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Traducido del inglés

por
Daniel Zadunaisky
ANTHONY GRAFTON

Los orígenes
trágicos de la
erudición

Fondo de C ultura Económica

M éxico - Argentina - Brasil - C olombia - C hile - España


Estados U nidos de América - Perú - Venezuela
Primera edición en inglés, 1998
Primera edición en español, 1998

Voltairc dans son cabinet de travail, detalle pintura siglo XVIII.


'l apa:
Museo Carnavalet, París.

Título original: Tragic Origine ofthe Germán Footnote


(Les origines trngiqucs de l'irudition)

© 1998, Éditions du Seuil


Colección La Librairie du XXéme. iiécle; dirigida por Maurice Olender

D.R. © 1998, F o n d o du C u l t u r a E c o n ó m ic a du a r g e n t in a , S. A.
El Salvador 5665; 1414 Buenos Aires
Av. Picacho Ajusco 227; Col. Bosques del Pedregal;
14200 México D.F.

ISBN: 950-557-260-3

Im p r e so en A r g e n t in a
Hecho el depósito que previene la ley 11.723
PREFACIO

Muchos libros se refieren a hechos secundarios de la historia: relatan


anécdotas marginales, reconstruyen batallas sin importancia o describen
a individuos raros. Pero hasta donde se sabe, nadie ha escrito un libro
sobre la historia de las notas al pie de página que relatan esos hechos
marginales en los tratados históricos modernos. Sin embargo, las notas
al pie son importantes para los historiadores. En las ciencias humanas,
tienen una función más o menos similar a la que cumplen los informes
sobre datos en las ciencias: constituyen el sustento empírico de los suce­
sos relatados y los argumentos expuestos. Sin ellas, una tesis histórica
puede ser objeto de admiración o rechazo, pero no se la puede verificar
ni refutar. Como recurso profesional e intelectual básico, merecen la
misma atención que los historiadores de la ciencia dedican desde hace
mucho tiempo a los cuadernos de apuntes de laboratorio y los artículos
científicos.
Las historias de la historiografía y los manuales para redactores de
tesis históricas contienen pasajes acerca de la naturaleza y los orígenes
de la nota al pie. Estos abundan sobre todo en las polémicas sobre los
buenos tiempos de antaño, cuando los historiadores eran hombres de
verdad y las notas eran notas. Suelen sugerir que en cierta época -gene­
ralmente el siglo XIX- y lugar -las universidades alemanas antes de la
Primera Guerra Mundial—las notas conocieron una edad dorada de en­
jundia y precisión. Con todo, esos pasajes rara vez se basan en investi­
gaciones profundas y en general tratan de apoyar o refutar los métodos
de tal o cual escuela en lugar de reconstruir sus orígenes y desarrollo.
Además, los escasos estudios que existen reflejan lógicamente la forma­
ción y el punto de vista especializados de sus autores. Distintos autores
han situado el nacimiento de la nota al pie en los siglos XII, XVII, XVIII y
XIX, nunca sin fundamentos, pero generalmente sin prestar atención a
otros aspectos de esta historia. Uno de los objetos del presente ensayo

7
8 LOS ORÍGENES TRÁGICOS DE LA ERUDICIÓN

es sencillamente reunir estos hilos desparramados de la investigación.


Otro, más importante, es demostrar que juntos constituyen una histo­
ria tan inesperadamente rica en interés humano e intelectual como mu­
chos episodios más célebres de la historia del pensamiento. La nota al
pie no es tan uniforme ni fiable como creen muchos historiadores. Pero
es la creación de un grupo abigarrado y talentoso, que incluye a filóso­
fos además de historiadores. Su desarrollo tomó mucho tiempo y siguió
un camino zarandeado. Y su historia arroja nueva luz sobre los muchos
rincones oscuros de la historia no escrita de la investigación histórica.
RECONOCIMIENTO

Este tema empezó a interesarme siendo estudiante, cuando leí partes


<leí Diccionario de Bayle y ios Stndies in Historiography de Momigliano.
( ’on unos amigos concebimos la idea de crear un periódico seudoerudi-
io y dedicarle un número entero al tema, pero el plan fracasó. Sin em­
bargo, seguí recolectando información. Finalmente, una conferencia
sobre la prueba y la persuasión en la historia, realizada en 1993 en el
« entro de estudios históricos Davis de la Universidad de Princeton, me
impulsó a reunir los materiales y proponer una interpretación. Debo
un sentido agradecimiento a Sue Marchand, con quien organicé la con-
lerencia, así como a Mark Phillips y Randolph Starn por sus críticas
.igudas y constructivas del trabajo original. Una versión revisada de éste
lúe publicada con otros trabajos de la conferencia en History and Theory,
rheme Isstte 33 (1994). Richard Vann me permitió utilizar algunas de
mis formulaciones originales en este libro.
Una invitación a pasar el año lectivo 1993-1994 en el Wissenschaft-
••kolleg zu Berlín me proporcionó los medios y el estímulo para abor­
dar la nota al pie por segunda vez. El Wissenschaftskolleg me dio el
Tiempo libre para trabajar en la ciudad de Ranke y Meinecke. Gesine
ISottomley y el personal de la biblioteca del Wissenschaftskolleg ha­
llaron los materiales más trillados y los más raros con toda facilidad y
rapidez. También me guiaron en el magnífico laberinto de las colec­
ciones berlinesas de manuscritos y libros raros. Vaya mi reconoci­
miento al personal del Handschriftenabteilung de la Staatsbibliothek
m Berlín Preussischer Kulturbesitz, Haus II, por su ayuda para hur­
gar en las cajas oscuras, verdaderas cuevas de Alí Babá, que contie­
nen el rico Nachlass de Ranke; a las bibliotecas universitarias de la
Freie Universitat y la Humboldt Universitat, y aun más a las del
Meinecke Instituí y el Seminar für Klassische Philologie de la Freie
Universitat. Previamente realicé investigaciones en la Firestone Li-

9
10 LOS ORÍGENES TRÁGICOS DE LA ERUDICIÓN

brary de Princeton y la Bibliothéque Nationale francesa; investiga­


ciones complementarias en la British Library, la Fondation Hardt, el
Warburg Institute y sobre todo la Bodleian Library en Oxford.
Muchos amigos me ofrecieron información y críticas. Agradezco a
J. W. Binns, Robert Darnton, H enkjan de Jonge, Erhard Denninger,
Carlotta Dionisotri, John Fleming, Simón Hornblower, Reinhart Mark-
ner, Reinhart Meyer-Kalkus, Wilhelin Schmidt-Biggemann, J. B.
Trapp, Giuseppe Veltri, David Wootton y Paul Zanker, quienes hicieron
sugerencias valiosas o formularon preguntas tan útiles como imposibles
de responder. Fran^ois Hartog, Glenn Most y Nancy Siraisi criticaron las
primeras versiones del texto. Tím Breen, Christophcr Ligota y Wilfricd
Nippel me invitaron a presentar mis argumentos ante los asistentes
bien informados y contenciosos de sus seminarios. Si Amaldo Momi-
gliano no me hubiera enseñado tanto sobre los temas tratados aquí, ja­
más me hubiera atrevido a poner en tela de juicio una o dos tesis suyas.
Christel Zahlmann, cuya muerte fue un golpe duro para sus muchos
amigos dentro y fuera de Alemania, advirtió el potencial de un libro so­
bre la nota al pie mucho antes que yo; Petra Eggers y Maurice Olcnder
me ayudaron a realizarlo.
Por último, vaya mi agradecimiento a los que leyeron la primera
versión de este libro, publicada por Berlín Verlag en 1994 bajo el título
Die tmgischen Urspriinge der deutschen Fussnote, e hicieron sugerencias
para la versión inglesa: Sue Marchand y Wilhelm Schmidt-Biggemann,
con quienes ya estaba en deuda, y Petcr Millcr.
Lawrence Stone y Natalie Davis, sucesivos directores del Davis Cen-
ter, hicieron del Departamento de historia en Princeton un centro para
la reflexión crítica sobre el método histórico. Ambos historiadores han
meditado profundamente y echado luz sobre el carácter de los docu­
mentos de archivo y los problemas de la documentación historie... Como
amigos y consejeros, ambos me han brindado, como a muchos otros, su
apoyo constante, con frecuencia en la mejor forma para un historiador:
la crítica constructiva. Los dos han escrito, y seguirán escribiendo, estu­
pendas notas al pie. Sea este libro un modesto homenaje a dos maestros
del oficio que se analiza en sus páginas.

Princeton, Nueva Jersey


Año Nuevo de 1995
I. NOTAS AL PIE: EL ORIGEN DE UNA ESPECIE

En el siglo XVIII, la nota al pie histórica era una forma excelsa del arte li­
terario. Ningún historiador del Siglo de las Luces pudo superar la enver­
gadura épica ni el estilo clásico de Decadencia y caída del imperio romano
de Edward Gibbon. Y nada en esa obra regocijó a los amigos ni encole-
rÍ7.ó a los enemigos del autor como sus notas al pie.1 Ganaron justa fama
por su irreverencia sexual y religiosa. “En sus Meditaciones -dice el histo­
riador acerca del emperador Marco Aurelio, esposo de la notoria ‘corte­
sana’ Faustina—agradece a los dioses por haberle concedido una esposa
tan fiel, tan gentil y de modales tan exquisitamente sencillos.”2“ El mun­
do —reflexiona el amable anorador- se ha mofado de la credulidad de
Marco; pero Madame Dacier nos asegura (y podemos dar crédito a una
dama) que el esposo siempre será engañado si la esposa se digna disi­
mular.” ’ “El deber -observa el autor en su indagación ostensiblemente
seria sobre los milagros en la Iglesia primitiva—no obliga al historiador a
introducir su juicio particular en esta delicada e importante polémica.”*
“Puede parecer notable -comenta en una nota al pie que desdeña cual­
quier pretensión de recato—que Bernardo de Claraval, quien consigna
tantos milagros de su a,migo San Malaquías, jamás presta atención a los
suyos, que, a su vez, son cuidadosamente narrados por sus amigos y dis­
cípulos.”5 “El docto Orígenes —y algunos más, dice Gibbon al analizar
la aptitud de los primeros cristianos para conservar la castidad- juzgó
de suma prudencia despojar de sus armas al tentador.”6 La nota al pie
aclara que el teólogo, para evitar la tentación, había recurrido al medio
drástico de la autocastración; de paso, revela la opinión que le merecía
dicha operación: “Puesto que en general interpretaba las escrituras de
manera alegórica, parece poco feliz que justamente en este caso optara
por el sentido literal”.7 Estos comentarios alegremente sarcásticos se adhe­
rían como abrojos a las memorias ortodoxas y reaparecían para acosar a
su autor en los innumerables panfletos de sus críticos.8

11
12 LOS ORÍGENES TRÁGICOS DE LA ERUDICIÓN

El ingenio de Gibbon servía a fines eruditos además de polémicos, así


como sus notas al pie no sólo subvertían sino que apuntalaban el arco
magnífico de su historia.9 Podía imbuir una cita bibliográfica de la solem­
ne simetría de una perorata ciceroniana: “En la consideración de los gnós­
ticos de los siglos II y III, Mosheim es ingenioso e imparcial; Le Clerc
aburrido, pero preciso; Beausobre casi siempre un exégeta; y es de temer
que los padres primitivos son con frecuencia calumniadores”.10 Sabía pre­
sentar un paralelismo gracioso con la solemnidad que se suele reservar para
encomiar o condenar a un héroe: “Cabe observar que para la enumeración
de las deidades sirias y árabes, Milton ha sintetizado en ciento treinta lí­
neas muy bellas los dos grandes y doctos sintagmas que Seiden había com­
puesto sobre tema tan abstruso”." Y era capaz de honrar a ios antiguos
estudiosos, esos buenos cristianos en cuyas obras hurgaba en busca de mil
y un detalles curiosos, con una combinación singular de desdén jovial por
sus creencias y auténtico respeto por su erudición.12 Gibbon creía con jus­
ta razón que una reseña exhaustiva de sus fuentes redactada en el mismo
estilo hubiera brindado “solaz además de información”.13 Aunque sus no­
tas al pie aún no eran románticas, poseían todo el romanticismo del gran
estilo. Y su “abundancia instructiva” le granjeó los elogios del brillante hu­
manista decimonónico Jacob Bernays, así como de su hermano Michael
Bernays, un germanista cuyo ensayo precursor sobre la historia de la nota
al pie aún ofrece más información e ideas que la mayoría de sus rivales.11
En la actualidad, los argumentos de los historiadores aún avanzan con
paso firme o retroceden vacilantes sobre sus notas al pie. Pero el plomo
de la prosa oficial ha reemplazado el oro de la retórica clásica de Gibbon.
En el mundo moderno, dicen los manuales para redactores de tesis, los
historiadores realizan dos tareas complementarias.15 Deben estudiar todas
las fuentes referentes a la solución de un problema y a partir de ellas ela­
borar una nueva narración o argumento. La nota al pie es la prueba de
que se ha realizado las dos tarcas. Identifica tanto el indicio primario que
garantiza que la sustancia del relato es novedosa como las obras secunda­
rias que no desmienten ese carácter en forma y tesis. Además, identifica el
trabajo histórico en cuestión como obra de un profesional. El murmullo
de la nota al pie es reconfortante como el zumbido agudo del torno
odontológico: el tedio que provoca, como el dolor que provoca el torno, no
es aleatorio sino direccional, es parte del costo a pagar por los beneficios
de la ciencia y la tecnología modernas.
NOTAS AL PIE: EL ORIGEN DE UNA ESPECIE 13

Como sugiere esta analogía, en la vida moderna la nota al pie está vin­
culada con la ideología y los procedimientos técnicos de una profesión.
Para ser historiador o dentista uno realiza estudios especializados; para
practicar la historia o la odontología, uno debe recibir la aprobación de
sus maestros, colegas y, sobre todo, pacientes (o lectores). Aprender a re­
dactar notas al pie forma parte de esta versión moderna de la vida de
aprendiz. La mayoría de los historiadores se inician en pequeña escala,
durante las semanas frenéticas dedicadas a redactar trabajos que han de
leer de viva voz frente al profesor. A esa altura, las notas al pie son vistas,
no leídas. Conforman una masa densa y borrosa de texto apenas vislum­
brado en el pie de las páginas agitadas por las manos temblorosas del
orador nervioso al mascullar frente a la dase. Más adelante, durante los
largos meses dedicados a la redacción de la monografía, los estudiantes
avanzan del estilo de producción artesanal al industrial con la esperanza
de que el tutor, otros miembros del jurado constituido para evaluar su
trabajo e incluso futuros colegas y empleadores se admiren de las horas
de arduo trabajo en la biblioteca y el archivo plasmadas en las largas
notas al pie. Por fin, obtenido el doctorado y el empleo, los historiado­
res activos siguen produciendo notas al pie. Lamentablemente, los histo­
riadores habituados a redactar notas maquinalmente -como los dentistas
que se han vuelto insensibles al dolor que infligen y la sangre que derra­
man- tal vez casi no se dan cuenta de que siguen llenando de nombres
de autores, títulos de libros y números de legajos o páginas sus textos
inéditos. Al fin y al cabo, la producción de notas al pie suele parecerse
no tanto al trabajo especializado de un profesional que realiza una fun­
ción precisa proyectada hacía un fin superior que la producción cuanto
a la producción improvisada y la eliminación de residuos.
La nota al pie moderna es tan esencial para la vida histórica civilizada
como el retrete; como éste, es un tema de mal gusto en la plática cortés
y por lo general sólo llama la atención cuando se descompone. Como el
retrete, la nota al pie permite a uno realizar actos desagradables en la
intimidad; como sucede con aquél, el buen gusto exige que se la colo­
que en un lugar discreto; últimamente no se la incluye en el pie de pá­
gina sino al final del libro. Es el lugar que merece recurso tan baladí:
ojos que no ven, corazón que no siente.
Sin embargo, el historiador con frecuencia debe hurgar en esos rin­
cones oscuros y hediondos que rehuyen los pueblos civilizados. La ex-
14 LOS ORÍGENES TRÁGICOS DE I.A ERUDICIÓN

floración de retretes y cloacas ha sido una fuente inagotable de riquezas


en materia de población, planificación urbana y olores. Las etapas de su
desarrollo permiten distinguir entre las texturas de la vida social moderna
y premoderna de manera mucho más gráfica que las pretenciosas cro­
nologías halladas en las historias políticas e intelectuales."'Quien quiera
conocer las acres diferencias entre un aula francesa del siglo XVI y una
del presente no debe examinar los difundidos manuales de Petrus Ra-
mus, sino tener presente el pasaje de su biografía donde dice que Se ba­
ñaba una vez al año, en el solsticio estival.17Asimismo, el estudio de esas
partes de la historia que yacen bajo el nivel del suelo puede revelar grietas
ocultas y conductos olvidados tanto en la práctica moderna como en las
tradiciones milenarias del saber historiografía).
Basta una breve comparación para sacar a luz una gama asombrosa
de prácticas divergentes más allá de la línea de circunvalación histórica.
Desde luego que a primera vista todas las notas al pie se parecen mu­
cho. Así como en el mundo histórico antiguo se invocaba a la Musa, en
la civilización industrializada todos los artículos comienzan con una lar­
ga nota de agradecimiento a los maestros, amigos y colegas. Tales notas
evocan una República de las Letras, o al menos un grupo de apoyo aca­
démico, del cual el autor se considera miembro. Puesto que en realidad
estas notas suelen describir algo mucho más tenue -el grupo de aque­
llos quienes el autor desea hubiesen leído su libro, aportado ¡deas o si­
quiera le hubiesen dado la hora-, esas notas introductorias conservan
algo de la cualidad literaria, por no decir ficticia, de las tradicionales.
Pero la austera luz del día no tarda en dispersar las sombras frescas y
perfumadas de la autobiografía erudita. Se supone que las largas listas
de libros y artículos anteriores juntamente con las columnas de referen­
cias cifradas a documentos inéditos demuestran la seriedad de la investi­
gación realizada por el autor al dar cuenta de las fuentes consultadas. La
realidad es que los relativamente escasos lectores que han hurgado en
los mismos archivos pueden descifrar un conjunto cualquiera de notas
con facilidad y pericia.18 Para la mayoría de los lectores, la nota al pie
cumple otra función. En una sociedad moderna, impersonal, en la cual
los individuos deben confiar en personas desconocidas para obtener la
mayoría de los servicios que requieren, las credenciales cumplen la fun­
ción que antes era propia de la recomendación personal: dan legitimidad.
Como la tarima de alfombra raída, la jarra con agua y la presentación
NOTAS AL PIE: EL ORIGEN DE UNA ESPECIE 15

incoherente e imprecisa destinada a demostrar que el conferencista tie­


ne algo interesante que decir, las notas al pie confieren al autor un aire
de autoridad.19
Sin embargo, a diferencia de otras clases de credenciales, las notas al
pie brindan a veces una forma de esparcimiento... generalmente bajo la
forma de puñales clavados en la espalda de los colegas del autor. Algu­
nas puñaladas son amables. En ocasiones, el historiador se limita a citar
una obra, pero en otras le antepone discretamente el tan sutil cuan
mortífero “cf.” (“confróntese”; en alemán, vgl.). Esto le da a entender al
especialista que la obra citada presenta un punto de vista distinto y,
además, equivocado. Pero no rodos los lectores del libro conocen la cla­
ve. Por eso, la puñalada debe ser de vez en cuando más brutal y directa.
Para despachar una obra o tesis de manera concisa y definitiva a veces
basta una frase hecha o un adjetivo preciso. Con la astucia que los ca­
racteriza, los ingleses realizan esta forma de asesinato con una frase
adverbial: oddly overestimated [extrañamente sobreestimado]. Los ale­
manes prefieren el directo ganz abwegig, los franceses, un frío pero no
menos taxativo discutable. Todas estas formas indispensables de la inju­
ria aparecen en la misma posición destacada y realizan la misma obra
de asesinato intelectual. Quien haya leído una pieza de historiografía
profesional producida recientemente en Europa o en los Estados Uni­
dos habrá encontrado ejemplos de estas prácticas y otras afines. Los có­
digos y las técnicas profesionales subyacentes parecen tan universales en
su uso como parcos en su atractivo.20
Sin embargo, un estudio más minucioso de sus detalles revela que
las apariencias de uniformidad engañan. Para el inexperto, las notas al
pie parecen sistemas profundamente arraigados, sólidos, firmes; para el
entendido son auténticos hormigueros donde se desarrolla una activi­
dad febril, constructiva y combativa. En Italia, por ejemplo, la nota al
pie actúa por omisión tanto como por acción. El hecho de no mencionar
a cierto estudioso o a cierta obra constituye una afirmación polémica,
una damnatio memoriae que el círculo de interesados reconocerá y des­
cifrará al instante. Pero desde luego, ese círculo tiene una circunferencia
limitada. Así, el autor transmite un mensaje a la pequeña comunidad de
especialistas que conocen el idioma y otro a aquélla mucho más amplia
de los historiadores y otros lectores en cuyas manos pueda caer algún
ejemplar de la Rivista storica italiana o de los Qtiaderni storici. Sólo
16 LOS ORÍGENES TRÁGICOS DE LA ERUDICIÓN

aquellos que han memorizado los puntos y las rayas del código de la
anotación -que desde luego, cambia hora a hora—interpretarán el men­
saje elocuente y polémico de las lagunas. Para los demás, las mismas no­
tas parecerán serenas e informativas. Dicho de otra manera: muchos
textos italianos con notas al pie trascienden el doble mensaje que requie­
re la teoría para agregar uno más. Se dirigen no sólo al público teórica­
mente universal de los historiadores, la “comunidad de los competentes”
en todos los países, sino también a un grupo mucho más pequeño, la ca­
marilla de los iniciados.
Distinto es el caso de Alemania, donde la omisión parece tener el
carácter de una afirmación general, no particular. Los historiadores
alemanes occidentales se complacían en fustigar a otros por no citar la
“literatura alemana anterior”. Pero ellos, por su parte, omitían general­
mente citar obras más recientes —sobre todo de historia alemana—en
lengua no alemana; además, no advertían o asimilaban las lormas nue­
vas, interdisciplinarías de la historia que florecían en Francia y en los
Estados Unidos. Esta no era una muestra de ignorancia (jDios nos li­
bre!), sino más bien de una convicción: la de que habitaban un Imperio
Medio del pensamiento histórico, conectado orgánicamente con la dis­
ciplina. histórica del siglo XIX, afectada de Begriffy dominada por Ale­
mania. De ahí que no tuvieran necesidad de abrir sus puertas a los
bárbaros, salvo a unos pocos privilegiados que habían aprendido los
procedimientos y misterios de la erudición alemana hasta el punto de
volverse civilizados. A pesar de sus divisiones, tal comunidad histórica
revelada coincidía exactamente con las fronteras nacionales.
Al mismo tiempo que perpetuaban un prejuicio, los historiadores
alemanes occidentales aplicaban una forma de investigación que encaja­
ba perfectamente con la conciencia de su posición en el mundo de la
erudición. Ellos (o sus ayudantes de investigación) trabajaban general­
mente en una biblioteca catedrática diseñada para presentar las obras
fundamentales de una sola disciplina. Citaban las obras de esta colec­
ción limitada de manera extensa y detallada. En cambio, las obras no
representadas en la biblioteca de la cátedra sólo eran consultadas si el
ayudante de investigación las encontraba en la biblioteca de la universi­
dad o las obtenía a través de los préstamos interbibliotecarios. Pero no
cumplían una función importante en la generación de las polémicas
históricas y, por lo general, ocupaban poco o ningún espacio en las no­
NOTAS AL PIE: EL O RIGEN DE UNA ESPECIE 17

tas al pie. Naturalmente, los libros extranjeros tenían mayores probabi­


lidades que los alemanes de ser relegados a los depósitos inaccesibles de
la biblioteca universitaria en lugar de ocupar un lugar visible en los ana­
queles de la cátedra. Así, las dificultades prácticas de acceso se sumaban
a la gendarmería intelectual montada por las tradiciones de la enseñan­
za y la erudición. Por su parte, los historiadores de Alemania Oriental
debían vérselas con auténticos gendarmes tridimensionales. Hacían sus
declaraciones de principios y lealtad de manera más franca, sobre todo,
quizás, al citar las obras de Marx y Engels fuera de orden alfabético, al
comienzo de sus bibliografías. Desde luego que la historia de la nota
al pie que crearán las fuerzas conjuntas de la investigación occidental y
oriental en una Alemania unida será obra del futuro.
Como indican estos ejemplos, la naturaleza y el contenido de la nota
al pie varían tanto como los de cualquier otro procedimiento científico
o técnico complejo. Al igual que la “medición cuantitativa precisa”, el
“experimento controlado” y otras garantías de que una determinada
afirmación acerca del mundo natural es rigurosa y válida, las notas al
pie aparecen en formas tan variadas como para exigir el mayor ingenio
de parte del taxónomo. Cada una tiene una relación orgánica con la co­
munidad histórica particular que la ha generado, y que es, al menos,
tan impórtame como su relación con la comunidad supuestamente in­
ternacional de los historiadores, esa quimera imaginada por el historia­
dor católico alemán Lord Acton, quien tanto hizo por introducir los
métodos de la historiografía científica alemana en Inglaterra. Acton es­
peraba dirigir una H istoria moderna para la Cambridge University
Press, una obra en la cual resultara imposible inferir la nacionalidad de
los colaboradores a partir del método y contenido de sus artículos...
una historia que será escrita cuando el mar se vuelva limonada.21
Por otra parte, las notas al pie varían no sólo por su estilo sino tam­
bién por las condiciones de su producción. Algunas largas listas de citas
documentales revelan el conocimiento penosamente adquirido por el
estudiante investigador de cierto detalle recóndito; otras, como las que
adornaban los enjundiosos artículos de Walter Ulbricht sobre la histo­
ria de los sindicatos y partidos alemanes en P ’itdge zur Geschichte der
deutschen Arbeiterbewegung, son producto de la colaboración y presen­
tan información recolectada después, no antes, de la redacción del texto
con el fin de sustentar una tesis preexistente. Las dos clases de nota son
18 LOS ORÍGENES TRÁGICOS DE LA ERUDICIÓN

similares en cuanco a su aspecto, pero evidentemente tienen relaciones


muy distintas tanto con el texto para cuya sustentación fueron creadas
como con las profesiones históricas que supuestamente regularon su
creación.22 Diversos estudios han demostrado que las citas en obras
científicas no se limitan a identificar a los autores de las ideas y las fuen­
tes de datos. Reflejan los estilos intelectuales de las respectivas comuni­
dades científicas nacionales, los métodos pedagógicos de los estudios de
posgrado y las preferencias literales de los directores de revistas profe­
sionales influyentes. A veces remiten no sólo a las fuentes precisas de los
datos presentados por los autores, sino también a las teorías y a las es­
cuelas teóricas con las que quieren o esperan que se las identifique.23
Las citas en los escritos históricos muestran otras tantas señales de su
origen en el empeño humano, falible y prcjuicioso.
Quien rastree las notas al pie de los historiadores hasta sus fuentes y se
tome el tiempo para seguir las profundas raíces retorcidas del árbol fulmi­
nado de la polémica erudita, bien puede descubrir en el subsuelo ácido
muchos más elementos de interés humano de los que cabría esperar.
Considérese el siguiente proceder, afortunadamente infrecuente pero
desgraciadamente comprobado: el del investigador carterista. Sorprendi­
do in fraganti, el astuto criminal suplica a la víctima que acepte discreta­
mente la devolución de su billetera; apenas la víctima extiende el brazo,
el ladrón exclama: “Socorro, me roban”. Asimismo, más de un estudioso
ha plagiado a otro y, a la vez, acusado a la víctima, en la nota al pie co­
rrespondiente, de hacer lo propio. Pocos lectores tendrán la constancia
de verificar la historia; la mayoría dará por sentado que el elegante carte­
rista, y no la víctima ofuscada, dice la verdad. El camino de un hecho
grande o pequeño del archivo a la reseña, pasando por el cuaderno y la
nota al pie, dista de ser recto. En este caso, como en otros, el lector críti­
co tal vez descubra que “lo importante es el viaje, no el destino”.
La nota al pie requiere atención, además, por otros motivos: no sólo
por ser un procedimiento entre otros que componen el acervo de la
ciencia y la erudición sino también como objeto de aguda nostalgia y
debate enconado. Los historiadores del siglo XX han agregado una habi­
tación moderna tras otra a las mansiones tradicionales de su disciplina.
Al hacerlo, han cerrado las ventanas, por no hablar de las oportunida­
des de progreso, de sus colegas más tradicionalistas. El proceso ha cau­
sado mucho dolor, y el clamor consiguiente ha tomado más de una
NOTAS AL PIE: EL ORIGEN DE UNA ESPECIE 19

vez la forma de exclamaciones de angustia por el descrédito en que lia


caído la nota al pie tradicional.
Algunas de las formas nuevas de la historia descansan sobre pruebas
que no caben en la nota al pie: los análisis de enormes cantidades de
datos estadísticos realizados por la demografía histórica sólo se pueden
verificar cuando los autores permiten que sus colegas accedan a sus ar­
chivos electrónicos. Otras se apoyan en pruebas que la nota al pie no
suele incluir, como los apuntes antropológicos sobre el terreno que re­
gistran sucesos efímeros, desde rituales hasta entrevistas, y documentan
costumbres que cambian en el momento en que las describen. Estas
son, por definición, imposibles de verificar: como advirtió Heráclito,
ningún antropólogo vive y trabaja dos veces en la misma aldea. N o ha­
brá dos antropólogos que describan el mismo intercambio en términos
idénticos o analicen y codifiquen la misma descripción de un intercam­
bio con categorías idénticas. Más importante aun, un solo conjunto de
apuntes de campo generalmente es demasiado extenso para publicarlo
de la manera corriente."4 Ciertos historiadores actualizados reúnen las
pruebas de archivo y las citan de la manera tradicional, pero las em­
plean para responder a nuevos interrogantes derivados de la economía
política, la teoría literaria y todas las disciplinas intermedias.”
Hace cien años, los historiadores hubieran trazado la siguiente dis­
tinción sencilla: el texto convence, las notas demuestran.26 Después de
todo, en el siglo XVII ciertos anticuarios titulaban ya los apéndices de sus
obras sencillamente Preuve.s [Pruebas].27 Hoy, en cambio, muchos his­
toriadores dirían que sus textos presentan las pruebas más importantes,
bajo la forma de análisis estadístico o hermenéutico de los indicios, en
tanto las notas sólo indican las fuentes. En cada uno de estos casos, a
pesar de las diferencias, muchos críticos han respondido a la manera
de un defensor torpe ante las fintas de un hábil delantero en un partido de
fútbol muy disputado: mediante el golpe artero. Derriba a tus adversa­
rios por medio de zancadillas, demuestra que han malinterpretado o
leído mal los documentos, y no tendrás que molestarte en responder a
sus argumentos. Tales críticas son muy variadas en cuanto a calidad in­
telectual, rigor erudito y tono retórico. Pero la mayoría se basa en una
hipótesis común y discutible: que los autores deben citar exhaustiva­
mente las pruebas de cada afirmación que hacen en sus textos, tal como
lo indican los manuales sobre redacción de tesis.28 El hecho, desde lúe-
20 LOS ORÍGENES TRÁGICOS DE LA ERUDICIÓN

go, es que nadie puede agotar la gama de fuentes referidas a un proble­


ma importante, por no hablar de citarlas en una nota. Además, en la
práctica, cada anotador ordena los materiales de manera tal de confir­
mar una tesis, los interpreta a su manera individual y omite aquellos
que no satisfacen su criterio necesariamente personal de pertinencia. La
siguiente persona que estudie los mismos materiales de archivo proba­
blemente los presentará en un orden completamente distinto.29
Una serie de polémicas sobre notas al pie revela el uso —y abuso—
que sufren en manos de ciertos polemistas: generalmente les sirven para
acusar al adversario de incompetencia en lugar de responder a sus argu­
mentos. Un caso particular, provocado por un intruso innovador, pro­
vocó turbulencias en toda la comunidad histórica del Atlántico norte.30
Henry Turner, historiador especialista en la historia económica de Ale­
mania bajo los nazis y profesor en la Universidad de Yale, descubrió a
principios de la década de 1980 que un joven estudioso en Princeton,
David Abraham, había cometido errores en la identificación y cita de
documentos de archivo en su libro The Collapse ofthe Weimar RepubUc:
Political Economy and Crisis (Princeton, 1981). Según Tumer y otros,
los errores de Abraham, además de groseros, eran intencionales: había
fechado, atribuido y traducido mal los textos de archivo para demostrar
que las relaciones entre los nazis y los empresarios habían sido mucho
más estrechas de lo que fueron en realidad. Estos críticos llegaron al ab­
surdo de acusar a Abraham de falsificación en lugar de reconocer que era
un estudiante norteamericano bastante típico, que abordó los archivos
alemanes con intereses teóricos muy desarrollados, un punto de vista
novedoso y escaso conocimiento activo tanto del idioma alemán como
de las mejores técnicas para tomar apuntes.31 En fin, como suele suceder,
los críticos se negaron a colocar los errores reales que descubrieron en su
debido contexto... así como a reconocer su propia falibilidad. Cuando
apareció el libro de Turner, que también era una obra polémica, lógica­
mente mereció un estudio más detenido que lo habitual por parte de los
historiadores que no compartían sus simpatías. Más de uno señaló que
Turner había ordenado los documentos para acomodarlos a su tesis y
había omitido las pruebas en contra de ésta.32 Los errores comprobados
de Abraham eran mucho más abundantes que los de Turner (ya que su
libro demostraba una mayor ambición intelectual). Ambos sirven de
ejemplo de la falibilidad de los eruditos... y de que, por la naturaleza
NOTAS AL PIE: EL ORIGEN DE UNA ESPECIE 21

misma de las cosas, una obra histórica con sus notas jamás puede repro­
ducir o citar toda la gama de pruebas que la sustentan.33 Con todo, las
tácticas de los críticos de Abraham aún tienen cultores. Dos destacados
antropólogos, ninguno de los cuales es un maestro en los arcanos del
oficio de historiador, ofrecieron recientemente al público un cuento
aleccionador. Cada uno atacó las notas al pie del otro con el equivalente
académico del ridículo, con la esperanza de echar por tierra las interpre­
taciones expuestas en su texto: ninguno demostró ser consciente de las
lagunas necesarias en el procedimiento normal de cita de fuentes, al me­
nos como las había empleado el otro. El prestigio del que aún goza el
positivismo apareció vividamente en la energía esperanzada con la que
estos devotos del antes orgulloso oficio de la ctnolografía buscaron la sal­
vación en las disciplinas de la pedantería histórica.3*
Pero la obra de los maestros en las artes de la erudición técnica ha
dado lugar a tantas polémicas enconadas sobre las notas al pie como la
de los aprendices. En 1927, Ernst Kantorowicz publicó su biografía del
emperador Federico II. Como discípulo de Stefan George, que preten­
día rastrear la historia perdida de lo que llamaba la “otra Alemania”,
Kantorowicz quería llegar a un público no académico. Su obra, escrita
en un estilo retórico apasionado, apareció sin el lastre de las notas al
pie, pero adornada con una elegante esvástica en la portadilla, en la co­
lección Blaetter fuer di Kunst del editor berlinés Georg Bondi. El libro
se convirtió inmediatamente en un best seller, con ejemplares exhibidos
en los escaparates de las librerías de moda en la Kurfürstendamm. Al
mismo tiempo, provocó la ira de los medíevalistas académicos, quienes
denunciaron por intelectualmente peligrosa la supuesta tendencia del
autor a confundir los mitos y las metáforas de sus fuentes con hechos
históricos. Y su decisión de publicar la primera edición del texto sin no­
tas ni bibliografía no sirvió para serenar los ánimos de sus críticos, quie­
nes se sintieron tanto más frustrados por la omisión por cuanto sabían
que el conservador ex soldado convertido en dandy era un maestro de la
corrección e interpretación de textos, que en una célebre generación de
estudiantes de Heidelberg se había destacado por su erudición técnica y
que conocía la literatura correspondiente con minucioso detalle.35
Dos años después de la aparición del libro de Kantorowicz, Albert
Brackmann lo atacó públicamente en la Academia Prusiana de Cien­
cias; la conferencia fue reseñada por el importante periódico berlinés
22 LOS o r íg e n e s t r á g ic o s d e l a e r u d ic ió n

Vossische Zeitung y reproducida íntegramente en la gran revista histo-


riográfica alemana Historische Zeitschrift En su libro, Kantorowicz
había dicho que Federico, durante su coronación en Jerusalén, se veía
como un rey santo, sucesor directo de David, como el mismo Jesús.37
Esta tesis fue el blanco de la crítica de Brackmann. Y se negó a aceptar
la réplica de Kantorowicz, quien citó al alemán Marquardt de Reid y
su homenaje a Federico el Grande como siervo de D\os, fim uins Dei.
Kancorowicz, dijo, había omitido la cita crucial en la cual Marquardt
distinguía claramente entre Jesús y Federico: “Hic D ais, ille Dei ¡ñus ac
pniclcns im itator” [ Éste es Dios, aquel es el piadoso y prudente imita­
dor de Dios”]. Según Brackmann, al citar <¿sra frase en su refutación,
Kantorowicz modificó discretamente su libre,_ cn d qUC había traduci­
do varios versos pero omitido el más importante.3" Sin embargo, es evi-
denre que Kantorowicz se mantuvo cn sus ttece; en 1931, cuando por
fin publicó el tomo suplementario de notas, nuevamente destacó el to­
no de exaltación del poema de Marquardt, aunque no en su distinción
entre el Emperador y el Salvador. No aludió a la refutación de Brack-
marm, pero sí citó su propio artículo.3'' Lo qu,c Se trata de destacar no es
quién de los dos polemistas tenía razón sino «si hecho de que aún hoy, a
pesar de la rica documentación generada por el incidente, el lector no
puede seguir la evolución del pensamiento d<¿ Kantorowicz con respec­
to a esta importantísima fuente de información. ¿Cambió de opinión?
¿Llegó a la conclusión de que se había equivocado al omitir el verso
destacado por Brackmann? ¿Tenía respuesta rj ]a crítica de éste? A pesar
de la singular riqueza de la documentación, 1^ gama completa de opera­
ciones intelectuales por las cuales el documcrno pasó a formar parte de
las fuentes de Kantorowicz y éstas, a su vez, parte de una historia, un
argumento y un conjunto de notas al pie, es a ún un misterio.
Pues bien, tanto la experiencia como la lóg*jca sugieren que la nota al
pie es incapaz de realizar todas las tareas que J e atribuyen los manuales:
ninguna acumulación de notas puede demostrar que cada afirmación del
texto descansa sobre una montaña inatacable d,e hechos demostrados. Las
notas existen para cumplir otras dos fundones^ En primer lugar, son per­
suasivas: convencen al lector de que el historiador ha realizado una canti­
dad aceptable de trabajo, suficiente para cabe r dentro de los límites de
tolerancia de su campo. Al igual que los diplomas en el consultorio del
odontólogo, las notas demuestran que el his toriador es un facultativo
NOTAS AL PIE: EL ORIGEN DE UNA ESPECIE 23

“competente” al que se puede consultar y recomendar, pero no que éste


puede llevar a cabo determinada operación. En segundo lugar, indican
las fuentes principales consultadas por el historiador. Aunque en gene­
ral no explican el curso preciso que ha seguido el historiador en su in­
terpretación de los textos, sí suelen darle al lector crítico e imparcial los
indicios suficientes para determinarlo... en parce. Ningún conjunto de
notas puede dar mayor información -ni seguridad- que ésta.
Sin embargo, aun cuando las intenciones del texto y las notas se ha­
yan vuelto un tanto vagas, parece evidente el carácter drástico de la tran­
sición de una narración continua a un texro con notas escritas por uno
mismo. Una vez que el historiador empieza a escribir con notas al pie, la
narración histórica adquiere un doble carácter moderno. Los historiado­
res políticos tradicionales, tanto antiguos como renacentistas, escribían
desde el seno de una tradición retórica, como estadistas o generales que
se dirigían a sus pares. Su obra aspiraba a la universalidad; describían con
elocuencia los ejemplos de discurso y acción buenos y malos, prudentes
e imprudentes, con el fin de proporcionar lecciones morales y políticas
válidas para todo tiempo y lugar.40 Los historiadores modernos, en
cambio, tratan de distanciarse de sus propias tesis al mismo tiempo que
las fundamentan, Las notas constituyen una narración secundaria que
sigue la trama de la primaria pero difiere nítidamente de ella. Al docu­
mentar el pensamiento y la investigación que sustentan la narración en
la cabeza de la página, demuestran que es un producto históricamente
contingente, que depende de las formas de investigación, las oportuni­
dades y los estados en que se encontraban diversos problemas cuando el
historiador inició su trabajo. Como el croquis que hace un ingeniero de
un magnífico edificio, la nota al pie revela los puntales toscos, los inevi­
tables puntos débiles y las tensiones ocultas que un alzado de la fachada
intenta disimular.
La aparición de la nota al pie —y recursos afines tales como los apén­
dices documentales y críticos- separa la modernidad histórica de la tra­
dición. Tucídidcs y Joinville, Eusebio y Matthew París no identificaban
sus fuences ni reflexionaban sobre sus métodos en textos paralelos a sus
narraciones, lo cual despierta exclamaciones de pesar en los hipócritas,
a la vez que da trabajo a legiones de clasicistas y medievalistas.41 En
cambio, la mayoría de las obras históricas escritas durante los últimos
siglos -salvo aquellas redactadas para esparcimiento del gran público no
24 LOS ORÍGENES t r á g i c o s d e l a e r u d ic ió n

especializado, o bien con la intención de escandalizar a la pequeña comu­


nidad de los especialistas- han seguido alguna variación del doble carác­
ter estándar.42 La presencia de las notas al pie es esencial. Son las señales
exteriores y visibles de la gracia interior: la gracia que se infundió a la his­
toria cuando se la transformó de una narración elocuente en una discipli­
na crítica. A partir de entonces, la observación sistemática y la cita tanto
de pruebas originales como de argumentos formales para justificar la pre­
ferencia por determinada fuente con respecto a otra se convirtieron en
ocupaciones necesarias y atractivas del historiador. Como lociis classicus
de estas ocupaciones, naturalmente, la nota al pie emdita era parte vital de
cualquier obra histórica seria. Cabe presumir que su elevación a una posi­
ción exaltada ocurrió cuando el matrimonio de sus padres, la historia y
la filología, la volvió legítima. Por consiguiente, se trata de identificar la
iglesia donde se celebró la boda y al clérigo que la ofició.
Es decir, eso pensaba yo... hasta que empecé a indagar en los estu­
dios modernos de las notas al pie y la historiografía en busca del mo­
mento preciso en que la historia se volvió sobre sí misma. Lo extraño es
que cuanto más aguzaba la vísta, más inciertas se volvían las respuestas.
La mayoría de los estudiosos recientes de la nota al pie han venido a en­
terrarlas, no a elogiarlas. Una gran cantidad de artículos y algunos libros
se explayan sobre ellas. Pero a la mayoría de sus autores no les interesa
estudiar histórica y empíricamente los logros y padecimientos de la no­
ta al pie cuanto mofarse de ella. Por ejemplo, los estudiantes norteame­
ricanos de derecho escriben parodias en las que cada palabra tiene su
correspondiente llamada a una nota al pie, la cual tiene citas detalladas
destinadas a descubrir el origen de las reglas del béisbol en el derecho
consuetudinario; los juristas alemanes escriben sátiras en las que reda­
man la creación de disciplinas nuevas tales como Ftissnotenwtssenschafiy
Fussnotologie,43En ambas, la nota es tratada como la quintaesencia de la
necedad académica y el derroche de energías. La pedantería estéril de
los eruditos siempre es un tema atractivo, y su crítica generalmente es
justificada, sobre todo en el derecho: una nota al pie en un fallo o códi­
go puede afectar de manera decisiva la vida de los individuos o la suerte
de las empresas. Los mejores estudiantes de las mejores facultades nor­
teamericanas de derecho -quienes durante un año o dos deben dedicar
buena parte de su tiempo a compulsar y compilar abundantes notas
para las revistas jurídicas que dirigen—tienen el mejor de los pretextos
NOTAS AL PIE: EL ORIGEN DE UNA ESPECIE 25

para tenerles aversión, aunque sus propias parodias rara vez se destacan
por su ingenio o buen gusto.44 No obstante, lo que dijo Peter Riess en
broma resulta ser cierto: “La frecuencia con que aparecen las notas al
pie, sobre todo en obras de erudición jurídica, contrasta notablemente
con la escasa atención erudita que han recibido en tanto tales”.45
La mayoría de los estudiantes de historiografía, por su parte, han de­
mostrado mayor interés por las profesiones explícitas de sus temas que
por sus prácticas técnicas, sobre todo por aquellas que eran transmitidas
y practicadas de manera más tácita que explícita. La filosofía de la his­
toria ha recibido mucha mayor atención que su filología. Además, la
mayoría de los estudios de ésta se refieren solamente a la manera como
los historiadores realizan sus investigaciones... como si la selección y
presentación de los datos no la afectara de manera fundamental. Jack
Hexter es un destacado historiador norteamericano de los principios de
la modernidad europea e inglesa que, en los últimos años de su carrera,
se erigió en instructor de sus colegas en materia de metodología históri­
ca (así como A. E. Housman decía que había preparado una edición de
Lucano, no para los lectores en general, sino editorum in usum, es decir,
para ilustración de sus colegas editores incompetentes). A fines de la
década de 1970, Hexter descubrió que Christopher Hill, un historiador
inglés aun más destacado, había citado de modo inoportuno ciertos
textos del siglo XVII. Hexter dedujo de un conjunto de errores que
Hill se obstinaba en leer los textos de manera uniforme. Dijo que Hill
estudiaba sus fuentes no para comprenderlas, sino en busca de citas
que, arrancadas de contexto, pudieran servir para apuntalar una tesis
endeble. Al sostener este argumento, Hexter, aparentemente, no com­
prendió que su juicio adverso de los cuadernos privados de Hill se ba­
saba en una parte de sus escritos públicos; y profundizó este error
metodológico en la reedición de su reseña, al moderar su retórica exa­
gerada sin revelarlo y afirmar luego que no comprendía por qué su víc­
tima se sentía agraviada.44 Las polémicas de esta clase, lejos de echar luz
sobre los orígenes y la función actual de la nota al pie histórica, tien­
den a enturbiarlos.
Los muy menospreciados historiadores franceses Langlois y Seigno-
bos, autores a fines del siglo XIX de un manual de redacción histórica
tan anticuado que algunos pasajes parecen notablemente modernos,
reconocieron que “sería interesante descubrir cuáles son los primeros
26 LOS ORÍGENES TRÁGICOS DE LA ERUDICIÓN

libros impresos provistos de notas a la manera moderna”. Pero confesa­


ron que “los bibliófilos que hemos consultado no lo saben, ya que el te­
ma jamás les ha llamado la atención”. Y su propia sugerencia de que la
práctica se inició con la recopilación con notas de documentos históri­
cos erra el blanco/7 La edición crítica de documentos -X comenta un
escrito de Y- comenzó en el mundo antiguo y ha florecido en toda civi­
lización que poseyera un canon escrito formal/* Los textos complejos,
generalmente de diversos orígenes, que integran las sagradas escrituras
de una sociedad a veces o ral vez siempre incluyen comentarios de diver­
sos tipos. Michael Fishbane ha demostrado en un libro notable cómo es­
cribas y autores introdujeron sus fecundos comentarios directamente en
la trama de la Biblia hebrea. Glosas breves sobre palabras y frases desusa­
das se convirtieron en parte integrante del texto que iluminaban; libros
posteriores citaban y comentaban textos anteriores; deliberadamente o
por inadvertencia, las Escrituras se convertían en intérpretes de sí mis­
mas/5' Con el tiempo, comentarios aun más tardíos -como la llamada
Glossa ordinaria, la extensa glosa que se enroscó en torno del texto latino
de la Biblia Vulgata utilizada en el Occidente medieval, o la Glosa de
Accursio, comentarista medieval del corpus inris romano—empezaron a
aparecer como parre integrante del texto que explicaban. Habitualmente
se los enseñaba con sus respectivos comentarios.
Las cscriruras seculares también contienen notas explicativas. Algu­
nas son ocasionales y aisladas, otras sistemáticas y extensas. Dante y Pe­
trarca tuvieron a bien escribir comentarios formales sobre determinados
tramos de su obra poética, y la tradición se prolongó a través de los co­
mentarios eruditos de Andreas Gryphius sobre sus tragedias tan inter­
minables como laboriosamente doctas, hasta las notas de T. S. Eliot
sobre The Waste Latid.50Muchos autores renacentistas desde Petrarca
en adelante concibieron la idea de que escribían para una posteridad
tan remota como lo eran ellos mismos de los clásicos. Por eso empeza­
ron a asentar por escrito la clase de información histórica y biográfica
que ellos más apreciaban cuando estudiaban a los romanos; así lo hizo
Petrarca en varios escritos, entre ellos su carta en prosa a la posteridad.
Johannes Kepler, cuya sensibilidad histórica era tan aguda como su ta­
lento científico, escribió en su madurez un comentario formal sobre su
propio primer libro, el Mysterium Cosmographicum, con el fin de expli­
car a los lectores de un futuro lejano las circunstancias de su vida y las
NOTAS AL PIE: EL ORIGEN DE UNA ESPECIE 27

vivencias que habían determinado la forma y el contenido particulares


de la obra.51
La nota al pie histórica también está relacionada con otra forma
más antigua de anotación: la que da referencias precisas a la sección de
un texto magistral del cual proviene una cita que aparece en un texto
posterior. Tales referencias eran infrecuentes en la prosa literaria anti­
gua, ya que el docto autor no citaba directamente de la fuente sino de
memoria, y solía introducir una pequeña modificación para indicar el
hecho.52Ni siquiera los autores de obras reconocidas como compendios
indicaban siempre sus fuentes con precisión: si Plinio el Viejo incluyó
una lista de los autores de quienes tomó la materia de su Naturalis histo­
ria y Aulo Gelio mencionó a los autores y a algunos de los libros, citados
en su Noctes atticae, Macrobio omitió con frecuencia roda referencia a
los autores que citó textualmente en su vasta e influyente Satum alia?i
En cambio, los juristas romanos incluían referencias muy precisas a los
tratados de derecho que les servían de fuentes. El Collatio Icgum Roma-
rntrum et Mosaicarum, por ejemplo, un tratado de la antigüedad tardía
que compara las leyes de Roma con las de Moisés, cita vagamente a es­
te, pero da referencias precisas y detalladas de aquéllas. Notas fragmen­
tarias de clases de derecho en la antigüedad tardía revelan que los
profesores indicaban a sus alumnos no sólo las obras y sus divisiones en
capítulos, sino, incluso, los números de páginas de copias evidentemen­
te uniformes.54 En la Edad Media, los estudiosos de las nuevas escuelas
del siglo XII y las universidades que surgieron a partir de éstas crearon
pautas rigurosas para citar con precisión y elaboraron códigos claros pa­
ra otras disciplinas además del derecho. Evidentemente, la profesionali-
zación trae consigo la atribución.
Los márgenes de los manuscritos y los primeros textos impresos de
teología, derecho y medicina abundan en glosas que, como la nota al
pie del historiador, permiten al lector remontarse del argumento final a
los textos en los cuales se basa. Pedro Lombardo, el teólogo cuyos co­
mentarios sobre los Salmos y las Epístolas de Pablo constituyen, proba­
blemente, “los libros glosados más elaborados”, nombraba prolijamente
sus fuentes hasta el punto de crear lo que Malcolm Parkcs llama “el an­
tepasado del moderno cuerpo erudito de notas” .55 Pedro merece, por
cierto, reconocimiento por una hazaña típica de la modernidad: provo­
có la primera controversia debida a un error al citar una fuente. Una de
28 LOS ORÍGENES TRÁGICOS DE LA ERUDICIÓN

sus glosas cita a San Jerónimo como fuente de la historia, muy difundi­
da en el siglo XII, de que la Salomé del Evangelio de Marcos no era una
mujer sino el tercer esposo de Santa Ana. Heberto de Bosham, quien
rechazó esta tesis, argumentó con vehemencia que la glosa de Pedro era
errónea... aunque prefirió atribuir el error a un escriba ignorante en lu­
gar de al docto autor.56 Desde los primeros años se experimentó con
formas de anotación nuevas y más fiables: Vincent de Beauvais, enci­
clopedista del siglo XIII, incorporó las referencias a las fuentes en el tex­
to con el fin de evitar los errores de los escribas.57
Pero ninguna de las formas tradicionales de anotación -de las glosas
del gramático a las alegorías del teólogo y las enmiendas del filólogo—es
idéntica a la nota al pie histórica. Los historiadores modernos exigen que
cada texto nuevo sobre el pasado incluya un cuerpo de notas, escritas
por el autor, sobre sus fuentes. Es una norma de la erudición histórica
profesional. No tiene una relación evidente con el hecho histórico anti­
guo y comprobado de que todos los escritos que una comunidad acadé­
mica o religiosa considera importantes contaron con las interpretaciones
de comentaristas posteriores. Los comentarios sobre las escrituras sirven
para apuntalar un texto que deriva su legitimidad de cualidades de las
que carecen los textos históricos: que su autor era divino o, más fre­
cuentemente, inspirado por la divinidad; de su antigüedad y su forma
literaria. Esas notas sirven de intermediarias entre un texto considerado
de valor eterno y un lector moderno cuyos horizontes están limitados
necesariamente por sus necesidades e intereses inmediatos. Para algunos
glosistas, las escrituras son una bomba lista para estallar si cae en las ma­
nos torpes del vulgo; para otros, constituyen un baluarte del orden teo­
lógico y social.58 No obstante, todos coinciden en que el texto, como un
faro perpetuo, envía un mensaje de valor y vigencia eternos. Los comen­
tarios son necesarios porque los lectores humanos pueden ser descarria­
dos por sus necesidades e intereses mezquinos.
Las notas al pie históricas son formalmente similares a las glosas tra­
dicionales. Pero tratan de demostrar que la obra que sustentan deriva
su autoridad y solidez de las condiciones históricas de su creación: que
el autor excavó los cimientos, descubrió sus componentes en los lugares
precisos y empleó los oficios necesarios para acoplarlos correctamente.
Para ello, sitúan la creación del trabajo citado en el tiempo y el espacio,
subrayan los horizontes y las oportunidades limitados de su autor, más
NOTAS AL PIE: EL ORIGEN DE UNA ESPECIE 29

que las del lector. Las notas al pie apuntalan y socavan simultáneamen­
te, mientras que los comentarios de las escrituras sólo socavan cuando
se produce algún accidente.
El cuerpo erudito del historiador tampoco deriva de los comentarios
de los autores medievales tardíos y renacentistas sobre sus propias obras.
El historiador que construye una casa literaria sobre cimientos documen­
tales no aborda la misma tarea que el autor de una obra religiosa, literaria
o científica que trata de plasmar el mensaje del texto de manera inequívo­
ca para toda la posteridad. Aquél explica los métodos y procedimientos
empleados para producir el texto, éste los necesarios para consumirlo. Por
último, el historiador que cita documentos no remite al lector a las auto­
ridades, como hacían los teólogos y abogados de la Edad Media y el Re­
nacimiento, sino a las fuentes. Las notas al pie históricas no mencionan a
los grandes escritores que consagran una determinada afirmación o cuyas
palabras aparecen adaptadas en el texto, sino los documentos que le pro­
porcionaron sus ingredientes sustanciales, y muchos de los cuales, acaso
la mayoría, ni siquiera son textos literarios. El historiador profesional mo­
derno no es sencillamente el descendiente directo del intelectual profesio­
nal de las escuelas medievales o la corte renacentista.
El objeto de este ensayo, necesariamente especulativo, es sencillo.
Trata de descubrir cuándo, dónde y por qué los historiadores adoptaron
la forma característica de la arquitectura narrativa moderna; averiguar
quién fue el primero en erigir esta arcada peculiar con su piano nobile
mudo y su piso abierto donde se vislumbran tantos objetos seductores.
Mis respuestas sólo pueden ser esquemáticas y tentativas, pero espero
demostrar que la nota al pie es de estirpe más antigua de lo que solemos
creer y que los orígenes de la criatura arrojan una luz particular sobre su
naturaleza, funciones y problemas.
II. RANKE: UNA NOTA AL PIE SOBRE
LA HISTORIA CIENTIFICA

Cualquier escolar sabe —o al menos cualquier estudiante de colegio se­


cundario alemán sabía—qué es y quién inventó la ciencia de la historia.
Esta disciplina se basa más en fuentes primarias que en secundarias.
Leopold von Ranke, hijo de un jurista protestante de ese pueblo turin-
gio de nombre maravilloso, Wiehe a. d. Unstrur, fue su primer faculta­
tivo célebre y una figura sobresaliente en la Universidad de Berlín en el
siglo XIX. Si bien Ranke se convirtió en el historiador académico por
excelencia, sus logros trascendieron ampliamente ese ámbito. La Uni­
versidad de Berlín, de la que fue profesor, fue fundada por Napoleón
después de la derrota de Prusia. Diseñada por Guillermo de Humboldt
para fomentar la investigación original más que para reproducir las dis­
ciplinas tradicionales, era integrante orgánica de una empresa cultural
que incluía tanto la espléndida isla clásica de museos del Berlín oficial
como la exposición de la espléndida filosofía anticlásica de la historia de
Hegcl.1 A mediados del siglo XIX, la universidad gozaba de prestigio
mundial en ciencias naturales, filosofía sistemática y estudios filológi­
cos. Era el escenario adecuado para un gran drama intelectual en el te­
rreno de la historia, en el cual, según coincidían muchos pensadores
alemanes de diversas escuelas, debía manifestarse el espíritu de la época.
Y Ranke —cuyos libros enfervorizaban a miles de lectores, y cuyas con­
ferencias y seminarios convencían a decenas de jóvenes serios que el es­
tudio correcto de la historia les permitiría a ellos y a su país dominar el
caos del mundo moderno—era el protagonista apropiado.
Desde luego, nadie estaba más convencido de ello que el mismo
Ranke. Otros historiadores se quejan de la obligación de leer documen­
tos aburridos y de hurgar en archivos polvorientos lejos de casa. A Ran­
ke, en cambio, las colecciones de fuentes primarias y los legajos de actas
de archivo lo excitaban como un trebolar a un cerdo. Sus cartas evocan

31
32 LOS ORÍGENES TRÁGICOS DE LA ERUDICIÓN

el exquisito placer del buceo en los documentos con una intensidad in­
frecuente en este contexto. Aquí lo tenemos en 1827, feliz en un archi­
vo de Viena:

Después de las tres me dirijo al archivo. Hammer aún está allí, absorto
en sus asuntos otomanos, lo mismo que un tal Sr. von Buchholtz,
quien aspira a escribir una historia de Fernando I. Es una cancillería
completa [en el sentido diplomático tradicional]. Cuando uno llega, le
esperan sus plumas, afilador, tijeras, etcétera, así como un escritorio ya
dispuesto. Por lo general, oscurece a hora temprana y me resulta muy
agradable escuchar la exclamación del supervisor: “A Liecht” [“una luz”,
en dialecto vienes]. Al instante, el dependiente trae dos para cada per­
sona que trabaja ahí.'

