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HISTORIA UNIVERSAL

SIGLO XXI

VoluMen 12

Los fundamentos
del mundo moderno
Edad Media tardía, Renacimiento, Reforma
Historia Univeml '
Siglo veintiuno

Volumen 12

LOS AUTORES

Ruggiero Romano
LOS FUNDAMENTOS
Nació en Fermo en 1923. Es Director de Estudios en la Ecole
Pratique des Hautes Etudes (VI Sección} de París, donde es DEL MUND O MODERNO
titular de la cátedra de «Problemas y métodos de historia eco-
nómica». Entre sus numerosas publicaciones resaltamos: Le co-
merce du Royaume de Naples avec la France et les pays de Edad Media tardía, Renacimiento, Reforma
l'Adriatique au XVJIJtme siCcle, Patls, 1951; Navires et mar-
chands a l'entrée du port de Livourne (en colaboración con
Fernand Braudel), París, 1951; Commerce et prix du blé
a:t XVJIIém~ siecle, París' 19'56; Una economia colonial: Chile en
el siglo XVIII, Buenos Aires, 1%5; Pre:ui, salari e servizi a Ruggiero Romano
'Napoli nel secolo XVIII, Milano, 1965; Cuestiones de historia
económica latinoamericana, Caracas, 1956; Colombo, Milano, Alberto Tenenti
1966; 1 preui in Europa del XIII secolo a oggi, Torino, 1967.

Alberto Tenenti

Naci6 en :Viareggio en "1925. Es Director de Estudios en la


Erole Pratique des Hautes Etudes (VI Sección) de Parfs, donde
e~ titular de la cátedra de «Historia Social de la cultura
europea». Entre sus obras resaltamos: Il senso della mo~te
e l'llmóre della vita nel Rinascimento, Totino, 1957, y Venetia
e i coTsari, Bati, 1961.

TRADUCTOR
histori,_
Mardal Suárez
México universal
Argentina siglo
DISEÑO DE LA CUBIERTA
EsPaña
Julio Silva
Primera edición en castellano, octubre de 1971
Segunda edición (corregida), marzo de 1972 In dice
Tercera edición en castellano, diciembre de 1972
Cuarta edición en castellano, octubre de 1974
Quinta edición en castellano, diciembre de 197.5
Sexta edición en castellano, febrero de 1977
Séptima edición en castellano, septiembre de 1977 (México)
Cktava edición en castellano, noviembre de 1978
Novena edición en castellano, octubre de 1979 (México)
Décima edición en castellano, noviembre de 1979 PREFACIO .. 1
Undécima edición en castellano, octubre de 1980

@ SIGLO XXI DE ESPAÑA EDITORES, S. A.


Calle Plaza, 5. Madrid-33 1- LA «CRISIS» DEL SIGLO XIV J
En coedición con l. La fractura demográfica, 3.-II. El cambio de la
@ SIGLO XXI EDITORES, S. A.
Cerro del Agua, 248. México-20, D. F. estructura agrícola, 9.-III. Factores de la «crisis»
@ SIGLO XXI ARGENTINA, S. A. agrlcola y sus consecuencias sociales, 19.-IV. La
Av. Perú, 9~2. Buenos Aires
nueva fisonomía de la actividad «industrial», 23.-
:Piirnera edición en alemán, 1967, revisada y puesta al dfa por los
' autores para la edición española V. Los problemas de Jos intercambios, 28.-VI. Los
@ FISCHER BÜCHEREI K. G., Frankfurt am Main reflejos político-militares de la <.<crisis», 35.
Título original: Die Grundlegung der modernen W elt. Spitmittel-
alter, Renaissance, Reformation

DERECHOS RESERVADOS CONFORME A LA LEY 2. ESTANCAMIENTO Y EFERVESCENCIA: EUROPA DESDE 1380


Impreso y hecho en España a 1480 40
Printed and madc Í1! _$pain

I. Introducción, 40.-11. El papado, 42.-III. El


imperio, 47.-IV. Italia, 49.-V. La Europa del
Centro y del Este, 55.-VI. Inglaterra, 60.-
VII. Francia, 64.~VIII. La Península !bética, 66.

3. LAS CREENCIAS CRISTIANAS 71

ISBN: 84-32:f"..01l"E:J (0. C.) L Introducción, 71.-II. La religión y sus dimen-


ISBN: 84-323-0005-5 (Vol. 12) siones económico-sociales, 73.-III. Firmeza y fallas
Depósito legal: M. 32.643- 1980
de las creencias: el cisma, 77 .-IV. Crisis filosófica,
Impreso en Closas-Orcoyen, S. L.
Mirtínez Paie, 5. Madrid-29
pero no jerárquica: de Occam a Torquemada, 81.-
miento hisp:inico en América, 183.-IV. Caracteres
V. «M:is a1l:i» y sensibilidad, 8.5.-VI. E! «arte de
de la colonización espafiola, 187.-V. El imperio
morin, 88.-VII. Repliegue místico y renovación portugués, 192.
moral, 92.-VIII. La cdtica del sistema edesi:isti"
co, 97. 8. RELIGION Y SOCIEDAD EN LA SEGUNDA MITAD DEL

SIGLO XV 196
4. HACIA UNA CULTURA NUEVA 104 l. Papado y cristiandad, 196.-II. Los males de la

l. El sentido de la muerte, 104.-11. El mito de la vieja Iglesia, 204.-IIL La Prerreforma, 208.-IV. La


sensibilidad popular, 213.-V. El sentido de la Re-
gloria, 110.-111. La función de las letras, 115.-
forma, 217.
IV. Las tendencias artísticas, 121.

9. LA REFORMA ••• 226


0 EL HUMANISMO 128
l. La función del humanismo, 226.-11. Lutero,
l. Humanismo y renacimiento, 128.-11. El arte del 234.-111. Reforma y sociedad, 244.-IV. Los des-
«Quattrocento» en Italia, U3.-III. La visión hu- arrollos de la Reforma, 249

manística del mundo, 142.-IV. Las concepciones


10. IMPERIOS Y PRIMERA UNIDAD DEL MUNOO (148(}.1560). 257
éticas, 147.-V. La Historia y la política, 152.
l. Los imperios del siglo xvr, 257.-11. Hacia los
estados modernos, 264.-111. El aparato burocrático,
6 LA ESTRUCTURA CIENTlFICA Y TECNICA !57
270.-IV. Reconstitución demográfica y agrioola,
l. La medicina, 157.-11. La astronomía, 160.-111. La 274.-V. La industria, 280.-VI. Los tráficos, 285.-
interacción de técnica y ciencia, 163.-IV. Caracteres VII. La revolución de los precios, 291.-VIII. La

del nuevo saber, 170. primera unidad del mundo, 294.

CONCLUSION 296
7. DESCUBRIMIENTO Y CONQUISTA DEL MUNDO .. 177 CaONOLOGIA JO!
lllllLlOGaAFIA 305
l. Los problemas de los de~cubrimientos, 177.-
INDICE DE ILUSTRACIONES 317
II. La conquista de América, 180.-111. El asenta-
!NDICE ALFABETlCO 31.
Prefacio

En poco más de trescientas pagmas, la historia econÓmica,


cultural y política de Europa, desde 1350 a 1550. Dificultad
habitual de todos los manuales, que no recordamos aquí para
solicitar la comprensión, la solidaridad y casi la complicidad
del lector. En realidad, existen -y desde· hace mucho tiempo-
excelentes manuales en los que no seria difícil ampararse. Pero
el lector de 1971 ¿pide las mismas cosas que el lector, ponga-
mos por ejemplo, de hace veinte años? ¿Está verdaderamente
interesado en conocer, en saber, en acumular nociones? ¿Y el
joven historiador de nuestro tiempo se plantea las mismas
preguntas que su maestro? ¿O --como nosotros creemos- se
ha producido una ruptura, un cambio de «estilo», que hoy nos
obliga a buscar algo nuevo? No se trata de buscar lo nuevo
por el gusto de la novedad. Pero, si las exigencias del mundo
que nos rodea han cambiado, ¿no es, en cierto modo, traicionar
la propia función del intelectual el seguir hablando un lenguaje
que la mayoría no siente como propio y actual?
Estos son los problemas esenciales que los autores se han
planteado y que, para mayor comodidad en su trabajo, han
tratado de resumir en una sola pregunta: «¿Qué debe ser
nuestro manual?» ¿Sólo una simple exposición de los resultados
conseguidos por la investigación historiográfica, o es posible
presentar, en forma igualmente simple, la problemática que ani-
ma la investigación histórica? En suma, ¿un manual debe ser
una recopilación de nociones (recopilación, en última instancia,
de otros manuales), o debe ofrecer algo más que los puntos ya
establecidos, y no sólo las luces todavía inciertas, sino incluso
los primeros vislumbres de aquellas luces .que mañana serán
fijas? Hemos elegido el segundo camino, convencidos de que
es el mejor en el plano científico y, además, el único que per.
mite el respeto intelectual que un autor debe siempre a los
lectores.
Por otra parte, el problema de la elección no se planteaba
entre verdades adquiridas y verdades en discusión. ¿Qué clare
de verdades tratar? ¿Verdades de hecho, es decir, innegables
le! tratado de Cateau-Cambrésis es de 1.5.59: es un hecho;
Cristóbal Colón descubre América en 1492: es incuestionable),
o verdades discutidas y disc-utibles, pero que, sin afán de
imposición y dejando libre al lector, shvan no pat11 «instruir»,
«enriquecer intelectualmente», «documentar» (como ha sido cos-

[1]
tumbre decir, con expresiones un tanto vacías), sino, rná;; bien,
para suscitar dialécticamente preocupaciones, dudas e mduso l. La «crisiS)> del siglo XIV
controversias? Hemos considerado preferible la segunda vía. No
sólo proponemos, pues, soluciones, sino también ciertas expli-
caciones con vistas a ciertas soluciones, que los lectores pueden
interpretar de diverso modo. Lo que nos interesa es ofrecer,
de la manera más honesta posible, los elementos del problema.
l. LA FRACTURA DEMOGRAFICA
Es todo lo que hemos intentado.
Además, siguiendo este camino, se consigue lo que resulta
una ulterior y notable ventaja: si en un manual de hechos es Durante mucho tiempo, la peste negra de B48 ha sido con-
grave la falta de un hecho, si en un manual de verdades con- siderada como el agente de una gran fractura histórica. Que
sagradas es igualmente deplorable la falta de un aspecto de su importancia en todos los sectores de la vida del siglo XIV
esas verdades en el esquema lógico adoptado por nosotros (y fue enorme es, ciertamente, innegable. Pero, ¿hasta qué punto
en el corresPondiente sistema expositivo empleado) los i?c~m­ es lícito hablar de verdadera fractura? Si se estudian los anales
venientes son mucho menos graves. En efecto, hemos instsudo de las epidemias que asolaron Europa, se comprende fáci.h:nente
en presentar las líneas de desarrollo general: no ya de lo_s que la de 1348 no es una desgracia imprevista. Un conjunto de
desarrollos particulares, que conciernen a pocas familias de ret· epidemias sensu lato -y, sin duda, no sólo la peste entendida
nantes o de poderosos, o a algunos grupos de intelectuales o a médicamente-- pesa, con frecuencia y continuidad, mucho más
ciertos jefes militares, sino la marcha de Europa en su masa que algunas de aquéllas de cuyo dramatismo son elocuentes
humana, en sus necesidades económicas, en sus creencias colec- testigos los cronistas.
tivas en sus íntimas aspiraciones políticas, en las raíces pro- Por lo tanto, cabe preguntarse en qué medio actúa la peste
fund~s de su pensamiento durante esos dos siglos. de 1348. No olvidemos que en la Francia del siglo XIII exis-
En tal contexto, aunque sin precisar cada uno de sus porme- ten centenares de leproserias; que las condiciones higiénicas
nores, no se altera en profundidad el cuadro general, el cuadro generales en la Edad Media son las más bajas que Europa haya
de un mundo que avanza -incluso en momentos muy duro~, alcanzado nunca. Recordemos la extrema fragilidad de lo~ sis-
como los de una buena parte del período aquí tratado-- hacta temas de aprovisionamiento hidráulico de la mayor parte de las
la afirmación de la dignidad del hombre. ciudades. No atribuyamos al occidente cristiano la abundancia
d~:. baños del mundo medio-oriental (de los que puede encon-
Ruggiero Romano
trarse un rdlejo muy pálido en las costumbres de algunos mer-
Alberto Tenenti
caderes europeos reintegrados a su patria).
Es cierto que en el siglo XIII no hubo demasiadas carestías
y fueron muy pocas las epidemias. (Mencionamos a la par ca-
restfas y epidemias, porque la relación entre los dos fenómenos
es muy fuerte, como luego se verá mejor.) De modo que los
hombres del siglo XIII pudieron creer que habfan alcam:ado un
lf:otite de segtiri.dad tal, que les ponía al abrigo de !m asaltos
del: hambre. Tal vez en el curso del siglo XIII se cumplió la
parte más difícil (la que se apoyaba en una tenslón y en las
conquisw precedentes) del prodigioso avance dado en la du-
ración media de la vida humana: veinticinco años en el Imperio
Romano, durante d siglo IV d. C; treinta y cinco años a co-
mienzos del siglo xrv. Pero los años 1313-1317 iban a infligir
un duro golpe a aquella confianza generalizAda: sobreviene una
carestf• genetal en toda Europa. Desde aquel momento, se in-
~ el ciclo recurrente· entre caresúas y epidemias: una
pObJaci6ri debilitada por la subalimentad6n a que la hao so-
metido uno, OO..,•Ua al'ios de malas .coseduts, ofrect menos
2
3
resistencias a los ataques de la enfermedad; los petJu!ClOS que trabajos e incluso al no permitir la conservación de las obras
ésta crea, al reducir el número de brazos disponibles para. el terminadas en épocas anteriores, originó un recrudecimiento de
trabajo -sin reducir, por otra parte, en la misma proporciÓn aquella enfermedad. '
el número de bocas que alimentar-, aumentan la pos.ibilidad de Así, en tan frágil equilibrio, se da un verdadero movimiento
sucesivas carestlas. De este modo, aunque teóricamente sigue pendular de causas y efectos, de naturaleza igual, pero de _signo
siendo. cierto que la cicatriz demográfica que deja una epidemia diferente cada vez: negativo y positivo. La peste de 1348 ;e
puede curarse en pocos años, en Ll realidad nunca se logra inserta en una linea negativa, de la que acaso constituya uno
esa cicatriuci6n, y la recuperación de los daños causados a la de los puntos de mayor depresión.
población europea por la peste de 1348 se ved. nuevamente En los primeros años del siglo XIV, se tiene la impresión de
comprometida por las epidemias de 1360, de 1371, etc.. Y en que se fue creando un desnivel entre recursos y población, por
poblaciones con tan escasa capacidad de resistencia, todas y lo que se hizo necesario alcanzar un nuevo ·equilibrio. Esto
cada una de las enfermedades infecciosas, aun las de menor no trata de ser, en absoluto, una explicación de las causas del
peligro, tienen dramáticas consecuencias. Esta es la razón de desorden económico, que se introduce a partir de este tiempo:
que, en la Alemania de los años 1326-1400, pueden contarse es un dato de hecho. De las raíces profundas, se hablará a
unos treinta y dos años señalables nigro lapillo por haber estado continuación. Aunque parezca arbitrario (pero lo es sólo te·
cubiertos de epidemias. Epidemias que no todas fueron pestes, latívamente), elijamos como primer elemento cronológico la ca·
sino que, con su acumulación de efectos, tuvieron consecuencias restía de los años 1313-1317 y postulemos que ésta ejerciera
muy graves para la población. Por otra parte, si la peste de 1348 sus efectos sobre una población en su optimum, completamente
afectó principalmente a los adultos, permitiendo a la generación a salvo de carencias nutritivas y no dañada por epidemias ante-
joven desarrollar a continuación su función reproductora, la riores. De todas formas se extendió por varios países europeos
epidemia de l360 cre6 los mayores vacíos entre los más jóvenes con intensidad muy considerable. Los precios, que en Francia
(mortalidad de los infants) y la de 1371 entre los adultos (los habían oscilado, desde 1201 a 1312, entre cifras del orden
mit;ans: asf se les llamó en Cataluña). De esta forma, con los de tres, cuatro, cinco, con rarísimas subidas en torno al 10,
efectos combinados de una generación 11. otra, las pérdidas glo- en 1313 alcanzan un índice de 25, y en 1316 de 21. Por criti·
bales, directas e indirectas, fueron enormes. En suma, resu· cables que sean estas cifras de D'Avenel, no hay razón alguna
miendo lo dicho hasta aquí, desde el segundo decenio, por lo para dudar de la intensidad dramática de los fenómenos denun·
menos, del. siglo XIV (e incluso antes), se interrumpe aquel lento ciados con respecto a aquellos años. En cuanto a Inglaterra,
trabs.jo de reconstitución (y, en buena parte, creación) del por lo demás, la confirmación que se obtiene es darisima;
capital demográfico europeo, que, entre mil obstáculos, venia entre 1208 y 1314, los precios se sitúan alrededor de tres, cua-
realizándose desde hacia varios siglos, y del que, más que las tro, cinco chelines, con subidas máximas hasta siete y ocho che-
raras (e inexactas) cifras de que se dispone, nos ofrecen buen lines (nueve, dos, tres/cuatro en 1295); en 1315 y 1316, se
testimonio múltiples pruebas: canalización de ríos, saneamientos, pasa bruscamente a 16 chelines.
tala de bosques, signos todos ellos de laboriosidad humana, que ,:Hasta qué punto estos movimientos franceses e ingleses son
son, al mismo tiempo, causa y efecto de recuperación demográ· característicos sólo de estos dos países? Los elementos dis·
fica. Efecto, porque sólo con un número muy grande de brazos persas de que se dispone parecen autorizs.r a hablar de una
pueden emprenderse Obras de tal magnitud; causa, porque aque- «European Famine» (sirviéndonos del título de un apasionante
llos trabajos, al crear las premisas para una elevación del nivel ensayo de H.·S. Lucas). Se abre ahora un período tal vez no
de vida (tanto desde el punto de vista de la alimentación como nuevo, pero ciertamente más intenso, de la que puede definirse
desde el de las 'condiciones higiénicas), permiten un franco in- como una auténtica miseria fisiológica. Y de esta suerte, al lado
cremento demográfico. Si es cierto -como ha podido afirmarse de consideraciones de higiene médica y de condiciones externas
recientemente- que la malaria, aunque sin desaparecer, fue de producción agrícola, se llega, a través de la palabra miseria,
menos mordfers. a partir del siglo XII, hay que atribuirlo a los a lo social. En efecto, a la gran subida de los años antes indi-
trabajos de saneamiento y de canalización de los cursos de las cados, sigue un período de años de precios muy bajos (es decir,
aguas, que redujeron el campo de acción del anofeles. De igual tales que permiten a los campesinos y a los propietarios agríco-
modo que, después, la reducción de las disponibilidades de las sólo pobres beneficios) con algunos desplazamientos máxi-
mano de obra, al hacer imposible la ampliación de aquellos mos muy considerables, tanto más relevantes -socialmente ha·

4
'
blando -, cuanto que se produda n en un período de precios cisamente en esa parte dt: población adicional fuese más alto
descendentes es decir, en un período en que las posibilidades el índice de mortalidad. Igualmente inútil es d cálculo de la
de acumulacÍón de reservas (monetarias o de bienes) eran limi· mortalidad de algunos distritos rumies, precisamente porque el
tadísimas. Es cierto, pues, que, en todo el período de 1313 bajo número de muertes que a veces se encu~tra en ellos se
a 1348, una serie de carestías y epidemias mina cada vez más debe a que está calculado en relación con la población allí
d patrimonio demográfico y biológico de toda Europa. Y es existente antes de la carestía-peste. sin tener en cuenta que una
sobre este mundo humano debilitado sobre el que se abate la parte de aquella población, en el momento de la epidemia, es-
«muerte negra», la «gran muerte», la «grosse sterben». ¿Una taba ausente del distrito y ~e habfu refugiado en la ciudad.
epidemia como las otras? Mucho más. Por primera vez desde el Una prueba más -y, al mismo tiempo, un comple mento- de
siglo vr, reaparece en Occidente la peste bubónica; los vados la existencia de este mecanismo se tiene en el hecho de que,
que crea son inmensos. Llegada del Medio Oriente, donqe se muy a menudo, una epidemia no sólo es precedida, sino también
había extendido ya en 1347, alcanza en 1348 a una gran parte aCoiJUlañada y seguida de una carestía. por la evidente razón de
de Europa (Italia, Francia y parte de Inglaterra); se propaga que, habiéndose refugiado Jos campesinos en la ciudad, faltan
en el 49 al resto de Inglaterra y Alemania; por último, en en Jos campos los brazos necesarios para los trabajos de la
el 50, llega a los países escandinavos. Estos mismos años están cosecha siguiente. ¿Qué valor tiene, entonces, decir que la po-
precedidos y acompañados de carestías muy importantes: hecho blación urbana disminuyó en la mitad o que la población rural
sufrió de la peste menos que la ciudadana? Será mejor buscar
grave, no sólo por las razones antes indicadas de debilitación
fisiológica, sino también por otro fenómeno. Si la peste en las medidas de otro género: por ejemplo, la reducción del ni.ímero
ciudades origina un movimiento migratorio de las gentes aco· de miembros de los consejos municipales· (en Spoleto, después
modadas (¿hay que recordar la tertulia florentina del Decamer6n de la peste de 1348, el número de Priores se redujo de 12 a 6;
los miembros del común, de 1.000 a 300) o de categorías pro-
de Boccaccio, puesta a salvo ante las primeras manifestaciones
del mal?), la carestía, por su parte, determina un flujo del fesionales específicas (en Hamhurgo, de 40 carniceros, murie-
ron 18; de 34 panaderos, 12; de 50 funcionarios de la ciu-
campo hacia las ciudades, donde las medidas administrativas de
dad, 27; de 21 consejeros de la misma, 16 ... ).
las autoridades públicas permiten a los hambrientos encontrar
remedio a las terribles exigencias del hambre. En este movi- No hay duda. pues, de que la población europea se vio fuer-
miento de fuga y de aflujo, la población de la ciudad supera su temente reducida por la acumulación de las carestías-epidemias
nivel normal; y a ese ambiente urbano superpoblado (con el desde 1315 a 1350; la peste negra extendió pavorosamente los
vados que ya se habían producido. Y es de advertir que el
consiguiente empeoramiento de las condiciones higiénicas), llega
nivel general de la población europea a comienzos del siglo XIV
la peste: los vados que crea por todas partes, sin exclusión,
no volvió a alcanzarse hasta avanzado el XVI, como demuestran
son enormes. Es, desde luego, imposible determinar con pre-
las cifras siguientes para el total de la población europea:
cisión si las ciudades sufrieron más que el campo; por las
razones anteS indicadas, los cálculos son casi imposibles. En
efecto, muchos de los muerto!: de las ciudades no son más que
Años Cifr'as (en millones )
campesinos de inmigración reciente -y, al menos en los pro-
pósitos, tempor al-; es de creer, en cambio, que una parte de (según M. K. Bennet) (según J.-C. Russel)
los muertos en el campo fuesen «ciudadanos» que, en su afWl
de huir del contagio, hubieran abandonado la ciudad. Este 1000 42 52,2
mecanismo, característico de todos los sistemas de carestía-epi- 1100 48
demia hasta la iniciación del mundo moderno, explica la inu- 1200 61 61
tilidad del razonamiento mediante el cual se pretende que si, lJOO 73
por ejemplo, la población de una ciudad era en 1345 de 100.000 1340
85,9
habitantes y de un censo de 1351 resulta que esa misma dudad 1350 51
tenfa 50.000 habitantes, la pérdida humana debe valorarse al- 1400 45 52
rededor del 50 por 100. Cálculo estéril, porque, en realidad, 1500 69 70,8
es muy Hcito suponer que esa ciudad, en el momento de la 1600 89
peste, pasara de 100 a 120, 130, 140.000 habitantes y que pre· ·-----

6 7
Por otra patte, los datos más concretos de que se dispone, que, a veces, no está ausente una dosis d~ histerismo: re-
sólo respecto a Francia, Alemania e Inglaterra, confirman est~ cuérdese a los Flagelantes de los años 1349 y siguientes, que
impresión (según W. Abel): atravesaron una gran Parte de Europa, «desnudos, con látigos,
en fila como en procesión, gritando y cantando canciones adap.
tadas a sus ritos»), provocan, por otra, una relajación general.
1200 1340 1470 1620 1740 1800 Y es comprensible: el sentimiento de la incertidumbre de la
vida, que puede ser destruida en un instante y de un modo
Francia 12 21 14 21 17 27 atroz, engendra una sensación de provisionalidad, en la que no
3 6 9 puede construirse nada estable: la necesidad de huir de los
Inglaterra
Alemania
2,2
8
4,5
14 10 '
16 18 24 contactos personales, por miedo al contagio, rompe los víncu.
los familiares y, más generalmente, sociales; los mil ejemplos
de cobardía social (el más impresionante y frecuente es el
(en millones) 22,2 39,.5 27 42 41 60 abandono de sus fieles, ante la muerte, por parte de los sacer·

dotes) acaban con la resistencia de los más; el concepto del
·----------~ ~----

Se trat11., evidentemente, en gran parte, de apreciaciones, de Dios de amor, ante la enormidad de las muertes, se minsforma
valoraciones aprol:imativas, sobre las que podría discutirse lar- en el concepto del Dios de justicia (que, además, íntimamente,
gamente {y no ha dejado de hacerse). Pero la impresión que de es sentida como injusticia); la irracionalidad se impone y ori·
ellas se recibe es, sin duda, válida, y, cualquiera que sea la gina los «pogroms»: caza del judío, caza del morisco, del ex·
serie que se e¡¡:amine, el vado demográfico se manifiesta clara- tranjero: odio de raza y aversión religiosa aparecen con acre-
mente entre los siglos XIII y XV. Por lo tanto, al margen de centada violencia, aunque no hay que olvidar que, a menudo,
todo cálculo de precisión muy engañosa, esa contracción sigue tras esos odios se ocultan ·intereses económicos concretos, que
siendo, respecto a ese período, una de las pocas cosas seguras transforman los «pogroms» en verdaderas manifestaciones de
que pueden afirmarse. odio de clase. De igual modo que, en el plano médico-social,
No hay que dejarse atraer, sin embargo, por la magia de las estas caresdas..epidemias determinan, como hemos visto, un ci-
cifras. Más frutos se lograrán considerando que el hecho verda- clo infernal, en el plano moral-espiritual introducen un círculo
deramente importante es lo que podríamos llamar la desorga- vicioso: cada carestía-epidemia, que al principio es considerada
nización económico-social de Europa. En efecto, los cambios como castigo divino, lentamente va engendrando una degrada-
que se producen son enormes. En primer lugar, una parte de ción de la conciencia social y moral. Así, con la llegada de la
los campesinos, que habían abandonado el campo a consecuen- calamidad siguiente, los argumentos que invocan el principio
cia de la carestía, nunca volvieron a él. No sólo porque una del castigo divino reaparecen más fuertes, pero, al mismo tiem·
parte de ellos muere en las ciudades, sino porque los super- po, la calamidad se abate sobre una población cuyos principios
vivientes tienen la posibilidad de ocupar los puestos ----en han sufrido ya, en el momento del flagelo anterior, una honda
todos los sentidos- de los ciudadanos muertos. Además, entre los conmoción.
ciudadanos supervivientes, se asiste, por el simple juego de las Si nos atenemos de nuevo a la suposición antes enunciada de
herencias, a fenómenos de concentración de fortunas que per- una Europa «virgen», en su optimum (económico, moral, social,
miten la renovación de nuevas actividades a escala más am- demográfico, biológico), a finales del siglo XIII, hay que reco-
plia. Pf:ro el campo se despuebla: la ciudad, con sus atractivos nocer que, hacia la mitad del siguiente, la situación ha cam-
-tanto más estimables después de haber sobrevivido a un au- biado de modo notable. Es precisamente ahora cuando se inicia
téntico juicio de Dios, como lo es una peste a los ojos de los el auténtico tema de este volumen.
contemporáneos- , llama a los hombres, que se «urbanizan».
En efecto, esos enonnes cataclismos que son las caresdas-epi-
demias, aunque considerados en la opinión popular (y no sólo II. EL CAMBIO DE LA ESTRUCTURA AGltiCOLA
en la popular) como un castigo divino, por la corrupción de
las costumbres, los pecados, el apartamiento del camino recto, ¿Puede decirse, entonces, que la demografía es el deus ex
no originan una vida moral más cristiana. Si, por una parte, machina de todo? ¿Que la «crisis>~> del xrv tiene su origen
determinan movimientos de gran intensidad espiritual (de la en la concentración demográfica, que se perfila a partir de los

9
'
comienzos del siglo? En realidad, aceprar tal soludón equivale
a una verdadera tautología, ante la que la primera reflexión estamos en presencia de un auténtico cambio de estructura.
debe ser; ¿por qué hay contracción demográfica? ¿Cómo expli- Paralelamente (y el paralelo es mucho más estrecho, porque lo
car que en el seno de una sociedad como la del siglo xru, en que ahora examinamos se refiere al castillo de Houghton, de-
la '1.ue todo va muy bien, la población comienza a decre<:er?
pendiente de la misma Abadía de Ramsey}, se produce la
Decir que no se podía ir más lejos en la tarea de talar bos- progresiva extinción del patrimonio zootécnico: de 28 bueyes
q_ues, o que ya no era posible roturar más que terrenos pobres, y seis caballos en 1307, se pasa --con ritmo progresivamente
uerr,as margmales de _escaso rendimiento, o, incluso, que se descendente- a seis caballos y cinco bueyes en 1445, a 12 ca-
habta roto el «ptecano equilibrio» entre ganadería y agricul- ballos sin ningún buey en 1454, y a sólo cuatro caballo:;
tura, no es ~~~~ respuesta, porque con esos argumentos se entra en 1460. Reducción de ganado que, naturalmente, no termina
ya en la «crtsts». en sf misma, sino que acarrea graves consecuencias para el
Pero tal vez :ea preferible aislar, momentáneamente, el pro- laboreo de la tierra: en efecto, correspondiendo con la progre-
blema de su ongen, para ver en seguida en qué consiste esa siva disminución y definitiva desaparición de los bueyes, se
«crisis». asiste a la contracción del número de arados, que de 5 en 1307
. El primer s_ector hacia el que debe dirigirse la investiga- se reducen a 1 en 1419. Esta decadencia de la organización
CIÓn es la agncultura; ésta, en una sociedad como la de la agricola va acompañada de una disminución de los cánones
Europa medieval (y, fuera ya de la Edad Media, hasta el si- de arriendo de la tierra, que, en el caso del castillo de Bigod
gl? ;"VIII), representa la máxima parte de la producción eco· (Norfolk}, pasan de 10,69 peniques por acre en 1376-1378 a 9,11
nomJCa de t~dos los paises, la principal fuente de beneficios peniques en 1401.
de las P_oblaclOnes .. No nos dejemos fascinar por los esplendores Al lado de estos fenómenos, se producen impresionantes mo-
«comerciales» e ocmdustriales». Aquellos grandes comerciantes vimientos de despoblación agrícola, que dan lugar a los que
aquellos poderosos banqueros y otros geniales emprendedore~ hoy hemos convenido en llamar «pueblos abandonados». Una
son, muy a menudo, epifenómenos, o, Por lo menos lo son si comunidad arraigada en torno al castillo de Grenstein (Norfolk),
se les _considera en relación proporcional con la v~dadera y y de cuya vitalidad hay testimonios en 12-'IJ.-1266, desaparece
sus:anc¡aJ trama económica de su tiempo: la agricultura. No después completamente. Otro ejemplo: Cublington (condado
es Imprudente afirmarlo, y no es inútil repetirlo: todo «éxito» de Buckingham) en 1283 tiene unas cuarenta familias, y sus
colectivo en el _terreno comercial de los siglos XII y XIII está componentes trabajan cerca de 160 hectáreas; en 1304, la su-
estrec~amente vmculado con el extraordinario florecimiento de perficie cultivable se ha reducido a 120 hectáreas, y a sólo 64
la agncul_rura de aquellos siglos, Ahora bien, desde los comien- en 1346, mientras un documento de 1341 nos habla de 13 casas
zos del Siglo XIV -lo hemos indicado antes-, hay un cambio abandonadas y presenta un cuadro de desoladora miseria:
de escena. Antes de entrar en consideraciones, será oportuno ningún cabeza de familia puede pagar impuestos. Y no se han
ofrecer elementos de hecho. Los más numerosos son los que citado más que dos ejemplos, cuando puede calcularse que
se refie.ren a Inglaterra. En los bienes del castillo de Wistow, cerca de 450 grandes pueblos y un número todavía mayor de
depen~u:nte de la Abadía de Ramsey, se asiste a una fuerte pequeñas aglomeraciones (cerca de una quinta parte de los
reducción de la productividad del suelo: respecto al gra la lugares poblados en Inglaterra) han desaparecido. Fenómeno
relación simiente/cosecha pasa de 1:6, a mediados del sigk~m de consecuencias tanto más graves, cuanto que se concentra so-
a 1:3,3 en 1318 y en 1335, y a 1:2,7 en 1346. Por otra parte' bre todo en las regiones del Este, que por tradición 60D gran-
se desarro~a una pa.uperización progresiva de los tipos de ce: des productoras de trigo, en parte destinado a la exportación.
reales cultivados; mJent_ras, a mediados del siglo XIII, el trigo Hay que añadir también la formación, en gran número, de ex--
Y la av~a son los cultJvos más comunes, hacia 1430 los tipos tensos «endosures» (vallados), que suponen -además de re-
p;ed?m~nantes son. la cebada y las leguminosas (estas últimas agrupaciones de propiedades dispersas o divididas- la enorme
m s1qwera se cultivaban en 1247): la avena desaparece com- difusión de las ovejas. «Las ovejas se 2ampan a Jos hombres»,
pletamente y el trigo. se reduce a muy poco. Nos encontramos dirá más adelante Tomás Moro: exageración, sin duda, pero
ante una lenta evoluciÓn en sentido inverso de los dos grupos también valioso testimonio de un proceso de transformación.
d p·-> · · d
.e <vuuctos: s; se atlen e a la serie Completa de los magní- De estas fugas de la tierra, de estos abandonos de pueblos
ficos datos publicados por ]. Raftis, se advierte claramente que agrícolas, resulta, justamente con las pérdidas derivadas de las
epidemias, una reducción de la mano de obra, con el consi·
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positivo, porque en los pueblos de regunen jurídico germánico
A la par que a la descomposición de los centros habitados, se sobrevive --e incluso se afirma- la libertad personal de los
asiste a una fuerte reducción de la producción de cereales y campesinos, mientras se perfila la figura de un medio propie·
a la extensión de los bosques: el examen del polen de las tur­ tario (los sculteti); negativo, porque precisamente apoyándose
beras de Roten Moor muestra claramente una expansión de las en estas elementos germánicos la noble:za polaca podrá acrecen­
plantas de tallo alto, en detrimento de los cereales. Estos pro­ tar -sobre todo durahte el siglo xv- la reserva señorial
cesos de avance de los bosques en Alemania han debido de (jolwark), con su inevitable cortejo de trabajos obligatorios,
efectuarse, muy probablemente, siguiendo el camino clásico: pdvilegios, etc., e iniciar una política de dura explotación cam­
los abedules y otras plantas de crecimiento rápido son los pesina que continuará durante muchos siglos más.
primeros en reconquistar el suelo; las otras, más lentas pero De este modo -y como juicio de conjunto que, evidente·
más «conquistadoras», les siguen, con intervalos más o menos mente, oculta aspectos particulares-, puede decirse que, en el
largos. caso de Polonia, se asiste a la transición sin solución de conti·
Simultáneamente con la gran reducción de las superficies cul­ nuidad -pero no sin algún signo de fricción- desde la fase
tivadas de cereales, se registra un aumento de la ganadería, de expansión agrícola de los siglos XI-XIII (común al conjunto
del que puede encontrarse un valioso testimonio en la gran europeo) a ]a de reacción de los señores, propia del XVI y sobn·
cantidad de carne de buey y de oveja que surte las mesas de todo del XVII.
los alemanes, a finales del siglo XIV y en el xv. No hay que Estos son los cambios que pueden advertirse- en el sector
olvidar tampoco otros cultivos compensatorios: por ejemplo, en agrícola del bloque continental europeo. ¿Y las grandes penín­
la región del Mosela, se intensifica el del lino: alrededor de sulas? También éstas ofrecen sustancialmente el mismo movi­
Erfurt, el glasto sustituye al trigo, y, alrededor de Spira, se cul­ miento de fondo que el bloque, si bien con algunos caracteres
tiva rubia. Adviértase que se trata de productos que se prestar específicos en lo que se refiere a la situación de los grandes
a procesos industriales. La consideración es importante, y ha­ propietarios.
bremos de volver sobre ella. Lo primero que se aprecia es la extraordinaria difusión de la
Por otra parte hay que señalar que, aliado de estos cultivos, avicultura, que se manifiesta con violenta evidencia en la historia
se introducen o, al menos, se intensifican otros más propiamente de la agricultura española entre el siglo XIII y finales del xv.
agrícolas: fruta (Erfurt), viña (Har:r:). Elementos importantes, Sería tentador, como atractiva interpretación teórica, imaginar
todos, que nos recuerdan el cambio sufrido por el paisaje que este fenómeno no se produjo hasta después de la peste
agrícola de Alemania en este período. de 1348. Se podría razonar así: habiéndose reducido las dispo­
Este cambio, por lo demás, se produce también en otros nibilidades de mano de obra para los trabajos del campo, las
países, como en los Países Bajos, en Dinamarca, en Suecia, propiedades se transformaron, orientándose hacia la ganadería.
en Noruega, donde los Wüstungen surgen muy numerosos. En Pero ésta, repetimos, es pura construcción teórica (formulada,
esta época es cuando Dinamarca se convierte en exportadora de desde luego, por muchos historiadores, tanto en lo que �e
ganado de matader9 hacia Lübeck y Hamburgo; Noruega, en refiere a España como a Inglaterra), porque ya medio siglo
exportadora de mantequilla para las ciudades hanseáticas; los antes de la gran peste hay importantes exportaciones de lana
Países Bajos transforman una gran parte de las tierras laborables española, y los merinos se introducen en la península entre
para d cultivo de forraje. los afios 1290 y 1310. Entre los comienzos del siglo XIV Y el
Polonia constituye una especie de excepción dentro del con­ año 1467 el número de cabezas de ganado aumenta, aproxima­
junto europeo: en efecto, al igual que en la Alemania Oriental, damente, de 1.500.000 a 2.700.000. Toda la zona interior de
no se perciben en ella síntomas tan intensos de hundimiento la Península Ibérica está interesada en esta actividad, que, como
agrícola como en las otras regiones de Europa. Una pogjbJe todo fenómeno de pastoreo, no puede menos de favorecer la
explicación puede radicar en el hecho de que el impulso colo­ formación de propiedades enormemente extensas.
ni:zador común al conjunto europeo entre los siglos XI y XIII Paralelamente con este gran desarrollo del pastoreo, cuyos
no se extingue en Polonia, pues lcis señores polacos encuentran beneficios, como se sabe, son exclusivos de un número muy
un punto de apoyo en la afluencia de los colonos flamencos y restringido de personas, la agricultura decae, sobre todo en el
alemanes. Pero no se trata de su presencia fisica, sino del ré· sector cerealícola, hasta el punto de que, a finales del siglo XV,
gimen jurídico que se introduce a consecuencia de su llegada el abastecimiento de trigo se convertirá en uno de los más
y que ofrece un elemento positivo y negativo al mismo tiempo:
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graves problemas que tendrán que afrontar los Reyes Católicos. margen -repetimos- de los innegables éxitos del sist�ma co­
La viña prospera -al menos, relativamente- y en Cataluña munal, evidentes no tanto por haber creado un cambt? total
se afirma vigorosamente la horticultura. Pero un marcado carác-­
como por haber contribuido al paso de importantes ptop!edad: s
ter distintivo divide a España: Castilla y, en general, toda la
de manos de los grandes feudatarios nobles a las de la pequena
parte central de la península ven la formación de una aristo­ nobleza. Pero todo esto no significó, en realidad, una profunda
cracia rica, poderosa; Aragón, y sobre todo Cataluña, presentan,
transformación (oomo se ha creído durante mucho tiempo) en
en cambio, inequívocos signos de decadencia. Las doscientas
grandes familias catalanas se reducen a poco más de una dece­
e l estado jurídico y social de los trabajadores. Es,_ _s n duda,!
un tanto ilusorio pensar que los actos de manumlS!on colec­
na a finales del siglo XV. tiva, a los que los comunes recurrieron (pero menos de lo que
se ere<:) como a un instrumento de lucha contra los grandes
Portugal puede facilitarnos una confirmación del caso español.
La más reciente historiografía no duda ya en declarar que uno -viejos- feudatarios, tuvieran verdaderamente, para los ho�­
de los principios motores de la expansión portuguesa hacia las
bres que dirigían la política de los comunes, un valor de med10
islas del Atlántico (Madera y Azores) debe atribuirse a la bús­
de subversión completa de la organización rural; de mod?
queda de terrenos que dedicar a la cerealicultuta. Esta hambre
que «mienttas desaparece totalmente, en el campo, la servl·
--en el sentido !itero.! del vocablo---- de trigo cultivado en la
«colonia», ¿no debe considerarse como el reflejo de carencias

d un'tbre personal, no se llega a la supresión e ectiva del vínculo
que ligaba al cultivador dependiente con la uerra sobre la que
productivas metropolitanas? . .
vivía» (G. Luzzato). En todo caso, a pesar de l� s mod1fica �!o�es
En lo que se refiere a Italia, se tiene la impresión de que
introducidas a finales del siglo XIII la prop1edad eclesJastJca
la historiografía de nuestro tiempo, demasiado entregada a la
admiración de los éxitos de las ciudades (pero, como se verá
-que repre�enta una buena parte de la gran propiedad fe al �
o semifeudal- se mantiene firmemente en poder de sus VIeJOS
luego, más que de éxitos será preciso hablar, en el mejor de los
propietarios. Este es un elemento importante: la aetión del
casos, de resistencias), habfa resuelto el problema demasiado
común se ha desarrollado --donde y en la medida en que se
rápidamente, negando la existencia de la crisis. No hay duda ha desarrollado- esencialmente respecto a la propiedad laica,
de que el caso italiano es un caso de extraordinaria resistencia
dejando sobrevivir el conjunto de la propiedad eclesiástica. La
(y cuando decimos Italia, aquí nos referimos sólo a la parte ruina de esta Ultima se produce a partir del siglo XIV; Y esto
centro-septentrional; desde el Estado Pontificio hada abajo, el es, verdaderamente, un fenómeno decisivo.
proceso es absolutamente distinto): la fortísima acumulación
Aunque tal es el cuadro que --en su� li�eas m?�s�ras­
de poder (no sólo como dinero, sino como influencia, prestigio,
puede esbozarse de las intrincadas y pecuharís1mas VICISitUdes
convicción arraigada de las propias posibilidades), ha permitido
de la agricultura italiana en sus implicaciones sociales, debe
una perduración más tenaz. En la parte meridional de la
subrayarse que, en el plano de la producción, se asis�e, a partir
península, así como en Sicilia, sobre todo en algunas regiones
del siglo XIV, a una contracción. Se detienen, en pnmer lugar,
los grandiosos procesos de saneamiento, de roturación y de
(la meseta de Pulla, en primer lugar), se produce una inten­
sificación de la cría de ganado, de la que son elocuente expresión
canalización de los cursos de aguas, que habían caractertzado
las grandes exportaciones de queso siciliano y de lana de Pulla,
los siglos anteriores. Y, por el contrario, se manifiestan signos
aunque esta Ultima fuese de mediocre calidad. Pero, en todo
de abandono, que llegan hasta los Wüstungen, en muchísimas
caso, parece difícil --en el estado actual de los conocimientos
regiones'.
historiográficos-- afirmar nada definitivo sobre los movimientos
De modo que, para terminar, no parece que pueda haber
de la economía agrícola de estas regiones. Lo mismo puede
mayores dudas sobre la inclusión de la agricultura itali ana -in­
decirse, más o menos, de una buena parte del Estado Pon­ .
cluso de la Italia opulenta- en el cuadro de las dificultades
tificio .
generales europeas .
.La evolución que se dibuja en la Italia del Norte y del Cen­
Todo lo hasta ahora expuesto puede remitirse a una matriz
tro es compleja. A pesar del innegable triunfo de aquella forma
europea común. Las vías para llegar a ella son numerosas. Aquí
más evolucionada (política, económica y socialmente) que fue el
común, la propiedad feudal continuó representando «la -espina
dorsal de la estructura económica y jurídica del paÍs» 1 Debemos la valiosa y novísima noticia a la cortesía de la seño­
rita Zuber J.
o
y de Day, que actualmente están trabajando, en el
(P. S. Leicht). Esta es una verdad que no debe olvidarse, al
cuadro de l!alia, en este apasionante tema de l s Wüstungen.

16 17
como anttctpacton de cuanto luego se dirá a propósi� o de la�
se indicarán sólo dos. Una: d comercio del trigo. ¿No es, acaso, economías de las ciudades-, se asiste ahora a una s¡multanet­
significativo que los países del norte de Europa, a partir del dad de las revueltas en los distintos paises europeos: los
siglo XIV, empiecen a abastecerse de cereales en Dan;tig, a Cíompi en Florencia (1378), Philippe van Artewelde en Gante
donde llegan desde los territorios de la Orden Teutónica? ¿No (1381), Wat Tyler en Londres (1381), Tuchins en el Languedoc
hay que ver en esto la prueba de una disminución de la y Maillorins en Par!s (1382). Integración Y simultaneidad d�
.
producción de cereales en los distintos países -desde Ingla­ las revueltas son inmediatas manifestaciones de todas las dtft­
terra hasta Flandes y hasta Noruega-, obligados a buscar en cultades del momento económico.
otra parte, fuera de sus fronteras y de sus intercambios, la
nueva fuente de abastecimiento? A este cuadro corresponde
la situación mediterránea, que muestra --entre los siglos XIV III. FACTORES DE LA «CRISIS» AGRICOLA Y SUS CONSECUENCIAS
y XV- una reducción de los tráficos internacionales de cereales. SOCIALES
El hecho es que las posibilidades de exportación de varias re­
giones tradicionalmente exportlldoras se contraen notablemente. Pero es hora ya de tratar de localizar el sentido más pro­
¿Nos hallamos, entonces, en contradicción con cuanto hemos fundo de los cambios que caracterizan esta «Crisis» del siglo XIV.
dicho antes a propósito de los países del norte de Europa? Es, en cierto modo, el problema de la génesis, que antes ha
Mucho menos de lo que puede parecer. En efecto, la única sido aislado y que ahora es preciso tomar en consideración.
diferencia está en el hecho de que dentro de la cuenca del Un dato cierto, que resulta de todo lo dicho hasta ahora, es
Mediterráneo no existe la posibilidad de «descubrir» nuevas que la producción global agrícola europea se redujo en el curso
fuentes de abastecimiento {excepto las regiones del mar Negro, del siglo XIV. También la población sufrió graves !=ontracciones.
pero aquí el problema se complica mucho, por la intervención ¿Puede decirse, pues, que los bienes disponibl7 s siguen sj�do
de factores geopolíticos y militares). Resulta, pues, que este iguales -per capita- a aquellos de que se dtsponía anteflor·
aspecto comercial ilustra, o confirma incluso, algunas deficiencias mente? Para eso habda sido necesario que la reducción de la
estructurales de la agricultura de la Europa Occidental. producción agr!oola hubiera sido proporcional a la de la pobla­
La segunda via puede servir para revelar, detrás de estas ción. Evidentemente, es difícil encontrar una confirmación total
carencias materiales, por lo menos toda una gran parte de los de esta hipótesis: se carece -y se carecerá siempre- de una
cambios y de las tensiones sociales que fueron consecuencia de documentación lo suficientemente precisa como para resolver el
aquéllas. Es el camino de las revueltas campesinas. Los siglos XIV problema de un modo exhaustivo. Sin embargo, la impresión
y xv están jalonados de motines. Sin hablar de los importantes general que se saca del estudio más atento de las crónicas,
levantamientos de la J«querie francesa {1358) o de la revuelta documentos y textos de la época es que también unitariamente
inglesa de 1381, debe tenerse en cuenta que es!OS dos siglos la producción fue menor. Pero el problema, en este punto, se
están animados por un continuo sentido de rebelión, soterrado complica alarmantemente. Piénsese que la contracción de la pro­
o brutalmente manifiesto. Los temas del desprecio campesino ducción puede resultar compensada -en el plano de la ali­
-«der Bauer ist an Ochsen statt, nur dass er keine HOrner hat» mentación- por un aumento de las disponibilidades de carne.
[el campesino sustituye a Jos bueyes de los que se diferencia Y esto por indicar uno solo de los múltiples aspectos que
por el hecho de no tener cuernos] o «}acques {es el campesino hacen imposibles los cálculos, tanto por individuo como globa­
francés, genéricamente llamado Jacques) bon homme a bon l�s. de la producción agropecuaria de este tiempo.
dos, ii souffre tout»-- están ya a punto de transformarse en Pero, al margen de cálculos o de impresiones, sigue en pie
temas de miedo: «A furore rusticorum, libera nos Domine!» un hecho que es absolutamente innegable; es decir, una mayor
Por otra parte, se manifiesta ahora un importante hecho nuevo: fragilidad, un progresivo resquebrajamiento de las estructuras
el campesino empieza a encontrar aliados en sus rebeliones. Es agrarias de Europa, ya a partir de los comienzos del siglo XIV.
frecuente que coincidan cronológicamente los al7.amientos en el Todo está en movimiento, en agitación. ,:Por qué? Las res­
campo y en las ciudades: la revuelta parisiense de Etienne puestas han sido variadas: «brusco» empobrecimiento del suelo
Maree! y la jacquerie de 1358; la revuelta londinense de Wat arable; «btusco11- cambio del clima, más frío a partir del si­
Tyler y los movimientos campesinos de 1381. Se trata de un glo XIV. Todos estos elementos -Y otros que podrían añadir­
fenómeno muy importante en la historia social -y en la his· se- merecen, sin duda, ser tomados en atenta consideraci6n.
toria tout court- de Europa. De! mismo modo -y un poco
19
18
¿Cómo negar, en efecto, después de los muy serios estudios hecho para adaptarse a esta profunda transformación. Ante los
re��lizados en estos últimos tiempos, que el progresivo avance aumentos de salarios, su reacción es brutalmente simple. Va­
de los glaciares alpinos y polares durante el siglo XIV es un liéndose de su poder pol.ítico, hace promulgar ordenanzas que
síntoma de un clima frío y húmedo, que ha tenido graves con­ prescriben severas reducciones salariales (así, por ejemplo, en
secuencias para la producción agricola europea? De ahí se deri­ Inglaterra, una ordenanza de 13.50 dispone que los trabajadores
varía un retroceso de la frontera septentrional del trigo en sean retribuidos con los salarios en curso en 1346). Pero todo
I !l �nda Y en 1� países escandinavos, y el retroceso y la desapa: es inútil, pues los mismos feudatarios que imponen tales textos
f!C!Ófl de la vma en Inglaterra. Elementos ciertamente impor­ son los primeros en violarlos. Se ven obligados a violarlos, por­
tantes, pero que no es posible identificar como ca�sa ca�rans que la mano de obra escasea. Es todo un mecanismo que se
porq�e del mismo siglo XIV sabemos, por ejemplo, por lo ; pone en movimiento.
traba¡os de K. Müller, que muchos afias cálidos y secos fueron El sistema feudal (en la acepción económica según la cual
particularmente favorables .a la viticultura alemana. Otro ele­ «el cultivo de la tierra se efectuaba mediante el ejercicio de
mento que se ha considerado como uno de los factores deter. deroxhos sobre las personas») abrigaba en sí mismo rus Hmites,
minantes de la erosión del poder feudal ha sido el cambio sus contradicciones, sus gérmenes de corrosión. En el sistema
introducido en la forma de pago de los cánones debidos al perfecto (y, por lo tanto, teórico) de explotación señorial, cada
señor por los campesinos, que fueron progresiVamente autoriza. parcela de tierra está destinada a producir sólo un determinado
d ?s a pagar una parte de ellos en dinero. Sin negar -quede bien (en forma de producto_ agrícola, de producto artesanal o de
b1en claro- el fenómeno en sí mismo, es de creer que éste prestación). Esto permite lo que durante mucho tiempo (y con
no tuvo gran alcance, y no sólo porque no se manifestó con notable exageración) se llamó la «autarquía» del sistema curtense.
intensid �d tal que cambiase totalmente la forma de pago del En el seno de este sistema, que -al menos en sus comienzos­
censo, ru porque, en general, se verificó sobre todo con retraso es relativamente perfecto, fue posible la gran expansión agra·

cuan o la «Crisis» era ya una realidad, ni porque los pa � ria de Europa hasta el siglo XIII. Pero no se ha prestado sufi­
en dinero --en el seno de las relaciones concernientes a una ciente atención al hoxho de que, en el sistema curtense, además
misma propiedad- son raros, pues seguía predominando la for­ de los siervos que trabajaban directamente a las órdenes del
ma mixta de dinero y productos en especie. El punto esencial señor, había otros que trabajaban, fuera de la corte central, sus
consiste en que, al fijarse los cánones para mucho tiempo, mien­ correspondientes y minúsculas parcelas de tierra.
tras 1� moneda se depreciaba incesantemente, la parte del censo En esta situación, el señor no reinvierte dinero en sus tie­
en dmero que los campesinos debían al señor, a la larga, no rras, porque no quiere reinvertir; el campesino.siervo no rein­
representaba gran oo.sa. No seria difícil presentar casos en los vierte, porque no p�ede, ya que la limitada superficie de tierra
que esta debilitación progresiva de la importancia de la renta que cultiva no se lo permite: de aquí -y hasta finales del
monetaria percibida por el señor aparece netamente rellejada. siglo XIII- deriva la reducción de la productividad. Por el mo­
Todos estos el�entos remiten siempre al mismo punto, a la mento, la situación no es dramática, pero precisamente esta
«CriSIS» de la agricultura en el siglo XIV. Pero el lector habrá reducción de productividad (que, para el señor, significa una
advertido que siempre escribimos «crisis» entre comillas. No disminución de la renta) empuja al propietario a un recrudeci­
es un procedimiento tipográfico adoptado para dar mayor valor miento de las condiciones que impone al sierva<ampesino. Este
a la palabra; es que hemos querido darle un especial signi­ recrudecimiento, inevitablemente, se traduce en un mayor des­
ficado. ·En efecto, este siglo XIV se presenta con un carácter censo de la productividad. En este mecanismo se insertan
bivalente. Si se consideran los elementos materiales cuantitati­ --como agentes acumulantes- epidemias, carestías, abandonos de

vos de la vida agrícola, la crisis es innegable: hay ontracdón, pueblos, retrocesos de cultivos y transformaciones de estructu·
hay re�roceso. Pero en esta descomposición se perfila también ras agrarias en estructuras de pastoreo. En este vasto proceso,
el comJenzo del derrumbamiento del feudalismo· se derrumban el señor está condenado a perder, pero su denota no aparecerá

las relaciones feudales de producción. La ser idumbre dismi­ claramente hasta finales del siglo XIV. Primero se defenderá con
nu��· y el señor debe encargarse, eventualmente, de la explo­ fortuna, con habilidad y, a veces, con éxito, pero, en un
. plano europeo, ei siglo XIV verá el fin de su predominio, y,
taoon d1�ecta de sus propiedades, no ya valiéndose de mano
de obra ligada a él feudalmente, sino comprando trabajo. Men· al mismo tiempo, se sientan las premisas para una «refeudali­
talmente, intelectualmente, psicológicamente, el señor no está zación», naturalmente de tipo distinto del de las viejas estruc-

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turaS- feudales medievales (dr. ¡;:, 11, final). El proceso· de innovadores, cuya importancia no es_ despreciable Y que fueron
líberación definitiva de la tierra de formas feudaleg de explo­ determinantes del sucesivo desarrollo (no sólo agricola) de a ­ �
tliCión no tendrá lugar antes del siglo xvm. El siglo XIV fue, gunaS regiones europeas. Apoyándose en el examen del mo vl·
pues, de «crisis• feudal; pero también de liberación campe­ miento de los precios del grano (en descenso) y de los salartos.
sina. La ordonnance de Luis X de 1315, las actas inglesas de (en alza), se ha hablado de una época de oro de los trabaja.
liberación subsiguientes a la revuelta de 1381 (a pesar de .
dores. Es difícil decir cuánto haya de cierto en esta afirmac1ón,
todas las linútadones que pueden encon-trarse en documentos pero fue, sin duda, una época de oro, por las inmensas posi­
de esta ch!lse), son síntomas de la debilitación que caracteriza bilidades liberadoras en ella contenidas. «Posibilidades libera­
la vida feudal de Europa. Y, paralelas a éstos, se encuentran doras•' entiéndase bien; es decir, gérmenes, levaduras, no libe­
señales de triunfo campesino: los cultivos de rubia o de lino, ración general. A través de la «crisis» feudal del siglo xrv
que se han consolidado en Alemania, ¿no son, acaso, testimonio se lleva a cabo una vasta revolución: la empresa rural ya no
de un nacimiento (o renacimiento en términos nuevos) de una estaba en muchos casos, dirigida por los señores, sino por los
industria rural? Y los campesinos, ¿no empiezan ahora a inte· �
campe inos, a pesar de la innegable permanencia de muchas
resarse directamente en el negocio de los bienes producidos? formas de poder (y de prepotencia) feudal. Pero, si de una
¿Y no es ahora también cuando empie:za a apnecer una ver­ parte aparecen estos primeros campesinos enriquecidos, estos
dadera aristoo-acia campesina? En Inglaterra, en Weedon Beck, primeros campesinos con una dignidad de su trabajo, hay tam·
entre 1300 y 1365, el número de los detentadores no feudales bién que ins.istir en el hecho de que, paralelamente, aparece
de tierras pasa de no a 75 (33 por 100), pero lo que más un proletariado agrícola. Los campesinos que, liberados de la
importa es que ahora aparecen tres de ellos verdaderamente condición feudal, no llegan a mejorar su situación, la ven em­
grandes, que dominan sobre los otros setenta y dos. peorar claramente en el plano económico, aunque en el plano
Por otra parte, no hay que olvidar que, en algunos países, de las libertades civiles hayan alcanzado importantes metas.
nace ahora un interés económico de la burguesía de las ciu· De modo que, a este respecto, la «crisis» se presenta, al
dades por la agricultura, lo que implica la introducción en el menos, con un triple carácter:
campo de formas rnás «avanzadas•, más modernas, de economía.
Así, llega un momento en que aparece un nuevo propietario: a) el señor ve, sin duda, durante todo el siglo XIV, que su
será el Squire inglés o el }unker alemán, y su novedad con· propio poder se reduce notablemente -en todos los
siste en que «quiere desembarazarse del orden medieval». sentidos y bajo todos los aspectos;
Todas las impresiones de catástrofe que produce la economía b) algunos campesinos pueden, beneficiándose de la erosión
agrícola del siglo XIV proceden del hecho de que la documen· del poder feudal, afirmarse en el plano económico;
tación de que disponen los historiadores es exactamente la rela· e) una gran parte de los trabajadores de la cierra, au�ue
tiva a la propiedad señorial. Y en ella la «crisis» resulta clara. conquistan ahora unos derechos civiles a los que hubiera
Doble «crisis» del señor, en cuanto productor y en cuanto de· sido utópico aspirar apenas un siglo antes, no conquistan
tentador de privilegios. Pero cabe preguntarse: ¿hubo una por ello un mejor standard de vida; al contrario. Y en·
«Crisis» paralela de todo el mundo agrícola? Desgradadan'lente, tonces se forma un proletariado agrícola cuyo peso se
en el estado actual de los conocimientos historiográficos sólo hará notar en la historia de Europa durante muchos si­
se dispone de pocos elementos relativos a la consolidación de glos todavía.
una .nueva clase de propietarios agrícolas. Pero las lagunas do­
En el estudio de las situaciones campesinas, nada es simple;
cumentales, aunque impiden determinar sus dimensiones (por lo
antes bien, todo se presenta con aspectos múltiples que seria
menos con una relativa precisión), no impiden reconocer la
peligroso resolver, con un ilusorio esquema unitario y simplista.
existencia del fenómeno. Ciertamente, grandes regiones quedan
fuera de este proceso de fonnación de nuevas energías (por
ejemplo, la España de la Mesta, el sur de Italia); ciertamente, las IV LA NUEVA FISONOMJA DE LA ACTIVIDAD «INDUSTlliAL»
grandes masas campesinas no se beneficiarán de este proceso
de liberación; ciertamente, no todo es idílica simplicidad. Pero El paso de la agricultura a la industria es, a pesar de �Iaa
no debe olvidarse nunca que, en el seno de la «cris.is» del ?
apariencias, sencillo y ----s--e to � s imp? rtante- justifica o, espe­
sjglo xrv, y para buena parte de Europa, existen elementos ci•lmcnte en el caso de la mdustrla europea del siglo XIV.

"
A continuación se eJ:pondrá el vln�;ulo, muy estrecho, que que es posible precisar algunos conceptos importantlsimos, a fin
existe (y que, especialmente desde el siglo XIV, se estrecha aún de comprender bien qué es la industria textil medieval:
más) entre los dos sectores prodoctivos. Pero, ame todo, será
necesario introducir alguna precisión, que resultará muy útil
a) actividad en que se emplea un número relativamente bajo
al lector para valorar la entidad de los fenómenos. Cuando se de personas;
!
hab a. de industria medieval, debe entenderse, en primer lugar, b) productos de calidad alta y media (en relación con el
standard del tiempo);
e)
la mdustria textil. Había otros sectores, sin ·duda, pero es
necesario precisar que, en realidad, tenían pcx;a importancia o productos destinados especialmente a una particular (y
limitada) clase de consumidores, por lo que se hacía ne­
que, si llegaron a tenerla, fue s6lo en relación con algunos
cesaria la comercialización internacional de buena parte
caracteres peculiares del lugar en que se manifestaron (así,
por ejemplo, las construcciones navales en Venecia), o de la de los tejidos produddos.
especial función económica a que podían estar destinados sus
productos (así, por ejemplo, la industria minera de metales De todo esto se sigue que:
preciosos, singularmente importante para la amonedación). Pero
n? basta. Dicho lo que antecede, hay que concretar las dimen­ d) para la población agrícola o predominantemente· tal, que
siones de esta industria textil. Cálculos inteligentemente finos representaba la mayor parte de la población activa, la
de M. M. Pastan han demostrado, respecto a la Inglaterra del principal fuente de abastecimiento de productos textiles
siglo XIV, que el valor total de la producción agrícola (lana. se halla en su propia producción.
madera y productos animales incluidos) puede cifrarse en unos
tres millones de libras esterlinas, contra 100.000 de producción �sí, se puede señalar que, hasta finales del siglo xm, en la
textil comercializada. Si ésta es la relación de valor existente actividad textil es posible distinguir los siguientes modos:

l)
entre l�s dos producciones, hay que indicar que el número de
personas empleadas en la industria textil no representaba más un ciclo completamente urbano: de altísima ¡;alidad y
que el 2 por 100 de las que se dedicaban a la agricultura. Es destinada esencialmente a la exportación;
muy probable que, si se efectuasen cálculos del mismo tipo 2) un ciclo semirural y semiurhano: en parte, de calidad
para otros países, arrojasen cifras muy semejantes. muy buena y basada en la explotación del trabajo de los
El lector se planteará, según esto, un doble problema: si campesinos por los empresarios de la ciudad;
el empleo de obreros textiles en relación con los trabajadores 3) un ciclo doméstico, tanto urbano como (predominante­
de la tierra no alcanza más que un 2 por 100, ¿era la industria mente) rural. Se llama doméstico, porque sus productos
servían a las necesidades personales de los mismos pro­
textil medieval de muy alta producdvidad técnica? Y, por otra
parte, como el valor total de su producción era muy inferior ductores.
al de la agricultura, ¿debe suponerse que los precios unitarios
de los productos manufacturados eran muy bajos? A ambas Está daro, pues, que lo esencial de la actividad industrial
preguntas hay que responder negativamente. Queda, enton¡;es, de este tiempo se halla en estrecha relación con la situación
por averiguar quién producía los tejidos con que se vestía la agrícola. Ahora bien, de"ntro de la mutación a que antes hemos
mayor parte de la población de la Baja Edad Media. Y también aludido de la vida agrícola europea en el siglo XIV, ¿qué
a esto es sencillo responder: ellos mismos tejían las telas cambios afectaron a esta actividad artesanal campesina (tanto
que necesitaban. Los campesinos, en la Edad Media, son teje­ propia como por cuenta de los empresarios de las ciudades)?
? nr�:5- El problema es moís importante de lo que parece, porque El primer fenómeno a señalar es la aparición, a partir del
siglo XIV, de nuevos tipos de tejidos, como los fustanes de
mduectamente nos lleva al caroícte:r peculiar de la producción
industrial de aquel tiempo, que es una producción de luio. Ulm, de Augsburgo, de Constanza, de San Gallo. Pero lo que
debe interesarnos no es tanto el cambio de los tejidos produ­
Y esta expresión ha de entenderse bien. De lujo, no tanto (y
no sólo) porque muy frecuentemente se trata de productos refi­ cidos como las transformaciones concurrentes en las formas de
las relaciones de producción. Si, haSta comienzos del siglo XIV
nadísimos, de altísimo costo unitario y destinados a una clientela
con un poder adquisitivo muy elevado, sino porque su valora­ es el empresario de la dudad el que, prestando simientes ;
ción completa se realiza a través de la exportación. � géneros alimenticios, hace hilar y tejer las fibras, explotando

2 "
24
usurariamente el trabajo campesino (es característico el caso de ciudades (Gante, Brujas, Ypres, Saint·Ümer), y ya desde fina­
un tal Johannes de Dokhera, genovés, especializado en la pro­ les del siglo XIII, se iniciarán las hostilidades contra el campo
ducción de fustanes, que a partir de 1250 es mencionado en ,. su actividad. En Polonia se manifiesta un innegable despertar
los documentos genoveses de la época: «]ohannes de Dolchera ;le la actividad textil rural en el siglo XIV; de ello son buena
qui dicitur porcus»), ahora es el campesino el que compra el prueba los paños «campesinOS¡> de la región de Leczyca Y de
producto (algodón, lana o cualquier otro) directamente al comer­ Sieradz, y las telas de la Pequeña Polonia. Es todo un flore­
ciante y el que asegura su elaboración y su venta por cuenta cimiento de manifestaciones locales de la mayor importancia,
propia. De este modo, se rompen los vínculos corporativos. ¿No no ya porque representen algo «nuevo» en si mismas: repita·
es, acaso, significativo que, como reacción, de Gante salgan mas que los campesinos, en toda Europa, se habían integrado
frecuentemente verdaderas expediciones punitivas, dirigidas a oiempre en el proceso de la industria textil, tanto produciendo
destruir las estructuras artesanales campesinas? Era una tenta­ tejidos para uso propio como hilando- y· tejiendo fibras textiles
tiva de las industrias de las ciudades para frenar un movimiento por cuenta de los productores de las ciudades; ahora, en cam­
que en gran parte es, en cambio, irreversible; y es también bio, la industria rural, aunque continúa produci�ndo para su
fruto de la exasperación de los empresarios y de los trabaja­ propio consumo, trabaja también para una comercialización igual­
dores de la ciudad, que ven desal'l'Ollarse un tipo de actividad mente propia. En Flandes, ya desde el siglo XIV, los drapiers
que dentro de las murallas urbanas está en crisis. Porque, en rurales organizan un sistema propio de venta en Brujas, es de•
efecto, la vieja industria está en crisis: Florencia ve bajar cir, en la vía del gran comercio internacional.
su producción de unas 100.000 piezas a comienzos del siglo XIV En suma, en contraposición con el declinar de la vieja pro­
a 70.80.000 hacia 1336-1338, a 30.000 en 1373 y a 19.000 en ducción textil urbana, se aprecia la consolidación de la actividad
1383; Flandes, ya desde finales del siglo XIII, encuentra grandes artesana rural y de nuevos centros ciudadanos, que entablan
dificultades en la producción textil. Y Toscana y Flandes son las su diálogo con los trabajadores del campo en términos nuevos.
grandes capitales de la «vieja» industria. «Crisis», pues, de la gran industria, pero también florecimiento
Ciertamente, no hay que olvidar que si la gran industria ur· de nuevos gérmenes, susceptibles de importantes y ulteriores
bana de los paños de lana se contrae, como elemento compen­ desarrollos. ¿Cómo olvidar, en efecto, que es precisamente en
sador aparece la producción de telas, algodonadas, fustanes y, este período cuando la gran industria lanera de los 6iglos si­
en algunos casos, de seda. Así se consolida la industria del lino guientes encuentra, si no sus orígenes, al menos el bumU$ más
en el Hainaut, en la región de Nivalles y en la zona de Cam­ fértil en qne arraigar? No se ha producido -quede bien claro­
brai-Valenciennes, en Tournai, en la Alta y en la Baja NN­ ninguna gran revolución. Más bien debe considerarse que, como
mandia (en torno a Rouen y Caen), en Bretaña (Vitré), en bs valoración de conjunto, en el curso del siglo XIV la producción
regiones de Augsburgo, Ulm, Constanza y San Gallo. En Flo­ textil se ha contraído, o, al menos, estabilizado cuantitativa­
rencia, el arte de la seda en florecimiento contribuye a la con· mente. Pero no es esto sólo, sino que se debe añadir que a
tracción del arte de la lana. Surgen centros más «modernos», cantidad igual (y acaso reducida) de tejidos producidos ha
más dinámicos, más nuevos. En primer lugar, la producción correspondido, sin duda, una contracción del valor �-· la pro­
textil inglesa, que se orienta a la conquista de los grandes ducción, porque los tejidos de fabricación campesina son todos
mercados internacionales. Hondschoote se lanza ahora hacia las de valor unitario claramente inferior a los de fabricación ur·
salidas internacionales, aprovechándose, precisamente, del decli­ hana. Así, pues, también en este sector nos hallamos en pre­
nar ·de la pañería urbana de Flandes; este su primer impulso sencia de una «crisis», pero también aquí, más que a los as­
será de "corta duración (hasta 1370, aproximadamente), pero pectos cuantitativos, habrá que prestar atención a los cambios
constituirá la base de sucesivas victorias. Por lo demiÍs, todo de orden cualitativo. Lo que cuenta es que la división en tres
el campo de Flandes muestra u n proceso muy claro de desarro­ series de la industria textil, que antes hemos indicado para d
llo de su industria textil, desarrollo que no se percibe sólo período correspondiente hasta finales del siglo XIII, aparece
a través de las esporádicas indicaciones de los datos de produc­ ahora modificada. El grupo 1) reduce su imponancia; el Sru·
ción, sino, sobre todo, a través del gran número de privilegios po 3) sigue sustancialmente inalterable (exceptuados, desde lue­
que las mismas autoridades de los comités se ven obligados a go, los cambios debidos a variaciones demográficas); el grupo 2},
conceder, consagrando así --en contra del vinculismo corporativo por su parte, presenta una gran contracción y se transforma
urbano- la libertad de los campesinos. Precisamente desde las en un nuevo grupo: rural y, lo que es más importante, auttJ.

