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LOM PALABRA DE LA LENGUA YÁMANA QUE SIGNIFICA SOL

Tinsman, Heidi 1964 -


La tierra para el que la trabaja: Género, sexualidad y
movimientos campesinos en la Reforma Agraria chilena
[texto impreso] / Heidi Tinsman. –
1ª ed. -- Santiago: LOM Ediciones, 2009.
340 p.: 16x21 cm.- (Colección Historia)

I.S.B.N.: 978-956-00-0028-6

1. Reforma Agraria – Chile – Historia – Siglo XX


2. Trabajadoras Agrícolas – Chile – Condiciones Sociales
3. Trabajadores Agrícolas – Chile – Condiciones Sociales
I. Título. II. Serie

Dewey : 305.30983.-- cdd 21


Cutter : T592m

Fuente: Agencia Catalográfica Chilena

© LOM Ediciones
Primera edición, 2009.

I.S.B.N.: 978-956-00-0028-6

A cargo de esta Colección: Julio Pinto

Fotografía de portada: “Inquilinos: Toma de fundo, 1969” , sin autor.


Museo Histórico Nacional.

Diseño, Composición y Diagramación:


Editorial LOM. Concha y Toro 23, Santiago
Fono: (56-2) 688 52 73 Fax: (56-2) 696 63 88
web: www.lom.cl
e-mail: lom@lom.cl

Impreso en los talleres de LOM


Miguel de Atero 2888, Quinta Normal
Fono: 7169695 / 7169684 Fax: 716 8304

Impreso en Santiago de Chile


HEIDI TINSMAN
University of California Irvine

La tierra para el que la trabaja


Género, sexualidad y movimientos campesinos en la
Reforma Agraria chilena
AGRADECIMIENTOS

Es un gran privilegio que este libro sea publicado en español. Por largo tiempo, la
literatura sobre Chile escrita en idioma inglés no ha estado disponible en español, así
como tampoco ha sido accesible para aquellos que leen primariamente en inglés el rico
trabajo académico escrito por chilenos en español. Estoy profundamente agradecida
a LOM y DIBAM por hacer posible que comparta mi trabajo más extensamente en
Chile y en otros lugares de las Américas. Ojalá su ejemplo inspire una acción recíproca
de parte de las editoriales de los Estados Unidos para que las publicaciones de los
autores latinoamericanos estén disponibles en inglés. Agradezco especialmente a Julio
Pinto por llevarle mi investigación a LOM. Le agradezco a Jacqueline Garreaud por
su excelente traducción de la publicación original, Partners in Conflict: The Politics of
Gender, Sexuality and Labor in the Chilean Agrarian Reform (Duke University Press,
2002), y a Elisa Castillo Ávalos por su edición de la misma. Mis colegas historiadoras
Soledad Zárate, Liz Hutchison y Consuelo Figueroa entregaron solidaridad y apoyo
logístico, sin los cuales este proyecto no se habría realizado.
Este libro comenzó como una tesis para mi doctorado en historia de Yale University,
pero ha sido profundamente modificado por mis experiencias y conversaciones aquí
en Chile. En realidad, inicialmente no intenté escribir una historia sobre la Reforma
Agraria, sino sobre las(los) temporeras(os) en la industria exportadora de fruta
durante el régimen militar. En 1991, tuve la gran fortuna de trabajar como asistente
de investigación para la ONG La Casa del Temporero, la cual, junto con la Iglesia
Católica, había ayudado a nutrir uno de los primeros sindicatos en Chile de trabajadores
temporeros de la fruta en el Valle de Aconcagua. Me fascinó que las mujeres estuvieran
desempeñando un papel crucial en revitalizar el movimiento laboral rural y que los
cambios en los roles de género fueran los temas principales del debate alrededor de
la olla común y en las fiestas de la comunidad.
Pero esta no fue la historia que terminé escribiendo. El heroísmo que al principio yo
trataba de forzar sobre los temporeros terminó siendo mucho más complicado y limitado
que lo que había imaginado mi narrativa romántica. En una detenida inspección,
me encontré con un radicalismo que no me parecía una respuesta automática a la

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dictadura y a la proletarización, sino más bien un rehacer de las sensibilidades sobre
la justicia social enraizadas en un momento anterior: el igualitarismo militante de la
masiva expropiación de tierras en Chile entre 1964 y 1973. En las historias orales con
los trabajadores de la fruta, tanto hombres como mujeres se referían repetidamente
a la Reforma Agraria –así como a las relaciones latifundistas que la precedían– como
el índice comparativo de sus circunstancias presentes. Aunque las opiniones de si
uno estaba mejor antes o después variaban ampliamente, había casi unanimidad
en considerar que la Reforma Agraria había intentado entregar poder político a los
trabajadores y mejorar materialmente a los pobres del campo de manera tal que
no tuvo paralelo o comparación ni antes ni después. Haya o no haya tenido éxito, la
Reforma Agraria representó un importante precedente democrático rural sobre el cual
los trabajadores temporeros se basaron para imaginar el futuro post-Pinochet.
Este libro está dedicado a presentar argumentos sobre la Reforma Agraria y para
saber por qué su memoria es importante. Se preocupa particularmente de temas de
género y de los desiguales legados que la Reforma Agraria transmitió a hombres y a
mujeres. Tanto los cambios asombrosos como los aleccionadores límites en los esfuerzos
de las temporeras contemporáneas por mantener a sus familias y por negociar una
mayor paridad con los hombres tienen sus raíces en la Reforma Agraria. Este libro
honra y critica un proyecto utópico, algunos de cuyos objetivos están todavía en el
proceso de alcanzarse.
Estoy profundamente agradecida de Gonzalo Falabella, director de la Casa
del Temporero, por invitarme a trabajar en Chile y por facilitar mi investigación
en Aconcagua. Igualmente, tengo una gran deuda con la directiva de Santa María
Sindicato Interempresa de Trabajadores Permanentes y Temporeros por incluirme en
sus actividades y ampliar mis contactos en el valle. La Confederación Unidad Obrero-
Campesina me entregó un acceso vital al amplio movimiento laboral. Sin los muchos
hombres y mujeres que generosamente compartieron conmigo sus vidas y su tiempo,
este libro no existiría. Estoy especialmente agradecida de Erika Muñoz, Olga Gutiérrez,
Daniel San Martín y Raúl Flores por su constante ayuda y apoyo, así como de Olivia
Herrera, María Tapia, María Elena Galdámez, Rosa Tolmo, Omar García, Miguel Aguilar,
Selfa Antimán, Eloi Ibacache y Jaime Muñoz. A ellos dedico esta publicación.
Este libro también está profundamente agradecido del trabajo de numerosos
académicos chilenos, especialmente Ximena Aranda, Ximena Valdés, Silvia Venegas,
Sonia Montecinos, Sergio Gómez, Gabriel Salazar y José Bengoa. Yo llegué a Chile
en un momento en que las vías de apertura de los estudios sobre las mujeres y la
vida rural se producían a través de numerosas ONG y de institutos de investigación
que servían como “universidades en las sombras” durante el régimen militar. Estoy

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particularmente agradecida por las bibliotecas y el ambiente intelectual generado
por CEM, CEDEM, FLACSO, SUR, GIA y GEA.
En Santiago, tuve el beneficio especial de la compañía y ayuda alegre e inteligente
de un grupo de académicos y amigos en la Biblioteca Nacional y en el Departamento
de Historia de la Universidad de Santiago de Chile, donde fui una investigadora
visitante. Les agradezco a Luis Ortega, Julio Pinto, Diana Veneros Ruiz-Tagle, Cecilia
Salinas, Verónica Valdivia, Priscilla Archibald, Alejandra Brito, Edda Gaviola, Teresa
Gatica, Lorena Godoy, Liz Hutchison, Miguel Kaiser, Ximena Jiles, Tom Klubock,
Corrine Pernet, Karin Rosemblatt, Ericka Verba y Soledad Zárate. En 1993, la USACH
auspició el primer taller universitario en Chile sobre Historia de la Mujer, el cual
ayudó a generar una increíble comunidad intelectual y contribuyó a la colaboración de
académicos norteamericanos y chilenos para publicar uno de los primeros volúmenes
sobre historia de género en Chile, Disciplina y desacato: Construcción de identidad en
Chile, siglos XIX y XX (SUR/CEDEM, 1995). Ese proyecto continúa sirviéndome como
modelo para el diálogo transnacional.
También estoy profundamente agradecida por la camaradería intelectual y por
las críticas de Javier Couso, Soledad Falabella, Peter Winn, Wally Goldfrank, Brian
Loveman, Lovell Jarvis, Daniel James, Temma Kaplan, Emilia da Costa, Sol Serrano,
Nancy Cott, Sandhya Shukla, Jolie Olcott, Patricia Pessar, Gil Joseph, John D. French,
Florencia Mallon, Steve Stern, Barbara Weinstein y Arnold Bauer. Agradezco al notable
personal de la Biblioteca Nacional por su inmensa paciencia y profesionalismo:
Carmen Sepúveda, José Apablaza Guerra, María Eugenia Barrientos Harbín, Fernando
Castro, Manuel Cornejo y Elda Opazo. El financiamiento de este proyecto se debe al
Social Science Research Council, la Inter-American Foundation, Mellon Foundation,
Fulbright-Hays, el American Council of Learned Societies, Yale University, y a la
University of California Irvine.
Finalmente, los agradecimientos especiales a mi familia. A Erik Kongshaug
por editar la versión original de este libro más veces de lo que merece cualquier
colaborador, y por seguirme al fin del mundo para compartir mi pasión. Aquí en Chile,
por los próximos años con nuestros hijos, Arlo y Noel, también estamos en nuestro
hogar.

Santiago de Chile, 2008

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INTRODUCCIÓN

Entre 1964 y 1973, el Estado Chileno expropió casi la mitad de la tierra agrícola
del país y comenzó a distribuirla entre los campesinos. En cortos nueve años, esta
política, conocida como la Reforma Agraria, virtualmente desmanteló el sistema de
latifundio de las grandes haciendas y el sistema laboral de semipeonaje que había
dominado la agricultura chilena desde el siglo diecinueve, y cuyas raíces eran aún más
antiguas. La Reforma Agraria encendió el crecimiento explosivo de un movimiento
rural militante que, durante los mismos nueve años, reclutó un cuarto de millón de
trabajadores y le dio al campesinado pobre una voz significativa, por primera vez en
la política nacional. Incentivó masivas inversiones estatales en educación rural y salud
pública, incluyendo los primeros programas nacionales de control de la natalidad, e
inició proyectos destinados explícitamente a la movilización de los jóvenes y de las
mujeres rurales. Fueron políticas radicales con objetivos radicales.
La Reforma Agraria comenzó plenamente o propiamente bajo el gobierno reformista
del Presidente Demócrata Cristiano Eduardo Frei Montalva (1964-1970), que intentaba
hacer de los pequeños campesinos las bases para revitalizar la empresa capitalista
agraria. Este proceso fue acelerado por el Presidente Salvador Allende Gossens y el
gobierno de coalición de partidos social demócratas y marxistas de la Unidad Popular
(1970-1973), la cual buscaba usar la tenencia de tierras colectivas como base o pilar
para la creación del socialismo. A pesar de las profundas diferencias entre ambas
administraciones, tanto católicos como marxistas compartían un ardiente optimismo
respecto de que su versión de la Reforma Agraria era revolucionaria. Ambos buscaban
la salvación nacional a través de la reestructuración de la economía agraria, en darle
poder político al campesinado y en la rehabilitación moral de la sociedad rural. Este
celo reflejaba las obstinadas utopías así como los temores de la Guerra Fría de la
década de 1960. En particular para América Latina, esta fue una era estremecida por
las sacudidas que siguieron a la Revolución Cubana, y en la que numerosos países
vinculaban la reestructuración de la agricultura con la modernidad. Los resultados
iniciales en Chile fueron impresionantes. Hasta el sangriento golpe militar que derrocó
a Allende en 1973, la Reforma Agraria chilena fue, proporcionalmente, el proyecto
de reforma de la tierra más extenso y menos violento que se haya llevado a cabo por

9
líderes democráticamente elegidos, sin revolución armada previa, en ningún otro lugar
de América Latina, y, posiblemente, del mundo.
Este libro es una historia sobre las mujeres y los hombres rurales antes y durante
este cambio dramático. Es una historia de cómo las relaciones de género y sexualidad
fueron centrales en las formas en que mujeres y hombres campesinos negociaban la
vida cotidiana, de cómo participaban o eran marginados de la lucha política, de cómo
eran beneficiados o dañados por el intento de rehacer radicalmente la vida rural.
Esta es, en gran medida, una historia sobre los logros reales de la Reforma Agraria
y de la dignificación de algunos de los más pobres del pueblo chileno. En vísperas
del prematuro fin de la Reforma Agraria, la vida de la mayoría de los campesinos
había mejorado notablemente. Tanto hombres como mujeres habían ganado. Los
salarios rurales se dispararon. A decenas de miles de familias campesinas se les había
garantizado el acceso a la tierra, decenas de miles más anticipaban el mismo privilegio.
Las tasas de alfabetización de hombres y mujeres habían aumentado. Los índices
de mortalidad infantil y de muerte materna habían disminuido. A través de nuevos
sindicatos, los hombres habían negociado con sus empleadores mejores condiciones
de trabajo. Por medio de nuevas organizaciones comunitarias, las mujeres habían
establecido industrias artesanales y programas educativos. Juntos, mujeres y hombres
habían luchado por acelerar las expropiaciones de tierras y por tener mejores viviendas
–y habían ganado–. Había un énfasis nuevo en la cooperación de género en la medida
que se incentivaba a los hombres a tener más respeto por sus esposas, y a las mujeres
para informarse mejor de las actividades de sus maridos. El compañerismo entre los
esposos fue definido como crítico para el éxito de la Reforma Agraria, así como para
tener la seguridad de que tanto hombres como mujeres saldrían beneficiados.
Pero este libro también es una historia sobre la desigualdad. La Reforma Agraria
en Chile dio más poder a los hombres que a las mujeres. Los hombres, no las mujeres,
fueron los receptores directos de la tierra. Los hombres, no las mujeres, constituían el
grueso de los sindicatos rurales. Los hombres, no las mujeres, fueron definidos como
los actores principales en la creación de un mundo nuevo. La mayoría de las mujeres
accedió indirectamente a los frutos de la Reforma Agraria, ya fuera como esposas e hijas
de hombres que ganaron mejores salarios, o por los que tuvieron acceso a la tierra. El
activismo de las mujeres en gran parte entregaba un apoyo colateral a las iniciativas de
los hombres. Estas disparidades emanaban del modo en que la Reforma Agraria, pese
a lo mucho que enfatizaba el beneficio mutuo, dejaba el principio de la autoridad de
los hombres sobre las mujeres fundamentalmente intacto. En particular, una versión
de la familia patriarcal permaneció fundacional a la forma en que se reconstruyó la
sociedad rural. Esto es valedero tanto en el intento democratacristiano para reformar
el capitalismo, como en el esfuerzo de la Unidad Popular para crear el socialismo.
Ambos, católicos y marxistas, percibieron la Reforma Agraria como un proceso en

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el cual los ciudadanos productores masculinos proveerían, responsablemente, a sus
hijos y esposas, aunque ahora mejor educadas y con mayor conciencia cívica. Ambos
pusieron su prioridad en vigorizar la confianza de los hombres campesinos por lograr
el liderazgo y la solidaridad necesaria para transformar la sociedad. El llamado a
“convertir al hombre campesino en su propio patrón” fue un grito compartido en las
manifestaciones. Este énfasis en reconstituir la masculinidad definió a los hombres
como los principales protagonistas de la Reforma Agraria y afirmó su poder último
sobre las mujeres al interior de una familia supuestamente armoniosa.
Sin embargo ésta no es una simple historia sobre la exclusión de las mujeres y el
triunfo de la dominación masculina. La mayoría de las mujeres se benefició mucho
por la Reforma Agraria y la mayoría aplaudió sus objetivos. Las mujeres también
participaron en su creación. A pesar de su marginalización dentro del movimiento
sindical, las mujeres jugaron roles significativos en las luchas por la vivienda, la tierra
y salarios más altos –un activismo que abrió nuevos espacios de liderazgo femenino al
interior de las comunidades rurales–. Aunque la Reforma Agraria reforzaba el principio
del liderazgo de los hombres dentro de la familia, su énfasis en el apoyo mutuo y en la
cooperación entre los esposos dio margen a que algunas mujeres desafiaran los excesos
masculinos y afirmaran sus propias necesidades. A lo menos, la mayoría de las mujeres
rurales gozó de un estándar de vida más alto durante la Reforma Agraria, y la mayoría
entendió los beneficios de los hombres como beneficios para ellas mismas.
Este libro traza las tensiones dialécticas entre la superación real de las mujeres
dentro de la Reforma Agraria y las jerarquías de género que hicieron que esa
superación fuese inferior y subordinada a la de los hombres. Relata la importancia
del trabajo de las mujeres en Chile antes de la Reforma Agraria, en ese mundo de las
grandes haciendas y de la agricultura de subsistencia, y explora la creciente validación
de la domesticidad femenina y del activismo de base familiar de las mujeres durante
la reforma. Asimismo, argumenta que éste se complementaba y contrastaba con el
énfasis de la Reforma Agraria en transformar a los hombres de serviles labradores
a productivos sostenedores de sus familias y a militantes políticos. Finalmente,
se examinan las consecuencias políticas de la diferencia de género. Disputa las
suposiciones largamente sostenidas, prevalecientes todavía tanto entre los círculos
académicos como activistas, de que las mujeres chilenas eran hostiles a las políticas
rupturistas en general y opuestas al proyecto de la Unidad Popular en particular. Este
libro sostiene que la mayoría de las mujeres rurales eran férreas defensoras de la
Reforma Agraria y que la Unidad Popular tuvo una base sólida, aunque no mayoritaria,
de apoyo de la mujer campesina a lo largo de su período. Al mismo tiempo, mantiene
que los hombres estaban mucho mejor posicionados que las mujeres para navegar entre
las turbulencias políticas de los últimos años de la Reforma Agraria, y que gozaban
de muchas más libertades sociales que las mujeres fuera del hogar. Esto hizo a las

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mujeres cada vez más temerosas de las consecuencias de la lucha de clases y debilitó
su habilidad para moldear plenamente a la Reforma Agraria como proyecto.
La Reforma Agraria chilena fue singular, pero no única. Durante el siglo veinte,
una variada gama de liderazgos políticos emprendió reformas agrarias a través
del mundo con el propósito de estimular el desarrollo nacional y modernizar las
poblaciones rurales supuestamente atrasadas. La reforma agraria estuvo al centro de
todas las revoluciones populares más importantes desde 1900, incluyendo aquellas de
México, Rusia, China, Cuba y Nicaragua. La masiva distribución de la tierra en formas
comunales de propiedad fue definida como la clave para convertir a los campesinos
en trabajadores-ciudadanos, y para la construcción del socialismo (o, en el caso de
México, para proteger a los campesinos y la soberanía económica). Sorprendentemente,
la idea de que el Estado podía legítimamente expropiar tierras en nombre del bien
común ganó una amplia aceptación en el mundo capitalista. A través de América
Latina y Asia –incluyendo Venezuela, Perú, Brasil, Indonesia y las Filipinas– numerosas
reformas agrarias fueron parte de un esfuerzo liderado por los Estados Unidos durante
la Guerra Fría para prevenir las atracciones del comunismo al incentivar un desarrollo
capitalista estable. La reforma agraria pretendía romper los monopolios supuestamente
feudales de tierras, reemplazándolos por granjas familiares competitivas que podrían
satisfacer el consumo doméstico, alentar la industrialización y propagar los valores
democráticos.
La Reforma Agraria en Chile compartió elementos de ambos modelos, el capitalista
y el revolucionario. Comenzó como un esfuerzo para rehabilitar el capitalismo y llegó
a ser un proyecto para construir el socialismo. Bajo Frei, fue fuertemente financiada
y muy celebrada por los Estados Unidos; bajo Allende, el gobierno norteamericano
la consideró una amenaza comunista y una justificación para apoyar un golpe militar.
Como las reformas agrarias de otras latitudes, la Reforma Agraria chilena, en ambas
fases, fue dirigida fuertemente por el gobierno desde arriba, reflejando la confianza,
compartida tanto por sus promotores socialistas como capitalistas, de que el Estado
tenía que jugar un rol crucial en la transformación de la sociedad. Sin embargo, como
ocurrió en los proyectos revolucionarios, aunque menos en los capitalistas, la Reforma
Agraria chilena, en sus dos momentos, incentivó la movilización de masas campesinas y
generó un intenso conflicto de clases. Similar a México en las décadas de 1930 y 1940,
a China en los años de 1950, y a Cuba en l960, el crecimiento explosivo del movimiento
sindical en Chile ayudó a los campesinos a desafiar exitosamente y, en muchos casos,
a desplazar a sus dominadores. La adquisición de poder por arte del campesinado
fue significativa aun durante la Reforma Agraria de Frei, una excepción entre los
proyectos capitalistas, en los cuales los gobiernos generalmente se preocupaban por
los sindicatos campesinos nada más que para consolidar el poder del Estado. Al mismo
tiempo, incluso bajo Allende, la movilización campesina en Chile se desarrolló de un

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modo bastante diferente a otros proyectos revolucionarios. A diferencia de lo ocurrido
en México, la URSS, China o Cuba, los sindicatos chilenos nunca fueron controlados
directamente por el Estado, sino, por el contrario, estaban compuestos de múltiples
tendencias que competían a través de un amplio espectro político de Centro-Izquierda.
Esto hizo más fácil para segmentos del movimiento laboral desafiar el poder estatal,
cuestionar decisiones y modelar el curso de la Reforma Agraria desde abajo.
Fue igualmente asombroso que tal movilización de gente pobre y tal redistribución
de la riqueza tuviera lugar dentro del contexto de una democracia capitalista. La
Reforma Agraria en Chile, en ambas fases, fue implementada bajo condiciones de
pluralismo político a través de leyes e instituciones establecidas para proteger la
propiedad privada, y sin una derrota previa de las clases propietarias. Esto significó
que la tierra tenía que ser expropiada y redistribuida mediante leyes aprobadas por
el Congreso e interpretadas por los tribunales, organismos en los cuales continuaban
sirviendo poderosos hacendados y otras elites. Estas condiciones hacían que los planes
de Allende para construir el socialismo fueran especialmente extraordinarios ya que, a
diferencia de otros modelos revolucionarios, la Unidad Popular intentó desmantelar el
capitalismo sin el control pleno (ni siquiera mayoritario) del poder del Estado. Durante
el período 1970-1973, una coalición diversa de opositores de elite y clase media pudo
organizarse abiertamente en contra de Allende y controlar el Congreso, los medios
de comunicación e importantes sectores de las fuerzas armadas. Como muchos dirían
en retrospectiva, esta situación contribuyó en mucho al derrocamiento de la Unidad
Popular, arrojando dudas sobre la viabilidad de crear el socialismo sin una revolución
previa. Sin embargo, es quizás más notable que, dadas las restricciones, la Reforma
Agraria de la Unidad Popular haya sido tan radical y tan exitosa como lo fue.
La excepcionalidad de la Reforma Agraria chilena creó una proliferación de
comentarios y estudios académicos en las décadas de 1960 y 1970. Antes del golpe de
Estado de 1973, hubo una esperanza generalizada de que la escala de las expropiaciones
de tierras, combinada con extensos programas de asistencia social y sindicalización
campesina, entregaría un modelo para la modernización y la democracia en otras partes
del hemisferio. Cientistas sociales y especialistas en desarrollo económico planificaban
las conexiones entre la expropiación de la tierra y la producción nacional, trazaban el
crecimiento de las organizaciones laborales y la participación cívica de los campesinos,
y predecían los cambios en el comportamiento y los valores rurales1. La mayoría de

1
Jacques Chonchol, El Desarrollo de América Latina y la reforma agraria. Santiago: Pacífico, 1964;
Pablo Ramírez, Cambio de las formas de pago a la mano de obra agrícola. Santiago: ICIRA, 1968; Raúl
Atria, “Actitudes y valores del campesino en relación a las aldeas de reforma agraria”, Cuaderno de
Sociología 2, 1969; David Alaluf (ed.), Reforma agraria chilena: seis ensayos de interpretación. Santiago:
ICIRA, 1970; Jaime Gazmuri, Asentamientos campesinos, una evaluación de los primeros resultados de la
reforma agraria en Chile. Buenos Aires: Troquel, 1970; Solon Barraclough y José Antonio Fernández,
(continúa en la página siguiente)

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los investigadores eran chilenos ubicados en prestigiosas universidades en Santiago
o en agencias sin fines de lucro fundadas por las Naciones Unidas. Otros eran países
del exterior, incluyendo varios de América Latina y de Europa. Un gran contingente
contratado por agencias del gobierno de Estados Unidos operaba en el espíritu, y
a menudo con el financiamiento, de la Alianza para el Progreso, una iniciativa del
Departamento de Estado destinada a incentivar el desarrollo a través de toda América
Latina2. El clima intelectual estaba intensamente influido por los acontecimientos
en Cuba y los debates sobre la modernización. La teoría, en gran parte basada en
Estados Unidos, de que la política económica keynesiana y los incentivos empresariales
estimularían etapas de desarrollo, fue perdiendo terreno rápidamente frente a la crítica
de base más latinoamericanista sobre el imperialismo y la dependencia económica.
Las inclinaciones políticas y las prescripciones de planificación variaban ampliamente,
pero todos compartían la esperanza común en el desarrollo conducido por el Estado y
en la creencia de que alguna versión de la Reforma Agraria podría tener éxito.
Después del derrocamiento de Allende ese optimismo se agrió. Las discusiones
sobre la Reforma Agraria fueron reformulados como narrativas de fracaso. La urgencia
política de explicar por qué había ocurrido el golpe les dio un cierto sentido sobre-
determinante a los estudios académicos (ya se sabía que la historia terminaba mal) y
sugirió que la Reforma Agraria era a la que había que culpar. Pero produjo también

Diagnóstico de la reforma agraria chilena. México, D.F.: Siglo Veintiuno, 1974; Solon Barraclough,
Chile, reforma agraria y gobierno popular. Buenos Aires: Periferia, 1973; Hugo Ortega Tello, Efectos
de la reforma agraria sobre las técnicas de producción, 1965-1970. Santiago: Centro de Estudios de
Planificación Nacional, Universidad Católica, 1975.
2
William Thiesenhusen, Chile’s Experiment in Agrarian Reform. Madison: University of Wisconsin Press,
1966; Robert Kaufman, The Chilean Political Right and Agrarian Reform. Washington D.C.: Institute for
the Comparative Study of Political Systems, 1965, y The Politics of Land Reform in Chile, 1950-1970.
Cambridge: Harvard University Press, 1972; F. Broughton, “Chile: Land Reform and Agricultural
Development”, tesis doctoral, University of Liverpool, 1970; Wayne Ringlen, “Economic Effects of
Chilean National Expropriation Policy on the Private Commercial Farm Sector, 1964-1969”, tesis
doctoral, University of Maryland, 1971; James Petras y Robert LaPorte, Jr., Cultivating the Revolution:
United States and Agrarian Reform in Latin America. New York: Random House, 1971; Clifford Smith
(ed.), Studies in Latin American Agrarian Reform. Liverpool: Centre for Latin American Studies,
1974. Uno de los estudios más importantes en los EEUU sobre la reforma agraria chilena fue hecho
por intelectuales afiliados con el Land Tenure Center (LTC) en la Universidad de Wisconsin. Véase
William Thiesenhusen, The Possibility of Gradualist Turnover of Land in Agrarian Reform Programs in
Chile. Madison: LTC, 1966; Grassroots economic pressures in Chile: An Enigma for Development Planners.
Madison: LTC, 1968; University of Wisconsin Land Tenure Center, Chile’s Experiments in Agrarian
Reform. Madison: LTC, 1967; Terry McCoy, The Politics of Structural Change in Latin America: The
Case of Agrarian Reform in Chile. Madison: LTC, Reprint Nº 37, 1969; David Stanfield, Methodological
Notes on Evaluating the Impact of Agrarian Reform in Chile’s Central Valley. Santiago: LTC, 1973; David
Stanfield y Marion Brown, Proyecto de cambios socio-económicos en cien predios del sector rural en Chile.
Santiago: LTC, sin fecha; Tom Bossert y David Stanfield, The Role of Participation and Campesino
Consciousness in the Chilean Agrarian Reform. Madison: University of Wisconsin LTC, 1974.

14
muchos estudios excelentes con una apreciación crítica de las contradicciones de
la Reforma Agraria. En particular, los investigadores se alejaron del funcionalismo
mecánico de la temprana literatura sobre el desarrollo y enfatizaron la Reforma
Agraria como un proceso de conflicto de clases y de lucha política. Autores tales como
Solon Barraclough, José Antonio Fernández, Jorge Echenique, Sergio Gómez, Cristóbal
Kay, Brian Loveman, José Bengoa, Patricio Silva, entre otros, pusieron atención en los
modos en los que la redistribución de la tierra había intensificado la estratificación
social en el campo al privilegiar a algunos campesinos sobre otros3. Aunque muchos de
estos autores apoyaban los objetivos de la Unidad Popular, criticaron profundamente
al gobierno de Allende por no haber movilizado a los trabajadores afuerinos, una
potencial base de apoyo radical, así como por la incomprensión sobre el deseo de
muchos campesinos por lograr formas individuales de posesión de la tierra en lugar de
las comunales. Los académicos pusieron un énfasis particular en el rol del movimiento
laboral rural. Aún cuando veían a los sindicatos como un signo positivo de la entrega
del poder al campesinado, argumentaban que la polarización política exacerbaba
las divisiones entre los campesinos y les alentaba a declarar huelgas y ocupaciones
de tierras de manera independiente y a menudo contraria al interés del gobierno.
Se implicaba que este conflicto minaba la legitimidad de la Reforma Agraria y que
contribuyó al golpe militar4.
3
Barraclough y Fernández, (1974); Jorge Echenique, La Reforma agraria chilena. México: Siglo XXI, 1975;
Sergio Gómez, Los Empresarios agrícolas. Santiago: ICIRA, 1972, Organizaciones rurales y estructuras
agrarias. Santiago: FLACSO, 1980, “Los Campesinos beneficiados por la reforma agraria chilena:
Antecedentes, diferenciación, y percepción campesina”, Estudios rurales latinoamericanos 4 (1981):
69-88; Brian Loveman, Struggle in the Countryside: Politics and Rural Labor in Chile. Bloomington:
University of Indiana Press, 1976; Kyle Steeland, Agrarian Reform Under Allende. Albuquerque:
University of New Mexico Press, 1977; Ian Roxborough, “The Political Mobilization of Farm Workers
During the Chilean Agrarian Reform, 1971-1973: A Case Study”, tesis doctoral, University de
Wisconsin, 1977; Ian Roxborough, Philip O’Brien, Jackie Roddick, Michael González, Chile: The State
and Revolution. New York: Holmes and Meir, 1977; Peter Winn y Cristóbal Kay, “Agrarian Reform
and Rural Revolution in Allende’s Chile”, Journal of Latin American Studies 6, mayo, 1974: 1940-1953;
Cristóbal Kay, “Agrarian Reform and the Class Struggle in Chile”, Latin American Perspectives 18,
verano, 1978: 117-137. Véase también James Petras y Hugo Zemelman Merino, Peasants in Revolt.
Austin: University of Texas Press, 1972; Peter Marchett, “Workers Participation and Class Conflict
in Worker-Managed Farms: The Rural Question in Chile”, Ph.D. ponencia, University of Michigan,
1977.
4
José Garrido, Cristián Guerrero, María Soledad Valdés, Historia de la reforma agraria en Chile.
Santiago: Editorial Universitaria, 1988; María Antonieta Huerta, Otro Agro para Chile: La Historia
de la reforma agraria en el proceso social y político. Santiago: CISEC-CESOC, 1989; Cristóbal Kay y
Patricio Silva (eds.), Development and Social Change in the Chilean Countryside. Amsterdam: CEDLA,
1992; William Thiesenhusen, Broken Promises: Agrarian Reform and the Latin American Campesino.
Boulder: Westview Press, 1995; Cristóbal Kay, “¿El Fin de la reforma agraria en América Latina? El
legado de la reforma agraria y el asunto no resuelto de la tierra”, Revista Mexicana de Sociología 60,
nº 4, 1998: 61-98.

15
Sorprendentemente, las mujeres están ausentes de estos relatos. La mayoría de
las investigaciones sobre la Reforma Agraria en Chile son historias solamente acerca
de hombres –la lucha de los hombres por la tierra, la entrega de poder a los hombres
en los sindicatos, los conflictos de los hombres en vísperas del régimen militar–.
Esto refleja parcialmente el énfasis real de la Reforma Agraria en los hombres: los
funcionarios de gobierno y los líderes sindicales muy rara vez mencionan a las mujeres;
los documentos sobre las actividades en las huelgas y los asentamientos administrados
por el Estado dicen poco sobre una presencia femenina. Pero la omisión de las mujeres
se deriva también de una cierta aceptación por parte de los investigadores de que la
focalización de la Reforma Agraria en los hombres era natural y obvia, y no ameritaba
una investigación analítica. Se deriva igualmente de la suposición generacional
–compartida en ese momento por los eruditos a través de las disciplinas académicas y
de los límites nacionales– de que la investigación sobre las mujeres era algo separado
de la sociología de la economía agraria, y de que las historias sobre los hombres
podían servir como la historia general de una época. En la mayoría de los relatos
de la Reforma Agraria en Chile, los términos “campesino” y “peón” implícitamente
designaban personajes masculinos, pero simultáneamente se referían a “los pobres
del campo” como un todo. Esto sugiere, inconscientemente, que las mujeres nunca
fueron actores en la Reforma Agraria y que las experiencias históricas de las mujeres
eran las mismas que las de los hombres.
Unos pocos trabajos pioneros feministas sobre las vidas de las mujeres rurales
hicieron muy importantes modificaciones en esta narrativa. Tanto Patricia Garrett como
Ximena Valdés arguyeron que la Reforma Agraria chilena ofreció pocos beneficios a
las mujeres y pocas razones para que apoyaran al gobierno que la defendía5. Ellas
sostienen que la política de redistribución de la tierra a los jefes de hogar, quienes
invariablemente eran hombres, impidió que las mujeres recibieran tierras y que el
machismo generalizado les impidió participar en los sindicatos. Argumentaron que la
mínima organización femenina que tuvo lugar sirvió para reforzar los roles tradicionales
de las mujeres como dueñas de casa y que hizo poco por conectarlas a un proceso
político más amplio. Una investigación como la de Garrett, efectuada a comienzos de
la década de 1970, es particularmente notable, ya que no solo fue contemporánea a la
corriente académica más establecida que focalizaba la Reforma Agraria en los hombres,
sino también porque fue la primera en explicar e impugnar las consecuencias de la

5
Patricia Garrett, “Growing Apart: The Experiences of Rural Men and Women in Central Chile”, Ph.D.
ponencia, University of Wisconsin Madison, 1978; y, “La Reforma agraria, organización popular y
participación de la mujer en Chile”, en: Magdalena León (ed.), Las Trabajadoras del agro. Bogotá:
ACEP, 1982; Ximena Valdés, Sinopsis de una realidad oculta: Las Trabajadoras del campo. Santiago:
CEM, 1987; y Mujer, trabajo, y medio ambiente: Los Nudos de la modernización agraria. Santiago: CEM,
1992.

16
supremacía de los hombres6. Garret señalaba que: “Sintomático del problema en Chile
es que la unidad efectiva de análisis ha sido el jefe de hogar masculino. La mayoría
de la población –la joven, la vieja, y la femenina– no tiene existencia analítica (…)
sugiere que algo está fundamentalmente equivocado con el modelo”7.
Los relatos feministas sobre Chile se hacen eco de demandas de otras feministas
acerca de los pocos beneficios que las mujeres han obtenido en las reformas agrarias
de otros lugares del mundo. En sus excelentes estudios comparativos sobre las
reformas agrarias de América Latina, Carmen Diana Deere y Magdalena León también
plantean que la mayoría de las campesinas fueron excluidas de los beneficios de la
reforma agraria porque las políticas se enfocaron solamente en entregar poder a los
jefes de hogar masculinos8. Esto significó que la mayoría de las reformas agrarias
–incluyendo aquellas en Perú, Colombia, Venezuela, República Dominicana, así como
Chile–redistribuyeron tierras y apoyo tecnológico casi exclusivamente a los hombres.
Las autoras encontraron excepciones solo en la Cuba revolucionaria y en Nicaragua,
donde el Estado hizo del acceso de la mujer a la tierra un objetivo específico de la
política agraria, y donde las responsabilidades domésticas de las mujeres fueron
abordadas o enfrentadas o resueltas a través de la provisión de cuidado infantil y
otros servicios.
Sin embargo, aun en el caso de las reformas agrarias socialistas, la mayoría de las
evaluaciones feministas han sido pesimistas. A pesar del optimismo inicial acerca
de que las revoluciones en Rusia, China, Cuba y Nicaragua tenían un potencial
emancipador para las mujeres porque todas identificaran la igualdad de género como
un objetivo principal, la mayoría de las feministas concluyen que las reformas agrarias
socialistas eventualmente beneficiaron mucho más a los hombres que a las mujeres9.
En casos donde la tierra fue redistribuida a las familias (en las primeras etapas de
6
Armand y Michele Mattelart, La Mujer chilena en una nueva sociedad. Santiago: Pacífico, 1968; M.
Ferrada e Y. Navarro, “Actitud del hombre y la mujer campesinos frente a la participación de la mujer
en cooperativas campesinas”, Tesis Escuela de Trabajo Social, Universidad Católica, 1968; María
Angélica Giroz y Ana María López, “Evaluación del proceso de integración de la mujer campesina en
las organizaciones de base, cooperativas y sindicatos”, Tesis Escuela de Trabajo Social, Universidad
Católica, 1969.
7
Garrett (1978): 255.
8
Carmen Diana Deere y Magdalena León (eds.), La Mujer y la política agraria en América Latina.
México D.F.: Siglo XXI, 1986; y Rural Women and State Policy: Feminist Perspectives on Latin American
Agricultural Development. Boulder: Westview Press, 1987.
9
Ruth Sidel, Women and Childcare in China. Baltimore: Penguin Books, 1972; Sheila Rowbotham,
Women, Resistance, and Revolution. New York: Vintage, 1974; Margaret Randall, Examen de la opresión
y la liberación de la mujer. Bogotá: América LATINA, 1976; Claudie Broyelle, Women’s Liberation in
China. Atlantic Highlands, N.J.: Humanities Press, 1977; Nicole Murray, “Socialism and Feminism:
Women and the Cuban Revolution”, Parte I y II, Feminist Review, 1979; Margaret Randall y Lynda
Yanz (eds.), Sandino’s Daughters, Vancouver: New Star Books, 1981.

17
la reforma agraria en URSS, China y en regiones específicas de Nicaragua y Cuba),
los jefes de hogar masculinos, abrumadoramente, continuaron funcionando como los
depositarios de la tierra10. Después de la colectivización forzada y de la creación de
granjas estatales en la URSS y en China, multitudes de mujeres entraron a formar
parte de la mano de obra agrícola y lejos sobrepasaron a los trabajadores hombres
hacia mediados del siglo veinte. No obstante, los hombres continuaron teniendo los
trabajos más prestigiosos y mejor pagados, así como el liderazgo de los sindicatos, de
las asambleas de granjas estatales y de los grupos de asesoría al gobierno11. Más aún,
ya que un mayor empleo agrícola de las mujeres en la URSS y en China resultaba de los
esfuerzos del Estado para empujar a los hombres a los supuestamente más modernos
y especializados sectores de la industria y la minería, la reforma agraria replicó las
jerarquías de género como una necesidad macroeconómica.
Las feministas también cuestionaron el compromiso del socialismo por crear
igualdad de género en la familia. Ellas destacaban que durante los tiempos de tensión
política y económica, la URSS, China, Cuba y Nicaragua redujeron los recursos para el
cuidado de niños y otros programas destinados a aliviar las tareas domésticas de las
mujeres, y que se hizo muy poco para reeducar a los hombres respecto de los nuevos
roles de las mujeres o para compartir responsabilidades domésticas12. El precursor
10
Norma Diamond, “Collectivization, Kinship and the Status of Women in Rural China”, Bulletin of
Concerned Asian Scholars 7, Nº 1, enero – marzo, 1975: 25-32; Kay Ann Johnson, Women, the Family and
Peasant Revolution in China. Chicago: University of Chicago Press, 1983; Judith Stacey, Patriarchy and
Socialist Revolution in China. Berkeley: University of California Press, 1983; Elisabeth Croll, Women
and Rural Development in China. Geneva: International Labor Office, 1985; Susan Bridger, Women
in the Soviet Countryside. New York: Cambridge University Press, 1987; Laura Enríquez, Harvesting
Change: Labor and Agrarian Reform in Nicaragua. Chapel Hill: University of North Carolina Press,
1991; Beatrice Farnsworth y Lynne Viola (eds.), Russian Peasant Women. New York: Oxford University
Press, 1992; Margaret Randall, Gathering Rage: The Failure of Twentieth Century Revolutions to Develop
a Feminist Agenda. New York: Monthly Review, 1992; Elizabeth Wood, Baba and the Comrade: Gender
and Politics in Revolutionary Russia. Bloomington: University of Indiana Press, 1997; Aviva Chomsky
y Aldo Lauria-Santiago, Identity and Struggle at the Margins of the Nation-State. Durham: Duke Univ.
Press, 1998.
11
Delia Davin, Woman-Work: Women and the Party in Revolutionary China. Oxford: Clarendon Press,
1976; Vivienne Shue, Peasant China in Transition: The Dynamics of Development toward Socialism,
1949-1956. Berkeley: University of California Press, 1980; Bridger, Women in the Soviet Countryside;
Roberta Manning, “Women in the Soviet Countryside on the Eve of World War II, 1935-1940”, en:
Farnsworth y Viola (1992): 206-235.
12
Beatrice Farnsworth, “Village Women Experience the Revolution”, en: Farnsworth y Viola (1992): 145-
166; Lynne Viola, “Bab’i Bunty and Peasant Women’s Protest During Collectivization”, en Farnsworth
y Viola (1992): 189-205; Muriel Nazarri, “The Woman Question in Cuba: Material Constraints on
its Solution”, SIGNS: Journal of Women in Culture and Society 9, Nº 2, 1983; Maxine Molyneaux,
“Mobilization Without Emancipation: Women’s Interests and the State in Nicaragua”, Feminist Studies
11, 1985: 227-254; y “The Politics of Abortion in Nicaragua: Revolutionary Pragmatism or Feminism
in the Realm of Necessity?”, Feminist Review 29, mayo, 1988: 114-131.

18
trabajo de Judith Stacey sobre la China rural agudizó muchos de estos reclamos en un
argumento explícito sobre el patriarcado que merece una mención especial13. Stacey
sostiene que la extensión de los derechos patriarcales a los hombres pobres –lo que ella
denomina “patriarcado democrático”– fue la base de la lealtad campesina masculina
a la Revolución China. Stacey afirmaba que aunque la Revolución abolió algunas de
las formas más extremas de la subordinación femenina (el concubinato y el fajado de
pies), las políticas rurales permitieron a los hombres campesinos ejercer autoridad
sobre las mujeres dentro de una versión moderna de la familia. Las reformas iniciales
más radicales que daban a las mujeres mayor autoridad en el matrimonio y acceso al
divorcio y al aborto fueron reducidas con el fin de que se mantuviera la prerrogativa
masculina14. El trabajo más reciente de Mary Kay Vaughan sobre México tiene
argumentos similares. Haciéndose eco de la útil percepción de Susan Besse sobre el
rol moderno del Estado en Modernizando el patriarcado en Brasil, Vaughan argumenta
que la reforma agraria de México apoyaba el privilegio político y económico de los
hombres sobre las mujeres, en tanto concedía la nueva gestión y validación de las
mujeres como dueñas de casa higiénicas15.
Los estudios académicos feministas sobre la reforma agraria, junto con el enfoque
más amplio sobre el género y el trabajo dentro de los estudios feministas, ha sido crucial
para reelaborar viejos paradigmas con el fin de entender el trabajo y la producción.
Desde hace mucho las contribuciones feministas han sido incorporadas a los estudios
laborales e historias sociales. Las feministas han insistido en que las políticas estatales
no son neutras, aun cuando no se dirijan específicamente a hombres y mujeres como
grupos diferentes. Ellas han reiterado la afirmación fundamental de Ester Boserup en
1970 de que los proyectos de desarrollo económico impactan a hombres y mujeres de
manera desigual16. Aún más importante, han ubicado las relaciones de género dentro
del hogar como el centro de la discusión. Dichas autoras han subrayado que la exclusión
de las mujeres de los beneficios de la reforma agraria se deriva de su inalterada
responsabilidad sobre los niños y el hogar, y por las maneras en que la posición más
privilegiada de los hombres dentro de la familia se traducen en oportunidades políticas
y económicas superiores fuera del hogar. El enfoque analítico sobre el patriarcado ha
13
Stacey (1983).
14
Neil Diamant, Revolutionizing the Family: Politics, Love, and Divorce in Urban and Rural China, 1949-
1968. Berkeley: University of California, 2000.
15
Susan K. Besse, Restructuring Patriarchy: The Modernization of Gender Inequality in Brazil, 1914-1940.
Chapel Hill: Univ. of North Carolina, 1996; Mary Kay Vaughan, “Modernizing Patriarchy: State Policies,
Rural Households, and Women in Mexico, 1930-1940”, en Elizabeth Dore y Maxine Molyneaux (eds.),
Hidden Histories of Gender and the State in Latin America. Durham: Duke University Press, 2000: 194-
214; y Cultural Politics in Revolution: Teachers, Peasants, and Schools in Mexico (1930-1940). Tuscon:
University of Arizona Press, 1997.
16
Ester Boserup, Women’s Role in Economic Development. New York: St. Martin’s Press, 1970.

19
subrayado cómo las desigualdades de género se deriven del poder de los hombres sobre
las mujeres, no meramente de las diferencias entre lo que hacen hombres y mujeres.
En particular, la atención de las investigadoras en temas tales como el matrimonio y
el aborto en tanto espacios de subordinación ha sugerido que las organizaciones de la
sexualidad indican sobre quién obtiene la tierra o quién tiene una voz política17.
Este libro se apoya en todos estos argumentos, y su preocupación principal es
este último tema: la conexión entre la sexualidad y el modo cómo la política adquiere
perspectiva de género. La sexualidad es crucial para entender cómo funciona el género.
La mayoría de las investigaciones feministas sobre la reforma agraria, así como los
estudios laborales feministas en general, han enfatizado las divisiones laborales de
género en el hogar como la causa de la marginalización de las mujeres. Pero poco
se ha dicho acerca de por qué, para comenzar, se les asigna a las mujeres el trabajo
doméstico; y por qué esas tareas son devaluadas respecto a las de los hombres; y cómo
esas divisiones del trabajo provienen de la autoridad de los hombres sobre las mujeres.
En otras palabras, lo que crea la diferencia de género y lo que estructura tal diferencia
como dominación masculina, ha pasado largamente inexplorado. Puesto de otro modo,
en el caso de la mayoría de los estudios agrarios y laborales, se ha dicho muy poco
acerca del patriarcado y de qué lo hace funcionar.
Este libro entiende que el poder patriarcal se trata fundamentalmente de la
sexualidad; particularmente, pero no exclusivamente, de la autoridad sexual de los
hombres sobre las mujeres. El género –la construcción ideológica de lo masculino y lo
femenino como diferente y desigual– está moldeado centralmente por la sexualidad. La
sexualidad refiere a significados y prácticas culturales más amplias construidas a través
del tiempo y en contra de las ideas sobre el cuerpo sensual y, a mediados del siglo veinte
en el Chile rural, en relación al sexo heterosexual y procreador. La sexualidad opera
como una práctica concreta e ideológica cuyos parámetros se generan al interior de la
historia de las clases. La sexualidad se manifiesta en múltiples prácticas, incluyendo
el noviazgo, el galanteo, el matrimonio, el intercambio sexual comercial e informal,
la reproducción humana, el lucimiento corporal, y el vasto terreno del placer, del
humor, la competencia sobre la acción y las oportunidades sexuales. La sexualidad
no es menos social ni menos históricamente creada que el género, pero es diferente y
es fundamental para saber cómo funciona el género, es de donde el género adquiere
gran parte de su propio significado.
Este concepto de la sexualidad induce a un diálogo entre dos amplias tradiciones
del pensamiento feminista. Se aproxima a la antigua preocupación del feminismo
radical y psicoanalítico con la sexualidad como la fundación de la opresión de género.

17
Bridger, “Women in the Soviet Countryside”, en: Farnsworth y Viola (1992); Johnson (1983); Diamond
(1975); Wood (1997); Davin (1976); Shue (1980).

20
Construye un puente entre esta preocupación y el énfasis del feminismo marxista sobre
la intersección del género y la clase y, en particular, sobre la dialéctica del patriarcado
y el capitalismo. Al reafirmar la importancia de la sexualidad en el patriarcado, y
al mantener al patriarcado conectado a la vida material de clase, propone que la
sexualidad debería tener una centralidad en los análisis feministas materialistas,
lo cual a menudo ha faltado18. Esta aproximación se agrega a la discusión reciente
y revitalizada sobre el patriarcado y la cultura política en la historia de América
Latina, pero reenfoca el debate específicamente sobre problemas laborales y reforma
agraria19. A su vez, contribuye a una creciente e importante literatura sobre género y
historia laboral, como algo distinto del estudio basado exclusivamente en el trabajo
femenino20.
Entre 1950 y 1973, la sexualidad fue fundamental para el significado de la
masculinidad y de la femineidad en el Chile rural. La sexualidad fue clave respecto
de cómo los hombres y las mujeres fueron constituidos como seres con perspectiva
de género dentro del sistema de latifundio y, más tarde, dentro de la Reforma
Agraria; fue subyacente al por qué las mujeres fueron incorporadas desigualmente a
la fuerza laboral y a la lucha política. En particular, la supuesta “naturalidad” de la
autoridad sexual de los hombres sobre las mujeres condicionó divisiones de trabajo
con perspectiva de género, y condicionó el consenso entre los partidos y los sindicatos
rurales a través del espectro político en el sentido que la participación femenina en
las luchas laborales debía circunscribirse a los roles de las mujeres como esposas y
madres. Fundamentó la creencia tanto de los democratacristianos como los partidarios
de la Unidad Popular de que el enfoque principal de la Reforma Agraria debía ser
18
Annette Kuhn y Ann Marie Wolpe (eds.), Feminism and Materialism: Women and Modes of Production.
London: Routledge Press, 1978; Christine Delphy, Close to Home: A Materialist Analysis of Women’s
Oppression. Auckland: Hutchison Ltd., 1984; Michele Barrett, Women’s Oppression Today: Problems in
Marxist Feminist Analysis. London: Verso Press, 1988; Carole Pateman, The Sexual Contract. Stanford:
Stanford University Press, 1988.
19
Steve J. Stern, The Secret History of Gender: Women, Men, and Power in late Colonial Mexico. Chapel
Hill: Univ. North Carolina Press, 1995; Besse (1996); Eileen Findlay, Imposing Decency: The Politics
of Sexuality and Race in Puerto Rico,1870-1920. Durham: Duke Univ. Press, 1999; Ximena Valdés y
Kathya Araujo, Vida privada: Modernización agraria y modernidad. Santiago: CEDEM, 1999; Sueann
Caulfield, In Defense of Honor: Sexual Morality, Modernity, and Nation in Early Twentieth Century
Brazil. Durham: Univ. of North Carolina Press, 2000; Dore y Molyneaux (2000); Karin Alejandra
Rosemblatt, Gendered Compromises: Political Cultures and the State in Chile, 1920-1950. Chapel Hill:
Univ. of North Carolina Press, 2000.
20
John D. French y Daniel James (eds.), The Gendered World of Latin American Women Workers. Durham:
Duke Univ. Press, 1997; Thomas Miller Klubock, Contested Communities: Class, Gender and Politics in
Chile’s Teniente Copper Mine, 1904-1951. Durham: Duke Univ. Press, 1998; Anne Farnsworth-Alvear,
Dulcinea in the Factory: Myths, Morals, Men and Women in Colombia’s Industrial Experiment, 1905-
1960. Durham: Duke Univ. Press, 2000; Elizabeth Quay Hutchison, Labors Appropriate to Their Sex:
Gender, Work, and Politics in Urban Chile, 1900-1930. Durham: Duke Univ. Press, 2001.

21
entregarles poder a los campesinos hombres. Finalmente, la sexualidad fue una matriz
central dentro de la cual mujeres y hombres campesinos adoptaron y debatieron los
parámetros de la Reforma Agraria. Los hombres y las mujeres rurales entendieron
las desigualdades sociales entre el poder masculino y el femenino de manera sexual.
Dieron la bienvenida o resistieron la reforma de la tierra y la movilización laboral
dependiendo de los riesgos y las oportunidades sexuales que ellos asociaban con
dicho cambio.
El patriarcado, y la forma en que es construido por la sexualidad, no implica la
pasividad de las mujeres ni una exclusión inevitable. Las mujeres no fueron ni pasivas
ni excluidas de la Reforma Agraria en Chile. En realidad, mucha de la energía de este
libro está dedicada a recobrar justamente cuánto significaron las actividades de las
mujeres para la Reforma Agraria y cuánto se beneficiaron las mujeres de ella. En este
sentido, el libro se aleja significativamente de los trabajos feministas anteriores que
sostenían que las mujeres fueron dejadas fuera. Esta divergencia se genera por los
cambios generacionales del pensamiento feminista sobre el patriarcado. En los primeros
trabajos académicos, el patriarcado invocaba un sistema coherente de dominación
masculina que funcionaba para subordinar a la mujer a lo largo de la sociedad. Dada la
necesidad de romper las narrativas triunfalistas sobre el progreso masculino, así como
de reducir la hostilidad hacia los paradigmas feministas, las feministas enfatizaron la
prominente penetración de la influencia del patriarcado21. Más recientemente, y en
respuesta a los debates al interior de los círculos feministas sobre la diversidad y el
postmodernismo, las feministas han puesto el énfasis en la naturaleza contradictoria
y heterogénea del patriarcado. En este libro, no se entiende el patriarcado como una
camisa de fuerza, sino como una multiplicidad de arreglos que se derivan de amplios
principios que legitiman la autoridad de los hombres sobre las mujeres. Tales arreglos
no están ligados automáticamente, sino constantemente negociados y cambiados. Este
concepto más dinámico del patriarcado permite reconocer que, mientras la Reforma
Agraria erosionaba algunas formas de dominación masculina (el sentido del derecho
de los hacendados sobre el cuerpo de las mujeres rurales), reforzaba otras (el rol de
los hombres campesinos como proveedores del hogar). También permite tener en
consideración los cambios en los grados de dominación masculina y cómo las acciones
de las mujeres afectan esos cambios.
Este libro replantea viejas preguntas. El trabajo académico inicial preguntaba si
las reformas agrarias trataban a las mujeres con igualdad y si el socialismo liberaba a
las mujeres. Ambas son preguntas importantes, y ambas fueron respondidas diciendo
que no fue así. Nuestra investigación pregunta si la reforma agraria, incluyendo su
versión socialista, hizo más fácil que las mujeres vivieran y negociaran al interior del

21
Johnson (1983); Stacey (1983); Molyneaux (1985).

22
patriarcado. Responde que, en muchos aspectos, sí lo hizo. El patriarcado permaneció,
pero las formas en que había cambiado fueron significativas, y fueron significativas
para las mujeres.
Este libro privilegia el género y la sexualidad dentro de una narrativa más
amplia sobre la política nacional y el conflicto de clases. Es una historia política y
es una historia laboral, que también trata sobre la sexualidad y el género. No agrega
simplemente a las mujeres en una historia donde ellas no estaban22. Argumenta que
el género y la sexualidad involucran a los hombres y que son la clave dinámica para
implementar y debatir los proyectos políticos. Como una iniciativa de origen estatal,
la Reforma Agraria en Chile involucraba intentos de dos gobiernos por remodelar
las relaciones de género y situarlas al servicio de dos modelos distintos de desarrollo
nacional. Sin embargo, como ha sido observado por numerosos investigadores influido
por la noción de hegemonía de Gramsci, los Estados no son conjuntos cerrados,
coherentes, “ejecutando revoluciones conductuales desde arriba”23. El Estado chileno,
en ambas expresiones, democratacristiana y socialista, estaba dividido internamente,
y era un campo de lucha sobre visiones políticas en competencia. Intentaba alcanzar
y mantener sus diversos objetivos a través de un proceso múltiples por remodelar y
acomodar las actitudes y prácticas existentes sobre modernidad y género. La misión
disciplinaria y socializadora de la Reforma Agraria fue llevada adelante no solo por
las agencias gubernamentales, sino también por los sindicatos, por los partidos de
oposición y por la Iglesia Católica; cada uno en grados diferentes, recubriendo o
compitiendo con los objetivos del Estado. No menos importante para los esfuerzos
reformistas fueron el consentimiento y la resistencia individual de hombres y mujeres
campesinos. Mientras que algunos aspectos de la misión con perspectiva de género
de la Reforma Agraria fueron bienvenidos en su totalidad, otros fueron parcialmente
aceptados o rechazados de plano. Hombres y mujeres, o grupos específicos de hombres
y mujeres, tomaban a menudo distintas posiciones.
Este libro comienza en la década de 1950 con el sistema de latifundio chileno de
grandes haciendas, y prolonga el desarrollo de la Reforma Agraria a través de los
años de 1960 hasta su abrupto término con el derrocamiento de Allende en 1973.
22
Joan Wallach Scott, Gender and the Politics of History. New York: Columbia University Press, 1988.
23
Vaughan, “Modernizing Patriarchy…”, en: Dore y Molyneaux (2000): 195; Quintin Hoare y Geoffrey
Nowell Smith (eds.), Antonio Gramsci, Selections for the Prison Notebooks. London: International
Publishers, 1971; Philip Corrigan y Derek Sayer, The Great Arch: English State Formation as Cultural
Revolution. Oxford: Basil Blackwell, 1985; Gilbert Joseph y Daniel Nugent (eds.), Everyday Forms of
State Formation: Revolution and the Negotiation of Rule in Modern Mexico. Chapel Hill: University of
North Carolina Press, 1994; Ana María Alonso, Thread of Blood: Colonialism, Revolution, and Gender
on Mexico’s Northern Frontier. Tuscon: University of Arizona, 1995; Florencia Mallon, Peasant and
Nation: The Making of Post-Colonial Mexico and Peru. Berkeley: University of California Press, 1995;
Klubock (1988); Rosemblatt (2000).

23
Los primeros dos capítulos examinan la significación del género y la sexualidad en los
años de 1950 y comienzos de 1960 para crear divisiones laborales dentro del sistema
chileno de inquilinaje y semi-peonaje, y su importancia para apuntalar la autoridad
de los latifundistas sobre los trabajadores y la autoridad de los hombres campesinos
sobre las mujeres. Los capítulos tres al cinco cubren la Reforma Agraria bajo los
democratacristianos, entre 1964 y 1970. El capítulo tres explora el crecimiento del
movimiento campesino y los esfuerzos de los activistas de centro y de izquierda, y
de los funcionarios de gobierno para promover nociones de solidaridad masculina,
militancia de clase y responsabilidad patriarcal. El capítulo cuatro examina los
esfuerzos de conducción estatal para atraer a las mujeres a través de una validación
de la domesticidad y de un mensaje de cooperación de género en la familia. Examina
tres programas: los proyectos de educación de la Reforma Agraria, las organizaciones
exclusivas de mujeres llamadas Centros de Madres, y los primeros planes chilenos
sobre planificación familiar y los programas de control de la natalidad. El capítulo
cinco discute cómo las expropiaciones de tierras y la creación de tenencias agrícolas
administradas por el Estado produjeron nuevas divisiones entre las comunidades
campesinas, acentuando el privilegio masculino de algunos hombres sobre otros y
enfatizando la custodia masculina sobre esposas e hijos.
Los dos últimos capítulos tratan sobre la aceleración de las expropiaciones de
tierras y resaltan las tensiones políticas durante el gobierno de la Unidad Popular,
entre 1970 y 1973. El capítulo seis examina los esfuerzos de la Unidad Popular
para, simultáneamente, movilizar a las mujeres rurales continuando el modelo
democratacristiano de realce de la domesticidad y defendiendo una expansión del
rol político y económico de las mujeres como trabajadoras. El capítulo siete explora
las evidentes diferencias en las relaciones de hombres y mujeres rurales ante las
consecuencias de la intensificación del conflicto de clases. Se discute, en particular,
cómo la incorporación subordinada de las mujeres a las instituciones más importantes
de la Reforma Agraria se tradujo en el aumento de los conflictos domésticos sobre el
sexo: la supuesta promiscuidad de las niñas adolescentes y la igualmente supuesta
infidelidad de los hombres casados. El epílogo explora la relevancia de la Reforma
Agraria en Chile para entender la dictadura militar que siguió al derrocamiento de
Allende.
Este libro focaliza su historia en el Valle de Aconcagua, uno de los centros agrícolas
más antiguos y productivos de Chile. Situado a 70 kilómetros al norte de Santiago en
la provincia de Aconcagua, el Valle de Aconcagua incluye nueve comunas organizadas
en dos departamentos, el de San Felipe y el de Los Andes24. El Valle de Aconcagua

24
El tercer departamento de la provincia de Aconcagua es Petorca, situado fuera del Valle de Aconcagua,
y no se considera en este estudio.

24
fue una de las primeras áreas donde se expropiaron tierras y un centro pionero de
organización sindical. En esta área los conflictos sobre la tierra fueron relativamente
de más corta duración y menos violentos que en el área metropolitana de Santiago,
en donde las tensiones urbanas se traspasaron a las rurales, o en el sur, en donde las
comunidades indígenas tenían demandas más inmediatas sobre la tierra. Pero aunque
la Reforma Agraria se desenvolvió en formas regionales específicas, los acontecimientos
en el Valle del Aconcagua fueron ampliamente representativos de las dinámicas de la
Reforma Agraria en su totalidad. La Reforma Agraria fue un programa nacional y, como
proceso social, fue implementada en formas que frecuentemente compartieron más de
lo que difirieron. Las políticas de la Reforma Agraria y las estrategias laborales rurales
fueron esculpidas de una manera altamente centralizada por los círculos internos del
gobierno y los partidos políticos. Aunque estas políticas y estrategias fueron aceptadas
y debatidas por una gama diversa de comunidades, la presencia de condiciones
latifundistas a través de gran parte de Chile y el alcance nacional de los partidos
políticos chilenos en las áreas rurales significó que los campesinos lucharon dentro de
parámetros estructurales e ideológicos que fueron a menudo muy similares.
Este libro extrae información de una gama de fuentes reunidas a partir de lo que, en
ese tiempo, era un registro difícil y elusivo. La mayor parte de la investigación se llevó a
cabo entre 1991 y 1993, en los años que siguen inmediatamente al término del gobierno
militar. Debido a la falta de recursos del gobierno chileno para mantener archivos y,
en particular, a los intentos del régimen militar por controlar la información sobre el
período 1964-1973, no había un archivo formal del gobierno para los acontecimientos
posteriores a 1960. Tampoco había ningún archivo formal para el movimiento sindical,
para los partidos políticos, ni para las organizaciones de mujeres 25. Aunque esta
situación desde entonces ha cambiado con la apertura del Archivo del Siglo XX, a
comienzos de los 1990 todavía era necesario visitar los ministerios por separado en
donde, aunque se encontraron muchos documentos, otros habían sido sistemáticamente
descuidados, perdidos, archivados fuera del alcance de los investigadores, o en algunos
casos, destruidos. Algunos archivos ministeriales estaban técnicamente abiertos al
público, pero estaban en bodegas, sin índices de registro y en condiciones tales que
su uso hubiera sido un formidable consumo de tiempo para este estudio26. Cualquiera

25
En 1993 Chile inauguró formalmente el registro gubernamental llamado Archivo Siglo XX, que
incluye los archivos del período posterior a la década de 1960. Sin embargo, este archivo todavía
estaba en formación entre 1991 y 1992, cuando se realizaron la mayoría de las investigaciones para
este estudio. Desde entonces, se han hecho accesibles los archivos ministeriales de los departamentos
de Trabajo, Agricultura, Vivienda y Economía, los cuales sin duda rendirán mucha información útil
sobre la Regorma Agraria.
26
Durante la década de 1980 y a comienzos de 1990 se guardaron los archivos ministeriales de todo el
siglo veinte en un almacén en San Alfonso, Santiago.

25
haya sido el caso, algunos de los registros tradicionales usados para la historia social
y laboral no estaban disponibles ni utilizables para este estudio.
Pero otras fuentes llenaron estos vacíos. El extenso archivo de la principal agencia
gubernamental de la Reforma Agraria, la Corporación para la Reforma Agraria (CORA),
estaba disponible27. El Ministerio de Salud aportó registros sobre la salud materna
e infantil, sobre el aborto y el control de la natalidad; los Ministerios de Vivienda y
Agricultura fueron igualmente útiles para proveer información sobre la educación
campesina y los grupos de mujeres28. La investigación en el Instituto Nacional de
Estadísticas produjo una abundante información económica y demográfica. La Iglesia
Católica y sus agencias afiliadas tenían la colección más extensa sobre el movimiento
campesino y la educación rural29. Los centros de investigación sin fines de lucro y las
bibliotecas universitarias también tenían variados documentos sobre estos tópicos y
sobre las mujeres30. Diarios y revistas publicados por el movimiento sindical y por varias
corrientes políticas fueron una de las fuentes más inmediatas sobre el activismo en el
campo. Los registros judiciales sobre violencia doméstica y los registros municipales
sobre matrimonios y bautismos fueron importantes para investigar la dinámica de
género en la familia31.
Finalmente, este libro se apoya fuertemente en fuentes orales, incluyendo 80
entrevistas de historias personales, la mayoría de las cuales se realizaron con mujeres
y hombres campesinos del Valle de Aconcagua, y unas pocas con profesionales y
activistas ubicados en Santiago. Por razones de privacidad, los nombres de la mayoría
de los informantes han sido alterados en el transcurso del texto32. Las fuentes orales
27
Cuando la investigación para este libro fue realizada, los archivos de la CORA estaban guardados
en el Servicio Agrícola Ganadero (SAG), una subdivisión del Ministerio de Agricultura.
28
Investigaciones fueron realizadas en el Ministerio de Salud y Servicio Nacional de Salud. Algunos
documentos del Instituto de Desarrollo Agropecuario (INDAP), la mayor agencia de educación
campesina, fueron encontrados en el Ministerio de Agricultura. Archivos para organizaciones
comunitarias campesinas y los centros de madres, originados por Promoción Popular, fueron
encontrados en el Ministerio de Vivienda y la Oficina de la Presidencia. También se usaron en
abundancia estudios y documentos publicados por el Instituto de Capacitación e Investigaciones
en Reforma Agraria (ICIRA).
29
Investigaciones fueron realizadas en las agencias católicas del Instituto Pastoral Rural (INPRU), el
Instituto de Educación Rural (IER) y el Obispado de San Felipe.
30
Este incluía la Asociación de Protección de la Familia (APROFA), Centro de Estudios de la Mujer
(CEM), Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), Grupo de Investigaciones Agrarias
(GIA), ISIS International, y Programa de Economía y Trabajo (PET). Bibliotecas universitarias incluían
las de la Universidad Católica y la Universidad de Chile.
31
Archivos de pleitos criminales del Valle de Aconcagua fueron leídos en el Juzgado del Crimen de
San Felipe. Archivos de nacimiento y bautismo fueron leídos en el Registro Civil de San Felipe y en
el municipio de Santa María.
32
Ya que mis entrevistas trataban de políticas izquierdistas tanto como historias profundamente
personales, además de haber sido realizadas durante el período inmediatamente posterior a la
(continúa en la página siguiente)

26
fueron importantes en muchos sentidos. Dadas las dificultades con otras fuentes,
éstas ayudaron a establecer una narrativa básica de los acontecimientos, facilitando
también una cierta recuperación de la experiencia de la gente rural que no estaba
disponible en otras partes. En la década de 1960 una mayoría de campesinos chilenos
eran analfabetos, dejando muy pocas huellas escritas de sus voces. La mayoría de los
registros de la vida rural, incluyendo la prensa laboral, fueron escritos por profesionales
de clase media y activistas de base urbana. El enfoque de este libro en el género y la
sexualidad hizo aún más difícil el tema de la recuperación. No solamente los campesinos
no escribían acerca de sus vidas íntimas, sino que los funcionarios de la Reforma
Agraria y los activistas políticos –quienes escribieron voluminosamente– tenían poco
que decir al respecto. La historia oral fue una manera de interponer preguntas y de
sonsacar respuestas sobre temas ignorados o suprimidos en los registros oficiales.
Esto no significa que las fuentes orales den una versión “verdadera” o más “directa”
de los acontecimientos. Como todas las fuentes, las historias orales son subjetivas y
ventanas parciales hacia el pasado, no son un hecho empírico. Así como las memorias,
no son recolecciones estáticas, sino interpretaciones filtradas a través del presente y
del pasado reciente. Las historias orales y las entrevistas usadas en este libro fueron
realizadas más de veinte años después de los acontecimientos que ellas recuerdan, y con
las consecuencias de diecisiete años de un régimen militar que trabajó agresivamente
para deslegitimar aquellos acontecimientos. Lo que la gente estaba dispuesta a
decir y cómo lo decían, estaba necesariamente atravesado por muchos factores,
incluyendo el miedo a las represalias, el éxito militar en redefinir los términos del
debate histórico y la propia posición de la entrevistadora como una mujer profesional
extranjera norteamericana. Muchas veces las respuestas orales decían tanto acerca
de las luchas presentes de la gente como lo hacían acerca del pasado. En el tiempo en
que se realizaron estas entrevistas, la mayor parte de los pobres rurales del Valle de
Aconcagua había perdido el acceso a la tierra y se apoyaba en el trabajo asalariado
de temporada en la industria altamente explotadora de exportación frutícola que
se había desarrollado durante la dictadura. Aunque la administración civil recién se
había restaurado, la mayoría de las instituciones y el radicalismo cultural que existió
con anterioridad al golpe de 1973, yacía en ruinas. La necesidad de los informantes
de reconciliar la extrema diferencia entre las décadas de 1960 y 1990 estructuró sus
narrativas.
Hay muchas maneras de usar las fuentes orales y el debate sobre cómo hacerlo
es fecundo. Las historias orales argumentadamente dicen tanto acerca de las
circunstancias presentes de los informantes, la creación de la memoria y la dinámica

dictadura militar, a propósito yo les decía a mis informantes que usaría un seudónimo para referirme
a sus testimonios en mi texto escrito.

27
de la entrevista, como acerca de “lo que ocurrió en el pasado”33; pero este libro asume
que las historias orales hablan también de los acontecimientos que “existieron antes”.
Tal información está mediatizada por las circunstancias presentes y decidir justamente
lo que significa es una tarea subjetiva, como casi todas las tareas del historiador, una
de interpretación. En este libro, el significado de las historias orales es examinado
apelando a técnicas de interpretación narrativa y usando las fuentes orales para
leer contra las fuentes escritas34. A menudo, la manera en que la gente luchaba para
reconciliar las inconsistencias en sus historias, y sus silencios sobre acontecimientos
particulares, fue reveladora acerca de los conflictos pasados. Cuando se comparan con
los documentos gubernamentales, periódicos y registros judiciales, las historias orales
sirven como contrapunto de clarificación, sugiriendo significados alternativos.
Aún más significativo, las historias orales con frecuencia fueron reveladoras del
tenso contraste que describían entre las memorias de los hombres y las memorias de
las mujeres. Tanto hombres como mujeres recordaban la Reforma Agraria como un
tiempo de esperanza, y algunas veces como una penosa lucha, pero los hombres rurales
tendían a darle a la Reforma una valoración de conjunto mucho más positiva que las
mujeres. Tanto hombres como mujeres recordaban la década de 1960 y los comienzos
de 1970 como un tiempo de enorme mejoramiento en la calidad de vida, pero los
hombres con más frecuencia atribuían estas ganancias materiales a sus propios logros
políticos. Hombres y mujeres igualaban a la Reforma Agraria con la entrega de poder
al campesinado, pero las mujeres eran mucho más ambivalentes acerca de los costos y
consecuencias de esta gestión. Explicar estas diferencias es el alma de esta historia.

33
Hayden White, The Content of Form: Narrative Discourse and Historical Representation. Baltimore:
Johns Hopkins, 1987; James Clifford, The Predicament of Culture: Twentieth Century Ethnography,
Literature, and Art. Cambridge: Harvard University Press, 1988.
34
Richard Bauman, Story, Performance and Event, Contexual Studies and Oral Narrative. New York:
Cambridge University Press, 1986; Luisa Passerini, Fascism in Popular Memory: The Cultural Experience
of the Turin Working Class. Cambridge: Cambridge University Press, 1987; Marie-Francoise Changrault-
Duchet, “Narrative Structures, Social Models, and Symbolic Representation in the Life Story”, en:
Sherna Berger Gluck y Daphne Patai (eds.), Women’s Words. The Feminist Practice of Oral History. New
York: Routledge, 1991: 77-93; Alessandro Portelli, The Death of Luigi Trastulli and Other Stories. Form
and Meaning in Oral History. Albany: SUNY Press, 1991; Charlotte Linde, Life Stories. The Creation
of Coherence. Oxford and New York: Oxford University Press, 1993; George Gugelberger (ed.), The
Real Thing: Testimonial Discourse and Latin America. Durham: Duke University Press, 1996; Daniel
James, Doña María’s Story: Life History, Memory, and Political Identity. Durham: Duke University
Press, 2000.

28
CAPÍTULO I
PATRÓN Y PEÓN:
TRABAJO Y AUTORIDAD EN LAS GRANDES HACIENDAS

En la década de 1950, el Valle del Aconcagua era una de las áreas agrícolas más ricas,
más productivas y más hermosas de Chile. Protegido por las majestuosas alturas de
los Andes y bañado por el río Aconcagua y sus afluentes, las 36.600 hectáreas de tierra
cultivable del Valle aportaban casi el 10 por ciento del producto agrícola anual del
país. Su producción era excepcionalmente diversa. Trigo, alfalfa, cáñamo, vegetales
y flores, además de viñas y frutas de rápido crecimiento, eran productos típicos de
la región35. Esta variedad en la producción obedecía a un clima templado único que
favorecía el cultivo de productos en distintas estaciones del año, y que era estimulado
a su vez, por la proximidad de la región al puerto de Valparaíso (principal salida de
las exportaciones nacionales)36. Junto con ello, la cercanía del Valle a Santiago y su
afamado esplendor natural lo hacían el retiro favorito de la elite urbana de fines de
semana y veranos. De hecho, la propiedad de la tierra estaba concentrada en manos
de algunas de las familias más prominentes de Chile, quienes solían frecuentar las
termas de Santa María, las célebres viñas de Panquehue, y las lujosas plazas de San
Felipe y Los Andes, que proveían a los acaudalados viajeros de amplias comodidades
y apacibles paisajes para disfrutar.
Sin embargo, el Valle del Aconcagua era también un lugar de profundas
desigualdades. De sus 101.763 habitantes, el 60 por ciento residía en áreas rurales,
divididas en un centenar de grandes haciendas. Su producción descansaba en el trabajo
de miles de campesinos empobrecidos y trabajadores sin tierra37. Espaciosas casas
coloniales con jardines, servicio doméstico y mobiliario importado se levantaban frente
a las deplorables chozas de adobe sin electricidad ni agua potable38. Los terratenientes
más ricos del Valle de Aconcagua contaban con un ingreso per cápita mil veces superior
al de sus trabajadores, enviaban a sus hijos a educarse en Santiago y en el extranjero,

35
Cuadro 18, Censo de Población: Aconcagua, 1960, Santiago: INE, 1960.
36
Cuadro XII-4, Chile: Tenencia de la tierra y desarrollo socio-económico del sector agrícola, Santiago: CIDA,
1966: 183.
37
Censo de Población: Aconcagua, 1960.
38
Armand Mattelart, Atlas social de las comunas de Chile. Santiago: Pacífico, 1965.

29
y gozaban de estrechos lazos políticos y familiares con la elite financiera e industrial
de Chile. Por su parte, los campesinos luchaban por la más mínima supervivencia.
Estos últimos empezaban a trabajar desde muy pequeños, tenían un promedio de
esperanza de vida de cuarenta y cinco años, y sufrían unas de las tasas más altas de
analfabetismo, desnutrición y mortalidad infantil de la nación39.
Las disparidades en el Valle del Aconcagua, así como en todo el Chile rural,
emanaban de la concentración monopólica de las tierras y de un opresivo sistema
laboral. Aunque menos exacerbado que en otras partes del país, la tierra en el Valle
de Aconcagua estaba concentrada en las manos de unos pocos40. En 1955, menos de un
nueve por ciento de los propietarios controlaba el 82 por ciento de la tierra irrigada,
en tanto que el 3 por ciento de las haciendas contaba con el 95 por ciento de toda la
tierra agrícola cultivable41. Es más, solo las grandes haciendas –aquellas sobre 2.000
hectáreas– controlaban el 60 por ciento de toda la tierra irrigada. En contraste, alrededor
de 900 familias campesinas poseían pequeños fundos o minifundios, de menos de cinco
hectáreas. Otras 400 familias, menos arruinadas pero aún pobres, producían en fundos
entre cinco y veinte hectáreas. En conjunto, los sectores de pequeños productores y
minifundistas –más del 80 por ciento de todos los propietarios– tenían solamente el
8,3 por ciento de tierra agrícola42 (Ver Tablas 1.A y 1.B).
El sistema de inquilinaje agudizaba aún más las desigualdades de propiedad de la
tierra y distribución de la riqueza. Éste era un sistema desarrollado en las haciendas,
en el que los campesinos, a cambio de algunos derechos sobre la tierra, se sometían a
un trabajo de semipeonaje. El inquilinaje databa de tiempos de la colonia española,
cuando el otorgamiento de mercedes de tierras y mano de obra por parte de la Corona
fue consolidando el poder político y la riqueza de poderosos terratenientes que gozaban
de privilegios sobre el trabajo de indios, mestizos, negros libertos y blancos pobres, a
cambio de lo mínimo para subsistir43. Aunque hacia 1950 el inquilinaje había cambiado
considerablemente, éste siguió siendo la base de las relaciones laborales agrícolas en
todo Chile. Bajo este sistema, un inquilino ofrecía su trabajo a cambio de una serie de
beneficios denominados regalías (concepto derivado de la palabra “regalo”), los que
incluían el acceso a un pequeño pedazo de tierra, a derechos de pastoreo, alimentos,
vivienda y leña44. Desde el siglo dieciocho, los inquilinos habían recibido también
un pequeño monto pagado en dinero, pero hacia la década de 1950, las regalías y los
39
Cuadro IV-4, CIDA (1966): 33.
40
Arnold Bauer, Chilean Rural Society from the Spanish Conquest to 1930. Cambridge: Cambridge
University Press, 1975.
41
Cuadros 1 y 4, Censo Agropecuario: Aconcagua, 1954-1955. Santiago: INE.
42
Ibid.
43
Mario Góngora, Origen de los inquilinos en Chile. Santiago: ICIRA, 1960.
44
Artículo 79, Código Laboral, 1931.

30
bienes en especie seguían siendo el 70 por ciento de la remuneración de un inquilino45.
Era tradición que los inquilinos residieran dentro de la hacienda, dedicando parte
de su trabajo a la producción de la misma y parte a su regalía de tierra. Este último
se destinaba tanto a propósitos comerciales menores como a su propia subsistencia.
Los inquilinos debían entregar una parte de su producción al terrateniente, según el
tamaño de la regalía, la que en la década de 1950 variaba entre un cuarto y 10 hectáreas.
Éstos podían optar por dedicar todo su trabajo a la regalía, entregando a cambio un
trabajador que los reemplazara en la hacienda, con la excepción de las estaciones
de siembra y cosecha, en que estaban obligados a trabajar en ésta. Además durante
esa época se les obligaba a aportar un trabajador adicional, llamado obligado, cuya
remuneración era costeada por los mismos inquilinos. Esta práctica databa del siglo
diecinueve, cuando el auge en las exportaciones de trigo chileno a California y Australia
permitió a los terratenientes la expansión de sus tierras de cultivo, deviniendo, a su
vez, en una fuerte dependencia de los inquilinos para la producción comercial46.
Sin embargo, hacia mediados del siglo veinte, el inquilinaje se transformó en la
manifestación evidente de la creciente crisis en la agricultura chilena, así como de la
incapacidad de los gobiernos para ejercer y expandir un rol regulador en el campo.
Hacia las décadas de 1920 y 1930, los esfuerzos por incentivar la industrialización y
asegurar alimentos baratos para los trabajadores urbanos resultaron en la creación
de subsidios y protección de precios para los productores agrícolas, deviniendo en un
pacto de complicidad entre el Estado y los terratenientes en el control de los salarios
rurales47. En las décadas siguientes, 1940 y 1950, el Estado continuó con estas políticas
en un infructuoso intento por detener el descenso de la productividad agrícola
nacional y por revertir el creciente déficit de la balanza comercial en importaciones
agropecuarias, el que alcanzaría un total de 120 millones de dólares en 196448. Aunque
el apoyo gubernamental a los terratenientes fue una práctica corriente a lo largo de
la historia de Chile, indicativa de la férrea alianza entre la propiedad de la tierra y el
poder político, la política agraria entre mediados de 1920 y fines de 1950 se centró en
el desarrollo económico nacional como un todo, particularmente en la satisfacción de
las necesidades de las clases medias y trabajadoras que habían tenido un crecimiento
demográfico significativo.
Este impulso populista dio origen a la primera legislación laboral nacional, que
incluyó el Código Laboral de 1931, el que definió diferentes categorías de trabajadores
45
Cuadro VI-12, CIDA (1966): 59.
46
Bauer (1975); José Bengoa, Haciendas y campesinos: Historia social de la agricultura chilena. Santiago:
SUR, 1990.
47
Loveman, (1976); Loveman, Chile: The Legacy of Hispanic Capitalism. New York: Oxford University
Press, 1988.
48
Loveman (1976): 197.

31
agrícolas, especificando sus obligaciones y derechos. La legislación posterior,
promulgada entre 1948 y 1953, estableció normas para determinar el valor de los
pagos en especie por vivienda y tierra, estipulando que al menos el 25 por ciento
de la remuneración de un inquilino fuese pagada en dinero. A la vez otorgaba a los
trabajadores rurales el beneficio de la asignación familiar, un subsidio que recaía a
favor de hijos y dependientes49. Si bien estas leyes fueron aplicadas en el mejor caso
de forma irregular, fueron al mismo tiempo un incentivo para que los terratenientes
redujeran el número de inquilinos en favor de trabajadores que ganaban la mayor
parte de su remuneración en dinero. Desde la década de 1930 la mecanización de la
lechería y de la producción de granos redujo aún más la demanda de inquilinos al
transformar muchas de las actividades agrícolas en labores temporales.
A comienzos de 1960, los inquilinos representaban solo un cuarto de la fuerza laboral
pagada en el Valle del Aconcagua y en otras partes de Chile central. La mayoría de los
peones de las haciendas trabajaban por jornales en dinero, que eran complementados
con el pago en especies –alimentos y leña– y algunas veces en vivienda, aunque sin
derecho al goce de la tierra. Fuera del Valle del Aconcagua, del total de la mano de
obra agrícola pagada –7.458 trabajadores– el 24,3 por ciento eran inquilinos, el 16,2
por ciento trabajadores permanentes y un 59,3 por ciento, trabajadores temporeros50.
De los temporeros, algunos trabajaban más que otros51. Aproximadamente un tercio
era calificado oficialmente como “trabajadores temporales”, considerando a aquellos
que recibían un jornal diario y trabajaban entre tres y seis meses por año; los restantes
dos tercios eran definidos como “trabajadores ocasionales” en tanto que trabajaban
menos de tres meses al año en actividades agrícolas intensivas procesando frutas,
flores, cáñamo, ajos y tabaco. A mediados de 1960, los peones que trabajaban menos de
tres meses al año representaban casi el 40 por ciento de toda la mano de obra agrícola
pagada del Valle del Aconcagua52 (Ver Tabla 1.C.).
Si bien los inquilinos no constituían una mayoría en términos numéricos, el
sistema del inquilinaje definía y daba forma a todas las relaciones laborales dentro
de las haciendas. Los inquilinos eran el núcleo, la fuerza estable de trabajo de las
haciendas de más de 200 hectáreas, por lo que la contratación de peones permanentes
y temporales, lejos de constituir una competencia, eran un complemento del trabajo
de los primeros. El inquilinaje constituía un sistema laboral variado que comprendía
relaciones laborales tanto capitalistas como no-capitalistas, así como a inquilinos y
49
Almino Affonso, Sergio Gómez, Emilio Kline y Pablo Ramírez, Movimiento campesino chileno. Santiago:
ICIRA, 1970: vol. 1 y 2; Jean Carriere, Landowners and Politics in Chile: A Study of the Sociedad Nacional
Agrícola. Amsterdam: Center for Latin American Documentation and Research, 1981.
50
Cuadro 6.3, Censo Agropecuario: Aconcagua, 1964-1965. Santiago: INE, 1965.
51
Ibid.
52
Ibid.

32
peones asalariados53. Ni los trabajadores permanentes ni los temporeros recibían su
salario completo en dinero; más del 20 por ciento de su remuneración era pagada
en especies54. Esta práctica derivaba del acuerdo laboral del inquilinaje, según el
cual éstos recibían la mayor parte de su compensación en especies, influyendo en la
depreciación del resto de los jornales agrícolas. En 1962, el promedio del ingreso per
cápita en dinero que recibían las familias campesinas en el Chile central era menos
de 15 dólares por mes55.
Los trabajadores permanentes y temporales constituían también una pieza clave
del sistema de inquilinaje, toda vez que un número importante de esos peones (casi
un tercio en el caso del Aconcagua) eran hijos, esposas, y miembros de las familias de
inquilinos en las haciendas56. Otros provenían de hogares de pequeños productores
y sectores minifundistas que no podían absorber todo el trabajo familiar, los que
además eran parte del mundo latifundista como un todo. Al mismo tiempo, casi la
mitad de los peones ocasionales eran emigrantes, mayoritariamente hombres que
se trasladaban constantemente de provincia en provincia. Éstos eran denominados
afuerinos. La naturaleza heterogénea del inquilinaje fue clave para garantizar a los
terratenientes una mano de obra barata y flexible. Con la excepción de los emigrantes
afuerinos, la mayoría de los peones provenía de familias que trabajaban en actividades
de subsistencia (inquilinos, minifundistas, pequeños productores) dentro o en los
límites de las haciendas. Esta situación permitía a los terratenientes contratar o
despedir trabajadores temporalmente y pagarles menos, ya que se asumía que la
agricultura de subsistencia proveería lo sustancial para satisfacer sus necesidades
básicas. Esta presunción tuvo un impacto particularmente negativo sobre los
trabajadores permanentes y temporales, quienes eran compensados principalmente
en dinero. Una encuesta del Instituto Nacional de Estadística aplicada en el Valle del
Aconcagua determinó que el 51 por ciento de los hogares dependientes del trabajo
asalariado ganaba menos que el salario mínimo de subsistencia (sueldo vital calculado
como el costo de sobrevivencia, en oposición al salario mínimo más alto), en tanto
que otro 32 por ciento recibía poco más que el sueldo vital57. Esto hacía que el pago
en especies de alimentos y combustibles alcanzara una importancia mayor. Así, la
vida era especialmente dura para los trabajadores que no tenían acceso a los cultivos
de subsistencia. Estos campesinos desprovistos de tierra residían en algunos de los

53
CIDA (1966): 52-53.
54
Cuadro A-5, CIDA (1966): 71.
55
Cuadro B-1, CIDA (1966): 73.
56
Estimación de la autora, basada en entrevistas con ex-inquilinos y 55 “inspecciones de fundo” hechas
por la CORA entre 1965 y 1969. “Fichas de expropiación, Aconcagua”, CORA.
57
Encuesta de hogares. Santiago: INE, 1968.

33
vecindarios más pobres ubicados alrededor de las ciudades o bien en miserables
campamentos arranchados en los faldeos de las haciendas.

Género, familia y división del trabajo


Además el inquilinaje descansaba en jerarquías de género establecidas dentro
de las mismas familias campesinas. A fines de 1950, la mano de obra agrícola pagada
era abrumadoramente masculina y casi todos los inquilinos eran hombres. De acuerdo
al Censo recién mencionado, en el Valle del Aconcagua las mujeres que trabajaban
comprendían solo el 9 por ciento de los trabajadores agrícolas pagados, el cuatro por
ciento de los trabajadores permanentes, y menos del 1 por ciento de los inquilinos58.
De las 664 mujeres que percibían salarios por labores agrícolas, más del 80 por ciento
eran temporeras, empleadas por menos de seis meses al año, y más de la mitad de ellas
por menos de tres meses59. Este reducido porcentaje de empleos reflejaba un vuelco
dramático respecto a lo acontecido en el pasado reciente. Patricia Garrett y Ximena
Valdés han demostrado que hacia fines del siglo diecinueve y comienzos del veinte,
las mujeres comprendían casi el 20 por ciento de los inquilinos, desempeñándose
principalmente como ordeñadoras. Sin embargo, esta cifra disminuyó notablemente
hacia mediados de 1930, después de la mecanización de la lechería60. En efecto, la
pérdida del trabajo de las mujeres inquilinas se suma al declive que sufrieron las
distintas posiciones de los inquilinos entre las décadas de 1930 y 1960. Mientras que
el porcentaje de inquilinas mujeres caía en un 84 por ciento durante este período,
el de inquilinos hombres lo hacía en solo un 3 por ciento61. Hacia 1964, de los 46.961
inquilinos en Chile, el 99 por ciento eran hombres62. En el Valle del Aconcagua, los
trabajadores hombres constituían más del 96 por ciento entre inquilinos y trabajadores
permanentes, y más del 87 por ciento de todos los trabajadores temporales63. (Ver
Tablas 1.D y 1.E.)
Los inquilinos hombres eran generalmente jefes de hogar que dependían del
trabajo de todos los miembros de la familia. Los trabajadores de reemplazo y los
obligados que bajo mandato eran entregados por el inquilino a la hacienda provenían
generalmente de la misma familia, esto es, sus hijos y parientes masculinos. Si alguna

58
Cuadro 6.3, Censo Agropecuario: Aconcagua, 1964-1965.
59
Ibid.
60
Ximena Valdés, “Una Experiencia de organización autónoma de mujeres del campo”, Cuadernos de
la mujer del campo, Santiago: GIA, 1983: 60.
61
Ibid.
62
Ibid.
63
Cuadro 6.3, Censo Agropecuario: Aconcagua, 1964-1965.

