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Señor, enséñanos a orar

Rvdo. Andrew Murray


Señor, enséñanos a orar
Copyright 2018 Editorial Tesoro Bíblico
Editorial Tesoro Bíblico, 1313 Commercial St., Bellingham,
WA 98225
Versión en inglés: Lord, Teach Us to Pray
Todos los derechos reservados. Ninguna porción de este libro
puede ser reproducida, ni almacenada en ningún sistema de
memoria, ni transmitida por cualquier medio sea electrónico,
mecánico, fotocopia, grabado etc., excepto por citas breves en
artículos analíticos, sin permiso previo de la editorial.
Las citas bíblicas son tomadas de la Biblia Reina Valera
(RVR) 1960.
© Sociedades Bíblicas Unidas. Usado con permiso.
Traducción: Rubén Gómez
Edición: David Vela
Contenido:

SEÑOR, ENSÉÑANOS A ORAR


EN ESPÍRITU Y EN VERDAD
ORA A TU PADRE QUE ESTÁ EN LO SECRETO
VOSOTROS, PUES, ORARÉIS ASÍ
SEÑOR, ENSÉÑANOS A ORAR
o “El único Maestro”

Los discípulos habían estado con Cristo, y lo habían visto orar.


Habían aprendido a comprender algo de la relación que había
entre su maravillosa vida en público y su vida secreta de
oración. Habían aprendido a creer en Él como un Maestro en
el arte de la oración; nadie podía orar como Él. Y entonces
vinieron a Él con la petición: “Señor, enséñanos a orar”. Y en
años posteriores nos habrían dicho que de todo lo que les
había enseñado había pocas cosas más maravillosas o
bendecidas que sus lecciones sobre la oración.

Y ahora todavía sucede que mientras Él está orando en


cierto lugar, los discípulos que lo ven ocupado en eso sienten
la necesidad de repetir la misma petición: “Señor, enséñanos
a orar”. A medida que vamos creciendo en la vida cristiana, el
pensamiento y la fe del amado Maestro en su incesante
intercesión se vuelve cada vez más preciosa, y la esperanza de
ser como Cristo en su intercesión gana un atractivo antes
desconocido. Y mientras lo vemos orar y recordamos que no
hay nadie que pueda orar como Él, y nadie que pueda enseñar
como Él, sentimos que la petición de los discípulos, “Señor,
enséñanos a orar”, es justamente lo que necesitamos. Y al
pensar en todo lo que Él es y tiene, en que Él mismo es
nuestro, en que Él mismo es nuestra vida, nos sentimos
seguros de que no tenemos más que pedir, y Él estará
encantado de llevarnos a una comunión más estrecha consigo
mismo y enseñarnos a orar como Él ora.
¡Venid, hermanos míos! ¿Acaso no acudiremos a nuestro
bendito Maestro y le pediremos que inscriba nuestros nombres
nuevamente en esa escuela que siempre mantiene abierta para
aquellos que anhelan continuar sus estudios en el arte divino
de la oración y la intercesión? Sí, digámosle hoy mismo al
Maestro, como lo hicieron ellos antaño: “Señor, enséñanos a
orar”. Al meditar, veremos que cada palabra de la petición que
traemos está llena de significado.

“Señor, enséñanos a orar”. Sí, a orar. Esto es lo que


necesitamos que se nos enseñe. Aunque en sus comienzos la
oración es tan simple que un débil niño puede orar, sin
embargo, y al mismo tiempo, es la labor más elevada y
sagrada a la que el hombre puede enfrentarse. Es la comunión
con el Invisible y Santísimo. Los poderes del mundo eterno se
han puesto a su disposición. Es la esencia misma de la
verdadera religión, el canal de todas las bendiciones, el
secreto del poder y la vida. No sólo para nosotros, sino para
los demás, para la Iglesia, para el mundo; es a la oración que
Dios le ha dado el derecho de asirse de Él y de su fortaleza.
Es sobre la base de la oración que las promesas aguardan a su
cumplimiento, el reino a su venida, la gloria de Dios a su
revelación plena. Y para esta bendita labor, qué perezosos e
inadecuados somos. Solamente el Espíritu de Dios puede
capacitarnos para hacerlo bien. Cuán rápidamente se nos
engaña a depender de la forma, mientras el poder está ausente.
Qué fácil resulta que nuestra formación anterior, la enseñanza
de la Iglesia, la influencia del hábito, la agitación de las
emociones, nos conduzcan a una oración que carece de poder
espiritual y sirve para muy poco. ¿Quién no clamaría para que
alguien le enseñara a orar una oración verdadera, la que se
aferra a la fortaleza de Dios, la que es sumamente provechosa,
aquella ante la cual las puertas del cielo se abren realmente de
par en par?

Jesús ha abierto una escuela en la que forma a sus


redimidos, aquellos que lo desean especialmente, para que
tengan poder en la oración. ¿No entraremos en ella con la
petición: “¡Señor!, ¡esto es justo lo que necesitamos que se
nos enseñe! Enséñanos a orar.

“Señor, enséñanos a orar”. Sí, Señor, a nosotros. Hemos


leído en tu Palabra con qué poder solían orar tus hijos en el
pasado, y qué poderosas maravillas se hicieron en respuesta a
sus oraciones. Y si esto sucedió bajo el Antiguo Pacto, en el
tiempo de la preparación, ¿cuánto más no darás ahora a tu
pueblo, en estos días de cumplimiento, esta señal segura de tu
presencia en medio de ellos? Hemos escuchado las promesas
hechas a tus apóstoles sobre el poder de la oración en tu
nombre, y hemos visto cuán gloriosamente experimentaron su
verdad: sabemos con certeza que también puede ser así con
nosotros. Oímos continuamente, incluso en estos días, qué
gloriosas muestras de tu poder sigues otorgándoles a aquellos
que confían plenamente en ti. ¡Señor! estos son hombres de
pasiones semejantes a las nuestras; enséñanos a orar así
también. Las promesas son para nosotros, los poderes y los
dones del mundo celestial son para nosotros. Enséñanos a orar
para que podamos recibir abundantemente. También a
nosotros nos has confiado tu obra, también depende de nuestra
oración la venida de tu reino, también en nuestra oración
puedes glorificar tu nombre; “Señor, enséñanos a orar”. Sí, a
nosotros, Señor; nos ofrecemos como aprendices; ciertamente
nos dejaríamos enseñar por ti. “Señor, enséñanos a orar”.

