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La vivisección.

Crimen inútil
Joaquín Bochaca
http://libreria-
argentina.com/libros/joaquin-
bochaca-la-viviseccion-
crimen-inutil.html

176 páginas
medidas: 14,5 x 20 cm.
Ediciones Sieghels
2018, Argentina
tapa: blanda, color, plastificado,
Precio para Argentina: 330 pesos

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En ninguna otra rama de la Ciencia se han
cometido tantos plagios como en la
moderna Medicina oficial. Ni aún con sus
trucadas estadísticas, lo que podríamos
denominar el "Establishment" médico ha
conseguido camuflar totalmente la
evidencia innegable de la decadencia
general de la Salud en Occidente: cada día
hay más enfermedades y la salud general
no hace más que empeorar, camuflada
detrás de una dependencia nunca vista en
medicamentos en gran parte perniciosos
en otros aspectos de la salud, para la que
son necesarios nuevos medicamentos en
círculo vicioso.
Que haya habido quién se haya ocupado
de canalizar e impulsar esa decadencia es
otro aspecto de la cuestión. Por ahora, nos
limitaremos a subrayar la disparidad
existente entre el optimismo oficial de las
estadísticas y la cruda realidad de los
hechos.
Vamos, para desmontar la farsa
"científica", simplemente, a apelar al
menos común de los sentidos: el sentido
común. Pues parece increíble que una
civilización tan avanzada tecnológicamente
crea en los dogmas obscurantistas de la
moderna Medicina oficial, pese a los
constantes y crueles desmentidos que le
inflinge la dura Realidad.
De tales dogmas vamos a ocuparnos en las
páginas que siguen. Nos proponemos,
meramente, denunciar el error de base de
lo que podríamos llamar "Medicina
Galénica", basada en la experimentación
animal que constituye algo peor que un
crimen: una estupidez.
Es un lugar común que la llamada
Medicina General se basa, hoy día, en un
elevadísimo porcentaje, en la Toxicología.
Y ésta, a su vez, en la experimentación
animal.
En una pirueta intelectual de una
irracionalidad probablemente sin
precedentes en los anales de la mitología se
han llegado a extraer, seriamente,
conclusiones definitivas de experimentos
hechos con toda clase de animales para
aplicarlas a los hombres. Así de absurdo. Y
luego, en nombre de la Ciencia...
La descripción de los experimentos que
estos "genios" realizan son duros de
soportar, puede hasta arrancar una
lágrima de rabia a la persona con
sensibilidad, pero es necesario que se
conozcan para poder impedirlos. No se
trata, ciertamente, de casos extremos.
Cada día, en el nombre de la Ciencia, se
llevan a cabo experimentos que son una
pura Demencia. A lo largo y a lo ancho de
todo el mundo llamado civilizado se
tortura hasta la muerte a millones de
animales, esperando —según dicen los
adictos a la Vivisección— que de tales
experimentos se puedan extraer
conclusiones válidas y aplicables para el
hombre. Pero salta a la vista que esto no es
así; nunca ha sido así, ni nunca lo será. No
hace falta ser un "experto científico" para
pronunciarse categóricamente sobre el
particular. Y la razón es de una
anonadante sencillez. Un hombre no es un
animal. O, si se quiere expresar de otra
manera: es un animal diferente. Por lo
tanto, los experimentos con perros,
babuinos, gatos, cobayas y otros animales,
no son necesariamente aplicables a los
hombres. Lo que en muchos casos puede
ser remedio para ellos, es veneno para
nosotros, o viceversa, sin hablar de la
imposibilidad de preveer los más que
comunes efectos adversos que se esconden
detrás de una aparente mejora. Esto no
podía ser de otra manera, pues la ciencia
se basa en esta locura institucionalizada
que sólo un régimen ha prohibido a lo
largo de la historia, aunque para la oficial
son los malos de la película.
Joaquín Bochaca, con su maestría habitual
y su también habitual amplitud de
documentación y citas comprobables para
no dar lugar a dudas, deja en evidencia
esta demencia médica que parece más una
obra diabólica que científica.