26
nomo. Así, mientras hasta finales del siglo XIn, entre ciudad mientas (entre ellos, el elocuentísimo de las ferias de Champagne,
Y dudad o entre castellanía y castellanía no hay, desde un que �amo centro comercial empiezan :;u decadencia ya de:.­
punto de vista industrial, más que el vado o la explotación de 1260, mientras continúan con cierto esplendor como mercado
de la mano de obra local, ahora el vacío comienza a reducirse financiero hasta 1315-1320} son elocuente testimonio de ello.
y la explotación a limitarse. Este mismo proceso se manifiesta Antes de nada, •y para prevenir posibles objeciones, diremos
también en otros sectores «industriales» (decimos industriales, que también se manifiestan fenómenos compensadores: así, aun·
pero m<Ís exactamente deberíamos dedr artesanales). En efecto, que las ferias de Champagne decaen, las de Chilons-sur-Sa6ne
la ptm regida por el señor feudal incluía también todos los se consolidan; si algunas rutas alpinas pierden su importancia.
servidos artesanales necesarios a la comunidad dependiente, di· otras las sustituyen o incluso (como en el caso del Brenner)
rena o indirectamente, del señor: horno, forja, molino, ladrillar. renacen precisamente ahora, a partir del siglo XIV. Otro im­
Ahora, con la reducción de la pars señorial, esos medios de portante desenvolvimiento se aprecia en la más estrecha inter­
producción escapan también a su control. relación que se establece entre los sistemas de navegación
Frente a estas penetraciones de energías nuevas -libres o del mar del Norte, del Atlántico y del Mediterráneo, lo que
qu<' tratan de afirmarse libremente-, quedan algunos sectores se traduce en un aumento de la importancia del Sund, por
vinculados a formas viejas. Por ejemplo, la industria minera, una parte, y de Gibraltar, por otra. Además, hay que hacer
respecto a la que uno de los más doctos estudiosos de la ma­ constar que también algunos tráficos, que se manifiestan ahora,
teria no ha dudado en hablar de «colapso de la prosperidad durante el siglo XIV, tienen un simple carácter de compensa­
del siglo XIV». La recuperación será muy tardía, no antes ción. Es verdad que hay un aumento de la exportación de
de 1460. Hay excepciones, como la actividad escandinava y bos­ tejidos ingleses, pero también es cierto que hay contracción
n!aca, por ejemplo, pero el cuadro, en conjunto, sigue siendo en las exportaciones de lana, de modo que, representándolos
negativo. ¿Por qué -podría preguntarse-- este sector particular gráficamente, esos dos movimientos formarian una X, en la que
presenta signos de contiacción, sin que nada intervenga para el brazo descendente indicaría el movimiento comercial de las
tonificado, para sostenerlo? La razón parece que puede radicar exportaciones de lana, y el ascendente, el de los paños.
en el hecho de que, en la industria minera, siguen en vigor La gran ruta «frandgena», que -apoyándose en las ferias
los viejos principios de autoridad; los poderes públicos conti­ de Champagne- había unido el norte y el sur no sólo de
núan manteniendo sus derechos sobre el subsuelo y sobre su Francia, sino de buena parte de la Europa Occidental, es reem­
explotación. En suma, donde no hubo descenso del poder de la plazada por otras dos rutas: una que, desde Génova y Venecia-,
autoridad (del señor o de los poderes públiCOs), la «crisis» se a través del Mediterráneo y del Atill.ntico, llega hasta Londres
ofrece muy clara, concreta, sin que se manifiesten elementos y Brujas, y otra, la ruta terrestre renana, que constituirá el
compensadores de ninguna especie. elemento de desanollo de las ferias de Ginebra y de Frankfort.
Esto confirm11 el esquema hasta aquí trazadv de la importan­ En el siglo XIV se malogra lo que para la Hansa constituyera
cia de la actividad campesina en el conjunto de la vida eco­ su mayor ambición: integrar nuevos ámbitos económicos a la
nómica europea. Donde, por una serie de razones, el trabajo economía de la Europa Occidental. Los estudios más recientes
y la iniciativa de grupos nuevos no han podido introducirse han disiminuido mucho la importancia de la presencia de pro­
libremente, la «crisis» fue irremediable. Una verdad particular ductos de la Europa Nordoriental en las plazas de Londres y de
que confirma el esquema general Brujas, de manera que la actividad de las ciudades hanseáticas,
aunque notable, viene a limitarse a un espacio geográfico marí­
timo tradicional constituido en el pasado, mientras dichas ciu­
V. LOS PROBLEMAS DE LOS INTERCAMBIOS dades (sobre todo, Lübeck) tratan de compensar las dificultades
que encuentran en Flandes, orientándose hacia el interior de
Apenas nos acercamos al gran comercio internacional, a los Alemania: desde 1320-1330 hacia Frankfort y después hada Nu­
problemas de la distribución mercantil a gran escala, de la gran remberg. Por otra parte, si la Hansa sobrevive es porque
banca, de los instrumentos que con todo esto se relacionan (en lleva a cabo u.na profunda transformación que cambia comple­
primer lugar, ·la moneda), la «crisis» se manifiesta clarísima. tamente su carácter de Hansa de comerciantes en Hansa de
Las tradicionales grandes vías de navegación, gramles rutas, ciudades.
grandes ferias parecen haber perdido pujan�. Algunos hundi- Pero, en el plano europeo, estas compensaciones se anu-

" 29
Jan y persiste la «CtJsls,.. «Crisis», adviértase bien, no sólo
y no tanto de las cantidades (y valores) de los productos
intercambiados -reflejada ésta en el gráfico de la figma nú­
mero 1-, como de lo que podría llamarse el estilo de los inter­
cambios, sobre lo cual insistiremos luego.
Y no hay que extrañarse de que sea así. Admitido --cOmo
ya lo está definitivamente- el cará<:ter predominantemente
aristocrático del gran comercio, es natural que éste acusase las
vicisitudes de su clientela esencial. A la «crisis» que ésta atra­
vesaba tenía que corresponder una «Crisis» del gran comercio.
«Crisis» compensada, sin embargo, por algunas nuevas manifes­
taciones, por desplaz.amientos de corrientes, por nuevos flore­
cimientos. Pero la verdadera y gran compensación protede de
otro fenómeno, al que habrá que prestar toda la atención. Al
hablar de la agricultura, hemos aludido a la introducción de
moneda para el pago de par.te de los cánones debidos por el
campesino al señor, en sustitución (parcial) de los cánones
en especie. Se han señalado los límites de este fenómeno en el
aspecto de la erosión del poder feudal, pero donde adquiere
toda su importancia es en el plano comerdal. En efecto, aunque
de limitada intensidad de acción en el ámbito de las relacio­
nes de producción, la introducción de la renta monetaria tuvo
una enorme trascendencia de orden cualitativo: el campesino se
acercó directamente al mercado. Repitamos que, si bien no hay
que exagerar la importancia del dinero que el campesino debe
al señor, es innegable que le debe dinero. Y para procurárselo
no hay otro camino que el de la comercialización de los bienes
producidos. En este sentido, el siglo XIV asiste no ya al naci­
miento del fenómeno de la presencia del campesino en el mer­
cado (que aparece ya antes), sino que, valiéndose de la mayor
libertad de que actualmente dispone, éste interviene más, Y de
forma menos aleatoria, en la vida comercial. ¿Nueva «revolu­
ción comercial»? Ciertamente, no. Pero sí enriquecimiento, sa­
via nueva, nuevos horizontes en esa vida.
Por lo tanto, también aquí -como antes en la agricultura y
en la industria- hay «crisis», si se consideran los grandes fenó­
menos, en las esferas superiores, a más alto nivel. Pero, por el
contrario, en lo que se refiere al comercio en su parte inferior,
en su capilaridad, son indiscutibles los signos de una vitalidad
renovada.
Es cierto, sin embargo, que esta «crisis» del gran comercio
internacional se manifiesta con retraso respecto a la «<:tisis»
agrícola, pero ello forma parte del mecanismo clásico de las
crisis medievales (y no sólo medievales, al menos, hasta el
siglo XVIII), en las que el primer sector en ceder es precisa·
mente el·de la agriCl.lltura, mientras los otros (industria y, sobre

30 31
todo, comercio), acaso por la débil incidencia de porcentaje como económico. En el caso de desvalorizaciones determinadas
de la parte de capital fijo invertido respecto al capital total, por necesidades fiscales (lo que, en otros términoh, equivale
resisten mejor. Resisten: esto significa que, en la mejor de las a la necesidad de la autoridad de hacer frente a dificultades
hipótesis, conseguirán sólo sostenerse. de tesorería: por ejemplo, los cambios monetarios de Felipe el
Además de los testimonios inmediatos, dire<:tos, en cifr�s {de Hermoso en Francia, de Luis de Mále en Flandes) es difícil
las que antes se ha dado una ilustración gráfica), una compro­ admitir que hayan podido tener beneficiosos efectos sobre el
bación indirecta de esta «crisis» se encontrará en un fi.-nómeno conjunto e<:onómico; en cambio, en el caso de desvalorizaciones
muy poco estudiado hasta ahora, pero, a pesar de ello, evidente. inspiradas en movimientos económicos, la acción positiva es
Desde la mitad del siglo XIV, y durante un siglo aproximada­ innegable.
mente, los grandes viajes de exploración hacia Oriente sufren Por lo tanto, la conclusión a que se puede llegar es la de
una interrupción. El comercio medieval, que con Marco Polo que, en la Europa del siglo XIV, dos fenómenos de sentido
hab!a llegado hasta las orillas del Pacifico, se repliega ahora opuesto reflejan el mismo hecho: el estancamiento y, en algunos
sobre sf mismo. Y parece que no se debe tanto a que los casos, la ruina económica. La estabilidad monetaria italiana es
mercaderes cristianos no crucen ya las fronteras hacia el Extremo una de sus expresiones, y las desvalorizaciones francesas y fla.
Oriente como a la expiración de aquella pax MonJ!Plorum que meneas, dictadas por razones de política financiera, son otra. Por
había permitido el libre paso hada China y que supone ahora lo demás, pronto se hacen notar los efectos de la una y de
un gran obstáculo. Por otra parte, también el final de las Cru­ las otras. Las quiebras de las grandes familia� de banqueros
zadas cristianas frena el impulso mercantil, en la medida en italianos son un síntoma de ello. Los Ricciardi, en 1300; los
que el Islam vuelve a la conquista de ciudades antes sojuz. Frescobaldi, en 1311; los Scali, en 1326; Jos Pcruzzi. Acciaiuo·
gadas por los cristianos (los egipcios toman Trípolí en 1289 Ji, Bardi, las «columnas de la cristiandad», en 1338. Todas estas
y San Juan de Acre en 1291), mientras el turco se muestra fe<;;h�s señalan puntos negros en la historia económica italiana,
Cllda vez más amenazador, conquistando Brusa en 1326, Nicea perq, dados Jos vínculos que unen a esas compañías con la vida
en 1331 y entrando en los Balcanes, tras haber pasado Jos Dar­ económica de buena parte de Europa, también de todo el con·
danelos, en 13.%. El avance de Europa hacia Oriente es sus­ tinente. Ciertamente, aun después de mediados del siglo XIV
tituido por un movimiento inverso. Las condiciones generales se asiste a la afirmación de algunas grandes figuras de comer·
no permiten un incremento del gran comercio. ciantes, de grandes hombres de negocios: un Francesco Datini
Causa y signo (más lo segundo que lo primero) de estas da Prato es testimonio suficiente de la peremnided de la exis­
dificultades son las monedas. Si se examinan los cambios inter­ tencia del «gran» comerciante. Pero el hecho es que el «gran»
nos en Italia (es decir, las relaciones entre moneda de oro y comerciante Datini presenta pocos signos de progreso en re­
«monedas pequeñas» de plata), se aprecia un periodo de fuerte lación con sus predecesores. Entonces, ¿también en este aspecto
subida entre 1260 y 1320, seguido de estancamiento entre 1320 hay estancamiento? Sólo en parte. En efecto, si durante el si·
y 1400. Ahora bien, estos cambios internos revelan (aunque glo XIV, como después en el xv, sobre una rendencie de fondo
imperfectamente) el movimiento general de la economía, espe­ mercantil muy estancada, se asiste al f!ore<:imiento de persona·
cialmente de las altas esferas de la economía urbana. Revelan, lidades nuevas (como, repitámoslo, un Francesco Datini y aún
es decir, que en sociedades de insuficiente organización credi­ más los Médids, que, a pesar del gigantismo que les es propio,
ticia y de producción insuficiente e inelástica de metales pre· no parecen diferenciarse tanto de sus predecesores), es indudabl�
ciosos los períodos de estabilidad de los cambios denotan un que ya empiezan a abrirse. camino profundos cambios. Es a
estancamiento general de la economía, mientras las fases de partir del siglo XIV cuando el sentido de los negocios se afina
alza corresponden a periodos de prosperidad. y casi alcanza una precisión de ciencia. Que antes hubiera gran­
Esta cronología, oon tan neto perfil en el caso italiano, ¿se des hombres de negocios, no puede ponerse en duda, pero es
confirma respecto a otras zonas de Europa? Antes de respon­ ahora cuando -probablemente como consecuencia de las difi­
der, es necesario formular una distinción. Estos períodos de cultades, de las complicaciones, de la debilitación de la vida
«estabilidad» y de «alza» de los cambios internos no se pre· comercial- empiezan a introducirse en la técnica de Jos nego­
sentan siempre con el mismo carácter. En efecto. la política de cios algunas ideas normativas: sentido laico del tiempo, sen·
revalorización y desvalorización por parte de las autoridades tido de la precisión y de la previsión, sentido de la seguridad.
puede estar dictada por preocupaciones. tanto de orden fiscal En este ilspecto, en el seno de la «crisis-. de hecho -y tal vez

32 "
en estrecho vínculo con ella- empieza la labor conceptual que bargo, aun dentro de tan ;ombrío cuadro. no deberán omitirse
producirá la renovación de la estructura mental y técnica del los fermentos, los g�rmenes de cuanto florecerá después. De la
comerciante. Cuando esta labor se cumpla, se tendrá el comer­ «crisis» surgirá un mundo nuevo en muchos aspectos, pero no
ci�nte «nuevo», en el que puede, realmente, reconocerse el co­ llovido del cielo.
merciante moderno. Por citar un nombre, demos el de Jakob
Függer.
VI. !.OS REFLEJOS POLITICO·MILITARES DE LA «CRISIS»
De este rapidísimo esbozo de la economía europea en el si­
glo XIV -trazado de un modo tal vez «herético», pues tal puede
resultar para la historiografía de hace sólo diez años la enorme Esta <<crisis» económica europea -cuyos rasgos principales
importancia atribuida aquí a la agricultura- de este veloz hemos tratado de presentar en las páginas precedentes�, ¿qué
apunte, ¿qué resumir, pues, para el lector? Se ha insistido relaciones guarda con la vida política? Ante todo, el siglo XIV
mucho en los aspe<:tos único:;, unificados de Europa, descui­ está dominado por la guerra. La más importante de todas es
dando las excepciones. la guerra de los Cien Años (1339·1453): cincuenta y tres años
Como conclusión de su monumental informe al Congreso In­ de guerra y sesenta y uno de paz real o aparente. en un total
ternacional de Estudios Históricos de Roma, de 1955, los autores de ciento catorce años. Curioso conflicto que. con la dramática
(M. Mollat, P. Johansen, M. Postan, A. Sapori, Ch. Verlinden) claridad de su desarrollo, caracteriza todo un mundo. Iniciado
insisdan sobre la imposibilidad de reducir t<.Xla Europa a una como lucha feudal, sus fases sucesivas revelan el carácter de
. _ lucha nacional.
umctdad absoluta y proponían una clasificación tripartita:
l.") Italia, que milagrosamente había escapado de la crisis· Juana de Arco {1412-1431) con sus orígenes humildes y su'
2.") Europa Oriental (Rusia, Polonia y los países bálticos); 3.0) 1; emotivos impulsos (si bien de naturaleza religiosa) es buena
Europa Occidental, incluida también «sur une étendue non muestra del carácter popular, nacional, del momento final de
encere prédsée» la Europa Central. El escrúpulo de los cinco esta guerra, en la que, mientras en una primera fase el consejo
estudiosos era -y sigue siendo- ciertamente digno de todo y la ayuda militar al soberano de Francia proceden del noble
elogio. Pero es posible disentir de él. Bertrand Du Guesclin (1320-1380), en la segunda es la m<.Xlesta
Juana la animadora del conflicto. Por lo demás, las vicisitudes de
Prescindiendo de que es incomprensible cómo sólo Italia
los otros paises europeos muestran con toda evidencia la conso­
pudo permanecer sólidamente en pie dentro de un mundo occi­
lidación de estas realidades nuevas. Realidades que no en rodas
dental en crisis, hay que señalar que los estudios recientes
partes tienen rasgos tan claros, pero que existen. Donde este pro­
demuestran que la crisis no se detuvo en los Alpes. No vamos
ceso de crecimiento y de unión de las distintas unidades se mani·
a hablar aquí de Rusia y de los países bálticos, pero en
cuanto a Polonia, investigaciones también recientes han �os­ fiesta más claramente es en el a¡;uerdo de 1291 entre los tres
cantones de Uri, Schwyz y Unterwalden, a los que se sumaron,
trado la posibilidad de una inserción, aunque matizada' en
las posiciones generales del conjunto europeo. Queda, sin en el curso del siglo XIV, Lucerna (1332), Zurich (1351) y Berna
duda, el problema de algunas imprecisiom:s fronterizas en el (1353). Igualmente clara es la tendencia de la casa de Austria en
seno de la Europa Central, aunque es de creer que, en ge­ este siglo. Los Habsburgo apuntan la formulación de una política
neral. pocas sorpresas pueden esperarse. Ciertamente, dentro que harán suya durante siglos: la unión de los países alpinos
del mundo económico occidental acaso haya excepciones, pero y danubianos con Hungría, Bohemia y con el país de los Sudetes
aquí el problema es Europa, el bloque peninsular europeo hasta el mar. La conquista de Trieste en 1382 es elocuente.
en su conjunto. Y, por ello, ¿cómo negar, después de la im­ En este siglo atormentado, bajo la sorprendente diversidad de
ponente bibliografía acumulada en los últimos veinte afies las ¡;ondidones locales, rivatizan en toda Europa reinos, princi­
que el siglo XIV supone una caída con rebción al xm? ¿Cóm � pados y ciudades en pos de la ampliación de sus territorios
. .
.ne�u que esta . caída se manifiesta �a a finales del siglo an­ Este movimiento de dilatar fronteras, que se perfila en toda
termr Y a comienzos del XIV? ¿C6.mo dudar que, aun a tra­ Europa -incluso en Italia, aunque con menor intensidad-, no
vés de las breves fases de recuperación, la tendencia general se presenta en Alemania: allí se instaura una «anarquía de
es negativa? Diferente intensidad del fenómeno sin duda·' mo­ forma monárquica». Esta monarquía, después de 1273 (eJe¡;ciÓn
vimientos pendulares de fases �rtas, dertament�. Pero. el signo de Rodolfo de Austria), no tiene otra función real que la de
negativo de toda la época es Igualmente indiscutible. Sin em- ser el símbolo del Imperio, pero un Imperio que es sólo nostal-

34 35
r gia y mito, carente de fuerza real, si se excluye el paréntesis
dt' 1346 a 1378 representado por Carlos IV, cuyas generosas y
felices tentativas desembocarán rápidamente en la nada. Venecia
con la guerra de Ferrara (1308-1309); Luis el Grande (1342-
1382) en Hungría, con su politica matrimonial con tos Habsbur­
go, los Luxemburgo y los Piast; el contenido nacional (en
cuanto a Francia) y el de expansión (en cuanto a Inglaterra)
de la guerra de los Cien Años; la transformación en Señorías
de los Comunes italianos: todos son síntomas evidentes de
aquella tendencia de las unidades políticas a ampliar sus terri­
torios. En el fondo, el problema, para expresarlo rápidamente,
es sencillo: una aristocracia que pierde su fuerza económica,
y que trata de procurarse compensaciones en otras regiones y en
otros sectores. Ciertamente, como su fuerza económica ha dis­
minuido, ya no puede entregarse a grandes empresas (¿no es
curioso ver cómo se interrumpe la Reconquista de España, que
no se reanudará hasta finales del siglo xv? ¿Y no es igual­
mente extraño ver detenerse el impulso -religioso, político y
económico- de las Cruzadas?) Y entonces no hay más que dos
caminos: de una parte, las guerras privadas, el bandidismo;
de otl:a --al menos, en una fase inicial-, segvir al soberano
en empresas militares, a la espera de conquistas y beneficios.
Dejando a un lado la primera solución -sobre la que luego
volveremos---, la segunda también presenta dificultades: en
efecto, con cada ampliación de fronteras, los intereses del so-­
berano se apartan cada vez más de los de la nobleza. El sobe­
rano adquiere carácter nacional, o, al menos, ya no local; los
nobles siguen ligados a su punto de partida. Surge, pues, un
contraste, o, al menos, una diferenciación de intereses. Duran­
te algún tiempo, la balanza no se indinará a un lado ni al
otro, pero después, cuando el conflicto se resuelva -y de
cualquier modo que se resuelva-, las consecuencias serán ver­
daderamente importantes.
Hemos dicho «de cualquier modo que se resuelva», porque
las posibilidades de solución son dos: la victoria dd soberano,
que, apoyándose en las fuerzas nacionales, desmantela el poder
de los señores, o el predominio de estos últimos. En el primer
caso, no diremos que nace el estado moderno, pero se sientan,
sin duda, las premisas que permitirán la consolidación de tal
estado. Los nobles protestarán mucho contra la prepotencia
del soberano -contra la «insolentia regum Francorum», como
dirán los nobles franceses---; su fuerza entra ya en crisis. Dos
posibilidades se les ofrecen entonces: una, más lenta y más
segura, que es la que acaba en su transformación de nobles de
castillo -compañeros independientes del soberano- en nobles
de corte; la otra, inmediata, que les empuja hada el bandidismo.
Fig. 2. La situación política en la Europa central emre 1273
J7
y 1347.
De este modo, la «ctts!S» de la nobleza feudal, que tenía sus Agotamiento, pues, del poder económico, dECadencia de la
razones en un hecho simplemente e<:onómico relativo a sus po· fuerza ¡)olftica, limitación de su función militar. En la batalla
sesiones, considerada de todas maneras, se agrava en cuanto pasa de Courtrai (1302), la infantería domina a la caballería francesa;
al plano político. Y, por otra parte, no hay duda de que el a partir de U15, los infantes suizos superarán a los caballeros; los
agravamiento en el terreno político tiene duros efectos también arqueros constituirán el nervio del ejército inglés. ¿Acaso no
en el e<:onómico, estableciendo una interacción continua, de la es significativo que, durante el siglo XIV, maduren las leyendas
de Robín Hood, del Grand Ferré, de Guillermo Tell? De¡e­ _
que la nobleza saldrá no digamos deshecha, pero sí herida, ani­
mada por sentimientos de desquite, de rencor. No nos ade­ mos de lado el problema de la realidad histórica de algunos
lantemos: todo esto ocurre donde se consolida el triunfo del de estos personajes. Lo que importa es que representan perfec·
soberano. tamente sobre una base concreta y en el plano de los va­
En otras partes, el cuadro es diferente: que el soberano lores q�e el feudalismo defiende del modo más celoso, la
llegue, como en Polonia, a organizar las formas externas de «Crisis» de la nobleza. Así, también aquí tenemos una «crisis»
los cuadros institucionales de un estado centralizado y terri­ profunda del feudalismo; se asiste a la descomposición de
torialmente grande, o que, como en Alemania, el poder del toda una serie de valores, de principios, pero, en cambio, otros
soberano siga siendo un mero símbolo y el estado una pura valores comienzan a afirmarse. También aquí, en la «crisis», Y,
forma vacía de todo contenido, el resultado es el mismo: la podría decirse, precisamente a causa d� la «crisis», aparecen
anarquia, la desmembración nacional. No es simple casualidad gérmenes liberadores, de gran trascendencia.
que los problemas nacionales de Italia, Polonia y Alemania, en·
cuentren solución sólo muchos siglos después. No es simple
casualidad que el noble bravo siga siendo, durante mucho tiem­
po, un fenómeno italiano, como el Ritter alemán. Acaso en
ningún pais de Europa se ha hablado tamo de libertad como
en estos tres, pero aquella libertad de la que se proclamaban
campeones no era más que una bandera de particularismos, de
prepotencias, símbolo de debilidad del poder central: en nom­
bre de aquellas libertades part.icularistas, faltaba la verdadera
libertad. También faltaba, ciertamente, en otros países, pero, al
menos, en esos «otros países», se sentaban las bases de ella.
Volviendo al siglo XIV, sin embargo, lo que importaba es que
toda Europa está inundada por aquella ola de bandidismo no­
biliario, que en Alemania toma el nombre de Raubrittertum y
que encuentra amplio eco en Inglaterra, en Francia, en Escan­
dinavia, en Polonia. El fenómeno es s6lo aparentemente seme­
jante en estos distintos países: en Francia y en Inglaterra, par­
ticipan en él los nobles que entraron en conflicto con el poder
progresivamente fuerte del soberano (y están destinados, por
lo tanto, a agotarse en sf mismos, no sin dejar una larga es­
tela de desgracias); en otras partes, el bandidismo se con­
vierte en fin de sí mismo, hasta degenerar en formas de autén­
ticas guerras privadas: organizaciones de grandes cazas del hom­
bre sobre los pantanos helados de Lituania, en las que se de­
grada el espíritu de los Caballeros de la Orden Teutónica, que
después no sabrán resistir en Tannenberg al .ímpetu polaco
(1410); expediciones de nobles polacos �por su cuenta e in­
cluso a pesar de la voluntad del soberano-- contra el Turco,
pero_ serán vencidos en Nicópolis (1396).

38 39
2. Estancamiento y efervescencia : Europa
desde 1380 a 1480

I. INTRODUCCION <J
Si el examen de la «crisis» de los siglos xrv y xv aparece en f \ iJ

este volumen dividido en dos partes, en dos capítulos distintas, .,.


no es por mero artificio tipográfico, ni por simple comodidad
de expresión. En realidad, para nosotros, el problema es mucho
más complejo. No se trata, en efecto, de negar el principio de
una crisis de los siglos XIV y xv, porque existe y, ciertamente,
en sus caracteres fundamentales, es una. Pero, si se atiende sólo
a los aspectos externos, nos parece que puede hablarse de dua·
lismo. La primera parte de esta «crisjs» abarca, a nuestro jui­
cio, desde el último ventenio del siglo Xnf al último ventenio
del siglo xrv. Para expresar gráficamente el conjunto econÓ·
mico de este período casi secular, habría que recurrir a una
línea fuertemente descendente, aunque, como ya hemos insis·
tido en el capítulo I, es de advertir que en esta catástrofe
econ_Q!l1ica se manifiestan notables posibilidades de liberació_n
social, que no están descuidadas u ocultas en la general matriz
catastrófica. El segundo período de esta crisis abarca, en cam·
bio, el tiempo comprendido entre finales del siglo XIV y algo
más de la mitad del XV. La «crisis» es tal porque, habiendo
tocado fondo, la economía europea parece adaptarse a ello, re·
!ajarse_ en tal situación. Privada de energías, se diría que nece­
sitaba recuperar el aliento antes de lanzarse hacia nuevas con·
quistas. Hay, pues, estancamiento, y es preciso añadir que a un
nivel muy bajo: estancamiento en la mediocridad. Y la medio·
cridad no es sólo económica, sino también social.
Pero, antes de reanudar el tema económico-social de la his·
toria europea, será oportuno recorrer rápidamente los esquemas
esenciales de los hechos más externos.
Problema importante lo constituye el intentar mostrar los
rasgos complejos de este período, la dificultad de su análisis,
su condición de doble vecino, de un lado del siglo XIV y de
otro del XVI, tan diferente estos dos entre sí.
Para dar mayor claridad a nuestra exposición, acaso sea con·
veniente volver a los acontecimientos politicos que caracterizan
este tiempo, articulándolos con los de la época precedente y
con los que acaecerán después.
La historia de Europa -cualquiera que sea el período estU·
diadl)--. aparece siempre rica, compleja y un tanto confusa.

40 Fig. 3. Europa en 1402.


Pero puede de<:irse que estos mismos rasgos son ambmble
s Pero de no mediar la gran figura de Bonifacio VIII, estas
a la adolescencia, al desarrollo o a la madurez y a la
senectud palabras parecerían pura arbitrariedad, porque, en realidad, todo
Indudablemente, al examinar el período 1380-148 fue un fracaso. A comienzos del siglo xrv, se abre un largo
0 (en su;
ante<:edentes y en sus consecuencias), percibimos que período de la historia de la iglesia que puede dividirse en tres
nos en­
frentamos con una época crítica, sí, pero con abundan fases: desde 1309 a 1377 (Aviñón); desde 1378 a 1417 (Cisma
te efer­
vescencia. de Occidente); a partir de 1417, se inicia el periodo de los
Tratemos de explicarnos. Concilios.
El fracaso de la política de Bonifacio VIII, así como d de
su sucesor Benedicto XI (1303-1304), tanto respecto a Francia
H. EL PAPADO como a las facci<mes romanas (sobre todo. Coionna y Orsini),
determinó el traslado de la sede pontificia a Aviñón. Allí, la
Durante siglos se habían enfrentado dos grandes fuerzas
de acción de la Iglesia no fue menos temporal que la anterior­
ca�ácter y mente desplegada en Roma; lo que cambia es que ahora se
�spiradón UJIiversal (lo que, en la Edad Media,
_
�UJere e�enc�almente dec1r europeo), imperio y papado. El mo­ trata {con la excepción de Benedicto XII, 1332-1342) de una
uvo hab1a sido el reino de Italia, y además el derecho polftica temporal plegada a Jos intereses de la monarquía fran·
a forjar
y el otro en 1s
Eu�pa según sus deseos. Pero agotados el uno cesa, más que a los del poder pontificio. Durante el periodo
.
c?ntJnu:dad de la lucha, extenuados ambos, no de Aviñón, este poder aparece como lo que en realidad era:
hay ni vencedor
ru vencido. una fuerza espiritual olvidada de sí misma Y preocupada esen­
Desd; finales del siglo Xln, el papado trata de reorgani cialmente por intereses mundanos, capaz aún, sin embargo, de
_ zarse.
Bom�acm VIII {1294-1303) inicia la obra de reforma suscitar nuevas energías espirituales, como las de una Catalina
en la
propia Roma, procurando reducir la influencia de de Siena (1347-1380). Cada vez más envuelto en dificilísimos pro­
las facciones ·
así,. por. • ejemplo, l a excomunión d e los Colonna blemas financieros -tanto más difíciles, cuanto que, al co­
significa 1;
destruccJOn de su fortaleza de Palestina. También in<<n · mienzo de su residencia en Aviñón, el pontífice se encontró
. �fi·
� '
su acción po¡¡u · completamente desprovisto de recurso'>-, la obra de recons­
�� en todo el ámbito italiano, interviniendo
_
tanto en 1as VICiSitudes de los comunes toscanos trucción financiera fue coronada con pleno éxito. Prueba elo­
(sobre todo,
con vi_s �a� a conservar para la sede pontificia los cuente es el extraordinario palacio papal de Aviñón, construido
. servicios de
los utihs1mos ba queros florentinos) como en Sicilia, a partir de 1}16, en el que, al decir de l!n contemporáneo, era
� tratando
d� estrechar los vmculos de vasallaje con la Santa imposible entrar «Sin encontrar a los clérigos ocupaqos en con­
Sede de aquel
remo que habfa entrado ya en la órbita aragone tar monedas amontonadas ante ellos».
. . sa. Intervino
tamb1én en 1as contiendas entre Francia e Pero dada la inseguridad que amenazaba a Aviñón en plena
Inglaterra·' � habfa
tratado de poner condiciones para la concesió guerra de los Cien Años y la cada vez mayor inestabilidad de
· n de la ,__orona
tmpena ¡. La sfntests más clara de la multiforme los dominios pontificios en Italia, se hizo necesario pensar en
· ·

, actividad de
este pontlfice, que procuró devolvex a la Iglesia un retorno a Roma . El cardenal Albornoz organizó aquel re­
un papel qu
ya había perdido definitivamente, se halla en la bula
Sanctam (1302), en la que se contiene, sin duda la más p ·
Una ; greso de la mejor manera. Gregario XI hacía su entrada en
Roma en enero de 1377. En Aviñón ya no volverían a residir
· ' tensa
·
t�O!izac •·ón de ¡a posJCJ·ón teocrática: «los dos poderes, más que los antipapas.
e1 es·
pmtua1 y e1 temporal, están en manos de la Iglesia· El periodo de Aviñón ha sido definido como la «Cautividad
' ,¡ Pn·
·

mero 1e pertenece, y el segundo ha de actuar en su de Babilonia». Dejando aparte el juicio contenido en esta de­
provech
El primero de� ser usado por los sacerdotes, y
el rer � el segundo p
ero m1entras el sacerdote lo quiera y lo permit
�; finición, hay que tener en cuenta que la decadencia moral de
la iglesia favoreció el florecimiento de mo':imientos heréticos:
a. La
aut?nd� t�pora1, pues, debe inclinarse ante la
espiritual. La entre ellos, el de los Fraticelli, franciscanos intransigentes, que
sab1dur1a divma concede a esta última la misión llegaron a intervenir en la lucha internacional a muy alto nivel,
D<l:
P er temporal y la de juzgarlo, si es necesario.
de cr r 1
� :
y po ell respaldando al imperio en su resistencia contra las pretensiones
toda cria,ura
deCJmos, declaramos y establecemos que para pontificias y llegando incluso a elegir Su propio p�apa, Nicolás V
.
hu..
-,ana es condiCJ.ón m . dfspensable de salvación la sumisión (1328-1330), que fue, naturalmente, un antipapa para la iglesia
al
romano pontífice». católica. Pero éstos no eran más que los pródromos de otros

42 43
f�n�menos h;réticos, que se mani
festarian, sobre todo' en el pretación de las Sagradas Escrituras por cuantos tuviesen una
s¡gmente ptt1odo del gran Cisma
de Occidente. cierta instrucción, y había negado la transustanciación. Las
Desde 1378 a 1409, la cristiandad tuvo dos
papas; desde 1409 tesis de Wyclif tuvieron buena acogida también en otras partes.
En Bohemia, Juan Huss y Jerónimo de Praga se convirtieron
a 1�15, tr s; desde 1415 a 1417,
� ninguno legítimo. Esta bi­
cefaha o trl �fal_a en la cima, se refleja
� � ba también en la base: ep sus defensores. Los soberanos no podían menos de aceptar
dos abades y dos obispos gustOsamente la parte política de aquellas teorías, pero no el
así, hubo d10ceS!S Y conventos con
(�r. cap. 3, III). �ar nte como
. estaba de todo contenido dog. resto, porque, en esencia, servía para reforzar ideológicamente
matl o y, por ccnsJgmente, de toda

tensión moral este Cisma los movimientos de revuelta, dirigidos, sí, desde un punto de
no t'ue más qu un conflicto entre
� tendencias op�estas y pre. vista religioso, centra el pap11do, pero políticamente peligrosos
para ellos mismos. Entre un mal y un bien, renunciaron al bien,
texto p�ra tensiOnes puramente
políticas. Así, en general b
tendenc¡a romana de la Iglesia
fue reconocida por la 1;alia con tal de eliminar el mal. Juan Wyclif fue considerado cóm­
tral Y septentno. nal,
por Inglaterra (para oponerse plice del movimiento inglés de 1381. Expulsado de la Univer­
a) Y por Portugal_ (frente a Casti
�� a Fran.
sidad de Oxford, señalado como hereje y obligado ·al silencio,

lla); e1 antipapa de Avi­
murió, completamente aislado, en 1384, aunque el movimiento
nón contó, en cambto, con el recon
ocimiento de Francia (na­
rural�ente, contra Inglaterra),
de Escocia, de Castilla Y de socio-herético (los «lolardos») por él provocado (tal vez�en
�agon (éstas para oponerse a Portu
gal) y de los ang�mo
· s de contra de sus propias intenciones) le sobreviviría durante al­
Napoles. gún tiempo, a pesar de la feroz represión de los soberanos
hacia insostenible·� fre�te
Al paso del tiempo, la situación se ingleses. Las consecuenciaS de las ideas de revisión fueron
ho canónico de la uperto-
al principio establecido por el derec aún más violentas en Bohemia: la crisis religiosa se trans­
ridad dd papa sobre e¡ Conc111. , Iba formaba claramente en movimiento social y, más aún, en cri­
. .
afinnándose la teoría opues-
0
ta, formulada Y presentada insist entemente por la Universidad sis nacional. La fuerza del sentimiento nacional ---dirigido
de París. En 1409, los cardenales contta la opresión alemana en 'Bohemia- constituyó la base
de Avifíón y de Roma r
dos en Concilio en Pisa, deponían del movimiento. Juan Huss fue declarado hereje y excomul­
·

a sus jefes respec;iv:ru­


elegfan a un nuevo papa: Alejandro
V (1409-1410). Pero éste fu! gado (1412). Atraído a Constanza, durante el Concilio que se
sólo u n tercer Papa, �rque ningu celebraba en aquella ciudad, con la garantía de un salvocon­
no de los otros dos aceptó 1
� depuesto. No se dio un paso decisivo hasta la muerte de Al=­ ducto, se le pidió que se retractase de sus «herejías». Ante
¡and�o V. Su sucesor, Juan XXI su negativa no se le reconoció validez al salvoconducto. Fue
II (1410.1415) accedió -ba"o
preSión del emperador Segismundo-
CITIO ConSta�, Y después de varias alter
a conu ...... ...
... un nuevo eo' n-
quemada vivo {1415), y, poco después, en 1416, corría la misma
suerte su discípulo y amigo Jerónimo de Praga. Estas ejecu­
nativas, el propio
Juan �III se Vto declarado antipapa y depu ciones no resolvieron el problema, ya que en Bohemia la
esto juntament
n el papa �e Aviñón, Benedicto muerte de Huss desencadenaba la guerra del 1419 a 1436.
XIII, mientras' el papa d:
abdicaba. La unidad de la Igles
�oma, Gregono XII, Para suprimir las condiciones de la herejía no bastaban las
qued�a as{ �estaurada, lo que
ia ro
odo Sl se ptensa que se restaurab
imponfa un gran resultado
a sobre ¡11 base del prÍnc.p.
:�: sangrientas represiones llevaclas a cabo ·en Inglaterra por En­
rique IV y Enrique V de Lancaster contra los lolardas, ni los
�e que, ante un Conc de Segismundo de Luxemburgo contra los hussitas en Bohemia.
incluid t J�
ilio, «todos debían obedecer
Papa, cuando (el Concilio) se e Habla que poner orden en el seno mismo de la Iglesia: en
pronunciaba sobre '¡a fe, so 0
el cisma Y sobre la reforma bre su interior, y, desde luego, en el espíritu. Pero no se pasó
de Ja Iglesia»
�í como los FraticeW se habí . de las formas externas. En 1431 se convocó un nuevo concilio
an aprovechado del exilio en
AVIñ?n para �ar sus prop_ en Basilea, que duraría hasta 1449, y que cambió varias veces
tas tesis, otros movimientos s
neficwon ampliamente de las b
dificultades internas de la Ig� de sede (Ferrata, 1438; Florencia, 1439), para llegar, al fin,
en. el período del Cisma de
Occidente, basándose en las
. rea1mente, a nada: cesión parcial {comunión bajo las dos espe­
:�

·
laCiones de luan Wyclif (cfr. for cies) ante los indom11bles hussitas, que hablan resistido a cinco
cap. J VIII) que . n &
lo polftioo a lo religioso- habí
a sost ido, ¿or una
� .ccruzadss» imperiales organizadas contra ellos, pero ninguna
dera;ho . del estado a controlar la 11dm �':�: decisión sobre la ooestión fundamental para la que se había
inistración de los
eJ
eclestásttcos y, por otra, habí 1 b'Ienes reunido el concilio, es decir, acerca _,del problema de la supe­
a afirmado el d··· _
·"o a a mter-

'"'""'' rioridlld del pontífice sobre el conóEo, o viceversa. Sin em-


44
45
bargo, aunque esta decisión había sido aplazada, el propio IIL EL IMPERIO
desarrollo del con¡;ilio había ¡;reado las premisas para akanzar la
Entre 12'6 y p73, período del «Gran interres.
anuladón de las posidones logradas en Constanza. Asf, con la no��o, estuv?
bula Execrabilir, promulgada en 1459 por el papa Pío Il, quedó l: ningun o de los pretend ientes (Glll·
vacante la sede imperia
Uermo de HolanQa, Ricardo Qe Cornualles,
definitivamente proclamado el prindpio de la superioridad del Alfons� X de Cas­

lill!l que a titulo !hás o menos vago,


pontífice sobre el Concilio. De este modo se aplazaba, por �o pod!an asp!Iar a la co­
dedr que se impedía, la reforma interna de la iglesia. De esto rona, Jog� realizar su ambici ón. Alema nia se fracdon6 en cen·
se había dado cuenta incluso l!í!.L!l. ---daro que mientras sólo tenares de unidades, que difícilmente podrían llamars
e est�dos.
era cl cardenal Eneas Silyio Piccolomjni en 1448, ¡;uando El caos las luchas intesti nas, la fragilid ad de las relaciOnes
había afirmado: ..Los partidarios del concilio dken: 'Cedimos caracterizará, durante largo
interiores ' del imperio, todo esto
a la violen¡;ia. Conservamos muy firmes todas nuestras convk. Ya existencia no pare<:e
tiempo, la vida de este organismo, O:
dones.' Por esta razón, se espera sólo encontrar un nuevo cam· a otra cosa . Sm embargo, lentamente
justificada por ningun
po sobre el cual deberá reanudarse la lucha» (cfr. cap. VIII, 1). brarse algo c�mo ';In
-muy lentamente-, ¡;omienza a vislum
tmpenai
¡;.¡ panado, mnvertido ya en fuerte centro de poder político, hilo. En primer lugar, el princip io � e llam �r al tron?
. s dtstt _ tas emptez a a de­
inata¡;able en el interior y suficientemente sólido para no temer a emperadores procedentes de famtlta �
ataques desde el exterior --al menos, por algún tiempo-, po­ . atiVa de algunas fa.
jar paso al criterio de una crerta prerrog
es Carlos IV
día aparentemente entregarse a su función espiritual. Pero, en millas: así, desde 1346 a 1400, serán emperador
(134&1378) y Wesceslao (1378-1400), de la familia de �
realidad, se llamará espiritual a lo que era, sencillamente, cul· L xem­
rural. Así, hubo pontífices de altísima formación humanfstka seguirá una interru pción con Robert o del Palaunado
burgo; .
Segtsmundo
y de fina inteligencia, como un Nicolás V.{1447-1455) o unJ!W.lL (1400-1410); después, nuevamente un Luxe�burgo,
a partir de Alberto Il de
1}458-Jj.f4). Pero tras este espléndido velo se arumulaban las (1410-1437). Por último, desde 1438,
condidones de futuras conmociones. Por una parte, en el plano , los Habsbu rgo ya no abando narán el trono. . . .
Austria
vJnsttudes
interno, se acentuaba cada vez más el carácter por el que el Para¡-'amen
<;.1 te a esta sucesión de personas y a estas
¡ rgo ¡;am_mo · que conduce
estado pontificio ¡;onstituía, sendllameme, un principado entre de las grandes familias, se inicia _un a.
los otros de la península italiana, sujeto a todas las contin­ idadón del tmper !O: empte za ¡;on la Con­
a una relativa consol
confirmación papal es de­
gencias de la política exterior italiana y originando aquel la­ vocatoria de Rhens (1338), donde la
mentable fenómeno del nepotismo (dr. cap. VIII, 1). En el plano clarada no necesaria para la ele<;Ció
n imperial; despu s, en �
externo, ante la ¡;reciente presión de los caracteres nacionales 1356 la Bula de Oro de Carlos IV de Luxemburgo pr«tsa las
de los nadentes estados europeos, la Iglesia se vefa obligada
a rewnocer a las distintas iglesias locales una derta autonomía.
m � lidades de la ele<:ción imperial, atribur
de Magun
endo su facultad
¡;ta,
.
TréverJs Y Co.
a siete elector es: los arzobis pos
, el margrave de
El re¡;onocimiento de la «pragmática sanción» dictada por Car­ Jonia el rey de Bohemia, el duque de Sajonia
los VII en Francia (1438), por la que la iglesia «galicana» Bran d eburgo y el conde palatin o del � hin.. Esta_ era una clara
quedaba sometida al control del monarca, darla luego origen n tmpenal, aunque en
mejoría de las condiciones de la ele<:c!Ó
al con¡;ordato de Viena (1448) con el imperio y a las conven­ iendo todos los
sus estados personales se continuaba reconoc
ciones con los soberanos de Castilla y de Arasón (1481), con os a las «siete column as del imperi o», lo que
derechos soberan
lo que se reconoclan a las iglesias de aquellos reinos diferentes de éste. Un primer freno, aunque
confirmaba la fragmentación
derechos autónomos. Estos desplazamientos de poder habrían sto por el emperador
�ey de
indirec 'to a esta fragme ntación fue impue
Federico 111, el cual, en vida aún, hizo
representado tal vez un derto beneficio para el papado, si hu­ elegir a su hijo
ptesu_n�ón . :fe
bieran supuesto también una soludón de los problemas a los Romanos, creando así las condiciones de una
que eran más sensibles los soberanos y los pueblos: los del en realida d será apl ca� siempr e. Otra l!mltac:on,
1 de Austria, quten,
herencia, que !
dinero a entregar en las cajas romanas. Pero los beneficios si bien relativa, sefá la de Maxtmthano
Worms (1495). de una
económicos -aunque bajo formas diferentes-- seguían en pie. mediante la creadón, en la Dieta de
Y el descontento también. A comienzos del siglo XVI -ante la inter�enir en todos los
Cámara Imperial de Justicia, que debia .
mmedtatamente- a los
continuada falta de una reforma interna-, la Reforma, en todos casos de litigio, puso fin -al menos,
sus niveles (o sea, en los que le etan posibles), se efectuada conflictos entre los diversos señores.
aoonte<:imientos, ten·
desde el exterior con extremada claridad. Paralela a esta lenta estratificación de

46
dentes, si no a estructurar, al menos a reducir la descomposi­
ción del imperio, se desarrolla la hábil y afortunada polftica
matrimonial de la Casa de Austria. Fue iniciada por Federi­
co III, que hizo casar a su hijo Maximiliano (el futuro Maxi­
miliano 1) con Maria de Borgoña. Así, a los estados patrimo­
niales (Austria, Estiria, Carintia, Carniola, Tiro! y Alsacia Me­
ridional}, se añadieron Flandes, Países Bajos, Brabante, .Luxem­
burgo, Artois y el Franco Condado. Primero y considerable
paso. El decisivo fue el matrimonio del hijo de Maximiliano
-Felipe el Hermoso- con Juana la Loca, hija y heredera de
Fernando e Isabel -los «Reyes Católicos»-. De este matri­
monio nacerá el que después será el gran Carlos V (1500-1558).
Si una de sus divisas fue Plus [Jitra, hay que reconocer que
comenzó, hereditariamente, sobre bases 'extremadamente amplias.
Se encontró a la cabeza de aquel extraordinario conjunto de
coronas, que la política matrimonial realizada por la Casa de
Austria durante casi un siglo le preparó, y de un imperio ger­
mánico que, aun sin representar un todo orgánico, era, de
todos modos, algo más compacto que dos siglos antes. Así
había ido preparándose, lentamente, la plataforma del que,
después de Carlomagno, seria el más grande soberano de
Europa.

IV. ITALIA

A finales del siglo XIII se había producido un gran aconte­


cimiento en Italia. El lunes de Pascua de 1282, en Palerroo
estallaba la revuelta contra la monarquía angevina, y el rey
de Aragón era proclamado rey por el Parlamento siciliano.
Du�ante veinte años, la guerra estaría presente en el mar, en
la isla, en Calabria, en Arag6n. Lucha confusa, en la cual la
isla era la apuesta de un juego mucho más amplio entre la
monarquía angevina, el rey de Aragón y el papado. Añádase
a esto la notable reducción de las posibilidades de intervención
del imperio en las vicisitudes italianas, y se tendrá un pa­
norama un poco más completo del desorden de la península.
Pero esto no lo es todo aún, porque, empeñados los grandes
(Estado pontificio y reinos de Sicilia y de Nápoles) en la lucha,
los «pequeños» (sólo en el sentido territorial, en algunos casos,
y en todos los sentidos, en otros) se encontraron con plena
libertad de acción. En última instancia, esta libertad de acción
no significó más que el despliegue de viejos antagonismos:
alianzas, guerras y paces se sucedieron con un ritmo, con una
frecuencia extraordinaria. Cada vez se hace más frecuente el
recurrir a los extranjeros para resolver los problemas internos.

Fig. Imperio germánico y septentrional en 49


el S. XVI.
Petrarca, entre otros muchos, denunciaba el estado caótico, el
desorden, el sometimiento: ((¿Y hasta cuándo, miserables de
nosotros, tendremós que ver que se pide ayuda a los bárbaros
para poner el yugo a Italia? ¿Y hasta cuándo, hombres de
Italia, pagaremos a los que vienen a destrozar a los italianos?
Que si esto os disgustase a vosotros, príncipes de las cosas pú­
blicas, como me disgusta a mf, hombre privado y solitario,
¡feliz Italia! Ella mandaría con pleno poder en sus provin­
cias, cuando ahora no es casi más que una esclava». Con estas
palabras rttogía el eco de los versos dantescos:

Ay, sierva Italia, morada de dolor,


nave sin piloto en gran tempestad,
no señora de provincias, sino burdel.

Sin embargo, algunas líneas esenciales comienzan a dibujarse.


Llegado el sistema· comunal al paroxismo de la fragmentación
márquica ( ¡no se piense sólo en los esplendores monumenta­
les ! } , era inevitable que se produjese una especie de movimiento
tendencialmente ad unum. Es lo que se conoce, en la historia
de Italia, como el paso de la época comunal a la de la Señoría.
Esencialmente, y prescindiendo de las muchas diferencias y ma­
tices que sería fácil registrar, se trata de un movimiento cuyo
origen mismo es contradictorio: un régimen absoluto que
recibe su sanci6n de la aprobación popular. Esta contradicci6n
fue superada muy pronto, porque los verdadetos Señores bus­
caron y consiguieron un reconocimiento de su condición, de
las dos únicas autoridades -en la 6ptica del tiempo-- que
podían dárselo: imperio y papado. Fueron muchas las familias
'� que recibieron la consagrad6n de su condici6n señorial del
' emperador o del Papa: Qopza.ga en Mantua (1433}. � en
'
Módena y Reggio (1452), Montefeltro en Urbino (1443}, etc.
Pero con estos reconocimientos y con la consiguiente supresión
del pacto con el pueblo, la Señoría se transforma en Princi­
pado: el pueblo, que habla sido elector, se convierte en súb­
dito; el señor elegido, en soberano. Simultáneamente con estos
cambios empieza a perfilarse una cierta tendencia a la concen­
• tración: concentración, integración, pero ya no tendencia uni­
taria. Los polos (y el simple hecho de que haya que hablar de
polos, en plural, es extremadamente significativo) de este fe­
nómeno fueron Roma, Florencia, Milán y Venecia.
Esta última, con una primera guerra, habla reducido a los
�-que se habían apoderado de casi todo el Véneto al
solo dominio de Verona y Vkenza (1336-1342}; de estas dos ciu­
dades, Jos Scala fueron sucesivamente expulsados � por
.Yisconti de Mjlán. Venecia, en 1404, añade a su dominio

Fig. 5. Italia y los Balcanes en el s. xv. 51


Vicenza, Vemna en 1405 y Padua en 1406. Posteriormente, �con la llegada de los franceses a Toscana, los Médici fue­'
Bresda, Bérgamo, Legnano, Udine.. La base territorial de la ron expulsados. En su lugar, (,¡jrolamg Sivsmarcla aspiró a una
potencia veneciana se hacía llsÍ cada vez más el(tensa, inte­ República de Cristo, tari anacr6nica como inconsistente. !;:n 1512
grando armónicamente las posesiones de ultramar. Por otra par· jgs Médid recobraron el poder. pero ya la acción que Florencb
te, si es cierto que la posterior consolidación del Turco en el habría podido desarrollar a continuación se veía muy limitada
Mediterráneo reducía una parte de sus posesiones fuera de en el plano de la política internacional; sólo algunos lloren·
Italia, también es cierto que aquella misma consolidación limi­ tinos -hombres de negocios- pudleron, a título estricta·
taba aún más considerablemente la fuerza de los tradicionales mente personal, hacer sentir su peso. Y esto, a pesar de que,
adversarios de los venecianos; los genoveses. Era, pues, un durante el siglo xv, la base territorial del dominio de Florencia
refuerzo muy considerable en el plano italiano, pero en el se había ido extendiendo progresivamente. El momento más im­
cuadro mediterráneo general la presencia del Turco representaba portante había sido el de 1406, cuando había conquistado
una incógnita, que muy pronto se revelaría cargada de reales Pisa, coronando así el viejo sueño de una salida directa al
amenazas. mar. Pero esto no aportó gran fuerza a la estructural debilidad
En el plano interno, desde finales del siglo XIII, había ve· de aquel estado.
nido manifestQndose ya una evolución hacia una forma decidi­ La historia del estado mjlanés es más sencilla: Azmge V!s­
damente oligárquica. En 1297, con la ..-clausura del Consejo -'WJ..I.i, entre 1328 y 1339, agrupa bajo su dominio, además de
Mayor», se establecía que a esta magistratura -verdadera base Milán, a Como, Bérgamo, Lodi, Crema, Piacenza, Brescia y
del poder- sólo podían pertenecer los que hubieran formado Vercelli; a éstas se añadieron, bajo sus sucesores, Parma,
parte de ella en los cuatro años precedentes o los que la Se­ Novara, Alessandria, Pavía y también Bolonia, Génova, Padua,
ñoría juzgase oportuno llamar. De esta forma, d poder resul­ Pisa, Siena, Perugia y Asís, llegando incluso a amenazar a la
taba absolutamente inasequible para las clases inferiores, pero misma Florencia. De modo que el poder de la Señoría de los
hay que reconocer que la estabilidad politica se hallaba, al Visconti había llegado a disponer de una amplia base terri.
menos, asegurada. Tal estabilidad, una cierta base territorial torial, la más sólida, sin duda, de todas las de redente for­
italiana y la persistencia de bases ultramarianas permitirían mación que habían ido constituyendo en Italia. Pero esto,
a Venecia, primero, resistir incluso a coaliciones poderosas, precisamente, suscitó las preocupaciones y la consiguiente élpo·
como en 1509 contra las potencias de la Liga de Cambrai, y, sición de Venecia, de Florencia y de otros potentados. A la
después, convertirse, durante roda el siglo XVI, sobre la base muerte de Giangale!WO Visconti. en 1402, se desmoronaba el
_
de su fuerza naval, en elemento importante --de igual a igual­ conjunto que había ido formándose, y la Señoría de los Vls­
de la acción de los grandes soberanos europeos contra la po. oonti se veía obligada a limitar su poder, mis o menos, sólo
tencia otomana. a Lombardfa. Allí, por otra parte, al extinguirse de hecho
No .Q!Jede decirse lo mismo rJe Florencia. En la ciudad tos" aquella familia en 1447 la sucedieron.los Sforza. 1 los que no
cana el conflicto entre los diversos grupos que, con más o me­ les quedaba más que defender lo que hablan recogido de los
nos justo título, aspiraban ."lll pOdir duró muchísimo tiempo, Visconti; defenderlo a cualquier precio, incluso apelando a los
llegando a estallar abiertamente, como en el caso de la re­ extranjeros, como hizo Ludoyioo en 1494. La historia post';rior
vuelta de los Ciompi de 1378. Hasta 1382 el poder no se .W, Ducado de Milán -objeto de rivalidad entre Franela y
centra definitivamente en manos de los ciudadanos más ricos; España representa, acaso mejor que cualquier otra, la pos­
�us adversarios se reagruparon en torno a una familia de bajo. tración italiana.
origen, llegada a gran fortuna, los Médki, y,- s:n 1434. Florencia En el centro de Italia, el Estado pontificio, máximo obs­
se entrega JI C§simo, que se limitó a asumir el poder efectivo, táculo, aunque no el único, para la unificad6n italiana. c::an­
renunciando a sus aspectos externos. Hay que añadir que ia do se adopt6 la decisión del retorno del papado de Avmón
politica de Cósimo, a pesar de los orígenes de su familia y de a Roma, el cardenal-legado Albornoz acudió a reunir los mem­
los apoyos populares que habla recibido para escalar el poder, bra disiecta. La obra por él realizada fue, desde el punto
no fue muy distinta de la de sus predecesores; el poder fue de vista interno de la historia pontificia, admirable: la res­
un privilegio de camarillas, sólo que sus miembros, no todos, tauración de la autoridad papal sobre ciudades y señorías que,
fueron loS mismos de antes. A pesar de los espléndidos flore· aprovechando la ausencia del papa, se hablan creado una
cimientos humanísticos el estado siguió siendo frágil, y, en _ .
vida aut6noma propia. El estatuto de estos terrltottos y clu-

52 53
.nano (1'51'5) y en P�via (152:5), lo que en tales batallas se dis­
dades reinstautados en el orden papal se configuró en un cuer­ cutió fue también el dominio de Italia. Su destino se con­
po legal, las Conslitutiones Aegidialt4e (13:57), por el que se sumó en 1'530, tras la «guerra de Florencia». Excepto Venecia,
rigieron_ hasta 1816. Aunque el papado, después de su regreso _
Italia se había sometido definitivamente al extran¡ero, y por
a Roma, no reconstituyó ya plenamente su valor en el plana mucho tiempo, aunque en algunos estados se conservara una
internacional -tanto espiritual como político-, consiguió, en independencia aparente. Precio que una admirable civilización
cambio' una enorme importancia en los acontecimientos in­ urbana pagaba a Jos tiempos nuevos, tiempos de «imperios>�,
ternos italianos. Una prueba de ello nos la ofrece la historia por no haber sabido adaptar sus estructuras a las nuevas exi­
de Skilia y del reino de Nápoles; convertida la primera, gencias.
como hemos visto, en objeto de la rivalidad angevino-aragonesa,
tampoco el segundo escapó a la lucha de las dos coronas.
En 1442 Nápoles pasaba de las manos de los angevinos a las
V. LA EUROPA DEL CENTRO Y DEL ESTE
de los aragoneses. Los Anjou siguiera� considerándose sobera­
nos del reino, y el último de ellos, Renato, cederá sus derechos
También en Ja Europa central y oriental se producen fenó­
(mejor seria decir sus pretensiones) a Luis XI. En 1494 Car­
menos de concentración. En Polonia, la monarquia de los
Piast, desde el siglo x al xv, especialmente al principio Y al
los VIII intentará, entre otras cosas, hacer valer aquellas pre·
tensiones, en el momento de su campaña en Italia.
final de este período, había abordado su tarea con toda energia
Las Uneas maestras de la historia de Italia, que pueden de­
y con buenos resultados, haciendo de aquel país la más im­
ducirse de cuanto se ha dicho hasta aqui, se reducen a:
portante de las unidades- estatales eslavas. La tarea no era

,¡ en primer lugar, simplificación del mapa geopolítico (en


fácil, si se piensa en las complicaciones derivadas de la pre­
sencia en parte del territorio de la OrOen Teutónica, en las
el Norte y en el Centro de la península);
fronteras comunes con el reino de Bohemia, con tártaros y
b) definitiva consolidación territorial de viejas situaciones
lituanos. La coronación de la obra se produjo, en una primera
fase, con Casimiro 111 el Gral}de (1333-1370). La siguiente
(a partir del Centro: Estado pontificio, reinos de Ná-
gran fase es la de la dinastia de los Jagellon. Ladislao 11 lleva
poles y Sicilia).
a cabo la unión de Polonia con Lituania, en entendimiento con
Evidentemente, el fenómeno más. importante es el primero,
��
porque en él se basaba, teóricamente, la posibili a de un mo­
.
su primo Witold, gran duque de Lituania; en 1410 ambos
consiguen una aplastante victoria contra la Orden Teutónica,
vimiento unificador general del pais. Esa pos1b1hdad no se
Pero los frutos de esta victoria no se recogieron inmediata­
realizó, y, ante cada movimiento, por relativo que fuese, q�e
mente. Será Casimiro, gran duque lituano desde 1440 Y rey
pudiera hace!' prever su eventual realización, se crearon l?·
de Polonia desde 1477 (y que, en' consecuencia, llega a reunir
mediatament� leyes y contraleyes para hacerlo ._Jlbortar. Y mas
en su cabeza las dos ooroñas), el {¡ue en 1466, con la victoria
aún: con la paz de Lodi de 14:54, que resolvía el problema
de Thorn, conquistará la Pomerania, con Danzig, Kulm, parte
de la sucesión· para el Milanesado, se sancionó el principio de
de Prusia con Elbing y Marienburg; el Gran Maestre de la
la politica de equilibrio. Establecidas y aceptadas algunas po·
Orden Teutónica conservaba parte de Prusia, pero sólo como
sidones de fuerza, se considera que éstas son definitivamente..
feudo polaco.
inmutables. De ahí el inmovilismo, que bloqueará toda posi­
El pmblema de la fmntera septentrional seguia, pues, par­
bilidad de evolución en el interior de la península.
cialmente irresuelto, aunque Polonia reconquistaba, después de
Si nos hemos detenido mucho en la exposición del caso ita­
siglo y medio, la salida al mar. Pero lo que verdaderamente
liano no ha sido sólo para tratar de presentar con suficiente
interesa es la falta de unidad de las fronteras, pues la masa
detaiÍe un problema extremadamente intrincado. La verdadera
territorial que ya la dinastía de los Jagellon ocupaba era
razón es que hemos querido mostrar cómo Italia llegó a finales
suficientemente importante. El verdadero defecto de la mo­
del siglo xv en condiciones tales, que sólo podia ser el objeto
narquía polaca fue que, frente a las Dietas provinciales y más
de los más violentos conflictos internacionales. Franceses y es­
aún ante la Dieta general, no accedió nunca a _}In poder po­
pañoles, emperador y rey de Francia, soberanos extranjeros
, lítico suficientemente sólido. La nobleza polaca · y la lituana
e italianos se enCClntraron en el suelo de Italia. Toda la penm­
no consintieron nunca a los soberanos polacos ejercitar una
sula se verá agitada durante más de medio siglo. En Marig·

55
54
acción nacional, y el estado polaco, a pesar de los talentos
de los últimos dos Jagellon, Segismundo I el Viejo (1506--1548}
y Segismundo 11 Augusto (1548-1572}, estaba destinado a des­
lizarse hada la .anarquía.
�· Un caso aparte -y, a su modo, revelador- es el de Hungría.
En efecto, a pesar de los que podían ser interpretados como
muy buenos auspkios, la unificación territorüll y la centraliza­
ción del poder, que parecen totalmente realizadas en dertos
momentos, no llegan a afirmarse en profundidad. La subida al
trono de Hungría de la dinastía angevina, con Carlos Roberto
(l307-1342), representó para aquel pafs un momento de fun­
f damental importancia. Entretejió . una vasta red de relaciones
ron otros países de la EutOJlll Occidental y creó las condi­
ciones para el gigantesco proyecto de Luis el Grande (1342-
1382) de llegar a la unión de las coronas de Hungría, Polonia
y Nápoles. Aunque el soberano logró realizar sólo la unión
húngaro-polaca, y no la de Nápoles, consiguió, sin embargo,
llevar a cabo una afortunada polftica de conquista sobre la
costa chilrnata. Al lado de esta política territorial se perfila
también una política interna que lleva a sustituir a la vieja­
aristocracia ligada con la dinastía anterior de los Arpad, con
una nueva aristocracia, más adicta a la voluntad del soberano.
Pero esta conducta política, que presenta toda una serie de
caracteres positivos, estaba amenazada por una fuerza exterior
sumamente peligrosa: los turcos. Ciertamente, hacía ya tiempo
que la corona húngara venía resistiendo contra los turcos, pero,
en realidad, la fuerza propulsiva turca impuso, 11 la larga, un
gasto demasiado grande, hasta el punto de que incluso du­
rante el reinado de Matías Corvino (1458-1490), a pesar de
todos los esplendores que lo envolvieron, la presencia de los
turcos (sobre todo, en Bosnia) significó un fuerte elemento
de corrosión. Belgrado caerá en 1521; en 1526, en Mohacs,
el ejército húngaro sufrió una derrota decisiva para su por­
venir; en 1541 Buda será ocupada por los turcos. Así, du­
rante largo tiempo, buena parte de Hungría iba a convertirse
en escenario de violentas luchas entre ejércitos contrarios.
Este rápido bosquejo nos parece suficiente para mostrar
cómo, a pesar de la innegable presencia de fuerias internas que
habían permitido en algunos momentos la sólida constitución
de un gran estado, éste no pudo resistir ante la presión de
una fuerza inconmensurablemente mayor.
El asesinato de W�:nceslao III en 1306 señala el final de
la dinastía de los Premíslidas. Tras un corto periodo de luchas
internas sube al trono Juan de Luxemburgo (1310-1346), al que
sucede �arios I !1333-078). Estos dos soberanos llegaron a am­
pliar las dimensio.nes del país, conquistando los principados de

57

Hg. 6. La Europa Oriental en el s. xv.