“Señor, enséñanos a orar”. Sí, ahora sentimos la necesidad


de que se nos enseñe a orar. Al principio no hay trabajo que
parezca más sencillo; más tarde, no hay nada que sea más
difícil; y nos vemos forzados a confesar: No sabemos orar
como debiéramos. Es verdad que tenemos la Palabra de Dios,
con sus promesas claras y seguras; pero el pecado ha
oscurecido tanto nuestra mente que no siempre sabemos cómo
aplicar la Palabra. En las cosas espirituales, no siempre
buscamos las cosas más necesarias o fracasamos de acuerdo
con la ley del santuario. En lo temporal, aún somos menos
capaces de aprovechar la maravillosa libertad que nuestro
Padre nos ha dado para pedir lo que necesitamos. E incluso
cuando sabemos qué pedir, cuánto sigue faltando todavía para
que la oración sea aceptable. Debe ser para la gloria de Dios,
en completa sumisión a su voluntad, con plena seguridad de
fe, en el nombre de Jesús, y con una perseverancia que, si es
necesario, rehúsa ser denegada. Todo esto debe ser aprendido.
Sólo se puede aprender en la escuela de la abundante oración,
porque la práctica hace al maestro. En medio de la dolorosa
conciencia de ignorancia e indignidad, en la lucha entre creer
y dudar, es donde se aprende el arte celestial de la oración
efectiva. Porque, incluso cuando no lo recordamos, hay Uno,
el Iniciador y Consumador de la fe y la oración, que vela sobre
nuestra oración, y se asegura de que en todos los que confían
en Él su educación en la escuela de oración se complete hasta
la perfección. Permitamos que el trasfondo profundo de toda
nuestra oración sea la capacidad de ser enseñados que
proviene de un sentido de ignorancia, y de la fe en Él como
maestro perfecto, y así podemos estar seguros de que seremos
enseñados y aprenderemos a orar con poder. Sí, podemos
depender de eso, ÉL enseña a orar.

“Señor, enséñanos a orar”. Nadie puede enseñar como


Jesús, nadie excepto Jesús; por lo tanto, le invocamos
diciendo: “SEÑOR, enséñanos a orar”. Un alumno necesita un
maestro que conozca su trabajo, que tenga el don de enseñar,
que con paciencia y amor se amolde a las necesidades del
alumno. ¡Bendito sea Dios! Jesús es todo esto y mucho más.
Él sabe lo que es la oración. Es Jesús quien, orando, enseña a
orar. Él sabe lo que es la oración. Lo aprendió en medio de las
pruebas y lágrimas de su vida terrenal. En el cielo sigue siendo
su obra amada: su vida allí es la oración. Nada le deleita más
que encontrar a aquellos a quienes puede llevar consigo a la
presencia del Padre, a quienes puede vestir con poder para
pedir en oración que caiga la bendición de Dios sobre aquellos
que los rodean, a quienes Él puede formar para que sean sus
colaboradores en la intercesión por la cual el reino debe ser
revelado en la tierra. Él sabe cómo enseñar. Ahora por la
urgencia de la necesidad sentida, luego por la confianza que
inspira el gozo. Aquí por la enseñanza de la Palabra, allí por
el testimonio de otro creyente que sabe lo que es que escuchen
sus oraciones. Por su Espíritu Santo Él tiene acceso a nuestro
corazón, y nos enseña a orar mostrándonos el pecado que
obstaculiza la oración, o dándonos la seguridad de que
agradamos a Dios. Él enseña dándonos no sólo el pensamiento
de qué o cómo pedir, sino insuflando en nosotros el espíritu
mismo de oración, morando en nuestro interior como el Gran
Intercesor. De hecho, podemos decir con alegría: “¿Quién
enseña cómo él?” Jesús nunca enseñó a sus discípulos cómo
predicar, sólo cómo orar. No habló mucho de lo que hacía
falta para predicar bien, pero sí de orar bien. Saber cómo
hablarle a Dios es más que saber cómo hablarle al hombre. Lo
primero no es el poder con los hombres, sino el poder con
Dios. A Jesús le encanta enseñarnos a orar.

¿Qué piensan ustedes, mis queridos condiscípulos? ¿No


sería justamente lo que necesitamos, pedirle al Maestro
durante un mes que nos brindara un curso de lecciones
especiales sobre el arte de la oración? Al meditar en las
palabras que habló en la tierra, sometámonos a su enseñanza
con la plena confianza de que, con tal maestro, progresaremos.
Dediquemos tiempo no sólo a meditar, sino a orar, a
quedarnos al pie del trono y a ser formados para la obra de la
intercesión. Hagámoslo con la seguridad de que, en medio de
nuestros tartamudeos y temores, Él está llevando a cabo su
obra de la manera más bella. Él insuflará su propia vida, que
es todo oración, en nosotros. Al hacernos partícipes de su
justicia y su vida, también lo hará de su intercesión. Como
miembros de su cuerpo, como sacerdocio santo, tomaremos
parte en su obra sacerdotal de suplicar y prevalecer ante Dios
en favor de los hombres. Sí, digamos con el mayor de los
gozos, pese a lo ignorantes y débiles que seamos, “Señor,
enséñanos a orar”.

“SEÑOR, ENSÉÑANOS A ORAR”.


¡Bendito Señor! que vives siempre para orar, tú también
puedes enseñarme a orar, a vivir siempre para orar. En esto te
deleitas en hacerme compartir tu gloria en el cielo: en que ore
sin cesar y que esté siempre en presencia de mi Dios como
sacerdote.