Y nuevamente en agosto de 1829, esta vez en las bibliotecas de Roma:

Las tardes y noches frescas y silenciosas son un verdadero placer. El


Corso está atestado hasta la medianoche. Los cafés están abiertos hasta
las dos o tres de la mañana y el teatro a veces no cierra antes de la una y
media. Entonces uno va a cenar. Yo no, claro está. Me apresuro a irme
a la cama porque quiero estar en el Palazzo Barberini a las siete de la
mañana siguiente. Utilizo un cuarto que pertenece ai bibliotecario que
recibe la [brisd\ tramontana; allí están amontonados mis manuscritos.
Poco después arriba mi escribiente, quien me saluda desde la puerta
con un en levato. Viene el sirviente del bibliotecario o su esposa, quien
m e ofrece sus servicios con el consabido Occorre niente? El biblioteca­
rio, llamado Razzi, es también realmente bueno y me ha brindado una
ayuda excelente, lo mismo que a otros alemanes. A pocos pasos de allí
está la Biblioteca Albañi, donde Winckelmann escribió su historia del
arte... Uso otras dos bibliotecas y hago buenos progresos. ¡Con cuánta
rapidez se pasa el día de estudios!3

Estas vividas palabras de Ranke evocan lo que sería para muchos estu­
diosos alemanes y sus admiradores no alemanes uno de los grandes des­
cubrimientos de la historiografía de principios del siglo XIX: los placeres
del archivo.4 Porque, a pesar de su estilo encantador y la profundidad
de su pensamiento, Ranke ganó fama de fundador de una nueva escue­
la debido al atractivo retórico de su documentación.
RANKE: UNA NOTA AL PIE SOBRE LA HISTORIA CIENTÍFICA 33

A una edad avanzada, Ranke dictó una autobiografía fragmentaria.


Dramatizó su vida como la historia de una vocación tan irresistible y
singular como la de Bertrand Russell por la filosofía. En la juventud tu­
vo una educación clásica: aprendió griego y latín en una escuela secun­
daria tan antigua como célebre, la Schulpforta, donde se atiborraba a
los jóvenes filólogos de literatura como si fueran gansos de Estrasbur­
go. Luego aprendió los métodos de la filología clásica moderna en la
Universidad de Leipzig, donde estudió con un precursor del estudio
de la tragedia griega, Gottfried Hermann. Mientras tanto, empezó a
interesarse por la historia, tanto la de la Europa moderna y la vida de
Martín Lutero como la de Roma, que estudió de acuerdo con el nove­
doso método crítico de Barthold Georg Niebuhr. Cuando enseñaba en
el Gimnasio, o escuela secundaria, de Francfort del Oder, Ranke se
enamoró de Walter Scott, cuyas novelas le hicieron conocer, como a
tantos lectores, el Medioevo y el Renacimiento. Pero en esa aventura
sufrió un desengaño cruel, porque Scott resultó un autor tan atractivo
como indigno de confianza. La comparación con la tradición histórica
conservada por el cronista Philippe de Commines y por informes con­
temporáneos reveló que el Carlos de Borgoña y el Luis XI de la novela
Quentin Durward no eran reales. Ranke consideró que esos errores eran
deliberados e imperdonables. Pero encontró inspiración en ellos: “Al
realizar la comparación, me convencí de que la tradición histórica es más
bella y, por cierto, más interesante que la ficción romántica”. Por consi­
guiente, inició la redacción de su Geschichten der romanischen und ger-
manischen Volker [Historias de los pueblos latinos y germanos] a partir
de fuentes contemporáneas. Desgraciadamente, éstas también discrepa­
ban; por eso, para construir su narrativa, Ranke tuvo que desmantelar
las de sus predecesores, que resultaron poco fiables, incluso en el caso
de las alemanas. La historia crítica sólo podía ser el resultado de un estu­
dio comparado cuidadoso.5
El texto que apareció en 1824 le dio a Ranke todo cuanto hubiera
podido desear. Su estilo narrativo aún inmaduro, repleto de clasicis­
mos y galicismos, suscitó objeciones. Aunque su intención era llegar
hasta mediados del siglo XVI, permitió publicar al editor -que empezó
a componer el texto antes de lo que Ranke creía posible- un esquema
del proyecto original, que llegaba hasta la década de 1510. Pero esa
habilidad de novelista para descubrir detalles vividos que más adelante
34 LOS ORÍGENES TRÁGICOS DE LA ERUDICIÓN

animarían sus cartas sobre bibliotecas ya infundían fuego y solemni­


dad a sus análisis de las investigaciones críticas. El prólogo al extenso
segundo tomo, Zur Kritik neurer Geschichtsschreiber [Sobre la crítica de
los historiadores modernos] ilustra el contacto entre el historiador crí­
tico y sus fuentes como un hecho complejo y ceremonioso, laborioso
pero gratificante:

Considérense las extrañas sensaciones que experimentaría quien ingre­


sara en una gran colección de antigüedades en la cual objetos auténti­
cos y espurios, bellos y repulsivos, espectaculares e insignificantes de
muchas naciones y períodos se encontraran juntos y en completo de­
sorden. Así se sentiría quien se encontrase, de pronto, contemplando
los variados monumentos de la historia moderna. Nos hablan con mil
voces diferentes; revelan las naturalezas más variadas; visten todos los
colores imaginables/’

Transformados por la magia de la metáfora, la biblioteca y el archivo


se convierten en una galería de antigüedades tridimensionales; las
fuentes a interrogar se vuelven objetos preciosos. Por su parte, el histo­
riador es el hombre de buen gusto cuyo sentido mágico de lo auténti­
co y lo falso se vuelve piedra de toque. Empleándolo con destreza, el
historiador astuto y crítico hace su magia: del revoltijo polvoriento
forma conjuntos coherentes de materiales de diversos períodos históri­
cos, los organiza sala por sala, los fecha, rotula y da fe de ellos. El pro­
pio Ranke sufrió una metamorfosis similar cuando de la crisálida del
profesor de colegio secundario provinciano emergió un gran escritor y
maestro. Así entró en posesión de una cátedra en Berlín, permiso espe­
cial para usar los archivos, becas para viajar al exterior para estudiar en
archivos y bibliotecas.
El “método de investigación” de Ranke poseía una mordacidad y
tensión intelectuales dignas de su estilo brillante. Durante muchos años
se pensó que la historia de las guerras italianas de principios del siglo XVI
de Francesco Guicciardini, el amigo de Maquiavelo, era la crónica más
precisa y profunda de esos años de terror en que inmensos ejércitos fran­
ceses y españoles, armados con cañones y mosquetes en cantidades ja­
más vistas, libraron batallas todo a lo largo de la península. Por falta de
fuerza militar, los Estados italianos más poderosos, habituados a domi­
nar por medio de la astucia, se vieron reducidos al papel de peones en
RANKE: UNA NOTA AL PÍE SOBRE LA HISTORIA CIENTÍFICA 35

el juego político del poder. Para fundamentar su análisis político de la in­


capacidad de Italia para resistir a las grandes potencias del norte, Guic-
ciardini citó in toto los discursos de muchos actores políticos. Describió,
además, muchos sucesos en los que participaron él o sus amigos. En sín­
tesis, cumplió con todos los requisitos impuestos por la tradición clásica a
los historiadores: que tuvieran experiencia política y militar, que fueran
testigos oculares de los sucesos o se basaran en entrevistas con otros testi­
gos oculares y que profesaran amor por la verdad.7 Evidentemente, Guic-
ciardini merecía la fe que depositaba en él Sismonde de Sismondi, el
filósofo ginebrino que era el antecesor más elocuente y reciente de Ran-
ke.s Los ocho volúmenes de su historia de las repúblicas italianas en su
apogeo medieval de libertad política y creatividad artística alcanzó su me­
lancólico clímax en el Alto Renacimiento, cuando la caída de Italia y la
hegemonía de España significó el fin del progreso. Las densas notas al pie
de Sismondi mencionan a todos los cronistas principales del siglo XVI,
pero su mayor deuda es con Guicciardini.
Ranke valoraba la profundidad y complejidad de los análisis políti­
cos de Guicciardini, que consideraba típicamente florentinos. El pasaje
en el cual caracteriza al historiador es por sí solo una pequeña obra
maestra de la historia de la cultura:

Quiere demostrar en cada caso lo que cabía esperar, lo que se debía ha­
cer y la verdadera razón de una acción determinada. Por eso, es un au­
téntico virtuoso y maestro en sus explicaciones de la medida en que
cada acción humana derivaba de una pasión congénita, de la ambición,
del egoísmo. Estos razonamientos no son producto exclusivamente del
ingenio de Guicciardini. Dependen, de dos maneras relacionadas entre
sí, de las circunstancias de su patria florentina. Por un lado, el poder
florentino no era independiente, y el estado de los asuntos públicos os­
cilaba frecuentemente de un extremo a otro. Por eso, la atención de los
hombres se dirigía espontáneamente hacia la cosa pública y sus posibi­
lidades de triunfar... Ése es un aspecto. Pero se conducían de la misma
manera en los asuntos domésticos. Para comprender realmente el ori­
gen de una obra como la de Guicciardini, es necesario leer en Varchi y
Nerli cuánto se pensaba, cotilleaba, comerciaba, sospechaba y juzgaba
antes de la elección de un gonfaUmiere [funcionario comunal]. En este
círculo pequeño, como en los asuntos europeos, se concertaban relacio­
nes, alianzas y contraalianzas con tal de ganar unos cuantos porotos ne-
36 LOS ORÍGENES TRÁGICOS DE LA ERUDICIÓN

gros (en el proceso de selección]. Había que tomar en cuenta una vasta
gama de cosas: observaciones, reglas y consejos.’

Ranke señaló las conexiones entre las artes de la política y la historia pa­
ra demostrar que el mismo estilo cultural dominaba la conducta política
y la exposición histórica florentinas. No es casual que su discípulo Jaco-
bo Burckhardt se inspirase en su método para aplicarlo a una gama mu­
cho más amplia de manifestaciones culturales, desde el arte de gobernar
hasta el arte de la danza.1" Jamás se había analizado el método histórico
con tal intensidad ni se había presentado las conclusiones de manera tan
brillante. Con todo, los resultados principales de Ranke fueron negati­
vos. Las mismas aptitudes que permitieron a Guicciardini y otros auto­
res renacentistas acceder a la alta función pública e inspiraron su
deslumbrante discurso político no eran buenas para el historiador. Pues­
to que sólo le importaban las motivaciones, intenciones y destrezas de
sus actores, dice Ranke, Guicciardini permitía que el relato se volviera
confuso e informe. Peor aun, puesto que no atribuía gran importancia a
la verificación de los hechos, copiaba materiales de otros historiadores
no sólo en las primeras secciones de sus historias, que abarcaban sus
años de infancia, sino también en los sucesos de su madurez."
Guicciardini cometía muchos errores. Por ejemplo, había ganado
prestigio corno investigador debido a sus informes sobre tratados: “Ag­
riólo, sobrino de Francesco, quien tuvo a su cargo la edición de esta his­
toria, afirma que su tío demostró gran celo en la exploración de los
monumentos [fuentes] públicos y tenía excelente acceso a ellos”.12 Pero
la verdad es que estos pasajes estaban desfigurados por muchos errores.
Hasta los célebres discursos carecían de credibilidad histórica. Algunos
diferían de los textos pronunciados en público, otros no habían sido
compulsados con fuentes independientes. Según Ranke, en ningún ca­
so se puede demostrar que Guicciardini reprodujo los elocuentes dis­
cursos tal como los pronunciaron los oradores. Revelan, antes bien, los
métodos típicos de los historiadores renacentistas, quienes en su afán
por emular a los antiguos buscaban hacer gala, como Livio, de su peri­
cia en la retórica formal. En lugar de registrar, componían discursos
que servían de agudos comentarios políticos sobre una situación, pero
“no tenían nada que ver con las fuentes históricas”.13A pesar de su luci­
dez política, Guicciardini no era un historiador “documental”. Por eso,
RANKE: UNA NOTA AL HE SOBRE LA HISTORIA CIENTIFICA 37

el moderno historiador crítico que deseaba, como Ranke, aprender y


mostrar wie es eigentlich gewesen, las cosas propiamente como sucedie­
ron, no debía citarlo.1'1
Dicho de otra manera: las nocas al pie no bastaban. Sismondi las te­
nía de sobra. Ranke llegó a contarlas y a demostrar que las 27 referencias
a Beaucaire en el capiculo 104 y por lo menos otras tantas en el 105 co­
locaban a éste en segundo lugar, después de Guicciardini, entre las fuen­
tes compulsadas por el ginebrino. Pero el hecho de salpicar su texto con
breves referencias a autores, títulos y números de página, lejos de reve­
lar al trabajador concienzudo, sólo demostraban que Sismondi había si­
do incapaz de formular la pregunta justa: “¿Cuál de rodos estos autores
posee información verdaderamente original y puede brindarnos autén­
tica instrucción ?”,s Una crónica histórica que marchara sobre las prue­
bas ofrecidas por Guicciardini estaba condenada a padecer pies planos,
o algo peor:

Reconozcamos claramente de una vez por todas que este libro no mere­
ce el respeto incondicional del que ha disfrutarlo hasta el presente. No
se lo debe considerar una fuente sino una rcelaburación de fiienles, pa­
ra colmo defectuosa. Si así lo hacemos, habremos alcanzado nuestra
meta: los Sismondi deberán dejar de citar a Guicciardini, siempre al
mismo Guicciardini, al pie de cada página. Han de saber que no ofrece
prueba alguna. “

Sólo las notas al pie adecuadas, no un conjunto aleatorio de referencias,


permite al texto superar con honores el examen crítico.
Por el contrario, el cuerpo de referencias de Ranke era el testimonio
de su trabajo crítico original y sistemático. Profesor en el páramo bi­
bliográfico de Francfort del Oder, agotaba la paciencia de los empleados
de la Biblioteca Real de Berlín con sus pedidos de las principales histo­
rias impresas del Renacimiento (cuando lo convocaron a la capital, se di­
jo que las únicas alternativas eran llevar la biblioteca entera a Ranke o
rraer a éste a la biblioteca, lo cual, dada su talla menuda, había resultado
más fácil).17 Un condiscípulo y amigo mayor que él, el destacado me-
dievalista Gustav Stcnzel, le había enseñado que el primer paso para es­
tudiar un reinado o período determinado era tomar notas sistemáticas
de las fuentes." En la práctica, éstas fueron largos resúmenes de los tex­
tos, escritos en alemán. Ranke dividió las páginas de su cuaderno en fo­
38 LOS ORÍGENES TRÁGICOS DELA ERUDICIÓN

lio en dos columnas para anotar, en una de ellas, los pasajes de Guic-
ciardini, en la otra las crónicas complementarias o divergentes. La com­
paración sistem ática reveló los supeditam ientos y defectos del
historiador florentino. Al emprender la exposición de sus conclusiones,'
los cuadernos se metamorfoscaron casi espontáneamente en una crítica
profunda. Casi desde el comienzo, Ranke y su editor comprendieron
que el material, más que la narración, entusiasmaría al público: equiva­
lía a dinamitar lo que hasta entonces parecía una roca de fondo históri­
ca. En octubre de 1824, Ranke escribió a su hermano:

Probablemente recordarás el cuaderno en folio manuscrito (mejor di­


cho, aún no escrito) en el que tomaba apuntes sobre los historiadores
que leía. No podía evitar ofrecer alguna justificación por la manera de
tratar a estos historiadores en la propia historia. De modo que transfor­
mé el folio en cuaderno en cuarto y a éste lo imprimirán en octavo. Va­
ticinan que me traerá mayor éxito que el otro.1*

Los vates tuvieron razón. Los primeros lectores de Ranke tuvieron


dudas sobre su estilo narrativo. Pero casi todos —desde Stenzel hasta Ar-
nold Heeren, ese anciano estudioso de Gotinga, y el exiliado Karl Be-
nedikt Hase, brillante lexicógrafo y hábil falsificador, cuyo diario en
griego clásico es una guía extraordinaria de los burdeles y cafés del París
balzaciano- coincidieron en que jamás habían leído una tesis crítica tan
brillante, persuasiva y pulida escrita por un estudioso tan joven.20 Una
reseña favorable en la Allgemeine Literatur-Zeitimg destacó el espléndi­
do análisis iconoclasta de las fuentes, que despojaba a los textos consa­
grados de su aureola de autoridad: “Ilumina las obras históricas antes
consideradas como las principales fuentes para el período en cuestión...,
así como las personalidades de sus autores con la antorcha de su crítica
estricta e incorruptible. Despoja implacablemente a ambos del nimbo
refulgente que los rodeaba; o al menos, determina con precisión hasta
qué punto son fiables y dónde dejan de serlo, y, en general, hasta qué
punto se las ha de considerar fiientes auténticas"}' Hasta el más duro de
sus críticos reconoció que sus “aportes a la crítica de los historiadores
modernos” eran “la mejor pane de la obra del Sr. Ranke; al menos re­
velan que ha comparado los diversos pasajes de muchas maneras”.22
En los años siguientes, disminuiría,'el interés de Ranke por la histo­
riografía a medida que aumentaba su pasión por los documentos. Zur
RANKE: UNA NOTA AL PIE SOBRE LA HISTORIA CIENTÍFICA 39

Kritik neuerer Geschichtsschreiber no concluye con un análisis final de


las histoñas publicadas sino con un capítulo titulado: “Lo que resta pot
hacer” . Ahí sostuvo que los historiadores debían ir más allá de los textos
impresos. En toda Europa, pero sobre todo en Alemania, las fuentes
originales eran tierra virgen e inaccesible. “Para este período, tenemos
legajos, cartas, biografías y crónicas de la mayor importancia, para los
cuales, empero, pareciera que no se hubiera inventado el arte de la im­
prenta.”23 Las cualidades de los mejores historiadores modernos eran
menos importantes que las fuentes primarias, los documentos que reve­
laban las verdaderas intenciones de políticos y generales. Sacar éstas a la
luz debía ser la vocación de un individuo escogido, alguien que pene­
trara con la audacia de Carstcn Niebuhr, explorador de Arabia en el si­
glo XVIII, no en los desiertos de Africa o el Oriente próximo sino en el
corazón de las tinieblas de los archivos alemanes.

Lo que necesitamos es un hombre provisto de conocimientos adecua­


dos, suficientes cartas de presentación y buena salud, dispuesto a reco­
rrer Alemania en todas las direcciones para buscar los restos de este
mundo semihundido y, sin embargo, tan próximo a nosotros. Penetra­
mos en los desiertos de Libia en busca de hierbas desconocidas: ¿acaso
la vida de nuestros predecesores, en nuestro propio país, no merece el
mismo entusiasmo?24

Desde luego, el hombre que debía hacerlo era el mismo Ranke. Lo ins­
piraron las primeras publicaciones del joven G. H. Pcrtz, un estudioso
adinerado que ya había iniciado la invasión alemana de las bibliotecas
italianas y encabezaría la mayor empresa de ediciones históricas de Ale­
mania, la Monumento Germaniae histórica que producía —y aún produ­
ce—ediciones críticas exhaustivas de las fuentes de historia medieval.25
Ranke también estaba entusiasmado por el éxito de su primer libro.
Envió cartas y ejemplares de cortesía a estudiosos y ministros, al inte­
lectual y estadista Barthold Georg Niebuhr, ex embajador en Roma e
historiador. En pocas palabras, acudió a cualquiera que en su opinión
pudiera ayudarle a obtener una cátedra universitaria, fondos para viajar
y las llaves de los reinos archivológicos del país y el exterior.26
La exploración y explotación de las fuentes históricas primarias
-desde los informes de los embajadores venecianos a su gobierno hasta
40 LOS ORÍGENES TRÁGICOS DE LA ERUDICIÓN

documentos públicos y privados de todo tipo—se convirtió en el prin­


cipio rector de la vida profesional de Ranke. Desde fines de la década
de 1820 se sumergió en los materiales originales de la historia. Viajaba
periódicamente, con ayuda oficial, para acceder a esos archivos que en los
primeros años aún conservaban las puertas cerradas.27 Explotaba jui­
ciosamente el mercado bibliográfico posrrevolucionario, en el que se
ofrecían los papeles de muchas familias italianas. Empleaba sistemática­
mente a los escribas profesionales, esas máquinas copiadoras humanas
que precedieron por muchos años a la cámara de microfilm y la fotoco-
piadora Xerox. Las compras constantes de ediciones importantes como
las de los Monumenta produjeron la montaña de libros y manuscritos
que se conservan hoy en la Universidad de Siracusa. Una foto muestra
al viejo historiador empequeñecido, casi aplastado por la encarnación
material de su erudición.28
Ranke no se limitaba a acumular: lo que leía y copiaba, lo utilizaba.
Por ejemplo, consideraba que su trabajo principal de las décadas de
1830 y 1840, la historia de Alemania durante la Reforma, era el resul­
tado de su paso triunfal por los archivos del país. En palabras que gana­
ron fama, Ranke vaticinó que el voluminoso libro era apenas una
golondrina, el anuncio de una revolución en la historia: “Veo que se
avecina el momento en que ya no tendremos que basar la historia mo­
derna en informes, ni siquiera de historiadores contemporáneos -salvo
en la medida en que poseyeran conocimientos de primera mano—, por
no hablar de las reelaboracioncs derivadas de fuentes. Antes bien, la
construiremos a partir de los testimonios de testigos oculares y las fuen­
tes más auténticas y directas”? ’ Su entusiasmo persistió a lo largo de
años de arduo trabajo, de búsqueda y copia, evaluación y preparación
de textos, compulsión de ediciones impresas con manuscritos. Cuando
preparaba el apéndice documental de la historia de la Reforma, por
ejemplo, realizó varios borradores de una introducción en la que con­
vocará a “lectores que participan del trabajo”, “lectores partícipes”. Re­
conoció que no pudo incluir todas las fuentes pertinentes ni todas las
que había utilizado: “¿Quién querría publicar el archivo entero?”. Pero
insistió en la importancia vital de esos materiales para los lectores inteli­
gentes. Los instó a superar lo que consideraba eran las dificultades lin­
güísticas menores planteadas p o r las fuentes, a conocer las crónicas
“particularmente vividas” de los grandes acontecimientos que ofrecían
RANKE: UNA NOTA AL PIE SOBRE LA HISTORIA CIENTÍFICA 41

los documentos originales. En lo posible, debían trabajar el texto junta­


mente con ios documentos, una recomendación que sugiere que el mé­
todo de Ranke no era tan ingenuo como algunos suponen hoy.3"
Ranke también dedicó mucha atención a las fuentes en su cátedra,
en particular en el seminario que había organizado en su propia casa.
En el discurso en latín con que inauguró en 1825 esa institución infor­
mal pero esencial, dijo que hubiera querido concentrarse exclusivamen­
te en ciertos problemas derivados de las fuentes primarias. Esc hubiera
sido el enfoque ideal para los mejores alumnos, quienes, explicó, “han
resuelto dedicar sus vidas al aprendizaje de la historia en forma particu­
larmente profunda: creo que son una suerte de impulso del espíritu y
una cualidad particular de la mente los atrae a estos estudios. Por cierto,
querrán abrevar en las fuentes de donde derivan las historias; no les bas­
tará leer a los autores de la bibliografía oficial y querrán conocer a los
proveedores de cada narración”.31 Y los historiadores menos consagrados
al estudio, si son personas capaces, “no están dispuestos a aceptar, creer
y enseñar, a confiar en los demás, sino que desean aplicar su propio jui­
cio en estos asuntos”.32 Ranke hubiera querido dictar clases, muy riguro­
sas, solamente al primer grupo. “Les daría una serie de loci cLissiá para
que los leyeran; luego resolvería las dificultades que aparecieran en la lec­
tura. Abordaríamos la historia medieval de la misma manera.”33 Decidió
no hacerlo porque tenía alumnos de capacidades c intereses muy varia­
dos, y, para algunos, un estudio tan crítico resultaba demasiado difícil.
Nadie podía salir de su casa sin ser consciente de su preferencia por los
discípulos más dotados, por aquellos que insistían en descubrir por su
cuenta los tesoros de las fuentes o, cuando menos, no estaban dispuestos
a repetir lo que leían en obras secundarias sin conocer las fuentes de in­
formación empleadas. Lógicamente, el seminario se concentraba —aun­
que no de manera exclusiva—en la crítica de fuentes, y muchos discípulos
llevaron ese interés a otros centros de investigación histórica como el de
Sybcl en Munich.34
La mayoría de los cursos de Ranke comenzaban con explicaciones
detalladas sobre las fuentes y algunas referencias a las dificultades espe­
ciales que planteaban.35 Hacia el final de su vida, cuando había dejado
de enseñar y trabajaba con grandes dificultades físicas, dedicaba varias
horas del día al estudio de documentos. Rodeado por la confusión irre­
mediable de su biblioteca particular, la más grande de Alemania, escu­
42 LOS ORÍGENES TRÁGICOS DE LA ERUDICIÓN

chaba a sus jóvenes secretarios leerle pasajes de los documentos que él


mismo ya no podía leer, y los detenía casi inmediatamente, cuando su
misterioso sexto sentido le decía que tal escrito era importante y cuál
era su significado. Ranke decía conocer mejor que cualquiera de sus ri­
vales, que utilizaban meras selecciones, o que los mismos archivistas los
tesoros contenidos en los documentos inéditos.36
Más importante aun que este rico caldo de cultivo de la erudición
fueron los libros que nacieron de él: la serie interminable de historias de
la Edad Media y la temprana Edad Moderna europeas (y muchos más),
acompañados cada uno por un imponente cortejo de documentos y
sustentado sobre un cúmulo de notas que no sólo remitían a las fuentes
sino que las citaban extensamente. Ranke elaboró una nueva teoría de
la historia y escribió con un cosmopolitismo inigualado durante un si­
glo, hasta que llegó Braudel, quien, sin embargo, no lo superó.37 Estos
logros no interesan aquí de manera directa. Pero también creó y aplicó
un método nuevo, basado en nuevos tipos de investigación y expresado
en una forma entonces inédita de documentación. A partir de él, un
trabajo histórico serio debe avanzar sobre una base blindada impermea­
ble, a la manera de una tortuga vuelta patas para arriba. La incapacidad
de cumplir con este ideal de descubrimiento y exposición hundió a
practicantes del método tradicional (o la falta de método) como Frou-
de, cuyo nombre, así como el de Holland, perdura en una enfermedad
reconocible.38 Cumplir con él significaba crear un cuerpo rico de notas,
un conjunto suculento que el siguiente estudioso podía exprimir con
gran provecho; así lo indicó Ranke en la práctica cuando hizo que su
secretario le leyera en voz alta pasajes, no del texto, sino de las notas al
pie de la Historia de Prusia de Droysen, mientras él preparaba su propio
trabajo sobre el tema.351 El hombre, el momento y el método confluyen
de manera tan alegante que inmediatamente despiertan sospechas.
Ranke decía que su método histórico no imitaba modelo alguno, ni
siquiera el de la erudición clásica crítica de la generación inmediatamen­
te anterior a la suya, la de W olf y Niebuhr. Volveremos luego sobre esta
afirmación, que parece ahora tan escandalosa como la de Ronald Syme,
el gran estudioso inglés de la historia antigua, quien negaba la influen­
cia de la obra de Lewis Namier sobre la historia inglesa, que anticipaba
su empleo de los métodos prosopográficos.'"’ En su propia época, la re­
tórica de Ranke generalmente era persuasiva. Expertos hurgadores en
RANKE: UNA NOTA AL PIE SOBRE LA H ISTO RIA CIENTIFICA 43

archivos como el historiador Johannes Voigt de Kónigsbcrg sentían que


Ranke, de alguna manera, les había dado una voz o un idioma para ex­
plicar la importancia del trabajo que realizaban desde tiempo atrás/'
Practicantes de disciplinas muy diversas reconocían que el método histó­
rico de Ranke era radicalmente nuevo. En 1863, el clacisista Heinrich
Nissen intentó demostrar en su célebre trabajo sobre Livio y sus fuentes
que los historiadores antiguos normalmente no trabajaban como sus co­
legas modernos sino como periodistas modernos. Según él, obtenían su
información de una fuente principal y sólo en ocasiones la corregían o
complementaban con otros textos. Nissen basó parcialmente su tesis en
el empleo ingenioso de distintas clases de pruebas indiciarías; por ejem­
plo, que hubiera sido casi imposible compulsar los libros antiguos de
manera sistemática porque eran rollos.42 Pero su principal inspirador fue
Ranke quien, en su opinión, había demostrado que los historiadores
medievales y renacentistas empleaban el mismo método, a pesar de tra­
bajar en circunstancias literarias muy distintas.43 La llamada “ley de Nis­
sen” era tan exagerada como ingeniosa, reflejo de la tendencia de su
autor a transformar hipótesis delirantes en hechos comprobados.44
Ranke mismo tenía una visión mucho más compleja de la tradición
histórica. Pero la variante Nissen del método Ranke se convirtió en un
principio cardinal de la investigación en historia antigua hasta muchos
años después de su formulación. Durante casi un siglo después de la
época de Ranke, sus discípulos repitieron como un mantra una versión
exagerada de lo que les había inculcado el maestro: “La proposición de
que antes del comienzo del siglo pasado el estudio de la historia no era
científico se puede sustentar a pesar de algunas excepciones... Ahora la
erudición es complementada por el método científico, y debemos ese
cambio a Alemania”. Tal fue la declaración ecuménica de J. B. Bury en
su clase inaugural en Cambridge en 1902.45
Desde luego surgieron dudas, incluso durante los últimos años de la
vida excepcionalmente larga de Ranke, cuando el maestro empezó a
perder su atractivo. Se hizo evidente que había aceptado injustificada­
mente ciertas clases de documentos tales como los informes de los em­
bajadores venecianos a su Senado. Para él eran ventanas transparentes a
sucesos e instituciones del pasado en lugar de reconstrucciones pinto­
rescas cuyos autores estaban sometidos a convenciones rígidas, no ha­
bían visto u oído todo lo que informaban y con frecuencia trataban de
44 LOS ORIGENES TRÁGICOS DE LA ERUDICIÓN

convencer a sus interlocutores de sus propias teorías en lugar de limitar­


se a relatar los hec-hos. Más grave aun resultó que, al confiar en los ar­
chivos centrales y en los documentos de las grandes familias, Ranke
había aceptado una interpretación determinada de la historia sin refle­
xionar suficientemente sobre ella: aquélla en la cual la historia de las
naciones y las monarquías tenía prioridad sobre la de los pueblos y
las culturas, la que había concitado su mayor interés al iniciar sus estu­
dios sobre el pasado.44
Lo curioso es que la pretensión de Ranke de haber aplicado méto­
dos originales tardó mucho más en atraer la atención de los críticos
que aquella de haber sido objetivo en sus conclusiones. Después de la
Segunda Guerra Mundial, estudiosos no alemanes emprendieron la in­
vestigación sistemática de la historia del pensamiento histórico. Des­
cartando postulados tradicionales, menos dispuestos que sus antecesores
a aceptar los relatos alemanes de las “cosas como sucedieron”, Arnaido
Momigliano y Herbert Butterfield no aceptaban lo que tanto Acton co­
mo Ranke daban por evidente: que el examen crítico minuciosamente
preciso de toda la gama de las fuentes históricas era parte de la revolu­
ción intelectual detonada en las universidades alemanas alrededor del
1800 por la otra revolución más estrepitosa iniciada en las calles de Pa­
rís, que forzó la apertura de las cancillerías y archivos secretos de Euro­
pa. Identificaron correctamente la versión del propio Ranke con lo
que los historiadores de la ciencia llaman “historia disciplinaria” en
contraposición con la historia de la disciplina. Dicho de otra manera:
él relataba su propia historia para resaltar los atractivos técnicos y emo­
cionales del método que empleaba más que para ofrecer una crónica ex­
haustiva y documentada del desarrollo de la historiografía. Con ese fin,
Ranke exageraba en buena medida el componente archivístico de su
obra. Por ejemplo, al analizar la historia de la Reforma, A. G. Dickens
descubrió que menos del diez por ciento de las notas al pie de Ranke
citaban fuentes halladas en los archivos. El resto, en su mayoría, remitía
al lector al tesoro de fuentes primarias publicadas por estudiosos alema­
nes entre el siglo XVI y comienzos del XIX. Esta conclusión cimenta el
prestigio de Ranke como conocedor de la literatura especializada, a la
vez que socava su reputación como explorador de las cavernas archivoló-
gicas subterráneas.47 Por consiguiente, nuestra primera tarea es sencilla:
debemos desarrollar esta crítica, abandonar el esquema retrospectivo de
RANKE: UNA NOTA AL PIE SOBRE LA HISTORIA CIENTÍFICA 45

Ranke y volver -com o él nos instaba- a los documentos. Afortunada­


mente, éstos abundan, tanto impresos como manuscritos, y los estudios
modernos han desenterrado muchos de ellos. Juntos, las fuentes hasta
ahora descuidadas y los trabajos nuevos nos permiten elaborar una his­
toria muy distinta tanto de Ranke como de la tradición de la cual decía
haberse apartado totalmente.
III. C Ó M O E L H IS T O R IA D O R H A L L Ó S U M U SA :
E L C A M IN O D E R A N K E H A C IA LA N O T A

El camino seguido por Ranke al aprender a dramatizar la importancia


crucial de los documentos en la labor del historiador fue en algunos
sentidos más recto y en otros mucho más tortuoso de lo que recordó en
su vejez. Para remontarnos con él a los orígenes de su nueva historia,
debemos viajar al centro del Medio Oeste norteamericano. Poco antes
de la Primera Guerra Mundial, los historiadores de la Universidad de
Illinois decidieron seguir los precedentes sentados en Johns Hopkins y
otras instituciones norteamericanas, de crear un seminario de acuerdo
con el modelo científico alemán. Para adornar la sala de reuniones, tra­
jeron retratos de los historiadores norteamericano y extranjero que más
admiraban: Francis Parkman y Edward Gibbon, respectivamente. Aun­
que Ranke perdió en la competencia por un lugar en la pared para su
retrato, le dieron un premio consuelo. Una carta suya, comprada a un
marchand de Francfort, fue montada en marco y colgada en la pared
del seminario del cual fue designado lógicamente santo patrono. Años
después, cuando la universidad resolvió destinar el salón a otras funcio­
nes, la carta desapareció. Acaso la robó un historiador aficionado de
miras amplias y pocos escrúpulos. Afortunadamente, sobrevivió una co­
pia del manuscrito. La carta, una de las pocas entre las más viejas que
llegaron a ser publicadas, estaba dirigida al editor Georg Reimer. En
ella, Ranke aborda con lógica inquietud el delicado problema de sí su
primer libro sobreviviría a la censura oficial. Pero también plantea con
inquietud aun mayor el problema de la nota al pie. Para sorpresa del
lector —sobre todo de fines del siglo XX, convencido de que los doctos
autores aman las notas tanto como los editores hambrientos las detes­
tan-, Ranke insiste en que ha incluido notas solamente porque el autor
joven debe citar sus fuentes. En todo caso, le desagradaban, y las hizo
tan breves como fue posible: “Evité cuidadosamente la anotación pro-

47
48 LOS ORIGENES TRÁGICOS DE LA ERUDICIÓN

píamente dicha, pero consideré que era indispensable incluir citas en la


obra de un principiante que aún debe abrirse camino y granjearse con­
fianza”. Aún esperaba encontrar la manera de evitar esas llamadas que
desfiguraban el texto y esas referencias que pululaban por las páginas:
sugirió que se podían numerar las líneas por página o por división, de
acuerdo con la práctica habitual en las ediciones de los autores clásicos,
y colocar todas las notas al final, empleando esos números como clave.
En todo caso, aclaró, la presencia de notas en su trabajo le parecía un mal
necesario.1
La carta de un historiador, sea joven o viejo, a su editor no constituye
una declaración jurada. Pero el joven desconocido Ranke, al expresar su
falta de interés por los aspectos formales de la documentación y el dis­
gusto que le causaba aparecer como un pedante, no afectaba una pose.
La colección de sus trabajos en Berlín incluye no sólo sus cuadernos de
trabajo sino también el manuscrito de su primer libro. Las referencias en
el borrador, como en la obra terminada, son esas citas sumamente breves
que Ranke decía preferir: autores, títulos, números de página. Algunas
páginas no tienen notas al pie; otras tienen llamadas, pero faltan las refe­
rencias. Y muchas notas mencionan autor y título, pero falta el número
de página.2 De este documento se derivan por lo menos dos inferencias
evidentes. En primer lugar, el padre del moderno oficio del historiador
no era más disciplinado que sus bisnietos y tataranietos profesionales. Só­
lo después de redactar el texto hurgaba en sus textos y notas en busca de
pasajes y resúmenes que apuntalaran lo escrito: usaba un salero para sazo­
nar con referencias un guiso ya cocido. Parece haber sido consecuente en
esta práctica, que en lo fundamental ni siquiera alteró cuando, ya viejo,
tuvo que trabajar con secretarios y por medio de ellos. El joven debía
buscar referencias, para lo cual el viejo apenas le proporcionaba indi­
cios, que a veces ni siquiera existían: “Siempre fue difícil convencer a
Ranke sobre este particular” .3
Lo cierto es que la escasez de notas de las Geschichten fue la causa del
mayor bochorno público que sufrió en toda su carrera. En 1828, se en­
teró de que había puesto un arma poderosa en manos de su crítico más
severo. El joven historiador berlinés Heinrich Leo reaccionó ante el ve­
loz ascenso de su rival a la estratosfera con unos celos tan comprensibles
como desagradables. Hizo lo que pudo para demostrar que la presunta
erudición de Ranke era tan sólida como una pompa de jabón. En una
EL CAMINO DE RANKE HACIA LA NOTA 49

reseña larga y despectiva, criticó el estilo y la filosofía de Ranke, seña­


lando que su libro rudimentario y sentimental tendría la mejor de las
acogidas “entre las damas cultas” \bei gelehrten Wibem]. Más grave aun,
identificó muchos pasajes donde el texto no se correspondía exactamen­
te con las fuentes citadas en las notas al pie.4Atónito, furioso, Ranke repli­
có que la “reseña diabólica” lo atacaba “en el aspecto más sensible de su
investigación”.5 En una extensa réplica argumentó que cada afirmación
disputada por Leo era sustentada por la fuente citada, aunque no necesa­
riamente por el pasaje al que se refería una nota dada. Quien quisiera ve­
rificar las fuentes de la obra debía compulsarlas de manera sistemática,
tal como Leo evidentemente no lo había hecho. “Cito -escribió Ranke
indignado en una nota al pie—para aquellos que desean hallar, pero no
para los que buscan con el fin de no encontrar. Este libro, dicho sea de
paso, no es de los que se prestan a una lectura superficial mientras se
sorbe un café, teniendo a mano una sola de las ediciones que cito.”6La
respuesta de Leo a esta impugnación fue aun más desdeñosa que su pri­
mera reseña, y su juicio negativo sobre las Geschichten rozó el absurdo.
Pero no le fue difícil utilizar las palabras del propio Ranke para demos­
trar las incoherencias de su víctima como escritor de notas al pie. Le
aconsejó que, en lo sucesivo, se abstuviera de incluir notas. Una lista de
las fuentes empleadas en cada sección le sería más útil ai lector que ano­
taciones referidas de manera aleatoria a pasajes del texto “en el cual uno
encuentra cosas completamente distintas de las que hay en las citas”.7
Según Michael Bernays, hasta el presente el mejor analista de la fun­
ción que cumplió la nota al pie en la tradición histórica, las notas al pie
del primer libro de Ranke son ejemplares: “Nadie que merezca leer a
Ranke querría prescindir de esta clase de notas. Pero todos comprenden
que el material no se podía interpolar en el texto”.8 Ningún elogio hu­
biera complacido más a su destinatario. Pero no todos sus lectores con­
temporáneos hubieran estado de acuerdo.
En segundo lugar, es evidente que Ranke nunca se apartó de la con­
cepción clásica de lo que debía ser una obra histórica. Lejos de aceptar
alegremente que una historia debía comprender el doble relato del pa­
sado y la investigación del historiador, se negaba a desfigurar su vigoro­
so estilo narrativo y sus descripciones realistas de las batallas con los
artefactos antiestéticos de la mecánica erudita. En este aspecto, distaba
de ser un solitario entre los que revolucionaron los estudios históricos
50 LOS ORÍGENES TRÁGICOS DE LA ERUDICIÓN

en Alemania. Barthold Georg Niebuhr, el revisionista que ganó fama al


insistir en la necesidad de disecar la narración tradicional de la historia
temprana de Roma mediante el análisis de fuentes y reemplazarla por el
análisis social del auge de la ciudad, amaba los detalles de la investiga­
ción histórica y daba clases sobre ellos a sus discípulos.Sin embargo,
prefería la narrativa histórica clásica, libre de notas. Anhelaba prescindir
de las referencias eruditas, si sólo pudiera resolver los problemas técni­
cos y dejarlos de lado: “Si esta obra erudita, por medio de la cual el ma­
terial es nuevamente creado, estuviera acabada, me seduce la idea de
escribir una historia narrativa de los romanos, sin investigaciones, prue­
bas ni erudición, tal como se hubiera hecho hace 1.800 años”.11’ Pero
fue una esperanza fútil tanto para Niebuhr como para Ranke: el histo­
riador que había comido el fruto de la crítica de fuentes no podía recu­
perar la inocencia y la narración sencilla. Con todo, conservaron sus
aspiraciones retóricas y literarias en una medida que sorprendería a mu­
chos historiadores profesionales posteriores. Algunos positivistas nor­
teamericanos de una generación anterior, convencidos de su derecho a
considerarse descendientes profesionales de Ranke, decían que escribir
bien es incompatible con los deberes del historiador profesional.'1 En
ello se apartaban de su maestro.
Después de todo, él deseaba, según una frase suya tan frecuente­
mente citada como infrecuentemente analizada, “sólo decirlo realmente
como sucedió” [“nursagen, wie es eigenúichgewesen ’\ .n ¿Pero qué signi­
fica esto? Majo Holborn y Konrad Repgen han demostrado que la célebre
declaración de intenciones profesionales de Ranke era una cita estratégi­
camente situada de un pasaje aún más famoso de Tucídides (1.22).13
Quien toma como modelo al más profundo de los historiadores políti­
cos griegos difícilmente querrá enturbiar las relaciones entre sus textos
con el agregado de un comentario a su propia obra.
Más de un crítico reciente ha señalado que las notas al pié interrum­
pen la narración. En verdad, las referencias conspiran contra la ilusión
de veracidad e inmediatez a la que aspiraban Ranke y tantos historiado­
res del siglo XIX, ya que interrumpen constantemente la historia relata­
da por un narrador omnisciente. (Noel Coward observó en una frase
memorable que leer la nota al pie es similar a verse obligado a dejar de
hacer el amor porque han llamado a la puerta.)14 El modelo histórico
clásico de Ranke y sus propios gustos modernos eran contrarios a la
EL CAMINO DE RANKE HACIA LA NOTA 51

anotación profusa. No es casual que tratara de conservar la coherencia


de su narración y, al incluir los textos completos de los documentos en
un apéndice, permitirle al lector que conociera las dos clases de autenti­
cidad, la literaria y la documental. Tampoco lo es que los estudiosos
modernos no sepan si considerarlo el primer historiador científico o el
último romántico.15 Muchos historiadores destacados de épocas poste­
riores se rebelaron contra la necesidad de incluir una rica documenta­
ción. Fustel de Coulanges, creyente fervoroso en la importancia del uso
preciso y exhaustivo de las fuentes, aceptó gradualmente y con renuen­
cia la inclusión de documentos in extenso, que consideraba una moda
pasajera.16 Ernst Kantorowicz. provocó un escándalo con Kaiser Frie-
drich II, su brillante best seller, cuya primera edición, como hemos visto,
no incluía notas.17 Eran los herederos de Ranke en un aspecto insospe­
chado por ellos y sus críticos.
Pues bien, Ranke se vio obligado a incluir las notas. ¿Pero qué decir
del segundo componente de su aparato de erudición, más importante
que aquél: el comentario exhaustivo de sus fuentes bajo la forma de un
ensayo sobre los historiadores o, más adelante, una selección de docu­
mentos primarios con los comentarios correspondientes? En verdad, los
apéndices constituían la parte más destacada y singular del comentario
del autor sobre su propio texto. Lo obligaban a desplegar todo su talento
como investigador y escritor. Les mostraban a los lectores inteligentes
que su idea acerca de la posibilidad de acceder a la precisión total en la
descripción del pasado no era en absoluto tan sencilla como sugieren
las versiones modernas de su pensamiento, sean elogiosas o caricatures­
cas. Y conferían a la experiencia de leer a Ranke algo de la densidad sin­
fónica, del contrapunto constante entre la narración cronológica y la
reflexión sistemática, que Gibbon brindó a sus lectores.
Con ser tan brillante y efectivo, el aparato de erudición textual de
Ranke fue concebido de manera distinta y más compleja de lo que sos­
tenía él mismo. En textos dictados hacia el final de su vida, describió su
vuelco hacia la crítica como una experiencia de conversión, con toda la
imprevisibilidad y conmoción interior propias de tales vivencias. Como
alguien que cae al vacío a través del punto débil de un piso en aparien­
cia sólido, comprendió bruscamente que la historia debe descansar
sobre vigas y pilares robustos que sólo la crítica puede erigir. Esa intui­
ción fue la base del brillante segundo tomo. Nadie, pensó, había antici­
52 LOS ORÍGENES TRÁGICOS DE LA ERUDICIÓN

pado esc momento de revelación, ni siquiera los estudiosos clásicos, cu­


yos trabajos revolucionarios sobre historia griega y romana presentaba
afinidades aparentes con su propia obra. Ranke se consideraba merece­
dor de sus elogios, pero no reconocía una deuda con enfoques que le
parecían muy distintos: “En esto no sentía reconocimiento alguno ha­
cia Niebuhr, cuya intención era infundirle un sentido a la tradición, ni
en particular hacia Gottfried Hermann, quien criticaba a los autores en
cuestiones de detalle, aunque estaba convencido de que los grandes
hombres como ellos me aplaudirían”."'
Este testimonio tardío entra en conflicto con lo que Ranke hubiera
considerado un conjunto más fehaciente de pruebas: la de las fuentes
originales más tempranas. En primer lugar, sus antecesores no eran en
absoluto compiladores inocentes e ingenuos. Las investigaciones recien­
tes han demostrado que muchas de sus técnicas críticas -comparación
exhaustiva de todas las fuentes de un acontecimiento dado, identifica­
ción de las más próximas al hecho o las basadas en documentos oficiales,
descarte de fuentes posteriores cuya información es derivada—aparecieron
durante el Renacimiento. Al emplear estos métodos de manera sistemáti­
ca, de acuerdo con sugerencias de los modelos clásicos, los humanistas
italianos y del norte sacaron a la luz el carácter fraudulento de documen­
tos tenidos por auténticos. Lorenzo Valla, por ejemplo, demolió la Dona­
ción de Constantino. Este texto, conservado entre los tesoros de la curia,
pretendía contar la historia de cómo el emperador Constantino, en agra­
decimiento al papa que lo curó de la lepra, donó al papado la mitad occi­
dental del imperio romano y huyó a refugiarse en Constantinopla. Valla
demostró que el texto mencionaba instituciones y costumbres, a la vez
que empleaba un lenguaje imposibles de hallar en la Roma de donde su­
puestamente provenía. 1')
En el siglo XVI, Jean Bodin y otros escribieron manuales detallados
sobre el método de lectura y utilización de fuentes históricas, tanto an­
tiguas como modernas. Sus libros incluían instrucciones precisas para
determinar la autenticidad y profundidad de los distintos historiadores.
Uno de los criterios sugeridos consistía en determinar hasta qué punto
el autor se basaba en fuentes oficiales para elaborar su narración o in­
formar sobre discursos y deliberaciones.2" Estudiosos e intelectuales de
fines del siglo XVI, que conocían estos textos y sufrían su influencia,
aplicaban los criterios de Bodin al leer a los historiadores antiguos.
EL CAMINO DE RANKE HACIA LA NOTA 53

Ranke cita a Bodin en el comienzo de su análisis de los discursos de


Guicciardini:

Cinco años después de la primera edición de Guicciardini, Jean Bodin


la describió en su Methodus adfacilem historiarum cognitionem: “Es no­
table el celo con que persigue la verdad. Se dice que tomó carras, leyes
y tratados de las fuentes originales y las copió. Por eso suele usar giros
tales como, ‘Dijo estas palabras’ o, si falta el texto original, ‘Dijo en ral
sentido’”. La opinión de Bodin es clara: los discursos de Guicciardini
son auténticos... Y esta opinión se conserva hasta el presente, aunque
no sin algunas contradicciones.21

Es verdad que Ranke cita a Bodin para refutarlo. Pero al citar uno de
los primeros tratados sistemáticos sobre el método para leer textos his­
tóricos, demuestra que es consciente de no estar penetrando en terreno
virgen al atacar el uso de las fuentes por Guicciardini.22 Más adelante,
al demostrar su admiración por la sutileza política de la retórica puesta
por Guicciardini en boca de sus oradores, cita tanto a Bodin como a su
lector contemporáneo Michcl de Montaigne.23
Esta tradición humanista tardía de polémica historiográfica distaba
de haber muerto en la Alemania de fines del siglo XVI11 y comienzos del
XIX.24 Johann Salomo Semler, teólogo de Halle, analizó las fuentes para
el estudio de la historia medieval alemana en un ensayo muy difundido.
Johann Chrisroph Gatterer, erudito de Gotinga, fundó el primer semi­
nario histórico alemán, donde los estudiantes aprendían a poner en
práctica las normas de la crítica superior e inferior. Y su colega August
Ludwig von Schlozer, quien realizó un trabajo ejemplar sobre los pri­
meros historiadores rusos, creó un impresionante programa general pa­
ra la recolección y el análisis de las fuentes históricas.25 Ludwig Wachler,
un profesor marburgués de erudición enciclopédica un poco anterior a
Ranke, escribió una historia de los escritos históricos extendida crono­
lógicamente desde el Renacimiento hasta su propia época y geográfica­
mente de Finlandia a Portugal; una obra en cinco tomos repleta de
notas al pie. Ranke expresó su admiración. Wachler no se adelantó a la
crítica de aquél a Guicciardini como autor serio y erudito: “Guicciardi­
ni narra de manera debidamente seria y objetiva, con frecuencia como
testigo ocular y participante activo, siempre con un conocimiento exac­
to de las personas y las circunstancias. De ahí que se le puede atribuir
54 LOS ORÍGENES TRÁGICOS DE LA ERUDICIÓN

un alto grado de credibilidad”. Pero advirtió que el italiano había im­


puesto su propia visión de las situaciones y motivaciones a sus actores
en lugar de permitir que éstos expresaran sus opiniones y percepciones.
Lo elogió, sobre todo, porque su libro expresaba de manera vigorosa el
carácter de la época que lo había producido: “Cuando cerramos este li­
bro, el cuadro de la época aparece ante nuestro espíritu en sus grandes
rasgos, trazados de manera nítida y expresiva”. Ranke, quien veía en la
sensibilidad de aquél por su entorno un elemento crucial tanto de sus
logros como de sus defectos, sin duda hubiera coincidido con esta apre­
ciación; y hubiera encontrado en Wachler el meollo de una parte de su
crítica y elogios a Guicciardini, además de algunas de las opiniones
convencionales que atacaba.2,1
Ranke conocía otras obras históricas que, en un sentido general, tal
vez, lo llevaron a comprender mejor que sus antecesores las diferencias
entre los métodos y objetivos de Guicciardini y los suyos. Conocía, por
ejemplo, la Scienza nuova de Giambattista Vico, cuya traducción ale­
mana había citado al pasar en su análisis de otro historiador italiano,
Paolo Giovio.2'' Además, como hemos visto, no era el único historiador
alemán joven que comprendía la necesidad de enmarcar y reconstruir
la historia de los territorios alemanes, así como de la Edad Media y la
temprana Edad Moderna, sobre bases documentales. Todos habían
aprendido al menos una parte de su oficio con la lectura del primer clá­
sico de la literatura histórica en lengua alemana, la historia de Suiza de
Johannes von Müller. Ésta se asentaba sobre sólidos cimientos docu­
mentales, como correspondía a la obra de un autor que, según Ranke,
concebía el paraíso bajo la forma de un archivo intacto, virgen.2*
Sobre todo, se debe tener en cuenta un hecho sencillo que muchos
estudiantes de Ranke pasaron por alto. Su objeto era la historia de Italia
durante el Renacimiento. Este campo había atraído a muchos de los
italianos más doctos del siglo XVIII, época en que florecieron la clasifi­
cación de manuscritos, la edición de fuentes y otras formas de erudi­
ción.29 En los últimos años del siglo, Angelo Fabroni, rector de la
Universidad de Pisa, escribió biografías eruditas de Cósimo y Lorenzo
de Médicis y del papa León X. Cada libro traía un gran cúmulo de no­
tas documentales al final del texto. En la vida de Lorenzo, Fabroni anti­
cipó la célebre afirmación del joven Ranke sobre la historia al señalar
que su trabajo no se destacaba por las soluciones a problemas contro-
I I I AMINO DI- RANKE HACIA LA NOTA 55

vmiilos de interpretación sino por la presentación extensa de docu-


iiii nios, hasta el punto de convertir al libro en un sucedáneo del archi­
vo.'" Ranke, que aún no tenía experiencia en investigación de archivos,
tendía a criticar a Fabroni por las enormes cantidades de documentos
«pie había omitido, según confesión del autor, más que a reconocer sus
méritos.31 Ni Fabroni ni el estudioso inglés del renacimiento William
Roscoe, un historiador aficionado de Liverpool que continuó los estu­
dios del italiano sobre los Medid, leyeron las fuentes con el ojo crítico
de Ranke. Con todo, su obra contenía una gran cantidad de material
primario vital y utilizaba lo que sería su manera habitual de presenta­
ción: un largo apéndice documental al texto.32
Más importante aun, los historiadores alemanes que aplicaron un
método crítico a las fuentes de historia medieval y moderna temprana
imitaban lo hecho por los estudiosos alemanes de los clásicos con las
fuentes de la historia literaria y política antigua.33 A partir de 1760, hu­
manistas alemanes como Christian Gottlob Heyne y Friedrich August
W olf trabajaron día y noche para derribar los ídolos del neoclasicismo.
Lejos de atacar la autoridad cultural de los antiguos, sostuvieron que el
espíritu griego, expresado en la arquitectura, la escultura, la poesía y la
religión era absolutamente joven y creativo, que poseía un singular va­
lor moral y pedagógico para los lectores modernos, en particular para
los alemanes. Pero añadieron que los lectores modernos que esperaban
conocer ese espíritu tal como era debían cometer un acto iconoclasta
antes de poder arrodillarse con el debido respeto. Porque los estudiosos
e historiadores antiguos no habían tratado de conservar sino de adornar
los vestigios de períodos anteriores de sus civilizaciones. Por eso, el es­
tudioso moderno no podía remontarse al verdor de la épica de Homero
o a los principios fundacionales de Roma sin arrancar los velos tejidos en
torno de ambos por autores tardíos. Según Wolf, el estudioso de la épica
griega debía comprender que, al principio, la ¡liada y la Odisea habían
circulado en forma de cantos, y sólo mucho después como textos escri­
tos. Después de sufrir muchos cambios en la transmisión oral, conocie­
ron reformas e interpolaciones en la Atenas de los siglos VI y V a. C. Los
mismos estadistas atenienses que hicieron plasmar los textos en versio­
nes escritas, agregaron versos con fines políticos. Posteriormente, los
poemas épicos fueron enmendados aun más extensamente por los pri­
meros eruditos profesionales de la historia occidental, los internos del
56 LOS ORÍGENES TRÁGICOS DE LA ERUDICIÓN