Siiesia' el Brandeburgo y otros numerosos feudos. La acción de forma en gran ducado; en Kulikovo, en 1380, Dimitri (1359-
Carlos 1 fue eSpecialmente importante, pues era, al mismo tiem­ 1389) conduce a Jos· moscovitas a una gran victoria, aunque
po' emperador con el nombre de Carlos IV, y si bien Bohemia meramente simbólica, sobre los tártaros. Lentamente, Moscú em·
le servia como sabe de apoyo para su poder imperial, e& claro pieza a identificarse con Rusia. La aceleración de este movimiento
que también utilizó el poder imperial en favor de la corona bo­ se producirá a finales del siglo xv con lván 111 el Grande
hemia, como cUando, en 1}44, hizo elevar el obispado de Praga. a (1462-150J). A él se debe la liberación de Rusia de los mon­
arzobispado. goles, la centralización del poder y la apertura de Rusia hacia
Pero no fue más allá de la extensión de la superficie del el mundo de la Europa Occidental. El hijo de lván, Basilio 111
territorio del estado, pues la prepotencia feudal permaneció (1505-1533), continuó la obra de su padre. Las conquistas
intacta y profundamente arraigada y actuante, J:ms ta el pu�to realizadas durante el reinado precedente se consolidan, las rela­
de impedir que se hiciese público el c6digo Matestas Carolm_a. ciones con el Occidente se amplían e intensifican. Además, es
El defecto máximo que ya hemos indicado respecto al Impeno en el seo.p del mundo ortodoxo donde el prestigio ruso se
se manifiesta, pues, también en la historia de Bohemia y fue, afirma, y Moscú, capital del único estado ortodoxo indepen·
.
&in duda, un elemento que contribuy6 a que se extend1esen diente, se convierte en el mito de la «tercera Roma».
las violentas y crueles gueri":IIS hussitas (cfr. cap. 111, 8). Estas Sobre la base de los resultados obtenidos durante estos dos
despiertan el sentimiento nacional de los checos. La guerra reinados se erige el de Iván IV el Terrible (nacido en 1530,
movida por Jan Ziska (t 1424), antes, y por Andreas Prokop, coronado en 1547 y muerto ep. 1584). Forma parte de los cua­
después, llevó a los hussitas al interi�r de Alemania. � hasta las dros habituales de cierta historiografía el presen_tar. a. lván como.
orillas del Báltico. Pero, al mismo t:J.empo, la apanc1ón de as­ un loco, presa, de cuando en cuando, de ,.risis de misticismo
pectos sociales (especialmente en la secta de los taJ:m.ritas, inte· y de accesos de delirante crueldad. El ejemplo más clásico
grada, sobre todo, por campesinos) además de religiosos, pro­ que suele citarse de esto último es el de la institución de 1>1
dujo una fractura en la propia unidad hussita, impulsando a Oprirhnina, verdadero cuerpo de pretorianos, que disponía de
burgueses y nobles, tras haber <lerrotado a los taboritas en la un territorio propio, de donde partían en expediciones de
batalla de Upan (1434), a buscar un compromiso. � �o las castigo contra los boyardos reacios a la voluntad de Iván. Expe­
disensiones las discordias y los con.fl.ictos continuaron umendose diciones de castigo que, sin duda, ocasionaban estragos y aca­
a los moti�os religiosos, pollticos, sociales, y minando cada vez baban con la incorporación al territorio de la Oprichnina de
!lUÍs el conjunto del estado. El reinado de Jorge Podlebrady los bienes de los boyardos «castig_ados». Pero hay que reco­
(14,7-1471) representa una tentativa -feliz, pero breve- de nocer que no podía ser otro el precio para llegar a una cen­
oposición a aquel movimiento de disgregación. Las �teriores tralización del poder que es lo que Iván consiguió. El edificio
vicisitudes de Bohemia, que la llevaron hasta la un1.Pn con que él acaso erigiera con excesiva urgencia se vacía a su
la corona de Hungría con el católico Ladislao de Polonia (1471- muerte, y Rusia será presa de trastornos, de revueltas, de con­
1516) no podían reforzar la estructura del estado. La consti· juras: todo se derrumba para mucho tiempo.
tución de 1500, al sancionar la prepotencia de la nobleza bo­ Los casos hasta aqui presentados corresponden a paises que
hemia facilitó el movimiento de disgregación todavía más. En no llegan a reestructurarse de una forma modema, qu� no lle­
1526 a la muerte de Luis 11 (1516-1526), el trono de Bohemia
b
cae ajo el control de la a�sa de Habsburgo. Se producirá en·
gan a extender orgánicamente su base territorial, o, si llegan
y cuando llegan, no logran constituir pleno poder interno uni­
tonces una reducción de la anarquía feudal, pero, simultánea­ ficador, centralizador. Por lo demás, ¿qué debería significar
mente, el país perded por mucho tiempo toda real Y efectiva «reestructurarse de una forma moderna»? Un mundo que se
autonomía. organiza sobre una base nacional (aunque el principio de na­
La invasión de los ·tártaros en el siglo XIII detuvo, innega­ ción, en el sentido moderno, todavía no está claramente formu­
blemente, el proceso de formación de Rusia, cuyo primer sín­
_ lado); un mundo en que el poder se centra cada vez más en
toma se apreció a partir del siglo XII con el desplazamiento las manos de un solo soberano, que consigue establecer el orden
del centro desde Kiev a Moscú. Y es precisamente de Moscú monárquico frente al desorden feudal; un mundo en que, si
de donde parte la oleada progresiva de liberación del país. bien de modo y forma limitados, el soberano comienza a apo­
Al principio fue una oleada lenta, metódia�, ccnfigur�da por pe­ yar su poder no sólo en las altas clases aristocráticas ....ue, ....q
queños movimientos. En 1329, el ducado de Moscu se trans- además, deben aceptar la disciplina que él impone-, sino
también en la aportación de energías más frescas, que pueden Tal es la trama de aquel vasto conflicto. Acaso no exista
llegarle de la burguesía. A este mundo «reestructurado» no
historia de ninguna· otra guerra europea tan cargada de profundos
supieron adaptarse ni el imperio, ni Italia, ni Polonia, ni Rusia. significados. En efecto, no basta con at:nder sólo a los choq��s
Otros países lo hicieron.
de los ejércitos (enormes para aquel tiempo), o a la suceston
de batallas, victorias y derrotas. Hay mucho más: es todo el
sentido de una época, el choque de dos mundos, cada uno
VI. INGLATEI!.RA
con la carga de sus contradicciones internas. Por una parte, el
soberano inglés, deseoso de conservar sus dominios en el con­
Es ciertamente diffci! separar, entre mediados del siglo XIV tinente, y que aspira a un trono en virtud de reglas y prin­
(1339) y mediados del xv (1453), la historia político-dinástica cipios ya superados. Por otra, el soberano francés que, en el
de Francia y de Inglaterra, puesto que se hallan ligadas, aun­ fondo, lucha según el mismo espíritu que su adversario. Pero
que parezca paradójico, por relaciones de guerra. Muerto en
esta oposición de dos soberanos enfrenta, al propio tiempo, a
1328 Carlos Iy. últjmo de los Capetas. el rey de Inglaterra,
Eduardo 111, por ser sobrino ex sorore del soberano francés
dos pueblos, exaspera situaciones internas de los dos países,
hace más evidentes todas las contradicciones existentes en el
difunto, podía aspirar al trono de Francia, en consid�ración conflicto. Cuando, por parte francesa, se perfile claramente el
también de los vastísimos feudos que poseía en el contmente. caflicter popular de la guerra, el conflicto perderá el sentido
Pero el trono fue ocupado por felipe VI (1328-1350), de la anacrónico que había tenido en sus orígenes. Francia se reco­
rama de los Valojs. Tras una primera fase de discusiones Y de
litigios, Eduardo 111 se proclama rey de Francia en 1337. Así
nocería en aquella guerra y en ella se descubriría como nación;
Inglaterra se vería dialé<:ticamente impulsada por la derrota a
estalla a causa de un conflicto dinástico, la que se llamaría
atravesar un proceso de renovación de todas sus estructuras,
guerra' de los Cien Años. Pueden apreciarse en eUa dos fases;
a una especie de replanteamiento de sus dimensiones {se ha
la primera, que va desde l339 a 1380, se �aracteriza, hasta �3_60,
observado justamente que, hasta el final de Ja suerra de los
Cjen Años, Inglaterra tenia su centro de gravedad fuera de la
por una serie de reveses franceses en Crecy (046), en Pomers
(1356), que con la paz de Brétigny (1360) se convirtieron en isla), y esto le permitiría luego presentarse en la escena europea
la pérdida de Calais y de Guines, de la Saintonge, de Gascuña,
con renovada fuerza.
de Guyena, del Poitou y del Limousin. Posteriormente, acau­
En realidad, ya durante el Ctu'SO de la guerra de los Cien
dillados los franceses por Carlos V (1364-1380), ayudado por
Años Inglaterra había tenido que hacer frente a conflictos
internos. El largo reinado de Eduardo III /1327-1377) se había
Bertrand du Guesclin, los éxitos franceses se multiplican. En
1380 los ingleses ya no conservan más que Calais, Cherburgo, desarrollado tranquilamente; sólo en los últimos tiempos ---<uan­
Burdeos y Brest. Hay una tregua, aunque en el interior de los
do, flaco de cuerpo y de espíritu, el soberano había abandonado
dos pabes la guerra civil será muy dura, hasta 1415, en que
el poder en manos de su hijo, el duque de Lancaster- tuvo
se reanudan las hostilidades. Una vez más, las primeras ope­
que resistir a las exigencias del Parlamento, cansado de per­
raciones se resuelven con clara ventaja para los ingleses, que mitir demasiados y demasiado gravosos sacrificios financieros
akarwu-án una gran victoria en Azincourt (1415) y que, con
para la guerra. Pero la oposición parlamentaria de B76, el Buen
d tratado de Troyes (1420), obtendrán incluso el gobierno
Par-lamento, sería anulada al año siguiente, mediante la elección
total- del reino de Francia. Pero, al reanudarse las hostilidades,
de representantes más adictos a la voluntad del rey. A la
muerte de Eduardo 111, le sucedía en el trono su sobrino
los ejércitos franceses, reconociéndose en el modesto símbolo
de la campesina Juana de Arco, resolverán victoriosamente al­
Rkatdo 11 (1377-1399). Muy joven -tenía diez años-, supo
gunas acciones {en especial, el levantamiento del sitio de Or­
afrontar con fuerza y habilidad la rebelión de 1}81 y desemba­
leáns, asediada por los ingleses en 1428) y Carlos VII será
razarse, en 1389, del Consejo de Regencia, que su do el duque
coronado rey en Reims (1429). Juana de Arco será quemada
de Gloucester había tratado de imponerle. En el confllcto con
por Jos ingleses en 1431, pero ya el movimiento liberador del
Francia comprendió que el mejor C11rnino no era el de las
pafs estaba en marcha y proseguiría hasta 1453. En esta fecha,
�. sino el de la paz, y precisamente el de la política matri­
sólo Calais quedaba en manos de los ingleses, y sería recupe­
monial, cadndote en 1}96 con la hija del rey de Francia. La
rada por Francia en 1559, con el tratado de Cateau-Cam­
oposición del Parlamento a aquella po!ftiC11, que pareció dema­
brésis.
siado mezquina y contraria al sentido del honor inglés, fue

60
61
inmediata, y la irritación del rey por ello fue igualmente
inmediata y viOlenta. Muchas cabezas cayeron, pero grande et.
ya la fuerza del Parlamento, que en 1399 llegó a declarar
depuesto al rey, confiando la corona a Enrjgue IV (1399-1413),
más dispuesto a aceptar, al menos formalmente, la voluntad del
Parlamento. Lo mismo puede decirse de su sucesor, Enrique V
íl413-1422)¡ a la muerte de este último, su heredero, J:.¡¡[h
pue VI 042kJ46J), tenfa s6lo nueve meses.
Surgen, entonces, nuevos conflictos internos, _gue no podían
menos de causar una debilitación de la estructura del reino, y
la situación no mejoró cuando el rey pudo ocupar materialmente
el trono (1442). De precaria salud y de poca inteligencia fue des­
lizándose hacia formas de locura, que en ocasiones-le alejaron del
gobierno. La definitiva contemporánea derrota en la guerra con
Francia acabó de las cosas. Todo originó la que
se y Lancaster lucha-
ron por conquista del poder
en una guerra repugnante (es decir, más
repugnante que cualquier otra guerra) por su ferocidad, y, al
mismo tiempo, como ha sido definida, guerra .:higiénica». En
efecto, con las sucesivas eliminaciones que hicieron los unos
de los otros, con el progresivo y recíproco agotamiento, �
y Lancasrg tuvieron que acabar renunciando ante el hombre
nuevo, un Tudor, que tomada el nombre de Egrigus VII U485-
�Comienza ahora el período de organización del reino.
Era necesario impedir que el papel anarquizante de las familias
agotadas durante la guerra de las Dos Rosas, fuese asumido
por otras y limitar, en consecuencia, el poder dd Parlamento,
que, en sustancia, no era más que la representación del mundo
feudal cerca del soberano. Urgía afirmar los intereses de la
monarqufa y del pafs; habfa que salir al paso de una nueva y
posible reacción feudal con una reacción monárquica.
Ya cuando Enrique IV se habfa presentado, en 1399, al Par­
lamento, habla pronunciado su discurso en inglés y no en
francés: era la resurrección de la lengua popular, ahogada du·
rante casi tres siglos. El proceso de la formación de una con­
ciencia nacional había continuado durante todo el tiempo de la
guerra de los Cien Años, aunque los soberanos habían perma­
necido prisioneros del orden feudaL Con los Tudor, todo em­
pieza a cambiar. Al contrario de Eduardo 111, que entre 1327
y 1377 se había visto obligado a reunir d Parlamento todos
los años, Enrique VII, en los veinticuatro años de su reinado,
no recurrida a la asambléa más que siete veces y siempre man-
teniendo libertad. As! se
estable, isla. Los
•"'

63
� y, por último, la gran Isabel 0558-l60.3j, hicieron del
siglo xvr un siglo compacto, orgánico, en el que las premisas Languedoi1 trataron, bajo la influencia del preboste de merca­
de la expansión inglesa en el mundo se planean con inteligen­ d�e,s Erienne Maree!, de limitar el poder monárquico. Contra·
cia, con fuerza, con habUidad. diccJ?n porque, en efecto el auténtico interés de la burguesía
. ;
conslstlrfa en el reforzamJento de las atribuciones reales contra
la prepotencia feudal. De todos modos, el intento de Etienne
VU• • FRANCIA
Marcel no tuvo éxito, porque se confundió con el movimiento
general de revueltas campesinas y ciudadanas no controladas
Cuando en.J..128 felioe VI. primer rey de la familia ds loh
que obligaron a la burguesía a roxurrir de nuevo al soberano:
�. SJlx: al trono. ·la situación de Francia puede ser defi.
La monarquía podía así continuar su obra -laboriosamente, y
nida rápidamente del siguiente modo: 1uy que añadir que, muy a menudo, de un modo inconscien­
te-. La crisis fue superada, en realidad, también gradas al

a) el reino tiene ....a ..¡: mo extensión geográfica� casi las prudente gobierno de Jdrlos V {1,364-1380), que, respetando
mismas fronteras que a finales del siglo x, limitadas, al la forma de las exigencias presentadas por Ws Estados Generale�
este; por los ríos Ródano, Saone, Mosa y Escalda. Pero de 1356-1367, supo alcanzar una profunda centralización del sis­
b) las tierras de ditecto dominio real han aumentado nota­ tema fiscal y que se aprovechó de los éxitos militares conse­
blemente y representan ya la mitad del reino, aunque no guidos contra Inglaterra. Su sucesor, ,Carlos VI (1380-14221, vio
están agrupadas en una masa continua y orgánica. Se su reino desgarrado por la lucha civil entre el partido de los
trata, más bien, de una multitud de islas (un verdadero &rgoñones (partidarios de Juan sin Miedo, duque de &rgoña)
archipiélago) esparcidas en medio de feudos de distinta y el de los Armagnacs (partidarios del duque de Orleáns muer­
to por orden de Juan sin Miedo), y después, a cons�cuencia
naturaleza;
e). el soberano, a pesar de toda una serie de prerrogativas de los desafortunados comienzos de la segunda fase de la guerra
que ha obtenido hace ya tiempo (acuñación de monedas de los Cien Años, tuvo que reconocer, con el tratado de Troyes
justicia, ejército), ostenta un poder muy relativo, al e-:. (1420), como sucesor suyo al rey de Inglaterra. Es el momento
tar obligado-a tener en cuenta a los feudatarios. Algunos �ás dn!mátic�, tal vez, de la historia de Francia: durante algún
de éstos poseen provincias enteras: Flandes, &rgoña7 t1empo Franela ya no existe. En 1422 Enrique VI. infante
Bretaña, Guyena (esta 1íltima en manos del sobeuno de ��eve meses, es coronado rey de Francia y de Inglaterra;
inglés). el h1¡o _de Carlns VI se refugia en &urges y desde allí co­
.
auenza la reconstitución del país. Templada por el infortunio

El problema que el joven monarca francés tenia que resolver Francia renace; los franceses se sienten tales; en la guerra :
se planteaba por sí solo: constituir un reino único, con exclu­ en la guerrilla, en la oposición cotidiana, se afirman, en todos
sión de influencias extranjeras y sobre el cual se ejerciese el los sentidos, contra el extranjero. Juana de Arco sería la más
poder, con mano firme, por el soberano. alta �xpresión de aquel movimiento. Al final de la guerra de
El comienzo de las hostilidades con Iriglaterta� en 1339 de­ �s C1en Años hay un estado compacto, sin infiltraciones extran­
terminó condiciones favorables y desfavorables al mismo tiempo ¡eras, en el que la autoridad del soberano está suficientemente
para la realización de este programa. Desfavorables, porque, consolidada.
como es natural, el soberano de Francia tiene necesidad de Ahora, Francia podía dirigirse hacia el este; allí, el gran
pedir a los distintos señores feudales dinero y ayuda para obstáculo estaba representado por el ducado de &rgoña. El
luchar contra el Inglés. Pero, por otra parte, la polarización conflicto que estalló entre Luis XI 11461-1483) y el duque de
del esfuerzo .militar contra el extranjero contribuyó a crear Borgofia, Carlos el Temerario í1467-14Ul. fue largo, pero ter­
una amplia base, con la que el monarca podía contar en su minó con la victoria del primero, que añadió a sus dominios
lucha contra el orden feudal. No todo fue fácil, ciertamente. la Borgofia prOpiamente dkba, el Artois, la Picardía (y, hasta
En pleno siglo xrv no podían faltar contradicciones en el pro­ 1493, el Franco Condado). Después, tras una serie de afortu­
ceso de formación de la nación francesa. Sólo en virtud de nadas herencias, podfa incorporar a Francia el Maine, Anjou
una contradicción puede explicarse ..1t Grande Ordonnance de Y la Provenza. Marsella se convierte en ciudad francesa, como
1357, con ' la que los Estados Generales de los países del para indicar los caminos de la aventura italiana. Esta será
iciciada por Carlos VIII 1148H498l en 1494, pero la aven-
64
65
tura italiana pronto se transforma en aventura internacional:
Fernando el Católico interviene, a causa de Nápoles. lAs ope­
raciones llevadas a cabo por el rey de Francia terminan en un
fucaso. Su sucesor, ¡.uis XII (1498-15151, reanudará aquella
política, ampliando sus ambiciones al estado de Milán y provo­
cando así la intervonción del emperador Maximiliano. Los des·
afortunados acontecimientos de estas campañas de Italia fueron
el verdadero banco de prueba de Francia, que había venido
forjándose durante los siglos XIV y XV. A pesar de la dureza
de los golpes sufridos, estaba todavía en condiciones de luchar
con todas sus fuerzas en el momento en que Carlos V aparece
en el escenario europeo. Francisco 1 (1�15-15471 y J;,¡¡rigue II
(1547-15591. aunque no lograron destruir a su _gran adversario,
consiguieron oponerfe fuerte resistencia. La célebre frase pro­
nunciada por Carlos V a propósito de Francisco 1, para indicar
su decisión de acabar con el soberano francés («Dentro de
poco o yo seré un pobre ·emperador o él_ será un pobre rey•),
no se realizó.

VIII. LA PENINSULA IBERICA

El último, en orden de exposiáón de los grandes estados


que se forn'lan entre los siglos XIV y XV es España.
En 1340, con la victoria del Salado, la Reconquista se de­
tiene y el reino de Granada queda bajo dominio musulmán,
aunque ya sin posibilidad alguna de atacar. Enfrente, J:'.uilll&.
� y Navarra. El reino de Navarra, en poder de casas
francesas, pronto perdió todas sus posibilidades de desempeñar
un papel importante; Castilla y Arag6n se vieron arrastradas,
por diferentes razones, a una serie de guerras intestinas. Pero
mientras Castilla -incluso en los momento5 en que sus vici­
situdes se entremezclaron con las franco-inglesas de la guerra
de los Cien Años- permaneció ligada a sus problemas locales,
«ibéricos», Aragón se lanzó hacia fuera, por el mar, a la con­
quista de un gran dominio, de tipo medieval -fragmentado,
confiado en gran parte a la iniciativa privada y destinado
esencialmente a derrumbarse en el quso del siglo xv-, pero,
de todos modos, de gran importancia. Sicilia, Cerdeña, Nápoles,
el ducado de Atenas, e"l principado de Marea, la isla de Egina
y la señoría de Piada en la Argólida. Estos y otros paises
fueron directo dominio o zona de directa influencia aragonesa.
El año 1469 representa el gran momento del destino de Es­
paila: el matrimonio entre Isabel de Castilla y Fernando, prín­
cipe heredero de Aragón, sella la unión de las dos coronas.
Se trata, ciertamente, sólo de una unión personal, pero la

66
Ftg. 8. La Península Ibérica en el s. XV:
convención estipulada entre los dos cónyuges en 1474 permitió de los términos cronológicos, hemos querido ofrecer al lector
-----a partir de entonces y durante su vida, y también después no sólo unos puntos de referencia, sino, sobre todo, exponer

de la muerte de Isabel en 1504- una política realmente los elementos para un intento de interpretaciót� de las relacio­
común. La prueba más clara de ella es la campaña que terminó nes eJListentes entre el proceso de elaboración del mundo polítko
en la conquista de Granada en 1492 y en la posterior unión y el proceso paralelo del sector económico-social.
del reino de Navarra (1512). Así, ruando Carlos 1 (el futuro La larga «crisis"" del siglo XIV había:
emperador Carlos V) herede el poder en 1516, Espafia será
una de las bases esenciales de su acción. Carlos fortalecerá a) abatido la fuerza económica de los grupos feudales;
aún más la unidad nacional del estado español, pero su acción b) permitido que se liberasen algunas nuevas energías, tan­
de conjunto no podrá llamarse española; será verdaderamente to en el sector agrkola como en el: industrial y co­
imperial, europea. Carlos nadó europeo. En sus treinta y dos mercial;
ascendientes directos hay una sola rama germánica, la de su e) comprimido las condiciones de vida de las masas carn·
abuelo Maximiliano; par la demás, Castilla, Valois, Aragón, pesinas (y no sólo campesinas).
Bourbon, Viseanti... Se ha dicho de Carlos V que tuvo en
común can los soberanos de la Edad Media el hecho de ser Estos tres elementos representan, naturalmente, una excelente
un rey itinerante, continuamente de viaje. Es cierto, pero se coyuntura para el poder político central. Las pasibilidades son
ha olvidado añadir que Carlos viajó a o::scala europea (d. cap. 10, todas positivas; la debilitación de la fuerTJl económica de los
passim). grupos feudales supone también la debilitación del poder pali­
Este mismo proceso que condujo a la unificación de España tioo de éstos, y este" último puede también alomzarse mediante
y a su consolidación en el primer plano mundial como una de el apoyo en las nuevas fuerzas que se manifiestan ahora y que,
las mayores potencias puede verse, con resultado contrario, en inevitablemente, encuentran su máximo interés en valerse del
las intrincadas vicisitudes del otro estado de la Pen.insula Ibé­ poder política del soberano. Es una alianza que se presenta
rica: Portugal. En efecto, fuera de algunas grandes figuras casi automáticamente. Y el esquema fue seguido, sin duda, o,
como Enrique�el Navegante (1394-1460), al que se ligan las al menos, se trató de seguirlo. Donde la violencia de la crisis
premisas de la extraordinaria expansión marítima portuguesa, o no llegó a quebrantar totalmeote el poder feudal y no bastó
de Juan 11 (1481-1495), las lineas profundas de la historia de a crear un desequilibrio en favor del poder monárquico, es
este país presentan rasgos absolutamente reveladores. La historia evidente que la alianza en cuestión no pudo realizarse.
de Portugal parecía destinada a fundirse con la de Castilla, an­ Por lo demás, el pOder político tenía que vérselas con un
tes, y con la de toda España, después. La anexión que en 1580 dudoso aliado. En efecto, estas nuevas fuernas �brillantes, di·
realizará Felipe II no debe ser considerada como una simple námicas, modernas, activas al principio-- tienden inevitable­
casualidad, y aunque sólo durará hasta 1640 parece haberse mente a transformarse en aristocracia, una nueva aristocracia
perfilado a través de las largas vicisitudes de las guerras que que quiere heredar, y casi siempre lo conseguirán, los privi·
durante todo su reinado sostuvo Fernando I (1367-1383) para (egios �todos los privilegios- de la vieja aristocracia. Bien lo
anexionarse el trono de Castilla; de las hostilidades que Al· comprendieron aquellas masas populares que, en sus espontá·
fonso V de Portugal (1438-1481) desarroll6 con el mismo fin neos movimientos de rebe1día, no hicieron demasiadas distin·
contra Fernando de Arag6n e Isabel de Castilla, y de la polltica clones entre viejos y nuevos- potentados. Entre el poder opresor
matrimonial entre las coronas de los dos paises que, entre 1490 del viejo feudatario y el refinado del nuevo burgués, destinado
y 1518, pareció varias veces a punto de llegar a una conclusión a su vez a transformarse en un nuevo feudatario, ¿había real­
positiva. mente en qué elegir?
Estas tentativas de creación de un grande y único estado Estas son las ruanes por las que hemos titulado este capítulo
ibérico, aunque no coronadas par el éxito (salvo en la efímera «Estancamiento y efervescencia». Estancamiento de la vida eco­
unificación realizada por Felipe 11), nos parecen traducir con -nómica en los bajos niveles alcanzados al final de la parte dra­
precisión �repetimos- la general tendencia a la unidad que ·lllltl icamente agente de la crisis; fuerzas nuevas, actores nuevos,
hasta aquí hemos tratado de presentar. que aparecen en el mercado (productivo y djatributi.vo) econ6-
Este excursus de historia política era necesario. Ateniéndo­ mico; poder político que amplía su plataforma territorial y
nos al período 138()..1480, aproximadamente, y yendo mais allá reafirma su base; agentes pol[ticos nuevos, pero que guardan

68 ••
en sf �ismos
. �a profunda nostalgia del pasado; destrucción
del VIeJo feudahsmo, pero, al mismo tiempo, constitución de 3. Las creencias cristianas
.
las preousas para una refeudalizadón (serfa
dose :0 ot_ro neologismo hoy muy en bog��,
tentador, inspirán­
hablar de �neo­
feudalismo*).
Fuerzas viejas que mueren, fuerzas viejas
que se renuevan,
fuerzas totalmente nuevas, aunque gran parte
de éstas llegarán'
más o menos rápidamente, al anqullosamie l. JNTRODUCCION
nto.
En estos elementos, que se afirman en el largo
estancamiento
de Io_s afios 138()..1480, apNximadamente, tendrá El sistema cultural del periodo que vamos a o:I!Dlinar, es
decir, el que corre desde la mitad del siglo XIV a la mitad
su origen e1
.
gran 1mpu]so del s1glo xvt.
del XVI, es, en su conjunto, de carácter predominantemente
religioso. Si para Occidente tal afirmación es innegablemente
válida respecto a los siglos medievales anteriores a 1350, re­
sulta bastante claro que ya no lo es, para tal área, a partir de
la mitad del siglo xvt. Pero, acerca del 'periodo que aqui vamos
a tratar, el debate se halla abierto todavía. Y es narural, toda
vez que, en muchos aspectos precisamente, los dos siglos que
nos Interesan están considerados como una larga fase de tran·
sición y como un puente desde aquella época que se ha lla­
mado Edad Media: a otra que ha sido de6.nida como Moderna.
Por superfluo que pueda parecer, digamos, ante todo que la
,

división del desarrollo histórico en fases distintas, es decir, la


periodización, es, en la mayor parte de los casos, una operación
intelectual de comodidad. Todos, en efecto, están de acuerdo
en reconocer que la realidad humana es extremadamente COJO·
pleja y que su subdivisión en épocas sucesivas es sólo una
simplificación. En otros términos, no todo cambia de una época
a otra, es decir, en torno a los afíos o a los deceni.oa que
marcarlan el paso de la anterior a la siguiente. Incluso en el
seno de una cultura bastante homogénea como la occidental,
esta observación conserva todo su valor, tanto en el tiempo
como en el espacio. En efecto, por una parte, hay instituciones,

costumbres, técnicas, creencias fundamentales que, aunque tranS­


formándose, permanecen a través de los siglos, "más acá y
más allá de la curva que distinauirla a la Edad Medía de la
Edad Moderna, y se trata de auténticas estructuras básicas de la
sociedad europea, no de fenómenos subordinados o de elemen·
tos accesorios. Por otra parte, hay que tener en tuenta el no­
tabl� desnivel entre los distintos ritmos de desarrollo de cada
comunidad de Occidente, ciudadana, regional o nacional. La ·

historia no � al unisono.
Estas observaciones generales son especialmente vüidas para
los dos siglos que aqui se exponen. Una vez que los historia·
dotes se han decidido a distinguir grandes épocas, han hecho
también todo lo poai.ble por caracterizarlas, es decir, para indi·
viduat sus rasgos peculiares, para reconstituir su mecanismo
70
71
anterioridad y que permanecen; otros, incluso en crisis, que
propulsor y para situarlas en d tiempo, Los desafortunados
todavía actúan o que han quedado inertes, pero que no por
periodos que han sido caracterizados como de transici6n han
sufrido las J>C(lres consecuencias de este enfoque. Precisamente
eso dejan de estar en escena· y de condicionar el desarrollo del
en el caso que nos ocupa pareci6 que el ocaso de la Edad Media proceso general.
En el plano de la cultura, nos parece más que legitimo poner
y d nacimiento de la Moderna eran auténticas realidades cuan·
' de relieve los nuevos gérmenes, los puntos de partida de las
do no eran más que imágenes.
Podría considerarse como una de las misiones de la historia
corrientes que después serán dominantes, o señalar el ocaso
y la descomposición de las tendencias tradicionales, o, por úl­
univen&.! la de aquilatar la realidad humana en d tiempo y en
timo, destacar la importancia de las expresiones vivas y genui­
el espacao. En lo que se refiere también s6lo a la Europa Occi­
nas frente a las anquilosadas o en auge. Pero la indispensable
dental, estos aquilatamientos presupondrían no sólo un desarro­
investigación de la lucha entre lo que quiere afirmarse para
Uo rl� y orgánico del proceso hist6rico, sino también la
colaboraci6n de las distintas disciplinas. Y no es esto lo que responder a las exigencias nuevas y lo que resiste en nombre
de posiciones o intereses creados, debe encuadrarse en la visión
!e ha producido en los últimos tiempos: la especializaci6n ha más completa y compleja posible, para evitar el resumir la
impulsado a cada uno a circunscribir cada vez más su propio
historia de toda una generación en la de un descubrimiento
campo de investigación, a crear técnicas nuevas e incluso len·
guajes que se consideran especialmente adaptados al estudio de individual y la de un triunfo localizado o la de un acierto
� minados fcnó�enos. Casi todos han unido a la profundi· igualmente personal y circunscrito.
?
zac¡ n en su propio sector un cierto descuido por la que se En cuanto a la cultura de este periodo, se observará, ante
iodo, que no se entiende a la manera de hoy, como realidad
realizaba en Jos otros, tanto en los más lejanos como en los
mils pr6ximos y conÚ8\los. Aunque se está, reaccionando ya poderosamente estructurada, provista de medios técnicos que le
contra tal estado de cosas, por mucho que aquí queramos hacerlo son propios y dotada de un prestigio que hace de ella una
es imposible ponerle un inmediato remedio. Por lo tanto es�
actividad claramente diferenciada de las otras. Luego se hablará
' de la imprenta y de su decisiva función. Pero desde ahora
debe ser tenido en cuenta también por quien trate de saber
hasta qué punto los dos siglos aquí examinados constituyen puede afirmarse que tanto la cultura popular como la de las
realmente un eslab6n entre dos grandes fases hist6ricas. La élites, aunque en proporciones distintas, tienen la impronta de
hip6tesis de que si unos encuentran en ellos una cesura o la concepción y de la sensibilidad cristianas. En gran parte,
' porque en el períOdo anterior toda la sociedad había aceptado
incluso una ruptura, también los otros deben encontrarla es
aceptable, pero sólo mientras no se supera la inevitable parcia­ que las funciones culturales fuesen desempeñadas por eclesiás­
lidad de las distintas disciplinas. Además, antes de sacar de ticos y que el monopolio espiritual de estos últimos se impu·
ello consecuencias en d campo de la periodizaci6n, seria nece­ siese, indiscutiblemente, en este sector. Aunque en los dos
sario que también las otras épocas, anteriores y siguientes, fue­ siglos que vamos a estudiar tal situación se modifique de una
sen analizadas con igual cuidado para determinar la frecuencia manera amplia y a veces radical, semejante proceso no llega
Y medir la intensidad respectiva de los distintos ritmos y ce-
al punto de hacer reconocer que, en conjunto, la cultura no se
""''·
expresa ya en formas cristianas.
En d plano más estrictamente cultural, los efectos de la pe-
riodizaci6n se han hecho sentir profundamente. Seda realmente
injusto reaccionar ante la contraposición entre Edad Media y II, LA RELIGION Y SUS DIMENSIONES ECONOMICQ-SOCIALES
Edad Moderna, y ante su localización entre los siglos xrv y XVI,
hasta el punto de afirmar que cuanto se ha dicho desde tal Si hemos empezado diciendo que el sistema cultural de este
punto de vista es vicioso o err6neo. Al estudiar este, como periodo es de carácter religioso, se debe a que la única cosa
cualquier otro, periodo históricu es necesario ir mlis alLi de fundamental común a los hombres desde la mitad del siglo XIV

la ilemática pregunta: ¿qué es 1? que acaba, qué es lo que hasta la mitad del xvt es precisamente la religión. El Sa·
ero Imperio Romano se ha limitado definitivamente al área
coauenza? No porque no haya siempre cosas que perecen y
mueren y otras que surgen, sin que entre ellas exista una germánica, y, en la práctica, Europa ya estil dividida en Es·
continuidad orgánica. Pero al lado de lo que desaparece y de tados de estructura prenacional, frecuentemente en lucha entre
lo que nace hay muchos elementos esenciales afirmados con sf. La economía agraria y comercial conviven sin comunicarse

72 73
materiales y el ejercc1o de una autoridad que mira al cielo,
mucho, dé igual modo que los nobles continúan viviendo en
pero dedicada predominantemente a las satisfacciones terrenas.
un mundo distinto del de los burgueses y del de los campe.
No pueden especificarse aqui las proporciones que existen
sinos, No existe una justicia única que se aplique a todos los
entre la propiedad eclesiástica y la propiedad laica, entre el
miembtos de un organismo político, sino que funcionan varias poder efectivamente ejercido por la Iglesia y el poder civil.
al mismo tiempo en el mismo tetritctio. No menos variadas son
Bastará subrayar que la religión, además de ser un mensaje
las b'bettades, es decir, los privilegios de que goza cada grupo o la administración de un culto, es, en primer lugar, una
social. Pero la religión --que caracterb:a enteramente el arte organización económico-política tan arraigada en la estructura
y la filosoffa, plasma la moral e influye decisivamente en casi social como en la mental. Es absolutamente indispensable tenet
todas las ramas de la actividad humana- es una y común a presente que cuando aqu[ se hable de ella, sobre todo en cuantó
todos los países de Occidente. sistema cultural --de conceptos y de imágenes, de sentimientos
En la Europa de aquella época, la religión no es sólo un y de costumbres-, tal sistema no es más que el aspecto ideo­
tipo de comunidad espiritual más o menos profunda. No con· lógico y psíquico de una realidad más compleja -de la que es
siste sólo en los ritos más o menos análogos que se celebran inseparable. El mayor error. que podría cometerse en el análisis
al nacimiento y a la muerte de cada uno, o en las ceremonias de las creencias de este período seda el de considerarlas pro·
cotidianas del culto. Hay que tener en cuenta que el cristia­ vistas de vida propia, como separadas del mundo en que se
nismo tiene un peso específico enorme para todo tipo de socie­ manifiestan. Tampoco han de ser consideradas sencillamente
dades y de vida en Europa. En otras palabras, la actividad como la continuación y el mantenimiento de creencias anterio­
económica, po!ftica, artística, filosófica discurre por cauces reli· res, herencia tradicional y fase transitoria para subsiguientes
giosos. Según los sectores, logra extenderse más libremente o desarrollos.
filtrarse en el subsuelo, pero el cauce existe siempre. El pe­ A mediados del XVI result6 claro para Ia conciencia de !Os
ríodo que va desde mediados del siglo XIV a mediados del xvr europeos más evolucionados que la religión tenia un signifi.
se caracteriza todavía -no menos que los siglos anteriores, y cado predominantemente �positivo•, es decir, que era un fenó­
a diferencia de los siguientes-- por una fuerte estructuración meno terrenal que se manifestaba en diversos sistemas dogmá­
cristiana de la civilización en su conjunto. Uno de los elementos ticos y de culto. Se tenia entonces la convicción de que una
esenciales de la aceleración del desarrollo europeo, a partir cosa era pertenecer a una religión y otra ser religioso, y que
-

de la mitad del XVI, consiste en la disociación cada vez más la religiosidad de cada uno pocHa incluso abstenerse de seguir,
deliberada entre la realidad laica y la religiosa. en todo o en parte, una religión determinada. En el curso de
En el periodo que aquí examinamos la religión no es s6lo los doscientos años que aquí examinamos no faltan los presen­
una visión moralista o una manifestación cultural análoga al timientos de esta convicción interior, pero permanecen limi­
arte o a la música de hoy. Ni siquiera se plasma como un tados a un drculo muy restringido de personas. Es, pues, de
sistema de creencias y de dogmas. Lo que más cuenta es que fundamental importancia señalar que para la gran mayoría no
los principios cristianos han plasmado ya una sociedad que son concebibles experiencias espirituales -y mucho menos la
encuentra en ellos su justificación y su legitimidad. La estruc­ búsqueda de un original contacto con lo divino- fuera de las
tura jerárquica del poder civil, incluso de diferentes tipos de coordenadas cristianas. La religión, en este periodo, constituye
poder, se basa en el postulado --esencial para todo cristiano­ un conjunto extremadamente complejo, puesto que bajo su
de que su autoridad viene de Dios y que no se .debe resistir nombre se incluye tanto la percepción de ingentes impuestos
a él. No menos importante es la sanción fundamental que la fiscales como la administración de los sacramentos, la clausura
religión da a la subdivisión de la sociedad en clases. La cla­ o el sacrificio monástico de muchos ignorantes y de vidas
se más poderosa, más arrogante en la afinnación de sus prerroga­ jóvenes, como la vigilancia de las opiniones filosóficas o la
tivas y más organizada para hacerlas valer es precisamente la composición de las obras teatrales. Hoy podemos estudiar la te­
eclesiástica, que es también la más interesada en el Inmovi­ mática de Ruysbroeck o la polftica beneficia! de la Curia roma­
lismo del orden establecido. En este período, en mma, el cris. na, la representación de la muerte o las obras de los occamis­
tianismo no es principalmente levadura espiritual o anuncio de tas, e instintivamente nos inclinamos a clasificar estas investi­
vaklres trascendentes, sino un sistema cultural dominante y una gaciones en la historia de la mística o de la economfa, del
realización terrenal, un dominio efectivo de enormes bienes arte o de la teología. Sin embergo, no nos engafiemos. Es pre-

74 "
ciso convencerse de que estos diversos aspectos de la vid� hacerlo cada primado u obispo, cada abad o canónigo en �1
del XIV y del xv no sólo están estrechamente enlazados, sino ámbito de su propia jurisdicd6n. Y desde la mitad del si­
que lo están exclusivamente en nombre y a causa de la religión glo XIV se percibe claramente, en muchos ambientes laicos, sobre
que relaciona y quiere regulado todo, que comprende y pre­ todo en las ciudades, una verdadera acritud respecto a los
tende justificarlo todo. eclesiásticos, que puede limitarse a una aversión, m�io de
Hemos insistido tanto sobre este aspecto preliminar e impres­ fastidio y de desconfiaru:a, pero que llega también a la sátira,
cindible, porque la Iglesia -wn la que, de hecho, más o a la ironía, incluso al desprecio y al odio.
menos se identifica el cristianismo en Occidente- no tiene,
despyés de 13,0, una importancia menor que en siglos ante­
riores. Es muy cierto que las espectaculares afirmaciones de In. FIRMEZA Y FALLAS DE LAS CREENCIAS: EL CfSMA
Gre¡orig VII sobre el emperador alemán Enrique IV o de
Bonorio III y de sus sucesores sobre Federico Il no tienen La Cristiandad europea es un mundo mentalmente bastante
ya lugar: incluso el rey de Francia se opone audaz y vic­ certtdo en sí .mismo. Cualquier docto teólogo o cualquier laico
toriosamente a las pretensiones de Bonifacig VIII a comienzos sin prejuicios formula comparaciones -generalmente desventa­
del siglo XIV, así como, poco después, Ludovico de Baviera josas-- entre ella y la orto:doxia griega o las naciones no c�is­
y su teórico Marsilio de Padua persiguen análoga finalidad. Es tianas tanto paganas como mfieles. Pero la mayor parte también
innegable que las distintas monarquías nacionales ganan terreno ;
de la personas bien informadas vive sin una comunicación ni
en su oposición a las ambiciones pontificias. Sin embargo, tam­ una apertura real hacia el universo no cristiano. No hay diálogo
bién es cierto que durante el período de su residencia en alguno con el Oriente asiático, no hay un amplio debate con
Ayifión (1309=1377) los papas refuerzan singularmente el sis­ el mundo musulmán y tampoco un profundo contacto con la
tema jurídico-financiero que hace de su poder un me<:anismo Iglesia oriental. Hacia 1350 Europa es un área mental y espi­
eficiente y formidable. Apoyándose en principios que más de ritualmente cerrada, como replegada en sf misma, en que las
uno niega ya, pero que todavía son admitidos• más o menos grandes controversias y las pasiones religiosas se estancan, sin
abiertamente por la mayoría, los papu proceden a la organi­ ser por ello menos ásperas, por lo general. los que más sienten
zación económica de la esfera «espiritual» o «religiosa», con­ la necesidad de salir del impasse se indinan, instintivamente,
siderada de su más estricta competencia. Sobre la base de axio· hacia los or{senes de su sistema cultural: el cristianismo pri­
mas seudodog:rruitioos, perfe<:cionan cada vez más un espe<:ial mitivo y la Antigüedad clásica. Ni siquiera éstos pensarfan
derecho propio, llamado canónico, en cuya creación se com­ -salvo rarísimas excepciones y como ocurrida, en cambio, a
portan como un poder absoluto de orden terrenal. De postulados partir de la mitad del XVI- en una confrontación fructuosa
teo16gicos hábilmente distorsionados, de tradiciones dudosas pero con las otras culturas.
rentables, la Curia papal crea una red cada vez J:nás densa de La religión ha inoculado profundamente en los europeos
consecuencias, tejiendo una malla de pretensiones en las que -incluso a pesar de ellos, y no obstante la evidente insatis·
es·
van a caer las más diversas ganancias, de un modo cada ve:�; facción de alguno&- una marcada sensación de superioridad
más sistemático. As!, la Curia funciona como un verdadero piritual. Les parece innegabl� que el conj';lllto de sus cre�as
_
gobierno central cuyo dominio se extiende a toda Europa. No se basa en una revelación d!Vma, y que esta es muy superiOr,
hay nombramiento de obispo o de abad, o incluso de simple incluso radicalmen te, a todas las otras formas religiosas, pre­
cura, del que ella no saque un tributo financiero, por medio cedentes o contemporáneas. Por esto no es posible un verdadero
de un sistema internacional de recaudadores y de banqueros diálogo o un verdadero debate, excepto en el $eno de su
que ponen a su servicio todos los refinamientos de la contabi­ propio sist�a cultural. Por otra parte, éste es t�bién el mo­
.
lidad precapitalista. Pero son muy numerosos los otros tipos de tivo de que sentada � hada 13'0 las pmmsas para una
rentas papales, dw:fe la cada vez más amplia concesión de in· revisión �int ríOi,
-
Sea inriliiielltC - y-es_té OOmeiwmdo ya �pa
__ __

dulgencias ordinarias hasta la proclamación de los jubileos, hasta reCOi:is-ideradóO crítica ni88- prOfunda (cf. cap. 4). También
el preg6n de las Cruzadas (que el pontífice autoriza no sólo Por esto hay que -admitir-qUe; hacia la mitad del siglo XIV,
contra los llamados infieles, sino contra los mismos cristia­ Europa Occidental es todavía una comunidad de creyentes muy
nos), la disolución de los votos, y asf sucesivamente. Lo que compacta, no menos adicta al cristianismo por la in�rcia propia
el pontlfice hace para todo el Occidente cristiano trata de de toda sensibilidad colectiva y de toda construcc16n dogmá-

76 77
tica que por la adhesión renovada y por la falta de una autén­ tidades del país de que forman parte. El fenómeno es muy
tica alternativa espiritual, ética y doctrinal. agUdo, a COillienzos del_ siglo_ XIV, e� Franci� ,Y. en I�glaterra,
De igual modo que se ha subrayado la extremada dificultad y mucho menos en España y en Italia, pero 1ra tntensdicándose
de caracterizar la religión de estas generaciones -por la com­ y, a principios del siglo siguiente, la Curia se verá obligada
plejidad de la realidad religiosa de aquel tiempo-, ha de reco­ a estipular concordatos con casi todos los Estados europeos.
nocerse también lo verdaderamente arduo que resulta caracte­ Es precisamente en el curso del siglo XlV cuando, en el seno
rizar la calidad o la intensidad de las creencias cristianas. Mien­ de estos últimos, comienzan a tomar forma las «iglesias» na­
tras que desde el xvu en adelante un sector cada vez más cionales. Su constitución es un hecho incontrovertible ya en
amplio del mundo europeo se apartará del sistema ético­ el siglo xv, aunque no en todos los países tiene la misma
dogmático tradicional para vivir progresivamente una vida propia importancia.
y acelera!'á, en consecuencia, el ritmo del propio desarrollo moral, En segundo lugar, el propio ooder papal atravieS�� una__cE_SIS
en los siglos XIV y xv hay todavía una notable ligazón entre patente y gravísimo entre 1378 y 1417. la que se conoce como
los dogmas de la teología y la estructura de la sociedad, entre el Gran Cisma de Occidente. Durante treinta y nueve años
los sentimientos religiosos y las costumbres, entre la organiza· el desorden y la !lnuqu1a de la suprema organización eclesiás­
ción del culto y las formas iconográficas, dramáticas o filosó­ tica escandalizaron a los fieles de toda Europa. No se trataba,
ficas. Aunque siempre sea verdad, pues, que la adhesión a un en absoluto, de una controversia fundamental sobre el dogma
credo religioso no es un fenómeno abstracto e independiente o sobre los ritos sino de una lucha de facciones por el go­
del compromiso de cada uno y de su grupo respecto a la bierno de la Igl�ia. A la muerte de Q¡eMjg XI f1370-1378l
problemática colectiva de su tiempo, esto resulta aún más vá­ fue elegido, en Roma, J.Lrhano VI (1378-138'1:). Pero una parte
lido cuando tal relación es, como en este periodo, muy estr«ha de los mismos cardenales que le habían designado, con algunos
y casi compacta. otros que no habían llegado a tiempo al cónclave, se reunieron
A pesar de todo, es lícito el intento de trazar algunas gran· pocos meses después en Fondi y, mediante un acto muy distinto
des lineas para fijar la fisonomía de las creenciis cristianas de aquellos de los que habían surgido los antipapas medievales,
entre el XlV y el xv. El fenómeno principal que las caracteriza eligieron a otro pontífice, que tomó el ppmbre de Oemente VII
parece ser la ruptura interna del equilibrio entre dogma y sen· /20 de septjs;mbre de 1378). Unas semanas antes, aquellos pre­
sibilidad, en-tre doctrina y creencia, entre elaboración intelectual lados habían dedicado a Utb»M los epítetos de anticristo,
y expresión inmediata de la fe. No obstante la división entre demonio, apóstata y tirano. Tales desahogos verbales no fueron
las grandes escuelas teológicas, no obstante la aparición de más que el preludio de actos mucho más crueles y sangrieotos.
notables movimientos heréticos, la Cristiandad de los siglos XII Los adversarios trataron de ellminarse, incluso físicamente, y
y XIII -siglos de cruzadas y de catedrales, de escolástica y de no desdeñaron siquiera el recurso a la fuerza militar o a embos­
órdenes regulares- se nos ofrece como un sistema poderoso cadas alevosas; varios cardenales fueron eliminados violentameo­
y casi armónico, donde los arrebatos de la mística se equili­ te. El desorden duró decenios, y se llegó a tener no sólo
bran con el racionalismo teol6gico-filosófico y la expresión di­ dos, sino ¡rq papas simultáneamente-
recta de la religiosidad parece conciliarse con su 5alvaguardia El espectáculo del Cisma es muy significativo, y lo es, sin
autoritaria e inquisitorial. La época que vamos a examinar duda, no menos por el comportamiento de sus protagonistas que
hereda este equilibrio dinámico, pero -ciertamente, no sólo por la participación de los fieles, del clero y de los Estado�
por motivos espirituales- no lo desarrolla y va desajustán­ en la larga controversia. Es muy justo señQlar -como un signo
dolo progresivamente. de la solidez de las creencias y de la ideología cristiana- el
Ante todo -y a esto ya se ha hecho alusión-, el Papado deseo sincero, y cada vez más dato en el curso de estos acon­
se lanza decididamente por el camino del lucro administrativO tecimientos, de devolver a la Iglesia su unidad de gobierno.
fcUanto menos, implícitamente contradictorio) de su autoridad Entre fines del XIV y los comienzos del XV en Europa no
religioS��. Precisamente mientras la Curia restringe las filas ·aer sé c;oº-c_ibe siquiera la posibilidad de que.J.os cristianos se divi­
gobierno eclesiástico, choca no sólo con las susceptibilidades dan en distintas obediencias eclesiásticas. En el fondo, todos
y los intereses de los diferentes poderes políticos nacionales lamentan y condenan el Cisma: a la comunidad de la fe se
o regionales, sino que �scita la reacción de los distintos cleros exige que corresponda la unidad de la guía jerárquica. Al mar­
de Eutopa, que empiezan a mostrarse solidarios con las auto· gm- de toda discutible analogía entre la situación de este pe-
78 79
el haber hecho de la organización canónica el principal i.ostru­
riodo y la de un siglo después no puede menos de advertirse tnento de su fuerza, el haber ampliado sus actividades económico­
que ya en la primera mitad dd XVI Europa aceptará con dé­ sociales de un modo tan predominante respecto a las otras
biles ii:SeiV"is -uña- riileva-eseiSióñ eCEiástica- -y confesional: i:nás funciones eclesiásticas o más especflicarnente espirituales, d__
bien recurrirá- ji ·eua- coffiO -a Ufi fégffifuci y definitivci--femedlO. haberse transformado, en_ surna_.__e.I:_l -�ª �permonarqula terren�,
El hecho es-que. ·en las últimas déc!!das d(:i" sigiOXxV; la provOCó lí1 rea!Xid!i_ d� Ja! djy�!__.SU monarqufas europeas.___�_s�as
existencfa_j}_!O.l9!_1_&!1_d�.-de _do_s_ Q Iij.ás pontífi�s fu� -��-}o:-_nó­
_

!!��!!_ -la magp.ífica �s\ó!_l_ .qu_e s� les pre�ta�a. con


_

meno _ preñado de consecuencias. � esta época, como - se ha el Cisma que rompía -�- "tJ!l!dad_ �l gobierno_ pontd icto. I:os
anotado- ya;-seaa-tñite -plenamente el soberano dominio d� �pa i:"efes de Inglaterra" y de Francia especialmente, pero tambtén
en la esfera espiritual, pero ésta, como se ha dicho t!lJilb_ién, los soberaiÍos españoles, negociaron ventajosamente la adhesión
está muy lejos de �� sólo «espiritual». Así, puesto que el poder de sus paíSeS a un papa determinado u optaron por una no
de proclamar la Cruzada está reconocido al jefe de la Iglesia, litenos -pro.;emosa n�tl!llidad. b.:�i, un número cada vez mayor
ahora Urbano VI proc�ma una contra su rival. La guerra se de beneficios eCie�;iásticos. h1�on a Cier, directa o indirecta­
enciende en varios puntos y, por ejemplo, bajo esta bandera meii�,-&líO -a--Cóñfil:if - rea.J, y como consecuencia se vieron
decenas de millares de ingleses desembarcan en Flandes, en 1383, r�t las tendexu:ias nacionales y autonomistas del clero
devastando su territorio en la lucha contra los cruzados de --
dé cada uno de aquellos grandes paises. El Concilio de Cons­
Clemente VII, que les oponen fuerte resistencia. Pero, sobre tanzá-Tt414:1418), aún más que el precedente Concilio de Pisa
todo, al ser el pontífice el supremo sost6:t de la jerarquía, ésta (1409), demostró claramente que ya las característi�_a!_geopolíticas
ese ahora en una gran confusión. Los prelados que no obede­ de l��lados, es decir, sus agrupacion�_ _Q!."I!__<I<P_!Iciones»,
cen a un papa so.n expulsados y sustituidos -al menos, sob�e p�!ln notabktile'nte y tenían" mucha más imponaru;ia
el papel- por otros. Como en muchas regiones los seguidores �Íqe cualquier otro factor en la asamblea general de la Iglesn.
del uno se me2clan en proporción casi igual con los del ESto- se tradujo teológica y canónicamente, en la tesis de la
otro la confusión reina entre el clero y la desorientación
invade a la masa de los fieles. Esta anarquía desborda, natural­
NPérioridad - cJei ----co�_--:iObte--::-d _ papa. LoS triUnfos de este
piíilóp10 fUCron tan solemnes y brillantes corno efímeros. Pero
mente su terreno administrativo y tiene inmediatas consecuen· si bien la fuerza monolítica de la autoridad pontificia no se
das �orales y religiosas. La lucha entre las diferentes facciones m-�te afectada_�düradero, entOnces se crearon
pone demasiado al desnudo sus _l!!_otivos económicos, políticos � �; Una. §CParación entre Üna Europa romana y
o personales, menoscabando así la identificación usual entre
una Europa antipontificia. La experiencia prolongada d�_ Cisma
religión e iglesia, entre cristianismo y sistema clerical. ylie aquetlU asam"6Ieas- eciesÍásticas (a las dos ya mencionadas
Superando cuanto ocurre en el plano individual o Jo�al, el hay que añadir algunas otras -de Siena, de Cividale, ele Fe­
Cisma provoca un replanteamiento en el seno de la umversa­ rrara y Florencia-, pero especialmente la de Basilea: 1431-
lidad tan comprometida de la Iglesia. Desde su comienzo pue­ 1449) �pi6 el equilib#!?__din_�mico que_ �- !?s siglo.s ante­
de advertirse, en efecto, que las exigencias polfticas y dinásti· riores se había mantenido _t:,!_ltre el_ -poaer pontifiCto
-
__

y la vnz
cas estatales y nacionales repercuten en las incidendas de la de la I¡1�Í_ll. - uWVCriiSCl.OS papas y la Curia huyeron cada
escisión. Los paises europeos donde eL PQ!;{er monárquico es Vez--iruts de los Concilios y no quisieron admitir más que la
ya bastante fuerte eligen uno de los dos campos, a uno de. los función instrumental de los mismos; sus adversarios perdieron
dos papas, mucho menos por consideraciones espiritualeL _que confianza en la eficacia ele aquellas asambleas en las que el
por motivos predominantemente financieros y con miras___j�ri�­ Espíritu Santo no encontraba ya, a su parecer, expresión con­
diccionales. Ciertamente, el papado habla a91b-ª4_o--l!O.r_�!_rse veniente.
en una potencia de enq_rme p_eso �-�-.:._¡ª- vi4� �l!!(]Q.e;t._�.Q!C­
todo porque habla ido �Structurándose coJOI!_o �-una -�utoriP.a9
central, de carácter ab-soluto e interna<;imi'.il al - mismo_ _tiei!JJlO· IV. CIUSIS FILOSOFICA, PERO NO ]UARQUICA: DE OCCAM
La forma en que había acertado a articular dogma, sensibilidad A TORQUEMADA
y costumbres dentro de una ordenación teológico-jurídica efi­ Los aspectos que asumen las creencias cristianas entre los
ciente, con el fin primordial de ejercer un poder directo sobre ligios xrv y xv están -nunca se repetirá bastante� íntima­
todos los demás aspectos de la vida cristiana, constituía una mente ligados a los fen6menos eclesiásticos y sociales que hasta
obra maestra polftica difícilmente superable. Pero pre<:isamente
81
80
ahora hemos recordado. En otros términos, incluso la forma Al examinar otros aspectQs_ del sistema cultural de Occiden­
en que se desarrollan fenómenos como el del Cisma revela te, no se tarda en descubrir fenómenos análogos. Esa especie
la .fisonomia de las creencias, contribuye a definir el tipo espe­ de buiocratízación de Ji jer11:j:quía que los pontífices han rea­
cial de cristianismo que· se introduce en Europa entre 13'0 y lizado está estrechamente relacionada con el tipo de gobierno
14.5.0,. aPi:oxjmaQa.mente... En g'eneral, parece ya inaceptable el que la Iglesia va dándose de un modo cada vez más claro, es
analizar y jll2gat la vida religiosa de un período histórico por decir, autoritario e imperativo respecto a las costumbres, a la
la intensidad con que fue individualmente vivida. No existe, vida cotidiana y a la propia expresión de la piedad. Entre
en efecto, experiencia religiosa interior que no se concrete la represión del movimie.ñto diatO, a comienzos del siglo xm,
en un comportamiento mUcho lnás amplio y firmemente calcu­ y el estallido del hussita, a principios del xv, la cristiandad
lable de ella. Esto es mucho más cierto respecto a una época occidental no conoce fenómenos heréticos de gran relieve. Esto
en que --...m ...m o hemos dicho- religiosidad y religión· forman es, indudablemente, prueba de una lograda solidez y estabilidad
un todo único, en que el sistema cristiano reina, indiscutido, dogmáticas, pero también de una más difundida sumisión a
akanzando a toda la sociedad, de la que no parece separable. la codificación doctrinal. Parece, pues, que el dominio del clero
Pero veamos un ejemplo. En un tratado reciente se ha escrito sobre la masa de los fieles ha llegado ya a ser tan fuerte que
que en la segunda mitad del siglo XIV (<el problema económico lio permite un intercambio armónico entre la elaboración filO:
determina a veces estrechamente el aspecto religioso» (E. De­ sóñco-teológica y la sensibilidad coleCtiva-:-·
larruelle·E. R. Labande-P. Our!iac). Se especifica que, como los Esto es tan cierto que hacia la mitad del siglo XIV aquella
beneficios eclesiásticos están en aquel momento en plena crisis, gran corriente que había proclamado la armonía y la comple­
un beneficio solo suele ser insuficiente para sostener a su titu­ mentariedad entre fe y razón, entre verdad revelada e intelecto
lar, y por ello se hace necesaria la acumulación de beneficids humano --es decir, el aristotelismo cristiano-, ve que su te­
propios. No pretendemos interpretar -Y sería fácil- que, aun rreno le es discutido por una tendencia muyClifetente, el occa·
cuando el sistema beneficia! hubiera sido legítimo alguna vez, mis�o. Ya durante el siglo xm, como en el plano de la piedad
no era éste un motivo suficiente para perpetuarlo con mengua d-franciscanismo había representado una .reacción contra los
de las más evidentes normas cristianas. Tal interpretación efectos de la más árida escolástica, Duns Scoto se hab.la opuestO"
sería, en parte, abstracta, y, en parte, moralista: presupondría a Tomás de Aquino, basando predominantemente los preceptos
que el cristianismo es un valor atemporal o que, en un deter­ morales sobre la autoridad divina, y poniendo el ideal del hom­
minado momento, «debíall> ser practicado de un modo mejor bre en el ejercicio cristiano de la propia voluntad más que en
que de otro, lo que, en fin, equivaldría a querer aplicar a la el de la actividad intelectiva. El franciscano inglés Guillermo
historia un imposible punto de vista «cristiano». Lo que, en d� Octam (130Ó-1349) adoptó, en los primeros decenios del
cambio, se puede impugnar con pleno derecho en la importante ligio XIV, una actitud mucho más sistemática y radical, ya apun­
afirmación citada es otro supuesto arbitrario y hasta tenden· tada antes por otros teólogos y muy pronto compartida, de
cioso: el que en la segunda mitad del siglo XIV el beneficio diversos modos, por un gran número de pensadores contempo­
eclesiástico tenía dos aspectos separados, el económico y el ráneos. Occam no se limitó a sostener la indemostrabilidad de
religioso. Por el contrario, el beneficio es entonces un fen6- lo� dogmas cristianos o a subrayar los aspectos carentes de
meno indivisible, en el que resulta capcioso distinguir partes toda verosimilitud, sino que declaró ciencias vanas la metafísica
heterogéneas. As.l como anteriormente había sido ya una forma Y la teología racional. Occam no reconoció ya a la razón ni
típica en que la teoría y la práctica cristianas se hablan cr>n· siq_uiera la facultad de demost:r:ar tesis espiritualistas básicas,
cretado indisolublemente en la sociedad occidental, también como la existencia de Dios o la irunortlllidad del alma.
a partir de 1350 continúa siendo una innegable expresión de El occamismo había llegado directamente a los umbrales del
la manera en que se conciben y se viven las creencias religiosas. subjetivismo gnoseológico moderno, aunque lo definiera con el
Sus transformaciones son un fndice seguro de la evolución del viejo término de nominalismo. Pero su fuerza cdtica, que sa­
cristianismo , europeo y sus desarrollos nos dicen qué es lo cudió los fundamentos de la escolástica, se detuvo respetuosa,
que, según los países, admite, sufre o rechaza la conciencia incluso confiada, ante la Revelación. El agudísimo y audaz fran­
cristiana de la época. Naturalmente, el beneficio no es el único d�o trató, más bien, de limpiar el terreno de la teología
fenómeno a tener en cuenta, pero COnstituye uno de los as· de las híbridas superestructuras aristotélico-tomistas, para .mejor
pectos dominantes de la organización eclesiástica. resaltar la sublimidad de la fe. No fue, en absoluto, blando

82
V, «MAS ALLA» Y SENSIBILIDAD
respecto al papa y a la vida mundana de los prelados. Además,
sostuvo _fi_!mcmente q�e 1� autorid!!d _ supr�ª d� _ la_ Iglesia no
r_eiidia en la pet:son��:dei -Pontfñce, sino en la - asamblea conci. En el siglo XIV se advierte en todo Occidente la reacción
liar:-5rn-ciñóiirgo, Occam-- ieronoció a esta últimª la Inlalibiiidad mói:ai frente al siSteiiláecTeSiiiStico. -Entre los laicos no menos
eñ_lt_ enseñanza. doamhka..s.__res¡),!;;tO� -a� la -imPOúD.cia -de-·¡¡¡ lfue enTre· :!OSCiérigOS. -En efectO, los primeros comparten en
aquella época el mismo patrimonio espiritual de los segundos,
espe_culaci�_h_t�rtla!!o-ª...afinnó de un modo incondicion¡¡l la -ver:
dad illi!<XeSibJe, �o ún!Ca_ .¡ suprema, del dogma cristia-no. sienten su debilitación y contribuyen vigorosamente a las ten­
As(_tiiD:lhién_ �_n_ este aspecto se vio gravemente trastorn'&dO el tativas de devolverle fuerza y solidez. En otras partes, simul­
táneamente, se verifica otro fenómeno. E.Q el seno del laicado
equi!i�_tjQ .entre_ dOCtiiria, __ y_ creencia, que el tomismO-habla
tratado de establecer, y esto menoscab6 tanto -a la una como pueden. ya dis�rse minadas bastante sólidas, de formación
a la otra. La administración del patrimonio religioso, en efecto, euco-mtile .f!Ual_-CO_!!�stentt_ y-_(iQCUína_lmente cualificadas, capa·
result? ll!'ás que nunca confiada a quienes se habían hecho ya ces de sostener "ia confrontación con la parte más aguerrida y
depoSitarios de ella, es decir, a los edesilisticos. Y éstos a flladlira-aer-de:to:--nentro ae· este iíltimo-5e observa una no·
pesar de la posición de Occam y de la repetida reunión 'de tabk difereñcia entre. �na_ élite de_ teó:logos, predicadores o pre­
Conc!l!os en la primera mitad del s.iglo xv, no lograron, en lados de alto nivel, por una parte, y una masa de otros pre­
la-áo�;- �� Ct!taS_ _ indoctos -}!__ de monjes groseios, por otra. La
defintnva, contener la invasión de la autoridad pontificia, más
que nunca empeñada en la alitmación de su propia supremacía. d��.e:ncta de _¡;¡na S!;!!ll parte de los cuadros eclesiásticos y
L� �PQI�tica de tipo occamista, _por �na parte, se mostró la cr��te.. �uton,omia de_los cUadros -laicos en este período
como paralizadora del pensamiento teológico que ella tan violeQ· son dignas .de._espccia! �e)ieve. Contribuyen, en efecto, de un
tamente habfa desvaloriMC!o, y, por otra, favoreció la adminis-­ modo notable �_leq¡¡_formación de un nuevo sistema de
tración jerárquica del enorme dominio de la fe. Tuvo éxito � en diverg�n--lo "tiadícionai. Mientras los_pro-.
porgue_ lA_ exigencia. de. .reaccionar_ ..contra la _.escolástica- er�- sen: blemas-J?T!I:ilteadO·s�Por -la s.ituación interna de la lglesi3.- y del
tida de un modo efectivo, � � _dio _resultacJoS--�Sitivos--P<ir �� __abrw,nadores y absorben sus posibilidades de
_
la contribución que prestó, de un modo_ indjrecto pero im_QOr· renovación, :.se va conSo1idando poco a pocó, pero de forma
cada vez más -decisiva� la Cultúrii -:Iica --
-
i
tante, al poder moral y social def clero, Al reducir la parte
-

En el sigloXIV- t'arllb-ién la común sensibilidad colectiva acusa,


. ·
-

viva de la religión a la fe incondicional y la actividad cristiana


a la práctica piadosa, el occamismo reforzó el- dominio de Ta además de la crisis de la jerarquía simbolizada por el Gsma,
Iglesia sob�e los �pfritus, estimuló -tal ve2 a· su pesiir_:_ los efectos de la dispersión ético--di�ciplinaria general. Los ecle-
. s.i���' demasiado ocupados___et;l ..S.I.ll .cuestiones económicO�]urí-
su mcontemble e mteresada actitud preceptista. La conclusión
de la fase histórica abierta por el pensamiento de Ocoim_J¡ �-Y Yi""detídldOs a- ejercer sus funciones _más como admi­
mediados del siglo XIV, se produce un siglo después aproxima· nistt_adO.te�:-gue como gu{as espirituales, con talante de oficiantes
damente con lo que podda llamarse, para simplificar, el triuñ'fo mú que_ ..de.. pastores. La religiosidad de los fides -de cuya
de Juan de Torquemada (1388-1468). En realidad, tras las !arias obediencia y posición dogmática no hay InOtivos para dudar­
.
luchas y los estértles debates conciliares, hacia 1440 una oleada se encuentra casi abandonada a sí misma, es decir, a sus pro­
.de �eólogos y canonistas reafirman con renovado vigor las pre­ pios arrebatos irreflexivos y sentimentales. Mientras _d._ clero
tens.�ones de la monarquía pontificia. El papa es presentado ��!m!_ todo, de la observancia externa del cul�--y
-por Giovanni da Capistrano, como por Juan Carvajal y por de la oerccpción.. de ��- . tdbAtós; inte�iene muY- PocO ·pari
Pierre de Versailles-- como el juez supremo de todos los fieles �el desaj1.1ste y la confusión en que se ven eti.vueltas
en el plano espiritual, no sujeto a ningún decreto conciliar. .las creencias.
T�m�ue�ada, en la Summa de _ Ecclesia, además de sostener que �-��- 41.. concepción y de
·-se--Observa, ante _todo, un deseen
ru stqwera un pa'?a esca��al12� puCOe ser fuzg-ado- rii ·aepuestO,
�sentación de lodívíi:iO;-tma acentuada mezcla--ae IO"ce·
declara q� la pnmacfa pontificia es má!i esenciar a·- ra-fe qile �Q!i-]:n�·-una-reducción d� lo primero a las formas
el mismo Espíritu SaritO:
··
CD� _m�os elevadas de lo_ 11egundo_. Para advertirlo basta'
eDminar algunos aspectos del dogma y de la fe.
-No parece que en este período vacile la visión cristiana de
la ti� como lugar de exilio, donde el hombre tiene que

"
salvación, es presentado como objeto de goce paradisíaco para
padecer y sufrir antes de alcanzar su verdadero destino en el
todo el hombre, incluidos sus cinco sentidos. En efecto el alma
más allá. Sin embargo, tal visión adopta, entre los siglos XIV
estará provi�ta en el Cielo de todas sus facultades: la; spedes,
Y XV, aspectos muy peculiares. Del más allá, y más concreta­
que en la uerra la alcanzan groseramente a través de los órga­
mente del Cielo, se tiene una idea familiar y casi inmediata.
nos s�sorial�s, la invistc:n en el más allá de absoluta pureza
b! _fiel _k_gr��l21! el _«cómo» seguirá existiendo despu/s de
Y _con Intensidad proporaonal a los méritos de cada uno. Es
�� �uerte, _puesto que sabe, y no lo duda en----aESolU-!0, que
evidente que esta síntesis aristotélico--cristiana se esfuerza por
contj!J.uará eXistiendo. La inmortalidad del alma no es ·"creída
epaga_r la exigencia hedonfstica suscitada en el creyente por la
como axioma filosófico y mucho menos, en general, sen�ida
necemdad de una compensación y de una cuntrapartida para
como proceso místico. El _cristiap.q no se ve camQi¡¡r_ ..R.rofun­
lo que ha sufrido en la tierra. Pero 105 resultados quedan muy
d!men�_en_ _�l paso de éste al otro mundo: le parece que
por debajo de los deseos y de las esperanzas de los fieles que
s_�e _s!_�do, poco más o menos, el mismo sei, ermi_smo indi­
se complacen en anticipar al mundo presente los goces futuros
Vlduq qu�- es. Lo que cambiará será el estado de su - íii.divi­
que les �rocurarán loo conciertos exquisitos, las graciosas danzas
dualidad, es decir, la condición externa que le permitirá no .
Y los dtálogos íntimos con los otros bienaventurados.
sufrir ya Y gozar. El fie�_ sabe_ que no estará solo y que encon­
La realidad paradisíaca, proyectada para después de la muer­
tr_ará en el cielo -además de los ángeles, a los que Y� cree
te, ca�i no tiene otr_a anticipación humana más que su repre­
imaginar con toda precisión, además de los santos, cuyo as­
sentaCIÓn mental e Iconográfica. Pero los distintos modos en
pecto tiene ya grabado con toda claridad en su mente- to_41
que se la de�ibe y su re_lativa sobriedad confirman que en
la_ sociedad que ahora le rodea, exceptuados sólo sus miembros
ella se ve la ¡usta y- próx1ma prolongación de esta vida su
enfermos. Por ew el más allá no es propiamente una av-fntill-a,
normal coronación. El significado del infierno en ·cambio' es
Y mucho menos un salto a lo desconocido; es un mundo muy
muy distinto. Entre los siglos XIV y xv se atien'de enonnem�nte
próximo, casi inminente e inmediatamehte superpuesto al mundo
auls, por lo menos en apariencia, a los castigos del infierno
de aquí abajo; como si estuviese colocado a media altura sobre
que a los premios celestiales, describiéndolos de mil modos
la tierra, no perdido en los espacios siderales. Y precisamente
en las predic�ones y en las miniaturas, en los frescos y en
c?mo cada uno conservará su propia individualidad, y seguirá
los tratados. �I?-, embargo esta innegable insistencia es, en par.
Siendo, al menos en cierto modo, prelado o comerciante, cam­ _ �
te, u?a exhibicwn y un mstnunento. Esta época, en efecto, se
pesino o señor, también la sociedad mantendrá allí su estruc­
�g¡a ya, en gran medida, en un mito análogo -el purga.
tura (? adoptará otra muy análoga, en coros superpuestos).
Sus nuembros se dispondrán jerárquicamente a cantar las glo­
tor«?-, que desvaloriza la terrible verdad del mito infernal.
El mfierno, el tremendo lugar donde el alma sufrirá eterna·
rias de Dios.
tnente, no es ya la única alternativa de la bienaventuranza.
El Cielo es, pues, una patria porque en él se encontrará .
Es más: nuentras no se concibe -y se expresa como mejor se
una buena parte de la realidad terrena y porque allí se alcan­
puede--- � paraíso sin la presencia esencial de Dios, práctica­
zará conocimiento directo, visual, de todo lo que ahora se con­
templa o se venera sólo en imagen. Allí estará Dios Padre n:'-ente _el �erno es concebido y sentido al margen de su esen·
aal pnvactón -excepto en la religipsidad y en la iconografía
evidentemente: sumo rey y pontífice, majestuoso y paternal:
de los Países Bajos-. El infierno es una orgía de dolor y un
Pero cuando los te6logos de aquel tiempo quieren precisar el
mar de venganza, cuyo objeto es exclusivamente el cuerpo y
objeto del goce de los bienaventurados, dan un contorno total­
cuyo ministro es el diablo. La fantasía se desata contra el
mente negativo de Dios; es inefable, aun cuando sea la fuente
pecador, al que se describe desgarrado y torturado quemado
y la sustancia misma de la bienaventuranza. Muy distinta -es­
Y devorado de los más horribles modos. Se trata d� un mito
pecialmente para algunos, por ejemplo, para el dominico renano
aterrador y de un desahogo emotivo. Si ya es difícil calcular
Johann von Dambach (m. 1372)- es la presencia de Cristo.
el peso moral de la creencia en el paraíso, lo es mucho más
Este, en efecto, además de ser el Verbo, fue también hombre, _
la del mfierno:_ su cruel y eterno terror está, sin duda, hecho
Y como tal tuvo un cuerpo. Aunque se diga que esto constituye
más para los vtvos que para sus almas. Que en el infierno no
sólo una parte, y no esencial, de las delicias celestes se des­
se querf� creer mucho, lo explica bien el inusitado éxito del
cribe a los b�enaventurados extasiándose a la vista de Jesús,
purgatorw, donde las penas son casi las mismas, pero destina­
gozando del wnbre de su voz, embriagándose con el bálsamo
das a tener un fin.
que exhalan sus miembros. Así, Cristo, antes intermediario de

86
87
El hecho es que en la sensibilidad común la relación con el sentido intimo del arrepentimiento como voluntad reafu·
lo divino se configura de un modo más sentimental que meta· mada de no pecar y la seguridad de qu.e el rito lleva consigo
físico, más elástico que rígido. El compromiso juega en ello la absolución. Por medio de la confesión, se cree, en general,
un gran papel y por eso el destino ultraterreno no es ya con· ponerse a bien con Dios, hasta el punto de que este sacra­
siderado como una suerte que se decide radicalmente en un mento es casi un crisma de salvación cuando se recibe en pe­
puro plano ético. En Dios se ve al Padre más que al juez, en ligro de muerte. En decto, el pecado se concibe como inevita­
ú:isto se ve al que quiere salvar mucho más que al que sabd blemente ligado con la existencia, y Dios no puede menos de
castigar, y, en consecuencia, el cristiano acentúa su propia y usar de su misericordia. Pero se cree que, por lo menos, es
también fácil esperanza de salvación. Pero hay más; todo un indispensable arrepentirse en el momento de abandonar la
mundo de intercesores celestiales interviene en favor del fiel tierra. Por eso la agonía se convierte como en el polo dramá­
para defender su causa, para evitarle la condenación. El pri· tico de gran parte de la creencia religiosa, casi el único acto de
mero, el más podeioso y el más significativo de ellos es la verdadera expiación y de verdadero temor después de una vida
Virgen María. No es sólo una reina a la que es grato ver wro­ inconscientemente liberada -y, por lo menos, aligerada- de las
nada al lado del Señor y casi convertida en su igual, en un obligaciones y de los deberes propios de los cristianos, Así el
Cielo muy monárquico. Es la Madre de Dios, que puede ha· fiel se preocupa cada vez más del paso de un mundo al ouo
cerse escuchar por él. Su intercesión se concibe wmo segura, su y cada vez menos del lazo moral que debería unirlos y que es
intervención como eficaz: se le dedica un culto filial y desbor· lo úniw que podría justificar la contraposición de ambos.
dante. Pero están también los ángeles y los santos. Cada uno En este plano se observa bien el deslizamiento de la espiri·
se siente awmpañado, aquí abajo, por un ángel custodio, invi­ tualidad, tanto en el ámbito de la sensibilidad colectiva como
sible pero siempre pr6xlmo, extremadamente vigilante y muy en su guía jerárquica. El clero, incluso en su mejor parte, casi
batallador, que no considera terminada su misión cuando el no tiene conciencia de la degradación general de las creencias.
alma se separa del cuerpo: la asiste en el último y supremo Como en tantos otros aspectos de la religiosidad, el clero es.
trance, haciendo todo lo posible, incluso ante el divino juez, timula y sigue la tendencia que hace de la muette el punto
para arrancarla de las garras del demonio. Los santos, de los decisivo de la vida cristiana, sin advertir que esto desembo­
que cada uno ha sido especialmente devoto, se reservan prefe­ caba en consecuencias peligrosas y que incluso podla wnver­
riblemente para hacer valer su inB.uencia después de que haya tirse en una forma de alejamiento del cristianismo. Al fin, si
sido pronunciado el veredicto. Se considera, en efecto, que la la religión y la obra de la Iglesia debian, sobre todo, asistir
mayor parte de las almaa se salvan del infierno, pero no puede al hombre en su camino hacia la vida ulttaterrena, si el con·
entrar inmediatamente al paraíso. Los santos, a los que se re-­ junto de las prácticas y del culto debía culminar en la ga­
cutre con plegarias, ceremonias y ofrendas incluso importantes, rantía de la buena muerte, el propósito ético cristiano se va·
no pueden dejar de prodigarse para reducir la permanencia del ciaba de su parte creadora y dinámica, la existencia wtidiana
fiel en el pulgatorio. Y no es esto todo. La presunción de sal­ perdía su tensión espiritual e indispensable. Cuanto más de­
vación que está tan arraigada en la sensibilidad de este pe­ jaba la fe de ser fuente e imperativo de la instauración wn­
ríodo se manifiesta y toma cuerpo en el recurso ya masivo tinua de los valores evangélicos, cuanto más se satisfacía con
a las indulgencias, porque la intensidad de las penas del pur­ una piedad exterior y se transformaba en la confiaru:a moral­
gatorio importa mucho menos que su duración; y la indul­ mente casi inerte de bien morir, tanto más las creencias trai­
gencia se concede, sobre todo, en forma temporal, como dis· cionaban su función sustancial y se adaptaban, en el fondo,
minución de días y días de pena. a las formas administrativas que la organización·' eclesiástica
había adoptado ya. El tipo de gobierno «espiritUal» que el
clero había establecido se wncretó especialmente, enue los si­
VI. EL «ARTE DE MORIR� glos xrv y xv, en la codificación y en la imposición progresiva
de la práctica de la wnfesión auricular. Esta perfeccionada forma
A estos aspectos de la creencia en el más allá, a estas formas de dominio, alcanzada por aquel grupo social, sin duda hizo
de garantia para la vida ultraterrena, wrresponden otras en la también que, si bien no deliberadamente, el clero no intervi­
concepción y en la práctica cristiana. La confianza en el sacra­ niese para wrregir y replantear las mencionadas tendencias de
mento de la confesión no es la menor. En ella se confunden la sensibilidad colectiva. Esta última, sin embargo, al confisu·

