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El tío conejo y la gallina

Una vez fue el tío Conejo a pedir dinero a la cucaracha, a cuenta, del maíz que él iba a
cosechar. La cucaracha le dio el dinero y quedaron en que la entrega del maíz iba a ser cierto
día. Así quedaron. Pero el dinero no le duró ni un día al tío Conejo.
Entonces fue a ver a la gallina y le pidió dinero a cuenta del maíz. La gallina se lo dio y Conejo
le dijo que fuera a recogerlo cierto día, el mismo que le había dicho a la cucaracha. Otra vez
se le acabó el dinero al tío Conejo. Entonces fue a ver al coyote y pasó lo mismo. Se le acabó
de vuelta el dinero y fue a ver al cazador. El cazador le dio el dinero y quedó de ir por el maíz
el mismo día en que irían los animales.
Llegó el tiempo de la cosecha y el día fijado se presentó la cucaracha y le dijo al tío Conejo:
"Ya vengo por el maíz que tratamos"
El tío Conejo le contestó:
"Si, pero espérame tantito, porque acaba de nacerle unos conejos a mi mujer. Escóndete allí,
no te vaya a comer"
La cucaracha se escondió debajo de una basurita, cuando en eso llegó la gallina por su maíz.
"Pues si" le contestó Conejo, "pero espérame tantito, mientras, ¿no quieres comer algo?
Mira, levanta esa basurita..."
La gallina levantó la basurita y se comió a la cucaracha, entonces Conejo le dijo a la gallina
que se metiera debajo de una canasta, porque iba a llegar el coyote.
Cuentos infantiles, cuentos divertidos, cuentos para niños, cuento de El maíz del tío conejo,
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niños En eso llegó el coyote.
"Vengo por la cuenta del maíz" le dijo,
"Pues sí, pero espérame un momento... mientras, te voy a dar de comer, mira, levanta esa
canasta a ver qué encuentras" ¡Y en ese momento la gallina saltó! Entonces el coyote se la
comió.
Luego el tío Conejo le dijo al coyote que se escondiera entre unas matas porque iba a venir
el cazador. Al ratito llegó el cazador con su rifle y su perro diciendo:
"Vengo por el maíz que tratamos" le dijo.
Y Conejo le contestó:
"Si, ya te lo voy a dar, pero espérame tantito. Mientras, dispara a esas matas.
Y que le enseña el lugar donde estaba el malvado coyote, y lo mata el cazador. Entonces
Conejo le dijo: "Vamos por el maíz. Está lejos, en el cerro"
Cuentos infantiles, cuentos divertidos, cuentos para niños, cuento de El maíz del tío conejo,
cuento de un conejo, cuento que habla del tío conejo y su maíz, cuentos divertidos y para
niños Y se fueron caminando hasta un barranco tan hondo, que, si una persona se caía, no
podía salir. Allí estaba atravesado un palito podrido. Conejo se paró sobre el palo y no le pasó
nada al puente. Entonces el cazador puso un pie sobre el palo y solo se oía tronar de lo
podrido.
"¡No!, yo no paso por aquí porque está podrido" dijo el cazador.
"¡No, hombre!" dijo Conejo, "no pasa nada, ¿No ves que así suena este palo de por sí?"
Y cruzó el puente varias veces el tío Conejo, muy contento, brincando y animando al cazador.
"Mira cómo paso yo" le decía.
Entonces el cazador se subió, y a la mitad del puente, se trozó el palo podrido, ¡Y hasta abajo
fue a dar el cazador!
Ahí termina el cuento y también termina la cuenta del maíz del tío Conejo.
LAS VACAS DE TÍO CONEJO
Tío Conejo estaba muy tranquilo recostado en una piedra. Sin darse cuenta, llegó
silenciosamente Tío Tigre por detrás y…
- ¡Hola Tío Conejo! -le dijo. ¡Al fin te he atrapado! ¡Voy a devorarte!
Tío Conejo abrió sus grandes ojos cuando vio que era Tío Tigre:
– Pues usted sabrá. Yo tengo muy poca carne y soy muy flaquito.
Y viendo unas enormes piedras que sobresalían en lo más alto de la colina, le dijo:
– Allá arriba tengo unas vacas muy gordas y le puedo regalar una.
Tío Tigre se quedó pensativo y le dijo a Tío Conejo:
– Está bien. Si me da una vaca gordita le perdono la vida.
Tío Conejo se puso muy contento y le dijo:
– Cómo no, Tío Tigre.
