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LA FORMACIÓN DE UNA PAREJA

Salvador Minuchin

El Río Jáchal es la última adquisición de la flota Argentina. Construido en Nápoles


para viajes de placer, representa los últimos progresos tecnológicos de la industria naval,
adornados con elegancia italiana. Tiene solamente una clase. Pat y yo, casados hace un
mes, nos hemos despedido de sus padres, quienes están seguros de que después de esa
salida del puerto de Nueva York nunca volverán a ver a la hija.

Conocí a Pat cuando ambos trabajábamos en el Council Child Development Center.


Yo era residente psiquiátrico, y Pat psicóloga con un flamante doctorado en Yale. Me
atraía mucho, pero ella se veía a sí misma como una profesional seria, y me veía a mí
como a un pequeño aficionado. La invité a un night club judío, donde me gasté en la cena
el sueldo de un mes. Esto nos convenció a los dos de que yo iba en serio, y poco después
nos casamos. Estábamos de acuerdo en que viviríamos en Israel.

Me presentó a sus padres. Su madre y yo sentimos una afinidad inmediata. El


padre era más reservado, estaba más preocupado por ese extranjero de pasado sombrío,
ese hombre que había vivido en tres países. No obstante, les impresionó mi relación con
Israel. Y, de todas formas, no tenían más opción que aceptarme.

El siguiente obstáculo que teníamos que sortear era presentar a mis padres a Pat.
Ellos no podrían venir a nuestra boda. Todo lo que saben de los Estados Unidos lo
aprendieron en las películas de Hollywood; tienen pesadillas.

Nos tomamos diecisiete días sibaríticos en el viaje hacia Argentina. Todas las
mañanas pedimos nuestro desayuno -filet mignon con o sin huevos-, mientras un conjunto
compuesto por tres músicos interpreta música argentina y brasileña. Durante el desayuno
jugamos a imaginar lo que está sucediendo en otras mesas. Inventamos romances: el
elegante joven argentino (de un bigote bien recortado) que está solo, con la mujer «sexy»
sentada con su madre y su hermana. La joven pareja que baila el samba; el esposo
parece celoso. Nuestras invenciones quedan sin controlar; por lo tanto, siempre estamos
en lo cierto. Vivimos en nuestra propia burbuja, posponiendo la realidad. El océano es
infinito, el futuro sereno y despejado. Exploramos nuestros cuerpos. Leemos libros y
hablamos, compartimos ideas y supuestos. Le enseño a Pat algunas palabras en castellano
para saludar a mi familia: «Hola mamá, hola papá, hola pobrecitos». Con mi sentido del
humor perverso e infantil (o quizá como una diablura profunda e inconsciente), le estoy
enseñando a insultar a mis padres. Pero se lo confesaré el día anterior a la llegada, y nos
reiremos como si hubiera sido una ocurrencia inteligente.

Cada uno le oculta al otro su propia incertidumbre hacia el futuro (¿cómo será?) y
sobre el otro. Nuestros monólogos internos están llenos de signos de interrogación, que
sólo emergen de forma modificada, envueltos en discusiones pequeñas y carentes de
sentido.

Llegamos a Santos, un importante puerto brasileño donde el Río Jáchal


permanecerá dos días. Llueve, pero los estibadores negros son indiferentes al agua que
les moja y les chorrea sobre la piel. A los diez minutos cesará la lluvia y el sol los secará.
Muy pronto también nosotros nos despreocuparemos.

La gente es distinta. Nosotros llamamos la atención, pues somos claramente


extranjeros. Pat dice que necesita comprar pañuelos de papel, y le contesto que no sé
dónde hay una farmacia. Ella insiste, y me irrita su incapacidad para adaptarse a las
nuevas circunstancias. Podría usar un pañuelo de tela como yo. Podría usar mi propio
pañuelo. Dice que los pañuelos de tela son insalubres, ya que uno se guarda la porquería
en el bolsillo. Le contesto que los pañuelos de papel forman parte del consumismo
norteamericano. Ensalzo las virtudes de la cultura del pañuelo de tela; ella insiste en las
virtudes del pañuelo de papel. Tenemos una importante discusión: empezamos a ver
aspectos del otro que nos hacen sentir incómodos.

