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Política

ISSN: 0716-1077
rpolitic@uchile.cl
Universidad de Chile
Chile

Luci, Florencia; Gessaghi, Victoria


Familias tradicionales y élites empresarias en Argentina: individuación y solidaridad en la
construcción y sostén de las posiciones de privilegio
Política, vol. 54, núm. 1, 2016, pp. 53-84
Universidad de Chile
Santiago, Chile

Disponible en: http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=64547328003

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Política / Revista de Ciencia Política
Vol. 54, Nº 1, 2016 / pp. 53-84
ISSN 0716-1077

Familias tradicionales y
élites empresarias en
Argentina: individuación
y solidaridad en la
construcción y sostén de las posiciones de
privilegio

Florencia Luci (florencialuci@conicet.gov.ar)


Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas
Instituto de Investigaciones Gino Germani, Universidad de Buenos Aires

Victoria Gessaghi (victoriagessaghi@hotmail.com)


Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas
Instituto de Ciencias Antropológicas, Universidad de Buenos Aires / FLACSO

Este artículo tiene por objeto comprender cómo se producen, mantienen


y justifican las posiciones de privilegio en la Argentina. A partir de dos
investigaciones que abordaron el mundo empresario y “la clase alta” de dicho
país, sostiene que en una configuración donde el imaginario igualitario es
central y donde no hay canales formales de acceso a las posiciones de élite,
el trabajo activo de construcción, mantenimiento y justificación del lugar se
vuelve ineludible. El artículo muestra que ese proceso involucra la articulación
de dos lógicas: la exigencia de una individuación meritocrática y la producción
de formas de solidaridad. Además describe los sentidos heterogéneos que
ambas asumen y los modos de resolver sus tensiones y contradicciones en el
proceso de disputar y consolidar una posición de élite.
Palabras clave: familias tradicionales, élites empresarias, posiciones de privilegio,
meritocracia, Argentina.

Traditional Families and Managerial Elites in


Argentina: Individuation and Solidarity in the
Construction and Maintenance of Privileged
Positions
This article seeks to understand how elite positions are produced, maintained
and justified in Argentina. Based on two investigations examining the country’s
business and "upper class", the paper argues that, in a context where the
egalitarian image is central and where there are no formal channels to access
elite positions, actively constructing, maintaining and justifying these positions
is central. The article demonstrates that this process involves the articulation of
two logics: the requirement of a meritocratic individuation and the production
of forms of solidarity. It describes the heterogeneous meanings that both logics
assume and how their tensions and contradictions are solved in the process of
disputing and consolidating an elite position.
Keywords: traditional families, business elites, privilege, meritocracy, Argentina.

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Familias tradicionales y élites empresarias en Argentina

Introducción1

La formación de las élites es, dentro de las ciencias sociales, un área de investigación
central y polémica a la vez. Central porque la construcción de este grupo social es un
elemento estructural de las dinámicas económicas, sociales y políticas de toda sociedad.
Polémica porque no existe consenso acerca de su rol, ni de sus principios de selección
en los regímenes democráticos (Darchy-Koechlin y van Zanten, 2005; Coenen-
Hunter, 2004; Maxwell, 2015). La discusión acerca del papel que desempeñarían las
élites en los procesos de desarrollo o transformación de las sociedades no encuentra
consensos claros, así como tampoco el interés de que se organicen al amparo estatal
trayectos e instituciones específicas para formar élites nacionales.

En los últimos años, el estudio de los sectores privilegiados se ha renovado. Diversos


análisis atentos a una perspectiva relacional y comparada han caracterizado las
especificidades culturales y políticas de cada sistema nacional y, especialmente, del
modelo meritocrático que se presenta como dimensión esencial de la selección de
las élites y de la justificación de sus posiciones a nivel mundial. Sin embargo, aun
cuando la meritocracia escolar logró, a lo largo del siglo XX, imponerse como el
principio que respondía mejor a las exigencias de las sociedades democráticas, no
lo hizo de manera universal, ni con la misma fuerza en cada configuración nacional
(Darchy-Koechlin y van Zanten, 2005).

En la Argentina, la investigación coincide en sostener que no es posible describir


canales de acceso a posiciones de élite que sigan patrones unificados ni delineen
caminos unívocos. A diferencia de países como Francia, donde se destaca una
firme relación entre un sistema educativo que distingue a las mejores écoles y
asocia las trayectorias de sus egresados a la integración de los grands corps del Estado
o las grandes firmas privadas, en nuestro país es difícil reconocer un sistema de
producción de élites organizado (Luci, 2010). La tradición pública y gratuita que
caracterizó al sistema educativo argentino, particularmente al universitario, así como
la imposibilidad que enfrentaron ciertos sectores de consolidar trayectos formativos
separados para la mayoría de la población y para las élites, derivaron en la no
linealidad entre una determinada carrera educativa y el acceso a las posiciones de


1
Las autoras agradecen las atentas lecturas de Estela Grassi y Guillermina Tiramonti.

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Florencia Luci y Victoria Gessaghi

privilegio (Tiramonti y Gessaghi, 2009), como sí ocurre, por ejemplo, en países


como Brasil (Almedia, 2001).

En virtud de la lábil institucionalización de circuitos de élite –que caracteriza a un


país donde la aspiración igualitaria fue motor y resultado de luchas que en gran
parte explican dicha carencia2–, las redes individuales y las relaciones informales
reemplazan a los trayectos formalizados (Tiramonti y Ziegler, 2008). Un conjunto de
estudios recientes, que expresan el renovado interés por este tema en la Argentina3,
ha logrado documentar que en cada espacio social llegar a un puesto de élite
obedece reglas propias (de ingreso, permanencia, justificación), mostrando la relativa
heterogeneidad (de recorridos, instituciones, saberes) y la diversidad de situaciones
y recursos que entran en juego en los itinerarios y las trayectorias hacia los niveles
más altos de los distintos ámbitos de la sociedad.

Por otra parte, en una sociedad donde la idea de progreso fue, durante gran parte
del siglo XX, un componente central del imaginario social (Svampa, 2005), la
igualdad prevaleció como demanda creciente –y más o menos omnipresente según
la coyuntura histórica– en el lenguaje de las reivindicaciones y en la lente con la
que se interpretan y disputan distintas situaciones y políticas (Kessler, 2014). Se forjó
así una configuración cultural (Grimson, 2011) donde las jerarquías preestablecidas
–por rango, antigüedad, nombre– encuentran lugar para ser cuestionadas y donde

2
A fines del siglo XIX y principios del XX, la “Argentina moderna” se consolidó como una
sociedad fuertemente aluvional donde tempranamente se forjó una cultura política antioligárquica e
igualitarista. Mucho antes del peronismo, sindicatos y gremios anarquistas y comunistas motorizaron
luchas sociales que configuraron buena parte de una institucionalidad y de un imaginario social que
tendió a impugnar la segmentación de circuitos de privilegio. A principios del siglo XX, el voto
“universal” (aunque solo masculino hasta 1947) y la edificación de un sistema educativo obligatorio,
laico y gratuito fueron los primeros mojones. La sociedad se caracterizó durante gran parte del siglo
XX por sus bajos índices de desempleo (menor al 6% hasta 1990), donde buena parte de la población
se encontraba formalmente asalariada (ya en 1955 el 72% de los puestos de trabajo correspondían
al sector asalariado) y cubierta con sistemas de protección social de relativa eficacia. Se trataba de
una sociedad con niveles educativos cercanos a los de los países europeos más avanzados, donde
las capas medias estaban extendidas (hacia finales de la década de 1960 la clase media representaba
alrededor del 45% de la población) y la movilidad social era significativa. Hasta la década de 1970
la distribución del ingreso era similar a la de muchos países desarrollados: en 1974 los ingresos del
10% más rico eran 12,7 veces mayores que los del 10% más pobre (Beccaria, 2001). La certeza de
la estabilidad –“el empleo de por vida”– y la perspectiva del progreso forjaron el imaginario de los
argentinos por décadas. Para más detalles véase Torrado (2003).
3
Para conocer el estado del arte sobre la renovación de este campo en la Argentina, consultar Ziegler
y Gessaghi (2012).

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Familias tradicionales y élites empresarias en Argentina

al “usted sabe con quién está hablando” no le sigue necesariamente el silencio


deferente del interpelado (O’ Donnell, 1997).

A lo largo de este artículo intentaremos documentar cómo se construyen, mantienen


y justifican las posiciones de élite en esta configuración cultural en donde, por un
lado, la igualdad –siempre frágil y disputada y rara vez satisfecha– está instalada
como motor de luchas (Kessler, 2014) y, por otro, donde la exigencia moderna de
construir “desigualdades justas” (Dubet, 2004) no se realiza a partir de jerarquizar
a los individuos según una meritocracia asentada en la segmentación ex profeso del
sistema educativo.

