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EL QUINTO JINETE (1980)

Dominique Lapierre y Larry Collins

Cuando abrió el sello cuarto, oí la voz del cuarto


viviente que decía: Ven. Miré y vi un caballo
bayo y el qué cabalgaba sobre él tenía por
nombre Mortandad, y el infierno le
acompañaba. Fueles dado poder sobre la cuarta
parte de la tierra para matar por la espada, y con
el hambre, y con la peste, y con las fieras de la
tierra.
APOCALIPSIS, VI, 7-8

PRIMERA PARTE
ESTO VA A CAMBIAR EL MUNDO

El aduanero observaba como la lluvia azotaba el


cristal trazando en él furiosos arabescos. Se estremeció.
Mal tiempo para quienes se hallasen en el mar.
En la noche sus ojos enrojecidos distinguían el
panorama familiar del puerto de Nueva York, las luces
de los docks centelleando en el Hudson, la punta de
Governo’s Island, la lejana guirnalda luminosa del
puente de Verrazano1.
Un teletipo crepitó detrás de él. Consultó su reloj.
Medianoche, ya. El primer carguero que atracaría en
Nueva York este viernes, cuatro de diciembre, acababa
de pasar por delante del barco faro de Ambrose y de
franquear la frontera marítima americana. El hombre
volvió a su pupitre de trabajo. Desde este observatorio,
alojado en el sexto piso del World Trade Center casi en
la punta de Manhattan, debía vigilar el sector aduanero
del mayor puerto del mundo hasta las ocho de la
mañana. Abrió su libro registro en la página todavía
blanca de un nuevo día. Arrancó el mensaje transmitido
por el teletipo y, con la aplicación de un escriba de la
Edad Media copiando un salmo, consignó las distintas
informaciones referentes al 7422, navío que penetraba
en el puerto desde el comienzo del año.
NOMBRE: Dyonisos. PABELLÓN: panameño. DESTINO:
muelle Número tres de Brooklyn Ocean Terminal.
A GENTE MARÍTIMO: «Hellias Stevedore Company».
Cumplida esta formalidad pulsó el nombre del barco
en el teclado del terminal de ordenador instalado en la
consola antigua. Este aparato estaba conectado al CNIC;
Centro Nacional de Información Criminal. Dentro de

1
En el curso del relato, el lector puede consultar el
plano de la ciudad de Nueva York y el mapa de la cuenca
mediterránea que encontrará al final del volumen.
pocos segundos aparecería la ficha Judicial del
Dyonisos. La menor infracción registrada en su historia,
ya fuese el descubrimiento de una bolsita de heroína
bajo una tabla falsa de su bodega, ya una riña de un
marinero borracho, aparecería automáticamente en la
pantalla. El aduanero observó el baile de los palitos
verdes, que compusieron, al fin, tres palabras: «Nada a
señalar». Satisfecho, escribió «NAS» en la casilla
correspondiente de su registro, confirmando de este
modo que la Aduana americana no tenía que inquietarse
por la llegada de la vieja carraca que se presentaba en la
entrada del canal de Ambrose.

El Dyonisos era uno de los últimos barcos «Liberty»


de la Segunda Guerra Mundial, uno de esos camiones
oceánicos que seguían navegando. Durante casi
cuarenta años, desde el desembarco en Normandía
hasta esta noche de diciembre, había transportado
mercancías y contrabando por todo el mundo, bajo
media docena de pabellones diferentes. La compañía
que lo había fletado esta vez, «Transocean Shippers»,
había sido constituida seis meses antes por escritura
registrada con el número cinco mil seiscientos setenta
y uno en el Ministerio de Comercio de la ciudad de
Panamá. La dirección que figuraba en el certificado de
registro era la de un oscuro bufete de abogados
instalado en la calle del Mercado, de Panamá. Como
ocurre a menudo en los negocios de transporte
marítimo, ya se trate de superpetroleros, ya de
insignificantes embarcaciones de pesca, todo rastro de
los verdaderos propietarios del Dyonisos se perdía en el
anónimo de un apartado de correos de la ciudad de
Lucerna, Suiza, donde tenía su sede la compañía.
Libre de la marejada del Atlántico, el barco remontó
el camino real hacia el corazón de Nueva York.
Franqueó los narrows bajo la blonda metálica del
puente de Verrazano. De pronto, a la luz de la naciente
aurora, apareció ante su gastada proa el prodigioso
espectáculo que había llenado de alegría febril y de
esperanza a tantos millones de hombres: la silueta
vestida de verde de la estatua de la Libertad, y, después,
las torres iluminadas de Manhattan perforando la
bruma, troncos incandescentes de un bosque de vidrio
y acero lanzado al asalto del cielo.
Indiferente a la lluvia, el único pasajero del carguero
contemplaba el panorama desde lo alto de la pasarela
superior. Flaco y musculoso, de mediana estatura, el
palestino Kamal Dajani parecía tener unos treinta años.
Llevaba ajustados jeans de tela azul y chaqueta de cuero
con el cuello levantado. Un gorro a cuadros le cubría la
cabeza hasta los ojos. Había embarcado en la escala de
El Pireo.
Pretextando un mareo incoercible, había pasado los
dieciséis días de travesía encerrado en su camarote con
un montón de novelas policíacas. Pero cada mañana, al
amanecer, se había deslizado, bien abrigado, hasta la
cubierta superior. Allí, durante veinte minutos, y sin
importarle el estado de la mar, había simulado asaltos
de judo y golpeado la batayola con golpes de karate,
ejercicios encaminados a conservar su dominio de las
artes marciales.
Una sirena desgarró el aire húmedo. Apartándose de
los rascacielos de Manhattan, el Dyonisos viró a
estribor, en dirección a la línea baja de los piers de
Brooklyn. Bordeó los depósitos donde los Jefes de la
Mafia habían edificado uno de sus fabulosos imperios,
el muelle abandonado de State Street, por el cual había
introducido el gángster Johnny Dio montañas de
heroína en América, y llegó ante los tres antiguos
desembarcaderos montados sobre pilotes de madera
cubiertos de algas y de conchas.
Desde estas plataformas carcomidas del antiguo
depósito militar de Brooklyn, habían partido dos
generaciones de G.I. hacia las trincheras de la Argonne
y hacia las playas de Normandía. Rebautizadas hoy con
el nombre de Brooklyn Ocean Terminal, simbolizaban
también otro pasado. Figuraban entre los últimos piers
de Nueva York donde aún podía verse un abigarrado
revoltijo de mercaderías: bidones de aceite de oliva
griego, sacos de anacardos indios, de especias yemeníes,
de café colombiano; reliquias de un tiempo en que los
estibadores de los muelles se agrupaban ante los
hombres de la Mafia para implorar una jornada de
trabajo. Sobre el techo se conservaba un vestigio de la
gran cruzada que había empezado y terminado aquí: las
palabras de bienvenida dirigidas a los millones de
soldados que volvían de Europa. Pintadas a la sazón con
un azul tan luminoso como la dicha del retorno, eran
hoy de un gris tan sucio y triste como la niebla de los
docks de Brooklyn.
«Bienvenido al hogar», pudo leer el pasajero
solitario, mientras el Dyonisos giraba hacia su
amarradero.

Un inspector de la Aduana americana y un oficial


del Servicio de Inmigración cruzaron muy pronto el
portalón del barco. El capitán, un griego barrigudo, les
condujo al comedor de la tripulación para someterles el
indispensable sésamo de todo comercio marítimo: el
manifiesto de la mercancía transportada.
Dada la nota de «Nada a señalar», registrada la
noche anterior, la inspección aduanera se limitó a
lectura de este documento.
Por su parte, el contramaestre había reunido a la
tripulación. Cada marinero presentó su cartilla al oficial
de Inmigración y recibió un permiso del modelo I-95
que le autorizaba a desembarcar y a circular libremente
durante el tiempo de la escala. Antes de hacerle firmar
la lista de tripulantes, el oficial de Inmigración formuló
al capitán la pregunta ritual:
—¿Ningún pasajero?
El griego se echó a reír y mostró las polvorientas pin
up que decoraban el mezquino comedor, donde flotaba
un olor a aceite rancio.
—¡Vaya! ¿Ha tomado mi carraca por el Reina
Elizabeth?

Desde el tragaluz de su camarote, Kamal Dajani


observaba la partida de los dos funcionarios. Cuando vio
que bajaban a tierra, se quitó el cinturón cartera y
descorrió la cremallera que cerraba su bolsillo interior
donde llevaba varios fajos de billetes de cien dólares.
Separó cinco de ellos y los metió entre las páginas de un
número de Playboy tirado en el suelo. Al ver al mojigato
Benjamín Franklin de los billetes apoyado sobre el seno
de una vampiresa, se desternilló de risa. Colocó la
revista bien a la vista sobre la litera y se encerró en el
cuarto de baño.
Unos momentos después, llamaron a la puerta.
—¿Quién es? —gritó, en inglés.
—Le traigo un sobre de parte de Leila, —respondió
una voz.
—Métalo en el Playboy que está encima de la litera.
En él hay algo para usted. Agárrelo y lárguese.
Un mocetón barbudo, de unos veinte años, con una
cicatriz en la sien izquierda, abrió la revista, agarró los
dólares, depositó el sobre y desapareció.
Kamal Dajani esperó unos minutos antes de salir de
la ducha y coger el sobre. Este contenía un permiso del
modelo I-95, para desembarcar, y una hoja de papel con
una dirección y un número de teléfono. Al pié, leyó:
«Bienvenido». Sonrió. Esta vez, el término no podía ser
más adecuado.

Por la noche, el pasajero del Dyonisos abandonaba


los docks con los marineros que salían en tropel. Nadie
comprobaba su identidad. Kamal Dajani se sumió en la
oscuridad de Brooklyn.

Nueve días más tarde, un gélido domingo de


diciembre tocaba a su fin. Como consecuencia del
temporal de nieve que había azotado el este de los
Estados Unidos el jueves anterior, montones de nieve
obstruían las calles de Washington. La temperatura
polar había retenido en sus casas a la mayoría de los
setecientos veintiséis mil habitantes de la capital
americana. La familia que ocupaba la célebre residencia
del mil seiscientos de Pensilvania Street se disponía,
como tantas otras, a comer en la intimidad. Los acordes
solemnes del poema sinfónico Finlandia, de Sibelius,
llenaban las habitaciones privadas de la Casa Blanca;
concierto que atestiguaba la afición del presidente de los
Estados Unidos a la música clásica. Las llamas de los
leños de abedul que ardían en la chimenea daban al
comedor un aire de cálida comodidad. Y elevaban
también en unos grados la temperatura que el
termostato presidencial, dando ejemplo de economía de
energía, había limitado a diecisiete grados centígrados.
A las siete en punto, el presidente y su esposa se
sentaron a la mesa de caoba barnizada. Su hijo menor y
la esposa de éste comían con ellos, así como su tercer
retoño, una rubia de doce años. Componían el símbolo
perfecto de la familia americana. El presidente vestía
jeans y camisa de lana a cuadros; su mujer, pantalón de
terciopelo y chándal.
Como todos los domingos, la primera dama de los
Estados Unidos había despedido a los criados y
preparado ella misma la sobria comida dominical que
tanto gustaba a su marido: sopa de alubias rojas, unas
lonchas de jamón de Virginia a la brasa y crema de
caramelo. Única bebida: leche. Antes de sentarse, el
presidente invitó a su nuera a recitar la acción de
gracias, y los cinco comensales se asieron de la mano,
pidiendo al Señor que bendijese su alimento. Está
oración era una de las muchas plegarias que
pronunciaba diariamente el hombre piadoso que
gobernaba los Estados Unidos. Sólo el oficio religioso de
la primera iglesia baptista de Washington le había
hecho salir de su casa en este día tan frío. Revestido de
su sobrepelliz de diácono, había leído a los mil
cuatrocientos fieles blancos y negros de su parroquia los
salmos del segundo domingo de Adviento y comentado
con fervor el mensaje de amor y de reconciliación que
traía a los hombres la próxima venida del Mesías.
El presidente sonrió a su esposa y empezó a comer
la sopa. Desde que ocupaba esta residencia, habían
aparecido patas de gallo junto a sus ojos azules, habían
encanecido sus cabellos rubios y rizados, y había
desaparecido, poco a poco, su apostura juvenil. Después
de cuatro años de estar en el poder, este hombre de
cincuenta y cuatro seguía siendo un enigma para la
mayoría de sus compatriotas, uno de los jefes de Estado
menos querido y menos comprendido del siglo actual.
El destino había querido que su presidencia no
estuviese marcada por ninguna de esas grandes crisis
que agrupan una nación alrededor de su jefe, sino por
un alud de engorrosos problemas, como la inflación, la
baja del dólar y la decadencia del prestigio americano en
el extranjero.
Ante la imposibilidad de galvanizar el patriotismo
de sus conciudadanos con la conquista de alguna nueva
frontera o con algún New Deal, había tenido que
resignarse a ofrecerles las amargas realidades de las
reducciones presupuestarias, de las restricciones de
energía y de las otras limitaciones de un mundo que no
marchaba ya al compás de los tambores americanos.
Sus confusas cruzadas en favor de los derechos
humanos, de la reducción de los gastos del Estado y de
las reformas fiscales y sociales, sus desdichadas
disputas con el Congreso, las vacilaciones, las torpezas
y las mudanzas de su política exterior, habían dado a
América y al mundo la imagen de un líder que andaba
a tientas en vez de gobernar y que, en vez de vencer las
situaciones se dejaba dominar por ellas.
El país que dirigía no dejaba por ello de ser la nación
más poderosa, más rica, más derrochadora, más
envidiada y más imitada del planeta. Su producto
nacional bruto era tres veces mayor que el de la Unión
Soviética y superior al de Francia, Alemania Occidental,
Gran Bretaña y Japón, en su conjunto. Era el primer
productor mundial de carbón, de acero de uranio y de
gas natural. Su agricultura seguía siendo una maravilla
de productividad, capaz de alimentar al mismo tiempo
a su población y a la de la Unión Soviética. Nueve
décimas partes de los ordenadores del mundo, casi
todos los microprogramadores, tres cuartas partes de
los aviones civiles y un tercio de los automóviles salían
de sus fábricas.
Esta capacidad industrial iba acompañada de una
potencia militar que, a pesar de los acuerdos de
desarme SALT, representa una fuerza de destrucción
única en la historia de la Humanidad. Durante treinta
años, los Estados Unidos habían Gastado anualmente,
por término medio, ciento treinta mil millones de
dólares para alcanzar este poderío y dotarse de un
arsenal termonuclear de tan terrible eficacia que el
presidente podía, en su calidad de jefe supremo de los
ejércitos, destruir cien veces la Unión Soviética y borrar
todo rastro de vida en el planeta, mientras que la
integridad del territorio americano quedaba
garantizada por el sistema de vigilancia electrónica y de
alerta por satélites más sofisticado que podía producir
la tecnología moderna. Siete redes detectoras
observaban el espacio circundante Americano con
precisión capaz de detectar a cientos de millas de las
costas, el paso de un pato migrador.
Así, protegidos por el valor disuasorio de su poder
nuclear, los americanos podían considerarse como una
casta privilegiada. De todos los habitantes de la Tierra,
eran los que corrían menos peligro de ser víctimas de un
exterminio atómico.
El jefe del Estado acababa de comer la sopa cuando
sonó el teléfono en el salón contiguo. Esto ocurría muy
raras veces en las habitaciones privadas de la Casa
Blanca. Al contrario de sus predecesores, el presidente
prefería la lectura de un informe a las conversaciones
por teléfono, y sus colaboradores tenían órdenes de
limitar el empleo de su línea a los mensajes de gran
urgencia. Su esposa fue a contestar a la llamada y volvió
con rostro preocupado.
—Es Jack Eastman. Desea verte en seguida.
Jack Eastman era el consejero del presidente en
cuestiones de seguridad nacional. General de Aviación,
de cincuenta y seis años y cabellos grises cortados a
cepillo, acababa de sustituir a Zbigniew Brzezinski en la
oficina de la esquina del ala oeste de la Casa Blanca,
hecha célebre por Henry Kissinger.
El presidente se disculpó y salió. Dos minutos
después, penetró en el despacho de sus dependencias
privadas. Le bastó una mirada a su colaborador para
comprender la gravedad de su visita. Tan parco en
palabras como en ademanes, Eastman le entregó
inmediatamente una carpeta de cartón.
—Señor presidente, creo que debe enterarse de este
pliego. Es la traducción de una cinta grabada en árabe
y dirigida a usted que fue depositada a primera hora de
la tarde en el puesto de guardia principal.
El presidente abrió la carpeta y leyó las dos hojas
mecanografiadas.

Consejo Nacional de Seguridad


Referencia: 412.471 - 136.281
TOP SECRET
Exposición: Hoy, trece de diciembre, a las quince y
treinta horas ha sido entregado al oficial de guardia
de la puerta Madison de la Casa Blanca, por una
mujer no identificada, un sobre cerrado. Este sobre
contenía:

1. Un plano, levantado a escala industrial, de un


aparato de naturaleza desconocida.

2. Un legajo compuesto de cuatro páginas de


cálculos matemáticos y físicos.

3. Una cassette de treinta minutos, grabada con la


voz de un hombre que hablaba en árabe.

Traducción de la cinta, realizada por E. F. Sheenan,


del Departamento de Estado:
«Día sexto del mes de Jumad al Awal, del año mil
cuatrocientos uno de la Hégira.
»Yo te saludo, ¡Oh, presidente de la República de los
Estados Unidos de América! Que al recibir este
mensaje goces, por la gracia de Alá de la bendición
de una salud feliz.
»Me dirijo a ti porque eres un hombre
misericordioso, sensible a los sufrimientos de los
pueblos inocentes y martirizados.
»Afirmas que quieres restablecer la paz en el
Próximo Oriente, y ruego a Dios que te bendiga por
este esfuerzo, pues también yo soy hombre de paz.
Pero no puede haber paz sin justicia, y no habrá
justicia para mis hermanos árabes de Palestina
mientras los sionistas, con la bendición de tu país,
sigan robando la tierra de mis hermanos para
instalar en ella sus colonias ilegales.
»No habrá justicia para mis hermanos árabes de
Palestina mientras los sionistas les nieguen, con la
bendición de tu país, el derecho a volver a la patria
de sus padres.
»No habrá justicia para mis hermanos de Palestina
mientras los sionistas ocupen nuestra mezquita
sagrada de Jerusalén.
»Por la gracia de Dios, yo estoy hoy en posesión del
arma de destrucción absoluta. Te envío, con este
mensaje, la prueba científica de esta afirmación.
Doliéndome en el alma, pero con clara conciencia de
mi responsabilidad para con mis hermanos de
Palestina y todos los pueblos árabes, decidí hacer
transportar este arma al interior de tu isla de Nueva
York, donde se encuentra actualmente. Y me veré
obligado a hacerla explotar en un plazo de treinta y
seis horas a contar desde la medianoche de hoy, o
sea a las doce de pasado mañana, martes quince de
diciembre, hora de Nueva York, si, en el intervalo no
has obligado a tu aliado sionista a:

»1. Evacuar sus colonias ilegalmente instaladas


en los territorios robados a la nación árabe en el
curso de su guerra de agresión de 1967.
»2. Evacuar a todos sus súbditos residentes en
la zona este de Jerusalén y en el sector de nuestra
santa mezquita.
»3. Anunciar al mundo su intención de permitir
a todos mis hermanos palestinos que lo deseen el
regreso inmediato a su patria y el goce de todos sus
derechos como pueblo soberano.
»Debo advertirte, además, que, si dieses publicidad
a esta comunicación o empezases de alguna manera
la evacuación de Nueva York, me vería obligado a
hacer explotar inmediatamente la bomba
aniquiladora colocada en la ciudad.
»Pido a Dios que en esta hora tan grave, te otorgue
el don de su misericordia y su sabiduría.
MOAMAR GADAFFI
Presidente de la Jamahiriya
Árabe Libia Popular Socialista.

El presidente interrogó, estupefacto, a su


colaborador:
—¿Es una broma, Jack?
—Esperemos que así sea. Todavía no hemos podido
comprobar si este mensaje procede realmente de
Gadaffi o si es obra de unos siniestros guasones. Sin
embargo, nos preocupa que el Servicio de Urgencia
Nuclear del Ministerio de Energía haya dicho que el
plano que acompaña al mensaje es un documento
sumamente complicado. Ha sido enviado al laboratorio
de Los Álamos para una peritación a fondo. Esperamos
el resultado. He convocado el Comité de Crisis para las
veinte horas, por si fuese necesario. Pensé que debía
informar a usted de ello.
El presidente agachó la cabeza, con aire de
consternación. Era el primer jefe de Estado de un gran
país de la Era atómica que tenía un sólido conocimiento
de los misterios de la física nuclear. Y ninguna región
del mundo le había causado tantas preocupaciones e
inspirado tanta compasión como el Próximo Oriente. La
paz en el Próximo Oriente había sido su obsesión casi
permanente desde el día en que se había instalado en la
Casa Blanca. Y es que, de una manera extraña, en cierta
forma, simbólica, conocía y amaba los djebels y las
llanuras rocosas de aquel país, casi tanto como las
gredosas colinas de su Georgia natal. Los visitaba cada
día en su imaginación al leer la Biblia.
—Jack, me parece inverosímil que semejante
amenaza proceda de Gadaffi, —dijo, apretando el dedo
índice sobre el hoyuelo de su mentón—. Se trata de una
acción demasiado irracional. Ningún jefe de una nación
soberana se atrevería a hacernos un chantaje como éste,
ocultando una bomba atómica en Nueva York. Aunque
matase a treinta mil personas, no puede ignorar que
nosotros no vacilaríamos, como represalia, en destruirle
a él y a toda la población de su país. Tendría que
haberse vuelto loco para hacer una cosa tan
disparatada.
—Soy de su misma opinión. Por esto me inclino
personalmente a pensar que se trata de una broma
pesada o, en el peor de los casos, de una comedia urdida
por un grupo terrorista que se escuda con el nombre de
Gadaffi.
Eastman veía las luces del árbol de Navidad
plantado en el césped de la Casa Blanca como un
ramillete de estrellas multicolores centelleando en la
oscura noche de diciembre. El timbre del teléfono le
sacó de su contemplación.
—Debe de ser para mí, —dijo, excusándose—; avisé
al operador de que estaría con usted.
Mientras su consejero se dirigía al teléfono, el
presidente se acercó a la ventana y observó con
melancolía los faros de los escasos coches que subían
por Pensilvania Avenue. No era el primer presidente
americano que tenía que enfrentarse con un chantaje
terrorista nuclear en una ciudad americana. Gerald
Ford había tenido este triste privilegio en 1974, y
también a propósito del conflicto del Próximo Oriente.
Unos palestinos le habían amenazado con hacer estallar
una bomba atómica en el corazón de la ciudad de
Boston, si once camaradas suyos no eran sacados de las
cárceles israelíes. Como la mayoría de otra cincuentena
de casos semejantes producidos a continuación, la
amenaza había resultado falsa. Pero, durante varias
horas, Gerald Ford había tenido que prever la
evacuación de la capital de Massachussets.
Los habitantes de Boston no se enteraron de nada.
—¿Señor presidente? —El jefe del Ejecutivo se volvió
y vio que su consejero había palidecido intensamente—.
Acaban de llamar desde el laboratorio de Los Álamos.
Según el primer análisis, el plano corresponde a una
verdadera bomba atómica.
Una elegante joven envuelta en un abrigo de pieles
de lobo penetraba en aquel momento en una cabina de
los lavabos de la estación central de Washington. Se
quitó la peluca rubia que se había puesto para ir a
entregar el sobre del coronel Gadaffi en la Casa Blanca,
y peinó cuidadosamente sus cabellos negros recogidos
en un moño. Metió la peluca en el fondo de su bolso y
salió apresuradamente a la inmensa rotonda flanqueada
de concavidades copiadas de las de los baños romanos
de Diocleciano.
Leila Dajani era hermana del pasajero del Dyonisos.
Torció a la izquierda y se dirigió a una galería, donde
encontró lo que buscaba: las casillas metálicas de la
consigna automática. Abrió una al azar, depositó un
sobre en ella, introdujo en la ranura dos monedas de
veinticinco centavos y retiró la llave. Volvió a cruzar el
vestíbulo, entró en una cabina telefónica y marcó un
número.
Cuando la persona llamada descolgó el aparato, se
limitó a murmurar el número de la llave que tenía en la
mano: «K-602».
Tres minutos más tarde, llegaba corriendo al andén
número seis y tomaba el último tren Metroliner con
destino a Nueva York.

La llamada de la joven palestina había sonado en


una cabina telefónica de la esquina de Broadway y la
Calle 42, de Nueva York. Después de anotar el número
de la llave, el ocupante de la cabina introdujo cuatro
monedas de veinticinco centavos en el aparato y marcó
el prefijo 202 y, después, el 456-14-14. Era el número de
la Casa Blanca. Habló unos momentos con la
telefonista, colgó, se ajustó el gorro de astracán, salió y
se perdió entre la multitud de noctámbulos de Times
Square.
Cuarentón y corpulento, con una seria expresión
intelectual en su rostro rubicundo, fino bigote negro y
gafas de gruesa montura, Whalid Dajani era el tercer
miembro del trío familiar palestino a quien las
circunstancias habían puesto al servicio de Gadaffi para
el cumplimiento de su amenaza contra Nueva York.
Dajani saboreó maravillado el espectáculo de
Broadway. No se notaba la crisis de energía en la «gran
vía blanca, en aquel reguero de luces» pensó,
contemplando los escaparates resplandecientes, los
tapices de colores que formaban los gigantescos
anuncios eléctricos al trepar por los muros de la noche.
El espectáculo de las aceras le sorprendió aún más. En
la esquina de la Calle 43, coristas del Ejército de
Salvación, temblando en sus uniformes azul marino,
cantaban resueltamente: Venid a mí, hijos de Dios, a
pocos metros de un enjambre de prostitutas que
exhibían sus encantos bajo provocativos calzones de
lentejuelas.
Había un muestrario poco común de humanidad en
aquella muchedumbre. Turistas que iban de parranda;
noctámbulos distinguidos, de smoking y vestido de
noche, que se dirigían al teatro o al cabaret; chulos con
abrigo de cuero y botas de tacón alto; muchachos de los
barrios de barracas de la ciudad alta, que venían a soñar
en esta orgía de luces; mendigos que tendían la gorra;
policías regordetes que patrullaban con la porra en la
mano; carteristas y descuideros en busca de víctimas;
soldados y marinos cantando a voz en grito. En la
esquina de la Calle 46, un hombre de negra levita
increpaba a los transeúntes con voz amenazadora: «¡El
fuego del infierno y la condenación os esperan,
habitantes de Sodoma y Gomorra!». Un poco más
arriba, en la misma Broadway, un papá Noel, tan flaco
que los postizos de su traje no conseguían darle el físico
propio de su función, agitaba una campanilla ante un
caldero en el que llovían las limosnas. Detrás de él, dos
travestis con pelucas de un rubio oxigenado, camelaban
a sus clientes en el umbral de una puerta, con voces de
falsete que no dejaban la menor duda sobre su sexo.
Una humanidad bulliciosa, pegajosa, múltiple,
deslizándose en un congosto de luces; un mosaico
breugheliano cuya vibrante enormidad percibía el
palestino a cada paso. Al cruzar la avenida, Whalid
Dajani sintió de pronto como una puñalada en el fondo
del estómago. ¡Su úlcera! Entró precipitadamente en el
primer bar lácteo que encontró y pidió un vaso de leche.
Tragó ésta con la misma avidez que un alcohólico
echándose al coleto el primer whisky del día. Después,
reanudó su marcha por Broadway.
Al poco rato, el eco de la voz de Frank Sinatra
cantando una de sus viejas tonadas le indicó el
emplazamiento de la tienda que buscaba. Entró en un
establecimiento de radio y de discos violentamente
iluminado, pasó por delante de la exposición de
álbumes y de cassettes y se detuvo ante el mostrador de
cassettes vírgenes. Hurgó en los casilleros hasta
encontrar una cassette de treinta minutos y de marca
BASF.
—Oiga, amigo —le dijo el vendedor—, estamos
haciendo una promoción de las Sony. Tres cassettes por
cuatro dólares y noventa y nueve centavos.
—Gracias, pero prefiero las BASF, respondió Whalid
Dajani.
Al salir, atrajo su mirada el gigantesco cartel del
fumador de cigarrillos «Winston», lanzando anillas de
humo. Todavía faltaban dos horas para su cita. Siguió su
paseo por la legendaria avenida, hoy invadida por una
profusión de negocios de sexo, salones de masaje y salas
de cine pornográfico. Eligió una película cuyo título
prometedor, Los ángeles de Satán, le hizo sonreír.

A varias manzanas de Times Square, las Hermanas


de la Caridad, de la Orden de San Vicente de Paúl, del
centro Kennedy para niños inadaptados, se disponían a
presentar un espectáculo de clase muy diferente. Tierna
y cariñosamente, conducían un grupo de niños hacia el
árbol de Navidad, que se alzaba en medio de la sala de
fiestas como una antorcha de esperanza. Sus pasos
inseguros, sus miradas oblicuas, sus bocas deformadas,
delataban la maldición que había caído sobre ellos. Eran
mongólicos.
La madre superiora hizo sentar a sus protegidos en
semicírculo alrededor del abeto. Al ver las guirnaldas de
bombillas que lo iluminaban, la alegría de los
asombrados niños estalló en una charla patética y
discordante. Entonces, la superiora se dirigió a los
padres asistentes.
—Maria Rocchia inaugurará nuestra fiesta cantando
Nació el Niño divino.
Tomó de la mano a una niña de unos diez años y
largas trenzas castañas sujetas con cintas de color de
rosa. Paralizada por el miedo, la criatura permaneció
muda. Por fin, emitió un sonido que no era más que un
ronco lamento. Presa de violentos temblores, empezó a
patalear. Todo su cuerpecito experimentaba sacudidas,
como bajo los efectos de una descarga eléctrica.
Sentado en primera fila, un hombre de unos
cincuenta años, que vestía un serio traje gris, se
enjugaba la frente. Cada convulsión de la niña, cada
sonido incoherente que brotaba de sus labios, le herían
dolorosamente. Era su único hijo. Desde que su madre
había muerto de leucemia, hacía tres años, vivía en la
casa de las hermanas.
Ángelo Rocchia miraba a su hija con apasionado
amor. La tempestad que sacudía la frágil silueta amainó.
Y al fin se oyó una palabra vacilante, y después, otra, y
otra más. La voz seguía siendo ronca, pero no
desentonaba al cantar la melodía.

Nació el Niño Divino,


Cantemos su advenimiento.

Ángelo se enjugó las sienes grises y se desabrochó la


chaqueta, suspirando aliviado. Uno de los atributos de
su profesión apareció entonces sobre su cadera derecha.
Era un Smith Wesson de servicio, calibre treinta y ocho.
El padre de la niña que luchaba con las estrofas de su
canción de Navidad era el inspector principal de la
brigada criminal de la Policía neoyorquina.

En un puesto de mando subterráneo de los


alrededores de Germantown, Maryland, a cuarenta
kilómetros de la Casa Blanca, un hombre descolgó el
teléfono. Aquella noche de Domingo, Jim Davis estaba
de guardia en el puesto de mando de Urgencias
Nucleares del Departamento de Energía, uno de los
numerosos fortines secretos desde los que sería
gobernada América en caso de guerra nuclear.
Siguiendo las órdenes que Jack Eastman, consejero
del presidente de los Estados Unidos en cuestiones de
Seguridad nacional, había dado unos minutos después
de la llegada del informe preliminar del laboratorio
atómico de los Álamos sobre la naturaleza de la bomba
de Gadaffi, Davis se disponía a poner en movimiento el
proceso más eficaz inventado por el Gobierno
norteamericano para hacer frente a una amenaza
nuclear terrorista.
Su teléfono le daba acceso directo al sistema
protegido de Comunicaciones militares Autodin
Autovon, red cuyos números de cinco cifras se
consignaban en un volumen verde de setenta y cuatro
páginas que era, probablemente, el anuario más
confidencial del mundo.
—Centro del mando militar nacional, comandante
Evans, —anunció una voz, contestando desde otro
puesto de mando subterráneo, construido debajo del
Pentágono.
—Aquí el centro de operaciones de urgencia del
Departamento de Energía —dijo Davis—. Tenemos una
emergencia nuclear. Prioridad «Flecha rota».
Reprimió un estremecimiento al pronunciar este
nombre en clave, que significaba la más alta prioridad
atribuida por el Gobierno norteamericano a una crisis
nuclear en tiempo de paz.
—Lugar de la emergencia —siguió diciendo—: la
ciudad de Nueva York. Pedimos los medios de
transporte aéreo necesarios para el traslado de la
totalidad de nuestro personal especializado y de su
material.
Esta petición iba a lanzar al combate una de las
organizaciones más secretas del Estado norteamericano,
un areópago de sabios y de técnicos mantenidos en
estado de alerta de día y de noche, en la sede del
Departamento de Energía, así como en diversos
laboratorios atómicos de los Estados Unidos. Era
oficialmente conocida por las iniciales NEST, de
Nuclear Explosive Search Teams, brigadas de busca de
explosivos nucleares. Con sus ultrasensibles detectores
de neutrones y rayos gamma, y sus técnicas de
investigación sumamente perfeccionadas, los equipos
Nest ofrecían la única posibilidad científica de hacer
fracasar la amenaza dirigida por la tarde al presidente
de los Estados Unidos.
En su puesto de mando del Pentágono, el
comandante Evans compuso inmediatamente una serie
de fórmulas en clave en el teclado de un terminal de
ordenador. En un segundo apareció en la pantalla la
lista de las operaciones que tenía que realizar para
cumplir la misión que acababa de serle confiada. Debía
asegurar el transporte por aire de doscientos hombres
con su equipo, partiendo de las bases de Kirkland
(Nueva México) y de Travis (California). Para esto, el
mando del transporte aéreo de la base de Scott (Illinois)
tenía cuatro «Starlifter C-141» en alerta permanente. El
ordenador concretó, en fin, que todo el personal y sus
materiales deberían ser desembarcados en secreto en la
base de McGuire, de Nueva Jersey. Era la base más
próxima a Nueva York, capaz de recibir los aviones de
carga «Starlifter». Solo estaba a una hora en automóvil
de Manhattan.
Evans volvió a teclear, y nuevas indicaciones
aparecieron en la pantalla.
—Su primer aparato aterrizará en Kirkland a las
dieciocho treinta, hora local, —pudo precisar un
segundo más tarde al oficial del Departamento de
Energía que le había llamado.
En el cielo de Kansas, un «Starlifter» que
transportaba motores de recambio con destino a una
base de Texas, cambió bruscamente de rumbo para
dirigirse al Sudoeste, a buscar en Nuevo México los
primeros elementos de las brigadas Nest. Inclinado
sobre sus mapas, en la penumbra de la cabina el piloto
preparaba ya su plan de vuelo hacia Nueva York.

A las 20 horas, el presidente de los Estados Unidos


hizo su entrada en la sala de conferencias del Consejo
Nacional de Seguridad, emplazada en el subsuelo del ala
oeste de la Casa Blanca. Todos se pusieron en pie. La
familiar aparición provocaba siempre una viva
curiosidad. Incluso para sus ministros más curtidos,
una especie de aureola envolvía la persona del jefe del
Estado. El peso de sus responsabilidades, el alcance de
sus poderes, la fuerza que encarnaba, hacían de él un
ser singular, aunque absolutamente humano. Esta
noche, como siempre que se producía una crisis, se
añadía a este sentimiento habitual el peso de la angustia
y el impulso de una sorda esperanza que sólo él podía
despertar.
—Les agradezco que hayan venido, señores, y les
pido que recen conmigo para que la crisis que nos reúne
aquí no sea más que una broma detestable.
Con su vulgar mesa ovalada y sus sillones tapizados
de skay rojo, la sala del Consejo Nacional de Seguridad
de los Estados Unidos parecía la de juntas de un
pequeño Banco de provincia.
Sin embargo era allí entre aquellas paredes de un
verde pálido, donde Kennedy había previsto el estallido
de la Tercera Guerra Mundial, durante la crisis de los
mísiles cubanos; donde Johnson había decidido enviar
medio millón de americanos a Vietnam; donde Nixon,
había proyectado la caída de Salvador Allende y el
reconocimiento de China. El propio presidente había
discutido, en esta sala, las consecuencias del
derrocamiento del Sha del Irán y la respuesta de
América a los dramáticos desafíos lanzados por su
sucesor.
La aparente vulgaridad de la estancia era engañosa.
Un simple botón hacía que se desenrollasen gigantescas
pantallas de proyección y mapas del mundo. Delante de
cada sillón, un cajón contenía un teléfono, equipado con
un sistema automático de interferencias. Y, sobre todo,
por ser contigua al centro de telecomunicaciones de la
presidencia de los Estados Unidos, esta pieza estaba
enlazada por hileras de pupitres de transmisión
provistos dé pantallas vídeo a todos los órganos de
mando del Estado: el Pentágono, la CIA, el
Departamento de Estado, la Agencia Nacional de
Seguridad, el alto mando de las fuerzas aéreas
estratégicas. Las instrucciones emanadas de esta sala
podían ser de este modo transmitidas a todas las
instalaciones americanas de todo el mundo ya fuese al
oficial artillero del portaaviones Kitty Hawk, situado
delante del estrecho de Ormuz, frente a las instalaciones
petrolíferas iraníes ya fuese a todos los aviones militares
de los Estados Unidos en vuelo en todos los cielos del
Globo. En un rincón se encontraba el famoso teléfono
rojo entre la Casa Blanca y el Kremlin, y que no es un
teléfono propiamente dicho, sino un teletipo.
Con un ademán, el jefe del Estado invitó a sus
colaboradores a tomar asiento. Curiosamente, la
asamblea parecía un equipo de golfistas de regreso de
una competición, más que el Estado Mayor del
Gobierno de los Estados Unidos para momentos de
crisis. Los secretarios de Defensa y de Energía los
directores de la Agencia Central de Información (CIA),
de la Oficina Federal de Investigación (FBI) Seguridad
Federal norteamericana, el presidente del comité de
jefes de Estado Mayor y el subsecretario de Estado,
lucían el sensible atuendo dominguero que llevaban al
ser sorprendidos por la llamada del general Eastman:
jeans, camisas de cowboy, chaquetas deportivas e
incluso camisetas de gimnasia.
La acerada mirada del presidente recorrió la
asamblea y se detuvo en Eastman.
—Jack, ¿por qué no está aquí James?
En los momentos graves todo hombre aspira a tener
a su lado un ser, masculino o femenino, que pueda
ponerse completamente en su lugar y aconsejarle como
amigo en el momento crítico de las decisiones. Aunque
se supiese rodeado de los mejores cerebros de la nación,
el presidente no escapaba a esta necesidad.
Por esto había traído de su Georgia natal un
pequeño equipo de fieles, de cómplices, de boys, y los
había instalado en la Casa Blanca. James Mill, de treinta
y cuatro años, antiguo estudiante de ciencias políticas,
era uno de ellos.
Cada vez que se hallaba ante un problema, el
presidente empezaba analizando sus principales
elementos. Esta manera de proceder, un poco lenta,
pero metódica, la debía a su formación militar. Pidió al
general Eastman que leyese la carta de Gadaffi recibida
por la tarde, y dijo seguidamente:
—Creo, señores, que, antes de pensar en emprender
la menor acción, tenemos que responder a una primera
pregunta: esta amenaza, ¿va realmente en serio?
Un murmullo de aprobación acogía su sugerencia,
cuando brotó una voz del amplificador colocado en el
centro de la mesa de conferencias. La comunicación
venía de Nuevo México. Harold Wood, director del
laboratorio atómico de Los Álamos, hablaba desde el
otro extremo de la línea.

Con sus tupidos cabellos rubios estriados de blanco


y su complexión atlética, el hombre que se disponía a
hablar parecía más un leñador sueco que un
investigador de laboratorio. Sin embargo, Harold Wood
era uno de los últimos supervivientes del prestigioso
equipo de sabios que una noche de invierno de 1942,
había hecho entrar el mundo en la Era atómica. Sus
compañeros, —Einstein, Oppenheimer, Bohr,
Fermi...—, habían desaparecido, pero sus relatos
estaban allí, en las paredes de su despacho, como fiel
homenaje al recuerdo de los pioneros de la epopeya
nuclear. El centro de Los Álamos, dirigido por él, era el
templo de la ciencia atómica norteamericana. Era allí,
en pleno corazón del gran desierto pedregoso de Nuevo
México, al pie de las vertiginosas escarpas de la Meseta
del Pajarito, donde Agnew y sus compañeros habían
construido, en 1945, la primera bomba atómica.
Treinta y seis años más tarde, en el mismo lugar,
Agnew acababa de enterarse de que sus trabajos,
realizados por el bien de América, amenazaban con
volverse contra ella. Rodeado de su equipo, había
empleado toda la tarde en pasar por el tamiz los
documentos técnicos adjuntos a la cassette de Gadaffi,
comprobando las columnas de fórmulas matemáticas,
las densidades neutrónicas, los factores calóricos, las
curvaturas de las lentes.
A medida que los ordenadores escupían los
resultados, la realidad aparecía, inexorable. Y ahora,
con un nudo de emoción en la garganta, Harold Wood
iba a comunicar el resultado de un estudio a la suprema
autoridad de su país. Desde su despacho percibía las
luces de Los Álamos, sus lindas villas de estilo
mexicano, su iglesia con campanario de espadaña, sus
escuelas floridas, la atractiva ciudad cuya única razón de
existir era la fabricación de las mortíferas armas
nucleares.
Apenas alterada por la distancia, la voz del físico
llenó la sala de conferencias de la Casa Blanca. Los
semblantes eran graves, atentos. Como en todos los
momentos solemnes, el presidente había cruzado las
manos sobre la mesa. Y escuchaba, concentrado, tenso.
—Señor presidente, el diseño y las indicaciones que
figuran en los documentos que nos han sido enviados
no corresponden a una bomba atómica... —Un ¡Ah!
general de alivio sofocó momentáneamente su voz—. El
diseño en cuestión corresponde en realidad a una
bomba de hidrógeno. —El sabio carraspeó—. Una
bomba H de tres megatones. Ciento cincuenta veces
más potente que la bomba de Hiroshima.
Kamal Dajani, el pasajero del Dyonisos que había
llegado de manera clandestina a Nueva York tres días
antes, observó con cuidado las casas a su alrededor. Ni
una ventana estaba iluminada. En cuanto se hubo
asegurado de esto, se agachó y avanzó a gatas sobre el
tejado helado. Arrastraba un saco de golf que contenía
los elementos de una antena de televisión, así como los
de una antena de radio de sensibilidad especial, debido
a la aleación de bronce fosforoso que la componía.
Cuando llegó a la chimenea fuera de servicio que había
descubierto por la tarde, fijó en ella las dos antenas con
una inclinación de ciento ochenta grados Sur Sudeste.
El hombre que había elegido aquel viejo almacén de
depósito del bajo Manhattan había seguido a la
perfección sus instrucciones. Ningún obstáculo
perturbaría allí la recepción de una señal.
El palestino comprobó de forma minuciosa su
instalación. Un breve destello de su linterna le
tranquilizó. Todo estaba en orden.
Siempre a gatas, emprendió el camino de regreso
desenrollando detrás de él el cable que había fijado a la
base de la antena. De pronto, escuchó un estruendo de
risas en la calle de abajo. Un grupo de noctámbulos salía
de un bar próximo. Kamal contuvo el aliento. Tumbado
sobre el borde del tejado, permaneció inmóvil hasta que
la última carcajada se hubo extinguido en el fondo de la
noche invernal.
Unas calles más allá, el jefe de redacción del New
York Times, contemplaba el grueso fajo de galeradas
colocado encima de su mesa. Aunque la actualidad de
este domingo no era muy interesante el New York
Times permanecía fiel a su divisa. El número de
mañana ofrecería, en sus doscientas cuarenta y ocho
páginas, todas las noticias dignas de ser publicadas, es
decir, más informaciones que cualquier otro periódico
del mundo: más comentarios, entrevistas, reportajes,
resultados, estadísticas, consejos; más despachos de
más lugares del Universo, desde la Casa Blanca hasta la
frontera ruso-china; desde los pasillos de Wall Street,
hasta los palacios de los emires del petróleo; desde los
vestuarios del Yankee Stadium hasta las antecámaras
del Kremlin. El diario que nacía cada noche en los
catorce pisos del venerable edificio de la esquina de
Broadway y la Calle 43 era una institución única. Era la
conciencia de América, un espejo de la historia tan
universal que, según se decía, «si un suceso no aparecía
en las páginas del New York Times, era que no se había
producido».
Antiguo redactor deportivo, Myron Pick dirigía la
redacción neoyorquina del diario: un equipo de unos
setecientos periodistas instalados en una sala tan
grande como la nave de una catedral.
Su alta silueta filiforme señoreaba sobre ellos en una
especie de puente de mando que dominaba una
multitud de mesas metálicas llenas de máquinas de
escribir, teléfonos y teletipos. El ambiente era el propio
de Nueva York, confuso, ruidoso, superpoblado.
Tabiques de cristal dividían la sala en un mosaico de
especialidades que llevaban por nombres «Información
General», «Economía», «Sociedad», «Ciencias»,
«Deportes», «Arte y Espectáculos», «Inmobiliaria»,
«Ocios», «Necrología». Pick había tardado años en
identificar a sus ocupantes: reporteros deportivos que
aparecían fugazmente, críticos de teatro con horarios de
pájaros nocturnos, comentaristas de ajedrez
ceremoniosos como notarios, viejos especialistas en
sucesos, redactores de páginas necrológicas, taquígrafos
de Prensa trabajando en la sombra para la CIA,
lobeznos hambrientos de primeras noticias,
columnistas, reporteros de sociedad, investigadores,
cronistas, escritores, algunos emboscados detrás de las
columnas o colocados tan lejos, que los predecesores de
Pick empleaban antaño gemelos para vigilarles. Un
mundo heterogéneo también a imagen y semejanza de
Nueva York, con su mezcolanza de genios, artistas,
chiflados y vagabundos.
Como siempre, una viva agitación precedía al cierre.
Se multiplicaban las idas y venidas de los periodistas los
timbrazos de los teléfonos, las crepitaciones de las
máquinas de escribir.
Pick y sus ayudantes recorrían los departamentos
para apremiar a los que se retrasaban y comprobar la
fotocomposición de los últimos artículos. Dentro de
unos minutos, las rotativas empezarían a imprimir el
periódico. Esta agitación febril no cesaría en toda la
noche, porque las ediciones se sucederían hasta el alba,
en una cadena sin fin de papel que devoraba
anualmente más de cinco millones de árboles.
«Grace Knowland ¡la llama el señor Pick!»
Todavía funcionaba el altavoz que había hecho
temblar a generaciones de reporteros. Una joven alta
con pantalón y chaqueta de lana, respondió a la
llamada. Grace Knowland, de treinta y cinco años, hacía
seis que trabajaba como redactora de las páginas
neoyorquinas del Times. Había subido uno a uno los
peldaños de la rígida jerarquía que obligaba a las recién
llegadas a sentarse primero en el fondo de la sala para
recoger algunas migajas de actualidad: la ruptura de
una canalización en Brooklyn, el nacimiento de un oso
panda en el zoológico del Bronx o la fiesta nacional
ucraniana. Un año ocupándose de los sucesos del
distrito de Policía del sur de Manhattan había
completado su experiencia haciéndola avanzar unos
cuantos grados. El asesinato de una joven en una acera
de un pacífico barrio del Lado Este le había dado su
oportunidad. En el curso de su investigación, había
descubierto que al menos treinta y ocho personas
habían oído los gritos de socorro de la víctima. Y nadie
se había movido. Su artículo había trastornado a los
lectores del Times y ascendido a Grace a la tercera fila
de la sala de redacción. Esta joven alta, fisgona, seria,
eficaz, era esa clase de reportero que necesitaba Myron
Pick para realizar las ideas que bullían en su espíritu
inquieto. Le gustaba enviarla a explorar las realidades
neoyorquinas: la contaminación, los transportes, los
hospitales, el sistema de educación pública, los
conflictos raciales, los corredores de apuestas la
corrupción municipal. Su artículo de la antevíspera,
denunciando la incapacidad de los servicios urbanos
para limpiar las calles de Nueva York después de la
última nevada había provocado un alud de
correspondencia y de llamadas telefónicas aplaudiendo
sus críticas.
Myron Pick tenía una manera casi hipnótica de
comunicarse con sus periodistas. Rodeó el cuello de la
joven con un brazo y la arrastró al pasillo para hablarle
al oído. Este tono confidencial daba siempre un relieve
particular a lo que tenía que decir.
—Parece que tu artículo ha hecho cundir el pánico
en el Ayuntamiento. El alcalde acaba de anunciar que
dará una conferencia de Prensa, mañana por la mañana,
a las nueve, para rebatir tus acusaciones contra el
servicio urbano de limpieza. Tienes que ocuparte de
esto querida. —Su tono se hizo más confidencial—. Ya
sabes, estas historias apasionan a la gente.

En la Casa Blanca había caído un silencio angustioso


sobre los miembros del Comité de Crisis. Todos estaban
aturdidos por las conclusiones del laboratorio nuclear
de Los Álamos.
La bomba de hidrógeno representaba el
refinamiento supremo descubierto por el hombre en su
incansable carrera hacia su destrucción. Al contrario de
la bomba atómica corriente, resultado de la aplicación
práctica de una teoría científica universalmente
conocida, la fabricación de una bomba H dependía de
un secreto, el secreto más colosal desde que los
trogloditas de la antigüedad habían aprendido a
dominar el fuego. Sin duda el secreto más furiosamente
guardado del planeta. Decenas de millares de físicos
competentes conocían el principio de la bomba atómica.
Pero sólo trescientos, o quizá menos, poseían la fórmula
mágica de la bomba de hidrógeno.
La voz metálica de Harold Wood llenó de nuevo la
sala.
—Se trata de un ingenio parecido a «Mike», nuestra
primera bomba H, probada en el atolón de Eniwetok en
1952. Está concebido para ser colocado en un cilindro
del tamaño de un barril de petróleo. Calculamos que
debe pesar, alrededor de una tonelada. Una toma de
corriente hembra, fijada en la parte superior del
aparato, permite conectarlo con un dispositivo de
ignición. Este dispositivo, independiente, funciona tal
vez bajo la acción de un impulso radioeléctrico.
Una sorpresa cada vez más viva se reflejaba en la
mayor parte de los semblantes alrededor de la mesa.
Sólo el presidente permanecía impávido. Aprovechando
una pausa, preguntó:
—Señor Wood, ¿puede indicarnos qué tipo de
bomba atómica debe hacer explotar esta bomba H?
Esta pregunta denotaba la experiencia del
presidente en materia de armamento nuclear.
—Una bomba de plutonio doscientos treinta y
nueve, señor presidente. Absolutamente simple y
clásica. Dos hemisferios de plutonio de un peso de dos
kilogramos con cuatro mil setecientos treinta y seis
gramos. ¡Lo suficiente para provocar una buena masa
crítica!
—¿Y el explosivo para hacer detonar la bomba A?
—Tserdlov seis. Un excelente producto ruso.
—¿Y las lentillas?
El presidente se refería a los minúsculos sistemas
ópticos destinados a convertir las numerosas ondas de
choque provocadas por la explosión del Tserdlov en una
serie de haces perfectamente simétricos y capaces de
aplastar de un solo impacto el plutonio en el corazón de
la bomba A.
—Se trata de una variante de las viejas lentillas
Greenglass. Rudimentarias, pero eficaces.
Cada respuesta provocaba una mueca imperceptible
en el rostro del presidente. Mirando el altavoz con
dolorosa intensidad, siguió preguntando:
—¿Y los materiales para la bomba H, Señor Wood?
¿Es concebible que el coronel Gadaffi haya podido
procurárselos?
—¡Con toda facilidad! Debió de empezar empleando
cloruro de litio. Es un producto químico que se
encuentra en el comercio. Se utiliza en ciertos
acumuladores eléctricos. Cuesta a menos de un dólar la
libra. También necesitó un poco de agua pesada. Pero
cualquier receta científica o médica permite comprarla.
—La voz del físico se hizo grave, casi solemne—: Lo
terrible del caso, señor presidente, es que cuando se
conoce la fórmula, no es muy difícil construir una
bomba de hidrógeno. Basta con tener una bomba
atómica y unos cuantos productos químicos muy
corrientes.
Estas palabras flotaron un largo momento en el
saturado aire de la sala de conferencias. Esforzándose
en parecer tranquilo y objetivo el jefe del Estado
formuló entonces la pregunta capital que angustiaba a
todo el mundo:
—En la hipótesis de que la bomba que acaba de
describirnos exista en realidad, en la hipótesis de que se
encuentre realmente oculta en Nueva York, y en la
hipótesis, en fin, de que llegase a explotar, ¿cuáles
serian sus efectos?
El altavoz permaneció mudo durante unos
interminables segundos. Después, como si viniese de
otro planeta, la voz súbitamente derrumbada de Harold
Wood, llenó de nuevo el salón:
—Nueva York sería borrada del mapa.

El inspector Rocchia contemplaba con orgullo el


lento movimiento de las cabezas: los hombres se volvían
siempre al pasar aquella joven alta, de pantalón y
chaqueta de lana, cabellos rubios y echarpe de pelo de
camello flotando sobre los hombros, que se deslizaba
con marcha felina y aire decidido entre las mesas del
restaurante. Unos ojos alegres, un cutis espléndido y
una nariz respingona, como de un retrato de Reynolds,
hacían olvidar definitivamente que la periodista Grace
Knowland tenía treinta y cinco años, un hijo de doce, y
un pasado un tanto agitado.
—¡Salud, ángel mío! —dijo, depositando un beso
furtivo en la frente del inspector, que empezaba a
levantarse.
Se sentó al lado de él, en el banco tapizado de
terciopelo, debajo del cuadro de la bahía de Nápoles y el
Vesubio, que tanto apreciaba Ángelo. Mientras ella
encendía un cigarrillo, Ángelo llamó al camarero.
Aunque era una noche de domingo. el restaurante
Forlini estaba lleno de gente. Como decía el policía era
uno de esos sitios donde se traslucen cosas. Su
proximidad al Palacio de Justicia lo había convertido en
lugar predilecto de reunión de oficiales de Policía,
magistrados, abogados, periodistas y cierto número de
pequeños mafiosos.
Ángelo ofreció un Campari con soda a Grace y
levantó su vaso de Chivas seco. Bebía poco, pero le
gustaba el viejo whisky y los alegres chianti de Toscana.
—Cheers! dijo.
—Cheers! ¿Cómo está María? Confío en que no te
haya resultado demasiado penoso.
—Siempre ocurre lo mismo, ¿sabes? Uno se imagina
que está curtido y ...— Descascarilló un cacahuate
desvió la mirada—. Lo más duro es tener que confesar
que no hay esperanza.
—Pidamos la comida —dijo Grace, esforzándose en
sonreír—. Estoy muerta de hambre.
—Buenas noches, inspector. Les sugiero piccate a la
marsala. ¡Son algo delicioso!
Ángelo levantó los ojos. Había reconocido la voz de
uno de sus confidentes titulares, un siciliano gordo que
vestía traje azul petróleo y corbata de seda blanca. Le
miró con condescendencia.
—¿Cómo van los negocios, Salvatore? ¿Estas un
poco tranquilo estos días?
La sequedad del tono sorprendió a la joven. Siempre
le asombraba la rapidez con que recobraba él sus
reflejos de policía. Sin embargo, eran motivos
profesionales los que habían motivado este nuevo
encuentro. Una encuesta sobre la gran criminalidad la
había conducido un día a una oficina de la Homicide
Squad de Manhattan. Con su perfil de emperador
romano, sus cabellos grises y ondulados, su fino bigote
a lo Vittorio de Sica y su tendencia a prolongar las eres
como los tenores del Metropolitan Opera, el inspector
que la había recibido tenía más aspecto de señor de
mafia que de policía. Ella había observado el botón
negro de luto que llevaba en la solapa y su manera
nerviosa de mascar cacahuates. Para no fumar, había
explicado él.
La había invitado a almorzar. Las relaciones
amistosas con un policía de alta graduación nunca son
inútiles para un periodista, y por esto había aceptado
ella. Pero ciertas circunstancias particulares habían
dado pronto un matiz más personal a sus relaciones.
Rocchia acababa de perder a su esposa, y ella, de
divorciarse. Se habían visto con creciente asiduidad.
Después, una noche tórrida de agosto habían ido a
cenar a una marisquería de Shipshead Bay. Grace
llevaba un vestido de algodón estampado, de generoso
escote. Su maravilloso cutis hacía inútil el maquillaje.
Sólo una sombra azul sobre los párpados y un toque de
carmín para acentuar la curva de los labios.
Ángelo la había contemplado aquella noche con
nueva ternura. La brisa marina, la dulce euforia del
«Lecanina» fresco, el bienestar de aquella noche de
verano, habían cristalizado sus sentimientos. Grace le
había asido del brazo y se había apretado contra él.
Estaban en período de vacaciones; su hijo estaba con la
abuela, y ella se sentía libre por primera vez desde su
divorcio. Habían regresado lentamente en coche, por la
orilla del mar. Ángelo vivía muy cerca de allí, en la
punta de Coney Island, frente al mar, en un gran
inmueble de Atlantic Avenue. Habían escuchado
algunos discos clásicos y bebido un par de whiskies y
después, con toda naturalidad, habían terminado la
noche juntos.
Sin embargo, la felicidad de aquella primera noche
no había despertado una pasión devoradora en aquellos
dos seres cuyas heridas eran demasiado recientes. Pero
el bienestar tranquilo y satisfecho que experimentaban
cada vez que se encontraban era su manera de amarse.
Grace lanzó un grito de alegría al ver las piccate que
trajo el camarero. Su manera exuberante de expresar su
regocijo encantaba a Ángelo. Ella olió el perfume del
marsala.
—Esto me dará fuerzas para enfrentarme con el
sátrapa del alcalde. Porque, ¿no sabes?, ha convocado a
la prensa para mañana a las nueve. Para replicar a la
campaña de críticas contra los servicios municipales de
limpieza de las calles. Cuatro días después del temporal
de nieve del viernes, hay calles que aún no han sido
limpiadas y gente que no puede salir de los garajes. Al
menor incidente, ¡esta ciudad se convierte en una
trampa gigantesca!
Ambos sentían el mismo amor por su ciudad. Sabían
tomarle el pulso, respirar sus olores, escrutar sus
ruidos, espiar su alma. Nueva York fluía por sus venas
como el Ganges sagrado por las de los sadhúes de
Benarés.
El camarero había servido los cafés. Era tarde.
Habían hablado mucho. Ella había bebido demasiado
Soave Bolla y sentía un ligero vértigo. Aplastó su
cigarrillo en el cenicero.
—No podré almorzar contigo el martes, —declaró.
—¿Un reportaje?
Ella le miró con ternura, hundido el rostro entre las
manos, con las largas cejas sombreando sus mejillas.
—No, dijo. Debo someterme a una pequeña
intervención.
Parecía turbada. El aire inquieto de Ángelo la
sorprendió y le dio aliento.
—A mi edad es una estupidez. No deberían ocurrir
estas cosas. —Permaneció un momento silenciosa—.
Estoy embarazada.

El presidente levantó la mano para imponer silencio


a sus colaboradores, que se habían recobrado de su
estupor. Las discusiones, pensaba, sólo servirían para
embrollar la situación.
Dominando su emoción, declaró:
—Caballeros, hay que pasar en seguida a la segunda
cuestión: el chantaje de una bomba H en Nueva York,
¿procede realmente del coronel Gadaffi?
La respuesta incumbía a las tres organizaciones que,
gracias a sus medios casi ilimitados, hacían
teóricamente de América la nación mejor informada del
mundo. El presidente se volvió a su ex condiscípulo de
la Escuela Naval, al cual había puesto al frente de la
Central Intelligence Agency. Desde la revolución iraní,
las deficiencias de la CIA habían sido una de sus
constantes preocupaciones. El almirante Tap
Bennington, de cincuenta y siete años, parecía muy
confuso.
—No hemos podido establecer con certeza si la voz
de la cinta es la de Gadaffi, —confesó—. Las grabaciones
que tenemos de él se realizaron en condiciones
demasiado diferentes como para que sea concluyente un
estudio comparativo.
—Sin embargo, debe de haber en Washington algún
diplomático libio capaz de identificar esta voz, de
decirnos si se trata o no de la de Gadaffi —dijo el
presidente, con impaciencia.
El ex fiscal que dirigía el FBI, intervino con su
cantarino acento de Luisiana.
—Lamento decirle, señor presidente, que no hemos
podido encontrar uno solo de ellos —declaró Joseph
Holborn, con aire compungido—. Ni aquí, ni en Nueva
York. Parecen haberse evaporado todos.
El presidente masculló un juramento que sólo
pudieron oír sus vecinos inmediatos.
—Sin embargo, tenemos razones para pensar que los
documentos que le han enviado no han sido preparados
en los Estados Unidos. Nuestro laboratorio acaba de
descubrir que la máquina de escribir utilizada para la
redacción de los cálculos matemáticos es suiza . Una
Olimpyc. De un modelo fabricado entre 1965 y 1970,
que, según hemos podido averiguar, no se vendió nunca
en los Estados Unidos. El papel utilizado para el plano
es de origen francés. Y, al parecer, solo se vende en
Francia. La cassette es de la marca BASF, de Alemania
Occidental. Un modelo muy corriente. Puede obtenerse,
en América, en la mayor parte de las tiendas de material
radiofónico. La ausencia total de ruidos de fondo y de
parásitos indica que la grabación debió de realizarse en
un estudio. Desgraciadamente, no hemos podido
encontrar ninguna huella digital.
—¿Esto es todo?
—De momento, sí.
El presidente cogió un lápiz de encima de la mesa y
apuntó con él al representante del Departamento de
Estado.
—¿Y qué dice nuestra gente de Trípoli?
Las luces de neón acentuaban la melancolía habitual
del semblante del subsecretario de Estado Larry
Middleburger, que sustituía a su ministro, en viaje
oficial a América del Sur. De sus veinticinco años de
servicio en el Próximo Oriente, este diplomático había
traído una úlcera de estómago y una tenaz desconfianza
de los árabes.
—Naturalmente, en cuanto recibí la noticia, puse
sobre aviso a nuestro encargado de Negocios. Este llamó
inmediatamente al Ministerio de Asuntos Exteriores
libio y a la secretaría de la Presidencia; pero no pudo
encontrar a ningún responsable. En Trípoli son ahora
altas horas de la noche, y nadie parece estar al corriente
de nada. Nuestro representante ha ido incluso al cuartel
de Bab Azziza, donde residen habitualmente el coronel
Gadaffi y la mayoría de sus ministros. Los guardias no
le han dejado entrar. Le han rogado que vuelva mañana.
En todo caso, está seguro de una cosa: Trípoli está
absolutamente tranquila esta noche; todo parece allí
normal.
—¿Cuándo ha sido visto Gadaffi en público por
última vez?
—El jueves pasado, en la gran explanada del Castillo
de Trípoli, con motivo de una manifestación en pro del
desarrollo rural.
—Según parece, estaba en excelente forma.
—¿Ninguna señal de nerviosismo, de tensión?
—Todo lo contrario. Según nuestro encargado de
Negocios, parecía excepcionalmente tranquilo y de buen
humor.
—¿Le han confirmado que se encuentra aún en
Trípoli?
—Todavía no, señor presidente.

