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Es importante considerar los momentos históricos que envuelven a los tres poetas trágicos

que conocemos. Situamos a Esquilo como heroico combatiente contra el ejército persa de Jerges
(Guerras Médicas); a Sófocles, quien actuó en las danzas corales en celebración a esta victoria y,
finalmente, a Eurípides, quien nace durante la campaña naval de la Guerra de Salamina, escaramuza
donde queda empíricamente demostrado el poderío marítimo que poseía Atenas en ese entonces.

Concentrándonos en Eurípides y en su contexto de producción, vemos como un constante


periodo de guerras (Guerras Médicas y La Guerra del Peloponeso, así como las múltiples campañas
derivadas de estas), el azote desolador de La Peste de Atenas, durante el 430 a.C. (que termina por
socavar la salud física y la resistencia del pueblo ático), y así, un sinfín de hechos terminan por
condicionar, transformar y escindir a la sociedad ateniense.

La guerra lleva consigo un curso de revoluciones, escribe Jaeger en su Paeidia, que cambian
bruscamente las opiniones y se suceden las conjuras y los actos de venganza, y el recuerdo de las
revoluciones pasadas y de las pasiones que llevaron consigo aumenta la gravedad de los nuevos
trastornos.

Tucídides, historiador de la tragedia ateniense, habla de la transmutación de valores,


manifestado en el cambio de significación de palabras y valores, o sea se genera un cambio de
código, donde, por ejemplo, quien más alto injuria e insulta, más leal se le es (algo que queda
evidenciado, por ejemplo, en la prepotencia que sostiene el joven Alcibíades). Como efecto de esto,
se genera una especie de partidismo individualista, ya que semejante actuar va en pro de
determinarse a uno mismo, aun en contra de la moral, para así aumentar el poder y la riqueza.

Estamos, entonces, frente a una polarización de la sociedad; polarización que se ve


acentuada con la llegada de la sofística, que hace surgir una clase social nueva, la burguesía, por
medio de llevar la libertad mediante la educación e ilustración, oponiéndose a la fuerza de la
tradición, enraizada a las instituciones del estado, del culto y del derecho. Ejemplificamos esto con
el apoyo que ejerce Pericles hacia Anaxágoras, lo cual, además, representa un apoyo inquebrantable
a la libertad espiritual surgente. Este apoyo, vendría a crear algo conocido como un estado racional,
donde se manifiesta el estado, la religión, la moral y la poesía. El mismo historiador considera que
un estado racional, en el instante mismo de decadencia, realiza su última gran hazaña espiritual, por
medio de la cual inmortalizan su esencia.

“La creación de la verdad, implica la destrucción del mito”, sentencia Tucídides, al comienzo
de su obra, y vemos cómo es que Eurípides es un errante entre dos mundos, producto del momento
histórico en el que se encuentra; establecemos un primer mundo en Esquilo, quien se refiere a ese
mundo mítico, gobernado por dioses, misterioso y divino, cubriéndolo con un velo de piedad; el otro
mundo correspondería al presente de Eurípides, quien, regido, por ejemplo, por ideas sofistas,
desvela este mundo mítico, transfiriéndole nueva vida.

Consecuencia de todo esto es la forma en que se ve trazada la obra “Las Troyanas”. El


ensuciar el nombre de un héroe homérico, como el de Odiseo, quien toma por esclava, géras. a
Hécuba; enunciar desde cuatro voces femeninas los agravios de la guerra; destacar la ignominia que
implica la no realización de los ritos religiosos; la nula participación de dioses en el drama, aun
considerando la intervención que ejercen Posidón y Atenea; los agones sofísticos que se establecen,
destacando el que tiene participación de Helena y Hécuba; la trasferencia de la lírica coral hacia los
personajes, intensificando así sus palabras; el acercamiento a los estados mentales de los
personajes, por medio del “levantamiento del velo”, representado en la locura desgarradora,
provacada por el incesante dolor que Hécuba experimenta, además de su postura escéptica frente
a la existencia de los dioses, elevando plegarias a lo que se consideraría, ya en esa época, un éter;
los estados báquicos de Casandra, etc.

Eurípides coloca al público griego, no sólo como espectador, mero observador, sino que
también les cede la posición de juez, por lo tanto, genera pensamiento, o sea, ilustra, genera
consciencia. Es esto lo que, para Nietzche, por ejemplo, implicaría el final de la tragedia griega,
frente a los otros dos grandes poetas, exponentes del género, quienes enaltecían la labor de la
tragedia, la introspección. Nietzche, en “El Nacimiento de la Tragedia”, sentencia el abandono de lo
báquico por parte de Eurípides y, como consecuencia de ello, el abandono de lo apolíneo en la obra,
para subrayar que fue éste poeta, por medio de sus innumerables innovaciones, quien termina por
“aniquilar” el género. Sin embargo, sólo nos queda posicionar a Eurípides como el creador de la
tragedia moderna, producto de su devenir histórico por el ática, y cómo éste le influenció para
versar.