34
vez se compensaba a estos trabajadores, se les pagaba con vivienda y alimentos, no con
dinero. El cultivo de subsistencia también era efectuado por los miembros de la familia
del inquilino, y generalmente éste era supervisado por su mujer durante su ausencia.
En las tierras de regalías producían porotos, papas y otros vegetales destinados al
consumo familiar, así como al comercio de productos tales como el tabaco. Toda esta
actividad suponía un trabajo intenso, que involucraba incluso a los hijos más pequeños.
Las mujeres adultas con ayuda de los niños tenían la responsabilidad adicional de la
crianza de pollos, chanchos y cabras de la familia, además de faenar los subproductos
de estos animales: quesos, mantequilla, y empanadas para consumo familiar o venta
en los poblados cercanos.
Los peones permanentes y temporeros dependían también del trabajo de las
mujeres de la familia, esposas, hijas, madres, tías y hermanas. Cuando los maridos y
hombres adultos salían a buscar trabajo en las haciendas, eran las mujeres las que
se hacían cargo de la siembra y el cultivo. Cuando éstos se quedaban en la casa, las
mujeres solían dedicarse a labores más específicas de su género. Así, mientras los
hombres araban, las mujeres se encargaban de sembrar porotos y papas; mientras éstas
sacaban y ataban las hojas de tabaco, los hombres colgaban los atados en las chozas
para ahumarlos y luego llevarlos en carretas a las ciudades. Tal y como sucedía en las
familias de inquilinos, las mujeres minifundistas y pequeñas productoras tenían la
responsabilidad de cuidar los animales de la parcela y comerciar los huevos y productos
de lechería64. Pese a la clara distinción de actividades, la división del trabajo según los
géneros no siguió patrones demasiado rígidos. Muchas veces eran las mujeres las que
realizaban faenas tradicionalmente masculinas tales como cavar canales de regadío
o construir cercas, o bien en el caso de enfermedad de la esposa, era el marido quien
ordeñaba las cabras.
El trabajo agrícola femenino no remunerado fue crucial para la persistencia del
sistema de inquilinaje. La flexibilidad del trabajo femenino permitía la disponibilidad
de los hombres por temporadas para trabajar en las haciendas, a la vez que les
aseguraba un lugar para volver durante los períodos de desempleo. La preparación
diaria de alimentos por parte de las mujeres proveía una parte significativa de la dieta
familiar, así como un suplemento del ingreso en dinero. Las mujeres campesinas eran
las responsables de preparar el alimento, llevar comidas a los hombres que trabajaban
en las haciendas, coser y lavar las ropas de la familia, acarrear agua, limpiar y educar
a los niños. Florencia Mallon y Carmen Diana Deere han planteado, para el caso
peruano, que el trabajo doméstico de las mujeres fue vital tanto para la sobrevivencia
del campesino como para el desarrollo y rentabilidad capitalista65. El trabajo de las
64
Cuadro 6.3, Censo Agropecuario: Aconcagua, 1964-1965.
65
Florencia Mallon, Defense of Community in Peru’s Central Highlands: Peasant Struggle and Capitalist
Transition, 1860-1940, Princeton: Princeton University Press, 1983; y “Gender and Class in the
(continúa en la página siguiente)

35
mujeres no solo cooperó en la reproducción de la mano de obra agrícola, sino que le
agregó también valor productivo en bienes y servicios para los miembros de la familia
que no requerían ser comprados. Esto permitió a los latifundistas pagar menos de lo
que costaría tener un peón robusto en el campo.
El trabajo doméstico de las mujeres era arduo y fluctuaba entre 12 y 14 horas
diarias66. Éste comenzaba a las 4:00 AM cuando se levantaban para reavivar el fuego
y calentar el pan y mate para el desayuno del marido. Luego levantaban y daban
desayuno a los niños, barrían la casa, generalmente de una o dos piezas, y el patio;
alimentaban con los restos de comida y cáscaras a los cerdos y pollos; recogían huevos;
y ordeñaban cabras y ovejas de la familia. Además, dos o tres horas del día eran
destinadas a amasar el pan y cocinar el almuerzo que enviaba a su marido cuando
estaba en la hacienda. El lavado de ropa podía significar hasta cuatro horas del día.
Éste consistía en acarrear y hervir el agua para las artesas que se encontraban en el
patio trasero de la casa, luego realizaba dos o tres lavados escobillando las vestimentas,
enjuagaba, estrujaba y colgaba las prendas para más tarde plancharlas. Al medio día
servía el almuerzo y limpiaba. En la tarde preparaba empanadas de queso y luego se
ocupaba de la chacra familiar o regalía –desmalezando, regando o recogiendo cebollas
y papas–. Más tarde acarreaba nuevamente agua de los pozos y, cuando era necesario,
recogía y juntaba leña. Alrededor de las 7:00 PM se preparaba una ligera cena con los
restos del almuerzo o una once consistente en pan, queso y té, después de lo cual podía
coser a mano pantalones para su hijo usando la tela de sacos de harina o bien terminar
de tejer un chaleco para su marido. Entremedio de todas estas tareas, las mujeres
amamantaban a sus guaguas, cuidaban a los niños pequeños, supervisaban las labores
de los hijos mayores que ya podían trabajar, y atendían a los miembros inválidos de la
familia. Los hijos, especialmente las hijas, compartían, y en algunos casos asumían la
responsabilidad total de ciertas tareas que le correspondían a sus madres. Sin embargo,
eran las mujeres adultas las que tenían la responsabilidad principal en las labores del
hogar. Aunque ellas se apoyaran en el trabajo de los hijos, su actividad diaria seguía
siendo más larga que la de cualquier otro miembro de la familia.
Las mujeres también hacían trabajos directos en las haciendas. Pese a que
su importancia como inquilinas ya no era la de antes, el número de trabajadoras
temporeras remuneradas se había expandido en casi un 30 por ciento entre los años
1935 y 195567. Este aumento era un reflejo de la expansión comercial de cultivos

Transition to Capitalism: Household and Mode of Production in Central Peru”, Latin American
Perspectives 48, Nº 1, invierno, 1986; Carmen Diana Deere, Household and Class Relations: Peasants
and Landlords in Northern Peru. Berkeley: University of California Press, 1990.
66
Garrett (1978); Ximena Valdés, La Posición de la mujer en la hacienda. Santiago: CEM, 1988; Valdés
y Araujo (1999).
67
Valdés (1983): 61.

36
intensivos de frutas y verduras. En el Valle del Aconcagua las mujeres eran contratadas
por dos a cuatro meses en promedio por año. Ellas cosechaban porotos y tomates,
cosían y ahumaban hojas de tabaco, encajonaban ajos y cebollas, seleccionaban
pasas, y cosechaban uvas y duraznos. Estas labores, que se realizaban en equipo, eran
supervisadas por un administrador u otro empleado quien estaba a cargo de vigilar el
trabajo y tenía la responsabilidad de verificar la calidad del producto.
El trabajo que realizaban los hombres en las haciendas era mucho menos variado y
con tareas menos específicas que el de las mujeres. Solían trabajar en equipos mixtos
de inquilinos, trabajadores permanentes, y peones temporales los que podían ser
enviados a hacer cualquiera de las numerosas faenas de la hacienda. Además se les
empleaba como peones temporeros en el cultivo de frutas y verduras, en el que muchas
veces trabajaban codo a codo con las mujeres. Sin embargo, las labores temporales
de los hombres eran diferentes a las de estas últimas, y consistían en actividades que
eran consideradas más pesadas, y menos específicas y detalladas. Entre ellas podar
ciruelos, sacar tabaco, encajonar productos, y arar bajo plantas y matas secas. A los
trabajadores temporeros hombres se les contrataba por períodos de tiempo más largos
que el de sus contrapartes mujeres. En los períodos inmediatamente antes y después
de la cosecha de frutas y verduras se les trasladaba a otras partes de la hacienda donde
junto a otros inquilinos y trabajadores permanentes se dedicaban al cultivo de trigo
y cáñamo, y al cuidado del ganado.
El cultivo y cosecha de trigo y cáñamo eran tareas exclusivamente masculinas y
absorbían la mayor parte de su trabajo durante el año. Además la responsabilidad de
excavar y limpiar los canales de regadío del fundo, reparar y erigir cercas, y mantener
y construir edificaciones en la hacienda, era solo de hombres. Si bien tanto el trabajo
de hombres como el de mujeres, era supervisado –ya sea por el patrón mismo, o más a
menudo por un empleado administrador– los primeros gozaban de menos vigilancia que
las segundas. Cuando ellos eran enviados a cavar una zanja o plantar un determinado
predio, a menudo se les dejaba trabajar sin más control que esporádicas visitas del
patrón o del administrador para verificar su progreso68.
En las haciendas, la división del trabajo según los géneros y la inferioridad
adjudicada a las mujeres dentro de la población remunerada, respondía más bien
a prejuicios sociales e ideológicos, y no a supuestas diferencias naturales entre
las capacidades de hombres y mujeres. Pese a que algunos trabajos demandaban
considerable fuerza (como arrastrar sacos de granos y cavar zanjas), era más bien la
idea generalizada de que las mujeres eran incompatibles para tales trabajos, lo que

68
Historias orales, incluyen a Jorge Tejedo, San Felipe, 20 de octubre de 1992; René Aguirre, Santa
María, 25 de octubre de 1992; Raúl Fuentes, Santa María, 15 de noviembre de 1992; Raúl Aguirre,
Panquehue, 21 de mayo de 1993; Armando Gómez, Putaendo, 22 de mayo de 1993.

37
las excluía de la contratación en trabajos más permanentes y mejor remunerados.
De hecho, era frecuente que en las parcelas y granjas familiares de minifundistas
y pequeños productores las mujeres realizaran trabajos en conjunto con hombres,
teniendo muchas veces la responsabilidad principal en tareas en la hacienda habrían
sido consideradas como “trabajo de hombres” y “faenas pesadas”. En el sector agrícola
no pagado eran las mujeres, y no los hombres, quienes estaban a cargo del ganado,
quienes cavaban canales, reparaban cercos y podaban viñedos.
Las divisiones del trabajo según los géneros devenían de la supuesta autoridad y
responsabilidad de los hombres dentro del hogar. La “casa-hogar” suponía relaciones
de parentesco, relaciones de subsistencia, algo de producción comercial, convivencia
dentro de la vivienda, y en las tierras de cultivo familiar. El inquilinaje constituía así,
un sistema que controlaba el trabajo familiar encabezado por hombres casados que
dirigían el trabajo de esposas e hijos. Tanto terratenientes como campesinos suponían
que una mujer adulta casada debía depender de su marido, quedando subordinada
a su autoridad. Si bien hombres y mujeres campesinos veían el matrimonio como
una asociación en la lucha por la supervivencia, el carácter de la colaboración solía
reforzar, más que desafiar, las prerrogativas masculinas. Las responsabilidades de una
esposa se definían en términos de trabajo y servicio hacia el marido, niños y demás
miembros de la familia extendida. Esto implicaba la crianza de hijos, cuidado de padres
ancianos, cuidado de la casa y producción, es decir tanto el desempeño doméstico
como el trabajo en la chacra familiar. El trabajo fuera de la esfera del hogar y de la
tierra familiar era considerado como un suplemento a la responsabilidad principal
de una esposa hacia su marido e hijos, incluso en aquellos casos que éste fuese vital
para la sobrevivencia familiar69.
Hacia fines de 1950, los hogares campesinos del Aconcagua presentaban un
promedio de seis personas por familia70. Aunque las mujeres campesinas podían dar
a luz en promedio ocho hijos, muchos de ellos morían en el primer año de edad, en
tanto que los hijos jóvenes adolescentes y adultos solían abandonar la casa de sus
padres por largos períodos de tiempo para buscar trabajo71. Casi la mitad de los hogares
rurales estaban constituidos por familias nucleares, mientras que el resto incluía
abuelos, parientes solteros, primos, cuñados, y personas sin parentesco directo, como
los afuerinos que dormían y trabajaban para la familia como obligados72. Las relaciones
entre las familias nucleares y extendidas eran fluidas, y variaban de acuerdo a las
69
Loreto Rebolledo, Fragmentos: Oficios y percepciones de las mujeres del campo. Santiago: CEDEM,
1991.
70
Mattelart (1965).
71
“Encuesta nacional socio-económica en poblaciones marginales”, Santiago: Consejería Nacional de
Promoción Popular. 1968, MV.
72
Cuadro 30, Censo de Población: Aconcagua, 1960; Cuadro 9.3, Encuesta de hogares (1968).

38
Vivienda de inquilinos, 1945.
Fuente: Museo Histórico Nacional.

Labores agrícolas.
Fuente: Museo Histórico Nacional.

39
necesidades de los miembros del hogar. A menudo las parejas jóvenes recién casadas
vivían con los padres de uno de ellos por un tiempo hasta que podían instalarse en
su propia casa. En el caso que un matrimonio terminara por separación, abandono o
muerte de alguno de los cónyuges, los hijos podían volver a vivir con sus padres o bien
ser acogidos por matrimonios de parientes.
El matrimonio era de vital importancia para las mujeres campesinas y la mayoría
de ellas contrajo matrimonio en algún momento de sus vidas. Hacia 1960, el 73 por
ciento de mujeres, entre 25 y 60 años, en las áreas rurales del valle del Aconcagua
estaba casada, mientras que un 4 por ciento mantenía relaciones de convivencia con
hombres73. El 7 por ciento eran viudas o separadas, y tan solo un 15 por ciento eran
solteras. Para la mayoría de las campesinas casarse con hombres que ganaran un salario
o bien que tuvieran (acceso a) tierras era fundamental para su sobrevivencia. El trabajo
de las mujeres en las haciendas solía ser por corto tiempo y muy mal pagado, lo que
no les permitía mantenerse autónomamente. Si bien algunas mujeres tenían títulos
de propiedad de minifundios y de pequeña producción, los propietarios de tierras
eran generalmente hombres, y además eran ellos los que recibían todas las regalías
por concepto de tierra entregadas a los inquilinos. Las mujeres de las zonas rurales
solían trabajar como sirvientas domésticas, lavanderas y vendedoras, sin embargo, ellas
comprendían solo el 8 por ciento de la fuerza laboral rural pagada74. En un estudio
realizado en los hogares campesinos durante los años 1960, más del 70 por ciento de
las mujeres declaraba no haber estado nunca formalmente empleada75. La mayoría
de las mujeres que no se casaban emigraban a pueblos o ciudades, por lo que, hacia
1960, el porcentaje de hombres sobrepasaba significativamente al de las mujeres en
todo el campo chileno. En el Aconcagua, el 54 por ciento de la población rural estaba
constituido por hombres, en contraste con el 46 por ciento de mujeres76.
En el caso de las pocas mujeres solteras que permanecían en el campo, o bien
aquellas que habían perdido a sus maridos por separación o muerte, la vida era muy
precaria. Las viudas de inquilinos eran algunas veces expulsadas de las haciendas,
en tanto que las viudas de minifundistas corrían el riesgo de perder las tierras en
manos de parientes hombres77. El trabajo agrícola temporal y el servicio doméstico,
aunque escasos y mal remunerados, eran las principales opciones de empleo para
las mujeres solas. Otras sobrevivían lavando ropas, hospedando gente en sus casas y
73
Cuadro 5, Censo de Población: Aconcagua, 1960.
74
Cuadro 16, Censo de Población: Aconcagua, 1960.
75
De las trabajadoras remuneradas, el 60 por ciento eran solteras con más que 60 años de edad. Cuadro
9.3, “Encuesta de hogares” (1968); Censo de Población: Aconcagua, 1960.
76
Censo de Población: Aconcagua, 1960.
77
Historias orales, incluyendo María Galdámez, Santa María, 20 de abril de 1993; Elena Vergara,
Putaendo, 4 de junio de 1993.

40
complementaban sus ingresos con los que percibían sus hijos mayores. Sin embargo,
la mayoría vivía en las casas de parientes. Hacia 1960, las mujeres jefas de familia
en el Aconcagua constituían solo el 2 por ciento de los hogares, siendo incluidas en
el censo como trabajadoras dependientes de labores agrícolas78. El porcentaje de
mujeres jefas de familia en el Chile rural, representaba el 8 por ciento y la de ellas
mayoría subsistía por otros medios diferentes al trabajo agrícola; generalmente en
el servicio doméstico79. Cualquiera de las alternativas para las mujeres solteras era
inevitablemente más vulnerable y materialmente más empobrecida que la situación
de las mujeres casadas.
El matrimonio también era importante para los hombres, sin embargo éstos podían
sobrevivir más fácilmente sin casarse. Para un inquilino o peón permanente la pérdida
de la esposa no significaba la pérdida del acceso a la tierra o del empleo. Para los
hombres que no eran propietarios, tener una familia podía llegar a ser un verdadero
problema, por cuanto debían mantenerla. Es por ello que los hombres solían postergar
el matrimonio hasta los veinte tardíos e incluso entrados los treinta años. En 1960
en las zonas rurales del Aconcagua, casi el 70 por ciento de los hombres menores de
30 años era soltero80. A los trabajadores temporeros, especialmente los afuerinos, les
era particularmente difícil mantener una familia dada la escasez de empleos y la
necesidad de trasladarse constantemente de región en región. La tendencia de los
peones a permanecer solteros era probablemente una de las razones que explican el
casi tercio de los hombres entre 25 y 60 años que nunca se casaron81. Así como en el
caso de las mujeres solas, los hombres solteros solían vivir con familias extendidas,
las que generalmente estaban bajo la tutela de un hombre casado. Eran muy pocos
los casos en que los hombres solteros asumían el rol de jefe de hogar en su calidad
de tíos, primos o cuñados. La diversidad de las familias en el campo no disminuía la
centralidad ni del matrimonio ni de la autoridad de los hombres casados frente a las
relaciones de género del campesinado en su conjunto.
Así como sucedía con las esposas, los maridos también trabajaban para el mayor
bienestar de sus familias. Los pequeños parceleros e inquilinos con regalías de
tierra generalmente preferían trabajar sus predios familiares, otorgándole al trabajo
asalariado una importancia secundaria. Pero la relación de los hombres casados con
el trabajo doméstico difería significativamente del de las mujeres casadas. Aunque el
cultivo de subsistencia era considerado un trabajo familiar, había una clara jerarquía en
la que los hombres, y no las mujeres, tenían la autoridad administrativa fundamental.

78
Cuadro 30, Censo de Población: Aconcagua, 1960.
79
Cuadro 30, Censo de Población: Aconcagua, 1960.
80
Demografía. Santiago: INE, 1960; Cuadro 5, Censo de Población: Aconcagua, 1960.
81
Cuadro 5, Censo de Población, 1960.

41
Inquilinos y trabajadores de fundo.
Fuente: Museo Histórico Nacional.

Huasos esperando el desfile.


Fuente: Museo Histórico Nacional.

42
Eran los maridos los que podían mandar en el trabajo de las esposas y no viceversa. Eran
ellos los que decidían cuando ellos y sus hijos debían buscar trabajo en las haciendas,
cuándo se cultivaría su parcela, y cuándo y cómo sus esposas e hijas trabajarían
remuneradamente fuera del hogar82. De manera similar a lo que Christine Delphy ha
planteado acerca de los campesinos franceses, los hogares rurales eran, sin importar su
grado de empobrecimiento, convenios económicos por los que el hombre usufructuaba
del trabajo de mujeres, niños y otros parientes, hombres y mujeres83.
Los principios del matrimonio patriarcal determinaban la autoridad de los hombres
sobre las mujeres, incluso en aquellos hogares monoparentales. En los casos en que
los jefes de hogar fuesen hermanos o tíos sus expectativas sobre el acarreo de agua
y preparación de comidas por parte de sobrinas y hermanas estaban basadas en las
ideas sobre lo que las mujeres naturalmente debían hacer en su calidad de esposas.
Incluso esto sucedía en las relaciones entre padres e hijas. Los padres suponían que
las hijas debían lavar la ropa y preparar comidas no solo porque ellos demandaban
en su calidad de padres, sino fundamentalmente porque sus hijas eran mujeres cuyas
responsabilidades naturales hacia los hombres estaban definidas por el matrimonio.
En una dimensión más limitada, las mujeres jefas de hogar también gozaban de cierta
autoridad patriarcal para dirigir las labores de los niños, las de las mujeres adultas
dependientes y las de los hombres inválidos o ancianos. Pero una diferencia crucial
era que las jefas de hogar no tenían esposas84.
La autoridad de los hombres campesinos sobre las mujeres se desprendía de una
intrincada red de factores institucionales y culturales de la sociedad chilena que
generalmente privilegiaba a los maridos por sobre las esposas. Varios códigos legales
establecían el control del marido sobre los bienes materiales de su esposa e incluso
sobre su cuerpo. El Código Laboral requería que una mujer tuviese el permiso de su
marido para trabajar en un empleo remunerado85. El Código Matrimonial estipulaba
que el matrimonio era un acuerdo en el que la mujer debía obedecer a su esposo
y vivir con él con el fin de procrear y asistirlo86. Ella quedaba además legalmente
representada por su marido y le estaba prohibido vender bienes en común, aún cuando

82
Historias orales, incluyendo Anita Hernández, Jacobo Fernández, Santa María, 18 de octubre de 1992;
Katarina Antimán, Santa María, 25 de octubre de 1992; María García, Santa María, 22 de noviembre
de 1992; Nancy Silva, Panquehue, 7 de abril de 1993.
83
Christine Delphy y Diana Leonard, Familiar Explotation: A New Analysis of Marriage in Contemporary
Western Societies, Cambridge: Polity Press, 1992: 196-225.
84
Ibid.
85
Danisa Malic y Elena Serrano, “La Mujer chilena ante la ley” en Mundo de mujer: Continuidad y
cambio. Santiago: CEM, 1988: 53-71.
86
Ibid.

43
ella los hubiese comprado con sus propios ingresos87. Las mujeres casadas no podían
adquirir deudas ni créditos, ni tampoco dejar el país sin el permiso de sus esposos.
El Código Criminal consideraba delito las relaciones sexuales extramaritales de una
mujer casada, pero no criminalizaba de igual manera a los hombres por relaciones
del mismo tipo. Todas estas leyes reflejaban convicciones culturales más extensas en
la sociedad acerca de los derechos de género que establecían fronteras legítimas del
comportamiento masculino hacia las mujeres. Aún cuando la especificidad de estos
códigos no era de fácil disponibilidad para la mayoría de los campesinos, su lógica,
sin embargo, era traspasada por osmosis desde la ideología legal hacia los hechos
naturales de la vida.
La influencia del catolicismo funcionó de modo similar. A mediados del siglo
veinte, la doctrina católica sostenía que el propósito fundamental del matrimonio era
la procreación y que los deberes primordiales de una esposa eran dar a luz, y apoyar y
obedecer a su esposo, en tanto que los deberes de éste, consistían en liderar, proteger
y proveer a la familia. Si bien la mayoría de los campesinos del valle del Aconcagua
no estaban bajo un catecismo formal, sí estaban sometidos al espíritu católico88. Así,
aunque éstos rara vez asistían a la iglesia, aunque la carencia de sacerdotes era crónica,
y la mayoría de los clérigos eran nombrados con el beneplácito de los hacendados
locales, lo que hacía que muchos campesinos vieran en los servicios de la iglesia, y
especialmente en el sacramento de la confesión un instrumento de control social, los
ideales católicos de género eran difundidos a través de rituales populares. Éstos tenían
lugar fuera de la iglesia, especialmente en las procesiones de los santos locales y las
festividades de navidad, resurrección, cuaresma y pentecostés. A pesar del escepticismo
hacia los sacerdotes, los campesinos tenían en alta estima el matrimonio católico y el
bautismo, rituales que promovían una asistencia a lo menos ocasional a misa89.
Hacendados y educadores provenientes de las ciudades, también promovieron
la posición católica respecto al matrimonio. Tanto hacendados como reformadores
sociales católicos alentaron, en la décadas de 1940 y 1950, la evangelización religiosa
y el matrimonio como medios para mejorar el conflicto de clases y establecer la
paz social90. Desde la década de 1930 unos y otros comenzaron a preocuparse por el
aumento entre los campesinos de organizaciones de trabajadores de Izquierda. Bajo

87
Ibid.
88
Un estudio hecho por el Padre Alberto Hurtado encontró que solo el 9 por ciento de campesinas y
menos del 3 por ciento de hombres asistían a misa con regularidad. Alberto Hurtado y Humberto
Muñoz, ¿Es Chile un país católico?, Sociología religiosa de Chile, [1956], citada en Brian Smith, The
Church and Politics in Chile. Princeton: Princeton University Press, 1982: 98.
89
“Nacimientos”, 1950-1973, SMRC; “Bautismos y matrimonios”, 1955-1965, Santa María, Iglesia
Católica.
90
Bengoa (1990); Loveman (1976); Smith (1982).

44
el amparo institucional de la Acción Católica y del Instituto de Educación Rural
(IER) –ambas organizaciones de laicos–, los católicos de clase media se internaron
en el campo con el fin de aliviar la pobreza rural a través de la educación básica y
la instrucción vocacional, combinadas con el catecismo, difundiendo el matrimonio
y la reciprocidad conyugal como bases del mejoramiento social. A pesar que varios
de estos reformadores también defendían la organización de sindicatos campesinos,
muchos hacendados aplaudieron su trabajo como una manera de difundir sentimientos
de animadversión contra posiciones radicales y de estabilizar la fuerza laboral. Los
latifundistas construyeron capillas y salas de clases en sus haciendas, patrocinaron
misiones religiosas e, incluso, en ocasiones, financiaron el salario de un maestro de
escuela91. Según los testimonios de historias orales, los campesinos fueron alentados
y algunas veces obligados a contraer matrimonio a cambio de mantener sus trabajos92.
Estas políticas se implementaron bajo el supuesto de que los trabajadores con familia
serían más leales y dóciles, por lo que la preferencia en los empleos, especialmente
de inquilinos, estaba reservada para hombres casados con hijos.
En los años de 1950, el inquilinaje estaba estructurado como un patriarcado
campesino en el que las mujeres dependían de los hombres, teniendo como
responsabilidades principales el cuidado de los niños y las labores domésticas.
Los trabajos temporales en la producción de frutas y vegetales eran considerados
apropiados para las mujeres toda vez que les generaban menos conflicto con sus
responsabilidades hogareñas93. Este orden jerárquico era también útil a la demanda
de mano de obra estacional por parte de los hacendados. Las mujeres que residían
en la zona eran vistas como más confiables que aquellas afuerinas. En su condición
de mujeres –presumiblemente esposas y dependientes femeninas– se justificaba el
pagarles menos. Esta división según los géneros fue naturalizada por el significado
atribuido a los cuerpos de mujeres y hombres. El trabajo estacional femenino en frutas y
vegetales era percibido como menos demandante que aquel que realizaban los hombres
a tiempo completo. Así mientras las faenas de arado y acarreo de materiales envolvían
supuestamente un esfuerzo físico mayor, el atado de hojas de tabaco o el trenzado
de ajos eran asociados a destrezas similares a cocinar o coser, actividades propias de
las mujeres. Por su parte, cavar fosos y levantar cercas requerían de la musculatura y
resistencia representada en los animales de labranza y hombres pobres.
Esta división del trabajo no remunerado según los géneros era, en apariencia,
contravenida en los sectores minifundistas y de pequeños productores. Allí los hombres
cosían las hojas de tabaco, en ocasiones las mujeres araban, y tanto los trabajos de

91
Hurtado, en Smith (1982).
92
Historias orales de Anita Hernández, Katarina Antimán y María Galdámez.
93
Valdés (1988).

45
unos como los de otras tenían continuidad en el tiempo. Pero esto no era más que
apariencia. Las actividades femeninas no remunerativas desarrolladas en la parcela
familiar (recogiendo porotos o cavando canales) y los quehaceres de la casa (preparar
comidas) eran vistas como actividades no solo interrelacionadas entre sí, sino propias de
la esencia familiar. Por el contrario, el trabajo femenino estacional pagado (escogiendo
pasas para un empleador, por ejemplo) era asumido como una trasgresión temporal
a sus responsabilidades familiares, en tanto que era impensable el que las mujeres
fueran contratadas para cavar canales. La ubicación de las casas de los campesinos
situadas generalmente en las regalías o cerca de ellas, hacía más fácil para las mujeres
combinar el trabajo en la parcela con el trabajo doméstico, favoreciendo la división
del trabajo por género. Pero, más fundamentalmente, esta distinción surgía del hecho
que el trabajo de las mujeres en las parcelas familiares era vinculado a un trabajo
dirigido a esposos y familias, en tanto que el trabajo en las haciendas se hacía para un
empleador. A pesar que el trabajo de las mujeres en las haciendas era más mal pagado
y duraba menos que el de los hombres, su sola existencia ponía potencialmente en tela
de juicio la autoridad de los campesinos sobre sus mujeres, en tanto que las actividades
agrícolas de subsistencia desarrolladas por las mujeres no lo hacía. La coexistencia
entre sectores agrícolas pagados y aquellos no remunerados aumentaron la valoración
del trabajo de los hombres por sobre el de las mujeres. El pago en las haciendas (ya
fuera en dinero o en especies) llevaba a distinguir entre diferentes tipos de trabajo. La
proyección de la división del trabajo según los géneros desde las familias al trabajo en
la hacienda, hacía suponer que la responsabilidad económica recaía en los hombres en
tanto que las obligaciones del hogar eran de las mujeres. Ello no solo justificaba una
remuneración más alta y un trabajo más permanente para los primeros, sino también
asociaba tanto el trabajo pagado como el de la hacienda, con los hombres94. El trabajo
en las haciendas, centro de la economía agraria chilena dada su importancia social y
política, quedó definido como un trabajo masculino.

Los significados del poder


Las relaciones entre patrón y peón se configuraron en términos raciales. El
inquilinaje estaba asociado a la servidumbre africana e indígena de los tiempos de
la Colonia, época en que los europeos y criollos dominaron a las castas de mestizos y
no europeos. Si bien hacia mediados del siglo XX el trabajo de los inquilinos en las
haciendas del Aconcagua distaba bastante de los códigos españoles y de las fronteras

94
Christine Stansell, City of Women: Sex and Class in New York, 1789-1860. Urbana: University of Illinois
Press, 1987; Jean Boyston, Home and Work: Housework, Wages, and the Ideology of Labor in the Early
Republic, New York: Oxford University Press, 1990.

46
sociales que estos imponían, éste todavía era concebido como un servicio obligado a
cambio de la subsistencia. Es más, los empleadores regularmente se referían a los
inquilinos como indios. El uso del término indio es especialmente significativo toda vez
que los campesinos no se consideraban ni indios ni pueblo indígena. Hacia la década
de 1950, la mayoría de los campesinos del Aconcagua y del Chile Central compartían
una cultura y una identidad mestiza, herencia combinada de ancestros indígenas y
europeos95. Para ellos los “verdaderos” pueblos indígenas estaban ubicados en las
lejanas regiones del norte y del sur del país, literal y figurativamente en los bordes
de Chile, y no donde ellos residían: en consecuencia, no eran indios. La memoria de
ancestros africanos, pequeña pero significativa en tiempos de la Colonia, se había
borrado por completo. En lugar de ello, los campesinos se referían a sí mismos como
pueblo chileno o raza chilena. Esta concepción mestiza tuvo sus orígenes en las ideas de
blanqueamiento del siglo diecinueve. Al respecto, los historiadores Thomas Klubock y
Karin Rosemblatt han postulado que los conceptos de raza y pueblo habrían adquirido
significados más populistas, e incluso a ratos anti-racistas durante las décadas de 1930
y 1940 cuando fueron entusiastamente promocionados por los gobiernos del Frente
Popular como una forma de afirmar la unidad nacional diluyendo las diferencias de
clase y como un mecanismo para oponerse a las percepciones provenientes del Atlántico
norte sobre la inferioridad de América Latina96. Aunque es necesario una investigación
más profunda sobre el tema, Chile parece haber experimentado un proceso similar al
que el historiador Jeffrey Gould ha descrito para el caso de Nicaragua, en donde el
mito del mestizaje del indio con el europeo proponía una homogeneidad racial (aunque
mezclada en sus orígenes) como la base de la nación. Ello devino en la creación de
nuevas razas (nicaragüense o chilena) y la supresión sistemática y pérdida cultural
de las prácticas y memorias indígenas y africanas97.
Cualquiera haya sido el origen del mito del mestizaje de la raza chilena, el hecho de
que los campesinos del Aconcagua abrazaran tales nociones y que sus empleadores se
reservaran el derecho de llamarles indios sugiere que la raza era un signo de los códigos
de privilegio y dominación de clase. Al mismo tiempo, muchos terratenientes reclamaban
que ellos eran la raza chilena, no obstante marcar claras distinciones respecto de la
masa de campesinos pobres. Los terratenientes eran un grupo heterogéneo, inseguro
95
George McBride, Chile: Land and Society. New York: American Geographical Society, 1936.
96
Thomas Miller Klubock, “Nationalism, Race, and the Politics of Imperialism: Workers and North
American Capital in the Chilean Copper Industry”, en Gilbert Joseph (ed.), Rethinking the Political:
A View from the North. Durham: Duke Univ. Press, 2001; Gabriel Salazar y Julio Pinto, Historia
contemporánea de Chile I: Estado, legitimidad, y ciudanía. Santiago: LOM, 1999; Julio Pinto, Trabajos
y rebeldías en la pampa salitrera: El ciclo del salitre y la reconfiguración de las identidades populares,
1850-1900. Santiago: Universidad de Santiago, 1998.
97
Jeffrey Gould, To Die in This Way: Nicaraguan Indians and the Myth of Mestizaje, 1880-1965. Durham:
Duke University Press, 1998.

47
acerca de mantener su estatus. Incluía una minoría de familias acaudaladas y poderosas
dueña de las haciendas más extensas del Aconcagua, con contactos e inversiones en
los sectores industriales y bancarios de Chile. También incluía a familias que habían
perdido sus fortunas y que se aferraban a la tierra por razones meramente sociales y
políticas. Algunos argüían tener ancestros en las familias coloniales españolas; en tanto
que otros vinculaban su linaje a inmigrantes italianos, alemanes e ingleses del siglo
diecinueve. Muchas de las haciendas de mediana extensión habían sido adquiridas
hacia el 1900 por empresarios que buscaban invertir, incluyendo a lo menos media
docena de familias de apellidos árabes, que reflejaba el impacto de la ola inmigratoria
Palestina que tuvo lugar a mediados del siglo veinte98.
Los terratenientes se vanagloriaban de su chilenidad, por ser los proveedores del
alimento del país, y por su rol histórico en la colonización del territorio nacional.
Mientras que lo primero acentuaba el auténtico compromiso de los hacendados con la
nación chilena, lo segundo aludía al proceso de conquista de los indígenas por parte
de los europeos, sugiriendo que éstos seguían desempeñando un papel civilizador99. Si
bien los hacendados reconocían y aceptaban el mestizaje chileno, ponían más énfasis
en el aporte europeo a la mezcla racial. La reciente influencia árabe era simplemente
ignorada. Los periódicos de Los Andes y San Felipe dirigidos por la elite, proclamaban
a la arquitectura colonial española del Aconcagua como la más hermosa de todo Chile
y atribuían al ingenio de los viñateros italianos y empresarios ingleses el desarrollo de
la agricultura regional. En la hacienda de los Edwards, ubicada en el sector de Santa
María –familia chilena de ancestros británicos y poderosos intereses bancarios– se
servía el té, como era tradición en Inglaterra, a las cuatro de la tarde, en contraste
con la práctica seguida en Chile de tomar las once al atardecer100. Los domingos, las
asociaciones de caballeros de rodeo, conocidas como clubs de huasos, reunían a los
propietarios vestidos con sombreros negros de ala ancha y mantas bordadas, montados
en caballos pulcramente almohazados con banderas chilenas en sus crines, para desfiles
y competencias que hacían referencia, en términos nacionalistas, a las fiestas españolas.
Aunque estos rodeos tenían un toque populista al incluir a pequeños propietarios e
inquilinos con caballos, éstos eran auspiciados y dirigidos por las elites, confirmando
las jerarquías de clase en términos raciales. Así, el privilegio de poseer una hacienda
de tamaño considerable, o bien el estar cerca de tal privilegio, era concebido como
parte esencial de la “chilenidad” con acento cosmopolita y europeo.

98
Sergio Gómez, “Transformaciones en un área de minifundio: Valle de Putaendo, 1960-1980”, Documento
de Trabajo, FLACSO, 1980; Maurice Zeitlan y Richard Ratcliff, Landlords and Capitalists: The Dominant
Class of Chile. Princeton University Press, 1988.
99
McBride (1936): 150.
100
Anita Hernández, historia oral.

48
Pero los símbolos racializados categorizaban, sobre todo relaciones de servidumbre,
marcando una clara distinción entre aquellos con poder para demandar servicios de
aquellos que estaban obligados a proveerlo. Para la elite latifundista, los campesinos
eran indios (o bien asociados con los que presumiblemente habían sido indios), toda
vez que, por definición, los inquilinos debían servir y eran subordinados. Esta noción
se extendía a todos los campesinos, incluso a aquellos sin obligaciones formales de
inquilino. Los campesinos no solo eran inquilinos potenciales, sino que cualquier tipo
de relación enmarcada dentro del mundo rural adoptaba la lógica del inquilinaje.
Propio de las nociones de servicio y servidumbre, los campesinos eran racializados como
inferiores por su pobreza, analfabetismo, supuesta inmundicia y superstición, marcas
todas que los distanciaban del refinamiento moderno de sus superiores. Parafraseando
al antropólogo Roger Lancaster y su discusión sobre el mestizaje en América Central,
no era que en el Aconcagua los hacendados europeos dominaran a los campesinos
indios, sino que “lo europeo” dominaba a “lo indio”101. En la noción de raza chilena,
los hacendados estaban claramente asociados con lo primero y los campesinos con lo
segundo. Más aún, dado que la raza chilena era importante para establecer las nociones
de ciudadanía, la tendencia de la elite de ver a los campesinos como indios se expandía
a todos los pobres del mundo rural, apareciendo como miembros menores de la nación
–situados más cerca de la barbarie que de la vida civilizada.
La raza también funcionaba como un signo de jerarquía entre los mismos campesinos.
Si bien éstos rechazaban el término indio para sí mismos, impugnando la idea de los
patrones sobre su supuesta inferioridad racial e insistiendo en su linaje chileno, los
campesinos sí aceptaban la identificación de indianidad con servilismo. Incluso era
frecuente que utilizaran el término indio como un insulto hacia otros campesinos. Dadas
las desigualdades existentes entre los trabajadores rurales –expresadas en la relativa
seguridad de los inquilinos versus las incertidumbres del trabajo asalariado; o en la
distinción entre pequeños agricultores con extensas granjas versus minifundistas– la
palabra indio era también usada contra otros campesinos. Las razones eran diversas
(celos o altanería), pero siempre como una señal de desprecio que subrayaba no solo
la rivalidad entre los campesinos, sino los límites de la solidaridad de clase. En los
testimonios de las historias orales, los antiguos inquilinos, minifundistas y trabajadores
permanentes, se referían burlonamente a los inmigrantes afuerinos como sureños y
rotos. El primer término aludía al sur chileno y sus comunidades indígenas mapuches,
mientras que el segundo connotaba disfunción social, violencia y negligencia. La
población campesina más permanente en el Aconcagua también describía a los
afuerinos como personas “no-confiables” que “vivían como animales” en los cobertizos

101
Roger Lancaster, Life is Hard: Machismo, Danger, and the Intimacy of Power in Nicaragua. Berkeley:
University of California Press, 1992: 231.

49
o corrales del patrón, siempre borrachos y dispuestos a aceptar la mayor parte de sus
jornales en alcohol102. Aquí indio significaba forastero vicioso, vagabundo miserable
y causa de la caída de los salarios.
Por su parte, la mayoría de los minifundistas y pequeños agricultores llamaban
indios a los inquilinos por la consideración que tenían hacia los hacendados y por
su falta de independencia. En ocasiones los trabajadores permanentes y temporeros
asalariados los llamaban indios apatronados, refiriéndose a la lealtad que debían a sus
patrones a cambio de su seguridad. La expresión indio se usaba para amenazar, acusar
al otro de inferioridad, o como afirmación defensiva del propio acusador. Si ser indio
significaba desvalorizar el trabajo propio, y someterse servilmente a los designios del
patrón, el epíteto de indio ponía en duda la masculinidad del afectado toda vez que
ésta se medía por la capacidad de independencia y dignidad de los trabajadores.
Si los campesinos aceptaban el sentido peyorativo del término indio, ellos tenían
posturas más equívocas respecto de la superioridad europea. El dinero, la sofisticación,
y el poder estaban asociados a un tipo de blancura ligada a la holganza cosmopolita
y a la vida urbana, en contraste con el aislamiento y duro trabajo de los campesinos.
Sin embargo, estos rasgos también eran vistos como problemáticos. En el testimonio
de Miguel Acevedo, un antiguo trabajador temporero de la comuna de San Esteban,
éste se lamentaba que las muchachas campesinas que se iban a trabajar de empleadas
domésticas a Santiago y Valparaíso volvieran sintiéndose “demasiado buenas” para
sus pares campesinos: “Volvían con ropas bonitas–nada de sacos de harina para ellas!
solo ropas de fábrica, elegantes y con maquillaje. Ellas volvían más blanquitas y no
querían tener nada que ver con los muchachos del campo. ¡Sólo los muchachos de la
ciudad eran buenos para ellas!”103.
Haciendo uso del rechazo sexual de estas mujeres hacia los campesinos como
un signo de la desintegración de la comunidad, Acevedo advertía de la amenaza del
mundo blanco urbano. Al mismo tiempo, sin embargo, demostraba su anhelo implícito
de que las jóvenes provenientes de la ciudad se fijaran en los muchachos del campo,
reflejando un deseo por ese mundo. Emilio Ibáñez, un antiguo trabajador estacional de
la comuna de Santa María recordaba, con similar ambivalencia y un toque de misoginia,
su primera aventura en Valparaíso. El viaje, por un trabajo en la construcción que
duró seis semanas, ofrecía, por una parte, salarios que jamás podría encontrar en su
tierra, así como la oportunidad de “ver rubias y pelirrojas” en los bares alrededor del
puerto. Sin embargo, su origen campesino delatado por su marcado acento y parches

102
Historias orales, incluyen a Jacobo Fernández, Armando Gómez y Pascual Muñoz, Santa María,
20 de noviembre de 1992. También ver entrevistas con campesinos en McBride (1936) 150; Gómez
(1980).
103
Miguel Acevedo, historia oral, San Esteban, 7 de septiembre de 1997.

50
en la ropa, hizo que esas mismas mujeres se burlaran de él como indio, preguntándole,
incluso, si sabía comer con tenedor104.
Dentro de las haciendas, era frecuente que los campesinos asociaran la pretensión
de superioridad racial de la elite como un indicador de la ilegitimidad del poder del
empleador. Las mujeres campesinas que trabajaban como empleadas domésticas en la
casa patronal, asociaban la vida refinada y moderna de los dueños de casa con el abuso.
Los refrigeradores solían estar cerrados con candados para evitar el acceso a éstos por
parte de los sirvientes y no era extraño que se les prohibiera el uso de agua caliente
bajo el pretexto de que sería un derroche, ya que las sirvientas preferían bañarse con
agua fría105. Las empleadas domésticas comían alimentos diferentes y de menor calidad
que los de sus empleadores y se les prohibía el uso de los servicios de porcelana o de
plata. En el caso de que ellas vivieran en la residencia, solían dormir en pequeñas
habitaciones sin amoblado y sin ninguna fuente de calor. Si estas burdas distinciones
materiales servían a la elite para posicionarse por encima de los campesinos, las
sirvientas, lejos de asociarlas a la superioridad de los patrones, las tomaban como
prueba de su inhumanidad. Una mujer campesina recordaba su experiencia: “¿Qué
clase de persona trata a otra así? Su lujo lo volvía loco, como [un] animal”106.
Los campesinos también ponían en duda la legitimidad racial de sus empleadores
cuestionando su chilenidad. Contraviniendo el significado positivo que las elites
latifundistas otorgaban a la herencia europea, los campesinos solían describir el
Valle del Aconcagua como un lugar controlado por “extranjeros”, refiriéndose a sus
patrones como gringos107. Aún si tales calificaciones hubiesen sido solo un murmuro
fuera del alcance de oído del patrón, éstas servían como un medio importante para
contrarrestar el racismo de la elite. Dado el significado popular de pueblo y raza
chilena, los campesinos ligaban el monopolio rural de la tierra con extranjeros, dando
a entender que las pretensiones europeizantes de los hacendados les desautorizaban
de ser realmente chilenos. Los “verdaderos chilenos” eran, por deducción, los
campesinos. Por su parte, los terratenientes de descendencia palestina o árabe
quedaban completamente fuera del espectro del mestizaje nacional, siendo calificados
de “turcos”, y, en algunas ocasiones de “judíos”108. Así, para los campesinos, si los
patrones con herencia italiana, española o inglesa eran “extranjeros” por su calidad de
europeos, en el caso de los patrones con ascendencia árabe éstos eran deslegitimados
a través de descalificaciones racistas y antisemíticas de origen europeo.
104
Emilio Ibáñez, historia oral, Santa María, 10 de noviembre de 1992.
105
Garrett (1978): 158-160.
106
Irene Campos, historia oral, Santa María, 4 de septiembre de 1997.
107
Historias orales, incluyen a Pascual Muñoz, Santa María, 20 de noviembre de 1992; y a Rosa Tolosa,
Santa María, 11 de octubre de 1992.
108
Jacobo Fernández, historia oral.

51
Las relaciones racializadas entre patrón y trabajador eran también relaciones
patriarcales. Tanto para las mujeres como para los hombres campesinos el patrón
aparecía como la figura predominante y la principal fuente de poder en la sociedad
rural. Pese a que algunos hacendados por herencia o subdivisión legal de la propiedad,
eran mujeres, el ejercicio de la autoridad era, en general, un privilegio exclusivamente
masculino109. Esta situación legitimaba el dominio de los hombres representando la
distinción de clases en términos genéricos. La aceptación de la autoridad masculina
naturalizaba las jerarquías de clase, manifestadas en actitudes cotidianas de
benevolencia y deferencia, control y dependencia, que pasaban a formar parte del
sentido común. Una de las expresiones más claras era la autoridad que el patrón
ejercía dentro de su propio hogar. Las familias de grandes latifundistas, así como en el
caso de las de administradores que en ocasiones subrogaban al patrón en su ausencia,
eran casi siempre dirigidas por hombres. Eran ellos los que tomaban las decisiones
concernientes a la producción, administración, y venta de las tierras familiares110.
Además contrataban empleados o bien asignaban a sus hijos las tareas de supervisar
las faenas diarias. Pero, por lo general, eran ellos mismos quienes, montados en sus
caballos o desde su camión, inspeccionaban personalmente las operaciones. En estas
ocasiones los inquilinos y trabajadores contratados se ubicaban a la orilla del camino
alzando sus sombreros cuando pasaba el patrón. Las mujeres campesinas instruían
a sus hijas que trabajaban como sirvientas en la casa patronal, no mirar jamás a los
ojos al patrón111.
El inquilinaje involucraba, en esencia, relaciones entre hombres. El dominio
masculino también era parte de la explotación de clase. Era el patrón quien proveía el
trabajo del que dependía la sobreviviencia de otros hombres, y era él quien controlaba
los cuerpos y las tareas de hombres considerados socialmente inferiores. La naturaleza
arbitraria de los contratos laborales personales recalcaba, particularmente la
verticalidad de los lazos entre el empleador –hombre– y el trabajador. Los hacendados
no solo aprobaban, sino que promovían las relaciones patriarcales dentro del hogar
campesino, incluyendo la idea de que eran los jefes de hogar hombres quienes
debían mantener económicamente a la familia. Sin embargo, ellos se reservaban el
109
Hacia fines de 1950, esposas y mujeres de la familia se convertían en propietarias legales con más
frecuencia, pero este hecho a menudo era resultado de los intentos de subdividir legalmente la
propiedad en parcelas más pequeñas como una respuesta a los rumores de la inminente reforma
agraria, más que al aumento de la autoridad femenina sobre la producción en la hacienda. En el estudio
de Sergio Gómez sobre los propietarios del Chile central, se encontraron los roles administrativos y
políticos de las mujeres propietarias como seres “insignificantes”; Gómez (1972).
110
Según las inspecciones de fundo hechas por la CORA, de 50 fundos en Aconcagua, solo en 6 casos
los dueños no vivían en su propiedad; “Carpetas de la reforma agraria, Aconcagua”, CORA.
111
Historias orales, Irene Campos, Susana Tapia, Adriana Rojas, Anita Hernández y Elba Herrera, Santa
María, 4 de septiembre de 1997.

52
derecho de otorgar y quitar esta prerrogativa. La decisión sobre quién calificaba para
inquilino –posición relativamente más segura– se basaba en una evaluación personal
del patrón sobre el desempeño, lealtad, disposición y años de servicio del campesino.
Pese a que el requerimiento legal estipulaba lo contrario, los contratos del inquilino
se establecían generalmente en forma verbal y finalizaban de forma inmediata si el
trabajo del inquilino era considerado deficiente. Los inquilinos podían ser, y de hecho
eran, desalojados de sus casas y tierras de regalía en cualquier momento.
La situación de los trabajadores permanentes y temporeros era aún más precaria.
Los contratos verbales se hacían por uno o dos años, siendo denegados a aquellos
trabajadores que hubiesen incurrido en algún tipo de impertinencia el año anterior.
Además no había garantía alguna de que se respetaría el período laboral estipulado
en los contratos, dado que, a diferencia del caso de los empleadores industriales, los
agricultores no estaban legalmente obligados a compensar a los trabajadores que
fuesen despedidos antes que expirara el contrato. Si bien los hacendados tenían
el incentivo de mantener el tamaño y composición de la fuerza laboral durante la
estación de cultivo, los altos niveles de desempleo y la baja oferta de trabajo en el
campo facilitaban el reemplazo de trabajadores considerados como indeseables, en
cualquier momento.
La vulnerabilidad a la que estaban sometidos los campesinos que dependían
básicamente de la benevolencia del patrón, se reflejaba especialmente en la práctica
de pagarles en especies. En la medida que los salarios agrícolas fueron cayendo en
cerca de un 40 por ciento de su valor real durante la década de 1950, la cantidad y
calidad de las compensaciones en combustible, vivienda y leña, hacían la diferencia
entre una pobreza miserable y una manejable, así como la distinción entre un “buen”
patrón y uno “malo”112. A pesar que las leyes regulaban los pagos en mercancías, los
hacendados ejercían una autoridad casi sin límites para determinar el contenido y el
precio de los mismos, tendiendo muchas veces a sobreestimar groseramente su valor113.
Dado que los pagos en especie eran cruciales para la sobrevivencia del campesino,
ellos eran indicadores de la capacidad de los hombres para proveer a sus familias. Sin
embargo, la asignación arbitraria de tal pago reforzaba la idea que la remuneración
dependía más de la buena voluntad del patrón que de la obligación contractual.
La autoridad del patrón era reforzada por ritos paternalistas que demostraban
su generosidad. En las festividades religiosas y nacionales los hacendados y
administradores regalaban licor y carne a sus trabajadores; éstos también financiaban

112
Según el Banco de Chile, salarios agrícolas, valuados en Escudos de 1961, eran E° 275,22 en 1953,
E°165,41 en 1957, E°146,33 en 1958 y E°177,92 en 1960; Oscar Domínguez, El Condicionamiento de
la reforma agraria. E. Louvain, 1963.
113
CIDA (1966): 56-57.

53
las fiestas de matrimonio y bautismo, y donaban animales para las comidas de los
festivales de la cosecha114. Tales donaciones sugerían una actitud benevolente e incluso
paternal de los empleadores hacia los trabajadores. Pero también hacían del patrón
una figura central en la sociabilidad del campesino, enrostrándoles la fragilidad de su
posición como jefes de hogar, en su calidad de dependientes. Cuando Anita Hernández,
hija de un inquilino, se casó, en 1952, en la hacienda Casa Quilpué en el distrito de
San Felipe, fue el patrón, no su padre ni su familia, quien auspició las festividades.
La fiesta duró varios días e incluyó a todos los trabajadores de la hacienda y fue el
hacendado quien donó la chicha y el aguardiente115. A fines del verano, las actividades
de desgranamiento del trigo, conocidas como la trilla, se transformaban en festejos
que duraban hasta dos semanas, a lo largo y ancho de la hacienda116. En la mañana
los hombres traían vagones cargados de trigo cortado para poner en la trilladora, la
que era movida por caballos en forma circular; las mujeres instalaban ollas de agua
en fogatas al aire libre para preparar la cazuela, la que sería acompañada al mediodía
con licor y más carne enviados por el patrón. Música, baile y otras actividades sociales
tenían lugar de modo intermitente hasta después de la puesta del sol117. Para navidad,
y el 18 de septiembre, los hacendados daban a los trabajadores bonos y regalos en
alimentos y ropas. Los actos de caridad no se reducían solo a los inquilinos, sino que
eran extensivos a todos los trabajadores agrícolas. Sin embargo, tratos especiales,
tales como el pago de los gastos médicos o el mantenimiento de las viudas, estaban
reservados para familias de unos pocos favoritos. Tal como sucedía con los pagos en
mercancías, la generosidad del patrón menoscababa el valor del trabajo, promoviendo
la idea de que la supervivencia del campesino dependía más de la magnanimidad del
hacendado que del valor del trabajo propiamente tal.
La patrona –esposa del patrón– desempeñaba un papel clave en estos ritos
paternalistas. En las navidades en la hacienda de Piguchén en la comuna de Putaendo,
en lugar de ofrecer la acostumbrada fiesta a los trabajadores, la patrona visitaba
cada una de las familias de inquilinos, repartiendo dulces a los niños que le cantaban
villancicos118. También era común que la patrona administrara una pequeña tienda
o pulpería en la hacienda, en la que vendía productos tales como frazadas, aceite de
cocina, parafina, alcohol, y vestuario –pantalones y botas de segunda mano provenientes
del ejército–. Estas mercancías se vendían generalmente a crédito y su cobro se deducía

114
Historias orales de Anita Hernández, Jacobo Fernández, Jorge Tejedo, René Aguirre, Katarina
Antimán, Nancy Silva, Raúl Aguirre y Armando Gómez.
115
Anita Hernández, historia oral.
116
Elena Vergara, historia oral.
117
Este relato se encuentra en varias historias orales. Véase también las entrevistas en Hombres y
mujeres en Putaendo: Sus Discursos y su visión de la historia. Santiago: CEM, 1988.
118
Gómez (1980): 53.

54
de los salarios semanales. El día de pago, la patrona se sentaba en una mesa junto a su
esposo, detallando a cada trabajador o trabajadora las compras y deudas que habían
contraído con la pulpería. En ocasiones, las deudas de poco monto eran “perdonadas”
a cambio de que una hija o hijo de la familia campesina trabajara para la patrona. En
los inviernos particularmente lluviosos, la patrona podía distribuir frazadas extras sin
cargo, o lo que era más común, sin cargo hasta que la estación de siembra proveyera
a los campesinos de un empleo más regular119. La patrona podía ser tan caprichosa
y autoritaria como su marido, pero sus actos de caridad estaban dirigidos a suavizar
los aspectos más severos del inquilinaje. Era usual que en su calidad de esposas,
las patronas desarrollaran actividades con las mujeres campesinas para enfatizar
el cuidado maternal para con los trabajadores, así como difundir la idea de que las
desigualdades de clase no eran otra cosa sino parte de la natural jerarquía familiar.
Cuando la benevolencia y el paternalismo no eran suficientes para asegurar
el control sobre los trabajadores, se recurría a la fuerza directa. Los hacendados
y administradores suplentes disciplinaban físicamente a los trabajadores y los
intimidaban con la amenaza de la violencia. Los inquilinos de la hacienda San José
en la comuna de Putaendo se quejaban al sociólogo Sergio Gómez que su patrón
golpeaba a trabajadores sin otra razón que su temperamento rabioso y que solía ir
lanzando insultos en sus recorridos de vigilancia por la hacienda120. Miguel Acevedo
y Raúl Fuentes, antiguos trabajadores de las comunas de San Esteban y Santa María,
recordaban en sus testimonios orales que se solía golpear a los trabajadores por llegar
tarde o por no cumplir satisfactoriamente las tareas121. Algunos patrones cargaban
rifles o revólveres cuando supervisaban el trabajo de la hacienda y atizaban a los
trabajadores a punta de fusil122. Cuando el padre de María Galdámez fue expulsado
de una hacienda en la comuna de Santa María, “por la pura rabia”, el patrón envió a
sus dos hijos y a un administrador al hogar del inquilino. Los hombres echaron abajo
la puerta y arrastraron al padre de Galdámez fuera de la casa, “pateándole como [a
un] animal”123. De vez en cuando los periódicos de San Felipe y Los Andes publicaban
noticias sobre incidentes de violencia aún más extrema, incluyendo un caso en 1958
en el cual un hacendado al que no se nombra, disparó en el estómago al trabajador
Tomás Quiroga Báez, por disputar el valor de la regalía de su vivienda124.

119
Anita Hernández, historia oral.
120
Gómez (1980): 57.
121
Miguel Acevedo y Raúl Fuentes, historias orales.
122
Ibid.
123
María Galdámez, historia oral.
124
El Trabajo, 6 de febrero, 1958, p. 2.

55
Pero la fuerza directa nunca fue el principal medio de coerción. En su lugar,
la autoridad jerárquica masculina se reproducía a través de rituales cotidianos de
sumisión y humillación. En la hacienda de San Miguel ubicada en la comuna de San
Esteban, los inquilinos y peones cuando se presentaban a trabajar temprano en la
mañana, se debían parar descalzos frente al patrón, sombrero en mano y con los ojos
bajos, mientras éste, montado en su caballo, daba las instrucciones125. Luego debían
caminar en fila única detrás del caballo del patrón que les conduciría a los campos126. A
los trabajadores que llegaban tarde a la hacienda de Miraflores en la comuna de Santa
María, se les privaba de la ración de pan de media mañana y tenían que mantenerse
solo con agua hasta la comida de las doce127. A los trabajadores más molestosos –los
que iniciaban las peleas con otros trabajadores, o los que se presentaban a trabajar
borrachos o con resaca– se les asignaban faenas consideradas como indeseables, tales
como cavar canales de irrigación o mover a pala el estiércol animal128. A los inquilinos
se les podía castigar por tener menos animales de los que ellos podían guardar en sus
regalías o bien obligarlos a ceder al patrón algunas de sus ovejas o gallinas.
Los hacendados y administradores también intervenían directamente en los hogares
campesinos infringiendo la autoridad patriarcal de los trabajadores. Era frecuente que
ellos decidieran respecto a los hijos del inquilino o algún miembro varón de la familia
para que sirvieran como trabajador obligado, o bien les ordenara proveer mujeres
para la cosecha o el servicio doméstico en la casa del patrón. La demanda de trabajo
de mujeres constituía, particularmente, una afrenta a la autoridad de los campesinos
ya que, además de menoscabar sus derechos como jefes de familia para definir la
distribución del trabajo de cada uno de sus miembros, desafiaba su derecho a definir el
lugar que debían ocupar sus mujeres. El temor generalizado de un posible asalto sexual
por parte del patrón a aquellas mujeres que trabajaban fuera de su hogar, concretaba
la amenaza. La violación de una esposa o hija por parte del patrón simbolizaba una
doble subordinación del campesino: por una parte lo despojaba de su dominio sexual
exclusivo sobre sus mujeres y, por otra, lo volvía impotente para prevenirlo.
Es muy difícil saber la dimensión exacta de las violaciones ya que la mayoría no
era denunciada ni ante funcionarios ni ante la familia de la mujer. En los testimonios
orales, hombres y mujeres recuerdan las violaciones como una característica común
de la vida en las grandes haciendas; sin embargo, se refieren a ellas en términos
muy generales como “algo que sucedía mucho”, sin especificar las situaciones de
individuos particulares. La violación constituía un claro y poderoso símbolo tanto

125
Bernardo Flores, historia oral, San Esteben, 14 de septiembre de 1997.
126
Ibid.
127
Emilio Ibáñez, historia oral.
128
Raúl Fuentes, historia oral.

56
para hombres como mujeres, de la inferioridad de los campesinos en su conjunto. La
mujer violada representaba la vulnerabilidad de clase y un atentado al patriarcado
campesino, poniendo de manifiesto la inhabilidad de los hombres pobres para proteger
a sus mujeres o para ejercer un verdadero control sobre sus hogares. Pero la violación
ocurría, y le ocurría a mujeres. La violación no solo representaba el control social, sino
que constituía una de sus formas más pública. Si bien la violación era un claro signo
de la dominación de los hombres de la elite sobre los hombres pobres, era, ante todo,
una dominación de los hombres sobre las mujeres. Los hacendados y administradores
se sentían con derecho sobre cuerpos y el trabajo de todos los campesinos, hombres
y mujeres, sin embargo el sentido de privilegio sexual parece haber estado reservado
para las mujeres. La violencia heterosexual jugó un papel específico en los mecanismos
de control social.
Las violaciones no solo aterrorizaban, dañaban y humillaban a la mujer, sino que
potencialmente la alienaban de su comunidad. Aunque las víctimas de violación
generalmente no eran expulsadas de sus hogares, les era difícil casarse, no tanto por
el tabú en torno a la virginidad (el que parece haber sido bastante relajado en la
zona rural del Aconcagua), sino porque la estigmatizaba como la mujer violada por
el patrón. La vergüenza de la familia asociada al estupro generalmente dificultaba el
que las mujeres contaran lo sucedido, incluso a otros miembros de la misma familia, y
cuando lo hacían, éstos cerraban filas para encubrir la información. El forzado silencio
perpetuaba la autoridad patriarcal del patrón y del hogar campesino. La amenaza
de violación disciplinaba a las mujeres ante patrones y supervisores hombres, como
trabajadoras y como miembros de las familias campesinas. Los espacios fuera de la
casa familiar eran considerados riesgosos para las mujeres –lugares que merecían
una mayor cautela y atención–. Así la violación delimitaba los lugares del trabajo
masculino y femenino, imponía una percepción de los cuerpos de las mujeres como
amenazas potenciales a la integridad masculina de las familias rurales, y establecía
al patriarcado campesino como la principal defensa contra estas amenazas.
La violación era particularmente un peligro para las sirvientas domésticas. No solo
porque era un trabajo aislado sino, fundamentalmente, porque éste se entendía como
un servicio personal. Por definición, las sirvientas domésticas atendían las necesidades
más íntimas de los miembros de la casa, lo que, dentro de la lógica patriarcal podía
fácilmente extrapolarse a la obligación de satisfacer las demandas sexuales de los
hombres. El sexo eventualmente era asociado a una parte del trabajo doméstico que las
campesinas debían desempeñar a cambio de un pago o simplemente por la obligación
que imponían los patrones; actividad también vinculada a sus esposas, aún cuando
éstas estaban, por definición, exentas de encerar pisos y cambiar sábanas.

57
El acceso a servicios sexuales de las sirvientas domésticas era entendido también
como un privilegio racializado. La elite se refería a sus empleadas domésticas como
indias o chinitas, términos que invocaban las jerarquías raciales del pasado colonial
y el acceso a su sexualidad. India y china indicaban a mujeres de castas inferiores y
mestizas, mujeres, por definición, con bajas virtudes sexuales; el término china, en
particular, era asociado con el coqueteo y el concubinato. La autoridad del patrón de
perpetuar, hacia mediados del siglo XX, la distinción de castas coloniales, y aplicarlas
a mujeres campesinas con identidad y cultura mestizas, servía para naturalizar el
aspecto sexual de las relaciones laborales y para sublimar su carácter coercitivo. La idea
era establecer que las relaciones entre hacendados e indias o chinitas habían estado
siempre presentes en la vida del campo chileno, a partir de relaciones consensuales,
aunque desiguales, entre hombres y mujeres, patrones y peones.

¿Una supervivencia disputada en disputa?


Sin embargo, la arbitrariedad de la autoridad del latifundista comenzó a ser puesta
en tela de juicio. A mediados del siglo veinte, los gobiernos populistas y reformistas,
tanto civiles como militares, fueron progresivamente regulando las relaciones laborales
rurales a través de la ley y la burocracia estatal. El Código Laboral de 1931 extendió a
los trabajadores agrícolas los mismos derechos que habían sido otorgados a los obreros
industriales durante la década de 1920, incluyendo el derecho a establecer contratos
escritos, al pago del día domingo, a la compensación por partición, a la posibilidad
de demandar al empleador por perjuicios causados. También estipulaba cláusulas
que eran pertinentes específicamente a los trabajadores agrícolas, como aquéllas
referidas a la calidad de la vivienda y regalías de tierras, o bien la cantidad de días
trabajados que podían exigir a los obligados entregados por el inquilino. Tal y como
lo ha demostrado el historiador Brian Loveman en su pionero estudio sobre los inicios
del movimiento laboral rural, los campesinos hicieron uso permanentemente de esta
legislación para legitimar demandas que llevaban largo tiempo y para redefinir, en la
práctica, los términos de su empleo. Cada año se presentaban miles de quejas formales
al Departamento del Trabajo, a los tribunales laborales locales, o directamente a las
autoridades de gobierno, incluyendo a presidentes de la República129. En sus querellas
denunciaban a patrones abusivos, violaciones al código laboral, pedían aumento de
salarios y la expansión de los derechos de propiedad de la tierra.

129
Según Brian Loveman, entre 1940 y 1950, el Departamento del Trabajo recibió 1.389 pliegos de
peticiones de trabajadores agrícolas. Loveman (1976): 130.Véase también Brian Loveman, El
Campesino Chileno le escribe a su excelencia. Santiago: ICIRA, 1971.

58
Los campesinos también hacían frente a la autoridad del hacendado a través de
los sindicatos rurales. Los primeros esfuerzos de organización en el campo datan
de principios del siglo XX y se iniciaron, justamente, en el Aconcagua. En 1919, la
Federación Obrera de Chile (FOCH) de base urbana, y dirigida por quien iba a ser
el fundador del Partido Comunista, Luis Emilio Recabarren, formó un sindicato de
inquilinos y mineros en la comuna de Catemu, que tuvo corta duración130. Luego,
el Código Laboral de 1931 reconoció formalmente el derecho de los trabajadores
agrícolas a formar sindicatos, negociar colectivamente, e ir a huelga. A lo largo de
los años 1930s, comunistas y socialistas organizaron algunos sindicatos en el Valle
del Aconcagua, y docenas de ellos en otras partes de Chile Central131. Incluso hubo
ocasiones en que sujetos de la clase alta participaron en estas organizaciones: por
ejemplo en un sindicato formado en 1937 en la hacienda Santa Rosa de la comuna de
San Felipe, se llevó a cabo una serie de sesiones de estudio sobre el Código Laboral
dirigidas por el hijo del patrón, un estudiante de leyes en Santiago, y miembro del
Partido Socialista132.
Pero, irónicamente, estos esfuerzos organizativos impulsados por la izquierda fueron
abruptamente interrumpidos por la propia inclinación populista de la misma izquierda.
Entre 1938 y 1952, los tres gobiernos del Frente Popular –coalición que incluía a los
partidos Comunista, Socialista y Radical– fueron gradualmente anulando las garantías
y derechos que el Código Laboral de 1931 otorgaba a la organización de campesinos.
En 1939, en una dramática capitulación producto de la presión de los poderosos
intereses latifundistas y sobre el cual Brian Loveman ha señalado que no sería sino
una concesión a cambio de la aceptación de estos últimos de las políticas populistas de
bienestar social e industrialización en las áreas urbanas, el Presidente Pedro Aguirre
Cerda suspendió los derechos de los trabajadores agrícolas a la negociación colectiva
y a ir a huelga133. En 1948, el Presidente Gabriel González Videla decretó la Ley de
Defensa Permanente de la Democracia que declaraba al Partido Comunista fuera de
la ley, eliminando con ello al mayor provocador en la organización de los campesinos y
al mismo tiempo que ponía bajo sospecha a todo activista rural. Aún más devastador,
un año antes de proscribir al Partido Comunista, González Videla firmó una nueva ley
laboral que despojaba a los sindicatos campesinos de todo derecho efectivo y ponía en
la ilegalidad prácticamente todas las formas de organización laboral. La legislación de
1947 –Ley 8.881– impuso como requisito que la mitad de los miembros de un sindicato,
y toda su directiva, supiera leer y escribir. Además esta ley no establecía protección

130
Affonso et al. (1970); Bengoa (1990); Loveman (1976).
131
Affonso et al. (1970): 52.
132
Jorge Tejedo, historia oral.
133
Loveman (1988).

59
alguna para los organizadores ni reparación para los trabajadores que habían sido
expulsados por sospecha de actividad sindical. Las demandas laborales solo podían
ser presentadas una vez al año y nunca durante las estaciones de siembra o cosecha. El
derecho a huelga fue completamente eliminado. Las consecuencias de esta ley fueron
dramáticas: entre 1947 y 1964, Chile tuvo solo 14 sindicatos rurales que contaban con
magros 1.647 trabajadores afiliados134.
Sin embargo, tanto la organización como la educación del campesinado siguieron
desarrollándose. El Partido Socialista, y algunos comunistas clandestinos comenzaron
a trabajar en las haciendas del sur y en las áreas indígenas. Irónicamente, aquellos
comunistas relegados a lugares remotos de Chile propagaron información entre los
campesinos acerca de sus derechos legales básicos, actuando como catalizadores en
la formulación de demandas laborales135. Entre las décadas de 1940 y 1950, laicos y
clérigos católicos progresistas también volcaron su trabajo hacia los sectores rurales.
Ellos estaban inspirados en la doctrina católica de reforma social, la que abogaba por
mitigar la extrema pobreza y armonizar las relaciones de clase. Para los católicos estas
incursiones en la organización de campesinos significaban también un desplazamiento
del influjo de la Izquierda en un momento marcado por su persecución. En 1947,
año en que la draconiana Ley 8.881 fue promulgada, los sacerdotes activistas padre
Alberto Hurtado y obispo Manuel Larraín fundaron la organización educacional Acción
Sindical Chilena (ASICH) con el fin de informar a los campesinos sobre sus derechos
laborales y establecer estrategias para la organización sindical. En San Felipe se ubicó
una de las siete sedes nacionales de la ASICH. Allí los activistas católicos ayudaban
a los trabajadores de las haciendas a redactar sus demandas y, a la vez, auspiciaban
eventos educacionales y culturales136.
A pesar de estos esfuerzos, el movimiento laboral rural no representaba, en la
práctica, una fuerza importante. Los tribunales del trabajo contaban con poco personal
y las leyes laborales solían ser evadidas. Además la complejidad de los requerimientos
para presentar las demandas desincentivaban, muchas veces, la presentación de
querellas formales. Los inspectores locales y los funcionarios de gobierno de Santiago
solían solidarizar con los terratenientes y no con los trabajadores. Los educadores y
organizadores laborales, incluyendo a izquierdistas y católicos, eran frecuentemente
acosados, y aquéllos trabajadores que osaban trabajar con ellos, eran despedidos. Con
el fin de contrarrestar la organización de los campesinos, los hacendados crearon sus
propios “sindicatos”. Cuando Don Alegría, el propietario de la hacienda de Piguchén
en la comuna de Putaendo, descubrió que había un activista organizando a los

134
Luis Salinas, Trayectoria de la organización campesina. Santiago: AGRA, 1985: 12.
135
Daniel San Martín, entrevista, Santiago, 15 de noviembre de 1992.
136
Affonso et al. (1970): 81-82; Smith (1982).

60
trabajadores en su propiedad, obligó a todos sus peones a reunirse en frente de su
casa junto al activista. Allí, en tono burlesco dijo: “Niños, si tienen alguna pregunta
para este caballero [el activista], pregunten ahora porque el Señor no tiene mucho
tiempo y se irá pronto”137. Don Alegría procedió entonces a “elegirse” a sí mismo como
presidente del nuevo sindicato y a echar de su hacienda al organizador.
Pero al final no fue el movimiento campesino el que hizo que la mayoría de los
trabajadores comprendieran la explotación de clase o desafiaran la autoridad del
hacendado. Sin duda estos esfuerzos difundieron ideas sobre los derechos legales
de los campesinos, el concepto de justicia y de las posibles acciones a seguir. No era
necesario asistir a reuniones formales o firmar una demanda para enterarse de lo
que los activistas estaban defendiendo. Sin embargo, era en la cotidianidad que las
acciones e identidades campesinas se manifestaban espontáneamente como respuestas
a la imposición paternalista y coercitiva, reinterpretando diariamente esta relación;
es lo que James Scott denominó como “formas de resistencia cotidiana”, insertas en
la economía moral de subsistencia y en su relación con las obligaciones del patrón138.
Para los campesinos, las donaciones de licor y alimento entregados por los patrones
en bodas o festivales de cosecha, no eran “regalos” sino una merecida compensación
por los servicios realizados. Si bien los campesinos veían su destino encadenado a
la beneficencia personal de un patrón, también consideraban que la distribución
de leña, reparación de sus casas, la expansión de sus tierras de regalía y las cuotas
de producción, eran derechos legítimos que habían ganado. Mujeres y hombres
campesinos solían quejarse entre ellos cuando el número de cabras o barriles de
vino provistos para la Pascua de Resurrección o para el 18 de Septiembre no eran
suficientes, y consideraban que las pulperías no eran sino lugares de abuso y robo.
Los campesinos de la hacienda de Piguchén en la comuna de Putaendo, relataron a
Sergio Gómez que un invierno una institución de caridad había donado suéteres para
ellos, pero que en lugar de distribuirlos, la patrona los había puesto a la venta en la
pulpería de la hacienda139. Aunque no existen razones para dudar de la veracidad de
esta historia, ella es menos importante que la rabia generada por la codicia del patrón
y el robo y saqueo por parte de la patrona de las mercancías que habían sido donadas
gratuitamente a los campesinos.
Los trabajadores también se quejaban abiertamente cuando las raciones de
combustible y alimentos eran insuficientes. Las quejas a los superiores solían
expresarse en súplicas individuales para despertar la comprensión y la generosidad.

137
Gómez (1980): 59.
138
James C. Scott, Domination and the Arts of Resistance: Hidden Transcripts. New Haven: Yale University
Press, 1990.
139
Gómez (1980): 54.

61
Pero fuera de la mirada de los jefes, los campesinos a menudo tomaban medidas en sus
propias manos. Eran frecuentes las acusaciones de los hacendados sobre trabajadores
que durante las festividades entraban a los lugares de almacenamiento y robaban
ganado140. Además sostenían que el robo de herramientas y de grano se hacía durante
todo el año, y que cuando se dejaba a los trabajadores sin vigilancia en una faena, ellos
destruían cercas, rompían el equipo agrícola, y trabajaban a paso de tortuga141.
Los afuerinos eran vistos como un problema particular. Como trabajadores
procedentes del sur chileno indígena o de los límites fronterizos de la nación, éstos
eran considerados ajenos a la comunidad, sus contratos eran temporales y no tenían
derecho a tierra. De la relación paternalista no ganaban mucho, por lo que no
tenían mayor deferencia con sus superiores. Como hombres solteros acostumbrados
a trasladarse de un trabajo a otro, eran menos vulnerables a los posibles despidos
de lo que eran los inquilinos y trabajadores permanentes. Desde la perspectiva de
los hacendados, la falta de poder sobre los afuerinos y su independencia dentro
del sistema de inquilinaje los hacía altamente amenazantes, siendo calificados por
esta razón como indios indisciplinados. Los terratenientes se quejaban de que era
usual que los afuerinos llegaran borrachos, provocaran peleas con supervisores u
otros trabajadores, y destruyeran los cobertizos y graneros donde se les alojaba142. A
los afuerinos se les culpaba por la desaparición de herramientas y animales, y por
abandonar el trabajo antes de haberlo completado. Por último, se les acusaba de ser
agitadores políticos. Después del incendio de un almacén lleno de forraje en la comuna
de Panquehue en 1958, el propietario lo atribuyó a “malvados afuerinos y comunistas
[quienes] disfrazados de trabajadores intentaron promover el descontento y la mala
voluntad”143.
Es dudoso que los afuerinos hayan representado la amenaza organizada que
suponían los hacendados. Como inmigrantes en constante movimiento, los afuerinos
no tenían muchas oportunidades de construir relaciones duraderas, necesarias para
la actividad política. Más aún, a pesar de los esfuerzos de la izquierda por organizar
a las comunidades indígenas del sur, la mayoría de los activistas centraron su trabajo
en los inquilinos y trabajadores permanentes, y no en los afuerinos. Pese a que el
desdén de los afuerinos por la propiedad del empleador era más bien espontáneo y no
planeado, los actos de sabotaje e incendios premeditados eran, ciertamente, muestras
de desacato. Independientemente de su efectividad, estos actos eran una respuesta
concreta a las injusticias compartidas con otros trabajadores.
140
Eduardo Ahumada y Sebastián Matthei, historia oral, San Felipe, 26 de marzo de 1993.
141
Ibid.
142
Historias orales, incluyen a Raúl Fuentes, Eduardo Ahumada y Sebastián Matthei, y Jorge Ovalle,
La Higuera, 19 de octubre de 1992.
143
El Trabajo, 14 de julio, 1958.

62
Los inquilinos generalmente desafiaban la autoridad del hacendado de modo
menos público que la quema de casas o el abandono de sus trabajos. Aunque ellos
también cometían pequeños robos y actos de sabotaje, era en su trabajo más que en
la propiedad del patrón donde manifestaban su resistencia. En general, los inquilinos
preferían trabajar sus propias tierras de regalía antes que trabajar en la gran propiedad
de la hacienda. Un estudio conducido por los sociólogos chilenos Rafael Barahona y
Ximena Aranda a fines de 1950, descubrió que el 50 por ciento de los inquilinos de
Putaendo enviaba un peón de reemplazo para cumplir con sus obligaciones en la
hacienda, y poder dedicarse a tiempo completo a sus propios cultivos144. Del mismo
modo, en el sector del minifundio, los que buscaban trabajo como peones asalariados
eran, la mayoría de las veces, los hijos jóvenes (y ocasionalmente las mujeres) y no
los minifundistas145. La presencia de un trabajador como figura de autoridad en la
casa para las necesidades más inmediatas de la familia, constituía, a lo menos, una
autonomía simbólica que privilegiaba el trabajo para la propia familia, por sobre el
trabajo para el patrón.
Sin embargo, la preferencia de inquilinos y minifundistas por trabajar en sus
propios predios no fue una amenaza real para el sistema latifundista. Si bien algunos
hacendados objetaban esta práctica y se quejaban que los trabajadores de reemplazo
no estaban preparados o eran demasiado jóvenes, sus protestas decían relación con la
injerencia del inquilino en las decisiones de la hacienda, y no con el mal funcionamiento
del sistema. A pesar de que los inquilinos reconocían en la regalía un espacio de
resistencia a los hacendados, éste beneficiaba más a los segundos que a los primeros.
La obligación del inquilino de proveer reemplazos y trabajadores adicionales en las
estaciones de cultivo era más beneficioso para el patrón que para el propio inquilino.
Además la regalía pertenecía al patrón, por lo que no solo podía ser quitada en
cualquier momento, sino que fijaba la residencia de los trabajadores en las haciendas,
haciendo de ellos una reserva de trabajo flexible, y reforzando la dependencia de los
trabajadores hacia los patrones.
En resumen, la vida de los campesinos en el Valle del Aconcagua y de Chile en
general, quedaba circunscrita a la autoridad del patrón y a los requerimientos del
latifundio, de modo tal que era extremadamente difícil desafiarla con éxito. El retardo
en las faenas, la destrucción de cercados, o el robo de cerdos y gallinas eran una
demostración clara del rechazo de los campesinos a aceptar pasivamente las injusticias
y prerrogativas del empleador para determinar el significado y el valor del trabajo.
Sin embargo, estas resistencias fracasaron en la transformación sustancial de las

144
Rafael Baraona, Ximena Aranda y Roberto Santana, El Valle de Putaendo: Estudio de estructura agraria.
Santiago, Instituto de Geografía de la Universidad de Chile, 1960: 265.
145
Ibid.

63
estructuras y relaciones de poder que hacían tan vulnerable la vida y existencia del
campesino. En el día a día, era el hacendado o sus administradores los que aparecían
como la única autoridad. El monopolio casi total del poder que tenía el hacendado era
la base de la economía del latifundio. Esta autoridad emanaba de la concentración de la
tierra en pocas manos y de la poca voluntad del Estado para intervenir enérgicamente
en los asuntos rurales.

64
CAPÍTULO II
LAZOS DE UNIÓN:
SEXUALIDAD CAMPESINA Y NEGOCIACIONES FAMILIARES

En 1965, la socióloga Laura Collantes realizó un inusitado estudio sobre la sexualidad


campesina en la comuna de Santa María, en el Valle del Aconcagua, que fue
ampliamente leído. En él Collantes describía las relaciones entre hombres y mujeres
campesinos como un mundo de frustración e ignorancia146. Dedicando particular
atención a las niñas adolescentes, la autora argumentaba que el atraso y la falta de
cariño en el hogar campesino significaba que “la infancia de la niña transcurre en
medio de una gran pobreza material y afectiva” y que la ignorancia sobre el cuerpo
y la vida sexual constituían “una verdadera tragedia”147. Collantes afirmaba que las
niñas eran vistas solo como “otra boca que alimentar” y que el machismo brutal de los
hombres hacía que la posibilidad del matrimonio fuese, para las mujeres, una situación
intolerable. Describía también una serie de horrores supuestamente comunes que
se habrían vivido en los hogares campesinos, incluyendo el incesto, la violación, el
embarazo adolescente, el matrimonio entre niños, el alcoholismo y la violencia contra
las esposas. En el relato de una campesina sobre la decisión de su hija a casarse, incluido
por Collantes en su texto, la mujer señalaba, “chiquilla tonta que se quiere casar, no
sabe lo que es sufrir… uno casándose tiene que aguantar tantas humillaciones… son
como animales, y peor cuando llegan curados”148.
La conclusión de la autora sobre las relaciones de género en el campo es que éstas
no solo eran atrasadas, sino también pervertidas, reflejando así, las percepciones
de las clases alta y media que hacia mediados del siglo veinte consideraban a la
masa rural pobre como una clase primitiva, racialmente inferior, y cuyas facultades
racionales y morales les ubicaban fuera de los límites de la sociedad civilizada. Si
bien estudiosos reformistas, como el caso de Collantes, vinculaban las deficiencias
de los campesinos a la pobreza, también suponían que la degeneración de los pobres
era lo que perpetuaba su miseria. Así, para Collantes, la suciedad de la vivienda no

146
Laura Collantes, “La Adolescente se descubre a sí misma: Cambios e inquietudes de la pubertad”,
en Antonio Corbalán (ed.), Antología chilena de la tierra. Santiago: ICIRA, 1970: 175-183.
147
Ibid: 176.
148
Ibid: 180.

65
solo facilitaba la promiscuidad sexual, sino que era una clara señal de depravación.
Los horarios de trabajo de los campesinos y la falta de lugares de entretención, por
su parte, hacían de los hogares un centro de frustración, lo que produciría, en ojos
de la autora, disfunción familiar y tendencia de las personas sin educación hacia
la violencia. Toda consideración seria sobre cómo el latifundio moldeaba el hogar
campesino fue ignorada. Lo mismo sucedía con las formas de dominación masculinas
que encontraba, las que eran variaciones de, más que excepciones inhumanas, de la
autoridad masculina en Chile.
Sin embargo, si bien Collantes patologizó al pobre, al mismo tiempo nos entrega
una visión única de las vidas de los campesinos y las relaciones de género y prácticas
sexuales de los mismos. En efecto, en la década de 1950 y comienzos de la de 1960,
intelectuales provenientes de la urbe escribieron profusamente sobre las desigualdades
generadas por la economía agraria chilena. Sin embargo Collantes fue prácticamente
la única que se centró en las dinámicas de explotación entre hombres y mujeres. Aún
más, la autora implícitamente proponía que las mujeres campesinas experimentaban la
pobreza mediatizada por su subordinación sexual a los hombres. Si bien para Collantes
este hecho era una de las causas fundamentales del atraso rural, sugería también que
la sexualidad y las formas sexualizadas de opresión jugaban un papel central en la
experiencia de género y de clase.

Sexo y autoridad en el matrimonio


La familia campesina fue uno de los lugares en que las estructuras de autoridad
del latifundio y del inquilinaje no solo se reproducían en lo más íntimo, sino que
también eran internamente disputadas. Era allí donde los campesinos pobres sufrían
y reaccionaban ante las condiciones laborales y de vida según su condición de hombre
o mujer. El relativo privilegio económico que gozaban los hombres con respecto de las
mujeres era consecuencia de complejas formas de poder social, y particularmente,
del poder sexual que ellos ejercían sobre las mujeres de la familia, el que reforzaba
aún más la dependencia económica de las mujeres, así como su subordinación social
a los hombres. Era dentro del contexto de la familia, entonces, en que la mayoría de
los campesinos experimentaba la vivencia más íntima y evidente, a la vez que daba
significado a los contrastes entre las vidas de hombres y mujeres. Era el noviazgo y
el matrimonio donde se establecían más claramente los derechos y deberes sexuales,
marcando las diferencias de género, que a su vez se materializaban en la lucha por la
supervivencia que establecía las obligaciones de hombres y mujeres. Aunque la familia
no fue el único lugar donde se originaron estos significados, sí fue el lugar donde se
sintieron, se adoptaron y se disputaron más profunda e íntimamente.

66
El sexo es concebido como un aspecto central de los derechos de los esposos sobre
sus mujeres, y es éste el que legitima su autoridad sobre otros ámbitos personales y
laborales de ellas. A menudo era el embarazo el que obligaba a concretar el matrimonio.
De allí en adelante, se asumía que las relaciones sexuales y la procreación eran
las principales obligaciones maritales de las mujeres, constituyendo además una
justificación del trabajo doméstico. El lavado de ropas y cocina, la crianza de hijos y
limpieza, y la venta de productos, no eran actividades realizadas solo por la familia,
sino por la familia bajo la autoridad del marido. Los esposos esperaban esos servicios
de sus mujeres solo por su calidad de esposas, en tanto que ellos asignaban y regulaban
estas actividades por el supuesto derecho masculino sobre el trabajo femenino como
extensión de la autoridad sexual de los hombres sobre las mujeres, regulada por la
institución del matrimonio. La obligación sexual de las mujeres hacia sus maridos
revestía de una lógica contractual el derecho de los hombres sobre el trabajo corporal
de las mismas en una amplia gama de actividades.
De hecho, muchas mujeres recordaban, en sus testimonios orales, el bajo control
que tenían en el acto sexual o su incapacidad de decidir sobre el número de niños que
podían o querían tener. Anita Hernández, hija de inquilinos y trabajadora agrícola
durante toda su vida en la comuna de San Felipe, recordaba su matrimonio con
Manuel Rojas, trabajador temporero con quien se casó en 1951, cuando tenía 14 años,
como una coerción permanente. Hernández parió 10 hijos en sus primeros 11 años de
matrimonio y recordaba el sexo como un acto en que rara vez daba su consentimiento,
y donde no había afecto. En su percepción, éste era un derecho marital ejercido en
forma unilateral y abusiva por su marido y el que estaba muy íntimamente ligado a
nociones de posesión: “Él me obligaba a tener relaciones [sexuales] con él cuando
él quería incluso cuando yo estaba indispuesta [menstruando] o recuperándome
de parto. Usted no se imagina cuánto dolía eso! Pero a él no le importaba, lo único
que pensaba era en su placer, y decía que para eso era una esposa. Si él no lo hacía,
cualquier otro lo haría”149.
Si bien las experiencias de otras mujeres no fueron tan amargas, la mayoría veía el
sexo y la procreación como deberes ineludibles del matrimonio. De todos modos, el sexo
podía ser vivido en forma placentera y los hijos podían traer satisfacción emocional
y un apoyo crucial para el trabajo familiar; además de ser un símbolo tangible del
cumplimiento marital de la esposa. María Galdámez, una antigua temporera de la
comuna de San Felipe, recordaba que cuando no estaba muy cansada, un poco de
cariño le hacía muy bien150. Para otras mujeres las noches posteriores a los días de
pago, cuando los ánimos estaban buenos, los maridos “podían contar con la mujer

149
Anita Hernández, historia oral.
150
María Galdámez, historia oral.

67
[estaban interesadas en el sexo]”151. Pero incluso cuando había acuerdo mutuo, el sexo
se concebía como una obligación de las esposas, bajo la mayor autoridad de los hombres.
Olivia Torres, esposa de un trabajador permanente en la comuna de Panquehue,
señalaba que “los hombres esperaban que podían tener relaciones [sexuales] con sus
mujeres cuando ellos querían y era más fácil entregarse que armar una pelea, ya que
una [negativa] lo pondría de mal genio y podría emborracharse. [El sexo] es parte de
lo que una esposa le debe a su marido”152.
La ambivalencia que sentía la mayoría de las campesinas hacia el sexo en tanto
deber, para la satisfacción de los hombres más que para la suya propia, estaba
íntimamente vinculada a su falta de control sobre la reproducción. Para la mayoría de
las mujeres, el sexo siempre suponía una alta probabilidad de embarazo y los métodos
de anticoncepción o contraconcepción podían ser muy dolorosos e, incluso, de riesgo
vital. Si bien la mayoría de las mujeres estaba dispuesta a tener un a cierto número
de hijos, también deseaba limitar los embarazos por razones económicas y de salud153.
Aunque los métodos médicos de control de la natalidad se conocieron en Chile desde
comienzos del siglo veinte, su acceso para las mujeres campesinas era, durante la
década de 1950, casi inexistente154. Las mujeres controlaban su reproducción a través
de remedios caseros trasmitidos por distintas redes femeninas, los que variaban
ampliamente en su efectividad. Entre éstos estaban las infusiones de hierbas amargas
durante los ciclos de menstruación, implantar lonjas de jabón como barreras uterinas,
ducharse con soluciones de vinagre y ácido bórico, orinar después del coito e implorar
a Dios que no les enviara más hijos155. Las más afortunadas conseguían la cooperación
de sus compañeros hombres en la abstinencia sexual. Para terminar con un embarazo
no deseado, las mujeres comían una mezcla de paja y borraja o bien tomaban bebidas
especiales que producían convulsiones abdominales. Si esto fracasaba, recurrían a
parteras o vecinas con experiencia para realizar abortos quirúrgicos provocados. En
muy pocos casos, las mujeres cometían infanticidio156.
En sus intentos por controlar la fertilidad, las mujeres corrían altos riesgos. Muchos
de los remedios que consumían para prevenir el embarazo o inducir el aborto, eran
tóxicos y provocaban graves efectos secundarios, e incluso la muerte. Las barras de
jabón confeccionadas en casa y las duchas ácidas producían inflamación e infecciones.
El aborto, además de ilegal, era peligroso. En varias ocasiones las parteras del Valle
151
María García e Irene Campos, historia oral.
152
Olivia Torres, historia oral, Panquehue, 18 de enero de 1993.
153
Mattelart (1968): 80.
154
Ibid.: 92.
155
José Cancino, Germán González, Juan Méndez, Claudio Zúñiga, “Hábitos, creencias, y costumbres
populares del puerperio y recién nacido”, Universidad de Chile, Valparaíso, 1982: 19-22.
156
La Aurora, 7 de julio, 1959; 22 de septiembre, 1962: 2.

68
del Aconcagua fueron arrestadas por inducir abortos y denunciadas como monstruos
en la prensa local157. Eran ellas, y no las que se hacían el aborto, las calificadas de
criminales, aunque las otras se exponían al peligro físico158. A diferencia de los abortos
realizados en las clínicas de elite en Santiago, que contaban con una cierta seguridad
para las mujeres, los procedimientos abortivos en el campo eran generalmente
insalubres y médicamente irregulares. El aborto se inducía por golpes en el abdomen,
la introducción de palillos de madera en la cérvix o el raspaje de la pared uterina con
objetos domésticos afilados159. Las complicaciones que seguía eran múltiples y, con
frecuencia, fatales. En 1964, más de 1.200 mujeres ingresaron a los hospitales de San
Felipe y Los Andes por hemorragias e infecciones relacionadas con abortos160. En el
mismo año, la International Planned Parenthood, filial Chile, estimaba que 11,7 de
cada 1.000 mujeres en edad fértil moría anualmente a causa del aborto en el país161.
Además de los riesgos físicos que enfrentaban las mujeres al tratar de evitar o
poner fin al embarazo, estaba el problema de la oposición de los hombres. Si bien,
en algunos casos los cónyuges aprobaban abiertamente el control de natalidad, por
mantener un tamaño óptimo de la familia, en la mayoría de los casos, los hombres
consideraban el tema reproductivo –con la excepción de su derecho a tener sexo con
sus esposas– un “asuntos de mujeres”, argumentando el conocimiento de género
que les correspondía a ellas por dar a luz. La mayoría de los hombres confesaban
entender poco de las medidas de control de natalidad y no intervenir en ellas. Pero
esta autoproclamada ignorancia masculina era también un signo de que las mujeres
escondían intencionalmente el uso de métodos anticonceptivos y remedios abortivos
por miedo a las represalias de sus esposos. Norma Cárdenas, mujer de un trabajador
permanente en la comuna de Santa María, le dijo a su esposo que las infusiones de
hierbas anticonceptivas que ella bebía eran para alcanzar mayor nivel de fertilidad,
ello porque una vez él la había golpeado por usar el método de la barrera de jabón162.
En una situación similar Violeta Ramírez, la esposa de un inquilino de la comuna
de San Esteban, le dijo a su marido que la abstención sexual durante las primeras
dos semanas que seguían a su período haría más fácil que ella concibiera durante

157
La Aurora, 2 de febrero, 1962; y El Trabajo, 5 de mayo, 1959.
158
El aborto era un crimen tanto para quienes lo practicaban como para quienes se lo hacían. Sin
embargo, entre 1950 y 1964, en todos los casos citados en el Juzgado del Crimen de San Felipe, las
acusaciones iban contra los primeros y no contra las segundas.
159
Historias orales incluyen a Anita Hernández y Angélica Sáez, Santa María, 14 de noviembre de 1992;
y Rita Hernández, Hospital San Felipe, San Felipe, 1 de junio de 1993.
160
“Egresos hospitalarios”, Estadísticas de Salud, Servicio Nacional de Salud, 1976.
161
Estadísticas APROFA, 1960-1992. APROFA.
162
Norma Cárdenas, historia oral, Santa María, 10 de marzo de 1993.