¡Señor Jesús! En este día te pido que inscribas mi nombre


entre los de aquellos que confiesan que no saben orar como
debieran y, especialmente, te piden que les des un curso sobre
la oración. ¡Señor! enséñame a quedarme en la escuela junto
a ti, y a darte tiempo para formarme. Que un profundo sentido
de mi ignorancia, del maravilloso privilegio y poder de la
oración, de la necesidad del Espíritu Santo como Espíritu de
oración, me lleve a desechar mis pensamientos sobre lo que
creo conocer, y me haga arrodillarme ante ti con verdadera
apertura a ser enseñado y pobreza de espíritu.

Y lléname, Señor, con la confianza de que, con un maestro


como tú, aprenderé a orar. Con la certeza de que tengo como
mi maestro a Jesús, que siempre está orando al Padre, y por su
oración rige los destinos de su Iglesia y el mundo, no tendré
miedo. Por mucho que necesite saber acerca de los misterios
del mundo de la oración, tú me los irás desvelando. Y cuando
no sepa algo, tú me enseñarás a ser fuerte en la fe, dando gloria
a Dios.

¡Bendito Señor! No avergonzarás al erudito que confía en


ti, ni tampoco, por tu gracia, él a ti. Amén.

EN ESPÍRITU Y EN VERDAD
o “Los verdaderos adoradores”
“Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos
adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque
también el Padre tales adoradores busca que le adoren”. Dios
es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es
necesario que adoren” (JUAN 4:23, 24).

Estas palabras de Jesús a la mujer samaritana son su primera


enseñanza registrada sobre el tema de la oración. Nos ofrecen
algunos primeros maravillosos destellos del mundo de la
oración. El padre busca adoradores: nuestra adoración
satisface su corazón amoroso y es un gozo para él. Él busca
verdaderos adoradores, pero no encuentra a muchos que sean
como a él le gustaría. La verdadera adoración es la que se hace
en espíritu y en verdad. El Hijo ha venido para abrir el camino
a esta adoración en espíritu y en verdad, y enseñárnosla. Así
pues, una de nuestras primeras lecciones en la escuela de la
oración debe ser comprender lo que es orar en espíritu y en
verdad, y saber cómo podemos alcanzarlo.

A la mujer de Samaria, nuestro Señor le habló de una triple


adoración. Primero tenemos la adoración ignorante de los
samaritanos: “Vosotros adoráis lo que no sabéis”. En segundo
lugar, la adoración inteligente de los judíos, que tienen el
verdadero conocimiento de Dios: “Nosotros adoramos lo que
sabemos; porque la salvación viene de los judíos”. Y luego, la
nueva adoración espiritual que él mismo ha venido a
presentar: “Mas la hora viene, y ahora es, cuando los
verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en
verdad”. De la conexión se hace evidente que las palabras “en
espíritu y en verdad” no significan, como a menudo se piensa,
con seriedad, desde el corazón, con sinceridad. Los
samaritanos tenían los cinco libros de Moisés y algún
conocimiento de Dios; sin duda había más de uno entre ellos
que honestamente y fervientemente buscaba a Dios en
oración. Los judíos tenían la verdadera revelación completa
de Dios en su palabra, tal como se había entregado hasta ese
momento; entre ellos había hombres piadosos que invocaban
a Dios con todo su corazón. Y, sin embargo, no “en espíritu y
verdad” en el sentido completo de las palabras. Jesús dice:
“Mas la hora viene, y ahora es”. Es solamente en y por medio
de él que la adoración de Dios se hará en espíritu y en verdad.

Entre los cristianos uno todavía encuentra las tres clases de


adoradores. Algunos que en su ignorancia apenas saben lo que
piden: oran fervientemente y, sin embargo, reciben muy poco.
Hay otros, poseedores de un conocimiento más correcto, que
intentan orar con toda su mente y su corazón, y que con
frecuencia oran muy fervientemente, pero que, sin embargo,
no alcanzan la plenitud de la bienaventuranza de la adoración
en espíritu y en verdad. Es en esta tercera clase que debemos
pedirle a nuestro Señor Jesús que nos incluya; debemos
aprender de él cómo adorar en espíritu y en verdad. Sólo esto
es la adoración espiritual; esto nos convierte en la clase de
adoradores que el Padre busca. En la oración todo dependerá
de que entendamos bien y practiquemos la adoración en
espíritu y en verdad.

“Dios es Espíritu y los que lo adoran, en espíritu y en


verdad es necesario que adoren”. El primer pensamiento que
aquí sugiere el Maestro es que debe existir una armonía entre
Dios y sus adoradores; la adoración debe ser como es Dios.
Esto concuerda con un principio que prevalece en todo el
universo: buscamos la correspondencia entre un objeto y el
órgano con el que se revela. El ojo tiene una aptitud interna
para la luz; el oído para el sonido. El hombre que
verdaderamente vaya a adorar a Dios, encontrar, conocer,
poseer y disfrutar de Dios, debe estar en armonía con él, debe
tener la capacidad de recibirlo. Porque Dios es Espíritu,
debemos adorar en espíritu. Como Dios es, así también es su
adorador.

¿Y eso qué quiere decir? La mujer le había preguntado a


nuestro Señor si Samaria o Jerusalén eran el verdadero lugar
de adoración. Él responde que, en adelante, la adoración ya no
se debe limitar a un lugar determinado: “Mujer, créeme, que
la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén
adoraréis al Padre”. Del mismo modo que Dios es Espíritu y
no está limitado por el espacio o el tiempo, sino que, en su
perfección infinita, siempre y en todas partes es el mismo, así
también su adoración ya no quedaría confinada en el futuro a
un lugar o una forma, sino que sería espiritual, como Dios
mismo es espiritual. Una lección de profunda importancia.
¡Cuánto sufre nuestro cristianismo de este mal, de estar
confinado a determinados momentos y lugares! Un hombre
que busca orar fervientemente en la iglesia o en privado, pasa
la mayor parte de la semana o el día en un espíritu
completamente diferente de aquel con el que oró. Su
adoración fue fruto de un lugar o una hora fijos, no de todo su
ser. Dios es Espíritu; él es el Eterno e Inmutable; lo que él es,
lo es siempre y en verdad. Nuestra adoración también debe ser
así: en espíritu y en verdad. Su adoración debe ser el espíritu
de nuestra vida; nuestra vida debe ser adoración en espíritu,
como Dios es Espíritu.

“Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en


verdad es necesario que adoren”. El segundo pensamiento que
nos llega es que esta adoración en espíritu debe venir de Dios
mismo. Dios es Espíritu: sólo él tiene Espíritu para dar. Fue
por esto que envió a su Hijo, para hacernos aptos para tal
adoración espiritual, dándonos el Espíritu Santo. Es de su
propia obra de la que habla Jesús cuando dice dos veces, “La
hora viene”, y luego agrega, “y ahora es”. Él vino a bautizar
con el Espíritu Santo; el Espíritu no pudo fluir hasta que él fue
glorificado (Juan 1:33; 7:37, 38; 16:7). Fue cuando hubo
puesto fin al pecado y entrado en el Lugar Santísimo con su
sangre, recibiendo allí en nuestro lugar el Espíritu Santo
(Hechos 2:33), que pudo derramarlo sobre nosotros como el
Espíritu del Padre. Fue cuando Cristo nos había redimido, y
nosotros en él habíamos recibido la condición de hijos, que el
Padre envió el Espíritu de su Hijo a nuestros corazones para
que clamara: “Abba, Padre”. La adoración en espíritu es la
adoración del Padre en el Espíritu de Cristo, el Espíritu de
filiación.

Esta es la razón por la cual Jesús aquí usa el nombre


“Padre”. Nunca vemos que uno de los santos del Antiguo
Testamento se apropie personalmente del nombre de hijo o
que llame a Dios su Padre. La adoración del Padre sólo es
posible para aquellos a quienes se les ha dado el Espíritu del
Hijo. La adoración en espíritu sólo es posible para aquellos a
quienes el Hijo ha revelado al Padre, y que han recibido el
espíritu de filiación. Sólo Cristo abre el camino y enseña la
adoración en espíritu,
y en verdad. Eso no significa solamente con sinceridad. Ni
tampoco significa solamente de acuerdo con la verdad de la
Palabra de Dios. La expresión tiene un significado profundo
y divino. Jesús es “el Unigénito del Padre, lleno de gracia y
verdad”. “La ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia
y la verdad vinieron por medio de Jesucristo”. Jesús dice: “Yo
soy la verdad y la vida”. En el Antiguo Testamento todo eran
sombras y promesas; Jesús trajo y ofrece la realidad, la
sustancia de las cosas que se esperan. En él, las bendiciones y
los poderes de la vida eterna son nuestra posesión y
experiencia reales. Jesús está lleno de gracia y verdad; el
Espíritu Santo es el Espíritu de verdad; por medio de él, la
gracia que está en Jesús es nuestra en verdad, y la verdad es
una comunicación positiva procedente de la vida divina. Así
que adorar en espíritu es adorar en verdad; una verdadera
comunión viviente con Dios, una correlación y armonía reales
entre el Padre, que es Espíritu, y el hijo que ora en el espíritu.

Lo que Jesús le dijo a la mujer samaritana ella no lo podía


entender de inmediato. Hizo falta Pentecostés para revelar su
significado completo. Cuando entramos por primera vez en la
escuela de la oración, apenas estamos preparados para
comprender esa enseñanza. Lo entenderemos mejor más
adelante. Limitémonos a comenzar y tomar la lección tal
como él la da. Somos carnales y no podemos darle a Dios la
adoración que él busca. Pero Jesús vino a dar el Espíritu: nos
lo ha dado a nosotros. Que nuestro ánimo al disponernos a
orar sea como las palabras de Cristo nos han enseñado.
Dejemos que haya una profunda confesión de nuestra
incapacidad para darle a Dios la adoración que a él le agrada;
la capacidad infantil de dejarse enseñar que espera que él nos
instruya; la fe sencilla que se rinde al aliento del Espíritu.
Sobre todo, retengamos la bendita verdad (descubriremos que
el Señor tiene más que decirnos sobre ella): que el
conocimiento de la paternidad de Dios, la revelación de su
infinita paternidad en nuestros corazones, la fe en el amor
infinito que nos da a su Hijo y su Espíritu para hacernos hijos,
es, de hecho, el secreto de la oración en espíritu y en verdad.
Este es el camino nuevo y vivo que Cristo abrió para nosotros.
Tener a Cristo el Hijo, y al Espíritu del Hijo, morando en
nosotros y revelándonos al Padre es lo que nos convierte en
adoradores espirituales y verdaderos.

“SEÑOR, ENSÉÑANOS A ORAR”.


¡Bendito Señor! Adoro el amor con el que enseñaste a una
mujer, que te había negado un vaso de agua, cómo debe ser la
adoración a Dios. Me regocijo en la seguridad de que ahora
no harás menos en la instrucción de tu discípulo, que viene a
ti con un corazón que anhela orar en espíritu y en verdad. ¡Oh
mi Sagrado Maestro! enséñame este bendito secreto.
Enséñame que la adoración en espíritu y en verdad no es
del hombre, sino que solamente proviene de ti; que no es tan
sólo una cuestión de tiempos y estaciones, sino el
desbordamiento de una vida en ti. Enséñame a acercarme a
Dios en oración bajo la profunda impresión de mi ignorancia
y de no tener nada en mí mismo que ofrecerle, y al mismo
tiempo de la provisión que tú, mi Salvador, haces soplando el
Espíritu en mis balbuceos infantiles; te bendigo porque en ti
soy un niño y tengo la libertad de acceso de un niño, porque
en ti tengo el espíritu de filiación y de adoración en verdad.
Enséñame, sobre todas las cosas, bendito Hijo del Padre,
cómo es la revelación del Padre que da confianza en la
oración; y permite que la infinita paternidad del corazón de
Dios sea mi gozo y fortaleza para una vida de oración y de
adoración. Amén.