Pat dejó su mundo en Nueva York. Espera que yo sea un experto en esos otros
mundos que serán los nuestros. Le temo a esa confianza que ella me tiene. Cuando está
ansiosa, insiste, y a eso yo lo llamo «sermonear». Cuando yo estoy ansioso, levanto la voz
y me pongo belicoso; ella lo llama «fanfarronear». Prevemos permanecer en Argentina
tres meses, antes de tomar el Conté Grande con destino a Génova. Después navegaremos
doce días más hasta Haifa. Esos meses estarán llenos de obligaciones con lo desconocido.

Mi familia es enorme. Mi padre tiene ocho hermanos y hermanas; mi madre, siete.


Mis primos se calculan en cientos. Todos están obligados a visitarnos. Pat sonríe mientras
puede. Es maravillosamente paciente ante la impaciencia de ellos por su castellano.
Algunos de mis tíos le pellizcan las mejillas como se suele hacer con una niña linda pero
no muy inteligente. Esto perturba su autoimagen de neoyorquina educada y refinada.

Pronto comenzamos a erigir barreras contra los intrusos. Pero los intrusos son mi
familia. Mis padres no me han visto durante un año. Pat considera excesivo el tiempo que
me reclaman. Me siento dividido, pero desde luego reconozco el aislamiento de Pat, y su
fastidio por los parientes que les dicen en castellano a mis padres lo que piensan de mi
mujer. Me siento protector. Mi relación con mis padres cambia. Siempre he sido el hijo leal
y responsable. Ahora me siento distante y molesto por su insistencia en que las cosas no
cambien. Me considero sobre todo un esposo, mientras que ellos tratan de que siga siendo
un hijo. Pat y yo buscamos islas de escape. Vamos al cine para escaparnos y estar solos.

Ella me habla de mi familia, y de pronto mi perspectiva cambia. Empiezo a ver a mi


familia a través de los ojos de Pat. Mi padre, que para mí siempre ha sido un profeta -un
hombre que creció sin universidad, un justo judío cuya ira estaba siempre justificada por
su fino sentido del honor y la justicia- empieza a parecerme un hombre de mediana edad,
tímido, inseguro, incómodo después de su mudanza a - Buenos Aires desde Concepción
del Uruguay, sin solidez económica en un semi-retiro que lo ha dejado sin un centro real
de actividad. Lo que yo solía ver como la obsesividad controladora de mi madre, su
sentido del orden, ahora me parece fuerza, protección. A través de Pat veo que mi madre
sostiene a mi padre. Ella está siempre lista para complementar las necesidades de él, para
hacer que se sienta fuerte y en lo cierto. A Pat le gusta mi madre, con la que es muy fácil
relacionarse, la cual es atractiva y sensible a las necesidades de ella, mientras que mi
padre, que es tímido, tiende a reposar en su mujer todas las situaciones sociales.

La criada de mis padres trabaja seis días por semana. Vive en una habitación que
está en el piso superior. A Pat le sorprende que no tenga su propia llave; que esté siempre
disponible, sin horas de descanso; que después de años de trabajar para mi familia se
sospeche de ella cuando se pierde algo. Yo nunca había advertido la abyecta servidumbre
que infligimos a las criollas que, durante toda mi vida, habían trabajado para nosotros por
un sueldo mezquino, sin ningún derecho, sirviendo a menudo como compañeras sexuales
pasivas de los jóvenes de la casa.

Empiezo a construir un nuevo pasado, un pasado que incluye el modo de ser de


Pat, aunque ella no formó parte de él. Siempre que pienso ahora en mi niñez, incluiré la
perspectiva de Pat. No creo que pueda recobrar recuerdos de antes de mi matrimonio que
no hayan sido compaginados y re-compaginados por cuarenta años de matrimonio.

Si para crear un nuevo pasado se necesita un cambio de perspectiva, para crear un


futuro basta con vivir lo suficiente en el presente. Israel nos da la oportunidad de inventar
una historia compartida. Estamos en 1952, la época del tzena (racionamiento, ajuste de
cinturones). De la generosa Argentina hemos llevado, entre otras cosas, una bolsa de
arroz, algo de carne y dos jamones. Comemos mejor que la mayoría. La Agencia Judía nos
proporciona un apartamento de un dormitorio en un poblado de Kfar Saba. Tenemos una
estufa eléctrica, una nevera, la maravillosa grabadora que llevamos con nosotros, y no
tenemos ni electricidad ni gas. La nevera se convierte en una caja, y compramos un ptilia,
un calentador primus a kerosene, en el que Pat cocina.