Y se fue corriendo cerro arriba. Cuando llegó, le gritó:
– ¡Abra bien los brazos, Tío Tigre, que estoy arreando una novilla muy gorda para que baje!
Tío Tigre abrió los brazos y se puso a esperar a su novilla. Tío Conejo se armó de todas sus
fuerzas y empujó la piedra más grande de la cima, que cayó cerro abajo rodando a toda
velocidad.
Tío Tigre, que sólo pensaba en el banquete que se iba a dar, no se fijó en la piedra y se dispuso
a cogerla creyendo que era la novilla. En segundos, la piedra cayó encima al pobre Tío Tigre
y lo dejó aplastado como una tortita de maíz.
Tío Conejo aprovechó el momento para huir nuevamente de su feroz enemigo y se perdió
dando saltitos alegremente.
Tío Conejo se escapó de Tío Tigre y Tío Gallinazo
Una vez Tío Tigre andaba con mucha hambre por la selva y no encontraba nada que cazar. De
repente vio a Tío Conejo a la orilla del río y pensó, “¿Cómo hago para comerme a Tío Conejo?”
Pues él sabía que Tío Conejo era muy listo y decidió atacarlo antes de que se fuera.
Tío Tigre se le acercó lentamente y le dijo “Tío Conejo, vengo a invitarlo a un baile con Tía
Zorra.” Tío Conejo en seguida pensó que Tío Tigre se lo quería comer.
Pero como Tío Conejo no pudo salir huyendo en ese momento, le respondió, “¡Qué bueno
Tío Tigre! Déjame ir a buscar mi perfume que tengo en casa.”
Tío Tigre no quería dejar escapar su comida y entonces dijo, “Yo lo acompaño, Tío Conejo.”
“Ta´ bien, Tío Tigre,” le respondió, “¡Pero corra porque la vaina es breve!” Tío Conejo salió
adelante y se metió en un hueco muy estrecho. Ya seguro en el hueco, Tío Conejo le gritó,
“¡Entre Tío Tigre! ¡Aquí está mi casa!” Pero Tío Tigre era demasiado grande que no pudo
entrar al huequito. “¡Jajaja!” se reía Tío Conejo, “Cree que soy pendejo como usté.”
Tío Tigre, lleno de cólera por la burla de Tío Conejo, miró hacia arriba y vio a Tío Gallinazo en
una rama. Él gritó a Tío Gallinazo, “Bájese y cuídeme la puerta de ese hueco que ahí está Tío
Conejo. Yo voy a buscar una coa y, cuando lo sacamos, nos lo comemos.”
“Ta´ bien Tío Tigre,” le contestó Tío Gallinazo muy contento.
Tío Conejo sabía que estaba en problema y, tomando un puñado de tierra en la mano, le dijo
a Tío Gallinazo, “¿Usté me ve?”
“No,” respondió Tío Gallinazo, “no, lo veo.”
“Entonces, asómese bien para que me vea, quiero mostrarle algo.”
Tío Gallinazo se acercó más adelante a la entrada del hueco. Cuando él estaba muy, muy
cerca, Tío Conejo le soltó el puñado de tierra y ¡Tío Gallinazo se cayó por atrás! En ese
momento Tío Conejo se le escapó.
Cuando Tío Tigre llegó y vio a Tío Gallinazo dando vuelta en el suelo, él estaba muy enojado
y le dijo, “Ahora tú vas a pagar. Te mataré y te comeré.”
“Dale,” dijo Tío Gallinazo, “pero si tengo que morir, quiero morir como mi madre.”
“¿Y cómo se murió tu madre?” le preguntó Tío Tigre.
“La agarraron por las patas y la tiraron hacía arriba y cayó muerta.”
“Ta´ bien,” respondió Tío Tigre, “morirás así.” Entonces agarró a Tío Gallinazo por las patas y
la tiró hacía arriba. Pero, justo en el aire, Tío Gallinazo salió muy campante volando y se fue.
Tío Conejo y Los Siete Tigritos
Dice que una vez Tío Conejo quería trabajar, pero el único trabajo que había era cuidar los
siete hijos del Tío Tigre. Tío Conejo no sabía cómo llegar porque él sabía que, si Tío Tigre lo
veía, se lo comía. Tío Conejo se preocupó tanto hasta que pensó en un plan muy travieso: de
disfrazarse de enfermera. Recogió las orejas dentro del gorro, se puso una mini falda, y habló
con Tío Tigre muy dulce y en una voz muy alta. Este lo aceptó de una vez, pero con la
condición de que tenía que cocinar en adición a cuidar a los tigritos.