ORA A TU PADRE QUE ESTÁ EN LO SECRETO


o “Solo con Dios”
“Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la
puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve
en lo secreto te recompensará en público” (MT 6:6).

Después de que Jesús llamara a sus primeros discípulos, les


dio su primera enseñanza pública en el Sermón del Monte.
Allí les expuso el reino de Dios, sus leyes y su vida. En ese
reino, Dios no es sólo Rey sino Padre; Él no sólo lo da todo,
sino que Él mismo lo es todo. Solamente en conocerle a Él y
tener comunión con Él está su bienaventuranza. Por lo tanto,
era algo inevitable que la revelación de la oración y la vida de
oración formaran parte de su enseñanza sobre el Nuevo Reino
que había venido a establecer. Moisés no dio ningún
mandamiento ni reglamento con respecto a la oración: incluso
los profetas dicen poco directamente del deber de la oración;
es Cristo quien enseña a orar.
Y lo primero que el Señor les enseña a sus discípulos es que
deben tener un lugar secreto para orar; todos deben tener un
lugar solitario donde puedan estar a solas con su Dios. Cada
maestro debe tener un aula. Hemos aprendido a conocer y
aceptar a Jesús como nuestro único maestro en la escuela de
oración. Él ya nos has enseñado en Samaria que la adoración
ya no se limita a tiempos y lugares; que la adoración, la
adoración espiritual y verdadera, es una cosa del espíritu y la
vida; el hombre completo debe en toda su vida adorar en
espíritu y en verdad. Y, sin embargo, quiere que cada uno elija
por sí mismo el lugar fijo donde puede reunirse diariamente
con Él. Esa cámara secreta, ese lugar solitario, es el aula de
Jesús. Ese lugar puede estar en cualquier parte; ese lugar
puede cambiar de un día a otro si tenemos que cambiar nuestra
morada; pero ese lugar secreto debe existir, con el tiempo de
reflexión en el que el alumno se pone en la presencia del
Maestro, para ser preparado por Él para adorar al Padre. Allí,
solos, pero con toda seguridad, Jesús viene a nosotros para
enseñarnos a orar.

Un maestro siempre está ansioso de que su aula esté bien


iluminada y resulte atractiva, llena de luz y aire puro, un lugar
donde los alumnos anhelen venir y les encante quedarse. En
sus primeras palabras sobre la oración en el Sermón del
Monte, Jesús busca poner frente a nosotros la cámara secreta
con su luz más atractiva. Si escuchamos con atención, pronto
notamos que lo principal que tiene que decirnos es que nos
quedemos allí. Hasta en tres ocasiones usa el nombre de
Padre: “Ora a tu Padre”; “tu Padre te recompensará”;
“vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad”. Lo
primero en la oración secreta es: debo encontrarme con mi
Padre. La luz que brilla en el aposento debe ser la luz del
semblante del Padre. El aire fresco del cielo con el que Jesús
habría llenado la atmósfera en la que debo respirar y orar, es
el amor paternal de Dios, la paternidad infinita de Dios. Por lo
tanto, cada pensamiento o petición que exhalemos deberá ser
sencilla, de corazón, con la misma confianza con que un hijo
se acerca al Padre. Así es como el Maestro nos enseña a orar:
Él nos lleva a la presencia viva del Padre. Lo que oramos allí
debe servir. Escuchemos con atención para oír lo que el Señor
tiene que decirnos.

Primero, “ora a tu Padre que está en secreto”. Dios es un


Dios que se oculta al ojo carnal. Mientras en nuestra adoración
a Dios estemos ocupados fundamentalmente con nuestros
propios pensamientos y tareas cotidianas, no nos
encontraremos con Aquel que es Espíritu, el Invisible. Pero el
Padre se revelará a sí mismo al hombre que se retira de todo
lo que es del mundo y del hombre y se prepara para esperar
únicamente en Dios. Al abandonar, desistir y dejar fuera el
mundo, y la vida del mundo, y rendirse para ser conducido por
Cristo al lugar secreto de la presencia de Dios, la luz del amor
del Padre se levantará sobre él. La privacidad de la cámara
secreta y la puerta cerrada, la separación total de todo cuanto
nos rodea, es una imagen, y por tanto una ayuda, de ese
santuario espiritual interior, la privacidad del tabernáculo de
Dios, detrás del velo, donde nuestro espíritu verdaderamente
entra en contacto con el Invisible. Y así se nos enseña, desde
el comienzo de nuestra búsqueda del secreto de la oración
efectiva, a recordar que es en la cámara secreta, donde
estamos a solas con el Padre, que aprenderemos a orar
correctamente. El Padre que está en secreto: con estas palabras
Jesús nos enseña dónde nos está esperando, dónde se le puede
encontrar siempre. Los cristianos a menudo se quejan de que
la oración privada no es lo que debería ser. Se sienten débiles
y pecaminosos, el corazón está frío y oscuro; es como si
tuvieran tan poco por lo que orar, y que en ese poco no hubiera
fe o gozo. Se sienten desanimados e impedidos para orar
porque piensan que no pueden acudir al Padre como deberían
o desearían. ¡Hijo de Dios! escucha a tu Maestro. Él te dice
que cuando vayas a orar en privado, tu primer pensamiento
debe ser: el Padre está en secreto, el Padre me espera allí.
Precisamente porque tu corazón está frío y no tiene oración,
entra en la presencia del Padre amoroso. Como el padre se
compadece de sus hijos, así el Señor se compadece de ti. No
pienses en lo poco que tienes que llevarle a Dios, sino en lo
mucho que Él quiere darte. Simplemente colócate delante de
Él y mira su rostro; piensa en su amor, su maravilloso, tierno
y compasivo amor. Dile tan sólo lo pecaminoso, frío y oscuro
que está todo: es el corazón amoroso del Padre el que dará luz
y calor al tuyo. Haz lo que dice Jesús: cierra la puerta y ora a
tu Padre que está en secreto. ¿No es maravilloso? poder ir solo
con Dios, el Dios infinito. Y luego mirar hacia arriba y decir:
¡Padre mío!