El imprevisible jefe de Estado libio había


acostumbrado al mundo a sus fugas. Estas duraban
algunos días y, a veces, más. Sus desplazamientos se
envolvían en un velo de misterio tal que, por lo general,
nadie sabía sus motivos ni su destino. Sin duda el
presidente de los Estados Unidos y sus consejeros se
habrían sorprendido mucho de haber sabido que el
joven coronel se encontraba, en esta noche del 13 de
diciembre a cuatrocientos kilómetros al sudeste de
Trípoli, bajo un sencillo techo de pelo de cabra de una
tienda plantada en las arenas del desierto de la Gran
Sirte.
Aunque era jefe de un país petrolero cuyos ingresos
se contaban por miles de millones de dólares, ningún
accesorio de la tecnología del siglo veinte turbaba su
espartano campamento. Nada de télex crepitantes, ni de
pupitres de pantalla catódica, ni de emisores receptores
de radio, ni de teléfonos. Ni siquiera un simple aparato
de transistores. Nada capaz de turbar el silencio del
desierto unía esta noche a Moamar Gadaffi, con su
capital ni con el resto del mundo.
Una larga mancha grisácea empezaba a disolver las
tinieblas en el horizonte. Apuntaba el alba sobre la
inmensidad vacía del desierto. Los discípulos del
Profeta llaman El Fedji, primera aurora al instante que
precede a la aparición del disco solar. Sólo dura unos
pocos minutos, el tiempo necesario para recitar la
primera de las cinco suras, oraciones cotidianas
prescritas por el Corán.
El coronel libio salió de su tienda. Llevaba capa de
campesino, de lana gruesa, con franjas pardas y blancas
y un keffieh blanco ceñido a la frente por un cordoncillo
negro. Dio unos pasos y desplegó una alfombra de
oración sobre la arena. Volviéndose al Sol naciente,
invocó el nombre de Alá, «Señor del mundo, todo
misericordioso y compasivo, soberano supremo del
juicio final».
—Tú eres aquel a quien adoramos, Tú eres aquel
cuyo auxilio imploramos —salmodió—. Condúcenos por
el camino de la verdad.
El coronel se arrodilló y se prosternó tres veces
rozando cada vez el suelo con la frente, alabando el
nombre de Dios y el de su Profeta. Terminada la
oración, se puso en cuclillas sobre la alfombra y observó
cómo abrasaba el Sol la bóveda celeste sobre su
desierto. Este espectáculo le permitía volver a establecer
contacto con los verdaderos valores de la existencia. En
la austeridad de este infinito desnudo se encontraba de
nuevo cara a cara consigo mismo. Era un hijo del
desierto.
Había venido al mundo hacía cuarenta y dos años en
una tienda de piel de cabra como aquella en la que
acababa de pasar la noche. Su nacimiento había sido
saludado por un duelo de artillería empeñado a la sazón
entre los soldados del África Korps de Rommel y el
octavo Ejército de Montgomery. Había pasado su
infancia vagando por este desierto con su tribu,
creciendo al ritmo de las ráfagas ardientes del gueblí, de
las bienhechoras lluvias del invierno, del renacimiento
de los pastos. Desde el borde de las Sirtes hasta los
palmerales del Fezzán, ni un arbusto espinoso, ni una
mata de hierba, ni un charco en un ued habían pasado
inadvertidos a su mirada de depredador en busca de
pastos para su rebaño. Su cuerpo anguloso y seco había
sido alimentado con leche de camella y dátiles; su
espíritu, con leyendas heroicas de su tribu y con un odio
visceral hacia los extranjeros que, durante tres milenios,
habían manchado la pureza de su desierto con el
estruendo de sus armas.
Esta ruda existencia de beduino había dado a este
árabe el saber, una tenacidad indomable para triunfar
sobre una naturaleza hostil, una voluntad feroz de
sobrevivir bajo un cielo y en un medio donde todo, salvo
los hombres de su raza, se marchita y muere. Pero,
sobre todo, era aquí, en la inhumana soledad del
desierto, donde había encontrado a Dios.
Meditando sobre las enseñanzas del Corán en un
universo donde el hombre se esfuma ante el infinito
había creído oír la voz de Alá. Como los morabitos
habían recorrido antaño el desierto, desde el golfo
Pérsico hasta el océano Atlántico, para llamar a los
musulmanes a vivir la realidad de su religión, él quería
emprender una cruzada para regenerar el decadente
Islam, para sacar del fango la bandera del Profeta, para
resucitar la unidad de sus hermanos árabes y
devolverles su dignidad y sus derechos. El joven
beduino, convertido en jefe todopoderoso, quería
arrebatar al viejo ayatollah de Qomo, el sable de los
caballeros de Alá. Poniendo los fabulosos recursos de su
país al servicio de su ambición de visionario, había
obligado a las naciones de Occidente a suministrarle sus
armas más modernas y su tecnología más secreta a
cambio de su precioso petróleo, sin el cual no habrían
podido sobrevivir.
Se levantó y escrutó con fijeza el horizonte, que
empezaba a enrojecer. Este movimiento instintivo,
heredado de su infancia, era común a todos los
nómadas que observaban la señal precursora de la
llegada del eterno enemigo de los beduinos, el gueblí, el
viento agotador llegado de las entrañas del Sahara.
Cuando sopla el gueblí, las alas de la muerte se abren
sobre el desierto, y hombre y animales se apretujan
unos contra otros para protegerse de unos tornados de
arena que pueden sepultar tribus enteras. Pero el cielo
de este amanecer del 14 de diciembre era de un azul
incandescente.
Tranquilizado, paseó su mirada sobre la llana
inmensidad, hasta el infinito. ¡Cuántas veces, durante
sus estancias en Inglaterra, como joven oficial, se había
asombrado de que los europeos pudiesen tener ideas
claras con tantas nubes sobre sus cabezas y con tantos
árboles y colinas que impedían la visión de los lejanos
horizontes!
Su penetrante mirada de halcón se volvió hacia el
Sur, hacia el mar de arena que cabrilleaba bajo la brisa.
Allá, detrás del horizonte, a cuatrocientos o quinientos
kilómetros de distancia se hallaba tal vez su pozo, la
fuente inagotable hacia la que había marchado sin
descanso desde que Alá le había encargado que
rompiese las cadenas de sus hermanos oprimidos.
Un servidor, cuidando muy bien de no turbar la
meditación de su amo, depositó junto a él una bandeja
en la que había un tazón de cobre lleno de leben
cremoso, que es un yogur de leche de cabra, y un cuenco
de dátiles pardos, desayuno tradicional de los beduinos.
Pero el joven coronel no lo tocó.
Moamar Gadaffi esperaba, fijos los ojos en la
inmensidad.

—Suponiendo que el coronel Gadaffi sea realmente


el autor de este chantaje, dijo el presidente de los
Estados Unidos, esto no significa que sea capaz de llevar
su amenaza a la práctica, ¿verdad? Por consiguiente, la
última pregunta que debemos formularnos es ésta:
¿Tenemos alguna prueba de que el coronel Gadaffi esté
en posesión del arma atómica?
Era la pregunta clave; en realidad, todo lo demás
dependía de ella.
—No tenemos ninguna prueba positiva, respondió
el almirante Bennington, jefe de la CIA. Sólo sabemos
que el coronel Gadaffi pretende, desde hace mucho
tiempo, entrar en el club de las potencias nucleares. He
aquí un documento que le ilustrará a este respecto,
señor presidente.
Alargó un memorando de cuatro páginas al jefe del
Estado.
El presidente se caló las gatas, se arrellanó en su
sillón y leyó:

Agencia Central de Información


Clasificación: SECRETO

Objeto: Síntesis de las acciones emprendidas por el


presidente de la República árabe de Libia para dotar
a este país de una industria nuclear.
Verano de 1972. Negociaciones con
Westinghouse para la compra de un reactor de agua
ligera de seiscientos megavatios. Veto del Gobierno
norteamericano.
Principios de 1973. Intento de compra de un
reactor experimental Triga a la Gulf General Atomic,
de San Diego. Veto del Departamento de Estado.
Finales de 1973. Iniciación de las obras de
construcción de una Ciudad de las Ciencias en el sur
de Trípoli. Reclutamiento de un ingeniero tunecino
que trabajaba en el laboratorio atómico de Saclay
(Francia), para dirigir el programa nuclear libio,
bautizado con el nombre de «Seif al Islam» (El
Sable del Islam).
1974. Anexión de un territorio en los confines
del Tchad, poseedor de yacimientos de uranio.
Permiso de investigación otorgado a prospectares
argentinos. Construcción de una refinadora de
mineral de uranio.
1975. Convenio secreto con el Pakistán, con
vistas a la compra de plutonio.
Febrero de 1976. Compra a Francia de un
reactor de agua ligera, de 600 megavatios.
Abril de 1976. Tentativa de contratación de
cinco físicos nucleares europeos de fama
internacional.
Diciembre de 1976. Adquisición del 10% del
capital de «Fiat».
1978. Negociaciones con la Unión Soviética para
la compra de un reactor de 400 megavatios.
Enero de 1979. Puesta en funcionamiento del
reactor francés bajo el control de la AIEA 2.

Los siete hombres sentados alrededor de la mesa

2
La Agencia Internacional de Energía Atómica
(AIEA) es un organismo de la ONU que tiene su sede en
Viena y está encargado de la inspecci6n y control de las
instalaciones nucleares en los países firmantes del
tratado de No Proliferaci6n de Armas Nucleares, para
asegurarse de que estos países no emplean materias
fisibles con fines militares.
tenían sus miradas fijas en el jefe del Estado, absorto en
su lectura. El presidente llegó a la conclusión del
memorando. La leyó una vez; después, otra y, por fin,
una tercera. La conclusión decía:

A pesar de los obstinados esfuerzos del coronel


Gadaffi para implantar una industria en Libia, nada
permite afirmar actualmente la presencia de
materias fisibles confines militares en dicho país.
Por consiguiente, la Agencia Central de Información
estima que el coronel Gadaffi no dispondrá del arma
nuclear antes de un plazo de tres a cinco años.

El presidente dejó el documento sobre su carpeta, se


quitó las gafas y observó los semblantes que le
rodeaban. La lectura había acentuado el azul intenso de
sus ojos. Se mordió los labios. Parecía aliviado.
—Esperemos, mi querido Tap, que su conclusión sea
correcta.
Pero, bruscamente, su rostro se endureció. Volvió a
calarse las gafas y examinó de nuevo el texto.
—Los franceses deberían ser los mejor informados
sobre el estado actual del programa nuclear libio,
¿verdad? Fueron ellos quienes vendieron a Gadaffi su
primer reactor. Seguramente tienen personas que aún
trabajan allá abajo.
Se volvió al jefe de la CIA.
—¿Ha hablado con París, Tap?
Con sus cabellos demasiados largos, su camiseta
abigarrada, sus jeans en acordeón y sus zapatos de
baloncesto atados a medias, el personaje que entró en la
sala del consejo de la Casa Blanca parecía un estudiante
contestatario más que un alto funcionario del Estado
Mayor personal de un jefe de Estado. La arrogancia del
secretario general de la Casa Blanca, su desdén por el
establishment washingtoniano, su vulgaridad y su
desenvoltura, habían granjeado muchos enemigos al
georgiano de treinta y cuatro años, James Mills. Pero
bajo este anticonformismo agresivo se ocultaba un
trabajador encarnizado, meticuloso, entregado con
fanatismo al servicio de su amo; una especie de
Mazarino, omnipresente y omnipotente.
Al entrar, Mills sintió que flotaba en la sala una
atmósfera de crisis que era como un perfume malo. Las
palabras del físico de Los Álamos habían dejado mudos
de estupor a los hombres que rodeaban al presidente.
Sus semblantes eran tensos, inquietos.
Las reglas del juego acababan de cambiar. La paz del
mundo se fundaba hasta ahora en el equilibrio del
terror entre los dos grandes, América y Rusia. Yo te
mato, tú me matas, el principio de la vieja comedia rusa
donde todo el mundo muere, impedía que se produjese
el enfrentamiento.
La crisis desencadenada en noviembre del 79 por la
llamada de Jomeiny a la guerra santa no era más que
una broma comparada con la amenaza de Gadaffi, que
trastornaba trágicamente la estrategia del equilibrio.
Significaba el fracaso de la política de no proliferación
tan ardientemente defendida por el presidente y por la
mayoría de los jefes de Estado responsables. Erigía a
nivel de Estado el recurso al terrorismo como arma de
conquista, y coronaba la violencia política con una
aureola suprema. Si esta bomba existe en realidad,
pensaba con amargura el presidente, un país que, hace
menos de una generación, vivía aún bajo la tienda de los
nómadas, tendrá poder para arrasar la ciudad más
grande de los Estados Unidos, la zona urbana más
densa del mundo, y para asesinar a un número de
habitantes tres veces mayor que el de su propia
población. El acto de terrorismo más formidable de la
Historia: el secuestro de diez millones de personas. Y,
como precio de rescate, las extravagantes exigencias de
un fanático. Se volvió al general Eastman.
—Jack, ¿qué plan tenemos para hacer frente a una
situación de este tipo?
Eastman esperaba la pregunta. Una cámara
blindada en el ala oeste de la Casa Blanca contenía un
montón de archivadores de cuero de imitación con
grandes letras doradas sobre la cubierta.
Encerraban los planes de acción elaborados por el
Gobierno norteamericano en previsión de todas las
crisis imaginables, desde el estallido de una guerra entre
Rusia y China, hasta la toma de rehenes en una
Embajada americana, en un país árabe.
Jack Eastman agachó la cabeza.
—No tenemos ningún plan para enfrentarnos a una
crisis semejante, —confesó, afligido.
Un coro de suspiros acogió esta declaración. Los
ojos azules del presidente adquirieron un tono gris.
Entonces, James Mills se levantó bruscamente sobre sus
zapatos de baloncesto.
—Señor presidente, exclamó, ¡esta bomba no existe!
Es un farol. Un enorme farol. —Tomó a los presentes
por testigos—. Veamos, señores, ¿cómo quieren ustedes
que un árabe como Gadaffi posea la tecnología, los
cerebros, la capacidad científica, necesarios para
concebir y fabricar un ingenio parecido?
—¿Y qué dice usted de los documentos que nos ha
enviado? —objetó Herbert Green, sensato neoyorquino
de cincuenta y cuatro años que desempeñaba el cargo de
ministro de Defensa.
Green era también doctor en física nuclear.
—Debería usted saber, profesor Green, que entre la
teoría y la práctica media un abismo, replicó
brutalmente Mills. ¿Cuántos años necesitaron los rusos,
los ingleses, los franceses y los chinos, para hacer
explotar sus primeras bombas H? Y debe confesar que,
en el campo industrial, la Unión Soviética o Inglaterra
están muy por encima de Libia, ¿no?
Se volvió de nuevo al jefe del Estado. Su voz se hizo
incisiva.
—Se trata seguramente de una amenaza más
refinada, más elaborada, que las anteriores.
Probablemente, sus autores han contado con la
colaboración mejor dicho, con la complicidad de
científicos calificados; pero créame usted, señor
presidente, jamás un árabe de la categoría de Gadaffi
podría construir una bomba H. Este asunto es, sin la
menor sombra de duda, una nueva broma pesada.

A trescientos metros de la Casa Blanca, en la


esquina de Pensilvania Avenue con la Calle 10, la
fortaleza del FBI resplandecía de luces. En la sexta
planta funcionaba día y noche un departamento de
urgencia nuclear, creado en 1974, cuando el FBI
atribuyó al chantaje atómico una prioridad absoluta,
compartida únicamente por algunos sucesos vitales,
como, por ejemplo, el asesinato del presidente. Este
servicio había intervenido ya en más de cincuenta casos
de esta naturaleza.
La mayor parte de ellos habían resultado ser
lucubraciones de locos o de ideólogos desquiciados, del
género de si tocas la tundra de Alaska, arrojaremos una
bomba A sobre Chicago.
Pero, como en el caso de Boston, había habido que
tomar en serio algunas amenazas, en particular las que
iban acompañadas de diseños de ingenios nucleares
que, en opinión de los ingenieros de Los Álamos, eran
capaces de explotar. Entonces, el FBI había enviado al
lugar en cuestión varios centenares de agentes y de
técnicos. Ninguna de estas intervenciones había sido
conocida nunca por la población.
En cuanto se produjo la alerta el FBI envió varios
agentes y técnicos a los Carriage House Apartments,
inmueble residencial de cuatro plantas, en la esquina de
la Calle L y Hampshire Avenue, contiguo al edificio de
la Embajada de Libia en Washington.
Dos familias fueron invitadas a instalarse en el
«Hilton», a cargo del Estado, durante el tiempo
necesario para instalar micrófonos en las paredes de sus
apartamentos medianeras con la Embajada. La misma
operación se desarrolló en Nueva York, junto a la casa
de la delegación Libia en la ONU. Las líneas telefónicas
de todos los diplomáticos libios acreditados en los
Estados Unidos y en la ONU fueron intervenidas para
su escucha.
A las veinte y treinta, en cuanto el físico Harold
Wood, de Los Álamos, hubo confirmado que los planos
adjuntos al mensaje de Gadaffi correspondían a una
bomba H, el centro de transmisiones del FBI había
puesto todas sus oficinas en estado de alerta general.
Todos los equipos del territorio norteamericano y de
ultramar recibieron la orden de estar preparados para
una acción urgente que requería prioridad absoluta y
movilización general de todo el personal disponible.
Hombres que estaban pescando el pez-espada en la
costa del Pacífico, que asistían a un rodeo en la frontera
mexicana o a un partido de rugby en Denver que
entraban con sus hijos en un cine de Chicago o que
lavaban los platos de la comida familiar en sus casas de
Nueva Orleáns, recibieron también la orden de
trasladarse inmediatamente a Nueva York, con la
advertencia formal de que debían hacerlo con la
máxima discreción.
Los agentes de enlace del FBI con el Mossad israelí,
la DST francesa, el M-15 británico y los servicios de
información de Alemania Occidental, recibieron el
encargo de revisar todos sus ficheros y transmitir los
nombres, las señas y, eventualmente, las huellas
dactilares y las fotografías de todos los terroristas
árabes registrados en el mundo.
Un gigante de cabellos grises cuidadosamente
peinados y severo traje azul marino acababa de llegar a
su oficina del séptimo piso para asumir el mando de las
operaciones. A sus cincuenta y seis años, Quentin
Dewing era director adjunto de investigación del FBI.
Decidió concentrar su acción en tres direcciones.
Ordenó averiguar el paradero y vigilar a todos los
palestinos conocidos por sus ideas extremistas, o
sospechosos de tenerlas, así como a todos los miembros
de organizaciones revolucionarias tales como el Frente
de Liberación puertorriqueño del que se pensaba que
simpatizaba con la OLP. En Nueva York y en varias
ciudades de la costa Este, agentes del FBI se
distribuyeron por los ghettos negros y los barrios de alta
delincuencia, para incitar a los confidentes, rufianes,
traficantes, pilluelos y encubridores, a reunir toda la
información interesante sobre los árabes: los que
buscaban armas, un escondrijo, papeles, cualquier cosa,
con tal de que se tratase de árabes.
Al mismo tiempo, inició una gigantesca búsqueda de
la bomba y de los que la habían introducido en el país.
Una veintena de Feds, como son comúnmente llamados
los agentes del FBI, estaban ya interrogando a los
ordenadores de los servicios de inmigración y de
naturalización, repasando metódicamente todas las
fichas modelo I 94 de los árabes que habían entrado en
los Estados Unidos durante los seis últimos meses. De
inmediato transmitían por télex, a la oficina más
próxima, la dirección aparecida en la ficha. Otros
agentes revisaban los archivos de la Asociación
Marítima del puerto de Nueva York, en busca de barcos
que, durante el mismo período, hubiesen hecho escala
en Trípoli, Bengasi, Lataquié, Beirut, Basora o Adén, y
que, después, hubiesen descargado mercancías en la
costa atlántica. Iguales investigaciones se hallaban en
curso en los servicios de flete de todos los aeródromos
internacionales situados en un radio de mil kilómetros
alrededor de Nueva York.
Por último, Dewing ordenó que todos los
norteamericanos que tuviesen o hubiesen tenido una
autorización Cosmic top secret, que daba acceso a las
instalaciones de construcción de bombas H, fuesen
sistemáticamente interrogados. Poco antes de las 21
horas, un automóvil lleno de Feds se detuvo delante del
mil ochocientos veintidós de Old Santa Fe Trail, antigua
ruta de la conquista del Oeste, convertida en zona
residencial de la capital de Nuevo México. El buzón
plateado para las cartas, el buzón amarillo para los
periódicos y el pequeño jardín que rodeaba la casita,
hacían de ésta el símbolo perfecto de la clase media
americana. Sin embargo, su ocupante no era un
ciudadano corriente.
De origen polaco, el matemático Stanley Ulham era
el cerebro que había descubierto el secreto de la bomba
H. Por curiosa ironía, precisamente la mañana en que
había hecho su fatal descubrimiento, el sabio estaba
tratando de demostrar en la pizarra la imposibilidad de
conseguir aquella bomba. Estaba a punto de terminar su
demostración cuando tuvo una intuición fulgurante.
Habría podido borrarlo todo de golpe con un trapo;
pero esto no habría sido propio del sabio que era en
realidad.
Fumándose en cadena todo un paquete de Pall Mall,
bailando febrilmente delante de su encerado con sus
pedazos de tiza, había puesto al descubierto, en menos
de una hora de frenéticos cálculos, el terrible secreto.
Los agentes del FBI tardaron mucho menos en
absolver al padre de la bomba H de toda complicidad en
el drama que amenazaba a Nueva York. Plantado ahora
en el umbral de su casa, viendo alejarse a los Feds,
Ulham no podía dejar de recordar las palabras que
había murmurado a su mujer la mañana de su
descubrimiento: «Esto va a cambiar el mundo».

Un joven marino contemplaba con aire arrobado a


la belleza morena que se apeaba del tren que acababa de
llegar a la estación de Nueva York. Leila Dajani estaba
acostumbrada a las miradas masculinas. Con sus
grandes ojos oscuros y su boca de vampiresa oriental,
atraía a los hombres desde que era niña. Sonrió
amablemente a su admirador y apuró el paso. Detrás de
ella, debajo del asiento del compartimiento, había
dejado la peluca rubia que se había puesto para entregar
el mensaje del coronel Gadaffi en la Casa Blanca. Tomó
la escalera mecánica, cruzó el vestíbulo de la estación,
volviéndose discretamente para asegurarse de que nadie
la seguía, y salió. El Cadillac de alquiler que utilizaba
regularmente desde su llegada a Nueva York la esperaba
aparcado junto a la acera. Al volante del mismo se
hallaba un negro rollizo, tocado con una gorra de color
azul marino.
—¿Ha tenido buen viaje, señora?
—Excelente, gracias.
El chofer abrió la portezuela y Leila se deslizó sobre
el blando asiento que aún olía a nuevo. El coche
descendió la rampa en dirección a la avenida. La joven
sacó un espejo del bolso y fingió arreglarse los cabellos,
aunque lo que hizo en realidad fue asegurarse una vez
más de que nadie la seguía. El lujoso automóvil y su
estilizado chofer eran fruto de una de las reglas de oro
que le había enseñado el célebre terrorista venezolano
Carlos: el terrorista inteligente sólo viaja en primera
clase. La manera más segura de navegar por el mundo
sin llamar la atención, afirmaba, es seguir las
costumbres de la burguesía acomodada a la que uno
quiere precisamente destruir.
El pretexto elegido por Leila para sus dos estancias
en los Estados Unidos, a fin de preparar la misión de
sus hermanos, respondía exactamente a aquel criterio.
Se hallaba en Nueva York en viaje de compras por
cuenta de «La Rive Gauche», lujosa tienda de modas de
la calle de Hamra, de Beirut, que había sobrevivido,
como algunos otros establecimientos de su clase, a las
convulsiones de la guerra civil libanesa. Obtener un
pasaporte falso había sido juego de niños. En Beirut
resultaba tan fácil procurarse un pasaporte robado
como comprar unos sellos de correos. Leila no había
tenido mayores dificultades para conseguir uno de los
doscientos mil visados americanos que se otorgan todos
los años a ciudadanos del Próximo Oriente. El cónsul,
abrumado de trabajo, no se había tomado siquiera la
molestia de comprobar su identidad. La carta de
recomendación con el membrete de «La Rive Gauche»
había sido suficiente para él.
Así, bajo el nombre de Linda Nahar, libanesa
cristiana de la alta sociedad de Beirut Leila Dajani se
había convertido en figura conocida en los salones de
alta costura de Bill Blass, Calvin Klein y Oscar de la
Renta. Su belleza y su atractivo habían hecho de ella, a
no tardar, una de las mujeres en boga del jet set
neoyorquino. Pasaba los fines de semana en Long
Island almorzaba en la «Caravelle» y bailaba hasta el
alba en el extravagante esplendor de discoteca del
«Studio 54».
El «Cadillac» se deslizó con suavidad a lo largo del
sur del Parque Central y se detuvo delante de la
marquesina de Hampshire House. El portero de rojo
dormán y botones dorados se adelantó para abrir la
portezuela. Leila le saludó, dio las buenas noches al
chofer, recogió su llave y tres mensajes en el mostrador
de recepción y se metió en el ascensor. Dos minutos
más tarde penetraba en el simpático desorden de la
suite que había alquilado en el 32.° piso. La moqueta
estaba cubierta de accesorios de su presunta profesión:
muestras de tejidos y números de Vogue, de Harper
Bazaar, de Glamour, de Woman’s Wear Daily. Su
fotografía en traje chinesco, aparecida en Woman’s
Wear a raíz de un desfile de modas en beneficio del
Metropolitan Opera por un momento la había
inquietado. Por fortuna para ella, aquel periódico no era
de los que suelen revisar los especialistas de la CIA en
asuntos palestinos.
Arrojó su abrigo sobre un sillón, se sirvió un whisky
y se acercó al balcón que daba a Parque Central. El
parque dormía bajo un manto de nieve recién caída,
como encerrado en un estuche de diamantes por la
centelleante línea de los edificios iluminados.
Se estremeció, subyugada, como hechizada por la
belleza del espectáculo, incapaz de apartar de él su
mirada. Bebió varios sorbos de whisky y pensó en
Carlos. Este tenía toda la razón. El verdadero terrorista
no debe preocuparse nunca por las consecuencias de sus
actos. Apuró su vaso de un trago, corrió con brusquedad
la cortina delante del cristal y se dirigió al cuarto de
baño. Echó unas gotas de aceite de «Roger & Gallet» en
la bañera y abrió del todo los grifos, en un gran chorro
de cálida espuma que esparció un olor suave.
Antes de meterse en el agua Leila se contemplo con
aire satisfecho en el espejo. A pesar de la vida de
noctámbula a que la había obligado Nueva York, sus
líneas no habían perdido nada de su frescura. Palpó con
sus largos dedos la curva perfecta de los muslos, de las
nalgas y del vientre y acarició delicadamente la piel
suave y firme de los senos. Después, se tendió en el agua
espumosa y se dejó invadir por el calor en deliciosa
sensación.
Atrapando la perfumada espuma a manos llenas, se
frotó con delicadeza el cuello, las orejas, los hombros y,
de nuevo, los senos, hasta endurecer su punta. Sacó
lánguidamente una pierna fuera de la espuma. La vista
del esmalte escarlata que adornaba las uñas del pie la
hizo sonreír. ¿Se había visto jamás una terrorista que se
pintase los dedos de los pies? Se echó hacia atrás, cerró
los ojos y se estiró, como un gato, gozando del suave
calor que penetraba hasta lo más íntimo de su ser. El
cristalino retintín del teléfono mural encima de su
cabeza la sacó de su nirvana. Percibió un barullo lejano
y reconoció la voz de Michael.
—¿Donde estás? —le gritó, casi secamente.
—Acabamos de comer en casa de Elaine. Ahora
vamos a tomar una copa en «Studio 54». ¿Por qué no te
reúnes con nosotros allí?
—¿Me das una hora?
—¿Una hora? Si quieres, ¡te doy la vida, encanto!

A pesar del eficaz sistema de aireación, una espesa


nube de humo de cigarrillos flotaba en la sala de
conferencias de la Casa Blanca. Tazas y platos de cartón,
conteniendo restos de potaje de judías coloradas y de
bocadillos, aparecían desparramados sobre la mesa y los
asientos no ocupados.
Tres oficiales de la Fuerza Aérea de Estados Unidos
acababan de colgar una serie de cuadros y de mapas en
una de las paredes. Un joven coronel pelirrojo tomó la
palabra. Había sido encargado por el Pentágono de
presentar al presidente un informe sobre los medios
técnicos que podrían utilizar el presidente de Libia o un
grupo de terroristas para hacer estallar a distancia una
bomba nuclear oculta en la ciudad de Nueva York.
También debía indicar los recursos de que se disponía
para impedir una acción de este tipo.
—Señor presidente, señores: según el esquema que
se nos ha comunicado, el ingenio en cuestión está
concebido para ser conectado a un aparato capaz de
producir, cuando se quiera, una descarga eléctrica de
cinco voltios, que provocaría la ignición. En términos
generales, hay tres maneras de provocar este impulso.
Aunque no muy interesante en el caso actual, no hay
que descartar a priori la primera: se trataría de la
acción de un kamikaze, que permanecería junto a la
bomba hasta la hora H y accionaría él mismo el mando
de ignición. Un método infalible, si el hombre está
realmente dispuesto a perecer.
El jefe de la CIA sacudió de forma ruidosa su pipa en
un cenicero.
—Coronel —objetó—, si Gadaffi es realmente el
autor del chantaje con que nos enfrentamos, esta
solución será la última que escoja. Pues querrá ser el
único dueño de todo hasta el fin, el único que pueda
provocar o anular la explosión.
El coronel asintió con un respetuoso movimiento de
cabeza y prosiguió a toda prisa:
—Entonces, solo quedan dos medios: el teléfono o la
radio. Conectar el mecanismo de ignición de la bomba
a una línea telefónica ordinaria es un juego de niños.
Conectando dos hilos, como para un sencillo
contestador automático, es posible transmitir un
mensaje cifrado que provoque la explosión. Si este
mensaje coincide con la programación del sistema de
ignición, la explosión se produce de manera
instantánea. Una combinación equivocada no podría
producirla. He aquí la garantía absoluta de este método.
En realidad, para hacer explotar su bomba, Gadaffi solo
tendría que hacer una cosa: telefonear desde cualquier
lugar del mundo y transmitir su señal.
—¿Tan fácil seria? —preguntó el presidente,
visiblemente turbado.
—Temo que sí, señor presidente.
—¿De qué tipo de telecomunicaciones dispone
Libia? —preguntó el secretario de Defensa.
—Como los demás países, Libia utiliza el satélite
Intelsat. Posee estaciones terrestres aquí, el coronel
señaló con el puntero un lugar del planisferio colgado
detrás de él, y aquí. Ambas construidas por los
japoneses.
—Una incursión aérea podría destruirlas en menos
de diez segundos, observó el presidente del Comité de
jefes de Estado Mayor. Entonces, Libia quedaría aislada
del resto del mundo, ¿no es cierto?
—Telefónicamente hablando. sí.
—¿Sería posible, en vez de esto, aislar Nueva York,
impedir la llegada de toda comunicación exterior?
—preguntó el jefe del Estado.
—No, señor presidente; esto es imposible desde el
punto de vista técnico, —respondió categóricamente el
coronel.
Después, prosiguió:
—Calculamos, además, que, en una situación como
ésta, el presidente libio o cualquier grupo terrorista
preferirían emplear la radio. Este medio posee una
mayor elasticidad y tiene la ventaja de ser
independiente de las redes de comunicaciones
existentes.
»Si la orden para la ignición debe recorrer una gran
distancia, la señal será emitida en onda larga que rebota
en la capa superior de la atmósfera antes de volver a
caer sobre la tierra. Esto equivale a bajas frecuencias.
—¿De qué número de frecuencias dispondría
Gadaffi para una emisión de este género? —preguntó el
presidente.
—De Trípoli a Nueva York, un megahertz. Un millón
de Ciclos.
—¡Un millón! El presidente se frotó la barbilla. ¿Se
podrían interferir todos ellos?
—Si lo hiciese usted, cortaría al mismo tiempo todas
nuestras comunicaciones. La Policía, el FBI, el Ejército,
los servicios de incendios, todos los enlaces
indispensables en caso de urgencia quedarían
paralizados.
—Supongamos que, a pesar de todo, diese esta
orden. ¿Sería realizable?
—No, señor presidente.
—¿Por qué?
—Sencillamente, porque no tenemos los medios de
interferencia adecuados.
—¿Y todas nuestras instalaciones en Europa?
—Serían inútiles en este caso. Demasiado lejanas.
El Jefe de la CIA intervino:
—Para que ese mensaje fuese captado en Nueva
York, ¿no necesitaría Gadaffi un equipo adecuado, al
menos una antena de dirección?
—Desde luego. Pero bastaría fijar ésta a una antena
de televisión ordinaria con amplificador.
—¿No sería posible barrer todas las frecuencias
susceptibles de ser utilizadas por Gadaffi, lanzando una
escuadra de helicópteros sobre Nueva York? —preguntó
el presidente. ¿Interrogar a su circuito de radio y
descubrir su emplazamiento partiendo de sus
respuestas? ¿Por triangulación o por radiogoniometría?
—En efecto, tenemos medios para intentar esta
operación. Pero sólo sería eficaz si el dispositivo de
radio libio estuviese también concebido para emitir si
no es más que receptor no obtendremos ninguna
respuesta.
—Hay otra manera de resolver el problema, farfulló
entonces el tejano Delbert Crandell, secretario de
Energía. Hagamos estallar media docena de misiles en
la atmósfera de Libia. Le garantizo que esto envolverá a
todo el país en una capa electromagnética que cortará
todas las comunicaciones allá abajo durante muchísimo
tiempo.
El ministro se engalló y descargó un puñetazo sobre
la mesa. James Mills abrió un ojo y se irguió en su
asiento.
—Señor presidente, sigo pensando que la amenaza
no procede de Gadaffi. Sin embargo, para el improbable
caso de que viniese de él, debemos tener en cuenta
cierto número de hipótesis. — H i z o u n a p a u s a y
prosiguió, metódicamente—: La primera es que, si
tuviese la manera de dar un golpe como éste, tendría
también el ingenio de prepararlo bien. No se expondría
a unas represalias tan sencillas. Habría encontrado sin
duda un sistema infalible: por ejemplo un barco
cualquiera en pleno Atlántico desde el que él o
cualquiera que actuase en su nombre podría provocar la
explosión de la bomba en Nueva York, en el caso de que
lanzásemos un ataque preventivo sobre su país...
Mills hablaba todavía cuando se encendió una
lucecilla roja en el teléfono de Jack Eastman. Llamaba
el suboficial responsable de la centralita de la Casa
Blanca. El semblante de Eastman palideció.
—Señor presidente, anunció, con voz helada, un
comunicante anónimo acaba de llamar. Ha colgado
antes de que se pudiese identificar el lugar desde el que
telefoneaba. Dijo que un segundo mensaje, dirigido a
usted, ha sido depositado en la casilla número K 602 de
la consigna automática de la estación central de
Washington.

Un cordón de policías mantenía a distancia a varias


docenas de viajeros retrasados. Unos agentes de la
brigada de explosivos del FBI, con casco y traje de
material refractario, avanzaban, cubriéndose con
sendos escudos, hacia la consigna automática.
Resiguieron con prudencia la larga pared de metal con
contadores Geiger. Al no encontrar rastro alguno de
radiactividad, trajeron tres perros policías adiestrados
para oler los explosivos. Por último, con la precaución
de cirujanos abriendo un corazón, dos artificieros
provistos de un juego de útiles para el robo
desmontaron la puerta de la casilla K 602.
Para gran alivio suyo, solo encontraron un sobre
apoyado en la pared del fondo. Las señas del
destinatario aparecían escritas a máquina: «A la
atención del presidente de los Estados Unidos de
América».
El mensaje era breve. Decía que a medianoche hora
de Washington (siete de la mañana, hora de Trípoli), en
un lugar situado a doscientos cuarenta y nueve
kilómetros al este de la intersección del paralelo
veinticinco con el meridiano diez, en el extremo sur del
mar de arena de Ambari, al sudoeste de Libia, Moamar
Gadaffi daría una prueba irrefutable de su capacidad de
llevar a efecto la amenaza anunciada en su
comunicación anterior.
Para facilitar la observación de su demostración, el
jefe de Libia ofrecía un pasillo aéreo exactamente
delimitado, desde el mar Mediterráneo hasta el lugar
indicado, que podrían emplear los aviones de
reconocimiento americano, sin temor a ser inquietados.

El portero del dormán rojo de Hampshire House


detuvo el primer taxi que pasó por el sur del Parque
Central.
—«Studio 54» —indicó al chofer, mientras habría la
portezuela.
Vistiendo un fastuoso conjunto de lamé negro y oro
de Yves Saint Laurent, con una falda estrecha y abierta
hasta muy arriba, y una estola orillada de plumas, Leila
Dajani se metió en el coche. El chofer echó un vistazo al
espejo retrovisor.
—Bueno, ¡menudo éxito debe tener usted! —dijo,
con admiración.
La joven le dio las gracias con una sonrisa.
Cuando el taxi se acercaba a la famosa discoteca
neoyorquina, Leila se inclinó hacia delante.
—He cambiado de idea. Lléveme a la esquina de la
Avenida del Parque y la calle 32.
Unos momentos más tarde, el taxi se detuvo en el
cruce indicado. Leila pagó la carrera y dio las buenas
noches al chofer.
Cuando las luces traseras del coche hubieron
desaparecido, llamó a otro taxi que pasaba por la
Avenida del Parque y pidió al chofer que la condujese a
su verdadero punto de destino.

Los dos hermanos Dajani y su hermana Leila se


habían vuelto a encontrar. La débil luz amarillenta que
brotaba de la única bombilla ennegrecida por las
cagadas de las moscas, dejaba en la sombra la mayor
parte del garaje. Al fondo del edificio, una plataforma de
cemento comunicaba con un almacén abandonado y del
que llegaba un ruido extraño. Leila aguzó el oído.
—¡Ratas! —gritó, aterrorizada.
Su hermano Kamal, el pasajero clandestino del
Dionysos, estaba sentado sobre una litera de campaña
cerca de una carreta elevadora, en medio de la
plataforma. Desperdigados a su alrededor, había varias
cajas de cartón llenas de restos de pizzas, botellas vacías
de Coca Cola y de cerveza, bolsas todavía llenas de
patatas fritas frías y desperdicios de hamburguesas.
Tenía en una mano una pistola de aire comprimido
y, en la otra, una linterna eléctrica. Sus últimas víctimas
yacían junto al muro: dos ratas grandes como gatos.
Doblado por la mitad, con aire dolorido, el mayor de
los Dajani andaba de un lado a otro de la plataforma,
sujetándose el vientre. Gotas de sudor perlaban su
frente.
—Whalid, toma uno de los sellos que te he traído, le
aconsejó su hermana.
—Ya he tomado cinco, gimió su hermano. Es la dosis
máxima diaria.
Whalid se detuvo. El enorme barril de un metro
sesenta de altura y ochenta centímetros de diámetro
estaba delante de él, negro y amenazador, sujeto a la
tabla en la que había sido transportado.
El nombre y la dirección de la empresa importadora
formaban un cinturón de letras blancas a media altura.
Contemplando aquella masa sombría, el palestino se
pregunto cómo podía caber tanto horror y tanta
devastación, la muerte potencial de millones de
personas, dentro de sus metálicas paredes. Se enjugó la
frente con el pañuelo. Sin embargo, en Trípoli le habían
inculcado duramente esta idea: «No pienses en nada.
En nada que no sea tu misión».
Pero, ¿cómo no pensar? ¿Cómo apartar de su
recuerdo los rostros neoyorquinos que había visto en los
dos últimos días, un mar de rostros, jóvenes y viejos,
hermosos v feos, pobres y ricos; rostros tristes,
indiferentes, dichosos; los rostros del amor y de la
soledad? Las caras de las niñas que se deslizaban en
trineo sobre la nieve del Parque Central; del policía
negro que había ayudado a una anciana a cruzar la calle
en la esquina de la Quinta Avenida; del gordo vendedor
de periódicos de Times Square, que gritaba ¡buen día!,
sin quitarse el cigarro de la comisura de la boca. ¿Cómo
podía olvidarlos? ¿Cómo no evocar, por el contrario,
como en una película de movimiento retardado, las
multitudes presurosas, las hileras de automóviles los
escaparates iluminados, los edificios que se elevaban
hasta el cielo; todas estas imágenes que representaban
tantas vidas?
Whalid oyó crujir la litera de campaña.
—Tengo sed —declaró Kamal, levantándose.
Buscó en el fondo de una de las cajas de cartón y
sacó una botella medio vacía de whisky Ballantine’s, que
ofreció a su hermano.
—¡Tal vez es este medicamento el que necesitas!
Antes tomabas buenas dosis de él.
—¡Se acabó desde esta maldita úlcera! gruñó
Whalid.
Leila se impacientaba. Las lentejuelas de su vestido
de baile brillaban en la penumbra como luciérnagas.
También a ella le impresionaba el barril; pero, a
diferencia de su hermano, no se imaginaba exactamente
el infierno que estaba a punto de provocar.
—¿Cuánto tiempo nos queda? —preguntó.
—Treinta minutos, respondió Kamal, agachándose
para agarrar una caja de cartón que contenía un trozo
de pizza.
Leila vio en la caja la marca de un restaurante.
—¿Estás seguro de que nadie se fijó en ti cuando
fuiste a buscar las provisiones? —preguntó, con
inquietud.
Kamal le dirigió una mirada irritada.
—¡Siempre la misma! ¡Tenía que meterse en todo!
Leila observó un momento a su hermano. «Parece
nervioso —se dijo—. Es natural. A fin de cuentas es su
bomba. Y si falla, sólo podrá hacer una cosa saltarse la
tapa de los sesos».
El joven palestino consultó su reloj.
—Vamos, Whalid, enciende el aparato. Trípoli
enviará la señal dentro de veinte minutos.
La señal en cuestión era el impulso cifrado que
debía provocar la explosión de la bomba. Para estar
seguro de que funcionaría correctamente cuando
decidiese cumplir su amenaza, Gadaffi había organizado
un ensayo con sus tres enviados a Nueva York.
Whalid Dajani se dirigió a un maletín metálico gris
del tamaño de una cartera grande de documentos
cubierta de marcas de la «TWA», de «Lufthansa» y de
varios grandes hoteles europeos.
Nada podía parecer mas anodino, mas inofensivo
que aquella maleta.
Al llegar, el jueves anterior, al aeropuerto Kennedy,
Whalid había mostrado un pasaporte libanés a nombre
de Ibrahim Jalid, ingeniero electrónico. Al ver el
maletín, el aduanero le había pedido que lo abriese.
—Es un controlador de microprogramadores —le
había explicado el palestino—. Un aparato para detectar
las averías de los ordenadores.
—¡Demasiado complicado para mí!, —había
bromeado el aduanero, con admiración, y le había
dejado pasar.
Y, en efecto, nunca habría podido imaginar el
aduanero hasta que punto era complicado el dispositivo
que acababa de ver. En su origen, el maletín era
ciertamente un sencillo controlador de
microprogramadores, un «Testline Adit 1000», de
fabricación americana. Hacía siete meses, un alto
funcionario del Ministerio libio de Telecomunicaciones
había llamado a su despacho de Trípoli al ingeniero
Hidé Kamaguchi, representante de la empresa japonesa
Oriental Electric, que había instalado la nueva red
telefónica hertziana de Libia. Le había explicado que su
Gobierno deseaba comprar un aparato capaz de
producir un impulso eléctrico por radio a distancia El
sistema debía ser infalible y absolutamente inviolable.
Seis semanas después, Kamaguchi había llevado al libio
el maletín, junto con una factura de ciento sesenta y
cinco mil dólares.
Sólo el genio de los japoneses para la
miniaturización podía concebir el arsenal de sistemas
que ponían al aparato al abrigo de toda tentativa de
neutralización. Una pantalla interior protegía sus
mecanismos de los rayos ultravioleta, a fin de que nadie
pudiese anular las informaciones programadas en su
mini ordenador. Si alguien tratase de destruir su
memoria por medio de imanes, un detector de campo
magnético activaría inmediatamente el circuito de
ignición: filtros antiparásitos tenían por objeto evitar
toda interferencia en el receptor de radio. En fin, tres
tubos supersensibles a las variaciones de presión hacían
imposible la destrucción del maletín por medio de
proyectiles o explosivos. Una vez conectados los
circuitos, el simple cambio de presión producido por la
caída de una caja de cerillas sobre el aparato bastaría
para provocar el impulso fatal.
Whalid maniobró en la cerradura de triple
combinación y abrió la tapa. Apareció un tablero azul
pálido, en uno de cuyos lados había una pequeña
pantalla catódica y un teclado de seis piezas con las
cifras, letras y símbolos de las diferentes operaciones:
ARRANQUE, DATOS, AUTO, FIN, CONTROL.
En el centro del tablero había un lector de cassettes
que sólo podía abrir una orden cifrada que se pulsase en
el teclado. En su interior, se hallaba colocada una
cassette BASF de treinta minutos, que contenía las
instrucciones programadas en Trípoli para el mini
ordenador. Dos cables eléctricos estaban enrollados en
el hueco de la tapa. Uno de ellos debía conectarse en la
bomba; el otro, a la antena que Kamal había instalado
en el tejado. Todo intento de desconectarlos después de
colocados activaría inmediatamente el sistema de
ignición. Ocultos en el interior del maletín, se hallaban,
por último, un receptor de radio, un mini programador,
el mini ordenador y una serie de poderosas pilas de litio
de larga duración.
Whalid sacó un pedazo de papel cuidadosamente
doblado de debajo del forro de su chaqueta; la lista de
las dieciséis operaciones cifradas a realizar para
controlar el buen funcionamiento del maletín y poner
en marcha el sistema de ignición cuando llegase la
orden final de Gadaffi. Pulsó la tecla de ARRANQUE, y la
palabra IDENTIFICACIÓN apareció en la pantalla catódica.
Con dedos húmedos por la emoción, el palestino
compuso entonces en el teclado la clave 01C2. La
pantalla dio la palabra C ORRECTO.
Si Whalid hubiese compuesto una clave inexacta,
habría aparecido la palabra INCORRECTO y el palestino
solo habría tenido treinta segundos para rectificar su
error y para que el maletín no se destruyese de manera
automática.
Entonces apareció en la pantalla la indicación
«Recibidos los datos». Whalid consultó la lista y pulsó
las teclas F 19A. Por la ventana del lector del cassette vio
desfilar la cinta magnética.
Esta se desenrolló durante un minuto exacto, el
tiempo necesario para transmitir a la memoria del mini
ordenador su programa grabado. Las palabras «Datos
Recibidos: Okey.» indicaron que la operación era
conforme.
Este ordenador era el cerebro electrónico del
aparato. Ahora que estaba programado controlaría los
circuitos, los dispositivos de protección, la carga de las
pilas, y ordenaría la autodestrucción del maletín en caso
de necesidad. Pero, sobre todo leería el mensaje de
radio procedente de Trípoli lo autenticaría, y ordenaría
en la hora H, cuando el maletín estuviese realmente
conectado con la bomba, que se produjese la explosión.
— O key!, anun ció W h alid , en jugándose
nerviosamente la frente. Todo funciona correctamente.
Sólo falta comprobar la ignición manual.
Pues aunque el maletín había sido concebido para
hacer explotar una bomba en respuesta a una señal
radiada, tenía también un sistema de emergencias que
los Dajani podían utilizar en caso de accidente.
Whalid pulsó cuidadosamente las cuatro cifras 0636
en el teclado. Este número había sido elegido como
clave de ignición manual porque ninguno de los tres
palestinos podría olvidarlo jamás. Era la fecha de la
batalla de Yarmok, en que los guerreros de Omar
sucesor del Profeta, habían derrotado a los bizantinos
cerca del lago Tiberíades y establecido la dominación
árabe sobre su patria hoy perdida. Cuando el dedo de
Whalid pulsó la última cifra se extinguió la luz verde y
la pantalla tomó un color rojizo durante un par de
segundos. Después, se encendió la indicación «Ignición
manual: Okey».
—¡Esto funciona! —Whalid consultó su reloj—. Solo
faltan diecisiete minutos para la llamada de Trípoli.
En algún lugar del espacio infinito, una bola de
metal gira bajo la bóveda celeste. Oscar es un pájaro
abandonado, un pobre y pequeño satélite perdido en
medio de la galaxia de sus hermanos mayores de las
telecomunicaciones, de la meteorología, de la vigilancia
militar, de la navegación, de todas las observaciones que
saturan la órbita terrestre. Fue lanzado por la NASA en
mil novecientos sesenta y uno, por cuenta de un grupo
de radioaficionados. Al no estar sujeto a ningún control
internacional, fue rápidamente olvidado. En realidad,
está tan olvidado que su nombre no aparece siquiera en
el inventario ultra secreto de satélites que el Gobierno
norteamericano lleva constantemente al día.
Para destruir Nueva York, Gadaffi solo tendría que
transmitir su señal a este satélite olvidado, que la
transmitiría a través del espacio hasta la antena fijada
en el tejado del garaje. Así de sencilla era la cosa.
Solo la roedura de las ratas turbaba ahora el
silencio. Acurrucados sobre la plataforma de cemento
húmedo, los tres Dajani esperaban sin decir palabra,
sumido cada uno de ellos en sus propios pensamientos.
«¿Estoy viviendo un sueño o una pesadilla?» se
preguntaba Leila.
Whalid observaba el maletín mientras la saeta de su
reloj avanzaba hacia las veintidós y quince horas. En voz
baja, casi imperceptible, contó los últimos segundos.
«Tres... Dos... Uno...» No había tenido tiempo de decir
«cero» cuando se oyó una señal sonora en Morse,
mientras se apagaba la luz verdosa de la pantalla de
control y era inmediatamente sustituida por otra luz, en
respuesta a una señal llegada del otro lado del mundo.
Era una luz roja idéntica a la que había aparecido un
cuarto de hora antes.
Leila observaba sin atreverse a respirar. Aliviado y
horrorizado al mismo tiempo, Whalid se inclinó hacia el
aparato. Solo Kamal permaneció impasible.
Se apagó la luz roja y se encendieron las palabras
«Control radio global: Okey». Estas desaparecieron a su
vez y fueron sustituidas por la palabra C ONEXIÓN. Ahora
que se habían realizado con éxito todas las
comprobaciones, se habría dicho que el maletín gris
asumía la dirección de las operaciones, eliminando para
lo sucesivo el incierto recurso a toda intervención
humana.
Whalid conectó entonces el enchufe de cincuenta y
cuatro púas del cable eléctrico que salía del maletín con
el enchufe hembra inoxidable colocado sobre la pared
de la bomba. La próxima vez que apareciese un
resplandor rojo en la pantalla, una descarga eléctrica
producida por las pilas de litio pasaría por las púas y
haría explotar el ingenio termonuclear colocado sobre
la plataforma.
Whalid contempló la impresionante masa negra.
Pensó en los miles de horas que había pasado
concibiéndola, diseñándola, montándola. El era su
padre. Y ella era suya. Solo suya. No de Gadaffi, de su
hermano, de su hermana, de sus colegas de la Ciudad de
las Ciencias de Trípoli. Si alguna vez recibía impulso
eléctrico, él, y solo él sería responsable de todos los
horrores que provocaría. «¡Dios mío, Dios mío!
—pensó—, ¿por que me has dado este poder?»
—¿Qué te pasa?, gruñó Kamal.
Whalid se sobresaltó como un alumno distraído
sorprendido por el maestro. Todavía tenía el reloj en la
mano.
—La luz roja no ha estado encendida durante dos
segundos enteros, —balbuceó—. ¿Estás seguro de haber
conectado correctamente la antena del tejado?
—¡Naturalmente!
—Sin embargo, creo que deberíamos comprobarlo.
Whalid encendió su linterna eléctrica. Subiré contigo y
te alumbraré mientras compruebas la conexión.
Los dos hombres se dirigieron a la escalera. De
pronto, Whalid se llevó las manos al vientre y lanzó un
gemido de dolor.
—¡Maldita úlcera! Ve tú en mi lugar, Leila, dijo,
tendiendo la lámpara a su hermana.
Cuando volvieron Leila y Kamal, vieron que la crisis
de Whalid había pasado. Su hermano parecía
súbitamente apaciguado.
—Todo está perfectamente allá arriba, declaró
Kamal.
Whalid pudo entonces pulsar la tecla FIN del
maletín. El sistema quedó entonces completamente
cerrado.
—Harías bien en pasar la noche aquí conmigo,
Whalid, sugirió Kamal. Sería más prudente.
—No, no, ya me siento bien.
—¿Y tu, Leila?
—¡No te preocupes por mí! A nadie se le ocurrirá
buscarme en el sitio al que voy.

A fin de envolver su desplazamiento en el secreto


más absoluto, el presidente y sus colaboradores se
dirigieron por el túnel que enlazaba la Casa Blanca con
el Ministerio de Hacienda hasta los dos Ford corrientes
que les conducirían al Pentágono.
Eran las veintitrés y treinta horas cuando los coche
torcieron a lo largo del Potomac y penetraron en el
recinto del Pentágono.
Los visitantes pasaron bajo el pórtico del Comité de
jefes de Estado Mayor y se detuvieron delante de una
sencilla puerta blanca que llevaba el número 2B890.
Dos centinelas armados y una batería de cámaras
automáticas comprobaron su identidad, y se abrió la
puerta. El jefe del Estado y sus colaboradores se
metieron entonces en un ascensor, que se hundió a
cincuenta metros bajo tierra. El centro de Mando
Militar Nacional es uno de los dos puestos de mando
operacionales del presidente de los Estados Unidos en
casos de gran emergencia. Verdadera cueva de Alí Babá
de la Era electrónica, encierra una serie ultra secreta de
sistemas de comunicación que permiten al presidente
ver y escuchar el mundo desde su sillón; seguir en
directo, gracias a la red de satélites K 11, cualquier
acontecimiento, y dictar órdenes a todos los centros de
poder norteamericanos dispersos en todos los rincones
del Universo. Las imágenes transmitidas por los
satélites a las seis pantallas que tapizan las paredes de
la estancia son de tal fidelidad, que el presidente puede
distinguir literalmente una vaca de Jersey de una vaca
de Guernesey en un prado de Sussex; determinar el
color y la marca de un automóvil que cruce la entrada
del Kremlin y seguir la trayectoria de un misil disparado
por el piloto de un F 15 en vuelo sobre el Bósforo.
Gracias a los sistemas de escucha de la CIA, puede
oír el diálogo entre un piloto ruso de MIG 13 y su
controlador aéreo de Sebastopol; el ruido de las pisadas
de los dirigentes comunistas en los pasillos de sus
ministerios de Moscú, Berlín Este o Praga; sus
conversaciones más íntimas, y el tintineo de los vasos de
vodka. En fin, desde su sillón, el presidente podría ser
a la vez espectador y actor de la tragedia final. Podría
ordenar el disparo de un cohete «Minuteman» desde un
silo de Dakota del Sur, y contemplar en seguida, como
cualquier espectador de una sala de cine, el espectáculo
del horror termonuclear devastando la población, las
calles y las casas de cualquier ciudad soviética.
Más allá de la mesa de conferencias había tres
pupitres ocupados por oficiales de transmisiones.
Detrás de un cuarto pupitre, un poco más elevado, se
hallaba el comandante del centro, un contra almirante
de blanco uniforme, tan impecable, que parecía más
propio de una soirée de gala.
Se apagaron las luces de la estancia y el almirante
proyectó en las seis pantallas una serie de imágenes que
revelaban la situación de las fuerzas soviéticas, tal como
estaban desplegadas en aquel preciso instante: los
submarinos nucleares en misión, representado cada uno
de ellos por el destello de una luz roja en un planisferio;
los emplazamientos de los cohetes intercontinentales,
filmados con tanta precisión que podían distinguirse los
centinelas que patrullaban alrededor de sus recintos; los
parques de vehículos blindados; los bombarderos
atómicos «Backfire», en sus alvéolos de las bases de
Alemania Oriental y del mar Negro; las baterías de
misiles nucleares «Sam», a lo largo del Oder.
Las imágenes desaparecieron y se encendieron de
nuevo las luces.
—Señor presidente, no existe señal alguna que
permita deducir que las fuerzas armadas soviéticas se
hallen en estado de alerta —declaró el almirante.
Se inclinó sobre su pupitre para accionar una nueva
serie de palancas. Las luces se apagaron de nuevo. Una
franja de desierto, rojizo bajo el sol naciente, apareció
en una de las pantallas. En el centro, apenas visible, se
elevaba una especie de torre metálica.
He ahí el lugar indicado en el mensaje depositado en
la estación de Washington.
Una segunda pantalla mostró una vista ampliada de
la torre metálica. Parecía un viejo derrick de
prospección petrolífera. En su cima, podían observarse
los contornos de un gran recipiente cilíndrico, parecido
al barril que figuraba en el plano adjunto a la cassette
del coronel Gadaffi.
El almirante explicó que ningún satélite se hallaba
sobre Libia en el momento en que el sobre había llegado
a la Casa Blanca. Sus órbitas eran fijadas una vez al mes
por el Consejo Nacional de Seguridad, y casi todos ellos
eran utilizados para vigilar la Unión Soviética y la
Europa del Este. Al producirse la primera alarma, se
había modificado la órbita de tres satélites KHII,
dirigiéndola sobre Libia. Las imágenes transmitidas por
un segundo satélite aparecieron en aquel instante en
otra pantalla. Mostraban un grupo de edificios en la
periferia de Trípoli, el cuartel de Bab Azziza, donde el
encargado de negocios norteamericano no había podido
entrar unas horas antes. Ante el portal de entrada, el
presidente y sus colaboradores distinguieron siluetas
que iban y venían, sin duda los mismos centinelas que
habían cerrado el paso al diplomático. Entonces
apareció el conjunto del campamento y, a continuación,
se amplió la imagen, para mostrar sólo una serie de
pequeñas construcciones un poco apartadas. El
almirante deslizó un disco blanco sobre el laberinto de
tejados y lo detuvo sobre un rectángulo.
—He ahí la residencia del coronel Gadaffi. Pero no
hemos observado en ella ninguna actividad especial, ni
siquiera señales de que esté actualmente habitada.
—¿Qué le hace pensar que se trata realmente de la
residencia del coronel? —preguntó el presidente.
El almirante desplazó ligeramente la imagen.
Entonces apareció ante la casa un pequeño patio
cercado en cuyo centro se levantaba una tienda de
nómada. Al lado de ésta, destacaba la silueta de un
dromedario.
—Según nuestros informes, esa tienda es utilizada
como salón privado por el coronel, y ese animal le
suministra la leche que más le gusta.
Entonces apareció una imagen de la costa Libia en
una tercera pantalla. Una lucecilla roja centelleaba en
medio del golfo de Bidra, entre Trípoli y Bengasi. El
almirante indicó que se trataba del destructor US Allan,
navío de vigilancia electrónica, parecido al que los
israelíes habían torpedeado en 1977 frente a Gaza,
porque espiaba sus comunicaciones por radio. Estaba
equipado con aparatos sumamente perfeccionados,
capaces de interceptar, descifrar y estudiar todas las
emisiones de radio libias, así como de escuchar las
conversaciones de cualquier abonado al teléfono de la
red hertziana de telecomunicaciones libias. El
Pentágono había transmitido ya al destructor muestras
de las voces de Gadaffi y de los cinco principales
responsables libios. Millares de comunicaciones
interceptadas serían cotejadas con aquellas muestras
por ordenador, aislándose inmediatamente todas las
llamadas de los dirigentes libios.
La costa mediterránea desapareció y fue sustituida
por una vista general del territorio libio. Sobre la parte
sudoeste de la imagen veíanse las dos líneas rojas
paralelas que indicaban el pasillo aéreo propuesto por
Gadaffi en su segundo mensaje. Una luz roja se
desplazaba hacia el Sur por el eje de este pasillo.
—Hemos pedido a un «Blackbird» de Adana que nos
facilite información complementaria, explicó el
almirante.
Los «Blackbird SR 71» son una versión moderna del
viejo avión espía «U2». Vuelan a treinta mil metros de
altura, a velocidad triple de la del sonido. Están
equipados con instrumentos ultrasensibles de detección
de radiaciones y de calor, con el fin de vigilar los
experimentos nucleares franceses y chinos, y también
con cámaras multidimensionales, capaces de proceder
al desmenuzamiento fotográfico completo de un
territorio.
El presidente fijó su atención en las dos pantallas
que mostraban el presunto lugar del experimento.
Alrededor de la torre se veían ahora claramente
numerosas huellas de ruedas en la arena.
—¿Qué dice usted a eso, Green?
—Que se parece al viejo lugar de «Trinity». Es
sencillo y eficaz —respondió el secretario de Defensa.
«Trinity» es el nombre en clave del primer
experimento atómico realizado en el desierto de Nuevo
México, en el mes de julio de 1945.
El secretario de defensa examinaba la pantalla, con
las cejas fruncidas, como un profesor buscando un error
en el trabajo realizado por el alumno.
—Deberíamos ver en alguna parte señales de un
puesto de mando cualquiera, —dijo, con inquietud.
—Hemos registrado toda la zona, pero no hemos
encontrado nada, terció el almirante.
—¡Naturalmente! —saltó James Mills. ¡Porque no
hay nada que encontrar! ¡Repito que todo esto no es
más que un enorme farol!
—Dios le oiga, James —murmuró el presidente, con
un matiz de irritación. Pero si se equivoca, se corre el
riesgo de que el mundo entero se entere al mismo
tiempo que nosotros.
—No forzosamente —objetó Green—. Ese desierto
está realmente en el fin del mundo. La población mas
próxima debe hallarse a varios cientos de kilómetros...
—A trescientos catorce kilómetros exactamente
—precisó el almirante—. Es la aldea de Sidi Walfi.
El presidente agachó la cabeza.
—Aparte algunos nómadas, esperemos que la
explosión, si se produce, no tendrá muchos testigos.
Pero, ¿y los residuos?
Un mapa del nordeste de África y de la península
Arábiga apareció entonces en una de las pantallas.
Superpuesto a él, un arco en forma de morcilla partía
del sur de Libia, rozaba el desierto de Chad y torcía
hacia el Este, en dirección al Sudán y al extremo de
Arabia Saudita.
—He aquí el probable eje de los residuos, según los
vientos dominantes que soplan esta mañana en las
capas altas de la atmósfera sobre el lugar —explicó el
almirante.
El ministro de Defensa esbozó una sonrisa.
—¡Perfecto! No existen aparatos de medición de
radiaciones en esa zona. Los sismógrafos de Europa del
Próximo Oriente registrarán un temblor; de 4 o 5 grados
según la escala de Richter. Un fuerte temblor, pero nada
que pueda alarmar al mundo.
Faltaban cuatro minutos para la medianoche. Sólo
había que esperar. Las cifras luminosas de los segundos
saltaban en los seis relojes del fondo de la estancia. La
mirada del presidente volvió a la imagen de la
residencia de Gadaffi, cercada de blanco, con su patio,
su tienda de nómada, sus palmeras, y su dromedario.
«¿Es posible que un hombre que vive en una casa tan
sencilla, un hombre profundamente creyente, un padre
de familia, sea capaz de planear un crimen tan
abominable? —pensó—. ¿Que odio, que afán de poder,
qué deseo de vengar unos males que no han sido
padecidos por él ni por su pueblo, pueden impulsarle a
querer realizar una acción tan irresponsable? Si
realmente ha hecho colocar esa bomba en Nueva York,
¿cómo será posible discutir con semejante fanático?»
Las veintitrés y cincuenta y nueve. La carrera
inexorable de los relojes seguía el ritmo del sordo
ronroneo de los aparatos de climatización. Ningún otro
ruido turbaba el pesado silencio. Detrás de sus pupitres,
hasta los militares, por muy acostumbrados que
estuviesen a las crisis, contenían el aliento. Nadie vio
aparecer los cuatro ceros de la medianoche en las
esferas. Todas las miradas estaban fijas en la torre
metálica plantada sobre la arena del desierto, como
vestigio petrificado de algún bosque soterrado.
Cinco segundos, diez segundos. Nada. Las doce y
treinta segundos. Nada. El primer crujido de un sillón
rebajó la tensión del ambiente. Las doce y cuarenta y
cinco segundos. Y la torre metálica seguía en su sitio,
como tímida antorcha de una esperanza que renacía.
Las doce y un minuto. Se oyeron carraspeos
suspiros, ruidos de pies. Una especie de alivio físico
reanimaba poco a poco a los reunidos. El acento
lánguido de James Mills expresó una vez más lo que
muchos pensaban. El georgiano tenía el rostro carmesí.
Rebosaba entusiasmado.
—¿No se lo había dicho? Ese libio bastardo no es
más que un miserable baladrón. ¡Lo único que se
merece es...
—Una buena lección —dijo el jefe de la CIA—.
Sugiero, señor presidente, que estudiemos con urgencia
las modalidades de una acción militar contra Libia.
—¡Eh, no tan de prisa! —terció Middleburger,
subsecretario de Estado—. No tenemos ninguna prueba
de que Gadaffi esté realmente detrás de todo eso.
Mills saltó, enfurecido:
—No vamos a dejar que ese perro se salga de rositas
porque no ha podido hacer explotar...
No terminó su frase. Una masa de luz blanca brotó
de las pantallas de la sala dos 2 B 890. El relámpago fue
de tal intensidad, el reflejo fue tan cegador, que todos
tuvieron que protegerse los ojos con las manos. Desde
una distancia de ciento cincuenta kilómetros, las
cámaras del satélite captaron la bola de fuego que rugía
sobre el mar de arena libio y la lanzaron contra las
pantallas del Pentágono, como un hongo de gas en
fusión girando en un ciclón multicolor de luz y de fuego.
La visión de pesadilla de los jinetes de san Juan
sembrando el Apocalipsis se hizo realidad ante los
horrorizados ojos del presidente. Pero ahora un quinto
jinete galopaba en cabeza: Moamar Gadaffi, salido de
las entrañas del infierno para asolar el mundo.
Mudos de estupor, el jefe del Estado y sus
acompañantes contemplaron durante largos segundos
el increíble espectáculo.
El primer ruido que vino a turbar el silencio total
procedía del «Blackbird SR 71», que volaba a treinta y
dos mil metros sobre el lugar de la explosión.
Indiferente a la nube mortal que se extendía bajo sus
alas, el piloto transmitía los datos de los instrumentos
de a bordo: el número de rayos gamma y de partículas
beta que chocaban con sus detectores, la intensidad de
los neutrones, el efecto térmico de los rayos X. Pero
estas informaciones tenían ya poca importancia para los
espectadores de la sala 2 B 890. Para ellos, solo contaba
la horrorosa visión de la pantalla: aquella bola de fuego
que subía de la arena.
El presidente estaba muy pálido. Sus dedos
agarraron la manga del ministro de Defensa.
—¡Señor! —exclamó—. ¿Cómo habrá conseguido
fabricar esa bomba?
Hizo un esfuerzo para levantarse. Todos observaron
su semblante desencajado. Habló con voz clara:
—Quisiera que los que lo deseen se unan a mí para
implorar al Señor que nos preste su ayuda y su
inspiración en esta crisis que se cierne sobre nosotros.
Dicho lo cual, el presidente de los Estados Unidos se
hincó de rodillas y empezó a rezar.
SEGUNDA PARTE
POR FIN HAREMOS QUE TRIUNFE LA JUSTICIA

La respuesta a la angustiosa pregunta formulada por


el presidente de los Estados Unidos a su ministro era
una novela de aventuras que había empezado una
mañana de enero, hacía casi tres años, en una de las
futuristas pasarelas del aeródromo Charles de Gaulle,
cerca de París. Kamal Dajani, el pasajero clandestino del
Dionysos, desembarcó aquel día del vuelo 783 de la
compañía Air France, procedente de Viena. Su color
mate de oriental podía atribuirse fácilmente a una
estancia prolongada en las pistas de esquí del Tirol.
Presentó al oficial del control un pasaporte
austriaco, a nombre de un tal Fredi Mueller,
representante de maquinaria agrícola y natural de Linz;
cruzó con tranquilidad el pasillo de llegada y se dirigió
a los lavabos más próximos. Vaciló un momento, antes
de entrar en el último compartimiento; corrió el cerrojo
de la puerta y dejó su bolsa en el suelo. Casi
inmediatamente, una mano atrajo la bolsa al gabinete
contiguo y dejó otra idéntica en su lugar. Kamal la abrió
y comprobó su contenido: una pistola automática
«Walter P 38»; tres cargadores; dos granadas
rompedoras «US»; una faca; una guía de París y, por
último, otro juego de documentos de identidad que le
daban la nacionalidad argelina y le identificaban como
estudiante de la Universidad de París X.
La bolsa contenía, además, dos mil francos franceses
en billetes y monedas de diferentes valores.
Cuarenta minutos más tarde se apeaba de un taxi
ante una casa de la Rue de Assas, en el distrito seis, y
llamaba a la puerta del apartamento del primer piso.
—Soy yo, Kamal, murmuró en árabe.
Se abrió la puerta y apareció una joven morena.
Ahogando un grito de alegría, Leila se echó en brazos de
su hermano. Azafata de la compañía libanesa de
aviación Middle East Airways, Leila Dajani vivía desde
hacía tres años en París, donde servía de enlace y de
correo a los agentes de la resistencia palestina en
Europa.
—¡Dos años! —exclamó ella—. ¿Por qué tanto
tiempo?
—No ha habido más remedio, replicó él.
Ella le hizo pasar. Antes de cerrar la puerta, echó un
vistazo a la escalera, para asegurarse de que nadie había
seguido a su hermano, y, después, hizo girar dos veces
la llave en la cerradura.
—Muéstrame lo que te han hecho —le dijo,
empujándole hacia el salón.
Kamal se quitó la chaqueta y el chándal. Una cicatriz
le bajaba desde el cuello hasta el hombro: un feo surco
de carne lastimada que parecía abierto por las garras de
un tigre.
Leila estaba al corriente de la peligrosa carrera
emprendida por su hermano menor cuando terminó la
Guerra de los Seis Días, al deslizarse bajo el fuego de las
ametralladoras de un campamento de comandos
palestinos del Frente de rechazo, sobre una desolada
meseta próxima a Damasco.
—Me dijeron que habías muerto —dijo, emocionada.
—Así lo creyeron mis camaradas, cuando me
abandonaron en el campo.
Kamal Dajani había llevado seis veces su comando
al interior de Israel, atacando con fuego de fusil los
kibbutzim de Galilea, minando carreteras, tendiendo
emboscadas. La séptima vez, a raíz de una infructuosa
tentativa de bombardeo de las refinerías petrolíferas de
Haifa con cohetes Katiushka, su grupo había sido
interceptado por una patrulla. Unas granadas lanzadas
con buena puntería le habían herido gravemente y
dispersado a sus hombres.
—Tuviste suerte de que los israelíes no te rematasen
cuando te encontraron —suspiró Leila.
—La suerte no tuvo nada que ver. No acabaron
conmigo porque no se puede interrogar a un fedayín
muerto.
Tres meses más tarde, habiendo conseguido darles
esquinazo a los cirujanos judíos que le habían salvado se
evadió bajo un cargamento de naranjas de Gaffa con
destino a Amman y se incorporó a las filas de los
fedayines.
—¿Puedo tomar un poco de té? —Preguntó Kamal.
Demasiado emocionada para responderle, Leila se
dirigió a la cocina y encendió el gas.
—He venido a verte porque necesito tu ayuda —dijo
él.
La joven se volvió bruscamente, todavía encendida
la cerilla entre sus dedos. Recobró su voz.
—Siempre he estado al servicio de la causa —dijo,
con orgullo.
—Lo sé, pero esta vez se trata de una misión capital.
Y, probablemente difícil. —Kamal hizo una pausa—. He
venido a verte porque quiero que convenzas a Whalid de
que nos ayude a realizar una operación decisiva.
—¿A Whalid? —preguntó ella, con asombro. ¿Y por
qué he de hacerlo yo? ¿Por qué no se lo pides tú
directamente? Es tan hermano tuyo como mío,
¿verdad?
—Sabes muy bien que Whalid y yo no podemos
hablar. Sólo podemos discutir. Y ahora me interesa
conseguir su ayuda, no salir triunfante en una
discusión.
Kamal se levantó y se dirigió a la ventana.
Siguiéndole con la mirada, Leila observó su marcha de
felino. «¿Será que mi hermano, en el curso de estos
cinco años, se ha convertido en un animal de la selva?»,
se preguntó.
Después de su evasión de Israel, había desaparecido
durante seis meses. Luego, un día, ella oyó decir que
estaba en Trípoli, donde trabajaba con un grupito de
palestinos reclutados por el terrorista venezolano
Carlos. Después de esto, no había sabido nada más.
—Whalid sería incapaz de comprender lo que yo
hago. —Kamal miró por la ventana, con aire
melancólico—. Sabes que, para mí, el fin justifica los
medios. Pero no para él. Salvó en sus malditos
laboratorios, donde todo es abstracción. Señaló la calle
y la gente. Pero no ahí, que es donde cuentan las cosas.
El me llamaría criminal. Y yo le llamaría cobarde. Al
cabo de cinco minutos, no tendríamos ya nada que
decirnos.
—Nunca tuvisteis gran cosa que deciros, —observó
Leila.
—Mucho antes de que él emprendiese el camino de
los laboratorios y de que tú te convirtieses en un... —Se
interrumpió, buscando la palabra adecuada. Kamal se
la dijo—: en un terrorista. O en un patriota. A veces, el
matiz entre los dos conceptos es difícil de distinguir.
Sus ojos se habían oscurecido. Eran tan azules que
siempre se bromeaba en su familia, diciendo que debían
ser herencia de los devaneos de un caballero cruzado
con una antepasada del clan Dajani.
—Ibas a hacer un poco de té —recordó a su
hermana.
Kamal no tenía la volubilidad habitual de los árabes.
Volvió en seguida a su punto de partida:
—Es preciso que alguien le convenza de que debe
ayudarnos. Tú puedes conseguirlo. Yo no podría.
Leila puso la tetera sobre el fuego y fue a sentarse
delante de su hermano.
—El ha cambiado, ¿sabes? Se ha vuelto más francés
que los mismos franceses. Palestina, el exilio, nuestros
padres. Todo esto parece haberse disuelto en su
memoria. Como si se tratase de una existencia que él no
hubiese vivido. Es como todo el mundo. Su trabajo, su
mujer, sus hijos, su coche, su casa. Un hombre feliz,
¿entiendes?
—No le pedimos que renuncie a todo eso, Leila. —La
voz de Kamal era tranquila, casi serena—. Pero él no es
como todo el mundo. Al menos, para nosotros.
Leila contempló a su hermano con inquietud. Estas
palabras confirmaban lo que había sospechado desde el
momento en que él habló de su hermano mayor.
—¿Es su trabajo lo que os interesa?
Kamal inclinó la cabeza.
—Tiene acceso a ciertas cosas que son de gran
importancia para nosotros. Es preciso que nos dé ciertas
informaciones. Y no hay otra persona en quien podamos
confiar y que sea capaz de hacerlo.
La tetera empezó a silbar. Leila se levantó. Se acercó
despacio a la cocina, absorta en sus pensamientos.
«Conque era esto —pensó—. Después de tantos años, de
tantas discusiones, de tantos procesos, los árabes van
por fin a pasar a la acción».
Colocó las tazas sobre la mesita, junto al sillón de su
hermano. Un rayo de sol invernal hacia brillar su negra
cabellera, recogida en un moño sobre la nuca.
Abrumada por la enormidad de la tarea que le esperaba,
no pudo reprimir un escalofrío.
—¡Señor! ¿Cómo voy a convencer a Whalid?