Empezamos a experimentar la vida en pareja. Un chofer pasa todas las mañanas


para llevarme al trabajo, y Pat va al ulpan a estudiar hebreo. A menudo vamos juntos a la
tienda de comestibles pues mi presencia es vital en el negocio de pescado y carne, porque
el dueño es sefardí y gracias a mi castellano recibimos un trato especial para el «doctor
sefardí» y su esposa. Conocemos a algunas personas de un pueblo vecino, los Davison;
como no tenemos teléfono y el sábado no hay medios de transporte, caminamos los
quince kilómetros con la esperanza de encontrarlos en su casa. Sabemos que seremos
bien acogidos. Las palabras haver (camarada) y shelanu (es nuestro) son emblemáticas en
la sensación de construir juntos que está en el aire. Junto con el racionamiento de la
comida y todas las otras dificultades, llega una absurda fe en el futuro. En lugar de
despedirse diciendo adiós, uno dice «H' yetov» (todo se arreglará). La improvisación y la
completa falta de planeamiento están bien: H' yetov. Un camino entre Haifa y Tel Aviv se
inicia simultáneamente en ambas ciudades. Todos saben que no hay ni dinero ni
materiales para terminarlo. H' yetov.

El recuerdo glosa y hace románticos los momentos difíciles. La vida era dura,
éramos inmigrantes, no conocíamos las costumbres, y mi salario como director médico de
Youth Aliyah no superaba mucho el de los chóferes que venían a llevarme al trabajo. Esa
vida era primitiva y un poco peligrosa. La frontera con Jordania estaba a sólo unos treinta
kilómetros, y teníamos una constante conciencia de los merodeadores árabes que
cruzaban esas líneas invisibles llamadas frontera. Una de nuestras vecinas, una anciana
sobreviviente de los campos de concentración, entraba en pánico y gritaba cada vez que
oía disparos a distancia.

Pat era un ama de casa que se adaptaba a las condiciones difíciles. Mi trabajo me
llevaba todos los días a Tel Aviv, a una de las cinco instituciones de internación que yo
supervisaba, mientras ella permanecía prácticamente sola en medio de ninguna parte, sin
amigos, luchando con un nuevo lenguaje. Caminaba los tres o cuatro kilómetros hasta la
tienda y el mercado de pescado, a veces más de una vez, para comprar jabón o nuestra
ración de huevos. A mí me preocupaban mis propias dificultades en ese nuevo país,
mientras me abría camino frente a los vatikim (los antiguos) que cuestionaban mis trucos
americanos, y no comprendía lo difícil que era la situación de Pat. Hoy en día me maravilla
la forma como sobrevivió esos primeros meses.

Muchos años después, cuando estábamos en Londres, Pat y yo estudiamos las


familias de los ejecutivos norteamericanos, y encontramos que las mujeres eran un grupo
estresado por las condiciones del exilio. Pero eso fue años más tarde, y las esposas eran
esposas de otras personas. En aquel tiempo, en Kfar Saba, creo que no comprendí el
aprieto en el que ella se encontraba. Sin duda no habría entendido la pretensión feminista
de que era una cuestión relacionada con el sexo. Cuando hablamos ahora sobre el tema,
ella aprueba mi tardío reconocimiento, pero también me impulsa a una comprensión más
compleja, que incluye el hecho de que ella tenía recursos intelectuales propios y que la
sostuvo su propia fascinación con una nueva cultura.