Museo en la ciudad helenística de Alejandría. Lejos de plasmar los tex­


tos originales de Homero, estos hombres trataron de ajustar los poemas
que habían heredado a sus propios patrones éticos y estéticos moder­
nos. “El Homero que reliemos hoy en nuestras manos no es aquel que
floreció en boca de los griegos de su época, sino uno que sufrió variadas
mutaciones, agregados, correcciones y enmiendas desde el tiempo de
Solón hasta los alejandrinos.”34
Con la misma facilidad con que W olf demolió la idea de que Ho­
mero había escrito poemas épicos pulidos y coherentes a la manera clá­
sica, Niebuhr dio por tierra con la historia tradicional de la fundación
de Roma por Rómulo y Remo, los jóvenes amamantados por una lo­
ba.35 Por último, los dos subrayaron que sus trabajos de demolición
eran apenas el prólogo a un conocimiento verdadero del mundo anti­
guo. Y ambos instaron al lector crítico a desechar prejuicios, leer las
fuentes en su orden y contexto históricos y escuchar la voz de la historia
antes de tratar de escribir sobre el pasado. Ante la publicación del texto
de Wolf, tanto autores como filólogos pensaron que se había iniciado
una revolución en los estudios. Goethe y Herder, los dos Schlegel y
uno de los Humboldt estaban tan fascinados por los descubrimientos
de W olf y Niebuhr que olvidaron que éstos repetían el trabajo realizado
por los humanistas críticos y los filósofos de los siglos XVI hasta princi­
pios del XVIII.-14
En este contexto, la afirmación de Ranke de que no había imirado
ni empleado el método de Niebuhr y Hermann merece un examen
atento. La primera afirmación es puesta en duda por una carta a Nie­
buhr en diciembre de 1824 para acompañar ejemplares de Geschichten
y Kritik. El historiador moderno se presenta como discípulo del histo­
riador antiguo. Aclara que ha leído, estudiado, copiado y analizado la
obra de Niebuhr con toda la atención que merece una fuente primaria:
“La historia romana de Vuestra Excelencia es una de las primeras obras
históricas alemanas que estudié seriamente. [Cuando era estudiante] en
la universidad transcribí pasajes de ella y traté por todos los medios de
hacerla mía”. Agrega que ha utilizado la obra de Niebuhr como profe­
sor en el Gimnasio y espera “que estos libros no le parezcan totalmente
indignos de sus enseñanzas, que disfruté sin que usted lo supiera”.37 El
autor de Zur Kritik neuerer Geschichtssckreiber difícilmente podía expre­
sar con mayor claridad cuánto le debía desde el punto de vista del mé-
EL CAMINO DE RANKE HACIA LA NOTA 57

codo al hombre que llamaba “el creador de una nueva crítica”.38 Desde
luego que se debe leer esta carta en su contexto. Ranke quería fondos
para ir a estudiar los manuscritos de la biblioteca de la familia Alfieri en
Roma según las indicaciones de Pertz, y esperaba que Niebuhr, que era
político además de erudito, pudiera ayudarlo.31’ No obstante, la deuda
es tan evidente que tanto admiradores como detractores de Ranke la
han reconocido, aunque para ello se han visto obligados a relativizar su
propio testimonio.40
Gottfried Hermann, el otro hombre mayor cuya influencia negó Ran­
ke, cumplió un papel por lo menos igualmente importante en la forma­
ción del historiador. Cuando ingresó a la Universidad de Leipzig en el
semestre estival de 1814, Ranke empezó a asistir a las clases de Hermann
sobre Esquilo y Píndaro. Este discípulo brillante y austero de Kant es re­
cordado hoy por su trabajo excepcionalmente original sobre la métrica
griega y la crítica textual. Pero aparentemente demostraba escaso interés
por los problemas históricos más amplios y era intolerante con los alum­
nos que no compartían sus intereses y puntos de vista. Por cierto, de los
apuntes que tomó Ranke en sus clases se desprende que Hermann supo
transmitir a sus oyentes los gozos y sinsabores de la crítica histórica.41
Parece que Ranke empezó a asistir al curso de Hermann sobre Los
persas el 26 de mayo de 1814, cuando ya habían leído las tres cuartas
partes de la obra. Entonces se suscitó un problema histórico. La sombra
del rey Darío lamenta la derrota de su hijo Jerjes, la mayor calamidad
que han sufrido los persas desde que Zeus fundó su dinastía real. “Porque
Medos -dice- fue el primer jefe del ejercito persa” (p. 765); luego hace
una lista de los demás. Ciro es el tercero. Pero en esto discrepa con He-
rodoto, quien da un orden distinto de los reyes persas (1.98). ¿En
quién se ha de confiar: en el poeta o el historiador? “Aquí -dijo Her­
mann a sus alumnos- vemos el error de aquellos que consideran a Es­
quilo una fuente histórica precisa y certera porque, piensan, es más
antiguo que Herodoto. Como poeta, tenía plena libertad, aquí y en
otros textos, para adaptar las cosas a sus fines.”42 En una larga discusión
se refirió a las dificultades para determinar si la historia poética de Per-
sia escrita por Esquilo coincidía con la crónica prosaica de Herodoto o
con otra divergente de Jenofonte. En una clase posterior dijo que los
estudiosos de la historia persa habían “padecido grandes dolores” en el
intento de desentrañar los nombres reales en unos versos posteriores.43
58 LOS ORÍGENES TRÁGICOS DE LA ERUDICIÓN

De estos problemas de detalle se desprendía claramente que sólo se po­


día acceder a las verdades históricas por medio del estudio crítico com­
parado de las fuentes que las testimoniaban, y éste, a su vez, podía
llevar a conclusiones inesperadas.
Ranke asistió desde el comienzo a las clases de Hermann sobre las
Odas de Píndaro a los vencedóres de las Olimpíadas. En la introduc­
ción, no sólo analizó ciertos problemas históricos concretos sino que
formuló algunos problemas generales de metodología histórica, e inclu­
so sobre la calidad y los alcances del conocimiento que se puede adqui­
rir sobre el pasado. En una melancólica introducción, dijo que “los
monumentos de la poesía griega que nos quedan son restos salvados de
un gran naufragio”.44 Con expresiva tristeza evocó “la historia de la
poesía griega que no poseemos”, en un pasaje que él mismo o sus discí­
pulos titularon conmovedoramente “Acerca de las dificultades que
afronta aquel que se propone escribir la historia de la poesía griega”.45
Hermann aclaró que, en el caso de Píndaro, las obras conservadas ha­
bían sufrido alteraciones drásticas en la transmisión, hasta el punto de
que era imposible leer las palabras originales del poeta. Los filólogos de
la Alejandría helenística habían cumplido una tarea funesta de revisión
editorial al adaptarlas a sus propios patrones de elegancia y buen gusto.
Sólo un estudio profundo podía separar la pátina para revelar los textos
auténticos subyacentes: “Los escritos de Píndaro fueron corregidos en la
Antigüedad por Aristarco y otros gramáticos de la escuela alejandrina.
Emprendieron su explicación y corrección para que se adecuaran a los
preceptos éticos y gramaticales establecidos por estos señores. Cómo lo
hicieron, no lo sabemos, ya que se ha perdido gran parte de sus comen­
tarios. Por eso, no debemos pensar que el texto de los poemas que tene­
mos en nuestras manos es el que produjo Píndaro, sino uno en el cual
están interpoladas las correcciones de los gramáticos. Por consiguiente,
debemos reconstruir los textos auténticos y eliminar estas invenciones
de los gramáticos”.46 La obra conservada era una selección de los origi­
nales, no realizada por el poeta o un contemporáneo suyo sino siglos
después por el erudito alejandrino Aristófanes de Bizancio. Y este esta­
dio de la transmisión del texto no se podía reconstruir totalmente ya
que los manuscritos, aunque clasificados en dos categorías diferentes,
mostraban errores de métrica tan groseros que no se los podía atribuir a
Píndaro (ni, es de suponer, a sus editores alejandrinos).47 Sin duda, para
EL CAMINO DE RANKE HACIA I.A NOTA S' l

Ranke -el joven estudiante apenas egresado del Gimnasio, donde había
aprendido a leer a los antiguos como si sus obras estuvieran dirigidas a
él, y dando por sentado que éstas se conservaban prácticamente intac­
tas- estas clases tuvieron el efecto de una explosión. De las clases de su
profesor de griego, como de las lecturas de Walter Scott, aprendió a
preferir los hechos desnudos y las fuentes históricas por sobre las narra­
ciones derivadas posteriores, por bien escritas que estuviesen.
Las reflexiones de Hcrmann no eran totalmente originales. Aunque
detestaba a su rival, el helenista berlinés August Bóckh, había aprendi­
do mucho del reciente primer tomo de su edición de Píndaro (1811),
tan informativo como estimulante e irritante.4* En general, al hacer su
breve historia del texto de Píndaro, tomó como modelo la gran historia
del texto de Homero reconstruida por W olf en sus Prolegomena veinte
años antes. Así como los discípulos de Ranke imitaban su crítica de los
historiadores renacentistas, Hermann imitaba el trabajo de W olf sobre
Hornero y la tradición homérica. Pero las fuentes de Hcrmann impor­
tan menos que su influencia. Enseñó al joven Ranke a pensar a la ma­
nera de un crítico histórico: le inculcó suspicacia frente a las tradiciones
y los textos, así como la necesidad de razonar sobre la edad y el valor de
las fuentes. Que Ranke se hiciera esas preguntas en sus trabajos de la
madurez era un hecho casi predeterminado, por más que el anciano, al
recordar de manera romántica su muy bien aprovechada juventud, se
negara a reconocerlo. Como Winckelmann y W olf -y Niebuhr—, no
podía dejar de atribuirse esa originalidad a la que aspiraban todos, aun
a costa de censurar los recuerdos de la tradición intelectual de donde
provenía.4'4
Si no fue en 1824, ¿entonces cuándo? Si no fue Ranke, ¿entonces
quién? Como tantas genealogías, la de la nota al pie tiene más ramas y
vueltas que lo que cabría esperar. La siguiente genealogía nos aleja del
historicismo y nos lleva de vuelta hacia la Ilustración; nos aparta del pro­
fesor de escasos recursos que suplica le envíen libros y fondos para viajar
hacia las bibliotecas bien provistas de ciertos caballeros del siglo XVIII.
IV. NOTAS AL PIE Y PH ILO SO PH IE:
UN INTERLUDIO ILUMINISTA

Evidentemente, Ranke no ofició en la boda de la historia elocuente con


la erudita. Por eso es oportuno formular una nueva hipótesis: la combi­
nación de lo narrativo con lo reflexivo en la historiografía probablemen­
te apareció mucho antes del nacimiento del siglo XIX o de Ranke. Por
cierto que a primera vista esta tesis puede parecer paradójica. Voltaire,
uno de los historiadores más destacados e influyentes del siglo XVIII, ex­
presó repetidamente su disgusto por los detalles. Cuando preparaba los
capítulos de E l siglo de Luis XIV que trataban de la vida privada del rey,
le dijo al abate Dubos: “Tengo las memorias de M. Dangeau en cuaren­
ta tomos de las que be extraído cuarenta páginas”. Escribía historia en
escala grandiosa, pintaba “frescos de los grandes acontecimientos de la
época” e intentaba seguir la marcha hacia adelante de la mente humana
en filosofía, oratoria, poesía y crítica; mostrar los progresos de la pintura,
la escultura y la música; de la orfebrería, la tapicería, la vidriería, el tejido
con hilos de oro y la relojería. “Al hacerlo, quiero retratar solamente a
los genios que se han destacado en estos emprendimientos. ¡Dios no me
permita dedicar 300 páginas a la historia de Gassendi!”
Para el filósofo, autor de este ensayo original sobre la historia de la
cultura y su trasfondo político, la erudición técnica naturalmente pare­
cía apenas una interrupción de sus legítimos estudios: “¡Cuidado con
los detalles! La posteridad los desdeña; son las ratas que socavan las
grandes obras”.' El crítico histórico lúcido, que trataba a sus fuentes
con fundada irreverencia, expresaba, con todo, un gran desdén por la
“ciencia estéril de los hechos y las fechas”.2
En este sentido, como en muchos otros, Voltaire seguía y a la vez
creaba la moda intelectual. Por ejemplo, S. A. Tissot, en su extenso es­
tudio acerca de la salud de los estudiosos, tuvo a bien defenderse por
haber “conservado las citas, a pesar de que diariamente se las prohíbe

61
LOS ORÍGENES TRÁGICOS DE LA ERUDICIÓN

con toda severidad, sobre todo en los escritos franceses”; aseguró que só­
lo los autores de una obra completa en sí misma, que no necesita mayor
elaboración por parte de sus sucesores, tenían el derecho de prescindir
de las citas. En su caso, convencido de que sus lectores seguirían abor­
dando los mismos problemas, se sentía obligado a indicar sus fuentes.
Después de todo, no tenía “nada de malo” rendir a los autores consulta­
dos “los debidos honores con algunas palabras colocadas en el margen,
donde no hacían el menor daño a nadie”.3 El tono defensivo de Tissot es
tan revelador como el contenido del prólogo. La lacónica, humilde nota
al pie está fuera de lugar en la rutilante presencia de las novedosas teo­
rías dieciochescas sobre la relación entre el clima y la constitución, la
evolución de la cultura material y artística, así como la sucesión de
etapas en el desarrollo de la sociedad humana.
Sin embargo, en la última generación empieza a resultar claro que
el siglo XVIII albergó más de una clase de historiografía. Coleccionistas
eruditos de textos y críticos iconoclastas de la tradición histórica coe­
xistían, a veces de manera armoniosa, con los historiadores filosóficos;
algunos individuos, como William Robertson, cumplían simultánea­
mente los dos papeles. Parece razonable buscar los orígenes de la histo­
ria anotada en este animado escenario de polémicas históricas, sobre
todo desde que algunos grandes maestros han abierto caminos hacia las
fuentes que un estudiante posterior puede transitar con cierta facilidad.
Arnaldo Momigliano, por ejemplo, sostuvo en un ensayo precursor que
Edward Gibbon, a quien citamos al comienzo de este estudio, unió las
tradiciones existentes para crear una historia crítica moderna del mun­
do antiguo. Decadencia y caída, dice Momigliano, combina la ironía y
la amplitud de miras de los pbilosophes con la erudición minuciosa de
los anticuarios, esos estudiosos pedantes de los mundos antiguo y me­
dieval cuyo latín enrevesado era objeto de burla de aquéllos. Gibbon
empleaba el noble idioma clásico de la historiografía tradicional para
abordar desde detalles oscuros de las fuentes hasta las escabrosas vidas de
los emperadores. Los pies de sus páginas están atestados de notas, atrac­
tivas por su precisión pero escasamente informativas para el lector mo­
derno, referidas a los héroes de los primeros estudios modernos: los
eruditos Maffei y Muratori, los fiables Mosheim y Tillemont, el docto
pero vehemente Lipsius. Estos textos en cuerpo menor revelan la fusión
en curso de dos tipos de historia.4
NOTAS AL PIE Y P H IL O SO P H IE : UN INTERLUDIO ILUMINISTA 63

Gibbon era el único capaz de llevarla a cabo. En su juventud estu­


dió sin provecho en Oxford, donde a los dieciséis años se convirtió al
catolicismo. Enviado por su padre a vivir con un ministro calvinista en
Lausana, no sólo se recuperó de este extraño brote de devoción religio­
sa, sino que mejoró su latín, inició el estudio del griego y llegó a domi­
nar la literatura y lengua francesas, en la que hablaba y escribía con
fluidez y elegancia. Por consiguiente, conocía de primera mano los pa­
trones franceses de buen gusto y elegancia que dominaban la literatura
del Iluminismo. Más adelante, sirvió como oficial en el ejército y ob­
tuvo la experiencia militar que necesitaba el historiador clásico. Pero
el gran amor de Gibbon era la erudición. Durante su adolescencia, al
estudiar obsesivamente la cronología del mundo antiguo, “las dinas­
tías de Asiria y Egipto eran mi peonza y mi balón; perturbaban mi
sueño las dificultades para conciliar la versión de los Setenta con el
cálculo hebreo”.'’ En Inglaterra, de vuelta de Europa continental, se
propuso demostrar en un ensayo que “se pueden ejercitar y demostrar
todas las facultades mentales mediante [el] estudio de la literatura an­
tigua”; era una tesis inconoclasra, sobre todo en Francia, “donde una
era filosófica descuidaba la erudición y el lenguaje de Grecia y Ro­
ma”/’ Años antes de iniciar Decadencia y caída, Gibbon había leído los
textos eruditos más técnicos de los últimos tres siglos; entre sarcástico
y admirado, refiere en su diario íntimo sus recorridos por los caminos
laterales de polémicas modernas sobre temas tan irritantes como la
cronología y la geografía antiguas.7 Según Momigliano, lo que distin­
gue a Gibbon no son tanto sus explicaciones de las causas de la caída
de Roma, en su mayoría bastante convencionales, cuanto su capaci­
dad para combinar los conocimientos extensos de la antigua tradición
erudita con el gran estilo literario del siglo XVIII. Ésta le permitió crear
lo que en su época parecía una síntesis altamente improbable de histo­
ria filosófica y erudita. El argumento es persuasivo por lo elegante y,
como veremos, echa una luz penetrante sobre la posición histórica de
Gibbon. Pero lo cierto es que la nota al pie no se originó con él ni en
su generación.
Considérese sólo uno de sus célebres escritos polémicos: A Vindica-
tion ofSome Passages in the Fifieenth and Sixteenth Chapters ofthe History
o f the Decline and Fall ofthe Román Empire (1779). Un señor Davis del
Balliol College, hoy olvidado salvo por los lectores de Decadencia y caí-
64 LOS ORÍGENES TRÁGICOS DE LA ERUDICIÓN

da, tuvo la audacia de atacar el texto y además las notas, lo cual, en este
contexto, equivalía a poner en duda su honor:

El notable sistema de citas adoptado por el señor Gibbon no dejará de


llamar la atención de quien lea las notas. A veces sólo menciona el autor,
acaso el libro, y deja al lector la tarea penosa de descubrir, o mejor de
adivinar, el pasaje. Con todo, este método no carece de intención y uti­
lidad. Al tratar de privamos de los medios para compararlo con las au­
toridades citadas, sin duda presumió que podría recurrir impunemente
a la tergiversación."

En otros pasajes, Davis acusó a Gibbon de todos los pecados contra el


catecismo del anotador: yuxtaposición indiscriminada de citas de auto­
res que disentían entre sí, citas parciales destinadas a ocultar hechos o
tesis inconvenientes, confiar en fuentes secundarias no citadas y plagio.
Consideraba que el método gibboniano de citas era, por sobre todas las
cosas, “un buen artificio... para evitar que lo descubran”.9
, Gibbon respondió sin dificultades a un ataque que calificó certera­
mente de “grosero y mezquino”. El interés de Davis por los pequeños
detalles era indicativo de su inferioridad social, dijo, e invitó a su adver­
sario a visitarlo “cualquier tarde que yo no esté en casa”. “Mi sirviente
-aseguró—lo hará pasar a mi biblioteca, que hallará razonablemente bien
provista de esos autores útiles, antiguos como modernos, eclesiásticos
como profanos, que me proporcionaron de manera directa los materiales
de mi Historia.” A esto añadió argumentos detallados de su propia cose­
cha. Señaló que las 383 notas agregadas a los capítulos 15 y 16 conte­
nían cientos de citas precisas. Insistió que en todos los casos en que
tomó material de autores anteriores, “reconocí explícitamente mi deuda
con ellos”. Y demostró que la amplia mayoría de las críticas de Davis se
debían a errores suyos: por ejemplo, no pudo confirmar las referencias
porque las compulsó en ediciones de distinto foliado o desconocía los
textos íntegros. Gibbon reconoció que las notas eran incompletas; en las
383 no aclaraba los fundamentos para el uso y la combinación de las
fuentes. Con una honradez digna de respeto, dijo que era necesario
“ablandar” algunos cextos para hacerlos coincidir en la medida requeri­
da por una narración coherente o el análisis de una institución política
o proceso social. Sólo un lector especializado —Davis no lo era—podía
NOTAS AL PIE Y P H ILO SO P H IE : UN INTERLUDIO ILUMINISTA 65

remontarse de las citas y los argumentos al pensamiento y la investiga­


ción que los habían originado.10
Aquí no nos interesan la humillación de un necio ni la gloria de la
prosa gibboniana sino el único punto de coincidencia de los adversarios.
Ambos daban por sentado que un trabajo histórico serio debía tener no­
tas. Evidentemente, coincidían en que esas notas debían conducir al
lector a las fuentes originales y representar a éstas con fidelidad. Acepta­
ban implícitamente que el aparato de anotación constituía el test para
diagnosticar la pericia crítica del historiador. Estos postulados comunes
son reveladores de la actitud y el método de Gibbon. La nota al pie se
había convertido en parte del método aceptado de trabajo antes de que
los grandes historiadores ingleses de la Ilustración la hicieran suya. Eso
explica por qué una reseña alemana del tercer tomo de Decadencia y caí­
da, escrita desde la nueva y progresista Universidad de Gotinga, elogiara a
Gibbon como autor diestro en el método de la crítica histórica, pero no
como su creador. Según el autor de la reseña, Gibbon tomaba su infor­
mación de las mejores fuentes, con buena crítica y las explicaba con ar­
gumentos contundentes. Desde el punto de vista alemán, Gibbon era
maestro de un oficio existente, no el inventor de uno nuevo."
Otra confirmación proviene de uno de los documentos más ilustres
que jamás abordaran el humilde problema de la nota al pie: la carta de
David Hume al editor William Strahnn, del 8 de abril de 1776. Stra-
han acababa de publicar el primer tomo de Decadencia y caída y en ese
momento se ocupaba de la Historia de Inglaterra de Hume. El filósofo
dijo que estaba “muy fascinado por la Historia Romana del señor Gib­
bon” y “feliz de saber que era un éxito”. También pidió que “un ejem­
plar de mi nueva edición sea enviado al señor Gibbon con el deseo de
que un caballero a quien tengo en tan alta estima me lea en la forma
menos imperfecta a la que puedo llevar mi obra”, una prueba evidente
de su respeto por la erudición y lucidez de Gibbon. Pero Hume tam­
bién expuso algunas críticas técnicas con la esperanza de que Gibbon
las tuviera en cuenta al preparar la segunda edición de su libro, sobre
todo para hacerlo más accesible al lector:

Ciertamente debería incluir el número del capítulo a la cabeza del


margen y sería bueno si pudiera agregar algo del contenido. También
son molestas sus notas de acuerdo con el método actual de impresión
66 LOS ORÍGENES TRÁGICOS DE LA ERUDICIÓN

del libro: cuando se anuncia una noca, uno se dirige al final del volu­
men y, con frecuencia, no halla sino la referencia a una autoridad: to­
das estas autoridades deberían aparecer impresas en el margen o al pie
de la página.12

Es, en verdad, un texto revelador. En primer lugar, nos recuerda que las
notas de Gibbon aparecieron originalmente al final del volumen y sólo
pasaron a ocupar su lugar destacado actual, que consideramos tradicio­
nal, como resultado de las quejas de Hume. Confirma a la vez que el
aspecto técnico, documental de la anotación de Gibbon no representa­
ba una innovación radical en materia dé exposición y formato. Hume
no veía una novedad en el hecho de que las citas identificaran las fuen­
tes de las afirmaciones hechas en un texto histórico. Sólo instaba a que
las notas ocuparan un lugar conveniente al pie de la página o en el mar­
gen. Después de todo, él mismo había aprendido una decena de años
antes a sustentar sus afirmaciones con referencias luego de que Horace
Walpole y otros críticos señalaran la ausencia de éstas en la Historia ¿le
Inglaterra.u Hume no pedía que se desplazaran las notas más extensas,
las que constituían comentarios en parte satíricos, aunque ésta fue la
solución que se adoptó en definitiva: acaso pensaba que el hecho de en­
contrarlas al final del texto propiamente dicho aumentaba su eficacia
satírica. Sea como fuere, nuevamente el método de Gibbon no aparece
como una innovación sino como parte de un emprendimiento en cur­
so; lo singular en él es la combinación de referencias y comentarios.
Como Hume y su colega el historiador filosófico Robertson, Gibbon
fue un precursor de la doble narrativa crítica en inglés. Pero estos auto­
res ingleses y escoceses tan originales tenían colegas en Europa continen­
tal.14 Considérese al autor Justus Móser de Osnabrück mucho menos
filosófico, y menos conocido, incluso en Alemania, que Gibbon. Como
aquél, Moser era un hombre de amplia cultura, que conocía el francés
tanto como su alemán nativo; a diferencia de aquél, había obtenido la
formación más actualizada de su tiempo, la de la Universidad de Gotin-
ga. En sus estudios de derecho y de la tradición erudita de jurispruden­
cia que floreció en el Sacro Imperio Romano de fines del siglo XVI a
fines del XVIII, Moser aprendió que la descripción de una transacción
social o legal debía sustentarse con una masa sólida de fuentes citadas
en detalle.15 Los problemas altamente técnicos de derecho público y ge­
NOTAS AL PIE Y P H IL O SO P H IE : UN INTERLUDIO ILUMINISTA 67

nealogía real obligaban a los estudiantes de la constitución del Sacro


Imperio Romano a conocer, comparar y citar textos históricos y lega­
les. A los futuros burócratas se les enseñaba desde temprana edad en la
universidad o la academia a valorar “los testimonios de autores anti­
guos” más que “los argumentos genealógicos variados y astutos de au­
tores más recientes, que se basan exclusivamente en conjeniras y usan
la mera concordancia de ciertos nombres como si constituyera una ba­
se sólida de demostración”; así como a basar sus argumentos históricos
en largas series de probationes, citas directas de fuentes primarias minu­
ciosamente ordenadas.16
Móser dedicó su vida como funcionario público e historiador al
principado eclesiástico de Osnabrück. Gradualmente llegó a la convic­
ción de que las instituciones anricuadas de ese rincón anticuado del Sa­
cro Imperio Romano eran más útiles para sus habitantes que cualquier
innovación: la historia las había adecuado a la tierra, la población y las
tradiciones comunitarias. En su crónica quiso retratar la formación de
la sociedad y las instituciones, observar los procesos históricos in vitro.
Como Gibbon, pero desde una perspectiva diferente, combinó la eru­
dición del humanismo tradicional con la historia filosófica y el pensa­
miento político de Saint-Evremond y Montesquicu.17 Trabajó con una
masa enorme de materiales, historias antiguas, medievales y modernas,
así como las fuentes recopiladas e impresas por doctos anticuarios en
los siglos XVI y XVII. Copió largos pasajes de las fuentes con la esperan­
za de publicar algunos de ellos.
Moser no era en absoluto un crítico histórico de vanguardia. Aborda­
ba con renuencia los problemas de origen y autenticidad ya que normal­
mente no tenía la oportunidad de cotejar el material y la escritura en
lugar del contenido textual de los documentos dudosos. En sus propias
reproducciones de textos solía descuidar los detalles. En ocasiones, se
burlaba de su propia inclinación a combinar materiales de características
y orígenes muy diversos en sus profusas notas, en las que respondía no
sólo a las fuentes primarias sino también a la rica y docta literatura histó­
rica del setecientos, que lo hacía correr despavorido por los caminos late­
rales de la erudición. “Ayer”, escribió a Thomas Abbt en junio de 1765,

cité una palabra hebrea en una nota... y ni siquiera conozco el idioma.


¿No es una pedantería? Sin embargo, no pude omitirla. La verdad es
68 LOS ORIGENES TRÁGICOS DE LA ERUDICIÓN

que después de leer la Geographia sacra de Bochart me sentí tentado de


escribir un centenar de notas y corregirlo en hebreo y árabe... yo, que
no conozco el alfabeto.111

A pesar de sus burlas, Moser emprendió de manera aun más sistemática


que Gibbon la redacción de una narrativa doble. Como buen abogado,
sustentó casi cada afirmación con una nota, no al final del tomo sino al
píe de página, en la que así como citaba sus fuentes, también exponía y
evaluaba opiniones divergentes. Diez años antes de que Gibbon publi­
cara el primer volumen de Decadencia y caída con las notas al final del
tomo, Moser ya había enviado a la imprenta su primera edición preli­
minar, espectacularmente documentada, de Osnabriickische Geschichte.
A principios del siglo XX, el historiador de la historiografía Eduard Fue-
ter —más dispuesto a reconocer los logros individuales excepcionales que
a abandonar las categorías tradicionales que aquéllos ponían en tela de
juicio—calificó a la obra de Moser de moderna en un grado sorprenden­
te, innovadora en su método y presentación (aunque muy conservadora
en su contenido). Moser, dijo, no trataba de ocultar sino de revelar las
fuentes con las cuales trabajaba.1'’ En una palabra, historiadores del si­
glo XVIII que vivían y trabajaban en mundos, sociedades y aun bibliote­
cas muy distintos anotaban sus textos. Paradójicamente, la necesidad de
presentar la documentación histórica de manera clara quedó establecida
en la era de los philosophes, quienes desdeñaban la pedantería por consi­
derarla una forma secular de superstición.
Si el Siglo de las Luces fue testigo de la proliferación de la nota al
pie, los intelectuales del siglo XIX no profesaron por ellas la admiración
pura y el afecto que cabía esperar. A Hegel, por ejemplo, lo sublevaba
la idea de que un texto filosófico tuviera que emplear notas para ilustrar
y desarrollar una polémica dialéctica. Las trataba como el médico me­
dieval a los bubones de la peste: síntomas fatales de un mal contagioso.
Valoraba a un predecesor como Tiedemann, que incluía “pasajes valio­
sos” de libros raros; pero apreciaba aun más la oportunidad de señalar
que otro autor, Tennemann, utilizaba sus profusas notas para anotarse
un punto intelectual a su favor: “Con gran honestidad, Tennemann trans­
cribe el pasaje de Aristóteles bajo su texto, de manera tal que el original
y la traducción se contradicen con frecuencia”.2" Con éste y otros me­
dios retóricos Hegel trataba de diferenciarse de Kant, el más agobiante y
NOTAS AL PIE Y P H IL O S O P H IE : UN INTERLUDIO ILUMINISTA 69

provocador de sus predecesores, quien había usado magistralmenre las


notas para plasmar sus ambigüedades interiores. Como señala Wolfert
von Rahden, Kant relegaba cualquier sugerencia de que la razón pudiera
tener un origen histórico o sufrir una evolución ulterior a esa región os­
cura bajo el cinturón de sus textos.21
Aun en terrenos más filológicos, el panorama intelectual del positi­
vismo decimonónico no siempre mostraba alegres canteros de coloridas
notas en flor. Un lúcido ensayo reciente destaca que en los estudios hu­
manísticos modernos norteamericanos, las notas al pie suelen servir para
demostrar la afiliación del autor a una determinada corporación más que
para ilustrar o apuntalar un argumento. Se acumulan citas sin prestar de­
masiada atención a sus orígenes o compatibilidad para dar la ilusión de
que el texto descansa sobre pilares robustos. El autor indudablemente
acierta al relacionar esta costumbre con la autoridad que goza la filolo­
gía alemana en los Estados Unidos y, en especial, con el hábito de citar
a Ulrich von Wilamowitz-Mollendorff, el gran estudioso de la literatu­
ra y la religión griegas, cuyas ediciones y análisis de textos ejercen una
profunda influencia varias décadas después de su muerte.22
Nimis sostiene con razón que muchas de estas referencias no cum­
plen un papel sustancial en los argumentos que se supone deben susten­
tar. Pero omite referir el hecho curioso de que el propio Wilamowitz
desdeñaba la nota al pie que citaba fuentes secundarias en un tema da­
do; en lo posible, prefería escribir un texto llano e ininterrumpido, y dar
por sentado que sus lectores tenían conocimiento suficiente de la litera­
tura para suplir las referencias presupuestas. Esto no debería sorprender.
Uno de los pocos profesores de filología que el aristocrático estudiante
Wilamowitz llegó a admirar fue Jacob Bernays. Y éste, aunque especia­
lista en la historia de la nota al pie y un lujoso redactor de apéndices eru­
ditos a sus textos tan breves cuan elocuentes, sentía escasa afición por los
accesorios literarios de la erudición. Dijo que las prolijas notas al final
del texto que ocupaban las tres cuartas partes de uno de sus libros eran
una Giftschrank o “alacena de venenos”, y negó todo deseo de hacer una
presentación más detallada como reclamaba su distinguido colega mayor
Otto Jahn: “Si piensa, como Mommsen, que los detalles de las notas de­
berían estar incluidos en el texto y que las citas deberían cubrir las mita­
des inferiores de las páginas a la manera normal, sólo puedo replicar que
éste-no es mi método, que todo el trabajo hubiera adquirido una apa-
70 LO S O RÍGENES T R Á G ICO S DE LA ERUDICIÓN

rienda verdaderamente espantosa de erudición. No imaginé un público


con la capacidad pulmonar requerida para estudiar a fondo veinte plie­
gos de ese tipo de un solo golpe”.23 En síntesis, aun en las etapas centra­
les del positivismo decimonónico, la nota al pie cumplió una función
ambigua en el mejor de los casos. Algunos de los eruditos más doctos
del siglo XIX abrigaban ambiciones literarias que no se agotaban en una
exhibición exhaustiva de sus lecturas. No se debe proyectar los pecados
de los epígonos del siglo XX sobre los héroes del siglo anterior, quienes,
al fin y al cabo, cometieron bastantes pecados propios.
Estos hechos pueden parecer menos desconcertantes o sorprenden­
tes a la luz de las pruebas de que el mismo Ranlce escribía notas con re­
nuencia. Serán menos desconcertantes aun si nos apartamos por un
momento de la tradición histórica para examinar la amplia gama de
funciones distintas que cumplieron las notas al pie en ¡a cultura literaria
de la Europa del Iluminismo. Porque en ese siglo de conversaciones y
filosofía, cuando los filósofos se complacían en presentar los problemas
más abstrusos de la física ncwconiana en un nivel accesible al lector —y
en particular, la lectora- de buena familia, la nota gozó de una popula­
ridad sorprendente como recurso literario. Desde Rabclais y Cervantes
en adelante, como demostró hace mucho tiempo Walter Rohm, la ten­
dencia de muchos autores a sustentar cada afirmación en sus textos e
ilustrar cada oración de los ajenos con alguna glosa o referencia, ha sido
una fuente generosa de placer satírico.2'
Durante el siglo XVIII, las notas al pie literarias florecían y se propaga­
ban como ramas y hojas en un papel pintado de William Morris.25 En la
misma Francia de las Luces, las notas adornaban ciertos textos de gran di­
fusión, aunque escasamente respetables. Los escritorzuelos de las buhardi­
llas de París, los pobres diablos de la literatura, utilizaban los accesorios
de la erudición histórica para pretender que sus novelas pornográficas so­
bre una realeza lasciva eran, en realidad, sobrias “historias íntimas” de la
vida en la corte basadas en carras auténticas, memorias clandestinas u
otras fuentes irrecusables. Así, el compilador de las Anecdotes sobre la
condesa du Barry, publicado en 1775, aseguró que llamaba su libro
“anécdotas” con el fin de incluir en c! texto “una cantidad de detalles
que hubieran maculado la majestad de una historia”. Caso contrario, se
hubiera visto obligado a “omitir o relegar a las notas” una serie de he­
chos “sabrosos”, Louis-Sébasdcn Mercier incluyó largas y pedantescas
N O TA S A L PIE Y P H IL O SO P IU E : UN INTERLUDIO ILUMINISTA 71

notas para demostrar que E l año 2440, un best sellar que superó las vein­
ticinco ediciones, era una “condena general” de la Francia de 1771.26
En Inglaterra, la tradición y la filosofía, la erudición y la filosofía, el
conocimiento auténtico y su doble fraudulento libraron batallas encarni­
zadas en los márgenes inferiores de algunas de las páginas más brillantes
de la literatura del mil setecientos. Entre los estudiosos profesionales de
textos se contaban algunos de los intelectuales ingleses más destacados
de la época, como Richard Bentley, profesor en Trinity College, Cam­
bridge, especialista en poesía latina, corresponsal y aliado científico de
Isaac Newton. Su actitud hacia los textos tradicionales no era reverente
sino magistral. Bentley sostenía que la “razón y naturaleza del caso”, no
la redacción de ediciones impresas anteriores o siquiera de los manuscri­
tos, debía determinar la manera de imprimir y explicar el texto de un es­
critor antiguo. Por consiguiente, emprendió la reescritura de los poemas
de Horacio y Manilio para adecuarlos a sus propios patrones de lógica y
coherencia. Más escandalosa fue su intención de hacer lo mismo con el
texto griego del Nuevo Testamento, ya que se consideraba capaz de res­
taurarlo al estado en que se encontraba en la época del Concilio de Ni-
cea, en el siglo IV de nuestra era. Y fue más drástico aun con el Paraíso
perdido de Milton, ese clásico moderno de la lengua inglesa. Aseguraba
que los amanuenses del poeta ciego habían alterado el texto al tomar su
dictado. Dada la incapacidad del autor para verificar el trabajo de los es­
cribas, nadie pudo leer la obra real de Milton... hasta que la edición crí­
tica de Bentley restauró el texto original perdido y jamás escrito.27
Su actitud soberbia hacia los clásicos literarios le granjeó a Bentley
varios enemigos magníficos, entre los cuales se destacaron los ingenios
amablemente maliciosos que formaron, en 1714, el efímero club Scri-
blerus, y quienes antes y después se divertían en emplear las armas de
aquél en su propia contra. Jonathan Swift, alineado con los Antiguos
contra el Bentley defensor de los Modernos, ridiculizó a su adversario
en Battle o f the Books, publicado en 1710. El variado arsenal literario de
Swift incluía una visión satírica de la ciencia moderna, empleada tam­
bién en Los viajes de Gulliver. Retrató a Bentley como la esencia consu­
mada de la necedad moderna, incapaz de abordar con objetividad
crítica las ideas nuevas que abrazaba. En Battle, cuando intenta atacar a
dos jefes antiguos, Bentley se ve “cruelmente obstruido por su propio
desgraciado peso, y una gravitación hacia su centro; una cualidad a la
72 LO S O RÍG EN ES T R Á G IC O S D E LA ERU DICIÓ N

que los del partido moderno están en extremo sujetos; pues con ser lige­
ros de cascos, revelan en la especulación una maravillosa agilidad, y a
nada tienen por demasiado alto para montarlo; pero al descender a la
práctica descubren una fuerte presión en sus traseros y sus talones.”2*
Swift también demostró que conocía en detalle la carrera filológica de
Bentley cuando se burló del “Guardián de la Biblioteca Regia” por su
Humanidad (Bentley prohibió a un joven llamado Charles Boyle con­
sultar un manuscrito de la Biblioteca Real, de la cual era guardián; el
joven dijo en un artículo publicado que Bentley le había negado el ac­
ceso pro singulari sua humanitate).** Asimismo, se mostró un consuma­
do conocedor de las minucias de la técnica filológica al dejar hiatos en
el texto, llenarlos con asteriscos y describirlos en notas al margen como
“hiato en el original”.3"
Pero el oponente y parodista más eficaz de Bendey fue Alexander Po­
pe, de cuya traducción de Homero se había burlado. Como brillante
neoclásico, Pope repudiaba la convicción de Bendey y sus amigos de que
los modernos sabían más que los antiguos sobre una serie de asuntos;
como poeta inglés, le enfurecía que un mero estudioso osara reescribir el
texto poético centra! del canon inglés; como director de ediciones de
Shakespeare, le enfurecía que sus colegas profesionales más modernos
como Theobald, que tomaban como modelo a Bentley, pusieran en
duda su competencia para establecer y anotar el texto. Finalmente, co­
mo estudioso de los clásicos, le escandalizaba el auge de los escritorzue­
los a sueldo y que los seudoeruditos se atrevieran a comentar y criticar
su obra, Pope expresó su furia contra los eruditos, tanto reales como
pretendidos, en muchas formas, de las cuales la más memorable es la
nota al pie. En su ataque heroico a la monstruosa estupidez de su épo­
ca, el Variorum Dunciad, se explayó sobre la excelencia de su propia
obra y la colosal, irremediable estupidez de sus adversarios. Usó la nota
al pie como el protagonista monstruoso de la película de terror nortea­
mericana usa una sierra; para descuartizar a sus enemigos y desparramar
sus extremidades sangrientas por todo el paisaje.
La nota al pie preferida por Pope como medio satírico se había
puesto de moda en la generación inmediatamente anterior a la suya.
Entre los siglos XV y XVII, los estudiosos empeñados en corregir cada
error, analizar cada recurso literario e identificar cada cosa o costumbre
mencionada en un texto clásico habían montado todas las grandes
N O T A S A L PIE Y P H IL O SO P H IE : U N IN TERLUD IO ILUM INISTA 73

obras griegas y latinas en prosa o en verso en un marco ricamente tra­


bajado de exégesis y debate. Entre el fragor de las polémicas y el pulular
de las glosas, los gruesos musgos de la literatura secundaria moderna
cubrieron las columnas rotas de la literatura griega y romana. En poco
tiempo se hizo difícil para un estudioso aislado hallar —ni qué hablar de
adquirir- los comentarios principales de los textos centrales. Para fines
del siglo XV, los poemas de Virgilio estaban rodeados por una banda
mucho más ancha que el texto original, impresa en un cuerpo ilegible
por lo diminuto, en la cual comentaristas antiguos y modernos, literales
y alegóricos, polemizaban sobre el significado y la interpretación de sus
textos. Propercio, Marcial, Ovidio y Livio pronto adquirieron sus pro­
pios comentaristas, junto con ediciones prácticas de gran formato para
facilitar su lectura. Estas ediciones del siglo XVI y principios del XVII
“con los comentarios de varios críticos” \cnm notis variorum] se convir­
tieron en modelos para una gran cantidad ediciones de autores meno­
res, de Petronio a Fedro, publicadas entre 1650 y 1730, en las cuales las
voces de los polemistas amenazaban con acallar el murmullo clásico del
texto original. Con frecuencia, una o dos líneas luminosas de texto flo­
tan sobre las aguas lóbregas y los escabrosos arrecifes del minucioso co­
mentario a dos columnas.-*1
Pope recurrió a este modelo de erudición literaria, no para imitar sino
para demoler a sus adversarios. Desde la primera página de la Dtmciad,
cada aspecto de la obra y su presunto autor es objeto de una polémica
profusamente documentada. “Nos proponemos”, dice Martin Scriblerus
en su advertencia al lector, “comenzar por la vida, genealogía y educación
[de Pope)”: pero en cuanto a éstas, sus mismos contemporáneos disien­
ten en gran medida. Uno dice que fue educado en su hogar; otro, que fue
criado por jesuítas en St. Omer; un tercero, no en St. Omer sino en Ox­
ford; un cuarto, que no tuvo educación universitaria. Quienes sostienen
que fue criado en su casa, disienten en cuanto a su tutor... Ni ha faltado
un autor que le atribuyese un padre semejante al que Apuleyo atribuye a
Platón, Jámblico a Pitágoras y varios a Homero, a saber, un Demonio.
Pues así dice el señor Gildon: “Está demostrado que su origen no se re­
monta a Adán sino al diablo; y que no le faltan sino cuernos y rabo para
ser la exacta réplica de su Padre infernal”.32
Cada afirmación tiene una llamada a la obra de algún adversario;
asimismo, casi cada línea del texto de Pope tiene una nota en la que se
74 LO S O RÍG EN ES TR Á G ICO S DE LA ERUDICIÓN

brinda información, se ridiculiza a los escritorzuelos a sueldo de Lon­


dres o —en las mejores- aparece el enemigo Bentley, que como un idio­
ta, trata de reescribir la poesía del autor por medio de enmiendas
conjeturales. En un giro curioso, el libro tuvo una edición variomm en
el sentido normal. Pope invitó a sus amigos a aportar sus propias paro­
dias al comentario, que adquirió una forma tan entrecortada y llena de
contradicciones como cualquier antología real de los comentarios sobre
Petronio o Virgilio.33
El cítulo mismo del poema, Dunciad, es el primer pretexto para un
debate, cuyos partícipes ficticios aparecen, naturalmente, como comen­
taristas al pie de la página. “Bien cabe discutir -observa Theobald- si es
lina lectura acei tada. ¿Acaso no cabría escribir Dunceiad, como eviden­
temente exige la etimología?” “Valoro la letra e -replica Scriblerus—y
siento por el nombre del poema el mismo afecto que el antedicho criti­
co profesa por su aucor; con todo éste no me induce a coincidir con
aquellos que le agregarían aún otra e y llamarlo Dunceiade\ la cual por
ser una terminación francesa y extranjera en modo alguno es apropiada
para una palabra enteramente Inglesa y vernácula.” La pedantería de los
críticos rambién es objeto de burla: así como Bentley había recurrido a
vatio, la “razón”, como autoridad para enmendar a Horacio, Scriblerus
insistía en acudir a la autoridad del manuscrito del Dunciad, “movido a
ello por la autoridad, en todo momento con críticos iguales y aun supe­
riores a la razón. En el cual método de proceder me faltan las palabras
para elogiar a mi muy buen amigo, el preciso Sr. Tho. Heame-, quien, si
se le aparece una palabra que para él y toda la humanidad está evidente­
mente equivocada, aun así la conserva en el texto con la debida venera­
ción, y sólo acota en el margen, sicM .
Las notas mismas tienen distintas formas: al invitar a Swift a aportar
las suyas, Pope dijo que podían ser de distintos tipos, “sean burlonas,
referidas al estilo y el modo de comentar de los críticos triviales; sean
humorísticas, sobre los autores en el poema; o bien históricas, de perso­
nas, lugares y épocas; o bien explicativas o tomando los pasajes parale­
los de los antiguos”.35 Por su contenido, abarcan desde los mitos y las
comparaciones con los clásicos a los que alude Pope, hasta la escena
literaria londinense objeto de sus virulentas criticas. Pero el odio a la
pedantería aparece una y otra vez como tema central. Alardes de erudi­
ción inútil identifican a actores tales como Cloacina, así llamada por ser
N O T A S A L PIE Y P H IL O SO P H IE : U N INTERLUDIO ILUMINISTA 75

“la Diosa romana de las alcantarillas” .36 Un apéndice titulado Virgilios


Restauraros contiene una serie de notas absurdas en latín evidentemente
escritas años antes por Arbuthnot, el amigo de Pope. En éstas, Bentley
altera arbitrariamente los versos más conocidos de Virgilio: Eneas, fato
prófugas, “exiliado por el hado”, se convierte en flatu prófugas, “exiliado
por el soplar de los vientos de Eolo, de la siguiente manera” .37 Salta a la
vista que no sólo Pope y sus colaboradores sino también los destinata­
rios de la obra estaban bastante familiarizados con los métodos y trastos
de la anotación erudita como para saborear estas parodias detalladas y
técnicamente diestras. Por eso, en 1729, cuando apareció la primera
edición de Dunciad variontm, la nota al pie estaba de moda en toda
Europa y podía atraer tanto a un ingenio en un caté londinense como
al Subrektor de un Gimnasio de Wittenberg. Un público amplio estaba
en condiciones de descifrar sus doctos símbolos.
Aparentemente, las notas al pie sedujeron a los lectores alemanes
más que a nadie. Durante los siglos XVII y XVIII, las universidades y aca­
demias doctas, las cortes y escuelas del Sacro Imperio Romano sirvieron
de refugio a una raza torpe, predestinada a la extinción, de dinosaurios
eruditos, los sabios universales. Frente al modernismo cartesiano y ba-
coniano que florecía en Francia e Inglaterra, estos hombres insistían en
que el estudioso cosmopolita debía abarcar todos los conocimientos.
Este ideal de conocimientos universales fue objeto de burla y persecu­
ción durante el Siglo de las Luces. A principios del siglo, el erudito mo­
dernista Johann Burckhard Mencke, director de Acta eruditorum, un
periódico científico precursor publicado en Leipzig, exhibió y satirizó su
ineptitud social y docta ingenuidad en sus peroratas Acerca de la charla­
tanería de los sabios. Hacia el final de la época de la Ilustración, el di­
fundido escritor Jean Paul Richter convirtió sus propias obras a partir
de la década de 1780 en un divertido tapiz de erudición abigarrada; de­
dicó una vida de arduo trabajo a extractar, rcelaborar, citar y aludir a
los detalles más extravagantes que pudo desenterrar de las colecciones
más extravagantes que pudo descubrir. La lista de sus libros preferidos
parece una autoparodia del barroco: De rebus inventis et desperditis de
Pancirolli, Relationes curiosae de Happel, Mikroskopische Belustigungen
de Hofmann y Curiositaten der physisch-artistisch-historischen Vor-und-
Nachwelt.w Jean Paul estaba tan orgulloso de los cuadernos e índices
que atestaban su biblioteca que no los cambiaría por una colección de
76 LO S O RÍGENES T R Á G ICO S DE LA ERUDICIÓN

200.000 volúmenes; Ranke seguramente reconocía en él un hermano


del alma mayor.’9 Recicló incesantemente este material, lo parodió, alu­
dió a él, disfrutó de la erudición a la vez que la satirizó en obra tras
obra. Así, la nota al pie vino a cumplir, no por última vez, una función
humorística, justamente en el corazón de un autor importante.
Entonces, no es casual que las notas al pie no sólo permitieran a los
autores alemanes escribir sátiras, sino que ellas mismas se convirtieron
en su objeto, como en Hinkmars von Repkow Noten ohne Text de Rabe-
ner, publicado en 1743.40 La disertación, que consiste exclusivamente
de notas al pie, se inicia con la confesión de que el autor busca fama y
fortuna. En la actualidad, asegura, uno no las gana escribiendo un texto
propio sino comentando el de terceros. Por consiguiente, ha resuelto
eliminar al intermediario: escribirá sus propias notas y ganará fama con
ellas sin esperar la aparición de un texto al cual aludir. ¿Acaso la nota al
pie no se ha convertido en la vía áurea hacia la fama, incluso para aque­
llos que no la merecen? “Personas sobre las cuales uno está dispuesto a
jurar que Natura las ha dotado para cualquier oficio menos para el de
erudito; personas que, sin saber pensar, explican los pensamientos de los
antiguos y otros hombres célebres; tales personas se vuelven importan­
tes y respetadas, ¿y con qué? Con notas.”41 Aunque el libro hizo reír a
los lectores, la realidad superó a la fantasía, como señala Lichtenberg:
“Las Notas sin texto de Rabener provocan risa, pero Lavater lo superó.
Nos dio notas para las cuales el texto ha de servir de comentario. Es el
verdadero lenguaje de los adivinos, que uno comprende sólo después de
que suceden los acontecimientos anunciados”.42
En una palabra, la historiografía del siglo XVIII adoptó rápidamente la
nota al pie porque ya estaba de moda en las obras de ficción. La cadena
alimentaria literaria ya incluía destacados anotadores de dientes filosos
tanto como autores blandos y suculentos, y el comentario aparecía como
un género literario digno del esfuerzo artístico, capaz de lograr efectos có­
micos. Pero la historia no es sólo literatura, como subrayó Wachler hace
casi dos siglos cuando tituló su obra Geschichte der historischen Forschung
undKunst [Historia de la investigación histórica y el arte]. El auge de la
nota al pie en el siglo de Gibbon y Móser debió obedecer a hechos pro­
pios de la tradición historiográfica así como a la afición que se sentía por
ellas fuera de aquélla: al auge, aceptación o reaparición de la idea de que
el historiador debe no sólo contar historias sino también sustentarlas
N O T A S A L PIE Y P H IL O SO P H IE : U N IN TER LUD IO ILUM INISTA 77

con pruebas. El rastro se remonta desde Ranke hacía el pasado: a los


majestuosos palacios urbanos de grandes abogados y coleccionistas del
Renacimiento, y acaso hasta el mundo antiguo. Como se verá, aunque
su forma final es claramente moderna, la nota al pie tiene prototipos
asombrosamente antiguos.
V. D E V U ELTA A L F U T U R O , 1: D E T H O U
D O C U M E N T A L O S D E T A L L E S, O C Ó M O U N
H IS T O R IA D O R P R E C R ÍT IC O E S C R IB IÓ
U N A H IS T O R IA C R ÍT IC A

Hay un principio muy difundido de la historia de la historiografía que,


hasta el presente, prácticamente nadie ha puesto en tela de juicio. La
mayoría de los estudiosos da por sentado que Ranke y sus discípulos te­
nían razón al afirmar que los historiadores de la gran tradición narrativa
no habían investigado ni menos aun basado su relato en fuentes escogi­
das y analizadas de manera sistemática. Por cierto que Gibbon, Móser,
von Müller y otros autores del siglo XVIII constituían una excepción
parcial a esta norma. Pero violaban las viejas reglas de la literatura his­
tórica en muchos otros sentidos. Insistían en la necesidad de combinar
el análisis sistemático, exhaustivo de las circunstancias sociales, políticas
y religiosas con el relato de sucesos trascendentes. Para ellos, el creci­
miento demográfico y el bienestar económico eran tan importantes co­
mo las batallas y más aun que los discursos. Incluso se interesaban por
los detalles vulgares de la vida íntima. Es tentador dar por sentado que
inventaron la historia crítica, y asunto terminado.
Desde luego, uno podría criticar a Ranke y sus discípulos por apro­
piarse de este segmento de su método crítico y atribuirse el mérito de
haberlo descubierto, así como otros intelectuales del siglo XIX se apro­
piaban de muchos descubrimientos y principios del siglo anterior. O
podría defender al fundador de Ranke &C Cía. a expensas de los geren­
tes de generaciones posteriores al señalar que el viejo maestro reconocía
los estudios críticos de historia antigua realizados en el siglo XVIII. Ad­
miraba tanto al sabio holandés Louis de Beaufort por demoler la histo­
ria tradicional del origen de Roma como a Gibbon por crear el primer
relato moderno de su caída.1

