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PRIMERA PARTE

Luchas laborales y cívicas


Alvaro Delgado

LAS NUEVAS RELACIONES DE TRABAJO EN COLOMBIA

Antes que un ensayo sobre el tema, esta ponencia recoge diversos


criterios vertidos en la prensa colombiana en torno de los cam-
bios operados en los últimos años en las relaciones laborales.
La capacidad negociadora de los trabajadores colombianos
es relativamente baja dentro del conjunto de países latinoame-
ricanos. Indagaciones hechas por la Escuela Nacional Sindical
(ENS) para los años 1987-1988 establecieron que en el caso de
Antioquia se beneficiaba de convenciones colectivas sólo el 15%
de los asalariados de los sectores privado y público juntos; en el
comercio, el 0,73%, y en el transporte, el 4,5%1.

Contratos colectivos de trabajo en 4 países del


Grupo Andino, 1990-1996
País 1990 1991 1992 1993 1994 1995 1996

Colombia* 660 437 468 nd 496 516 607


Ecuador 334 313 308 221 216 197 206
Perú** 1.762 1.402 401 1.059 883 803 623
Venezuela nd nd 1.139 814 924 879 594

*Convenciones colectivas de trabajo solamente.


** Distorsión ocasionada por falta de información oficial.
Fuente: Oficina Internacional del Trabajo. Marleen Rueda Catry y otros, Tenden-
cias y contenidos de la negociación colectiva. Documento de trabajo N2 88, 1998, p. 26.

Norberto Ríos. Revista de la ENS, N2 17, diciembre de 1989, p. 35.


[ 52 ] ALVARO DELGADO

En el conjunto de la Comunidad Andina de Naciones la


negociación colectiva experimenta un fuerte retroceso que

[...] se manifiesta en una disminución del número de con-


venios firmados y de trabajadores cubiertos, en un empobreci-
miento de sus contenidos y en una pérdida de peso de la nego-
ciación de rama frente a la negociación de empresa o individual.
Las causas que explican esta marcha atrás son múltiples, pero
están estrechamente ligadas a una pérdida del poder negocia-
dor de los sindicatos. Las reformas en las legislaciones labora-
les de los países andinos, estrechamente relacionadas con un
entorno económico cambiante, han tenido sin duda un fuerte
impacto en las organizaciones de trabajadores. En Venezuela,
por el contrario, ha sido precisamente el Estado el que ha im-
pulsado la firma de acuerdos colectivos2.

La negociación por rama o sector de la economía es relati-


vamente alta en Argentina (70% de la negociación total de 1995)
y México (95%, en 1994), y mucho menor en los países de bajo
nivel de negociación, como Colombia, donde su participación
es de 15% aproximadamente 3 . La negociación colectiva, y sobre
todo la sectorial, se sostiene en los países desarrollados sólo como
resultado de persistentes luchas de los trabajadores. "En Fran-
cia se observa una tendencia al aumento del número de conve-
nios colectivos de empresa desde principios del decenio de 1980,
que se aceleró a partir de 1990, ya que pasó de 6.496 ese año a
8.550 en 1995. Se señala, sin embargo que, en Francia, aun ocu-

2
Marleen Rueda Catry y otros, "Tendencias y contenidos de la negociación
colectiva". Oficina Internacional del Trabajo. Documento de trabajo N- 88, 1998,
p. 25.
3
Oficina Internacional del Trabajo, El trabajo en el mundo. Relaciones laborales,
democracia y cohesión social, 1997-1998. Ginebra, 1998, p. 167.
Las nuevas relaciones de trabajo en Colombia [ 53 ]

p a n d o un lugar central en el sistema de negociación, los conve-


nios colectivos sectoriales, salvo en algunos sectores, han solido
tener en la empresa un impacto menor que en otros países eu-
ropeos, en particular en materia de salarios. La negociación
colectiva en los países andinos es fundamentalmente de empre-
sa. Los acuerdos de rama son prácticamente inexistentes en Perú,
Bolivia y Ecuador y constituyen una excepción en Colombia" 4 , y
es extendido el criterio de que mientras no haya colaboración
del Estado, no habrá mejora en la negociación colectiva en ge-
neral. Eso lo dice el ejemplo de Venezuela y en cierta manera el
de Bolivia. El contenido de la negociación colectiva es bajo en
el área y en muy elevada proporción está relacionado con el sa-
lario, debido a la inflación histórica que estos países han sopor-
tado. Es común oír la opinión de que desde principios de los
años ochenta "no se ha conseguido ninguna gran conquista
nueva" 5 :

La debilidad de las organizaciones de trabajadores, los


cambios en la organización de la producción, laflexibilizacióny
las dificultades que establece en ocasiones la legislación labo-
ral, hacen que exista poca innovación en los temas tratados y
que la escasa innovación se dirija a limitar los efectos negati-
vos que la flexibilización de los procesos de producción puede
tener sobre los trabajadores6.

Con su proyecto de minimización del Estado y eliminación


del sindicalismo, lo que el nuevo modelo económico mundial
persigue en el mercado de trabajo libre es hacer que las decisio-
nes y responsabilidades del contrato de trabajo recaigan exclu-

4
Marleen Rueda Catry y otros, op. cit., p. 27.
5
Ibid., p. 32.
6
Ibid., p. 30.
[54: ALVARO DELGADO

sivamente en el trabajador individual 7 . En la nueva puja de las


relaciones laborales en Colombia debe observarse que el nuevo
modelo está exigiendo indeterminar todavía más el mercado de
la fuerza de trabajo, intento que tiene la demanda de reformar
las leyes 50 de 1990 y 100 de 1993. Por eso los gremios no tie-
nen empacho en proponer el salario integral para sueldos de
dos salarios mínimos en adelante e incluso para todo nivel sala-
rial, como lo hicieron en julio de 1998 Fedesarrollo, Fenalco y
el ministro de Hacienda Camilo Restrepo. Imponer el reino del
salario integral, opinan algunos economistas; equivaldría a aban-
donar a discreción del capital la distribución de la riqueza na-
cional producida:

Estos movimientos hacia el mercado aparecen rompiendo


los principios clásicos de la normatividad laboral: reconoci-
miento de la desigualdad en las relaciones entre las fuerzas del
capital y del trabajo, irrenunciabilidad de los derechos básicos
de los trabajadores y protección "especial" a las relaciones ge-
neradas por los vínculos laborales8.
La cuestión clave para los sindicatos sería averiguar cuá-
les son sus puntos débiles y qué es lo que está en su mano ha-
cer para mejorar los contenidos de la negociación colectiva.
Los sindicatos deberían establecer una estrategia que incluye-
se una serie de puntos ineludibles: cuáles son los temas priori-
tarios para los trabajadores, y analizar si son compatibles con
los intereses de la empresa de forma realista; establecer a qué
nivel se quiere negociar y definir posiciones; para conseguir-
lo, se debe estudiar asimismo cómo adquirir una mejor repre-
sentación. Tras realizar este análisis, quedaría ver si la forma-

7
Hernando Torres Corredor, en Universidad Nacional, Universidad de
Cartagena. El trabajo en los noventa, 1994, p. 46.
8
Ibid., p. 47.
Las nuevas relaciones de trabajo en Colombia [ 55 ]

ción de los representantes de los trabajadores es suficiente o si


se pudiese mejorar para reforzar su capacidad negociadora9.

En la liza de la negociación laboral, desde luego, no están


todos los que son. En el escenario nacional aparecen solamente
las grandes organizaciones de asalariados, que, en el caso colom-
biano, están en el área pública:

La mayor movilización en el sector público se explica por


ciertas peculiaridades propias. La primera es la dimensión de
las unidades de producción y la homogeneidad de los estatu-
tos de personal, que, como en el caso de las grandes empresas
privadas, facilitan la sindicación. La segunda consiste en que
el empleador está solo frente a un gran número de trabajado-
res, lo cual fomenta el traspaso de autoridad a los sindicatos.
Aunque hay excepciones, [...] el sector público reconoce en
general la razón de ser de los sindicatos. Una tercera particu-
laridad es el carácter central del concepto de servicio público
en las relaciones de trabajo, que refuerza la solidaridad. Liga-
do al origen público de los recursos, favorece la consulta que,
en muchos países, sustituye a la negociación colectiva, y auto-
riza restricciones, a veces considerables, en materia de nego-
ciación y de huelga que serían más difíciles de aceptar en el
sector privado. Por último, esas diferencias características dan
a la movilización del personal, incluso cuando apunta a la ob-
tención de ventajas económicas, una dimensión política que
rara vez tiene en el sector privado (por ejemplo, en el caso de
los conflictos en el sector de la sanidad). Naturalmente, en la
inmensa mayoría de los países el sector público ha cambiado
profundamente hace ya años, por lo que se parece más al sec-

9
Marleen Rueda Catry y otros, op. cit., p. 33.
56 ] ALVARO DELGADO

tor privado. Han hecho aparición las fuerzas del mercado, en


forma de privatizaciones o de una competencia entre ciertos
servicios y el sector privado, y se han comprimido los costos.
Se han implantado normas de perfeccionamiento de los recur-
sos humanos, acompañadas de una descentralización de las de-
cisiones en ciertos campos. Ahora bien, las singularidades an-
tes mencionadas seguirán caracterizando al sector público. Aún
parcialmente diversificados, los estatutos de personal se refie-
ren siempre a un gran número de trabajadores, los límites pre-
supuestarios siguen determinándose en el nivel central y el
servicio público es un concepto que tenderá más bien a refor-

Las grandes concentraciones de asalariados imprimen a la


vez características a la negociación de las condiciones de traba-
j o y a la relación de los sindicatos con sus entidades jerárquicas.

Los sindicatos fuertes no recurren siempre a las centrales


sindicales o federaciones en materia de apoyo para un proceso
de negociación colectiva, son autosuficientes y en algunos ca-
sos tienen mayores recursos que las propias centrales. Son los
sindicatos más débiles los que tienen mayores dificultades y ne-
cesitan de las centrales y federaciones sindicales. Sin embargo,
la posibilidad de que las instancias superiores del movimiento
sindical logren atraer a los sindicatos locales, sea cual fuere su
fortaleza, dependerá de la capacidad de articulación e inter-
pretación de las demandas y de la capacidad para ofrecer a los
sindicatos legitimidad, eficiencia y autosostenimiento11.

Oficina Internacional del Trabajo, op. cit., p. 145.


Marleen Rueda Catry y otros, op. cit., p. 48.
Las nuevas relaciones de trabajo en Colombia l 57 ]

El descenso en la negociación colectiva de trabajo en Colom-


bia aparece hoy interrumpido casi exclusivamente por las accio-
nes del sector público. De acuerdo con un estudio de la ENS12, la
flexibilidad contractual se ha fortalecido y generalizado a partir
de la Ley 50 de diciembre de 1990, de la Ley 60 de 1990 y de los
decretos de reestructuración del Estado del 28 de diciembre de
1991, expedidos al amparo del artículo 20 transitorio de la Cons-
titución del mismo año. Como consecuencia, el contrato de tér-
mino definido "hace en la práctica imposible la sindicalización,
puesto que la afiliación a los sindicatos por parte de estos traba-
jadores se convierte en motivo para la no renovación del con-
trato de trabajo. Este fenómeno ha estado convirtiendo a los
sindicatos en organizaciones de trabajadores antiguos que, poco
a poco, se extinguen por la jubilación de sus miembros", como
ocurrió en Propal. La Ley 50 "propició la eliminación de miles
de contratos de trabajo, entre otros, con trabajadores colocadores
de chance en puestos fijos de venta, y la imposibilidad de rei-
vindicar un contrato de trabajo en el caso de los vendedores de
seguros". En el caso estatal aparecen los contratos administrati-
vos de prestación de servicios, que no reconocen ningún dere-
cho laboral social. "Del total de empleados estatales se estima
que 25% de ellos laboran bajo esta modalidad", la cual creció
sobre todo después de la expedición de la Ley 80 de 1993, que
eliminó la prohibición de despido sin causa justa después de diez
años de servicio. El trabajador nuevo o antiguo que se afilia al
sindicato o adopta conductas notoriamente combativas es des-
pedido sin mayor problema. Las normas produjeron no menos
de 40.000 despidos en el área estatal; desaparecieron sindicatos
enteros: ferroviarios, portuarios, obreros de Obras Públicas o de
los extintos ICT e Inderena, o fueron reducidos a su mínima

Norberto Ríos. Revista de la ENS, N 2 41, octubre de 1996.


[ 58 ] ALVARO DELGADO

expresión, como ocurrió en el Ministerio de Hacienda y el DAÑE.


Como señala Ríos en su artículo ya citado, "Entre 1990 y 1994
han entrado en receso o han sido liquidados en Colombia cerca
de 514 sindicatos", con unos 95.229 afiliados. "Hoy escasamente
está sindicalizado el 6% de la población económicamente activa".
Las reformas legislativas aprobadas a partir de 1990, la re-
estructuración empresarial con motivo de la mal llamada "aper-
tura económica" del país al mercado globalizado, y el mismo
enfriamiento de los ideales de solidaridad internacional que
acompañó al derrumbe del campo socialista, profundizaron al
máximo la crisis del movimiento sindical colombiano, puesta de
manifiesto desde mediados de los años ochenta, uno de cuyos
frutos fue, paradójicamente, la aparición de la CUT. El conjunto
de la red organizativa sindical -y con mayor contundencia la
parte del capital privado- fue severamente destrozado, muchos
sindicatos desaparecieron y buena parte de los que lograron so-
brevivir en los últimos diez o quince años se convirtieron en or-
ganizaciones minoritarias dentro de las empresas. El empresa-
riado vio entonces el camino expedito para introducir las nuevas
formas de relación laboral directa con sus empleados, sin el es-
torbo de la mediación sindical. El resultado ha sido el descenso
sostenido de las convenciones colectivas de trabajo y el conse-
cuente incremento de los pactos colectivos, fenómeno que pue-
de observarse con mayor fuerza a partir de 1989.
Los funcionarios gubernamentales y los diarios han creado
en la opinión pública la idea de que los trabajadores colombia-
nos son altamente conflictivos. El seguimiento de los conflictos
colectivos de trabajo en los últimos cuarenta años, sin embargo,
dice todo lo contrario y confirma que las huelgas constituyen una
ínfima porción de los desenlaces. En los años noventa se acen-
tuó la tendencia a encontrar los acuerdos en la etapa de nego-
ciación directa, por lo menos en los predios de la gran indus-
tria, luego de que durante un largo período, entre los años sesenta
Las nuevas relaciones de trabajo en Colombia [59]

Promedio anual de contratos colectivos de trabajo,


1982-1996
Período Totales Convenciones % Pactos %
1982-1989 886 655 74,0 231 26,0

1990-1996 824 531 64,0 293 36,0

1982-1996 882 624 71,0 258 29,0

Fuente: oír. Julio Puig y otros, Tendencias y contenidos de la negociación colectiva


en Colombia, 1990-1997. Resumen ejecutivo, p. 4 (copia del original).

Etapas de conclusión de la negociación de convenciones en la


gran industria colombiana

Abril de 1990 Diciembre de 1993 Diciembre de 1996


Etapas
Número % Número % Número %
Totales 108 100,0 112 100,0 115 100,0

Arreglo
48 44,4 67 68,8 99 86,1
directo

Mediación* 35 32,4 0 0 0 0

Prehuelga 19 17,6 22 19,6 10 8,7

Huelga 5 4,6 9 8,1 3 2,6

Laudo arbitral 1 1,0 4 3,5 3 2,6

* Es abolida a partir de 1991.