En los primeros meses en Kfar Saba, Pat y yo negociamos reglas sin advertirlas.
Pudimos aceptar fácilmente algunas diferencias: Pat prefería leer por la noche y levantarse
tarde. Yo prefería irme a dormir y levantarme temprano. Nos repartimos algunas de las
tareas domésticas que constituyen los elementos del contrato de colaboración de la pareja
-quién lava los platos, quién saca la basura, quién paga las cuentas-. Pero tuvimos
discusiones acaloradas sobre otros detalles: por ejemplo, si la ventana iba a quedar o no
abierta durante la noche. La capacidad para resolver problemas pequeños y visibles
depende de la buena voluntad y la flexibilidad, invisibles pero sin embargo esenciales.
Depende del modo como cada cónyuge sienta la necesidad del otro y esté dispuesto a
ceder en su propia pretensión de tener la verdad, de la capacidad de la pareja para
comprender que su lucha es absurda y para reírse juntos, de la disposición a poner la
lealtad recíproca por encima de las exigencias conflictivas, del placer de los pequeños
momentos y del interés de los diálogos en torno de cuestiones neutras y propias del
mundo de los otros.

Después de seis meses en Israel, Pat encontró un empleo de media jornada en la


Clínica Lasker de Jerusalén. Eso significaba dos horas de viaje, de modo que dormía en la
ciudad y volvía al día siguiente. Me parecía justo que al volver a casa encontrara la comida
hecha, pero mi vida en Argentina no me había preparado para entrar en la cocina. Por
fortuna teníamos un vecino polaco que había estudiado hostelería en Suiza y trabajaba
para la oficina de turismo. El se convirtió en mi instructor. Decidimos que mi primera
correría en este campo serían unos deliciosos spaghetti. La salsa de carne tenía cebolla,
ají, hatsilim (berenjenas), y algo de nuestra bendita provisión de carne argentinas. Pat
quedó encantada, y yo sentí que una vez más me escapaba de mi pasado. A mi padre sólo
le habían permitido entrar en la cocina para calentar agua.

Cotidianamente cultivábamos nuestra interdependencia. Compartíamos la


conversación y los amigos, las angustias y las alegrías, los placeres estéticos, los dilemas
morales y los enigmas intelectuales. Mi trabajo era difícil. Mi preparación en los Estados
Unidos había dado por sentados ciertos supuestos universitarios sobre la gente que mis
experiencias en Israel no confirmaban. Me daba cuenta de mi ignorancia, y a veces
reaccionaba con una intransigencia inconsciente. Pat escuchaba mis historias y mis quejas.
Me apoyaba, pero también me ayudaba a salir de mis distorsiones. Aprendí a confiar en su
amplia perspectiva, así como había confiado en su revisión del modo como yo veía a mi
familia. A veces me habría gustado un respaldo a-crítico, pero llegué a valorar su punto de
vista diferente.

Ella me hablaba de su trabajo, de sus colegas, y criticábamos la tendencia


psicoanalítica de la institución. Poco a poco, mientras explorábamos nuevos territorios y
nuevos amigos, comenzamos a construir un presente, pero también un pasado que ya no
era sólo de uno u otro, sino de los dos.

Seis meses después de nuestra llegada a Israel, mis padres vinieron de visita.
Decidimos preparar un banquete y abrimos la bolsa de arroz, que encontramos atestada
de insectos. Tenía un aspecto moteado (arroz blanco y bichos oscuros) y repulsivo. En
nuestra vida anterior la hubiéramos tirado a la basura. Pero no en Israel. Mi madre se hizo
cargo. Como directora táctica, nos hizo abrir el catre, y sobre él esparcimos el arroz bajo
los rayos del sol. Miles de insectos comenzaron a huir de los granos calentados. Habíamos
ganado la batalla, pero no la guerra. El arroz todavía estaba vivo. Mamá tomó la porción
destinada a la comida y la echó en un recipiente con agua. Los insectos subieron a la
superficie, mientras que el arroz se depositaba en el fondo, y ese simple proceso de
separación física nos proveyó un grano más o menos limpio. Quizá quedaron algunos
insectos, pero en realidad necesitábamos comer proteínas. Cuarenta años más tarde, esta
situación sigue viva en nuestra memoria. Forma parte de nuestro período heroico, un
interludio cómico con momentos aburridos, tensos, coléricos, difíciles y afectuosos.

Episodios como éste marcaron un cambio profundo en nuestras relaciones con mis
padres. Nos venían a visitar y experimentaban con nosotros las dificultades de nuestra
existencia. Pero también veían que teníamos recursos propios y empezaban a respetar
nuestros derechos y prerrogativas. Los guiamos y protegimos mientras permanecían con
nosotros. Por primera vez me convertí a sus ojos en un hijo adulto. Hicieron su primer
contacto con Pat como una persona separada. En esta nueva relación nos resultaba fácil
aceptar su útil intrusión.

