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Leibniz: Cosmología y filosofía de la Mónada.

Nace en Leipzig en 1646 y murió en Hannover el 14 de noviembre, fue considerado el último


genio universal al manejar todas las ciencias de su época. A los 20 años publica Disertación
acerca del arte combinatorio. El pensamiento de Leibniz está aglomerado en una multitud de
escritos cortos que en general eran cartas a múltiples personas. Escribió dos tratados de
filosofía; el primero, la Teodicea de 1710, es tanto filosófico como teológico.

Su libro más importante es el de la Monadología. En la que explica que las mónadas son los
elementos últimos del universo. Tienen las siguientes características: son eternas, no se
descomponen, son individuales, están sujetas a sus propias leyes, no son interactivas y son un
reflejo de todo el universo en una armonía ya dada. Las mónadas constituyen cada una un
microcosmos, una síntesis expresiva de la universalidad, es una orden que se resume en ella y
que la trasciende, que remite a la totalidad de las entidades del cosmos. Cada sustancia es
única e idéntica a sí misma. Son sustancias simples, no materiales, es decir que son
espirituales y además son centros de fuerza, la sustancia es fuerza, mientras el espacio, la
materia y el movimiento son meramente fenomenales. La sustancia compleja solo existe en
cuanto que hay vinculo; las mónadas no necesitan del vínculo, pero el vínculo exige
mónadas. El vínculo es un modo de relacionar lo simple para formar lo compuesto,
contingente a lo simple pero necesario para lo compuesto.

Pero, en contra a la teoría del absolutez del espacio de Newton, Leibniz afirma que el espacio
es relativo y es la percepción de las relaciones espaciales entre mónadas. Por eso percibimos
y describimos algo en comparación con otro ( la casa está al lado del jardín, el perro está
detrás del poste, etc.). El espacio no puede ser absoluto (peleando con la idea general del
Newton) porque no hay argumentos de firmeza que admiten que el universo esté situado en
este sitio y no en otro.

La universalidad del cosmos se sintetiza, a juicio de Leibniz, en la unicidad de cada mónada,


en su individualidad, de manera que cada mónada expresa la totalidad del Universo según su
particularidad, esbozado de esta forma una bella armonía entre lo singular y lo total
orden y situación es una disposición o vínculo entre los puntos, las entidades individuales que
definen el espacio-tiempo.
En la ciencia actual podemos ver la consecuencia que trae Leibniz en la que se puede ver la
relación entre lo finito y lo infinitésimo de la misma forma que en la teoría de los fractales en
la que se observa una relación de el caos finito con un orden infinitesimal de modo
fragmentado. Es entonces que físicos como Tyron dicen que el Universo es “una fluctuación
del vacío cuántico”. También cabe aclarar que la mónada de Leibniz no se podría considerar
como el átomo actual o como el quanto, el quanto y el átomo poseen divisiones y no cumplen
con su etimología ( átomo es sin divisiones, como el átomo de Demócrito). El átomo como lo
conocemos hoy está cambiando como concepto para acercarse cada vez más a la mónada
Leibniziana, porque al ser el átomo algo indivisible, lo haría meramente espiritual ( porque lo
material al tener materia puede ser dividido.)

El mundo es entonces un compuesto sustancial de sustancias simples, que a su vez, son


horizontes repletos de universo; todo puesto en un espacio relativo, que según el sujeto que
observe el mundo, lo mirará en un tiempo también y bajo unas sucesiones lógicas que no
burlen los principios.

Posteriormente, filósofos como Hume criticaron fuertemente esta teoría y luego Kant,
derribará todo el presupuesto metafísico y por ende, toda la idea del racionalismo ilustrado;
no obstante mantendrá todo el ideal científico filosófico que años posteriores verá la ciencia
como útiles.