Fuente: Julio Puig y otros, Tendencias y contenidos de la negociación colectiva en Co-
lombia, 1990-1997. Resumen ejecutivo, p. 4 (copia del original).

y ochenta, la mayor parte de las negociaciones se zanjaba, bien


en la etapa de conciliación, bien en la de mediación con que la
ley la reemplazó. Es verdad que el nuevo marco legal no deja una
solución alternativa diferente a la huelga o el arbitramento, pero
de todas maneras la negociación laboral se ve beneficiada con el
acento puesto en la relación directa de empleadores y empleados.
[ 60 ] ALVARO DELGADO

Los pactos colectivos - q u e excluyen la mediación del sindica-


t o - entraron con mucha fuerza desde el principio de la crisis. De
acuerdo con la ENS, 18 de los 28 pactos colectivos suscritos en
Antioquia en 1987 se presentaron en la manufactura, donde la
mayoría de las empresas daba ocupación a más de cien trabajado-
res, "número más que suficiente para constituir sindicato". En
Fabricato el pacto, que benefició a 2.066 trabajadores, "práctica-
mente tiene en la disolución al sindicato". Aunque los pactos re-
bajaron de 51 a 28 entre 1986 y 1987, de ellos se beneficiaron 4.084
trabajadores, de los cuales el 80,4% pertenecía a la manufactura 13 .
El proceso de apertura económica ha estimulado los pactos:

Aunque la legislación laboral establece que allí donde exis-


tan sindicatos y éstos agrupen a más de la tercera parte de los
trabajadores en una empresa no puede haber pactos colecti-
vos, los empresarios están acudiendo a diversas modalidades
para imponer este mecanismo que sólo favorece sus intereses.
El mecanismo más utilizado es el de ofrecer dádivas económi-
cas, como primas extralegales, para que los trabajadores renun-
cien al sindicato y a la convención colectiva y se adhieran al
pacto, mecanismo que generalmente se acompaña de estrate-
gias más sutiles, como amenazar con despidos, desmejorar las
condiciones de trabajo o excluirlos definitivamente de cual-
quier mejora salarial o prestacional, al mismo tiempo que se
niegan a discutir los pliegos de peticiones con los sindicatos o
dilatan indefinidamente las negociaciones mientras realizan un
trabajo de zapa que finalmente coloca al sindicato en condi-
ciones precarias para negociar la convención; otras veces arre-
meten abiertamente contra los afiliados y los derechos de los
sindicatos, mediante despidos selectivos que tienen como pro-

Revista de la ENS, N2 13-14, diciembre de 1988.


Las nuevas relaciones de trabajo en Colombia [ 61 ]

pósito intimidar y desmoralizar a las bases para luego colocar


al sindicato en situación minoritaria y venirse luego con la
propuesta de pacto; otras, aislan a las juntas directivas de sus
bases mientras realizan todo un trabajo de debilitamiento de
la organización sindical que crea las condiciones para impo-
ner el pacto colectivo violando toda legalidad laboral y desa-
fiando al propio Ministerio de Trabajo, que se limita a impo-
ner multas insignificantes.
[...] Aunque la legislación establece un mecanismo especí-
fico que regula la convocatoria y la realización de pactos co-
lectivos, éstos son impuestos de la manera más arbitraria, sin
asambleas de trabajadores que aprueben el petitorio y elijan a
sus representantes [...] Esta estrategia [...] se convierte a la lar-
ga en un bumerang para los propios sectores patronales, en la
medida en que se cierran vías naturales y civilizadas para la
resolución de los conflictos obrero-patronales14.

Se supone que los pactos se ajustan a las expectativas de los


empleadores que los imponen, pero ellos están tan engolosina-
dos con la idea de acabar del todo con los sindicatos, que no vaci-
lan en desconocer los compromisos que adquieren con aquéllos.
Que los trabajadores buscan acuerdos que descarten el re-
curso a medidas extremas lo confirma la utilización que hicie-
ron del recurso de tutela antes de que la Corte Constitucional
recortara los alcances del mismo, por sentencia del 10 de diciem-
bre de 1998, de acuerdo con la cual "La tutela es improcedente
para obtener el reintegro y el pago de salarios dejados de perci-
bir, cuyas pretensiones son propias de la jurisdicción especial del
trabajo" 15 , y que "resulta claro que la jurisdicción laboral es la

14
Héctor Vásquez, Revista de la ENS, N 2 34, octubre de 1994, p. 6.
15
El Tiempo, diciembre 10, 1998, p. 3A.
[ 62 1 ALVARO DELGADO

competente para conocer de los conflictos que se susciten por


razón del tuero sindical de los empleados públicos". Una inves-
tigación de Mario Jaramillo 1 6 refiere que, de 615 sentencias
proferidas por la Corte Constitucional en 1992,

[...] más de la tercera parte hizo referencia a asuntos labo-


rales. Y el 95,8% de ellas fueron promovidas por la acción de
tutela. En 1993, hasta el I o de septiembre, la Corte Constitu-
cional se había pronunciado con 376 sentencias. Una quinta
parte de ellas en temas laborales. Y el 87,6% de los casos estu-
diados en esta área respondieron al ejercicio de la nitela.
El 90,8% de las acciones de tutela laborales adelantadas
en 1992 están relacionadas directamente con la protección de
los derechos del trabajadores, y en menor volumen con la
constitucionalidad de algunas normas y con la seguridad so-
cial.
El 24,6% de las acciones de tutela laborales promovidas en
los ocho primeros meses de 1993 se refieren a la protección
de los derechos del trabajador, y ei 46,5% resolvieron asuntos
de seguridad social.

Merece considerarse el hecho de que en el lapso 1994-1996,


en medio de un importante descenso de los índices de desem-
pleo, la negociación colectiva encontró un ambiente favorable a
la concertación, y los ceses de labores disminuyeron. No puede
descartarse que el fenómeno obedeciera a una moderación de
las demandas laborales ante los efectos políticos de la reestruc-
turación empresarial, entre ellos la desaparición o el acentuado
debilitamiento orgánico de los sindicatos. Es significativo el
hecho de que importantes conflictos (Cerromatoso, Intercor,

Mario Jaramillo, Sindicalismo y economía de mercado, 1994, p. 59.


Las nuevas relaciones de trabajo en Colombia í 63 ]

Coltejer, Telecom, Caja Agraria, Banco Cafetero, Banco de Co-


lombia, Banco Industrial Colombiano, Banco Popular) se zan-
jaron sin las anunciadas huelgas, y que la mayoría de los anun-
cios de paro quedó en eso: anuncios. 4.500 servidores de Coltejer
obtuvieron, en negociación directa, incrementos de 22,6%; en
Intercor el reajuste fue de 24,5% y cobijó a 3.100 trabajadores;
en el Banco Cafetero el aumento subió a 22%, y en Telecom, don-
de por primera vez, por motivo del cambio de carácter de insti-
tuto público a empresa industrial y comercial del Estado, se fir-
maba una convención colectiva, se conseguía 23% también en
etapa directa. La distensión del conflicto laboral puede medirse
también por el hecho de que en la Caja Agraria los trabajadores
se sometieron finalmente a la prueba mayor: el licénciamiento
de casi 5.000 de los 14.000 trabajadores que tenía el estableci-
miento a fines de 1991.
Por lo demás, la retórica empresarial enderezada a que los
asalariados entendieran la grave situación de crisis que atravesa-
ban los negocios por culpa de la apertura al mercado universal
en las condiciones de inequidad que imponía el capital multina-
cional alcanzó a ganar adeptos sinceros, sobre todo en empresas
de impronta histórica, caras para la memoria de los trabajado-
res. En enero de 1994 -una vez más en negociación directa- se
suscribió una nueva convención colectiva en Productora de Hi-
lados y Tejidos Única, de Manizales, para beneficio de 814 ser-
vidores, y el presidente del sindicato -de conocidos anteceden-
tes de lucha clasista- se permitió conceptuar que la negociación
había sido "un acuerdo histórico que marcó un antes y un des-
pués en la compañía, si se tienen en cuenta los antecedentes
laborales previos a la negociación del pliego". El directivo sin-
dical agregó:

Esta convención marca un hito en Única porque la políti-


ca que adoptamos de participación, información y respeto hace
[ 64 ] ALVARO DELGADO

que los trabajadores sean más conscientes y más personas que


piensan y opinan. Éste es el primer fruto de la calidad total17.

En el caso de la Fábrica de Hilazas Vanylon, de Bogotá, encon-


tramos otro ejemplo de las concepciones de participación y
concertación que aparecen en las relaciones laborales colombianas.
A principios de 1998 la empresa, en concordato de acreedores desde
principios de 1997 a causa de la desigual competencia del merca-
do internacional, tenía 600 empleados y proveía el 65% de la de-
manda de hilaza nacional. Quintex, su principal competidora, había
desaparecido y Enka había abandonado en el mismo año esa línea
de producción. El acuerdo concordatario contemplaba la venta de
por lo menos el 51% de las acciones de Vanylon a un inversionista
extranjero que garantizara la capitalización de la empresa y su cre-
cimiento en los mercados nacionales e internacionales. La idea era
que esa porción accionaria estuviese vendida en 1999.
Entonces se había instaurado en Vanylon un panorama apa-
rentemente desconocido en nuestro medio. Reinaban buenas
relaciones con la empresa, bajo la enseña de una mayor produc-
ción y una mejor calidad. El presidente del sindicato, que había
tomado el cargo apenas dos años atrás, en vez de disfrutar de
permiso sindical realizaba labores de control y vigilancia como
supervisor de mantenimiento. Trabajador supervisor con 33 años
de servicios, "asegura que uno de los cambios más importantes
es la conquista de la libertad" en el sentido de que los supervi-
sores y jefes de sección tienen la autonomía que nunca antes
tuvieron. "Se acabó la jerarquía y se ha reemplazado por el tra-
bajo en equipo. Es que si la empresa estaba como estaba y no
trabajábamos en equipo, no podíamos sacarla adelante" 18 . Se-

17
La República, enero 17, 1994, p. 8A.
18
El Tiempo, marzo 16, 1998, p. 10B.
Las nuevas relaciones de trabajo en Colombia 1 65 ]

gún el dirigente sindical, el administrador impuesto por los


acreedores para salvar la empresa había sido fogueado en va-
rios casos similares:

Cuando asumió, en Vanylon trabajaban más de mil perso-


nas produciendo la mitad de lo que hoy se logra [...] casi la mi-
tad de los empleados sobraba: simplemente seleccionó a los
mejores y suprimió cargos innecesarios. "Antes había ingenie-
ros de turno, y teníamos mucha más gente de mando. Hoy en
día solamente queda un coordinador dentro del grupo de su-
pervisores y estamos trabajando eficientemente con el recurso
humano para motivarlo y fomentar en él un sentido de perte-
nencia hacia la empresa", explica19.

En la empresa minera caucana Industrias Puracé, creada en


1945 y apuntalada en el pasado por la desaparecida Celanese
Colombiana, el drama de la supervivencia comenzó en los años
setenta, mucho antes de la irrupción abrupta de la "apertura
económica", y las características de su desenlace temporal se ase-
mejan a las que han rodeado a Álcalis de Colombia.

En 1996, cuando cerró la empresa, se producían unas 54.000


toneladas de azufre al año. El procesamiento de cada tonelada
costaba 123.000 pesos, mientras que en el mercado externo va-
lía 43.000 pesos...

[...] desde el 14 de febrero [de 1998] los 164 trabajadores


se convirtieron en accionistas de la empresa mediante un acuer-
do avalado en Cali por la Superintendencia de Sociedades. La
liquidación de la industria se inició el 17 de diciembre de 1996,

Ibid.
[ 66 ] ALVARO DELGADO

pero en medio de la pelea legal por el pago de las deudas y las


obligaciones salariales, que ascienden a 1.000 millones de pe-
sos, surgió esta idea que dejó contentos a todos. Ahora los tra-
bajadores, en su mayoría indígenas puracé [sic; son paez, o
paeces], tienen 24 meses para responder por el pasivo y para
pagar los aportes de los empleados al Seguro20.
Los incrédulos no saben que conocemos a fondo el fun-
cionamiento de la mina y contamos con un grupo asesor de
técnicos, abogados y economistas. Además, vamos a invertir las
ganancias en nosotros. Eso antes no ocurría, dice Luis Enri-
que Guauña [sic], que pasó de ser presidente del sindicato a
vocero de la junta de accionistas". Sólo 12 indígenas iniciaron
el trabajo.

El periódico cita palabras del nuevo patrono de la empresa:

Siempre sobra comida porque por ahora sólo somos 12. La


idea es que nosotros saquemos una carga mínima de azufre
mientras adecuamos las instalaciones para funcionar al máxi-
mo con todos los mineros [...]. Las proporciones de precio se
mantienen, pero ahora los mineros dicen que no van a compe-
tir con el azufre petroquímico sino que lo ofrecerán en estado
puro para quienes requieran sus propiedades naturales.

Desde luego, ante la crisis del modelo económico tradicio-


nal, empresarios y trabajadores se han comportado contradic-
toriamente. Al revés de lo ocurrido en Avianca a mediados de
1994, cuando los esfuerzos para impedir la extinción del mayo-
ritario sindicato de empresa -también de vieja tradición de lu-
cha clasista, primero en la CTC y luego en la CSTC- terminarían

El Tiempo, abril 5, 1998, p. 18A.


Las nuevas relaciones de trabajo en Colombia [ 67 ]

en un modus vivendi forzado, el sindicato de la Federación Na-


cional de Cafeteros pedía por la misma época la convocación del
tribunal de arbitramento para dirimir su petitorio. ¡Tal era el
artificio para impedir la desaparición del organismo sindical! El
Ministerio de Trabajo, sin embargo, rechazó la solicitud porque
supuestamente había sido aprobada en asamblea del sindicato
minoritario. O sea, el otrora importante sindicato de la empre-
sa (filial además de CUT), con sede en Chinchiná, se había con-
vertido en organización minoritaria; el movimiento sindical allí
no tenía fuerza ni siquiera para impulsar una negociación di-
recta, y pidió acceder a una instancia que el sindicalismo de cla-
se siempre había repudiado por considerarla profundamente
antidemocrática (empleadores y Estado contra trabajadores). La
cuestión es que, en las condiciones colombianas de atraso de las
relaciones laborales, el arbitramento tripartito, en no pocos ca-
sos, ha resultado menos perjudicial para los trabajadores que los
enfrentamientos radicalizados y sin perspectiva de desenlace po-
lítico. Ante la acentuada debilidad de las posiciones sindicales
en todas partes, la apelación a los instrumentos de legalidad
institucional no puede ser menospreciada por los trabajadores.
Los ejemplos sobran. En noviembre de 1993 un petitorio eleva-
do al Banco Popular por la Unión de Empleados Bancarios
(UNEB) agotó la negociación directa y pasó al tribunal de arbi-
tramento porque la empresa insistió en imponer un contrapliego.
En febrero del año siguiente el tribunal emitió su laudo sin la
firma del representante del sindicato, y la UNEB interpuso el
recurso de homologación. El 25 de mayo del mismo año la Cor-
te Suprema de Justicia declaró nulo el fallo, alegando extralimi-
tación de funciones por parte del tribunal, con lesión de los in-
tereses de los trabajadores. Fue anulado el período de vigencia
de la convención, porque la UNEB había pedido un año y el tri-
bunal acordado dos, y lo mismo pasó con varias cláusulas del
laudo interpuestas por el contrapliego empresarial: impugna-
[ 68 ] ALVARO DELGADO

ción de las elecciones sindicales, permisos sindicales, formas de


pago de sueldos, procedimientos para aplicar sanciones, arbi-
tramento de la Cámara de Comercio en las negociaciones de las
dos partes, etc.21.
En las grandes empresas estatales la inclinación a negociar
se vio estimulada por las ventajas que el Estado ofreció a los sin-
dicatos para crear fondos de pensiones y competir con ellos en
el mercado financiero y de servicios. La fórmula fue: acepten la
terminación del antiguo régimen de cesantías y pensiones de
jubilación y nosotros les permitimos manejar fondos de pensio-
nes y grandes contratos de servicios de salud a través de socie-
dades administradoras de pensiones.
Ningún esfuerzo de concertación, sin embargo, ha parecido
suficiente para cambiar la mentalidad violatoria de las leyes que
prevalece en los recintos del capital. A principios de 1998 el
Ministerio de Trabajo se veía precisado a sancionar a 50 empre-
sas por omitir la afiliación y los aportes de ley al Instituto de
Seguros Sociales, así como por remunerar a sus servidores con
sumas inferiores al salario de ley. Los patronos descontaban la
contribución a los trabajadores pero no pagaban nada al ISS, y
entre los infractores figuraban personas jurídicas supuestamen-
te "honorables": Croydon (en liquidación), Colmundo Radio,
Hospital Infantil Lorencita Villegas, Banco Andino, etc. El Mi-
nisterio investigó mil empresas que daban ocupación a cerca de
66.000 trabajadores y encontró que el 26% de ellas dejaba de
hacer los aportes de ley y, en calidad de morosas, debían al ISS
más de $4.200 millones, sin contar los intereses causados22.