88 89
se acentúa la convicción de que el alma que hay que salvar
rarse de ese mOdo, se hada, sin darse cuenta, victima de una
pertenece al más allá, de donde resulta claramente disminuida
vasta sujeción exterior: la religión consagraba el destino de la
la importancia de sus funciones ter'renales y la esencialidad de
pasividad civil y de la minuria mental en aquellos que se
dejaban inducir a concebirla de aquel modo. La aversión de las
sus compromisos cotidianos.
De este modo el anhelo de salvación individual, que era el
corrientes místicas a estas tendencias de la religiosidad parece
lado más vivo de la religiosidad de aquel tiempo, se frustra
muy justificada. Pero no lo será menos la reacción de quienes
en el plano de la piedad colectiva. A esta exigencia el clero
� los humanistas:- buscaron en otro sector del patri­ responde, tras haber impuesto prácticas y fórmulas, con un
momo cultural de Occidente una razón de vida activa o de
los que -bajo el aspecto de una reforma- sometiere a re­ � planteamiento de apariencia ascética, pero sustancialmente la­
xista, en una forma puramente pedagógica y monitoria, que,
visión las creenc¡as de la época y trataron de dar al cristianis­
en lugar de activar, agosta la vitalidad de las creencias. Orien­
mo una estructura nueva.
tando la sensibilidad del creyente hada el drama de su agonla
Asf, entre los siglos XIV y xv, aparece la forma quizá más
y encaminándola a la contemplación de la muerte, la Iglesia
tfpka de la religiosidad de esta época: el arte de morir. Hacia
no podía, ciertamente, pretender llevar las costumbres de los
�ediados del XV se difunde -primero, en ejemplares xilográ­
fieles o infundirlas un poderoso impulso moral. Al ser él mismo
ficos, Y después en opúsculos impresos- una obrita titulada
incapaz de todo eso, el clero se contentaba con un compromiso
precisamente Ars moriendi. Pero no es este aspecto tipográfico
implícito: que el cristiano viviera a su guisa, terrenameme, y
del fenómeno lo que más importa, aunque se trate de una de
las producciones más frecuentes entre los incunables. Mucho llormalrnente ocupado en sus problemas mundanos, pero que
recordase que el más allá le esperaba y que acumulase, previ­
más interesante es señalar que el «arte de morir�> es un autén­
� co género de la literatura piadosa del siglo xv. El opúsculo
soramente, una cierta dosis de méritos. La buena muerte haría
Clt�� no es más que su versión más difundida y popular.
todo lo demás: la Iglesia acogerla sus restos, religiosamente,
Y Dios -acaso tras algunas dificultades- le admitiría en su
lmc¡almente, aparece en núcleos del medio y bajo Rhin' en el
segundo cuarto del siglo. Pero sobre el tema se habían escrito paraíso.
Con estas fórmulas no se pretende dar la definición exacta
otros tratados y tratadillos, y continuarían escribiéndose en
todos los países de Europa, desde Francia a Alemania' desde de las creencias de la Europa occidental en este período, sino
Italia a España.
sólo trazar algunas líneas principales. Mientras el gobierno
eclesiástico se ocupa más del mantenimiento y de la consoli­
Aunque las atribuciones individuales son, a veces, muy incier­
tas, hay un hecho sorprendente. Sus autores verdaderos, pro­ dación de su poder económico-jurídico que de la cura de las
almas, la vida cristiana continúa desenvolviéndose como por
bables o presuntos son personalidades que forman parte de la

é�ite e e�iá�tic� de la época y �uy conocidas tanto por su inercia, más o menos en la huella de la tradición, pero acen·
tuando algunos de sus caracteres y asumiendo aspectos nuevos
r1gor disclphnarto como por su ferviente espíritu religioso. Baste __

nombrar a Mateo de Craoovia (m. 1410), a Juan Gerson Así podría recordarse la transición -que se produce, pred·
(m. 1429), a Juan Nyder (m. 1438), a Domingo Capranica samente, entre el siglo XIV y el xv� de una representación
(m. 1458), a Jacobo de Juterbog (ro. 1465). Si la composición coral del Juicio Universal a otra más intima y sencilla. Ya

de sus o �s. no es anterior a comienzos del xv, su concepción interesa cada vez menos la gran escena del epílogo final que
cerrará toda humana vicisitud, y se representa con fre<:uencia
Y la sensibilidad que revelan se remontan, sin duda, a los úl­
timos decenios del siglo anterior. Todos estos escritores, más creciente el momento del juicio llamado particular, es decir,
que recoger la intuición del místico alemán Seuse, que hacía de l.a sentencia que se supone que Dios emitirá, inmediatamente
de la idea de la muerte uno de los accesos seguros a la vida después de la muerte, sobre el proceder del alma. En estas
interior, plasman una práctica para bien morir, redactando con composiciones -y baste citar la de Roger Van der Weyden
tal objeto plegarias, describiendo las tentaciones a las que el en Beaune----- suelen reflejarse el dramatismo del sentido del
creyente debe resistir y la forma en que debe vencerlas. Pero, pecado y el espanto ante la condenación. Podrían señalarse
sobre todo, la muerte es presentada como el acontecimiento también fenómenos de penitencia colectiva, permanente, como
central de la vida del cristiano, como el único momento ver­ en las cofradías de los Flagelantes y de los Disciplinantes, o
daderamente decisivo para su salvación, y, progresivamente, esporádica, como en la oleada que invadió a Italia en 1399,
como la inspiradora y la guía admonitoria de la conducta. As{ paralizando y dominando toda actividad. Y tampoco hay que

90 91
olvidar la creencia en la venida del Anticristo. Tras haberse e inadecuados a este propósito; sólo algunos príncipes ínter·
agudizado a Jo largo del siglo xrv, las convicciones escato]ó. vienen para regular ciertos aspo:tos de la- vida edesi�stica �e
gicas tienen aún fulgurantes resplandores a comienzos del XV, sus Estados. La cristiandad ocddental no logra sacudir el S!S·
aunque empiezan a dejar paso a otras formas. Gracias tam· tema de gobi_em,o_ de�is:al glle el papado' én gran par�e, había
bién al Cisma, se reafirma cada vez con mayor insistencia que contribuido a arraigar, y no trata de modifio:.:. arlo s stancialmente,
el Anticristo es el mismo jefe -antipapa o papa- de la Iglesia �
corrompida. Pero no siempre se deduce de ello que el fin del sino de pulirlo, de renovarlo. No se propone mas que en am­
mundo sea inminente; se piensa también que hay que pre· bienÚ:s restringidos la abolición del celibato de los sacerdotes,
pararse para él, con un periodo muy largo de reforma y de la reconstitución de una verdadera o:.:omunidad de fieles en la
lucha, es decir, de una vida moral más severa. que laicos y eclesiásticos no se distinga.n y contrapon�an ya en
cuanto cristianos, la destrucción del Slstema , de gobierno que
sostiene la jerarquía. En cambio, van pteparandose lentamente
VII. REPLIEGUE MISTICO Y RENOVACIO:-< MORAL
las condidones para una escisión religiosa profunda . e�rr� el
catolicismo mediterráneo, de tipO romano, y el cnsuamsmo
Las controversias teológicas de los siglos XIV y XV, en com· nórdico. EiirOpa, en sutlla, entre los siglos XIV Y XV, tien� la
patadón con las de la Alta Edad Media o del siglo XVI, pueden sensación de un profundo malestar espiritual, pero no nen.e
la fuerza ni los medios morales y eoonómicos para construir
algO verdaderamente nuevo. Los signos de crisis, que se mul­
considerarse como conflio:.:tos menores. Además de no tocar o:.:asi
nunca problemas fundamentales, estos debates tienen unas o:.:on· _ n replan­
secuencias no proporcionadas a su importancia. As( el problema tiplican hacia 1350, no tienen o:.:omo consecuenCla
teamiento, sino en algunos sectores una parah_zac10n, . ? en al­
de la inmaculada o:.:ono:.:epdón, es dedr, de la inmunidad de la _
Virgen al peo:.:ado original, alcanza una intensidad y una rew. gunos otros la desbandada y la oonfusión, Y en otros mcluso
nancia por 1• menos igual al de la presenda real de Cristo un repliegue. ..

en las espedes eucarísticas. Sin embargo, no faltan las palé. Una forma vistosa de repliegue religioso es el florec!mJento
micas más apasionadas, que adquieren, desde luego, dimensión místico. Aunque los místicos renano�---desde Eo::khart (m. 1327)
.teológica. Pero su tema predominante no son o:.:uestiones teórkas a Seuse (m. 1366), desde Tauler (m. 1361) a Ruysbroeck
o dogmáticas. Muo:.:ho más frecuentemente, se trata de <:osas (m. 1381)-- sean los máximos representantes de tal �e�6me.no,
prácticas, referentes a la organización eclesiástica -como .a éste no se halla ciro:.:unso:;rito a su zona geográfica. Los VISIOnarlos,
violenta disputa sobre la simonía- o las formas de la piedad, Jos extáticos, los predkadores espirimales, los ascetas car.a<:·
las indulgencias por ejemplo. Semejante desplazamiento de-la terizan esta época también en el resto de Europ�, espec1�·
problemática doctrinal era, Sobre todo, o:.:onsecuencia de la es· mente en Inglaterra, en la Europa <:entra! y en !taha. La «VI·
truo::turación de la Iglesia como organización mundana, sobre sión» es un género literario ampliamente cultivado _por. estos
lo que ya hemos insistido. hombres para expresar sus efusiones, o:.:omo la pred¡caclon _ es
el medio más empleado para comunkarlas. No puede .decme .
Desde comienzos del siglo XIV se acentúan, dentro de la
sensibilidad colectiva o:.:ristiana, auténticas tendencias centdfu· qne este aspecto de la sensibilidad del siglo xrv. haya s1do su­
gas, en las que se manifiesta la crisis y la reacción de las ficientemente estudiado, sobre todo en su conjunto. No hay
candencias. La historia religiosa de la segunda mitad del si­ duda de que algunas de sus motivaciones doctrin?les p�eden
glo xrv y de prindpios del XV es la historia de una reforma en<:ontrarse en la tradición neoplatónica y en el propio tomismo:
frustrada. No es que anteriormente no se hubiera ya deseado Eo::khart, Seuse y Tauler son dominkos -sobre los cuales, por
e intentado reformar la Cristiandad, pero la fisonomía que lo demás, ha sido mayor la influencia de Alberto Magno . que
tal exigencia adopta en estos decenios es muy distinta de la la de Tomás de cl\quino--. Sin c•nbargo, es muy conveniente
que tenía en la época anterior, mucho más aud.az en sus formU. subrayar, ante todo, el carácter de esta tendencia que mejor
laciones -casi idénticas, muchas veces, a las ulteriores de los traduo:.:e la temperatura religiosa del siglo XIV; la búsqueda de
protestantes-, y apoyadas, como en Inglaterra y sobre todo una experiencia ética más personal y de un o:.:ontao:.:to directo con
en Bohemia, por revueltas de notables proporciones. Sin etn· lo divino.
bargo, en la Iglesia apenas se ponen en práctica los prindpios Se ha definido la místka como un signo de repliegue, porque
de reforma. Los repetidos Concilios se muestran impotentes muchos o:;ristianos de esta época se sienten inclinados a reple·
garse en sí mismos, apartándose en sociedades propias Y sepa·
91
93
sodal e�
rándose, al menos en parte, de la vida normal de la
Iglesia,
para vivir sus creencias de un modo más pleno y adecuado. doctrinales y consuetudinarios, la organización juridico-
y poderoso , todo ello sostenido por una formi­
Esta actitud representa, sin duda, una reacción ante un grupo sólido
la proli­ u era muy
feración de las ptácticas piadosas, cada ve:z más numeros dable fuerza económica, hacían del clero un gu,ía � �
as, �e, la
menos elevadas y excesivamente reglamentadas por dificil no admitir y no seguir hasta en lo mas mtimo
el clero. ex1g1a�
Desde el siglo XIV se percibe bastante claramente, propia concienda. Lo que los obispos y los cutas .
en los am­ exi­
bientes que se inspiran en el fervor mfstico, una 'tenfa que ser, desde luego, la verdadera forma _de fidehdad
desvaloriza­ Dios. Tanto má� , cu �nto que la lg_lesta ocult� ba aqu
ción de las obras en cuanto tales, y, sobre todo, gida por �
una aversión afir
a considerarlas como el signo primero y acabado !las sus intensificadas extgenctas fiscales baJ_O . la contmua .
de la fe. Ya mac,·ón de los valores consagrados como cnsuanos: la · cartdad,
se ha aludido a la burocratización .de la vida
cristiana en este 1
por ejemplo, que no se interpretaba c_o;no �·¡mp e pa tatlvo
r so·
periodo, que se corresponde muy bien con la
estructuración gesto de
jurídico-económica de la sociedad europea en cial y como instrumento de conservacwn, smo como
general y de la
eclesiástica en particular. En otras palabras, fraternidad espiritual. Todo contribuía, pues, a hacer de la.s
las manifesta­ reli­
ciones del culto divino vienen a semejar -cuan obras y de las prácticas externas una forma acabada �e
delan precisamente sobre ellas-- las de las relacion
do no se mo­ giosidad. Por eso se hacían más numer_:>sas Y se complicaban:
par­
aunque su fundamento y sus motivaciones pretend
es sociales, a Jos sacramentos y a las limosnas, se anadían las ofr�ndas
distintos. El cristiano expresa su fidelidad a
en ser muy ticulares, las peregrinaciones y los legados. Era un SIS�ema _fe­
semejantes a los que le exige el poder terrena
Dios con tributos cundísimo, no sólo en el plano de la psicología colectiva, smo
menajes en especie, etc. El clero, a pesar
l: diezmos, ho· también en el de la individual, porque cada un� se veía _es­
económicas, es la clase más favorecida, porque
de las dificultades timulado, para mejor manifestar su propia creencia ante D.tos
tiene dos fuentes
de ingresos: la procedente de sus posesio y ante la sociedad, a disting�irse de l�s demás en la medtda
nes directas y la que
se deriva de sus funciones. En efecto, el de sus sentimientos, pero tambtén de sus m.tereses.
clero, además de los de
bienes materiales aún importantes que le pertene Como es bien sabido una de las más tmportantes formas
cen, administra mismo tiempo, de la Edad Media

la vida social y religiosa al
un ingente patrimonio «espiritual». En un
mundo jerárquico en en n
que toda actividad humana no está conceb <;.S la de las 'cofradías. Se formaban �asi naturalm�nte
ida como un derecho es. . ?"
sino como una concesión -un privilegio- mundo subdividido en grupos económiCOS Y _profes10nal
que es preciso alean: la �xoyeccton
zar con una contrapartida, al fiel, en general, bre todo en las ciudades eran, en gran medid�,
no le repugna !ateas Y los
d ¡ ordenamiento corporativo. Entre las cofrad1as
:
pagar y recompensar la propia actividad de su
culto a Dios. conventos vienen situarse, frecuentem ente, comu­
El interés del clero hace también que estos tributos v rdaderos a
.
sean con­
·dades mixtas sociedades en las que se trata de rea_ltzar la
siderados meritorios en sí mismos, llamados piadoso
disfrute un grupo socialmente casi parasitario. Así
s aunque los
los eclesiás­
�� ;
e se conside a verdadera piedad cristiana. Las tendencta� mís­
estos
ticos, después de haber vendido sus oraciones, ticas y espiritualistas se desarrollaron, especialmente, en
sus ceremonias
Y sus exorcismos durante toda la vida de un cristian ambientes, y trataron de servirse _d� ellos para . tomar cu�rpo.
o heredan
-por último, una parte de su hacienda «para la Era, precisamente, un modo de legltlmar el propm apar.tamtento
saÍud de � Y al con¡unto de
alma,.. El papado perfecciona un sistema creditici 0 la no adhesión íntima al sistema de culto .
o de capital infi.
nito porque está garantizado por la sangre de Cristo- las prácticas piadosas. Las simultáneas y renovadas t:ntan�a.s
, cuyas ac­ ongt­
ciones se venden con el nombre de indulgencias. de mejorar la disciplina de este o de. aquel mon.aster!O.
Los miembros
del clero se erigen en administradores discrecionales naban también una actitud de emulaciÓn y, al mtsmo t�empo,
de la cle­ !�­
mencia divina, que -ellos Jo aseguran- no podrá de imitación en los ambientes laicos. Son ;ada v�z _mas
ser negada
a aquellos actos de piedad por ellos establecidos portantes las agrupaciones inspiradas en un tdeal cnst¡ano mas
y fijados, y
severo y más serio que el corriente, en una zona un tanto mar·
entre los que se encuentran las inversiones en
dinero.
ginal de la sociedad cristiana. 1:'
� ,que for�an parte de �llas no
pretenden afirmar ninguna pos1cton docmnal nu�v�, �� poner
El sacrificio real que así cumplían los fieles, la innegable
privación de bienestar que de él se les seguía, no podían .
me­ en duda alguna de las consagradas En general, m_ Slqmera pre­
nos de contribuir a convencerlos de que tales actos eran verda­
tenden negar la autoridad o la legitimidad de la ¡er��ufa ecle­
deramente meritorios. Añádase a esto que el ejercicio del culto
divino, el prestigio y la consideraci6n pública, los preceden "·ástica. Pero recurriendo a doctrinas . y a temas espmtuales ya
tes .
incorporados al sistema cultural cnsuano -aunque nunca pre-
94 "
entrega también a la predicación y, sobre todo, a la forma­
dominantes y, a veces, rechazados por la ortodoxia común­ ción de una embrionaria comunidad de jóvenes doctos y asee.
intentan profundizar en e� propio patrimonio religioso par� tas. Laicos y eclesiásticos se incorporan pronto a esta asocia­
encontrar en él nuevos motivos de vida espiritual, menos áridos ción, y así nace en Deventer la importante congregacióu de los
y menos externos. Hermanos de la Vida Común, y éstos no tardan en asentarse,
��onfunto _de J�s- mo�imientos místicos del siglo XIV se en grupos autónomos, en otras ciudades holandesas y flamen­
,
e�pres�, Pues, en actltu_des ment.8les ya aparecidas iliterior­ cas. Su forma de religiosidad es, sobre todo, iudividual e in­
mente Y �n buena parte impregnadas, más o menos de cerca
terior y se sirve de los textos evangélicos más que de la ela­
por_ _el_ _f!_�pfatOriismo, petO, ·desde luego, las exigencias qu� boración teológico-dogmática. Se iuspiran menos en Tomás de
pretenden expresar son muy actuales. La mística de este siglo Aquino que en Agustfn y Bernardo de Claraval. En este am­
hace suyo� los filon_e� t�adicíorydes y los reproduce en formas biente, siguiendo la voluntad de Groote, surge en 1387, en
que anunCJan la rehgJ.Os.�dad de la época siguiente. Lo esencial Windesheim (cerca de Zwolle), una congregación de canónigos
de la experiencia cristiana vuelve a orientarse hacia el contacto regulares, que se asimilan a los agustinos, y se propaga su
personal con la Divinidad, pero un contacto que ahora llega máximo texto espiritua1: la Imitaci6n de Cristo.
a la co?clusión -aun a través de la proclamada nulidad de
Esta!..f9rriente� místkas rep_resentan, . indiscutiblemente, una
etaPa i!Jlportante, y tal vez incluso un giro en las creencias
la propia existencia finita- de afirmar la divinidad de uda
�bre. Y� lo asegura firmemente Eckhart: todo uistiano es
o:istiañas entre los siglos XIV y XV. No se limitan a tomar
tgual a Cristo por naturaleza, aunque no por grado. Para él
poSj(¿¡()i¡· ·contra los abusos y la indisciplina del clero para
Y para los o�os místi�s renanos, el retorno a Dios equivale
. imponerle una conducta más severa, ni a inducir a los fieles
al desc_u?r_�rmento diffcll, pero posible, de la propia e indivi­
al estudio de la Biblia y, sobre todo, del Nuevo Testamento.
dual diviO!dad, de la «imagen increada» de Dios en nosotros,
Sus a_fi�lº-��ª-�t_i��-y_miruc:nto.de..volver a un cristianismo
c?mo se expresa Tauler. Naturalmente, para éstos la profun­
didad S la fuerza de esta experiencia interior supera radical­
� autént_!�--�i�nen SUJI rakes en una OO!ltepción nueva, teó­
rica.�YPrlctica al mismo tiempo, de la yida religiosa. Se em­
mente el valor de las prácticas externas y de las obras pias
. Piga....ª __tomar conciencia del monopolio eclesiástico de las
_
pres�ntas � habituales. Por esta vfa el cristiano, al huSO!r una
creencias, y se reacciona predicando en lengua vulgar, reafir­
':l �ción directa con Dios, encuentra su propia autonomía es­ mando el valor de la creación no estereotipada y la función
pun�al . que le liber� de la sujeción respecto a la jerarquía
moral del trabajo cotidiano. Se funda, además, en la reivin­
eclesuisuca y a la rfgtda letra de la Revelación. Asf, por ejem­
diCQ�:ió,n acPva de una dignidad igual de todos los cristianos,
plo, Tauler -que habfa fundado la hermandad de los Gottes­
esbozando comunidades menos gravadas por el esplritu jerár­
.

¡,eunde- no admite ya que éstos se hallen supeditados en todo


quico. Tal vez si se siguieran con amplitud suficiente el pro­
a la autoridad de la Iglesia.
grero y el sigl!ifiudo de estas .tendencias, potlrla comprobarse
Cie�tam�nte, estas tendencias místicas oscilan -y esto ca­ que hm contribUido a la eSpitimalidad del mundo con no me­
ractenza b1en su fuerza y su limitación- entre el compromiso
nor eficacia ni menor amplitud que el movimiento humanista,
Wl diferente. De todos modos es un hecho que este últiino
terreno, entre el deseo de realizar y afirmar en una comunidad
�umana sus intuiciones, y el deseo de evadirse de los lazos del se implantará con corrientes similares en las regiones de la
Siglo.�¡ � amenco Ruysbroeck, en un momento dado, se niega
Europa del noroeste (Francia del Norte, Paises Bajos, Alemania
a ser Vlcano de Santa Gúdula (Bruselas) y se retira a la soledad e Inglaterra) -baste citar el nombre de Erasmo- y alcanzará
de un bosque. La parte «activa» de su mfstiu consiste en la
d_estrucdón del ��ado, pero esto no es más que el grado ini­
�í resultados no menos ricos y determinantes que el humanismo
. italiano en la Europa religiosamente más tradicional y ca­
Cial, aunque dthcil, de �a ascesis del alma. Otras etapas la
tólica.
esperan: desde la renunoa al mundo de las ¡¡pariencias tene·
nas hasta la imitación ferviente de Cristo y hasta la visión. La
Vltll vttalts_ es para él la contemplativa. En ella el intelecto re­ VIII. LA CRITICA DEL SISTEMA ECLESIASTICO

cupera su pureza primitiva y se anega en lo eterno, para gustar


_ Se está todavía lejos de tener un conocimiento exhaustivo,
del soSlego Y del goce suprasensible de la unión con Dios Dis­ ni siquiera información suficiente, de estos y de otros aspectOs
tinta es, en cambio, la actitud del holandés Gerard Groote de las creencias religiosas en Occidente, entre mediados del
(m. 1384), que se hace discípulo de Ruysbroeck, pero que se
97
96
siglo XIV y mediados del siguiente. Hasta hoy, por tradición posiciones es el síntoma claro de una toma de conciencia anti·
historiográfica, se han estudiado los problemas filosóficos o doc· clerical nueva, sistemática y de inmediata actualidad.
trinales, los fenómenos artísticos o eclesiásticos, con más gusto El teólogo inglés afirma que sólo los predestinados son ver·
que las distintas formas de la piedad, la evolución de la sen· daderos miembros de la Iglesia, sin desalentarse ante el espec­
sibllidad colectiva y los diversos modos en que la una y la táculo de la comunidad cristiana profundamente degradada. El
otra enlazan con las estrucruras sociales de la época. Así han cuerpo místico de Cristo puede vivir perfectamente al margen
llamado la atención las revueltas que llevan los nombres de de la jerarquía, e induso es seguro que encarna en grupos
Wyclif y de Huss que adoptan más violentas formas en el dispersos de auténticos fieles, más bien que en las densas filas
plano social que en el religioso. Casi siempre se las ha con­ de los sátrapas actuales --clérigos, monjes, sus seguidores Y
siderado como una prolongación de las, querellas medievales sus víctimas�. En el presente estado de cosas, dice, sería &a·
o como anuncios de las tomas de posición protestantes. Ahora ludable para la Iglesia que no hubiese papa ni cardenales. Pero
es obvio que resulta fácil encontrar precedentes de las doctrinas para aplicar tal criterio polémico, y conseguir que pueda con­
de Wyclif y de Huss en la problemática ético-dogmática, es vertirse en constructivo, es necesario un principio cristiano y
claro que el sistema eclesiástico contra el que ambos teólogos evidente sobre el cual se funde. Este es la Revelación, el Viejo
se alzan, juntamente con muchos otros, no está debilitado, en y el Nuevo Testamento, tomados literalmente y entendidos en
absoluto, cuando comienza a hablar Lutero. Sin embargo, el su verdadero espiritu. El mensaje de Cristo es perfecto, no
conjunto de las doctrinas del teórico inglés y de sus compa­ hay nada que añadirle; más bien, debe repudiarse todo lo que
ñeros y seguidores, Jolardos y hussitas, refleja con gran evi­ se le ha añadido (la penitencia auricular, por ejemplo, o el
dencia precisamente aquella situación de las creencias que he­ dogma de la transustanciación); y también, más aún, la pro.
mos tratado de ilustrar y que está vigente en Europa entre piedad de los bienes terrenos por parte de los eclesiásticos.
los siglos XIV y xv. Wyclif percibe ya claramente la Iglesia de su tiempo como
El conjunto del pensamiento de Wyclif parte menos de un una organb:ación humana, radicalmente distinta de la trazada
planteamiento espiritual nuevo y de una experiencia religiosa por los Apóstoles. Precisamente porque le parece que repre­
original --como será, precisamente, el caso de Lutero--, que senta la perversión completa del cristianismo, la critica en
de la exigencia de limpiar la teología y la práctica cristianas de todos los aspectos. Desde el punto de vista social, el clero es,
las degeneraciones y excrecencias de la edad más reciente. El a su parecer, la causa principal de las miserias civiles. MonoiJ:O'
anhelo de volver al cristianismo primitivo no es igual de un liza una cantidad enorme de riqueza, que bastaría para satis­
siglo al otro: los programas a que da origen tienen una suce­ facer las necesidades de los pobres. Por ello la autoridad terre­
sión significativa y una historia precisa. En el siglo XIV esta n:� tiene el derecho y el deber de desposeerlo de sus bienes
tendencia religiosa colectiva está en sus comienzos. Es funda· materiales, distribuirlos y administrados como mejor le parezca.
mental advertir que, precisamente en este período, toma forma Los monasterios, especialmente, hacen estériles las tierras Y
en la conciencia de los fieles la diferencia entre la Iglesia como despueblan los campos. Como d voto de castidad femenino es
es y el ideal de la Iglesia como debe ser. Esto presupone una contrario a la. ley divina, la mendicidad es un ideal negativo,
visión crítica e histórica al mismo tiempo; ambas están pre­ que sólo genera una mendicidad mayor. Seda preferible que,
sentes en Wyclif, y lo están más o menos claramente en mu­ con tantos frailes de excelente salud, se formasen ejércitos en·
chos otros contemporáneos suyos. Es cierto que se continúa teros, no de mendicantes, sino de defensores dd reino.
atribuyendo al demonio la responsabilidad metafísica de la per­ Desde un punto de vista cristiano la abominación eclesiás·
versión cristiana y se califica como anticristo a cualquiera que tica es todavía maym. La elección de un Papa es contraria
sea vehículo o partidario suyo. Pero esta óptica ha empezado a la razón: ¿quién puede saber qué vicario elegirla Cristo?
a perder su inicial significado escatol6gico y estos esquemas Papa y cardenales, incluso reunidos, se equivocan a menudc
mentales van haciéndose transparentes. A través de ellos des­ hasta en materia de fe. No es a ellos a quienes se debe re­
cubren Jos hombres su rostro, descubren los móviles de aquellos currir para definirla. El pontífice, pues, no es infalible, en
a quienes se considera responsables de la corrupción de las absoluto; la Iglesia puede prescindir de él, y los fieles pueden
creencias: papa, prelados, monjes, curas, el clero en su con­ salvarse perfectamente también sin él. Mientras tanto, el Papa
junto. Casi toda la doctrina de Wyclif es una acta de acusa­ y sus cortesanos se comportan de un modo diabólico: en lugar
ción contra el sistema eclesiástico evocado. Cada una de sus de ir a predicar el Evangelio se regalan en suntuosos palacios

98 99
y se entregan a la más descarada simonía -más o menos, como Wyclif argumenta en el plano más estrictamente teológico. En
cualquier miembro del clero-. Pero la simonía es una he­ sus páginas aflora, en efecto, un sentido de Dios que no es
rejía pública, y, como tal, merece ser perseguida incluso con ya sólo cristiano ni sólo biblico, sino de una religiosidad casi
la fuerza por el poder civil. Los monjes, con sus órdenes de supraconfesional. El pensador inglés no se entrega a la de­
reciente creación, han pervertido aún más la sociedad cristiana, fensa de los dogmas distorsionados o de la Revelación mal
introduciendo en ella, con la diversidad de sus sectas, una di­ entendida, para hacer brillar la verdad evangélica o la orto·
visión viciada. Sus reglas o religiones privadas son, en efttto, doxia cristiana; esgrime contra sus adversarios la idea de un
formas espurias de creencia, arbitrarias y ajenas a la ley evan· Dios cuya inmensa dignidad no es necesario ofender. Porque
gélica. En realidad, los monjes, con sus hábitos y modos de equivaldría a presumir el juicio de Dios, no han de tomarse
vivir, hacen deliberada ostentación de una mayor perfección, por verdades de fe las canonizaciones operadas por la Iglesia.
pero ninguna regla religiosa es válida si no está fundada en Porque no se puede osar hacer del hombre el igual de la
Cristo. Como el cristiano es libre de hacer ayuno y peniten­ divinidad, no debe admitirse el derecho que los eclesiásticos
cias, la ostentación de la santidad es hipocresía y pecado. De se arrogan de distribuir su indulgencia: ¿y cómo podría saber

hecho, además, se transforma en fraude con daños para el un sacerdote cuánta necesita un cristiano? Porque Dios perdona
pueblo. «La causa por la cual los frailes despojan más fre· a quien antes le da satisfacción, es decir, a quien se �eocupa
cuentemente a los pobres que a los ricos -escribe Wydif en de observar sus obligaciones para con él, no hay lugar a tra·
su De Quattuor sectis novellis- es que los segundos descubren ficar con su favor. El fiel no puede salvarse por delegación
más a fondo el fraude; a los pobres, en cambio, y al vulgo ni por mediación de nadie. Como el tesoro espiritual de las
les falta instrucción para notar el engaño.» indulgencias es una invención fantástica, la transferencia de los
En el fondo de la polémica wyclifiana existe, pues. la COn· méritos de los bienaventurados es un insulto a la gracia de
traposición espiritualista entre la Iglesia como cuerpo místico Dios. Los santos no pueden «superdistribuir» sus méritos, ni
y la Iglesia como organismo social, entre la religión que vive los eclesiásticos repartirlos a su gusto, porque sólo Dios los
en el alma y la que sólo está en el hábito. Pero, precisamente ha aceptado como méritos, y son méritos, no por sí mismos,
por su recurso al mito del cristianismo primitivo, el teólogo sino sólo porque Dios lo quiere asf. Es también por respeto
inglés no pretende invocar la próxima llegada del fin del mundo a la divinidad por lo que Wyclif no admite la transustancia·
o del reino del Espíritu Sanro. Quiere demoler el sistema cle­ dón: se trata, en efecto, de un milagro inútil. Lo que importa
rical de su tiempo, mediante su enfrentamiento funcional con no es la recepción material del roerpo de Cristo, sino la co·
el modelo evangélico, del que es una degeneración. Lo que munión espiritual con él : la eucaristía es, sobre todo, un
en Wyclif predomina es esta exigencia de lucha directa y de símbolo. En fin, la verdadera piedad reside en el ejercicio de
reacción inmediata, para cuya reali:ución recurre al poder civil las virtudes cristianas, no en los ritos en cuanto tales, y mucho
y a la sociedad laica. El significado de su lucha se revela en menos en el culto supersticioso (de las reliquias, por ejemplo)
el hecho de que no combate tanto en nombre de una reno­ o en las prácticas exteriores (limosnas perpetuas, legados post­
vación religiosa como de unas concretas exigencias ético-sociales. mortero, funerales especiales, etc.}.
Por eso en su argumentación se advierte una dosis tan impor­ La reforma deseada por Wyclif consistía, sobre todo, en la
tante de virus laico, cuya continuidad y vehemencia contrasta afirmación de una religiosidad más severa, basada en criterios
con la relativa sequedad de las discusiones dogmáticas. Cuando éticos de un tipo entre laico y evangélico. Su doctrina era la
ataca la venalidad de las oraciones eclesiásticas, Wyclif recurre transposición ideológica de las exigencias de una sociedad que
a una objeción de lógica económica: tal mercado es fraudulento, se oponía cada vez más al sistema pontificio y eclesiástico, no
porque el sacerdote vende como buenas y válidas unas preces una profundización de los valores cristianos. Los lolardos re­
que sólo Dios sabe cuánto valen. Por otra parte, mientras tal cogieron sus teorías, aceptando algunos de sus aspectos más
venta es un insulto a la virtud del pobre, es inmoral también audaces, pero no lograron imponerse en Inglaterra, aunque,
porque el dinero se distrae así del empleo de la caridad, des� sobre todo al principio, les apoyaron poderosos miembros de
tinándose a personas indignas y no necesitadas. Por admisible la nobleza. Las tesis de Wyclif respondían a una situación ge·
que sea el que los fielt:s ayuden a su pastor, los miembros del neral, y, allí donde la coerción de la jerarquía no pudo impedir
clero deberían desarrollar una actividad civil y rentable. su penetración, ejercieron una grandísima influencia. Así ocurrió
Esta veta laica en sentido lato vuelve a encontrarse cuando en Bohemia, donde tales reivindicaciones religiosas encontraron

100
un terreno especialmente favorable. Allí Milic de Kromeriz
(m. 1374) había fundado una escuela de predicación cuyos o

miembros defendían la vuelta al cristianismo primitivo, y �


'
-como simultáneamente hada Wydif con la ayuda de Juan
1
¡ 8
Purvey y otros lolardos-- Mateo de Janov (m. 1394) se de·

i i i
o

dicaba a traducir a la lengua vulgar el texto de la Biblia. Pero,


6obre todo en Bohemia, las obras de Wydif -llevadas allí '
-e. � "'
en 1401 por Jerónimo de Praga- polarizaron el conflicto entre
el elemento checo y el alemán. Juan Huss, que recogió bas­
tante directamente varias teorías del teólogo inglés, no sólo ' .J
contó con la adhesión de los profesores checos de la Univer­ "! l
sidad de Praga, sino también con la de una gran parte del pue­
blo bohemio. Su muerte en la hoguera, en Constanza (14U), ,j
'
no bastó para impedir la constitución de una verdadera iglesia
nacional. A pesar de los conflictos externos con el papa y el
emperador, a pesar de las discordias internas entre las distintas
corrientes --especialmente radical la de los taboristas- y las
crueles luchas que las acompañaron, el hussitismo se mantuvo
y se fortaleció, aunque con alguna concesión, durante más de
un siglo. El propio Eugenio IV tuvo que pactar con él (Com­

pactada de lglau, 1436), y, en 1458, el hussita Jorge Podiebrady


(m. 1471) subía al trono de Bohemia.
La religión era, como se ha dicho al principio, el sistema cul­
tural e ideológico de toda una sociedad; no podía, pues, ser
radicálmente mOdificada, sin perturbaciones profundas, ni sin
la intervención ni la aportación de vigorosas fuerzas nuevas.
Entre los siglos XIV y xv, las naciones europeas, en pleno _pro­
ceso de consolidación, estaban demasiado preocupa.das_ por- pro·
blemas Ca¡il!:itles · para su propia ·existencia, y no podiiin. en­
contrar las energías suficientes para operar una refoiiila,-Cuya
necesidad era ya, sin embargo, sentida. Persistió, pue5,"eT sis­
tema -que podríamos llamar pontificio, más que cristiano­
de las creencias clericales, y se mantuvo casi inalterado aún
durante más de un siglo.

Fig. 9. La Iglesia en la Baja Edad Media.

103
102
4. Hacia una cultura nueva Europa, toman relieve y adquieren proporciones a ve<:es ya no­
tables una cultura distinta de la escolástica y derkal, una sen­
sibilidad que no puede llamarse ya cristiana. Cuando se define
como laicas a esta ¡;ultuta y a esta sensibilidad, se quiere decir,
ante todo, f!O-_e_desiástka�..!;!L_fUaQ!Q a inspiración }[_pum9Mtm;,
I. E!. SENTIDO DE LA MUERTE ll!_�C_n_te_ .en._.�.!llº-- !!...lo.L�. Laico es, si se
l_lO -��sari!!_
quiere, una categoría cultural sobre todo negativa, una ¡;a­
Por su carácter sistemático y compacto la cultura edesiásti racterización genérka para todo lo que escapa -tal vez sólo
ca
de los siglos ��II y XIV entorpeció, in duda, la orgánica en parte- el sistema cristiano. Naturalmente, no vamos a decir
� y cons­
que antes de 1350 no hubiera manifestaciones laicas. El es­
_
c;ente afirmacron de una cultura la1c.a. En efecto,
en aquel pe­
nodo, sobre todo en ciertas regiones y ciudades de tudio del dere<:ho romano o la poesía trovadoresca lo desmenti­
Occidente
la s_ociedad se había organizado ya de un modo
.
ongmal en ordenamientos político--económicos que
autónomo ; rían de modo demasiado evidente, y fácilmente podrían añadirse
prescindían, otros. Ni se afirmará siquiera que tal fe<:ha sea válida, sincró­
fundamentalmente, de los ideales teocráticos nkamente, para todos los países europeos. A nosotros nos basta
y feudales del
papado Y del sacro imperio romano. Exceptuadas mn poder afirmar que, e� los siglos XIV y xv, se encuentran
ciertas ma­
nif�staciones de carácter popular, por lo demás no en Occidente los síntomas indudables y los presentimientos ..Q[.­
bien co­
nocidas, Y algunas notables pero limitadas formas J;iániCos de -una cultura nueva. Y es legítimo llamarle laica, por­
literarias de
élites, aún hacia 1350, no había en Europa un que se aparta -más que todo lo que se le ¡;ontrapone- de la
arte, una filo­.
sofía, una moral y ni siquiera una ciencia indepen cultura preexistente, indudablemente ¡;ristiana y eclesiástica.
dientes. .o su­
ficientemente distintas del sistema cultural eclesiást Este periodo se distingue, sobre todo, por un fenómeno que
ico. La
teoría po!ftica, es decir, la elaboración concept debe mencionarse antes que ¡;ualquier otro, porque toca muy
ual de los de­
rechos soberanos de una comunidad civil, había de cerca a las creencias religiosas, y porque demuestra qut:
constituido
una de las primeras dimensiones de la toma de incluso en el seno de éstas se producen ¡;ambios de dirección
conciencia de
la sociedad laica. Pero, en general, precisamente e inversiones profundas, mediante un proceso, en gran parte,
_ porque era
obligado <_�ue toda nueva expresión reB.eja se yuxtapusiese a in(Oru;ciente. Ya queda dicho, sucintamente, que a partir de
las patrocmadas por la Iglesia, la cultura laica
se había que­ 1350 la sensibilidad cristiana se polariza de un modo notable
dado daramente retrasada respecto a otras formas en torno a la agonía y al tránsito del creyente de la tierra al
de la vida
colectiva. más allá. Ahora, de modo casi simultáneo y hasta conjunta·
La ¡;ontraposición entre !:Ultura laica y edesiástica mente, florece en muchos paises de Ocddente un sentido de
es sim­
plista y burda, porque las dos compartieron, sobre todo la muerte, desconocido en la tradición y en el patrimonio cris­
en la
fase inicial, un fondo común de dogmas y aeencias religiosas tiano. Separación del alma y del cuerpo, es dedr, pérdida de
.
En todo el período que aquí examinamos, casi todos los
gran­ la parte pasajera y mísera del propio ser, la muerte es, en tea· �
des problemas humanos, todas las exigencias de la sensibilid
ad lidad, para la religión, un acontecimiento acddental y, al mismo r.
colectiva se expresan a través de la temática compleja tiempo, una feliz entrada en la verdadera vida. Por eso no
y casi
exhaustiva del cristianismo o que éste se había apropiad hay sitio para la muerte en la mitOlogía cristiana, y hasta el
o.
Entresa¡;ar el mntenido lako de la forma cristiana período que aquí examinamos no está, _en !1-h�.QL\.I.tO, rodead.ll de··
es muy
arriesgado, e incluso arbitrario, porque, durante mucho horror o de terror. En el peor de los casos se la presenta mmo
tiempo,
no puede hablarse del uno o de la otra como de entidades un ¡;astigo consiguiente al pecado original y sólo subordinada­
dis­
tintas. En realidad, es im}ey,Ql�_ gue Ia �eligió_n_Q_olnina,-� mente como *cuerdo del destino terreno del hombre (memen­
_
y .�.nj:roa .k=- ll!l:l}m" .patte. de . _la&.. foriJlas <;ulturale¡,. no.. sólo.
_

to mori). Hemos visto cómo en el siglo xrv la sensibilidad del


haqa. 1.350., --SlllQ_m.ucho_ _después de esa fecha. Bastaría citar fiel se ve empuiada a dejar para el fin de la existencia indivi­
el caso -muy notable, y, en 'patte;-verdiúTetainente dual el balance de sus cuentas con Dios y a concentrar, al
decisivo-­
de las Universidades, que constituyen uno de los mismo tiempo, en ese último instante de vida la esperanza de
baluartes de
la ortodoxia y del saber tradicional. Sin embargo, a la salvación. El ars mOTiendi no es, sin embargo, la única
partir de
mediados del siglo XIV, aproximadamente, y, sin forma en que reacdonan los hombres de esta época. lndu,
duda, antes
de la segunda mitad del siglo siguiente, surgen en cidos, por asf decirlo, a una más personal meditadón de sus
¡;asi toda

104 105
destinos, les asalta una sensación de temor y de espanto, un
soplo de horror. De ahí el sentido de lo macabro. adulto que el macabro puro y simple. Con él se ,Pa7a de la
Lo macabro no es un valor cristiano. Consiste, sobre todo expresión de una repulsa flsica_ y d� un _horror psiqU!co, a la
_
de un poder universal que se e¡erce md1stmtamente sobre todos
al principio, en un sentimiento de repulsa por la miserable
suerte del cuerpo humano. Este modo de sentir se encuentra los hombres. La Muerte es un ser nue�o en el mun_do d� la
ya claramente en el siglo XIII, y el tema principal en que se sensibilidad tradicional. Es una fuerza Impersonal, m bemgna
expresa es el de los Tres Muertos y Tres Vivos. En esta pri­ ni maligna sin nada de demoniaco o de divino. Se trata, na­
mera fase se descubre, digámoslo así, la descomposición física: turalmente: de enmarcarla en dimensiones moralistas, Y de .

es decir, se Ja percibe y se la subraya en obras literarias y en representar a los miserables que la invocan en ;-rano, mientras
representaciones iconográficas. Es muy importante que se haya ella se abate sobre los felices y alegres; es decir, se . tr�ta de
dado significado a un hecho, lo macabro, que había permane­ convertirla en un nuevo castigo. Pero éste no es el stg �Ificado
cido ajeno, o, en 10do caso, tangente a la sensibilidad cristiana. que se impone. La Muerte es imparcial y no desempena_ fun­
Este descubrimiento, sin embargo, no alcanza en el siglo XIII ción ética alguna, es el símbolo de una ley_ q�e se aphca a
una autonomía propia y va a enmarcarse en la concepción re­ todos los hombres sin excepción y sin mot!v�c!o�es morales,
es el inexorable perecer humano, hecho conc¡enc¡a �olect!va. _
ligiosa dominante. Muy fácilmente encuadrado en una estruc­
tura pedagógica, lo macabro es aprovechado para decir al fiel: Precisamente porque esta conciencia se refier� exclusiVamente
_
mira lo que te espera, mira cómo es vano el cuerpo y cualquier al propio ser terreno, no es de naturaleza ctJStJana y, no _se re­
valor terreno que con él se relacione. laciona con el sistema de las creencias habituales. Mas b1en es
-., La novedad del siglo XIV consiste en el hecho de que no se un 'igno de que estas generaciones meditan sobre si mi�mas,
detiene en el horror ante el cadáver. Hacia 1350 se llega a una en términos que no son ya los de 1a viS! _,. ·
· '6n I<:11g10sa corr�ente-
representación nueva y totalmente autónoma: la de la muerte. En el íntimo reducto !h-J�s_ .Q.roi!i.Mu:Qlll!.il:�
: h..Jio.nde el
No era enteramente desconocida a la temática cristiana _del pe­ dogma debería reinar sin conflictos� el hombre P!ensa ya :n-.�1
ríodo anterior, pero su presencia, en sf muy rara, no era la de mtsmo·en· cUantO hombre, no ya solo .
cp_mo ctJ.StianQ. Es md�­
una realidad terrible. Se la solfa imaginar como una mensajera dabl.ement� una---experiencia decisiva, que toca sus fibras mas
de Dios, como una especie de ángel. El producto de la sen­ sensibles y que repercute interiormente. As_! surg; el abando­
sibilidad del siglo XIV es muy distinto. O diosa que vuela por narse a sensaciones inusitadas, a representaciones mauditas. _ En
los aires para cortar inexorablemente las vidas humanas, o ser un cuadro de la escuela sienesa de mediados del s!glo xrv, que
cadavérico armado, o caballero impetuoso que hace estragos a representa los tres grandes momentos de la Creación del hom­
su alrededor, 1� Muerte es ya una personificación; repre_!lenta bre &· la Redención y del Juicio, la Muerte aparece en el
un pod¡�r que actúa como por propia iniciativa, siempre ir"re. mo:nento de segar con la guadaña la vida de Cristo. Frances�
sistible. No se ha determinado aún cuánto habrán cont�ibUido­ Petrarca celebra y consagra litetariamen�e, poco añ?s despues,
el espectáculo terrible y la realidad desastrosa de las epidemias el tema del Triunfo de la Muerte. Su� nmas dan on?En a toda
a fortalecer un sentimiento colectivo de sujeción a una fuerza una serie de composiciones que proliferan en los Siglos XV Y
exterminadora y a hacer necesaria su representación. En realidad XVI. Pero como la versión del Triunfo derivada �e Petrarca
el análisis iconográfico encuentra precedentes sin demasiada di­ está lejos de ser la única forma de este tema_ Iconográfico,
ficultad, y junto al del ángel, están los del cuarto jinete del otros motivos esenciales acompañan a la proclamaciÓn del poder
Apocalipsis o el de las flechas como símbolo del azote divino. inexorable de la Muerte, espiritualmente funJam:nt�l. El n�evo
Sin embargo, mientras en los primeros decenios del siglo XIV sentido de la muerte no puede encerrarse en la opt1ca cnst1ana, _
la representación de la muerte era todavía muy Véria e incierta, porque ya nq es' abstacto ni se limita a la dolorosa ��mpr?ba­
en general simbólica y a menudo fantástica, a finales de siglo ción de la mortalidad universal. Ahora vive . en la espmtualidad
se concreta y va a imponerse una solución. De cualquier modo de la época y constituye una de las notas más características
que realice su acción, la Muerte es un ser de formas humanas de su individualismo.
La Muerte es, al mismo tiempo, el destino de tod?S Y la
.
y cadavéricas al mismo tiempo, una contrafigura repugnante
e insoslayable del cuerpo viviente, la proyección de un senti· .. uno · el revés inseparable de. su personalidad
suerte de "odo ,
.
es,
pue el sentido íntimo de la propia durac1ón humana e Irrecu­
per:ble. Así se mueJ;tra, y los poetas �entre todos, bastada
miento ya definido.
El nuevo sentido de la muerte es más rico, complejo y
citar a Eustache Deschamps (m. 1406)- cantan el dolor de
106
107
3bandonar la vida, estado de ánimo tan extendido y polivalente, nadas en jerarquía descendente, los miembros de cada estado
que acaso sus aspectos sean los que mejor ilustren el sentido -desde el papa y el emperador al cura y al campesino- se
de la muerte de 'finales del siglo XIV y del siguiente. Uno encuentran cada uno con un muerto; cada pareja representa un
de sus recurrentes refkios traduce la inspiración cristiana gue cadáver apoderándose de un vivo, cuyo símil puede encontrarse
necesita tomar_ o;;ondencia del próximo fin corporal -PJ!Ja pre­ en la vida cotidiana. Los muertos no sorprenden a lo� vivos
parar la vida futura. Sin embargo, cuando se anaJi:za de cerca, por la espalda, ni siquiera los matan materialmente. Saben muv
se le ve casi reducido al tema del congregate thesauros. Se trata bien que no destruyen sólo el despojo carnal del alma, sino
del reflejo espiritual más próximo a la tradición y que menos toda una realidad humana, hecha de poder y de sufrimiento,
pertenece al círculo de los otros sentimientos; es como un de dolor y de goce. La muerte se impone a cada uno con
punto fijo y un polo que parece incapaz de atraer matkes su sola presencia, y para anularle toda veleidad de resistencia
nuevos. Estos, en cambio, van reuniéndose alrededor de otro le basta sólo con un gesto. La unicidad y la unidad del poder
polo; el_Jl!IJQr. por la. .existencia .terrenal, por la propia. indivi, de todos estos muertos no procede inmediatamente de Dios,
dualida_Q, !!UnQUe ���- caduca. Ante todo, la melancolía por el sino más bien de la condición natural. Al venir en tan grande
propio destino físico, el sentido profundo �pero como im:spe· número a adueiiarse de los vivos, hacen valer su estado como
rada- del carácter natural, del ritmo orgánico de la vida fundamentalmente concluyente y verdaderamente actual de la
humana. Después, la amargura de los placeres del cuerpo, que realidad humana.
no pueden renovarse o prolongarse. Deschamps lamenta la En la Danza se hace presente un nuevo sentido de la dura­
pérdida de los goces sexuales y declara que aceptaría cual· ción. No se expresa sólo en ella el sentido de la muerte de
quier desventura a cambio de su vigor de otro tiempo; las una colectividad, el conflicto en que la tragedia de cada uno
dulzuras que de él alcanzaría le compensarían ampliamente. no es menos dramática que la de todos sus semejantes toma·
Villon (m. 1465, aprox.) lamenta los excesos de antaño y le dos en conjunto. Hay también el estupor del �ivo, el recono·
parece que la juventud le ha abandonado de improviso, de cimiento de la caducidad del cuerpo y de los bienes; y sobre
un modo tan insidioso que no puede decir cómo. Después tal estupor se alza, desde el principio al fin, implacable, la
viene una nota trágica y patética; la ilimitada piedad por la ironía. La pesadez esquiva de los vivos se convierte en una
suerte humana. torpeza reacia e insospechada ante los esqueletos que se bam­
Tal vez nunca como en las primeras generaciones del si· bolean, que se agitan y que, entre carcajadas, los arrastran en
glo XV ,-Y especialmente en Francia- el amor por la vida del su ronda. Por doquier está presente una ironía que no perdona
cuerpo como vida del hombre se ha liberado tan directamente a nadie y que traduce la conciencia de los limites de la cxis·
del sentido de su necesaria descomposición, nunca la caducidad tencia física, gracias a un dramático pero objetivo distancia­
de la materia ha sido humanizada de un modo tan vital. Míen· miento psicológico. La perspectiva de la doble suerte del propio
tras se opera así la inversión del significado tradicional de la ser -el juicio del alma y la descomposición de la materia­
muerte en la sensibilidad laica, surge en tierra franco·germánica aparece también en los reflejos de arncpentimiento y de apesa­
el más original de los temas macabros. El profundo· cambio del dumbrado estupor. Entre estos dos matices complementarios y
gusto operado en Europa a partir del 1500 ha utilizado espe· también contradictorios hay, sin embargo, un núcleo nuevo,
cialmente este motivo, al menos en el plano iconográfico. La una especie de sentido doloroso de la propia realidad humana.
Danza de la Muerte, en efecto, fue como una dimensión de la sen­ A la melancolía del abandono de todos los goces terrenos se
sibilidad colectiva desde comienzos del siglo XVI. Se representó contraponen, en efecto, ironías y sarcasmos que la sabiduría
en forma teatral, además de inspirar composiciones literarias cristiana, y también la vehemencia ascética, habían ignorado
y de figurar en frescos en las iglesias, en los claUstros, en los hasta entonces. No se pretende insistir ya sólo sobre la igualdad
cementerios. Para nosotros, hoy, sobrevive especialmente gracias de todas las condiciones sociales ante la muerte, sino afirmar .que
a la imprenta, a los grabados franceses de finales del siglo XV ésta puede actuar como contrapeso de las pasiones y de los arre­
y a los alemanes -entre todos es notable la serie dibujada por batos, de los errores y de las verdades de los hombres. Sin
Holbein- de los primeros decenios del siglo siguiente. iniierno y sin paraíso, la insuperable amargura de la aniquila·
La Danza de la Muerte es una de las primeras manifestaciones ción física, la realidad perturbadora del perecer terrenal bas·
corales de la nueva cultura laica. Toda la sociedad celebra en tan por si solas para dar a la vida un sentido, al mismo tiempo,
ella su amargo encuentro con la aniquilación corporal. Orde· trágico y plenamente humano.

108 !09
11. EL MITO DE !,A GLORIA cuemro hasta la puerta oriental, con millares y millares de
purpurados. No te será ya ni siquiera lícito prosternarte en
Entre los siglos XIV y XV la sensibilidad colectiva su presencia.» Y desde entonces, si se puede seguir hablando
?
lizan o u� giro, t mbién en el plano escatológico,
está rea·
al recurrir
en términos de tiempo, seguirán y aumentarán para cada bien­
C?" Intensidad creciente a una perspectiva de supervivencia dis­

aventurado los honores, la gloria y el goce.
ttnt� de la tradicional. Tal es, concretamente, el El sentido de la gloria, que así se inttoduda en el paraíso
mito de la
gloria. Como el sentido de la muerte tiene en este en la primera mitad del siglo xv, aleteaba desde hacía más
período sus
más profundas y fuertes expresiones en la zona de un siglo sobre la sociedad laica de Occidente seduciéndola.
franco-germánica
a un. lado Y al otro del eje del Rhin, la gloria
-a la qu� Y esto no deberá parecer extraño. Así como la sensibilidad
_
tamb1en se �uestran extremadamente sensibles muchos religiosa habla intentado afanosamente, en el mismo período,
ambien­
tes del Occidente nórdico- se afirma como valor, acercar el Cielo a la tierra, la más propiamente laica tendía
sobre todo
_
en !taha. Por otra arte, el s ntimiento de la muerte y el a elevar las acciones terrenas, redimiéndolas de la vanidad que
_ p �
de la glona _
no se Sltuan en la misma dimensión. El primero en las amenazaba. Puesto que la gloria proyectaba a los hombres
� ecto, envuelve a � psicología colectiva de un
. ;
modo am lio, hada un más allá, para lo que también tendrían que vivir
d1fu �Ido P r doquier. El segundo está ligado después de la muerte, no entró en patente conflicto con las
� ? estrechamente a
las ehtes, laicas y a veces eclesiásticas, desde los creencias cristianas. El raraíso mismo, ¿no era la gloria celes­
. señores terri·
tonales Y los guerreros hasta los juristas y tial? Así, en el curso del siglo XIV este tipo de supervivencia
los hombres de
letras. se concreta en fenómenos precisos que tienen, desde luego,
N�s creemos, in embargo, en el deber de
� señalar, a título precedentes, pero que no ror eso son menos caracteristicos.
previo, _ , como la que adopta Lorenzo
a PosiClon Se construyen tumbas monumentales y muchas salen de las
�� Valla al final
de su dialogo De voluptate. En esta notabilísima iglesias como en busca de una dimensión autónoma. Los vivos
� c�_a 1430 Y reelaborada después, el autor intenta
obra, escrita
una conci­ quieren continuar figurando en el ejercicio de sus actividades.
liaCIÓn . ntr eestoicismo y epicurefsmo muy significa Sobre sus sepulcros, los profesores de derecho aparecen repre­
: tiva. Como
coronac1on de su· laboriosa y audaz operaci sentados en su cátedra, en actitud de enseñar a sus discípulos.
ón filosófica, Valla
�raza un escorzo de las alegrías ultraterrenas que esperan al Mayor y más espectacular es la audacia de los seriares. Hacia
¡usto: «Las almas generosas --escribe- no mediados del siglo XIV, en Italia, surgen monumentos principes­
temen las leyes
n� están aterradas ante la perspectiva de los cos, que, en lugar de celebrar la paz del difunto, le ensalzan por
_ . amenazadOres su:
plicios, smo que son atraídas por los premio encima de aquellos a quienes ha dejado, como si hubiese alcan­
s». La descripción
de los goces paradis _ íacos que el célebre humani zado y quisiese mantener una plataforma ideal y superior en la
sta formula
�mpezando por la llegada de los bienaventurados al Cielo­ que vive aún. Los Scala de Verona no dudan incluso en apa­
discurre sobre la faldilla de un verdadero triunfo recer representados en estatuas ecuestres sobre sus tumbas. Can·
an•,
..·guo. Esta
ver�10n "' actual"IZada del mas ' allá corresponde, en realidad, al grande (m. 1324 ), a caballo y completamente armado, blande en
hábli compromiso que Valla propone a sus la diestra una espada, desde lo alto de Una puerta lateral de la
contemporáneos
que, en el fondo, le ha sido inspirado por
éstos. La r�pulsa del temor del infierno es una
la sensibilidad d � iglesia de Santa María Antica, en su ciudad. El sepulcro de
Cansignorio (m. 1375), obra de Bonina da Campione, ya está
genial concesión
a la se:venda? estoica y, simultáneamente, a fuera de la iglesia. El príncipe se alza en el aire, sobre su
la más elevada
concepc!Ó? cristian _ a, corcel, en la cima de una alta cúspide cuyo movimiento aseen·
pero, al mantm1er la función del premio
para la virtud, la supervivencia religiosa adquier sional está acentuado por los arcos apuntados que se adensan
e una marcada
fison�mí� hedonista. Cuando luego el autor hacia arriba, y empuña su lanza. No es muy diferente la sepul·
. quiere dar una
!
antl�ll_'aCIón de 1a b enaventuranza, elige la
que le parece más tura de BernabO Visconti, que él hizo construir ya antes de su
}
adm!slb e Y que me¡or puede seducir al lector;
el triunfo en muerte (m. 1385). En cuanto a Ladislao de Anjou (m. 1402),
el patluso del lma que ha lu hado y vencid no duda en volver al interior de una iglesia, pero a caballo y
�. � o, el disfrute de
la alabanza angehca, beaufic , sobre un altar. Sobre su estatua se lee: Divus Ladislaus.
a e mduso divina. «El mismó Dios­
Hombre no podrá ya seguir especlndote Pero soberanos y prelados, nobles y comerciantes dan señales
a ti, hombre-dios
que llegas -concluye Valla-. Se levanta de no querer esperar ya hasta el final de sus vidas para fijar
rá de su trono y, con
gran Vlrtu · d Y majestad, saliendo del palacio sus propias semblanzas terrenales. Como no tarda en reconocer
real, irá a tu en-

110 111
en su De pictura Leon Battista Albeni, hacia 1435, una de las entrar en una especie de eternidad terrenal al margen de la
nuevas funciones del cuadro es la de prolongar la existencia edad; aquellas miradas directas, insondablemente transparent�,
individual transmitiendo a la posteridad los rasgos físicos y inauguran como una sacralidad nueva, viril y directa, En Itaha,
haciéndolos conocer mejor a los contemponineos. El retrato cuando esta inmortalidad fisonómica se confía a las formas de
no es desconocido, ni mucho menos, antes del siglo XIV, pero la escultura se rodea casi inmediatamente de una aureola clá­
es extremadamente raro. A mediados del siglo siguiente, en sica, más � pecificamente romana. Piénsese en d Nicolás de
cambio, se convierte en un auténtico género iconográfico. Tras Uzzano, de Donatello, y más aún en su asombroso Gattamelata
el escultor Arnolfo di Cambio (m. l30I), que está, por así ,
(1447), la primera estatua fundida de Occidente desde la epoca
decirlo, todavía en ]os comienzos de esta tendencia, el pintor de Justiniano.
sienés Simone Martini hace el retrato del rey Roberto de Ná­ Mientras los artistas expresan de un modo que podríamos
poles en 1317, el de Ladislao de Hungría hada 1325 y el del llamar inmediato el deseo de supervivencia hum�na, los ha�·
condotiero Guidoriccio de Fogliano en 1328. Esta nueva pasión bres de cultura cobran conciencia de ello Y empiezan a mam­
no está circunscrita a Italia. Además de los retratos de los festarlo en forma refleja. Tampoco aquí sería difícil, en abs?luto,
soberanos franceses Carlos V (m. 1380) y Carlos VI (m. 1422) citar ejemplos literarios que probarían la clara presencia e�
y los de Isabel de Baviera y de Juana de Borb6n, bastaría todas partes del mito de la gloria en Occidente antes del SI·
citar la maravillosa serie de retratos flamencos de la primera glo xrv. Sin embargo, no parece arriesgado, en ':lodo alguno,
mitad del siglo XV, así como los pintados por Jean Fouquet concretar que hacia 1350 el mito adquiere un sign1ficado nue�o
hada 1440-1450: Eugenio IV, Etienne Chevalier, }uvénal des .
no sólo respecto a su esporádica reiteración en el patru omo

Ursins, Carlos VII y algunos otros. cultural de la Edad Media, sino también en lo concermen�e
La reproducción de la efigie humana, que seduce cada vez a aquella Antigüedad que se pretende volvq a exhum�r. Hac1a
más en los siglos XIV y xv, encuentra también su modo, en mediados del siglo XIV, en efecto, aparece la tendencia a con­
apariencia más ortodoxo, de insertarse en la iconografía más siderar las letras, ante todo, como un instrumento de celebra­
estrictamente religiosa. En compañía de santos y de vírgenes ción social y a afirmar la exigencia de que los hombres culto�
y, sin la menor duda, también del Crucificado, ocupa, en efecto, respondan precisamente a esa función. No son amadas y culti­
un puesto --de igual y, a veces, de mayor relieve que el de vadas sólo por si mismas, sino, inseparablemente, por su
los personajes celestiales y divinos- la figura del donante. La significado cultural colectivo. En el mundo roma_no, que es con
costumbre arraiga, sobre todo, al norte de los Alpes, y Roger el que parece relacionarse tal corriente, el escritor no se pre­
Van der Weyden es uno de sus más ilustres exponentes. No _
sentaba a su sociedad con esa preocupación. Pero también �n
es aventurado afirmar que ya el cristiano rico se deja atraer el contemporáneo mundo caballeresco franco-borgonon � , la glona
por la ambición individual más que por la piedad cuando en­ era no sólo un valor evocado constantemente como digno de
carga uno de estos cuadros, y no le inquieta en absoluto que ser perseguido y alcanzado, sino incluso de tal índole que legi­
los otros fieles le veneren al lado de Dios y de los santos. timaba las empresas guerreras individuales; pero el narrador
El verdadero retrato, donde el tema no está influido por el de estas últimas --el chroniqueur- no extraía de ellas exalta-
arrepentimiento del donante, es, de todos modos, la expresión ción alguna de su propia indispensabilidad.
más pura de esta tendencia. Una persona real -príncipe o .
Naturalmente' entre los siglos XIV Y XV tal tendencia está
burgués, prelado o comerciante- domina ya el cuadro, en ge­ lejos de agotar ta actividad literaria, cuya mayor _p�rte continúa
neral de medio busto. Se trata de representaciones de esplén­ desarrollándose según los propios esquemas tradiCIOnales o las
dida calidad que el genio de cada artista realiza, pero que no necesidades de la creación artística. No es, por eso, menos
explica. En ellas empieza a celebrarse algo más que el poder, sorprendente ni menos característico de este período que una
la dignidad o la riqueza. Se concreta una sed de imperecedera parte notable de los hombres cultos, ante todo italianos, se
presencia humana, se encarna un estudio intenso y casi ávido hayan dedicado a tal 'misión y se apasionasen por ella cada vez
de las objetivas semblanzas físicas. Los retratos de los pintores más. De este modo· se convirtieron --deliberadamente Y a la
flamencos en especial, constituyen una de las más altas manÍ· par- en sacerdotes '!:le las Musas y de una élite deseosa de
festaciones artísticas de este período. Por encima de la exqui· una cultura autónoma. Algunos de los más grandes cumplie­
sita pericia técnica hay en todos como una alegría común y ron incluso dos funciones literarias: la creadora o más indi­
como un único tiempo interior: la alegria de existir y de vidual y la retórico-social. Es casi obligado citar el ejemplo de

112 113
Francesco Petrarca, tanto más cuanto que él se sitúa práctica­ lejanos antepasados latinos o que sus inmediatos predecesores
mente �n la iniciación de este fenómeno. El autor del inmortal medievales. Menos, porque precisamente recogieron por su pro­
Canzomere Y de otras extraordinarias obras sitúa sus mejores pia cuenta un valor humano ya constituido en el ámbito de
espe:_anzas en �n poema latino, Africa, en el que celebra las una cultura y de una sociedad distintas, es decir, no sólo
. no lo crearon, sino que, sustancialmente, ni siquiera lo reno­
ha:anas de Esc!plón. A su contemporáneo Pandolfo M.alatesta
senor de Rimini, le envía hacia 1350 estos darisimos verso; varon: lo aceptaron tasi intacto. Sin embargo, hicieron también
_ algo esencial, en lo que superaron a los antiguos. En efecto, al
programáticos:
afirmar la función ético-social del mito de la gloria dieron
Peró mi dice il cor ch'io in carte scriva a la cultura en si misma -portadora e induso creadora de
cos� onde'l vostro nome in pregio saglia, este mito-- una función autónoma, sustancial y constitutiva
ché n nulla parte si saldo s'intaglia dentro de la sociedad terrena. Por último, precisamente porque
per lar di marmo una persona viva. estos literatos se hacen ministros y casi oficiantes del nuevo culto
Credete voi che Cesare o Marcello laico -y como los eclesiásticos contemporáneos, vendedores de
0 Pao/o od African fossin cotali crédito y de favor divino, renuevan de un modo análogo algu­
per incude gia mat né per mortello? nM actitudes-, así hay que admitir que el teleologismo y el

Pandolfo mio, quest'opere son frali pedagogismo cristiano habían contribuido profundamente a ha.
al lungo andar, ma'l nostro studio e quello cedes recoger los valote$ ideales antiguos en una renovada pen·
che fa per fama gli uomini immortali '. pectiva de tipo moral. Esta ya no es la tradicional y trascen·
dente, sino terrena y humana, y socialmente selectiva, por no
L � nue_va exigencia de la más alta sociedad laica de una su­ decir de tendencia aristocrática.
pervivenCia ten:ena encontraba as! inmediata correspondencia
en tal tendencia cultural. Los literatos, por otra parte, no
tardaron en proclamar su propio arte más adecuado que ningún III. LA FUNCION DE LAS LETRAS
o_tro Para celebrar .las haza?a; humanas y para alcanzar la glo­
ria. � uy pronto, mcluso, uan· más allá; prometieron la fama No nos parece posible explicar de otra forma la aparición, la
a qm�n aceptaba sus obras y forjaron la inmortalidad hasta naturaleza y la fortuna de la nueva literatura entre los si­
_ glos XIV y xv. Pero es necesario también tratar de dar una
de qu�en m�recía ser olvidado. Pero era demasiado grande en
,
las elztes laJcas, ,Y �obre todo en los principes, la necesidad razón válida del recurso incondicional a los antiguos. El Roman
_ _ de la Rose de Jean de Meung, la Divimz Commedia de Dante
de �a subhmacron 1deal autónoma, además de la de un crisma
-
retoriCo Y de una aureola de cada vez más alto prestigio. Por y muy pronto el Decamerone de Boccac:cio, así como los Can·
. terbury Tales de Chaucer -por no citar más que los modelos­
otra parte, concebida asf, la función del literato habla de mos­
trarse muy fecunda y no adecuada sólo a la exaltación de las son buena prueba de la fuerza, de la originalidad que en el
empresas o del poder de los diferentes individuos siglo XIV habial'l alcanzado ya las jóvenes literaturas europeas.
La gloria, en todo caso, es un auténtico val�r ético-social ¿Por qué, entonces, experimentan precisamente en este mo­
desde el m<;>mento en que, en el siglo xrv, vuelve a interesar mento un largo periodo de relajamiento y una especie de
e� los ambientes laicos cultos. Las formulaciones clásicas cons­ paralización de casi un siglo? ¿Por qué la literatura, que ya
tHu�eron su referencia directa y su aparente legitimación. En se llama humanística, se afirma con tanto vigor precisamente
?
r�ahda , los homb�es de cultura que siguieron, proclamaron y en este período? Hay, sin duda, modos eficaces de responder
,..,.
d1fundieron este mito, hicieron más o menos lo mil:lmo que sus a estas preguntas, pero no parece que hasta hoy hayan tenido
un éxito satisfactorio. En consecuencia, se puede intentar res­
ponder, refiriéndose a la función mayor que el humanismo
e
1 P ro el corazón me dice que yo escriba en el papel algo que
pareq haber ejercido al comienzo.
ensalce el honor de vuestro nombre, porq'\11. en ninguna parte se
Vl'í;to desde el exterior, el humanismo, sobre todo literario,
tale�
talla tan firmemente para hacer de m"-rmol una persona viva
_
en su primera fase --es decir, concretamente entre 1340 y
�1
¿Creé1s vos que César o Ma�celo o Paulo o el Africano fuesen
ya nunca por yunque m por el martillo? Pandolfo mio, estas
1440-, es la vuelta tasi entusiasta a una cultura remota, mar·
obras son f•ág1Ies para el largo camino. pero nuestro esfuerzo
es el que hace a los hombres Inmortales para la fama. ginada por el cristianismo medieval, pero no suficientemente

