirtió en los años 70 en un
retratista muy solicitado. Comenzó con varios retratos de su madre, pintados en su
nuevo estilo 'implacable', pero continuó retratando a muchos personajes públicos -tal
vez el más famoso de ellos, Lord Goodman- suscitando la admiración universal. Fue
particularmente exitoso con modelos masculinos, en parte al menos porque sus
retratos tardíos tienden a ser imágenes de poder en lugar de imágenes de pulcritud, y
su tendencia a concentrarse en las verrugas contribuyó a generar un efecto
generalmente halagador para el ego masculino. También pintó varios retratos dobles
de hombres solos desnudos o parejas semidesnudas -y un famoso desnudo de uno de
sus modelos masculinos habituales con una rata como mascota- como asimismo un
grupo de obras inspiradas en Watteau.

Desnudos inmisericordes

La carne le fascinaba a Freud y en 1990 comenzó a pintar una serie de desnudos


inmisericordes de Leigh Bowery, un artista de espectáculos subidos de tono que era
decididamente gordo. "Me pareció absolutamente maravilloso", dijo Freud después.
Cuando Bowery murió de sida en 1994, Freud empezó a pintar a "Big Sue", Sue Tilley,
una empleada de una agencia colocadora de trabajo que pesaba más de 120 kilos y
que, de acuerdo a sus propias palabras, dijo que Freud obtuvo lo que pagó porque
"consiguió un montón de carne". "Benefits Supervisor Sleeping", su despiadado retrato
de ella tendida, inmensa y desnuda sobre un sofá, sujetándose un pecho, fue vendido
en una subasta en 2008 por más de 30 millones de dólares, en aquel entonces un
precio récord para una obra de un artista vivo. La compró supuestamente el
plutócrata ruso, Roman Abramovich.

A los 70 años, Freud dirigió su mirada inmisericorde sobre sí mismo y realizó un


autorretrato con verrugas y todo, parado con el pincel en la mano y desnudo, salvo
por un par de incongruentes botas con clavos. Mucho más delicado para la vista fue
su desnudo de la modelo con aspecto de niña abandonada, de Kate Moss, que ansiaba
ser retratada por él. Otra modelo, Jerry Hall, en aquel entonces esposa de Mick Jagger,
también posó desnuda y embarazada, para él. Aquellos que posaron con sus ropas
puestas fueron, entre otros, Andrew Parker-Bowles, ex marido de la duquesa de
Cornwall, en "The Brigadier" -sentado con su chaqueta del regimiento Household
Cavalry desabotonada y con medallas, de rostro rubicundo y barriga bastante
prominente- y, más famoso aún, su retrato de la Reina, a quien Freud pintó muy
severa y con rasgos poco delicados en un cuadro intransigente que inevitablemente
causó controversia en los medios e incluso llevó a acusaciones de traición en algunos
sectores. "Pinto lo que veo, no lo que ustedes quieren que vea", dijo en una ocasión.

El enigmático Freud continuaba, a sus 80 años, siendo inmensamente atractivo para


las mujeres, incluso jóvenes. Emily Bearn, periodista de unos veinte años, fue muy
cercana al artista durante un tiempo. Se cree que es ella la que está sentada
sumisamente a sus pies en "El pintor sorprendido por una admiradora desnuda"
(2005).

Si a lo largo de la mayor parte de su carrera eligió la fuerza en lugar del acabado,


energía pura en lugar de refinamiento, estas parecieron ser opciones legítimas,
dictadas por su propia personalidad y visión en lugar de ser movidas por la moda.
Cuando el mundo llegó a reconocerlo, fue en sus propios términos, que
probablemente era el único modo que él hubiera aceptado.

Jean Clair sobre el color en FreudEmpezaré por el color, porque es la esencia de


Freud, del mismo modo que la sensación de esterilidad es la esencia de su estudio. Y
no empezaré por el hecho de que pinte la realidad, lo que es secundario, tan sólo una
consecuencia de que utilice los colores. Si su "realismo" tuviese que ver solamente con
la mera figuración, quienes descubren sus cuadros no experimentarían tal sensación
de sorpresa.

Pero el color consigue más que la representación. Si eso fuese todo lo que lograse,
sería puramente descriptivo, como lo es la mala pintura actual, sea "realista" o
"abstracta", "clásica" o "de vanguardia". El problema está en otra parte. El color
expresa algo en sí mismo. Es un hecho que el ocre, el ocre rojo o hematita, siempre ha
sido el color de la sangre, de la vida, desde el principio, cuando el hombre lo utilizaba
para cubrir una pared, manchar un hueso o maquillar su rostro.

(....)

Cuando Freud pinta un rostro utilizando el ocre y toques de color ceniza con un poco
de verde, no sólo está respetando una práctica que data de tiempos inmemoriales, al
utilizar tonos fríos y cálidos para devolver al ojo la textura continua de la materia y la
forma en lo que es visible. Ni tampoco, como Rubens, teje los hilos en la trama de
rojos y la urdimbre de verdes únicamente para representar los tonos de un rostro.
Está evocando, de una forma más profunda, símbolos muy antiguos y, sobre todo,
desafiando la prohibición de representar la carne, la gloriosa y corruptible materia
prima en la que ha enraizado la vida, la efímera piel, o película, en la que se proyecta
la sombra de la muerte.

De "Elogio de lo visible" (Gallimard, 1996)