ÍNDICE

Introducción7
¿Ciencia o demencia?11
La vivisección15
Antropocentrismo19
Una acusación gratuita: la sensiblería29
El credo vivisector37
Hipócrates y Galeno41
Mito y realidad49
La vivisección: Un progreso con freno y
marcha atrás55
La desigualdad de las especies63
Las vacunas y la vivisección69
Los seis postulados77
Los milagros de la ciencia81
Cáncer, vivisección y dinero95
Fabricas de monstruos109
Los chivos expiatorios117
Los antibióticos121
Los milagros del diablo127
¿Por qué?133
La naturaleza se venga155
La alternativa159
Biología y política169

Introducción
Ya Spengler señalaba la dicotomía existente entre Cultura y Civilización, describiendo a ésta como
la última fase —cronológicamente hablando— del desarrollo de la vida orgánica de una colectividad
humana organizada. A la Civilización corresponde un desarrollo de la Técnica que podríamos calificar
de brutal. Calificativo que aquí cabe aplicar tanto en cuanto a la dimensión como a la brusquedad.
Así, tenemos hoy una Sociedad tecnocratizada hasta el máximo, pero también deshumanizada hasta
el absurdo. Unas máquinas que cada vez “hacen más” y, por vía de consecuencia, unos seres humanos
que cada vez “hacen menos”, por comodidad física y mental, siendo ésta el motor —la causa— y
aquélla el efecto inmediato.
Lo trágico es que en vez de utilizar en algo creativo el tiempo que las máquinas le dejan libre —por
ejemplo, en pensar— el hombre se ha dedicado a adorar a la Técnica, es decir, a algo que él mismo
ha creado. Ha abdicado de su derecho —más aún, ¡de su obligación!— de reflexionar y, tomando la
Realidad por lo que no son más que simples abstracciones, ha llegado a crearse un Universo Paralelo,
completamente irreal, contrario a la Naturaleza. Y ésta se está cobrando la terrible venganza que
reserva a los seres que transgreden sus leyes.
Alguien dijo que todo lo que no es natural, es plagio. Y plagio es en efecto lo que está perpetrando, en
ciertos aspectos de la Ciencia oficial, el hombre de este período crepuscular de la Cultura Occidental.
En ninguna otra rama de la Ciencia se han cometido tantos plagios como en la moderna Medicina
oficial. Plagios de la ateniense Escuela de los Sofistas, que generalizaba casos particulares y que,
partiendo de silogismos aparentemente impecables, llegaba a las más absurdas conclusiones. Plagios
—malos calcos— de la Naturaleza, pretendiendo encorsertarla en brumosas “teorías” que
contradicen sin cesar a la Realidad. En vez de seguir humildemente los dictados de la Madre
Naturaleza, la moderna Medicina oficial ha querido plagiarla y, como todos los plagiarios, lo ha hecho
mal. Los resultados, a la vista están.
Ni aún con sus trucadas estadísticas lo que podríamos denominar el “Establishment” médico ha
conseguido camuflar totalmente la evidencia innegable de la decadencia general de la Salud en
Occidente. Que haya habido quién se haya ocupado de canalizar e impulsar esa decadencia es otro
aspecto de la cuestión, que trataremos en su momento. Por ahora, nos limitaremos a subrayar la
disparidad existente entre el optimismo oficial de las estadísticas y la cruda realidad de los hechos.
Por supuesto, quien esto escribe no es médico, ni ha cursado ningún tipo de estudios preliminares en
rama alguna de la medicina. Pero le consta que la inmensa mayoría de los lectores tampoco han
estudiado Arquitectura pero comprenden que si, por ejemplo, en los terremotos de Italia Central, en
1982, las casas del siglo XV permanecían erectas mientras las construidas hace veinte años se
derrumbaban es porque aquéllas eran más sólidas. No hace falta haber frecuentado la Real Academia
de Bellas Artes para descubrir que Velázquez pintaba infinitamente mejor que Miró, ni es
imprescindible ser cocinero para apreciar la calidad de un buen plato.
No vamos, pues, a plantear el tema desde puntos de vista llamados “científicos”. Vamos, simplemente,
a apelar al menos común de los sentidos: el sentido común. Pues parece increíble que hayamos puesto
el pié en la Luna, explorado el fondo de los Océanos, transmitido imágenes y sonidos a distancia,
descubierto el uso de la electricidad y fisionado el átomo y, simultáneamente, creamos en los dogmas
obscurantistas de la moderna Medicina oficial, pese a los constantes y crueles desmentidos que le
inflinge la dura Realidad.
De tales dogmas vamos a ocuparnos en las páginas que siguen, sin ninguna acritud hacia la
denominada clase médica y, menos aún, hacia los médicos considerados individualmente por
constarnos que la mayoría, más o menos, hacen lo que pueden. Nos proponemos, meramente,
denunciar el error de base de lo que podríamos llamar “Medicina Galénica”, basada en la
experimentación animal que constituye, como diría Talleyrand refiriéndose a otro tema, algo peor que
un crimen: una estupidez.
¿Ciencia o demencia?