Las reflexiones que se desarrollan siguen el análisis de dos espacios que en apariencia
se presentan como contrapuestos: el del mundo empresario (Luci, 2010) y el de
las “familias tradicionales”4 (Gessaghi, 2011a). La caracterización de los modos de
acceso a posiciones de privilegio dentro de la élite económica integrada por los
ejecutivos de las mayores empresas del país y de la élite social representada por
las familias tradicionales argentinas pareciera, en efecto, seguir modelos ideales
opuestos. Por un lado, el acceso a las posiciones de mando de grandes compañías se
explica como el resultado del mérito que implica atravesar con éxito las reglas que
impone la carrera managerial. Por otra parte, el derecho de nacimiento se presenta
como la fuente de validación de los individuos pertenecientes a las grandes familias,
fundadoras de la patria. Así, las relaciones de parentesco frente a la competencia
racional-legal parecen contraponer criterios opuestos de validación sostenidos en
la trama colectiva que enlaza la pertenencia familiar, en un caso, y la performance
individual exitosa, en el otro. Sin embargo, una perspectiva relacional de las élites
atenta a los modos que asume la construcción-justificación de las posiciones en
el marco de relaciones de hegemonía permite vislumbrar ciertas exigencias que
comparten ambos espacios.


4
Usamos el término “familias tradicionales” para indicar que el mismo es una categoría nativa cuyo
contenido y significado es disputado por los sujetos de la investigación. El mismo es presentado
como sinónimo de “grandes familias”, “clase alta” y “patricios”. Para consultar los matices y las
divergencias entre los mismos véase Gessaghi (2011a). En adelante mantendremos las comillas solo
para “clase alta”, con el objeto de subrayar la diferencia entre la categoría nativa de la categoría
analítica.

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Florencia Luci y Victoria Gessaghi

En el primer caso, la voz de los directivos5 de un conjunto de firmas que componen


la cúpula empresarial del país nos permite articular la transformación económica de
los años 90 con la dinámica de recomposición de las clases superiores, en este caso
de aquellas ligadas al mundo empresario. En un contexto de políticas neoliberales,
la transnacionalización vertiginosa de la economía llevó a las multinacionales a
liderar la cúpula empresarial (Basualdo, 2006), abriendo nuevas posiciones laborales
y reconfigurando los modos de gestión y selección de los ejecutivos locales. Se
consolidaba así un nuevo canal de acceso a las clases privilegiadas en el cual, a
diferencia de los grandes poseedores (capitalistas, terratenientes), la presencia
creciente de los managers como un segmento de la élite económica se asociaba al
hecho de alcanzar los más altos escalones de la escalera organizacional.

En el segundo terreno analizado se abordó un grupo de familias dedicadas a la


producción agropecuaria y que a partir de sus apellidos disputan la pertenencia a
la “clase alta” argentina6. La identificación reiterada de este sector con un grupo
superior y privilegiado dentro de nuestra sociedad, aun cuando –según explicaban
repetidamente– este no siguiera siendo un grupo económico dominante, llevó a
reconstruir el proceso de producción de este grupo social7. Es decir, el trabajo activo

5
Se entrevistaron a 88 managers –gerentes y directores– de ocho de las mayores empresas del país,
pertenecientes a distintos rubros –construcción, servicios financieros, industria automotriz y de
consumo masivo, energía, comunicaciones, supermercado, consultoría– y orígenes de capital –
norteamericano, francés, español, británico, italiano, suizo, argentino–. Se recabó y analizó material
documental institucional y de recursos humanos de estas firmas, así como se entrevistó a informantes
clave ligados al mundo empresario –consultores, miembros de cámaras y asociaciones empresarias,
editores de revistas de gestión, consultores, directivos de escuelas de negocios–.También se realizó un
trabajo etnográfico en eventos del mundo empresario y en la presentación de programas de Master
of Business Administration (MBA) (Luci, 2009).
6
A partir de una investigación que tuvo por objetivo documentar la relación entre educación y acceso
a posiciones de privilegio en la Argentina, se analizaron las trayectorias de vida de 63 adultos entre
80 y 30 años pertenecientes a “las familias tradicionales”. El análisis se completó con observaciones
en distintas situaciones de la vida cotidiana de los entrevistados y el análisis de datos estadísticos
producidos por diversos organismos (Instituto Nacional de Estadísticas y Censos, Dirección Nacional
de Información y Evaluación de la Calidad Educativa, Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires,
Provincia de Buenos Aires, entre otros). Se incluyó también el registro hemerográfico, centrado en
las referencias a las “grandes familias” en los principales diarios de circulación nacional (Clarín, La
Nación y Página 12) entre los años 2006 y 2010 y biografías escritas de (y por) las familias, guías
sociales, guías genealógicas, libros de fotografías, entre otros.
7
Si bien el 80% de los grupos domésticos entrevistados pertenecen a los 35 grupos agropecuarios más
grandes de la provincia de Buenos Aires, es decir que son propietarios de más de 20.000 hectáreas
de tierra, entre sus miembros encontramos una diversidad de situaciones en cuanto a los ingresos
presentes pero siempre una gran fortuna acumulada colectiva o individualmente a lo largo de las
generaciones. Propiedades, campos productivos, obras de arte, empresas, etc. forman parte de un
extenso capital que se hace necesario conservar. Muchas veces, la falta de salarios o de ingresos en

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Familias tradicionales y élites empresarias en Argentina

y conflictivo que involucra a los miembros –siempre en discusión– de ese grupo,


pero que los trasciende.

A lo largo del artículo vamos a sostener que en una configuración donde el imaginario
igualitario es central y donde no hay canales formales privilegiados de acceso a
las posiciones de élite, el trabajo particularmente activo tanto de construcción
como de mantenimiento y justificación de dichas posiciones se vuelve ineludible.
En una trama institucional que no organiza recorridos preestablecidos ni certifica
formalmente los lugares, estos exigen de sus ocupantes un compromiso –tanto para
alcanzar el lugar como para conservarlo– que involucra en gran medida procesos de
justificación que se apoyan en tramas de reconocimiento recíproco. Son los propios
individuos quienes, movilizando competencias específicas y sentidos significativos
en sus espacios de referencia, tejen las tramas que validan sus lugares y que los
vuelven legítimos ocupantes de los mismos frente a otros. La falta de instancias
de legitimación exteriores convierte a la dinámica de justificación que activan las
personas en elementos explicativos centrales de los procesos de jerarquización en
Argentina. En otras palabras, nos proponemos documentar el trabajo activo de
construcción de las posiciones de élite en la Argentina y su articulación con tramas
de justificación, entendiendo que este proceso no es una argumentación esgrimida
a posteriori para legitimar el lugar, sino parte constitutiva de la producción del
privilegio. Nuestro abordaje descansa en el supuesto de que las formas de justificar
la posición son inherentes a la disputa por su construcción.

Mostramos que el proceso de disputar (construir) así como de consolidar y


legitimar una posición de élite en la Argentina se realiza a partir de la articulación
de dos lógicas: la exigencia de una individuación meritocrática y la producción de
formas de solidaridad. Con este propósito, en lo que sigue describimos los sentidos
heterogéneos que asume el mérito –en tanto retórica hegemónica de justificación
del lugar– para ambas fracciones de la élite y analizamos los modos en que este
se articula con una trama de sostén colectiva que, en el caso argentino, más que
descansar sobre protecciones reguladas por el Estado, está integrada por relaciones
de proximidad y redes de interdependencia locales.

el presente enmascara la riqueza familiar sobre la que descansa el desahogo de la posición social
individual de cada uno de los miembros del grupo de parentesco.

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Florencia Luci y Victoria Gessaghi

1. La meritocracia en la trama de la construcción y


justificación de las posiciones de élite en la Argentina

El trabajo activo de construcción y consolidación de una posición de élite se visibiliza


particularmente en un contexto nacional donde, como señalamos, no prevalece
una trayectoria institucional que guía a las personas en el camino a la cima. En un
escenario donde asimismo es poco frecuente que los estatutos garanticen los lugares,
las personas se ven especialmente exigidas de sostener las posiciones que alcanzan, a
las vez que interpeladas por producir formas de justificación que las validen como
legítimas acreedoras.

Aunque a primera vista parecen opuestas, las tramas de justificación que producen
los individuos que ocupan posiciones de privilegio en el mundo corporativo y en
las familias tradicionales nos muestran, sin embargo, ciertas exigencias comunes que
anclan en la retórica del mérito como criterio principal de sustentación.

1.1. El mérito como exigencia en una sociedad de iguales

En el caso de las cúpulas directivas de las mayores empresas del país, la selección de
quienes pasarán a integrar las posiciones de mando se comprende desentrañando un
conjunto de procesos que ocurren, mayormente, “en el terreno” de la firma (Luci,
2011). Lejos de advertirse indicadores certeros de reclutamiento (como la pertenencia
familiar, el origen de clase, las instituciones educativas o la filiación religiosa, por
ejemplo), en el camino a la cima predominan un conjunto heterogéneo de “factores
informales” (Dalton, 1951) que se despliegan en el marco de organizaciones muy
diversas, que son quienes conducen el proceso de selección. A diferencia de los cadres
franceses o los quadri italianos, en Argentina, al igual que en el Reino Unido, no
existe una trama legal que defina el estatuto de mánager y reglamente su función
(Livian y Burgoyne, 1997). Los managers argentinos no están encuadrados por ninguna
reglamentación específica, lo cual explica el amplio margen de maniobra que tienen
las empresas tanto para seleccionar a esta élite, como para definir su estabilidad.