114 115
olvidada para poder redescubritla como una novedad. Este fe. p<ln<!i_erºn ..c9,5i� �n��l!l__mente.__a_ _prohlerruli�-.Wi
nómeno tiene como consecuencia parcial, pero esencial, la de ¡t.JOl. Mas no se crea que el primer contacto coo
i!B)..Q!..JtDL ..

convencer a las élites cultas de abandonar más o menos el pro. el mundo clásico estuvo motivado por el deseo de conocerlo
pio idioma nacional y de expresarse muy gustosamente en y de explorarlo, y -mucho menos aún- no se piense que
una_ lengua muerta, casi artificial. Por último, esto ocurre aquellas generaciones sentlan la distancia verdaderamente oota·
en todo d Occidente; es decir, durante decenios y decenios, ble que separaba su mundo del de los romanos o de los grie­
aunque con diversa intensidad, todos los paises atraviesan, am­ gos. Los primeros humanistas tomaron de nuevo en sus manos
_ Y profundamente, tal fase cultural. Es, pues, indispensable
plia las obras antiguas, casi como sus contemporáneos reformadores
a�itir_ que ést!' tuvo su origen en motivos precisos y en eclesiásticos volvieron a toma.t la Biblia y, especialmente, el
exigencias colectivas generales. La más importante debió de ser Nuevo Testamento. Wydif y Groote o Tomás de Kempis que­
la de dar a la nueva sociedad laica una cultura de configura­ rían hacer de la Revelación la base y el texto de una auténtica
ción autónoma. vida cristiana. Petrarca, GuaMino o Coluccio Saiutati quisieron
Hacia 1350 existen no sólo los síntomas y las premisas de que los autores latinos se convirtieran en modelos de estilo, de
tal cultura, sino incluso algunos de sus elementos esenciales pensamiento y de vida.
En primer lugar, son notables un .sentido ya no cristiano d� La plena satisfacción interior, y hasta puede decirse la ale­
la muerte y de la vida, un deseo de formas históricas y terrenas gría, con que se releyeron las obras clásicas, a menudo leidas
de supervivencia, una necesidad de expresión artística directa por primera vez en su versión original, hay que valorarlas
y de religiosidad más severa e individual. Faltaba, sin embargo, justamente. Los distintos descubrimientos, los afortunados -y,
un marco ideal, un sistema de puntos de referencia suficiente­ a veces, ficticios- hallazgos de tal o cual volumen del que
mente elaborados, un cuadro de conjunto y también la autoridad apenas se conocia el titulo, tienen un gran significado. Son
de una tradición El nuevo movimiento literario, con su vuelta
; como las páginas de un libro que vuelven a ocupar su sitio
a la _cultura antigua, sale al paso de estas múltiples y funda, reestructurando el volumen. No será inútil repetir, sin embargo,
� entales exigencias, las satisface y, en suma, ayuda a los nuevos que el conjunto que se coriiPone no es_-d-aera- @�t� �� J
!á -v¡a&:�.a!!il_Sua, ·smo erae la-CW_§i lal:.«.ª preseu�, :e::s _11!_ -�líé­
..

germ_enes cultl;lrales a constituine en auténticos organismos; fue,


ieliCI"il y validez ··9et intaés que inicialmente exist� --� _e��os
__ .

en Clerto sentido, el perfodo escolástico de la joven humanidad


e�pea, a la que -:-para estructurar su sensibilidad y su capa­ hOiñbres y en estos ambientes que no s6lo provoca 1ª búsqueda
cidad creadora propus- era necesario repetir la lección de un de- ·ros· trianuscritos, sino que alimenta, produce y constituye
maestro no eclesiástico. una estructuración espiritual progresiva�t_e__aut6noma. El jú­
Lo primero que es preciso subrayar en este movimiento cul­ bilo -(le"·conocerse--y recOnOcerse en los--textos clásicos no se ve
� ral es el_�rogresi.� y casi CO!l�OSO_ e_l!_ �a�'!l� ....la
.!__ Anti­ turbado, en modo alguno, por el hecho de que éstos no sean
güedad. Pr1mero, por sus fortniiS, en 1apariencia meno$--com­ cristianos. La sociedad que los exige es la predominantemente
prometidas, como el lenguaje y el arte, ¡Jt=ro muy pronto también burguesa, que, en cuanto a si IIÚsma y a su quehacer humano,
por la moral y la filosofía. Se ha emprendido ya muchas veces ha rechazado ya la cultura eclesiástica. Es una sociedad que no
la descripción de las primeras generaciones de humanistas entre­ pone directamente en discusión d propio cristianismo, sino que
gadas a descubrir en las bibliotecas monútkas los �es se considera diferente de aquella que todo lo encierra en la
dá­
rricos, viejos y casi abandonados. No es éste el momento de teología o en la piedad religiosa. La profunda. satisfacción gue
�n hecho muy conocido, y de gran suscita la lectura de !9s _c6d.ices es, _ pues, ante_ t049, eyJtesión_
y olver a empezar. Es
.
Jm�rtancJa, como es evidente también, que apenas. gquellos � uiia -¿oncieiicia-·Iirlca .todaVía sUtTI, pero suiidentemente am-
apmonados se pusieron a rebuscar encontraron casi inmediat
a­ Plia; que- va Orianizán_dose rnentalme_ri�e___y·_q�e�vWa-� va
mente una gran parte del descuidado patrimonio. Además,
en haCieridose consciente de eilo, mediante los modos CM�res.iyQs
�-�to lo desearon contaron con griegos doctos dispuestos -
a dáslfQ!. - -- -- �- ----

1mcw-les en el �ocimiento ya inusitado de la lengua de Ho­ Él humanismo de los siglos XIV y xv es, por lo tanto, la es­
� Y de ArJSt6teles. Emances, l�s_ _restos literarios de la tructurad6n cultural de una nueva sociedad profana europea.
..
Anuguedad no sólo reaparecieron cada vez más nu� SinO Incluso su aspecto más propiamente literario debe ser referido
ql;le hablaron precisamente el lenguaje que_ se- "es�a qi,___ a este motivo central. No hay por qué detenerse en lo que
cl!O�
alimentaron así los apetitos que se habían despertado
-Y �rr�-� podría ser tomado como una complacencia estética o una moda

116 117
estilfstica. La lengua clásica es bella y pura para los hombres glo XIV se había manifestado en los principales países europeos
de este período, pero es mucho más importante lo que ellos un renovado impulso por la búsqueda y el estudio de las obras
perciben a la par y por encima de sus calidades formales. Ca�� antiguas. Desde Inglaterra a Francia y a Alemania se encuentran
verso latino ' � frase bien torneada eran, an.1� todQ, _�re­ notables personalidades que acogen y promueven los studia
SloíieS ViVas de �a-cOmunid!l_d_--m
- �
n:m�ª--�-�n� E ªºi!i-m bO!F humanitaJis, pero no tendrán la continuidad, la resonancia y
Wiil:"eS U!traterre_J;).á_ies, cada _ im_agell�t!b!I_I!..C!?!': y preñada de
.
.

los desarrollos que les reservaba Italia. También es cierto que


gUStO -y�-de -arD.or l}_ __l!L-Jlida._ Es esta humanidad (acaso habría dentro de ella se dan excepciones. La generación de Petrar­
qUe-decir «este tipo de humanidad», puesto que nada es no ca (m. 1374) y de Boccaco ci (m. 1375) es la primera en alcan­
humano) la que importa; después de siglos de mezcla entre zar auténtica consistencia cultural en este campo. La generaci6n

lo humano y lo llamado divino, es ella la que emerge corno siguiente no marca un progreso claro, a pesar de hombres como
pura y bella, la que deleita, la que tonifica, la que conforta. Coluccio Salutati (m. 1406) -notario que se hizo célebre romo
Los primeros humanistas no tienen lo que después se 11� secretario del común de Florencia- y el paduano Francesco
el sentido de la historia. Ellos persiguen ·un· arquetipo humano Zabarella (m. 1417), canonista, profesor universitario y, por úl­
y no están, en absOluto, en condiciones de comprender a pro­ � timo, cardenal. Con la tercera generación, la que madura en
funda diferencia entre la cultura antigua Y la de Occtdente, los primeros decenios del siglo xv, la cultura humanística al­
quieren afirmar la eternidad imperecedera del ser del hombre canza la plenitud de sus medios y puede decirse que conquista
Ahora es precisamente la _fu�1:2a viva de_lo huma�u savia a los mejores hombres de letras italianos. Entre ellos bastará
indestructible, su serenidad autosuficiente, su sensualidad de mil citar a los florentinos Leonardo Bruni (m. 1444) y Poggio
matices y su interés por una digna vida social, lo que en q_t,as Bracciolini (m. 1458), el romano Lorenzo Valla (m. 1457), Gas­
generaciones robra forma al contacto vivificante ron la Anti­ parino Barsizza, de Bérgamo (m. 1431), el veronés Guarino
güedad. (m. 1460), el veneciano Francesco Barbara (m. 1454), Vittorino
En los siglos XIV y xv no hay aún conflicto entr_e valores da Feltre (m. 1446) y Pier Paolo Vergerio el Viejo, de Is·
hun:ililiiStas y religiosos. Sin embargo, no deja de ser cierto tria (m. 1444). Aunque muchas ciudades de toda Italia, desde
y cargado de consecuencias el hech.o. de que el humanista c�bia el Norte hasta Nápoles, y casi todas las cortes principescas
_
de clima cultural con profundo ahvto. Su a;gor por_la la_tw.dad
.. favorecieron a los humanistas, sus centros más importantes
pagana no aparece aún, salvo _excepciones·, COtllO _una_9e�'4a06n -semirrepublicanos y serniprincipescos- fueron tres: Florencia,
0 un apartafrllento de la Ú_!ldici6n c'ristiana, pero es un divorcio
- Venecia y la Curia romana.
tácito O en todo caso, una separación legal. ¿Se podrá decir Hasta 1430, aproximadamente, la función dominante de estos
que abo�rece sólo el bárbaro estilo de los escritores medievales hombres de letras es filológica y didáctica. La enseñanza del
y que no desdeña también el contenido «escolástico» de sus griego en el Estudio florentino a partir de 1397 es, sin duda,
obras? En realidad, la cultura busca y alcanza con él una un hecho decisivo. Manuele Crisolara (m. 1415} fue su señalado
autonomía propia. El humanista, en efecto, afirma el significado maestro. Pero la literatura que más interesa es la latina. En
preeminente de ella en el momento mismo en que reivindica este campo, la busca del clasicismo, si no es todavía histórica,
y realiza su propia función en la sociedad laica. No es s61o es ya crítica e imPHcitamente científica. Se estudió átentamente
poeta o estilista, sino pedagogo, burócrata y diplomático, es el léxico de los distintos autores, se comentan sus obras, se
decir cultiva la forma lingüística en que ha encontrado expre­ preparan nuevas gramáticas, se emplean métodos de enseñanza
sado� sus ideales sin limitarse a ejercitarse en ella literaria­ distintos de los tradicionales. Sin embargo, es ya notable tam­
mente. Por el contrario, la convierte en uno de 19.i. i't!ummetl bién la tl!htativa de armonizar espiritualmente las nuevas "POSi­
tos de las relaciones ci�ileS,- tfnºyTrid9iai:-:i _impregnándolas ciones culturales con las religiosas, y lo es más aún la torna
de clásiCS. autoSUficiencia y de vigor. Se hace preceptor y maes­ de conciencia de los valores éticos no cristianos. En los nutridos
tro, se luice polemista en los conflictos políticos de su tiempo, epistolarios que han llegado hasta nosotros, en varios tratados
embajador e historiador. sobre la educación y en otros de tema más específicamente
Fue, sin duda, Italia ---el país en que la sociedad laica es­ moral, estos escritores muestran bien a las claras que se sirven
taba más madura, más libre de los poderes políticos demasiado de los autorizados precedentes clásicos para reivindicar la auto­
ligados al sistema medieval- el lugar de elecci6n del nuevo nomía y el sentido positivo de la actividad humana.
movimiento cultural. Por lo menos desde comienzos del si- Se alcanza muy pronto al renacimiento de la historia, cuyas

118 119
orillas habla alcanzado, a comienzos del siglo xrv, un proto­ La historia deviene la dimensión en que se elaboran se sitúan
' '
humanista paduano, Alhertino Mussato (m. 1}29). No se con· se critican y se viven los nuevos valores laicos.
cebía la disciplina como hoy la cultivamos, sino como cele­ Por otra pane, p��eis_amente porque la historia se presentó
bración y exaltación de una vida política orgánica e indepen­ desde el principio como una toma de conciencia del sentido
diente. La historia de los primeros humanistas no es una fuente positivo del ptesente, - quiso ser también su garantía moral
más útil que las crónicas precedentes o contemporánells. En para el futuro. Sólo raramente, pues, alcanzó a liberarse de
estas últimas suele encontrarse un número mayor de noticias las preocupaciones del poder dominante en el seno de la ciudad
y una atención por lo común despierta ante toda clase de o del Estado. De aquí la gran abundancia' o más bien el
fenómenos. El humanista se preocu.E!._ mucho menos de estar predominio, de las obras que a nosotros nos parecen oficiosas
in.(o):'mado y<kmforinar,II)ÍI!QOnli totalmente ciertos -aspeCtOS
- u oficiales. Pero no pueden comprenderse el valor y la natu­

de la vida pública y no se cuida del sentido so6retiitüill0 raleza de esta producción historiográfica si no se tienen en
metafísico de los acontecimientos. Para él, en fin, la hisiOni' cuenta sus intereses reales, sus exigencias y sus objetivos. Los
no es, en primer lugar, nJ_ _u_n inventario de hechos ni ·un primeros historiadore�humanistas cumplen una función elemen­
estudio científico de sus tt19tiyos o de sus relaciones, ni tliiif. tal, pero indisp!!nsable:-Ia-- de- i':ñlizar el- preserite que germina
poco una evolución de todo$_ modos condicionada y guiada. Es, y se a��ma -Con_ , �n pasado que le dé co-ñslsieneia ideal, lo
por el contrario, un_ rehuo ide�do, una expresióO: litelarii ¡us � - lo sa1_1do�e y tal vez Jo estimule a reformarse y a
Ue,
de una realidad ética: la vida autónoma de una comunidaa· corregme. 1a _ht.!'����a es_, ante todo y durante mucho tiempo,
. ,
laica o el valor individual de sus guÍas. El objetivo más codi:­ _una neces1dacJ soc1al, colectiva; el resultado de la necesidad que
ciado por la historia humanístiCa es··ta· independencia del orga· cada comunidad experimenta de darse una base moral. Por
nismo político tratado o la capacidad autosu6ciente de su jefe. eso ati �n�e especialmente a la expresión de las preocupaciones
_
Por consiguiente, los autores centran la narración precisamente no m : �hv1duales, �o da fácil paso a la investigación erudita y
.
c�s1 cterra el cammo a las interpretaciones originales. En cam­
sobre los valores que les parecen mejores fundamentos de tales
características primordiales. El tema esencial es que cualquier bio, pre�ende suministrar un tratamiento ético-político del pa­
sociedad, para ser objeto válido de la historia, ha de tener sado reciente o muy reciente mediante la recgbrada convicción
en sí misma una suma de valores suficientes pata su subsis· de que la vida de todos los pueblos y de todos los tiempos
.
encierra una grande:o:a y una coherencia dignas de ser elabo­
tencia. Por eso la base del relato es una realidad moral, y su
contenido, la celebración de ella. radas y, especialmente, por la certidumbre de que el Estado
De este modo los �l)lanistas no s6lo proclamaban la auto· cuy�s vicisitudes comienzan a narrarse es, desde luego, una
suficieru;:ia de_ 1!1 Virt�d indívid� !�_ cjpacíd�_9� _da!- -un reahdad humana a la que no puede ni debe faltar esta con­
-
sentido imperecedero a - la Vida de cada uno, como liabían ciencia.
logrado hacer a traves del mito de la gloria. Con _Stl_concepción
histórica, _postulaban también implfcitl!!Pente__ la !1-Utonomfa y la
plen_!!.u_4 --é�lca._ de �as distintas_ ciudades terrenas, es - aedr, __de IV. LAS TENDENCIAS ARTISTICAS

taJa comunidaá humana. La conciencia de (¡ue el recuerdo del


pasado y la narración del presente, confiados a las letras, re­ Por su naturaleza y por sus medios de expresión -siempre
presentaban algo real, necesario y humanamente esencial, no .
;
más dúcti es, de�� y articulados que los de cualquier otra
podía reafirmarse mientras se consideraba la duración de la mamfest!ICJ6n espmtual-, la cultura propiamente dicha cons.
vida ·como efímera, el tiempo como un tejido caduco•destinado tituye el aspecto del mundo de los siglos XIV y xv cuyQS pre­
a descomponerse, las vicisitudes de los pueblos como actos de cedentes son más �áciles de encontrar en la época anterior.
un drama permitido y dirigido desde lo alto. Una vez recono· Entre finales del s1glo XIII y los primeros decenios del xv
ciclos como enteramente positivos y autónomos los aconteCÍ· -es decir, entre los comienzos del mo:vimiento humanista y
.
su pr1mera madurez- no hay una verdadera solución de conti­
mientas humanos, su narración no sólo se hace amorosa y
apasionada, sino idealmente concreta y de amplio aliento moral. nuidad. Sin embargo, pueden señalarse aparentes anomalras' como
De la historia así concebida se nutre, ante todo, la mitología pr�isamente la de que, a su aparición en los países nord.
principesca,___dudadana o nacional, y después también la ideo· occidentales de Europa, siguiera, hasta después de 1450 un
logia polltica o religiosa, y particularmente la ética cole<:tiva. verdadero desarrollo orgánico sólo en Italia. Muy prob�ble
-

120 12!
mente no bastan para explicar esta evolución las condiciones diversas formas de expresión espiritual. Esto está comprobado
politico-sociales claramente más propicias ele la Península, y tal no sólo por cuanto se ha dicho hasta aquí, sino también por
vez ni siquiera el hecho de que el Papado se mostrase muy !.!_ ���ima transi�se produce m las artes a comj�s
pronto favorable a las tendencias humanistas. Más bien la acti­ del s1glo xv. Se trata, más bienL.lk_una auténtica revQ!.uci.áo
tud pontificia, a pesar de las necesidades burocráticas de la en J?!9funda arm(_l_nj!__.�n .Jl!L9..tra,s...-��_n_de_I!Q�---��ta__�hqra _anali­
Iglesia, aparece a su vez como un fenómeno anómalo. Una iaOas. "N nuevo arte se manifiesta, al mismo tiempo, en "]as
jerarquía eclesiástica que en lugar de ocuparse seriamente de la ·aos-regiones de Europa que entonces constituían como los dos
reforma religiosa estimulaba la difusión de la cultura pagana polos de su cultura; Flandes e Italia. Las soluciones que allí
se había visto ya en Aviñón. Pero se vio mucho más en maduran son, aunque en diversa medida, esenciales y de<.:isivas.
Roma, algunos decenios después. ¿Ligereza e imprevisión, o Pero, �-'!1ª!"�n de �...E!�tereu�uli_m:�uede des:jrse gye
cálculo prudente e intuición de un posible y muy fructuoso n�c�, h!1.9� _HOO en c:��o_§ ...2.!J.tsg___wllL.!.e�id6n ll.enta .ilis­
distinta de la � Esta se sitúa en la
.

compromiso? Tal vez se trató, ante todo, de una orientación nca claramente
-
no deliberada en una de las direcciones principales de la !JilSma diiiieñSfóílTndiVIdt iiiliS"ia y anuopoféntriC¡¡, ·en q�e se
época por parte de un organismo que tenía ya muchas exi­ COO_!�ínan el _sentido de la caducidad corpo_ral, el mitO _Qe la
gencias seculares Y políticas. Pero las relaciones entre la Iglesia gfona Y la !!firmación humanista de los valores éticos terrenos.
y el humanismo en este período no han sido estudiadas todavla -Hasta-ros últimos decenios del siglo·x"iv ei f0r1d0 -¿e'IOSCU-�­
de cerca en su conjunto. De todos modos, se puede adelantar, dros es de oro, como si el azul del cielo visible no existiese;
muy verosímilmente, la hipótesis de que en los siglos XIV y xv la _escena suele desenvolverse fuera del espacio real, lejos de
Italia fue también el país europeo en que las creencias tradi­ la naturaleza, y representa acontecimientos y personas nunca
cionales se sintieron menos profundamente, ofreciendo por vistos, pero creídos, sentidos e imaginados: la luz atmosférica
ello una escasa resistencia a la afirmación de una sensibilidad no existe. Se citan, muy justamente, en la escultura las crea­
predominantemente laica, aunque no anticristiana. ciones de NiccolO Pisano (m. 1287, aprox.) y en la pintura
Cuando se consideran los otros aspectos de la cultura en la gran obra de Giotto de Bondone (m. 1333) como excepciones
sentido lato, no se observan, en general, soluciones de conti­ a estos caracteres; pero, aunque su vigorosa manera de com­
nuidad demasiado netas ni contrastes muv evidentes. El senti'do po"ner sea nueva y plástica, no puede decirse que tuviera ade·
de lo macabro Y de la muerte es, sin cÍuda, una inversión.'de cuados continuadores inmediatos. Hay que esperar, por lo con­
la relación religiosa con el más allá, pero se opera con relativa trario, a la generación de Filippo Brunelleschi (1377-1446), de
lentitud y como con sordina; el mito de la gloria representa Donatello (1386-1466) y de Masaccio (1401·1428) en Italia y
una solución no cristiana de la supervivencia, pero tiene tam­ de Jan Van Eyck (1380, aprox.-1441) en Flandes para registrar
bién con ella fuertes analogías. Ciertamente, e�� campo de el advenimiento de una concepción artística resueltamente in­
�-��nsi.b.ilid_a_��omo en el de la cu1tu:m.o.en el de I.L'
®ciencia novadora. Y entonces, casi inmediatamente, su influencia se
moral, son notables laS novedades que se manifi�!an ·eñ-li extiende y se impone, al cabo de pocos decenios, en todo el
segunda mitad del siglo xrv y que empiez>J,n a _imp�il Occidente más evolucionado.
comienzos del xv. Pero, aunque se mueven en torno a u;;­ El carácter_ prindp,!l_ dc:;l nuev()__ �t!�_.SLSU referencia directa
centro propulsor ¡ ; representan las diversas formas de una ten­ �ronoma al.hOffib.t:e.._y_ _a l!.. natu.tall:u. Es decir, para su
dencia fundamental, la transformación se produce a un ritmo forma de representación, el uno y Ja otra tienen un valor por
ler;to, con r�ras erupciones en la superficie y sin apereme sí mismos, y por ello exigen que ef artista los represente en su
.
umdad. As1m1smo, como en el seno del proceso general tienen propia fisonomía. _:g con!_e_!lido de los cuadro� o_ _el 1�!ruL g�- las
cada vez mayor importancia las fisonomías progresivamente ca­ �__s_culturas continúan siem:lo J2F��o�lt:lañ_t(;_ln�il�. religioso_s, _pero
racterizantes de los diversos países o zonas culturales, se tiene mduso un Cristo o un Adán,___como una_ vi_rgen o un __santo,
la impresión de encontrarse frente a un conjunto de movi­ son ya distintos_ de los de antes. O sea, que itiCl�so lo divino
mientos centrífugos, de desintegraciones y de operaciones de y lo sobrenatural son pintados ·y esculpidos de un modo dife­
separación. rente; con cuerpos, con vestidos, con expresiones actuales, pre­
Sin embargo, no hay duda de que existe, aunque poco visi­ sentes- y, en cierto sentido, objetivos. En suma, mientras una
ble, una unidad de desarrollo y, por lo tanto, además de su figura o una escena en el arte medieval traducen directamente
convergencia, una cierta simultaneidad en la evolución de las un sentimiento y una intuición y son su simbolo, los artistas

122 123
de este período quieren expresar los movimientos del ánimo armonía con una parte viva de la religiosidad nórdica. Los
mediante imágenes no simbólicas, quieren representar una rea­ Van Eyck y los Roger Van der Weyden demostraron insupera­
lidad sensible y humana y hacerlas decir lo que ellos sienten. blemente su amor a lo humano y al individuo en muchos re­
Como hase de esta actitud hay, pues, una preocupación radi­ tratos admirables. Pero concibieron y ell:presaron lo humano,
calmente nueva, una atención firme y convencida hacia el as­ como todo lo real, de un modo predominantemente íntimo Y
pecto peculiar de las formas naturale�, determinada por el pos­ como alusivo a un insondable misterio. En toda apariencia
tulado de que son respetadas en su ser concreto y que merecen exterior natural, aunque apasionadamente estudiada, intentaron
ser representadas, ante todo, por sí mismas. El mundo del hacer latir algo. profundo y cósmico, pero fundamentalmente
hombre y de la naturaleza es concebido, más bien, como el cristiano, y a su localización subordinaron el esfuerzo artlstico
verdadero dominio del artista. Este expresa así su profunda y la investigación plástica. Esta forma de sensibilidad les per­
fe en que ése, ante todo, constituye su mundo. mitió no contraponer lo humano a lo divino, análogamente
Tanto en Italia como en Flandes el paso de uno a otro concebido en armonía con la espiritualidad de los místicos
estilo no se prOduce de una manera precisaineñte· ·vroíellii -- sino renanos, y ni siquiera al ambiente circunstante, sino, más bien,
que la diversidad de la trallsici6n es muy siiñülCatiVá:-LO'renzo establecer un contacto con él, redescubriendo directamente el
Ghiberti (1378-1455), gran representante del arte gótico en Flo­ mundo de la naturaleza.
rencia, gana un concurso público para las puertas del baptis­ Se puede asegurar que los grandes pintores flamencos fueron
terio de su ciudad, frente a artistas como Jacopo della Quercia los primeros en devolver a Occidente el sentido del paisaje.
Y Brunelleschi, El extraordinario orifice y grabador trata de La arriorosa restitución de los más pequeños detalles de la vida
hacer suya, en la edad madura, la experiencia de las nuevas natural, desde las ramas de los árboles al vuelo de los pájaroS,
formas artísticas que están produciéndose, pero su esfuerzo no se empareja en ellos con la percepción viva del espectáculo
se ve coronado por un claro éxito. De un modo más evidente paisajístico en su conjunto. Este último, sin embargo, no es
fracasa el intento análogo del pintor Masolino (Tommaso Fini investigado y repre:>entado por sí mismo, sino como uno de los
1383-1447), realizado por él en la decoración del baptisteri� aspectos -íntimamente convergentes y coherentes entre sí­
de Castiglione Olona. Pero ni siquiera la excepcional perso­ de lo real. A Van Eyck y a sus coterráneos no les perjudica
nalida� de fray Giovanni da Fiésole, más conocido como Fray el" no hiber conocido y aplicado la rigurosa visión perspectiva
Angéhco (1387--1455), logra dominar la transición entre las dos que estaban implantando los artistas florentinos de comienzos
fases pictóricas. El dominico se extenúa progresivamente al del siglo XV. Acaso, más bien, gracias incluso a su espacialidad
trasladar su profunda religiosidad a las nuevas formas represen­ todavía no correctamente geométrica, realizaron aquel contacto
tativas. Estas, sin perturbar su fe, la envuelven en inusitadas admirable entre lo humano, lo natural y lo divino que carac­
apariencias que no le son propias o que le dan un aspecto teriza sus creaciones. Por otra parte, la religiosidad latente en
mundano. Lo divino medieval propuesto por el Angélico en estas obras no les impide ser profundamente distintas de las
una proyección geométrica y espacial, aunque seductor e impe­ tradicionales. Jan Van Eyck, como Campin, y después sus
recedero, representa un momento de equilibrio inestable y sin seguidores, introducen, en efecto, valores representativos total­
futuro. mente nuevos, análogos a los afirmados en Florencia por Ma­
El hecho es que los artistas_ florentif.�·hahfan creado medios saccio: el claroscuro y la luz, los colores no ya uniformes, sino
de �p!esi?n que no se a?scribíllt\:-ii la sensihiliC!8.d..O:isliM!! vivos y esfumados, el sentido del espacio. En estas formas, que
_
trad-ictonal de su ttempo, 510o que _prescindían de ella. Mucho ellos no tomaron de los antiguos, sino que las sacaron de su
más claramente que los humanistaS contemporáneos;Y-refifiéll-" profundo sentido global, vagamente panteísta, de la realidad,
d6�e-tllmt5ién. cOmo éstos a mode1(!� antiguos, ellos habfan· ela­ la tierra y los hombres se encuentran investidos de u1111 indecli­
borado un sistema CQmpletamente ter�na.l y profano. De ah{ sU nable dignidad. Aunque en las intenciones de los pintores fla­
necesaria contraposición al arte gótico y su claro apartamiento mencos la concreta inserción del hombre y de la naturaleza en
de él. En Flandes, en cambio, la transición se produce de otro la representación artística queda ser un modo de mostrar su
�odo, formalmente menos brusco y sustancialmente más orgá­ participación en lo divino, la visión viva y puntual que de
mco respecto a las precedentes estructuras espirituales. Los ella realizaron acabó por revelar y asumir un valor esencial y
grandes artistas flamencos encontraron fórmulas de representa­ autónomo.
ción que, aun siendo nuevas, no estuvieron por eso menos en A los artistas florentinos les faltó, sin duda, el aliento colee-
124 125
tivo, no ya tradicional, ciertamente, pero todavía intensamente
_ . _
c:d
por la fuerza individual y el _poder de las _energías pr �c­
religioso, de sus émulos y contemporáneos del Norte. A un tivas� ha contribuido mucho más a lllSplrar aquella su VJSJÓn
lado y al otro de los Alpes se vieron, pues, desaparecer igual­ representativa, totalmente horizontal y al mismo tiempo sirné­
mente los fondos de oro y recoztarse las figuras, poderosas, trica, regulada por una severa medida de relaciones.
o moverse expresivas en un espacio conaeto, y la 1112 inva­ En estas dimensiones morales, principalmente terrenas, el
diendo finalmente los escenarios y haciendo vibrar sus tonos genio de los artistas florentinos ha creado las bases pa�a una
y sus colores. Pero la separación que se produjo en Italia fue proyección heroica e ideal del hombre. Cuando exammemos
mucho más clara, audaz y sistemática. El nuevo arte florentino sus desarrollos podremos encontrarla tal vez desmesurada Y ex­
realizó su revolución en un plano casi heroico y rigurosamente tremadamente exclusiva. Pero, en esta fase inicial, en los pri­
humanista. No sintió profundamente la exigencia de representar meros decenios del siglo xv, nos encontramos ante obras de
lo cósmico ni lo sobrenatural; por el contrario, celebró con un fuerza contenida y de concretisima perfección. Además, com?
vigor inusitado los valores de la representación individual. El para demostrar el absolu� dominio de su prop�a fuerza espi­
.
nuevo arte florentino quiso, no s6lo ignorar las constricciones ritual y la conciencia teórica. de su prop1a conqu1sta, Brunelles­
formales de la Edad Media, los esquemas obligados y a menudo chi y sus coterráneos imponen a la obra de arte, después de
.
estereotipados, las alusiones codificadas y el simbolismo, sino haberlas descubierto, las leyes de la perspectiva, as! como las
que rechazó también su sustancia: el sentido profundo de la _
de la proporción ideal al dibujo del cuerpo huma�o. Preci­
pertenencia a un Todo, el sentimiento de una lucha cósmica samente .a Brunelleschi está dedicado, hacia 1435, el tratado
entre el bien y el mal, la trascendencia y la presencia autónoma De pictura de Leen Battista Alberti (m. 1472), que simultá­
dt> lo divino. En las obras de los artistas florentinos, mucho neamente redacta su De statua. El nuevo estilo encuentra asi
más que en las de sus contemporáneos humanistas, refulge ya sus cánones, y es muy notable el hecho de que éstos sean de
a comienzos del siglo XV la inaudita celebración del hombre. naturaleza geométrica y científica. La concepción de la perspec­
En efecto, mientras los Salutati y los Bruni, Guarino y Valla tiva expresa en su más alto grado la esencia de este arte
son sustancialmente los gtandes hombres de la cultura, Bru­ florentino y humanista. El objeto plástico sustancial es el hom­
nelleschi, Donatello y Masaccio son auténticos creadores. La bre, y el punto creador focal es su ojo: las lineas de la
tradición asegura -y no hay por qué rebatirla- que los dos visión que de él parten son también las que urden la repre­
primeros habían meditado largamente y estudiado sobre las rui­ sentación y la hacen, al mismo tiempo, perfecta y coherente.
nas romanas. El hecho importante es que ellos no se pusieron Con este genial hallazgo de la autonomía de la obra de arte
a hablar un lenguaje antiguo, sino que de aquél forjaron uno en el hombre, con esta proclamación teórica de su poder c�ea­
nuevo y poderoso para expresar su renovada y sublime fe dor, el artista se sitúa, final y válidamente, a la par de D10s.
terrena.
En el plano del arte se encuentran así liberadas, por primera
vez de un modo completo, las energias que el humanismo
literario estaba aún tratando de liberar bastante laboriosamente.
Lo humano en si mismo adquiere tan alto honor que no se
trata de expresar otra cosa, antes bien, todo se subordina a
él, todo asume sus dimensiones y sus formas. La adhesión
del lenguaje a la intuición ha hecho, sin duda, más fácil la
manifestación de las grandes personalidades que dominan ya
en este periodo el arte nuevo. Sin embargo, estos vigorosos
artistas saben muy bien lo que quieren expresar: sólo así con­
siguen crear los instrumentos de su estilo. Ciertamente, también
para ellos el contacto y la contemplación de la Antigüedad han
sido reveladores: de ellos han sacado fuerzas para una forma
rigurosa y autónoma de representación. No obstante, el maduro
ambiente social en que viven -donde los hombres se imponen
ya, desde hace mucho tiempo, no por dignidad jerárquica, sino

126 127
(D:.E¡¡...¡; l..!H:!�u!!
ma!!!!!!n!!!is!!m'7! o"-::- que se idea.lizan. Como es innegable que en el concepto de
.
Renacimiento hay, por lo menos, una parte de Jruto, no· deberá

jf�/IJZ extrañar que después de estas alusiones abandonemos el uso


de este término. Por la misma razón, ni siquiera se formula
la pregunta de si el Renacimiento ha exist!do o no, y menos
aún si ha comenzado antes o después. Senc1llamente, queremos
I WIMANISMQ Y RENACIMIENTO
evitar un término que ya en principio es comprometido y equf.
voco fuente inevitable de confusión. Cualquier definició11 his-
róric�_ c;_s )mpe_�toa�_p_e¡;Q_ se ma_n��-�� ll_sa_ _ _como !n6tm-
.
mento. Auñ CUando se dé a otros términos históricos s1gmficado
·iendeilcioso o:·¡-aear, en geñerai es posible distinguir el cont�ido
que se les atribuye, de la forma o de la palabra que les s1rv�
de sostén. Pero el término Renacimiento postula ya en su eu­
mologfa y en su estructura un núcleo de afirmaciones y de int�r­
pretaciones; incluso ha sido acuñado con ese fin, ·y a su gema!
acierto lingüístico debe no pequeña parte de su fortuna.
De este fundamental vicio de origen derivan múltiples y gra­
ves inconvenientes. Los valores del Renacimiento serfan, ante
todo, espirituales: artfsricos, éticos y litet'llrios en particular.
Cuando se extiende tal apelativo a la época en que ellos están
localizados, se cae en la incongruencia de transferir una carac­
terización ideal a contenidos heterogéneos. Se llega a hablar, en
general del hombre y de los hombres del Renacimiento. Si se
midies; el área en que se manifiestan los fenómenos «renacen­
tistas.. se comprobarla que éstos se hallan muy lejos de predo­
como por
minar 'en Occidente. Un resultado más negativo aún se ob.
dicho término no es en
tendría examinando su difusión o su alcance en el plano
críticamente en un plano histórico. Es evidente que
colectivo. Parece, pues, que;: no puede menos de ser beneficioso
del concepto que con él se relaciona está cargado
el no dar curso -y mucho menO!I validez- a un concepto
un·. apriorístico juicio de valor. Quien lo emplee -y a
que implica una supremacía arbitrariamente �stulada de un
menos que no ocurra, por reacción, exactamente lo contrariO ­
- cierto arte o de una. cierta literatura en la v1da europea de
parece estimar que el Renacimiento no ha podid� �er más que
los siglos XV y XVI.
Positivo.- Y - esto no en virtud de un pretendido progreso o
Además' se ha impugnado claramente d
geiletii!"desarollo, y, por lo tanto, en sentido relativo y dialéc­
tiempo se ha y aún se
tico sino en sentido absoluto. El Renacimiento aparece como

mo ento privilegiado de la humáñrdld-O(;Claeñial, como l.úliíes�
�de _anuij_Q�-���---Uil-�-�e\i"ellciOri TaiCil_, --�TlirgO lnstñfli� ae
oonceoción del J!1unrJ9_..mqdernQ. A diferencJa de los otros estu­
diosos, los que investigan sus problemas se ven envueltos en
esa sensación arcana que genera el espectáculo del nacimiento
de los seres vivos.
No se pretende negar aquí ni la función que ha desempe·
ñado y que desempeña en la cultura contemporánea �ejante
concepto ni su extensión o su fuerza. Aun sin exanunar sus

rafees y 'su significado, parece que una mitificación historiográ­


fica tan prolongada refleja, precisamente, la crisis de los valores

128
129
a un tipo __!k__ ��--de:;armllo dinámico. �1_ h��ismo
italiano en el siglo xv aparece esencialmente ligado a la hleo­
!Ogla de- uria bütguesía me�f_antil; ciuda�na _ y p_rec_ap_italista.
NO obstante, al trasplantarse a otros países donde la burguesia
no era la misma ni estaba socialmente configurada de un modo
de que, en semejante, se mostró vital e igualmente fructuoso. Esto signi·
de no hablar '�:!e humanismo en Europa respecto tica que, al margen de sus particulares formas éticas, artísticas
anterior a 1440. En Italia s6lo se asiste, desde la o literarias iniciales, tal movimiento acertó a ser históricamente
mitad del siglo xrv, a la formación de un grupo funcional y, sin duda alguna, su grandeza y su fecundidad deri·
bastante nutrido y sodalmente activo de hombres de letras tle varan del hecho dC que quiso claramente serlo. El humanismo
esa tendencia. La segunda precisión puede parecer menos obvia. pretende sustituir el sistema_ _mental jerárquil>O de la sociedad
Sin embargo, a pesar de la gran diferenda cualitativa que, en iriediival -oon u_n¡t perSpeq.iva que, si bien es indiv_idualista,
general, separa las manifestaciones artisticas y literarias inspi· tieiltfé a Uñ9. unión fraterna y sin desigualdades sustanciales
radas en el humanismo de las que permanecen ancladas en las entre �t6.d0S-ios'-h0nlbres. Su reivindicación de la dignídad del
corrientes tradicionales, o que se desarrollan a partir de ellas indiViduo se___r_�re y _ �eSponde, en efecto, a la afirmación
en otras direcciones, no _par_ece posible definir, sin_ ��,-�rno del .Yalo���- de .la. humai:J.idad- y .de Ia Oa!uiaJ.eza en que
human(�t:ico el sistema cultural europeo entre 14.50 y 1.550. esill_!!_Senta� humanismo - es una cultura ¡tbier_J:_a1 libre y di·
y-·¡:aiñbién porque nuestros conocimientos --sobre los humanistas liiltnica,-i:S decir,- una cultura consciente de que es puramente
supe111n notablemente, y de un modo tan inorgánico como exce­ humani-y-·Íie -que, como- ta1, ilo" p�uede -fnlponer al hombre
sivo, los estudios sobre los otros aspectos de la cultura entre opresiOnes o alienaciones fundamentales_. Aun manteniendo la
los siglos xv y XVI (con una parcial excepdón respecto a la idea -Clásica y criStiana- de que el verdadero conocimiento es el
Reforma). El que casi hasta hoy se haya preferido no tener que comporta la aprehensión y la pnictica del deber ser, �e
en cuenta la presencia masiva, antes y después de 1500, de también que el saber libere en el hombre todas sus posibilidades
innumerables instrumentos de saber y de enseñanza que tienen y no sólo algunas -como, por ejemplo, la de ser feliz en
poco 0 -nada que ver con el humanismo, no hace más fácil otro mundo y la de sufrir en éste, o la de someter su propio
la comprensión histórica de las vicisitudes generales de este cuerpo y su propia inteligencia al arbitrio social y al dogma
período. En especial, no puede menos de sorprender d hecho religioso-. Contra el peso de la_ u-adición cristiana y de la
de que el humanismo pase de cultura en apariencia dominante mentalidad escolástica, los humanistas evocaron ti An�
en el medio siglo que va desde 1470 a 1520 a cultura, en gran Y bUSC.i:-rQ.D_:¡p_:-_Ul_�- ·a:utenti_q(licCñfn1QglOi-;- para COñVCrtirla en
parte, de ornamentación en los cincuenta años siguientes, para su mejor sostén e.;-¡;-Iucha, que era la misma de la parte
entrar luego en una fase critica y rica, �sde luego, pero más comprometida de la sociedad europea. El innegable fracaso
subordinada respecto a las otras corrientes espirituales del mW"Jdo práctico de la ideología humanista en la primera fase de su
europeo. No parece dudoso que se pueda hablar, como de una florecimiento no impidió, gradas a la funcionalidad de su visión,
refoma religiosa frustrada en los siglos XIV y xv, aunque de su progresiva adecuación a nuevas situaciones sociales en Oc­
un modo no enteramente análogo, de una inacabada revolución cidente.
intelectual en los siglos xv y xvz. A esto hay que añadir, por Es cierto que d humanismo sólo en parte fue una cultura
último, que el humanismo franco-holandés entre mediados del funcional y concreta. Quiso responder a necesidades terrenas
siglo xvr y el final del XVII -desde Montaigne y desde Gro;io y- SódlilñeD.te'Ptecisas. Sin embargo, a causa de su referencia
en adelante- ha sido desconocido en su función y en su llD· a los antiguos o por las fuertes sugestiones trascendentales
portancia, ciertamente no inferiores a las del período italiano ejercidas por la tradición cristiana, l�t_bumaniltª¡ � entrega·
precedente. ron a___rc;!_yi.ndicar princip�te valores � - y__ Dli.ifos
Se trata�es, de definir cuál fJl�_ _k_wruri.Q�jón prestada para el «hombte ·en -sí�. La qUi fiiéSU-Inayor fuena -y tam­
por los humaniStas; en gran Parte italianos, al pau;¡ffiQ_n�C!- CiiJ. bién la de-·Jc;¡¡·-arusw que como ellos sintieron y concibieron-,
tural- de Occidente, entre 1440 y l!i30, aproximadamcnte__Lp es decir, la idealizaci9Q
_ _ __de_lo__ humano,_ ÍQe_ umhiáa--su--prin·
fUndamental y más precioso de este fen6meno fue .su .tendencia cipal debilkiad." En � -visi6n del mundo, (¡ue ellos persiguieron
a la universalidad y su capacidad de expresu . v!dores adecuados mucho menos en el plano práctico que en el teórico, preci-

130 131
las mismas ciudades donde más se consolida, el humanismo
samente su tendencia a lo perfecto y a lo excelente, en ge­ -como ya se ha dkho----- no se manifiesta de un �odo or�·
neral, no pudo traducirse, socialmente, más que a_ dimensiones nico y sistemático: es la ideología de un organismo soc1al
ariuocráticas y nobiljarias, Tam_hl�_ QQt estq_ _su Cl.llnrr� __@ �
maduro, pero de tendencia estática, minado por una pro�un a
representó _una verdadera reVOluci6n me�tal, y d humªnjs�o crisis, y que se dirige hada su ocaso sin tener concJencla
fue tan laico como cristiano, tan cons_ervsdor com9 _ de van­ de ello.
guardia. Esto nos lleva a afirmar, por último, que este gran
movimiento -por refiejo de su desigual aceptación en la so­
ciedad, sin duda- llegó a resultados muy valiosos, pero fre­ II. EL ARTE DEL «QUATTROCENTO» EN ITALIA
Cllentemente inorgánicos, tanto entre una forma y otra de la
Anteriormente (cfr. cap. 4, IV), se ha tratado de demos­
rultura, como en el seno de cada una de ellas.
El arte constituyó el campo en que la visión humanístka
trar la simultaneidad de la aparición de nuevas formas ptcto­
alcanzó sus realizaciones más coherentes y continuas, así como
ricas en Toscana y en Flandes. Pero el momento de intensa
más originales y fecundas. En el estado actual de la espe­
analogía expi:esiva en que estos pa[ses confluían fue de brev�
cialización cultural, el historiador no se ve muy favorecido en
duración y cada uno siguió su ruta, por vías claramente di­
su exigencia de comprender las obras de arte. Predomina la
vergentes. Mientras los flamencos continuaron desanollando
valoración estética o formal de éstas, con grave daño para una
su representación de la realidad -divina, humana y natural,
comprensión adecuada de los diversos momentos de la cul­
a un tiempo-, los toscanos, y más especialmente los flor�n­
tura de que se trate. Sin embargo, no es necesario demostrar
tinos, perfeccionaron un sistema completo �e. reprt"S�ntaClón
la necesidad de remitir el nuevo arte �quattrocentesco» a los _
artística no subordinado ya a los valores rel1g10sos cnsuanos.
motivos, a las fuerzas y a los propósitos que animaron el
Hay que subrayar, sin embargo, que la n�.�:eva fase pictó­
rica flamenca, que se abre con Campin (m. 14441 Y, conJan__
humanismo. En d vasto ámbito de este movimiento cultural,
la expresión artística y la filosófico-literaria caminan paralelas
Van Eyck (m. 1441), no puede, genéricamep.te, definirse como
sólo de un modo parcialmente exterior. La tradición pesa �
gótica, y menos aún si a este término se le a d signific�o
mucho más sobre la segunda que sobre la primera, a lo largo -
de medieval. Los artistas flamencos no oontlnuan sustanCial­
del- siglo xv. El vigor crítico y la capacidad de abstracción
mente una tradición, aunque estiHsticamente mantienen al­
a que llegará Maquiavelo en los albores del siglo XVI tiene gunos caracteres del arte antc:Tior. Expresan, en ca�bio, una
ya su igual, casi un siglo antes, entre sus coterdneos, el ar· _
religiosidad nueva, con una coherencia y con una mtens1dad
quitecto BrunelleS<:hi, el escultor Donatello, el pintor Masaccio, que tienen pocos precedentes. El hecho de que e� s�s obras
el te6rico Albetti. Este desajuste es real y no sólo aparente, no penetren el clasicismo y el paganismo, y .m_ s¡qu1eta una
porque es debido, sobre todo, a las diferentes dificultades que .
rigurosa visión de perspectiva, no qu1ere dec1r, en absoluto
encuentran los distintos órdenes de expresión espiritual. Por
otra parte, el período que va de 1440 a .J,JO se caracteriza
que recalquen fórmulas estereotípicas o gastadas. Po� otra

por desajustes mú o menos profundos el:l_ t�(l!l_)os _9�mpos,_


?
parte, estos artistas no desdeñan la búsque a de mt;<�¡os ex
,
presivos inn_pvadores, y sus grandes conquistas tecmcas sus
y esto q:�nstituye incluso una de sus p_rincipales qri!_Ct�rís­ .
m1smos contem
citarán siempre interés y admiración en sus
ticas. Al sistema cultural del pasado, todavía relativamente·
poráneos italianos. Pero su primera preoc�padón es la de
ct;�mpacto, y, en todo casO, unitario y fuertemente organi­
traducir una original intuición de la relac16� entre lo hu
zado, sucede una cultura que quiere ser abierta, que es, por _ _
mano y lo divino: a ella subordinan su habilidad y sacrllican
la fuerza de las cosas, centrifuga y está interiormente escin­ todo personalismo. De este modo, los flamencos del siglo :xv
dida, a pesar del deseo de compromiso de sus defensores e in­
llegan a expresar sentimientos religiosos reales, que por sus
térpretes. El humanismo es una tendencia común, una general _
características pueden llamarse modernos. La forma exterior,
exigencia de un saber y de una expresión más directos, terre­
la imagen -aunque extremadamente minuciosas y concretas-­
nos y humanos. Pero no puede olvidarse que el proceso por
son perseguiilils y profundizadas por ellas precisam�t� para
el que se diferencian entre sí las diversas entidades históri­ revelar sus significados internos, sus relacrones espmtuales,
cas de Europa está mt�y avanzado ya y repercute necesaria­
toda una vida autónoma de la fe de las regiones nórdicas.
mente en sus formas y en sus desarrollos culturales. Además,
Por otra parte, no puede negarse que, si bien esta élite
dentro de la península italiana, y precisamente en el seno de

133
132
flamenca aparece enteramente orientada a la representación de naturalista, casi verista. En el tríptico Portinari de los Uffizi,
lo sagrado, sus santos y sus vírgenes tienen todo el aspecto parece que el artista, como para hacer más actual y sugestiva
de seres vivos; incluso los cuerpos de los resucitados y de la adoración de los Magos y más inmediato el ensimisma­
los condenados, en las escenas del juicio universal -valga miento espiritual de los fieles, eligió adrede modelos humildes
por todas la ge Roger Van der Weyden (m. 1464) en Beaune--­ y no agraciados: incluso la Virgen es aquí una campesina de
.D!2... son ya anónimos, sino personalfsimos. Podrá decirse, a miembros toscos. Superando las tentativas de Bouts, Van der
prop6sito de este gran pintor, que no se sirve de la luz Goes utiliza ya mejor los recursos de la luz y se muestra con
para construir el espacio, aun sabiéndola tratar muy sutil­ una personalidad ansiosa de no repetir esquemas. Y si com·
mente, o que el rice y grato paisaje de sus cuadros no se parado con sus predecesores un Memling (m. 1494) parecerá
funde con la escena ni tiene vida autónoma, sino subordi­ menos original, y si hacia finales del siglo xv esta gran fase
nada, como simple fondo de los personajes. Pero aparte el de la pintura nórdica se apaga poco a poco, no por eso deja
hecho de que, en todo caso -y aunque adaptados a sus de representar un momento vital de la evolución artística y de
fines por el artista-, luz, espacio y perspectiva nunca están la sensibilidad colectiva de Flandes, que ella acertó a inter­
ausentes de sus aeaciones, no tiene sentido concreto decir pretar creadoramente. Una verdadera confluencia de circuns­
tancias europeas, es decir, el malestar religioso cada vez más
.
q:U: su obra es profundamente medieval. Su dramática expre­
SIVidad traduce, desde luego, un sentimiento religioso, pero profundo que eXpresará el Bosco, la aparición de una fuerte
el de su colectividad, que ahora humaniza lo divino en su y heterogénea influencia italiana, y, por último, la reacción
concepción patética. E incluso los misterios, como el de la ético-política traducida por Brueghel, impedirán que esta es­
Anunciación, se ambientan en interiores realistas, en episodios cuela alcance desarrollos orgánicos y auténtica continuidad.
de profunda intimidad. Pero los Países Bajos no tardarán en encontrar en la religio­
Dierick Bouts (m. 1475) ha expresado otro aspecto de la sidad calvinista la que sus artistas del siglo xv habían comen­
religiosidad flamenca del siglo xv, de un modo tan recoleto zado a representar ya.
y contenido, que puede llamarse místico. Al tormento de En el curso del siglo xv los pintores flamencos persiguieron
. una solución nueva para el problema de representar lo sacro.
Van der Weyden, parece como si él hubiera querido con·
traponer una visión espiritual aparentemente humilde, reser­ Los sentimientos religiosos y su contenido, su objeto místico
vada y totalmente interior. Emplea las exigencias de la pers­ o dramático, la fe en suma, ocupaban todavía el centro de
pectiva geométrica, desde luego, pero sometidas a una sobria su arte. Aunque ambientando lo divino ante la naturaleza
concentración en el misterio, como en el tríptico de la Euca-· recobrada, aunque bañándolo de luz terrena y reorganizándolo
ristfa, de Bruselas. De sus telas, brota un sentido de intensa dentro de formas realistas, ellos no pensaron nunca -preci·
y austera devoción. Es una forma de piedad que corresponde samente porque no lo deseaban- en subordinar ese mundo
a la de la Devotio moderna, apartada de todo signo vistoso al más allá, en hacer de sus obras algo autónomo e indepen­
de santidad, de todo preciosismo decorativo, perfectamente diente de su concepción cristiana de la vida. Sólo en este
concentrada y silente. Lo que Bouts realiza es una nueva me­ sentido podrfan los flamencos ser definidos todavía como «me­
ditación, una oración nueva, y una nueva y severa forma dievales». En realidad, ellos fundieron, de un modo único,
individual y personal de la fe. Que algunos teólogos le hayan los valores luminosos, especiales y coloristas, desconocidos en
asistido, a menudo, en la concepción y en la composicl6n de el período precedente, con un contenido aparentemente tra·
sus cuadros no les resta significado, sino que, más bien' su- dicional, pero la capacidad de creación espiritual que esta fu·
braya su alcance colectivo. sión implica no es propia más que de su ambiente cultural.
Hasta finales del siglo xv la escuela flamenca desarrolla Para los flamencos, todo el mundo de aquí abajo participa en
estas tendencias, aunque sus soluciones iconográficas se ago­ la relación interior, íntima y enteramente vital entre natura­
tan al repetirse y el aliento interior se empaña a veces. Como leza, hombre y Dios: lo sacro y lo terreno no divergen, sino
muchos de sus coterráneos, Van der Goes (m. 14821 --cuya que se encuentran, compenetrándose en un sentido ético más
sensibilidad religiosa tiene algo de obsesivo-- continúa dando orgánie11mente humano y, al mismo tiempo, más personal y
realce a las dimensiones simbólicas de sus personajes más que severo.
obedeciendo a_ las leyes de la perspectiva. En compensación, El arte italiano del Quattrocento exige pocas considerado­
la representación de lo sacro se hace ya con él totalmente Des análogas, y muchas diferentes. Es innegable que tampoco

134
en Italia se quiso apartar al hombre, o al mundo, de Dios, todo, los desenvolvimientos creadores que siguieron en otras
pero la búsqueda artlstica emprendió un camino radicalmente varias ciudades y regiones demuestran que la situación general
distinto, que llevó la sensibilidad a una dimensión nueva, en -desde luego, a un cierto nivel- estaba bastante madura y
gran parte insospechada. Los artistas florentinos de la pri· que las fórmulas propuestas por los fiorentinos la interpretaban
mera mitad del siglo xv no previeron los desarrollos que su en lo fundamental.
manera de representar la realidad sensible iba a originar muy A la solución artística que se consolidó en Florencia en
pronto. Ni siquiera puede decirse que para ellos el mundo torno a 1450 puede atribuírsele un doble carácter. En efecto,
se redujese a lo que percibían con sus sentidos. En efecto, ofrece dos a:;pectos principales: el ideal y contemplativo, casi
su arte es, sobre todo, una creación intelectual, y el sentido deseoso de un indistinto inmovilismo, y el real y funcional,
fundamental que emplean es el de la vista. La solución que capaz de un dinamismo autónomo. Por una parte, se tiende
ponen en pclctica durante algunos decenios es, sin embargo, a identificar lo bello con lo divino, la perspectiva con lo
tan sólida y constructiva, que no puede reducirse ciertamenw perfecto, la visión geométrica y la contemplación. Por otra,
a un cambio de técnica o a la conquista de nuevos conoci· se tiende a tratar este tipo de visión como válida en s(
mientas instrumentales. Tal solución es inversamente simé­ misma y se persigue la representación de la vida en toda su
trica a la de los flamencos, pues los toscanos, en lugar de riqueza, variedad y movimiento.
humanizar y de profundizar psicológicamente en lo divino, Mientras, como se verá, en el 'plano filosófico no existe, en
quieren idealizar y expresar de un modo arquetípico lo hu· general, una separación mental o metodológica muy clara entre
mano. el sistema cultural cristiano y el de finales del siglo xv, existe
Sobre todo en un primer momento no se trató de una in· en otros planos. En el de la historia, ya apuntado, donde pre­
versión deliberada. Ciertamente, los toscanos comienzan a re­ cisamente la narración de los hechos humanos se reanuda
ferirse con toda claridad a unas coordenadas espirituales -la prescindiendo totalmente de la anterior óptica teoteleológica
armonía, la belleza, la variedad- que no tienen ningún sabor no menos que del croniquismo, y, al mismo tiempo, en el del
cristiano. La familiaridad cada vez mayor con la antigüedad, arte. En efecto, el fenómeno que se produce en la esfera de
que en Italia se investiga or8:ánicamente, prueba que la adhe­ la producción artística es completamente análogo. Leon Battis-­
sión colectiva a los valores ' ético.religiosos tradicionales estll ta Alberti y Piero della Francesca están dominados por el
debilitándose ya. No se trata tanto de un conflicto con el entusiasmo ante el nuevo modo de construir, de esculpir y de
sistema cultural del pasado, como de una disociación general pintar, inaugurado por Brunellcschi, por Donatello y por Ma·
de él. Es un nuevo modo de actuar y de pensar, que to­ saccio, y se comprometen a teorizado, a traducirlo a un sis.
davía no pone en duda lo viejo. La base de aquella disocia· tema riguroso Y. funcional de conocimiento. ¿Peto en qué
ción era la conciencia ya secular de la capacidad individual elementos se apÓyan sus doctrinas perspectivas y geométricas?
y social de crear y de construir, o, como podrla decirse de En la recobrada alegría de._ poder crear, con los propios me·
otro modo, la conciencia adquirida de la propia autonomla dios, algo verdaderamente valioso, casi divino, inmortal, digno,
humana. 1m el más alto grado, de la grandeza del hombre. El nuevo
Tras habet alcanzado una total autosuficiencia económica arte vivicl, sin duda, gracias a la elaboración de la nueva téc·
y polltica, tras haberla reconocido y sufrido durante mucho 11ica, pero ésta es alcanzada y se impone porque sirve exacta·
tiempo, se busc6, de un modo efectivo, una cultura y un mente para expresar los valores humanos que hasta entonces
arte no anclados ya en una visión que contradecía las OOD· no había sido posible realizar en forma autónoma.
quistas terrenales de las sociedades urbanas. Esta prolongada Los hombres de letras tenían la antigüedad como punto de
experiencia humana pudo hacer asf que sugiesen ind.ividUOII referencia y buscaban en sus vestigios un apoyo moral para
capaces de traducir al plano mental las profundas modifica· su modo de escribir y de pensar. LJs artistas añadieron la
dones que se habían operado en el conjunto de la realidad. autoridad de la naturaleza y de la ciencia a la de los Anti­
Sin duda, otros elementos, peculiares del ambiente florentino, guos. -El saber perspectivo y la observación experimental son
hicieron también que Florencia pudiese nutrir las primeras ge.. considerados ahora como los fundamentos de la arquitectura,
neradones de artistas que dieron forma a una nueva visión de la escultura, de la pintura. Mirada detenidamente, la an­
representativa. Pero su rápida propagación, primero en Italia belada naturaleza no parece ser muy original; es sobre todo
y luego en Europa, la correspondencia que encontró y, sobre wia muestra. Pero en ese sentido, como referencia ideal y

136 137
como fundamento ético, tiene un inestimable valor. En efecto, pectiva se reconocen, pues, como indispensables, pero son de­
.
legitima y sanciona, por primera vez después de muchos si· finidas también en su función de instrumentos del artista,
glos, el valor autónomo de la obra de arte. En la referencia que sabe que estos medios de su actividad no pueden domi·
sin ambages a la «naturaleza», es dedr, en la consideración narle: sus obras deben contar con la geometría Y la perspec·
de las coordenadas llamadas «naturales» como arquetipo SU· tiva pero sin dejarse ahogar por ellas. Alberti ha querido
ficiente y como dimensión orgánica, radica la gran innovación pr�isar con gran claridad el nuevo sentido de la sedicente
vivida y realizada por los artistas florentinos. Supera notable· «imitación» de la naturaleza. El pintor -y a él se refiere
mente incluso el alcance de la visión histórica a que habían en especial- debe sacar de la naturaleza todo aquello que
llegado los humanistas de la primera mitad del siglo xv. Es· quiere pintar, tomarla como canon de su poder represe�ta·
tos habían tenido, desde luego, la audacia de situar en el tivo, es decir, hacerse maestro en modo de plasmar la Vida
centro de la historiografía los intereses políticos y morales con su cargada, rica y varia naturaleza; cuando haya alean"
de la sociedad laica, sin preocuparse de sus aspectos reli· zado esta maestría, «cualquier cosa que haga parecerá sacada
giosos. Pero aunque habían devuelto de ese modo una fun. del natural».
dón puramente terrena a la historia, en realidad habían for· La conquista de un arte completamente terreDo Se hac(a asi
jado para ella un instrumento parcial y no dirigido, en abso· total' realiuda no sólo desde el punto de vista del contenido,
luto, a la comprensión orgánica de todos los mayores pro­ sino también desde el de la forma y del dominio técnico. Sin
.
blemas humanos e históricos. La «naturaleza», en ciUllbto, a embargo, este resultado cultural pleno permaneció como circuns­
la que se remiten los artistas, es verdaderamente toda la tierra, crito a su esfera, no trascendió a otras expresiones ético.e$piritua·
toda la vida de aquí abajo, desde la forma de los cuerpos les e influyó en ellas de un modo limitado. Los ecos que de
a sus pasiones, desde el espectáculo de los campos al de las
él se encontrarán en otros sectores -literatura, filosofía, polf.
ciudades, desde los colores a las sensaciones, desde las luces
tica- sed.n, más o menos, episodios, no fases de un fuerte
a los sltnbolos. La naturaleza, para ellos, es la realidad más allá y armónico desarrollo. El arte, en cambio, después de Bru.
de la cual no tienen ya que ir, es el todo, fuera del cual no
nelleschi, de Donatello y de Masaccio, mantendrá casi intacta
deben preocuparse ya de nada. La revoluci6n mental que se
su vitalidad especifica hasta co�.si el final del siglo XVI. De ello
opera consiste, pues, en el carácter total de la sanción que se le derivad, en general, un tono desencantado, a menudo
de este compromiso se deriva para toda la actividad artís­ tenso y a veces trágico, como en una forma de v1da que no
.
tica.
está acompañada y sostenida orgániclllllente por un ímpetu
colectivo. Y valga el gran testimonio de la pintura que, desde
La conciencia de esta conquista espiritual se expresa en el
método perspectivo y geométrico que los florentinos estable­ el comienzo, por as! decirlo, se adaptó a los valores del am·
cen en ei curso del siglo xv. La naturaleza, es decir, el mundo biente circunstante. Convencido del mito humanístico de la
de las cosas y de los hombres, concebido ya como un lllll·
gloria como tipo de supervivencia, Alberti le añade una nota
biente completo es el Clllllpo del que el artista debe adue­ dariUllente heroica para el ardfice, cuyas obras serán adoradas
ñarse como constructor o intérprete. Los .florentinos se ad.
por los hombres: «y se sentirá casi considerado co�o otro
hieren a este nuevo «ambiente» mental y psicológico de tal
dios». Tal vez más que el hombre de letras, el artista del
manera, que se proponen incluso dominarlo, midiéndolo ma· Qugttrgcento ha alcanzado el pleno �tido de su función autó­
temáticamente. Sirve de base a tal actitud la profunda con· ad?s
noma e indispensable en la comumdad humana. lmpul�
.
por el teórico florentino, la mayor parte de .los pmtores Italia­
vicción de que el arte puede convertirse en auténtica acti·
vidad creadora. «Pero advertl -escribe Alberti en su Trqua. w:Jaz
nos del siglo xv se entregaron a un tratamten� menos a
to della Pittura--- que en nuestra industria y diligencia, no
del contenido. Casi único creador en una soctedad más h�en
meno� que en el provecho de la naturaleza y de los tiempos,

estática y dentro de una cultura en muchos aspectos retórica,


radica el poder conquistar cualquier alabanza en cualquier vir·
el atústa, inevitablemente, se confonna �:ada vez más con sus
tud.i!> La alegría del renovado contacto con el mundo es, al
formas, con el bello ideal que él sabe retratar con maneras
rni�mo tiempo, orgullo de modelarlo y de reproducirlo; es maravillosas y siempre nuevas. El malestar con. que se expre­
el placer viril de gozarlo y, simultáneamente, el poderoso e in·
san los sentimientos religiosos tradicionales es, Ciertamente, pro­
timo sentimiento de saber construirlo, de encontrar «artes y
fundo y cada vez más evidente. Sin embargo, es ra�o que un
ciencias no oídas y nunca vistas». La geometrfa y la pers-
pintor se comprometa a ir más allá de lo que convtene a sus

138 139
contemporáneos; más bien continúa traduciendo sus anhelos y eran clemasiada grandes las posibilidades implícitas en la fun­
su sensibilidad, satisfaciendo sus gustos, sus intereses o su cional y creadora visión nueva para que distintas y fuertes
ambición. Por eso una de sus categorías es la conveniencia, que personalidades no sacasen partido de ellas. Mientras hombres
frecuentemente adquiere el significado de bienestar, es decir, la como Michelono (m, 1472), Andrea del Verrocchio (m. 1488)
reconociCia exigencia de representar una escena, un personaje, y Antonio Pollaiuolo (m. 1498) dan gloria en Florencia a la
como conviene al estado de las ideas y de los sentimientos esta· arquitectura, a la escultura y al grabado, son todavía más nu­
blecidos. Todo espectáculo debe ser «digno», y Alberti aconseja merosos los pintores que prosiguen y desarrollan el movimiento
al pintor que frecuente a los literatos --convertidos así en que se había iniciado en aquella ciudacl. Mientras la sólicla
sucesores de los teólogos- para inspirarse y componer adecua· unidad espacial de los edificios, la armonía de las proporciones,
damente sus cuadros. la airosa fuerza de las formas estructurales caracterizan las obras
El artista del Ouattrocento italiano es, pues, muy sensible arquitectónicas, un cierto estatismo domina las composiciones
a los valores éticos, tanto en el plano formal como en el del pictóricas. Sin embargo, el valor de la luz -que también rara­
contenido. L'n Botticelli infringe deliberadamente las leyes de mente llega al claroscuro-- es un elemento fundamental en la
la perspectiva para mejor subrayar el significado de una escena disposición de las masas y de los colores desde los comienws
religiosa (La Adoraci6n de los Magos). Por el conÚario, Ghir­ del arte quattrocentesco florentino. <�.Yo casi nunca estimaré
landaio 11449-1494) no duda en halagar a su comitente y con­ ..e
mediano pintor .-...xclama lapidariamente Albert!- al que no
ciudadano Tornabuoni, representando varios episodios sacros ron comprenda bien qué fuerza tiene cada luz y cada sombra en
el fin primordial de realzar a los miembros de su familia y el cualquier superficie.»
lujo de su morada. Es ésta una costumbre de Ghirlandaio, que La luz, que en los flamencos había seguido siendo un tanto
en la Capilla Sassetti de la iglesia florentina de la Santa Tri­ wnvencional, casi siempre uniforme e irreal, es, al fin, domi­
nidad se comporta de un modo totalmente análogo al observado nada en sus efectos. Maestro incomparable y máximo exponente
en el coro de Santa Maria Novella. Lo mismo cabe decir de en este período es Fiero della Francesca (m. 1492) que, tras
su contemporáneo Benozzo Gozzoli (142Q-1497l celebrador de lo.s vigorosos esconos y la capacidad de expresión dramática
los Médici. Por otra parte, si los temas cristianos constituyen alcanzados por Andrea del Cast@gpQ {m. 1457), llega a identi·
todavía una porción notable de las composiciones pictóricas, la úcar la luz con el volumen de los cuerpos y a construir, gracias
vaga y difusa religiosidad que sus autores tratan de trasfundir, a ella, una sólida y transparente uniclad atmosférica. De la
es difícilmente relacionable con una sensibilidad colectiva real. generación siguiente podemos decir que se le iguala el, sin em­
A dtulo de ejemplo recordemos a Luca Signorelli (m. 1523), bargo, tan clistinto Sandro Botticelli {m. 1510), heredero y
y especialmente los frescos que realizó en la catedral de Orvieto original intérprete de casi todas las tendencias florentinas Qef
hacia 1500. La espiritualidad cristiana que debería imperar en siglo xv. Idílico y atormentado, de líneas netas, incisivas y tam­
aquellas escenas (El fin del mundo, el Paraíso, el Infierno, las bién en dulce y gracioso movimiento, traduce ya con su arte
Historias del Anticristo, etc.) no se corresponde con las per­ multiforme la fase cdtka en que el mundo interior de la
fectas y vigorosas anatomías. En éstas vive más bien un fulgor Florencia quattrocentesca se descompone y se desintegra. Sus
del drama psicológico que en aquellos años se cierne sobre los imágenes son prodigiosas, pero, más allá de la excelente factura
espíritus ya esttcmecidos de la península italiana. individual, no se percibe ninguna homogénea y fuerte visión
La tendencia ideal a realizar representaciones de pura hdli wlectiva; en los pocos decenios de su actividad se alternan
za, ya acusada en el Angélico, notabilísima en la obra cle alegría de vivir y melancolla, tensi6n religiosa y profundo des­
Filippo Lippi lm. 1469) y de Luca della Robbia (m. 1482l. no consuelo.
es más que un componente, aunque constante, del arte flo.. Pero ya en las otras regiones italianas ....d ...-a emás de en la
rentino del Quattrocento. Ciertamente, la belleza .es un atributo propia Florencia, con Leonardo y con Miguel Angel- se alean·
divino, y su perfecta visión, gracias al saber perspectivo, es el zaban originales y más audaces resultados, tanto en el plano
más alto fin del artífice. Pero el dominio del espacio y de del empleo de la luz y del color (as( en Antonello da Messina.
los valores plásticos -que precisamente resulta de la conciencia Gioyanni Bellini y en Vittore Carpaccio) como en el modo de
de las dimensiones autónomas clel «ambiente» natural como traiar Jos volúmenes y el espacio. En esto sobresalen Melozzo
conjunto autosuficiente e indispensable- no tarda en hacer (m, 1494), nacido en Forli, maestro del movimiento, como bien
extremadamente rica la producción artística italiana. En efecto, se advierte en la Ascensi6n del Palacio clel Quirinal, y el paduano

140 141
Andrea !"'amegna {m. 15061. Recogiendo por su cuenta la visión en Italia. No es imaginable, en modo alguno, que hubieran
.
perspectiva de los tlorennnos, surgido y se hubieran afirmado sin una concepción básica, dis­
una esn.o-'-"�-d a¡ m1smo tiemp. Mante gna consigue en us obras tinta de la medieval. Ya se ha señalado también la función
Es suyo el �cubrimiento del osottinmás orgánica y más dinám1c'
5

vital que desempeñaban los conocimientos geométricos en el


·
.--UilllUII

_ geométtJ a, n la posición no ya sU, que introduce en f�


VJsua� � � sólo frontal del punto nuevo arte y lo que significaba el retorno igualmente vital a la
de VISta, un dmanusmo nuevo «naturaleza». Ahora hay que advertir que mientras la expe­
pasan los limites del campo dey launailusió
variedad de efect?s _que
n Óp< ' "'· Un ms1gne riencia artística no dejó de tener una relación, e incluso una
,,·emp1o de eUo es ¡a Camara los esposos en el Pal'cro · Du.
.,__
influencia, sobre las metas que tendía a proponerse el saber
científico (rectlérdese, por ejemplo, a Leonardo da Vinci), ape­
'
cal de Mantua (realizada haciade1474) donde ,pintu ra y ·
rqwtec­
' ,
"-s tamb1én, consig'uiendo dilatar genialmente
tura se. desposan eilll nas ocurrió nada semejante con la experiencia ético-filosófico­
por pnmera vez, el ambiente espacial. ' literaria de los humanistas. La. razón de ello debe buscarse,
sobre todo, en el hecho de que esta última tuvo por modelo
la de los antiguos.
m. LA YISION HlJMANJSTJcA pEL MUNOO No se quiere decir con esto -y ya se ha aclarado-- que la
pum cu!twl! �sJ Q¡gjroceq,tq se prop�nga ¡::eproducii_
senill
. �� on
mundo del arte y el de la cultura literaria no sólo no _m�.té_ los esciuemas_':_iáskQs, que se deleite sólo en la -absorción
__ ·

VIVIer separados en el siglo xv en Italia sino que se lnte- . d� uOPitdmontO-espiritual de quince o veinte siglos ·antes - y,
graron en una VISl · '6n menta1 untca. En la base del uno Y de1 mucho menos, - qu"(: ·-lo--admire sólo para contraponerlo al cris­

.

o� había, pues, también una ,


tiano. LaS cOSas -no son así en absoluto, · aunque con el paso
miento del H�anismo no debefilosof busca
ía común Pero el
del tiempo ganó terreno una especie de nueva escolástica, si
menos, sistematicas formulaciones metafrse
_ en a�plias y, :;��
ísicas en o-'-- •-u=..uas
-� es- bien de tipo muy distinto de la anterior. Es, en cambio, inoon·
tructl.l;ra� 16g¡cas, ru• stquie
• xa trovertible que as! como los artistas al volver a la naturaleza
conoomtento. La filosofía enensuunaordiautént
'
·
ica metodología del
' iosa en esta epc¡'6n ¡a teoré­ se hicieron de ella una proyección ideal mediante una verdadera
t'Ica, no .está totalmente silenc �..:,
..
�-·

que' ve en
""
....
actividad autónoma y creadora, los hombres de letras quisieron
us comienzo� a la gran figura de Nicolás época de Cusa �) llegar al mismo resultado gracias a la Antigüedad, cuyo honor
� los p�rfodos que no �sieron todas sus(m·mejor � y vigencia estaban proclamando. Es innegable que sólo para
fa:ira:�� servtc to de la especulactón, figura precislllllente éste poder cantar de nuevo las bellezas de lo creado, para reivin·
que. va desde mediados del siglo XV a mediados del XVI L dicar la parte activa del hombre sobre la tierra, para hacer de
�mentes �t�les más vivas, que son precisamente las hum:� la cultura un órgano socialmente funcional, hicieron resurgir los
mstas, aspiran, sm duda, a una visión unitaria del saber pe hurnanis!as, prestigiQ y con tanta fuerza, -las obras
no se proponen conseguirla mediante una subversión d,¡ ' patri- didOs-griego� y de los latinos. Pero, al misino tiempo, tampoco
_con, tanto

monio � ¡juCde negarse que, respecto al elástico paradigma de la natu­


. · es.l"-'-..
sentido
�-�...ativo
pagano
· -'-! pasaOO -entendido en el mlis
¡ato raleza, respecto a la libertad representativa que los artífices
u;

·• • Y cnst"laDo .IJUSJ_l .
· lO tiempo- -; aspiran a una
concordia habían sacado de sus conocimientos matemáticos, la misión de
_,
"-'
u:mversat, a un atesorannento de ·¡a
·

•us formas, en un plano de gen verda d todas


y amplísima comprensión
en
los moralistas, de los pensadores y de los literatos -totalmente
humana. erosa
vueltos a los textos antiguos-- se encontró singularmente en.
El hecho de estar casi despro torpecida y complicada.
t ce del Humanismo una culturavisto carent
de sistemas filosófic no
e de intuición glo�al Lo que caracteriza la cultura )1u�anística es precisamente su
¡
� h�ho de q_ue ésta se exprese y encarne en
formas basta�t� afirmación a travrs de -laS 1-eaJ.idadeS irifermedias, a modo de
___

I?sólitas no dismm _ �ye en absoluto su importancia . Al contra­ espejos o de modelos; es. el ��r v��r exigencias históricas
rio, asf como es cterto que del Huma nismo parte y concretas mediante mOOélos_�.QtQ!_ º �tendidos cOmo uni·
q_:ue_conduce_ al saber lai� y_-a la_refterión crítica_ _de elroscas� ·
os-0 veisltles. I:OShliii�i nistS.S Se dieron cuenta de 10 importante
-

siguientes_ , . lo. es tamb" ten que muuo -- .


