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Propuesta de investigación para la Maestría en Sociología Política del

Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora

Línea general de aplicación de conocimiento: Acción colectiva, organizaciones sociales y


ciudadanía

La organización de los movimientos sociales en México y Francia durante


1968. Un estudio sintético y comparado.

Carlos Manuel Escalera Contreras

Resumen

Esta investigación pretende explicar la dimensión organizativa de los movimientos sociales de


1968, mediante una comparación entre los casos de México y Francia como ejemplos de estos
movimientos. No existe aún estudio alguno que desde la sociología compare estos casos; los cuales,
empero, resultan ser los más representativos de las movilizaciones de aquel año. Para explicar el
surgimiento de las formas organizativas de cada movimiento se recurre a la influencia que
ejercieron el sistema político y los marcos interpretativos como variables independientes. Mediante
la comparación se busca llegar a resultados más inclusivos de los que ofrecería un estudio de caso,
buscando contribuir a colmar el vacío teórico que existe en torno a la organización (entendida en
sentido amplio) de los movimientos sociales y de la acción colectiva. Este estudio se inserta en la
conmemoración de los 50 años de los movimientos sociales de 1968 en tanto fenómeno global del
sistema-mundo.

Palabras clave:
1968, Movimientos sociales, Organización, Sistema político, Marcos interpretativos
1. Planteamiento del problema

De acuerdo con Immanuel Wallerstein (1989), los movimientos sociales de 1968 representaron un
cisma en el sistema-mundo moderno; dados los alcances de las movilizaciones de aquel año, es
posible decir que el 68 constituye un movimiento global, si bien los límites territoriales de cada
Estado-nación le imprimieron a las protestas un conjunto de características locales, de acuerdo al
tipo de sociedad, de sistema político y de cultura en el cual se desarrollaron. El interés sociológico
en los movimientos de aquel año recae en el hecho de que, dada la simultaneidad y la similitud de
los acontecimientos, estos son una muestra de la existencia de una sociedad global, mundialmente
interconectada, que se expande continuamente a todos los rincones del planeta. A diferencia de las
revoluciones de 1848 -que, aunque vinculadas, prácticamente se limitaron al continente Europeo; lo
que nos habla de una sociedad europea como un todo unificado-, los movimientos del 68
atravesaron los cuatro puntos cardinales, manifestándose tanto en el mundo occidental (Europa y los
Estados Unidos), como en los países asiáticos (Japón), en la periferia del capitalismo moderno
(América Latina y en ciertas ciudades africanas, como Túnez), e incluso en países del bloque
comunista (Checoslovaquia). Por lo tanto, los movimientos sociales de 1968 pueden ser
considerados como una convulsión del sistema social moderno en proceso de globalización.
Con todo, no se debe soslayar el hecho de que -a pesar de ser un fenómeno de alcance global-
los movimientos del 68 presentan un cariz local, dadas las especificidades de cada país en el que se
desenvolvieron. Las razones que dieron origen, los acontecimientos, y el desenlace de los mismos
respondieron al contexto particular que dio lugar a las protestas. De igual manera, la intensidad y
duración de los movimientos no fueron idénticas en todas partes, pues en tanto que en algunas
ciudades las movilizaciones suscitaron reacciones violentas y se prolongaron durante varios meses,
en otras las manifestaciones fueron de corto alcance y de carácter un tanto pacífico. Empero, los
movimientos más representativos de aquel año fueron, sin lugar a dudas, los que ocurrieron en
Francia -con respecto a Europa-, y en México -en relación con el Tercer Mundo (Wallerstein, 1989:
435).1 Llama la atención el que, no obstante el tratarse de los movimientos más reconocidos, no
exista aún ningún estudio que intente comparar sus similitudes y diferencias.