No existiendo circuitos educativos formales para la producción de una élite, el


reclutamiento a los máximos cargos de conducción pone en “igualdad de condiciones”
a jóvenes profesionales de clase media que, egresados de las universidades públicas, se
disponen a disputar un lugar en la jerarquía. La gramática que organiza esta disputa
afirma que el acceso a los cargos superiores se verifica (y justifica) como el resultado

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Familias tradicionales y élites empresarias en Argentina

de atravesar con éxito las pruebas que impone la carrera profesional (Luci, 2012).
Llegar a ser un alto cuadro de la compañía va ligado a confirmar la excelencia
personal, ya que cumplir objetivos, recibir buenas evaluaciones y tener un óptimo
desempeño son las formas del progreso que el discurso del management reconoce
como genuinas. Es así que, en lo formal, el principio de justificación de los lugares
se basa en la más estricta meritocracia.

Como dicen Bourdieu y De Saint Martin (1978), lo propio de las élites de las
sociedades democráticas es que sus fronteras están definidas estadísticamente y, por
eso, no cobran jamás la forma de líneas de demarcación estrictas. La performance
personal demostrada en el marco de un proceso reglado –la carrera managerial–,
abierto en principio a todos los miembros de la comunidad, tiene la capacidad de
conferir un principio de legitimidad a aquellos que resultan vencedores y que pasan
a ocupar, por orden del mérito, los lugares privilegiados.

Formar parte de una familia tradicional no es, en cambio, un estatus susceptible de


ser elegido ni una disputa que se halle abierta a todos (Gessaghi, 2012). Aunque a
través de las alianzas matrimoniales y otras estrategias de integración las grandes
familias abren canales de ingreso, es el nacimiento lo que garantiza la pertenencia.
La “clase alta” vernácula está integrada por determinados apellidos que configuran
“grandes familias” o “familias tradicionales”. El nombre es el primer signo que
marca la inclusión o no dentro de este grupo social8.

El apellido remite a quienes participaron de la construcción de nuestro país como


nación. Sintetiza un capital simbólico construido alrededor de parientes con una
actuación destacada en algún orden. Condensa también sentidos asociados a las
élites terratenientes que a fines del siglo XIX hicieron de la tierra su principal y
más segura base económica (Hora, 2003). Así, la asociación de la “clase alta” con las


8
El parentesco y el apellido como capital y recurso movilizado en la competencia por el acceso a
posiciones sociales diferenciales se impone por su relevancia dentro de los estudios sobre las élites.
Yanagisako (2002) muestra que la familia es crucial en la producción y reproducción de las relaciones
capitalistas en la industria textil italiana. Abélès (1989) analiza la importancia de pertenecer a un
linaje en el acceso a posiciones políticas aun cuando estas deben ser refrendadas por el voto popular.
Canelo (2012) llega a la misma conclusión en su estudio sobre los legisladores argentinos. Más
recientemente, análisis sobre las élites políticas en Chile confirman que los elegibles hacen uso de
diversos tipos de recursos que no pueden reducirse a un capital económico. Entre otros, destacan la
importancia del capital político familiar como recurso de gran valor en la competencia política que,
al ser transferido o heredado, otorga ventajas electorales a quienes disponen de él (Joignant, 2014;
véase también González-Bustamante, 2014).

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Florencia Luci y Victoria Gessaghi

familias tradicionales recoge una dimensión histórica profunda, socialmente instalada,


que vincula al campo y a sus propietarios con la élite política que construyó una
parte decisiva de la Argentina moderna.

Las grandes familias, a su vez, ligan su origen a un pasado de varias generaciones en la


Argentina, previo a 1860. La “antigüedad” es un criterio que participa de las disputas
por la legítima pertenencia al grupo. La diferenciación respecto de “los recién
llegados” es central. Sin embargo, la referencia actual a la “clase alta” como una élite
social monolítica vinculada al campo y a los padres fundadores de la patria oculta el
trabajo histórico que fue necesario para construir esta representación. No siempre –
ni desde un primer momento– la alta sociedad se definió a sí misma como un núcleo
cerrado o integrado por un conjunto de familias “originarias” (Losada, 2008).

La importancia que adquirió la antigüedad apareció poco a poco y se ligó a otra de


las nociones que comenzó a circular para nombrar a este grupo social: los patricios.
Las grandes familias necesitan demarcarse de cualquier pretensión aristocrática y
para ello construyen vínculos con los hombres que actuaron en la consolidación de
la patria. Es decir que la “clase alta” se define incluyendo, también, clasificaciones
asociadas al mérito de haber participado destacadamente en la fundación de la nación.
Aun cuando estos sentidos de la meritocracia han ido cambiando históricamente,
la “clase alta” se vio siempre imposibilitada de construir una casta de nobles cuyos
privilegios se sustentaran en el nacimiento debido a la fluidez que caracterizó a la
Argentina desde su conformación (Gessaghi, 2012). La “alta sociedad” debió afrontar,
desde siempre, los desafíos de una sociedad cambiante cuyas jerarquías se veían
sensiblemente cuestionadas por los efectos de la movilidad social o por la expansión
de la educación o del consumo (Losada, 2008). El apellido –es decir, parentesco y
nacimiento– siempre debió articularse con principios de distinción meritocráticos.

El apellido marca la pertenencia a un grupo social por lazos de familia, pero cada
generación, iluminada por su antecesora, debe mantener su estatus adquirido (Le
Wita, 1988). Como señala Abélès (1989), poseer un nombre permite ser elegible
pero no asegura ser elegido. Un apellido tradicional hace acreedor a quien lo posee
de cierto estatus, pero este debe ser refrendado por cada nueva generación. El
apellido no asegura el éxito, sino que es un recurso –no es lo mismo no tenerlo– que
debe ser puesto a participar en la competencia por la posición social. La jerarquía
de cada apellido depende de los familiares notables que se puedan contar dentro del
grupo de parentesco.

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Familias tradicionales y élites empresarias en Argentina

A diferencia de la legitimidad aristocrática, aquí los procesos de distinción de la “clase


alta” se articulan con formas de selección que, como el mérito, son eminentemente
modernas. Contar con “próceres reconocidos por haber hecho la patria” entre los
ancestros del linaje y con parientes meritorios en la actualidad es condición necesaria
para conservar el estatus familiar. Es decir que al apellido, a la marca natural, se le
yuxtapone la marca del mérito personal. Naturaleza y mérito están imbricados.

1.2. Polisemia e inscripción: el mérito como fuente de una


individualidad valorada

En el mundo de las grandes empresas, las reglas del mérito están prescritas. Si bien las
formas que adquiere la competencia por el puesto tiene características particulares
en cada firma –que expresan la singularidad organizacional que se plasma en
organigramas, nomenclaturas, prácticas institucionales, etc.–, es asimismo posible
reconocer rasgos comunes que remiten a una “gramática del management” (Luci,
2012). Boltanski y Chiapello (1999) han definido al management como la retórica
moral y justificativa propia del capitalismo actual. Apelando al postulado weberiano
que afirma que la dinámica de acumulación se sostiene en una trama normativa que
evoca un cierto “espíritu”, los autores señalan que las transformaciones económicas
del último cuarto del siglo XX se acompañaron de una renovación moral. La
gramática que sostiene a la actual ideología capitalista deja atrás la trama burocrática
y despersonalizada de inserción individual y moviliza principios de individuación
basados en el emprendimiento y la autonomía como fuente de valoración de sí.

Estos procesos que los autores describen para los países desarrollados –y más
particularmente para el caso francés– se verifican, aunque con particularidades
locales, en nuestro país. La forma crecientemente global de circulación del capital
y de las empresas transnacionales tuvo en Argentina un arraigo fuerte en los años
90 cuando, como resultado de la privatización de empresas públicas y la apertura al
ingreso masivo de inversión extranjera, las multinacionales pasaron a liderar la cúpula
empresarial (Chudnovsky y López, 1998). La internacionalización vertiginosa de los
sectores más competitivos trajo aparejada la implementación de nuevos modos de
gestión de empresas y la incorporación de formas modernas de management de los
recursos humanos. Esto iba a redefinir las características de la élite managerial apta

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Florencia Luci y Victoria Gessaghi

para conducir estas firmas, así como los procedimientos para reclutarla, formarla y
desarrollarla (Luci, 2014).

En el trabajo de campo pudimos ver que los postulados del management moderno9
tienen una fuerte presencia definiendo las formas de categorización –de las personas,
de su trabajo, de sus capacidades– y formulando juicios morales. Esta gramática
“vive” en las empresas de un modo muy práctico y cotidiano organizando tanto
los procedimientos concretos de gestión laboral como el sostén justificativo que
los explica y legitima. Configura así, a la vez, una trama simbólica y una técnica de
gestión que, bajo el mando de “Recursos Humanos”, organiza la selección de los
directivos que pasarán a integrar la cúpula de la organización. Es, en definitiva, quien
regla los principios del mérito.