-�� de --pensar propio de
__
- _rg!_
__
-qué""era el giro espiritual que hablan decidido emprender. Sobre
no

aquel movimtc:nto fue de capital _,impor CJ

tancia. todo creyeron que se trataba de cambiar la forma y, en medida


E� las páginas precedentes se ha tratad
.Sigmfica o de determinar el mucho menor, la sustancia. No querían ya oír hablar de un
do de las nuevas realizaciones artísticas que se elaboraron modo «bárbaro», ni representar de un modo estereotipado, ni
142 143
nueva cultura laica no estaba aún bastante madura, o segura
constrWr en formas hirsutas e inarmónicas. Pero la ¡;uesti6n y consciente de sf misma, para contraponer una elaboración
iba mucho más allá del estilo o de los colores y de las estruc· especulativa propia a las tradicionales. Ni siquiera habfa, e:"
turas arquitectónicas; más exactamente, todas estas nuevas ma• la clase sin fronteras de los hombres de letras, la urgenClll
nifesta�ones__ap._un_ciaban e impli�ban __Uila __i:illniú�ta_ nlUtad6n de un concreto y gran problema a resolver, la exigencia de
de la civilliación occidental. Los humanistas no lo presiñtle· luchar contra algÚn enemigo determinado. Tras las primeras
ron, como lo dem:UeStra el hCCho -de que no se encontraron décadas del siglo XVI, cuando algunos grupos de humanistas
caii-ñüñCi, hasta la primera mitad del siglo XVI, en 'posiciones comenzaron a hacerse más agresivos, su movimiento dejaba ya
avanzadas en el campo poHtico, social, económico o religioso. atrás la primera gran crisis interna y estaba entrando en
Ejlos_ e11:presanm la profunda intolerancia de las nuevas ·gene­ otra fase.
raciones laicas_ ante el orden!lmiento mental cerrado, do�átíOO, Sin embargo, a partir de la segunda mitad del siglo XIV
íerárquico y trascendente de la cultura eclesiástica. Pero-áiltes hubo lucha cada vez más amplia y decisiva, a medida que
del siglo XVI creyerOn quf: no atacaban la visión cristiana con las posiciones culturales laicas se hadan más fuertes y encon­
su exaltación de lo terreno, estimaron que no debían modificar traban apoyo en el seno de la sociedad. De igual modo que
seriamente la estructura de la sociedad, aunque no guardase los partidarios de los studia humanitatis no se mostraron hos­
mucha correspondencia con sus ideales y, en general, conside­ tiles al sistema de las creencias cristianas, así la Iglesia y sus
raron que era su deber el de servir fielmente a los poJeres representantes no vieron en ellos, en general, a enemigos temi­
de todos modos establecidos. As! ocurrió que mientras el arte bles o muy peligrosos. A pesar de ello, el renovado conocimiento
llegó a iniciar un camino ya perfectamente adecuado al cambio filológico de Aristóteles, de Platón y de los neoplatónicos, así
presente y futuro de la vida europea, 11-L<?:tra!_fQrmas Cl,llturales oomo el de algunos otros pensadores antiguos, y las cada vez
-desde la literatura a la ciencia, �esde la filosofía a la moral� más frecuentes traducciones latinas de las obras gr1egas, crearon
desarrollaron Sus adívidSdes, todavía durante uñ- Ia:rgo -perrooo, un clima intelectual extremadamente distinto del de la época
a -través del f:9llt!lcto ri_c_o _ y pri}fiinaQ_ con la Antigüeilaa:--- - precedente. En el período medieval no faltaba una gran libertad
En realidad, aquel mundo orgánicamente humano reflejado en de pensamiento, pero todo el patrimonio especulativo estaba
los vestigios antiguos era vasto y fecundfsimo como un nuevo subordinado a la Revelación, y los contendientes en cada de­
continente. Los hombres de letras se entregaron al placer de bate filosófico variaban esencialmente, segÚn el modo en que
gustar sus frutos más que al de producir otros. Sin duda, porque se pretendía fundar o interpretar la fe y el dogma. La especu­
les pareció que los versos, la prosa, los discurws de los clá­ lación no tenía valor por sí misma, porque estaba ya aceptada
sicos decfan precisamente lo que a ellos les interesaba entender. la convicción de poseer una verdad superior y divina. Los huma­
l Por otra parte, los humanistas no deseaban en absoluto renun­ nistas, ya está dicho, no se sintieron capaces de exhibir siste·
.' ciar a sus creencias de cristianos, o a lo que les pa.recfa el mas propios por la sola lectura directa de los antiguos. No
núcleo esencial de la religión: la existencia de Dios, la inmor­ obstante, aunque sin llegar siquiera a criticarles radicalmente
talidad del alma y la fe en la virtud moraL A primera vista, ni a juzgar totalmente equivocado a ninguno de ellos (Pierre
·¿no eEa, en sustancia, lo que propugnaba también la mis alta de la Ramée es uno de los primeros en pronunciar afirmaciones
cultura pagana, aunque de diferentes modos? Debfa haber una tan terminantes como: quaecunque ah Aristotele dícta sint, com­
forma de entender rectamente y de aprovechar incluso el pen· menticia esse -«todas las afirmaciones de Aristóteles son pa.
samiento y la ética de un Epicuro. Sólo hacia finales del si­ trañas»--, pero esto ocurre ya en 1536), tuvieron suficiente
glo xv se volvió a considerar a Epicuro como impfo e inmornl, empuje intelectual para captar su fuerza autónoma y negar
es decir, que hubo de pasar mucho tiempo para que de los progresivamente las distorsiones que de ellos se habían hecho.
productos del antiguo patrimonio redescubierto se rechazasen Este es uno de los grandes resultados positivos de la nueva
algunos y se los considerase venenosos. De todas maneras, la actitud filosófica, la cual, en realidad, sentaba las bases y la
convicción de una concordancia metafísica fundamental entre condición mental para una futura y auténtica reanudación es-­
antiguos y cristianos se resolvió en una amplia renuncia a peculativa. En cuanto se mostraban capaces de apreciar plena­
construir sistemas filosóficos nuevos. Si en aquel tiempo hay mente el vigor teorético de Platón o de Aristóteles, y en cuanto
uno, es el sistema, ciertamente vigoroso y original, de NiooLis sabfan orientado hacia sentidos o perspectivas no tradicionales,
de Cusa, que, sin embargo, no participó nunca a fondo de la los humanistas se revelaban, al menos, como válidos interlocu-
sensibilidad humanística. Es preciso señalar también que la
145
144
tares de los antiguos. En otros términos, demostraban haber presentaba la transpqsici6n laica del concepto cristiano del bom·
encontrado la medida interior para determinar la validez autó­ bre, capaz de pecar y de condenarse, pero también de &er
. y de salvarse. Sin embargo, los nuevos filósofos pro­
elegido
noma del pensamiento humano, más cercano que la verdad
ponían ahora un nuevo· horizonte claramente terrestre al indi­
revelada. Esto representaba un verdadero deshielo intelectual, e
incluso la liberación de aquellas fuerzas especulativas y de "!duo, y és_te era p�odamado faber fortunae de un modo prác­
aquellas capacidades racionales que hasta entonces el dogma ticamente mdepend1ente de la acción divina. Es un nuevo
Dios, es decir, la más alta conciencia de la propia época la
que por medio de Pico habla as{ a Adán, en la De ho,;inis
había logrado someter y domesticar.
En la justa perspectiva se sitúa también el otro resultado
fundamen;:al de la filosofía human.ística, es decir, laj)(:lslc_ión dignitate oratio: «Te be puesto en el centro del mundo para
central reivindicada por ella para'!� hombre o, si ?!� qUiere, que puedas mirar más fácilmente a tu alrededor y veas todo
.
lo que contiene. No te he creado ni celestial ni ser terreno' ni
el nuevo significado que se le da al. concepto de mícrocOSiñOs.
Ante todo es preciso no dejarse seducir demasiadO-pOr· las �ort�l ni inmortal, para que seas libre educador y señor de
ti rwsmo y te des, por ti mismo, tu propia forma. Tú puedes
dege?f!ar hasta el �ruto o, en libre elección, regenerarte hasta
múltiples tentaciones qt¡e esto podría suscitar en el plano cos­
mológico. Sin duda existen analogías entre las audaces especu­
laciones sobre el infinito de Nicolás de Cusa y algunos presu­ lo divmo. . . Sólo tú tienes un desarrollo que depende de tu
puestos mentales de los descubrimientos oceánicos, entre las te­ voluntad y encierras en ti los gérmenes de toda vida,..
sis de Cusa, de Ficino {m. 1499), de Pico {m. 1494) y de
otros más sobre la posición privilegiada del ser racional en
lo creado y la incipiente afirmación del europeo sobre todos IV. LA§ CQNCEPCJONES EUCAS
los pueblos del globo, pero tales analogías no van muy lejos.
El Humanismo habfa querido claramente restablecer el equi­
Al centrismo del hombre aún va unido en la mente de la ma­
librio armónico de la criatura, hasta entonces metafísicamente
escindi�a . en �teria y forma, y, más aún, en alma y cuerpo.
yoría, incluidos los menos tradicionalistas, la de la Tierra
respecto al universo, tan lejana del mayor logro científico de .
la primera mitad del siglo xvr, alcanzado por Copérnico (en Esta tei'_I!lldlcacl6n se habfa traducido a una explícita toma de
_
conc1enc1a del valor autónomo de las actividades humanas, em­
P�R.?do por la cultura y por sus formas. Al mismo tiempo, la
su De revolutionibus orbium coelestium de 1543). Este centris,
mo, además, implica claramente una jerarquía ontológica, no d�gn1dad del hombre no había sido afirmada tanto de un modo
sustancialmente distinta de la medieval, as! como una perspectiva
�recto CO�l;l-C: �oblecida indirectamente a través de su capa·
todavía en vigente predominio ético, como era precis.amente
la cristiana. El concepto de microcosmos no vale, pues, ni por crd� de dlVmlZarse, a través de su aptitud para producir obras
su formulación teorética o su encuadramiento meraffsico, ni pr6xunas a las de la naturaleza o para expresarse de un modo
semejante al de los antiguos. Sin duda alguna, este gran movi­
miento n? pretendió ir muc?o más allá, es decir, sacar de
por la original funcionalidad que a$WII.e. Es una expresión ideo­
lógicamente petfecta del ideal cultural laico de esta época. Los
sus premisas unas consecuenoas que no fuesen Predominan
artistas se habían referido, desde luego, a la belleza divina te­
de lo creado, pero para exaltar la de las obras de la más �ente culturales. Pero e� habeJ: sentado aquellas preÚlisas cons­
digna de las criaturas. El altisimo valor que los hombres de tltul� ya, por sí solo, un fenómeno intelectualmente hásko y
_
letras hablan querido atribuir a las obras maestras de los anti· dec1s1vo para la futura orientación de toda una fase de la
guos no era para ellos sino el modo intelectualmente más cultura europea. Por otra parte, debe reconocerse también que
idóneo para sublimar Lis capacidades de los modernos, tanto los humanistas mantuvieron una prolongada lucha por la be­
lleza Y por la poesía, por una libertad cultural que era fun­
de los hombres que aún ignoraban la Revelación como de los
contemporáneos no dispuestos a aceptarlo todo de las creencias ?a��to y condición de la recuperada autonomía del juicio
religiosas. mdiv1dual. Se encontraron embriagados de todos estos valores
Por eso ellos entendieron el concepto de microcosmos en el terrenales Y los celebraron como cualidades y glorias inaliena­
sentido que les era más entrañable, como expresión de su fe bles del hombre en general; se sintieron complacidos también
en las innumerables posibilidades de la criatura. Es cierto, desde por ellos Y por su exaltación y, al menos en parte, no lograron
_
fVItar, a la larga, el peligro de la abstracción y de la retórica.
luego, que la escala medieval de los seres no sufría grandes
trastornos por tal concepto y que, en alguna medida, éste re· En realidad, como bien han demostrado las conquistas del

146 147
religiones en una úm
ca
. . en e las diferentes
arte, el anhelo de ideales, en cierto modo todavfa supraterre­ a conctliar generosarn � . na al mismo tiem
po, o a
nales, no exclufa en absoluto la voluntad de hacer del hombre y progresivá_ verdad, :r1
d
� ':; y h
':n ma
el ho bre, dondequier� _
que est�­
no sólo un imitador, sino un auténtico creador; no sólo un exaltar la libertad A princip iOS del SI·
echo de ser hombre.
interlocutor válido, sino un heredero original Adviértase tam­ viese, por e¡ so¡o h. los hum ani stas trata de
tmpu1so 1"deal de
bién que si la absoluta autonomfa de la cultúra laica fue pet· glo XVI, el noble rentemente de impr
oviso-­
blemas
enfrentarse con _pro
seguida y alcanzada por medio de la Antigüedad, larga y labo­
riosa fue su estructuración colectiva. Piénsese en el trabajo se habían agudtzado,
¡
Y ¡ �s qu��!: de diversos modos, pero
audaz, Y en
más 0 menos
or cr uco nuevo,
continuado y en el empeño que fueron necesarios para llegar siempre con un vig en el plano literario
al propugnado abandono de los viejos sistemas de enseñanza, o y concret�, 1anto
todo caso más madur o.
lógico y pol iuc
a la adopción progresiva de los textos chisicos y de las nuevas como en e1 éUco, filo s de estudiar el con
-
·

técnicas pedagógicas, a la victoria, aunque sólo parcial, sobre Más adelante (�- cap. 9 l ) trataremo
' íod o se esta blt;­
n que durante este per
las resistencias de todo orden y condición que se les interpu· junto de las relacto � gen cias de una reforma re h·
amsmo Y � 1 s exi
sieron. La lucha entre los ho·mbres de letras, por una parte, deron entre el hum ' antes de que
--es preciSO Se••Inlo
"ll-
armados sólo de conocimientos filológicos y de intolerancia ante g105a. S"m embargo ' m4s grandes
se "nflam

algunos de los
1
esta última estalle Y
la barbarie de lo inarmónico y de lo inhumano, y los «clérigos•
medievales por otra, podría recordar la de David contra Go­ humanistas elaboran una acu -� propia que a vec
' da rea
es adolece
lidad con·
la
desencanto res�to
liat. Detrás de los segundos se alineaba todo un sistema rfgido de un individual � :
101 e in tada racionali dad
dominarla. El
s los eleva a
y resistente, una tradición sec:ular y fortfsima, una organización
práctica y una auténtica estructura mental, enfrentándose con
temporánea y a v�
tempre vano � �� os- de

(1478-1535) f e consci
en el intento -s ente de la enorme
adversarios que defendían el valor de poeslas antiguas, que jpglh . Tomq Mo JV
� de razonabl e convivencia
"d
1
prc:tendlan leer a Platón y a Aristóteles de un modo distinto dlferencta ... ,., ex�stia. entre un
-.,- e su tiempo.
·

d
h�
europea
de como se hablan lefdo en el pasado, o imponer un estilo a t d 1 a sociedad
humana Y el orden ffil�� conscienteme�te esta
a r expresado
latino por lo menos en desuso. Por amplio que pueda haber Peto el solo hecho sistemáuco, ante
erla :atizad° ' de un modo
sido el apoyo que Jos humanistas encontraron en la sociedad diferencia y de hab de su Utopía uno de
hom res cu1t�s, hace
laica, y a veces también en la eclesillstica, es preciso reconoce"! la opinión de los. compromiso social
que
ivos d�meo os del
que, respecto a los artistas contemporáneos suyos, tuvieron que los más significat
vencer obstáculos y dificultades incomparablemente mayores. · ---1 fa asumir. t más concretamente mo-
el Humantsmo 1""-'
talm
ent: análogo pe o
Esta lucha prolongada y extenuante nos ayuda a comprender En un plano to s antes, su amigo
y con·
s 'año
5
poco
1 361
ocado Y •
mejor la relativa improductividad creadora de los literatos y ral se había col
' Rotterdam . ¡1466 con
.
la obra
de los pensadores humanistas del siglo xv, en comparación con temporá neo Erasmo de posteriores, reco-
· - -

la mi!.s libre �no sólo más genial� actividad de arquitectos, Encamtum


.
Ma r
.
tae (1;i ll) que los Calloquia,
' cter,a m'"�dida· Acaso
. por
_
pnmera
. rollaro n en
pintores y escultores. Pero, más que a los segundos, es a los gteron y desar . s escrito · s,
le�a contraponer con esto
primeros a quienes debe atribuirse la implantación, aunque lenta, vez C!Il Europa �e- �oii!v s� aico s a los �is tianos. Es absurdo
JUICIOS '",ro.
de un outillage mental capaz de estructurar la nueva sensibi­ un conjunto de Pero al leer lss
un o taue an'e littertl1·11
lidad laica. hacer de Erasmo te en e1 atre · e1
Es un hecho que, al margen de notables excepciones �re­ ágiles páginas del
f .
El g!a de 1a locura se sien ral establecida
n la mo
cuérdense, por ejemplo, los nombres de l&renw Valla o de os atlgazos fus tiga
restallar de algun
Leon Battista Alberti , casi todo el siglo xv está dominado y cristianamente
consagrada. ��: encima de la veloz
coi nci de
nube de
ya con
que no
hay un modo de ver
por estilistas cada vez más hábiles, por excelentes pedagogos, por flechas erasmianas var ios siglos de
, : ei de un mora
, laic o ' tras
la tradiCl?�
. lis a
eruditos de amplios horizontes; faltan, en cambio, no sólo los que e1
locuras humanas
Entre las numerosas
sistemas filosóficos, sino también los grandes escritos especu­ moral reltgtosa. .6n Para la que hasta entonces
mene!
lativos y las obras literarias altamente originales. Por último, .
escritor sena - 1a apenas hay. . 1 decir, la despreocupacl
"6n
_,, como prmctpa , es ._, . Cuando
hacia 1500 se produce una crisis de crecimiento cultural cuyo era const"derawo . glorias cele stu ues
Infie�no 0 or las
por las penas del
equivalente es fácil encontrar en el campo del arte, pero que
da sus frutos en casi todos los demás sectores. En cierto modo, llama a capítul o al Vtcan.o � e Cristo --que a
p�r a
pesar de su
pon erse a la
eni l
trar nuevo vigor juv
el humanismo sale de su precedente abstracción, que le llevaba edad, parece encon
149
148
cabe:m de los ejércitos-- no le convoca ante el Juez divino No podría definirse de otro modo el incansable trabajo filo­
sino ante el género humano, del que se ha convenido � sófico de Pietro Pomponazzi (m. 15251. Su aventura, justa­
azote. De igual modo, al peregrino que va a Jerusalén, a Roma mente mucho más célebre, es semejante a la de su contempo­
o a Compostela, donde no tiene nada que hacer, le cita ante ráneo Giovan Battista Pío, autor del primet comentario al
su propia mujer y ante sus proPios hijos, así como exhorta al De rerum natura, en la primera mitad del siglo XVI. A pesar
rey a que rinda cuentas ante sus propios súbditos. de su carácter de «antiguo» y de �" excelente forma literaria,
Por tanto, no se trata de establecer si el autor del Elogio es Lucrecio, desde las última< .-1.-<�. ' del siglo xv, había sido
cristiano o no, sino de qué modo lo es. Contra la devoción ya condenado por algunos humanistas preacupados de la orto­
-por no decir la idolatría- de las imágenes sagradas, él no doxia, y también apasionadamente cultivado por otros. Esto no
se alza en un plano teológico, sino en el de la moral, y con impidió a Pío publicar en Bolonia, en 1511, una amplísima glosa
w:ento nuevo observa despiadadamente: ¡cuántos fieles no van gramatical, erudita y filosófica al De rerum natura. El filólogo
a encender una vela a la Virgen en pleno mediodía! Así, más no dudaba en aventurarse en un intento, comedido y en nada
que e� el escándalo del comercio de las indulgencias, él piensa hostil a la. verdad revelada, de conciliar el dogma con el pen­
con trtsteza en la feliz confianza de los que llevan una cuidada samiento epicúreo del poeta latino. Su trabajo, reimpreso con
contabilidad de los años, de los meses y de los dlas de pur­ grandes alabanzas en París, en 1514, no p:Jdía ciertamente
gatorio que le quedarán por pagar. En consecuencia, cuando llegar a resultados filosóficamente válidos, pero demostraba que
Erasmo se yergue sobre aquellos necios y registra, con la mi8llla el Humanismo sabía i r ya hasta sobrepasar Jos acostumbrados
impasible superioridad, la vanidad de los pedantes y de los limites y compromisos aristotélico-platónicos y que era capaz
te6logos, la locura de los supersticiosos y de los santurrones de llevar su autónoma comprensión hasta obras claramente anti­
se mueve dentro de una sólida contextura en la que funda S.:
cristianas.
Independencia de juicio. Al margen ya del humanismo quatlro­ Incomparablemente más riguroso en el plano especulativo, y
centesco y de la cristiandad medieval, aunque nutrido del uno de mucho mayor relieve en el cultural, fue el Tractatus de im­
y de la otra, su criterio es éticamente nuevo. El escritor pasa mortalitate animae 0516), de Pomponazzi. En efecto, el autor
al lado de las costumbres inspiradas en el pasado y las observa tocaba el tema más sensible de la filosoHa de- su tiempo. Sin
de perfil; aunque la ráfaga de su hwnotlr es breve, entre él y embargo, no temió demostrar que, según la verdadera doctrina
el objeto de su observación se ha hecho un vado. Erosmo de Aristóteles -a la que estaba adscri ta una gran parte de la
expresa una actitud de superioridad intelectual, a la que ha trologia-, no sólo la inmortalidad del alma era indemostrable,
llegado la nueva cultura con el especial empleo de una dimen­ sino que el intelecto individual estaba destinado a extinguirse
sión ético-psicológica inusitada; el ridículo. Ridículo es lo que con el cuerpo. Si Pomponazzi tuvo vigor suficiente para revelar

se aparta de la norma general, tanto si ésta es realmente se­ el espectáculo de tantos jirones de inteligencia como hombres
guida como si permanece en estado ideal. Los verdaderos cris­ hay, todos intentando ejercer una actividad incorpórea mediante
tianos son locos respecto a la masa de los demás y, a su vez, la cual tratan inútilmente de eternizarse, lo tuvo también para
estos últimos son locos respecto al buen sentido del hombre desplazar al terreno .ético el centro de gravedad de la persona­
razonable. La locura es universal, pero relativa. Ya no hay lidad humana. Sostuvo que la perfección del hombre, es decir,
en la sociedad una base real para distinguir a los locos de su tarea esencial e insoslayable -y al mismo tiempo su fin
lru sabios. Las dos locuras, la mundana y la divina, son recí­ especifico y su personal plenitud- no estaban ni en el ejer­

procamente inconciliables. Pero Erasmo comprende que es pre­ cicio de la actividad intelectiva ni el de una actividad práctica.
maturo, a comienzos del siglo XVI, recha2ar las dos únicas El conocer es, desde luego, tan indispensable, como el hacer,
actitudes en conflicto en nombre de una tercera que muestre pero el uno y el otro no agotan la esencia individuaL Además,
la insuficiencia de ambas. Así, mientras el Elogio y algunos los dos postulan la necesidad de subdividir armónicamente las
Coloquios indican que el camino a seguir es la lucha de un funciones de cada uno en consideración del bienestar general y
elevado buen sentido contra las exigencias exclusivas y contras­ la renuncia de cada criatura a la consecución de un resultado
tantes del alma y del cuerpo, otras obras tratarán de alcanzar total que el hombre alcanza, en cambio -realizándose a si
una conciliación y un compromiso entre sus exigencias. Pero )a mismo, por lo tanto, entera y profundamente-, con la voluntad
diosa ra2ón habla hecho ya una aparición sobre la tierra' a de hacer el bien y CL'D el consiguiente ejercido de la virtud.
la que poco después seguirían otras. La virtud tiene su centro en el individ'lO, toda vez que sólo

!50 !51
gracias a él se haco:: realidad la exigencia universal de obrar el toda su síntesis co.n clementes psicológicos. CU;IDdo ha llegado
bien. Y cuando él lo ha querido y logrado, de ello se le si­ a �na explicación suficiettte en este plano, casi se considera
gue, inseparablemente, un sentido autónomo de felicidad que s�usfecho con ella y no va mucho más allá. Aunque en rea­
no debe es!'Jerat, por lo tanto, de nadie ni buKarlo en otro lidad reconoce, como lo hadan ya los mejores espftitus de la
mum:lo. época -desde Commynes a Erasmo y desde Maquiavelo a Lu.
tero--, que la politica se desarrolla en una dimensión acristiana,
'\\'SegÚn 1-a razón y uso de ]0$ estados�, Gukciardi!'li no admite
V. I.A l!!ST(IRIA Y 1 A PúUTICA
que Dios se manten&a verdaderamente ajeno a ella, Así, al
margen del despiadado análisis de la irracionalidad humana, y
después de haber desenredado nteionalmente d ovillo de los
En este plano de superior capacidad de reflexión se sitúa
la obra del más gtande historiador de esre período, Francesco
hechos, el historiador 6.orentino descubre el hilo rojo de una
\1isi6n teoteleológica. Todo un ctlnjunto de reflexiones, de dis­
Guicciardipí (1483-1540l. El eS<:ritor florentino eleva al más
Ím· cursos anticipadores, de relaciones entre causas mediocres y
alto grado las posibilidades de la historiografía humanística,
un decisivo progreso respecto a su primera fase efectos ra:ribles, Je simétricos ronuastes, de imlisenes, de
dmbolOIJ, Jalonan la HistoritJ de ltalit�, que al final aparo::e
!'Julsándola a
retórico-polltica y mostrando también sus debilidades intrínse­
tomo un drama en el que, antes o después, &e restablece un
cas. En efecto, Guicdardini se dedica, por una parte, a recons­
equilibrio nwral. Asl, Guicdardini, en Iug:¡r de concenuar sus
truir de forma racional la urdimbre y el desarrollo de las
, facultades intelectuales en la indagación positiva de los hechos,
vicisiwdes humanas. Por otra parte, y en un plano moralista
se halla dispuesto a dar el máximo relieve a las fuer:¿¡¡s incon­ tes� su eficacia al aplicarlAs todas al plano polftico-di.plo­
troladas de los protagonistas y de las multitudes.
m.fttoo y, más aún, aminota su a<:cióa por su psrricular concepto
La d;:we de Guicdardini consiste en una casi ilimitada capa· de fortuna y, por último, las esteriliza trstando de proyeaarlas
sobre un plano metahistórico. Allí encuentra a un sentido
ciclad de observación. No perdona nada ni a nadie; ni creen·
des­ al conjunto de las vicisitudes, pero un sentido que acaba por
das, n i pueblos, ni soberanos, ni papas. Guicdardini lo
hacer vanüfi, ctistianamente, los propósitos y las acciones de la
tribe y lo recuerda todo sin indulgencias, profundsmente cons­ ·

igual ciudad terrenal.


ciente de que su cometido es el de ser historiador. Al
que el fraqcés Comnu·nes {m. 1511?), el florentino hace
tema Mucho más lúcido, claro e ínnovador fue el camino rec()rrido
por su contemporáneo y ronciudadano NicoJá.s Mwuiavc,l¡;¡
de su estudio las vicisitudes que le son contemporáneas, tan
intrincadas y, sobre todo, nuevas por la concatenación inusitada
11469-l:i;27l, cuyos esfuetzos se orientaron a captar la oculta
orga· racionalidad de la hi�toria, para comprenderla rolDo pasado y
de los hechos; y con tenacidad y agudeza incansables las
niza en un cuadro cada vez má$ vasto, cada vez más orgánico, poder crearla:, al mismo tiempo, como porvenir. Para llegar
historia a este tesultado no bastaba recurrir a la lúcida perspicacia del
cada vez más complejo. ¿Cómo lo consigue? Para él, la
tampoco quiere que sea sólo relato, sino observador, sino que era necesario buscar también 11n nuevo
plano, sobre d cual pudieran reorganb.aue los frutos de la
no es ya exaltación y
si­
explicación inteligible. Por eso supo concretar de nuevo,
de los inda¡ación p�sitiva. La base mental sobre la tua1 Maquiavelo,
guiendo el modelo de 1os antiguos, una visión racional
histo­ romo los a.rttstas del Quattrocento llorentino construyÓ su doc.
hechos. La nueva fase que Guicciardini abda asi a la
trina fue el concepto de «naturakza». ne' la naturaleza hu·
riografia europea conservó, sin embargo, algunas rémoras fun.
mana, desde luego, pero no cnh:Ddida COJI10 cnexgia irremedia·
damentales, procedentes, al mismo tiempo, de la óptica huma­
pocas bleroente debilitada por el pecado o como conjunto indetermi·
nlstica y de las exigencias mentales cristianas. Salvo muy
excepciones, el vigor analitico y la capacidad de un juicio
inde· nado de almas singulares, síno COillO realidad otgánita, regida
aquel período no eran todavia tan fuertes qu� pol' determinadas y rigurosas leyes, y funcionando ngún un
pendiente en
complejo pero racional mecanismo.
no tuvieran que inclinarse ante criterios moralistas y religiO$OS.
En Guiccíardini, y más o menos explícitamente en
muchos El pensamiento de Maquiavdo no sólo es el fruto maduro
inda· del Humanismo deJ siglo xv, sino que es tambi6:i uaa de las
otros historiadores de la época, la primera categoría de la
mú altas expresiones de su fuerza y de sus limitaciones. Era
gación es que los hombres se dejan atrastrar al mal casi
regu·
superar este convencim iento, como Ma­ inevitable que, al exnemar su vigor, aquel Humanismo chocase
Y Se concrapU"Siera decidid.unence 11 !11 visión teligi084 cris.
larmente. En lugar de
construye
quiavelo, Guicdardini permanete prísioneto de él y

152
tiana. Y eso fue lo que ocurrió con la admirable fuerza y auda­ ético-sociales del individuo. Por ello no debe caerse en el error
cia del secretario florentino. El postuló la existencia de formas de atribuirle, siguiendo una vieja tradición, las taras que
perennes de la actividad colectiva de los hombres, empezando desde entonces se han simbolizado en el «maquiavelismo».
por excluir toda participación o intervención de Dios, Deus el/ Dos obras suyas no igualmente célebres El Princípe y !2!,
machina del poder supuesto e incontrolable. Maquiavelo, que Discursos sobre la primen� década de Tito Lipio- expresan
tomó parte en los acontecimientos más dramáticos que su ciudad de un modo especial un pensamiento que se encuentra en
hubiera atravesado nunca, no por eso sintió menos el carácter todos sus restantes y numerosos escritos. En El Príncipe, el
trágico y siempre incierto de las vicisitudes terrenas, la fuerza autor exalta la fuerza históricamente creadora del hombre, a la
a veces abrumadora de la adversidad. Pero los elementos que que latinamente llama «Virtud», es decir, la capacidad de un
los hombres no pueden dominar, las coyunturas que el politico jefe político de forjar y mantener un Estado. Las estructuras
más perspicaz no puede prever ni esquivar, prefirió simboli· dinásticas de la mayor parte de los organismos polfticos eu·
zarlos en la idea de Fortuna, mejor que en las de Cielo o de ropeos de su tiempo, asf como las formas de gobierno de los
Dios. Por consiguiente, no consideró la religión como fe en el señores o de los condotieros que tanta importancia habían
«verdadero» Dios, o como consuelo individual, o como intrusión tenido y aún tenían en Italia, justifican y explican los puntos
de prejuicios que trascienden la vida terrena. Por el contrario, de vista del secretario llorentino y la especial atención que él
la redujo laicamente a elemento de la vida colectiva, como presta a los que ejercen el poder. Además, su enfoque sólo
suprema adhesión moral a un sistema de ritos y de símbolos accidentalmente es personalista, toda vez que hace del prín­
que plasma en los miembros de cada comunidad la más alta cipe el instrumento -aunque todavía no el «siervO»-- de la
voluntad de defenderla, catalizadora de las energías más toscas, mejor constitución de la vida asociada. Así, pues, las que erró­
pero también más vigorosas, de las multitudes. neamente pueden parecer normas morales sólo intentan ser
¿Qué era, pues, la «naturaleza» que habla intuido y teorizaba definiciones racionales del funcionamiento objetivo de las tela·
Maguiayelo? Un conjunto vivo de relaciones sociales y de dones políticas. En suma, el príncipe, ya no responsable ante
energías individuales que hadan de la historia el campo de ac· Dios n i ante su propia conciencia personal, lo es implícita­
ción de comunidades organizadas, que en sí mismas encerraban mente ante el Estado. Esto se halla formulado con menor con­
la razón de su desarrollo y que se desarrollaban según leyes cisión y tambi� con menos parcialidad en los Discursos, donde
propias. En otros términos, una realidad completa y autónoma Maquiavdo analiza precisamente el Estado como conjunto de
que no debía ser considerada con una perspectiva religiosa, ni fuerzas político-sociales, como «cuerpo mixto», aunque orgini·
siquiera con criterios morales a ella inherentes. Al rechazar co, cuya vida depende directamente de la salud y del vigor
la visión teológica, Maquiavelo, implícitamente, tampOCo adml· de los elementos fundamentales que lo constituyen, los «orde­
da la ética que la acompañaba. Los estratos más evolucionados namientos y las leyes», las costumbres, la educación, las creencias.
de su sociedad, en la que vivió, eran, en cambio, conscientes de Maquiavelo llega a esta madurez de reflexión sublimando
la imposibilidad de regir la convivencia internacional mediante las «lecciones» de los antiguos, es decir, presuponiendo la sus ­

las normas evangélicas, pero no se atrevían aún a negar su tancial inmutabilidad de la naturaleza humana tal como apa­
valor absoluto y lamentaban, más o menos conscientemente, recía ya en sus historias e identificando las normas vitales de
aquella contradicción. En todo caso, seguia considerándose que su existencia civil. Al poner al hombre frente a si mismo y
la conducta de cada individuo debla Caer siempre bajo las ya no frente a un sistema de valores trascendentes, el secretario
normas que se consideraban emanadas de Dios. Por su parte, florentino trata de disponerle, precisamente, a una consideración
Maquiavelo no admitla más valores que los puramente humanos. realista de su propia realidad individual y colec.:tiva. El pos­
Sin embargo, él los presupuso y no se preocupó de definirlos tulado maquiavélico de que los hombres son predominante·
en su aspecto interno; sobre todo estudió sus efectos en la mente malvados es sobre todo teórico, y constituyó una reac­
vida colectiva y se apasionó en el análisis de las formas ción necesaria y saludable frente al moralismo, para afirmar me­
históricas en que se concretaba la conducta social de los hom­ todológicamente que no puede entenderse la conducta del
bres. Maquiavelo, pues, no sometió la moral 11. la política. Se hombre en sociedad sin tener en cuenta sus fuerzas motoras,
propuso, sencillamente, identificar las normas objetivas de esta como el deseo de poder y de riqueza, el instinto natural de
última. Pero estaba tan lejos de considerar válida la concep­ dominio y de expansión prepotente, la búsqueda de lo útil y
ción cristiana como de desvalorizar las energias personales y de lo cómodo. Maquiavelo descubre en la historia el único

154 155
plano adecuado al conocimiento iuxta propria principÚI del com­ 6. La estructura ciéntífica y técnica
portamiento polftico humano, con lo que da al Humanismo
una tensión nueva, activa y cientffica al mismo tiempo.
La tragedia de esta suprema toma de conciencia no fue
s6l.o la de haber madurado precisamente en un organismo
ciudadano ya incapaz de fecundarla, sino también la de encon·
trarse con una coyuntura cultural europea hostil, poco prepa· No hay" duda de que uno de los saltos cualitativos !J)ás im­
rada para comprenderla y, además, dispuesta a ignorarla a causa portantes en la historia de la ciencia se produjo entre medi�dos
de los resabios conservadores y religiosos que volvfs.n a pre­ del siglo xv y mediados del siguiente: salto cualitativo no sólo
dominar casi enteramente. Pero aunque durante más de un 'J no tanto en el plano teórico, sino más especialmente como
siglo nadie en Europa se atreviese a adherirse a los crudos planteamiento práctico y concreto de los problemas.
postulados de Maquiavelo, su obra desmixtificadora resulta, de
un modo indirecto y a veces inconfesado, liberadora para la
reflexión política ulterior. En efecto, de ahora en adelante esta I. LA MEDICINA

última evolucionará en Europa a través de un diálogo, sobreen­


tendido pero incesante, con aquella su primera manifestación Singulatmente decisivos pare<:en los arios cuarenta del si­
orgánica, audaz y poderosa. glo XVI: en 1543 se publica De Humarti cor{loris fabrica ltbri sep­
El Humanismo, en su conjunto, babia qut>.rido devolver al tem, de Vesalio; en el mismo año, De revolutionibus orbium
bombre la legitimación ética y la percepción directa de su coelertium, de Copérnico; en 1546 aparece el De contagíone et
propio mundo y, en consecuencia, los medios ardsticos para contagiosir morbis de Fracastori.
representarlo, los literarios para celebrar su valor y los étioo­ El año 1543 es una de las más grandes fechas de la historia
polfticos para dominarlo y construirlo. Esto se ha.bfa realizado de la anatomla, es decir, de la observación del cuerpo humano
y se rellizarfa ya de un modo progresivo y cons9-ente, aunque en sus dimensiones concretas: Andrés Vesalio (1514-1564) pu­
en la medida. concreta y proporcionada a las estructuras socia· blica en Bas.z1ea sus De Humani corporis fabrica libri septem.
les y económicas de cada pals europeo. Pero, en el plano inte­ Esta obra constituye un punto de partida, además de un puDto
lectual, d Humanismo del Quattrocento ha.bfa creado una Vl:f· de llegada. Punto de llegada, porque muchas de las enseñanzas
dadera dimensión cultural autónoma: precisnmente la que per­ de Galeno siguen vigentes en la obra vesaliana y, sobre todo,
mitida a las éliter impedir que el sistema cristiano recuperase un punto de partida en la medida en que, a pesar de algunas
su fuerza y a la vez preparar los instrumentos de un mundo e..>::cepciones (como la representación del hígado, del esternón,
moral y real diferente. etcétera), las tablas ve¡¡alianas son el fruto de una investigación
objetiva, experimentaL Si, en contra de la autoridad de Galeno,
la mandíbula inferior del hombre es un hueso unitario, sin
signo alguno de sutura, Vesalio la representa como es, sin nin­
guna sujeción.
Para dar al lector una cabal idea del valor de esta innovación,
mejor que hacer breves C"Omentarios será relatar dos hechos.
Primero será conveniente recordar un determinado tema icono­
gráfico, muy difundido en Europa entre 1400 y 1700: la lección
de anatomía. No es arbitrario afirmar que hasta mediados del
siglo XVI el maestro está representado en lo alto, fuera de
campo, en el momento de comentar un texto clásiC"O, mientras
la operación práctica es realizada por un ayudante, un <<bar­
bero»: expresión plástica del divorcio existente entre la priictica
-la técnica de la disección- y la ciencia, que se reduce a ser
un comentario monótono, sin verdadera relación con el caso
que se ofrece a los ojos de los estudiantes.

156 157
¿Disección práctica o, más bien, lección de filología? Vesa­ támoslo-- no es el gran número de disensiones, o de couec­
lio, en una célebre página, da una representación eficaz de esta ciones aunque sólo fuesen dos; lo que a nosotros nos interesa
�ituación y dt=fiende esta hipótesis: «el detestable uso -dice--. es el 'hecho de que fueron fruto no de una especulación abs­
d� la enseñanza, tal como viene practicándose, requiere que tracta sino de una experiencia concreta.
mientras uno atiende a la disección del cuerpo humano el pro. Par� una mayor claridad de ideas, recordemos que un íter
fesor dé una descripción de las distintas partes del cuerpu. paralelo, y no menos interesante, fue el recorrido por la
Tal profesur está encaramado en el podio y, con aire de ma­ Iglesia. En 1299, con la bula De sepulturis se prohibía, aunque
nifiesto desdén, declama sentencias sobre hechos que no conoce indirectamente, la práctie11 de la disección; después, un breve
e?- ab�luto por su experiencia personal, sino que los ha apren­ de Sixto IV (1471-1484) la autoriza, previo consentimiento de
dido Simplemente de memoria en libros ajenos, o que incluso la autoridad eclesiástica, y, por último, Cemente VII (1.523-
lee en el libro que tiene delante. Los que practican la autopsia 1534) la autoriza de un modo formal. Asf, la evolución vesa­
son tan ignorantes que no están capacitados para mostrar y liana entre 1536 y 1543 resulta convergente con la de los
.
exphcar a los escolares las partes que están preparando, y conceptos de la Iglesia ante el problema del derecho al examen
C?mo el profesor mmca pone sus manos sobre el cadáver y el del cuerpo del hombre en servicio del hombre.
e¡ecutante no conoce los nombres latinos y no puede por lo En 1546 se publicó en Venecia el De contagíone et conta­
tanto, seguir el orden del discurso, cada uno de los dos pro. giosis mar-bis de Jerónimo Fracastori: el moderno concepto
cede por cuenta propill. Así, la enseñanza es pésima, se pierden de infección nació con este libro. Indudablemente Fracastori
jornadas en cuestiones absurdas y, en tal confusión, el estu­ debe en gran parte su fama a su elegantísimo poema en Lltin
diante no puede aprender tanto como un carnicero podrí!l en­ Syphilis sive morbus gallicus, obra que, por sus aspectos for­
señar al profesor». males, merece colocarse al lado de los más perfectos tex�os
La denuncia de Vesalio debió de surtir efecto cuando, a par­ de la literatura latina de la época áurea. Pero no se olv1de
tir de mediados del siglo XVI, el barbero desaparece del tema que en la Syphilis se muestra netamente la altura de tan magno
iconográfico de la lección de anatomía y el maestro se con­ escritor como cientffico. El mito, la fábula, la forma están
vierte en depositario de la ciencia y, al mismo tiempo, en eje­ conseguidos y muy cuidados, pero, al mismo tiempo, está ex­
cutor efectivo de la demostración. puesta con toda precisión la parte científica -descripción de
Además -y éste es el segundo hecho-, en la Fabrica se con­ los síntomas, del desarrollo y del tratamiento de la enferme­
sagra muchísimo espacio a la técnica de las preparaciones dad-. Además, el hallazgo y la edición (en 1939) de un c6dice
anató�icas. .El libro está escrito en latín (sin embargo, casi conteniendo un tratado en prosa del propio Fracastori sobre
al llllsmo uempo, aparece un Epitome redactado en alemán la lúes constituye una prueba evidente del escrúpulo cientlñco
además de en latín), lengua de los doctos, pero a estos mismo� en que se basa la obra del gran médico veronés.
.
doctos se les dedican muclúsimas páginas consagradas a Jos Pero la contribución fundamental aportada por FraCl1Ston a
preparativos técnicos, a la parte manual de la dlsección ana­ la evolución de la ciencia es la doctrina de la infección. Es
tómica. posible que el atomismo de Demócrito, renovado a través de
Es el fin de unos tiempos en que un Vesalio podía decir de Epicuro y de Lucrecio, contribuyese a la formación de sus
su maestro, Günther Andernach, que éste nunca había hecho ideas. Pero lo que realmente importa es que él haya trans­
uso del cuchillo más que en la mesa. A la par se sientan formado aquellas ideas en tesis precisas, introduciendo el con­
las bases del anfiteatro anatómico, con todo su valor de visua­ cepto de vehículos (/omites) y generadores (seminaria prima)
lización social de la disección. El primer ejemplo lo constituye de infección. Lo que hay de nuevo en la obra del gran mé­
la Universidad de Padua (1.594). dico (tan nuevo que se le ha llamado «padre de Ll patologfa
El mismo hombre, Vesalio, recorrió en pocos años un extraor­ moderilll») no son tanto algunas de sus fulgurantes intuiciones
dinario iter. En 1.538 había vuelto a publicar,. en colaboración como, por ejemplo, la de la putrefacción entendida como una
con Günther Andernach, los Institutionum anatomicarum secun­ generación de un tipo especial, sino, sobre todo, el sentido de
dum Galeni sententWm libri quattuor, además de sus propias adhesión a la realidad con que estudia las enfermedades. Sen­
Tabulae anatomicae sex. En 1543 publie11 precisamente la Fa­ tido de lo real que le incita a examinar la «pestell>, expresión
brica, en la que hay unos doscientos puntos de dlocrepancia bajo la cual se confundían en su tiempo un considerable nú­
con la obra del médico del pasado. Pero lo importante -repi- mero de enfermedades, logrando distinguir la verdadera peste

158 '"
de las fiebres no pestilenciales, con lo que consigue una des· calma, con método, su id� central _a�_ _síguieruk!. �tras a�tjvi­
cripción exacta de las enfennedades epidémicas, en especial del dades colaterales: }a_ diWornacia, la medicina, estud1os d¡:_ e<:o­
_

tifus exantcrnátiro. Precisamente a propósito del tifus exante· nom!a. Un estudio completo de la personalidad de Copérnico
mátiro asestó Fracastori un duro golpe a la concepción galé­ daría ----estamos seguros de ello- la medida de un hombre
nica, porque, al demostrar que el tifus petequial no pertenece extraordinario. El Copérnicg__�_ conocido es, sin duda, el de
a aquel sistema, sienta las bases de una duda met6dica de am· la astronomía; er -que,· á( final de una vida de serena refle.
plias repercusiones. xión se manifestará con el De revolutionibus orbium coeles­
Fracastori es 'también un innovador en cuanto a los trata·
mientas a seguir. La no prescripción de la sangría para la
:
tium libro ciertamente revolucionario y que como tal fue con­
siderado. Pero más justamente debería verse como una bomba
terapéutica de algunas enfermedades -<omo, por ejemplo, el de efecto retardado. En efecto, si el De re-Wúiif:mibus_ chocó
tifus exantemático- está en plena contradicción con el impe­ a su aparición i_n�ediatamente__c�--�sta.nte� a }
rativo galénico, que la recomendaba en todas lu formas febri· Iglesia Católica_ no le opuso Jesige_!!�ia_¿l�_!l_!__�_!t_a_16!_6__, ano
les;. o también el empleo del guayaco y de la terapéutica en que la obra fue incluida en el Indice (condena que duró
mercurial para la sifilis y la adaptación del tratamiento según hasta 1822}. La larga pausa de paz que tuvo en el mund? cató­
las distintas fases de la enfermedad; o los criterios que le ins­ lico, acaso pueda explicarse por el prefacio que le puso ÜSiaD�er,
piran en el tratamiento de la tuberculosis (cuya contagiosidad en el que la teOrÍa copemican� era_ E_rest:!!_t_�d!l �mo ura hipó­
logró demostrar). Y lo que parece aún más extraordinario es
que todas las medicinas son simples, racionales, abandonando -
tesis especulativa rilás i:¡ue como -una tesis concretamente
formulada.
aquellos farragosos procedimientos medievales, caprichosos mu· TOOi!a tradición bfblic_a, desde !salas (ls., XXXVIII, 8)
c:has veces. a Josué (Jos., X, 12-14}, era puesta _en tela 9-e juicio por .la
Innovación en cuanto a los principios animadores y 5Ctlcille:z concepción heliocéntrica: ¿cómo podía haberse _ «�r �": �l �
en los métodos son, a nuestro parecer, algunos de los rasgos Sol, sÍ la que se movía era la. T_i,�ra? Aquello _ s1gmfica , �
fundamentales que caracterizan la obra de Fracastori. indudablemente, una primera ruptura de notable Jmportant'!a
Pero valdrá la pena insistir también sobre otro aspecto, so­ -
con la tradición. Pero lo más iniportante, la verdadera revolu­
bre el sentido social que Fracastori tuvo de su ciencia. Hom­ ción, se cifraba en la oposición que planteaba a los pri�cipio_s
bre de su tiempo, vive -puede decirse- los problemas sani­ mecánicos aristotélicos. Nos parece significativo que la Op081·
tarios más agudos del momento. Por una parte, la sífilis, que ción de ·un· LUtero o de un Melanchthon tuviese como causa
precisamente desde finales del siglo xv inicia un curso de ex­ la defensa de los temas bíblicos, mientras que, de la parte
traordinaria violencia; por otra, las fiebres epidémicas y, en católica' se centrase la atención sobre todo en la oposición del
especial, el tifus exantemático (durante la primera mitad del sistema heliocéntrico de Copérnico al sistCTJUI de Ptolomeo y de:
siglo XVI, concretamente, y sobre todo entre 1505 y 1528, Italia
es víctima de una epidemia de tifus). Por lo tanto, Fracastori
Aristóteles.
¿Cuáles fueron los caminos de aquella revolución? Es bien
no aplica su investigación a problemas académicos, sino a sabido que d De revolutionibus contiene páginas notabiHsimu
situaciones enremadamente reales y concretas. Y precisamente
esta actitud de atención a lu realidad� humanas le lleva a
de trigonomettia, hasta el punto de que merecieron ser p� ­
.

cadas separadamente, y también es innegable que el prmc1p10
señalar las vinculaciones causales de la guerra y del hambre de relatividad cinemática por él introducido es UDa .tmpc.¡rtan­
con la difusión de la epidemia. Análisis nuevo, problemas nue· tlsima conquista de la especulación pura. Pero hay que subrayar
vos, resultados, aunque iniciales, nuevos. Y, sobre todo, nueva
.
el hecho de que el trabajo copemicano es tam __!ll�n una obra
actitud del ciendfioo ante los problemas del hombre y de la de observaciones, de medidas. _Es ciCrto que habla sido ptece­
sociedad. dido en tal camino por Juan Müller, llamado Regiomontano
(m. 1476), que había iniciado, recurriendo también a la habi·
JI. LA ASTRONOMIA lidad de los obreros que habían construido instrumentos mú
perfeccionados, _una comprobación de las observ�ones o;mte­
Desde su Thorn natal, a través de un largo itinerario de nidas en el Almagesto. Pero Copémico fue también p_�;tacnte
estudios que le había llevado a Cracovia, Bolonia, Padua y Fe­ observador y medidor: teoiérdese que, en la- <:��� tarea
rrara, para volver luego a Polonia, �nico persiguió con del cálculo de la duración del año sidéreo, los resiilfados por_

160 161
él alcanzados (365 días, 6 horas, 9 minutos y 40 segundos) la via antiqua de la doctrina realista. Este sentido de la rup­
siipc:raiCeii - sólo treinta segundos el valor establ�d_o �cj�te­ füi:a--ipilrece-CliliiiDletlie enefliiíSDiO Copérnico que, con alta
meñte. P"oi ló Ceriiiís;· Conña-ha tanto----en- IU observaciones conciencia de la importancia de su obra, no dudaba en afirmar
·que había llevado a cabo, que hace concreta mención de ellas que se reia de cuantos hubieran podido encontrar desacuerdos
en el prefacio a su De revolutionibus orbium coelestium.- *Es entre sus tesis y ciertos pasajes de la Escritura: «Porque es
así que, habiendo afirmado los movimientos que en la prose­ bien sabido que Lactando -decf&-, escritor célebre, pero dé­
cución de mi obra yo atribuyo a la Tierra, he encontrado bil desde el punto de vista matemático, habló de un modo
tras largas y numerosas observaciones (el subrayado es nues. completamente pueril de la forma de la Tierra, riéndose de
tro) que... » cuantos hablan descubierto que la Tierra teniala forma de
En suma, partiendo de la abstracción, de �-- !o;!lri_a!IJS'Bfr· una esfera. Los doctos no se asombrarán, por tanto, si perso-­
nico exigía que éstas estuviesen coiiformes· -Con la re y nas de una especie semejante se burlan de nosotros,..
- - --- - -·- -·----- �--
·

que la expresasen. - ------ - - Ruptura en nombre d�� (al que Copémico se adhie­
Ta:I"vei a·casO de Copérnico sea el m:!.s elocuente de cuan· re) esptcilláflvo y áe- �-�eriencl!,__g�J�cn=i6n.- de.... la
tos puedan presentarse. Es bien sabido que al construir hs meQ!_4�_;: "¿eS exagerado decif---qlie los principios del mundo
órbitas celestes les a_�jbu_y9 JJ!la _(or_!lla circular. M:iS ideíaiite, moderno aparecen realmente ahora? Porque s[ es cierto que
bas&:ridose en otrOs cálculos de tnáxim&-Ptecisión, Tycho _:Br1ih_e resulta estéril el trabajo de buscar una filiación entre la ciencia
llegarla a la �nce_pción el�tica _9.� _la�_ ót!ti!as _ ¡;le la. '{ierra y medieval y la del siglo XVI. Entre las vastas secciones en que
de- los planetas� Erroi---de Copérnico, se dirá. Y tantOiii's puede dividirse el saber humano hay una fmctura, y un hom­
errm cuanto que -- laS- rlizoñeS -dJ"rUisiño fueron: bre como Copémico, aunque en algunos aspectos parece todavfa
vinculado al pasado, en otros -y éstos decisivo5- está más
a) la consideración de que el movimiento rectilíneo es acá de la linea.
contra natura;
b) que el movimiento circular, en cambio, es naturall por
tanto, sólo una mecánica celeste basada en movimientos IJI. LA INTERACCION DE TECNlCA Y CIENCIA
circulares puede ser válida . . . - .------ - -- -- -
Con rápido diseño hemos presentado los per@es de tres
Paniendo de taJes bases, puede decirse que la dinámica ck cient.lficos: el llamenco Vesalio, el italiano Fracastori" y el _po­
Cop!!mico no es moderna. Sin Cln Oiírgo, Uñ- verdadero liDWño !!tc:� Copérnico. Tres horiz<iiues intel�a!Cs, &Stintos,- áUnque
le sepaia de suS cimteliiPQráneos y, sobre todo, de sus prede­ los tieti- tl.Cneb de ·comun-un período de estudios en _P.@.!18,
cesores, y «es que, espond:neamente y sin vacilaciones, él aplica ofrecidos a modO de ejemplos. COnstituyen sm.tomas-· clarísimos
al Universo un punto de vista estético, de una estética geo­ ck una situación ya bastante difundida en los años Clllta ll"ell
métrica; además, tal va sin advertirlo, y en cualquier cuo del siglo XVI.
sin decirlo expressis verbis, Copémico hace una ffsica � Por otra parte, no se crea que entre mediad_Q$. dc.lll� _xv

trica, n:W_ �ct_a�� ...!,!: __�!i_a_ ffsi_c�\k�ei.!:-(�_Oi_ti.�_--Dos -


y mediados del XVI se alcinz6 -a cverdad,. científica. No se
son las raZones por las que transforma la noci6n de lOi:ma. akamó eñ.«;onCes;----,--despuéS·ta-mpoco; et verdadero -pioblema
-
DO!tde'lil-íísica antigua bahlaba _dc·�� de una evolución histórica no es el del logro de la verdad,
entiende /-".t1tl«.. ge_Qtll�videntemente, las consecuencias son sea científica o metaffsica. No se trata de decir -como con
importantes: si para la f_fMca ..atUigua �a la_natp¡:ª-1� -�� demasiado fácil y cómodo relativiSIDO se repite- que, por
de la forma sustancial (y de la materia correspondiente) la. ejemplo, Copérnico no representa un progreso sobre el sistema
que determiifaba--·er·-movim!e!lto_ circular de los _ cue_roqs_�es­ de Ptolomeo. La verdadera cuestión es que sólo en el�­
tes, para Copérni�::o será_ la.lorma .pméuica.-li...esíer.icidad,.. la • .1lll8 fase a otra es pos��l!I:9JU@_ Mt6rico
qu� desenlPeñará en adelante ese papel. La geometrización de del esP&i.tu cieDillico--:-�- ·-
la noción de forma reintegraba a la Tierra entre los dem's -Pero no� eS -estotodO�
astros y, por as[ decirlo, la transportaba a los cie!OP (A. K�l- Lo importante no es s6lo que algunos -o incluso mucho5-
También aqul h:!ay ruptura, y ruptura en JC!d�_!el­ hombtes de «genio» hayan tenido deslumbrantes iluminaciones,
pecto a la via modtrna de los nomin81ístas de Qg;i.dente y • ideas extraordinarias. Más notable es que esas ideas, que esos

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dest?Ios ha.yan encot�trado Wl!_el!traorcli!!l�ll'i receptiviJfad en el uat11dos que se._ d!ferencil!ll de.h .de. rns � del pasado, en
ambiente _ �tcunsfaE t_e� �r otra :P&ne, este último cotitfibuyó _glU:Il7l----'Se limitan a indicar c411lfJ deben. haa:rsc Ju_rosas,----Sino.
a la génesUi de aquellas iluminaciones, mecanismo dialéctico t11nibién -por qUi no es posihk. hacerlas de otro modo. En sus
que por sf solo puede explicar una asombrosa primavera del esci:lrOlf' manifiestati. tOdo su pensamietito, su orgullo de sú
e;;plriru como la que Europa conoció, en el campo de la cien­ «llrtífices», e incluso un cierto desprecio, que a veces llega a
ctl, durante la primera mitad dd sigio XVL transform11rse en despr�io evidente, de todo lo que la ciencia
Porque ésta es la verdadera cueStión. QUe un Rogerio Bacon oficial ensefia y que no les sirve de ayuda alguna en su co­
en � sjgio xm, �ubiera dicho: «Si fuese libre, quemaría todo� tidiana labor práctica. Por último, al recorrer los nwnerosí­
los libros de Art�t6teles, porque su estudio no sirve mlis que simos tratados publicados entre los siglos xv y XVI sobre 1as
Para perder el tiempo, mduce . al error y acrecienta la igno. diferentes artes, surge la clara convicción de que la ciencia no
ranaa,., o: «Cesad de dejaros dominar por los dogmas y los
_ tiene interés alguno en encerrarse en un globus intellectualis
preceptos de autoridad, mirad al mundo��', · representa cierta­ y que, más bien, de su unión con el fjobus mundi podría ex­
mente, un admirable esfuerzo intelectual, una aenial i�tuición traer vitaHsima savia.
que �entra � su alrededor muy pocos seguidores, muchos Toda e:;ta _agi_t11ción mecánico-cientlfu:a da lugar a la forma­
�nenugos encarm.zados y una infulldad de indiferentes. Exploit ción de un _f�n�_eno nuevo,_ como �1 de los «maestros _eXperi­
mtelectual, pues, que se agota en sf mismo o que alcanzar¡( mentadores�, que representó, sin duda, un factor aetermin.Wite
c:n la- 'evolución técnico-intelectual de Italia primero, y de toda
m propio signiñcado s61o en reladón con las conquistas con­

�s de los tiempos posteriores. Por el contrario, entre los Europa desp.ué�-Hemos dichO factor determinante, y, desgra­
si¡los XV y XVI las revolucioraarias verdades _9ue se lanzan al cilldarnente, es imposible presentar una completa relación de
.
combate Cien�Hico encuentran una resonancia extraordinaria' una casos. Centraremos, pues, l11 11tención sobre un solo aspecto:
especial receptividad. ¿Cómo y por qué es asl? la construcción· de edificiqs. Uno de los temas que 1011 laudatores
¿Cómo explicar la irrupción en el mundo de aquella ciencia de la Edad M:Cdia repiten siempre e:; el de la audacia de las
que los antiguos y la Edad Media no habfan tenido? Es un construcciones sQ.ti_cas: ¿cómo se puede creer --dicen- que
P.roblema de apertura mental. ¿Por qué se ha manifestado pre­ construccione!l de tal magnitud, de tal impulso, hayan podido
osamente ahora?
ser llevadas a cabo sin el conocimiento de técnicas extremada­
Creemos qUe tal cuestión es insoluble, si no se relaciól!ll mente avanzadas? Este es un modo-de razonH Modirno, -que
con .otra a la que se halla estrechamente vinculada: la de la supone el cálculo para efectuar una construcción, pero la cons­
té�mca. No se comprende_ _!ª--._ape_�! _ ºentffica si no _se_$1.:11- trucción mediev11l es, precisamente, una construcción sin d.lculo:
IDlll': la apertl,J�a _
�ental paralela (en cierto sentido, precedente) se construye, priinfro, un11 armazón de Jlllldeta, --sobre l11 cual
rdati�a a _la _técni� Porque desde mediados del siglo xv hay se apoyará la construcción de piedra.
todo l!n florecimiento de aquellas artes que la Edad Medi11 Pero ahora todo cambia. Con la construcdón de la cúpula de
bahía infamado tachándoliiS de mecánicas. Y no se trata �ólo Santa María ae1 Fiore; en Florencia, obr11 de Brunelleschi, se
de su refi;ore_cimiento, sino de la .reivindiciiCión de su dignidad, consigue el cákulo teórico y previo de su m11gnitud. De este
� u� VItalidad .Y �e una cap11c1dad creadora propi11s. Reivin· espíritu nuevo, de esta valoración del sentido de l11 técnica,
� de la digt!ldad, cu11ndo Pafu;sy (m. 1590, aprox.), el podrá encontrarse una prueba dicaz en 111 historia de las con­
�ta, afinna que «!as artes que necesitlln dd compás, regla, cesiones de p11tentes para invenciones. Y a_ desd�_ mediados _d�
numeros, pes11s y medtdas no deben ser llamadas mecánicas» siglo :!CY se _ afianza la idea de propiedad intelectual e_� �ste
o. cuando un ��mardo protesta: «Si se les creyese, seda mecl: terreno. En 1474 una ley veneciana se propone defendei los
ntco el conOClDllento que nace de la -experiencia; científico el intereses de los «agudísimos ingenios aptos para pensar y en·
que nace y ac11ba en el espfritu..., pero, a mi parecer son conttar v11rios ingeniosos artificios». Pero ya l!lltes de e:;ta fecha.,
vanas y llenas de errores las ciencias que no han nacido de la en la propia Venecia o en Florencia, es fácil encontrar docu­
experlcnci11, madre de toda certidumbre, y que no ac11ban en mentos_ que demuestran la concesión, por parte de las autori­
una experiencia definida.» dades públicas, de «privlltivas»� de «exclusivas» de explotaci6n
--
de sus descubrimientos a los inventores. Un caso muy COnOcido
Declamos que se trata también de vitalidad. Es el momento
en que estos «m11estrosl>, 11 los que sólo un siglo 11ntes su con­ ..es el de la concesión, durante tres años, a Filippo Brunelleschi
dición social casi lt:ll habría impedido expresarse, escriben unos de la exclusiva de una invención suya rel11tiva al transporte
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fluvial de mercancías. Pero prescindiendo del hecho de que mucho en estó- un triunfo; no fue la técnica la__que__ se cotl­
nos- encontramos ante casos aislados, es necesario insistir en virtió en ciencta.,- El miSmO ejemplo- anieriOi:mente iñ:OiC!ido
que se trata, sobre todo, de la defensa de intereses muy con· di"la COilsti:uCciOn de la cúpula de Santa María del Fiare, por
cretas, de �anera que el p�iv��gj� congdi4o_ no es m_ás que
. Brunelleschi, sefiala rodas las limitaciones de este avance de la
un �on�P?lio econórrnco , -ótorgaq_o_- -como dice precisamente técnica en el siglo XV. No es de creer que la técnica descu­
la. �spo�6n -a<!opl�da en faVor de Filippo Brunelleschi- «De briese la aplicación de 11! geomettia a la arquitectura, sino que
SU! mgenu et Vlftlltls fructus ab alio percipiatur
sine sua vo­ se limitó a llegar a las últimas -ilaciones a las que -siendo lo
luntate et consensu�. I;a ley v�nedana .de 141.4- (y también un que era---- podía llegar. Una vez alcanzado este punto, intensificó¡
acta de 1453) se msptta en_ dos _principios informadores: de su fuerza sobre la reflexión científica: era necesario ya que la¡
una parte, en �a defensa de !Os intereses materiales del inventor ciencia acudiese en ayuda de la técnica. Y esta ayuda· rio -Se! ';
en la explotac:¡ón de su descubrimiento (compensación tambii!n hlm esperar. No se olvide que cl primei estímulo procede d�
de los gastos Y trabaj?s inv�tido� en ese descubrimiento), y, la técnica. Es en ella donde se efectúa el trabajo fundamental,
de otra, � una especie de mcen_uvo para gue el inventor se para desbrozar el terreno de las viejas ideas, de los viejos'¡
_
sJenta estimulado a !luevos trabajos y a nuevos descubrimientos. hábitos, mostrando todas sus limitaciones.
No es ya s61o un aspectO- econ6mico el que interviene. La iey Y aqu{ surge una pregunta: una vez admitido que la téc­
de 1474, tras haber �eclarado que las patentes deben atender nica pennitió la renovación de la ciencia, ¿qué es lo que �1!_!­
. colecuvo, precisa que el instrumento
a un fin social, mitió la renovación de la técnica? Porque, ciertamente, no -pue­
patentado
debe ser n�e-:o y adecuado para prestar los servicios prometidos. de pretenderse que el problema se resuelva con un simple des­
Y no se lillllta a eso, es necesario defender -declara tenual.­ plazamiento de palabras: <(renovación de la técnica», en lugar
mente- el <(honor» del inventor contra las imitaciones EJ de «renovación de la ciencia». Seria temadbr el presentar -por
«bono�» es, al mism� tiempo, la gloria y el interés, el «ing�io• ejemplo, en el CiliO de la construcción de la cúpula de Santa
y t;1 d!nero. El espíritu humanístico que ha inspirado -directa Maria del Fiare- el esquema siguiente: los trabajos se venían
o Indirectamente, no VIUDOS a discutirlo ahora-- una ley de demorando desde finales del siglo XIV. En 1417 se decidló cons­
�ar�er �an general, que se propone defender la obra de la truir, pero el hacer realidad tal decisión planteaba grandes di­
l!lteligencJa .humana, implica un movimiento amplio, Que no firultades. La construcción de la armazón de madera -abso­
puede reducme a un grupo de intelectuales. lutamente necesaria en el tipo de técnica constructora me­
P�r lo demás ¿qué «invenciones» son éstas, para las que dieval- es una empresa económicamente imposible, o poco
menos, en la Florencia en crisis de aquellos años. Por lo ta�to,

los mventores p1den autorizaciones y el gobierno se las con­


.