1 La Primavera de Praga, por su parte, es el caso más representativo al otro lado de la Cortina de Hierro.
Existe un libro escrito por Carlos Fuentes (2005) en el que aborda los tres movimientos más representativos
del año, aunque se trata de una obra más bien literaria y anecdótica. Las manifestaciones en Checoslovaquia
podrán ser incorporadas más adelante, como objeto de una nueva investigación.
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Aproximadamente cada diez años se reaviva el interés por los movimientos sociales de 1968,
lo que implica que cada década se publiquen nuevas investigaciones con nuevas perspectivas y
nuevos hallazgos. Durante el decenio pasado se ha estudiado al 68 desde diferentes ángulos y con
extensión variada. Algunos lo han abordado como un fenómeno global que encuentra sus raíces en
un proceso de larga duración (Horn, 2008); otros se han abocado a investigarlo a nivel regional, ya
se trate Europa en toda su extensión (Klimke y Scharloth, 2008), o de los rasgos distintivos que
presentó en el continente americano (Gould, 2009). También se han realizado estudios comparativos
que vinculan los movimientos entre dos países: ya se trate del 68 a ambos lados del Muro de Berlín
(Brown, 2009), de las relaciones entre la Primavera de Praga y el Mayo francés (Bracke, 2008), o
entre este último y las movilizaciones en Túnez (Hendrickson, 2012); así como de las reacciones
que el movimiento de Francia suscitó en Argentina (Tarcus, 2008) y en Chile (González, 2010b).
En lo que concierne, en concreto, a los casos de México y de Francia, se ha escrito, en primer
lugar, sobre el legado político del movimiento mexicano (Martínez, 2013), sobre la "memoria de
elogio" o la idealización del papel transformador que tuvo el 68 para la democracia en el país
(Allier, 2013). Se ha abordado el papel específico de algunas instituciones educativas como el
Politécnico (Vargas, 2008) y la Academia de San Carlos (Luna, 2008) en las protestas estudiantiles;
así como el rol que jugaron los medios de comunicación, especialmente la televisión (González,
2010a) y la prensa de la época (Rodda, 2010; Serna, 2014). También se ha abordado la narrativa de
las instituciones de gobierno tras los hechos ocurridos en Tlatelolco (Tasso, 2016). Finalmente, no
podrían faltar nuevas crónicas escritas por la pluma de los participantes del movimiento (Gómez,
2008; Guevara, 2008).
En lo que atañe a Francia, se han privilegiado los estudios de la memoria histórica (Haiven,
2011), de la percepción contemporánea de los hechos ocurridos en Mayo del 68 (Jackson et al.,
2011; Laurent, 2009), hasta llegar a la intersección entre la autobiografía y las movilizaciones
(Guilhaumou, 2013). También se ha escrito sobre el movimiento desde una perspectiva de género
(Pagis, 2009), sobre la historia de los acontecimientos a nivel local al interior de Francia (Ponsard,
2008), sobre la visión que se tuvo del movimiento desde el extranjero, a partir del análisis de los
archivos del servicio exterior francés (Vaïsse, 2008); hasta llegar a la intriga y la conspiración
política (Giraud, 2008).
Con respecto al Instituto Mora, en 2012 se publicó un libro coordinado por el Dr. Del Castillo
Troncoso que, a través de sus diferentes capítulos, recupera algunos aspectos del movimiento como
son la disputa y el uso de símbolos de izquierda durante el desarrollo de las movilizaciones, su
impacto en las relaciones exteriores con los Estados Unidos, o la cultura juvenil de la época tal
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como era percibida por las diferentes revistas en boga (Del Castillo, 2012). Más recientemente, en
el año 2017, la Dra. Collado Herrera realizó un artículo para la revista del Instituto, en el que aborda
los informes que presentaban las distintas agencias de inteligencia norteamericanas -tanto las que
operaban en los Estados Unidos como las que lo hacían en territorio mexicano- sobre los hechos
que ocurrían en el país durante la movilización de los estudiantes (Collado, 2017). No obstante la
avalancha de materiales que han visto a la luz durante la década pasada, ninguno se ha dedicado a
comparar los casos de México y Francia, ni los han abordado -por separado- a partir de la variable
que me propongo investigar.
Una de las dimensiones susceptibles a la comparación, y que ha sido de interés para los
estudiosos de los movimientos sociales, es la organización. En efecto, a partir del trabajo inaugural
de Mayer Zald y Roberta Ash (1966), la literatura sobre organizaciones de movimientos sociales
(OMS) ha proliferado, ya sea en el estudio de su evolución, institucionalización o
internacionalización (Davis et al., 2005) o, más recientemente, en el abordaje de las redes que
vinculan varias organizaciones, así como de las dimensiones cognitivas y culturales al interior de
las mismas (Caninglia y Carmin, 2005). Las OMS son, efectivamente, importantes estructuras de
movilización para los grupos de protesta. De cualquier manera, el estudio de la organización interna
de los movimientos sociales no debe limitarse únicamente a las organizaciones formales, sino que
debe incluir todas aquellas prácticas y actividades que involucran un grado mínimo de organización.
Desde una primera aproximación, saltan a la vista algunos contrastes entre la organización de
los movimientos del 68 en México, por un lado, y en Francia, por el otro. En efecto, tal como lo
plantea Zermeño (1978), en el caso mexicano, a los pocos días de iniciadas las protestas se
conformó una organización jerárquica y formalizada, que a partir de entonces encabezó las
manifestaciones y que no se disolvió sino hasta algunas semanas después del 2 de octubre: el
Consejo Nacional de Huelga (CNH). En Francia, en cambio, no hubo una única organización que
fuese considerada como la representante legítima del movimiento. De hecho -y en contraste con la
experiencia mexicana, en la que en breve se construyó una nueva organización- las protestas en