69
las últimas dos semanas163. Aunque es probable que ambos esposos supieran de las
intenciones ocultas de sus mujeres, es significativo que ambos sintieran la necesidad
de hacer explícita su prohibición del uso de métodos anticonceptivos.
Las razones esgrimidas por los hombres para que sus mujeres controlaran la
natalidad o recurrieran al aborto eran variadas. Para la mayoría de los campesinos
la virilidad masculina estaba íntimamente asociada al número de hijos que tenían,
como queda en evidencia en el relato de un antiguo inquilino refiriéndose, con gran
envidia a su vecino, “En verdad era muy hombre para tener tantos niños”164. Para
algunos hombres el que sus mujeres evitaran el embarazo era un claro desafío a su
autoridad o bien, la posibilidad que ésta pudiese tener amoríos extramaritales. Otros
no concordaban con sus esposas sobre el tamaño óptimo familiar. Pero para todos, la
concepción era responsabilidad propia y natural de las mujeres y, particularmente de
sus esposas. Así lo afirma un hombre en su testimonio, “[La capacidad de las mujeres
para concebir hijos] es la razón [de] tomarse una señora”165. Los hijos eran uno de los
pocos recursos materiales y emocionales tangibles que estaban disponibles para los
campesinos pobres. Este hecho, combinado con la desaprobación de la Iglesia católica
al control de natalidad y la criminalidad adjudicada al aborto, hacían que los hombres
consideraran que su oposición a los métodos anticonceptivos fuera moral y justa.
La mayoría de las mujeres compartía esta percepción de los hombres. Para ellas la
concepción de los hijos también era un deber exclusivo de las esposas, además tenían
en alta estima el valor de los hijos, y consideraban al aborto un acto inmoral. Pero, en
tanto mujeres, se posicionaban de manera diferente. Abrumadas por las obligaciones
de la crianza y corporalmente cansadas por los embarazos previos, las mujeres lidiaban
con la fertilidad como una contención sobre las circunstancias de la vida. Esta posición
no significaba un desafío ni a las expectativas de concepción múltiple ni al derecho de
los hombres para tener sexo con sus esposas, pero sí era un indicador de la posibilidad
que tenían las mujeres de maniobrar como esposas y madres. Esta acción era facilitada
por las redes de solidaridad entre mujeres que compartían información, guardaban
secretos y atendían embarazos y partos. Aunque estas acciones no ponían en duda las
obligaciones sexuales básicas de las mujeres respecto a sus maridos, ellas situaban a la
reproducción dentro de un ámbito de autoridad femenina, disputando así los límites
de las prerrogativas de los hombres sobre la sexualidad de las mujeres.
En los testimonios orales, la percepción de las mujeres campesinas de que el
sexo era un “deber” frente a sus maridos, otorgaba al matrimonio un sentido de
intercambio. El sexo y el dar a luz eran deberes que una mujer desempeñaba a cambio

163
Violeta Ramírez, historia oral, San Esteben, 14 de octubre de 1992.
164
Iván Gómez, historia oral, Catemu, 24 de marzo de 1993.
165
Emilio Ibáñez, historia oral.

70
de la obligación de los hombres de proveer materialmente a sus esposas y familias. Tal
obligación suponía que los hombres debían contribuir monetariamente y en especies
al hogar, así como en trabajo en las regalías familiares de subsistencia o parcelas. Las
mujeres, por su parte, debían a los hombres sexo y trabajo en el hogar, incluyendo el
trabajo doméstico y el cultivo de subsistencia. De tales acuerdos emanaba la percepción
del matrimonio como una sociedad de intercambio, a la vez que ratificaba la autoridad
masculina sobre las mujeres.
Los matrimonios campesinos eran intrincadas redes de apoyo mutuo, aunque
desiguales en cuanto a las obligaciones y derechos de género, semejante a lo que el
historiador Steve Stern ha denominado como “pactos patriarcales”166. Las mujeres
debían a los hombres una lealtad sexual exclusiva, además del trabajo doméstico, en
tanto que ellas también sentían que sus maridos les debían fidelidad sexual, como
signo de compromiso económico, aunque en general no la demandaban. Dentro del
orden latifundista eran los hombres quienes tenían la última palabra sobre la locación
de su propio trabajo como el de sus mujeres, reservándose además el derecho a
guardar parte de su miserable ingreso en dinero para uso propio. Del mismo modo,
pese a que los hombres insistían vehementemente en la fidelidad y disponibilidad
sexual de sus mujeres, ellos se reservaban el derecho a flirtear, mantener relaciones
extra matrimoniales e, incluso, en algunos casos, matrimonios paralelos. Esto no era
un simple “doble estándar”, sino los fundamentos de la autoridad masculina sobre
las mujeres. El sexo determinaba la lógica de apropiación por parte de los hombres
del trabajo de las mujeres, así como del acceso a todo lo referido a sus mujeres. Era
el sexo, en definitiva, el que hacía del “pacto patriarcal” del matrimonio campesino,
que éste fuese justamente “patriarcal”.
Pero si el matrimonio era un pacto que incluía derechos y obligaciones, fundado
en el sexo, el significado otorgado a dicho pacto solía tener diferencias profundas
entre hombres y mujeres. Las discusiones cotidianas podían terminar, y en efecto
muchas veces ocurría, en violencia. Si bien las riñas y golpes podían ser iniciados
indistintamente por hombres y mujeres, era frecuente que fueran los hombres los
que terminaran infringiendo serios daños a sus esposas y no al revés. Según los
testimonios orales, las golpizas a mujeres eran muy comunes en los hogares campesinos
y, consideradas por la mayoría, como lo que naturalmente correspondía a los hombres
y al matrimonio. El derecho de los maridos a disciplinar a sus esposas era parte de la
concepción hegemónica respecto de la vida conyugal. En la mayoría de las historias
orales las mujeres atribuían los golpes a la esencia natural de los hombres: “el hombre
es así no más, más cuando curado”. Sin embargo, pese a que las mujeres asumían la
violencia de sus maridos como parte de la realidad de sus vidas, no significaba que

166
Stern (1995).

71
necesariamente la aceptaran como un derecho inevitable. De hecho, el que insistieran
en la veleidad masculina asociada al alcohol, sugería la preferencia por hombres que no
bebían como compañeros. Del mismo modo, aunque menos reconocido por las mujeres,
la frecuencia de las golpizas sugiere no solo el derecho de los hombres a disciplinar
a sus mujeres, sino también el reto o desafío por parte de las esposas a los derechos
conyugales impuestos, lo que desembocaba en las situaciones de violencia. De este
modo la golpiza revela los límites y tensiones del matrimonio campesino167.
Entre 1958 y 1965, las mujeres campesinas de las cinco comunas del departamento
de San Felipe presentaron en el Juzgado del Crimen un promedio anual de 10 denuncias
por lesiones en contra de sus maridos y convivientes168. Estos casos eran únicos, no solo
por su naturaleza violenta, sino por la gravedad de la misma y por la disposición de las
mujeres a tomar acciones judiciales169. En la mayoría de casos, las mujeres señalaban
que la “causa” de la agresión era por celos de los hombres, y ponían énfasis en la
gravedad del daño físico y la recurrencia de las agresiones. Era común la denuncia por
parte de las mujeres de que los hombres usaban la fuerza como un medio para intervenir
sus relaciones con otros hombres, argumentando que la obligación principal de una
esposa era servir a su marido en la casa. Ellos, por su parte, justificaban la violencia
como un castigo pertinente por las transgresiones de sus esposas a las obligaciones
propias del matrimonio y la convivencia170.
El caso presentado por Isabel Quiroz fue muy común. El 25 de septiembre de
1958 la mujer denunció a su conviviente Manuel Báez, un peón agrícola de la comuna
de Putaendo, por haberle cortado la cara con un cuchillo en medio de un ataque de
celos provocado porque ella habría bailado con otro hombre cuando la pareja se
encontraba cenando en casa de unos vecinos171. Quiroz insistía que ella solo bailó
con su marido, pero que, como siempre, Manuel Báez estaba borracho y se había
imaginado su mala conducta. En su testimonio Isabel Quiroz señaló que era habitual
que su marido la golpeara después de consumir alcohol, acusándola de no mantener

167
Linda Gordon, Heros of Their Own Lives: The Politics of Family Violence, Boston, 1880-1960. New York:
Penguin Books, 1988; Stern (1995).
168
Registro de Crímenes, JCSF.
169
Hubo 135 casos de lesiones inscritos en el Registro de Crímenes del Juzgado de San Felipe entre los
años 1951-1963. De los 49 disponibles para este estudio, 35 involucraban a campesinos y trabajadores
agrícolas.
170
Heidi Tinsman, “Los Patrones del hogar: Esposas golpeadas y control sexual en Chile rural, 1958-1988”,
en Lorena Godoy Catalán, Elizabeth Hutchison, Karin Rosemblatt, María Soledad Zárate (comp.),
Disciplina y desacato: construcción de identidad en Chile, siglos XIX y XX. Santiago: SUR-CEDEM,
1995: 111-148; y “Household Patrones: Wife Beating and Sexual Control in Rural Chile, 1958-1988”,
en French y James (eds.) (1997).
171
Ficha S254; 20951, JCSF. Por discreción, los nombres de las personas nombradas en casos legales
han sido cambiados.

72
la casa decentemente. Estos casos ponen de manifiesto el que el acceso sexual por
parte de los hombres hacia sus mujeres era concebido, por la generalidad, como un
derecho masculino y una característica propia del matrimonio. El que muchos hombres
interpretaran los coqueteos de las mujeres, las conversaciones, las reuniones informales
y bailes con otros hombres como una forma de “infidelidad”, sugiere que para ellos el
acceso a la sexualidad femenina era exclusivo y total.
Para las mujeres, por su parte, los celos masculinos estaban generalmente asociados
a la posibilidad de tener relaciones sexuales con ellas y de procrear hijos. En su
testimonio, Marta Ramírez se quejaba de que su marido solía ponerse violento durante
los últimos meses de sus embarazos o los primeros meses después del parto porque
ella se negaba a tener relaciones sexuales, y porque no era capaz de mantener el hogar
como lo hacía antes172. En el caso de las mujeres infértiles, sus esposos usaban muchas
veces la violencia como un modo de controlar posibles infidelidades por parte de
ellas. Hernández recuerda que las agresiones que le propinaba su esposo aumentaron
dramáticamente después del nacimiento de su décimo hijo, cuando el médico insistió,
en contra de la opinión de su marido, que se hiciera una histerectomía: “Después de
la operación me comenzó a golpear muy fuerte. Estaba furioso, decía que yo me había
esterilizado para poder salir a darme vueltas con otros hombres y que ahora yo no
servía para nada ni como esposa ni como mujer. Se negó a tener relaciones [sexuales]
conmigo, comenzó a ver a otras mujeres y a ausentarse por meses. Cuando volvía,
estaba borracho y me golpeaba. Me partió la cabeza muchas veces”173.
Interesante resulta el que en la mayoría de los casos que involucraban celos
masculinos, aparecieran acusaciones por ineficiencia de las mujeres como dueñas
de casa. Los hombres vinculaban estas faltas como una prueba más de la trasgresión
sexual de las mujeres. Algunos de ellos sentían que las dificultades de las mujeres
para tener sexo o procrear las hacían menos útiles como dueñas de casa. Esta conexión
sugiere que para los hombres los servicios domésticos y sexuales femeninos eran
concebidos como deberes inherentes a la esposa. El desempeño sexual de las mujeres
y, específicamente, su capacidad reproductiva, eran concebidas como parte de sus
obligaciones domésticas. De hecho, los quehaceres domésticos de una esposa eran
valorados en términos sexuales. Cuando las mujeres embarazadas no podían tener
sexo o las esterilizadas ya no podían concebir hijos, los esposos solían dejar de valorar
su trabajo doméstico.
Otra de las razones frecuentemente aludidas por las mujeres en sus testimonios
orales y registros judiciales para explicar la violencia conyugal, decía relación con
la desobediencia de éstas a la autoridad masculina en el hogar. Si bien la crianza de

172
Marta Ramírez, historia oral, San Esteban, 10 de octubre de 1992.
173
Anita Hernández, historia oral.

73
los hijos y la administración del hogar eran responsabilidades consideradas como
femeninas, era común que los hombres pasaran por encima de las decisiones de las
mujeres –cuestión rechazada por éstas, especialmente cuando se refería al cuidado
de los niños–. Los conflictos que originaban estas riñas eran diversos. En 1965, María
Guerra fue hospitalizada con severas puñaladas en el abdomen y las nalgas, infligidas
por su conviviente, Hernán López, peón agrícola de la comuna de San Felipe. Guerra
declaró que López la había atacado en su intento por evitar que agrediera a su hijo
de 16 años con un cuchillo: “Le dije que le pegara a mano limpia y no con cuchillo”174.
En otra entrevista, Sonia Cárdenas aludía a conflictos similares con su marido Jorge
León, peón agrícola de la comuna de Santa María: “Cuando andaba por aquí era lo
peor. Yo tengo mi manera de disciplinar a mis hijas, pero cuando él llegaba a la casa,
todo era a su manera. Las golpeaba a ellas y a mí por no tener la casa exactamente
como él quería, si se les había olvidado barrer el piso, las golpeaba y si yo intervenía
siempre las agarraba conmigo”175.
Según los relatos de mujeres y hombres en la década de 1950 y principios de la del
60, el equilibrio doméstico de poder se resumía en que “el hombre manda en la casa”176.
A diferencia del mito en las ciudades respecto a que era la mujer “la reina del hogar”,
el mundo campesino no otorgaba a éstas un terreno de jurisdicción diferente y propio.
En las ciudades, era común que los barrios residenciales estuvieran separados de los
lugares de trabajo; y, aunque la autoridad que pudiesen haber ejercido las mujeres
pobres haya sido probablemente exagerada, el latifundio, como sistema, diluía casi
completamente las distinciones entre el hogar y el trabajo agrícola. Los hombres
campesinos trabajaban en las tierras del patrón y en las regalías de subsistencia,
ubicadas ambas cerca de la casa familiar, y dentro de la hacienda. Esto significa
que mientras las mujeres trabajaban en sus casas, los hombres solían estar en los
alrededores.
La naturaleza especialmente servil del trabajo de los hombres en las haciendas, bajo
la estrecha vigilancia de un capataz o del mismo patrón, situaba al hogar campesino
como uno de los pocos espacios en que los hombres podían ejercer la autonomía y
autoridad que, en teoría, les correspondía dentro de la cultura patriarcal, no obstante
ser constantemente negada por su pertenencia de clase. Era común que los campesinos
no solo controlaran el comportamiento de sus esposas e hijos, sino que se involucraran
en todas las decisiones del hogar177. Eran ellos quienes decidían a qué edad se podía
retirar a un hijo de la escuela para que empiece a trabajar, o si su esposa podía o no
174
Ficha S319; 25030, JCSF.
175
Sonia Cárdenas, historia oral, Santa María, 12 de abril de 1993.
176
Historias orales, incluyen a Sonia Cárdenas, Anita Hernández, Elena Vergara, Raúl Fuentes, Armando
Gómez y Jorge Ovalle, Santa María, 19 de octubre de 1992.
177
Ibid.

74
desempeñarse como sirvienta doméstica o lavandera. A menudo eran los hombres
los que hacían las pocas compras de la familia en la tienda de la hacienda y quienes
se encargaban de comercializar en las proximidades de las ciudades las artesanías y
alimentos que producían sus mujeres. Permitir que una mujer pueda ir al pueblo era
considerado como un desafío y una amenaza a la prerrogativa masculina de limitar el
contacto de su esposa con otros hombres178.
Un tercer factor al que aludían las mujeres para explicar los casos de violencia
conyugal era cuando éstas se oponían a las relaciones extramaritales del marido. Si bien
los hombres exigían fidelidad por parte de sus esposas, ellos resguardaban celosamente
su propia libertad sexual. Pese a que la mayoría de las mujeres estaba obligada a
aceptar esta situación, era frecuente que ellas condenaran el libertinaje sexual de los
hombres como injusto, argumentando que el matrimonio debería involucrar un mayor
nivel de fidelidad mutua, aunque ésta no fuese completa. En 1959, Orfelina Vargas,
dueña de casa de 29 años, denunció en los tribunales a su conviviente Luis Aguirre,
un trabajador agrícola de la localidad de San Felipe, por golpearla durante una pelea
en la que ella le reclamaba el frecuentar prostíbulos locales. En su defensa, Aguirre
argumentó que éste no era asunto de Orfelina Vargas, y que si él iba a prostíbulos que
ella “tenía la obligación de aguantarlo en las buenas y en las malas”179. Elena Vergara
vivió una situación similar cuando su esposo Armando Gómez, trabajador agrícola de
la comuna de Putaendo, comenzó a agredirla físicamente por quejarse de sus flirteos
con otras mujeres. Vergara recordaba en su testimonio oral, que cuando ella reclamaba
sobre las otras mujeres, él la golpeaba y “sentía tanta vergüenza de caminar por las
calles con él porque todos sabían que él abusaba de mí y veía a otras mujeres”. En una
entrevista a Vergara le pregunté por qué él se sentía con derecho a flirtear cuando ella
cumplía con su obligación de esposa, respondiendo que él había afirmado que: “Yo soy
hombre, no sacan nada, no tengo nada que perder (…) y la mujer sí”180.
La vida sexual de las mujeres casadas estaba limitada al matrimonio, no así
la de los hombres. Éstos insistían en su derecho a mantener relaciones sexuales
extra conyugales y en la fidelidad de sus esposas. Esta situación, lejos de reflejar la
hipocresía masculina, era una extensión lógica de las prerrogativas de la masculinidad
en el campo, concebidas fundamentalmente en términos de su privilegio sexual. Para
muchos el “ser hombre” significaba la posibilidad de acceder, por lo menos en teoría,
a muchas mujeres, además de su derecho de exclusividad sobre, al menos una mujer,
que le sirviera en el hogar.

178
Ibid.
179
Ficha S356; 27066, JCSF.
180
Elena Vergara, historia oral.

75
Los campesinos pobres se referían a sí mismos como huasos, término bastante
elástico en sus significados. Cuando éste era empleado por las clases urbanas, para
referirse, por lo general, a inmigrantes provenientes del campo a la ciudad, era en
un sentido peyorativo y racializado que aludía al supuesto primitivismo rural. Por el
contrario, en los clubes de huasos y en las asociaciones ecuestres y de rodeo constituidas
por miembros de las elites terratenientes, el término se usaba para connotar el poder
del hacendado o sus títulos honoríficos. En el caso que éste fuera usado por los
campesinos, el término huaso indicaba virilidad masculina, combatividad y libertad,
en evidente contraste a los prejuicios de las elites tanto urbanas como rurales. Tal y
como muchos campesinos relataron en sus historias orales, la fuerza, independencia
e irreverencia del huaso era tan clara que ningún hombre podría tener poder sobre él,
ni siquiera el patrón181. Así lo representa una canción popular del mundo campesino
que graciosamente decía: “Un huaso trabaja como un toro, toma como un caballo,
pelea como un gallo y conquista mujeres como un hombre”182. Si bien los huasos tenían
también el deber de ser proveedores en sus familias, la esencia del huaso es que éstos
eran sus propios patrones y gozaban de cierta facilidad con las mujeres183.
En las décadas de 1950 y 1960, eran pocos los hombres de la clase trabajadora
que podían desafiar abiertamente la autoridad del patrón o manejar libremente
los términos del empleo. Esto hacía que, la camaradería con otros compañeros, la
bebida y las conquistas de mujeres fuesen aún más relevantes en la definición de su
masculinidad. Aunque cruel, bastante explícita fue la respuesta que Armando Gómez
dio a su esposa: que él podía hacer lo que quisiera porque no tenía nada que perder,
mientras que ella no podía hacerlo porque lo perdería todo. El papel de Gómez como
hombre, en tanto huaso, se enaltecía por sus amoríos extramaritales; en el caso de
Vergara, como mujer, su papel se definía fundamentalmente por su condición de esposa
fiel y madre. En este caso, cualquier relación extramarital significaba el riesgo de
dar a Gómez una razón justa para abandonarla. Notable resulta que las expresiones
del folklore campesino para designar a la compañera del huaso no eran ni “señora”
ni “esposa”, sino china, dando a entender una mujer joven, esquiva y sexualmente
disponible, además de implícitamente de descendencia indígena.
De todos los casos judiciales de violencia contra mujeres, disponibles y presentados
entre los años 1958 y 1965, la mayoría fueron denuncias interpuestas por convivientes
más que por esposas legalmente casadas. Aparentemente éstas últimas no habrían
181
Historias orales, incluyen a Jorge Ovalle, Raúl Fuentes y Armando Gómez.
182
Historias orales, incluyen a Anita Hernández y Ramón Martínez, Santa María, 18 de septiembre de
1992.
183
Ver Gabriel Salazar, “Ser niño huacho en la historia de Chile”,, Proposiciones 19, Santiago: Sur,
1990:55-83; Sonia Montecino, Madre y huachos: Alegorías del mestizaje chileno. Santiago: CEDEM,
1991.

76
considerado efectivo denunciar la violencia por parte de sus maridos. Por una parte,
la ley chilena constreñía a las mujeres casadas, imponiéndoles la obligación de
vivir con su marido, haciendo muy pocas excepciones184. Un juez podía decidir el
encarcelamiento de un esposo abusivo por el delito de asalto, sin embargo, no podía
ordenar que éste se fuera de la casa en tanto que siguiera proveyendo materialmente
a su familia. Más aún, dado que el divorcio era ilegal, si un esposo abandonaba a su
mujer, ella no podía unirse legalmente en matrimonio con otro hombre. Aunque muchas
mujeres separadas mantenían relaciones de convivencia, no gozaban de los mismos
derechos legales que las mujeres casadas respecto de las propiedades del hombre o
de sus ingresos. Tampoco se les garantizaba el reconocimiento legal de sus hijos. Las
mujeres solteras y separadas que vivían como convivientes tenían más facilidades para
dejar a su pareja e incluso arriesgarse a denuncias legales para terminar la relación.
Las obligaciones de los convivientes, en términos económicos, eran, en general, más
inseguras, especialmente si él estaba legalmente casado con otra mujer. En todo caso,
muchas mujeres solteras se involucraban en relaciones ilícitas de convivencia con la
esperanza de encontrar un compañero, incluso un matrimonio.
De todos modos, la gran mayoría de las mujeres no denunciaba ni hacía abandono de
sus parejas por violencia. La escasez de opciones de empleo para las mujeres, sumado a
las responsabilidades que tenían con los hijos y el deseo de que éstos fueran reconocidos
y recibieran el sustento de su padre, obstaculizaba las posibilidades de poner término
a la relación, no importa cuán abusiva ésta fuese. Anita Hernández recuerda que en
una ocasión en que ella había huido a la casa de su madre para escapar de Manuel
Rojas, ésta la había mandado de vuelta a la mañana siguiente, diciéndole “Bueno, él
es tu marido ahora, es tu dueño. No hay nada que hacer”. Hernández recurrió entonces
a sus vecinas, quienes la consolaron compartiendo experiencias similares. Una de sus
amigas la alentó a abandonar a Rojas y buscar trabajo como sirvienta doméstica en la
ciudad, pero Hernández descartó el consejo de inmediato: “¿Qué podía yo hacer con
siete chiquillos en la casa? Ellos necesitaban a su padre y yo necesitaba un hombre”.
Hernández se las arregló escabullendo a su marido; ella y los niños, por ejemplo, se
acostaban antes de que él llegara a la casa.
Años más tarde, a mediados de la década de 1970 e inicios de la dictadura militar,
Manuel Rojas, finalmente abandonó a Anita Hernández. Sorprendentemente, ella
colgó al centro del living una foto ampliada de Manuel en uniforme, cuando prestó
servicio militar durante los años cincuenta, la que aún permanecía en 1990, cuando
se hicieron las entrevistas para este libro. El retrato parecía más un acto de desafío
que de homenaje, como queriendo impedir el abandono y recordar que él tenía una
responsabilidad en el hogar. Al mismo tiempo y en el contexto del gobierno militar,

184
Malic y Serrano (1988).

77
éste parecía una crítica irónica a la insistente promoción del régimen sobre el deber
patriarcal. Su presencia estaba traspasada por la traición y la rabia. En una de las
entrevistas, Hernández mostró varias fotografías antiguas de la pareja, en las que
aparecía recortado su propio rostro –gesto sugestivo que refleja tanto el poder “dejarlo”
simbólicamente, como la dolorosa expresión de repugnancia hacia sí misma–. Al mismo
tiempo, se lamentaba amargamente, “Aguanté tanto, pero nunca lo abandoné, nunca
pensé en hacerlo. Yo no soy como las mujeres de ahora [en los 1990s] quienes una
pelea, una cachetada y ¡puf! Se van. No, yo trabajé muy duro para mantener junta a
la familia”185.
Si bien las mujeres se sentían impotentes para hacer abandono de las situaciones
abusivas, no por ello eran condescendientes con las mismas. Era a través de la
confrontación directa a sus maridos o las quejas y solidaridad con otras mujeres, que,
aunque no modificaban sustancialmente su situación, desafiaban la visión sobre el
matrimonio y las prerrogativas sexuales masculinas. La percepción que Hernández
tiene de sí misma como mártir de la familia, pone en evidencia su convicción de que
un “buen matrimonio” debe fundarse en la fidelidad sexual tanto masculina como
femenina, así como en la responsabilidad del hombre de proveer el hogar. Estas
mujeres defendían la idea de un hogar bajo la dirección masculina porque para ellas
ésta era su mejor opción de sobrevivencia. En efecto, la vulnerabilidad económica
y la responsabilidad de criar a sus hijos, hacía que la contribución regular de los
ingresos del trabajador fuera un camino más seguro que el buscar el sustento por sí
mismas. Las mujeres rechazaban la violencia porque ésta amenazaba el bienestar de la
familia, y no porque violaba su integridad como personas; pero, el incumplimiento del
hombre como proveedor ponía en tela de juicio todos los privilegios de que gozaban
éstos como maridos.
En todo caso, no todos los esposos golpeaban a sus mujeres, y, cuando ocurría,
no era necesariamente en forma regular. Dado que el matrimonio y la co-habitación
involucraban altos grados de cooperación y consentimiento entre los cónyuges, los
acuerdos solían prevalecer sobre los desacuerdos y no todas las diferencias de opinión
terminaban en agresión. Las esposas no solo podían exigir el compromiso de sus
maridos, sino que gozaban de ciertos grados de autoridad directa en los quehaceres
cotidianos y en la crianza de los hijos. Pero, ni los espacios de gestión femenina ni la
colaboración conyugal, socavaban el carácter patriarcal del matrimonio ni el control
sexual que ejercían los maridos sobre sus esposas. El principio de autoridad masculina
era entendido, tanto para hombres como para mujeres, como un principio natural
y de sentido común. El ejercicio de autoridad de las mujeres sobre los quehaceres
domésticos no lo amenazaban, por el contrario, la cooperación de las esposas con

185
Anita Hernández, historia oral.

78
sus maridos podía fortalecerlo. Aún cuando un esposo no tuviera que recurrir a la
violencia, el matrimonio le aseguraba el control de recursos emocionales, reproductivos
y materiales, entendidos en términos sexuales.

Hijas adolescentes y autoridad paternal


La autoridad masculina se ejercía también a través del control sobre los hijos.
Eran los padres quienes determinaban cuándo y bajo qué circunstancias un hijo o una
hija empezarían a trabajar y decidían sobre el uso que se le daría a los ingresos de
éstos. Estas decisiones se tomaban según las necesidades de supervivencia familiar,
pero también según las obligaciones que el jefe de familia debía hacia el patrón. La
precariedad económica de los campesinos, junto con su dependencia hacia el trabajo
en el latifundio y minifundio, hacían que los anhelos personales se subordinaran a las
necesidades colectivas de la familia, reforzando, a su vez, la autoridad de los hombres
en el establecimiento de las prioridades.
En las historias orales, tanto hombres como mujeres recordaban que durante su
niñez, en las décadas de 1950 y 1960, contaban con muy poco tiempo de holgazanería y
muchas obligaciones asociadas al trabajo. Si bien en su vida familiar primaba la unión,
la colaboración y la solidaridad, éstas estaban signadas por una estricta obediencia
hacia los padres. Ambos, niños y niñas, trabajaban desde temprana edad –cinco años– en
las parcelas o regalías familiares. Si eran afortunados podían asistir a la escuela local
por un tiempo, combinando la escolaridad con sus responsabilidades productivas.
Hacia los 12 años la mayoría de los niños tenía trabajos de tiempo completo en la casa,
en la parcela familiar, o como peones de temporada en una hacienda. Al interior del
hogar, eran las madres las que solían asignar y controlar el trabajo de los hijos, en la
limpieza, desmalezar, o cuidado de los menores. Pero, la decisión última sobre si un
niño trabajaba en la hacienda o en el hogar, residía generalmente en el padre. Las
parejas discutían en conjunto las opciones tomando en cuenta las necesidades de las
mujeres en el hogar, pero ellas nunca tomaban decisiones contra la voluntad de sus
maridos186. Las mujeres ejercían autoridad dentro del hogar en su calidad de madres
–o, en el caso de parientes, abuelas y tías, como adultos mayores–. Si bien esa autoridad
específicamente femenina no era una versión opacada de la dominación masculina,
ésta se desarrollaba y ejercitaba dentro de la lógica de las jerarquías patriarcales. La
autoridad de las mujeres como madres, tías o abuelas dependía siempre del control
masculino, y se legitimaba por la idea de que los padres y el jefe del hogar eran la
fuente última de autoridad.

186
Mattelart (1968): 75.

79
Los hijos acataban las órdenes de sus padres tanto por solidaridad familiar como
por el deseo de ganarse su respeto. El que una madre pidiese a su hija lavar la ropa
de la familia o que un padre asignara a su hijo tareas específicas en la hacienda,
tenía sentido tanto para los padres como para los hijos. Sin embargo, la obediencia
de los hijos a la autoridad paternal también se lograba a través de la fuerza. Patricia
Carreras, una residente de la comuna de San Esteban, recordaba que en su infancia
“…los niños respetaban a sus padres. Respeto, respeto. Pobre del que se atreviera [a
hacer otra cosa, ellos] lo humillaban a palos!”187. Las golpizas propinadas por madres y
padres eran una experiencia común para la mayoría de los niños. El castigo iba desde
suaves cachetadas a duros azotes con palo. La fuerza se empleaba para castigar a los
hijos por hacer mal sus tareas, dejarlas inconclusas, responder hosca o rudamente a los
padres o por ausentarse del hogar. En otros casos, la violencia provenía de tensiones
familiares como peleas entre los esposos, o la brusca pérdida del empleo. La mayoría
de las veces, los padres entendían esta violencia como una extensión natural de su
obligación por disciplinar y formar el comportamiento de los niños, pero también era
un medio para reforzar la autoridad paterna dentro del hogar. Muy similar al caso del
uso de la violencia, o la amenaza de agresión de los esposos para asegurar la fidelidad
de la mujer y controlar su economía, los padres veían el uso de la fuerza como un medio
legítimo de dominar el trabajo y la obediencia de los hijos.
Las hijas constituían una preocupación particular para los padres. Ellas no solo eran
económicamente menos valiosas que los hijos, dada la preferencia del latifundio por
trabajadores hombres, sino que su capacidad para tener hijos implicaba una potencial
tensión sobre los ya escasos recursos del hogar. La probabilidad de que una hija quedara
embarazada, sumada a la dependencia económica de las mujeres, aumentaba la
necesidad de control paterno de su sexualidad hasta asegurar un adecuado matrimonio.
Los padres debían mantener un delicado equilibrio entre restringir fuertemente la
interacción de sus hijas con otros hombres, y, en cuanto ésta quedara embarazada,
obligarla al matrimonio para que desde ahí fuese mantenida por su marido.
A diferencia del caso de los hijos varones, la posición de las hijas en la familia estaba
mediada fundamentalmente por sus posibles relaciones sexuales con hombres. Desde
la infancia, su sexualidad era el centro de preocupación familiar. Hombres y mujeres
campesinos estaban convencidos de que las niñas eran fuente de envidia y deseo,
y, por lo tanto, especialmente vulnerables a las maldiciones de vecinos y afuerinos
que podían echar sobre sus hijas el mal de ojo, causándole enfermedad e, incluso, la
muerte188. La creencia en el mal de ojo era común en todo el Chile rural, e incluso en

187
Patricia Carreras, historia oral, San Esteban, 6 de abril de 1993.
188
Historias orales, incluyen a Anita Hernández, Katarina Antimán y Elena Vergara. Véase también
Garrett (1978), 52-53; Zúñiga et al. (1982).

80
áreas urbanas. Existía una serie de creencias acerca del poder de otros miembros de
la comunidad de injuriar por celos u odio hasta la muerte, especialmente de aquellos
con menos recursos. Estas creencias venían desde los tiempos de la colonia, y pese a
ser muchas y variadas, hacia 1950 era el mal de ojo el que comúnmente se asociaba
con los niños, especialmente los que morían, se enfermaban, o quedaban postrados
por alguna razón. Aunque los niños varones también eran vulnerables, se creía que
eran las niñas las que estaban más expuestas a estas maldiciones. Para protegerlas,
los padres les colgaban amuletos religiosos en el cuello, las vestían como niños, les
colocaban las ropas al revés, o bien, no les demostraban afecto. Patricia Garret, en su
estudio sobre el impacto de estas prácticas, realizado a comienzos de 1970, vinculaba
este trato hacia las niñas a una “especie de abuso infantil”189. Sin embargo, estas
estrategias parecen más un esfuerzo para proteger a las hijas de los abusadores, en
particular de aquellos de tipo sexual.
De cualquier forma, en la medida que una niña iba creciendo, toda interacción
con muchachos y hombres estaba rígidamente controlada. Era común que después
de cumplir 10 años se prohibiera a niños y niñas de la misma familia o vecinos jugar
juntos y se les separara en sus labores cotidianas. Además, a las hijas se les prohibía
salir de la casa a menos que fueran acompañadas por un adulto o pariente. Incluso
cuando las niñas trabajaban como temporeras asalariadas en la hacienda, lo hacían
junto a uno de sus padres, un hermano mayor o hermana casada190. Elena Vergara, hija
de inquilinos, recuerda que después de la pubertad, su abuela la hacía vestir, cada vez
que salía a la hacienda o al pueblo, con ropas de muchacho191.
Ciertamente, era casi imposible limitar completamente el contacto de las hijas con
hombres. En los pueblos o faldeos de las haciendas, las casas estaban muy cercanas unas
a otras, haciendo fluidas las relaciones entre vecinos, siendo frecuentes las interacciones
heterosexuales. En el caso de las familias que vivían dentro de las haciendas o en
parcelas aisladas, las necesidades de supervivencia familiar obstaculizaban el control
de las conductas de las hijas. Ellas debían buscar agua, recoger leña y vender quesos
caseros. Si bien era preferible que fueran acompañadas, no siempre era factible contar
con un familiar. Durante las festividades comunitarias, tales como velatorios, bodas
y cosechas, la vigilancia sobre las hijas era aún más difícil. En el fragor del baile, el
canto y la bebida, abundaban las oportunidades para la interacción sexual que iba
desde el flirteo y el toqueteo en el baile de la cueca, hasta el escurrirse detrás de una
cortina o en el campo para contactos más íntimos.

189
Garrett (1978): 53.
190
Historias orales, incluyen a Anita Hernández, Katarina Antimán y Elena Vergara.
191
Elena Vergara, historia oral.

81
El precio que pagaban las hijas podía ser alto. En las historias orales, muchas
mujeres refirieron que, cuando niñas y tardaban en volver a casa después de algún
encargo, eran sometidas a intensos interrogatorios y frecuentes golpizas. A muchas de
ellas se les prohibía asistir a las fiestas de la comunidad y, si asistían, no se les permitía
que bailaran. Incluso las miradas más inocentes –en apariencia– entre muchachos y
muchachas podían ser causa de preocupación y castigo. La madre de Angélica Sáez
la abofeteó por conversar con los muchachos que trabajaban en el mismo viñedo192.
El padre de Victoria Ibacache la golpeó por dejar que un joven la acompañara a
ella y sus hermanos menores desde la escuela a la casa193. El castigo más severo era
provocado cuando había sospecha o se descubría que la hija había tenido relaciones
sexuales. Una de las mujeres recuerda que “si tus padres te pillaban escurriéndote
de la quebrada con un muchacho o si tu madre encontraba tus ropas desaliñadas, ahí
se acababa todo. ¡Los puñetes y los gritos no terminarían nunca!”194.
La ira de los padres no era tanto por la relación sexual misma, sino por el temor
a un posible embarazo y tener que concretizar el matrimonio. En el caso que el
responsable no pudiera o no quisiera casarse, la hija se volvería una pesada carga para
los padres. Además las posibilidades de un futuro matrimonio se veían restringidas
no tanto por la pérdida de la virginidad, sino por la reticencia de potenciales novios
a mantener hijos de otro hombre. Pese a la identificación de los campesinos con la
Iglesia Católica, la preservación de la virginidad de las mujeres antes del matrimonio
no era tan relevante. La mayoría de las mujeres mantenía relaciones sexuales y muchas
quedaban embarazadas antes del matrimonio; ambas situaciones podían facilitar
el compromiso para un futuro matrimonio. Históricamente, en América Latina, la
actividad sexual de mujeres solteras de distintas clases sociales y las promesas de
matrimonio habían estado estrechamente ligadas al concepto de honor195. Sin embargo,
dentro del campesinado chileno de mediados del siglo veinte, las nociones de virtud
y virginidad estaban menos vinculadas de lo que estaban en otros lugares. Así, lo que
preocupaba a los padres en el Valle del Aconcagua no era la virginidad, sino el posible
embarazo de la hija.

192
Angélica Sáez, historia oral.
193
Victoria Ibacache, historia oral, Santa María, 14 de noviembre de 1992.
194
Nancy Silva, historia oral.
195
Verena Martínez-Alier, Marriage, Class, and Colour in Nineteenth-Century Cuba: A Study of Racial
Attitudes and Sexual Values in a Slave Society. Ann Arbor: Univ. of Michigan, Press, 1974; Asuncion
Lavrin (ed.), Marriage and Sexuality in Colonial Latin America. Lincoln: Univ. of Nebraska Press, 1989;
Patricia Seed, To Love, Honor, and Obey in Colonial Mexico: Conflicts Over Marriage Choice, 1574-1821.
Stanford: Stanford University Press, 1988; Ramón Gutiérrez, When Jesus Came the Corn Mothers Went
Away: Sexuality and Marriage in Colonial New Mexico. Stanford: Stanford University Press, 1991; J.
Stern (1995); Findlay (1999); Caulfield (2000).

82
Los padres también se preocupaban de proteger a sus hijas de ser violadas. En los
testimonios orales, tanto hombres como mujeres recuerdan que la violencia sexual
contra las mujeres y, particularmente contra las adolescentes, era un problema
recurrente en los años de 1950 y comienzos de 1960196. Además de la preocupación por
las jóvenes que trabajaban como sirvientas en las casas de los hacendados o en casas
de familias de clase alta en la ciudad, los campesinos veían la vulnerabilidad de sus
hijas frente a hombres de sus propias comunidades. En casi la treintena de casos de
violación que fueron reportados formalmente en el Juzgado del Crimen de San Felipe,
entre los años 1950 y 1964, y que involucraban a mujeres pobres, todos los acusados
eran trabajadores agrícolas, vecinos o allegados en el hogar familiar197. Exceptuando
unos pocos casos, las víctimas eran adolescentes y casi la mitad de ellas, pre-púberes. En
las acusaciones, los padres insistían en la total inocencia de sus hijas, en su virginidad,
y –en al menos cuatro casos– alegaban que éstas eran “mentalmente retardadas”.
Esta situación refleja la asociación de la virginidad con la inocencia femenina,
insistiendo en que sus hijas habían sido completamente incapaces de consentimiento
voluntario198. Conforme a las historias orales, las violaciones afectaban un amplio
espectro de mujeres jóvenes solteras. Sin embargo, la importancia de descartar una
posible relación sexual consensuada hacía que probablemente las cortes judiciales no
fueran una solución posible para adolescentes mayores y mujeres adultas violadas199,
ya que se consideraba que después de la pubescencia las niñas eran capaces de dar
consentimiento a la relación sexual, lo que hacía muy difícil “probar” la violación, aún
cuando reclamaran que eran vírgenes. Esto también era una limitante para que las
mujeres casadas presentaran cargos por violación y reforzaba la necesidad de regular
las interacciones heterosexuales de las hijas adolescentes.
Cuando la relación sexual tenía el consentimiento de la hija y ésta quedaba
embarazada, los padres hacían lo posible para asegurar el matrimonio. La edad
prematura de una niña o su contribución material a la familia se volvían preocupaciones
secundarias ante la necesidad de conseguir un matrimonio que asegurara la
mantención tanto de la hija como del niño esperado. Los esfuerzos variaban desde
prevenir el contacto de la hija con hombres a hacer abiertamente pública la relación

196
Historias orales, incluyen a Anita Hernández, Katarina Antimán, René Aguirre y María Trujillo,
Santa María, 26 de octubre de 1992; Diego Hernández, San Felipe, 10 de octubre de 1992; Leandro
Herrera, Santa María, 22 de octubre de 1992; Rita Galdámez, Santa María, 20 de abril de 1993.
197
Hubo un promedio de 6 casos por año inscritos en el Registro de Crímenes de San Felipe entre 1950
y 1964. Casi la mitad involucraba a campesinos y trabajadores agrícolas.
198
Pamela Haag, Consent: Sexual Rights and the Transformation of American Liberalism. Ithaca: Cornell
Univ. Press, 1999.
199
Hubo solo dos casos de violación de mujeres de más de 20 años de edad inscritos en el Registro de
Crímenes de San Felipe entre los años 1950-1964.

83
sexual. Los padres ponían como evidencia la ya existente relación conyugal de la
pareja para obligar al muchacho a casarse. Incluso en el caso en que el hombre fuera
económicamente incapaz de mantener a la esposa y al hijo por ser demasiado joven
o tener un empleo incierto, los padres insistían en el matrimonio, manteniendo ellos
mismos a la pareja o tratando que lo hicieran los padres del joven.
En la mayoría de los casos, los padres de la muchacha tenían éxito en apresurar
el matrimonio de su hija, ya que era común que los jóvenes vivieran en la misma
hacienda o el mismo vecindario, poniéndose en marcha las redes de reciprocidad
internas. Éstas se fundaban en la convicción generalizada de las obligaciones del
hombre de mantener a los hijos y de formar familia, lo que presionaba al matrimonio
del joven con la mujer con quien había concebido. Pero las excepciones eran muchas.
En los casos en que la joven quedaba embarazada de un afuerino o de alguien fuera
de la comunidad, la presión para el matrimonio era menos efectiva, y en aquellos casos
en que el hombre era casado o miembro de una familia de elite, no había posibilidad
alguna de concretar el matrimonio. De acuerdo a los registros de nacimientos de las
cinco comunas del departamento de San Felipe, casi el 20 por ciento de los niños
nacidos entre 1951 y 1965, eran de mujeres solteras200, y aunque casi el cuarto de esas
madres se casaron posteriormente con el padre de su hijo, el porcentaje de madres
que nunca se casaron o que pasaron importante parte de su vida adulta como madres
solteras, era significativo201.
En general a las mujeres con hijos no les convenía no casarse o no formar algún
tipo de unión permanente con un hombre. solo en el caso en que las mujeres tuviesen
un trabajo estable en la ciudad, como sirvientas, o algún empleo permanente en la
agricultura como trabajadoras en la lechería, podrían mantener adecuadamente a
sus hijos evitando así las dificultades asociadas a tener marido. Lilia Muñoz, una
trabajadora permanente de la comuna de Catemu, tenía cuatro niños de dos hombres
diferentes y nunca se casó. Aunque la opción del matrimonio con cualquiera de los
dos no era posible ya que ambos eran casados, en su testimonio ella insistía que
había escogido no tener un marido porque su vida era mejor así: “¿Para qué tener
un marido? Yo alimento a mis propios niños. No necesitaba a un hombre diciéndome
qué hacer, cómo educar a mis hijos, cómo servirle a él. Los maridos son abusivos, se
aprovechan, te hacen su sirvienta. Yo no quería eso. No gracias. Yo me mando sola”202.
Era probable que otras madres solteras compartieran los sentimientos de Lilia e,
incluso que las mujeres casadas envidiaran su independencia. Pero Lilia era una
excepción. La escasez de oportunidades económicas para las mujeres hacía que, para

200
RCSF y RCSM; “Memoria, 1975”, SNS, San Felipe.
201
Censo de Población: Aconcagua, 1960.
202
Lilia Muñoz, historia oral, Catemu, 14 de octubre de 1992.

84
ellas el matrimonio fuera la mejor opción de supervivencia. Más aún, la soltería no
garantizaba una independencia de la autoridad masculina. La mayoría de las madres
solteras se quedaba en el hogar paterno en donde estaban sometidas a los dictados
del padre o de parientes hombres.
Por lo general, las jóvenes buscaban marido y sus padres las presionaban para que
se casaran. Pero los intereses de cada uno de ellos no siempre eran los mismos. Era
común que las hijas mantuvieran relaciones íntimas con hombres en contra de los
deseos de sus padres. Incluso, el embarazo y consiguiente matrimonio era concebido
como un medio de escape del hogar paterno. Mientras los padres hacían lo imposible
para posponer la actividad sexual de sus hijas, por desconfianza a la capacidad
proveedora de los futuros compañeros, como por la necesidad de mantener el trabajo
de las hijas para la familia, éstas solían usar el sexo como una herramienta contra la
autoridad paterna.
Elena Vergara comenzó a andar con quien sería su futuro marido, Armando Gómez,
cuando tenía 14 años. Vergara asegura haberse embarazado a propósito para salir de
la casa de sus padres203. Su padrastro, quien la golpeaba regularmente y su madre
alcohólica, le prohibían ver muchachos. De hecho, su relación con Gómez tuvo como
resultado frecuentes golpizas por parte del padre y castigos de la madre, tales como
tirarle el pelo o dejarla sin comer. Elena dice que sus padres se oponían a su relación
con Gómez porque, según ellos, él era un mujeriego y porque contaban con el salario
que ella ganaba haciendo aseo en un hospital local. Sin embargo, cuando se embarazó,
la situación cambió bruscamente. Un mes después de anunciar su embarazo, ya estaba
casada con Gómez, había dejado la casa de sus padres y tuvo el consentimiento para
ir a vivir con sus suegros. En sus palabras: “Yo estaba feliz de irme”204.
Desgraciadamente para Elena Vergara, su idea de que la vida con Armando Gómez
iba a ser menos abusiva que con sus padres, no fue tal. Su suegra le gritaba y golpeaba
con frecuencia por ser incompetente en los quehaceres domésticos, y le decía que su
esposo muy pronto comenzaría a ver a otras mujeres. Cuando Gómez también comenzó
a golpearla, prohibiéndole salir de la casa sin la compañía de su madre, Vergara se
retractó de su decisión: “Mi madre tenía razón, en verdad. Yo sufría más como esposa
que como hija. Pero veía las cosas diferentes cuando era niña”205.
Así también las veían otras jóvenes. Incluso en situaciones menos abusivas que
las de la familia de Vergara, era común que las hijas prefirieran la vida con un marido
que con los padres. Para algunas, esta opción estaba asociada a alcanzar la adultez
por medio del embarazo y el establecimiento de un hogar, en tanto que para otras,

203
Elena Vergara, historia oral.
204
Ibid.
205
Ibid.

85
el matrimonio era un escape de la miseria en el hogar paterno. En cualquier caso,
muchas adolescentes y jóvenes se involucraban sexualmente con hombres y se
embarazaban no por accidente o coerción, sino como una opción cuidadosamente
calculada.
Este equilibrio era negociado de diferentes maneras. No todas las jóvenes estaban
ansiosas por dejar a sus padres, muchas esperaban casarse después de los veinte
años y lo hacían con compañeros que sus padres aprobaban. Pese a que hoy existe la
percepción que las mujeres se casaban a más temprana edad en el campo, éstas lo
hacían relativamente más tarde que las de la urbe, con un promedio de 24 años, en
contraste a los 22 años promedio en las ciudades, y tenían la mayoría de sus hijos en los
veinte tardíos y treinta años206. Del mismo modo, y en oposición al estereotipo prevalerte
en las ciudades acerca del supuesto desorden familiar rural, los embarazos adolescentes
en el campo eran menos comunes que los de las niñas en las urbes207. Sin embargo, las
jóvenes del mundo rural mantenían tempranas y permanentes relaciones sexuales con
hombres, facilitadas por el tipo de empleo ocasional y por las responsabilidades que
tenían fuera del hogar paterno. En el caso que hubiese embarazo, el consentimiento
de los padres para efectuar el matrimonio era un hecho sin discusión.
Para otras mujeres, las situaciones inaguantables en la casa, combinadas con el
estricto control de los padres sobre sus vidas, les forzaba a tomar decisiones más
drásticas. Algunas simplemente huían de la casa, en busca de trabajo en Santiago o
Valparaíso, aunque la mayoría se quedaba en su comuna, uniéndose a hombres como
un claro desafío a la autoridad de sus padres. Éstos, por su parte, usaban múltiples
estrategias para asegurar que sus hijas volvieran a casa. Acudían a la familia de la
pareja o a él mismo amenazándoles que ellos serían los responsables por cualquier
cosa que le ocurriera a su hija. Otros seguían a sus hijas, esperando la oportunidad
para obligarlas a volver. En una ocasión, un padre tomó un arma y fue a la casa en
donde se estaban quedando su hija con su novio, disparó al aire hasta que ella salió
y consiguió que volviera con él a su casa208.
Otros padres acudían a las cortes provinciales. En los casos en que la hija era menor
de edad (menos de 21 años), los padres podían presentar cargos criminales de abandono
de hogar o de “inducción al abandono de éste”. Si era así, el juez podía forzar a la hija
a volver a la casa paterna y penalizar al conviviente con una multa o enviarlo por un
corto período a la cárcel. Era común que los campesinos apelaran a las cortes para
que les ayudaran en el control de sus hijas. En las cinco comunas del departamento
de San Felipe, se presentaron, en los Juzgados del Crimen, entre la década de 1950 y

206
Demografía: Aconcagua, 1960, INE, 1960.
207
Cuadro Nº 7, Censo de Población: Aconcagua, 1960; Censo de Población: Chile, 1960.
208
Olivia González, historia oral, Santa María, 17 de mayo de 1993.

86
la de 1960, un promedio anual de 15 casos de abandono de hogar209. En la mayoría de
casos, los padres acusaban al hombre de incentivar o forzar a su hija a dejar el hogar
y, en muy pocos casos, la acusación se dirigía a las hijas de abandono voluntario. De
una u otra forma, los demandantes solicitaban que sus hijas volvieran a la casa y, en
algunas ocasiones, pedían el castigo del hombre involucrado.
Los testimonios dan cuenta del conflicto existente entre las intenciones de los
padres por regular la vida sexual de sus hijas y los esfuerzos de las jóvenes, uniéndose
sexualmente con hombres, para escapar de la autoridad paterna. En general los padres
argumentaban que el juez debía obligar a su hija a volver a la casa con el objeto de
protegerla de una relación sexual obligada y peligrosa. Por el contrario, las jóvenes
argüían que su relación era consensual, poniendo en evidencia su compromiso conyugal,
el que estaría sobre los derechos paternales.
En 1963, una pareja de campesinos de la hacienda Casas Quilpué de la comuna
de San Felipe, presentó cargos contra su hija Julia Fuentes, de 19 años, por haber
huido a Santiago para vivir con su novio, Juan Flores210. La pareja se quejaba que su
hija había dejado un trabajo como sirvienta doméstica en la hacienda, que se había
puesto “en desgracia” al ir a vivir abiertamente con un hombre, y que el novio debió
haberla forzado a hacerlo. Por estas razones solicitaban al juez que ordenara que su
hija volviera a casa. Julia Fuentes, en tanto, testificaba que había ido a Santiago por
un viaje corto, con permiso de su empleador. Declaraba también que quería casarse
con su novio Juan Flores, pese a la oposición de sus padres y suplicaba al juez que no la
devolviera al hogar paterno, sino que le permitiera casarse. Como argumento, Fuentes
señalaba que mantenía una relación con Flores por largo tiempo y enfatizaba haber
recibido una oferta de matrimonio: “Antes [yo] había tenido relaciones sexuales con
Juan Flores, y allí en la casa de mi amiga volví a tenerlas voluntariamente. Yo tengo
amistad con Juan Flores; es soltero y me ha prometido matrimonio”211. El deseo de
Julia Fuentes finalmente prevalecería. Sus padres retiraron los cargos y ella se casó
a la semana siguiente.
Muchos fueron los casos similares. Era frecuente que al insistir en la existencia de
relaciones sexuales previas, las jóvenes salvaran sin problema las objeciones de los
padres para la unión conyugal. Si la joven estaba embarazada, era aún más factible
que tuviera éxito. Aún cuando los jueces no tenían autoridad para forzar a los padres
a permitir que su hija se casara, si sentían algún tipo de simpatía por la causa de la
joven, podían dictaminar la invalidez de los cargos de abandono de hogar, con lo que
permitían que la pareja continuara en convivencia. En esos casos, la mayoría de los

209
JCSF.
210
Ficha S293; 23468, JCSF.
211
Ibid.

87
padres se resignaba al matrimonio, ya que era preferible a que su hija fuese madre
soltera.
Además de estos argumentos, era común que las jóvenes aludieran al abuso físico
al que estaban sometidas en casa de sus padres. Cuando Raquel Rubilar, de 14 años de
edad, fue llevada a la corte en 1957, bajo cargos de abandono de hogar, le dijo al juez que
“hemos tenido relaciones íntimas desde mucho tiempo” y “nos pensábamos en casar”, y
que “los dos –su padre y su madre– me pegaban”212. De igual manera, cuando la madre
de María Tobar acusó a su hija de abandono de hogar y de tener relaciones sexuales
con su novio, Tobar confesó que ella efectivamente tenía una relación “amorosa” con su
novio Pablino Fernández y que “éste le prometió matrimonio” testificando, además, que
su padre le daba “muy mala vida”, castigándola cruelmente y exigiendo el salario que
ella percibía como trabajadora agrícola para “luego gastar en licor y embriagarse”213.
Los alegatos de abuso en el hogar intentaban desacreditar los cargos presentados
por los padres y justificar el comportamiento sexual de las jóvenes. Ello demuestra
la utilización de las relaciones sexuales para escapar de las condiciones familiares
opresivas, así como el convencimiento por parte de éstas de que el sometimiento a la
autoridad del marido sería más tolerable que a la de los padres.
Sin embargo, lo que finalmente persuadía al juez para dirimir en favor de la joven no
era el abuso, sino la prolongada relación sexual y el compromiso de la pareja a contraer
matrimonio. Cuando Eugenia Gómez, de 15 años de edad, escapó de su casa en 1962
alegando que las golpizas de su madre eran tan brutales que le habían ocasionado una
pérdida de embarazo, el juez favoreció la petición de la madre de que su hija volviera
a la casa214. Significativo resulta que mientras la madre argumentaba que su hija había
hecho abandono del hogar para tener relaciones sexuales con su novio, Eugenia Gómez
declaraba que había huido a la casa de una amiga para escapar de los golpes de su
madre y que no había tenido contacto sexual con ningún hombre durante ese tiempo.
En el caso de Gómez el juez optó por el derecho paterno de resguardar la sexualidad
de la hija por sobre los alegatos de la joven acerca de la inaguantable situación en su
hogar. Los padres se defendieron de los cargos de abuso argumentando que se debían
a la conducta sexual impropia de la hija. Lo que jugó en contra de Eugenia Gómez e
hizo de éste un caso poco usual, fue la negación de que ella tenía una relación sexual
permanente con un hombre. Irónicamente, esto la volvió vulnerable a los cargos de
promiscuidad sexual, dejándola sin alternativa para evitar seguir bajo la custodia de
sus padres.

212
Ficha S254; 20828, JCSF.
213
Ficha S293; 23451, JCSF.
214
Ficha S23455, JCSF.

88
En los casos de abandono de hogar, el acuerdo de matrimonio era resultado de
dos factores: una relación sexual pre-existente, de preferencia de larga duración o con
resultado de embarazo, y la aceptación del joven a casarse. En ocasiones los padres
presentaban cargos contra ellos, no para asegurar el retorno de la hija al hogar, sino para
presionar al joven a casarse. Sin embargo, si se establecía que la pareja no había tenido
relaciones sexuales o que el hombre no podía mantener a la esposa, los argumentos
para llevar a cabo el matrimonio se debilitaban considerablemente. Cuando una pareja
de inquilinos de San Felipe pidió que el juez presionara a Juan Tobar a casarse con
su hija Lucía Tapia después que ella “había huido de la casa y había tenido sexo con
él”, el magistrado se mostró de acuerdo en oficiar la ceremonia (la que Juan Tobar
y Lucía Tapia evidentemente querían), pero su opinión cambió cuando el padre de
Juan apareció en corte para protestar que su hijo no tenía trabajo y que él no estaba
dispuesto a mantener a la pareja215.
Los casos de abandono de hogar son un ejemplo de cómo las jóvenes negociaban
su posición en la sociedad rural por medio de su sexualidad. Si una mujer era o no
sexualmente activa, y con quién eventualmente había tenido relaciones sexuales, era
central para definir su situación como hija y como futura esposa. Quedar embarazada
o mantener una relación sexual estable con un hombre era el camino más seguro
para que una joven saliera del hogar paterno, en tanto que formar un matrimonio era
entrar en una relación que afirmaba la autoridad sexual del marido sobre la esposa.
Las mujeres jóvenes influían y desafiaban los términos de su posición dentro de la
familia negociando o negando el sexo, pero al final quedaban entre dos opciones, las
que, en ambos casos suponían su subordinación en términos sexuales.

Sexo, género y autoridad


Durante la década de 1950 y comienzos de la de 1960, la vida de los campesinos
–hombres y mujeres– en el Valle del Aconcagua y otras partes del Chile rural estuvo
signada por la lucha. Pero fueron las mujeres campesinas las que sufrieron la autoridad
de los hombres además de la del patrón. La desigualdad de género brotaba tanto de
los requisitos laborales del latifundio como de las nociones patriarcales que otorgaban
derecho a los hombres sobre el cuerpo y el trabajo de las mujeres, y que imperaban
en toda la sociedad chilena. Las relaciones al interior del hogar, marcadas por la
colaboración y la coerción, fueron una respuesta práctica y racional al sistema laboral
opresivo engendrado por una sociedad que avalaba la subordinación sexual de las
mujeres a los hombres. Éstos ejercían su poder sobre el trabajo doméstico y productivo
de las mujeres porque se suponía que el esfuerzo tanto de esposas e hijas pertenecía a
215
Ficha S293; 23423, JCSF.

89
los maridos y padres en su calidad de jefes de hogar y por el solo hecho de ser hombres.
Este sentido de propiedad era entendido y se reforzaba en términos sexuales. Así, para
ser una esposa, o bien para que una hija tuviera éxito en el abandono del hogar paterno,
la fidelidad sexual a un hombre en particular, era central. Por el contrario, el derecho
de los hombres a múltiples relaciones sexuales y el control y escrutinio que ejercían
sobre la vida sexual de las mujeres, constituía uno de los pilares fundamentales para
que ejercieran autoridad sobre las mujeres en otras esferas.
Para hombres y mujeres del campo, el intercambio de sexo por seguridad material
para las mujeres, lo que aseguraba la potestad de los hombres sobre el trabajo y
sexualidad femenina, era entendido no solo como de sentido común, sino como
mutuamente beneficioso. Pero, si bien el matrimonio y la constitución de una familia
aparecían como un hecho natural, éstos eran negociados cotidianamente y era frecuente
que se mantuvieran por la fuerza. Las mujeres se rebelaban contra el grado de control
que los hombres ejercían sobre sus vidas, desafiando la visión masculina sobre el
matrimonio al insistir en una mayor reciprocidad sexual. Los hombres, por el contrario,
luchaban contra estos desafíos a su autoridad insistiendo en que las mujeres asumieran
las conductas y responsabilidades que les correspondían como esposas.
Las relaciones sociales y económicas del sistema del latifundio no solo moldearon
sino que profundizaron las formas de dominación masculina al interior del hogar
campesino. La falta de oportunidades de empleo permanente para las mujeres aumentó
su dependencia hacia los hombres. Además, la importancia del trabajo familiar para
la producción de la hacienda y el cultivo de subsistencia obligaba a éstos a apoyar
que esposas e hijos trabajaran con muy baja remuneración en los campos del patrón,
y a depender del trabajo doméstico no remunerado de las mujeres en el hogar y en la
parcela familiar. Sin embargo, el privilegio de los hombres sobre el trabajo femenino
y la organización de las jerarquías de género al interior de las familias suponían la
subordinación de las mujeres a los hombres sobre bases sexuales. La idea de que
éstos eran más aptos para la mayoría de los trabajos en la hacienda y que las mujeres
eran responsables por naturaleza de la crianza de los niños y consecuentemente
dependientes de los hombres, ratificaba la exclusión de ellas de la mayoría de los
empleos y reforzaba la importancia del matrimonio y de la familia para la supervivencia
femenina. La noción de que la masculinidad derivaba de la habilidad de un hombre para
ser independiente y ejercer autoridad sobre su familia, hacía que ésta fuera uno de los
pocos dominios en que los hombres pobres podían ejercer su prerrogativa masculina.
El sistema de latifundio condicionaba la realidad cotidiana de la dominación de los
campesinos sobre las mujeres, pero el relativo privilegio de éstos era sancionado por
las nociones y prácticas de la jerarquía sexual que existía independientemente del
latifundio, y la cual persistiría aún en su ausencia.

90
CAPÍTULO III
HACERSE HOMBRES:
MOVILIZACIÓN LABORAL Y REFORMA AGRARIA

El 19 de julio de 1965, unos mil campesinos del Aconcagua se manifestaron frente a


La Moneda en Santiago, ondeando banderas chilenas y consignas pintadas a mano que
proclamaban: “¡Tierra para el que la trabaja!”216. Los campesinos, hombres y mujeres,
habían llegado temprano por la mañana después de viajar varias horas apretados en
buses viejos y camiones abiertos. Vestían sus mejores ropas, y traían de regalo chicha y
empanadas. Un grupo de parejas con blusas de colores y delantales se preparaba para
ofrecer un baile de cueca tradicional. La reunión era para celebrar al nuevo presidente
de Chile, Eduardo Frei Montalva, quien había sido elegido el año anterior bajo la
promesa de iniciar una reforma agraria que “haría del campesino su propio patrón”.
Pero la manifestación tenía también como objetivo pedir al Presidente que avanzara
más rápido en el cumplimiento de su promesa. Al término del día, una delegación
hizo entrega de una petición que contenía las firmas de algunos y huellas dactilares
de otros, pidiendo que se acelerasen las expropiaciones de tierras y la incorporación
de los campesinos en los procesos de toma de decisiones217.
La aglomeración que vino del Aconcagua a la capital fue una de las pocas
manifestaciones organizada por la gente pobre del campo en los tiempos modernos.
Ella señalaba el nacimiento de un movimiento laboral nuevo, ideológicamente diverso,
que situaría a los campesinos al centro de la política nacional durante la década
siguiente. Después de la elección, en 1964, de un gobierno que se había comprometido
a realizar una reforma agraria significativa, los sindicatos campesinos pasaron de ser
células clandestinas a importantes organizaciones de clase trabajadora con apoyo
del Estado. Entre 1964 y 1970, el número de trabajadores rurales que pertenecían a
sindicatos subió de menos de 2.000 a más de 140.000, y alcanzaría a casi el cuarto de
millón hacia 1972218.
Los sindicatos se transformaron en el nexo más importante entre los trabajadores
del mundo rural con lo que llegaría a ser el proceso de Reforma Agraria. Estas

216
La Nación, 20 de julio, 1965: 1.
217
Daniel San Martín, entrevista.
218
Salinas (1985).

91
organizaciones imprimieron un nuevo sentido de ciudadanía en una población que
históricamente no había tenido derecho político alguno, alimentando, a su vez, la
confianza entre los campesinos en que los pobres serían tomados en serio por el
Estado y los partidos políticos. En los sindicatos rurales se iniciaron intensos debates
sobre la relación entre propiedad privada y justicia social, entre propiedad de la
tierra y trabajo asalariado, entre el Estado y los movimientos campesinos. Allí los
campesinos también discutían cómo sería el proceso de expropiación y distribución la
tierra, quién se beneficiaría con ello y bajo qué condiciones se llevaría a cabo. Hacia
fines de 1960, los sindicatos estarían en la primera línea de las inestables y a veces
violentas confrontaciones entre trabajadores y latifundistas, sindicatos y gobierno, y
entre diferentes grupos de campesinos.
Sin embargo, en la manifestación de junio de 1965 frente al Palacio de La Moneda,
los temores sobre un posible conflicto social fueron mitigados por las declaraciones
acerca de la naturaleza patriótica y conciliatoria de la Reforma Agraria. El diario
de gobierno, La Nación, se apresuró a decir que los “humildes visitantes” habían
demostrado su confianza en que la administración de Frei “realizaría sus esperanzas
por una mejor calidad de vida y el seguro progreso de la nación”219. Ignorando la
presencia de sindicatos socialistas y comunistas en la multitud, así como la petición
dirigida al Presidente de avanzar más rápido en el proceso, el diario elogiaba a la Unión
Sindical de Campesinos Cristianos (UCC), patrocinador de la manifestación, por buscar
un camino armonioso al mejoramiento social. Como prueba de esta amigabilidad, el
periódico destacaba la orientación familiar de la manifestación y el arduo trabajo
de la multitud y, en particular, la presencia de mujeres. Describía a los participantes
como “trabajadores con utensilios de labranza en sus manos y con sus esposas a su
lado”, y aplaudía la actuación de baile de las parejas, cuyas mujeres llevaban bandas
“impresas con sus esperanzas y sueños”220. Cuando el Presidente Frei se asomó al
balcón del Palacio para saludar a la multitud, también puso énfasis en la importancia
de la familia para una reforma agraria exitosa:
Ustedes tendrán una reforma agraria para levantar a la familia y a la patria entera (…) Esta
reforma agraria la vamos a hacer con firmeza, pero sin odio. La vamos a hacer con gente de
corazón limpio y no con gente hirviente de odio que lo que quiere no es reforma agraria,
sino que el trastorno del país (…) No se puede hacer de la Reforma Agraria una especie
de banderola ni agitación política. Tiene que ser el esfuerzo del pueblo organizado (…) Sé
que ustedes están inspirados en sus principios, es por eso que me siento respaldado por su
presencia respetable. Porque es la presencia del hombre que ha sufrido en el campo (…)
No solo se trata que mañana les dé un mal pedazo de tierra en cual se mueran de hambre,
sino que se trata de dar parcelas racionales a las familias donde el hombre tenga crédito,

219
La Nación, 20 de julio, 1965: 1.
220
Ibid.

92
tenga semillas, tenga abono y tenga asistencia técnica para poder realmente no morirse de
hambre en un pedazo de tierra como propietario, sino que ser realmente un agricultor que
levante su familia y que produzca alimentos para la patria221.
Las palabras del Presidente reflejaban las aspiraciones y contradicciones de la
Democracia Cristiana respecto de la Reforma Agraria. Entre 1964 y 1970, el gobierno
de Frei inició el proceso redistributivo de riqueza privada más significativo en la
historia de Chile –expropiando casi el 20 por ciento de toda la tierra agrícola– en tanto
evitaba el conflicto de clases. A su vez, posibilitó el surgimiento, sin precedentes, de
un movimiento popular rural –sindicalizando a casi la mitad de los campesinos– al
tiempo que impedía la politización de las organizaciones de la clase obrera. Por
último, prometía la creación de una sociedad nueva –impulsando una “Revolución en
Libertad”– y seguía comprometido con las estructuras sociales existentes.
Las nociones sobre familia y género jugaron un papel crucial en reconciliar estas
contradicciones y en promover la Reforma Agraria. En repetidas ocasiones Eduardo
Frei invocó a la familia tutelada por un hombre como metáfora del progreso nacional y
la paz política. Sugería que, así como las esposas e hijos colaboraban con sus maridos y
padres en pro del bienestar familiar, así también la cooperación de buena voluntad de
todas las clases sociales beneficiaría a todo Chile. El ideal de una familia nacional era
un llamado, especialmente a la elite terrateniente y financiera de Chile, cuyo apoyo
para realizar una Reforma Agraria prudente y eficaz , fue concebido por la Democracia
Cristiana como decisivo para evitar la agitación política y la violencia. Prominentes
terratenientes que pertenecían a la Sociedad Nacional de Agricultura (SNA) ya estaban
sentados en los directorios de los institutos más importantes de gestión política y
financiera, incluyendo el Banco Central y la Corporación de Fomento (CORFO)222. Frei
amplió este papel al incluir a miembros de la SNA en consejos y en la burocracia de la
Reforma Agraria, perpetuando la tradición de liderazgo y responsabilidad paternalista
de los latifundistas hacia los campesinos. Los pobres del campo aparecían, dentro
de la familia nacional, como los miembros más nuevos –especie de niños– a quienes
la Reforma Agraria les ayudaría a madurar como hombres. En cualquier caso, la
participación campesina se concebía como parte de la benevolencia del Estado.
Tal y como lo había anunciado Frei a los manifestantes del Aconcagua, en 1965, la
familia bajo el liderazgo de un hombre también fue objeto de políticas concretas. En
su discurso planteó que la Reforma Agraria permitiría a los campesinos proveer a sus
esposas e hijos para que estas familias sean las que alimentaran a la nación. Aunque
este objetivo suponía una preocupación tanto por hombres como mujeres, fueron los

221
Ibid.
222
Constantine Christopher Menges, “Chile’s Landowners’ Association and Agrarian Reform Politics”,
Santa Mónica, Rand Corporation, 1968.

93
varones quienes eran vistos como los sujetos de la Reforma Agraria. Frei había hecho
campaña política durante 1964 con la promesa de crear 100.000 nuevos propietarios
campesinos, un compromiso que pretendía la transformación de los inquilinos en
agricultores libres que producirían excedentes para el mercado doméstico. La adición
de esta nueva clase de productores masculinos a la pequeña elite de terratenientes
chilenos simbolizaría la transición de Chile del subdesarrollo a la modernidad.
Reconstituir y fortalecer la masculinidad campesina fue considerado crucial para
este proceso y fueron los sindicatos los principales vehículos que transformarían a los
hombres. En efecto, para democratacristianos y dirigentes laborales de orientación
tanto católica como marxista, los sindicatos eran organizaciones claves en la educación
de los campesinos en su misión de clase dentro de la Reforma Agraria. Tanto para
funcionarios de gobierno como para activistas laborales, la creación de una nueva clase
de pequeños productores suponía básicamente a hombres, ya que se presumía que eran
ellos los trabajadores y jefes de familias. Eran los sindicatos los que les prepararían
para el trabajo, rompiendo el ciclo opresivo y paternalista de la cultura del latifundio,
a la que solía culparse por mantener a los campesinos en una condición de perpetua
infancia. De algún modo, al mostrarles a los hombres los valores de solidaridad de clase,
los procedimientos democráticos y el cultivo eficiente, los sindicatos encarnarían el
rito de transición necesario para que los campesinos llegaran a ser adultos.
Esta misión rehabilitadota de la masculinidad y elevación de la clase tuvo
también implicaciones raciales. La tendencia de la elite y la clase media de borrar el
inquilinaje y la indianidad, asociando al pueblo campesino pobre con el primitivismo
y la irracionalidad, fue también común entre los funcionarios de gobierno de la
Reforma Agraria y entre los líderes laborales. Para ambos la raza era intrínseca a
la cultura y clase campesina, dando a los sindicatos una misión civilizadora. Éstos
reemplazarían las prácticas depravadas por conductas morales y la barbarie por
ciudadanía. Transformarían a los sumisos peones e inquilinos en activos miembros
de la nación, productivos y con confianza en sí mismos. Bajo la Reforma Agraria
todos se beneficiarían, pero era necesario crear, primero, hombres capaces de tener
liderazgo.

La Democracia Cristiana y los orígenes de la Reforma Agraria


La elección de Eduardo Frei en 1964 y la puesta en marcha de la Reforma Agraria
fueron el resultado de una incómoda combinación entre iniciativas progresistas sinceras
y una realpolítica conservadora. La Democracia Cristiana de Frei era uno de los partidos
políticos más jóvenes y heterogéneos de Chile. Formalmente constituido en 1957, el
Partido Demócrata Cristiano obtuvo su apoyo y liderazgo fundamentalmente de las filas

94
de clase media de profesores, abogados, empleados y pequeños empresarios, no obstante
mantener sólidos lazos con círculos financieros e industriales de la elite, además de
una importante base de apoyo en sectores de trabajadores urbanos y rurales223. Tal
diversidad reflejaba la alianza multiclasista producida por la rápida urbanización del
país, así como el éxito de los democratacristianos en promover la cooperación de clase
como ideal. Durante la campaña presidencial, Frei proclamó su lema de “Revolución
en Libertad” prometiendo que su partido armonizaría los intereses del capital y el
trabajo, fortaleciendo el poder de los pobres sin producir conflicto de clases. Aunque
rechazaban firmemente el socialismo, los democratacristianos también condenaban el
capitalismo monopolista y el imperialismo, y definían un rol central para el Estado en
la administración de la economía y en el bienestar social. Prometieron la “revolución”,
pero “en libertad”, asegurando la paz social y el rechazo a la propuesta de la Izquierda
de derribar a la elite propietaria.
La visión democratacristiana de justicia social fue producto de largos debates, que
durante décadas los reformadores católicos impulsaron para denunciar la injusticia
social, como una alternativa ideológica e institucional al marxismo. Las encíclicas
papales Rerum Novarum (1891) y Quadragesimo Anno (1931), que denunciaron la
excesiva codicia capitalista y el socialismo internacional como las más grandes
amenazas a la cristiandad, inspiraron varios movimientos reformistas de clérigos y
laicos devotos. Desde 1910, los católicos chilenos habían organizado escuelas, sindicatos
y programas juveniles en barrios pobres. En la década de 1930, los escritos del filósofo
francés Jacques Maritain inspiraron a una generación de estudiantes educados por
los jesuitas en la Universidad Católica de Santiago (universidad de elite, en la que
estudió Eduardo Frei y muchos de sus futuros ministros) en las críticas al latifundio
como el responsable del subdesarrollo de Chile. En 1938, estos jóvenes se separaron
del Partido Conservador para formar la Falange Nacional –predecesor directo de la
Democracia Cristiana–, la que trabajó estrechamente con las instituciones católicas
progresistas en la promoción de la reforma agraria, los derechos laborales y el bienestar
social provisto por el Estado.
Así como en otras partes del mundo, el reformismo católico en Chile fue influenciado
por el creciente éxito de la izquierda marxista. En efecto, las primeras críticas al
sistema de latifundio y demandas por una redistribución masiva de la tierra fueron
formuladas por el Partido Obrero Socialista y la Federación de Obreros de Chile
(FOCh), en la década de 1910, ambos liderados por quien sería el fundador del
Partido Comunista, Luis Emilio Recabarren. Fue también la Izquierda la que dio los
primeros incentivos a la sindicalización de trabajadores rurales, a inicios de 1900, las
ocupaciones de tierra por inquilinos militantes y las huelgas durante las décadas de

223
Michael Fleet, The Rise and Fall of Chilean Christian Democracy. Princeton: Princeton Univ. Press, 1985.

95
1930 y 1940 las que fueron lideradas por comunistas o miembros de la Liga Nacional
de Campesinos Pobres, de tendencia troskista. Después de 1930, el Partido Comunista
dominó el movimiento sindical en ciudades y minas. Entre 1938 y 1952, los partidos
Socialista y Comunista formaron parte del gobierno nacional como integrantes de la
coalición del Frente Popular224. Estos gobiernos postularon una versión de desarrollo
conducido por el Estado, con una alianza transversal de clases entre trabajadores y la
industria, que más tarde haría eco en los democratacristianos. Aunque los gobiernos
del Frente Popular prohibieron la organización de los campesinos como una concesión
a los hacendados, impulsaron, paralelamente, la creación de tribunales del trabajo
que reconocían formalmente el principio de los derechos laborales de los campesinos
y la prerrogativa del Estado de hacerlos cumplir225.
Hacia fines de 1950, el apoyo popular logrado por la izquierda y su demanda de
reforma agraria alcanzó una nueva intensidad. La política electoral se había vuelto
más participativa y democrática. En 1949 las mujeres obtuvieron el sufragio pleno y,
en 1958 la votación fue obligatoria, introduciendo, además, la papeleta australiana
(una única papeleta oficial) que permitió, por primera vez en la historia de Chile,
que los votantes no hicieran públicas sus preferencias partidistas226. La reforma
electoral propinó un golpe significativo al poder político de los hacendados al impedir
la tradicional distribución de papeletas por parte de ciertos partidos políticos a los
campesinos. Sin el control del patrón sobre el voto rural, marxistas, democratacristianos
y pequeños partidos social demócratas, iniciaron proyectos de organización en el campo.
Estos cambios beneficiaron principalmente a la Izquierda. En la elección presidencial
de 1958, a Salvador Allende, el candidato del Frente de Acción Popular, que unía a
socialistas y comunistas, le faltó un margen de solo un tres por ciento para alcanzar
la presidencia con una plataforma política que llamaba a la sindicalización de los
campesinos y al término del latifundio.
El estrecho margen de la elección junto a las noticias sobre la Revolución Cubana
en enero del año siguiente tuvieron una profunda influencia en la plataforma
política democratacristiana para 1964, ayudando a asegurar su éxito electoral. Al
interior del partido la balanza se inclinó hacia la Izquierda, esto es, profesionales
de pensamiento reformista, críticos del capitalismo que priorizaron la reducción de
la desigualdad social y la movilización de los pobres. Aunque el Partido Demócrata
Cristiano continuó reflejando al electorado empresarial y su preocupación por el
crecimiento económico y la modernización, decididamente se volvió más populista,

224
Rosemblatt (2000); Klubock (1988); Loveman (1988); Paul Drake, Socialism and Populism and Chile,
1932-1952. Urbana: Univ. of Illinois Press, 1978.
225
Loveman (1976).
226
Loveman (1988): 261-262.

96
con un enfoque hacia la clase obrera. Si bien Eduardo Frei pertenecía a la fracción
más elitista y pro-empresarial, fue nominado a candidato por su estatura de estadista
experimentado y su disposición a liderar una plataforma mucho más radical de la que
él hubiera defendido anteriormente. En tanto, la perspectiva de una posible victoria
de Allende (cuya coalición de Izquierda estaba ahora alentada por el entusiasmo
popular que había provocado Cuba) motivó a las familias chilenas más acaudaladas
y a los partidos políticos de Derecha a unir, aunque a disgusto, sus fuerzas con los
democratacristianos y aceptar a Frei como candidato presidencial. Ello aseguró una
aplastante mayoría electoral para Frei, quien, si bien derrotó a Allende, fue errático en
cuanto al reformismo propuesto por la Democracia Cristiana y el respaldo proveniente
de la elite.
Los Estados Unidos dieron todo su apoyo a esta alianza de centro-derecha. Las
políticas de la Guerra Fría jugaron un rol fundamental en estos primeros años de la
Reforma Agraria. En medio del pánico producido por la Revolución Cubana, Estados
Unidos designó a Chile como zona crítica en peligro, en su lógica de guerra hemisférica
contra el comunismo, escogiendo a los democratacristianos, anti-marxistas pero
de pensamiento reformista, como soldados de primera línea. En 1963, el gobierno
estadounidense entregó millones de dólares y el apoyo de una veintena de economistas,
consejeros políticos y estrategas de campañas al Partido Demócrata Cristiano. Después
que Frei fuera electo, Chile llegó a ser el país que recibió más ayuda per cápita en
América Latina, proveniente de Estados Unidos, alcanzando más de un cuarto de
billón de dólares en concesiones y préstamos entre los años 1965 y 1966. Además
negoció la enorme deuda externa en términos extremadamente favorables227. Estados
Unidos también consideró a Chile como el principal molde en la aplicación de la
Alianza para el Progreso, su nuevo programa de seguridad y desarrollo para América
Latina228. Iniciada por el Presidente John F. Kennedy, en 1961, y aplicada después
por Lyndon Johnson y Richard Nixon, la Alianza para el Progreso tenía como objetivo
desincentivar el apoyo al marxismo. Ésta incitaba a los gobiernos de América Latina a
emprender proyectos de desarrollo económico y reformas estructurales (incluyendo la
modernización y expansión de los militares), que contarían con el apoyo de Washington
en el diseño y financiamiento. En un comienzo, Kennedy había prometido que en
los diez años siguientes el programa entregaría diez billones de dólares a América
Latina, declarando además, que la reforma agraria sería una de las transformaciones
estructurales más importantes. Los arquitectos de la Alianza para el Progreso –en su
mayoría especialistas en desarrollo con estudios en Harvard– veían al latifundio como

227
“US Aid: The Carrot and the Stick”, New Chile, Berkeley, 1972: 48, citada en Barbara Stallings, Class
Conflict and Economic Development in Chile. Stanford: Stanford University Press, 1978: 106.
228
Jerome Levinson y Juan de Onís, The Alliance That Lost Its Way. Chicago: Quadrangle Press, 1970.

97
cuna de la revolución y argumentaban que la reforma agraria debería crear predios
familiares al estilo del Oeste estadounidense, las que serían base de un desarrollo
capitalista sano y una paz social duradera.
Importantes grupos de chilenos concordaban con las premisas básicas de la Alianza
para el Progreso, pero con un sello diferente. Desde la Segunda Guerra Mundial, los
intelectuales chilenos habían liderado los debates sobre desarrollo y modernización
que habían tenido lugar en América Latina. Hacia mediados de 1950, Chile se unió
a la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) de las Naciones Unidas, la
que, bajo el liderazgo inicial del economista argentino Raúl Prebisch, sostenía que
América Latina requería de una vía de desarrollo particular que no imitara ni el
modelo capitalista del Atlántico Norte, ni el modelo del Bloque Comunista del Este.
La CEPAL responsabilizaba de la catástrofe económica en la que se encontraba
América Latina a las relaciones imperialistas que tenía con Estados Unidos y Europa, y,
específicamente, a la histórica dependencia de la importación de bienes industriales a
cambio de la exportación de productos primarios. Es importante señalar que la CEPAL
no rechazaba la economía capitalista y se definía a sí misma como asociada, política y
económicamente, a la alianza occidental de la OTAN. Sin embargo, al mismo tiempo
afirmaba que, dadas las existentes desigualdades del mercado mundial y el legado
estructural del colonialismo, el desarrollo de América Latina requería de una agresiva
planificación estatal, proteccionismo económico y un generoso crédito por parte de
los gobiernos del Atlántico Norte y sus instituciones financieras.
Las ideas de la CEPAL fueron ampliamente difundidas, en Chile, por miembros
del Consejo para el Desarrollo Económico y Social de América Latina (DESAL) y por
cientistas sociales de la Universidad Católica, cercanos a la Democracia Cristiana229.
Estos reformadores católicos tuvieron la influencia de tecnócratas nacionalistas,
quienes, aunque la mayoría se definía como anti-marxista, compartían con la Izquierda
la visión del Estado como una máquina de modernización, y que el desarrollo económico
y justicia social requerían de una revisión estructural significativa, que incluía la
reforma agraria. También compartían con la Izquierda la visión del latifundio como un
sistema feudal y fuente del subdesarrollo de la nación. Ambos, católicos y marxistas,
denunciaban la incapacidad de Chile para alimentar a su propia población y el déficit
agrícola comercial, que se elevó, entre 1954 y 1963, de $ 77 millones a $124 millones230
También culpaban a la ya crónica subutilización de la tierra y deterioro de los salarios
en el campo por la masiva migración hacia las abarrotadas periferias de las ciudades.
En suma, hacia principios de 1960, había un acuerdo amplio que abarcaba todo el

229
Garrett (1978): 176.
230
Cristóbal Kay, “Comparative Development of the European Manorial System and the Hacienda
System”, Ph. D. ponencia, Sussex Univ., 1971: 221.

98
espectro político de centro-izquierda, sobre la necesidad de realizar algún tipo de
reforma agraria. solo faltaba decidir su naturaleza y extensión.
Irónicamente, la primera legislación de reforma agraria en Chile fue decretada por
la coalición de derecha que reunía a los partidos Conservador y Liberal, que apoyaban
al Presidente Jorge Alessandri. Este último había derrotado a Allende por estrecho
margen en la elección de 1958 y representaba los intereses de la elite terrateniente.
Sin embargo, el Congreso estaba bajo el control de los partidos de centro y de izquierda
que favorecían la reforma agraria. Ello, sumado a la fuerte presión por parte de Estados
Unidos obligó a Alessandri a firmar la Ley de Reforma Agraria 15.020, en 1962. La
Ley estableció las instituciones básicas y directrices legales para la redistribución de
la tierra, reiterando el principio, establecido en la Constitución de 1925, de que la
propiedad privada era de interés público. Al mismo tiempo definió los términos bajo
los cuales se podría expropiar una propiedad, siendo uno de los más importantes el que
ésta estuviera abandonada o mal explotada. La ley instituyó también un mecanismo
para rembolsar a los propietarios por los terrenos expropiados e instauró una corte
especial para procesar los reclamos de los hacendados. A la vez, limitó la autoridad de
los hacendados sobre los campesinos al proveer a estos últimos de una legislación que
protegía el trabajo y los salarios. Finalmente, esta ley creó tres instituciones estatales
que ejecutarían la reforma agraria: la Corporación de la Reforma Agraria (CORA), con
poder para expropiar tierras y reorganizarlas en lo que se denominó vagamente como
“centros de producción agrícola”; el Instituto de Desarrollo Agropecuario (INDAP), que
prestaría asistencia técnica y financiera a los medianos productores y campesinos; y
el Consejo Superior de Fomento Agrícola (CONSFA), que coordinaría la planificación
agrícola regional y nacional231.
A pesar de esta primera legislación, la Reforma Agraria no se inició en forma seria
sino hasta después de la elección de Frei, en 1964. Alessandri se opuso abiertamente
a las expropiaciones y se mostró poco dispuesto a perjudicar su base de apoyo
proveniente de la elite. De hecho, apoyó a las poderosas asociaciones de hacendados
que redefinieron los objetivos de la reforma agraria estrictamente en términos de
productividad. Tanto la SNA como el Consorcio Agrícola del Sur (CAS) –un grupo más
pequeño de hacendados– respondieron en forma perspicaz a lo que, en los inicios de
1960, parecía ser inevitable: la reforma agraria. Por décadas, los hacendados habían
denunciado esta reforma como anti-patriótica y comunista; pero, dada la aprobación
de la Ley de 1962, la SNA y el CAS comenzaron a alternar estas denuncias con un
cauto respaldo a una reforma agraria limitada que se enfocaría en la modernización y
eficiencia de la agricultura232. La SNA, en particular, promovió la idea de que la reforma

231
Loveman (1976): 225-240.
232
Gómez (1972); Menges (1968).

99
agraria debía crear incentivos para que los agricultores expandieran y diversificaran los
cultivos a través de tecnología subvencionada, semillas de calidad y mejores créditos y
precios. La expropiación y redistribución de tierras debía limitarse solo a aquellas que,
o bien estuviesen en evidente abandono, o fuesen propiedad del Estado. La política
de Alessandri fue reflejo de esta postura y durante su mandato solo se expropiaron
60.000 hectáreas, dos tercios de las cuales pertenecían a una hacienda de propiedad
pública233. Los políticos de centro y de izquierda, haciendo burla de esta iniciativa, la
denominaron como “la reforma de los maceteros”.
La Democracia Cristiana prometió realizar una reforma agraria real, que asegurara
tanto la modernización económica como la justicia social, la que no podría ser menos
que revolucionaria. En su propuesta, la Reforma Agraria distribuiría la tierra y
elevaría la productividad en predios de cualquier extensión. La producción agrícola
de auto-suficiencia disminuiría la deuda externa y permitiría una industrialización
más sólida, amen de reforzar la soberanía económica de otros proyectos propuestos
por la Democracia Cristiana, tales como el control de los intereses en las minas de
cobre, que Frei denominó como “chilenización”. Al mismo tiempo la Reforma Agraria
mejoraría las condiciones de vida de los pobres, impulsando desde el Estado un
mejoramiento de la educación, la salud pública y la vivienda, y, a través de la creación
de organizaciones cívicas se integraría a los campesinos a la vida política nacional.
Finalmente, la Reforma Agraria legalizaría el derecho de los trabajadores rurales a
sindicalizarse y lucharía por mejores condiciones económicas.
Esta dualidad de la propuesta democratacristiana emanaba de las divisiones
existentes al interior del partido, las que variaban entre reformistas sociales católicos
–para quienes la armonía de clases requería de la redistribución de la propiedad y la
educación de los pobres– y empresarios y tecnócratas católicos –que enfatizaban la
modernización de los mercados comerciales y el incremento de la productividad en las
haciendas ya existentes–. Al mismo tiempo, era reflejo de la convicción, compartida por
todas las tendencias del partido, de que el capitalismo podía ser simultáneamente más
eficiente y más democrático, sin desatar un conflicto de clases. Desde su perspectiva,
los campesinos podían organizarse, recibir tierras y gozar de un mejor nivel de vida,
sin poner en peligro la producción agrícola o castigar a aquellos latifundistas que
producían en forma eficiente. En sus discursos Frei condenaba la mala administración
y subutilización de la tierra agrícola, y al mismo tiempo exaltaba la iniciativa de los
empresarios agrícolas, asegurándoles que sus propiedades no serían expropiadas. Del
mismo modo, advertía a los latifundistas que cualquier violación a los derechos de
los trabajadores sería castigada con vigor, al tiempo que aleccionaba a los dirigentes

233
Loveman (1976): 235.

100
rurales de que el propósito de los sindicatos era proteger los intereses de los campesinos
dentro de los márgenes de la ley y que toda actividad ilegal no sería tolerada.