Tío Tigre le dijo a la enfermera que cocinara lo que pudiera. Entonces, Tío Conejo habló con
la mamá de los tigritos y le dijo que iba a hacer una comida de primera. El primer día de
trabajo, Tío Conejo llegó y cogió el primer tigrito. Lo mató, lo peló, lo preparó, y se lo dio a
comer. Cuando estaban comiendo, todos le dijeron que la comida era muy sabrosa y pasaron
los seis días muy contentos, comiéndose sus propios hijos. La mamá nunca se dio cuenta de
que se estaba comiendo sus propios hijos porque cada día Tío Conejo, disfrazado como una
enfermera, llevaba el mismo tigrito a la mamá a tomar pecho hasta que el sexto día el pobre
tigrito estaba tan lleno que no quiso comer nada.
Al día siguiente Tío Conejo mató el último tigrito y se los dio a comer. Era la cena más sabrosa
porque el tigrito estaba muy gordo, con mucha grasa. Pero cuando la mamá tigre salió al
patio para buscar sus hijos, vio los siete cueritos colgados de un árbol y comenzó a gritar
locamente hasta que llegó el papá tigre. Él se encontró con el mismo cuadro y se dio cuenta
de que ellos mismos se habían comido sus hijos.
Entraron a la casa para buscar a la enfermera, pero no la encontraron… solo vieron las huellas
de Tío Conejo que ya había salido.
Tío Gallo Se Ganó a Tío Conejo
Dice que Tío Gallo fue el único que se ganó a Tío Conejo en una apuesta. Tío Conejo le decía
a Tío Gallo que él era más vivo y que quería hacer un trato. Tío Gallo le respondió que él
podía cortarse la cabeza y seguir caminando. Tío Conejo le dijo, “Ta´ bien, si tú puedes
hacerlo yo también.
Antes de comenzar la apuesta Tío Gallo le pidió un minuto para prepararse bien. “Ta´ bien,”
Tío Conejo le respondió, “No hay problema.” Entonces Tío Gallo se fue atrás de un árbol y se
reunió con Tío Zorro. Él le ayudaba a Tío Gallo a coger su cabeza y meterla debajo del ala.
Así Tío Gallo salió del escondite y, caminando, dio una vuelta alrededor de Tío Conejo.
Tío Gallo sacó nuevamente la cabeza y le dijo a Tío Conejo, “Ahora te toca a ti.”
Tío Conejo también le pidió un minuto a Tío Gallo y se fue atrás para prepararse con Tío Zorro.
Este le dijo que pusiera su cabeza sobre un tronco, igual como hizo Tío Gallo. Tío Conejo puso
su cabeza y Tío Zorro le dio con el hacha y se la cortó. Y Tío Gallo riéndose quedó.
Tio Conejo y Jesucristo
Había una vez Tío Conejo quería ser más grande. Él pasaba todos sus días pensando en eso y
buscando la manera de crecer. Andaba por todo el bosque preguntando a los otros animales
por qué lo hicieron tan chiquito.
Cierta ocasión le preguntó a Tío Tigre y éste, en lugar de ayudarle, comenzó a reírse. “¡Sí!” le
dijo Tío Tigre, “¡Qué horrible ser tan pequeño, que cualquier animal te puede comer!”
En otra ocasión, Tío Conejo le preguntó a Tío Sapo, “¿Por qué no te molesta ser tan
pequeño?” También Tío Sapo comenzó a burlarse de él.
“La vida es mucho más tranquila con ese tamaño. Nadie puede encontrarme cuando me
busca y siempre escucho las cosas que otros no pueden escuchar.”
Tío Conejo sabía que debía estar contento con su tamaño, pero no pudo parar de pensar en
cuanto mejor sería la vida más grande. Al final, él se fue del bosque y subió a la montaña más
alta. Allá, en la cima, entre las nubes miró por el cielo y llamó a Jesucristo.
“¡Ayúdame, ayúdame!” gritó Tío Conejo y esperó para que su voz llegara al oído de Jesús. Al
rato Tío Conejo escuchó una voz que lo estremeció.
“¿Qué sucede?” preguntó la voz. Alentado por la voz, Tío Conejo comenzó a llorar y a explicar
todos sus sufrimientos. Al final de todo, le pidió lo que más quería: ser más grande.