Francia fueron dirigidas por distintas organizaciones, de proporciones variables, que existían
previamente al inicio de las movilizaciones (organizaciones sindicalistas como la Union National
des Étudiants de France o el Syndicat National de l'Enseignement Supérieur; o "grupúsculos" de
izquierda, trotskistas y maoistas que, no obstante, eran hostiles al Partido Comunista, como la
Féderation des Étudiants Révolutionnaires, la Jeunesse Communiste Révolutionnaire o la Union des
Jeunesses Communistes). Y si bien es cierto que en la base de los movimientos se encuentran
algunas semejanzas, pues mientras que en México aquella se integraba por asambleas de cada
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escuela (Zermeño, 1978: 109-110), y en Francia por Comités de Acción, lo cierto es que en este
último caso el Comité de Coordinación que los agrupaba a todos tenía un carácter laxo e informal
(Baynac, 2016: 205), a diferencia del CNH que centralizaba la dirección de las asambleas.
Las observaciones anteriores conducen a plantear la relación entre el sistema político de cada
país con la forma organizativa que presentaron sus respectivos movimientos; es decir, sugiero que la
configuración específica de cada sistema político tiene injerencia real en las características que
presentó la organización interna de los movimientos. En este sentido, en tanto que el sistema
político mexicano mostraba una fuerte concentración del poder en un partido hegemónico que tenía
controladas a las organizaciones más importantes del sistema (principalmente a los sindicatos de
obreros como la Confederación de Trabajadores de México, la más voluminosa de todas), lo que
implicaba la ausencia de organizaciones combativas e independientes del gobierno (el Partido
Comunista estaba vetado de facto de la arena política); en Francia, el gobierno gaullista, si bien con
cierta dosis de centralismo, no descansaba en un partido único, y existía una cierta pluralidad de
partidos y de pequeñas organizaciones de izquierda, además de que la Conféderation Géneral du
Travail -el sindicato francés de mayor envergadura- era afín al Partido Comunista, otro actor
importante del sistema político francés.
Sin embargo, la relación entre sistema político y forma organizativa no es directa. Son los
actores sociales, y no el sistema político, quienes se organizan. La configuración del sistema
político debe ser procesada cognitivamente por estos actores, es decir, debe ser encuadrada
mediante marcos interpretativos que dotan de significado al sistema y que dirigen el sentido de la
toma de decisiones de dichos actores, lo que incluye sus formas de organización. En otras palabras,
la configuración del sistema político es percibida a través de los marcos interpretativos de los
actores; marcos que a partir de normas y valores preexistentes o emergentes, indican la manera en
que se organizará el movimiento social que encabecen. Menciono los valores preexistentes porque
la cultura organizativa de cada país juega un papel de primer orden en este proceso. En este sentido,
se percibe en el movimiento francés un rechazo a las formas leninistas de organización (formas que
revisten tanto el Partido Comunista como algunos grupúsculos de izquierda); en cambio, en
México, se concibe la necesidad de crear una organización fuerte y centralizada para enfrentar a un
adversario igualmente poderoso y burocratizado.
En consecuencia, para explicar las formas organizativas de los grupos de protesta en ambos
casos, sugiero recurrir al sistema político y a los marcos interpretativos de cada país como variables
explicativas del carácter que adquieren las estructuras de movilización en cada ejemplo. De tal
manera que el estudio que propongo integra los tres factores que tradicionalmente han sido
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abordados por los estudiosos de los movimientos sociales (Caninglia y Carmin, 2005), a saber: el
sistema político en sentido amplio (si bien algunos se concentran en la estructura de oportunidades
políticas), la organización (comúnmente referido como estructuras de movilización), y los marcos
interpretativos. Se trata de un esfuerzo por estudiar los movimientos de 1968 previamente señalados
desde una perspectiva sintética -como lo sugieren Doug McAdam, John McCarthy y Mayer Zald en
la introducción de su libro- que priorice las relaciones dinámicas e interdependientes entre estos
factores, y comparada, pues “sólo traspasando los límites que el estudio empírico sobre
movimientos sociales de base nacional impone, podemos tener la esperanza de lograr una mejor
comprensión de la acción colectiva” (McAdam et al., 1999: 46).2
Las observaciones preliminares sobre los contrastes en la organización interna de los
movimientos de México y Francia, aunadas a su representatividad e importancia en el 68 global,
justifican la elección de los casos mexicano y francés para llevar a cabo una comparación
sistemática. Como ya lo he señalado, a pesar de la fecunda producción que se ha generado sobre
aquel año, no existe un estudio que, desde la sociología, se enfoque en estos movimientos, y menos
aún que pretenda comparar sus respectivas dimensiones organizativas. Es esta falta la que pretendo
colmar con la investigación que propongo.
En 2018 se cumplen 50 años de las movilizaciones de 1968; como cada diez años, se espera
una nueva oleada de trabajos y documentos que aborden el fenómeno desde diferentes ángulos y
para diferentes latitudes. El presente proyecto pretende sumarse a los esfuerzos de reflexión en
torno al quincuagésimo aniversario de estos movimientos. Por tal motivo, la investigación no sólo
es oportuna sino también necesaria dado que, si bien aún es posible recurrir a los testimonios de los
participantes en ambos movimientos, el tiempo para reconstruir los procesos de movilización se
acorta, como lo reafirma la reciente pérdida de los dirigentes en cada extremo del Atlántico.3