Movilizando a los hombres: los primeros esfuerzos


La organización laboral campesina comenzó a tomar fuerza hacia fines de los años
cincuenta y comienzos de los sesenta, justo antes de la elección de Frei. El impulso
no provino de los democratacristianos sino de los partidos Comunista y Socialista y
de católicos sin afiliación partidista. Pese a la antipatía que el gobierno de Alessandri
sentía hacia la movilización obrera, la inminencia de una ley de reforma agraria
incentivó a los activistas políticos a interpretar de forma más flexible los códigos
laborales existentes. Después que, bajo la administración populista y autoritaria
del general Carlos Ibáñez, se volviera a legalizar el Partido Comunista en 1952, la
Izquierda arremetió nuevamente con sus actividades de organización en el campo. En
un renovado espíritu de unidad, en parte debido al intento de Allende por forjar una
alianza popular para las elecciones de 1958, comunistas y socialistas trabajaron en
forma conjunta –limando las diferencias que los habían dividido durante las décadas
de 1930 y 1940– para crear, en 1956, la Federación Nacional de Campesinos e Indígenas
(FCI). Como su nombre lo indica, la FCI buscaba organizar a las comunidades indígenas
concentradas en el sur y a los trabajadores de las grandes haciendas del valle central
de Chile. En el Aconcagua, la FCI contaba con agrupaciones en las comunas de Catemu,
San Esteban y Rinconada; y hacia 1964, había organizado sindicatos en cada una de
estas áreas234.
Pese a que la izquierda había trabajado por largo tiempo y en forma permanente
en las zonas rurales, hacia principios de los años sesenta, los católicos independientes
se estaban transformando en una fuerza importante en muchas partes del valle central,
especialmente en el Aconcagua. El grupo de obreros católicos, ASICH (Acción Sindical
Chilena), había puesto en marcha, desde fines de 1940, programas de liderazgo para
campesinos, impartidos en la cede regional ubicada en San Felipe. Sacando ventaja
de los cinco años de proscripción del Partido Comunista, la ASICH había logrado
hacer del sindicalismo católico una alternativa obligada. En 1953, Emilio Lorenzini,
líder de la ASICH y de la Falange Nacional, organizó a los trabajadores rurales de la
sureña comuna de Molina en una huelga masiva que culminó en una marcha hacia
Santiago235. Los eventos de Molina situaron a los católicos progresistas como una voz
legítima en la lucha por la justicia social en el campo. Después de 1960, el trabajo de
la ASICH fue continuado por la Unión Campesina Cristiana (UCC), heredera de la

234
Armando Gómez y Bernardo Flores, historias orales.
235
Loveman (1976): 176-177.

101
anterior. Hasta 1967, la UCC fue la federación rural de trabajadores más importante
en el Valle del Aconcagua. Creó sindicatos en las nueve comunas de la región y tuvo
una membresía de varios miles de trabajadores236.
Las organizaciones de trabajadores, católicas y de izquierda, no solo se enfrentaron
en términos ideológicos, sino que compitieron por sus bases de apoyo. La UCC era
evidentemente anti-marxista, y concebía a los sindicatos como gremios (asociaciones
vocacionales) dirigidos a reconciliar las tensiones entre patrones y trabajadores,
representar los intereses del campesinado y mejorar los niveles de vida rural. Al
mismo tiempo, pese a que la mayoría de sus integrantes tenía simpatías o bien eran
militantes del Partido Demócrata Cristiano, la UCC rehusaba toda afiliación con
partidos políticos, argumentando que éste era el ideal católico del movimiento laboral.
Por el contrario, la FCI veía a los sindicatos como vehículos de politización de los
trabajadores, tendientes a intensificar el conflicto de clases y a desafiar a la autoridad
terrateniente. La actuación de los partidos Socialista y Comunista, era considerada
esencial. Además, católicos e izquierdistas no concordaban en los objetivos de la
Reforma Agraria. Mientras que la UCC insistía en que la propiedad privada debía
estar subordinada al bienestar social, y que la redistribución de la tierra debía estar
destinada a cooperativas de pequeños agricultores, la FCI, pese a poner énfasis en
el trabajo colectivo de la tierra, en cooperativas permanentes, también aceptaba la
pequeña propiedad individual como tenencia de la tierra.
A pesar de todas sus diferencias, hubo un entrecruzamiento ideológico significativo
entre las demandas de católicos e izquierdistas y, en la práctica, sus estrategias
organizativas fueron bastante similares. La UCC, por ejemplo, hacía eco de la idea
marxista que planteaba que la socialización de los medios de producción era crucial
para una sociedad justa, llamando a poner término “a la explotación del hombre
por el hombre” e insistiendo en la “subordinación del bien privado al bien público”.
Tanto la UCC y la FCI, exigieron la abolición del restrictivo código laboral rural de
1948 y abogaron por la creación de sindicatos rurales sobre bases comunales, y no por
haciendas individuales. Ambos condenaron el latifundio como estructura ineficiente
y socialmente injusta, y pidieron la redistribución de la tierra “para el hombre que
la trabaja”. Y, ambos dirigieron sus esfuerzos organizativos alrededor de peticiones
por mejores salarios, bonos semanales, pago de los días de lluvia, asignación familiar,
y vivienda adecuada.
Católicos e izquierdistas también concordaban en que el objetivo principal de
las organizaciones debían ser los inquilinos varones, y atribuían las desgracias del
latifundio al sistema de inquilinaje y a la vergonzosa concentración de las tierras. Si
bien la izquierda culpaba al capitalismo y los católicos a la codicia, ambos dirigían

236
Nuevo Campo, febrero-junio, 1967.

102
sus proyectos a las grandes haciendas y al trabajador inquilino. Para ambos, era el
inquilinaje el que encarnaba la opresión al campesinado, ello pese a que hacia los
años sesenta, los inquilinos comprendían solo una minoría de los trabajadores de
las haciendas, y en general estaban menos empobrecidos que los minifundistas y los
trabajadores temporeros. Con raíces en el peonaje y reconocido, coloquialmente, como
un tipo de esclavitud, el inquilinaje simbolizaba tanto la injusticia histórica, como
el actual atraso de la agricultura chilena. Sin embargo, en la práctica, los dirigentes
laborales también se enfocaron en los trabajadores permanentes, los que comprendían
una porción significativa de la fuerza laboral y cuyas condiciones de vida eran similares
a las de los inquilinos. Fueron los comunistas quienes insistieron en la importancia
de organizar a los trabajadores temporeros, y, especialmente, a los inmigrantes. De
todos modos, unos y otros definieron su misión, para crear una sociedad socialista o
cristiana, como la de dar poder a los inquilinos.
La centralidad de los inquilinos hizo de los sindicatos un asunto eminentemente
masculino. Desde el temprano resurgimiento del movimiento laboral y durante su
rápida expansión después de 1964, los hombres constituyeron el 94% de la membresía
sindical, tanto en la UCC como en la FCI, del Valle del Aconcagua y de todo Chile237.
El porcentaje restante correspondía a trabajadoras remuneradas –1% inquilinas y 5%
trabajadoras permanentes238. Sin embargo, el que la mayoría de los inquilinos fueran
hombres y el que constituyeran el objetivo primario, del movimiento laboral rural,
devino en que las estrategias sindicales y los mercados laborales se constituyeran bajo
los ya existentes supuestos de género y familia. Dada esta situación, no es extraño
que fueran los inquilinos quienes simbolizaran la opresión campesina y la potencial
militancia política. Los dirigentes católicos y de izquierda asumían que los inquilinos
eran hombres jefes de hogar, con familias, denigrados por el sistema de latifundio,
no solo como hombres explotados, sino como esposos y padres impedidos de proveer
adecuadamente a sus mujeres e hijos, a la vez que humillados por otros hombres,
los terratenientes. Para los activistas laborales, esta situación debía provocar rabia
entre los campesinos. Si bien las mujeres campesinas, los inmigrantes y temporeros
también sufrían explotación, muchas veces más intensa que la de los inquilinos, ellos
no representaban las injusticias del latifundio de la misma manera. De una parte, se
consideraba que las mujeres estaban naturalmente subordinadas a los hombres en las
distintas clases sociales; de otra, los inmigrantes y temporeros, que si bien compartían
con los inquilinos el sometimiento al patrón, eran con frecuencia hombres solteros, y
por lo tanto, no tenían la responsabilidad, y autoridad, sobre una familia.

237
Barraclough y Fernández (1974): 178; Garrett (1978): 186.
238
Barraclough y Fernández (1974): 178.

103
Esta presunción de los inquilinos como hombres casados, devino en que el
movimiento laboral, de católicos y de la izquierda centrara su misión en la reconstitución
de la autoridad masculina al interior de la familia, como fundamento para alzarse
contra el patrón. En 1962, el periódico mensual de la UCC, Tierra y Libertad, publicó un
artículo, en primera página, sobre una campesina cuyo marido la había golpeado por
asociarse con activistas sindicales239. Atemorizado por la eventual represalia del patrón,
el esposo había rechazado las invitaciones de la UCC para unirse a sus hermanos en la
lucha. La valiente mujer, aunque golpeada, había reunido información, convenciendo
finalmente, a su terco marido a unirse al sindicato. El hombre no solo obtuvo, junto
a sus compañeros, un aumento de salario sino que logró la felicidad conyugal con su
mujer. El periódico destacaba a la esposa como heroína, ella “había dado valor a su
marido para ir a la huelga… para que los hijos no tuvieran que avergonzarse de su
padre”240.
Aunque este relato sobre el sacrificio femenino reconocía la sabiduría política de las
mujeres, el tema principal era la afiliación del hombre al sindicato y el establecimiento
de una correcta masculinidad. Los verdaderos hombres se liberaban del miedo castrador
hacia el patrón al luchar colectivamente para proveer a sus familias. Las verdaderas
mujeres, por su parte, debían alimentar esta virilidad, aún al costo del abuso físico.
Sin duda el relato afirmaba el principio de dominación masculina sobre las mujeres
en el proyecto de mejoramiento de la clase. Si bien no se perdonaba la golpiza dada
a la mujer, se asumía que ésta era una reacción natural a la actitud femenina. La
golpiza no era sino un recurso narrativo que reforzaba la idea de que los hombres que
no se afiliaban a los sindicatos no eran realmente viriles, por el contrario, los que sí
participaban de ellos, no tenían que recurrir a la fuerza para mantener la autoridad en
el hogar. Las victorias de la clase obrera y la armonía conyugal se lograrían, entonces,
solo cuando los campesinos asumieran la verdadera responsabilidad masculina.
El que los campesinos fuesen concebidos por el movimiento laboral como jefes de
hogar, fue clave para reconstituir la masculinidad campesina. Católicos e Izquierda
culpaban a la presunta cultura feudal del inquilinaje de transformar a los hombres en
niños incapaces de desafiar a la autoridad patriarcal, proponiendo, como alternativa,
el incentivo de la virilidad. En el diario comunista, El Siglo, en la publicación católica
Tierra y Libertad, así como en otros periódicos de trabajadores, se publicaron imágenes
de campesinos –los ojos bajos y el sombrero en la mano– acobardados bajo la figura
sobredimensionada del hacendado. Estas ilustraciones estaban acompañadas de
artículos que afirmaban que serían los sindicatos y la Reforma Agraria los que
terminarían con la indigna dominación, haciendo de los campesinos verdaderos

239
Tierra y Libertad, mayo, 1962.
240
Ibid.

104
hombres libres241. Es lo que mostraba un panfleto de la AISCH, en 1961. Bajo la imagen
de un patrón gigante y de trabajadores en miniatura, se preguntaba “¿Eres libre cuando
tienes que firmar tu nombre [para votar] de acuerdo a los dictados del patrón? ¿Eres
libre cuando estás desnutrido y sin esperanza? No, no eres libre, ¡eres un esclavo!…
¡Solo la reforma agraria liberará la iniciativa de los hombres!”
En efecto, tanto la práctica como la cultura de los sindicatos campesinos eran de
índole explícitamente masculina. Hasta bastante tiempo después de la elección de Frei,
la necesidad de realizar reuniones sindicales clandestinas, revistió a esta actividad
de un aire de peligro que disuadía de la participación de la mayoría de las mujeres
y daba un carácter heroico a los hombres. En el Valle del Aconcagua, los dirigentes
de la UCC y de la FCI se reunían con un puñado de hombres bajo los puentes o en
chozas remotas, para entregar información sobre leyes laborales y redactar peticiones
de aumento de salarios, reparación de viviendas y mejores regalías242. Posteriormente,
los que participaban en estas reuniones se dirigían a otras casas ubicadas al interior
de la hacienda, para difundir el contenido de la reunión y recolectar fi rmas y
huellas dactilares. En el caso de que un administrador o terrateniente pasara por
allí, los campesinos harían como que se habían reunido para beber aguardiente y
para apostar en juegos. Dado que estas actividades podrían significar la pérdida
del trabajo, era fundamental la confianza entre los compañeros para mantener el
secreto lejos del conocimiento del patrón. El riesgo unía a los trabajadores bajo un
sentido de responsabilidad colectiva y de acción rebelde. Armando Gómez, antiguo
trabajador permanente y de los primeros líderes laborales en la hacienda de Lo
Vicuña en la comuna de Putaendo, recordaba los primeros intentos de sindicalización
como prueba de valentía y osadía masculinas: “Teníamos que ser cuidadosos… Si el
patrón se enteraba, al día siguiente estabas en la calle con tu familia. solo los tipos
verdaderamente duros se atrevían, solo aquellos con coraje, o los que eran locos. Era una
locura, pero lo hice porque estaba harto del abuso del patrón, de los ricos aplastando a
los pobres, de ser tratado como un animal en vez de un hombre. Los sindicatos hicieron
hombres a los campesinos”243.
Según Gómez, el activismo sindical requería de rasgos viriles tales como la firmeza,
el valor y la disposición a correr riesgos. Los trabajadores sindicalizados reconocían
que era el patrón quien comprometía su dignidad como hombre, rechazando, a su vez,
la humillación de ser tratados –en términos raciales– “como un animal”, e insistiendo
en que ellos eran los verdaderos hombres. Más que el hecho de formar parte de un
sindicato, era la afirmación de su propia masculinidad lo que define, en términos

241
Tierra y Libertad por la Reforma Agraria, Santiago: AISCH, 1961: 15; El Siglo, varios.
242
Affonso et al. (1970): vol. 2, 122.
243
Armando Gómez, historia oral.

105
gramscianos, la acción contra-hegemónica; es decir, el desafío consciente a la lógica
de dominación, pese a que no sea derrotada. El reconocimiento de Armando Gómez
de que tal “locura” podía costarle su trabajo, develaba, por una parte, los límites de
los sindicatos, pero también, las hazañas heroicas de los campesinos en contra de los
ricos.
No todos los campesinos eran parte de este desafío. La declaración de Gómez de
que “los sindicatos hacían hombres a los campesinos” implicaba que aquellos que
no se sindicalizaban carecían de una masculinidad apropiada. Así, por ejemplo, los
trabajadores que no firmaban las peticiones eran ridiculizados como “amarillos”,
“maricones”, “mujeres” y “niñas”. Este tipo de burlas sexuadas delimitaban la
militancia de la clase obrera a hombres sexualmente agresivos y capaces de correr
riesgos. El machismo sindical marcaba los límites entre una conducta varonil aceptable
y otra que no lo era, dentro de un marco sexual bipolar de dominio y sumisión, en el que
la masculinidad era asociada a la capacidad de ejercer poder sobre algún otro sujeto.
Los trabajadores sindicalizados “daban [este poder] al patrón” en lugar de “tomarlo”.
Por el contrario, mujeres, niñas, amarillos y maricones, representaban la cobardía,
es decir la no masculinidad, en oposición a los verdaderos machos sindicalizados.
En concreto, ser como una mujer o niña era sinónimo de ser maricón, lo que para
el Chile rural de los años sesenta, más que connotar homosexualidad, significaba el
sometimiento de un hombre a otro hombre. La no afiliación al sindicato era equivalente
a ser una mujer, tímida y dominada por otros hombres (el patrón), así como una
esposa era dominada sexualmente por su marido. Esto no significa que los hombres
del sindicato vieran a los otros hombres en los mismos términos que las mujeres –de
hecho, éstas, por definición, no podían ser hombres del sindicato–, sino que los veían
como hombres que rechazaban asumir sus responsabilidades masculinas244. Ellos eran
menos que un hombre, en tanto continuaban “tomándola del patrón”.
El machismo sindical fue nutrido y reforzado por el alto precio que muchos hombres
debieron pagar por participar en estas organizaciones. El conflicto de clases en los
sindicatos significó una serie de batallas, muchas veces perdidas, de masculinidad en las
que los patrones reforzaban su autoridad patriarcal, recordándoles a los trabajadores
su vulnerabilidad y dependencia. Durante la década de 1950 y comienzos de la de
1960, la prensa laboral rural denunció despidos masivos por activismo sindical o
por cargos, inventados por los patrones, de ausentismo laboral o alcoholismo245. Los
terratenientes y administradores llevaban rifles durante los días de pago, o visitaban

244
Lancaster (1992).
245
Varios periódicos, incluyendo Tierra y Libertad, abril, 1963; La Nación, 15 de julio, 1964: 8; El Siglo,
5 de febrero, 1966: 20.

106
personalmente los hogares de los peones, en franca amenaza a los mismos246. Los
organizadores sindicales eran expulsados de las haciendas a punta de pistola, siendo
algunas veces golpeados por los hacendados con palas, cuchillos o revólveres247. Las
represalias también fueron cotidianas. Se asignaba a los activistas conocidos, las faenas
más indeseables, se obligaba a los inquilinos a trabajar los domingos que era el único
día disponible para las reuniones del sindicato, y se mandaba a cuidar las ovejas y
cerdos de los campesinos, bajo el pretexto de que los animales andaban vagando fuera
de los corrales248.
Si bien este tipo de intimidación hacía que campesinos pro-sindicato se relacionasen
con aquellos que no estaban dispuestos a arriesgarse por la organización, eran
los primeros los que destacaban como verdaderamente masculinos. El calificativo
de afeminado para aquellos hombres que no se sindicalizaban, buscaba tanto la
humillación frente a sus compañeros, como la exaltación del propio sentido de
masculinidad de los miembros del sindicato. Era justamente el peligro que significaba
la participación en las organizaciones lo que definía una postura varonil valiente y
confrontacional, en oposición a la dependencia frente a los empleadores249. Firmar una
petición hacía público ante el patrón las simpatías del trabajador por el sindicato,
ya que de acuerdo a la ley, las delegaciones de trabajadores debían remitir copias
de toda petición tanto al empleador como al tribunal laboral local. Estas acciones
requerían mucho más que coraje; era necesario el compromiso de defender el honor
del hombre de la clase obrera y la resolución de respaldar su propio nombre y palabra
en oposición a sus superiores. En su testimonio, Emilio Ibáñez, antiguo trabajador
permanente y miembro del sindicato de la FCI de una hacienda en la comuna de Santa
María, recordaba su primera experiencia de firmar una petición como un momento
irreversible en su proceso de auto-afirmación masculina: “No había vuelta atrás. Así
fue. Mi nombre estaba en el papel para que todos lo vieran. Estaba asustado, pero
sabía que tenía que ser un hombre ahora o nunca. El patrón solo entiende la fuerza,
y al unirme con mis compañeros, yo sabía que seríamos lo suficientemente fuertes.
¡Basta! Le dije ‘basta’ al patrón en su cara. Nos paramos y dije, ‘trabajamos para usted,
pero merecemos respeto como trabajadores y como hombres’. Sí, después de ese día,
ya no me quité el sombrero frente al patrón”250.
El que los campesinos, como señala Ibáñez, pidieran respeto como trabajadores
y como hombres, marca la dualidad inherente a la masculinidad sindical propia de
246
Raúl Fuentes, historia oral; Pedro Reyes, historia oral, San Esteban, 10 de marzo, 1993; Tierra y
Libertad, mayo, 1963.
247
El Trabajo, 26 de agosto, 1965: 8.
248
Historias orales, incluyen a Armando Gómez y Jorge Tejedo.
249
Klubock (1998).
250
Emilio Ibáñez, historia oral.

107
Presidente Eduardo Frei Montalva firmando la segunda ley de reforma agraria, 1967.
Fuente: Reforma Agraria, Corporación de Reforma Agraria (CORA), 1976.
Cortesía de la University of Wisconsin Land Tenure Center.

108
la clase obrera. La demanda de “respeto” invocaba el principio de igualdad entre
hombres, al mismo tiempo que reconocía la desigualdad entre campesino y patrón.
Por una parte, en la medida que Ibáñez y sus compañeros trabajaban para el patrón
bajo términos desiguales, demandaban el reconocimiento y compensación por su labor
como trabajadores. Por otra parte, en tanto que el patrón como los trabajadores eran
hombres, insistían en un trato igualitario sobre bases de género. Para Emilio Ibáñez
el respeto se ganaba, primero, a través de la autoestima masculina (“Estaba asustado,
pero tenía que ser hombre”) y segundo, a través de la acción colectiva de los hombres
(“al unirnos, seríamos lo suficientemente fuertes”).
Sin embargo, el riesgo personal y la rebelión como características de la masculinidad
rural no se originaron con la Reforma Agraria. La beligerancia hacia los patrones venía
desde tiempo atrás caracterizado por la resistencia campesina; pero, por primera vez,
con el sindicalismo de los años 1960, la afrenta y lucha masculina se dieron en forma
sostenible y colectiva, con representación política a nivel nacional. La presencia de
dirigentes de la UCC y de la FCI de Santiago en las haciendas, y la presión de los
tribunales laborales por resolver al menos algunas de las demandas de los campesinos,
hizo que éstos se sintieran apoyados por aliados urbanos, legitimando, a la vez, sus
esfuerzos por desafiar la autoridad del patrón y construyendo alianzas políticas
formales con otros actores sociales.

Poder sindical, conflicto de clases y militancia masculina


El que los campesinos se sintieran apoyados por aliados más poderosos, fue más
evidente después de 1964, cuando fue elegido Frei. El Estado lanzó, con gran prontitud,
su respaldo político y financiero a la causa de los derechos laborales campesinos.
En el Congreso, democratascristianos junto a partidos de oposición de la izquierda,
aunaron esfuerzos para reformar el código laboral existente. El resultado fue la
Ley de Sindicalización Campesina –Ley 16.250–, la que devino en una explosión de
organizaciones rurales, incluso antes de su promulgación oficial, en 1967. Esta norma
no solo legalizaba nuevos tipos de sindicatos campesinos, sino que hacía más fácil su
creación; ahora sería la comuna, y no la hacienda individual, la base de los sindicatos;
la nueva ley también ampliaba los criterios de afiliación y los requisitos para ser electos
en la organización; permitía a inmigrantes y temporeros formar sus propios sindicatos;
y prohibía a los empleadores despedir a los trabajadores sindicalizados o impedir el
acceso de militantes a las haciendas. Finalmente, y como aspecto clave, la ley creaba
un mecanismo de administración por parte del Estado para financiar los sindicatos a
través de contribuciones conjuntas de empleadores y trabajadores.

109
Los resultados de la nueva ley fueron inmediatos y espectaculares. solo en un año,
entre 1967 y 1968, el número de campesinos sindicalizados aumentó de menos de
10.000 trabajadores a 76.356, culminando, hacia 1970 en 140.293 (Ver Tabla 3.A)251. La
ley también incentivó, en forma explícita, que el movimiento laboral se transformara
en un movimiento institucional de carácter nacional. Ésta permitía la formación
de confederaciones a lo largo del país, las que podrían negociar, respaldando a los
sindicatos regionales. Ambas medidas estimularon la consolidación de distintas
tendencias políticas. En 1968, la UCC se unió con dos federaciones católicas más
pequeñas, el Movimiento Campesino Independiente (MCI) y la Asociación Nacional
de Organizaciones Campesinas (ANOC), para formar la confederación Libertad. Ese
mismo año, la FCI se unió al Frente Nacional de Trabajadores afiliado al partido
Socialista para crear la confederación Ranquil, cuyo nombre recordaba el lugar donde
fue violentamente reprimida una movilización campesina en la década de 1930.
Entre tanto, el gobierno de Frei lanzó su propia campaña para crear sindicatos
campesinos leales a la Democracia Cristiana. El ala más reformista del Partido, la
que pronto dominaría las principales instituciones de la Reforma Agraria, presionó
para que éstos se volcaran a democratizar el campo, integrando a los campesinos en
organizaciones que los representaran y presionaran por sus intereses. Esta actitud
formaba parte de la ideología de los católicos independientes, pero difería de ella en
que para los democratacristianos los sindicatos tenían propósitos partidistas.
El Estado encargó al INDAP la creación de organizaciones sindicales. Esta
institución tenía también la responsabilidad de educar y dar apoyo tecnológico a los
campesinos252. Durante su primer período y bajo el gobierno de Frei, el INDAP estuvo
dirigido por Jacques Chonchol, quien defendió a los sindicatos como una herramienta
para derribar las murallas del latifundio y hacer de los campesinos los agentes de su
propio destino. Al contrario de la postura de los católicos independientes, quienes veían
en los sindicatos un modo de incentivar la armonía entre empleadores y trabajadores,
Chonchol aceptaba ciertos grados de conflicto de clases para crear las bases de una
verdadera revolución en libertad. Chonchol abogaba también por la redistribución de
tierras en cooperativas, predios individuales y otras formas de tenencia comunal. Esta
postura no solo chocaba con la de la izquierda, sino que fue rechazada por muchos otros
militantes democratacristianos, no obstante ser popular entre la generación más joven
y reformista, quienes serían los futuros funcionarios del INDAP y de la Corporación de
la Reforma Agraria (CORA). Mucho antes que se aprobara la Ley de Sindicalización
Campesina en 1967, los funcionarios del INDAP y de la CORA se fueron al campo,
251
Salinas (1985).
252
En 1965, el INDAP gastó 249.045 escudos en sindicalización en las provincias del Aconcagua y
Valparaíso; en 1970, gastó 1.018.927 escudos en el mismo sector. “Resumen de gestión creditaria,
1962-1972”, INDAP.

110
con la legitimidad, el apoyo financiero y afán misionero que les daba el Estado, para
informar a los campesinos del nuevo código laboral y asistirles en el establecimiento
de nuevos sindicatos.
Los sindicatos patrocinados por INDAP se agruparon en la confederación nacional
Triunfo Campesino, la cual, pese a su carácter técnico y entidad “no partidista”, obtuvo
el respaldo explícito del Partido Demócrata Cristiano y de la administración de Frei.
El impulso organizativo del INDAP implicó el aumento del movimiento laboral rural
en todo el espectro político, no obstante otorgar un papel desproporcionadamente
alto para los sindicatos democratacristianos. La creación de la confederación Triunfo
Campesino, a la par de simbolizar el apoyo del Estado para todos los sindicatos rurales,
implícitamente prometía beneficios adicionales a aquellos cercanos a la Democracia
Cristiana. En la medida en que el movimiento laboral rural aumentaba, incluyendo,
hacia 1970, a casi la mitad de los trabajadores rurales en todo el país, el número de
sindicatos afiliados a Triunfo Campesino sobrepasó con creces a aquellos afiliados
bien a la Izquierda o a los católicos independientes. Hacia 1970, Triunfo Campesino
contaba con el 46 por ciento de toda la fuerza laboral rural sindicalizada, mientras
que la confederación Ranquil, afiliada a los partidos Comunista y Socialista, tenía
el 31 por ciento, y la confederación de católicos independientes, Libertad, el 21 por
ciento (ver Tabla 3.A)253.
El INDAP tuvo especial influencia en el Valle del Aconcagua. Así, en 1969, Triunfo
Campesino contó con el 73 por ciento de los 4.476 trabajadores sindicalizados de la
región254. Aunque esta cifra bajó significativamente en 1970, su competencia más
importante provino –a diferencia de lo que sucedía a nivel nacional– de los católicos
independientes, y no de la izquierda255. Hacia 1970, Ranquil representaba un respetable
17 por ciento de los 6.213 sindicalizados del Aconcagua (solo un 4 por ciento respecto
del año anterior), sin embargo, este porcentaje era bastante más bajo que el promedio
nacional de la izquierda256. Las afiliaciones políticas en el Aconcagua fueron un fiel
reflejo del legado del activismo católico de la UCC. Al ser los democratacristianos,
al igual que los católicos independientes, un partido de orientación confesional
y antimarxista, los organizadores del INDAP, aunque nunca pudieron reemplazar
por completo a los católicos independientes, se encontraron con campesinos ya
familiarizados con el mensaje de la institución (ver Tabla 3.B).

253
Salinas (1985).
254
“Descripción numérica de la organización sindical campesina chilena, 1968-1969”, FEES, Santiago,
junio, 1971.
255
Ibid.
256
Ibid.

111
El surgimiento de sindicatos democratacristianos como fuerza dominante dentro
del movimiento laboral rural no alteró la esencia de las prácticas sindicales locales
o la influencia ideológica en los trabajadores. Al igual que los sindicatos de católicos
independientes y los de izquierda, aquellos creados por el INDAP en Triunfo Campesino
demandaron una Reforma Agraria amplia, aunque centraron sus energías en peticiones
más inmediatas y en organizar huelgas destinadas a mejorar las condiciones de
trabajo en las haciendas. Y así como las otras confederaciones, los sindicatos de
Triunfo Campesino estuvieron compuestos casi completamente por inquilinos y
trabajadores permanentes varones. Los democratacristianos compartían el ideal de
los católicos independientes y de la izquierda de transformar a los peones campesinos
en productores y proveedores capacitados. Después de la elección de Frei, este ideal
se transformó en política oficial del Estado. Los hombres que podían mantener a sus
familias y cultivar eficientemente la tierra serían las bases de una vigorosa ciudadanía
rural. El activismo laboral masculino sería el medio para lograr estos fines.
El volumen y la intensidad de las acciones sindicales aumentaron enormemente
después de 1964, y trajo a los campesinos ganancias materiales sustanciales. Entre 1964
y 1967, los trabajadores rurales en Chile presentaron más de 2.000 peticiones laborales
al Ministerio del Trabajo y casi el mismo número solo en 1968257. En el Aconcagua,
presentaron más de 100 peticiones en 1967, la mayoría por incumplimiento del pago
de salarios y de beneficios de asistencia social258. Algunas peticiones tuvieron como
respuesta concesiones inmediatas a sus demandas. En 1965, un sindicato de la UCC de
la hacienda Bellavista en la comuna de Putaendo obtuvo el aumento en las asignaciones
de leña y alimentos, la garantía de ocho horas de trabajo por día y electricidad en los
hogares campesinos259. En otras partes de Putaendo, en las haciendas de Lo Vicuña y
Tártaro, los sindicatos de la UCC obtuvieron promesas por parte de los hacendados de
construir 4 escuelas y 41 unidades de vivienda nuevas260. Todas las peticiones contenían
demandas por salarios más altos, las cuales, combinadas con el aumento del salario
mínimo por parte del Estado, incrementaron notablemente los ingresos campesinos.
Entre 1964 y 1967, los salarios reales en el Chile rural se elevaron casi cinco veces,
desde tasas anuales de 269 escudos a 1.350 escudos; y, hacia 1967, se obligó, por ley,
a pagar en efectivo en vez de especies261.
Estos logros implicaron negociaciones y conflictos frecuentes. Las concesiones que
hacían los hacendados tenían, generalmente, su precio. En una demanda levantada

257
José Bengoa, Historia del movimiento campesino, Santiago: GIA, 1983.
258
Affonso et al. (1970): vol. 2, 22.
259
Gómez (1980): 34.
260
Ibid.: 84.
261
Banco Central de Chile, Boletín Mensual, citado en Kay (1971): 216.

112
por la UCC en la comuna de Putaendo, los trabajadores obtuvieron de los empleadores
la promesa de proveer transporte desde y hacia el trabajo, poniendo término a las
largas caminatas de más de tres horas. Sin embargo, a cambio se exigió que fueran
los inquilinos quienes trabajaran en las haciendas, eliminando práctica de enviar un
obligado en su reemplazo262. En otro caso de la comuna de San Esteban que tuvo gran
publicidad, un hacendado acordó “compartir” con los trabajadores un porcentaje –no
especificado– de sus utilidades anuales a cambio de que los inquilinos trabajaran
horas extra en la hacienda y que “cooperaran con la administración”263. De todos
modos, muchas de estas negociaciones no fueron posibles, ya que los hacendados y
administradores solían negarse a responder las peticiones o cumplir con las promesas
hechas en papel. La revista mensual de la SNA, El Campesino, denunció a los activistas
laborales como agitadores marxistas que fomentaban el odio de clases y aconsejaba
a sus miembros evadir las demandas. Si bien la SNA manifestó buena voluntad
para trabajar con la administración de Frei en la aplicación de una reforma agraria
tendiente a la eficiencia y modernización, era abiertamente hostil a la sindicalización
campesina.
Los campesinos respondieron con fuerza a la obstinación de los hacendados. Si en la
generación anterior la mitad de los trabajadores rurales se habían sentido impotentes
para confrontar, en forma organizada, a los patrones, la presencia de los activistas
laborales, incluyendo a funcionarios de gobierno abiertamente pro-sindicalistas,
incentivó una postura colectiva más agresiva. Fue recurrente que los campesinos se
declararan en huelga. Así, si a principios de la década de 1960 hubo menos de una
docena de huelgas a nivel nacional, solo en el año 1966 se contaban casi 600264. En la
provincia del Aconcagua no hay registro de huelgas a comienzos de la década, pero
entre 1964 y 1967 se contabilizaron 44265. Aunque la mayoría de las huelgas tuvo una
duración de menos de una semana y, por lo general, no interfirieron con la producción,
fueron el motor para la intervención del gobierno en respaldo de los trabajadores.
Antes de 1967 la mayoría de las huelgas rurales eran técnicamente ilegales, pero
los campesinos actuaban con la confianza de que el Estado reconocería la justicia de
su causa. Era frecuente que sacaran ventaja de las divisiones al interior del gobierno
de la Democracia Cristiana y de su postura populista para expandir la aplicación de la
ley. El Ministerio del Trabajo y los tribunales laborales de provincias se quejaban que el
personal del INDAP y la CORA defendían y ayudaban abiertamente a la organización de
las huelgas como una manera de provocar la intervención del gobierno en la resolución

262
Gómez (1980): 84.
263
La Nación, 16 de junio, 1965: 11.
264
Bengoa (1983).
265
Affonso et al. (1970): vol. 2, 58.

113
de las demandas266. Los sindicatos campesinos presentaron cartas y peticiones anexas
que invocaban las promesas de la Democracia Cristiana de crear una nueva y mejor
economía agraria, nutrir la participación cívica de los pobres y tratar de forma inflexible
a los hacendados improductivos e irresponsables. En una carta de 1965, dirigida a la
CORA por parte de los trabajadores en huelga de la hacienda Bellavista en Putaendo,
se defendía la huelga y condenaba la intransigencia del hacendado como inmoral y
como un obstáculo para el progreso. La carta omitía la propia acción de los campesinos
que quebrantaba la ley, poniendo énfasis en la necesidad del Estado como un aliado
en su rol paternalista de proteger a los pobres de la injusticia:
El Sindicato ha hecho mucho pero este señor no tiene sentimiento humano (…) Usted [el
funcionario de la CORA] tiene en sus manos toda la protección de nuestros campesinos.
Pedimos que sea Ud. quien tome las medidas del caso y se haga la reforma agraria en esta
hacienda donde tantos años se han explotado a los inquilinos y estamo[s] siendo tal como
antes267.
Estas posturas humildes que solicitaban la benevolencia del Estado coexistían
con demandas más agresivas para que la Reforma Agraria se pusiera rápidamente
en acción, especialmente en su objetivo de redistribuir la tierra. Si bien la mayoría
de las organizaciones se enfocaron, en un principio, en el mejoramiento de los
salarios y condiciones de vida de los trabajadores, después de la elección de Frei, los
sindicatos campesinos comenzaron a hacer demandas explícitas para la expropiación
de latifundios. En junio de 1965, la UCC del Aconcagua escribió al presidente electo
para insistir en que el Congreso considerara una segunda ley de Reforma Agraria que
permitiera la expropiación de las haciendas por tamaño excesivo, independientemente
de su productividad268. Esta demanda, levantada tradicionalmente por los partidos
Comunista y Socialista, se transformó, hacia mediados de los años 60, en el motor de
todo el movimiento laboral rural.
Solo entre 1965 y 1966, los campesinos presentaron más de 200 peticiones a
la CORA, entre ellas 28 del Aconcagua, pidiendo la expropiación de haciendas
específicas269. Cientos de otras demandas fueron hechas en forma verbal270. La Ley de
Reforma Agraria exigía que la CORA hiciese una inspección a la hacienda en cuestión
y evaluara sus características para la expropiación. La lentitud de la CORA en efectuar
las inspecciones, producto del exceso de trabajo de la institución más que la falta
de voluntad, trajo muchas veces frustración entre los campesinos. Éstos se volvían

266
Loveman (1976): 257.
267
Gómez (1980): 37.
268
La Nación, 16 de junio, 1965.
269
Affonso et al. (1970): vol. 2, 135.
270
Daniel San Martín; Ricardo Leigh, historias orales.

114
particularmente impacientes por los constantes aplazamientos producidos entre la
decisión de expropiar, tomada por la institución, y la fecha en que la CORA hacía
efectiva la posesión de la tierra. En el caso de la hacienda de Bellavista en la comuna
de Putaendo, la decisión de expropiar fue tomada en 1965, pero no se hizo efectiva
sino hasta tres años después271. Estas demoras fueron frecuentes en todo Chile, y se
debieron tanto al derecho que tenían los terratenientes a apelar las decisiones de la
CORA, como a la tolerancia general del gobierno de Frei con las largas comparencias.
En el caso de Bellavista, los campesinos intentaron acelerar el proceso llenando de
peticiones el tribunal local y la oficina de la CORA y efectuando varias huelgas cortas
entre 1965 y 1966272. Ante la inexistencia de resultados, los campesinos decidieron, al
año siguiente, aumentar la presión haciendo una breve ocupación del terreno273.
Las ocupaciones de predios, llamadas tomas de tierra, llegaron a ser una de las
estrategias campesinas más importantes para protestar contra las violaciones a
los acuerdos laborales y los atrasos en la expropiación de tierras; ellas se harían
permanentes a lo largo de todo el proceso de Reforma Agraria. Una toma generalmente
consistía en el bloqueo de la entrada principal de la hacienda, impidiendo, con ello,
la entrada de equipo agrícola, productos y trabajadores. Los campesinos blandían
palas y horquetas, y portaban banderas chilenas y pancartas en las que escribían sus
peticiones. En algunos casos, los hacendados, supervisores y miembros de la familia
patronal eran mantenidos cautivos en sus casas. Las tomas de tierras duraban desde
unos pocos días hasta varios meses y variaban según su liderazgo y militancia274. En las
comunas dominadas por Triunfo Campesino, tales como Santa María y San Felipe, las
peticiones para expropiación y la subsiguiente ocupación de tierras eran generalmente
iniciadas con la participación de funcionarios del INDAP en conjunto con la oficina
local de la CORA. En tales casos, las tomas solían ser simbólicas, y los trabajadores
ocupaban la hacienda el día en que el patrón cedía la escritura de propiedad al
gobierno. En otros casos, los funcionarios del INDAP ayudaron a organizar tomas con
el objeto de incitar y permitir la intervención de las autoridades de la CORA en contra
de patrones intransigentes que se negaban a negociar con los sindicatos y suspendían
la producción, como fue el caso de la hacienda El Cobre, en la comuna de San Esteban,
en que los trabajadores ocuparon el predio por un día, en 1966275.
Las ocupaciones de tierras en zonas dominadas por católicos independientes y la
izquierda se desarrollaban de forma más autónoma de los designios del gobierno. Estos

271
Gómez (1980): 41.
272
Ibid.
273
Armando Gómez, historia oral.
274
Affonso et al. (1970): vol. 2, 107-133.
275
Affonso et al. (1970): vol. 2, 123.

115
Manifestación campesina, 1968.
Fuente: Nosotros Los Chilenos. Reforma Agraria, Editorial Quimantú, 1971.
Cortesía de la University of Wisconsin Land Tenure Center.

116
movimientos solían confrontar a los sindicatos tanto con las autoridades locales como
con los latifundistas. La toma de la hacienda Bellavista organizada, en 1966, por la
UCC, buscaba presionar al gobierno pidiendo más rapidez en una expropiación cuando
la decisión ya había sido tomada. Si bien la ocupación terminó pacíficamente, hubo
amenaza por la presencia de unos doce policías locales276. Las tomas organizadas por
socialistas y comunistas en las comunas de Catemu y San Esteban en 1968, buscaron
obligar a la CORA a realizar inspecciones y expropiar haciendas que la institución
no había considerado todavía277. Ambas ocupaciones concluyeron por la acción de
la policía, que usó gases lacrimógenos y disparos; sin embargo, ambas haciendas
fueron expropiadas al año siguiente. A fines de los años sesenta, cuando el proceso
de reforma de la tierra se aceleraba, las ocupaciones fueron tomando un cariz cada
vez más confrontacional. Solía haber conflictos importantes entre líderes sindicales y
bases de clase obrera, así como entre los mismos campesinos. Sin embargo, en términos
simbólicos y de colaboración, las tomas fueron el medio más importante por el que los
campesinos participaron e influyeron en la Reforma Agraria en su conjunto.
La movilización sindical y las victorias obtenidas hicieron de la militancia de
clase y la virilidad campesina una férrea unión. En las huelgas y ocupaciones de
tierras eran principalmente hombres los que participaban. Ellos hacían entrega de las
peticiones a los patrones, negociaban con las autoridades de gobierno y ocupaban la
propiedad de la hacienda. El peligro que implicaban las vigilias nocturnas y las tomas
prolongadas hizo que muchos trabajadores portaran armas, las que variaban desde
palos y palas hasta escopetas de caza278. Dada la movilización de los trabajadores y las
expropiaciones de tierra, la violencia del mundo rural fue, en términos comparativos,
mínima; incluso ésta fue menor en el Aconcagua que en los alrededores de Santiago y
en el sur. No obstante, el que los campesinos estuviesen armados daba un simbolismo
a la militancia de los trabajadores y su disposición a defender sus intereses de clase,
como hombres.
El hecho de portar armas tenía un significado particular en la relación entre los
campesinos y sus patrones –también hombres–, quienes por largo tiempo habían usado
armas para intimidar a los trabajadores. Las armas determinaban qué hombres tenían
el poder para obligar a otros hombres a levantar sus sombreros y bajar los ojos. Como
recuerda Pascual Muñoz, antiguo inquilino de la comuna de Santa María, aún cuando
los campesinos no llevaran palas o escopetas, la mera existencia del movimiento laboral
y la promesa de la Reforma Agraria, les daba a los campesinos la certeza de que ellos
podían resistir la humillación del patrón. La solidaridad de clase y la ratificación de

276
Armando Gómez, historia oral.
277
CORA, Fichas de expropiación 4729, 4727, 3241, 3261; Armando Gómez, historia oral.
278
Daniel San Martín, historia oral.

117
Huelga de campesinos.
Fuente: Museo Histórico Nacional.

118
la dignidad masculina también podían ser armas para hacer frente al patrón: “¡Yo no
tenía miedo a [los patrones]! Un día, para poner un ejemplo, Don Gernardo [el patrón]
vino a caballo y se paró justo enfrente de mí y sacó su pistola, una de esas grandes… y
dijo: ‘¡Quizás te meto cinco balazos!’ Me crucé de brazos y me quedé parado enfrente
de él. ‘Mire’, le dije, ‘No tengo miedo de la arma, no le tengo miedo porque yo no soy
un ignorante y no soy un mono’. [Entonces] y estoy hablando la verdad, ¡el viejo me
tiene miedo [a mí]!”279.
La veracidad de esta historia es menos relevante que el significado que Pascual
Muñoz le otorga al valor y orgullo varonil de la movilización de clase obrera. El
movimiento laboral incentivó la defensa del honor masculino. Al respecto, no es que
los trabajadores creyeran que ellos eran iguales al patrón o que habían neutralizado
su poder social, más bien, éstos afirmaban una masculinidad específica de clase
trabajadora que el historiador David Montgomery ha definido como “una tolerancia
viril hacia el patrón”, y que, más recientemente, Steve Stern ha precisado “como los
poderosos contrapuntos de los hombres pobres frente a la humillación de la elite”280.
El objetivo no era comportarse como el patrón –tener palos no era lo mismo que portar
pistolas, y, en general, la principal defensa de los campesinos era solo su autoridad
moral– lo que era importante era mostrar al patrón la disposición de enfrentarse, en
lugar de temblar ante el abuso. En el relato de Pascual Muñoz, Don Gernardo llegó
a caballo y portando una “gran pistola”, lo que exaltaba el poder masculino social (y
probablemente sexual) del patrón, pero también enaltecía el valor de los campesinos
quienes se quedaron parados “justo al frente” de su superior y no al lado del camino
con el sombrero en la mano. Del mismo modo, la historia de Muñoz realzaba la
habilidad de los campesinos para hacer que el patrón reconociera su humanidad e
inteligencia. Al proclamar que los campesinos no eran “locos ignorantes o monos”,
desafiaba la imaginería racializada de los inquilinos como animales o primitivos. Y si
bien el campesino aún no podía derrotar estructuralmente al patrón, sí podía revertir,
psicológicamente, las jerarquías masculinas de clase y de raza. En el triunfante final
de la historia de Muñoz, el patrón le teme a su trabajador.
No todos los hacendados reaccionaron de forma intransigente ante la sindicalización.
Fueron muchos los intentos paternalistas por neutralizar la radicalización del
movimiento. De acuerdo a las inspecciones realizadas por la CORA, en un principio
muchos empleadores respondieron e incluso se anticiparon a las demandas por mejores
salarios y viviendas, intentando desviar la atención de las instituciones de la Reforma

279
Pascual Muñoz, historia oral.
280
David Montgomery, Workers Control in America. Cambridge: Cambridge University Press, 1979; Stern
(1995). Véase también Klubock (1998).

119
Agraria y calificar como hacendados “responsables” para evitar la expropiación281. A
mediados de los sesenta, la SNA promovió la imagen de los terratenientes como los
líderes de la cruzada por el mejoramiento rural. El Campesino publicaba regularmente
artículos sobre hacendados que construían viviendas modelos y escuelas para sus
trabajadores, en sus haciendas, así como editoriales que recordaban al lector sensato
las responsabilidades tanto sociales como económicas que tenía un buen empresario. La
SNA promovió también organizaciones alternativas a los sindicatos, como la asociación
vocacional Provincias Agrarias Unidas que reunía a pequeños agricultores e inquilinos,
con el fin de promover los ideales de la propiedad privada.
Sin embargo, estos esfuerzos fallaron en detener la marea sindicalizadora. Las
Provincias Agrarias Unidas no contaron sino con unos pocos miles de afiliados a nivel
nacional, y la escalada de huelgas y ocupaciones de tierras continuó. Un sentimiento
de traición y amenaza hizo que, incluso los hacendados más conciliadores, se aliaran
con la mayoría que siempre se había opuesto a las demandas laborales. Mensualmente,
la SNA publicaba listas detalladas de huelgas y miembros de los sindicatos, y en su
sede en el Aconcagua llamó a los terratenientes a unirse y cerrar filas para proteger la
propiedad privada e impedir que los dirigentes laborales entraran en las haciendas282.
Los hacendados también hicieron uso de otros medios de comunicación como la radio,
para difundir información falsa e intimidar a los trabajadores. Armando Gómez
recuerda respecto de los programas radiales desde San Felipe que, “[Ellos] tiraban
pura basura a la CORA, advirtiendo [a los campesinos] que [CORA] les quitarían a sus
niños, les quitaría sus animales. Más tarde, después que la CORA anunció la Reforma
Agraria, los patrones hablaban que habían habido masacres”283.
A nivel más cotidiano e íntimo, el conflicto se daba en las habituales negociaciones
entre patrones y trabajadores sobre el ejercicio de la autoridad en la hacienda. Los
campesinos denunciaban que los empleadores golpeaban a los activistas, finiquitaban
los derechos de los inquilinos y, en algunos casos, suspendían completamente la
producción284. Los administradores, por su parte, se quejaban de que los trabajadores
llegaban tarde, se negaban a cumplir las faenas asignadas, bebían en el trabajo,
destruían la propiedad y se robaban los animales285. Aunque no era nueva, esta conducta
tomó, en el contexto de la masiva sindicalización de la Reforma Agraria, un carácter

281
Según los estudios de fundo de la CORA, hacia finales de 1960, más de la mitad de los fundos
privados en el Aconcagua pagaban salarios iguales o superiores a los salarios pagados en el sector
reformado.
282
Por ejemplo, véase El Campesino, 1964-1973; El Trabajo, 8 de octubre, 1965; 28 de octubre, 1965; 1 de
diciembre, 1965: 10.
283
Armando Gómez, historia oral.
284
El Trabajo, 8 de agosto, 1965: 8; La Aurora, 19 de marzo, 1966.
285
Pascual Muñoz, historia oral; varios editoriales de El Trabajo y El Campesino.

120
abiertamente político. En 1966, 20 trabajadores de la hacienda El Maitén en la comuna
de Santa María pararon su trabajo de excavación de un canal de regadío a las cuatro
de la tarde y se fueron a una fiesta local a beber y a hacer un asado con una vaca
que ellos mismos habían matado. Cuando se les despidió por borrachos y por haber
robado la vaca, los hombres (todos miembros de un sindicato creado por el INDAP), se
enfrentaron colectivamente al empleador y negociaron con éxito la reincorporación a
sus trabajos al establecer que la vaca pertenecía a uno de los campesinos, y al insinuar
que los trabajadores que quedaban en la hacienda irían a huelga si no se cumplían
sus demandas286. Interesante resulta la explicación que dieron al patrón, “Nosotros
le apoyamos a usted [al patrón]… construimos su canal y ahora merecemos servirnos
[a nosotros mismos]”287.
El derecho que sentían los trabajadores para poner límites a la autoridad del
patrón fue parte del creciente poder del movimiento sindical, y estuvo íntimamente
ligado al respeto masculino. En El Maitén, los campesinos desafiaron el derecho del
patrón a disciplinar a los trabajadores y a decidir unilateralmente las faenas. Más
aún, insistieron en que el patrón reconociera su trabajo en la construcción del canal
como un “apoyo”, implicando con ello que lo hicieron por voluntad propia, incluso
por generosidad y no porque el patrón tuviese el derecho a forzarlos o exigirles ese
trabajo. Además reclamaron su derecho a una retribución con abundantes cantidades
de alcohol y carne, lo que era típicamente propio de los hombres de clases altas. Sin
embargo, clave era el que los asuntos de los trabajadores y el respeto viril estaban
íntimamente vinculados a la acción colectiva de los miembros del sindicato en un
clima político donde las amenazas de huelga eran verosímiles.
No obstante la diversidad de liderazgos al interior del movimiento laboral rural
–izquierdistas, democratacristianos y católicos independientes– todos trabajaban para
fortalecer, entre los campesinos, la idea de que la actuación masculina dependía de
la acción colectiva. En un manual de capacitación del INDAP dirigido a los sindicatos
de Triunfo Campesino se instruía a los líderes locales en el uso de las técnicas de
alfabetización del pedagogo brasileño Paulo Freire para ayudar a los campesinos a
“salir de la pasividad y del aislamiento” tendiendo a una “sabiduría crítica y a la
solidaridad”288. Esta iniciativa debía incentivar a que los hombres discutieran sus
problemas y aportaran ideas en conjunto para buscar soluciones. La educación sindical
debía actuar sobre la gestión y la autorreflexión colectiva, y no en la memorización
individual. En un panfleto de capacitación dirigido a los sindicatos comunistas y

286
Pascual Muñoz y Emilio Ibáñez, historias orales.
287
Pascual Muñoz, historia oral.
288
“Triunfo Campesino, Capacitación”, Manual de capacitación, 1969. Fotocopia de Jorge Tejedo, ex
presidente del sindicato de Triunfo Campesino, San Felipe. Fotocopia de la autora.

121
socialistas de Ranquil, se ve la caricatura de un campesino miserable mirando a través
de una ventana la opulenta casa de su patrón, el mensaje denunciaba el aislamiento y
la impotencia que los inquilinos vivían antes que se hubiese iniciado la movilización
sindical. Contrastando con esa imagen, en el mismo panfleto, aparecía el dibujo de un
grupo de campesinos felices y bien vestidos, que simbolizaban la confianza y prosperidad
que podían lograr a través de la solidaridad con sus compañeros trabajadores289. Los
educadores sindicalistas ponían énfasis en la naturaleza social del conocimiento y en
que la gestión social dependía de compartir el análisis y la misión con otros hombres.
Ossa Pretot, portavoz de la Presidencia señalaba, en relación a los proyectos rurales
y su propósito de educación campesina, que “El hombre no será nunca libre mientras
no sepa lo que él es y vale… El conquistar la libertad no se hace con leyes, se hace
transformando las mentes de los hombres y abriéndoles el camino”290.
Fue común que para los funcionarios del INDAP y dirigentes nacionales la
sindicalización campesina fuera concebida como un rito de pasaje a la virilidad.
Para ellos la lógica política del movimiento laboral se manifestaba en un lenguaje
de género y familia. Por ejemplo, denunciaban a los hacendados por no cumplir con
sus obligaciones paternales y elogiaban los programas de educación impartidos por
el Estado y los sindicatos, como escuelas que permitirían a los campesinos transitar
de la infancia a la adultez plena. En un taller de educación desarrollado en 1966, el
presidente de la confederación católica independiente MCI, Ulises Díaz, hacía explícita
esta situación: “Los campesinos estamos pasando de una niñez en que se nos estaba
dominando a una adolescencia. Teníamos malos padres que nos daban las cosas, pero
no nos enseñaban, y ahora nos estamos dando cuenta a través de cursos como el de
ahora cómo enfrentar la vida (…) Necesitamos llegar a una madurez porque de otro
modo no habrá solución para nosotros. Debemos tener metas precisas y nadie nos va
a meter el dedo en la boca”291.
Aunque la izquierda refutara la supuesta “generosidad” de los padres latifundistas
con respecto de los campesinos a la que aludía Díaz, comunistas y socialistas también
hacían uso de las nociones de familia y género como analogías para explicitar la
dominación de clase y la solidaridad de los trabajadores. Éstos concordaban con la
idea del latifundio como una familia disfuncional que había convertido a los hombres
de la clase obrera en niños lactantes, también compartían la percepción de que la
autoliberación era análoga a hombres “en crecimiento”. Esta sensibilidad también era
frecuente entre los trabajadores, como lo demuestran las palabras que un agradecido
campesino dirige a los educadores del INDAP en una sesión de capacitación para líderes

289
“Ranquil”, Manual de capacitación (sin fecha), fotocopia de Emilio Ibáñez, Santa María.
290
La Nación, 18 de septiembre, 1966: 19.
291
La Nación, 18 de septiembre, 1966: 19.

122
campesinos que tuvo lugar en Santiago en 1966: “Se nos ha tratado como hombres y
no como niños y aquí se ha demostrado interés por aprovechar la oportunidad que
se nos está dando. Si estamos comenzando, llegaremos mucho más allá”292. Si bien
los dirigentes laborales a nivel nacional solían subrayar la naturaleza incompleta del
proceso de maduración campesina, era común también que consideraran las formas
de acción colectiva como indicadores de una adultez ya alcanzada. Así, después de una
masiva reunión que congregó a casi 3.500 trabajadores en el Congreso Campesino del
Aconcagua, en el año 1967, la revista mensual católica independiente Campo Nuevo
destacaba, con grandes bríos: “¡Ha comenzado a roncar Aconcagua, compañeros! ¡Ahora
sí que las cosas se ponen serias pues!”293.
Sin embargo, en la práctica, el objetivo de facilitar la unión de los trabajadores
se complicaba por las divisiones y rivalidades políticas que creaba la propia
sindicalización. La división tripartidista del movimiento laboral generaba competencias
de carácter institucional e ideológico entre los democratacristianos, la izquierda
y las organizaciones católicas independientes, causando, en algunos casos, el
fraccionamiento y la lucha entre trabajadores de una misma hacienda, en donde
actuaba más de una confederación. El vínculo explícito entre Triunfo Campesino y el
gobierno democratacristiano hacía que éste tuviese una estrategia menos agresiva que
la de los sindicatos Ranquil y Libertad. Algunos campesinos nunca se afiliaron a los
sindicatos, en tanto que aquellos que sí lo hicieron no siempre estuvieron de acuerdo
con el grado de militancia sindical que se daba en ellos. Los inquilinos con derecho a
tierra tendían a ser menos entusiastas sobre las cooperativas o tenencia colectiva de
tierras que aquellos que no tenían acceso a ella. Por su parte, era frecuente que los
trabajadores de haciendas bien administradas reconocieran en los sindicatos un lugar
de negociación por mejores salarios y condiciones de vida, pero que se opusieran a
la expropiación.
Estas fisuras devinieron, años más tarde, en conflictos permanentes; sin embargo,
durante la primera mitad del proceso de Reforma Agraria, primó el sentimiento
campesino de que la unión, como arma poderosa y sin precedentes, terminaría con
los temores y la discordia. De hecho, la gran mayoría de los campesinos que habitaba
y trabajaba en el Chile central –90 por ciento– se afilió a un sindicato cuando existía
en sus zonas294. La experiencia organizacional y el surgimiento de una cultura sindical
forjaron estrechos vínculos de camaradería varonil. Someter peticiones y aprobar
huelgas requería de coordinación y esfuerzos conjuntos. A la vez, la confrontación

292
Ibid.
293
Campo Nuevo, marzo, 1967.
294
“Proyecto de cambios socio-económicos en cien predios del sector rural en Chile”, University of
Wisconsin Land Tenure Center, 1970. Citado en Garrett (1978).

123
cotidiana con el patrón alimentó una sensación de carga compartida y potencial
colectivo. A pesar de sus diferencias, Ranquil, Triunfo Campesino y Libertad cooperaron
unas con otras sobre bases regulares e institucionales. Durante las ocupaciones de
tierras o en las ceremonias que conmemoraban una expropiación, estaban presentes
hombres de diferentes sindicatos y de distintas haciendas y comunas vecinas como
signo de solidaridad estratégica. Los talleres de capacitación de liderazgo, que tenían
lugar en Santiago u otras ciudades, dieron por primera vez la oportunidad a muchos
campesinos de viajar fuera de su región natal y encontrarse con hombres de otras
partes del país.
Paradójicamente, las rivalidades personales y partidistas entre los campesinos
acrecentaron el sentido de unidad. Como lo ha señalado Thomas Klubock, el desafío que
la militancia de hombres de la clase trabajadora oponía a la autoridad del empleador,
estaba prefigurada en la lucha competitiva entre unos y otros295. Era en los conflictos
entre hombres iguales que se modelaba y ratificaba la valentía masculina necesaria
para enfrentar al patrón. En los congresos nacionales y provinciales realizados
después de 1967 y que congregaron a miles de campesinos, fue común que éstos se
sentaran segregados por confederación, y se enfrascaran en grandes duelos a través de
manifestaciones de estrepitosos aplausos o pateaduras en el suelo, según el orador de
turno296. Este fraccionamiento era más una muestra de bravura e intento por indicar
la confederación que tenía el control, que un cuestionamiento a la unidad de la clase
trabajadora. Es más, era común que después de las reuniones sindicales los asistentes
continuaran en otros ritos con abundante alcohol y juegos de apuestas. Pese a que,
ocasionalmente, estas actividades terminaban en amenazas y puñetes, representaban
la solidaridad entre los hombres. Las peleas a puñetes, incluso, podían ser una arena
en la que los hombres del sindicato ratificaran su credibilidad frente a la mirada de
los otros. Después de 1967, la mayoría de los sindicatos formaron equipos de fútbol,
compitiendo regularmente en ligas comunales, provinciales y nacionales297. El fútbol
permitía el encuentro entre hombres de diferentes comunas y confederaciones,
trasladando los conflictos políticos a la cancha deportiva. Pese a que las animosidades
podían exacerbarse, especialmente después de un extenuante partido, por lo general,
al final del encuentro los jugadores se estrechaban la mano y compartían bebidas
alcohólicas298.
La cultura sindical también fue un canal de comunicación entre generaciones.
Los mayores compartían relatos sobre cautelosos intentos sindicales previos, a veces

295
Klubock (1998).
296
Daniel San Martín, Armando Gómez y Raúl Fuentes, historias orales.
297
Citado en Garret (1978).
298
Raúl Fuentes, Raúl Aguirre y Armando Gómez, historias orales.

124
heroicos, pero frustrados y sobre la represión vivida en décadas pasadas. En contraste,
los jóvenes, muchos de ellos líderes sindicales, mostraban actitudes más temerarias
y optimistas. La mayoría de estos últimos había entrado al movimiento laboral en los
años sesenta, cuando la Reforma Agraria estaba en plena operación y muchos habían
tenido experiencias sindicales previas y exitosas en trabajos esporádicos como mineros
y obreros de la construcción299. En general, los jóvenes tenían más educación que los
mayores, muchos de ellos habían cursado algunos años de educación primaria, en
tanto que la generación anterior no. Este mayor acceso a la educación facilitó que los
primeros tuviesen conocimiento de los códigos laborales y estrategias de organización
nacionales, situándolos en la posición de enseñar a sus padres. En su relato, Armando
Gómez, quien fuera elegido dirigente sindical a los veintitantos años de edad, señala
que los campesinos se reunían una vez por semana y escogían a un trabajador educado
para que leyera en voz alta la prensa, los documentos legales, los panfletos políticos
y cuentos. Para Gómez esos rituales –reminiscencia de prácticas anarquistas de
comienzos de siglo– permitían que los jóvenes dieran a los viejos nociones del alfabeto.
En sus palabras, “¡Me sentía tan orgulloso cuando pasaba que ellos firmaban con sus
[propios] nombres!”300.
Probablemente muchos hombres mayores se sintieron ambivalentes ante esta
situación y, como se evidencia en conflictos posteriores, muchos padres desaprobaban
que sus hijos les señalaran el camino a seguir. De todos modos, la cada vez más
masiva organización laboral terminó por ablandar la rígida deferencia y respeto que
históricamente demandaban los padres de parte de sus hijos, incluso hacía posible
que campesinos de todas las generaciones tuvieran, por primera vez acceso a los
recursos educacionales. Los mayores compartían con los jóvenes el compromiso con
la solidaridad campesina y la convicción de que el movimiento laboral les permitía
defender mejor sus intereses y dignidad como hombres.

Masculinidad y el lugar de la mujer


Si el movimiento laboral reunió a los trabajadores, su camaradería fue moldeada
por el sentimiento de que los sindicatos no podían y no debían incluir a mujeres. El
código de masculinidad de la clase trabajadora alimentaba su significado cotidiano
de la interacción entre hombres, y a ratos, parecía que era solo entre hombres. Sin
embargo, las mujeres no estaban completamente anuladas. Ellas, pese a su aparente
ausencia, cumplieron un papel fundamental y fundacional en la construcción de la

299
Armando Gómez y Emilio Ibáñez, historia oral.
300
Armando Gómez, historia oral.

125
masculinidad del campesino. La marginación de las mujeres al interior del movimiento
laboral fue clave para constituir los sindicatos como espacios de militancia varonil.
Si bien un pequeño grupo de mujeres –trabajadoras asalariadas permanentes–
participó formalmente en los sindicatos, su presencia e intervención en las reuniones
era más bien ocasional301. En algunas circunstancias, mujeres que no estaban afiliadas
acompañaban a sus maridos a las reuniones, pero estas rara vez intervinieron, no
votaban y podían causar el bochorno de su esposo. Pedro Reyes, antiguo inquilino y
miembro del sindicato afiliado a Ranquil en la comuna de San Esteban, recordaba que,
cuando su esposa Isabel insistió en ir con él a una reunión en la que se discutía una
posible huelga, otros trabajadores lo ridiculizaron diciéndole que era dominado por
ésta: “Ella era la única mujer en 10 personas. Ellos me miraron fijamente, se miraron
maliciosamente y preguntaron si yo siempre necesitaba a mi señora para ponerme
los pantalones”302.
La acusación, que ponía en duda la correcta masculinidad de Pedro por estar
acompañado de su mujer, refleja que los campesinos no solo consideraban que los
sindicatos eran apropiados solo para hombres, sino también que éstos eran asociaciones
en las que la presencia de mujeres era una amenaza real. La confrontación al patrón a
través de peticiones, huelgas, palas y comportamiento rudo, era un desafío masculino
de hombres de la clase trabajadora frente a sus superiores también varones. La
participación de las mujeres cuestionaba el heroísmo masculino. Dada la centralidad
que tenía la ratificación de la masculinidad campesina en el proceso de sindicalización,
la exclusión de las mujeres era no solo necesaria, sino fundamental y todo el movimiento
laboral reforzó esta situación.
Sea por el potencial peligro que significaban las vigilias nocturnas en las haciendas
ocupadas, o la rivalidad de un partido de fútbol, el exclusivo carácter masculino de
los sindicatos los preservaba como comunidades de compañeros que reivindicaban su
virilidad. De este modo, no es coincidencia que educadores y organizadores laborales
contrastaran la transformación de los campesinos en hombres de sindicatos con la
domesticidad. Es lo que planteaba un manual de capacitación para Triunfo Campesino,
“O somos SUJETOS concientes de nuestro valor, decididos a construir nuestro mundo, a
luchar porque sea más humano y para ello a enfrentarlo con razón y conciencia crítica.
O nos dejamos DOMESTICAR permitiendo que otros sean los que decidan por nosotros,
los que den siempre las órdenes de mando” (Énfasis original)303. Aunque en el Chile
rural el término domesticar abarcaba una amplia gama de relaciones de contención
y subordinación del animal al amo, estaba mucho más vinculado con las mujeres, y

301
Affonso, et al. (1970): vol. 1, 206-210.
302
Pedro Reyes, historia oral.
303
“Triunfo Campesino, Capacitación” (1969): 2.

126
Votación sindical.
Fuente: Museo Histórico Nacional

Reunión sindical.
Fuente: Museo Histórico Nacional

127
particularmente, con las sirvientas domésticas. Mujeres y sirvientas naturalmente
recibían órdenes de otros. Por el contrario, los sindicatos permitían a los hombres
decidir por sí mismos, ser críticamente conscientes y activos: en otras palabras, a no
ser domesticados y no ser mujeres.
Más allá que los sindicatos excluyeran a las mujeres, su esencia masculina era
definida por el juicio que los hombres tenían sobre las mujeres y, en particular, por
el poder de éstos a acceder sexualmente al cuerpo femenino. En primer lugar, se
suponía que los hombres gozaban de este poder sobre sus esposas, sin embargo, la
cultura sindical tenía un concepto más amplio de la masculinidad, como un estilo de
vida que afirmaba sexualmente a los hombres sobre las mujeres y que traspasaba la
mera actividad sexual. Éste era un estilo que iba más allá de las cuatro paredes del
hogar campesino. En efecto, la mayoría de los espacios culturales más importantes
del sindicato se construían alrededor de actividades reservadas exclusivamente a
los hombres –ritos de ingesta excesiva de alcohol, fumar, apostar y hacer deportes–.
Tales pasatiempos reafirmaban el principio de que eran los hombres, y no las mujeres,
quienes tenían la posibilidad de distraerse y destinar recursos para el placer personal,
generando relaciones más allá de la casa. También indicaba que eran los hombres
quienes podían prohibir el acceso de las mujeres a esos privilegios. Todas las salidas
para beber en las que solo participaban hombres, ratificaban la idea que eran ellos
los que gozaban de la libertad corporal (y autoridad para gastar dinero) fuera de sus
hogares, lejos de la vigilancia de las mujeres de la familia. Los hombres reconocían que
tenían un derecho exclusivo de género a tal gratificación y que estaba estrechamente
vinculado a su derecho sexual. No es casualidad que tanto en los eventos deportivos
como en las reuniones para beber, donde solo asistían hombres del sindicato, no solo
se discutiera sobre política o goles, sino también se compartieran chistes obscenos y
fabulosas historias acerca de mujeres. Emilio Toledo, antiguo miembro de un sindicato
afiliado a Triunfo Campesino en Santa María, recordaba con mucha emoción que en
esos tiempos de ocio el tópico preferido de la conversación no era la Reforma Agraria,
sino que el sexo:
Cuando terminaba el material serio, los hombres hablaban de las mujeres. ¡Oh, no teníamos
vergüenza! Cada uno contaba sus conquistas –generalmente ninguna era verdad– y
jactándose sobre las muchachas que agarraría después –ninguna de ellas era posible…
Al final, todos estaban tan tontos y borrachos, que pensaban realmente que ellos iban a
aprovechar el hecho de estar fuera de la casa para tener una aventura… pero, por supuesto,
¡casi todos volvían a la casa con el sombrero en la mano!304
Al relatar grandes hazañas con mujeres –aunque éstas fueran ficticias– los hombres
del sindicato ponían a competir su virilidad, siendo el acceso sexual a las mujeres el

304
Emilio Toledo, historia oral, Santa María, 25 de mayo, 1993.

128
Campesinos en una toma de tierra.
Fuente: Nosotros Los Chilenos. Reforma Agraria, Editorial Quimantú, 1971.
Cortesía de la University of Wisconsin Land Tenure Center.

129
mecanismo que ratificaba la pertenencia a la camaradería común. La idea de que los
hombres viriles realizaban grandes proezas sexuales no fue un invento de los sindicatos
campesinos, pero sí fue una de los elementos claves en el desarrollo de la práctica y
la cultura del movimiento laboral rural.
Los dirigentes nacionales ponían énfasis en la importancia de la responsabilidad
que tenían los hombres respecto de sus familias, como base de la solidaridad de clase.
Sin embargo, el movimiento laboral rural también alentaba la idea de que el privilegio
sexual de los hombres era un elemento natural de la masculinidad propia del sindicato.
Los encuentros de capacitación realizados en Santiago durante los fines de semana
para los dirigentes campesinos siempre incluían pasatiempos, en los que solía haber
grupos de bailarinas y parodias humorísticas que ironizaban sobre la vulnerabilidad
de los hombres frente a los encantos de las mujeres305. En una historia oral se hacía
el recuento de una de estas presentaciones. Allí se representaba los frustrados
intentos de un campesino casado por conquistar mujeres. En su primer intento ella
le rechazó porque era de clase media y tenía prejuicios en contra de los campesinos;
en el segundo, también le rechazó, porque ella era casada. La tercera aceptó, pero
resultó que estaba embarazada de otro hombre306. También la prensa laboral, de todo
el espectro político, dedicó espacios al humor de la clase trabajadora307. En caricaturas
y chistes se burlaban de los frustrados intentos de los hombres por seducir mujeres
voluptuosas, que generalmente aparecían medio desnudas; o de hombres que eran
dominados o rechazados sexualmente por sus esposas.
La mofa sobre la sexualidad ratificaba el derecho de los hombres a conquistar
varias mujeres, insinuando que éste era un aspecto inherente a la masculinidad de la
clase trabajadora. Sin embargo, al mismo tiempo ocultaba ciertas aprehensiones sobre
la sexualidad femenina y sobre las habilidades de los hombres para dominarla. Las
burlas sobre aquellos que no tienen éxito en conquistar a las mujeres que se proponen
y sobre la ostentación de proezas sexuales no consumadas, subrayan la inseguridad del
supuesto privilegio sexual masculino: esto es, el poder que tienen las mujeres de negar
a los hombres su masculinidad y la brecha que existe entre el deseo de éstos y lo que es
posible308. La ridiculización que se hacía de los hombres que no podían controlar a sus
esposas o que fracasaban en tener aventuras, emanaba del reconocimiento misógino
de la autoridad de las mujeres dentro del matrimonio. Sin embargo, esta situación más
que minar el dominio sexual masculino lo reforzaba, ya que los hombres, al evitar ser
humillados por las mujeres, se mostraban más confiados y sexualmente más agresivos.
305
Pedro Muñoz, historia oral, Catemu, 14 de junio, 1993; Raúl Fuentes, Emilio Toledo y Armando
Gómez, historias orales.
306
Pedro Muñoz, historia oral.
307
El Siglo, 27 de enero, 1963: 8; 28 de abril, 1963; Tierra y Libertad, abril, 1963.
308
Stansell (1987).

130
Además, hacía más imperiosa la necesidad de preservar los sindicatos y actividades
asociadas a esto como una arena exclusiva de los varones que les daba la seguridad
de una cierta representación de su masculinidad.
Las inquietudes sobre la capacidad de las mujeres de frustrar a los hombres
fueron nutridas y exacerbadas por la idea de que las mujeres se oponían a la Reforma
Agraria. En las elecciones presidenciales de 1958, más del doble de las mujeres votó
por el candidato de la derecha, Jorge Alessandri, y no por Frei o Allende309. Este
resultado hizo que durante la campaña electoral de 1964, tanto los democratacristianos
como el FRAP, que apoyaba a Allende, hiciera llamados especiales para atraer a las
mujeres, especialmente en zonas urbanas. Pese al éxito de esta campaña (en 1964 un
porcentaje mayoritario de mujeres votó por Frei, en tanto que una minoría lo hizo por
Allende), se mantuvo la idea de que las mujeres eran políticamente reaccionarias. Los
campesinos se quejaban de que sus esposas objetaban sus actividades clandestinas,
que eran ignorantes de las políticas de clase, y que no se les podía confiar información
delicada. Esta percepción era justificada por el supuesto aislamiento de las mujeres
en el hogar que habría impedido su compromiso con procesos políticos más amplios,
y por la convicción de que la religiosidad y simplicidad, concebidos como rasgos
femeninos innatos, hacían de las mujeres sujetos inherentemente más conservadores
que los hombres. En ambos escenarios, la ignorancia femenina tenía el potencial de
desestabilizar la solidaridad de clase necesaria para un cambio progresivo.
En 1969, el diario comunista El Siglo destacaba con alivio, aunque también con
cierto nerviosismo, que las mujeres de zonas rurales estaban gradualmente adquiriendo
conciencia de clase y habían empezado a apoyar a los hombres de la familia en su
lucha revolucionaria:
Esto es importante destacarlo, pues la participación de la mujer en las luchas ha sido siempre
más lenta, en un plano de retaguardia con respecto al hombre. Y eso es fácil de explicar por
la dependencia en que la mujer ha vivido con respecto al hombre, que no le ha permitido
obtener una conciencia de clase más profunda. Esta posición pasiva de la mujer campesina
con respecto a la lucha por sus derechos y los de su familia, sirvió y sirve en muchos casos
aún, para frenar la combatividad de sus maridos, hermanos, padres, etc. Y también para que
los patrones las utilicen en detener el movimiento de liberación del campesinado. Pero las
cosas están cambiando… un número cada vez mayor de mujeres comprenden que la solución
de los problemas del hogar, del niño, de la carestía, de la vivienda y de los resabios de la

309
En las elecciones presidenciales de 1958, 34% del voto femenino en el Valle del Aconcagua optó por
Alessandri, 25% por Frei, y 21% por Allende. En el voto masculino, Allende obtuvo el 32%; Alessandri
el 29,5%, y Frei 19%. En 1964, Frei alcanzó el 63% del voto femenino en el Valle del Aconcagua.
“Registro Electoral, 4 de Septiembre, 1958”; “Registro Electoral, 4 de Septiembre, 1964”, Directorio
de Registros Electorales.

131
desigualdad que las afecta están vinculados a la transformación de la sociedad y a la lucha
concreta por sus reivindicaciones310.
Es notable que el artículo, pese a culpar al conservadurismo de las mujeres
por su dependencia respecto a los hombres, no hace un llamado a realizar cambios
estructurales en la división del trabajo dentro del hogar. En su lugar, llama a las
mujeres a identificarse con el desempleo de los hombres y la pobreza familiar, causas
que, se suponía, las mujeres no alcanzaban a entender. La imagen de las mujeres como
sujetos fácilmente manipulados por los hacendados, las transformaba en agentes
sexuales inconscientes de traicionar, eventualmente, a la clase. Primero, porque el
vínculo con el patrón (varón) podía ser más fuerte que el que tenían con su marido o
padre. Segundo, porque podían usar sus poderes persuasivos sobre los hombres de la
familia para debilitar su militancia. En definitiva, la posibilidad de deslealtad femenina
amenazaba la virilidad del movimiento laboral masculino. Esto se expresa en el refrán,
que era común entre los dirigentes y entre las filas de militantes campesinos: “La única
cosa peor a un latifundista reaccionario es que la esposa no te apoye”311.
El movimiento laboral trató de mitigar la inquietud que existía sobre la lealtad
de las mujeres, dando más relevancia a la familia. Si bien en la práctica las mujeres
no eran bienvenidas como miembros del sindicato, se les aseguraba que éstos tenían
como preocupación fundamental el mejoramiento de las familias campesinas, cuyos
intereses, se asumía, eran propios de las mujeres. La prensa laboral rural y los panfletos
de capacitación de los sindicatos de todas las tendencias políticas insistieron en que su
principal objetivo era asistir a los hombres para que fueran capaces de proveer a sus
familias. Esto fue también recurrente en los discursos del INDAP y en instituciones de
la agenda democratacristiana, la cual prometía que la Reforma Agraria haría de los
campesinos agricultores productivos y jefes capacitados de sus hogares. Las mujeres,
se asumía, aplaudirían la entrega de poder al jefe de hogar que ganaba el pan para
su familia.
Todas las tendencias del movimiento laboral incentivaban el apoyo de las mujeres
a los sindicatos, asistiéndolas en el desarrollo de sus capacidades como esposas, hijas
y madres. Se las instaba a comprender las obligaciones sindicales de los hombres,
incluyendo las reuniones nocturnas y las ausencias del hogar. También se les llamaba
a unirse a algunos eventos sindicales ayudando en algunas tareas o como presencia
meramente simbólica. La prensa laboral informaba con entusiasmo que las esposas
marchaban codo a codo con sus maridos en las demostraciones públicas, exigiendo el
cumplimiento de algunas peticiones o la expropiación de la tierra. Las mujeres también
participaban en las ceremonias de legalización de un sindicato con bailes folklóricos,

310
El Siglo, 11 de octubre, 1969: 2.
311
Ricardo Leighton, historia oral.

132
asistían a talleres del INDAP en que se explicaban los objetivos de la Reforma Agraria,
limpiaban los locales de reunión, organizaban fiestas en los sindicatos para la Navidad
y las fiestas patrias, y proveían de alimentos a los trabajadores en huelga o en tomas312.
Los sindicatos católicos independientes organizaban también concursos de belleza para
elegir a mujeres jóvenes que los representaran como “reinas campesinas”313.
El movimiento laboral rural destacaba las actividades de las mujeres como una
forma de subrayar el nivel de solidaridad campesina en pos de la Reforma Agraria y
legitimar la naturaleza de las demandas de la clase trabajadora frente a la opinión
pública. La presencia de las mujeres daba a los afiliados el estatus simbólico de ser
hombres de familia, comprometidos en un proyecto comunitario noble que buscaba el
mejoramiento del grupo familiar. Además, hacía explícitos la comprensión y el apoyo
de las mujeres a las actividades de los hombres y que éstos estaban comprometidos
en aliviar la situación de sus esposas. Al dar cuenta de la participación de las mujeres
en una marcha que siguió al congreso de la UCC en San Felipe en 1967, la revista
católica Campo Nuevo comentó que la mujer campesina demostró “una capacidad
extraordinaria, desfiló con decisión junto al hermano, al marido o al novio que quiso
asistir (al Congreso)… el sexo bello observa con gran interés el movimiento sindical,
porque [ellas] están conscientes de la gran importancia que tiene para lograr una plena
estabilidad familiar, terminando con angustias, privaciones y injusticias dentro de un
sistema donde todos puedan actuar con la misma dignidad”314.
Si bien había una percepción generalizada, dentro del movimiento laboral, sobre
el lugar que les correspondía a las mujeres, había también importantes diferencias.
democratacristianos y católicos independientes ponían énfasis en la familia como
base de la sociedad, estipulando los objetivos de la Reforma Agraria en términos de
mejorar el hogar campesino como unidad315. Aunque los hombres formaran sindicatos
en tanto trabajadores, su objetivo era dignificar la familia y, por extensión, a la
comunidad campesina316. Familias y comunidades bien organizadas ayudarían, a su
vez, a que los sindicatos alcanzaran sus fines. El énfasis discursivo en la familia y en la
comunidad, que implicaba organizar a todos sus miembros, incluyendo esposas, madres
e hijas, le quitaba poder a la organización de los campesinos como clase y disminuía
la connotación de lucha de clases.

312
Nuevo Campo, septiembre, 1967: 2; octubre, 1967: 1; abril, 1968; Tierra y Libertad, enero, 1964: 2.
313
Tierra y Libertad, abril, 1963; y noviembre, 1963; El Trabajo, 29 de noviembre, 1967: 2.
314
Campo Nuevo, marzo, 1967.
315
Tierra y Libertad, mayo, 1962.
316
“El ABC del sindicalismo campesino”, MCI panfleto, circa 1964, INPRU; “Tierra y libertad: la reforma
agraria”, ASICH panfleto, 1961, INPRU; “Confederación nacional sindical campesina Libertad”,
Libertad panfleto, circa 1968, INPRU; “Triunfo Campesino Capacitación” (1969).

133
Para la confederación católica independiente MCI, la incorporación de las mujeres
al proceso de movilización social era uno de sus objetivos institucionales, en tanto que
el INDAP llamó a crear organizaciones de mujeres afiliadas a los sindicatos de hombres
como una manera de unir a la familia y de representar sus intereses317. En algunas
ocasiones, el INDAP dio talleres de información para mujeres campesinas y la MCI fue
patrocinadora de las primeras conferencias nacionales de mujeres rurales en Valparaíso
y Aconcagua, en 1964 y 1965318. Si bien el INDAP y el MCI incentivaban a las mujeres
asalariadas a afiliarse a los sindicatos, ambos se enfocaron principalmente en que las
mujeres comprendieran las actividades sindicales de los hombres y la importancia
de la Reforma Agraria en su conjunto319. La conferencia de mujeres rurales llevada
a cabo en Aconcagua en 1965, finalizó con el voto general de apoyo para colaborar
con las organizaciones de hombres, sindicatos y sociedades vecinales320. Sin embargo,
el solo hecho de que estas asambleas reunieran a cientos de mujeres de todo el país
(incluyendo una delegación proveniente de la comuna de Santa María) demostraba
el serio esfuerzo realizado para movilizar a las mujeres321. Las conferencias también
estaban dirigidas a problemas específicos de las mujeres, tales como educación y
cuidado de salud322. El objetivo, como sostenían los organizadores del MCI, era romper
con el aislamiento de éstas en sus casas y ayudarlas a comprender que los intereses
de sus familias solo podrían lograrse a través de una comunidad bien organizada.
Haciendo gala del éxito obtenido al respecto, en una de las asambleas generales
del MCI, realizada en 1965, se concluía que: “Hasta hace poco se consideraba a la
mujer como un elemento pasivo y encerrado en un círculo familiar, pero el tiempo ha
demostrado que esta pasividad era el producto de la falta de una toma de conciencia
de lo que representa la mujer en la lucha gremial”323.
La izquierda también destacaba la importancia de las familias unidas y el apoyo
conyugal, pero ponían mayor énfasis en organizar a las mujeres como trabajadoras.
Los partidos Comunista y Socialista, junto a sus organizaciones laborales en el campo,
abogaban por la incorporación de las mujeres trabajadoras a los sindicatos y por la
igualdad laboral para hombres y mujeres. En las elecciones presidenciales de 1964, el
FRAP respondió a la estrategia de la Democracia Cristiana de promover la defensa de

317
Affonso, et al. (1970): vol. 1, 204. “Marco nacional de programación”, INDAP, 1968: 7.
318
Affonso, et al. (1970): vol. 1, 233.
319
La literatura del INDAP destacó el derecho de la mujer trabajadora a hacerse socia del sindicato.
“Manual de derechos campesinos”, INDAP, 1968.
320
La Nación, 12 de julio, 1965: 5; Affonso et al. (1970): vol. 1, 233; La Nación, 13 de diciembre, 1964: 14.
321
Según La Nación, más de 400 mujeres asistieron a la conferencia en 1965. La Nación, 12 de julio, 1965: 5.
322
Ibid.
323
“Conclusiones de la Primera Asamblea General de Socios”, fotocopia, archivo MCI. Citado en Affonso
et al. (1970): vol. 1, 1970, 227.

134
la maternidad, señalando que la izquierda defendía tanto a las mujeres trabajadoras
como a las madres. La campaña de Allende se basó sobre una amplia plataforma de
derechos laborales para las mujeres, incluyendo igualdad en las remuneraciones,
guarderías infantiles, licencia maternal, acceso sin restricciones a cualquier tipo de
trabajo y derecho a afiliarse a sindicatos sin el consentimiento del marido324. Aunque
los democratacristianos también apoyaban estas medidas, la mayoría de ellas habían
sido iniciativas de la izquierda, la que se dirigía a las mujeres como trabajadoras, en
términos retóricos sobre bases mucho más consistentes. La inclusión de las mujeres al
movimiento de trabajadores había sido un objetivo de la izquierda desde comienzos
del siglo veinte y fue reiterado con renovado entusiasmo en los años sesenta325. En el
congreso de 1962, el Partido Comunista declaró que la “liberación nacional” aseguraría
la promoción del trabajo de las mujeres “en todos sus aspectos, como obrera industrial,
campesinas y profesionales”326. Ese mismo año, la FCI se comprometió a luchar por
“la completa igualdad de la mujer campesina con los hombres” en los sindicatos, por
el mejoramiento de la vida de las mujeres, “sean trabajadoras asalariadas o dueñas
de casa” y por la promoción de los deportes femeninos327.
El reconocimiento de la izquierda de las mujeres como trabajadoras era impulsado
por el compromiso político de organizar a toda la fuerza laboral rural. El Partido
Comunista, en particular, argüía que los trabajadores inmigrantes y los temporeros
debían estar sindicalizados con el fin de impedir que los latifundistas minaran los logros
del movimiento laboral contratando trabajadores por temporadas328. Dado que casi
el 20 por ciento de los trabajadores temporeros eran mujeres, esta preocupación era
clave. Además, las mujeres fueron también un objetivo organizacional importante dada
la relevancia que la izquierda daba a las comunidades indígenas. Ya desde comienzos
de la década de 1930, el Partido Comunista había señalado a los mapuches como uno
de los grupos rurales con menos derechos y con mayor potencial revolucionario. De
hecho, la FCI, creada en la década de 1950, buscaba unir al campesinado indígena y
no indígena, denunciando la histórica discriminación chilena respecto de los pueblos
nativos y elogiando las prácticas de tenencia comunal de tierras y la solidaridad
militante del pueblo mapuche. En particular, se destacaba el papel de las mujeres
mapuches, ya que eran ellas las que solían encargarse del cultivo de subsistencia en

324
“Declaración de los derechos de la mujer trabajadora”, FRAP; El Siglo, 13 de julio, 1964: 7.
325
Edda Gaviola, Ximena Jiles Moreno, Lorela Lopresti Martínez y Claudia Rojas Mira, Queremos votar
en las próximas elecciones: Historia del movimiento femenino chileno, 1913-1952. Santiago: CEM, 1986;
Cecilia Salinas Álvarez, La Mujer proletaria: Una Historia para contar. Santiago: Literatura América
Reunida, 1987; Lorena Godoy et al. (1995); Klubock (1998); Rosemblatt (2000); Hutchison (2001).
326
El Siglo, 1962.
327
Unidad Campesina, mayo, 1962.
328
El Siglo, 23 de julio, 1966.

135
las tierras comunales y cumplir un rol político clave en su calidad de chamanes. La
FCI había incluido la protección del derecho de las mujeres indígenas a participar en
cooperativas como uno de sus primeros objetivos de organización329.
Sin embargo, pese a esta agenda positiva para las mujeres, los intentos de la
izquierda por aumentar la afiliación femenina en los sindicatos rurales durante el
período de la Reforma Agraria tuvo un éxito limitado. A lo largo de los años sesenta, las
mujeres dirigentes al interior de la Central Única de Trabajadores (CUT), organización
nacional que incluía a todo el movimiento laboral, se quejaban de la baja afiliación
de las campesinas a los sindicatos y del fracaso en el reclutamiento de organizadoras
mujeres330. Si bien las indígenas participaron más masivamente en los sindicatos, en
el sector agrícola de Chile central (incluyendo el Valle del Aconcagua) la presencia
femenina en sindicatos afiliados a la izquierda nunca excedió el promedio nacional
(cuatro a seis por ciento)331. Pese al reconocimiento de la izquierda de las mujeres
trabajadoras, en el FCI y Ranquil la mayoría de los “problemas de las mujeres” no eran
definidos por el lugar de trabajo, sino por preocupaciones tales como la educación, el
cuidado de la salud y la cultura332. A diferencia de su aproximación a la organización
de los hombres, ni comunistas ni socialistas propusieron en forma regular la creación
de más empleos permanentes para las mujeres333.
En la práctica, la izquierda terminó por poner menos atención a las mujeres
que lo que lo hicieron sus competidores. Para los católicos independientes y
democratacristianos, el énfasis marxista centrado en el lugar de trabajo como el sitio
de la lucha de clases habría mitigado la necesidad de movilizar a la familia. Aunque
la izquierda destacaba la solidaridad familiar, privilegiaba más abiertamente la
necesidad de proletarizar a los trabajadores. Si bien la prensa de izquierda reconocía
la importancia de las mujeres en la agricultura de subsistencia, esa actividad las
ubicaba fuera de la esfera de producción comercial –la que, desde el punto de vista
marxista tradicional, estaba situada en las grandes haciendas– y, por lo tanto, fuera
del objetivo inmediato del esfuerzo organizacional de la izquierda.
Esta perspectiva, junto al fracaso de organizar a los trabajadores temporeros y a
las mujeres asalariadas, devino en que la izquierda terminara dándoles a las mujeres
un papel muy limitado en el proceso de transformación de la sociedad. Mientras
que católicos independientes y democratacristianos llamaban a las mujeres a unirse
(aunque desde los márgenes) en un proyecto colectivo destinado al mejoramiento

329
En 1962, la FCI destacó el derecho de la mujer indígena a la tierra. Unidad Campesina, mayo, 1962.
330
El Siglo, 10 de febrero, 1963.
331
Garrett (1978).
332
El Siglo, 11 de enero, 1966.
333
Unidad Campesina, mayo, 1962.

136
familiar, la centralidad que la izquierda daba a la lucha de clases y la actividad sindical
circunscribió la necesidad de participación femenina al apoyo moral de las mujeres a la
causa de los hombres. A diferencia de los sindicatos católicos y democratacristianos, ni
la FCI ni los sindicatos afiliados a Ranquil parecen haber tenido Secciones de Mujeres,
sino hasta comienzos de la década de 1970. La educación laboral de la izquierda
se centró casi exclusivamente en el código del trabajo y la reforma agraria, ambos
definidos como problemas eminentemente masculinos, y fue muy raro que ofreciera
“instrucción femenina” de economía doméstica334.
La izquierda subrayaba que las necesidades de las mujeres se resolverían por la
lucha exitosa de los hombres. Aunque la prensa laboral elogiaba a las mujeres por su
solidaridad y sabiduría política, era común que las representara como víctimas de la
opresión de clase. Las historias de mujeres golpeadas por la policía, expulsadas de
las haciendas, inválidas por el trabajo agrícola, o sollozando sobre niños hambrientos,
eran recurrentes en las ediciones de El Siglo y Unidad Campesina. Si bien estos relatos
representaban experiencias femeninas ciertas, ellos ponían énfasis en la falta de poder
de los hombres –no de las mujeres– al interior del sistema dominante, destacando la
impotencia de éstos para proteger y proveer a sus familias, por lo que el llamado a
los trabajadores era a luchar colectivamente para salvar a las mujeres y niños335. Si
católicos independientes y democratacristianos destacaban la participación femenina
en las marchas y ceremonias públicas para enfatizar la ausencia del odio de clases,
la izquierda usaba el sufrimiento de las mujeres como un símbolo de explotación de
éstas y como un llamado a la militancia de los hombres.
Sin embargo, bajo el gobierno de Frei, las tendencias políticas al interior del
movimiento laboral rural compartieron una filosofía básica acerca del tipo de hombres
que deberían participar en los sindicatos y el lugar de las mujeres en la movilización
laboral. Los sindicatos eran vehículos para transformar a peones campesinos en
hombres conscientes de su valor como seres humanos, hombres que fueran capaces
de tomar responsabilidades para cambiar sus propias circunstancias. Las mujeres
debían apoyar a los hombres y proporcionar un peso simbólico a las manifestaciones
de solidaridad de clase y de mejoramiento comunitario. Las diferencias entre católicos
y marxistas existieron y se hicieron más importantes en la medida en que progresaba
la Reforma Agraria, pero la posición de las diferentes facciones políticas, el nivel
de confrontación y contra quienes se levantaban, iba cambiando según el gobierno
que estuviese en el poder. Desde antes de la elección de Frei, católicos y marxistas
habían compartido estrategias comunes; sin embargo, después de 1970, cambiaría
la posición en su relación con el Estado. Si bien concordaban en las características

334
Jorge Tejedo y Bernardo Flores, historias orales.
335
El Siglo, 11 de diciembre, 1962; 30 de mayo, 1967; 16 de agosto, 1969.

137
masculinas deseables de los sindicalizados, en su esencia ofrecían visiones diferentes
para el futuro.
Los campesinos respondieron con ansias al llamado del movimiento laboral por una
acción viril. La convocatoria a levantarse ante al patrón tuvo ecos profundos en la rabia
contenida por la grosera explotación y humillación que había sufrido el campesino.
Ésta le dio un revés político colectivo a la beligerancia y desobediencia cotidiana con
que éstos habían reaccionado, desde tiempo ha, como una manera de morigerar los
términos de la subordinación. El llamado del movimiento laboral a la masculinidad
rural hizo sentido en los campesinos, quienes participaron voluntariamente en
moldear los códigos de la virilidad sindical. Aunque el peligro que implicaban los
sindicatos hizo que muchos hombres se abstuvieran de participar, éstos ofrecieron
nuevas formas comunitarias y dieron un sentido de masculinidad a los trabajadores.
La solidaridad emergió de la competencia por el valor y arrojo entre los hombres y
de las demostraciones de fuerza, tanto individuales como colectivas, hacia el patrón.
En la medida en que, en el gobierno y congreso, se concretaban alianzas poderosas,
fue disminuyendo el peligro (aunque nunca desapareció), siendo progresivamente
reemplazado por la valentía y la confianza de que los hombres de la clase trabajadora
podían ser agentes de su propio destino.
Este sentido de acción fue inseparable de la naturaleza exclusivamente masculina
de los sindicatos y de la convicción, en el movimiento laboral, del predominio de los
hombres sobre las mujeres. Ciertamente, este predominio de la autoridad masculina
sobre las mujeres databa de mucho antes de los años sesenta, al interior del hogar
campesino y había sido uno de los pocos medios en que los hombres pobres del
mundo rural ejercían autoridad dentro de la sociedad latifundista. El movimiento
laboral fortaleció esta situación al ennoblecerla dentro de un proyecto que haría de
los campesinos jefes de hogar capacitados para proteger y proveer a sus mujeres. Con
ello se instaba también a los hombres de la clase trabajadora campesina a expandir
su poder masculino más allá de los límites del hogar, y ampliar su jurisdicción hacia
demandas dirigidas a los empleadores y al Estado. Este sello de masculinidad suponía
la confluencia entre el género y los antagonismos de clase: la militancia en contra del
patrón, la exclusión de las mujeres de la mayoría de los espacios sindicales y el hacer
públicas las proezas sexuales, eran aspectos que definían la masculinidad sindical.
Aunque el movimiento laboral buscaba la simpatía de las mujeres y ponía énfasis en
que el objeto de las movilizaciones era el mejoramiento de la familia y la armonía
conyugal, se mantuvo siempre a las mujeres a una distancia prudente.