El corazón de dicha gramática se sostiene en el discurso liberal que hace del


mérito individual la fuente de legitimidad (Dubet, 2006). Las firmas construyen
así una trama argumental y práctica que ordena las interacciones sobre la base de
procedimientos que evocan la objetividad de una selección producida a partir
de fórmulas meritocráticas. Adherir a las pautas de calificación y evaluación del
management moderno supone no solo que la empresa sigue tendencias de vanguardia,
sino que asegura criterios de selección objetivos y alejados de formas tradicionales de
gestión asociadas al nepotismo o el favoritismo. Como dicen Metzger y Benedetto-
Meyer (2008), los modos de gestión managerial entroncan con la lógica meritocrática
que propone la transparencia de las prácticas y el rigor en la evaluación. Aunque
todas las empresas estudiadas integran la cúpula empresarial del país, algunas
son multinacionales de vanguardia donde el management moderno rige como la
pauta primordial y otras, por el contrario, remiten a formas de organización más
tradicionales. En estas últimas, sobre todo los jóvenes managers dispuestos a disputar
lugares de mayor envergadura en la jerarquía abogan por cambios organizacionales
que traigan la “modernidad” y los “criterios de evaluación objetiva” a firmas donde
en ocasiones los ascensos contradicen los principios del mérito:

Con la nueva gestión de performance se quiere lograr que el crecimiento


sea más justo, no que dependa de los contactos que uno tenga con un jefe o
de cuestiones como la amistad o, no sé, cosas que no tienen que ver con el
desempeño (gerente de empresa constructora).


9
Sobre este tema véase Boltanski y Chiapello (1999) y para el caso argentino véase Szlechter y Luci
(2014).

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Familias tradicionales y élites empresarias en Argentina

Formalmente, entonces, el mercado de trabajo interno de las empresas se presenta


como un espacio en el que rige la transparencia, la igualdad de posibilidades y la
responsabilidad individual por el éxito de la carrera (Guillaume y Pochic, 2007).
La estructura meritocrática sobre la que –en teoría– se construye la élite formula
un marco objetivo de reglas, procedimientos y pruebas, cuya observación exitosa
supone avanzar hacia los peldaños más altos.

A diferencia del mundo de las grandes empresas, donde la gramática que formula
las reglas del mérito está prescrita, en el caso de las familias tradicionales es la propia
lógica del grupo la que tácitamente regla este principio. No hay aquí una referencia
externa “objetiva” ni instrumentos que midan el mérito, sino narraciones de sentido
que condensan significados sobre las formas legítimas de pertenencia al grupo y de
justificación de su preeminencia (Gessaghi, 2014).

El “talento” ha sido y sigue siendo una de las formas más clásicas para mesurar y
poner en relieve tanto la talla del ancestro que funda el linaje familiar, como un
modo de procesar el ingreso de nuevos miembros al grupo.

Las narraciones acerca del origen familiar, llenas de relatos épicos y de parientes
que viven situaciones límite y heroicas, son parte de un trabajo de constitución
simbólica que justifica el estatus de gran familia por la puesta en escena de valores y
tradiciones que articulan lazos de parentesco con el destino de ciudades o del país e
inscriben un origen familiar antiguo, casi mitológico, en el esfuerzo y el mérito de
un fundador de la fortuna familiar. Este individuo es presentado como el héroe que,
en soledad y sin el sostén de entramado social alguno, detenta el mérito del trabajo
de constitución del grupo familiar. Se trata de dar a los miembros de la familia
ejemplos a seguir y de consolidar el sentimiento de pertenencia. La búsqueda de
un pasado lejano, el recuerdo de la historia de un ancestro común de referencia y el
mantenimiento de una cohesión presente son recorridos inseparables (Zalio, 1999).

A su vez, la potencialidad del mérito radica en su capacidad de procesar la


incorporación de nuevos miembros al grupo social. La “clase alta” está condenada a
la apertura, aun cuando su puerta de entrada sea estrecha:

Para conformar o armar o empezar una familia tradicional, es decir, mi


bisabuela Mercedes Guerrico de Bunge decía que para cada hombre talentoso
siempre había una chica hija de familia bien esperándolo.Vale decir que mucho
más importante que el dinero era el talento. (productor agropecuario).

64 Política / Revista de Ciencia Política


Florencia Luci y Victoria Gessaghi

El talento marca la puerta de entrada a las grandes familias y sustenta su base de


legitimación, no en la acumulación de un capital económico, sino en el mérito
personal. Pero los hombres talentosos –nótese el género utilizado– lo son en tanto
hicieron fortuna. Aunque quede excluida a nivel discursivo, la riqueza que se
produce es la vara con la que se mide el mérito. De esta manera, el grupo de los
apellidos puede ir renovándose con hombres meritorios, pero la actuación destacada
queda subsumida a la reproducción de los códigos detrás del apellido, porque de lo
contrario el mérito se banaliza.

Los contenidos que han cargado de sentido al talento capaz de conceder una
validación meritocrática no son en ningún sentido estáticos. Con el correr del siglo
XX y a partir de los cambios en los modos de producción agrícola, muchos miembros
de las grandes familias comienzan a reivindicar la necesidad de independizarse en
“un mundo que cambió” y se presentan como self-made man. En oposición a sus
ancestros que “vivieron de la herencia”, se reconvirtieron en empresarios agrícolas
(Gras, 2010) y en “profesionales adaptados a la economía moderna”.

En virtud de que heredar el negocio de sus padres les impide reivindicarse como
creadores de su propio destino, estos hijos encuentran en los rápidos cambios de la
economía y del mercado el desafío necesario que implica “hacerse a sí mismos”.
Encontrarse en terrenos poco familiares con respecto al mundo de sus padres, ubicarse
en un universo distinto, con otras reglas, los lleva a tener que tomar sus propias
decisiones y, de esta manera, transformarse de “hijos de papá” en “profesionales que
hicieron algo de su vida” (Gessaghi, 2011b). Ese tiempo nuevo les permite procesar
la contradicción entre sentidos hegemónicos asociados al esfuerzo personal o a la
carrera abierta al talento (Hobsbawm, 1997) y la herencia. Sin renegar de la herencia
familiar –económica, simbólica o de aprendizajes–, prueban que son una nueva
generación de hombres meritorios anclada en una fuerte “cultura del trabajo”.

La importancia de la “cultura del trabajo” se comprende en la trama de la hegemonía


de la racionalidad económica que define a la competencia profesional y al esfuerzo
individual como maneras legítimas de ocupar determinadas posiciones. Pero debe
entenderse también en una configuración en la que entran en relación otros
discursos que coexisten y compiten. Frente al halo de unos sostenido en el valor de
“la cultura heredada”, en el valor simbólico del apellido familiar y en el refinamiento
que le confiere su vínculo con el pasado de nuestro país, otros destacan el valor de
lo adquirido en la libre competencia de individuos iguales donde la herencia y las
desigualdades de origen quedan desdibujadas. Ahora bien, unos y otros se apoyan en

Vol. 54, N°1 (2016) 65


Familias tradicionales y élites empresarias en Argentina

el mérito personal, ya sea asociado a “valores”, a una profesión en la diplomacia o


al “refinamiento” y la “alta cultura”, ya sea a la capacidad de “hacer dinero” a partir
de una “cultura del trabajo”. Se oponen así sentidos de lo meritorio que vinculan
los valores de una Argentina “culta” y con un pasado europeizante, frente a una
Argentina “plebeya y de trabajo”.

Es posible preguntarse en qué medida los criterios de valor y engrandecimiento


propios de la lógica capitalista actual configuran exigencias diferentes para las
generaciones más jóvenes de la “clase alta”. Ya mencionamos que según Boltanski
y Chiapello (1999), en cada contexto histórico un cierto espíritu configura
la trama normativa y moral que moldea los recursos simbólicos que utilizan las
personas para construir una individualidad valorada. La mutación valorativa que
hace del emprendedor y de la acción de emprender cualidades de los ganadores, se
traslada como una fuerte exigencia de individuación (Ehrenberg, 1995). “Hacerse
a sí mismos” (Yanagisako, 2002), volverse “empresarios de sí” (Castel, 2003) son
imperativos que, de distinto modo, atraviesan a los individuos de ambos espacios.

En Argentina, estos procesos que ponen en relieve cambios tanto de orden económico
como cultural y social se iniciaron durante la dictadura de mediados de la década
de 1970 y se profundizaron y consolidaron en la década de 1990, con el gobierno
de Carlos Menem. En este período se edificó una “sociedad neoliberal” (Grassi,
2003), cuya dinámica distintiva no solo estuvo dada por cambios económicos, sino
por una transformación político-cultural que incluyó tanto la recomposición de las
instituciones políticas, del rol del Estado y de la estructura de clases, como también
de las formas socialmente válidas de pertenencia a la sociedad. Como señala Grassi
(2004), se trató de una “época de contrastes” donde mientras crecientes franjas de
la población pasaban a engrosar los porcentajes de pobreza y desempleo, se exaltaba
una forma de “éxito social” asociada a la capacidad de consumo y la performance
individual en el mercado10.

Así se delineaba la trama de polarización social que comenzaría a caracterizar a


la sociedad argentina (Kessler y Espinoza, 2003). Por un lado, el estancamiento
socioeconómico de las capas medias y bajas se tradujo en procesos de movilidad social
descendente asociados a la desregulación del mercado de trabajo y al aumento del

Una situación similar describe Lima (2007) para Brasil, al observar la Nova Sociedade Emergente de
10

los noventa y los “emprendedores del éxito” que se afirman como una nueva élite que manifiesta el
triunfo de una nueva economía –aperturista, privatista– en el mercado global.