2 Es la misma propuesta de Karl-Dieter Opp (2009: 330), quien "sintetiza" los factores macro y micro en
su modelo estructural-cognitivo.
3 Se trata de Luis González de Alba quien partió el 2 de octubre del 2016, y de Jacques Sauvegeot quien
falleció el 28 de octubre de 2017, para México y Francia, respectivamente.
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2. Preguntas y objetivos de la investigación

Esta investigación busca responder a la interrogante: ¿cómo se organizaron en cada caso los
movimientos sociales de México y Francia que acaecieron durante 1968? ¿cuáles fueron sus
semejanzas y diferencias? Estas preguntas llevan implícita otra más: ¿en qué medida influyeron el
sistema político y los marcos interpretativos en la manera en que se organizó cada uno de estos
movimientos? El objetivo de la investigación es, entonces, explicar las formas respectivas en que se
organizaron los movimientos sociales en cada país; tomando en cuenta el efecto que sobre estas
formas tuvieron los respectivos sistemas políticos y los marcos interpretativos de cada movimiento,
y mediante la comparación sistemática de ambos casos con el fin de llegar a conclusiones más
comprensivas acerca de los mecanismos que están detrás de su organización. Un objetivo teórico
secundario es utilizar estos ejemplos para contribuir al conocimiento actual sobre la organización de
los movimientos sociales, en donde aún queda mucho por construir. Esta investigación pretende
combinar las teorías de los movimientos sociales con las de la organización.
Otros objetivos particulares -de acuerdo con la estructura de la investigación- son, en primer
lugar, describir un marco conceptual que integre la teoría de los movimientos sociales con la teoría
de las organizaciones. Esto implica describir qué se entiende por movimiento social y el papel que
juega la organización en el mismo. Además, dicho marco deberá contemplar la definición de los
sistemas políticos y de los marcos interpretativos, así como de su vinculación con la organización
de los movimientos sociales. En segundo lugar, otro objetivo es describir el contexto social en el
que ocurrieron los movimientos sociales de 1968. Se trata de una sociedad global que se caracteriza
por la polarización de dos actores hegemónicos: los Estados Unidos y la Unión Soviética. El tercer
objetivo consistirá en describir los sistemas políticos, los marcos interpretativos y las formas de
organización de los movimientos de México y Francia durante el año mencionado. Es muy
importante describir las relaciones y la dinámica establecidas entre estos tres factores. Finalmente,
un cuarto objetivo específico es comparar las diferencias y similitudes entre la organización de cada
movimiento, tomando en cuenta los respectivos sistemas políticos y marcos interpretativos; esto con
el fin de explicar algunas de las razones de estas diferencias (o semejanzas) y de llegar a resultados
más generales acerca de la influencia de los sistemas políticos y los marcos interpretativos en las
formas de organización de los movimientos sociales.

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3. Marco teórico y conceptual

El primer concepto que conviene definir para fines de las pesquisa es el de movimiento social. John
McCarthy y Mayer Zald entienden por movimiento social “un conjunto de opiniones y creencias de
una población que representa preferencias para cambiar algunos elementos de la estructura social y/
o la distribución de recompensas de una sociedad” (McCarthy y Zald, 1977: 1217-121), y reservan
el de organizaciones de movimiento social (OMS) para quienes actúan en el movimiento. Por su
parte, Alain Touraine considera que un movimiento social es “la conducta colectiva organizada de
un actor de clase luchando contra su adversario de clase por la dirección social de la historicidad en
una colectividad concreta” (Touraine, 1978: 104). Por lo tanto, para Touraine un movimiento es un
conflicto de clase que busca modificar las orientaciones culturales de una sociedad. En cambio,
Karl-Dieter Opp parte de la concepción de grupo de protesta entendido como “una colectividad de
actores que busca lograr sus metas compartidas influyendo en las decisiones de un objetivo” (Opp,
2009: 41), para abordar los movimientos sociales. Para este autor, un movimiento social es un tipo
especial de grupo de protesta, cuyos rasgos principales están definidos por las dimensiones de
organización formal y de tamaño (Opp, 2009: 41).
Como puede observarse, las definiciones de Opp y de Touraine son incompatibles en la
medida en que este último ve en los movimientos la acción de las clases sociales con miras a dirigir
la historicidad de la colectividad; es decir, buscan incidir en las prácticas culturales de una sociedad
concreta. En este sentido, Touraine considera que los movimientos sociales difieren de la “presión
institucional” como lucha afirmativa mediante la cual se pretende influir en otro actor (las
instituciones políticas) para obtener un cierto resultado. En cambio, Opp ve en los movimientos
sociales -y en cualquier forma de protesta- el mecanismo por el cual un grupo pretende influir en
otro actor poderoso para lograr sus propias metas; y en esto concuerda con la concepción de Charles
Tilly de lo que constituye un movimiento social (Tilly y Wood, 2010).4 Para efectos de esta
investigación, partiré de la definición de Opp para abordar los movimientos sociales de 1968; o sea
que asumo que un movimiento social es, primordialmente, una colectividad de individuos que se
organizan para influir en las decisiones de otro actor (el gobierno en turno, las autoridades
universitarias, etc.), empleando para tales efectos un repertorio de protesta determinado, dado que
no buscan la toma inmediata del poder político.

