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Brayan

Errores ortográficos:

Matemática

Así

También (4)

La muchacha ebria y feas manos de miel se bañan sin angustia,


sin tristeza:
Efraín Huerta
llanto ebrio, lágrimas de claveles, de tabernas
Este lánguido caer en brazos de una enmohecidas,
desconocida, esta brutal tarea de pisotear mariposas y
sombras y cadáveres; este pensarse árbol, botella o de la muchacha que se embriaga sin tedio ni
chorro de alcohol, pesadumbre,

huella de pie dormido, navaja verde o negra; de la muchacha que una noche

este instante durísimo en que una muchacha y era una santa noche me entregará su
grita, corazón derretido,

gesticula y sueña por una virtud que nunca fue sus manos de agua caliente, césped, seda,
la suya.
sus pensamientos tan parecidos a pájaros
muertos,

Todo esto no es sino la noche, sus torpes frenesís de ternura,

sino la noche grávida de sangre y leche su boca que sabía a taza mordida por dientes
de borrachos,
de niños que se asfixian,
su pecho suave como una mejilla con fiebre,
de mujeres carbonizadas
y sus brazos y piernas con tatuajes,
y varones morenos de soledad
y su naciente tuberculosis,
y misterioso, sofocante desgaste.
y su dormido sexo de orquídea martirizada.

Sino la noche de la muchacha ebria


Ah, la muchacha ebria, la muchacha del
cuyos gritos de rabia y evocación sonreír estúpido

me hirieron como el llanto purísimo y la generosidad en la punta de los dedos,

como las náuseas y el rencor, la muchacha de la confiada, inefable ternura


para un hombre,
como el abandono y la voz de las mendigas.
como yo, escapado apenas de la violencia
amorosa.

Lo triste es este llanto, amigos, hecho de vidrio


molido
Este tierno recuerdo siempre será una lámpara
y fúnebres gardenias despedazadas en el frente a mis ojos,
umbral de las cantinas
una fecha sangrienta y abatida.
llanto y sudor molidos, en que hombres
desnudos, con sólo negra barba

¡Por la muchacha ebria, amigos míos!


Ana

Errores ortográficos:

A veces

(4)

LA LLAVE DE PLATA H.P. LOVECRAFT


Cuando Randolph Carter cumplió los treinta años, perdió la llave de la puerta de los
sueños. Anteriormente había compaginado la insulsez de la vida cotidiana con excursiones
nocturnas a extrañas y antiguas ciudades situadas más allá del espacio, y a hermosas e increíbles
regiones de unas tierras a las que se llega cruzando mares etéreos. Pero al alcanzar la edad
madura sintió que iba perdiendo poco a poco esta capacidad de evasión, hasta que finalmente le
desapareció por completo. Ya no pudieron hacerse a la mar sus galeras para remontar el río
Oukranos, hasta más allá de las doradas agujas de campanario de Thran, ni vagar sus caravanas
de elefantes a través de las fragantes selvas de Kled, donde duermen bajo la luna, hermosos e
inalterables, unos palacios de veteadas columnas de marfil. Había leído mucho acerca de cosas
reales, y había hablado con demasiada gente. Los filósofos, con su mejor intención, le habían
enseñado a mirar las cosas en sus mutuas relaciones lógicas, y a analizar los procesos que
originaban sus pensamientos y sus desvaríos. Había desaparecido el encanto, y había olvidado
que toda la vida no es más que un conjunto de imágenes existentes en nuestro cerebro, sin que se
dé diferencia alguna entre las que nacen de las cosas reales y las engendradas por sueños que
sólo tienen lugar en la intimidad, ni ningún motivo para considerar las unas por encima de las otras.
La costumbre le había atiborrado los oídos con un respeto supersticioso por todo lo que es tangible
y existe físicamente. Los sabios le habían dicho que sus ingenuas figuraciones eran insulsas y
pueriles, y más absurdas aún, puesto que los soñadores se empeñan en considerarlas llenas de
sentido e intención, mientras el ciego universo va dando vueltas sin objeto, de la nada a las cosas,
y de las cosas a la nada otra vez, sin preocuparse ni interesarse por la existencia ni por las
súplicas de unos espíritus fugaces que brillan y se consumen como una chispa efímera en la
oscuridad. Le habían encadenado a las cosas de la realidad, y luego le habían explicado el
funcionamiento de esas cosas, hasta que todo misterio hubo desaparecido del mundo. Cuando se
lamentó y sintió deseos imperiosos de huir a las regiones crepusculares donde la magia moldeaba
hasta los más pequeños detalles de la vida, y convertía sus meras asociaciones mentales en
paisaje de asombrosa e inextinguible delicia, le encauzaron en cambio hacia los últimos prodigios
de la ciencia, invitándole a descubrir lo maravilloso en los vórtices del átomo y el misterio en las
dimensiones del cielo. Y cuando hubo fracasado, y no encontró lo que buscaba en un terreno
donde todo era conocido y susceptible de medida según leyes concretas, le dijeron que le faltaba
imaginación y que no estaba maduro todavía, ya que prefería la ilusión de los sueños al mundo de
nuestra creación física. De este modo, Carter había intentado hacer lo que los demás,
esforzándose por convencerse de que los sucesos y las emociones de la vida ordinaria eran más
importantes que las fantasías de los espíritus más exquisitos y delicados. Admitió, cuando se lo
dijeron, que el dolor animal de un cerdo apaleado, o de un labrador dispéptico de la vida real, es
más importante que la incomparable belleza de Narath, la ciudad de las cien puertas labradas, con
sus cúpulas de calcedonia, que él recordaba confusamente de sus sueños; y bajo la dirección de
tan sabios caballeros fomentó laboriosamente su sentido de la compasión y de la tragedia. De
cuando en cuando, no obstante, le resultaba inevitable considerar cuán triviales, veleidosas y
carentes de sentido eran todas las aspiraciones humanas, y cuán contradictoriamente
contrastaban los impulsos de nuestra vida real con los pomposos ideales que aquellos dignos
señores proclamaban defender. Otras veces miraba con ironía los principios con los cuales le
habían enseñado a combatir la extravagancia y artificiosidad de los sueños; porque él veía que la
vida diaria de nuestro mundo es en todo igual de extravagante y artificiosa, y muchísimo menos
valiosa a este respecto, debido a su escasa belleza y a su estúpida obstinación en no querer
admitir su propia falta de razones y propósitos. De este modo, se fue convirtiendo en una especie
de amargo humorista, sin darse cuenta de que incluso el humor carece de sentido en un universo
estúpido y privado de cualquier tipo de autenticidad. En los primeros días de esta servidumbre, se
refugió en la fe mansa y santurrona que sus padres le habían inculcado con ingenua confianza, ya
que le pareció que de ella nacían místicos senderos que le ofrecían alguna posibilidad de evadirse
de esta vida. Sólo una observación más cuidadosa le hizo comprender la falta de fantasía y de
belleza, la rancia y prosaica vulgaridad, la gravedad de lechuza y las grotescas pretensiones de
inquebrantable fe que reinaban de manera aplastante y opresiva entre la mayor parte de quienes la
profesaban; o le hizo sentir plenamente la torpeza con que trataban de mantenerla viva, como si
aún fuera el intento de una raza primordial por combatir los terrores de lo desconocido. A Carter le
aburría la solemnidad con que la gente trataba de interpretar la realidad terrenal a partir de viejos
mitos, que a cada paso eran refutados por su propia ciencia jactanciosa. Y esta seriedad
inoportuna y fuera de lugar mató el interés que podía haber sentido por las antiguas creencias, de
haberse limitado a ofrecer ritos sonoros y expansiones emocionales con su auténtico significado de
pura fantasía. Pero cuando comenzó a estudiar a los filósofos que habían derribado los viejos
mitos, los encontró aún más detestables que quienes los habían respetado. No sabían esos
filósofos que la belleza estriba en la armonía, y que el encanto de la vida no obedece a regla
alguna en este cosmos sin objeto, sino únicamente a su consonancia con los sueños y los
sentimientos que han modelado ciegamente nuestras pequeñas esferas a partir del caos. No veían
que el bien y el mal, y la felicidad y la belleza, son únicamente productos ornamentales de nuestro
punto de vista, que su único valor reside en su relación con lo que por azar pensaron y sintieron
nuestros padres; y que sus características, aun las más sutiles, son diferentes en cada raza y en
cada cultura. En cambio, negaban todas estas cosas rotundamente, o las explicaban mediante los
instintos vagos y primitivos que todos compartimos con las bestias y los patanes; de este modo,
sus vidas se arrastraban penosamente por el dolor, la fealdad y el desequilibrio; aunque, eso sí,
henchidas del ridículo orgullo de haber escapado de un mundo que en realidad no era menos
sólido que el que ahora les sostenía. Lo único que habían hecho era cambiar los falsos dioses del
temor y de la fe ciega por los de la licencia y de la anarquía. Carter apenas gozaba de estas
modernas libertades, porque resultaban mezquinas e inmundas a su espíritu amante de la belleza
única; por otra parte, su razón se rebelaba contra la lógica endeble mediante la cual sus paladines
pretendían adornar los brutales impulsos humanos con la santidad arrebatada a los ídolos que
acababan de deponer. Veía que la mayor parte de la gente, como el mismo clero desacreditado,
seguía sin poder sustraerse a la ilusión de que la vida tiene un sentido distinto del que los hombres
le atribuyen, ni establecer una diferencia entre las nociones de ética y belleza, aun cuando, según
sus descubrimientos científicos, toda la naturaleza proclama a los cuatro vientos su irracionalidad y
su impersonal amoralidad. Predispuestos y fanáticos por las ilusiones preconcebidas de justicia,
libertad y conformismo, habían arrumbado el antiguo saber, las antiguas vías y las antiguas
creencias; y jamás se habían parado a pensar que ese saber y esas vías seguían siendo la única
base de los pensamientos y de los criterios actuales, los únicos guías y las únicas normas de un
universo carente de sentido, de objetivos estables y de hitos fijos. Una vez perdidos estos marcos
artificiales de referencia, sus vidas quedaron privadas de dirección y de interés, hasta que
finalmente tuvieron que ahogar el tedio en el bullicio y en la pretendida utilidad de las prisas, en el
aturdimiento y en la excitación, en bárbaras expansiones y en placeres bestiales. Y cuando se
hallaron hartos de todo esto, o decepcionados, o la náusea les hizo reaccionar, entonces se
entregaron a la ironía y a la mordacidad, y echaron la culpa de todo al orden social. Jamás lograron
darse cuenta de que sus principios eran tan inestables y contradictorios como los dioses de sus
mayores, ni de que la satisfacción de un momento es la ruina del siguiente. La belleza serena y
duradera sólo se halla en los sueños; pero este consuelo ha sido rechazado por el mundo cuando,
en su adoración de lo real. arrojó de sí los secretos de la infancia. En medio de este caos de
falsedades e inquietudes, Carter intentó vivir como correspondía a un hombre digno, de sentido
común y buena familia. Cuando sus sueños fueron palideciendo por la edad y su sentido del
ridículo, no los pudo sustituir por ninguna creencia; pero su amor por la armonía le impidió
apartarse de los senderos propios de su raza y condición. Caminaba impasible por las ciudades de
los hombres, y suspiraba porque ningún escenario le parecía enteramente real, porque cada vez
que veía los rojos destellos del sol reflejados en los altos tejados, o las primeras luces del
anochecer en las plazoletas solitarias, recordaba los sueños que había vivido de niño, y añoraba
los países etéreos que ya no podía encontrar. Viajar era sólo una burla; ni siquiera la Guerra
Mundial le conmovió gran cosa, aunque participó en ella desde el principio en la Legión Extranjera
de Francia. Durante cierto tiempo trató de buscar amigos, pero no tardó en darse cuenta de que
todos ellos eran groseros, banales y monótonos, y demasiado apegados a las cosas terrenales. Se
alegraba vagamente de no tener trato con sus familiares, porque ninguno le habría sabido
comprender, excepto, quizá, su abuelo y su tío abuelo Christopher; pero hacía tiempo que ambos
habían muerto. Entonces comenzó a escribir libros de nuevo, cosa que no hacía desde que los
sueños le habían abandonado. Pero tampoco encontró en ello ninguna satisfacción ni desahogo,
porque aún sus pensamientos eran demasiado mundanos, y no podía pensar en cosas hermosas,
como antes. Los destellos de humor irónico echaban abajo los alminares fantasmales que su
imaginación erigía, y su terrenal aversión por todo lo inverosímil marchitaba las flores más
delicadas y fascinantes de sus maravillosos jardines. La religiosidad convencional que adjudicaba
a sus personajes los impregnaba de un sentimentalismo empalagoso, en tanto que el mito del
realismo y de la necesidad de pintar acontecimientos y emociones vulgarmente humanos,
degradaban toda su elevada fantasía, convirtiéndola en un fárrago de alegorías mal disimuladas y
superficiales sátiras de la sociedad. Así, sus nuevas novelas alcanzaron un éxito que jamás habían
conocido las de antes; pero al comprender cuán insulsas debían ser para agradar a la vana
muchedumbre, las quemó todas y dejó de escribir. Eran unas novelas triviales y elegantes, en las
que se sonreía educadamente de los propios sueños que apenas si describía por encima; pero se
dio cuenta de que eran artificiosas y falsas, y carecían de vida. Después de estos intentos se
dedicó a cultivar el ensueño deliberado, y ahondó en el terreno de lo grotesco y de lo excéntrico,
como buscando un antídoto contra los anteriores lugares comunes. Estos campos no tardaron, sin
embargo, en poner de manifiesto su pobreza y su esterilidad; y pronto se dio cuenta de que las
habituales creencias ocultistas son tan escasas e inflexibles como las científicas, aunque
desprovistas de toda verosimilitud. La estupidez grosera, la superchería y la incoherencia de las
ideas no son sueños, ni ofrecen a un espíritu superior ninguna posibilidad de evadirse de la vida
real. Así, pues, Carter compró libros aun más extraños, y buscó escritores más profundos y
terribles, de fantástica erudición; se sumergió en los arcanos menos estudiados de la conciencia,
ahondó en los profundos secretos de la vida, de la leyenda y de la remota antigüedad, y aprendió
cosas que le dejaron marcado para siempre. Decidió vivir a su modo y amuebló su casa de Boston
de forma que pudiera armonizar con sus cambios de humor. Consagró una habitación a cada uno
de ellos, y las pintó con los colores adecuados, disponiendo en ellas los libros convenientes y
dotándolas de objetos y aparatos que le proporcionasen las sensaciones requeridas en cuanto a
luz, calor, sonidos, sabores y aromas. Una vez oyó hablar de un hombre al cual, allá en el Sur, le
rehuían y le temían todos por las cosas blasfemas que leía en arcaicos libros y en tabletas de
arcilla que había conseguido traer clandestinamente de la India y de Arabia. Y fue a visitarlo, y vivió
con él, y compartió sus estudios durante siete años, basta que una noche les sorprendió el horror
en un viejo cementerio desconocido, del que, de los dos que habían entrado, sólo uno regresó.
Entonces volvió a Arkham, la ciudad terrible y embrujada de Nueva Inglaterra, donde habían vivido
sus antepasados, y allí hizo experiencias en la oscuridad, entre sauces venerables y ruinosos
tejados, que le hicieron sellar para siempre ciertas páginas del diario de uno de sus predecesores,
de una mentalidad excepcionalmente tenebrosa. Pero estos horrores sólo le llevaron hasta los
límites de la realidad; y no pudiendo traspasarlos, no llegó a la auténtica región de los sueños por
la que él había vagado durante su juventud. De este modo, cuando cumplió los cincuenta años,
perdió toda esperanza de paz o de felicidad, en un mundo demasiado atareado para percibir la
belleza y demasiado intelectual para tolerar los sueños. Habiendo comprendido al fin la fatalidad de
todas las cosas reales, Carter pasó sus días en soledad, recordando con añoranza los sueños
perdidos de su juventud. Consideró que era una estupidez seguir viviendo de esa manera, y por
mediación de un sudamericano, conocido suyo, consiguió una poción muy singular, capaz de
sumirle sin sufrimiento en el olvido de la muerte. La desidia y la fuerza de la costumbre, no
obstante, le hicieron aplazar esta decisión, y siguió languideciendo sin resolverse a poner fin a su
vida, y vagando por el mundo de sus recuerdos. Quitó las extrañas colgaduras de las paredes y
volvió a arreglar la casa como en sus primeros años de juventud: repuso las cortinas purpúreas, los
muebles victorianos y todo lo demás. Con el paso del tiempo, casi llegó a alegrarse de haber
diferido su determinación, ya que sus recuerdos de juventud y su ruptura con el mundo hicieron
que la vida y sus sofisterías le pareciesen muy distantes e irreales, tanto más cuanto que a ello se
añadió un toque de magia y esperanza que ahora empezaba a deslizarse en sus descansos
nocturnos. Durante años, en sus noches de ensueño, sólo había visto los reflejos deformados de
las cosas cotidianas, tal como las veían los más vulgares soñadores; pero ahora comenzaba a
vislumbrar de nuevo el resplandor de un mundo extraño y fantástico, de una naturaleza confusa
aunque pavorosamente inminente, que adoptaba la forma de escenas nítidas de sus tiempos de
niñez y le hacía recordar hechos y cosas intranscendentes, largo tiempo olvidados. A menudo se
despertaba llamando a su madre y a su abuelo, cuando hacía ya un cuarto de siglo que ambos
descansaban en sus tumbas. Luego, una noche, su abuelo le recordó la llave. Aquel sabio de
cabeza encanecida, con la misma apariencia de vida que en sus buenos tiempos, le habló larga y
seriamente de su rancia estirpe y de las extrañas visiones que habían tenido aquellos hombres
refinados y sensibles que eran sus antepasados. Le habló del cruzado de ojos llameantes, y de los
crueles secretos que éste aprendió de los sarracenos durante el tiempo que lo tuvieron en
cautiverio; del primer sir Randolph Carter, que estudió artes mágicas en tiempos de la reina Isabel.
Asimismo, le habló de Edmund Carter, que estuvo a punto de ser ahorcado con las brujas de la
ciudad de Salem, y que había guardado en una caja una gran llave de plata que había recibido de
manos de sus mayores. Antes que Carter despertara, su etéreo visitante le dijo dónde encontraría
la caja y que se trataba de un cofrecillo de prodigiosa antigüedad, cuya tosca tapa, tallada en
madera de roble, no había abierto mano alguna desde hacía doscientos años. Entre el polvo y las
sombras del desván lo encontró, remoto y olvidado en el último cajón de una enorme cómoda. El
cofrecillo era como de un pie cuadrado, y tenía unos bajorrelieves góticos tan tenebrosos, que no
se extrañó de que nadie se hubiera atrevido a abrirlo desde los tiempos de Edmund Carter. No
sonó nada dentro al sacudirlo, pero despidió místicos perfumes de especias olvidadas. Lo de que
contenía una llave no era, sin duda alguna, más que una oscura leyenda. Ni siquiera el padre de
Randolph Carter había sabido nunca que existiese tal cofrecillo. Estaba reforzado con tiras de
hierro herrumbroso y no parecía haber medio alguno de abrir su imponente cerradura. Carter tenía
el vago presentimiento de que dentro encontraría la llave de la perdida puerta de los sueños, pero
su abuelo no le había dicho una sola palabra de cómo y dónde usarla. Un viejo criado suyo forzó la
tapa esculpida; y al hacerlo, las horribles caras les miraron desde la madera ennegrecida. En el
interior, un pergamino descolorido envolvía una enorme llave de plata deslustrada, labrada con
misteriosos arabescos; pero no había allí explicación legible de ninguna clase. El pergamino era
voluminoso, y estaba cubierto de extraños jeroglíficos pertenecientes a una lengua desconocida,
trazados con un antiguo junco. Carter reconoció en ellos los mismos caracteres que había visto en
cierto rollo de papiro que perteneciera al terrible sabio del Sur, el que desapareció una noche en
determinado cementerio de remota antigüedad. Aquel hombre se estremecía siempre que
consultaba el rollo, y Carter tembló ahora también. Pero limpió la llave y la conservo esa noche a
su lado, metida en su aromático
MAX

Errores ortográficos:

Harías

Construiría

Demás

(5)

Esqueleto El doctor apartó brevemente los ojos


de sus papeles.
Ray Bradbury
-¿Todavía ahí? ¡Es usted un
Ya se le había pasado la hora de ver hipocondríaco! Ahora son once dólares.
otra vez al doctor. El señor Harris se metió,
desanimado, en el hueco de la escalera, y vio -Pero, ¿por qué me duelen los
el nombre del doctor Burleigh en letras huesos? -preguntó Harris.
doradas y una flecha que apuntaba hacia
arriba. ¿Suspiraría el doctor Burleigh cuando El doctor Burleigh le habló como a un
lo viese? En verdad, ésta era la décima visita niño.
en el año. Pero el doctor Burleigh no podía
quejarse. ¡El señor Harris pagaba todas las -¿Nunca ha tenido un músculo
consultas! cansado, y se pasó las horas irritándolo,
pellizcándolo, frotándolo? Cuanto más lo
La enfermera miró por encima al toca, más lo empeora. Al fin, si lo deja
señor Harris y sonrió, un poco divertida, tranquilo, el dolor desaparece, y usted
mientras llamaba con las puntas de los dedos descubre que la causa principal del malestar
en la puerta de vidrio esmerilado, la abría y era usted mismo. Bueno, hijo, ése es su
metía la cabeza. Harris pensó que le oía caso. Quédese tranquilo. Tómese una dosis
decir: de sales. Váyase y haga ese viaje a Phoenix
con el que está soñando desde hace meses.
-¿Adivine quién está aquí, doctor? ¡Le hará bien viajar!

Y en seguida le pareció que la voz Cinco minutos después, el señor


del doctor replicaba, débilmente: Harris hojeaba una guía de teléfonos en el
bar de la esquina. ¡Bonita comprensión la
-Oh, Dios mío, ¿otra vez? que uno obtenía de los cegatones idiotas
como Burleigh! Recorrió con el dedo una lista
Harris tragó saliva, nerviosamente, de ESPECIALISTAS DE HUESOS, y
entró en el consultorio, y el doctor Burleigh encontró uno que se llamaba M. Munigant.
gruñó: Munigant no tenía título de médico, ni ningún
otro; pero el consultorio estaba
-¿Le duelen otra vez los huesos? adecuadamente cerca. Tres manzanas más
¡Ah! -Frunció el ceño y se ajustó los lentes-. allá, una hacia abajo...
Mi querido Harris, ha sido usted aderezado
con los peines y cepillos más finos y M. Munigant, como el consultorio, era
antisépticos que conoce la ciencia. Usted pequeño y oscuro. Como el escritorio, olía a
está nervioso. Veamos los dedos. cloroformo, yodo y otras cosas raras. Era un
Demasiados cigarrillos. Olamos el aliento. hombre que sabía escuchar, sin embargo, y
Demasiadas proteínas. Mirémosle los ojos. mientras escuchaba, movía unos ojos
Falta de sueño. ¿Mi receta? Váyase a la brillantes y vivaces, y cuando le hablaba a
cama, menos proteínas, y no fume. Diez Harris las palabras le salían como suaves
dólares, por favor. silbidos, sin duda a causa de algún defecto
en la dentadura.
Harris, enfurruñado, no se movió.
Harris se lo contó todo.
M. Munigant asintió. Había visto Harris sintió que le desencajaban las
casos semejantes. Los huesos del cuerpo. mandíbulas, y le crujían y chirriaban. El
Los hombres no tenían conciencia de sus cuadro de un esqueleto tembló y saltó en la
propios huesos. El esqueleto. Dificilísimo. pared. Harris sintió un estremecimiento, de
Algo que concernía al desequilibrio, a una pies a cabeza. Cerró involuntariamente la
coordinación inarmónica entre alma, carne y boca.
esqueleto.
-Muy complicado -silbó suavemente M. M. Munigant gritó. Harris casi le había
Munigant. arrancado la nariz de un mordisco. ¡Inútil,
inútil! ¡Todavía no era hora! Las persianas se
Harris escuchaba fascinado. ¡Bueno, al fin abrieron susurrando. La decepción de M.
había encontrado un doctor que lo entendía! Munigant era tremenda. Cuando el señor
Harris sintiera que podía cooperar
-Problema psicológico -dijo M. Munigant. psicológicamente, cuando el señor Harris
necesitara ayuda realmente y tuviese
Fue rápidamente, delicadamente, hacia una confianza en M. Munigant, entonces quizá
pared oscura y apareció con media docena podría hacerse algo. M. Munigant extendió la
de radiografías que flotaron en el cuarto manita. Mientras tanto, los honorarios eran
como objetos fantasmales arrastrados por sólo dos dólares. El señor Harris debía
una antigua marea. ponerse a pensar. Le daría un dibujo para
que el señor Harris se lo llevara a su casa y
-¡Mire, mire! ¡El esqueleto sorprendido! He lo estudiase. Tenía que familiarizarse con su
aquí retratos luminosos de los huesos largos, propio cuerpo. Tenía que ser
cortos, grandes y pequeños. temblorosamente consciente de sí mismo.
Tenía que mantenerse en guardia. Los
El señor Harris no prestaba atención a la
esqueletos eran cosas raras, imprevisibles.
actitud correcta, al verdadero problema. La
Los ojos de M. Munigant centellearon.
mano de M. Munigant golpeó, matraqueó,
Buenos días al señor Harris. Oh, ¿y no
raspó, rascó las tenues nebulosas de carne
quería un palito de pan? M. Munigant le
donde colgaban espectros de cráneos,
acercó al señor Harris un jarro de palitos de
vértebras, pelvis, calcio, médula. ¡Aquí, allí,
pan quebradizos y salados y se sirvió un
esto, aquello, éstos, aquellos y otros!
palito él mismo diciendo que masticar palitos
-¡Mire! le servía para conservar... cómo decirlo.... la
práctica. ¡Buenos días, buenos días al señor
Harris se estremeció. Las radiografías y los Harris! El señor Harris se fue a su casa.
cuadros volaron en un viento verde y
fosforescente, que venía de un país donde Al día siguiente, domingo, el señor Harris se
habitaban los monstruos de Dalí y Fuseli. descubrió dolores y torturas innumerables y
nuevas en todo el cuerpo. Se pasó la
M. Munigant silbó quedamente. ¿Deseaba el mañana con los ojos clavados en la estampa
señor Harris que le... trataran los huesos? del esqueleto, anatómicamente perfecta, que
le había dado M. Munigant.
-Depende -dijo Harris.
En el almuerzo, Clarisse, la mujer del señor
Bueno, M. Munigant no podía ayudar a Harás Harris, se apretó uno a uno los nudillos
si Harris no se encontraba dispuesto. exquisitamente delgados, y al fin el señor
Psicológicamente uno tiene que necesitar Harris se llevó las manos a las orejas y gritó:
ayuda, o el médico es inútil. Pero, y se
encogió de hombros, M. Munigant «trataría». -¡Basta!

