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Mensaje a Keiko Fujimori

Por César Hildebrandt.

Señora

Pier Figari, su asesor, ha comparado a Martín Vizcarra con Nicolás


Maduro. Daniel Salaverry, su mantenido en el Congreso, ha dicho que
le parece estar viviendo en Venezuela.
¿Estos son los heraldos negros de lo que se viene señora? ¿Van a
tumbarse a Vizcarra diciendo que es un dictador?.
¿Un dictador como lo fue su padre? ¿Un personaje oscuro como lo fue
el señor Montesinos, que declaró formalmente que a usted le entregaba
mensualmente diez mil dólares salidos de las bolsas negras para su
manutención en los Estados Unidos?.

Cada persona, por más insignificante que sea, aporta un estilo. El suyo,
señora, no es el de la ira constructiva, como quieren hacerle creer. El
suyo es el de la traición. Traicionó usted a su madre, cuando ella más la
necesitaba; traicionó usted, estrictamente por conveniencia electoral, a
su padre, a quien todo le debía, desde el apellido hasta la fortuna oculta
de la que algo sabe Joaquín Ramírez; traicionó usted a su hermano,
que tanto hizo por reconstruir el partido y que cayó en las redes por
usted tendidas. Sólo fue fiel usted, señora, a los tíos corruptos que se
asilaron en Japón, como lo quiso su padre cuando buscó ser senador
en aquel imperio.

Sería avaro de mi parte no reconocerle a usted las virtudes que muchos


también le encomian. Es usted inteligente, astuta, tenaz y disciplinada.
El problema señora, es que su inteligencia la ha empleado para
construir la farsa de un fujimorismo renovado, cuando bien sabemos
que el fujimorismo –albertista, ayer, hoy y siempre- no podría renunciar
a su vocación totalitaria sin perder su esencia. Respecto de su astucia,
Harvard, señora, fue el mejor escenario para ese talento, ¿recuerda
usted cuán liberal parecía en aquella universidad, qué maquillaje
mutante la cubrió, cómo fue que hasta su voz fue modulada por la
conciliación aparente y el arrepentimiento veraz?. ¡Eso es astucia! Y es
usted tenaz en el error, señora, sin siquiera esforzarse. Está convencida
de que el Perú le debe la presidencia y que solo las malas artes
impidieron su éxito. Esa es una percepción narcisista, señora. El Perú
no le debe nada. Su deuda con el Perú, como primera dama y
beneficiaria de la dictadura, primero, y cómo pretendiente a la sucesión
de esta dinastía familiar grotesca, después, resulta, en cambio,
incuantificable (por ahora).
Y en relación a su amor por la disciplina, no es la suya la disciplina de
quien vive metódicamente para cumplir una tarea y llegar a un objetivo
que haga del mundo algo mejor. Concibe usted la disciplina, señora,
como el orden inapelable, la sujeción humillante, el salivar pavloviano
de sus creaturas. Por eso está usted rodeada de dos clases de
personas: aquellos cuya estupidez notoria los hace obedecerla sin
dudas ni murmuraciones y aquellos cuyo prontuario, entre político y
policial, los obliga a la anuencia para seguir siendo protegidos por el
blindaje del partido.
Usted, en suma, no es líder, señora. El liderazgo, aun el errático, se
basa en un programa, en una inspiración, en un cierto sueño de país.
¿Cuál es el suyo, señora, aparte de aquel que consiste en concebir un
país rendido a sus pies, temeroso de sus furias, temblando ante sus
arrebatos?.

