Vous êtes sur la page 1sur 2

Boyer expidió un decreto el día 8 de febrero de 1823 otorgando "un plazo de

cuatro meses, a partir de la fecha, a los habitantes propietarios de la parte


española que habían emigrado antes del 9 de febrero de 1822, para que
pudieran regresar al país a gozar de sus bienes”, exceptuando de esta gracia a
los colaboradores de la conspiración francesa de Samaná que tuvo lugar a
principios de febrero de 1822

A principios de 1824 los ánimos estaban muy exaltados éntrenos grupos de


dominicanos que mantenían su fidelidad a España.

La ejecución de la ley requería la fijación de los límites de las propiedades para


lo cual Boyer se hizo autorizar con el derecho de nombrar las personas que se
encargaran de realizar un catastro general y que determinaran cuáles eran los
bienes que quedarían definitivamente incorporados al patrimonio del Estado.

Para sorpresa de Boyer y los demás comandantes miliares, no sólo el Arzobispo


se negaba a colaborar, sino también los mismos campesinos del Cibao y del sur
que no le encontraban sentido a las órdenes de cultivar cacao, caña de azúcar y
algodón y preferían dedicarse a las actividades que desde hacía décadas habían
probado ser provechosas porque sus productos tenían un mercado extranjero
asegurado : el corte de caoba en el Sur, la siembra de tabaco en el Cibao y la
crianza y montería de ganado en gran parte de las tierras del Este.

En realidad, el país no estaba más floreciente debido más que al corte ilegal y al
contrabando de caoba, a los efectos socio-económicos de la política haitiana de
repartí miento de tierras a todos los que las deseaban y a la quiebra paulatina de
las plantaciones haitianas y producida por la emergencia de un campesinado
independiente en Haití que al encontrarse sin la obligación de trabajar tierras
ajenas prefería dedicarse a vivir tranquilamente de los víveres que producían sus
pequeñas parcelas.

Poco a poco la élite mulata haitiana fue reaccionando frente a esta situación y
fue ejerciendo su influencia sobre Boyer para que adoptara medidas para
contrarrestarla, ya que ni siquiera en Santo Domingo, en donde había una
población mucho más pequeña y sometida bajo un gobierno militar, la política de
fomento de las exportaciones había dado resultado.

El ejército, que en teoría debía ser el encargado de aplicar el Código junto con
los jueces de paz de las comunes, tampoco estaba en condiciones de hacerlo,
por dos razones: Una, porque la mayoría de los soldados eran pequeños
propietarios de origen rural, lo mismo que sus familias, y no iban a volverse
contra éstas para favorecer una élite de grandes propietarios.