66 Política / Revista de Ciencia Política


Florencia Luci y Victoria Gessaghi

desempleo. Por otro lado, como contracara de aquel proceso, una nueva franja emergía
como “ganadora” (Svampa, 2001): aquellos individuos que se vieron favorecidos en
el nuevo esquema y para quienes se articulaban pautas de integración privilegiada a
la sociedad y al mundo del trabajo. Íntimamente asociados con la recomposición del
escenario económico y con la importancia creciente de las multinacionales como
agentes de punta de la economía, nuevos puestos de empleo de élite se abrían para los
profesionales provistos de las competencias vinculadas con la conducción estratégica
de empresas en el nuevo contexto productivo y de gestión global (Luci, 2010).

Así, mientras nuevos canales de acceso a lugares de privilegio se abrían en el mundo


corporativo, la clase alta se vio interpelada por la retórica del emprendimiento y el
éxito individual, así como por la necesidad de formular pautas de distinción para
vincularse y diferenciarse de los “arribistas”, es decir, de los “nuevos ricos” ligados
a los nuevos sectores de la economía. Para las familias tradicionales comenzó a ser
imperioso producir un distanciamiento respecto del dinero y la fortuna11 como
formas de legitimar la pertenencia a la “clase alta”, al mismo tiempo que aumentó
la importancia de los diplomas escolares en la formación de los herederos a fin de
producir una transferencia exitosa del control de los negocios familiares12.

2. La trama colectiva de una individualidad exitosa

Los procesos de construcción y justificación de las posiciones más altas entre los
ejecutivos de empresas y de la pertenencia a la “clase alta” se legitiman a partir
de una trama discursiva anclada en el mérito individual. Como señalamos en el
apartado anterior, en cada campo empírico la retórica meritocrática articula las
interacciones a partir de sentidos cambiantes y específicos.

Ahora bien, hacer inteligible las condiciones que posibilitan esta lógica individual
conduce inexorablemente a documentar los soportes, los puntos de apoyo que las
personas construyen, mantienen y recrean para forjar y legitimar sus trayectorias de

Esto debe entenderse en el contexto de tradiciones históricas de más largo plazo que incluyen a la
11

ideología católica que caracteriza a estos grupos (Gessaghi, 2014).


El aumento de la importancia de los diplomas se debe también al contexto general de “inflación de
12

los títulos” (Baudelot y Establet, 1989) y su relevancia siempre es matizada. Como señalaron varios
entrevistados, la responsabilidad del dueño de la empresa familiar no es igual a la del ejecutivo que
la conduce. Además, si es posible seleccionar entre los parientes a un “heredero meritorio”, siempre
se puede recurrir a la contratación de un ejecutivo altamente formado para que lleve adelante el
gerenciamiento de la empresa.

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Familias tradicionales y élites empresarias en Argentina

“éxito”. A lo largo de nuestros trabajos de campo encontramos que los procesos de


socialización y las formas de construcción de diversos tipos de lazo y sostén no solo
predominan sino que son cruciales a la hora de explicar tanto el éxito profesional
en las grandes empresas como la pertenencia a la “clase alta”. Si para un ejecutivo,
lograr un puesto de élite implica diferenciarse, atravesando el proceso de prueba que
impone la carrera jerárquica, al mismo tiempo supone cooperar, coordinarse con
otros, construir reconocimiento, armarse de un sostén (Luci, 2010). Los miembros de
las familias tradicionales, por su parte, deben realizar un trabajo activo de formación
del propio grupo social que consiste en construir y recrear tanto la unidad del grupo
familiar –aun a partir de tensiones y conflictos en su interior– como los lazos de
conocimiento y reconocimiento con otros grupos de parentesco. En otras palabras, la
lógica individual de éxito meritocrático se asocia necesariamente con una dinámica de
cooperación que no sigue una orientación única y lineal, sino conflictiva e inestable.

Si, como señala Castel (2010), no hay individuo sin soportes, la importancia del análisis
sociológico de los procesos de formación de las élites radica en poder evidenciar
una de las formas que asume la desigualdad en las sociedades contemporáneas:
disponer de puntos de apoyo sobre los cuales hacer frente a la exigencia de una
individuación exitosa. Asimismo, en una configuración nacional como la Argentina,
que no dispone de instancias oficiales que legitimen y consagren trayectos de élite
a través de sus instituciones, las redes de interdependencia en cada espacio social se
vuelven primordiales en la disputa por lograr o mantener posiciones de privilegio.

2.1. El reconocimiento como exigencia de legitimación

En el caso de las empresas, si bien el discurso organizacional justifica el reclutamiento


a la élite como el resultado de un proceso racional-legal, una mirada atenta a la vida
cotidiana de las firmas muestra que ascender en la jerarquía requiere de un trabajo
relacional activo. El acceso a los puestos de mando está estrechamente ligado con el
lugar que ocupan las personas en la configuración de relaciones sociales y simbólicas
que se traman en el espacio de la empresa. Ascender en la jerarquía requiere un
trabajo de afianzamiento de la posición que se sostiene en la edificación del acuerdo
sobre el valor individual.

Según Honneth (1992/1997), los individuos se conciben a sí mismos como


poseedores de valor y como miembros legítimos de una comunidad en la medida
en que encuentran reacciones positivas de aquellos con quienes interactúan:
las expectativas morales que las personas formulan mutuamente refieren al

68 Política / Revista de Ciencia Política


Florencia Luci y Victoria Gessaghi

reconocimiento social de sus aptitudes por parte de los otros. Así, el progreso de la
carrera tiene uno de sus sostenes en la construcción del consenso sobre el propio
valor, ya que el reconocimiento de la comunidad legitima el lugar de las personas.
Como señala un director de recursos humanos, la imagen y el respeto profesional
de “su gente” lo consolidan como líder: “La imagen que tiene de mí mi equipo
es importante, porque también eso te ayuda a establecerte como líder, el respeto
profesional también conlleva el respeto por el liderazgo”. (director de empresa de
consumo masivo).

Es por ello que una gerenta entrevistada admite que una carrera exitosa se apoya
tanto en la producción de “logros reales” como en el “show” que los muestra. El
crecimiento en la línea de mando se explica en parte por la capacidad de exhibir el
buen desempeño, lo cual supone saber movilizar una competencia social específica,
pues quienes no acompañan el logro de objetivos con el reconocimiento del
entorno raramente continúan en carrera.

Vos vas construyendo tu carrera desde los logros reales y también desde la
percepción que tiene el resto de vos.Yo siempre le digo a la gente que trabaja
conmigo que tiene que haber un equilibrio entre la realidad de lo que hacés
y el “show” que mostrás. La gente que solo hace “show” y no puede demostrar
logros, puede ser que al principio le vaya bien pero a la larga cae. La gente que
realmente hace un trabajo brillante pero no lo muestra de ninguna manera, la
verdad que es difícil también que desarrolle una carrera (gerenta de empresa
de consumo masivo).

Cumplir los objetivos propuestos y obtener una alta calificación son factores de
la carrera directiva. La performance es un elemento de diferenciación que hace del
mérito un principio de justificación de las posiciones. Ahora bien, el imperativo de
la “puesta en escena” (Goffman, 1959/1973) suma un componente relacional a la
selección: la visibilización del mérito y su reconocimiento por parte de otros son
competencias centrales. Un director enfatiza sin dudar que “hay que ser muy bueno
y hay que parecer que se es muy bueno” (director de una empresa de telefonía).

Un gerente entrevistado explica que en una empresa como la suya, donde los
procesos están interrelacionados y donde, por ende, gran parte del desempeño
laboral pasa por saber “conectar la red”, la capacidad de construir lazos interviene
en el éxito de la carrera. Obtener el “apoyo de los clientes internos”, es decir cultivar
relaciones de aprecio, colaboración, estima y respeto, es esencial para llegar a la cima:

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Familias tradicionales y élites empresarias en Argentina

En la compañía de alguna manera llegás por cómo operás internamente. El


apoyo de tus clientes internos es clave. Nadie construye su carrera si nadie lo
quiere. Si en la compañía nadie te quiere, es muy difícil (gerente de empresa
de consumo masivo).

La carrera managerial se apoya en una densa red de lazos de interdependencia


que permite acumular capital social, que se traduce tanto en reconocimiento y
valoración social como en el acceso a información y el control de recursos. Esta
trama de relaciones construye el soporte interpersonal del progreso de la carrera.

Los miembros de las familias tradicionales, por su parte, son individuos propietarios
que nacen en el seno de una familia que les legará –la mayoría de las veces– un
importante capital económico que deberán (por lo menos) conservar y en el mejor
de los casos, incrementar. Los lazos de parentesco son un vector de transmisión de
los bienes más importantes: prestigio, relaciones, buena reputación, redes políticas,
una larga tradición y construcción de relaciones de poder que derivan de un capital
que no es (solo) económico. Sin embargo, tal como hemos señalado, la “clase alta” se
ve forzada a legitimar su posición a partir de una trama justificatoria principalmente
meritocrática. Los miembros de este grupo social resuelven la exigencia de
individuación a partir de realizar un trabajo activo de construcción de la familia
tradicional como un grupo meritorio y socialmente valorado, ya que el grupo de
parentesco es el principal sostén simbólico y material de la propia posición social.