En esos primeros años de matrimonio, esta jornada de transformación desde el


«yo» al «yo y tú» se produjo como la formación del sí mismo en la niñez como una lenta
suma de pequeños momentos. La visión de mis amigos y del mundo que me rodeaba
tenía el regalo de la imagen estereotipada de nuestras dos perspectivas. Al volver al hogar
sentía el placer de que hubiera alguien aguardándome. Mi imagen corporal incorporaba la
extensión de otro cuerpo. Podía pasarle el salero cuando yo estaba más cerca de él, y usar
los brazos de ella como una extensión de los míos cuando era Pat quien tenía el salero
más cerca. Escuchaba música con más claridad y mayor crítica, porque ella tenía gusto
musical. Mis monólogos internos basados en imágenes vagas y estados de ánimo difusos
adquirieron una forma más precisa, absorbiendo palabras a medida que se convertían en
diálogos con mi esposa.

Mientras pasaba del yo al nosotros, no me perdía a mí mismo. Me expandía. Una


pareja es una caja de resonancia. La experiencia de cada miembro reverbera y vuelve
amplificada. En los cuarenta años que pasamos juntos hemos ampliado nuestras formas
individuales de ser, pensar y sentir, pero siguen siendo perfectamente distintas y
diferentes. Yo soy egocéntrico. No presto atención a los detalles. Busco conexiones. Mis
recuerdos son globales. Me expreso con metáforas o imágenes poéticas, ya que me faltan
detalles. Me oriento hacia determinadas metas, y con frecuencia enfoco el resultado sin
prestar atención a los pasos intermedios para llegar a él. Por lo tanto, a menudo me siento
decepcionado y traicionado cuando no encuentro un ambiente que me respalde para
alcanzar mis fines. Si me frustro, enseguida entro en cólera, hasta que me calmo y
entonces me siento culpable.

Pat hace muchas cosas a la vez. Al igual que tantas mujeres profesionales, salta de
una a otra de las tareas implícitas en múltiples roles: esposa, madre, psicóloga, directora
comercial y de la familia. Para conocer un tema, ella lo examina desde diferentes puntos
de vista, y llega a una conclusión global. Yo reconozco los pasos que ella ha dado, pero de
ese modo nunca llegaría a extraer conclusiones. Ella conecta con la gente y mantiene esta
conexión. Tiene un agudo sentido del humor, por lo general sutil e intelectual, pero
también puede gesticular como Harpo Marx, y hacer reír a carcajadas.

Yo pierdo las llaves, dejo las ventanas abiertas, y dependo de ella para leer
direcciones en los viajes y en la vida. Ella confía en mis ideas. Tenemos ideas políticas
comunes. Los dos somos liberales. Advertimos la injusticia de un sistema económico que
impone el hambre a muchas personas, y en nuestra pequeña esfera trabajamos por
cambiarlo.

Yo soy diferente hoy en día, porque ella me cambió. Y ella es diferente debido a
mí. Ambos formamos parte de un todo más amplio: una compleja entidad psicológica, una
colmena, un hormiguero de dos. Cuando las cosas marchan bien, nos complementamos.
Cada uno puede prever, anticiparse al otro, cuando el funcionamiento es adecuado. El Pas
de Deux resulta por lo general eficiente. Cuando nos encontramos en situaciones nuevas,
o cuando en nuestras órbitas privadas hay algo fuera de lugar y necesitamos más apoyo
que el habitual, la danza cambia. Pero si los engranajes se traban, quizá pongamos en
tensión nuestros linajes respectivos. Yo me convierto de. nuevo en Salvador Minuchin, y
ella es Patricia Pittluck. Yo tengo razón, tú estás equivocado. No, la equivocada eres tú.
Cada vez batimos con más fuerza el parche de nuestros tambores individuales. Me vuelvo
sordo a lo que ella dice. Un pañuelo de tela, digo yo. Los pañuelos de tela son primitivos,
dice ella; usa papel.