21
El Espectador, mayo 26, 1994, p. 2B.
22
El Espectador, marzo 1°, 1998, p. 8B.
Las nuevas relaciones de trabajo en Colombia 1 69 ]

LA NEGOCIACIÓN SECTORIAL

El camino transitado por los conflictos en la industria bananera,


las empresas de energía eléctrica y Ecopetrol contribuye a deli-
near, más que ninguno otro, las características que reviste la
negociación colectiva en la actualidad. Se trata de un proceso
que encarna el doble sentido en que se presenta el mundo de
fin de siglo para el conjunto del movimiento sindical colombia-
no: el esfuerzo por modernizar sus estructuras y, en esencia, por
erigir la organización sectorial, y el esfuerzo por meter el país
entero en la cabeza de los dirigentes sindicales.
Es una casualidad que la vida haya reunido en ellos la vieja
agricultura de exportación, la industria transformadora, en cri-
sis en el mundo entero, y los nuevos espacios de los servicios en
auge. De los dos primeros actores, sin embargo, no puede de-
jarse de tener en cuenta que se trata de fenómenos relativamente
recientes en la vida nacional, muy lejanos de la veteranía del
movimiento petrolero.
La proeza organizativa de los bananeros de Urabá no tiene
par en la historia colombiana contemporánea. Como fruto de
los cambios en la situación de violencia suscitados al suscribirse
la tregua entre el gobierno de Betancur y las FARC, las quince
convenciones colectivas suscritas en esa región en 1984 pasaron
a ser más de cien en 1985 y se convirtieron en 146 en 198723.
¿En qué condiciones?

Entre 1980 y 1985 Urabá exportó banano por un valor de


969,1 millones de dólares, producidos en 20.000 hectáreas de
259fincasdonde trabajan 11.997 obreros; obreros que han re-
cibido un tratamiento de esclavos, trabajando en situaciones

23
Revista de la ENS, N e 9, agosto de 1987, p. 9.
[ 70 ] ALVARO DELGADO

verdaderamente aberrantes, 10, 12 y hasta más horas diarias


por un salario inferior o igual al mínimo legal, sin seguridad
social, sin médicos, deambulando de una finca a otra, pues la
estabilidad laboral siempre ha sido precaria, recluidos en ba-
rracas que carecían de los más elementales factores de higiene
y donde vive el 79% de los trabajadores y sus familias, barra-
cas (llamadas "campamentos" por la patronal) en las que ape-
nas a partir de 1985, después de más de veinte años de cultivo
agroindustrial del banano, se inicia un proceso de recupera-
ción y mantenimiento, dotándolas de servicios de energía, agua
potable y sanitarios, proceso que apenas cubre al 50% de las
259 fincas bananeras.

Hasta un periódico como El Tiempo no p u d o dejar de reco-


nocer que el proceso d e organización que culminó en la funda-
ción del Sindicato Nacional de Trabajadores Agropecuarios
(Sintagro), que en 1984 contaba con unos diez mil afiliados,
permitió

[...] aislar a las viejas camarillas sindicales que controlaban


los sindicatos de la zona [...] Pero este proceso ha sido difícil y
doloroso, pues contra la nueva organización de los trabajado-
res (que también incluye a Sintrabanano y a Sintrajornaleros)
se ha desatado toda una campaña de violencia y terror que pre-
tende acabarla ahogándola en sangre24.

La convención colectiva suscrita en noviembre de 1993 en


270 fincas fue la primera lograda en negociaciones directas, y
fue al mismo tiempo la primera en que el reajuste de salarios se
pactó de acuerdo con u n índice de productividad verificable: la

El Tiempo, marzo 11, 1987.


Las nuevas relaciones de trabajo en Colombia [ 71 ]

cantidad de cajas producidas cada catorce días. El dato adquie-


re importancia si se recuerda que la negociación laboral de 1992-
1993 estuvo encaminada a abolir las ventajas extralegales de los
asalariados, el régimen pensional antiguo, los salarios diferen-
ciados o por escalas, la inamovilidad en los puestos. Todo ello
encaminado a elevar la eficiencia de las empresas y acercar el
nivel de los salarios al nivel de la productividad. En el inicio del
"gran cambio" neoliberal, los empleadores lograron crear u n
ambiente favorable a sus propósitos en muchas empresas esta-
tales, y las nuevas normas de calidad y flexibilidad laboral cua-
jaron en numerosos acuerdos con los trabajadores.
Los avances de los empleadores no se quedan ahí. Desde
mediados de 1997 el gremio bananero rodea al sindicato de
proyectos de obras sociales y los trabajadores reciben capacita-
ción internacional sobre calidad y formación de líderes 25 . Las
empresas alegan que enfrentan penosamente u n a crisis de sus
negocios: estragos del Fenómeno del Pacífico (El Niño), caída
del precio internacional de la fruta, suspensión del acuerdo
marco con la UE. Sintrainagro se permite opinar, por su parte:

Los trabajadores no desconocen eso y hemos venido hacien-


do grandes esfuerzos para mantener la viabilidad de la indus-
tria bananera con sacrificios que, durante estos años, han lleva-
do al no pago oportuno de las prestaciones legales y extralegales
e incluso, parcialmente, de salarios, a lo que se agregan varia-
bles como el alto costo de la canasta familiar en Urabá26.

A la vez, los analistas de la prensa añaden algo que todo el


m u n d o conoce:

23
El Colombiano, julio 2, 1998, p. 2B.
26
El Colombiano, julio 5, 1998, p. 12B.
[ 72 ] ALVARO DELGADO

Cuando las reclamaciones de los trabajadores han servido


a los intereses de Augura, las relaciones entre las partes han
sido envidiables. Incluso hasta marchar juntos en la defensa
de la industria. Ahora es diferente: los patronos pretenden erra-
dicar los derechos convencionales de los trabajadores, por le-
sionar sus intereses (empresariales)27.

Por eso no puede resultar extraño que el agravamiento del


conflicto laboral a partir de 1997, hasta su exacerbada expre-
sión en el primer semestre de 1999, enseñe que el relativo ablan-
damiento de las relaciones de trabajo conocido entre 1994 y 1996
fue u n evento inconsistente y u n producto más que todo dei
adelgazamiento político de la organización sindical por la crisis
del país. Las relaciones obrero-patronales históricas no han cam-
biado su cariz entre nosotros: los empleadores no han abando-
n a d o por u n solo m o m e n t o su idea de un m u n d o sin fiscalía
estatal y sin sindicatos y éstos no están lo suficientemente con-
vencidos de que el escenario anterior, el de los años sesenta y
ochenta, ha pasado y no volverá a verse, y que por tanto debe-
rán cambiar sus tácticas de lucha.
En el campo de la electricidad, la historia de la negociación
y los conflictos fue siempre una historia local. Sólo muchos años
más tarde, en septiembre de 1991 y nuevamente en agosto de
1993, el recién creado Sindicato de Trabajadores Eléctricos de
Colombia (Sintraelecol) logró por primera vez la presentación
de un pliego de peticiones unificado para todo el país. En fe-
brero de 1996, cuando alrededor de quince mil trabajadores de
la electricidad amenazaban con una huelga en el sector, el go-
bierno nacional y los representantes de 32 empresas de energía
firmaron u n "acuerdo marco sectorial", punto de referencia para

La República, julio 8, 1998, p. 2.


Las nuevas relaciones de trabajo en Colombia 1 73 ]

que cada empresa negociara por separado su respectiva conven-


ción. El acuerdo comprometió a los trabajadores a mejorar la
eficiencia y la productividad de las empresas, pero al mismo tiem-
po marginó a los trabajadores eléctricos del alza general de 17%
impuesta al sector público por el gobierno Samper. Según el
convenio, "el incremento más bajo será de 19,5%, y podrá lle-
gar hasta 22% [...] para el próximo año se les garantizó ese mis-
mo IPC histórico más 2,5 puntos por productividad" 2 8 .
Había nacido una nueva fuerza laboral, estrechamente liga-
da a la defensa de los servicios públicos estatales, opuesta a su
privatización y al mismo tiempo comprometida con la moder-
nización del sector. Pero las cosas no terminaron allí.

El "sector eléctrico", organizado como tal por la Ley 143


de 1994, y Sintraelecol, por primera vez en la historia laboral
colombiana, logran en 1996, como un primer paso, un acuer-
do escrito donde se entroniza un procedimiento de negocia-
ción por rama de industria a través de una Comisión del Acuer-
do Marco Sectorial, CAMS [...] En marzo de 1998 se consolida
este mecanismo de negociación por rama industrial al serle
aplicado también a las empresas [de energía eléctrica] privati-
zadas, en virtud de la figura de la sustitución patronal 29 .

Si al conflicto laboral de Urabá se le sigue dando u n trata-


miento de orden público, el petrolero aparece ante la opinión
pública con u n doble estigma: problema de orden público y
desafío a la soberanía de la nación. Desde luego, a los medios
de comunicación masiva no les faltan motivos para la alarma,
porque el conflicto colectivo de trabajo en las petroleras sigue

28
El Tiempo, febrero 14, 1996, p. IB.
29
Marcel Silva Romero, Flujos y reflujos, 1998, p. 241.
1 74 ] ALVARO DELGADO

teniendo hoy, medio siglo después de su nacionalización, carac-


terísticas de fricción y violencia similares a las que se conocie-
ron allí en los años veinte y treinta. Un reportaje del periódico
Voz refiere que durante el conflicto de 1991 se presentaron va-
rios paros escalonados (ilegales), sobre los cuales registra dife-
rentes formas de sabotaje:

[...] los analistas de laboratorio se negaron a efectuar las res-


pectivas pruebas [...] dejaron de llegar los datos del monto de
producción porque se rompió el hiloy todo era anarquía [...] los
operadores de maquinaria pesada parqueados frente a las ofici-
nas de Ecopetrol desinflaron las llantas de sus vehículos y se
interrumpió el transporte de combustible [...] un trabajador de
base tomó bajo su control las válvulas del llenadero de combus-
tible en la Refinería de Barrancabermeja y amenazó con abrir-
las si los 150 uniformados del ejército no renunciaban a la ocu-
pación de la planta que en esos momentos practicaban30.

Ese tipo de incidentes llevó a otros periódicos a sostener que


"los trabajadores agrupados bajo la férula de los dirigentes de
la Unión Sindical Obrera han resuelto convertirse, mediante el
mecanismo de los paros escalonados, en una especie de conso-
cios indirectos de los terroristas..." 31 . Enrique Caballero agregó
sobre la USO: "Sus dirigentes anímicamente no se diferencian
de los guerrilleros a quienes hacen el juego" 3 2 . Dos días antes
de aparecer estos agresivos conceptos se había producido el
acuerdo "que dejó satisfechos tanto a la administración de la
compañía como a sus trabajadores" 33 , pero ello tampoco con-

30
Voz, abril 18, 1991, p. 7-8.
31
El Tiempo, abril 6, 1991, editorial.
32
El Espectador, abril 14, 1991, p. 3A.
33
El Colombiano, abril 14, 1991, p. 14A.
Las nuevas relaciones de trabajo en Colombia 1 75 ]

venció a otros formadores de opinión pública. Gilberto Arango


Londoño comentó en El Nuevo Siglo:

No hay despidos, no hay sanciones [...] La jurisprudencia


se ha reiterado. La próxima vez se sacará la misma partitura.
Se ejecutará a la perfección. Muertes. Terrorismo. Sabotaje y
'conquistas laborales'. El Estado ha demostrado que está se-
cuestrado [...] La realidad fue la de que triunfó la violencia; el
auténtico abuso de un derecho inexistente cual es el del terro-
nsmo .

En contraste, durante las negociaciones de 1994 el econo-


mista liberal Jorge Child expresaba otro criterio: la USO no es
una organización subversiva y el Gobierno se equivoca con ella
como con Sittelecom, aunque la oposición sindical a la pri-
vatización de algunas funciones de explotación y distribución
petrolera es injustificada 35 . Y sobre las negociaciones de febrero
de 1996 el presidente de Ecopetrol, Luis Bernardo Flórez, apa-
recía más explícito y convencido cuando afirmaba:

[...] la administración de Ecopetrol y la Unión Sindical


Obrera dialogaron y conjuntamente tomaron una decisión so-
bre la reorganización de la empresa. Algunos interpretan eso
como una derrota; para nosotros es un logro. Frente a la alter-
nativa de la confrontación, en Ecopetrol le hemos apostado al
diálogo [...] Acuerdo es buscar soluciones que convengan a las
dos partes, sin vencedores ni vencidos, teniendo en mira el in-
terés nacional [...] ¿Qué se obtuvo? Resolver las dudas que una
organización que representa a la mitad del personal de la

34
El Nuevo Siglo, abril 18, 1991, p. 5.
35
El Espectador, septiembre 1°, 1994, p. 3A.
[ 76 ] ALVARO DELGADO

empresa tenía frente a un proceso fundamental para el futuro


de Ecopetrol, y darle vía libre a la reestructuración sin oposi-
ción sindical. Cuando se habla de reestructurar eso no signifi-
ca simplemente cambiar de organigramas. Eso es lo de menos.
Se trata, ante todo, de modificar la cultura, transformación que
sólo puede surgir de cada individuo y de las organizaciones que
lo representan [...] Van a ser los trabajadores -sindicalizados o
n o - quienes protagonizarán el cambio en Ecopetrol36.

AI año siguiente el nuevo presidente de la entidad, Antonio


Urdinola, denunciaba que al finalizar 1997 ella tendría pérdi-
das operacionales de $150.000 millones, y añadía:

El gobierno no puede ordeñar más a Ecopetrol [...] los prin-


cipales interesados en que haya una gran política petrolera en
Colombia son los trabajadores de Ecopetrol, porque eso garan-
tiza que entre más crezcan las exportaciones más se quede en
el FAEP y eso está asignado a pensiones. Si alguien tiene interés
en que haya un gran volumen de exportaciones, son los traba-
jadores 37 .

Para la Unión Sindical Obrera, reconvertida en sindicato de


rama industrial en 1997, la negociación colectiva al finalizar el
siglo aparece ligada, más que a la demanda de mejoras labora-
les y sociales, a la modernización y optimización de las instala-
ciones de Ecopetrol, a los planes de privatización de varias de
sus actividades, a la contratación de empleados temporales, a la
importación y la liberación de precios de los combustibles. Los
medios de prensa que asistieron al Foro sobre el estado de la

36
El Tiempo, marzo 4, 1996, p. 4A.
37
El Tiempo, agosto 28, 1997, p. 6A. FAEP: Fondo de Ahorro y Estabilización
Petrolera.
Las nuevas relaciones de trabajo en Colombia 1 77 1

empresa, realizado en Barrancabermeja en febrero de 1999,


resumieron su impresión al respecto en estos términos:

La libre importación de gasolina subsidiada por el Esta-


do, recorte al presupuesto de inversiones, entrega de poliductos
al sector privado, traslado de manejo de contratos de asocia-
ción al Ministerio de Minas y Energía, venta de la refinería de
Cartagena y reforma a los contratos de asociación son los te-
mas que concitan el interés de los participantes en el foro38.

El 23 de diciembre de 1998 el gobierno decretó la libera-


ción de precios de los combustibles.
"Otros puntos clave - h a señalado el presidente del sindicato-
son la asistencia legal a los trabajadores que sean objeto de pro-
cesos penales [...] y que no se disminuya la planta de personal
vigente a diciembre de 1998" 39 . Ecopetrol está resuelta a conti-
nuar elevando su productividad por la vía de rebajar su planta de
personal, en particular la de contrato a término indefinido, obje-
tivo que además le ayuda a prevenir un grave deterioro de su si-
tuación financiera para la primera o segunda década del siglo XXI,
debido al continuo crecimiento de la carga pensional:

En 1990 Ecopetrol tenía 11.500 trabajadores y hoy cuenta


con 8.600. Pero según [el actual presidente] Rodado, con los ac-
tuales niveles de personal la empresa no es eficiente ni compe-
titiva. Ante esto se debe reducir la nómina un 5% cada año. Eso
quiere decir que en 1999 deberían salir 430 empleados [...] De
los 8.600 empleados de Ecopetrol la mitad están beneficiados
por los logros sindicales de la USO y la otra mitad está amparada

El Espectador, febrero 16, 1999, p. 4B.


Hernando Hernández, El Tiempo, enero 6, 1999, p. 3A.
[78] ALVARO DELGADO

bajo el Acuerdo 001 que funciona para personal directivo, des-


de los vicepresidentes hasta las secretarias40.

En ese cometido Ecopetrol no está sola, ya que

La caída vertiginosa en los precios del crudo ya llevó a que


13 de las principales multinacionales que operan en el país ha-
yan tomado la decisión de licenciar 872 de sus empleados en
los próximos seis meses41.