79
80 L O S O RÍGENES T R Á G IC O S D E LA ERU DICIÓ N

Pero lo cierto es que el desenvolvimiento de la tradición histórica si­


guió lincamientos mucho más retorcidos y complejos de lo que sugie­
ren estas fórmulas sencillas. En la propia Escuela Histórica no existía
consenso acerca de la tradición. A diferencia de sus discípulos, Ranke
jamás sostuvo, ni siquiera en el estado de ánimo radicalmente crítico
de sus comienzos, que ninguno de los historiadores premodernos ha­
bía sido crítico. Como hemos visto, reconocía en Gibbon a un colega
en la historiografía crítica. Más aun, reconocía -e insistía- que algunos
autores renacentistas, a diferencia de Guicciardini, eran urkundlich.
Ranke criticó a Guicciardini, pero elogió a otro historiador italiano
de la primera mitad del siglo XVI, Paolo Giovio. La retórica latina de
éste era demasiado pulida, y había pasado por alto las malas acciones
de sus amigos. Pero tenía conocimientos notables de topografía. Ade­
más, había vivido en el Vaticano, que era un nodulo prominente en
todas las redes políticas de su época; y había aprovechado la oportuni­
dad para interceptar y descifrar centenares de mensajes. Así, Giovio
había tenido acceso a muchos informes de primera mano sobre los su­
cesos que describía.2 Más entusiasta aun era el análisis que hacía Ranke
del historiador milanés Bernardino C orio/ A Ranke le parecía increí­
ble que Graevius, editor del siglo XVII, se hubiera negado a incluir a
Corio en su monumental Thesaurus de obras sobre historia italiana
porque estaba plagado de errores; “Es imposible que Graevius conde­
nara los últimos libros; son una fuenre magnífica para sucesos históri­
cos importantes; incluye muchos documentos palabra por palabra”.4
Aquí, en contraste con su tratamiento de Guicciardini, Ranke tomó
como modelo la vieja historiografía consagrada de Ludwig Wachler,
quien ya había advertido que Corio trabajaba en los archivos, y en la
última parte de su obra “informa sobre las circunstancias más insigni­
ficantes con extrema precisión y con la escrupulosidad exhaustiva del
investigador serio. Aquí, por primera vez, se citan informaciones direc­
tamente de las fuentes y se rectifican cuidadosamente las narraciones
de otros”/ Evidentemente, algunos historiadores habían sido capaces
de realizar investigaciones críticas aun en el apogeo de la versión hu­
manista de su oficio. Bajo los tersos textos clásicos de la historia huma­
nista, con sus deslumbrantes lachadas marmóreas de latín sin anotar y
sus elegantes nichos ojivales donde oradores italianos medievales y
franceses modernos soltaban sus incongruentes períodos ciceronianos,
DE LA HISTORIA PRECRÍTICA A LA HISTORIA CRÍTICA 81

había sólidos cimientos tallados del granito histórico de la documenta­


ción de archivo.6
Algunos historiadores renacentistas llegaron a anticipar la inclusión
de notas al pie en la narracjón histórica, aunque su ejemplo difícilmen­
te hubiera reconfortado a Ranke, si es que los conoció. Entre 1597 y
1607, por ejemplo, el católico inglés Richard White de Basingstoke pu­
blicó en Douai los once tomos de su Historiarum iibrí... cum notis anti-
quitatum Britannicum. En la dedicatoria al archiduque Alberto de
Austria que encabezaba el primer tomo, White aclaró que la historia
de su país, al menos en los primeros siglos, era un caso particular que
requería medidas literarias especiales. Plinio y otros escritores de la An­
tigüedad habían ensalzado la antigua Bretaña, pero habían narrado su
historia de manera continua. “Por eso”, explica White,

así como las abejas toman la miel de diversas flores, debemos tomar
materiales de toda clase de autores y, una vez recopilados de manera
sistemática, debemos almacenarlos, por así decirlo, en sus panales co­
rrespondientes. Es fácil comprender la dificultad de esta tarca de selec­
cionar unos cuantos trozos de muchas fuentes cuidadosamente leídas
para un hombre sumamente ocupado con tarcas tanto particulares co­
mo públicas.7

White reconocía las dificultades técnicas para conocer la verdad por


medio de conjeturas acerca de acontecimientos sucedidos hacía tanto
tiempo.8 Pero su ingenio y su erudición no le fallaron en ese impasse li­
terario. Creó una forma de narrativa histórica que le permitía reconocer
la diversidad de las fuentes utilizadas y citarlas tanto para edificación de
sus lectores como para refutación de sus críticos: un texto con notas al
final. El libro primero de su historia, por ejemplo, se extiende de la pá­
gina 7 a la página 26 del primer volumen: apenas veinte páginas de ex­
posición acerca de los orígenes de Inglaterra. Las 38 notas al final, con
llamadas tanto en los márgenes como dentro del texto de la obra, ocu­
pan un espacio casi cinco veces mayor, de la página 27 a la 124, y ofre­
cen un torrente de fuentes primarias en apoyo de la prosa florida y
poco convincente.
Desgraciadamente, la elección de fuentes no honra la erudición de
White. Como indicó al lector, el origen de Inglaterra era objeto de un
debate acalorado desde décadas antes de su época, cuando el humanista
82 LO S O RÍGENES TR Á G ICO S DE LA ERUDICIÓN

italiano Polidoro Virgilio tuvo la osadía (y c:l buen tino) de demoler la


historia legendaria medieval del país, según la cual los britanos descen­
dían del príncipe troyano Brutus, quien huyó de la ciudad después de
que la conquistaron los griegos. Desde luego, los eruditos ingleses se
habían alzado al unísono pata defender el honor de las crónicas consa­
gradas del origen de la nación, entre ellas las historias fantásticas de
Godofrcdo de Monmouth. Y se habían apoyado sobre todo en una co­
lección particularmente rica e interesante de historias antiguas: las vein­
ticuatro historias y textos complementarios publicadas por el dominico
Annio de Viterbo en 1498, con extensos comentarios. Estos textos men­
cionaban a venerables autores exóticos como los sacerdotes Berosus, de
Babilonia, y Manetho, de Egipto. Éstos y sus comentaristas apuntala­
ban recíprocamente su fiabilidad con una compleja trama de remisio­
nes autorrefercntcs. Atacaban las historias de los griegos antiguos como
Hcrodoto con certero desdén y un torrente de detalles tan precisos co­
mo contradictorios. Y, a diferencia de los griegos, incorporaban la fe­
cunda recopilación de leyendas genealógicas medievales en las cuales las
naciones y las familias reales del norte de Europa se remontaban a sus
nobles antepasados troyanos, enviados al exilio por los griegos. Éstas
eran esenciales para el orgullo nacional ingles (y francés), así como para
la iconografía de la pompa cortesana y los festivales públicos. Este libro
alcanzó una difusión enorme y fue la versión aceptada durante más de
un siglo.’ White lo utilizó como fuente para buena parte de su texto y
sus abundanres notas, que citaban extensamente a los veinticuatro au­
tores de Annio. Lo usó, asimismo, como modelo para la presentación
de sus conclusiones en forma de una pequeña y suculenta bocha de na­
rrativa apoyada sobre un grueso cucurucho dulce de comentarios. El
elegante confite tenía un solo defecto... pero uno fatal. Porque lo cierto
es que Annio había fraguado sus historias más seductoras: paradójica­
mente, su edición de estos presuntos textos antiguos, más que su utili­
zación por White un siglo después, representa la primera narración
histórica de un autor moderno que incluye un comentario por separado
para sustentar sus afirmaciones. En cambio, la sobria historia crítica de
White sobre la Inglaterra antigua, su producto en apariencia tan auste­
ro y moderno, en una segunda lectura se reduce a apenas una versión
recalentada del guiso de Annio, donde unos cuantos ingredientes agre­
gados no modifican el sabor ni, por cierto, extienden la muy superada
DE LA HISTORIA PRECR lTICA A LA HISTORIA CRfTICA 8.1

fecha de vencimiento. White admitió que muchos estudiosos de reco­


nocido prestigio aseguraban que los textos de Annío eran fraudulentos,
pero no hizo un intento serio por refutar sus argumentos. Optó por
destacar el gran número de defensores del dominico y citó la tibia refu­
tación de los críticos escrita por uno de ellos.1"
Mientras algunos ingleses trataban de rellenar notas modernas con
historias viejas, los historiadores franceses trataban de escribir un tipo
de historia verdaderamente nuevo, apoyado sobre sólidos cimientos crí­
ticos. Como hemos visto, el torrente de publicaciones históricas y etno­
gráficas impresas que inundó a los lectores y las bibliotecas del siglo XV
y principios del XVI suscitó mucha reflexión sobre la manera de leer la
historia de manera selectiva y crítica. Para mediados del siglo XVI, juris­
tas de formación filológica como los ya citados Fran$ois Baudoin y
Jean Bodin habían aprendido a reflexionar sobre las fuentes y los méto­
dos de los autores estudiados. Sus obras seguían ocupando un lugar
central en la cultura de la erudición y fueron objeto de elogio y refuta­
ción hasta muy entrado el siglo XVIII. Los autores de obras históricas
-en particular ios grandes humanistas, muchos de los cuales eran juris­
tas como Bodin, con acceso a los actores y documentos—pertenecían al
mismo mundo que los lectores. No es casual que como investigadores
se volvieran cada vez más sistemáticos y autocríticos: trataban de escri­
bir la clase de obras que preferían como lectores."
Considérese el caso de Jacques-Auguste de Thou, brillante abogado y
latinista, quien escribió lo que bien puede ser la narrativa histórica más
extensa emprendida antes de la década de 1930, cuando un célebre licen­
ciado de Harvard y pordiosero llamado Joe Gould, figura conocida en el
viejo barrio bohemio neoyorquino de Greenwich Village, inició una His­
toria universal oral.1' De Thou acometió la tarea de escribir la historia de
la Europa contemporánea, de 1544 a 1607. Para ello estudió en Francia e
Italia, viajó a cortes extranjeras y dedicó largos años al trabajo intenso en
el Parlement, o corte soberana, de París. De ahí resultó una pieza admira­
ble de prosa latina, tan admirable que los visitantes alemanes a París com­
probaban con asombro que su autor sólo escribía el latín, pero no lo
hablaba como ellos. Pero hizo mucho más. Desde que empezó a recopilar
la información —cal vez a principios de 1572—, De Thou se impuso la ta­
rea de producir una historia tan precisa como elocuente. Era una tarea de
profunda importancia. Al igual que Bodin, De Thou había presenciado
84 LO S ORÍGENES TR Á G ICO S DE LA ERUDICIÓN

la desintegración del Estado francés durante las Guerras de Religión.


Pero a diferencia de aquél, consideraba que los católicos eran tan culpa­
bles como los protestantes o más aun por esas guerras, por no hablar de
la matanza de la Noche de San Bartolomé. Llegó a la conclusión de que
una narración honesta e imparcial sentaría los cimientos de la paz social
y política. Revelaría la culpa de poderosos malhechores católicos como
Guise, así como la inocencia y nobleza de eruditos protestantes como
su amigo Joseph Scaligcr. Más importante aun, demostraría que la tole­
rancia religiosa y la austeridad en la vida pública uniría aquello que la
intolerancia y la corrupción habían desgarrado. Como muchos grandes
abogados, De Thou era un galicano, con escasa ideología formal y par­
tidario de una Iglesia francesa independíente de Roma. Tenía la certeza
de que una exposición imparcial de la verdad sería imposible de refutar,
sanaría al Estado y salvaría a la Iglesia. Desde luego, se equivocaba; su
libro no unió a Francia, ni generó tolerancia ni impidió la venta de
puestos públicos a los incompetentes; además, los jesuítas y dévots que
detestaba dominarían la Iglesia francesa durante el siglo XVII. Pero el li­
bro le granjeó una fama de ardua honestidad y heroica independencia
que duró hasta muy entrada la época del lluminismo, cuando sus obras
históricas en latín recibieron el honor excepcional de ser sepultadas en
siete mamotretos, cada uno de ellos demasiado pesado para alzarlo.13
El auténtico De Thou era mucho más flexible que el héroe monu­
mental de piedra que sus panegiristas se complacían en esculpir. Kinser
y Soman han demostrado en forma complementaria que el contenido
de sus macizos, majestuosos tomos latinos, en apariencia tan sólido, en
realidad era inestable. Sus obras cambiaban constantemente de forma y
tono, no en conjunto sino, prácticamente, en todos sus detalles. A pe­
sar de su elevada posición, el autor reaccionaba como un joven inma­
duro ante cada ráfaga de viento frío político o intelectual, y muchas
cruzaban su camino. Desde Roma, los correos traían cartas privadas
que le aseguraban de la buena voluntad de varios cardenales... junta­
mente con denuncias públicas de su libertad de palabra, sus condenas
de papas inmorales y elogios de protestantes virtuosos (sobre uno de
ellos no dijo que murió sino que “pasó a mejor vida”). La Congrega­
ción del índice amenazó con una condena. Desde Inglaterra, bastión
inexpugnable del protestantismo europeo, las ondas crujían con mensa­
jes hostiles. Jacobo VI y I objetó con encono la manera como De Thou
DE LA HISTORIA PRECRÍTICA A LA H ISTORIA CRÍTICA Xs

trataba a su madre, sobre todo porque ia descripción parecía tomada de


una obra anterior de George Buchanan, némesis de Jacobo en su infan­
cia, quien le había obligado a tragar mucho latín pero no había tenido
el mismo éxito con lecciones desagradables sobre los límites del poder
real y los derechos de los súbditos. Atrapado en la siempre incómoda
vía media del liberal, De Thou contemporizaba y limaba asperezas, eli­
minaba pasajes evcntualmente ofensivos, modificaba verbos y adjetivos.
Recibió con gratitud las notas de Robert Cotton y las empleó; los Ati­
náis de William Camden le sirvieron para modificar su estudio de la
historia inglesa; trató de apaciguar a los censores romanos. De Thou no
era un Giordano Bruno, dispuesto a ir a la hoguera en defensa de su
derecho de expresarse sobre la vida, el universo y todo lo demás.14
Sin embargo, no se debe exagerar su docilidad. De Thou no era un
académico moderno, acomodado y a salvo en su puesto, que escribe pa­
ra un público que se cuenta con los dedos de una mano, sino un esta­
dista expuesto a toda clase de contingencias, desde el escarnio hasta el
asesinato. N o obstante, se aferró a las posiciones que consideraba más
importantes. Los cambios no alteraban el carácter fundamental de su
texto, que en 1609, cinco años después de su publicación, tuvo el ho­
nor de ser incluido en el Index y jamás obtuvo la plena aprobación de
Jacobo. Como sucedía en la era de la imprenta, las Historias de De
Thou eran productos sociales en la misma medida que individuales, re­
sultados de la colaboración y las presiones múltiples más que la repro­
ducción del manuscrito original del autor (que en parte sigue inédito).
Pero su participación en un sistema literario normal de desafío y réplica
difícilmente le puede ser reprochado por aquellos que habitan un mun­
do muy diferente. No era un mártir, pero tampoco un traidor a sus
principios. En cada edición de su libro continuó su batalla contra la in­
tolerancia religiosa, argumentando frente a las poderosas autoridades
que la conversión forzada no podía producir buenos católicos (ni cris­
tianos de ningún tipo).
Por otra parte, De Thou confiaba en sus materiales no sólo porque
esto era acorde con sus prejuicios sino también porque lo había obteni­
do de una manera determinada. Apenas apareció una parte del libro en
una edición tentativa, envió ejemplares a estudiosos a lo largo y a lo an­
cho de la Europa latina, de Praga a Edimburgo. Lo hizo con la esperan­
za de confirmar y complementar los datos ya compilados. Donde había
86 LOS ORIGENES TRÁGICOS DE LA ERUDICIÓN

lagunas en la narración o veía la posibilidad de que aparecieran, supli­


caba ayuda; pedía que corrigieran sus errores. Los estudiosos de todas
las tendencias acudieron al llamado.15 Henry Savile envió una biografía
del gran erudito europeo oriental Dudith, con quien había vivido du­
rante seis meses en su juventud; Christophe Dupuy y Paolo Sarpi llena­
ron lagunas en la vida y obra de humanistas italianos hasta entonces
inaccesibles; casi todos aportaron correcciones a detalles, desde nom­
bres y lechas hasta grandes problemas de interpretación.16Joseph Scali-
ger, que había viajado por Escocia durante la década de 1560, redactó
la muerte de Rizzio y el nacimiento de Jacobo VI.17 El famoso botánico
Charles de l’Escluse, tan fascinado por el “bello presente” de De Thou
que no pudo esperar a encuadernarlo antes de leerlo, corrigió su subes­
timación de la pericia científica de Ciuillaume Rondelet. Camden no
sólo corrigió detalles topográficos, sino que envió un borrador de sus
Annals, basados según él en documentos de Estado, para que sirvieran
de sólida sustentación a su tratamiento de la historia inglesa. Otros su­
girieron cambios en diversos aspectos, desde la descripción de las leyes
del Sacro Imperio Romano hasta el análisis de la vida íntima de los re­
yes Habsburgo de España.11*
El legajo, buena parte del cual existe en manuscrito, muestra que De
Thou y sus corresponsales creían en la autoridad del testimonio de pri­
mera mano. Por ejemplo, al corregir los pasajes sobre Rondelet, d’Escluse
dijo que había trabajado con él durante más de dos años, recogiendo
muestras de vida marina de las playas después de las tormentas y obser­
vándolo mientras las disecaba; en cuanto a las travesuras sexuales de los
Habsburgo, dijo que había visto la pequeña escalera de caracol donde
había caído un príncipe cuando iba a visitar a una joven.1!> Cuando De
Thou rechazaba una corrección, lo hacía con los mismos criterios. Por
ejemplo, no aceptaba la versión de Jacobo sobre la muerte de Darnley
porque conocía informes de testigos oculares que la contradecían. En la
medida de lo posible, De Thou no colocó obstáculos, aparte de su estilo
latino, entre las pruebas y el lector. Por ejemplo, cuando sus amigos le
enviaban biografías detalladas de estudiosos, se limitaba a incorporarlas
al texto. Así, hizo de su libro un depósito de pruebas fidedignas sobre la
historia de la cultura.
En una historia contemporánea era lógico que predominaran los tes­
timonios de primera mano. Pero De Thou contaba con otros recursos.
DE LA HISTORIA PRECRÍTICA A LA HISTORIA CRÍTICA 87

Hizo de su vasta biblioteca un lugar público para investigaciones pro­


pias y ajenas.'0 Y usó los documentos de Estado a los que tenía acceso
en virtud de su función pública. Mucho antes de Ranke o Gibbon, ha­
bía nacido la historia crítica, aquélla cuyo autor sufre horrores por un
error de pocos meses en una cronología tanto como al atribuir motivos
c identificar causas. Y De Thou no era el único autor de esta clase: Cam-
den, que en su historia de la Inglaterra isabelina se basó en las grandes
recopilaciones de manuscritos de Robcrt Cotton, además de en testi­
monios oculares, muestra un paralelismo notable.2'
De Thou no convenció a todos de la sensatez de su cmprendimicn-
to. El estudioso católico Mark Welser le escribió para negarle su ayuda,
en términos que parecen tan notablemente modernos como los méto­
dos del propio De Thou:

En cuanto a la censura que pides: sin duda tu rexto gozará de magnífica


reputación en la posteridad. En lo que concierne a los acontecimientos,
no seré ru ediror. Es demasiado difícil para un ser humano despojarse
de las pasiones y mantener la verdad siempre dentro de sus miras. To­
ma la historia de Carlos V y Francisco 1. Un francés y un alemán siem­
pre la relatarán de manera diferente. Uno jamás convencerá al otro de
lo que él considera cierto y garantizará a cualquier costo. lo mismo su­
cede con el resro: sobre todo cuando re ocupas de consejos, los dere­
chos de las provincias, las causas de las guerras, las vidas privadas de los
príncipes y, sobre todo, el problema de la religión. La verdad está en el
fondo del pozo. Bebemos el agua de la superficie, principalmente cuan­
do confiamos en el testimonio ajeno para recogerla.22

Esta acusación suena tan convincente como otras similares de Ranke.


Sin embargo, no la motivaba la lucidez metodológica sino el prejuicio
religioso. En privado, Welser denostaba a De Thou, que, en su opinión,
favorecía a los franceses contra los alemanes y a los protestantes contra
los católicos.2J La mayoría de los estudiosos, tanto católicos como pro­
testantes, que carecían de motivos institucionales para atacarlo, creían
en su buena fe y elogiaban su objetividad. La razón es sencilla. De
Thou no anotó su historia. Pero hizo de su correspondencia, que abar­
caba todo el mundo latino docto, un comentario continuo del texto.
Demostró una y otra vez su deseo sincero de recibir información fun­
dada, su disposición de aceptar las correcciones (corteses) y su renuen-
88 L O S O RIG ENES T R Á G ICO S DE LA ERU DICIÓ N

d a a ocultar los hechos desagradables. A la manera del estudioso mo­


derno que se dirige al pequeño auditorio que realmente se interesa en
un código que el gran público no puede descifrar, De Thou proporcio­
nó a la República de las Letras un comentario crítico que demostró la
habilidad, la ftdes, de su texto sin notas. Además, su biblioteca se con­
virtió en una institución pública, una estación de servicio donde los
muy eruditos viajeros de la República de las Letras, camino de Ham-
burgo a Madrid o Londres o Roma, se detenían a llenar sus tanques de
comentarios doctos e información histórica precisa. En este museo,
destinado a mostrar cómo se habían producido las mejores obras de la
historiografía renacentista y donde los bibliotecarios, los doctos herma­
nos Dupuy, podían destacar moralejas y contar cuentos, todos podían
ver cómo había trabajado De Thou. Por eso era natural que Carte y
Buckley incluyeran en su edición de 1733 de las Historias, la mejor hasta
el presente, los restos sobrevivientes de la correspondencia que había
acompañado su creación. Esos legajos de cartas eran el equivalente de los
comentarios que De Thou se había negado a incluir para no desfigurar
su elocuente prosa. La presencia de este cuerpo, así como la evidente in­
dependencia, buena fe y simpatía por los protestantes, cimentaron el
prestigio del autor hasta muy entrado el siglo XIX.24 En su historia de la
historiografía, Wachler califica a De Thou de maestro incomparable y
celebra su empleo cuidadoso de los materiales auténticos.25 Ranke lo
admiraba sin reservas.26 Antes de que Ranke o Gibbon nacieran o gana­
ran fama, ya existía un modelo de historia narrativa autocrítica, una al­
ta narración de sucesos políticos basada en la investigación de archivos
y la crítica de fuentes.
De Thou sólo se negaba, lisa y llanamente, a agregar las notas me­
diante las cuales sus lectores contemporáneos hubieran tenido acceso a
la información que almacenaba en su taller para quienes lo visitarían
más adelante. En un latín intraducibie fustigó a Melchior Goldast,
quien adornó una edición pirata de las Historias con glosas “políticas”.
Y sus razones no son difíciles de comprender. Si bien su obra descansa­
ba sobre los cimientos de un arduo trabajo crítico, De Thou quería
conservar la superestructura clásica. Seguramente pensó que las notas al
pie estropearían las austeras columnatas y el tejado grecorromanos. Pero
tal vez había algo más. Porque los problemas tanto literarios como inte­
lectuales asociados con la anotación eran objeto de debate en el círculo
DE LA H ISTO RIA PRECRÍTICA A LA H ISTO RIA CRÍTICA XV

íntimo del autor, integrado por abogados del derecho romano, una disci­
plina cuya tradición de incluir referencias, o “alegatos”, exhaustivos y pre­
cisos se remontaba al mundo antiguo.
Otro abogado erudito, Étienne Pasquier, un precursor del estudio
de la historia de la lengua francesa y las instituciones jurídicas y políti­
cas, publicó como summa de toda su obra un gran conjunto de Recher­
ches de la France. Pasquier no escribía en latín sino en francés, y su
trabajo fue un compendio antes que una narración. No obstante, en la
edición corregida de 1596 reconoció que los amigos a quienes había so­
metido el texto se quejaban de que “a cada paso usaba algdn autor anti­
guo para confirmar mi afirmación”. Algunos señalaban que autores
anteriores habían copiado de sus fuentes “sin perder tanto tiempo en
confirmaciones, que en cierta forma son más reveladoras de la vida
sombría de las escuelas que de la luz de la historia”. Con el tiempo, que
“refina las obras como el oro”, decían, sus obras “tendrían autoridad
propia”, como había sucedido con las antiguas. Otros elogiaban sus re­
ferencias precisas, pero consideraban que su hábito de citar en extenso
era pedante y rayano en el plagio: “les parecía demasiado puntilloso de
mi parte citar los pasajes enteros, que equivalía a extender mi obra a ex­
pensas de la ajena. Esto se debía a una combinación de superstición y
superfluidad; mejor hubiera sido eliminar el material excedente”.27
Los críticos del segundo grupo eran más lúcidos que los del primero:
habían descubierto una paradoja en el método moderno de documen­
tación, que obliga al autor a demostrar que cada afirmación es original
y, al mismo tiempo, que tiene una fuente. Pero los primeros impresio­
naron a Pasquier más que éstos, sobre todo porque, como señaló en un
empleo proléptico de la lengua de Goscinny y Uderzo, “nuestros ante­
pasados los galos lo hacían así”. Se vio obligado a reconocer que la in­
clusión de los documentos provocaría más disenso que aceptación en
un lector moderno. Citar documentos equivalía a sugerir que un pro­
blema podía tener otras soluciones que las elegidas por el historiador.2*
Pasquier se enorgullecía de haber sacado a la luz tantas antigüedades
francesas en sus Recherches. Pero le deprimía que tantos lectores citaran
los textos descubiertos por él sin reconocerle el mérito.2'2 Las notas y el
plagio se unían en un abrazo embarazoso, y no por última vez. No obs­
tante, Pasquier decidió conservar sus “pruebas” e incluso traducir las la­
tinas al francés, ya que “de otro modo, quien leyera estas antigüedades
90 LO S O RÍG ENES TR ÁG ICO S DE LA ERUDICIÓN

sin saber latín sería un nuevo Tántalo, parado sobre las aguas sin poder
beber de ellas”,30
Ni el problema ni la solución de Pasquier eran inéditos. Al otro lado
del Canal de la Mancha, el dramaturgo inglés Ben jonson también
afrontó problemas de autenticidad histórica en 1605 al publicar la edi­
ción en cuarto de su obra Sejano, acerca de la caída del otrora favorito
de Tiberio. El asunto de la obra era políticamente peligroso, sobre todo
porque ésta fue estrenada en 1603, apenas dos años después de la rebe­
lión de Essex. El estilo y aun el contenido fáctico de la obra de Jonson,
que se basaba en gran medida en los Anales de Tácito, también podían
despertar sospechas. Los seguidores de Essex, como otros aventureros
políticos del Renacimiento tardío, habían citado a Tácito para justificar
sus manipulaciones y rebelión.31 En términos más generales, durante
una generación o más, muchos intelectuales europeos habían coincidi­
do con los vigorosos argumentos de Marc-Antoine Muret y Justus Lip-
sius: la corte imperial descrita por Tácito, ese gabinete de sombras
como el de! doctor Caligari donde los espías escuchaban cada palabra
honorable y valientes rebeldes caían bajo las ruedas dentadas de la ma­
quinaria imperial, reflejaban las peligrosas cortes de su propia época.32
Dos décadas después, cuando el holandés Isaac Dorislaus disertó sobre
Tácito en Cambridge, varias observaciones debidamente copiadas llega­
ron a manos del arzobispo Laúd, quien le impuso silencio.33 No es ca­
sual que el consejo del rey indagara a Jonson en 1603, ni que éste se
viera obligado a defender su obra al publicarla dos años más tarde.
Jonson alzó una robusta cerca de autoridades en torno de su texto
vulnerable. Adornó los márgenes con largas listas de referencias precisas
a las historias clásicas y los tratados modernos donde encontró no sólo
los detalles de la trayectoria de Sejano sino también reproducciones tex­
tuales de los discursos políticos y ritos religiosos citados.34 Con sus refe­
rencias tan precisas a “Tacit. Lips. edit. 4o” y “ Bar. Brisson de form.
Lib. l”, Jonson pretendía demostrar que su obra no era sediciosa en ab­
soluto.35 Atribuyó tal importancia a sus anotaciones que en el prefacio
incluyó una minuciosa defensa contra la acusación de “amaneramien­
to”. Señaló que había llegado al extremo de “nombrar la edición que
seguí” para Tácito y Dio, a quienes había citado hasta en el número de
página. “En cuanto al resto, como Sueton, Séneca & c. el capítulo es in­
dicación suficiente o la edición no es variada.”36
DE LA HISTORIA PRF.CRÍTICA A LA HISTORIA CRÍ l l( j \ '> I

Los estudiosos modernos han especulado sobre los motivos de Jon-


son para glosar su propia obra: algunos sostienen que al recurrir a los
autores antiguos para dar cuenta de afirmaciones políticamente peligro­
sas, esperaba disipar las sospechas de las autoridades.’7 Sin embargo, es­
to parece poco probable. Como señaló con razón Annabcl Parterson,
Jonson aclaró punto por punto la relación entre su texto y el modelo
antiguo, tendencioso, complejo y por demás oscuro. Las referencias a
Tácito, por precisas que fuesen, difícilmente servirían para desmentir la
idea de que Jonson tenía en mente las circunstancias del momento; so­
bre todo cuando el prefacio y la primera glosa marginal se referían ex­
plícitamente a la edición de Tácito preparada por Justus Lipsius, quien
defendía con vigor la actualidad y pertinencia del historiador romano.3*
Si bien se nos escapan sus motivaciones políticas, tal vez sea posible
descubrir los modelos técnicos del método erudito de Jonson. Sejano y
algunas mascaradas están repletas de detalles de ritos y costumbres ro­
manos. Jonson solía tomarlos, en ocasiones en forma textual, de las
obras minuciosamente documentadas de humanistas continentales co­
mo Lipsius y Bartolomé Brisson. Asimismo, sus versiones de la historia
romana solían ser traducciones, no de ios textos latinos originales, sino
de los apuntes y resúmenes de Lipsius/' ¿Acaso su intención era crear
una obra histórica crírica mediante la conjunción de la narrativa con la
erudición filológica y anticuaría a la que recurrió con tanta asiduidad?
Tanto Pasquier como Jonson tomaron nota de las poderosas obje­
ciones literarias a la cita precisa de las fuentes de sus obras históricas, y
replicaron a ellas. Esta dificultad común demuestra que los historiado­
res debían salvar una gran valla literaria para dar a su obra una forma
moderna; pero la solución empleada por ambos autores sugiere una
explicación para tan novedosa aptitud. Escribir una narración conscien­
temente crítica, como había hecho De Thou, no es lo mismo que per­
mitir al lector espiar a través de la ventana del gabinete de trabajo y
hurgar en los archivos de uno, que aquél se negó a hacer. En cambio,
Pasquier y Jonson insistían en que citar las fuentes era una obligación. Y
escribían en el marco de, o en respuesta a, una tradición historiográfica
distinta, más docta que elocuente, llamada “anticuarismo”. Esta forma
distinta de historia “precrítíca”, ¿tuvo algo que ofrecerle a la historia
“crítica” que echó raíces y floreció durante los siglos XVIII y XIX? ¿Cum­
plieron los anticuarios un papel en el nacimiento de la nota al pie?
VI. D E V U ELTA A L F U T U R O , 2: L O S IN D U S T R IO S O S
H IS T O R IA D O R E S Y A N T IC U A R IO S E C L E S IÁ S T IC O S

Como hemos visto, desde la Antigüedad en adelante los historiadores


de la alta política se ocupaban de la narración elocuente de sucesos
ejemplares y discursos vigorosos más que del análisis erudito de proble­
mas individuales de cronología e interpretación. Las escasas referencias a
los documentos y las citas tomadas de ellos, interrumpían sus textos en
lugar de sustentarlos. Pero en el mundo antiguo aparecieron otras for­
mas de historia, en las cuales los métodos de investigación y los pro­
blemas relacionados con las pruebas cumplieron un papel destacado.
Algunas perduraron durante siglos, hasta cobrar nueva vida y profesio­
nales que las ejercieran en la temprana Edad Moderna europea. Y una
serie de pistas unen estas formas de argumentación y exposición dentro
del texto con aquellas que aparecieron más adelante al pie de éste. Por
ejemplo, al señalar a Gibbon como el creador de un modelo historio-
gráfico nuevo, Momigliano dijo que combinaba la historia especulativa
o reflexiva de los filósofos con la profunda investigación erudita de los
anticuarios que hurgaban en frías bibliotecas palaciegas de ciudades
provinciales y viajaban con valor a los yermos del foro romano y la
Acrópolis ateniense.’ Los historiadores franceses del siglo XIX asegura­
ban que sus raíces intelectuales no estaban al otro lado del Rin sino en
la facultad de derecho renacentista de Jacques Cujas en Valence, así co­
mo en el St. Germain des Prés de los grandes anticuarios benedictinos
Maubillon y Montfaucon.2 Esta tradición también debe tener su lugar
en cualquier historia de los orígenes de la historiografía moderna.
Considérese, por ejemplo, el jesuíta alemán Athanasius Kircher, or­
namento del colegio central de su orden en Roma durante décadas y
quien, co m o tantos eruditos del siglo XVII, escribió más libros de los
que sus colegas modernos pueden aspirar a leer. Vivió en una época de
estudiosos cuya forma literaria más prestigiosa era el folio latino de mu-

93
94 LOS ORÍGENES TRÁGICOS DE LA ERUDICIÓN

chos tornos, ornado de citas en griego, árabe, hebreo y arameo; que so­
lían escribir poesía en hebreo bíblico o griego clásico; y cuya materia
preferida solía ser una mezcla aterradoramente compleja de filología
clásica con astronomía matemática.3 En ese marco, Kircher se destacaba
por la variedad de sus intereses. En su juventud enseñó matemática, éti­
ca y lenguas orientales en Würzburg; en su madurez excavó obeliscos,
exploró volcanes y reconstruyó el viaje del Arca de Noé. Como señala
Tho mas Leinkauf, durante toda su vida enfocó todos estos intereses co­
mo partes íntegramente relacionadas de un empeño singular en com­
prender el mundo con su historia física y humana.4
En 1677, Kircher publicó en Amsterdam una obra con magníficas
ilustraciones sobre las antigüedades sagradas y profanas, las maravillas
naturales y artificiales de la China.5 El libro abarcaba muchos temas, de
la religión comparada a la geografía física. Pero comenzaba con un en­
sayo histórico y finalizaba con una lámina plegable, distintos de todo lo
visto hasta el momento. La obra comienza con el facsímil y su traduc­
ción a varias lenguas europeas de una inscripción grabada en un monu­
mento de piedra del siglo noveno que había aparecido en 1625 en un
cementerio cristiano en Sian. El texto bilingüe de la estela explicaba en
chino y siríaco la teología c historia de los nestorianos, una secta cristia­
na que se había diseminado por Asia a partir del siglo quinto, de cuya
existencia los eruditos y eclesiásticos occidentales no tenían hasta en­
tonces la menor idea. El texto provocó una conmoción y mucha polé­
mica cuando Kircher lo analizó en su Prodromus coptus de 1636. Los
Censores et Aristarchi protestantes como Georg Hornius aseguraron que
la estela era “una mera invención de los jesuítas” /’
En otras palabras, Kircher se encontró ante un documento cuya soli­
dez histórica le parecía irrefutable, pero que no podía ver, y, a la vez,
ante adversarios enconados cuyas voces críticas deseaba acallar. Abordó
el problema de manera sistemática. En un largo capítulo repitió una
tras otra las crónicas en las cuales los jesuítas Semedo y Martini ya ha­
bían analizado la piedra. A continuación reprodujo una larga carta del
jesuíta Michael Boim precedida por la siguiente introducción:

Además de estos textos, el padre Michael boim me hizo una relación


de este monumento más precisa que las demás. Corrigió sus defectos al
copiarlo de un manuscrito chino de mi colección. Luego completó en
LOS H ISTO RIADO RES Y ANTICUARIO S ECLESIÁSTICOS 95

mi presencia una nueva y minuciosa traducción de la inscripción com­


pleta, palabra por palabra, a partir de la obra de su colega Andreas Don
Sin, quien nació en China y conoce el idioma extremadamente bien.
Quiso dar fe de todo ello en la siguiente carta al lector, en la que des­
cribió precisamente la sucesión de los acontecimientos y todo cuanto
era de importancia en relación con este monumento. Resolví, con su
consentimiento, colocar este texto antes de la traducción, como esplén­
dido testimonio de la verdadera historia, para eterna memoria de este
asunto. E hice grabar el monumento de piedra, de acuerdo con el anto-
graphnm traído de China, que se conserva hasta el presente en mi mu­
seo con sus marcas y letras verdaderas, tanto chinas como caldeas
[siríacas] y un comentario.7

La carca llevaba la firma de Boim y de dos colegas chinos, que, según


Kircher, eran “a la vez testigos oculares del monumento y quienes co­
piaron esta inscripción del original”.8 Seguían más detalles y corrobora­
ciones, que incluían una traducción literal del texto al latín. En todos
los casos, Kircher indicó lugares, identidades y orígenes con todo cuida­
do. La inscripción facsimilar que aparece al final del libro indica el lu­
gar y la fecha del descubrimiento de la estela, y que Mateo, oriundo de
China, “copió esta inscripción del original con su propia mano... en Ro­
ma en 1664”.9 Kircher no sometió el material a un examen crítico siste­
mático: varias fuentes primarias son recíprocamente contradictorias, pero
se limitó a reproducirlas y que el lector se preocupara por resolver las dis­
crepancias.10 Pero se aseguró de documentar todo lo mejor posible: el
descubrimiento, la transcripción y la traducción del monumento queda­
ron registrados, no en sus palabras sino en las de sus fuentes, aunque el
resultado fue un texto interrumpido constantemente por incisos, acribi­
llado con distintos idiomas y alfabetos. El modelo de trabajo histórico
presentado por Kircher difiere mucho del de De Thou: se caracteriza
por la voluntad enciclopedista de incluir lo incongruente y lo foráneo, por
permitir que hablen muchas voces en una página y, sobre todo, por de­
mostrar mayor interés en verificar los hechos que en incluirlos en una
narración armoniosa. En lugar de la precisión fría y acerada del abogado
francés aparece la sonrisa hospitalaria del alemán del sur.
La destreza de Kircher para reunir y compilar el material, como su
capacidad de leer y explicar el texto siríaco del monumento, reflejaban
su posición eminentemente moderna como miembro de una agresiva
96 LO S O RÍG ENES TR Á G ICO S DE I.A ERUDICIÓN

orden religiosa mundial. Los jesuitas poseían una gama singularmente


cosmopolita de aptitudes y experiencias junto con un evolucionado sis­
tema de comunicaciones: en su residencia en Roma, Kircher recibía un
poderoso torrente de información nueva sobre países y lenguas extran­
jeros, en una medida que hubiera sido imposible en Europa un siglo
antes." Sin embargo, empleaba una forma literaria tradicional. Es cu­
rioso que su libro sobre China, tan insólitamente moderno, pertenecie­
ra a un género histórico tradicional. Por su forma, obsesión por la
documentación y procedencia de la información, así como por su ma­
nifiesta credulidad, China mostraba muchas semejanzas con otras com­
pilaciones más antiguas ahora mejor conocidas, tales como la clásica
historia de la Iglesia primitiva del sacerdote griego Eusebio (siglo IV) y
los inmensos y eruditos Annales del estudioso Cario Baronio de fines
del siglo XVI. Desde el principio de la era cristiana, los estudiosos ha­
bían compilado documentos de distintos tipos, buscado obsesivamente
garantías de su autenticidad y realizado a partir de ellos las llamadas
“historias eclesiásticas”. Las normas consagradas de este antiguo juego
de los eruditos dictaron la forma del libro China de Kircher. Las bellas
láminas de Kircher tenían un antecedente en el hermoso estudio de los
monumentos cristianos primitivos en las catacumbas, publicado unos
años antes por A. Bosio bajo el título de Roma sotterranea,12 En una pa­
labra, al buscar la forma de presentación de un documento nuevo, Kir­
cher pudo remitirse a un género histórico consagrado.
Ese género de historia documentada a la que pertenece la obra del
jesuíta es anterior a los orígenes del cristianismo y convendría calificarlo
con un término menos restrictivo que el de “eclesiástico”. Sus orígenes
son tan antiguos que se hunden en la oscuridad. Tal vez se encuentran
en el imperio persa, cuyos gobernantes se complacían en emitir edictos,
algunos de los cuales fueron conservados en obras históricas por súbdi­
tos suyos tales como los judíos. La tradición empezó a tomar forma en
el mundo helénico durante los siglos III y II a. C., cuando los sacerdotes
y científicos de Mesopotamia, Egipto e Israel fueron subyugados por
potencias no orientales de lengua griega: primero, por Alejandro de
Macedonia y sus sucesores, después, por los romanos. El griego, la len­
gua común del imperio bajo los sucesores de Alejandro y de la cultura
bajo los romanos, permitió el primer diálogo directo entre los represen­
tantes de diversas culturas. Naturalmente, se consideraban rivales, y los
LOS HISTORIADORES Y ANTICUARIOS ECLESIÁSTICOS 97

perdedores de las guerras (como sus contrapartes académicos de hoy) es­


peraban vengar en el archivo sus derrotas en el campo de batalla. Era
apremiante demostrar que uno pertenecía a un Estado antiguo, poseedor
de una larga tradición política y social, con una historia debidamente re­
gistrada en abundantes documentos, en lo posible grabada en piedra,
además de una religión venerable. En el siglo III a. C., el sacerdote egip­
cio Manetho y el caldeo Berossus tradujeron crónicas de historia egipcia
y mitos e historia babilónicos al griego, en los que destacaban la antigüe­
dad de sus razas y tradiciones.
Los judíos hicieron lo mismo, no más tarde del siglo II a. C. La pie­
za completa más antigua de este género que ha llegado a nuestros días
es la llamada Carta de Aristeo, un texto que explica el origen de la ver­
sión griega de la Biblia hebrea, la de los Setenta. El autor incluyó en la
narración una serie de textos que parecen ser documentos oficiales, en­
tre ellos, los memorandos en los cuales Demetrio de Falero, biblioteca­
rio de Alejandría, y el rey egipcio Tolomeo Filadelfo, a principios del
siglo III a. C., discutieron la necesidad de adquirir un texto griego de la
Biblia hebrea para su gran biblioteca. Este libro fascinante -y los docu­
mentos que incluye— tiene la desventaja de ser fraudulento, pero la
compensa con las virtudes de la claridad y la concisión.13 Sentó los li-
neamiencos principales que seguiría el género.
Desde el principio, los historiadores eclesiásticos escribieron como
polemistas y creyentes: los judíos querían demostrar que la Tora era
más antigua que Homero; los cristianos estaban empeñados en destacar
la importancia de determinada doctrina o institución. Los fines del gé­
nero determinaron su forma: no era la tersa prosa clásica de los historia­
dores políticos sino una mezcla de argumentos técnicos y documentos
complementarios, estos últimos citados textualmente en la obra propia­
mente dicha. Los documentos cumplían dos funciones igualmente vita­
les: sustentaban las tesis expuestas por el autor y daban al lector una
sensación nítida, gráfica, de lo que significaba ser un fiel judío o un
cristiano fiel en un mundo remoto y peligroso. Esta clase de historia,
conservada por Beda y otros en la Edad Media, tuvo un gran floreci­
miento en la temprana Edad Moderna. Lorenzo Valla le dio un giro ca­
racterístico propio en su Declamación sobre la clonación de Constantino,
que citaba explícitamente una enorme cantidad de documentos, en al­
gunos casos sólo para demostrar lo absurdos que eran. Valla injertó la
98 LO S O RIG ENES T R Á G ICO S DE LA ERUDICIÓN

cita concienzuda de documentos propia del historiador eclesiástico en


la forma clásica de la arenga polémica; el resultado es desopilante.14
En los siglos inmediatamente posteriores a la Reforma, tanto protes­
tantes como católicos se dedicaron a la historia eclesiástica en una esca­
la inédita por su grandiosidad y majestuosidad. El protestante Scaliger
refutó las pruebas de Eusebio sobre los supuestos orígenes tempranos
del monasticismo; los católicos empicaron el arte de las catacumbas pa­
ra refutar las tesis históricas de los iconoclastas protestantes, quienes
aseguraban que la Iglesia primitiva no había empleado imágenes. Las
vastas compilaciones —sobre todo la interpretación protestante en gran
escala de la historia de la Iglesia según las Centurias de Flacio Ilirico de
Madgeburgo y los Anuales del católico Baronio- suscitaban refutacio­
nes eruditas simétricas.15 Los historiadores políticos valoraban la lucidez
pragmática y el gran estilo. Los eclesiásticos apreciaban la erudición. En
su biografía de Baronio, Janio N ido Eritreo se estremecía de temor re­
verencial, no ante la devoción de su sujeto sino ante la increíble energía
con la que había “recopilado una masa inmensa y variada de materiales,
desperdigados en un número casi infinito de libros, los había dominado
mentalmente, formulado un juicio sobre cada asunto y finalmente es­
crito todo de manera docta y precisa”.lf’
Los eruditos protestantes desplegaron una energía similar en las tareas
colosales de buscar y publicar documentos para demostrar que sus innova­
ciones eran en verdad restauraciones. Matthew Parker, un erudito arzobis­
po anglicano de Canterbury, envió agentes por todas las Islas Británicas
en busca de los restos manuscritos de la Iglesia medieval inglesa en anglo­
sajón y latín: este jefe de la Iglesia Anglicana saqueaba las bibliotecas cate­
dralicias como un invasor implacable. A diferencia de muchos mecenas y
coleccionistas, Parker evidentemente leía esos tesoros; los márgenes están
señalados con una tiza roja que se volvería leyenda. Hizo imprimir algu­
nos textos y se aseguró de que muchos manuscritos fueran depositados en
la biblioteca del Corpus Christi College en Cambridge. Su secretario John
Joscelyn ha descrito su trabajo en términos elocuentes;

Además era muy cuidadoso y no sin interés en buscar documentos de


tiempos antiguos para conocer la religión de las padres antiguos y, en
especial, los que eran de la Iglesia inglesa. Por eso, no mostró falta de
diligencia en sí mismo y en sus hombres para buscar las crónicas de los
LOS H ISTORIADORES Y A NTICUARIO S ECLESIÁSTICOS 99

británicos y de los sajones ingleses ocultas por todas partes, desdeñadas


y enterradas en el olvido debido a la ignorancia de idiomas mal com­
prendidos. Y con el fin de que estas antigüedades pudiesen durar mu­
cho tiempo y fuesen conservadas cuidadosamente, las hizo traer a un
lugar para ser prolijamente encuadernadas y caratuladas. Y sin darse
por satisfecho con ello se empeñó en enviar a la imprenta algunos de
esos monumentos antiguos de los cuales sabía quedaban pocos ejem­
plares y pensaba serían de mayor beneficio para instruir a la posteridad
en la fe y religión de los mayores.17

Desde luego, Parker no trabajó con total objetividad en su intento de


reconstruir la Iglesia inglesa primitiva y presentar las fuentes de su his­
toria a un público europeo. Trajo escribas especializados para “mejorar”
los manuscritos y llenar sus lagunas con hojas nuevas, interpolando sus
agregados con copias facsímilares de los originales. En su edición de la
biografía del rey Alfredo escrita en el siglo IX por el obispo Asser, modi­
ficó tácitamente la grafía e incluso el léxico no clásico del original, aho­
ra perdido. Interpoló pasajes de otra fuente, que atribuyó erróneamente
a Asser. E, incluso, hizo imprimir la obra con tipografía anglosajona en
lugar de latina, en homenaje a “la venerable antigüedad del manuscrito
original”, aunque éste estaba escrito en una típica cursiva latina llamada
carolingia minúscula. Así supo crear lo que aparentaba ser una verdade­
ra antigüedad... a expensas de tergiversar la fuente auténtica.1"
Finalmente, en el siglo XVII, a la era de la acumulación primitiva de
conocimientos eclesiásticos sucedió la de análisis e inversión. Eruditos
católicos libraban bella diplomática [“guerras sobre documentos”] en las
que bollandistas y benedictinos polemizaban sobre la autenticidad de
los documentos de archivo, los fundamentos históricos de las institu­
ciones católicas y la verdad sobre las vidas de los santos. Estos conflictos
engendraron toda una gama de disciplinas técnicas modernas, de la pa­
leografía a la sigilografía.19 Gibbon poseía un conocimiento minucioso
de este mundo de la erudición monástica moderna y confiaba en sus
productos, aunque no trató de emular la profunda investigación docu­
mental de sus creadores. Con su ironía característica recordó que en la
década de 1760, cuando trabajaba en las grandes bibliotecas parisinas,

la visión de tantos manuscritos de diversas épocas y características me


indujo a consultar las dos grandes obras benedictinas, la Diplomática de
100 LOS ORÍGENES TRÁGICOS DE LA ERUDICIÓN

Mabillon y la Paleographica de Montfaucon. Estudié la teoría sin llegar


a la práctica del arte: tampoco debo quejarme de la complejidad de las
abreviaturas griegas y los alfabetos góticos, ya que todos los días, en
una lengua conocida, soy incapaz de descifrar los jeroglíficos de una es­
quela femenina.2"

En otras palabras, la historia eclesiástica proporcionó buena parte del


contenido y el modelo de la investigación docta a los cuales los historia­
dores de las Luces sumaron la narración elegante. Fueran sus maestros el
gran editor y compilador Muratori o el historiador de la Iglesia primiti­
va Mosheim, historiadores ilustrados como Gibbon resultaron ser los
discípulos incongruentes de los santísimos padres de quienes se compla­
cían en burlarse. Nadie superó a le Nain de Tillemmont, el jansenista
del siglo XVII que acumuló piedra sobre piedra los documentos para la
historia del imperio romano y la Iglesia, en el esfuerzo por reunir la ma­
teria prima que empleó Gibbon para erigir la gran casa de campo neo­
clásica y los ingeniosos belvederes de Decadencia y caída?' Para Gibbon,
era “preferible” estudiar la historia de los últimos emperadores “en una
compilación tan docta y precisa que en los originales, que carecen de
método, precisión, elocuencia como de cronología”.22 El mismo Eusebio
le proporcionó materiales tan importantes como la lista de los habitantes
de Alejandría “con derecho a recibir la distribución de maíz”, además de
su célebre broma sobre Orígenes y la interpretación literal.2Í
Pero esta literatura enseñaba algo más que la mera necesidad de la do­
cumentación: insistía en la importancia de los depósitos y el valor supre­
mo de la fuente primaria. Dicho de otra manera: ya en la antigüedad
algunos historiadores habían descubierto los placeres del archivo.24 Josefo,
el caudillo judío que se pasó al bando romano durante la cruenta guerra
judeo-romana del setenta de nuestra era y dedicó el resto de su vida a es­
cribir la historia de su pueblo, usó una gran cantidad de documentos de
archivo para demostrar que el erudito griego Apion y el egipcio Manet-
ho habían calumniado a los judíos. Josefo había leído algunos de estos
textos, ya traducidos, en obras griegas más antiguas que no han llegado a
nuestros días. En cuanto a otros, aseguraba haberlos hallado en archivos
de ciudades existentes. Más de una vez citó documentos tirios que se re­
montaban a mil años antes de su tiempo.2’ Josefo aclaró a todos los lec­
tores que los documentos de archivo eran fidedignos porque los
LO S H ISTO RIADO R ES Y A N TICU ARIO S ECLESIÁSTICO S 101

conservaban sacerdotes, no meros historiadores, en lugares públicos. Aña­


dió con astucia que un documento escrito por un enemigo de los judíos,
pero que confirmaba las afirmaciones de éstos, era particularmente fiable
y digno de respeto.2* El cristiano Eusebio, aunque menos crítico que
aquél, también aseguraba haber utilizado materiales de colecciones oficia­
les y en lenguas extranjeras, como la lamosa correspondencia entre Cristo
y Abgar de Edessa.27 No se debe subestimar el poder de estas afirmaciones
ni del razonamiento emdito que las sustentaba, por más que la curiosa na­
turaleza de los documentos tan profusamente citados por eruditos judíos
y católicos suele hacer de su disciplina una fuente de problemas críticos
más que de métodos para resolverlos. Annio de Viterbo, a quien conoci­
mos en el capítulo anterior cuando inventaba alegremente a los historia­
dores perdidos del mundo antiguo, aprendió de Josefo a asegurar que sus
fuentes eran más fidedignas que las griegas por ser sacerdotes que conser­
vaban registros oficiales a lo largo de siglos. La espectacular publicación
de documentos chinos por Kircher cabe perfectamente en esta tradición
milenaria, cuyas debilidades pone de manifiesto tanto como sus virtudes.
Los capítulos 13 y 16 de Decadencia y caída revelan el conocimiento mi­
nucioso que poseía Gibbon de ambas, las primeras encamadas en Euse­
bio, estas últimas en Mosheim.
Kircher también trabajaba en el marco de otra tradición docta que
insistía en ia importancia de las referencias explícitas y el análisis de las
pruebas históricas. En la década de 1640 excavó un obelisco caído en
las afueras de Roma. Sostuvo que era sólo una entre muchas reliquias
egipcias -aunque de lejos la más importante y mejor conservada—que
contenían los rastros de una filosofía natural y metafísica antiguas
que aún podía ofrecer profundas verdades al moderno intelectual cris­
tiano. Creó una compleja interpretación de las inscripciones jeroglíficas
del obelisco basada, sobre rodo, en su lectura de los falsos diálogos egip­
cios en griego atribuidos al legendario Hermes Trismegisto. Kircher in­
cluyó las referencias a éstos y otros textos en glosas marginales concisas y
exactas (en el propio texto también citó fuentes en muchos idiomas).28
Insistió en que había usado solamente las fuentes más antiguas y autén­
ticas para reconstruir y reconectar los eslabones de la cadena rota de la
sabiduría egipcia.29
En la práctica, Kircher no citó todos los textos antiguos pertinentes ni
desarrolló los argumentos modernos que refutó. Para usar los diálogos de
102 L O S O RÍGENES TR Á G ICO S D E LA ERU DICIÓ N

Hermes Trismegisto como fuentes de la sabiduría del antiguo Egipto, tu­


vo que refutar las tesis del calvinista Isaac Casaubon y de otros estudio­
sos, de que esos textos eran falsificaciones del helenismo tardío. El
capítulo dedicado a ese asunto comenzaba con una vigorosa defensa de la
tradición contra ciertos iconoclastas que, según el autor, esperaban ganar
fama al poner en tela de juicio documentos considerados auténticos. Pero
no presentó en detalle los argumentos de Casaubon ni respondió al enor­
me cúmulo de documentos lingüísticos que éste había compilado para
demostrar que los textos no eran tan antiguos como aseguraba Kircher.'"
Pero Kircher produjo un artefacto más espectacular que cualquier
conjunto de glosas verbales. Reunió las inscripciones fragmentarias de
los obeliscos, determinó que ninguna se había perdido y las hizo repro­
ducir íntegramente y en detalle en su libro. Desgraciadamente, como
muchos anticuarios, él contemplaba las pruebas visuales a través del ve­
lo de los testimonios verbales. Los artistas que empleaba eran incapaces
de reproducir las imágenes egipcias sin introducir convenciones occi­
dentales que las distorsionaban. Por eso, sus citas de pruebas visuales
difícilmente servían para prevenir los errores de reproducción de la in­
formación; por no hablar de las distorsiones de análisis.'1 Con todo, sus
libros eran visualmente espectaculares, y en esta ocasión pudo exhibir el
monumento mismo. En el centro de la Piazza Navona, esa sinfonía
elíptica en naranja y amarillo, las multitudes romanas aún hoy circulan
en torno de la fuente de Bernini, con sus estatuas de los cuatro ríos del
mundo. Las figuras sostienen el obelisco desenterrado por Kircher, y las
inscripciones talladas en elegante latín aclaran de qué manera el tran­
seúnte erudito ha de inrerpretar este “obelisco hermético”. Ni siquiera
los estupendos folios egiptológicos de Kircher son tan bellos como el
marco que creó para exhibir el documento original: es acaso lapiecejus-
tificative más impresionante, por cierto la más seductora, exhibida en
apoyo de las audaces tesis de la arqueología renacentista.32
La egiptología kircheriana, como su sinología, cabía en los marcos de
una tradición histórica reconocible. Porque la historia crítica documen­
tal de ninguna manera era privativa de los polemistas judíos y cristianos,
jesuitas y benedictinos. En el siglo V a. C., a más tardar, los intelectuales
griegos habían empezado a escribir historias narradas de grandes sucesos,
así como monografías en las que analizaban problemas técnicos. Los
eruditos romanos siguieron su ejemplo a partir del siglo I a. C. Esos es-
L O S H ISTO RIADO RES Y ANTICUARIOS ECLESIÁSTICOS 103

radiosos, llamados anticuarios, abordaban una amplísima gama de ma-


cerias. Trataban de determinar las fechas precisas de los grandes sucesos
históricos. Reconstruían las ceremonias religiosas y las instituciones po­
líticas, los ritos públicos y las vidas privadas de sus antepasados. Hom­
bres como Varrón, que escribió sobre la Vida del pueblo romano al que
pertenecía, fueron los antepasados intelectuales de historiadores sociales
y culturales de miras amplias como Marc Bloch y Luden Febvre, pari­
sinos del siglo XX.33
No es fácil describir el aspecto que tenían los libros de los anticua­
rios antiguos, ya que escasas muestras de esta literatura erudita han lle­
gado hasta nosotros salvo bajo la forma de citas o compendios. Pero se
puede decir casi con certeza que, además de textos coherentes, incluían
cantidades importantes de material de primera fuente. Ejemplo de ello
es la obra, casi totalmente perdida, de Cráteras de Macedonia, un estu­
dioso de la historia ateniense que probablemente mantenía contacto
con Aristóteles. Como se sabe, el gran filósofo también era un gran eru­
dito. Recopilaba textos históricos y legales de todo el mundo griego pa­
ra realizar sus estudios comparados de sociedades y constituciones.
Aparentemente, Cráteras empleó un método empírico similar para el
estudio de la historia ateniense. Para determinar la verdad sobre cues­
tiones históricas y cronológicas controvertidas, fue a los archivos de
Atenas y copió las inscripciones que dejaban constancia de las decisio­
nes públicas del pueblo, entre otros textos.34 Plutarco, quien escribió
sus vidas de varones atenienses ilustres varios siglos después, lo cita dos
veces. En una, menciona un documento “entre los decretos recopilados
por Cráteras” para refutar a otro historiador, Calístenes; en otra, refuta
una afirmación del propio Cráteras, al observar que éste no citaba
“pruebas... escritas, aunque en general registra tales sucesos exhaustiva­
mente como corresponde y cita a aquellos que sustentan su crónica”.35
Las citas discrepan en cuanto al tono, pero ambas sugieren que Cráte­
ras escribió algo semejante a una obra histórica minuciosamente deta­
llada, basada en documentos, distinta de todos los textos que nos han
llegado. Con todo, es difícil llegar a conclusiones precisas, dada la natu­
raleza fragmentaria de los textos y el hecho de que tal vez Plutarco no
lo citó de manera directa. Por la misma razón, aún se discute sobre los
historiadores locales de Atenas, los atidógrafos, quienes tal vez emplea­
ron los mismos métodos de investigación.
104 LO S O RÍG ENES T R Á G ICO S D E LA ERUDICIÓN