Harris se acostó en una mesa, con la boca A la tarde, el señor Harris se enclaustró en
abierta. Las luces se apagaron, las persianas sus habitaciones. Clarisse jugaba al bridge
se cerraron. M. Munigant se acercó a su en el vestíbulo riendo y parloteando con otras
paciente. tres señoras mientras Harris, oculto, se
acariciaba y pesaba los miembros del cuerpo
Algo tocó la lengua de Harris. con creciente curiosidad. Al cabo de una hora
se incorporó de pronto y llamó:
-¡Clarisse! -Cuando quieras.

Clarisse entraba siempre como bailando, Clarisse frotó dulcemente su nariz contra la
haciendo con el cuerpo toda clase de de Harris.
movimientos blandos y agradables para que
los pies no tocaran ni siquiera la alfombra. -¡Un momento! Espera... -El señor Harris
Les pidió disculpas a sus amigas y fue a ver extendió el dedo y tocó las dos narices-. ¿Te
a Harris, animada. Lo encontró sentado en das cuenta? El hueso de la nariz crece sólo
un extremo del cuarto y vio que clavaba los hasta aquí. ¡El resto es tejido cartilaginoso!
ojos en el dibujo anatómico.
Clarisse arrugó la nariz
-¿Estás aún meditando, querido? -preguntó-.
Por favor, deja eso. -¡Claro, querido! Se fue bailando del cuarto.

Se sentó en las rodillas del señor Harris. Solo, sentado, Harris sintió que la
transpiración se le acumulaba en los hoyos y
La belleza de Clarisse no alcanzó a distraer arrugas de la cara y le fluía como una marea
al señor Harris. Sintió la liviandad de tenue mejillas abajo. Se humedeció los labios
Clarisse, le tocó la rótula. El hueso parecía y cerró los ojos. Ahora.... ahora.... ¿qué
moverse bajo la piel pálida y brillante. seguía ahora? La columna vertebral, sí. Aquí.
Lentamente, el señor Harris se examinó la
-¿Está bien que haga eso? -preguntó, columna , moviendo los dedos como cuando
sorbiendo el aliento. operaba los botones de la oficina, llamando a
secretarias y mensajeros. Pero ahora, al
-¿Qué cosa? -rió Clarisse-. ¿Mi rótula, dices? apretar la columna vertebral, las respuestas
eran miedos y terrores que le entraban por
-¿Es normal que se mueva así, alrededor? un millón de puertas asaltando y sacudiendo
la mente. La columna le parecía algo
Clarisse probó. -Se mueve así, realmente - extraño.... horrible. Se tocó las vértebras
dijo, maravillada. nudosas. Como los huesitos quebradizos de
un pescado recién comido, abandonados en
-Me alegra que la tuya se deslice, también -
un plato de porcelana fría.
suspiró el señor Harris-. Empezaba a
preocuparme. -¡Señor! ¡Señor!
-¿De qué? El señor Harris se palmeó las Le castañetearon los dientes. Dios
costillas. todopoderoso, pensó. ¿Cómo no me di
cuenta en todos estos años? ¡Todos estos
-Mis costillas no llegan hasta abajo. Se paran
años he andado por allí con un... esqueleto...
aquí, ¡y he descubierto el aire!
adentro! ¿Cómo es posible que lo aceptemos
Clarisse entrecruzó las manos bajo la curva así como así? ¿Cómo es posible que nunca
de sus pequeños pechos. pensemos en nuestros cuerpos?

-Claro, tonto. Las costillas de todos se Un esqueleto. Una de esas cosas duras,
detienen en un cierto punto. Y esas raras y nevosas y articuladas. Una de esas cosas
cortas son las costillas flotantes. quebradizas, espantosas, secas, frágiles,
matraqueantes, de dedos temblorosos,
-Espero que no se vayan flotando por ahí. cabeza de calavera, ojos biselados, y que
cuelgan de unas cadenas entre las telarañas
El chiste no era nada tranquilizador. El señor de una alacena olvidada; una de esas cosas
Harris deseaba ahora, sobre todas las cosas, que hay en los desiertos y están ahí en el
quedarse solo. Nuevos descubrimientos suelo desparramadas como dados.
arqueológicos, cada vez más sorprendentes,
estaban al alcance de sus manos Se incorporó, muy tieso, pues ya no podía
temblorosas, y no quería que se rieran de él. soportar la silla. Dentro de mí, ahora, pensó,
tomándose el estómago y la cabeza, dentro
-Gracias por haber venido, querida -dijo. de mi cabeza hay un... cráneo. Uno de esos
caparazones curvos que guardan la jalea clavícula, la tibia, el fémur, con pechos,
eléctrica del cerebro. ¡Una de esas cáscaras muslos, pantorrillas, cejas y cabelleras
rajadas con dos agujeros al frente como dos satánicas, labios de aguijón, y.. ¡Dios!, gritó
agujeros abiertos por una escopeta de dos interiormente el señor Harris. Cuando hablan
caños! ¡Hay ahí grutas y cavernas de hueso, o comen muestran los dientes, ¡una parte del
revestimientos y sitios para la carne, el olfato, esqueleto! ¡Nunca se me había ocurrido!
la vista, el oído, el pensamiento! ¡Un cráneo
que me envuelve el cerebro, con ventanitas -Excúsenme -jadeó, y salió corriendo del
abiertas al mundo exterior! cuarto alcanzando apenas a arrojar la
merienda por encima de la balaustrada del
Harris tenía ganas de interrumpir la partida jardín, entre las petunias.
de bridge, entrar en la sala como un zorro en
un gallinero y desparramar las cartas como Esa noche, sentado en la cama mientras
nubes de plumas, todo alrededor. Se dominó Clarisse se desvestía, Harris se arregló
trabajosamente, temblando. Vamos, vamos, cuidadosamente las uñas de los pies y las
hombre, tranquilízate. Has tenido una manos. Esas partes, también, revelaban el
verdadera revelación, apréciala, disfrútala. esqueleto, que asomaba impúdicamente.
¡Pero un esqueleto!, le gritó el subconsciente. Debió de haber enunciado en voz alta parte
No lo aguanto. Es algo vulgar, terrible, de la teoría, pues Clarisse, ya acostada y en
espantoso. Los esqueletos son cosas camisón, le echó los brazos al cuello
horribles; crujen y rascan y traquetean en canturreando:
viejos castillos, colgados de vigas de roble,
como largos péndulos susurrantes, -Oh, mi querido, las uñas no son huesos.
indolentes, que se mueven al viento. ¡Son sólo epidermis endurecida!

La voz de Clarisse llegó desde lejos, clara, El señor Harris dejó caer las tijeras.
dulce.
-¿Estás segura? Espero que tengas razón.
-Querido, ¿vienes a saludar a las señoras? Me sentiría más tranquilo. -Miró la curva del
cuerpo de Clarisse, boquiabierto-. Ojalá toda
El señor Harris sintió que se mantenía en pie la gente fuera como tú.
gracias al esqueleto. ¡Esa cosa interior, ese
intruso, ese espanto, le sostenía los brazos, -¡Condenado hipocondríaco! -Clarisse lo
las piernas, la cabeza! Era como sentir a sostuvo estirando el brazo, Vamos, ¿qué te
alguien detrás de uno, alguien que no pasa? Díselo a mamá.
debiera estar ahí. Adelantándose,
comprendió con cada paso que daba hasta -Algo que siento dentro -dijo Harris-. Algo
qué punto dependía de esa Cosa. que... comí.

-Iré en seguida, querida -contestó A la mañana siguiente y durante toda la tarde


débilmente. en la oficina del centro de la ciudad, el señor
Harris investigó los tamaños, las formas y la
¡Vamos, ánimo!, se dijo a sí mismo. Mañana posición de varios de sus propios huesos con
tienes que volver al trabajo. El viernes tienes un desagrado cada vez mayor. A las diez de
que ir a Phoenix. Es un viaje largo. Cientos la mañana le pidió permiso al señor Smith
de kilómetros. Tienes que estar en buena para tocarle el codo un momento. El señor
forma para hacer ese viaje o el señor Creldon Smith consintió, pero mirándolo de reojo.
no invertirá dinero en tu negocio de cerámica. Después del almuerzo el señor Harris le dijo
¡Arriba esa cabeza! ¡Coraje! a la señorita Laurel que quería tocarle el
omóplato, y la joven se apretó en seguida de
Un instante después estaba entre las espaldas contra el cuerpo del señor Harris
señoras, y Clarisse le presentaba a la señora ronroneando y entornando los ojos.
Withers, la señora Abblematt y la señorita
Kirthy, las que tenían, todas, esqueletos -¡Señorita Laurel! -gritó el señor Harris-.
dentro, pero se lo tomaban con mucha ¡Basta!
calma, pues la naturaleza les había revestido
cuidadosamente la calva desnudez de la
Solo, meditó sobre sus neurosis. La guerra sucio exterior, y adentro esa cosa hermosa,
acababa de terminar, y la tensión del trabajo fresca, limpia y de calcio.
y el futuro incierto tenían mucha relación
probablemente con aquel estado de ánimo. La tez, ¿no era oleosa, no tenía arrugas de
Pensaba a veces en dejar la oficina, preocupación?
instalarse por su propia cuenta; tenía un
talento nada común para la cerámica y la Observa la perfección de la calavera:
escultura. Tan pronto como pudiese iría a impecable y nívea.
Arizona, le pediría dinero al señor Creldon,
compraría un horno y pondría una tienda. La nariz, ¿no era demasiado prominente?
Cuántas preocupaciones. En verdad era todo
Observa bien los huesecitos de la nariz en la
un caso. Pero por suerte había conocido a M.
calavera, antes que el monstruoso cartílago
Munigant, que parecía decidido a
nasal formara la probóscide montañosa.
comprenderlo y ayudarlo. Lucharía un tiempo
solo, no iría a ver a Munigant ni al doctor El cuerpo, ¿no era rollizo?
Burleigh, mientras pudiera resistirlo. La
extraña sensación desaparecería. El señor Bueno, examina el esqueleto, delgado,
Harris se quedó mirando el aire. esbelto, la economía de las líneas y el
contorno. ¡Marfil oriental exquisitamente
La extraña sensación no desapareció. tallado! ¡Perfecto, grácil como una manta
Creció. religiosa blanca!
El martes y el jueves se desesperó pensando Los ojos, ¿no eran protuberantes, ordinarios,
que la epidermis, el pelo y otros apéndices apagados?
eran manifestaciones de un grave desorden,
mientras que el esqueleto desprovisto de Ten la amabilidad de examinar las órbitas en
tegumentos era en cambio una estructura la calavera: tan profundas y redondas,
limpia y flexible, bien organizada. A veces, sombrías, pozos de calma, sabias, eternas.
cuando al resplandor de ciertas luces, Mira adentro y nunca tocarás el fondo de ese
sintiendo el peso de la melancolía, se le conocimiento oscuro. Toda la ironía, toda la
bajaban morosamente las comisuras de la vida, todo está ahí en esa copa de oscuridad.
boca, creía ver el cráneo que le sonreía
desde detrás de la cara. Compara, compara, compara.

¡Suelta!, gritaba. ¡Déjame! ¡Los pulmones! Harris rabió durante horas. Y el esqueleto,
¡Basta! siempre un filósofo frágil y solemne,
descansaba dentro, calmoso, sin decir una
Jadeaba convulsamente, como si las costillas palabra, suspendido como un insecto
lo apretaran quitándole el aliento. delicado en el interior de una crisálida,
esperando y esperando.
¡Mi cerebro! ¡No lo aprietes!
Harris se sentó lentamente.
Y unos dolores de cabeza terribles le
quemaban el cerebro reduciéndolo a cenizas -¡Un minuto! ¡Espera! -exclamó-. Tú también
apagadas. estás perdido. Yo también te tengo. ¡Puedo
obligarte a hacer lo que se me antoje! ¡No
¡Mis entrañas, déjalas, por amor de Dios! puedes impedirlo! Digo yo: mueve los carpos,
¡Apártate de mi corazón! El corazón se le los metacarpos y las falanges y, ssssss, ¡ahí
encogía bajo las costillas que se abrían en se alzan, como si yo saludara a alguien! -Se
abanico, como arañas pálidas que rió-. Le ordeno a la tibia y al fémur que sean
acechaban la presa. locomotoras y, jum, dos tres cuatro, jum, dos
tres cuatro, allá vamos alrededor de la
Una noche descansaba acostado empapado
manzana. ¡Sí, señor!
en sudor. Clarisse estaba afuera, en una
reunión de la Cruz Roja. Harris trataba de Harris sonrió mostrando los dientes.
conservar la calma, pero era más y más
consciente de aquel conflicto: afuera ese
-Es una lucha pareja. Fuerzas iguales, y tonifique los huesos. Comeré sólo para uno
lucharemos, ¡los dos! Al fin y al cabo, ¡soy la de nosotros, muchacho, sólo para uno.
parte que piensa! ¡Sí, Dios mío, sí! ¡Aunque
no te domine; todavía puedo pensar! -Setenta kilos -le dijo la semana siguiente a
su mujer-. ¿Notaste cómo he cambiado?
Instantáneamente, una mandíbula de tigre se
cerró de golpe, mordiéndole el cerebro. -Noto que estás mejor -dijo Clarisse-.
Harris aulló. Los huesos del cráneo apretaron Siempre fuiste un poco gordito para tu altura,
como garras hasta que Harris tuvo horribles querido. -Le acarició la barbilla-. Me gusta tu
pesadillas. Luego, lentamente, mientras cara. Es mucho más elegante. Las líneas son
Harris chillaba, los huesos adelantaron el ahora tan firmes y fuertes...
hocico y se comieron las pesadillas, una por
una, hasta que la última desapareció y todas -No son mis líneas, son sus líneas, ¡maldita
las luces se apagaron.... sea! ¿Quieres decir acaso que él te gusta
más que yo?
Al fin de la semana, Harris postergó el viaje a
Phoenix por razones de salud. Pesándose en -¿Él? ¿Quién es él?
una balanza de la calle vio que la lenta flecha
roja señalaba 75. En el espejo del vestíbulo, más allá de
Clarisse, la calavera le sonrió al señor Harris
Gruñó. Cómo, he pesado ochenta kilos desde detrás de una mueca carnosa de
durante años y años. ¡He perdido cinco kilos! desesperación y odio.
Se examinó las mejillas en el espejo sucio de
moscas. Un miedo primitivo y helado le Colérico, el señor Harris engulló unas
recorrió el cuerpo estremeciéndolo. ¡Tú, tú! tabletas de malta. Era un modo de ganar
¡Sé muy bien qué te propones, tú! peso cuando uno no puede comer otras
cosas. Clarisse vio las píldoras de malta.
Se amenazó con el puño la cara huesuda,
hablándoles particularmente al maxilar -Pero, querido, realmente, yo no te pido que
superior, al maxilar inferior, al cráneo y a las subas de peso -dijo.
vértebras cervicales.
-¡Oh, cállate! -dijo Harris entre dientes.
-¡Maldito! Crees que puedes matarme de
Clarisse lo obligó a que se acostara. Harris
hambre, hacerme perder peso, ¿eh?
se tendió con la cabeza en el regazo de
Sacarme la carne, no dejar nada, sólo
Clarisse.
huesos y piel. Tratas de echarme a la zanja,
para ser el único dueño, ¿eh? ¡No, no! -Querido -dijo Clarisse-. Te he estado
observando últimamente. Estás tan... lejos.
Corrió a un restaurante.
No dices nada, pero parece que te
Pavo, salsas, papas en crema, cuatro persiguieran. Te agitas en la cama, de noche.
ensaladas, tres postres. No podía tragar Quizá debieras ver a un psiquiatra. Pero ya
nada, se sentía enfermo del estómago. Se sé qué te diría, puedo adelantártelo. Te he
obligó a comer. Los dientes empezaron a oído mascullar, una vez y otra, y he sacado
dolerle. Mala dentadura, ¿eh?, pensó, mis conclusiones. Pues bien, te diré que tú y
furioso. Comeré aunque los dientes se tu esqueleto son una sola cosa: «una nación
sacudan, se golpeen y crujan, y caigan todos indivisible, con libertad y justicia para todos».
en la sala. Tenía fuego en la cabeza, Unidos triunfarán, divididos fracasarán. Si no
respiraba entrecortadamente, sintiendo una se pueden entender entre ustedes como un
opresión en el pecho, y un dolor en las viejo matrimonio, ve a ver al doctor Burleigh.
muelas; pero ganó sin embargo una pequeña Pero antes distiéndete, tranquilízate. Estás
batalla. Iba a beber leche cuando se detuvo y viviendo en un círculo vicioso; cuanto más te
la derramó en un florero de capuchinas. preocupas, más sientes los huesos y más te
Nada de calcio para ti, muchacho, nada de preocupas. Al fin y al cabo, ¿quién inició esta
calcio para ti. Nunca jamás comeré algo que batalla? ¿Tú o esa entidad anónima que
tenga calcio o cualquier otro mineral que según dices está acechándote detrás del
canal alimentario?
Harris cerró los ojos. imagen del éxito, realmente. Harris reprimió
el deseo de ponerse de pie, palmearle el
-Yo. Creo que fui yo. Adelante, Clarisse, hombro al gordo y preguntarle cómo había
sigue hablándome. hecho para ocultarse los huesos. Sí, el
esqueleto del hombre estaba lujosamente
-Descansa ahora -susurró Clarisse tapizado. Había almohadones de tocino aquí,
dulcemente-. Descansa y olvida. bultos elásticos allí, y varias golillas redondas
bajo la barbilla. El pobre esqueleto estaba
El señor Harris se mantuvo a flote un día y perdido; nunca podría salir de ese
medio y luego empezó a hundirse otra vez. tembladeral de grasa. Podía haberlo
La imaginación podía tener su parte de culpa, intentado una vez, pero ya no. Los huesos,
sí, pero este esqueleto particular, Dios mío, abrumados, no se insinuaban en ninguna
devolvía los golpes. parte.
En las últimas horas de la tarde, Harris buscó No sin envidia, Harris se acercó al gordo
el consultorio de M. Munigant. Caminó media como alguien que cruza ante la proa de un
hora antes de encontrar la dirección y transatlántico. Harris pidió una bebida, se la
descubrir el nombre M. Munigant, escrito con tomó, y se atrevió a hablarle al gordo.
iniciales de oro viejo y descascarado en un
letrero de vidrio. En ese momento, le pareció -¿Glándulas?
que los huesos le estallaban rompiendo
amarras, dispersándose en el aire en una -¿Me habla usted a mí? -preguntó el gordo.
erupción dolorosa. Enceguecido, Harris
retrocedió. Cuando abrió de nuevo los ojos -¿O una dieta especial? -comentó Harris-.
ya estaba del otro lado de la esquina. El Perdóneme, pero vea usted, me cuelga la
consultorio de M. Munigant había quedado piel. No puedo aumentar de peso. Me
atrás. gustaría tener un estómago

Los dolores cesaron. -Así es entonces -susurró, los ojos


enrojecidos, las mejillas hirsutas-. De un
M. Munigant era el hombre que podía modo o de otro me arrastras, me matas de
ayudarlo. Si la visión del letrero provocaba hambre, de sed, acabas conmigo. -Tragó
una reacción tan titánica, indudablemente M. unas rebabas secas de polvo-. El sol me
Munigant era el hombre indicado. cocinará la carne para que puedas salir. Los
buitres me almorzarán y tú quedarás tendido
Pero no hoy. Cada vez que Harris trataba de en el suelo, sonriendo. Sonriendo victorioso.
volver al consultorio reaparecían los terribles Un xilofón calcinado donde unos buitres
dolores. Transpirando, renunció al fin y entró tocan una música rara. Te gusta eso. La
tambaleándose en un bar. libertad.
Mientras cruzaba el vestíbulo oscuro se Harris caminó por un escenario que temblaba
preguntó brevemente si M. Munigant no tenía y burbujeaba bajo la cascada de la luz solar.
una buena parte de culpa. ¡Al fin y al cabo Tropezaba, caía de bruces y se quedaba
era M. Munigant quien lo había incitado a que tendido alimentándose con bocados de
se observara el esqueleto, desencadenando fuego. El aire era una llama azul de alcohol, y
un tremendo impacto psicológico! ¿No los buitres se asaban, humeaban y
estaría utilizándolo M. Munigant para algún chispeaban volando en círculos y planeando.
propósito nefasto? Pero ¿qué propósito? Era Phoenix. El camino. El coche. Agua. Un
una sospecha tonta. Un pobre médico, y refugio.
nada más. Trataba de ayudarlo. Munigant y
sus palitos de pan. Ridículo, M. Munigant -¡Eh! Otra vez el grito. Crujidos de pasos,
estaba muy bien, muy bien. rápidos.