Finalmente, los términos en que se desenvuelven las relacio-


nes de trabajo en la principa! empresa industrial de! país llevan
impresa la marca de la Ley 200 de 1995 (julio 28), que cambió
el escenario tradicional de la negociación y sometió a los petro-
leros al régimen o código disciplinario único para todos los tra-
bajadores al servicio del Estado. Antes de esa ley, en Ecopetrol
regía lo de convención colectiva: comités tripartitos para resol-
ver conflictos disciplinarios. La USO había obtenido de la ministra
de Trabajo María Sol Navia u n concepto que declaró que la
norma convencional prevalecía sobre la Ley 200. La empresa
d e m a n d ó ante el Consejo de Estado y éste derogó la resolución
ministerial; consultó además a las cortes Suprema y Constitu-
cional y éstas fallaron que la ley debía aplicarse a todos los em-
pleados de la empresa, sin distinción entre sindicalizados y no
sindicalizados. La ley comenzó a aplicarse el I o de agosto del 98
y en febrero del año siguiente había ya cerca de 300 investiga-
ciones disciplinarias abiertas, que podían durar entre seis me-
ses y u n año en resolverse. Se había perdido la agilidad de las
comisiones tripartitas convencionales:

40
El Tiempo, febrero 10, 1999, p. 12A.
41
El Espectador, febrero 11, 1999, p. 4B.
Las nuevas relaciones de trabajo en Colombia [ 79 ]

En términos prácticos, la aplicación de la Ley 200 les quita


poderes tanto a la uso como a Ecopetrol. Al sindicato porque
desaparecen los comités en los que tenía participación y en los
que velaba por la suerte de sus afiliados, y a la empresa porque
la vicepresidencia de personal no tendrá facultad alguna para
evaluar rebajas de sanciones a los empleados. Y también pierde
el gobierno en general, porque siempre que se efectuaba un paro,
una de las condiciones para levantarlo era no iniciar investiga-
ciones ni aplicar castigos a quienes hubieran participado en él.
Ahora el que lo haga, así sea el mismo presidente de la Repúbli-
ca, será investigado por la Procuraduría42.

¿LLEGAREMOS A LA CONCERTACIÓN?

Si en los países desarrollados resulta hoy un tanto ocioso hablar


de conciliación del conflicto social, en el caso latinoamericano la
fragilidad de las prácticas democráticas hace que la concertación
laboral tenga u n a doble cara fastidiosa: para los empresarios
representa una alternativa no deseada y para los trabajadores
u n recurso engañoso. En el caso colombiano, p o r lo menos, los
cambios en las relaciones de trabajo en el último decenio, casi
enteramente favorables al capital, vienen ocurriendo en medio
de una notoria agudización de los conflictos laborales. De prin-
cipios de 1997 para acá el tamaño del conflicto ha alcanzado las
dimensiones que se conocieron en los años ochenta, las más al-
tas de la historia contemporánea, y ahora vuelve a ser claro que
las dos partes, el capital y el trabajo, necesitan la concertación.
Ningún conflicto de carácter laboral, por espinoso que se pre-
sente, deja de perseguir una solución negociada.

El Espectador, febrero 24, 1999, p. 4B.


[ 80 1 ALVARO DELGADO

Los poderes conferidos a los organismos de concertación la-


boral creados en Colombia a partir de 1959 -año de arranque del
conflicto laboral colectivo de la actualidad- se han ido amplian-
do y enriqueciendo, pero la práctica real de los conflictos no ha
confirmado sus predicados. Por eso tal vez hoy casi nadie recuer-
da que en diciembre de 1995 el Congreso Nacional aprobó la
reglamentación de la Comisión Permanente de Concertación de
Políticas Salariales y Laborales que fuera creada en el artículo 56
de la Constitución de 1991. A partir de 1996 el organismo debe
fijar de manera concertada el reajuste del salario mínimo a más
tardar el 15 de diciembre de cada año. Tiene plazo final hasta
diciembre 30, y sólo entonces el Ejecutivo entra a fijar el reajuste
de manera unilateral. La cuantía será calculada tomando en cuenta
la inflación proyectada para el año siguiente y la productividad
acordada por el comité tripartito constituido por representantes
de los ministerios del Interior, Trabajo, Hacienda, Desarrollo y
Agricultura, el DNP, cinco representantes de los gremios del capi-
tal y cinco de las asociaciones sindicales (designados por ellas). El
organismo tiene otras funciones sobre fomento de la concertación,
la capacitación de fuerza de trabajo, la creación de empleo, el
mejoramiento de la producción y la productividad, la gestión
empresarial y los convenios del país con la OIT.
De acuerdo con la ENS, "la nueva ley crea una marco que re-
coge los elementos básicos para una verdadera concertación: ca-
pacidad decisoria, participación representativa y democrática,
amplitud temática y diversidad de niveles (nacional, regional y
sectorial)"43. Pero la concertación de políticas nacionales nunca
ha sido una estrategia convincente entre nosotros. En torno al
funcionamiento del Consejo Nacional Laboral, Fernando Car-
vajal opinaba que

Jorge Giraldo, Revista de la ENS, N2 39, marzo de 1996, p. 6.


Las nuevas relaciones de trabajo en Colombia [81]

[...] la concertación es una de las herramientas legales por


medio de las cuales el Estado pretende concretar una política
de ingresos y salarios que tenga como referente principal la jus-
ticia social. Empero, esa finalidad primordial [...] de lograr la
concertación no trae aparejada una estructura institucional que
le permita llevar a cabo su loable tarea44.

Todavía hoy, cuarenta años después de creado el extinto


Consejo Nacional del Trabajo, el marco institucional de la
concertación laboral en Colombia no ofrece mayores esperan-
zas. Ya en 1989 se constataba que

[...] la mayoría de los organismos de concertación del país


en los que tienen participación los trabajadores y las organiza-
ciones populares se caracterizan por ser instituciones de carác-
ter meramente consultivo, aparte de que los que definen real-
mente la política macroeconómica y social, como son el Consejo
Nacional de Política Económica y Social (Conpes), la Junta Mo-
netaria, los Comités Sectoriales de Industria y la Junta Nacional
de Tarifas, entre otros, no cuentan con participación sindical y
popular. Tal hecho es lo que hace que la concertación en Colom-
bia sea más un espejismo demagógico que una realidad45.

Desde los años setenta el economista y posteriormente minis-


tro de Hacienda José Antonio Ocampo señaló la insignificancia de
la representación sindical en los organismos sociales del Estado:

La capacidad de concertación con el gobierno y los patro-


nos es débil, como también lo es el eco que tienen entre ellos

44
Fernando Carvajal, Revista de la ENS, N 2 20, diciembre de 1990, p. 18.
45
Revista de la ENS, N2 15, mayo de 1989, editorial.
t 82 ] ALVARO DELGADO

sus demandas. Pero, a decir verdad, el precario protagonismo


de los trabajadores y su poca capacidad de concertación no sólo
se explican por sus limitaciones; también por la carente voca-
ción de concertación del propio Estado y los patronos, quie-
nes siempre se han reservado el derecho de establecer por
cuenta propia políticas que competen a los trabajadores. Cla-
ra evidencia de esta actitud es el papel y alcance del Consejo
Nacional Laboral, el cual fue reducido a simple proponente
de los acuerdos a que se llegue en él, y la actitud de los patro-
nos de negarse a negociar cualquier punto que haga relación
al conocimiento y administración de los asuntos de la empre-
sa, actitud inconsistente con su reiterado propósito de consti-
tuir en las empresas círculos de calidad o participación46.

Y no es que los líderes sindicales no hayan hecho esfuerzos


reales por aclimatar la concertación en nuestro medio. Las opi-
niones de varios dirigentes sindicales, que a mediados de 1995
hacían parte del "sector democrático" de la CUT, opuesto a las
posiciones extremistas de izquierda, p u e d e n ser útiles para en-
trever los cambios operados en las cúpulas sindicales respecto
de la concertación y la confrontación en los conflictos de tra-
bajo:

No podemos llegar a la movilización por la movilización


[...] Los trabajadores en sus luchas deberían fijarse objetivos
posibles de conseguir. La tesis aquella de exigir mucho para
agarrar un poco, atrincherados en la beligerancia de las bases
así fuera por cañar, quedó en el pasado. Hoy estamos frente a
una sociedad tan pragmática, que no resiste presiones de ese

46
Norberto Ríos, Revista de la ENS, N2 25-26, agosto de 1992, p. 67.
Las nuevas relaciones de trabajo en Colombia í 83 ]

tipo [...] es necesario encontrar los caminos para brindarle al


país propuestas alternativas de desarrollo y democracia47.

En el lado empresarial el optimismo tampoco ha sido la nota


sobresaliente, aunque también han aparecido actitudes de re-
flexión. Un economista de la Universidad Javeriana y consultor
de empresas discurre al respecto de la siguiente manera:

¿Existe la confianza en las relaciones laborales? Mucho me


temo que no. Los síntomas, uno de los cuales paradójicamente
es la existencia de pactos laborales, así lo evidencian en la ma-
yoría de las empresas, pese a los cacareados avances para alcan-
zar técnicas de gestión más participativas [...] Lo que se tiene
finalmente es una situación en la cual las partes, antes que acep-
tar y entender el razonamiento del contrario, dirigen sus esfuer-
zos hacia el ablandamiento del adversario [...] ¿Alternativas? [...]
una primera opción sería la de intentar modificar los paradigmas
y actitudes de las partes involucradas. Para ello, en primer lu-
gar, tanto patronos como trabajadores deben tener siempre pre-
sente que la negociación de un pliego de peticiones no es el con-
flicto laboral propiamente dicho sino un síntoma de éste. El
conflicto laboral hace parte por definición de la esencia y razón
de ser de las empresas. No aparece como por arte de magia
cuando se inicia la discusión de un pliego y se esfuma una vez se
logra un acuerdo. El pliego como tal es solo uno más de los as-
pectos en los que se manifiesta la imperfección de las relaciones
laborales [...]48.

47
Voz, octubre 11, 1995, p. 12. Glosa sobre el Tercer Congreso de la CUT, en pre-
paración (entrevista con Orlando Obregón, Héctor Fajardo, Domingo Tovar y Carlos
Rodríguez). Los líderes no podían ir más allá de esas apreciaciones porque apenas
dos meses más tarde Obregón ya sería ministro de Trabajo del presidente Samper.
48
Miguel Alvaro Mejía. El Espectador, marzo 8, 1998, p. 4B.
[84] ALVARO DELGADO

Repitiendo momentos de los años sesenta,

La Asociación Nacional de Industriales (ANDI) propuso un


nuevo modelo de relaciones laborales que permita la adopción
de esquemas gerenciales modernos, basados en una actitud de
colaboración entre la empresa y sus trabajadores y de solidari-
dad entre el empresario y su comunidad. "La realidad econó-
mica mundial nos exige crear esquemas distintos en materia la-
boral. Los trabajadores no pueden ser simples espectadores del
proceso de globalización, porque está de por medio la perma-
nencia o la liquidación de la empresa y, con ella, la del vínculo
laboral", dijo el presidente del gremio, Luis Carlos Villegas, al
intervenir en la conmemoración de los 15 años de fundación
de la Escuela Nacional Sindical (ENS)49.
Villegas Echeverri advirtió que cada vez es más difícil soste-
ner un modelo de confrontación permanente, cuando la amena-
za real no son los empresarios o los trabajadores, los gremios o
los sindicatos, sino un Estado ineficiente, corrupto y dientelizado
y una competencia internacional de bienes y servicios de terce-
ros países, los cuales trabajan en equipo. "El nabajo en equipo
debe sustituir al conflicto", dijo el presidente de la ANDI.
Sostuvo que la búsqueda continua de estrategias y meca-
nismos que incentiven y promuevan la productividad y la
competitividad no es una opción que pueda escoger o no la
comunidad empresarial, sino que es la única alternativa para
cimentar y mantener la presencia en los mercados nacional e
internacional. Por su parte, el presidente de la cux, Luis Eduar-
do Garzón, le planteó a la ANDI la conveniencia de formular,
en forma conjunta, propuestas sociales sin que haya necesidad
de dejar de lado sus propias diferencias gremiales. Garzón su-

El Colombiano, octubre 30, 1997, p. IB.


Las nuevas relaciones de trabajo en Colombia í 85 ]

girió estudiar los problemas de la calidad del empleo, de la


intermediación y la crisis del sector agrario, y expresó que tanto
los industriales como los trabajadores tienen cosas comunes
para actuar.

Un editorial del principal diario del empresariado antioqueño


comentó al día siguiente:

Tanto los trabajadores, representados en las tres centrales


obreras, como los empresarios, aglutinados en la Asociación
Nacional de Industriales (ANDI), están conscientes de que el país
necesita desarrollar una nueva cultura en las relaciones labo-
rales. Esta iniciativa no es novedosa en Colombia, pues hace
casi tres años, en forma tripartita, las centrales, el Ministerio
de Trabajo y el Departamento Nacional de Planeación impul-
san el proyecto Nueva Cultura de las Relaciones Laborales, el
cual ha contado con el apoyo de la ANDI [...]
Ajuicio de la ANDI, esta nueva cultura debe generar con-
ductas o actitudes que permitan a los empleadores y a la masa
laboral establecer sus relaciones en un ambiente de diálogo y
de entendimiento, privilegiando la cooperación, la consulta y
el intercambio de información y desvalorizando el esquema tra-
dicional de confrontación50.

Algunos de los asuntos tocados por el presidente de la CUT


habían sido comentados poco antes por los investigadores de
la ESN. Un estudio de Héctor Vásquez planteaba:

En nuestro medio los sindicatos han tendido a asociar la


productividad con mayores incrementos de la explotación y de
la intensificación del trabajo, y por ello siempre ha habido mu-

El Colombiano, octubre 31, 1997, p. 4A, editorial.


[ 86 ] ALVARO DELGADO

cha resistencia para que se involucren con aquellas iniciativas


de las empresas que se proponen mejorar los niveles de produc-
tividad. Esta conducta tiene relación con el hecho de que la
mayoría de las empresas no han desarrollado una cultura de la
productividad y desconocen los diversos factores que la compo-
nen, por lo que muchas de las estrategias empresariales se cen-
tran predominantemente en solo uno de sus factores, la fuerza
laboral, intensificando su explotación a expensas de la calidad
de vida de los trabajadores y de las condiciones de su trabajo.
La solución real del problema reside en poner en marcha
una estrategia enderezada a compartir los resultados; u n cam-
bio en la cultura de las relaciones laborales que las sitúe en el
plano de la cooperación para la solución conjunta de los pro-
blemas; un cambio en la contratación colectiva, para que "to-
dos ganen", y finalmente la realización de programas de capa-
citación, educación e investigación.
Un modelo así supone la existencia de actores fuertes - e m -
presas y sindicatos- que compartan altos niveles de informa-
ción sobre todos los factores que intervienen en el proceso de
trabajo: financieros, productivos, económicos, laborales, tec-
nológicos, etc., en medio de un ambiente de respeto, recono-
cimiento y confianza recíproca 51 .

I m p r e s i o n e s p a r e c i d a s h a b í a n c a p t a d o las i n v e s t i g a c i o n e s
r e a l i z a d a s p o r A n i t a Weiss y su e q u i p o del D e p a r t a m e n t o d e So-
ciología d e la U n i v e r s i d a d N a c i o n a l 5 2 .

51
Revista de la ENS, N 2 41, octubre de 1996.
52
Véase Proyecto "Condiciones de trabajo en la industria colombiana", docu-
mentos de trabajo N— 1 a 3, 1990; Anita Weiss, La empresa colombiana, entre la
tecnocracia y la participación, 1994.
Las nuevas relaciones de trabajo en Colombia [ 87 .

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46.
Martha Cecilia García

LUCHAS Y MOVIMIENTOS CÍVICOS EN COLOMBIA


DURANTE LOS OCHENTA Y LOS NOVENTA,
TRANSFORMACIONES Y PERMANENCIAS

... El movimiento cívico ha venido en un proceso que dista mucho


de lo que se llama espontáneo, ha venido organizándose, ha venido
coordinándose... Claro está, y es bueno que se tenga en cuenta, que los
actos espontáneos siguen ocurriendo, que los paros explosivos también
se siguen dando... porque la dinámica social es de tal naturaleza, los
problemas son tan angustiantes y de tal envergadura y el conjunto de
la población ha tomado tal conciencia de sus necesidades y de que es a
través del paro cívico y de las movilizaciones como consiguen (satisfa-
cerlas) ...

Ramón Emilio Arcilaf.


REFLEXIONES SOBRE EL CONJUNTO DE LOS MOVIMIENTOS CÍVICOS

Las palabras del líder del Movimiento Cívico del nordeste antio-
queño, pronunciadas en el Coloquio sobre Alternativas Popula-
res en Colombia, en 1987, resumen parte del tema de esta po-
nencia, que abordará, en un primer momento, los enfoques más
representativos desde los cuales se han analizado las luchas y
movimientos cívicos en el país durante las tres últimas décadas 1 ;
el segundo p u n t o tratará sobre la crisis de los movimientos cívi-
cos en los años noventa y el tercero intentará explorar algunas
razones de la persistencia de las luchas cívicas, a pesar de dicha
crisis.