El género anticuario echó nuevos brotes en los siglos XIV y XV, y se


extendió por todas partes en los dos siguientes. Los estudiosos recorrían
las ciudades y los campos europeos en busca de inscripciones griegas y
romanas, las copiaban en sus cuadernos y, a partir de principios del si­
glo XVI, las publicaban en recopilaciones impresas más o menos fidedig­
nas. Cario Sigonio, Onofrio Panvinio y otros reconstruyeron la columna
cronológica de la historia romana sobre la base de los fasti, inscripciones
halladas en la década de 1540 en el foro romano y reunidas en el Palazzo
dei Conservaron nada menos que por Miguel Ángel.36 La constitución
romana y el calendario ateniense, bodas romanas y costumbres militares
bizantinas, todo era objeto de análisis sistemáticos y detallados. El cali­
bre y el buril del grabador se sumaron a la pluma en la caja de herra­
mientas del estudioso. Los anticuarios, además de leer textos, pesaban y
medían monedas antiguas, excavaban e ilustraban edificios y estatuas,
trataban de reconstruir el aspecto de objetos antiguos, de armas y arma­
duras hasta la cruz en la que murió Jesús. Los más audaces seguían el
ejemplo de Cristóforo Buondelmonti y Ciríaco de Ancona, quienes de­
safiaban a los piratas del Mediterráneo y los rigores de la vida en regio­
nes musulmanas para explorar las ruinas griegas de Atenas y otras
partes.37 Otros reconstruían la historia de la Europa medieval, compila­
ban y evaluaban crónicas, hurgaban en lo más profundo de los archivos
nacionales y locales.3'1 Los gabinetes de antigüedades y los Kunst imd
Wnnderkammern ofrecían a sus doctos visitantes colecciones de monedas
debidamente clasificadas juntamente con largas hileras de estatuas e ins­
cripciones antiguas. En las academias y los palacios mediterráneos, don­
de los anticuarios franceses e italianos recopilaban objetos y debatían
entre ellos, se creó el marco de una aventura intelectual. Los métodos
interdisciplinarios del anticuarismo estimularon los estudios históricos
en muchas universidades, sobre todo en el Sacro Imperio Romano y en
Escandinavia.”
La mayoría de los trabajos cruciales de esta tradición, como el bri­
llante manual De militia romana de Justus Lipsius, que cumplió un pa­
pel clave no sólo en el estudio de la historia romana sino también en la
creación de los primeros ejércitos modernos, estaban organizados de
manera sistemática en lugar de cronológica. Todos citaban abundante­
mente a sus fuentes. Lipsius, por ejemplo, basó su estudio del ejército
romano en los capítulos pertinentes del libro sexto de la historia de Ro-
LO S HISTO RIADO RES Y ANTICUARIOS ECLESIÁSTICOS 105

ma de Polibio, que tradujo y comentó.40 Así dejó una lección formida­


ble sobre la importancia crucial del uso de fuentes primarias. Lo mismo
hicieron, y de manera aun más directa, los anticuarios de los siglos XVII
y XVIII que compilaron textos medievales históricos y legales en enor­
mes folios que son aún hoy herramientas indispensables en cualquier
biblioteca de estudios históricos, a pesar de que muchos compiladores
consideraban estos textos literariamente mediocres y, lejos de felicitarse,
se disculpaban por imprimir fuentes tan insulsas cuan indispensables.
Muchos anticuarios destacaban la importancia de la bibliografía ex­
haustiva, la cita precisa y la transcripción exacta (aunque a veces no lleva­
ban a la práctica sus propios preceptos).41 Por otra parte, las herramientas
básicas de su oficio inculcaban en ellos la importancia de conocer las
pruebas de primera mano. Los coleccionistas de inscripciones griegas y
romanas se aseguraban de comunicar a sus lectores quién había visto un
objeto determinado y en cuáles circunstancias. Janus Gruter, el anti­
cuario alemán compilador de la colección de epígrafes que sirvió de pa­
trón a lo largo del siglo XVII, informó que su predecesor Henricus
Smetius había examinado una colección de pesas antiguas en la colec­
ción de Achille Maffei en Roma, en 1562. En muchos otros casos,
Gruter pudo decir que Smetius había “visto” un objeto determinado,
aunque nadie sabía dónde. Para explayarse sobre la naturaleza y el em­
pleo de un abaco de bronce de la colección del erudito augsburgués
Max Wclser, “nada nos impide escuchar sus propias, cristalinas pala­
bras”, escribe Gruter, y procede a citarlo.42
Estas sutilezas metodológicas no pusieron fin a las polémicas entre
anticuarios, que empezaron a girar en torno de una variación interesan­
te sobre el antiguo tema del Gran Bonete: “Al Gran Bonete se le ha
perdido una prueba de primera mano, y dice que X la tiene”. Cuando
Ralph Brooke, heraldo y anticuario de York, quiso desacreditar a su
nuevo colega William Camden, ex director de la escuela de Winches­
ter, citó documentos y monumentos para demostrar que éste no debía
haber abandonado su “oficio inferior de azotar muchachos”. Camden,
que había utilizado las pruebas materiales halladas en la tumba de la reina
Felipa en defensa de su Britannia, insistió en que esta fuente primaria
contenía las pruebas oculares de su teoría e instó a su adversario a "ir a la
tumba”, a “contemplar la misma”. “He ido a verla”, respondió Brooke, y
observó que Camden había “informado no verazmente” sobre las armas
106 LOS ORÍGENES TRÁGICOS DE LA ERUDICIÓN

que decía haber hallado.43A p esar de su erudición, Camden so lía citar


textos dudosos, corno un pasaje atribuido a Asser que describía la h isto ­
ria primitiva de Oxford, y que él imprimió en 1603 aunque sab ía que,
probablemente, lo había fraguado el anticuario Long Henry Savile de
Banke.44 Las páginas llenas de latinajos de la literatura anticuaría conti­
nental -que encontraba muchos lectores por fuera de los centros de
erudición técnica tales como el Colegio de Heraldos- estaban llenas de
polémicas y discusiones similares.45 Nadie sorteó los campos minados
bibliográficos y morales de esta clase de erudición con mayor pericia que
el gran filósofo Leibniz, quien demostró por medio de argumentos me­
tafíisicos que vivía en el mejor de los mundos posibles y además, por me­
dio de extensas investigaciones en los archivos y la edición de una
cantidad de textos, que sus mecenas de la casa de Braunschweig-Lüne-
burg podían jactarse de la mejor de las genealogías posibles.41'
Así, Gibbon y sus colegas podían encontrar modelos de crítica y
complicación de fuentes en una tradición de erudición secular que se
remontaba al Renacimiento y aun antes.47 Por cierto, Gibbon no de­
mostraba el mismo respeto hacía todos los anticuarios. Las especulacio­
nes fantásticas de cronólogos carnavalescos como Kircher, quienes
adecuaban la historia del mundo antiguo a sus gustos neoplatónicos o
patrióticos, le disgustaban tanto como el fanatismo y la ingenuidad de
los hagiógrafos. Marchitó los coloridos pétalos de sus recreaciones ima­
ginativas del pasado con una ráfaga gélida de desdén neoclásico:

El siglo anterior abundaba en anticuarios de profunda erudición y con­


fianza ciega, quienes, a la luz vacilante de leyendas y tradiciones, de
conjeturas y etimologías, condujeron a los bisnietos de Noé desde la
Torre de Babel hasta los confines del mundo. Entre estos críticos jui­
ciosos, uno de los más amenos era Olaus Rudbeck, profesor de la Uni­
versidad de Upsala. Todo cuanto celebran la historia o la fábula, este
fervoroso patriota lo atribuye a su país. De Suecia (que formó parte tan
importante de la antigua Alemania), los propios griegos tomaron sus
caracteres alfabéticos, su astronomía y religión. La Atlánrida de Platón,
el país de los Hiperbóreos, los jardines de las Hespérides, las Islas Feli­
ces y aun los Campos Elíseos eran imitaciones pálidas e imperfectas de
aquella deliciosa región (que así aparecía a los ojos de los nativos). Un
clima tan generosamente favorecido por Natura no podía permanecer
desierto por mucho tiempo después del diluvio. El doctor Rudbeck da
LO S HISTORIADORES Y ANTICUARIOS ECLESIÁSTICO S 107

a la familia de Noé unos años para multiplicarse de ocho a veinte mil


personas. A continuación las dispersa en pequeñas colonias para repo­
blar la Tierra y propagar la especie humana. El destacamento alemán o
sueco (que, si no me equivoco, marchó bajo el mando de Ashkenaz hi­
jo de Gomer, el hijo de Jafet), se distinguió por un celo fuera de lo co­
mún en la realización de esta gran obra. La colmena boreal envió sus
enjambres a la mayor parte de Europa, Africa y Asia; y (según la metá­
fora del autor) la sangre circuló de las extremidades al corazón/"

Esta paráfrasis rezuma desprecio en cada una de sus palabras: ningún


lector quedará sorprendido por el comentario acerbo de que “todo este
laborioso sistema de antigüedades alemanas es aniquilado por un solo
hecho”. Y a nadie le parecerá casual que sólo sintiera regocijo ante los
intentos delirantes del doctísimo jesuíta Pierre Hardouin por demostrar,
sobre la base incontrovertible de las monedas, que prácticamente toda la
literatura clásica en su conjunto consistía en falsificaciones. En su análi­
sis de si San Pedro estuvo alguna vez en Roma, Gibbon presentó las opi­
niones a favor y en contra en una nota al pie. Para exponer su punto de
vista, se limitó a resumir la teoría de Hardouin, que bastaba para reducir
al absurdo a todas las hipótesis positivas: “Según el padre Hardouin, los
monjes del siglo XIII, quienes compusieron la Eneida, representaron a
San Pedro bajo el personaje alegórico del héroe troyano”.49
En general, Gibbon demostraba escasa paciencia con muchas de las
características salientes de la literatura anticuaría. Se mofaba de sus es­
fuerzos por anudar las historias de naciones divergentes mediante la iden­
tificación de rasgos culturales y religiosos comunes. Para explicar esas
pruebas había que recurrir a la etnología comparada más que a la filología
especulativa: “Nuestros anticuarios nos ahorrarían muchas frivolidades
doctas si condescendieran a comprender que circunstancias similares re­
dundarán naturalmente en costumbres similares”.5" La pedantería siem­
pre le disgustaba, sobre todo cuando se combinaba con hipótesis que
consideraba disparatadas. Deploraba la tendencia de los anticuarios, aun
los más doctos, de explayarse en mayores detalles de los que pudieran
desear sus lectores o proporcionarles sus fuentes. Despachó el intento de
los eruditos de reconstruir “el sistema religioso de los germanos (si las
opiniones delirantes de los salvajes merecen ese nombre)” con un filoso
paralelismo: “Tácito empleó unas pocas líneas, y Cluverius ciento veinti-
108 LO S O RÍGENES TR Á G ICO S D E LA ERU DICIÓ N

cuatro páginas a este asunto abstruso”.51 Éstas y otras observaciones críti­


cas indican que Gibbon mantenía hacia la antigua literatura latina del an-
ticuarismo una actitud de considerable ambivalencia.
Con todo, aprendió mucho de ellos. El minucioso cuidado con el
que reproducían las citas le sirvió de modelo de erudición concienzuda
y estrecha atención tanto a la localización como la calidad de las fuen­
tes. Como habitué de bibliotecas y colecciones anticuarías de Europa,
conocía su precisión y erudición por experiencia propia. En mayo de
1764, el docto Giuseppe Bartoli, modelo de disciplina y politesse, lo
guió a través del Gabinete Real de Antigüedades de Turín. Aunque un
peu charbitan, impresionó a su huésped con su destreza para acudir a
monumentos juntamente con textos. A Gibbon le interesó, sobre todo,
la colección en treinta tomos de antigüedades sobre papel reunida por
el anticuario romano Pirro Ligorio en el siglo XVI. Sabía que muchos
estudiosos habían criticado a Ligorio, artista y arquitecto más que hu­
manista, “por su fal ta de fidelidad y por inventar monumentos que des­
conocía”. Pero al leerlo, Gibbon encontró en sus manuscritos

pruebas de honradez que me predisponen a contemplarlo favorable­


mente. Veo a un hombre que suele dudar de haber leído correctamen­
te, que deja gruesos errores en los monumentos y sólo incluye un sic
para demostrar que los ha advertido, y que deja espacios en blanco que
hubiese podido llenar con facilidad. Puedo agregar que era apenas un
compilador y no tenía un sistema a cuyos intereses debía someterse.
Con frecuencia cita la ciudad, la casa y el gabinete del cual ha tomado
una pieza determinada.52

Anticuarios más eruditos le enseñaron a extraer de los textos clásicos


hechos sobre la vida social y cultural. Actuó como discípulo fiel, no co­
mo crítico acerbo, al observar que “Ovidio emplea doscientas líneas en
la investigación de los lugares más favorables para el amor. Sobre todo,
considera al teatro el mejor adaptado para reunir a las bellezas de Roma y
reducirlas a ternura y sensualidad”.53 Y en las colecciones anticuarías del
siglo XVIII, escritas principalmente en francés y caracterizadas en general
por una elegante economía de medios intelectuales y eruditos que no se
observa en tratados más antiguos desdeñados por él, Gibbon encontró un
modelo para su propia capacidad de reunir la erudición humanista con la
ironía filosófica. Los ensayos de los críticos de la Académie des Inscrip-
LOS HISTORIADORES Y ANTICUARIOS ECLESIÁSTICOS 109

tions et Belles-Lettres, cuyos veinte volúmenes de Mémoires fueron la


base de su biblioteca profesional, halló lo que había buscado vanamente
en Rudbeck y Cluverius: estudios sensatos sobre temas tan oscuros co­
mo los orígenes y las migraciones de los pueblos. Al comentar uno de
esos ensayos observa que “es difícil hallar una unión tan feliz del anti­
cuario con el filósofo”.54
En esta forma actualizada, Gibbon pudo acceder a los resultados de
la obra anticuaría de los dos siglos anteriores y apreciarla. Sabía que los
académicos sometían los informes antiguos y modernos sobre la funda­
ción de Roma a un baño corrosivo de escepticismo histórico. Al hacer­
lo, a veces recorrían caminos abiertos por estudiosos renacentistas como
Johannes Temporarius, Philip Cluverius y Joseph Scaliger, quienes no
sólo habían separado las fuentes verdaderas de las falsificaciones de An-
nio de Viterbo, sino también habían demostrado en los siglos XVI y
XVII que las crónicas romanas de la historia primitiva de la ciudad de­
pendían en cuanto a fechas y detalles de informes posteriores. Además,
después de que los galos incendiaran la ciudad y sus archivos, aquellos
seguramente fueron transmitidos durante algún tiempo en forma oral
-acaso por medio de las célebres canciones de los festines-, y en ese
proceso no pudieron dejar de sufrir cambios.
H. J. Erasmus demostró hace mucho tiempo que De Beaufort y Nie-
buhr teman poco que enseñar a los humanistas del Renacimiento y sus
sucesores barrocos acerca de la crítica histórica.55 Al sumergirse en los
ensayos precoces y eleganres de los eruditos franceses -que también im­
presionarían más adelante al estudioso alemán Friedrich August Wolf, un
crítico acerbo de sus predecesores-, Gibbon aprendió a apreciar la tradi­
ción anticuaría, aunque sintiera escaso respeto por ciertos anticuarios.54
Las compilaciones de fuentes por los historiadores eclesiásticos y los an­
ticuarios seculares proporcionaron la materia prima talada, torneada y pu­
lida por los historiadores del lluminismo. Su crítica metodológica fue el
modelo para los procedimientos analíticos, aunque no los narrativos, em­
pleados por Moser y Robertson. Con todo, los anticuarios no dejaron a
sus sucesores seculares nada parecido a un modelo literario acabado.
Cuando escribían sobre problemas históricos, no producían generalmen­
te narraciones anotadas sino argumentos sin notas, en los cuales las fuen­
tes a analizar y las tesis contrarias a refutar aparecían citadas y analizadas
en el cuerpo principal del texto. Y la presencia ocasional de una nota o
110 LO S ORÍG ENES TR ÁG ICO S D E LA ERUDICIÓN

glosa no se debía a la separación nítida entre el texto y la anotación. Se


puede leer la mayoría de los clásicos eruditos del siglo XVII y principios
del XVIII, desde De re diplomática de Mabillon hasta Artnali d ’Italia de
Muratori o Ars critica de Leclerc sin encontrar una doble narración en
sentido gibboniano.
Al confesar su deuda con estas tradiciones, Gibbon aclaró que esas
obras le servían de base para su narrativa, pero no de modelo. Acerca de
Muratori escribió:

Sus Antigüedades tanto en latín como en la lengua vulgar muestran un


cuadro curioso de las leyes y costumbres de la Edad Media; y el texto
correcto es justificado por un copioso apéndice de documentos auténti­
cos. Sus Anales son un compendio fiel de los veintiocho volúmenes en
folio de historiadores originales; y cualesquiera que fuesen las faltas que
se advirtiesen en esta gran colección, nuestra censura es desarmada por la
observación de que la emprendió y llevó a cabo un solo hombre. Mura­
tori no aspirará a la fama del genio histórico: su modestia puede quedar
satisfecha con el elogio firme, aunque humilde, que merece un crítico
imparcial y compilador infatigable.57

No era éste un veredicto idiosincrásico. El traductor alemán de los An-


nali (1747) elogió el uso sistemático de las fuentes, que dio a su obra
densa das eigentlíche Leben [su verdadera vida]. Pero esperaba que su
versión y no la original fuese la preferida, precisamente porque había
verificado las fuentes de Muratori y agregado Anmerckungen. Estas no­
tas al pie identificaban a los adversarios católicos que Muratori no ha­
bía querido atacar de manera explícita y modificaban, relativizaban o
reforzaban sus tesis con nuevas pruebas tomadas de las fuentes. En una
palabra: el traductor había convertido una compilación tan digna como
tradicional en una pieza actualizada de historia crítica... a costa de drás­
ticas alteraciones de forma.5®
La historia eclesiástica y el anticuarismo, como la historia crítica de
De Thou y sus contemporáneos, son partes necesarias de la historia de la
nota al pie. Pero ni juntas ni por separado alcanzan a explicar su crea­
ción. Para comprender cómo se transformó la tradición histórica, debe­
mos explorar un afluente más de su laguna genética intelectual.
VIL CLARIDAD Y NITIDEZ EN LOS ABISMOS
DE LA ERUDICIÓN: LOS ORÍGENES CARTESIANOS
DE LA NOTA AL PIE MODERNA

Una prueba destacada, pero ignorada, permite estrechar el campo cro­


nológico de esta indagación. En una carta a Walpole para disculparse por
“mi negligencia al no citar a mis autoridades”, Hume destacó que había
realizado sus investigaciones de manera sistemática y sin duda hubiera
podido anotar su texto: “Reconozco que no haber tomado esa precau­
ción es tanto más inexcusable por cuanto semejante precisión no me hu­
biese costado problema alguno; y hubiese sido fácil para mí, después de
anotar y marcar los pasajes en los que fundamentaba mi narración, escri­
bir las referencias en el margen”. El problema no era de investigación si­
no de estilo. Hume confesó que “me sedujo el ejemplo de los mejores
historiadores entre los modernos, tales como Maquiavelo, Fra Paolo,
Davila, Bentivoglio”; en otras palabras, que había seguido el modelo de
los grandes historiadores políticos del Renacimiento al escribir, como
ellos, según la tradición clásica. Sin embargo, ahora pensaba que al ha­
cer de ellos sus modelos y evitar el uso de las notas, había pasado por
alto la cuestión principal: “que esa práctica era más moderna que su
época y una vez introducida, debía ser aplicada por todos los autores”.1
Esta pista, la más precisa que hemos descubierto hasta el presente, nos
indica que debemos buscar el origen de la nota al pie una o dos genera­
ciones antes que Hume, alrededor del 1700 o inmediatamente antes.
En verdad, como señalan Lionel Gossman y Lawrence Lipking, una de
las obras más grandiosas e influyentes de la historiografía del siglo XVII
tardío no sólo tiene notas al pie, sino que consiste principalmente en
éstas, y aun en notas a las notas. Las vastas páginas de ese improbable
bestseíler, el Diccionario histórico y crítico de Pierre Bayle, ofrecen al lec­
tor una corteza delgada y frágil de texto para atravesar la vasta ciénaga
oscura del comentario.2

111
112 LO S O RÍGENES TR Á G ICO S DE LA ERUDICIÓN

Bayle era una figura característica a la vez que dominante del refu­
gio calvinista de fines del siglo XVII: la oleada de hugonotes, entre ellos
miles de artesanos además de decenas de intelectuales destacados, ex­
pulsados de Francia por las persecuciones religiosas bajo Luis XIV.3
Estudioso de la nueva filosofía de Descartes y conocedor aficionado,
pero profundo, de la teología y exégesis protestantes, Bayle fue profesor
en la Academia Protestante de Sedan y, clausurada ésta, en el Gymna-
sium filustre de Rotterdam. Sin embargo, su oficio principal era el de
editor y escritor. Su revista mensual de largas reseñas, Nouvelles de la
République des Lettres, alcanzó amplia difusión a partir de su aparición
en 1684; Bayle tenía prestigio y una red de corresponsales en Europa.
Al mismo tiempo, crecían sus dificultades. Las autoridades francesas,
que detestaban la ironía brillante del crítico protestante que estaba fue­
ra de su alcance, detuvieron a su hermano, quien rechazó la conversión.
El rigor de la prisión le fue fatal. Mientras tanto, su tolerancia política y
ciertas lealtades personales provocaron un fuerte conflicto entre él y su
antiguo amigo, el teólogo calvinista Pierre Jurieu. Bayle perdió su cáte­
dra y empezó a ser objeto de fuertes ataques literarios.4
A pesar de estas presiones, conservó su independencia personal e in­
telectual, y continuó su lucha contra las ortodoxias pagadas de sí mis­
mas de todo tipo (se describió memorablemente como un auténtico
protestante: el que protesta contra todo por principio).5 Pero compren­
dió que debería ganarse la vida como escritor. Por extraño que parezca,
una obra de consulta vasta y desprolija que tardó años en completar le
sirvió para ganarse la vida. A principios de la década de 1690, empren­
dió la redacción de un diccionario de los errores contenidos en otras
obras de consulta, sobre todo en el popularísimo Grand dictionnaire
historique de Louis Moréri, que, en 1759, llegaría a su vigésima (!) edi­
ción a pesar de las críticas de Bayle.6 En un esbozo que hizo circular pa­
ra conocer la reacción del mercado y los lectores, trazó una descripción
modesta de la tarea: “Es peor que combatir monstruos. Es como tratar
de cortar las cabezas de la Hidra; es, cuando menos, como querer lim­
piar los establos de Augeas” .7 Su idea fundamental era tan sencilla co­
mo ambiciosa. Al compilar material sobre el filósofo romano Séneca,
por ejemplo, Bayle hacía una lista de las omisiones y los errores en los
libros de consulta existentes. Todo lo que el lector leyera en otra parte y
no fuera contradicho por Bayle sería cierto." Bayle no tenía un pelo de
L O S O RÍG ENES C A RTESIA N O S DE LA N O T A A L PIE 113

ingenuo. Sabía que se polemizaba sobre gran cantidad de hechos y que


el lector no siempre era capaz de descubrir la verdad. Todos los críticos,
aun los más severos y aparentemente más fiables, cometían decenas de
errores. Los grandes eruditos de los últimos dos siglos —incluso Scaliger
y Saumaise- no sólo habían descubierto errores ajenos, sino también
cometido los suyos. Durante las interminables cuan enconadas polémi­
cas entre historiadores y filólogos, la verdad volaba de aquí para allá, re­
botaba con tanta fuerza y, a veces, con trayectorias tan erráticas como
una pelota de tenis en Wimbledon.’ Sólo un diccionario de errores, di­
jo Bayle, podía servirle al lector como hilo de Ariadna para recorrer las
laberínticas polémicas entre eruditos de los dos últimos siglos. Y con
una mezcolanza de metáforas tradicionales y modernas aseguró que su
libro sería “la piedra de toque de todos los demás libros”, la “central de
seguros de la República de las Letras”.10
El público reaccionó de dos maneras ante su propuesta: algunos lec­
tores que respetaba, como Leibniz, lo criticaron; los demás respondie­
ron con un gran bostezo colectivo. Por eso, acometió una tarea aun
más grandiosa: un diccionario histórico de personas (y algunos lugares)
antiguas, medievales y modernas, sustentado por un gran cuerpo de re­
ferencias y citas. El Diccionario apareció en diciembre de 1696; la edi­
ción ampliada apareció en 1702 y se convirtió en el material de lectura
preferido de casi todos los europeos cultos durante buena parte del si­
glo siguiente. La obra fascinaba especialmente a los que buscaban una
mezcla de erudición y filosofía. J. J. Winckelmann, precursor de la his­
toria del arte y otro de los autores del siglo XVIII que transformaron la
tradición de la erudición anticuaría en algo fecundo y extraño, leyó dos
veces el Diccionario y extrajo de él lo que llamó un iustu [volumen],
1.300 páginas de artículos manuscritos con una letra diminuta."
Puede parecer extraño identificar a Bayle, un pensador de quien se
suele decir que enseñó a los intelectuales del lluminismo a dudar de to­
do, como fundador de la erudición histórica. Muchos lectores ven en
su Diccionario un vasto aparato subversivo, diseñado para socavar la Bi­
blia, la ortodoxia protestante y el concepto mismo del conocimiento
exacto." Por cierto que el hombre que no veía en la historia “sino los
crímenes e infortunios de la raza humana” no compartía el optimismo
de De Thou o Gibbon. Bayle develaba sistemáticamente los errores y
las contradicciones: entre el desdeñado Moréri, su antecesor en materia
114 LO S ORÍGENES TR Á G ICO S D E LA ERUDICIÓN

de crear diccionarios, y las fuentes; entre las diversas fuentes; entre éstas
y el sentido común. Insistía en que una gigantesca obra de falsificación
había interferido con la crónica histórica en todo tiempo y lugar. Todos
los autores, fuesen paganos o cristianos, distorsionaban para condenar:
“Se ha empleado este método en todo tiempo y lugar. Los hombres
siempre han tratado, y tratan aún, de ridiculizar la doctrina y la persona
de sus adversarios: con ese fin inventan miles de fábulas” .13 En la áspera
nota D al artículo dedicado a Giacomo Bonfadius —un historiador cuyos
enemigos lo hicieron condenar y ejecutar bajo el cargo falso de sodo­
mía-, Bayle se mofa del concepto ciceroniano de que los historiadores
pueden y deben decir toda la verdad:

Nada es más bello en teoría que las ideas del legislador de los historiado­
res: les ordena que no osen decir nada que sea falso y que osen decir to­
do lo que sea cierto; pero estas leyes son impracticables, como lo son las
del decálogo en el estado actual del género humano... Observemos, por
otra parte, que existe una gran diferencia entre leyes tan semejantes. El
decálogo sólo sería asequible a una sabiduría perfecta; y sería una locura
total cumplir las leyes de la historia. La vida eterna es el fruto de la obe­
diencia al decálogo, pero la muerte temporal es la consecuencia casi ine­
xorable de la obediencia al legislador de los historiadores.1,1

Por eso, muchos lectores han visto en Bayle un enemigo jurado de la


idea de que la historia es capaz de desenterrar los hechos de manera
fehaciente, y han interpretado el torrente subterráneo de irreverencias
en sus notas como una ofensiva frontal destinada a subvertir todas las
certezas.
Con todo, los lectores podían —y aún pueden—aprender muchas lec­
ciones de su libro, algunas de las cuales parecen contradecir otras. Bayle
destacó tanto las normas de la buena erudición como los defectos de la
mala. De esa manera estableció formalmente las reglas de la recta inves­
tigación, las mismas que Gibbon y Davis darían por sentadas un siglo
después. Por ejemplo, en el pasaje sobre David, escribe:

La vida de este gran príncipe publicada por monseñor el abad de Choi-


si es un buen libro y hubiera sido mucho mejor si se hubiera tomado el
trabajo de colocar al margen los años de cada suceso y los pasajes de la
Biblia o Josefo que le proporcionaron la información. Al lector no le
LOS ORÍGENES CARTESIANOS DE LA NOTA AL PIE 115

complace ignorar si lo que lee proviene de una fuente sagrada o de una


fuente profana.15

Evidentemente, las citas deben ser exhaustivas y precisas. También de­


ben serlo los testimonios compilados. Las notas al pie de Bayle abundan
en la cháchara salaz de la República de las Letras, las interpretaciones
pornográficas de pasajes bíblicos, las anécdotas sexuales sobre los filóso­
fos y los eruditos. Gracias a él nos ha llegado el relato de Caspar Sciop-
pius, quien desde la ventana de su pensión estudiantil en Ingolstadt vio
a un gorrión tener relaciones sexuales veinte veces para luego morir, y
reflexionó: “Oh, suerte injusta, que les concedes esto a los gorriones y lo
niegas a los hombres”.16 Muchos lectores se preguntan si al colocar los
pasajes más escandalosos e irreverentes en las notas en lugar del cuerpo
principal, el autor esperaba ocultarlos de la censura. Pero, como sostuvo
Walter Rex hace una generación, parece que Bayle no trataba de ocul­
tarse. Después de todo, sus lectores más hostiles eran habitués de las
obras eruditas, exploradores especializados de las obras doctas. Desperta­
das sus sospechas, ni el más remoto rincón escaparía a sus miradas.17
Cuando los pasajes malignos de sus notas atraían los disparos de los
cañones ortodoxos, fuesen católicos o calvinistas, lejos de evadirse, Bay­
le desplegaba una defensa enérgica:

Éste es un diccionario histórico comentado. La'ís debe tener su lugar en


él, tanto como Lucrecia... Hay que hacer no sólo un relato de los suce­
sos más conocidos sino también un detalle exacto de los sucesos menos
conocidos; y una recopilación de lo que está disperso en diversos luga­
res. Hay que aportar pruebas, examinarlas, confirmarlas, aclararlas. Es,
en una palabra, una obra de compilación.18

La vindicación del compilador era algo más que una defensa de los pasa­
jes atrevidos de las notas. Para Bayle era rqptivo de orgullo. Autores más
elegantes, que se negaban a presentar todas las pruebas, habían desacre­
ditado la erudición. En Bayle, la vasta acumulación de pasajes de otros
textos, exégesis, resúmenes y refutaciones era un profundo ejercicio de la
búsqueda de la verdad; el único capaz de mitigar los temores del lector
justamente desalentado por los métodos habituales de la erudición des­
pojada de sentido crítico. Los historiadores normales distorsionaban; el
“compilador”, al conservar incluso los detalles desagradables, ofrecía al
lio LO S O RÍG EN ES T R Á G ICO S D E LA ERUDICIÓN

lector crítico tanta verdad cuanto el esfuerzo humano podía alcanzar.


Bayle describe a los investigadores obsesivos, los que verifican cada he­
cho, con elocuencia e incluso con ardor: “Tratan de verificar todo, van
siempre a la fuente, examinan la intención del autor, no se detienen en el
pasaje que necesitan sino que estudian atentamente el que lo precede y el
que lo sigue. Tratan de emplear sus autoridades con elegancia y de vincu­
larlas bien: las comparan entre ellas, las concilian, o bien demuestran que
se chocan entre sí. Además, cuando se trata de problemas lácticos, para
estas personas es una verdadera religión no afirmar nada sin su prueba
correspondiente”.19 En síntesis, el diccionario está repleto no sólo de he­
chos amenos e inconexos sino también de afirmaciones breves, explícitas
y persuasivas del método anticuario preexistente. Al roce de su piedra fi­
losofal, el plomo de la práctica se transmuta en el oro de los preceptos.
El último paso era sencillo. Bayle afirmó claramente que su obra era
novedosa debido a su carácter doble: se había apartado de las reglas lite­
rarias del juego. Explicó que se había visto obligado a sostener “en esta
acumulación de toda suerte de cosas una doble personalidad, la del his­
toriador y la del comentarista” . En su carácter de historiador, relataba
innumerables historias curiosas, elegidas sin ton ni son, de las vidas y
muertes, opiniones y extravagancias de miles de individuos. En el co­
mentario, dijo, había tratado de “comparar los argumentos a favor y en
contra de algo con todo el desinterés de un reportero fiel”.2" Bayle fue el
inventor y el defensor de la doble narración del historiador moderno, en
la cual el texto expone los resultados finales mientras el comentario des­
cribe el viaje para llegar a ellos. Acosado por mil enemigos, católicos co­
mo protestantes; enfurecido por el reino del error en millares de libros;
desprovisto de todo ap'oyo institucional, Bayle sólo podía apoyarse en la
autoridad de su oficio de erudito. El formato elegido fue el más idóneo
para reforzar sus críticas del error y le dio -com o le daría a Gibbon- es­
pacio ilimitado para la ironía subversiva.21
Desde luego, Bayle no fue el único estudioso de su época que utilizó
las notas al pie. Los polímatas del Sacro Imperio Romano las emplea­
ron en la misma medida. J. F. Buddeus detalló sus fuentes en su nota­
ble Historia de la filosofía de los hebreos, publicada por la imprenta de
los Expósitos de Halle en 1702; lo mismo hicieron Christian Thoma-
sius en su lúcido tratado de 1712, en el que destruyó el mito del Aque­
larre de las Brujas, y Friedrich Otro Mencke en su doctísima biografía
LO S O RÍG ENES CARTESIANO S DE LA N O T A AL PIE 117

de Angelo Poliziano, que tomó como punto de partida el documentado


artículo de! Diccionario de Bayle sobre ese estudioso y poeta del siglo
XV.22 Los católicos se documentaban con la misma pasión que los pro­
testantes. Los jansenistas franceses e italianos -como demostró Momi-
gliano hace mucho tiempo-- se anticiparon a Bayle en la creación de las
bases teóricas de la investigación documental y lo igualaron o superaron
en la precisión de sus métodos.23
Así como la poda violenta hace florecer los setos, las polémicas vio­
lentas produjeron las cosechas más ricas de notas sobre fuentes. Richard
Simón, estudioso católico de la Biblia, enfureció a las autoridades de su
propia confesión tanto como a los teólogos protestantes con su Historia
critica del Antiguo Testamento. Argumentó que el Pentateuco no expre­
saba literalmente la palabra inspirada de Moisés sino una selección rea­
lizada por escribas públicos a partir de lo que había sido un conjunto
mucho mayor de documentos. Además de repetir la peligrosa sugeren­
cia, ya formulada por muchos otros autores, de que Moisés no podía
ser el autor de toda la Biblia, presentó una teoría distinta de la elabora­
ción del texto. La sustentó con una rica documentación, generosamen­
te citada en el texto.24 Escandalizados, los críticos de ambos lados del
cisma religioso acusaron a Simón de cometer errores y tergiversaciones
al citar sus fuentes. Esto lo enfureció, sobre todo porque los críticos co­
piaban sus acusaciones falsas unos de otros sin molestarse en verificar
las fuentes originales supuestamente tergiversadas.25
En defensa de su honor y sus argumentos, Simón creó lo que deno­
minó una nueva forma de documentación para su Historia crítica del
texto del Nuevo Testamento, publicada en 1689. Explicó en el prefacio
que en el texto citaba habitualmentc sus fuentes “en forma abreviada,
de acuerdo con el sentido”. Pero para satisfacción de los lectores deseo­
sos de conocer la cita textual de la fuente, incluía éstas “al pie de cada
página, donde todos podrán leerlas en toda su extensión y en la lengua
de los autores”.24 La verdad es que cumplió esa promesa con creces. Pa­
ra cada cita o paráfrasis incluyó una indicación exacta de la fuente en
una glosa al margen y además el texto completo, junto con una segun­
da indicación de su origen en una nota al pie. El golpe preventivo, si no
desarmó a los críticos, ciertamente los dejó mal parados.
Alrededor del 1700, todo autor que abordaba un problema contro­
vertido sabía que pisaba un campo minado: pata aquel que analizaba
118 LO S O RÍGENES T R Á G ICO S D E LA ERUDICIÓN

problemas históricos y filológicos, la nota al pie aparecía, naturalmente,


como el mejor medio de defensa ante un ataque, fuese abierto o disimu­
lado. Pero un conjunto mayor de circunstancias ayudó a los intelectuales
a adquirir conciencia sobre el problema de la autoridad al escribir sobre
el pasado; y ayudó a Bayle a pronunciarse con lucidez sobre la mejor
manera de evitar el desastre. Cario Borghero ha demostrado que, avan­
zado el siglo XVII, Bayle y varias decenas de eruditos europeos se vieron
obligados a enfrentar, además de las formas consabidas de intolerancia
clerical, un ataque mucho más profundo a su disciplina. Todo humanis­
ta sabía que el influyente Discurso del método de Descartes contenía una
crítica corrosiva del conocimiento histórico, además del programa para
una filosofía nueva. Descartes desdeñaba la historia y las humanidades
como un pasatiempo no más informativo y riguroso que los viajes (sólo
servían para demostrar que las opiniones y costumbres humanas cam­
biaban incesantemente). Pero también proporcionaba a sus adversarios
las armas que podían volver en su contra. En sus obras matemáticas y fi­
losóficas, Descartes aclaraba que, por sus cualidades formales, los argu­
mentos matemáticos poseían un rigor y una generalidad de los que
Carecían las disciplinas humanísticas. Ciertos defensores del conocimien­
to histórico, como Huet y Craig, aplicaron este argumento a su obra.
Trataron de infundir rigor en su crítica histórica al presentarla bajo la
forma cartesiana (o newtoniana) de cadenas rigurosas de deducciones.27
En mi opinión, Bayle y sus colegas anotadores respondieron a Des­
cartes de manera más constructiva. Tomaron los métodos recomenda­
dos por Bodin, aplicados por De Thou y otros, como base adecuada
para la indagación histórica rigurosa. No sólo aplicaron las normas para
verificar o refutar las proposiciones históricas sino que las formularon.
Y crearon la doble narración, una forma dual que explicitaba, a la ma­
nera de las Regulae cartesianas, que cada argumento presentado se deri­
vaba rigurosamente de las pruebas pertinentes.18
La historia temprana del proyecto de diccionario de Bayle contiene
sobradas pruebas a favor de este análisis. En su Projet, insistió que la
obra tendría muchos lectores precisamente porque las ciencias de la crí­
tica histórica y filológica florecían como nunca;

Y que nadie diga que nuestro siglo, restaurado y curado del espíritu crí­
tico que reinó en el anterior, considera mera pedantería los escritos de
LO S O RIG EN ES C A RTESIA N O S D E LA N O T A AL PIE 119

aquellos que corrigen las falsedades de hecho concernientes a la historia


individual de los grandes hombres o el nombre de las ciudades u otras
cosas similares. Porque, en términos generales, no cabe duda de que es­
ta suerte de ilustraciones jamás ha encontrado tantos partidarios como
en la actualidad. Por cada investigador de experimentos físicos, por ca­
da matemático, encontraréis cien personas que estudian profundamen­
te la historia con rodas sus subdisciplinas. Y jam ás la ciencia del
anticuariado, quiero decir el estudio de las medallas, las inscripciones,
los bajorrelieves, etcétera, ha sido cultivada como en el presente.®

Aquí, la voz de Bayle resuena enérgica y orgullosa. Pero lo interesante es


que este pasaje aparece como la respuesta a una objeción hipotética. Sa­
bía perfectamente que nadaba contra la corriente de la opinión popular.
La filosofía y la ciencia experimental cartesianas estaban de moda, y mu­
chos humanistas ya perdían esperanzas de ocupar un puesto importante
en los programas de enseñanza. Esto explica, a su vez, por qué Bayle
sentía la necesidad de explayarse contra la opinión prevaleciente de que
la matemática era superior al conocimiento histórico porque conducía
“a verdades no susceptibles de duda”. Por el contrario, insistió Bayle, las
“certezas” de la historia, con ser distintas, eran mucho más concretas,
aplicables a la vida humana, e incluso, “más seguras en un sentido meta-
físico” que “las profundas abstracciones de la matemática”.50
En el mismo esbozo, pero en otro contexto, reconoció que las difi­
cultades para citar fuentes contribuían a restarle certeza a la historia:

Si un autor afirma cosas sin citar de dónde las toma, es lícito creer que
sólo habla de oídas; si cita, el lector teme que reproduzca mal el pasaje
o lo malinterprete... ¿Qué hacer, pues, señor mío, para eliminar todos
estos motivos de desconfianza, habiendo tal cantidad de libros jamás
refutados y tal cantidad de lectores que no poseen los libros donde se
desarrollan las disputas literarias?31

El último borrador que incluyó Bayle en el Projet del diccionario fue el


desopilante “Zeuxis”, un relato brillante por su ironía sobre las dificul­
tades que afrontó el gran artista griego cuando pidió que sus modelos
se presentaran desnudos. En la nota A, el autor insiste en la importan­
cia de citar correctamente. Como siempre, Moréri lo había hecho mal:
“Apila todas las citas al final de cada artículo, sin aclarar que uno dijo
120 LO S O RÍG EN ES TRÁGICO S DE LA ERU DICIÓ N

tal cosa y otro dijo tal otra: así deja a su lector en una gran consterna­
ción, ya que debe llamar a más de cinco o seis puertas antes de encon­
trar con quién hablar”. Bayle añade con placer que lo mismo había
dicho el historiador eclesiástico le Nain de Tillemont, una de las fuen­
tes preferidas de Gibbon, cuyas obras, como hemos visto, consistían
principalmente en pasajes de sus fuentes. Bayle elogia “la extrema exac­
titud” del “método de citar” de Tillemont.-52
Evidentemente, Bayle consideraba que su diccionario participaba de
la defensa de las ciencias históricas, y que el método correcto de citar
era de importancia vital para su emprendimiento. Pero, aparentemente,
ni siquiera él adquirió plena conciencia de esa conexión hasta que el
más erudito y brillante de sus críticos anudó los hilos del argumento y
la práctica. En su respuesta al Projet, Leibniz desalentó a su erudito co­
rresponsal de compilar una lista de errores o una doxografía de polémi­
cas entre estudiosos. Mas coincidió con Bayle en que “los matemáticos
puros y los físicos que desconocen y desdeñan otras formas de conoci­
miento se equivocan”.53 Insistió en que una versión equilibrada y reo­
rientada del proyecto, que enfocara la verdad en lugar del error, sería
muy útil. En esa obra tendría importancia vital un sistema de referen­
cias que, lejos de desconcertar al lector, demostrara de manera conclu­
yente dónde estaba la verdad. Editor experimentado (y empresario de
ediciones realizadas por hombres inferiores a él), Leibniz pudo darle a
Bayle algunos consejos concisos y oportunos:

Imagino que la mejor manera de alcanzar ese fin sería hablar del asunto
en sí, reproducir, en lo posible, los pasajes de los autores en los cuales
se apoya y presentar con frecuencia sus propias palabras a la manera de
esa excelente obra del Sr. du Cange. Podrá colocar estas palabras en el
margen, ya que en general parece haber renuencia a incluir el griego o
el latín directamente en el cuerpo del texto francés. [Si hubiera em­
prendido una obra en latín, hubiera tenido mayor libertad en este sen­
tido porque, en] cuestiones de hechos, no hay nada mejor que ver las
propias palabras de los autores.53

Las relaciones estrechas entre la filosofía y la filología aparecen claramen­


te en esta búsqueda de Leibniz y Bayle de modelos de referencia precisos
en la literatura filológica de su época. También aparece la alta calidad de
la erudición católica, evidenciada tanto en la referencia de Bayle al his-
LOS ORÍGENES CARTESIANOS DE LA NOTA AL PIE 121

toriador jansenista Tillemont como en la de Leibniz al gran diccionario


de latín medieval de Charles Ducangc, un trabajo de paciencia más que
benedictina realizado por un lego erudito.
Más importante aun, Bayle elaboró su método novedoso de citar
tras largas reflexiones y debates. Las notas al pie tenían importancia pa­
ra él, la suficiente no sólo para compilarlas con infinita energía y ador­
narlas con humor sardónico, sino también para dedicarles un gran
esfuerzo epistemológico. Cualesquiera que fuesen sus intenciones fina­
les, Bayle apuntaló la disciplina histórica que muchos lo han acusado
de cuestionar. Es verdad que su práctica no fue acorde con sus princi­
pios. Al igual que sus enemigos, abreviaba con discreción y consciente
o inconscientemente tergiversaba los textos que los impresores extracta­
ban de acuerdo con sus instrucciones (él mismo trataba de evitar la re­
producción de pasajes largos por considerarlo una pérdida de tiempo).
Aunque insistía que los estudiosos debían indicar con precisión los títu­
los y las ediciones de las obras citadas, sus propias referencias solían
omitir detalles bibliográficos. Con frecuencia, se veía obligado a citar
de memoria libros que ya no tenía al alcance de la mano o notas que ya
no podía compulsar. Peor aun, citaba fuentes que no había leído, a par­
tir de resúmenes y reseñas.35 Pero ahora resulta claro que su modelo es
novedoso y útil.
Es igualmente claro el estímulo que ofreció Bayle a intelectuales jó­
venes deseosos de conservar la posibilidad de acceder al conocimiento
histórico y, a la vez, desarrollar una epistemología y una práctica críti­
cas modernas. Los que escribían sobre la fiabilidad del testimonio his­
tórico [De fide histórica], como el alemán F. W. Bierling, aplicaban las
sugerencias de Bayle al abordar explícitamente el problema mayor de
elaborar normas para la crítica de fuentes. Mucho antes de que Ranke
originara la moda del buceo en los archivos, Bierling señaló en un libro
ornado de notas al pie que aquéllos pueden ser engañosos. A muchos de
sus contemporáneos les parecía imposible, dijo, pero el análisis cuidado­
so de su contenido convalidaba su afirmación. Los archivos contenían
sobre todo documentos creados por embajadores y otros funcionarios
públicos. Pero estas personas normalmente informaban sobre delibera­
ciones a las cuales no tenían acceso directo o sobre las intenciones de
monarcas que no hablaban con franqueza. Por consiguiente, sus infor­
mes contenían “lo que el embajador especula que es la verdad o consi­
122 LO S O RÍG ENES T R Á G ICO S DE LA ERUDICIÓN

dera memorable, no siempre lo que es cierto”. Y remachó el clavo con


una nota impecable: Grotius, embajador del servicio exterior sueco, pasa­
ba el día y buena parte de la noche escribiendo sobre teología, y para sa­
tisfacer a Oxenstierna enviaba los chismes que recogía en la calle [des
nouveües du Pont-neuf en beau latin\. Un archivo constituido por seme­
jantes informes —y una narración basada en ellos- sería fidedigno en
cuanto a nombres y fechas, pero difícilmente revelaría la historia íntima
de los sucesos. De ahí las contradicciones entre archivos y narraciones
conservados y compilados de buena fe.36 Para Bierling, esto no era moti­
vo de desesperación; con todo, junto con su contemporáneo holandés
Perizonius, se pronunció de manera persuasiva por la necesidad de tener
una fe moderada, no excesiva, en la investigación histórica.37 Ellos se des­
tacaron entre los muchos autores que participaron de los complejos deba­
tes de los siglos XVII tardío y XVIII en torno de los motivos del pirronismo
histórico y las condiciones de credibilidad [fides histórica].38 Como señala
Markus Volkel, estos autores no siempre llegaban a conclusiones nuevas
ni formulaciones rigurosas. Pero la forma de exposición rigurosamente
documentada que adoptaron Bierling y otros era novedosa de por sí y ex­
presaba el desarrollo amplio de nuevas pautas para la investigación.
Con todo, el modelo de exposición de Bayle carecía de una virtud
crucial, señalada hace mucho por Gibbon y recientemente por Lipking:
la economía. Bayle escribía con rapidez y en ediciones posteriores agre­
gaba nueva información, no al texto, sino a los comentarios. Esto se
volvió tan complejo -y en ocasiones autocontradictorio- que los lecto­
res se encontraban atrapados y giraban impotentes en redondo, como
en esos juegos de salón donde el participante vuelve una y otra vez al
primer casillero.39 El mecanismo era excesivamente complejo y fortuito:
con un texto delgado e ingrávido flotando sobre un comentario asom­
brosamente erudito y profundo, similar a una mariposa revoloteando
sobre un pantano, constituía un modelo maravilloso de reflexión crítica,
pero mediocre en cuanto a narrativa histórica. Sus brillantes disquisicio­
nes teóricas, en su mayoría dispersas e inaccesibles, escapaban fácilmente
a la atención de los lectores. Afortunadamente, su adversario Jean Le
Clerc, hugonote y refugiado intelectual como él, formuló estos descubri­
mientos y las modificaciones que imponían con una concisión y fervor
generalmente ausentes en Bayle.'*1' Le Clerc, nacido y formado en Gine­
bra, se radicó en los Países Bajos, de donde viajó a Grenoble y Saumur.
L O S O R ÍG EN ES C A R TESIA N O S DE LA N O T A AL PIE 123

Como Bayle, fue profesor en Rotterdam, no en el Gymnasium Illustre,


sino en el seminario teológico de los Remonstrantes (calvinistas relativa­
mente liberales que se habían apartado de la iglesia calvinista holandesa
principal). Periodista brillante, llenaba los buzones de los ciudadanos de
la República de las Letras con una serie de Biblio-theques en las que re­
señaba las últimas novedades de la erudición y la ciencia. Asimismo,
conocía la filosofía moderna de su época -sobre todo la de Locke, que
conoció durante una temporada en Inglaterra—y urdió una red de co­
rrespondencia que se extendió por Europa.41
Le Clerc poseía el don de expresarse de manera lúcida y sintética so­
bre problemas y métodos complejos. Su Ars critica, por ejemplo, resu­
me dos siglos de trabajo sobre crítica textual e histórica con autoridad y
elegancia.42 El mismo publicó su Parrhasiana, o conversación burlona
de sobremesa (lo habitual era morir y dejar la agradable tarea de difun­
dir chismes escandalosos en manos de un discípulo), en la que analizó
con lucidez la función erudita y la forma literaria de la nota al pie. Mu­
chos críticos, dijo, aseguraban que uno debía seguir el ejemplo de los
antiguos, “quienes rara vez citaban a los autores que usaban, por ejem­
plo, al expresar una discrepancia” .4J Pero añadió que la mera antigüe­
dad no confería autoridad a una mala práctica. En la historia, como en
la ciencia, los modernos tenían derecho a mejorar las formas e ideas clá­
sicas. Para Le Clerc, el historiador dispuesto a incluir notas al pie daba
muestras de racionalidad crítica:

En efecto, si la cosa es mala en sí, el ejemplo de los antiguos no la vuel­


ve mejor y nada debe impedirnos haceria mejor que ellos. La República
de las Letras se ha convertido por fin en un país de razón y de luz, no
de autoridad y fe ciega como lo fue durante demasiado tiempo. Los
números ya no prueban nada y no hay lugar para las cabalas. N o existe
ley divina ni humana que nos prohíba perfeccionar el arte de escribir la
historia; como se ha intentado perfeccionar las demás artes y ciencias.44

Le Clerc no condenaba a todos los historiadores que excluían las notas.