Desde el momento que la última palabra salió de su boca hubo un silencio enorme; parecía
que todo el mundo había parado, esperando la respuesta de Jesucristo. El silencio demoró
tanto que Tío Conejo casi baja de la montaña. Pero, justo en ese momento… ¡CRAKKKK!
Jesucristo lo cuerió por la barriga, dejando tres rayas blanquitas.
Pobre Tío Conejo salió huyendo asustado, bajando la montaña lo más rápido que pudo. Pero
atrás él escuchó una voz gritando, “¡No te vayas, no te vayas! ¡Todavía falta!” Tío Conejo no
quería regresar, pero no pudo ignorar la voz de Jesucristo que él mismo había llamado.
Tío Conejo volteó y comenzó a subir la montaña de nuevo, con la pequeña esperanza que
todavía lo podía hacer más grande. Pero al llegar a la cima, se quedó nada más un momentito
antes de que la mano de Jesús lo agarrara por las orejas y lo tirara montaña abajo, creciendo
nada más las orejas de Tío Conejo.
Jesucristo no pudo hacer a Tío Conejo más grande porque ya era sabio y si lo hacía más grande
el conejo sería demasiado vivo.
TÍO CONEJO Y TÍA ZORRA
Un señor tenía una rosa (cultivo de arroz, maíz y ñame) y tío conejo se metió a comer melón
y el dueño quiso cogerlo e hizo un muñeco de brea. Y el conejo empezó a pelear con él, le dio
una patada y quedó pegado, luego le dio con la otra y también se pegó, al llegar el señor lo
encontró pegado de las cuatro patas, sin poderse mover. El señor lo cogió y lo metió dentro
del saco, mañana te como, le decía de camino a casa.

Conejo que era muy astuto y sabiendo la suerte que correría sino hacía algo pronto, empezó
a decir: ahora este señor quiere que me case con la hija y la zorra pasó y lo oyó, al escuchar
esto, sin pensarlo dos veces soltó al conejo y se metió en el saco.

Cuando el señor fue a buscar al conejo para comérselo, se encontró con la sorpresa de que
conejo había desaparecido y en su lugar estaba era la zorra el señor de la ira tomó un clavo
caliente y lo metía para quemar a la zorra conejo que estaba escondido observando todo, le
dijo adiós tía zorra culo quemado.
Tío conejo, tía zorra y el espantapájaros
Quería, a como diera lugar, la tía zorra hincarle el diente al tío conejo, pero este era tan vivo
y pícaro que siempre tenía manera de escapar de acechanzas de su enemiga. Molesta y
desconcertada la tía zorra, ideo un plan astuto e ingeniero. Se dirigió a casa de un zapatero,
y robando le un recipiente lleno de un pegamento muy fuerte, embadurno con este un
espantapájaros, que estaba clavado cerca de un matorral de bejucos muy espinosos. Hecho
esto, se escondió detrás del matorral en espera del conejo.
Pasaba este por allí brincando; y cuando vio el espantapájaros, quedo admirado y sentándose
sobre sus patas traseras, dijo afable y cumplido:
- ¡Muy buenos días!, hermosa mañana, ¿eh? -como es de presumir, nada contesto el muñeco-
¿estás sordo?, si es así te lo diré más fuerte. Más el espantapájaros siguió el silencio.
Entonces, guiñando maliciosamente el ojo, se le acerco y levantando despacio una patita
empujo suavemente. ¡nunca lo hubiera hecho! Al querer retirarla le fue imposible, pues se
había quedado adherido al fuerte pegamento que cubría el muñeco
- Suéltame o te golpeo-le grito colérico el tío conejo-y diciendo así le dio con la atrapada que,
desafortunadamente para el corrió la misma suerte que la primera enfureció más y más daba
el conejo fuerte sacudidas, quedando así todo el prisionero del espantapájaros.
- ¡Hola, tío conejo! - le dijo en tono de burlar la tía zorra saliendo de su escondite.
- ¿Qué sucede tan de mañana? - y de gusto revocaba, riendo a carcajadas -supongo que
vienes a comer conmigo:
¿Hay conejo asado? -dijo con ironía- conque esa tenemos, ¿eh?, ya no me jugaras malas
pasadas, sin vergüenza ¿quién te ha mandado a sostener conversación con este hombre tan
feo?
¡Lo único que siento que vas a pasar un poco de calor hay, cuando yo recoja unos cuantos
leños para hacer una fogata!
Escucho tembloroso el pobre tío conejo, y al fin le dijo en tono humilde:
- No me importa, lo que hagas conmigo, mientras no me arrojes entre esos espinos están allí.