1
Una revisión detallada de las tendencias analíticas de luchas y movimientos
cívicos en Colombia en la ponencia presentada al ni Seminario de la Asociación
Colombiana de Investigadores Urbanorregionales, ACIUR, Bogotá, marzo del 2000.
Luchas y movimientos cívicos en Colombia [ 89 ]

PUNTOS DE PARTIDA PARA EL ANÁLISIS

Antes de entrar en materia, aclaremos el tema central de nues-


tro trabajo:
Definimos las luchas cívicas como acciones colectivas prota-
gonizadas por pobladores urbanos, con la intención de expre-
sar en el escenario público sus demandas sobre bienes y servi-
cios urbanos, respeto a los derechos fundamentales, ampliaciones
democráticas y participación en el manejo de sus destinos como
colectividad, y presionar respuestas eficaces de las autoridades
municipales, departamentales y nacionales.
Los movimientos cívicos, según los definió Javier Giraldo2,
son un conjunto de acciones colectivas, coordinadas por un gru-
po relativamente estable, espaciadas en un tiempo prolongado,
con objetivos reivindicativos o propositivos que tienden a la sa-
tisfacción de demandas sociales de un amplio sector poblacional.
Los movimientos cívicos no son simples aparatos organizativos
ni restringen su acción a un paro o a una movilización, aunque
se forman y desarrollan a través de luchas y conflictos.
Mientras los movimientos cívicos son estructurales, continuos
y orgánicos, las luchas cívicas constituyen una forma de acción
reivindicativa y de participación, pero no son necesariamente
expresión de una forma organizativa ni implican una propuesta
de solución a las demandas que plantean. Por tanto, cuando nos
refiramos a luchas no deben entenderse como movimientos so-
ciales, aunque pueden ser una de sus expresiones.
El adjetivo cívico fue acuñado por los participantes en estas
luchas con la pretensión de legitimarlas frente a los poderes es-
tatales -que las tildaban de subversivas-, de sustraerlas de la

2
Javier Giraldo, "La reivindicación urbana". Controversia, N— 138-139. Bo-
gotá: Cinep, 1987.
[ 90 ] MARTHA CECILIA GARCÍA

acción de los partidos políticos y de la guerrilla, y de mostrarlas


ajenas a una clase social específica, destacando el carácter gene-
ral y legítimo de sus exigencias. Pero este apelativo es proble-
mático porque no termina de precisar el contenido mismo de la
lucha o del movimiento que califica; lo hace por la vía negativa:
no partidista, no político, no subversivo, no clasista, a diferen-
cia de otras luchas o movimientos que son calificados por los
sujetos que los dinamizan (obrero, campesino, estudiantil, juve-
nil, de mujeres) o por la dimensión básica que les otorga identi-
dad (cultural, de género, étnica).
Habiendo hecho la anterior aclaración, asumimos la afirma-
ción de Giraldo según la cual lo cívico expresa que quien plan-
tea las reivindicaciones es el ciudadano como tal, no en cuanto
miembro de entidades gremiales, corporativas o políticas sino
como usuario de los servicios del Estado; de tal manera, las ac-
ciones cívicas reivindican los derechos del ciudadano.
En las luchas y movimientos cívicos el Estado se ve como ad-
versario y garante a la vez. Garante de bienes y servicios colecti-
vos, y adversario, porque niega o recorta los derechos de los habi-
tantes de localidades y regiones como parte de la nación, poniendo
en evidencia formas de exclusión que cuestionan el pretendido
carácter del Estado como representante del interés general.

LA LECTURA DE LOS AÑOS DORADOS DE LOS MOVIMIENTOS CÍVICOS

Las luchas cívicas han estado presentes en nuestra historia y han


cobrado mayor relevancia en las tres últimas décadas. Es inne-
gable que el paro cívico nacional del 14 de septiembre de 1977
contribuyó en gran medida a desencadenar el interés académi-
co -y político- sobre este tipo de fenómenos3.

3
De ello dan cuenta; Alvaro Delgado, "El paro cívico nacional", en Estudios
Marxistas, N 2 15, Bogotá, 1978, pp. 58-115. Andrés Hoyos, "Paros cívicos: de
Luchas y movimientos cívicos en Colombia [ 91 ]

En sus comienzos, la reflexión teórica y metodológica se


centró en la cuantificación de las principales características que
revestían estas protestas (reivindicaciones, participantes y diri-
gentes, respuestas oficiales), en la ubicación espacial del fenó-
meno, en la determinación de su trayectoria, sus causas estruc-
turales y su impacto en el cambio social.
Los estudios pioneros sobre el tema4, siguiendo la tradición
marxista, definieron el paro cívico como una forma peculiar de
"huelga de masas", subsidiaria de las luchas del movimiento
obrero, con carácter democrático por sus exigencias y por la
amplia participación de masas.
Luego se introdujeron núcleos problemáticos como la base
territorial de las motivaciones de estas movilizaciones5, encami-
nadas, en su mayoría, a obtener el suministro de valores de uso
colectivo, cuyo consumo tiene una base territorial, y la dimen-
sión regional de los conflictos6.
Del análisis de las luchas cívicas se pasó al de los movimien-
tos cívicos, dado el florecimiento de éstos durante la década de

Rojas al 14 de septiembre. Notas sobre el paro cívico como forma de lucha de


masas", en Teoría y Práctica, N— 12-13, Bogotá, octubre de 1978, pp. 81-92. Óscar
Delgado, El paro popular del 14 de septiembre de 1977'. Bogotá: Latina, 1978. Arturo
Alape, Un día de septiembre. Testimonios del Paro Cívico Nacional, 1977, Bogotá:
Armadillo, 1980.
4
El primer estudio fue el de Medófilo Medina: "Los paros cívicos en Colom-
bia (1957-1977)", en Estudios Marxistas, N 2 14, Bogotá, 1977, pp. 3-24, seguido
por los mencionados en la nota anterior, más Jaime Carrilllo, Los paros cívicos
en Colombia, Bogotá: Oveja Negra, 1981 y Elizabeth Ungar, "Los paros cívicos
en Colombia 1977-1980", Bogotá: Uniandes, 1981.
a
Samuel Jaramillo, "Apuntes para la interpretación de la naturaleza y de las
proyecciones de los paros cívicos en Colombia", en Carrión Diego y otros (comp.),
Ciudades en conflicto. Poder local, participación popular y planificación en las ciudades
intermedias de América Latina, Quito: El Conejo/Ciudad, 1986, pp. 269-282.
6
Contribución de Luz Amparo Fonseca ("Los paros cívicos en Colombia", en
Desarrollo y Sociedad. Cuadernos CEDE, N 2 3, Bogotá: Uniandes, 1982, pp. 17-30),
ampliamente trabajada en los estudios sobre movimientos cívicos.
[ 92 ] MARTHA CECILIA GARCÍA

los ochenta y el auge de la teoría de los movimientos sociales


urbanos, de corte neomarxista, desarrollada por Manuel Castells,
Jean Lojkine y Jordi Boja.
Los diversos enfoques7 desde los cuales se interpretaron las
luchas cívicas, durante los setenta y ochenta, coincidieron en afir-
mar que su aparición y florecimiento en el contexto nacional se
debía a la incidencia de factores estructurales como el desequi-
librio regional, la concentración urbana, el deterioro del ingre-
so de las mayorías, la centralización del poder estatal, el cons-
treñimiento político causado por la alternación bipartidista
durante el Frente Nacional que, al tildar como subversivas las
expresiones de oposición y las acciones reivindicativas, ocluyó
los canales de expresión de demandas sociales y de negociación
con el Estado; el proceso de militarización del Estado, y como
causas coyunturales, el abandono de políticas correctivas de la
desigualdad regional, la crisis de entes gubernamentales regio-
nales y locales, el severo programa de ajuste al que se vio some-
tido el país debido al crecimiento desmesurado de la deuda ex-
terna, que actuó en detrimento del gasto social.
De los análisis sobre causas estructurales y coyunturales, eco-
nómicas, sociales y políticas del surgimiento y fortalecimiento
de los movimientos cívicos, se pasó al planteamiento de su de-
ber ser como alternativa política, como poder popular con la
potencialidad de convertirse en la base institucional de un
contrapoder y llenar el vacío dejado por la incapacidad de los
partidos tradicionales y de la izquierda para ser los intermedia-
rios válidos de la población con las instancias de poder formal,
o como bases de una sociedad civil popular 8 .

7
Entre los que cabe señalar los de Medófilo Medina, de tradición marxista;
Pedro Santana, seguidor de Manuel Castells, y Javier Giraldo, de la escuela de
la sociología de la acción.
8
Francisco de Roux y Cristina Escobar, "Una periodización de la moviliza-
ción popular en los setenta", en Controversia, N 2 125. Bogotá: Cinep, 1985;
Luchas y movimientos cívicos en Colombia [ 93 ]

A mediados de los ochenta, otro asunto cobró relevancia den-


tro de los estudios del tema: la dinámica interna y las particula-
ridades regionales de los movimientos cívicos; así, se iniciaron
estudios de caso y se les dio voz a sus protagonistas9, lo que aportó
al conocimiento de la naturaleza, composición, formas de par-
ticipación y liderazgo, organización, negociación, respuestas y
logros obtenidos por movimientos cívicos particulares.
El debate acerca de la descentralización fomentó los análisis
sobre la relación de los Movimientos cívicos con la reforma muni-
cipal, y algunos investigadores10 insistieron en que ésta no podía
explicarse al margen de las reivindicaciones formuladas por las
luchas y movimientos cívicos que, en el fondo, reclamaban refor-
masfiscalesy administrativas en los municipios y departamentos,
y planificación regional y local con participación comunitaria.
Por la misma época, otra línea de análisis, influida por la
sociología de la acción, se dirigió a investigar algunos elemen-

Orlando Fals Borda, "Movimientos sociales y poder político", en Estudios Políti-


cos, N 2 8, septiembre-diciembre, 1989, pp. 48-58; y "El papel político de los
movimientos sociales", en Revista Foro, N2 11, enero de 1990, pp. 64-74. Cami-
lo González, "Movimientos cívicos 1982-1984: poder local y reorganización del
poder popular", en Controversia, N2 121. Bogotá: Cinep, 1985. Jairo Chaparro,
"Los movimientos político regionales: un aporte para la unidad nacional", en
Gustavo Gallón (comp.), Entre movimientos y caudillos, 50 años de bipartidismo, iz-
quierday alternativas populares en Colombia. Bogotá: Cinep/Cerec, 1989, pp. 208-
226.
9
Estudios y talleres de sistematización de experiencias promovidos por el
Cinep a mediados de los ochenta. Algunas memorias en Alvaro Cabrera y otros,
Los movimientos cívicos, Bogotá: Cinep, 1986. Otras mimeografiadas se encuen-
tran en la biblioteca de la institución.
10
Como Pedro Santana ("Crisis municipal: movimientos sociales y reforma po-
lítica en Colombia", en Revista Foro N 2 1, septiembre de 1986, pp. 4-15. Versión
resumida del Capítulo rv de su libro Movimientos sociales en Colombia), Fabio
Velásquez ("Crisis municipal y participación ciudadana en Colombia", en Re-
vista Foro, N 2 1, septiembre de 1986, pp. 16-25 y "La gestión municipal: ¿para
quién?", en Revista Foro, N 2 11, enero de 1990, pp. 11-19) y Óscar Arango (Los
[ 94 ] MARTHA CECILIA GARCÍA

tos simbólicos y culturales11 de la acción reivindicativa, encon-


trando una relación de interdependencia entre los niveles espa-
ciales donde se producen las acciones cívicas y las instancias
antropológicas que predominan en ellas: en el nivel local se ins-
criben paros y luchas cívicas, en los cuales predomina la necesi-
dad sentida físicamente; en el nivel regional las reivindicacio-
nes urbanas se expresan en los movimientos cívicos, arraigados
en el afecto por la región, lo que no significa que desconozcan
las necesidades sentidas colectivamente. En el nivel nacional, las
reivindicaciones se expresan a través de foros, congresos y pro-
testas nacionales, que presentan un énfasis en un esfuerzo ra-
cional, al proponer soluciones factibles a los problemas comu-
nes que están en la base de las luchas reivindicativas.
Este análisis develó el carácter festivo y ritual que se presenta
durante las luchas cívicas cuando el comportamiento popular es
contestatario y cuestiona la acción del Estado. Se da una explo-
sión utópica porque en la protesta cívica existe el horizonte polí-
tico de construir una sociedad alternativa. Pero en el comporta-
miento político electoral de los sectores populares prima una
concepción pragmática, ya que para solucionar sus problemas de
supervivencia, dentro del establecimiento, "los caminos más efec-
tivos ... pasan por las intrincadas redes del gamonalismo y del
clientelismo"12, cuyas prácticas y pertenencia partidista identifi-
can el mundo de lo político. Esta discontinuidad en la conciencia
de las masas explica las contradicciones que se manifiestan en
distintos momentos de la actuación de los movimientos cívicos.
A comienzos de los noventa, y siguiendo también el marco
interpretativo de la sociología de la acción, se realizó un conjunto

movimientos cívicos y la democracia local. Pereira: Sindicato de Educadores de


Risaralda. Mimeo, 1986).
11
Javier Giraldo, op. cit.
12
Ibidem, p. 198.
Luchas y movimientos cívicos en Colombia [ 95 ]

de estudios regionales comparativos13 que encontró que la orien-


tación de sentido de los movimientos cívicos se edifica sobre un
doble objetivo: conseguir mejores condiciones de vida y adoptar
medios y procedimientos políticos que las garanticen, y que la
movilización social -particularmente la relacionada con servicios
básicos- es la manifestación de un complejo proceso de cambio
en la relación Estado-sociedad, en el cual se establecen nuevas
mediaciones entre ambos y se configuran actores locales, por
oposición al Estado, cuyo factor desencadenante es la acción "po-
sitiva" de éste, el montaje y ejecución de una determinada políti-
ca pública, hallazgos que controvierten anteriores explicaciones
acerca del surgimiento de luchas y movimientos cívicos que afir-
maban que eran respuestas a carencias materiales y a la incapaci-
dad estatal para satisfacerlas.
Más recientemente, se han realizado análisis históricos com-
parativos sobre distintos movimientos sociales en Colombia, que
permiten tener nuevas miradas acerca de la relación entre movi-
mientos cívicos y Estado.
Un conjunto de ellos14 señala que no existe una dinámica
homogénea de los movimientos sociales y, por el contrario, las
luchas que protagonizan son fragmentadas y, a veces, contradic-

13
Realizados por Clara Inés García en cuatro regiones de Antioquia: Bajo
Cauca, Oriente, Urabá y Suroeste, de los cuales están publicados: El Bajo Cauca
antioqueño. Cómo ver las regiones, Bogotá: Cinep, 1993; Urabá. Región, actores y
conflicto. 1960-1990, Medellín/Bogotá: Iner/Cerec, 1996 y "Características y di-
námica de la movilización social en Urabá", en La investigación regional y urbana
en Colombia. Desarrollo y territorio 1993-1997, Bogotá: DNP/Findeter/Aciur/Car-
los Valencia Editores, 1997, pp. 290-303. Otro estudio que compara la movili-
zación social de actores de dos regiones es el de María del Rosario Saavedra,
Desastre yriesgo.Actores sociales en la reconstrucción de Armero y Chinchiná, Bogotá:
Cinep, 1996.
14
Mauricio Archila, "Tendencias recientes de los movimientos sociales", en
Francisco Leal Buitrago (comp.), "En busca de la estabilidad perdida. Actores
políticos y sociales en los años 90". Bogotá: lEPRi/ColcienciasAercer Mundo,
[ 96 ] MARTHA CECILIA GARCÍA

lorias, propias de una sociedad civil y un Estado débiles y de la


persistencia de violencias que afectan la existencia de los acto-
res sociales. Además, existe una crisis de representatividad de
las organizaciones sociales que obedece a una tensión no resuelta
entre autonomía e inscripción partidista. Sin embargo, observa
dos tendencias en los movimientos sociales de los noventa: una
actitud prepositiva y de concertación, y la búsqueda de repre-
sentación política directa en ámbitos locales y, si bien ambas re-
presentan avances políticos, todavía queda un largo camino por
recorrer para la construcción de la democracia.
El otro estudio de conjunto15 encontró que al ritmo de las
transformaciones y continuidades políticas, económicas, socia-
les -sucedidas entre 1968 y 1988-, los movimientos campesino,
sindical y cívico oscilaron entre la integración institucional y la
ruptura violenta del orden dominante. Descubre que los prota-
gonistas de las luchas cívicas se afirman como actores sociales
en la búsqueda de su reconocimiento como ciudadanos, porque
su relación con el Estado y su pretensión de convertir en dere-
chos las propias reivindicaciones ha caracterizado a las luchas
cívicas. Pero el predominio en ellas de la acción directa sobre la
representación política las aproxima más a las prácticas desti-
nadas a imponer la propia subjetividad sobre la ciudadanía.
Durante los años ochenta la producción sobre el tema fue muy
amplia (análisis estructurales, coyunturales, artículos divulgativos

1995, pp. 251-301; "¿Utopía armada? Oposición política y movimientos socia-


les durante el Frente Nacional", en Controversia, N2 168, mayo 1996; "Protesta
social y Estado en el Frente Nacional", en Controversia, N s 170, mayo 1997 y
"Protestas cívico regionales durante el Frente Nacional. Cifras y Debates", en
La investigación regionaly urbana en Colombia..., pp. 266-289, 1997.
15
Leopoldo Muñera, Rupturas y continuidades. Poder y Movimiento popular en Co-
lombia, 1968-1988. Bogotá: lEPRl/Universidad Nacional, Facultad de Derecho,
Ciencias Políticas y Sociales/CEREC, 1998.
Luchas y movimientos cívicos en Colombia [ 97 ]

y propagandísticos, estudios de caso, sistematizaciones de expe-


riencias de los participantes en ellos) y aunque en los años no-
venta salieron a la luz sesudos estudios sobre el tema, que abren
las puertas para continuar el camino, ellos son escasos, mien-
tras abunda la producción sobre organizaciones y sectores so-
ciales específicos. Algunos investigadores16 han señalado que
ante la fragmentación social y las expresiones de la diversidad
de identidades e intereses, deben estudiarse primero las orga-
nizaciones para luego aventurarse en el "indefinido" mundo de
los movimientos sociales. La reflexión teórico-conceptual sobre
los movimientos cívicos ha languidecido, entre otras razones por-
que el objeto de estudio se ha invisibilizado. El propósito del
siguiente aparte es explorar algunos de los factores que han
contribuido a que esto sea así.