El espectáculo del salón del bar era Gritando, aliviado, incrédulo, Harris corrió y
alentador. Un hombre corpulento, gordo, se derrumbó en brazos de alguien que
redondo como una bola de manteca, bebía llevaba uniforme.
una cerveza tras otra en el mostrador. La
El coche tediosamente remolcado, reparado. -Bueno, lo siento, pero tengo que irme. -Le
Ya en Phoenix. Harris se encontró en un pellizcó la mejilla a Harris-. Vamos, ¡ánimo!
estado de ánimo tan endemoniado que la Volveré de la Cruz Roja dentro de tres horas.
operación comercial fue una apagada Tú descansa. Tengo que ir.
pantomima. Aun cuando consiguió el
préstamo y tuvo el dinero en la mano, no se Cuando Clarisse desapareció, Harris marcó
dio mucha cuenta. La cosa interior, como una un número en el teléfono, nervioso.
espada dura y blanca dentro de un
escarabajo, le teñía los negocios, la comida, -¿M. Munigant?
le coloreaba el amor por Clarisse, le impedía
confiar en su automóvil. La cosa, en verdad, Una vez que Harris hubo colgado el auricular,
tenía que ser puesta en su sitio. El incidente las explosiones y los malestares del cuerpo
del desierto había pasado demasiado cerca, fueron extraordinarios. Harris sintió que tenía
le había tocado los huesos, podía decir uno metidos los huesos en todos los potros de
torciendo la boca en una mueca irónica. tormentos que había imaginado o que se le
Harris se oyó a sí mismo agradeciéndole el habían aparecido en pesadillas terribles,
dinero al señor Creldon. Luego dio media alguna vez. Tragó todas las aspirinas que
vuelta con el coche y se puso de nuevo en encontró, pero cuando una hora más tarde
marcha, esta vez por el camino de San sonó el timbre de la puerta no pudo moverse.
Diego, para evitar la zona desértica entre El Se quedó tendido, débil, agotado, jadeante, y
Centro y Beaumont. Marchó hacia el norte a las lágrimas le corrieron por las mejillas.
lo largo de la costa. No confiaba en el
-¡Entre! ¡Entre, por amor de Dios!
desierto. Pero... ¡cuidado! Las olas saladas
retumbaban y siseaban en la playa de M. Munigant entró. Gracias a Dios la puerta
Laguna. La arena, los peces y los crustáceos no estaba cerrada con llave.
podían limpiarle los huesos tan rápidamente
como los buitres. Despacio en las curvas Oh, pero el señor Harris tenía muy mala
junto al mar. cara., M. Munigant se detuvo en el centro del
vestíbulo, menudo y oscuro. Harris asintió
Demonios, estaba realmente enfermo. con un movimiento de cabeza. Los dolores le
recorrían todo el cuerpo, rápidamente,
¿A quién recurrir? ¿Clarisse? ¿Burleigh?
golpeando con ganchos y enormes martillos
¿Munigant? Especialistas de huesos.
de hierro. M. Munigant vio los huesos
Munigant. ¿Bien?
protuberantes de Harris y le brillaron los ojos.
-¡Querido! Ah, era evidente que el señor Harris estaba
ahora psicológicamente, preparado. ¿No?
Clarisse lo besó. Harris sintió la solidez de Harris asintió de nuevo, débilmente, y
los huesos y la mandíbula detrás del sollozó. M. Munigant hablaba como silbando.
apasionado intercambio, y dio un paso atrás. Había algo raro en la lengua de M. Munigant
y en esos silbidos. No importaba. Harris creía
-Querida -dijo lentamente, enjugándose los ver a través de las lágrimas que M. Munigant
labios con la manga, temblando. se encogía, se empequeñecía. Obra de la
imaginación, por supuesto. Harris lloriqueó la
-Pareces más delgado; oh, querido, el historia del viaje a Phoenix. M. Munigant
negocio... mostró su simpatía. ¡Ese esqueleto era un
traidor! Lo arreglarían de una vez por todas.
-Salió bien, creo. Sí, todo marchó bien.
-Señor Munigant -suspiró apenas Harris-.
Clarisse lo besó de nuevo. No... no lo noté antes. La lengua de usted.
Redonda, corno un tubo. ¿Hueca? Mis ojos.
La cena fue morosa, trabajosamente alegre. Deliro. ¿Qué pasa?
Clarisse reía animándolo. Harris estudiaba el
teléfono, y de cuando en cuando levantaba el M. Munigant silbó suavemente,
auricular, indeciso, y lo colgaba otra vez. apreciativamente, acercándose. Si el señor
Harris aflojaba el cuerpo y abría la boca...
Clarisse se puso el abrigo y el sombrero. Las luces se apagaron. M. Munigant espió la
mandíbula caída de Harris. ¿Más abierta, por Place. Llegó a la esquina pensando en la
favor? Había sido tan difícil, aquella primera Cruz Roja y casi tropezó con el hombrecito
vez, ayudar al señor Harris; el cuerpo y los moreno que olía a yodo.
huesos en rebelión abierta. Ahora en cambio
la carne cooperaba, aunque el esqueleto Clarisse no le habría prestado atención, pero
protestara. En la oscuridad, la voz de M. en ese momento el hombrecito sacó de la
Munigant se afinó, afinó, aflautándose, chaqueta algo blanco, largo y curiosamente
aflautándose. El silbido se hizo más agudo. familiar, y se puso a masticarlo, como si
Ahora. Aflójese, señor Harris. ¡Ahora! fuese una barra de menta. Se comió la punta,
y metió la lengua rarísima en la materia
Harris sintió que le apretaban violentamente blanca, succionándola, satisfecho. Cuando
las mandíbulas, en todas direcciones, le Clarisse llegó a la puerta de su casa, movió
comprimían la lengua con un cucharón y le el pestillo y entró, el hombrecito estaba
ahogaban la garganta. Jadeó, sin aliento. Un absorto aún en su golosina.
silbido. ¡No podía respirar! Algo le retorcía las
mejillas y le rompía las mandíbulas. ¡Como -¿Querido? -llamó Clarisse, sonriendo y
un chorro de agua caliente algo se le escurría mirando alrededor-. Querido, ¿dónde estás?
en las cavidades de los huesos, golpeándole -Cerró la puerta, cruzó el pasillo y entró en el
los oídos! vestíbulo-. Querido...

-¡Ahhh! -chilló Harris, gagueando. La cabeza, Se quedó mirando el suelo durante veinte
el carapacho hendido, le cayó flojamente. Un segundos, tratando de entender.
dolor agónico le quemó los pulmones.
De pronto, se puso a gritar.
Harris respiró al fin, un momento, y los ojos
acuosos le saltaron hacia adelante. Gritó. Afuera, a la sombra de los sicomoros, el
Tenía las costillas sueltas, como un flojo hombrecito abrió unos agujeros intermitentes
montón de leña. ¡Qué dolor ahora! Harris en el palo blanco y largo; luego, dulcemente,
cayó al suelo, resollando fuego. suspirando, frunciendo los labios, tocó una
melodía triste en el improvisado instrumento,
Las luces chispearon en los globos oculares acompañando el canto agudo y terrible de la
de Harris. Los huesos se le soltaron voz de Clarisse dentro de la casa.
rápidamente.
Muchas veces, en la niñez, Clarisse había
Los ojos húmedos miraron el vestíbulo. corrido por las arenas de la playa, y había
pisado una medusa de mar, y había chillado
No había nadie en el cuarto. entonces. No es tan horrible encontrar una
medusa de mar gelatinosa en tu propio
-¿M. Munigant? En nombre de Dios, ¿dónde vestíbulo. Puedes dar un paso atrás.
está usted, M. Munigant? ¡Ayúdeme!
Es terrible cuando la medusa te llama por tu
M. Munigant había desaparecido. propio nombre.

-¡Socorro!

Y en ese momento Harris oyó.

Muy adentro, en las fisuras subterráneas del


cuerpo, los ruidos minúsculos, inverosímiles:
chasquidos leves, y torsiones, y frotamientos
y hocicadas como si una ratita hambrienta
allá abajo, en la oscuridad roja sangre,
mordisqueara seriamente, hábilmente, algo
que podía haber estado allí, pero no
estaba.... un leño, sumergido...

Clarisse, alta la cabeza, iba por la acera


directamente hacia su casa en Saint James
Mafer de noche, las casas iluminadas,

Errores ortográficos: y a veces quisieran estar adentro:

Viajaría compartir con alguien mesa y cobijas

Inglaterra vivir con hijos dichosos;

Límite y luego comprenden que es necesario

(6) hacer otras cosas, y que vale

PARA LOS QUE LLEGAN A LAS FIESTAS mucho más sufrir que ser vencido;

Rubén Bonifaz Nuño para los que quieren mover el mundo

Para los que llegan a las fiestas con su corazón solitario,

ávidos de tiernas compañías, los que por las calles se fatigan

y encuentran parejas impenetrables caminando, claros de pensamientos;

y hermosas muchachas solas que dan miedo para los que pisan sus fracasos y siguen;

—pues uno no sabe bailar, y es triste—; para los que sufren a conciencia,

los que se arrinconan con un vaso porque no serán consolados

de aguardiente oscuro y melancólico, los que no tendrán, los que no pueden


escucharme; para los que están armados,
y odian hasta el fondo su miseria, escribo.

la envidia que sienten, los deseos;

para los que saben con amargura

que de la mujer que quieren les queda

nada más que un clavo fijo en la espalda

y algo tenue y acre, como el aroma

que guarda el revés de un guante olvidado;

para los que fueron invitados

una vez; aquéllos que se pusieron

el menos gastado de sus dos trajes

y fueron puntuales; y en una puerta

ya mucho después de entrados todos

supieron que no se cumpliría

la cita, y volvieron despreciándose;

para los que miran desde afuera,


Minerva alguien me diga qué hacer. En lo personal,
soy tan mala con esos temas que de plano la
Errores ortográficos: cocina de lo dulce, que se presta mucho
menos a la libre interpretación y a la
Libertad improvisación que la salada, siento que me
está negada. Recetas para hacer estoy y
Haría aquello hay montones, pero es en los
terrenos de la existencia y del manejo de
Debido
emociones donde menos deberían de haber
(4) recetas, ¿Por qué? Porque, para empezar, la
superación personal, considero, exige una
¿Por qué no me gustan los libros de búsqueda interior, un indagar en los
superación personal? recovecos del alma, del yo, y las recetas o
los instructivos existenciales suelen callar
Por Carolina Estrada todos esos valiosos cuestionamientos
dándole a quien los busca una especie de
No sé si en verdad no me gustan los libros de placebo para su mal, una cura instantánea —
superación personal. Claro que no son mis y ya sabemos lo que pueden llegar a hacer
favoritos de la vida, pero a veces puedo las recetas milagrosas.
llegar a aceptar que algunos me gustan como
quien acepta aliviado cierto placer que ha No niego para nada que a veces el simple
guardado en el clóset de la censura personal hecho de buscar sea ya una forma de
y colectiva. empezar a resolver algo y que las
respuestas, cuando se buscan con ahínco,
No puedo catalogar a los libros de pueden ser encontradas en los lugares más
superación personal —ni soy quien para insospechados y hasta menospreciados. El
hacerlo— como la cosa más espantosa que que sabe escuchar y está atento puede
el hombre pudo producir. Muchos tienen algo encontrar lo que busca donde sea.
bueno, para ser sincera. Por eso, decidí
escribir: para dilucidar yo misma y compartir Los libros de superación personal evitan que
con ustedes el resultado de ese análisis en el quien necesita superarse haga algo
que, por una parte, están todas las razones verdaderamente trascendental por sí mismo:
prácticas para desechar la escritura tipo crear los mecanismos para salir adelante es
“hágalo usted mismo, conviértase en un la mejor forma de superarnos; al indagar, al
éxito” y por la otra están todas esas buenas analizar nuestras emociones, nos
razones para no dejar de lado algo que encontramos mucho más capacitados para
puede llegar a ser hasta divertido. resolver lo que nos ocurre.

Hay de libros a libros de superación personal, Creo que la literatura, el arte mismo, son
desde los muy vilipendiados textos de Carlos mejores formas de superarse personalmente.
Cuauhtémoc Sánchez hasta los buenísimos No sólo por el razonamiento simplista de la
libros de finanzas personales de Sonia adquisición de conocimiento —¡Vamos!
Sánchez Escuer —por mencionar sólo un par ¿Para qué te sirve conocer algo si no genera
de ejemplos— y claro, también están los que ningún tipo de consecuencia, si no te ayuda a
se disfrazan de literatura y le hacen sentir a cambiar algo, a transformar por principio de
quien los busca con ahínco que el suyo es un cuentas, tus estructuras mentales?—, sino
espíritu sensible, que se eleva sobre las porque al requerir de un proceso de
alturas de la existencia preguntándose interpretación, la literatura hace que el lector
hondas y muy especiales cuestiones se convierta él mismo en su superador
filosóficas y que busca dar un sentido personal. Los procesos de decodificación de
verdaderamente trascendental a su los códigos que son las obras requieren que
existencia —léase Paulo Cohelo. los símbolos que llegan al receptor sean
asociados a las ideas que el artista emitió, es
Para empezar, los libros de superación decir, se trata de un proceso creativo que
personal no me gustan porque sencillamente permite al receptor al mismo tiempo descubrir
nunca me ha gustado seguir pasos y que las claves para resolver determinadas
emociones junto con el narrador, el Ahora, por qué sí me gusta la superación
protagonista y el autor del libro que lee. personal: porque en todos los campos del
actuar humano hay cosas valiosas y si uno
Pertenezco a la fila de románticos quienes sabe remover la paja y buscar con un ojo
piensan que si escogemos un libro lo curioso, seguro podrá encontrar cosas muy
hacemos por algo. Me gusta creer que los dignas. Además, el conocimiento, sea del
libros llegan a mí porque los llamo. Siento tipo que sea, debe compartirse para que
que no son una casualidad, llegan porque genere valor, si no, no cuenta. Por eso, creo
estoy buscando algo, preguntándome algo y que es válido seguir buscando en el género
generalmente son la respuesta; algo me alguno que otro título, hasta que un día logre
enganchó. integrar mi propia colección de “valiosos de la
superación personal”.
El arte es la mayor escuela emocional que
existe; la literatura es el mejor ejemplo de A ustedes, ¿les gustan los libros de
libro de superación personal. Es ésta un superación personal?
mejor lugar para hallar la autoayuda que un
libro sobre el tema porque es experta en el Recuperado en:
manejo de emociones, te hace sentir cosas, http://culturacolectiva.com/por-que-gustan-
incluso, sin que tengas que vivirlas y es los-libros-de-superacion-
mucho más humilde cuando lo hace que un personal/#sthash.lSjVC8f3.dpuf
dictador de superación personal. Por
ejemplo, puedo saber lo terriblemente
doloroso que es vivir hacinado,
escondiéndose como un ratón y con el horror
de ser exterminado como una plaga por el
hecho de leer y por el valioso acto de
comprender e identificarme con Ana Frank y
su diario, o la terrible lucha sobre si un acto
es bueno o malo cuando se quebranta el
orden moral motivado por una causa de
fuerza mayor, como en Crimen y Castigo, y
llegar a sentir la profunda tristeza que Victor
Hugo imprimió en Los Miserables, una
declaración sobre las condiciones que hacen
a un hombre miserable: los hijos de la
degradación material, y quienes son producto
de la degradación moral, los que han perdido
todo, incluso, aquello que les hace hombres:
su humanidad.

Cuando uno lee un libro de superación


personal tiene a una voz diciéndole
directamente qué debe hacer, cómo y hasta
cuándo. Eso hace que nos habituemos a
escuchar instrucciones y que rara vez
sepamos qué hacer cuando no las tenemos,
lo cual evita que interioricemos. Nadie
merece esclavizarse mentalmente a nada.
Por otro lado, pasa también que, al leer,
sentimos que ya hacemos algo y no lo
llevamos a la práctica, lo que ocasiona que la
famosa superación personal se quede en
frases o memes que posteamos por aquí y
por allá pero que no hacen ninguna
diferencia práctica en nuestra vida.
Andrea de la vía, en los jardines lujosos, en las
puertas de las chozas y en pleno campo.
Errores ortográficos:
Las rosas están en aquella costa como
Decisión en su propia casa. Embalsaman la región con
su aroma fuerte y ligero; gracias a ellas, es el
(6) aire una golosina, sabroso como el vino, y
como el vino, embriagador.
Idilio
El tren iba muy despacio, como
Guy de Maupassant entreteniéndose en aquel jardín, en aquella
blandura. Se paraba a cada instante, en
estaciones pequeñas, delante de unas pocas
El tren acababa de salir de Génova, y se
casas blancas, y en seguida echaba a andar
dirigía hacia Marsella, siguiendo las
otra vez, con paso tranquilo, después de
profundas ondulaciones de la larga costa
haber lanzado silbidos. Nadie subía a él.
rocosa, deslizándose como serpiente de
Hubiérase dicho que el mundo entero
hierro entre mar y montaña, reptando sobre
dormitaba, sin decidirse a dar un paso en
playas de arena amarilla en las que el leve
aquella cálida mañana de primavera.
oleaje bordaba una lista de plata, y entrando
bruscamente en las negras fauces de los La gruesa mujer cerraba de cuando en
túneles, lo mismo que entra una fiera en su cuando los ojos, pero volvía a abrirlos
cubil. bruscamente al sentir que la cesta se le iba
de las rodillas. La volvía a su sitio con gesto
Una voluminosa señora y un hombre
rápido, miraba durante algunos minutos por
joven viajaban frente a frente en el último
la ventanilla y se amodorraba de nuevo.
vagón, mirándose de cuando en cuando,
Gotas de sudor le cubrían la frente, y
pero sin hablarse. La mujer, que tendría
respiraba con dificultad, como si la
veinticinco años, iba sentada junto a la
acometiese una opresión dolorosa.
ventanilla, y miraba el paisaje. Era una
robusta campesina piamontesa de ojos El joven había dejado caer la cabeza y
negros, pechos abultados, y mofletuda. dormía profundamente, como buen
Había metido debajo del asiento de madera campesino.
varios paquetes, y conservaba encima de sus
rodillas una cesta. Súbitamente, al salir de una pequeña
estación, pareció despertarse la campesina,
El joven tendría veinte años; era flaco, abrió su cesta, sacó un trozo de pan, huevos
curtido; tenía el color negro de las personas duros, un frasco de v¡no y ciruelas, unas
que cultivan la. tierra a pleno sol. Llevaba a hermosas ciruelas coloradas, y se puso a
su lado en un pañuelo toda su fortuna; un par comer.
de zapatos, una camisa, unos pantalones y
una chaqueta. También él había ocultado También el joven se había despertado
algo debajo del banco: una pala y un azadón, bruscamente, la miraba, siguiendo con la
atados con una cuerda. Iba a Francia en vista el trayecto de cada bocado, desde las
busca de trabajo. rodillas a la boca. Permanecía con los brazos
cruzados, fija la mirada, hundidas las
El sol, que ascendía en el cielo, mejillas, cerrados los labios.
derramaba sobre la costa una lluvia de fuego;
era en los últimos días de mayo; Comía ella con gula, bebiendo a cada
revoloteaban por los aires aromas deliciosos, instante un sorbe de vino para ayudar a
que penetraban en los vagones por las pasar los huevos, y de cuando en cuando
ventanillas abiertas. Los naranjos y limoneros suspendía la masticación para dejar escapar
en flor derramaban en la atmósfera tranquila un ligero resoplido.
sus perfumes dulzones, tan gratos, tan
fuertes y tan inquietantes, mezclándolos con Se lo tragó todo: el pan, los huevos, las
el hálito de las rosas que brotaban en todas ciruelas, el vino. En cuanto ella acabó de
partes como las hierbas silvestres, a lo largo comer, el joven cerró los ojos. La joven se
sintió algo apretada y se aflojó el corpiño. El vagones. Una nube de polvo se arremolinaba
joven volvió súbitamente a mirar. detrás del tren y se metía dentro, y el
perfume de los naranjos y de las rosas se
Sin preocuparse por ello, la mujer se fue pegaba con más fuerza al paladar, como si
desabrochado el vestido; la fuerte presión de se espesase y adquiriese más pesadez.
sus senos apartaba la tela, dejando ver, entre
los dos, por la abertura creciente, algo de la Otra vez se volvieron a dormir los dos
ropa blanca interior y un trozo de piel. viajeros.

Cuando la campesina se sintió más a sus Se despertaron casi a un tiempo. El sol


anchas, dijo en italiano: descendía hacia la superficie del mar
iluminando su sábana azul con un torrente de
—No se puede respirar, de tanto calor claridad. El aire era ahora más fresco y
como hace. parecía más ligero.

El joven le contestó en el mismo idioma y La nodriza, con el corpiño abierto, los


con el mismo acento: mofletes sucios y la mirada sin brillo,
jadeaba; y exclamó con voz fatigosa:
—Hace un tiempo hermoso para viajar.
—Desde ayer no he dado el pecho, y
Ella le preguntó: estoy mareada, como si fuera a
desmayarme.
—¿Es usted del Piamonte?
El joven no contestó, porque no supo qué
—Soy de Asti. decir. Ella prosiguió:
—Y yo de Casale. —Con la cantidad de leche que yo tengo,
es indispensable dar de mamar tres veces al
Eran de pueblos cercanos, trabaron
día; de lo contrario, se siente una molestia.
conversación.
Es como si llevase un peso sobre el corazón,
Se dijeron la sarta de vulgaridades que un peso que me impide respirar y que me
repiten constantemente las gentes del pueblo deja aplanada. Es una desgracia el ser tan
y que bastan para satisfacer a sus abundante de leche.
inteligencias tardas y sin horizontes.
El murmuró:
Hablaron de sus pueblos. Tenían enemigos
comunes. Citaron nombres, y a medida que —Sí. Es una desgracia. Eso debe de
descubrían una nueva persona conocida de molestarla mucho.
los dos, iba creciendo su amistad. Las frases
salían rápidas, precipitadas, de sus labios, En efecto, daba la impresión de estar
con las sonoras terminaciones y el acento muy enferma, agobiada y a punto de
cantarín del idioma italiano. Luego hablaron desfallecer. Dijo con voz apagada:
de sí mismos.
—Con sólo apretar encima, sale la leche
Ella estaba casada y había dejado sus como de una fuente. Es un espectáculo
tres hijos al cuidado de una hermana, porque curioso. Parece increíble. Todos los
haba encontrado colocación de nodriza; era habitantes de Casale venían a verlo.
una buena colocación, en casa de una buena
señora francesa, en Marsella. —¡Ah, sí! —exclamó el joven.
El iba en busca de trabajo. Le habían —Como lo oye. Se lo haría ver a usted,
asegurado que lo encontraría por allí, porque pero con eso no adelanto nada. De esa
se edificaba mucho. forma no sale toda la cantidad que en este
momento necesitaría.
Después guardaron silencio.
No dijo más.
El calor se iba haciendo terrible, pues
caía a torrentes sobre el techo de los
El tren se detuvo. En pie, junto a una cogerlo entre sus dos manos para acercarlo
barrera, estaba una mujer que tenía en sus al hombre, apareció en la punta una gota de
brazos a un niño que lloraba. Era encanijada leche. El joven se la bebió con avidez,
y harapienta. cogiendo entre sus labios, como un niño
recién nacido, aquella teta pesada, Y se puso
La nodriza, que la contemplaba, dijo con a mamar glotonamente, con ritmo regular.
voz de lástima:
Se había cogido a la cintura de la mujer
—Ahí tiene usted una a la que yo podría con sus dos brazos y se la apretaba,. para
aliviar. Y a mí me podría dar un gran alivio su acercarla más; y bebía a tragos, lentamente,
pequeño. No soy rica, y la prueba está en con movimiento del cuello igual al de los
que dejo mi casa, m¡ familia y al último hijo niños.
que he tenido para colocarme; pues con todo
eso, daría a gusto cinco francos para que me De pronto le dijo ella:
dejase diez minutos a ese chico y poder darle
de mamar. El niño se sosegaría y yo —Ya me ha descargado bastante de
también. Sería como darme nueva vida. ésta. Coja ahora la otra.

Se calló otra vez. Luego se pasó varias La cogió, con docilidad.


veces su mano febril por la frente sudorosa, y
se lamentó: La mujer había puesto sus dos manos
encima de las espaldas del joven y respiraba
—No puedo aguantar más. Creo que me profundamente, con felicidad, saboreando el
voy a morir. aroma de las flores que se mezclaba con las
corrientes de aire que la marcha del tren
Y se abrió completamente el corpiño con precipitaba dentro de los vagones.
gesto inconsciente.
—¡Qué bien huele! —dijo ella.
Surgió a la vista el seno derecho,
enorme, tenso, con su pezón moreno. La El joven no contestó; seguía bebiendo de
pobre mujer gimoteaba: aquel manantial de carne y cerraba los ojos
como para saborear mejor.
—¡Ay Dios mío! ¡Ay Dios mío! ¿Qué voy
a hacer yo? Ella lo apartó con suavidad.

El tren se había puesto otra vez en —Basta. Me siento mejor. Esto me ha


marcha y seguía su camino por entre flores dado vida y tranquilidad.
que exhalaban el penetrante aroma de los
atardeceres tibios. De cuando en cuando se Se levantó él, enjugándose la boca con el
descubría un barco de pesca que parecía revés de la mano.
dormido sobre el mar azul, con sus blancas
velas inmóviles, reflejándose en el agua Y ella le dijo, al mismo tiempo que se
como si hubiese otro barco boca abajo. metía dentro del corpiño aquellas dos
cantimploras vivientes:
El joven, confuso, balbució:
—Me ha hecho usted un gran favor. Se lo
—Señora... Tal vez yo mismo... podría agradezco mucho, señor.
aliviarla.
Pero el joven le contestó con acento
Ella le contestó con voz entrecortada: reconocido:

—Desde luego...; si es usted tan amable. —Soy yo quien le da las gracias, señora.
Me haría usted un gran favor. No puedo ¡Llevaba dos días sin probar bocado!
resistir más; no puedo resistir más.