En más de una ocasión tuvo elogios para De Thou.45 Pero aclaró que en
su época, sólo un historiador deseoso de impedir la verificación de sus
afirmaciones se negaría a citar sus fuentes.46 Le Clerc expresó de manera
dramática el modernismo intelectual de la nota al píe, el carácter novedo­
so y racional de un recurso apreciado y, a la vez, deplorado por Hume.
124 L O S O RÍG EN ES T R Á G ICO S D E LA ERU DICIÓ N

También expresó un moderno requisito práccico al cual Bayle prestó


escasa atención, en el mejor de los casos. Como ha señalado más de un
estudioso moderno, el método literario de Bayle es típico de los siglos
XVI tardío y XVII. Muchos preferían la síntesis al análisis y la realización
de compilaciones inmensas al trazado de distinciones sutiles. Entre sus
productos típicos se encontraban los mamotretos de las ediciones vario-
rum que causaban tal hilaridad a Pope y sus amigos: antologías de doc­
tas exégesis en las cuales solía aparecer un solo texto clásico rodeado por
una multitud de notas o comentarios de una troupe de eruditos. Seme­
jante aparato conservaba una maravillosa cacofonía de voces doctas, pe­
ro amenazaba con eclipsar el texto que se pretendía iluminar, a la vez
que confundir los métodos e intereses de cada comentarista.
Le Clerc, un reseñador lúcido y atento de obras eruditas de todo ti­
po, explicó no sólo qué servicios debían brindar las notas sino también
cuál debía ser su forma. Sostuvo que se debía dividir los comentarios
variorum en sus diversos componentes y reorganizarlos para convenien­
cia del lector. Al pie del texto, el editor debía añadir unas líneas muy
concretas, que combinaran el celo de Bayle por la autenticidad de las
fuentes con la mira puesta en la comodidad del lector:

Las notas concebidas en buenos términos, con pocas palabras, donde


no se afirma nada sin demostrarlo, o sin indicar al menos un buen
autor en el que se pueda hallar la verificación de lo que se dice; indi­
cando tan bien el pasaje que le sea fácil al lector encontrarlo en caso
de necesidad; tales notas, digo, son un tesoro para la mayoría de los
lectores. ^

En cambio, los comentarios exhaustivos de autores individuales y las


digresiones sobre detalles debían aparecer al final del libro. Le Clerc re­
conoció que los lectores estaban ravis de tener a su disposición el mate­
rial que contenían las variorum.** Pero convenía distinguir entre el
comentario exhaustivo que buscaría el especialista al final de un libro
de las notas orientadoras, breves pero documentadas, al pie del texto.
Las notas más largas debían estar referidas a sus respectivas líneas, no a
cada comentario como hacían algunos editores. Caso contrario, el to­
rrente de información se volvía demasiado abrumador para resultar útil.
En ningún caso, dijo Le Clerc, el lector de una edición bien preparada
LO S O RÍG EN ES C A R TESIA N O S D E LA N O T A A L PIE 125

se ha de ver obligado -com o en la variorum sobre César de Junger-


mann—“a hojear todo un volumen para descubrir lo que dijo cada críti­
co, lo cual es largo y aburrido”.41’
En otras palabras, Le Clerc no sólo expresó la necesidad de la sus­
tentación intelectual que las notas podían brindar, sino que esbozó un
programa para su composición; con plena conciencia de que éste exigi­
ría la colaboración entre autores y editores. Naturalmente, se necesitaba
tiempo para imponer siquiera un principio de método uniforme de
anotación en las variadas ecologías donde cada erudito europeo defen­
día su espacio intelectual a golpes de uñas y notas. Más aun, en cada
provincia de la República de las Letras, los métodos de anotación solían
dar lugar a andanadas polémicas. Cuando el cura erudito Jean-Baptiste
Thiers se lanzó a excoriar la historia crítica de la flagelación dentro de la
tradición cristiana, fustigó al autor Jacques Boileau, quien negaba la an­
tigüedad de dicha práctica, por inflar su libro con detalles sobre sus
fuentes que nada tenían que ver con el asunto: “Con frecuencia cita el
año y el lugar de edición de los libros, el nombre de impresores o edito­
res, las páginas y hojas de los libros y, en ocasiones, incluso las letras ma­
yúsculas en los márgenes y líneas de las páginas”.50 Thiers deploró que
llenara su libro con datos bibliográficos innecesarios, “erudición libresca”,
aun cuando existía una sola edición de la obra citada. A veces alcanzaba
un nivel de pedantería inédito desde la invención de la imprenta. Sin em­
bargo, en otros casos omitía todos los detalles. "¿Cuál es el propósito de
todas estas referencias tan escrupulosas y afectadas, si no es el de engrosar
su historia?”, se pregunta Thiers.51 Evidentemente, en los ámbitos erudi­
tos del clero francés, el exceso de erudición no era un pasaporte a una lar­
ga vida sino al olvido.
El proceso por el que abogó Le Clerc se produjo gradualmente des­
de fines del siglo XVII y en el XVIII, aunque no culminó entonces y, en
realidad, aún no ha terminado. En toda Europa se reunían autores y
editores para ponerse de acuerdo sobre los diversos aspectos de la pre­
sentación física del libro con el fin de que sirviera de espejo y guía del
lector.52 En este período, por ejemplo, los estudiosos de los clásicos y
los impresores colaboraron para imponer la costumbre de numerar las
líneas de cada libro o sección de un texto clásico sucesivamente del
principio al fin. De esa manera, los críticos de toda Europa podían dis­
cutir un problema común sin dar por sentado que todos los polemistas
1 26 LO S O RÍG ENES T R Á G ICO S DE LA ERUDICIÓN

conocían el texto de memoria ni había necesidad de referirse a las pági­


nas y líneas de una sola edición, que, desde la invención de la imprenta,
habrían sido las prácticas intelectuales vigentes.53 La combinación de
consideraciones prácticas y estéticas que llevó a los humanistas a aban­
donar métodos empleados desde tiempos inmemoriales también afectó
los procedimientos históricos. Cuando la nota al pie, además de ponerse
de moda entre los intelectuales, se volvió un recurso tipográficamente
práctico, sólo entonces pudo ingresar a la caja de herramientas literarias
del historiador.
Este proceso se desarrolló entre 1700 y 1750. Nuevamente, y por últi­
ma vez, David Hume ofrece un testimonio crucial. La carta en la que in­
sistió que Gibbon debía convertir sus notas al final del texto en notas al
pie de página no estaba dirigida a éste sino a Strahan, el editor de ambos.
“Mi intención era brindarle [a Gibbon] mi consejo sobre la. manera de
imprimirlo; pero ya que escribo a usted, es lo mismo.”54 La nueva con­
cepción de Hume de cómo se debía leer la historia iba de la mano con su
percepción de cómo se la debía escribir y ésta, a su vez, con su opinión
acerca de lo que el autor podía exigirle al editor. Por todo esto, tanto él
como Gibbon y Moser estaban en deuda con los pensadores franceses de
fines del siglo XVII, quienes hallaron en Holanda un refugio de la intole­
rancia religiosa de Luis XIV, en la erudición un refugio de la opresión de
las ortodoxias teológicas y en la nota al pie un refugio de la intolerancia
intelectual de Descartes.
VIII. EPÍLOGO: NOTAS AL PIE EN CONCLUSIÓN

Gibbon y Móser, Robertson y W olf duplicaron en sus narraciones en


gran escala las estructuras que Bayle había erigido en pequeña escala
en cada artículo, teniendo en mente las directivas de Le Clerc para los
usuarios de las compilaciones eruditas. Así llegó a ser posible la historia
crítica de tipo moderno. A Ranke no le restó por añadir sino dos ingre­
dientes, pero ambos resultaron cruciales. Introdujo el drama en el pro­
ceso de investigación y crítica, e hizo de la nota al pie y el apéndice
crítico una fuente de placer en lugar de un motivo para disculparse. Los
escrupulosos eruditos europeos de los siglos XVII y XVIII crearon mu­
chos de los aspectos de la práctica histórica moderna. Pero pocos se an­
ticiparon al entusiasmo de Ranke, capaz de pasar un día sumergido en
el polvo de los viejos documentos y salir con el corazón palpitando de
entusiasmo ante los nuevos descubrimientos e interpretaciones.
Leibniz, habitué de los archivos y editor de fuentes de una energía
arrolladora, se quejaba amargamente del daño que había sufrido su vis­
ta al descifrar manuscritos ilegibles. Demostraba escaso interés por las
minucias de los documentos cuyo contenido había revelado a un gran
público.1Gibbon, un maestro de la nota como forma literaria, tuvo du­
rante mucho tiempo una actitud ambivalente ante la relación entre la
erudición y la narrativa. Tendía a denigrar lo que llamaba los “pergami­
nos polvorientos y el estilo bárbaro de la Edad Media”.2 En sus memo­
rias deplora haberse dejado convencer de la necesidad de desfigurar el
relato con notas. Esto dijo acerca de las dos ediciones de Decadencia
aparecidas en Basilea: “De los catorce volúmenes en octavo, los dos úl­
timos incluyen el conjunto de las notas. El acoso público me obligó a
trasladarlas del final del volumen al pie de la página: pero con frecuen­
cia he lamentado mi conformidad”.3 Con su ironía característica, Gib­
bon tacha el consejo de David Hume de “acoso público”. En cambio,
Ranke infundió a la investigación y a la crítica encanto y dramatismo.

127
128 LOS ORÍGENES TRÁGICOS DE LA ERUDICIÓN

Al mismo tiempo, de manera informal y en su propio hogar, creó


una institución clave de la nueva historiografía: el seminario histórico
del siglo XIX, en el que los jóvenes estudiantes aprendían a manejar las
herramientas de su oficio al abordar problemas técnicos escogidos por
su profesor, bajo su guía y con la ayuda de sus críticas constantes. La ma­
yoría de los primeros seminarios históricos eran similares al de Ranke.
Pequeños, carentes de subsidios estatales, eran más pobres y menos ambi­
ciosos que el majestuoso Instituto Histórico de Gotinga en el siglo XVIII.
Con el tiempo fueron obteniendo un poco de apoyo oficial bajo la for­
ma de algunos fondos para becas, premios y bibliotecas profesionales de
fuentes primarias. Pero los seminarios del apogeo de la universidad ale­
mana jamás obtuvieron los abultados presupuestos mediante los cuales
muchas bibliotecas se convirtieron después de la Segunda Guerra Mun­
dial en colecciones de investigación independientes. Un historiador de
mediados del siglo XIX se consideraba afortunado si lograba convencer
al ministro de cultura que le comprara una estantería llena de fuentes
primarias y obras de consulta para sus alumnos. Se necesitaron décadas
de desarrollo, episodios de extorsión posibilitados por ofertas de trabajo
fuera de la universidad y la conciencia creciente de que el profesor no
podía comprar los libros de investigación de su propio bolsillo, para que
los seminarios alemanes alcanzaran su forma actual.
No obstante, los seminarios del siglo XDC crearon algo nuevo. Con el
tiempo, esos foros de discusiones técnicas y esas disertaciones breves y
precisas sobre crítica de fuentes que apasionaban a sus miembros dieron
lugar a un nuevo estilo y ambiente de trabajo. El progreso en la carrera
profesional pasó a depender de la aptitud comprobada para manejar las
herramientas y las técnicas de la erudición con destreza y entusiasmo.'* En
el Renacimiento, cuando los gentileshombres escribían historias retóri­
cas dirigidas a gentileshombres más jóvenes, la utilidad del texto depen­
día de la erudición del autor; pero un alarde exagerado de ésta, lejos de
incrementar la fuerza moral y pragmática de la obra, la perjudicaba. En
la República de las Letras de los siglos XVII y XVIII, las notas al pie po­
dían granjearles a Bayle y Gibbon fama de insolentes y eruditos a la vez.
Sus referencias demostraban que habían usado bien sus bibliotecas parti­
culares e inspiraban a otros a trabajar y escribir de modo parecido. Pero
en el nuevo sistema universitario del siglo XIX en Alemania, que pre­
miaba la hipótesis original más que la narrativa elocuente, las notas al
EPÍLO GO : N O TA S A L PIE EN CO N C LU SIÓ N 129

pie y los apéndices documentales podían granjearle al autor más fama


que el texto en sí, y los argumentos críticos ganaban más Imitadores que
los constructivos. No es casual que jóvenes brillantes como HeinricK
Nissen eligieran problemas de crítica de fuentes para sus bien docu­
mentadas tesis de grado: por fin se había alcanzado la armonía de for­
ma y contenido.5
Desgraciadamente, el ascenso de la nota al nivel de herramienta inte­
lectual esencial se vio acompañado en muchos casos por su decadencia
estilística hasta quedar reducida a una lista de referencias archivológicas
abreviadas. Ranke, supuestamente el mago docto que inventó el sistema
moderno de referencias históricas, deploraba las notas y no las componía
con el cuidado y el ingenio que aplicaba a sus investigaciones o a la re­
dacción de los apéndices de sus libros. Las notas adquirieron su esplen­
dor en el siglo XVIII, cuando servían tanto de comentario irónico al texto
como de prueba de su veracidad. En el siglo XIX, perdieron ese papel
protagónico de coro trágico y asumieron la función ingrata de obreros
en una vasta fábrica sucia. Lo que comenzó como arre se volvió fatal­
mente rutina.
En un pasaje brillante, Gibbon somete al bisturí crítico los cinco to­
mos de los Origines Gnelftcae: “Se advierten las manos de varios obre­
ros; el espíritu audaz y original de Leibnitz, la erudición grosera y las
conjeturas apresuradas de Eccard, las anotaciones útiles de Gruber y
las disquisiciones críticas de Schcid”.'1 Uno podría decir lo mismo —si
fuera capaz de escribir oraciones como ésa—de la nota al pie. Es un pa­
limpsesto que ante el examen revela técnicas de investigación creadas en
el Renacimiento, normas de crítica formuladas por primera vez durante
la Revolución Científica, la ironía de Gibbon y la empatia de Ranke,
así como la crítica formal capciosa pero esencial de Leo.
Ranke escribió una historia de los métodos de investigación y su
aplicación en la literatura histórica que resultó ser una autojustificación
(y autodramatización) más que una descripción precisa. Fisto no es ca­
sual; en la cultura protestante, la virtud se asocia naturalmente con pre­
tensiones de originalidad y reforma. Pero esta historia tiene varias
moralejas mayores. Desde el punto de vista de la práctica en lugar de la
teoría, el desarrollo de la historia parece más gradual que entrecortado,
más evolutivo que revolucionario. Por cierto que el relato resulta en par­
te familiar. En todo tiempo y aún hoy, los historiadores adquirían sus
130 LOS ORIGENES TRÁGICOS DE LA ERUDICIÓN

técnicas en veloces incursiones sobre los escaparates deslumbrantes de


otras disciplinas, y seguían empleándolas mucho después de haber olvi­
dado las razones teóricas para hacerlo. De paso, lograban olvidar las
fundadas objeciones y reservas; sin el olvido no se podía seguir escri­
biendo la historia. Pero en su desplazamiento semejante al del cangrejo,
la historia de la práctica pone en tela de juicio e! relato dramático de los
cambios disciplinarios sísmicos habitualmcnte descritos en prólogos y
manifiestos y luego reelaborados en muchas historias de la historiogra­
fía. Probablemente ningún cúmulo de notas al pie bastará para unir los
dos relatos.7
La historia de la nota al pie también destaca el hecho de que no to­
dos los cambios significativos en las disciplinas intelectuales modernas
son producto de esa búsqueda de poder personal o institucional que se
suele invocar, por ejemplo, para explicar el auge de la ciencia moderna.
Sin duda, ciertas etapas del ascenso de la cultura histórica reflejan las
luchas por el poder. Por ejemplo, la investigación histórica del siglo XVI
tardío y el siglo XIX temprano se caracterizó por la pasión por las prue­
bas documentales y el rigor en la demostración. En ambos períodos so
produjeron grandes enfrentamienros entre instituciones de antigua data
y sus oponentes revolucionarios. En el siglo XVI, los defensores de las
antiguas prácticas de la Iglesia medieval, sancionadas por la tradición
más que por los textos, y de las viejas humas sociales, protegidas por la
memoria y la tradición más que por la historia escrita y el derecho, en­
frentaron a los reformadores innovadores de la Iglesia y los reformadores
agresivos del Estado. A principios del siglo XIX, los partidarios del Anti­
guo Régimen enfrentaron a los discípulos de la Revolución que lo ha­
bían destruido. En cada caso, enemigos y defensores de las prácticas
arraigadas hurgaron en el pasado en busca de justificación para sus posi­
ciones. El desarrollo acelerado de las nuevas técnicas de investigación y
argumentación se relacionaba directamente con el mundo más amplio
de las ludias por la tierra y las creencias. Pero en la historia de la nota al
pie también participaron personas cuyas riquezas e índependienda perso­
nal las liberaba de la necesidad de atacar o defender instituciones, hallar
discípulos u organizarse contra sus enemigos. Los caprichos y las idiosin­
crasias personales, además de las formaciones sociales más amplias, inter­
vinieron para provocar lo que fue, al fin y al cabo, un cambio de forma y
métodos dentro de un género literario.
EPÍLOGO: N OTAS AL PIE EN CONCLUSIÓN 131

Por último, ia historia de la nota al pie echa nueva luz sobre la natu­
raleza de la historia como actividad literaria. En años recientes, ha sido
influyente la opinión de ciertos estudiosos de que la historia no es sino
una forma de literatura de imaginación: una narrativa como cualquier
otra. Otros replican que los historiadores, además de redactar párrafos
elegantes, realizan doctas investigaciones.* Sin embargo, ninguno ha
respondido a una pregunta que parece esencial: ¿qué pape! cumple la
investigación en la redacción de narraciones históricas? En su estudio
fundamentado y polémico Historical Knoiomg, León Goldstein sostiene
que la historia tiene una superestructura y una infraestructura. La pri­
mera consiste en “esa parte de la actividad histórica que resulta visible a
los consumidores no profesionales de lo que producen los historiado­
res”; esta última de “la gama de actividades intelectuales mediante las
cuales se constituye el pasado histórico en la investigación”. Señala co­
rrectamente que la mayoría de ios trabajos sobre filosofía de la historia
se han ocupado de ia superestructura, y ofrece un modelo persuasivo
sobre la manera de analizar la infraestructura. Sus análisis útiles de los
métodos de cita empleados por los historiadores revelan hasta qué gra­
do Goldstein se toma en serio la tarea de demostrar que la historia es
una disciplina investigativa, además de una forma de narración.9
Pero a Goldstein se le escapa la conclusión retórica central que surge
de esia indagación: la historia moderna es moderna precisamente por­
que trata de dar una forma lireraria coherente a los dos aspectos del cm-
proiidimiento histórico. Goldstein sostiene que la superestructura, es
decir, la forma narrativa de la historia, no lia conocido un desarrollo vi­
tal a lo largo de los siglos. Lo único que ha cambiado drásticamente con
el tiempo es la siempre creciente infraestructura, henchida de nuevos
métodos, nuevas preguntas y fuentes nuevas. Pero la historia de la nota
al pie demuestra que la forma de la narrativa histórica se ha transforma­
do una y otra vez durante los últimos siglos. Esto ha sucedido porque
los historiadores han tratado de encontrar nuevas formas de relatar la
historia desús investigaciones, además de la del objeto de investigación,
en dos niveles separados y con ritmos distintos. En síntesis, es inútil
pretender separar la historia de la investigación y la retórica históricas:
los intentos mejor 1onda mentados sólo consiguen distorsionar los suce­
sos que pretenden clarificar. Los textos históricos no son narraciones
como cualquier otra; son el resultado de las formas de investigación y el
132 LO S O RÍGENES TR Á G ICO S DE LA ERUDICIÓN

argumento crítico registrado en las notas al pie. Pero sólo el trabajo litera­
rio de componer esas notas le permite al historiador representar, de m a ­
nera imperfecta, la investigación que sustenta el texto. El estudio de la
nota revela que los esfuerzos rigurosos por distinguir la historia como arte
de la historia como ciencia sólo se destacan por su pulcritud. Al fin y al
cabo, echan poca luz sobre el desarrollo de la historiografía moderna.
Un análisis retórico acabado de la historiografía moderna debería incluir
una retórica de la anotación juntamente con alguna versión de la retóri­
ca existente de la narración.
Pocos historiadores han sido fieles en la práctica a sus criterios de cita
y referencia. Las notas al pie jamás sustentan todas las afirmaciones que
se hacen en el texto, ni pueden hacerlo. Ningún conjunto de referen­
cias puede prevenir todos los errores ni eliminar totalmente el disenso.
Los historiadores sabios saben que su oficio es como el arte del tejido
de Penélope: las notas y el texto se unirán una y otra vez en combina­
ciones siempre distintas de parrones y colores. La estabilidad es inalcan­
zable.111 No obstante, la nota al pie, culturalmente contingente además
de falible en alto grado, ofrece la única garantía de que las afirmaciones
del pasado derivan de fuentes identificables. Y es la única base para fiar­
nos de ellas."
Sólo el uso de notas al pie y las técnicas de investigación asociadas
con ellas permite resistir los esfuerzos de los gobiernos, tanto déspotas
como democráticos, por ocultar los arreglos que hacen, las muertes que
causan, las torturas que infligen ellos o sus aliados. No es casual que el
cardenal Arns, protector de los abogados que denunciaron el empleo de
torturas contra ciudadanos en Brasil, aprendiera el oficio de historiador
a un alto nivel en París en la década de 1950.1~ Sólo el uso de notas al
pie permite que los textos de los historiadores no sean monólogos sino
conversaciones en las que participan los estudiosos modernos, sus ante­
cesores y los sujetos de sus estudios. Nuevamente, no es casual que el
conjunto más complejo de notas jamás escrito —en cuatro capas, notas a
notas a notas a notas- aparezca en una de las primeras publicaciones
del Instituto Warburg.13 El fecundo cuerpo de notas característico de
los primeros miembros del instituto no era en modo alguno una acu­
mulación de material pertinente e improcedente, esencial y trivial. Era
una contrapartida escrita de la experiencia de trabajar en la biblioteca
de Warburg, donde el encuentro con tradiciones yuxtapuestas de ma­
EPÍLOGO: N OTAS AL PIE E N CO N CLU SIÓ N 133

ñeras radicalmente nuevas debía ser un golpe que despertara la creativi­


dad de los lectores.14
Las notas al pie de por sí no garantizan nada. Los enemigos de la
verdad —y en efecto, existen—pueden usarlas para negar los mismos he­
chos que los historiadores honestos tratan de confirmar por medio de
ellas.15 Los enemigos de las ideas -que también existen- pueden usarlas
para acumular citas y referencias carentes de interés para el lector o ata­
car cualquier tesis nueva. Sin embargo, las notas al pie constituyen una
parte indispensable, aunque desprolija, de esa mezcla indispensable y
desprolija de arte y ciencia que es la historia moderna.
NOTAS

Ni > i'AS AL CAPÍTULO I

1. Véase, en general, G. W. Bowersock, “ I he Air oí me hootnoíc'*, en:


, í¡¡icrican Schohir, 53, 1983-1984, pp. 54-62. Sobre ei contexto más ampíio, véa­
se ei notable estudio anterior de M. Bcrnays, “Zur Lcl.re vou dea Cataten und
Noten”, en: Scbriften zur Kririk und /átteraturgesclnchle, IV, Berlín, 1899, pp.
.155-347, en particular pp. 302-322.
2. E. Gibbon, The History oftbe Decline und rail oftbe Román Empine, cap. 4,
editado por D. B. Wormsley, Londres, 1994, I, pp. 108-109. [Hay trad. españo­
la: Historia de la decadencia y ruina del Imperio Romano, Ily.spamerica Ediciones
Argentina, 2a cd., 1988.]
3 . ibíd., cap. 4, ñora 4, p. 109.
4. Ibíd., cap. 16, l, p. 473.
5- Ibíd., cap. 15, ñora 81, p. 474.
6. Ibíd., p. 480.
7. Ibíd., cap. 15, ñora 96. Véase un análisis crítico recienre sobre la historia
de la autocastración de Orígenes en P. Brown, The Body and Society, Nueva
York, 1988, p. 168 y nota 44.
8. Este punto está bien explicado por Bcrnays. Para estudios más recientes
sobre temas afines, véanse E. Paimeri, “The Satiric Foofnotes oí Swift and
Gibbon”, en: The Eighteemb Centwy, 31, 1990, pp. 245-262, y P. W. Cosgro-
ve, “Undermining the Pootnote: Edwarc! Gibbon, Alexander Pope and the An-
tí-Authenticating Eoornote’, en: Annotation and its Tcxts, editado por S. Barney,
Oxford, 1991, pp. 130-151.
9. Dos historias clínicas útiles en este sentido son las de J. D. Garrison,
“Gibbon and the ‘Troacherous Language of Panegyrics’”, en: Eighteenth Cen-
tíiry Studies, 11, 1977-1978, pp. 40-62; y J. D. Garrison, “Livcly and Laboríos:
( iharacterization in Gibbon’s Metahistory”, en: Modera Philolngy, 76, 1978-
1979, pp. 163-178.
10. Gibbon, E., ob. cit., cap. 15, nota 32; 1, p. 458.
11. Ibíd., cap. 15, nota 9, p. 449.
12. Véase, por ejemplo, nota 98, cap. 70, en la que Gibbon reseña y evalúa

135
136 LO S O RIG ENES TRÁGICOS DE LA ERUDICIÓN

con toda destreza la obra del infatigable historiador y compilador de textos Lu-
dovico Antonio Muratori, “mi guia y maestro en la historia de Italia”. “En to­
das sus obras -comenta Gibbon- Muratori demuestra ser un autor diligente y
trabajador, que aspira a superar los prejuicios del sacerdote católico” (Muratori
hubiera respondido que escribir la historia con precisión era uno de los deberes
del buen sacerdote...); editado por Womersley, III, p. 106).
13. “Advertisemenr”, I, 5 (este texto aparece por primera vez, bajo el mismo
título, en el verso del semitítulo a las notas al final de la primera edición del to­
mo 1 de Decadencia y caída, Londres, 1776).
14. La frase lehrreicbe Fiille es de Jacob, citada con aprobación por Michael
Bernays (p. 305, nota 34). La relación entre ambos es digna de ser estudiada.
Jacob lloró la muerte de su hermano cuando éste se convirtió al cristianismo;
pero en su estudio genealógico de las ediciones de Goethe, Michael emuló el
análisis de Jacob de la tradición manuscrita de Lucrecio. Sobre Jacob, véase A.
Momigliano, “Jacob Bernays” , Quinto contributo alia storia degli studi dassici e
,
del mondo tíntico Roma, 1975, pp. 127-158; acerca de su trabajo sobre Lucre­
cio, S. Timpanaro, La genesi del método del Lachmann, 2a ed., Padua, 1985- So­
bre Michael Bernays, véanse W. Rehm, Epate Studien, Berna y Munich, 1964,
pp. 359-458, y H. Weigel, S u r utas du nie gcsehn unrd ewig dauern, Friburgo,
1989. Hasta donde sé, el tercer hermano, Bcrman, suegro de Freud, no emitió
opinión alguna sobre las notas al pie de Gibbon.
15. Véase, por ejemplo, E. Faber c I. Geiss, Arbeitsbuch zum Geschicbtsstu-
dium, 2“ cd., Heidelberg y Wiesbadcn, 1922.
16. Véanse A, Corbin, Le miasme et la jonquille, París, 19S2; L. Chevalier,
Classes laboriatses et classes dangereuses d París fendant la premiere moitié du XÍXe.
siecle, París, 1984. [Hay trad. española: Elperfiim e o el miasma: el olfato o lo
imaginario social, s. XVIIIy XIX, México, Fondo de Cultura Económica, 1987.]
17. P. Sharratt, “Nicolaus Nancclius, Petri Rami Vita, edited with an En-
glish translación", Humanística Lovaniensia, 24, 1975, pp. 238-239.
18. Cf- V. Ladcnrhin, “Geheime Zeichen und Botschaften”, Siiddeutscbe
Zeitung, 8/9 de octubre de 1994.
19. Cf. Bruce Lincoln, Antbority, Chicago y Londres, 1994.
20. Véase un análisis elegante (y satírico) de estas prácticas de la jurispru­
dencia alemana en P. Riess, Vorstudien zu einer Theorie der Fussnote, Berlín y
Nueva York, 1983-1984, por ejemplo, p. 3: “ Der Fussnote ist (oder gibt vor, es
zu sein), Triiger wissenschaftlichen Information...” [“La nota al pie es (o se ha­
ce pasar por) portadora de información científica...”] La nota 5 (una de las tres
que remiten a esta frase) dice sobre la palabra information: “Oder auch nicht...”
[“O no...”] Véanse también pp. 20-21 y U. Holbein, Samthase und Odradek,
Francfort, 1990, pp. 18-23.
NOTAS 137

21. Sobre el programa de Acton, véanse The Varieties ofHistory, editado por
!•'. Stern, 2» ed., Londres, 1970, p. 249, y el comentario de H. Butterfield, M an
on his Past, Boston, 1960.
22. Véase, por ejemplo, W. Ulbricht, “ Die Novcmberrevolution und der na-
rionale Kampf gegen den deutschen Imperialismus”, en: Bcitrdge zur Geschichte
der deittschen Arbeiterbewegung, 1, 1959, pp. 8-25 en particular 17-18. El “Vor-
wort”, 7, también subraya que la revista publicaría “unveróffentlichte, fiir die
Forschung wie fiir die Propagandaarbeit weitvolle Dokuinentc und Materia-
lien” (“documentos y materiales inéditos valiosos, tanto para la investigación
como para el trabajo de propaganda”], y en efecto lo hizo bajo el título de “ Do-
kumente und Materialien”.
23. Véanse, en general, 13. Cronin, The Citation Process, Londres, 1984, con
una bibliografía exhaustiva.
24. Véase Fieldnotes: The Mnking o f Anthropology, editado por R. Saniak,
Irhaca, Nueva York, 1990, y R. M. Emerson, R. I. Fretz y L. L. Shaw, Writing
Ethnographic Fieldnotes, Chicago y Londres, 1995.
25. Véase un análisis precursor de estos problemas en L. Stonc, The Past
and the Present Revisited, Londres, 1987, pp. 33-37. [Hay trad. española: E l p a­
sado y elpresente. México, Fondo de Cultura Económica, 1986.]
26. Véase, por ejemplo, C. V. Langlois y C. Seignobos, Introduction to the
Stttdy ofHistory (trad. inglesa G. G. Berry), Londres y Nueva York, 1898, reed.
1912, pp. 305-306.
27. Por ejemplo, A. Duchesne, Preuves de l ’histoire de la maison des Chasteig-
ners, París, 1633.
28. Véase un análisis polémico -y nostálgico- de lo que ¡a nota al pie puede
y no puede hacer en G. Himmelfarb, “Wlierc llave ail the footnotes gone?”, en:
On Looking into the Abyss, Nueva York, 1994, pp. 122-130.
29. Cf. P. Veyne, Comment on ccrit Thistoire, París, 1977, pp. 273-276.
[Hay trad. española: Cómo se escribe la historia. Alianza, 2a ed., 1994.]
30. Acerca de lo que sigue, así como de los textos editados e inéditos a los
que dio lugar la polémica, véase P. Novick, That Noble Dream, Cambridge,
1988, pp. 612-621; debo advertir al lector que David Abraham y yo fuimos co­
legas en Princeton durante varios años (cf. Novick, p. 612, nota 51).
31. No fue éste el primer ataque de esta clase realizado por Turncr. Véanse
H. A. Turner, “Grossunternehmcrtum und Nationalsozialismus 1930-1933.
Kritisches und Ergánzcndcs zu zwci ncucn Forschungsbeitriigcn”, en: Historische
Zeitschrifi, 221, 1975, pp. 18-68, y la respuesta de D. Stegmann, “Antiquierte
Personalisierung oder sozialiñkonomischc Faschismus-Analyse?”, en: Archiv fiir
Sozialgeschichtc, 17, 1977, pp. 275-296.
32. Véase K. Wernecke, “ In den Quellen steht zuweilen das Gegenteil”, en:
138 LO S O RÍG ENES T R Á G ICO S DE LA ERUDICIÓN

Frankfurter Rundschau, 17 de mayo de 1986, ZB 4; F. L. Carsten, reseña de H.


A. Turner, Germán Histórica!. Instituto, Londres, Boletín núm. 22, verano de
1986, pp. 20-23; citados previamente por Novick, p. 619, nota 60; “The Da­
vid Abraham Case: Ten Commenrs from Hisrorians”, en: Radical History Re­
vine, 32, 1985, pp. 75-96 en particular 76-77. Véase otro ejemplo en R. M.
Bell v J. Brown, “Renaissance Sexuality and the Florentine Archives: An Ex­
citante”, en: Renaissance Quarterly, 40, 1987, pp. 485-511.
33. Acerca de otro episodio parecido en ciertos aspectos al caso Abraham,
véase R. M. Bell y J. Brown, “ Renaissance Sexuality and the Florentine Archi­
ves: An Kxchange”, en: Renaissance Quarterly, 40, 1987, pp. 485-511.
34. Véanse G. Obcyesekere, The Apotheosis o f Captain Coolt: European
Mylhmaking in the Pacific, Princeton V Honolulú, 1992, y M. Sahlins, How
“Natioes” i'hink. About Captain Cook, Por Exampie, Chicago y Iatndrcs, 1995.
Exclusivamente en cuanto a la crítica histórica, Sahlins sale mejor parado de la
polémica, como señaló correctamente 1. Hacking en su reseña del libro de éste,
London Review oftiooks, 7 de septiembre de 1995, pp. 6-7, 9. Pero, en ocasio­
nes, Sahlins transforma lo que evidentemente son atajos normales en los argu­
mentos de Obcyesekere en errores inexistentes.
35. Aceren de la formación inicial de Kantorowicz, E. Griincwald, Ernst
Kantomvicz und Stefitn (¡eorge, Wiesbaden, 1982, contiene mucha informa­
ción novedosa; sobre su época en Heidclberg, véase pp. 34-56. Kantorowicz di­
jo que había omitido las notas al pie por dos razones: “Um einerscirs den
IJmfang des Buches nicht zu vergróssern, andererseits die Lesbarkeit nicln he-
rabzumindern, unterblieb jede Arr von Quellcn und l.itcraturnachweiscn”
[“Para no aumentar, por un lado, el volumen del libro y no reducir, por el otro,
la legibilidad del mismo, no se realizó la especificación de fuentes y bibliogra­
fía”]. Kaiser Friedrich der Zweite, Berlín, 1927, p. 651.
36. Grflnewald, ob. cit., pp. 86-87; A. Brackmann, “ Kaiser Friedrich II in
‘mystischer Schau’”, en: HistoriscbeZeilschrifi, 140, 1929, pp. 534-549.
37. Kantorowicz, ob. cit., pp. 184-186.
38. Kantorowicz, “‘Mythenschau’, cine Erwiderung”, en: Historiscbe Zeitsch-
rifi, 141, 1930, pp. 534-549 en 469-470; Brackmann, “Nachwort”, ibíd., pp.
472-478 en particular 476-477.
39. Kantorowicz, Kaiser Friedrich der Zweite. Hrganzungsband, Berlín, 1931;
reed. Dusseldorf y Munich, 1964, p. 74.
40. Véanse G.H. Nadel, “Philosophy of History before Historicism”, History
& Theory 3, 1964, pp. 291-315; R. Koselleck, Vergangene Zukunft, Francfort,
1984, pp. 38-66; F.. Kessler, “Das rhetorische Modell der Historiographie”, en:
Formen der Geschichtsschreibung, editado por R. Koselleck y cois, Munich, 1982,
pp. 37-85.
NOTAS 139

41. Véase Bernays.


42. Sobre un intento reciente de irritar, que logró su propósito, véase S.
Schama, D ead Certainties. Unwarranted Speculations, Nueva York, 1991.
43. Véanse, respectivamente, “Common-Law Origins o f the Infícld Fly Ru­
le”, en: Univenity o f Pennsylvania íjtw Reuiew, 123, 1975, pp. 1474-1481, y
Riess, ob. cit.
44. Véanse los artículos citados por B. Hilbert, “Elegy for Excursus: The
Descent o f the Footnote”, en: College Engüsh, 51, 1989, pp. 400-404 en par­
ticular 401. Este artículo es una de varias excepciones a la descripción general
en la presente obra. Acerca del impacto acaso excesivo de las notas al pie de al­
gunos jueces, véase A. Mikva, “Goodbye to Footnotes”, en: Univenity o f Colo­
rado Law Revietv, 56, 1984-1985, pp. 647-653 en particular 649.
45. Riess, ob. cit., p. 3: “Die Hauíigkcit der Fussnote, namentlich im
rechtswissenchaftlichen Schrifttum, steht in einem auffálligen Gegensatz zu
der geringen wissenschaftlichen Bchandlung, die die Fussnote ais solche er-
fahren hat”.
46. J. H. Hexter, reseña de Christopher Hill, Times Literary Supplement, 24
de octubre de 1975; reed. en Hexter, On Historiaos, Londres, 1979, pp. 227-
251. Véase una crítica más profunda de Hill en H. R. Trevor-Roper, reseña de
Intelectual Origins o f the English Revolution, History and Theory, 5, 1966, pp.
61-82. Fin este asunto, coino en otros mayores, estoy en deuda con una conver­
sación que mantuve con el recordado Arnaldo Momigliano en Chicago, poco
después de la aparición de la reseña original de Hexter. Véase también T. Ben-
der, “’Fíjcts’ and History”, en: Radical History Revieu/, 32, 1985, pp. 81-83.
47. Langlois y Seignobos, Introduction to the Study o f History (trad. Berry).
p. 299 y nota 1. Observan los autores: “En las compilaciones de documentos y
en las tesis críticas se empleó por primera vez el recurso de la anotación; desde
allí se extendió lentamente hacia obras históricas de otras clases”.
48. Véanse, por ejemplo, J. B. Henderson, Scripture, Canon and Commen-
tary, Princeton, 1991; J. Assmann, Das kulturelle Gediichtnis, Munich, 1992,
pp. 102 y 174-177.
49. M. Fishbane, Biblical Interpretation in Ancient Israel, Oxford, 1985-
50. B. Sandkühler, Die fruhen Dantekommentare und ihr Verhdltnis zur mit-
telalterlichen Kommentartradition, Munich, 1967; K. Krautter, D er Renaissance
der Bukolik in der lateinischen Literatur des XIV. Jahrhunderts: von Dante bis Pe­
trarca, Munich, 1983; W. Rehm, “Jean Pauls vergnügtes Notenleben oder No-
tenmacher und Notenleser” , en: Spiite Studien, Berna y Munich, 1964, pp.
7-96 en particular 7-10; cf. el comentario de Goethe sobre las Romische Elegien,
citada ibíd., p. 10: “Denn bei den alten lieben Toten / Braucht man Erklarung,
will man Noten; / Die Neuen glaubt man blank zu verstehn; / Doch ohne Dol-
140 LO S O RÍG ENES TR Á G ICO S DE LA ERU DICIÓ N

metsch wird’s auch nicht gehn”. [“Pues acerca de los amados antiguos muertos /
uno necesita explicación, uno quiere notas; / a los nuevos uno cree entenderlos
perfectamente; / mas, sin un intérprete, esto tampoco va a ser posible.”]
51. Sobre Petrarca y Kepler, véase el polémico y lúcido análisis de H. Giin-
ther, Z cit der Geschichte, Francfort, 1993. El comentario de Kepler sobre el
Mysterium aparece en el volumen VIII de su Gesammelte Werke, editado por M.
Caspar y cois., Munich, 1937.
52. Véase J. Whittaker, “The Valué o f Indirect Tradition in the Establish-
ment o f Greck Philosopliical Texts or the Art of Misquotation” , en: Editing
Greek and Latín Texts, editado por J. Grant, Nueva York, 1989, pp. 63-95.
53. Véase A. L. Ascarita, La cultura nelle Noctes Atticae, Catania, 1993, pp.
23-26.
54. P. Stcin, Rcgulae inris, Edimburgo, 1966, pp. 115-116.
55. Véase el fecundo artículo de M. 13, Parkes, “The Influence o f the Con-
cepts o f Ordinatio and Compilatio on the Development o f the Book”, en: M e­
dioeval Literature and Learning /FS R W. Hunt], editado por J. J. G. Alexander
y M. Gibson, Oxford, 1976, pp. 115-141 en 1166-117; cf. también P. Lom-
bard, Sententiae in IV. libris distinctae, Spicilegium Bonaventurianum, 4, Roma,
1 9 7 9 ,1, pt. 1, prolegómeno, *138-139*.
56. Ibíd., *140. Véase el texto íntegro en Patrología latina, 190, col. 1418
B-C; sobre el contexto, véase B. Smallcy, “A Commcntary on the Hebraica by
Horhert of Bosham", en: Recherches de tbéologie ancienne et mcdiévale, 18, 1959,
pp. 29-65 en particular 37-40.
57. Parkes, ob. cit. p. 133. Véanse también J. P. Gumbert, “‘Typography’
in rhc Manuscript Book”, Journal o f the Printing History Society, 22, 1993, pp.
5-28 en particular 8, y sobre el contexto general, M. A. Rouse y R. H. Rouse,
Authentic Witnesses, Notre Dame, 1991, caps. 4-7.
58. Véase, por ejemplo, E. B. Tribble, Margins andM arginality, Charlottes-
ville y Londres, 1993, cap. 1.

N O TA S AL CAPÍTULO II

1. Sobre la fundación y los primeros años de la universidad de Berlín,


véanse los trabajos complementarios de U. Muhlack, “Die Universitaten im
Zcichen von Neuhumanismus und Idealismos: Berlín”, en: Beitrage zu Pro-
blemen deutscher Umversit'átsgründungen der frühen Neuzeit, en P. Baumgart
y N. Hammerstein (eds.), Wolfenbütteler Forscbungen, 4, Nedeln/Liechtens-
tein, 1978, pp. 299-340, y C. McClelland, '“ To Live for Science’. Ideáis
and Realities at the University o f Berlin”, The University and the City, en T.
NOTAS 141

Bender (ed.), Nueva York y Oxford, 1988, pp. 181-197. Sobre la refunda­
ción de las instituciones culturales alemanas en este período, véase el trabajo
documentado de T. Ziolkowski, Germán Romanticism and its Im titutions,
Princeton, 1990.
2. L. von Ranke, Das Briefiverk, editado por W. P. Fuchs, Hamburgo, 1949,
pp. 131-132. “Nach drei Uhr begebe ich mich nach den Archiv. Hier arbeitet
noch Hammer (an den osmanischen Sachen) und ein Herr v. Buchholtz, der
eine Geschichte Fcrdinands I. schreiben will. Es ist eine vollige Kanzlei: man
findet Federn, Federmesser, Papierschere, usw. vorbcreitet, har seinen umzáun-
cen Platz. Gewóhnlich wird es bald etwas dunkel, und ein angenehmer Augen-
blick ist mir, wcnn der Vorsteher ruft: ‘a Liecht’, worauf der Diencr fiir jeden,
der da arbeitet, deren zwei bringt.”
3. Ibíd., p. 194: “Ein grosser Genuss sind die frischen, kiihlen, stillen Aben-
de und Nach te. Bis Mitternacht ist der Corso belebt. Die Cafés sind 2-3 Uhr
nach Mitternacht eroffnet. Das Theater schliesst oft crst halb zwei. Dann
nimmt man noch die Cena ein. Ich natürlich nicht. Ich eile ins Bett; ich moch-
te gerne des andern Morgens um sieben beim Palast Barberini anlangen. Dott
benutze ich ein Zimmer des Bibliothekars, welches die Tramontana hat, wo
meine Manuskripte aufgehauft sind. Bald nach mir langt mein Schreiber an
und huscht mit einem Ben levatoí zur Tür herein. Der Diener des Bibliothekars
oder die Frau des Diencrs erscheint und bictet mir mit dem gewóhnlichen:
occorre niente? Ihre Dienste an. Auch der Bibliothekar namens Raz/.i ist wahr-
haft gut und hat mir und anderen Deutschen die besten Dienste geleistet.
Wenige Schritte von da ist die Bibliothek Albani, wo Winckelmann die Kunst-
geschichte schrieb... Noch zwei andere Bibliotheken besuche ich mit gutem
Fortgang. Wie bald ist ein Tag wegstudiert!”
4. A. Farge, Le Goút de ¡.'archive, París, 1989, una descripción maravillosa de
la naturaleza dei trabajo de archivo en una de las grandes colecciones nacionales.
5. Ranke, Sammtliche Werke, vol. 53-54, Leipzig, 1890, pp. 61-62: “Bei der
Vergleichung iiberzeugte ich mich, dass das historisch Ueberlieferte selbst schó-
ner und jedenfalls interessanter sei, ais die romantische Fiction”. [“En la com­
paración me convenzo de que lo que nos ha sido legado históricamente es más
bello y, en todo caso, más interesante que la ficción romántica.”]
6. Ranke, Geschichten der romanischen und germanischen V’ólker von 1494 bis
1514, Z ur Kritik neuerer Geschichtschreiber, Leipzig y Berlín, 1824, p. IV: “Wie
einem zu Muth seyn würde, der in eine grosse Sammlung von Alterthümern
trate, von Aechtes und Unachtes, Schones und Zurückstossendes, Glanzendes
und Unscheinbares, aus mancherley Nationen und Zeitaltern, ohne Ordnung
neben einander lage, so etwa musste sicli auch der fühlen, der sich mit Einem
Mal im Anschaun der mannichfaltigen Denkmale der ncuern Geschichte fan-
i 42 LO S O RÍGENES TR Á G ICO S D E LA ERUDICIÓN

de. Sie reden uns in tausend Stimmen an: sie zeigen die verschiedensten Natu-
ren: sie sind in alie Farben geldeidet”. [Hay trad. española: Pueblos y estados en
la historia moderna, México, Fondo de Cultura Económica, 1948.]
7. G. Nadel, “Philosophy o f History before Historicism”, History and Theo-
ry, 3, 1964, pp. 291-315.
8. Al respecto, véase, por ejemplo, P. B. Stadler, Geschichtschreibung und
hístorisches Denken in Frankreich 1789-1871, Zurich, 1958, cap. 5.
9. Rankc, Zur Kritik, ob. cit., pp. 47-48: “Was in jedem Fall zu erwarten,
zu thun, was der eigentliche Grund einer Handlung gewesen, will er zeigen.
Dahcr ist er in den Eriauterungcn, in wiefern eine jede menschliche Handlung
aus angeborner Leidenscbaft, Ehrgeiz, Eigennurz, komme, ein wahrer Virluos
und Meister. Diese Discorsen sind nidu eine Hervorbringung von Guicciardi-
nis Geist allein; sie ruhen, und zwar in doppelter Hinsicht, nur allzuwohl auf
dem Zustand seiner Vaterstadt Floren/.. Erstens nandich, da die Macbt von
Floren/, nicht selbstandig war, und die Lage der offenrlichen Angelengenheiten
zuweilen von dem einen Extrem zum andern schwankte, ricluete sich die Auf-
merksamkeit unwillkürlich auf die móglichcn Flrfolge der Dinge... Das ist Eine.
Aber auch in den innern Angelengenheiten pílegen sic dcrsdben Art und Wei-
se. Wcnn man in Varchi und Nerlí liest, wie viel vor einer Gonfalonierewahl
gesonnen, gcscltwatzt, unterbandelt, vermuthet, geurtheilt ward, wie man in
diesem klcinen Kreis, so gut ais in den europaischen Angelengenheiten, Ver-
wandschaften, Bitndnissc, Gegenbündnisse schloss, um einigc schwarze Boh-
nen inelir zu bekoinmen, wie viel es da zu Berücksichtigen gab, wie sich nun
Beobachtungen, Regeln, Rathschlage entwickelten, so versteht man erst den
Ursprung cines Werks, wie Guicciardini’s Werk ist”.
10. W. Kaeg., Jacob Burckhardt: Eine Biographie, II, Basilea, 1950, pp. 54-74.
11. Ranke, Z ur Kritik, ob. cit., pp. 8-20.
12. Ibíd., p. 38: “Agnolo, der Neffe Franzesco’s, der Herausgeber dieser
Gescltichte, behauptet, sein Oheiin habe mit besonderem Fleiss die oíFencli-
clicn Denkmáler ipubbliche memorie) erforscht, und habe vicien Zugang zu ih-
nen gehabt". Ranke observa a continuación: “Wir salten, wie Johann Bodin auf
diese originale Runde der Beschlüsse und Bündnisse einen besondern Werrh
legre”. [“Como hemos visto, Jean Bodin atribuía un valor especial a estos infor­
mes originales sobre decisiones y alianzas.”] Sobre la importancia del uso de
Bodin por Ranke, véase el capítulo 3.
13. Ibíd., p. 27: “...mit historischen Monumenten so gut wie nichts gemein
hatten”.
14. Aquí Ranke exagera: véanse, por ejemplo, E. Schulin, Traditionskritik
und liekonstruktionversuch, Gotinga, 1979, pp. 48-50; y, sobre todo, la obra
clásica de F. Gilberr, Machiavelli and Guicciardini, Princeton, 1965.
NOTAS l'l.i

15. Ranke, Z tir Kritik, ob. cit., V: “ ...wcm von so Vielen eine origínale
Kenncniss beygcwohnt, von wem wir wahrhaft belehrt werden kónnen”.
16. Ibíd., p. 36: “Erkennen wir klar, dass das unbedingte Ansehen, welches
diess Buch bis jctzt genossen, ihm mit Unrecht gewahrt wordcn, dass es nicht
eine Quelle, eine Urkunde, sondern allein cinc Bearbeitung, und zwar eine
mangelhafte zu nennen ist, so ist unser Zweck crreicht; so müsseil die Sismon-
di Aufhóren, unrcr jeder Seite den Guicciardini und innner den namlichen zu
citiren; sie müssen wissen, dass er nicht beweist”.
17. Sobre el trabajo de Ranke en la biblioteca real, véanse C. Varrentrapp,
“ Briefe an Ranke,,.” , en: Historische Zeitschrife, 105, 1i>10, pp. 105-131, y Ran­
ke, Nene Briefe, editado por 11. Hoeít y H. Herzfeld, Hamburgo, 1949, pp. 22,
24-25,39,41-42, 44-45, 54-55.
18. Véase un excelente amílisis en Schulin, ob. cit'., p. 49.
19. Ranke, Das Briefwerk, ob. cit., p. 65: “Du wirst Dich wohl noch auf
das geschriebenc Eoliobuch besinnen (viclmehr das noch nicht geschriebene)
in das ich alie Norizcn iibcr die Geschicluschreiber, die ich las, einrrug. Nun
war es unerlasslich, dass ich meine Behandlung dieser Geschichtsschreiber in
der Geschichte selbst einigermassen rechtfertigte. Da habe ich nun aus jenem
Foliobucli cins in qttarto geinacbt, nnd daraus wird cins in octavo gedruckt;
aus diesem prophczcit man inir cincn grosscrn Erfolg ais aus den» andcrn”. Los
estudiosos de Burckhardt recordarán que él también extraía pasajes de las fuen­
tes primarias con notable energía y asiduidad (W. Kaegi, Jacob Burckhardt: Eine
Biographie, III, Basilea, 1956, pp. 383-396). Su historia cultural del Renaci­
miento tomó forma mientras reelaboraba un inmenso cúmulo de pasajes. Cf.
su célebre carta a Paul Heyse, 14 de agosto de 1858, citada ibíd., p. 666: “Ges-
tcm habe ich zum Beispiel 700 kleine Zcddel nur mit Citatcn aus Vasari, die
ich in cin Buch zusammengeschrieben Imite, atiseinandergeschnittcn und sor-
ticrt zum neucn Aufldcben nacli Sachen. Aus andern Autoren habe ich noch
ctwa 1000 Quartseiten Hxcerpte über die Kunst und 2000 líber dic Kultur.
Wie viel von all diesem werde ich wohl wirklich verarbeiten?” f“Ayer, por
ejemplo, tenía 700 papeletas pequeñas sólo con citas de Vasari, que había escri­
to todas en un libro, luego recortadas y clasificadas por tema para ser pegadas
nuevamente. De otros autores tengo aún unas 1.000 hojas en cuarto (cuartillas)
de extractos sobre el arte y 2.000 sobre la cultura. ¿Cuánto de todo eso voy
realmente a utilizar?’’] Sobre los métodos de trabajo de Burckhardt, véase P.
Ganz, “Jacob Burckhardts Kultur der Renaissance in Italien. Handwerk und
Methode”, en: Deutsche Vierteljahrsschrifi flir Literatttrmssenschafi und Geiste-
geschichte, 62, 1988, pp. 24-59. Junto con la historia inédita de la referencia
que ronda por las bibliotecas de los seminarios históricos, aúlla el fantasma de
la historia aun más extensa de la anotación.
144 LOS O RÍGENES TR Á G ICO S DE LA ERU DICIÓ N

20. Véanse los materiales publicados por Varrentrapp en H istorischer


Zeitschrift, 105, 1910, p. 109 (Heeren), 112 (v. Raumer), 114 (Scliulze), 115
(Kampts); A. von Hase, “Brückenschlag nach Paris. Zu einem unbekannten
Vorstoss Rankcs bei Karl Bcnedikt Hase (1825)”, en: Archiv ju r Kulturgeschich-
te, 60, 1978, pp. 213-221 en particular 215. Acerca de Hase, véase el ingenioso
y erudito artículo de P. Petitmengin, “ Deux tetes de pont de la philologie alle-
mande en France: le Thcsaums linguae Graecae et la ‘Bibliothcque des auteurs
grecs’ 1830-1867”, en: Philologie und Hermeneutik im 19. Jahrhundert, II, edi­
tado por M. Bollacky H. Wismann, Gotinga, 1983, pp. 76-98.
21. Reseña anónima de Rankc, Ergdnzungsbldtter zur Allgemeinen Literatur-
Zeitung, febrero de 1828, núms. 23-24, cois. 183-189 en particular 183-184:
“Mit der Fackcl ciner unbestcchlichcn, strengen Kritik beleuchtet er díe Werke
der bisher ais Hauptquellcn für die Geschichten der beizeichneten Periode...
geachtetcn Historiker wie die Persónlichkeit ihrer Urheber, und beraubt beide
schonungslos des Nimbus, worin sie bisher geglanzet, oder bestimmt wenigs-
tens genau, in wie fern und in wie fern nicht sie wirldich Glauben verdienen,
übcrhaupr in wiefern sie ais wahre Qttellen zu achten seyen”.
22. H. L. Manin [H. Leo], reseña de Ranke, Ergiinzungsbatter zur Jenaischen
Allgemeinen Literatu r-Zeitu ng, 16, 1828, núms. 17-18, cois. 129-140 en parti­
cular 138: “ Beytrage zur Kritik ncuerer Geschichtschreiber” de Rankc eran
“das beste an Hn. Rankes Arbeit, und zeigen wenigstens zugleich von mannich-
fachcr Verglcichung der verschiedenen Excerpte linter sich”.
23- Ranke, Zur Kritik, ob. cit., p. 177: “Es sind iiber diese Zeit Actcn, Bric-
fe, Lebensbcschrcibungen, Chroniken von der grossten Wichtigkeit vorlianden,
für die es aber ist, ais ware die Buchdrukerkunst noch gar nicht erfunden”.
24. Ibíd., p. 181: “Hier ware ein Mann erforderiich, der mit leidlichcn
Kcnntnissen, sattsamen Empfehlungen und guter Gcsundlieit ausgerüstet,
Dcutschland nach alien Seiten durchzoge, und die Reste einer halb untergegan-
genen und so nahe liegenden Welt aufsuchte. Wir jagen unbekannten Grasern
bis in die Wüsten Libyens nach; sollte das Lebcn unserer Altvordern nicht den-
selben Eifer in unserm eigenen Land werth sein?”
25. Ranke, D as Briefwerk, ob. cit., p. 70. Sobre Pertz, véase D. Knowles,
Great Historical Enterprises. Problems in Monastic History, Edimburgo, 1963,
cap. 3, con referencias a la literatura anterior.
26. Véase, por ejemplo, Ranke, Nene Briefe, editado por Hoeft y Herzfeld,
pp. 56-59.
27. H. Chadwick, Catholicism and History, Cambridge, 1978, contiene un
análisis fascinante sobre la apertura glacial de uno de los archivos más ricos de
Europa.
28. Sobre las prácticas de Ranke, véase U. Tucci, “Ranke and the Venetian
NOTAS 145

Document Market", en: Leopold von Ranke and the Shaping o f tbe Historical
Discipline, editado por G. G. Iggers y J. Powell, Siracusa, 1990, pp. 99-107;
hay una lámina que lo muestra en su biblioteca. Véase también el notable catá­
logo de E. Muir, The Leopold von Ranke Manuscript Coüection o f Siracusa Uni-
versity, Siracusa, 1983.
29. Ranke, Deutsche Geschichte mi Zeitalter der Reformation, editado por P.
Joachimsen y cois., Munich, 1923-1926, 1, 6*: “Ich sebe die Zeit kommen,
wo wir die neuere Geschichte nicht mehr auf die Berichte, selbst nicht der
gleichzeitigen Historiker, ausser insoweit ihnen eine origínale Kenntnis bei-
wohnte, geschweige denn auf die weiter abgeleiteten Qearbcitungen zu gründen
haben, sondern aus den Relationen der Augenzeugen und den Schstcten un-
mittclbarstcn Urkunden aufbauen werden”. A pesar de los progresos importan­
tes en el estudio de Ranke y su Nachlass, parte de los cuales derivaron en
correcciones en la obra de Joachimsen y sus colaboradores, su introducción a
esta edición sigue siendo uno de los estudios más sutiles de la erudición y el
pensamiento de Ranke. Está reproducido en su Gesammelte Aufiatze, edit. por
N . Hammcrstein, Aalen, 1970-1983,1, pp. 627-734. Sobre el pensamiento y la
erudición de Ranke, véase también ibíd., pp. 735-758.
30. Ranke, Deutsche Geschichte mi Zeitalter der Reformation, VI, pp. 3-4:
“Wer will auch die ganzen Archive drucken lassen?” [“¿Quién quiere, además,
hacer publicar el archivo entero?”)
31. Leopold von Ranke Nachlass, Staatsbibliothek zu Berlín Preussicher
Kulturbesitz Haus II, p. 38 II A, fol. 72 recto: “ ...eorum, qui historiae rerum
discendae penitusque imbibendac vitam suam dicare constituerunt. lstos animi
quodam Ímpetu ingeniique sui natura ad liaec studia ferri credo. Hi sine dubio
fontes, e quibus historia hauriuntur, cognosquere volent. Non satis habentes
scriptores perlegisse quos schola supedit.it, promos omnis relati volent cognos-
cere” . Sobre este texto (y el seminario de Ranke), véase la monografía ejemplar
de G. Berg, Leopold von Ranke ais historischer Lehrer, Gotinga, 1968, pp. 51-56
en 52 y nota 2.
32. Ranke Nachlass, p. 38 II A, fol. 72 recto: “Non tamen satis habent acci-
pere ea, crederc, docere, fidem aliis habere, sed suo ipsorum judicio in his rebus
uti cupiunt”.
33. Ibíd., fol. 72 verso: “Si primum tantum genus hic adesset, rem ita insti-
tuerem -diger<er>em seriem locorum classicorum- eos lengendos proponerem.
Difficulrates, quae legentibus offendunt, e medio tollere curarem. Eadem ratio-
ne historiam medii aevi tractaremus”.
34. Ibíd., I, pp. 83-84. Cf., en general Geschichtswissenchaft in Berlín im 19.
Jahrhundert, Berlín, 1992, y acerca del seminario de Sybel en Munich, véase V.
Dotterweich, Heinrich von Sybel, Gotinga, 1978, pp. 255-284.
146 LO S O RÍGENES TR Á G ICO S DE I.A ERUDICIÓN

35. Véase Berg; I,, ven Ranke, Aus Werke uncí Nachlass, editado por W. P.
Fuclis y cois., Munich y Viena, 1964-1975, IV.
36. T. Wiedemann, “Scchsen Jahre in der Wcrkstatt Leopokl von Rankes",
en: Deutsche Reúne, noviembre de 1891, pp. 177-179.
37. Véase la apreciación magistral de I\ Gilbert, Histvry: Politics or Culture?,
Princeton, 1990. P. Burke, “Ranke the Rcactionary", expresa un punto de vista
más crítico que subraya la amplitud y la originalidad de la historiografía del
siglo XVIII (y destaca los aspectos de esa tradición no señalados en estas páginas,
rales como su interés por la historia cultural y social: en Iggers y Powell (eds.),
Leopold von Ranke.
38. Acerca del “mal de Fronde”, véase C. V. Langlois y C. Scignobos, Intro-
duction to the Study o f History (trad. G. G. Bcrry), Londres y Nueva York,
1898, reed. 1912, pp. 124-128.
39. Th. Wiedemann, “Sechsen Jahre in der Wcrkstatt Leopold von Ran­
kes”, en: Deutsche Remte, noviembre de 1891, p. 322.
40. Ranke, Sdmmtiichc Werke, vol. 53-54, p. 62; cf. L. Stone, The Past and
the Present Revisited, Londres, 1987.
41. Véase la carra de Voigt a Ranke, que sorprende por su humildad, por
tratarse del compilador del Codex diplomáticas prusiano y el autor de la muy
documentada (¡eschichte Maricnburgs, obra innovadora desde el punto de vista
metodológico; y Hildebrand, Weimar, J81 5, en Varrentrapp, pp. 127-128, con
su cita estratégica del pasaje de Ranke sobre la maduración de la historia basada
en manuscritos, citada más arriba, en Rriefivechsel der berühmtcstcn Gelehrten
des Zeitalters der Reformation mit Herzog Alhrccht von Prcussen, Konigsberg,
1841. Evidentemente, Voigr era un historiador mucho menos original y crítico
que Ranke, un hombre desilusionado, incapaz de obtener licencias para investi­
gar, perintido en sus críticas técnicas. Véanse, por ejemplo, el largo y documen­
tado artículo sobre Voigt en Allgemeine Deutsche Biographie; H. Prut/., Die
Kdnigliche Albertus-Universitiit zu Konigsberg i. Pr. ¡m neunzehnlen Jahrhundcrt,
Konigsberg, 1984, pp. 186-188: G. von Selle, Geschichte der Albcrtus-Universi-
tdt zu Konigsberg in Prcussen, Konigsberg, 1944, pp. 278-280. Pero su testimo­
nio es por ello tanto más representativo.
42. Nissen, Kritiscbc Untcrsuchungen iiber die Qjiellen der vierten undjiinfien
Dekade des Livius, Berlín, 1863, pp. 70-79. Hay un análisis reciente de cómo
los historiadores antiguos utilizaban a sus predecesores, que demuestra lo úril y
lo limitado de la perspectiva de Nissen, en S. Hornblower, “Introduction”, en:
Greek Historiography, editado por S. Hornblower, Oxford, 1994, pp. 1-71 en
particular 54-71.
43. Nissen, Kritische Untcrsuchungen, p. 77: Livío “steht unter dem Einfluss
dcssclben Grundgesetzes, welches die ganze Historiographie bis auf die Entwic-
NOTAS 147

klung der modernen Wissenschaft beherrscht. Rankc hat zuerst in glanzender


Weise an einer Reihe von Geschichtschreibern des 15. und 16. Jabrhunderts
nachgeweisen, wie sie die Werke ihre Vorganger in der Are benützten, dass sie
dieselbcn einfach aussehrieben” . [Livio “está bajo la influencia de la misma ley
fundamental que domina toda la historiografía hasta el desarrollo de la ciencia
moderna. Ranke fue el primero en demostrar, de un modo brillante, en una
serie de historiadores de los siglos XV y XVI, que éstos utilizan las obras de sus
predecesores de tal manera que, simplemente, las transcriben.”] Desde luego,
Ranke jamás hubiese confundido a Tucídides con los periodistas de su propia
época, ni hubiera tratado toda la tradición de la historiografía como si fuera
uniforme.
44. “Das liegt in scinem schleswigholtcinernen Kopf” [“Esto depende de su
mentalidad de Slevig-Holstein”], escribió quejumbroso Hermann Usener al ex­
plicar cómo había fracasado en su intento de convencer a su viejo amigo de
que abandonara el argumento de que los antiguos reyes del Lacio, de alguna
manera, representaban los días bíblicos de la Creación. H. Diels, H. Usener y
E. Zeller, Briefwechsel, editado por D. Ehlers, Berlín, 1992, I, p. 425. La obra
en cuestión era D as Templum de Nissen, Berlín, 1869, p. 127. Además de
imitado, Nissen fue muy criticado: véase, por ejemplo, L. O. Brockcr, Moder-
ne Qtiellenforscher ti. antike Geschichtschreiber, Innsbruck, 1882. Pero la era de
Qiiellenforschung que comenzó con su obra también fue regida, en gran medi­
da, por su espíritu de simplificación temeraria: véanse C. Wachsmurh, liinlei-
tung in das Studium der alten Geschichte, Leipzig, 1895, pp. 55-56, y la obra
erudita (y de plan y redacción singulares) de B. A. Desbords, hitroduction a
Diogéne Lacree, tesis, Utrecht, 1990.
45. Véase The Varieties ofH istory, editado por F. Stern, 2a ed., Londres,
1970, p. 211.
46. Véanse, especialmente, E. Fueter, Geschichte der neneren Historíographie,
Munich y Berlín, 1911, pp. 480-482; H. Buttcrfield, Man on H is Past, Cam­
bridge, 1955; reed. Boston, 1960; G. Ben/.oni, “ Rankc’s Favorite Source”, en:
Lcopold von Ranke, editado por Iggers y Powell, pp. 45-57.
47. A. G. Dickens, Ranke as Reformarían Historian, Stenton Lecture 13,
Reading, 1980, pp. 12-17, resumida en Dickens y J. lonkin con K. Powell,
The Reformaríon in Historical Thought, Cambridge, Mass., 1985, pp. 174-175.