LA PÉRDIDA DEL FULGOR DE LOS MOVIMIENTOS CÍVICOS

Durante los decenios de los setenta y los ochenta, las luchas cí-
vicas se encaminaron a exigir de las autoridades la solución a
problemas colectivos agudos e inmediatos que, en su orden17,
estaban relacionados con servicios públicos domiciliarios y so-
ciales, protección de los derechos humanos y ampliaciones de-
mocráticas, infraestructura física y transporte, problemas am-
bientales, atención a desastres y damnificados, acciones de
solidaridad con otros sectores en conflicto, gestiones adminis-

16
Entre ellos Rocío Londoño, Óscar Alfonso, Noriko Hataya, Samuel Jaramillo
y Gloria Naranjo.
Según los datos del Banco de Luchas Cívicas del Cinep, que cobija el perío-
do que va desde la administración de Belisario Betancur hasta la actual admi-
nistración de Pastrana, y los aportados por Mauricio Archila para el período
comprendido entre el Frente Nacional y agosto de 1982.
I 98 ] MARTHA CECILIA GARCÍA

trativas del orden municipal y departamental, alzas o nuevos im-


puestos, seguridad ciudadana y reordenamiento territorial.
En estas décadas, se presentó un deterioro de los salarios
reales y de la calidad del empleo y se eliminaron las subvencio-
nes a los productos de la canasta familiar, con el consecuente
aumento de precios.
En los ochenta, la gestión social estatal se vio fuertemente
afectada por los severos ajustes económicos impuestos por la
banca internacional, todos los componentes del gasto social per-
dieron participación dentro de la distribución del gasto públi-
co, salvo vivienda18, y las políticas públicas de los sectores socia-
les fueron cambiantes, y las decisiones, tímidas y dispersas19. Los
servicios públicos empezaron a manifestar síntomas de una pro-
funda crisis: baja calidad, lento crecimiento de la cobertura, un
acentuado desequilibrio espacial de las inversiones en infraes-

18
Educación pasó de 12,72% en 1980 a 10,85% en 1988; salud bajó de 5,23%
a 4,12%; seguridad social, de 3,13% a 2,0%; vivienda pasó de 3,13% en 1980 a
5,51% en 1984, y después cayó a 2,0%. Cálculos de Consuelo Corredor, Los lí-
mites de la modernidad, Bogotá: Cinep/Facultad de Ciencias Económicas, Uni-
versidad Nacional, 1992, p. 294.
19
En el sector educativo, las determinaciones legislativas se concentraron en la
educación superior, en la organización administrativa y financiera y en la admi-
nistración del personal docente, mientras las orientaciones de política se dirigie-
ron a ampliar la cobertura, especialmente en regiones y grupos de población
marginales, con logros inferiores a los obtenidos en las dos décadas anteriores y
con menores desarrollos en la calidad educativa. En salud hubo avances signifi-
cativos en el desarrollo de la atención básica, pero poco se progresó en cobertu-
ra. En el campo de protección y desarrollo de la infancia se ejecutaron progra-
mas con relativo éxito (campañas de vacunación, escuela nueva, guarderías,
servicios médicos preventivos) y el cuidado de infantes aumentó la cobertura pero
sus mecanismos de financiación fueron insuficientes. Juan Carlos Ramírez, "La
gestión social en los ochenta", en Luis Bernardo Flórez, Colombia. La gestión eco-
nómica estatal durante los 80's. Del ajuste al cambio institucional. Tomo i. Bogotá: CIID-
Canadá/ciD-Universidad Nacional de Colombia, pp. 318 y 336.
Luchas y movimientos cívicos en Colombia í 99 ]

tructura, débil situación financiera e ineficiencias operacionales


de las empresas responsables20.
Durante estos años, el Estado fue incapaz de cumplir con
algunas de sus funciones centrales como el control territorial, el
derecho de promulgar leyes y reglamentos de obligatorio cum-
plimiento para toda la sociedad, el monopolio del recaudo de
los tributos fiscales y el monopolio de la coerción física21. Ex-
presión de la precaria legitimidad del Estado colombiano es la
multiplicación de las violencias, de sus escenarios y de los acto-
res dispuestos a resolver todo conflicto con el uso de las armas
(guerrilla, paramilitares, narcotraficantes, grupos de limpieza
social, delincuencia común).
Como lo señaló Francisco de Roux22, muchas de las accio-
nes cívicas reivindicativas manifestaban la resistencia social ante
cambios económicos y en el aparato estatal, y eran expresiones
de movimientos cívicos que luchaban por abrir canales de inter-
mediación con el Estado -ante la incapacidad de los partidos
políticos para ejercerla-, por obtener su reconocimiento y por
tener injerencia en él.
A mediados de los ochenta se inició el proceso de descen-
tralización y se expidió la reforma municipal, con la cual se pre-
tendía dar mayor autonomía política, fiscal y administrativa a
los municipios frente al Estado central, y, a su vez, acercar la ad-
ministración al ciudadano para que éste se vinculara directamen-

20
Gabriel Turbay, "La gestión estatal en los servicios públicos: reorganización
institucional y políticas de ajuste en el sector de agua potable y saneamiento
básico, 1985-1992", en Luis Bernardo Flórez, Colombia. La gestión económica es-
tatal... tomo II, pp. 185 y 193.
21
Medófilo Medina, "Dos décadas de crisis política en Colombia, 1977-1997",
en Luz Gabriela Arango (comp.), La crisis sociopolítico colombiana: un análisis no
coyuntural de la coyuntura, Bogotá: Observatorio Sociopolítico y Cultural, CES,
Universidad Nacional/Fundación Social, 1997, pp. 31-42.
22
Francisco de Rouxy Cristina Escobar, "Una periodización de la movilización...".
[ 100 ] MARTHA CECILIA GARCÍA

te a la solución de sus problemas, para que interviniera en las


decisiones que afectan sus condiciones sociales de existencia, lo
que tendría como corolario el control de la protesta social.
Las elecciones de autoridades locales y los espacios de par-
ticipación en la vida municipal fueron aprovechados por los
movimientos cívicos que habían acumulado experiencia en la
movilización y en la negociación de sus conflictos, las cuales les
dieron la posibilidad de definir plataformas mínimas electora-
les. Era el momento propicio para dar el paso de la protesta a la
propuesta, como lo sugirió el líder del Movimiento del Oriente
Antioqueño, Ramón Emilio Ardía. Desde las administraciones
municipales se podría dar respuesta a las necesidades sentidas
por la población y expresadas a través de sus luchas. Y como lo
observó Pedro Santana, la sorpresa de las primeras elecciones
de alcaldes en marzo de 1988 fue la importante votación obte-
nida por candidatos a alcaldías y concejos pertenecientes a mo-
vimientos cívicos locales o regionales, pero ante la carencia de
una estructura política que les brindara apoyo nacional o regio-
nal, el mayor reto que debían enfrentar estos movimientos en la
administración local era que los dejaran gobernar23. A algunos
no se les permitió de entrada. Tanto la contienda electoral como
el primer período de alcaldes elegidos por voto popular se de-
sarrollaron en medio de una escalada de violencia que contri-
buyó en gran medida a la aniquilación de la Unión Patriótica24,

23 p e c j r o Santana, "Los movimientos cívicos: el nuevo fenómeno electoral", en


Revista Foro, N 2 6, j u n i o de 1988, p . 6 1 .
24
"En 1986 la UP ganó 9 cumies en el Congreso y 3 suplencias; 10 cumies y 4
suplencias en Asambleas departamentales y 350 concejales. En 1988 obtuvo 18
alcaldes populares, 13 diputados y 5 suplentes en las Asambleas y un buen
número de concejales. De estos funcionarios elegidos popularmente han sido
víctimas de la violencia 3 senadores, 3 representantes, 6 diputados, 89 conceja-
les, 3 candidatos a alcaldía y un exalcalde, además de sus dos candidatos presi-
denciales", Rodrigo Uprimny, citado por Leopoldo Muñera, op. cit., p. 278.
Luchas y movimientos cívicos en Colombia [ 101 ]

golpeó severamente a los movimientos cívicos25 y también alcan-


zó a los partidos tradicionales26.
Los últimos años de la década del ochenta fueron aciagos
para los movimientos cívicos y para las expresiones de protesta
social que disminuyeron en números absolutos, entre otras ra-
zones, por las expectativas de los pobladores frente a la gestión
de los alcaldes recientemente elegidos, por la represión27 y la
intimidación derivada de las prácticas terroristas, pero mostró
indicios de fortaleza y unidad de diversos sectores28.

25
Entre enero de 1988 y octubre de 1991 fueron asesinados 66 miembros de
organizaciones cívicas, 7 desaparecieron, 19 fueron amenazados, 1 torturado y
1 detenido, según el Banco de Datos de Derechos Humanos del Cinep.
26
Durante la época preelectoral de 1988 fueron asesinados 9 candidatos a Con-
cejos, 5 a Alcaldías y 1 a Asamblea pertenecientes a la Unión Patriótica; 4
candidatos a Concejos y 3 a Alcaldías del Partido Liberal y 2 candidatos a alcal-
días socialconservadores. "El preludio violento de la elección de alcaldes", en
El Espectador, 13 de marzo de 1988, p. 8A.
27
En enero de 1988 se expidió el Estatuto Antiterrorista como respuesta a la
actuación permanente del paramilitarismo y del sicariato, gracias al cual "no
sólo narcotraficantes y guerrilleros, sino también simples estudiantes y mani-
festantes tirapiedra fueron susceptibles de ser juzgados como peligrosos terro-
ristas", afirma Iván Orozco (Combatientes, rebeldes y terroristas. Guerra y derecho en
Colombia, Bogotá: lEPRi/Universidad Nacional/Temis, 1992, p. 54). Pero fue in-
eficaz ante la criminalidad paramilitar. Los asesinatos colectivos y selectivos de
campesinos, líderes sindicales y cívicos, dirigentes políticos, miembros de or-
ganismos de derechos humanos, intelectuales, atentados dinamiteros contra
personalidades o población civil se acrecentaban día a día.
28
Se presentaron las marchas campesinas de la costa norte y del nororiente,
exigiendo protección a los derechos humanos y el cumplimiento de los pactos
firmados el año anterior en el Paro Regional del Oriente; paros cívicos en
Tumaco, Pasto y Riohacha reclamando servicios públicos, y los sindicatos con-
vocaron a huelga general. Hubo una mayor permanencia de los paros en Urabá
y Barrancabermeja, que expresaban la resistencia ante el militarismo y la de-
fensa del derecho a la vida. Ésta se convirtió en reivindicación fundamental y,
en ocasiones, exclusiva de múltiples acciones cívicas, superando en número a
las tradicionales demandas por servicios públicos y sociales e infraestructura
física.
[ 102 ] MARTHA CECILIA GARCÍA

A la violencia estatal y paraestatal se sumaron otros factores


que contribuyeron a cercenar las perspectivas políticas de los
movimientos cívicos, entre ellos, la acérrima oposición de ba-
rones regionales, la baja capacidad administrativa, la incapaci-
dad fiscal municipal y la escasez de recursos -a pesar de las trans-
ferencias desde el sector central- para atender el cúmulo de
funciones que en adelante debía cumplir el municipio; el largo
y tortuoso proceso de ajuste institucional, la corrupción y el
clientelismo. Y qué decir de la baja participación ciudadana en
la vida pública. Al respecto, Fabio Velásquez29 señala que durante
el gobierno de Barco el desarrollo de la reforma municipal se
caracterizó por el control político de la participación ciudada-
na y por la aplicación de una especie de "ley del embudo" en la
reglamentación de leyes y decretos, con un propósito definido:
limitar el alcance de las transformaciones y evitar de esa mane-
ra que la reforma se convirtiera en una fuente de poder alter-
nativo para las clases subalternas y sus organismos de repre-
sentación social y política. Pero, de otra parte, la mayoría de
la población no tenía tradición de participación activa y
propositiva en los asuntos públicos. Aun quienes simpatizaban
o hacían parte de los movimientos cívicos mostraron grandes
dificultades para desempeñarse en la administración munici-
pal y en los espacios institucionales de participación. Ello fue
una muestra fehaciente de la discontinuidad que existe entre la
acción reivindicativa y la acción política. Leopoldo Muñera30 afir-
ma que el apartidismo de los movimientos cívicos, la prepon-
derancia de la acción directa como forma de manifestación po-
pular y la naturaleza de sus reivindicaciones relegaron el discurso

Fabio Velásquez, "La gestión municipal: ...", p. 12.


Leopoldo Muñera, op. cit., p. 454.
Luchas y movimientos cívicos en Colombia í 103 1

político explícito y argumentativo a un lugar secundario den-


tro de su praxis.
Si aceptamos la hipótesis de que los movimientos cívicos y
sus luchas tuvieron una alta injerencia en la reforma municipal,
hay que decir que ella se constituyó, a su vez, en un factor de
desarticulación de los movimientos regionales. El énfasis pues-
to en lo local fue desdibujando la idea de región como territo-
rio donde se expresa la imbricación de los conflictos y las diná-
micas sociales, que despierta entre sus habitantes el sentimiento
de pertenencia a ese lugar, y que había sido construida al fragor
de las luchas cívicas. Había que atender las competencias y fun-
ciones recientemente asignadas al municipio, había que impul-
sar los procesos de planeación participativa del desarrollo local,
velar por la ejecución de proyectos en el territorio municipal.
Los asuntos de carácter regional quedaban en manos de las cor-
poraciones autónomas o de los debilitados departamentos. Muy
pocos movimientos cívico regionales continuaron siendo tales
en pos de propósitos que fueran más allá de los límites político-
administrativos de sus municipios.
Pero entonces, ¿qué quedó de los movimientos cívicos de los
setenta y ochenta? ¿Cuáles fueron sus logros? Qué legado nos
dejaron?
Los movimientos cívicos en su práctica ayudaron a poner en
evidencia que la tramitación de las demandas sociales de un grue-
so de la población no pasaba por los partidos políticos y que el
Estado colombiano no era el representante del bien común. Esto,
que resulta una verdad de Perogrullo para ciertos sectores so-
ciales, era desconocido para grupos tradicionalmente atados al
clientelismo, acostumbrados al intercambio de favores con los
políticos locales de turno. Gracias a su participación en eleccio-
nes locales, se menguó el miedo -que no la desconfianza- a la
representación y a la representatividad política, y se contribuyó
a crear una reducida franja de voto independiente.
[ 104 ] MARTHA CECILIA GARCÍA

De otra parte, y como lo observa Muñera31, los movimien-


tos cívicos intentaron rehacer el tejido social de las regiones y
ciudades colombianas, en medio de escenarios donde se conju-
gan tantas violencias32 y, gracias a sus acciones y confrontacio-
nes, fueron construyendo identidades territoriales33, contribu-
yeron a crear identidades étnicas y culturales34 y, según descubre
Clara Inés García35, en algunas regiones, la construcción social
de lo público se fue haciendo dentro de los conflictos, donde
los cívicos fueron preponderantes.