4 Tilly y Wood consideran a los movimientos sociales como una forma particular de “contienda política”,
dado que involucran una serie de reivindicaciones colectivas que chocan con los intereses de otras personas,
por un lado, y al gobierno como actor o árbitro de la disputa, por el otro (2010: 20-21).
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En consecuencia, parto del modelo estructural-cognitivo propuesto por Karl-Dieter Opp para
analizar los movimientos sociales (2009: 329-332). Se trata de vincular los procesos macrosociales
con los del nivel micro; por lo tanto, se parte de los factores estructurales (por ejemplo, los del
sistema político) para pasar después a los factores psico-culturales (por ejemplo, los marcos
interpretativos) que afectan los incentivos de los individuos para protestar colectivamente. La
relación entre los factores macrosociales (ex. gr., la configuración del sistema político) y los eventos
de protesta colectiva (ex. gr., la forma de la organización) es tan sólo un vínculo causal indirecto.
Este autor apuesta por una explicación sociológica que dé cuenta de las relaciones causales y
empíricas entre los fenómenos a estudiar. Es por este motivo que la relación entre las variables
estructurales debe pasar necesariamente por su incidencia en los factores cognitivos de los
individuos que se suman a la protesta. Así, la relación top-down que va de lo estructural a lo
cognitivo (marco a micro) es una relación empírica cuya causalidad puede describirse
científicamente. Empero, el modelo de Opp muestra una contradicción cuando se trata de detallar la
relación bottom-up (de lo micro a lo macro), pues el autor afirma que la existencia de incentivos que
motivan a los individuos a protestar es suficiente para explicar la acción colectiva, es decir, la
relación entre los factores es de carácter analítico (2009: 329). Esta me parece una afirmación
apresurada del autor, puesto que ni la protesta ni la formación de un movimiento social pueden ser
reducidos a la simple “agregación de individuos”. Deben existir otros factores que contribuyan a la
acción colectiva, de entre los cuales considero a la organización como un elemento de primer orden.
En pocas palabras, me parece que el modelo de Opp contiene un vacío teórico que es necesario
colmar.
Es verdad -y en esto se encuentra una justificación parcial a la fórmula conceptual de Opp-
que algunos eventos de protesta pueden ser explicados por la simple agregación de individuos. Es
decir, la acción colectiva puede ser espontánea, y en este caso se explica por el contagio o por las
similitudes emocionales que se encuentran entre un conjunto de individuos (Mann, 1999:16-20).
Sin embargo, la acción espontánea tiende a ser efímera, y para que efectivamente logre continuar
durante un cierto tiempo es menester que exista un grado mínimo de organización en el grupo que
la lleva a cabo (Mann, 1999: 49). Es decir, la acción colectiva que se prolonga durante el tiempo
(por ejemplo, la que lleva a cabo un movimiento social), requiere de una determinada organización.
Empleando la terminología de Durkheim (1893), si la acción espontánea encuentra su sustento en la
solidaridad mecánica o por similitudes, la acción organizada tiene su base en la solidaridad orgánica
o por división del trabajo.

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El segundo concepto que es menester precisar en este trabajo es, justamente, el de
organización. March y Simon (1959: 4) definen a las organizaciones como “conjuntos de seres
humanos interactuando” con una “alta especificidad de estructura y coordinación”. Es decir, las
organizaciones, que se caracterizan por su alto nivel de formalización, contrastan con otras
relaciones sociales más difusas, espontáneas e irregulares. En cambio, Amitai Etzioni entiende por
organizaciones aquellas “unidades sociales que están orientadas predominantemente hacia la
obtención de metas específicas” (Etzioni, 1964: vii). En esta definición se subrayan los objetivos
que persigue la colectividad, para cuya realización se presenta a la organización como un medio.
Ambos elementos, la formalización de las relaciones y la importancia de los fines, son incluidos en
la definición de organización de Richard Scott en cuanto sistemas racionales: “las organizaciones
son colectividades orientadas a la consecución de metas relativamente específicas y que exhiben
estructuras sociales altamente racionalizadas relativamente” (Scott, 1987: 22).
Empero, ninguna de estas definiciones de organización me satisface pues considero que la
organización de los individuos no siempre ni necesariamente adquiere un carácter formal, sino que
en ocasiones aparece como un arreglo social surgido de la práctica. Por otra parte, ninguna de las
definiciones anteriores explica los medios por lo cuales se intenta cumplir con determinadas metas
previamente establecidas. En concreto, siguiendo a Göran Ahrne y Nils Brusson (2011), considero
que el concepto de “organización”, en sentido amplio, difiere de la idea de “organizaciones”. La
organización constituye un cierto orden social entre un conjunto de individuos, el cual no requiere
imprescindiblemente de su estructuración en una organización formal. Para tales efectos, rescato la
definición de Ernest Dale, quien entiende a la organización como “un proceso de: 1) determinar qué
es lo que debe hacerse si ha de lograrse una finalidad dada; 2) dividir las actividades necesarias
[…]; y 3) suministrar los medios para la cooperación, de modo que no se desperdicien esfuerzos y
los miembros de la organización no interfieran unos con otros” (1968: 9). Esta definición tiene la
virtud de señalar a la organización como un proceso y no solamente como una estructura -por lo que
no se limita a las organizaciones formales-, y permite identificar el orden social organizado por la
postulación de objetivos -como en las definiciones mencionadas previamente-, pero también por la
división de tareas y la coordinación entre los individuos para lograr sus metas. Es decir, para fines
de esta investigación, entiendo por organización un orden social en el que se divide y se coordina el
trabajo para llegar a una meta común previamente establecida. Así, los movimientos sociales son
grupos de protesta que están organizados para actuar colectivamente.