N O TAS AL. CAPÍTULO III

1. G. Stanton Ford, “A Ranke Letter”, en: Journal ofM odern History, 32,
1960, p. 143: “Sorfaltig habe ich mich vor der eigentlichen Adnotation gehii-
148 LO S O RÍG ENES TR Á G ICO S DE LA ERUDICIÓN

tet: das Citar schien mir in dem Werk cines Anfangers, der sich crst Balín ma­
chen und Clauben verdienen solí, uncrlászlich”.
2. L. Ranke Nachlass, Staatsbibliorhek zu Berlín Prenssicher Kulturbesitz
(Haus II), Fasz. 1 ,1.
3. T. Wiedcmann, “Sechsen Jalirc in der Werkstatt Leopold von Rankes,
en: Deutsche Revue, diciembre de 1891, p. 333: “ ...wovon Ranke immer nur
sehr scliwer iiberzeugt wurde”.
4. H. Mannin (H. Leo], reseña de Ranke en Erganzungsbliitter zur Jenais-
ehen Allgemeinen Literatur-Zeitung, 16, 1828, míms. 17-18, cois. 129-140 en
particular 136. “ Doch wozu noch mehr anfiihren? Man sdilage nacli, auf je-
dem Blattc fast wird ein verdrehtes, ein niclitssagcndes oder nachlSssig benutz-
tes C itat zu finden seyn. H eisst das nun nackte W ahrheit? H cisst das
gründliche Erforschung des Einzelnen?” [“Mas, ¿para qué seguir mencionando?
Hojéese e1 libro: en cada página podrá encontrar, prácticamente, una cita ter­
giversada, insignificante o utilizada de forma negligente ¿Es esto, pues, la pura
verdad? ¿Es esto la investigación escrupulosa de la particular?”] Sobre la dimen­
sión filosófica de la polémica entre Leo y Ranbke, véase G. G. Iggers, The Ger­
mán Conception ofHistory, Middletown, 1968, pp. 66-69.
5. L. von Ranke, Das Briefwerk (editado por W.P. Fuchs), Hamburgo, 1949,
pp. 136-161, 165, 168,240: ". ..auf dem kitzlichsten Punkt der Forschung”.
6. Ranke, “ Rcplik”, en: Intelligeiizbhut der Allgemeinen IJteratur-Zeitung, ma­
yo de 1828, ntím. 131, cois. 193-199 en particular 195-196: “Ich citire fiir die,
welche finden wollen, aber nicht Air solche, die da suchen, um nidtt zu finden;
bey einer Tasse Kaflfe, mit einem einzigen der citirten Ausgaben in der Hand,
lasst sich übrigens diess Buch nicht priifen”. Cf. Das Briefwerk, ob. cít., p. 159.
7. H. Leo, “ Rcplik” , en: Intelligenzblatt der Jenaischen Allgemeinen Literatur-
Zeitung, junio 1828, nüm. 39, cois. 305-312 en particular 310: “...in denen
ganz andere Dinge zu finden sind, ais in den Cicaten.”
8. M. Bernays, “Zur Lehre von den Citaren und Noten”, en: Schriften zur
Kritik und Litteraturgeschichte, IV, Berlín, 1899, p. 333: “Keiner, der Ranke zu
lesen verdient, mochte Noten dieser Art entbehren; jeder aber sieht ein dass ihr
Inhalt sich in den Text nicht schicken wurde.”
9. Véase ahora el notable estudio de G. Walther, Niebuhrs Forschung, Stutt-
gart, 1993, con amplias referencias a la literatura anterior.
10. B. G. Niebuhr, Briefe, Neue Folge, 1816-1830, editado por E. Vische,
IV; Briefe aus Bonn (futí bis Dezember 1830), Berna y Munich, 1984, p. 117:
“” Es war für mich ein reizender Gedanke, wenn dies gelehrte Werk, wodurch
der Stoff wieder geschaffen wird, vollendet seyn würde, eine ganz erzahlende
Geschichte der Romer zu schreiben, ohne Untersuchung, Erweis und Geiehr-
samkeit; wie man sie vor 1800 Jahren geschrieben haben würde”. Cf. W. Nip-
N O TA S 149

peí, “’Geschichte’ und ‘Altertümer’: Zur Periodisieiung in der Althistorie”, en:


Geschichtdiskurs, editado por W. Küttler y cois., I, Francfort. 1993, pp. 310-311.
11. Sobre las cualidades de Ranke como escritor, véase el excelente análisis
de P. Gay, Style in Hístory, Londres, 1975, cap. 2. Hay descripciones de otros
dos casos de resistencia a la necesidad de incluir notas al pie, ambos protagoni­
zados por destacados historiadores que poseían conocimientos minuciosos y
precisos de los documentos que empleaban, en el elegante ensayo de J. H . Hcx-
ter, “Garrett Mattingly, Historian”, en: From the lienaissance to the Counter-Re-
formation, editado por C. H. Cárter, Londres, 1966, pp. 13-28 en particular
15-17: y en los análisis contrastantes de G. H. Selement, “ Perty Miller: A Note
on His Sources in The New England Minel: The Seventeenth Centnry", en: Wi-
Uiam and Mary Qttarterly, 3 1 ,1 9 7 4 , pp. 453-464, y P. Miller, Sources for “The
New England M ind: The Seventeenth Century”, cdirado por J. Hoopes, Wi-
lliamsburg. Virginia, 1981; sobre el segundo caso cf. D. Levin, Exemplary El-
ders, Atenas y Londres, 1990, pp. 30-32.
12. Sobre la redacción de este texto, véase W. P. Ftichs, “Was hcisst das:
‘bloss zeigen, wie es eigentlich gewesen’?”, en: Geschichte in Wissenschafi und
Unterricht II, 1979, pp. 655-667, donde se demuestra que, en 1874, Ranke
modificó la frase original citada en el texto y la redactó así: “bloss zeigen, wie es
eigentlich gewesen” .
13. H. Holborn, Hístory and the Humanities, Carden City, 1972, pp. 90-
91; K. Repgen, “ Ueber Rankes Dikttim von 1824; ‘ Bloss sagen, wie es cigen-
tlich gewesen’”, en: Historisches Jahrbuch, 192, 1982, pp. 439-449. Cf. F.
Gilberr, History, Politics or Culture?, Princeton, 1990.
14. L. Gosstnan, Between History and Literature, Cambridge y Londres,
1990, pp. 249-250; F. Hartog, LeXJXe. siiele et l ’histoire, París, 1988. en parti­
cular pp. 112-115; G . Pomata, “Versions o f Narrative: Qvcrr and Covert Na-
rtators in Nineteenth Century Historiography”, en: History Workshop, 27,
1989, pp. 1-17. Debo la mención de Noel Coward a B. Hilbert, “FJegy for Ex-
cursus: The Descent o f the Footnote”, en: College English, 51, 1989, p. 401.
15. Parece cumplir los dos papeles en Pomata, pp. 12 y 14.
16. Véase la declaración de Fustel, publicada por Judian en 1891, en Har­
tog, p. 360: “J ’appartiens a une génération que n’est plus jcune, et dans laquelle
les travailleurs s’imposaicnt deux regles: d’abord d’étudier un sujet d’aprés tou-
tcs les sources observées directement et de prés, ensuite de ne présenter au lec-
teur que le resultat de leurs recherches; on lui épargnait i’appareil d’érudition,
l’éruditien étant pour l’auteur scul et non pour le lecteur; quelques ¡ndications
au bas des pages suffisaient au lecteur, qu’on invitait a vérifier. Depuis une
vingtaine d ’années les procedes habituéis ont changó: l’usage aujourd’hui est de
présenter au lecteur l’appareil d’érudition plutót que les résultats. On tient plus
ISO L O S O R ÍG EN ES T R Á G ICO S DE LA ERU DICIÓ N

a I’échafaudage qu’a la construcción. L’érudition a changé ses formes et ses pro­


cedes; elle n’est pas d ’aujourd ‘huí; mais lerudirion veut se montrer davantage.
On veut avanr tout paraítre érudit”. (“Yo pertenezco a una generación que ya
no es joven, y en la cual los trabajadores se imponían dos reglas: en primer lu­
gar, estudiar un tenia según todas las fuentes, observadas directamente y en de­
talle; luego, no presentar al lector más que el resultado de sus investigaciones; se
le ahorraba el aparato erudito, dado que la erudición estaba sólo para el aucor y
no para el lector; algunas indicaciones al pie de página bascaban al lector, al
cual uno invitaba a verificar. Desde hace una veintena de años, los procedi­
mientos habituales han cambiado: el uso, hoy en día, es presentar al lector el
aparato erudito antes que los resultados. Se le tiene más aprecio al andamiaje
que a la construcción. La erudición ha cambiado sus formas y sus procedimien­
tos; no es más profunda, y la exactitud no es algo de hoy; pero la erudición
quiere mostrarse más. Ante todo, uno quiete parecer erudito.”]
17. Véase, por ejemplo, Y. Malkicl, “Ernsr H. Kantorowicz”, en: OnFour Mo-
dern Humanists, editado por A. R. Evans, Princefon, 1970, pp. 150-151, 181-
192. Malkiel señala que Kantorowicz modificó sus posiciones a una edad más
avanzada, cuando escribía en inglés, sin ambiciones artísticas y con una fuerte
conciencia de los peligros que encerraban las tesis históricas no derivadas de do­
cumentos. Rechazó una propuesta de eliminar las notas al pie de Specidum, la
principal publicación norteamericana de estudios medievales, y proveyó a las obras
que escribió en Rcrkeley y Princeton de un espléndido conjunto de referencias.
18. Ranke, Siimmtliche Werhc, vol. 53-54, Leipzig, 1890, p. 62: “ Ich habe
hier weder auf Niebuhr, der eigentlich mehr der tradition cincn Sinn vcrschaf-
fon will, noch voilends auf Gottfried í [crinann, der die Auroren im einzelncn
kritisirt, Rücksicht genommen, obwohl ich mir bei grossen Manncrn dieser Art
Beifalf versprach”.
19. Véase una reseña reciente de los sucesos sintetizados aquí, en U. Muhlack,
Gcschichtswísscnschnfi rni Humanismm undin der Anfkliirung, Munich, 1991.
20. Véase J. Franklin, Jcan Bodin and the Sixteenth-Century Revolution in the
Methodology ofLaw and History, Nueva York y Londres, 1963.
21. Ranke, Zur Kritik neuerer Gescbichtsschreiber, ob. cit., pp. 20-21: “Fünf
Jahr, nachdem das Werk Guicciardini’s zuerst erschienen, schrieb Johann Bo­
din im methodus ad facilem historiae cognitionem cap. IV. von demsclben: Est
niirum ín co studium veritatis inquirendae. Fertur epístolas, decreta, Redera, ex
ipsis fontibus hausisse et expressisse. Iraque frequenter occurrit illud: ‘locutus
est haec verba’, aut si ipsa verba defuerint: ‘locutus est in hanc sententíam’.
Man sicht, die Meynung Bodins ist: die Reden bey Guicciardini seyen acht...
Diese Meynung, obwohl nicht ohne einigen Widerxpruch, hat sich jedoch bis
auf den heutigen Tag erhalten”.
NOTAS 151

22. Véase otra cita crítica pero reveladora de Bodin en ibíd., p. 73 y nota 1.
23. Ibíd., pp. 46-47: “Es ist wohl nie cine Zcit gcwcsen, wclche in lebcndi-
ger Theilnahme an dem óffentliche Echen, an jedem ldeinsfcn Freigniss dic
letzte Hálfte des 16. Jalirliunderts übcrrroffen. Allenthalbcn Selbststándigkcit,
und doch durch die beydcn Partheyen cine so cnge Vereinigung, dass fast kcine
Geschichte gcschricben werden konntc, sie wrire dcnn allgemeine Weltges-
chichte geworden. Da kamen denn die discorse Guicciardinis, diese Betrach-
tungen jeder Bcgcbenhcit von alien Seiten zur rcchtcn Stunde”. [“No ha existido,
probablemente, ninguna época que haya sobrepasado a la segunda mitad del siglo
XVI en activa participación en la vida pública, en el más pequeño acontecimiento.
Había independencia por doquier, y, sin embargo, por intermedio de ambos par­
tidos, una unión tan íntima que, prácticamente, ninguna historia podía ser escri­
ta, pues se hubiera convertido en historia mundial universal. Entonces llegaron,
en tiempo oportuno, los discursos de Guicciardini, esas consideraciones de cada
acontecimiento desde todos los ángulos.”] “ Ubi quid in deliberarioncm cadit”,
sagt Bodin, “quod inexplicabilc videatur, illic admirabilem in disserendo subti-
iitatem ostentar.” [“Cuando algo se somete a discusión”, sostiene Bodin, “por
inexplicable que parezca, muestra en esa circunstancia una admirable sutileza
en su tratamiento.” ] “Man ftihlte sogleich, dass diess die 1 lauptsache in dem
Wcrk sey." [“Uno sentía, en el acto, que ésta era la cuestión principal en la
obra.”] “1.a pardo”, sagt Montaigne, “de quoi il se semble vouloir prcvaloir le
plus sont ses digressions et ses discours.” |“Ia parte” , dice Montaigne, “en la
cual él parece querer descollar más, son sus digresiones y sus discursos.”]
24. Véanse P. H. ReíII, The Germán Fnlightenmem and the llisc ofFIistori-
cism, Bcrkclcy, 1975, y H. W. Blanko, “Aufldárutigsliisrorie, Historismus und
historische Kritik. Eine Ski/.ze", en: Van der Aufkl'ártlng znm Historismus, edita­
do por H. W. Blanke y J. Rüsen, Padcrborn, 1984, pp. 167-186, con el co­
mentario de W. Weber, pp. 188-189, y la réplica de Blanke, pp. 189-190.
25. “Schlozer líber die Geschichtsverfassung (Schreiben iiber Mably an sei-
ncu deurschen Herausgebcr)” en: J. G. Hcinzmann, Litterarische Chronik, Ber­
na, 1875, 1, pp. 268-289, traducido al inglés con un interesante comentario
por H. D. Schmidt como “Schlozer on Hisioriography”, en: History and Theory,
18. 1979, pp. 37-51. Véanse también Rcill; N. Hammerstein, “Der Antcil des
18. jahrhundetts an der Ausbildung det historischcn Schulen des 19. Jahihun-
derts”, Historische Forschtmg mi 18. Jahrhundert, editado por K. Hammer y J.
Voss, Bonn, 1976, pp. 432-450; G. Wirth, Die Entwicklung der Aben Geschich­
te an der Philipps-UniversitSt Marhttrg, Marburg, 1977, pp. 114-116, 141,
146-1 55; y los ensayos en AtífUdrung and Geschichte, editado por H. E. Büde-
ker, G. Iggers y J. Knudscn, Gotinga, 1986.
26. L. Wachler, Geschichte der historischcn Forschtmg und Kunst seit der Wie-
152 LO S O R ÍG EN ES TR Á G ICO S DE LA ERUDICIÓN

derherstellung der litterarischen Cultur in Europa, I, 1, Gotinga, 1812, pp. 174-


175: “Da er oft ais Augcnzeuge und thátiger Theilnehmer, stets mit genaucr
Kenntniss der Personen und Verhaltnisse, würdig ernsc und freymüluig erzahlt,
so kann er auf einen sehr hohcn Grad von Glaubwürdigkcit Anspruch ma­
chen... Das Bild des Zeitalrers trict in reinen Umrisscn, scliarí und ausdrucks-
voll gezeichnet, vor unser Gemiith, wenn wir dieses Geschiclitsbuch aus der
Hand legón”. H. W. Blanke hace un análisis positivo de Wachlcr y sus esfuerzos
por colocar a los historiadores del pasado en sus propios contextos históricos en
Historiographiegeschichte ais Historik, Fundamenta Histórica, 3, Stuttgart-Bad
Canstatt, 1991, pp. 193-204.
27. Rankc, Z urK rítik neuerer Geschichtsschreiber, ob. cic., p. 76, nota 1.
28. Bernays, ob. cit., pp. 334-336: sobre la manera en que Ranke se apropia
de Mtillcr, véase L. Krieger, Ranke, the Meaning o f History, Chicago y Londres,
1977, pp. 81 y 366-367, nota 33.
29. Véase, en general, E. Cochrane, “The Settccento Medievalists”, en:
Journal o f the History o f Ideas, 19, 1958, pp. 35-61.
30. Véase A. Fabroni, “Lcctori”, en: Laurentii Medicis M agnifici vita. Pisa,
1784,1, pp. Vil-VIH. Al describir una obra de M. Brutus que no está a su alcan­
ce, escribe: “Nam quamvis ilie non admodum esset Mediceis amicus, suspexit
ramen semper in Laurentium nobilitatem et niagnitudincm animi, singularem-
que prudentiam qua consuluit glotiae Florentinae Reipublicae in temporibus,
quibus dissidentes cives deditique luxui arque libidini eo pervencrunt, tu nec
vitia nec remedia pati amplias posse viderentur. Sed haec et his similia dum
nos explicabimus, uteumque judicata erunc, non magnopere laborabimus, ea
gloria conrenti, quod in narrandis rebus incorrupta rerum gestarum monumen-
ta secuti fuerimus. Ex his sccundum operis volumen conflabitur; quodque eo-
rum plcraquc asserventur in Florentino tabalario, quod mediceum vel Segreteria
Veccbia appellari soler, quae nominavimus volumina, seu Filze, ad illud specta-
re existimabis.” [“En verdad, aunque él nunca fue muy amigo de los M edid,
siempre admiró, sin embargo, en Lorenzo, la grandeza y la nobleza de espíritu,
así como la singular prudencia con la que veló por la gloria de la Repiíblica de
Florencia en épocas en las que los ciudadanos disidentes, entregados al desen­
freno y el libertinaje, alcanzaron ese punto en el que ni los vicios ni sus reme­
dios parecen poder soportarse por más tiempo. Pero hasta tanto expliquemos
estas y otras cosas similares, sea como fuere que ellas sean juzgadas, satisfechos
de aquella gloria, no nos esforzaremos demasiado, porque en la narración de los
acontecimientos tomaremos como guía el testimonio incorruptible de los
hechos. A partir de ellos fue forjado el segundo volumen de esta obra, y como
la mayor parte de estos acontecimientos se conservará en el Archivo Florentino,
el cual suele llamarse De los M edid o Antigua secretaría, cuyos volúmenes holis-
NOTAS 153

tas ya mencionamos, el lector creerá estar contemplándolo desde ese lugar.”}


Véase también Leonis X Potnifici M aximi Vita, Pisa, 1797.
31. Al final de iMurentii Vita, II, p. 399, después de nota 227, Fabroni agregó
una advertencia final: “Cave putes, lector bumanissime, nos omnia monumenta,
quae ad Laurentium pertinent, quaeque nis studiose collegimus, in hoc voluirien
retulissc. Innúmera crtim pene sunt, quae, dolenter sane, edere praetermisimus,
en mínimum cxcrcscerct magnitudo voluminis. Utinam quae praestitimus, ae-
quis iudicibus minime displiceant". (“Guardare de creer, amable lector, que he­
mos incluido en este volumen todos los testimonios que conciernen a Lorenzo, a
los que hemos reunido con gran celo. En efecto, son innumerables los que, sin
duda con dolor, hemos omitido citar para que no creciera demasiado el tamaño
de este libro. Ojalá que los que hemos presentado degraden lo menos pasible a
los jueces ecuánimes.") En Zur Kritik, ob. cit„ pp. 173-174, Ranke insistió que
aun en Florencia los documentos sobre asuntos exteriores no estaban disponibles
en cantidad suficiente (a diferencia de los referidos a los ásuittos internos). Sobre
Fabroni escribió que “Fabroni bekcnnt, es sey ihm nichf moglich gewesen, alie
seine Utkunden aufzunehmén, ais deren eme fast unzahlbarc Menge sey; und
wertn er sicli in seincm Ijtrenzo beschránkt hat, so har cr’s im Leben Lco’s X.
noch melir gethan. ln Hinsicht auf den Zweck cines Biographen muss man diess
billigen... Doch wem an der genauern Kenntniss dieser Dinge gelegen ist, der
wird hiemit nicht befriedigt (p. 174).” (“Fabroni reconoce que no le fue posible
reunir todos sus documentos, por cuanto constituyen una cantidad casi innume­
rable; y si se ha limitado en su Lorenza, lo ha hecho mucho más en la vida de
León X... Esto puede ser admitido en relación al objetivo de un biógrafo... Pero
quien tiene interés en un conocimiento exacto de estas cosas, no estará satisfecho
con eso.”] Este comentario parece ingrato, y refleja, por cierto, la falta de expe­
riencia de Ranke con los problemas prácticos de la obtención de documentos.
32. Véase W. Roscoe, The Life and Tonifícate ofLeo the Tenth, Liverpool,
1803, sobre todo el prefacio, 1, p. [l]-XXXVII en Vlll, donde sé anticipa a Ranke
al argumentar que Givio “tenía la oportunidad de obtener la información más
exacta y auténtica sobre el tema de su historia; XI-X1II, sobre Fabroni, elogia su
uso de “mucha información original”; XV, sobre problemas literarios, donde
Roscoe afirma que citó fuentes originales “en la medida en que lo permitieron
mis oportunidades”; XV y ss. sobre el uso por Roscoe de “documentos origina­
les” de los archivos florentinos, vaticanos y de otras partes, Roscoe sentía un vi­
vo aprecio por los eruditos italianos que ya habían explorado el país. Agradeció
a A. M. Bandini, autor del gran catálogo de los manuscritos de la Laurenziana,
por proveerle “varios documentos raros y valiosos, tanto impresos como ma­
nuscritos” (XVUi-xiX), a J. Morclli por su ayuda en Venecia (XX-XXI) y a un
amigo inglés que obtuvo “varios pasajes curiosos” de los manuscritos parisinos
154 LO S O RÍG EN ES 1R Á G IC O S DE LA ERUDICIÓN

de París de Grassis, autor de un diario personal del papa (XXV-XXVI). Los 218
pasajes de las fuentes al final de los cuatro tomos fiieron utilizados asiduamente
por los historiadores críticos de la generación siguiente. Véase también su The
Life o f Lorenzo de'Medid, called che Magnificent, Liverpool, 1795.
33. Véase un argumento general según estos lincamientos en U. Muhlack,
“Von der philologischen zur historischen Methode”, en: Thcorie der Geschichte,
Beitrage zur Historik, V: Historische Methode, editado por C. Meier y J. Riisen,
Munich, 1988, pp. 154-180.
34. F. A. Wolf, Prolegomemi ad Homerum, I, Halle, 1795, cap. XLIX: “Ha-
bemis nunc Homerum in manibus, non qui viguit in ore Graecorum suorum,
sed inde a Solonis temporibus usque ad haec Alexandrina mutatum varié, inter-
polatum, casrigatum et emendatum”.
35- Véase Walther, ob. cit.
36. Véase A. Grafton, Defenders of the Text, Cambridge y Londres, 1991,
cap. 9.
37. Rankc, Das Briefwerk, editado por W. P. Fuchs, Hamburgo, 1949, pp.
69-70: “Ew. Exzellenz eigene Romische Geschichte ist eins der ersten deuts-
chen historischen Werke, die ich eigcntlich studiert habe. Schon au f der Uni-
versiriit habe ich dieselbe exzerpiert und mir auf alie Weise zu eigen zu machen
gesucht... dass gcgenwartige Bücher des Unterrichts, den ich ohne Ihr Wissen
von limen genossen, nicht vóllig unwiirdig crscheinen mogen.”
38. lbíd., p. 70, “der Urhebeeiner ncuen Kritik”.
39. Véase E. Vischer, “Niebuhr und Rankc”, en: Schweizerische Zeitsehrift
fu r Geschichte, 39, 1989, pp. 243-265; en definitiva, los documentos de Alfic-
ri resultaron de escasa utilidad para los fines de Ranke, pero la relación es fasci­
nante, como demuestra Vischer por medio de documentos descubiertos
recientemente.
40. Sobre un admirador, véase C. Varrentrapp, “ Briefe an Ranke...”, en:
Historische Zeitsehrift, 105, 1910, p. 108; sobre un crítico, W. Weber, Priester
derKlio, Berna y Nueva York, 1984, p. 213.
41. Sobre los recuerdos tardíos de Ranke, de Hermann y sus otros maestros
en Leipzig, véanse sus Neae Briefe, editado por B. Hoeft y H. Herzfeld, Ham­
burgo, 1949, pp. 476-477; allí habla de “ fdjie geistvollen Interpretationcn der
Klassikcr, z. B. des Pindar, welche der unsterbliche Hermann vortrug” [“ [Ijas
interpretaciones agudas de los clásicos, por ejemplo, de Píndaro, que el impere­
cedero Hermann nos expuso”], p. 476.
42. Ranke-Nachlass, Staatsbibliothek zu Berlin, Preussicher Kulturbesitz
(Haus II), 38 II C.: Kollegnaschriften aus Leipzig, 1: “Observationes Godofredi
Hermanni ad Aeschyli Persas a v. 758 usque ad finem, a die XXVI mensis Maii
ad diem XIV mensis iulii MDCCCXIV", fol. 2 verso: “Hic frustra ii sunt, qui his-
N O TA S 155

toricam fidem et certitudinem in Acschylo quaerunt, cum, tu putant, andquior


sit ipsi Herodoto; sed ut poetae ei licuit ut in omni re ita hic res ad consilimn
suum adtemperare”.
43. Ibíd., fol. 3 verso - 4 recto.
44. Ibíd., cuaderno 2, “Godofredi Hermanni Prof. Lips. Praelectiones in
Pindarum”, p. 3: “Quae nobis restant graecae poeseos monumenta, ruderan
sunt ex magno naufragio servata” .
45. Ibíd.: “ Historia graecae poeseos quam non habemus” se transformó en
“De difficultatibus quae se historiam graecae poeseos scripturo obiiciunt”.
46. Ibíd., p. 13: “Pindari scripta in antiquitate et Aristarchus et alii scholae
Alexandrinac grammatici tractarunt, ita ut tum ea explicarent, tum ad gramma-
tices et ethices, quam sibi fixerant, praecepta corrigerent. Quod quomodo fece-
rint, non cognitum habemus, cum pleraque ex eorum commentariis interierint.
Hiñe quam nunc in manu habemus horum carminum recensionem, ea non pu-
tanda est ita esse a Pindaro instituta, sed Grammaticorum cortectionibus inter­
polara. Genuina ergo emenda sunt, ciicienda haec Grammaticorum figmenta”.
47. Ibíd., pp. 13, 16.
48. Ibíd., pp. 15 y ss.
49. Véase el interesante análisis que hace Walther de Niebuhr, pp. 319-320;
él recurre, a su vez, a W. Lepenies, “Fast ein Poet. Johann Joachim Winckel-
manns Begriindung der Kunstgeschichte”, en: Autoren und Wissenschafiler im
1S. Jahrhundert, Munich y Viena, 1988, pp. 91-120.

N O T A S A L CAPÍTULO IV

1. Voltaire a Dubos, 30 de octubre de 1738; (trad. inglesa J. Barzun), en:


The Varieties ofH istory, editado por F. Stern, Nueva York, 1973, pp. 38-40.
Véase G. G. Iggers, “The European Context o f Eightcenth-Ccntury Germán
Enlighrenment Historiography”, en: Aufklarungtmd Geschtchte, editado por H.
E. Bodeker y cois., Gotinga, 1986, pp. 225-245 en particular 229.
2. Voltaire a Maffei, 1744, citada por K. Pomian, Collectionneurs, amateun
et curiettx. Pitris, Venise: XVIes-XVI/les siecles, París, 1987, p. 198.
3. S. A. Tissot, “Vorrede”, Von der Gestuidheit der Gelehrten, (trad. J. R.
Füesslin), Zurich, 1768, sig. [)8(] recto-verso: “Die Citationen habe icli beybe-
halten, weil sie mir nützlich scheinen, obgleich sie táglich mehr aus den franzo-
sischen Schriften verbannt werden. Schriftsteller die ihren Gegenstand
erschopfen, und ihren Nachfolgern nichts mehr zu sagen übrig lassen, kónnen
derselben entbehren; ihre Werke sind vollendete Gebaude, an die man niemals
mehr Hand legen wird; zum Unglück ist das mein Fall nicht, so wenig ais vie-
156 LO S O RÍG ENES TR Á G ICO S DE LA ERU DICIÓ N

ler andero ilircr, und dennzumalil dtinkt mir, solí man citiren, damit man de-
nen welche die namlicl^e Arbcit cinmal Air die liand nehmeii wollen, die Ent-
dcckung der Queden cdcichrcfe, woraus sie schópfcn kónnen. In Werken die
der Erfolg meiner eigeneq Bermcrkungen sind, habe ich nifht gethan, allein
wenn man sich aqdercr ibrer bedicnt, so find ich nichts boses darín, wenn man
ihnen durch einige unten an det Seite hingesetzte Worte wo sie niemandem
nichts schadcn, dieserwegen die schuldige phrc bewcisct”.
4. Véase, sobre todo. A, Momigliano, “Gibbon’s Cootribution to Hisrorical
Mcdiod” , en: Contributo, alio storía degli Midi classici, Roma, 1955, pp. 195-211.
5. E. Gibbon, Menwirs ofM y Life, editado por G. A. Bonnard, Nueva York,
1966, p. 43.
6. Ibíd., p. 99.
7. Gibbon's Journal to January 28th, 1761, editado por D . M. L.ow, Nueva
York, s.f., pp. 22-23, 42, 44, 81, 87, 95, 104, 105, 10S-109, 123, 125. 163,
166-169, 173, 181-182, 187, 197-198.
8. H. E. Davis, BA, An Examination o f the Fificcnth andSixteenth Chapters
o f Mr. Gibbon ’s History o f the Decline and F all o f the Román Empire, Londres,
1778, p. II, citado en Gibbon, Miscellaneous Works, editado por John, lo rd
Shcfficld, Londres, 1814, IV, p. 523 (subrayado por Gibbon). En Memoirs o f
My Life, Gibhon dice que Davis “no pretendía atacar la fe, sino la buena A: del
historiador”; editado por G. Bonnard, Iondrcs, 1966, p. 160.
9. Davis, Examination, ob. cif-, p. 230, nota,
10. Véase la respuesta no muy eficaz de J)avis en A Reply to Mr. Gibbon’s
Vindication, Londres, 1779.
11. GSttingische Gclehrte Anzcigeu, 18 de octubre de 1783, p- 1704.
12. The Letters o f D avid Hume, editado por J. Y. T. Grcig, Oxford, 1932, II,
p. 313.
13. E. Palmicri, “The Satiric Footnotes of Swift and Gibbon”, en: The Eigh-
teenth Century, 31, 199Q, pp. ¡145-262 en particular 246.
14. Sobre el uso sistemático creciente de documentación en la historiografía
inglesa del siglo XVIII, véase D. Hay, Annalists and Historians, Londres. 1977,
pp. 175-181.
15- Sobre esta tradición, véase el clásico estudio de N, Hammerstein, Ju s
und Historie, Gotinga, 1972.
16. Disscrtatio genealógica de fam ilia Augusta Franconica qttam sub praesidio
lo. Davidis Koeleri P. P. publice disceptandam pxoponit Carolus Gustavos Ftirer
de H aim endorf ep W olkersdorf ctd d. gxv. Septembris a. MDCCXX/l, Altdorf,
1722, Praefatio, sig. [*4] recto: “Plus cnim apud nos valept tot antiquorum
scriptonim testimonia... quam variae et ingeniosae [de. Ingeniosa] recentiorum
autorum deductiones gcnealogicae, quae nudis innituntur coniccturis, et solam
N O TA S 157

convenientiam quorundam nominum pro solido fundamento demonstrationis


adhibent”. La obra consta de una serie de tablas genealógicas con 66 páginas de
probationes documentales.
17. Véase en general J . Knudscn, Justas Móser and the Germán Enlighten-
ment, Cambridge, 1986.
18. Móser a Abbt, 26 de junio de 1765; Móser, Briefwechsel, editado por
W.F. Suelden y cois., Hannover, 1992, p. 365: “Allein, wie wird man das alies in
einer ossnabrückischcn Gcschichre vertragen? Doch es sind 12 Bogen Einlcirung.
und icli kann mir nicht helfen. Gesrcm führtc ich in einer Note cin hcbtaisch
Wort an und kann doch diese Sprachc niclu lesen. Ist das nicht pedantischr Und
doch konnte ich es nicht lassen; ja, ich war sogar in der Vcrsuchung, nachdem
ich des Bochan Gcographicam sacram durchgelesen hatte, einhundert Anmer-
kungen darüber zu madicn und ilun mi Hcbraischcn und Arabischcn zurechte
zu weisen, ich, der die Buchstahcn nicht kenne".
19. Véase E. Fuctcr, Gcschichre der mueren Historiographie, Munich y Ber­
lín, 1911, pp. 393-397. Se hace un análisis detallado de su método de trabajo
en P. Schmidt, Studien üherJustas Móser ais Historiker, Gotinga, 1975.
20. G. W. F. Hegel, Vorlesungen überdic Gcschichre der Philosophie, I: Siimtli-
che Werke, Jubiltiumsasisgabe XVII, Stuttgart-Bad Canstatt, 15165, pp. 147-148:
“Dabei ist Tennemann so aufrichtig, die Stelle aus dem Aristóteles unter den
Tcxt zu sefzten, so dass Origina! und Uebersetzung sich oft wiedersprechen".
21. Sobre Kant, véase W. Von Rahden, “Sprachpsychonautcn", en: Sprach-
wissenschafien mi 18. Jahrhundert, Munich, 1993, pp. 111-141 en particular
1 18-127.
22. S. Nimis, “ Fussnoten: das Fundament der Wissenschaft”, en-.Arethusa, 17,
1984, pp. 105-134.
23. Bernays a Heyse, 9 de marzo de 1855, citado por H. I. Bach, Jacob Ber-
nays, Tubinga, 1974, p. 128 (“Giftschrank”); Bernays a Ritschl, 19 de julio de
1855, ibíd., p. 130, nota 23: “Was Jans Wunsch nach mehr Dctail angeht, so
kann ich nicht ‘simpliciter’ darauf antworten. Meint er, mit Mommsen, dass
alies Dctail der Noten gleich in don Tcxt hatte vcrwebt werden und die Cítate,
nach der gewOnlichen Manier, die untere Hiilftc der Seiten bedecken sollen: so
kann ich dagegen nur sagen, dass dieses nicht meine Weise ist, dass das Ganze
dadurch ein viel zu abschreckend gelehrtes Ansehen bekommen hatte und dass
ich mir ein kurzarhmigeres Pubiicum gedaclu habe ais dasjenige scin diirfte,
welches im Stande warc, 20 Bogen solcher Art in einer Tour durchzuackern”.
24. W. Rehm, “jean Pauls vergniigtes Notenleben oder Notenniacher und
Notenleser”, en: Spate Studien, Bern y Munich, 1964, pp. 7-96.
25. Véase, en general, H. Stang, Einleitung-Fussnatc-Kommcntar, Biclefeld,
1992.
158 LO S O RÍGENES TR Á G ICO S DE LA ERU DICIÓ N

26. Véase R. C. Darnton, The Forbidden Best-Sellers o f Pre-Revolutionary


Trance, Nueva York, 1995, pp. 76-77, 115-136, 139, 337-389 (que incluye
parte de las Anccdotes-, para el prefacio, véanse pp. 337-338). Para muestras del
trabajo de Mercier en traducción inglesa, véase ibíd., pp. 300-336.
27. Para esta versión del contexto, estoy en deuda con J. Lcvine, Doctor
Woodward’s Shield, Berkeley, 1977, y Humanism and History, Ithaca y Londres,
1987. R. C. Jebb, Bentley, Londres, 1882, sigue siendo una excelente introduc­
ción a su método. Véanse también S. Timpanaro, Lagenesi del método del Lach-
mann, 3‘ ed., Padua, 1985, y L. D. Reynolds y N. G. Wilson, Scrihes and
Scholars, 3' ed., Oxford, 1991.
28. J. Swift, A Tale o f a Tub, to which is added The Battle o f the Books and
the Mechanical Operation o f the Spirit, editado por A. C. Guthkclch y D. Ni-
chol Smith, 2a ed., Oxford, 1958, p. 225.
29. Ibíd., p. 224 y nota 2.
30. Ibíd., pp. 244, 247, 248, 250.
31. Véase un estudio clínico en A. Grafton, “ Petronius and Neo-Latin Sati-
re: The Rcception o f the Cena Trimalchionis", en: Journal o f the W arburgand
Cmirtauld Institutos, 53, 1990, pp. 1 17-129.
32. Pope, The Variorum Dttnciad, ivith tíre Prolcgomena ofScriblertis, Repro-
dttced in Facsímile from the First Issue o f the Original Edition o f 1729, editado
por R. K. Root, Princeton, 1929, p. 2.
33. K1 28 de junio de 1728, Pope escribió a Swift que el poema “será acom­
pañado con Proeme, Prolcgomena, Testimonia Scriptorum, Index Anthorum y no­
tas Variorum. En cuanto a éstas, deseo que leas el texto y prepares algunas de la
manera que te parezca mejor...”. Girado en la introducción de Root, ibíd., p. 12.
34. Ibíd., pt. II, p. 1.
35. Pope a Swift, 28 de junio de 1728, citado por Root, en ibíd., p. 12.
36. Ibíd., pt. II, p. 30.
37- Ibíd., p. 99: “Flatu, ventorum Aeoli, tu sequitur” . Sobre la fecha y auto­
ría de estas notas, véase Pope y cois., Memoirs o f the Extraordirutry Life, Works,
and Discoveries o f M artinas Scriblerus, editado por C. Kerby-Millcr, New Ha-
ven y Londres, 1950, pp. 267-269.
38. Ibíd., pp. 49-50.
39- Ibíd., p. 51. Véase también W. Schmidt-Biggcmarín, Maschine und
Tettfil, Frciburg y Munich, 1975, pp. 104-111.
40. Véase, en general, W. Martens, “Von Thomasius bis Lichtenberg: Zur
Gelehrtensatire der Aufklárung”, en: Lessing Yearbook 10, 1978, pp. 7-34.
41. G. W. Rabener, Satiren, III, Berna, 1776, p. 6: “Lente, von denen man
schwóren sollte, dass sie Natur zu nichts weniger, ais zu Gelehrten, geschaffen
hárte; Leute, welche, ohne selbst zu denken, die Gedankcn der Alten und ande-
NOTAS 159

rer berühmten Manner erldaren; solche Leute sind es, die sich gross und fiircht-
bar machen; und wodurch? Durch Noten!” . Rabener observa, asimismo, que
“hingegen getraue ich mir, durch hundert Excmpel zu behaupten, dass man
durch kein Mittel in d tr Welt ieichter zu gehórigen Autorgrosse gelangen
kann, ais durch die Bescháfftigung, die Schriften anderer Manner durch Noten
zu vermehren, und zu verbessern” . [“En cambio, me atrevo a sostener, con un
centenar de ejemplos, que nadie puede alcanzar más fácilmente la debida cele­
bridad como autor por ningún otro medio que no sea ampliando y mejorando
los escritos de otros hombres mediante nota.”]
42. Rehm, ob. cit., p. 12 y nota 7: “Man lacht iiber Rabeners Noten ohnc
Text, aber Lavater ist in der That noch viel weiter gegangen, der hat uns Noten
gegeben, wozu der Text der Commentar seyn niuss. Dass ist die walire Sprache
der Selier, die man erst versteht, wenn sich die Begebenheiten ereignet haben, die
sie verkündigen”. Una sátira sobre las notas al pie y muchas otras cosas que pro­
vocó hilaridad en el círculo de Lichtenberg (cí. carta 2452 en su Corresponden­
cia) lúe el muy gracioso escrito de J. F. Lamprecht Der Smndenmfer zu Teníate,
1739. Sobre la historia posterior de la nota al pie en la literatura, véase Stang.

N O TAS AL CAPÍTULO V

1. L. von Ranke, Atis Werke und Nachlass, editado por P. W. Fuchs y cois.,
Munich y Viena, 1964-1975, IV, pp. 226-231 (“Einleitung: Die Historiograp-
hie seit Machiavelli”, del curso de Ranke sobre Romische Geschichte en el
Sommersemester 1852; cf. pp. 360, 365). La Einleitung revela claramente que
Ranke ya comprendía las dificultades pata adecuar el desarrollo de la historia
antigua al esquema normal, en la cual la Escuela Histórica emergió triunfante
de las guerras napoleónicas.
2. Ranke, Zur Kritik Neuerer Geschichtscbreiber, Leipzig y Berlín, 1824, pp.
68-78.
3. Sobre Corio, véase E. Cochrane, Historians and Historiography in the Ita-
lian Renaissance, Chicago y Londres, 1981, pp. 117-118.
4. Ibíd., p. 94: “Unmóglich aber kann Gravius hiemit die letzten Bücher
gemeint haben, wo er die vorziiglichste Urkunde wichtiger Geschicliten ist, wo
er viele Denkmale wcirtlich aufnimmt”.
5. L. Wachler, Geschichte der historischen Fonchung und Kunst, I, 1, Gotin-
ga, 1812, pp. 135-136 en particular 136: “Die kleinlichsten Umstande sind auf
das genaueste und mit der Alies untersuchenden Gewissenshaftigkeit eines
ernsten Forschers angegeben; viele Nachrichten sind hier zuerst aus Urkunden
beygebracht, viele Erzühlungen Anderer mit Sorgfalt berichtigt” .
160 LO S O RÍG ENES TR Á G ICO S D E LA ERUDICIÓN

6. Para el caso del historiador florentino Leonardo Bruñí, véase E. Santini,


“Leonardo Bruñí Aretino e i suoi ‘Historíarum Florcntini Populi Libri XII’”, en:
Annali della Scuola Nórmale Sttperiore di Pisa, classe di ftlosojia e filología, 22,
19)0, y Coclirane, ob. cít., p. 5.
7. R. White, H iítoriarum libri... cum notis am iquitarum fíritannicarum ,
Atrebati, 1597, pp. 3-4: “saris admirari ncqueo. Princeps illtistrissime, nullum
extare librum antiquitus ea de re scriptum: sed oportere nos, ranquam apes ex
variis iloribus niel carpunt, ita de diversis auctoribns carpere [de., capere] pas-
sim sentencias casque simul ad unum collectas velut in álveos rccondere. Qui
labor admodum pauca lcligendi ex multis pcrlectis, quantus fuerit liomini pu-
blicis privacisque negotiis occupatissinio, intclligi facile potcst”.
<3. Ibíd., p. 5.
9. Véase T. D. Kendrick, Britisb Antiquity, Londres, 1950, y más reciente­
mente, J. D. Alsop, “William Fleetwood and Elizalsethan Historical Scholar-
ship” , en: Sixieenth Century Journal, 25. 1994, pp. 155-176 en particular
157-1 69, y sobre otro caso de la recepción de los textos y las ideas de Annio en
el norte, M. Wifsrrand Schíebe, Annius von Viterbo und die schivedische Histo-
riographie des 16. Und 17. Jahrhtmderts, Uppsala, 1992.
10. Véase Wliice, ob. cit., pp. 105-106 en particular 106: “ (muchos citan y
elogian a Berosus (por ejemplo, John Caius, un lamoso medico y filólogo que ha­
bía usado el texto para tratar de demostrar que la Universidad de (Cambridge era
más antigua que Oxford)] el cetcri numero plurcs, quam sunr ii, qui reprehen­
dían. Iraquc lacobus Middendorpius lib. 1 Academiarum. Et si non mediocrcm,
inquic, controversíain csse scio ínter seriptores de illo Beroso, qui nunc dreumfer-
tur, dum quidam eum non modo recipiunt, sed tueunir etiam atque propugnanr,
quídam vero gravissimis argumentis refcllunt, ego tamen mediam viam puto scli-
gendam, ut Bcrosus de rebus indiflerentibus loqueos roleretur. Quia cnim filie
olim ¡lie líber in oinnium fere gentium doctorumque hominum bibliothecis: ct
suoerioribus temporibus, quando passim omnes bibliothecae a viris litterarum
smdiosíssimis cxcussae fxierunr; ñeque tamen usque alíus, quam iste repertus esr,
nec adhuc verior aliquis, quod mihi quidem constare potuit, Bcrosus productus:
videtur hic fc.rendus esse doñee integritati prisrínae restiruatur”. f“y otros tantos
que lo critican, como Jacobus Middendorpius en el Libro 1 de Academiartmr, dice
que no son insignificantes las discusiones acerca de aquel Berosus entre los copi­
tas, que ahora se divulgan, porque algunos no sólo lo aceptan sino que aún lo
protegen y lo defienden, y otros lo refutan con argumentos en verdad suma­
mente rigurosos. Yo, no obstante, pienso que hay que elegir un punto medio,
para que Berosus sea tolerado hablando acerca de una y otra cosa. Porque efec­
tivamente en otro tiempo aquel libro estaba en casi todas las bibliotecas de es­
tirpes y hombres doctos, y en épocas más antiguas, cuando en todas partes
N O TA S 161

todas las bibliotecas fueron examinadas por los más estudiosos hombres de le­
tras, no se encontró otro, en efecto, ni hasta ahora alguno más verdadero que la
obra de Berosus: es manifiesto que debe elogiarse hasta que se restituya su inte­
gridad promígenia.”] Wliire parafraseó a J. Middendorpius, Academiarum orbis
Christiani libri dúo, Colonia, 1572, pp. 14-18 en particular 16. Middendor­
pius, quien subrayó que había citado “nomina er libros” de todas sus fuentes
(sig. *8 recto), bien puede haberle servido a Whitc de modelo parcial.
11. Sobre los teóricos, véanse, por ejemplo, J. Franklin, Jean Bodin and tbe
Sixteenth-Century Revolution in the Methodology o f Lato and History, Nueva
York y Londres, 1963; U. Muhlack, Geschichtswissenschafi mi Humanismo; und
in der Aufldarung, Munich, 1991. Sobre un lector renacentista tardío que apli­
có sus recetas, véase L. Jardine y A. Grafton, “‘Studied íor Action’; Hovr Ga­
briel Harvey read his Livy”, en; Past and Present, 129, 1990, pp. 30-78.
12. Lamentablemente, la obra de Gould existía solamente en su imagina­
ción; ]. Mitchcll, Up in the O íd Hotel, Nueva York, 1992, pp. 52-70, 623-716.
13. Sobre el contexto mayor del emprendimiento de De Thou, véase, sobre
todo, C. Vivanti, Lotta política e pace religiosa in Francia f ia Cinque e Seicenta,
Turín, 1963.
14. Véanse S. Kinser, The Works ofjacqttes-Angoste de Thou, La Maya. 1966;
A. Soinan, “The London Edición o f De Thou’s History. A Critique o f sorne
Well-Documentcd Legends”, en: Renaissancc Quarterly 24, 1971, pp. 1-12; A.
Somalí, De Thou and the Index, Ginebra, 1972. Sobre sus relaciones con Cotton
y Camden, véanse H. R. Trevor-Roper, Qtteen Hlizabeth’s First Historian, Neale
Lccture, 1971, y K. Sharpe, Sir Robert Cotton 1586-1631, Oxford, 1979, cap. 3.
15. Buena parte de la correspondencia pertinente se conserva en la Bibliot-
beque Nationaie de París; aquí uso M S Dupuy 632, materiales publicados en
J. A. de Thou, Historiamm sui temporis libri CXXXVHf, 7 vols., Londres, 1733,
cap. Vil.
16. Acerca de Savilc sobre Dudith véase BNF, París, MS Dupuy 632, fol.
105 recto-verso.
17. BNF, París, MS Dupuy 632, fol. 57 recto.
18. Cf. Trevor-Roper, ob. cit., p. 12, quien evoca con elocuencia el “semi­
nario” de De Thou: “Atrajo a toda la República de las Letras hacia su órbita.
¿Qué profesor ha dirigido jamás un seminario como el suyo? Hugo Grotius y
Paolo Sarpi y Francis Bacon eran miembros”.
19. BNF, París, MS Dupuy 632, fols. 78 verso, 82 verso-S3 recto.
20. Véanse K. Garber, “París, die Haupstadt des europaischen Spáthuma-
nismus. Jacques-Auguste de Thou und das Cabinet Dupuy”, en: Res publica Ili­
teraria, D ie Institutionen der Gelehrsamkeit in derfiiihen Neuzeit, editado por S.
Neumeister y C. Wiedemann, Wiesbaden, 1987, 1, pp. 71-92; A. Coron, “‘Ut
162 LO S O RÍG ENES T R Á G ICO S D E LA ERUDICIÓN

prosint aliis’; Jacques-Auguste de Thou et sa bibliothéque”, en: Histoire des bi-


bliotbeques frangaises, II: Les bibliothbques sous lAncien Régime, editado por C.
Jolly, París, 1988, pp. 101-125.
21. Véanse Trevor-Roper y, sobre la biblioteca de Cotton, Sharpe, cap. 2.
22. Welser a De Thou, 23 de octubre de 1604, BN F, París, M S Dupuy
632, fol. 74 recto: “D e censura quod petis: magna est futura scriptionis ad om-
nem posteritatem sine controversia commendatio: de rebus, Palaemon ego non
sedeo. Nimis quam difficile homini nato affectus exuere et semper recte ad ve-
ritatis scopum collineare. Caroli et Francisci exempli caussa historiam, qui non
aliter Gallos aliter Germanus narret? Nec unquam alter ateri quod verissimum
essc ipse credar et quovis pignore contendat, tainen persuadeat. Iam in ceteris
eadem est ratio, ubi praesenim ad consilia, ad iura provinciarum, ad bellorum
caussas, ad privatam principum vitam et multo máxime ad caussam religionis
ventum. Veritas fere imo puteo Iatet, nos summam saepe pro ea aquam liba-
mus, aliena praesertim fide, tanquam hausrris nsi”. Sobre la erudición de Wel­
ser, véanse P. Joachimscn, “Marx Welser ais baycrischcr Gcschichtschreiber
(1904-1905)”, en: Gesammelte Aufiaize, editado por N . Hammerstein, Aalen,
1970-1983, II, pp. 577-612; R. J. W. Evans, “Rantzau and Welser. Aspects of
Latcr Germán Humanism", en: History ofEuropcan Ideas, 5, 1984, pp. 257-272.
23. Véanse las pruebas en De Thou, Historiarum sui temporis libri CXXXVIlí,
Vil, pt. 6, pp. 9-11.
24. Véase Soman, “The London Edition” , donde se demuestra que este
conjunto de referencias no presenta todos los textos de manera conecta, sino
que altera los documentos para trazar un retrato determinado de De Thou.
25. L. Wachler, Geschichte der Historischen Forschung and Knnst, 1, 2, Go-
tinga, 1813, pp. 679-685 en particular 682-683.
26. Véase Ranke, Aus Werk undNachlass, oh. cit., pp. 4, 112 y nota b.
27. E. Pasquier, Les Recherches de la France, París, 1596, fol. 2, recto: “Mais
estimoient chose d’unc curiosité trop grande, d’inserer tone au long les passa-
ges, et que c’estoit enfler mon oeuvre mal íi propos aux despeos d’autruy;
Qu’en ce faisant il y avoit de la superstition et superfluicé tout ensemble, et que
le plus expedient eust esté de rctrancher cest excez”. Sobre Pasquier, véanse G.
Huppcrt, The Idea nfPerfect History, Urbana, Chicago y Londres, 1970; D. Ke-
lley, Foundations o f M odera H istorical Scholarship, Nueva York y Londres,
1970; N. Streuvcr, “Pasquier’s Recherches de la France: The Exemplarity of his
Medieval Sources”, en: History and Theory 27, 1988, pp. 51-59; y Etienne l >as-
quier et ses Recherches de la France, Cahiers V. L. Saulnier, p. 8, París, 1991. So­
bre este pasaje, véanse Huppert, pp. 33-34, y S. Bann, The Invention o f History,
Manchester y Nueva York, 1990.
28. Pasquier, Recherches, fol. 2 recto-verso. “Aussi discourant avec un stile
N O TA S 163

nud et simple, l’anciennetc, le lecteur en croiroit ce qu'il voudroit: au contraite


allcguam les passages, c’estoit apprestei matiere a un esprir de contradicción, de
les induire d’autre fa^on que vous en faictes, et par ce moyen vous exposer á la
reformation, voire aux calomnies d’autmy.” [“Por eso, al discurrir con un estilo
despojado y simple, el lector creería de la antigüedad lo que él quisiera; al con­
trario, aligerar los párrafos era dar pábulo a un espíritu de contradicción, indu­
cirlos de otra manera que como vos lo hacéis, y por esc medio exponeros a ser
corregido y hasta a las calumnias de los otros.”l
29. Ibíd., fol. 2 verso.
30. Ibíd., fol. 3 recto; “Autrement celuy qui n’cust sccu le latin, lisant ces an-
ciennetez eust esté un autre Tañíale, au meilieu des eaués sans en pouvoír boire”.
31. Véase, en general, A. Patterson, Censorship and Interpretaron, Madison,
1984, pp. 49-58, además de la introducción de ]. Barish a su edición de Seja-
nus, New Haven y Londres, 1965.
32. Véanse, por ejemplo, G. Oestreich, Geist und Gestalt des frühmodernen
Staates, Berlín, 1969, caps. 2-3; P. Burke, “Tacicism”, en; Tacitus, editado por
T. A. Dorey, Nueva York, 1969, pp. 149-171; J. H. M. Salmón, “Cicero and
Tacitud in Sixteenth-Century France”, American Historical Review, 85, 1980,
pp. 307-331; M. Stolleis, Arcana impertí und Ratio status, Gotinga, 1980; W.
Kühlmann, Gelehrtenrepublik und Fürstenstaat, Tubinga, 1982.
33. Tacitus: The Classical Heritage, editado por R. Mellor, Nueva York y
Londres, 1995, pp. 118-121.
34. Véase E. B. Tribble, Margins and Marginality, Charlottesville y Lon­
dres, 1993, pp. 146-157. La ilustración 20, p. 153, reproduce una página de la
edición en cuarto.
35. Las margirtalia están reproducidas en Ben Jonson, editado por C. H.
Herford y P. Simpson, Oxford, 1925-1952, lv, pp. 472-485; su precisión es
objeto de un comentario en p. 273. Barish muestra que Jonson impuso de ma­
neta natural una interpretación muy personal a sus fuentes.
36. Ben Jonson, ob. cit., IV, p. 351.
37. Patterson, ob. cit., p. 51; Tribble, ob. cit., pp. 154-155.
38. Escritos de Lisius sobre Tácito pueden consultarse en Tacitus: The Clas­
sical Heritage, editado por Mellor, pp. 41-50.
39. Acerca del uso de Lipsius por Jonson, véanse E. M. T . Dufify, “Ben Jon-
son’s Debt to Renaissance Scholarship in Sejantis and C atiline', en: Modern
Language Review, 42, 1947, pp. 24-30, y D- Boughner, “Jonson’s Use o f Lip­
sius in Sejanus", en: Modern Language Notes, 73, 1958, pp. 247-255. Sobre el
uso de la tradición anticuarla en general, véanse los estudios clásicos de D. J.
Gordon compilados en The Renaissance Imaginaron, editado por S. Orgel, Ber-
keley, Los Ángeles y Londres, 1975.
164 LO S O RIGENES TR Á G ICO S D E LA ERU DICIÓ N