Después de haber telegrafiado a su hermano mayor,


Leila Dajani desembarcó a la mañana siguiente en el
aeropuerto de Marsella-Marignana. Al ver la silueta
familiar que se abría paso entre la multitud, corrió hacia
ella. Whalid se balanceaba al andar, como de
costumbre. En seis meses que no le había visto, había
engordado varios kilos.
—¡Pronto te parecerás a Frank! —gritó abrazándole.
—No sería extraño —dijo él, empujando a su
hermana hacia el «Renault 16» estacionado en el
parking reservado del aeropuerto, frente al vestíbulo de
llegada.
Debía este privilegio al marbete amarillo y verde
pegado en el ángulo izquierdo del parabrisas. Era el
salvoconducto que permitía entrar en el centro de
estudios nucleares de Cadarache, uno de los principales
templos de los trabajos atómicos franceses.
Whalid Dajani era, en efecto, físico atómico. Su
especialidad guardaba relación con uno de los
elementos más preciosos y más peligrosos que existían
en el mundo: el plutonio. Doctor en ingeniería nuclear
por la Universidad Berkeley, en California, había sido
señalado como uno de los jóvenes físicos más brillantes
de su generación. Una comunicación presentada en un
congreso celebrado en Paris en noviembre de 1973
había incitado a la Comisaría francesa de energía
atómica a ofrecerle altas funciones en el desarrollo del
programa de los generadores de máxima potencia
«Super-Fénix». El físico palestino había aceptado.
Desde entonces trabajaba en Cadarache.
Whalid Dajani tomó la autopista de Aix-en-
Provence y se desvió de ella a los pocos kilómetros, para
entrar en la carretera de Meyrargues. Después de la
alegría de su encuentro, se había hecho un incómodo
silencio entre los dos hermanos.
—Tu telegrama decía que tenías que hablarme de
algo urgente —dijo él, al fin.
«Un automóvil en marcha no es lugar conveniente
para una conversación seria», pensó Leila. Era preciso
que pudiese hablarle cara a cara, mirándole a los ojos.
—¡Qué bonito lugar! —exclamó, con entusiasmo, al
cruzar una aldea—. ¿Y si nos detuviésemos para beber
algo?
Whalid aparcó el automóvil y ambos se sentaron en
la terraza de un café. Whalid pidió un pastís. Leila
vaciló.
—Una limonada, dijo, buscando en el bolso su
paquete de «Winston».
Encendió un cigarrillo.
—¿Y bien? —preguntó Whalid, llevándose el vaso a
los labios—. ¿Quieres hablarme de Kamal? Ya sabes que
él y yo no nos...
—No, le interrumpió ella, no he venido a hablarte de
Kamal, sino de ti, Whalid.
—¿De mí?
—De ti. Los hermanos necesitan tu ayuda.
Sintiendo un nudo en el estómago, Whalid tardó un
momento en responder.
—¿Los Hermanos? —agitó una mano en el aire—.
Todo esto pertenece al pasado, Leila. —Hablaba con
dulzura, sin animosidad—. He construido aquí mi vida
¿sabes? Y no ha sido fácil. Pero hoy tengo una familia,
una esposa, hijos, amigos, un país. Hago un trabajo
interesante. No voy a sacrificarlo todo. Ni por los
hermanos, ni por nadie.
Leila bebía despacio su limonada. Observaba a los
viejos que se calentaban al sol en los bancos de madera
de la plaza.
—Sean cuales fueren tus esfuerzos para crearte una
nueva vida, una nueva familia no podrás escapar a tu
pasado, Whalid. Tu verdadero país es Palestina, tu
verdadera casa, Jerusalén.
Whalid no respondió. Los dos hermanos
permanecieron sentados, uno al lado del otro durante
un momento, unidos en silencio por el lazo de los
sufrimientos que habían compartido antaño. Ninguno
de ellos había conocido los horrores de los campos de
refugiados; pero la prueba del exilio no había sido
menos cruel. Encarnaban un aspecto del drama
palestino que un mundo únicamente sensibilizado a la
miseria de aquellos campos tenía raras veces ocasión de
entrever: el drama de una Palestina que había
producido antaño la élite del mundo árabe, una élite de
eruditos, médicos, sabios comerciantes. Arraigados
desde cuarenta y cinco generaciones en las colinas de
Jerusalén, los Dajani habían dado a la ciudad santa una
sucesión ininterrumpida de jefes y de pensadores. Pero,
en dos ocasiones, en 1947 y en 1968, habían sido
arrojados de su casa. En 1968, los bulldozers judíos
habían reducido a escombros su mansión ancestral,
para que se edificase en su lugar una casa habitada por
israelíes. Whalid asió la mano de su hermana y la
acarició suavemente.
—Mi corazón sangra todavía tanto como el tuyo al
pensar en todo lo que nos ha sucedido, ya lo sabes. Pero
si Palestina es lo único que cuenta actualmente para
Kamal y para ti, yo no puedo ya decir lo mismo.
Leila guardó silencio, reflexionando sobre lo que su
hermano acababa de decir.
—Whalid —preguntó, después de beber otro trago
de limonada—, ¿recuerdas el último día en que
estuvimos todos reunidos en Beirut?
Whalid inclinó la cabeza.
—Aquella noche dijiste algo que jamás he olvidado.
Kamal iba a salir para Damasco, a reunirse con los
Hermanos, a luchar para vengar a nuestro pueblo.
Quería que tú fueses con él, y tú te negaste. Si los
israelíes son tan fuertes, dijiste, es porque comprenden
la importancia de la instrucción. Acababan de aprobarte
en las oposiciones de ingreso en la Universidad de
California. Nos dijiste que Berkeley sería tu Damasco,
que lograr la mejor formación científica del mundo sería
tu manera de ayudar a nuestro pueblo y a nuestra causa.
—Lo recuerdo. ¿Y bien?
Leila señaló la plaza, los jugadores de bolos, las
mujeres vestidas de negro que charlaban delante de
Prisunic, con la bolsa de la compra en la mano.
—¿Dónde está la causa, dónde está tu pueblo en
todo esto?
—Aquí —respondió vivamente Whalid, golpeándose
el pecho—. En mi corazón, donde ha estado siempre.
—No te enfades, Whalid, te lo suplico, —dijo
cariñosamente ella—. Sólo quería decir que tuviste
razón aquella noche. Cada uno de nosotros debe servir
a la causa a su manera. Quizás hacer de correo o llevar
mensajes entre Beirut y Paris, escondidos en mi
sujetador, no sea más que una pobre contribución. Pero
es lo que puedo hacer. Kamal lucha. Es lo que le
corresponde. Pero tú eres diferente, Whalid. Hay
millares, cientos de millares de los nuestros capaces de
llevar una metralleta «Kalashnikov». Pero tal vez hay
sólo un palestino en el mundo que pueda hacer por su
pueblo lo que puedes hacer tú.
Whalid se estremeció de manera imperceptible.
Desde el momento en que había recibido el telegrama,
sospechaba el motivo de una visita tan urgente. Apuró
de un trago su vaso de pastís y envolvió a su hermana en
una mirada glacial.
—¿Y qué es eso tan especial que los Hermanos
esperan de mí?
—Que les ayudes a conseguir plutonio. Por cuenta
del Gran Hermano de Trípoli.
Whalid dejó un vaso sobre la mesa. Aunque Leila
había hablado en árabe miró a su alrededor para
asegurarse de que nadie había podido escuchar sus
palabras. Los muchos rumores que circulaban en el
seno de la comunidad científica le habían puesto al
corriente de los esfuerzos nucleares de Gadaffi. Se pasó
una mano por la frente.
—Supongo que los Hermanos se imaginan que
cualquier tarde de domingo puedo ir a buscar
sencillamente unos cuantos kilos de plutonio y cargarlos
en el asiento de mi coche, dijo, sarcásticamente.
Leila esbozó una crispada sonrisa.
—Querido Whalid los Hermanos no están locos. Han
pensado y estudiado ya la operación hasta en sus
ínfimos detalles. Lo único que quieren de ti es
información. Por ejemplo, el lugar donde se guarda el
plutonio de Cadarache. Su sistema de protección. El
número de personas encargadas de su custodia... Cómo
podrían sacarlo del Centro...
Whalid golpeó nerviosamente su vaso.
—¿Qué haría Gadaffi con él? ¡No será una bomba
atómica la que haga triunfar la causa árabe!
—La explosión de una sola bomba atómica en el
desierto mostrará a nuestro pueblo que existe una
alternativa a los regateos de Sadat y los americanos, a la
esclavización de nuestro pueblo por los israelíes. Les
demostrará que existe un jefe árabe capaz de luchar
para que al fin triunfe la justicia. Abrió el bolso y sacó
de él un grueso sobre blanco. Todo lo que deben saber
los Hermanos está consignado aquí. Y puedo
prometerte una cosa: nadie sabrá jamás la procedencia
de las informaciones.
—¿Y si me niego?
—¡No te negarás!
El tono perentorio, agresivo, de estas tres palabras,
exasperó a Whalid.
—¿Que no me negaré? —exclamó—. ¡Pues esto es lo
que voy a hacer. ¡Inmediatamente! Y te diré el porqué.
Cogió el paquete de cigarrillos de encima de la mesa.
Creo en lo que hago, Leila, dijo él. Creo en ello tan
apasionadamente como he creído en Palestina. Hizo
una pausa, aspirando lentamente el humo del cigarrillo.
Su tono era grave y mesurado. Florence Nightingale dijo
una vez: «Lo primero que NO debe hacer un hospital es
propagar microbios». Pues bien, lo primero que NO
debe hacer un físico nuclear es difundir el terrible saber
que posee por miedo a que los hombres lo utilicen para
matarse, en vez de servirse de él para construir un
mundo mejor.
Ahora fue su hermana la que saltó:
—¡Un mundo mejor! —exclamó, burlona—. ¿Por qué
crees que Gadaffi quiere la bomba? Porque los israelíes
la tienen. Sabes muy bien que la tienen. ¿Y crees que la
han fabricado para edificar un mundo mejor? ¡Ni lo
pienses! ¡Lo han hecho para lanzarla contra nosotros
cuando se les antoje!
Su hermano permaneció impasible.
—Sé que la tienen.
—¿Sabes que los judíos tienen la bomba, y te quedas
ahí sentado, diciéndome que te niegas a ayudar a tu
propio pueblo a conseguirla, un pueblo que ha sido
pisoteado como nadie lo fue jamás?
—Exactamente. Porque hoy me siento ligado a algo
que es superior a Palestina. O a la causa.
—¿Superior a tu propia carne, a tu propia sangre?
¿A tus muertos? ¿A tus hermanos, a quienes los judíos
tratan de exterminar? ¡Whalid! Gadaffi se verá obligado
a utilizar la bomba. Pero somos débiles. Y no hay
justicia para los débiles. Ésta es un lujo del que solo
pueden gozar los poderosos. Sin la bomba, ningún
caudillo árabe tendrá jamás la fuerza suficiente para
enfrentarse a los israelíes. Y seguiremos siendo lo que
somos desde hace sesenta años, las víctimas, las eternas
víctimas de los verdugos.
Los dos hermanos permanecieron un instante
silenciosos.
—Mi respuesta sigue siendo no, Leila.
Un sentimiento de desesperación se apoderó de la
joven. Una súbita náusea le atenazó la garganta. «¡Oh,
Dios mío! ¡Haced que encuentre las palabras precisas!
¡Tengo que persuadirle! ¡Es necesario!» Apoyó una
mano en la muñeca izquierda de Whalid.
—¿Y esto? —preguntó, señalando la serpiente y el
corazón traspasados por un puñal tatuados en ella.
El se desprendió, encolerizado. El tatuaje
representaba uno de los momentos más dolorosos de su
vida, la muerte de su padre después de su destierro de
Jerusalén, en 1968. El día del funeral, Kamal y él habían
ido al zoco de Beirut. Un tatuador saudita había grabado
en la carne de los dos hermanos un corazón traspasado,
por el padre desaparecido; una serpiente, por el odio
jurado a los que consideraban responsables de su
muerte y un puñal, por la venganza que juraban
tomarse. Después, habían jurado cumplir lo ordenado
en el capítulo cuarto del Corán y consagrar su existencia
a vengar la muerte de su padre, bajo pena de perder su
propia vida si faltaban a la promesa.
Leila vio que las facciones de Whalid se endurecían.
«Al menos —pensó—, he dado un rostro a nuestro
pueblo, a la causa que he venido a defender».
—Tú has salido bien librado, Whalid, —dijo, y su voz
era cariñosa, sin la sombra de un reproche—. Aquí has
podido olvidar, gracias a tu nueva vida, a tu nueva
familia. Pero, ¿y los que no han podido hacerlo?
¿Seguirán siendo siempre un pueblo sin patria, sin un
lugar adonde ir? ¿No podrá nuestro padre descansar
en paz en su tierra?
—¿Qué quieres que haga, Leila? —La voz de Whalid
era un grito desesperado—. ¿Es preciso que obre contra
mi razón, contra todas las cosas en las que creo,
simplemente porque nací, hace treinta y ocho años, en
un lugar llamado Palestina?
Leila permaneció pensativa un largo rato.
—Si, Whalid. Debes hacerlo. Yo debo hacerlo. Todos
debemos hacerlo.

Después del almuerzo, el hermano y la hermana


volvieron al aeropuerto sin decir palabra. Leila se
dirigió a la taquilla de registro para confirmar su vuelo
regreso a París. Después, cruzó el vestíbulo hasta el
quiosco de periódicos, donde la esperaba Whalid
leyendo los titulares de los diarios de la tarde.
Sus ojos sombríos parecían lejanos y melancólicos
como absortos en la visión de un mundo interior. «Ha
comprendido, —pensó Leila—. Se siente torturado, pero
sabe que no puede elegir». Le apretó cariñosamente el
brazo.
—Les diré que todo marcha bien, que harás lo que te
piden.
Whalid hojeó nerviosamente una revista expuesta
en el quiosco, retrasando de este modo unos segundos
la respuesta que debía a su hermana.
—No, Leila, dijo al fin. Diles que no.
La joven sintió que le flaqueaban las piernas. Pensó
que iba a desmayarse.
—Whalid —suplicó—, tienes que hacerlo. ¡Es
preciso!
Whalid sacudió la cabeza. El sonido de su propia voz
diciendo no había fortalecido su voluntad.
—He dicho NO, Leila. No hay nada que hacer.
Ella había palidecido. «No ha comprendido —pensó,
dolorosamente—. O, si ha comprendido, es que
realmente le importa un bledo. Es inútil insistir. He
fracasado».
Entonces, abrió el bolso y sacó de él otro sobre,
mucho más pequeño que el primero.
—Me pidieron que, si te negabas, te entregase esto.
Dio el sobre a su hermano. Whalid quiso abrirlo en
seguida, pero su hermana se lo impidió.
—Espera a que me haya marchado.
Le besó en la mejilla.
—Ma salameh, murmuró, y se perdió entre la
muchedumbre.
Desde lo alto de la terraza del aeropuerto, Whalid
observó a su hermana dirigiéndose al avión. Ella no se
volvió. Sólo cuando hubo desaparecido en el interior del
Boeing 727, abrió él el sobre.
Al ver el breve mensaje, se sobresaltó como si le
hubiesen propinado un golpe invisible. Había
reconocido inmediatamente la escritura y el versículo
del capitulo cuarto del Corán leyó: «Y si se desdicen de
su juramento, decía, apoderaos de ellos y matadlos
donde los encontréis».

Cuatro semanas más tarde, el domingo tres de


marzo de 1977 Whalid Dajani explicó a su mujer que
tenía que ir a Paris por motivos profesionales y que
tomaría el Mistral. En el fondo de su cartera de
documentos entre el pijama y los artículos de tocador,
había un sobre que contenía una serie de fotografías y
un informe de doce páginas.
Las informaciones pacientemente recogidas por el
físico palestino respondían a todas las preguntas
formuladas por los Hermanos.
Lo que aquellas revelaban ponían gravemente en
entredicho a los responsables de la protección de las
instalaciones atómicas francesas. Además de los
pabellones de investigación y de fabricación de
reactores, y de la fábrica de motores de los submarinos
atómicos de la fuerza disuasoria nacional, el centro
nuclear de Caradache albergaba el depósito de plutonio
más grande de Europa y, sin duda, uno de los más
importantes del mundo. Ahora bien, el emplazamiento
de este depósito aparecía ostensiblemente indicado por
un rótulo y una flecha. Ningún centinela vigilaba la
entrada. Bastaban dos técnicos para abrir, mediante
mando a distancia la puerta blindada del depósito
donde se hallaba encerrado el plutonio. Uno de estos
técnicos, padre de seis hijos, se jubilaría dentro de un
año. Si se abría la puerta y se neutralizaban las dos
cámaras electrónicas de vigilancia, el traslado de los dos
centenares de contenedores de plutonio depositados en
el lugar sería una simple operación de carga. En
aquellos recipientes había plutonio suficiente para
borrar del mapa todas las ciudades norteamericanas de
más de cien mil habitantes.
El informe del palestino demostraba que entrar y
salir de Cadarache era casi un juego de niños.
Diariamente, decenas de camiones de empresas
privadas entraban en el centro y volvían a salir sin ser
registrados a fondo. Algunos vehículos con base en el
mismo centro, como los semirremolques del
Laboratorio de Protección contra las Radiaciones, no se
detenían siquiera en el puesto de control dé la entrada
principal. Bastaba con utilizar un camión idéntico para
ir en busca del plutonio y se podía tener la seguridad de
salir de allí sin ser molestado. Más allá, numerosos
caminos vecinales desiertos permitían un trasbordo de
la mercancía a camionetas rápidas. En menos de tres
horas, el plutonio podía hallarse a salvo en Italia. Para
mayor seguridad, la alarma se daría probablemente con
retraso: la única línea telefónica de la gendarmería de
Leyrolles (siete gendarmes), que tenía a su cargo la
protección del centro nuclear de Cadarache, penetraba
en éste por un ventanuco de la planta baja. Un niño de
cinco años podía cortarla sin tener que subirse siquiera
a un escabel.
Poco antes de la medianoche de aquel domingo tres
de marzo de 1977, Françoise Dajani, esposa de Whalid,
fue detenida en su apartamento de Meyrargues cerca de
Aix en Provence.
Una hora después era introducida en el despacho
del director regional de la DST, situado en el décimo
piso de un moderno edificio que dominaba el puerto
viejo de Marsella. La joven parecía hallarse en un estado
de shock nervioso. Siempre había sido de naturaleza
frágil, hasta el punto de haber tenido que pasar, en sus
años de soltera, varias temporadas en un sanatorio.
Pero su matrimonio con Whalid parecía haberla
curado. Hacia años que Françoise Dajani no había
padecido depresiones.
—¿Con qué derecho se atreven a sacar a la gente de
la cama en plena noche? —gritó, indignada.
Aún le parecía estar viviendo el odioso espectáculo
del registro de su apartamento por la policía, los papeles
de su armario por el suelo; los cajones vaciados de su
contenido.
Absorto en la lectura de los mensajes por télex
amontonados sobre su mesa, el director no prestaba la
menor atención a sus protestas. Cuando hubo
terminado, levantó la cabeza, se quitó las gafas y alzó
una mano para interrumpirla.
—Tranquilícese, señora, por favor. Esta tarde
detuvimos a su marido, así como al hermano y a la
hermana del mismo.
Françoise se sobresaltó.
—¿Han detenido a mi marido? Pero, ¿por qué?
—Se disponía a robar el plutonio almacenado en las
instalaciones nucleares de Cadarache, por cuenta de la
Organización para la Liberación de Palestina.
El lindo rostro de la joven se contrajo. Luchaba por
contener sus sollozos.
—¡Es imposible!
—Poco importa que lo crea o no lo crea. Lo cierto es
que el hermano de su marido fue reconocido esta
mañana por un agente israelí en el aeropuerto Charles
de Gaulle y le siguió hasta el apartamento de la cuñada
de usted. Su marido se había citado con ellos allí. Los
tres han confesado. Los documentos que hemos
encontrado son prueba concluyente del delito que se
disponían a cometer. Mi única preocupación es saber si
está usted mezclada en esta empresa. Dicho en otras
palabras, si es usted su cómplice.
No había agresividad ni simpatía en las palabras del
policía, sólo una voluntad fría, profesional, de
sorprender un parpadeo o un cambio de voz
susceptibles de delatar a la joven.
—¿Dónde tienen detenido a mi marido?
El director echó una mirada a su reloj.
—No está detenido. Aterrizará en Beirut dentro de
dos horas. No volverá jamás a Francia. Ha sido
declarado persona non grata por las autoridades
francesas. Dadas las circunstancias, puede considerarse
afortunado. La decisión ha sido tomada por la
superioridad.
El director de la DST marsellesa se habría quedado
estupefacto si hubiese sabido a qué alto nivel se había
tomado. La fabricación de los súper regeneradores de
Cadarache, con vistas a su venta al extranjero, era uno
de los pilares del programa de exportaciones francesas
para el decenio de 1980. La revelación pública de un
plan preparado por un grupo de palestinos para robar
el plutonio de Cadarache, en una Europa
hipersensibilizada por las campañas antinucleares,
podía reducir a cero tales ambiciones. Antes que
exponerse a un riesgo semejante, el ministro del
Interior, siguiendo instrucciones del presidente de la
República, había ordenado que se guardase el secreto y
fuesen expulsados los tres Dajani.
El policía tomó una hoja de papel de encima de su
mesa.
Françoise se había encogido en su sillón.
Instintivamente se había llevado los dedos al pequeño
medallón dorado que pendía de su cuello. Era una copia
del pez que simbolizaba, en las paredes de las
catacumbas de la antigua Roma, la presencia de los
primeros cristianos. Françoise había nacido bajo el
signo de Piscis, y su padre le había regalado esta alhaja
la víspera de su boda. Ella adoraba a su padre. El drama
que acababa de producirse saldría forzosamente algún
día a la luz. Los colegas de Whalid, los vecinos, los
amigos, harían preguntas. Circularían rumores por la
pequeña ciudad de Meyrargues, de la que su padre era
precisamente alcalde. Adversarios políticos y habitantes
murmuradores difundirían horribles calumnias. No
tardaría en producirse el escándalo, un escándalo
vergonzoso que mancharía para siempre a su familia y
mataría a su padre, con la infalibilidad y la crueldad de
un cáncer. Sus dedos buscaron febrilmente en el bolso
el tubo de Valium, el sedante que tomaba en sus
momentos de ansiedad.
—Le ruego que me disculpe —gimió—, pero no me
encuentro bien. ¿Podría tomar un vaso de agua?
El policía asintió con la cabeza, con aire de fastidio,
se levantó y salió despacio.
A través de los cristales del balcón, Françoise abarcó
con la mirada el pestañeo de las luces sobre las aguas
negras del puerto viejo. Escuchó el lamento del mistral,
música familiar de su infancia, y volvió a verse en su
niñez, asida de la mano de su padre observando las
barcas de pesca que regresaban a puerto con su
cargamento de pescado.
Se levantó bruscamente. Sus ojos, inundados de
lágrimas, recorrieron la estancia, los archivadores
metálicos, la mesa cubierta de documentos, el retrato
del presidente de la República.
Se sintió mal. Abrumada de vergüenza y
desesperación, avanzó, hipando, hacia la ventana.

Apoyados los codos en la balaustrada del balcón


descansando la cabeza entre las palmas de las manos, la
mirada de Kamal Dajani vagaba sobre el mar y sobre el
bulevar que discurría junto a la orilla, desde el
aeropuerto de Al Maza hasta Beirut. El joven palestino
soportaba mal el fracaso, y el fracaso de Cadarache
había sido total. Sólo le quedaba un consuelo: Whalid,
Leila y él habían conseguido ocultar a los franceses sus
relaciones con Libia. La DST se había apresurado a
aceptar la idea de que trabajaban para la OLP. Sólo
podía tratar de salvar del desastre lo que pudiese
salvarse. Si no había podido entregar plutonio a
Moamar Gadaffi, tal vez podría entregarle algo que, a fin
de cuentas, resultaría aún más precioso: el genio
científico de su hermano.
—¡A la mesa!
Kamal se volvió vivamente y obedeció en seguida la
orden de su madre. Sulafa Dajani poseía una
personalidad imponente, antítesis cabal del
estereotipado retrato de la mujer árabe.
Ningún velo había ocultado jamás su rostro. Su
esbelta figura lucía un traje sastre negro de Givenchy.
Una sola hilera de perlas hacía resaltar el pálido color
de su fino y gracioso cuello y de su mentón ligeramente
altivo. Sus negros cabellos, largos y rizosos, con algunas
hebras grises aparecían recogidos en un moño. La
expulsión de sus hijos de Francia era para ella motivo de
regocijo.
No necesitaba saber cuál había sido su delito. Lo
habían cometido por la causa, y ello era suficiente.
Sobre la mesa del salón se exhibía un mezzé árabe,
una tapicería de entremeses. La mujer llenó para cada
uno de sus hijos un vaso de arak, licor de anís claro
como el cristal, y levantó el suyo para brindar.
—Por la memoria de vuestro padre, por la libertad
de nuestro pueblo, por la liberación de nuestro país
—dijo, antes de apurar de un trago el ardiente alcohol.
Sulafa Dajani no aceptaba todos los mandamientos
del Islam.
Mientras Leila y Kamal se sentaban a la mesa,
ofreció a Whalid un sambusac, un buñuelo relleno de
carne.
—Debes comer —le dijo.
Pero Whalid no tenía apetito. Estaba
completamente abrumado por los sucesos que acababan
de trastornar su vida.
—¿Qué piensas hacer ahora? —preguntó su madre,
con inquietud.
El se encogió de hombros.
—No lo sé. Dependerá de las intenciones de
Françoise, cuando venga. Si viene. Si puede perdonarme
lo que hice.
—¡Vendrá! —declaró categóricamente su madre—.
Es su deber.
—¡Whalid! —gritó entonces Kamal, desde la
cabecera de la mesa—. ¿Por qué no vienes conmigo a
instalarte en Libia?
—¿Ir a estropear mi vida en ese desierto?
—Ese desierto quizá te sorprenderá. En él ocurren
más cosas de lo que te imaginas. O de lo que se imagina
la mayoría de la gente. —Kamal miró severamente a su
hermano—. Un sabio como tú, Whalid, no debería tener
ideas preconcebidas. Ven a dar una vuelta por Libia.
Verás lo que pasa. Después, podrás decidir.
Sonó el teléfono en la habitación contigua. Sulafa
Dajani se levantó para contestar a la llamada. Ninguno
de sus hijos observó el brillo de sus pupilas cuando
regresó y se sentó junto al mayor.
Le asió cariñosamente la mano y la apretó contra
sus labios.
—Era de la Embajada de Francia, hijo mío. Ha
ocurrido algo horrible. Françoise ha muerto.
—¿Muerta? —jadeó Whalid.
Sulafa Dajani acarició su rostro, que se había puesto
lívido.
—Se arrojó por la ventana del edificio donde la
Policía la estaba interrogando.
Whalid se derrumbó en los brazos de su madre.
—¡Françoise, Françoise! —repitió, entre sollozos.
Kamal se levantó y encendió un cigarrillo. Miraba a
su hermano con dureza.
—Ha sido por mi culpa, gemía Whalid. Yo la he
matado.
Kamal se colocó detrás del sillón donde estaba
sentado su hermano y asió a éste de los hombros. Si
había un atisbo de compasión en su semblante, no era
por la pena de su hermano, sino por su estupidez. Ahora
tenía la manera de manejar a Whalid para sus fines.
—Tú no la has matado, Whalid. Han sido ellos.
Whalid levantó la mirada, estupefacto.
—No creerás que ella se arrojó por la ventana, ¿eh?
Una expresión de horror pasó por el rostro del
mayor de los Dajani.
—La Policía francesa no se atrevería nunca
—balbució.
—¡Pobre imbécil!. ¡Son ellos quienes la arrojaron
por la ventana! Esos franceses a los que tanto quieres,
a los que querías mantenerte fiel. ¿Qué crees que ha
pasado? Kamal silbaba las palabras, en breves ráfagas.
¡Y sabe Dios lo que le habrán hecho antes!
Whalid se volvió a su madre, buscando un poco de
consuelo, una confirmación de que las palabras de
Kamal eran una horrible mentira. Sulafa se encogió de
hombros.
—Así actúan todos nuestros enemigos. —Besó la
frente de su hijo mayor—. Ve a Libia con tu hermano.
Ahora tu sitio está allí. B’ish Allah. Es la voluntad de
Dios.

Trece meses después de la partida de Whalid Dajani


para Trípoli, el catorce de abril de 1978, a las dos de la
tarde, el físico francés Alain Prévost, de cincuenta y dos
años, jefe del Departamento de Fusión nuclear de la
Comisaría de Energía Atómica, sacó de su caja fuerte un
grueso documento de informática, que colocó sobre la
mesa de su despacho de Fort de Chatillon. La tapa roja
llevaba el sello oficial de Ultra secreto. En su interior,
expresada en cifras de densidades neutrónicas, de
duraciones de milmillonésimas de segundo y en
potencias de kilo-julios, se hallaba el descubrimiento
que todos los sabios de los países industrializados
perseguían desde hacía un cuarto de siglo: el
cumplimiento de un sueño imposible que permitiría a la
Humanidad domesticar una nueva energía fantástica: la
energía nacida de la fusión nuclear.
El experimento decisivo que había permitido esta
hazaña se había realizado diez días antes en un recinto
construido sobre la meseta de Fontenay aux Roses en
las afueras del sudoeste de París. Tan grande como un
campo de fútbol, aquella construcción albergaba una de
las instalaciones de bombardeo con láser más colosales
del mundo. Bautizada con el nombre de la Folie, había
costado a Francia dos mil millones de francos nuevos.
Allí, durante una milmillonésima de segundo, una onda
eléctrica de energía cincuenta veces mayor que la de
todas las centrales eléctricas francesas juntas había sido
introducida en un cañón láser de bióxido de carbono.
Con una velocidad que le habría permitido llegar al
planeta Marte en pocos segundos, el chorro de luz había
recorrido toda una maquinaria de tuberías de una altura
equivalente a la de una casa de cinco pisos, y
bombardeado con precisión infalible una burbuja de gas
del diámetro de un cabello. Este experimento había
dado la clave del enigma que los hombres se esforzaban
en resolver desde hacía años.
Aquella tarde de abril, el físico Prévost estaba
invitado al palacio del Elíseo para presentar al
presidente de la República el documento que resumía
este descubrimiento, y exponerle su alcance.
Salió de su despacho llevando en su cartera de
documentos la mayor riqueza con la que podían soñar
los hombres de ciencia: el secreto que permitía
convertir el agua de los océanos en combustible y
satisfacer las necesidades de energía del hombre para
toda la eternidad.

Puntual como de costumbre, el presidente Valery


Giscard d’Estaing entró en el salón de consejos
restringidos de la planta baja del palacio del Elíseo a las
dieciséis en punto. Dio una vuelta alrededor de la
estancia tapizada de seda azul para estrechar la mano de
los ministros y altos funcionarios invitados a la reunión
secreta. Cuando llegó Pierre Foucault, alto comisario de
Energía atómica, una sonrisa amistosa se pintó en sus
labios.
—¡Bravo! —murmuró a su camarada de promoción
de la Escuela Politécnica.
Con un ademán, el presidente invitó a los reunidos
a sentarse.
Un ligero temblor de las ventanillas nasales reveló
su irritación al ver una silla vacía: el físico Alain Prévost
se había retrasado.
—Vamos a empezar según lo previsto —declaró
secamente.
Después, hablando con la lentitud y el tono un tanto
profesional que reservaba para las ocasiones solemnes,
anunció:
—Señores, les he rogado que viniesen hoy para
informarles de un acontecimiento que ciertamente
influirá de modo decisivo en el destino de nuestro país.
Un equipo de sabios nuestros, que trabaja en Fontenay
aux Roses, consiguió la semana pasada, resolver uno de
los más grandes desafíos científicos de la historia de la
Humanidad. El fruto de sus trabajos permitirá a
Francia, mejor dicho, al mundo entero, dar
prontamente solución al problema más grave con que
nos enfrentamos todos: la crisis mundial de la energía.
El presidente miró hacia la puerta con irritación.
—La persona a quien debemos este triunfo, el físico
Alain Prévost, llegará de un momento a otro. Mientras
tanto, se volvió a su antiguo condiscípulo Pierre
Foucault, ¿puede usted, señor alto comisario indicarnos
el alcance de este descubrimiento?
Foucault asió el vaso de agua que tenía delante y lo
levantó como si se dispusiera a brindar.
—Señor presidente, señores: este descubrimiento
significa que el agua contenida en este vaso podrá dar
energía suficiente para satisfacer las necesidades de
electricidad de toda una ciudad como París durante dos
días.
Una expresión de sorpresa se pintó en todos los
rostros.
—El agua contiene, en efecto, uno de los átomos más
simples y abundantes de la materia, el deuterio. Ahora
bien, haciendo chocar dos de estos átomos con fuerza
suficiente para que se fundan, —procedimiento al que
nosotros llamamos «fusión»—, se obtiene un
desprendimiento de energía comparable al de las
estrellas y del Sol, e inagotable, puesto que el agua es
inagotable. En suma, nuestro descubrimiento
demuestra por primera vez la posibilidad científica de
dominar el principio de fusión. Pero, ¡cuidado!
—Foucault había levantado un dedo para poner en
guardia a sus oyentes—. La aplicación práctica de tal
descubrimiento requerirá años de esfuerzos. Los
beneficios que podemos esperar de nuestra hazaña son
incalculables. Con una condición. —Se interrumpió para
conseguir un mayor efecto—. Con la condición expresa
de que guardemos el secreto más absoluto sobre este
triunfo.
Estas revelaciones habían cautivado de tal modo a
su auditorio, que nadie observó que un ujier acababa de
entregar un sobre al ministro del Interior.
—Señor presidente, —declaró éste, después de leer
el mensaje—, la brigada criminal me informa de que
acaba de descubrirse un cadáver en el interior de un
«Peugeot 504» abandonado en la avenida de
Longeham, del Bosque de Bolonia. La víctima ha sido
provisionalmente identificada gracias a un
salvoconducto que le había sido entregado para asistir
a esta reunión. Debe tratarse del físico al que estábamos
esperando... —echó un vistazo al papel—. Monsieur
Alain Prévost.

Tres coches azules de la Policía, con sus faros


giratorios lanzando destellos, jalonaban el escenario. Un
cordón de agentes contenía a un grupo de transeúntes
y a algunas prostitutas que se habían agolpado
alrededor del Peugeot y del cuerpo que yacía sobre la
hierba cubierto con una manta.
Indiferente al saludo de los agentes, el ministro del
Interior, seguido del alto comisario de Energía atómica,
se abrió paso a través del cordón de policías y fue
precipitadamente al encuentro de Maurice Lemuel, jefe
de la brigada criminal.
—¿Y bien? —ladró.
Lemuel señaló un cuadrado de plástico extendido
sobre la hierba. Dos objetos habían sido depositados en
él: un billetero y una regla de cálculo, amarillenta por el
uso y el tiempo.
—¿Eso es todo? —se impacientó el ministro—. ¿No
hay rastro de los documentos?
—Eso es todo, señor ministro —respondió Lemuel—.
Eso y el salvoconducto gracias al cual hemos podido
identificar a la victima.
El ministro se volvió a Pierre Foucault.
—¡Esto es inadmisible! —gritó, esforzándose en
dominar su cólera—. ¡Dejan ustedes que personalidades
científicas de la mayor importancia se paseen por París
con documentos secretos, como si fuesen a llevar su
ropa a la lavandería.
—¡Señor ministro, esos hombres son sabios! Piensan
poco en cuestiones de seguridad.
—Si ellos no piensan en esto, deberían hacerlo
ustedes en su lugar. Usted es personalmente
responsable de la seguridad de su organización. En el
caso presente, ésta ha demostrado ser deficiente.
Se volvió de nuevo a Lemuel.
—¿Qué indican sus primeras comprobaciones?
—Poca cosa. Sólo la autopsia podría determinar la
causa exacta de la muerte. Por la expresión del rostro,
yo diría que la víctima ha sido estrangulada o ha
recibido un golpe violento en la tráquea, como de
karate.

El robo de los documentos del físico Prévost


provocó estupor e inquietud en el Elíseo y en las altas
esferas gubernamentales francesas. Cierto que este
crimen no privaba a Francia de su prodigioso
descubrimiento. Pero los colosales beneficios que
pensaba sacar durante años de su adelanto técnico
corrían el riesgo de desvanecerse, si los papeles no eran
encontrados inmediatamente. Se trataba, en realidad,
del más importante robo de secreto industrial que jamás
se hubiese cometido. De regreso en la plaza de Beauvau,
el ministro del Interior reunió, en presencia de
Foucault, a los principales responsables de la policía y
de los servicios secretos. El ministro trazó un rápido
cuadro de la situación y se dirigió a Foucault.
—Señor alto comisario, ¿qué países podían tener
interés en robar esos documentos? —preguntó,
nerviosamente.
—Inglaterra, Alemania, China, tal vez Japón, con
toda seguridad la Unión Soviética y, naturalmente,
—Foucault levantó una mano desengañada en dirección
a la Avenue Gabriel—, nuestros amigos de la embajada
de los Estados Unidos.
—¿Qué piensa usted, Villeprieux?
En su calidad de jefe de la DST, el prefecto Paul
Robert de Villeprieux era responsable de la seguridad
interior del territorio francés y de las operaciones de
contraespionaje.
—Podemos eliminar en seguida a los chinos,
—declaró—, y a los japoneses: no podrán dar un golpe
como éste en nuestro país. Quedan los ingleses, los
alemanes, los rusos y los norteamericanos. —Se frotó el
mentón, reflexionando—. Yo diría que es un golpe del
KGB o de la CIA.
Entre los diez millares de nombres de espías, o de
personas sospechosas de serlo, contenidos en el fichero
electrónico de la DST, se encontraban los de trece
diplomáticos de la Embajada soviética y los de un
centenar de franceses, agentes del KGB.
En cuanto a la CIA contaba con unos doscientos
representantes en territorio francés, de los que
aproximadamente un tercio pertenecía al personal
diplomático de la Embajada o a organizaciones oficiales
americanas representadas en Francia.
Los otros estaban dispersos en toda Francia, bajo
diversos disfraces.
—Ponga inmediatamente el máximo de efectivos
sobre la pista de los rusos y los norteamericanos
—ordenó el ministro y recemos para que sean ellos los
que han dado el golpe.
Unos minutos más tarde, una flota de automóviles
disimulados, llenos de inspectores de la DST, salía del
garaje de la Rue des Saussaies. Procedentes de un lugar
más discreto, al final de la calle, varias camionetas de
transporte se mezclarían también en la circulación.
Pintados con rótulos de carnicerías, floristerías o
fontanerías imaginarias, o de sociedades verdaderas,
como Darty o Locatel, estos vehículos eran laboratorios
electrónicos rodantes, capaces de captar conversaciones
que se desarrollasen en el interior de un edificio, hasta
más de cien metros de distancia.
Una sola persona había permanecido impávida en
medio de la agitación reinante en el despacho del
ministro del Interior. Con los ojos entornados, como un
bonzo en meditación, y un «Gitane» de papel de maíz
absolutamente inmóvil en la comisura de los labios, el
general Henri Bertrand, de cincuenta y seis años,
director del SDECE (Servicio de Documentación y
Contraespionaje), no había intervenido aún. La longitud
de la ceniza en la punta de su cigarrillo atestiguaba su
impasibilidad total. Sus primeras palabras hicieron caer
la ceniza sobre su chaqueta.
— Señor m inistro, perm ítam e observar,
respetuosamente, que es muy poco probable que esas
pesquisas den resultado. —Dirigió una mirada
desengañada al dorado reloj que había en la
chimenea—. Hace más de dos horas que ese desgraciado
físico ha sido asesinado, y puede tener la seguridad de
que, si el golpe ha sido dado por los rusos o los
norteamericanos, los documentos se encuentran ya lejos
de aquí. —Se interrumpió para encender la colilla de su
«Gitane»—. De todas maneras por muy desagradables
que puedan ser a veces los procedimientos de nuestros
amigos de la CIA, no veo su firma en este caso.
—Tampoco es la manera de trabajar del KGB. De
haberlo hecho una de estas dos organizaciones, le
aseguro que nunca habrían ustedes encontrado el
salvoconducto oficial ni el billetero de la victima.
—Entonces, ¿quién cree que ha sido? —se
impacientó el ministro.
El general sacudió metódicamente la ceniza de su
chaqueta.
—Si los documentos del profesor Prévost tienen
tanto valor como dice el señor alto comisario de Energía
atómica, ¿por qué excluir la hipótesis de que han sido
simplemente robados para venderlos o devolverlos
contra un rescate importante?
El ministro pareció escéptico.
—¿Quién podría preparar un golpe semejante?
—¿Qué hicieron los rusos cuando decidieron
obtener los planos del «Concord»? Fueron a Marsella a
llamar a la puerta de el Milieu, ¿no es cierto? Sin duda
esta experiencia enseñó a nuestros amigos corsos y a
otros el valor de ciertos secretos industriales.
El ministro se mostró aún más dubitativo.
—Para esto tendrían que poseer un nivel científico
elevado.
—Y una idea exacta de los trabajos que realizaba
Monsieur Prévost.
—¿Conoce usted muchos truhanes que respondan a
estos criterios?
El general Bertrand admiraba las patas de bronce
graciosamente cinceladas de la mesa del ministro,
regalo personal de Napoleón I a uno de sus remotos
predecesores. Sin levantar los ojos, reconoció:
—No muchos, lo confieso. Por eso considero que,
probablemente, no se trata de una operación de el
Milieu.
—Entonces, ¿de quién?
Bertrand sintió que todas las miradas estaban fijas
en él.
—Hay dos posibilidades. Existen redes
especializadas en el robo de secretos industriales. Una
de ellas podría haber dado el golpe. Pero no sólo el
Milieu necesita dinero. Creo que no debemos excluir
otra eventualidad.
—¿Cuál? —le apremió el ministro.
—Una organización terrorista.

El día siguiente, un poco antes de las cuatro y media


de la mañana, el timbre del teléfono despertó al
ministro del Interior en su apartamento de la plaza de
Beauvau. Reconoció la voz del alto comisario de energía
atómica.
—Los asesinos de Prévost acaban de llamar
—anunció Foucault—. Proponen devolver su cartera con
los documentos, a cambio de un millón de francos.
—¿Qué prueba tenemos de que no han sacado
fotocopias?
—Por desgracia, ninguna —confesó Foucault.
Consultado inmediatamente, el Elíseo dio luz verde
y ordenó que la Policía se abstuviese de toda operación
contra los delincuentes, a fin de que nada pudiese
impedir la recuperación de los documentos. Aquella
misma noche, observando rigurosamente las
instrucciones comunicadas desde cabinas telefónicas
situadas en diversos puntos del territorio, un comisario
de la DST depositó el dinero del rescate, en billetes
usados de cien francos, en una papelera de la Rue des
Belles Ecuries, del barrio del Panier, en Marsella.
Momentos después, la cartera y los documentos
eran encontrados, según lo convenido, al pie del
mostrador de un bar de la Rue du Panier.
En el Elíseo, así como en las altas esferas de la
Policía francesa, la noticia fue recibida con gran alivio.
Las condiciones de la devolución parecían demostrar
que se trataba de un vulgar caso de extorsión,
organizado por el Milieu.
Sin embargo, el director del SDECE seguía estando
perplejo.
Una cuestión le obsesionaba particularmente: si
aquellos documentos tenían tanto valor, ¿por qué no
habían exigido los ladrones un rescate más fuerte? Pero,
con el tiempo, su inquietud acabaría por desvanecerse.
El asesinato del físico Alain Prévost, que había
empezado como un asunto de Estado, se había
convertido en un simple suceso.

Dos días después de estos acontecimientos, los faros


de un Volkswagen azul aparecieron de pronto en el
horizonte del desierto de la gran Sirte, a cuatrocientos
kilómetros al sudeste de Trípoli. Arrodillado delante de
su tienda sobre una alfombra de oración, Moamar
Gadaffi siguió con la mirada las dos luces que
perforaban el alba naciente y se prosternó para recitar
la primera sura del Corán.
El coche llegó ante un pequeño campamento militar
instalado a medio kilómetro de la tienda del jefe del
Estado libio. Los tres centinelas tocados con boina roja
hicieron señal al conductor para que se detuviese,
examinaron atentamente sus papeles y le rogaron que
bajase para someterse al control de un detector de
objetos metálicos. Después de estas comprobaciones, un
soldado le acompañó hasta la tienda del coronel.
—Salam Alaikum! —gritó Gadaffi cuando el
visitante llegó a unos diez metros de él.
—Alaikum Salam! —respondió Whalid Dajani
enjugándose el sudor que la marcha sobre la arena
había hecho brotar de su frente.
Gadaffi avanzó unos pasos, le estrechó sobre su
corazón y le besó en ambas mejillas.
Bienvenido, hermano, dijo, mostrando sus dientes
de lobo en una amplia sonrisa. —Yo he... —balbuceó
Dajani, congestionado por la emoción.
Gadaffi le interrumpió, levantando una mano:
—Ante todo, hermano, tomaremos café. Después,
Inch’ Allah, hablaremos.
Asió a Dajani de un brazo y le introdujo en su
tienda. Cogiendo una tetera de cobre puesta a calentar
sobre un brasero, vertió el espeso café beduino en dos
tacitas sin asa, que parecían dedales grandes, y ofreció
una de ellas a su invitado. Bebieron.
Después, Gadaffi se sentó en cuclillas sobre la
alfombra oriental que cubría el suelo de su tienda. La
sombra de una sonrisa pasó por su bello rostro.
—Ahora, hermano, dame todas tus noticias.
Kamal trajo el paquete de Paris ayer por la noche.
Dajani aspiró profundamente y, después, espiró el
aire, que olía a menta, debido a las pastillas que había
chupado para matar el olor del whisky engullido
durante la noche. El alcohol estaba absolutamente
prohibido en el país de Gadaffi.
—Todavía no puedo creerlo, confesó. Todo está allí.
Lo he comprobado.
Movió la cabeza. Veía de nuevo todas aquellas
columnas de cifras, que traducían una realidad que muy
pocos habían podido percibir hasta ahora. Pero su
emoción no era provocada por la visión de las nuevas e
ilimitadas fuentes de energía que habían sobreexcitado
la semana anterior el cerebro del sabio francés Alain
Prévost. Lo que había descifrado el árabe en sus cálculos
era una realidad bien diferente: el terrible reverso del
sueño de la fusión, los términos de un pacto faustiano
concluido por Prévost y sus colegas con los caprichosos
dioses de la ciencia, para lograr su descubrimiento. Pues
al abrir al hombre, para siempre, la perspectiva de una
energía sin límite, habían revelado al mismo tiempo los
secretos de una fuerza que podía aniquilar toda vida
sobre la tierra. Inscrito en los resultados de los
experimentos de Fontenay aux Roses se hallaba lo que
buscaba en realidad Whalid Dajani: el secreto de la
bomba H.
—Carlos y Kamal han trabajado duramente
—observó Gadaffi—. ¿Estás seguro de que no hay
peligro de que sigan la pista hasta aquí? Es esencial que
mantengamos buenas relaciones con los franceses.
Dajani le tranquilizó con un movimiento afirmativo
de cabeza.
—Fotocopiaron inmediatamente los papeles y los
pusieron de nuevo en la cartera. Después lo restituyeron
a la policía a cambio de dinero, como si no fuesen más
que una banda de gángsteres.
—Y los franceses ¿se lo han tragado?
—Por lo visto, sí.
Gadaffi se levantó y revolvió las ascuas que brillaban
en el brasero.
—Hermano —dijo, cuando montamos esta operación
nos dijiste que los franceses trabajaban en el
descubrimiento de una nueva fuente de energía.
—Whalid asintió con la cabeza—. ¿Cómo puedes obtener
el secreto de la bomba de hidrógeno partiendo de estos
trabajos?
—Lo que ellos trataron de hacer en París —explicó
Dajani—, fue la mini explosión en laboratorio de una
bomba H. Una explosión controlada, a fin de poder
utilizar la energía desprendida por ella. Los sabios del
mundo entero se han pasado veinticinco años tratando
de conseguirlo, desde que los norteamericanos hicieron
explotar la primera bomba de hidrógeno.
Hizo una pausa; después, se llevó una mano a la
cabeza para arrancarse un cabello. Lo agitó ante los
intrigados ojos de Gadaffi.
—Lo que buscaban era hacer explotar una burbuja
de un diámetro no mayor que el de este cabello. Para
conseguirlo, tuvieron que comprimirla hasta mil veces
su densidad por medio de un rayo láser y por un tiempo
tan breve que la mente no puede imaginarlo. —Recorrió
la tienda con la mirada, hasta que sus ojos se detuvieron
en la vasija que se calentaba sobre las brasas—. Un
tiempo tan breve que la fuerza desprendida por el rayo
sólo haría aumentar en un grado el calor del café que
hay en ese recipiente.
Gadaffi abrió unos ojos asombrados.
—Pero, ¿cómo ha podido ese experimento darte el
secreto de la bomba H? —Insistió.
—Porque los franceses han logrado al fin provocar
la explosión controlada de una bomba H. Durante un
ínfimo momento, la millonésima de segundo que
precedió inmediatamente a la explosión de la burbuja,
se realizó efectivamente la configuración de una bomba
H. Los documentos que hallamos en la cartera del sabio
francés contienen los datos de informática de este
experimento. Revelan la relación exacta que hubo que
establecer entre cada componente para lograr la
explosión. Este es el secreto de la bomba H.
Gadaffi anduvo en silencio hasta la entrada de la
tienda.
Permaneció inmóvil, escrutando el horizonte,
enrojecido ahora por el Sol naciente. Buscó alguna señal
anunciadora del terrible gueblí pero el fuerte azul del
cielo le tranquilizó. Contemplando la inmensidad de la
arena, pensó que el mundo es cruel e implacable.
Pero es también un mundo sencillo, en el que las
opciones y sus consecuencias aparecen claramente. Un
mundo en el que uno va directamente al pozo. Si lo
encuentra, sobrevive. Si no lo encuentra, muere.
Con las noticias que le traía su visitante, tal vez
había encontrado él su pozo, el que andaba buscando
desde hacía tantos años. Se acuclilló un instante bajo la
luz de la mañana temprana y recordó la historia de la
kettate, la adivina completamente tatuada que había
aparecido en el campamento cuando su madre sentía
los primeros dolores del parto. Había entrado en la
tienda donde los hombres bebían té esperando el
nacimiento, y había colocado sobre una alfombra los
instrumentos rituales de su oficio: una moneda antigua,
un trozo de vidrio, un hueso de dátil y un fragmento de
pezuña de camello. Después había predicho la llegada
de un hijo varón. Seria bendito de Dios, había
anunciado; un hombre destinado a distinguirse de todos
los demás, a cumplir la voluntad divina al servicio de su
pueblo. Apenas había terminado de hablar cuando va se
realizó la primera parte de su profecía. El grito de la
comadrona había brotado de la tienda de las mujeres,
pronunciando la frase ritual con que se saludaba al
varón recién nacido: Allah Akbar3.
Gadaffi se levantó y volvió a la tienda. Tomó de una
jarra de cobre un tazón de leben, espeso yogur de leche
de cabra, y un puñado de dátiles. Los colocó sobre la
alfombra e invitó a su huésped a servirse.
Mientras mojaba sus dátiles en el yogur, Gadaffi
pensó en la profecía de la vieja beduina y en cómo le
había favorecido realmente Alá. Este le había confiado
una misión: la de guiar a sus pueblos por el camino de
Dios, despertar a la nación árabe, conducirla a su

1
Dios es grande
verdadero destino y enderezar los entuertos infligidos a
sus hermanos. La visita de Whalid Dajani le traía la
esperanza de disponer muy pronto de un medio decisivo
para convertir su visión en realidad, la perspectiva del
poder absoluto sobre la Tierra.
—Así, pues, hermano —dijo a Dajani—, ¿podemos
construir la bomba de hidrógeno con los documentos
que trajiste ayer por la noche?
—No es seguro. Será un camino largo y difícil, con
muchos, muchísimos obstáculos. Ante todo, debemos
terminar nuestro programa atómico en curso. Después,
me pregunto cómo podremos fabricar esa bomba sin
hacer ninguna prueba. Pues, al primer experimento que
hiciésemos, los israelíes nos atacarían con sus propias
bombas.
Gadaffi meneó la cabeza, pensativo, mirando hacia
el horizonte.
—Hermano, jamás ha habido grandeza sin peligro.
Jamás se han logrado grandes victorias sin correr
grandes riesgos. Es preciso que tengamos un plan
perfecto. Hace treinta años que nosotros, los árabes,
defendemos nuestro derecho; pero ni la guerra ni la
acción política nos han permitido alcanzar nuestros
objetivos. Hoy, gracias a ti, podremos hacer, al fin, que
triunfe la justicia.
Se levantó, indicando con esto que la audiencia
había terminado.
—Has hecho un buen trabajo, hermano, desde que
Alá te envió aquí para ayudarnos, —concluyó, en tono
cálido y agradecido.
Gadaffi acompañó esta vez a su visitante por la pista
de arena hasta su automóvil. Mientras caminaban asió
amigablemente el brazo del palestino. Una irónica
sonrisa iluminó su semblante.
—Hermano —murmuró—, tal vez no deberías
chupar tantas pastillas de menta. Esas golosinas son
malas para la salud que Dios te ha dado.

El robo de los documentos que contenían el secreto


de la bomba H era el último acto de una empresa que el
dictador libio perseguía encarnizadamente desde su
subida al poder: proveer a Libia de armamento nuclear.
El poder era una noción que comprendía por instinto.
Ahora bien, ¿cómo lograr con más seguridad ponerse a
la cabeza del movimiento de resurrección de la nación
árabe que siendo el primer jefe árabe que dotase a su
pueblo del arma absoluta?
A diferencia de Israel, de la India y de África del Sur,
que habían envuelto su programa de armamento
nuclear en un secreto total, Gadaffi no había tratado
nunca de disimular sus esfuerzos. ¿Cuántas veces no
había confirmado públicamente, en el curso de los
últimos diez años, su decisión de equipar a Libia con
armas atómicas? Declaraciones que habían sido
regularmente tomadas a broma por un mundo
demasiado deseoso de presentar a su autor como un
quijotesco aventurero, incapaz de reunir los medios
para llevar a cumplimiento su ambición.
El primer paso en el largo camino que había llevado
al asesinato del físico Alain Prévost había sido dado por
Moamar Gadaffi el día siguiente de su revolución, al
enviar a su primer ministro, Abdul Salim Jalud, a Pekín,
para negociar la compra de bombas atómicas chinas.
Fracasado este intento, Gadaffi se había vuelto entonces
a Occidente.
En 1972 trató de comprar una central electro
nuclear de 600 megavatios a la sociedad
norteamericana «Westinghouse», el mayor constructor
mundial de centrales atómicas civiles.
Debía ser instalada en la costa Este del país, en una
zona árida sin población ni industrias capaces de
consumir la corriente eléctrica que produciría.
Oficialmente, pues, esta central debía servir para
desalar agua del mar y permitir la irrigación de los
desiertos de la zona. Pero como nadie había encontrado
aún un método rentable para desalar el agua del mar
por el átomo, era preciso que los libios hubiesen
pensado en otra utilización de su reactor. En todo caso,
el veto brutal del Gobierno norteamericano de toda
venta de instalaciones atómicas a Libia, puso fin a las
esperanzas de Gadaffi y le decidió a montar en su país
las bases de una verdadera industria nuclear. El mismo
eligió el nombre en clave del programa que había de
proporcionar la bomba atómica a su país: Seif al Islam
(el Sable del Islam). La operación fue colocada bajo el
control directo del primer ministro, Jalud. Varios
principios determinaron su orientación. La
construcción de la bomba debía desarrollarse bajo la
capa de un programa nuclear pacífico.
Por otra parte, Gadaffi exigió que no se regatease
esfuerzo para reservar un máximo de puestos a
ingenieros árabes, ya fuesen especialistas sacados de
laboratorios extranjeros, ya jóvenes enviados, a costa de
Libia, a las mejores universidades del mundo. A partir
de 1972, decenas de estudiantes árabes empezaron a
invadir los departamentos de estudios nucleares de las
universidades francesas, alemanas, británicas y, sobre
todo, norteamericanas. En 1977, una quinta parte de los
estudiantes árabes matriculados en universidades
norteamericanas preparaban oposiciones a ingenieros
nucleares.
El dictador libio ordenó la construcción —a cuarenta
y cinco kilómetros al sur de Trípoli, de la Ciudad de las
Ciencias, a la cual dotó progresivamente de laboratorios
y equipos modernísimos, comprados en el extranjero
por sociedades fantasmas o colaboradoras. Se ocupó
personalmente de negociar la compra en Europa de
instalaciones capaces de proporcionar a sus ingenieros
la infraestructura tecnológica necesaria.
En 1973, con ocasión de una visita oficial a Paris,
presionó al Gobierno francés para que éste le vendiese
ciertos materiales estratégicos indispensables para la
realización de su programa. Pero su petición fue
prematura. La respuesta de Francia fue: «No». El
vertiginoso aumento del precio del petróleo
pronosticado por Gadaffi no había provocado aún el
desempleo de un millón cuatrocientos mil franceses.
Unos meses más tarde, el infatigable coronel
reivindicaba una franja del territorio del Chad, a lo largo
de su frontera. Esta zona contenía grandes reservas de
uranio, que hizo examinar por técnicos argentinos.
El trueno de la explosión atómica india en el
desierto del Rajastán, el 18 de mayo de 1975, debía traer
una inesperada ayuda a los proyectos libios. El Primer
Ministro del Pakistán, Zulficar Alí Bhuto, aseguró a su
pueblo que tendría, como los indios, su bomba atómica,
aunque para ello tuviese que comer hierba. El éxito de
esta empresa dependía de un fabuloso contrato de mil
millones de dólares concertado con Francia para la
instalación de una fábrica destinada al tratamiento de
plutonio y de varios reactores nucleares.
Durante el invierno de 1976, un emisario pakistaní
llegó secretamente a Trípoli. Bhuto y Gadaffi se habían
encontrado en Lahore en febrero de 1974, con ocasión
de la Conferencia islámica, y habían simpatizado. El
emisario traía hoy una atractiva proposición del Primer
Ministro pakistaní: si Libia se avenía a pagar la mayor
parte de la factura del contrato con Francia, Pakistán le
proporcionaría el plutonio, así como la ayuda técnica
que le era necesaria. La aceptación por Gadaffi permitió
a los pakistaníes firmar su contrato con París.
Pero los proyectos nucleares pakistaníes se
inscribían en una perspectiva demasiado lejana, y en
ellos influían demasiados problemas políticos para
satisfacer las apremiantes apetencias atómicas del señor
de Trípoli. En mayo de 1975, y a cambio de la compra de
armamento por valor de mil millones de dólares a la
Unión Soviética y de otorgar a ésta facilidades navales
en los puertos de Bengasi y de El-Beida, Gadaffi
consiguió arrancar a los rusos un reactor experimental
de diez megavatios, mercancía que le permitía entrever,
para un futuro próximo, la posibilidad de una reacción
en cadena en un país árabe.
De pronto, en febrero de 1976, el país que, hacía tres
años, había negado a Gadaffi la ayuda de su ciencia
nuclear, se avino a suministrarle lo que quería adquirir
desde hacia años. En el curso de una visita oficial a
Libia, el Primer Ministro francés, Jacques Chirac,
prometió vender a Gadaffi el famoso reactor de 600
megavatios que decía necesitar para desalar agua del
mar.
Pero el más dramático encuentro que había
ilustrado la larga serie de esfuerzos del jefe del Estado
libio, para dotar a su país de la bomba atómica, se había
producido en el escenario más diferente que cabe
imaginar al de una tienda de piel de cabra: un salón
revestido de oro del palacio de los zares: el Kremlin. El
interlocutor del coronel libio no fue aquel día de
diciembre de 1976, Leónidas Breznev, sino uno de los
más dinámicos capitanes de industria, procedente del
país que antaño había colonizado el suyo. ¿Quién podía
simbolizar mejor el confortable y refinado Universo hoy
amenazado por el austero visionario del desierto, que
Gianni Agnelli, heredero de la Fiat, uno de los imperios
industriales más poderosos del mundo?
Hoy, el italiano era el peticionario. Había venido
secretamente a Moscú, viajando de incógnito con el
pasaporte de uno de sus colaboradores. Agnelli
necesitaba dinero. Gadaffi poseía ya el diez por ciento
del capital de Fiat, por el que había pagado hacía unos
meses cuatrocientos quince millones de dólares, más del
triple del valor en Bolsa de las acciones. Para
estupefacción del industrial, Gadaffi le ofreció aumentar
su participación y otorgarle importantes créditos, si
Agnelli se avenía a transformar, con la ayuda soviética,
una parte de su imperio en una industria ultramoderna
de armamento, provista de una rama importante
dedicada al estudio y la fabricación de armas nucleares.
El italiano pidió tiempo para reflexionar. Pero el
diabólico coronel sabía que, ahora, el tiempo trabajaba
para él.
¿Acaso no había predicho en octubre de 1973, recién
terminada la guerra de Yom Kippur, que llegaría un día
en que Occidente estaría dispuesto a venderlo todo,
incluso su alma?
TERCERA PARTE
GENERAL DORIT, ¡DESTRUYA LIBIA!