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Esto no significa que no existan o que no deban estudiarse las organizaciones formales al
interior de un moviendo social. Lo que quiero decir es que los movimientos sociales deben
abordarse como grupos sociales en los que impera un orden organizado, el cual puede adquirir la
forma de una organización de movimiento social (entendida como una organización compleja, o
formal, que identifica sus metas con las preferencias de un movimientos social […] e intenta
implementar estas metas” [McCarthy y Zald, 1977: 1218]); o bien, el de una meta-organización,
definida por Göran Ahrne y Nils Brunsson (2005) como una organización de organizaciones que ha
asumido la forma de una asociación; o incluso, el de un grupo de personas que se dividen las tareas
y cooperan entre sí para lograr un objetivo compartido. Además, al igual que Christph Haug,
distingo entre movilización, es decir, “la activación de los actores por una causa”, y organización
como “el desarrollo de un orden decidido entre los actores” (Haug, 2013: 726). Movilización -y en
esto coincide Opp (2009: 140)- implica obtener un cierto control o disponibilidad sobre
determinados recursos; organización implica ordenar estos recursos de una manera específica.
Algunos elementos que componen a las organizaciones, de acuerdo con Richard Scott, son:
una estructura social (u organizacional) definida como los "aspectos regularizados o hechos
patrones de las relaciones existentes entre los participantes en una organización"; dicha estructura
puede ser formal o conductual. Otro elemento son los participantes de la organización, es decir,
aquellos individuos que, en correspondencia con una variedad de incentivos, realizan
contribuciones a la organización. Un elemento más lo constituyen las metas de la organización,
entendidas como "concepciones de los fines deseados", o sea condiciones que los participantes
intentan lograr a través de sus actividades. Finalmente, un último aspecto en el que insiste el autor
es el ambiente social, cultural, físico y tecnológico en el cual se insertan las organizaciones. El
ambiente (por ejemplo, el sistema político) tiene una injerencia considerable sobre los procesos y
los fines de las organizaciones (Scott, 1987: 15-20).
De acuerdo con Aldon Morris (1981), cuando se organiza un movimiento social este se
sostiene en organizaciones preexistentes en la comunidad que sirven para movilizar individuos y
recursos en la acción colectiva. Sin embargo, Lewis Killian (1984) responde que es posible también
que durante la formación del movimiento se construya una organización nueva que lo represente. Es
decir, la dimensión organizativa de los movimientos sociales puede recaer en organizaciones
previamente construidas o la misma puede ser construida durante la movilización. Por otra parte, de
acuerdo con la terminología de Rudwick y Meier (1970), la estructura organizacional de los
movimientos puede oscilar entre dos polos opuestos: por un lado, la organización de tipo
corporativo o burocrático en el que existe una marcada jerarquía y una fuerte centralización de las
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decisiones; y por otro lado, en el extremo opuesto se encuentra el tipo de organización federada, con
un mayor grado de descentralización y una cierta autonomía de sus componentes. Así, en tanto que
por un lado se encuentra la organización clásica, formal y piramidal, por el otro encontramos una
organización más flexible, constituida por un conjunto de organizaciones semiautónomas o
pequeños grupos organizados, como suele ocurrir, de hecho, en los movimientos sociales
escasamente organizados (Puri, 1980; Savio, 2015).
En tercer lugar, es necesario definir el concepto de sistema político, pues será este el factor
estructural que tome en cuenta para analizar la organización de los movimientos sociales que son de
mi interés. Jean-William Lapierre, profundizando en la propuesta que formulara David Easton en
las décadas de 195 y 1960, entiende por sistema político el “conjunto de los procesos de decisión
que conciernen a la totalidad de una sociedad global” (Lapierre, 1973: 34-35). El sistema político
genera decisiones para una sociedad determinada, decisiones que pueden versar sobre la regulación
y la coordinación de los grupos que componen a la sociedad, o bien, sobre la dirección de las
empresas colectivas que involucran a esta misma sociedad. El poder político lo ejerce quien logra
tomar las decisiones que se ejercen sobre el conjunto de la sociedad en cuestión. Ahora bien, en el
sistema político conviven siempre diferentes actores, individuales pero sobre todo colectivos, que
compiten por influir en o por tomar las decisiones políticas de acuerdo con sus propios intereses.
Subrayo, entonces, la importancia que adquieren los actores colectivos organizados para el sistema
político; y dado que se trata de un sistema, la importancia que tiene la presencia y las acciones de
cada actor sobre las acciones y la formación de otros actores.5 El modelo teórico de Lapierre me
parece un buen punto de partida para comprender la configuración y los procesos del sistema
político.
El artículo de Peter Eisinger sobre las actividades de protesta en las ciudades norteamericanas
durante 1968 y su vinculación con la configuración política local, brinda un punto de partida para
comprender la vinculación entre el sistema político y los movimientos sociales. Ahí, Eisinger
manifiesta que “La manera en que los individuos y grupos se comportan en el sistema político,
entonces, no es simplemente una función de los recursos que controlan sino de las aperturas, puntos
débiles, barreras y recursos del sistema político mismo. Hay, en este sentido, interacción o vínculo
entre el ambiente, entendido en términos de la noción de estructura de oportunidades políticas, y el
comportamiento político” (Eisinger, 1973: 12). Más recientemente, Hanspeter Kriesi estudia los