Llevo dentro de mi dos modelos de lo que significa ser una pareja: el modelo de
mis padres, que asimilé de niño sin cuestionarlo, y el modelo en el que he estado
trabajando durante cuatro décadas. Esto limita mi conocimiento. No tengo ninguna
experiencia personal del divorcio y de un nuevo matrimonio, la monogamia en serie, o los
modos más esotéricos de ser pareja. Cuando trabajo con otras formas de vivir en pareja,
soy franco al describir mis limitaciones, y le pido ayuda a la pareja que atiendo.

La pareja de mis padres reflejaba los valores de su época. Cada uno conocía su
lugar. Mi padre ganaba el pan y era el centro de poder de la familia. Mi madre se
acomodaba al liderazgo de él. Era una relación complementaria, pero sin ninguna duda
acerca de «quién llevaba los pantalones». En la cultura rural Argentina de principios de
siglo, una mujer cabeza de familia habría sido una desgracia familiar.

Esta organización jerárquica tan clara representaba el rostro de la familia ante el


mundo exterior y, de un modo modificado, también en la vida interior del hogar. Mi madre
se ocupaba constantemente de los estados de ánimo y necesidades de mi padre, y nos los
traducía a nosotros, los niños, como reflejo en la familia de los valores culturales de la
supremacía masculina.

Dentro de la familia, las relaciones eran más complejas. Mi padre no cuestionaba el


derecho de mi madre a tomar decisiones respecto de la educación de los hijos y la
organización de la casa, ni su condición de socio igualitario en las cuestiones significativas
de la vida familiar, como por ejemplo cuando decidieron mudarse del pueblo a una ciudad
más grande (para que mi hermana pudiera continuar sus estudios en una escuela
secundaria), y más tarde a Buenos Aires. Su relación era un tablero de damas con zonas
diferenciadas de responsabilidad. Esta distribución era económica, pero limitadora. Cuando
mi padre murió, mi madre no sabía manejar el dinero; ni siquiera sabía rellenar un
cheque. Las aptitudes sociales de mi padre siempre habían sido mediadas por mi madre.
El repertorio de los dos como individuos era estrecho; su flexibilidad residía en la compleja
riqueza de su complementariedad.

Pat y yo somos claramente distintos. Somos ejemplo de algunas de las ventajas y


dificultades de un matrimonio más simétrico. Nos considerábamos profesionales de éxito,
cada uno con ámbitos de autonomía y logros fuera de la familia, que además compartían
el mundo más reducido de la vida familiar. Yo llevé al matrimonio no sólo la creencia en la
cultura de los pañuelos de tela, sino también un modelo de asertividad tomado de mi
familia jerárquica. Pat, aunque segunda hija en su familia, era la más afectiva de los
hermanos. Creíamos en nuestra capacidad para razonar sobre los problemas, pero con
frecuencia razonábamos desde perspectivas diferentes. Por lo tanto, nuestras
conversaciones solían llevarnos a un punto de vista ampliado -y con igual frecuencia, a
discusiones-. En este modelo simétrico de la pareja, en el que cada miembro insiste en la
complejidad y profundidad de su propio mundo, la pareja es más rica pero entra en
conflicto más a menudo.

Aunque diría que el modelo simétrico de la relación marital es el producto de una


cultura que insiste en la primacía de la persona, no puedo decir que sea mejor que el
modelo complementario. Simplemente es. Es distinto, y probablemente amplía y tensa al
individuo de un modo propio. Pero me apresuro a añadir que ni la relación simétrica ni la
complementaria existen en algún lugar en forma pura. El matrimonio de «cincuenta y
cincuenta» es un producto mítico de fines del siglo xx, así como el «El sólo por Dios, ella
por Dios en él» era un mito del siglo XIX. En todas las parejas hay alguna mezcla de
autonomía individual, especialización y complementariedad. Pero quizás hoy en día
estemos más alertas a las desigualdades sexuales y al modo como los roles familiares
recortan el crecimiento individual. Probablemente nos resultaría de provecho un mayor
reconocimiento de las funciones familiares de nutrir y brindar apoyo.