- No, no te asare; no quiero tomarme el trabajo buscar la leña; prefiero colgarte de una
cuerda.
- Todo me es igual. Pero por compasión no se te ocurra arrojarme entre esos espinos que me
causaran dolor.
Era tal la rabia que la tía zorra tenía al tío conejo, que, dándole un fuerte tirón por el rabo, lo
hiso caer entre aquellos matorrales espinosos, se hundió el tío conejo en el matorral y viendo
la tía zorra que las ramas se agitaban demasiado, se acercó a ver lo que allí ocurría.
Estaba observando curiosa, cuando oyó que alguien la llamaba desde la altura de un árbol
cercano. Volviendo a la cabeza vio al conejo que estaba acostado sobre un tronco,
peinándose y limpiándose con una astilla de madera su pegajosa piel.
-Tía zorra he nacido y he vivido entre matorrales- le grito riéndose y haciendo una pirueta
desapareció más ligero que un rayo por aquellos prados.
Tío conejo y tía la zorra muerta
Esto eran tío Lobo y tía la Zorra, que estaban reunidos una vez resolvien-do la forma de
deshacerse de tío Conejo, pues francamente ya no los dejaba vivir tranquilos con el montón
de perrerías y malas pasadas que, a diario, les estaba jugando, sin que ellos hubieran podido
vengarse en ninguna forma, a pesar de que eran muchos los que perseguían al malicioso
Patecera.
Ese día hacían recuento de todo lo que habían sufrido por culpa del guatín y el recuerdo de
todo ello los llenaba de rabia. Una vez había pelado con agua hirviendo a tío Lobo, a quien
encerró en un cajón con huecos, cuando los perros de tío Hombre lo perseguían; otra que a
tía la Zorra, a la cual hizo asistir a una fiesta sirviéndole de caballo y llevando tío Conejo un
par de espuelas que chuzaban tremendamente. En fin, que ya no podían soportarlo más.
Porque nada los había valido poner la queja al Rey de los Animales, pues tío León lo que hacía
era reírse de los denuncios celebrando las pilatunas del Patecera.
Así, pues, se pusieron a estudiar un plan y convinieron en pegarse una gran merienda con tío
Conejo, seguros de que éste caería en la celada que le iban a tender. Y fue que acordaron en
que la tía Zorra se iría para su casa, se acostaría en su cama y se haría la muerta. Tío Lobo
mientras tanto saldría a dar la noticia, y tío Conejo, al saberla, curioso como era, iría a verla y
allí lo atraparían y matarían.
En efecto, tía Zorra llegó a su casa, se acostó y se quedó quietecita como si hubiera dejado
de existir. Tío Lobo salió tocando cacho por los lados de la cueva del tío Conejo para que éste
lo oyera. Aauutttuuuuttuu..., aaauuuty-tuuuuttuu -gritaba tío Lobo-, auuut-tuuu... ¡Se avisa
a los buenos vecinos que la pobre tía Zorra ha estirado la pata y se convida al velorio!
Claro, tío Conejo escuchó y salió rápidamente a curiosear. Pero al llegar a la puerta de la casa
de tía la Zorra, que estaba de par en par, vio a está estirada sobre su cama, y malicioso como
era, se puso a observarla entrándole cierta dudita de que en realidad no había tal velorio,
sino que se trataba de algo contra él. Entonces para convencerse, y sabiendo lo atembada
que era tía la Zorra, dijo en alta voz:
-Me había informado de que la pobre tía la Zorra había muerto, pero ahora, por fortuna, me
convenzo de que se trata de una gran mentira. Porque cuando una zorra está muerta no hace
más que voliar la pata derecha, y aquí mi amiga la tiene quieta.
Oír esto tía la Zorra y ponerse a voliar la pata que decía tío Conejo fue ahí mismo. Entonces
el Patecera, lanzando una carcajada, salió vola’o gritando:
- Que te compre el que no te conozca, amiga tía la Zorra. ¡A mí ya me salieron los dientes!
DE COMO TÍO CONEJO SALIÓ DE UN APURO
Pues ahora verán: yo no estoy bien en qué fue lo que le hizo tío Conejo a tío Tigre, el caso es
que lo dejó muy ardido y con unas grandes ganas de desquitarse y juró que lo que era ese
gran trapalmejas no se iba a quedar riendo, y no y no.
