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El verdadero ayuno no es ascetismo

Ascetismo: Ejercicio y práctica de un estilo de vida austero y de renuncia a


placeres materiales con el fin de adquirir unos hábitos que conduzcan a la
perfección moral y espiritual. En Col. 2:20-23, Pablo advierte a los creyentes
contra esta práctica religiosa.

El asceta cree que por llevar una vida de abstinencia encontrará favor delante de
Dios. De manera que, al igual que el moralismo, es una terrible distorsión del
evangelio.

En base a esta idea introductoria, muchos podrían preguntarse si ¿es bíblico


ayunar, o se trata de una práctica también condenada por las Escrituras?

En el AT se menciona el ayuno en unos 40 textos, y en el NT en unos 30. Y


aunque debemos admitir que no se nos da en la Biblia una definición del ayuno, ni
tampoco un mandato explícito que obligue el creyente a ayunar, aún así tenemos
en las Escrituras suficiente información como para definir lo que es, y para ser
impulsados a hacerlo.

¿Qué es el ayuno?

La palabra “ayuno” significa literalmente “no comer”. Pero el asunto es más


profundo que ponerse a dieta. Incluye la abstención de comida, pero no como un
fin en sí mismo, sino más bien como una expresión de humillación y aflicción
delante de Dios. Si no hay un propósito espiritual de por medio, la abstinencia dejó
de ser ayuno en el sentido bíblico para convertirse en una simple dieta.

Ahora bien, debemos luchar contra todo pensamiento que nos lleve a ver el ayuno,
o cualquier otra manifestación de devoción, como algo mecánico. “Si hago esto
obtendré esto otro”. El dejar de comer no nos hará más espirituales; ni tampoco
inclinaremos el corazón de Dios o lo enterneceremos sólo por el hecho de pasar
hambre. “Mira, oh Dios, el sacrificio que estoy haciendo. ¿Acaso no te da pena de
mí?”

Si esa es tu forma de pensar, no sólo tienes una visión distorsionada del ayuno;
tienes una visión distorsionada de Dios mismo. No ayunamos para ablandar el
corazón de Dios. Lo hacemos porque en ciertas circunstancias es apropiado que
echemos a un lado todo aquello que pueda ser un motivo de distracción para
dedicarnos de manera especial, y por alguna causa especial, a la oración y a la
meditación.
Esto nada tiene que ver con esa idea platónica de que la materia es mala, y de
que lo único bueno en el hombre es el espíritu. Dios nos manda a cuidar nuestros
cuerpos lo mismo que debemos cuidar nuestras almas.

Pero tenemos que reconocer que nuestro cuerpo ocupa casi todo nuestro tiempo
demandando comida, vestido, descanso. Estamos normalmente muy ocupados
satisfaciendo las demandas de nuestro cuerpo, de modo que queda muy poco
tiempo para la meditación y la oración.

Y hay ciertas situaciones que vienen sobre nosotros que nos moverán a buscar el
rostro de Dios no sólo en oración, sino también en ayuno; echando a un lado
cosas que son lícitas como el comer o el beber, para no tener ninguna distracción
en nuestra búsqueda de Dios.

La práctica del ayuno, cuándo y cómo

Cuando rastreamos en las Escrituras la práctica del ayuno, ya sea a nivel


individual o colectivo, encontraremos que el pueblo de Dios solía ayunar en las
siguientes circunstancias.
Por un lado vemos que el pueblo de Dios ayunaba cuando se encontraba en
medio de un gran pesar por causa de su pecado delante de Dios. Daniel ayunó en
Babilonia como una manifestación de dolor ante los pecados del pueblo; y lo
mismo hizo Esdras: “No comió pan ni bebió agua, porque se entristeció a causa
del pecado de los del cautiverio” (Esd. 10:6).

También ayunaban como una manifestación de profundo dolor, como cuando


David se enteró de la muerte de Abner; cuando le ofrecieron comida dijo: “Así me
haga Dios y aun me añada, si antes de que se ponga el sol gustare yo pan, o
cualquiera otra cosa” (2Sam. 3:35).

En las Escrituras encontramos al pueblo de Dios ayunando también en medio de


circunstancias difíciles, como cuando fueron atacados por Moab y Amón en los
días de Josafat (comp. 2Cro. 20:1-4, 21-23). De igual manera, en el libro de Ester
vemos cómo la oración acompañada de ayuno juega un papel preponderante en
toda la historia.

A todo esto podemos añadir que el pueblo de Dios ayunaba cuando necesitaba la
dirección y capacitación de Dios en medio de tareas difíciles. El Señor Jesucristo
ayunó 40 días antes del inicio de Su ministerio. Siendo el Hijo de Dios encarnado
dependía totalmente de Su Padre, y ese sentido de dependencia lo movía a
buscar el rostro de Dios, no sólo en oración, sino también en ayuno.

Ese mismo patrón lo vemos en la iglesia primitiva, que tanto en Hch. 13:2 como en
14:23 buscaron la dirección de Dios en el contexto de la selección de sus líderes
en ayuno y oración.

En todos estos ejemplos vemos el mismo patrón. Estos hombres y mujeres no


ayunaban para sobornar a Dios, ni para darle pena y así ablandar Su corazón. Su
sentido de necesidad y dependencia los llevaba a ayunar.

Somos una raza de gente necesitada, y por esa misma razón necesitamos buscar
continuamente el rostro de Dios en oración, y en ocasiones tendremos que hacerlo
en una forma especial, apartándonos de todas las cosas para dedicarnos con más
ahínco y sin estorbo a tener comunión con El. Eso es ayunar.

Tal vez se le ha puesto más énfasis a la mecánica del ayuno que a su esencia. La
Biblia no plantea una forma rígida de ayunar. Puede ser un ayuno individual o
colectivo; puede ser de un día o más, o aun puede ser una parte del día; puede
ser total o parcial, como el ayuno practicado por Daniel en Dn. 10:3, que consistió
simplemente en abstinencia de manjares delicados, de carne y de vino por tres
semanas.
Pero sea de un modo o de otro, lo importante es la disposición que nos ha movido
a venir delante de Dios en oración y ayuno. ¿Es acaso que has sentido un dolor
agudo por causa de tu pecado? ¿O que te encuentras en medio de una situación
aflictiva? ¿O en medio de alguna circunstancia difícil y necesitas la dirección de
Dios? Busca el rostro de Dios con un profundo sentido de dependencia. Dice en el
Sal. 145:18 que nuestro Dios se acerca “a todos los que le invocan, a todos los
que le invocan de veras”.

No a los que cumplen un ritual por las mañanas, y antes de salir de sus casas se
postran y dicen: “Señor, bendíceme en este día. En el nombre de Jesús. Amén”.
Dios está cercano a los que le invocan de veras, con un sentido tal de urgencia y
necesidad, que en ocasiones encontraremos a este hombre buscando el rostro de
Dios no sólo en oración, sino también en ayuno (Mr. 2:18-20).

Quiera Dios poner en nosotros un cada más profundo sentido de dependencia y


de insuficiencia que nos mueva a buscarle más intensamente. Mientras haya
pecados que confesar, dolores intensos que aliviar, situaciones difíciles que
enfrentar, y decisiones cruciales que tomar, el ayuno será necesario.

Cristo dijo que cuando el esposo nos sea quitado nos veríamos en la necesidad de
ayunar. Era de estos días que el Señor hablaba. Debemos buscar Su rostro
intensamente, porque lo necesitamos intensamente.

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