138
CAPÍTULO IV
MUTUALISMO DE GÉNERO: EDUCACIÓN RURAL,
CENTROS DE MADRES Y PLANIFICACIÓN FAMILIAR

El carácter masculino, propio del movimiento laboral rural, fue suavizado por el
impulso dado por la Reforma Agraria a la familia y al compañerismo dentro de la
unidad doméstica. Funcionarios del Estado, activistas laborales, católicos progresistas
y otros reformadores sociales destacaron al hogar campesino como la piedra angular
de la cultura agraria moderna dentro de la comunidad rural. Sería en la familia
donde se aprenderían los nuevos modelos asociados a la administración agrícola,
los procedimientos democráticos y la higiene personal. Cada uno de sus miembros
contribuiría a construir una sociedad nueva asumiendo roles específicos según su
generación y género. Adultos y jóvenes, hombres y mujeres harían cada uno, según sus
responsabilidades, su contribución al logro final. En tiempos de dramática turbulencia,
la familia pasó a ser el modelo de paz social y, pese al anhelo de un mundo más
igualitario, los campesinos fueron compelidos a trabajar dentro de diferenciaciones
consideradas como naturales. El conflicto que generaba esta situación hizo que los
reformadores propusieran un proyecto de mutualismo de género –esto es, la cooperación
armoniosa entre hombres y mujeres– como una forma de mantener unidas a las familias
y a la sociedad campesina en su conjunto.
El mutualismo de género fue central en la formulación de proyectos de organización
y educación de la Reforma Agraria. Si bien fueron los sindicatos de trabajadores los
que recibieron el grueso de la atención y los recursos, concentrando generalmente
los esfuerzos educadores más importantes, hubo otros programas que se centraron
específicamente en las mujeres, los jóvenes y la familia en general; entre ellos las
clases de alfabetización de adultos, las escuelas agrícolas especiales, los centros de
madres, los centros de jóvenes, los centros de padres, las juntas de vecinos y la primera
iniciativa nacional de planificación familiar llevada a cabo en Chile. Estos proyectos,
patrocinados en gran medida por el Estado y católicos independientes, intentaban
modernizar las relaciones familiares y ponerlas al servicio del desarrollo nacional.
En específico, aspiraban efectuar una transformación cultural en tres aspectos:
acrecentar las capacidades productivas y de sustento de los hombres; racionalizar y

139
validar el trabajo doméstico de las mujeres; y promover la responsabilidad cívica y
de camaradería de los jóvenes.
La transformación cultural era clave. Como proyecto de modernización, la Reforma
Agraria, arraigada en el liberalismo del siglo diecinueve, yuxtaponía barbarismo con
civilización, asociando a los campesinos con subordinación e indianismo. Uno de sus
principales objetivos era transformarlos en ciudadanos autónomos, letrados e integrados
en el tejido político y económico de la vida nacional. Esta dicotomía y la concepción
de género prevaleciente queda ilustrada en un panfleto distribuido a comienzos de
1961 por la organización de trabajadores católica ASICH. En el encabezado se lee:
“Es necesaria, entonces, una Reforma Agraria para que los campesinos conquisten
su libertad y se incorporen a la vida cívica, cultural y económica de la Nación…”.
Luego un dibujo en el que un patrón habla a sus trabajadores, y en el que éstos
aparecen descalzos sosteniendo el sombrero en las manos. En contraste, otro dibujo
que mostraba a un campesino de pie, leyendo el diario mientras su esposa, sentada
en una silla, escuchaba la radio y leía un libro; colgando en la pared se ven dos mapas
–uno de Chile y el otro del mundo336–. El mensaje implícito era que la Reforma Agraria
reemplazaría el servilismo, la ignorancia y el estado primitivo, por independencia,
educación y envolvimiento en las preocupaciones nacionales e internacionales.
Hombres y mujeres se beneficiarían, pero su participación sería diferenciada según
los géneros. Otras caricaturas representaban a hombres sonrientes labrando la tierra y
mujeres comprando textiles. La promesa implícita era que la Reforma Agraria ayudaría
a los varones en su rol de proveedores, mientras que permitiría a las campesinas ser
dueñas de casa eficientes y sabias consumidoras.
El proyecto modernizador como un proceso de inclusión que alentara la
productividad, el consumo y la ciudadanía, era compartido por el espectro político de
centro y de izquierda, pero fue especialmente impulsado por la Democracia Cristiana.
Jacques Chonchol, director de INDAP, señalaba acerca del propósito de los programas
de educación de la Reforma Agraria:
La tarea educativa consiste en hacer salir a esta población campesina de su mentalidad
tradicional en el más breve plazo… sacar el mejor provecho posible de sus recursos, para
utilizar bien su ingreso y para aprovechar en su beneficio una serie de pequeños elementos
que a menudo tiene a mano y que por ignorancia desperdicia. Finalmente… [la educación]
consiste en la incorporación de la masa campesina a la comunidad nacional: a la comunidad
política, a la comunidad cultural, a la comunidad económica y a la comunidad social337.
La inclusión fue uno de los temas centrales para los democratacristianos, ya que
para ellos todo proyecto de transformación cultural requería primero de la movilización

336
“Tierra y libertad por la reforma agraria”, Acción Sindical Chilena, Santiago, 1961: 15 y 25.
337
Chonchol (1964): 73-74.

140
Panfleto de ASICH, 1963.

141
de masas y la participación de los pobres en la vida cívica. Este planteamiento,
compartido en algunos aspectos por la izquierda, correspondía a la teoría de la
marginalidad promovida por DESAL y el Departamento de Sociología de la Universidad
Católica338. Esta teoría postulaba que en Chile el subdesarrollo se debía a que solo
una minoría participaba en las instituciones políticas, económicas y sociales, por lo
que al incentivar una participación más masiva, se avanzaría, consecuentemente, a
una mayor modernización. Así, en contraste con el análisis de la izquierda centrado
en la explotación de clase, los democratacristianos y otros católicos explicaban la
injusticia social como una insuficiencia de la democracia liberal, expresada en una
inadecuada representación de los diferentes grupos sociales en las instituciones
públicas. La respuesta era promover la educación y la participación cívica a través
de asociaciones sociales.
En 1965, Frei creó la Consejería Nacional de Promoción Popular, dependiente de
la Presidencia, para crear organizaciones comunitarias que “incentivaran a diferentes
grupos marginados a participar en metas comunes”, y “abrir la posibilidad de que el
pueblo de Chile de manera muy reflexiva, con discernimiento e imaginación, continúe
definiendo una nueva sociedad”339. El programa de Promoción Popular, en estrecho
vínculo con INDAP, promovía la formación de organizaciones que representaran
los intereses de los pobres: sindicatos para defender a los trabajadores, centros de
madres para promover los intereses de las dueñas de casa, centros de jóvenes para
enfrentar las demandas de éstos, juntas de vecinos para abogar por las necesidades
de las familias, etc. Como observa Patricia Garrett, para los democratacristianos
este tipo de movilización tenía una importancia trascendental340. En un documento
interno del programa de Promoción Popular se señalaba que la legislación de 1968,
que concedía reconocimiento legal a las nuevas organizaciones comunitarias, no era
sino un programa revolucionario:
[P]rimero, porque organizará a la comunidad entera desde las bases hasta el más alto
nivel nacional… Segundo, porque la nueva sociedad se organizará a sí misma y se volverá
consciente del valor de la propia expresión por la primera vez en su historia…Tercero,
porque a través de estas organizaciones la comunidad participará en todos los niveles al
adoptar decisiones…Cuarto, porque la comunidad organizada de esta manera se tornará
una fuerza movilizada y movilizante para la nueva comunidad… [La comunidad] teniendo
poder, sabiendo cómo usarlo, preparada para ejercitarlo, pondrá presión sobre diferentes
niveles de una manera tal que es difícil imaginar las consecuencias341.

338
Garrett (1978): 176.
339
“La Población organizada se incorpora al poder”, Consejería Nacional de Promoción Popular, 1965, MV.
340
Garrett (1978): 180-181.
341
Ibid.

142
Así, el modelo de organización de la Promoción Popular más que enmarcarse
dentro de un modelo liberal de representación, se vinculaba a una visión corporativa
de grupos sociales ordenados verticalmente, y con su centro en la familia. En contraste
con la izquierda que incentivaba a la movilización de masas de carácter revolucionario
a través de la solidaridad de clase, la postura democratacristiana buscaba reunir a
las personas de estatus económico similar para representar los intereses familiares y
ocupacionales al interior de las ya existentes, aunque reformadas, estructuras.
Las mujeres fueron un blanco clave en los esfuerzos de organización y educación
promovidos por la Democracia Cristiana. Aunque al interior de la Reforma Agraria
fueron los campesinos –varones– los sujetos principales, el énfasis puesto por
democratacristianos y católicos en general, en el mejoramiento de la familia devino
en la individualización de necesidades y roles de cada uno de sus miembros. Durante
la campaña presidencial de 1964, el partido Demócrata Cristiano había hecho un
llamado especial a las mujeres de todas las clases sociales, había organizado cientos
de comités femeninos a lo largo de todo Chile y se autoproclamaba como el único
partido que verdaderamente defendía a las esposas y madres chilenas. Una vez elegido,
Frei continuó dirigiéndose a las mujeres como un electorado diferente. Durante su
gobierno se introdujo una legislación que eliminaba la desigualdad de estatus de las
mujeres en el código matrimonial; se expandieron los programas de leche para los
niños; se diseñaron los primeros planes para guarderías infantiles; y se aumentó la
inversión en previsión de salud prenatal y maternal. Si bien estas medidas recibieron
un fuerte respaldo político de parte de la izquierda, y en muchos casos su auspicio, la
administración Frei se asignó la autoría y promoción de ellas, difundiendo la idea de
que la Democracia Cristiana era el partido de las madres chilenas342.
Los democratacristianos también destacaron en la organización de las mujeres con
propósitos cívicos. En 1964, Frei dio inicio a un plan que crearía el Servicio Femenino,
un programa para promover que las adolescentes y adultas jóvenes realizaran
trabajos de enseñanza de corto plazo y trabajo social para el bien público343. Junto
con ello, el gobierno insistió en la creación de departamentos femeninos en todas las
organizaciones existentes, tales como partidos políticos y sindicatos. En 1967, Chile fue
el anfitrión del Primer Congreso de Mujeres Demócrata Cristianas de América Latina
para promover el aumento del liderazgo femenino y su participación en los partidos
democratacristianos en todo el hemisferio344. En 1969, se estableció la Oficina Nacional
de la Mujer para coordinar programas y proyectos legislativos que “promovieran la
completa participación de las mujeres en todos los aspectos de la vida social”345.
342
El Trabajo, 22 de julio, 1970: 1; La Nación, 25 de julio, 1969: 2.
343
La Nación, 6 de octubre, 1964: 8.
344
La Nación, 24 de septiembre, 1967: 16.
345
La Nación, 25 de julio, 1969: 2.

143
Pero mientras los democratacristianos aplaudían la contribución de las mujeres
al cambio social, señalaban sutilmente que esta contribución era de carácter
complementario y no competía con la de los hombres. Cuando Frei anunció el programa
de Servicio Femenino, comparó el cuidado de enfermos en los hospitales y la educación
en las escuelas, realizados por mujeres, al sacrificio de los hombres en el servicio
militar346. Durante el Congreso de Mujeres Demócrata Cristianas de América Latina,
la Primera Dama María Ruiz-Tagle recomendó a las mujeres “promoverse a sí mismas
y, luego, promover la integración latinoamericana colaborando con el hombre”347.
Aunque la Oficina Nacional de la Mujer auspiciaba conferencias en temas tales como
“mujeres y trabajo” y “liderazgo comunitario femenino”, el grueso de sus actividades
estaba dirigida a la maternidad y a los problemas de los niños; siendo implícitamente
hostil al feminismo348. En una declaración, la directora de la Oficina, Gabriela Merino,
advertía que el avance de las mujeres no vendría nunca por el hecho de revertir los
roles de género o por logros femeninos a costa de los hombres: “La actitud de la mujer
no debe ser un anhelo por establecer un absurdo matriarcado en el país, a través de
reivindicaciones feministas, sino por el contrario, con un profundo respeto por nosotras
mismas, buscaremos junto al hombre la felicidad, traducida en el bien común para
establecer una sociedad justa”349.
Sin embargo, era claro para los democratacristianos que las mujeres eran más que
esposas y madres. Se alardeaba mucho de la creciente presencia de las mujeres de
clase media en distintas profesiones, y del trabajo, por necesidad, de las mujeres de la
clase trabajadora fuera de la casa350. El incentivo para que las mujeres se integraran
a organizaciones comunitarias y nacionales marcaba, por sí mismo, una esfera de
actividad fuera del espacio doméstico. Pero si bien se reconocía que las mujeres no
eran exclusivamente esposas y madres, se las veía como esposas y madres que también
tenían responsabilidades adicionales. Las obligaciones domésticas, particularmente
aquellas referentes a los niños, eran concebidas como la principal preocupación de
las mujeres. De allí que su participación cívica haya sido conceptualizada en términos
de preocupación y cuidado femenino: las mujeres contribuían al bien público con la
compasión, la paciencia, la cooperación y con medios y recursos pecuniarios.
Dentro de la lógica del mutualismo de género, los rasgos femeninos eran
considerados un suavizante para las ásperas características de los hombres. Eran estos
346
La Nación, 6 de octubre, 1964: 8.
347
La Nación, 24 de septiembre, 1967: 16.
348
La Nación, 19 de marzo, 1970: 2.
349
La Nación, 30 de mayo, 1970: 2.
350
Por ejemplo, véase La Aurora, 10 de febrero, 1967: 3; La Nación, 23 de marzo, 1968: 4. Lorena Godoy,
“‘Armas ansiosas de triunfo: Dedal, agujas, tijeras’: La educación profesional femenina en Chile,
1888-1912”, en Godoy et al. (1995); Rosemblatt (2000).

144
rasgos femeninos los que debían volcar a los hombres hacia propósitos familiares
y nacionales. La administración de Frei, en una crítica solapada a la dominación
masculina, instaba a que los hombres valoraran el talento de sus esposas y que se
abrieran a la participación de las mujeres en organizaciones comunitarias, por cuanto
éstas ofrecían una perspectiva única y necesaria. Como lo ha demostrado Karin
Rosemblatt, el esfuerzo del Estado para amansar a los hombres y alentar el desarrollo
nacional promoviendo la domesticidad, se remonta a las reformas urbanas y el proyecto
industrializador desarrollado en las décadas de 1930 y 1940351. La diferencia con
las políticas aplicadas en los 60 es que ahora éstas se extendían a las áreas rurales,
haciendo un llamado más explícito a la participación cívica de las mujeres en la vida
política y a la aceptación de los hombres de ella. Al respecto, un representante de
la Oficina Nacional de la Mujer señalaba, durante un seminario sobre desarrollo en
Naciones Unidas, que dependía de las mujeres el ser más asertivas en la vida pública
y más exigentes respecto a los hombres para trascender los tan arraigados prejuicios
de género:
[L]a familia humana vive un instante de gran aceleración de la historia y transformaciones
muy hondas se están produciendo… Si la mujer adopta un rol marginal y no participa en
este magno cuadro de hondas mutaciones, mucho tememos que con ellas no venga la ansiada
paz, repitiéndose viejos errores que hemos cometido los hombres, al no dar, muchas veces,
la debida importancia a los valores que el ser femenino es capaz de aportar y de que está
siempre colmado: amor, sentido familiar, devoción por la paz, que no solo es –bien lo sabe
la mujer– ausencia de guerras, sino sobre todo fraternidad y justicia352.
Los intentos de organización y educación impulsados por la administración
Frei también tuvieron como blanco a la juventud. Hubo un reconocimiento de los
jóvenes como un pilar fundamental para el futuro del país, diferente, en cuanto a
intereses y necesidades respecto de los adultos. Los programas gubernamentales y
no-gubernamentales para la juventud se enfocaron en la capacitación vocacional, la
educación cívica y la recreación cultural. Se insistió que los jóvenes debían adquirir
habilidades para su futuro rol en el desarrollo nacional, así como incrementar su interés
sobre lo que ocurría tanto en el mundo como en la política chilena. Se desarrollaron
incentivos para que los jóvenes socializaran con sus pares, constituyéndose como un
grupo cultural y políticamente diferente. Pese a que los programas vocacionales solían
diferenciarse según los géneros, aquellos dirigidos a la juventud tendían a formularse
como programas para ambos sexos, promoviendo así nuevos modos de organización
heterosexual.

351
Karin Rosemblatt, “Domesticating Men: State Building and Class Compromise in Popular-Front
Chile”, en Dore y Molyneaux (2000): 262-290.
352
La Nación, 30 de mayo, 1970: 2.

145
Si bien este esfuerzo por crear organizaciones políticas y sociales distintivas de
los jóvenes tuvo su origen en las ciudades, después de 1964 se expandió también
a las áreas rurales. Desde los años cuarenta, la Acción Católica había auspiciado
programas educacionales y de recreación para la juventud destinados a ofrecer a los
jóvenes de clase obrera ideologías alternativas al marxismo. Comunistas y socialistas
concentraron sus esfuerzos en estudiantes secundarios y, después de 1960, en aquellos
de la Universidad de Chile, cuyo cuerpo estudiantil se alimentaba crecientemente de
juventud proveniente de la clase media baja y de la clase trabajadora. Los partidos
Nacional y Demócrata Cristiano, por su parte, competían por el apoyo de estudiantes
de elite de la Universidad Católica. Pese a que no se podía votar sino hasta contar con
21 años de edad, el creciente número de jóvenes de las ciudades que postergaba su
entrada a la fuerza laboral para proseguir su educación, obligó a los partidos políticos
a expandir su influencia más allá de los lugares de trabajo con el fin de preparar
futuros seguidores.
Con la puesta en marcha de la Reforma Agraria, las organizaciones juveniles
se multiplicaron en el campo. En el Valle del Aconcagua, la mayoría de los partidos
políticos contaba, hacia fines de los 60, con ramas específicamente juveniles. Abiertas
a muchachos y muchachas menores de 21 años, estas secciones juveniles instaban a los
jóvenes a formular sus propias demandas para mejores escuelas, becas universitarias,
capacitación vocacional y recursos culturales. Las ramas juveniles elegían a sus propios
dirigentes y auspiciaban diversas actividades culturales tales como bailes y festivales
de música.
Las organizaciones juveniles promovían también los trabajos voluntarios de
estudiantes, oportunidades únicas de encuentro entre jóvenes de distintas clases
sociales. Durante el período de vacaciones, los estudiantes universitarios de Santiago
y otras ciudades se iban a trabajar a los barrios de clase obrera reparando viviendas
y distribuyendo folletos gubernamentales sobre el cuidado de la salud. Con el inicio
de la Reforma Agraria, los jóvenes de clase media se dirigían cada verano al campo
donde cavaban canales de regadío, construían salas de reunión para sindicatos y
expandían la alfabetización353. Estos trabajos se inspiraron tanto en las brigadas
juveniles de la Revolución Cubana que reunían a profesores de clase media para
desarrollar programas de alfabetización y campañas de salud, como también en el
ejemplo, que además contaba con apoyo financiero, del programa del Cuerpo de Paz
de Estados Unidos, el que enviaba a universitarios recién graduados al extranjero
para asistencia en proyectos de desarrollo. Los jóvenes campesinos trabajaban junto
a sus contrapartes provenientes de las ciudades en una diversidad de proyectos, que
generaban inusitados momentos de interacción y solidaridad temporal entre las

353
Por ejemplo, véase El Trabajo, 5 de enero, 1963: 1; La Nación, 24 de enero, 1965: 3.

146
distintas clases sociales. La lógica paternalista propia del voluntariado fue rápidamente
modificada por las mismas actividades. En tanto que los proyectos de alfabetización
estaban a cargo de jóvenes provenientes de la urbe y se dirigían a enseñar a los jóvenes
del campo, en las faenas de cultivo e irrigación solía suceder lo contrario. Los propios
jóvenes campesinos se enrolaron en estos trabajos voluntarios, dedicándose al cultivo
en sitios experimentales de árboles frutales o haciendo disfraces para concursos de
fiestas locales. La administración Frei hizo gran publicidad de estas actividades como
un ejemplo del espíritu cívico de los jóvenes y su capacidad de entrega en pos del
beneficio nacional.
Los proyectos de educación y organización democratacristianos se fundieron
conceptualmente en la idea de la familia. Si hombres, mujeres y jóvenes tenían
habilidades y necesidades diferentes y cada uno de ellos se organizaba en grupos
de intereses específicos, todos contribuirían al mayor bienestar de la familia y, por
extensión, de la sociedad. Las diferencias internas –esposos/esposas, padres/hijos– se
reconciliarían a través de la colaboración mutua. Es lo que aparece en Surco y Semilla
en 1964, publicación mensual para campesinos editada por el Instituto de Educación
Rural: “Todos para vivir contamos con que [el] otro cumpla su deber. Ninguno de
nosotros es capaz de independizarse de los demás. La señora necesita que el marido
trabaje y le dé la plata y él necesita que ella haga la comida; y la señora necesita que
el hijo mayor parta la leña. Todos nos necesitamos mutualmente”354.
El Movimiento Católico Familia Cristiana, que publicaba regularmente ensayos
sobre familia y matrimonio en periódicos locales y nacionales, era más explícito en su
objetivo de unidad familiar. En 1967, una editorial publicada en el diario El Trabajo
de San Felipe, sancionaba toda confusión de roles de género y aconsejaba a los padres
ejercer una autoridad responsable sobre los hijos, aún cuando les permitieran la
libertad de expresión:
Familia unida no significa familia uniforme. …no queremos decir que los elementos que
la forman deben ser iguales. La unidad familiar necesita la variedad. Esa unidad se logra
cuando tanto el esposo como la esposa conservan su propia personalidad y dirigen todas
sus energías para lograr los fines propios de la familia: el ayudarse mutuamente, el educar
bien a sus hijos y que los hijos aunque presenten rasgos del padre y de la madre no son
reproducciones exactas de los mismos: porque los hijos no son piezas de barro que se sacan
de un mismo. La grandeza y la fuerza de la unidad familiar radica precisamente en que está
formada por personas diferentes entre sí…355

354
Surco y Semilla, agosto, 1964: 28.
355
El Trabajo, 9 de septiembre, 1967.

147
El objetivo final no era eliminar las diferencias generacionales y de género, sino
reorganizarlas al interior de las familias, con la fe de que, si cada miembro de ella cumplía
su papel lo mejor posible, la sociedad chilena marcharía hacia un futuro moderno.

Educación rural
El intento de educar a los campesinos bajo un prisma familiar y con perspectiva
de género no era nuevo. Durante la primera mitad del siglo, reformadores católicos y
hacendados modernizadores trataron de promover la domesticidad campesina como
un medio para aliviar el conflicto de clases y racionalizar las relaciones laborales356.
Como lo han demostrado las historiadoras Alejandra Brito, Lorena Godoy, Elizabeth
Hutchison, y Soledad Zárate entre otras, la conexión figurada entre la estabilidad de
roles de género y la paz social había sido central para subyugar el conflicto de clases
durante los comienzos del proceso de industrialización357, y continuó siendo central
durante la creación del Estado benefactor de enfoque urbano después de 1930358.
Pero los programas educacionales de la Reforma Agraria fueron diferentes. Mientras
que aquellas primeras iniciativas de católicos y hacendados dirigidas al mundo
campesino fueron esporádicas y, muchas veces inexistentes en gran parte del país, la
Reforma Agraria dio inicio a una política sistemática de parte del Estado, tendiente a
reforzar los roles de género en el mundo rural. La administración Frei fue lentamente
imponiendo el tema del orden social, enfatizando en que era la armonía doméstica la
base del fortalecimiento campesino.
Los programas auspiciados por católicos progresistas e implementados en los
años cincuenta y comienzos de los sesenta fueron un modelo para los posteriores
proyectos democratacristianos. En el valle central y en el Aconcagua, el IER y la
ASICH ofrecían clases vocacionales y de capacitación de liderazgo que promovían
roles de género binarios y complementarios. En una escuela agrícola para mujeres
auspiciada por el IER en la comuna de Rinconada, se capacitaba a las mujeres para
asumir responsabilidades religiosas, familiares, civiles y sociales dirigidas a dignificar
el hogar359. La escuela ofrecía cursos en economía doméstica, danza folclórica y
valores morales y religiosos para complementar los seminarios de la UCC dirigidos a

356
Smith (1982); Loveman (1976); Bengoa (1990).
357
Alejandra Brito, “Del Rancho al conventillo: Transformaciones en la identidad popular femenina
Santiago de Chile, 1850-1920”, en Godoy et al. (1995); Lorena Godoy, “‘Armas Ansiosas de triunfo:
Dedal, agujas, tijeras’: La Educación profesional femenina en Chile, 1888-1912”, en Godoy et al. (1995);
Hutchison (2001); M. Soledad Zárate, “Mujeres viciosas, mujeres virtuosas: La Mujer delincuente
y la casa correccional de Santiago, 1860-1990”, en Godoy et al. (1995).
358
Klubock (1998); Rosemblatt (2000).
359
La Aurora, 30 de julio, 1965: 1.

148
los hombres, los que también tenían lugar en la misma escuela, y que versaban sobre
reforma agraria, legislación social y formación de sindicatos. El programa radial Surco
y Semilla, trasmitido una vez a la semana por el IER, se dividía en sesiones específicas
de género –una para mujeres, titulado “Familia y Moralidad” y otro para hombres
titulado “Reforma Agraria y Cambio Social”360–. Allí se definía que la responsabilidad
social de las mujeres residía en el dominio espiritual y ético del hogar, en tanto que el
terreno masculino estaba circunscrito a la política y al cambio social. Los programas
vocacionales se centraban particularmente en los jóvenes. En las comunas de San
Esteban y San Felipe, las parroquias locales usaban las tierras de la iglesia para instruir
a los jóvenes en la producción de uva y duraznos, mientras que, dentro de la iglesia,
las niñas tomaban cursos de costura y tejido361. El IER también tenía programas para
mujeres jóvenes, dirigidos a capacitarlas en preparar conservas y en el cultivo de la
huerta familiar, mientras que instruía a los muchachos en mecánica, cuidado del ganado
y productos lácteos362. Si bien esta instrucción les proporcionaba a jóvenes de ambos
sexos habilidades para obtener ingresos, la contribución femenina se circunscribía al
interior del hogar, en tanto que la masculina estaba más conectada a la producción
comercial363.
Después de 1964, la administración de Frei, absorbiendo aquellos modelos católicos,
puso en marcha un plan para reformar la educación nacional. Para la Democracia
Cristiana el vínculo existente entre educación, participación cívica y transformación
social, devino en que el gobierno de Frei fomentara la creación de oportunidades
educacionales para adultos y el mejoramiento de programas para jóvenes y niños. Entre
1964 y 1970, se construyeron aproximadamente 3.000 nuevas escuelas, casi la mitad en
áreas rurales, y programas acelerados de capacitación que, solo en 1966, licenciaron
a casi el mismo número de profesores364. La administración Frei fusionó los distintos
sistemas educacionales existentes en Chile, promoviendo la educación básica para
todos los estudiantes. Esta reforma proponía también un sistema de educación superior
por dos vías: la universitaria o la escuela vocacional. Los programas de educación
de adultos, centrados en la alfabetización básica y el conocimiento técnico, fueron
implementados por distintas instituciones, como la CORA, el INDAP, la Promoción
Popular y el Instituto Nacional para Educación Profesional (INACAP), todos los cuales

360
Surco y Semilla, junio, agosto, septiembre, 1964; La Nación, 7 de octubre, 1964: 3; El Trabajo, 18 de
noviembre, 1965: 7.
361
La Aurora, 13 de abril, 1967: 1.
362
Memoria del Instituto de Educación Rural, 1968, 1969, 1970; INPRU. Véase también La Nación, 7 de
octubre, 1964: 3; 30 de mayo, 1965: 13; 13 abril, 1967: 8.
363
La Nación, 1 de septiembre, 1965: 7; El Trabajo, 4 de agosto, 1965: 3; 19 de agosto, 1965.
364
Kathleen Fischer, Political Ideology and Educational Reform in Chile, 1964-1976. Los Angeles: UCLA
Latin American Studies Center, 1979: 46.

149
tenían responsabilidades más amplias en organización y desarrollo. Los esfuerzos para
erradicar el analfabetismo en los adultos fueron altamente exitosos. Mientras que el
censo de 1960 informaba que el 48 por ciento de los hombres y mujeres de zonas rurales
eran analfabetos, en 1970 esta cifra había descendido al 20 por ciento365.
El INDAP jugó un papel particularmente importante en la educación rural poniendo
especial énfasis en la colaboración dentro del hogar. Es lo que se lee en uno de sus
manuales, “la unidad familiar [puede] convertirse en sí misma en la protagonista de
su propio progreso”366. El reconocimiento de las mujeres como actores cruciales dentro
de la familia y su incorporación al desarrollo económico fueron objetivos políticos
en las publicaciones del INDAP367. Pese a que esta institución distribuía información
referida fundamentalmente a los derechos laborales de las mujeres asalariadas, el
desenvolvimiento económico de las mismas quedaba restringido a la administración
del hogar y la comprensión de los problemas laborales que enfrentaban los hombres
de la familia368. El INDAP se dirigía a las mujeres fundamentalmente a través de su
Departamento de Educación y Economía Doméstica, cuya misión era “fomentar la
organización de las mujeres campesinas y habilitarlas en técnicas y artes mejoradas
de la mantención del hogar”369. Dado que la Reforma Agraria pretendía elevar la
calidad de vida de las familias rurales, era esencial, para alcanzar una política exitosa,
el facilitar el desempeño de las responsabilidades de las mujeres como esposas. Así
se leía en una declaración hecha en 1965:
(…) en todo programa que vaya dirigido hacia el mejoramiento o elevación de la productividad
[es] de vital importancia e indispensable la capacitación de la mujer, pues como madre, es
el eje en el desenvolvimiento espiritual de la familia, y como dueña de casa contribuye a la
buena disposición de la renta familiar, y será ella la que transformará los nuevos ingresos
en beneficios reales para la familia y el hogar. Por lo tanto, los programas de Educación y
Economía de Hogar tienden a capacitar a la mujer no solo para que dirija con acierto el
hogar, sino que tienen como finalidad entregarle normas y disciplinas básicas orientadas a
mejorar la modalidades de vida familiar y a destacar el papel que le corresponde a ella y cada
miembro del núcleo familiar; dentro de una sociedad democrática y progresista, enfatizando
además el elevar a la mujer a una posición justa y legítima en la sociedad moderna370.

365
Censo de Población: Aconcagua, 1960 y 1970.
366
“Trayectoria del trabajo femenino en INDAP”, INDAP, Santiago. Citado en inglés en Garrett (1978):
202.
367
“Marco Nacional de Programación”, INDAP, Santiago, 1968: 7.
368
“Marco Nacional de Programación”, INDAP; “Manual de Derechos Campesinos”, INDAP, Santiago,
1968: 12-15.
369
“Memoria del Departamento de Educación y Economía del Hogar”, INDAP, 1967: 4. Citada en Heidi
Tinsman, Partners in Conflict: The Politics of Gender, Sexuality, and Labor in the Chilean Agrarian Reform,
1950-1973. Durham: NC, Duke University Press, 2002: 139.
370
La Nación, 11 de marzo, 1965.

150
A las mujeres se las veía como madres –responsables de la educación espiritual de
la familia– y como dueñas de casa –quienes controlaban el presupuesto y el consumo
familiar–. Por consiguiente, el INDAP les ofrecía clases de higiene, nutrición, desarrollo
infantil, primeros auxilios y manejo del presupuesto del hogar. También auspiciaba
proyectos para generar algunos ingresos vía la manufacturación de quesos y conservas,
que las mujeres podían hacer desde sus casas371.
Por el contrario, los programas del INDAP dirigidos a los hombres se enfocaban en
crear productores competentes y jefes de familia responsables. En colaboración con el
Ministerio de Educación y con el INACAP, el INDAP ofrecía seminarios sobre crédito,
administración agrícola, manutención de tractores, irrigación y cultivo de frutales.
En las haciendas privadas, les ofrecía instrucción sobre formación de sindicatos,
legislación social, historia del movimiento laboral chileno y negociaciones colectivas372.
Estos programas estaban destinados a preparar, al menos a algunos de estos hombres,
a ser agricultores independientes y al resto a ser trabajadores técnicamente aptos y
socialmente informados. El conocimiento empresarial y la eficiencia del trabajador
debían de ser las bases de la nueva masculinidad campesina. Al respecto, Rafael
Moreno, presidente de CORA, al explicar el propósito de los programas de educación
para los miembros de las Unidades de la Reforma Agraria y para los trabajadores de
haciendas privadas, señalaba en 1967 que “Pretendemos… convertir al campesino
modesto en un pequeño empresario, eliminar su menor valor y elevarlo a la condición
del alto valor que tiene como ser humano”373. La visión de Moreno fue reproducida por
el director de INACAP, Agustín Alberti, quien, después de conseguir un acuerdo con
la CORA para capacitar a 4.770 campesinos a lo largo de todo el país, proclamó:
La Reforma Agraria tiene la obligación de ser eficiente… y para que la Reforma Agraria
sea eficiente sus hombres deben ser capacitados en un doble plano, técnico y empresarial.
Es el campesinado quien define el éxito del proceso, pero debe estar dotado de todos los
conocimientos que le permitan planificar, administrar y evaluar la producción y al mismo
tiempo saber producir374.
Los programas de educación para hombres pusieron énfasis especial en que ellos
debían tomar la responsabilidad de adquirir las destrezas necesarias y participar
activamente en la resolución de sus propios problemas. Al igual que las estrategias
usadas por el INDAP en la creación de sindicatos, estos instructores se basaron

371
“Memoria del Departamento de Educación y Economía del Hogar”, INDAP, 1967: 8; La Nación, 14
de enero, 1967: 22.
372
La Nación, 13 de abril, 1967: 5; 25 de julio, 1969: 2; 19 de junio, 1970: 6; El Trabajo, 27 de junio, 1966:
1; 1 de septiembre, 1966: 4; 18 de junio, 1968: 4. Véase también “Marco Nacional de Programación”,
INDAP, 1968: 5-9.
373
La Nación, 28 de julio, 1967: 4.
374
La Nación, 19 de junio, 1970: 6.

151
en las técnicas de alfabetización difundidas por el maestro brasilero Paulo Freire,
cuyas ideas fueron oficialmente adoptadas en 1965, por el programa de Promoción
Popular375. Siguiendo las ideas de Freire, estos instructores evitaban los métodos de
enseñanza jerárquicos, buscando un estilo que enfatizara la constante participación
de los estudiantes. Se les pedía a los campesinos que expusieran sus ideas sobre la
naturaleza y las causas de los problemas que enfrentaban, y que luego enumeraran
y seleccionaran, en forma colectiva, estrategias para resolver esos problemas. En un
manual preparado por INDAP se señalaba a los instructores que: “Los individuos
necesitan determinar metas realistas para sí mismos. El capacitador debe ayudar al
campesino en esta necesidad de fijar sus propias metas… Es fundamental lograr una
participación activa del alumno en vez de una recepción pasiva de conocimientos”376.
El énfasis en que los campesinos tomaran la iniciativa, provenía de la importancia que
el personal de INDAP (y los reformadores sociales de la centro-izquierda) otorgaba a la
transformación personal de los hombres. Para romper con la atrincherada cultura de
servidumbre y dependencia de los campesinos, se asumía que ellos deberían primero
despertar su potencial humano y luego permitirles la oportunidad de actualizarlo. Ello,
combinado con las metas productivas de la administración de Frei, devenía en una
filosofía que proponía un ideal masculino de ciudadanía activa y empresarial.
De manera similar, los programas juveniles de la Reforma Agraria también
destacaban el crecimiento y la transformación personal. El INDAP trabajaba
estrechamente con el programa de Promoción Popular para crear centros de jóvenes
que buscaban promover el desarrollo político, vocacional y cultural de los mismos, de
suerte que la nueva generación se preparara para asumir futuras responsabilidades377.
Los centros de jóvenes incluían a personas de ambos sexos y auspiciaban diversas
actividades que iban desde foros educacionales sobre derechos laborales y Reforma
Agraria, proyectos voluntarios para construir centros comunitarios, a festivales
culturales con concursos de baile y canto378. Los centros incentivaban a los jóvenes a
tomar en serio su futura contribución como ciudadanos. El énfasis estaba puesto en
que si bien las presentes obligaciones de los jóvenes al interior del núcleo familiar
les preparaba para responder a aquellas responsabilidades, era importante que
también adquirieran destrezas que fueran más allá de las que los padres podrían
darles. Además, el enfoque político y cultural de los centros de jóvenes sugería que

375
Fischer (1979).
376
“Capacitación Laboral”, entrenamiento, Manual para el Triunfo Campesino, INDAP, Santiago, circa
1969: 10-11 fotocopia de la autora.
377
“Memoria de INDAP, Año 1971”, INDAP, Santiago, 1971; “Marco Nacional de Programación”, INDAP,
Santiago, 1968: 8.
378
La Nación, 16 de febrero, 1970; 18 de julio, 1965: 21; El Trabajo, 10 de mayo, 1970; suplemento, 6 de
julio, 1968; El Siglo, 19 de agosto, 1968; 19 de agosto, 1969: 15.

152
Taller de teatro y baile organizado por Promoción Popular.
Fuente: Colección fotográfica de la Reforma Agraria chilena,
University of Wisconsin Land Tenure Center.

Sociedad doméstica en la reforma agraria.


Fuente: Panfleto de CORA, 1968. Colección fotográfica de la Reforma
Agraria chilena, University of Wisconsin Land Tenure Center.

153
éstos tenían intereses distintos a los de los adultos y que, por lo tanto, debían tener
espacios fuera del control de los mayores.
El INDAP también abrió escuelas agrícolas especiales para jóvenes, por lo general
en coordinación con los programas vocacionales ofrecidos por el IER. Éstos buscaban
capacitar a la juventud campesina en nuevas técnicas de cultivo379. La capacitación
vocacional estuvo generalmente dividida por géneros (lecciones de mecánica y cultivo
de frutales para muchachos; artesanía y producción animal para muchachas). Sin
embargo, hubo algunas clases comunes, las que fueron una oportunidad para ellas
de discutir sobre híbridos vegetales y el manejo de tractores junto a los muchachos.
Aunque el mensaje para las jóvenes era claro en que su actividad futura debía abocarse
hacia una administración moderna del hogar, los programas juveniles incentivaron
explícitamente la participación de éstas en actividades fuera de la casa, calificando
positivamente el trabajo agrícola femenino pagado (aunque temporal). Al contrario
de las políticas del INDAP dirigidas a hombres y mujeres adultos, la naturaleza co-
educacional de los programas juveniles da luces del entrecruzamiento de intereses de
los más jóvenes. Para estos programas la socialización heterosexual era saludable para
los futuros roles conyugales dentro de la familia. Los programas de radio y revistas
juveniles asociadas al IER aconsejaban con sentido del humor sobre el noviazgo y
el matrimonio380. Aunque los consejeros se pronunciaban en contra de las relaciones
sexuales antes del matrimonio, aprobaban las reuniones co-educacionales como un
medio sano para que los adolescentes maduraran emocionalmente y, eventualmente,
encontraran compañeros permanentes381.
Los programas de educación de la Reforma Agraria, además de ayudar al
campesinado a desarrollar sus potenciales, intentaban incentivar una mayor
comunicación y armonía entre hombres y mujeres. El mutualismo de género era el
resultado último de los programas de mejoramiento familiar y el punto de partida
para implementar tales estrategias. Narraciones sobre matrimonios campesinos
felices, en que los maridos eran eficientes proveedores y las esposas diestras en
la mantención del hogar, aparecían continuamente en la prensa rural de todas las
tendencias políticas así como en los panfletos educacionales del IER, el INACAP y el
INDAP. Tanto el programa de Promoción Popular como el INDAP ofrecían cursos cortos
sobre “educación familiar” para mujeres, los que además incluían descripciones de
las responsabilidades del trabajo y del activismo sindical de los hombres, con el fin de
que, como lo explicaba un manual de INDAP, las esposas pudiesen valorar la rutina
cotidiana de sus maridos y otros hombres de la familia382. Se instaba también a que los
379
“Memoria del IER, 1970-1971”, INPRU.
380
Surco y Semilla, INPRU.
381
“Memoria del IER, 1970-1971”, INPRU; anuncios de radio mensuales en El Trabajo.
382
“Marco Nacional de Programación”, Santiago: INDAP, 1968: 9-10.

154
instructores de cursos para hombres inculcaran a sus estudiantes “educación familiar”
con el fin de explicar el papel que las mujeres desempeñaban como administradoras
del hogar y educadoras de sus hijos383.
La moral mutualista también hacía una crítica sutil a las formas más abiertas de
dominación masculina ejercida por el campesinado, destacando la responsabilidad
masculina, la moderación y la paridad. Al respecto, se aconsejaba a los hombres
tener más respeto por las responsabilidades domésticas de las mujeres y la crianza
de los hijos, e insistía en que la solidaridad familiar era clave para el progreso de la
clase trabajadora. Se les recomendaba participar más comprometidamente en la vida
familiar y compartir información con sus esposas. Los manuales del INDAP dirigidos
a los sindicatos rurales enseñaban a los hombres cómo educar a sus familias sobre la
Reforma Agraria y enfatizaban, en particular, la necesidad de que éstos mantuvieran
a sus esposas informadas acerca de sus actividades384. Los educadores rurales ponían
énfasis en que la masculinidad no solo estaba vinculada a cómo ganarse el pan, sino
que los hombres verdaderamente capaces eran aquellos que trabajaban junto a sus
esposas y atendían las necesidades de sus familias. Esta filosofía fue reiterada una
y otra vez por los dirigentes locales. En 1970 el gobierno realizó una encuesta sobre
organización sindical a 60 trabajadores. Uno de los informantes, resumiendo el sentir
mayoritario sobre las clases de alfabetización y educación señalaba que éstas buscaban
“cambiar la mentalidad del hombre campesino para que fuera más responsable con
sus hijos [y esposa]”385.
Esta responsabilidad masculina debía ir aparejada con la asertividad e
involucramiento de las mujeres en las vidas de sus maridos y en toda la comunidad.
En una de las evaluaciones de las actividades realizadas por INDAP se estipulaba que
la adquisición de “nuevos valores”, tales como la valoración de la Reforma Agraria,
y el que las mujeres dejen su “sumisión a los hombres”, era clave386. En un notable
y franco reconocimiento del sexismo existente, el INDAP especificaba, en 1969,
que los prejuicios sociales de los campesinos y de los hombres en general eran los
principales obstáculos para la inclusión de las mujeres en organizaciones comunitarias,
pero que la aceptación de estos prejuicios por parte de las mujeres también era un
componente fundamental387. Como respuesta a esta situación, el INDAP llamaba a
383
Ibid., 9-10; “Primera reunión nacional de institutos públicos y privados sobre el desarrollo de la
comunidad”, CNPP, 1968: 8 y 9.
384
“El Sindicato: La Organización del Pueblo”, INDAP, publicación para el uso de la Confederación
Triunfo Campesino, 1969. Fotocopia de la autora.
385
“Obstáculos e incentivos a la sindicalización campesina”, FEES, Santiago, 1970: 125.
386
María Angélica Giroz y Ana María López, “Evaluación del proceso de integración de la mujer
campesina en las organizaciones de base: cooperativas y sindicatos”, tesis, Escuela de Trabajo Social,
Universidad Católica, 1969: 10.
387
“Marco de Programación”, INDAP, 1969, citado en Giroz y López (1969):12.

155
hombres y mujeres, “a tomar conciencia” de que estas últimas debían ser parte de
las organizaciones comunitarias, incentivando la creación de secciones femeninas en
todos los sindicatos y cooperativas existentes, de manera que las mujeres pudiesen
formar parte del trabajo comunitario, ya fuera en el área de servicio, recreación, o
cultura388.
La mayoría de los campesinos, hombres y mujeres, aprobaban este enfoque
educacional diferenciado de ambos sexos, pero con responsabilidades recíprocas.
Las mujeres valoraban el reconocimiento público hacia sus quehaceres domésticos y,
particularmente, el llamado a sus maridos para que mostraran más respeto hacia sus
esposas, en tanto que los hombres se sentían orgullosos de ser tomados seriamente
como productores así como en su rol de jefes de hogar. El importante incremento
de los salarios favoreció el modelo, e hizo que la meta de la Reforma Agraria de
dar reconocimiento al hombre como proveedor de la familia fuese una posibilidad
concreta, de una manera que nunca antes había sido posible389. En su testimonio María
Ibacache, esposa de un antiguo trabajador permanente de una hacienda en la comuna
de Los Andes, recordaba los primeros años de la Reforma Agraria como excepcionales,
reproduciendo el ideal oficial: “¡Mi marido estaba tan orgulloso de cuidar a su familia!
El venía a almorzar cada día a la casa radiante. Me hacía un cumplido por la comida y
siempre traía un pequeño regalo… Nos consultábamos sobre todo, éramos una unidad…
y porque él estaba orgulloso, yo también estaba orgullosa y feliz”390.
Pero el mutualismo de género también creó otro tipo de conflictos. El mejoramiento
del bienestar material no siempre aseguró matrimonios felices. Para las mujeres la
moral de la cooperación conyugal significaba mayor respeto y más autonomía de parte
de sus maridos. Los hombres, por el contrario, solían interpretarla como el apoyo y
la obediencia de sus mujeres. Los hombres eran particularmente escépticos de las
propuestas del INDAP de involucrar más a las mujeres en sus decisiones. Cuando los
funcionarios del INDAP incentivaban a los hombres a hablar más frecuentemente
con sus esposas acerca de sus actividades sindicales, surgían interrogantes como la
siguiente: ¿significaba, entonces, que tenía que pedirle permiso a su esposa para
388
Ibid.: 16.
389
Algunos académicos han argumentado que los salarios reales de los campesinos subieron entre tres y
diez veces en el período 1964 y 1970. Véase Wayne Ringlein, “Economic Effects of Chilean National
Expropiation Policy on the Private Sector, 1964-1969”, Ph.D. ponencia, University of Maryland,
1971; Loveman (1976). Otros estiman que los salarios rurales reales subieron entre dos y seis veces
durante el período de 1964-1970. Véase “Informe sobre asuntos laborales”, Ministerio de Trabajo y
Previsión Social, Oficina de Planificación y Presupuesto, junio, 1969: 164, INE; Barraclough, “Reforma
agraria en Chile”. De acuerdo con los documentos publicados por el INE, los salarios agrícolas reales
se doblaron tres veces entre 1964 y 1970. Comisión Central Mixta de Saldos, Estadísticas laborales,
Santiago: INE, 1976: 41.
390
María Ibacache, historia oral, Santa María, 24 de abril, 1993.

156
participar en una huelga o tomarse un trago con sus compañeros? Pese a ello, el que
los hombres debiesen mantener informadas a sus esposas abría espacio para la crítica
femenina.
El dinero también fue un punto de discordia. Pese a que el discurso ofi cial
estimulaba a que eran las mujeres las que administraran el presupuesto, no siempre
era fácil que sus esposos les entregasen su salario. Para ellos, el incremento en sus
ingresos era una recompensa por su arduo trabajo y labor política, y, por lo tanto, eran
ellos, como jefes de hogar, quienes debían administrarlo. Sin embargo, en la medida
que los salarios en efectivo empezaron a reemplazar cada vez más frecuentemente los
pagos en especies, las mujeres se hacían cada vez más dependientes del efectivo para
proveer de vestuario y comida para sus familias. El que los hombres tomaran la decisión
sobre cuánto dinero necesitaban las mujeres y sobre quién haría las compras, entraba
en conflicto con el derecho que las mujeres creían tener respecto del ingreso de los
hombres. Anita Hernández señalaba que “mi marido me traía la mitad [de su salario]
pero era demasiado poco… y si me ponía a pedirle [más] plata a él, habría una pelea
segura”391. En algunos casos, las mujeres perdían toda esperanza de compañerismo con
sus maridos. Sonia Araya, una campesina de la comuna de Los Andes, se frustró tanto
que le pidió al empleador de su marido que le diera cada mes una parte del salario,
“al ver que no se podía contar con mi propio marido”392.
A los campesinos les preocupaba, particularmente, el que los programas de
educación de la Reforma Agraria propiciaran la salida de las mujeres de la casa. Si
bien tales iniciativas estaban destinadas a que éstas se volvieran mejores dueñas de
casa, era frecuente que ellas se quejaran de que sus esposos les prohibieran participar
en los talleres de INDAP y en las clases de alfabetización393. Los resquemores por
parte de los hombres sobre las actividades extra-domésticas de sus mujeres estaban
vinculados a la idea de que ellos tenían derechos sobre el trabajo y la sexualidad de
éstas. La participación de mujeres en programas educativos les quitaría, según la
perspectiva de los hombres, tiempo para realizar sus deberes como cocinar, lavar o
desmalezar el huerto de la familia; y, a la vez, les permitía la interacción con otros
hombres que no eran miembros de la familia394. Los campesinos levantaron peticiones
a los funcionarios del INDAP, del IER y de la Promoción Popular para que las clases
y seminarios de alfabetización fueran segregados por género395. Marta Castro, esposa
de un antiguo trabajador permanente de la comuna de Putaendo, recordaba que su

391
Anita Hernández, historia oral.
392
Sonia Araya, historia oral, Los Andes, 2 de junio, 1993.
393
Anita Hernández, Katarina Antimán, Eugenia Flores y Elena Vergara, historias orales.
394
Emilio Ibáñez, Raúl Fuentes, Pascual Muñoz y Armando Gómez, historias orales.
395
Ricardo Leigh, historia oral, Santiago, 15 de octubre, 1992.

157
marido solo la dejaba ir a clases coeducacionales de alfabetización en compañía de
su hijo de 14 años de edad396.
Quizás los hombres no deberían haberse preocupado tanto; después de todo, el
mutualismo de género de la Reforma Agraria no cuestionaba la independencia de
las mujeres respecto de los hombres, sino todo lo contrario. Si el INDAP criticaba
el prejuicio masculino contra las mujeres, no contravenía ni el privilegio social ni la
autoridad que los maridos ejercían sobre sus esposas. Es más, el INDAP insistía en
que la participación más activa de las mujeres no pretendía que ésta compitiera “con
su marido, sino para que trabaje con él en construir una nueva sociedad”397. Incluso,
en uno de los manuales de capacitación distribuidos a los organizadores de sindicatos
del INDAP, se hacía explícita la preponderancia masculina dentro de la camaradería
conyugal. Al discutir los méritos de cada miembro de la familia y sus respectivos
deberes, el manual preguntaba retóricamente: “¿Tienen todos el mismo poder y
responsabilidad en su familia? –no”, y continuaba insistiendo en la importancia de
que cada miembro aceptara la autoridad del jefe del hogar en el nombre de la unidad
familiar398. Ilustrativa resulta, al respecto, la insignia oficial del IER, en la que aparecía
la silueta de una pareja campesina con sus brazos entrelazados en clara alusión al
compromiso compartido con un proyecto común; sin embargo, la figura del hombre,
que dominaba por sobre la de la mujer, empuñaba además una pala (símbolo de la
relación primaria de los hombres con los medios de producción) en tanto que la mano
de la mujer solo sostenía la de su esposo.
Sin embargo, pese a que las jerarquías se mantuvieron, el mutualismo de género
impulsado por la Reforma Agraria representó un cambio significativo, y así lo sintieron
los campesinos. Aunque éste se construyó sobre antiguas prácticas de reciprocidad,
limitó más concretamente la autoridad masculina y afirmó, en términos positivos,
la gestión de las mujeres. Así, aún cuando la Reforma Agraria hacía una distinción
clara entre los espacios productivos y domésticos, defendió la inclusión de las mujeres
en los asuntos de los hombres, así como en los nuevos espacios de la vida política y
cívica del campesinado, y reprobó las formas de dominación masculinas más abiertas
al interior del hogar, dando una valoración especial a las actividades femeninas. Los
hombres seguirían siendo los patriarcas, pero se suponía que ahora serían patriarcas
modernos y benevolentes, y, aunque en forma desigual, compartirían el escenario
con las mujeres.

396
Marta Castro, historia oral, Putaendo, 22 de mayo, 1993.
397
Giroz y López (1969):11.
398
“Esquema de clase Nº 2: Organización sindical”, Triunfo, Manual de entrenamiento, INDAP, Santiago,
circa 1969: 2.

158
Centros de Madres (CEMA) y domesticidad cívica
La Reforma Agraria, imbuida en el espíritu del mutualismo de género, incentivó a las
campesinas a crear sus propias organizaciones. La forma más directa de participación
cívica de las mujeres durante los años sesenta fueron los centros de madres, o CEMA,
que eran asociaciones de madres y dueñas de casa del campo y la urbe. Patrocinados
tanto por el Estado como por organizaciones políticas independientes, éstos tenían
como fin el proveer las bases específicas de género para integrar a las mujeres pobres
al proceso de movilización popular. Conforme a la ley que les dio origen, la misión de
los CEMA tenía dos objetivos: en primer lugar, éstos debían funcionar como escuelas
para mujeres que “tienen intereses comunes y que tienen como objetivos principales
la superación personal de sus asociadas y la solución de los problemas inherentes a
su estado y sexo, dentro del ámbito vecinal”399; en segundo lugar, éstos eran el medio
de representación colectiva de las mujeres en las actividades comunitarias. Como han
demostrado Teresa Valdés, Edda Gaviola y otras, los Centros de Madres, más que alentar
un proyecto centrado en las mujeres con demandas específicas de género, estaban
orientados a involucrarlas en el proyecto de Reforma Agraria. Sin embargo, pese a
este propósito los CEMA dieron paso a una movilización masiva y sin precedentes
de las mujeres de clase obrera y pobres. Hacia 1970, se habían constituido, a lo largo
de todo el país, 9.000 Centros de Madres, aglutinando un total de 450.000 mujeres.
Hacia 1973, éstos habían aumentado a 20.000 Centros, con una participación de casi
1.000.000 de mujeres400.
Los centros de madres se remontan a los años 30 y tienen raíces ideológicas y
políticas variadas. Durante el Frente Popular, los partidos Comunista y Socialista
colaboraron con el Movimiento Pro Emancipación de las Mujeres Chilenas (MUCECH
¿MEMCH?), de clara índole feminista, en la creación de asociaciones de madres y
dueñas de casa destinadas a entregar ayuda solidaria a las luchas de la clase obrera401.
En competencia con estas organizaciones, los activistas católicos formaron sus propios
comités de dueñas de casa en los que se discutía sobre valores religiosos, amén de
advertir contra los males del marxismo. Fue en los años cincuenta que el Estado, bajo
la presidencia de Carlos Ibáñez (1952-1958), comenzó a involucrarse en este tipo de
actividades. La Fundación de Vestuario para el Pueblo organizó centros de madres

399
Artículo 87, Ley 16.880 de Junta de Vecinos y demás organizaciones comunitarias”, 1968, citada en
Edda Gaviola, Lorella Lopresti y Claudia Rojas, “Los Centros de madres: Una forma de organización
para la mujer rural”, manuscrito inédito, ISIS, 1988: 36.
400
Teresa Valdés, Marisa Weinstein, Isabel Toledo y Lilian Letelier, “Centros de madres, 1973-1989:
¿Solo disciplinamiento?”, Documento de Trabajo Nº 416, FLACSO, 1989: 22-30.
401
Rosemblatt (2000); Corinne Antezana-Pernet, “Mobilizing Women in the Popular Front Era: Feminism,
Class, and Politics in the Movimiento Pro-Emancipación de la Mujer Chilena (MEMCh), 1935-1950”.
Ph.D. ponencia, University de California Irvine, 1996.

159
Insignia del Instituto de Educación Rural (IER).

Muestra de artesanía de centros de madres, organizado por Promoción Popular.


Fuente: Colección fotográfica de la Reforma Agraria chilena,
University of Wisconsin Land Tenure Center.

160
encargados de distribuir los productos para las necesidades básicas en los hogares402.
Pero, fue solo después de la elección de Frei en 1964, que los centros de madres se
convirtieron en un fenómeno nacional masivo que se extendió a las áreas rurales. A
comienzos de los años sesenta el Departamento Femenino del Partido Demócrata
Cristiano organizó los Centros de Madres con el fin de ganar apoyo electoral de las
mujeres para el entonces candidato Eduardo Frei; después de la elección, los CEMA
se transformaron en organizaciones clave para el logro de los objetivos políticos
democratacristianos que buscaban la creación de asociaciones semejantes403.
Pese a que los Centros de Madres terminaron por vincularse casi exclusivamente
con la Democracia Cristiana y la administración de Frei, los primeros CEMA
instaurados en las áreas rurales fueron impulsados por activistas de distintos colores
políticos404. A comienzos de 1960, la UCC de los católicos independientes, cada vez
que creaba un sindicato, abría, en forma paralela, un Centro de Madres405. Hacia 1965,
el Departamento de Mujeres de los católicos independientes del MCI declaraban
tener Centros de Madres en todo el Valle del Aconcagua, aglutinando un total de
700 mujeres406. Comunistas y socialistas de las comunas de San Esteban y Catemu
también crearon CEMA paralelos a los sindicatos de trabajadores407. Fue solo después
de la publicación de la Ley de Sindicalización Campesina, en 1967, y de la creación
del programa de Promoción Popular, que el gobierno demócrata cristiano sobrepasó
al movimiento laboral en la organización de las mujeres rurales. Al igual que en el
proceso previo de formación de líderes, fueron los funcionarios del INDAP y de la
Promoción Popular los que coordinaron la creación de Centros de Madres en conjunto
con los sindicatos; una relación simbiótica que facilitó la organización de las mujeres
incluso en las áreas rurales más aisladas408. Hacia fines de 1960, la predominancia de los
Centros de Madres impulsados por el gobierno reflejaba, en general, la preeminencia
del INDAP en el proceso de sindicalización rural. Sin embargo, el Estado en ningún
momento actuó solo.

402
Valdés et al. (1989).
403
Ibid.
404
Edda Gaviola, Lorella Lopresti y Claudia Rojas, “Chile Centros de Madres: ¿La Mujer popular en
movimiento?”, Nuestra Memoria, Nuestro Futuro. Santiago: ISIS, 1988: 79-88; Garrett (1978); Valdés
et al. (1989); Ximena Valdés, “Una Experiencia de organización autónoma de mujeres del campo”,
Cuadernos de la mujer rural, CEDEM, 1983.
405
Tierra y Libertad, abril, 1963.
406
El Trabajo, 15 de diciembre, 1965: 3.
407
Ricardo Silva, historia oral, Santiago, 22 de abril, 1993.
408
INDAP creó el Departamento de Educación y la Economía Doméstica para coordinar programas y
para distribuir recursos a los CEMA. El Departamento tenía tres sub-secciones: Salud y Alimentación,
Industrias Domésticas y Cuidado del Hogar Rural.

161
Los Centros de Madres consistían en grupos entre 30 a 50 mujeres campesinas que
se reunían semanalmente en la iglesia, en un edificio municipal, o, en algunos casos,
en su propia sala de reuniones. Estas asociaciones agrupaban a mujeres de diversas
ocupaciones, entre las que se encontraban trabajadoras asalariadas temporeras,
pequeñas propietarias y minifundistas, así como también esposas de inquilinos y
peones de hacienda. Si bien los Centros de Madres campesinos pertenecían a la clase
trabajadora y eran sus propias integrantes las que elegían sus líderes, eran también
frecuentes las visitas de representantes de partidos políticos de clase media urbana, de
las agencias del gobierno y de la Iglesia Católica. Pese al origen diverso, las actividades
de todos los CEMA se centraban en la educación doméstica, autoayuda económica
y voluntariado en la comunidad. Regularmente organizaban charlas sobre higiene,
nutrición, cuidado prenatal, primeros auxilios y educación de los hijos. También
ofrecían cursos cortos de crochet, bordado y tejido, y organizaban exposiciones para la
venta de las artesanías de las afiliadas409. Durante la navidad, las socias confeccionaban
juguetes para los niños del barrio y, en caso de sequía o terremoto, recolectaban ayuda
para las familias afectadas.
Aunque los organizadores –democratacristianos y católicos independientes– nunca
imaginaron a los Centros de Madres y sindicatos como asociaciones de carácter
político, los CEMA llegaron a ser el campo de batalla para las demandas políticas en
el movimiento laboral rural y, aunque tangencialmente, vincularon a las mujeres a
procesos políticos más amplios410. Todos los organizadores de los Centros de Madres,
incluyendo a los representantes del gobierno de Frei, concordaban en que uno de los
principales propósitos de los CEMA era el de educar a las mujeres sobre la Reforma
Agraria. Ello trajo, necesariamente, problemas por la rivalidad entre los objetivos de
las diferentes facciones políticas dentro del movimiento laboral rural. En las historias
orales, varias mujeres recordaban que en las reuniones de CEMA se generaban intensos
debates sobre las políticas de la Reforma Agraria. Silvia Herrera, antigua presidenta
de un Centro de Madres en la comuna de San Esteban, con predominancia socialista,
recordaba que a menudo le tocaba conciliar las contiendas entre las afiliadas: “Las
mujeres eran muy obstinadas… había mucho desacuerdo. Una de las mujeres decía
que le gustaba Frei y otra decía que eso era fácil para ella decirlo porque su marido
era [uno que había recibido tierra de la Reforma Agraria], pero que su marido todavía
era explotado por el patrón… Entonces todo el mundo tenía algo que decir”411. En
1966, los intentos de la Promoción Popular de unificar todos los Centros de Madres del
Valle del Aconcagua en una sola confederación terminaron en altercados y divisiones.
409
Nuevo Campo, noviembre y diciembre, 1968: 4; mayo y junio, 1968: 3; La Nación, 3 de enero, 1966: 3;
2 de julio, 1966: 4; El Trabajo, 1 de julio, 1969: 7; 23 de mayo, 1970: 6; 18 de junio, 1970: 2.
410
Garrett (1978); Valdés et al. (1989); Valdés (1983).
411
Silvia Herrera, historia oral, San Esteban, 14 de mayo, 1993.

162
Los CEMA de la comuna de San Esteban, formados por socialistas, y los de la comuna
de Putaendo, por católicos independientes, acusaron al organismo estatal de usar
los CEMA con fines partidistas, específicamente democratacristianos, rompiendo
relaciones y formando federaciones separadas412.
Las distintas tendencias políticas al interior del movimiento laboral rural tenían
sutiles pero importantes diferencias en cuando a su concepción de los Centros de
Madres, las que reflejaban la heterogeneidad de las visiones respecto del lugar que les
correspondería a las mujeres en el proceso de Reforma Agraria. Para las organizaciones
laborales católicas los CEMA tenían como objetivo central ayudar a las mujeres a ser
mejores dueñas de casa y apoyar el activismo masculino. Así lo afirma un panfleto
del MCI:
El Centro de Madres enseña a aprovechar los medios de que disponen para poder vivir
contentas en el hogar. Es el lugar social donde se encuentran las mujeres campesinas,
se conocen mejor, se ayudan a pasar momentos de alegría y aprenden a vivir como
hermanas. El Centro de Madres debe ser la escuela donde aprendemos a prepararnos para
desempeñarnos mejor en nuestro papel y también a encontrar la felicidad en nuestros
hogares y comunidades. Es donde se ayuda a colaborar directamente en el buen éxito de la
Reforma Agraria, cooperativas, sindicatos, etc., porque es la mujer que en años ha venido
viviendo y sintiendo en carne propia muchos problemas413.
Para los católicos independientes la maternidad y el cuidado del hogar eran
responsabilidades naturales de las mujeres –“el papel que corresponde a las
mujeres”–, pero buscaban dotar esos quehaceres de un significado cívico y un sentido de
solidaridad femenina: “Aprender a vivir como hermanas”. Las mujeres de los Centros
de Madres contribuirían al bien social aprendiendo cómo atender mejor a sus propias
familias. Es más, la misma educación respecto de la Reforma Agraria les permitiría
entender mejor y apoyar con más ahínco a sus maridos.
Si bien la administración Frei compartía la visión de domesticidad cívica de los
católicos independientes, ésta ponía más énfasis en las posibilidades de movilización
social y participación democrática que ofrecían los CEMA. Para el gobierno, estas
organizaciones aunarían a las mujeres alrededor de sus intereses como madres y dueñas
de casa, incentivarían la contribución colectiva de las mujeres en foros públicos, y
facilitaría el trabajo voluntario comunitario de las mismas. Cuando el INDAP y la CORA
organizaban reuniones en el Valle del Aconcagua, además de convocar a los sindicatos,
consejos de vecinos, clubes deportivos y asociaciones de pequeños propietarios,
enviaban invitaciones especiales a los Centros de Madres414. Sin embargo, la función

412
El Trabajo, enero, 1966.
413
Boletín Centro de Madres, MCI, Nº 1. Citado en Affonso, et al. (1970): 228.
414
La Aurora, 26 de abril, 1966.

163
económica de los CEMA era vista por el gobierno como limitada. Ellos facilitaban la
venta de artesanías y hortalizas producidos por las mujeres, de manera de contribuir
al hogar con dinero en efectivo. Así, el INDAP auspició cursos cortos en horticultura
y productos de animales dirigidos a las mujeres, y les ofreció pequeños créditos para
la crianza de conejos y de cerdos. Durante la campaña presidencial de 1964, Frei
prometió entregar a cada dueña de casa chilena una máquina de coser. Aunque este
objetivo nunca se cumplió, el gobierno proclamaba haber distribuido alrededor de
900 máquinas de coser, entre los años 1968 y 1970, en todo el Valle del Aconcagua415.
Pero el objetivo de capacitar a las dueñas de casa en generar un ingreso adicional
era muy distinto a incorporar a las mujeres al trabajo asalariado. La contribución
económica de éstas se haría desde el espacio doméstico, ya que era más compatible
con sus responsabilidades como esposas y madres. Ello no solo validaba las actividades
de las mujeres, sino que enfatizaba la división del trabajo por géneros, según la cual
los hombres seguían siendo los principales productores y proveedores.
Socialistas y comunistas también hicieron uso de los CEMA para organizar a las
mujeres como esposas y madres. Sin embargo, la izquierda veía la domesticidad cívica
como un medio de incorporar a las mujeres a la lucha de clases. Al contrario de la
insistencia de los democratacristianos y católicos independientes en que los Centros de
Madres no eran organizaciones políticas, la izquierda reconocía abiertamente que éstos
debían ser instrumentos para la educación política y la movilización partidista. Para
ellos, los CEMA debían hacer de las mujeres mejores madres, pero madres militantes,
que entendieran la necesidad de un cambio radical. Así, los CEMA debían ser una
fuente de apoyo femenino para las posiciones de socialistas y comunistas respecto
de la Reforma Agraria y la nacionalización de la banca y el cobre. En la comuna de
Catemu, por ejemplo, el presidente del sindicato afiliado a la FCI hacía una visita
mensual a los Centros de Madres con el fin de informarles sobre posibles conflictos
laborales y promover su solidaridad416. Durante las campañas presidenciales de 1964
y 1970, las representantes de las Secciones Femeninas de los partidos Comunista y
Socialista viajaron desde Santiago a la comuna de San Esteban para ofrecer seminarios
que explicaran la plataforma política de la izquierda417. Ésta también concebía a los
CEMA como organizaciones de base para levantar demandas al Estado, instándoles a
postular a máquinas de coser y subsidios de vivienda rural como parte de su demanda
de redistribución de la riqueza.

415
Las máquinas de coser distribuidas por el gobierno no eran regalos. A través de un acuerdo de
financiamiento con el Banco de Chile, los CEMA facilitaban el acceso de las mujeres a las máquinas
por medio de un crédito que sería pagado en veinte cuotas mensuales.
416
Pedro Muñoz, historia oral.
417
Patricia Carreras, historia oral.

164
Los Centros de Madres eran populares entre las mujeres rurales, siendo alrededor
de un 30 por ciento de las campesinas adultas las que pertenecían o participaban
ocasionalmente en alguno de ellos418. Hacia 1970, la provincia del Aconcagua contaba
con 246 Centros de Madres campesinos registrados, con una membresía estimada en
más de 7.000 mujeres419. Los CEMA reunieron a mujeres de diferentes generaciones
y situación económica variada. Muchas mujeres jóvenes y algunas pocas adultas
eran trabajadoras agrícolas temporales o sirvientas domésticas, pero la gran mayoría
trabajaba al interior de sus hogares, siendo este grupo al que se le dio más importancia.
Muchas mujeres trabajadoras sentían que sus necesidades eran tomadas en cuenta
solo parcialmente. Katarina Aguirre, esposa de un antiguo afuerino de la comuna de
Santa María, trabajaba todo el año en diferentes faenas agrícolas temporales. Ella
recordaba que si bien las clases de alfabetización la beneficiaron, las clases de costura
y manualidades eran para ella un lujo irrelevante: “Yo no tenía tiempo para cortar
ornamentos. Tenía que estar en la hacienda a las siete de la mañana… en verdad, los
CEMA eran para las mujeres más afortunadas que eran dueñas de casa”420.
Otras trabajadoras asalariadas expresaron frustraciones similares. Dado que era
frecuente la objeción por parte de los hombres de que sus esposas e hijas se ausentaran
de la casa en la noche, la mayoría de los Centros de Madres se reunían durante el día
cuando los hombres estaban trabajando. Esta situación restringía la participación de
las mujeres asalariadas a los domingos o durante los meses en que ellas no estaban
empleadas, haciendo que la mayoría de las integrantes y líderes de los CEMA fuesen
mujeres mayores, no asalariadas. Además los CEMA no ofrecían una consejería
específica sobre las condiciones de empleo de las mujeres fuera de sus hogares, en parte
porque eran supuestamente los sindicatos los que se hacían cargo de esos temas y, en
parte también, porque se pensaba que el trabajo asalariado femenino era secundario
respecto a su rol de esposa y madre. Esto no significa que CEMA reprobara el empleo
de las mujeres fuera de la casa, al contrario muchas de las campesinas trabajaron
asalariadamente en algún momento en sus vidas, cuestión que se veía como natural
y necesaria. Sin embargo, la falta de atención por parte de los Centros de Madres al
empleo femenino reforzaba la idea de que la norma para las mujeres campesinas era
el trabajo en el hogar, contribuyendo así a la invisibilidad de las mujeres asalariadas,
quienes quedaban relegadas a un papel socialmente irrelevante.
El desinterés de los Centros de Madres de asumir a las mujeres como trabajadoras,
contrastaba profundamente con el incentivo para que éstas tomaran un rol activo en
actividades fuera del espacio doméstico. En realidad, fue el propio enfoque de los

418
Garrett (1978): 208.
419
Falaha, “Censo de Organizaciones Campesinas”, citado en Garrett (1978): 204.
420
Katarina Antimán, historia oral.

165
Centros de Madres sobre los roles de las mujeres al interior de la familia lo que a
menudo sirvió como promotor para su participación en actividades fuera de los hogares.
El llamado a las dueñas de casa campesinas a defender y mejorar colectivamente la
situación de sus familias, hizo que los CEMA promovieran explícitamente el papel
público de las mujeres, auspiciando, por ejemplo, bailes y comidas comunitarias con
el fin de obtener fondos para la compra de máquinas de coser o para contribuir a
una escuela o a una junta de vecinos. Organizaban también juegos para los niños en
los días feriados y recolección de vestuario y alimentos para las familias afectadas
por inundaciones y terremotos. Todas estas actividades terminaron por expandir
la definición de “familia” y, consecuentemente, los asuntos de las “mujeres”, a un
concepto más amplio vinculado con la comunidad y sus instituciones421. Aunque la
solidaridad comunitaria no era en absoluto nueva, el contexto político de la Reforma
Agraria, lejos de ubicar a los Centros de Madres como espacios de supervivencia, los
situó como espacios de fortalecimiento y poder del campesinado.
Los Centros de Madres fueron el vehículo principal por el que las mujeres
campesinas participaron en el movimiento laboral rural. Pese a que fallaron en la
defensa de las trabajadoras asalariadas, los CEMA incentivaban a las campesinas a la
defensa de los intereses económicos de los hombres. Las luchas de los campesinos por
mejoras en sus salarios y acceso a la tierra eran consideradas parte de las demandas
para el mejoramiento de los hogares rurales. Los sindicatos campesinos de todos los
colores políticos acudieron a los Centros de Madres para solicitar su apoyo en las luchas
laborales, a las que las mujeres se sumaron entusiastamente. Los CEMA enviaban
delegaciones femeninas a las marchas sindicales y ceremonias oficiales realizadas en
las plazas. Se organizaban comidas comunitarias y bailes para reunir fondos para los
sindicatos, cosían los estandartes y proporcionaban alimentos para sus reuniones. Más
significativo aún, los Centros de Madres tuvieron una presencia institucionalizada al
organizar ollas comunes durante huelgas y otras acciones en los conflictos laborales
prolongados422. La organización de las ollas comunes permitió a las mujeres reunir
recursos colectiva y autónomamente, toda vez que demostraban unidad familiar y
solidaridad de clase.
Sin embargo, los CEMA solo permitieron un papel de apoyo por parte de las mujeres
en los conflictos sindicales. Éstos no pusieron en duda la naturaleza preponderantemente
masculina del movimiento laboral rural, como tampoco la primacía de los hombres
como proveedores económicos. La elevada concepción de la domesticidad terminó
por excluir otros roles femeninos, obscureciendo las necesidades y demandas de
421
Véase El Trabajo, 4 de octubre, 1965; 25 de enero, 1966; 25 de octubre, 1966; 2 de julio, 1968; 9 de
septiembre, 1968; Campo Nuevo, marzo, 1967; septiembre, 1967; febrero, 1968; Tierra y Libertad,
febrero, 1967; marzo, 1967.
422
Violeta Ramírez, Patricia Carreras y Elena Vergara, historias orales.

166
las mujeres asalariadas. Los Centros de Madres definieron el trabajo productivo de
subsistencia, no pagado, como “doméstico”, quedando fuera de los objetivos políticos
de la Reforma Agraria en las grandes haciendas y en la producción comercial. Pese
a que la mayoría de las mujeres continuó haciendo el mismo tipo de labor que había
realizado antes de la Reforma Agraria, los Centros de Madres lo definieron como un
trabajo no productivo o de importancia secundaria respecto al de los hombres. Esto,
a su vez, significó que los roles cívicos y políticos de las mujeres se ubicaran también
en un plano secundario dentro del proyecto nacional que buscaba transformar las
relaciones productivas, de los hombres; principalmente las de los trabajadores.
Sin embargo, los CEMA ofrecieron a las mujeres una presencia independiente
e institucional como mujeres en las políticas de la Reforma Agraria. Al definir a las
campesinas como dueñas de casa, éstos promovían el activismo de las mismas, toda
vez que éstas ya no trabajarían para familias individuales sino para la comunidad
entera. Cuando los CEMA solidarizaban con los hombres en huelga o bien organizaban
eventos comunitarios en apoyo a los sindicatos, no lo hacían como esposas e hijas de
los trabajadores sino como organizaciones formales de mujeres. En la inauguración
del primer asentamiento en la comuna de Putaendo en 1967 por parte de la CORA, uno
de los Centros de Madres que incluían a las esposas de los nuevos miembros presentó
ante el funcionario encargado una carta formal, con el membrete oficial del CEMA,
firmada por todas las socias423. En la carta se aplaudía el compromiso del gobierno
con la Reforma Agraria y se ratificaba el apoyo de las mujeres para trabajar por la
prosperidad de la organización. Estos gestos dan cuenta del papel que veían las mujeres
asociado a su participación en el proceso de Reforma Agraria, caracterizado por una
representación específica de género, concebida como una colaboración paralela y
mutua con los hombres. Después de la creación de la Federación de Centros de Madres
del Aconcagua MCI, en 1968, una delegada de la comuna de Santa María respondió
con gran orgullo a las preguntas de un periodista acerca del propósito de CEMA: “Así
podrá demostrar la mujer campesina que podemos trabajar tanto como los hombres
para ser más útiles a nuestra sociedad”424.
Además de entregar su apoyo a los sindicatos de trabajadores, los Centros de Madres
permitieron que las mujeres organizaran su propia esfera de lucha comunitaria en
la que ellas –no los hombres– fueron las principales protagonistas. Durante todo el
período de la Reforma Agraria, los CEMA jugaron un importante papel en la lucha
por mejores viviendas. Ellos trabajaron con –y a menudo excedieron– los esfuerzos de
las juntas de vecinos, dirigidas por hombres, las que eran oficialmente responsables
de representar los campesinos pobres en estos temas. Los CEMA brindaron apoyo

423
Elena Vergara, historia oral.
424
Campo Nuevo, abril, 1968.

167
a las familias en la solicitud de subsidios para vivienda, levantaron peticiones de
electricidad y agua potable al Ministerio de la Vivienda, y escribieron cartas a los
municipios solicitando una mayor frecuencia en los servicios de buses, o la construcción
de caminos en áreas aisladas425.
Los Centros de Madres también se enfrentaron abiertamente con las autoridades
del gobierno en materia de vivienda. En febrero de 1965, el CEMA y la junta de vecinos
de la población rural Aguirre Cerda de San Felipe decidieron suspender los pagos a la
Corporación de la Vivienda (CORVI), en protesta por la negligencia de la institución
en reparar las construcciones que habían sido dañadas por un terremoto ocurrido en
enero426. Conforme a los relatos del periódico, el paro involucró a 1.400 hogares y se
extendió por más de un año, razón por la cual varios funcionarios de gobierno, a nivel
provincial y nacional, se vieron obligados a hacer más de 50 visitas al lugar. Además
de exigir la reparación de las casas, los organizadores demandaban la inclusión de
los consejos de vecinos en los comités de vivienda del gobierno, el aumento de los
subsidios habitacionales rurales y la construcción de plazas de juegos para los niños.
Tanto el CEMA como el consejo de vecinos enviaron cartas firmadas a la CORVI, a la
Intendencia del Aconcagua y al Presidente Frei denunciando la mala calidad de la
construcción y la falta de coordinación del gobierno que causaba grandes problemas
a las dueñas de casa, por verse obligadas a interrumpir su trabajo para mudarse con
sus familias constantemente de un sitio a otro427. Aunque la falta de documentación
dificulta evaluar la reacción del Estado a este tipo de protestas, El Trabajo informó que
hacia julio de 1966 la mayoría de las demandas requeridas se habían cumplido428.
Las mujeres desempeñaron un papel fundamental en estas luchas. Si bien la
vivienda nunca fue un asunto exclusivo de las mujeres, y el liderazgo masculino de los
consejos vecinales tendía a opacar a los Centros de Madres en las reuniones oficiales
y en la representación ante las comisiones convocadas por el Estado, el compromiso
de las mujeres fue mucho más que meramente simbólico. De acuerdo a un estudio
del gobierno, entre 1966 y 1970, las mujeres presentaron más del 90 por ciento de
las solicitudes y peticiones por demanda de viviendas y mejoras en las condiciones
de vida429. En ellas, invocaron su autoridad moral como dueñas de casa para ejercer
su derecho de influir en las políticas de Estado, y exigir al gobierno la asistencia a
las familias más pobres, lo que consideraban era su obligación. En mayo de 1966, el
CEMA de la población rural “la Esperanza” de San Felipe, organizó una protesta por

425
Anita Hernández, Katarina Antimán y Rita Galdámez, historias orales.
426
El Trabajo, 3 de febrero, 1966: 6.
427
El Trabajo, 10 de febrero, 1966: 1.
428
El Trabajo, 6 de julio, 1966.
429
Amanda Puz, La Mujer Chilena. Santiago: Quimantú, 1971: 60.

168
el desalojo de doce residentes enfermos mentales llevado a cabo por un trabajador
social de la CORVI430. A las mujeres se unieron los líderes comunitarios de otras cinco
poblaciones, los que emitieron una declaración pública conjunta que condenaba
los desalojos como hechos “intolerables e inhumanos”, y exigía a la Intendencia el
reintegro inmediato de los desalojados y una adecuada asistencia médica. En 1967,
las mujeres de San Felipe formaron parte de una delegación que se reunió con los
funcionarios de la CORVI en Santiago denunciando que el alto desempleo en el
Aconcagua imposibilitaba el pago de sus deudas habitacionales. La delegación advirtió
que de no suspenderse la cobranza “no tendrían más remedio que instalar la OLLA
COMÚN y solicitar la correspondiente ayuda económica a los diferentes Sindicatos
existentes tanto industriales como campesinos” (énfasis original)431.
Los Centros de Madres, lejos de constreñir, expandieron el signifi cado y la
práctica social de las labores domésticas de las mujeres campesinas. Si bien las
redefinieron como dueñas de casa al considerar que todo trabajo basado en el hogar
era “doméstico”, los CEMA no fueron un simple instrumento de control social del
gobierno democratacristiano, ni de nadie más. Al mismo tiempo que contribuían a
la invisibilidad de las trabajadoras asalariadas y alentaban el ideal del proveedor
masculino, el énfasis en la domesticidad no solo ofreció asistencia, sino que validó las
ya existentes y muchas veces abrumadoras responsabilidades asociadas al cuidado de
los hijos y a la producción doméstica. Los centros entregaron beneficios materiales
y educacionales concretos, permitiendo así que las mujeres adquirieran nuevas
habilidades y pudiesen generar ingresos. Combinados con la filosofía del mutualismo
de género impulsada por la Reforma Agraria y la insistencia en que los hombres
debían mayor respeto a sus esposas, los CEMA situaron al hogar como un espacio de
jurisdicción y autoridad femenina. Por último, los Centros de Madres rompieron con la
monotonía rutinaria y el aislamiento del hogar campesino, creando un espacio, fuera de
la familia, exclusivamente femenino, en el que las mujeres podían socializar y participar
en la vida política. Pese a que la mayoría de los CEMA (excluyendo aquellos dominados
por la izquierda) instaban a que las mujeres se pensaran a sí mismas como “fuera” de
las políticas partidistas, paradójicamente estas mismas organizaciones favorecieron
la educación y activismo político de las mismas. El paralelismo estructural entre los
Centros de Madres y los sindicatos favoreció las contribuciones semiindependientes
–aunque nunca iguales– de las mujeres a la Reforma Agraria.

430
El Trabajo, 2 de mayo, 1966: 1.
431
El Trabajo, 21 de septiembre, 1967: 3.

169
Control de natalidad y planificación familiar
El mutualismo de género fue clave para las mujeres, especialmente en materia
sexual. Bajo la consigna de mejorar el bienestar familiar, la administración Frei lanzó
el primer programa de control de natalidad a lo largo de todo el país432. A principios de
1965, el Servicio Nacional de Salud (SNS) se unió a la Asociación para la Promoción
Familiar (APROFA) –afiliada privada a la International Planned Parenthood– para
promover la “planificación familiar” dentro de las políticas públicas de salud. Entre
sus propuestas estaban la creación de programas de salud y nutrición pre y postnatal,
educación sobre salud reproductiva y responsabilidad paterna, y divulgación y
educación sobre el control médico de la natalidad. En las áreas rurales, estas iniciativas
fueron implementadas en forma paralela a los proyectos de educación y movilización de
la Reforma Agraria, y tuvieron implicaciones radicales en el control de la fertilidad de
las mujeres campesinas y en su capacidad de negociación con los hombres. Por primera
vez en Chile, las poblaciones marginales accedieron a los preservativos y al cuidado
de salud reproductiva, amén de contar con la aprobación oficial a la planificación y
limitación del tamaño de la familia. Los programas de planificación orientaban sobre
quién debía determinar y tener acceso a los medios para controlar el tamaño familiar.
Al igual que los CEMA, sindicatos y programas de educación, los programas de salud
maternal y de control de la natalidad generaron ideas normativas sobre la familia
rural y las relaciones apropiadas entre mujeres y hombres campesinos.
A mediados de la década de 1960, y como respuesta al alarmante aumento de las
malas condiciones de salud materna e infantil, la planificación familiar se transformó
en prioritaria dentro de las políticas públicas en Chile. Ésta además concordaba con
los objetivos de la Alianza para el Progreso impulsada por los Estados Unidos para
incentivar el desarrollo en América Latina a través del control de la población. En
1965, APROFA sorprendió a los círculos políticos con la publicación de un estudio
que denunciaba que en Chile se producían anualmente más de 140.000 abortos o, lo
que era lo mismo, un aborto por cada dos nacimientos vivos433. El estudio también
estimaba que uno de cada cinco abortos tenía como resultado la muerte, un número
extremadamente alto que llegaba a casi el 40 por ciento del índice de muerte materna
(28,3 muertes por cada 1.000 mujeres fértiles)434. Estas cifras se combinaban con la
preocupación existente por la tasa de mortalidad infantil, la que se habían elevado

432
Durante el Frente Popular, se promocionaba el control médico de la natalidad solo hasta cierto punto.
Véase María Angélica Illanes, En el nombre del pueblo, del estado y de la ciencia (…)”: Historia social
de la salud pública, Chile 1880-1973. Santiago: Colectivo de Atención Primaria, 1993; Rosemblatt
(2000).
433
Boletín del Comité Chileno de Protección de la Familia, julio, 1965. De aquí en adelante, Boletín APROFA.
434
Estos datos corresponden a 1964. “Estadísticas APROFA”, APROFA, Santiago.

170
durante toda la década de 1950. Pese a que hubo una reducción significativa a
comienzos de 1960, hacia mediados de la misma década Chile todavía se ubicaba como
el segundo país, después de Haití, en tener la más alta proporción de muerte infantil
en el hemisferio: 95,4 muertes por cada 1.000 nacidos vivos435. Aunque es probable
que el bajo estándar mundial haya sido un tanto exagerado (Chile tenía estadísticas
de salud generalmente más confiables que otras partes del resto de América Latina),
los funcionarios de salud estaban convencidos de que su situación era mucho peor
que la de sus vecinos y que, en cualquier caso, las madres e infantes chilenos estaba
muriendo a tasas inaceptables.
APROFA responsabilizaba a la pobreza y a la falta de programas de salud materna
y de control de la natalidad, por lo que pidió con urgencia que el gobierno promoviera
activamente la educación sexual, la salud reproductiva y el control de la natalidad en
los barrios empobrecidos436. Durante toda la década de 1960, APROFA entregó guías
sobre el control de natalidad nacional y políticas de planificación familiar, e incorporó
estrategias de salud reproductiva en las agendas de las instituciones del Estado que
trabajaban con organizaciones populares. Los representantes de APROFA actuaron
como consejeros en el programa de Promoción Popular, en la Coordinadora Central
Nacional de los Centros de Madres, y en el Departamento de Planificación Familiar
del SNS (creado después de 1966). Además firmó convenios con cada una de estas
instituciones gubernamentales y, después de 1970, creó oficinas provinciales a lo largo
de todo el país, incluyendo una en el Valle del Aconcagua, la que físicamente se ubicaba
al interior del edificio del Servicio Nacional de Salud de San Felipe.
Durante la administración Frei, el costo de los programas de cuidado materno
y de control de la natalidad fue asumido por el gobierno de los Estados Unidos y
por fundaciones privadas estadounidenses. Entre 1964 y 1970, Chile recibió más de
US$ 5.000.000 para implementar iniciativas de planificación familiar, los que
provinieron de contribuciones combinadas de USAID, International Planned
Parenthood, The Pathfinder Fund, The Ford Foundation y, especialmente, de la
Rockefeller Foundation437. Según estimaciones de la APROFA, el 50 por ciento
del financiamiento de la difusión de los métodos de control de natalidad durante
el gobierno de Frei estuvo en manos de la Fundación Rockefeller438. Por su parte,
USAID entregó fondos para la expansión de la clínica de obstetricia y ginecología
del Hospital Barros Luco –la principal en su ámbito– y para el establecimiento de
435
Estos datos corresponden a 1965. “Defunciones y Causas de Muerte”, SNS, 1960-1972; “Nacimientos”,
SNS, 1960-1972.
436
Boletín APROFA, Julio, 1965.
437
“Births, Abortions, and the Progress of Chile”, Field Staff Reports, American University Field Staff,
19(2), 1972.
438
“Síntesis histórica de la planificación familiar en Chile”, APROFA, 1974.

171
nuevas escuelas de obstetricia y ginecología y programas de capacitación de matronas
en universidades de provincia. Pese a que las distintas agencias de gobierno y
fundaciones estadounidenses diferían en su aproximación al control de la natalidad,
y en las implicaciones sociales que éste traería, todas ellas compartían la creencia
de que era un requisito fundamental para el desarrollo. La Alianza para el Progreso
había establecido como objetivo principal la reducción de la tasa de crecimiento de la
población en América Latina a un 2,5 por ciento. Para ella, la pobreza y la inestabilidad
política estaban vinculadas a las familias numerosas, basándose en la perspectiva
maltusiana, que creía que el progreso era imposible sin una reducción de la natalidad
en el sector más desposeído (y políticamente más volátil) de la población, develando
un profundo miedo hacia la gente pobre. Esta perspectiva suponía que la capacidad
reproductiva de los pobres era, en sí misma, la responsable de la miseria, priorizando,
muchas veces como estrategia, el control de la población, en lugar de una reforma
estructural. Es lo que expresaba Robert MacNamara, presidente del Banco Mundial,
en 1964 cuando señaló que, “[Es] mejor gastar un dólar en planificación familiar en
el Tercer Mundo que diez en desarrollo”439.
Para los funcionarios chilenos el desarrollo económico y la modernización también
estaban vinculados a la reducción del crecimiento de la población. Sin embargo, hacia
los años sesenta, la población en Chile se expandía a una tasa anual de 2,7 por ciento,
porcentaje levemente más alto que el propuesto por la Alianza para el Progreso. Por lo
tanto, más apremiante que bajar la curva de crecimiento de la población, era reducir
las alarmantes tasas de aborto, de mortalidad infantil y materna. Los programas de
control de la natalidad fueron parte de una apuesta más amplia del mejoramiento en
el cuidado de salud reproductivo para mujeres y niños. Las campañas educacionales
para incentivar a las parejas a limitar el grupo familiar según sus propios recursos, se
promovieron junto a la difusión del cuidado pre y postnatal. En 1965 el SNS anunció
el primer programa nacional de salud que incluía propuestas de planificación familiar.
Éste fue cuidadosamente titulado “Salud Familiar y Regulación de Natalidad”, y
convenientemente abreviado como “Salud Familiar”440. Además de ofrecer consultas
gratuitas sobre preservativos y seminarios educacionales, el Servicio Nacional de Salud
garantizaba cuidado hospitalario gratis para partos y complicaciones relacionadas con
abortos. Junto con ello, se expandieron los programas de capacitación de matronas
y se aumentó el personal médico en los consultorios urbanos y rurales en donde
se incentivaba a las mujeres embarazadas y primerizas se hicieran exámenes pre y
post natales441. El Programa de Salud Familiar fue complementado más adelante con
439
Ximena Jiles, De la miel a los implantes: Historia de las políticas de regulación de la fecundidad en Chile.
Santiago: CORSAPS, 1992: 126.
440
Ibid.: 131.
441
Ibid.: 131-132.

172
una legislación que entregaba otros beneficios a las madres y niños, incluyendo la
asignación en efectivo para mujeres embarazadas (1964), la extensión de la licencia
maternal para las mujeres trabajadoras (1970) y la expansión de programas de
suplementos nutricionales y leche para las madres pobres (1970).
El incentivo del cuidado materno e infantil incluido en el programa de Salud
Familiar gozó de un éxito inmediato. Las consultas prenatales y post parto estuvieron
disponibles incluso en algunas de las más remotas regiones del Aconcagua. Para
ello se crearon Postas de Salud Rurales y unidades móviles en camionetas. Con el
objetivo de incentivar a las mujeres para que dieran a luz en los hospitales, el SNS
puso a disposición de las parturientas el transporte de ambulancias. La UNICEF y
USAID, por su parte, financiaron amplias campañas de inmunización contra la polio,
paperas, difteria y tétano. En 1969, según un informe del SNS, el 90 por ciento de
los nacimientos en el Valle del Aconcagua tuvieron lugar en hospitales provinciales,
superando con creces el 36 por ciento existente en 1960442. Además el reporte señalaba
que la mortalidad infantil en la región había descendido en casi un 25 por ciento
entre los años 1965 y 1970, y que el número de muertes maternas se había reducido
a casi la mitad443.
Sin embargo, era predecible que los aspectos referidos al control de la natalidad
incluidos en los programas de Familia y Salud fueran controversiales, de allí que la
inclusión de estas políticas bajo un proyecto más amplio asociado al mejoramiento
del cuidado materno e infantil, intencionalmente llamado “Salud Familiar”, tuviese
tantas ventajas para la administración democratacristiana. Primero, el término
invocaba el énfasis del partido de gobierno sobre el mejoramiento familiar y el
mutualismo de género. Celebraba a las madres y a los niños, al tiempo que instaba a
una mayor cooperación entre maridos y esposas. Si el objetivo de reducir los abortos
y la mortalidad de madres y niños obligaba a la Democracia Cristiana a aceptar el
uso de preservativos, el concepto de Salud Familiar permitía al gobierno continuar
defendiendo la importancia de la maternidad y la santidad de la familia. En estrecho
vínculo con esto, Salud Familiar permitía que el gobierno pudiese defenderse frente
a las críticas de la inmoralidad asociada a la difusión del control de la natalidad. Los
católicos tradicionales y democratacristianos más conservadores, como Eduardo Frei,

442
Demografía, INE, Santiago, 1985.
443
En 1965, 89,5 de cada mil niños nacidos en San Felipe y Los Andes murieron durante su primer año
de vida. En 1970, el índice de mortalidad infantil fue 68,8 por cada mil nacimientos vivos y en 1972
fue 67,7. Recopilado de informes de la SNS de San Felipe-Los Andes, “Defunciones y causas de
muerte” y “Nacimientos”, 1972. En 1966, 26,1 de cada mil mujeres de edad fértil murieron durante
el embarazo o el parto a causa de complicaciones relacionadas con el parto/embarazo. Hacia 1970
este índice había bajado a 16,8 por cada mil mujeres y hacia 1972 fue 16,3. Estadísticas APROFA,
APROFA, Santiago.