31
Op. cit, p. 435.
32
Pero en el intento perdieron la vida muchos de los líderes de los movimien-
tos cívicos otrora fuertes, con amplia capacidad de movilización y de propues-
ta. Es el caso del Movimiento del Oriente Antioqueño, del cual han sido asesi-
nados sus mejores líderes y miembros. Hoy la región está siendo disputada por
actores armados de diverso signo. La fuerza de las armas se impuso allí sobre la
fuerza de la acción social. El 28 de abril del 2000 las administraciones de los 23
municipios de la región hicieron paro para pedir que los gobiernos departa-
mental y nacional intervengan en la solución de sus problemas de orden públi-
co (secuestros, amenazas, asesinatos de parte de guerrilla y paramilitares).
33
No se refieren únicamente a un espacio geográfico, sino a un ámbito social
específicamente delimitado, donde se expresan unas relaciones de producción,
una forma de aplicar la tecnología a la naturaleza, una tradición cultural, una
red de relaciones de poder, una historia y una práctica cotidiana. El territorio
es mucho más que sus características físicas y ecológicas; simboliza también la
historia que ha transcurrido en él.
34
Es necesario hacer la distinción entre movimientos cívicos y movimientos
étnicos y culturales. En estos últimos, identidad y oposición se definen por la
existencia de valores y rasgos culturales específicos y distintivos del grupo y no
por su residencia territorial compartida, referente básico para la construcción
de la identidad del movimiento cívico. La homogeneidad étnica o la fuerza de
las tradiciones culturales pueden facilitar la cohesión de un movimiento regio-
nal, pero no son condiciones necesarias para su surgimiento. Los movimientos
cívicos tienen contenidos étnicos y culturales pero no son su rasgo definitorio,
así como lo territorial no define los movimientos étnicos o culturales.
35
Clara Inés García, El Bajo Cauca antioqueño...
Luchas y movimientos cívicos en Colombia í 105 ]

Y LA LUCHA CONTINÚA

Recién inaugurada la última década del siglo se llevó a cabo la


Asamblea Nacional Constituyente, cuya convocatoria fue enten-
dida como un paso hacia la creación de un nuevo pacto fun-
dacional, que abarcaría la reestructuración de las esferas social
y política, la reorganización estatal y reconocimientos y acuer-
dos entre etnias, regiones y sectores sociales, para asegurar una
democracia estable y legítima. La aparición, en la arena políti-
ca, de grupos sociales hasta ese momento invisibles y la partici-
pación ciudadana -tradicionalmente excluida del ámbito legis-
lativo- en la formulación de la nueva Constitución generaron
esperanzas en un proceso democratizador36.
Sin desconocer que la Constitución del 91 rige la vida social
y política del país, queremos resaltar algunos aspectos que son
de suma importancia para la vida de la gente común: la nueva
carta fundamental le confirió centralidad a la participación de
la ciudadanía en los asuntos públicos, ampliando los espacios y
mecanismos a través de los cuales ella podía expresarse; privile-
gió el gasto social; profundizó el proceso de descentralización
al ampliar las competencias de las entidades territoriales y las
vías para fortalecer sus fiscos. Pero quizás lo más relevante para
el ciudadano corriente, como afirma Hernando Valencia Villa,
es la carta de derechos37 civiles y políticos, sociales, económicos,

36
Aunque los movimientos cívicos que aún pervivían habían logrado generar
-a través de sus acciones reivindicativas- algunos acuerdos básicos sobre el
desmonte del bipartidismo, la apertura a la participación cívica en instancias
de poder, el reordenamiento territorial, garantías efectivas para los derechos
civiles y de las minorías, reformas al proceso electoral, y aunque participaron
activamente en eventos previos a la asamblea, carecieron de representación en
la Constituyente, entre otras razones, porque no tuvieron iniciativas coheren-
tes y porque entre ellos se presentó rapiña por los puestos de representación.
37
84 artículos que incluyen más de 75 derechos, libertades y garantías; esta-
blecen distinciones entre derechos civiles y políticos o fundamentales, derechos
[ 106 ] MARTHA CECILIA GARCÍA

culturales y colectivos por la influencia que tiene en su vida co-


tidiana, en los microproblemas que configuran su existencia
concreta.
Pero la reforma constitucional corrió pareja con la profundi-
zación de la apertura económica, sobre líneas divergentes; de
ahí que los desarrollos legislativos de la Constitución se hayan
debatido entre atender los requisitos del libre mercado, de una
parte, y ampliar la democracia y consolidar el Estado social de
derecho, de otra.
Y las acciones gubernamentales de la década contribuyeron
a desdibujar buena parte de las esperanzas fincadas en la nueva
Constitución. La credibilidad en el sistema político no ha aumen-
tado, su transformación está lejos de darse. Ha sido patente la
incapacidad de las administraciones que ocupan la década de
los noventa para resolver los problemas sociales y políticos del
país. La legitimidad gubernamental ha sido puesta en tela de
juicio en varias ocasiones. Los derechos y garantías ciudadanos
han sido permanentemente conculcados y la violencia política
se exacerbó. Las masacres y asesinatos selectivos han sido pan
de cada día, las desapariciones forzadas se volvieron colectivas,
los éxodos se incrementaron, las formas civiles de protesta se han
reprimido violentamente, la presencia y acciones guerrilleras y
paramilitares han sembrado miedo en muchas regiones, la con-
frontación bélica entró en auge y la militarización de ciertas zonas
derivó en violaciones de libertades y garantías.

sociales, económicos y culturales, y derechos colectivos o de tercera generación;


a la paz, al medio ambiente, al espacio público, al desarrollo, a la participa-
ción, a los servicios públicos (salud, seguridad social, vivienda, cultura, recrea-
ción y deporte, ciencia y tecnología que se convierten en derechos subjetivos u
obligaciones del Estado). Hernando Valencia Villa, "Constitución de 1991: la
carta de derechos", en Análisis Político, N 2 13, mayo-agosto de 1991, pp. 73 y
74.
Luchas y movimientos cívicos en Colombia [ 107 ]

La política social de los noventa fue en contravía del enfo-


que de derechos planteado en la nueva constitución y, más bien,
obedeció a criterios de asistencialismo y discrecionalidad políti-
ca, con lo cual se fortaleció el clientelismo y la estigmatización
de la pobreza. Fue residual al manejo macroeconómico, primó
el enfoque monetarista y los equilibrios fiscal, comercial y de la
balanza de pagos. Se le dio prioridad al presupuesto de guerra,
al financiamiento de la burocracia y al pago de la deuda exter-
na. La participación se restringió a la ejecución de programas,
quedando por fuera la concertación para el diseño de políticas,
la asignación de recursos, el seguimiento y la evaluación. La con-
sulta de los planes de desarrollo fue protocolaria y carente de
capacidad de decisión. A través de los programas de la presiden-
cia, los fondos de cofinanciación y los recursos manejados por
ministerios e instituciones descentralizadas se siguió teniendo
un férreo control central de la inversión social y se utilizaron con
el fin de crear lealtades políticas, hacer populismo, apaciguar el
conflicto social (y, durante la administración Samper, para com-
prar el respaldo a la crisis presidencial). La Ley 60 de 1993, de
competencias y recursos, controla la destinación del gasto social,
limitando la autonomía de las localidades para orientar sus pro-
pios planes de desarrollo38.
La planificación del desarrollo social en la mayoría de las
entidades territoriales aún es precaria, cuentan con plantas bu-
rocráticas de bajo nivel técnico que no logran deshacerse de la
corrupción. Son escasos los mecanismos ágiles y amplios para
la interlocución con la comunidad y ésta sigue mostrando una
débil participación en la planeación y gestión de proyectos de
desarrollo. De otra parte, ni los programas de inversión ni las
transferencias territoriales han sido suficientes para subsanar las

38
Libardo Sarmiento, "Salto social, equilibrio político", enAnálisis Político, Na 27,
enero-abril de 1996, p. 77.
[ 108 ] MARTHA CECILIA GARCÍA

desigualdades sociales y regionales, y buena parte de los munici-


pios colombianos carece de condiciones financieras para cumplir
a cabalidad con todas las funciones que les fueron asignadas.
Contra todos los pronósticos, ni la reforma municipal del 86,
ni la elección popular de alcaldes, ni el recrudecimiento de la
guerra sucia y ni siquiera la Constitución del 91 lograron evitar la
expresión pública y colectiva de demandas de la población urba-
na. Los datos empíricos de los que disponemos así lo confirman.
Veamos cómo se comportaron las cifras de las luchas cívicas
durante los noventa:
En el cuatrienio Gaviria, el número de acciones reivindicativas
llegó a 494, cifra que supera las registradas en los años anterio-
res. Durante el primer año de ese gobierno el número de luchas
es más bajo que en cualquiera de los fres primeros años de la
administración anterior, porque a comienzos de su mandato
Gaviria se encontraba en estado de gracia con los colombianos,
pero al finalizar su segundo año de gobierno las silbatinas, los
cacerolazos, la petición de su renuncia, manifestaron el descon-
tento ciudadano y la pérdida de credibilidad en él.
En la administración Samper las luchas cívicas fueron ascen-
diendo año tras año hasta llegar a 544, 50 más que en el gobier-
no anterior y tuvieron un inusitado aumento durante el primer
año de gobierno de Pastrana, cuando alcanzaron la cifra de 391,
descendiendo en el segundo año a 246. Tan sólo en los dos pri-
meros años del actual mandato el número de luchas cívicas supe-
ra en 93 a las ocurridas durante todo el gobierno precedente.
A medida que transcurre la década, se abre el abanico de de-
mandas presentadas por los pobladores en sus luchas cívicas; de
tal manera, su peso relativo disminuye39. Los servicios públicos,

39
Por ejemplo, los servicios públicos motivaron 60% de los paros cívicos entre
1971 y 1980 (Pedro Santana, Desarrollo regional y paros cívicos en Colombia, Bogo-
Luchas y movimientos cívicos en Colombia [ 109 ]

que durante las décadas anteriores y aún durante el primer go-


bierno de los noventa fueron la principal bandera reivindicativa,
van perdiendo su estatus, mientras ascienden las demandas por
servicios sociales (salud, educación, seguridad social, recreación,
atención a la infancia y a la tercera edad) y protección a los dere-
chos humanos y por la paz. Aparecen otros motivos cuya impor-
tancia no es precisamente numérica. Ella reside en la naturaleza
de las demandas, en el recurso a la movilización para expresar
desacuerdos o peticiones que van más allá del consumo colecti-
vo y proponen una variedad de temas en los cuales a veces ni
siquiera el adversario ni el campo del conflicto están claramen-
te definidos.
El Plan de Desarrollo de Gaviria, "La Revolución Pacífica",
planteó como meta la ampliación de la cobertura en agua pota-
ble, educación básica, salud primaria, vivienda social, focalizando
esfuerzos en la población con necesidades básicas insatisfechas,
pero otros fueron los resultados.
El déficit nacional de cobertura en agua potable y saneamiento
básico aumentó durante el cuatrienio por encima de las tasas de
crecimiento poblacional, debido a la insuficiencia financiera y a
la concentración de inversiones en la región centroriental del país,
especialmente en Bogotá40, en claro detrimento de pueblos y ca-
pitales departamentales de la Costa Atlántica, Cauca y Nariño,
como también lo confirma la ubicación espacial de las luchas por
ese motivo, que generó el mayor número. En lo que tiene que ver

tá: Cinep, 1983, p. 135); 54,4% durante el período Betancur, 57% durante la
administración Barco, 30% durante la administración Gaviria, 15,5% durante
el cuatrienio de Samper y 10,4% en los dos primeros años del gobierno de
Pastrana (Banco de Datos de Luchas Cívicas, Cinep).
40
Óscar Alfonso y Carlos Caicedo, "Coberturas e inversiones", en Servicios pú-
blicos domiciliarios. Coyuntura 1993. Bogotá: Cinep, 1993.
[110] MARTHA CECILIA GARCÍA

con la energía eléctrica, la mayoría de las protestas se relaciona-


ron con el constante incremento de las tarifas y con los efectos
del racionamiento. El conjunto de servicios públicos domicilia-
rios ocupó el primer lugar entre las demandas de los pobladores.
El recrudecimiento de la guerra41 y la violación de derechos y
garantías ciudadanos generalizaron las movilizaciones y paros para
exigir al gobierno protección de los derechos civiles y políticos,
indemnización a víctimas, desmilitarización de zonas, cese a los
operativos militares, diálogos regionales con presencia ciudada-
na, respeto a los defensores de derechos humanos acusados de
ser auxiliadores de la guerrilla42 y de desprestigiar al gobierno
ante la comunidad internacional, así como para pedir a guerri-
lleros y paramilitares el cese de sus acciones contra la población
civil presa en medio de fuegos cruzados. Estas demandas llega-
ron a ocupar el segundo lugar entre los motivos de protesta.
En materia de salud y educación, las luchas cívicas del cua-
trienio se centraron en el mal estado de las construcciones, su
precaria dotación y la escasa capacidad financiera y administra-
tiva de los municipios para asumir el proceso de descentraliza-
ción en ambos sectores. Desde el tercer año de gobierno los uni-
versitarios se movilizaron en defensa de la educación pública.
Las acciones reivindicativas por servicios sociales ocuparon el
tercer lugar entre las demandas de los pobladores.

41
Que por momentos se exacerbó: mientras sesionó la Constituyente, des-
pués del fracaso de las conversaciones en Tlaxcala y después del 8 de noviem-
bre de 1992, cuando el presidente declaró la guerra integral a la guerrilla y a
los carteles de la droga. Los asesinatos políticos se tomaron Barrancabermeja
y Urabá, los secuestros el Cesar y los combates y sabotajes a Antioquia, San-
tander y Cesar.
42
Acusación que también recayó sobre alcaldes y obispos, que fueron deteni-
dos por orden de fiscalías regionales y provocó, durante el último año de ese
Luchas y movimientos cívicos en Colombia [ 111 ]

Las luchas cívicas que exigieron obras de infraestructura física


ocuparon el cuarto lugar. En ello incidió el reducido mantenimien-
to de la estructura vial, el aumento del tráfico pesado, las deficien-
ciasfinancierasy la lenta reestructuración del esquema institucional
en el sector de vías y transporte que, para aquel entonces, no ha-
bía logrado un ajuste de las competencias de la nación, los depar-
tamentos y los municipios en lo referente a construcción y mante-
nimiento de troncales y vías regionales y locales.
La flexibilización de la relación salarial, la eliminación de
empleos en el aparato gubernamental, la privatización de algu-
nas empresas municipales de servicios públicos, las concesiones
a empresas privadas para el mantenimiento de vías a través del
cobro de peajes, la disolución de empresas comerciales e indus-
triales del Estado43 y la desaparición de entidades nacionales en-
cargadas de prestar asistencia técnica, los intentos de controlar
los déficit fiscales municipales a través de la imposición de car-
gas tributarias, la reforma a la seguridad social en salud, consti-
tuyen un paquete de medidas contra las cuales protestaron los
pobladores bajo la consigna de lucha contra el neoliberalismo.
La gestión adelantada por funcionarios públicos municipales
y departamentales fue objeto de mayor fiscalización por parte de
la población, de cara al cumplimiento de planes y programas y al
manejo presupuesta!, y así lo expresaron en sus protestas44.

gobierno, movilizaciones y paros en Tibú (Norte de Santander), Saravena y


Arauquita (Arauca), Pesca (Boyacá), Vélez (Santander) y Sincelejo (Sucre).
43
Algunas acciones cívicas se realizaron en solidaridad y defensa de Col-
carburos, en Puerto Nare; de Paz del Río, empresa que beneficiaba a munici-
pios de las provincias de Sugamuxi, Tundama y Valderrama en Boyacá; y de la
Concesión Salinas, en Manaure, que, además de empleo, abastecía de agua a
los indígenas wayúu que habitan en ese municipio.
44
Algunas de las cuales se llevaron a cabo en Plato y Sitionuevo (Magdalena),
San Martín (Cesar), Montelíbano (Córdoba), Alto Baudó (Chocó), El Peñol
(Antioquia) -donde el alcalde era un reconocido líder cívico-; Vaupés y Cauca.
[112] MARTHA CECILIA GARCÍA