El joven se arrodilló delante de ella, y la


mujer se inclinó, poniéndole en la boca, con
gesto de nodriza, su pezón moreno. Al
Ximena (3) arrojara un saco de basura. Por fortuna, allí
estaba Juan Lanas. Se echó la Cilindra al río
La cilindra y tras ella se tiró también Juan. El agua los
arrastró lejos, pero luego salieron los cuatro a
Carmen Báez la orilla.
Ella no tenía dueño. Tal vez no lo tuvo nunca. Volvieron al cuarto y no fue paliza la que
La encontraron los soldados allá por Juan le puso a su Marota. Desde entonces la
Huetamo, en un pueblillo caliente y gris, y Cilindra tenía una estimación particular por
desde entonces se “dio de alta” y se vino a aquel Juan Lanas, que era borracho y bueno.
correr mundo con la bola.
Pero era también traidor. Su misma mujer
Se hizo amiga de todos: de los soldados, de vino a contarlo. Y lo encontraron en la
las soldaderas y hasta del cabecilla. Todos le madrugada, atravesando el llano, con el fusil
tenían cariño. al hombro y las cananas terciadas,
caminando rumbo al campo enemigo.
Por flaca, por encanijada, la llamaron La
Cilindra. Siempre fiel, siempre alerta, como -Que lo truenen- dijo el cabecilla.
buena revolucionaria; en su hoja de servicios
tenía anotada más de una acción de armas Y le formaron su cuadro. Todos callados,
en la que tomó parte tan activa como los frente a él preparan sus armas. El
hombres, como las mujeres. Nunca conoció comandante ordenó:
el miedo y ante el enemigo se ponía furiosa,
tan furiosa que hubiera sido difícil vencerla a -¡ Apuuuuunten ¡
ella sola. Después de los combates se le oía
aullar por las noches en el campo Y todos levantaron sus carabinas. Iba a
abandonado. Cuando un soldado enfermaba pronunciar la palabra “fuego”, cuando a los
era la Cilindra su mejor compañera, y nunca pies de Juan Lanas se oyó un aullido
se le pudo acusar de traición. lastimero, sobrehumano, largo, que hizo a los
soldados estremecerse y bajar sus armas: a
Una vez el cabecilla, aquel hombre de los pies del traidor estaba la Cilindra, con sus
bronce, recio, altanero, bueno, estuvo a ojos amarillos y largos, de mirada húmeda.
punto de saldar sus cuentas con la vida. Los Arrastrándola lograron retirarla. Volvió el
mosquitos de tierra caliente son malos. Cogió comandante a dar órdenes, y cuando
una fiebre palúdica que lo tumbo por mucho estaban ya las armas levantadas, listas para
tiempo. Y allá estuvo la Cilindra con él, sin lanzar su escupitajo de acero, volvió a
comer, sin beber, perdidos en una de las escucharse a los pies de Juan Lanas el
cuevas del cerro… Y fue la pobre Cilindra aullido largo, que ponía los pelos de punta. A
quien una noche en que el cabecilla pesar de que el comandante dio la voz de
agonizaba, llegó hasta el plan y buscó a los “¡fuego!”, no se disparó un solo cartucho.
soldados, y los llevó al lugar en donde el jefe Nadie se hubiera atrevido a herirla: era la
se estaba muriendo. Ellos le trajeron médico amiga, la única amiga leal de toda la tropa.
y agua. En poco tiempo estuvo sano. Sólo
entonces lo abandonó la Cilindra. Y se repitió la escena dos, tres, cuatro veces.
Por la fuerza quisieron alejarla: imposible. Si
Al pasar por Churumuco tuvo amores con el parecía estar rabiosa. No fueron pocos los
Capulín, un perrazo negro. Al poco tiempo mordiscos que propinó esa mañana a los
tuvo también familia: dos cachorros soldados. Se había convertido en la enemiga
pequeñitos y pardos que por desgracia de todos y, sin embargo, nadie se hubiera
nacieron en el cuarto de Juan Lanas. atrevido a hacerle daño.

La mujer de Juan, doña Juana la Marota, era -Tate quieta Cilindra- le decía Juan Lanas
larga, fea, mala. Una noche cogió a los con voz ronca, amarga. Vete. ¿No ves que
cachorritos y se fue rumbo al río. Cilindra estos demonios acabarán por matarte?
corrió tras ella. Llegaron al puente. El río, Déjame solito un rato. Pero ella seguía
abajo, era una fuga de aguas turbias. Y los echada a sus pies, con los ojos húmedos y
arrojó al fondo, con el mismo desprecio que largos.
Ya por la tarde llegó el cabecilla. Él mismo
fue hasta el barranco donde estaban
fusilando a Juan Lanas. Al verlo llegar la
Cilindra, mostrándole sus diente, le lanzó una
mirada húmeda, de rabia y de ternura, de
venganza, de súplica y de reto. Nuca supo el
cabecilla por qué aquella mirada se le clavó
tan hondo… los ojos amarillos eran más que
humanos. Estaba en ellos toda la angustia de
la gleba que pedía justicia, que lloraba, que
sufría en silencio a veces y amenazaba con
destruirlo todo.

-Que traigan a la Marota- dijo.

Cuando llegó la Marota, la mujer que


traicionó a Juan Lanas, con voz ahogada dijo
el cabecilla:

-¡mira Marota, así defienden las perras a sus


hombres!

Por eso cuando una bala dejó a la Cilindra


tiesa en el campo de batalla, todos lloraron,
todos se sintieron solos. Ellos mismos la
enterraron en el cementerio nuevo, en una
fosa que cavó Juan Lanas. Y hubo toques de
clarín, y tambores velados, y todos los
honores militares que se hacen al más
querido de los jefes caídos en el campo de
batalla, bajo la lluvia absurda de las balas.
Edgar puedo ni siquiera imaginar en qué consistió.
Supongo que ha de haber estado formulada
Errores ortográficos: más o menos así:

Haría —¿Cuál es el río del Canadá que nace


en las montañas N y desemboca en el lago
Tendría M?
Así Se la hizo a un alumno que estaba
sentado en la primera fila:
Después
—El San Lorenzo —contestó el
Sería interrogado.
(3) —Falso —dijo el maestro y señaló al
alumno que estaba sentado junto, para
El puente de los asnos
indicar que era su turno de responder.
Jorge Ibargüengoitia
—Saskatchewan —contestó éste.
Cuando hablo con personas más jóvenes
—Falso.
que yo que pasaron por las mismas
escuelas, llegamos irremisiblemente a la Fue preguntando, uno tras otro, a
conclusión de que la época en que yo estudié cuarenta alumnos. Todos ellos, que eran
es, comparada con la actual, la edad de oro completamente imbéciles, dieron por
de la enseñanza. respuesta una de las dos que ya estaban
probadas falsas. A pesar de que Farolito
En efecto, muchos de mis profesores se
usaba goma de tragacanto para aplastarles
han distinguido en la vida real. Uno de ellos
el pelo sobre el cráneo y en los bigotes para
es secretario de Estado, otro, subsecretario,
conservar las puntas retorcidas hacia arriba,
otro fue durante muchos años jefe de un
todo se le empezó a erizar al ver el fracaso
partido político, otro murió, y su nombre fue a
de su enseñanza. Hasta que por fin me tocó
dar en letras de oro en la entrada de un
el turno de responder.
recinto público, etcétera. Otro de ellos, sin
haber llegado a alguna cumbre burocrática o —El Mackenzie —dije.
pública, han dejado huella en la educación
mexicana, son autores de libros de texto, Farolito casi se desmayó de gusto.
inventaron nuevos sistemas de formular la
regla de tres, y uno de ellos adquirió fama —Dos puntos a Ibasgonguitia —ordenó.
por haberse aprendido de memoria las tablas Nunca logró pronunciar mi nombre
de logaritmos, del uno al cien —pasó tres correctamente. Me puso como modelo de
años en un manicomio, siguiendo un aplicación. Como ejemplo de que basta con
tratamiento especial que le dieron para que poner atención a lo que se dice en clase para
las olvidara. saber las respuestas. Mi triunfo hubiera sido
más completo si no se le hubiera ocurrido al
Lo que quiero decir es que, vista desde profesor pedirme que explicara a mis
lejos, la educación que recibí es de primera. compañeros cómo había yo llegado a la
Vista en detalle, en cambio, presenta serias conclusión de que la respuesta correcta era
deficiencias. “Mackenzie”.
Uno de los éxitos académicos más Yo expuse lo siguiente:
grandes que tuve en la primaria ocurrió
cuando cursaba el quinto año. El profesor —Al hablar de los ríos del Canadá sólo
Farolito, llamado así porque se le encendían se han mencionado tres nombres. San
las narices cada vez que perdía la paciencia, Lorenzo, Saskatchewan y Mackenzie. Si
cosa que ocurría dos o tres veces diarias, usted ya había dicho que la respuesta
hizo una pregunta de Geografía, que no sólo correcta no era ninguno de los dos primeros,
no recuerdo, sino que estudiando el mapa no tenía que ser el tercero.
La nariz de Farolito se encendió: hubiéramos imaginado. Se acabó el
desorden y volvimos a la normalidad. Es
—¡Dos puntos menos a Ibasgonguitia! decir, seguimos sin aprender nada.

No perdí nada, porque los dos puntos Voy ahora a recordar lo ocurrido en otros
que Farolito daba y quitaba con tanta libertad años.
eran algo que anotaba en una lista un
gordinflón que se sentaba en la primera fila, Por ejemplo, el primero de secundaria.
pero que nunca llegó a materializarse en las Los rasgos fundamentales de este curso para
boletas semanales, en donde no había mí, fueron la aparición en mi vida del maestro
espacio para anotar ni los puntos buenos ni Raspita. (Aritmética), conocido por los
los malos. alumnos de tercer año como “la Cachimba”.
A la colaboración entre Raspita y yo se debe
Yo era entonces un rollizo niño de diez que yo nunca haya aprendido a sacar raíz
años que usaba unos pantalones cortos que cuadrada o raíz cúbica de un número. Esta
antes, siendo largos, habían colgado de deficiencia, que yo consideraba una
cinturas más venerables. Pasaba seis horas desgracia, me persiguió hasta la Escuela de
diarias sentado en una banca con la mente Ingeniería, en donde descubrí, con
en blanco. Si algo aprendí ese año, lo he satisfacción, que el setenta por ciento de los
olvidado. maestros compartían mi incapacidad, y la
remediaban usando la regla de cálculo, que
Recuerdo, en cambio, que Farolito llegó para eso es.
un día de bufanda y estuvo escupiendo en un
paliacate que se guardaba en la bolsa. Al día Aparte de no enseñarme a sacar raíces,
siguiente faltó y estuvimos dos meses sin Raspita dejó en mi memoria, muy bien
maestro y sin nadie que lo reemplazara. Los grabadas, dos palabras que nunca había
pasamos golpeándonos unos a otros, oído antes de conocerlo y que no he tenido
brincando encima de las papeleras, o necesidad de usar después: “momio” y
haciendo guerras de ligazos con cáscara de “guarismo”, por número.
naranja. Un día se nos pasó la mano y el
prefecto de orden, el maestro Valdez, que En primero de secundaria, también, me
era un ogro, nos agarró in fraganti. daba clase un señor chaparro, que tenía un
traje negro, portafolio y los pelos en forma de
En castigo, nos puso a escribir una aureola. La influencia que este hombre
composición de seis páginas sobre las ejerció en mi vida es tan leve que no
virtudes de la madre mexicana. recuerdo ni siquiera qué materia enseñaba.
Se apellidaba Moreno.
—Nadie se va a su casa hasta que no
estén llenas esas seis páginas. Otro maestro famoso era el de Geografía
Física. Era blasfemo. Nos escandalizó el día
—Pueden comparar a la madre en que anunció que la Biblia estaba
mexicana, que se desvive por sus hijos y va equivocada, porque en la Tierra no había
a todas partes cargándolos, al mercado, al agua suficiente para producir el Diluvio. Pero
cine, a misa, etcétera, con las costumbres de aparte de blasfemo era astrónomo y ahora
las madres norteamericanas, que llevan a comprendo que sabía expresarse, porque me
sus hijos a una guardería y los dejan allí inculcó la idea de que la tierra no es más que
abandonados, mientras ellas se van a divertir un cuerpo minúsculo perdido en la nada, que
y a tomar cócteles. forma parte de un sistema que se va
ensanchando, como partículas expulsadas
Este tema lo barajé catorce veces hasta centrífugamente por causas de una
llenar las seis páginas, diciendo a cada explosión. Era más de lo que yo estaba
presentación: “¡Qué diferencia!”. capacitado para aprender. Pasé varios años
convencido de que la vida no vale anda.
El día que regreso Farolito, cadavérico,
de abrigo, bufanda y sombrero, apoyado en El profesor de Botánica nos producía un
un bastón de un lado, y del otro en su terror completamente irracional, porque era
hermana, nos dio un gusto que nunca muy buena persona. Sin embargo, no logró,
en su exposición, conectar lo que estaba un producto de un olor característico y
enseñando con la realidad. Prueba de esto sorprendente. A continuación, nosotros
es que nunca en mi vida he tomado algo repetíamos las mismas operaciones que
entre las manos y dicho: acababa de efectuar el maestro y al final
obteníamos las mismas operaciones que
—Esto es dicotiledóneo. acababa de efectuar el maestro y al final
obteníamos en todas las probetas algo
Uno de los profesores de la secundaria parecido al lodo.
que recuerdo con mayor precisión es la
Coqueta. Daba clases de Historia Universal. Otra materia notable era la Física. Al
Se sentaba en el borde del escritorio y llegar al capítulo referente a la electricidad, el
apuntaba con una regla al alumno que había maestro cerró la boca, y se pasó seis meses
elegido por víctima. dibujando en el pizarrón diagramas de
aparatos embobinados cuyo uso nadie llegó
—Háblame de la Guerra de los Treinta a comprender. Nos conformábamos con
Años —el otro empezaba a tartamudear. copiar los diagramas en nuestros cuadernos.
Mientras hacíamos esto, en la mente de cada
Falso. Sigue... Falso. Sigue... Falso. uno de nosotros había la siguiente idea: “en
Tienes cero. Siguiente. este momento no entiendo lo que estoy
haciendo, pero un día, con calma, me voy a
Cuando se enfadaba decía: “¡Ay, qué
sentar frente a este cuaderno y todo va a
fastidio!”.
quedar clarísimo”. En mi caso, cuando
A pesar de que estudié su materia con menos, esto nunca llegó a ocurrir.
gran cuidado y saqué diez al final del año,
Otras materias, como por ejemplo, las
todo lo que recordaba de la Guerra de los
etimologías, que no tenían ningún interés y
Treinta Años al recibir la boleta es que había
que evidentemente no tenían tampoco ni
durado treinta años. En cambio, recordaba
importancia ni aplicación práctica, se
con gran claridad lo que el libro de texto
dificultaban porque el maestro que las
decía sobre México, porque esto no lo vimos
enseñaba era un ogro.
en clase, sino que lo leí en mis ratos de ocio.
Hasta la fecha, treinta años después, todavía —Ustedes son unos masticadores de
puedo repetirlo. Era un párrafo en letra carroña —nos decía el profesor Baldas.
pequeña que abarcaba desde la colonia
hasta el Porfiriato. Decía así: “La mezcla de Tenía el convencimiento de que había
español e indígena, produjo en México una vivido heroicamente.
raza nueva que se ha distinguido por sus
virtudes guerreras y por el aborrecimiento —Tres veces me formaron cuadro. Tres
que le inspira todo lo europeo. En 1810 el veces he estado frente al pelotón de
Cura Miguel Hidalgo inició una guerra para fusilamiento.
expulsar a los españoles, intento que se vio
coronado por el éxito en 1821...”, etcétera. Desgraciadamente no llegó a ser
ejecutado y vivió para hacerme pasar setenta
Una de las materias que más nos de las horas más soporíferas de mi vida.
interesaban en los años de secundaria y Nunca supimos cuál era la causa de que tres
preparatoria era la química. Teníamos un veces hubiera estado a punto de ser fusilado,
libro gordo con dibujos y esquemas, que ni tampoco llegamos a saber qué
tenía textos como el siguiente: “Propiedades: intervención inesperada o qué cambio de
es un líquido viscoso de olor repulsivo que fortuna le salvó la vida tres veces. Estas dos
puesto sobre la piel produce escoriaciones. materias hubieran sido más interesantes que
Es muy venenoso. Manera de obtenerlo...” la que él enseñaba.
Las prácticas de laboratorio eran siempre Otras horas detestables eran las que
un desastre. El maestro tenía una mesa de pasábamos con el Moscardón, que en paz
experimentos más elevada que las nuestras. descanse. No sé por qué nos detestaba tanto
Allí iba mezclando sustancias en una serie de como nosotros a él. Llegaba siempre
probetas, hasta obtener en cada una de ellas retrasado, a las tres y cuarto de la tarde,
ponía el portafolios sobre la mesa, cruzaba
las manos sobre él y bostezaba antes de
decir:

—Comen como boas o como náufragos y


luego vienen a dormirse en clase.

Logró lo increíble: hacer aburrida una


clase de México Independiente.
Jessica que me está llamando.

Errores ortográficos:

Posibilidades Nos hemos paseado tantas veces por el


malecón
(6)
bajo el viento que trae barcos pintados de cal
Tristeza doméstica
y clava en la ceniza de los pulmones el
Tristan Tzara gancho

pero el malecón es un sendero del caracol

I que habita en el corazón del Señor.

En la semilla de la azucena Mis pensamientos se van --como ovejas al


pasto- sin fin
te enterré serenamente
Lloran en la flauta por las llanuras tristes
nos hemos amado en campanarios fragmentos de biografía
arruinados
Me ahogo en la desesperanza de los
los años se destraman fenómenos sísmicos y por las calles huye el
viento cual perro apedreado
como los encajes viejos.
II
Te estoy buscando en todas partes Señor
Los astrólogos tienen encuentros secretos
pero tú sabes que es poca cosa
dentro de un cuarto del emperador como
te enterré en un mes de noviembre panal de miel
cuando pasaban las alumnas para almorzar donde construyen sucesos anticipados al
futuro
pero no sabían que estabas en el carruaje
para convertir el amor en dolor.
porque habrían llorado.
III
Como se vienen abajo los diques vencidos
El caballo engulle la serpiente de la noche
dejando caer el dolor en los padres
el jardín se puso medallas de emperador
de papel, tu carne vieja
estrellado traje de novia -deja
¿cómo tiene que ser? -amarilla y triste
que te mate en los infinitos, durante la noche,
y te amé dentro del violín de los buenos
la carne fiel la loca de la aldea incuba
modales.
hazmerreíres para el palacio.
El otoño extendió sobre el país la llaga

se desabotonó lentamente los pechos

y se abrirá más el vestido

como el violín del barco destrozado por los


dueños

abrirá en el cuerpo de sangre la carne


Gabriela salió a un balcón, sin séquito que la
acompañara ni corona de oro, pero ataviada
Errores ortográficos: enteramente de blanco y con un par de
hermosos zapatos de marroquí rojo. Un par
Aprovechar de zapatos que eran realmente la cosa más
distinta de aquellos que la pobre zapatera
útiles había confeccionado para Karen. Nada en el
mundo podía compararse con aquellos
(3)
zapatitos rojos.
Los zapatos rojos
Llegó el tiempo en que Karen tuvo edad para
Hans Christian Andersen recibir el sacramento de la confirmación. Le
hicieron un vestido nuevo y necesitaba un
Hubo una vez una niñita que era muy nuevo par de zapatos. El zapatero de lujo
pequeña y delicada, pero que a pesar de que había en la ciudad fue encargado de
todo tenía que andar siempre descalza, al tomarle la medida de sus piececitos. El
menos en verano, por su extraña pobreza. establecimiento estaba lleno de cajas de
Para el invierno sólo tenía un par de zuecos vidrio que contenían los más preciosos y
que le dejaban los tobillos terriblemente relucientes zapatos, pero la anciana señora
lastimados. no tenía muy bien la vista, de modo que no
halló nada de interés en ellos. Entre las
En el centro de la aldea vivía una anciana demás mercaderías había también un par de
zapatera que hizo un par de zapatitos con zapatos rojos como los que usaba la
unos retazos de tela roja. Los zapatos Princesa. ¡Qué bonitos eran! El zapatero les
resultaron un tanto desmañados, pero dijo que habían sido hechos para la hija de
hechos con la mejor intención para Karen, un conde, pero que le resultaban ajustados.
que así se llamaba la niña.
-¡Cómo brillan! -comentó la señora-. Supongo
La mujer le regaló el par de zapatos, que que serán de charol.
Karen estrenó el día en que enterraron a su
madre. Ciertamente los zapatos no eran de -Sí que brillan y mucho -aprobó Karen, que
luto, pero ella no tenía otros, de modo que estaba probándoselos. Le venían a la
Karen marchó detrás del pobre ataúd de pino medida, y los compraron, pero la anciana no
así, con los zapatos rojos, y sin medias. tenía la mejor idea de que eran rojos, o de lo
contrario nunca habría permitido a Karen
Precisamente acertó a pasar por el camino usarlos el día de su confirmación.
del cortejo un grande y viejo coche, en cuyo
interior iba sentada una anciana señora. Al Todo el mundo le miraba los pies a la niña, y
ver a la niñita, la señora sintió mucha pena en el momento de entrar en la iglesia aún le
por ella, y dijo al sacerdote: parecía a ella que hasta los viejos cuadros
que adornaban la sacristía, retratos de los
-Deme usted a esa niña para que me la lleve párrocos muertos y desaparecidos, con
y la cuide con todo cariño. largos ropajes negros, tenían los ojos fijos en
los rojos zapatos de Karen. Ésta no pensaba
Karen pensó que todo era por los zapatos en otra cosa cuando el sacerdote extendió
rojos, pero a la señora le parecieron las manos sobre ella, ni cuando le habló del
horribles, y los hizo quemar. La niña fue santo bautismo, la alianza con Dios, y dijo
vestida pulcramente, y tuvo que aprender a que desde ahora Karen sería ya una cristiana
leer y coser. La gente decía que era linda, enteramente responsable. Respondieron las
pero el espejo añadía más: "Tú eres más que solemnes notas del órgano, los niños
linda. ¡Eres encantadora!" cantaron con sus voces más dulces, y
también cantó el viejo preceptor, pero Karen
Por ese tiempo la Reina estaba haciendo un sólo pensaba en sus zapatos rojos.
viaje por el país, llevando consigo a su hijita
la Princesa. La gente, y Karen entre ella, se
congregó ante el palacio donde ambas se
alojaban, para tratar de verlas. La princesita
Al llegar la tarde ya la señora había oído los zapatos, lo cual permitió un poco de alivio
decir en todas partes que los zapatos eran a sus miembros.
rojos, lo cual le pareció inconveniente y poco
decoroso para la ocasión. Resolvió que en Al llegar a la casa, la señora guardó los
adelante cada vez que Karen fuera a la zapatos en un armario, pero no sin que
iglesia llevaría zapatos negros, aunque Karen pudiera privarse de ir a contemplarlos.
fueran viejos. Pero el domingo siguiente,
fecha en que debía recibir su primera Por aquellos días la anciana cayó enferma de
comunión, la niña contempló sus zapatos gravedad. Era necesario atenderla y cuidarla
rojos y luego los negros... Miró otra vez los mucho, y no había nadie más próxima que
rojos, y por último se los puso. Karen para hacerlo. Pero en la ciudad se
daba un gran baile, y la muchacha estaba
Era un hermoso día de sol. Karen y la también invitada. Miró a su protectora, y se
anciana señora tenían que pasar a través de dijo que después de todo la pobre no podría
un campo de trigo, por ser un sendero vivir. Miró luego sus zapatos rojos y resolvió
bastante polvoriento. Junto a la puerta de la que no habría ningún mal en asistir a la
iglesia había un soldado viejo con una fiesta. Se calzó, pues, los zapatos, se fue al
muleta; tenía una extraña y larga barba de baile y empezó a danzar. Pero cuando quiso
singular entonación rojiza, y se inclinó casi bailar hacia el fondo de la sala, los zapatos la
hasta el suelo al preguntar a la dama si le llevaron hacia la puerta, y luego escaleras
permitía sacudir el polvo de sus zapatos. La abajo, y por las calles, y más allá de los
niña extendió también su piececito. muros de la ciudad. Siguió bailando y
alejándose cada vez más sin poder
-¡Vaya! ¡Qué hermosos zapatos de baile! - contenerse, hasta llegar al bosque. Al alzar la
exclamó el soldado-. Procura que no se te cabeza distinguió algo que se destacaba en
suelten cuando dances. -Y al decir esto tocó la oscuridad, entre los árboles, y le pareció
las suelas de los zapatos con la mano. que era la luna; pero no; era un rostro, el del
viejo soldado de la barba roja. El soldado
La anciana dio al soldado una moneda de meneó la cabeza en señal de aprobación y
cobre y entró en la iglesia acompañada por dijo:
Karen. Toda la gente, y también las
imágenes, miraban los zapatos rojos de la -¡Qué lindos zapatos de baile!
niña. Cuando Karen se arrodilló ante el altar
en el momento más solemne, sólo pensaba Aquello infundió a la niña un miedo terrible;
en sus zapatos rojos, que parecían estar quiso quitarse los zapatos y tirarlos lejos,
flotando ante su vista. Olvidó unirse al himno pero era imposible: los tenía como adheridos
de acción de gracias, olvidó el rezo del a los pies. Cuanto más danzaba más tenía
Padrenuestro. que bailar, por campos y praderas, bajo la
lluvia y bajo el sol, de día y de noche, pero
Finalmente la concurrencia salió del templo y por la noche aquello era terrible.
la anciana se dirigió a su coche. Karen
levantó el pie para subir también al carruaje, Entró bailando por las puertas del
y en ese momento el soldado, que estaba de cementerio, pero los muertos no la
pie tras ella, dijo: acompañaron en su danza: tenían otra cosa
mejor que hacer. Trató de sentarse sobre la
-¡Lindos zapatos de baile! tumba de un mendigo, sobre la cual crecía el
amargo ajenjo, pero no había descanso
Sin poder impedirlo, Karen dio unos saltos de posible para ella. Y cuando se acercó,
danza, y una vez empezado el movimiento bailando, al portal de la iglesia, vio a un ángel
siguió bailando involuntariamente, llevada por de pie junto a la puerta, con larga túnica
sus pies. Era como si los zapatos tuvieran blanca y alas que llegaban de los hombros al
algún poder por sí solos. Siguió bailando suelo. El rostro del ángel mostrábase grave y
alrededor de la iglesia, sin lograr contenerse. sombrío, y su mano sostenía una espada.
El cochero tuvo que correr tras ella, sujetarla
y llevarla al coche, pero los pies continuaban
danzando, tanto que golpearon horriblemente
a la pobre señora. Por último, Karen se quitó
-Tendrás que bailar -le dijo-. Tendrás que Luego el verdugo le hizo un par de pies de
bailar con tus zapatos rojos hasta que estés madera y dos muletas, y le enseñó un himno
pálida y fría, y la piel se te arrugue, y te que solían entonar los criminales
conviertas en un esqueleto. Bailarás de arrepentidos. Ella le besó la mano que había
puerta en puerta, y allí donde encuentres manejado el hacha, y se alejó por entre los
niños orgullosos y vanidosos llamarás para matorrales.
que te vean y tiemblen. Sí, tendrás que
bailar... "Ya he padecido bastante con estos zapatos
-se dijo-. Ahora iré a la iglesia, par que todos
-¡Piedad! -gritó Karen, pero no alcanzó a oír puedan verme".
la respuesta del ángel, porque los zapatos la
habían llevado ya hacia los campos, por los Y se dirigió tan rápidamente como pudo a la
caminos y senderos. Y sin cesar seguía puerta del templo. Al llegar allí vio a los
bailando. zapatos que bailaban ante ella, y aquello le
dio tanto terror que se volvió a su casa.
Cierta mañana pasó danzando ante una
puerta que ella conocía muy bien. Del interior Toda la semana estuvo muy triste,
procedía un rumor de plegarias, y salió un derramando lágrimas amargas, pero al llegar
cortejo portador de un ataúd cubierto de el domingo se dijo:
flores. Y Karen supo así que la anciana
señora había muerto, y se sintió "Ahora sí que ya he sufrido bastante. Me
desamparada por todo el mundo, maldita parece que estoy a la par de muchos que
hasta por los santos ángeles de Dios. entran en la iglesia con la cabeza alta".