5 De hecho, Lapierre (1973: 150) aborda la cuestión de los movimientos sociales como la emergencia de
actores sociales cuyos intereses son excluidos del sistema político, y enfatiza la importancia de la
“organización política” para la formación de dichos movimientos.
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efectos del sistema político, a partir de la fortaleza o debilidad del Estado y del grado de inclusión o
permeabilidad del mismo, sobre la infraestructura de los movimientos sociales -es decir, la cantidad
de organizaciones que lo representan- en cuatro países europeos. El autor concluye que el contexto
político incide en el desarrollo de las organizaciones de los movimientos sociales (Kriesi, 1999:
260-261). Dieter Rucht llega a conclusiones similares en un ejercicio de análisis de la estructuración
interna de los movimientos feminista y ecologista en Francia, Alemania y los Estados Unidos de
América (1999: 284).
El cuarto concepto que requiero precisar es el de marco interpretativo, por el cual entiendo el
“esquema de interpretación que permite a los individuos localizar, percibir, identificar y etiquetar
los acontecimientos en su espacio de vida y en el mundo en general” (Snow et al., 1986: 464). Los
marcos interpretativos le dan significado a los eventos que experimentan los individuos, organizan
su experiencia y guían su acción. Son, en consecuencia, un factor importante para la movilización
de los individuos durante la acción colectiva, pero también lo son para interpretar los procesos del
sistema político y para organizarse de maneras específicas. La forma en que se organiza un
movimiento es objeto de debate y de disputa en términos de marcos de interpretación; además,
“cuanto más se asuma que el modelo de organización propuesto puede funcionar, cuantas más
prácticas y relaciones organizacionales conocidas implique y cuanto más consonante sea todo con el
resto de la organización del mundo social de los individuos, mas probable resulta que ese modelo
genere movilización” (Clemens, 1999: 298). Los movimientos sociales tienden a adoptar (y en
ocasiones a rechazar) formas de organización conocidas, lo que insinúa la importancia de la
“cultura organizativa” de una sociedad para estos movimientos.

4. Metodología y diseño de investigación

En esta investigación voy a proceder de manera deductiva: voy a aplicar una teoría general y una
serie de conceptos a dos casos empíricos: los movimientos sociales en México y en Francia durante
1968. De esta manera, voy a proceder de los más general a lo más específico. Partiré de los
conceptos y elaboraciones teóricas sobre movimientos sociales y organizaciones para explicar lo
que entiendo por la dimensión organizativa de los movimientos sociales, para después trabajar con
el material empírico de los movimientos. Además, tomaré en consideración el contexto global de la
época y al movimiento del 68 en tanto fenómeno mundial para después enfocarme en los casos
específicos que pretendo comparar. Antes de detallar las características particulares de cada
!13
movimiento y de su contexto, realizaré una descripción del sistema-mundo de la Guerra Fría,
particularmente de las ideas políticas imperantes y de las relaciones de poder entre las potencias
hegemónicas. Esta primera fase de la investigación se compone exclusivamente de trabajo de
gabinete, principalmente en bibliotecas y archivos; aunque también es factible recurrir a
documentos audiovisuales. De esta primera fase obtendré los primeros dos capítulos del producto
final de la investigación, y contemplo dedicarle los primeros dos semestres del plan de estudios.
La segunda fase implica realizar trabajo de gabinete y de campo, de manera intercalada. Para
cada caso (México y Francia) realizaré un búsqueda de documentos en bibliotecas y archivos que
me informen sobre los respectivos movimientos, lo que incluye libros o textos especializados, así
como panfletos o minutas realizados al calor de las movilizaciones. Con la información recaba
elaboraré listas de posibles actores a entrevistar (tanto participantes -dirigentes y elementos de la
base- como expertos en el tema), privilegiando a quienes puedan informarme sobre las formas
organizativas de los movimientos sociales en cuestión. A partir de estas listas, y una vez realizadas
las primeras entrevistas, obtendré una segunda muestra de personas para entrevistar. La segunda y la
tercera listas de personas las obtendré a partir de las redes que se hayan formado antes, a partir o
después de las movilizaciones del 68. De esta manera podré elaborar una descripción de los
movimientos sociales de cada país, así como de sus respectivos contextos.6 Por tal motivo, el
modelo estructural-cognitivo propuesto por Karl-Dieter Opp me resulta valioso en cuanto
herramienta teórico-metodológica: las percepciones cognitivas de los actores del movimiento (sus
marcos interpretativos) me servirán para vincular los factores estructurales que estoy tomando en
cuenta (el sistema político y las formas de organización).
A continuación realizaré una comparación sistemática entre ambos movimientos con la
información recabada, tanto de los respectivos sistemas políticos y de los marcos interpretativos que
estuvieron en juego, como de sus respectivas formas de organización. En este sentido, busco
conocer las similitudes y las diferencias entre las formas de organización interna de los
movimientos y sus estructuras organizativas. Considero que estas estructuras son factibles de
representarse gráficamente, lo que me facilitará una comparación visualmente más sencilla. Se trata,
entonces, de una comparación binaria, sincrónica (ambos movimientos ocurrieron en el mismo año
y durante periodos similares de entre tres y cuatro meses), y geográficamente delimitada (México y
Francia, con énfasis en las capitales de ambos países). La comparación me permitirá obtener una