173
se oponían a los anticonceptivos médicos y evitaban respaldar públicamente esta parte
del programa. En cambio, el gobierno destacaba los servicios materno-infantiles, y
se refería a los programas de consejería familiar en términos muy vagos, sugiriendo
que solo se defendía el “método de periodicidad”. Con ello se reconocía la condena
oficial de la Iglesia Católica al control de la natalidad, aunque, en la práctica, se la
engañaba.
Pero la Iglesia Católica chilena también estaba dividida a este respecto. La mayor
parte de la jerarquía apoyaba formalmente la Enciclica Humanae Vitae promulgada por
el Papa Paulo VI, en 1968, en la que se señalaba que tanto la educación como el uso de
preservativos violaban la ley divina. Sin embargo, algunos pocos clérigos prominentes,
incluyendo al cardenal Raúl Silva Henríquez, aceptaban la planificación familiar y el
uso de preservativos como un medio para combatir la pobreza. Aunque en el terreno
teológico concordaban con la objeción del Papa sobre el control de la natalidad,
señalaban que el uso del preservativo era, al fin y al cabo, una elección moral del
individuo. En 1968, Silva Henríquez declaró públicamente que negarles a las parejas
información sobre los preservativos era como negarles a los niños información sobre
las vacunas444. Muchos católicos y sacerdotes que trabajaban en comunidades pobres
compartían el punto de vista del Cardenal. En las áreas rurales, el IER y otros grupos
reformistas católicos implementaron una doble estrategia. Por una parte informaban
a las mujeres de la existencia de preservativos médicos y, por otra, las incentivaban
a la abstinencia periódica.
Disimular el control de la natalidad en términos de Salud Familiar ayudó también a
apaciguar las críticas provenientes de la izquierda. Por décadas, los partidos Socialista y
Comunista habían pedido que el control de la natalidad y los programas de planificación
familiar fueran accesibles para los chilenos pobres, lucha que continuaron en la década
de 1960. Pero la izquierda objetaba la participación de los Estados Unidos en estos
programas, ya que otorgaba autoridad a un gobierno antisocialista para determinar las
políticas concernientes a la clase trabajadora. La izquierda denunció la participación
de los Estados Unidos como una intervención a la soberanía nacional y como un
esfuerzo para controlar a los pobres, exigiendo a los democratacristianos a encontrar
otras fuentes alternativas, aunque no especificadas, de financiamiento. Sin embargo,
era difícil para la izquierda oponerse a la iniciativa democratacristiana dado que los
programas de Salud Familiar prometían promover una mejor salud para las madres
trabajadoras y los niños, siendo además el primer proyecto impulsado por el Estado
en Chile que promocionaba la entrega de contraceptivos gratuitos a los pobres.
En el Valle del Aconcagua, el primer programa de planificación familiar fue
auspiciado por APROFA. Éste se inició en 1966 con una conferencia sobre educación

444
Jiles (1992): 135.

174
sexual para trabajadores y maestros del Servicio Nacional de Salud en Los Andes,
continuando con programas informativos desarrollados en hospitales, escuelas, CEMA
y centros de padres a través de toda la región445. APROFA distribuyó cartillas sobre
higiene sexual y planificación familiar a las organizaciones populares, y boletines
médicos sobre preservativos y partos a los profesionales446. La labor más importante
desarrollada por la institución fueron los seminarios educacionales para trabajadores
de la salud y líderes comunitarios. Si bien los seminarios variaban en contenido y
metodología, dependiendo de la audiencia a la que estaban dirigidos, compartían el
doble objetivo de fortalecer la comunicación entre los cónyuges campesinos y alentar
las prácticas de control de natalidad. Los seminarios comenzaban con debates sobre la
comunicación conyugal y la importancia de la planificación familiar para el bienestar
económico y la armonía marital. Esta introducción continuaba con una sección más
técnica sobre cómo obtener, usar y controlar los diferentes métodos anticonceptivos.
En las charlas para mujeres y hombres campesinos se usaban ilustraciones, maniquíes
del cuerpo humano y folletos sobre planificación familiar de Walt Disney, traducidas al
español, y donadas por Estados Unidos. Los seminarios para el personal del Servicio
Nacional de Salud, trabajadores sociales y profesores, tenían un carácter más técnico,
e incluían estudios sobre salud nacional, estadísticas reproductivas y presentaciones
fílmicas sobre el DIU, la esterilización y la vasectomía.
En 1969, APROFA solicitó la cooperación del movimiento laboral. En julio de ese
año, la agencia en co-autoría con la Central Única de Trabajadores (CUT) emitió una
declaración pública pidiendo el control de la natalidad, accesible y gratuito, para
todas las trabajadoras, dando conferencias nacionales y seminarios regionales para
organizadores laborales rurales y urbanas sobre planificación familiar447. Pese a que la
preocupación de APROFA estaba dirigida a mejorar la salud de las mujeres, la agencia
también hizo un llamado explícito a los hombres de la clase trabajadora. En julio de
1969, APROFA ofreció un seminario de cuatro días para líderes sindicales campesinos
y trabajadores del SNS de San Felipe, en que los invitados eran principalmente
hombres, y tituló el seminario como “El trabajador y sus responsabilidades como
jefe de hogar”448. Las sesiones abordaban temas tales como “La familia como sistema
social” y “Planificación familiar y bienestar familiar”, incentivando a que los asistentes
entendieran el control de natalidad como un facilitador de las obligaciones de los
trabajadores en tanto proveedores. Esta estrategia emanaba del supuesto de que
445
La Aurora, 24 de octubre, 1966.
446
De acuerdo con los archivos de la agencia, APROFA publicó y distribuyó más de 80.000 panfletos,
boletines y cartillas entre 1966 y 1972. “APROFA: Diez años de labor”, Boletín APROFA, 1972: 6-7.
447
Boletín APROFA, julio, 1969: 1.
448
Al seminario asistieron cincuenta líderes laborales, de los cuales cuarenta y ocho eran varones y
veinticuatro eran empleados de salud del SNS. El Trabajo, 22 de julio, 1969: 3.

175
los hombres de clase trabajadora en general, y campesinos en particular, objetarían
el control de la natalidad, ya que amenazaría su virilidad, y por el temor de que los
preservativos permitieran a sus esposas ser sexualmente promiscuas. APROFA intentó
contrarrestar esta oposición poniendo énfasis en la autoridad masculina sobre las
decisiones de planificación familiar como una extensión de sus responsabilidades
como jefes de hogar. Los seminarios para sindicatos ponían el acento en los beneficios
económicos que significaba la reducción del tamaño familiar y llamaban a ser
“sexualmente responsables”, en oposición a la “libertad sexual”. La educación dirigida
a las mujeres también destacaba el papel de los hombres en la planificación familiar.
En los talleres de APROFA para los Centros de Madres se incentivaba a las esposas
a ser más comunicativas con sus maridos sobre temas de reproducción y les ofrecían
consejos sobre cómo ganar el apoyo de maridos que tenían posturas recalcitrantes a
este respecto449.
La promoción de los proyectos de control de natalidad como un asunto familiar que
involucraba a los hombres, fue una respuesta a la dominación masculina, cuestión por la
que se situó a la pareja, y no a las mujeres individuales, como el blanco lógico para una
campaña de planificación familiar exitosa. Es más, el supuesto de que la reproducción
debía necesariamente involucrar el consentimiento del hombre, perpetuaba el control
de los maridos sobre el cuerpo de sus esposas. Era común que a las mujeres que
pedían DIU o píldoras anticonceptivas en clínicas y hospitales del Servicio Nacional
de Salud se les preguntase si estaban casadas, y si sus maridos aprobaban el uso de
contraceptivos450. Muchos doctores y matronas insistían en que éstos acompañaran a sus
mujeres a los controles médicos451. A aquellas mujeres que optaban por la esterilización
no solo se les pedía el consentimiento escrito por parte del marido, sino que se les exigía
tener, por lo menos, dos hijos vivos452. Todo ello marcaba un cambio substancial de ese
mundo exclusivamente femenino en el cual las mujeres intercambiaban conocimientos,
remedios caseros y contraceptivos de hierbas, cualquiera haya sido su efectividad.
Pese a que los hombres también se oponían al uso de estos métodos tradicionales,
éstos eran más fácilmente engañados a través de la acción clandestina y las redes de
contacto entre mujeres. Por el contrario, los programas de Salud Familiar definían
el control de la natalidad como una especialización profesional de los médicos y una
prerrogativa tanto de las mujeres como de sus maridos.
Para las jóvenes adolescentes, el acceso a los contraceptivos continuaba siendo
inalcanzable. El Servicio Nacional de Salud prohibía entregar recetas de control de

449
Anita Hernández y María Trujillo, historias orales.
450
Dr. Luis Ortega, entrevista, 16 de marzo, 1993.
451
Anita Hernández, Patricia Carreras y Rosa Saá, Santa María, 20 de noviembre, 1992, historias orales.
452
Dr. Luis Ortega, entrevista.

176
natalidad a mujeres solteras menores de 21 años que no contaran con el permiso
escrito de ambos padres. Si bien, desde antes de los años sesenta, los padres
interferían en el control de la sexualidad de sus hijas solteras, era común que éste
recayera fundamentalmente en la vigilancia de la madre. Pero con la promoción del
control de natalidad médico se dio también licencia oficial al padre para controlar
la fertilidad de sus hijas. Más aún, la promoción del control de natalidad como un
asunto eminentemente familiar establecía al matrimonio como el único sitio apropiado
de actividad sexual, reprobando abiertamente las relaciones sexuales entre jóvenes
solteros. Si bien ésta había sido la visión predominante en Chile, en las áreas rurales
coexistía con las relaciones sexuales premaritales y con un alto porcentaje de niños
nacidos fuera del matrimonio. Si bien el programa de Salud Familiar permitía que
las mujeres solteras mayores de 21 años obtuvieran preservativos por su cuenta,
ellas no fueron el centro de interés ni en las campañas de educación pública ni en la
literatura promocional. El matrimonio y la familia nuclear eran la norma oficialmente
aceptada.
Sin embargo, al interior del matrimonio, los programas de Salud Familiar
promovieron una imagen positiva tanto de la sexualidad como del control de natalidad.
Aunque auspiciaban el dominio de los maridos sobre sus esposas, éste no era el único
mensaje, ni tampoco el resultado esperado. El programa de planificación familiar
incentivaba relaciones sexuales menos coercitivas y más igualitarias, incluyendo
límites concretos al privilegio sexual tradicional de los hombres. En los seminarios de
APROFA y del SNS se vinculaba la reducción del tamaño de la familia y la decisión
conjunta de los esposos a un comportamiento moderno, deseable y respetable. La
paternidad fue concebida de responsabilidad mutua, y en los panfletos y caricaturas
de educación sexual, se advertía, especialmente a los campesinos, contra la idea de
igualar virilidad al número de hijos, argumentando que los hombres modernos tenían
familias de tamaño manejable, a las que podían mantener adecuadamente. También
se recomendaba con insistencia a las mujeres campesinas que conocieran mejor sus
cuerpos reconociendo los ciclos reproductivos femeninos como algo natural y saludable.
Al mismo tiempo, se les instaba a esperar la colaboración de los hombres en el uso de
contraceptivos o abstinencia periódica para lograr tener familias más reducidas. Los
proyectos de planificación familiar, junto con asumir y reforzar la fidelidad sexual
femenina, insistían en que los hombres también debían mostrar más fidelidad a sus
esposas; que las mujeres adultas debían tener una opinión acerca de cómo y cuándo
una pareja tenía sexo, y que las mujeres, no los hombres, debían fortalecer los códigos
de responsabilidad sexual femenina. Pese a las restricciones a adolescentes y mujeres
solteras de acceder al control de natalidad, la educación reproductiva y la expansión
de los servicios ginecológicos potencialmente ofrecieron a mujeres de todas las edades
y de cualquier estado civil un mayor conocimiento de sus cuerpos.

177
Los programas de planificación familiar lograron resultados significativos. Según
APROFA, el porcentaje total de mujeres en edad fértil que usaban métodos de control
de natalidad médicos se había casi triplicado –de 5,1% a 14%– entre 1965 y 1970 en
todo Chile453. Durante ese mismo período, más de 1.500 mujeres por año hicieron
consultas sobre control de natalidad en las dependencias del Servicio Nacional de
Salud en el Valle del Aconcagua; casi el doble de la cantidad de mujeres que había
pedido información sobre preservativos en el período inmediatamente anterior a
1964454. En 1968, un estudio realizado por los sociólogos Armand y Michele Mattelart
estimaba que un 14% de las campesinas en el Chile central usaban métodos de
control de natalidad, en tanto que un 65% decía que usarían preservativos si es que
estuvieran disponibles455. Más revelador aún fue el informe del Instituto Nacional de
Estadísticas (INE), el que señalaba que la tasa de fertilidad en Chile (medida según
el número promedio de hijos que una mujer podía tener durante su vida) cayó en
un sorprendente 24% entre los años 1965 y 1970456. En 1965 el número promedio de
hijos nacidos por mujer en Chile era 4,9, cifra que había descendido a 3,86 en 1970;
en el caso de las mujeres campesinas pobres, el promedio se redujo de 8,07 niños a
6,09 niños457. Tal y como se esperaba, las iniciativas de planificación familiar también
redujeron las tasas de aborto y muerte materna. Entre 1964 y 1970, la tasa estimada
de abortos en Chile bajó más de un 30% y la tasa de muerte materna (incluyendo
aquellas por causas relacionadas con abortos) cayó en casi un 40%458. En el Valle del
Aconcagua, el número de hospitalizaciones anuales relacionadas con abortos declinó
en un 24 por ciento459.
Sin embargo fueron las mujeres urbanas y de clase media las que más se beneficiaron
en relación a sus contrapartes campesinas. Contrastando con el estudio de los Mattelart,
APROFA informaba, en 1970, que menos del seis por ciento de las mujeres rurales

453
Estadísticas APROFA, 1984: 5.
454
“Atenciones y recursos: San Felipe-Los Andes SNS”, Memo, SNS, San Felipe, 1968, 1969, 1972.
455
Mattelart (1968): 89-90.
456
Nora Ruedi, “La Transición de la Fecundidad en Chile”, INE, CELADE, Agencia Canadiense para el
Desarrollo Internacional, Chile, 1989: 6. Citado en Ana María Silva Dreyer, “Tendencias generales
de la fecundidad en Chile, 1960-1987”, Instituto de la Mujer, Santiago, julio, 1990: 3.
457
Ibid.: 3 y 15.
458
En 1964, APROFA estimó que había 29,9 abortos y 10 muertes maternas relacionadas con el aborto
por cada mil mujeres en edad fértil. El número total de muertes maternas en 1966 fue 26,1 por cada
mil mujeres en edad fértil. En 1970, APROFA estimó que había 20,6 abortos y 6,6 muertes maternales
por cada mil mujeres de edad fértil. El total de las muertes maternales en 1970 alcanzó a 16,8 por
cada mil mujeres en edad fértil. Estadísticas APROFA, APROFA, 1982.
459
De acuerdo con los informes anuales de la SNS, en 1964 hubo 1.211 hospitalizaciones relacionadas
con abortos en las comunas de San Felipe y Los Andes, y en 1970, 915 hospitalizaciones en las mismas
comunas. “Ingresos hospitalarios”, Estadísticas de Salud, SNS, 1976.

178
usaba contraceptivos460. El mismo estudio de los Mattelart afirmaba que cerca del 40
por ciento de las mujeres campesinas no sabía nada acerca del control de natalidad
y en el caso de las que lo conocían, la mayoría no tenía acceso a localidades que los
distribuían461. Fueron múltiples los factores que conspiraron contra la posibilidad de
que las mujeres que estaban bajo control de natalidad tuvieran acceso a exámenes
médicos regulares; entre ellos, el gasto de transporte y la distancia respecto de las
clínicas. Además la publicidad sobre los eventos educacionales de APROFA y del
Servicio Nacional de Salud solía ser irregular y, a menudo, inadecuada. En los relatos
orales, muchas mujeres campesinas señalaron que ellas pensaban que tenían que
pagar los preservativos, en tanto que otras temían que las píldoras anticonceptivas y
el DIU suponían la esterilización permanente462.
Pero la razón más frecuente argüida por las mujeres, decía relación con la oposición
masculina. APROFA señaló una y otra vez que eran las objeciones de los hombres a la
planificación familiar el obstáculo principal con el que se enfrentaba en los barrios de
clase obrera y en los vecindarios rurales. Las mujeres campesinas entrevistadas por los
Mattelart y por Patricia Garrett, hacia fines de los sesenta y comienzos de los setenta,
señalaban que sus maridos incluso les prohibían indagar sobre el uso de preservativos463.
Las historias orales realizadas para este libro relataban situaciones similares. Victoria
Antimán, esposa de un antiguo trabajador permanente de la comuna de Panquehue,
pidió insistentemente a su marido ver la posibilidad, hacia fines de 1960, de obtener
un DIU, dado que la pareja tenía ya cuatro hijos. Si bien su marido estaba de acuerdo
que no era deseable tener más niños, él le prohibió recurrir al SNS porque temía que
“[ella] quisiera ser esterilizada y se convirtiera en una ‘mujer no natural’”464. El esposo
de Norma Reyes, inquilino de la comuna de San Esteban, prohibió que su mujer usara
preservativos porque éstos, supuestamente, le permitirían ser infiel465. Otras mujeres
contaban que sus maridos se oponían al control de la natalidad porque no estaban de
acuerdo con sus esposas sobre el número óptimo de hijos. El marido de Anita Hernández
le dijo que ella debería tener “el número de hijos que Dios le mandara”466.
Cualquiera fuera la razón argüida por los hombres, pareciera que la mayoría de
ellos concordaba con el marido de Victoria Antimán de que el control de natalidad

460
Estadísticas APROFA, 1960-1992, Santiago, 1993. Véase también Ana María Silva Dreyer, “Tendencias
generales de la fecundidad”, 9-10.
461
Mattelart (1968): 89-90.
462
Rosa Tolosa, Katarina Antimán y María Galdamez, historias orales. También, véase Mattelart (1968):
89-90.
463
Mattelart (1968); Garrett (1978).
464
Victoria Antimán, historia oral, Panquehue, 24 de enero de 1993.
465
Norma Reyes, historia oral, San Esteban, 19 de enero de 1993.
466
Anita Hernández, historia oral.

179
hacía de las mujeres algo “antinatural”. Emilio Ibáñez recordaba que los hombres les
prohibían a sus esposas usar preservativos porque parir era la esencia de ser mujer
y esposa: “[L]as mujeres son de la casa. Ellas tienen los hijos que Dios las manda, si
no, ¿por qué casarse?”467. La preocupación de los maridos por preservar la fertilidad
natural de sus esposas, involucraba su autoconcepción como hombres. Si la respuesta
a Ibáñez, a “¿Por qué tener una esposa?”, era “Para que tenga los hijos que Dios le
manda”, la respuesta a “¿Qué es un marido?” sería “Un hombre que procrea tantos
hijos como sea posible”.
Las iniciativas de Salud Familiar estaban patrocinadas por el Estado y se ofrecían
en los centros de cuidado de salud con personal profesional. Esta situación desafiaba el
sentido de autoridad de los hombres sobre sus esposas y la noción de masculinidad. La
posibilidad de que las mujeres pudieran limitar sus embarazos (y por tanto la virilidad
de los hombres) en hospitales y clínicas removía la práctica del control de natalidad
del recinto del hogar bajo dominio masculino (aún cuando los remedios caseros
siempre habían sido controlados por las mujeres). Pese a la práctica de requerir el
consentimiento de los maridos para el uso de anticonceptivos, para muchos campesinos
los doctores y matronas estaban usurpando su jurisdicción sexual sobre sus esposas. La
campaña educacional de APROFA aumentó este resquemor. El debate público sobre el
control de natalidad y planificación familiar promovió la idea de que la reproducción,
más que una preocupación individual o familiar, era una responsabilidad social, y, por
lo tanto, los hombres debían dar su consentimiento voluntario al Estado por ayudar
a las mujeres a limitar el embarazo. Aunque APROFA tenía cuidado en enfatizar el
interés y la responsabilidad de los hombres en el control de la natalidad, para muchos
la planificación familiar seguía siendo una amenaza a su autoridad y proeza sexual.
Pero el que la virilidad masculina estuviese vinculada a la capacidad procreadora
estaba en tensión con el valor que los hombres adjudicaban a su papel de proveedores
y jefes de familia responsables. Al igual que las mujeres, los hombres también tenían
interés en limitar el tamaño de la familia en conformidad a sus recursos y muchos de
ellos cooperaban, directa o indirectamente, en el uso de remedios caseros y abstinencia.
Otros apoyaban abiertamente el uso de anticonceptivos que proporcionaba el Servicio
Nacional de Salud. Raúl Ahumada y Sergio Contreras, antiguos inquilinos de la comuna
de Catemu, contaban que ellos alentaban a sus esposas a tomar píldoras anticonceptivas
y que las acompañaban al Hospital de San Felipe para dar el consentimiento exigido468.
Walter García, un antiguo trabajador permanente de la comuna de Los Andes, decía
que él no veía nada de antinatural en que su mujer, Selfa, usara métodos de control

467
Emilio Ibáñez, historia oral.
468
Raúl Ahumada, San Felipe, 18 de mayo, 1993; Sergio Contreras, Los Andes, 22 de mayo, 1993, historias
orales.

180
de natalidad, ya que “Dios me había enviado suficientes hijos”469. El que la tasa de
fertilidad rural disminuyera en casi un cuarto entre los años 1964 y 1970 –pese al bajo
número de campesinas que reportaban el uso de anticonceptivos médicos– sugiere que
la misión educacional de las campañas de Salud Familiar para promover el mutualismo
de género en reproducción había sido altamente exitosa. En la práctica, los hombres
estaban cooperando con sus esposas en la prevención del embarazo.
Pero al mismo tiempo las mujeres ponían en tela de juicio la noción de los hombres
sobre las obligaciones sexuales y derechos dentro del matrimonio. El énfasis de la
planificación familiar en la cooperación entre esposos en materias de sexualidad y
fidelidad básica masculina, combinado con el mensaje de la Reforma Agraria sobre
el mutualismo de género y el respeto que los hombres deben a sus esposas, otorgó a
algunas campesinas un sentido de derecho para limitar el sexo conyugal y demandar
la reciprocidad de sus maridos. Paradójicamente, esta situación se evidencia con más
claridad en las quejas presentadas por las mujeres en las cortes locales470. Antes de
la Reforma Agraria –en los primeros años de la década de 1960–, los casos de mujeres
golpeadas estaban asociados a la insistencia de los hombres de que, por definición, sus
esposas les debían servicio sexual y doméstico exclusivo471. La novedad, a lo largo de
la década de 1960, fue la mayor disposición de las esposas para reclamar su derecho
a negarse sexualmente a sus maridos, argumentando que habían fracasado en su rol
de proveedor y compañero respetuoso.
En octubre de 1969, Eugenia Puebla presentó cargos en contra Onofre Poza, su
marido y trabajador agrícola, por partirle el labio, ya que su almuerzo no estaba listo
cuando llegó al mediodía y por negarse a tener sexo con él472. En su testimonio, ella
señaló que no había preparado el almuerzo a propósito, porque esa mañana “me
había dejado sola toda la mañana [con el trabajo]… y llegó en completo estado de
ebriedad”473. Eugenia sostenía que Poza se había puesto furioso y la había tomado “de
los hombros para que me acostara con él”, y que cuando ella se resistió, su marido “[le]
empezó a pegar puñetes y patadas por todo el cuerpo”474. Por su parte, el testimonio

469
Walter García, historia oral, Santa María, 24 de octubre, 1992.
470
Entre 1964 y 1973, las mujeres de la comuna de San Felipe presentaron un promedio anual de veinte
lesiones contra esposos y parejas permanentes, y casi tres cuartos de éstas involucraron a mujeres
pobres y campesinas. De los 240 pleitos de lesiones físicas presentados entre 1964 y 1973, solo 70
estuvieron disponibles para ser revisados. De éstos, casi tres cuartos involucraban a campesinos
pobres, de los cuales, uno por lo menos, estaba registrado como que se ganaba la vida por la agricultura.
“Registro de Crimenes”, JCSF.
471
Heidi Tinsman, en Godoy et al. (1995).
472
Ficha de caso, S356; 27140, JCSF.
473
Ibid.
474
Ibid.

181
de Onofre Poza era muy diferente. Si bien admitía que él había golpeado a su esposa,
no dijo nada (en defensa o en negación) de haber tratado de forzarla sexualmente.
En cambio, señaló que su esposa también había sido violenta con él, que ella era
la responsable de sus propias heridas, y, que, después de todo, él había tenido su
almuerzo: “Mi esposa me había servido el almuerzo [frío], le llamé atención por lo
sucedido y ésta me dio un grito, ahí me dio rabia y le pegué unas cachetadas en la
cara, ésta arrancó y tomó un tarro, el cual me lanzó por la cabeza y salió a la calle, ahí
se trompesó, cayendo al suelo donde debe haberse lesionado. Yo solamente le pegué
dos cachetadas en la cara”475.
Con anterioridad a la Reforma Agraria, los hombres también habían golpeado a
sus esposas por no servirles comidas o por rehusar tener sexo. Pero lo interesante en
casos como éste es la referencia explícita a las obligaciones maritales de la esposa
(sexo o comida) como una condición asociada al cumplimiento de sus maridos de ser
buenos esposos. Puebla intencionalmente le negó el almuerzo (o le sirvió uno frío)
porque, en su opinión, esa mañana Onofre Poza no había hecho adecuadamente el
trabajo, y porque él había vuelto borracho. Ella insistía en que su obligación sexual
tenía límites, y que ella tenía el derecho a rechazar los acosos violentos y bajo la
influencia del alcohol. No se trata de que antes de la Reforma Agraria las campesinas
no hubiesen esperado actitudes de sus maridos o que no hubiesen puesto límites. Pero
la promoción oficial del mutualismo de género, que incluía una nueva definición de la
sexualidad, con responsabilidad y consentimiento, rediseñó las relaciones maritales,
dándoles a las mujeres argumentos para exigir una conducta más cooperativa de
parte de los hombres. Significativo fue que Poza no hiciera una defensa basada en el
derecho marital de disciplinar físicamente a su esposa, como era común en la década
de 1950476. Según sus descargos, él había actuado como un marido responsable (sólo
una pequeña cachetada cuando ella le gritó), culpando a su esposa por no contenerse
(estaba histérica y le había tirado una jarra) resultando con el labio sangrante.
Algunas mujeres fueron lejos en la interpretación del mutualismo de género,
asignándose el derecho de terminar las relaciones sexuales y buscar un nuevo
compañero cuando el anterior fallaba. En 1970, Sonia Bruna le dijo a la corte que su
conviviente, José Muñoz, trabajador agrícola, le había golpeado en la cara después que
“decidió que [ella] no quería tener nada más que ver con él y que estaba buscando
otra compañía”477. José Muñoz admitió sus acciones, pero se defendió sobre la base
del derecho marital a castigar a su compañera por infidelidad. Como afirma en su
testimonio: “Efectivamente estuve haciendo vida marital con [ella]… y la sorprendí…

475
Ibid.
476
Ibid.
477
Ficha de caso, B27; 27615, JCSF.

182
conversando con [otro hombre] y le pedí explicaciones… y como anteriormente ya le
había perdonado una misma situación… me indigné y le pegué algunas palmadas en
la cara”478. La determinación de Sonia Bruna reflejaba la opción de un pequeño grupo
de mujeres campesinas que preferían convivir a estar legalmente casadas. Para Sonia
Bruna, José Muñoz era un marido incompetente (no señala razones en su testimonio)
por lo que prefería dejarlo antes de continuar soportando su conducta inaceptable. Al
margen de si estaba buscando o no un nuevo compañero, ella sentía que tenía todo el
derecho a tomar esta decisión. Es más, no se veía obligada a responder a obligaciones
conyugales (incluyendo la fidelidad sexual) bajo ninguna circunstancia y sentía que
determinar sus afectos y lealtades era su prerrogativa y no la de Muñoz.
Así como los CEMA y proyectos educacionales de la Reforma Agraria ofrecieron
a las mujeres campesinas una nueva gestión y recursos frente a la irrefrenable
autoridad masculina, las iniciativas de planificación familiar también actuaron en
este sentido. La salud materna e infantil y los programas de control de natalidad
mejoraron significativamente las vidas de las mujeres campesinas, en términos tanto
del bienestar físico de las mujeres y el control sobre la reproducción, como en definir
normativas menos coercitivas sobre la sexualidad dentro del matrimonio. Sin embargo,
tal y como ocurrió con las otras iniciativas del Estado, las acciones de Salud Familiar
de la Democracia Cristiana difundieron un ideal de familia en el que eran los maridos
quienes tenían el control y prerrogativas (aunque más limitadas y benevolentes)
sobre sus esposas. Los programas de planificación familiar, como los CEMA, fueron
dirigidos principalmente a mujeres casadas, estableciendo al matrimonio y la familia
como los únicos sitios apropiados de actividad sexual. Irónicamente, ello hacía más
difícil la prevención de embarazo en aquellas mujeres que el Estado desaprobaba
como madres –niñas adolescentes y mujeres solteras–. Los programas de planificación
familiar estimulaban a las mujeres a ejercer control sobre sus cuerpos y comunicarse
más abiertamente con sus maridos, pero ratificaban el derecho de los hombres a
determinar los límites de esa gestión. Esto era un complemento al esfuerzo de los
democratacristianos de promover el mejoramiento familiar y la cooperación de género,
preservando, a la vez, la autoridad masculina dentro de las estructuras conyugales
del mutualismo.

478
Ibid.

183
CAPÍTULO V
LUCHAS POR LA TIERRA:
PATRONES CAMPESINOS Y CAMPESINAS MILITANTES

Para la gran mayoría de la gente pobre del campo, la Reforma Agraria fue sinónimo
de redistribución de tierra. La promesa de Eduardo Frei de crear 100.000 nuevos
agricultores abrió grandes esperanzas entre el campesinado, resumidas en la consigna
del movimiento sindical “¡Dar la tierra al hombre que la trabaja!”, compartida desde
asalariados temporeros hasta inquilinos. La redistribución de la tierra constituyó, a
la vez, un símbolo y una medida concreta del compromiso democratacristiano para
llevar a cabo la justicia social. Era la balanza en la que los campesinos, hombres y
mujeres, sopesaban el éxito y la legitimidad del gobierno. Como tal, la Reforma Agraria
fue problemática y vigorizante. El gobierno de Frei llevó a cabo expropiaciones sin
precedentes en la historia de Chile, pero estuvo muy lejos de lograr los objetivos
propuestos. Si bien reorganizó grandes sectores de la economía agraria, mejorando el
acceso del campesino a la tierra, no llegó siquiera a un quinto del número de pequeños
agricultores que había prometido. La brecha entre la promesa oficial y la entrega
concreta generó impaciencia y aumentó la militancia de los trabajadores en contra
del mismo gobierno en el que los campesinos buscaban apoyo.
La reforma agraria también creó nuevas divisiones entre los mismos campesinos.
Los procesos de expropiación y reorganización de la tierra incluyeron solo a una
minoría, compuesta casi exclusivamente por hombres. Esto devino en el surgimiento
de una elite de clase trabajadora masculina, que, por la posibilidad de acceder a la
tierra y la capacidad de “ser su propio patrón” se transformó en el modelo masculino
al cual aspiraban los hombres que aún no gozaban de esos privilegios. Las mujeres,
por su parte, se beneficiaban de la reforma casi exclusivamente por medio de sus
relaciones familiares con hombres que recibían tierras, en su calidad de esposas e
hijas. Esta situación fortaleció las jerarquías de género ya existentes, reforzando la
dependencia económica de las mujeres hacia los hombres y alentando aún más el
sentido de autoridad de éstos hacia sus esposas. Las mujeres hicieron frente a esta
autoridad, insistiendo en el ideal de mutualismo de género de la Reforma Agraria como
contrapeso al excesivo control masculino. Sin embargo, la mayoría aceptó el derecho
exclusivo de los hombres a la redistribución de la tierra. En general, la mayoría de

185
las mujeres apoyó con vigor la reforma de la tierra. Instruyéndose sobre nociones
de domesticidad cívica, éstas levantaron demandas militantes para apresurar las
expropiaciones y, en la medida en que la Reforma Agraria se tornaba más conflictiva
y complicada, participaron también en las tomas de propiedad.
En el Valle del Aconcagua, el proceso de reforma de la tierra bajo el gobierno
de la Democracia Cristiana fue un reflejo de lo que ocurría en todo Chile, aunque
se dio en forma relativamente más acelerada y extensa. Entre 1964 y julio de 1970,
el Estado expropió 37 haciendas –28 por ciento de toda la tierra agrícola irrigada
del departamento de San Felipe, y 32 por ciento de la del departamento de Los
Andes479–. El total de las expropiaciones en el Valle del Aconcagua fue de 12.004
hectáreas de tierra irrigada y 231.939 hectáreas de tierra no irrigada480 (Ver Tablas 5.A
y 5.B.) Cuando Eduardo Frei dejó el poder, casi el 90 por ciento de esta tierra estaba
organizado en 22 unidades de producción, llamadas asentamientos, administradas
en conjunto por el gobierno y los trabajadores, e incluían aproximadamente 1.500
familias campesinas481. En todo Chile los democratacristianos expropiaron el 20 por
ciento de toda la tierra agrícola irrigada, organizaron alrededor del 60 por ciento en
asentamientos, e incorporaron un total de 18.000 familias campesinas al proceso de
Reforma Agraria482.
Este proceso fue relativamente más acelerado en el Valle del Aconcagua que
en otras áreas por varias razones. Dado que contenía algunas de las propiedades
agrícolas más ricas del país, el Ministerio de Agricultura y la CORA lo vieron como un
modelo para demostrar que la Reforma Agraria podía incrementar la producción. La
proximidad de la región a Santiago facilitó al Estado la vigilancia de las expropiaciones
y su redistribución. Además, el movimiento laboral rural estaba altamente organizado
y era dominado por católicos independientes y democratacristianos, por lo que el
gobierno de Frei, ansioso por fortalecer la lealtad de sus aliados, concentró sus primeros
esfuerzos de reforma en la UCC y Triunfo Campesino.
Las tres primeras expropiaciones en Chile fueron realizadas en el Valle del
Aconcagua y dieron muestra de la naturaleza política cautelosa que tomaría la
Reforma Agraria. En 1965, la CORA expropió dos terrenos en la comuna de Putaendo:
la Hacienda Bellavista, un fundo de 2.800 hectáreas de propiedad de la Iglesia
Católica, y uno más pequeño de propiedad de un particular, Rabuco Pachama. En tanto
que en la comuna de San Esteban expropió el fundo El Cobre, de 170 hectáreas483.

479
Fichas de expropiación, Nº 50-185, CORA.
480
Ibid.
481
Ibid.
482
Barraclough y Fernández (1974): 71.
483
Fichas de expropiación Nº 169 y 197, CORA.

186
En los tres casos, la expropiación se debió a que las tierras estaban siendo pobremente
explotadas, y en los tres, los afectados apelaron legalmente al fallo. Las negociaciones
fueron particularmente prolongadas en el caso de la hacienda Bellavista, de propiedad
de la Iglesia. Si bien el apoyo de la institución religiosa al proceso de Reforma
Agraria dificultaba el rechazo de ésta a la acción del gobierno, sumado a la escándalo
provocado por tres huelgas de trabajadores en 1966, los propietarios se aprovecharon
de la reticencia por parte de los democratacristianos a antagonizar directamente
con la Iglesia, para negociar una generosa reserva y retardar el traspaso de la tierra
a la CORA hasta 1968484. Por el contrario, en el caso del fundo de Rabuco Pachama,
inmigrante palestino, el gobierno hizo uso de un nacionalismo patriotero. Cuando el
propietario apeló, se le hizo expulsar del país bajo motivos espurios, argumentando
que era un “extranjero” y que a éstos no se les permitía obstaculizar una medida del
gobierno ni explotar a los trabajadores chilenos485.
La mayoría de las expropiaciones se llevaron a cabo bajo presión externa. Durante
el gobierno de Frei, dos tercios de toda la tierra expropiada en el Valle del Aconcagua,
se realizó en los dos últimos años de su mandato. Ello fue resultado directo de la
organización laboral que siguió a la Ley de Sindicalización Campesina de 1967, y de la
aprobación de una segunda y más amplia Ley de la Reforma Agraria el mismo año486.
Esta segunda Ley (Ley 16.640) fue aprobada en el Congreso por los partidos Comunista
y Socialista en alianza con el ala más de izquierda de la Democracia Cristiana. Con
ella se legalizaba la expropiación según el tamaño de la propiedad (haciendas de
80 hectáreas de tierra básica irrigada) y el incumplimiento de la legislación social
por parte del latifundista. Yendo mucho más allá de lo que estipulaba la primera
Ley de Reforma Agraria, que permitía expropiar en casos de tierras abandonadas o
pobremente explotadas, la nueva legislación entregaba poder al Estado para arremeter
incluso contra productores eficientes, atacando los pilares básicos del latifundio: el
monopolio de la tierra y las condiciones laborales opresivas.
Sin embargo, en general, el gobierno de Frei evitó hacer uso de su nuevo poder legal,
a menos que fuese obligado. De hecho, más del 85 por ciento de toda la tierra expropiada
se hizo bajo los criterios de la legislación anterior, es decir, tierras abandonadas o mal
cultivadas487. La resistencia a hacer uso de la segunda Ley de Reforma Agraria reflejaba
el distanciamiento y creciente polarización entre dos tendencias al interior del Partido
Demócrata Cristiano, lo que desincentivó el ritmo y propósito de la Reforma Agraria.
El ala más conservadora del partido, que incluía a Eduardo Frei y al presidente de la

484
Gómez (1980): 36-41.
485
Ibid.: 62.
486
Fichas de expropiación, CORA.
487
CORA, Reforma agraria chilena, 1965-1970. Santiago: CORA, 1970: 38.

187
Miembro de asentamiento recibe título de tierra, 1968.
Fuente: Reforma Agraria, Corporación de Reforma Agraria (CORA), 1968.
Cortesía de la University of Wisconsin Land Tenure Center.

188
CORA Rafael Moreno, seguía defendiendo la importancia de la eficiencia agrícola,
de grandes y pequeños productores, y buscaba mantener alianzas con asociaciones
de grandes latifundistas, como la SNA, la que había denunciado la ley de 1967 como
un robo legalizado. Por el otro lado estaba el líder del INDAP, Jacques Chonchol, y la
mayoría de los militantes del movimiento sindical rural católico y demócrata cristiano,
que insistían en que el desmantelamiento del latifundio a través de la transferencia
masiva de tierras a los campesinos era la prioridad de la Reforma Agraria. Chonchol
hizo una crítica abierta a la subdivisión de tierras de las haciendas en numerosos
predios individuales, ya que podría perpetuar la economía campesina y socavar su
productividad. Hacia fines de los años sesenta, el contingente más radical del Partido
Demócrata Cristiano se acercaba cada vez más a los planteamientos de los partidos
marxistas, llamando a poner fin a la explotación capitalista y a crear algunas formas de
propiedad colectiva. Sin embargo, pese a este impulso hacia la izquierda, el gobierno
de Frei fortaleció la perspectiva más conservadora liderada por la CORA. Chonchol
fue destituido de su cargo y las políticas de expropiación fueron cautas.
Las divisiones al interior del partido también se manifestaron respecto de la
manera en que se reorganizó la tierra expropiada, especialmente en el asentamiento,
que presentaba una naturaleza ambigua. Los asentamientos se establecieron durante
la segunda Ley de Reforma Agraria, sobre la base de una hacienda expropiada, o la
combinación de varias haciendas. Su tamaño variaba considerablemente, entre algunos
cientos a varios miles de hectáreas. En términos legales, la tierra del asentamiento
pertenecía al Estado, y era cultivada y coadministrada por antiguos inquilinos y otros
trabajadores a quienes la CORA seleccionaba para ser asentados. Los asentamientos se
diseñaron con una duración entre cuatro a seis años, después de lo cual los asentados
votarían si continuaban cultivando la unidad colectivamente, dividían la tierra en
granjas individuales, o formaban cooperativas. La cláusula sobre el voto campesino
no fue una decisión democratacristiana fundada en la participación popular, sino
producto de los desacuerdos existentes al interior del partido y con la izquierda sobre
la forma definitiva que tomaría la tenencia de la tierra. Los democratacristianos más
conservadores mantenían que los asentamientos debían dividirse en predios familiares
de propiedad individual; el movimiento laboral católico abogaba por las cooperativas;
en tanto que Chonchol y otros miembros del INDAP concordaban con socialistas y
comunistas en que los títulos de tenencia individuales debían combinarse con formas
colectivas de propiedad. En lugar de resolver aquellas tensiones, la ley sostuvo,
intencionalmente, un estatus legal impreciso del asentamiento, legitimando tres tipos
de propiedad –individual, cooperativa, y asentamiento permanente– y dejando el tema
de la tenencia definitiva para más tarde.

189
Mandar y ser mandado
Los asentamientos tenían una misión transformadora noble. Éstos fueron
concebidos para proveer a los antiguos inquilinos y otros trabajadores rurales de
capacitación técnica y una nueva administración, además de propagar los beneficios
del proceso democrático, que se suponía los transformaría en productores capacitados
y buenos ciudadanos. La responsabilidad e iniciativa reemplazarían al fatalismo y
la pasividad, al tiempo que los compromisos comunitarios alimentarían también las
aspiraciones individuales. Así, se le adjudicaría a cada miembro del asentamiento un
terreno individual que podría cultivar tanto para su subsistencia como para propósitos
comerciales. Los terrenos individuales buscaban incentivar la inversión personal,
mientras que preparaba a los asentados para ser agricultores familiares. Se requería
también que cada uno de ellos trabajara de forma regular en las tierras comunitarias
a cambio de una remuneración adelantada o anticipo mensual pagado por el gobierno,
que devenía del cálculo estimativo de los ingresos anuales del asentamiento.
Los críticos de la Reforma Agraria –de la época y posteriores– denunciaron
que el asentamiento tenía estrechas semejanzas con el inquilinaje, y acusaron al
Estado de reemplazar el sistema de latifundio privado por uno estatal. Sin embargo,
el asentamiento fue muy distinto de la hacienda privada. Primero, y ante todo,
el asentamiento encarnaba la promesa del Estado de que pronto los campesinos
poseerían sus propias tierras. Dentro de los objetivos más amplios de la Reforma
Agraria, los asentamientos señalaban a los trabajadores, no a la elite latifundista,
como la clave de la productividad y modernización nacional. Así, éstos ponían énfasis
en la autogestión y participación cívica de los campesinos, y no en la servidumbre
tradicional del inquilinaje. Además, estaban internamente dirigidos por asambleas
generales, las que incluían a todos los asentados, quienes elegían a sus propios líderes.
Las asambleas generales se reunían una vez al mes para asignar miembros a los
comités administrativos que supervisaban los asuntos cotidianos del asentamiento,
tales como construcción, manutención de tractores, irrigación, cultivos, cosechas
y contabilidad. Las asambleas generales establecían también un vínculo entre los
asentados, las instituciones de la Reforma Agraria y el gobierno regional. Ellos eran
los que levantaban peticiones y quejas a las oficinas locales del INDAP y la CORA,
además de elegir cinco representantes que trabajarían junto a los funcionarios de esta
última en el “consejo de asentamiento” regional, cuerpo gubernamental que tomaba
las decisiones sobre producción e inversiones488.
En la práctica, los funcionarios de gobierno ejercieron una autoridad desmedida
sobre los asentamientos. Los empleados del INDAP hacían supervisiones regulares para
ver que los comités y las oficinas regionales de la CORA establecieran los objetivos de
488
Loveman (1976): 252-254.

190
Asamblea general de un asentamiento.
Fuente: Reforma Agraria, Corporación de Reforma Agraria (CORA), 1968.
Cortesía de la University of Wisconsin Land Tenure Center.

Comité de producción de un asentamiento.


Fuente: Reforma Agraria, Corporación de Reforma Agraria (CORA), 1968.
Cortesía de la University of Wisconsin Land Tenure Center.

191
producción, determinaran los niveles de capital e inversión técnica, fijaran programas
de pagos, introdujeran nuevas cosechas y tecnologías, y controlaran la comercialización
de la producción489. Pero aunque el gobierno administraba el asentamiento, nunca
fue lo mismo que el patrón. Por de pronto, los asentados no debían bajar sus ojos o
levantar sombreros ante los funcionarios de la CORA. Sin embargo, el cambio fue
más que meramente simbólico. Las asambleas generales y consejos de asentamientos
mantenían a sus miembros informados de los cambios de la política administrativa, y les
facilitaban el acceso regular y directo a las instituciones del Estado. El control cotidiano
sobre los horarios de trabajo hizo que los asentados fueran, al menos en el campo, “sus
propios patrones”. Es lo que recordaba, en una entrevista realizada en la década de
1980, uno de los asentados de la comuna de Putaendo, señalando que cualesquiera
hayan sido las restricciones del gobierno, era liberador sentir que sus funcionarios
estaban finalmente atendiendo las preocupaciones de los campesinos: “Habían miles
de problemas [con la CORA y] en los asentamientos, pero cosas solucionables. Y uno
por lo menos tenía la garantía de llegar libre por lo menos a cualquier parte a plantear
los problemas. Habían entrevistas, con el subsecretario de Agricultura, el ministro de
Agricultura, había mucha facilidad porque éramos escuchados, como dirigentes [de
sindicatos y asentamientos] éramos muy escuchados”490. Otro asentado del mismo fundo
recordaba que, uno sentía una responsabilidad individual y colectiva por su propio
rendimiento: “[L]o bueno [era que] ya no nos mandaba nadie, sino por voluntad de
nosotros. Trabajábamos con más empeño porque ya estábamos trabajando para nosotros
y cuidábamos unos a otros las cosas que íbamos teniendo”491.
Los asentamientos, así como los sindicatos rurales, eran casi exclusivamente
masculinos. Pero a diferencia de los sindicatos, que incluían a la gran mayoría de
los campesinos, los asentamientos solo contenían una pequeña minoría de hombres
relativamente privilegiados. La segunda Ley de Reforma Agraria especificaba que los
destinatarios de tierras debían ser jefes de hogar con una experiencia agrícola previa
considerable492. Los asentados fueron seleccionados a través de un elaborado sistema
que sopesaba factores tales como el estatus marital, el número de dependientes, la
ocupación (dando preferencia a inquilinos y trabajadores permanentes) y las destrezas
específicas en mecánica, conducción de tractores, cultivo de frutas e irrigación. Aunque
no hubo una prohibición explícita a las mujeres, las casadas fueron automáticamente
clasificadas como dependientes, en tanto que las solteras y viudas, jefas de hogar,
fueron excluidas por su “falta de experiencia agrícola suficiente”, lo que no era más
489
Historias orales de Jorge Tejedo, Raúl Fuentes, Armando Gómez y Cristián Angelini, Santiago, 3 de
marzo, 1993; Miguel Merino, Santiago, 11 de marzo, 1993.
490
Lila Acuña, “Juan”. Hombres y Mujeres de Putaendo, Santiago: CEM, 1986: 38.
491
“Juan”. Acuña (1986): 38.
492
Garrett (1978): 222.

192
que el resultado de su trabajo asalariado como temporeras, que desde la perspectiva
de género reinante, era considerado como menos especializado que el del empleo
permanente de los hombres y del trabajo no remunerado en el cultivo del terreno
familiar, considerado de importancia menor respecto del cultivo comercial de los
hombres. De todos modos, aunque prácticamente todas las mujeres fueron excluidas
de los asentamientos, también lo fue una mayoría de hombres. La preferencia por
inquilinos y trabajadores permanentes con gran número de dependientes, desincentivó
las solicitudes de solteros, hombres recién casados y/o aquellos que trabajaban
como peones temporeros y afuerinos. Los minifundistas o trabajadores de haciendas
pequeñas que no habían sido expropiadas, estaban aún en mayor desventaja. Hacia
1970, se estimaba que los asentamientos incluían solo entre un 10 a 15 por ciento de
los trabajadores agrícolas varones del Valle del Aconcagua y de todo Chile493.
Para aquellos afortunados, el asentamiento les otorgó un sentido de realización e
independencia masculina. Para ellos, el precepto de que cada hombre “se mandaba
a sí mismo” y cuidaba de sus compañeros, revistió al movimiento laboral de una
masculinidad en la que los trabajadores hombres no solo se desenvolvían en una
solidaridad fraterna, sino que estaban a la misma altura que el patrón. Los asentados
se jactaban de su acceso a los círculos de poder político y de la autosuficiencia que,
según su percepción, emanaba de ser sus propios empleadores y administradores.
Refiriéndose a sí mismos como “dueños” y “jefes”, bautizaron los asentamientos con
nombres tales como “El Triunfo” o “Vencedores Unidos”, y transformaron las antiguas
construcciones de la hacienda en espacios de recreación comunitaria, decorados con
afiches de publicidad para las campañas de alfabetización y festivales culturales
campesinos494. Después de la creación del asentamiento “El Girasol” en la comuna
de Santa María, los nuevos miembros colgaron una pancarta proclamando: “¡En este
fundo cada hombre es su propio patrón!”495. Si bien la presencia de la CORA y del
INDAP desmentía esta situación, el anuncio expresaba el júbilo de los trabajadores
de que el antiguo patrón se hubiese ido y que ahora ellos tuvieran más control sobre
sus vidas.
Los asentamientos pusieron en manos de sus miembros nuevos recursos materiales.
Los asentados tuvieron prioridad en los programas de vivienda auspiciados por el
Estado y más del 80 por ciento obtuvo, en sus primeros años de asentados, casas
reparadas o recién construidas496. La tierra de pastizal fue cultivada con nuevas
493
Según los estudios de Patricia Garrett y María Antonieta Huerta, en 1970 había entre 1.200 y 1.500
asentados en el Valle del Aconcagua. Huerta (1989); Garrett (1978). Según el Censo Agropecuario,
1964-1965, había 9.400 trabajadores agrícolas, remunerados y no-remunerados.
494
Fichas de expropiación Nº 56, 124, 133, CORA.
495
Sergio Contreras, historia oral.
496
Garrett (1978): 154.

193
cosechas, se expandieron los rebaños de cabras y ganado bovino, se compraron camiones
y tractores, se repararon los graneros y las bodegas de almacenaje, se construyeron
nuevas escuelas y espacios comunitarios y, en algunos casos, se pusieron a disposición
de la comunidad teléfonos y televisores497. En los terrenos individuales, se permitió que
los asentados criaran más animales que los permitidos a los inquilinos y que guardaran
los excedentes de toda venta comercial de sus cosechas. Además, se les garantizó el
acceso inmediato a los beneficios de seguridad social y legislación laboral de la Reforma
Agraria: trabajaban ocho horas al día, gozaban del descanso dominical, podían ahorrar
para días difíciles y tenían vacaciones anuales. Como recuerda Emilio Ibáñez, asentado
en la comuna de Santa María, el espectacular mejoramiento en el estándar de vida
estimuló la confianza masculina: “[Con el asentamiento]… un hombre no dependía del
pequeño salario que con suerte le hubieran pagado… Nosotros nos pagábamos un buen
salario porque el asentamiento nos permitía hacerlo. [También nos permitía] equipar
el lugar con maquinaria sin deuda, tener todo lo que necesitábamos”498.
Más allá del fragor por el recientemente adquirido poder financiero, la noción de
masculinidad del asentado cobró sentido por las nuevas jerarquías existentes entre
hombres de la clase trabajadora. Los asentamientos, como las haciendas privadas,
contrataban un gran número de trabajadores temporales –la mayoría hombres– para
faenar durante los ciclos de siembra y cosecha. Dentro de la lógica del asentamiento,
esta situación hacía de los asentados empleadores de otros hombres. Al reemplazar al
patrón, el asentado heredó parte del poder social y simbólico de su antiguo jefe, basado
en el control sobre otras personas y sobre el trabajo de otros hombres. Los asentados
asignaban tareas a los trabajadores contratados y supervisaban su trabajo. También
dirigían las labores de los grupos de mujeres –más pequeños pero significativos– que
trabajaban contratadas temporalmente por los asentamientos. Pero el poder sobre
éstas se perpetuaba desde el pasado. La facultad de los asentados de dirigir la labor
de otros hombres tenía un significado diferente. Si bien el sistema del latifundio había
ubicado a algunos hombres a cargo de otros, como cuando los campesinos servían de
supervisores y los inquilinos contrataban obligados, el asentamiento creó una nueva
clase de trabajador-patrón con derechos de propiedad futuros sobre los medios
de producción. Ello hacía de los asentados –quienes habían sido pares, o al menos
compañeros de trabajo estacional–, empleadores de otros hombres.
Sin embargo, las relaciones entre los asentados y trabajadores contratados no fueron
una réplica directa de aquellas entre patrón e inquilino. Los asentamientos pagaban
a los trabajadores contratados salarios muy superiores a los que el inquilino percibía
a fines de los años cincuenta y comienzos de los sesenta; el ingreso semanal de los

497
Gómez (1980): 43, 74, 80-81.
498
Emilio Ibáñez, historia oral.

194
Trabajando en el asentamiento. Trabajando en el asentamiento.
Fuente: Reforma Agraria, Corporación Fuente: Reforma Agraria, Corporación de
de Reforma Agraria (CORA), 1968. Reforma Agraria (CORA), 1968.
Cortesía de la University of Wisconsin Cortesía de la University of Wisconsin
Land Tenure Center. Land Tenure Center.

Podando la parras, 1972.


Fuente: Museo Histórico Nacional.

195
trabajadores contratados a menudo sobrepasaba lo que se le pagaba al asentado por
medio de los anticipos del gobierno499. Más aún, el lenguaje de solidaridad de clase de
la Reforma Agraria y los llamados a la experiencia compartida de la vida campesina,
mantenían los vínculos horizontales entre los que eran miembros del asentamiento
y los que no lo eran. De todos modos, esta relación creaba considerables conflictos y
resentimientos. En varios testimonios de hombres que trabajaron temporalmente en
los asentamientos del Valle del Aconcagua se quejaban de que los asentados se creían
“mejores que todos los demás” y que solían asignar a los trabajadores contratados las
faenas más pesadas500. Miguel Acevedo, antiguo agricultor temporero de la comuna
de San Esteban, reclamaba que en el asentamiento donde él trabajó, los asentados
“se creían como reyes”, a menudo se negaban a trabajar, prefiriendo supervisar las
faenas en una pálida imitación del antiguo patrón501.
Interesante resulta que en las historias orales de los asentados replicaran que
eran los trabajadores contratados, no ellos, los que se atrasaban en el trabajo. Jacobo
Fernández, antiguo asentado de la comuna de Santa María, alegaba que los trabajadores
contratados sabían que la CORA les pagaría sus salarios sin importar lo que producían,
y no trabajaban, “por pura flojera”. El problema fundamental era que los trabajadores
contratados no reconocían la autoridad de los asentados502. Según lo expresado por
Fernández, “no nos querían respetar mucho, porque resulta que íbamos de la misma
línea”503. Estas quejas expresan el deseo, al menos de algunos de los asentados, de que
se les diera el mismo respeto que se le tenía al antiguo patrón; a la vez sugieren que
los asentados generaban una imagen de sí mismos como empleadores injustamente
tratados. La descripción de Jacobo Fernández acerca de los trabajadores contratados
como flojos e ingobernables, evoca las tradicionales actitudes de los latifundistas
hacia los inquilinos.
Algunos de los sentimientos más duros entre aquellos que pertenecían a los
asentamientos y los que no, se generaron por el hecho de que los asentados a
menudo dejaban de participar en el movimiento laboral rural. Una vez que se
creaba el asentamiento, sus miembros dejaban de asistir a las reuniones sindicales,
renunciaban a sus cargos en el sindicato y rara vez aparecían para apoyar las huelgas
y tomas de terrenos que se realizaban en otros lugares. En parte, ello reflejaba el
cambio de relaciones entre asentados y sindicalizados: los primeros se administraban
técnicamente por sí solos y además empleaban a otros. Además, dado que ellos

499
Fichas de fundos expropiados Nº 3.248, 3.250, 4.729 y 5.096, CORA.
500
Historias orales y entrevistas de Miguel Acevedo, Bernardo Flores y Miguel Merino.
501
Miguel Acevedo, historia oral.
502
Jacobo Fernández, historia oral.
503
Ibid.

196
habían obtenido gran parte de lo que el movimiento laboral definía como sus fines,
los objetivos para continuar con la movilización al interior de un sindicato dejaban
de tener sentido. Pero para los campesinos que no eran miembros del asentamiento,
el retiro de los asentados de los sindicatos era una traición a la clase, a la solidaridad
entre trabajadores y al igualitarismo popular. Los asentados aparecían como poco
interesados en ayudar a sus antiguos camaradas para lograr los mismos privilegios
que ellos habían obtenido, siendo identificados cada vez más con la sensibilidad de
un empleador. Miguel Merino, uno de los organizadores de la confederación Triunfo
Campesino, resumía esta impresión señalando que “había mucho resentimiento porque
los asentados abandonaban [los sindicatos]… los asentados se sentían diferente,
mejores… Ellos desarrollaron una actitud de empresario, se veían a sí mismos como
pequeños productores y pequeños empleadores, incluso como grandes hacendados,
no como trabajadores”504.
Pero este resentimiento en contra los asentados era muchas veces reflejo de la
admiración y la envidia. La mayoría de los campesinos que se quejaba de la arrogancia
de los asentados, aspiraba a lo que ellos tenían: autodeterminación y garantía de una
futura posesión de propiedad. El gobierno Demócrata Cristiano y el movimiento laboral
católico equipararon la autorrealización masculina del campesino con la agricultura
familiar y el espíritu empresarial. Incluso, los asentados representaron algunos
de los propósitos de la izquierda. Pese al individualismo propio del asentamiento
(reparticiones de tierras y posibilidad de futuros títulos de tenencia individuales),
éste había reemplazado a la propiedad privada por una estatal, que se pretendía
fuese propiedad de los trabajadores, encaminada a la producción a gran escala. Así,
los miembros del asentamiento encarnaron, para un amplio arco del espectro político,
el éxito de la Reforma Agraria. Los asentados fueron el objeto de celebración oficial,
centro de las ceremonias de gobierno y periódicos que destacaban el avance de la
Reforma Agraria y la transformación en el campo chileno. A pesar que su número era
proporcionalmente pequeño, gozaron de una participación desmedida de los recursos
estatales. Lo más importante es que este tipo de acceso a la tierra se convirtió en el
modelo al que aspiraban los trabajadores que no tenían tierras. Como reconoció Miguel
Acevedo, el trabajador contratado que se quejaba de los patrones asentados: “Lo que
yo quería en verdad era ser parte del juego”505.
Si los asentamientos crearon nuevas jerarquías entre hombres, éstos hicieron más
férreas las ya existentes entre hombres y mujeres. Los asentados pusieron especial
énfasis en demostrar una revigorizada masculinidad al dar un orden más estricto
a los parámetros de domesticidad femenina. En las historias orales, varias esposas

504
Miguel Merino, historia oral.
505
Miguel Acevedo, historia oral.

197
de asentados recordaron que, después de la creación del asentamiento, sus vidas
se volvieron más aisladas506. El aumento de los ingresos por parte de los hombres
disminuyó la necesidad de que las mujeres casadas buscaran trabajos temporales o
en el servicio doméstico. En algunos casos, los hombres prohibieron tajantemente esos
trabajos507. En el asentamiento de El Tártaro-Lo Vicuña, en la comuna de Putaendo, los
asentados retiraron a sus hijas y esposas del cuidado de vacas y cabras de la hacienda
y las reemplazaron por trabajadores contratados508. Pedro Álvarez, antiguo asentado,
explicaba que para ellos esto era parte de un paternalismo benevolente: “Como
asentados, hacíamos suficiente dinero para mantener a nuestras esposas y permitirles
criar a los niños. En el asentamiento, nuestras esposas vivían más fácilmente… Su
única relación con el campo era traerles a sus maridos una merienda al mediodía…
Ellas estaban contentas de tener más tiempo para la casa en donde trabajaban lo
suficientemente duro”509.
La participación de las mujeres en las actividades comunitarias también disminuyó
notablemente. En las historias orales, las esposas de los asentados se quejaban de que
después de la creación del asentamiento, sus maridos insistían en que abandonaran,
o redujeran considerablemente su participación en los talleres de CEMA y de
INDAP510. Además, la retirada de los asentados del movimiento laboral terminó con
la participación –ya bastante marginal– de sus esposas en las actividades de los
sindicatos511. Casi ninguna mujer participaba en las reuniones de la asamblea general
del asentamiento o en los comités administrativos512. La lógica era que, dado que los
objetivos políticos y económicos de la Reforma Agraria habían sido alcanzados con la
formación del asentamiento, ya no era necesario el activismo cívico de las mujeres en
apoyo a las luchas de los hombres. Éstos podían asumir la administración y producción
cotidiana, liberándolas para que se dedicaran a los niños y al hogar513.
El entusiasmo de los asentados por la domesticidad femenina y la convicción de
que ésta beneficiaba a sus esposas, fue reforzado simbólica y materialmente por la
disposición de la CORA para construir nuevas viviendas en los asentamientos. Las
derruidas construcciones de adobe de una o dos habitaciones en que habían vivido

506
Elena Vergara, María Trujillo y Rosa Saá, historia orales.
507
Historias orales varias, incluyen a Elena Vergara, Katarina Antimán, Rita Galdámez, Rosa Saá,
Victoria Antimán y Claudia León, San Esteban, 21 de junio, 1993.
508
Pedro Álvarez, Putaendo, 14 de junio, 1993, historia oral; “Juan”, Acuña (1986): 45-46.
509
Pedro Álvarez, historia oral.
510
Historias orales varias, incluyen a Rosa Saá, Victoria Antimán, Claudia León y Elena Vergara.
511
Cristián Angelini y Miguel Merino, historia orales.
512
Según el ejemplo de Patricia Garrett, 96,3 por ciento de mujeres nunca participó en una organización
que tomaba decisiones. Garrett (1978): 234.
513
Historias orales varias, incluyen a Rosa Saá, Victoria Antimán, Claudia León y Elena Vergara.

198
familias enteras, fueron refaccionadas o reemplazadas por casas con dos o más
dormitorios separados, una sala de estar y una pequeña cocina, apartada de la sala,
las que contaban generalmente con electricidad y, en algunas ocasiones, con agua
potable. La redistribución del espacio doméstico remodeló las relaciones familiares
del campesino, signadas ahora como relaciones higiénicas y modernas, opuestas a la
promiscuidad e irracionalidad, las que enfatizaban actividades individuales (dormir,
comer y preparar comidas), en contraste con la vida comunitaria. Como lo han
explicado Ximena Valdés y Kathya Araujo, este cambio tuvo efectos particulares para
las mujeres514. La creación de cocinas pequeñas, separadas del espacio principal y a
menudo de un tamaño tal que solo entraba una persona, definía la acción de cocinar
como una actividad solitaria. Si alimentar a las familias había sido desde largo tiempo
responsabilidad de las mujeres, las casas construidas por la CORA recalcaban que
ésta era una actividad que una mujer hacía por sí sola, aparte de las actividades del
resto del hogar.
Esto no quiere decir que las mujeres no recibieran entusiastamente la mejor
calidad de vida, especialmente el acceso a la electricidad y a una mayor privacidad. El
problema era que los mejores estándares del asentamiento incorporaban nuevos tipos
de trabajo que acentuaban ciertas formas de aislamiento. Además, el esfuerzo de los
asentados para ejercer un control más estricto sobre sus esposas muchas veces entraba
en conflicto con la idea de que las mujeres debían gozar de una relativa autonomía. Rosa
Saá, esposa de un asentado en la comuna de Santa María, se quejaba en su testimonio
de que, a pesar de los beneficios del asentamiento, sus quehaceres se volvieron más
pesados y su marido más exigente después que se mudaron de un vecindario en las
afueras del pueblo a una nueva casa al interior del asentamiento:
¡Por supuesto era más agradable tener la casa y tener más plata! Pero, realmente, le digo, la
vida para mí se puso más pesada… antes, yo estaba cerca del pozo [de agua], de los almacenes
[de provisiones], y tenía vecinos. [En el asentamiento] todo era mucho más difícil… tenía
que caminar más para buscar agua y tenía que hacer toda nuestra comida a pesar de que
ahora teníamos plata para comprar pan… y [mi esposo] quería que le llevara su almuerzo
cada día aunque [el asentamiento] les daba una comida… Yo podía haber tomado la micro
para ir al pueblo, pero mi marido no quería ni escuchar de eso. El me quería en la casa….
Algunas veces me enojaba tanto que estaba a punto de dejarlo. “Para hacer mi trabajo debo
ir al pueblo”, yo decía… pero [eso] siempre comenzaba una pelea515.
El marido de Rosa Saá, Pascual Muñoz, recordaba las reacciones de su esposa de
manera diferente:

514
Valdés y Araujo (1999).
515
Rosa Saá, historia oral.

199
Ella se queja ahora. Bueno, se quejaba entonces… y yo la retaba… Sí, le tomó mucho tiempo
acostumbrarse a vivir en el asentamiento, pero yo siempre pensaba que la vida era más fácil
para ella… como [yo] hacía bastante plata para ponerle zapatos a los niños y para comprarle
a ella ropa [para coser]. Ella no necesitaba ir al pueblo… Mire, ella tenía bastante que
hacer solamente manteniendo la casa, y por entonces, se creía que la mujer debía estar en
la casa… En el pueblo hay mucho peligro de que le pongan el gorro a un hombre [que sea
sexualmente engañado]516.
La discrepancia entre estos dos relatos es significativa. Si bien Rosa Saá agradecía
el mejoramiento en el estándar de vida, objetaba lo que sentía como una existencia
más solitaria y una mayor carga de trabajo, y resentía la insensibilidad de su marido
y sus esfuerzos para controlarla. Pascual Muñoz, por su parte, estaba seguro de que el
aumento en sus ingresos facilitaba las labores de su mujer; la “dificultad de ajustarse”
era un pequeño precio a pagar por tener a los niños con zapatos y darle materiales de
costura. En lo que Rosa Saá y Pascual Muñoz no concordaban era en el significado de
los viajes de ésta al pueblo. Mientras que Muñoz los objetaba porque podrían permitirle
ser infiel (o al menos alentar comentarios de que lo era), Saá los veía como necesarios
para desempeñar sus quehaceres de dueña de casa. Si el asentamiento iba a agobiarla
con nuevas responsabilidades domésticas, su marido debía aceptar que para cumplir
con tales obligaciones ella necesitaba mayor movilidad.
Si bien algunas mujeres rechazaron el derecho que sentían los asentados a mandar
a sus esposas, la gran mayoría no se opuso a la exclusión de éstas como asentadas517. En
el Valle del Aconcagua, parece no haber habido protesta colectiva ni formal por parte de
las mujeres a la disposición que señalaba que los asentados eran los “jefes de hogar”,
silencio que refleja las divisiones del trabajo por género ya existentes y una realidad
de dependencia para las mujeres casadas. Estas últimas vieron el asentamiento como
un espacio de mayor seguridad material no solo para los hombres, sino para toda la
familia. Las numerosas responsabilidades de las mujeres casadas asociadas a la crianza
de los niños y la producción doméstica generalmente se interponían en el trabajo
asalariado de temporeras, tanto en términos del tiempo bruto como en términos de
lo que las mujeres consideraban era su rol principal. Durante el proceso de Reforma
Agraria, la exclusiva responsabilidad de las mujeres en la crianza de los hijos y en
el hogar, no fue puesta nunca en duda ni por el Estado ni por el movimiento laboral.
De allí que las mujeres casadas también vieran el fortalecimiento de la calidad de
proveedores de los hombres como un beneficio para ellas.

516
Pascual Muñoz, historia oral.
517
Historias orales varias, incluyen a Rosa Saá, Victoria Antimán, Patricia Carreras, Elena Vergara, Anita
Hernández, Katarina Antimán, Rita Galdámez, Olivia González, Angélica Tejedo y Rita Galdámez.
También ver Garrett (1978); Valdés (1992).

200
La posición de solteras, viudas o separadas era diferente. Para esa minoría que
proveía gran parte del sustento económico para sus familias, la exclusión de la
que eran objeto en el asentamiento constituía una barrera tanto para el progreso
material como para una mayor independencia. La falta de documentación hace difícil
determinar hasta qué punto, y de qué manera, rechazaron esta situación. Pero, según
testimonios orales, las jefas de familia a cargo de hogares solicitaron ser miembros del
asentamiento y tener un mayor acceso al empleo en el sector de la Reforma Agraria518.
Estas acciones rebatían la noción oficial de que el acceso de las mujeres a los beneficios
de la Reforma Agraria era en función a sus relaciones con los hombres, insistiendo
en que el Estado debía considerar la marginalidad económica de las mujeres jefas de
familia. Sin embargo, su baja capacidad de presión, reflejaba su débil organización
y la posición de inferioridad dentro de la fuerza laboral asalariada. El movimiento
laboral no respaldó las demandas de las jefas de hogar ni tampoco rebatió la desigual
“experiencia agrícola” de hombres y mujeres, tales como la distinción entre trabajo
permanente y temporal, pagado y no pagado. Los Centros de Madres también asumían
que todas las mujeres o bien eran casadas o bien se casarían, del mismo modo, el
gobierno democratacristiano suponía que todas las familias campesinas tenían por jefe
de hogar a un hombre. Ello devino en que, además de otorgar más poder a inquilinos y
trabajadores permanentes –supuestamente más experimentados– el Estado no podría
haberse dirigido a las mujeres solteras sin reformular, en sus fundamentos, el diseño
de la Reforma Agraria.
Pero las mujeres solteras obtuvieron beneficios. Paradójicamente, dada la
celebración de la domesticidad femenina, la Reforma Agraria generó aumentos
sustanciales en el empleo agrícola femenino remunerado. La productividad agrícola
nacional se expandió, entre 1965 y 1968, a una tasa anual del 4,6 por ciento –resultado
y causa de una creciente fuerza laboral rural519–. Pese a la noción generalizada de
que las campesinas habrían perdido sus trabajos, volviéndose, durante la Reforma
Agraria, amas de casa, en el Valle del Aconcagua, el número de mujeres que recibían
salarios en la agricultura más que se triplicó entre mediados de 1960 y comienzos de
1970520. El Censo Agrícola de 1964-65 registró, en el Valle del Aconcagua, a 664 mujeres
trabajadoras agrícolas asalariadas; en 1975, este número había aumentado a 2.122521.
Más aún, en el total de la fuerza laboral agrícola el porcentaje de mujeres se elevó de
11 por ciento a 16 por ciento, durante el mismo período, mientras que la proporción
518
Armando Gómez y Jorge Tejedo, historias orales.
519
Kay (1971): 135.
520
Ximena Valdés, Macarena Mack y Paulina Matta, Los Trabajos de las mujeres entre el campo y la ciudad,
1920-1982. Santiago: CEM, 1986; Valdés (1987); Garrett (1978).
521
Cuadro Nº 6.3, Censo Agropecuario: Aconcagua, 1964-1965; Cuadro 11.A, Censo Agropecuario: Aconcagua,
1975-1976.

201
de trabajadoras temporeras saltó del 12 por ciento al 25 por ciento522 (Ver Tablas 5.C
y 5.E.). La gran mayoría (por lo menos un 64 por ciento) de los nuevos trabajos eran
para mujeres solteras y viudas, de las cuales casi la mitad tenía menos de 30 años523. El
incremento en el empleo femenino fue un fenómeno más bien regional que nacional,
concentrado en el Chile central, en donde la Reforma Agraria fue más extensa.
En el Valle del Aconcagua muchos de estos trabajos se originaron por la rápida
expansión del cultivo de frutales. Desde 1962, y más aceleradamente después de la
elección de Frei, la Corporación de Fomento (CORFO) desarrolló un agresivo plan para
aumentar el valor de las cosechas para la exportación de frutas524. El programa de
intercambio tecnológico entre la Universidad de Chile y la Universidad de California
buscó remodelar el valle central de Chile según el rentable modelo de la región de
San Joaquín en California. En los asentamientos, la CORA convirtió las tierras hasta
entonces dedicadas al cultivo de trigo y cáñamo, en huertos de duraznos y viñedos. El
INDAP dio créditos especiales a los pequeños y medianos productores para emprender
el cultivo de frutas en el sector privado; los grandes productores aseguraron un
financiamiento similar directamente a través de CORFO. Pese a que años más tarde,
en la década de 1980, el régimen militar reclamaría y obtendría la autoría en la
creación de una industria de exportación de frutas altamente rentable como parte del
“milagro económico” del modelo neoliberal, fue la Reforma Agraria la que primero
vinculó las exportaciones de frutas al desarrollo nacional, a partir de un continuo y
sostenido apoyo por parte del Estado de Chile525. En el Valle del Aconcagua, el número
de hectáreas destinadas a la producción de frutas aumentó en un 30 por ciento entre
1965 y 1975526. A nivel nacional, los ingresos por exportaciones de frutas aumentaron
de $10 millones a $25 millones de dólares entre los años 1962 y 1970527.
La producción frutícola era intensiva y generaba gran cantidad de trabajos
temporales, como poner estacas y guías, podar, recoger, seleccionar y empacar.
Desde hacía tiempo, bajo el sistema de latifundio, las mujeres se habían concentrado
en la producción de frutos y vegetales; demanda que creció en la medida en que
522
Ibid.
523
Cuadros Nº 25 y 28, Censo Agropecuario: Aconcagua, 1975-1976. Cuadro Nº 9, Censo de Población:
Aconcagua, 1970.
524
W. Murray, “Competitive Global Fruit Export Markets: Marketing Intermediaries and Impacts on
Small-Scale Growers in Chile”, Bulletin of Latin American Research 16: 1, 1997.
525
Murray (1997); Sergio Gómez y Jorge Echeñique, Dos caras de la modernización Santiago: FLACSO,
1991; Lovell Jarvis, “Changing Private and Public Roles in Technological Development: Lessons
From the Chilean Fruit Sector”, en J. Anderson (ed.), Agricultural Technology, Policy Issues for the
International Community. Wellingford: CAB International, 1994.
526
Cuadro Nº 18, Censo Agropecuario: Aconcagua, 1964-1965; Cuadro Nº 15A, Censo Agropecuario: Aconcagua,
1975-1976.
527
Ibid.

202
la Reforma Agraria expandía el cultivo de uvas, manzanas y duraznos. Si bien las
mujeres encontraron trabajos temporales en los asentamientos, tuvieron muchas más
oportunidades en los fundos medianos y pequeños del sector privado, donde tenencias
de tierra más modestas, combinadas con generosos incentivos del gobierno, hicieron
especialmente atractivo el cultivo de frutas. A comienzos de 1970, tres cuartos de la
producción frutícola del Aconcagua estaba concentrada en propiedades de menos de
100 hectáreas –muy pocos asentamientos y la mayoría en manos privadas528.
Pese a la expansión del empleo femenino, la idea de que la Reforma Agraria solo
proveía de trabajo a los hombres, permitiendo (u obligando) a las mujeres que se
dedicaran a sus hogares, fue la que prevaleció. En las historias orales que se recogieron
durante y después de los años sesenta, hombres y mujeres de todas las edades y
condición civil recordaban a la Reforma Agraria como un período en que los campesinos
–hombres– trabajaban y las mujeres eran dueñas de casa529. Pese al gran número de
trabajadoras remuneradas, el triunfo de este ideal doméstico señala el éxito ideológico
de la Reforma Agraria y la hegemonía de la idea de familia bajo un jefe masculino. Este
enfoque discursivo de los hombres como productores y trabajadores se enlazó con los
propósitos del INDAP, IER y CEMA que buscaban ennoblecer el trabajo de las mujeres
distinguiéndolo del de los hombres y situándolo al interior del hogar. En conjunto,
opacaron posturas alternativas derivadas del incremento en el empleo remunerado
de las mujeres. Paradójicamente, éstas se autodefinieron como dueñas de casa en el
momento en que más mujeres se encontraban trabajando fuera del hogar.
Esta situación marca un cambio significativo respecto del período anterior. Previo
a la Reforma Agraria, el trabajo de los hombres había sido más valorado que el de
las mujeres y los roles femeninos se definían por las responsabilidades del hogar. Sin
embargo, la agricultura de subsistencia y el trabajo temporal remunerado de éstas
también eran reconocidos como vitales para la economía del sistema de latifundio,
desdibujando los límites entre trabajo doméstico y no doméstico. En la medida en
que la Reforma Agraria avanzaba, el valor asignado al trabajo de las mujeres fuera
del hogar disminuía, en tanto que el hogar campesino se definía cada vez más como
fuera de la esfera de producción agrícola y, por tanto, marginal a las preocupaciones
políticas más apremiantes.
El sustancial incremento en la calidad y cantidad del empleo agrícola pagado de
los hombres, reforzó la invisibilidad del empleo femenino asalariado y su incremento.
En el Valle del Aconcagua, todos los nuevos trabajos agrícolas para mujeres fueron
528
52 por ciento de trabajadores femeninos trabajaban en fundos de entre 20 y 100 hectáreas de tierra.
Cuadros Nº 22.B y 11.B, Censo Agropecuario, 1975-1976: Aconcagua.
529
Mattelart y Mattelart (1968); Garrett (1978); Hombres y mujeres de Putaendo; Tinsman, “Unequal
Uplift”; Ximena Valdés, Sonia Montecino, Kirai de León (eds.), Historias testimoniales de mujeres del
campo. Santiago: CEDEM, 1983.

203
Una jovén trabajadora limpiando uvas, 1972.
Fuente: Colección fotográfica de la Reforma Agraria chilena,
University of Wisconsin Land Tenure Center.

Trabajo voluntario de verano.


Fuente: Museo Histórico Nacional.

204
temporales, con una duración promedio de tres meses o menos, disminuyendo
ligeramente el número de trabajos femeninos permanentes530. En contraste, el empleo
agrícola permanente para hombres aumentó en el Valle del Aconcagua de 2.916
inquilinos y trabajadores permanentes en 1964 a 4.751 trabajadores permanentes en
1974531. Además, se produjeron 2.234 nuevos trabajos de temporada para los hombres532.
En la medida en que el número total de posiciones agrícolas pagadas se expandió
–43 por ciento entre 1964 y 1974– la mayoría de los empleos y trabajos permanentes,
fueron para hombres. Así, los 1.500 nuevos trabajos agrícolas para mujeres fueron
todos de temporada, en tanto que casi la mitad de las más de 4.000 nuevas posiciones
para los hombres fueron permanentes. En suma, aunque la Reforma Agraria aumentó
significativamente el empleo agrícola pagado para las mujeres, los hombres tenían
acceso a más trabajo agrícola y mucho más seguro (Ver Tablas 5.C, 5.D y 5.E.).
Por último, la invisibilidad de las nuevas oportunidades de trabajo para las mujeres
fue definida por el hecho de que tales trabajos fueron mayoritariamente (aunque nunca
exclusivos) de mujeres solteras y viudas, y principalmente de mujeres de no más de
veinte años o más jóvenes. La insistencia de la Reforma Agraria en dirigirse a las
campesinas adultas como casadas y su definición de la “juventud” como grupo distinto
por condición temporal, determinó al empleo agrícola femenino como excepción, a lo
más, generacional y no como condición normativa. Y ello no fue porque el incremento
del empleo femenino no haya tenido impacto. Por el contrario, más trabajos agrícolas
y mejores salarios permitieron que las jefas de hogar mantuvieran más fácilmente a
sus familias y que las jóvenes pudiesen contribuir monetariamente mientras vivían
en el hogar. De acuerdo al economista David Hojoman, esta situación prácticamente
detuvo la migración de las mujeres del campo a las ciudades en busca de empleo
como sirvientas domésticas533. La posibilidad de ganar un salario introdujo también
nuevas dinámicas familiares. Pese a que la mayoría de las hijas todavía hacía entrega
de su ingreso a los padres –generalmente a sus madres–, éstas tenían la posibilidad de
ahorrar para sí mismas. Ello aumentó las tensiones generacionales, ya que las madres,
en particular, se jactaban de tener el derecho de dirigir y beneficiarse del trabajo de
sus hijas. Las peleas al respecto solían girar no en torno al posible empobrecimiento
familiar por la no entrega de todos los ingresos de las hijas, sino sobre el derecho de

530
Entre 1964 y 1974, el número de mujeres trabajando en agricultura en forma permanente cayó de 113
a 111. Cuadro Nº 6.3, Censo Agropecuario, Aconcagua, 1964-1965; Cuadro Nº 11.A, Censo Agropecuario,
Aconcagua, 1975-1976.
531
Cuadro Nº 6.3, Censo Agropecuario, Aconcagua, 1964-1965; Cuadro Nº 11.A, Censo Agropecuario,
Aconcagua, 1975-1976.
532
Ibid.
533
David E. Hojoman, “Land Reform, Female Migration and the Market for Domestic Service in Chile”,
Journal of Latin American Studies 21 (1989): 105-132.

205
éstas a tomar esa acción534. El que las hijas gastaran su dinero en sí mismas, aunque
fuera en cosas pequeñas como un cepillo para el pelo, simbolizaba su capacidad de
actuar independientemente de la autoridad materna y fuera del principio que imponía
su sacrificio por la familia.
Sin embargo, esta transformación en la vida de las hijas y las mejoradas condiciones
de las mujeres solteras no alteraron el ideal de la Reforma Agraria respecto de la
domesticidad femenina. Si la disponibilidad de trabajos agrícolas mejor remunerados
hacía más fácil la supervivencia de los pequeños grupos de jefas de hogar, su
naturaleza temporal no les permitió lograr una independencia económica. La gran
mayoría de las campesinas, incluyendo a aquellas que tenían trabajos remunerados,
continuaba viviendo en hogares en los que el ingreso y la autoridad de los hombres
eran determinantes. Más aún, dentro de la lógica de la Reforma Agraria en que los
hombres debían llegar a ser jefes de hogar eficientes, el trabajo remunerado de una
hija tenía un significado muy diferente a que lo hiciera la esposa. Para los miembros
del asentamiento era preferible, y así lo hacían, que sus esposas se retiraran de los
trabajos remunerados como demostración de su capacidad para proveerles, pero tenían
menos reparos en contratar a mujeres solteras y jóvenes de fuera del asentamiento,
e incluso dejar que sus propias hijas trabajaran temporalmente en haciendas
privadas. Era el ejercicio de la autoridad sobre las esposas lo que más importaba.
Si el matrimonio no era una realidad para todas las mujeres (y hombres), el ideal
de la Reforma Agraria acerca de las relaciones maritales arroja una sombra sobre
la definición de género, creando expectativas para hombres y mujeres sin tener en
cuenta su situación específica.

El género y la lucha por la tierra


Los asentamientos imprimieron un gran sentido de poder, dentro y fuera del sector
reformado. Con el impulso a las expropiaciones de tierras y el notable crecimiento
del movimiento laboral, después de 1967, los campesinos pobres presionaron al
gobierno demócrata cristiano para acelerar la redistribución de tierras y recursos.
Los trabajadores de haciendas privadas siguieron demandando aumento de salarios
y viviendas, aprovechando el temor de los hacendados por las amplias disposiciones
de la segunda Ley de Reforma Agraria. Para muchos trabajadores, el mejoramiento
de salarios y condiciones de trabajo eran un fin en sí mismo. Para otros, la envidiable
vida de los asentados alimentaba la fantasía de que la CORA convirtiera sus lugares
de empleo en asentamientos. Esas esperanzas eran acrecentadas por la convicción, por
parte de todo el espectro político que participaba en el movimiento laboral, de que el
534
María Trujillo y María García, historias orales.

206
gobierno de Frei estaba procediendo demasiado lento en la reforma de la tierra. Los
sindicatos seguían exigiendo aumento de salarios y derechos, pero muchas veces esas
acciones se vinculaban estratégicamente a peticiones de expropiación. Las demandas
sobre condiciones de trabajo solían transformarse en demandas por tierra. De hecho,
era un secreto a voces que la manera más rápida de obtener la atención de la CORA
y torcer su cautelosa gestión en favor de la expropiación, era a través de conflictos
laborales prolongados, en los que el gobierno se veía obligado a intervenir. Las demoras
en la acción del gobierno generaban frustración y cada vez más enfrentamientos entre
campesinos, latifundistas y el gobierno. Entre 1967 y 1970, el número de conflictos en
el campo se elevó drásticamente a más de 4.000 huelgas y 639 ocupaciones de tierras
en solo cuatro años535 (Ver Tabla 5.F.). En 1970, las confederaciones Ranquil, Triunfo
Campesino y Libertad se unieron creando un comité multipartidista para coordinar
las acciones a lo largo del país, entre las que se contaron varias huelgas de un día para
protestar por el fracaso del gobierno en la implementación de la legislación laboral
y la consecuente reforma de la tierra.
En el Aconcagua, y en gran parte de Chile, los intentos de los campesinos para
acelerar la acción del gobierno no solo resultaron en una mayor cantidad de conflictos
laborales, sino también en mayores enfrentamientos físicos. En 1967, trabajadores de
la comuna de Putaendo mantuvieron a los hacendados cautivos en sus hogares durante
una ocupación realizada en conjunto con las vecinas haciendas de El Tártaro y Lo
Vicuña, lo que obligó a la CORA a hacer uso de la policía y el gobernador local como
mediadores. La acción tuvo como resultado la decisión de expropiar la hacienda y crear
un asentamiento536. Después de la toma de la hacienda El Piguchén, los trabajadores
usaron tácticas menos agresivas pero siguieron usando a los latifundistas para ejercer
presión política. En las negociaciones con la CORA, demandaron la expropiación de
toda la hacienda, sin dejar reserva alguna; sin embargo, como respuesta al magnánimo
paternalismo hacendal, pidieron que el antiguo patrón permaneciera en su casa hasta
su muerte537. En ambos casos, las ocupaciones fueron consecuencia de prolongadas e
irresueltas huelgas por el uso de tierra y salarios de inquilinos. Las demandas de los
trabajadores para expropiar derivaban del fracaso –ya sea espontáneo o consciente–de
la negociación con el latifundista. Así, las expropiaciones llevadas a cabo por la CORA
generalmente habían sido iniciadas o aceleradas por los trabajadores militantes.
En abril de 1968, la provincia del Aconcagua se transformó, por meses, en el foco
de interés nacional, producto de una huelga y subsiguiente ocupación de terreno en
la comuna de Longotoma (al norte del Valle del Aconcagua) que terminó en actos de

535
Cuadros Nº 1-3, Apéndice, en Bengoa (1983).
536
Armando Gómez, historia oral.
537
Gómez (1980): 69.

207
violencia. Después que la CORA expropiara la hacienda de Santa Marta, de 20.000
hectáreas, los latifundistas se atrincheraron dentro de la casona patronal junto a un
pequeño grupo de inquilinos, que no sobrepasaban las dos docenas, y que tomaron
partido por sus empleadores en contra de la expropiación. Según los relatos de los
periódicos gobiernistas y de izquierda, los rebeldes no solo amenazaron con dinamitar
otras dependencias de la hacienda, sino que por las ventanas disparaban al azar y
atacaban, durante la noche, a los campesinos que apoyaban la expropiación. Ante esta
situación, se llamó a la policía a desalojar a los manifestantes por la fuerza. Más de
400 trabajadores sindicalizados y miembros de asentamientos provenientes de todo
Chile central, incluyendo una vasta delegación del Valle del Aconcagua, viajaron a
Longotoma a prestar apoyo a la acción del gobierno538. Sin embargo, una vez que los
hacendados fueron desalojados, los campesinos que apoyaban la acción del gobierno
se negaron a regresar a sus hogares, exigiendo a la CORA la creación inmediata de un
asentamiento y la inclusión de todos los antiguos trabajadores de Santa Marta como
miembros asentados539. El conflicto generado por esta petición prolongó la ocupación de
la hacienda y la vigilancia policial por dos meses más. Aunque la petición de que todos
los trabajadores de la hacienda se transformaran en asentados no tuvo éxito (de los 180
trabajadores, solo 103 lo lograron), la presión campesina consiguió el establecimiento
del asentamiento en un tiempo record, en julio del mismo año540.
Tal y como se vio en Longotoma, no todos los campesinos apoyaban las
expropiaciones. La mayoría de las ocupaciones de terrenos que terminaban en
demandas de expropiación, generaron profundas divisiones entre los mismos
trabajadores. En 1967, durante la toma de las haciendas de Lo Vicuña y El Tártaro
en la comuna de Putaendo, a lo menos un tercio de los más de 200 trabajadores de
los dos fundos se opuso a la expropiación y continuó trabajando, contraviniendo la
huelga541. Los que se oponían a la expropiación eran generalmente inquilinos de más
edad o aquellos que tenían mejor situación y que temían perder sus derechos542. Así,
por ejemplo, en la hacienda de El Tártaro, el tamaño promedio de las regalías de tierra
era relativamente más grande que los terrenos de los asentamientos –entre dos y tres
hectáreas en el primer caso, y menos de una hectárea, en el segundo543–, por lo que

538
La Nación, 7 de marzo, 1968; 8 de marzo, 1968.
539
La Nación, 7 de marzo, 1968; 8 de marzo, 1968; 5 de mayo, 1968: 3.
540
La Nación, 14 de julio, 1968: 5.
541
Armando Gómez, historia oral.
542
Historias orales, incluyen a Jorge Tejedo, Raúl Aguirre, Pedro Muñoz, Jorge Ovalle y Jorge Ríos, La
Higuera, 19 de octubre, 1992.
543
Tanya Korovkin, “Neo-Liberal Counter-Reform: Peasant Differentiation and Organization in Tártaro
Central Chile”, en David E. Hojman (ed.), Neo-Liberal Agriculture in Rural Chile. New York: St. Martin’s
Press, 1990: 96.
(continúa en la página siguiente)

208
incorporarse al sector de la Reforma podía significar la disminución de la tierra que
los inquilinos cultivaban individualmente. Incluso muchos inquilinos cuyas regalías
eran más pequeñas que los terrenos del asentamiento veían la expropiación como un
riesgo. Abundaba la sospecha sobre la capacidad del gobierno de protegerlos frente
a la venganza del patrón y de cumplir la promesa de otorgar títulos de tierra. Los
minifundistas, quienes se ganaban la vida a duras penas en granjas de subsistencia,
tenían, en el mejor de los casos, una postura ambivalente hacia las expropiaciones.
Por lo general no calificaban para asentados y temían que la eliminación de los
fundos privados pudiera restringir las oportunidades de empleos de temporada. Las
actitudes de las mujeres, por su parte, estaban condicionadas por su estatus civil y
por la posición que tenían los hombres de las familias en sus trabajos. En general, las
esposas de minifundistas e inquilinos se oponían a las expropiaciones, en tanto que
las jefas de hogar eran poco entusiastas a éstas, ya que las escasas oportunidades de
empleo las encontraban en el sector privado.
Sin embargo, oponerse a la expropiación no significaba un rechazo a la Reforma
Agraria en su conjunto. Si bien el miedo a la represalia del patrón era un factor
relevante, no fue ni la única razón ni tampoco la más importante. Como lo han
observado numerosos investigadores, la Reforma Agraria tuvo un significado
diferente para los distintos campesinos, dependiendo de su condición al interior de
la economía del latifundio y en las haciendas individuales544. La discrepancia con
las expropiaciones fue una actitud asociada más bien a las condiciones particulares
de la hacienda en que el campesino vivía y trabajaba, y no un rechazo general a la
reorganización de las relaciones de propiedad. Por lo general, los trabajadores que se
oponían eran entusiastas miembros del sindicato y apoyaban el aumento de salarios
y el mejoramiento de sus condiciones de vida propuestos por la Reforma Agraria;
incluso algunos de ellos habían participado en huelgas que perseguían esos fines.
Común fue también que apoyaran las expropiaciones en otras partes, no obstante
considerar esta acción inapropiada o inconveniente para su propio lugar de trabajo.
Dado el éxito que había tenido el movimiento laboral en ganar concesiones por parte
de los empleadores, algunos trabajadores argumentaban que la expropiación era más
relevante como amenaza que como realidad. Un inquilino que se había opuesto a la
expropiación de la hacienda El Tártaro, explicaba que: “Cuando [el patrón] sentía la
presión, él nos trataba bien. Aceptaban todas nuestras demandas porque él sabía lo
que sucedería si no lo hacía… Cada año nosotros le presentábamos una petición y él
aceptaba todo”545.