Siguió, siguió danzando. Tenía que bailar, Salió a la calle sin vacilar más, pero apenas
aun en las noches más oscuras. Los zapatos había pasado de la puerta volvió a ver los
la llevaban por sobre zarzas y rastrojos hasta zapatos rojos bailando ante ella. Se sintió
dejarle los pies desgarrados, sangrantes. más aterrorizada que nunca, y volvió la
Más allá de los matorrales llegó a una casita espalda, pero esta vez con verdadero
solitaria, donde ella sabía que vivía el arrepentimiento en el corazón.
verdugo. Golpeó con los dedos en el cristal
de la ventana y llamó: Se dirigió entonces a la casa del párroco y
suplicó que la tomaran a su servicio,
-¡Ven! ¡Ven! ¡Yo no puedo entrar, estoy prometiendo trabajar cuánto pudiera, sin
bailando! reclamar otra cosa que un techo y el
privilegio de vivir entre gente bondadosa. La
-¿Acaso no sabes quién soy yo? -respondió esposa del sacristán tenía buenos
el verdugo-. Yo soy el que le corta la cabeza sentimientos, se compadeció y habló por ella
a la gente mala. ¡Y mira! ¡Mi hacha está al párroco. Karen demostró ser muy
temblando! industriosa e inteligente, y se hizo querer por
todos, pero cuando oía a las niñas hablar de
-¡No me cortes la cabeza -rogó Karen-, pues lujos y vestidos, y pretender ser lindas como
entonces nunca podría arrepentirme de mis reinas, meneaba la cabeza.
pecados!
El domingo siguiente fueron todos al templo,
Pero, por favor, ¡córtame los pies, con los y preguntaron a Karen si quería ir con ellas.
zapatos rojos! Pero Karen miró sus muletas tristemente y
con lágrimas en los ojos. Y se fueron sin ella
Le explicó todo lo ocurrido, y el verdugo le a la iglesia, mientras la niña se quedó
cortó los pies con los zapatos, pero éstos sentada sola en su pequeña habitación,
siguieron bailando con los piececitos dentro, donde no cabía más que una cama y una
y se alejaron hasta perderse en las silla. Estaba leyendo en su libro de
profundidades del bosque. oraciones, con humildad de corazón, cuando
oyó las notas del órgano que el viento traía
desde la iglesia. Levantó su rostro cubierto
de lágrimas y dijo: "¡Oh, Dios, ayúdame!"
En ese momento el sol brilló alrededor de
ella, y el ángel de túnica blanca que ella viera
aquella noche a la puerta del templo se
presentó de pie ante sus ojos. Ya no tenía en
la mano la espada, sino una hermosa rama
verde cuajada de rosas. Con esa rama tocó
el techo, y éste se levantó hasta gran altura,
y en cualquier otra parte que tocaba la rama
aparecía una estrella de oro. Al tocar el ángel
las paredes, el ámbito de la habitación se
ensanchó, y en su interior resonaron las
notas del órgano, y Karen vio las imágenes
en sus hornacinas. Toda la congregación
estaba en sus bancos, cantando en voz alta,
y la misma Karen se encontró a sí misma en
uno de los asientos, al lado de otras
personas de la parroquia. Cuando acabó el
himno, todos volvieron la vista hacia ella y
dijeron: "¡Qué alegría verte de nuevo entre
nosotros después de tanto tiempo, pequeña
Karen!"

-Todo ha sido por la misericordia de Dios -


respondió ella. El órgano resonó de nuevo y
las voces de los niños le hicieron eco
dulcemente en el coro. La cálida luz del sol
penetró a raudales por las ventanas y fue a
iluminar plenamente el sitio donde estaba
sentada Karen. Y el corazón de la niña se
colmó tanto de sol, de luz y de alegría, que
acabó por romperse. Su alma voló en la luz
hacia el cielo, y ninguno de los presentes
hizo siquiera una pregunta acerca de los
zapatos rojos.
Marely advirtiéramos, la lluvia estaba penetrando
demasiado hondo en nuestros sentidos. En la
Errores ortográficos: madrugada del lunes, cuando cerramos la
puerta para evitar el vientecillo cortante y
Haya helado que soplaba del patio, nuestros
sentidos habían sido colmados por la lluvia. Y
(4) en la mañana del lunes los había rebasado.
Mi madrastra y yo volvimos a contemplar el
Monólogo de Isabel viendo llover en
jardín. La tierra áspera y parda de mayo se
Macondo
había convertido durante la noche en una
Gabriel García Márquez substancia oscura y pastosa, parecida al
jabón ordinario. Un chorro de agua
El invierno se precipitó un domingo a la comenzaba a correr por entre las macetas.
salida de misa. La noche del sábado había “Creo que en toda la noche han tenido agua
sido sofocante. Pero aún en la mañana del de sobra”, dijo mi madrastra. Y yo noté que
domingo no se pensaba que pudiera llover. había dejado de sonreír y que su regocijo del
Después de misa, antes de que las mujeres día anterior se había transformado en una
tuviéramos tiempo de encontrar un broche de seriedad laxa y tediosa. “Creo que sí —dije—
las sombrillas, sopló un viento espeso y . Será mejor que los guajiros las pongan en e
oscuro que barrió en una amplia vuelta corredor mientras escampa”. Y así lo
redonda el polvo y la dura yesca de mayo. hicieron, mientras la lluvia crecía como árbol
Alguien dijo junto a mí: “Es viento de agua”. Y inmenso sobre los árboles. Mi padre ocupó el
yo lo sabía desde antes. Desde cuando mismo sitio en que estuvo la tarde del
salimos al atrio y me sentí estremecida por la domingo, pero no habló de la lluvia. Dijo:
viscosa sensación en el vientre. Los hombres “Debe ser que anoche dormí mal, porque me
corrieron hacia las casas vecinas con una he amanecido doliendo el espinazo”. Y
mano en el sombrero y un pañuelo en la otra, estuvo allí, sentado contra el pasamano, con
protegiéndose del viento y la polvareda. los pies en una silla y la cabeza vuelta hacia
Entonces llovió. Y el cielo fue una sustancia el jardín vacío. Solo al atardecer, después
gelatinosa y gris que aleteó a una cuarta de que se negó a almorzar dijo: “Es como si no
nuestras cabezas. Durante el resto de la fuera a escampar nunca”. Y yo me acordé de
mañana mi madrastra y yo estuvimos los meses de calor. Me acordé de agosto, de
sentadas junto al pasamano, alegre de que la esas siestas largas y pasmadas en que nos
lluvia revitalizara el romero y el nardo echábamos a morir bajo el peso de la hora,
sedientos en las macetas después de siete con la ropa pegada al cuerpo por el sudor,
meses de verano intenso, de polvo oyendo afuera el zumbido insistente y sordo
abrasante. Al mediodía cesó la reverberación de la hora sin transcurso. Vi las paredes
de la tierra y un olor a suelo removido, a lavadas, las junturas de la madera
despierta y renovada vegetación, se ensanchadas por el agua. Vi el jardincillo,
confundió con el fresco y saludable olor de la vacío por primera vez, y el jazminero contra
lluvia con el romero. Mi padre dijo a la hora el muro, fiel al recuerdo de mi madre. Vi a mi
de almuerzo: “Cuando llueve en mayo es padre sentado en el mecedor, recostadas en
señal de que habrá buenas aguas”. una almohada las vértebras doloridas, y los
Sonriente, atravesada por el hilo luminoso de ojos tristes, perdidos en el laberinto de la
la nueva estación, mi madrastra me dijo: “Eso lluvia. Me acordé de las noches de agosto,
lo oíste en el sermón”. Y mi padre sonrió. Y en cuyo silencio maravillado no se oye nada
almorzó con buen apetito y hasta tuvo una más que el ruido milenario que hace la Tierra
entretenida digestión junto al pasamano, girando en el eje oxidado y sin aceitar.
silencioso, con los ojos cerrados pero sin Súbitamente me sentí sobrecogida por una
dormir, como para creer que soñaba agobiadora tristeza.
despierto.
Llovió durante todo el lunes, como el
Llovió durante toda la tarde en un solo domingo. Pero entonces parecía como si
tono. En la intensidad uniforme y apacible se estuviera lloviendo de otro modo, porque algo
oía caer el agua como cuando se viaja toda distinto y amargo ocurría en mi corazón. Al
la tarde en un tren. Pero sin que lo atardecer dijo una voz junto a mi asiento: “Es
aburridora esta lluvia”. Sin que me volviera a las mellizas ciega y las imaginaba en su
mirar, reconocí la voz de Martín. Sabía que él casa, acuclilladas, aguardando a que cesara
estaba hablando en el asiento del lado, con la lluvia para salir a cantar. Aquel día no
la misma expresión fría y pasmada que no llegarían las mellizas de San Jerónimo,
había variado ni siquiera después de esa pensaba yo, ni la pordiosera estaría en el
sombría madrugada de diciembre en que corredor después de la siesta, pidiendo como
empezó a ser mi esposo. Habían transcurrido todos los martes, la eterna ramita de toronjil.
cinco meses desde entonces. Ahora yo iba a
tener un hijo. Y Martín estaba allí, a mi lado, Ese día perdimos el orden de las
diciendo que le aburría la lluvia. “Aburridora comidas. Mi madrastra sirvió a la hora de la
no —dije. Lo que me parece es demasiado siesta un plato de sopa simple y un pedazo
triste es el jardín vacío y esos pobre árboles de pan rancio. Pero en realidad no comíamos
que no pueden quitarse del patio”. Entonces desde el atardecer del lunes y creo que
me volvía mirarlo, y ya Martín no estaba allí. desde entonces dejamos de pensar.
Era apenas una voz que me decía: “Por lo Estábamos paralizados, narcotizados por la
visto no piensa escampar nunca”, y cuando lluvia, entregados al derrumbamiento de la
miré hacia la voz, sólo encontré la silla vacía. naturaleza en una actitud pacífica y
resignada. Solo la vaca se movió en la tarde-
El martes amaneció una vaca en el De pronto, un profundo rumor sacudió sus
jardín. Parecía un promontorio de arcilla en entrañas y las pezuñas se hundieron en el
su inmovilidad dura y rebelde, hundidas las barro con mayor fuerza. Luego permaneció
pezuñas en el barro y la cabeza doblegada. inmóvil durante media hora, como si ya
Durante la mañana los guajiros trataron de estuviera muerta, pero no pudiera caer
ahuyentarla con palos y ladrillos, Pero la porque se lo impedía la costumbre de estar
vaca permaneció imperturbable en el jardín, viva, el hábito de estar en una misma
dura, inviolables, todavía las pezuñas posición bajo la lluvia, hasta cuando la
hundidas en el barro y la enorme cabeza costumbre fue más débil que el cuerpo.
humillada por la lluvia. Los guajiros la Entonces dobló las patas delanteras
acostaron hasta cuando la paciente (levantadas todavía en un último esfuerzo
tolerancia de mi padre vino en defensa suya: agónico las ancas brillantes y oscuras),
“Déjenla tranquila —dijo—. Ella se irá como hundió el babeante hocico en el lodazal y se
vino”. rindió por fin al peso de su propia materia en
una silenciosa, gradual y digna ceremonia de
Al atardecer del martes el agua total derrumbamiento. “Hasta ahí llegó”, dijo
apretaba y dolía como una mortajada en el alguien a mis espaldas. Y yo me volví a mirar
corazón. El fresco de la primera mañana y vi en el umbral a la pordiosera de los
empezó a convertirse en una humedad martes que venía a través de la tormenta a
caliente; era una temperatura de escalofrío. pedir la ramita de toronjil. Tal vez el
Los pies sudaban dentro de los zapatos, No miércoles me habría acostumbrado a ese
se sabía qué era más desagradable, si la piel ambiente sobrecogedor si al llegar a la sala
al descubierto o el contacto con la ropa en la no hubiera encontrado la mesa recostada
piel. En la casa había cesado toda actividad. contra la pared, los muebles amontonados
Nos sentamos en el corredor, pero ya no encima de ella, y del otro lado, en un
contemplábamos la lluvia como el primer día. parapeto improvisado durante la noche, los
Ya no la sentíamos caer. Ya no veíamos sino baúles y las cajas con los utensilios
el contorno de los árboles en la niebla, en un domésticos. El espectáculo me produjo una
atardecer triste y desolado que dejaba en los terrible sensación de vacío. Algo había
labios el mismo sabor con que se despierta sucedido durante la noche. La casa estaba
después de haber soñado con una persona en desorden; los guajiros, sin camisa y
desconocida. Yo sabía que era martes y me descalzos, con los pantalones enrollados
acordaba de las mellizas de San Jerónimo, hasta las rodillas, transportaban los muebles
de las niñas ciegas que todas las semanas al comedor. En la expresión de los hombres,
vienen a la casa a decirnos canciones en la misma diligencia con que trabajaban se
simples, entristecidas por el amargo y advertía la crueldad de la frustrada rebeldía,
desamparado prodigio de sus voces. Por de la forzosa y humillante inferioridad bajo la
encima de la lluvia yo oía la cancioncilla de lluvia. Yo me movía sin dirección, sin
voluntad. Me sentía convertida en una lámpara en alto, y chapaleaba en el agua del
pradera desolada, sembrada de algas y corredor. “Ahora tenemos que rezar”, dijo. Y
líquenes, de hongos viscosos y blandos, yo vi su rostros seco y agrietado, como si
fecunda por la repugnante flora de la acabara de abandonar una sepultura o como
humedad y de las tinieblas. Yo estaba en la si estuviera fabricada en una substancia
sala contemplando el desierto espectáculo de distinta de la humana. Estaba frente a mí,
los mueble amontonados cuando oí la voz de con el rosario en la mano, diciendo: “Ahora
mi madrastra en el cuarto advirtiéndome que tenemos que rezar. El agua rompió las
podía contraer una pulmonía. Solo entonces sepulturas y los pobrecitos muertos están
caí en la cuenta de que el agua me daba en flotando en el cementerio”. Tal vez había
los tobillos, de que la casa estaba inundada, dormido un poco esa noche cuando desperté
cubierto el piso por una gruesa superficie de sobresaltada por un olor agrio y penetrante
agua viscosa y muerta. como el de los cuerpos en descomposición.
Sacudía con fuerza a Martín, que roncaba a
Al mediodía del miércoles no había mi lado. “¿No lo sientes?”, le dije. Y él dijo
acabado de amanecer. Y antes de las tres de “¿Qué?” Y yo dije: “El olor. Deben ser los
la tarde la noche había entrado de lleno, muertos que están flotando por las calles”.
anticipada y enfermiza, con el mismo lento y Yo me sentía aterrorizada por aquella idea,
monótono y despiadado ritmo de la lluvia en pero Martín se volteó contra la pared y dijo
el patio. Fue un crepúsculo prematuro, suave con la voz ronca y dormida: “Son cosas
y lúgubre, que creció en medio del silencio de tuyas. Las mujeres embarazadas siempre
los guajiros, que se acuclillaron en las sillas, están con imaginaciones”.
contra las paredes, rendidos e impotentes
ante el disturbio de la naturaleza. Entonces Al amanecer del jueves cesaron los
fue cuando empezaron a llegar noticias de la olores, se perdió el sentido de las distancias.
calle. Nadie las traía a la casa. Simplemente La noción del tiempo, trastornada desde el
llegaba, precisas, individualizadas, como día anterior, desapareció por completo.
conducidas por el barro líquido que corría por Entonces no hubo jueves. Lo que debía ser
las calles y arrastraba objetos domésticos, lo fue una cosa física y gelatinosa que había
cosas y cosas, destrozos de una remota podido apartarse con las manos para
catástrofe, escombros y animales muertos. asomarse al viernes. Allí no había hombres ni
Hechos ocurridos el domingo, cuando mujeres. Mi madrastra, mi padre, los guajiros
todavía la lluvia era el anuncio de una eran cuerpos adiposos e improbables que se
estación providencial, tardaron dos días en movían en el tremedal del invierno. Mi padre
conocerse en la casa. Y el miércoles llegaron me dijo: “No se mueva de aquí hasta cuando
las noticias, como empujadas por el propio no le diga lo qué se hace”, y su voz era
dinamismo interior de la tormenta. Se supo lejana e indirecta y no parecía percibirse con
entonces que la iglesia estaba inundada y se los oídos sino con el tacto, que era el único
esperaba su derrumbamiento. Alguien que no sentido que permanecía en actividad.
tenía por qué saberlo, dijo esa noche: “El tren
no puede pasar el puente desde el lunes. Pero mi padre no volvió: se extravió en
Parece que el río se llevó los rieles”. Y se el tiempo. Así que cuando llegó la noche
supo que una mujer enferma había llamé a mi madrastra para decirle que me
desaparecido de su lecho y había sido acompañara al dormitorio. Tuve un sueño
encontrada esa tarde flotando en el patio. pacífico, sereno, que se prolongó a lo largo
de toda la noche- Al día siguiente la
Aterrorizada, poseída por el espanto y atmósfera seguía igual, sin color, sin olor, sin
el diluvio, me senté en el mecedor con las temperatura. Tan pronto como desperté salté
piernas encogidas y los ojos fijos en la a un asiento y permanecí inmóvil, porque
oscuridad húmeda y llena de turbios algo me indicaba que todavía una zona de mi
pensamientos. Mi madrastra apareció en el consciencia no había despertado por
vano de la puerta, con la lámpara en alto y la completo. Entonces oí el pito del tren. El pito
cabeza erguida. Parecía un fantasma familiar prolongado y triste del tren fugándose de la
ante el cual yo misma participaba de su tormenta. “Debe haber escampado en alguna
condición sobrenatural. Vino hasta donde yo parte”, pensé, y una voz a mis espaldas
estaba. Aún mantenía la cabeza erguida y la pareció responder a mi pensamiento:
“Dónde...”, dijo. “¿quién esta ahí?”, dije yo, persona invisible que sonreía en la
mirando. Y vi a mi madrastra con un brazo oscuridad.
largo y escuálido extendido hacia la pared.
“Soy yo”, dijo Y yo le dije: “¿Los oyes?” Y ella “Dios mío —pensé entonces,
dijo que sí, que tal vez habría escampado en confundida por el trastorno del tiempo—.
los alrededores y habían reparado las líneas. Ahora no me sorprendería de que me
Luego me entregó una bandeja con el llamaran para asistir a la misa del domingo
desayuno humeante. Aquello olía a salsa de pasado”.
ajo y manteca hervida. Era un plato de sopa.
Desconcertada le pregunté a mi madrastra
por la hora. Y ella, calmadamente, con una
voz que sabía a postrada resignación, dijo:
“Deben ser las dos y media, más o menos. El
tren no lleva retraso después de todo”. Yo
dije: “¡Las dos y media! ¡Cómo hice para
dormir tanto!” Y ella dijo: “No has dormido
mucho. A lo sumo serían las tres”. Y yo,
temblando, sintiendo resbalar el plato entre
mis manos: “Las dos y media del viernes...”,
dije. Y ella, monstruosamente tranquila: “Las
dos y media del jueves, hija. Todavía las dos
y media del jueves”.