cede? No se p1�e en nad� complejo o extraordinario. Según la técnica se vio obligada a buscar una solución más sencilla,
las hermosas ser1es reconstruidas por Julius Mandich' en el «w más econ6mica.
veneCiano, Y en los s1g Pero tal -lllOdo de razonar sería demasiado elemental: ese
·
· los XV y XVI, nos encontramos, esencial-
mente, ante proyectos de molinos, máquinas de elevar .agua, por lo tanto, en realidad, no tiene el valor resolutivo que el
aparatos Pllfll: la elaboración del vidrio; en suma, cosas mo­ contexto de la frase parece atribuirle.
destas Y sencillas. Que una ley, que el Estado se ocupe ahora Lo que si se aprecia ahora es un extraordinario florecimi
ento
de estas cosas modestas y sencillas es extremadam-t< ..... reve- en cuanto a máquinas. Estas, por lo demás, no son únicamente
Isdor. El des�reao · por las artes mecánicas va desapareciendo instrumentos «externOs», sino que se les atribuye una función
Y� y el traba¡o manual pierde su significado de maldiciÓn bí­ muy concreta: deben realizar una obra determinada más rá­
blica para alcanzar una dignidad autónoma y propia. También pidamente y reduciendo la cantidad de fuerza-trabajo. Leonardo
en este. �ector resulta quebrantada la autoridad aristotélica, y da Vinci se erige en su defeñsOr, y de este modo la máquina
la oposi�ón formulada por el sabio griego entre episteme y ya no es sólo la prolongación de un óigano humano, slno _alg_o
t<;_chn_e ttend� a resolverse. El verdadero iter de la técnica a la
. distinto, capaz di: ejercer una función autónoma propia y mo­
ctenCla se dibu¡a ya con precisión. Sólo de una valorad6n de dificadora: respecto a la naturaleza, y que también ofrece ca­
los . aspectos concretos de la técnica puede la ciencia extraer racteres propios en cuanto al trabajo humano. Ahora, en efecto,
savia nueva. A su ve�, revigorizada, la cieucia podrá elaborar se amplia el número de máquiQ;�S . con un ritmo de __trabajo
., la teoría de�e .la práct�e�, y !ie1' ciencia técnica, tecnolOgta. - diferente del humitno. El fruto del trabaJo de estas núquil'las
Este renacimiento técnico, aquí evocado, no fue -inS-istamos se hizo notar indudablemente, cuando, en cieno momento, se
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trató incluso de reducir su creciente importancia. En 1579, de la elevación de las aguas. En este sentido, son significativos
por ejemplo, el Senado de Danzig (como se ve, no recurrimos algunos trabajos hidráulicos llevados a cabo en la república de
aquí al demasiado conocido episodio de la larga huelga de los Venecia y en lo� que se puede apredar la intervención de nue­
impresores de Lyon, planteada en 1539} propone condenar vos principios.
a muerte. ahogándole, al inventor de un telar capaz de tejer Por lo demás, muchas de aquellas patentes de invención
varios tejidos .al mismo tiempo. No hay duda, ciertamente, de a las que recientemente hemos aludido. se refieren precisa­
que las condiciones económico-sociales generales -lo más ge. mente a esta preocupación de la elevación del agua. En este
nerales posible-- contribuyeron a determinar la renovación de importantísimo sector se alcam:an señalados éxitos, si se piensa
la técnica, pero esto no es suficiente: a esas condiciones soda. que se practica en las minas el bombeo del agua (atestiguado,
económicas (que son, al menos en parte también efecto de la por ejemplo, en Lieja desde 1531), permitiendo la reanudación
renovación, además de causa) hay que .añadir los cambios en de trabajos en galerí.as que había sido necesario abandonar,
los «útiles» mentales que en aquel momento se manifiestan de ante la imposibilidad de explotar sus filones a causa del agua
u:1 modo darísimo, aunque habían venido manifestándose len·
que las inundaba.
tamente con mucha anterioridad: el sentido del tiempo, de Por otra parte, la introducción de la técnica en la vida de
la precisión, de la medida. los hombres no se produce sólo en las actividades importantes,
Por su conerión con las condiciones socio-económicas, el caso como la industria mirlera o los trabajos de saneamiento, sino
de la Iglesia de Santa Marfa del Fiore podrá constituir, una qu� interviene también, y de un modo inmediato, en la más
vez más, un ejemplo excelente, y habrá que recurrir no tanto corriente vida cotidiana.
a las condiciones económicas específicas de Florencia, como a la
Acaso más que insistir en ninguna otra consideración, valdrá
situación general, en Europa, de la economía.
la pena recordar cómo las ferias del siglo xvr, en toda Europa,
En efecto, aquella construcqQD había sido iniciada en el
se llenan de productos en los que las nuevas aplicaciones téc­
lejano 1296 como se iniciaban todas las construcciones medie­
nicas desempeñan un papel importantísimo. Henri Estienne, en
vales: sin un plan muy concreto. Con fases alternas (y estas
su librito Francofordiense Emporium, de 1574, no se .limita
vacilaciones se debían, sin duda, a las dificultades planteadas
a llamar la atención sobre la variedad de los atdculos que en
por la cdsis del siglo XIV), los trabajos habfan continuado du·
aquella feria se exponen y se venden, sino que insiste sobre
rante cien años logrando construir hasta la altura de la cor­
las posibilidades de sustitución del trabajo humano que la�
nisa. En 1367, es decir, en una fase ya avanzada, se habían
trazado Jos planos de la construcción, pero sin resolver el pro­ nuevas máquinas ofrecen: muelas «que dan a los brazos de un
blema de la bóveda de cruceda del transepto, de enormes di· solo hombre la fuerza de un molino>Jo, o asadores que eliminan
mensiones. Polémicas, rivalidades: todo entra en juego hasta el completamente h intervención del hombre.
concurso convocado entre varios arquitectos, en 1401, y tam­ Cosas modestas, pero a estas cosas modestas Henri Estienne
bién después del concun¡o. Hasta 1420 no se iniciarli la ver· tiende a darles un barniz de honores, llamándoles fruto de las
dadera construcción de la cúpula, que se determinará en 1440. «artes industriales», y a las que sólo «según la palabra vulgar>Jo
Nacida según métodos de trabajo medievales, la Iglesia alcanza acepta que se las defina como «mecánicas.».
su coronación �ideal y concreta- con una técniCa que, sin Triunfo práctico, pues, de la técnica, que se manifiesta tam­
ser aún totalmente moderna, pues todavia no existe la aplica­ bién en d éxito de los tratados técnicos, que se convierten en
ción de la geometría a la arquitectura, no tiene ya nada que verdaderos «bestsellers»: el De la Pirotechnica de Biringuc-cio
ver con los sistemas precedentes. (1480-1539), publicado en 1540 en Veneda, tiene tres edicio­
Podrían seguirse fácilmente evoluciones análogas. Piénsese nes más en italiano (1550, 1558, 1559), dos en francés (1556,
en el desarrollo de la hidráulica. Se ha hablado mucho de la 1572); d libro sobre las máquinas militares de Valturio da
hidráulica medieval y de los grandes trabajos de saneamiento Rimini (publicado en 1472 y luego reimpreso en 1482 y 14g3,
llevados a cabo en la Edad Media, pero se ha olvidado, con en Bolonia en 1483, en Venecia en 1493, y cuatro veces en
demasiada frecuencia, el señalar que aquellos trabajos consis· París, entre 1532 y 1555); el De re metallica de Agricola
dan esencialmente en hacer correr las aguas desde arriba hacia. (Georg Bauer, m. 1555), que tendrá tanta difusión en el mundo
abajo por canales inclinados. A partir del siglo xv, por el con­ minero que los curas de las parroquias de las zonas mineras
ttario, se plantea -Y empieza a resolverse-- el gran problema de la América española no dudarán en colgar un ejemplar de

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él en los altares de sus iglesias, para exhortar a los mineros da '! el de una sociedad ya acostumbrada a pensar Je otro
a rezar y a instruirse al mismo tiempo. modo, a dedicar sus propios recursos de investigación a exi­
La técnica, con sus estimulantes exigencias, se volverá hacia gencias hasta entonces no dominantes. Tal vez no sea menos
aquel saber que se está convirtiendo en ciencia. Y esta última válido, por consiguiente, sopesar la función dinámica, la ca­
no será sorda, como antes se ha dicho ya, a las llamadas de pacidad de exploración y e] sentido constructivo del conoci­
aquella: un hombre como Galileo se ocupará él mismo de la miento técnico-científico de cada período histórico. Entre fi­
construcción de las lentes, y también Galileo y Torticelli se nales del siglo XIV y el comienzo del xvr, no se inscriben en
ocuparán personalmente de la desecación de las aguas de la la historia de la ciencia descubrimientos fundamentales, ni nacen
Chiana. La ciencia hace teoría de la práctica, y se .convier_te__ obras que puedan conservar legítimamente su puesto en el
.
en ciencia_ téO).Íca. Pero, mientras tanto, -entre los siglos xv saber de hoy. Sin embargo, esta forma de considerar el pro­
y XVI, se sientan las prenllsas fundamentales. blema deja mucho que desear. En efecto, sabemos que, p¡x:o
a poco, sectores enteros de conocimiento pierden eficacia y tie­
nen que dejar paso a métodos nuevos y aplicaciones diferentes.
IV. CARACTERES DEL NUEVO SABER Sabemos que numerosas zonas de lo cognoscible que aparecían
sólidas e incluso innegables en el siglo xvu, en el xvnr y
El hecho es que la relación entre ciencia y tb:nica extrae también en el XIX, tuvieron que ser abandonadas en el presente
gran parte de su novedad, de la renovada función de la expe­ siglo, como antes había ocurrido con las que se hallaban en
riencia. Los hombres nuevos, es decir, los que construyen el auge en los siglos XIV y XV. Por otra parte, aunque sin duda
presente y preparan el porvenir, no ven ya con buenos...(ljo$ el tenga su profunda raz6n de ser, la perspectivJI de la ciencia
apego a la sabiduría del pasado, en buena parte caracteriz;lda como edificio teórico que progresivamente se acerca a su coro­
por preocupaCiOnes ético-religiosas y muy inf ecunda respecto namiento y perfección no satisface algunas _imprescindibleS exi­
a las necesidades cotidianas. La éQo<;!l_@e ha tQ.mado el__nam.­ gencias del conocimiento histórico. El saber técnico y cientf­
bre de «moderna» se distingue, sin duda alguna, por- una pro­ fico tiene, por una parte, su peso específico en cada sociedad
gresiva aceler_acióñ-aer· sañtl;--por una especie de cte_ci.�c; Jo· determinada; por otra, su orientación y su finalidad. Ahora
)
cremento de hi_ ilncio ñai.i.rl� � geñ
� práctica de la_�l}teJi � Como bien, estos· últi_mos factores son los que asumieron un nota­
para algunos Otros sectores, también para este de la S conquistas bilísimo significado én- la vida de Europa entre mediados del
científicas y técnicas parece que la nueva fase no comienza hasta siglo xrv y el comienzo del XVI.
mediados del siglo XVI, o aún después. Lo que est� fuera de En efecto, si se considera ei progreso técnico de este período,
dudas es que los grandes descubrimientos y las institucio­ se nos ofrece ya vasto y consistente respecto no sólo al de los
..
nes prácticas de las pei:SOfliiifdii.Qeii di que se ha liedlo lilefi:"· dos siglos precedentes, sino también en comparación con los
ción -Copérnico, Vesaiio y Fraca:stori- marcan, precisamente sucesivos. Nuevas técnicas para_ Occidente son, por ejemplo,
!llrededor de 1:540-1,50, un giro en el enfoque mental europeo. la imprenta y 1a artillería. Sin embei:go, hasta los comienzos
Sin embario, es· obligado sefialar también que aquellas con­ del siglo XVI, la influencia real de estas dos invenciones en la
quistas intelectuales coronan todo un proceso de aproximación vida de los individuos y de los Estados es aún muy exigua.
a un -nuevo tipo de conocimiento, que prefiere partir -d_e ]� Observaciones semejantes pueden hacerse a propósito de otros
rv
obse ación, en fugar de hacerlo de los postulados tra"dicion!lles, procedimientos adoptados en tal período. Su peso específico
y, sobre todo, tiende a hacerse funcional, es decir, a resolver objetivo no es grande, por la aparente lentitud de su puesta
problemas prácticos, a iesponder a exigencias concretas y a a punto inicial, que limita su eficacia y frena la propia con­
necesidades precisas de la parte más activa de la sociedad. vicción de su importancia. La conciencia clara del valor humano
Durante casi todo el período examinado en este volumen, y civil de los nuevos descubrimientos encu.Cntra dificultades
desde mediados del siglo XIV a_ comienzos del siglo XVI, se puede para consoli!ilarse. Lo esencial, sin embargo, es no dejarse im­
afirmar, desde luego, que los pasos dados no están- a la par presionar por estos· aspectos y observar otros mucho más po­
con los de la época siguiente) que no se ak:arwtn, por ejem� .
sitivos Si el mito del progreso es tardío, ello no se debe tanto
plo, resultadOS teóricos comparables con los de un Kepler, un al hecho de que los resultados efectivamente alcanzados gracias
Galileo o un Descartes. En realidad, es muy dificil establecer a las nuevas técnicas no son aún notables hasta la primera
una comparación eii'he el saber de una era mental aún cetra• mitad del siglo XVI, como a la dificultad mental de abrirse

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a perspectivas colectivas de bienestar y de prosperidad tern:n:L cativa; se pueden contar muchas «Prácticas del comercio» o
Antes de fijarse en torno al mito de un futuro terrenal cada «Prácticas de navegar».
vez más feliz para la humanidad, la sensibilidad europea ha Sin duda alguna, se trata de técnicas al servicio de clases de­
recorrido, incierta, etapas intermedias, siendo siempre su punto terminadas, pero no es, ciertamente, casuaf que sean precisa·
de partida espiritual el de un lugar muy determinado, pero menie las que están desplazando la sociedad medieval y lu­
trascendente, de delicias y bienaventuranzas. Es más que evi­ chando por superar las dificultades aparecidas en su camino.
Lo que caracteriza el tip_o de saber de tales cb.ses (que cons­
dente que la fuerza de atracción del mito cristiano del paraíso
;e debilita progresivamente. Pero es igualmente claro que la tituyen la burguesía de este perio.doJ y no la burguesía en
idea de progreso no precede, sino que acompaña de forma es­ general) es su adhesión a las necesidades .Y. a los objetivos de
lo� hombres. que las componen y, sobre todo, su carácter ins·
porádica, y, sobre todo, sigue a la constitución efectiva de la
primera fase de la ciencia moderna. Entre el siglo xv Y el xvn, trumental. Ingenieros y navegantes,. arti_stas e inventores de
todas clases buscan cada vez matos la ciencia en sí, la verdad
se recurre a numerosos mitos de recambio inadecuados, y que
�terna e inmutable que la filosofía contempla o que la religión
reproducen a escala menor, aunque menos trascendente, el del
aseg�ra revelar. Empiezan a proyectar aparatos que «sirvan»
paraíso cristiano. Se trata del jardín de las delicias, del país
para algo concreto. En otros términos supeditan, deliberada y
de Jauja, del Eldorado o del buen salvaje, por no citar más
colectivamente, su actividad intelectual a exigencias prácticas.
que algunas de sus formas.
De este modo, tales investigadores invierten el secular destino
¿Cuáles son, en cambio, los caracteres decisivos de los des­
de la actividad mental, que era el de atender a la esencia de
cubrimientos técnicos y de las orientaciones cientifi¡;_as propias
las cosas e identificar la norma de la oondtXta ética. Cierta­
del periodo aquí examinado? Ante todo, su funcionalidad y su
mente, mucho antes de estas generaCiones, había habido en <k­
dinamismo orgánico, como aparece en algunos de los prínci­
cidente hombres preocupados por superar ciertas dificultades
pales descubrimientos. La medida del tie_mpq por medio de
con su ingenio, y, en los siglos precedentes, se habían descu­
relojes, que en principio se instalan en las torres de los pa­
bierto, de modo aislado, procedimientos válidos, es decir, útil86
lacios civiles o en los campanarios, comienza a aparecer en la para todos. Pero, ¿acaso no es altamente -significativo que los
primera mitad del siglo XlV y se difunde ampliamente, coro­
nombres de estos artífices, a _veces geniales, hayan permanecido
nándose en el siglo XVI con la -construcción de los primeros
en general ignorados? La sociedad no l�:"s honra, y, en cierto
relojes portátiles. Lo fundamental es, precisamente, la necesidad modo, no los busca: los valores de que son portadores quedan
de medir, de fraccionar el lábil curso de los días como para fuera de la escala mental que m'ide la visión medieval del mun­
hacer de ellos la trama consistente y preciosa de la actividad do. Ahora, en cambio, las cosas son ya totalmente distintas. La
humana.
. Junto a los de las campanas qu� invitan--a 18. ora­ personalidad de los artistas, de los ingeni=s, de los cientí­
ción O llaman a las ceremonias del culto, se imponen otros ficos empieza a ser apreciada, en virtud de su función especí­
roques racionalmente regulares que marcan un ritmo a la vida fica, por el estrato social que riene necesidad de ellos y que,
terrena. Después, la medida del espacio. Aunque las primeras ¡)Ot eso, los estimula y, en cierto modo, los crea. Las exigencias
cartas geográficas modernamente concebidas son posteriores a económico-politicas de esta burguesía europea del XIV y del xv
los grandes descubrimientos iniciales, estos últimos son el fruto avanzan según el ritmo nuevo que asume la investigación téc­
conjunto de estudios cosmográficos y dé sucesivas experiencias nica y te6rica. Y no parece que sea pbsible·h duda: las pri­
de navegantes. El portulano medieval, con sus triangulaciones, meras mandan Y hacen orgánico al segundo, porque le dan una
es implícitamente superado, mucho antes de ser efectivamente sólida coherencia de objetivos y dinamismo a sus necesidades.
sustituido por las nuevaS cartas basadas en longitudes Y latitudes. As! es como surge el auténtico saber terreno. Tardará, o, en
Así, de la medida del cielo y de la tierra conocida mediante todo caso lo hará lentamente, en asumir plena conciencia de
las referencias celestes, se p�sa a la geografía autónoma de la •s[ mi_srno, pero no ha · nacido de la conciencia refleja· de ·la
tierra entera. La puesta a punto de la medida del dinero es propia función y de los propios objetivos, sino de la vital ten­
contemporánea. En el curso del siglo XV se divulgan nuevos dencia de un grupo social cada vez más amplio a la cons­
sistemas contables y se introducen u_!lOS __de previsión _racional, trucción de fortunas terrenas no provisionaks, no inmedia­
como el seguro marítimo. Los títulos de las obras dedicadas tam.ente perecederas. El burgués codifica las l).Otm.as que. le
B las nuevas técnicas suden empezar con una palabra signifi- parecen asegurar mejor la conservación o el aumemo de su

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pro1lia riqueza, el mantenimiento y el desarrollo de sus propios concebida, sin duda, como fuente de conocimiento efectivo, y
negocios, inve�t_jg_� _los mecariismos llptos pilra incrementar la esto constituye una conquista consciente desde el siglo XIV.
explotación del tiempo y del espacio: El burgués- coiñprende Experiencia quiere decir, ame todo, en este período, re<:uerdo
ahora que el registrar su propia experiencia puede constituir de acontecimientos susceptible de orientar la acción futura, y
un patrimonio rentable e incluso imprescindible. Por eso la el afinamiento consiguiente de las facultades individuales, ac­
exalta y la opone también al saber tradicional, inmóvil y siem­ tivas y productoras. Significa también progreso colectivo en el
pre verdadero, trascendente e inútil. De este inventario de no­ - tiempo de un determinado tipo de conocimiento o de una téc­
ciones, de esta acumulación de preceptos prácticos nació una nica determinada. Biringuccio, por ejemplo, opone fácilmente
mentalidad nueva que, al fin, conducirá a la exigencia de regis· la práctica balística y la puesta a punto de la artillería de su
trar no sólo los caracteres comunes y análogos de los hechos, sino tiempo y la de doscientos o ciento cincuenta años antes, hasta
también a la de dominar su mecanismo y sus leyes. Sin embargo, el punto de definirse a sí mismo y a sus contemporáneos como
este proceso ha madurado, sobre todo, gracias a la intuición del modernos, y a sus predecesores de los siglos XIV y xv como
dinamismo indispensable de todo éxito y creación humana, es antiguos. La experiencia es, en fin, la base de la adquisición,
decir, gracias a la tensión constante hacia el ascenso económico­ de la renovación dinámica o de la Verificación concreta del
social, que ha plegado s la mente hasta hacerse instrumento de nuevo saber. «Yo me he ingeniado, durante toda la vida, en
ella, en lugar de mantenerse como una entidad soberana y eJr­ conocer las cosas más por mi experiencia que por los dichos de
traña contempladora. los otros -hace decir programáticamente Alberti, al principal
El historiador encuentra hoy muchas dificultades para re­ interlocutor del tercer libro Delta Famiglüz-, y lo que yo en­
constrliir eh;afuino colectivo -w;oirido por la técnica y por la tiendo, antes lo comprendí por la verdad que por la argumen­
ciencia entre el si_glo XIV y el XVI. Pero el problema que tal tación de otros. Y como uno de éstos, que leen todo el día,
evolución plantea no es tanto el de localizar a los diferentes me dijese: 'as( es', yo no le creo, a no ser que lo vea con
inventores o sus variadas anticipaciones, sino el de reducir a razón abierta, la cual más pronto me demuestre Ser así, de
unidad concreta y orgánica sus actividades y sus descubrimien­ modo que convenga en confesarlo. Y si otro no letrado me
tos. Asf, no es fácil responder a la pregunta de en qué medida aduce la misma razón, así le creeré a él sin alegar autoridad,
el desarrollo de la artillería fue provocado por las exigencias como al que me da el testimonio de un libro, porque consi­
de poder de las monarquías o de las ciudades-estado. Sin em­ dero que el que escribió fue, como yo, hombre.» Instintiva­
bargo, existió una relación profunda. Lo mismo, o algo aná­ jJ)ente, el burgu_é�_ d� la ciudad prefiere ya la pruf:li3Oe-ms
logo, puede decirse de la imprenta. Así como la fuerza militar hechos a la de los textos; como ha --peidiCo el temor reveren­
de la nobleza recibió un golpe de muerte a causa del progre­ cial inculcado por -ra_·tracüd6ñ_._hl!oCia_ estOs últimos, antepone el
sivo triunfo de las armas de fuego, también el predominio práctico al letrado. Pero no lo hace en homenaje a facultades
espiritual del clero resultó sacudido hasta sus cimientos por pUramente mmtntles o a la virtuosidad de un individuo, sino
el libro. No son problemas que se resuelvan solos, pero deben, por el postulado de que el ingenio puede descubrir, en el gran
por lo menos, ser planteados. Lo que importa afirmar es la libro de las cosas, verdades reales que todavía no han sido
interdependencia original que en este período, por primera vez escritas nunca. «Parece que la náturaleza misma -asegura
en Occidente, se establece entre las distintas exigencias prácti­ también Alberti hacia 1435, en el primer libro de la obra ci­
cas, políticas o económicas y la actividad del espfritu. Este es tada-, desde el primer día en que cualquier cosa sale a luz,
el verdadero principio del fin de la trtscendencia en la menta­ le haya impuesto e intercalado ciertas notas y signos patentf­
lidad y en la sociedad europeas. Las afirmaciones inmanentistas simos y manifiestos, con los que se ofrece, de tal modo que
de algunos filósofos están muy lejos de ser decisivas en este los hombres puedan conocerla todo lo necesario para saber
plano, y las humanísticas acerca de la dignidad del hombre usarla en aquellas utilidades para las que haya sido creada.»
son, sobre todo, el reflejo y la sanción de una realidad que Si la concepción utilitaria y funcional del nuevo sab_er �s su
no es, en absoluto, sólo cultural, Una sociedad nueva se implan­ priridpil.l ' inspiración y ·-su -resOite dinámiCO;- es- taiD.biél!__S\1
ta y se estructura Jentamente, y, con ella, un saber profun­ mayor liin_itilción_; -También 'Según Alberti, ,.1 hombre es puesto
damente distinto del teológico, filosófico y ético. en la vida para usar las cosas, y, por lo tanto, debe cono�erlas.
Es preciso, por último, volver a la función esencial de la Gracias a ello pOdrá ser virtuoso y llegar a ser feliz. Esta -fi:an­
experiencia para intentar circunscribir mejor sus caracteres. Es ca p_erspectiva de un bienestar social y teneno -por otra parte,

174 175
no mejor espeo:;:ificado por el pensador florentino- figura como
7. Descubrimiento y conquista del mundo
una de las poskiollC!s- más avanzadas del pensamiento de aquella
époq�, En todo caso, se preocupa también de encuadrarse, al
menos formalmente, en una pen;pectiva religiosa para elilpinar
la posibilidad de todo oonfli.cto con la visión ético-cristiana. Tam­
bién en esta audaz posición del problema, el empleo inteli­
I. LOS PROBLEMAS DE LOS DESCUBRIMIENTOS
gente de los bienes terrenales se presenta como grato a Dios,

que los ha hecho para sus criaturas racionales. La visión ver­


daderamente autónq.roa._ �_ una prosperidad humañ9.--iii ·Sfiiuiera
Iniciamos el capítulo de la que tal vez sea la más extraor­
dinaria aventura de la historia de Europa: la proyecci6n de sus
es vislumbrada, y, an!Üogamente, tampoco se piensa eh · hacer
hijos en el mundo.
de la ciencia .o dé ·la . técnica una construcción teórica válida
Operación extremadamente rápida, si se atiende sólo a sus
por s[ misma. La 9:periencia de esta época no es, en abSOluto,
momentos culminantes: 1492, primer viaje de Colón· 1497-1498
la verdadera experiencia, aunque plantea sus lejmas- -pt'C!misas.
viaje de Vasco de Gama; 1519-1.'22, circunnavegació� del mun�
El ingeniero y el inventor, como el artista -que, a menudo,
por Magallanes. Pero como en todas las cosas, puede descu­
está muy próximo a ellos- o el técnico, han conquistado ya
brirse una historia soterrada, mucho más lenta. Tras el primer
un puesto importante en la sociedad, pero precisamente por
viaje de los hermanos Vivaldi fuera del estrecho de Gibraltar
sus servicios y a título indiVidual. Su saber no está todavía
Lanzarotto Malocello llega a las islas Canarias a comienzos deÍ
estructurado, en el sentido de que sus investigaciones, aunque
siglo xrv; llegará después a Madeira (1341). Hasta aquf es esen­
lleguen a intercambiarse y a comunicarse de un pafs a otro,
cialme�lte obra de los genoveses, que tratan de llesa'r por el
pennanecen circunscritas, cada una en su propio sector, sin
mar directamente a las fuentes primeras del orO sahariano, eJi.
llegar a constituir un auténtico cuerpo de nociones. Desde este
minando a todo intermediario. Después, comienza la lenta pe­
punto de vista, pues, la ciencia no existe aún entre 1350 y
net_ración lusitano-genoves� en Marruecos, seguida de las explo­
1550. Pero su gestación en este periodo no es menos decisiva
taciones de las costas africanas por los portugueses ----extraor­
que los desarrollos ulteriores. En efecto, como tipo de saber
dinarias por su audacia y admirables por su prudencia-: 1434,
ha alcanzado ya pleno derecho de ciudadanfa, se ha afirlnado
Cabo Bajador; 1444, Cabo Verde; y en 1472-1474, la lfnea ecua­
sólidamente en algunas ramas y atrae cada vez más a la parte
torial. Toda una serie de etapas, que preceden al movimiento
activa de la clase culta, que no tardará en convertirse a _ dla-
- - vertiginoso de los años 1492-1522. Pero fundamentalmente si
-- -

y en imponerla también en el plano teórico.


se quiere encontrar una matriz común a todo el periodo, �s
parece que puede hablarse de él como de un tiempo de explo­
ración. La verdadera conquista no comienza hasta alrededor de
1510-1520.
Otro aspecto caracterfstico, sobre el que creemos oportuno
llamar la atención, es el de que los españoles hacen una brusca
irrupción en una actividad que parecía monopolio de los por­
tugueses. Brusca y -es preciso añadirlo- afortunada. No hay
duda de que después supieron mostrarse absolutamente dignos
de aquella fortuna, pero no puede menos de calificarse de 'afor·
tunada la expedición colombina, una de las pocas orga.ni2adas
por los soberanos de España.
Lo cierto es que españoles y portugueses llegan, en cierto
momento, nada menos que a repartirse el mundo incógnito y
apenas conocido, pero inmenso y auténtico mundo decuplicado,
alcanzando puntos y momentos de fricción. El tratado de Tor­
desillas (1494), basado en las precedentes decisiones del papa
Alejandro VI, concede a España el espado situado a partir de

177
176
las 170 leguas al oeste de las .&lores, dejando a los portugueses partir de la Alta Edad Media- había venido observándose entre
el espacio al este de esta linea. Era un cambio notabilisimo oikoumenr? y christianitas, se rompe, y la christianitas se en­
-una verdadera tuptura- en relación con la Bula de Calix­ cuentra irremediablemente reducida sólo a Europa. En efecto,
to III (t4j6), que había concedido a los portugueses un ver­ el principio de que la palabra de Cristo había sido llevada a todo
dadero y general monopolio de los descubrimientos geográficos. el mundo habitado, por medio de la dispersio Apostolorum, es
Ciertamente, aquel reparto no podía agradar a los distintos so· flagrantemente desmentido. ¿Cuál es la situación -se pregun­
beranos de Europa, y Francisco 1 se preguntará, entre serio y ta- de estos pueblos ignorantes de la palabra de Cristo ante
burlón, en virtud de qué cláusula del «testamento de Adán» el juicio de Dios? ¿Se condenarán? ¿O podrá salvarles sólo
se repartían españoles y portugUeses el mundo todavía desco­ la virtud moral? La duda surge (aunque sólo mucho después
nocido. En realidad, no habla predestinación alguna, pero en· se obtendrá la respuesta -lógica y correctamente formulada­
traba en juego un hecho mucho más simple (dejando aparte la por un Montaigne). Duda que tiene su origen también en otros
posición geográfica especialmente favorable de Portugal): estos elementos: los descubrimientos han demostrado --en contra
dos países poseían, en comparación con los demás paises de de la posición cristiana, cuyo más alto exponente habla sido
Europa, una infraestructura socio-económica apta para aquel Agustín- que hay una pluralidad de mundos terrestres; que
género de empresas: buena tradición marinera, suficiente ten­ la noción, !imitadora de toda aventura humana, de «Zona tórri­
sión demográfica, luchas sociales internas, técnicas marítimas da» no corresponde a ninguna realidad efectiva, y que no cabe
(la carabela -un maravilloso instrumento- está a punto ya excluir la posibilidad de una discusión sobre el origen polige­
desde 1440) y científicas (en especial, astronomía y cartografía) nético de la hwnanidad.
muy desarrolladas. Esto era todo lo necesario, y Portugal y Las primeras reacciones -repetimos- son de «Ínsensivité ¡¡
España lo tenían. l'incompatible», como ha afirmado Lucien Febvre, es decir, que
Los primeros resultados fueron más favorables a los portu· resulta preferible no hablar claramente de cuanto es incompa­
gueses que a los españoles. Aquéllos encontraron rápidamente lible con los principios teológicos. Pero la duda, con sus efec.
lo que buscaban: las especias de Oriente. Los españoles no en· to� corrosivos, persiste, aunque se silencie. Ciertamente, en este
oontraKJn especias en el nuevo mundo y la sed del oro -la que plano espiritual, JlO basta con replantear la visión teo16gica
Oviedo llama la «agonía» del oro- no tuvo, al principio, más ante la serie de 'problemas que los descubrimientos formulan.
que una muy precaria satisfacción. Los primeros «tesoros» lle­ Hay también una reacción de orden dialéctico: si la christianitas
gados a Europa traían más riqueza a Lisboa que a Sevilla. se halla materialmente reducida por la comprobación de que
Pero la evolución de las relaciones de fuerza, de éxito, cambió masas enormes de hombres viven apartados del «verdadero»
lentamente en favor de los españoles, que pudieron incluso Dios, por otra parte se encuentra una posibilidad de acción
permitirse la violación del tr¡1tado de Tordesillas, encaminán­ cerca de esos mismos hombres para llevarlos a una única y
dose ellos también hacia el Extremo Oriente, si bien partiendo vastísima grey bajo un solo pastor. Tampoco hay que olvidar
ahora de las costas americanas del Pacífico. En 1�29, en Za­ la fuerte presión que ejercía la necesidad de justificar ideoló­
ragoza, se establece este nuevo estado de hecho: ya no son gicamente la conquista de los nuevos mundos. El impulso mi­
los papas los que deciden confines y delimitaciones; sólo la sionero está en relación con todo lo dicho. A su vez éste en­
fuerza, las situaciones de hecho son las que sancionan prima· cuentra una limitación en la profecía evangélica de que el fin
das y exclusivas, como hace precisamente Carlos V. del mundo coincidiría con la conversión del mundo entero a la
Este descubrimiento del mundo, que alcanza su ritmo más verdadera fe: ¿el difundirla no equivalía a una especie de
rápido entre finales del siglo XV y comienzos del XVI, obliga autodestrucdón? No pocos misioneros, especialmente los es­
a los europeos a pensar. El opúsculo Mundus Novus de Amerigo pañoles, se plantearon angustiados el problema: cuanto más celo
Vespucci, publicado en U02, alcanza doce ediciones en 1504; pusiesen en su misión, más acelerarían la llegada del momento
veintidós en los primeros tres años, y una cincuentena antes final. Era toda una serie de problemas, que no encontraría
de 15�0: respuesta completa y articulada hasta mucho después. Pero
¿Qué representa este conjunto de descubrimientos geográ­ desde 1539 Francisco de Vitoria (m. 1546) en su Relectiones
ficos en un plano espiritual? ¿·Qué rupturas de viejos esquemas de lndis, pronunciada en la Universidad de Salamanca, to·
mentales supone? ¿En qué quebranta los conceptos adquiridos? maba clara conciencia de la no identificación de la cristiandad
En primer lugar se advertirá que la identificación, que -a con el mundo. La diversidad de las religiones en el globo es

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ya un hecho innegable. El equilibrio puede ser restablecido que ignoran al «fiel amigo del hombre» (y aqui habria que de·
sólo mediante la instauración de un orden natural, enteramente dr «del blanco»), encontrándose asi en condiciones de inferio­
basado en la experiencia. ridad práctica y psicológica. Ciertamente, todos éstos y otros
Porque esta palabra -«experiencia>>-- cobra ahora una fuer· rnil.s que podrían añadirse son factores que han desempeñado
Zll considerable. Contra un Aristóteles que había afirmado ca­ un papel importante,. aunque separadamente no bastan para
tegóricamente, perentoriamente, la imposibilidad de la existen· explicar un fenómeno tan grande -casi fabuloso- como el de
da de un cielo distinto del que nosotros tenemos sobre nues­ la conquista española de América. Lo que debe considerarse
tras cabezas en el hemisferio septentrional, la «experiencia» de· como punto esencial es el «ir a valer más». Valer más, en to·
muestra ahora cosas que «no se han visto jamás, porque nue�;­ dos los sentidos: económico, moral, social. Este es el prodi­
tros marinos pasaron el círculo equinoccial y vieron el sol le­ gioso resorte de la aventura española en América, lo que les
vantado sobre sus cabezas» o «habiendo superado la ·línea impulsó fuera de Europa. Nos parece que el problema esencial
equinoccial, entraron en otro mundo en el que, al volverse es el de ver cómo se realizó este movimiento, y, a la vez, cuáles
hacia el este, su sombra caía ar sur y a la derecha ...» Cosa fueron las consecuencias para los países conquistados. Proble­
extrafia, aunque sólo hasta cierto punto, es que los mismos ma peligroso, porque fácilme�te se llega a la leyenda negra o
defensores 11 ultranza, especilllmente los jesuitas, de la visión a la leyenda rosa de la conquista. Según la primera, los espa·
medieval y cristiana del mundo, en su intento de conciliar dia­ ñoles -hombres malos- mataron, torturaron, robaron, viola­
lécticamente (en el deteriorado sentido de esta palabra) los ron. De acuerdo con la segunda, los españoles -hombres bue­
nuevos hechos con los viejos principios, recurrirán precisamente nos- llevaron la verdadera religión y, por lo tanto, la salva­
al concepto de experiencia para explicar cómo y por qué, al ción del alma, introdujeron la rueda y acercaron a los pueblos
carecer de ella, había podido engañarse un Agustin . . . Peto «salvajes» a la «civilización europea». Todo esto es de una sim­
ahora, a mediados del siglo XVI, ya no hay duda: el «mundo» plicidad desalentadora. Un juicio sobre el encuentro de dos
es el «globo». El sentido de una comunidad humana se ha �­ formas mentales distintas no puede resolverse en una fórmula
neralizado. terminante. Se impone el distingo. Y se impone -adviértase
bien- no sólo y no tanto para establecer responsabilidades
de orden moral, como para permitir el descubrimiento de la
11. LA CONQUISTA DE AMERICA génesis de situaciones todavia hoy muy vivas en las relaciones
entre la vasta comunidad india de América centtomeridional,
Estos son, rápidamente trazados, algunos de los rasgos más por una parte, y la comunidad blanca y mestiza, por otra. Las
importantes y algunas de las consecuencias espirituales de los secuelas de la conquista se dejan sentir aún en el siglo xx.
descubrimientos. No hay duda de que, sobre todo en los comienzos de la lucha,
Peto el descubrimiento se concreta también en una material !os españoles hicieron estragos deliberados, voluntarios, injustos
toma de posesión. Donde puede apreciarse más netamente la e injustificados. Los testimonios son demasiado frecuentes y ex­
excepcional dimensión de la empresa es en el caso americano. plicitas · para poder negar los hechos. Pero tales estragos no
Para explicar el éxito español en el nuevo mundo, se ha re· bastan para explicar la enorme contracción demográfica de la
curtido a varios elementos: «triunfo de la salud», para indicar población india de América durante el siglo XVI; será preciso
que sólo un extraordinario vigor Hs.ico -unido a la joven tener en cuenta otros factores. En primer lugar debe señalarse
media de edad de los conquistadores (unos treinta años)­ que los europeos introducen en América toda una serie de
permitió a aquel puñado de hombres superar el mal de mon· enfermedades muy graves para la población india, que no está
taña de los altiplanos, la malaria de la zona del istmo, las adver· defendida contra ellas por ninguna inmunización natural. Otro
sidades de las selvas, las abrumadoras calamidades de los de· elemento es el de las nuevas formas de trabajo a las que se
siertos. Otro elemento explicativo fue la superioridad de los somete al indio; sobre todo los nuevos ritmos de trabajo que
medios de guerra, refiriéndose m:is que a las armas en d mis­ .
se le imponen y que resultan muy pesados para los vencidos.
mas, al extraordinario instrumento de guerra en ·que se cnnvir· Más graves aún nos parecen los factores que, en general,
tió d caballo en las operaciones americanas. El hombre-centauro, se hallan implícitos, precisamente, en la leyenda rosa. En efe�­
acompafiado por sus ferodsimos perros adiestrados para su tra­ to, no hay duda de que la civilizaci6n cristiana y europea Otl·
bajo, se yergue como un dios ante las rr.•.!ltitucks de indios, ginó lo que nos parece el más grave mal de cuantos hubo de

180 181
sufrir la comunidad indígena americana: su hquidactón moral, es donde hay que ver la causa que hizo posible el triunfo
social Y psicológica. El estudio de América a parte I!Jcti pre. español en América. Una prueba de ello, además, es el hecho
_
senta, stn duda, su punto dramático máximo precisamente en de que, en algunas regiones, los españoles encuentran colabo­
este aspecto: una mayoría de hombres ve disgregada su propia radores para pro�eguir su obra de conquista precisamente entre
los indígenas, que creen haber encontrado un aliado para re­
historia (en el más alto sentido de la palabra) y su propio ser,
incluso en su intimidad. Acción violenta, al principio, a la que '?nquistar su independencia de un yugo que les pare::e dema­
sigue después una lenta corrosión. Siado pesado. Y una prueba a contrario se encuentra también
¿Cómo pudo manifestarse esta «acción violenta»? En el en el hecho de que la conquista española repite completamente
fondo, no se trata más que de un puñado de hombres en cho­ los límites geográficos de los viejos imperios. Un poco al sur
que con una multitud. Aunque se desconoce el número de los de la parte central de Chile, los indios, que habían resistido
primeros conquistadores de América, se puede calcular en cam· antes al inca, resistirán con igual bravura a los españoles, hasta
bio la importancia de la «emigración» en dirección al nuevo el siglo XIX, e incluso hasta comien2os del xx; en la llanura
m�ndo a partir de 1509, cuando, téngase en cuenta, la «OOll· argentina el indio pampa se defenderá durante siglos, y algo
qu1sta» apenas se ha iniciado. Respecto al período de 1509 a semejante ocurrid con los charrúas (asentados, en líneas ge­
1537, aún se conservan doCllmentos relativos a 7.659 embarques nerales, en el actual Uruguay). Por otra parte, es significativo
oficiales de pasajeros con destino a las Américas. Ciertamente, que, donde la resistencia india fue escasa o insuficiente, la
esta cifra debe considerarse incompleta; falta, por ejemplo, casi comunidad', indígena sobrevivió -penosamente- hasta hoy;
totalmente la documentación correspondiente a algunos años; por el contrario, los grupos de indios que, no habiendo acep­
deben añadirse los miembros de tripulaciones y soldados (para tado antes el yugo inca, se defendieron valerosamente contr11
los que no era necesaria la autorización de embarque), y que los españoles -los «indios bravos»---, fueron completamente
no volvieron jamás al viejo continente; los clandestinos. . . , y destruidos, pero tras una guerrilla que dur6, a veces hasta el
se llegará, en la más amplia de las hipótesis, a cien mil per­ siglo XVIII, el XIX e incluso el XX. Pampas, araucan�s, fuegui­
sonas. Con estas escasas fuerus se realiza la «Conquista». La nos y otros. Las páginas heroicas de estos defensores de su
campaña de México, la más complicada, fue llevada a cabo independencia, de su dignidad humana, son aún escasamente
por 1.}00 personas; Pizarra parte para la conquista del Perú conocidas, pero empiezan a serlo ya. Vale la pena que las ten­
con 112 españoles. gamos en cuenta ahora.
Cualquiera que fuese su superioridad militar, su esplritu em­ Repetimos que no se trata de minimizar la altura épica de
prendedor, su audacia, ¿cómo no fueron aniquilados por la masa las páginas escritas por los españoles. Las victorias que aquellos
humana que los rodeaba? Ni siquiera los más extraordinarios hombres alcanzaron contra las colosales dimensiones de un mun­
relatos de las batallas entre españoles e indios, que nos muestran do nuevo constituyeron un alto título de gloria, al que muy
la valenda de cada uno de los conquistadores, realizando pro­ poco podrían añadir unos golpes de espada y algunas detona­
digios de valor, logran hacernos comprender totalmente su éxi­ naciones. Insistir sobre esto último es, en cierto modo, traicio­
to; al fin, aun siendo combatientes verdaderamente excepcio­ nar lo. que ellos mismos consideraron su máximo orgullo. ¿Cómo
nales, hab_rfan tenido que sucumbir. En realidad, creemos que no ver que aquellos hombres de pocas letras alcanzan niveles
. altísimos precisamente en las páginas que consagran a la des­
la gran VICtoria de los españoles y la dimensión épica de su
aventura americana hay que relacionarla con su lucha contra la cripción de aquella nueva e inmensa naturaleza? Los espacios
naturaleza. Frente a los hombres, el proceso cambia. Sus victo­ reviven en las letras. Las batallas no pasan de ser unas modestu
rias militares son, realmente, cosa muy modesta: su dominación narraciones.
sus¡ituye a otra dominación ejercida sobre poblaciones ya so­
_
juzífadas. En efecto, cabe pensar que, en el momento de la con­
quista europea, el continente americano está sólidamente es­ IH. EL ASENTAMIENTO illSPANICO EN AMERICA
tructurado en i�perios de tipo feudal que dominan rígidamen­
te a las poblacJones. Para estas últimas, al menos en los pri­ Pero los españoles no se limitaron a conquistar el nuevo
meros momentos, no representa un gran cambio la sustitución mundo. También lo construyeron. Ciertamente, su labor es
del trib�to pagado al inca, por ejemplo, por el tributo pagado criticable a la luz de consideraciones actuales e incluso a la
al conquistador español. En esta actitud indiferente de las masas luz de su propio tiempo: Las Casas la condenó con ardientes

182 183
América podían restablecerse en su forma más pura, más ab.
palabras. Se han formulado y aún hoy se formulan reservas
soluta?
sobre aque& «construcción». Pero ¿criticar equivale a «expli·
Feudalismo es, sin duda, un concepto que puede servir para
car»-? Construir a cuatro mil metros de altitud la ciudad de
aclarar las ideas, para abrir horizontes, pero exige ulteriores
Potosi, la más alta ciudad del mundo, y que rápidamente con·
precisiones, si queremos tratar de comprender la verdadera esen­
tase con 160.000 habitantes, es, ciertamente, una gran em·
cia de la sociedad hispano-americana. Y habrá que decir que
presa, aunque se tenga en cuenta que las minas de plata que
este feudalismo brota de una economía natural, y, a su vez,
la rodeaban constituían un poderosísimo atractivo. Añadir que
crea las <:ondiciones para que esta forma de economla se man.
el precio de aquella creación fue d sacrificio de millones de
tenga y prospere. Economía natural: anémica circuladón mo·
indios no significa explicarla. Lo que nos parece esencial es netaria, rigurosa impermeabilidad social, imposibilidad de for·
indicar por medio de qué articulaciones, de qué «sistema», el mación de capitales fuera de un restringido drculo dominante,
sacrificio de aquellos indios sirvió a aquella ¡;onstrucción. Pre· falta de autonomía respecto a la metrópoli. Estos fenómenos
cisar aspectos y funciones de «encomiendas», «asientos de tra· -y otros más-- que a ¡;ada paso pueden en<:ontrarse en la
bajo», «obrajes», nos parece ahora superfluo. Sedan ne<:esarias historia latino-americana tienen su explicación ¡;omún, precisa­
páginas y páginas para resolver estos problemas, a los que, mente, en la matriz de la emnomía natural, en un orden feudal.
desde hace tiempo, muchos estudiosos aportan el tributo de su De este modo, y siguiendo las auda<:es e inteligentes tesis
erudición y de su inteligenda. Intentando una explicación glo. de estos últimos años, habrá que relacionar la «Conquista» con
ha!, será impreocindible decir que, para nosotros, el punto !a crisis de la nobleza feudal española, que encontró salida para
esencial, si se quiere mostrar el carácter verdadero y profundo sus propias dificultades, para sus propias ambiciones, en la aven·
de la sociedad americana colonial, es el del feudalismo. Pero tura americana. Ciertamente, leyendo a cronistas y documentos,
ésta es una palabra muy peligrosa, por las extrapolaciones de se ve que, al prindpio del des=brimiento, los que en él inter·
tipo propagandístico-poUtico a que se presta; su empleo sólo vienen son todos unos pobres diablos. Pero la segunda oleada
es licito después de haberla definido del modo más preciso po­ de conquistadores presenta un número extraordinario de «se·
sible. Digamos, pues, que el feudalismo económico sudameri· guudones», de hijos menores de familias de la grande, media
e;¡¡no es un sistema de economfa esencialmente natural, basado Y pequeña aristocracia, también pobres diablos, en cierto modo,
en la existencia de grandes reservas territoriales y de grandes pero que han conocido en las casas en que nacieron el modo
fuerzas de trabajo. La posesión de las primeras se realiza a feudal de vida, con sus mitos, sus ideales y sus técnicas. ¿No
través de la «conquista», de privilegios, de mercedes, de usur· se observa ahí el contraste que surgirá entre los «isleños» (los
paciones, muy raramente por adquisidón económica. El empleo primeros españoles llegados a las Antillas, ambientados, radica­
de las segundas se lleva a cabo mediante el ejercicio de dere· dos, cuyos hijos toman este nombre de «isleños») y los últimos
chos sobre las personas. Creemos que, en este marco, el sentido llegados? Hora es de pensar que la verdadera conquista la
de la conquista de América aparece claro, como aparecen claras ha<:en los «isleños» (los mejores combatientes, hasta el punto
las relaciones que se establecen con las poblaciones abotfgenes. de que todavía hoy es defendible la tesis de una masa conti·
Porque pasados los primeros años de búsqueda de «teso· nental americana conquistada por hombres que pueden ser ya
ros» y «rescates», es decir, pasado el primer periodo de pillaje de considerados mmo americanos) y los «recién venidos». No se
metales preciosos (son incalculables las cantidades de joyas fun. trata sólo de un litigio entre veteranos y jóvenes reclutas. Por
didas por los españoles para convertirlas en barras de metal, encima de esta oposidón, que se resuelve, naturalmente, por
con una pérdida de valores artisticos que es innecesario subra. el orgullo de los primeros, que se atribuyen, tal vez <:on jus.
yar); pasado ese período, es preciso estru<:turar unas relaciones ticia, el mérito de las victorias, hay algo más profundo: los
socio-a:onolllltas que permitan establecer una superioridad del primeros son campesinos que buscan en América o una ra·
grupo <:onquistador. ¿Qué tiene de extraño el que aquellos pidísima fortuna o una nueva patria que les ofrezca esperanzas
hombres, que en su patria no han podido ofrecer sus servi· de vida mejor que la dejada en la patria antigua. Para los otros
dos a la «Iglesia, mar o casa reaho, ni al servicio de Dios ni el problema es el de reconstruir los esquemas de una vida,
en un empleo público, y que han decidido encontrar fonuna, que sólo la rocgla de la primogenitura les había negado. Así,
gloria y honor en tierras muy lejanas, se valgan de las fonnas en América -suelo virgen-, aquel mundo feudal, que en Euro·
feudales que en la metr6poli habian sido ya probadas, y que en pa había m::ibido los primeros golpes, encontrará nueva vida,

184 185
nueva fertilidad. Ciertamente, el que es licito llamar <<.Íeuda­ traño. Viejas ideas perviven en aquellos hombres que, cierra­
lismo americano» se encontró en una situación parcialmente mente, han experimentado la fascinación de las antiguas le­
distinta del europeo. Por una parte tuvo la ventaja de que los yendas caballerescas medievales, que, precisamente en aquel
sometidos sobre los cuales ejercía sus derechos eran racialmen­ tiempo, alcanzaban gran difusión gradas a la imprenta. lrving
te diferentes, religiosamente por evangelizar, inferiores (en re­ A. Leonard ha demostrado la influencia sobre los conquista­
lación, claro está, con un «standard» europeo) en numerosas dores de libros como Amadis de Gaula o La historia del ca­
técnicas: esto le permitió establecer relaciones de opresión es­ ballero de Dios que avia por nombre Cifar. Pero más aún que
pecialmente inflexibles y duraderas. Con el paso del tiempo a estas lejanas influencias habrá que referirse a la persistencia
todo ello representó una serie de puntos de apoyo singularmente del espirito de la guerra de «Reconquista», que en España habla
importantes en el plano de la producción. Pero, por otra parte, durado hasta finales del siglo xv. También en América el grito
la lejanía de la metrópoli impidió a los grupos que detentaban de gu._.rra sigue siendo « ¡ Santiago!», los templos indígenas
el poder en América intervenir en la gestión de la economía suelen recibir el nombre de «mezquitas», los españoles conti­
de distribución (esto es, del comercio) de los productos de núan siendo los «cristianos», y, en general, «cuando se quiere
origen americano en Europa y de los bienes europeos en Amé­ establecer una comparación entre las curiosas costumbres de
rica. Asi todo beneficio tiene que salir de las relaciones de ser­ los indígenas con las de otros pueblos, se recurre habitualmente
vi<fumbre que ligan al indio con el conquistador. Aun cuando a los moros», como dice José Durand. (La transformación so­
lue8o estas relaciones de dependencia personal serán formal­ cial del conquistador. México, 1953.) En Brasil a los indios
mente abolidas, la situación feudal, de hecho, persistirá; por se les llama «mamelucos». Nos encontramos, pues, ante una pro­
medio del sistema de deudas del obrero agrícola o artesano, longación de los viejos motivos de lucha «nacional» en las cam­
la servidumbre del indio seguirá siendo un hecho real. pañas de conquista. ¿No se hacen, acaso, los repartos de tierras
El carácter «feudal» de la vida americana de los comienzos en América recordando que, en la época de la Reconquista, el
puede también encontrarse en sectores ajenos a la estricta es­ rey distribuía a sus soldados las tierras liberadas del dominio mu­
fera económica. Así, en el plano político, hay que registrar sulmán?
que un signo del feudalismo -que en España (como, por lo
demás, en toda Europa), aun manifestándose, no había alcan­
zado nunca el punto crítico de explosión- se observa en las IV, CARACTERES DE LA COLONIZAClON ESPAÑOLA
abiertas rebeliones r.ontra el soberano. La América española
-y sobre este a�¡oecto nunca se ha insistido bastante- presenta Pero en el nuevo mundo el viejo motivo de «oto, gloria y
todo un estallido de revueltas : desde la famosa de Pizarra, evangelio» actúa en situaciones mucho más complejas que las
Carvajal y Cepeda en el Perú {1544) a las de los hermanos «nacionales» precedentes. En primer lugar, los españoles de
Contreras en Nicaragua {1550) o de Lope de Aguirre en Ve­ América son hombres que han quemado las naves. De los pri­
nezuela (1561) o de Martín Cortés en México (1565). No se meros conquistadores sólo unos pocos volvieron a la patria.
trata de hinchar algunos episodios esporádicos, aunque impor­ Los más se quedaron en América, quisieron quedarse en la
tantes. Recuérdese que la idea de coronarse reyes atravesó la tierra por ellos conquistada. Tan hondas son las raíces que, en
mente de Martín Cortés y la de Pizarra; pero no hay duda algunos casos, para hacerles regresar a España hay que ame­
de que estas revueltas -y muchas otras que no se citan aquí­ nazarles con el máximo castigo.
revelan que ciertos gérmenes de anarquía feudal habían encon· Quedarse significa reconstruir todos los cuadros sociales, em­
trado, al cruzar el Océano, fuerzas nuevas y clima favorable. pezando por la familia. Hasta 1513 está rigurosamente prohi­
Por lo demás, habrá que recordar los numerosos casos de co· bido a los soldados españoles casarse con indígenas y, por otra
.
mandantes y de altos funcionarios que, sin llegar a la rebelión parte, hay pocas españolas. Al margen de prohibiciones y
declarada, se niegan a abandonar el cargo que ocupan, incluso carencias, téngase en cuenta la extendida persistencia de vanos
ante órdenes procedentes de la metrópoli. Reducción del poder prejuicios de «limpieza de sangre» y se comprenderá que la
central, exceso del poder periférico, que encuentran su expre­ estructuración del tejido familiar fue extremadamente difícil y
sión en un dicho muy extendido: «Dios está en el cielo, el rey lenta. Durante mucho tiempo el conc1)binato fue la única rela­
está lejos, yo mando aquí.» ción aceptada entre españoles e indias. Se ha insistido mucho
Este mundo de los «conquistadores» es, sin duda, muy ex- sobre el hecho de que estas primeras compañeras de los con-

186 187
quistadores eran, a ü�ccs. ofrecidas como regalo por sus propios
padres, pero esto no elimina el hecho de que durante más de
medio siglo los espaiíoles se sentían atraídos y trastornados no
sólo por el maravilloso Fldorado, sino por un fuego de lujuria,
que satisfacían medialll� la creación de verdaderos harenes.
Así pudo sostenerse, con cierta exageración, la tesis de que
un extendido erotismo fue el resorte determinante de la con­
quista de América . Exageración , sin duda, pero la historia de
vergüem:a que aqUellas relaciones dejaron fue, tal vez, el ele·
mento más negativo en los futuros contactos entre comunidad
indígena y comunidad blanca. Los hijos nacidos de aquellas
uniones, los mestizos, aunque a veces adoptados por los pa­
dres, se encontraron, en el fondo, fuera de ambas comunidades.
Aquella gran figura del mundo hispano-indio, grande y agudo
escritor, que fue el lné'a Garcilaso de la Vega, representó la
toma de conciencia má� profunda de aquella penosa situación.
Después, pasada la oleada de las uniones ilegitimas -en parte
porque la costumbr"' d�: la amante india en la casa del señor
persistió durante mucho tiempo-, el español se unirá con su
compatriota. La unión que crearán será de tipo rigurosamente
español, con todos los principios de la familia española. Pero
las failas se manifestar<.m pronto� sus hijos vivían en las coci­
nas, en los patios secundarios, criados por indias, jugando con
amiguitos indios y mestizos (estos últimos, a menudo, medio·
hermanos). Así se formará el tipo del criollo {el español nacido
en América, que tanto> rasgos peculiares presenta respecto al
español de España).
Y en la cocina se r<.·,.liza una de las más profundas ósmosis
entre mundo indio y mundo blanco: los español.es (y con
ellos toda Europa) adoptan, en plazo más o menos breve, mu­
chos elementos de b cocina india� patata, cacao, ananás (los
espaiíoles resistirán sólo ante el maíz, que adoptarán muy
lentamente), dulces, conservas, platos indios. . . Y no se trata,
naturalmente, de un camino de dirección única, porque los
españoles también llevarán al nuevo mundo productos (trigo,
naranjas, aceitunas, espárragos, apio, escarola, ovejas). Otro sig·
no de unión se manifestó en la lengua. No nos referimos sólo
a la introducción Jc palabras indígenas corrompidas en el
español, ni a ciertas peculiares inflexiones de pronunciación,
imputables, acaso, a la influencia del mundo lingüf�tico indio.
Más bien habrá que pensar que la influencia de las e�tructuras
lógicas de las lenguas indígenas, aprendidas desde la infancia
con nodrizas y compañeritos de juego, debió de persistir Y
crear las posibilidades de construcciones de frases que revelaban
lejanas huellas. IPor lo demás, aún hoy no es difícil observar
el fenómeno �:n la lengua hablada también por los blancos en

Fig. 10. Descubrimientos y viajes en los siglos xv y xvr.


189
familia, que rompe con el esquema católico de la superioridad
muchos países de América con fuerte porcentaje de población
terminante del hombre sobre la mujer. Los indios, por último,
india.)
Estas comunidades españolas organizadas en familias no tat· vivirán toda una vida de sufrida (y ambigua: los viejos cultos
dan en constituir ciud�des, especialmente donde hay posibi!i. subsistirán durante mucho tiempo) religiosidad, de esperanza;
. pero la muerte es para ellos --como demuestra toda una lite·
dades de r1_quezas rápidas (zonas mmeras, por ej�mplo) La
. ratura indígena que por ser poco conocida no es menos reve­
Ciudad amencan�' tal CO.tno hoy podemos verla aún, parece el
. ladora-----.- sólo el comienzo de la nada:
fruto de la deos1ón de los primeros habitantes de situarla en
un cuadro geográfico lo más semejante posible a un rincón
de España; desde este punto de vista, puede decirse que los ¿Qué es, en fin, esta vida?

conqUista ores n? buscan tierras nuevas, sino tierras semejantes Los caminos re han perdido,
� la v_IeJa.
patna. La arquitectura, ciertamente, experimenta
Todos lar que ofrecían refugio han muerto.
mfluenc1as dictadas por las clases de materiales de construcción ¡Todo, todo ha terminado!
(Poesía quechua del período colonial.)
disponibles en cada lugar o por las peculiares contingencias
geográficas, pero el esquema español es innegable en las dife.
Así, todos los intento� de fundar una sociedad no son más
ten�es constru�iones. Sin embargo, el conjunto es nuevo: la
ríg¡da geometna de las calles que irradian del centro, de que apariencias. Y más aún: la frustrada creación de la unidad
la plaza de armas, donde se levanta la catedral a un nivel provoca rupturas incluso en el seno del propio grupo blanco.
ligeramente �ás � ncln
to que los edificios de las o as públkas Baste recordar las polémica_s entre dominicos, por una parte
-sinceros, honestos, decidill.os defensores, en general, de los
Y que la residencia de algunos próceres, es de tipo netamente
. derechos de los indios-, y las demás órdenes religiosas (espe­
«atnencano». Pero, en realidad, a comienws y durante todo
el siglo �VI estas «ciudades» son, más que otra cosa, simples cialmente franciscanos y jesuitas), por otra. Al releer hoy las
aglomeraciOnes, en las que sigue predominando claramente el fases de aquella lucha. en la que no habla golpes prohibidos,
carácter rural. El divorcio entre las tres comunidades resulta nos quedamos aterrados- Además, hay un siSno externo, con·
acaso, evidente en la ciudad: los hábitos de los tres grupo� creto, que es el de la pobreza (relativa, desde luego), que aún
étnicos (y en buena parte sociales) representarán evidentes hoy revelan las iglesias de los dominicos en América: las ricas
fracturlfS que, en la dirección del indio al mestizo y al blanco, limosnas, los legados abundantes nunca eran para ellos, sino
no se anularán nunca (más a menudo el mestiw logrará acer­ para los franciscanos y los jesuitas, defensores --con su repro·
carse al blanco). bación de la inferioridad del indio- de los intereses de los
. El supremo intento de amalgama corrió a cargo de la reli­ grandes propietarios, que en ellos encontraban apoyo para man·
gión: construcción de iglesias, conventos, capillas privadas tener en condiciones inhumanas a masas de infelices y para
extraordinario florecimiento del arte religioso en ]as escuela� «poner en paz» su conciencia.
de Quito y Cuzco... Signos inequívocos de la gran influencia Sí insistimos tanto en el fracaso del intento de construcción
de � _religión católica en el nuevo mundo. Además, ¿no se
de una unidad social no es por consideraciones de índole cul·
tural. Hay algo más. Si en siglo y medio murieron cerca de
convirtieron los conventos en el centro de la vida social de Jas
ciu� es? La población blanca se reunirá en ellos para mil ocho millones de indios (cifra inexacta, desde luego, pero aten·
diblc) en los trabajos de las minas de plata de Potosí, esto
festl':Idades, pretexto para alardes de elegancia y causa de
�ott!U ;I
ctos ! uelos por cuestiones de precedencia; la población no sólo es grave en el plano moral, sino, sobre todo, en el
md1a acudira para recoger la «sopa de los pobres». Pero si la de las consecuencias prácticas que han llegado hasta nues·
religiosidad, con sus pompas, sus fiestas, sus ritos externos, re· tros días.
presenta un signo de comunidad para todos los ciudadanos la Es evidente que donde la conquista se afirmó de un modo más
religión --como hecho profundo- no llegará a crear una er· � claro, más independiente de cualquier clase de freno, fue, sin
dadera unidad, porque, para los españoles, la religión es, du· duda, en el aislamiento dd campo. Allí, las relaciones entre
rante toda la vida, esencialmente signo externo, que se concreta el blanco conquistador y el indio sometido se plantearon en
en algo dramáticamente sincero sólo en el momento de la términos de una dureza despiadada; de esto se encontrará una
muerte, el único momento de la verdad. Para los mestizos, prueba evidente en el hecho de que en muchas regiones, cuando
la ruptura profunda se produce ya en la constitución de la las condiciones generales y climáticas lo permitían, se recurría

190 191
a los esclavos negros para sustituir a los escasos trabajadores y en el mar Rojo, en los que llegan a construirse, in loco,
indios. Se introducía una nueva variable en el sistema social navíos y armas. Pero vistas las cosas de cerca, se observa que
y eoonómioo del mundo americano que no vamos a examinar loo resultados son menos profundos, tienen menos raíces de lo
aquí, porque no akam:ará verdadera importancia hasta época que a primera vista puede parecer. En efecto, la presencia
posterior al perfodo que estamos estudiando. portuguesa se caracteriza por un estado de guerra permanente:
En el continente americano, pues, se constituye un nuevo guerra contra las poblaciones locales, guerra contra los egip·
mundo, pero -insistimos mucho sobre esto-- no es un mundo cios y, además, guerra --directa e indirecta- contra los tur�os.
creado de la nada: la matriz española puede rastrearse por En 1505, Francisco de Almeida toma el mando de la escuadra
doquier. Por otra parte, ¿cómo podría ser de otro modo? naval para el Indico y, al mismo tiempo, la dirección de los
Suceden a los aventureros y a los campesinos de la fase del establecimientos comerciales: unidad de mando que nos parece
descubrimiento los «hidalgos pobres», desheredados hijos me­ extremadamente reveladora. Se organiza la guerra -que luego
nores de familias nobles, expresión de todo un patrimonio de seguirá también bajo el mando de Alfonso de Alburquerque­
ideas, modos de vida, ideales, sueños que, para resumirlos, no contra los potentados locales y contra los numerosos corsarios.
pueden bautizarse mejor que con la palabra «hispanidad». Es Sus primeros frutos son la conquista de Socotora Y Mascate
difícil trasladar a otra lengua el sonido bellísimo de algunas (1507), Ormuz (1508} y Diu (1509). Todos éstos son puntos
páginas o frases de cronistas españoles de la conquista, pero esenciales en los que los portugueses darán muestras de un
no es sólo por una cuestión lingiilstica, sino porque en ellas extraordinario sentido de vitalidad o, mejor dicho, de supervi·
está España, la orgullosa dignidad, la dureza y, al mismo tiempo, venda. Pero, al mismo tiempo, todos los puestos pequeños
la nobleza de carácter de los españoles. establecidos en Omán serán rápidamente abandonados, porque
son insostenibles. La autoridad nominal del rey de Portugal
permanecerá en ellos, pero será sólo una sombra, porque, de
V. EL IMPERIO PORTUGUES hecho, los portugueses se verán obligados a replegarse a Sobar,
Matara, Karjat y Mascate (sólo este último es un verdadero
El esbozo del mundo hispanoamericano trazado en las pági. puerto). «Necesitarán casi un siglo para circundarla de sólidas
nas precedenteS no puede aplicarse a la conquista de las otras murallas y proveerla de una ciudadela. La pla;>;a habría podido
partes del mundo que los propios españoles, y sobre todo los ser para ellos una base de primer orden; desgraciadamente,
portugueses, están llevando a cabo al mismo tiempo. Desde esta ocupación, y con mayor razón las otras minúsculas guarni·
Lisboa a Macao, el camino es largo. Tal vez sea conveniente cienes de Omán, no supusieron ninguna ventaja efectiva. Sin
ofrecer un esbozo de aquella marcha, de aquella expansión medios asegurados, sin aba.'ltecimientos, sin contactos con sus
portuguesa hacia el Océano Indico e incluso al Pacífico. La compatriotas, estas plazas degeneraron rápidamente Y aposta·
conquista de la costa occidental de Africa fue lenta, met6dica, taren: las pequeñas fortalezas se convirtieron en refugio de
progresiva: duró décadas y más décadas. Pero inmediatamente criminales y piratas.. Las autoridades portuguesas, poco a
después del paso del Cabo de Buena Esperanza los portugueses poco acaban por ignorarlas. Las naves portuguesas apenas se
se lanzaron con entusiasmo, ya sin precauciones, a aquellos ev'
atr en a hacer escala en ellas»· (Kammerer). Esto es válido
espacios terrestres y marítimos verdaderamente inmensos. Su para Mascate y para Omán, pero no es difícil extender y gene­
propia inmensidad es signo y causa de la dificultad que se ralizar ampliamente estas conclusiones.
ofrecía a cualquier clase de estructuración. No se vea en lo que precede una disminución del valor
Es fácil sin duda, establecer una cronología de las fechas
;
más impo tantes de la conquista portuguesa del Océano lndi·
de la epopeya portuguesa. Una vez más el verdadero problema
consiste en el replanteamiento de una epopeya. En lo que
co. Pero, ¿cuál sería su utilidad? Más útil nos parece el tratar deseamos insistir -para recha2ar una interpretación demasiado
de seguir las etapas verdaderas, profurxlas, y los esfuerzos extendida- es en que esta epopeya portuguesa no ha sido
llevados a cabo en el intento de organizar las nuevas instala· fácil; en principio se encontró con las galeras egipcias, y
dones. Ciertamente, se construyen castillos, se estrechan alian· después de 1517 con las turcas, con oposiciones de potentados
zas con los principados locales e incluso con grandes Y pode. locales, con piratas, con dificultades materiales de navegación.
rosos soberanos (por ejemplo, con el Sofí de Persia, útil Entre 1497 y 1572, de 625 unidades portuguesas que zarparon
aliado contra el turco), se organizan bases en el Océano Indico en dirección a las Indias Orientales sólo 325 volvieron a Lis·

192 193
boa. Si se suman los gastos para el mantemm1ento de las a nuestro parecer, hace aún más elocuente el extraordinario
bases y fortalezas en el mar Rojo y en el Océano Indico Y resultado que los portugueses alcanzaron inmediatamente --des­
para el sostenimiento de naves en esos mares, se tendrá una de el principio- en la gestión de un auténtico monopolio del
idea de la magnitud de los sacrificios necesarios para la eJrpan· azúcar (que, ciertamente, no alcanzará su apogeo hasta mucho
sión portuguesa. No hay duda de que esto dio sus frutos, pero después).
evitemos el resumirlos en el viejo lugar común del final del
Mediterráneo: este último aún tendrá muchos años de pr6s· Hem�s estudiado hasta aquí los aspectos
. que nos han pare­
pera vida. Ciertamente, no puede negarse que los portuguese_s Cido mas �elevaz tes de la presencia ibérica
; . fuera de Europa.
lograron poner en los mercados europeos considerables cantl·
_ . !'�o la importanCia y el extraordinario peso de la expansión
dades de especias baratas, pero es una forma un poco parcial 1bér1ca no debe hacernos olvidar que en
de ver el problema ésta de dejarse deslumbrar por a nas lg_u e ingleses comienzan a asomarse, aunqu
aquel tiempo franceses
e tímidamente, a les
canastas más de especias (o por unos millares). En realidad, �stas de los mundos nuevos. Son pescadores atraídos por los
el comercio del Mediterráneo con Levante (y, a través de Le­ .
rJqufsJmos bancos de Terranova, pero aparecen tambi
vante, con el Extremo Oriente) no es sólo un comercio de én signos
reveladores de preocupaciones más profun
das. Asf, Giovanni
especias: también coral, sedas, alfombras, perfumes, perlas Y
xv, sus viajes de des­
Cab�to inicia, ya desde finales del siglo
pieles; y las fuentes esenciales de estos productos escapan, en .
cubrumento y de explotación de las costas septentriona
buena parte, al dominio de los portugueses. Además, mcluso_ les de
América. No creemos que deba atribuirse
a estos movimientos
en el campo de las especias lo que ellos logran acaparar, esen­ una importancia exagerada, pero deben teners
e en cuenta, sin
cialmente, es la pimienta, pero las plazas europeas no de;uandan duda, para comprender cómo la vocación
imperial francesa e
sólo pimienta, sino todo un surtido completo de especias: ca­ ingl�sa se fue formando con el tiempo y
no estalló ex abrupto.
nela, clavo, nuez moscada y... pimienta. Verdaderamente, los Ciertamente, hoy no podemos tener una plena
portugueses no consiguieron poner sus manos más que sobre ?
toda �a estrucción de valores --morales,
cunciencia de
artísticos, sociales--­
esta última (de calidad mediocre en su mayorla y, además, que Slgtuficó la expans.iÓn europea en el
mundo ya desde sus
condenada a hacerse peor a causa de las travesías de la larga comienzos. No es un juicio moral, es una
comprobación de
navegación). ¿Se trata, pues, de un éxito? Sin duda alguna, h�o. Pero esto no excluye el que, como
hemos dicho al
si llamamos éxito a la creación de una red de «bases» mercan­ com1enzo de este capítulo, aquélla fuese
quizá' «la más ex­
tiles a través del mundo, a la «democratización» de un producto traordinaria aventura de la historia de E
determinado al hecho de obligar a viejos enemigos comerciales
�ropa».

a abandon un monopolio y a transigir. Pero las limitaciones
persisten: es un imperio filiforme que no consigue morder en
la masa continental de los países a cuyas costas llega. Este

carácter, por lo demás, no se presenta sólo· en los ominios
de las Indias Orientales. La situación será muy semejante en
las costas africanas y en las americanas. ¿Es sólo una casualidad
que el Brasil de hoy no esté todavía completamente explorado
!
y que sea uno de los países americanos de más lim tada pe.
netración interna? Precisamente esta escasa penetraciÓn, esta
conquista marginal de tierras, ¿no será uno de los factores
esenciales que obligarán a los portugueses a crear economías de
base no feudal �mo los españoles---, sino directa Y franca­
mente esclavista? Por una parte, en Africa, inmensas e inago­
tables reservas de brazos; por otra, especialmente en las costas
brasileñas, explotación masiva del trabajo forzado. No nos per­
damos en consideraciones de orden moral y pensemos que todo
el dinero invertido por los portugueses en la compra de escla­
vos representó una enorme inmovilización de capital, lo que,