“Y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en


público”. Aquí Jesús nos asegura que la oración secreta no
puede ser infructuosa: su bendición se apreciará en nuestra
vida. Cuando estamos en privado, a solas con Dios, debemos
confiarle nuestra vida delante de los hombres a Él; Él nos
recompensará en público; Él se encargará de que la respuesta
a la oración se manifieste en su bendición sobre nosotros.
Nuestro Señor nos enseñará de este modo que, así como la
infinita Paternidad y Fidelidad es con lo que Dios se encuentra
con nosotros en privado, también por nuestra parte debería
encontrar la sencillez de la fe de un niño, la confianza en que
nuestra oración efectivamente hace descender una bendición.
“Es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y
que es galardonador de los que le buscan”. La bendición del
aposento no depende del sentimiento fuerte o ferviente con el
que oro, sino del amor y el poder del Padre a quien le confío
mis necesidades. Y, por lo tanto, el Maestro sólo tiene un
deseo: acuérdate de que tu Padre está, ve y escucha en secreto;
ve allí y quédate allí, y vuelve de allí con la confianza de que
Él recompensará. Confía en Él en eso; depende de Él: la
oración al Padre no puede ser vana; Él te recompensará en
público.

Aún para confirmar más esta fe en el amor de Dios como


Padre, Cristo pronuncia una tercera palabra: “porque vuestro
Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros
le pidáis”. A primera vista podría parecer que este
pensamiento hace que la oración sea menos necesaria: Dios
sabe mucho mejor que nosotros lo que necesitamos. Pero a
medida que alcanzamos una visión más profunda de lo que
realmente es la oración, esta verdad ayudará mucho a
fortalecer nuestra fe. Nos enseñará que no necesitamos, como
hacen los paganos, obligar a que un Dios reticente nos escuche
con la multitud y urgencia de nuestras palabras. Nos conducirá
a una consideración y silencio sagrados en la oración, ya que
sugiere la pregunta: ¿de verdad mi Padre sabe que necesito
esto? Una vez que hayamos sido guiados por el Espíritu a la
certeza de que nuestra petición realmente es algo que, según
la Palabra, necesitamos para la gloria de Dios, nos dará la
maravillosa confianza de decir: mi Padre sabe que lo necesito
y debe tenerlo. Y si hay alguna demora en la respuesta, nos
enseñará a esperar con tranquila perseverancia: ¡PADRE! TÚ
SABES que lo necesito. Oh, la bendita libertad y sencillez de
un niño que Cristo nuestro Maestro cultivará de buen grado
en nosotros, a medida que nos acerquemos a Dios: miremos
al Padre hasta que su Espíritu lo haga en nosotros. A veces, en
nuestras oraciones, cuando corremos el peligro de estar tan
ocupados con nuestras peticiones fervientes y urgentes como
para olvidarnos de que el Padre sabe y oye, detengámonos y
digamos en voz baja: mi Padre ve, mi Padre oye, mi Padre
sabe; eso ayudará a nuestra fe a apropiarse de la respuesta y
decir: sabemos que tenemos las peticiones que le hemos
pedido.

Y ahora, todos vosotros que habéis ingresado nuevamente


en la escuela de Cristo para que se os enseñe a orar, tomad
estas lecciones, practicadlas y confiad en que Él os
perfeccione en ellas. Pasad mucho tiempo en la cámara
secreta, con la puerta cerrada, alejados de los hombres y
encerrados con Dios; es allí donde el Padre os espera, es allí
donde Jesús os enseñará a orar. Que vuestro mayor gozo sea
estar solos en privado con EL PADRE. Que vuestra fuerza diaria
sea tener la seguridad de que EL PADRE recompensará en
público la oración privada, de modo que no quede sin
bendición. Que vuestra libertad para traer todas las
necesidades, teniendo la seguridad de que vuestro Dios las
suplirá según sus riquezas en gloria en Cristo Jesús, sea
conocer que EL PADRE sabe que necesitáis lo que pedís.
“SEÑOR, ENSÉÑANOS A ORAR”.
¡Bendito Salvador! con todo mi corazón te bendigo por
designar la cámara secreta como la escuela donde tú te
encuentras a solas con tus alumnos y les revelas al Padre. ¡Oh
Señor mío! fortalece mi fe de tal manera en el tierno amor y
la bondad del Padre que, cada vez que me sienta pecaminoso
o afligido, el primer pensamiento instintivo sea ir donde sé
que el Padre me espera, y donde la oración nunca puede dejar
de ser bendecida. Que el pensamiento de que Él conoce mi
necesidad antes de que le pida me lleve, con gran tranquilidad
de fe, a confiar en que Él dará lo que su hijo requiere. Deja,
oh Dios, que el lugar de la oración privada se convierta para
mí en el lugar más querido de la tierra.

Y, ¡Señor! escúchame al pedirte en oración que tú bendigas


en todas partes los aposentos de tus creyentes. Que tu
maravillosa revelación de la ternura de un Padre libere a todos
los jóvenes cristianos de todo pensamiento de oración secreta
como un deber o una carga, y los lleve a considerarlo como el
mayor privilegio de su vida, un gozo y una bendición.
Restaura a todos los que están desanimados porque no pueden
encontrar nada que llevarte a ti en oración. Dales a entender
que sólo tienen que acudir con su vacío a Aquel que tiene todo
para dar y se deleita en hacerlo. Que su único pensamiento sea
no lo que tienen que traer al Padre, sino lo que el Padre espera
darles.

Y bendice especialmente la cámara secreta de todos tus


siervos que trabajan para ti, como el lugar donde se les revela
la verdad de Dios y la gracia de Dios, donde son ungidos
diariamente con aceite nuevo, donde se renuevan sus fuerzas
y se reciben las bendiciones por fe, con la cual deben bendecir
a sus semejantes. Señor, llévanos a todos al aposento más
cercano a ti y al Padre. Amén.

VOSOTROS, PUES, ORARÉIS ASÍ


o “La oración modelo”
“Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los
cielos” (MT 6:9).

