Vous êtes sur la page 1sur 5

LAS LÓGICAS DE LA VIDA

La vida de los seres humanos no se puede eximir de los aprendizajes construidos por la vida misma a lo largo de 3.500 millones de años. Hemos creído que la historia se restringe al período de tiempo de los seres humanos y con ello estamos prescindiendo de la sabiduría de la vida a partir del último suspiro de la misma, imagen de lo que equivale los últimos 100.000 años, que es el tiempo transcurrido desde que apareció nuestra raza humana: la sapiens-sapiens.

Este divorcio con el proceso evolutivo de la vida nos ha llevado a construir relaciones equivocadas entre nosotros y con el resto de los seres vivos del Planeta; a plantear salidas erradas a los conflictos que tenemos y hemos tenido. Entender, de forma simple por supuesto - porque no es el objeto directo de nuestra preocupación profundizar en el campo de la biología - que somos parte y expresión de la vida nos debe llevar a la búsqueda de caminos que se correspondan con ella y no por fuera de la misma y de sus lógicas. En otras palabras, caminar en contravía de la vida no será más que ponernos en la vía del suicidio colectivo. Para corregir el rumbo tendremos que escuchar su voz y actuar en consecuencia.

Fuerza de conservación y fuerza de cambio

Todas las formas de vida que encontramos en el Planeta Tierra proceden de una primera forma de vida que se dio, según investigaciones científicas, hace unos 3.500 millones de años.

La evolución de la misma evidencia dos fuerzas aparentemente contradictorias, pero las dos necesarias: una fuerza de conservación y una fuerza de cambio. Gracias a la primera, las especies se reproducen con las mismas características de quienes las engendran. En consecuencia con la segunda, las especies se han ido diversificando, posibilitando la aparición de nuevas formas de vida.

Durante mucho tiempo aquellas formas simples de vida se reprodujeron iguales a sí mismas, hasta que algunas de ellas cambiaron. No cambiaron todas, sólo algunas de ellas. Las que no lo hicieron siguieron multiplicándose iguales. Las nuevas formas de vida que aparecieron empezaron a reproducirse iguales a sí mismas y, de nuevo, merced a la fuerza de cambio, se dieron nuevas especies y así sucesivamente.

Estos cambios sucesivos a partir de una misma forma de vida, nos permiten imaginar la evolución como un gran árbol que va diversificando sus ramas en muchas direcciones.

Como éste no es un módulo de biología, sino sobre , vamos a quedarnos con una abstracción de este proceso que nos permita concluir sobre aquellos elementos pertinentes para nuestra reflexión:

En la Vida se expresan, al tiempo, una fuerza de conservación y una fuerza de cambio. Estas dos fuerzas son necesarias y definitorias de la vida tal como la conocemos hoy.

Dicho de otra forma: si sólo existiese la fuerza de conservación, la vida seguiría siendo igual a la primera forma de vida que se dio hace tantos millones de años. Si sólo existiese la fuerza de cambio, cada que naciese un niño estaríamos atentos a los nuevos cambios registrados en él. El concepto de especie no existiría, pues no se daría la posibilidad de dos seres iguales.

Códigos genéticos y códigos culturales

La vida ha ido construyendo una memoria que, podríamos decir, incorpora los aprendizajes que la sostienen y reproducen. Para la mayoría de los seres vivos, esta memoria se transmite de generación en generación a través de una vía genética, que garantiza la conservación. Es, a través de la memoria incorporada a los genes, que los seres vivos se reproducen iguales a aquellos que los engendran, incluidos los aprendizajes que permiten sostenerla.

Cuando reproducimos una mata de café tenemos la certeza de las características de la nueva planta - en su tamaño, en sus frutos, en sus períodos de reproducción, entre otras - porque ellas están definidas a través de una memoria genética.

En los animales, igualmente, observamos comportamientos similares que se repiten. Una gallina con pollitos desmenuza el pan que encuentra para que coma su prole, no porque haya aprendido este comportamiento observando a sus iguales, sino porque hay en su memoria genética la necesidad de cuidar la vida. Estos aprendizajes no dependen de su voluntad, no puede dejar de hacer lo que ya está determinado genéticamente.

Vamos a llamar, entonces, aprendizajes de código genético, a aquellos que se reproducen porque están vinculados a la memoria genética de las especies. Su característica más importante está en que no pueden ser modificados por un acto de voluntad.

Los seres humanos, como parte de los seres vivos, también tenemos aprendizajes incorporados a nuestras características genéticas. Por ejemplo: somos bípedos, o sea que nuestros cuerpos están diseñados para caminar sobre nuestras extremidades inferiores. Podríamos tomar la decisión de caminar sobre nuestras cuatro extremidades, pero ello tendría consecuencias graves sobre otras partes de nuestro cuerpo.

Hay otro tipo de aprendizajes que no están previamente definidos a través de los genes. En consecuencia, necesitan ser enseñados y aprendidos, es decir, transmitidos de generación en generación a través de la cultura. Ésta no es una

construcción exclusivamente humana, pero sí podemos decir que la mayoría de nuestros aprendizajes como especie son construcciones culturales, es decir, construcciones históricas y sociales.