Los miembros de las grandes familias participan de una lucha por el reconocimiento
como integrantes legítimos de la “clase alta”, y por lo tanto de una élite, a partir del
lugar que ocupan en la configuración de relaciones sociales y simbólicas que se traman
en el espacio de las familias tradicionales. Esto requiere de un doble trabajo. Por un
lado, de la construcción activa de ese espacio llamado “clase alta” y de la posición
del propio grupo de parentesco en dicho campo. Por otra parte, implica construir el
propio lugar en la jerarquía familiar. Ambas fases de este proceso están imbricadas:
jerarquizarse dentro de la familia implica construir lazos y reconocimiento social a
partir de una actuación destacada; y es ese mismo reconocimiento el que construye
y jerarquiza a la propia familia tradicional dentro del espacio de las grandes familias.

El afianzamiento de la propia posición y la del grupo de parentesco requiere un trabajo


relacional activo. El progreso de cada individuo se sostiene sobre la construcción del
consenso sobre su valor dentro de la familia y a partir del reconocimiento de ese
grupo familiar en relación al conjunto de familias que integran la “clase alta”, pero

70 Política / Revista de Ciencia Política


Florencia Luci y Victoria Gessaghi

también respecto del resto de la sociedad. En esta dialéctica, el reconocimiento de la


comunidad legitima el lugar del grupo y de las personas que lo integran.

La formación de la familia tradicional –y del lugar de cada individuo dentro de ella–


asume distintas formas a partir de una diversidad de prácticas orientadas a construir
reconocimiento recíproco. La memoria genealógica, los relatos acerca del origen
familiar, habitar las mismas casas, reunirse en el campo o las tradiciones escolares
forman parte del trabajo por instituir el valor de la unidad familiar, disputar su
reconocimiento y jerarquizar a las personas que la integran.

La afanosa inversión en la recreación de la historia del grupo familiar a través del


análisis genealógico contribuye a ligar a los distintos grupos de parentesco y a
certificar su distinción a partir de su inclusión en una densa red social. Es decir, la
inclusión de los individuos en distintas posiciones en un árbol genealógico produce
un modo de estar relacionados. La genealogía certifica el entramado en que se sitúa
cada familia y consagra un estatus adquirido y reconocido por los otros (Le Wita,
1988). De esta forma se va consolidando la idea de que se pertenece a una gran
familia argentina unida por relaciones de interconocimiento y de interreconocimiento. En
esa trama, cada persona encarna la perennidad de un linaje, habla de sus padres y de
sus ancestros. El apellido remite a ellos y a la pertenencia a un grupo. Los miembros
de las familias tradicionales no están solos, ya que son individuos cuyo nombre
evoca una historia, una trayectoria y una red de individuos. Lo que los distingue es
su posición en un entramado de relaciones de filiación y alianza. De esta manera,
cada entrevistado se emplaza en una red y es evaluado de acuerdo con ella13. A su
vez, las familias tradicionales no se forman jamás aisladamente, porque cada familia
se emplaza en una red de familias. Esos lazos familiares –signo social distintivo–
destacan la base relacional del acceso a este grupo social, aun con sus jerarquías y
rivalidades (entre ellas y en su interior).

“Rosario Ortiz de Rosas dirige la fundación filantrópica que lleva el nombre de sus tres tías maternas,
13

ellas fueron quienes donaron el edificio en donde funciona. Su padre es el director de una de las
consignatarias de hacienda más grandes del país y miembro de uno de los 35 grupos agropecuarios
más grandes de la Provincia de Buenos Aires. Ella está casada con Mariano, tercera generación
dentro de uno de los grupos agropecuarios más importantes del sur del país. La madre de Mariano
pertenece a la familia que fundó el ingenio azucarero principal en la zona norte de la Argentina. Los
primos de Rosario han desarrollado un conocido estudio de abogados y cuentan entre sus clientes
a las empresas más grandes de la economía argentina. La mujer del hermano de Rosario es hija de
un exministro de economía. Dos tíos de Rosario fueron dirigentes de la Sociedad Rural Argentina”
(Registro de campo, agosto de 2008).

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Familias tradicionales y élites empresarias en Argentina

El trabajo de creación y recreación de la familia tradicional se vale también de


relatos acerca del origen familiar que fundan “la gran familia” y que procuran darle
coherencia y estabilidad. Estas narrativas tienen un lugar central en la construcción
y el mantenimiento de lazos afectivos al interior del grupo de parentesco. Además,
mantienen ocultas las eventuales divergencias en la evolución social de las diferentes
ramas de la familia.

Integrar a la familia en una unidad armónica –que absorba los conflictos– no puede
separarse de sus implicancias en la reproducción de los medios económicos del
grupo de parentesco14. Pero esta labor no sería acabada si no se completara con el
afianzamiento de los lazos entre los distintos grupos domésticos y de quienes los
integran. El apellido evoca vínculos en común entre los miembros de estas familias
y contribuye a generar lazos de confianza y eventuales solidaridades u obligaciones.
Un abogado de un reconocido estudio y heredero de una importante entidad
financiera decía:

Entre familias tradicionales siempre vamos a hablar y va a haber algo en común.


Más o menos en dos minutos de conversación vamos a sacar algo en común,
que alguien o que perteneció a algo o que lo vivió de su abuela, algo muy
tradicional de acá, o que conocemos a alguien en común, pero algo va a traer,
algo me va a decir.

Otra entrevistada, directora de La Guía Azul15, cuenta que el día anterior la llamó
un amigo porque su hijo iba a hacer una operación inmobiliaria y no conocía al
escribano. Su amigo le dijo: “¡Ay! Decime, ¿lo tenés en la guía? ¿No te fijás? Nos

Las fuerzas que impulsan a identificar los intereses particulares de cada individuo con los intereses
14

colectivos de la familia (Bourdieu, 1994) no siempre son eficaces. La “familia tradicional” no es un


conjunto armónico e indiferenciado de individuos. En su interior se distinguen relaciones de poder.
En este sentido, los conflictos en el seno de las familias de la “clase alta” invitan a prestar atención a
la compleja interacción de sentimientos que moldea el funcionamiento de los proyectos económicos
familiares. Como documentamos en nuestro trabajo de campo, las traiciones y la desconfianza en los
grupos de parentesco no implican necesariamente la imposibilidad de reproducir el capital familiar.
Muchas veces, estos sentimientos favorecen la fragmentación de la economía doméstica y derivan en
la diversificación del capital y en su expansión (Yanagisako, 2002).
Se refiere a La Guía Azul, uno de los diversos tipos de documentos que contribuyen a fijar las
15

historias de cada apellido, a situar a cada unidad familiar en la red de familias en general y a cada
individuo en esa red. A los problemas de legitimación y de cohesión, las genealogías, los libros
familiares y las guías sociales ofrecen respuestas concretas (aunque su éxito nunca es completo). La
Guía Azul detalla por orden alfabético: el nombre de las familias que componen la “clase alta”, la
dirección de la casa familiar –en numerosas ocasiones se registra más de una propiedad–, los nombres
de las señoritas y –a diferencia de hace cien años– los varones solteros (señores) y sus teléfonos.

72 Política / Revista de Ciencia Política


Florencia Luci y Victoria Gessaghi

fijamos y nos dimos cuenta de que era ´fulanito de tal’”. Su amigo decidió que le
iba a comentar al escribano que él era amigo de su cuñada. “Todas esas cosas abren
puertas”, concluye la entrevistada16.

2.2. Mérito y sostén: límites y tensiones de una relación


ineludible

La densa red de lazos de interdependencia que permite acumular capital social y


acceder a recursos no cuestiona la lógica meritocrática desde la cual se justifican
hegemónicamente estas posiciones. Como señalamos en el apartado anterior, tener
un apellido tradicional te hace acreedor de cierto estatus pero este debe ser refrendado
por cada nueva generación. El apellido no asegura el éxito sino que es un recurso
que debe ser puesto a participar en la competencia por la posición social17. En cada
una de las familias, los distintos miembros transitan por una diversidad de trayectorias
en las que reproducir la propia posición social implica un “logro” y, en este sentido,
este proceso es relatado de forma meritoria. Volverse un exitoso profesional del
agrobusiness, integrar la lista de los más grandes propietarios de tierras en la provincia
de Buenos Aires, dirigir cámaras empresarias, conducir grupos de lobby relacionados
con la actividad agropecuaria, aparecer en los medios de comunicación por la
realización de importantes actos de filantropía, son elementos de diferenciación que
hacen del mérito un principio de justificación de las posiciones. La visibilidad social
que tengan estas actividades suma a la construcción de reconocimiento por parte de
los demás miembros de la “clase alta” y del conjunto de la sociedad, incrementando
la valoración social de cada individuo, de su grupo familiar y del conjunto de las
familias tradicionales.