En cuanto a Pat y yo, hemos experimentado la tensión entre la pareja y la persona


durante casi cuarenta años. Luchamos, cooperamos y crecimos. A lo largo de los años,
nuestra complementariedad se ha vuelto más compleja. Estar solo no significa traicionar.
Ceder no significa ser derrotado. Depender no significa ser débil. Tomar la iniciativa no
significa controlar. Todas estas palabras tienen un aura proveniente del valor que nuestra
cultura asigna al individuo rudo. Pero la complementariedad puede ser enriquecimiento
mutuo. Desarma la agresión, de modo que los individuos que danzan juntos no se hieren
el uno al otro.

Al cabo de dos años de matrimonio, Pat y yo aumentamos la complejidad de


nuestras vidas y de nuestra pareja, convirtiéndonos en padres. Nuestro primer hijo,
Daniel, nació en Israel. Recuerdo el hospital de Kfar Saba donde vio la luz. Me veo como
una figura de Chagall, volando sobre los naranjales con mi hijo en brazos, mientras Pat
sonreía en un mundo ginecológico rodeado de esa múltiple etnicidad que era Israel, unida
en la maternidad. Jean nació cuatro años después en el Columbia Presbyterian Hospital de
Nueva York. Vivíamos en la calle 86 Oeste, teníamos un gran apartamento, y yo ejercía
como psicoterapeuta y estaba en aprendizaje psicoanalítico. Pat era psicóloga
investigadora en el Bank Street College of Education. Las cosas tenían que haber sido
fáciles. Pero no lo eran.

Cada hijo trajo a nuestra familia placeres y dificultades. Muy pronto descubrimos
que todo nuestro conocimiento profesional, todos los libros que habíamos leído, no nos
aportaban mucho acerca de nuestros propios niños tan peculiares y sobre cómo armonizar
con ellos.

La responsabilidad de ser padres generó desacuerdos. Los dos éramos afectuosos


y educativos, pero Pat, como psicóloga evolutiva que veía a los niños desde la perspectiva
de la educación progresiva, tendía a alentarles a explorar, prestaba atención a sus
necesidades percibidas y (según lo sentía yo) estaba demasiado pendiente de ellos, a
expensas de nuestras vidas de adultos. Yo traía incorporado de mi familia de origen un
modelo de la paternidad y de la maternidad concentrado en la disciplina y el respeto a los
adultos. En mi vida profesional había aprendido a respetar la experimentación y el
crecimiento de los niños, pero a juicio de Pat mis respuestas parentales eran
controladoras. Yo la veía a ella demasiado permisiva. Problemas simples desencadenaban
discusiones exageradas. La influencia de mi infancia como modelo correcto de cómo ser
padres entraba en conflicto con el empeño de Pat en no repetir los errores controladores
de sus progenitores. Hoy en día creo que librábamos nuestras batallas en el dominio de
los hijos. Quizá nos habría venido bien una terapia familiar, pero hace 35 años nadie había
tenido aún la idea extravagante de ver en conjunto a padres e hijos. Con el tiempo cada
uno aprendió a ser más tolerante con las debilidades del otro, y a respetar las fuerzas del
otro. Mis experiencias como padre modificaron radicalmente mi pensamiento sobre las
familias. Perdí la arrogancia de creer que había un modo correcto, y acepté el chapuceo,
la debilidad y la incertidumbre de los padres. Al mismo tiempo, mis hijos me enseñaron
por experiencia directa ciertas cosas sobre el desarrollo infantil que no había aprendido en
todos mis años de estudio. Daniel y Jean, con una diferencia de edad de cuatro años, de
diferente sexo, pero también de diferentes comportamientos y modos de captar la vida,
ampliaban día tras día mi propia experiencia. A través de ellos también aprendí cosas
sobre las escuelas y los maestros, sobre la vida social de los niños, y sobre el placer sin
palabras, las aprensiones, la culpa, el altruismo: toda la gama de la existencia.
En la actualidad Daniel es psicólogo y terapeuta familiar; se interesa activamente
en los problemas de la justicia social. Jean, escultora y actriz, enseña teatro en una
escuela de arte para adultos. Les debo mucho. Ellos enriquecieron mi capacidad para
comprender el desafío, para apreciar el crecimiento y el cambio. Cuando hoy en día me
reúno con las familias, Pat, Dan y Jean forman parte de mí.