Todo maestro conoce el poder del ejemplo. Él no sólo le dice


al hijo qué hacer y cómo hacerlo, sino que le muestra cómo se
puede hacer realmente. Siendo condescendiente con nuestra
debilidad, nuestro Maestro celestial nos ha dado las mismas
palabras que debemos llevar con nosotros a medida que nos
acercamos a nuestro Padre. En ellas tenemos una forma de
oración en la se respira la frescura y la plenitud de la Vida
Eterna. Tan sencilla que la puede cecear un niño y tan
divinamente rica que comprende todo lo que Dios puede dar.
Una forma de oración que se convierte en modelo e
inspiración para todas las demás oraciones y, sin embargo,
siempre nos lleva de vuelta a ella como la expresión más
profunda de nuestras almas ante nuestro Dios.

“¡Padre nuestro que estás en los cielos!”. Para apreciar


correctamente esta expresión de adoración debo recordar que
ninguno de los santos en la Escritura se aventuró jamás a
dirigirse a Dios como su Padre. La invocación nos sitúa de
inmediato en el centro de la maravillosa revelación que el Hijo
vino a hacer de su Padre también nuestro Padre. Comprende
el misterio de la redención: Cristo librándonos de la maldición
para que pudiéramos convertirnos en hijos de Dios. El
misterio de la regeneración: el Espíritu en el nuevo nacimiento
que nos da la nueva vida. Y el misterio de la fe: antes de que
la redención sea lograda o entendida, la palabra es dada de
labios de los discípulos para prepararlos para la bendita
experiencia que aún está por venir. Las palabras son la clave
de toda la oración, de toda oración. Lleva tiempo, se necesita
la vida para estudiarlas; hará falta la eternidad para
entenderlas completamente. El conocimiento del amor
paternal de Dios es la primera y la más sencilla, pero también
la última y la más sublime de las lecciones en la escuela de la
oración. La oración comienza con la relación personal con el
Dios viviente y la comunión de amor personal y consciente
consigo mismo. Es en el conocimiento de la paternidad de
Dios, revelada por el Espíritu Santo, que el poder de la oración
hunde sus raíces y crece. En la infinita ternura, piedad y
paciencia del Padre infinito, en su amorosa disposición para
escuchar y ayudar, la vida de oración tiene su alegría.
Tomémonos un tiempo, hasta que el Espíritu haya convertido
en nosotros estas palabras en espíritu y en verdad, para llenar
nuestro corazón y vida: “Padre nuestro que estás en los
cielos”. Entonces estamos ciertamente detrás del velo, en el
lugar secreto de poder donde la oración siempre prevalece.

“Santificado sea tu nombre”. Aquí hay algo que nos llama


la atención de inmediato. Si bien, por lo general, primero
llevamos nuestras propias necesidades a Dios en oración y
luego pensamos en lo que pertenece a Dios y sus intereses, el
Maestro aquí invierte el orden. Primero, tu nombre, tu reino,
tu voluntad; después, danos, perdónanos, no nos metas,
líbranos. La lección es más importante de lo que creemos. En
la adoración verdadera, el Padre debe ser el primero, debe
serlo todo. Cuanto antes aprenda a olvidarme de mí mismo
con el deseo de que ÉL sea glorificado, más rica será la
bendición que la oración me traiga a mí. Nadie pierde por lo
que sacrifica por el Padre.

Esto debe influir toda nuestra oración. Hay dos tipos de


oración: personal e intercesora. Esta última generalmente
ocupa la menor parte de nuestro tiempo y energía. Esto no
puede ser. Cristo ha abierto la escuela de oración
especialmente para formar intercesores para la gran obra de
derramar, por su fe y oración, las bendiciones de su obra y
amor sobre el mundo que nos rodea. No puede haber un
crecimiento profundo en la oración a menos que éste sea
nuestro objetivo. El niño pequeño puede pedirle al padre sólo
lo que necesita para sí mismo; y, sin embargo, pronto aprende
a decir: dale algo también a mi hermana. Pero el hijo adulto,
que sólo vive para los intereses del Padre y se hace cargo de
sus asuntos, pide más ampliamente y obtiene todo lo que pide.
Y Jesús quiere formarnos para la bendita vida de consagración
y servicio, en la cual todos nuestros intereses están
subordinados al Nombre, al Reino y a la Voluntad del Padre.
Padre nuestro, déjanos vivir para esto, y que a cada acto de
adoración le siga al mismo tiempo tu nombre, tu reino, tu
voluntad; para eso elevamos la mirada y eso anhelamos.
“Santificado sea tu nombre”. ¿Qué nombre? Este nuevo
nombre de Padre. La palabra Santo es la palabra central del
Antiguo Testamento; el nombre Padre lo es del Nuevo. En
este nombre de Amor deben revelarse ahora toda la santidad
y la gloria de Dios. Y ¿cómo se debe santificar el nombre? Por
Dios mismo: “Y santificaré mi grande nombre, profanado
entre las naciones, el cual profanasteis vosotros en medio de
ellas”. Nuestra oración debe ser que en nosotros mismos, en
todos los hijos de Dios, en presencia del mundo, Dios mismo
revele la santidad, el poder divino, la gloria oculta del nombre
del Padre. El Espíritu del Padre es el Espíritu Santo: es sólo
cuando nos rendimos para ser guiados por Él que el nombre
será santificado en nuestra oración y nuestras vidas.
Aprendamos la oración: “Padre nuestro, santificado sea tu
nombre”.