A partir de una actuación que continúa el legado familiar, cada nueva generación
debe confirmar el valor del apellido: no hacerlo tiene su precio. O bien el grupo

Los lazos de confianza y los intercambios recíprocos entre los miembros de estas familias abarcan una
16

multiplicidad de prácticas. Una reconocida coleccionista de arte e hija de un político de renombre


consultada señalaba que en su casa a nadie le importaba si estudiabas o no: “siempre había algo
familiar donde meterse: en el campo de la familia, en la consignataria de mi abuelo, siempre había un
lugar”. Por otra parte, varios abogados entrevistados advirtieron que ante la necesidad de contratar
personal para sus estudios no dudaban en privilegiar a sus excompañeros de colegio frente a otros
candidatos, aun cuando los primeros estuviesen menos calificados.
A lo largo del trabajo de campo que condujo a esta investigación (Gessaghi, 2011a, 2014) nos
17

encontramos con la figura del “desclasado”: miembros de estas familias que dejan de pertenecer a
“la clase alta”. El “desclasamiento” implica una ruptura muy fuerte en las trayectorias de los sujetos
y conlleva una decisión personal a la que se asocia una férrea voluntad porque, fundamentalmente,
“desclasarse” implica dejar de hacer el trabajo que se viene describiendo.

Vol. 54, N°1 (2016) 73


Familias tradicionales y élites empresarias en Argentina

familiar pierde el reconocimiento y solo “conserva el apellido” o se produce el


“desclasamiento”. En el primer caso, y dado que “la fortuna no hace al grupo”18
estas familias pueden continuar frecuentando los mismos círculos de sociabilidad
y si mantienen determinados comportamientos y logran estrategias matrimoniales
exitosas pueden seguir perteneciendo a la “clase alta” aunque no posean dinero. En
el segundo caso, el desclasamiento se produce porque existe la voluntad de dejar de
realizar o de ser parte del trabajo de formación de la “clase alta” descrito más arriba19.

En el caso de las empresas, los entrevistados destacan el rol que cumple el capital
social en el desarrollo profesional y las trabas que implica la carencia de una red de
relaciones. Desde su ingreso a una empresa constructora argentino-italiana como
joven profesional, uno de los gerentes cuenta que se desempeñó siempre en la
misma área: “llevo prácticamente diez años en la empresa, entré a este mismo sector,
pero no fui rotando”. Esta circunstancia implicó que acumular relaciones, conocidos
o contactos en diferentes áreas de la compañía se volviera más difícil:

Un tema fundamental es la red de contactos que uno pudo armar. Hay factores
formales y factores informales que afectan el desarrollo. Formalmente es
importante haber tenido todo un crecimiento en conocimiento, en experiencia,
en gestión de personal, etcétera, pero lo que es más informal, aunque no menos
importante, es poder apoyarse en gente que ayude al crecimiento (gerente de
empresa constructora).

Una entrevistada de una de las firmas telefónicas que fueron privatizadas en la


década de 1990 explica que su ascenso al nivel gerencial estuvo muy vinculado con
el puesto que ocupó durante sus primeros años en la firma, donde se encargaba
de brindar soporte en recursos humanos a los ejecutivos de alto rango: “me veían,
estaba expuesta a los directivos, al tipo que decide, me tomaron confianza, entonces
si tienen que elegir, bueno, tenés esa oportunidad” (gerenta de empresa telefónica).

Como se mostró, la trama de justificación que construyen estas familias para legitimar una posición
18

de élite excluye los discursos asociados a la generación de dinero o riqueza. Obviamente el capital
económico es central para acceder a este grupo social, pero la fortuna no puede ser mostrada o
esgrimida como criterio de legitimación de la posición.
En cada una de las familias, los distintos miembros transitan por una diversidad de trayectorias de
19

clase. Muchas veces los parientes mejor posicionados colaboran con los que tienen menos suerte.
Por ejemplo, en varias familias dedicadas a la producción agropecuaria, es uno de los parientes el que
lleva adelante la explotación de las tierras y concentra los mayores beneficios económicos. El resto de
los familiares muchas veces recibe una compensación que no necesariamente le posibilita un gasto
oneroso. Sin embargo, estos últimos no quedan excluidos del grupo social.

74 Política / Revista de Ciencia Política


Florencia Luci y Victoria Gessaghi

Como ella misma explica, frente a la necesidad de reclutar para un puesto vacante es
común “evitar todo el proceso de búsqueda” que supone activar los mecanismos de
recursos humanos y seleccionar directamente a alguien con quien se ha tenido algún
tipo de contacto profesional. Muchas de las posibilidades de ascenso se producen
en los procesos de interacción cotidiana (Goffman, 1959/1973), eludiendo los
mecanismos meritocráticos formales: “a María la ascienden y se hace cargo de
un área, yo había trabajado con ella hacía dos años, entonces cuando ella arma su
equipo me convoca para formar parte y acá estoy” (gerente de empresa de consumo
masivo). Son el conocimiento y el reconocimiento previo, es decir, la confianza y la
estima (personal y profesional) que decantan de experiencias de trabajo previas, o de
referencias brindadas por personas en quienes se confía, lo que muchas veces abre
oportunidades profesionales.

Al igual que el acceso a posiciones de élite por la pertenencia a un grupo familiar,


estas experiencias en las empresas cuestionan la lógica meritocrática que se pregona
como criterio de procedimiento y legitimación. Si, formalmente, el mercado de
trabajo interno se presenta como un espacio abierto, transparente e imparcial, donde
cada uno es responsable por el éxito de su carrera (Luci, 2011), es habitual, no
obstante, que al momento de reclutar se eludan las formalidades y se movilicen otros
criterios (confianza, estima, recomendación) que esquivan las reglas formales del
concurso. Por eso, acumular capital social en las altas esferas de mando, ser conocido
y reconocido por quienes definen el mercado interno, es un recurso indispensable.
Esto marca una diferencia con respecto a países como Francia, por ejemplo, donde
las relaciones sociales internas difícilmente superan el hándicap educativo de partida,
que aleja de los máximos puestos de dirección a quienes no egresaron de una grande
école (Guillaume y Pochic, 2007).

Fue interesante observar que muchos de los procesos de observación y examen de


los futuros líderes, asentados en procedimientos de selección y técnicas de gestión
“objetivas”, culminan en reuniones donde los superiores debaten qué personas
son las más adecuadas para cada puesto. Así lo resume un responsable de recursos
humanos:

En definitiva, es una reunión donde hay directores que dicen: "¿Este qué es?
¿Es alto potencial o no? ¿Merece un ascenso o no?" Se generan esas discusiones
caso por caso y al final llegás a una conclusión (director de empresa automotriz).

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Familias tradicionales y élites empresarias en Argentina

Pareciera que, pese a que las firmas desarrollan complejas técnicas de gestión
del personal –muchas veces con el apoyo de importantes firmas de consultoría
internacional– , los procesos de selección culminan en la construcción de acuerdos
que se discuten entre pocos. Como reconoce un gerente: “hay muchos foros en
los cuales uno no participa y sí tu superior y el hecho de que te nombre, que
diga: "esta persona" es importante, ¿no? porque vos no estás” (gerente de empresa
telefónica). Ser nombrado, estar en boca de los superiores jerárquicos, contribuye
a replicar la buena imagen y a “estar presente” en instancias donde se conforma
la opinión sobre las personas. Esto es crucial en organizaciones donde la opinión
intersubjetiva no solo teje construcciones colectivas de estima y reconocimiento,
sino que estas intervienen en la diferenciación de recorridos profesionales. Así se
pone en primer plano el peso de las competencias relacionales en la edificación de
una carrera exitosa y los límites que enfrenta la selección meritocrática “pura” como
gramática de justificación de los lugares.

Ahora bien, tampoco en este caso, estos elementos, que muestran que los modos
de acceder a una posición de privilegio en las empresas argentinas no solamente se
rigen por la selección formal, contradicen para los nativos los principios del mérito.
En efecto, saber construir relaciones de empatía y aprecio, armar redes y formas
de colaboración son, también, actividades meritorias que movilizan competencias
sociales que son valoradas y requeridas por las empresas. Estos lazos, y las formas
de selección informal que activan, no contradicen necesariamente la exigencia
meritocrática pues no solapan la excelencia en el cumplimiento de la actividad
profesional, sino que vienen a complementarla. Saber mostrarse, armar equipos de
trabajo, ser apreciado y reconocido por colegas y superiores son formas de potenciar
la base primera sobre la cual se edifica su carrera: el desempeño profesional exitoso.

Existe, sin embargo, un tipo de afinidad que para los nativos sí contradice el
principio rector del mérito: son aquellas relaciones que se agrupan bajo las nociones
de “padrino”, “clan” o “alianza política” –una forma de lazo muy común en las
empresas–. Sin dudas, las relaciones que derivan de la pertenencia a un bando, el
apoyo de un superior que apadrine la carrera o, incluso, la capacidad de manejar
lo que los entrevistados llaman relaciones políticas, son elementos que abren
oportunidades. Ahora bien, en contraste con la construcción de sentidos que rodea
a la habilidad de tejer relaciones en las altas esferas de mando o saber edificar el
reconocimiento de los demás, el conjunto de argumentaciones agrupadas bajo estas
tres referencias involucra la invocación de categorías morales de valoración y juicio
sobre la ética que rodea a estos intercambios.