Es un lugar común, un tópico de puro sabido, que la llamada Medicina General se basa, hoy día,
en un elevadísimo porcentaje, en la Toxicología. Y ésta, a su vez, en la experimentación animal.
En una pirueta intelectual de una irracionalidad probablemente sin precedentes en los anales de la
mitología se han llegado a extraer, seriamente, conclusiones definitivas de experimentos hechos con
toda clase de animales para aplicarlas a los hombres. Así de absurdo. Y luego, en nombre de la
Ciencia...
Un médico, Moritz Schiff (*), llena con arena el estómago de una mastín tras haber cosido sus
intestinos, y le hace tragar agua hirviente por un embudo para comprobar cuánto tiempo tardará en
morir.
Un pío clérigo crucifica a un perro para tener una idea de la duración de la agonía de Cristo.
Un genio oficial, Claude Bernard se dedica a asar docenas de perros para hacer el genial e
indispensable descubrimiento de que a 72 grados centígrados un can muere en 24 minutos, pero a 80
bastan 18 minutos.
Un perro es torturado aplicándole en todo el cuerpo varas de hierro al rojo vivo y luego se le suelta,
junto a un acantilado, amenazándosele de nuevo con la vara logrando que se arroje al vacío; todo ello
para demostrar que los animales también se suicidan.
Un gato encerrado en una jaula provista de un dispositivo que la hace girar a intervalos irregulares es
mantenido despierto para demostrar que ese animal puede vivir hasta siete días sin dormir ni un
instante. Para perfeccionar ese descubrimiento sensacional se repite el experimento con doscientos
gatos y se obtiene un promedio de 7.354 días. Intrigados por esa discrepancia se lleva a cabo un nuevo
experimento, esta vez con 350 gatos alcanzándose entonces la cota de 7.148 días. Tras laboriosas
meditaciones, los miembros del equipo “investigador” concluyen que un gato puede sobrevivir, sin
dormir, aproximadamente, siete días y cuatro horas.
Para llevar a cabo un estudio en “sociología aplicada”, un equipo de “sabios” se dedica a torturar
durante horas a unos sabuesos, hasta que estos, desesperados, se pelean entre sí. Conclusión
científica: “Los sabuesos no son tan pacíficos como cree la gente”.
A doce perros se les cose el ano. Imposibilitados de defecar, los animales mueren entre horrorosas
convulsiones. Satisfechos por ese primer resultado, los investigadores llevan a cabo una segunda
prueba, de la que se deduce que los perros que han sido sobrealimentados sufren más, pero mueren
antes, que los que no lo han sido.
No se trata ciertamente, de casos extremos. Cada día, en el nombre de la Ciencia, se llevan a cabo
experimentos que son una pura Demencia. A lo largo y a lo ancho de todo el mundo llamado civilizado
se tortura hasta la muerte a millones de animales, esperando —según dicen los adictos a la
Vivisección— que de tales experimentos se puedan extraer conclusiones válidas y aplicables para el
hombre. Pero salta a la vista que esto no es así; nunca ha sido así, ni nunca lo será. No hace falta ser
un “experto científico” para pronunciarse categóricamente sobre el particular. Y la razón es de una
anonadante sencillez. Un hombre no es un animal. O, si se quiere expresar de otra manera: es un
animal diferente. Por lo tanto, los experimentos con perros, babuinos, gatos, cobayas y otros
animales, no son necesariamente aplicables a los hombres.
Hemos dicho “no son NECESARIAMENTE aplicables”. Esto podría dejar un resquicio para la clásica
excusa “teórica”. En otras palabras: Tal vez lo resultados no sean NECESARIAMENTE aplicables pero
sí podrían serlo parcialmente o “en principio”. No. Luego lo veremos.

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