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La humanidad va hacia un nuevo orden

Un ingreso básico universal sería la fórmula para evitar la ira de desempleados por la
robotización.
Por: Yuval Noah Harari - ©Project Syndicate - 11 de junio 2017, 01:00 a.m.

A medida que el aprendizaje de las máquinas y la robótica mejoren en las próximas


décadas, es probable que cientos de millones de empleos desaparezcan, causando
perturbaciones a las economías y redes comerciales de todo el mundo. La Revolución
Industrial creó la clase trabajadora urbana, y gran parte de la historia social y política del
siglo XX giró en torno a los problemas de esta. Del mismo modo, la revolución de la
inteligencia artificial (IA) podría crear una nueva ‘clase sin trabajo’, cuyos miedos y
esperanzas conformarán la historia del siglo XXI.
Los modelos sociales y económicos que hemos heredado del siglo pasado son
inadecuados para enfrentar esta nueva era. Por ejemplo: el socialismo suponía que la
clase obrera era decisiva para la economía, y los pensadores socialistas trataron de
enseñarle al proletariado cómo traducir su poder económico en influencia política. Esas
enseñanzas podrían llegar a ser irrelevantes en las próximas décadas, en la medida en
que las masas pierdan su valor económico.

Algunos podrían argumentar que el ‘brexit’ y la victoria presidencial de Donald Trump


muestran una trayectoria contraria. En 2016, muchos británicos y estadounidenses que
habían perdido su utilidad económica, pero conservaron algún poder político, usaron las
urnas para rebelarse antes de que fuera demasiado tarde. Pero no se rebelan contra
una élite económica que los explota, sino contra una élite económica que ya no los
necesita. Es mucho más aterrador ser inútil que ser explotado.
Con el fin de hacer frente a esas perturbaciones tecnológicas y económicas sin
precedentes, probablemente necesitemos modelos completamente nuevos. Uno que
está ganando creciente atención es el ingreso básico universal. El IBU sugiere que alguna
institución –probablemente un Estado– gravará a los multimillonarios y corporaciones
que controlan los algoritmos y los robots, y usará el dinero para proporcionar a cada
persona un estipendio que cubra sus necesidades básicas. La esperanza es que eso dará
a los pobres una amortiguación contra la pérdida del trabajo al tiempo que protegerá a
los ricos de la rabia popular.

No todo el mundo está de acuerdo en que hará falta el IBU. El temor a que la
automatización genere un desempleo masivo se remonta al siglo XIX, y hasta ahora
nunca se ha materializado. En el siglo XX, por cada trabajo perdido a manos de un tractor
o de una computadora se creó por lo menos un nuevo empleo, y en el siglo XXI la
automatización viene causando hasta ahora pérdidas moderadas de puestos de trabajo.
Sin embargo, hay buenas razones para pensar que esta vez es diferente: el aprendizaje
de las máquinas realmente marca un antes y un después.

Los seres humanos tienen básicamente dos tipos de habilidades: físicas y cognitivas. En
el pasado, aunque las máquinas competían con los humanos principalmente en las
capacidades físicas, estos conservaban una enorme ventaja cognitiva. Pero ahora, la IA
está empezando a superar a los humanos en cada vez más habilidades.

Por supuesto, en el siglo XXI se desarrollarán nuevos trabajos humanos, ya sea en la


ingeniería informática o en la enseñanza de yoga. Estos exigirán, sin embargo, altos
niveles de conocimiento experto y de creatividad, por lo que cual no resolverán los
problemas de los trabajadores desempleados no calificados.

El antes y el ahora
Durante las anteriores oleadas de automatización, la gente normalmente podía
cambiar de un trabajo de baja calificación a otro. En 1920, un trabajador rural
despedido por la mecanización de la agricultura podía encontrar un nuevo empleo en
una fábrica de tractores. En 1980, un trabajador fabril desempleado podía comenzar a
trabajar como cajero de un banco o un supermercado. Cambios que fueron factibles
porque el paso de la granja a la fábrica y de la fábrica al supermercado requirió sí una
nueva capacitación, pero limitada.