—¡Amén! —pronunció fervorosamente el presidente


de los Estados Unidos al terminar su oración.
Acuciado por la visión del hongo atómico surgiendo
del desierto de Libia, se levantó y volvió a ocupar su
sitio en la mesa de conferencias. Permaneció un largo
momento inmóvil, con la mirada fija y sereno el rostro,
concentrada la mente en el dilema más terrible con que
había tenido que enfrentarse un jefe de Estado
norteamericano. Como el libio que hoy se levantaba
contra él, era un solitario. Aunque siempre cuidaba de
saber la opinión de sus colaboradores, sólo él decidía.
—Lo primero que quisiera decir —declaró, al fin—,
es que no debemos ceder a este chantaje. Si lo
hiciésemos, destruiríamos los fundamentos mismos del
orden internacional.
Todos observaron con alivio la firmeza de sus frases,
rompiendo el clima de incertidumbre que había
precedido al experimento atómico libio. El presidente
había sido a menudo criticado por su indecisión en
momentos críticos. Esta vez, todo parecía distinto:
empuñaba con firmeza el timón.
—Debemos considerar que una bomba H se
encuentra realmente en Nueva York —prosiguió, con
gravedad—. Y también debemos tomar en serio a
Gadaffi cuando amenaza con hacerla explotar si
avisamos a la población. Pero con esto nos presta
probablemente un servicio providencial. Pues si los
norteamericanos supiesen que los habitantes de Nueva
York está amenazados de muerte por causa de unos
millares de colonos israelíes, la opinión pública se
desencadenaría, y no tendríamos más remedio que
obligar a Israel a aceptar las exigencias de Gadaffi.
—Mientras hablaba, su expresión se había endurecido.
Paseó una mirada solemne alrededor de la mesa, y la
desvió después hacia los pupitres donde estaban los
militares—. No creo, pues, necesario recordar las
inviolables obligaciones morales que esta situación
impone a todos los que estamos aquí. Algunos de
ustedes tienen sin duda seres queridos a quienes este
drama atañe directamente. Sin embargo, no debemos
olvidar que la vida de varios millones de compatriotas
nuestros depende de que sea guardado este secreto. Por
mi parte, pretendo hablar de esta tragedia con mi
esposa. Como saben ustedes, tengo en alta estima su
buen juicio. Aquellos de ustedes que tengan la misma
opinión de su esposa, quedan en libertad de hacerlo
también. Pero recuerden que ella deberá guardar el
mismo secreto absoluto.
El presidente se volvió a su ayudante:
—Jack, ¿tiene que hacer alguna recomendación
particular sobre seguridad?
—Huelga decir que sólo deberán utilizarse los
teléfonos de seguridad. —Se sabía en Washington que
los rusos interceptaban las comunicaciones telefónicas
de la Casa Blanca, como los americanos escuchaban las
del Kremlin—. ¡Y nada de secretarios! —añadió
Eastman—. Si tiene usted que anotar algo, escríbalo de
su puño y letra. Sin borradores, ni copias al carbón.
James Mill, secretario general de la Casa Blanca
intervino con su lánguido acento del Sur:
—¿Que haremos para impedir que la Prensa meta
las narices en esto?
Era ésta una cuestión vital. En un país que había
erigido en principio sagrado el derecho a la
información, nada puede escapar a la curiosidad de la
prensa más poderosa y mejor organizada del mundo.
Dos mil periodistas están acreditados cerca de la Casa
Blanca. Cuarenta o cincuenta corresponsales montan la
guardia allí día y noche. La mayoría de ellos se levantan
cada mañana convencidos de que el Gobierno les va a
mentir al menos una vez antes de que termine la
jornada. La recolección de filtraciones es un deporte
predilecto en Washington, donde los secretos
gubernamentales constituyen los principales temas de
conversación en los cócteles, los banquetes diplomáticos
o los reservados del restaurante francés de última moda,
denominada precisamente «Maison Blanche».
—Hay que avisar en seguida a John, —insistió Mills.
John Sould desempeñaba una de las funciones mas
delicadas del equipo presidencial. Era el portavoz de la
Casa Blanca. Dos veces al día, a las once y a las dieciséis,
bajaba al palenque de la sala de Prensa para informar a
los corresponsales, responder a sus preguntas y
aguantar sus banderillas.
—Será preciso que construya una muralla de
mentiras capaces de resistir todos los embates
—recomendó Eastman.
—Y que nos indique en seguida los periodistas que
parezcan sospechar algo, —añadió el director del FBI.
—No se inquiete por eso querido —saltó Mills, con
irritación—; si alguien se huele algo, oiremos hablar de
ello al cabo de un minuto.
—¿No deberíamos avisar a los presidentes del
Washington Post y del New York Times, y pedirles su
colaboración? —preguntó el presidente.
—Me parece que no —respondió Eastman—.
Cuantas menos personas estén en el ajo, tanto mejor. La
mejor manera de guardar este secreto es hacer como el
presidente Kennedy durante la crisis de Cuba: no
modificar sus hábitos. Le aconsejo que no cambie una
coma en su programa de la semana. Lo mejor, para que
desconfíen los periodistas, es que le vean haciendo
tranquilamente su footing cotidiano e inaugurando el
árbol de Navidad del personal de la Casa Blanca.
El presidente se mostró de acuerdo. Volviéndose
entonces al almirante que dirigía el Centro de Mando,
recobró sus viejos reflejos de oficial y le pidió que
hiciese un examen estratégico de la situación y
enumerase las opciones que se ofrecían a las fuerzas
armadas norteamericanas.
El almirante subió al estrado levantado al pie de las
pantallas.
Eastman no pudo reprimir una sonrisa al ver a aquel
militar, tieso como un hueso, que hablaba como un guía
de agencia de viajes, mientras paseaba su varilla
luminosa sobre las imágenes del despliegue de las
fuerzas soviéticas en el mundo. Al mostrar estas vistas
que nada habían cambiado después de la explosión en
Libia, intervino el secretario de Defensa, Herbert Green:
—sugiero, señor presidente, que avisemos
inmediatamente a los rusos. Por insignificantes que
sean sus relaciones políticas con Gadaffi, la prueba
nuclear de éste constituye también una amenaza para
ellos. Deberíamos pedir su colaboración. Además,
convendría decirles que ninguna de las medidas que nos
veamos obligados a tomar irá dirigida contra ellos.
El presidente expresó su acuerdo dando una orden
a Eastman:
—Jack, diga a Moscú que desearía hablar con el
primer secretario.
El triste semblante de Middleburger, representante
del Departamento de Estado, se animó de pronto.
—Me parece que sería también adecuado, señor
presidente, que avisásemos a nuestros aliados al más
alto nivel, a fin de coordinar con ellos cualquier acción
que nos viésemos obligados a emprender. Pido
autorización para dirigir en su nombre un mensaje
estrictamente confidencial a Mrs. Thatcher, al canciller
Helmut Schmidt y, sobre todo, al presidente Giscard
d’Estaing. No olvidemos que, probablemente fue el
reactor vendido por Francia el que proporcionó a
Gadaffi su plutonio. Como usted mismo ha recalcado
hace un momento, señor presidente, los franceses
deberían poder darnos informaciones vitales para la
investigación del FBI sobre las personas que trabajan en
Trípoli para Gadaffi.
El presidente asintió con la cabeza e hizo una señal
al almirante para que continuase su exposición. Ahora,
las luces rojas indicaban, en una pantalla oscura, la
posición de todos los barcos de la sexta flota. La mayor
parte de ellos se encontraban frente a las costas de
Creta, realizando un ejercicio de lucha antisubmarina.
El puntero señaló las principales unidades: dos
superportaaviones, tres submarinos nucleares, un porta
misiles. Esta fuerza naval americana era la más próxima
a Trípoli y podía poner inmediatamente rumbo a las
costas libias.
El almirante Harry Fuller, presidente del Comité de
jefes del Estado Mayor, intervino en el debate:
—Señor presidente, permítame aclarar, sin pérdida
de tiempo, un punto esencial: esta crisis no tiene
solución militar satisfactoria. Es evidente que podemos
destruir Libia. Inmediatamente. Pero esto no nos...
—¿Que no hay solución militar? —le interrumpió
indignado, el texano Delbert Crandell, secretario de
Energía—. ¿Bromea usted, almirante? Libia no es más
que dos ciudades: Trípoli y Bengasi. Las tres cuartas
partes de la población están concentradas allí. Dos o
tres pequeñas bombas y, ¡puf!, ¡Libia deja de existir!
—Evidentemente, podemos destruir Libia
—concedió el almirante—. Inmediatamente. Pero, ¿qué
garantía nos daría esto de que la maldita bomba H
oculta en algún lugar de Nueva York si es que existe en
realidad, no llegaría a explotar?
—Señor Middleburger, preguntó el jefe del Estado
¿cuál es la población exacta de Libia?
—Dos millones, señor presidente. Cien o doscientos
mil habitantes más o menos. El censo no es muy exacto
allá abajo.
El Jefe del Estado se volvió al presidente del Comité
de jefes de Estado Mayor:
—Harry, ¿cuántas víctimas produciría la explosión
de una bomba de tres megatones en una ciudad como
Nueva York?
El almirante se frotó la barbilla.
—Es difícil decirlo...
—Aproximadamente.
—A primera vista, yo diría de cuatro a cinco
millones.
El presidente miró al secretario de Energía.
—Ahí tiene la respuesta. Desgraciadamente, este
chantaje no tiene solución militar, señor ministro. —Y,
dirigiéndose al almirante, añadió—: ¿Qué propone usted
a cambio, Harry?
—¡Que iniciemos una operación espectacular de
intimidación! —respondió Fuller, enérgicamente—.
Debemos mostrar al coronel Gadaffi el peligro que corre
a causa de su odioso chantaje. Es preciso que cada hora,
cada minuto, cada segundo le recordemos que podemos
termonuclearizarle en menos que canta un gallo. Que
viva, coma y respire, sabiendo esto, ¡y ya veremos cuál
es su reacción!
El almirante levantó los brazos en dirección a las
luces rojas que centelleaban en la pantalla.
—Sugiero que la sexta flota ponga rumbo a Libia, a
toda máquina. En cuanto avisten la costa, que los barcos
se desplieguen ampliamente, para saturar los radares
libios. Que los portaaviones lancen sus aparatos en
oleadas sobre la costa, y que se diga a los pilotos que
hablen claro, para que sepa Gadaffi que transportan
misiles suficientes para convertir su maldito país en un
mar de vidrio fundido. —Una helada sonrisa pasó por el
rostro del almirante—. Esta manifestación de fuerza
debería hacer que el enemigo viese bajo otra luz las
consecuencias de su acción. Tal vez lo conseguiremos.
Mientras el presidente aprobaba esta proposición,
una luz se encendió en el teléfono colocado delante del
director de la CIA.
Este levantó el auricular, escuchó un momento y
volvió a colgar el aparato.
—Señor presidente, parece que tenemos otro
problema, anunció Tap Bennington. El Mossad acaba de
ponerse al habla con nuestra gente de Tel Aviv. Los
israelíes han registrado la explosión en sus sismógrafos.
Sospechan que se trata de una detonación nuclear.
Preguntan qué sabemos nosotros de esto.
El rostro del presidente se ensombreció. Era de
prever que los israelíes descubriesen la onda expansiva.
Pero mientras no pudiesen detectar residuos
radiactivos, no podrían estar seguros de nada. Y,
afortunadamente, el servicio meteorológico no preveía
corrientes atmosféricas en su dirección. Ante todo era
preciso ganar tiempo, el tiempo suficiente para poder
actuar.
—Dígales que de momento no sabemos nada, pero
que vamos a comprobarlo.
Los relojes electrónicos colocados encima de las
pantallas indicaban que eran las cero treinta horas, o
sea las siete y treinta en Jerusalén y en Trípoli. Faltaban
treinta y cinco horas y treinta minutos para que expirase
el plazo del ultimátum de Gadaffi.
El presidente observó a los reunidos.
—Deseo que establezcamos, por orden de
importancia, los problemas a los que tenemos que
enfrentarnos. Ante todo, están Nueva York y los
neoyorquinos. Después, la bomba: ¿cómo encontrarla e
impedir su explosión? En tercer lugar, Gadaffi: cómo
negociar con él? Y, por último, los israelíes. ¿Qué
tendríamos que hacer, si llegase a ser inevitable una
prueba de fuerza con ellos?
Hizo girar su sillón para dirigirse directamente al
secretario de Defensa. La protección civil estaba
colocada bajo el paraguas tentacular de su
Departamento.
—Doctor Green, ¿existe algún plan para evacuar
urgentemente la población de Nueva York?
—Señor presidente —suspiró el ministro, el
presidente Kennedy hizo esta misma pregunta con
respecto a Miami, el segundo día de la crisis de los
misiles de Cuba. Se necesitaron dos horas para saber la
respuesta. Y la respuesta fue: «No». Yo puedo
responderle hoy en dos segundos. Desgraciadamente, la
respuesta sigue siendo: «No».
—Recuerden —terció Eastman—, que Gadaffi nos ha
avisado: si iniciamos la evacuación, hará estallar su
bomba. Sin duda es por eso por lo que exige que el
asunto permanezca secreto. Considera a los
neoyorquinos como sus rehenes. Ahora bien, si éstos
supiesen el peligro que corren, echarían a correr.
—¿Cree usted en este chantaje suplementario?
—Gruño James Mills.
—Temo que tengamos que creer también en él
—suspiró el presidente.
—¿Aunque esto ponga en peligro de muerte a cinco
millones de personas?
—¡Estos cinco millones de personas correrían un
peligro aún mayor si creyésemos equivocadamente en
un farol!
El presidente dirigió una mirada desolada a la
pantalla, que seguía mostrando, dentro de un círculo
blanco, el modesto bungalow de su invisible enemigo.
¿Podía permitir que el fanático que vivía allí le dictase
las reglas de su espantoso desafío, le impidiese buscar
la manera de proteger a sus compatriotas?
Su voz era sólo un murmullo cuando prosiguió:
—Ssean cuales fueren los dramas que nos esperan,
no debem os olvidar que nuestra prim era
responsabilidad concierne a los habitantes de Nueva
York. Antes que cualquier otra consideración.
Se volvió al secretario de Defensa.
—Doctor Green, movilice a todos sus especialistas y
haga preparar el mejor plan de evacuación posible. Si es
preciso, vaciaremos Nueva York.

Ningún ruido de radio, de teletipo o de teléfono,


turbaba la completa tranquilidad del desierto de
Moamar Gadaffi. Sólo llegaba hasta él el gemido triste
y lejano del viento. Aquí, en medio de sus arenas había
decidido esperar el resultado de su prueba nuclear, en
la soledad de los espacios donde se había forjado su fe,
donde habían nacido sus sueños. Había preferido, a
cualquier puesto de mando, su tienda de beduino,
símbolo de la raza amenazada a quien quería restituir la
plenitud de su destino.
Ninguna manifestación de la tecnología que había
decidido dominar aparecía en este lugar monacal.
Ninguna pantalla de televisión que hiciese desfilar el
mundo ante sus ojos; ningún colaborador uniformado
que enumerase las posibles opciones, ningún tablero
con luces centelleantes que le recordase el despliegue de
sus fuerzas. Gadaffi estaba solo con la armonía del
desierto y la paz de su alma.
Sabía que aquí no había sitio ni tiempo para lo inútil
y lo complejo. Así como la luz naciente expulsaba las
ilusiones de la noche, el vacío de estos lugares reducía
la vida a sus exigencias esenciales. Aquí estaba todo
subordinado a la inexorable lucha por la supervivencia.
Desde tiempos inmemoriales, la vertiginosa soledad
de los ilimitados horizontes había hecho del desierto la
incubadora por antonomasia de una espiritualidad que
exaltaba al hombre hacia el Absoluto. Moisés en el
Sinaí, Jesús en el monte de la Cuarentena, Mahoma en
su Hégira, habían ofrecido a la Humanidad las visiones
engendradas por su retiro en el desierto. Y toda una
serie de místicos y de iluminados, de fanáticos y de
visionarios, había surgido también de estas
inmensidades para obstaculizar los hábitos de placer y
de transigencia de sus contemporáneos.
En la tranquilizadora familiaridad de su desierto,
este nuevo paladín solitario del absolutismo esperaba
con calma el resultado de su experimento nuclear. Su
éxito, lo sabía muy bien, podía provocar una reacción
inmediata de América. Si tal era la voluntad de Dios,
estaba dispuesto a perecer en este escenario que había
templado su voluntad. Si, por el contrario, fracasaba,
sólo tendría que salvar las apariencias condenando el
complot urdido sobre su territorio. Haría detener a
algunos palestinos y organizaría un simulacro de juicio
para calmar la indignación de América y del mundo.
Su fino oído captó la crepitación de un helicóptero.
Lo vio aparecer en un rincón del cielo, girar a doscientos
metros de su tienda y posarse en el suelo. Un hombre
saltó a tierra.
—Ya Sidi! —gritó— ¡todo ha ido bien!
Gadaffi desplegó una vieja alfombra de oración. A
semejanza del presidente de los Estados Unidos, su
primera reacción fue hincarse de rodillas. Pero su
oración era una acción de gracias por el poder que el
éxito de la prueba ponía en sus manos. Tejida en la
trama multicolor de la alfombra que tocaba con la frente
aparecía la silueta del santuario islámico que ahora
podría recuperar, en nombre de su fe y de su pueblo: ¡la
mezquita de Omar, en Jerusalén!
El helicóptero que traía a Moamar Gadaffi del
desierto de la Gran Sirte aterrizó a las siete y treinta y
cinco sobre una plataforma disimulada en un bosque
casuarinas, a treinta kilómetros al sudeste de Trípoli. El
Jefe del Estado libio saltó al volante de un Volkswagen
azul celeste y arrancó en tromba.
Cuatro minutos más tarde, franqueaba una doble
alambrada electrificada y rodaba por una larga avenida
flanqueada de cipreses, seguido de un jeep lleno de
hombres de su guardia personal, tocados con boinas
rojas. La avenida conducía a un lugar rigurosamente
secreto, protegido por dos batallones de fuerzas
especiales de seguridad.
Ningún diplomático extranjero, ningún visitante
distinguido, ningún jefe de un estado árabe hermano,
habían pisado jamás las gradas de la elegante mansión
que se levantaba al final de la avenida acurrucada en un
bosque de eucaliptos a orillas del Mediterráneo.
Con sus balaustres delicadamente esculpidos y su
pórtico de columnas dóricas, la «Villa Pietri» parecía
una bella mansión de la aristocracia italiana,
construida, por error, en las puertas del continente
africano. En realidad, la villa había sido edificada por un
romano miembro de la nobleza del comercio de
alfombras, que le había dado su nombre. Tras su muerte
había servido de palacio al gobernador general fascista
de la Libia musoliniana, de residencia al hermano del
rey Idris de Libia y, más tarde, a los jefes de la base
aérea norteamericana de Wheelus, próxima a Trípoli. La
«Villa Pietri» albergaba, desde ahora, el Cuartel General
de las operaciones especiales del coronel Gadaffi.
Allí había sido organizado el sangriento atentado
contra los atletas israelíes con ocasión de los Juegos
Olímpicos de Munich, así como la operación del
aeropuerto de Roma, en diciembre de 1973, que tenía
por objeto asesinar a Kissinger; el secuestro de los
ministros del petróleo de la OPEP, el ataque contra un
avión de «El Al» en las pistas de Orly; la desviación del
aerobús de Entebbe. Los eucaliptos del parque
ocultaban las antenas que transmitían las órdenes de
Gadaffi a los insurgentes del IRA irlandés, a los
terroristas alemanes de la banda Baader, a los de las
Brigadas Rojas italianas, a los kamikazes del Ejército
Rojo japonés e incluso a los fanáticos musulmanes
infiltrados en Tashkent y en el Turquestán soviético. Sus
bodegas, donde antaño se habían conservado los
Chianti más finos de las colinas de Toscana, habían sido
transformadas en un centro ultramoderno de
transmisiones, conectado particularmente en las
instalaciones libias de radar. Maquetas de las cabinas
del «Boeing 747» y del «Airbus» habían sido
construidas en un salón, para enseñar a los autores de
secuestros de aviones a frustrar las tentativas de los
pilotos contra sus atacantes. En las paredes, mapas del
mundo indicaban con trazos rojos los itinerarios
seguidos por la mayor parte de las compañías aéreas,
mientras que montones de carpetas de archivo
contenían todas las informaciones importantes sobre
cada vuelo. Y era el propio jefe del Estado libio quien
había dado su consigna a los habitantes de la «Villa
Pietri: Todo lo que clava una espina venenosa en el pie
de nuestros enemigos es bueno.
Antes de abandonar su desierto, Gadaffi había
trocado su gandurá de beduino por un uniforme de tela
caqui impecablemente planchado y con sólo las
insignias de coronel cosidas en las charreteras.
Profundas ojeras delataban el agotamiento y la tensión
nerviosa de los últimos días, pero su rostro resplandecía
de felicidad.
—¡Nadie podrá ya obligarme jamás a permanecer
con los brazos cruzados, mientras mis hermanos
palestinos se ven arrojados de su patria!
Con esta exuberancia triunfal había interpelado a los
colaboradores que habían salido a recibirle: su Primer
Ministro, Abdel Salim Jalud, uno de los pocos
compañeros de su golpe de Estado que aún permanecía
a su lado; el responsable de su Servicio de Información;
los comandantes supremos del Ejército de Tierra y de la
Aviación. Su jefe les había acostumbrado a sus
imprevisibles cambios de humor. A veces, estallaba en
terribles accesos de cólera o se enzarzaba en
interminables monólogos que nadie se atrevía a
interrumpir. Tal parecía ser el caso esta mañana.
—¡El mundo entero permitió si levantar un dedo que
los criminales israelíes robasen los territorios de
nuestros hermanos e instalasen en ellos sus malditas
colonias, —vociferó—. ¿La paz de Sadat? ¡Bonita farsa!
Una paz, ¿para qué? ¿Para permitir a los judíos que
sigan robando a nuestros hermanos palestinos? Hablan
de autonomía... —rió Gadaffi—. ¡Autonomía para dejar
que el extranjero se lleve nuestra casa! ¡Ah, Sadat! Es
jefe de cuarenta millones de hombres. Alá le dio el gran
caballo blanco del Califa, ¿y qué hizo él? Se acostó en
medio del camino y se durmió. Y yo, ¿qué tengo por
montura? ¡El asnillo libio de pezuñas doradas! Soñaba
en conducir un pueblo que no perdería el tiempo
durmiendo; un pueblo que pasaría sus días en los
djebels, preparando la reconquista de las tierras de sus
hermanos palestinos; que respetaría la ley sagrada de
Dios y obedecería los mandamientos del Corán, para
servir de ejemplo a los demás...
»¿Y qué pueblo tengo que conducir? ¡Un pueblo que
duerme! ¡Un pueblo que no se interesa en lo que les
ocurre a sus hermanos de Palestina! Gente que sólo
sueña en comprar un «Mercedes» y tres aparatos de
televisión... Hemos entrenado a nuestros mejores
jóvenes para pilotar «Mirage» en combate, y, ¿que han
hecho? ¡Abrir una tienda en el zoco para vender
climatizadores japoneses!
La violencia que animaba el rostro del dictador
hipnotizaba a los que le rodeaban.
Lanzó una risa vengadora.
—Pero, ahora, ¿qué importa esto? Gracias a mi
bomba, ya no necesito tener millones de hombres detrás
de mí; ¡me basta el pequeño puñado que está dispuesto
a pagar el precio que yo pido! ¿Acaso el Califa conquistó
el mundo con millones de hombres? ¡No! Le bastaron
unos cuantos compañeros, porque eran fuertes y
creyentes.
Gadaffi azotó el aire con el bastón de empuñadura
de plata que llevaba desde que estuvo en Inglaterra
siguiendo cursos de oficial. Su voz se había vuelto suave,
casi gemebunda.
—Además, no pido un imposible a los
norteamericanos. No les pido que destruyan Israel. No
podrían concedérnoslo. Sólo reclamo lo que es justo.
Que nos devuelvan Cisjordania. Y Jerusalén. El mundo
entero nos dará su apoyo para este doble objetivo.
El Primer Ministro, Salim Jalud golpeaba
nerviosamente con los dedos la costura de su pantalón.
Era el único colaborador de Gadaffi que se había
mostrado contrario a sus planes.
—Insisto, Sidi, en que los norteamericanos nos
aniquilarán. A estas horas estarán ya intrigando con los
israelíes para engañarnos y hacernos creer que van a
aceptar sus exigencias; y pegarán cuando bajemos
nuestra guardia.
—No bajaremos nunca la guardia —le interrumpió
Gadaffi, señalando una cajita negra colocada sobre la
mesa de su Puesto de Mando—. ¡Esa es nuestra guardia,
de ahora en adelante!
El aparato, otro producto de los ingenieros
japoneses de la Oriental Electric, parecía el estuche de
mando a distancia de un televisor. Con un solo dedo,
Gadaffi podía enviar un impulso electrónico hasta el
fortín instalado debajo de la villa. Vigilado
continuamente por tres soldados de guardia, de boinas
rojas, se encontraban allí el terminal del ordenador que,
respondiendo a aquel impulso, enviaría al satélite Oscar
la orden en clave que haría explotar la bomba oculta en
Nueva York.
—Los norteamericanos no están locos —siguió
diciendo el dictador libio—. ¿Cree usted que van a morir
cinco millones de norteamericanos por un puñado de
sionistas? ¿Por unas colonias contra las cuales se han
pronunciado siempre? No. Obligarán a Israel a darnos
todo lo que queremos. De todas maneras, ya no tenemos
motivos para temer a los norteamericanos. Hasta ahora
han podido ignorarnos y ayudar a los israelíes a pisotear
la esperanza de nuestros hermanos palestinos de
conseguir una patria. Eran una superpotencia. Y
estaban seguros. Frunció las comisuras de los labios en
una sonrisa. Pues bien, hermanos míos, siguen siendo
una superpotencia. ¡Pero ya no están seguros!

El presidente de los Estados Unidos se había


ausentado de la sala de mando del Pentágono para
conferenciar, desde una cabina especial, con el jefe del
Kremlin. En su ausencia, sus colaboradores se habían
dispersado en pequeños grupos, mientras unos marinos
vestidos de blanco traían grandes vasijas de humeante
café. Sólo Jack Eastman se había quedado en su sitio.
Delante de él se amontonaban diversos documentos,
casi todos ellos marcados como TOP SECRET.
Necesitaba tener una voluntad poco común para alejar
de su mente el terrible espectáculo que acababa de
presenciar y concentrarse en su tarea.
Tenía que determinar la importancia exacta de la
crisis y proponer al presidente, con las mayores
concisión y claridad, las posibles soluciones para
hacerle frente, aunque éstas sólo pareciesen una serie
de medidas apocalípticas.
Abrió el primero de los cuatro volúmenes titulados
Respuesta federal a las emergencias nucleares en
tiempo de paz. Millones de dólares de los
contribuyentes y millares de horas de intenso trabajo se
habían invertido en la preparación de este plan.
Después de un rápido examen, Eastman lo apartó con
aire asqueado. Antes de que alguien pudiese descifrar su
burocrática jerga, ¡Nueva York habría quedado reducida
a cenizas! En el montón contiguo se hallaba un
memorando ultra secreto, preparado en septiembre de
1975 por el consejero científico del presidente Ford:
Destrucción en masa y terrorismo nuclear. Eastman no
pudo dejar de subrayar con un gruñido el cinismo y la
ironía de una de las recomendaciones del documento:
«Ejercítese de antemano en simular con ordenador
todas las crisis imaginables. Así, cuando se produzca la
verdadera crisis, el ordenador le mostrará el camino a
seguir.»
—Caballeros, ¡el presidente! —anunció el almirante
responsable del centro de mando.
El jefe del Estado volvió con paso rápido hasta la
mesa de conferencias.
—He podido hablar con el primer secretario
—declaró, antes de que los otros tuviesen tiempo de
sentarse—. Me ha asegurado que la Unión Soviética
condena sin reservas el chantaje de Gadaffi y me ha
ofrecido su colaboración total. Encargará a su
embajador en Trípoli que transmita un mensaje
personal al coronel, encaminado a disuadirle de su
acción y a ponerle en guardia contra las consecuencias
de su actitud.
El triste semblante del representante del
Departamento de Estado se animó una vez más.
—Señor presidente —dijo—, ¿me permite
recomendar, como corolario de esta intervención, una
acción diplomática mundial que tenga por objeto
demostrar a Gadaffi que se encuentra absolutamente
solo?
—No veo ningún inconveniente, aunque soy
escéptico en cuanto al resultado de semejante presión
sobre un hombre de su clase.
—Creo que también seria conveniente pedir al
secretario de Justicia que se reúna con nosotros
—sugirió Eastman—. Pues una acción como ésta
requeriría con urgencia ciertas formalidades
excepcionales.
—¿Y qué hacemos con el Congreso? —preguntó
James Mills, muy inquieto.
El presidente adoptó un aire lacrimoso. Sus
relaciones con los barones de Capitol Hill no habían
brillado nunca por su cordialidad. Sin embargo, el
asunto era demasiado grave para que no se creyese
obligado a informar al menos a los principales líderes.
—James, procure enterarse de quiénes son los
representantes que fueron avisados por John Kennedy
al empezar la crisis de Cuba.
—También hay que considerar el aspecto
constitucional —recordó Eastman—. Debe usted
prevenir, señor presidente, al gobernador del Estado de
Nueva York y, sobre todo, ya que está en la línea de
fuego, al alcalde de la ciudad.
—¿Al alcalde? —repitió, pensativo, el presidente—.
Este puede plantearnos problemas.
En efecto, el alcalde de Nueva York era un personaje
receloso y susceptible al que había que tratar con
precaución.
—Pero tiene usted razón. Hay que pedirle que venga
y exponerle claramente la verdad.
Todos manifestaron su aprobación. Después,
Eastman se irguió y, con la voz tranquila con que solía
resumir los asuntos más trágicos, fue directamente al
grano:
—Creo, señor presidente, que sólo podemos hacer
dos cosas. La primera es, naturalmente, encontrar la
bomba e inutilizarla. Se han dado ya todas las órdenes
necesarias en este sentido al FBI y a la CIA, los cuales
han empezado ya las investigaciones. La segunda es
ponerse en contacto con Gadaffi y convencerle de que,
sean cuales fueren sus agravios contra Israel, su
amenaza contra Nueva York es un procedimiento
absolutamente irresponsable de querer lograr la
reparación de aquellos.
»Como ha dicho usted mismo esta noche, se trata,
propiamente, de un caso de chantaje terrorista con
toma de rehenes. Nos hallamos en presencia de un
exaltado que apunta con un revólver a la sien de cinco
millones de personas. Debemos persuadirle de que
suelte el arma y se avenga a negociar, de la misma
manera que trataríamos de discutir con cualquier
terrorista en posesión de rehenes. Aquí disponemos de
numerosos expertos que conocen los medios de
conseguirlo. Propongo que sean convocados para que
nos indiquen el camino a seguir.
—Completamente de acuerdo, Jack. Convoque
inmediatamente una reunión en la Casa Blanca.
Entonces intervino el jefe del Estado Mayor del
Ejército de tierra.
—Señor presidente temo que estamos perdiendo de
vista un punto vital —declaró, con firmeza—. Comparto
la opinión del almirante Fuller y reconozco que,
mientras exista el riesgo de que explote esa bomba H en
plena Nueva York, no tenemos ninguna opción militar
contra Libia. Sin embargo, esto no significa que no
debemos prepararnos para actuar militarmente. No
contra Libia... Contra Israel.
El presidente arqueó las cejas.
—¿Israel?
—Israel, señor presidente. Pues si esta bomba está
realmente en Nueva York esto quiere decir que, en un
platillo de la balanza, tiene usted la vida de cinco
millones de americanos, y en el otro, la expulsión de
unos millones de israelíes que, a fin de cuentas, no
tenían ningún derecho a instalarse donde están. ¿Unos
miles de colonos fanáticos o la ciudad de Nueva York?
—El general hizo una breve pausa para aumentar el
efecto de sus palabras, y concluyo—: Aconsejo que
pongamos en estado de alerta a la 82º División
aerotransportada y a las divisiones de Alemania, y que
mantengamos en el Mediterráneo oriental los
transportes de tropas de la sexta Flota, en vez de
enviarlos a Libia con los portaaviones. Y sugiero que el
Departamento de Estado establezca un discreto
contacto con los sirios. —Una maliciosa sonrisa
dulcificó su semblante—. Creo que éstos, en caso
necesario, estarían dispuestos a darnos facilidades de
aterrizaje en Damasco.
El general observó las señales de asentimiento de los
reunidos. James Mills le apoyó en seguida:
—El general tiene razón. Lo cierto es que esas
colonias implantadas en territorios ocupados son
absolutamente ilegales. Nosotros nos opusimos siempre
a ellas. Usted mismo las desaprobó, señor presidente. Si
tenemos que elegir entre ellas y Nueva York, y si los
israelíes se niegan a expulsar a sus colonos, debemos
estar preparados para echarlos nosotros mismos.
—Sea cual fuere nuestra opinión sobre esas colonias
de Cisjordania —rectificó el presidente, en tono muy
seco—, y todos ustedes conocen la mía, no podemos
obligar ahora a los israelíes a evacuarlas. Sería ceder al
chantaje de Gadaffi. Demostraríamos al mundo que esta
clase de acciones es rentable.
—Señor presidente, su punto de vista es a todas
luces respetable —replicó secamente James Mills—,
pero temo que no sirva de mucho a los habitantes de
Nueva York.
Jack Eastman había seguido la discusión sin tomar
parte en ella. De pronto, tomó la palabra:
—En todo caso, hay una cosa segura, y es que este
asunto es vital para Israel. Creo que deberíamos avisar
a Begin sin perder tiempo.
Una imperceptible mueca ensombreció el rostro del
presidente al escuchar el nombre del Primer Ministro
israelí. Ningún líder político del mundo le había hecho
sufrir tanto como aquel fanático cuyos interminables
discursos sobre la historia del pueblo judío, cuyas
sempiternas referencias, con exasperante lujo de
detalles, a una Biblia que conocía mejor que él, había
tenido que aguantar día tras día. Evocó con fatiga el
penoso recuerdo que le había dejado el maratón de
Camp David y los caudales de paciencia que había
tenido que desplegar para reducir la intransigencia del
Primer Ministro israelí. Además, no le había perdonado
que le hubiese desafiado con sus nuevas implantaciones
en territorio ocupado, ni que hubiese aprovechado sus
dificultades políticas internas para dirigirse, a espaldas
suyas, a la comunidad judía norteamericana.
Sin embargo, y a pesar de sus sentimientos
personales, no podía elegir.
—Tiene usted razón —suspiró—. Llamen al Señor
Begin.

El galope de un caballo resonaba en la pista de


equitación del Bosque de Boloña, todavía desierto. En
diciembre, amanecía tarde en París, y el jinete salió de
las tinieblas como un fantasma de leyenda. Nada más
adecuado a la personalidad del jefe del SDECE, el
Servicio de Información francés, que la oscuridad que
envolvía su cabalgada matinal.
En una época en que unos carteles indicaban en las
autopistas norteamericanas la dirección de la sede de la
CIA, en que los nombres de los agentes del Servicio de
Inteligencia británico salían a relucir en los debates de
los Comunes, la organización que dirigía el general
Henri Bertrand seguía obsesionada por la manía del
secreto. Era como si el SDECE quisiera simular que no
existía. Ningún anuario telefónico, ninguna guía de
calles, ningún botín, mencionaban el nombre y la
dirección de su Cuartel General. Ningún Who’s Who y
ningún archivo ministerial citaban a Bertrand ni a
ninguno de sus subordinados. Ni siquiera era Bertrand
el verdadero apellido de este robusto e impenetrable
cincuentón. Era un nombre de batalla, escogido cuando,
siendo un joven capitán de Caballería en Indochina,
había ingresado, en mil novecientos cincuenta y cuatro,
en las filas del Servicio Secreto.
Bertrand retuvo a su montura y se dirigió al paso a
las caballerizas del Polo de Bagatelle. Hacía quince años
que pertenecía a este elegante club, pero su nombre no
había figurado nunca en la lista de socios encuadernada
en verde y que se publicaba todos los años. Al acercarse
al portal, se sorprendió al reconocer la silueta que le
esperaba en la sombra. Sólo un asunto de suma
urgencia podía llevar allí, a hora tan temprana, a Palmer
Whitehead, jefe de la rama de la CIA en París.
—¡Salud, querido! —dijo Bertrand, saltando de su
caballo.
Antes de que Whitehead tuviese tiempo de
contestarle, le arrastró hacia el campo cubierto de
césped.
—Venga conmigo. Tengo que secar a mi caballo.
Durante cinco minutos, los dos hombres caminaron
junto al caballo sobre la hierba donde, en verano, los
caballos del barón de Rothschild y de los gauchos
argentinos jugaban al polo. El representante de la CIA
no reveló a su colega francés la amenaza que pesaba
sobre Nueva York. Se limitó a indicarle que el Gobierno
norteamericano había recibido una prueba irrefutable
de que Gadaffi había fabricado una bomba H, tal vez a
base de plutonio suministrado por el reactor francés, y
que se disponía a utilizarla con fines terroristas.
Washington necesitaba con urgencia conocer la
identidad de todas las personas que hubiesen podido
participar en el programa atómico libio.
—Dado que este asunto tiene implicaciones
nucleares —respondió Bertrand—, sabe usted que
necesito autorización de mis superiores para meter las
narices en él. Sin embargo, teniendo en cuenta lo que
acaba de decirme, estoy seguro de que no habrá
problema.
El norteamericano asintió gravemente con la cabeza.
—Creo saber que un mensaje personal de nuestro
presidente está en camino del Eliseo.
Los dos hombres se estrecharon la mano. Al subir a
su automóvil, el americano se volvió.
—Y, sobre todo, Henri, sea usted muy, muy discreto.
Diez minutos más tarde, un «Peugeot 604» gris
conducido por un chofer, salía del Bosque y se mezclaba
con el tráfico matinal del bulevar periférico. Todavía
sudoroso por la galopada cómodamente instalado entre
los brazos del asiento de atrás, apoyada la cabeza en el
respaldo, Bertrand había cerrado los ojos. Estaba
durmiendo. Pero antes había dado por radioteléfono las
órdenes que requería la situación. Ahora —como su
modelo, Napoleón—, aprovechaba la ocasión para
tomarse unos momentos de descanso, para estar en
condiciones de enfrentarse con la prueba que le
esperaba.

La luz de la mañana iluminaba las amarillas piedras


de la casa número tres de la calle de Balfour, en
Jerusalén. La brisa agitaba los pinos de Alepo que
ocultaban a los curiosos la residencia del Primer
Ministro de Israel. Eran casi las ocho de la mañana de
aquel lunes 14 de diciembre.
Detrás de la ventana del despacho, situado en el
fondo de la planta baja, había un hombre inmóvil. Con
aire taciturno, contemplaba la hilera de rosales que
flanqueaba el muro del jardín. Más allá, apenas a cien
metros de distancia, podía ver la mole del Hotel del Rey
David recortándose sobre el azul del cielo. Al ver aquel
edificio, una ola de recuerdos acudía siempre a la
memoria de Menahem Begin. En julio de 1947, al frente
de un comando de Irgún, había hecho volar un ala de
aquel hotel, provocando la muerte de 90 militares
ingleses y la destrucción de todo un Cuartel General
británico. Esta hazaña le había valido un lugar en la
historia de su patria, que, en aquella época, no había
nacido aún. Detrás de él, uno de los estantes llenos de
enciclopedias, una fotografía de aquellos tiempos
heroicos le mostraba con el sombrero redondo, la levita
negra y la barba de los rabinos. Cuando se puso precio
a su cabeza, este disfraz le había permitido a menudo
deslizarse por las calles de Tel Aviv ante las narices de
los soldados ingleses. Por ironía del destino, hoy
ocupaba la antigua mansión del que había sido su más
implacable adversario: el general Barker, jefe del
Ejército británico, tristemente célebre por haber
aconsejado a sus compatriotas que golpeasen a los
judíos donde más les dolía: en su cartera.
Begin se apartó de la ventana. Como siempre, vestía
un traje gris planchado de manera impecable, camisa
blanca y corbata oscura. Su elegancia le singularizaba en
un país donde llevar corbata es un anacronismo, y el
pliegue del pantalón una curiosidad.
Volvió a su mesa de trabajo. Acababa de recibir la
comunicación del presidente de los Estados Unidos.
Leyó una vez más las notas tomadas durante la
conversación, interrumpiendo de vez en cuando su
lectura para tomar un sorbo de té templado y endulzado
con Sucrasil, único desayuno que se permitía tomar
desde la crisis cardiaca sufrida cinco años atrás. Como
había hecho el presidente norteamericano una hora
antes, elevó también una plegaria a su Dios, al Dios de
Israel. No alimentaba la menor duda sobre el alcance de
la noticia que acababa de recibir. Representaba la
conmoción más radical del equilibrio de fuerzas en el
Oriente Medio que se hubiese producido en el curso de
su existencia. Naturalmente, América consideraría, en
primer lugar, la horrible amenaza que representaba
para la población de Nueva York. En cambio, él tenía el
deber de considerarla en función del peligro que corrían
su pueblo y su país. Era una amenaza de muerte.
En este caso, Begin estaba seguro de una cosa: no
podía contar con la amistad del presidente de los
Estados Unidos. Le agradecía sus meritorios esfuerzos
en favor de la paz en el Próximo Oriente, pero sólo le
otorgaba una confianza relativa, como a cualquier otro
goy. En realidad desconfiaba incluso de muchos judíos.
Sus adversarios políticos le reprochaban una
mentalidad de ghetto, una manera mezquina y limitada
de valorar la situación, indigna de un líder
internacional; una incapacidad de captar los problemas,
si no era en su dimensión judía. Era la herencia natural
de su pasado: su infancia en los ghettos de Polonia, su
adolescencia entre los partisanos, sus primeros años de
jefe clandestino que luchaba por arrojar a los ingleses
de Palestina. La loca amenaza de Gadaffi sólo era, a su
modo de ver, el último acto, el desenlace fatal de medio
siglo de conflictos entre judíos y árabes. Siempre se
había dejado guiar por una visión: la misma de su
maestro Vladimir Jabotinski, cuyos escritos ocupaban
el lugar de honor en su biblioteca. Era la visión de Eretz
Israel, de la Tierra de Israel. No el pequeño Estado
mutilado, migaja caída de la mesa de las naciones y
aceptada por su adversario Ben Gurión en 1947, sino la
tierra bíblica del Gran Israel.
Asegurar la colonización de esta tierra
reconquistada y dar paz a su pueblo: he aquí los dos
objetivos esencialmente irreconciliables que había
perseguido Begin desde su elección como jefe del país.
Ambos parecían muy quiméricos en esta mañana de
diciembre. El tratado firmado con Egipto había
resultado no ser más que una ilusión. Al no tener en
cuenta el problema palestino, había dejado una llaga
purulenta en el corazón del Próximo Oriente. En vez de
gozar de la paz tan deseada el Estado de Israel vivía
ahora las horas más difíciles de su historia. La inflación
y los impuestos más gravosos del mundo paralizaban
sus actividades. La continua ola de inmigrantes se había
casi agotado, reducido a unos pocos refugiados, en su
mayoría, ancianos o improductivos. Y cada año
aumentaba el número de judíos que abandonaban el
país. Por lo visto, la Tierra Prometida tenía ya muy poco
que ofrecer.
Pero, sobre todo, los enemigos de Israel, resueltos a
destruir un acuerdo de paz considerado como una
superchería, marchaban de nuevo codo a codo. Irak
formaba un bloque con Siria; los palestinos redoblaban
sus actividades. Detrás de ellos, fanática y militante, se
alzaba la nueva República islámica de Irán, con el
poderoso armamento norteamericano ultramoderno
abandonado por el sha. Turquía, donde había tenido
Israel muchos amigos influyentes, se mostraba ahora
francamente hostil. Los Estados petrolíferos del golfo
Pérsico, amenazados, a su vez, por la ola revolucionaria
procedente del Norte, no se atrevían ya a aconsejar
prudencia a sus hermanos árabes extremistas.
Los estampidos de una motocicleta sacaron a
Menahem Begin de sus reflexiones. Segundos más tarde
su esposa Aliza le trajo, como cada mañana, un sobre
marcado con la indicación Sodi Beyoter (Muy
confidencial). Procedía del Centro de Investigación y de
Planificación, instalado en el campamento número 28
del Ministerio de Asuntos Exteriores, en la orilla del sur
de la ciudad. Era la síntesis cotidiana de los informes
recogidos por los servicios secretos israelíes.
El Primer Ministro comenzó inmediatamente su
lectura. Los sismógrafos del Instituto Weizmann
registraron, a las 7,01 horas, un temblor de intensidad
5,7 según la escala de Richter. El origen de este temblor
ha sido localizado en el mar de arena de Awbari, en el
sur del desierto libio occidental, región donde nunca se
habían producido seísmos. Begin comprendió que se
trataba de la explosión de la que habían sido testigos el
presidente de los Estados Unidos y sus consejeros. El
párrafo siguiente le hizo dar un respingo: «A las 7,31
horas, el agente del Mossad en Washington pudo hablar
personalmente con el jefe de la CIA».
Este le aseguró formalmente que se trataba de un
temblor sísmico y no de una explosión nuclear.
Incluso en los momentos más fríos de las relaciones
entre Washington y Jerusalén, la CIA y los servicios
secretos de Israel habían estado unidos por lazos firmes
y de absoluta confianza.
Siempre se habían transmitido todas sus
informaciones. Y he aquí que los Estados Unidos
acababan de mentir a Israel en una cuestión vital para
su existencia.
Aliza Begin se había quedado en el despacho. Nada
sabía del drama que se estaba representando, pero
observó que su marido se había puesto lívido.
—¿Qué ocurre, Menahem? —preguntó, inquieta.
—Esta vez estamos solos, completamente solos.

El cuartel general del SDECE, Servicio francés de


Información, se halla instalado en un antiguo cuartel
del bulevar Mortier, en el distrito veinte de París, cerca
del cementerio del Pere Lachaise. El conjunto de las
viejas edificaciones, con sus tejados de cinc y sus
ventanas de pequeños cristales, y con las que se
entrelazan varias construcciones modernas y un bosque
de columnas metálicas, está rodeado por un alto muro
gris, erizado de púas de acero. Cada cincuenta metros
hay un rótulo que anuncia: «Zona militar. Prohibido
hacer fotos y filmar». Junto al portal de entrada hay una
garita vacía. Sin una placa. Sin número.
El SDECE no tiene domicilio legal. Sólo tiene un
apodo heredado de su proximidad a una vieja
instalación de deportes náuticos. Le llaman «la
Piscina».
Eran las ocho de la mañana, hora de París, del lunes
14 de diciembre, cuando el Peugeot 604 del director se
detuvo ante la puerta blindada del bulevar Mortier.
Hacía exactamente dos horas que se había producido la
explosión Libia. Dos centinelas de uniforme militar
abrieron los batientes de la puerta, identificaron al
chofer y al pasajero, y les franquearon el paso. El
automóvil penetró en el patio, dio un rodeo a la estela
levantada en honor de los antiguos miembros del
Servicio Secreto muertos por Francia y se detuvo
delante de un viejo y largo edificio de tres plantas.
El general Bertrand se adentró en un pasillo de
paredes ennegrecidas, cruzó varias habitaciones de
muebles anticuados y en las que flotaba un fuerte olor
a tabaco negro y de puro y subió en un viejo ascensor
hasta un amplio despacho amueblado con sillones de
cuero de color castaño. En la pared, detrás de la mesa
colmada de papeles, pendía un mapa enorme del
planeta. La decrepitud del decorado terminaba en la
puerta de este despacho. En un edificio contiguo hileras
de ordenadores de máquinas de descifrar, laboratorios
de radiogoniometría, ficheros y salas de lectura dotados
de todos los adelantos electromecánicos, ponían toda la
brujería de la Era electrónica a disposición de un
servicio más conocido por la audacia solitaria de sus
agentes que por su infraestructura técnica. Así como,
allende el Atlántico, violentas campañas de Prensa y un
alud de encuestas parlamentarias habían tratado de
sanear los métodos de la CIA, la organización del
general Bertrand podía aún reclutar mercenarios para
derribar a un dictador africano, alquilar los servicios de
traficantes de droga o instalar en un burdel su oficina de
Kuala Lumpur. A fin de cuentas, estos lugares eran, por
tradición, adecuados para obtener información, y los
franceses apreciaban demasiado las flaquezas de la
carne como para abandonarlos en provecho de sistemas
de información tan asépticos como las fotografías
tomadas por satélites.
Sin embargo, el documento de informática que
esperaba sobre la mesa del general constituía un buen
ejemplo de los aspectos modernos de su organización.
Contenía todo lo que sabía el SDECE sobre la venta por
Francia a Libia del reactor que, según sospechaban los
norteamericanos, había producido el plutonio utilizado
por Gadaffi. Bertrand conocía lo esencial del
expediente. La seguridad en material de transacciones
nucleares era objeto de atención particular en París,
desde aquel día de abril de 1979 en que un comando
israelí había hecho estallar, cerca de Tolón, el corazón
de un reactor experimental, sólo unas semanas antes de
su entrega a Irak. La central atómica que Francia había
vendido a Libia valía mil millones de dólares, y esto
había motivado que el SDECE y la DST tomasen
precauciones extraordinarias para impedir que se
produjese una operación de sabotaje parecida antes de
la entrega de las instalaciones a los compradores libios.
El reactor era una de las dos centrales de agua
ligera, de 900 megavatios, encargados por el sha del
Irán en septiembre de 1977. Debido a la brutal
anulación del trato por el ayatollah Jomeiny, los
franceses se habían encontrado en posesión de la cuba
de acero de un reactor prácticamente terminado y no
pagado, en la fábrica «Framatome», del Creusot. Esta
cuba, verdadero corazón del reactor, era una obra
maestra de la metalurgia moderna. Con una altura de
doce metros y un grueso de veinte centímetros, pesaba
doscientas veinte toneladas. Para su montaje se habían
necesitado aparatos especiales para comprobar todas las
soldaduras por medio de ultrasonidos y rayos gamma.
Bertrand recordaba muy bien las excepcionales
medidas de secreto y de seguridad que habían rodeado
su traslado nocturno desde el Creusot hasta una barcaza
en el Ródano, en Chalon sur Saone. Se había tenido que
movilizar a quinientos gendarmes para proteger la
máquina colocada sobre un semirremolque de 96
ruedas, tirado y empujado por cinco tractores «Berliet»
de 300 CV. La barcaza había bajado por el Ródano hasta
Fos-sur-Mer, donde la cuba había sido trasladada a
bordo de un carguero libio, cuya estructura había sido
especialmente reforzada, en razón de la extrema
compacidad y el peso del cargamento. Los legajos
referentes a la construcción de esta central atómica
servida por Francia a Libia se componían de cien mil
planos y documentos y de un total de cuatro millones de
páginas, todas ellas, según sabía Bertrand,
rigurosamente secretas. La propia central tenía setenta
mil kilómetros de tuberías, un millón de kilómetros de
cables eléctricos, doce mil quinientas válvulas y grifos,
mil setecientos contadores de temperatura, aparatos de
medición manómetros, lámparas, cámaras automáticas
de televisión y aparatos registradores destinados a
pilotar y vigilar la instalación durante los treinta años
previstos de su existencia.
Terminado el montaje de la instalación en Libia,
Gadaffi había entrado personalmente en la sala de
control del reactor, verdadera cabina espacial de
paredes cubiertas de pantallas de televisión, indicadores
centelleantes, cuadros, palancas, botones y ordenadores
visiblemente emocionado, había apoyado a mano en
una palanca de negra empuñadura, muy parecida a la de
cambio de marcha de un automóvil. Después de
desenclavarla, tirando de dos resortes colocados a lo
largo del mango, la había empujado delicadamente
hacia delante. Entonces había visto que se encendían
una serie de lucecitas rojas en el tablero de control. Por
primera vez en la Historia, una mano árabe acababa de
provocar una reacción atómica.
Nueve días más tarde, el reactor había alcanzado su
velocidad prevista, su fuerza térmica nominal de 900
megavatios. «¿Cómo era posible —se preguntaba el
director del SDFCE—, hurtar plutonio a una instalación
tan complicada?»
Apenas había empezado Bertrand a estudiar el
legajo, cuando una voz le anunció por el teléfono
interior la llegada de Patrick Cornedeau, joven
politécnico, atlético y de dura mirada, que desempeñaba
el cargo de consejero científico del SDECE.
—Siéntese, Patrick —dijo el general, señalando uno
de los viejos sillones de cuero que tenía delante.
Encendió un «Gitane» de papel de maíz y expulsó por
la nariz una nubecilla de humo azulado—. Esta vez
parece que los norteamericanos no se han equivocado.
Hace tiempo que nos dicen que Gadaffi es un iluminado
peligroso. —Suspiró—. Recuérdelo: según ellos, se
adiestran en su país incluso nuestros corsos y bretones
que se dedican a poner petardos.
—Los norteamericanos siempre han querido
indisponernos con Gadaffi y nuestros amigos árabes
—respondió Patrick Cornedeau.
—Sea como fuere —prosiguió Bertrand—, nuestro
buen Gadaffi tiene la bomba atómica. Y parece estar
dispuesto a utilizarla. Sí, querido.
Una expresión de estupor se pintó en el semblante
del joven ingeniero. Bertrand le refirió la visita del
representante de la CIA. Cornedeau sacó su pipa del
bolsillo.
—Si Gadaffi tenía verdadera necesidad de plutonio,
no podía encontrar un medio más complicado para
procurárselo.
—Tal vez era el único medio de que disponía.
Cornedeau se encogió de hombros. Un jefe de
Estado como Gadaffi podía elegir entre diez maneras
diferentes de obtener su bomba. Por ejemplo, haciendo
una nueva tentativa para robar plutonio en un centro
extranjero. O imitando a los indios, que compraron un
reactor canadiense que funcionaba con uranio natural
y construyeron secretamente otro igual, copiado de
aquél hasta la última soldadura. Pero sustraer el
plutonio de un reactor como el que le había vendido
Francia era el procedimiento más difícil.
Cornedeau se levantó y clavó en la pared una hoja de
papel para dibujo. Durante un minuto, haciendo saltar
en su mano un lápiz grueso, se concentró como un
maestro de escuela antes de dar su lección.
—Mi general, si quiere usted extraer el plutonio
fabricado por un reactor nuclear, tendrá que atacar el
uranio que le sirve de combustible. Cuando este uranio
empieza a arder en el corazón del reactor —debo
recordarle que se trata de cargas débilmente
enriquecidas al tres por ciento—, se produce una
reacción en cadena, es decir, una miríada de pequeñas
bombas atómicas. Esta reacción produce un intenso
desprendimiento de calor, el cual se transforma en
vapor para accionar las turbinas que fabricarán la
electricidad. ¿Me sigue usted?
»Ahora bien, al quemarse, mejor dicho, al
fisionarse, este uranio emite cantidades de neutrones
que se dispersan en todas direcciones. Algunos de ellos,
Cornedeau golpeó con el lápiz la hoja de papel,
bombardean la porción de uranio no enriquecido y
transforman una parte de este uranio en plutonio.
»Hay ciertos reactores, como los «Candu»
canadienses, donde las cargas de uranio que sirven de
combustible se presentan en cajas que se cambian casi
todos los días. En esta clase de reactor es bastante fácil
acceder al plutonio. Pero en el caso del reactor francés
—siguió diciendo, mientras trazaba un dibujo—, el
uranio está encerrado en enormes contenedores
parecidos a éste. Sólo se cambian una vez al año. Para
extraerlos hay que apagar, ante todo, el reactor.
Después, hay que esperar dos semanas a que se enfríe,
y, por último, hay que hacer intervenir a mucha gente y
valerse de un material muy pesado. No olvide que en
esta instalación tenemos una veintena de técnicos. A los
libios les sería absolutamente imposible sacar el uranio
y hacerlo desaparecer sin que nadie lo advirtiese.
Bertrand encendió un tercer «Gitane».
—¿Y qué ocurre cuando se saca ese uranio?
—En primer lugar, es tan activo..., quiero decir tan
radiactivo, que el que se acercase a él se convertiría en
un cáncer viviente. Por eso se encierra en contenedores
de plomo y se deposita en el fondo de un depósito lleno
de agua para que se enfríe.
—¿Durante cuánto tiempo?
—Durante años. Tal vez para siempre. De aquí
nuestra disputa con los norteamericanos a propósito de
los problemas de tratamiento de este combustible
irradiado. Nosotros sostenemos la política de repatriar
todo el uranio de las centrales que vendemos y extraer
nosotros mismos el plutonio para los súper generadores
de nuestras futuras instalaciones electronucleares. De
esta manera, nadie puede extraer el plutonio para
emplearlo con fines militares. Los norteamericanos
dicen que con nuestro sistema el plutonio acabaría
circulando por todo el mundo como el carbón o los
cacahuates.
—Entonces, los barrotes del uranio libio, una vez
hayan sido quemados en su reactor, permanecerán en
el fondo del depósito.
—Pero, ¿qué impide a Gadaffi sacarlos del agua y
extraer él mismo el plutonio que contienen?
—La Agencia atómica internacional de Viena tiene
inspectores precisamente encargados de vigilar que
nadie se adueñe de este plutonio. Hacen al menos dos
comprobaciones al año. Y, en el intervalo, tienen
cámaras protegidas con plomo que toman fotografías en
el fondo del depósito cada quince minutos,
aproximadamente.
—Lo cual quiere decir, en principio, que Gadaffi no
tendría tiempo de retirar los barrotes de uranio,
¿verdad?
—¡En absoluto! Ante todo, habría que colocarlos en
enormes contenedores de plomo, para evitar la
irradiación. Después, habría que emplear grúas
especiales para sacarlos. Se necesitarían al menos dos o
tres horas.
—¿No podrían falsear la película los inspectores?
—No. No la revelan ellos mismos. Este trabajo se
realiza en Viena. De todas maneras, cada vez que hacen
una inspección sumergen también en el fondo del
depósito detectores de rayos gamma, a fin de
comprobar que los barrotes siguen siendo radiactivos.
De esta manera, pueden estar seguros de que no ha
habido sustitución.
Bertrand se echó atrás, apoyando la cabeza en el
respaldo de su sillón giratorio y mirando, a través de los
párpados medio cerrados, las escamas de la pintura del
techo.
—Bueno, resumiendo sus explicaciones, podemos
decir que es muy improbable que los libios pudiesen
procurarse plutonio sirviéndose de nuestro reactor.
—Efectivamente, es inverosímil, mi general.
—A menos que tuviesen cómplices en ciertas fases
de sus operaciones.
—Pero, ¿dónde? ¿Cómo?
—Personalmente, nunca he tenido una confianza
ilimitada en los organismos de control de la ONU.
Cornedeau cruzó la estancia y se dejó caer en un
sillón. Su jefe era un gaullista de la vieja escuela, y todo
el mundo sabía que compartía el desprecio del general
por la organización a la que un día había apodado le
Machin.
—De acuerdo, mi general —asintió Cornedeau,
estirando sus largas piernas—; admito que la Agencia de
Viena tiene sus limitaciones. Pero el verdadero
problema no está en ella. Es que nadie quiere un control
eficaz. Las sociedades que venden los reactores, como la
«Westinghouse» norteamericana y nuestros amigos de
«Framatome», no se cansan de pregonar públicamente
que están en favor de los controles, pero, en privado,
huyen de ellos como del diablo. Ningún Gobierno del
tercer mundo quiere ver inspectores paseándose por su
territorio. Y nosotros mismos, los franceses, a pesar de
cuanto afirmamos, jamás hemos mostrado gran
entusiasmo en reforzar los controles. Hay demasiados
intereses en juego.
—¡Ay de mi! —convino el general, detrás de un velo
de humo—. Lo que más cuenta hoy en día es una buena
balanza de pagos. Tendría usted que procurarse
inmediatamente los informes de inspección de la
Agencia de Viena. Pregunte también a nuestro
representante allá abajo si ha oído algún rumor, algún
chisme, a propósito de inspectores que hubiesen
recibido «obsequios», o hayan tenido aventuras
amorosas, o ¡qué sé yo! En fin, cualquier cosa que haya
pasado allí.
Un destello brilló en los ojillos del general, al
recordar su última estancia en la capital vienesa, hacía
unos diez años.
—Soberbias criaturas, esas vienesas —murmuró.
Luego se inclinó hacia delante—. ¿Y nuestros propios
hombres en Libia? ¿Qué informes tenemos sobre ellos?
—La DST instruyó un expediente de seguridad sobre
cada uno de ellos. Y, naturalmente, registró todas sus
comunicaciones telefónicas entre Libia y Francia.
—Entonces, vaya a ver a Villeprieux de mi parte y
que le dé los expedientes de todos esos tipos, así como
la transcripción de sus comunicaciones telefónicas
durante el pasado año. Y dése prisa, amigo mío. En
Washington parecen andar sobre ascuas. A propósito,
¿quién es el jefe de esos técnicos franceses?
—Un ingeniero nuclear. Un tal De Serre. Ha
regresado hace aproximadamente un par de meses, en
espera de su próximo destino.
Bertrand miró el reloj de ónice de encima de su
mesa. Eran las 8,20.
—¿Sabemos dónde se halla actualmente?
—Creo que sí. Me parece que reside en Paris.
—Perfecto. Busque y deme su dirección. Veré si
puedo sostener una pequeña conversación con ese señor
De Serre.