En los animales encontramos construcciones de este tipo. Por ejemplo, hay estudios que sostienen que los elefantes se transmiten culturalmente aprendizajes importantes para la sobrevivencia de su especie, como los lugares donde pueden encontrar agua, según las distintas épocas del año. Tanto es así, que la suerte de una manada de elefantes puede peligrar si matan a la elefanta líder. Paradójicamente, son los aprendizajes culturales los que garantizan una mayor capacidad de adaptación a nuevas condiciones medioambientales.

En consecuencia con lo anterior, la especie humana es la especie animal que plantea mayor capacidad de adaptación a diferentes situaciones. Sus aprendizajes son cambiantes, lo que supone concluir que la cultura es dinámica y responde a la lógica de cambio, como fuerza de la vida. Dicho de otra forma, la cultura cambia bajo la presión que supone construir posibilidades de sobrevivencia para la vida misma, es decir, cuando la vida se ve amenazada y como respuesta creativa a dicha amenaza.

Dediquemos un momento a intentar profundizar sobre lo que implica que los aprendizajes de código cultural sean construcciones históricas y sociales. Son históricas porque empezaron en algún momento de la vida de una comunidad y, por tanto, pueden dejar de existir, o cambiar, si las condiciones son otras. Son sociales porque son construidas y aceptadas colectivamente. Con lo anterior podemos concluir que no hay ninguna construcción cultural eterna en el tiempo, como verdad ahistórica (fuera de la historia), ni una construcción cultural que se pueda imponer desde un interés particular y que se sostenga en el tiempo.

Poniendo ejemplos:

Yo no puedo tomar la decisión de que mis hijos nazcan con alas, pero sí puedo incidir en que sus comportamientos respondan menos a esquemas patriarcales y machistas. El primero supondría una transformación de tipo genético, mientras el segundo corresponde a un cambio en el ámbito de lo cultural.

Está incorporado en el código genético que los seres humanos nazcamos diseñados biológicamente (cuestión de genes) para poder hablar, con lo que ello supone; la decisión de qué idioma hablar es una cuestión cultural porque depende del ámbito social en el que la persona se encuentre.

Concluyendo, ambos aprendizajes, los que se transmiten por códigos genéticos y los de código cultural, mantienen un punto en común: son construcciones de la vida para proteger y garantizar su conservación. Su diferencia está en que los primeros, como ya dijimos, no pueden cambiar por un acto de voluntad, mientras que los segundos sí pueden ser modificados por una decisión individual o colectiva.

La relación de los opuestos en lógica de complementos

Entre la fuerza de conservación y la fuerza de cambio observamos una relación de complementos, es decir, no es posible prescindir de ninguna de las dos fuerzas si queremos entender la forma en que la vida se da en este Planeta.

Esto lo podemos observar en nuestra realidad más cotidiana. Un árbol tendrá las mismas características de aquél del cual procede (fuerza de conservación), de forma que nos permitirá concluir fácilmente que corresponde a la misma especie pero, al mismo tiempo, se desarrollará con cambios evidentes, que lo diferenciarán de aquél (fuerza de cambio).

No nos es fácil, culturalmente hablando, entender esta relación de complementos. Estamos habituados a la necesidad de optar por una de dos realidades opuestas; aprendemos socialmente, muchas veces a través de dichos populares, que debemos decidirnos por alguna: “no se puede vivir entre dos aguas”, “usted no es ni chicha ni limoná”, y muchas otras que van forjando nuestra forma de pensar, hasta terminar creyendo que éste es el orden correcto de la cosas, que obrar así es obrar bien.

La fuerza de conservación se explicita en la necesidad humana de la seguridad, de lo estable, de lo ya conocido y, por tanto, susceptible de ser repetido. En esta lógica entendemos el orden como la organización jerarquizada de la vida, es decir, las cosas adecuadamente definidas del primero al último. Las normas, como los acuerdos construidos socialmente, pertenecen a esta forma de mirar la realidad.

En la fuerza de cambio se inscriben, por oposición, lo inestable, lo inseguro, las transformaciones personales y sociales, lo caótico, lo anormal, lo distinto, lo incierto, lo desconocido, lo creativo. Por supuesto, el conflicto se encuentra inscrito en esta fuerza de la vida. No es difícil concluir que nos educan para que nos guste y pretendamos lo primero y evitemos lo segundo. ¿Es esto posible? Por supuesto que no, pero la aceptación social de la conservación nos lleva a que disfrutemos y busquemos lo que la define y, en consecuencia, a que suframos y rechacemos el cambio.

Un ejemplo claro de lo anterior lo vemos en lo fácil que se vive la infancia de los niños y las niñas que nos rodean (crecen por imitación, que es una característica de la conservación) y lo insoportable que se vuelve para los adultos la etapa adolescente en la que crecen por oposición (lógica de cambio). Comprender la relación de complementos entre estas dos fuerzas nos ayudaría definitivamente a acompañar mejor el desarrollo de los niños y niñas en sus diferentes etapas de crecimiento.

A modo de conclusión:

Podemos ver que necesitamos de las dos fuerzas, que la vida no sería posible si faltara la influencia de una de ellas, pero también es evidente que nuestros

aprendizajes culturales nos llevan a optar o preferir la lógica de la conservación y sus características, en detrimento de la fuerza o lógica de cambio y lo que ella implica.

Nos vamos introduciendo en nuevas formas de mirar la vida que nos rodea, con el fin de acercarnos de forma creativa al tema de los conflictos. A través de las actividades que proponemos en la “Guía del estudiante” podrás profundizar más sobre estas reflexiones.