76 Política / Revista de Ciencia Política


Florencia Luci y Victoria Gessaghi

Los nativos elaboran distinciones significativas –que remiten a apreciaciones


morales– en lo que refiere a diferenciar lo que definen como tener y generar
buenas relaciones con los máximos niveles jerárquicos de la organización, por un
lado, de lo que entienden como adherir a la lógica de manejos políticos, clánicos
o padrinazgos, por otro. Si el primer término aglutina una serie de significados
que no exigen a las personas justificaciones de orden ético –en el sentido de que
no lesionan las concepciones socialmente compartidas sobre lo que se consideran
conductas aceptables ya que esta dimensión de las relaciones interpersonales no
es incompatible con la exigencia meritocrática–, el segundo parece contestar
ciertas exigencias morales que imperan en este espacio. Adherir a esta dinámica
compromete la integridad moral de quienes tienen en el “profesionalismo” su
fuente de legitimidad personal.

Las referencias sobre “tener un padrino” o “apadrinar a alguien” son, casi


taxativamente, impugnadas por los managers que abogan, en cambio, por la objetividad
de los procesos y el juicio por los resultados, independientemente de las preferencias
personales o la empatía subjetiva. Frente a la vinculación con alguna de estas
categorías, las personas deben ofrecer distintos tipos de justificación y explicación.
Llegados a las posiciones directivas, los managers reconocen que el futuro de su
carrera está estrechamente ligado a las políticas empresariales que desarrollan los
grupos accionarios. En los más altos niveles, donde “ya no solo importa la parte
técnica sino el manejo de relaciones”, una cualidad importante para asumir ciertas
posiciones es “ser una persona confiable para el accionista”. Si hasta el nivel gerencial
las relaciones interpersonales y el capital social constituyen las formas de relación
predominantes, en el nivel directivo lo que se entiende como “cuestiones políticas”
asocia la ruta ascendente con las relaciones personales entabladas con los accionistas.

La inestabilidad que predomina en aquellas organizaciones cuya conducción cambia


con cierta frecuencia hace que la pertenencia a un grupo o el apoyo de un superior
tengan un peso significativo en el desarrollo profesional, ya que son formas de
generar esferas de estabilidad a partir de aglutinar pertenencias colectivas. Puesto que
el alto mando cambia periódicamente, los managers ven desmanteladas las redes de
estima y reconocimiento que construyeron en las altas esferas: “tenés que empezar
de cero a mostrar quién sos”. Frente a esta inestabilidad, la conformación de grupos
(bandos, camarillas, clanes) permite consolidar zonas de cooperación que estabilizan
las interacciones en un espacio en permanente transformación y movimiento.

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Familias tradicionales y élites empresarias en Argentina

Esto último resulta interesante ya que sostenemos la hipótesis de que las redes de
interdependencia en cada espacio social se vuelven primordiales para construir
y mantener posiciones de privilegio en contextos de mayor inestabilidad. Ya sea
que remita al cambio en las conducciones en las cúpulas de las empresas o a la
fluidez que caracteriza a una sociedad como la Argentina, cuyas jerarquías se ven
siempre cuestionadas por una “pasión por la igualdad” instalada como demanda
creciente de gran parte de la sociedad (Kessler, 2014), o a las transformaciones de
la estructura social impulsadas por los distintos modelos económicos, ejecutivos
o miembros de la “clase alta” que realizan un trabajo activo de construcción,
mantenimiento y justificación de la posición social a partir de los sostenes que dan
las redes de interdependencia locales y el reconocimiento recíproco. La inexistencia
de canales institucionales consagrados por el Estado que certifiquen trayectos de
élite profundiza estos procesos.

Conclusiones

En este artículo indagamos en los procesos de construcción de las élites intentando


comprender cómo se producen, se mantienen y se justifican las posiciones de privilegio
en la Argentina. Este ejercicio arroja luz sobre el trabajo activo de construcción y
consolidación que requiere la producción de una posición de élite. En Argentina, ese
trabajo se explica a partir de ciertas características propias de su historia sociopolítica
y su particular configuración institucional que le otorgaron rasgos distintivos a los
procesos de obtención de posiciones de privilegio, caracterizados por la inestabilidad
del lugar alcanzado y por la exigencia, entonces, de mantenerlo y legitimarlo
activamente. Como señalamos, en este caso no es posible describir una trayectoria
institucional que guíe a las personas en el camino a la cima, es poco frecuente que los
estatutos garanticen los lugares, el privilegio es siempre sospechado y reconoce pocas
jerarquías. En esta trama, las personas se ven especialmente exigidas de sostener las
posiciones que alcanzan, a la vez que interpeladas a producir formas de justificación
que las validen como legítimas acreedoras. Es quizás por ello que el componente
relacional en la construcción de las posiciones de privilegio se destaca en el caso
argentino: el trabajo activo por obtener y consolidar el lugar exige la movilización
de una competencia social específica.

En ese proceso de construcción y justificación del lugar vimos que en dos espacios
sociales en apariencia muy opuestos se desarrolla, no obstante, una dinámica similar.
Las tramas de justificación que producen los individuos que ocupan posiciones de
privilegio en el mundo corporativo y en las familias tradicionales nos muestran ciertas

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Florencia Luci y Victoria Gessaghi

exigencias comunes: la construcción de una posición de élite se produce a partir de


una doble dinámica que articula procesos de individuación fuertes –para obtener
un lugar hay, sin duda, que disputarlo, competir, sobresalir del resto– con formas
de socialización donde la cooperación –la producción de una red de sostén– y el
reconocimiento de los otros son claves. La lógica individual de éxito que resulta de
obtener lugares escasos se asocia necesariamente con una dinámica de cooperación.
La exigencia de individuación (propia de la modernidad y profundizada cuando
abordamos “individuaciones de élite”) se resuelve a través de una trama colectiva.

Si la pretensión meritocrática resulta evidente en un espacio competitivo como es


la carrera jerárquica en una gran empresa, no deja de sorprender que los individuos
que pertenecen a la “clase alta” argentina también se vean interpelados por esta
exigencia. El derecho de nacimiento no los exime de justificar su lugar apelando
a una retórica del mérito que –cargada de contenidos específicos– es una parte
activa del ejercicio de construcción-preservación del lugar que producen las grandes
familias. Aquí tampoco las relaciones de parentesco aseguran per se y para siempre
el lugar. Las grandes familias realizan un trabajo permanente de construcción de la
posición individual –en tanto familia portadora de un apellido– y grupal –como el
conjunto de familias que componen la “clase alta” vernácula– , movilizando sentidos
de lo meritorio que se enlazan con una trama colectiva.

Por otra parte, si las tramas de reconocimiento intersubjetivo sobresalen a la hora


de explicar cómo este conjunto de familias teje su lugar en la historia nacional, vale
subrayar que la carrera jerárquica en una gran empresa no es solo función de una
performance exitosa. La pura meritocracia está lejos de revelar cómo se accede a
un puesto jerárquico. La trama de la justificación sostenida en la selección de los
mejores se articula con una lógica que a priori impugnaría los criterios de elección
imparciales y objetivos, pues se apoya en formas de socialización y apreciación
intersubjetiva que se alejan de la pretensión meritocrática formal.

En otras palabras, los individuos en ambos espacios son dependientes del universo
de intercambio social organizado según los principios normativos del mérito y del
reconocimiento recíproco. El trabajo de producción y justificación de una posición
de privilegio se plasma en una gramática que articula una lógica individual (que
explica por qué se es el mejor o por qué se sobresale del resto), al mismo tiempo
que debe reconocer una trama colectiva sobre la cual dicha posición fue construida.

Vol. 54, N°1 (2016) 79


Familias tradicionales y élites empresarias en Argentina

Si bien a lo largo del artículo hemos intentado atender a las especificidades culturales
y políticas que moldean los procesos de producción de las élites en la Argentina,
creemos que el análisis de este caso permite trazar algunas hipótesis de mayor
generalidad. Hemos visto que en el proceso de disputar (construir) así como de
consolidar y legitimar una posición de élite se enfrentan y articulan dos principios:
de individuación y de solidaridad. Sostenemos que si alcanzar una posición de élite
representa el mayor grado de individualización, es al mismo tiempo un producto
colectivo. Es la trama colectiva la que hace emerger al individuo, en este caso a un
individuo exitoso.

Aceptar esta constatación nos obliga a repensar la importancia de profundizar los


estudios sobre las élites. Si, exceptuando algunos casos, las ciencias sociales –en
la mayoría de las academias nacionales– se han mostrado indiferentes al análisis
de los grupos dominantes (Joignant y Güell, 2011), creemos necesario resaltar el
potencial de estas investigaciones para arrojar luz sobre los modos de comprender
los procesos de desigualdad social en las sociedades contemporáneas. En el caso que
analizamos resulta evidente que los soportes que requieren y disponen las personas
para desarrollar trayectorias exitosas no solo están desigualmente distribuidos,
sino que de esa distribución emergen individuos desigualmente dotados de los
recursos necesarios para hacer frente al imperativo de construir una individualidad
socialmente válida y reconocida. En suma, los diferentes tipos de individuo emergen
como resultado de configuraciones colectivas diversas que los forjan y sostienen. Y
sobre eso, los estudios sobre las élites tienen mucho para aportar.

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