544
Gómez (1980); Kay (1978); Kay y Silva (1992); Loveman (1976).
545
“Juan”, Hombres y mujeres de Putaendo: 37.

209
Pero para otros esto no era suficiente. El derecho a la propia tierra y a la autogestión
era el significado fundamental de la Reforma Agraria. Si bien los inquilinos figuraban
de manera prominente en las filas de aquellos que se oponían a las expropiaciones,
también estaban entre los más grandes defensores de la reforma de la tierra. Incluso
para aquellos inquilinos que tenían una regalía relativamente considerable, la promesa
de una propiedad personal era poderosa. Para otros –inquilinos con bajo acceso
a la tierra y trabajadores permanentes y temporales sin ningún acceso a ella– las
expropiaciones seguían siendo el objetivo más importante. El movimiento laboral
apoyó el aceleramiento de la reforma, y pese a las diferencias partidistas, católicos
independientes, demócrata cristianos y activistas de izquierda exigían a los sindicatos
demandar la expropiación.
La militancia sindical cada vez se definió más en términos del apoyo a las
expropiaciones, resaltando las distinciones morales y masculinas entre aquellos que
favorecían esta acción y los que no lo hacían. Si la oposición de las mujeres a las
expropiaciones fue desestimada bajo el argumento de la ignorancia femenina, la
oposición masculina fue abiertamente repudiada como cobardía poco viril y traición
a la solidaridad de clase. En situaciones de conflicto, tales como huelgas y tomas de
terrenos, los inquilinos y otros trabajadores que objetaban la expropiación, fueron
acusados de ser serviles al patrón, hubiesen o no apoyado otras acciones en contra
de éste. Reeditando las jerarquías de privilegio propias del latifundio, se denunció
a aquellos que tenían un estatus relativamente mejor que los inquilinos como una
fuente de dependencia hacia los empleadores y una barrera para lograr la autonomía
masculina, constituida, esta última, por la militancia y el riesgo que se corría con otros
hombres. Armando Gómez, antiguo miembro del sindicato afiliado a Triunfo Campesino
en la comuna de Putaendo, se quejaba de aquellos que se oponían a la expropiación
de la hacienda de Lo Vicuña: “Ellos no querían [expropiaciones] porque ellos eran
acomodados, siendo cuidados por el patrón y sentían que su situación era un casi un
poco mejor que la de cualquier otro. Ellos no arriesgarían nada”546. Las acusaciones
a la poca virilidad también estaban asociadas a una valoración racial, que oponía la
verdadera independencia masculina a la servidumbre y esclavitud del indio. Jacobo
Fernández, que formaba parte del sindicato afiliado a Libertad en la comuna de Santa
María, culpaba del rechazo a las expropiaciones a la degeneración del mestizaje chileno
y la incapacidad de los campesinos de trascender su servidumbre racial: “Se creían
como indios propios del patrón”547.
De todos modos, hombres y mujeres se unieron para acelerar el acceso a la
tierra y a los recursos. Aunque en las huelgas y ocupaciones de tierra participaban

546
Armando Gómez, historia oral.
547
Jacobo Fernández, historia oral.

210
mayoritariamente hombres, las mujeres apoyaban como esposas e hijas, y, en algunas
ocasiones, como trabajadoras. Si bien era raro que las mujeres disputaran abiertamente
la posición privilegiada de los hombres al interior de la Reforma Agraria, sus acciones
a menudo planteaban visiones de género más inclusivas para el cambio social, en
oposición a los paradigmas masculinos. Hacia fines de la década de 1960, cuando la
CORA expandió sus objetivos en el proceso de expropiación, Susana López, trabajadora
de la lechería de 45 años de edad y jefa de hogar soltera, junto a dos compañeras de
trabajo, ambas con maridos inválidos, comenzaron a asistir de forma regular a las
reuniones del sindicato en la comuna de Panquehue. López argumentaba que las
mujeres necesitaban informarse de los cambios con fuentes de primera mano: “Ya
que éramos trabajadoras y responsables por nuestras familias, teníamos que estar
informadas. También queríamos que esos viejos supieran que las mujeres estábamos por
la Reforma Agraria y que no arrancaríamos de la confrontación”548. López refutaba el
estereotipo de las campesinas como mujeres desinteresadas y temerosas de las políticas
de la Reforma Agraria; por el contrario, afirmando una paridad estructural con los
hombres, explicaba su interés en las reuniones sindicales por su posición de jefa de
hogar y trabajadora. Al mismo tiempo ponía en tela de juicio la militancia masculina
al catalogar a los hombres del sindicato como viejos (“viejos”, “pedos viejos”), dando
a entender que las mujeres podían aguantar mejor una situación crítica.
La idea de que las mujeres podían ser más radicales que los hombres, apareció
también en otras historias orales. María García, nieta de inquilinos en la comuna de
Santa María, recordaba las acaloradas discusiones en las que su abuela, una comunista,
reprendía a su abuelo, miembro del sindicato demócrata cristiano, por su pusilánime
militancia: “A la abuela le gustaba Allende y el abuelo estaba por Frei… [Ella] estaba
siempre diciéndole que se cambiara de sindicato [y partido]… Ella era la que lo hacía ir
a las reuniones y siempre iba con él”549. En un testimonio similar, Jorge Tejedo, antiguo
presidente del sindicato afiliado a Triunfo Campesino en la comuna de San Felipe,
recordaba que en 1967, durante una huelga de cuatro días en la Viña Santa Rosa, las
trabajadoras no solo se unieron a los hombres en el paro, sino que se mostraron más
militantes que éstos en sus demandas: “Las mujeres eran más fuertes que los hombres.
Ellas eran las primeras en apoyar una huelga e insistían que no nos rindiéramos hasta
que el patrón nos hubiera entregado todas nuestras demandas. ¡Oh, ellas eran muy
buenas en la solidaridad! Ellas les decían a los hombres: ‘No sean gallinas, sean hombres
y háganle frente por sus derechos, por sus familias, como estamos nosotras’”550.

548
Susana López, historia oral, Panquehue, 14 de junio, 1993.
549
María García, historia oral.
550
Jorge Tejedo, historial oral.

211
Los relatos sobre mujeres que avergonzaban a los hombres para que actuasen con
audacia eran consistentes con el objetivo del movimiento laboral para preparar a éstos
en la defensa de los intereses campesinos. Así como sucedía en la prensa laboral, el
relato de Jorge Tejedo que resaltaba la mayor militancia de las mujeres, servía como
reprimenda implícita a la incapacidad de los hombres; la afirmación estaba destinada
a inspirar a éstos a la acción, pero eran ellos, no las mujeres, los que se suponía que
debían liderar el movimiento. No obstante, la imagen de las mujeres desafiando a
los trabajadores a ser “hombres y no gallinas”, sugiere un cierto reconocimiento,
por parte de Tejedo de que las mujeres podían apropiarse del machismo sindical. Al
estimular a los hombres a ser como las mujeres en tanto militantes, éstas usaban la
dureza femenina como ejemplo del correcto comportamiento masculino. Al mismo
tiempo, defendían la resolución de “hacerle frente por sus derechos y familias”, como
activismo femenino correcto en contraste con otras mujeres/hombres/gallinas. Pese a
que esta acción no articulaba las preocupaciones femeninas en términos de “problemas
de las mujeres”, la insistencia de las trabajadoras en su derecho a participar en las
huelgas y tener un alto nivel de compromiso no era solo un estímulo a los hombres
a liderar el movimiento, sino representaba (y así lo narraba Jorge Tejedo) las luchas
laborales en términos heterosexuales.
Una de las instancias de mayor participación de las mujeres campesinas, se dio en
1968 durante la huelga y ocupación en una hacienda de la comuna de San Esteban. El
14 de junio de ese año, 300 trabajadores de 11 fundos declararon en forma conjunta
una huelga en protesta por la negativa del latifundista a responder a las peticiones
sindicales. El sindicato local, afiliado a la Confederación Ranquil, demandó un alza
de salario del 150 por ciento, regalías de tierra más extensas, y mayor provisión
de alimentos, leña y vivienda551. La huelga duró 46 días y terminó en un violento
enfrentamiento entre los trabajadores y el gobierno democratacristiano. Pese a los
esfuerzos de INDAP y del Ministerio del Trabajo por alcanzar un acuerdo durante los
meses de junio y julio, los latifundistas siguieron rechazando las peticiones como si
éstas fuesen desorbitadas. El sindicato condenó la intransigencia del patrón como un
sabotaje a la política laboral de la Reforma Agraria y, a finales de julio, hizo un llamado
a Eduardo Frei a expropiar los 11 fundos y establecer nuevos asentamientos552. El 28 de
julio, 100 campesinos y una docena de estudiantes universitarios ocuparon la hacienda
más grande –San Miguel– y mantuvieron cautivos en la casa patronal al propietario
Ruperto Toro Bayles y a su familia553. El gobierno condenó de inmediato las acciones
de los trabajadores, acusándolas de ilegales y suspendió todas las negociaciones.

551
La Aurora, 26 de julio, 1968: 1.
552
La Aurora, 1 de agosto, 1968: 1.
553
Fichas de expropiación Nº 3259 y 3260, CORA.

212
Después de cuatro días de ocupación e inútiles intentos por parte de parlamentarios
comunistas y socialistas que intercedieron en respaldo de los trabajadores, el gobierno
respondió con la fuerza. El 1 de agosto, 300 policías, 6 tanquetas y 8 camiones entraron
a San Miguel y desalojaron a los manifestantes. Mientras la policía tiraba bombas
lacrimógenas y disparaba tiros al aire, varios campesinos que ocupaban la casa
patronal devolvieron el fuego con viejas pistolas y bombas molotov confeccionadas
artesanalmente. Al término del conflicto, dos policías y varias docenas de campesinos
resultaron heridos, una niña de cinco años muerta y 100 manifestantes arrestados y
encarcelados en Valparaíso.
Al principio ambas huelgas, la de San Esteban y la ocupación de San Miguel,
involucraron solo a hombres. Dado que los conflictos se desarrollaron durante julio
–invierno–, había pocas mujeres empleadas en las haciendas, y, según las fuentes
orales, éstas, al parecer, no participaron en las reuniones sindicales de preparación
de las acciones554. Cuando la policía llegó con los tanques, los dirigentes del sindicato
ordenaron a las mujeres que permanecieran en sus casas como medida de protección555.
Sin embargo, ellas jugaron un papel importante de apoyo. Durante la huelga instalaron
ollas comunes en cada uno de los fundos para proveer de alimento a los hombres y
sus familias, y lo mismo hicieron en San Miguel durante la toma. Además llevaban
mensajes entre las haciendas, ofrecían comida y alojamiento a los campesinos de
otras comunas que viajaban en solidaridad a San Esteban y juntaban contribuciones
para el fondo sindical de huelga de organizaciones comunitarias en Los Andes y San
Felipe556. Si bien estas actividades no hacían de las mujeres protagonistas centrales,
para muchas constituyeron una experiencia extraordinaria y el primer paso en su
activismo político. Lucilia Flores, antigua presidenta de un CEMA local, recuerda que
“Para los hombres era peligroso, pero para nosotras las mujeres era muy emocionante.
Muchas mujeres nunca habían participado en nada antes y no sabían absolutamente
nada. Y, sin embargo, ¡allí estaban participando! ¡Aprendieron tanto! Ellas tenían que
comprometerse porque sus maridos estaban adentro [la hacienda ocupada.]”557.
Como sugiere Lucilia Flores, el activismo de las mujeres emanaba de la lógica de
la solidaridad familiar, pero adquirió un nuevo significado después del arresto masivo
de los campesinos que protestaban en San Miguel. Con el apresamiento de los líderes
del sindicato de San Esteban y de un número importante de sus miembros, las mujeres
tomaron su lugar en un intento por resolver el conflicto. Socialistas y comunistas,
incluyendo líderes regionales y nacionales de Ranquil, tuvieron particular interés
554
Claudia León; Sergio Contreras, historias orales.
555
Ibid.
556
El Siglo, 5 de agosto, 1968; Historias orales, incluyen a Lucilia Flores, Bernardo Flores y Miguel
Acevedo.
557
Lucilia Flores, historia oral.

213
en movilizar a las campesinas para representar la causa de los hombres fuera de la
prisión. Los dirigentes enfatizaron la importancia de estas actividades de apoyo como
una forma de dar legitimidad y continuidad a los grupos de presión para liberar a los
encarcelados y mantener viva la causa de los huelguistas. Sin embargo, en las historias
orales, las campesinas de San Esteban recordaban las razones de su gestión de manera
diferente, atribuyéndola a su propia iniciativa. Conforme a lo que decía Lucilia Flores,
“Cuando los hombres fueron arrestados, las mujeres se hicieron cargo… [Un] patrón
pasó por allí después que oímos el tremendo trueno [de las armas y tanques] y dijo,
‘¡Han sido arrestados!’ Nosotras mandamos inmediatamente a una compañera para
saber lo que estaba pasando y resolvimos hacernos cargo de [la situación.]”558.
El 4 de agosto, 20 mujeres, todas ellas esposas de los encarcelados, viajaron a
Valparaíso a protestar fuera del centro de detención. Exigieron la inmediata liberación
de sus maridos y el restablecimiento de las negociaciones entre latifundistas,
trabajadores y gobierno559. Algunas mujeres viajaron con sus niños, en tanto que otras
llevaban pancartas con frases tales como “¡Justicia para los pobres!” y “¡Vergüenza!”560.
Eludiendo el hecho de que los campesinos habían usado la fuerza en la ocupación, las
mujeres insistían en que el tema central no era la legalidad o ilegalidad de las acciones
de sus maridos, sino el bienestar de las familias campesinas, de allí que sostuvieran
que la principal obligación del gobierno era perseguir la justicia social y no la acción
disciplinaria. Tratando de que estos reclamos no fuesen ignorados, las mujeres también
usaron la presión política partidista, enviando una delegación de esposas a reunirse
con los senadores socialistas Salvador Allende y Carlos Altamirano en Santiago561.
Entretanto en Los Andes, las mujeres continuaron con las ollas comunes, ya no para
alimentar a los hombres en huelga, sino para las familias que continuaban luchando
en su ausencia562. Cuando Ernesto Iglesias, parlamentario democratacristiano de
la provincia, intentó disolver las ollas comunes ofreciendo a las mujeres en forma
individual ayuda monetaria y alimenticia, obtuvo un amplio rechazo por intentar
quebrar la solidaridad comunitaria. Las mujeres le señalaron que las ollas comunes
permanecerían hasta que sus maridos fuesen liberados y que las demandas por la
“dignidad familiar” fuesen cumplidas satisfactoriamente563. En entrevistas dadas a
periódicos del gobierno y a diarios de izquierda, las mujeres recalcaron la miseria en la
que vivían las comunidades campesinas, como justificación para continuar con su lucha.

558
Ibid.
559
Historias orales, incluyen a Claudia León, Sergio Contreras, Lucilia Flores y Bernardo Flores.
560
Ibid.
561
El Siglo, 5 de agosto, 1968.
562
Lucilia Flores, historia oral.
563
El Siglo, 8 de agosto, 1968.

214
Apelaron al sentimiento nacional por el bienestar de mujeres y niños. Pese a que estos
relatos fueron escritos por periodistas expertos en el uso de figuras retóricas como la de
las “sufrientes mujeres campesinas”, ésta sugería una interpretación propia y distintiva
de las mujeres sobre la lucha de clases. En la medida que las campesinas y sus ollas
comunes fueron reemplazando la imagen de los campesinos en toma, como símbolo de
protesta, sus objetivos se articularon cada vez más con acento femenino. Durante la
huelga, la dirigencia del sindicato había igualado justicia social con acceso al poder
por parte de los hombres como trabajadores. Sin embargo, después de los arrestos,
las mujeres reelaboraron el concepto como un problema “comunitario” y de bienestar
“familiar”. Aunque estas ideas también estuvieron presentes en la formulación de
solidaridad de clase del movimiento sindical, las mujeres se refirieron a ellos casi
exclusivamente en términos de necesidades de la “comunidad” y de la “familia”.
Por mucho que las mujeres relacionaran el mejoramiento de las condiciones de los
trabajadores hombres con un bienestar más amplio para el campesinado, subordinaban
conceptualmente este poder a un proyecto de género más inclusivo.
Las campesinas contaron con importantes aliados urbanos, incluyendo a mujeres.
Junto con la intervención de destacados senadores como Allende y Altamirano, María
Elena Carrera, parlamentaria comunista cuyo propio hijo –estudiante universitario– se
había unido a la toma de San Miguel, se transformó en una presencia fija en San
Esteban. De acuerdo a varios relatos, fue Carrera, más que ningún otro funcionario
de alto rango, quien presionó al gobierno a conceder las demandas de las campesinas
y quien se encargó de la constante presencia de los medios de comunicación. Según
recuerdan, María Elena Carrera, junto con el hecho de que su propio hijo había sido
arrestado con los trabajadores, tenía una habilidad particular, basada en el género,
para identificarse con las campesinas, e incentivar el activismo militante femenino.
Aunque dentro de una retórica paternalista del deber conyugal de la mujer, su postura
y prominencia como parlamentaria elegida ayudó a inspirar las iniciativas femeninas.
Así Lucilia Flores la recordaba cariñosamente: “María Elena era notable. Ella podía
hablarle a la mujer campesina de una manera que las campesinas entendían… Les dijo
que tenían que respaldar a sus hombres, ponerle el hombro a la rueda en respaldo de
sus maridos… Ella iba de noche puerta por puerta, urgiéndonos a salir y conversar con
otras mujeres. Una noche vino a mi casa y dijo: ‘¡La única cosa que hay que hacer es
salir a las calles!’”564. Según Flores, Carrera, era extraordinariamente receptiva a las
profundas diferencias entre las mujeres pobres y las profesionales para dedicarse a
la política. Cuando varias campesinas le preguntaron sobre quién cuidaría a sus hijos

564
Lucilia Flores, historia oral.

215
mientras ellas estaban “en las calles”, Carrera organizó a estudiantes universitarias
como voluntarias565.
Entre los nuevos roles que asumieron las campesinas, el más importante fue su
liderazgo y participación directa en los sindicatos. Con los dirigentes de San Esteban
encarcelados y con la airada reacción del gobierno de Frei, la Confederación Ranquil
pidió diplomáticamente al sindicato democratacristiano afiliado a Triunfo Campesino
en San Felipe, que representara a los trabajadores detenidos en las negociaciones con
el gobierno566. Se solicitó que las esposas de los huelguistas asistieran a las reuniones
del sindicato en respaldo de sus maridos; en ocasiones ellas presidieron las sesiones
y tomaron un papel activo en restringir la entrada de aquellos que obstruían las
gestiones. Esta acción fue el reverso del modelo de exclusión de género reinante,
toda vez que fueron mujeres quienes impidieron la entrada de hombres –incluyendo
políticos, periodistas, e incluso trabajadores– por considerarlos conservadores u
obstáculos para la causa. Lucilia Flores recordaba: “Así, muchas personas comenzaron
a llegar desde afuera para aprovecharse de la situación –[derechistas] senadores y
congresistas–. Recuerdo una reunión [en donde] tuve que echarlos a todos afuera
–incluso tuve que echar a un tío mío [un campesino de Santa María]–. Ellos no tenían
nada que hacer allí. Era nuestro problema. Nosotros sabíamos quién estaba y quién
no estaba con nosotros”567.
El 8 de agosto, las mujeres organizaron una protesta en la plaza de Los Andes
para presentar las nuevas demandas del sindicato. Los 600 manifestantes, la mayoría
mujeres, vitorearon al vocero que leyó la lista de prioridades: liberación de todos
los hombres encarcelados, alza de salarios del 33 por ciento, doblar las asignaciones
familiares y garantías en contra de las represalias del patrón568. La atenuada propuesta,
en comparación con las demandas iniciales de los trabajadores que pedían el 150
por ciento de incremento en los salarios y la expropiación de tierras, reflejaba
la vulnerabilidad de los trabajadores ante el gobierno y un intento por obtener
los beneficios mínimos después de una lucha prolongada. Aunque las mujeres no
elaboraron estas demandas, ellas las votaron y les dieron representación y aprobación
oficial.
El 13 de agosto, el conflicto de San Esteban formalmente finalizó. El gobierno
decretó el término de la huelga, liberó a todos los trabajadores detenidos y les dio
cuatro días para regresar a sus trabajos. Se garantizó que los terratenientes otorgarían
un alza de salarios del 25 por ciento, prohibiéndoseles que despidieran a quienes

565
Ibid.
566
La Aurora, 6 de agosto, 1968.
567
Lucilia Flores, historia oral.
568
El Siglo, 8 de agosto, 1968.

216
participaron en el conflicto569. No hubo cambio alguno respecto a las asignaciones
familiares, regalías y otros aportes del patrón a los trabajadores. La demanda de
expropiación quedó suspendida, y no se recurriría a la CORA sino hasta después
de la elección de Allende en 1970570. El 18 de agosto, la producción en San Esteban
había vuelto a su cauce normal: los hombres limpiando canales y las mujeres en sus
quehaceres domésticos.
A pesar del fracaso de la mayoría de los objetivos del sindicato, el conflicto de
dos meses había reordenado significativamente la dinámica de género al interior del
movimiento laboral. En los 11 fundos involucrados en la huelga, las mujeres y hombres
campesinos estuvieron más unidos que nunca en seguir luchando por la expropiación
y las primeras siguieron participando en las actividades sindicales. Si los hombres
concibieron la acción de las mujeres como un reemplazo temporal, éstas demostraron
que no estaban dispuestas a retomar el papel marginal que tenían antes. Cuando el
sindicato se reunió en septiembre para discutir una petición formal que iba a hacer
a la CORA para insistir nuevamente en la expropiación de San Miguel, varios grupos
de mujeres se presentaron a la reunión571. Aunque hubo oposición de algunos hombres
argumentando que las mujeres no eran trabajadoras, éstas insistieron en que habían
ganado el derecho de estar allí, recibiendo el apoyo de otros hombres572. A pesar de
que no se les permitió votar, se les dio asientos y volvieron a la semana siguiente. Si su
acción en la lucha de San Esteban había surgido, en la práctica, por solidaridad familiar,
terminó en el convencimiento por parte de las mujeres de su derecho a participar en
los movimientos sindicales y en convencer a los hombres a que les dejaran hacerlo573.
Es lo que señaló una mujer, el mismo día que se puso fin a la olla común, al diario
comunista El Siglo: el término del conflicto en San Miguel no iba a detener la lucha
de las mujeres por su reconocimiento:
[Las mujeres] tenemos que participar en sus problemas [de los sindicatos de nuestros
hombres]…estamos de acuerdo con la huelga, para pedir mejores salarios, pero eso [es lo]
que ustedes llaman táctica, creemos que tenemos que ayudarles a discutir [los problemas y
tácticas]… de aquí en adelante les vamos a exigir a nuestros maridos que nos den derecho
a opinar y participar en sus acuerdos574.

569
La Aurora, 13 de agosto, 1968.
570
Fichas de expropiación Nº 188 y 189, CORA.
571
Claudia León y Sergio Contreras, historias orales.
572
Ibid.
573
Ver Temma Kaplan, “Female Consciousness and Collective Action: The Case of Barcelona, 1910-1918”,
SIGNS 7(3): 545-563; y Maxine Molyneaux, “Mobilization Without Emancipation: Women’s Interests
and the State in Nicaragua”, Feminist Studies 11(1985): 227-254.
574
El Siglo, 15 de agosto, 1968: 5.

217
La referencia al apoyo femenino a la huelga de los hombres por salarios más altos
como “tácticas” dentro de una estrategia más amplia de las mujeres por participar en
“las decisiones de los hombres”, habla de cómo las mujeres reimaginaron el activismo
sindical como un asunto heterosexual y no masculino. Si bien no hay un rechazo abierto
al enfoque y composición masculina de los sindicatos, sí sugiere que las mujeres tenían
razones diferentes para dar su apoyo y que estaban convencidas de que su participación
era crucial. El incentivo de una vida mejor para los trabajadores hombres podría haber
sido parte de “las tácticas”, pero no era suficiente. “Los problemas y las decisiones
de los hombres” en los sindicatos podían seguir siendo tratados entre hombres, pero
los objetivos de justicia social de la Reforma Agraria solo podían ser alcanzados por
el ingreso de las mujeres al terreno masculino de las luchas laborales.
Es indudable que la participación femenina en el conflicto de San Esteban se
debió a la circunstancia específica del arresto masivo de los hombres; pero si bien su
grado de compromiso fue inusual, no fue el único caso. Fue común que las mujeres
apoyaran, por medio de distintas actividades, las huelgas y ocupaciones de tierras
tanto en el Valle del Aconcagua como en otras partes de Chile575. Si la situación en San
Esteban abrió una oportunidad excepcional de liderazgo femenino en los sindicatos,
fue su activismo previo en respaldo a la huelga y ocupación del fundo lo que las instó
a convencerse del derecho de asumir esos roles. Para otras mujeres que participaron
en conflictos sindicales y de tierras menos espectaculares, la experiencia de formar
una olla común, asistir a una manifestación, o recolectar dinero para el sindicato,
alimentaba la idea de que la Reforma Agraria no era exclusivamente masculina y
que las mujeres tenían derecho a participar. Esto no quiere decir que la mayoría de
las mujeres creyera que deberían ser incluidas en los sindicatos y asentamientos, en
igualdad a los hombres. Por lo menos, la mayoría de las mujeres casadas no lo creía
así. Pero sí recalca la diferencia en los significados que las “actividades de apoyo”
podían tener para hombres, mujeres y el movimiento laboral en general. Si bien los
líderes sindicales agradecían la ayuda de éstas como un símbolo de solidaridad de
clase, para las mujeres mantener una olla común les daba un sentido de inclusión a
una lucha comunitaria en la que podían incluso tener opiniones diferentes de las de
los hombres. Esto no significó un desafío a la naturaleza exclusivamente masculina
de los sindicatos, pero sí les permitía definir la participación femenina como un valor
más allá del respaldo a los hombres.

575
Historias orales, incluyen a Miguel Acevedo, Lucilia Flores, Angelica Sáez y Rosa Saá.

218
El legado del estímulo familiar
Hacia 1970, los democratacristianos habían avanzado enormemente en el objetivo
de estimular la idea de familia rural. Casi 20.000 familias a lo largo de Chile y 1.500 en
el Valle del Aconcagua habían sido incorporadas en asentamientos. La productividad
agrícola mantenía un crecimiento continuo, creando miles de nuevos trabajos. Los
ingresos reales para los hogares campesinos se habían más que triplicado. La tasa de
analfabetismo había disminuido a la mitad; la mortalidad infantil se había reducido en
un 60 por ciento; y las condiciones de vivienda en todas las haciendas habían mejorado
notablemente. La explosión en la membresía de los sindicatos rurales, CEMA y otras
organizaciones populares le había entregado al campesinado herramientas efectivas
para defender sus intereses y participar, por primera vez en la historia de Chile, en
la política nacional de forma masiva. Cuando el gobierno de Frei se acercaba a su
término, el diario El Trabajo de San Felipe observaba: “Aconcagua ha sido transformada
y nuestra tímida mayoría se ha beneficiado”576.
Sin embargo, no todos habían sido favorecidos por igual. El sector minifundista –casi
la mitad de la población rural en el Valle del Aconcagua–, marginado por las políticas
centradas en inquilinos y trabajadores permanentes, todavía se ganaba la vida a duras
penas. Los asentados eran una minoría privilegiada, simbolizando tanto el éxito como
las limitaciones de la Reforma Agraria. El aumento de huelgas y ocupaciones de tierras
entre 1969 y 1970 era testimonio de la impaciencia de los trabajadores. Internamente,
los hombres se habían beneficiado más que las mujeres.
La Reforma Agraria democratacristiana institucionalizó la jefatura masculina de
la familia como modelo para la movilización social y estímulo de clase en el campo.
La naturaleza y objetivos de los sindicatos, CEMA, proyectos de cuidado de salud,
programas de educación y políticas de reforma de la tierra, emergieron y se legitimaron
por el supuesto de que los campesinos residían en hogares en que los maridos tenían la
responsabilidad última sobre mujeres y niños. Esto no fue una creación unilateral del
Estado, pero la política gubernamental contribuyó enormemente a su fortalecimiento.
El movimiento sindical rural, la Iglesia Católica, las instituciones reformistas privadas
–como APROFA– y la mayoría de los hombres y mujeres campesinos aplaudieron y
acataron las iniciativas del gobierno. Los conflictos en torno al modelo giraron alrededor
de las estrategias y objetivos de la movilización de género y no sobre la distinción o
jerarquías implícitas que el modelo hacía de los géneros.
El mutualismo de género de la Reforma Agraria buscó minimizar el antagonismo
entre esposos e impulsar una mayor participación de las mujeres en la vida cívica.
Las iniciativas llevadas a cabo por los programas de los Centros de Madres y el

576
El Trabajo, 14 de junio, 1970: 2.

219
INDAP, incentivaron el apoyo de éstas a la Reforma Agraria. Estos programas crearon
oportunidades sin precedentes en la contribución de las mujeres a las luchas sindicales,
la educación y la representación colectiva de sus intereses como esposas y madres.
Algunas campesinas adoptaron la lógica del mutualismo de género como una forma
de fomentar la aceptación de la acción femenina. Las demandas de las esposas se
formularon en función de las obligaciones de los maridos hacia sus familias, destacando
temas de cooperación entre la pareja y límites hacia la autoridad unilateral de los
hombres. De manera similar, las mujeres ampliaron el activismo femenino para
incluir aspectos no laborales como la vivienda y definieron las luchas sindicales y por
tierras como preocupaciones de la comunidad, en lugar de asuntos estrictamente de
hombres.
Sin embargo, pese al nuevo activismo de las mujeres y la articulación de paradigmas
de género más inclusivos, el modelo de mejoramiento familiar de la Reforma Agraria
consolidó jerarquías que no solo privilegiaban a los hombres sino que también
validaban su autoridad social y sexual sobre las mujeres. A pesar del significativo
incremento de las oportunidades de empleo estacional para las mujeres, la división
del trabajo según el género cambió solo de forma marginal. Lo que sí cambió fue el
significado y valor adjudicado al trabajo, que ahora reconocía solo el trabajo de los
hombres como central en el desarrollo nacional. Esto justificó la lógica de la exclusión
de las mujeres de los sindicatos y asentamientos –uno de los logros más radicales
de la Reforma Agraria– y dio a éstas un acceso significativamente inferior al poder
político y económico, profundizando su dependencia hacia los hombres. Por mucho
que el mutualismo de género haya temperado la acción unilateral y los excesos de los
hombres hacia las mujeres, la Reforma Agraria defendió el incremento de la autoridad
de los últimos bajo el supuesto de una masculinidad asertiva y una militancia de
clase masculina para la transformación social. Si bien esta postura era crucial para la
victoria sobre los terratenientes y para el acceso de los campesinos a la ciudadanía
y la participación en la política nacional, tuvo implicaciones más complejas para las
mujeres campesinas. Al equiparar el ideal oficial de familias bajo un jefe varón, la
celebración de la autoridad masculina revigorizaba formas de patriarcado popular,
que incluían la administración de la sexualidad femenina por parte de los hombres
campesinos.
Ni la subordinación de las mujeres a los hombres ni las familias bajo un jefe de
hogar varón eran hechos nuevos. Lo que era nuevo fue la institucionalización de estas
relaciones como objetivos nacionales patrocinados por el Estado. La diferencia es
crucial. La Reforma Agraria ha sido la mayor intervención estatal ocurrida en la vida
rural en la historia de Chile. Como proyecto destinado nada menos que a la creación
de una sociedad socialmente justa, la Reforma Agraria estableció los parámetros para
futuros estándares de igualdad y los medios para acceder a ellos. Fue precisamente

220
la continuidad con el pasado –el estar enraizado en relaciones naturales de género
y sexualidad– lo que dio al modelo familiar de la Democracia Cristiana el apoyo de
organizadores políticos, líderes laborales y de la mayoría de los campesinos pobres.
La supuesta naturalidad de la sexualidad y el género trasladó las desigualdades de
género y jerarquías sexuales a la política nacional como hechos naturales. Éste sería
un modelo que perduraría en el tiempo.

221
CAPÍTULO VI
REVOLUCIONANDO A LAS MUJERES:
UNIDAD POPULAR Y MOVILIZACIÓN FEMENINA

En septiembre de 1970, Chile sorprendió al mundo, y a la mayoría de sus ciudadanos,


al elegir democráticamente a un presidente que prometía llevar al país hacia el
socialismo por un camino pacífico y constitucional. En la cumbre del enfrentamiento
de la Guerra Fría, entre el liberalismo capitalista de Estados Unidos y el estatismo
socialista de la Unión Soviética, y una década después de la Revolución Cubana, la
victoria del estadista Salvador Allende Gossens y la Unidad Popular (UP) –coalición
de socialistas, comunistas, izquierda cristiana y socialdemócratas– propuso una
alternativa única: un programa económico marxista que sería implementado a través
de procedimientos democráticos liberales, usando los marcos legales existentes, sin
revolución armada y sin el control completo del poder por parte del Estado. La Unidad
Popular era la culminación de casi un siglo de intermitentes avances y retrocesos
políticos de la izquierda chilena, y el resultado de las expectativas sembradas por
los democratacristianos, que no fueron completamente realizadas. Allende ganó
la carrera presidencial contra Radomiro Tomic, democratacristiano de inclinación
izquierdista, y Jorge Alessandri, el líder del Partido Nacional, por un leve margen
de 36,3 por ciento, y no por la mayoría de los votos. Este hecho daba cuenta del alto
grado de polarización que existía en Chile y arrojaba serias dudas sobre el mandato
electoral que afirmaba tener la UP para establecer el socialismo577. No obstante, el
triunfo de Allende demostraba la existencia de un significativo número de chilenos
que avalaban la aplicación de soluciones más radicales para enfrentar la desigualdad
en la nación.
Acelerar la Reforma Agraria fue central en el plan de la Unidad Popular
para reestructurar la economía chilena. Junto con la nacionalización de la banca,
las industrias mineras y la expropiación de sectores industriales estratégicos, la
implementación de lo que Allende llamó una “verdadera Reforma Agraria”, fue
concebida como la herramienta principal para construir el socialismo. En contraste
con el énfasis puesto por la administración de Frei en incrementar la productividad

577
Jorge Alessandri recibió 34,9 por ciento de la votación nacional; Radomiro Tomic, 27,8 por ciento
(Loveman, Chile: The Legacy of Hispanic Capitalism, 295).

223
y crear una nueva clase de predios familiares, la UP exigía la erradicación de todo
latifundio, eficiente o no, y mayores alternativas de sistemas de propiedad colectiva.
Su propuesta alcanzó también a los medianos productores, reduciendo a la mitad el
tamaño de fundos privados que podrían ser eximidos de la expropiación, de 80 a 40
hectáreas. Aunque aún permitía la propiedad privada, dio prioridad a la creación de
empresas a gran escala cultivadas sobre bases comunitarias o cooperativas. Además,
la Unidad Popular prometió también involucrar más directamente a los campesinos
en la gestión de políticas y en la administración económica, incrementando el poder
de los sindicatos rurales y posicionando a los trabajadores en las instituciones
gubernamentales.
Los esfuerzos de la Unidad Popular tuvieron un éxito considerable. Aunque
el gobierno de Frei expropió la mayor parte del total de las tierras del Valle del
Aconcagua susceptibles de ser incluidas en la Reforma Agraria, tanto el número de
fundos expropiados como la cantidad de unidades de producción creadas fueron casi
duplicados durante la administración de Allende (Tabla 6.A). La UP incorporó, a lo
largo de todo Chile, 20 por ciento más de tierra al sector de la Reforma en menos de
tres años que lo que había incorporado la Democracia Cristiana en seis578. Solo en los
primeros 18 meses de Allende en el poder, la CORA expropió más de 3.000 fundos, el
21 por ciento de toda la tierra agrícola productiva en el país, y casi todos los fundos
de más de 80 hectáreas de tierra de regadío579 (Tabla 6.B). La militancia nacional
en los sindicatos rurales prácticamente se duplicó, de 140.293 en 1970, a 241.610
en 1972, con un número importante de nuevos miembros que provenían de las filas
previamente excluidas de afuerinos y temporeros580 (Tabla 6.C). La Unidad Popular
estableció también un nuevo cuerpo representativo llamado consejos campesinos, los
que expandieron la presencia de los trabajadores rurales como consejeros formales
en las reuniones de la CORA, el INDAP y del Banco Central.
La Unidad Popular inspiró gran entusiasmo y amarga animosidad. Su promesa de
crear una sociedad socialista tenía distintos significados para diferentes electorados.
Por un lado, aumentó las esperanzas de muchos chilenos pobres y de clase obrera de
mejores salarios, salud, educación y tierra. Por otro, enfurecía a los dueños de tierras
de todos los tamaños, quienes, o ya habían perdido control de sus inversiones, o temían
perderlo. Por su parte, la Unidad Popular, que alegaba representar una coalición
única del proletariado, el campesinado y la pequeña burguesía, desplegó una retórica
triunfalista sobre la tiranía del capital privado que a menudo dejaba dudas de si

578
Barraclough y Fernández (1974): 71.
579
Solon Barraclough, Almino Affonso, Sergio Gómez, Pablo Ramírez y Emilio Kline, Chile: Reforma
agraria y gobierno popular. Buenos Aires: Ediciones Periferia, 1973: 11.
580
Ibid.

224
cabían dentro de la categoría de El Pueblo aquellos que poseían pequeñas propiedades,
como los pequeños comerciantes y parceleros581. Para la adinerada elite chilena y la
mayoría de la clase media, el socialismo, en cualquiera de sus formas, era totalmente
inaceptable. Sin embargo, los sentimientos sobre la Unidad Popular no estuvieron
determinados solo por la clase. Allende representaba la salvación o el despotismo,
dependiendo de la visión de justicia social de cada uno y del sentido de inclusión o
de exclusión en el proyecto revolucionario. Dentro de una clase social todo importaba,
la experiencia política pasada, el acceso a recursos materiales y la percepción de los
riesgos y posibilidades vinculadas a los programas de la UP.
El género mediaba todos estos factores y la UP tenía gran preocupación por atraer
a las mujeres chilenas. Allende hizo campaña con promesas de expandir la protección
a las madres chilenas, promover la educación de las mujeres y defender los derechos
de las trabajadoras. Se convocó a las mujeres a ser protagonistas en la lucha por el
cambio social, a asumir papeles de liderazgo y entrar a la fuerza laboral. La secretaria
del Frente de Mujeres de la Unidad Popular y más tarde ministra del Trabajo, Mireya
Baltra, proclamó que la UP buscaba nada menos que la “plena igualdad” para las
mujeres y la “igualdad de oportunidades” para las mismas582. Desde comienzos del
siglo veinte, la Izquierda chilena había incorporado muchas de estas metas en sus
principios, aunque no siempre las había puesto en práctica; pero durante la década
de 1960, el cortejo que la Democracia Cristiana había hecho sobre el voto femenino,
había forzado a la Izquierda a lanzar una campaña más concertada para ganarse a
las mujeres. Tanto los partidos Socialista y Comunista como el MAPU (partido nuevo,
favorable a la UP, formado por antiguos militantes democratacristianos radicalizados)
establecieron comités electorales femeninos y crearon secciones especiales para las
mujeres en los sindicatos, juntas de vecinos y otras organizaciones comunitarias. En
sus discursos, Allende enfatizó una y otra vez que el socialismo no se podía lograr sin
las mujeres, al proclamar que éstas “serán el pivote en que descansará la victoria
popular”583.
Tales propuestas provenían, en gran medida, del temor al conservadurismo
femenino. En las elecciones presidenciales de 1970 y 1964, fueron significativamente
menos mujeres que hombres quienes votaron, tanto en áreas rurales como urbanas,
por Allende584. Aunque la mayoría de los hombres votó por los otros candidatos, se

581
Jaime Gazmuri Mujica, Gobierno Popular: Reforma agraria. Santiago: FEES, 1972.
582
Citado de discurso reimpreso en El Siglo, 8 de marzo, 1972: 7.
583
Por ejemplo, véanse los textos de los discursos de campaña de Allende para las elecciones del año
1964, reimpresos en El Siglo, 7 de octubre, 1963: 2; El Siglo, 2 de agosto, 1964: 20.
584
Del total del voto femenino en las elecciones presidenciales de 1970, el 38,9 por ciento votó por
Alessandri; 30,5 por ciento, por Allende; y 30,2, por Tomic. “Elección Ordinaria de Presidente de la
República, Septiembre, 1970”, DRE. Para un análisis de género del patrón de votación, véase Chaney,
(continúa en la página siguiente)

225
creía que el ligero margen de victoria de la UP se debía al apoyo de los hombres de
la clase trabajadora585. Pero sumar patrones de votación es engañoso. Pese a que casi
un tercio de las mujeres chilenas votó por Allende, el que su proporción fuera menor
a lo esperado, junto a los viejos estereotipos sobre la religiosidad y apatía política
femenina, crearon la visión (compartida tanto por contemporáneos de los años setenta
como, posteriormente, por los académicos) de que la Izquierda había llegado al poder
sin el apoyo de las mujeres. Esta idea no solo oscureció el apoyo real que significativos
grupos de mujeres dieron a la UP, sino que también hizo prevalecer importantes
diferencias entre regiones, clases sociales y experiencias políticas.
En el Valle del Aconcagua, hombres y mujeres dieron proporcionalmente menor
apoyo a la UP que a escala nacional, reflejo del poder que, desde 1950 tenía la
organización obrera católica y de la acción inicial del gobierno de Frei en la región. Sin
embargo, la Unidad Popular gozó de un sólido apoyo, tanto de hombres como mujeres,
en las comunas predominantemente rurales (todas las comunas salvo San Felipe y Los
Andes) en donde la población era claramente más pobre y campesina. Comunas con
antiguas tradiciones obreras comunistas y socialistas, como Catemu y Putaendo, fueron
bastiones de soporte para la UP, en que hombres y mujeres votaron por Allende en
una proporción mayor al promedio nacional (Tablas 6.D, 6.E y 6.F).
El apoyo a Allende entre mujeres campesinas del Valle del Aconcagua, y en otros
lugares de Chile, debió de haber sido mucho más alto de lo que indican los cómputos
electorales, dado que una gran proporción de éstas no participó en la elección de
1970. La oposición masculina a que se involucraran en política, y la aceptación de
muchas de ellas de esta prohibición, tuvo como resultado que su votación fuera entre
un 25 y 30 por ciento menor que la de los campesinos varones en 1970586. Aunque la
participación de las mujeres en la elección fue menor que la de los hombres en todo
Chile, en el Valle del Aconcagua fue aún más baja en las comunas rurales, donde la UP
ganó con el apoyo mayoritario de los hombres587 (Tabla 6.F). Esto sugiere una cierta

“The Mobilization of Women in Allende’s Chile”, en Jane Jaquette (ed.), Women in Politics. New York:
John Wiley and Sons, 1974; Michael Francis y Patricia Kyle, “Chile: The Power of Women at the Polls”,
en Patricia Kyle (ed.), Integrating the Neglected Majority: Government Responses to Demands for New
Sex Roles. Brunswick: 1976; Steven M. Neuse, “Voting in Chile: The Feminine Response”, en John A
Booth y Mitchell A. Seligson (eds.), Political Participation in Latin America. New York: Holmes and
Meier, 1978-1979).
585
Del total del electorado masculino, el 42,1 por ciento votó por Allende; 31,7 por ciento, por Alessandri;
y 26,2 por ciento, por Tomic. Académicos como Norma Chinchilla, James Petras y Maurice Zeitlan han
discutido que en áreas rurales, los (hombres) afuerinos y trabajadores asalariados proporcionaron
a Allende la mayor parte del apoyo del campesinado. Kay (1978): 122.
586
Cálculo de la autora según datos de “Elección Ordinaria de Presidente, 1970”.
587
Para una discusión sobre la baja votación nacional resultante, véase Lisa Baldez, “In the Name of
the Public and the Private: Conservative and Progressive Women’s Movements in Chile”, (Ph.D.
(continúa en la página siguiente)

226
correlación entre la fuerza política de la izquierda y el nivel de oposición masculina
y/o la aceptación femenina a su exclusión de la política formal. Sin embargo, esto no
significa que estas mujeres se hayan opuesto a la Unidad Popular. Dado que era común
que las visiones políticas eran compartidas (aunque por cierto, no siempre) al interior
de los hogares, la Unidad Popular bien podría haber ganado un porcentaje mucho más
alto del voto femenino si la resistencia a la participación electoral de las mujeres no
hubiera sido tan fuerte. Fue probablemente la idea de que la Izquierda había fallado
en presentar su propio electorado femenino lo que más contribuyó en la ansiedad de
la UP sobre el apoyo de las mujeres.
Pero los bajos resultados generales en el apoyo a Allende en el Valle del Aconcagua
tampoco indican que esa región (o sus mujeres) fuese conservadora. Tal como lo
ha señalado la cientista política Lisa Baldez, durante la elección presidencial de
1970 el voto femenino se volvió más polarizado en todo el espectro político, y a lo
largo de todo Chile, lo que no significa que haya sido más conservador588. En el país,
proporcionalmente menos mujeres apoyaron a los candidatos de derecha en 1970
(y luego en 1972) que durante las elecciones en la década de 1950589. En 1970, en el
Valle del Aconcagua, la mayoría de las mujeres y hombres apoyó unánimemente una
versión más radical de la Reforma Agraria. En comunas predominantemente rurales,
el candidato democratacristiano Radomiro Tomic –quien había hecho una campaña
por una Reforma Agraria casi idéntica a la de la UP– recibió una proporción de votos
significativamente más alta que la que obtuvo a escala nacional, contando con más
votos entre las mujeres. Esto contrasta con el hecho de que Tomic obtuvo la menor
proporción de votos masculinos, y se ubicaba bastante más atrás que Alessandri en
la votación femenina a escala nacional, así como en las comunas más urbanas de San
Felipe y Los Andes. El atractivo de Tomic en las zonas rurales del Aconcagua emanaba
de las simpatías democratacristianas nutridas durante los años sesenta, como de la
orientación más hacia la izquierda de Tomic respecto de los objetivos de la Reforma
Agraria llevada a cabo por Eduardo Frei. Al igual que la Unidad Popular, Tomic exigía la
eliminación del latifundio, la incorporación de las organizaciones de clase trabajadora
al poder del Estado y la creación de formas más colectivas de tenencia de la tierra.
Si bien más mujeres campesinas del Aconcagua votaron por la Democracia Cristiana
que por la UP, ellas, al igual que los hombres rurales, apoyaron abrumadoramente a
candidatos que prometían acelerar y expandir la Reforma Agraria.

ponencia, Univ. of California San Diego, 1997): 85; Neuse, “Voting in Chile”, 130; Lisa Baldez, Why
Women Protest: Women’s Movements in Chile. Cambridge, United Kingdom: Cambridge University
Press, 2002.
588
Baldez (1997): 88-89.
589
Ibid: 86.

227
La Unidad Popular respondió al desafío de generar mayor apoyo femenino en
múltiples y contradictorios frentes. Por una parte, defendía la tradición maternal,
compartida por todo el espectro político chileno, que considera que el más alto papel
de la mujer era el de ser madre. Para legitimar su rol de verdadero protector de la
familia y respondiendo a las acusaciones de la Democracia Cristiana y la derecha, la
UP difundió numerosos programas para madres y niños. Introdujo una legislación
que ampliaba la licencia maternal; dio inicio a programas adicionales de entrega de
leche gratuita para infantes y almuerzos escolares para niños; y amplió los programas
que supervisaban la salud pre y postnatal de mujeres e hijos590. A mediados de 1973,
el gobierno estableció el Ministerio de la Familia para “promover a las mujeres y a
la familia [como] la célula social más básica y fundamental, el agente primario en
formar las personalidades de la humanidad y la entidad orgánica a cargo de trasmitir
experiencias y valores”591. Incluso la implementación de la primera política nacional de
cuidado infantil de la UP (iniciada bajo Frei), la que intentaba facilitar las actividades
productivas de las mujeres fuera del hogar, fue defendida como una medida que
apoyaría a las mujeres en el cumplimiento de sus principales roles familiares.
Era común que en sus discursos Allende se refiriera a las mujeres chilenas como
esposas y madres, estableciendo el paralelo entre los roles tradicionales de género
al interior de la familia y la contribución que las mujeres hacían al bien nacional592.
Al mismo tiempo exhortaba a las esposas a cooperar con sus maridos y ser ejemplos
de superioridad moral a los que los hombres podían aspirar. En particular, Allende
elogiaba la capacidad de sacrificio de las mujeres. En 1972, cuando la UP se enfrentó
a problemas de producción y distribución (resultado de los efectos combinados de las
huelgas en las fábricas, el acaparamiento de los comerciantes y el boicot impuesto
por Estados Unidos), Allende sugirió que la abnegación de las mujeres en la familia
podía ofrecer un modelo nacional para resolver la crisis dado que “las madres chilenas
conocen el sufrimiento del hambre más que los hombres… y [para ellas] la falta de
carne no significa nada”593. De manera similar, Allende elogiaba la habilidad de las
mujeres de reformar el carácter de los hombres, alentando a sus maridos a aceptar el
trabajo duro y una vida sobria. Una vez, bromeando acerca de la ley que había decretado

590
Para una revisión concisa de las políticas hacia las mujeres, véase Sandra McGee Deutsch, “Gender
and Sociopolitical Change in Twentieth-Century Latin America”, Hispanic American Historical Review
71: 2, 1991: 292-306.
591
Véase La Nación, 2 de febrero, 1973: 12. Texto citado desde El Siglo, 16 de noviembre, 1972.
592
“La Política agraria del gobierno de la UP, Discurso del compañero presidente Salvador Allende
pronunciado en Valdivia el 7 de Octubre, 1972”, panfleto fotocopiado, Wisconsin Land Tenure Center;
“La Gran pelea entre lo nuevo y lo viejo”, Cuadernos campesinos para la unidad nacional. Santiago:
CORA, 1971.
593
Allende (1972): 28.

228
para abolir el “San Lunes” (práctica de no presentarse al trabajo después de un fin de
semana en que se ha bebido mucho alcohol), Allende le dijo a un grupo de campesinas,
“Ustedes las esposas tienen que encargarse de que sus maridos sepan eso”594.
Si bien Allende celebraba el poder de las mujeres en la familia, también enfatizaba
la importancia de que los hombres se encargaran de la educación política de éstas.
Para la cientista política Elsa Chaney, Allende era escéptico de la capacidad de las
mujeres de entender el socialismo y descansaba en la acción de los hombres: padres,
esposos y novios, quienes debían explicar la lógica de las posiciones de la UP a hijas,
esposas y novias595. En Antofagasta Allende aconsejaba a una multitud de hombres
para que atrajeran a las mujeres hacia la causa de la UP con placeres consumistas
femeninos y gentil persuasión:
Aunque el marido gane poco dinero o una suma justa, él nunca le da [a su mujer] un poco de
dinero para que vaya al cine, para que compre un vestido nuevo… las esposas se dan vueltas
desaliñadas, no van a la peluquería, no pueden comprar un lápiz labial… Los hombres tienen
la obligación de entender a la mujer y de hacerse entender. [Ustedes hombres] todos van
a las demostraciones solos, no traen a sus esposas. Vuelven a sus casas y no conversan con
ellas. Ustedes nunca dicen, “Mira, el compañero Allende ha declarado tal y tal cosa, etc.”.
Ustedes no dialogan con la mujer596.
La afirmación de Allende acerca del dominio natural de los hombres sobre las
mujeres estaba estrechamente relacionada con el desafío, masculino y heterosexual,
de los verdaderos hombres de la Unidad Popular, quienes debían estar preparados
para atraer a las mujeres hacia el lado correcto. En otro discurso Allende regañaba
a los hombres, “Cada uno de ustedes tiene una madre, una hija, una esposa, una
hermana, una compañera o una amiga. Y el que no la tenga, ¡que se vaya de la Unidad
Popular!”597 Como astutamente afirmaba la historiadora Sandra McGee, Allende
asociaba esta educación política de las mujeres por parte de los hombres a la seducción,
llamando a éstos a “conquistar a las mujeres para la revolución, hablándoles con la
pasión y ternura de un hombre”598. De acuerdo a McGee, esto sugeriría que “un tipo
de dominación semejante a la subordinación sexual sería necesaria para asegurar la
lealtad [de las mujeres]”599.
Pero esta postura patriarcal de la Unidad Popular coexistía con otros planes para
revolucionar los roles femeninos. La plataforma central de la UP llamaba a la igualdad
594
Ibid.: 2.
595
Chaney en Jaquette (1974): 270. Traducción de la autora.
596
Salvador Allende Gossens, La Historia que estamos escribiendo. El Presidente en Antofagasta. Consejería
de Difusión de la Presidencia de la República, 1972: 178, citado por Chaney, en Jaquette (1974).
597
McGee Deutsch (1991): 298.
598
Ibid.: 299.
599
Ibid.

229
Fuente: Nosotros Los Chilenos. Reforma Agraria, Editorial Quimantú, 1972.
Cortesía de la University of Wisconsin Land Tenure Center.

Fuente: Nosotros Los Chilenos. Reforma Agraria, Editorial Quimantú, 1972.


Cortesía de la University of Wisconsin Land Tenure Center.

230
entre los sexos y a la emancipación de las mujeres. La Unidad Popular contaba con
muchas feministas entre sus filas, incluyendo antiguas sindicalistas, periodistas y
otras profesionales, quienes argumentaban que solo una reestructuración radical de
la sociedad, que incluyera el hogar, liberaría verdaderamente a las mujeres para que
pudieran realizar su verdadero potencial. Aunque en la práctica la UP solía eludir
el tema de la división del trabajo doméstico, ésta promovía mayores oportunidades
de empleo pagado para las mujeres y reconocía que las instalaciones para el cuidado
infantil deberían ser ampliamente expandidas si las mujeres iban a participar en la
producción a la par que los hombres.
La UP afirmaba ofrecer a las mujeres una oportunidad de crecimiento personal,
profesional y político sin precedentes en la historia de Chile. El programa de
Servicio Social Obligatorio de la UP, una versión rehecha del programa de Servicio
Femenino de los democratacristianos, llamaba a las mujeres que reclutaba para
el servicio comunitario voluntario a construir un futuro que “rompiera con los
esquemas paternalistas y machistas del pasado”600, los que han relegado a la mujer
a la “dependencia y a la doble explotación”, adulándolas como sujetos “solo en su
capacidad de consumidoras”601. Un gobierno de los trabajadores, se prometía, sería
completamente diferente602. En un seminario internacional sobre “Las mujeres en
América Latina hoy”, la esposa de Allende, Primera Dama Hortensia Bussi, destacaba,
en su discurso inaugural, que las mujeres ayudarían a transformar la sociedad no solo
entrando a la fuerza de trabajo, sino que a través de una expansión cultural profunda
que desencadenaría la iniciativa y creatividad de las mujeres en todos los niveles:
Las condiciones del mundo contemporáneo exigen una mayor participación de las mujeres en
la vida de la comunidad y en los procesos de producción. No es solo que ellas se incorporen
a distintos tipos de trabajos productivos que incrementen el presupuesto familiar, sino la
ampliación de sus horizontes culturales, (el compromiso de las mujeres) en el avance de las
ciencias, el desarrollo de las nuevas tecnologías… la creación de nuevas posibilidades603.
El Siglo, al sintetizar esta nueva visión, decía efusivamente: “[Con Allende], ¡nada
es imposible para la mujer chilena de hoy!”604
La expectativa de la Unidad Popular de nuevos y emancipadores roles para las
mujeres surgía de una sincera creencia en los poderes transformadores del socialismo.
Si bien la UP creó políticas compartidas por su competencia política –como la entonces
más reciente campaña de la Democracia Cristiana de “incorporar a las mujeres a los
600
Puro Chile, 7 de septiembre, 1972: 22.
601
La Nación, 5 de septiembre, 1972: 3.
602
Ibid.
603
Discurso de Hortensia Bussi de Allende en el Segundo Seminario Latinoamericano de Mujeres,
reimpreso en El Trabajo, 27 de octubre, 1972.
604
El Siglo, 8 de marzo, 1972: 7.

231
procesos nacionales”– amplió los debates acerca del significado de la emancipación
femenina y proveyó de enfoques diferentes a los de su predecesor. Al mismo tiempo, la
persistencia de una fuerte ética familiar y materna, la que seguía asumiendo tanto la
valoración de familias bajo jefatura masculina como la primacía de los roles productivos
de los hombres, implicó serias limitantes a esta transformación. En un reconocimiento
involuntario de esta contradicción, Allende, en un discurso sobre salud materno-infantil,
señaló que las mujeres eran iguales a los hombres, excepto en su capacidad de madres,
lo que era fundamental a la naturaleza social de las mujeres, que requería de dispensas
a la norma: “Debemos darles a las mujeres la completa igualdad de posibilidades ante
la ley y en la vida. Pero no podemos olvidar que las mujeres tienen una función en la
vida –la más trascendental de la raza humana– ser madres. Por lo tanto, necesitamos
comprender que las mujeres, por ser madres, necesitan protección”605.
La valoración de la maternidad no significaba que las mujeres estaban después
de los hombres. La actitud de mutualismo de género –el que no solo siguió, sino que
ganó preeminencia bajo la UP– ponía énfasis en la paridad de la contribución social
de hombres y mujeres, e implicó un freno a la autoridad de los primeros sobre las
segundas. Lo que limitaba los objetivos emancipadores de la UP hacia las mujeres,
era que los hombres fueron el estándar normativo para el trabajador-ciudadano a
quien se aspiraba formar. Las mujeres deberían acercarse lo más posible a este ideal.
Pero, como madres, o como futuras madres, ellas figuraban como excepción: esto es,
trabajadores-ciudadanos que tenían responsabilidades que las eximía de compartir
el mismo nivel de expectativas que se esperaba que cumplieran los hombres. La
visión revolucionaria de la Unidad Popular concebía la transformación de los medios
de producción como la máquina del cambio social, en la que los hombres eran
naturalmente menos responsables que las mujeres por sus familias. Esta doble visión
generó contradicciones dentro de los, a veces bastante radicales, proyectos de igualdad
de género de la UP.

Planificación familiar y educación sexual


La tensión entre el objetivo de la Unidad Popular de dar poder a las mujeres y su
defensa de la familia chilena, fue claramente evidente en su postura sobre el control de
la natalidad y la educación sexual. La UP supuestamente ofrecía un programa liberador
a través de un mayor conocimiento y acceso a los anticonceptivos que contrarrestaría la
hipocresía sexual y la coerción del capitalismo burgués. Distanciándose retóricamente
de la posición del gobierno de Frei de plantear el control de la natalidad bajo términos
de salud materno-infantil, la UP puso énfasis en el control del embarazo como un asunto
605
El Siglo, 29 de marzo, 1972: 4.

232
de autonomía personal y derecho social. En diciembre de 1970, una declaración de
principios de la Comisión de Salud de la Unidad Popular se refirió a la planificación
familiar como “un derecho inalienable de la mujer y de la pareja”606. La Comisión
acusaba al gobierno de Frei de proceder de acuerdo a una política de control de la
población bajo el disfraz de querer mejorar la salud de las mujeres, y afirmaba que, en
contraste, la UP promovería la planificación familiar de una manera que “asegurara
a cada mujer la posibilidad de tener el número de hijos deseados, en el momento en
que los deseara, de modo que aumentase la fortuna de la familia”607.
Al mismo tiempo, las políticas de la UP se elaboraron sobre las de los
democratacristianos y seguía enfatizando, como principios, el bienestar de la familia y
la cooperación conyugal. Siguiendo los cambios que los democratacristianos ya habían
hecho en el SNS y continuando el trabajo de APROFA, la UP puso la mayor parte de
sus esfuerzos en extender y descentralizar los proyectos de planificación familiar
existentes. La UP expandió los programas de nutrición y vacuna; entregó recursos
adicionales para exámenes pre y postnatales; autorizó a los centros regionales del
SNS a desarrollar programas específicos según las necesidades de sus áreas; decretó
la disponibilidad de anticonceptivos en las clínicas de los barrios rurales; y APROFA
estableció ocho nuevas sedes provinciales. La planificación familiar siguió enfocándose
en los matrimonios y enfatizaba la responsabilidad conjunta de la pareja para limitar
los nacimientos. El SNS siguió pidiendo el consentimiento de los maridos para que
sus mujeres usaran anticonceptivos y la aprobación de los padres para que los usaran
sus hijas adolescentes. Los seminarios de APROFA mantuvieron su enfoque sobre el
control de la natalidad como medio de mejorar las posibilidades de los hombres para
proveer adecuadamente a sus hogares608.
La continuidad entre las políticas de la Unidad Popular y las de la Democracia
Cristiana surgían tanto de una conveniencia política como de la propia visión de la
UP sobre la movilización de la clase trabajadora. Similar a como “Salud Familiar”
había ayudado conceptualmente al gobierno de Frei a explicar a los católicos su
apoyo al control de la natalidad, el enfoque de la UP centrado en la familia intentaba
neutralizar las acusaciones, tanto de los democratacristianos como de la derecha, de que
el socialismo era anti-familia. Allende era particularmente sensible a las acusaciones
de que la UP era inmoral. Su apoyo al control de la natalidad databa desde los años
treinta cuando, como joven médico y ministro de Salud, había defendido la planificación
familiar como una herramienta racional para promover la salud pública. Sin embargo,
606
“Doctrina de Salud: Pre-informe de la Comisión Central de Salud”, Comité Sectorial de Salud,
Unidad Popular, reimpreso en Boletín APROFA, diciembre, 1970: 4.
607
“Citas de Documentos de la Unidad Popular”, Boletín APROFA, diciembre, 1970: 2.
608
Historias orales y entrevistas, incluyen a Anita Hernández, Luis Ortega y Marta Danea, San Felipe,
19 de noviembre, 1992.

233
durante las campañas electorales de la década de 1960, Allende eludió el tema y,
como presidente, evitó promover él mismo públicamente el uso de anticonceptivos.
Los programas de la UP centrados en la familia, también aspiraban a disminuir las
objeciones al uso de anticonceptivos por parte de los hombres de la clase trabajadora,
base central de apoyo de la coalición. Así promovían la idea de que el ascenso de
clase era un proyecto colectivo que involucraba la colaboración conjunta y el mutuo
consentimiento de hombres y mujeres al interior de los hogares. Esto complementaba
la idea de muchos izquierdistas de que la familia de la clase obrera sería la base para
organizar el socialismo y que los intereses de hombres y mujeres al interior de esas
familias eran siempre compatibles.
Sin embargo, si bien la política de planificación familiar de la UP aseguraba la
armonía conyugal al interior de familias con un hombre como jefe de hogar, los intentos
de la coalición de ampliar el acceso a los anticonceptivos y crear un diálogo público
sobre la conexión entre sexo y liberación humana, complicaba considerablemente el
mensaje. La UP lanzó nuevos programas de educación sexual que fueron mucho más
allá de la “información sanitaria” entregada previamente por los hospitales del SNS y
los talleres de APROFA. La Oficina de Desarrollo Social (antes de Promoción Popular)
y el Ministerio de Educación coordinaron el programa de educación sexual, que incluía
debates tanto sobre el deseo y la satisfacción, como fisiología y reproducción. Éste se
ofrecía en escuelas, sindicatos, Centros de Madres y otras organizaciones comunitarias
a lo largo de todo el país609. En contraposición a la tendencia de la administración
Frei de igualar la responsabilidad sexual con la contención sexual, los programas de
educación sexual de la UP relacionaban el control de la natalidad con el propio auto-
conocimiento y la satisfacción sexual. En octubre de 1971, en una conferencia del
Ministerio de Educación sobre educación sexual, se establecía que una de sus metas
principales era “ayudar [a las parejas] a asegurar el derecho de separar la reproducción
del ejercicio de sus vidas sexuales”610. Hacia 1972, el programa de educación sexual del
Ministerio de Educación tenía catorce sedes a lo largo del país y aseguraba que podía
atender a 500.000 estudiantes y 80.000 padres por año611. Elogiando el potencial de la
educación sexual como vehículo para el acceso de la clase obrera al poder, el ministro
de Salud, Sergio Infante, proclamó que “la planificación familiar es crucial para el
proceso revolucionario y el objetivo final de lograr que el ‘humanismo socialista’ sea
una realidad”612.

609
Boletín APROFA, enero, 1971.
610
Boletín APROFA, noviembre, 1971: 2.
611
La Nación, 16 de abril, 1972.
612
Citado en Jiles (1992): 157.

234
El interés de la UP en la educación sexual era parte de un esfuerzo mucho más
amplio y ambicioso de vincular toda la educación a la liberación revolucionaria. Tal como
lo fue anteriormente para los democratacristianos, la UP entendió que la construcción
de una nueva sociedad dependía de una profunda transformación cultural, siendo la
educación el resorte principal para este cambio. Pero en contraposición a la insistente
separación que hacían los democratacristianos de “la educación” y “la política”, la UP
veía a la primera como el sitio de una activa lucha política en la búsqueda partidista
por emancipar a los chilenos a través del socialismo. A principios de 1971, el Ministerio
de Educación inició conversaciones con un conjunto de educadores profesionales y
activistas políticos en lo que se conoció como Congreso de Educación Nacional, para
trazar los planes para la Escuela Nacional Unificada, un currículo nacional para
todas las escuelas chilenas, públicas y provinciales, el que se centraría, en términos
pedagógicos, en torno al concepto del “Hombre Nuevo”613. Siguiendo el ejemplo de la
Cuba revolucionaria, el “Hombre Nuevo” era explícitamente político y esencialmente
marxista –un estudiante que, a través de la educación, llegara a ser consciente de los
problemas y las contradicciones sociales, y que se movilizara colectivamente para
cambiar activamente su entorno–. Allende describía al nuevo chileno:
[El Hombre Nuevo] es un ser completo, armonioso, autónomo y crítico, pero totalmente
socializado… un individuo que conoce y es responsable del destino nacional que él mismo
construye y defiende con sus manos y su inteligencia… un chileno que descubre y domina
las leyes de la naturaleza y saca provecho de sus recursos para el bien general… [quien] al
mismo tiempo somete al mandato popular las tendencias espontáneas de la historia614.
Aunque los planes para la Escuela Nacional Unificada no se propusieron
formalmente sino hasta 1973 y nunca fueron implementados por el golpe de Estado,
su visión de una educación políticamente transformadora fue clave en la configuración
de muchos programas específicos que se lanzaron anticipando el currículo nacional, los
que pretendían pavimentar el camino al socialismo. En particular, los nuevos programas
de educación sexual para la juventud. Los propiciadores de la Escuela Nacional
Unificada veían la educación sexual como un componente crucial de toda pedagogía
emancipadora futura en las escuelas primarias y secundarias. A comienzos de 1971,
el Ministerio de Educación anunció planes para desarrollar un currículo de educación
sexual que “promovería los cambios necesarios para permitir que millones de niños
y adolescentes entraran en una sociedad en donde el sexo sería un hecho natural y
feliz, situado en un contexto libre de falsedades, superstición, miedo y explotación
comercial”615. En contraste con la usual vacilación de Allende para hablar abiertamente
613
Fischer (1979); Joseph P. Farrell, The National Unified School in Allende’s Chile. Vancouver: University
of British Columbia Press, 1986.
614
Citado en Fischer (1979).
615
Boletín APROFA, noviembre, 1971: 2.

235
sobre este tema, éste respaldó la educación sexual de los jóvenes con gran fervor,
incluyendo información sobre el control de natalidad. Igualando la liberación con la
higiene y el racionalismo, Allende manifestó que:
Es tiempo que, rompiendo con una moral absurda y retrógrada, se reconozca la importancia
de hablarle a nuestros jóvenes sobre los problemas del sexo… El drama de la mujer que tiene
que sufrir las consecuencias de su ignorancia buscando un aborto no puede ignorarse por más
tiempo… [Educación] y una planificación familiar debe ser la base de una concientización
que eleve el nivel moral de nuestra gente616.
Aunque nunca se implementó un currículo nacional sobre sexualidad, los programas
de educación sexual conducidos por APROFA, en conjunto con el Ministerio de
Educación y el SNS, operaron durante 1972 y 1973. La educación sexual buscaba
desmitificar el sexo entre los jóvenes, pero no desafiaba la presunción de que el
matrimonio era el lugar apropiado para la actividad sexual. Los educadores combinaban
información sobre desarrollo humano y anatomía sexual, noviazgo y atracción, con
advertencias sobre la necedad del embarazo adolescente y recomendaciones de
posponer el coito hasta después del matrimonio617. Si bien se daba información
de cómo funcionaban los anticonceptivos, era común que no se indicara el cómo
y dónde obtenerlos. Sin embargo, los programas fueron un desafío a la asociación
que hacían los católicos de sexo con prohibición y vergüenza, y su postura de que
la única expresión aceptable de la sexualidad era la procreación. Al mismo tiempo,
contradecían la idea de que la educación sexual debía estar a cargo de los padres, en
el dominio privado de la familia. Dado que la Escuela Nacional Unificada postulaba
que tanto las escuelas públicas como las católicas debían usar el mismo currículo, la
educación sexual representó un ataque directo a la autoridad de la Iglesia sobre la
sexualidad. Tanto el sexo como la formación sexual de los jóvenes fueron definidos
como materias de dominio público secular que requerían un debate abierto y la
participación del gobierno. El director de APROFA resumió el nuevo enfoque de su
organización bajo la UP, señalando que: “Nosotros distinguimos la responsabilidad
biológica y la responsabilidad social… la responsabilidad social involucra a la comunidad
y al Estado”. (Énfasis en el original.)618
El mensaje social y emancipador de los programas de planificación familiar y de
educación sexual de la UP tenía un potencial particularmente radical para las mujeres.
En efecto, para la minoría feminista al interior de la UP, el control de la natalidad y
la educación sexual estaban directamente vinculados con la liberación femenina. En
1972, un panfleto titulado La Emancipación de la mujer chilena, publicado como parte

616
Boletín APROFA, septiembre, 1971: 2.
617
Boletín APROFA, septiembre, 1972.
618
Boletín APROFA, septiembre, 1971: 1.

236
de la campaña nacional de educación sobre los objetivos del gobierno, afirmaba que
“la felicidad sexual [permitida por el acceso a anticonceptivos y la discusión abierta
sobre sexualidad] era fundamental para darle poder a las mujeres y por lo tanto para
la lucha de clases y la revolución”619. Escrito por la periodista comunista y feminista de
El Siglo, Virginia Vidal, el panfleto se lamentaba de las altas tasas de frigidez femenina
e impotencia masculina en la clase trabajadora, y culpaba de esta disfunción sexual
a múltiples males sociales, entre los que se incluía el machismo, el abuso sexual, la
violación y la violencia familiar620. Vidal pedía el reconocimiento de que el sexo “es
una relación no solo física, sino también espiritual, especialmente para la mujer” y
proponía la estrecha conexión entre la satisfacción sexual de la mujer –especialmente
el orgasmo– y su capacidad de ser un miembro asertivo de la sociedad. Al mismo tiempo
criticaba el supuesto heterosexual de que todas las mujeres estaban (o deberían estar)
casadas y tenían hijos. Argumentando que las mujeres solteras y sin hijos también
merecían satisfacción sexual y acceso al control de la natalidad, Vidal afirmaba que “no
todas las mujeres quieren ser madres. No todas las mujeres quieren unir sus vidas a la
de un hombre. Muchas madres solteras son felices, pero necesitan una mejor situación
[económica]… ellas también tienen derecho a la felicidad”621.
Vidal culpaba a la derecha y a los democratacristianos por establecer al matrimonio
y la maternidad como los únicos y más elevados lugares de realización de la mujer, y
condenaba a la ideología de la domesticidad por fomentar la pasividad política de las
mujeres y la subordinación a los hombres. La autora argumentaba que, en contraste, el
socialismo podía emancipar a las mujeres al hacer de la maternidad y del matrimonio
un asunto de opción y no de destino622. Esta idea implicaría transformaciones tanto
estructurales como ideológicas. El Estado podía incorporar completamente a las
mujeres al trabajo productivo y al activismo político con solo dar acceso a las mujeres
al control de la natalidad y cuidado de los niños, e incentivar a los hombres a que
asumieran mayores responsabilidades domésticas. Este cambio, advertía Vidal, partiría
de la premisa de que habría un vuelco cultural simultáneo de la percepción masculina
sobre las mujeres como objetos de su dominio sexual, y la de las mujeres como agentes
de su propia sexualidad.
Feministas como Vidal fueron una voz minoritaria al interior de la UP. Su manifiesto
sobre el deseo femenino fue considerado demasiado crítico de los hombres y nunca
fue distribuido. En cambio, continuó circulando La Mujer Chilena, un panfleto
previamente publicado, el que se limitaba a celebrar el doble rol de las mujeres

619
Virginia Vidal, La Emancipación de la mujer chilena. Santiago: Editorial Quimantú, 1972: 49-52.
620
Ibid.: 49-50.
621
Ibid.: 76.
622
Ibid.: 87.

237
como madres y trabajadoras y omitía cualquier discusión sobre sexismo623. Si bien la
planificación familiar y educación sexual de la UP reconocían la emancipación de la
mujer como objetivo, éstos la vinculaban en gran medida a la entrega de poder a las
familias y a la pareja, acallando generalmente el tema de la dominación masculina.
No obstante, la mera existencia de La Emancipación de la mujer chilena de Virginia
Vidal –y el hecho de que hubiese sido originalmente publicado como parte de las
series del gobierno destinadas a consumo masivo– atestigua el debate al interior de
los círculos de la Unidad Popular sobre la naturaleza sexual de la subordinación de la
mujer, y el cuestionamiento sin precedentes al que estaba sometida la conexión entre
sexualidad, matrimonio y maternidad. Otros partidarios de la UP apoyaban las críticas
de Vidal. El Ministerio de la Familia, encabezado por la feminista Felicitas Klimpel,
prominente sexóloga, defendía con fuerza la importancia de la realización sexual de
las mujeres y criticaba el machismo como uno de los peores males de la sociedad624.
Otras feministas, dedicadas a la política y líderes sindicales estaban de acuerdo en
que la agenda de liberación de la mujer de la UP dependía del fin del control sexual
y social de los hombres sobre sus esposas625.
En el espíritu de la crítica de Virginia Vidal, la Unidad Popular adoptó un nuevo
enfoque hacia las mujeres y madres solteras, introduciendo una nueva legislación para
igualar las relaciones matrimoniales y legalizar el divorcio626. Prominentes mujeres de
la UP, tales como Felicitas Klimpel y la esposa de Allende, aclamaron el divorcio como
una herramienta para liberar a las mujeres de la hipocresía de las nulidades católicas
y de las relaciones extramaritales627. Durante la campaña presidencial de 1970, Allende
prometió que la UP “defendería a las madres solteras”, compromiso que sería reiterado
más tarde por la Secretaría Nacional de la Mujer y del Ministerio de la Familia. En
1971, los servicios ginecológicos y anticonceptivos se expandieron para atender a niñas
adolescentes y jóvenes solteras628. En 1972, la UP introdujo una legislación que abolía
las distinciones legales entre nacimientos ilegítimos y legítimos629. Aunque el gobierno
argumentaba que el principal motivo de esta legislación era terminar con la injusta

623
Puz (1971).
624
Para un recuento de las prioridades de Klimpel como Ministro de la Familia, véase La Nación, 5 de
febrero, 1971: 3. También véase el estudio de Klimpel sobre las condiciones sociales de la mujer
chilena, Felicitas Klimpel, La Mujer Chilena: El aporte femenino de Chile, 1910-1960. Santiago: Andrés
Bello, 1962.
625
Olga Poblete, La Ultima Hora, 9 de marzo, 1971; Arpad Pullai, El Siglo, 8 de marzo, 1972: 7; La Nación,
6 de septiembre, 1972: 12; La Nación, 23 de marzo, 1968: 4.
626
McGee Deutsch (1991): 301.
627
El Trabajo, 27 de octubre, 1972; La Nación, 5 de febrero, 1971: 3.
628
Boletín APROFA, diciembre, 1970: 2.
629
Boletín APROFA, noviembre, 1971: 2; julio, 1972: 1.

238
discriminación de “niños inocentes”, la medida disminuía la estigmatización de las
madres adolescentes y solteras. La abolición de la ilegitimidad tuvo un significado
particular en áreas rurales como el Valle del Aconcagua, en donde más de un cuarto
de los niños nacían fuera del matrimonio y, aproximadamente un tercio de éstos eran
hijos de madres solteras adolescentes630. Si bien la UP no llegó a cumplir la demanda
de Vidal de tratar la actividad sexual de las mujeres solteras como una norma positiva,
sí reconoció que éstas eran sexualmente activas, procreaban fuera del matrimonio, y
se comprometió a asegurarles más paridad respecto a las mujeres casadas.
La UP también tuvo una novedosa postura en relación al tema del aborto. Aunque
públicamente nunca legitimó el aborto, desestimando las demandas de muchas
feministas de sus propias filas para legalizarlo, el gobierno permitió que éste fuera
efectuado en circunstancias limitadas y disminuyó significativamente su persecución
criminal631. En 1970, la Comisión de Salud de la Unidad Popular anunció que, si bien
la educación y el acceso al control de la natalidad continuarían siendo la piedra
angular de los intentos por reducir la tasa nacional de abortos, el SNS necesitaba
también “mantener la capacidad de realizar abortos en casos de que dicha acción
fuera necesaria y deseada por la población”632. Aunque ello suponía el uso del aborto
en condiciones especiales, por ejemplo salvar la vida de una mujer, en la práctica
se le dio una interpretación más amplia. Según la historiadora Ximena Jiles, en el
Hospital Barros Luco de Santiago regularmente se efectuaba abortos en mujeres
que estaban inscritas en el programa de control de la natalidad del hospital, cuyos
métodos de prevención habían fallado633. En San Felipe y Los Andes, se reportaron
abortos ocasionales, realizados en los hospitales públicos, y algunos funcionarios del
SNS efectuaron abortos a mujeres en sus hogares634. Incluso APROFA, que oficialmente
condenaba el aborto desde una postura moral, comenzó a debatir públicamente los

630
La legislación que suprimía la distinción entre los niños ilegítimos y legítimos fue introducida, pero
no aprobada al momento en que Allende fue derrocado. No obstante, su sola proposición tenía un
impacto en cómo fueron registrados los nacimientos oficialmente. En el departamento de San Felipe, el
Registro Civil dejó la distinción entre los niños ilegítimos, naturales y legítimos a comienzos de 1971.
En 1972, el 23 por ciento de todos los nacimientos en el departamento de San Felipe correspondía
a madres que no estaban casadas con el padre de su hijo, y en el 27,5 por ciento de todos estos
nacimientos las madres tenían menos de veinte años de edad. “Registro de nacimiento: San Felipe,
1964, 1965, 1966, 1967, 1968, 1969, 1970, 1971, 1972, 1973”, Registro Civil de San Felipe.
631
Muchos comunistas propusieron, por mucho tiempo, el aborto legal. Para ver argumentos, véase El
Siglo, 7 y 8 de noviembre, 1969.
632
“Citas de documentos de la Unidad Popular”, Boletín APROFA, diciembre, 1970: 2.
633
Jiles (1992): 160.
634
Anita Hernández y Rosa Saá, historias orales.

239
beneficios potenciales del aborto legal, incluyendo información sobre técnicas de
aborto clínico en filmes y literatura que difundía entre los servicios de salud635.
La postura más permisiva adoptada por la UP tuvo significativas repercusiones en la
posibilidad de que las mujeres pobres pudiesen poner fin, sin riesgos, a sus embarazos
no deseados. Si bien la tasa estimada de abortos en Chile permaneció estable, en
relación a los embarazos, entre 1970 y 1973, la muerte materna por aborto disminuyó
en más de un 25 por ciento636. La insuficiente documentación existente dificulta saber
en qué medida este descenso se debió a la profesionalización de los procedimientos
para abortar. Las decisiones sobre realizar o no abortos por parte de los profesionales
médicos fueron arbitrarias; es probable que en muchas áreas rurales, los tradicionales
curanderos y las matronas sin entrenamiento médico hayan seguido realizando la
mayoría de los abortos. Sin embargo, el solo hecho de que éstos estuviesen siendo
administrados por el sistema de salud pública del Estado, ciertamente debilitó el afán
del personal del SNS de procesar criminalmente el aborto, e incentivó a las mujeres
de todas las edades y estatus sociales a buscar condiciones de menor riesgo637.
El número de mujeres pobres que buscó abortar aumentó. Un estudio conducido
por APROFA afirmaba que, en el período anterior a 1970, la tasa de abortos había
sido tres veces más frecuente entre las mujeres pobres y de clase media, y que en
1972 fue cinco veces mayor638. El informe también señalaba que antes el aborto había
involucrado principalmente a mujeres casadas, mayores –entre 25 y 35 años de edad– y
que tenían un promedio de cinco hijos, y que ahora había un número mayor de mujeres
jóvenes, entre 18 y 24 años, que tenían, en promedio, dos o tres hijos639. El estudio
además observaba un aumento de las mujeres campesinas que abortaban, tendencia
que se atribuía a las mayores dificultades de éstas para obtener el consentimiento de
sus maridos en el uso de anticonceptivos, y la adopción por parte de las mismas del
“valor urbano” de tener una familia pequeña640.

635
“APROFA, 1962-1972: Diez años de labor”, Boletín APROFA, agosto, 1972: 6.
636
APROFA estimaba que entre 1971 y 1973 el índice total del aborto en Chile disminuyó en un dos por
ciento y el índice de la muerte materna relacionada con abortos, en un 26,5 por ciento. Estadísticas
APROFA. Véase también “Births, Abortions, and the Progress of Chile”. Un informe de 1972 de la
American University afirmaba que mientras las hospitalizaciones y muertes relacionadas con abortos
declinó entre 1970 y 1972, el número de abortos en relación con el número de embarazos se mantuvo
constante. Field Staff Reports, American University Field Staff, 19(2), 1972: 2-3.
637
Entre 1971 y septiembre de 1973, no se hizo ninguna detención por aborto en Aconcagua. “Registro
de Crímenes”, JCSF.
638
Dr. Onofre Avendaño, “El aborto: Problema médico, social y jurídico”, estudio sin editar de APROFA,
diciembre, 1972: 3.
639
Ibid.: 4.
640
Ibid.

240
Ante la ausencia o fracaso de los anticonceptivos, las mujeres urbanas y campesinas
pobres habían recurrido por largo tiempo al aborto. Sin embargo, el estudio de APROFA
indicaba patrones relacionados directamente con las políticas de planificación familiar
de la UP. En primer lugar, el aborto fue más accesible debido a la disposición del
Estado a cerrar los ojos ante su práctica clínica. Segundo, dada la insistencia del SNS
respecto del consentimiento del marido para que la esposa use anticonceptivos y el
énfasis puesto sobre las ventajas de las familias más reducidas, el aborto se volvió una
opción factible para las mujeres que querían limitar los embarazos, pero que no podían
asegurar la cooperación de sus maridos. Finalmente, durante la UP la disponibilidad
de anticonceptivos disminuyó en casi un tercio641. Después de la elección de Allende,
Estados Unidos canceló sus programas de salud, y la UP puso término a un contrato
con la Fundación Rockefeller después del escándalo en el que el SNS denunció que
los doctores estaban poniendo dispositivos intrauterinos sin que las mujeres tuvieran
conocimiento pleno de sus consecuencias642.
Pero si bien el acceso a los anticonceptivos declinó relativamente durante el
gobierno de la UP, en general la salud materno-infantil continuó mejorando. El uso
de controles médicos de natalidad aumentó entre las mujeres, aunque en menor
proporción que cuando la administración Frei puso en práctica los primeros programas
de planificación familiar. De acuerdo a APROFA, si en 1970 un 10 por ciento de las
mujeres chilenas entre los 15 y 49 años usaban anticonceptivos médicos, en 1973 lo
hacía un 12,4 por ciento643. Consecuentemente, el número de hijos paridos durante
la vida de una mujer siguió declinando –de un promedio nacional de 3,86 hijos
en 1970 a un promedio de 3,59 en 1973644. La declinación de la fertilidad fue más
acentuada entre las mujeres campesinas, cayendo de un promedio de 6,08 hijos en
1969, a un promedio de 5,6 hacia 1975645. La mortalidad infantil declinó en un 18 por
ciento646. Si bien las mujeres pobres se sometieron más frecuentemente a abortos

641
Síntesis histórica de la planificación familiar en Chile. APROFA, Santiago, 1974: 18.
642
Jiles (1992): 160.
643
Ana María Silva Dreyer, “Estadísticas sobre planificación familiar y aborto en Chile”, Informativo
Nº 4, Instituto de la Mujer, Santiago, 1990: 5.
644
Nora Ruedi, “La Transición de la Fecundidad”, citado en Silva Dreyer (1990): 3.
645
Según el estudio de Ruedi, los programas de la planificación familiar entre 1965 y 1975 tuvieron
un impacto proporcional más grande en mujeres de los sectores agrícolas más pobres. Mientras que
entre 1955 y 1965, las cifras totales de fertilidad para las mujeres rurales pobres (para las mujeres
más pobres del campesinado) se elevaron por +17,12 por ciento, la declinación de la fertilidad entre
1965 y 1975 era de -39,65 por ciento para los minifundistas más pobres; -39,82 por ciento para los
asalariados rurales y urbanos más pobres; y -31,92 por ciento para las mujeres que no trabajaban
en el campo. Ibid.: 6-7.
646
Según SNS, se calcula que la mortalidad infantil de Chile cayó de 79,3 muertes por 1.000 nacimientos
vivos en 1970 a 65,2 muertes por 1.000 nacimientos vivos en 1973. “Defunciones y causas de muerte”,
(continúa en la página siguiente)

241
durante el período de la UP que bajo la Democracia Cristiana, ellas lo hicieron bajo
circunstancias menos riesgosas. El número de mujeres admitidas en los hospitales por
complicaciones relacionadas con el aborto continuó bajando (un cuatro por ciento
adicional a escala nacional y un ocho por ciento en el Valle del Aconcagua); en total
la muerte materna declinó en un 27 por ciento647. En suma, hacia 1973, la UP había
mejorado las condiciones de salud materno-infantil, reducido el número de embarazos,
particularmente, entre las mujeres campesinas, y puesto en práctica un significativo
y novedoso enfoque de la sexualidad que incluía el suministro de cuidado de salud
reproductiva a mujeres solteras y adolescentes, un abierto programa de educación
sexual para los jóvenes y la tolerancia al aborto.

Movilizando el apoyo femenino


Uno de los principales medios que usó la UP para conseguir el apoyo femenino, fue
expandir la participación de las mujeres en las organizaciones políticas y comunitarias.
La Izquierda compartía con los democratacristianos la creencia en la conexión directa
entre participación cívica y ritmo de modernización. Para ambos la marginalidad era
un lastre en el desarrollo chileno, lo que podía remediarse a través de la movilización
popular. Pero la Izquierda agregó su propio sello, definiendo a las organizaciones
populares como vehículos para la educación política y la militancia de clase. La UP
llamó a las mujeres a incorporarse a los Centros de Madres existentes, a las juntas
de vecinos, y los departamentos de mujeres de los sindicatos648. Se argumentaba que
esta actividad les enseñaría los méritos del socialismo, fortalecería la conciencia
de clase femenina y las movilizaría a defender al gobierno. La UP compartía con
los democratacristianos la idea de que la contribución pública de las mujeres era
una extensión de su papel como esposas y madres, pero difería en el significado que
le atribuía al activismo de la dueña de casa. Mientras que los democratacristianos
habían enfatizado la participación cívica de las mujeres como medio para apoyar a
las familias, contribuir a la comunidad y profundizar la democracia, la UP destacaba

San Felipe-Los Andes SNS, 1972 y 1988; “Nacimientos”, San Felipe - Los Andes SNS, 1972 y 1988.
647
Según los datos compilados por Silva Dreyer, el número de mujeres ingresadas al sistema hospitalario
por complicaciones relacionadas con aborto declinó un 26 por ciento entre 1965 y 1970, y 13,5 por
ciento entre 1970 y 1975. Silva Dreyer enfatiza que aunque los datos del aborto incluían abortos
espontáneos, la mayoría de las hospitalizaciones relacionadas con el aborto se vinculaba con abortos
inducidos. Silva Dreyer (1990): 16. En el valle del Aconcagua, en 1964 había 1.211 mujeres admitidas
en el Hospital del San Felipe por aborto, este número cayó a 915 en 1964, y a 849 en 1972. “Ingresos
Hospitalarios: Estadísticas de Salud”, SNS San Felipe, 1976. Según APROFA, la muerte maternal
declinó de 16,8 muertes por 1.000 mujeres en edad fértil en 1970 a 12,2 muertes por 1.000 mujeres
en edad fértil en 1973. Estadísticas APROFA.
648
La Nación, 11 de febrero, 1973: 14; 4 de mayo, 1973: 10.

242
la importancia del activismo femenino para asegurar los intereses de clase y lograr el
bienestar humano bajo el socialismo. En 1971, en un discurso sobre las organizaciones
de mujeres, Allende señaló que “La familia de la clase trabajadora chilena ha sufrido
todas las consecuencias del capitalismo. En una sociedad socialista, en cambio,
todo estará al servicio de la familia trabajadora… los Centros de Madres podrán
transformarse en verdaderos centros de capacitación, técnica y cultural, permitiendo
a la mujer incorporarse a la lucha”649.
La coalición ponía énfasis no solo en el desarrollo comunitario, sino en la lucha
de clases. Buscaba fomentar una militancia femenina colectiva que reconociera que
el bienestar familiar solo mejoraría por medio de una reorganización socialista de la
economía y de la sociedad. El objetivo no era simplemente atraer a las mujeres a la
arena cívica, sino lograr que tuvieran más conciencia de clase. Si a la UP le preocupaba
el conservadurismo femenino, ésta trató de presentar una postura confiada, sugiriendo
que la incorporación de más mujeres en sus instituciones, resolvería el problema. En
1972, El Siglo publicó un artículo llamando a la creación de más departamentos de
mujeres en las oficinas campesinas de la CUT, lamentando, al mismo tiempo, el fracaso
del Partido Comunista en estimular un adecuado liderazgo femenino en sus propias
filas. Allí recordaba a sus lectores que las mujeres, particularmente las campesinas, eran
un potencial recurso, hasta ahora sin explotar, en la lucha de clases: “Debemos recordar
que en muchas disputas las mujeres han jugado un rol importante. Hay cientos de
mujeres anónimas que han sido ejemplos de valentía frente a los latifundistas”650.
La UP fue exitosa en alcanzar al menos algunos de sus objetivos organizacionales.
Entre 1970 y 1973, la participación de mujeres en los Centros de Madres del Valle
del Aconcagua se duplicó651. A escala nacional, la membresía de los CEMA alcanzó el
millón de mujeres652. Pese a que los partidos Comunista y Socialista habían criticado
constantemente a los CEMA por su paternalismo, una vez en el poder, buscaron
capitalizar la realidad de que los CEMA eran las organizaciones femeninas más
difundidas y que estaban estrechamente vinculadas a la burocracia estatal653. Los
Centros de Madres se transformaron en los vehículos para la educación política de las
mujeres y su participación directa en los programas de la UP. En el Aconcagua, estos
supervisaban el programa de distribución de leche, ofrecieron espacios para clases
de alfabetización y foros de educación sanitaria, y representaron a las mujeres en
las reuniones sobre desarrollo comunitario. Era común que funcionarios del INDAP

649
“Mensaje Presidencial, 21 de Mayo, 1971”, citado en Valdés et al. (1989): 23-24.
650
El Siglo, 31 de junio, 1972: 4.
651
Gaviola et al. (1988): 79-88.
652
Valdés et al. (1989): 22.
653
El Siglo, 30 de noviembre, 1970.