194
195
la separación de los poderes eclesiásticos locales del central y
8. Religión y sociedad en la segunda mitad se atenúa progresivamente el necesario intercambio vital de
del siglo XV hombres entre ambos.
Por no hablar más que del extendido anhelo de una reforma
de la Iglesia, la elección de cada papa hada renacer periódi­
camente las esperanzas de verla realizada, o iniciada seriamente
por lo menos. Una razón -y no la menos importante- de
I. PAPADO Y CRISTIANDAD
la escasa sensibilidad pontificia a aquella elcigencia era preci­
samente que la reforma propugnada tenia que efectuarse, para
Tras la larga crisis del poder imperial en Europa, y mientras ser eficaz, tanto in capite como in membris. En este aspecto, es
iban afirmándose, poco a poco, las distintas monarquías occi­ sintomático el compromiso, cada vez más preciso y severo, que
dentales, el papado babia logrndo salvaguardar e incluso in­ en los distintos cónclaves estipulaban entre si los cardenales,
crementar su potencia. Ni siquiera las perniciosas vicisitudes sobre todo después de la muerte del español Calixto 111 (1455-
del Cisma, o las interminables sesiones de los grandes concilios 1458}. Aquellos pactos tendían a reorganizar la Curia romana-­
de la primera mitad del siglo xv, habían perturbado su auto­ y el gobierno de la Iglesia en un sentido menos absolutista,
a dar mayor importancia al colegio cardenalicio en la gestión
ridad profundamente. El papado, en fin, está considerado como
uno de los polos centralizadores que tratan de afirmarse en de los asuntos eclesiásticos, así como en la prosecudón de la
Europa sobre la declinante nobleza feudal, sobre las numerosas cruzada contra los turcos y en la reforma propiamente dicha.
ciudades libres que apenas tienen fuerza más allá de sus pro­ Sin embargo, ninguno de los papas sucesivos mantuvo el com·
pias murallas y frente al ya ineficaz Sacro Imperio Romano. promiso estipulado previamente, empezando por Pío 11, que
Desde hacía algunos siglos el poder pontificio babia sido reli­ d&laró que deseaba mantener la promesa sólo en la medida
gioso y político a la par, y continuó siéndolo después de 1450. en que no atacase el honor y las prerrogativas de la Santa
Pero también es derto que, además de la tendencia a una Sede (cfr. cap. 2, I). La radical repugnancia pontificia ante
hegemonía cada vez más clara, elementos nuevos intervinieron cualquier decisión que antes hubiera sido adoptada en e l ámbito
para caracterizar en el curso del siglo xv la fisonomía y tam­ conciliar se manifestó incluso en el campo dogmático. En efecto,
bién la función eclesiástica del papado. aunque los obispos de Roma, en aquel periodo, no eran per­
Ante todo, aun habiendo salido victorioso de la lucha con sonalmente contrarios a la proclamación de la inmaculada con­
las asambleas conciliares, el obispo de Roma babia concebido cepción de Maria, se mostraron reticentes ante aquella forma
una tenadsima aversión contra ellas. Era natural, y en cierto de culto, al haberse declarad:l favorable al nuevo dogma el
modo era también una de las consecuencias de su triunfo. Concilio de Basilea, y se abstuvieron de sancionarla.
Precisamente porque aquellas asambleas habían intentado obs­ En la segunda mitad del siglo xv pueden advertirse dos fe­
tinadamente limitar y circunscribir la autocrática autoridad del nómenos mayores: el reparto ef&tivo de los poderes y de los
papa, éste reaccionó tratando no sólo de ampliarla y hacerla bienes de la Iglesia cristiana entre la Curia de Roma y los
cada vez más sólida, sino hostilizando y persiguiendo las suce­ distintos potentados de Ckcidente, de una parte, y de otra la
sivas veleidades conciliares y negándose incluso a dar acogida �
persistencia y el agravamiento del malestar espiritual y m ral
a las exigendas planteadas por los Padres reunidos en Cons­ en la comunidad de los creyentes. Estos dos fenómenos, que
tanza, en Basilea y en otras partes. Esta especie de «complejo» se hablan ya delineado claramente en el siglo XIV, y en espe­
de la Curia y de su jefe se manifestó en muchos aspectos y cial durante el período del Cisma, se concretan y se agudizan
tuvo notables conse<:uencias sobre la vida de la Iglesia. Puede ahora. Las enormes ambiciones territoriales y estatales de los
de<:irse que esta actitud pontificia constituyó una de las más tlllevos pontífices corresponden plenamente a las tendencias
fuertes condiciones preliminares al cre<:iente divordo entre el contemporáneas análogas de las diversas dinastías, pero hacen
.
jefe ·de la jerarquía eclesiástica y la comunidad universal de tamb1én que el prestigio moral y, en consecuencia, político del
los fieles. Naturalmente, las tendencias conciliares, por su parte, papado fuera de Italia disminuya visiblemente, hasta el punto
no se extinguieron por el solo hecho de ser obstaculizadas, ni de dejar el campo libre -de distintos modos y fol"JIU!s- a
menos aún se resolvieron los problemas que ellas habían inten­ los absolutismos nacionales. Ahora bien, en realidad no podia
tado afrontar. De un decenio al otro se profundiza, por tanto, esperarse que unos príncipes y unos soberanos, aunque «Cató-

196 197
licos» o incluso «Cristianísimos» prestasen a los fieles una que bajo el largo reinado de Luis XI (1461-1483) se habla
atención más evangélica y espiritual que la que habrían debido visto deshonrada toda la Iglesia de Francia por la anulación
consagrarles los pastores eclesiásticos. Se trataba, ante todo, de de las elecciones, por el acceso de indignos a prelacías y a
una lucha de poder económico-polític;_o, porque en la sociedad beneficios y por el apartamiento de las personas más idóneas.
europea del siglo xv la organización eclesiástica era pre<.:isa­ Pero a comienzos del siglo XVI la situación no había mejorado
mente uno de sus principales instrumentos. Papas y reyes con­ en absoluto. Un síntoma de ello puede ser lo ocurrido en

tinuaron haciéndose concesiones recíprocas, con menoscabo tim· Poitiers en 1507, a la muerte del obispo de aquella dudad.
to del clero como del culto y de la parte más sana de las El capítulo se encontró dividido en dos facciones, cada una
creencias. de las cuales, a su vez, se apoyaba en dos partidos opuestos,
Es un he<.:ho innegable que los príncipes obtienen, casi en formados en el seno del clero, del cuerpo académico, de la
todas partes, el derecho a disponer de los beneficios eclesiás­ burguesía y del propio pueblo. Cada facción comprendió que
ticos, a nombrar los prelados y a imponerse como intermediarios para dominar la elección necesitaba controlar la catedral me­
obligatorios entre la Curia romana y el clero local. En líneas diante la fuerza. Así, el 18 de .agosto, en la víspera de la
generales, cuanto más se dedica el pontífice a los asuntos votación, dos bandas armadas se enfrentaron ante las puertas
italianos, menos fuerza tiene para cuidar de la calidad de sus del templo. A aquella sangrienta lucha externa -un clérigo
ministros más allá ile los Alpes y de los mares. Y entonces perdió la vida en ella-- suceden dos días de violentas trifulcas
las luchas por conseguir cargos y prebendas eclesiásticas se entre los canónigos sin -resultado alguno. Una banda de hom­
hacen más patentes, m� feroces, más escandalosas también y, bres armados penetra de nuevo en el interior, con el consi·
en todo caso, cada vez menos beneficiosas para la que habría guiente tumulto, basta que una de las facciones, poniéndose
podido ser la vida cristiana. Téngase en cuenta que, por ejem­ bajo la protección del rey, elige a su propio candidato. Tras
plo, a pesar de la bula de Nicolás V {1447-1455) en favor de el escándalo, no tardó en seguirse uno de los habituales pro­
la candidatura de Ambrosio de Cambrai al obispado de Langres, cesos para impugnar la legitimidad del procedimiento.
un alto funcionario real ordenó a los canónigos, en nombre de En cambio, en los contiguos dominios de Aragón y de Cas·
Carlos VII, que elevasen al solio episcopal a un magistrado cilla reina un orden mucho mayor, que pronto se consolida
de su confianza. Aunque el papa, con una segunda bula, había bajo el signo siniestro de la Inquisición. Esta magistratura
nombrado ya a Ambrosio y ordenaclo a los canónigos que no española no debe confundirse con la que se había implantado,
procediesen a ninguna otra decci6n, no tardó luego en ceder a comienzos del siglo XIII, en toda la cristiandad occidental.
y en resignarse ante el poder laico. Pero tales fenómenos no La Inquisición ibérica fue instituida en 1478 por Sixto IV
eran exclusivos del galicanismo francés. En España, donde Fer· (1471-1884), a petición de Fernando de Aragón e Isabel de
nando e Isabel figuran como los más fuertes campeones de la Castilla, para reprimir el criptojudaísmo de los conversos. El
fe, la situación, aunque por motivos muy diferentes, ya no es nuevo tribunal eclesiástico se distinguió del anterior --cuyos
favorable a la independencia efectiva de la Iglesia. En ningún miembros eran, por lo menos indirectamente, de nombramiento
otro país de Europa se convierte la religión en instrumento pontificio- por el hecho de que loS soberanos hispánicos ob­
del poder principesco de un modo más acusado que en el vasto tuvieron el poder de efectuar por sí mismos el nombramiento
reino ibérico, aunque la causa radique en una situación que de los inquisidores. Como era de esperar, y como Fernando e
allí lo hacía más posible que en otras partes. En efecto, los Isabel deseaban evidentemente, aquella magistratura ejerció no
soberanos de Arag6n y de Castilla hacen de la religión el sólo una función «religiosa», sino, sobre todo, una función
pilar ideológico y el medio despiadado de la unificación de político-social, y lo hizo desde el principio, con procedimientos
España. Primero, a expensas de la numerosísima comunidad drásticos que suscitaron las protestas del mismo Sixto IV.
hebraica; después, de la árabe y morisca, y, por último, de A pesar de esto y de las ulteriores tentativas para atenuar
un modo más amplio y permanente, de los españoles todos. las consecuencias de su propia concesión y para limitarlas, el
Las dos monarquías occidentales limítrofes o&eren dos as­ papa se vio obligado a ceder ante la dura actitud de Fernando,
pectos extremos, pero en realidad complementarios, de la situa· dispuesto incluso a la ruptura con tal de no dejarse escapar
dón general de l11 Iglesia fuera de Italia; de un lado, la con· de las manos el formidable instrumento de poder recién con­
fusión; del otro, una disciplina sofocante. Un juez de la región quistado. La tradición ha unido el nombre del dominico To­
de Forez pudo decir a los Estados Generales de Tours de 1484 más de Torquemada al de la terrible magistratura, de cuyo

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consejo supremo fue presidente -o inquisidor general- du­ zobispo de Tarrsgona con los fondrn; de la cruzada, en lugar
rante quince años (1483-1498). Aunque fue, sin duda, más que de dirigirse contra el infiel, se habían dedicado ya en 14.56 a
rudo, inexorable en nombre de un dogma sin corn.:esiones, pra<:ticar también la piratería por cuenta de Alfonso de Ala·
el fraile debe ser considerado, sin embargo, c:;omo un instru­ gón, en perjuicio de genoveses y venecianos. Al año siguiente,
mento, aunque consciente, de la política despiadada e inhumana las galeras de Marsella, instigadas por Carlos VII de Francia,
del soberano español. Por lo demás, éste no tardó en dirigir se dirigen, a su vez, no hacia Oriente, sino contra los arago.
su sanguinaria máquina jurldico-eclesiástica contra otra minoría neses de Nápoles, infestando hasta las mismas playas ponti·
étni<:a: la de los musulmanes del ex reino de Granada, con­ ficias, con grarl indignación de Pío 11. ¿Cómo asombrarse,
vertidos por la fuerza y luego a<:usados de niptoislamismo. entonces, de que este último pensase, al menos por un mo­
Cuando, en fin, se trate de enviar misioneros a la Amérka mento, en convertir pacíficamente al cristianismo a Mobamed V
recién descubierta, Fernando -ya distinguido con el apelativo (1451-1481), con el fin de adjudicarle después los dominios
de Últólko-- llegó a obtener de Julio 11 los más amplios «usurpados»?
poderes a<:erca del empleo del clero en el Nuevo Mundo, de Pacífico sueño de humanista, sin duda, compartido plena­
los que se sirvió para sancionar y promover un tercero y mente, además, por el cardenal alemán Nicolás de Cusa. Pero
más vasto genocidio: el de los indios. síntoma también de un profundo desaliento y primer indicio
No es necesario trazar aquí un cuadro exhaustivo de las de una tendencia a pactar con el turco que los sucesivos papas
complicidades y de las abdicaciones pontificias ante la invasión del siglo xv no dudaron en hacer suya. Por otra parte, la
del terreno eclesiástico por d poder secular. Pero conviene, al organi�ción financiera de la cruzada seguía métodos expuestos
menos, subrayar sus dimensiones en uno de los sectores en a toda clase de inconvenientes. El impuesto para la expedición
que el papado trataba aún de mantener la iniciativa: la predi­ era fijado por el propio jefe de la cristiandad, cobrado por sus
�?�ción y el mando de la cruzada rontra los turcos. Exc:;epto emisarios y recompensado con cruces e indulgencias. El papa
en los reinos españoles -para los que la lucha contra los no tenfa la mano suave a la hora de exigir el dinero de los
residuos musulmanes formaba parte de la poHtica de unidad fieles: a los eclesiástkos se les señalaba una décima parte
nadonal y monárquica por ellos perseguida-, el siglo xv, de sus ingresos, a los judíos una vigésima y una trigésima al
romo antes el xrv, es sin duda la época de mayor decadencia resto de los propietarios. Afiádase a esto que no sólo por los
en Europa del espíritu de cruzada. La avanzada de los oto­ hechos que acabamos de mencionar, sino por la evidente ex[.
manos en la península balcánica, la misma conquista de Cons­ g{iidad de las empresas guerreras efectivas, las sumas recogidas
tantinopla e incluso las incursiones turcas en territorio italiano -cualquiera que fuese su cantidad- acababan siendo emplea­
-especialmente en Friuli (1476-1478) y en Otranto {1480. das para otros fines. Esto explica la profunda irritación con
1481}- no sólo no indujeron a los potentados de Occidente que los edictos pontificios eran acogidos en casi todas partes, la
a coaligarse contra el enemigo «inliel�, sino que no indtaron acusación --especialmente por parte germánica- de que la cru­
a ninguno de ellos a acoger seriamente las repetidas exhorta. zada no era más que un pretexto para el fisco romano e
ciones papales. Por otra parte, el pontífi<:e que más que nin. incluso la oposición de principio¡ por ejemplo, la .de la Uni·
gún otro trató de reavivar los fervores de los antiguos cruzados versidsd de Pads, que para protestar contra las colectas, en
e� sus contemporáneos era, a la vez, muy escéptico sobre la 1456, envía a Roma una delegación portadora de dieciocho
posibilidad práctica de ver su deseo hecho realidad. ¿Cómo artículos contra los poderes del papa en esta materia, exigiendo
habría podido ser de otro modo, ante unas l:'l!:periendas como la convocación de un concilio. Es casi superfluo añadir que, en
las que tuvo, precisamente, Pío II (14.58-1464)? Mucho más estas grandes campañas para la cruzada, se infiltraban predica­
que a <:ombatir s los turcos en Levante, los señores cristianos dores sospechosos y falsos recaudadores, no obstante las pre·
deseaban dedicar sus fuerzas, reunidas para los fines de la cauciones curis.les. As!, s las sumas que, a pesar de todo,
cruzada, a combatirse entre sí o a enriquecerse con pillajes. aftuían a Roma ¿ a las arcas eclesia:sticas, conespondfa una
Ocurrió que una flota reunida con gran trabajo por Calixto 111 dosis proporcional de descrédito para la jerarquía y para su
-el fogoso español que al dfa siguiente de su elección había modo de gobernar a los fieles.
declarado teatralmente que quería derramar hasta su propia Pero si se centra la consideradón de la actividad pontificia
sangre para liberar los santos lugares-- se entregó, entre 1456 a l ámbito estrictamente italiano, se comprueba que a ésta
y 1457, a la piratería. Las embarcaciones armadas por el sr- no le faltaban argumentos para solicitar dinero a los creyentes.

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Como explícitamente afirma uno de los más autorizados defcn. en los -��1Jn!9.� i�qs. Ciertamente, un número cada vez ma­
sores de _ la ideología papal, Pietro del Monte, autor del tratado yor -aé miembros del colegio cardenalicio obtuvo el capelo,
Contra 1mp�gn�ntes sedis apostolicae auctoritatem, el papa no
insignia de su grado, no sólo gracias a los vínculos de sangre,
sólo es el VICatiO del Señor en la administración de la Iglesia sino también por simonía o por cálculo político: algunos de
sino que, por ínstitu�ón «divina», provee como un rey a 1� ellos se comportaron, desde luego, como disolutos y, por su
concesión de beneficms y dignidades eclesiásticas: «Christi parte, algunos papas no sólo hicieron ostentación de sus propios
vkaríus ex institutione divina qua toti Ecdesiae tanquam re¡¡ hijos, sino que dispusieron para ellos matrimonios principescos.
_
prev1det beneficia et d.ignitates ecclesiastkas his quíbus virtutes Sin embargo, la burocracia pontificia, incrementando ---es ver­
et merita suffragari oognoverit plena libeJ:tate conferre.. .» Aho. dad- el sistema de la venalidad de los cargos que otros
ra bien, no sólo entre el pontífice y los distintos pueblos de consideraban sagrados, 5e hizo cada vez más fuerte, articulándo­
Occidente-·sé"-1iifeiPOiie··· ya _ la acción del podt;r __ laicO, sino se en numerosos organismos y consolidando notablemente la
que en .la seiDJ.Dc:!�_rpJ�ag .dt:l. siglo Xll.....f-.en..la_ R�We_r�. autoridad papal en vastos territorios. Pronto los pontifices imi­
taron a los reyes contemporáneos suyos, incluso en considerar
el .papa se conv!erte cl!da v� m�s _en _ príncip� y monarCll
su dominio mucho menos como patrimonio de San Pedro que
t�tp.RQr_al tambié_!l. En e fecto, J!.l!-�a � ltl.s otras. poteii.Ci:iS- Ci't'ó-"
_

!kas como soberan_o italiano, subordinando normalmente las que como bien patrimonial suyo propio. En los aspectos más esen­
ciales, el estado de la Iglesia se convierte, pues, en un orga·
podrían ser las exigencias de la Iglesia a la afirmación de su nismo moderno, en el mismo sentido en que esto se afirma
propio poder secular, familiar y personal. .;Eqv.ía nuncios o
de �?tras varias monarquías occidentales de este periodo . Aun­
!e_gad?_s_ .. q!,!e de!ia.r.rollan una acción más bien poÜtica, peró que totalmente entregados a sus ocupaciones políticas, finan·
que, en general, obtieiien resultados puramente epidérmicos
en el plano religioso y disciplinario: desde Nicolás de Cusa deras y estéticas de soberanos, los vicarios de Cristo no des­
en Ale�ania a Giovanni da Capistrano en Europa Central cuidaron tampoco las artes de la guerra --o por delegación,
Y a Ptetro del Monte en Francia. Entre estos mensajeros
como Alejandro VI (1492-1503), o directamente, como Julio II
suyos, como entre sus otros ,p:�inistros y representantes, son (1503-1513)--, para incrementar cada vez más su potencia.
�ad� vez más nut_Derosos los ilalianos, y predominantemente Pero no era necesario que un papa se puSiese a la cabeza
Jtalianos son tamb1én los papas, deSpués de Calixto III. de sus propias tropas y capitanease, armado, los asaltos para
El poder monárquico de la corte romana es, evidentemente, comprobar que el poder pontificio había sabido convertirse,
de �n carácter un tanto smgular _ . .N-2 se_tra_ mfl!Ít� de padre gracias al_aban4Qp,o por _ _parte_ de_ sus jefes de las Ila�a_das
-
a h1¡o, pero s e acumula en los miembros de la familia -sobi-e funciones espirituales, en el más prestigioso prinCipado de Ita­
todo en los sobrinos--, cuyo jefe es elevado al solio de Pedro -lia (dr. caP. -z,l)· : ·
Esta tendencia es evidente a partir del pontificado de Ca li x: Aunque esta transformación del gobierno eclesiástico se des­
to III, de modo que en un período de no muchos decenios arrolló a un ritmo bastante rápido, es innegable que la sociedad
se suceden en la m:bima jerarquía, por dos veces, los miembros occidental, fundamentalmente, más que adaptarse a ella la pro­
del mismo grupo familiar: BorW_.._ �,?ella Rovere Piccolomini mueve, y más que sufril::la la sostiene con su m�lVimiento
y J#diQ.; en seguida vendrán'ToS Farnese" Y loS Cir:da. La estruc­ general. En estos decenios, la religión está cambiando fimdo·
tura oligárquica del gobierno de la Iglesia en este período corres­ ties y valores, aunque esro sólo aparece claro hacia mediados
ponde bien a la fa5e político-social de la gestión del poder en del siglo XVI. La Iglesia cristiana romo..realldad_orgán.ica wlec·
Italia, el país en que, precisamente, tampoco se consolida _
ti�..s� - ú_J!!� ...x..Yi.Y!..COJl!tl!l�-�Wk�gá _v�ie�do
una autoridad central o nacional y donde la familia continúa a menos, desgastada_. �te tP!io, por el inexorable desarrollo
represe�tando la a_rti'?laci6n madre de las fortunas poflticas, de la Europa OcO:dentai. El único pOdei' cM que· Cabría esperar
econom1c , as y eclesiásticas todavía por mucho tiempo. El paso Una· tesistencia:-era el Que se declaraba universal y, al mismo
del �ntific�do_ de una familia a otra no origín6, por lo demás, tiempo, religioso: E!_ papado. Pero éste se encuadro
. tan per­
una discontmmdad . mayor de la que, por ejemplo, puede obser­ fectamente en el proceso"-evolutivo de fa. Sociedad eurOPea
va�5e en Francia en el mismo período. Los objetivos y los que abandonó sin vacilar las preocupaciones que muchos cOn­
metodos papal¡_:s de golüern.Q siguen siendo, fundamentalmente· sideraban aún como suyas: en primer lugar, la reforma de la
los mismos: constitución de un verdadero estado pontificio' Iglesia, es decir, d restablecimiento de la disciplina monástica,
organización de una sólida economía, decidida intervenci6� la represión de los abusos del culto, d saneamiento de las
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costumbres del clero y, en especial, la vuelta de éste a su estructura monárquica su poder, para constituirse sobre una
misión espiritual y evangélica. Durante cerca de un siglo las sólida base territorial en Italia y para consolidar su potencia
estructuras eclesjásticas, y especialmente sus cabezas más altas, financiera. Esto les permitió más fácilmente el volver a ser
descuidaron mucho tales tareas. El clero, y sobre todo la jerar­ centro y guía de una organización eclesiástica restaurada, extre­
quía, -��icªQq� de_sde _ hacia fll mucho tiempo a las funciones madamente caracterizada en el plano político y social, reaccio­
exteri.otes y administrativas de su ministerio, prosiguierof!.__ y naria y asfixiante en el cultural y espiritual, pero duradera Y
_desarrollaron esta tendencia. Sólo que de 1a incertidunlbre y poderosa.
del marasmo general que habían caracterizado la sociedad laica Sin duda puede decirse objetivamente que la Iglesia medieval
dutante los siglos XIV y XV estaba surgiendo una nueva orga­ languidece en casi todos !Oil secto.tes entre los siglos XV y XVI,
nización que se consolidaba, indudablemente, con menoscabo de y en algunos incluso agoniza. Es casi innecesario hablar de la
la sociedad eclesiástica. Esta última, por consiguiente, no tar­ decadencia --económica, desde luego, pero, sobre todo, disci­
daría en conocer también una fuerte crisis de adapta�. Sín­ plinaria- de los conventos, de la ausencia de intereses espi­
tomas y signos de ella eran la ya íriiciidil. dís�_g_aci41_:l _#�tiy! rituales predominantes en gran parte de los que ingresan en
de.la__ uniyeys_alid.ad cristiana de Occidente, la desarticulación ellos y que, por eso, están muy lejos de corisiderarlos como
interna del deto_ y el detedoto d�s-funciOnes colectivas. claustros sagrados. La antigua competencia entre miembros de
las órdenes mendicantes de un lado, y curas y párrocos de
otro, no sólo no disminuye, sino que se hace más aguda a
Il. LOS MALES DE LA VIEJA IGLESIA causa del derecho concedido a los primeros por Sixto IV de
explicar por todas partes las funciones sacerdotales, asi como
Puntos de vista teológico-dogmáticos o moralistas han heeho pox la bula Dum fructus uberes que en 1478 autoriza a los
considerar la conducta del papado de la segunda mitad del seguidores del Pobrecito de Asfs a aceptar los legados testa­
siglo xv y de la primera del xvr como contraria a los intereses mentarios. Oportunamente exhortados por una hábil predica­
de la Iglesia. Tales perspectivas presuponen un modelo ideal de ción, y víctimas de l11 óptica purgatoria! (cfr. cap. 3, V), los
la Iglesia misma. Sin duda, lo menos que puede decirse es fieles continúan, hasta mediados del siglo XVI aproximadamente,
que en este periodo los jefes de la cristiandad en general entregando a los eclesiásticos, a la hora de la muerte, una
dedican a los valores y a las creencias tradicionales menor importante porción de sus haciendas, en expiación de los
atención que sus predecesores, viven de un modo nada evan­ pecados cometidos durante sus vidas. Sin embargo, los párrocos,
gélico y usan, a diestro y siniestro, de sus poderes, violentando en más de _ una región, para garantizarse una segura subsis­
el dogma y la misma moral eclesiástica. A pesar de todo, tales tencia material, establecen con sus feligreses auténticas tarifas,
puntos de vista son admisibles sólo a condiCión de presuponer en las que a veces se halla comprendida incluso la confesíón
el cristianismo uno y eterno, fruto de una verdad definitiva e auricular. Sin hablar de los numerosos falsos clérigos, a me­
inmutable. La Iglesia del siglo xv, en cambio, no es la de los �udo vagabundos, que ejercen la actividad SIICC'rdotal, recuér­
siglos precedentes, y continúa evolucionando, orientándose más dese que el proletariado de los curas y capellanes, especialmente
bien, hacia llll8, radical transformación. Ella sigue --con men­ en Alemania, se dedica a oficios complementarios o a la simo­
gua, sin duda, de algunos valores definidos como «religiosos­ nía declarada. Por otra pru:te, así como sólo aquellos que
el proceso general de la sociedad de Occidente en que está tratan de obtener verdaderos beneficios se preocupan de alean.
enmarcada, lo experimenta profundamente y también contribuye zar en las Universidades los grados necesarios, en el más bajo
a él. ¿Se pretenderá que la Iglesia pudo resistir o prescindir clero es frecuentfsima la ignot'áncia teológica y litúrgica. Por
de aquel proceso o tal vez que debió «reformarse»? Esto último, en este periodo, y como lo prueba indiscutiblemente
sería una ilícita actitud de censura que nos llevaría a olvidar la más variada documentación, !!!- e�tj�e_ la costumbre del
que la Iglesia estuvo también compuesta y alimentada por concubinato de los sacerdotes. Bajo Inoceocio Vlll (1484-1492),
hombres, intereses y pasiones exclusivamente terrenales. Pién­ �Pi:'ilner papa que ñOiit:o-a· sus propios hijos a los ojos de
sese lo que se quiera de los papas o de la Curia romana como todos, se difunden ampliamente bulas falsas que autorizan las
ministros de Cristo; como hombres no parecen mucho más relaciones más intimas de los sacerdotes con el otro sexo.
merecedores de censura que los príncipes contemporáneos y A pesar de las condenas oficiales, aquellas uniones, numerosf­
sus cortes; En realidad fueron sagaces para elevar 11 efectiva simas en toda la cristiandad, eran admitidas por la opinión

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p�blica. De este modo, y debido también al digno comporta­ no conocen el ladn, otros que durante decenios no celebran
miento de muchos eclesiásticos con su mujer y sus hijos se misa, e incluso quienes, por el hecho de presentarse en hábitos
preparaba una de las principales innovaciones de la refo'rma episcopales a una Dieta, escandalizan a sus colegas, que se vis­
protestante. ten laicamente y llevan más a menudo la espada que el báculo.
A ciertos signos de decadencia de la propiedad eclesiástica Los obispos franceses, por su parte, suelen ser, sobre todo,
como la renta fija percibida en una moneda que iba desvalori: fieles burócratas del rey; cambian de sede, es decir, de título
zándose J?rogresivam�te, pueden oponerse otros. Por ejemplo, de renta, con extremada facilidad y residen casi siempre en la
la extensJón de los rttos y de las intervenciones remuneradas corte. ¿Y qué decir de los españoles de la época de Fernando
por los fieles, as! como la afirmación de la heredabilidad de de Castilla (1479-1516)? En suma, es válida para casi toda la
los beneficio� y de su creciente acumulación. El propio papa Europa occidental' la descripción que nos da Juan Butzbach
llega a sano�ar, con la llamada .-dispensa», el disfrute, por de los prelados inflados de orgullo, vestidos de fino pafio in­
par�e de la mtsma persona, de tres o cuatro beneficios perte­ glés, con los dedos cargados de preciosos anillos, pavoneándose
nect7"tes a la categoría de los incompatibles. Adenllls hay dife­ en lujosas cabalgaduras y con un numeroso séquito de domés­
renctas de un pa1s a otro, y si en Italia es plausible hablar ticos con vistosas libreas. «Construyen espléndidas mansiones,
de regresión económica del clero entre los siglos xv y XVI no en las que, en medio de suntuosos festines, se entregan a las
lo es tanto en Alemania, A comiell%0s del XVI no sólo :m os orgías. Los bienes de los piadosos donantes son derrochados
en baños, en caballos, en perros, en halcones adiestrados para
cincuenta obispos y unos cuarenta abades ejen:en un dominio
temporal en el imperio, sino que los dominios de los episco­ ls caza.» Pero, ¿no era licito superar la indignación y llegar a
pados Y de las abadías alemanas representan entonces una ter­ verdaderas comprobaciones? Reprochable desde el punto de visra
cera parte del territorio. En este problema interviene también cristiano, si se quiere, y reaccionaria en el plano social, la
un elemento ulterior de gran importancia, es decir, el carácter conducta de aquellos prelados era uno de los signos de aquello
cada vet más aristocrático de la jerarquía. Al igual que los en que la Iglesia iba convirtiéndose cada vez más claramente
representantes del poder laico con sus cargos, los detentadores y, en cierto modo, de lo que quería ser. «Sólo una cosa hay
de grandes beneficios intentan y logran cada vez más mantener en este nuestro tiempo que mucho nos deleita -dice Savo·
en el ámbito de sus familias las prebendas y los cargos más narola a los florentinos en 1493-. Que todo él está adornado
ricos. Hay, además, el aspecto moral de este deseo eclesiástico y lleno de oropeles. Así, nuestra Iglesia tiene muchas bellas
de lucro que hEICe escribir a Giovan Battista Spagnuoli (Man­ ceremonias externas para dar solemnidad a los oficios eclesiás­
tuanus; m. U16): cvenalia nobis templa, sacerdotes, altaria, ticos, con bellas vestiduras, con muchos estandartes, con can­
sacra, coronae, ignes, hura, preces, coelum est venale Deus­ delabros de oro y de plata, con tantos bellos cálices que es
que». Pero no es menos importante el aspecto social de la una majestad. Tú ves alli a aquellos grandes prelados con
a?ropiación de bienes relacionados con las dignidades eclesiás­ aquellas hermosas mitras de oro y de gemas preciosas en la
tt;as. El fenómeno es mucho más agudo en Alemania que en cabeza, con báculos de plata; tú les ves con sus bellas casullas
runguna otra parte, pues alli los sitiales capitulares se 1tal.lan y pluviales de brocado en el altar, con tantas bellas ceremonias,
casi reservados a los nobles. Contra la ocupación masiva de las con tantos órganos y cantores que te quedas estupefacto. Y esos
cátedras episcopales alemanas por parte de los arist6cratas se hombres te parecen de gran _prudencia y santidad. Y no crees
� evan � Tomás Murner (m. 1537), que considera que aquella que puedan equivocarse, sino que todo lo que dicen y hacen
mvas16n de la nobleza en la jerarquía es la causa principal debe observarse como el evangelio. He aquí cómo está hecha
de los males de la Iglesia. Y Juan Geiler de Kaysersberg la Iglesia moderna. Los hombres se contentan con estas hoja­
_
(m. 1510) califica de locura el preferir para el gobierno de los rascas y se regocijan con estas ceremonias, y dicen que la
fieles a quien es de nacimiento ilustre, en perjuicio de quien Iglesia de Cristo nunca estuvo tan floreciente y que el culto
es, �encillam�te, honesto y cuerdo. Sobre. el. fonci� de la ya r divino nunca fue tan bien practicado como ahora. Como dijo,
próxuna rebelión protes_tan!e, pueden descubrirse .también con- ( una vez, un gran prelado: que la Iglesia nunca estuvo tan
flictos . � 6micos � el seno de la gran masa del clero. ·-·-t rodeada de honores y que los prelados nunca tuvieron tanta
Sin embargo, acaso no ···haya· qUe insistir · den:lasiado sobre reputación, y que los primeros prelados eran obispillos respec­
las ���.b.n;.u;!�_Jgs> .9bi�os s.J,emanes de.Ja .S$&!l!lda mitad to a estos nuestros de hoy.» La conciencia del apartamiento
j.lel sislo. XV y de. la primera dd. XYI. Entre ellos los hay- qUé de la humildad originaria era, pues, ya clara para todos, pero,

206 207
siglo x v y las más decididas formas del XVI. Aunque puede
según los lugares, era más fuerte el partido de los que no parecer obvio el recordarlo, es innegable que, en realidad, las
quedan volver en absoluto a los orígenes y preferían, induda­ creen�ias cristianas no agotaron su función en el seno de la
blemente, wnsolidar su presente éxito en la sociedad. civilización occidental ni antes de la aparición del protestan­
De un modo análogo era diferente, pero también cada vez tismo, ni después de su consolidación. En efecto, no la han
más clara en Europa, la aversión de los laicos hacia los «le· agotado ni siquiera hoy. Sin embargo, no es menos evidente
siásticos _l�.!Jes o hacia el. .POder. .centra! �oJp._�I1Q. Menos fuerte que la organización eclesiástica ya no es en Europa una realidad
que en otras -Pái:te� Cn España, era ya muy acusada en Italia, compacta a partir de mediados del siglo XVI, y que su profunda
donde adoptaba, sobre todo, las fonnas de burla desencantada escisión interna guarda un paralelismo con una formación polf.
o de crítica abierta, comúnmente verbal, unida por lo general tka, económica y social que enfrentará entre sí a los países
a un distanciado sentido de tolerancia. Mientras en las socie­ de Occidente, al menos hasta l a segunda mitad dd siglo XVII.
dades francesa y alemana la decadencia del clero daba lugar Sin investigar qué contribución cultural aponó cada sector de
a una mezcla de preocupación sincera y de ya seria rebelión, la cristiandad después de 1560 y qué funciones desempeñó
en Inglaterra se observaba, desde hada tiempo, una actitud cada uno, lo cierto es que antes de tal fecha, y más concre­
más madura. Ya con anterioridad, la conciencia civil había tamente antes de 1530 (Confes:rio tlugustana), las creencias se
surgido en este país con mayor firmeza que en otras partes desplazaron y se desarticularon, pero no se separaron de un
d e Occidente; allí estaba también más vivo en los laicos modo profundo ni se contrapusieron abiertamente. Por ello,
el sentido de la propia dignidad frente a los eclesiásticos. La asegurar que no hay solución de continuidad entre el cato­
figura y la obra de Wydif habían resumido una situación licimto preluterano o pretridentino y el posterior es, en parte,
moral e intelectual muy evolucionada desde la segunda mitad equívoco --aun cuando no sea, como también ocurre, tenden­
del siglo XIV. Aunque la acción promovida por este teólogo ciosa- y, en parte, vano. Puesto que desQe hacía siglos, y cada
no había desembocado en una vasta transfonnación de la Igle­ vez má:i en el curso del xv, se hablaba y se intentaba «refor­
sia inglesa, y aunque los lolardos no habían logrado consti­ mar» la Iglesia, es natural que se encuentre una continuidad
tuirse en influyentes comunidades en el curso del siglo_ xy� entre cuanto se pensó hacer o se hizo ántes y cuanto se
el laicado británico se había consolidado la intolerancia fre!!_te tleg6 a concretar después. Pero el conjunto ·de los conatos
a las pretensiories económicas y jurisdiccionales del clero. El eclesiásticos a.,�teriores a Lutero pertenecen a la vasta re�dad
sentimiento de separación social entre los fieles y sus pastores.... i-digiosa y social del siglo xv, que comprende tanto las dis,
creada por la i:l.ecldlda implantación terrenal del orl;¡anismo "tintas tentativas de enderezamiento diSciplinario como las ten­
eclesiástico, continuaba alimentando en toda Europa una hosti­ dencias y los repliegues de la sensibilidad colectiva, la exigencia
lidad que revesda las más diversas formas, que pronto sería ampliamente difundida e insatisfecha de un replanteamiento
una de las dimensiones en que la reforma protestante se haría iie la espiritualidad o de la reoigilliizaciOn del clero. Esta vasta
realidad. Este divorcio entre la sociedad laica Y la clerical era realidad, profundamente laboriosa en su ·interior, representa, en
más sensible en Inglaterra que en los otros estados cristianos: el curso del siglo XV, un magma confuso, a veces paralizante
no perjudicaba tanto el patrimonio de las creencias' com? su y, de todos modos, sUt una salida clara. Es demasiado fácil
aspecto externo, pero podía llegar a ser una razón suficiente encontrar a posteriori los antecedentes de este o aquel fenó­
para una. distanciadón del ordenamiento romano y de las prác, meno, e igualmente fácil formular más de un juicio imprudente
ticas o instituciones más ligadas con él. y desconsiderado. Así, es evidente que de la realidad edesiás­
!_ico-político-social del siglo xv brotó ..en el siglo siguiente la
tC-cifgan.ización católica, pero ·también el replanteamiento pro­
III. LA PltERREFORWA
testante.
-'Además, si se atiende a los antecedentes inm«diatos en cuanto
Algunos de los· que más de cerca han analizado la reorgani­ tales -tanto a los que se considera que preludian el catolicismo
�ción eclesiástica que se impuso en los países no protestantes ttidentino como a los que se cree que anuncian las posiciones
desde mediados del siglo XVI en adelante han sostenido que protestantes-, se observa una notabilísima desproporción entre
las avanzadas de tal movimiento se remontaban a antes de sus entidades y lo que sucedió en Europa después de 1525-
la rebelión luterana, y han inferido que, por consiguiente, no 1530, aproximadamente. En lo que se refiere más especial-
bahía solución de continuidad entre los primeros síntomas del
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''"
mente a las creencias cristianas tradicionales, pueden obser­ vitalidad muy particular en un país en que durante mochos
varse también, como ya se ha dicho, situaciones nuevas y siglos se hab1a luchado, al mismo tiempo, contra la dominación
fuerzas en formación; pero hasta el primer tercio del siglo XVI árabe y contra la fe islámica.. Precisamente, al considerar estas
la alta jerarquía eclesiástica, y el papado sobre todo, se man­ circunstancias, parece poco justificado situar el fortalecimiento
tienen ajenos en gran parte a las tendencias que podrían nacional de la Iglesia hispana en el mismo plano de los intentos
llamarse de «reforma», comparten sus exigencias s61o esporá­ de «reforma» del resto del Occidente. España prosigue la tra·
dicamente y se entregan casi por completo a otras funciones ycctoria de su desarrollo espiritual y social de �n modo autó­
que sumariamente acabamos de describir. Los, .in�tos refor­ nomo, sin notables intervenciones conciliares ni papales. Si en
mistas, pues, no s6lo carecen de coordin_a_dón, sino que apa-re. el curso del siglo XVI toma parte en las luchas religiosas del
cen como- suiiiO:Sidos en: el coñjunto "de! la vida de l a IglesU resto de Europa lo hace, ante todo, por razones de hegemonía
por fenómenOS muy diVersOs. Adeinií:s,- -�º-� -_ii.�- D.�t;}raiez� __!!In polftico-económica, como bien lo prueba la lucha secular que
diferentes que no constituyen en abs9luto un _modo espitítuiil­ la coalición hispanÓ-habsbúrgica mantendrá contra las potencias
méiite- i.:óhetl!"nté· Y ·orgánico, y tampoco !;_uponen, ni mUClio protestantes desde mediados del siglo XVI en adelante. A partir
menos, un serio contrapeso a la desarticuladón ·y a la disa!:e­ de ese momento, la SJlstandal convergencia de los intereses
gación religiosa de este-per100Q, -hecha excepción de Españ'a. pontificios con los españoles hará que el papado y -la monarquía
Es preciso subrayar también, a este propósito, los inconvenien­ «católica» por antonomasia estrechen una tácita pero muy só­
te� de la óptica de los estudios excesivamente especializados lida alianza para el triunfo común en Occidente. Por el mismo
y la necesidad de no considerar ni el protestantismO ni el conjunto de motivos, la Iglesia se servirá cada vez más de la
catolicismo tridentino como realidades únicamente o predomi­ aportación de la es irifua.hdíld y ae las en"erSras hispánicas
nantemente eclesiásticas, susceptibles de ser comprendidas con para r rganizarse, para me¡ erse al protestantismo y para
la casi exclusiva ayuda de factores «religiosos». recon(Jillstal muchas &! -as- �_slah�I:_"�didas. La consolida­
Aunque las tentativas de la Iglesia del siglo xv no habrían clón�¡¿¡¡rtC de-_=F�a que permaneció citólica, de la
conducido nunca por si solas a una reorganización de tipo dissfulina fé�, de 1�����i:xtei-10f ·Y Oe"la mística espa­
tridentino, pueden mencionarse algunas de ellas para confirmar ñolas constituye un Tenóñleno ñe, lJi'imer orden en el que el
este aserto. Por ejemplo, el cardenal Nicolás de Cusa es, sin dinamSmi O"aii----raicteeneíaSse ·mezclii· cori- el �lítico-monárquico
y es-una de_son:rmyorerdilnemlones.

duda, un obispo reformador; pero, como es bien sabido, su


obra de diez años en la diócesis de Bressanone sufrió una � la :fisoncirilia del c&.tolidsmo hispánico lo anuncian,
serie de descalabros, y a pesar de su energía no logró impo­ en igual medida, la instauración de la Inquisición y el robws­
ner, como deseaba, la disciplina ni siquiera en los monaste­ tecimiento de las estructuras eclesiásticas en España bajo el
rios; al contrario, tuvo que acabar abandonando la empresa, y impulso del cardenal Jiménez de Cisneros, en cuya obra, por
murió lejos de la grey que le había sido confiada. Hombre no otra parte, conBuyen múltiples corrientes de la religiosidad
menos decidido a reimplantar la antigua disciplina entre los española. Vengadora de la fe cristiana, mucho más encarnizada,
cluniacenses, el abad Jean de Bourbon, también por las fuertes agresiva e intransigente que la misma Curia, la monuquía de
resistencias que se le opusieron no llegó a resultados más posi­ Aragón y de Castilla hizo de la religión, por una parte, un
tivos, a pesar de una a<:dón que duró <:asi treinta años (1456- formidable medio de autoritario centralismo y, por otra, estimu­
1483) y de su no menos preeminente posición eclesiástica. Ya ló en su seno tendencia5 análogas, gracias a las especiales
hemos aludido al fracaso del legado pontificio Giovanni de condiciones de desarrollo que les ofreció. En el curso del si­
Capistrano (m. 1456), que creyó imponerse en Bohemia Y en glo XV, el cristianismo hispánico se impregna también de ele­
los países limítrofes con los teatrales métodos de predkación mentos europeos, italianos y flamencos sobre todo. En efecto, es
y con el autoritarismo exterior y paternalista empleados en notable la influencia que en él ejerce la obra de Savonarola,
Italia. El únko alto prelado que verdaderamente <:onsolida el y quizá más aún la de la Devotio moderna. Pero se advierte
dominio del <:ristianismo en la sociedad del siglo xv, el cardenal ya, el brote de un espíritu de expansión misionera, claramente
Jiménez de Cisneros (1436-1517}, actúa en el únko pafs de más .acentuado que en Jos otros países de Occidente. En él se
Occidente en que la fe, prácticamente, se ha convertido ya encuentra también una decidida utilización de los medios téc·
en religión de Estado: España. nicos y culturnles más modernos -como la imprenta y la fiJo.
Ciertamente, no es casual que el catolicismo tuviese una logia humanística- para una más rigurosa afirmación de la

210 211
f<:. Todo se pone al servido de una observancia estricta, intensa severidad e inculcar cada vez más las prácticas exteriores. Los
y controlada de los deberes eclesiásticos por parte del clero, eclesiásticos más activos y mis notables en este plano, en los
como de los pre<:eptos litúrgicos por parte de los fieles. Es siglos xv y XVI, intentan plasmar un presente y un fututo
el mi5tno hombre, Jiménez de Cisneros, quien verifica la fre. sobre el molde del pasado, pero insisten mucho más en las
cuencia de los sacramentos, haciendo el censo de los que en ..reglas» medievales que en las enseñanzas de la edad evan­
Toledo se abstuvieron de la comunión pascual en 1503, Y el gélica. Hombres como Jan Monbaer (m. UOl) -que articula
que, algunos años antes {1499), había hecho baut�ar en masa mecánicamente la mfstica de Windesheim- y Jan Standonck
a cuatro mil musulmanes, había confiscado los libros árabes (m. 1504), el austerísimo jefe de la congregación de Montaigu,
y quemado una parte de ellos. Es él quien, ya a finales d�l propugnan, desde luego, además de una mayor seriedad de
siglo xv, promueve sínodos para imponer a los curas la res!· costumbres en el clero, una espiritualidad personal y una ins­

dencia, la instrucción necesaria para la ptedica 6n, el catecismo trucción s61ida, pero sus métodos no se adaptan bien a la
a los niños, por un lado, y por otro, ep los mtsmos afios Y en nueva sociedad o, por lo menos, a la parte más evolucionada
los inmediatamente siguientes funda la Universidad de Alcalá de ella.
de Henares (dudad de su propiedad personal como arzo ispo �
de Toledo). Esta institución agravaba la tradici6n medieval
con su finalidad rígidamente pedag6gico-dogmática. La facultad IV. LA SENSllllLIDAD POPULAR
de derecho no formaba ya parte de ella., y la facultad de las
..artes• estaba considerada como propedéutica para los estudios Totalmente atento el papado a la consolidación de su domi­
teológicos· se trataba en fin, de un conjunto de enseñaru:as nio temporal, asf como al de su propia autoridad jerárquica,
dominada� por la teoÍogfa en el que el derecho can6nico figu­ entregada la parte más vigilante del clero a la reorganización
raba como ciencia eclesiástica. Además, Cimeros no se mostró del clero mismo, la influencia de los eclesi,ásticos sobre los
excesivamente adicto a la escolástica. Admitió que sus tres li.eles disminuye eñ �Ste· p:et(ódo. Thf ¡)ilstt res que permanecen
mayores tendencias -tomismo, escotismo y nominalismo-.-:- es­ más próximos a su grey se ocupan muy poco de cultivar su
tuviesen allf simultáneamente representadas, pero promovió el espfritu y se dedican a plasmar y a mantener su práctica cris·
retomo a los grandes maestros de la patristica. Por último, in­ tiana. Pero ésta prescinde ya cada vez menos de una sensibi·
trodujo el estudio del griego y del hebreo. Entre 1514 Y 1517 lidad emotiva y vulgar. Simult:ineamente, la élite laica desll!ro.
salia la Biblia Polfglota Complutense, en la que los r��s !la de un modo decisivo su propia conciencia critica respecto
filológicos encontrados por el humanismo se ponían al SetVICIO a la - I8Iesia y también a la religión que ésta representa, y
y se subordinaban a la más adecuada puesta a punto de los comienza a pércibit un sentido nueyo, predomin��e�e!lte ético­
libros sagrados y del dogma cristiano. .
indiVidU�l; de la relis!�sidad._Esto origina un divorcio acentuado
Frente a estas realizaciones prácticas de la Iglesia espafiola, entre las mWtituacs;. _de Una parte, y -aunque desde posiciones
verdadero modelo y preanuncio de la reorganizad� �riden­ distintas y bien diferenciadas entre sí- varias élites eclesí:is­
rina lo que se intenta hacer en el resto de la criStiandad ticas y burgueSas, de otra. En efecto, no puede negarse que la
occidental por la reforma no puede menos de parecer esporádico piedad cristiana permanece vivísíma en las masas, pero aparece
y poco consistente. Es cierto que hay órdenes religiosas que a menudo canalizada en sus peores tendencias por un clero
tratan de restablecer su vieja disciplina, como la de los agus­ que saca provecho de las mismas y que no sabe reaccionar
tinos' de la que saldrá Lutero, y la de los dominicos, sobre ante ellas.
todo holandeses. Surgen también órdenes nuevas, especialmente El vasto campo de la piedad popular del siglo xv se halla
femeninas: las hermanas hospitalarias de la orden tel'Cera fran­ muy lejos de estar suficientemente explorado, y por ello nos
ciscana las carmelitas, las hermanas de la Anunciación. La vemos obligados a subrayar fenómenos en apariencia bien cono·
g
congre ación de Windesheim y la Devotio moderna siguen ac· ciclos, en espera de un análisis sistemático y coherente. Por
tuando en la zona del Rhin (cf. cap. 3, VII); cofradías corno ejemplo, ¿c6mo no hablar de las indulgencias? Y, desde luego,
la del Divino amare surgen en Italia, donde también se efectúa no sólo y no tanto para evocar la explotación de los fieles por
algún intento parcial de ..reforma» humanística. Lo nuevo Y parte dd clero que ellas representan, sino. por el conjunto
lo viejo se entrecruzan en orden muy disperso; la tendencia colectivo de actitudes mentales y de costumbres que induda­
más fuerte es la rigorist!l; · que pretende restaurar la antigua bltmente acompaña a su práctica, asi como por sus reflejos

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popular, e incluso como tema de encarnizadas disputas teológicas
económicos. En este mundo ccristiano» de Jos siglos xv y XVI de amplia resonancia.
la indulgencia sirve no sólo para estimular la construcción Así es la que se enciende en torno a la veneración de las
de la nueva basflica de San Pedro, en Roma, sino también para reliquias de la sangre de Cristo. Jesús, en la última fase de su
levantar diques contra la EUnenaza del mar. La indulg_epqa es pasión, perdió sangre, y desde hada siglos venia admitiéndose
�;�na verdadera forma de la piedad co!ectiva;·· un Óiodo seguro comúnmente que alguien hubiese recogido y conservado una
de captar la adhesión de los fieles, un iñ:strumento casi inago­ parte de ella. Pero ¿eran verdaderamente divinos aquellos resi­
table para seducir la emotividad de las masas, convencidas de duos? En efecto, eran divinos para el creyente los miembros en
que gracias a ellas alivian no sólo el peso de sus pecados, que había encarnado el Verbo, pero ¿seguían siéndolo las
sino tEUnbién el de los muertos, a los que se supone expián­ partes que, como aquella sangre, se habían separado de su
dolos en el purgatorio. Vieja práctica, desde luego, pero pro­ cuerpo? Por último, al resucitar, ¿no había recobrado el Re­
gresivamente incrementada y extendida ahora, como por irra­ dentor, en su integridad, todos sus elementos corporales? Do·
diación, desde Roma y desde cada centro diocesano; forma de minicos y franciscanos, no menos por consideraciones filos6-
devoción de múltiples aspectos en la que la intención moral ficas que por antagonismo monástico, discutieron públicamente
no se separa del provecho económico de unos poco¡¡ y de la la cuestión. No faltó quien, desde mediados del siglo xv, con­
credulidad de la multitud. Observaciones análogas valen para denase desde la cátedra episcopal la veneración de semejantes
reliquias. La facultad teológica de París tomó posición en favor
las peregrinaciones y los jubileos. Hay que advertir, por otra
de su culto, y lo mismo hizo, poco después, Nicolás V, a quien
parte, que de estos años (1476} precisamente es la bula papal
se habían dirigido los adversarios. Pero el pontífice resolvía el
que sanciona la «legitimidad» de aplicar la indulgencia a las
problema, salomónicamente, al no decidir sobre la pertenencia
almas de los difuntos per modum suffragii, y que mereció el
al cuerpo de Cristo de la sangre existente y declarando que
consenso de la mayor parte de los teólogos. Además de las
se trataba, en cambio, de la que había brotado, muchos siglos
gr:andes afluencias de los peregrinos a Roma, y de los continuos
después de su muerte, de la herida infligida a una imagen suy�.
viajes a Tierra Santa, no hay santuario o reliquia que no cons.
El lfquido podía ser venerado por los fieles, a causa de su on­
tituya, por lo menos, una meta regional y periódica para el
gen milagroso.
desplazamiento de los fieles.
Otra gran cuestión sobre la que se enfrentaron franciscanos
Rat.lls veces se ha visto la espiritualidad occidental tan difu­ �-�<;_!!.,_�.
y dominicos fue la de !! _concepción inm.�tcu
samente mezclada de seriedad y pintoresquismo, de pa_s}ón.Y ·-d�
Los segundos llegaron inclúSo--a sunular' en los primeros años
artificio, de rigor y de ligereza. Y, ciertamente, no es éste el
del siglo XVI, apariciones para revelar que María había sido
últi;no -de los motivos qúehan conducido, de un modo más
realmente concebida en estado de pecado original. La mayor
natural de Jo que en ocasiones parece, a una fisonomia religiosa
parte de la cristiandad, sin embargo, era favorable a la creencia
nueva, por lo menos, más clara y ordenada. La religión de estt
defendida por los franciscanos, más inclinados que sus adver­
época es verdaderamente un magma caótico, sobre to4o si se sarios teológicos a las flojedades y a los gustos de la piedad
recuetda _ �e constituye todavía la trama y la estructura d�� popular. Por otra pane, casi no hay que advertir que la de­
civi.l.i2ación de Occidente. Además de ·las peregrlnacionéS, hay voción mariana alcanza altísimas cimas a lo largo del siglo XV.
otras numerosas formas -de reunión, de carácter sacro, profano La figura de aquella mujer investida de funciones celestiales
o mixto, sin contar las habituales e imprescindibles ceremonias despierta la más amplia emotividad. _María entra, con grado_.asi
litúrgicas. Hay las representaciones sacras y los «misterios», los
.ii!l;tl, en el círculo divino de_ la trinjd!J._d_<:rillian.!r y representa
carnavales que 5e afirman precisamente ahora con éxito ere· en ella d polo complf:mentario de Cristo, permitiendo a la sensi­
dente, las campañas oratorias de los grandes predicadores, las bilidad volcar sus efusiones en un plano inmediato para su acce­
reliquias. La función de estas últimas es un ulterior y demos­ sible y antropomórfica humanidad. Asf, por ejemplo..d��-Yjr_aen_
trativo ejemplo de las muchas facetas de los fenómenos �reli· se venera todo desde la leche a los cabellos Y al manto protector,
giosos»; sirve de pretexto para fines y programas polf.ticos (es
d caso de Tomás Paleólogo, que, para animar a Pío JI todavía
�Í
qiif I a cada vez más benévolamente, según las exigen­
cias de los fieles. En torno a 1470-1475 nace el culto a la Vir­
más a la cruzada antiturca, le lleva a Roma una cabeza venerada gen de Loreto y se fundan las primeras cofradías del Rosario.
como de San Andrés y un brazo considerado como de San Juan Por otra parte, en estos decenios se evoca, de un modo total·
Bautista), de mágico y casi totémico incentivo de la piedad
215
214
mente realista además de patético, la pasión de Cristo (la prác­ si�, repudiaban su ordenamiento jerárquico, y, con más razón
tica del VÚl crucis se desarrolla, precisamente, a partir del final �
aun, rec azaban las indulgendas y el culto de los santos el
del siglo xv). ¿Cómo no advertir, en la cruda contraposición PurgatOtiO Y las peregrinaciones. Pero aquellos fieles, que �on­
entre la mansedumbre de Cristo y de sus seguidores y la fe­ si_ deraban que no tenían necesidad de una iglesia construida de
rocidad de sus verdugos o perseguidores, una necesidad popular _
Piedras para rezar, se encontraron en muy mala posición por
de expresar el aborrecimiento de las injusticias terrenas y de la su aver�10n _ a la
�erra � a la misma cruzada. Tras una pausa
dura conculcación de la más humilde humanidad? d; relatJVa tranqmhdad disfrutada durante el reinado de Luis XI,
A finales del siglo xv el cristianismo, aunque profundamente Vieron desatarse contra ellos una de las cruzadas que en vano
transformado respecto al de los siglos precedentes, es aún la �
habían s do p�dicadas contra los turcos. Hacia 1487-1488 gran­
única armazón espiritual y mental de Europa. En su interior"" des. contmgenc1as de hombres armados -provistos con antici­
se agitan fuerzas divergentes, tendencias contradictorias, pero_ .
pación como cualqmera que prestase su ayuda de indulgencia
?
ninguna de ellas prescinde de él, ni pretende prescindir de un plenaria Y remisión de sus petados- se la�aron sobre las
modo radi_cal. Hay excepciones sólo en el plano individual, y, poblaciones inermes de numerosos valles del Piamonte y del
en la mayoría de los casos, sólo son parciales. Nada parece �
De ado, imponiendo el terror, procesando y matando. A las
anunciar, en ningún sector, un giro histórico de gran entidad. vícttmas se. les tribu� un homenaje póstumo que los adeptos
En el terreno político la gran competición militar europea no de la mag1a no ruv1eron nunca: la rehabilitación pública al
ha comenzado aún; en el económico nadie vislumbra siquiera cabo de veinte años.
las inmediatas consecuencias de las salidas coloniales de ul­
tramar; en el ético-religioso se desea, de modos diversos, des­
articulados y confusos, una «reforma». Mientras tanto la sen· V. EL SENTIDO DE LA Ri!.PORMA
sibilidad colectiva, en amplios sectores, va a la deriva. Un
ejemplo de ello es la difusión de las prácticas nuigicas. Por su �
Es in udable que una parte notable de los hombres cultos
naturaleza están exttemadamente próximas a muchas prácticas fue senstble, en aquel ambiente, más a los contragolpes mo­
del culto, definidas como cristianas, pero, en realidad, no menos rales Y a la desorientación ética de la sociedad occidental que
supersticiosas. Sin embargo, así como éstas escapan al control a lo� problemas espedficamente edesiásticos, disciplinarios o li­
del clero, o tratan de escapar, sólo sobre aquéllas se abatió una ;í!
t glcos. Sus tomas de pos.ici6n, y previamente su propia reac­
fuerte reacción de la autoridad eclesiástica. c�on Y su profundo interés por la crisis de las creencias, cons·
Se trata de un sector aún ampliamente inexplorado, y sobre tltl.I_Y:O tanto un signo de su seria participación en el clima
el que proyectan escasa luz los documentos dejados por los .
espmtual de la epoca, como un elemento importantísimo de
que -a veces, despiadadamente- lo investigaron. Con la bula !
aque �ran fenómeno que, a veces, en un sentido demasiado
Summis desid�antes de 1484, Inocencia VIII autoriza b re­ resttmg¡do se Ilatna «reforma*. Como no es justificable reconocer
��ión _de la magia. PerO ¿puede �erseen -er·a�ento atio sólo en la obra de Lutero el comienzo de la «reforma» menos
más que la distorsión de una realidad humana y su elaboración �
aún lo es �on�derar a esta última como un hecho conc miente
fantástica dentro de esquemas teológicos aberrantes? En él se sólo a la J.glesta, y debido únicamente a la discusión de cues­
lee que personas de uno y otro sexo tienen censurables rela­ tiones orga.nizativas o teológicas en . el seno de la institución
ciones con los demonios, que sus delictivos sortilegios hacen Toda la sociedad es aún cristiana, y los que llegan a prescindir :
perecer a jóvenes y animales, echan a perder las cosechas, la aunque sólo sea mentalmente, de la ttacücional visión del mun­
fruta e incluso los prados; en fin, instigados por el «enemigo• d? son extremadamente raros hasta mediados del siglo XVI, apro­
dd género humano --el diablo-, reniegan dd bautismo y des· !Umadamente. Para convencerse de ello bastaría analizar de cerca
precian la majestad divina. cómo, hacia 1500, aún se cons.idera la religión y su función.
La posición religiosa que, por su propia inercia, se mostraba Así cuando se quiere aislar la filosofía, para reivindicar el ca­
incapa:�: de comprender un fenómeno de aquella naturaleza, gol­ rácter autónomo de esta última, no se va más allá del prin·
peaba todavia de un modo medievalmente bárbaro a se<tas cris· cipio de la doble verdad: la de la fe y la de la razón. Hasta
tianas enteras, que se atenían a sus creencis.s de una manera _
1550, apr�xunadamente, el supuesto lógico-racionalista tendente
mucho más ev!lllgélica e inocua que la iglesia oficial. Cierta­ a desvalor!Zat, de un modo implícito, la verdad revelada, tiene
mente, los valdenses despreciaban el poder terrenal de la lgle- mucho menos peso que la contraposición objetiva de las dos

216 217
a. Sólo el pro·
formas de conocimiento, la divina y la human considerados imprescindibles e irunutables. Si el descubrimiento
prote.�tame
'_l de lo humano se produjo bajo la forma de
longado ._movimiento antidog mático de la reforrrul Y la exploracIÓ _
no ya en "ta ac".:"
pe[inltirá a la razón iñíi-ái a .la «revelación»¡ u� redescubr_muento, la reafirmación de lo divino pretendió
también en su . .
titud de·-slerva hermenéutica y exegétka, sirio aun má� d�1d1damente ser un simple restableCimiento ae·· una
able. Entre los siglos xv y XVI . .
nuevo carácter de crítica implac ongmar1a v�rdad dogmá�ca, de la ética bfblico-evangélica,- o,
hay esfuerzo filos6fic o en Occide nte que margine la teolo­ en . ?tra verl!ente, de: la organización eclesiástica ideal. Esta ob·
no
se entregan,
gía; e incluso los que más parecen imponerse, sesJQn de los orígenes, est_e mito de la «iglesia primitiva» 0 -de
s tratan de con­
seriamente, a toda clase de compromisos. Mucho la pureza �atólka constituyen un fenómeno histórico de pri·
del mundo: desde el ml'!:a �agnltud Y dan la visión del estado mental colectivo de
ciliar con el dogma una antigua visión
o, desde el estoicis mo al propio epi.
platonismo al neoplatonism la .�edad europ�. Es innegable, en suma que Occidente
cureismo; algunos intentan, incluso, llegar
de «Verda
a un sincretismo
d». Lo cierto es
b
era, en aquel período, un universo todavía astante cristiana.
genet1l1 entre las distinta s formas mente cerrado en sí mismo, aunque ya desarticulado y nada
del siglo XVI, la «Verdad» reve·
que, hasta la segunda mitad compact�, _Para ser capu de aspirar a una reconstitución que
racional, sino que
lada no es sometida a un auténtico examen no consistiera en el retorno a los principios sobre los cuales
que tiene prioridad in· estaba o creia estar fundado.
es aceptada siempre como un «dato»
se puede prescindir.
telectual y como un patrimonio del que no A esta P�imera _afinnación hay que añadir otra, es decir que
compr ender la «reforma» .
Esto debe tenerse en cuenta para st la acepctón fundamental del reform•••o • ·
sigue · do ¡'a de
s1en
ismo se ha transfo rmado profun·
del siglo XVI. Como el cristian r�to�nar a la práctica moral y a las formas espirituales del cris­
en las formas y en las
damente a través de los siglos, tanto tlan¡smo perfecto, el sentido de la refonna en los siglos xv y
co respecto al
organizaciones externas como en el peso específi _
XVI ya mcluye. otras varias aspiraciones fundamentales y otros
conjunto de la civilización occide
na
ntal,
de
así
«refor
evoluc iona, de un
man>. Lo que ahora
: merosos matices. En efecto, han triunfado las corrientes «re-
siglo a otro, la exigen cia cristia rmadoras» a las que se ha mostrado más favorable la socíe­
alrededor de 1500,
nos interesa es la comprobación de que, dad, Y que ésta, en otras palabras, ha encontrado más de
sino más agudo que.
el sentido de la reforma está no sólo vivo, acuerdo con su estructura Para no ,¡,,.• mas ' que dos claros
tes y conscientes de
s! .
·

nunca y difundido en los estratos vigilan e"emp1os, �ottvo� económico--sociales y mentales hicieron que
stica . No es superfl uo, en absoluto,
la sociedad laica o eclesiá tra�a�, mmedtatamente, de aplastar el anabaptismo, 0 que
XVI, es decir, des. .
añadir que, tras los acontecimientos del siglo el socm�amsmo, aborrecido y perseguido casi en todas partes
pués de qne cada uno lo haya hecho a
su modo, la exigencia
cristiandad. Esta,
� se, sm embargo, ampliamente acogido en algunas regiones:
profunda de reformarse vendrá a menos en la ampoco será difícil reconocer, sólo en el plano eclesiástico
, es todavía un mundo cerrado a CO·
pues, en el plano mental que, respecto al C?niu�to de las nuevas sectas, se impusiera�
no se piensa --al menos,
mienzos del siglo XVI. Dentro de él las menos revolucJonarlas: el luteranismo y el calvinismo. Se
se diría hoy, pro­
conscientemente- en poder mejorar y, como sefiala desde ahora este fenómeno, precisamente para subrayar
a los supuestos orÍ·
gresar, más que mirando atrás, acercándose todo lo que de limitado había en la base de aquella idea de
alidad. Se ha tra·
genes éticos o culturales de la propia espiritu �ref�rma» Y todo lo_ que, a pesar de ciertas apariencias, habfa
ya de señalar (cfr. cap. 4, II-!11) las precisas exigencias
tado lllfiUJdo en sus máx1mas realizaciones iniciales la cerrada men­
cultos a convertirse
actuales que empujaron a tantos hombres tall?ad dogmático-teológica del cristianismo medieval. En este
todo, en el XV, pero la
en humanistas en el siglo XIV y, sobre .caracter fundamental, al menos, intelectualmente reaccionario
gran fenómeno �
forma y la óptica en que se concretó este
q'!�
se encuentra el motivo principal del progresivo divorcio entr �
.r�!O!fi..O..._a_ los .II!JIÍ.il.IQ.S. y la i:l4_ º-ª de lo humano �n lo� ��­
_ s
las nuevas Y .vitales corrientes laicas de la cultura de los si­
!QL cláskQ s- no pueden menos de sorprender y en ningún glos XVI Y XVII . Y las más difundidas ramas del pensamiento
_
modo de comprender
caso deben ser olvidadas. No hay otro .
.P!Otestante católico La tempestad teológico-confesional del si­
la a las exigencias
la reforma del siglo XVI que el de referir glo :CVI d�be ser considerada también como una de las mayores
que la provoc aron y que, a través de ella, quisieron obtener

mam estacmnes de un renovado período de clausura social de
satisfacción. Pero, aún más que por el human ismo, sorprende
d,_e__ re�lhar=---s�
� MS!Ón de l�s inteligencias y de coerción de los espíritus.
el hecho fundamental de que �aY!c'---�ratado � Otros térmtnos, se dirá que apenas result6 claro, entre el
primit.ivo, fum�
los supuá_tO��·iu'qlletipos aet cristianismo Pflmero Y el segundo cuarto del siglo, que la concepción a.uto-

218 219
ritaria de derecho divino empezaba a estar en peliS!o, los que fiemo tan horribles y sin fin ni remisión ;serían ellos como
' '
detentahan·-etpoder en nombredeclia -fuesenTrotestantes son.' Hay que creer que no, y que todos los males tienen su
o católicos-- se emplearon con toda su fuerza en poner diques origen en la falta de fe» (op, dt., 1 , V, cap. 19).
a las aguas y en volver a sus cauces, rápidamente, las que se Lo que a nosotros nos parece una exigencia excesiva, es decir,
habían desbordado (cfr. cap. 1 0 , 11). que las creencias religiosas aseguran el recto de�envolvimiento
Hasta el segundo decenio del siglo XVI no se entrevé nada de la vida civil, era, ciertamente, una perspectiva medieval, pero
semejante, y casi en ninguna parte se reacciona de un modo al historiador francés de finales del siglo xv le parecía fundada
drástico frente a la cada vez más extendida y consistente es· Y no sin razón. En realidad, él no creía que debiera medir 1�
pontaneidad de pensamiento y de expresión. Nadie sospecha conducta de sus contemporáneos por otras coordenadas morales,
que pueda destruirse el secular re<:onocimie..to del magisterio
y, tras madura reflexión, concluía que aquellas eran ya efecti­
teológico, ni que pueda disminuir la obediencia a la jerarqula
vamente inoperantes. Y no es sorprendente, sino natural con­
eclesiástica en amplios sectores de la cristiandad y en formas .
firmaCión, el hecho de que con el juicio de este laico coincida
decididas. Es cierto que por todas partes se comprueba que
el del dominico de otro país, Girolamo Savonarola. Tampoco
hay una enorme diferencia entre los ideales cristianos y la rea­
éste pudo resistirse a señalar una general inversión de valores.
lidad moral de la época. Un observador agudo como Philippe
«los que te odian, Señor -dice desde su púlpito florentino
de Commynes lo subraya en sus Memorias, al término de largas
en 1493-, son los pecadores y los falsos cristianos, y máxime
reflexiones especialmente referentes a la conducta de las clases
los que están constituidos en dignidades. Y éstos hoy se gJo.
elevadas. «¿Por qué ellos y todos los otros -se pregunta­
rían de haber acabado con la rigidezo y severidad de los cánones,
cometen todas las cosas malas de que he hablado y muchas
con las instituciones de los santos padres, con la observancia
otras de las que por brevedad he callado, sin consideración
de las buenas leyes; se envanecen de haber ampliado la vida
alguna del poder divino y de su justicia?» Su vasta experiencia
y su lucidez le sugieren, sin vacilar, esta respuesta: ..Yo digo cristiana . . . » El fraile, lógicamente, se pregunta: ..Cuando los
que es falta de fe, y, en los ignorantes, falta de fe y de cor­ pecados son considerados virtudes y las virtudes vicios, ¿quié­
dura al mismo tiempo, pero especialmente de fe; y me parece nes son los que reconocen haber errado? ¿Quién manifiesta:
que de esto proceden todos los males que hay en el mundo, Y 'obré mal'? ¿Quién se confiesa verdaderamenté y sin disculpar­
singularmente los que dan origen a que unos se lamenten de se? Cada uno quiere disculpar su pecado.» La degeneración es
ser oprimidos y pisoteados por los más fuertes,,. Investigador aún más evidente en los pastores: «¿No te parece que, hoy
sin preÍuicios de las acciones humanas, Commynes las enfrenta en día, los prelados han perdido el seso? ¿No ves tú que lo
con las creencias religiosas, y afirma: «En efecto, el que tiene hacen todo al revés de como deberían hacerlo? No tienen juicio
verdadera y sincera fe y cree firmemente que las penas del in­ los prelados, no saben discernir entre lo bueno y lo malo, entre
fierno son las que verdaderamente son, si sucede que se ha lo verdadero y lo falso, entre lo dulce y lo amargo. Las cosas
apoderado de lo� bienes de otro contra justicia, o que se ha buenas le parecen malas, las cosas verdaderas les parecen fal­
apoderado su padre y él los conserva aún, ya se trate de un sas, las dulces amargas y al contrario. . . Ves hoy a los prelados
ducado, de un condado, de una ciudad, de un castillo, de mue­ Y a los predicadores postrados, con su afecto en la tierra y
bles, de un prado, de un estanque, de un molino, según las en las cosas terrenas, el cuidado de las almas ya no les inquie.
posibilidades de cada uno, si cree firmemente como debemos ta el corazón, sólo piensan en sacar rentas» (Predicaciones para
creer: 'yo no entraré nunca en el paraíso si no restituyo los el adviento de 1493, XXIII).
bienes ajenos que poseo sabiéndolo bien', sea rey o reina, pdn­ La convkciór,t de que el mundo marcha al revés y de que
cipe o princesa o cualquier otra persona de cualquier estado . lo sJgue, vuelta ella también cabeza abajo, en sus
la lglesJa
o condición de este