“Venga tu reino”. El Padre es un rey y tiene un reino. El


hijo y heredero de un rey no tiene mayor ambición que la
gloria del reino de su padre. En tiempo de guerra o peligro
esto se convierte en su pasión; no puede pensar en nada más.
Los hijos del Padre están aquí en territorio enemigo, donde el
reino, que está en el cielo, aún no se ha manifestado
plenamente. ¿Qué hay más natural que eso? Cuando aprenden
a santificar el nombre del Padre deberían anhelar y clamar con
profundo entusiasmo: “Venga tu reino”. La venida del reino
es el gran evento del que dependen la revelación de la gloria
del Padre, la bienaventuranza de sus hijos y la salvación del
mundo. La venida del reino también aguarda a nuestras
oraciones. ¿No nos uniremos al profundo clamor de los
redimidos: “Venga tu reino”? Aprendámoslo en la escuela de
Jesús.
“Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la
tierra”. Esta petición se aplica con demasiada frecuencia
solamente al sufrimiento de la voluntad de Dios. En el cielo,
la voluntad de Dios se hace, y el Maestro le enseña al niño a
pedir que se haga la voluntad en la tierra como en el cielo: en
el espíritu de una sumisión adorante y una pronta obediencia.
Debido a que la voluntad de Dios es la gloria del cielo, su
realización es la dicha del cielo. Cuando se hace la voluntad,
el reino de los cielos entra en el corazón. Y dondequiera que
la fe haya aceptado el amor del Padre, la obediencia acepta la
voluntad del Padre. La rendición y la oración por una vida de
obediencia celestial es el espíritu de la oración infantil.

“El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy”. Cuando el niño


se entregó por primera vez al Padre en el cuidado de su
nombre, su reino y su voluntad, tiene plena libertad para pedir
su pan de cada día. Un amo se preocupa por la comida de su
sirviente, un general de la de sus soldados, un padre de la de
su hijo. ¿Y no cuidará el Padre que está en el cielo al hijo que
en oración se ha entregado a sus intereses? De hecho,
podemos decir con toda confianza: Padre, vivo para tu honor
y tu obra; sé que te preocupas por mí. La consagración a Dios
y a su voluntad otorga una maravillosa libertad en la oración
por las cosas temporales: toda la vida terrenal se entrega al
amoroso cuidado del Padre.

“Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros


perdonamos a nuestros deudores”. Igual que el pan es la
primera necesidad del cuerpo, también el perdón es la primera
necesidad del alma. Y la provisión de lo primero es tan segura
como la de lo segundo. Somos hijos, pero también pecadores;
nuestro derecho de acceso a la presencia del Padre se lo
debemos a la sangre preciosa y al perdón que ha ganado para
nosotros. Tengamos cuidado de que la oración por el perdón
se convierta en una formalidad: sólo lo que se confiesa de
verdad es perdonado de verdad. Aceptemos con fe el perdón
como fue prometido: como una realidad espiritual, una
auténtica transacción entre Dios y nosotros; es la entrada a
todo el amor del Padre y a todos los privilegios de los hijos.
Ese perdón, como experiencia viva, es imposible sin un
espíritu de perdón hacia los demás: de igual manera que
perdonado expresa el aspecto celestial, perdonador se refiere
al aspecto terrenal de la relación del hijo de Dios. En cada
oración al Padre debo poder decir que no conozco a nadie a
quien no ame sinceramente.

“Y no nos metas en tentación, mas líbranos del maligno”.


Nuestro pan de cada día, el perdón de nuestros pecados, y
luego el ser guardado de todo pecado y del poder del maligno.
Estas tres peticiones abarcan todas nuestras necesidades
personales. La oración por el pan y el perdón debe ir
acompañada de la rendición de vivir en todas las cosas en
santa obediencia a la voluntad del Padre, y la oración creyente
de ser guardado en todo por el poder del Espíritu que mora en
nosotros del poder del maligno.

¡Hijos de Dios! es por eso que Jesús quiere que oremos al


Padre que está en el cielo. Permitamos que su nombre, su
reino y su voluntad ocupen el primer lugar en nuestros afectos;
su amor proveedor, perdonador y guardador será nuestra
porción segura. Así que la oración nos llevará a la verdadera
vida del hijo: el Padre todo para el niño, el Padre todo para el
niño. Entenderemos cómo Padre e hijo, el tuyo y el nuestro
son todo uno, y cómo el corazón que comienza su oración con
el TU dedicado a Dios, tendrá el poder en la fe de proclamar
también el NUESTRO. Tal oración será, de hecho, la comunión
y el intercambio de amor, siempre llevándonos de vuelta en
confianza y adoración a Él, que no sólo es el Principio, sino el
Fin: “PORQUE TUYO ES EL REINO, Y EL PODER, Y LA GLORIA,
POR TODOS LOS SIGLOS. AMÉN”. Hijo del Padre, enséñanos a
orar “PADRE NUESTRO”.

“SEÑOR, ENSÉÑANOS A ORAR”.


Tú, que eres el Hijo unigénito, enséñanos, te suplicamos, a
orar “PADRE NUESTRO”. Te damos las gracias, Señor, por
estas Palabras Vivas Benditas que tú nos has dado. Te damos
las gracias por los millones que en ellas han aprendido a
conocer y adorar al Padre, y por lo que han sido para nosotros.
¡Señor! es como si necesitáramos días y semanas en tu escuela
con cada petición por separado; ¡tan profundas y completas
son! Pero esperamos en ti para que nos guíes más
profundamente a su significado: hazlo, te pedimos, por amor
a tu nombre; tu nombre es Hijo del Padre.

¡Señor! Una vez dijiste: “nadie conoce al Padre, sino el


Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar”. Y también: “Y
les he dado a conocer tu nombre, y lo daré a conocer aún, para
que el amor con que me has amado, esté en ellos, y yo en
ellos”. ¡Señor Jesús! revélanos al Padre. Que su nombre, su
infinito amor de Padre, el amor con el que te ha amado a ti,
según tu oración, ESTÉ EN NOSOTROS. ¡Entonces diremos con
propiedad “PADRE NUESTRO”! Entonces comprenderemos tu
enseñanza, y el primer aliento espontáneo de nuestro corazón
será: “Padre nuestro, tu reino, tu voluntad”. Y llevaremos
nuestras necesidades, nuestros pecados y nuestras tentaciones
a Él con la confianza de que el amor de un Padre así se
preocupa por todos.

¡Bendito Señor! somos tus alumnos, confiamos en ti;


enséñanos a orar “PADRE NUESTRO”. Amén.