No sé cuánto tiempo estuve hundida en


aquel sonambulismo en que los sentidos
perdieron su valor. Solo sé que después de
muchas horas incontables oí una voz en la
pieza vecina. Una voz que decía: “Ahora
puedes rodar la cama para ese lado”. Era
una voz fatigada, pero no voz de enfermo,
sino de convaleciente. Después oí el ruido de
los ladrillos en el agua. Permanecí rígida
antes de darme cuenta de que me
encontraba en posición horizontal. Entonces
sentí el vacío inmenso, Sentí el trepidante y
violento silencio de la casa, la inmovilidad
increíble que afectaba a todas las cosas. Y
súbitamente sentí el corazón convertido en
una piedra helada. “estoy muerta —pensé—.
Dios. Estoy muerta”. Di un salto de la cama.
Grite: “¡Ada, Ada!” La voz desabrida de
martín me respondió desde el otro lado: “No
pueden oírte porque ya están fuera”. Solo
entonces me di cuenta de que había
escampado y de que en torno a nosotros se
extendía un silencio, una tranquilidad, una
beatitud misteriosa y profunda, un estado
perfecto que debía ser muy parecido a la
muerte. Después se oyeron pisadas en el
corredor. Se oyó una voz clara y
completamente viva. Luego un vientecito
fresco sacudió la hoja de la puerta, hizo crujir
la cerradura, y un cuerpo sólido y
momentáneo, como una fruta madura, cayó
profundamente en la alberca del patio. Algo
en el aire denunciaba la presencia de una
se viera ninguna luz, y tras ella pasaba la
cabeza. ¡Oh, ustedes se hubieran reído al ver
Abraham cuán astutamente pasaba la cabeza! La
movía lentamente... muy, muy lentamente, a
Errores ortográficos: fin de no perturbar el sueño del viejo. Me
llevaba una hora entera introducir
Invertiría completamente la cabeza por la abertura de
la puerta, hasta verlo tendido en su cama.
Compraría
¿Eh? ¿Es que un loco hubiera sido tan
(3) prudente como yo? Y entonces, cuando tenía
la cabeza completamente dentro del cuarto,
El corazón delator abría la linterna cautelosamente... ¡oh, tan
cautelosamente! Sí, cautelosamente iba
Edgar Allan Poe abriendo la linterna (pues crujían las
bisagras), la iba abriendo lo suficiente para
¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy que un solo rayo de luz cayera sobre el ojo
nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por de buitre. Y esto lo hice durante siete largas
qué afirman ustedes que estoy loco? La noches... cada noche, a las doce... pero
enfermedad había agudizado mis sentidos, siempre encontré el ojo cerrado, y por eso
en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído me era imposible cumplir mi obra, porque no
era el más agudo de todos. Oía todo lo que era el viejo quien me irritaba, sino el mal de
puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas ojo. Y por la mañana, apenas iniciado el día,
cosas oí en el infierno. ¿Cómo puedo estar entraba sin miedo en su habitación y le
loco, entonces? Escuchen... y observen con hablaba resueltamente, llamándolo por su
cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les nombre con voz cordial y preguntándole
cuento mi historia. cómo había pasado la noche. Ya ven ustedes
que tendría que haber sido un viejo muy
Me es imposible decir cómo aquella idea me astuto para sospechar que todas las noches,
entró en la cabeza por primera vez; pero, una justamente a las doce, iba yo a mirarlo
vez concebida, me acosó noche y día. Yo no mientras dormía.
perseguía ningún propósito. Ni tampoco
estaba colérico. Quería mucho al viejo. Al llegar la octava noche, procedí con mayor
Jamás me había hecho nada malo. Jamás cautela que de costumbre al abrir la puerta.
me insultó. Su dinero no me interesaba. Me El minutero de un reloj se mueve con más
parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un rapidez de lo que se movía mi mano. Jamás,
ojo semejante al de un buitre... Un ojo antes de aquella noche, había sentido el
celeste, y velado por una tela. Cada vez que alcance de mis facultades, de mi sagacidad.
lo clavaba en mí se me helaba la sangre. Y Apenas lograba contener mi impresión de
así, poco a poco, muy gradualmente, me fui triunfo. ¡Pensar que estaba ahí, abriendo
decidiendo a matar al viejo y librarme de poco a poco la puerta, y que él ni siquiera
aquel ojo para siempre. soñaba con mis secretas intenciones o
pensamientos! Me reí entre dientes ante esta
Presten atención ahora. Ustedes me toman idea, y quizá me oyó, porque lo sentí
por loco. Pero los locos no saben nada. En moverse repentinamente en la cama, como si
cambio... ¡Si hubieran podido verme! ¡Si se sobresaltara. Ustedes pensarán que me
hubieran podido ver con qué habilidad eché hacia atrás... pero no. Su cuarto estaba
procedí! ¡Con qué cuidado... con qué tan negro como la pez, ya que el viejo
previsión... con qué disimulo me puse a la cerraba completamente las persianas por
obra! Jamás fui más amable con el viejo que miedo a los ladrones; yo sabía que le era
la semana antes de matarlo. Todas las imposible distinguir la abertura de la puerta, y
noches, hacia las doce, hacía yo girar el seguí empujando suavemente, suavemente.
picaporte de su puerta y la abría... ¡oh, tan
suavemente! Y entonces, cuando la abertura Había ya pasado la cabeza y me disponía a
era lo bastante grande para pasar la cabeza, abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló en
levantaba una linterna sorda, cerrada, el cierre metálico y el viejo se enderezó en el
completamente cerrada, de manera que no lecho, gritando:
-¿Quién está ahí? por un instinto, había orientado el haz de luz
exactamente hacia el punto maldito.
Permanecí inmóvil, sin decir palabra. Durante
una hora entera no moví un solo músculo, y ¿No les he dicho ya que lo que toman
en todo ese tiempo no oí que volviera a erradamente por locura es sólo una excesiva
tenderse en la cama. Seguía sentado, agudeza de los sentidos? En aquel momento
escuchando... tal como yo lo había hecho, llegó a mis oídos un resonar apagado y
noche tras noche, mientras escuchaba en la presuroso, como el que podría hacer un reloj
pared los taladros cuyo sonido anuncia la envuelto en algodón. Aquel sonido también
muerte. me era familiar. Era el latir del corazón del
viejo. Aumentó aún más mi furia, tal como el
Oí de pronto un leve quejido, y supe que era redoblar de un tambor estimula el coraje de
el quejido que nace del terror. No expresaba un soldado.
dolor o pena... ¡oh, no! Era el ahogado
sonido que brota del fondo del alma cuando Pero, incluso entonces, me contuve y seguí
el espanto la sobrecoge. Bien conocía yo ese callado. Apenas si respiraba. Sostenía la
sonido. Muchas noches, justamente a las linterna de modo que no se moviera, tratando
doce, cuando el mundo entero dormía, surgió de mantener con toda la firmeza posible el
de mi pecho, ahondando con su espantoso haz de luz sobre el ojo. Entretanto, el infernal
eco los terrores que me enloquecían. Repito latir del corazón iba en aumento. Se hacía
que lo conocía bien. Comprendí lo que cada vez más rápido, cada vez más fuerte,
estaba sintiendo el viejo y le tuve lástima, momento a momento. El espanto del viejo
aunque me reía en el fondo de mi corazón. tenía que ser terrible. ¡Cada vez más fuerte,
Comprendí que había estado despierto más fuerte! ¿Me siguen ustedes con
desde el primer leve ruido, cuando se movió atención? Les he dicho que soy nervioso. Sí,
en la cama. Había tratado de decirse que lo soy. Y ahora, a medianoche, en el terrible
aquel ruido no era nada, pero sin silencio de aquella antigua casa, un resonar
conseguirlo. Pensaba: "No es más que el tan extraño como aquél me llenó de un horror
viento en la chimenea... o un grillo que chirrió incontrolable. Sin embargo, me contuve
una sola vez". Sí, había tratado de darse todavía algunos minutos y permanecí inmóvil.
ánimo con esas suposiciones, pero todo era ¡Pero el latido crecía cada vez más fuerte,
en vano. Todo era en vano, porque la Muerte más fuerte! Me pareció que aquel corazón
se había aproximado a él, deslizándose iba a estallar. Y una nueva ansiedad se
furtiva, y envolvía a su víctima. Y la fúnebre apoderó de mí... ¡Algún vecino podía
influencia de aquella sombra imperceptible escuchar aquel sonido! ¡La hora del viejo
era la que lo movía a sentir -aunque no podía había sonado! Lanzando un alarido, abrí del
verla ni oírla-, a sentir la presencia de mi todo la linterna y me precipité en la
cabeza dentro de la habitación. habitación. El viejo clamó una vez... nada
más que una vez. Me bastó un segundo para
Después de haber esperado largo tiempo, arrojarlo al suelo y echarle encima el pesado
con toda paciencia, sin oír que volviera a colchón. Sonreí alegremente al ver lo fácil
acostarse, resolví abrir una pequeña, una que me había resultado todo. Pero, durante
pequeñísima ranura en la linterna. varios minutos, el corazón siguió latiendo con
un sonido ahogado. Claro que no me
Así lo hice -no pueden imaginarse ustedes preocupaba, pues nadie podría escucharlo a
con qué cuidado, con qué inmenso cuidado-, través de las paredes. Cesó, por fin, de latir.
hasta que un fino rayo de luz, semejante al El viejo había muerto. Levanté el colchón y
hilo de la araña, brotó de la ranura y cayó de examiné el cadáver. Sí, estaba muerto,
lleno sobre el ojo de buitre. completamente muerto. Apoyé la mano sobre
el corazón y la mantuve así largo tiempo. No
Estaba abierto, abierto de par en par... y yo se sentía el menor latido. El viejo estaba bien
empecé a enfurecerme mientras lo miraba. muerto. Su ojo no volvería a molestarme.
Lo vi con toda claridad, de un azul apagado y
con aquella horrible tela que me helaba hasta Si ustedes continúan tomándome por loco
el tuétano. Pero no podía ver nada de la cara dejarán de hacerlo cuando les describa las
o del cuerpo del viejo, pues, como movido astutas precauciones que adopté para
esconder el cadáver. La noche avanzaba, Me dolía la cabeza y creía percibir un
mientras yo cumplía mi trabajo con rapidez, zumbido en los oídos; pero los policías
pero en silencio. Ante todo descuarticé el continuaban sentados y charlando. El
cadáver. Le corté la cabeza, brazos y zumbido se hizo más intenso; seguía
piernas. resonando y era cada vez más intenso.
Hablé en voz muy alta para librarme de esa
Levanté luego tres planchas del piso de la sensación, pero continuaba lo mismo y se iba
habitación y escondí los restos en el hueco. haciendo cada vez más clara... hasta que, al
Volví a colocar los tablones con tanta fin, me di cuenta de que aquel sonido no se
habilidad que ningún ojo humano -ni siquiera producía dentro de mis oídos.
el suyo- hubiera podido advertir la menor
diferencia. No había nada que lavar... Sin duda, debí de ponerme muy pálido, pero
ninguna mancha... ningún rastro de sangre. seguí hablando con creciente soltura y
Yo era demasiado precavido para eso. Una levantando mucho la voz. Empero, el sonido
cuba había recogido todo... ¡ja, ja! aumentaba... ¿y que podía hacer yo? Era un
resonar apagado y presuroso..., un sonido
Cuando hube terminado mi tarea eran las como el que podría hacer un reloj envuelto
cuatro de la madrugada, pero seguía tan en algodón. Yo jadeaba, tratando de recobrar
oscuro como a medianoche. En momentos el aliento, y, sin embargo, los policías no
en que se oían las campanadas de la hora, habían oído nada. Hablé con mayor rapidez,
golpearon a la puerta de la calle. Acudí a con vehemencia, pero el sonido crecía
abrir con toda tranquilidad, pues ¿qué podía continuamente. Me puse en pie y discutí
temer ahora? sobre insignificancias en voz muy alta y con
violentas gesticulaciones; pero el sonido
Hallé a tres caballeros, que se presentaron crecía continuamente. ¿Por qué no se iban?
muy civilmente como oficiales de policía. Anduve de un lado a otro, a grandes pasos,
Durante la noche, un vecino había como si las observaciones de aquellos
escuchado un alarido, por lo cual se hombres me enfurecieran; pero el sonido
sospechaba la posibilidad de algún atentado. crecía continuamente. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía
Al recibir este informe en el puesto de policía, hacer yo? Lancé espumarajos de rabia...
habían comisionado a los tres agentes para maldije... juré... Balanceando la silla sobre la
que registraran el lugar. cual me había sentado, raspé con ella las
tablas del piso, pero el sonido sobrepujaba
Sonreí, pues... ¿qué tenía que temer? Di la todos los otros y crecía sin cesar. ¡Más alto...
bienvenida a los oficiales y les expliqué que más alto... más alto! Y entretanto los
yo había lanzado aquel grito durante una hombres seguían charlando plácidamente y
pesadilla. Les hice saber que el viejo se sonriendo. ¿Era posible que no oyeran?
había ausentado a la campaña. Llevé a los ¡Santo Dios! ¡No, no! ¡Claro que oían y que
visitantes a recorrer la casa y los invité a que sospechaban! ¡Sabían... y se estaban
revisaran, a que revisaran bien. Finalmente, burlando de mi horror! ¡Sí, así lo pensé y así
acabé conduciéndolos a la habitación del lo pienso hoy! ¡Pero cualquier cosa era
muerto. Les mostré sus caudales intactos y preferible a aquella agonía! ¡Cualquier cosa
cómo cada cosa se hallaba en su lugar. En el sería más tolerable que aquel escarnio! ¡No
entusiasmo de mis confidencias traje sillas a podía soportar más tiempo sus sonrisas
la habitación y pedí a los tres caballeros que hipócritas! ¡Sentí que tenía que gritar o morir,
descansaran allí de su fatiga, mientras yo y entonces... otra vez... escuchen... más
mismo, con la audacia de mi perfecto triunfo, fuerte... más fuerte... más fuerte... más
colocaba mi silla en el exacto punto bajo el fuerte!
cual reposaba el cadáver de mi víctima.
-¡Basta ya de fingir, malvados! -aullé-.
Los oficiales se sentían satisfechos. Mis ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esos
modales los habían convencido. Por mi parte, tablones! ¡Ahí... ahí!¡Donde está latiendo su
me hallaba perfectamente cómodo. horrible corazón!
Sentáronse y hablaron de cosas comunes,
mientras yo les contestaba con animación.
Mas, al cabo de un rato, empecé a notar que
me ponía pálido y deseé que se marcharan.
Nelson (1954-55) en América: los hombres fregando
con unos cepillos de palo largo el aceite de
Error ortográfico: universidad los hangares de la base donde hice un curso
de mantenimiento para los primeros aviones
(5) caza de reacción, F-86, que el Ejército del
Aire trajo a España”.
Manuel Jalón, un doctor en aeronaútica, para
inventar la “fregona” Las primeras unidades del invento de Manuel
Jalón fueron bautizados como aparatos
Inventar algo que parecer tan sencillo como lavasuelos hasta que Enrique Falcón
la “fregona” (-que es el nombre que se le dio Morellón, quien fue el primero venderor de
en España- o lampazo, trapeador, mapo, los instrumentos, decidió escribir en las notas
mopa, trapero, coleto, suape, aljofifa, mocho, del primer pedido (julio de 1957) la palabra
trapo de piso o mechudo -como se le fregonas.
denomina en muchos otros lugares-),
necesito de la inventiva de un doctor en Yo me llevé un gran disgusto porque
aeronaútica, cuya tesis doctoral versó sobre consideraba más digna la palabra lavasuelos
los accidentes de este tipo que la de fregona, porque así se llamaba
peyorativamente a las mujeres empleadas en
Manuel Jalón Corominas, el inventor de este la cocina y la limpieza. Pero el pueblo dio la
artefacto, nació el 31 de enero de 1925. Pasó razón a Falcón e incluso la Real Academia
la mayor parte de su vida en Zaragoza y vivió Española admitió la acepción para los útiles
en Estados Unidos y en Finlandia, donde de fregar el suelo de pie”.
escribió su tesis doctoral
Su objetivo era “levantar a la mujer del suelo”
Pero su idea tuvo múltiples y variados y erradicar las enfermedades que afectaban
antecedentes y después de patentada a la espalda, las rodillas y la piel de las amas
también fue peleada en diversos campos. de casa y profesionales de la limpieza.
En 1953, Manuel Jalón Corominas, como Al observar la aceptación del instrumento, en
oficial ingeniero del Ejército del Aire español, 1958, de vuelta en España, creó la empresa
es enviado a Estados Unidos para aprender de fregonas Manufacturas Rodex,.
las técnicas de mantenimiento de los
primeros aviones a reacción F-86 Sabre Pero el éxito tampoco fue inmediato. Manuel
adquiridos por España a su nuevo aliado, Jalón y su equipo intentaron presentar el
Estados Unidos. Durante su trabajo en la producto organizando demostraciones con
base aérea de Chanute, al sur de Chicago, señoritas en escaparates, siguiendo las
observó como los operarios limpiaban el vueltas ciclistas en un coche escoba sobre el
suelo de los hangares utilizando unas mopas que montaban una monumental fregona y
o mochos con tiras de algodón los cuales lanzando miles de pequeños paracaídas de
escurrían en cubos metálicos gracias a un seda con publicidad sobre las ferias de
sistema de escurrido de rodillos. muestras. Pero nadie le hacia caso.
Pero de hecho, ni siquiera este es su origen, Las ventas comenzaron a darse hasta que
si no que el mismo Manuel Jalón narra: los comerciantes acabaron por entender que
debían explicar a las amas de casa lo que
“Un día, en 1956, estando en una cervecería, era el invento y su uso, demostrando su
un compañero me dijo: `Deberías dejar de utilidad. “Sin duda les debo muchísimo
pensar en fabricar elementos de porque, a cambio de nada, perdieron muchas
mantenimiento para la aviación e inventar horas de su vida explicando a las señoras
algo para que las mujeres -señalando a una cómo funcionaba el nuevo invento. Uno de
que limpiaba de rodillas un rincón del bar- los artículos más exportados de la historia de
frieguen de pie’. `Esto está hecho’, le España”, asentaba Manuel Jalón en el
contesté muy convencido y ya no pude Enciclopedia Encarta de Microsoft.
quitarme la idea de la cabeza. Entonces, me
vino a la mente aquella idea visual con la que Posteriormente Manuel Jalón, en 1964,
había tenido contacto durante mi incursión desarrolló un modelo con escurridor
troncocónico que fue registrado como
«patente de invención con novedad
internacional». En ese modelo, el escurrido
del mocho (mechudo, peludo, tiras) se
realizaba mediante un cono escurridor
encajado en la embocadura del cubo, todo
ello construido en plástico. Anteriores a este
modelo de Manuel Jalón ya existían en los
Estados Unidos mopas con cubo donde el
escurrido se realizaba por compresión en un
cono escurridor. Manuel Jalón registró, en
1968, en EE.UU. como patente de invención
su cubo escurridor con rodillos accionados
por pedal.

A Manuel Jalón le pelearon en diversos


momentos la autoría de la fregona, pero los
tribunales españoles le ratificaron el ser el
creador en diversos momentos.

Pero este no fue su única aportación al


bienestar general, entre sus múltiples
creaciones están las innovaciones que
introdujo en la jeringuilla desechable. Hasta
1973, las jeringuillas de un solo uso eran un
instrumento muy poco habitual en España
debido a su elevado costo. Gracias a sus
modificaciones, que redujo el número de
piezas y creó una estructura más fina y
económica, en España pudieron
generalizarse las jeringuillas de un solo uso,
disminuyendo así el riesgo de contagio de
enfermedades.

Estos dos utensilios, por cotidianos, quizá no


aparenten lo que han conseguido, mejorar la
vida de varias generaciones. El responsable,
todo un genio de las cosas sencillas.

En 1989, y después de haber vendido más


de 60 millones de fregonas en todo el mundo,
Manuel Jalón y varios de sus socios en
Manufacturas Rodex, S.A., vendieron sus
acciones a la multinacional holandesa Curver
BV. Manuel Jalón se centró entonces en
dedicar sus esfuerzos en otros proyectos.

Manuel Jalón falleció en la madrugada del 16


de diciembre de 2011 en Zaragoza, a los 86
años, tras sufrir un paro cardiorrespiratorio.
Víctor Manuel de lilas y extensos estanques, siendo
saludado por los cisnes de cuellos blancos,
Errores ortográficos: antes que por los lacayos estirados. Buen
gusto. Subía por una escalera llena de
También columnas de alabastro y de esmaragdina,
que tenía a los lados leones de mármol como
allá los de los tronos salomónicos. Refinamiento.
A más de los cisnes, tenía una vasta
(3)
pajarera, como amante de la armonía, del
El rey burgués arrullo, del trino; y cerca de ella iba a
ensanchar su espíritu, leyendo novelas de M.
Rubén Darío Ohnet, o bellos libros sobre cuestiones
gramaticales, o críticas hermosillescas. Eso
¡Amigo! El cielo está opaco, el aire frío, el día sí: defensor acérrimo de la corrección
triste. Un cuento alegre... así como para académica en letras, y del modo lamido en
distraer las brumosas y grises melancolías, artes; ¡alma sublime amante de la lija y de la
helo aquí: ortografía!

Había en una ciudad inmensa y brillante un ¡Japonerías! ¡Chinerías! Por moda y nada
rey muy poderoso, que tenía trajes más. Bien podía darse el placer de un salón
caprichosos y ricos, esclavas desnudas, digno del gusto de un Goncourt y de los
blancas y negras, caballos de largas crines, millones de un Creso: quimeras de bronce
armas flamantísimas, galgos rápidos, y con las fauces abiertas y las colas
monteros con cuernos de bronce que enroscadas, en grupos fantásticos y
llenaban el viento con sus fanfarrias. ¿Era un maravillosos; lacas de Kioto con
rey poeta? No, amigo mío: era el Rey incrustaciones de hojas y ramas de una flora
Burgués. monstruosa, y animales de una fauna
desconocida; mariposas de raros abanicos
Era muy aficionado a las artes el soberano, y junto a las paredes; peces y gallos de
favorecía con gran largueza a sus músicos, a colores; máscaras de gestos infernales y con
sus hacedores de ditirambos, pintores, ojos como si fuesen vivos; partesanas de
escultores, boticarios, barberos y maestros hojas antiquísimas y empuñaduras con
de esgrima. dragones devorando flores de loto; y en
conchas de huevo, túnicas de seda amarilla,
Cuando iba a la floresta, junto al corzo o como tejidas con hilos de araña, sembradas
jabalí herido y sangriento, hacía improvisar a de garzas rojas y de verdes matas de arroz; y
sus profesores de retórica, canciones tibores, porcelanas de muchos siglos, de
alusivas; los criados llenaban las copas del aquellas en que hay guerreros tártaros con
vino de oro que hierve, y las mujeres batían una piel que les cubre hasta los riñones, y
palmas con movimientos rítmicos y gallardos. que llevan arcos estirados y manojos de
Era un rey sol, en su Babilonia llena de flechas.
músicas, de carcajadas y de ruido de festín.
Cuando se hastiaba de la ciudad bullente, iba Por lo demás, había el salón griego, lleno de
de caza atronando el bosque con sus mármoles: diosas, musas, ninfas y sátiros; el
tropeles; y hacía salir de sus nidos a las aves salón de los tiempos galantes, con cuadros
asustadas, y el vocerío repercutía en lo más del gran Watteau y de Chardin; dos, tres,
escondido de las cavernas. Los perros de cuatro, ¿cuántos salones?
patas elásticas iban rompiendo la maleza en
la carrera, y los cazadores inclinados sobre el Y Mecenas se paseaba por todos, con la
pescuezo de los caballos, hacían ondear los cara inundada de cierta majestad, el vientre
mantos purpúreos y llevaban las caras feliz y la corona en la cabeza, como un rey
encendidas y las cabelleras al viento. de naipe.

El rey tenía un palacio soberbio donde había Un día le llevaron una rara especie de
acumulado riquezas y objetos de arte hombre ante su trono, donde se hallaba
maravillosos. Llegaba a él por entre grupos rodeado de cortesanos, de retóricos y de
maestros de equitación y de baile.
-¿Qué es eso? -preguntó. viste pantalones, ni habla en burgués, ni
pone los puntos en todas las íes. Él es
-Señor, es un poeta. augusto, tiene mantos de oro o de llamas, o
anda desnudo, y amasa la greda con fiebre, y
El rey tenía cisnes en el estanque, canarios, pinta con luz, y es opulento, y da golpes de
gorriones, censotes en la pajarera: un poeta ala como las águilas, o zarpazos como los
era algo nuevo y extraño. leones. Señor, entre un Apolo y un ganso,
preferid el Apolo, aunque el uno sea de tierra
-Dejadle aquí. cocida y el otro de marfil.
Y el poeta: ¡Oh, la Poesía!
-Señor, no he comido. ¡Y bien! Los ritmos se prostituyen, se cantan
los lunares de las mujeres, y se fabrican
Y el rey:
jarabes poéticos. Además, señor, el zapatero
-Habla y comerás. critica mis endecasílabos, y el señor profesor
de farmacia pone puntos y comas a mi
Comenzó: inspiración. Señor, ¡y vos lo autorizáis todo
esto!... El ideal, el ideal...
-Señor, ha tiempo que yo canto el verbo del
porvenir. He tendido mis alas al huracán; he El rey interrumpió:
nacido en el tiempo de la aurora; busco la
raza escogida que debe esperar con el himno -Ya habéis oído. ¿Qué hacer?
en la boca y la lira en la mano, la salida del
Y un filósofo al uso:
gran sol. He abandonado la inspiración de la
ciudad malsana, la alcoba llena de perfumes, -Si lo permitís, señor, puede ganarse la
la musa de carne que llena el alma de comida con una caja de música; podemos
pequeñez y el rostro de polvos de arroz. He colocarle en el jardín, cerca de los cisnes,
roto el arpa adulona de las cuerdas débiles, para cuando os paseéis.
contra las copas de Bohemia y las jarras
donde espumea el vino que embriaga sin dar -Sí, -dijo el rey,- y dirigiéndose al poeta:
fortaleza; he arrojado el manto que me hacía
parecer histrión, o mujer, y he vestido de -Daréis vueltas a un manubrio. Cerraréis la
modo salvaje y espléndido: mi harapo es de boca. Haréis sonar una caja de música que
púrpura. He ido a la selva, donde he quedado toca valses, cuadrillas y galopas, como no
vigoroso y ahíto de leche fecunda y licor de prefiráis moriros de hambre. Pieza de música
nueva vida; y en la ribera del mar áspero, por pedazo de pan. Nada de jerigonzas, ni de
sacudiendo la cabeza bajo la fuerte y negra ideales. Y desde aquel día pudo verse a la
tempestad, como un ángel soberbio, o como orilla del estanque de los cisnes, al poeta
un semidiós olímpico, he ensayado el yambo hambriento que daba vueltas al manubrio:
dando al olvido el madrigal. tiririrín, tiririrín... ¡avergonzado a las miradas
del gran sol! ¿Pasaba el rey por las
He acariciado a la gran naturaleza, y he cercanías? ¡Tiririrín, tiririrín...! ¿Había que
buscado al calor del ideal, el verso que está llenar el estómago? ¡Tiririrín! Todo entre las
en el astro en el fondo del cielo, y el que está burlas de los pájaros libres, que llegaban a
en la perla en lo profundo del océano. ¡He beber rocío en las lilas floridas; entre el
querido ser pujante! Porque viene el tiempo zumbido de las abejas, que le picaban el
de las grandes revoluciones, con un Mesías rostro y le llenaban los ojos de lágrimas,
todo luz, todo agitación y potencia, y es ¡tiririrín...! ¡Lágrimas amargas que rodaban
preciso recibir su espíritu con el poema que por sus mejillas y que caían a la tierra negra!
sea arco triunfal, de estrofas de acero, de
estrofas de oro, de estrofas de amor. Y llegó el invierno, y el pobre sintió frío en el
cuerpo y en el alma. Y su cerebro estaba
¡Señor, el arte no está en los fríos envoltorios como petrificado, y los grandes himnos
de mármol, ni en los cuadros lamidos, ni en estaban en el olvido, y el poeta de la
el excelente señor Ohnet! ¡Señor! El arte no montaña coronada de águilas, no era sino un
pobre diablo que daba vueltas al manubrio,
tiririrín.

Y cuando cayó la nieve se olvidaron de él, el


rey y sus vasallos; a los pájaros se les
abrigó, y a él se le dejó al aire glacial que le
mordía las carnes y le azotaba el rostro,
¡tiririrín!