Daban las 8,30 en el campanario bizantino del


monasterio de la Cruz cuando llegó el Dodge negro,
erizado de antenas, de Menahem Begin. Habían
transcurrido dos horas y media de las 36 del ultimátum
de Gadaffi. Rodeando el Knesset, parlamento de Israel,
el coche fue a detenerse ante la puerta del triste edificio
de estilo funcional que albergaba la Presidencia del
Consejo. Cuatro jóvenes con pantalón vaquero y
chaqueta de cuero saltaron del automóvil. Todos
llevaban una cartera de plástico negro. Si hubiesen
vestido con más elegancia, habrían podido pasar por un
alegre grupo de representantes de comercio dispuestos
a emprender una gira. Pero en vez de libretas de
pedidos, sus útiles de trabajo eran una metralleta Uzi,
un Colt, tres cargadores de recambio y un walkie talkie.
Escoltado por sus gorilas, Menahem Begin penetro
en el vestíbulo, invadido por una multitud de viejos
campesinos árabes de gandura negra y keffieh blanco.
Y es que en el subsuelo de la Presidencia del Consejo se
hallaban los registros de estado civil de una Palestina
extinguida hacía tiempo, la Palestina otomana de su
infancia. Begin se deslizó entre ellos, saludándoles
amablemente, y se dirigió a la puerta blindada que
separaba los servicios administrativos del resto del
edificio. Todavía tuvo que franquear una serie de rejas
accionadas eléctricamente, antes de llegar al primer
piso, donde le esperaba el gabinete reunido en sesión
extraordinaria.
Begin no había revelado a ninguno de sus ministros
el motivo de la urgente convocatoria. Durante un largo
momento, paseó sobre los asistentes su mirada de
miope. Después, cruzando las manos sobre el tapete
verde, con aire grave y voz más ronca de lo
acostumbrado, eligiendo con cuidado sus palabras,
expuso la situación. Dotado de una memoria infalible,
repitió todos los detalles de su conversación con el
presidente de los Estados Unidos, es decir, la terrible
noticia de que Gadaffi poseía el arma termonuclear; su
secuestro de Nueva York con una bomba H; el hecho de
que Israel estaba condenado a pagar el rescate.
Ninguna otra revelación, ninguna otra amenaza
habrían podido causar tanto estupor. Desde hacia
quince años, la supervivencia de Israel se apoyaba en
dos pilares estratégicos: la ayuda de los Estados Unidos
y la seguridad de que, en caso de producirse una crisis
de primer grado, Israel era el único país del Oriente
Medio que poseía el arma atómica.
Unas pocas frases habían hecho tambalear este
edificio.
—¡Hoy, es Nueva York! ¡Mañana será Tel Aviv! ¡No
podemos vivir a merced de un loco armado con bombas
H! ¡No tenemos elección!
Estas palabras, pronunciadas con voz estentórea,
habían retumbado como un trueno sobre los reunidos,
mudos de estupor.
El hombre había subrayado su declaración con un
puñetazo sobre la mesa. Su camisa abierta dejaba ver su
vigoroso torso. El rostro pálido acentuaba la blancura
de su abundante cabellera.
Benny Ranan era uno de los cinco héroes auténticos
de Israel integrados en el Gabinete. General de
paracaidistas durante la guerra del Yom Kippur, había
saltado al frente de sus tropas cuando la espectacular
operación de travesía del canal de Suez, que terminó
con el cerco del III Ejército egipcio. Ministro de la
Construcción —o, más exactamente, ministro de los
bulldozers, como él prefería que le llamasen—, era uno
de los más ardientes partidarios del programa de
colonización judía de los territorios árabes conquistados
en 1977.
Dio la vuelta alrededor de la mesa, con el paso
oscilante que sus paracaidistas gustaban de imitar. Se
detuvo ante la fotografía tomada por Walter Schira
desde la cabina espacial del Apolo VII. Cubría toda una
pared del salón del Consejo. Nada podía ilustrar mejor
la terrible vulnerabilidad de Israel, que aquel panorama
que abarcaba en una sola estampa la zona del Globo
comprendida entre el mar Negro y el mar Rojo, el
Mediterráneo y el golfo Pérsico. Israel no era más que
un minúsculo islote en aquella inmensidad; un
fragmento de tierra precariamente amarrado a Asia.
Ranan miró la fotografía con aire trágico.
—Las condiciones de nuestra existencia se ven ahora
completamente trastornadas. Para exterminarnos,
bastaría con que Gadaffi arrojase una bomba aquí. —Su
grueso dedo índice golpeó la región de Tel Aviv—. Y ahí,
y allí. Tres bombas, y el país dejaría de existir.
Se volvió a sus colegas. Su fuerte voz, tan célebre en
el campo de batalla, bajó de tono:
—¿Qué valor tendrá nuestra vida, dijo, gravemente,
si sabemos que en cualquier momento puede
desintegrarnos un fanático que desde hace años reclama
nuestra sangre? Yo no podría vivir con esa espada de
Damocles sobre la cabeza. ¿Y ustedes? —Hizo una
pausa, consciente del efecto causado por sus palabras—.
Cuarenta siglos de persecuciones nos dieron al menos
una buena lección —siguió diciendo—. Los judíos
debemos resistir contra toda amenaza de exterminio.
Amigos míos, debemos liquidar a ese demente. ¡Sin
perder un instante! Antes de que el Sol alcance su cenit.
Ranan apoyó sus manos sobre la mesa y se inclinó
luego hacia delante.
—Y avisaremos a los norteamericanos después de
dar el golpe.
Se hizo de nuevo el silencio. El viceprimer ministro,
Jacob Shamin, encendió su pipa, con aire soñador. El
bigote y la calvicie de este sabio y distinguido
arqueólogo eran tan legendarios como la silueta de
Ranan. Shamin había sido el artífice de la victoria de
Israel en la primera guerra contra sus vecinos árabes, en
1948.
—De momento, Benny —observó—, los amenazados
por Gadaffi no están aquí, sino en Nueva York.
—Eso no tiene importancia. Lo que importa es
aniquilar a Gadaffi antes de que tenga tiempo de
reaccionar. Los norteamericanos nos lo agradecerán.
—¿Y si la bomba explotase de todos modos? ¿Cómo
crees que nos lo agradecerían los norteamericanos?
—Sería una tragedia. Una tragedia espantosa. Pero
es un riesgo que debemos correr. Se volvió al Primer
Ministro ¿Qué tragedia sería mayor? ¿La destrucción de
Nueva York, o la de nuestro país?
—En Nueva York hay tres millones de judíos, más de
los que hay aquí, observó el gordo rabino Yehuda Orent,
jefe del partido religioso que formaba parte de la
coalición en el poder.
—Pero su tierra está aquí —insistió Ranan, con
ardor—. Aquí se juega lo más importante. Aquí, en esta
tierra, representamos la expresión de la vocación eterna
del pueblo judío. Si desaparecemos, el pueblo judío
desaparecerá como tal. Condenaremos a nuestra
descendencia a otros dos milenios de vagar por el
desierto, a los ghettos, a la dispersión, al odio.
—Tal vez —replicó el rabino—, pero los
norteamericanos nos han conminado a que no
emprendamos ninguna acción contra Gadaffi.
—¿Los norteamericanos? —dijo Ranan, riendo entre
dientes—, pues esperaba esta objeción. Los
norteamericanos nos dejarán plantados. Señaló la hilera
de aparatos del fondo de la estancia. En este momento
estarán ya en el teléfono discutiendo con Gadaffi.
V ENDIENDO NUESTRA TIERRA, NUESTRO PUEBLO, a
espaldas NUESTRAS.
—Tal vez haya otra solución.
Estas palabras tranquilizadoras hicieron que todas
las cabezas se volviesen a un gigante pelirrojo y de cara
cubierta de pecas. El general Yaacov Dorit, de cuarenta
y ocho años, era jefe supremo de las fuerzas de defensa
israelíes.
—Podríamos tratar de secuestrar a Gadaffi. Una
operación relámpago contra el cuartel de Bab Azizza. Lo
llevaríamos en helicóptero a una playa desierta y lo
trasladaríamos a bordo de un guardacostas.
—¿Sería posible?
—A condición de que actuásemos muy de prisa y por
sorpresa, afirmó, confiado, Yaacov Dorit.
—¡Yaacov!
Dorit se volvió al hombrecillo que lo llamaba desde
el otro extremo de la mesa. El coronel Yuri Avidar
dirigía el Sin Beth, servicio de información del Ejército.
—Gadaffi no está en Bab Azizza. Nuestro contacto en
Trípoli nos informó ayer por la noche de que había
desaparecido hacía cuarenta y ocho horas. No
sabríamos dónde ir a buscarle.
—Entonces, no hay más que hablar —suspiró
Ranan—. No podemos esperar a que aparezca de nuevo.
—¿Y si accediésemos a negociar la evacuación de las
colonias? —sugirió ahora Yuri Avidar—. ¡Su abandono
no significaría el fin de Israel! Y, en todo caso la mayoría
de la gente de aquí se muestra contraria a su existencia.
Estas palabras, en boca del ex jefe de la brigada
blindada que había aplastado a la Legión árabe en 1967
y conquistado la ribera occidental del Jordán mostraba
el trastorno causado en los ánimos por el chantaje de
Gadaffi.
—Lo que está en juego no son esas colonias —replicó
Ranan, con calma—. Ni Nueva York. La cuestión es:
¿puede nuestro país vivir al lado de un Moamar Gadaffi
con bombas H? ¡Yo digo que no!
—¡Todos estáis locos! —se impacientó Avidar. Una
vez más, el complejo de Massada está a punto de
llevarnos al suicidio.
Ranan permaneció impávido.
—Cada minuto que perdemos discutiendo nos
acerca a nuestra destrucción —declaró—. Debemos
actuar inmediatamente, antes de que nos lo impidan. Si
esperamos con los brazos cruzados podemos
despedirnos de Judea y de Samaria, y de Jerusalén. Con
las manos atadas a las espaldas por los
norteamericanos, sólo nos quedaría esperar el golpe de
gracia del carnicero de Trípoli.
Deseoso de escuchar todas las opiniones, Menahem
Begin había seguido la discusión sin intervenir. Se
volvió a un joven ministro de aspecto deportivo. Ex
piloto de caza, el ministro de Defensa, Ariyeh Salamon,
era el padre de las fuerzas aéreas de Israel y uno de los
principales artífices de la victoria de 1977.
—Ariyeh, ¿tenemos alguna solución militar capaz de
detener a Gadaffi, que no sea un ataque nuclear
preventivo?
—Por desgracia, no. No tenemos manera de
organizar un desembarco convencional a mil kilómetros
de nuestras costas.
Begin reflexionó. Todas las miradas estaban vueltas
hacia aquel hombre frágil que tenía en sus manos el
destino del pueblo judío.
—He vivido un holocausto —confesó, lisa y
llanamente—. No quiero vivir bajo la amenaza de otro.
Creo que no tenemos alternativa. ¡Que Dios proteja a los
habitantes de Nueva York!
—¡Señor! —exclamó el coronel Avidar—. ¡No nos
quedará un solo amigo en el mundo!
—Hoy no tenemos ninguno. No los hemos tenido
nunca.
—Desde los faraones hasta Hitler, nuestro pueblo ha
estado siempre condenado por Dios y por la Historia a
vivir solo.
El semblante de Begin tenía una expresión trágica.
Pidió una votación. Al contar las manos levantadas,
pensó en aquella tarde de mayo, treinta y tres años
antes, en que los jefes del pueblo judío habían acordado,
por un solo voto de mayoría, la creación del Estado de
Israel. Hoy, triunfaba una propuesta por el mismo
escaso margen. Apretando los dientes, se dirigió al
general en jefe:
—Dorit, ¡destruya Libia!

Ningún pueblo del mundo está más adiestrado ni


mejor equipado que los israelíes para reaccionar con la
rapidez del rayo en caso de crisis. La velocidad de
reacción es un reflejo de vida o muerte para esta
pequeña nación, cuya principal aglomeración sólo
podría contar con dos minutos de preaviso, en caso de
un ataque aéreo procedente del Norte, y con cinco si
procediese del Sur. En consecuencia, los israelíes han
procurado el sistema de alarma sin duda más
perfeccionado del mundo, como lo demuestra la
fulgurante rapidez con que el Alto Mando puso en
marcha las operaciones aquel lunes 14 de diciembre.
Después de la orden de Begin, el general Dorit se
dirigió a una habitación contigua y descolgó un teléfono
especial. Este aparato le ponía en comunicación directa
con el «Agujero», centro del mando militar de Israel,
instalado a 50 metros debajo de su pentágono de
Hakyria, entre las calles de Leonardo da Vinci y Kaplan,
de Tel Aviv.
—Las murallas de Jericó —anunció Dorit al oficial
de guardia del «Agujero».
Este nombre en clave puso en marcha el mecanismo
que enlazaba de día y de noche a los 27 oficiales
superiores de las fuerzas de defensa con el Cuartel
General. Ya estuviese en una pista de tenis del Hotel
Hilton de Tel Aviv, ya en viaje de inspección por las
arenas del Neguev, ya en brazos de una amiguita, cada
uno de estos 27 hombres debía tener siempre a su
alcance un teléfono o un beeper capaz de recibir y de
emitir en onda corta. Todos ellos tenían un nombre
cifrado, renovado el cuarto día de cada mes por un
ordenador, entre una lista de nombres de flores, de
frutas o de animales. Cada cual debía saberse de
memoria los apelativos en clave de sus colegas.
Después, el general Dorit salió del edificio de la
Presidencia del Consejo y subió a uno de los dos
camiones estaciones de radio absolutamente idénticos
que acompañaban siempre a su Plymouth gris. Apenas
se había sentado a su pupitre de mando cuando una
serie de luces empezaron a centellear en el tablero que
tenía delante. Sus 26 subordinados estaban en línea,
esperando sus órdenes. Habían pasado exactamente
tres minutos desde que Menahem Begin le había dado
la orden de destruir Libia.
En el «Agujero», una joven soldado en minifalda
caqui abrió la caja fuerte situada a la derecha del oficial
de guardia. En su interior había varios montones de
sobres de colores diferentes.
Cada montón correspondía a un posible enemigo de
Israel. Los israelíes sabían muy bien que, en caso de
crisis, no tendrían tiempo de hacer planes para un
contraataque. Estos sobres contenían, pues, los planes
de un ataque nuclear contra todo país capaz de
amenazar la existencia de Israel. El color de los sobres
correspondía a las dos alternativas que podían
escogerse: la alternativa A preveía el bombardeo
atómico de las aglomeraciones civiles; la alternativa B,
el bombardeo de los objetivos militares. La joven
soldado tomó los sobres que llevaban el nombre en
clave de Ámbar, para Libia, y los depositó sobre el
pupitre del oficial de guardia. Este comentó
rápidamente por radio su contenido con Dorit. Todo lo
que necesitaba saber el general en jefe se hallaba en
aquellos sobres: las frecuencias de los radares, la
duración de la incursión, calculada casi al segundo; una
descripción detallada de las defensas antiaéreas libias,
los mejores itinerarios para cada objetivo; las más
recientes fotografías de reconocimiento aéreo.
Duplicados de estos sobres se encontraban en las bases
aéreas donde velaban, de día y de noche, los pilotos
encargados de ejecutar los planes.
De acuerdo con las instrucciones de Menahem
Begin, Dorit hizo preparar la alternativa B. Esto podía
plantear problemas espectaculares. Para aumentar el
efecto de sorpresa, el general en jefe quería, en efecto,
q u e t o d o s lo s o b je tiv o s f u e s e n a t a c a d o s
simultáneamente. Pero, debido a la longitud de las
costas libias, los aviones que atacasen la región de
Trípoli tendrían que recorrer dos mil kilómetros, o sea,
el doble que los que bombardeasen los objetivos de
Cirenaica. Como Libia estaba fuera del alcance de los
misiles israelíes Jericó B, concebidos para transportar
cabezas nucleares a una distancia de mil kilómetros, el
ataque debería ser realizado por la escuadra de los
Phantom.
Una precaución capital consistía en sustraer las
escuadrillas a las pantallas de radar enemigas hasta que
los Phantom llegasen encima de sus objetivos. Los
radares libios no planteaban graves problemas. En
cambio, los de los buques de la sexta Flota, situados al
oeste de Creta podían crear serias complicaciones. Dorit
ordenó al aeródromo Ben Gurión que preparase
Hassida para un despegue inmediato.
Hassida (la Cigüeña) es el nombre en clave de un
Boeing 707 pintado con los colores de las líneas aéreas
israelíes «El Al». Pero este parecido con un avión
comercial termina en la puerta de la cabina. El interior
esta lleno de equipos electrónicos.
Israel ha sido el primer país en perfeccionar las
técnica que impiden que los radares enemigos sigan el
vuelo de un avión, y ello gracias a los instrumentos que
transporta este Boeing.
Así fue cómo pudieron aterrizar en el aeródromo de
Nicosia, sin ser detectados por los radares chipriotas,
los aparatos que transportaban el comando que venia a
liberar a los rehenes apresados por terroristas
palestinos. Este 707 emite, en efecto, una serie de
túneles electrónicos, al amparo de los cuales pueden
lanzarse los «Phantom» sobre sus objetivos sin ser
advertidos.
Cuando el camión de radio del general Dorit alcanzó
la llanura del Soreq, a medio camino de Tel Aviv todo
estaba dispuesto.
En menos de veinte minutos mientras rodaba entre
las cuestas cubierta de olivos de las colinas de Judea
había preparado el primer ataque nuclear preventivo de
la Historia.
Sólo faltaba una cosa: escoger el nombre en clave
para el bombardeo. El oficial del «Agujero» propuso
uno. Dorit lo aceptó en seguida. Era Operación Masfa,
en homenaje al lugar bíblico de Israel donde el trueno
de Yavé había provocado la derrota de los filisteos.

La inmensidad gris de las arenas se extendía hasta


el infinito. De vez en cuando, la mancha oscura de un
rebaño de cabras, la piedra blanca de una tumba de
nómada, la tienda de una familia de beduinos rompían
la monotonía del paisaje. Las caravanas de la
Antigüedad habían pasado por aquí, Lo mismo que las
dolorosas multitudes de las tribus de Israel, al volver de
su destierro de Egipto. Aquí, en tres largos túneles
excavados bajo el desierto del Neguev, venían
depositando los hijos del moderno Israel, desde hacía
más de diez anos, terroríficos ingenios, las armas de su
última oportunidad, un arsenal de bombas atómicas.
Momentos después de ser alertado el «Agujero»
empezaron a centellear luces rojas en la pantalla de
control de cada túnel, provocando automáticamente un
concierto de altavoces. Esta llamada fue seguida de un
zafarrancho general. Abandonando la partida de
ajedrez, la redacción de la correspondencia o la lectura
de los periódicos, decenas de hombres se precipitaron
en los túneles. En unos alvéolos hallábanse alineados
contenedores herméticamente cerrados y, dentro de
cada uno de ellos, una bolita plateada apenas mayor que
las toronjas de los huertos de los kibbutzim de la región.
Eran los núcleos de plutonio de la última generación de
armas nucleares israelíes. Un primer equipo los sacaba
de los contenedores, mientras que otro transportaba
sobre plataformas con ruedas las grandes ojivas
metálicas destinadas a servirles de envoltorios. Esta
separación original era un subterfugio. Dado que una
bomba atómica solo puede ser tal si se juntan sus dos
elementos, los israelíes siempre pudieron declarar
públicamente que no habían introducido armas
nucleares en el próximo Oriente. Los portaaviones
americanos de la VII Flota empleaban un truco parecido
cuando hacían escala en los puertos japoneses.
El montaje de las bombas era una maniobra
delicada. Los técnicos repetían cada semana los mismos
movimientos hasta que podían realizarlos con los ojos
vendados. Hasta ahora, estas bombas solo se habían
montado para hacer ejercicios, con una sola excepción,
acaecida antes del amanecer del nueve de octubre de
1973, 72 horas después del comienzo de la guerra del
Yom Kippur. Aquella noche, los sirios habían roto el
frente israelí del Norte. El corazón de Israel, los ricos
llanos de Galilea, se había encontrado entonces
indefenso. Moshe Dayan, en un estado de suma
agitación, había advertido a Golda Meir que el país se
hallaba amenazado por una catástrofe comparable a la
destrucción del segundo Templo de Jerusalén por las
legiones romanas enfurecidas.
Consternada, pero resuelta, Golda Meir había dado
la orden que había esperado no tener que dar jamás: la
preparación de un bombardeo nuclear contra los
enemigos de Israel. Por fortuna, la ofensiva siria se
había interrumpido milagrosamente y se había podido
anular la operación. Ahora, en los túneles intensamente
iluminados, los técnicos volvían a montar estas bombas
atómicas.
En la sala de control de cada túnel, un ordenador
calculaba la regulación de sus detonadores, a fin de que
unas explotasen en el suelo, y otras, a diversas altitudes,
aumentando de este modo su poder de destrucción. Una
vez montada, cada bomba era colocada en una vagoneta
capaz de transportar cuatro a la vez.
Ocho minutos y cuarenta y tres segundos habían
transcurrido entre la llamada de los altavoces y el
momento en que el primer cargamento penetró en el
ascensor que conducía a los «Phantom».

Estas bombas representaban la última etapa de un


programa nuclear que tenía casi tantos años como el
Estado de Israel.
Promotor de este programa había sido el primer
presidente del Estado de Israel, Chaim Weizmann,
brillante sabio sionista.
Siguiendo su consejo, y a pesar de fuertes
oposiciones en el seno del Gobierno, David Ben Gurión,
indomable fundador del Estado judío, había impulsado
a Israel por el camino del átomo desde principios de los
años cincuenta.
Su primer puntal en este campo había sido Francia,
que, desafiando a sus aliados angloamericanos, se había
embarcado también en un programa de armamento
nuclear independiente. Como ya no tenían acceso a la
tecnología de los ordenadores norteamericanos, los
franceses pidieron ayuda, para ciertos cálculos, a los
cerebros del Instituto Weizmann, de Rehovot, en las
afueras de Tel Aviv. Los israelíes le comunicaron
también su procedimiento de fabricación de agua
pesada. A cambio de ello, Francia les permitió participar
en la prueba de su primera bomba atómica en el Sahara,
favor gracias al cual se libró Israel de tener que hacer
experimentos por su cuenta. Por último, en 1957, los
franceses se avinieron a vender a Israel un reactor
experimental que funcionaba con uranio natural y que,
según sabían los sabios de ambos países, podría un día
producir plutonio de calidad militar.
Fue el propio Ben Gurión quien eligió el lugar para
las instalaciones atómicas del Estado judío: un pedazo
del desierto del Neguev, fácil de aislar y de proteger, a
treinta kilómetros al sur de su kibbutz de Sde Boker.
Aquel lugar se llamaba Dimona, en recuerdo de la
ciudad que se había alzado allí en tiempos de los
nabateos. Cuando los ingenieros se instalaron allí para
construir el centro nuclear, el Gobierno decidió
disimular su verdadero objeto haciéndolo pasar por una
fábrica de tejidos. La cúpula plateada que emergió de la
arena fue apodada fábrica de pantalones Ben Gurión.
La vuelta de Charles de Gaulle al poder en Francia,
en el mes de mayo de 1958, puso un brusco fin a la
colaboración nuclear franco israelí. Para un nacionalista
como De Gaulle, el programa nuclear francés sólo
interesaba a Francia.
Israel se encontró, pues, con que tenía los
conocimientos teóricos necesarios para la construcción
de la bomba atómica, pero no el uranio enriquecido o el
plutonio indispensable Esto lo encontró en el sitio más
inesperado: una fabrica de mísero aspecto de las afueras
de Apollo, pequeña ciudad de Pensilvania, a cincuenta
kilómetros de Pittsburg. La Nuclear Materials and
Equipment Corporation (NUMEC o Sociedad de
Materias y Equipo Nucleares), fundada en mil
novecientos cincuenta y siete por un ardiente sionista
llamado Salman Shapiro, fabricaba combustible nuclear
y recuperaba uranio muy enriquecido, mediante el
tratamiento de desperdicios procedentes de los
submarinos nucleares norteamericanos.
Entre 1960 y 1967, desapareció de la NUMEC la
inverosímil cantidad de doscientos cincuenta kilos de
uranio de calidad militar. Luego descubriría la CIA que
más de la mitad de aquel uranio, suficiente para fabricar
todo un arsenal, había ido a parar al Neguev [Se supone
que esta sustracción se realizó con el beneplácito del
presidente Jonhson, y tal vez, incluso, con un apoyo
activo. Todas las investigaciones realizadas para tratar
de descubrir la forma en que desapareció aquel uranio
terminaron en fracaso. Cuando el director de la CIA
llevó al presidente Johnson la prueba de que una parte
del uranio que faltaba se encontraba en Israel, se le rogó
que interrumpiese todas sus investigaciones y no
revelase a nadie su descubrimiento].
Así fue cómo, respaldado por su primera generación
de armas atómicas, pudo el Estado judío lanzar su
ataque preventivo en junio de 1967. La segunda
generación vio la luz del día gracias al plutonio extraído
del combustible quemado en el reactor de Dimona por
una instalación de tratamiento construida aquel mismo
año 1967 [ Con el fin de procurarse mineral de uranio
para alimentar el reactor de Dimona, los servicios
secretos israelíes organizaron en diciembre de 1968, la
desaparición de doscientas noventa y nueve toneladas
de uranio en polvo a bordo del buque Sheersberg, que
navegaba entre Amberes y Génova]. A finales de los
años setenta, estos esfuerzos habían hecho de Israel la
séptima potencia nuclear del mundo. En realidad, las
bombas que salían de su escondrijo en el fondo del
desierto formaban parte de una fuerza disuasoria
nuclear que podía creerse al menos igual a la de
Inglaterra y, sin duda, superior a la de China.

—Párate allí, tengo que comprar cigarrillos.


Yuri Avidar jefe del Servicio de Información del
Ejército israelí, había hecho señal a su chofer para que
se detuviese en la avenida de Jaffa, de Jerusalén. Saltó
del coche y corrió a comprar una cajetilla de «Europa»
en la tienda de tabacos de la esquina de la calle.
En vez de volver en seguida al automóvil, echó a
andar en dirección opuesta, hacia una cabina telefónica
que se encontraba a unos treinta metros de distancia.
Avidar se sabía de memoria el número de su
corresponsal.
Antes de marcarlo, encendió un cigarrillo. Le
temblaba la mano.
Sintió que gotas de sudor resbalaban en su frente. Se
dispuso a echar una moneda en la ranura. Su mano se
detuvo a medio camino.
—¡Dios mío! ¡No voy a poder!
Entreabrió la puerta para respirar una bocanada de
aire fresco. Entonces le acometió un deseo irresistible
de marcharse de allí. Para calmarse, se fumó el cigarrillo
succionando largamente. Después, resueltamente,
introdujo la moneda en la ranura del aparato y marcó el
número de la Embajada de los Estados Unidos en Tel-
Aviv.

La sirena hizo saltar de sus cómodos sillones a los


jóvenes pilotos de las fuerzas aéreas israelíes que
estaban viendo la televisión. Tres toques: una misión
aire- tierra. Dos toques habrían significado una alerta
aire-aire. Cogieron sus cascos y sus chalecos salvavidas
amarillos, cruzaron corriendo el patio e irrumpieron en
el puesto de mando de su escuadrilla. En el mismo
momento, las primeras vagonetas que transportaban las
bombas atómicas salían de los ascensores en los
refugios donde esperaban los «Phantom», en el extremo
de una pista subterránea que desembocaba en el
desierto. La instrucción duró sólo unos minutos, el
tiempo necesario para comunicar a los pilotos las
frecuencias de radio que habían de emplear en caso de
urgencia y las normas de vuelo que tenían que observar
para que el ataque estuviese coordinado a la perfección.
Al teniente coronel Giora Laskov, jefe de la
escuadrilla y uno de los pilotos más antiguos de Israel,
le tocó como objetivo la base aérea gigante de Uba Ben
Nafi, o sea, la antigua instalación norteamericana
Wheelus, en las afueras de Trípoli. A sus compañeros
les fueron asignadas como blanco las otras bases libias
de Bengasi, Tobruk, Al-Adm y Al-Awi.
Como los tres cuartos de los pilotos israelíes,
Laskov, de treinta y cinco años, era un kibbuíznik.
Durante sus quince años de servicio con la élite de las
Fuerzas Armadas israelíes había tomado parte en dos
guerras y acumulado más de tres mil horas de vuelo,
primero en los «Mirage» y después en los «Phantom».
Su entrenamiento era tan cabal y tan perfecta su
preparación para cualquier clase de urgencia, que ni un
solo músculo de su rostro se contrajo al enterarse de
que no se trataba ya de un ejercicio, sino de ir a lanzar
bombas atómicas de veinte kilotones sobre objetivos
enemigos verdaderos.
Como era el que debía cubrir una distancia mayor,
Laskov debía ser el primero en despegar. Corría ya hacia
su aparato cuando se sintió de pronto abrumado por la
enormidad de su misión. Se volvió a los jóvenes pilotos
de su escuadrilla. Sus semblantes parecían reflejar el
mismo horror que él acababa de sentir. Petrificado,
buscó algo que decirles. Pero comprendió que ninguna
palabra era adecuada en un momento tan dramático.
Se limitó a levantar su casco y a sonreír tristemente,
como deseándoles buena suerte a todos. Después, con
paso firme, desapareció en el ascensor. Eran las diez y
cuarenta y dos. Sólo hacía cincuenta y cuatro minutos
que el general Dorit había salido de la sala del Consejo
de Ministros para llamar al «Agujero».

Menahem Begin se quitó las gafas, apoyó la frente


en una mano y se frotó suavemente las cejas. Era una
señal de la profunda angustia en que se hallaba sumido
el Primer Ministro de Israel.
«¿Cómo se habrán enterado?», no dejaba de
repetirse, con desesperación. Ningún otro país había
tomado tantas precauciones como el suyo para proteger
con el más absoluto secreto su fuerza nuclear. Desde la
guerra del Yom Kippur, todos los procedimientos
concernientes a su eventual utilización habían sido
analizados, controlados, pasados por el tamiz de los
ordenadores, a fin de asegurarse de que ninguna señal
reveladora podría detectarse por satélite ni ninguna
conversación comprometedora podría ser interceptada
por la vigilancia electrónica. A pesar de ello, y apenas
una hora después de dar la orden de atacar a Libia,
Menahem Begin había recibido una llamada telefónica
del embajador de Francia. Con voz cargada de emoción,
el diplomático francés le había transmitido un
ultimátum del Kremlin amenazando a Israel con
inmediatas represalias nucleares, si no renunciaba
inmediatamente a su agresión contra Libia.
«¿Cómo habían podido reaccionar los rusos de una
manera tan fulgurante?», se preguntaba Begin, lleno de
asombro. Conocía su inercia tradicional al comienzo de
toda crisis internacional. Sabía incluso, por su Servicio
Secreto, que los dirigentes del Kremlin temían desde
hacía mucho tiempo el peligro que implicaba su lentitud
de decisión en casos de urgencia. Curiosamente aquella
rígida dictadura se convertía de hecho en una especie de
democracia en periodos de tensión mundial. Al
contrario de los Estados Unidos y de Francia, donde un
solo hombre podía desencadenar un holocausto nuclear,
al menos nueve de los veinticuatro miembros del
Comité Central del Partido Comunista debían aprobar,
por escrito, cualquier intervención militar. La amenaza
de aniquilar Israel había requerido, indudablemente,
aquel consentimiento. ¿Cómo habían podido obtenerlo
tan de prisa, si no habían sido advertidos en el mismo
momento de iniciarse la crisis?
«¿Y si los rusos se tiraban un farol? ¿No sería una
baladronada apoyada en sus misiles, como la de
Kruschev en Suez? Pero, ¿tenía él derecho a poner en
peligro la existencia de su país, fundándose en esta
presunción?»
Menahem Begin consultó su reloj. Dentro de doce
minutos los primeros «Phantom» alcanzarían su
objetivo. Era demasiado tarde para convocar un nuevo
Consejo de Ministros: tenía que decidir él sólo.
Se acercó a la ventana. Con los hombros aún más
encogidos, palpitándole el fatigado corazón, el
«gentlemen polaco», como a menudo era llamado,
contempló las aborregadas colinas de Judea, los
monumentos del Israel moderno, el edificio, en forma
de pagoda del Knesset, los de la Universidad Hebrea, la
cúpula blanca del Museo de Jerusalén, resplandeciente
de sol.
Sobre una altura, justo más allá de su campo visual,
se levantaba cl monumento funerario que le era más
querido, la Tienda del Recuerdo, donde ardía una llama
eterna en memoria de las victimas de la persecución
nazi, entre las que se hallaban la mayoría de los
miembros de su familia. Begin había jurado sobre el
altar de aquellos seis millones de muertos, que su
pueblo no sufriría jamás un nuevo holocausto. ¿Debía
arriesgarse hoy a quebrantar aquel juramento,
manteniendo su orden de ataque preventivo contra
Libia? La exigencia soviética era trágicamente sencilla
y directa. Y, sin embargo Ranan tenía razón. ¿Cómo
podría vivir bajo la continua amenaza de ser aniquilado
por un fanático como Gadaffi?
Pegar primero y explicarse después. He aquí lo que
había tratado de hacer. En esta terrible partida de
ajedrez, sabía que sólo los norteamericanos podían
adelantar el único peón capaz de detener a los rusos:
amenazarles, a su vez con un holocausto atómico. Pero,
¿se avendrían los norteamericanos a correr este riesgo,
cuando descubriesen que Begin se había lanzado a esta
aventura contra sus requerimientos, no vacilando en
poner en peligro la vida de diez millones de
neoyorquinos para salvaguardar previamente su país?
La situación se iluminó de pronto ante sus ojos. Los
rusos no habían descubierto nada. Ni ellos, ni nadie. Lo
único ocurrido era que los norteamericanos no se
habían fiado de los israelíes. El presidente de los
Estados Unidos había comprendido que nada podría
detenerles. Y había descolgado el teléfono rojo y avisado
a los rusos.
Envejecido de pronto, más encorvada la espalda,
con la muerte en el alma, Menahem Begin descolgó
también su teléfono.

Bajo el ala de su «Phantom», que volaba a quince


mil metros de altura en el esplendor azulado del éter, el
teniente coronel Laskov distinguía la centelleante
inmensidad del Mediterráneo.
Sólo oía el soplo regular de su máscara de oxígeno.
Apoyadas las manos en los mandos observaba los
instrumentos de a bordo que le conducían, a velocidad
doble de la del sonido, hacia su objetivo. En la pantalla
del radar empezaron a dibujarse los contornos de la
costa Libia, a menos de trescientos kilómetros de
distancia. Dentro de nueve minutos se encontraría
encima de Trípoli.
Una señal crepitó en sus auriculares. «Shadrock...
Shadrock... Shadrock...» repitió una voz. Laskov hizo
una profunda aspiración de oxigeno, empuñó la palanca
e imprimió a su «Phantom» un giro de ciento ochenta
grados sobre el ala. La tierra de África desapareció de su
radar. La operación «Masfa» había sido anulada.
CUARTA PARTE
ES TAN ASTUTO COMO UN ZORRO
DEL DESIERTO

En Washington, eran las 3,50 de la mañana del


lunes 14 de diciembre. Habían pasado tres horas y
cincuenta minutos desde la explosión libia en el mar de
arena de Awbari. La capital de los Estados Unidos
dormía bajo su manto de nieve helada. Ninguna señal
permitía adivinar que acababa de estallar una crisis.
Pero esta quietud superficial ocultaba en realidad una
intensa agitación.
Desde la medianoche, los principales recursos
tecnológicos del Estado americano se hallaban en
acción. Desde la sede del FBI y desde el Cuartel General
de la CIA, al otro lado del Potomac, partían cada
segundo mensajes ordenando a los agentes y espías que
trabajaban para los Estados Unidos en todo el mundo,
que empleasen todos los medios para descubrir de
quién había aprendido Gadaffi el secreto de la bomba H,
cómo había podido construirla y quién la había
introducido en Nueva York.
En Olney (Maryland), los vigilantes del Centro
Nacional de Alerta sólo tenían que marcar el número 33
en su teléfono de teclas para lanzar la alarma atómica
general de un extremo al otro del país. A varios
kilómetros de allí, los técnicos de la Agencia de
Seguridad Nacional interceptaban, registraban, ponían
en ordenador y aprovechaban con ayuda de un
extraordinario sistema de claves, todas las
comunicaciones telefónicas y las emisiones de radio que
cruzaban el espacio. Esta noche acechaban el éter con la
esperanza de descubrir en él una palabra, una frase, un
mensaje capaz de poner a los investigadores sobre la
pista de los terroristas de Gadaffi. No lejos de allí, el
Cuartel General subterráneo de los equipos Nest de
investigación de explosivos atómicos estaba en plena
efervescencia. Seis veces, en su corta historia, se había
precipitado ya estos equipos a la caza de una bomba en
las calles de una ciudad norteamericana. Nadie se había
enterado nunca de nada. Ahora, dentro de unas horas,
los doscientos agentes transportados por los «Sterlifter
C-141» movilizados al empezar la jornada estarían
rodando por las arterias de Manhattan con todo su
material de detección, en furgonetas anónimas,
alquiladas a «Hertz» o a «Avis». Tampoco ahora sabría
nadie quienes eran ni lo que buscaban. Secreto y rapidez
eran la regla de oro de las operaciones Nest. Secreto,
para evitar que los terroristas, al sentirse descubiertos,
hiciesen explotar su ingenio, y también para impedir
todo riesgo de pánico en la población. Rapidez, porque
cada minuto se contaba por millares de vidas humanas.
Precursores de los grandes «Sterlifter», dos
aparatos, un birreactor «Beechcraft King Air 100» y un
helicóptero «H- 500», con discretas matriculas civiles,
se habían posado ya en la base aérea McGuire, de Nueva
Jersey. Transportaban un primer grupo de una veintena
de técnicos, una instalación de radio para doscientos
receptores y una decena de detectores de neutrones a
base de trifluoruro.
El hombre a quien había de incumbir la terrible
responsabilidad de dirigir la búsqueda de la bomba
rodaba ya en un automóvil corriente por la autopista
que llevaba de McGuire a Nueva York. Con sus dos
metros de estatura, su rostro curtido, sus botas y
sombrero de cowboy, su camisa a cuadros y su amuleto
navajo colgado del cuello, el físico atómico Bill Booth,
de cincuenta y dos años, parecía salido de un anuncio de
los cigarrillos «Marlboro». La llamada urgente le había
sorprendido en el sitio donde no podía dejar de
encontrarse en un fin de semana de invierno: en las
pistas de esquí de Cooper Mountain, Colorado. Ahora,
rodando a toda velocidad hacia Nueva York, se sentía
invadido por unas vagas náuseas ante la idea de lo que
le esperaba. Este malestar lo experimentaba cada vez
que su beeper le enviaba, al frente de sus equipos, a las
calles de una aglomeración norteamericana. Sin
embargo, estos equipos eran de su creación.
Años antes de que un novelista imaginase el primer
thriller sobre un chantaje atómico, Booth había sentido
venir la amenaza del terrorismo nuclear. La primera
visión apocalíptica de esta posibilidad la había tenido en
uno de los lugares menos adecuados para esta clase de
espectáculo entre los olivares y los bancales cultivados
de un pueblecillo español de pescadores llamado
Palomares. Había sido enviado allí en 1964, con un
equipo de físicos y especialistas en armamento nuclear,
para tratar de recuperar las bombas atómicas de un
bombardero «B-29» que se había estrellado en la
región. Su equipo disponía de los aparatos de detección
y de las técnicas de rastreo más modernos. Durante días
y semanas, buscaron incansablemente. Solo
encontraron unos montones de abono y unos cuantos
guijarros débilmente radiactivos. Si no había podido
descubrir un rosario de bombas en campo raso, Booth
no necesitaba tener mucha imaginación para adivinar
que aún sería más difícil encontrar una bomba nuclear
escondida por un grupo de terroristas en un sótano o en
un desván en pleno centro de una ciudad.
Desde su regreso a Los Álamos, donde era uno de
los responsables de la fabricación de armamentos
nucleares, había luchado por preparar a América para
hacer frente a la crisis que, con toda seguridad, no
dejaría de afectar un día a una ciudad norteamericana.
Y, sin embargo, a pesar de todos sus esfuerzos, Booth
sabía que sus equipos, por perfeccionado que fuese su
material, eran incapaces de cumplir la tarea que les
incumbía. En una ciudad donde un bosque de
rascacielos de acero y de cristal ofrece tantos obstáculos
naturales, es utópico confiar en descubrir una emisión
de radiaciones y dirigirse a una bomba como el perro de
caza sigue la pista de una presa.
Sombrío y melancólico, Bill Booth deslizó su mirada
sobre las chimeneas de las refinerías de Nueva Jersey,
que flameaban en la noche. Después, súbitamente,
percibió compacto y espléndido, el promontorio de
Manhattan iluminando las tinieblas con una lluvia de
estrellas. Entonces recordó una frase de Scott Fitzgerald
que había aprendido en el colegio. Descubrir Nueva
York de esta manera, desde lejos, «era captar una loca
imagen del misterio y de la belleza del mundo». Se
estremeció. Los rascacielos de Manhattan no brindaban
esta noche a sus ojos ninguna promesa de belleza. sabía
que, por el contrario, le esperaba allá abajo el infierno,
el desafío más terrible con que él y sus hombres habían
tenido que enfrentarse jamás.

En Washington, estaban iluminados varios pisos del


ala oeste de la Casa Blanca. Encerrado en su estrecho
despacho lleno de papeles, Dick Kallsen, de treinta y dos
años, redactor titular de los discursos presidenciales
había empezado a escribir la alocución radiotelevisada
que el jefe del Estado debería pronunciar en la
eventualidad de que una filtración revelase la amenaza
de Gadaffi a la población.
—No hay que mentir —le había dicho Eastman—,
pero trate de disimular lo suficiente para que nadie
piense que esa bomba podría matar a cinco millones de
neoyorquinos. El discurso tiene que tranquilizar a la
gente, animarla, apaciguarla.
Con los ojos enrojecidos por la fatiga, Kallsen
levantó la cabeza, hizo girar el rodillo de su máquina de
escribir y empezó a releer el resultado de sus primeros
esfuerzos:
«Queridos compatriotas: No tenemos hasta ahora
ningún motivo para creer que esta bomba signifique
una amenaza inmediata contra la vida y la seguridad de
los habitantes de Nueva York.
De acuerdo con nuestros aliados del mundo libre
con la Unión Soviética, con la República Popular de
China, nosotros...»
Un piso más arriba, Jack Eastman contemplaba con
aire cansino, la poco apetitosa hamburguesa qué había
ido a buscar al distribuidor automático del sótano, en
sustitución de su comida dominical. Su despacho estaba
lleno de fotografías y de recuerdos que ilustraban su
carrera; eran otras tantas etapas en el camino que había
llevado a este militar al puesto de consejero del
presidente en cuestiones de seguridad nacional. Allí
estaba como joven piloto de un «F-86» en Corea;
después, cuando se diplomó en dirección de empresas
en la Harvard Business School. Cuatro platos de
porcelana de Delft, comprados en Bruselas, recordaban
su pertenencia al Cuartel General de la OTAN. En
sendos marcos de plata colocados sobre su mesa había
también una fotografía de su esposa Sally y otra de su
hija Cathy, de diecinueve años tomada hacía dos, con
ocasión de la ceremonia de fin de curso en la Cathedral
School de Washington.
Eastman había advertido siempre una sonrisa
maliciosa en aquella foto.
Y ahora contemplaba esta sonrisa, incapaz de
desprenderse de ella incapaz de apartar su pensamiento
de aquella ufana muchacha vestida de blanco. De pronto
sintió un nudo en el estómago.
Cerrando los ojos ante la amada imagen apoyó la
cabeza en las palmas de las manos, esforzándose por
contener su emoción y recobrar las virtudes de
disciplina que habían inspirado toda su vida. La hija
única de Jack Eastman era estudiante de segundo curso
en la Universidad Columbia de Nueva York.

El taxi amarillo hizo un eslálom entre el enjambre


de Rolls y de Cadillac que bloqueaban, como todas las
noches, los aledaños del «Studio 54». Un portero, con
galones se apresuró a recibir a la joven que se apeó de
aquél y la acompañó a través de la multitud de curiosos
que se apretujaban en la acera, deseosos de ver algunas
de las celebridades que frecuentaban la discoteca que
estaba más de moda en Nueva York. Agitada aún por las
intensas horas que acababa de vivir con sus dos
hermanos en el almacén donde estaba la bomba, Leila
Dajani vaciló antes de sumergirse en aquella bacanal.
Doce reflectores encendían, en un torrente psicodélico
de luz, un bosque de módulos luminosos que giraban en
el techo como peonzas incandescentes. Estallando al
ritmo desenfrenado de los altavoces, unos
estroboscopios lanzaban haces de relámpagos sobre los
paños escarlata que tapizaban las paredes. Leila dio
unos pasos hacia la fosforescente pista de baile, donde
las glorias del jet set neoyorquino e internacional se
contorsionaban en un frenesí de rítmicas acrobacias.
Lanzó un beso furtivo a la sombría Bianca Jaeger, ex
ninfa Egeria de los Rolling Stones la cual se contoneaba
en un mini short de seda que no dejaba nada a la
imaginación, y después envió otro a Margaret Trudeau,
la infatigable ex primera dama del Canadá, embutida en
un corpiño de lentejuelas y un pantalón de corsario que
caía sobre unas boots blancas con bordados.
Lascivamente tendida sobre un canapé de terciopelo
rojo, en medio de un grupo de jóvenes admiradores
vestidos de smoking, la bella actriz Marisa Berenson
parecía imperar como en una escena de su película
Barry Lyndon. Más allá resplandeciente como siempre,
Jackie Kennedy luciendo vestido tubo de oro pálido y
blusa casaca de crespón gris, sobre el que se
derramaban varias hileras de perlas de oro y plata,
bailaba con el célebre agente literario californiano
Swifty Lazar. En un rincón una especie de buda negro
con pantalón y chaleco de cuero y manos sujetas por
una cadenita de plata a un cinturón que le apretaba las
caderas, beatífico el semblante bajo el efecto de algún
éxtasis interior, se balanceaba en una danza solitaria.
Leila necesita más de diez minutos para abrirse paso
entre las manos y las miradas que trataban de atraerla
a los sofás, a los sillones, a los mullidos cojines que
flanqueaban la pista. Cuando percibió al fin, el grupo
que buscaba, corrió hacia él y se abrazó a un mozo alto,
cuya tupida cabellera rubia caía sobre el desabrochado
cuello de una camisa de seda.
«Michael, ángel mío —murmuró—, te pido perdón
por llegar tan tarde.
Michael Laylord la abrazó. Tenía rostro de arcángel,
ojos azules, facciones de regularidad casi demasiado
perfecta y boca exquisitamente sensual.
—Amor mío, ¡sabes que te perdonaría aunque me
matases!
La atrajo suavemente sobre los cojines del canapé.
Un cigarrillo de marihuana circulaba a su alrededor
Michael se apoderó de él y lo puso entre los labios de
Leila. La joven aspiró profundamente, reteniendo el
humo hasta perder el aliento, y lo espiró poco a poco
por la nariz. Michael iba a pasar el cigarrillo a otra
persona, pero Leila se lo quitó de la mano para inhalar
una nueva bocanada. Después se echó atrás con los ojos
cerrados, abandonándose a la dulce euforia de la droga.
Cuando volvió a abrir los ojos, vio encima de ella el bello
rostro de Michael, que la miraba con ternura.
—¿Bailamos?
En la pista, Leila se lanzó a la rompiente de las
ondas sonoras, cerrando los ojos para gozar
completamente de su sueño, en las nubes de un viaje
fuera del tiempo y del espacio.
—¡Sucio negro!
Aquel grito disipó su ensueño. El buda negro al que
había observado al entrar acababa de derrumbarse
sobre la pista, ensangrentado el rostro, contraída la
boca por el dolor. Su agresor, un joven con smoking de
seda blanca y lentejuelas, enrojecidos los ojos por el
alcohol, tuvo tiempo de largarle un último puntapié en
el vientre antes de que se interpusiesen dos camareros
con shorts de seda.
Leila se estremeció.
—¡Qué horror! —gimió, precipitándose hacia aquel
desdichado, alrededor del cual seguía girando la
multitud indiferente de los que bailaban.
Michael tiró suavemente de su mano para
conducirla de nuevo a su mesa.
La joven se tambaleaba de asco y de indignación.
—¿En que mundo odioso vivimos, Michael?
—murmuró.
Sus ojos brillaban excitados. Tenía un aire lejano,
hostil «¿Era demasiado fuerte la nueva hierba
colombiana?», se preguntó Michael. Enjugó el sudor de
su frente y le sonrió. Pero tuvo la impresión de que ella
estaba ausente.
«No es un mundo para los pobres y los débiles,
¿verdad, Michael? En realidad, no pueden esperar nada.
¿Justicia, consideración igualdad? ¡Bah! Patadas, sí. A
menos que procuren obtener aquéllas por su cuenta. Y
para esto no hay más que una manera: la violencia.
Lo había dicho con una vehemencia que asombró a
Michael.
—No todo ha de ser violencia Linda. —Sólo la
conocía por su nombre falso—. Hay otras maneras.
—¡No para los débiles y los oprimidos! —Levantó los
brazos en dirección a los que bailaban en la pista—.
Ellos sólo lo entienden cuando es demasiado tarde. Sólo
les interesa su cuerpo, sus placeres su dinero. Los
pobres, los apátridas, los expoliados ¡les tienen sin
cuidado! Hasta que estalla la violencia, ¡el mundo
permanece sordo!
—No pensarás realmente lo que dices, ¿verdad,
Linda?
—¡Claro que lo pienso! —Su voz bajó de tono, hasta
convertirse en un murmullo. —Hay un dicho en nuestro
Corán, un dicho terrible, pero que expresa muy bien lo
que quiere decir: «Si Dios tuviese que castigar a los
hombres por sus faltas, no dejaría siquiera un animal
sobre la Tierra».
—¿Tu Corán? Pensaba que eras cristiana, Linda
Leila se puso rígida.
—Ya sabes lo que quiero decir —balbució—. El
Corán es árabe, ¿no?
Alguien encendió otro porro y se lo ofreció a
Michael. Este lo rehusó.
—¡Salgamos de aquí! —dijo.
Leila tomó en sus manos la cara de su amante y le
acarició las sienes. Permaneció así un largo rato,
contemplándole.
—Sí, Michael; salgamos.
Cuando se abrían paso hacia la salida, un
hombrecillo que llevaba un abrigo de terciopelo malva
se acercó a ellos.
—¡Querida Linda! ¡Estás absolutamente divina!
Leila reconoció la cara mofletuda, un poco
churchiliana del escritor Truman Capote.
—Ven y te presentaré a todas mis encantadoras
amistades —Capote atrajo a la joven hacia el areópago
de duquesas italianas volcadas a su alrededor—. La
princesa ofrece mañana un almuerzo en mi honor
—anunció, con entusiasmo, mostrando a una criatura
envuelta en un poncho de encaje negro y cuya cara
debía de haber sufrido varias veces las valiosas
intervenciones de cirujanos estéticos de ambas
Américas—. Es absolutamente preciso que vengas.
—Dirigió una mirada radiante a Michael—. Y, sobre
todo, ¡no olvides traer a ese estupendo joven!
Capote se inclinó hacia Leila.
—Todo el mundo estará allí. Gianni4 viene
especialmente de Turín, sólo por mí—. Su voz se
convirtió en un murmullo de conspirador. Incluso
Teddy (Kennedy) vendrá de Washington. ¿No es
maravilloso?
Repartiendo besos y promesas, Leila consiguió
eclipsarse. Por encima del rugido ensordecedor de la
música, oyó la voz del escritor que le gritaba:
—¡No lo olvidéis, queridos! El miércoles, a la hora
del almuerzo. Todo el mundo estará allí.

Media hora después de que el presidente hubiese


reclamado su presencia, llegaron a la Casa Blanca los
tres primeros expertos en materia de psicología
antiterrorista. El doctor John Turner, un gigante flaco
y triste de un metro noventa de estatura, dirigía la
sección de asuntos psiquiátricos de la CIA. El doctor
Bernie Tamarkin, de cuarenta y ocho años, cuyos ojos
hinchados por el sueño y cuyo aire de querubín fatigado
no correspondían a la imagen que solemos forjarnos de
un maestro de la Medicina, era uno de los grandes
psiquiatras de Washington y eminente especialista en
psicología terrorista. Lisa Dyson era una joven morena,
a la que un maquillaje un poco exagerado, el ajustado

4
Gianni Agnelli, presidente de «Fiat»
pantalón vaquero y los tacones altos de sus zapatos,
daban un aire jaranero un tanto incongruente en aquel
lugar. Responsable del desk libio en la dirección de la
CIA, había pasado tres años en Libia, a principios de los
setenta, como segundo consejero de la Embajada
americana. De todos los funcionarios gubernamentales
que estaban siendo movilizados en esta crisis, era la
única que había conocido personalmente a Gadaffi. El
dictador libio se había fijado un día en ella, durante una
recepción. Con una simpatía a la que la joven
norteamericana no había sido insensible, la había
invitado a tomar un vaso de zumo de naranja, antes de
dedicarle media hora entera de conversación aparte.
El general Eastman hizo pasar a los visitantes a su
despacho, donde se encontraba ya el experto
antiterrorista del Departamento de Estado, su colega de
la CIA y algunos otros responsables. Les expuso
brevemente la situación, cuyo horror borró
inmediatamente toda huella de sueño en el semblante
del doctor Tamarkin. Cuando hubo terminado, Lisa
Dyson sacó de su cartera una carpeta de dieciocho hojas
y cubiertas blancas, con el sello azul pálido de la CIA, y
el rótulo confidencial y titulada: «Estudio de la
personalidad y del comportamiento político — Moamar
Gadaffi.
Este estudio formaba parte de un programa secreto
emprendido por la CIA a finales de los años cincuenta.
Tenía por objeto aplicar las técnicas de la psiquiatría al
estudio, en sus más íntimos detalles, de la personalidad
y del carácter de cierto número de lideres
internacionales, a fin de poder prever, con cierto grado
de certeza, sus reacciones en caso de crisis Castro,
Nasser, Charles de Gaulle, Kruschev, Brezhnev, Mao Tsé
Dong, el Sha Jomeiny: todos habían pasado por los
microscopios de los disectores de la CIA. Ciertos
elementos de las imágenes de Castro y de Kruschev
habían proporcionado una ayuda decisiva a John
Kennedy en sus negociaciones con ambos durante la
crisis de los misiles cubanos. Cada retrato era fruto de
un esfuerzo financiero y técnico prodigioso. Todo lo que
hacia referencia al modelo había sido examinado: lo que
había influido en su vida, cuáles habían sido los golpes
más importantes que había sufrido, cómo les había
hecho frente y si había utilizado ciertos mecanismos de
defensa característicos. Unos agentes podían recorrer el
mundo entero para comprobar un solo hecho concreto,
para explorar una sola faceta del carácter de un hombre.
Se salía a la caza de viejos camaradas de regimiento
para saber si tal o cual individuo se masturbaba, si
bebía, si echaba pimienta en su comida si iba a la
iglesia, cómo reaccionaba en periodos de stress.
¿Padecía complejo de Edipo? ¿Acaso le gustaban los
muchachos? ¿O eran las chicas, o ambas cosas a la vez?
Había que seguir su evolución sexual. Conocer el
tamaño de su pene. Saber si tenía tendencias sádicas,
masoquistas... Un día, un agente de la CIA había sido
enviado clandestinamente a Cuba con el único objeto de
interrogar a una prostituta con la que Castro había
tenido relaciones en sus tiempos de estudiante.
Eastman contempló sobre la cubierta del expediente
el retrato del hombre que amenazaba con asesinar a su
hija y a diez millones de americanos.
Era de cara flaca, tensa, febril. Se estremeció. No
necesitaba a los expertos para saber que aquel hombre
era un fanático. Le bastaban esos cabellos negros como
el azabache; esos dientes de carnívoro prestos a morder;
esa mirada inquietante que se clavaba en él. Eastman
cerró los ojos una fracción de segundo.
Después, recobró su aplomo.
—Okey, Miss Dyson —dijo, en tono paternal—. La
escuchamos. Pero tal vez podría empezar resumiendo
en una frase el contenido de su informe.
Lisa Dyson reflexionó un momento buscando una
sola idea que pudiese compendiar aquellas dieciocho
páginas que se sabía de memoria.
—Mi estudio demuestra —dijo, que Gadaffi es astuto
como un zorro del desierto, y muy peligroso.

Las luces de los rascacielos de Nueva York parecían


otros tantos ojos brillantes velando en una ciudad
fantasma. Sumergido en una niebla lechosa, Times
Square estaba desierta. Refugiadas bajo la marquesina
de un almacén y temblando de frío, dos prostitutas, con
los muslos al aire, les echaban el gancho a los raros
transeúntes rezagados, en la esquina de Broadway y la
calle 43. A tres manzanas de allí, su rufián se pavoneaba
en la tibieza de las tapicerías de satén dorado de su
bombonera de luces tamizadas. Era un negro robusto,
de unos cuarenta años, con barba cuidadosamente
recortada. Llevaba un gorro de castor blanco hundido
en el cráneo y, a pesar de la débil iluminación de la
estancia, unas gruesas gafas negras. Envuelto en una
chilaba de seda blanca su largo cuerpo musculoso
seguía el ritmo de los encantamientos de Donna
Summer que brotaban de los altavoces de su equipo
estereofónico.
Enrico Díaz se volvió a la chica tendida a su lado.
Era la tercera y más reciente adquisición de su yeguada.
Asió un colgante suspendido de su cuello por una
cadena de oro. Esta baratija, que representaba un pene,
le servia para ocultar algunos gramos de su mejor droga
colombiana. Y a punto estaba de ofrecerle este néctar a
su Dulcinea a cambio de sus abrazos y de su promesa de
permanecerle fiel, cuando sonó el teléfono. La
contrariedad que se pintó en su rostro se convirtió en
franca irritación cuando oyó una voz que le decía:
—Soy Eddie. Necesito verte inmediatamente.
Quince minutos más tarde, el «Lincoln» rosa del
negro, verdadero ice cream con ruedas se detuvo en la
esquina de Broadway y la Calle 46 el tiempo suficiente
para recoger al individuo que le había telefoneado. El
negro lanzó una desdeñosa mirada en dirección al
pasajero que se había levantado el cuello del abrigo para
ocultar su rostro. Decenas de hombres y de mujeres
eran abordados como él en aquel mismo momento, en
bares, restaurantes, esquinas y apartamentos de Nueva
York. Enrico Díaz era confidente del FBI. Debía esta
distinción a la mala suerte de que le hubiesen
sorprendido, una noche, con una docena de bolsitas de
heroína en su automóvil. Y no era que Enrico tocase el
polvo. El era un caballero. La droga iba destinada a una
de sus mujeres. El caso se había resuelto con una
transacción: para evitarse de ocho a quince años de
residencia en el presidio de Atlanta, Enrico se había
avenido a charlar de vez en cuando con el FBI. Aparte
de su servicio de alcahuete, este hijo de negra y de
puertorriqueño era uno de los principales miembros del
Movimiento clandestino de Liberación de Puerto Rico,
organización por la que sentía el FBI considerable
interés.
—Se trata de algo gordo, Rico —gruñó el hombre
que acababa de sentarse a su lado.
—Con ustedes, ¡siempre es algo gordo! —suspiró
Rico, conduciendo su coche.
—Buscamos a unos árabes, Rico.
—Los árabes no se acuestan con mis chicas. Son
demasiado ricos para eso.
—No me refiero a esa clase de árabes, Rico. No a los
que se acuestan con las chicas, sino a los que hacen
volar a la gente por los aires. Como tus compañeros del
FALN.
Rico dirigió una mirada circunspecta al policía. Este
prosiguió:
—Tienes que decirme cuanto sepas de los árabes,
Rico: árabes que busquen armas, papeles, un
escondrijo, cualquier cosa.
Rico sacudió la cabeza, haciendo una mueca.
—No he oído nada, amigo.
—Pues tendrás que informarte, Rico.
Al negro le roncaron suavemente las tripas. Toda la
incomodidad de su doble vida se expresaba en sus
borborigmos. Pero la vida era un negocio. Tanto das,
tanto recibes. Si aquel tipo quería algo, que pague.
—Escucha guripa —dijo con la voz zalamera que
reservaba para las grandes ocasiones, una de mis chicas
está atrapada; en la comisaría 18.
—¿Qué ha hecho?
—¡Oh! Un tipo no quiso pagar, y entonces ella...
—Le van a echar cinco años por intento de
homicidio, ¿no?
La boca de Rico se abrió en una enorme mueca.
—Así es, amigo.
—Párate allí —ordenó el Fed, señalando el bordillo
de la acera—. La cosa es gorda, Rico. Realmente gorda.
Descubre lo que busco sobre los árabes, y te devolveré
a tu pupila.
Rico observó al policía mientras éste se perdía en
Broadway. No podía dejar de pensar en la muchacha
que le esperaba sobre el sofá de satén dorado en sus
largas piernas musculosas, en sus labios gordezuelos y
en su lengua experta; en la chica, en fin, a la que se
disponía a enseñar los refinamientos de su nueva
vocación.
Lanzó un largo suspiro y arrancó. Pero no dirigió su
Lincoln hacia el muelle sofá de la Calle cuarenta y tres,
sino hacia los peligrosos barrios del bajo Manhattan.

Desde hacía un cuarto de hora, los hombres


reunidos en el despacho de Jack Eastman iban
descubriendo, con apasionada atención, el retrato del
jefe de Estado que amenazaba con arrasar Nueva York.
Lisa Dyson no perdonaba ningún detalle: su informe
abarcaba todas las facetas de la vida de Gadaffi, su
infancia solitaria y austera en el desierto, conduciendo
los rebaños de su padre; el traumatismo brutal que le
había causado su expulsión de la tienda familiar para
ser enviado al colegio; los desprecios y las humillaciones
infligidos por sus camaradas al beduino ignorante,
porque era tan pobre que tenía que dormir en el suelo
de una mezquita y hacer veinte kilómetros a pie todos
los viernes para volver al campamento de sus padres.
La CIA había encontrado a sus compañeros de
dormitorio en la escuela militar, donde habían
empezado a germinar sus ambiciones políticas. La
descripción que habían dado del Gadaffi adolescente
nada tenía que ver con el joven varón árabe tradicional,
vividor y depravado. Era, por el contrario, la de un feroz
puritano que había hecho voto de castidad hasta el día
en que derribase al rey Idris, de Libia; que rechazaba el
alcohol y el tabaco, e incitaba a sus camaradas a seguir
su ejemplo. Incluso hoy se encolerizaba terriblemente
cuando se enteraba de que su Primer Ministro tenía una
aventura con una de las azafatas libanesas de la
Compañía de aviación de Libia, o con alguna bailarina
romana de club nocturno.
El informe describía el golpe de Estado
cuidadosamente preparado que le había situado el
primero de septiembre de 1969, a sus veintisiete años al
frente de un país que percibía dos mil millones de
dólares al año por derechos petroleros, y recordaba el
nombre en clave que había elegido ya para designar su
operación: El Kuds (Jerusalén). Subrayaba el concepto
extremista, xenófobo del Islam, que había impuesto a su
pueblo años antes de la entrada en escena del ayatollah
de Teherán: el retorno a la sharia, la ley coránica que
decreta la amputación de la mano a los ladrones, la
lapidación de la mujer adúltera, la flagelación de los
borrachos; la transformación de las iglesias de Libia en
mezquitas, los decretos prohibiendo la enseñanza del
inglés y ordenando que todos los rótulos y todos los
documentos oficiales se redactasen en árabe, cómo
había prohibido las casas de tolerancia y el alcohol, y
dirigido personalmente, empuñando el revólver, las
expediciones policiales para el cierre de clubes
nocturnos de Trípoli ordenando personalmente a las
bailarinas desnudas que se vistiesen y disparando
alegremente contra las botellas como un poli de los
tiempos de la prohibición. Había hecho su revolución
cultural y lanzado a la calle muchedumbres analfabetas
para quemar las obras sacrílegas de los autores
occidentales, Sartre, Baudelaire, Graham Green, Henry
James y tantos otros, registrado casas particulares en
busca de whisky, y enviado comandos a los dormitorios
de los obreros de los campos petrolíferos, para arrancar
de las paredes las fotos de mujeres desnudas recortadas
de Playboy. Ciertamente, a su lado, Jomeiny parecía
casi liberal.
El informe analizaba las chocantes sinuosidades de
sus costumbres, sus retiradas al desierto en solitario,
sus súbitas explosiones de furor, su afición a galopar de
pueblo en pueblo a lomos de un corcel árabe, envuelto
en una chilaba blanca que ondeaba al viento. Los
pasajes más inquietantes del documento se referían a la
larga historia de acciones terroristas de las que se
sospechaba que había sido directa o indirectamente
responsable: las matanzas de Lod, Munich y Roma; el
asesinato del embajador norteamericano en Jartum el
intento de torpedear el Queen Elizabeth II, que
transportaba 590 judíos a Israel; sus repetidos intentos
de liquidar a Sadat y de sublevar a las tribus saudíes
contra RIAD; la introducción de millones de dólares en
el Líbano para fomentar la guerra civil, y la dilapidación
de otros millones para ayudar al ayatollah Jomeiny a
derribar al sha.
—Moamar Gadaffi es esencialmente un hombre
solitario, un hombre sin amigos ni consejeros —reveló
Lisa Dyson—. En todas las ocasiones, su reacción a las
nuevas situaciones fue atrincherarse detrás de los
principios de una fe militante. Con demasiada
frecuencia comprobó que la intransigencia es
remuneradora y, en consecuencia, se mostrará
fatalmente intransigente en el caso de una prueba de
fuerza.
Carraspeó y se apartó de la frente un mechón de
cabellos.
—Pero, por encima de todo, la Agencia (la CIA) está
convencida de que en caso de crisis importante, estaría
completamente dispuesto a representar el papel de
mártir a dejarse enterrar bajo las ruinas de la casa, si le
impidiesen dominar el juego. Le gusta mostrarse
imprevisible, y su táctica predilecta, en una crisis,
parece la de golpear el punto más flaco del enemigo.
—¡Jesús, Dios mío! —gruñó Eastman—. En el caso
de Nueva York, no se ha engañado.
—Este es, pues —declaró Lisa Dyson, cerrando su
carpeta—, Moamar Gadaffi.
El experto antiterrorista del departamento de
Estado no pudo contenerse:
—¡Es un Hitler disfrazado de árabe! ¡Un fanático
mucho peor que Jomeiny!
—¡Quiere hacernos retroceder mil años! —confirmó
su colega de la CIA.
—En todo caso, es el personaje con quien nos
enfrentamos hoy —les interrumpió Eastman—, y la
función de todos ustedes es aconsejar al presidente
sobre la manera de tratar con él.
El doctor Tamarkin se había levantado y paseaba
arriba y abajo por el despacho, rascándose
nerviosamente la barbilla. Todos esperaban con interés
el diagnóstico del célebre psiquiatra.
—Tenemos que habérnoslas con un hombre
sumamente peligroso —declaró, gravemente—, un
hombre sediento de venganza. Por él, por su pueblo, por
todos los árabes. ¿Esa historia de condenar a su familia
a vivir en una tienda hasta que todos los libios tengan
una casa? ¡Una gansada! De esta manera castiga a su
padre por haberle echado de la tribu y obligado a
ingresar en aquel colegio donde se sintió humillado.
—Yo creo que el impacto del desierto nos da una
explicación decisiva —dijo con firmeza cl doctor Turner,
el gigante flaco que dirigía la sección psiquiátrica de la
CIA—. La soledad del desierto siempre ha engendrado
fanáticos, porque allí no hay nadie, ningún ser humano
al que confiarse. En el desierto sólo es posible el diálogo
con Dios. Quizás está aquí la clave para llegar hasta él:
Dios y el Corán.
—Puede ser —dijo Tamarkin, continuando su paseo.
Su prestigio de negociador se debía en gran parte a
la habilidad con que se había valido una vez de un
especialista del Corán para convencer a unos
musulmanes negros de Washington de que soltasen a
sus rehenes.
—Puede ser, pero lo dudo —continuó Tamarkin. Ese
hombre se figura que es Dios. ¡Esa historia de cuando,
disfrazado de mendigo, se dirige al hospital a pedir a un
médico que vaya a socorrer a su padre moribundo!
Cuando el médico le dice que dé una aspirina a su
padre, ¡él arroja su disfraz y le expulsa del país! Es la
OMNIPOTENCIA. Se cree Dios. O el sable vengador de
Dios, que es aún peor.
—Sin embargo, sigo creyendo que la religión es
nuestra mejor arma para negociar con él —insistió el
psiquiatra de la CIA.
El doctor Tamarkin interrumpió su paseo.
—Yo no lo creo. No se negocia con Dios. No se
dejaría manipular por medio de la religión. Se dará
cuenta de nuestras intenciones y se sentirá ofendido.
Desde el principio de la crisis, una cuestión había
obsesionado continuamente a Eastman. Ante el horror
de la amenaza, el hecho de planteársela quizás era una
manera de intentar tranquilizarse. Eastman miró al
psiquiatra regordete, cuya opinión hacía las veces de
oráculo entre los especialistas del terrorismo. Formuló
su pregunta con precaución:
—¿Sería una locura esperar que todo esto no sea
más que una baladronada?
—¡Sería pura locura!
A Eastman le chocó la violencia con que le había
respondido el psiquiatra.
—No dude ni un momento de que ese fanático está
dispuesto a cumplir su amenaza, a apretar el gatillo.
Porque lo apretará únicamente para demostrarles que
es capaz de hacerlo.
—Volvamos un minuto al desierto, —propuso el
psiquiatra de la CIA—. La desnudez, la austeridad de la
vida en el desierto, condicionaron siempre de la misma
manera a la gente: la vida se reduce a algunos elementos
simples, fundamentales. Gadaffi irá directamente a su
objetivo, como un beduino caminando hacia su pozo.
Nosotros creemos que los beduinos son taimados,
astutos. ¡Craso error! Son directos y hay que poner las
cartas sobre la mesa al tratar con ellos.
—Hay algo más en lo que respecta a la influencia del
desierto, añadió el doctor Tamarkin, y esto me
aterroriza. No podemos confiar en doblegar a ese
hombre tratando de que se compadezca de Nueva York
o de sus habitantes. —Eastman sintió un escalofrío—. El
odia a Nueva York. Le importan un bledo las colonias
israelíes de Cisjordania. Lo que quiere destruir es Nueva
York. Sodoma y Gomorra. El dinero. El Poder. La
riqueza. La corrupción. El materialismo. Nueva York es
todo lo que él aborrece. Es símbolo de la pesadilla que
teme ver caer un día sobre la austera y ruda civilización
en la que cree. En el fondo de su alma, ha emprendido
la guerra contra lo que representa Nueva York. ¡Quiere
arrasar Nueva York!