El pobre tío Conejo como vió la cosa tan mal parada, se destorrentó por lo pronto de ese
lugar, mientras al otro se le iba bajando la cólera. Tío Tigre llamó a varios amigos, y les dijo
que cuáles querían ganarse un camaroncito ayudándole a buscar a tío conejo.
Tía Zorra que era muy campanera y muy amiga de quedar bien con los que veía que podía
sacarles tajada, y que además le tenía tirria a tío Conejo por las que le había hecho, dijo que
adió, que qué era ese cuento de camarón, que ella le ayudaría con mucho gusto sin ningún
interés, y que por aquí y que por allá.
Tío Tigre no quería y le dijo: --No, no, Tía Zorra, cómo va a ser que a cuenta de ángeles somos
vaya usté a maltratarse, a mí me da pena.
Entonces Tía Zorra le contestó que no se llamaba Tía Zorra si no daba con Tío Conejo.
Y no fue cuento, sino que desde ese día no paró en su casa, sino que dijo a correr por todo, y
usté fisgonea por aquí y usté escucha por allá, y lo que le gustaba era pasar por la casa de Tío
Tigre con la lengua de fuera haciendo que ya no echaba...
Por fin dio el tuerce que un día pilló a Tío Conejo metiéndose en una cueva, y tío Conejo no
la vio.
Estuvo un buen rato a la mira a ver si salía, y como no, se acercó poquito a poco y puso la
oreja a la entrada y oyó a tío Conejo ronca y ronca allá dentro.
Entonces paró el rabo y dijo a correr y correr, hasta que llegó donde Tío Tigre con el
campanazo de que ya había dado con tío Conejo.
Tío Tigre le dijo: -- Bueno, tía Zorra, cuidado me va a chamarrear, porque entonces usté
también sale rascando.
--¡Adió, tío Tigre, cómo va a ser eso! Póngaseme atrás y se convencerá. Eso sí quietico, porque
si no se pasea en todo.
De veras, el otro se le puso atrás y llegaron. Tía Zorra se volvió una pura monada, para
señalarle donde estaba Tío Conejo.
La entrada era muy angosta y tío Tigre lo que hizo fue meter la mano, que era lo que cabía, y
echó traca; pero quiso Dios que agarró a Tío Conejo por la pancilla.
Tío Conejo que estaba bien privado se recordó con sobresalto.
¡Y cuál no sería el susto que se llevó al verse agarrado por la mano, que era de Tío Tigre,
porque por un rayito de luz que entrabapudo mirar bien y no le quedó la menor duda de eso!
Pero no quiso dar su brazo a torcer, y hablando lo más hueco que pudo, metió esta gran
rajonada: --¿Quién me toca la muñeca?
La voz entre la cueva sonaba muy feo y parecía salir de una boca muy grande.
Tío Tigre, que no había soltado, se frunció toditico.
--¡Ni por la perica! ¿Quién sería el que hablaba así y tenía una muñeca tan galana? ¿De qué
tamaño sería entonces la mano? ¿Y el brazo? ¿Y la persona que hablaba?
Porque él se la comparó y creyó que la panza era la muñeca. Y se le puso que era un gigante
y que tía Zorra le estaba haciendo cachete a este gigante para salir de él.
Entonces pensó que quién lo mandaba hacerle caso a esa gran lambuza, sin vergüenza, y sin
aguardar más razones, dijo por aquí es camino, y tía Zorra quedó cuál sus patas.
TÍO CONEJO Y TÍA ZORRA
Un señor tenía una rosa (cultivo de arroz, maíz y ñame) y tío conejo se metió a comer melón
y el dueño quiso cogerlo e hizo un muñeco de brea. Y el conejo empezó a pelear con él, le dio
una patada y quedó pegado, luego le dio con la otra y también se pegó, al llegar el señor lo
encontró pegado de las cuatro patas, sin poderse mover. El señor lo cogió y lo metió dentro
del saco, mañana te como, le decía de camino a casa.
Conejo que era muy astuto y sabiendo la suerte que correría sino hacía algo pronto, empezó
a decir: ahora este señor quiere que me case con la hija y la zorra pasó y lo oyó, al escuchar
esto, sin pensarlo dos veces soltó al conejo y se metió en el saco.
Cuando el señor fue a buscar al conejo para comérselo, se encontró con la sorpresa de que
conejo había desaparecido y en su lugar estaba era la zorra el señor de la ira tomó un clavo
caliente y lo metía para quemar a la zorra conejo que estaba escondido observando todo, le
dijo adiós tía zorra culo quemado.