NOTAS AL CAPÍTULO VI

1. Momígliano hizo su último análisis exhaustivo de la tradición anticuaría


en sus conferencias Sather sobre The Cltlssical Foundatiom ofM odern Historia-
graplty, ed. postuma, Berkeley, Los Angeles y Londres, 1990, cap. 3.
2. Véase la presentación de la licvne htstorique de Fousrel de Coulanges en
F. Hartog, Le XJXe siecle. et l'bistoire, París, 1988, p. 359: “L’érudition n’estpas
á creer en France; elle y existe et depuis longtemps”.
3. A. Grafton, “The World o f the Polyhistors: Humanism and Erudition”,
en: CentralEuropcan History, 18, 1985, pp. 31-47.
4. T. Lcinkauf, Mundrn combinatus, Berlín, 1933, es el primer análisis siste­
mático (y en gran medida correcto) del pensamiento de Kircher. Acerca de su
carrera y el contexto, véanse D. Pastinc, La nascita delTidolatria, Florencia.
1978; J. Fletcher, Athanasius Kircher undseine Beziehungen zttmgelehrten Euro­
p a seitter Zeit, Wiesbaden, 1988, y, sobre todo, R. J. W. Evans, The M ak in gof
the Habsburg Monarchy 15.50-1700, Oxford, 1979.
5. A. Kircher, China monumentis qua sacris qua profattis necnon variis natu­
rae et artis spectaculis aliarum que rertim memorabilium argumentis illustrata,
Amsrerdam, 1677; (roed. Francfort, 1966).
6. Ibíd., p. 1. Sobre el contexto y la polémica, véase la interesante descrip­
ción en D. Mungcllo, Curious Latid, Scudia Leibnitiana, Suppiemcntband 25,
Wiesbaden y Stuttgart, 1985, pp. 164-172.
7. Kircher. China, ob. cit., p. 7: “Mis demum acccssir P. M ichael Boitntu,
<¡ui exacxae prac ómnibus huius Monunicnti rclatiouem mihi attulit, omnes de­
fecáis in co descríbcndo, ex manuscripro Sinensi. quod penes me habeo, emen-
davir, novam denuo minutamque totius Tabulac interprerationem vetbotcnus
facta opera socií sui Andreac Don Sin ex ipsa China oriundi, nec non liguae
narivae perítissimi orditus, me praesentc confecit; quae quidem omnia testara
voluit, sequenti epístola ad lectorem data, qua totius rei seriem et quicquid tán­
dem circa huiusmodi Monumcnrum considcratione dignum occurrit, cxacte
descripsit, quamque velutí iueulentum veritatis tcstimonium huic interpretario-
ni. ipso anímeme, ad aetcrnam rei memoriam praefigendam censui; lapidcum
vero Monumentum iuxta Autographuni ex China allatum, quod in Musaeo
meo in hunc usqiie diein superstes est, genuinis suis notis et diaracteríbus sim­
a s, quam Chaldaeis, Scholiís etiam addiris, incidendum curavi. Epístola dicta
P. Michaelis Boimi sequitur”. El dutographnm traído de China probablemente
era una copia similar o idéntica a la de la biblioteca vaticana Borg. Or. 151,
fase. 2d., sobre el cual véase H. Goodman, “Paper Obelisks: East Asia in the
Vatican Vaults", en: Rorne Rebom, editado por A. Grafton, Washington fc>. C.,
Ciudad del Vaticano, New Haven y Londres, 1993, lámina 186.
N O TA S 165

8. Kirchcr, China, ob. cit., p. 10, “Oculati inspectores Monumenti nec non
huius tabulac ex Prototypo descriptores”.
9. “Hanc Tabulam propria mana ex aucographo descripsit Matthaeus Sina
Oriimdus ex Sigan fu Romae A ° 1664.”
10. Mungello, Curious Land, ob. cit., pp. 171-172, pero exagera, y a veces
malinrerpreta el texto de Kirclter.
11. Véase Goodman y U . Eco, The Search fo r the Perfect Language (trad. J.
Fentress), Oxford y Cambridge, 1995, pp. 158-159.
12. G. Wataghin Canrino, “ Roma Sotterranca: Appunti sullc origini de*
ll’Archcologia Cristiana”, en: Ricerchedi storia deü'arte, 10, 1980, pp. 5-14; H.
Gamrath, Roma sancta renovata, Roma, 1987.
13. Véanse Lettre d ’A ristée a Phiiocratc, editado por A. Pdletier, París, 1962;
W. Speyer, Die literarische Falschung mi heidnischen und christlichen Altertum,
Munich, 1971.
14. Acerca del uso de Valla de las categorías retóricas con fines analíticos,
véase C. Ginzburg, “Aristotele, la storia, la prova”, en: Quaderni storici, 29,
1994, pp. 5-17 en particular 12-14.
15. La importancia de la historia eclesiástica como forma de investigación
erudita quedó establecida por Momigliano en “Pagan and Christian Histofio-
graphy in the Foutth Century A. D .”, en: Tenso contribuía alia storia degli sludi
classici e del. mondo antico, Roma, 1966, I, pp. 87-109 en particular 99-101;
Momigliario subrayó las difercnciasi tanto como las similitudes, eritre la histo­
riografía eclesiástica cristiana y la literatura judeo-helenística que la precedió.
Pata un análisis más extenso del desarrollo de la historia eclesiástica, véanse H.
Zimmcrmann, Ecclesia ais Ohjekt der Historiographie, Ocsterreicher Akadcmie
der Wissenschaften, Phil.-hist., KlasSe, Sit7.ungsberichte 235, 4, Viena, 1960;
Historische Kritik in der Theologie, editado por G. Schwaiger, Gotinga, 1979; E.
Cochranc, Historians and Historiography in the Italian Renaissance, Chicago y
Londres, 1981, cap. 16; Momigliano, The Classical Foundalions o f Modern His­
toriography, Berkeley, 1990, cap. 6; B. Neveu, Érudition et religión attxXVHe. et
XVlüe siicle$, París, 1994.
16. J. N. F.rythraeus, Pinacotheca imaginum illustrium, Leipzig, 1692, 1, pp.
88-89: “...ut infinitam vim rerum ac varictam, per infinitos pene libros dissipa-
tam atque dispersam, eolligeret, intelligentia coinprchciuleret, de unaquaqué
earum judicarct, ac deniqUe literís docte accurateque mandarit”.
17. J. Joscclyn, The Life offthe 70. Archbishopp of Canterhury presentlye Sit-
tinge, Londres, 1574, sig. C 1, citado por M. McKisack, MedievalHistory in the
Tudor Age, Oxford, 1971, p. 39. Sobre el programa de Parker véanse, en gene­
ral, ibíd., cap. 2, y A. J. Frantzen, Desire for Origins, New Brunswick y Lon­
dres, 1990, pp. 43-46.
166 LO S ORÍG ENES TR Á G ICO S DE LA ERU DICIÓ N

18. Véase S. Hagedorn, “Matthew Parker and Asser’s Aelfredi Regis Res Ges-
tae", en: Princeton University Library Chronicle, 51, 1989, pp. 74-90.
19. Véanse D. Knowles, Great Historical Enterprises. Problems in Monastic
History, Edimburgo, 1963, caps. 1-2; B. Barrec-Kriegel, Les historiens et la rno-
narchie, París, 1988, Ii, pt. 2 y III, pt. 1.
20. E. Gibbon, Memoirs o f My Life, editado por G. A. Bonnard, Nueva
York, 1969, p. 131.
21. Sobre la erudición jansenista del siglo XVII, véase Neveu; sobre Tille-
monr, véase su conocido estudio anterior, Un historien i l ’écoU de Port-Royal, La
Haya, 1966.
22. G ibbon'sJournaltoJanuary 28th, 1763, editado por D. M. Low, Nueva
York, s.f., p. 163.
23. Gibbon, History, ob. cir., cap. 10; editado por D. Womersley, I, p. 294;
cap. 15, nota 96: “Eusebius, I, VI, 8. Antes de que la fama de Orígenes provocara
la envidia y la persecución, esta acción extraordinaria fue más admirada que cen­
surada". Gibbon se refiere a la Historia ecclesiastica de Eusebio, 6, 8, 1-2, donde
se fustiga a Orígenes por interpretar a Jesús en un sentido demasiado literal.
24. Hay una reseña útil del desarrollo y uso de archivos anriguos en Realie-
xikon fu r Antike und Christentum, s.v. Archiv, de K. Gross. Sobre los archivos
griegos, cf. R. Tilomas, Literacy and Orality in Ancient Greece, Cambridge,
1992, cap. 7.
25. Véase Joscfo Contra Apionem p. 1, 73, pp. 106-127, y Antiepuitates p. 8,
50-55, entre otras. La naturaleza de estos archivos ha sido objeto de largas dis­
cusiones: véanse F. Millar, “The Phoenician Cides: A Case Study en Helleniza-
ti'on”, en: Proceedings ofthe Cambridge PhilologtcalSociety, 1983, pp. 55-71 en
particular 63-64; J. Van Setcrs, In Search o f History, New Haven y Londres,
1983, pp. 195-199.
26. Josefo, Contra Apionem, ob. cit., p. 1.6-18, 28-29,69-74,143.
27. Eusebius, Ecclesiastical History, p. 1, 13, 5-21, donde observa que “no
hay nada mejor que escuchar" los textos originales.
28. A. Kircher, Obeliscus Pamphilius, Roma, 1650, esp. Lb. V, pp. 391-560;
cf. su Prodromus Coptus sive Aegyptiacus, Roma, 1636; Oedipus Aegyptiacus, Ro­
ma, 1652-1654; Spbynx Mystagoga, Amsterdam, 1676.
29. Kircher, Obeliscus Pamphilius, p. 391: “Lector vero ipso facto compe-
riet: Non me solis coniecturis, ut quídam sibi imaginan possent, indulsisse, sed
ex veterum probatissimorum authorum monumentis, doctrinan) hanc Aegyp-
torum depromptam, ita, ni fallor, me feliciter combinasse, ita successu tempo-
rum dissipatam connexuisse; ut vel ¡nde catenam illam hieroglyphici contextus
hucusque desiderátum restituisse videamur”. [“A partir de este hecho verdadero
el lecror comprenderá que no me he entregado a conjeturas aisladas, como al-
N O TA S k.y

gunos puedan imaginar, sino que, partiendo de los testimonios altamente reco­
nocidos de los autores antiguos, si no me engaño, he logrado reunir felizmente
esta doctrina tomada de los egipcios y con el transcurso del tiempo he conecta­
do sus aspectos dispersos; de tal modo que, por ello, creemos haber restituido la
trabazón a la cadena de jeroglíficos hasta ahora buscada.”]
30. Ibíd., pp. 35-44. Véase en particular p. 35: “Ita quibusdam ingeniis a na­
tura comparatum est, ur iis potissimum rebus, quae longo seculorum ordine a
quibusvis doctissimis authoribus in pretio et aestimatione fuerunt, suamque aut-
horitatem solidissima doctrina hucusque sine violentia sustinuerunt, expungen-
dis, infringendis, penitusque abolendis operam impendant; quo quidem nihil
aliud pro scopo habere videntur, nisi ut doctrinam tot insignium graviumque vi-
rorum aestimatione partam prorsus aboleant, aliosque hoc pacto omnium prae-
teritorum temporum scriptores coecos fuisse, se vero solos Aristarchos illud autos
epha sollicitus ambientes, insolcnti sane et intolerabili ostentatione, mundo ven-
ditent”. [“Así lo han dispuesto ciertas inteligencias, de modo que, habiendo en
primer lugar anulado y borrado por completo aquellas cosas que durante largos
siglos todos los sapientísimos autores tuvieron en alta estima y valoración, cuyo
muy sólido saber hasta ahora sostuvo sin que obrara violencia alguna y en las
que nada más se ofrece a la mirada, propugnen, con intolerable presunción y
completa insolencia, para destruir por completo la doctrina producida de recto
modo por la evaluación de los más serios varones, que los comentaristas de to­
dos los tiempos pretéritos han sido ciegos y que sólo es aceptable el autós épha de
Aristarco.”] Sobre las críticas que Kirchner no relutó, véase A. Graffon, Defen-
ders ofthe Text, Cambridge y Londres, 1991, caps. 5-6.
31. Véase H. Whitchouse, “Towards a Kind o f Egyptology: The Graphic
Documentation o f Ancicnt Egypt, 1587-1666”, en: Documentary Culture, Flo-
rence and Rome, from Grand-Duke Ferdinand I to Pope Alexander Vil, editado
por E. Cropper y cois., Bolonia, 1992, pp. 62-79; sobre el contexto véase F.
Haskell, History and its Images, New Haven y Londres, 1994.
32. Véanse E. Iversen, The Myth o f Egypt and its Hieroglyphs in European
Tradition, Copenhague, 1963, y Ohelisles in Exile, I: The Obelisks o f Rome, Co­
penhague, 1968.
33. La reseña clásica de esta literatura sigue siendo A. Momigliano, "Ancient
History and the Antiquarian”, en: Contributo alia storía degli studi classici, Roma,
1955; véase también un estudio de este material en CLtssical Foundations o f Mo­
dera Historiography, cap. 3. Estudios más recientes son Cochrane, Historian! and
Historiography, cap. 15; H. Wrede, “Die Entstehung der Archáologie und das
Einsetzten der neutzeitlichen Gcschichtsbetrachtung”, en: Geschichtsdiskurs, edi­
tado por W. Küttler, J. Rüsen y E. Schulin, II: Anfdnge modemen historisehen
Denkens, Francfort, 1994, pp. 95-119; W. Weber, “Zur Bedeutung des Anti-
168 LO S O RÍGENES t r á g ic o s d e l a e r u d ic ió n

quarianismus fiir <iie Entwicklung der modernen GesdiicJirsvvissenschafT”, ibíd.,


pp. 120-135; M. Daly-Davis, Archaologie Je r Antike. WolfcnbOttcl, 1992; avan­
ces posteriores, LAnticomanie. La collecfion d ’antiquités aux 18e. et 19e. si¿des,
editado por A. F. Ijurens y K. Pomian, París, 1992.
34. Textos compilados y comentados por F. Jacoby en FrGrH ist 342; cf. M.
Chambersen ClassicalPbilology, 52, 1957, pp. 130-132.
35. l.os pasajes son, respectivamente, Kimon 13, 5 (FrGrH ist p. 342 fr. 13)
y Aristides 26, 4 (FrGrH ist p. 342 fr. 12). Según la interpretación de Jacoby,
Plutarco dice que Krarcros generalmente citaba a los autores anteriores, no los
monumentos de piedra en sí.
36. Véanse R. Weiss, Tbe Renaissance Discovcry o f Classical Antiquity, O x­
ford, 1988; E. Manowsky y C. Mitchell, Pirro Ligorio's Román Antiquities,
Londres, 1963; Pirro Ligado, pditado por R. W. Gastón, Florencia, 1988; W.
McCuaig, Cario Siganio, Princeron, 1989; McCuaig, “The Fasti Capisolini and
file Sfudy o f Román Chronology in the Sixteentli Cenrury”, en: Atbenaeum,
79, 1991, pp. 141-159; Antonio Agustín fíetwecn Renaissance and Counter-Re-
form, editado por M. H. Cravvford, Londres, 1993.
37. Véase C. Bodnar, Cyriacus o f Ancana and Athens, Bruselas/Berchcm,
1960; P. W, Lehmann y K. Lehmann, Cyriacus o f Ancanas Egyptian Visít and
its Reflections in Gentile Ihilini and Hieronymus lioscb, Locust Valley, Nueva
York, 1977.
38. Véase un ejemplo particularmente desarrollado del empleo crítico de
fuentes en A. de Valois, Remm Francicarurn usque ad Clotharii Scnioris mortent li-
bri VIH, París, 1646-1658. De Valois subraya que prefiere las fiienres antiguas a
las nuevas y los testigos agrupados a los aislados (i, sig. e II verso); asimismo, que
h.1 tratado de leer todas las fuentes pertinentes y citar aquellas que ha utilizado ([e
IV verso]). En el volumen II, explica por qué su trabajo le había tomado tatito
tiempo y, de paso, expresa lo que se podría considerar el credo de los anticuarios:
“Caussa morae diligencia fuit. Statucram enim auctoribus quam emendarissimis
uti. Quarc undique exemplaria scripta e antiquos códices membranasque conqui-
S¡vi: qua ratione plurima me observaturum incógnita maioribtis nostris, plurimos
errores vitaturum videbam” (II, a III verso). Sobre el auge de la erudición archivís-
lica en Inglaterra, véase especialmente I.. Fox (ed.), English Historical Schalarship
in the Sixteenth and Sevcnteentb Centuries, Londres y Nueva York, 1956.
39. Sobre los métodos anticuarios, véanse también M. Wegner, Altertums-
kunde, Friburgo y Munich, 1951; A. F.llcnius, De artepingendi, Uppsala y Es-
tocolm o, 1960; P. Fuchs, P a la tin a tu s illu stratu s, M an nh eim , 1963;
Barret-Kriegel, ob. cit., III, pt. 2; editado por M. H. Crawford, C. R. Ligota y
J. B. Trapp, Medals and Coins from Budé to Mommsen, Londres, 1990; Cropper
(ed.), Documentary Culture, Sobre la enseñanza de antigüedades, véanse los es-
N O TA S 169

tudios de H. Kappner, Die Gcschichtswissenscbaft an der Universitat Jen a vom


Humanismus bis zur Aufklarung, Zeitschrift des Vereins ftir Thuringische Ges-
chichte und ALtertumskiwde, Nene Folge, Beiheft 14: Bcitriige zur Gcschíchte dcr
Universitüt Jena, 3, Jen a, 1931; L. Hiller, D ie Geschichtswissenschafi an der Uni­
versitat Jen a in dcr Zeit der Polyhistorie (!674-1763), Zeitschrift des Vereins ftir
Thuringische Gcschichte und Altertumskunde, Neue Folge, Beiheft 14: Reitrage
zur Geschichte der Universitat Jena, 6, Jena, 1937; G, Wirili, D ie Entmcklung
der Alten Geschichte an der Philipps-UniversitUt Marburg, Academia Marburgen-
sis, vol. 2, Marburgo, 1977; O. JClindi-Jenseii, A History o f Scandinaman Ar-
cheology, Londres, 1973, caps. 2-3.
40. J. Lipsins, De m ilitia romana libri sex, Leiden, 1396. Véase A. Momi-
gliano, “ Polvbius between thc English and die Turks”, en: Sesto contributo alia
storia degli studi classici e del mondo antico, Roma, 1 9 8 0 ,1, pp. 125-141.
41. Véanse, por ejemplo, C. R. Cheney, “ Introduction: The Dugdalc Tcrcen-
tenary”, en: Fnglish Historical Seholarsbip, Fox, 1-9 en particular 8; H. A. Cron-
ne, “The Study and Use o f Chartcrs by English Scholars in the Seventeenrh
Century: Sir Henry Spelman and Sir William Dugdalc”, ibíd., pp. 73-91 en par­
ticular 89-90. Las palabras de Johann Georg von Kckhart constituyen un llamado
similar a la a ración precisa y exhaustiva, por parre de un erudito alemán: “ Man
vergniiget sich nun niclit mehr überhin von jedwcdcr Sadie den Auroren zu nen-
nen / sondem man führet ihrer vieler eigene Worte / so vvie sie nach ein ander
gelebet an [...] ferner hanget man diesclbc bekrálhigcnde inscriptioncn, diplomar
ta, Actcn ...an.../ Lasst die Bildnissyn... und was derglcichen Momimcnrcn sich
mehr linden / in KupfFcr stechen / und bedicnet sicli ihrer zur Bchauptung sciner
Sátze” . [“Uno no se contenta ya, con ligereza, con mencionar a los autores de ca­
da cosa, / sino que transcribe sus propias y abundantes palabras / tal como éstos,
uno después del otro, las han vivido; / luego añade las inscripciones, diplomas y
actas que las corroboran, / hace grabar en cobre las reproducciones y los monu­
mentos por el estilo que aún pueden hallarse / y se sirve de ellos para sustentar sus
afirmaciones.”] J. G. von Eckhart, Unmassgeblicher Vorschlag, 1703, citado por
W. F.rnsr, “Antiquarianismus und Modernitat: cine hisrorische Verlustbilanz”,
en: GeschicbtsdiskHrs, II, editado por Kuttler, pp. 136-147 en particular 140.
42. J. Gruter (ed.), Inscriptionum Romanarum Corpus absolutissimum, Hci-
delberg, 1616, pp. CpXXI, CCXXIV.
43. T. D. Kendrick, British Antiquity, Londres, 1950, pp. 152-155.
44. Véanse J. Parker, The Early History o f Oxford 727-1100, Oxford,
1885, pp. 40-47; S. Gibson, “ Brian Twyne” , en: Oxoniensia 5, 1940, pp. 94-
114 en particular 98-99,
45. Véase un estudio clínico particularmente fecundo en J. Levine, D r.
Woodward’s Shield, Berkeley, Los Ángeles y Londres, 1977.
170 LOS ORÍGENES TRÁGICOS DE LA ERUDICIÓN

46. H. Eckert, Gottfried Wilhelm Lcibniz ‘ Scnptores Remm Brtimvicensium,


Entstehungund historiographische Bedeutung, Francfort, 1971.
47. Momigliano, Classical Foundatiom ofM odern Historiography, ob. cit.,
cap. 3. Véase también Fuchs, Palatinatus illustratus.
48. Gibbon, History, ob. cit., I, cap. 9, p. 234. Para análisis modernos de la
teoría de Rudbeck, véanse P. Vidal-Naquet, “L’Atlantide et les nations”, en: La
démocratie grecque vue d'ailleurs, París, 1990, pp. 139-161 en particular 152-
154, y G. Eriksson, The Atlantic Vision, Claus Rudbeck and Baroque Science,
Cantón, Mass., 1994.
49. Gibbon, History, ob. cit., I, cap. 15, nota 122, p. 489.
50. Ibíd., cap. 9, nota 71; I, 247.
51. Ibíd., cap. 9, nota 62; I, 245.
52. G. A . Bonnard (ed.), Gibbon’s Journey from Geneva to Rome. H is Journal
from 20 April to 2 October 1764, Edimburgo, 1961, pp. 21-31 en partiular 29:
“Le reproche qu’on a toujours fait á Ligorio c’est le defaut de fidelité, et d ’avoir
suppossé des monuments qu’il en connoissoit point. Cependant, j’ai vú des
traits de candeur qui me previennent en sa faveur. Je vois un homme qui doute
souvcnt s’il a bien líi, qui laissc des fautcs grossiercs dans les monuments, en
avertissant seulement par un sic qu’il les avoit remarquéis, et qui laisse des en-
droits en blanc qu’il luí etoit tres facile de remplir. J ’ajoute encore qu’il n’etoit
que Compilateur et qu’il n’avoit aucun systeme dont il falloit servir les interets.
II cite souvent la ville, la maison et le cabinet dont il a tiré tclle ou relie piece”.
Sobre el problema controvertido de la exactitud de Ligorio como estudioso,
véanse sobre todo los ensayos compilados por R. Gastón.
53. Gibbon, History, ob. cit., I, cap. 9, nota 57, p. 244.
54. Ibíd., cap. 9, nota 86; I, 251.
55. H. J. Erasmus, The Origins o fRome in Historiography from Petrarch to
Perizonius, Assen, 1962.
56. Sobre W olf y estudios anteriores, véase A. Grafton, Defenders ofth e
Text, Cambridge y Londres, 1991, cap. 9.
57. E. Gibbon, Miscellaneous Works, editado por John, Lord Sheffield, Lon­
dres, 1814, III, p. 367.
58. L. von Muratori, Geschichte von Italien, pt. V, Leipzig, 1747, Vorrede.

N O TA S AL CAPÍTULO VII

1. D. Hume, Letters, editado por J. Y. T. Greig, Oxford, 1 9 3 2 ,1, p. 284.


2. Véanse los análisis concisos en L. Gossman, Betwecn History and Litera-
ture, Cambridge y Londres, 1990, pp. 290-291, y L. Lipking, “The Marginal
NOTAS 171

Gloss”, en: Critical Inqui'ry, 3, 1976-1977, pp. 609-655 en particular 625-


626; cf. Lipking, The O rderingoftheA rts in Eighteenth-Century England, Prin-
ceton, 1970.
3. Véase, en general, E. Haase, Einjuhrung in die Literatur des Refiige, Ber­
lín, 1959, y A. Goldgar, Impolite Learning, New Haven y Londres, 1995.
4. Véase una excelente crónica reciente, exhaustivamente documentada, de
la vida y obra de Bayle en E. Labrousse, “Pierre Bayle”, en: Gnmdriss der Ges-
chichte der Philosophie, D ie Philosophie des 17. Jahrhunderts, II: Frankreich und
Niederlande, editado por J. P. Schobinget, Basilea, 1993, pp. 1025-43. Su ante­
rior biografía y análisis, Pierre Bayle, La Haya, 1963-1964, sigue siendo una
obra clásica de consulta.
5. E. Gibbon, Memoirs ofM y Life, editado por G. A. Bonnard, Nueva York,
1969, p. 65: “Soy en verdad (dijo Bayle) un protestante, porque protesto sin
distinción contra todos los sistemas y todas las sectas” .
6. Un manuscrito de la Biblioteca Real de Copenhague conserva parte de
los trabajos preparatorios de Bayle desde 1689: véase L. Nedergaard-Hansen,
“La genése du ‘Dictionnaire historique et critique’ de Pierre Bayle”, en: Orhis
litteranm , 13, 1958, pp. 210-227 (agradezco a E. Petersen por examinar el
manuscrito en cuestión a pedido mío). Véase también el magnífico ensayo de
S. Neumcister, “Pierre Bayle oder die Lust der Aufklarung” , en Welt der Infor­
mation, editado por H. A. Koch y A. Krup-Ebert, Stuttgart, 1990, pp. 62-78,
con quienes estoy en deuda.
7. P. Bayle, “Projet d’un Dictionnaire critique”, en: Projet etfragments dun
Dictionnaire critique, Rotterdam, 1692 (reed. Ginebra, 1970), sig. *2 verso:
“c’est pis qu’aller combatiré les monstres; c’est vouloir extirpcr les tetes de
l’Hydre; c’est du moins vouloir nettoyer les étables d’Augias”.
8. Ibíd., sig. 1*8] recto-verso: “Car si c’étoit une fausseté, elle seroit marquée
dans le recueil, et des qu’n en verroit pas dans ce recueil un fait sur le pied de
fausseté, on le purroit teñir pour veritable”. (“Pues, si fuera falso, estaría marcado
en la compilación, y a partir del momento en que, en la compilación, un hecho
no fuera considerado como una falsedad, podría tenérselo por verdadero.”]
9. Ibíd., sigs. [*4] recto - [*6] verso.
10. Ibíd., sig. [*8] recto.
11. A. Tibal, Inventaire des manuscrits de Winckelmann déposés a la Bibliot-
hique Nationale, París, 1911, p. 12: “Baylii Dictionarium bis perlegi et iustum
inde volumen miscellaneorum conscripci”.
12. Véase Gibbon, Memoirs ofM y Life, pp. 64-65: “Si Diccionario crítico es
un vasto depósito de hechos y opiniones; y pesa las religiones falsas en sus plati­
llos escépticos hasta que las cantidades opuestas (si se me permite emplear el
lenguaje del álgebra) se aniquilan mutuamente... en una conversación con el in-
172 LOS ORÍGENES TRÁGICOS DE LA ERUDICIÓN

genioso abad (después cardenal) de Polignac, expresó libremente su pirronismo


universal...”.
13. Bayle, Dictiormaire historique et critique, Rotterdam, 1697 (3a ed. Rot­
terdam, 1720; 4a ed. Amstfcrdam, 1739), “Lac^de”, noka f (1720, II, p. 1638;
1730, III, p. 31): “Cette méthode cst de tous les temps, et des tous les licux; olt
a toujours cbercllé, et Pon cherche encore á tourher en ridicüle la doctrine, ét la
personne de sos Adversaires; et afin d’en venir á bout olí súpose rnille fiables.”
Aquí y en otras partes uso, en lo posible, la traducción parcial moderna [al in­
glés] de R. Popkin con C. Brush, Indianápolis, 1965): mi interpretación de
Bayle debe mucho a la introducción de Popkin.
14. Bayle, Dictiormaire, ob. cir., “ Bonfádius”, nota d (no figura en la ed. de
1697; 1720, I, p. 596; 1730, I, p. 602): “ Ríen n’est plus beau dans la théoric,
que les idées du législatcur des historiáis: il leur commande de n’óscr dire ricn
qui soit í'aux, et d’óser dire tout ce qui esc vrai; mais ce sont des loix impractica­
bles, teme cotnme celles du Décaloguc dans l’état oít le gelire htunain se trou-
ve... Remarquons d'aillcurs une grande dilfiérence entre des loix si semblables.
II n’y a qu’une pnrfaitc sagesse, qui puisse accomplir le Décaloguc; et il faudroit
erre d ’unc folie achevée, pour accomplir les loix de Phistoire. La vie éternelle est
le fruit de l’obéissance au Décalogue, mais la mort temporelle est la suite pres-
que inévirable de l’obéissance au législateur des historiens”.
15. lbíd., “David”, 1730, II, p. 254 (se encuentra distinto en su redacción,
pero no en su contenido, en ed. 1697, I, pf. 2, p. 930, y en ed. 1720, II, p.
967*): “La vie de ce grand princc publiée par Mr. l’abbé de Ciioisi est un boíl
livre, et seroit beaucoup meilleur, si Pon avoit pris Id peine de marquer en mar-
ge les alinees de chaqué fait, et les endroirs de la Bible ou de Joscphe qui ont
fourni ce que Pon avance. Un lectcur n’est pas bien aise d’ignorcr si ce qu’il lit
vienr d’unc sourcc sacrée, ou d’une source profane”.
16. lbíd. “Scioppius”, 1720, ni, p. 2551; 1739, iv, p. 173.
17. W. Rex, Essays on Fierre Bayle and Religious Gontróversy, La Haya, 1965.
Rex también hace un análisis interesante de las fuentes y estructura del “David”
de Bayle.
18. Bayle, Dictionnaire, ob. cir., “ Éclaircissemcnts”, 1720, IV, p. 3021;
1739, IV, p. 651: “C ’est un dictionnaire llistorique commenté. LAJS y doit avoir
sa place aussi bien que LUCRECE... II fáut y donner non setilemcnt un récit des
actions les plus conues, mais aussi un détail exacr des actions les moihs coimes;
et un recueil de ce qui est dispersé en divers endroits. Il faut aporter des prcuves,
les examiner, les cohfirmer, les édaircir. C ’est en un mot un ouvrage de compi-
lation”. Cf. Cribbon’sJournaltoJanuary 28, 1763, editado por D. M. LoW, Nue­
va York, s.f., p. 1 lOi “Si Bayle escribió su Diccionario para vaciar las diversas
colecciones que había reunido, sin un diseño en particular, nd hubiera podido
NOTAS 173

elegir un plan mejor. Le permitió todo sin obligarlo a nada. Gracias a la doble
libertad de un diccionario y las notas, pudo incluir los artículos que deseó y de­
cir de ellos lo que quiso”.
19. Bayle, Dictionnaire, ob. cit., “ Épicure” , nota d (1697, I, pt. 2, p. 1046)
= nota e, n. 0t (1720,11. p. 1077; 1730, II, p. 367): “lis veulent tout verifier, ils
vont toujours i la source, ils exanlinent quel a été le but de 1’AuteUr, ils en s’a-
rrátent pas atl Passage dont ils ont besoin, ils consideren! avec attention cc qui
le precede, ce qui le suit. Ils táchcnt de faire de belles aplications et de bien lier
leurs Autoritez: ils les comparen! entre elles, ils les concilient, ou bien ils mon-
trent qu’elles se combatent. O ’ailleurs ce peuvent étre des gens qui se font une
religión, dans les matieres de fait, de n’avancer rien sans preuVe”. El pasaje es
citado y analizado por Neumeister, p. 71.
20. Bayle, Dictionnaire, ob. cit., “ Éclaircíssements”, 1720, IV, p. 2986;
1739, IV, p. 616: "... il a falu que dans cet amas de toutes sones de matieres je
soutinsse deux personnages, celui d’Kistorien et celui de conimentateur... discu-
ter les dioses, et comparer ensemble les raisons du pour et du contre avec tout
le desintéressement d’un fidelle raporteur”.
21. Para este análisis, véanse las dásicas obras de E. Cassirer, Die Philosop-
hie der Aujklarung, 2 ' ed., Tubinga, 1932, pp. 269-279; Haase, ob. cir., pp.
418-454.
22. C. Thomasius, Vom Laster der Zatiberei. Über die Hcxenprozeae, (edit. por
R. Licberwirth), Weimar, 1963; (rccd. Munich, 1986); F. O. Menckc, Historia
viene et in literas meritorum Angelí Politiani, Leipzig, 1736, sigs. [)(4] verso -)()()
recto, esp. )()()( recto: “...maximi nonunis Criticus et Philologus, felicissimusquc
retuni liistoricaruin indagator, PETRUS RAKLIUS, cuius ainplissimam rebusque op-
timis et doctrina multiplici relertam de vitd et moribuspolitiani commentationem
babenlus in lexici, qiiod stupendo labore emisit vir incomparabilis, historici atque
critici editione altera...” (Mencke dta también otras fuentes, pero con adjetivos
menos suntuosos.)
23. A. Momigliano, “La tbrmazione delta soriografia moderna siiH’impero
romano”, en: Contributo alia storia deüi stttdi classice, Roma, 1955, pp. 110-116.
24. R. Simón, Histoire critique du Viettx Testoment (Suivant la Copie, París,
1680): breves ¿losas al margen nombran a los autores y, en algunos casos, los
títulos de las fuentes posteriores de Simón e identifican ios vctsículós bíblicos
atados. Acerca de los conocimientos de Simón sobre el Antiguo Testamento,
véanse H. G raf Reventlow, “Richard Simón und scine Bedeutung fiir die kritis-
che Erforschung der BibeP, en: Histotische Kritik in der Theologie. Beitrage zu
ihrer Geschichte, editado por G. Schwaiger, Gótinga, 1980, p. 11-36; W. Mc-
Káne, Selected Christián Hebraists, Cambridge, 1989, cap. 4.
25. [R. Simón], Apologiepour TAuteut de TH istoire critique du Vieux Testa-
174 LOS ORIGENES TRÁGICOS DE LA ERUDICIÓN

ment, Rotterdam, 1689, reed. Francfort, 1973, pp. 94-95: “L’érudition de nó-
tre copiste [Pére le Vassor] paroit encore mieux lorsqu’il copie au méme en-
droit jusquaux fautes des Theologiens de Hollande. Ces Messieurs dont ¡1 admire
la capacité, parce qu’il n’en a aucune, avoient objectc a M. Simón, que lorsqu’il
cite a Josephe il n’a pas été exact á marquer le livre et le chapitre. Mais comrae
il s’agissoit de l’Apologie de cet historien conrre Apion, laquelle ne conrient
que deux livres forts petits sans aucune distinction de chapitres, on leur avoit
repondu, que c’étoit assez d’avoir cité le livre. Le P. le Vassor qui est bien aucre-
ment exact répctant la méme objection marque la page. Le inalheur est que ce
qu’il cite de l’édition greque latine de Josephe en s’y trouve point, bien qu’il ait
marqué la page avec grande soin; mais seulement dans le livre framjois des
Theologiens de Hollande qui ont mal traduit cet endroit de Josephe, comme M.
Simón leur a fait voir dans sa réponse". [“La erudición de nuestro copista (el
padre Le Vassor) parece mejor aun cuando copia, en el mismo lugar, hasta los
errores de los Teólogos de Holanda. Estos señores -cuya capacidad admira por­
que él mismo no posee ninguna- habían objetado al señor Simón que, cuando
ha citado a Josefo, no ha sido exacto al indicar el libro y el capítulo. Pero como
se trataba de la Apología de este historiador contra Apión, la cual no contiene
más que dos libros bastante breves, sin ninguna distinción de capítulos, se les
había contestado que era suficiente con haber citado el libro. FJ padre le Vassor
-que es exacto en un sentido muy diferente, al repetir la misma objeción- indi­
ca la página. Por desgracia, lo que cita de la edición grecolatina de Josefo no se
encuentra allí en absoluto, aun cuando haya indicado la página con mucho es­
mero, sino solamente en el libro en francés de Los teólogos de Holanda, quienes
han traducido mal este pasaje de Josefo, tal como el Sr. Simón se lo ha hecho
ver en su respuesta.”]
26. R. Simón, Histoire critique du Texte du Nouveau Tcstament, Rotterdam,
1689, sig. **2 recto: “on a taché de le satisfaire lá-dessus, sans neanmoins chan-
ger rien de nótre prendere méthode. On les a mis au bas des pages, oii chacun
pourra les lire dans toute leur étendue et dans la langue des auteurs”.
27. Borghero, La certezza e la storia, Milán, 1983.
28. Véase también J. Solé, “Religión et méthode critique dans le ‘Diction-
naire’ de Bayle”, en: Religión, émdition et critique a la fin du XVIte. siiele et au
debut du XVIIlc., París, 1968, pp. 70-117 a i particular 104-106.
29. Bayle, “Projet”, en: Projet, sig. [**6] verso: “Et qu’on en me dise pas que
nótre siécle, revenu et gueri de l’esprit critique qui regnoit dans le prccedent, ne
regarde que comme des pedanteries, les écrits de ceux qui corrigent les faussetez
de fait, concernant ou I’histoire particuliére des grands hommes, ou le nom des
villes, ou telies autres choses; car il est certain á tout píendre, qu’on n’a jamais
eu plus d ’attachement qu’ au’ jourdhuy á ces sortes d’éclaircissemens. Pour un
NOTAS 175

chercheur d’experiences physiques, pour un mathématicien, vous trouvez cent


personnes qui étudient a fond l’histoire avec toutes ses dependences; et jamais
la Science de l’antiquariat, je veux dire l’étude des medailles, des inscriptions,
des bas-reliefs etc. n’avoit été cultivée comme elle Test presentement”.
30. Ibíd., sigs.*** recto - * * * 3 recto.
31. Ibíd., sig. [*8] recto: “Si un auteur avance des choses sans citer d’oü il
les prend, on a lieu a croire qu’il n’en parle que par oui-dire; s’il cite, on craint
qu’il en raporte mal le passage, ou qu’il ne l’entende mal... Que faire done,
monsieur, pour óter tous ces sujets de defiance, y ayant un si grand nombre de
livres qui n’ont jamais été refutez, et si un grand nombre de lecteurs, qui ‘ont
pas les livres oü est contenue la suite des disputes littéraires?”.
32. Ibíd., p. 387: “II entasse toutes ses citations á la fin de chaqué arricie,
sans faire savoir qu’une telle chose a été dite par celuy-cy, et une telle autre par
celuy-lá: il laisse done á son lecteur une grande peine, puis qu’il faut quelque-
fois heurter á plus de cinq ou six portes, avant que de trouver a qui parler”.
33. G. W. Leibniz, Die philosophischen Schriften, editado por C. J. Gerhardt,
VI, Berlín, 1885; reed. Hildesheim y Nueva York, 1978, p. 19: “...que des mai-
hematiciens ou physiciens purs qui ignorent et meprisent toutes les autres con-
noissances, ont torc”. Sobre la importancia de este texto, véase Ncumcister.
34. Leibniz, D ie philosophischen Schriften, editado por C. J. Gerhardt, VI,
pp. 16-17: “Pour cet effect je m’imagine que le meilleur seroit de parler de la
matiere en elle méme, de rapporter le plus souvent les passages des auceurs, sur
lesquels on s’appuye, et de donner souvent leur propres paroles a l’imitation de
l’excellent ouvrage de Mons. du Cange. On pourra mettre ces paroles á la mar-
ge, parcequ’on fera scrupuie apparement d’inserer souvent le grec ou le latin
dans le corps du texte fran$ois. Si i’ouvrage avoit esté entrepris en latin, on au-
roit eu plus de liberté !;i dessus, car en matiere de faits il n’y a ríen de tel que de
voir les propres paroles des auteurs”.
35. Para un análisis estricto de algunos errores de Bayle, véase R. Whelan,
The Anatomy ofSuperstítion, Studies on Voltaire and the 18th. Century, 259,
Oxford, 1989. Pero aun más esclarecedor es H. H. M. van Lieshout, Van hoek
tot hibliothek, Diss., Nijmegen, 1992, que describe detalladamente los métodos
de Bayle, los sitúa en su contexto histórico y a partir de ellos elabora un análisis
detallado de su biblioteca y de sus métodos como lector, estudioso y autor.
36. F. W. Bietling, Commentatio de Pyrrhonismo histórico, Leipzig, 1724,
cap. IV (“De fide monumentorum”), pp. 225-249; véanse L. Gossman, Medie-
valism and the Ideologies o f the Enlightenment, Baltimore, 1968, y Borghero.
Ahora está disponible una parte del trabajo de Bierling, con traducción alema­
na y notas, en Theoreriker der deutschen Aufklclrungshistorie, editado por H. W.
Blanke y D. Fleischer, Stuttgart y Bad Canstatt, 1 9 9 0 ,1, pp. 154-169.
17 6 LOS ORÍGENES TRÁGICOS DE LA ERUDICIÓN

37. Sobre Perizonius, véanse Erasmo, Origins o f Rome, y T. J. Mcijer, Kri-


tiek ah Herwaardering, Leiden, IV71.
38. M Vólkcl, “Pyrrhonismns historiáis"und“fides histórica”, Francfort. 1987.
39. Sobre el método de composición de Bayle, véase van Licshotir. ob. cit.,
cap. 2. Véanse un análisis elegante y una defensa de su método de presentar un
“coro de voces” en cada página, en M. Vólkel, “Zur text-logik im Dictúnmaire
von Pierre Bayle. F.ine hisrorisch-kritiscbe Untersiicliung des Artikels Lipsius
(IJpse, Juste)”, en: Lias, 20, 1993. pp. 193-226.
40. Cf. Gibbtm's Journal, ob. cit., p. 105: “Leí los artículos sobre Júpiter y
Juno en el diccionario de Bayle. El de Júpiter es muy superficial. Juno ocupa
diecisiete páginas; pero buena parte, como siempre, es ajeno al propósito. Una
larga indagación sobre cuándo se empezaron a usar los cuernos como símbolo
de la infidelidad: innúmeras reflexiones, algunas originales, otras muy triviales;
y una erudición limitada principalmente a los Autores latinos... En general,
me parece que Bayle es un hombre de múltiples lecturas más que de verdadera
erudición. Le Clore, su gran antagonista, fue tan superior a él en esc sentido co­
mo le fue inferior en todos los demás”.
41. Véanse J. Le Brum, “Jean Le Célere”, en el nuevo libro de Gudemann,
Grundriss, Die Philosophie des 17. Jahrhunderts, II, pp. 1018-1024.
42. V'éase M. Sitia, Vico c Leclerc, Ñapóles, 1978; S. Timpanaro, !,a genesi
del método del htchnutn, Padtta, 1985, pp, 20-22; M. C. Pitassi, Hntre croire et
savair, Leiden. 1987; P. Lombardi, “Die intentiu auctoris luid die Streit tibor
das Bucli der Psalmeti. Einige Themen der Aulldarimgshcrmeneurik in Fran-
krcicli und Italien", en: Unzeitgemassc Hermcnctttik, editado por A. Búhler,
Francfort, 1994, pp. 43-68 en particular 52-60; H. Jattmann, Critica, Leiden,
1995, pp. 176-180.
43. J. Leclerc, Parrhasiana, Amstcrdam, 1699-1701, I, p, 144: “...qui ne ci­
ta n cine tres-rarement: lgs auteurs, donr ils se sont servís; commc lors qu’il y a
entre eux, quclque diversité de sentimens”.
44. Ibíd., p. 145: “En effet, si la díase est mauvaise en soi, l’exemple des an­
den* ne la rend pas meilleure, et rien ne nous doit empécher de faite mieux
qu’eiix. Da Republique des Lettres est enfin devenue un país de raison er de lu-
miére, et non d ’autorité et de foi aveugle, comme elle ne l a été que trop long-
temps. La multitude n’y prouve plus rien, et les cabales n’y ont plus de lieu. 11 n’y
a aucune ioi divine ni humaine qui nous défende de perfcctionncr l’art d’écrire
l’ltistoire; comtne on a taché de pcrfécrionner les autres arts et les autres Sciences”.
45. Ibíd., pp. 148-149; cf. pp. 193-194.
46. Ibíd., p. 146: “On soútient done que Pon n’évite de citcr, qu’afin que
personne en puisse examiner l’histoire, que Pon racconte, en comparant la na-
rration avec cellos des historiens, qui ont écrit auparavant”.
NOTAS 177

47. Ibíd., [i. 229: ‘ Des notes conques en bons termes, en peu <lcs mots, et
ou Ton n'avance rien sans le prouvcr, mi sans indiquer au moins quelque bon
Auteur, ou l’on puisse voir la verification de ce qu’on dit; en marquant si bien
l’endroit, qu’il soit facile au lectcur de le trouver, si il a besoin de le cherchen
des Notes, dis-je, de cette sorte, sont un thrésor pour la plupart des lecteurs".
48. Ibíd., p. 230.
49. Ibíd. p. 231: “...feuillerer tout un voluine, pour trouver ce que chacun a
dit, ce qui est long et ennuieux”. La edición de que se trata, C. Ju lii Caesnris
Qtiae exstant, Francfort, 1669, presenta al lector una serie de comentarios sepa­
rados, más que una exposición coherente del texto.
50. J. B. Thiers, Critique de l ’Histoire des Flagellans, París, 1703, p. 29: “Sou-
vent il cite 1’annce et le lieu de l’edition des livres, les noms des imprimeurs ou
iibraires, les pages et les feüiliets des livres, et quelqucíois mime les létres rnajus-
cules qui sont aux marges et les ligues des pages. Kn voici la prcuve... [que ocupa
dos páginas, 29*31]”. En electo, Boileau había incorporado referencias detalla­
das de sus fuentes, además de pasajes extensos, en su Historia flagellantium, Pa­
rís, 1700. Sobre esta polémica y sus protagonistas, véase B. Neveu, Érudition et
religión aux vite. etXVHIv. siécles, París, 1994, en particular pp. 201-202.
51. Thiers, Critique..., ob. cit., p. 33: “A quoi bon toutes oes citations si
scrupuleuses et si afcctées, sinon pour grossir son histoire qui n’eút pas laissé
d’étre trop grosse sans toutes ccs minutíes?".
52. N. Barlccr, “Typograpliy and the Meaning o f Words: the Revolution in
tile Layout of Books in die Eighteertth Ccntury”, en: Bucb uud Buchbandel in Eu­
ropa mi achtzebnten jahrhundert, editado por G. Barbcr y B. Fabián, Wolfenbütte-
icr Schrilten zur Gcschlchte des Buchwescns, 4, Hambtirgo, 1981, pp. 127-165-
53. E. J. Kenncy, The Classical Text, Berkelcy, 1974.
54. D. Hume, Ixtter, editado por J. Y. T. Greig, Oxford, 1932, 11, p. 313.

N O TAS AL EPÍLOGO

1. H . Eckert, Gottfried Wilbeím Leibniz’ Scriptorcs Rcrum Bmmuicensium.


Entitebung und historiographiscbe liedeutung, Francfort, 1971, destaca el con­
traste entre las principios complejos que guiaron las investigaciones históricas
de Leibniz y el chapucero trabajo en equipo con que se los aplicó de maneta
imperfecta a las fuentes.
2. E. Gibbon, Miscellaneous Works, editado por John, Lord Sheffield, Lon­
dres, 1814, III, p. 362.
3. E. Gibbon, Memoirs o f rny Life, editado por G. A. Bonnard, Londres,
1966, p. 194, cap. VIH, nota 64.
178 LOS ORÍGENES TRÁGICOS DE LA ERUDICIÓN

4. Sobre el desarrollo de la historia profesional en Alemania, véase W.


Hardtwig, Ceschichtskultur und Wissenschaft, Munich, 1990, pp. 13-102. Sobre
el auge del seminario, véase H. Heimpel, “Über Organisationsformen historis-
cher Forschung in Deutschland”, en: H unden Jab re Historische Zeitschrifi
1859-1959, editado p o rT . Schieder, Munich, 1959, pp. 139-222.
5. Véase H. W. Blanke, “Aufklárungshistorie, Historismus und historische
Kritik. Eine Skizze”, en H. W. Blanke y J. Rüsen (eds.), Paderbom, 1984, pp.
167-186, con comentario de W. Weber, pp. 188-189, y respuesta de Blanke,
pp. 189-190.
6. Gibbon, Miscellaneous Works, ob. cit., III, p. 365.
7. Véase J. Levine, Doctor Wooduiards Shield, Berkeley, Los Angeles y Lon­
dres, 1977.
8. Véase, por ejemplo, A. Momigliano, “The Rhetoric o f History and the
Histciry of Rliecoric: On Hayden White’s Troops”, en: Settímo contributo alia
storia degli suidi classici e del mondo antico, Roma, 1984, pp. 49-59.
9. L. Goldstein, Historical Knowing, Austin y Londres, 1976, en particular
pp. 140-143; cf. L. Gossman, Between History and Literature, Cambridge,
Mass., y Londres, 1990, cap. 9.
10. Cf. N. Z. Davis, “On the Lame”, en: American Historical Revietu, 93,
1988, pp. 572-603.
11. Coincido plenamente con la formulación de R. Chartier, “Zeit der
Zweifel”, en: Nene Rundschau, 105, 1994, pp. 9-20 y 17-19.
12. E. Arns, OEM, La technique du liore d ’apres SaintJérom e, París, 1953 (te­
sis supervisada por P. Courcelle). Véase L Weschler, A Mirarle. A Unioerse,
Nueva York, 1990.
13. H. Junker, “Ueber iranische Quellen der hellenistischen Aion-Vorste-
llung”, en: Bibliotbek Warburg. Vortrügc 1921-1922, Berlín y Leipzig, 1923,
pp. 125-178 y pp. 165-171.
14. Véase E. W[ind], “ Introduction”, en: A Bibliography on the Survival o f
the Classics, I, Londres, 1934, V-XII. El cuerpo de referencias del historiador
también protege el resultado de sus investigaciones originales frente a la tesis
global elaborada mucho después. Conserva pepitas obstinadas de material origi­
nal que resisten la refinación, y cuya presencia lleva al historiador a recapacitar,
a modificar sus conclusiones o incluso a emprender nuevas investigaciones. Cf.
C. Wright Mills, “On Intellectual Craftsmanship”, en: The Sociological Imagi-
nation, Nueva York, 1959, pp. 195-226.
15. Véase P. Vidal-Naquet, Les assassins de la mémoire, París, 1987.
ÍN D IC E

P R EFA C IO ......................................................................................... 7

RECO N O CIM IEN TO ................................................................... 9

I. Notas al pie: el origen de una especie ................................... 11

II. Ranke: una nota al pie sobre la historia científica ................ 31

III. Cómo el historiador halló su musa: el camino de Ranke


hacia la nota .............................................................................. 47

IV. Notas al pie y philosophie: un interludio iluminista ............. 61

V. De vuelta al futuro, T. De Thou documenta


los detalles, o cómo un historiador precrítico
escribió una historia crítica ..................................................... 79

VI. De vuelta al futuro, 2: los industriosos historiadores y


anticuarios eclesiásticos............................................................ 93

VII. Claridad y nitidez en los abismos de la erudición:


los orígenes cartesianos de la nota al pie m odern a...................111

VIII. Epílogo: notas al pie en conclusión........................................ 127


Se terminó de imprimir
en el mes de diciembre de 1998 en
Imprenta de los Buenos Ayres, Gaflos Bcrg 3449,
Bínenos Aires, República Argentina.
Se tiraron 2000 ejemplares.
Anthony Grafton
L o s orígenes trágico s de la erudición
4
U sadas profusam ente p or Kant, rechazadas por Hegel,
consideradas ya como una form a excelsa del arte literario,
ya com o enojosas interrupciones de la lectura, las notas
al pie, que a menudo se emplean para polem izar con los
colegas, han sido ellas m ism as objeto de polém ica.
A través de un metódico y ameno rastreo de puntos de
vista predominantes en diversas épocas, Anthony Grafton
expone las diversas funciones que las notas al pie desem ­
peñaron a ¡o largo de los siglos: dar legitim idad al texto,
evadir la censura, refutar a otros estudiosos, elaborar un
cuerpo de datos al que otros investigadores podrán recu­
rrir con provecho.
Aunque aparecen com o el sustento em pírico de los
su cesos rela ta d o s y los argum entos expu estos, sin el
cual no puede verificarse ni refutarse una tesis histórica,
las notas al pie no garantizan nada. Pueden usarse para
negar los m ism os hechos que otros tratan de confirm ar
apoyándose en las mism as notas; pueden em plearse p a ­
ra acumular citas y referencias carentes de interés o para
atacar nuevas posturas. Sólida apoyatura o recurso am ­
puloso, la nota al pie constituye una parte crucial e insos­
layable de esa mezcla dejarte y ciencia que es la historia
moderna.

F o n d o d e C u ltu ra E co n ó m ica