El estrépito de un timbre de alarma llenó de pronto


la sala de transmisiones del sótano de la Casa Blanca.
Las pantallas de control se apagaron una fracción de
segundo antes de emitir una señal luminosa, que
anunciaba una noticia urgente. El responsable del
centro pulsó tres botones rojos en su pupitre, mientras
Jack Eastman irrumpía en la sala.
—Mi general, ¡el destructor Allan ha encontrado a
Gadaffi!
Eastman cogió el teléfono secreto que enlazaba la
sala con el Centro de mando del Pentágono.
—¿Dónde está?
—En una villa a orillas del mar, en las cercanías de
Trípoli —respondió el almirante que mandaba el centro
del Pentágono—. Nuestro barco ha identificado su voz
al interceptar una comunicación telefónica, hace media
hora. Ha podido localizar el sitio desde el que hablaba.
La CIA acaba de confirmar que se trata de uno de sus
cuarteles terroristas.
—¡Bravo!
—Acabo de comunicar por radio con el almirante
Moore, de la sexta Flota, —prosiguió el almirante, con
excitación—. Pueden lanzar un misil de tres kilotones
sobre la villa, en treinta segundos.
Eastman tenía fama de morderse la lengua, pero
esta vez, explotó:
—¡Dígales que se dejen de tonterías! —gritó,
furioso—. El presidente ha prohibido formalmente toda
acción militar por el momento. Apáñese para avisar de
prisa a toda la flota.
El consejero de Seguridad nacional pareció de
pronto perplejo. ¿Debía despertar al presidente?
Precisamente a instancias suyas, había ido a descansar
unas horas. No, se dijo, hay que dejarle dormir. Mañana
necesitará todas sus fuerzas.
—Diga a la base de Andrews que envíen
inmediatamente a un avión Catastrophe sobrevolar
Libia. Los aviones Catastrophe eran tres «Boeing 747»
llenos de material electrónico de transmisión
ultraperfeccionado. Podían mantenerse en el aire
durante setenta y dos horas y estaban destinados a
proporcionar al presidente un puesto de mando aéreo
en caso de guerra nuclear.
—Quiero que establezcan urgentemente una
comunicación especial con Trípoli.
Eastman hizo una pausa. Estaba sudando. Se volvió
al responsable, que continuaba a su lado.
—Diga al Departamento de Estado que ordene a
n u e stro en cargad o d e N ego cio s que v a ya
inmediatamente a aquella villa. Que le digan...
—Eastman reflexionó, eligiendo cuidadosamente sus
palabras—: Que le digan que informe al coronel Gadaffi
de que el presidente de los Estados Unidos solicita el
honor de sostener una conversación con él.

El seco ruido de la puerta de entrada al cerrarse sacó


de su sueño a la esposa del general Eastman. El ruido de
puertas cerrándose en la noche había puntuado los
veintisiete años de vida conyugal de Sally Eastman. Lo
había oído en las bases aéreas de Colorado, de Francia,
de Alemania y de Okinawa, siempre que su marido era
llamado para algo urgente; en Bruselas, cuando él
estuvo destinado en la OTAN, y aquí en Washington, al
pasar su marido por el Pentágono y ahora, por la Casa
Blanca.
Escuchó en la oscuridad los pasos que seguían su
itinerario habitual: hacia la cocina, para tomar un vaso
de leche; después, su lenta ascensión de la escalera de
madera de su linda casa de las afueras de Washington.
No encendió la luz hasta el momento en que se abrió la
puerta del dormitorio. Los años habían dado a Sally
Eastman la facultad infalible de descifrar en los rasgos
de su esposo la gravedad de las crisis que le retenían
durante noches enteras.
Al verle entrar, tambaleándose de fatiga, se
incorporó, inquieta.
—¿Qué hora es?
—Las cinco.
Eastman se dejó caer sobre la cama. Había
contestado pensando que disponía de menos de dos
horas para dormir.
—¿Qué sucede? Pareces trastornado.
Lo había dicho con ternura, sin el menor reproche.
Eastman se frotó los ojos y sacudió varias veces la
cabeza como para disipar la fatiga que embotaba su
cerebro. Percibió sobre la mesita de noche, su propia
fotografía al lado de su esposa, sosteniendo, orgullosos,
a su hija Cathy recién nacida.
—Es algo terrible, Sal —dijo débilmente.
Pensaba en las instrucciones formales del
presidente. ¡Cuántas veces, en otras tantas crisis, había
llevado Jack Eastman a cuestas el peso aplastante de un
secreto de Estado! Y también esta vez a pesar de estar
desesperado ante la idea de la suerte que aguardaba a su
hija se habría mantenido fiel al principio fundamental
de toda una vida de disciplina. Pero hoy el presidente
había modificado las reglas de juego.
No había exigido una discreción absoluta a sus
colaboradores. Había hecho que la carga fuese aún más
pesada, al autorizarles a compartir el secreto con sus
esposas.
—Voy a contártelo Sal. Tengo derecho a hacerlo.
Pero ni tú ni yo podemos repetir a nadie lo que voy a
decirte.
Comenzó su relato. La carta, Gadaffi, el ultimátum,
el terrible chantaje. Todo. Después asió la mano de su
mujer y la estrechó con toda su fuerza cerrando los ojos.
Cuando volvió a abrirlos, vio que una expresión de
terror deformaba su rostro.
Y vio que se llevaba las manos a las sienes, y oyó que
lanzaba un grito:
—¡Cathy!
Sally Eastman se había erguido para saltar hacia el
teléfono que estaba encima de la cómoda.
—Sal, ¡no puedes hacerlo!
La había detenido, sujetándola por los hombros.
—Deja que te explique —le dijo, estrechándola
contra su pecho. No veía su cara. Hablaba en el vacío
hundida la mejilla en sus cabellos, vuelta la mirada
hacia el marco de plata de encima de la mesita de noche.
No tenemos derecho a avisar a Cathy, Sal. Sería una
traición. Y esta traición podría tener incalculables
consecuencias. Toda Nueva York podría ser aniquilada.
Ella se agitó y consiguió desprenderse.
—¿Te has vuelto loco? —gritó, con ojos
encolerizados—. Se trata de nuestra hija. Nuestra única
y preciosa hija, a la que condenas a muerte en nombre
de yo no se qué obligación de silencio! —Le agarró de las
solapas de la chaqueta y le sacudió con violencia—.
¡Sería un crimen, Jack!
Contempló el rostro dolorido que tenía ante sí y,
presa de súbita compasión, buscó un argumento capaz
de convencerle.
—Escucha, dijo, ¿crees realmente que tu presidente
no habría enviado a buscar en seguida a su chiquilla
pelirroja, si ésta hubiese estado en Nueva York?
Jack Eastman pensó en la niña continuamente
colgada de los faldones de su padre. Agachó la cabeza y
busco palabras sencillas para hacer entrar a Sally en
razón:
—Tranquilízate, querida, sabes muy bien que esto es
atroz y desgarrador para mí. Cathy y tú sois toda mi
vida. Pero las circunstancias son tan desesperadas, que
la menor indiscreción puede provocar una catástrofe
inimaginable. Gadaffi dijo claramente que, a la primera
señal de evacuación de Nueva York, haría explotar la
bomba.
Ella encogió los hombros.
—Vamos, Jack, la partida de una jovencita no va a
provocar la evacuación de toda una ciudad. ¡Cathy es la
discreción en persona! Bastará con que le expliques la
situación. Se dejaría cortar en pedazos antes que repetir
una sola de tus palabras.
Eastman se sintió desarmado por este argumento.
—Sal, querida, ¿cómo puedes creer esto? Cathy lo
dirá forzosamente a su novio, aunque haciéndole jurar
el secreto, naturalmente. O a su mejor amiga. O a los
dos. Y cada hijo de cada familia hará lo mismo. Es
inevitable. Y así, en menos que canta un gallo habrá
miles de personas que emprenderán la huida. A fin de
cuentas, para salvar una vida habremos provocado la
muerte de diez millones de personas.
—Tengo una idea, Jack. Inventaremos una excusa
cualquiera y le pediremos que venga a pasar cuarenta y
ocho horas aquí con nosotros. Mira si es sencillo.
Eastman se volvió bruscamente. «No lo entiende
—pensó. Su amor de madre la ciega. ¿Cómo podría yo
aceptar?» Lo que quería decir era difícil de expresar.
Era algo que venía del fondo de su conciencia, algo un
poco abstracto, pero profundamente sentido.
—Sal, dijo al fin, me sería imposible. Vaciló. No
podría vivir sabiendo que Cathy se ha salvado y que
todos los demás han muerto.
Ella permaneció un largo rato en silencio, con los
ojos llenos de lágrimas, contemplando a su marido.
—¿Qué clase de monstruo eres, Jack? Condenas a
nuestra hija en nombre de tus principios, de tu carrera,
de tu presidente, de tu conciencia. A mí, mi conciencia
de madre sólo me dicta una cosa: salvar a mi hija.

Al otro lado del océano Atlántico, era un poco más


de las once de la mañana de aquel lunes catorce de
diciembre cuando un «Peugeot 204», negro, aparcó en
un lugar reservado, ante una de las casas de ladrillo,
todas ellas parecidas, de la calle de Van Speyk, de La
Haya capital de los Países Bajos. Unos instantes más
tarde, el conductor, un hombrecillo lomudo, de sesenta
años, a quien sus mejillas coloradas daban el aspecto de
un burgomaestre de un cuadro de Frans Hals, se instaló
en un despacho. El doctor Henrick Jagerman empezó
sacando de su cartera de documentos el termo de café
caliente y la manzana con que empezaba siempre su
jornada de trabajo.
Jagerman era hijo de un antiguo obrero convertido
en inspector de prisiones de Ámsterdam. Siendo muy
joven, había acompañado a su padre en sus visitas a los
presos y sentido una particular fascinación por la
mentalidad criminal. Conduciendo a los turistas por los
canales y los museos de Ámsterdam para pagar sus
estudios de Medicina, se había hecho psiquiatra,
especializado en criminología. Este holandés modesto
y oscuro era en realidad la primera autoridad mundial
en materia de psicología terrorista una especie de
Doctor Terrorismo unánimemente reconocido por las
Policías internacionales. El había resuelto con sus
métodos originales y no violentos algunos de los casos
más sonados de toma de rehenes con que se enfrentó
Holanda a mediados de los años setenta, sobre todo la
captura del embajador de Francia en La Haya por unos
palestinos, la retención de un coro que había ido a
cantar el oficio de Navidad en una prisión de la capital,
y el ataque contra dos trenes de viajeros por terroristas
moluqueños.
Este prestigioso palmarés había impulsado al
presidente de los Estados Unidos a invitar
inmediatamente, por consejo de sus expertos, al
psiquiatra holandés. Este acababa de comerse su
manzana cuando su secretaria irrumpió en su despacho.
El reconoció con asombro, detrás de ella, al embajador
de los Estados Unidos. El diplomático parecía tener
mucha prisa. Sin tomarse el trabajo de sentarse, puso al
doctor Jagerman al corriente de la situación y le
transmitió la petición del presidente de los Estados
Unidos. Le informó de que un avión a reacción de la
escuadrilla personal de la reina de los Países Bajos le
esperaba ya en Schiphol para conducirle al aeropuerto
Charles de Gaulle, de Paris, donde tendría el tiempo
justo en tomar el Concorde de Air France con destino a
Washington.
Con un poco de suerte, declaró el embajador,
echando una mirada a su reloj, estará usted en la Casa
Blanca en menos de cuatro horas.

Sally Eastman escuchaba la respiración regular de


su marido sobre la almohada colocada al lado de la
suya. Dotado de un notable poder de recuperación,
forjado a lo largo de su carrera militar, Jack dormía
profundamente. Ella se deslizó fuera de la cama, salió
de puntillas de la habitación y bajó al vestíbulo.
Descolgó el teléfono sin hacer ruido. Las tres primeras
cifras que marcó formaban el número doscientos doce,
prefijo telefónico de la circunscripción de Nueva York.
Leila Dajani abrió los ojos. La pálida luz de una
lámpara que había quedado encendida en la habitación
contigua dibujaba sombras sobre las paredes del
dormitorio de Michael donde flotaba un olor a incienso,
a marihuana y a sexo. Volvió la mirada a las saetas
luminosas de un despertador que brillaban sobre la
mesita de noche. Eran las seis y cuarto de la mañana.
«Tengo que marcharme» pensó todavía adormilada.
Entonces sintió sobré su pecho el brazo de Michael
dormido, que la retenía prisionera, y pensó con agrado
en las horas apasionadas que acababa de vivir en este
lecho del que tenía ya que levantarse.
¿Por qué nada podía ser completamente normal?
Recordó un pensamiento de Sartre: El hombre no puede
realizar nada si no ha comprendido primero que sólo
debe contar consigo mismo. Ella estaba sola en aquellas
tinieblas, sin nadie que la obligase a rechazar este brazo,
a apartar la sábana, a levantarse, a emprender el camino
que había elegido.
Asió la mano de Michael y le besó tiernamente. El
roce de sus labios despertó al muchacho. Este se apretó
contra ella y la abrazó de nuevo.
—Amor mío, hay que dormir —murmuró, medio en
sueños.
—Debo marcharme, Michael.
Se inclinó sobre el rostro de él, besándole
delicadamente los párpados, la nariz, las orejas y la
boca.
—¿Por qué tienes que irte ya? —gimió él poniendo
un muslo sobre el de ella.
—Es preciso.
El buscó el interruptor de la lámpara. El chorro de
luz les deslumbró. La aureola de sus cabellos rubios y
las mejillas hinchadas por el sueño le daban un aire de
angelote. Ella le miró en silencio, nublados los ojos por
la pena. El rostro de Michael le parecía aún más
luminoso. Sintió deseos de arrojarse encima de él, de
estrecharle, de fundirse con él. «Le amo» pensó. Pero
un alud de imágenes la arrancó muy pronto a las
delicias de este descubrimiento. Su padre, Kamal, el
garaje, la bomba, la justicia. Estaba prisionera.
—Tengo una reunión de trabajo —dijo al fin.
Se había esforzado en decirlo casi alegremente para
darse valor.
—¡Iré contigo!
Ella saltó de la cama.
—¡Ni pensarlo!
El trató de agarrarla, pero ella se escabulló y
empezó a vestirse.
—Bueno —dijo él, resignado—, pero al menos
podemos almorzar juntos. Yo habré terminado mis fotos
al mediodía.
—Hoy no, querido. Tengo que almorzar con los de
Saint Laurent.
—Entonces, vayamos el miércoles al almuerzo de
Truman Capote.
Leila vaciló antes de encontrar la fuerza suficiente
para responderle, en tono despreocupado:
—Muy bien, Michael; iremos el miércoles a casa de
Truman Capote.
Acabó de vestirse, se puso los pendientes, recogió
sus largos cabellos negros en un moño y se acercó
cariñosamente a su amante para besarle por última vez.
Le abrazó hundiendo en su pecho la constelación de
lentejuelas negras y oro de su corpiño.
—No te muevas, querido.
Se levantó y se dirigió a la puerta. A medio camino,
se volvió. Apoyado sobre un codo en medio del lecho,
desgreñados los cabellos, Michael la contemplaba. Este
se llevó un dedo a los labios y le lanzó un beso.
—Adiós, Michael.
La puerta se cerró de golpe. Leila se había
marchado.

El estridente alarido de una sirena de ambulancia


desgarró la mañana temprana con la siniestra música
que componía ordinariamente el fondo sonoro de las
calles de Nueva York. Leila Dajani vio desaparecer el
vehículo en el anaranjado halo de Columbus Circle y
apretó el paso en dirección a su hotel. Algunos
deportistas madrugadores trotaban ya sobre la crujiente
nieve de Central Park. Unos basureros echaban las
bolsas de desperdicios en los chirriantes depósitos.
Transeúntes de rostros abotagados por el sueño
caminaban apresuradamente hacia las bocas del Metro
de la Octava Avenida. Un portero barrigón paseaba los
caniche enanos y adornados con cintas de una inquilina
de su casa. La avenida se animaba. Algunos automóviles
traqueteaban entre los chorros de vapor que formaban
nubecillas sobre el asfalto.
Eran las 7 de la mañana del lunes 14 de diciembre,
en la ciudad que Moamar Gadaffi quería destruir.
Desde las tristes ciudades dormitorios de Queens
hasta los rascacielos residenciales que dominan Central
Park, desde las coquetonas villas de madera de Staten
Island hasta los sórdidos ghettos negros y
puertorriqueños de Harlem; desde los barrios de
barracas del Bronx hasta las callejuelas verdeantes de
Brooklyn Heights y de Greenwich Village, los diez
millones de rehenes de los cinco vecindarios de Nueva
York se preparaban para vivir una nueva jornada.
Como última expresión de la eterna vocación del
hombre a agruparse en comunidades, la loca y fabulosa
metrópolis a la que pertenecían era única. Nueva York
no se parecía a ninguna otra ciudad del planeta.
Era la ciudad por antonomasia, puro ejemplo de
todo lo mejor y lo peor que había podido producir la
civilización urbana. La ciudad a la que Leila y sus
hermanos se disponían a borrar del mapa era un
fabuloso microcosmos, una torre de Babel donde todas
las razas, todos los pueblos y todas las religiones del
mundo estaban representados. En Nueva York había el
triple de negros que en Gabón, casi tantos judíos como
en todo Israel, más puertorriqueños que en San Juan,
más italianos que en Palermo, más irlandeses que en
Cork. Casi todo lo que había engendrado el Universo
había dejado allí alguna huella: olores de Shanghai,
gritos de Nápoles, efluvios de cerveza muniquesa,
tamtams africanos, gaitas escocesas, montones de
periódicos en yiddish, en árabe, en croata y en otras
veintidós lenguas, jardines japoneses con sus cerezos en
flor... Tibetanos khmer, vascos, gallegos, circasianos,
kurdos grupos de todas las comunidades oprimidas de
la Tierra, habían elegido allí su domicilio para pregonar
su dolor. Sus barrios superpoblados albergaban tres mil
seiscientos lugares de oración, entre ellos, mil
doscientas cincuenta sinagogas y cuatrocientas cuarenta
y dos iglesias católicas, así como 1810 templos diversos,
uno para cada culto, secta y religión profesados por el
hombre en la eterna busca de su Creador.
Resplandeciente, mugrienta, imprevisible, era una
ciudad de contrastes y de contradicciones, de promesas
y de esperanzas frustradas: Nueva York era el corazón
de la ciudad capitalista, un símbolo de riqueza
insuperable; y, sin embargo, su hacienda andaba tan
mal, que ni siquiera llegaba a pagar los intereses de sus
empréstitos. Nueva York contaba con los equipos
médicos más modernos del mundo, pero muchos
pobres, que no tenían medios para servirse de ellos,
morían diariamente por falta de cuidados, y la
mortalidad infantil en el South Bronx era más elevada
que en los bustees de Calcuta. Nueva York tenía una
Universidad gratuita cuyo número de estudiantes
superaba la población de muchas grandes ciudades, y,
sin embargo, había un millón de neoyorquinos que ni
siquiera sabían hablar inglés.
Como los faraones de Egipto, los griegos de la
antigüedad y los franceses del Segundo Imperio habían
inventado un estilo arquitectónico para su respectiva
época, así también los neoyorquinos de la Edad del
acero pulimentado y del vidrio teñido habían marcado
con el sello de su genio constructor el panorama urbano
del mundo. Pero alrededor de los suntuosos rascacielos
del bajo y del medio Manhattan, se extendían horribles
junglas urbanas donde ochocientas mil viviendas
infringían todos los reglamentos de sanidad y de
seguridad. Nueva York era incapaz de ofrecer un techo
a todos sus habitantes, pero treinta mil viviendas eran
abandonadas cada año, arruinadas e incendiadas por
sus ocupantes con el consentimiento de los propietarios,
más seguros de cobrar el seguro que los alquileres de
sus inquilinos. De este modo habían desaparecido
cientos de hectáreas de casas, casi tantas como las que
habían destruido en Londres las bombas de Hitler
durante el Blitz.
Ninguna otra metrópolis del mundo ofrecía a sus
habitantes tantas ocasiones de enriquecerse, ni una
mayor variedad de ventajas culturales. Sus museos, el
Metropolitan, el Modern, el Whitney el Guggenheim,
guardaban más impresionistas que el Louvre, más
Botticelli, que Florencia, más Rembrandt que
Ámsterdam. Nueva York era el banquero, el modista, el
cineasta, el maniquí, el fotógrafo de América; su editor,
su agente de publicidad, su novelista, su músico, su
pintor. Sus teatros, sus salas de conciertos, de ballet, de
ópera, de opereta, de comedias musicales, de ópera
rock, y de revista sexy; sus clubes de jazz, sus
espectáculos de ensayo, eran otras tantas incubadoras
donde se alimentaban el gusto y el pensamiento de todo
un continente.
Todas las cocinas del mundo, desde la armenia
hasta la coreana, se degustaban en los veinte mil
restaurantes de la ciudad; pollos tandoori del Punjab,
chich kebab del Líbano, pasteles de soja de Vietnam,
caracoles de Borgona, enchiladas de México, sukiyaki
del Japón, bacalaítos de Puerto Rico. Sus setenta mil
almacenes y boutiques ofrecían todo lo que el insaciable
apetito del hombre podía soñar en adquirir: una Biblia
de Gutenberg que costaba dos millones de dólares, una
primera edición del Origen de las Especies de Darwin,
autografiada por el autor en doscientos cincuenta mil
dólares, en una librería de la Calle cuarenta y seis; las
más bellas piedras preciosas, en las casas de los
diamanteros hasídicos de negra levita de la Calle
cuarenta y siete; Goyas y Renoirs en las galerías de la
Calle cincuenta y siete; trajes de noche de Jackie
Onassis y zapatos de Joan Crawford, aparatos de
ultrasonidos para alejar los ratones, melones llegados
directamente del Cavaillon, enjambres de abejas vivas,
filetes de oso del Himalaya...
Pero entre tantas riquezas subsistían islotes
inimaginables de miseria y de violencia. Un millón de
desempleados neoyorquinos vivían de la caridad
municipal.
Cientos de miles de negros y puertorriqueños se
apretujaban en alucinantes ghettos sin agua ni
electricidad, roídos por la decrepitud, el fuego y la
desesperación, y donde no tenían una probabilidad
entre veinte de morir de muerte natural. Para estos
olvidados de la gran sociedad, el Apocalipsis estaba ya
allí, con sus cuadros surrealistas de desocupados
jugando al dominó en almacenes sin puertas ni
ventanas, y de niños negros durmiendo entre la chatarra
de coches desmontados. Las calles peligrosas de Nueva
York albergaban a la mitad de los drogadictos de
América. Sus comisarías de Policía registraban una
urgencia cada segundo, un robo cada tres minutos, un
atraco cada cuarto de hora, dos violaciones y un
asesinato cada cinco horas, un suicidio y una muerte
por sobredosis de droga cada siete horas.
Veinte mil prostitutas más de las que podían
encontrarse en París, Londres, Roma y Tokio juntas,
hacían de Nueva York la capital mundial del desenfreno
y del vicio. Sus lupanares rascacielos, como los nueve
pisos de los Baños de Luxor, sus innumerables hoteles
de tolerancia, salones de masaje, clubes nocturnos sexy
y salas de espectáculos obscenos y de juego, ofrecían
una gama completa de servicios, desde la simple
exhibición hasta las orgías sadomasoquistas más
extravagantes.
La inmensa metrópolis condenada a muerte por
Gadaffi tenía en realidad rostros: los oasis del bajo y del
medio Manhattan, espléndidos y vertiginosos templos
del capitalismo y del éxito, mundo resplandeciente de
riquezas y placeres, de discotecas excéntricas, de
suntuosas penthouses dominando Central Park, de
banquetes a la luz de las velas en las cimas de cristal de
los rascacielos candelabros de Park Avenue, de
monstruosos automóviles negros con teléfono y
televisión. Pero estaban también los tristes barrios
obreros de Queens, del Bronx, de Brooklyn,
inexorablemente roídos por el cáncer de los vecinos
pueblos de barracas, negros y puertorriqueños. Y
estaban las necrópolis del South Bronx, de Brounsville
del norte de Harlem, barrios fantasma destripados,
bombardeados, calcinados, saqueados.
Y estaba también una cuarta Nueva York, una
ciudad nómada de tres millones y medio de personas
que venían diariamente a apretujarse en los quince
kilómetros cuadrados de rascacielos al sur de Central
Park. Este lunes por la mañana, interminables hileras
de luciérnagas brillaban ya en la red de autopistas y de
vías rápidas que convergían hacia Manhattan. En todo
el contorno, hasta decenas de kilómetros, las estaciones
de centenares de pequeñas ciudades y pueblos de Long
Island, de Nueva Jersey, de Connecticut, de Pensilvania,
se llenaban de hormigas con cuello blanco que iban a
trabajar a Manhattan.
Financieros, banqueros, agentes de cambio y bolsa,
aseguradores, directores de emisoras de radio y de
televisión, agentes de publicidad, abogados, eran en sus
jaulas de acero y de cristal, los administradores del
imperio de la Roma americana. Sin duda Wall Street era
aún considerado como la encarnación de Satanás para
los marxistas de todo el mundo, sin duda el dios dólar
había perdido su gloriosa supremacía de ayer. Pero el
estrecho cañón seguía siendo el centro financiero del
Planeta. Los ocupantes de sus oficinas discutirían, este
lunes de diciembre, la concesión de préstamos a los
ferrocarriles franceses, a la compañía de aguas de Viena,
a los transportes públicos de Oslo, a los gobiernos de
Ecuador, de Malasia y de Kenya. La suerte de las minas
de cobre del Zaire y de estaño de Bolivia, de los fosfatos
de Jordania, de la cría de corderos de Nueva Zelanda, de
las plantaciones de arroz tailandesas, de los hoteles de
Bali, de los astilleros griegos, dependerían igualmente
de las decisiones que se tomasen ahora en las oficinas
de dos de los tres bancos mas grandes del mundo: el
First National y el Chase Manhattan. A partir de las
diez, las palpitaciones del Stock Exchange y de las
Bolsas de comercio influirían en la economía y, en
muchos casos, en la política de los Estados del mundo
entero.
En lo alto de sus torres de Mid- Manhattan, las tres
grandes cadenas nacionales de televisión ideaban los
programas que determinaban los valores, influían en los
comportamientos y modificaban las jerarquías sociales
en los rincones más remotos de la Tierra. Símbolos del
impacto del nuevo imperialismo cultural emanando de
estas fábricas de películas, los muchachos de Buenos
Aires y los yauleds de Marrakesh chupaban caramelos
a la manera de Kojac; colegialas japonesas se suicidaban
desesperadas, porque no podían parecerse a las
heroínas de los Ángeles de Charlie. No lejos de allí se
hallaban las ciudades de los profetas de la sociedad de
consumo, las agencias de publicidad de Madison
Avenue. Ellas difundían en el mundo entero los
beneficios materiales y las angustias espirituales que
caracterizaban el American Age.
En fin, Nueva York era la capital de las naciones del
mundo. Sobre la orilla del East River se elevaba el
magnífico paralelepípedo de cristal, compacto y liso
como un espejo, donde las Naciones Unidas habían
establecido su domicilio. Cinco mil funcionarios
permanentes y quince mil delegados venidos de todas
partes seguirían discutiendo este lunes los problemas
mundiales, trabajarían en la elaboración del nuevo
orden económico internacional que esperaban sus
pueblos.
Los diez millones de neoyorquinos representaban la
colectividad más segura, más capaz, más influyente del
planeta. Unos magníficos rehenes para el austero y
fanático beduino empeñado en purificar el mundo por
medio de la tecnología de la que habían sido los
soberbios inventores y seguían siendo los dueños.

El personaje que tenía la abrumadora


responsabilidad de administrar esta población estaba
hundido en el asiento trasero del Chrysler negro que le
conducía al Ayuntamiento entre el intenso tráfico
matinal del East River Drive. Su precaución era
comprensible: ningún alcalde de Nueva York deseaba
que le reconociesen sus conciudadanos cuatro días
después de que una tempestad de nieve hubiese
paralizado los servicios públicos de la gigantesca
metrópolis.
Abe Stern era un hombrecillo de apenas un metro
sesenta de estatura, calvo como una bola de billar. Unos
ojos vivarachos detrás de las enormes gafas de montura
especial, un rostro al que unos hábiles cirujanos
estéticos habían devuelto un frescor casi juvenil, y un
ardor y una petulancia que dejaban sin resuello a los
que le rodeaban hacían olvidar que el día siguiente iba
a celebrar su septuagésimo segundo aniversario.
Percibiendo de pronto un olor a cigarro barato, se irguió
vivamente para golpear la nuca de su guardaespaldas,
un coloso de ciento veinte kilos que fumaba al lado del
chofer, con la cabeza hundida entre las páginas
deportivas del Daily News.
—Ricky —gruñó el alcalde—, voy a pedir al jefe de
Policía que te aumente el sueldo, ¡para que puedas
comprar cigarros que no apesten!
—¡Oh! Discúlpeme, señor alcalde, ¿le molesta el
humo?
Stern lanzó una imprecación y se volvió a su oficial
de Prensa, sentado a su lado.
—Entonces, ¿cuántos cacharros han podido al fin
poner en las calles?
—Tres mil ciento sesenta y dos, —respondió Víctor
Ferrari.
—¡Los muy miserables! —estalló el alcalde.
Dentro de una hora escasa, Stern iba a dar una
conferencia de Prensa en la que tendría que explicar a
una horda de periodistas prestos a despedazarle, las
causas de la increíble lentitud con que los servicios
municipales habían limpiado la ciudad, después de la
tempestad de nieve del jueves. Pensaba en ello con el
entusiasmo del hombre que va al dentista a hacerse
sacar una muela del juicio.
—Esta ciudad tiene más de seis mil cacharros, ¡y la
Policía urbana no puede poner siquiera la mitad de ellos
en las calles! —exclamó, indignado.
Era precisamente el cálculo en que se ensañarían los
periodistas. Ya le parecía estar oyendo a los speakers de
los noticiarios denunciando una vez más la ineficacia de
su administración.
—Ya sabe usted, señor alcalde, que casi todos esos
camiones son de más de veinte años —balbució Ferrari,
tratando de excusarse.
—Tienen, Víctor, tienen. ¡Dios mío! —gruñó Stern—.
Tengo un guardaespaldas que quiere asfixiarme, un jefe
de servicios urbanos incapaz, y un oficial de prensa que
ni siquiera sabe hablar correctamente.
Ferrari asumió un aire afligido.
—Hay algo más, señor alcalde.
—¡No quiero saberlo!
—Friedkin, ese tipo del sindicato de servicios
urbanos, exige un jornal triple por el trabajo de ayer.
Stern miró enfurecido las negras aguas del East
River y buscó la manera de aprovechar su conferencia
de Prensa para darle un palo al insaciable jefe
sindicalista. Pero a pesar de sus protestas, en el fondo
gozaba con las brutales contiendas que se entablaban en
las conferencias de Prensa. Camorrista, era el adjetivo
más comúnmente empleado para describir a Abe Stern,
y el término no podía ser más adecuado. Había nacido
en un miserable zaquizamí del Lower East Side de
Manhattan, hijo de un inmigrante judío polaco que
planchaba pantalones en el taller de un sastre y de una
mujer de origen ruso que cosía blusas en uno de
aquellos talleres que parecían presidios del barrio de la
confección. El joven Abe había pasado unos años de
infancia muy duros en aquel barrio cruel de predominio
judío, rodeado de islotes de inmigrantes italianos e
irlandeses; un barrio donde la posición de un niño
dependía de su habilidad en servirse de los puños.
¡Maravilloso sistema! Al joven Stern le entusiasmaba la
lucha. Soñaba en llegar a ser boxeador profesional,
como su ídolo, el campeón de los pesos medios Battling
Lavinsky. Todavía recordaba las asfixiantes noches de
verano en que se dormía mecido por el rumor de las
conversaciones de los mayores en los rellanos de las
escaleras de incendio, imaginando los triunfos que un
día alcanzaría en el ring.
Un súbito handicap físico había puesto fin a las
esperanzas de Abe Stern. A los quince años había dejado
de crecer. Pero si Dios le había negado un cuerpo capaz
de convertir en realidad sus sueños infantiles, en
cambio le había otorgado un don infinitamente más
precioso: un cerebro bien equilibrado. Abe lo había
puesto, ante todo, a prueba en la escuela municipal, y,
después, en la Universidad de Nueva York donde había
cursado la carrera de Derecho. El año en que obtuvo
su título de abogado, había encontrado un nuevo ídolo,
un camorrista muy diferente del boxeador al que había
idealizado en su infancia: Franklin Roosevelt, el
inválido de la Casa Blanca cuyo acento patricio llenaba
de esperanza a una nación sumida en la depresión. Y
Abe se había hecho político.
Había empezado su carrera como agente electoral
en la campaña de las elecciones al Congreso de 1934.
Responsable de un sector de Brooklyn, había ido de
puerta en puerta en solicitud de votos para su
candidato, contrayendo de pasada las primeras
amistades políticas que un día habían de llevarlo a la
alcaldía. Nadie conocía la alquimia de Nueva York
mejor que aquel hombrecillo acurrucado en el fondo del
coche oficial. Abe Stern había descubierto todos sus
misterios en el curso de su larga ascensión. Había
frecuentado las sinagogas y los mostradores de los cafés,
visitado las tiendas, asistido a veladas de bingo, a fiestas
irlandesas, a festivales italianos y a bailes de caridad.
Había participado en banquetes en honor de más santos
que los que podía contener el calendario. Su estómago
había sufrido los ataques de platos incendiarios
—pizzas, gulash, kebabs, chops suey—, más que
suficientes para destruir para siempre el sistema
digestivo de un batallón de mortales corrientes. Con su
voz cascada de tenor había cantado la Hatikvah en
Sheepshead Bay, baladas irlandesas en Queens,
canzonette siciliana en Little Italy, lieder en Yorkville y
blues en Harlem. Todo esto había hecho de Abe Stern
una de las personalidades más astutas, dinámicas,
valerosas y, con frecuencia, exasperantes de Nueva
York. En realidad, numerosos electores le habían dado
su voto, consciente o inconscientemente, porque veían
en el indomable hombrecillo el reflejo lo que ellos
mismos se imaginaban ser. Para muchos, Abe Stern ERA
Nueva York.
A excepción de la presidencia de los Estados Unidos,
el cargo que había acabado por conquistar era el más
importante y más complicado que un hombre podía
desempeñar. General en jefe de un ejército le 300,000
funcionarios, de los cuales 32,000 eran policías, Abe
Stern era responsable de la seguridad y del bienestar de
10 millones de americanos; del funcionamiento de 959
escuelas públicas y una Universidad a las que asistían
1’250,400 hijos de aquéllos; de la conservación y
vigilancia de 9,000 kilómetros de calles y de 7,000
vagones que rodaban sobre 380 kilómetros de vías del
Metro; del funcionamiento de 16 hospitales
municipales. Debía atender las necesidades de un
millón de desocupados, evacuar diariamente 20,000
toneladas de basura, comprendidas 250,000 kilogramos
de excrementos dejados por 1’100,000 ciudadanos de
cuatro patas. Una hercúlea tarea que había agotado a la
larga estirpe de sus predecesores y devorado todos los
años la fruslería de 14,000 millones de dólares,
equivalente a la sexta parte del presupuesto de la
Francia de Valéry Giscard d’Estaing.
El teléfono sonó de pronto en el automóvil, Victor
Ferrari, el oficial de Prensa, alargó el brazo para
descolgarlo, pero la rolliza mano del alcalde fue más
rápida.
—¡Aquí, el alcalde! —ladró.
Lanzó varios gruñidos, dijo «Gracias, querida», y
colgó. Una beatífica sonrisa iluminó súbitamente su
semblante.
—¿Qué sucede? —preguntó Ferrari, asombrado.
—¡Imagínate! El presidente ha pedido que vaya a
verle inmediatamente. Incluso me ha hecho preparar un
avión en la Marine Air Terminal.
Abe Stern se acercó a su oficial de Prensa. Con voz
de conspirador, murmuró:
—Apuesto a que se trata del proyecto de
reconstrucción del South Bronx. Tengo la intuición de
que el baptista de la Casa Blanca va a darnos, al fin, los
2,000 millones de dólares!

Hambrienta después de su noche de amor, Leila


Dajani mojó un pedacito de tostada untada con
mantequilla en la yema del huevo pasado por agua y lo
masticó deleitosamente. Un agradable olor de té de
China ahumado flotaba en la suite que ocupaba en
Hampshire House.
«Son las siete y media y el termómetro marca cinco
grados bajo cero en Mid-Manhattan —anunció el
transistor colocado sobre la mesita de ruedas—. Mr.
Meteo prevé un día frío, pero soleado. No olviden
ustedes que sólo les quedan diez días para hacer sus
compras de Navidad...»
Leila cerró de un golpe seco el aparato y sacó su
libreta «Hermes» de direcciones. La abrió en la letra C
y buscó el número escrito delante de la palabra
«Colombe». Descolgó el teléfono y marcó el número,
pero cuidando muy bien de sumar dos unidades a cada
una de sus siete cifras.
El teléfono llamó durante un largo rato. Por último,
Leila oyó un chasquido en el otro extremo de la línea.
—Seif —dijo, en árabe.
—Al Islam —respondió una voz.
—Pueden empezar su operación —ordenó, hablando
siempre en árabe.
Y colgó.
Seif al Islam («el Sable del Islam») era el nombre en
clave del programa atómico de Moamar Gadaffi.

El hombre de cara picada de viruela que había


respondido a la llamada de Leila penetró en la
trastienda de una panadería siria, detrás de Atlantic
Avenue, en Brooklyn. Dos acólitos le estaban esperando.
Los tres eran palestinos, y los tres, voluntarios. Habían
sido elegidos hacía un año por Kamal Dajani, entre una
docena de militantes de un campamento del FPLP en
las afueras de Alepo, Siria. Los tres habían ofrecido su
vida por la causa. Ninguno de ellos sabía quién había
telefoneado, ni de dónde procedía la llamada. Sólo les
habían dicho que esperasen junto al teléfono cada
mañana, a las siete y media, la orden que ahora
acababan de recibir.
El hombre de cara picada de viruela abrió el horno
de una vieja cocina de hierro, sacó de él un contenedor
de plomo del tamaño de un maletín, cortó
metódicamente sus ataduras y lo abrió. Su interior
estaba dividido en dos partes. En una de ellas había una
serie de anillas del tamaño de sortijas. La otra contenía
varias hileras de pastillas de color castaño y de las
dimensiones de una tableta de aspirina efervescente.
Los tres hombres emprendieron la tarea de fijar una
pastilla en cada anilla. Después, abrieron el primero de
tres cestos idénticos que había en un rincón de la
estancia y sacaron de él una paloma. No una paloma
mensajera, sino un ave gris absolutamente vulgar, como
las que se encuentran en cualquier lugar de Nueva York.
Sujetaron una anilla a la pata del ave, volvieron a meter
ésta en su jaula y repitieron la misma operación con
cada paloma de las tres cestas.
Cuando todas las anillas estuvieron colocadas en las
patas de las palomas, el palestino de cara picada de
viruela abrazó a sus dos compañeros. Emocionado y
orgulloso, anunció:
—Con esto haremos correr a todos los polis de la
ciudad. Ma Salameh! Hasta pronto, en Trípoli. Inch
Allah.
Asió una de las tres cestas y se dirigió a un
automóvil aparcado en la calle. Sus dos cómplices le
imitaron, a intervalos de quince minutos.

Al otro lado del East River, en la parte baja de la isla


de Manhattan, el jefe de Policía de la ciudad de Nueva
York gozaba en este instante de un raro momento de
tranquilidad. Desde la ventana de su despacho del
último piso de la ultramoderna jefatura de Policía, el
irlandés Michael Bannion observaba cómo se elevaba la
primera claridad del día sobre los tejados de la ciudad
confiada a su vigilancia. Ante él destacaba la silueta
familiar del puente de Brooklyn, todos cuyos carriles en
dirección a Manhattan estaban ya embotellados. Hacia
la izquierda, mucho más allá de las columnatas
neoclásicas del Tribunal federal, Bannion adivinaba el
tejado de la vivienda social de ocho pisos donde había
nacido, hacía cincuenta y ocho años. Aunque viviese
todo el resto de su vida en la atmósfera aséptica de un
despacho como el suyo, le acompañarían hasta el último
momento el olor a coles hirviendo de su infancia, el
hedor de los retretes de cada rellano, el perfume de la
cera en la baranda de madera. Bannion había huido de
aquella pobreza, eligiendo un camino muy conocido por
los hijos de inmigrantes irlandeses: la Policía. Con el
mayor ahínco, había subido uno a uno los peldaños,
hasta llegar a la cima de este majestuoso y nuevo
edificio, situado a menos de dos kilómetros del lugar
donde había nacido.
El timbre del teléfono hizo que Bannion volviese a la
imponente mesa de caoba que simbolizaba su función,
el escritorio que su predecesor Theodore Roosevelt
había utilizado antes de convertirse en presidente de los
Estados Unidos. Le llamaban por su línea privada.
Inmediatamente reconoció la voz de Harvey Hudson,
director de la oficina neoyorquina del FBI.
—Michael —dijo Hudson—, se ha producido algo
urgente que nos atañe a los dos. Lamento tener que
arrancarle de su despacho, pero, por una serie de
razones que no puedo exponerle por teléfono, creo que
sería mejor que lo discutiésemos en mi casa.
Necesitaremos a todos sus inspectores.
Bannion observó la copiosa lista de visitas que su
secretaria había dejado sobre su mesa.
—¿Es de veras tan urgente, Harv?
—¡Oh, sí, Michael! —Bannion observó un tono
extraño en su voz—. Es urgentísimo. ¡Venga en seguida
con el jefe de sus inspectores!

Sin duda había en Nueva York medio millón de


apartamentos donde se desarrollaba, esta mañana de
diciembre, aproximadamente la misma escena. En el
televisor familiar, vuelto de cara a la mesa del desayuno,
millones de neoyorquinos observaban las noticias
matinales. Tommy Knowland, de trece años, vaciaba
como un autómata su plato de cornflakes y de plátanos
cortados en rodajas, captada su atención por la emisión
Good Morning America.
Sentada a su lado, Grace, su madre, le miraba con
ternura mientras tomaba su café. Incluso a hora tan
temprana, sin el menor maquillaje, apenas despabilada
por un poco de agua fría, y sólo desenmarañados los
cabellos por unos cuantos golpes de cepillo, tenía un
encanto irresistible.
—¡Huy! ¿Has visto ese smash, mamá?
El joven Tommy, muy excitado, había golpeado el
borde del plato con la cuchara.
—No, querido; pero, ¿crees que podría enviarle a
Jimmy Connors la factura por un plato roto?
El niño hizo una mueca y volvió a fijar la mirada en
la pantalla.
—Tommy, ¿es que alguna vez...? —Grace bebía su
café a sorbitos, con aire pensativo—. Quiero decir si,
desde que tu padre y yo nos divorciamos, has sufrido
por encontrarte solo, por no tener un hermano o una
hermana...
De momento pensó que su hijo no había oído la
pregunta. Seguía mirando fijamente la pantalla,
fascinado por la retransmisión del partido de tenis.
—No, mamá. Creo que no. —Miró su reloj—. Tengo
que largarme. Cogió un montón de libros y depositó un
beso húmedo en la mejilla de su madre.
—No olvides mi partido de esta tarde. Vendrás,
¿verdad?
—Claro que sí, querido.
—Voy a ganar, ¿sabes? ¡Soy mejor que él!
—Los partidos de tenis se ganan en la pista, no en la
mesa del desayuno.
—Gracias, señora entrenadora.
La puerta se cerró de golpe. Grace escuchó los pasos
de su hijo, que se alejaban corriendo por el vestíbulo.
«Dentro de dos años, de tres años, se irá... hacia su
propio mundo, hacia su propia vida... —Se palpó el
—vientre—. ¿Primera manifestación de esa otra vida que
llevaba en su seno? ¡Oh, no! ¡Todavía no! —Cogió un
cigarrillo, encendió una cerilla y contempló durante un
largo momento la llama que oscilaba en la punta de sus
dedos—. Me conviene dejar de fumar —murmuró,
aplastando el cigarrillo en el cenicero.

Con sus mejillas mal afeitadas, sus ojos ojerosos y


sus jeans arrugados, James Mills tenía el aire de
haberse pasado toda la noche bebiendo en un bar
estudiantil. En realidad, el secretario general de la Casa
Blanca no había salido de su despacho en toda la noche.
Dos veces le había llamado el presidente para
conferenciar con él sobre las medidas que había que
tomar para que esta crisis no dejase de ser un secreto de
Estado. ¡Menuda empresa! Ningún jefe de Estado del
mundo llevaba una existencia tan pública como el
presidente de los Estados Unidos. Breznev podía
desaparecer durante dos semanas sin que se dedicase
una sola línea a comentar la noticia. El presidente de la
República francesa podía eclipsarse, de incógnito, al
volante de su automóvil. En cambio, el presidente de los
Estados Unidos no podía dar un paso sin que le siguiese
el ejército de periodistas acreditados cerca de la
presidencia. Éstos, fuera de los desplazamientos
oficiales y de las cotidianas conferencias de Prensa,
acampaban en la sala que tenían reservada en la Casa
Blanca, con sus antenas ultrasensibles siempre alerta,
prestas a captar cualquier rumor, cualquier señal
insólita.
—Ante todo —anunció Mills a sus colaboradores—,
no quiero ver a ningún reportero vagando en los
aledaños de nuestros despachos. Si alguno de los
nuestros tiene una cita con un periodista, que se lo lleve
a tomar un café en la cafetería.
Cogió de encima de su mesa la hoja de las citas del
presidente para aquel día. Como siempre, la agenda
estaba dividida en dos partes. Una de ellas se refería a
las actividades públicas cuya lista era publicada
diariamente por el Washington Post; la otra tenía
carácter privado y sólo era conocida por el gabinete. La
lista oficial de este lunes 12 de diciembre mencionaba:

9,00 — Reunión del Consejo Nacional de Seguridad.


10,00 — Comisión del presupuesto.
11,00 — Conmemoración del aniversario de la
aprobación de la Declaración universal de los
Derechos del Hombre.
17,25 — Iluminación del árbol de Navidad en el
parque de la Casa Blanca.

—Para la primera reunión, no hay problema. Para la


segunda sólo hay que pedir a Charlie Katz que sustituya
al presidente —sugirió Mills. Katz era presidente del
Comité de asesores económicos—. Díganle que el jefe
del Estado quisiera saber su impresión sobre los efectos
de las reducciones presupuestarias en la economía.
—¿Hay que ponerle al corriente? —preguntó
alguien.
—¡De ninguna manera!
—¿Qué vamos a hacer con los derechos humanos y
con el árbol de Navidad? —preguntó inquieto John
Guld, portavoz de la Casa Blanca.
—¿Por qué no cancelarlos simplemente?
—En este caso, habrá que dar explicaciones
convincentes. Toda la sala de Prensa se me echará
encima coma una nube de langostas —exclamó Gould.
—¿Y si dijésemos que padece un enfriamiento?
—sugirió Mills.
—Los periodistas querrían hablar en seguida con el
doctor Mc Intyre (Médico personal del presidente). ¿Se
han prescrito medicamentos? ¿Qué temperatura tiene?
¿Debe guardar cama? Sabe muy bien que no es posible
variar la agenda pública del presidente sin tener
coartadas indiscutibles. Y tú sabes también mejor que
nadie que no es fácil hacer que se traguen tales
coartadas en esta ciudad.
—La conmemoración de los derechos humanos no
ofrece dificultades —opinó Mills—. Si se armase la gorda
durante su alocución, siempre podríamos hacerle salir
a toda prisa de su despacho sin que nadie lo advirtiese
en realidad. Pero, ¡caray, John!, si ocurriese algo
mientras estuviese junto al árbol de Navidad, ¡el apuro
será de órdago! No podríamos hacerle desaparecer sin
que todo el mundo supiese que está en un brete.
—Si quieres que todo este lío permanezca secreto,
James, será preciso arriesgarse y obligarle a hacer lo
que está previsto.
Gould se retrepó en su sillón y puso los dos pies
sobre un ángulo de la mesa de Mills.
—Eastman tiene razón: la mejor manera de guardar
un secreto es hacer como si nada ocurriese. Así fue
cómo actuó Kennedy durante la crisis de los misiles
cubanos. Él y todos los que le rodeaban iban a cenar
fuera de casa, se marchaban para el fin de semana,
vivían como de costumbre. Para dar el pego. ¡Hay que
hacer lo mismo! —Un destello pasó por los ojos de
Gould—. Tú deberías ir esta noche a «Gatsby». Beber
una buena cerveza en el mostrador. Y otra. ¡De modo
que todo el mundo se figure que estás degradándote
tranquilamente!
Mills se echó a reír, pero, casi inmediatamente, se
quedó boquiabierto: acababa de percibir una silueta en
el paseo cubierto de nieve. Cada jefe de Estado tiene su
técnica particular para conservarse en forma, en los
momentos de crisis. El presidente norteamericano tenía
la suya. Con ropa azul marino de deporte, lanzando
nubecillas de vaho al ritmo de su respiración, con sus
mechones sal y pimienta formando una especie de
aureola, estaba practicando jogging alrededor de la
Casa Blanca.

Al ver todos aquellos rostros desconocidos alrededor


de Harvey Hudson, director del FBI de Nueva York, el
jefe de la Policía Michael Bannion comprendió que algo
muy grave pasaba en su ciudad. Esta impresión se vio
reforzada cuando oyó las palabras «laboratorio atómico
de Los álamos».
Hudson era un hombrecillo vivaracho y feo, calvo,
de orejas desmesuradas y cejas espesas, y con un gusto
muy acentuado por las corbatas de lazo y los cigarros
cubanos, que se procuraba vulnerando
desvergonzadamente el embargo norteamericano contra
Castro. El jefe de Policía no tuvo tiempo de hacerle la
pregunta que le quemaba los labios.

—Sí, Michael —dijo Hudson—, «la cosa» se ha


producido al fin. Bannion se dejó caer en su sillón.
—¿Cuándo?
—Ayer noche.
Normalmente habrían bastado estas dos palabras
para provocar en Bannion una explosión de furor
céltico. Pues la actitud del FBI le parecía insoportable.
Ni siquiera en un asunto de vida o muerte para cientos
de miles de habitantes de su ciudad había considerado
el FBI oportuno poner inmediatamente sobre aviso a la
Policía neoyorquina. Pero contuvo su cólera para
escuchar con creciente horror las explicaciones de
Hudson.
—Tenemos tiempo hasta mañana al mediodía para
encontrar una bomba atómica. Y es preciso que lo
consigamos sin que nadie se dé cuenta de que buscamos
algo. Orden absoluta del presidente: todo debe
permanecer secreto.
Todas las miradas se volvieron al hombre con
andares de cowboy que representaba a la organización
secreta de equipos de busca de explosivos nucleares. Bill
Booth jugueteaba nerviosamente con el medallón
navajo que llevaba colgado del cuello como un amuleto.
—Mis hombres han puesto ya manos a la obra
—declaró, dando una larga chupada a su «Marlboro»,
marca de cigarrillos de los que era un anuncio
viviente—. Hemos equipado un centenar de camionetas
«Hertz» y «Avis» y hemos empezado a rastrear
Manhattan.
—¿Cree que sus vehículos pueden ser advertidos por
alguien? —preguntó, inquieto, Bannion.
—Es muy improbable. Sólo la minúscula antena de
detección fijada en el chasis podría llamar la atención.
Pero habría que buscarla adrede.
—¿Y sus helicópteros? —inquirió Hudson.
Booth consultó su reloj.
—Deberían despegar de un momento a otro. Hemos
alquilado tres aparatos suplementarios a «New York
Airways» y los equipamos con material de detección.
Estarán listos dentro de una hora, poco más o menos.
—Booth chupó de nuevo su cigarrillo—. He aquí cómo
sugiero que actuemos. Empezaremos por los muelles.
Es donde los helicópteros pueden resultar más eficaces.
Pueden inspeccionar rápidamente los tinglados y
descubrir sin dificultad la menor radiación a través de
los delgados techos de los almacenes de depósito.
—Hizo una mueca—. Pero si la bomba está oculta en un
barco, habrá que ir a pie a descubrirla. Las plataformas
metálicas de las cubiertas detendrían los rayos que
buscamos.
El jefe de Policía hizo un ademán de impaciencia.
Booth aplastó el cigarrillo en el cenicero.
—Escuche, jefe —dijo, con irritación—; no espere
milagros de nosotros, porque no podemos hacerlos.
Disponemos de la mejor tecnología; pero ésta es
totalmente inadecuada para esta labor en una ciudad
como Nueva York. —El físico vio que el iris azul marino
del jefe de Policía se dilataba de asombro y que un
espasmo contraía la nuez de su cuello—. Todas las
ventajas técnicas están en favor de nuestros adversarios.
Mis camiones no pueden descubrir nada por encima de
un cuarto piso. Mis helicópteros no pueden detectar
nada por debajo de dos pisos. En medio está el vacío. No
hay que hacerse ilusiones. Es inverosímil que podamos
encontrar en unas horas una bomba termonuclear
oculta en esta ciudad. A menos, caballeros, que me
suministren informes que me permitan concentrar mis
fuerzas en una zona precisa.

Dos pisos más abajo de la sala de conferencias, sonó


un teléfono en uno de los despachos de la sección
«Informaciones» del FBI. Un agente se puso al aparato.
—Hola, tío; soy Rico.
El agente se puso en pie de un salto y puso en
marcha el sistema de grabación.
—¿Qué hay de nuevo, papaíto?
—Poca cosa, amigo. Me he pasado toda la noche
buscando, pero lo único que he encontrado ha sido un
tipejo al que pidieron medicamentos para una gachí
árabe.
¿Droga o medicamentos, Rico?
—No, amigo, nada ilegal. Algo para la panza. Pero
sin receta. No quería que la visitase un matasanos.
—¿Qué aspecto tenía?
—El tipejo no la vio. Se limitó a llevar la mercancía
a su hotel.
—¿Qué hotel, Rico?
—El «Hampshire House».

El jefe de inspectores de la Policía neoyorquina,


inspector jefe Al Feldman, un tipo alto de cincuenta y
tres años, pelirrojo y de voz sonora, contemplaba al
físico de Los Álamos con mirada recelosa. «¡Palabras, y
nada más! ¡Siempre ocurre lo mismo con los científicos!
¡Esperan que alguien corra tras ellos recogiendo la
mierda que sembraron!» Feldman carraspeó.
—¿Qué aspecto tiene lo que buscamos? —preguntó.
Booth repartió copias del dibujo y de la descripción
de la bomba que había preparado el laboratorio de Los
álamos según el diseño enviado por Gadaffi.
—¿Tenemos alguna idea de la fecha en que esa
bomba pudo ser introducida en los Estados Unidos?
—preguntó Bannion.
—No —respondió Harvey Hudson, jefe del FBI de
Nueva York—, pero suponemos que es muy reciente. La
CIA considera que la bomba pudo venir de cinco
lugares: Libia, el Líbano, Irak, Siria y Adén. Pudo ser
introducida clandestinamente a través de la frontera
canadiense. No habría sido difícil. O bien simplemente
por un puerto americano, bajo un disfraz cualquiera.
El hombre sentado delante de Hudson mordisqueó
el extremo de su lápiz. Quentin Dewing, de cincuenta y
seis años, era el superior directo de Hudson. Director
adjunto de investigaciones del FBI, había llegado de
Washington la noche anterior para hacerse cargo de la
dirección de las pesquisas. Llevaba un serio traje azul
marino, con un pañuelo blanco que sobresalía
exactamente a un centímetro del bolsillo del pecho. «Un
verdadero director de Compañía de Seguros», había
pensado desdeñosamente el inspector jefe Al Feldman
al hacerse las presentaciones. Dewing se levantó a
medias de su sillón, para dominar a sus colegas.
—Esto significa que habrá que revisar todos los
conocimientos de embarque y todos los manifiestos de
todas las mercancías llegadas de aquellos países en los
últimos meses. Empezaremos por los últimos envíos y
seguiremos hacia atrás.
—¿Antes del mediodía de mañana? —preguntó
Bannion, estupefacto. Dewing fulminó con la mirada al
jefe de Policía.
—¡Antes del mediodía de mañana!
Absorto en el examen de los documentos que había
distribuido Booth, Al Feldman no había observado la
mueca de su patrono.
—Dígame —preguntó al físico—, ¿sería posible que
esa bomba hubiese sido introducida aquí en piezas
sueltas y montada después?
Booth exhaló un pequeño anillo de humo azul.
—Yo diría que, técnicamente, es casi imposible.
—¡Por fin tenemos una buena noticia! —exclamó
Feldman, dirigiéndose esta vez al conjunto de los
reunidos—. Ya que esa bomba pesa al menos setecientos
cincuenta kilos, podremos eliminar no pocas
mercancías. Y también podremos eliminar los pisos
superiores de las casas sin ascensor. —Extendió los
documentos sobre la mesa—. ¿Y los tipos que pudieron
introducir ese ingenio? ¿No se tiene el menor indicio?
—De momento, nada concreto —confesó Hudson,
señalando con un dedo a un Fed de unos treinta años y
de lacios cabellos rubios, sentado frente a Feldman—.
Farell es nuestro especialista en asuntos palestinos.
Frank, haz un breve resumen de lo que sabemos.
Cuidadosamente ordenadas sobre la mesa, delante
del agente, se hallaban las fichas de ordenador que
resumían todas las averiguaciones del FBI que
guardaban relación con el Próximo Oriente. Se referían
a asuntos muy diversos: tráfico de prostitutas entre
Miami y el golfo Pérsico, exportación clandestina de
cuatro mil fusiles «M-30» automáticos a las falanges
cristianas libanesas, intentos del régimen revolucionario
iraní de infiltrar en los Estados Unidos equipos de
pistoleros encargados de asesinar a altas personalidades
norteamericanas. Farell cogió un documento que se
refería más concretamente a la investigación en curso.
—Tenemos una lista de veintiún norteamericanos,
diecisiete hombres y cuatro mujeres, que estuvieron en
campos libios de instrucción de terroristas.
El inspector jefe Feldman abrió unos ojos como
naranjos.
—¿Les han atrapado? ¿Qué han descubierto?
—preguntó.
—La mayoría de ellos estuvieron en Libia entre 1975
y 1977. Les hicimos vigilar a su regreso, pero ninguno de
ellos cometió nada punible. ¡Ni siquiera hurtar un
paquete de gomas de mascar en una farmacia! Por
consiguiente, la justicia se negó a renovar los
mandamientos de vigilancia.
—Y entonces, ¿dejaron de seguirles?
El Fed lanzó un gruñido afirmativo.
—¡Maldita sea! —exclamó Feldman, saltando como
un diablo—. ¿Va a decirnos que Gadaffi instaló en este
país veintiún agentes norteamericanos especialmente
adiestrados por él, y que el FBI no le tiene puesto el ojo
a uno solo de ellos?
—Es la ley, señor inspector jefe —terció secamente
Hudson—. Pero estamos sobre su pista desde ayer por
la noche. Han sido encontrados cuatro de ellos.
Feldman se había puesto rojo como un tomate.
—¡Esto no es la ley, Mr. Hudson! ¡Es un suicidio!
El jefe de Policía hizo una seña a su inspector jefe
para que se calmase y volviese a sentarse.
Hablando a media voz, para serenar la atmósfera, el
jefe de Policía observó entonces que la mayoría de los
núcleos árabes de Nueva York se hallaban precisamente
situados cerca de los docks.
—Al —preguntó—, ¿se sabe al menos algo sobre las
actividades de la OLP en aquel sector?
—Poca cosa —se lamentó Feldman—. Sólo dos o tres
pequeñas abacerías familiares, de las que sospechamos
vagamente que pueden encubrir un pequeño tráfico de
armas... y tener quizás alguna relación con la OLP.
Cuando Arafat vino a la ONU, sus guardaespaldas nos
hicieron recelar al visitar algunas de esas tiendas. Tal
vez fueron simplemente a tomar una taza de café. O
quizás a montar una red. —Feldman se encogió de
hombros—. ¡Elija usted lo que prefiera!
—¿Han podido al menos sus hombres hacer alguna
infiltración en los medios que simpatizan con la OLP?
—preguntó al jefe de Policía, Clifford Salisbury, uno de
los responsables de la CIA, que llevaba una perilla y
estaba especializado en asuntos palestinos.
—La única actividad de infiltración que hoy en día
está permitida legalmente a la Policía se refiere al
crimen organizado —respondió Bannion—. Además
—añadió, con un atisbo de hosquedad—, me cuesta Dios
y ayuda meter un solo polizonte en mis coches de
patrulla. ¿Cómo quiere que me infiltre en la OLP?
Lo que no dijo el jefe de Policía fue que sólo había
cuatro policías que hablasen árabe, entre los treinta y
dos mil hombres y mujeres que componían la fuerza
policial neoyorquina, y que ninguno de ellos estaba
encargado de vigilar las actividades de los doscientos
mil árabes que vivían en Nueva York.
Quentin Dewing, director del FBI de Washington y
encargado de dirigir las pesquisas, se levantó a medias
de su sillón y golpeó la mesa con la palma de la mano.
—Caballeros, no estamos aquí para ajustar cuentas
ante policías federales y municipales. Debemos
organizar urgentemente nuestras pesquisas de una
manera racional y metódica. Primera cuestión:
¿Estamos de acuerdo, dadas las palabras «isla de Nueva
York» empleadas en la carta de amenaza de Gadaffi, en
concentrar los equipos de investigación nuclear
únicamente sobre Manhattan?
Hubo un murmullo de aprobación.
—Para asegurar el secreto, la operación «Nest» se
desarrollará de una manera completamente
independiente. El FBI sólo proporcionará chóferes para
los vehículos de la búsqueda.
—¿Por dónde empezamos? —quiso saber Bill Booth.
¿Por Wall Street o por Harlem? ¿Por el Norte o por el
Sur?
—Yo diría por Wall Street —sugirió Bannion—. Está
más cerca de los muelles. Los terroristas habrían tenido
que recorrer un trayecto más corto para transportar su
bomba. Además, es cosa sabida que todo el mundo odia
Wall Street.
—Muy bien —asintió Dewing—. Segundo: los
hombres. Nosotros hemos hecho una llamada general al
FBI. Hacemos venir cinco mil agentes. He ordenado a
las direcciones del Tesoro, de Aduanas y de
Estupefacientes, que pongan a nuestra disposición
todas sus fuerzas disponibles. —Se volvió a Bannion—.
Señor jefe de Policía, ¿podemos contar con toda su
brigada de inspectores?
—Dispongan de ella.
Harvey Hudson mordisqueó la punta de un nuevo
cigarro.
—Inspector jefe Feldman, ¿cuál es, en su opinión, la
mejor manera de distribuir nuestras fuerzas?
—Por equipos, como en todas las grandes
operaciones en que hemos trabajado juntos. Un Fed con
uno de mis inspectores.
Hudson sacó del bolsillo un cigarro y lo ofreció al
inspector neoyorquino, con el ademán ceremonioso de
un jefe indio presentando la pipa de la paz.
—Me parece perfecto, jefe.
Entonces se levantó, dio la vuelta a la mesa y,
chupando su cigarro, se plantó delante del plano de
Nueva York que cubría la pared del fondo de su
despacho.
—Hay que dividir nuestras fuerzas en varios grupos.
—Apuntó con su cigarro los muelles de Brooklyn—.
Poner uno aquí y otro allí. —Había mostrado los
aeropuertos— . Un tercero debe comprobar
sistemáticamente todos los lugares acostumbrados,
hoteles, agencias de alquiler de automóviles, y apretar
a todos los confidentes para saber si alguien ha
procurado a los terroristas un escondrijo, un itinerario
de fuga, armas u otras cosas por el estilo.
Feldman reprimió un ademán de impaciencia.
—Mi querido Hudson, cualquiera que le oyese diría
que tenemos tres semanas para encontrar esa bomba. Si
queremos tener alguna probabilidad de éxito, debemos
procurar no dispersarnos. Y empezar por enfocar todos
nuestros faros sobre aquellos que podrían dar un golpe
como éste. ¿Tiene usted alguna idea de qué clases de
tipos podrían hacerlo?
Hudson hizo una seña al experto en asuntos
palestinos para que respondiese.
—En términos generales —explicó el joven Fed—,
esa clase de terroristas están condenadamente
organizados. Tienen todo el dinero necesario para pasar
por completo inadvertidos. Quiero decir que no se ven
obligados a buscar sus escondrijos en los tugurios del
Brome o entre los mendigos de Bowery. Saben desde
hace tiempo que la mejor manera de confundirse con la
masa es darse aire de burgueses acomodados. Por otra
parte, tienden a permanecer entre los suyos. No parecen
tener mucha confianza en los otros movimientos
revolucionarios.
—Y yo añado —precisó el inspector jefe— que, si
ustedes quisieran montar un golpe como éste, creo que
sólo lo confiarían a personas que conociesen ya el país,
que hubiesen vivido aquí una temporada. Unos
individuos que llegasen por primera vez, se expondrían
a dejar demasiados indicios a su paso.
—El inspector Feldman tiene toda la razón —aprobó
Salisbury, el representante, con perilla, de la CIA—. Y yo
quisiera añadir dos cosas. Probablemente podemos
presumir que nos enfrentamos con personas
perfectamente preparadas, que actúan con sangre fría,
conscientes de que sus probabilidades de éxito son
mínimas y exigen una organización perfecta. Estoy
convencido de que buscamos un grupito coherente de
fanáticos sumamente motivados e inteligentes. En
segundo lugar, me parece que la clase de profesionales
a quienes confiaría Gadaffi semejante operación
tendrían que haber dejado alguna huella en los ficheros
de los servicios de información internacionales.
Estamos en contacto con todos los servicios extranjeros
que poseen información sobre terroristas palestinos.
Recibiremos todas las fotografías y descripciones de que
disponen. Sugiero que seleccionemos los terroristas de
cierta categoría que hayan residido aquí, y que
concentremos en ellos todos nuestros esfuerzos.
—¿Cuántos individuos cree que serán? —preguntó
Feldman, con inquietud.
Salisbury pareció reflexionar.
—Hay unos cuatrocientos terroristas palestinos
conocidos e identificados que rondan por el mundo. Me
imagino que encontraremos entre cincuenta y setenta y
cinco que correspondan a lo que buscamos. El inspector
jefe agachó la cabeza.
—Es demasiado. ¡Y con mucho! En un trabajo como
éste, sólo se puede correr detrás de dos o tres piezas.
Amigo mío, si quiere ayudarnos a salvar esta ciudad, es
preciso que nos dé una o dos caras; no una galería de
retratos.