Luego de la Paz de Nicias, tratado del año 421 a.c., que supuso poner fin a la Guerra del
Peloponeso, conflicto entre la Liga de Delos, presidida por Atenas y ciudades-estados aliadas, y la
Liga de Delfos, comandada por Esparta y ciudades-estados aliadas, sin éxito alguno, pues ambos
bandos continuaron en disputa, embajadores de la ciudad de Segesta, aliada a Atenas, fueron
enviados a la capital del Ática, durante los años 415 a.c. y 414 a.c., con el fin de conseguir ayuda
militar en su guerra contra Seliunte, ciudad aliada junto a Siracusa (ciudad-capital de Sicilia).

Ante este escenario, Nicias y Alcibíades, generales atenienses a cargo de la expedición,


decidieron ir en ayuda a la isla de Sicilia, pero no sólo por altruismo, sino también por ansías de
poderío y expansión, sobre todo el joven Alcibíades, pues consideraban la isla como punto
estratégico de expansión, habían sido informados sobre las riquezas que poseía la ciudad, la captura
de esclavos, y estimaban conveniente un pronunciamiento bélico frente a Esparta.

Sin embargo, la campaña ateniense no estaba bien informada sobre la composición de las
fuerzas Sicilianas, las que sobrepasaban en número y técnica a las Atenienses; ni tampoco
imaginaron que uno de sus generales, Alcibíades, les traicionaría cambiándose al bando Espartano,
informando así sobre lo deseos de expansión y urdiendo planes para contrarrestar a los áticos, como
la fortificación de la ciudad de Decelia, lo que esquilmó - significó el desabastecimiento - y vulneró
a Atenas.
Este acto de soberbia militar les costaría caro, pues, además de perder tanto recurso
humano, como navíos y dinero, significaría el principio del fin para la estabilidad y esplendor
Ateniense.

Recordamos también el logoi (discurso) que Tucídides relata en su Guerra del Peloponeso,
conocido como el “Diálogo de Melios”, que escenifica la llegada de los embajadores Atenienses
(quienes dejan tras el ejército armado y dispuesto a la invasión) durante el verano del 416 a.c. a la
isla de Melos, ubicada en el archipiélago del Mar Egeo, con el propósito de entablar una guerra sin
sentido, pues los melios deseaban conservar su posición neutral en la guerra dada su lejanía con
Atenas, mientras que las tropas comandadas por Alcibíades consideraban la neutralidad como una
muestra de menosprecio ante su poderío, demostrando así su actitud imperialista y expansiva, y por
lo tanto deciden, luego de una seguidilla de escaramuzas, ocupar a la fuerza la isla y matar a todos
los melios adultos que apresaron, someter a esclavitud a niños y mujeres, para luego repoblar por
medio de quinientos colonos atenienses la isla ya devastada.

Suponemos, entonces, que éstos son los hechos sociales, frescos, que considera el
tragediógrafo Eurípides al retomar como escenario la Guerra de Troya y escribir, quizás por el año
416 a.c., su tragedia “Las Troyanas”, la cual se registra como ganadora de las Dionisias durante el
año 415 a.c.. año en el que se inicia la expidición a Siracusa. La obra, nos relata los padecimientos y
estragos próximos de la guerra, el sufrimiento y la degradación moral que implica ésta, a través del
suplicio y de la voz de cuatro mujeres: Hécuba, Andrómaca, Cassandra y Helena, y cómo estas se
enfrentan, desde su nueva posición como géras, a los antepasados de los atenienses.

Eurípides da voz a Cassandra, quien, desde una perspectiva sociocultural y motivada por
una posesión báquica, denuncia las aberraciones de la guerra enunciando, por ejemplo, la presencia
de cuerpos inertes fuera su patria, y la consecuencia que esto implicaba en lo que respecta a la
religiosidad, pues estos cuerpos aqueos yacían en tierra extraña, sin los ritos funerarios
correspondientes, mientras que los cuerpos de los troyanos caídos, por estar en su patria, si recibían
los honores. De esta manera, Cassandra retrata no sólo la muerte que se da en un período de guerra,
sino también como se va transgrediendo las costumbres típicas, producto de lo desolador que
resulta el altercado bélico.

El trágico se sirve de su contexto histórico, incorporando hechos de la vida real - desde un


punto de vista crítico – a sus obras, para explicitar, por ejemplo, que los vencedores son en realidad
los perdedores.

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