Defiende usted al fiscal Pedro Chávarry. No me extraña. Ha defendido


usted siempre lo indefendible con tal de que sea útil a sus intereses y a
los de su organización.
Y Chávarry es perfecto para que usted no sea investigada de verdad
por los cócteles truchos, los aportes negros y el lavado de dinero de sus
dos campañas millonarias. El mismo poder judicial podrido que su padre
armó toga por toga y crimen tras crimen es el que usted quiere
mantener, señora, no pensando en el país, por supuesto, sino previendo
las penas que magistrados independientes podrían darle a usted y a sus
escondidos (por ahora) benefactores.
Trama usted, señora, un golpe de estado. Resulta que Vizcarra no era
el mayordomo asustadizo que le dijeron. Y por eso usted y Salaverry
hablan de citas supuestamente incriminatorias ocurridas cuando la
caída de Kuczynski estaba preparándose y cuando ya habíamos
cambiado de mandatario.
¿Cuál fue el punto central de esos diálogos que hoy se revelan como si
fueran el nuevo testamento? Pues los detalles de la transición, la
posibilidad de que hubiera una crisis constitucional por la renuncia de
los dos vicepresidentes, la alternativa no deseada de adelantar las
elecciones. ¿Conversar sobre eso era un crimen? Claro que no.
Chantajistas con escuela, los fujimoristas quieren arrinconar al Ejecutivo
contándole a la gente que el presidente actual se reunió con la que es,
para nuestra desgracia, la primera fuerza del Congreso en un momento
de amenazante inestabilidad. Y no olvidemos que el secretismo de esos
encuentros fue un acuerdo lamentable de ambo protagonistas.

Si Vizcarra mereció una censura pública señora, es por haber confiado


en usted, que es indigna de cualquier confianza. Y es por haber
confiado en gente como Salaverry el lodoso empresario que llegó a sus
filas cuando su partido original estaba en ruinas. Ya no hablemos de
haber confiado en Chlimper, el agroexportador que, como ministro, hizo
una ley para favorecer la agroexportación de modo escandaloso y
perpetuo. ¿Quién querrá sentarse con usted hoy, señora? Quizá hasta
Joaquín Ramírez sienta temor.

Sueña usted con imitar a su padre y habla desde la televisión tratando


de duplicar, esta vez sí filialmente, algunos énfasis, algunos
subrayados, alguna respiración. Pero su padre, a pesar de ser el más
corrupto de los presidentes de nuestra historia y el más grande foco
infeccioso de nuestras instituciones republicanas, tuvo dos méritos
innegables: atajó el proceso de destrucción de la economía empezado
con Alan García y capturó a la cúpula del terrorismo ¿Qué
reconocimiento puede usted exigir si como jefa de la oposición ha
convertido al Congreso en una pandilla que sabotea leyes regulatorias,
encubre a Alar García en el caso Lava Jato y se alía de modo
sistemático con el poder del dinero? ¿Qué méritos quiere que le
reconozcamos si en su agenda política sólo figura su nombre y en su
lista de prioridades el primer y único punto es que usted ocupe en su
tercer intento, la presidencia de república? ¿Qué quiere que digamos de
alguien que desde el Congreso, que el pueblo le confió, quiere dinamitar
el juego democrático porque el señor Vizcarra ha demostrado tener algo
de iniciativa y una pizca de carácter?

Usted llega tarde a la historia. El país en escombros que éramos en


1990 ya no existe. Sus recetas, hijas del ultraderechismo mandón y
varicoso, ya no funcionan. Su chusquedad mental ya no seduce. Su
hipocresía ya no cala. Ahora necesitaríamos a alguien que entienda de
un modo más sofisticado la naturaleza de nuestros problemas, insertos
en un panorama mundial confuso e inflamable.

Por último, señora, comprenda que el descenso abismal de su


popularidad no es parte de un complot de la prensa. Ni sus derrotas ni
sus fugas de capital electoral son obra de los periodistas. No nos
sobreestime, señora. No somos tan importantes. No somos ni siquiera
importantes. Lo que pasa es que usted ha cumplido dolorosamente uno
de sus mayores sueños: ha llegado a ser temible. Y la gente común ve
el éxodo de los venezolanos y se imagina un Perú dominado por sus
rabietas, señora, sus complejos de inferioridad, señora, su sed
insaciable de variadas venganzas, señora, y se asusta. Ese es su
verdadero problema, estimada. Produce usted un pánico popular.