Uno de los Feds mostró su placa al empleado de


recepción con tanta discreción que el joven no se dio
cuenta de quiénes eran sus visitantes hasta que oyó la
palabra FBI. Inmediatamente se cuadró, como la
mayoría de los que se enfrentan de pronto con un
representante de la ley federal.
—Por favor, ¿podría ver su registro de clientes?
El empleado se apresuró a ofrecerle el libro, de
cubiertas negras, del «Hampshire House». El agente
recorrió las páginas con el dedo índice y detuvo éste en
una dirección de la calle de Hamra, en Beirut (Líbano),
a la que seguía el nombre de Linda Nahar. «Suite
3202», anotó en una libreta, y echó una mirada al
tablero de las llaves. La llave no estaba allí.
—¿Está Miss Nahar en su habitación?
—¡Oh! —respondió el empleado—. La habrían
encontrado si hubiesen venido un poco antes.
Abandonó el hotel hará una media hora. Pero dijo que
volvería dentro de una semana.
—¿Le dijo a dónde iba?
—Al aeropuerto. Debía tomar el avión con destino a
California.
—¿Dejó alguna dirección para que le remitan la
correspondencia?
—No.
La voz del primer Fed se hizo amistosa:
—¿Tendría la amabilidad de hablarnos un poco de
Miss Nahar?
Diez minutos más tarde, los dos agentes se hallaban
de nuevo en su automóvil. El empleado se había
mostrado muy poco comunicativo.
—¿Qué piensas de esto, Frank?
—Creo que probablemente estamos perdiendo el
tiempo.
—También yo lo creo. Salvo que haya resuelto partir
esta mañana, ¿verdad?
—¿Por qué no pedimos a tu confidente que apriete
un poco más las clavijas a su contacto?
—Tal vez sería demasiado. Rico tiene que habérselas
sobre todo con truhanes. —El inspector miró su reloj—.
Vamos a comprobar las listas de pasajeros, para saber
qué avión ha tomado. Haremos que la interroguen
cuando llegue a California.

—Todos hemos olvidado una cosa capital —declaró


el jefe de Policía, con una autoridad que hizo que todas
las miradas se volviesen a él—. ¿Vamos a aplicar las
consignas de secreto de la Casa Blanca a los encargados
de la investigación?
—No, claro que no —respondió secamente
Hudson—. ¿Cómo podríamos motivarles, hacerles
trabajar como nunca lo han hecho en su vida, darles a
entender que tienen en sus manos la vida de millones de
personas, sin decirles la verdad?
Una expresión de estupor se pintó en los azules ojos
del jefe de Policía.
—¿Quiere usted decir que va a anunciar a mis
agentes que hay una bomba H escondida en esta isla, y
que va a estallar dentro de unas horas, borrando esta
ciudad de la faz del mundo. ¡Ni pensarlo! Son hombres.
Les acometería el pánico. ¿Sabe qué sería lo primero
que dirían? «¡Eh! Yo tengo chicos allí. Llamaré a mi
mujer. Le diré que vaya en seguida a buscarlos a la
escuela y que partan inmediatamente hacia la casa de su
madre, en Massachusetts.»
—No parece tener mucha confianza en sus hombres,
señor jefe de Policía.
Michael Bannion fulminó con la mirada a Quentin
Dewing, el severo director del FBI, venido de
Washington.
—Confío absolutamente en mis hombres, Mr.
Dewing. Pero ellos no proceden de Montana, de Dakota
del Sur o de Orange, como los suyos. Vienen de
Brooklyn, del Bronx, de Queens. Y tienen a su mujer, a
sus hijos, a su madre, a sus tíos y tías, a sus camaradas
y a sus amiguitas, a sus perros, gatos y canarios, caídos
en la trampa de esta ciudad. Son hombres. No
superhombres como sus Feds. Tendrá que inventar una
historia para ocultarles la verdad. Y le diré otra cosa,
Mr. Dewing: la historia tendrá que ser muy buena, si no
queremos que se produzca en la ciudad un pánico
mayor de lo que usted o cualquier otro pueda
imaginarse.

La periodista Grace Knowland se levantó el cuello de


piel para protegerse del viento que la atacó a la salida de
la estación del Metro de Chambers Street, en el bajo
Manhattan. Al cruzar a toda prisa el parque del
Ayuntamiento, plantado de sicomoros —donde George
Washington había hecho leer la Declaración de
Independencia a los habitantes de Nueva York—,
resbaló sobre la nieve helada y a punto estuvo de caerse.
«¡Decir que el alcalde no es siquiera capaz de hacer
limpiar sus propias aceras!», pensó, indignada. Ante
ella se alzaba la imponente fachada del Ayuntamiento,
extraña mezcla de arquitecturas Luis XV y clásica
americana. Grace subió con precaución los escalones
helados que habían pisado tantos soberanos, príncipes,
presidentes, militares, astronautas y sabios, para recibir
el homenaje de la ciudad. Sonrió al policía de guardia y
penetró en la sala de Prensa al mismo tiempo que Victor
Ferrari, portavoz del alcalde.
—Señoras y caballeros —anunció en seguida aquél,
frotándose las manos—, tengo que darles una mala
noticia. Lamentándolo mucho, Su Excelencia no podrá
celebrar su conferencia de Prensa con ustedes esta
mañana...
Ferrari esperó a que se calmase el alud de
imprecaciones y silbidos provocados por sus palabras.
Soportar el mal humor de la Prensa neoyorquina era
una de las pruebas más leves que le imponía su función
de portavoz del alcalde de Nueva York.
—El alcalde ha sido llamado a Washington por el
presidente, para discutir ciertas cuestiones
presupuestarias de interés común.
La sala pareció estallar. La enfermedad crónica de la
hacienda neoyorquina llenaba muchas columnas de los
periódicos desde hacía años. «¿Aumento de la ayuda
fed eral? », «¿reducción de la co n trib ució n
gubernamental?» «¿Préstamo presupuestario?» Las
preguntas silbaron como una nube de flechas.
—Lo lamento —se excusó Ferrari, levantando los
brazos—, pero me es imposible concretar exactamente
el tema de esta súbita entrevista.
—Victor —preguntó Grace, ¿cuándo cree que
regresará el alcalde?
—Hoy mismo. Les tendré al corriente.
—¿Por el puente aéreo, como de costumbre?
—Supongo que sí.
—¡Eh, Vic! —gritó un reportero de Televisión—.
¿Podría tener esto algo que ver con la reconstrucción del
South Bronx?
El rostro de Ferrari dejó filtrar una expresión casi
imperceptible de aprobación, un pestañeo muy breve,
como el del jugador de póquer que se encuentra con que
ha ligado color. Sólo un periodista lo advirtió: Grace
Knowland.
—Ya les he dicho que desconozco el objeto de esta
visita —insistió Ferrari.
Grace se deslizó discretamente hacia un teléfono y
llamó al New York Times.
—Myror —murmuró a su jefe de redacción—, algo
ocurre en relación con el asunto del South Bronx. Stern
ha salido para Washington. Quisiera ir allá y tratar de
regresar con él en el mismo avión.
—¡Hecho!
Antes de partir, Grace decidió hacer una segunda
llamada. El timbre del teléfono del despacho del
inspector Rocchia sonó durante largo rato. Al fin,
respondió una voz desconocida:
—No está aquí. Han ido todos a una reunión.
«Es extraño —pensó Grace, al colgar—. Angelo me
había dicho que tenía que redactar sus informes esta
mañana.» Mientras se deslizaba hacia la puerta, oyó
aumentar el vocerío del grupo que seguía rodeando al
encargado de Prensa.
—Todo esto es maravilloso, Vic, —gritó alguien—;
pero, por simple curiosidad, ¿podríamos saber cuándo
piensa el municipio acabar de quitar esa maldita nieve?

—Señor presidente, parece estar usted en espléndida


forma. ¡Magnífica! ¡Formidable!
Los adjetivos crepitaban como una traca estallando
en una noche de Año Nuevo. Ni siquiera allí, en la
intimidad del despacho privado del presidente de los
Estados Unidos, acogedora y pequeña habitación
contigua al salón oval oficial, podía el alcalde de Nueva
York reprimir sus viejos instintos de político en
campaña. Cruzó la estancia dando saltitos, como
impulsado por unas suelas con muelles.
—Realmente, ¡está usted en muy buena forma!
El presidente, pálido por la falta de sueño, hizo
ademán a Abe Stern para que se sentase en el diván
color albaricoque y esperó a que el mayordomo acabase
de servir el café. Como música de fondo, se oían,
atenuados, los acordes de las Cuatro estaciones, de
Vivaldi. El presidente prefería la intimidad de esta pieza
al formalismo del despacho contiguo, santuario de su
autoridad, de sus funciones y de sus servidumbres. La
había decorado con algunos recuerdos personales: un
mosquete, obsequio de la milicia de Georgia; un retrato
al óleo de su esposa y de su hija, pintado el día siguiente
de su elección; una fotografía de su ídolo, el almirante
Rickover, en la que, a modo de dedicatoria, figuraba la
pregunta que tantas veces había meditado: Why not the
best? («¿Por qué no el mejor?») Al lado del tintero
había colocado la famosa placa que adornara antaño la
mesa de Harry Truman, y cuya inscripción estaba muy
indicada esta mañana: The buck stops here: «A partir
de aquí no se devuelve ya la pelota.»
—Bueno —exclamó animadamente Stern, en cuanto
hubo salido el mayordomo de la habitación—, por fin
podremos hablar de cómo financiar la reconstrucción de
South Bronx, ¿verdad?
—Lo siento mucho, Abe, pero tengo que
desengañarle. No es ésta la razón por la que le he
rogado que viniese.
El alcalde arqueó las cejas, sorprendido.
—Nos enfrentamos a una terrible crisis, Abe, que
concierne a su ciudad.
Stern emitió un sonido, que era mezcla de gruñido
y suspiro.
¡Oh, señor presidente, no va a ser el fin del mundo!
Las crisis vienen y van. ¡Nueva York las ha superado
todas!
Los ojos del presidente se nublaron de pronto,
mientras observaba al hombrecillo sentado ante él.
—Se equivoca, señor alcalde. Esta vez se trata de una
crisis que Nueva York podría no superar.
QUINTA PARTE
LOS RASCACIELOS VOLARÁN POR
LOS AIRES

Harvey Hudson, director del FBI de Nueva York,


subió de cuatro en cuatro los escalones del auditorio del
Cuartel General de «Federal Plaza». Le seguían el jefe
de Policía y el jefe de la brigada de inspectores. Mientras
los dos últimos se sentaban entre el asta de la bandera
de Nueva York y la del estandarte azul y oro del FBI,
Hudson se acercó al pupitre del borde del estrado, con
su cuarto puro del día entre los dientes. Se habían dado
prisa. Eran apenas las 9 del lunes 16 de diciembre.
Hudson abarcó con mirada satisfecha al vasto salón
lleno a rebosar, respiró profundamente, dejó el cigarro
y se inclinó sobre el micrófono.
—Caballeros, nos hallamos ante una emergencia.
Esta entrada en materia provocó un murmullo,
seguido de un atento silencio.
—Un grupo de terroristas palestinos ha escondido
un barril de cloro en Nueva York, probablemente en la
isla de Manhattan.
Por detrás de Hudson, el jefe de Policía, Bannion,
observaba los rostros de sus inspectores, tratando de
interpretar sus reacciones.
—Estoy seguro —siguió diciendo Hudson— de que
huelga recordarles las propiedades sumamente tóxicas
del cloro. Todos se acordarán de lo que pasó
recientemente en Canadá, a raíz de un accidente de
ferrocarril. En este momento, un barril de cloro, oculto
en alguna parte de la ciudad es una amenaza de muerte
contra la población. ¡Imagínense el pánico que se
produciría si se enterasen los habitantes! Por esto apelo
a su sentido de responsabilidad y les pido
encarecidamente que guarden un riguroso secreto sobre
lo que voy a decirles.
Los inspectores de la Policía neoyorquina eran
hombres curtidos, pero el jefe Bannion se estremeció al
ver la expresión de espanto que se plasmaba en
numerosos semblantes. «!Señor! pensó—, ¿qué habría
pasado si les hubiésemos dicho la verdad?»
Hudson expuso el resto de la historia urdida con
Bannion y Feldman; un comando palestino se hallaba
en Nueva York, con la orden de hacer estallar el barril
de gas mortal si Begin no liberaba antes de mañana al
mediodía a diez camaradas suyos, presos en las cárceles
de Israel. Una ampliación del dibujo de la bomba H de
Gadaffi, con los elementos nucleares cuidadosamente
disimulados, apareció entonces en la pantalla, detrás del
orador.
—Algunos de ustedes tendrán a su cargo la
persecución de los terroristas; otros procederán a las
operaciones de búsqueda, por sectores; otros rastrearán
los aeródromos, los muelles y los docks, tratando de
descubrir cómo llegó este gas a Nueva York. Trabajarán
en equipos; los policías de Nueva York, con los Feds,
agrupados en sus respectivos servicios contra gangs,
contra secuestros, contra explosivos, etcétera.
—¡Caray! —gritó alguien en el fondo de la sala—.
¿Por qué no dice a los israelíes que liberen a los hijos de
puta que tienen presos?
Bannion esperaba esta reacción. Hizo una seña a
Hudson, se levantó y tomó el micro.
—Esto atañe a los israelíes. No a nosotros. ¡A
ustedes les incumbe encontrar el maldito barril!
Bannion hizo una pausa y terminó, con voz tonante:
—Cuento con ustedes, muchachos. ¡Encuentren el
barril! ¡Y rápido!

El inspector de guardia en la entrada principal del


Departamento de Hacienda, en Washington, se acercó
a los dos hombres que se apeaban del «Ford» negro
oficial. Comprobó de una ojeada sus documentos de
altos funcionarios del Departamento de Defensa y les
hizo seña de que le siguiesen al vestíbulo del Ministerio.
Les condujo hasta una pesada puerta rotulada como
«Salida», les hizo bajar dos pisos hasta el sótano del
edificio y, después, les llevó por un pasillo débilmente
iluminado hasta una segunda puerta, ésta cerrada con
llave. Daba acceso a los pasillos secretos de la Casa
Blanca americana, al túnel que pasa por debajo de la
East Executive Avenue y que había seguido ayer el
presidente para trasladarse de incógnito al Pentágono.
David Hannon, de cincuenta y cuatro años y
cabellos grises, era el responsable de la Agencia de
Seguridad Civil; Jim Dixon era especialista en efectos de
las armas nucleares y termonucleares. Ambos habían
consagrado la mayor parte de su vida profesional al
estudio de un tema espantoso: la aniquilación de las
ciudades, de los campos y de las poblaciones
americanas por las armas nucleares y termonucleares.
Lo inimaginable les era tan familiar como un balance
para un perito mercantil. Habían ido a Hiroshima y a
Nagasaki; habían presenciado las pruebas en los
desiertos de Nevada; habían concebido y hecho
construir lindas casas coloniales, bonitos bungalows y
muñecos de tamaño natural, en los que los
planificadores militares de los años cincuenta habían
medido los efectos de las sucesivas generaciones de
armas nucleares.
Su guía les hizo pasar por debajo de la Casa Blanca y les
condujo, por una escalera secreta, hacia el ala Oeste,
donde se hallan las oficinas presidenciales y la sala del
Consejo Nacional de Seguridad. Allí les dejó al cuidado
de un comandante del cuerpo de Marines.
—La conferencia acaba de empezar —les informó el
oficial, mostrándoles dos sillas plegables instaladas
cerca de la puerta—. Les llamarán dentro de un
momento.

Los miembros del Comité de Crisis habían vuelto a


sus sitios alrededor de la mesa de conferencias. El
presidente había sentado a su derecha al alcalde de
Nueva York. Las cifras blancas del reloj electrónico de
la pared marcaban las 9,03. Habían transcurrido nueve
horas desde la explosión en el desierto de Libia.
—Hemos informado por teléfono al gobernador del
Estado de Nueva York —comenzó el presidente—. Yo
mismo acabo de exponer la situación al señor alcalde, al
que he rogado que se uniese a nosotros. Dado que la
amenaza concierne a su ciudad y a sus conciudadanos,
el secreto habitual de nuestras deliberaciones no regirá
para él.
Hizo una señal con la cabeza al almirante Tap
Bennington. Por tradición, las reuniones del Consejo de
Seguridad se iniciaban siempre con una exposición por
parte del director de la CIA.
—En cuanto nuestra Embajada en Tel-Aviv recibió
la llamada telefónica anunciando la inminencia de un
bombardeo israelí contra Libia, hicimos una gestión
cerca de los soviets para pedirles que presionasen a
Israel. Esto surtió un efecto inmediato. La «Elint5» de la
VI Flota nos confirma que los israelíes han anulado, a
las tres cuarenta y ocho de esta mañana, un ataque
contra Libia. Creo que, en este aspecto, podemos
considerar que la situación es satisfactoria.
El director de la CIA correspondió con una
inclinación de cabeza al murmullo de alivio provocado
por sus palabras.
—Por otra parte, la CIA se esfuerza en la busca de
algún indicio que permita identificar a los individuos
capaces de haber colocado esa bomba en Nueva York
por cuenta de Gadaffi. —Hizo una pausa—.
Desgraciadamente, no hemos encontrado nada concreto
hasta ahora.
—¿Ha contestado el encargado de Negocios en
Trípoli al mensaje de Eastman, pidiéndole que diga a
Gadaffi que deseo hablar con él? —preguntó el
presidente.
—Todavía no. Nuestro «Boeing» Catastrophe está,
empero, en el lugar preparado para establecer un enlace
en cuanto tengamos la conformidad de Trípoli.
—Perfecto.
Esta lacónica respuesta daba a entender que el
presidente estaba convencido de que, si establecía
contacto con Gadaffi, podría hacerle entrar en razón,

5
Electronic Intelligence: sistema de escucha y
detección electrónicos.
conducirle a aceptar una solución razonable, apelando
a sus sentimientos religiosos y a su inteligencia.
—Tap, según usted, ¿de qué libertad de maniobra
goza Gadaffi? ¿Conduce personalmente su nave? ¿Es
dueño de todas sus decisiones?
—Completamente. El Ejército, el pueblo, el país
entero están a sus pies. Nada ni nadie se opone a su
voluntad.
El presidente frunció los labios y tamborileó con los
dedos sobre la mesa. Se volvió al director del FBI.
—¿Mr. Holborn?
Mientras cada participante exponía las actividades
de su servicio en el curso de las últimas horas, el alcalde,
Abe Stern, se hallaba todavía bajo la impresión de la
terrible confidencia que acababa de hacerle el jefe del
Estado. Cuando el almirante Fuller, presidente del
comité de jefes de Estado Mayor, anunció que los
portaaviones y los submarinos nucleares de la VI Flota
se acercaban a su destino frente a las costas libias, se
inclinó hacia delante y cruzó sus rollizas manitas sobre
la mesa. Tenía la impresión de estar viviendo una
pesadilla.
—Caballeros, los israelíes tenían razón. —Todas las
caras se volvieron al viejo—. No debieron obligarles a
renunciar a su contraataque. ¡Liquidar a ese
energúmeno debe ser nuestro único objetivo!
—Nuestra mayor preocupación, señor alcalde
—observó serenamente Jack Eastman— es salvar a la
población de su ciudad.
Pero nada podía detener a Abe Stern. Su rostro se
había enrojecido. El apocalipsis que amenazaba a su
ciudad le hacía perder todo sentido de la mesura.
—¡Ese árabe es un nuevo Hitler! Ha violado, desde
hace diez años, todos los principios de moral
internacional. Ha matado, destruido, sembrado el terror
en todos los rincones del Globo, para imponer su
voluntad. Ha arruinado el Líbano con su dinero,
inundado Beirut con sus millones, por mediación, dicho
sea de paso, de nuestros buenos Bancos americanos.
Está detrás de Jomeiny. Trata de suprimir a todos los
amigos que tenemos en el Próximo Oriente, desde Sadat
hasta los saudíes, para arruinarnos cortándonos el
petróleo. Y nosotros hemos permanecido sentados
durante todo este tiempo dejándole actuar, ¡como una
pandilla de Chamberlains delante de este nuevo Führer!
Stern se volvió al presidente y le interpeló
directamente:
—El bufón de su hermano se puso en ridículo, y
también usted, señor presidente, cantando las alabanzas
de Gadaffi por todo el país. Como aquellos cretinos del
partido germanoamericano que ladraban Heil Hitler en
Chicago, en 1940.
Hizo una breve pausa para recobrar aliento y
prosiguió:
—Y ahora, ha puesto una bomba H en mi ciudad, en
medio de mi gente, y usted quisiera suplicarle de
rodillas ¡y darle lo que pide a ese fanático! ¡En vez de
liquidarle!
—El problema, señor alcalde —intervino el
almirante Fuller—, es que, liquidando Libia, no
salvaríamos Nueva York.
—¡Pamplinas!
—Pero es verdad.
—¿Por qué?
—Porque la destrucción de Libia no impediría que
explotase la bomba. Al contrario.
El alcalde golpeó la mesa con ambas manos. Se
incorporó a medias, temblando de rabia, y fulminó con
la mirada al plácido jefe del Estado Mayor, sentado al
otro extremo de la mesa.
—¿Va usted a decirme que, después de los miles de
millones de dólares que hemos tirado en los treinta
últimos años para su diabólica máquina nuclear, miles
de millones que mi ciudad necesitaba con urgencia y
que no recibió jamás, va usted a decirme que, después
de todo esto, sus ejércitos son incapaces de salvar a mi
pueblo, de salvar mi ciudad de las ambiciones de un
dictador cien veces peor que Jomeiny y que está al
frente de un país que no es más que arena y excremento
de camellos?
—Olvida usted el petróleo —observó alguien.
El huesudo rostro del almirante adquirió el aire
triste de un perro de caza viejo.
—Sólo hay un modo seguro de salvar su ciudad,
señor alcalde, y es encontrar la bomba y desactivarla.

—¿A quién te han dado por compañero?


El inspector de primera Angelo Rocchia se secaba
las manos bajo el ventilador del lavabo, mientras hacía
esta pregunta a su camarada Henry Ludwig. Éste inclinó
su melenuda cabezota en dirección a un negro alto y de
cabellos crespos.
—A aquel de allá abajo. ¿Y a ti?
Angelo lanzó una mirada desdeñosa al joven agente
del FBI que peinaba sus rubios mechones a varios
lavabos de distancia del suyo. Después, suspiró
cansinamente y se acercó al espejo para examinarse la
cara. Percibió algunas huellas brillantes de la crema
contra las arrugas que se aplicaba todas las mañanas
debajo de los ojos y en las comisuras de los labios, desde
que había iniciado sus amoríos con Grace Knowland, la
p er io d ista d el N ew Y ork T im es. S acu d ió
cuidadosamente su chaqueta, pues la coquetería y el
buen yantar eran sus únicas debilidades. Angelo
Rocchia, al decir de sus compañeros, sólo destinaba su
dinero a dos cosas: «su estómago y su atuendo». No
jugaba a las cartas ni a las carreras, ni corría detrás de
las mujeres. Pero llevaba trajes de Tripler, de 350
dólares, como el azul marino que lucía hoy sobre una
camisa de seda con gemelos y con iniciales bordadas,
corbata blanca de brocado, y brillantes zapatos
puntiagudos de «Screenland».
En efecto, desde su iniciación en el oficio había
comprendido que la elegancia y la consideración iban
parejas, y que un poli bien vestido imponía respeto a los
jefes del hampa.
—Bueno, Henry, ¿quieres que te diga una cosa?
—murmuró—. En esta operación hay algo que no me
gusta. ¡Demasiado importante! El FBI está metido hasta
el cuello. Y los de Hacienda, y los de Aduanas.
Incluso he visto chicos de Estupefacientes. ¿Todo esto
por un barril de mierda?
Sin esperar respuesta, se acercó al joven Fed que le
habían dado como compañero de equipo.
—¡Hola, amigo! ¡Bonita corbata! —exclamó,
dirigiendo una compasiva mirada al estrecho pedazo de
tela que pendía del cuello de Jack Rand—. ¿Dónde
compraste esa maravilla?
—¿De veras te parece bonita? Es de la «Casa
Brown», el gran almacén de Denver.
—¿Denver? ¡Si que has hecho kilómetros para llegar
hasta aquí! Bueno, veamos a dónde quieren enviarnos
—dijo Angelo, tirando del Fed.
Una docena de mesas metálicas habían sido
colocadas formando un cuadrado en una gran estancia
contigua, donde un agente del FBI y un policía
neoyorquino asignaban su misión a cada equipo. Más
allá, otros policías fijaban los turnos de servicio y
distribuían las claves para las comunicaciones por radio,
y los aparatos ajustados a las frecuencias secretas del
FBI. Una gran confusión reinaba alrededor de las
mesas.
Unos inspectores reclamaban a gritos coches no
oficiales; otros inquirían sobre el pago de las horas
extraordinarias; otros insultaban indistintamente a los
judíos y a los árabes.
Angelo sintió que una mano rozaba su espalda. Se
volvió. El inspector jefe Feldman murmuró al oído del
policía:
—Hay que lanzarse a fondo, Angelo. Y no te
inquietes por las reclamaciones, protestas y amenazas...
Estás protegido.
Feldman se alejó en seguida, en busca de otro oído
para deslizarle el mismo mensaje. El joven compañero
de Angelo había vuelto, con una hoja de papel en la que
se indicaba su destino. El neoyorquino la examinó;
después, al ver la multitud que se apretujaba delante de
la mesa donde se repartían los aparatos de radio, se dijo
que se pasarían todo el día haciendo cola. En vista de
ello, se acercó disimuladamente, se agachó, agarró un
aparato, se lo metió debajo del brazo y se alejó.
—¡Eh! —gritó un Fed con gafas—. ¿A dónde vas con
eso?
—¿A dónde voy? —replicó Angelo, irritado—. A los
muelles de Brooklyn, que es donde me envían. ¿A dónde
quieres que vaya? ¿A las carreras de caballos?
—¡No puedes marcharte así! —vociferó el Fed, fuera
de sí—. No has firmado el recibo. Ante todo, hay que
firmar un recibo. Con la fecha. Angelo adoptó un aire
indignado.
—¿De veras, hijito? —gruñó, sacudiendo a su
compañero de un brazo—. En algún lugar hay un barril
de gas que puede matar a mucha gente, ¡y hay que
firmar un papelucho antes de salir en su busca!
Agarró el trozo de papel que agitaba el frenético
empleado.
—Te juro que, aunque el mundo estuviese a punto
de estallar, siempre habría un estúpido burócrata que
gritaría: «¡Eh! ¡Esperad! ¡Antes tenéis que firmar el
recibo!»

Era la primera vez que David Hannon, responsable


de la Agencia de Seguridad Civil, se hallaba delante del
jefe del Estado. Sacó del bolsillo un disco de plástico
azul y rojo, del tamaño de un plato de postre, y lo puso
sobre la mesa. Era el instrumento indispensable para
cumplir su tarea un tanto macabra, una regla para
calcular los efectos de las bombas nucleares. Lo revelaba
todo: la presión por centímetro cuadrado necesaria para
romper un cristal o para provocar una hemorragia
pulmonar; el grado de las quemaduras producidas por
una bomba de cinco megatones que explotase a treinta
y siete kilómetros de distancia; la intensidad de las
radiaciones difundidas por la explosión de ochenta
kilotones a trescientos ochenta y cuatro kilómetros; el
tiempo que tardarían estas radiaciones en matar a sus
víctimas...
—Mr. Hannon, le escuchamos.
El hombrecillo inclinó la cabeza en dirección al
presidente y se ajustó la corbata a rayas con un preciso
movimiento.
—Por desgracia, la situación de Nueva York es única
—empezó diciendo, en el tono doctoral de un
arqueólogo describiendo los vestigios de una civilización
desaparecida—. Ello se debe a los rascacielos... Nuestros
trabajos han versado principalmente sobre los daños
que podríamos infligir a los rusos, más que sobre los
que ellos podrían causarnos a nosotros. Y, como ellos no
tienen rascacielos, nos hallamos hoy en una situación
para la que en cierto modo carecemos de... —buscó la
palabra— de datos. Pero una cosa es segura: los daños
que podría causar una bomba de tres megatones en
Manhattan son inimaginables. —Se enjugó la frente y se
volvió hacia el plano de Nueva York, que su ayudante
acababa de fijar en la pared—. Este plano les da un
cálculo aproximado de las destrucciones y de las
pérdidas en vidas humanas.
Cuatro círculos concéntricos que tenían por eje
Times Square, en el centro de Manhattan, englobaban
sucesivamente toda la ciudad y sus arrabales. Hannon
señaló la porción de ciudad situada en el interior de la
línea roja del primer círculo. Se trataba de una zona de
cinco kilómetros de diámetro que, trasladada a una
aglomeración como París, habría equivalido al espacio
comprendido entre el Arco de Triunfo, el Louvre, la
Torre Eiffel y el Sacré-Cœur de Montmartre.
—En el interior de este círculo no subsistirá nada,
como no sea en forma de restos calcinados.
—¿Nada? —dijo el presidente, aterrado—. ¿Nada
absolutamente?
—Nada, señor presidente. La devastación será total.
—¡Es increíble! —balbució Eastman.
Pensó en el panorama de la isla de Manhattan, que
redescubría con emoción cada vez que iba a pasar el fin
de semana a Nueva York con su mujer y su hija Cathy.
Volvía a ver las resplandecientes murallas de cristal y de
acero que se extendían desde el Centro internacional de
comercio hasta Wall Street y más allá. ¡Y todo esto
podía ser destruido en un instante! ¡Bah! Forzosamente
se trataba de una pesadilla, ¡de una exageración del
burócrata enloquecido por sus cálculos!
—Pero, señor perito, ¡algunos viejos edificios de allá
abajo fueron construidos como fortalezas!
—La onda de choque de una bomba de este tipo
—replicó Hannon, imperturbable— producirá un
huracán como jamás sopló sobre la Tierra.
—¿Ni siquiera en Hiroshima y Nagasaki?
—Aquéllas fueron simples bombas atómicas, no
bombas H. En realidad, eran bombas rudimentarias.
Los vientos que produjeron eran suaves brisas en
comparación con los que cabe esperar en este caso.
El técnico de cabellos grises mostró de nuevo el
círculo rojo que rodeaba el corazón de la isla de
Manhattan: Wall Street, Greenwich Village, la Quinta
Avenida, Park Avenue, Central Park, el East Side y el
West Side.
—Sabemos, por nuestras investigaciones en las dos
ciudades japonesas atomizadas, que las casas modernas
de acero y de hormigón fueron simplemente barridas
así, ¡plaf! —Hannon hizo chascar los dedos—. Mientras
que, con la tempestad desencadenada por una bomba
H, verían ustedes volar literalmente los rascacielos por
los aires. Arrastrados como las tiendas de la playa de
Coney Island un día de temporal. Antes de
desintegrarse en polvo en un instante.
El experto se volvió de nuevo a sus oyentes. Estaba
tan absorto en su tema, que se habría dicho que estaba
dando un cursillo.
—Caballeros, si ese ingenio llega a explotar, todo lo
que quedará de la isla de Manhattan será un montón de
escombros humeantes.
Se hizo un pesado silencio. Después, el alcalde
irguió su frágil silueta, desorbitados los ojos, cerúleo el
semblante.
—¿Y los supervivientes? —preguntó, señalando el
círculo rojo en cuyo interior se hallarían como cogidos
en una trampa al menos cinco millones de habitantes.
—¿Supervivientes, ahí? —Hannon se encogió de
hombros—. No habrá ninguno.
—¡Señor! —gimió Abe Stern, derrumbándose en su
sillón.
—¿Y arderá toda la ciudad? —preguntó el secretario
de Defensa, Herbert Green.
—Los incendios que se producirán —explicó
amablemente David Hannon— no tienen precedentes
en la experiencia humana. Esa bomba liberará una onda
de calor que lo inflamará todo en varias decenas de
kilómetros alrededor de Nueva York. En Nueva Jersey,
Long Island, State Island, Westchester, decenas y
centenas de millares de casas arderán como cerillas.
Contempló el plano.
—En el interior del primer círculo, el soplo de la
onda de choque será probablemente tan violento, que
apagará la mayor parte de los incendios. El efecto
térmico será un poco atenuado por las pantallas
formadas por los cristales de los edificios modernos del
centro de Manhattan. Pero, ¿qué hay en el interior de
esos inmuebles? Alfombras, cortinas, mesas-escritorio
cubiertas de papeles. Dicho en otras palabras:
combustible. Tendrán pues, instantáneamente, millares
de hogueras. Y después, con toda seguridad, la
deflagración lo convertirá todo en humeantes ruinas.
—¡Santo Dios! —gimió alguien, en el extremo de la
mesa—. Todos esos desgraciados prisioneros en los
buildings...
—Según nuestros cálculos —dijo Hannon—, los
buildings de cristal son menos peligrosos de lo que se
cree, a condición, naturalmente, de que se hallen lo
bastante alejados del epicentro de la explosión. Sin
embargo, las estructuras de vidrio se fragmentarán en
millones de partículas microscópicas. Así, el efecto del
choque transformará a las personas en enjambres de
alfileres, sin matarlas necesariamente en el acto.
«¿Estará bromeando ese tipo? —se preguntaba Jack
Eastman, aturdido. Miraba fijamente al experto,
crispados los dedos sobre el borde de la mesa,
encorvados los anchos hombros por la fatiga—. ¿Se da
cuenta de que está hablando de seres humanos, de gente
que tiene un rostro, un nombre, una familia? ¿No de
una serie de números escupidos por un ordenador?»
—¿Habrá supervivientes más allá del primer
círculo? —preguntó el presidente.
—Sí. Nuestros cálculos indican que, en el interior del
segundo círculo, es decir, entre los cinco y los diez
kilómetros a contar del punto cero, el cincuenta por
ciento de la población resultará muerta; el cuarenta por
ciento, herida, y el diez por ciento, ilesa.
—¿Sólo el diez por ciento? —murmuró el alcalde.
Volvió la cabeza hacia el plano, pero no vio los
círculos de colores, ni la apretada cuadrícula de calles y
avenidas. Vio su ciudad, la Nueva York que había
recorrido a pie, amado, maldecido, durante medio siglo
de política y de campañas electorales. Vio los barrios
judíos del bajo Brooklyn, donde, de puerta en puerta,
envuelto en un mareante olor a pescado gefelte, había
recogido los votos de sus electores; los paseos de Coney
Island, con los chicos que venden bolsas de patatas
fritas y hot-dogs largos como las cachiporras de los
policías; los barrios del Harlem hispánico y las
bulliciosas callejuelas de Chinatown, con su hedor a
pescado salado, a buñuelos de cerdo y a huevos
podridos; las ventanas de una Pequeña Italia,
adornadas de rojo y de verde en honor del santo patrón
cuya ingenua imagen pasaba de unos hombros a otros
entre la delirante multitud; las interminables hileras de
tristes viviendas populares de Bensonhurts y de Astoria;
todos los hogares de su pueblo, de ese pueblo de
taxistas, de camareros, de peluqueros, de empleados, de
electricistas, de bomberos, de policías, junto a los cuales
se había pasado la vida luchando por mejorar su suerte,
y que hoy se hallaban condenados en el interior de un
perímetro marcado en azul en un plano.
—¿Quiere usted decir que sólo un neoyorquino de
cada diez tiene probabilidades de quedar con vida?
—insistió— . ¿Y que la m itad perecerán
inmediatamente?
—Sí, señor alcalde.
—¿Cuál será el efecto en los otros sectores?
—preguntó el presidente.
—Casi la totalidad del resto de Jersey City, del Bronx
y de Brooklyn, será aniquilada. Los buildings de vidrio
más recientes se convertirán en esqueletos, pero la
mayoría de éstos permanecerán de pie, porque el viento
no tendrá dónde agarrarse. En la periferia del círculo
azul, las casas se derrumbarán.
—¿Cabe esperar que haya supervivientes en el
interior del tercer círculo? —preguntó ansiosamente
Eastman.
Aquel círculo abarcaba el campus de la Universidad
de Columbia y toda una serie de arrabales
particularmente poblados.
—En esta zona —explicó Hannon—, los cristales, los
tabiques interiores y los techos se volatilizarán. Algunas
casas se derrumbarán. Todos aquellos que no se
encuentren en un sótano o refugio correrán el peligro de
quedar enterrados en los escombros. Calculamos que
habrá un diez por ciento de muertos y de un cuarenta a
un cincuenta por ciento de heridos en esta zona.
—¿Y las radiaciones? —inquirió el presidente.
—Dios no lo quiera, señor presidente, pero si, por
desgracia, soplase viento de mar en el momento de la
catástrofe, la nube radiactiva cubriría toda la
aglomeración neoyorquina antes de ser empujada hacia
el interior del país. Millones de personas serían
alcanzadas, y decenas de millares de kilómetros
cuadrados quedarían contaminados. Nadie podría vivir
allí durante varias generaciones.
—Escuche, señor Comosellame, ¡ya estoy harto de
oír sus infernales predicciones! —El alcalde había
recobrado su punch—. Lo único que me interesa es que
me diga exactamente el número de mis conciudadanos
que morirán si explota esa bomba.
—Con mucho gusto, señor alcalde.
Hannon abrió una voluminosa carpeta con tapas de
cartón rígido y negro, con el rótulo de «Ultrasecreto».
Contenía el imprescindible viático del burócrata
moderno, un documento de informática. Se trataba, en
realidad, de una especie de anuario de lo inconcebible,
de una proyección, por barrios, de la muerte y de la
destrucción, con el número exacto de enfermeras, de
pediatras, de osteópatas, de fontaneros, de camas de
hospital, de bombas contra incendios, de pistas de
aeropuertos y, naturalmente, de archivos oficiales, que
subsistirían en cada rincón de las zonas afectadas.
El Gobierno norteamericano había gastado millones
de dólares en reunir estas informaciones y someterlas a
los ordenadores gigantes del Centro de alerta nacional
de Olney, en Maryland. Y he aquí que había llegado el
momento de resumir todo el horror encerrado en las
columnas de cifras, de estadísticas, de porcentajes.
Hannon consultó rápidamente su libro negro y
declaró calmosamente:
—El número total de muertos en la ciudad de Nueva
York será de seis millones setecientos cuarenta y cuatro
mil.

El agente del FBI Jack Rand consultó nerviosamente


su reloj. Un gran embotellamiento de automóviles
inmovilizaba al viejo «Chevrolet» de su compañero de
equipo, el inspector Angelo Rocchia.
—Deberíamos llamar al Puesto de Mando —sugirió
Rand.
—¿Para qué? —replicó Angelo, irritado—. ¿Para
decirles que estamos en el puente de Brooklyn
bloqueados?
«Ese botarate lleva una radio en el culo», pensó
Angelo. Pescó un cacahuate en la bolsa de papel que
llevaba en el bolsillo de su chaqueta.
—¡Toma, hijito, y tranquilízate! Admira el
panorama. Ahora vendrá lo mejor. El estercolero de
Brooklyn.
Lentamente, con precaución, se deslizó a lo largo de
la rampa y giró hacia Henry Street, dos calles por
encima de los muelles. El joven Fed hizo una mueca al
ver el espectáculo que apareció delante del parabrisas:
una hilera de casas de tres o cuatro pisos, casi todas
ellas destrozadas como por un bombardeo. Las paredes,
o al menos las que se mantenían aún en pie, estaban
cubiertas de inscripciones obscenas. El lugar olía a
orines, a mierda, a ceniza.
La mayor parte de las tiendas estaban atrancadas
con tablas. Jack miró con asombro los raros
establecimientos que seguían abiertos: el salón de
peluquería del «Grand Tony», con su estropeada
fachada cubierta con una cortina amarilla y una maceta
de geranios; la abacería del Ace, con su exposición de
embutidos, de botes de cerveza y de soda, de paquetes
de cigarrillos y de servilletas de papel, apilados detrás
de una gruesa reja.
En las esquinas de las calles, miserables para
quienes el sueño americano seguía siendo un espejismo,
se calentaban las manos en fogatas de basura
encendidas en viejos cubos.
—Apuesto a que no tienes un paraíso como éste en
tu Colorado. ¿Sabes cuánto cobra aquí un tipo para
asesinar a alguien? ¡Diez dólares! Sí, hijito, ¡diez dólares
por matar a un ciudadano! —Angelo Rocchia meneó la
cabeza con nostalgia—. Y, sin embargo, hubo un tiempo
en que fue un barrio muy lindo, ¿sabes? Italianos. Y
algunos irlandeses. Hoy, la mayoría de los que viven
aquí están peor que los animales del zoo del Bronx. Los
árabes nos harían un favor...
—¿Un favor?
—... si hiciesen explotar aquí su barril.
Angelo vio, por el rabillo del ojo, que el Fed hacía
una mueca. Señaló con un dedo la decrépita fachada de
una iglesia.
—Allá abajo está President Street —anunció, con
orgullo—. El antiguo territorio del gángster Joey Gallo.
Y ante ti, hijito, tienes uno de los más grandes campos
de batalla americanos.
Era verdad: en los muelles de Brooklyn han muerto
más hombres que en muchas batallas históricas. Desde
siempre, el crimen, la corrupción, el asesinato, han
imperado en estos kilómetros de grises almacenes y en
los barrios vecinos. Las ratas de muelle, los incendiarios
de docks, los mercaderes de hombres, los mercaderes de
mujeres, los posaderos clandestinos, las alcahuetas, los
shanghaianos, los shipchandlers sin escrúpulos, los
contrabandistas, los asesinos a sueldo, habían sido los
héroes siniestros de la larga saga de la chusma del
waterfront. La inseguridad y el pillaje habían alcanzado
tales proporciones, que los barcos habían acabado por
alejarse de Brooklyn.
—¿Es que la Mafia sigue dominando en los muelles?
—preguntó ingenuamente el Fed.
Angelo no pudo contener una risa burlona. «La
próxima vez —se dijo—, este botarate me preguntará si
el Papa es católico.»
—¡Claro que sí! La familia Profaci, Anthony Scotto...
—¿Y no habéis podido destruirlos?
—¡Destruirlos! ¿Estás de broma? Controlan todas
las compañías de administración que alquilan los
muelles. Si un estibador no tiene un tío, un hermano o
un primo en el sindicato, que le recomiende, puede ir a
que le frían un huevo; no habrá trabajo para él. ¿Sabes
lo que pasa cuando el muchacho llega aquí por primera
vez? Un tipo se acerca a él y le dice: «¡Eh! Estamos
haciendo una colecta para Tony Nazziato. Se rompió
una pata en el muelle número seis.» El aspirante a
estibador pregunta, sorprendido: «Tony, ¿qué?» Y se
acabó: puedes estar seguro de que el chico no tendrá
nunca trabajo. Pues el gran Tony está allá abajo, en el
salón del sindicato, contando los cientos de dólares que
le proporcionan las colectas por sus imaginarias
fracturas. Es la ley de la jungla. Como en todos los
muelles.
Angelo observó que la cara sonrosada de su
compañero de equipo se había vuelto gris como el cielo
de Brooklyn.
—Bueno, ya está bien, ¡hablemos de otra cosa! Es
curioso que te hayan enviado aquí desde Denver, sólo
por un maldito barril de cloro, ¿no te parece?
—Por lo visto es una mercancía sumamente
peligrosa.
—¡Claro! ¿Sabes el número de Feds que han hecho
venir? ¡Al menos dos mil!
—¿Tantos? —Vaciló un momento—. Dime: no debes
estar lejos de la edad de la jubilación, ¿verdad?
—Si quisiera, ¡ya la tendría! —dijo Angelo,
mascando un cacahuate—.Tengo la antigüedad
necesaria. Pero me gusta este trabajo... ¿Quieres que me
pudra en algún lugar de Long Island, pensando en las
musarañas? ¡No me conoces!
En el barrio que cruzaban era donde había hecho
Angelo Rocchia sus primeras rondas como guardia, en
1947. La Comisaría de Brooklyn estaba entonces tan
cerca de su casa que, entre una ronda y otra, podía ir a
tomarse un café en la casa donde había nacido, abrazar
a su madre y charlar un poco con su padre en el
pequeño taller de sastre que éste había montado al
llegar de Sicilia, después de la Primera Guerra Mundial,
e incluso echar una cabezadilla en el sotechado donde él
mismo había tirado de la aguja los sábados por la tarde,
mientras oía al viejo tararear con la radio las grandes
arias de Rigoletto, del Trovador, de la Traviata.
—¿Hace mucho tiempo que estás en el FBI?
—preguntó a Rand.
—Tres años. Desde que salí de la Facultad de
Derecho de Tulane.
—¿Eres de Nueva Orleáns?
—De Thibodaux, en el bayou de Luisiana. Mi padre
regenta allí la agencia «Ford».
—El país de Ron Guidoy —observó Angelo, con
satisfacción—. El mejor pitcher que tuvieron los
«Yankees» después de la llegada de Whitey Ford6.
—Yo jugué al rugby.
—Me parece que te falta planta.
—Lo mismo dijeron los entrenadores. Por eso hice
mi carrera de Derecho.
Pocos días antes de la entrega del diploma, un
representante del FBI había ido a exponer a los
estudiantes de la Universidad de Tulane las ventajas de
una carrera en las filas de la seguridad federal. El
siguiente año escolar, Jack Rand había sido admitido en

6
Célebres jugadores de béisbol
la misteriosa Academia nacional del FBI, instalada en el
recinto de la base naval de Quantico, en Virginia. Allí
había seguido, durante once meses, la instrucción
intensiva de los futuros agentes de la seguridad
norteamericana: curso de procedimiento criminal,
escuela de contraespionaje, nociones de ideologías
revolucionarias, lecciones de vigilancia policial,
ejercicios prácticos sobre casos de secuestro, de
infiltración extranjera, de terrorismo político, de
chantaje nuclear. Todo un adiestramiento físico digno
de James Bond —ejercicios de defensa táctica, de lucha
cuerpo a cuerpo y de tiro real— había completado
aquella formación, cuyo último examen había sido una
prueba de resistencia a la tortura.
Pero, sobre todo, Rand había aprendido a someterse
a las reglas que tienden a fundir a los nueve mil agentes
del FBI en un mismo molde. Nada de trajes ni de
corbatas de fantasía, sino vestidos serios y corrientes,
gabardinas beige o grises, sombreros de fieltro del
mismo color. Gafas discretas, del tipo clergyman.
Cabellos ni muy largos ni muy cortos. Nada de barba ni
de bigote. Y las mismas exigencias en lo tocante al
comportamiento. Ante todo, la manera de hablar: nada
de discursos volubles ni de conversaciones atropelladas,
sino una estricta economía en el lenguaje. Nada de
originalidades en el trabajo, sino respetuosa sumisión a
los métodos establecidos. Un policía anónimo, presto a
diluir su individualidad en la organización: he aquí lo
que había hecho el FBI del joven Jack Rand.

Angelo Rocchia había empezado su carrera en el


corazón del borough de Brooklyn, cuyo barrio de los
docks se parecía hoy a los pueblos devastados de Sicilia
donde había combatido durante el invierno de 1943.Era
el ghetto italiano, a la sazón escenario de las vendettas
de las familias rivales de la Mafia. No había tardado en
descubrir la extraordinaria corrupción que se ocultaba
bajo el bello uniforme azul marino, la gorra hexagonal
y el arma de calibre 38 de los treinta y dos mil policías
de Nueva York. Había cerrado los ojos ante los rackets
de su sector y cobrado, sin escrúpulos, el diezmo de los
gángsteres. Después de pasar por el Bronx había
cruzado el East River para incorporarse a la Oficina de
Investigación Criminal de Manhattan, donde había
tirado el uniforme de cop para navegar en traje de
paisano por el sospechoso ambiente del juego
clandestino, de las apuestas ilegales, de la extorsión
comercial e industrial.
Un año en la Brigada de Rateros del sur de
Manhattan y, después trece meses en la Brigada de
Moral de la Comisaría 18.a de la Calle 54 Oeste, habían
enriquecido su experiencia. En ella se había revelado
como excelente actor. Su talento para el disfraz había
hecho caer en sus redes a algunas belles de nuit de
Times Square, que se habían quedado pasmadas al
descubrir que el pacífico comerciante de cerveza de
Munich o el representante de ojos oblicuos de Su
Majestad Honda llevaba un calibre 38 bajo su chaqueta.
La insignia dorada de los inspectores de primera clase
había sido su recompensa, abriéndole las puertas de la
aristocracia de la fuerza pública neoyorquina, cuerpo de
tres mil inspectores que representaba una poderosa
camarilla adulada por el poder por la Prensa.
—¿Estás casado? —preguntó Angelo a su
compañero.
—Sí, y tengo tres pequeños. ¿Y tú?
Por primera vez, Jack Rand vio en el rostro de su
acompañante una sombra de tristeza.
—Perdí a mi mujer hace algunos años. Tengo un
hijo, una niña. Había dicho estas palabras como una
declaración definitiva que no permitía ningún
comentario.
El policía detuvo su coche ante una puerta metálica.
Mostró su placa de inspector al guardia, el cual le hizo
señal de que podía pasar. Un poco más lejos, se detuvo
ante un gran edificio amarillo, en cuya fachadase leía en
letras negras: «Passenger Terminal» «Estación
Marítima».
—¡La última parada antes de diñarla! —bromeó
Angelo.
—¿Antes de diñarla?
—¡Bah! No te preocupes. Tú aún no habías nacido.
—Se echó un cacahuate a la boca—. Yo salí de aquí para
la guerra en 1942.
Una ráfaga de viento helado les lanzó en pleno
rostro el pútrido relente de las aguas sucias que lamían
los docks. Angelo se levantó el cuello del abrigo y se
dirigió a una especie de caja de cristales en el extremo
del muelle.
—¡He aquí la Oficina de Aduana de los Estados
Unidos! Podrías hacer pasar un rebaño de elefantes ante
estos cristales sin que lo advirtiese el tipo que está
dentro.
Angelo entró en la cabina débilmente iluminada
donde flotaba un olor a sudor y a tabaco frío.
Fotografías de ases del béisbol y el amarillento póster de
una pin-up de Playboy, decoraban las mugrientas
paredes. Tumbado en su sillón, el aduanero de uniforme
azul marino leía la página deportiva del Daily News.
—Me han anunciado su visita —gruñó, al ver la placa
que le mostrabaAngelo—. Les esperan ahí al lado, en el
despacho del agente marítimo.
La oficina de Hellias Stevedore era poco mayor que
la de la Aduana.Fajos de papeles se amontonaban en
compartimientos a lo largo de la pared. Eran los
manifiestos de todos los barcos que habían descargado
mercancías en aquel muelle durante el año que acababa
de transcurrir.
Angelo se quitó el abrigo y lo dobló cuidadosamente
sobre una silla. Sacó varios cacahuates del bolsillo y
ofreció uno a Rand.
—Toma, hijito, come esto, ¡y manos a la obra! Y
recuerda: Qui va piano va sano.
El Fed pareció no comprender.
—Esto quiere decir, amigo mío, que el buen
polizonte no debe apresurarse.

Con el semblante lívido y estragado por las


emociones, el alcalde de Nueva York juntó las manos en
un ademán de súplica. ¡Seis millones setecientos
cuarenta y cuatro mil!, repetía una y otra vez. ¡Seis
millones setecientos cuarenta y cuatro mil! Un
holocausto peor que la tragedia que había enviado a sus
tíos y tías a las cámaras de gas de Auschwitz. ¡En unos
segundos de abrasamiento fulgurante!
—Señor presidente —dijo, con voz sorda, casi
inaudible—, hay que hacer urgentemente algo por esa
gente. ¡Es preciso!
Abe Stern estaba a solas con el presidente en el
despacho de éste. Anquilosado por las largas sesiones
en que tenía que permanecer sentado, el jefe del Estado
se levantó y empezó a pasear arriba y abajo.
—Claro que sí, Abe... Encontraremos la manera de
salir de esto... Pero, entretanto, debemos conservar la
sangre fría, no dejarnos llevar por el pánico.
—Esto son buenas palabras, señor presidente. Pero
no actos que pueden salvar a los seis millones de
hombres, mujeres y niños de mi ciudad. ¿Qué vamos a
hacer para arrancarlos de las garras de ese fanático?
—¡Por el amor de Dios, Abe! ¿No cree usted que, si
se pudiese hacer algo más, lo haría?
—¿Por qué no evacuarlos?
—¿Evacuarlos? ¿Ha leído usted el mensaje? La cosa
es clara: a la primera señal de evacuación, hará explotar
la bomba. ¿Quiere usted correr este riesgo, incluso antes
de que hayamos podido hablar con él?
—¡Yo me niego a aceptar que ese demente nos dé
órdenes! ¿No se puede vaciar la ciudad sin que él se
entere? De noche. Cortando las radios, las televisiones,
los teléfonos. ¡Tiene que haber un medio!
El presidente se apartó de la ventana ante la que se
había detenido. No podía aguantar más la belleza del
espectáculo, la inmaculada alfombra de nieve y el
obelisco de Washington elevándose en el cielo azul;
sobrio monumento evocador de tiempos felices.
—Abe —dijo, pausadamente—, cometeríamos un
error muy grave si menospreciásemos a Gadaffi. Tengo
la convicción de que lo ha previsto todo, hasta sus
ínfimos detalles. Toda su estrategia se apoya en el hecho
de que tiene en jaque a una fantástica concentración de
gente. Si sus rehenes consiguiesen huir de la ciudad,
estaría perdido. Y él lo sabe. Por consiguiente, tiene sin
duda partidarios provistos de potentes emisoras de
radio, que le avisarían en el momento mismo en que se
diese la orden de evacuación.
—Señor presidente, le conjuro para que me deje
hacer un llamamiento por Radio y por Televisión.
—Si hiciese usted esto, Abe, tal vez conseguiría
salvar a un millón de habitantes. Y éstos serían los ricos,
poseedores de automóviles. Pero, ¿qué sería de los
negros de Harlem, de los puertorriqueños de Brooklyn,
de los pobrecillos del Bronx? ¡La bomba los reduciría a
cenizas antes de que tuviesen tiempo de llegar al
extremo de la calle!
—Al menos, los que se salvasen podrían escribir
sobre mi tumba: «Salvó a un millón de sus
conciudadanos.»
El presidente meneó tristemente la cabeza.
—Pero los libros de Historia dirían sin duda también
que, con su precipitación, contribuyó usted a la muerte
de otros cinco millones.
El atroz dilema les impuso un largo silencio.
Después, el presidente añadió:
—Abe, ¡imagínese por un momento el caos que
provocaría el anuncio de la evacuación de Nueva York!
—Sé mejor que nadie el lío que se armaría. Pero es
MI gente, y no voy a quedarme sentado, ¡esperando que
la liberen ustedes del chantaje de ese asesino! —El
alcalde señaló la ciudad a través de la ventana, con un
dedo acusador—. Y todos los chupatintas de la
Protección civil, que desde hace treinta años están
gastando nuestro dinero en millones de dólares, ¿qué
esperan para mostrarnos lo que han hecho con él?
Déme a los mejores. Los llevaré conmigo a Nueva York
y haré que pongan manos a la obra. Veremos si son
capaces de encontrar una solución.
—De acuerdo, Abe. Son suyos. Haré que los envíen
inmediatamente a la base de Andrews. Partirán en su
mismo avión. —El presidente apoyó una mano en el
hombro del alcalde—. Y si descubren un medio, sea el
que fuere, que permita una evacuación sin peligro, ¡de
acuerdo! —Apretó el hombro del viejo—. Confiemos,
Abe, en que no tendremos que llegar a eso. Cuando
establezcamos contacto con Gadaffi, lograremos
persuadirle de que renuncie a su proyecto. —Suspiró—.
Pero de momento tenemos que representar nuestra
comedia.
Los periodistas esperaban en el exterior. El
presidente bromeó con algunos de ellos, y después dio
lectura a un comunicado anodino: el alcalde y él habían
hablado de la ayuda federal a la ciudad de Nueva York
en el próximo presupuesto.
—¡Señor alcalde! —gritó uno de los reporteros—,
¿qué diablos será de Nueva York, si no obtiene usted las
subvenciones que solicita?
Abe Stern le fulminó con la mirada.
—¡No se preocupe por Nueva York, jovencito! Nueva
York sabrá siempre cómo salir del paso.

Como cada mañana, Jeremy Oglethorpe entró en la


cocina de su casita de Arlington, Virginia. En los treinta
años que llevaba viviendo allí, nada había turbado
jamás los hábitos del meticuloso funcionario, cuya
jornada de trabajo empezaba invariablemente con un
par de huevos escalfados y terminaba, ocho horas más
tarde, con el tónico sabor de dos martinis secos. De
cincuenta y ocho años, aspecto campechano y mejillas
granujientas, Oglethorpe formaba parte de esa
corporación de burócratas diplomados, fruto de una
curiosa unión entre los viveros universitarios y las
antecámaras gubernamentales de Washington. Las
organizaciones que empleaban a hombres como él
habían proliferado como hongos en las orillas del
Potomac, desde que terminó la Segunda Guerra
Mundial. Las cantidades de pilas de cadmio que
necesitaría la industria electrónica en 1987; la precisión
de impacto del misil «MX», según sus diferentes curvas
de aproximación; la evolución de las condiciones
socioculturales de Zambia, desde hoy hasta el año
2000: ningún tema escapaba a la competencia de los
tecnócratas como Oglethorpe. Ni siquiera los problemas
de superpoblación en las casas de tolerancia de América
del Sur, ¡como había descubierto, con indignación, el
senador William Proxmire!
Jeremy Oglethorpe pertenecía al prestigioso
Stanford Research Institute, dependiente de la
Universidad Stanford de Palo Alto, en California. Su
especialidad se refería a las modalidades de evacuación
de las ciudades en el caso de un ataque termonuclear
soviético. Sin embargo, la palabra «evacuación» no
figuraba nunca en sus informes. Dado que la burocracia
gubernamental le encontraba un son tan pesimista
como el del vocablo «cáncer», la habían cambiado por
la pudorosa fórmula de «redespliegue de las
poblaciones en caso de urgencia».
Durante treinta años, Oglethorpe se había
consagrado a este problema con un celo al menos igual
a la abnegación de la Madre Teresa para con los pobres
de Calcuta. Había coronado su carrera con la
publicación de una obra monumental, de 425 páginas,
titulada Condiciones del redespliegue de las
poblaciones urbanas del pasillo nordeste de los Estados
Unidos. Este documento había exigido la colaboración
de veinte personas durante tres años y requerido
créditos cuyo importe no se habría atrevido Oglethorpe
a confesar. Desde entonces, se había dedicado al aspecto
más arduo de su tarea: la ciudad de Nueva York.
Indiscutiblemente, era el experto por antonomasia en
los problemas de evacuación de la gigantesca metrópolis
en caso de alarma nuclear. Sin embargo, no había vivido
nunca en esta ciudad, a la que detestaba. Pero su
desconocimiento total, sobre el terreno de las
aglomeraciones cuya evacuación proyectaba, no había
turbado nunca su conciencia profesional, ni la de sus
superiores. Próximo a su jubilación, Jeremy Oglethorpe
se preguntaba a veces si habría hecho tantos esfuerzos
para nada.
Sin embargo, esta mañana del lunes 14 de
diciembre, cuando faltaba menos de un día para la
expiración del ultimátum de Gadaffi, parecía que, al fin,
había sonado su hora. Cuando empezaba a despachar
sus huevos escalfados, sonó en el salón el timbre del
teléfono. Y a punto estuvo de atragantarse cuando un
coronel del Pentágono le anunció que el secretario de
Defensa deseaba hablarle. Hasta ahora, nadie de
categoría superior a la de jefe de servicio le había
telefoneado a su casa. Dos minutos más tarde, subía a
un automóvil oficial para ir a buscar a su oficina los
documentos que necesitaría y correr después a reunirse
con el alcalde de Nueva York en la pista de la base aérea
de Andrews. Mientras el chófer arrancaba, Oglethorpe
sintió un escalofrío en todo su cuerpo: ¡treinta años de
su vida habían servido para preparar este instante
extraordinario!