Y una noche en que caía de lo alto la lluvia


blanca de plumillas cristalizadas, en el
palacio había festín, y la luz de las arañas
reía alegre sobre los mármoles, sobre el oro
y sobre las túnicas de los mandarines de las
viejas porcelanas. Y se aplaudían hasta la
locura los brindis del señor profesor de
retórica, cuajados de dáctilos, de anapestos y
de pirriquios, mientras en las copas
cristalinas hervía el champaña con su
burbujeo luminoso y fugaz. ¡Noche de
invierno, noche de fiesta! Y el infeliz cubierto
de nieve, cerca del estanque, daba vueltas al
manubrio para calentarse ¡tiririrín, tiririrín!
tembloroso y aterido, insultado por el cierzo,
bajo la blancura implacable y helada, en la
noche sombría, haciendo resonar entre los
árboles sin hojas la música loca de las
galopas y cuadrillas; y se quedó muerto,
tiririrín... pensando en que nacería el sol del
día venidero, y con él el ideal, tiririrín..., y en
que el arte no vestiría pantalones sino manto
de llamas, o de oro... Hasta que al día
siguiente, lo hallaron el rey y sus cortesanos,
al pobre diablo de poeta, como gorrión que
mata el hielo, con una sonrisa amarga en los
labios, y todavía con la mano en el manubrio.

¡Oh, mi amigo! el cielo está opaco, el aire


frío, el día triste. Flotan brumosas y grises
melancolías...

Pero ¡cuánto calienta el alma una frase, un


apretón de manos a tiempo! ¡Hasta la vista!
María Fernanda Chanel Haute Couture

Errores ortográficos: El Haute Couture se hace a la medida del


cliente que realiza el pedido. Generalmente
Aprovecharía toma tres pruebas antes de la prenda final,
por esto, las firmas sólo prestan las prendas,
máximo en muchas ocasiones, para obtener
publicidad, sin que estén hechas a la medida
(3) de la persona que las usa. Algunas de las
marcas o diseñadores que tienen permiso
Haute Couture vs Pret-a-Porter
para producir este tipo de colecciones son:
Por Tanais Campero Balenciaga, Dries Van Noten, Cristian Dior,
Louis Vuitton, Hérmes, Givenchy, Yves Saint
A lo largo de la historia la moda ha Laurent, Karl Lagerfeld y Versace, entre
evolucionado definiendo clases sociales, otras.
épocas y contextos. Su desarrollo se debe a
diversos factores políticos, sociales y haute couture balenciaga
económicos que la han moldeado para
Este enfoque de producción maneja un
pertenecer al nuevo mundo. Antiguamente, la
elitismo total que encasilla ciertas marcas
prendas tenían usos prácticos ajenos a la
como significantes de status. Éstas no basan
pretensión y enfoque artístico, pero esto ha
sus ganancias en el Haute Couture, por lo
cambiado. Los términos Haute Couture y
que tienen otros estilos de producción como
Pret-a-Porter, latentes en la industria,
firmas menores y perfumes, éstas les otorgan
ejemplifican estos cambios:
grandes ganancias generadas por la
Haute Couture necesidad de pertenencia. El círculo que se
crea es inmenso e imperceptible para los
Surge en 1825 gracias al costurero Charles compradores, quienes de forma inconsciente
Frederick Worth, conocido por crear prendas creen que el tener un objeto de estas marcas
que se replicaban a manera de pedido. El los posicionará como parte de esta élite.
significado literal es: alta moda; entre sus
características se encuentran el empleo de Pret-a-Porter
materiales costosos, elaboraciones
Hace referencia al término: listo para usarse,
minuciosas y hechas a mano. Los costos de
lo que engloba un estilo práctico y casual. Se
producción suelen ser muy altos, por lo que
enfoca en prendas de moda producidas en
los expertos establecen que en el mundo
serie con patrones que se repiten en función
sólo existen, aproximadamente, 2 mil clientes
a la demanda. Surge a mediados del siglo
potenciales de los cuales sólo 200 son
pasado debido a cambios políticos,
clientes habituales.
revoluciones, crisis económicas y a grandes
No todos los diseñadores pueden crear estas diseñadores que crearon tendencia. Uno de
colecciones, para que esto ocurra deben ellos fue Pierre Cardin, quien buscaba
contar con un permiso otorgado por el democratizar la moda sacándola a las calles,
Syndical Chamber for Haute Couture –con pues no se acuñaba el término moda a nada
sede en París- el que plantea algunos que no fuera Haute Couture. El hecho de
criterios para formar parte; algunos de estos crear prendas prácticas, en diversas tallas y,
son: tener un taller en París que atienda a sobre todo, establecer un diálogo con las
clientes privados, en el que trabajen, como masas, rompía con lo establecido.
mínimo, 50 personas, quienes deben ser Diseñadores como Yves Saint Laurent se
presentados cada temporada a la prensa unieron a esta tendencia porque el mercado,
parisina. Las colecciones (primavera/verano la sociedad y la época lo ameritaban.
y otoño/invierno) deben tener al menos 35
Existen diferentes tipos y de estos depende
prendas que deben presentarse meses antes
el costo. Pret-a-porter de lujo: moda lujosa y
de cada temporada.
costosa creada por grandes diseñadores, en
algunas ocasiones son líneas paralelas a las
colecciones Haute Couture. Pret-a-porter:
prendas que se fabrican en serie con detalles
a mano, representan alguna firma exclusiva y
suelen ser de estilo casual. Grandes
superficies es moda masiva que se
encuentra en los grandes almacenes.

Todos los días se producen millones de


prendas con el fin de satisfacer las
demandas de consumo masivo. El sentido de
la palabra moda ha cambiado de forma
radical, dándole espacio a nuevos
diseñadores con posibilidades menores, para
expresar su visión. Las grandes marcas han
perdido terreno debido a que el público poco
a poco “viola” la lealtad oculta que establecía
con éstas. Los jóvenes de las grandes
ciudades apuestan por usar prendas viejas
de calidad, las que al portarse en el contexto
actual adquieren un nuevo significado y les
permiten no formar parte de la sociedad de
consumo que ya no entra en los patrones de
identidad. Actualmente, el Haute Couture y el
Pret-a-Porter se consideran objetos de
diseño que sirven de inspiración.

Recuperado en:
http://culturacolectiva.com/haute-couture-vs-
pret-porter/#sthash.2UvPvoMh.dpuf
Daniela ¿Qué hacer? Dejo a un lado mi pluma y
desciendo. Narinka o Varinka me toma del
(6) brazo y ambos nos encaminamos a su
morada. Cuando me veo precisado a
Un hombre irascible acompañar a una señora o a una señorita me
siento como un gancho, del cual pende un
Anton Chejov gran abrigo de pieles. Narinka o Varinka tiene
un temperamento apasionado -entre
Yo soy un hombre formal y mi cerebro tiene
paréntesis, su abuelo era armenio-. Ella sabe
inclinación a la filosofía. Mi profesión es la de
a maravilla colgarse del brazo y pegarse a
financiero. Estoy estudiando la ciencia
las costillas de su acompañante como una
económica, y escribo una disertación bajo el
sanguijuela. De esta suerte, proseguimos
título de El pasado y el porvenir del impuesto
nuestra marcha. Al pasar por delante de la
sobre los perros. Usted comprenderá que las
casa de los Karenin veo al perro y me
mujeres, las novelas, la luna y otras tonterías
acuerdo del tema de mi disertación.
por el estilo me tienen completamente sin
Recordándolo, suspiro.
cuidado.
-¿Por qué suspira usted? -me pregunta
Son las diez de la mañana. Mi mamá me
Narinka o Varinka. Y ella a su vez suspira.
sirve una taza de café con leche. Lo bebo, y
salgo al balconcito para ponerme Aquí debo dar una explicación: Narinka o
inmediatamente a mi trabajo. Tomo un pliego Varinka -de repente me doy cuenta de que se
de papel blanco, mojo la pluma en tinta y llama Masdinka- se figura que estoy
caligrafío El pasado y el porvenir del enamorado de ella, y se le antoja un deber
impuesto sobre los perros. Reflexiono un de humanidad compadecerme y curar la
poco y escribo: «Antecedentes históricos: A herida de mi corazón.
juzgar por indicios que nos revelan Herodoto
y Jenofonte, el impuesto sobre los perros -Escuche -me dice-, yo sé por qué suspira
data de...»; en este momento oigo unos usted. Usted ama, ¿no es verdad? Le
pasos muy sospechosos. Miro hacia abajo y prevengo que la joven por usted amada tiene
veo a una señorita con cara larga y talle por usted un profundo respeto. Ella no puede
largo; se llama, según creo, Narinka o corresponderle con su amor; mas no es suya
Varinka; pero esto no hace al caso; busca la culpa, porque su corazón pertenece a otro,
algo y aparenta no haberse fijado en mí. tiempo ha.
Canta: Te acuerdas de este cantar
apasionado. La nariz de Masdinka se enrojece y se
hincha; las lágrimas afluyen a sus ojos. Ella
Leo lo que escribí y pretendo seguir adelante. espera que yo le conteste; pero, felizmente,
Pero la muchacha parece haberme visto, y hemos llegado. En la terraza se encuentra la
me dice en tono triste: mamá de Masdinka, una persona excelente,
aunque llena de supersticiones. La dama
-Buenos días, Nicolás Andreievitch. contempla el rostro de su hija; y luego se fija
Imagínese mi desgracia. Ayer salí de paseo, en mi, detenidamente, suspirando, como si
y se me perdió el dije de mi pulsera... quisiera exclamar: «¡Oh, juventud, que no
sabe disimular sus sentimientos!»
Leo de nuevo el principio de mi disertación,
rectifico el rabo de la letra b y quiero Además de la mamá están sentadas en la
continuar; mas la muchacha no me deja. terraza señoritas de matices diversos y un
oficial retirado, herido en la última guerra en
-Nicolás Andreievitch -añade-, sea usted lo
la sien derecha y en el muslo izquierdo. Este
bastante amable para acompañarme hasta
infeliz quería, como yo, consagrar el verano a
mi casa. En la de Karenin hay un perro
la redacción de una obra intitulada Memorias
enorme, y yo no me atrevo a ir sola.
de un militar. Al igual que yo, aplicase todas
las mañanas a la redacción de su libro; pero
apenas escribe la frase «Nací en tal año...»,
aparece bajo su balcón alguna Varinka o
Masdinka, que está allí como de centinela.
Cuantos se hallan en la terraza se ocupan en alma hierve la irritación. Presiento que voy a
limpiar frutas, para hacer dulce con ellas. estallar; pero la delicadeza y el temor de
Saludo y me dispongo a marchar; pero las faltar a las conveniencias sociales me obligan
señoritas de diversos matices esconden mi a obedecer a las señoras, y obedezco. Nos
sombrero y me incitan a que no me vaya. sentamos a comer. El oficial retirado, que por
Tomo asiento. Me dan un plato con fruta y efecto de su herida en la sien tiene
una horquilla, a fin de que proceda, como los calambres en las mandíbulas, come a la
demás, a la operación de extraer el hueso. manera de un caballo provisto de su bocado.
Las señoritas hablan de sus cortejadores; Hago bolitas de pan, pienso en la
fulano es guapo; mengano lo es también, contribución sobre los perros, y, consciente
pero no es simpático; zutano es feo, aunque de mi irascibilidad, me callo. Narinka me
simpático; perengano no está mal del todo, observa con lástima. Okroschka, lengua con
pero su nariz semeja un dedal, etc. guisantes, gallina cocida, compota. Me falta
apetito; pero engullo por delicadeza.
-Y usted, Nicolás -me dice la mamá de Después de comer voy a la terraza para
Masdinka-, no tiene nada de guapo; pero le fumar; en esto se me acerca la mamá de
sobra simpatía; en usted hay un no sé qué... Masdinka y me dice con voz entrecortada:
La verdad es -añade suspirando- que para un
hombre lo que vale no es la hermosura, sino -No desespere usted, Nicolás... Su corazón
el talento. es de... Vamos al bosque.

Las jóvenes me miran y en seguida bajan los Varinka se cuelga de mi brazo y establece el
ojos. Ellas están, sin duda, de acuerdo en contacto. Sufro inmensamente; pero me
que para un hombre lo más importante no es aguanto.
la hermosura, sino el talento. ME observo, a
hurtadillas, en el espejo para ver si, -Dígame, señor Nicolás -murmura Narinka-,
realmente, soy simpático. Veo a un hombre ¿por qué está usted tan triste, tan taciturno?
de tupida melena, barba y bigotes poblados,
cejas densas, vello en la mejilla, vello debajo ¡Extraña muchacha! ¿Qué se le debe
de los ojos, todo un conjunto velludo, en responder? ¡Nada tengo que decirle!
medio del cual descuella, como una torre
sólida, su nariz. -Hábleme algo -añade la joven.

-No me parezco mal del todo... En vano busco algo vulgar, accesible a su
intelecto. A fuerza de buscar, lo encuentro, y
-Pero en usted, Nicolás, son las cualidades me decido a romper el silencio.
morales las que llevan ventaja -replica la
mamá de Masdinka. -La destrucción de los bosques es una cosa
perjudicial a Rusia.
Narinka sufre por mí; pero al propio tiempo,
la idea de que un hombre está enamorado de -Nicolás -suspira Varinka, mientras su nariz
ella la colma de gozo. Ahora charlan del se colorea-, usted rehuye una conversación
amor. Una de las señoritas se levanta y se franca... Usted quiere asesinarme con su
va; todas las demás empiezan a hablar mal reserva... Usted se empeña en sufrir solo...
de ella. Todas, todas la hallan tonta,
Me coge de la mano, y advierto que su nariz
insoportable, fea, con un hombro más bajo
se hincha; ella añade:
que otro. Por fin aparece mi sirvienta, que mi
madre envió para llamarme a comer. Puedo, -¿Qué diría usted si la joven que usted quiere
gracias a Dios, abandonar esta sociedad le ofreciera una amistad eterna?
estrambótica y entregarme nuevamente a mi
trabajo. Me levanto y saludo. Pero la mamá Yo balbuceo algo incomprensible, porque, en
de Narinka y las señoritas de diversos verdad, no sé qué contestarle; en primer
matices me rodean y me declaran que no me lugar, no quiero a ninguna muchacha; en
asiste el derecho de marcharme porque ayer segundo lugar, ¿qué falta me hace una
les prometí comer con ellas y después de la amistad eterna? En tercer lugar, soy muy
comida ir a buscar setas en el bosque. irritable. Masdinka o Varinka se cubre el
Saludo y vuelvo a tomar asiento... En mi
rostro con las manos y dice a media voz, -Nicolás, yo soy suya. No lo puedo amar;
como hablando consigo misma: «Se calla...; pero le prometo fidelidad.
veo que desea mi sacrificio. ¿Pero cómo lo
he de querer, si todavía quiero al otro?... Lo Se aprieta contra mi pecho y retrocede poco
pensaré, sí, lo pensaré; reuniré todas las después.
fuerzas de mi alma, y, a costa de mi felicidad,
libraré a este hombre de sus angustias». -Alguien viene, adiós; mañana a las once me
hallaré en la glorieta.
No comprendo nada. Es un asunto
cabalístico. Seguimos el paseo silencioso. La Desaparece. Yo no comprendo nada. El
fisonomía de Narinka denota una lucha corazón me late. Regreso a mi casa. El
interior. Se oye el ladrido de los perros. Esto pasado y el porvenir del impuesto sobre los
me hace pensar en mi disertación, y suspiro perros me aguarda; pero trabajar me es
de nuevo. A lo lejos, a través de los árboles, imposible. Estoy rabioso. Me siento
descubro al oficial inválido, que cojea terriblemente irritado. Yo no permito que se
atrozmente, tambaleándose de derecha a me trate como a un chiquillo. Soy irascible, y
izquierda, porque del lado derecho tiene el es peligroso bromear conmigo. Cuando la
muslo herido, y del lado izquierdo tiene sirvienta me anuncia que la cena está lista, la
colgada de su brazo a una señorita. Su cara despido brutalmente:
refleja resignación. Regresamos del bosque
a casa, tomamos el té, jugamos al croquet y -¡Váyase en mal hora!
escuchamos cómo una de las jóvenes canta:
Una irritabilidad semejante nada bueno
Tú no me amas, no... promete. Al otro día, por la mañana, el
tiempo es el habitual en el campo. La
Al pronunciar la palabra «no», tuerce la boca temperatura fría, bajo cero. El viento frío;
hasta la oreja. lluvia, fango y suciedad. Todo huele a
naftalina, porque mi mamá saca a relucir su
Charmant, charmant, gimen en francés las traje de invierno. Es el día 7 de agosto de
otras jóvenes. Ya llega la noche. Por detrás 1887, día del eclipse de sol. Hay que advertir
de los matorrales asoma una luna que cada uno de nosotros, aun sin ser
lamentable. Todo está en silencio. S e astrónomo, puede ser de utilidad en esta
percibe un olor repugnante de heno cortado. circunstancia. Por ejemplo: cada uno puede,
Tomo mi sombrero y me voy a marchar. primero, marcar el diámetro del sol con
respecto al de la luna; segundo, dibujar la
-Tengo que comunicarle algo interesante - corona del sol; tercero, marcar la
murmura Masdinka a mi oído. temperatura; cuarto, fijar en el momento del
eclipse la situación de los animales y de las
Abrigo el presentimiento de que algo malo plantas; quinto, determinar sus propias
me va a suceder, y, por delicadeza, me impresiones, etcétera. Todo esto es tan
quedo. Masdinka me coge del brazo y me importante, que por el momento resuelvo
arrastra hacia una avenida. Toda su dejar aislado el impuesto sobre los perros.
fisonomía expresa una lucha. Está pálida, Me propongo observar el eclipse. Todos nos
respira con dificultad; diríase que piensa hemos levantado muy temprano. Reparto el
arrancarme el brazo derecho. «¿Qué trabajo en la forma siguiente: yo calcularé el
tendrá?», pienso yo. diámetro del sol y de la luna; el oficial herido
dibujará la corona. Lo demás correrá a cargo
-Escuche usted; no puedo... de Masdinka y de las señoritas de diversos
matices.
Quiere decir algo; pero no se atreve. Veo por
su cara que, al fin, se decide. Me lanza una -¿De qué proceden los eclipses? -pregunta
ojeada, y con la nariz, que va hinchándose Masdinka.
gradualmente, me dice a quema ropa:
Yo contesto:
-Los eclipses proceden de que la luna, Me acuerdo de la corona, y busco al oficial
recorriendo la elíptica, se coloca en la línea herido, quien está parado, inmóvil.
sobre la cual coinciden el sol y la tierra.
-¿Qué diablos hace usted? ¿Y la corona?
-¿Y qué es la elíptica?
El oficial se encoge de hombros, y con la
Yo se lo explico. Masdinka me escucha con mirada me indica sus dos brazos. En cada
atención, y me pregunta: uno de ellos permanece colgada una
señorita, las cuales, asidas fuertemente a él,
-¿No es posible ver, mediante un vidrio le impiden el trabajo. Tomo el lápiz y anoto
ahumado, la línea que junta los centros del los minutos y los segundos: esto es muy
sol y de la tierra? importante. Marco la situación geográfica del
punto de observación: esto es también muy
-Es una línea imaginaria -le contesto. importante. Quiero calcular el diámetro, pero
Masdinka me coge de la mano y me dice:
-Pero si es imaginaria -replica Masdinka-,
¿cómo es posible que la luna se sitúe en -No se olvide usted: hoy, a las once.
ella?
Me desprendo de ella, porque los momentos
No le contesto. Siento, sin embargo, que, a son preciosos y yo tengo empeño en
consecuencia de esta pregunta ingenua, mi continuar mis observaciones. Varinka se
hígado se agranda. apodera de mi otro brazo y no me suelta. El
lápiz, el vidrio ahumado, los dibujos, todo se
-Esas son tonterías -añade la mamá de cae al suelo. ¡Diantre! Hora es de que esta
Masdinka-; nadie es capaz de predecir lo que joven sepa que yo soy irascible, y cuando yo
ocurrirá. Y, además, usted no estuvo jamás me irrito, no respondo de mí. En vano
en el cielo. ¿Cómo puede saber lo que pretendo seguir. El eclipse se acabó.
acontece a la luna y al sol? Todo ello son
puras fantasías. -¿Por qué no me mira usted? -me susurra
tiernamente al oído.
Es cierto; la mancha negra empieza a
extenderse sobre el sol. Todos parecen Esto es ya más que una burla. No es posible
asustados; las vacas, los caballos, los jugar con la paciencia humana. Si algo
carneros con los rabos levantados, corren terrible sobreviene, no será por culpa mía.
por el campo mugiendo. Los perros aúllan. ¡Yo no permito que nadie se mofe de mí!
Las chinches creen que es de noche y salen ¡Qué diablo! En mis instantes de irritación no
de sus agujeros, con el objeto de picar a los aconsejo a nadie que se acerque a mí. Yo
que hallen a su alcance. El vicario llega en soy capaz de todo. Una de las señoritas nota
este momento con su carro de pepinos, se en mi semblante que estoy irritado y trata de
asusta, abandona el vehículo y se oculta calmarme.
debajo del puente; el caballo penetra en su
patio, donde los cerdos se comen los -Nicolás Andreievitch, yo he seguido
pepinos. El empleado de las contribuciones, fielmente sus indicaciones, observé a los
que había pernoctado en la casa vecina, sale mamíferos y apunté cómo, ante el eclipse, el
en paños menores y grita con voz de trueno: perro gris persiguió al gato, después de lo
«¡Sálvese quien pueda!» Muchos cual quedó por algún tiempo meneando la
veraneantes, incluso algunas bonitas cola.
jóvenes, se lanzan a la calle descalzos. Otra
cosa ocurre que no me atrevo a referir. Nada resulta, pues, de mis observaciones.
Me voy a casa. Llueve, y no me asomo al
-¡Qué miedo! ¡Esto es horrible! -chillan las balconcito. El oficial herido se arriesga a salir
señoritas de diversos matices. a su balcón, y hasta escribió: «He nacido
en...» Pero desde mi ventana veo cómo una
-Señora, observe bien, el tiempo es precioso. de las señoritas de marras lo llama, con el fin
Yo mismo calculo el diámetro. de que vaya a su casa. Trabajar me es
imposible. El corazón me late con violencia.
No iré a la cita de la glorieta. Es evidente que
cuando llueve yo no puedo salir a la calle. A mamá de Varinka se acerca a mí, me abraza
las doce recibo una esquelita de Masdinka, la y me dice: «¡Que Dios te bendiga! Tú has de
cual me reprende, y exige que me persone amarla. No olvides jamás que ella se sacrifica
en la glorieta, tuteándome. A la una recibo por ti.»
una segunda misiva, y a las dos una tercera.
Hay que ir, no cabe duda. Empero, antes de He aquí que me casan. Mientras esto
ir, debo pensar qué es lo que habré de escribo, los testigos del matrimonio se
decirle. Me comportaré como un caballero. encuentran cerca de mí y me dan prisa.
En primer lugar, le declararé que es inútil que Decididamente esta gente no conoce mi
cuente con mi amor; no, semejante cosa no irascibilidad. Soy terrible. No respondo de mi.
se le dice a las mujeres; decir a una mujer ¡Por vida de!... Ustedes adivinarán lo que
«yo no la amo», es como decir a un escritor: puede ocurrir. Casar a un hombre irritado,
«usted escribe mal». Le expondrá rabioso, es igual que meter la mano en la
sencillamente mi opinión acerca del jaula de un tigre. Veremos cuál será el
matrimonio. Me pongo, pues, el abrigo de desenlace final...
invierno, empuño el paraguas y me dirijo a la
glorieta. Conocedor como soy de mi carácter Estoy casado... Todos me felicitan. Varinka
irritable, temo cometer alguna barbaridad. Me se apoya contra mí y me dice:
las arreglaré para refrenarme. En la glorieta,
Masdinka me espera. Narinka está pálida y -Ahora si que eres mío. Sé que me amas,
solloza. Al verme prorrumpe en una ¡dilo!
exclamación de alegría y se agarra a mi
Su nariz se hincha. Me entero por los testigos
cuello.
de que el oficial retirado fue bastante hábil
-Por fin; ya abusas de mi paciencia. No he para esquivar el casamiento. A una de las
podido cerrar los ojos en toda la noche. He señoritas le exhibió un certificado médico
pensado durante la noche, y a fuerza de según el cual, a causa de su herida en la
pensar, saqué en consecuencia que cuando sien, no tiene sano juicio, y, por tanto, le está
te conozca mejor te podré amar. prohibido contraer matrimonio. ¡Qué idea! Yo
también pude presentar un certificado. Uno
Me siento a su lado; le expongo mi opinión de mis tíos fue borracho. Otro era distraído.
acerca del matrimonio. Por no alejarme del En cierta ocasión, en lugar de una gorra, se
tema y abreviarlo hago sencillamente un cubrió la cabeza con un manguito de señora.
resumen histórico. Hablo del casamiento Una tía mía era muy aficionada al piano, y
entre los egipcios; paso a los tiempos sacaba la lengua al tropezar con un hombre.
modernos; intercalo algunas ideas de Además, mi carácter extremadamente
Schopenhauer. Masdinka me presta irritable induce a sospechas. ¿Por qué las
atención, pero luego, sin transición, me dice:- buenas ideas acuden a la mente siempre
Nicolás, dame un beso. demasiado tarde?...

