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EL PAJARO SILVADOR

En la misteriosa niebla que arropa los bosques de sauce y


ciprés fúnebre y en los bosques tenebrosos, ríos turbulentos
y cementerios abandonados mora el espíritu del pájaro
silbador, la creencia popular y la superstición afirman que el
silbador es ave de mal agüero que esta a la sombra de los
muertos y que lleva las almas de los malvados al
abismo insondable del fuego eterno del infierno. El silbador
esta poseso del espirito del demonio, disfruta del sol
nocturno y de la oscuridad espiritual, juzga a los difuntos y asecha a los vivos y les vaticina
enfermedades, calamidades, tragedias ruinas y muerte. Cuando el diabólico silbador vuela por los
llanos calurosos y por las montañas frías, los escoltan búhos de mal presagio, buitres de mala
premonición, mochuelos siniestros cuervos y de repente aletean bandadas de murciélagos, mariposas
negras y urracas aduladoras y astutas. El silbador a veces adopta la forma de pájaro carpintero en
representación del demonio de los herejes y de la condenación. Otras veces el silbador posee el
espíritu de un buitre, y luego se alimenta de las entrañas y carroñas de los humanos, de escarabajos,
de caracoles, de escorpiones de gusanos, sapos y serpientes.

El ánima del silbador tiene significación maléfica, siembra la discordia. Anida la violencia, la discordia y
el desamor y en medio del pandemónium les corta el

LA CANDILEJA

Mártir de la violencia, la Candileja es el espectro de una


mujer asesinada en el Valle de las Tristezas. Dicen que fue
quemada viva con los hijos dentro de su casa. Desde
entonces, convertida en fuego, frecuenta los lugares en
ruinas, las crecientes de los ríos y los caminos solitarios.
Aparece en el alba, cuando aún el gallo no ha cantado, y
como un meteoro se estrella con los cercos; se agita en el
copo de los árboles o se echa a rodar por los pastos.

Amiga de los cocuyos, la Candileja en los días de viento


quisiera ser coro de enredadera o canto de arrendajo en la
montaña. Zarza ungida de violencia, aunque la Candileja
nunca se apacigua en su dolor ígneo, algunas noches en
que los ríos están apacibles y cubiertos de cámbulos, ella
quisiera detenerse y tomar agua y tal vez bañarse en la
sombra para quitarse tanto ardor y despojarse de toda la
ceniza.

Reina salvaje coronada de rescoldos que se avivan con la


memoria, la Candileja, sin embargo; espanta a los caballos y
los jinetes que se aventuran en la noche.

Inicia las quemas de los bosques: Grandes incendios,


grandes sequías, precipita su presencia de llama en los
tiempos en que se aviva su dolor. Por eso los hombres le temen. Saben que ni los rezos ni las
bendiciones ahuyentan su furia.

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