Sin embargo, en el 2040, un cajero o un obrero textil que pierdan su empleo a manos
de una máquina difícilmente podrán trabajar como ingeniero en ‘software’ o profesor
de yoga. No tendrán las habilidades necesarias.
Los partidarios del IBU esperan resolver ese problema liberando de las preocupaciones
económicas a los desocupados, que podrían simplemente olvidarse del trabajo, y
dedicarse a sus familias, aficiones y actividades comunitarias y encontrar sentido en los
deportes, las artes, etc.

Pero la fórmula del ingreso básico universal tiene sus problemas. Para comenzar, ¿qué
es universal? Si bien Elon Musk (cofundador de PayPal y Tesla) dijo que “hay una
buena posibilidad de que terminemos con un ingreso básico universal (...) debido a la
automatización”, y el expresidente Barack Obama señaló que “si un ingreso universal
es el modelo adecuado (...) es un debate que tendremos en los próximos 10 o 20
años”, no está claro de quién se está hablando. ¿Del pueblo estadounidense? ¿De la
raza humana?

Hasta ahora, todas las iniciativas de IBU han sido estrictamente nacionales o
municipales. En enero, Finlandia inició un experimento de dos años, proporcionando a
2.000 finlandeses desempleados 630 dólares al mes, independientemente de si
encuentran trabajo o no. Proyectos similares están en curso en Ontario, en Holanda y
en Livorno (Italia). El año pasado, Suiza celebró un referéndum sobre la institución de
un plan nacional de ingreso básico, pero los votantes lo rechazaron.

El problema de esos planes nacionales y municipales, sin embargo, es que las


principales víctimas de la automatización pueden no residir en Finlandia, Holanda o en
EE. UU. La globalización ha hecho que la gente de un país dependa de mercados de
otros países, pero la automatización podría desanudar grandes porciones de esta red
mundial con consecuencias desastrosas para los eslabones más débiles.

En el siglo XX, los países en desarrollo experimentaron avances en sus economías


principalmente mediante la exportación de materias primas o la venta de la mano de
obra barata. Hoy, millones de personas de Bangladés se ganan la vida produciendo
camisas que luego se venden a compradores en Estados Unidos, mientras que gente
de Bangalore (India) se gana la vida contestando las quejas de clientes
estadounidenses.

Sin embargo, con el aumento de la IA, los robots y las impresoras 3D, la mano de obra
barata será mucho menos importante, y la demanda de materias primas también
podría caer. En lugar de fabricar una camisa en Dhaka y enviarla a Nueva York, se
podría comprar ‘online’ el código de la camisa a Amazon e imprimirlo en
Manhattan. Las tiendas Zara y Prada podrían ser reemplazadas por centros de
impresión tridimensionales, y algunas personas hasta podrían tener estas impresoras
en su casa.
Al mismo tiempo, en vez de llamar a los servicios de atención al cliente en Bangalore
para quejarse de su impresora, uno podría hablar con una forma de IA en Google
Cloud.

Los nuevos trabajadores desempleados y los operadores de ‘call centers’ de Dhaka y


Bangalore no tienen la formación necesaria para pasar a diseñar camisas de moda o
escribir códigos de computador, así que ¿cómo van a sobrevivir?

En ese escenario, los ingresos que antes fluían hacia el sur ahora llenarán las arcas de
unos cuantos gigantes tecnológicos en California, lo que provocará una enorme
presión sobre las economías en desarrollo.

Los votantes estadounidenses posiblemente estarían de acuerdo en que los impuestos


pagados por Amazon.com Inc. se usen para dar estipendios a los mineros de carbón
desempleados de Pensilvania y los taxistas sin trabajo de Nueva York. Sin
embargo, ¿alguien piensa que los votantes de los EE. UU. también estarían de acuerdo
en que parte de esos impuestos deberían ser enviados a Bangladés para cubrir las
necesidades básicas de las masas desempleadas allí?

Otra dificultad importante es que no hay una definición aceptada de necesidades


“básicas”. Desde una perspectiva puramente biológica, lo único que un ‘Homo sapiens’
necesita para sobrevivir son unas 2.500 calorías por día. Pero más allá de esta línea de
pobreza biológica, cada cultura en la historia ha definido necesidades básicas
adicionales, que cambian con el tiempo.

En la Europa medieval, el acceso a los servicios de la iglesia se consideraba aún más


importante que la comida, porque con ella cuidaba del alma, eterna; no el cuerpo,
efímero. En la actualidad, en Europa la educación y los servicios de salud decentes se
consideran necesidades humanas básicas, y algunos sostienen que hasta el acceso a
internet es ahora esencial para todo hombre, mujer y niño.