6 Este proceso lo realizaré dos veces, primero en Francia durante un estancia de entre 2 y 3 meses (de ser
posible dedicándole un mes al trabajo de gabinete, otro al trabajo de campo y otro más a la redacción del
capítulo correspondiente, respectivamente), y después en México, durante un periodo similar.
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especie de control sobre los resultados obtenidos en cada caso, es decir, sobre la influencia que
ejercen el sistema político y los marcos interpretativos en las formas de organización de los
movimientos sociales. En las conclusiones procederé inductivamente para generalizar los resultados
que haya obtenido hasta el punto en que la información y los resultados me lo permitan; por eso, la
comparación es un método importante para esta investigación, pues facilita el manejo de las
variables y el conocimiento de sus interacciones. Esta segunda fase corresponde a los últimos dos
capítulos de la tesis y tendrá, también, una duración de dos semestres.
Por el tipo de datos que espero obtener, el enfoque de la investigación será de tipo cualitativo;
asumiendo que en ambos movimientos se encuentra la organización, el análisis versará sobre los
rasgos distintivos de cada grupo de protestas. Además, tomaré como variable dependiente la forma
de organización de cada movimiento, y al sistema político y los marcos interpretativos de cada caso
como las variables independientes.

5. Vinculación con la Maestría en Sociología Política

El estudio de la organización política de los movimientos sociales de 1968 en México y Francia


requiere de la conjunción de la Ciencia política y de la Sociología, por lo que la maestría en
Sociología política del Instituto Mora, que incorpora ambas disciplinas, es ideal para llevar a cabo
esta investigación. Aunado a esto, el Instituto es un lugar idóneo para llevar a cabo esta
investigación, dado que su interés académico se concentra en el área de las ciencias sociales y la
Historia. El estudio de los movimientos sociales de 1968 puede inscribirse cómodamente dentro de
la Sociología política, pero también se vincula con algunos aspectos de la Historia y de la
Sociología histórica.
El proyecto se vincula con la Línea de generación y aplicación de conocimiento titulada
Acción colectiva, organizaciones sociales y ciudadanía, dado que los movimientos sociales son una
forma específica, aunque emblemática, de la acción colectiva. El problema que planteo tiene que
ver con la manera en que los individuos se involucran en la acción colectiva. Sugiero que para que
ello sea así, es necesario que los actores se organicen políticamente; por lo que considero que la
organización es un elemento relevante para que se dé la acción colectiva, y para que surjan los
movimientos sociales. Es en este sentido que el proyecto se aproxima a las teorías de la
organización social. Además, los movimientos sociales y estudiantiles de 1968 suelen vinculase con
la participación ciudadana y la construcción de la democracia en el mundo moderno.
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Por lo que respecta al plan de estudios, este proyecto se enriquecerá enormemente con el área
teórica del programa (Sociología política, Teorías política y social). Además, adquirirá mayor rigor
metodológico con las materias de formación en métodos cualitativos y cuantitativos, y se apoyará
en el Taller de Historia oral para formular las entrevistas con los participantes de los movimientos
en cada caso. Por último, se fortalecerá y consolidará en el área de especialización, al intercambiar
y desarrollar ideas con los docentes y con otros compañeros durante los seminarios de
investigación. Cabe señalar que el diseño del plan de estudios, que contempla un año escolarizado y
otro dedicado a la investigación, me facilitará enormemente la tarea de realizar trabajo de campo y
de gabinete tanto en México como en Francia durante un tiempo razonable, con el ánimo de obtener
los mejores resultados en el trabajo final.

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