Estoy molesto. No sé qué hacer. Ella insiste.


¿Qué hacer? Me levanto y le beso su larga
cara. Ello me produce la misma sensación
que experimenté cuando, siendo niño, me
obligaron a besar el cadáver de mi abuela.
Varinka no parece satisfecha. Salta y me
abraza. En el mismo momento, la mamá de
Masdinka aparece en el umbral de la puerta.
Hace un gesto de espanto; dice a alguien:
«¡spch», y desaparece como Mefistófeles,
por escotillón. Incomodado, me encamino
nuevamente a mi casa. En ella me encuentro
a la mamá de Varinka, que abraza, con
lágrimas en los ojos, a mi mamá. Ésta llora y
exclama: «Yo misma lo deseaba». A renglón
seguido: «¿Qué les parece a ustedes?» La
Alejandro Los pobres niños se quedaron sin tener
dónde jugar. Hicieron la prueba de ir a jugar
(5) en la carretera, pero estaba llena de polvo,
estaba plagada de pedruscos, y no les gustó.
El gigante egoísta A menudo rondaban alrededor del muro que
ocultaba el jardín del Gigante y recordaban
Oscar Wilde nostálgicamente lo que había detrás.
Cada tarde, a la salida de la escuela, los -¡Qué dichosos éramos allí! -se decían unos
niños se iban a jugar al jardín del Gigante. a otros.
Era un jardín amplio y hermoso, con arbustos
de flores y cubierto de césped verde y suave. Cuando la primavera volvió, toda la comarca
Por aquí y por allá, entre la hierba, se abrían se pobló de pájaros y flores. Sin embargo, en
flores luminosas como estrellas, y había doce el jardín del Gigante Egoísta permanecía el
albaricoqueros que durante la primavera se invierno todavía. Como no había niños, los
cubrían con delicadas flores color rosa y pájaros no cantaban y los árboles se
nácar, y al llegar el otoño se cargaban de olvidaron de florecer. Solo una vez una
ricos frutos aterciopelados. Los pájaros se lindísima flor se asomó entre la hierba, pero
demoraban en el ramaje de los árboles, y apenas vio el cartel, se sintió tan triste por los
cantaban con tanta dulzura que los niños niños que volvió a meterse bajo tierra y volvió
dejaban de jugar para escuchar sus trinos. a quedarse dormida.
-¡Qué felices somos aquí! -se decían unos a Los únicos que ahí se sentían a gusto eran la
otros. Nieve y la Escarcha.
Pero un día el Gigante regresó. Había ido de -La primavera se olvidó de este jardín -se
visita donde su amigo el Ogro de Cornish, y dijeron-, así que nos quedaremos aquí todo
se había quedado con él durante los últimos el resto del año.
siete años. Durante ese tiempo ya se habían
dicho todo lo que se tenían que decir, pues La Nieve cubrió la tierra con su gran manto
su conversación era limitada, y el Gigante blanco y la Escarcha cubrió de plata los
sintió el deseo de volver a su mansión. Al árboles. Y en seguida invitaron a su triste
llegar, lo primero que vio fue a los niños amigo el Viento del Norte para que pasara
jugando en el jardín. con ellos el resto de la temporada. Y llegó el
Viento del Norte. Venía envuelto en pieles y
-¿Qué hacen aquí? -surgió con su voz anduvo rugiendo por el jardín durante todo el
retumbante. día, desganchando las plantas y derribando
las chimeneas.
Los niños escaparon corriendo en
desbandada. -¡Qué lugar más agradable! -dijo-. Tenemos
que decirle al Granizo que venga a estar con
-Este jardín es mío. Es mi jardín propio -dijo nosotros también.
el Gigante-; todo el mundo debe entender
eso y no dejaré que nadie se meta a jugar Y vino el Granizo también. Todos los días se
aquí. pasaba tres horas tamborileando en los
tejados de la mansión, hasta que rompió la
Y, de inmediato, alzó una pared muy alta, y mayor parte de las tejas. Después se ponía a
en la puerta puso un cartel que decía: dar vueltas alrededor, corriendo lo más
rápido que podía. Se vestía de gris y su
ENTRADA ESTRICTAMENTE PROHIBIDA
aliento era como el hielo.
BAJO LAS PENAS CONSIGUIENTES
-No entiendo por qué la primavera se demora
Era un Gigante egoísta... tanto en llegar aquí -decía el Gigante Egoísta
cuando se asomaba a la ventana y veía su
jardín cubierto de gris y blanco-, espero que
pronto cambie el tiempo.
Pero la primavera no llegó nunca, ni tampoco -¡Sube a mí, niñito! -decía el árbol, inclinando
el verano. El otoño dio frutos dorados en sus ramas todo lo que podía. Pero el niño era
todos los jardines, pero al jardín del Gigante demasiado pequeño.
no le dio ninguno.
El Gigante sintió que el corazón se le
-Es un gigante demasiado egoísta -decían derretía.
los frutales.
-¡Cuán egoísta he sido! -exclamó-. Ahora sé
De esta manera, el jardín del Gigante quedó por qué la primavera no quería venir hasta
para siempre sumido en el invierno, y el aquí. Subiré a ese pobre niñito al árbol y
Viento del Norte y el Granizo y la Escarcha y después voy a botar el muro. Desde hoy mi
la Nieve bailoteaban lúgubremente entre los jardín será para siempre un lugar de juegos
árboles. para los niños.

Una mañana, el Gigante estaba en la cama Estaba de veras arrepentido por lo que había
todavía cuando oyó que una música muy hecho.
hermosa llegaba desde afuera. Sonaba tan
dulce en sus oídos, que pensó que tenía que Bajó entonces la escalera, abrió
ser el rey de los elfos que pasaba por allí. En cautelosamente la puerta de la casa y entró
realidad, era solo un jilguerito que estaba en el jardín. Pero en cuanto lo vieron los
cantando frente a su ventana, pero hacía niños se aterrorizaron, salieron a escape y el
tanto tiempo que el Gigante no escuchaba jardín quedó en invierno otra vez. Solo aquel
cantar ni un pájaro en su jardín, que le pequeñín del rincón más alejado no escapó,
pareció escuchar la música más bella del porque tenía los ojos tan llenos de lágrimas
mundo. Entonces el Granizo detuvo su que no vio venir al Gigante. Entonces el
danza, y el Viento del Norte dejó de rugir y un Gigante se le acercó por detrás, lo tomó
perfume delicioso penetró por entre las gentilmente entre sus manos y lo subió al
persianas abiertas. árbol. Y el árbol floreció de repente, y los
pájaros vinieron a cantar en sus ramas, y el
-¡Qué bueno! Parece que al fin llegó la niño abrazó el cuello del Gigante y lo besó. Y
primavera -dijo el Gigante, y saltó de la cama los otros niños, cuando vieron que el Gigante
para correr a la ventana. ya no era malo, volvieron corriendo
alegremente. Con ellos la primavera regresó
¿Y qué es lo que vio? al jardín.
Ante sus ojos había un espectáculo -Desde ahora el jardín será para ustedes,
maravilloso. A través de una brecha del muro hijos míos -dijo el Gigante, y tomando un
habían entrado los niños, y se habían hacha enorme, echó abajo el muro.
trepado a los árboles. En cada árbol había un
niño, y los árboles estaban tan felices de Al mediodía, cuando la gente se dirigía al
tenerlos nuevamente con ellos, que se mercado, todos pudieron ver al Gigante
habían cubierto de flores y balanceaban jugando con los niños en el jardín más
suavemente sus ramas sobre sus cabecitas hermoso que habían visto jamás.
infantiles. Los pájaros revoloteaban cantando
alrededor de ellos, y los pequeños reían. Era Estuvieron allí jugando todo el día, y al llegar
realmente un espectáculo muy bello. Solo en la noche los niños fueron a despedirse del
un rincón el invierno reinaba. Era el rincón Gigante.
más apartado del jardín y en él se
encontraba un niñito. Pero era tan pequeñín -Pero, ¿dónde está el más pequeñito? -
que no lograba alcanzar a las ramas del preguntó el Gigante-, ¿ese niño que subí al
árbol, y el niño daba vueltas alrededor del árbol del rincón?
viejo tronco llorando amargamente. El pobre
árbol estaba todavía completamente cubierto El Gigante lo quería más que a los otros,
de escarcha y nieve, y el Viento del Norte porque el pequeño le había dado un beso.
soplaba y rugía sobre él, sacudiéndole las
-No lo sabemos -respondieron los niños-, se
ramas que parecían a punto de quebrarse.
marchó solito.
-Díganle que vuelva mañana -dijo el Gigante. -¿Pero, quién se atrevió a herirte? -gritó el
Gigante-. Dímelo, para tomar la espada y
Pero los niños contestaron que no sabían matarlo.
dónde vivía y que nunca lo habían visto
antes. Y el Gigante se quedó muy triste. -¡No! -respondió el niño-. Estas son las
heridas del Amor.
Todas las tardes al salir de la escuela los
niños iban a jugar con el Gigante. Pero al -¿Quién eres tú, mi pequeño niñito? -
más chiquito, a ese que el Gigante más preguntó el Gigante, y un extraño temor lo
quería, no lo volvieron a ver nunca más. El invadió, y cayó de rodillas ante el pequeño.
Gigante era muy bueno con todos los niños
pero echaba de menos a su primer amiguito Entonces el niño sonrió al Gigante, y le dijo:
y muy a menudo se acordaba de él.
-Una vez tú me dejaste jugar en tu jardín; hoy
-¡Cómo me gustaría volverlo a ver! -repetía. jugarás conmigo en el jardín mío, que es el
Paraíso.
Fueron pasando los años, y el Gigante se
puso viejo y sus fuerzas se debilitaron. Ya no Y cuando los niños llegaron esa tarde
podía jugar; pero, sentado en un enorme encontraron al Gigante muerto debajo del
sillón, miraba jugar a los niños y admiraba su árbol. Parecía dormir, y estaba entero
jardín. cubierto de flores blancas.

-Tengo muchas flores hermosas -se decía-,


pero los niños son las flores más hermosas
de todas.

Una mañana de invierno, miró por la ventana


mientras se vestía. Ya no odiaba el invierno
pues sabía que el invierno era simplemente
la primavera dormida, y que las flores
estaban descansando.

Sin embargo, de pronto se restregó los ojos,


maravillado, y miró, miró…

Era realmente maravilloso lo que estaba


viendo. En el rincón más lejano del jardín
había un árbol cubierto por completo de
flores blancas. Todas sus ramas eran
doradas, y de ellas colgaban frutos de plata.
Debajo del árbol estaba parado el pequeñito
a quien tanto había echado de menos.

Lleno de alegría el Gigante bajó corriendo las


escaleras y entró en el jardín. Pero cuando
llegó junto al niño su rostro enrojeció de ira y
dijo:

-¿Quién se ha atrevido a hacerte daño?

Porque en la palma de las manos del niño


había huellas de clavos, y también había
huellas de clavos en sus pies.
Jessica destruir. Nada había sido olvidado:
coartadas, azares, posibles errores. A partir
de esa hora cada instante tenía su empleo
minuciosamente atribuido. El doble repaso
Continuidad de los parques despiadado se interrumpía apenas para que
una mano acariciara una mejilla. Empezaba a
Julio Cortázar anochecer.

Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea


que los esperaba, se separaron en la puerta
Había empezado a leer la novela unos días
de la cabaña. Ella debía seguir por la senda
antes. La abandonó por negocios urgentes,
que iba al norte. Desde la senda opuesta él
volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la
se volvió un instante para verla correr con el
finca; se dejaba interesar lentamente por la
pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose
trama, por el dibujo de los personajes. Esa
en los árboles y los setos, hasta distinguir en
tarde, después de escribir una carta a su
la bruma malva del crepúsculo la alameda
apoderado y discutir con el mayordomo una
que llevaba a la casa. Los perros no debían
cuestión de aparcerías, volvió al libro en la
ladrar, y no ladraron. El mayordomo no
tranquilidad del estudio que miraba hacia el
estaría a esa hora, y no estaba. Subió los
parque de los robles. Arrellanado en su sillón
tres peldaños del porche y entró. Desde la
favorito, de espaldas a la puerta que lo
sangre galopando en sus oídos le llegaban
hubiera molestado como una irritante
las palabras de la mujer: primero una sala
posibilidad de intrusiones, dejó que su mano
azul, después una galería, una escalera
izquierda acariciara una y otra vez el
alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en
terciopelo verde y se puso a leer los últimos
la primera habitación, nadie en la segunda.
capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo
La puerta del salón, y entonces el puñal en la
los nombres y las imágenes de los
mano, la luz de los ventanales, el alto
protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó
respaldo de un sillón de terciopelo verde, la
casi en seguida. Gozaba del placer casi
cabeza del hombre en el sillón leyendo una
perverso de irse desgajando línea a línea de
novela.
lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su
cabeza descansaba cómodamente en el
terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos
seguían al alcance de la mano, que más allá
de los ventanales danzaba el aire del
atardecer bajo los robles. Palabra a palabra,
absorbido por la sórdida disyuntiva de los
héroes, dejándose ir hacia las imágenes que
se concertaban y adquirían color y
movimiento, fue testigo del último encuentro
en la cabaña del monte. Primero entraba la
mujer, recelosa; ahora llegaba el amante,
lastimada la cara por el chicotazo de una
rama. Admirablemente restañaba ella la
sangre con sus besos, pero él rechazaba las
caricias, no había venido para repetir las
ceremonias de una pasión secreta, protegida
por un mundo de hojas secas y senderos
furtivos. El puñal se entibiaba contra su
pecho, y debajo latía la libertad agazapada.
Un diálogo anhelante corría por las páginas
como un arroyo de serpientes, y se sentía
que todo estaba decidido desde siempre.
Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo
del amante como queriendo retenerlo y
disuadirlo, dibujaban abominablemente la
figura de otro cuerpo que era necesario
Brayan
Es claro que no quiero que me
entierren. Pero si algún día ha de ser,
La procesión del entierro... prefiero que me encierren en el
sótano de la casa, a ir muerto por las
JAIME SABINES
calles de Dios sin que nadie se dé
cuenta de mí. Porque si amo
profundamente esta maravillosa
indiferencia del mundo hacia mi vida,
deseo también fervorosamente que
La procesión del entierro en las mi cadáver sea respetado.
calles de la ciudad es ominosamente
patética. Detrás del carro que lleva el
cadáver, va el autobús, o los
autobuses negros, con los dolientes,
familiares y amigos. Las dos o tres
personas llorosas, a quienes de
verdad les duele, son ultrajadas por
los cláxones vecinos, por los gritos de
los voceadores, por las risas de los
transeúntes, por la terrible
indiferencia del mundo. La carroza
avanza, se detiene, acelera de nuevo,
y uno piensa que hasta los muertos
tienen que respetar las señales de
tránsito. Es un entierro urbano,
decente y expedito.

No tiene la solemnidad ni la
ternura del entierro en provincia. Una
vez vi a un campesino llevando sobre
los hombros una caja pequeña y
blanca. Era una niña, tal vez su hija.
Detrás de él no iba nadie, ni siquiera
una de esas vecinas que se echan el
rebozo sobre la cara y se ponen
serias, como si pensaran en la
muerte. El campesino iba solo, a
media calle, apretado el sombrero
con una de las manos sobre la caja
blanca. Al llegar al centro de la
población iban cuatro carros detrás
de él, cuatro carros de desconocidos
que no se habían atrevido a pasarlo.
 Carolina desde que en la calle vislumbra a lo
lejos
EL SEMINARISTA DE LOS OJOS
NEGROS a la salmantina de rubio cabello

Miguel Ramos Carrión la mira muy fijo, con mirar intenso.

Y siempre que pasa le deja el


recuerdo
Desde la ventana de un casucho
viejo de aquella mirada de sus ojos
negros.
Abierta en verano, cerrada en
invierno Monótono y tardo va pasando el
tiempo
Por vidrios verdosos y plomos
espesos, y muere el estío y el otoño luego,

una salmantina de rubio cabello y vienen las tardes plomizas de


invierno.
y ojos que parecen pedazos de cielo,

mientas la costura mezcla con el


rezo, Desde la ventana del casucho viejo

ve todas las tardes pasar en silencio siempre sola y triste; rezando y


cosiendo
los seminaristas que van de paseo.
una salmantina de rubio cabello

ve todas las tardes pasar en silencio


Baja la cabeza, sin erguir el cuerpo,
los seminaristas que van de paseo.
marchan en dos filas pausados y
austeros,

sin más nota alegre sobre el traje Pero no ve a todos: ve solo a uno de
negro ellos,

que la beca roja que ciñe su cuello, su seminarista de los ojos negros;

y que por la espalda casi roza el cada vez que pasa gallardo y
suelo. esbelto,

observa la niña que pide aquel


cuerpo
Un seminarista, entre todos ellos,
marciales arreos.
marcha siempre erguido, con aire
resuelto.

La negra sotana dibuja su cuerpo Cuando en ella fija sus ojos abiertos

gallardo y airoso, flexible y esbelto. con vivas y audaces miradas de


fuego,
Él, solo a hurtadillas y con el recelo
parece decirla: —¡Te quiero!, ¡te
de que sus miradas observen los quiero!,
clérigos,
¡Yo no he de ser cura, yo no puedo
serlo!
Corriendo los años, pasó mucho
¡Si yo no soy tuyo, me muero, me tiempo...
muero!
y allá en la ventana del casucho
A la niña entonces se le oprime el viejo,
pecho,
una pobre anciana de blancos
la labor suspende y olvida los rezos, cabellos,

y ya vive sólo en su pensamiento con la tez rugosa y encorvado el


cuerpo,
el seminarista de los ojos negros.
mientras la costura mezcla con el
rezo,

En una lluviosa mañana de inverno ve todas las tardes pasar en silencio

la niña que alegre saltaba del lecho, los seminaristas que van de paseo.

oyó tristes cánticos y fúnebres rezos;

por la angosta calle pasaba un La labor suspende, los mira, y al


entierro. verlos

sus ojos azules ya tristes y muertos

Un seminarista sin duda era el vierten silenciosas lágrimas de hielo.


muerto;

pues, cuatro, llevaban en hombros el


féretro, Sola, vieja y triste, aún guarda el
recuerdo
con la beca roja por cima cubierto,
del seminarista de los ojos negros...
y sobre la beca, el bonete negro.

Con sus voces roncas cantaban los


clérigos

los seminaristas iban en silencio

siempre en dos filas hacia el


cementerio

como por las tardes al ir de paseo.

La niña angustiada miraba el cortejo

los conoce a todos a fuerza de


verlos...

tan sólo, tan sólo faltaba entre ellos...

el seminarista de los ojos negros.


«Sufro —le dijo—, un mal tan
espantoso
como esta palidez del rostro mío.

»Nada me causa encanto ni


atractivo;
no me importan mi nombre ni mi
suerte
en un eterno spleen muriendo vivo,
y es mi única ilusión, la de la
muerte».

—Viajad y os distraeréis.
— ¡Tanto he viajado!
—Las lecturas buscad.
—¡Tanto he leído!
—Que os ame una mujer.
—¡Si soy amado!
—¡Un título adquirid!
—¡Noble he nacido!

—¿Pobre seréis quizá?


—Tengo riquezas
—¿De lisonjas gustáis?
—¡Tantas escucho!
—¿Que tenéis de familia?
—Mis tristezas
—¿Vais a los cementerios?
—Mucho... mucho...

—¿De vuestra vida actual, tenéis


testigos?
 Alisson —Sí, mas no dejo que me impongan
yugos;
yo les llamo a los muertos mis
REÍR LLORANDO amigos;
Juan de Dios Peza y les llamo a los vivos mis verdugos.

—Me deja —agrega el médico—


perplejo
Viendo a Garrik —actor de la vuestro mal y no debo acobardaros;
Inglaterra— Tomad hoy por receta este consejo:
el pueblo al aplaudirle le decía: sólo viendo a Garrik, podréis curaros.
«Eres el mas gracioso de la tierra
y el más feliz...» —¿A Garrik?
Y el cómico reía. —Sí, a Garrik... La más remisa
y austera sociedad le busca ansiosa;
Víctimas del spleen, los altos lores, todo aquél que lo ve, muere de risa:
en sus noches más negras y tiene una gracia artística asombrosa.
pesadas,
iban a ver al rey de los actores —¿Y a mí, me hará reír?
y cambiaban su spleen en —¡Ah!, sí, os lo juro,
carcajadas. él sí y nadie más que él; mas... ¿qué
os inquieta?
Una vez, ante un médico famoso, —Así —dijo el enfermo—no me curo;
llegóse un hombre de mirar sombrío:
¡Yo soy Garrik!... Cambiadme la Comprendí, ¿debo decirlo?,
receta. Comprendí, que con nacer no basta
para ser hijo.
¡Cuántos hay que, cansados de la Por eso me voy, y ¡gracias! lo digo
vida, sinceramente.
enfermos de pesar, muertos de tedio, Nada me faltó a tu lado,
hacen reír como el actor suicida, Ni la casa ni la escuela, ni el juguete
sin encontrar para su mal remedio! favorito; ni la ropa que me viste
O el coche que ayer usé...
¡Ay! ¡Cuántas veces al reír se llora! Pero soy tan ambicioso, parezco tan
¡Nadie en lo alegre de la risa fíe, exigente, si te digo que no basta,
porque en los seres que el dolor Que no fue suficiente, ni el dinero ni
devora, la ropa, ni ese coche ni esta casa,
el alma gime cuando el rostro ríe! Porque quiero - siempre quise,- algo
más que no me diste
Si se muere la fe, si huye la calma, Y tu abultada cartera, fuente siempre
si sólo abrojos nuestra planta pisa, surtidora de remedios materiales,
lanza a la faz la tempestad del alma, Nunca contuvo billetes para comprar
un relámpago triste: la sonrisa. un minuto de tu atención necesaria,
De un tiempo fundamental para
El carnaval del mundo engaña tanto, ocuparte de mí.
que las vidas son breves
mascaradas; Pensarías que fui buen hijo porque
aquí aprendemos a reír con llanto nunca te enterabas: ¿Sabes que,
y también a llorar con carcajadas. terminé con mi novia, y pase una
borrachera... que tengo mala nota,
Que probé la mariguana, que hacía
pinta en el colegio, que le robaba a
mamá?

¡No lo sabes! no hubo tiempo de


pensar triviales cosas.
Total dices que "los adolescentes
somos traviesos y flojos,
Pero que al hacernos hombres
enderezamos los pasos."
¡Te equivocas, no era el caso! Y toda
mi rebeldía era un grito de llamada
Al que nunca respondiste,
El que quizá tú no oíste...Y si tú me
preguntaras en qué punto me
fallaste,
Sólo podría responderte: ¡ Me
faltaste !

Pero.. ¿Para qué le sigo? Ya no es


LO QUE HIZO FALTA hora para quejas. Faltó... lo que me
Javier Otero Rejón. hizo falta.
¿Que qué voy a hacer? ¡Quién sabe!
De a de veras te lo digo: me voy, ¿Qué a dónde voy a ir? ¡No importa!
padre, de tu casa... ¿Qué dónde hallaré dinero para
Lo digo así, ¡de tu casa! porque no la pagar esta vida a la que me has
siento mía. acostumbrado?
Porque aunque aquí he vivido desde
el día en que nací,
Cuando empecé a comprender,
No puedes creer que viva sin aire
acondicionado, sin vehículo a la
puerta,
Sin "feria" para la disco, sin chicas,
sin las fiestas
Sin un padre involucrado en
industrias y otras empresas,
Que es importante en política y
frecuenta altas esferas...
¿Que no he de vivir sin esto?
¿Qué así mi vida está hecha?
¿Y quién dijo que era la vida la
estancia en estos salones
De los que sales y entras donde
nunca puedo verte
Ni decirte: "¿hoy si te quedas?”

Nunca he vivido en tu casa nunca ha


sido vida ésta.
Ahora es que voy a vivir: fuera de
aquí, lejos de ti,
Sin la esperanza de que un día
vengas a mí.... y nunca llegues.

Me voy padre, tus negocios en


inversiones de amor
Se han ido en bancarrota y declaras
la quiebra
En el comercio de mi amor: pagaste
caro y hoy pierdes
Casi toda la inversión. Pero si sacas
en venta
Los pocos bienes que quedan, para
salvar el negocio
¡Me propongo como socio!

¡Y atiende bien a mi oferta que no


habrá mejor postor!

Yo te compro para padre,


El tiempo que no tuviste para dárselo
a tu hijo.
Te compro, para gozarlo, todo ese
cariño inútil que nunca supiste usar.
Pagaré bien por tu risa, tu palabra, tu
caricia,
Tu preocupación, tu celo.

¡Te los compro! Y aunque no sé de


finanzas
Podré ser buen comprador:
Y si te vendes para padre
¡YO TE PAGO MI CORAZÓN!

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