De modo que, si en 2050 el Gobierno Unido del Mundo acepta imponer impuestos a
Google, Amazon, Baidu Inc. y Tencent con el fin de proporcionar un ingreso básico
para cada ser humano en la Tierra, desde Dhaka a Detroit, ¿cómo definirá “básico”?

Por ejemplo, ¿el ingreso básico universal cubrirá la educación? Y si es así, ¿qué
comprenderían esos servicios: solo leer y escribir o también componer códigos
informáticos? ¿Sólo la escuela o todo, hasta el doctorado?

¿Y qué pasa con el cuidado de la salud? Si para el año 2050 los avances médicos hacen
posible desacelerar los procesos de envejecimiento y ampliar significativamente la vida
humana, ¿habrá acceso a los nuevos tratamientos para los 10.000 millones de seres
humanos del planeta o solo para unos pocos multimillonarios? Si la biotecnología
permite a los padres ‘mejorar’ a sus hijos, ¿se consideraría eso una necesidad humana
básica, o veríamos a la humanidad dividirse en diferentes castas biológicas, con ricos
superhumanos con capacidades que superan con mucho las del ‘Homo sapiens’ pobre?

Una desigualdad creciente


Una vez que se definan las necesidades humanas básicas que deberán suministrarse a
todos de forma gratuita, vendrán feroces competencias sociales y políticas por lo no
básico, ya sean vehículos de lujo de conducción autónoma, acceso a parques de
realidad virtual o cuerpos mejorados con bioingeniería.

Pero como las masas desempleadas no tendrán activos económicos, es difícil ver cómo
podrían esperar obtener tales lujos. En consecuencia, la brecha entre los ricos (los
gerentes de Tencent y accionistas de Google) y los pobres (los dependientes del
ingreso básico universal) podría volverse más grande que nunca.

Por lo tanto, aun cuando el ingreso básico universal signifique que las personas pobres
del 2050 gozarán de una mejor atención médica y educación, puede que sientan que el
sistema solo sirve a los superricos y que el futuro será aun peor para ellos.

La gente suele compararse con sus contemporáneos más afortunados, no con sus
antepasados. Si en 2017 se le dice a un estadounidense pobre de un barrio
pauperizado de Detroit que tiene acceso a un mejor cuidado de la salud que sus
bisabuelos en la era previa a los antibióticos, es poco probable que eso lo anime. “¿Por
qué debo compararme con los campesinos del siglo XIX?”, podría replicar esa persona.
“Quiero vivir como la gente rica que aparece en la televisión, o por lo menos como la
gente de los suburbios pudientes”.

Del mismo modo, si en el 2050 se le dice a la clase inútil que goza de una mejor
atención de la salud que en 2017, le serviría de poco consuelo, porque se estaría
comparando con los superhumanos mejorados que dominarían el mundo.

Los sistemas modernos de comunicación hacen esas comparaciones casi inevitables.


Un hombre que vivía en un villorrio de hace 5.000 años se medía contra los otros 50
hombres de la aldea. Comparado con ellos, probablemente se vería muy bien. Pero
hoy un hombre que vive en un pueblito se compara con los 50 muchachos más
hermosos del planeta, a quienes ve todos los días en la televisión, en pantallas y en
carteleras. Es probable que nuestro aldeano moderno esté mucho menos feliz con la
forma en que se ve. ¿El ingreso básico universal incluirá cirugía plástica para todos?
El ‘Homo sapiens’ no está hecho solo para la satisfacción. La felicidad humana depende
menos de condiciones objetivas y más de nuestras propias expectativas. Sin embargo,
las expectativas tienden a adaptarse a las condiciones. Cuando las cosas mejoran, las
expectativas crecen y, en consecuencia, hasta una mejora espectacular de las
condiciones podría dejarnos tan insatisfechos como antes.

Si el ingreso básico universal tiene como propósito mejorar las condiciones objetivas
de la persona promedio en 2050, tiene una razonable posibilidad de lograrlo. Pero si
apunta a que la gente esté subjetivamente más satisfecha con su suerte con el fin de
prevenir el descontento social, probablemente no la tenga.