243
hicieran presentaciones sobre la Reforma Agraria en los CEMA y que las delegadas
de los departamentos de mujeres de los partidos políticos de la UP los visitaran para
explicar las políticas del gobierno sobre educación y vivienda654. La participación de
las mujeres campesinas en los consejos vecinales también aumentó. Cuando en 1971
la UP lanzó un ambicioso programa para construir 10.000 nuevas viviendas rurales
en el Aconcagua, se formaron docenas de nuevas juntas de vecinos para ayudar a los
campesinos con las solicitudes655. Aunque los hombres seguían siendo las cabezas
titulares de esas organizaciones, las mujeres ejecutaban el grueso del trabajo,
recogiendo firmas para las peticiones que buscaban la instalación de electricidad y
agua potable, y recolectando las modestas cuotas que se requerían para calificar para
la vivienda.
Las luchas por la vivienda tuvieron un crecimiento particularmente intenso
durante el gobierno de la UP y a menudo incentivaron el activismo femenino.
Entre 1970 y 1973, la prensa local del Valle del Aconcagua informó sobre más de
tres docenas de ocupaciones de propiedades –tierras desocupadas o viviendas en
construcción– relacionadas con problemas de vivienda, en las que los manifestantes
exigían una solución a la escasez habitacional. Estas acciones tuvieron una fuerte
participación femenina. Las mujeres se tomaban las casas, instalaban campamentos en
tierras disputadas, eran parte de las delegaciones que se reunían con las autoridades
de gobierno y formaban ollas comunes para alimentar a los manifestantes656. Aunque
los hombres también estaban presentes, el liderazgo de las tomas relacionadas con la
vivienda solía ser femenino, ya que la mayor parte de los hombres estaba empleado,
durante el día, en las haciendas o en los asentamientos. Los funcionarios del INDAP,
la CORA y el Ministerio de Vivienda señalaban la acción de las mujeres como una
evidencia del amplio apoyo femenino a las metas redistributivas de la UP.
Pero en las luchas por la vivienda también había mujeres que protestaban por la
insuficiencia de las mismas y los atrasos de la UP. La mayoría de las ocupaciones fueron
de proyectos que ya estaban siendo construidos por agencias estatales, como la CORVI
y la CORHABIT. Los manifestantes se mudaban ilegalmente a las construcciones no
terminadas para exigir mayor rapidez en la entrega y emisión inmediata de los títulos
legales de propiedad. Esto no solo ponía en tela de juicio la eficiencia de la UP, sino que
desafiaba la prerrogativa del gobierno de determinar unilateralmente quién calificaba
para una vivienda. Más aún, las luchas por la vivienda abrieron una oportunidad de
acercamiento a las mujeres para los opositores políticos de la UP. En pueblos con
654
Historias orales, incluyen a María Trujillo, Emilio Ibáñez, Patricia Carreras y Elena Vergara.
655
Gabriel Fernández, historia oral, San Antonio, 28 de mayo, 1993.
656
Historias orales, incluyen a María Trujillo, Emilio Ibáñez, Jorge Tejedo, Jorge Ríos, Anita Hernández
y Carlos Órdenes, Calle Medio, 7 de septiembre, 1997; María Órdenes, Calle Medio, 7 de septiembre,
1997.

244
consejos municipales dominados por partidos de la UP, tales como Santa María y Los
Andes, sindicalistas del partido democratacristiano y afiliados a la confederación
Triunfo Campesino, ayudaban a iniciar las tomas de viviendas como un desafío a
las autoridades locales. En la extrema izquierda (fuera de la coalición de la UP) el
Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR) organizó al menos tres ocupaciones
de unidades habitacionales en la comuna de Rinconada, como parte de una campaña
más amplia por incentivar a los trabajadores a tomar la acción revolucionaria en sus
propias manos657. Incluso en áreas de amplio apoyo a la UP, como las comunas de
Catemu y San Esteban, las tomas de viviendas se consideraron un medio para obligar
al gobierno a moverse más rápido.
En una de las ocupaciones habitacionales más grandes del Aconcagua, cien
personas nominalmente sin casas, del vecindario rural de Villa España en Santa María,
ocuparon en mayo de 1973 la propiedad adyacente a un prominente latifundista. Los
manifestantes insistieron en que la tierra estaba abandonada y que el Ministerio de la
Vivienda debería usarla para construir un nuevo vecindario658. También ocuparon por
un breve lapso el edificio municipal del pueblo, pidiéndole al alcalde socialista, Gabriel
Fernández, que intercediera en su favor. En una entrevista, Fernández recordaba que
la delegación que se reunió con él estaba compuesta por miembros del CEMA, cuyos
líderes eran democratacristianas muy insistentes en sus demandas:
¡Oh, aquellas mujeres eran feroces!… Ellas decían, “Perdónenos Sr. Alcalde, pero estamos
cansadas de vivir como animales y cansadas de esperar que el gobierno nos dé las migajas…”
Esas mujeres eran mucho más militantes que los viejos y cansados hombres que querían
irse a casa [después de la reunión]. Las mujeres dijeron, “¡No señor! ¡Nos quedaremos aquí
mismo donde estamos!”659
Aunque convenció, esa misma tarde, a las manifestantes de que abandonaran
el recinto municipal, ellas siguieron, durante cuatro meses, acampando en la tierra
y reuniéndose semanalmente con Fernández y representantes del Ministerio de la
Vivienda. En julio de 1973, la UP anunció su intención de comprar la tierra y construir
viviendas permanentes660.
Independiente de las inclinaciones políticas de una toma, las luchas por la
vivienda diferían poco en sus tácticas y objetivos. Los manifestantes compartían la
indignación común frente a la brecha existente entre sus propias condiciones de vida
y las promesas de igualdad de la UP. El aumento de participación femenina en los

657
Carlos Órdenes, historia oral.
658
El Trabajo, 24 de mayo, 1973: 1.
659
Gabriel Fernández, historia oral.
660
La transacción no alcanzó a concretarse antes del golpe militar de septiembre de 1973, cuando
tomaron presos a varios líderes de la toma del terreno de Villa España, según se informa.

245
Centros de Madres y juntas vecinales permitió que las mujeres fueran protagonistas en
esas luchas, negociando directamente con las autoridades encargadas de la vivienda y
líderes políticos, y confrontando a los latifundistas y funcionarios elegidos. En 1972, un
grupo de 50 familias instaló un campamento en el fundo de un patrón particularmente
conocido en el vecindario de Calle Medio en la comuna de Santa María. Pedían que
la UP concediera subsidios habitacionales y títulos de propiedad a los campesinos
de forma inmediata. Las mujeres del CEMA local estuvieron a cargo de reunirse con
los líderes del sindicato de la zona y con estudiantes universitarios de Santiago que
estaban ayudando a coordinar la acción661. Las mujeres izaron una bandera chilena
y un lienzo que decía, “¡Este terreno ha sido tomado por el Pueblo!”. Cuando el
enfurecido patrón pasó frente a la ocupación para amenazar a los manifestantes con
desalojo armado, se dice que las mujeres le arrojaron barro y golpearon con palos los
costados de su camioneta662.
El esfuerzo organizativo de la UP, ansiosa por organizar a la juventud chilena,
tuvo una rama específica para las jóvenes663. El gobierno continuó con la política de
Frei de establecer escuelas agrícolas mixtas y aumentó sustancialmente el número
de escuelas secundarias, así como la disponibilidad de becas universitarias para los
jóvenes de clase obrera664. Los planes para la Escuela Nacional Unificada proyectaban
escuelas secundarias rurales que funcionaran como centros de vida campesina,
ofreciendo espacio a la expresión artística y cultural de los jóvenes, así como para el
desarrollo de habilidades académicas y vocacionales665. La UP incentivó la formación
de departamentos especiales para jóvenes (hombres y mujeres) en los sindicatos
rurales, en los partidos políticos y en los asentamientos, así como también centros
juveniles separados, en los barrios. En contraste a los programas juveniles de la
Democracia Cristiana que promovían la responsabilidad cívica y preparaban a los
jóvenes para sus roles adultos en la familia, la UP destacaba la importancia de ellos
como actuales y futuros trabajadores, sugiriendo que tenían un potencial revolucionario
independiente de los adultos y sus familias. El director de la CORA, David Baytelman,
concibiendo a los jóvenes como inherentemente rebeldes, recomendaba canalizar el
descontento generacional hacia una conciencia de clase: “Las masas campesinas son

661
Roberto Rojas, La Troya, 7 de septiembre, 1997; Luis Alberto Reinoso, La Troya, 7 de septiembre, 1997;
Miguel Gutiérrez, Calle Medio, 7 de septiembre, 1997; Sebastián Tapia, Calle Medio, 7 de septiembre,
1997; Carlos Órdenes, historias orales.
662
Ibid.
663
“La Política agraria del gobierno de la UP”, Discurso del compañero presidente Salvador Allende,
1972; “La Gran pelea entre lo nuevo y lo viejo”, folleto de CORA, 1971.
664
La Nación, 7 de mayo, 1971; 23 de enero, 1972: 2; 30 de enero, 1972: 4; 30 de abril, 1972: 23; 25 de
julio, 1972: 4; 14 de marzo,1973; El Trabajo, 22 de agosto, 1973: 1.
665
Farrell (1986).

246
los auténticos motores y actores de la Reforma Agraria… si no logramos una real y
positiva participación [de la juventud] en el proceso, corremos el riesgo de que ellos
actúen por su cuenta”666.
Los centros juveniles rurales y los proyectos de educación estaban destinados
a politizar y movilizar a los jóvenes campesinos, cuyo estatus de no-asalariados o
temporeros los dejaba fuera de las actividades sindicales tradicionales. En 1972, el
INDAP comenzó a trabajar con los líderes de la UOC y Ranquil para crear programas
de teatro y folclore destinados específicamente a jóvenes campesinos con el propósito
de cambiar “los valores y la cultura… [para] que solidificaran los cambios [políticos]
que está realizando la UP”667. Los programas para la juventud también estuvieron
destinados a establecer vínculos con organizaciones juveniles urbanas y permitir
que los jóvenes del campo tuvieran acceso a las oportunidades educacionales y de
entretención disponibles, en esos momentos, solo en las ciudades. Bajo el gobierno
de Allende, el número de estudiantes universitarios que hacía trabajos voluntarios
en el campo aumentó rápidamente. Estos jóvenes jugaron un papel fundamental
en los proyectos de la Reforma Agraria y en las luchas laborales. Las estudiantes
alfabetizaban, realizaban talleres sobre nutrición en los CEMA locales y hacían lienzos
y pancartas para las huelgas. Los estudiantes cavaban canales de irrigación, explicaban
las normas del procedimiento parlamentario en las reuniones sindicales y se unían a
los campesinos durante las ocupaciones de terrenos.
Todo esto expuso a los jóvenes, muchachos y muchachas, a una cultura
juvenil emergente que celebraba políticas específicas para su generación y una
heterosexualidad independiente de la vida familiar y del control de los adultos. Dadas
las responsabilidades de las jóvenes en el hogar y la tendencia de los padres campesinos
a restringir la vida social de sus hijas, es dudoso que hayan participado a la par que
los muchachos en las ramas juveniles de los partidos políticos y en los centros sociales.
Sin embargo, ya que las actividades políticas para los jóvenes estaban centradas en
las escuelas y centros de formación profesional y dado que ambos eran mixtos, las
organizaciones juveniles tenían muchos más miembros femeninos activos que los
sindicatos o partidos políticos. Las jóvenes recibían el mensaje de que ellas podían
adquirir conocimiento técnico sobre la producción de frutas y maquinaria agrícola, y
no solo sobre labores domésticas. También que la creación de una conciencia juvenil
autónoma involucraba necesariamente que ellas pasaran más tiempo en compañía de
sus pares (incluyendo a muchachos), lejos de la mirada paterna. Las escuelas agrícolas y
centros juveniles vecinales solían auspiciar bailes para jóvenes en que los tradicionales
ritmos campesinos de la cueca y la ranchera fueron desplazados por música internacional

666
La Nación, 1 de octubre, 1971: 4.
667
La Nación, 25 de julio, 1972: 4.

247
de Los Beatles y Jimmy Hendrix y por la nueva canción de músicos chilenos de rock
y folclore, como Violeta Parra, Víctor Jara y Los Jaivas668. A comienzos de 1970, las
unidades de producción de la Reforma Agraria y las organizaciones comunitarias fueron
adquiriendo cada vez más televisores. En ellos se mostraba imágenes de hombres
jóvenes de pelo largo y mujeres jóvenes en mini faldas, fragmentos de conciertos de
música popular en los estadios de Santiago, y debates sobre las actividades e intrigas
políticas de los gobiernos estudiantiles de las universidades.
Los jóvenes del campo seguían las tendencias de sus contrapartes citadinos. En 1971,
una encuesta del IER aplicada a 1.200 jóvenes rurales en Chile Central, encontró que
el 70 por ciento escuchaba programas de radio urbanos o veía regularmente televisión
y tenían un “gran interés por acceder a cultura e información”, especialmente noticias
de la política nacional y música popular669. La habilidad de los jóvenes campesinos
de consumir cultura urbana, a través de la compra de una radio o una revista, o de
participar en nuevas formas de sociabilidad, como bailes u ocasionalmente películas,
fue favorecida por el incremento de las oportunidades de empleo y el aumento de los
salarios, que otorgó más dinero para gastar a los muchachos (varones) y una mínima
cantidad a las jóvenes. La tendencia explícitamente heterosexual de la cultura juvenil
urbana se evidenció con la presencia de los estudiantes universitarios voluntarios,
quienes eran hospedados en los fundos y asentamientos durante su trabajo solidario.
Las brigadas juveniles eran mixtas, y era común ver a muchachos y muchachas
voluntarias reunirse alrededor de una fogata para discutir las estrategias políticas
y compartir un vino hecho en casa. Circulaban rumores de que ellos compartían las
mismas carpas para dormir670.
La celebración de la heterosexualidad juvenil ratificaba, al mismo tiempo, una
expresión de la sexualidad femenina y la concepción del cuerpo femenino como objeto
del deseo del hombre. La popular revista de historietas de izquierda Firme, ampliamente
leída por las audiencias juveniles, mostraba a hombres siendo “politizados” por jóvenes
mujeres activistas con enormes pechos remarcados por apretados sweaters671. Ramona,
una revista publicada por el gobierno, destinada explícitamente a mujeres jóvenes,
equiparaba artículos sobre la elección de “la profesión de tus sueños” con columnas
de belleza que aconsejaban cómo atrapar “al hombre de tus sueños”. En una edición
en que se celebraba 1972 como “el año de la mujer”, se incluía artículos que elogiaban
el éxito de la UP en llevar a las mujeres a posiciones de liderazgo, bajo una imagen

668
El Trabajo, 16 de abril, 1971; 15 de junio, 1971; 14 de julio, 1971; 14 junio, 1972; La Aurora, 11 de
marzo, 1971; 15 de mayo, 1971; 6 de junio, 1973.
669
IER, Memoria IER, 1970-1971, 24, INPRU.
670
Historias orales, incluyen a Carlos Órdenes, Miguel Acevedo y Lucilia Flores.
671
Chaney en Jaquette (1974): 271.

248
que exhibía a una joven desnuda envuelta con la bandera chilena672. Tal imaginario
expresaba la ansiedad masculina por el poder femenino de seducir (y rechazar) a los
hombres y la neutralización de esa amenaza al erotizar a las mujeres como el espacio
natural del instinto sexual masculino colectivo. Las contribuciones de las mujeres
representaban el cumplimiento de la nación socialista, mientras que el cuerpo femenino
como nación representaba a los hombres heterosexuales como machos-ciudadanos
incitados a mirar y actuar.
Pero si bien las revistas juveniles eran sexistas, la celebración de la heterosexualidad
en los nuevos programas para jóvenes y las formas más amplias que adoptó la emergente
cultura juvenil, marcaron una expansión, y no una restricción, en las vidas de las
mujeres jóvenes. En contraste al humor misógino de la prensa obrera que ayudaba a
justificar la exclusión de las mujeres de los sindicatos, el énfasis heterosexual de las
organizaciones juveniles ponía énfasis en la inclusión de las mujeres en los proyectos
de cambio social. Si el privilegio y la autoridad de los hombres jóvenes sobre las
mujeres eran afirmados sexualmente, nunca se representó a las jóvenes como simples
peones de las acciones heroicas masculinas. A ellas se les llamó a que se politizaran y
lograran una formación y trabajos destinados a contribuir al socialismo, en lugar de
hacerlo para una familia u hombre en particular. Si bien la maternidad permaneció
como uno de sus principales roles como mujeres adultas, su estatus como “jóvenes”
las eximió de este llamado. En una cultura joven que promovía la autonomía de los
adultos, la positiva evaluación de la interacción heterosexual también apuntaba a una
mayor independencia de las mujeres jóvenes de la custodia de sus padres en su trato
sexual y social con los hombres.

Mujeres, producción y Centros de Reforma Agraria


La demanda de una mayor incorporación de las mujeres a la fuerza laboral,
constituyó el último gran paso de la UP en su apertura hacia la población femenina.
Como reflejo de la convicción de la Izquierda de una relación causal entre trabajo
asalariado y radicalismo político, la UP planteaba que las mujeres adquirirían más
rápidamente una conciencia de clase al involucrarse en la producción. Además, la
UP argumentaba que el trabajo asalariado de las mujeres realzaría los esfuerzos
para promover la igualdad y la ciudadanía femenina. Como trabajadoras, las mujeres
participarían a la par con los hombres en las organizaciones políticas y laborales, y
harían contribuciones cruciales a la productividad nacional. Este pensamiento era
compartido con el enfoque de los experimentos socialistas en la URSS, China y Cuba,
en donde la emancipación de las mujeres era vista como resultado de la socialización
672
Ramona, Nº 22, 28 de marzo, 1972, citado por Chaney, en Jaquette (1974): 271.

249
de las relaciones de producción. Las mujeres estaban siendo liberadas para trabajar
por el bien nacional. Hacia fines de 1971, la productividad nacional se volvió una
preocupación especial para la UP, por los efectos del boicot liderado por Estados Unidos
combinado con el sabotaje de los empleadores y las propias deficiencias del gobierno,
que deprimieron la producción industrial y agrícola673. Haciendo un llamado a todos los
chilenos a unirse a “la batalla por la producción”, la UP definió como una necesidad
patriótica el trabajo de las mujeres para que Chile continuara avanzando hacia la
modernización y la justicia social. Como se advertía en un panfleto de capacitación de la
UP, “el país será incapaz de emerger del subdesarrollo e incapaz de lograr el socialismo
hasta que las mujeres sean incorporadas a las actividades productivas”674.
El llamado a las mujeres para que se unieran a la batalla por la producción,
generó un gran debate sobre los roles femeninos en los círculos de la UP. Grupos
minoritarios de hombres y mujeres dentro de la CUT, los partidos políticos de la UP
e instituciones gubernamentales, ofrecieron perspectivas explícitamente feministas,
como el argumento de que la exitosa integración de las mujeres a la fuerza laboral
era una condición para la revolución del rol de género en la familia. El líder socialista
Arpad Pullai saludaba el término de “la ideología masculina del hombre proveedor”, a
la que él culpaba de impedir los “avances para la igualdad de las mujeres”. Contrastaba
las “posibilidades del autodesarrollo” ofrecidas por la UP con la reducida visión
del capitalismo donde las mujeres solo tienen una “función reproductiva”675. En las
páginas de El Siglo, Virginia Vidal, parafraseando el argumento de Friedrich Engels
de que el trabajo productivo de las mujeres debilitaba la dependencia femenina
de los hombres, hacía un especial llamado para socializar los quehaceres del hogar
con el fin de que las mujeres pudieran ser liberadas de la “esclavitud” del trabajo
doméstico no pago676. Las líderes sindicales reconocían y condenaban el vínculo entre
trabajo doméstico y subordinación de las mujeres como la razón principal de la baja
asistencia de las mujeres a las reuniones sindicales677. Un artículo de 1972 en La
Última Hora, culpaba a los “tediosos quehaceres” de las dueñas de casa en el hogar
por frustrar el desarrollo humano de las mujeres y condenaba el trabajo doméstico no
pagado como una explotación hipermaterialista678. El ministro de Justicia Jorge Tapia
calificó la relegación de las mujeres a las rutinas domésticas como de una “mentalidad
semicolonial”, inapropiada para un país que pretendía estar entre los más desarrollados
673
Kay (1978).
674
La Nación, 26 de abril, 1973: 9.
675
El Siglo, 8 de marzo, 1972: 7.
676
El Siglo, 11 de marzo, 1972: 2.
677
La Nación, 20 de abril, 1971: 9; 4 de noviembre, 1972: 31; La Última Hora, 6 de octubre, 1972: 15; El
Siglo, 29 de marzo, 1972.
678
La Última Hora, 6 de octubre, 1972: 15.

250
del continente679. Vania Bambirra, teórica marxista, advertía que la naturaleza privada
del trabajo doméstico al combinarse con la responsabilidad exclusiva de las mujeres
por el mismo, impedía la solidaridad femenina entre clases. Para ella, esto hacía que
las oportunidades de las mujeres profesionales fueran dependientes de la explotación
de las mujeres pobres como sirvientas domésticas680. Las críticas feministas del trabajo
doméstico insistieron especialmente en que las mujeres debían dejar de ser las únicas
responsables de los hijos. Aunque para la mayoría, los jardines infantiles estatales
habían sido una solución, Virginia Vidal argumentaba que eran insuficientes y que la
verdadera emancipación de las mujeres dependía de que los hombres compartieran
por igual las muchas responsabilidades que conlleva la crianza de los niños y que caen
fuera de la esfera institucional681.
A pesar de la repetida insistencia feminista de reorganizar el hogar, la mayoría
de los esfuerzos de la UP para promover el empleo de las mujeres no emplazó a los
hombres a realizar trabajos domésticos y cuidar a los niños. Por el contrario, la coalición
reconfirmó el tradicional aspecto sagrado de la maternidad y los deberes de dueña de
casa, como respuesta a las acusaciones de la Derecha de que el trabajo de las mujeres
fuera del hogar era una amenaza para la familia. Esta postura implicaba una doble
estrategia, alabar las capacidades de las mujeres trabajadoras e insistir en que éstas
eran primero y ante todo madres y dueñas de casa, con facultades únicas de amor
y ternura682. En 1972, un artículo en La Nación sobre las obreras textiles, expresaba
claramente esta lógica. Celebrando la “conquista del lugar de trabajo” y la capacidad
de trabajar “lado a lado con los hombres”, reservaba una especial alabanza para el
hecho de que las mujeres “habían llegado a ser líderes sin abandonar ni el hogar ni
a los niños”683.
Sin embargo, la UP enfatizó una y otra vez los temas de la igualdad de las mujeres,
relacionándolos con la expansión de las oportunidades de trabajo. La doble celebración
de la labor productiva de las mujeres y de los roles familiares existentes, exigía que
éstas trabajaran el doble; pero a la vez ampliaba significativamente la visualización de
las capacidades sociales de las mujeres. Fotografías que mostraban a mujeres con cascos
y conduciendo camiones –comunes en diarios como El Siglo y Punto Final e incluso en
La Nación– provocadoramente celebraban la nueva mano de obra femenina, capaz de

679
El Trabajo, 10 de julio, 1972.
680
Punto Final, 22 de junio, 1971: 6.
681
Vidal (1972): 18.
682
Unidad Popular, La Mujer en el gobierno de la Unidad Popular. Santiago: Editorial Quimantú, 1970;
Puz (1971); El Siglo, 13 de febrero, 1972; 11 de marzo, 1972; 10 de diciembre, 1972; La Nación, 20 de
abril, 1971: 9; 21 de noviembre, 1972: 31, 9 de septiembre, 1972, suplemento; La Última Hora, 6 de
octubre, 1972: 15.
683
La Nación, 6 de septiembre, 1972: 13.

251
realizar trabajos masculinos. El hecho de que el empleo femenino en la construcción y
en el transporte siguiera siendo casi inexistente, no disminuyó el poder de la imagen.
El énfasis de la UP en las mujeres como trabajadoras las definió como centrales en el
proceso de transformación nacional. Sin embargo, por ingenua y teleológica que haya
sido la creencia de muchos líderes de la UP de la relación entre trabajo asalariado e
igualdad, la emancipación femenina fue proclamada un objetivo nacional684. Si bien
no se les pidió a los hombres que hicieran más trabajo doméstico, sí se les incitaba a
admirar el trabajo productivo de las mujeres y se hacía mofa de su exagerada creencia
en la superioridad masculina. Elogiando la igualdad de las mujeres como un signo de
la modernidad de Chile, así como un triunfo de sus propios sacrificios, el presidente
de la Confederación de la Producción y el Comercio, Jorge Fontaine, sugería que las
responsabilidades familiares de éstas las habían hecho mejores trabajadoras y mejores
líderes que los hombres.
Es simplemente lógico la plena igualdad de las mujeres con los hombres, ahora que ellas
han demostrado su capacidad y sentido de responsabilidad no solamente en el hogar, sino
en todo trabajo que ellas hacen en el campo… Por siglos se ha considerado legítimo que las
mujeres estuvieran relegadas en la casa, [pero] la vida moderna ha demostrado que esto es
absurdo… Creo que cuando las mujeres están a cargo, las cosas van mejor. Las mujeres tienen
gran intuición y sentido de responsabilidad. Por mucho tiempo ha existido un machismo en
América Latina que pretende que los hombres son superiores a las mujeres, aún cuando
[veamos que] las mujeres superan a los hombres en [el desempeño de] la mayoría de las
tareas - industrial, agrícola, profesional685.
El esfuerzo para incorporar a las mujeres en los procesos productivos tomó diversas
formas. Se expandieron los jardines infantiles; de hecho, los planes para la Escuela
Nacional Unificada incluían la propuesta de hacer de los programas de infantes y
párvulos un aspecto permanente del sistema escolar chileno686. Se introdujo una
legislación que extendía la licencia maternal a cinco meses para incentivar que las
mujeres volvieran a la fuerza laboral después del parto. La Secretaría Nacional de
la Mujer de la UP coordinó la capacitación profesional y vocacional femenina en
medicina, leyes, odontología, procesamiento de alimentos y manufactura de vestuario687.
El programa del Servicio Social Obligatorio preparó a adolescentes y mujeres jóvenes
en carreras como maestras, enfermeras y trabajadoras sociales688. Se introdujo leyes
para regular el servicio doméstico, la mayor fuente de empleo pagado para las mujeres,
protegiendo el derecho de ocho horas de trabajo, pago de sobretiempo, vacaciones y

684
La Nación, 2 de febrero, 1973: 12.
685
El Siglo, 29 de marzo, 1972.
686
Fischer (1979).
687
La Nación, 2 de febrero, 1973: 12.
688
El Trabajo, 10 de julio, 1972.

252
compensación por despido injustificado. Hacia 1972, casi el 30 por ciento del total de
las mujeres trabajaba en la fuerza laboral formal y casi el 25 por ciento de la mano
de obra industrial era femenina689.
En el área campesina, la UP continuó los proyectos que había comenzado la
Democracia Cristiana para expandir la capacidad de generar ingresos de las mujeres
dentro del hogar. El INDAP creó nuevos créditos disponibles para los CEMA campesinos
para comercializar tejidos y productos en conserva hechos en casa, aves y conejos690.
Los CEMA situados cerca de los pueblos obtuvieron financiamiento para establecer
pequeños restaurantes conocidos como cocinas populares691. Pero la UP también puso
énfasis en la importancia del trabajo de las mujeres en la producción a gran escala,
tanto en el sector de la Reforma como en los fundos privados. Fotos de trabajadoras
cosechando uvas y duraznos adornaban las cubiertas de publicaciones del INDAP y la
CORA, testificando la participación de las mujeres en la agroindustria moderna. Los
diarios solían escribir relatos sobre “el nuevo interés” de las mujeres campesinas en
tractores, riego y administración agrícola, ubicándolas en el centro de la producción
“real” (por ejemplo, como trabajadoras asalariadas en el sector comercial a gran
escala)692. Y, en efecto, en áreas como el Valle del Aconcagua, la participación de las
mujeres en la fuerza laboral agrícola pagada durante la Reforma Agraria se triplicó.
Aunque éstos fuesen trabajaos exclusivamente temporales, evidenciaban el éxito de la
Reforma Agraria en la expansión del empleo agrícola para las mujeres campesinas.
El signo del impulso de la UP para integrar a las mujeres campesinas a la producción
estuvo su intento de reemplazar el asentamiento por una nueva unidad de producción,
conocida como Centro de Reforma Agraria, o CERA. El gobierno diseñó estos Centros
explícitamente para incluir a mujeres, jóvenes y temporeros como miembros plenos.
Como lo explicaba Jacques Chonchol, uno de sus más leales defensores, quien fuera
ministro de Agricultura entre 1971 y 1972, los CERA se concibieron como instituciones
de transición para la construcción del socialismo y organismos correctivos de los
problemas creados por los asentamientos693. A través de los CERA se intentaba
aumentar la producción incorporando a la fuerza laboral a familias completas, y
promover la identificación con formas más comunitarias de propiedad al reducir
la cantidad de tierra usada por familias individuales. Más importante aún, fueron
ideados para fomentar la solidaridad de clase, en contraste al privilegio selectivo de
los asentamientos que eran otorgados solo a unos pocos. Las nuevas unidades creadas

689
Adriana Muñoz, “Fuerza de trabajo femenina: Evolución y tendencias” en Mundo de Mujer, 209.
690
“Memoria del Departamento de Educación y Economía del Hogar”, INDAP, 1972: 1.
691
Rosa Saá, historia oral.
692
La Nación, 9 de octubre, 1972: 4; El Siglo, 6 de abril, 1973: 8; La Última Hora, 6 de noviembre, 1972.
693
Loveman (1976): 291-298.

253
eran distribuidas bajo el requisito de que los miembros fueran jefes de hogar con una
significativa experiencia agrícola previa, extendiendo los mismos derechos a todos
los residentes, sin importar su estado marital, ocupación o generación. El derecho a
voto de sus miembros estaba abierto a todos los trabajadores, incluyendo afuerinos
y temporeros, así como a todas las mujeres y jóvenes mayores de 16 años, estuvieran
formalmente empleados o no.
La UP aclamó la inclusión de mujeres en los CERA como un logro sin precedentes.
La publicación del INDAP, Poder Campesino, señalaba efusivamente que, “Por primera
vez en la historia de Chile las mujeres tienen el derecho de participar con voz y voto en
el liderazgo de las organizaciones campesinas, con los mismos derechos y obligaciones
[que los hombres]… ahora es completamente posible que incluso una mujer pueda
ser elegida como presidenta de toda la asamblea general del CERA”694. El panfleto
advertía que las mujeres eran incluidas como trabajadoras y como dueñas de casa.
La asamblea general del CERA, así como los comités de vigilancia y bienestar social,
estaban abiertos a “los trabajadores de ambos sexos” y a los “compañeros cónyuges
legítimos y familiares de los trabajadores del CERA”, que no eran trabajadores. El
resto del cuerpo administrativo, el comité de producción, estaba abierto a todos los
trabajadores, “hombres o mujeres”695. El esperanzador pronóstico del INDAP de que
las mujeres fuesen presidentas de los CERA, era ya un hecho. En 1971, en la sureña
comuna de Molina, fue elegida presidenta del CERA “Fidel Castro”, María Contreras,
madre de seis niños. Contreras tuvo gran publicidad, apareciendo frecuentemente en
artículos de la prensa obrera y diarios nacionales, recibiendo a Fidel Castro durante
su visita oficial a Chile en 1971, y la visita de la primera mujer que llegó al espacio,
la astronauta rusa Valentina Tereshkova, en 1972696.
Pero, a pesar de sus intenciones, la mayoría de los CERA fracasó en generar
más empleo para las mujeres y en elevar los niveles de participación femenina en
la administración. Mientras que a las trabajadoras de los CERA se les garantizaba
una nueva voz en materias de producción, no había políticas para contratar más
mujeres. Aunque el empleo agrícola femenino se incrementó, no fueron los CERA
donde las mujeres encontraron trabajo. Dado que el Plan Nacional de Producción
de Fruta de la CORFO no fue lanzado formalmente sino hasta 1968, es probable
que la mayoría de las mujeres que encontró trabajo recogiendo y procesando frutas
durante la Reforma Agraria, haya entrado a la fuerza laboral después de la elección
de Allende. Sin embargo, incluso durante la UP, la producción de frutas y vegetales
estuvo básicamente concentrada en fundos privados de tamaño medio. Si bien los

694
“PODER CAMPESINO: El Campesino en el Centro de Reforma Agraria”, INDAP, julio, 1972: 5.
695
Ibid.: 6.
696
La Nación, 12 de diciembre, 1971: 3; El Siglo, 29 de marzo, 1972.

254
cambios en el sector privado fueron resultado directo de la iniciativa auspiciada
por el Estado –de lo que tanto la UP como los democratacristianos podían reclamar
reconocimiento– ello no mitigó la realidad de que la mayoría de las mujeres campesinas
encontraron, durante el proceso de vía al socialismo, nuevas oportunidades de trabajo
en los fundos privados.
La gran mayoría de las mujeres que lograron pertenecer a los CERA lo hicieron
en su calidad de esposas e hijas de trabajadores varones. Aunque esta categoría les
permitía votar en las reuniones generales de la asamblea, Patricia Garrett encontró
que menos de un cinco por ciento de las mujeres que vivía en un CERA votaba y que
la mayoría no se consideraba a sí misma como miembros genuinos697. En general los
CERA orientaban a las mujeres hacia el comité de bienestar social que supervisaba
los temas de vivienda, educación, distribución de alimentos y cultura. Pese a la
declaración del INDAP de que los comités de bienestar social ofrecían oportunidades
sin precedentes a las mujeres, sus responsabilidades se asemejaban mucho a las de
los CEMA, aunque con una importante distinción: a diferencia de los Centros de
Madres, los comités de bienestar social estaban administrativamente subordinados a
la asamblea general formada prácticamente solo por hombres698. Más aún, debido a
que los CERA delegaban poca responsabilidad en los comités de bienestar social, la
mayoría funcionaba solo irregularmente699.
La resistencia masculina a la participación de las mujeres en los CERA jugó un rol
fundamental en la marginalización de las mujeres al interior de la institución insignia
de la UP, para construir una agricultura socialista. En sus entrevistas, Patricia Garrett
encontró que más del 90 por ciento de los maridos desalentaba la participación de
sus esposas en cualquier área administrativa del sector de la Reforma y una de las
críticas más frecuentes de los campesinos a los CERA fue la incorporación formal de
las mujeres700. Del puñado de CERA creados en el Valle del Aconcagua, se dice que las
mujeres de las comunas de Panquehue y Rinconada asistían a las reuniones generales
de la asamblea, pero ningún CERA parece haber permitido la participación del voto
de mujeres que no recibieran salarios701. Víctor Acevedo, miembro de un CERA en la
comuna de Los Andes recordaba en una historia oral que los hombres encontraban
inapropiada la participación de las mujeres y que ellos resentían los esfuerzos por
cambiar el statu quo:

697
Garrett (1978).
698
“El Centro de la Reforma Agraria”, INDAP, noviembre, 1971: 2.
699
Garrett (1978).
700
Ibid.
701
Varias historias orales, incluyen a María Trujillo, Raúl Fuentes, Miguel Merino y Víctor Acevedo.

255
Bueno, una mujer podía ir a la asamblea para ser informada, para apoyar a su marido, pero
no para hacer decisiones acerca del CERA. No… esa era la responsabilidad del hombre y
las mujeres estaban felices de dejar que sus maridos votaran por ellas… Las mujeres no
querían trabajar más, ellas tenían bastante que hacer en la casa, se sacrificaban mucho en
la casa… Mire, usted no puede así no más dejar que las mujeres tomen decisiones sobre
el trabajo de los hombres… los hombres no llevan la casa, y las mujeres no deben meterse
en cosas de los hombres702.
No está claro si las mujeres estaban “felices” de que sus maridos votaran por ellas,
pero al parecer no reclamaban por su propia voz. En las historias orales, la mayoría de
las mujeres recordaban que si bien ellas estaban interesadas en las reuniones de las
asambleas generales, no tenían tiempo para asistir703. Otras afirmaban que no estaban
particularmente interesadas, considerando que los CERA eran un asunto de hombres704.
Como en el caso de los asentamientos, la mayoría de las mujeres casadas consideraba
que los CERA las beneficiaban al otorgar mayor poder económico a los hombres de
la familia, y no como una institución que expandía las oportunidades económicas y
políticas de ellas mismas. El promedio de los ingresos reales de los hogares rurales
más que se duplicó entre 1970 y 1973, siendo innecesaria la pesada carga de trabajo
adicional al doméstico para las mujeres casadas705. La observación de Víctor Acevedo
sobre que las mujeres trabajaban tan duramente en sus casas que les dejaba poco
tiempo para los comités del CERA, era correcta. Mientras que la legislación laboral
de la Reforma Agraria limitaba la jornada de trabajo de los hombres a ocho horas y
les compensaba financieramente los días perdidos por asistir a reuniones políticas,
a las mujeres no se les otorgó compensación alguna de esa naturaleza por sus tareas
domésticas. El lavado, el cuidado de los niños, la preparación de comidas, el acarreo
de agua y la jardinería, continuaban demandando la atención diaria de las mujeres
de doce horas en promedio. Dado el fracaso de la UP en responder a los llamados
feministas de sus propias filas para socializar o dividir las responsabilidades domésticas,
la posibilidad de las mujeres de participar plenamente en las unidades de la Reforma
Agraria fue muy restringida.
Pero si las divisiones de trabajo de género limitaron la participación femenina,
fue el sentimiento de los hombres de que la presencia de las mujeres amenazaba el
privilegio masculino lo que consolidó su exclusión. La indignación de Víctor Acevedo
de que las mujeres pudieran “dirigir los asuntos de los hombres” recalca el miedo
masculino de que los CERA pondrían a las mujeres en una paridad e incluso autoridad

702
Víctor Acevedo, historia oral.
703
Varias historias orales, incluyen a Angélica Tejedo, Santa María, 24 de enero, 1993; y Silvia Ahumada,
Panquehue, 26 de abril, 1993.
704
Patricia Carreras y Nancy Silva, historias orales.
705
Estadísticas Laborales. Santiago: INE, 1976: 41.

256
sobre los hombres al interior del mundo masculino del trabajo. Esto pondría en
peligro las bases de la jefatura masculina del hogar, incluyendo los vínculos entre
dominio sexual de los maridos sobre sus esposas, rol proveedor del jefe de hogar y
labor doméstica femenina en nombre de los varones. Además sugería que la Reforma
Agraria de la UP estaría retrocediendo en su compromiso de entregar poder al hombre
campesino al reconstituir la autoridad masculina.
Era común que las preocupaciones de los campesinos encontraran oído en los
funcionarios de gobierno responsables en la implementación de los CERA. Si bien
la incorporación de las mujeres rurales a la producción y la administración fue una
meta oficial de la UP promovida con gran entusiasmo por líderes nacionales como el
ministro de Agricultura Chonchol, la ministra del Trabajo Mireya Baltra y numerosas
feministas, los hombres de clase media y profesionales, que constituían el personal
de las agencias de la Reforma Agraria, muchas veces compartían las sensibilidades
de los campesinos respecto de la conveniencia de que fuesen los hombres quienes
proveyeran a sus esposas y sobre los peligros de las actividades extradomésticas de
las mujeres. Eduardo Placencio, director de Desarrollo Campesino de la CORA, al
explicar la resistencia de los campesinos a la participación de las mujeres en los CERA,
ponía énfasis en la preocupación general de los hombres en mantener la fidelidad
femenina, sugiriendo que ésta era una reacción natural, ante la cual las agencias del
Estado podían hacer muy poco:
Los hombres temen por su seguridad. Lo que un hombre no puede soportar es [la posibilidad]
que su mujer traiga a casa más dinero que él, que ella podría descuidar a los hijos, [y] que
podría relacionarse con otros hombres… por lo que el campesino se opone a que su mujer
trabaje [en el CERA] porque él considera un deber fundamental de la mujer la crianza de
sus hijos, que lave sus ropas y le prepare su comida706.
Otros funcionarios de la CORA expresaban de manera similar la idea de que
expandir las oportunidades de trabajo pagado para las mujeres suponía una amenaza
sexual específica para los hombres campesinos. El sociólogo y subdirector de la CORA,
Héctor Reyes, aconsejaba a las mujeres tratar de entender por qué los hombres
se sentían acosados y culpaban a la liberación femenina de generar inmoralidad.
Infiriendo la existencia de vastas conexiones entre trabajo asalariado femenino e
infidelidad sexual, Reyes equiparaba esta última a la prostitución, condenándola
como una actividad mucho más peligrosa que las supuestas aventuras no comerciales
de los hombres:
Las mujeres deberían entender que cualquier plan que implique la liberación femenina es
visto, a nivel emocional, como un ataque contra los hombres… [Y] las mujeres han cometido

706
Entrevista con Eduardo Placencio, gerente de Desarrollo Campesino de CORA, 1972; citado en Vidal
(1972): 65 y 67.

257
muchos errores. Uno solo tiene que ver las revistas femeninas para ver el problema de la
liberación de las mujeres. Usted ve claramente el problema de la lascivia [sexual]. Eso hace
que los hombres teman por su seguridad. El que la mayoría de los hombres tengan relaciones
extramaritales no es un problema social de la misma manera que lo es la prostitución. De este
modo, el único lugar donde [la mujer] podría realmente desafiar a los hombres es a través
de su incorporación a la fuerza de trabajo –cuando ella pueda volver a la casa con dinero
en su mano, siempre teniendo cuidado que ella no descuide a los niños o tenga relaciones
con otros hombres. Esto es válido y satisfactorio para la mayoría de los hombres707.
La asociación que hacía Reyes del trabajo asalariado femenino con la prostitución
tiene una raíz casi centenaria, en la que la ansiedad que generaban las mujeres que
dejaban la supuesta seguridad de sus hogares para desempeñar un trabajo corporal
por dinero (distinto al servicio doméstico en el hogar de otros) era deplorada tanto por
sindicatos, izquierdistas y reformadores católicos, como una mancha en la familia y un
símbolo de la impotencia masculina de la clase trabajadora708. Aunque Reyes respaldaba
la incorporación de las mujeres a la producción bajo ciertas circunstancias, imponía una
pesada carga sobre ellas para asegurarse de que los hombres la aceptaran. Los maridos
se sentirían “seguros” solo si las esposas trabajadoras continuaran desempeñando los
quehaceres domésticos según los estándares previos, ganaran menos dinero que sus
esposos y rehuyeran la atención de otros hombres. Su afirmación de que la infidelidad
sexual de los hombres no merecía la misma preocupación que los peligros sexuales del
trabajo de las mujeres, implicaba además, que las esposas trabajadoras tendrían que
seguir tolerando los engaños de sus maridos. Lejos de las declaraciones de Virginia
Vidal y otros, de que la UP liberaría a las mujeres de la monotonía de las labores
doméstica y de la subordinación sexual, Reyes llamaba a que las mujeres fueran
incorporadas a la producción con el menor cambio posible en las relaciones de género,
manteniendo el privilegio sexual masculino.
La resistencia de los campesinos a la participación de las mujeres en los CERA y la
postura patriarcal de muchos funcionarios del gobierno, se traslaparon hasta detener
cualquier avance que la estructura formal de los CERA hubiese podido generar
para el progreso económico y político de las mujeres en el marco del compromiso
general de la UP. Según las historias orales, los funcionarios locales de la CORA no
presionaron a los hombres para llevar a sus esposas a las reuniones generales de las
asambleas, así como tampoco incentivaron a las mujeres a unirse a los comités de
bienestar social que tenían una orientación más femenina709. Además, fue frecuente

707
El Siglo, 29 de marzo, 1972.
708
Elizabeth Quay Hutchison, “El Fruto Envenenado del Árbol Capitalista: Women Workers and the
Prostitution of Labor in Urban Chile, 1896-1925”, Journal of Women’s History, 9:4, invierno, 1998:
131-152.
709
Historias orales, incluyen a Jorge Tejedo, Raúl Fuentes y Armando Gómez.

258
que funcionarios de gobierno advirtieran a sus superiores que la inclusión de mujeres
a los CERA arriesgaba el apoyo masculino a la Reforma Agraria de la UP, debilitando
incluso a aquellos políticos que apoyaban la estructura de los CERA para presionar
por la inclusión de las mujeres. Al respecto, Juan Carrera, funcionario provincial de
la CORA en Santiago, explicaba que las metas para las mujeres rurales debieron ser
abandonadas porque los hombres, no las mujeres, eran centrales en la misión de la
Reforma Agraria y la UP estaba ansiosa por mantener la lealtad de los hombres de
la clase trabajadora:
Los campesinos [hombres] no estaban listos para que las mujeres compartieran el escenario.
Esto violaba su machismo. [La CORA] tenía muy poca capacidad para cambiar esas actitudes
personales y ya estaba teniendo suficientes problemas para lograr que los campesinos
[hombres] cooperaran, por lo tanto, el incorporar a las mujeres en los CERA, francamente
se volvió una prioridad secundaria710.
La ecuación “machismo” y “actitudes personales”, subyacente más allá de
la autoridad del gobierno, desmentía hasta qué punto funcionarios de la CORA
como Carrera compartían con el campesino la conveniencia de la autoridad de los
hombres sobre las mujeres. La Reforma Agraria se alarmó con las difíciles tareas
de la transformación cultural. Cambiar la actitud del campesino hacia la propiedad
privada, la autoridad del empleador y el poder del Estado, era el centro de su misión
radicalmente transformadora de la sociedad. La CORA se cruzó de manos ante la
imposibilidad de modificar las actitudes hacia las mujeres, ya que eran compartidas
por hombres de todas las clases sociales. Estas actitudes eran la base de la identidad
e integridad masculina en la que muchos funcionarios de la CORA se reconocían a
sí mismos y entendían que cualquier equiparación en la participación de hombres y
mujeres en la Reforma Agraria, podía terminar violándolas. La insistencia de que el
machismo era un rasgo personal que yacía fuera del terreno de la lucha política, no
solo reflejaba la presunción de que la autoridad de los hombres sobre las mujeres
era natural, sino que eximía al género y a la sexualidad de la lista de relaciones e
ideas que requerían una revisión radical. Esto significó un reconocimiento, desde
dentro de las filas de la UP, de que si se cumplían algunas de sus políticas y metas,
produciría profundos cambios en las relaciones entre hombres y mujeres. Y el proyecto
se rechazó.
Este rechazo fue más bien un ejemplo de la heterogeneidad de las posiciones
sobre las mujeres al interior de la UP, que una decisión común para sacrificar las
necesidades de éstas. La exclusión de las mujeres de los CERA fue el resultado de las
luchas al interior de la UP entre visiones rivales sobre la centralidad o marginalidad
de las mujeres en la creación del socialismo y sobre el significado de éste para las

710
Juan Carrera, entrevista, SAG, Santiago, 3 de mayo, 1992.

259
relaciones entre hombres y mujeres. Esto no significa que otras propuestas y debates
sobre igualdad de género hayan sido poco sinceras o se haya abandonado, sino que, en
el caso de los CERA, fue una visión particular la que ganó. Posiciones alternativas sobre
la emancipación de la mujer y su relación de igualdad en el trabajo, en la política y en
el hogar, permanecieron en las políticas y debates de la UP. Ellas generaron puntos de
fricción en áreas en que la autoridad de los hombres fue preservada y reconstituida.
Sin embargo, el éxito de los hombres campesinos y de los funcionarios de la Reforma
Agraria para desincentivar los intentos de hacer que la Reforma Agraria fuera más
inclusiva en género, tuvo una significación importante. En la práctica, los CERA
mantuvieron a los hombres y jefes de hogar masculinos como los sujetos centrales
de la Reforma Agraria, y por tanto, los principales protagonistas de la misma. Si bien
ello no eclipsó todos los otros significados y mensajes sobre género, ciertamente hizo
mucho más difícil para las mujeres campesinas y sus aliadas feministas reclamar las
promesas de inclusión e igualdad de la UP.

260
CAPÍTULO VII
SEPARACIÓN: LUCHAS, SEXO Y CRISIS SOCIAL

El 14 de febrero de 1972, Hilda Gutiérrez Sánchez, descrita en los registros judiciales


como “mayor de edad, labores de casa, domiciliada en el Asentamiento Las Varillas”
de la comuna de Catemu, acusó a Juan Pérez Hernández, trabajador agrícola de 25
años, de intentar violarla cuando se encontraba cosechando porotos. Ella señaló a la
corte que Pérez pasó bajo la malla de alambre que separa sus lugares de trabajo, y
que, ante la presencia de cuatro de sus compañeros, le había hecho proposiciones; al
protestar que ella era una mujer casada, él la arrojó al suelo y rasgó sus ropas. Hilda
Gutiérrez señaló que gracias a sus gritos había evitado ser violada, ya que todos los
hombres huyeron, no sin que antes Juan Pérez la golpeara y amenazara diciéndole
“¡Agradece que no ando con cuchillo!”711
Los cuatro compañeros de trabajo de Juan Pérez testificaron que Hilda Gutiérrez
mentía. Pese a los relatos contradictorios, todos los hombres –además del padre de
Juan Pérez–, defendieron la inocencia del acusado basándose en su honor masculino.
Uno de ellos se refirió a la naturaleza “tranquila, sin vicios, dedicado a su hogar y
su trabajo” de Pérez; otro, que éste era “tímido… responsable y muy trabajador, un
hombre sin vicios”; y el último, que Pérez era un hombre “quitado de bulla” y que “no
[era] capaz de hacer o cometer un delito de este tipo”712. Hilda Gutiérrez, por su parte,
también defendió la veracidad de su historia sobre la base del honor, remarcando su
estado civil y la resistencia que opuso. Además, presentó una declaración del CEMA
local en la que se testificaba la honradez de su carácter. Marcado con las huellas
dactilares y firmas de 17 de sus compañeras, el documento condenaba severamente
a Juan Pérez y pedía un castigo ejemplar que protegiera a las jóvenes de futuros
ataques. Finalmente, el documento del CEMA ponía en cuestión la integridad misma
de la investigación:
Las abajo firmantes queremos dejar en claro que a la Sra. Hilda Gutiérrez Sánchez la
conocemos desde hace mucho tiempo, y que no hemos tenido qué reprocharle en su vida,
como dirigenta del Centro de Madres de las Varillas y en reiteradas ocasiones del Centro

711
Ficha de caso Nº S370; 28128, JCSF.
712
Ibid.

261
de Madres Comunal, y que además debemos agregar que es una Madre ejemplar y nunca
la hemos visto con alguien que no sea su marido, y se deja en claro que …un borracho de
nombre Juan Pérez Hernández…trató de violar a la [Sra.] en un sector bastante alejado de
la población donde [ella] podría pedir ayuda… queremos que se haga justicia, consideramos
que [Pérez] es un peligro público para las niñas de corta edad que tienen que transitar
a sus escuelas por el camino… [Además] se deja en claro que toda la familia [de Pérez]
tiene malos antecedentes [y por eso] la justicia que nosotras pedimos es que [Pérez] sea
expulsado de [la comuna de] Catemu… [Finalmente] se deja en claro [por]que fue detenido
pero no sabemos por qué razón fue dejado en libertad, [y por eso] pedimos que se haga una
investigación [nueva] a los hechos antes mencionados, creemos que el actuario está siendo
manipulado por algunas personas de influencia, queremos claridad y justicia713.
Juan Pérez respondió a la defensa del CEMA atacando la sexualidad de Hilda
Gutiérrez. Después de admitir que había cruzado el alambrado, insistió que lo había
hecho porque ella se lo había pedido: ella le habría preguntado si tenía novia, le
habría insinuado que quería sexo, y habría desafiado su masculinidad cuando él
honorablemente se había negado. En su declaración señaló que, “[Ella] me trató de
poco hombre…[pero] soy católico y debido a ello me negué, [y por eso] ella me insultó
y me amenazó que me pesaría mucho esto… en vista del despecho que le hice [ella]
quedó llorando… no le he hecho nada, soy amigo del marido de ella… nunca he querido
tener nada con ella… además ella tiene cinco hijos y el mayor debe tener más o menos
unos 17 años” [énfasis de la autora]714.
Esta fue una historia excepcional715. En las décadas de 1950 y 1960, la mayoría de
los casos de violación que terminaron en la corte, involucraron a mujeres muy jóvenes,
generalmente niñas pre-púberes, cuya condición de víctima se fundaba en su virginidad,
ignorancia sexual y discapacidad mental716. Hilda Gutiérrez, por el contrario, era mayor
de edad, casada y madre en perfecto sano juicio. Ella se arriesgó a convencer al juez a
dirimir con criterios diferentes. Es significativo que la declaración del CEMA pidiese
a la corte reconocer y reivindicar la reputación de una mujer mayor para evitar la
futura deshonra de niñas jóvenes. En un vuelco que escapaba a la tradicional idea de
virtud femenina y que, a la vez, revelaba una cierta tensión generacional entre mujeres
mayores y aquellas más jóvenes, las defensoras de Hilda Gutiérrez argumentaban
que era su estatus de esposa y madre lo que la hacía honorable –en contraposición a

713
Ibid.
714
Ibid.
715
De los 114 pleitos de violación registrados en el Juzgado del Crimen de San Felipe entre 1958 y 1973,
70 estuvieron disponibles para este estudio. 36 de ellos involucraban a personas rotuladas como
“trabajadores agrícolas” o “campesinos”, mientras otros 12 a gente muy pobre, la que posiblemente
se ganaba la vida, en parte, en la agricultura. Solo cuatro pleitos involucraban a mujeres casadas o
mujeres menores de 25 años de edad. “Registro de Crímenes”, JCSF.
716
“Registro de Crímenes”, JCSF.

262
las supuestas tendencias más sexuales de las solteras y adolescente, cuyas virtudes
también exigían proteger a las cortes.
El caso también fue excepcional ya que se transformó en un asunto público que
dividió a la comunidad. Fue el único caso, tanto en los registros judiciales como en las
historias orales recopiladas por este estudio, que tuvo la respuesta de una organización
de mujeres que no solo defendió el honor de una mujer, sino también desafió la
capacidad de la corte para protegerla. La referencia a “influyentes partidos de fuera”
que habrían corrompido la investigación bien puede concernir a funcionarios de la
CORA o el INDAP, a activistas sindicales o a líderes del asentamiento, poniendo al
CEMA en contra de los sindicatos masculinos o los representantes del gobierno de
la Unidad Popular. Finalmente, el juez, probablemente como una forma de aliviar
la tensión en la comunidad, suspendió el caso por falta de evidencia, sin liberar a
Juan Pérez de los cargos en su contra717. Aunque no cedió a las demandas de Hilda
Gutiérrez, la sentencia parecía aceptar que la comunidad debía estar prevenida de
la reputación de Pérez.
Cualquiera sea la evidencia faltante, este caso ilustra las formas en las que la
Reforma Agraria había definido la concepción de hombres y mujeres, así como
también la idea de que tanto género como agravios eran comprendidos en términos
de conflicto sexual. En sus respectivos testimonios, Hilda Gutiérrez y Juan Pérez, no
solo se basaron en antiguas definiciones de honor masculino y femenino, sino que
recurrieron a los ideales oficiales, promovidos por la Reforma Agraria. Gutiérrez se
presentó a sí misma ante todo como esposa y madre, agregando también evidencia
de su trabajo temporal como cortadora de legumbres, y de su activismo y liderazgo
político al interior del CEMA. La defensa de Pérez se basó en que él era un trabajador
agrícola honesto y esforzado, quien respetaba y era respetado por otros hombres de
su asentamiento y sindicato. Las formas de desacreditar a su acusadora se basaron en
que habría sido ella, y no él, la sexualmente irresponsable y agresiva. Invocando un
significado doble de masculinidad, Pérez señalaba que él había sido lo suficientemente
hombre, es decir, respetuoso, para rechazar la incitación de Hilda Gutiérrez, por lealtad
al marido de ésta, su amigo, y lo suficientemente hombre (viril) para no someterse a
una proposición que no era de su gusto: ergo, Gutiérrez no era deseable. Las mujeres
que la defendían a través del CEMA, rechazaron esta postura masculina, afirmando
la virtud de la demandante y condenando el libertinaje sexual y tendencia al alcohol,
que ameritaban la expulsión de Pérez de la comunidad.
Hilda Gutiérrez y Juan Pérez recurrieron a la corte en 1972, momento
particularmente difícil en Chile. El gobierno de la UP se encontraba enfrentado a una

717
Solo una minoría de pleitos de violación (11 de los estudiados) terminaron en la condena del hombre;
en el resto, fue común retirar los cargos en contra del acusado.

263
oposición, respaldada internacionalmente, y que agudizaba los ya profundos conflictos
de clase y de partidos, lanzando una oleada de sabotajes organizados y violentos. Al
mismo tiempo, los chilenos mejor posicionados para beneficiarse de la UP, entre ellos,
miles de campesinos y pobres de la urbe, presionaban para una acción estatal más
rápida. El enfrentamiento que siguió fue explosivo. Entre 1970 y septiembre de 1973,
hubo casi 10.000 huelgas en Chile, de las cuales más del 40 por ciento tuvo lugar en
el campo, y hubo más de 3.000 tomas de fundo718 (Ver Tabla 7.A). Hacia fines de 1971,
el descenso de la producción, el acaparamiento de los comerciantes y el boicot de los
Estados Unidos, combinados con el poder sin precedentes de los trabajadores, devino
en una inflación de tres dígitos, escasez de algunos bienes de consumo y racionamiento.
En octubre y noviembre de 1972, una huelga en contra de la UP lanzada por los
camioneros, paralizó gran parte de la economía e incentivó masivas movilizaciones
en las calles en protesta y defensa de la UP. Los terratenientes se volvieron cada vez
más agresivos en sus intentos por desalojar a los campesinos de los terrenos tomados,
a punta de pistola. Los grupos fascistas, como Patria y Libertad, atraían a jóvenes
de las comunas más adineradas y marchaban y recibían entrenamiento paramilitar
en los parques de Santiago. En el Congreso, los democratacristianos se unieron al
Partido Nacional con el objeto de obstruir el proceso parlamentario: en la mayoría
de las propuestas presentadas por el Ejecutivo, entorpecieron el debate, obligando a
Allende a apoyarse en oscuros, aunque legales, poderes presidenciales unilaterales.
En respuesta, la oposición de centro-derecha emitió resoluciones que condenaban a
Allende por actuar inconstitucionalmente, llamando a deponerlo.
La izquierda organizó movilizaciones masivas en defensa de la UP, con bloqueo
de calles y enfrentamientos con grupos de oposición de Patria y Libertad y de la
Universidad Católica. Santiago y otras ciudades fueron subdivididas en cordones
industriales, un sistema de defensa con base en las fábricas. De los asentamientos
se llevaron a las ciudades tractores y camiones agrícolas para servir de transporte
durante las huelgas de servicios de buses; se establecieron centros alternativos de
distribución de alimentos para combatir al pequeño comercio y las bodegas que
negaban abrir sus puertas. En el ala izquierda del Partido Socialista y en el MAPU
se comenzó a discutir la necesidad de armar a los trabajadores, en tanto que los
estudiantes de la Universidad de Chile y la Universidad Técnica instruían a campesinos
y pobladores marginales urbanos en la confección de bombas molotov. Por su parte,
los comunistas, el ala más conservadora del Partido Socialista, y los socialdemócratas
de otras facciones partidarias de la UP se opusieron a estas medidas, exigiendo la
mantención de la legalidad y evitar la violencia con el fin de reforzar la legitimidad

718
Estadísticas Laborales. Santiago: INE, 1976: 96-100; Barraclough y Fernández (1974): 134; Bengoa,
(1983).

264
de la Unidad Popular y su capacidad de actuar con coherencia. A comienzos de 1973
Allende debió enfrentar fisuras dentro de su propia coalición política, acusaciones
de que la UP estaba provocando una guerra civil y fuertes rumores de malestar y
desasosiego en las Fuerzas Armadas719.
Las mujeres tuvieron una figuración prominente en este conflicto. La oposición
inició una agresiva campaña a través de los medios de comunicación, cuyas raíces se
pueden encontrar ya en la elección de 1964, financiada, en parte, por la CIA, en la que
se advertía a las dueñas de casa chilenas que el marxismo prohibiría la religión, haría de
los niños sirvientes del Estado, destruiría la familia, e introduciría el odio en la sociedad
civil. Grupos de mujeres de derecha, como Poder Femenino, organizaron acciones, con
un fuerte componente teatral, en contra la UP. Entre ellas, ondear banderas negras
afuera del Congreso simbolizando el “guardar luto por la muerte de la democracia” y
los simulacros de “ollas comunes” en los barrios altos para protestar por la escasez de
alimentos y combustibles. En diciembre de 1971, en una marcha de mujeres en contra
de la UP éstas golpearon cacerolas vacías con utensilios de cocina para denunciar al
gobierno de devastar a la familia chilena, y reprender a los líderes de la oposición por
su fracaso en evitar la crisis nacional. Manifestantes partidarios de la UP confrontaron
la marcha, con un resultado de 100 heridos. Allende declaró a Santiago, zona de
emergencia720. Pese a que en estas actividades participaban mayoritariamente mujeres
de clase media y de la elite, también se unieron significativos grupos de mujeres de
la clase trabajadora. Tal y como Margaret Power y Lisa Baldez han expuesto, pese a
la naturaleza explícitamente política y de clase de estas protestas, organizaciones
como Poder Femenino fueron altamente efectivas y especialmente alarmantes para
la UP, por el enfoque populista que tuvieron hacia la movilización de masas y por
invocar el patriotismo femenino apolítico. La propuesta de Poder Femenino era que
las mujeres chilenas compartían un amor generoso y no partidista por la familia –base
de la sociedad y del país–, lo que las dotaba de una autoridad moral que trascendía los
intereses partidarios, para impugnar un gobierno hostil a esos intereses721.
La izquierda respondió con manifestaciones y movilizaciones de mujeres a favor
de la UP, poniendo en cuestión tanto la apropiación de la “familia” por parte de la

719
Véase Paul Sigmund, The United States and Democracy in Chile. Baltimore: Johns Hopkins Press,
1993.
720
Baldez (1997); Baldez (2002); Chaney en Jaquette (1974); Gaviola et al. (1988); María de los Ángeles
Crummett, “El Poder Femenino: The Mobilization of Women Against Socialism in Chile”, Latin
American Perspectives, 4: 4, Fall, 1977: 103-113; Michelle Mattelart, “Chile: The Feminine Side of the
Coup or When Bourgeios Women Take to the Streets”, NACLA: Latin America and Empire Report, 9:
6, septiembre, 1975: 14-25; Margaret Power, “Right Wing Women and Chilean politics:1964-1973”,
Ph.D. diss., University of Illinois, Chicago, 1997.
721
Baldez (1997); Power, “Right Wing Women and Chilean politics”.

265
derecha, como su concepción del carácter apolítico y unido de las mujeres. En El Siglo
y Punto Final se elogiaba el éxito de los comandos femeninos de la UP, establecidos al
interior de los CEMA, sindicatos y universidades, con el fin de movilizar a las mujeres
a las marchas que celebraban los logros de la Unidad Popular por el aumento de los
ingresos familiares, la educación y el cuidado de la salud materna. Al mismo tiempo
denunciaban la hipocresía y ponían en duda la legitimidad de la oposición femenina.
Se referían a las mujeres que organizaron las falsas ollas comunes y la infame “marcha
de las cacerolas vacías” de 1971, como mujeres vulgares, incluso masculinizadas,
ataviadas con abrigos de pieles y anillos de brillantes: damas que en su vida habían
vivido la escasez de alimento y quienes forzaban a sus sirvientas a unirse a las protestas
en contra de su voluntad722.
En el campo, el apoyo de las mujeres también fue un sello de legitimidad política.
Aunque Poder Femenino concentró su acción en las ciudades, muchas de sus principales
líderes eran mujeres que pertenecían a prominentes familias de terratenientes cuyas
propiedades habían sido expropiadas durante la Reforma Agraria723. En el Valle del
Aconcagua, en Los Andes, el Partido Nacional organizó, hacia fines de 1972, a lo menos
tres marchas de mujeres en contra la UP, proclamando un apoyo indeterminado de
mujeres campesinas724. En San Felipe, delegaciones de los CEMA de las comunas de
Putaendo y Santa María concurrieron a una protesta en solidaridad con la huelga
nacional de camioneros725. Por su parte, El Siglo declaró que en una manifestación a
favor de la UP organizada en San Felipe en 1973 con el fin de rechazar “el fascismo”,
“la guerra civil y el odio, armas de la politiquería de la Derecha”, participaron mujeres
de las más remotas partes del Valle del Aconcagua, siendo la manifestación de mujeres
más grande en la historia de la región726. Sin embargo, en general, era menos común
que las mujeres campesinas participaran en las grandes movilizaciones, a favor o en
contra de la UP, que en las ciudades. Por falta de medios de transporte, tiempo, y vínculo
con organizaciones políticas, las mujeres campesinas fueron las más problemáticas a
la hora de movilizarlas a manifestaciones a gran escala.
Sin embargo, las mujeres campesinas sintieron el impacto del conflicto ascendente,
desarrollando fuertes sentimientos respecto de la UP, los que variaban desde el
firme apoyo, la ambigua inquietud, hasta la abierta hostilidad. La política se volvió
inevitable. En las zonas rurales de todo Chile, la vida cotidiana se convirtió en una
constante negociación de acontecimientos políticos y circunstancias cambiantes.

722
El Siglo.
723
Baldez (1997): 77, 113, 115.
724
La Aurora, 21 de marzo, 1972: 2.
725
Lucilia Flores, historia oral.
726
El Siglo, 13 de junio, 1973.

266
Hombres y mujeres se despertaban con noticias de la ocupación de una fábrica local
o hacienda, realizadas durante la noche. Las plazas se volvieron sitios de protesta
permanente, y las murallas de adobe que dividían las haciendas eran pintadas una
y otra vez con consignas políticas. Sindicatos, CEMA, y juntas de vecinos se reunían
constantemente para organizar nuevas acciones. Para muchos hombres y mujeres
campesinos el intenso clima político era emocionante. Involucrarse en una huelga u olla
común podía significar una experiencia emocionante, satisfactoria e independiente,
sea protestando o elogiando al gobierno. Pero la euforia coexistía con la tensión. “La
política” se inmiscuyó cada vez más en aspectos más cotidianos e íntimos de las vidas
de las personas. La afiliación a partidos a través de sindicatos u otras organizaciones
de base, llegó a definir el acceso a recursos concretos, así como también la elección
de los amigos. En la medida en que se intensificaban las animosidades partidistas y
de clase, las viejas alianzas y camaradería al interior de las comunidades campesinas
se rompieron, socavando lealtades que habían sido centrales en las antiguas formas
de supervivencia.
El proceso de polarización social se vivió tanto de manera personal y familiar,
como institucional y ocupacional; y tuvo efectos significativos y diferenciados para
hombres y mujeres. Fue común que los hombres estuvieran en la primera fila de los
enfrentamientos en las ocupaciones de tierras y huelgas, en tanto que las mujeres
negociaran el consumo, la vivienda y la educación, temas altamente politizados,
pero quedaran generalmente excluidas de las reuniones sindicales, de las asambleas
generales de los asentamientos y de los CERA, en donde se llevaba un acalorado
debate sobre las estrategias políticas. En la medida que crecía el resentimiento entre
las distintas facciones del movimiento laboral, los hombres se vieron enfrentados
al quiebre de los códigos de solidaridad masculina que habían sido claves para las
movilizaciones de los primeros años de Reforma Agraria. Al mismo tiempo, el plan de
la UP de socializar la economía del agro puso en cuestión el supuesto vínculo entre
masculinidad y el futuro derecho a la tenencia de la tierra. Para las mujeres, ello
también implicó quejas sobre el ideal masculino, pero éstas estaban situadas más
al interior de la familia. Además, la presión de las mujeres para llegar a fin de mes,
llevó a acusaciones generalizadas del incumplimiento, por parte de los hombres, de
sus roles de proveedor. La frecuente ausencia de éstos de sus hogares también generó
temores sobre su fidelidad sexual.

267
(Des)Unidad Popular y militancia masculina en el movimiento
laboral campesino

En el gobierno de la UP, la división política al interior del movimiento laboral de la


Reforma Agraria fue casi inmediata. La confederación Triunfo Campesino, de filiación
democratacristiana, denunció lo que llamó un ataque del gobierno contra la propiedad
privada y, en 1971, el Partido Demócrata Cristiano se alió formalmente con el Partido
Nacional, transformándose en oposición a la UP. Esto provocó que los militantes
del MAPU y de la Izquierda Cristiana (partido que, aunque menos radical que el
primero, también se había escindido de los democratacristianos para apoyar a Allende)
rompieran con Triunfo Campesino, llevándose un importante número de trabajadores
a la recientemente creada Confederación Unidad Obrero Campesina (UOC). Con el
respaldo de los considerables recursos del INDAP, la UOC se unió a la Confederación
Socialista y Comunista Ranquil, duplicando prácticamente la militancia sindical entre
1970 y 1973, de los que casi la mitad apoyaban al gobierno de la UP. La confederación
católica independiente Libertad, por su parte, no se adhirió a ningún partido político,
pero, aunque no se unió formalmente a la oposición, denunció al gobierno de la UP
como demagógico, y se opuso firmemente a los CERA y a la expropiación de fundos
de tamaño mediano.
Estas divisiones también se vieron reflejadas en el Valle del Aconcagua. La
mayoría de los trabajadores sindicalizados se volcó hacia la izquierda, y las distintas
tendencias partidistas se escindieron en dos campos polarizados. En la medida en que
el número de sindicalizados se expandía, creciendo a más de un tercio entre 1971 y
1972, la proporción afiliada a Triunfo Campesino se desplomó, pasando del 73 a menos
del 10 por ciento. UOC y Ranquil, por su parte, decían contar con un 53 por ciento, y
Libertad con un 37 por ciento de los sindicalizados727. Las alianzas campesinas fueron
un reflejo del diferenciado acceso de los hombres a la tierra y del enfoque político
que habían tenido en las luchas por la organización. La mayoría de los miembros de
los asentamientos creados bajo el gobierno de Frei permanecieron leales a Triunfo
Campesino y apoyaron la propuesta demócrata cristiana de formar asentamientos
familiares individuales; en tanto que los inquilinos de fundos medianos y pequeños
tuvieron más simpatías con la proposición de la confederación Libertad de cooperación
de clase y responsabilidad del patrón. Ranquil y UOC, por su parte, contaron con el
apoyo de los inquilinos y trabajadores temporeros de las grandes haciendas, siendo
particularmente estos últimos los que se transformaron en el foco discursivo de la UP
para crear organizaciones más inclusivas en los CERA y consejos campesinos.
727
Salinas (1985).

268
La Reforma Agraria llevada a cabo por la Unidad Popular generó gran resentimiento
entre las ya divididas facciones y puso fin a la cooperación informal que había
caracterizado al movimiento laboral rural bajo el gobierno de Frei. El desacuerdo
sobre el ritmo de la expropiación y las formas de tenencia de propiedad definitiva en
el sector reformado, fueron el centro de este conflicto. La audacia de Allende y sus
ministros al proclamar que el “latifundio había muerto” y que se estaba implantando
el socialismo, generaron interpretaciones divergentes. Para muchos inquilinos y
trabajadores asalariados, estas proclamas avivaban esperanzas de inclusión; para
los miembros del asentamiento, por el contrario, expandían el temor que la UP no
cumpliría la promesa realizada por Frei de otorgar títulos de propiedad individuales728.
La introducción de los CERA y de unidades de producción a mayor escala como los
llamados “centros de producción” (CEPRO), alimentó rumores que señalaban que en el
futuro todo sector de reforma de la tierra sería cultivado colectivamente y administrado
por el Estado729. La decisión de disminuir a 40 hectáreas las propiedades susceptibles
de ser expropiadas, puso a los agricultores con fundos de tamaño mediano en la misma
categoría de los latifundistas, surgiendo interrogantes sobre la viabilidad de tenencia
privada bajo el socialismo de la UP730.
Los latifundistas, a través de la SNA y de CAS, difundieron apocalípticas visiones
y avivaron rumores entre minifundistas y trabajadores de fundos medianos, de que la
UP planificaba expropiar hasta los terrenos más pequeños731. Aunque los terratenientes
habían aceptado colaborar con algunos aspectos de la Reforma Agraria impulsada por
la Democracia Cristiana, la oposición de la UP al capitalismo fue tomada como una
declaración de guerra de clases732. Los periódicos locales daban cuenta del aumento de
grupos de vigilantes armados, conocidos como “guardias blancas”, los que desalojaban
a trabajadores en huelga y destruían las pertenencias personales de los campesinos733.
A mediados de 1971, Patria y Libertad alcanzó notoriedad en el Valle del Aconcagua734.
El Campesino, revista mensual de la SNA, incrementó sus denuncias sobre violencia
anarquista y sabotaje a la producción, acusando a la UP de auspiciarlas735.

728
Loveman (1976); Kay (1978).
729
Véase José Garrido, “Origen y alcances de la crisis alimentaria”, Fuerzas armadas y seguridad nacional.
Santiago: Portada, 1973: 170.
730
Jaime Gazmuri Mujica, Gobierno popular y reforma agraria. Santiago: FEES, 1971.
731
Gómez (1972): 41 y 43.
732
Ibid.
733
Miguel Acevedo, historia oral.
734
La Aurora, 25 de junio, 1973: 3; 27 de julio, 1973: 3; El Trabajo, 4 de junio, 1972: 2; 8 de junio, 1972;
El Siglo, 8 de abril, 1972: 3.
735
El Campesino, enero, 1972; marzo, 1972; y abril, 1973.

269
Pero los latifundistas también se mostraron conciliadores con potenciales
aliados campesinos. Por primera vez en la historia, la SNA y el CAS abandonaron su
orientación elitista, y aceptaron en sus filas a pequeños agricultores, e incluso algunos
minifundistas736. Además dejaron de lado su oposición previa a la creación de pequeños
propietarios, defendiendo ahora la redistribución de los asentamientos entre miembros
individuales737. Buscaron alianzas con la Confederación Nacional de Asentamientos,
tratando de integrar a más miembros a la asociación campesina Provincias Agrarias
Unidas, identificada con la Derecha.
La lucha entre campesinos y terratenientes, y entre los mismos campesinos, se
centró en las ocupaciones de fundos y las huelgas asociadas a éstas. En 1971, hubo, a lo
largo de todo el país, 1.106 tomas de fundos y 1.580 huelgas campesinas, aumentando a
1.273 tomas de fundos y 1.758 huelgas en 1972738. Tal y como había venido sucediendo,
las tomas eran iniciadas por distintos actores, sin embargo, después de la elección
de Allende, fue común que éstas fueran impulsadas por inquilinos y trabajadores
asalariados vinculados a la izquierda, y, más comúnmente por lo que se denominó “ultra
izquierda”. Es importante señalar que tales acciones, contradecían la visión de Allende
de una transición al socialismo guiada y constitucional, y que era compartida por el
Partido Comunista y por el ala más conservadora del Partido Socialista. Tanto Ranquil
como la UOC oficialmente condenaron las tomas porque socavaban la legitimidad de la
UP. Al respecto, argüían que éstas favorecerían la tesis de la oposición, de que la UP no
se mantendría bajo la ley. Sin embargo, al interior de la UP otros veían las cosas de un
modo diferente. El ala de izquierda del Partido Socialista y los ex democratacristianos
radicalizados del MAPU, incluyendo al ministro de Agricultura Jacques Chonchol,
defendían la aceleración de las expropiaciones y veían las tomas como un instrumento
clave en esa acción. Desde la extrema izquierda y fuera de la coalición de gobierno, el
MIR trotskista defendía la movilización de masas y criticaba al gobierno de Allende
por colaborar con los capitalistas.
De estas divisiones no solo emanaban mensajes confusos a los campesinos sino
que minaban la coherencia con la que se habían implementado las políticas de la
Reforma Agraria de la UP. Pero la ambigüedad tenía sus ventajas. Ella permitió a los
organizadores de las tomas y a los trabajadores que participaban en ellas contra la
voluntad de los líderes de la UP, reclamar que sus acciones estaban dentro del espíritu
de los objetivos del gobierno. Es importante notar que, al contrario de la administración
Frei, la UP rechazaba el uso de la fuerza en contra de los trabajadores movilizados, por
muy ilegal que fuera su acción. La UP necesitaba mantener su legitimidad y apoyarse

736
Gómez (1972).
737
Ibid.
738
Barraclough et al. (1973): 134; Bengoa (1983).

270
en la clase obrera con el fin de construir el socialismo739. El mensaje implícito de que
las tomas de fundos no serían reprimidas incentivó el activismo campesino.
A nivel local, fue el propio deseo de los campesinos de acceder a tierra, así como
su interpretación del significado de la Reforma Agraria, los principales impulsos para
las ocupaciones. Como ilustra el historiador Peter Winn en su fascinante estudio sobre
los trabajadores textiles en Santiago, muchos chilenos vieron la elección de Allende
como una luz verde para proceder con la socialización de sus lugares de trabajo,
fundándose en las palabras del compañero presidente de que la UP entregaría poder
a los pobres y expropiaría el exceso de riqueza740. En el campo, este sentimiento hizo
eco con mucha fuerza entre los temporeros de los asentamientos y entre muchos
inquilinos y trabajadores permanentes de haciendas que, si bien estaban en proceso
de expropiación, habían quedado estancadas en las cortes de apelaciones. Estos
trabajadores habían celebrado la victoria de la UP con la confianza de que las reglas
del juego habían cambiado. En el Valle del Aconcagua, los dirigentes sindicales
locales proclamaban que, solo en los primeros meses de 1971, el número de peticiones
de expropiación presentadas por trabajadores ante la CORA se había más que
triplicado, verificándose además, entre 1971 y comienzos de 1973, más de dos docenas
de ocupaciones de fundos741. Armando Gómez, quien fuera presidente del sindicato
afiliado a la UOC en la comuna de Putaendo, recordaba que la UP había iniciado nada
menos que una arremetida desde abajo: “Después que Allende fue presidente, las
cosas cambiaron bastante. Hubo una explosión. Los trabajadores querían la tierra y
pedían que el gobierno expropiara todo el Aconcagua ¡en un día!”742
Si bien la demanda por tierra provenía de las bases, las ocupaciones de fundos no
fueron del todo espontáneas. En las comunas de San Felipe y Los Andes, la mayoría
de las tomas contó con el apoyo de militantes del Partido Socialista y del MAPU
provenientes de las ciudades, en tanto que el MIR tuvo una significativa presencia
en la comuna de Rinconada743. Algunas ocupaciones fueron planificadas con semanas
e incluso meses de anticipación, y, pese a la postura oficial de Ranquil y la UOC en
contra de las tomas, hubo ocasiones en que líderes nacionales de esas confederaciones

739
Kay (1978).
740
Peter Winn, Weavers of Revolution: The Yarur Workers and Chile’s Road to Socialism. New York: Oxford
University Press, 1986.
741
Información de 24 ocupaciones de tierra durante el período 1970-1973, fueron encontradas en los
archivos de la CORA en las comunas de San Felipe y Los Andes. Fichas de fundos expropiados,
CORA.
742
Armando Gómez, historia oral.
743
Historias orales, incluyen a Jorge Tejedo, Daniel San Martín, Miguel Merino, Armando Gómez y
Emilio Ibáñez.

271
estuvieron involucrados en ellas744. Los campesinos que participaban sabían claramente
lo que estaba en riesgo. Si bien consideraban que las ocupaciones eran moralmente
justas, también reconocían que su acción era ilegal y que podía tener consecuencias.
Fue común que los campesinos estimularan el conflicto en las tomas, lo que forzaría la
intervención del gobierno y la subsiguiente expropiación. Al respecto, un campesino
explicaba, en 1972, a Peter Winn que la razón de las ocupaciones ilegales era que
“Tenemos que quebrantar la ley si queremos un gobierno de los trabajadores en
el futuro. Si no somos capaces de pasar por encima de esta muralla legal que han
construido los momios, nunca podremos hacer nada porque no hay ninguna ley que
favorezca a los trabajadores. Para hacer justicia, tenemos que ir más allá de los límites
de la ley”745.
Este arrojo era el que definía ahora los nuevos patrones del heroísmo masculino
de la clase trabajadora. Lejos había quedado la prudencia de la temprana Reforma
Agraria por formular el activismo campesino dentro de los marcos técnicos de las
nuevas leyes laborales y los procedimientos de la CORA, así como la demanda para que
el Estado intercediera en favor de los campesinos. Ahora, las ocupaciones de tierras
–precisamente porque eran ilegales– fueron proclamadas acciones vanguardistas
necesarias para llevar a la UP a la verdadera victoria. Ello revirtió las nociones
de quiénes era los líderes y quiénes los seguidores, ampliando considerablemente
la definición de enemigo de clase. “Reaccionarios” –o momios, como eran más
comúnmente llamados– incluía ahora no solo a terratenientes y otros grupos de elite
que hacían uso del “escudo legal” para reprimir a los trabajadores, sino también a
trabajadores que defendían esa legalidad. Para los campesinos, momio connotaba la
falta de resolución y voluntad masculina para luchar por la justicia, que yuxtaponía
la debilidad moral del patrón de clase alta con la firmeza varonil del trabajador. Pero
cuando este concepto se aplicaba a los campesinos, implicaba el desdén por la cobardía
poco viril de estos últimos y la acusación de traición a la clase.
El insulto momio, se aplicaba a un número importante de campesinos que se
oponían a seguir con las expropiaciones extensivas y a la creación de más unidades
de producción inclusivas. En este grupo estaban los miembros de los asentamientos ya
existentes, así como los inquilinos y trabajadores permanentes de fundos pequeños y
medianos que tenían salarios decentes y títulos de tierras. Era común que ellos tuviesen
más de 30 años, contaran generalmente con familias, y rechazaran el término momio
y la definición de activismo masculino impuesta por sus adversarios. Muchos habían
participado en las huelgas y tomas llevadas a cabo entre 1964 y 1970, y consideraban

744
Jorge Ovalle y Jorge Ríos, historias orales.
745
Entrevista de Peter Winn, Melipilla, 1972, citada en Kay (1978): 134. Winn y Kay (1974): 1940-1953.
Traducción de la versión publicada en inglés.

272
Tomas de tierra.
Fuente: Nosotros Los Chilenos. Reforma Agraria, Editorial Quimantú, 1972.
Cortesía de la University of Wisconsin Land Tenure Center.

273
que gracias a su lucha las reformas de Frei, que ahora les daba una seguridad sin
precedentes, habían sido promulgadas. Ellos rehusaban la ecuación que equiparaba el
coraje varonil con la trasgresión a los límites de la ley, poniendo énfasis en que habían
sido, justamente y ante todo, las leyes de Reforma Agraria las que habían entregado
poder a los hombres campesinos. Reconfirmando la lógica que habían planteado
los sindicatos católicos y democratacristianos acerca de que los buenos salarios y
condiciones justas de trabajo eran metas deseables en sí mismas, ellos caracterizaban
las ocupaciones de tierras como acciones de locos imprudentes que ponían en peligro
los logros que tanto les habían costado. Diego Rojas, inquilino de la comuna de Catemu,
recordaba, con cierta amargura, su rechazo a la ocupación y subsiguiente expropiación,
realizada en 1972, del fundo de tamaño medio en el que trabajaba: “¡Era loco! No se
pueden dividir 50 hectáreas en parcelas para 20 [hombres]…Nosotros teníamos una
relación decente con el patrón –él estaba tan aterrorizado de los comunistas que nos
dio casi todo lo que queríamos… Claro, a mí también me habría gustado ser mi propio
patrón, [pero ellos] no estaban pensando con sus cabezas”746.
La acusación de momio era especialmente vejatoria para los miembros de
asentamientos, ya que afectaba directamente su recientemente adquirido y envidiado
estatus que había representado el ideal de la Reforma Agraria. Enfrentados ahora a
denuncias que les acusaban de carecer de una militancia adecuada y ser opositores a
la verdadera Reforma Agraria, se aferraron a la política real expresada por Diego Rojas
de que había bastante tierra a repartir. Ellos interpretaron los objetivos propuestos
por la UP –bastante inciertos en cuanto a las posibilidades de tenencia individual de
tierra– como una traición a la promesa que había hecho la Reforma Agraria anterior,
de hacerlos agricultores familiares y, por tanto, como un ataque a su propia identidad
masculina. La radicalidad de la inclusión inherente a las ocupaciones de tierras
masivas y a los CERAs era, para ellos, un desastre que terminaría en una proliferación
deplorable de terrenos de subsistencia, o peor aún, en la vuelta de los campesinos a
su calidad de peones. Como lo recordaba un antiguo asentado de la comuna de Santa
María, “[Hay solamente algunas maneras] de cortar el pan antes de que se termine
con las migas”747.
Pero la ilusión de llegar a ser agricultores individuales también motivó a aquellos
que se unían a las tomas y llamaban a otros momios. Gran parte de los investigadores
que entrevistaron a campesinos a comienzos de 1970, sostienen que la mayoría de
los trabajadores rurales (casi tres quintos en el caso de uno de los estudios) prefería

746
Diego Rojas, historia oral, Catemu, 25 de mayo, 1993.
747
Pascual Muñoz, historia oral.

274
poseer su propia tierra antes de las formas colectivas de propiedad748. Pero, entre los
campesinos, los riesgos y perspectivas de obtener tierra eran bastante diferentes. Los
trabajadores temporales y afuerinos emigrantes nunca habían gozado de la seguridad
de un trabajo o del privilegio de terrenos de subsistencia, siendo generalmente
descalificados en forma automática para ser miembros de asentamientos, por no estar
casados. Muchos de los trabajadores permanentes se encontraban en situación similar,
sin acceso a parcelas de subsistencia y excluidos de los asentamientos debido a que eran
jóvenes, no tenían familias o estaban en un nivel secundario respecto a los inquilinos.
Pese a que la mayoría de esos hombres anhelaba su propia tierra, estaban mucho más
preocupados por la inclusión inmediata en el sector de la Reforma, apostando a que
el socialismo de la UP incluiría cooperativas de pequeños agricultores. Entretanto,
esperaban beneficiarse de una Reforma Agraria acelerada que dejara de vincular el
acceso a la tierra con el hecho de ser jefe de hogar.
Las distintas facciones de la Reforma Agraria de la UP no siempre determinaron
una clara división entre categorías de campesinos mayores y jóvenes, asentados
y trabajadores temporales asalariados. Hubo antiguos inquilinos que apoyaron la
expropiación de fundos medianos, así como trabajadores temporeros que consideraban
que una buena relación con su patrón era preferible a estar en el sector de la Reforma.
La experiencia política de organización previa tuvo una enorme importancia. Los
asentamientos creados después del movimiento organizacional de la izquierda de los
años sesenta, como el conflicto de San Miguel, apoyaron firmemente a la UP, abriendo
la militancia a trabajadores temporeros residentes en la misma comuna749. Sin embargo,
incluso aquellos campesinos simpatizantes de la izquierda, fueron, muchas veces,
escépticos de los CERA. Aunque defendían las unidades de producción más inclusivas
de la Reforma Agraria, solían objetar la militancia a los afuerinos y, como se ha señalado
previamente, la participación de las mujeres. Pese a su entusiasmo por el socialismo,
muchos se oponían a la tenencia de tierra comunitaria, propuesta por los CERA. Se
oponían, en particular, que éstos redujeran a menos de media hectárea el tamaño de
las parcelas asignadas a cada individuo para uso familiar. Como resultado, la mayoría
de las unidades de producción de la Reforma Agraria creadas bajo el gobierno de
Allende siguieron funcionando como asentamientos con una afiliación extendida, y no
como CERA750. Conocidos como “comités campesinos”, esas instituciones extendieron

748
Norma Stoltz Chinchilla y Marvin Sternberg, “Reform and Class Struggle in the Countryside”,
Latin American Perspectives 1: 2, 1974: 106-128; Barraclough y Fernández (1974); Jorge Echenique,
La Reforma agraria chilena, México: Siglo XXI, 1975; Garrett (1978); Gómez, “Los Campesinos
beneficiados por la Reforma Agraria”, Estudios rurales latinoamericanos 4 (1981): 69-88; Kay (1978);
Loveman (1976).
749
Loveman (1976): 235.
750
Loveman (1976); Kay (1978): 130.

275
Toma de tierra.
Fuente: Museo Histórico Nacional.

Carteles de campesinos.
Fuente: Museo Histórico Nacional.

276
los privilegios de sus membresías a más hombres, pero mantuvieron las barreras contra
trabajadores marginales y siguieron asignando tierra para uso individual. Hacia mayo
de 1973, de las 115 unidades de producción de la Reforma Agraria en la provincia del
Aconcagua, 62 eran asentamientos, 37 comités campesinos, 11 cooperativas, y solo 5
CERA751.
La amplia oposición campesina a los CERA, sugiere ciertas afinidades entre los
campesinos incluidos en el sector de la Reforma bajo el gobierno de Frei y aquellos
que lo fueron con el de Allende; al mismo tiempo explicita las barreras a las que
se enfrentaba la izquierda para atraer a los afuerinos en solidaridad con otros
trabajadores752. A pesar de todo, y como indican los crecientes conflictos políticos entre
campesinos, la aceleración e inclusión del programa de la Reforma Agraria de la UP
involucró riesgos y oportunidades diferentes a los que había tenido su predecesor. La
restricción de la Reforma Agraria a hombres casados, con familias dependientes y
empleos seguros, se amplió, incorporando potencialmente a todos los campesinos como
trabajadores. Aunque no era regla, la generación, el estatus marital y la ocupación,
tenían su correlato en el apoyo u oposición política hacia la UP. Estas categorías
definieron la distinción entre las diferentes posturas políticas. Ellas enfrentaron las
demandas de los jóvenes por una reforma más radical en contraposición a la cautela
de los hombres de familia mayores inclinados a proteger un relativo privilegio.
Las rivalidades entre estilos masculinos y objetivos políticos diferentes encendieron
acusaciones mutuas y riñas. Inmediatamente después de la elección de Allende,
los inquilinos de la hacienda Lo Bonito, ubicada en la comuna de Panquehue,
comenzaron a quejarse a los líderes de la confederación Libertad que trabajadores
permanentes y temporeros, simpatizantes de la UP, estaban destruyendo el equipo
agrícola y no regaban los campos con el objeto de sabotear la producción y forzar la
expropiación753. Las acusaciones generalmente les imputaban también la calidad de
“flojos”. Vinculando trabajo arduo e integridad masculina, los inquilinos proponían que
aquellos que presionaban por expropiaciones más rápidas, no estaban preparados para
administrar su propia tierra. En respuesta, los inquilinos eran acusados de apatronados
(trabajadores ligados al patrón) que merodeaban, esparciendo rumores falsos754. Así
como el término “momio”, apatronado era una acusación a la incapacidad masculina
que connotaba tanto el miedo como la falsa conciencia, e invocaba la imagen infantil
de un trabajador escondiéndose detrás del patrón.

751
José Garrido (1973): 170.
752
La Organización sindical del sector afuerino. Santiago: FEES, 1971.
753
Raúl Aguirre, historia oral.
754
Ibid.

277
Dado que los miembros del asentamiento eran, teóricamente sus propios patrones,
estaban expuestos a otro tipo de ataques. A ellos se les insultaba como momios-patroncitos,
término que al mismo tiempo ridiculizaba la engreída noción de superioridad masculina
de los asentados y reconocía en ellos empleadores, cuestionándoles su pertenencia
a la clase trabajadora. De todos modos, para los hombres que todavía estaban fuera
de la Reforma Agraria, el asentado o “momio-patroncito” seguía siendo una figura
deseada, pero, la crítica de la UP hacia los asentamientos como entidades elitistas
y disgregadoras, yuxtapuestas al modelo igualitario de los CERA, permitía a los
campesinos igualarlos a los empleadores. En 1972, en el asentamiento de El Tartaro-Lo
Vicuña en la comuna de Putaendo, los trabajadores contratados –casi un tercio de la
fuerza laboral– pidieron en la asamblea general que se abriera la militancia a todos los
trabajadores permanentes y temporeros de la propiedad. Aunque no se sugirió que el
asentamiento fuera reorganizado administrativamente como un CERA (formándose, en
su lugar un comité campesino), la demanda por una participación inclusiva tomaba el
ejemplo de la postura más radical de los CERA. Cuando se enfrentaron al rechazo inicial
de parte de la asamblea general, los trabajadores votaron la huelga, respaldada por la
UOC, negándose a ingresar a los campos e inutilizaron los tractores del asentamiento
escondiendo partes de los motores755. Las pugnas entre los campesinos se transformaron
en altercados físicos y, en una ocasión, se informó que dos trabajadores habían sido
llevados al hospital de San Felipe con un brazo roto y heridas en la cabeza756.
Las ocupaciones de tierras destinadas a acelerar las expropiaciones generaron aún
más divisiones. Los trabajadores de sindicatos afiliados a Ranquil y UOC que habían
iniciado tomas se enfrentaban ahora