Hubo otras acciones cívicas que son propias de ese cuatrienio:


en 1992, manifestaciones contra el V Centenario del Descubri-
miento de América y para pedir desarrollos legislativos sobre los
derechos de las minorías étnicas, de sectores sociales específi-
cos y reordenamiento territorial.
Como lo muestran las luchas cívicas y los indicadores socio-
económicos, el gobierno de Gaviria renunció a la "Revolución
Pacífica" en lo que se refería a la reactivación del gasto social y a
la idea de que el mejor antídoto contra la violencia era la inver-
sión en capital humano, dejando una inmensa deuda social.
Samper propuso un viraje en la estrategia neoliberal, reorien-
tar la apertura económica y atender decididamente el sector
social. Para poner en marcha las reformas plasmadas en el "Sal-
to Social" se requería apoyo político y social, pero el presidente
lo perdió desde el escándalo de la financiación de su campaña.
La crisis de legitimidad presidencial también le impidió desa-
rrollar su política de paz y tener algún acercamiento con la gue-
rrilla.
Por primera vez en la historia del país, al menos según los
datos que poseemos, los servicios sociales ocuparon el primer
lugar entre las demandas de los pobladores y, entre ellos, la edu-
cación constituyó el eje de la movilización social, corroborando
que las obligaciones impuestas a los municipios en este sector
acarrearon más problemas a las administraciones que aires de
autonomía. De igual manera, la pretensión de que la educación
pública se autofinanciara lanzó a universitarios y escolares a
manifestarse contra su privatización. Las demandas alrededor
del régimen de seguridad social igualaron en número a las ac-
ciones por salud.
Las protestas contra la espiral de violencias ocuparon el se-
gundo lugar entre los motivos, seguidas de acciones colectivas
por la paz. Al abrigo del proceso 8.000 y a causa de la debilidad
política del gobierno, los actores armados consolidaron su pro-
Luchas y movimientos cívicos en Colombia [113]

tagonismo y la guerra cobró fuerza. La violencia se desbordó,


los grupos paramilitares45 extendieron sus frentes, azotando con
sus acciones amplias regiones del país46. Ante la falta de accio-
nes estatales eficientes para parar la guerra, la sociedad civil fue
configurando una red de iniciativas por la paz y por la partici-
pación ciudadana en el proceso de negociación.
El cuarto lugar lo ocuparon las movilizaciones por el mal
estado de las vías y contra peajes y alzas en sus cobros, en espe-
cial por la repercusión que tienen sobre el costo de vida.
Las acciones cívicas por servicios públicos disminuyeron sus-
tancialmente en número (descendiendo al quinto lugar entre las
demandas presentadas durante esta administración) y en cober-
tura, pero fueron significativas en pequeños municipios donde los
presupuestos son pobres, el esfuerzo fiscal es lánguido, la capaci-
dad de endeudamiento y la posibilidad de obtener cofinanciación
débiles y, por tanto, la contraprestación de la nación a través de
las transferencias es baja, trazándose un círculo vicioso fiscal que
impide la satisfacción de estas necesidades de la población. La
mayoría de las protestas se relacionaron con la imposición o ac-
tualización de la estratificación socioeconómica para el cobro de
tarifas, y con los desmontes de los subsidios.
El aumento de la criminalidad, particularmente en las ciu-
dades grandes e intermedias, lanzó a sus habitantes a realizar
acciones colectivas pidiendo seguridad ciudadana, las cuales al-
canzaron 7% del total.

45
Al día siguiente a la posesión de Samper, grupos paramilitares anunciaron
el asesinato de dirigentes sociales y políticos. El senador de la UP, Manuel
Cepeda, fue la primera víctima de la lista. Diego Pérez, "Derechos humanos;
¿cambio de rumbo?", en Cien Días, N 2 27, agosto-noviembre, 1994, p. 11.
46
Zonas de Norte de Santander, Cesar, Urabá chocoano, antioqueño y cordo-
bés, Magdalena medio y Meta.
[114] MARTHA CECILIA GARCÍA

A pesar de lo que comúnmente se piensa, las protestas contra


el presidente por sus vínculos con el narcotráfico fueron pocas:
12, que se concentraron en un breve lapso que se inició el 23 de
enero y terminó a mediados de marzo de 1996, y en su mayoría
se presentaron en Bogotá, convirtiéndose en una "curiosidad del
paisaje capitalino", y a ellas se opusieron 11 movilizaciones a fa-
vor de los programas sociales de Samper.
Las acciones cívicas generadas por aspectos ambientales fue-
ron desde las protestas contra medidas adoptadas para evitar
desastres por deslizamientos en zonas urbanas hasta aquellas
contra la fumigación de cultivos ilícitos con glifosato en el
suroriente del país.
Las acciones contra el contrabando y la evasión de impues-
tos recayeron sobre los sanandresitos de varias ciudades del país,
lo que generó el rechazo público de propietarios y empleados,
grupo de interés que se ha mostrado muy aguerrido en la de-
fensa de su actividad económica, pretendiendo sobreponer sus
intereses particulares al conjunto social.
Las demoras en entrega de recursos para planes de vivien-
da generaron algunas protestas, así como las propuestas de
reubicación de pobladores, contra las cuales reaccionaron de
manera violenta los posibles receptores de nuevos vecinos, ac-
ciones que enunciaron una cierta "tribalidad urbana" por la dis-
puta de un espacio en la ciudad.
La anulación de cédulas por trasteo de votantes que hizo la
Registraduría en casi la tercera parte de los municipios del país
-después de las elecciones de alcaldes y gobernadores de 1994,
que además estuvieron acompañadas de la compra de votos- im-
pulsó a habitantes de 3 de ellos a argüir su derecho a elegir y ser
elegidos.
Más de un tercio de las acciones llevadas a cabo durante esa
administración tuvieron origen en la aplicación de normas cons-
titucionales o legales referidas a la educación, la seguridad so-
Luchas y movimientos cívicos en Colombia [115]

cial, la protección del espacio público, el ordenamiento urbano,


las obligaciones fiscales, entre otras; además, operaron como re-
sorte de la protesta cívica y dejaron al descubierto la capacidad
de reacción de aquellos sectores sobre los cuales recaen algunas
formulaciones estatales y también develaron la confrontación
entre intereses privados y problemas públicos.
Durante los dos primeros años de la administración Pastrana,
más de una cuarta parte de las acciones cívicas ha reivindicado
la protección y el respeto a los derechos humanos, sean civiles,
políticos, económicos, sociales, culturales o colectivos. La peti-
ción explícita del respeto a la vida, a la integridad física y a la
paz, la reivindicación del derecho al trabajo, a la vivienda, a la
educación, a la equidad de género, a la etnia y a la cultura pro-
pias, ocupan el primer lugar entre las demandas de los pobla-
dores urbanos.
En segundo lugar están los servicios sociales y entre ellos se
destaca la educación, en particular la pública, afectada por la
pretensión gubernamental de lograr su autofinanciación y por
la puesta en marcha de planes de reestructuración administrati-
va y de racionalización de la oferta. La crisis de la red hospitala-
ria pública ha generado movilizaciones de trabajadores y usua-
rios en un intento de defenderla. Bajo los argumentos de que
los recursos destinados a la salud son objeto de corrupción y
despilfarro y que los hospitales públicos no son viables debido a
la carga prestacional de los trabajadores vinculados al sector, las
autoridades han sostenido que no existen sino dos opciones:
reestructurar los hospitales, o cerrarlos. Por su parte, los sindi-
catos y usuarios del sector sostienen que las amenazas de cierre
de las clínicas públicas son una muestra del inminente proceso
de privatización de la salud.
Los servicios públicos domiciliarios ocupan hoy el tercer
lugar entre las demandas de la población urbana, y en su mayo-
ría se refieren a los incrementos en las tarifas, que continuarán
[116] MARTHA CECILIA GARCÍA

subiendo, porque la política del actual gobierno consiste en el


reajuste mensual con base en el índice de precios al consumi-
dor, y el desmonte de los subsidios que reciben los estratos más
pobres de la sociedad.
Las demandas por infraestructura física y transporte tienen
durante este período una importancia que deriva no sólo de su
número sino también de su persistencia y resonancia, en el pri-
mer caso, y de la capacidad de convocar a un amplio sector so-
cial a lo largo y ancho del país, en el segundo. Las protestas contra
la instalación de peajes y contra el cobro de valorización por
obras de infraestructura urbano-regionales han dejado aflorar
el disgusto que generan las cargas impositivas y el sentimiento
colectivo de que las obras no se consultan con la población.
Como ningún otro, el Plan Nacional de Desarrollo "Cambio
para construir la paz" despertó una amplia movilización social,
liderada por las organizaciones sindicales de trabajadores estata-
les, con la participación de estudiantes, desempleados, vende-
dores ambulantes, deudores del sistema Upac, padres de fami-
lia, campesinos, indígenas y desplazados, por mencionar algunos
de los sectores que aunaron sus voces contra las políticas públi-
cas contenidas en el Plan y contra otras en curso. La defensa de
la educación y la salud públicas, las protestas contra las priva-
tizaciones o liquidaciones de empresas estatales, contra el au-
mento o creación de impuestos, contra las reformas laborales,
la petición de aumento en las transferencias de la nación hacia
entidades territoriales que atraviesan una profunda crisis pre-
supuesta!, se constituyeron en motivos de lucha, así como las
políticas fiscales que afectan a ciertos grupos de interés.
La desatención a las demandas sociales expresadas a través
de mecanismos institucionales o de acciones públicas y colecti-
vas no armadas -salvo casos excepcionales- caracteriza a la ad-
ministración Pastrana y transita por caminos peligrosos: la des-
esperación de algunos sectores sociales que no encuentran
Luchas y movimientos cívicos en Colombia [117]

satisfacción a sus peticiones y, en su lugar, enfrentan rasgos au-


toritarios y medidas coercitivas extremas, los está llevando a
radicalizar sus formas de acción colectiva, incluso hasta la vio-
lencia, anunciando una cierta anomización de la protesta social.
Pero también es necesario señalar que en las movilizaciones cí-
vicas se han venido mezclando sectores que más que propender
por los intereses colectivos de los manifestantes intentan diri-
girlas en beneficio propio.
Las cifras registradas durante los noventa muestran que se
está revirtiendo la tendencia relacionada con el escenario de las
protestas cívicas, otrora localizado principalmente en pequeños
y medianos poblados, y hoy centrado en las capitales departa-
mentales.
Alrededor de la mitad de las luchas cívicas del decenio de
los noventa se llevó a cabo en capitales departamentales, ponien-
do en evidencia los efectos de la apertura económica y del arri-
bo de miles de desplazados sobre la gestión y el ordenamiento
urbanos, lo que obligó a las administraciones locales a incorpo-
rar en sus agendas aspectos como el cambio de uso y la den-
sificación del suelo urbano, la productividad, la generación de
empleo y la informalidad urbana. Bogotá fue el escenario de la
mayor cantidad de acciones cívicas, dando cuenta de la centra-
lidad que conserva tanto en el poder como en la posibilidad de
darle visibilidad a conflictos de diversos sectores sociales prove-
nientes de todas las regiones del país.
Tan sólo 6,3% de las acciones tuvo carácter regional, pero
involucró un alto número de municipios y algunas llegaron a ser
departamentales, las cuales demandaron vías y transporte, un
clima favorable a la paz, realización de diálogos regionales con
participación civil, protección a los derechos humanos, cese a la
fumigación de cultivos ilícitos y desarrollo regional.
La localización de las luchas cívicas y el paulatino retorno a
las acciones regionales podría tener una explicación relaciona-
[118] MARTHA CECILIA GARCÍA

da con el escenario de la guerra que preferencialmente está en


zonas rurales o en pequeños poblados, a pesar de que también
se viene enquistando en las ciudades. Podría afirmarse, enton-
ces, que el miedo a hacer manifestaciones públicas y colectivas
para reivindicar demandas sociales está cercenando la protesta
en los pequeños cascos urbanos.
Si bien los paros y movilizaciones de la década se concentra-
ron en el ámbito local, las demandas se hicieron mayoritariamente
ante el gobierno nacional, lo que nuevamente dejó sin piso la
intención de que la reforma municipal contribuyera a descentra-
lizar los escenarios y los adversarios de los conflictos sociales.

PARA SEGUIR EL DEBATE

Como se ve a lo largo de este ensayo, los movimientos cívicos


otrora fuertes han ido declinando. Claro que cabría preguntar-
se si sólo existieron en el imaginario de los intelectuales que pre-
tendían encontrar gérmenes de nuevos sujetos políticos o ade-
cuar teorías foráneas a nuestra propia realidad, como se dijo en
este mismo escenario.
Soy de la postura de que sí existieron y desempeñaron un
papel preponderan te en la vida del país. Es más, creo que -como
lo señaló el maestro Fals Borda en su charla inaugural- algunos
permanecen como rescoldos que esperan vientos para inflamarse
de nuevo. El caso del CIMA, aquí comentado, nos muestra el re-
nacimiento de un movimiento que hubiéramos podido calificar
como extinguido.
A pesar de la crisis en la que se halla la mayoría de los movi-
mientos urbano-regionales y, quizás por esta misma razón, la pro-
testa cívica continúa y va en ascenso. La organización y cobertu-
ra alcanzada por muchos de ellos había logrado articular
múltiples microdemandas y coordinar diversas acciones de sus
participantes que iban de la protesta a la propuesta, de la dis-
Luchas y movimientos cívicos en Colombia [119]

rupción a la negociación de sus peticiones. Hoy, los pobladores


siguen recurriendo a las acciones colectivas para presentar sus
demandas porque son conscientes de las diferencias regionales
e intraurbanas 47 y reconocen la existencia de posibilidades de
cambio. La movilidad socioespacial, los medios de comunicación,
la escuela, entre otros, dan la posibilidad, a la población del más
apartado rincón del país, de percibir la existencia de regiones
con diferentes grados de desarrollo económico y social y condi-
ciones de vida marcadamente desiguales, que expresan las di-
mensiones espaciales del desarrollo.
De otra parte, aunque los pobladores también hagan uso de
los mecanismos y espacios institucionales de participación, és-
tos no han sido tan efectivos y eficaces para solucionar sus pro-
blemas colectivos de vieja data. Por ello, como lo anotamos en
la introducción, a través de las luchas cívicas se le exige con ur-
gencia al Estado cumplir con su papel como garante de los bie-
nes y servicios colectivos y de los derechos y garantías individuales
y colectivas, y más que constituir insubordinación o pretender
alterar el orden público, estas acciones expresan el deseo de sus
protagonistas de ser integrados al sistema institucional. Son un
mecanismo para hacer visibles sus demandas, no sólo ante el
Estado sino ante la sociedad en su conjunto.
No obstante, varias acusaciones recaen, de manera perma-
nente, sobre las acciones cívicas: se les tilda de ser irracionales;
de alterar el orden público y violar los derechos de otros, sin
reconocer que éstas exigen el respeto a los derechos de los ma-
nifestantes; de tener móviles políticos más que sociales o econó-
micos y, finalmente, la de ser instigadas y/o dirigidas por la gue-

47
La referencia a estas desigualdades permite denominar a estos movimien-
tos y luchas como "urbanos" o "regionales", según sea su alcance, ya que los
caracteriza mejor que el apelativo de cívicos.
[ 120 ] MARTHA CECILIA GARCÍA

rrilla48. Tales señalamientos han servido tanto para que el Esta-


do se oponga frontalmente a estas acciones colectivas y de un
tratamiento prioritariamente militar al conflicto social como para
que sus líderes y participantes sean víctimas de grupos armados
de diverso signo.
Resulta paradójico que los pobladores expresen sus deman-
das a través de acciones cívicas reivindicativas realizadas en ám-
bitos públicos, desde hace tanto tiempo, y que aún la sociedad
en su conjunto no haya tenido la capacidad de construir un es-
pacio público político donde se resuelvan los conflictos sociales.
Este panorama de las luchas cívicas implica nuevos retos de
comprensión por parte de quienes queremos contribuir con
nuestro conocimiento a que esa utopía cotidiana que ellas enar-
bolan tenga un lugar en nuestra sociedad.

48
Aunque en algunas zonas del país a la acción de las organizaciones sociales
y gremiales se suman la guerrilla y las autodefensas como actores políticos y
militares, no puede imputársele exclusivamente a la presión armada la partici-
pación de distintas fuerzas sociales y políticas en movilizaciones y paros.
Luchas y movimientos cívicos en Colombia [ 121 ]

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