YUVAL NOAH HARARI


Historiador y escritor israelí, profesor en la Universidad Hebrea de Jerusalén.
Libros Ensayo

De las bacterias a Bach. La evolución de la mente

Daniel C. Dennett

Traducción de Marc Figueras. Pasado & Presente, 2017. 430 páginas, 35 €

MARÍA TERESA GIMÉNEZ BARBAT | 09/02/2018 | Edición impresa

Dennett, en el Centro Cultural de la Ciencia de Buenos Aires, Argentina

La conciencia humana es tan rara que parece maravillosa. Nuestra especie ha

ganado la carrera por la supervivencia entre los vertebrados del planeta, y actualmente

nosotros y nuestros animales domésticos somos más del 98 por ciento. Pero esta es sólo

una pequeña fracción de la vida terrestre. La mayoría de los seres vivos que han vivido,

viven y vivirán en la Tierra de forma evolutivamente competente lo hacen sin

entender que existen ni por qué. Lo que Daniel Dennett (Boston, 1942) llama
“competencia sin comprensión” y Borges expresó poéticamente: “No habrá una cosa que

sepa que su nombre es raro”.

Dennett es quizás el más conocido filósofo materialista de las últimas décadas. Los

críticos lo han calificado como “fanático intelectual” por su empeño en eliminar cualquier

vestigio de explicación espiritual, aunque es probable que esta última obra, De las

bacterias a Bach, también irrite a sectores intelectuales modernos como los defensores

de los derechos animales, debido a su cuestionamiento de la conciencia animal no

humana.

No se le puede negar a este combatiente de la razón una ferviente dedicación a la causa.

En una época donde florece el escepticismo sobre los poderes analíticos, si por algo

destaca esta obra de madurez es por su genuino empeño de convencer. Dennett tiene en

cuenta a sus enemigos intelectuales y talla un frondoso argumentario orientado no

sólo a explicar su idea, sino a exponer los obstáculos comunes que se le oponen.

Quizás el más potente de estos sesgos y prejuicios es lo que el autor llama “gravedad

cartesiana”, la tentación arraigada de creer que lo que existe es o bien físico o bien

espiritual, y en consecuencia la negativa a aceptar que lo vivo pueda proceder de algo no

vivo, y lo consciente de algo no consciente. Sin embargo, este tránsito es justo la

conclusión de la teoría evolutiva moderna, “la extraña inversión de Darwin” que pone del

revés a dos milenios de pensamiento, cuyo dogma central fue el diseño inteligente de la

vida. Otra potente fuerza gravitatoria “cartesiana” tiene que ver con la resistencia a

aceptar que la evolución de la conciencia sea explicada “por meros procesos materiales”.

No sólo los teólogos o los filósofos reaccionarios, la mayoría de las personas

encuentran poco intuitiva, o poco satisfactoria, la explicación de que la vida pueda


surgir de algo que no es vida, que los procesos que llamamos inteligentes estén hechos

de elementos “tontos”, y en definitiva que la conciencia pueda surgir de cosas que no

tienen en absoluto conciencia. Para Dennett existe aquí un conflicto entre la “imagen

manifiesta” del mundo, o el conjunto de suposiciones heredadas que forman a grandes

rasgos el sentido común sobre cómo funcionan las cosas, y la “imagen científica” del

mundo, un raro fruto de los poderes analíticos humanos y su peculiar búsqueda de

razones.

Desde esta “imagen científica” evolutivamente novedosa Dennett propone entender la

conciencia no como una maravilla creada “de arriba abajo” por un diseñador inteligente,

sino como “un sistema de máquinas virtuales” evolucionados “de abajo arriba” adaptados

al particular nicho cognitivo humano, de construcción muy reciente en los últimos

milenios. La comprensión global que consiguen los cerebros humanos, es pues un costoso

producto de la evolución biológica hecho de competencias locales y especializadas que

en sí mismas no comprenden.

Como indica Darwin, paradójicamente, la evolución de la conciencia es el proceso por el

que la “imagen manifiesta” se nos hace manifiesta, permitiendo la evolución de razones

y un nivel de comprensión no alcanzado por otra especie, y que ni siquiera se aprecia en

el horizonte de la inteligencia artificial. La osadía de Daniel C. Dennett es mantener, a

pesar de consensos más generalizados, que el ser humano sigue siendo único.