La llegada del psiquiatra holandés Henrick


Jagerman provocó reacciones diversas en los
extenuados consejeros que rodeaban a Jack Eastman en
su despacho del ala Oeste de la Casa Blanca. Para la
rubia Lisa Dyson, jefe de la sección libia de la CIA,
representaba la promesa de una ráfaga de aire fresco en
una reunión que se atascaba después de una noche de
discusiones intensas y a veces tormentosas. El doctor
Bernie Tamarkin, especialista norteamericano en
negociaciones con los terroristas, veía llegar a su colega
con el respeto de un joven violoncelista al encontrarse
con Pablo Cassals. La maciza figura que llegaba de
Amsterdam encarnaba, para Jack Eastman, la única
esperanza de resolver esta terrible crisis de manera no
violenta.
Hechas las presentaciones, el doctor Henrick
Jagerman se sentó en el sitio que le indicó Eastman,
delante de él. Desde su sillón, veía la célebre rotonda
con columnas de la presidencia de los Estados Unidos.
Su flema acostumbrada había sido puesta a dura
prueba. Hacía menos de media hora que se hallaba aún
encima del Atlántico, saboreando, a una velocidad doble
de la del sonido, el gastronómico almuerzo de «Air
France» servido por una bella azafata, mientras
estudiaba la carpeta sobre Gadaffi que le había
entregado un agente de la CIA en la puerta del
«Concorde». Y ahora había sido impelido hasta el
centro del poder de la nación más poderosa del mundo,
para proponer una estrategia capaz de evitar una
catástrofe de dimensiones inimaginables.
—¿Han establecido ya contacto con Gadaffi?
—preguntó, con su fuerte acento bátavo, cuando
Eastman acabó de resumirle la situación.
—Por desgracia, todavía no. Se han establecido los
circuitos de transmisión, pero Gadaffi permanece
inalcanzable.
Jagerman reflexionó, mirando al techo. Tenía una
peca en mitad de la frente. Era su tika, según decía; la
marca redonda que los hindúes se pintan en este sitio
para representar el tercer ojo, el que percibe la verdad
más allá de la realidad.
—De todas maneras, no hay prisa.
—¿Que no hay prisa? —se asombró Eastman—. Nos
quedan menos de veintisiete horas para salir de esta
ratonera, ¿y cree usted que no es urgente?
—Después del éxito de su experimento nuclear,
nuestro coronel se encuentra probablemente en estado
de erección psíquica, es decir, en pleno delirio
paranoico.
El psiquiatra había dicho esto con la autoridad de un
profesor de Medicina explicando un diagnóstico a sus
alumnos.
—Su explosión atómica le ha convencido de que
posee desde ahora lo que había luchado por conquistar
desde hacía años: el poder absoluto, total, definitivo.
Dicho en otras palabras: está bajo el dominio de una
psicosis de fuerza. Ve sus objetivos al alcance de la
mano: liquidar Israel, convertirse en líder indiscutible
de los árabes, imponer su ley en el mercado mundial del
petróleo. Entablar ahora conversaciones con él podría
ser un error fatal. Vale más dejar que se enfríe la olla
antes de levantar la tapadera para mirar en su interior.
Jagerman se pellizcó la nariz para destaparse los
oídos, todavía ensordecidos por el rápido descenso
efectuado por el «Concorde» a petición de las
autoridades norteamericanas.
—Saben ustedes —siguió diciendo— que, en una
situación de esta clase, los primeros momentos son
siempre los más peligrosos. Al principio, el cociente de
ansiedad del terrorista es muy, muy elevado. Con
frecuencia se halla en un estado histérico que puede
impulsarle súbitamente a cometer algo irreparable. Hay
que darle oxígeno, ayudarle a recobrar el aliento, dejarle
expresar sus opiniones y sus quejas.
El holandés se irguió bruscamente.
—A propósito de ese enlace con Gadaffi, confío en
que se trate de una comunicación por radio o por
teléfono, y de que podremos oír su voz, ¿no es cierto?
Eastman pareció confuso.
—Esto plantea un problema de seguridad...
—Es absolutamente preciso que oigamos su voz
—insistió el psiquiatra—. Es esencial.
La voz de un hombre era para él una ventana
indispensable sobre su psique, el elemento que le
permitía captar su carácter, la modulación de sus
em o cio n es, y, ev en tu a lm en te, predecir su
comportamiento. En todos los casos de rehenes,
Jagerman grababa todas las conversaciones con los
terroristas y, después, escuchaba una y otra vez la cinta,
buscando el menor cambio en el tono, en la elocución,
en el vocabulario empleado.
—¿Quién tendrá que hablarle? —preguntó
Eastman—. Supongo que el presidente...
—¡De ninguna manera! —protestó vivamente el
psiquiatra—. El presidente es la última persona con
quien debe establecer contacto. —Jagerman tomó un
sorbo de café—. Nuestro objetivo es ganar tiempo, el
tiempo que necesite la Policía para descubrir la bomba.
¿Cómo podríamos dar largas al asunto y obtener un
aplazamiento del ultimátum, si dejásemos que el jefe del
Estado iniciase las negociaciones? Nos expondríamos a
que Gadaffi le pusiese entre la espada y la pared, le
exigiese una respuesta inmediata.
El holandés comprobó con satisfacción que los
reunidos estaban pendientes de sus labios.
—Por esta razón aconsejo siempre interponer un
negociador entre el terrorista y la autoridad. Si el
terrorista formula una exigencia apremiante, el
negociador puede alegar que tiene que consultar a las
personas que pueden otorgarle lo que pide. El tiempo
—concluyó, sonriendo— trabaja siempre en favor de la
autoridad. A medida que transcurren las horas, los
terroristas están menos seguros de ellos mismos, son
más vulnerables. ¡Esperemos que éste sea el caso de
Gadaffi!
—¿Qué clase de persona debe ser el negociador?
—preguntó Eastman.
—Alguien de cierta edad, tranquilo, que sepa
escucharle, hacerle salir de eventuales pausas. En fin,
una especie de padre, como fue Nasser para él en su
juventud. Esencialmente, alguien que le inspire
confianza. Su táctica consistirá en hacerle comprender
esto: «Simpatizo con usted y con sus objetivos. Quiero
ayudarle a alcanzarlos.»
El psiquiatra holandés conocía bien su oficio. Cinco
veces había dialogado ya con terroristas para frenar sus
pulsiones agresivas y conducirles, poco a poco, a tomar
conciencia de la realidad y, por fin, a aceptar el papel
que él les atribuía: el de héroes generosos que
perdonaban la vida a sus rehenes. Su táctica había dado
brillantes resultados cuatro veces. «Hoy, ¡valía más no
pensar en el fracaso de la quinta!», dijo para sus
adentros.
—El primer contacto será decisivo —siguió
diciendo—. Gadaffi debe comprender desde el primer
momento que le tomamos en serio. —Paseó su mirada
viva y clara por toda la estancia—. Considerando la
enormidad de su chantaje, lo que yo recomiendo quizá
les parezca grotesco, pero es un elemento vital de
nuestra estrategia. Hay que empezar diciéndole que
tiene razón; que no sólo son legítimas sus quejas contra
Israel, sino que estamos dispuestos a ayudarle a
encontrar una solución razonable.
—De acuerdo, doctor; pero todo esto presupone que
Gardaffi quiera hablar con el negociador —observó Lisa
Dyson—. Ahora bien, lo más propio de su carácter sería
—y dirigió al psiquiatra una sonrisa angelical— que nos
dijese, y perdone la expresión: «¡Que os den por el saco!
¡Dejaos de palabras! ¡Aténganse a mis exigencias!»
«¡Estas americanas! —pensó Jagerman—. ¡Son más
groseras que un carcelero holandés!»
—No tema, querida señorita. Hablará. Su excelente
estudio lo demuestra claramente. El pobrecillo beduino
del desierto, a quien sus camaradas de escuela
ridiculizaban antaño, quiere convertirse en el héroe de
todos los árabes, imponiendo su voluntad al hombre
más poderoso del mundo, a su presidente. Créame
usted: hablará.
—¡Dios le oiga!
Eastman había escuchado a Jagerman, agitándose
entre su escepticismo en lo relativo a los métodos
psiquiátricos y la loca esperanza de que aquel hombre
podía traer la anhelada solución.
—Pero no olvide, doctor, que no nos hallamos ahora
frente a un mísero pícaro que apoya su revólver sobre la
sien de una vieja. Gadaffi está en condiciones de matar
a más de seis millones de personas en un cuarto de
segundo. ¡Y él lo sabe!
Jagerman asintió con la cabeza.
—Exacto. Sin embargo, debemos tener en cuenta
unos factores psicológicos precisos y ciertos principios
inmutables. Se aplican tanto a un jefe de Estado como
a un vulgar atracador. La mayoría de los terroristas se
consideran visionarios oprimidos que luchan por
enderezar algún entuerto. El hombre con quien nos
enfrentamos es, sin duda alguna, un iluminado, un
auténtico fanático religioso. Y esto complica las cosas,
pues el hombre es siempre más radical, más
intransigente, cuando actúa en nombre de la religión.
Acuérdense de Jomeiny.
Jagerman se volvió a Lisa Dyson, con una mirada de
aprobación paternal.
—También en esto es muy instructivo su retrato,
señorita. Es evidente que su deseo de conseguir lo que
él considera justo para sus hermanos árabes es la razón
fu n d am en tal d e s u a c c ió n . S in em b arg o,
inconscientemente, otro imperativo le impulsa a actuar
de esta manera: el desprecio que siente por Occidente.
Sabe que ustedes, los norteamericanos, como los
ingleses, los franceses e incluso los rusos, le toman por
un loco. Pues bien, quiere demostrarles que están
equivocados. Él, el mísero árabe despreciado, les
obligará a respetarle, a tener en cuenta su voluntad, a
permitirle realizar su grandioso sueño. Y para
demostrarles que no está tan loco como creen, está
dispuesto a ir hasta el fin: a destruirlo todo. A ustedes,
a sí mismo, ¡y a su pueblo si es preciso!

Angelo Rocchia estaba revisando uno a uno los


manifiestos del agente marítimo Hellias Stevedore
cuando entraron varios hombrones para calentarse
alrededor de la estufa de carbón. Eran jefes de muelle.
Italianos en su mayoría, con unos pocos negros,
reticente concesión del gang a la presión del
antirracismo. Componían un reparto ideal para una
nueva versión de Sur les quais, con sus mugrientos
delantales, sus toscas camisas a cuadros y sus gorras de
cuero. Su lenguaje se reducía a una serie de gruñidos
guturales, mezcla de jerga norteamericana y juramentos
sicilianos, y se refería al sexo, al tiempo, a la pasta y al
béisbol.
El policía neoyorquino sintió sus miradas hostiles
que le espiaban. Nadie, lo sabía muy bien, era tan mal
visto como un guindilla en los muelles. «Esos tipos
deben de estar devanándose los sesos, preguntándose
qué diablos hemos venido a hacer aquí», pensó, con
satisfacción. Desde el inmenso muelle del Brooklyn
Ocean Terminal llegaban, como un ruido de fondo, el
silbido de las carretillas elevadoras, el chirrido de las
grúas que extraían mercancías de las bodegas de cuatro
cargueros sujetos a los amarraderos. Este muelle era
muy curioso; uno de los pocos del puerto de Nueva York
donde aún se amontonaban las mercancías a granel, un
anacronismo en la época de los cargamentos en
contenedores. Angelo recordaba los tiempos en que
todo llegaba así. Los cargadores de muelle se lanzaban
sobre las mercancías como ejércitos de ratas, birlando
cuanto podían. Se frotó los ojos, mascó un cacahuate y
continuó su metódico examen de los manifiestos. De
pronto sintió un borborigmo familiar en el fondo de su
estómago y levantó la cabeza.
—¡Eh, Tony! —gritó al empleado de cara de luna
sentado detrás de una mesa en el fondo de la estancia—.
¿Sabes si existe aún el restaurante «Salvatore»?
Tony Ricardi levantó la mirada de su fajo de papeles
y abrió una boca constelada de dientes de oro.
—No. El viejo murió hace dos años.
—Lo siento. Nadie como él para hacer los
manicaretti.
Este comentario irritó a Jack Rand, que empezaba
a dar señales de impaciencia. «Ese guindilla
neoyorquino es un incordio —pensó—. Desde que ha
llegado a esta oficina, se ha pasado el tiempo charlando
con ese tipo en italiano.» Sin dejar de refunfuñar, el Fed
examinó un nuevo manifiesto. Se puso en pie de un
salto.
—¡Aquí tengo uno! —exclamó, con la excitación del
pescador que descubre un salmón en el extremo del
sedal.
Angelo se inclinó y siguió con la mirada el dedo de
su compañero, deslizándose sobre el manifiesto.
«R EMITENTE: "Libyan Oil Service", Trípoli, Libia.
C ONSIGNATARIO: "Kansas Drill International", Kansas
City, Kansas. IDENTIFICACIÓN: LOS 8477/8484.
C ANTIDAD: 5 cargas. D ESCRIPCIÓN: Material de
perforación petrolera. P ESO BRUTO: 17.000 libras.»
—Sí —convino Angelo—, eso parece interesante.
Telefonea al puesto de mando y dales esta información.
Jack Rand salió. Momentos más tarde, la palabra
«Bengasi», escrita en otro manifiesto, llamó la atención
a Angelo Rocchia. Aquella palabra le decía algo: ¡El tío
Giacomo! Los ingleses le habían hecho prisionero en
1942. Y había sido en Bengasi, Libia. Examinó la ficha.
«N OMBRE DEL BARCO: Dionysos. R EMITENTE: "Am El
Fasi", Exportaciones, Bengasi. C ONSIGNATARIO: Durkee
Filter, 194 Jewel Avenue, Nueva York. IDENTIFICACIÓN:
18/37B. C ANTIDAD: una carga. D ESCRIPCIÓN: 10 barriles
de diatomeas. P ESO BRUTO: 5.000 libras.»
Angelo calculó rápidamente. Diez barriles para cinco
mil libras, son quinientas libras por barril. Poco peso
para un barril de ahora, ¿no?
—¡Eh, Tony! —gritó al empleado—. Echa un vistazo
a esto. —Puso el manifiesto ante las narices de Picardi—.
¿Qué es eso de diatomeas?
—Una especie de polvo. Conchas trituradas.
—¿Para qué sirve?
—No lo sé exactamente. Creo que para filtrar agua.
En las piscinas.
—¿Conoces ese barco, el Dionysos?
—Sí. Es un viejo cascarón podrido. Viene cada seis
semanas, desde hace cuatro o cinco meses, trayendo
siempre la misma mierda.
Angelo tomó de nuevo la hoja y empezó a
reflexionar. En jefatura te tomarían por un imbécil si
hicieses investigar unos barriles que pesan quinientas
libras, siendo así que buscan una mercancía que pesa
tres veces más. A menos que algunos de esos barriles
hubiesen llegado vacíos...
El proxeneta negro Enrico Díaz no tenía por
costumbre encontrarse tan temprano en la Séptima
Avenida. Las diez de la mañana era poco más que el
amanecer para aquel pájaro nocturno. Acababa de
embarcar en su «Lincoln Especial» el Fed que le había
llamado la víspera. El policía iba esta vez acompañado
de un colega. El hombre pisaba a fondo el acelerador,
ansioso de alejarse de su territorio: no le interesaba que
los Hermanos le viesen con sus pasajeros aunque éstos
pudiesen pasar por dos honrados turistas dispuesto a
correrse una juerga en la casa de sus damas.
—Tenemos un pequeño problema, Rico —declaró
Frank, de quien era aquél confidente habitual.
El negro fingió no haberle oído. A través de sus
enormes gafas negras observaba por el espejo retrovisor
al otro Fed, sentado en el asiento trasero. Nunca le
había visto, y su cara no le gustaba nada. «Ese tipo tiene
una carita muy fea —se decía—; la carita de un truhán
que debe disfrutar aplastando insectos con las uñas.»
—Esa joven árabe de la que nos hablaste —siguió
diciendo Frank— abandonó su hotel esta mañana, para
tomar un avión con destino a Los Ángeles...
Rico levantó un brazo en dirección a los montones
de nieve sucia acumulada junto a la avenida.
—Una ratita que vuela, ¿eh?
—Sólo que no ha subido al avión, Rico.
El rufián sintió un escalofrío en la espina dorsal.
Empezaba a lamentar no haber aspirado su pequeña
dosis de la mañana antes de salir de su bombonera.
—¿Y bien?
—Nos gustaría hablar con tu compañero, el que tuvo
que ver con ella.
—¡Ni pensarlo! ¡Ese tipo puede ser de mucho
cuidado!
—Supongo que no será un monaguillo, Rico. ¿A qué
se dedica? El rufián lanzó un gruñido.
—¡Oh! A lo corriente. Un poco de droga, acá y allá.
—Perfecto, Rico. Le llamaremos, para hablar de
droga. No hay ningún peligro de que lo relacione
contigo.
Rico rió entre dientes. Un hilillo de sudor corría
ahora por su espalda, y no era porque tuviese
demasiado calor con su pelliza de visón de cinco mil
dólares.
—¿Están chalados? Háblenle a ese tipo de «una
chica árabe y de Hampshire House», ¡y sólo pensará en
un negro en toda Nueva York!
—Mr. Díaz —terció el Fed desconocido—, se trata de
un asunto sumamente importante. Y muy urgente.
Necesitamos de veras su ayuda.
—Ya se la he dado.
—Lo sé. Y le estamos muy agradecidos. Pero
debemos encontrar a esa chica, y para ello tenemos que
hablar con su amigo. —Sacó un paquete de «Winston»
del bolsillo, se inclinó y ofreció un cigarrillo a Rico. El
negro lo rehusó—. Usted es importante para nosotros,
Mr. Díaz. No haríamos nada que pudiese
comprometerle, se lo aseguro. No habrá el menor
peligro de que su amigo sospeche nada de usted. Se lo
prometo.
El Fed encendió un cigarrillo y aspiró
profundamente el humo.
—Frank, tengo entendido que una de las amigas de
Mr. Díaz se encuentra actualmente en dificultades con
la Policía de Nueva York.
—Si consideras que cinco años en chirona no son
precisamente una diversión, tiene, efectivamente,
algunos problemas.
—¿Podrías conseguir que retirasen la acusación,
dada la importancia de la colaboración de Mr. Díaz?
—Creo que sí.
—¿Hoy mismo?
—Si es realmente necesario.
—Lo es.
Rico observó por el espejo retrovisor que el Fed
tenía la mirada fija en él.
—La muchacha es suya, Mr. Díaz, si hace un
pequeño esfuerzo de memoria. Repito que no hay la
menor posibilidad de que su amigo le relacione con
esto. Ninguna.
«¿Qué me pasó aquel día para dejar que saliese
armada? —pensó Rico—. Sin embargo, le había dicho a
la muy imbécil que nunca debía atracar a un cliente.
Aunque éste se negase a pagar.» Anita era la única
yegua de su caballeriza que cobraba cien pavos por
actuación. Era una mina de oro. Rendía dos o tres mil
dólares a la semana: el doble que sus demás chicas. Era
la principal proveedora de su fastuosa existencia, y
nadie tenía que decirle lo que pasaría si no se doblegaba
al chantaje de los dos Feds. Si se empeñaba en cerrar el
pico, podía despedirse de ella; cinco años en chirona, y
él, a apretarse el cinturón. En cambio, si hablaba, se la
devolverían limpia de polvo y paja.
Rico dio un puñetazo sobre el volante. Tragó saliva
varias veces, nerviosamente.
—¿De veras no hay peligro de que esto me vuelva a
la boca? —jadeó. —Puedes confiar en nosotros —le
aseguró Frank.
En su cabecita de ordenador, Rico siguió sopesando
los pros y los contras, calculando los riesgos, frente a la
galopante subida de los precios de la buena droga y a la
pequeña fortuna de que debía disponer un caballero
como él para mantener su categoría en las aceras.
El Fed que iba a su lado tuvo que inclinarse hacia él
para captar el imperceptible murmullo que al fin se
avino a emitir de mala gana:
—Pedro. Apartamento 5A, 213, Calle Cincuenta y
Cinco Oeste.
La joven árabe buscada por el FBI rodaba al volante
de un «Ford», cincuenta kilómetros al norte de
Manhattan, por la carretera 187, en dirección a
Tarryton. Leila Dajani había alquilado el coche en
Buffalo hacía quince días. Para mayor precaución, había
sustituido los números de matrícula por unas placas de
Nueva Jersey robadas seis meses antes por agentes
palestinos, del automóvil de un turista americano, en
Baden Baden, Alemania. Sentada al lado de ella, su
hermano Whalid pulsaba los botones de la radio en
busca del boletín de noticias de las diez.
—Tal vez nos enteraremos de que los israelíes han
empezado ya a hacer sus bártulos —dijo, con
entusiasmo.
Leila le dirigió una sonrisa de asombro. «¡Cómo ha
cambiado en unas horas! pensó—. Parece estar de nuevo
en paz consigo mismo. La obsesiva preocupación por el
fracaso que le torturó hasta esta noche, parece haber
desaparecido. ¿Se deberá al medicamento que le traje?
En todo caso, no se ha quejado una sola vez de su úlcera
desde que emprendimos la marcha.»
Leila pasó al carril de la derecha, para dejarse
adelantar por un enorme camión frigorífico. Conducía
sin perder de vista el cuentakilómetros, cuidando de
mantenerse muy por debajo del límite autorizado de 90
kilómetros por hora. Habría sido mala cosa que la
detuviesen por exceso de velocidad. «Si Whalid parece
tan aliviado —se preguntó—, ¿no será porque su tarea
ha terminado?» Ahora le conducía al refugio que había
preparado en el pueblo de Dobbs Terry, primera etapa
en el camino de su huida. Ella volvería en seguida a
Manhattan y recogería a Kamal, que no debía salir del
garaje hasta dos horas antes del momento previsto para
la explosión. Provistos de pasaportes falsos, los tres
Dajani pasarían después al Canadá y se dirigirían al
puerto de Vancouver, en la costa del Pacifico. Un
carguero con pabellón panameño, pero perteneciente a
una sociedad libia, iría a buscarles allí el 25 de
diciembre. «Los canadienses —había calculado Leila—
no vigilarán probablemente con mucha atención los
muelles el día de Navidad.»
La joven dejó la carretera 187 a la salida de Ashford
Avenue y torció hacia el Oeste, en dirección al Hudson.
Minutos más tarde, se detuvo ante un supermercado,
cuidando de aparcar el «Ford» en un rincón alejado de
la zona de estacionamiento.
—Será mejor que vayas tú a comprar las provisiones,
Whalid. Llamarás la atención menos que yo. Sería una
estupidez correr riesgos inútiles.
Whalid le hizo un guiño afectuoso y se apeó del
coche. Leila conectó la radio. Tal vez su hermano había
recobrado la calma; pero ella se sentía más febril y
angustiada a medida que pasaban las horas. Hizo girar
los botones hasta que encontró una música cuyo
estruendo la ayudaría a borrar sus negras ideas. Sus
manos se crisparon sobre el volante. «No pienses. Haz
el vacío...» Pero volvía a ser incesantemente la imagen
de Michael, la imagen de un Michael desintegrada por
la bola de fuego, devorado el rostro por los rayos
mortales, calcinado en un alarido de dolor. Era inútil
que se repitiese que la bomba no llegaría a explotar, que
los norteamericanos aceptarían el ultimátum de Gadaffi
en el último momento, que el monstruoso ingenio sería
desactivado a tiempo; la hipótesis inversa del cataclismo
desencadenado no dejaba de torturarla.
Estaba tan absorta en sus pensamientos, que no oyó
abrirse la portezuela. Whalid depositó sobre el asiento
una caja de víveres de la que sobresalía una botella de
whisky «Johnny Walker».
—¿Y tu úlcera? —preguntó, confusa.
—¡No te inquietes por ella!

De las treinta y seis horas dadas por Gadaffi en su


ultimátum, habían transcurrido ya diez. En París, eran
las 4 de la tarde del lunes 14 de diciembre. El general
Henry Bertrand, director del SDECE había conseguido
al fin encontrar al ingeniero francés que había dirigido
la construcción del reactor atómico vendido por Francia
a Libia. Los ojos medio cerrados y el aire impenetrable
del jefe del Servicio francés de Información podían dar
la impresión de que su mente estaba a miles de
kilómetros de allí. En realidad, estaba cautivada por el
ondulante trasero de la joven criada española que le
había introducido en el salón de un elegante
apartamento del distrito 16.0. El director de SDECE
examinó el lugar. Una larga galería de cristales daba
sobre el Bosque de Boloña, por donde él había paseado
a caballo hacía unas horas. Las paredes estaban
adornadas con vitrinas tapizadas de terciopelo rojo,
para hacer resaltar la colección de objetos de arte
oriental y grecorromano. Nacido en Indochina,
Bertrand apreciaba como aficionado experto los tesoros
de Oriente. Ciertas piezas de origen indio, como una
estatuilla del dios Shiva en gres rosa, que calculó que
sería del siglo VII u VIII, eran, sin duda, muy valiosas.
Pero la joya de la colección era una admirable cabeza
romana, colocada sobre una mesa baja en el centro del
salón. De tamaño dos veces mayor que el natural y
suavemente nimbado por el haz luminoso de un foco,
aquel mármol irradiaba una belleza como raras veces
había contemplado el director del SDECE.
Bertrand oyó que se abría una puerta y vio aparecer
un hombre de pequeña estatura, rollizo, calvo, envuelto
en una bata de seda roja abrochada hasta debajo de la
barbilla y que caía sobre sus pies calzados con chinelas
de terciopelo rojo adornadas con una hebilla dorada.
«Un mandarín —pensó—, o un cardenal camino de la
capilla Sixtina para asistir a un conclave.»
Paul Henri de Serre era uno de los más antiguos
personajes de la Comisaría de energía atómica francesa.
Había empezado su carrera trabajando en Zoé, la
primera pila atómica francesa, un aparato tan primitivo
que sus barras de uranio eran accionadas por el motor
de una máquina de coser. Después se había
especializado en la construcción de centrales
electronucleares, cosa que le había valido frecuentes
estancias en los países a los que exportaba Francia sus
instalaciones atómicas. Por esta razón había sido
recientemente encargado de supervisar el montaje del
reactor vendido a Libia y de asegurar su funcionamiento
durante el crítico período inicial de seis meses.
—Eso de levantar un dedo acusador contra nosotros
es muy típico de nuestros amigos norteamericanos
—suspiró el ingeniero, cuando Bertrand le hubo
explicado el motivo de su visita—. Hace años que
envidian nuestros triunfos. Es absurda la idea de que los
libios hayan podido extraer plutonio de nuestro reactor.
Cómodamente instalado en un sillón Luis XVI, cruzadas
las manos sobre el ligero abultamiento de la panza,
Bertrand encendió un «Gitane».
—Nuestros especialistas confirman su opinión
—convino—. Pero sería muy engorroso que ese plutonio
hubiese sido sustraído de nuestra instalación. Dígame
usted, señor, ¿no ocurrió nunca nada en Libia que
pudiese infundirle la menor sospecha? ¿Algo
desacostumbrado, excepcional?
—Absolutamente nada.
—¿No hubo nunca..., qué sé yo..., defectos en el
funcionamiento del reactor, incidentes mecánicos
inexplicables?
—¡Ninguno! Pero, en todo caso es evidente que a
Gadaffi le encantaría tener un poco de plutonio. Cada
vez que se pronuncia la palabra «nuclear» en presencia
de los árabes, los ojos de éstos echan chispas. Lo único
que puedo decirle es que no pudo sacar su plutonio de
nosotros.
—¿Tiene alguna idea de dónde pudo obtenerlo?
—¡En absoluto!
—¿Y qué me dice de sus técnicos? ¿Había entre ellos
personas que simpatizasen con la causa árabe? ¿Tipos
dispuestos a ayudar a los libios?
Como usted sabe, todas las personas que tenemos
allá abajo fueron objeto de una investigación previa por
parte de la DST. Precisamente para eliminar la clase de
individuos a que usted se refiere. Aparte eso, la mayoría
de aquéllos llegaron a Libia con sentimientos más bien
favorables a la causa árabe. Pero debo añadir acto
seguido que la colaboración con los libios entibió su
fervor con bastante rapidez.
—¿Son difíciles los libios?
—¡Imposibles!
«He aquí un hombre que no les profesa un gran
afecto», pensó el general.
Después de una hora de conversación, el jefe del
SDECE se hallaba igual que antes. El origen del plutonio
de Gadaffi seguía siendo un misterio. Sin duda había
sido un robo puro y simple; pero, ¿dónde?
—Bueno, mi querido señor, creo que he abusado
bastante de su tiempo —dijo cortésmente, levantándose.
—Si puedo prestarle alguna ayuda, no vacile en
acudir a mí —se apresuró a ofrecer el ingeniero.
En el momento de salir, Bertrand se sintió
nuevamente impresionado por la asombrosa belleza de
la cabeza romana, por la serenidad perfecta de aquella
máscara que proyectaba su mirada de mármol
inalterada por los siglos.
—¡Qué maravilla! —exclamó extasiado—. ¿Dónde la
encontró?
—Procede de Leptis Magna, paraje arqueológico
situado a unos cien kilómetros al este de Trípoli. —Paul
Henri de Serre acarició la cabellera marmórea con
arrobada expresión—. Es hermosa, ¿verdad?
—¡Magnífica! —Bertrand señaló las vitrinas a lo
largo de las paredes—. ¡Como toda su colección!
Se acercó a la cabeza de Shiva.
—Esta pieza es también excepcional. Yo diría que
tiene al menos mil doscientos o mil trescientos años.
¿La descubrió en la India?
—Sí. Estuve destinado allí a principios de los años
setenta, en calidad de consejero técnico.
El general contempló la piedra delicadamente
esculpida.
—Es usted un hombre afortunado, Monsieur De
Serre, realmente afortunado.

En Nueva York, el Fed Jack Rand terminó el examen


del último manifiesto de la Hellias Stevedore. Volvió a
dejarlo cuidadosamente en su sitio, se abrochó el cuello,
se ajustó la corbata y se levantó. Entonces vio con
irritación que su compañero de equipo había terminado
su paquete hacía rato. Con los pies apoyados sobre la
mesa, Angelo Rocchia devoraba tranquilamente un
pedazo de pastel de chocolate que había cogido de una
fuente de golosinas abandonada en un rincón de la
oficina. Charlaba apaciblemente con el empleado de la
Compañia.
—Bueno, aquí hemos terminado —declaró
secamente el Fed, haciendo ademán de salir—.
Deberíamos darnos prisa en ir a ver el muelle siguiente.
Como si no lo hubiese oído, Angelo empezó a lamer,
casi religiosamente, los restos de chocolate que habían
quedado en sus dedos. «Ese boquirrubio es un
verdadero incordio —pensó—. Parece que le hubieran
metido un cohete en el culo. A menos —pensó de
pronto—, que sepa algo que nadie quiso decirme a mí.»
El policía volvió a poner sus pies en el suelo y
observó durante un momento el paquete de manifiestos
de encima de la mesa. Con vivo ademán, agarró la hoja
superior, se levantó y, sin decir palabra al Fed, se plantó
frente al empleado.
—Dime, Tony, ¿tienes más papelotes sobre este
cargamento de diatomeas?
Piccardi examinó el manifiesto del Dionysos y sacó
una carpeta negra de un archivador. Había una para
cada barco que atracaba en su muelle. En ellas guardaba
un ejemplar de los conocimientos de embarque de todas
las mercancías descargadas, el aviso de llegada enviado
al transportista, el documento de entrega visado por la
Aduana, y una hoja de muelle. Sacó la hoja de muelle
correspondiente a la última llegada de barriles de
diatomeas procedentes de Libia. En ella figuraba el
nombre del camionero que había retirado la mercancía,
el número de matrícula del vehículo, la hora en que
había salido de los docks y la descripción de la carga.
—¡Oh, sí! Recuerdo este caso. Generalmente es
Murphy quien viene a buscar la mercancía de ese viejo
carguero. Pero aquel día no fue así. Vino un tipo con un
camión de la casa «Hertz».
Rand golpeó con el dedo el manifiesto que sostenía
Angelo.
—¿No ves que esos barriles pesan sólo quinientas
libras?
—¿En serio? —exclamó el policía, con aire de fingida
estupefacción. Y, dirigiéndose a Piccardi señalando a
Rand con el pulgar, añadió—: Ese chico tiene sesos. ¡Es
un verdadero ordenador!
—Entonces, ¿por qué perdemos el tiempo aquí,
cuando todavía nos faltan dos muelles por revisar?
Angelo dio un cuarto de vuelta a la derecha y miró
con calma al Fed.
—¿Quieres que te diga una cosa, hijito? Tienes
razón. Hemos de ir a otras partes. Pero antes, dicho sea
entre nosotros, hay que hacer dos o tres pequeñas
comprobaciones. Así podrás hundir la cabeza en la
almohada y dormir como un ángel esta noche, en el
bonito motel donde te han instalado tus jefes. Sabrás
que lo has comprobado todo. ¡Que no has dejado nada
en el aire!
Angelo se volvió de nuevo al empleado.
—¿No habrá nadie por aquí que pueda recordar
algo, Tony? Piccardi examinó el pie de la hoja de muelle.
—Tal vez los dos que descargaron la mercancía.
Angelo anotó el nombre de los dos descargadores en
un trozo de periódico.
—Okay, l'ami —dijo, hinchando el pecho—, ¿te
importaría llevarnos allá abajo y presentarnos a esos
caballeros? —Chascó los dedos en dirección a Rand—.
¡Ven, hijito! Ahora tendrás ocasión de saber cómo es un
muelle de Brooklyn.

El Brooklyn Ocean Terminal era un túnel


interminable y oscuro, tan grande como un campo de
fútbol y donde reinaba intensa actividad. Montañas de
mercancías se apilaban en todas partes hasta el techo.
Efluvios de especias y de café torrefacto flotaban en el
polvo, y daban al inmenso local un ambiente de bazar
oriental. Penetrando a intervalos regulares por las
puertas de acceso a los desembarcaderos, largos haces
de luz proyectaban un pálido resplandor sobre el ballet
de las carretillas elevadoras que evolucionaban como
tejedores sobre la sujerficie de un estanque. En el
extremo del túnel, una enmohecida escalera subía a la
plataforma superior. Aún podía leerse en sus flancos:
«Embarco de tropas.» A su lado había una especie de
jaula con barrotes de madera. Era «el cofre» para
guardar las mercancías valiosas: cajas de coñac español,
de spumanti italiano, de marfil del Senegal, de objetos
de nácar balineses. Angelo y Rand pasaron por delante
de pirámides de botes de aceitunas griegas, de bidones
de aceite turco de girasol, de sacos de anacardos de la
India, de balas de algodón del Pakistán, de fardos
malolientes de pieles de Afganistán.
—Es todo un supermercado lo que tienen ahí dentro.
No puedes imaginarte la cantidad de chucherías que
esos tipos se reservan para ellos.
Piccardi caminaba dos o tres metros delante de
ellos, con la hoja de muelle del Dionysos en la mano.
—¡Eh, Tony! —preguntó Angelo—, ¿vienen muchos
camiones de alquiler a buscar mercancías?
—No —respondió el empleado, sin volverse—. Dos
o tres a la semana. Depende.
Condujo a los visitantes hacia un grupo de dockers
que descargaban café y se acercó a un hombrón que
llevaba su gancho en la mano. Angelo observó que el
blanco de sus ojos estaba estriado de hilillos rosados.
«Un aficionado al vino», pensó. Piccardi agitó la hoja de
muelle.
—Estos caballeros quieren saber si recuerdas algo
acerca de esta mercancía.
Detrás, se había interrumpido el trabajo. Los
hombres habían formado un círculo mudo, hostil,
alrededor de Angelo y de Rand. El descargador no miró
siquiera el documento.
—No —gruñó, con voz ronca—. No recuerdo
absolutamente nada.
«El alcohol le ha hecho perder también la
memoria», se dijo Angelo. Buscó en su bolsillo el
paquete de «Marlboro». Hacía cinco años que había
dejado de fumar, pero siempre llevaba cigarrillos
encima, además de cacahuates. Para invitar. Pues había
aprendido, cuando era un joven guindilla, que no hay
nada mejor que ofrecer alguna cosa para romper el
hielo.
—Toma, Gumbo —dijo, en italiano—. Fúmate uno.
Mientras el hombre encendía el cigarrillo, Angelo
prosiguió:
—Escucha, lo que venimos a hacer aquí nada tiene
que ver con vuestros pequeños líos... ¡Ya me entiendes!
El descargador lanzó una mirada de reojo a Piccardi.
Con un ligero movimiento de las cejas, el empleado le
indicó que podía hablar.
—¿Qué aspecto tenían esos barriles? —preguntó
amablemente Angelo.
—Pues..., de bidones. De bidones grandes.
—¿Recuerdas el tipo que vino a buscarlos?
—No.
—Quiero decir si era un parroquiano. Un tipo que
conocía el lugar, la tonada, la costumbre, ya sabes...
La alusión a la costumbre de dar una propina a los
que descargan las mercancías tuvo por efecto amansar
al docker.
—¡Sí! Me acuerdo de aquel cagón. —Hizo chascar la
lengua entre los dientes—. Hubo que recordarle los
buenos modales, y, cuando comprendió, sacó del
bolsillo un billete de cincuenta dólares. Sí, ¡claro que me
acuerdo de él!
Angelo sintió que su sangre corría con más fuerza.
«¿Quién era capaz de soltar cincuenta dólares de este
modo? pensó—. Desde luego, ¡no un italiano! ¡Y menos
un irlandés!» En realidad, nadie que frecuentase los
docks. Sólo ser un extranjero, desconocedor de las
costumbres de los muelles.
—¿Recuerdas qué aspecto tenía?
—Bueno, era un hombre como otro cualquiera,
¿sabe? ¿Qué más puedo decirle? Un hombre. Ni más, ni
menos.
—Estamos perdiendo el tiempo, Angelo —se
impacientó Jack Rand—. Pasemos al muelle siguiente.
—De acuerdo hijito; en seguida.
Mostró al descargador la hoja que sostenía Piccardi.
—¿Y el compañero que se ocupó del cargamento
contigo? ¿Dónde está?
Ha ido a jugar a las cartas en la cantina —dijo el
descargador.
—Muy bien. Nos detendremos allí un momento,
hijito, y después nos largaremos.
Antes de que Rand tuviese tiempo de iniciar una
protesta, el policía neoyorquino apoyó una de sus
manazas en su hombro.
—Tú tienes prisa, y yo, también. —Arrancó la hoja
de muelle de las manos de Piccardi y señaló el número
de matrícula del camión que había venido a recoger los
barriles—. Mientras yo voy a la cantina, ve tú a
telefonear a «Hertz» y procura enterarte de la agencia
en que fue alquilado este camión y a nombre de quién se
suscribió el contrato de alquiler.
Angelo volvió de la cantina en menos de cinco
minutos, sin haber podido sacar nada a los jugadores de
cartas. Rand le tendió una hoja de papel con los datos
concernientes al camión «Hertz». Éste había sido
alquilado en la agencia de la Cuarta Avenida, de
Brooklyn, precisamente detrás de los docks, el viernes
a las 10.30 de la mañana, muy poco antes de la hora de
la entrega consignada en la hoja del muelle. El cliente lo
había devuelto en la tarde del mismo día y había pagado
con una tarjeta de crédito del «American Express». Su
permiso de conducir, del Estado de Nueva York, estaba
a nombre de Gerald Putman, con domicilio en
«Interocean Export», 123 Cadman Plaza West, Brooklyn
Heights.
Angelo repitió el nombre y la dirección con aire
satisfecho.
—¡Bravo, hijito! Sólo hace falta comprobarlo. Una
breve llamada telefónica, ¡y quedaremos tranquilos!
Encontró en la guía telefónica el número de
«Interocean» y llamó inmediatamente. Rand oyó que
daba su nombre y su condición a la telefonista y que
pedía que le pusiese con Mr. Putman. Durante la pausa
que siguió, Angelo soltó una carcajada, tomando a Rand
y a Piccardi por testigos:
—¿Conocéis a algún camionero que tenga
secretaria?
Recobró su seriedad para hablar con la susodicha
secretaria:
—Sí, señorita; es personal... ¿Mr. Putman? Soy el
inspector Angelo Rocchia, de la brigada criminal. La
agencia «Hertz», de la Cuarta Avenida, en Brooklyn,
nos ha informado de que usted alquiló uno de sus
camiones el viernes pasado, a eso de las diez de la
mañana, y quisiéramos...
Rand, desde un metro de distancia, oyó la voz de
Putman que gritaba en el teléfono:
—¿Qué? ¡Está usted en un error, inspector! El
viernes por la mañana no me moví de mi oficina. Lo
recuerdo muy bien. Fue el día en que perdí mi cartera.
Pensaba que me llamaba usted para decirme que la
habían encontrado.

El Cuartel General encargado de coordinar las


operaciones de busca, del que el equipo Rocchia-Rand
no era más que un grano de arena, empezó a funcionar
a media mañana del 14 de diciembre. Elegido por
Quentin Dewing, el director del FBI venido de
Washington, el lugar ofrecía condiciones ideales de
secreto. Enterrado a tres plantas por debajo del tribunal
de Foley Square, el Puesto de Mando de «alerta» de la
ciudad de Nueva York había sido tan raramente
utilizado, que casi todo el mundo, empezando por los
periodistas acreditados cerca de la Alcaldía, había
olvidado su existencia. Era un gigantesco subterráneo
dividido en una serie de salas donde todo tenía un
siniestro color gris: las paredes, el suelo, los muebles e
incluso las caras de los policías que montaban la guardia
de día y de noche.
Con la metódica eficacia que daba fama al FBI,
Dewing había transformado, en un tiempo récord, el
Puesto de Mando dormido en colmena zumbadora.
Cincuenta Feds ocupaban el puesto telefónico, con la
tarea de centralizar las informaciones concernientes a
los árabes llegados a la región de Nueva York en el curso
de los seis últimos meses. Cada agente disponía de una
línea. Algunos se mantenían en contacto permanente
con el Servicio de Inmigración de Washington y con los
colegas que revisaban en los aeropuertos las tarjetas de
desembarco modelo I-49. Sobre una mesa se hallaba un
miniordenador que servía de banco central de
identificación. Cada nombre y cada dirección
transmitidos eran inmediatamente confiados a su
memoria. Toda persona de origen árabe que no era
encontrada y exculpada en el plazo de una hora, veía
inserto su nombre en una ficha de prioridad especial.
Al Feldman, jefe de inspectores de la Policía
neoyorquina, escuchaba con adm iración el
ininterrumpido alud de nombres y direcciones
comunicados a los coches del FBI distribuidos en toda
la región de Nueva York.
—¡Romeo 19! Ocúpese del llamado Ahmed Attal.
Deletreo: Arizona, Tennessee repetido, Arizona,
Luisiana. Vive en el 1904, Cuarta Avenida,Brooklyn.
La operación que se desarrollaba en la pieza
contigua era más impresionante aún. Coordinaba las
investigaciones en los muelles. Planos que mostraban
los novecientos ochenta kilómetros del waterfront de
Nueva York y de Nueva Jersey cubrían las paredes.
Cada uno de los doscientos amarraderos figuraba en el
plano correspondiente. Allí se inscribían también los
nombres de los barcos que habían descargado
mercancías procedentes de Trípoli, Bengasi, Lattaquié,
Adén o Basora, así como la fecha de su llegada al puerto
de Nueva York. En cuanto un equipo descubría la
entrada de una mercancía sospechosa, telefoneaba los
datos del consignatario. Si la entrega se había hecho en
la zona de Nueva York, el Puesto de Mando lanzaba
sobre su pista un equipo de la aduana o de la oficina de
estupefacientes. Si la mercancía había sido expedida
fuera de Nueva York, un agente de la oficina más
próxima del FBI era enviado en su busca.
Feldman cruzó la estancia, se detuvo y contempló
con irónica sonrisa, el trabajo de hormigas de los Feds.
—¡Oiga, Detroit! Tenemos para ustedes un envío de
quinientas cajas de dátiles procedentes de Basora. El
consignatario de «Marie’s Food Products», 1132A,
Dearborn Avenue.
—Romeo 14 acaba de comprobar los doce fardos de
pieles procedentes de Lattaquié, descargados del S/S
Prudential Eagle el 19 de noviembre en el muelle 32 de
Port Elisabeth. Nada anormal.
—¡Scanner 6! —«Scanner» era el nombre en clave
que se daba a los agentes de aduanas—. Ocúpense de
doscientos cincuenta bidones de aceite de oliva llegados
de Beirut para Paradise Spully, 1476 Decatur, Brooklyn.
Dewing había instalado su oficina en la estancia
destinada al alcalde para el caso de alarma nuclear. En
la sala contigua funcionaba una batería de receptores
múltiples, por los que llegaba un caudal ininterrumpido
de informaciones procedentes de los ficheros de la CIA
y del FBI, así como de sus enlaces extranjeros.
Clifford Salisbury, el agente con perilla de la CIA,
estudiaba metódicamente el expediente de cada
terrorista y seleccionaba los individuos de cierto nivel
intelectual que hubiesen residido algún tiempo en los
Estados Unidos. «¡Magnífico! —pensó Feldman, viendo
el montón de fotografías que crecía sobre la mesa—.
Pronto tendrá un centenar... Que no le servirán
absolutamente para nada... ¿Qué va a hacer con todos
esos retratos? ¿Mostrarlos a los cafeteros de Brooklyn?:
"Dígame, ¿ha visto por casualidad a este tipo? ¿Y a ése?
¿Y a aquél?" Después de tres o cuatro fotos, al hombre
le dará vueltas la cabeza. En realidad, ¡estará tan
aturrullado que será incapaz de reconocer la jeta de su
propio hermano!»
Feldman sacó un «Camel» de un paquete arrugado.
Respetaba el cuidado con que actuaba el FBI. La mayor
parte de las grandes investigaciones partían de una
amplia base y convergían poco a poco, si había un poco
de suerte, hacia un punto preciso. Un sistema de
resultados probados. A condición de disponer de ocho
o diez días. «Lo malo —pensó— es que este tipo de la
CIA olvida que disponemos de menos de treinta horas.
Gadaffi habrá pasado la ciudad por la sartén cuando él
estará todavía en la fase III de su investigación. Para
que todo este trabajo sirviese de algo, tendría que
proporcionarnos la información decisiva, la foto de la
única cara que hay que buscar entre la multitud. ¡Y muy
pronto!»
La entrada del oficial de la Policía neoyorquina
encargado de espiar los barrios árabes de Brooklyn sacó
a Feldman de sus reflexiones. Era un joven virginiano
con la corpulencia de un tercera línea de rugby. Como
daba pruebas de un perfecto eclecticismo, sus
superiores le habían confiado también la vigilancia de
los organismos israelíes. Pero sus informes no
contenían nada realmente significativo. Sólo vagos
chismes recogidos en la abacería de la esquina, o de
labios de un confidente de ocasión, tales como: «Se
sospecha que la sociedad de la Media Luna Roja árabe,
del 135 de Atlantic Avenue, presentó una petición de
mención fiscal, recauda fondos para la OLP.» O bien:
«El café de Damasco, del 204 de Atlantic Avenue, es
visitado a menudo por partidarios de Georges
Habbche.» De hecho, desde que una ley sobre libertad
de información autorizó a cualquier ciudadano a meter
las narices en todos los archivos oficiales, la Policía
neoyorquina procuraba que ningún dato importante
figurase jamás en sus legajos. El buen material se
almacenaba en un cuaderno secreto que los oficiales de
información guardaban bajo el brazo, a salvo de todas
las miradas indiscretas. El del virginiano contenía este
lunes 14 de diciembre una lista de treinta y ocho
sospechosos de la OLP, en su mayoría jóvenes
inmigrantes palestinos pobres, que vivían en los
sectores lindantes con los barrios negros de barracas de
Bedford Stuyvesant.
—Al menos nosotros sabemos dónde están nuestros
sospechosos —comentó Feldman, dirigiéndose al
virginiano—. Páselos por el tamiz e interróguelos a
fondo. Compruebe todo lo que hicieron durante las
últimas setenta y dos horas.
—¿Con qué pretexto, jefe?
—Con cualquiera. Comprobación de identidad... De
todas maneras, todos ellos deben de estar en situación
más o menos irregular.
—¡Señor! Si hacemos esto se nos echarán encima
todos los defensores de los derechos civiles de la ciudad.
Feldman estaba a punto de responderle que, dentro
de unas horas, tal vez ya no habría habitantes ni, por
ende, derechos civiles que defender, cuando un guardia
le interrumpió.
—¡Al teléfono, jefe!
Era Angelo Rocchia. El jefe de inspectores no se
sorprendió de que Rocchia le llamase directamente,
saltándose la vía jerárquica. Conocía a los sabuesos de
su jauría, verdaderos fisgones capaces de hacer brillar
su blasón en el piso superior, y siempre les había
animado a dejarse llevar por su instinto y a acudir a él
personalmente cuando tuviesen algún problema.
Escuchó el relato de Angelo, mientras tomaba notas.
—Corre al despacho de ese tipo de Brooklyn y mira
si puedes averiguar algo sobre el ratero que le quitó la
cartera —le ordenó, inmediatamente—. Enviaré otro
equipo para remplazaros en los muelles.
Mientras hablaba, había marcado en otro teléfono el
número de Tommy Malone, jefe de la Brigada de
Rateros.
Recoja las fotos de todos los picks que trabajan en
Brooklyn —le dijo— y corra al 123 de Cadman Plaza
West.
—¿Algo nuevo, jefe? —preguntó el virginiano.
—Francamente, me extrañaría —gruñó Feldman,
levantándose con aire perplejo.
Salió y dio unos pasos en dirección a un rincón
donde había visto una cafetera puesta a calentar sobre
una placa eléctrica. Se sirvió una taza de café hirviente
y, aprovechando un momento de respiro, trató de poner
un poco de orden en sus pensamientos. Se llevaba la
taza a los labios cuando algo atrajo su mirada. Fijado en
la pared, detrás de la cafetera, había un viejo cartel de la
defensa pasiva, con el distintivo familiar de un triángulo
blanco dentro de un círculo negro. Reconoció la marca
de la imprenta federal y leyó el título: «Consejos a
seguir en caso de ataque termonuclear.»
Seguían siete recomendaciones: «Aléjense de las
ventanas», decía la primera. Feldman recorrió la lista:
«5. Aflójense la corbata, desabróchense las mangas de
la camisa y cualquiera otra prenda ajustada.
»6. En cuanto perciban el relámpago incandescente de
la explosión nuclear, dóblense hacia delante y sujeten
firmemente la cabeza entre las rodillas.»
Al llegar a la última línea, Feldman soltó una
carcajada. «Ninguna recomendación —pensó—, podía
resumir mejor el espantoso follón en que se hallaban
metidos aquella mañana»:
«7. Kiss your ass goodbye!»7

7
«¡Besa tu culo y adios!»
—Voy a decirte cómo se hace esto en esta puerca
ciudad...
«¡Ya está! —pensó Jack Rand, exasperado—. Ahora
volverá con sus discursos.»
—En Nueva York —explicó Angelo Rocchia al joven
Fed de Denver—,casi todos los carteristas trabajan por
encargo. Un perista va en busca de un ratero al que
conoce y le dice: «Hola, Charlie; tengo que comprar un
televisor en color a mi vieja. Necesito papel y ‘plástico’
fresco para mañana.» «Plástico» quiere decir tarjetas de
crédito. El perista recalca: «Tiene que ser realmente
fresco; no más de dos o tres horas», es decir, antes de
que la víctima haya tenido tiempo de avisar al
«American Express» o al «Diners Club» de que le han
birlado sus tarjetas de crédito. El ratero cumple el
encargo. Se guarda la pasta, si la encuentra en la
cartera, y recibe dos o trescientos pavos por los
documentos de identidad y las tarjetas de crédito. No
está mal, ¿eh?
A las pocas manzanas, la decoración cambió por
completo. No habían pasado aún cinco minutos desde
que habían salido de los muelles, cuando se desvaneció
el desolador espectáculo de los tugurios de los docks y
fue sustituido por las calles estrechas del barrio viejo de
Brooklyn Heights, con sus hoteles particulares de
brownstone, adornados con graciosas escaleras
exteriores, elegantes pasamanos de hierro forjado y
aceras plantadas de árboles cuidadosamente recortados.
—¿Y crees que ha sido esto lo que le ha pasado a la
cartera del tipo al que vamos a ver? —preguntó el Fed.
—Podría ser.
—¿Cuántos carteristas crees que hay en Nueva York?
Angelo emitió un ligero silbido, mientras introducía
su «Chevrolet»entre dos hileras de coches, para
arrancar en cabeza cuando el semáforo se pusiese verde.
—Trescientos, cuatrocientos, quinientos..., ¡quién
sabe!
Rand colocó su muñeca debajo de la nariz de Angelo
y golpeó con un dedo el cristal de su «Seiko».
—Son ya las once dadas, ¡y ese maldito barril
estallará mañana al mediodía! ¿Te imaginas que
tendremos tiempo de echarles la zarpa a quinientos
rateros? Identificar al que birló... o no birló... la cartera
de ese tipo; descubrir a quién entregó las tarjetas de
crédito; encontrar al perista... ¿Todo esto antes del
mediodía de mañana? ¿Estas sonando, papaíto?
—¿Qué quieres que te diga? —suspiró Angelo, en
tono indiferente—. De momento, es lo mejor que
tenemos. En realidad, hijito, es LO ÚNICO que tenemos
de momento.
Acababa de desembocar en Fulton Street y veía
Camden Plaza, casi a la entrada de la rampa que sube
hacia el puente de Brooklyn.
—Además, no seremos tú ni yo quienes impidamos
que explote esa mierda de barril. Ni ninguno de los que
estamos aquí. Nosotros sólo estamos para la galería.
Son los hombres de Washington quienes deben
conseguirlo. !No unos operarios como nosotros!

Prácticamente, los «jefazos» de Washington no


habían interrumpido sus sesiones desde su reunión con
el alcalde de Nueva York, un par de horas antes. Para
dar a los periodistas la ilusión de una situación normal,
el presidente se empeñaba en atender los compromisos
de su calendario oficial. Ahora acababa de volver a su
sitio entre los consejeros de su Comité de Crisis. En
seguida formuló la pregunta que todos tenían en la
mente:
—¿Qué noticias hay de Trípoli? ¿Está dispuesto
Gadaffi a hablar con nosotros?
—Acabamos de comunicar por teléfono con nuestra
Embajada —respondió el subsecretario de Estado—.
Nuestro encargado de Negocios se halla todavía en el
cuartel de Bab Azziza. Nadie parece estar al corriente de
nada.
Herbert Green, secretario de Defensa, dejó de
morder su pipa. Parecía pensar en alta voz.
—El hecho de que nuestro destructor Allan captase
una conversación telefónica de Gadaffi no es una prueba
fehaciente. Nadie ha visto al libio desde que empezó
este asunto. Nadie le oyó proferir directamente su
amenaza. Se trata de una escalada tan fantástica en el
campo del chantaje, que puede uno preguntarse:
¿Sabemos de cierto que él está detrás de todo esto? ¿No
es posible que esté él mismo prisionero de sus propios
lugartenientes o de un grupo de terroristas palestinos?
La atención general se volvió al director de la CIA.
—Hemos previsto esta eventualidad —dijo el
almirante Bennington y nuestra respuesta es: «No.» El
programa nuclear libio ha formado siempre parte de un
campo reservado exclusivamente al coronel. En cuanto
a los palestinos, los ha tenido siempre fuertemente
sujetos. Además, nuestro laboratorio acaba de
confirmar que la voz de la cassette que recibimos es
indudablemente la suya.
—¡Más vale tarde que nunca! —gruñó el presidente.
Bennington esbozó una forzada sonrisa.
—Según el análisis que hemos podido hacer de la
conversación registrada por el Allan —siguió diciendo—,
parece que no se halla sometido a ninguna coacción.
—Razón de más para que tratemos de hablar con él
urgentemente —insistió Eastman.
—¡Así es! —recalcó el presidente, y se volvió al
director del FBI—. ¿Hay alguna novedad en Nueva
York?
Josep Halborn se disponía a responder cuando una
luz roja centelleó en el teléfono del subsecretario de
Estado.
—Señor presidente —anunció Middleburger—. El
centro de operaciones del Departamento de Estado está
recibiendo en este instante un cherokee nodis de
Trípoli. —Un cherokee nodis era un telegrama
considerado como de máxima prioridad por el
Departamento de Estado—. Lo tendremos dentro de
unos segundos.
A medida que llegaba al séptimo piso del Ministerio
de Asuntos Exteriores, el despacho cifrado era
automáticamente absorbido por un ordenador, que lo
descifraba y lo retransmitía por un teletipo especial al
centro de telecomunicaciones contiguo a la sala del
Consejo Nacional de Seguridad. Middleburger acababa
apenas de colgar cuando entró un oficial y entregó a
Eastman el telegrama de Trípoli.
—Señor presidente, nuestro encargado de Negocios
acaba de hablar con Gadaffi.
—¿Y bien?
—Gadaffi declara que todo cuanto tiene que decir se
encuentra en la cassette que le envió. Se niega a hablar
con usted.
SEXTA PARTE
¡ÁGUILA- UNO A ÁGUILA-BASE!
¡FOX-BASE HA CORTADO LA COMUNICACIÓN!

«!Cuán equivocados están los que calumnian a los


policías!», pensaba el importador Gerald Putman. Él no
se había tomado siquiera el trabajo de denunciar a la
Policía la desaparición de su cartera, convencido, como
cualquier ciudadano en situación parecida, de que su
denuncia no motivaría la intervención de quienes tenían
cosas más importantes en que ocuparse. Y, sin embargo,
hete aquí que se hallaban reunidos en su despacho un
inspector de graduación visiblemente elevada, un
agente del FBI y el jefe de la Brigada de Rateros, todos
ellos deseosos de descubrir lo que había sido de su
cartera.
—Muy bien, Mr. Putman —declaró Angelo
Rocchia—, pero resumamos por última vez. Usted pasó
toda la mañana del viernes aquí, en su despacho.
Después, a eso de las...
—Doce y media.
El policía consultó el trozo de periódico que había
empleado para tomar notas.
—Exacto. Así, pues, a las doce y media se dirigió
usted al mercado del pescado de Fulton Street, para
almorzar en casa de Luigi. Aproximadamente a las dos
de la tarde, metió la mano en su bolsillo para sacar la
cartera y pagar la cuenta con su tarjeta del «American
Express». Entonces descubrió que su cartera había
desaparecido. ¿Es así?
—Así es.
—Entonces regresó aquí, donde guarda los números
de todas sus tarjetas de crédito, y pidió a su secretaria
que llamase a las diferentes entidades para anunciarles
la pérdida.
—También esto es exacto, inspector.
¿Y no se tomó la molestia de denunciar el hecho en la
Comisaría más próxima?
Putman sonrió, confuso.
—Lo siento, inspector; pero me dije que, con todo el
trabajo que tienen ustedes, un incidente tan nimio no
tendría...
Angelo miró a su interlocutor con insistencia. Era
un hombre de unos cuarenta años, de mediana estatura
y complexión atlética, cabellos negros rizados y tez mate
mediterránea.
—Tratemos ahora de reconstruir todo lo que hizo
usted en la mañana del viernes —dijo al inspector
neoyorquino—. Ante todo, ¿dónde suele llevar su
cartera?
—Aquí —dijo Putman, golpeando el bolsillo derecho
de atrás de su pantalón de franela gris.
—Supongo que aquel día llevaría chaqueta y gabán
—terció Tommy Malone, el jefe de la Brigada de
Rateros.
—Desde luego. Puedo mostrárselos.
Abrió un armario y sacó una chaqueta gris de tweed a
espigas y un abrigo del mismo color y con cuello de piel.
El policía examinó las dos prendas y pasó los dedos por
las aberturas de la espalda.
—Sin duda es muy práctico para los rateros
—declaró Malone, sonriendo.
Guiado por Angelo, el importador contó lo que había
hecho en la mañana del viernes 11 de diciembre. Había
salido de su casa de Oyster Bay, Long Island, un poco
antes de las ocho. Como de costumbre, su esposa le
había llevado a la estación. Él había comprado el Wall
Street Journal y esperado apenas dos minutos, en el
andén, el paso del tren de las 8,07. Se había sentado al
lado de su amigo y compañero de squash, Grant Ottley,
que era uno de los directores de «IBM». Se había
apeado en la terminal de Flatbush Avenue, en Brooklyn,
y terminado a pie el trayecto hasta su oficina. No
recordaba nada anormal ni extraño, ya fuese en el tren,
en la estación o durante su paseo. Nadie había
tropezado con él ni le había empujado, y no se había
producido ningún movimiento insólito a su alrededor.
Nada que hubiese podido llamar su atención.
—Parece que nos enfrentamos con un verdadero
trabajo de artista —comentó Malone, con admiración.
—Así parece —suspiró Angelo, perplejo.
Se levantó y empezó a pasear arriba y abajo.
—Mr. Putman, vamos a mostrarle algunas
fotografías. Tómese todo el tiempo que crea necesario.
Examínelas cuidadosamente y díganos si cree haber
visto una de estas caras en alguna parte.
Si es verdad que los viajes forman la juventud, los
jóvenes de ambos sexos cuyas fotos colocó el jefe de la
Brigada de Rateros sobre la mesa del importador,
debían corresponder a una élite cultural bastante
notable. En efecto, pocos trotamundos podían alardear
de un mayor conocimiento de las capitales del mundo.
Ninguna gran concentración internacional, ya se tratase
de los Juegos Olímpicos de Montreal, de Lake Placid o
de Moscú, o de la elección del Papa en el Vaticano, del
jubileo de la reina Isabel en Londres o de la Copa del
Mundo de Fútbol en Buenos Aires, podía celebrarse sin
su presencia. Dejando aparte estos acontecimientos
espectaculares, sus terrenos predilectos eran los
hipódromos, los grandes almacenes, las estaciones, las
iglesias y, en general, todos los lugares particularmente
frecuentados. En efecto, todos aquellos jóvenes
detestaban la soledad. Representaban la flor y nata de
la comunidad mundial de los rateros.
Casi todos los individuos de cabellos negros y tez
mate cuyas instantáneas pasaban por las manos de
Gerald Putman eran de origen colombiano. Así como el
país vasco exporta pastores, y Amberes, talladores de
diamantes, este país de América Latina exporta café,
esmeraldas, cocaína... y rateros. En las míseras calles de
Bogotá, capital de Colombia, funcionaban numerosas
escuelas de rateros. Hijos de campesinos pobres eran
vendidos a los propietarios de estas escuelas, para
aprender en ellas el oficio. En la Plaza de Bolívar o en la
avenida de Santander, ciertos especialistas les
enseñaban todos los trucos de su arte: cómo cortar un
bolsillo con una navaja, cómo abrir un bolso, cómo
desprender un reloj de una muñeca. La prueba final
consistía en sustraer varios objetos de un maniquí lleno
de campanillas.
Terminada la instrucción, eran agrupados en equipos de
dos o tres —el buen ratero no trabaja nunca solo— y
enviados a recorrer el mundo acaudalado de los
capitalistas, cuyos bolsillos les rendían más de un
millón de dólares al año.
Putman había examinado unas cincuenta fotografías
cuando se detuvo ante el retrato de una hermosa
morena de busto provocativo bajo un pullóver ajustado.
—¡Creo que a ésa la he visto en alguna parte! Me
parece que es una chica a la que estuve a punto de hacer
caer el otro día, al pie de la escalera de la estación... Sí,
sí... Sin duda es ella. Ahora me acuerdo. Estaba leyendo
un prospecto sin dejar de andar, cuando choqué de lleno
con ella. ¡Lamentable! Tuvo que agarrarse a mí para no
caer.
—Mr. Putman —dijo Angelo—, ¿por casualidad
ocurrió eso el viernes?
El importador cerró los ojos para reflexionar.
—Creo que sí.
Angelo tomó de nuevo la fotografía y examinó, a su
vez, la linda cara de la joven y su opulento pecho, como
desafiando al fotógrafo de la Policía oculto entre la
multitud de viajeros.
—Usted no chocó con esa chica, Mr. Putman; ¡fue
ella quien se le echó encima! A los rateros les gusta
mucho trabajar con muchachas tetudas. Éstas se pegan
a la víctima, mientras su cómplice le vacía los bolsillos.
¡Es un truco clásico!
Angelo observó un ligero rubor en las mejillas del
importador.
—No se preocupe, Mr. Putman. Uno pierde siempre
un poco los estribos cuando tropieza con una joven
pechugona. Incluso los hombres de Oyster Bay, como
usted.

El alcalde de Nueva York seguía con gran irritación


los movimientos del especialista en protección civil que
había venido de Washington en su mismo avión. Jeremy
Oglethorpe corría de un rincón a otro del despacho del
jefe de Policía para colgar sus diagramas, sus cuadros y
sus planos, con el dinamismo de un agente de
publicidad que iniciase una campaña de propaganda de
un nuevo dentífrico. «Incluso tenía la desfachatez
—observó Stern—, ¡de tararear en sus narices la marcha
triunfal de Aida!»
Ambos habían aterrizado en helicóptero, pocos
momentos antes, sobre el tejado de la jefatura de
Policía.
—¡Perfecto! —exclamó Oglethorpe, echando una
ojeada satisfecha a su material—. Puedo empezar mi
exposición.
El jefe de Policía se volvió a uno de sus colaboradores.
—Digan a Walsh que suba —ordenó el jefe de
Policía.
Timothy Walsh, de origen irlandés, de treinta y siete
años, un metro ochenta y seis de estatura, y ojillos
maliciosos en su cara de boxeador, era el funcionario
que dirigía el servicio de protección civil de la Policía
neoyorquina. Activo y ambicioso, había sido retirado de
la Sección de Información para resucitar este
moribundo servicio. Y lo había conseguido. Todas las
catástrofes capaces de afectar a Nueva York eran de su
competencia. En particular las que más atraían a los
medios de comunicación: marejadas, tifones,
temporales de nieve, averías gigantes de la electricidad;
todas las calamidades que podían tejerle una corona en
la jefatura de Policía, hinchar su presupuesto y
aumentar sus equipos. Paradójicamente, las cuestiones
de evacuación y de defensa pasiva en caso de ataque
nuclear ocupaban el último peldaño en la escala de sus
preocupaciones. Porque..., según explicaba, la gente no
quiere saber. Cuando se le muestra este espantajo,
responde: «¡Basta! ¡No me vengan ahora con sus
bombas rusas! ¡Hay treinta centímetros de nieve
delante de la puerta de mi garaje!» Una frase no carente
de cinismo resumía su filosofía sobre el tema: «Nunca
pierdo ocasión de ir a Washington a arrodillarme en el
altar de los horrores nucleares, pero en realidad lo hago
a fin de obtener dinero federal para las cuestiones que
importan realmente a los neoyorquinos, como la
compra de grupos electrógenos en previsión del
próximo apagón.»
Walsh entró silbando entre dientes. Pero su
desenvoltura cesó de pronto, al ver a tantos jefazos
reunidos. El jefe se le echó literalmente encima.
—Walsh, ¿tenemos un plan de evacuación de Nueva
York?
El funcionario se quedó aturdido. ¿A qué venía la
súbita pregunta? ¿Qué sucedía?
En realidad, el plan existía. Incluso tenía un título
rimbombante: Plan operacional de supervivencia para
la zona amenazada de Nueva York. Volumen I. Plan
básico. Redactado en 1972, tenía 202 páginas y era
generalmente considerado como nulo y sin valor. El
propio Walsh no lo había leido nunca. Y, que él supiera,
tampoco lo había hecho nadie de su servicio.
—Señor jefe de Policía, la última vez que
consideramos un problema de evacuación fue en
diciembre de 1977. La sociedad «Consolidated Edison»
quería hacer transportar gas licuado en barco, por el
East River, hasta su depósito de Berrian Island. Nos
preguntaron si estábamos en condiciones de evacuar los
barrios del East Side, en caso de producirse alguna fuga
de gas o algún accidente.
—¿Y bien?
—¡Se llegó a la conclusión de que era absolutamente
imposible! El jefe de Policía frunció el ceño.
—Bueno, siéntese, Walsh, y escuche lo que tiene que
decirnos el especialista de Washington.
Lleno de curiosidad, el oficial de Policía acomodó su
corpachón en el canapé azul del jefe. Observó cómo se
situaba Oglethorpe delante de sus planos. Le pareció
reconocer vagamente la cabeza que se agitaba encima
del cuello con corbata de lazo blanca y negra.
Oglethorpe asió un puntero.
—Por fortuna, el problema de la evacuación de
Nueva York es uno de los que hemos estudiado con
mayor cuidado —empezó diciendo, con sorprendente
optimismo—. Es inútil decirles que se trata de una
empresa colosal. El plazo mínimo que hemos logrado en
nuestros simuladores para vaciar la ciudad es de tres
días.
—¡Tres días! —gimió Abe Stern—. ¡Y ese maldito
árabe no nos da siquiera treinta horas!
—Situemos el problema —siguió diciendo
Oglethorpe—. Manhattan es una isla muy alargada y
debemos considerar también la evacuación de
numerosos sectores vecinos, fatalmente situados en la
zona de peligro.
—¿A cuántas personas afectaría esto? —preguntó
Abe Stern.
—¡A once millones!
El alcalde emitió un gruñido de desesperación. El
teniente Walsh observó al viejo con simpatía. En cuanto
a su curiosidad, había quedado satisfecha. «!Jesús! —se
dijo—. ¡Sólo una amenaza de explosión atómica puede
justificar que se quiera evacuar a once millones de
personas!»
—La primera medida a tomar —prosiguió
amablemente el experto de Washington— será cerrar
todas las vías de acceso a la ciudad e implantar en ellas
la dirección única hacia el exterior. Lo malo es que sólo
el veintiuno por ciento de los habitantes de Manhattan
tiene coche. —Oglethorpe se hallaba ahora en su
elemento, repartiendo estadísticas, cifras y datos—. Lo
cual quiere decir que el ochenta por ciento de la
población deberá huir por otros medios. Habrá que
requisar los autobuses y echar mano a todos los
camiones. Por fortuna, se podrá emplear el Metro.
Habrá que utilizar todos sus vehículos, hacerlos circular
por las vías rápidas y ordenar a los maquinistas que
pongan toda la carne en el asador. Habrá que enviar el
máximo en dirección al Bronx. Que la gente vaya hasta
la terminal, y siga después a pie.
—¿Se imagina usted cómo van a gozarla los
ladrones? —interrumpió el jefe de Policía, recordando
las escenas de pillaje que habían acompañado el gran
apagón de 1977.
—Es cierto, no faltarán ladrones —reconoció
Oglethorpe—. Pero si hay individuos dispuestos a correr
el riesgo de hacerse desintegrar por un televisor en
color, como si Manhattan tuviese que seguir allí el
miércoles por la mañana, ¡qué importa!
—¿Y dónde va a evacuar esos millones de personas?
—preguntó Abe Stern—. No puede dejarlas tiradas en la
calle con un frío polar.
Ninguna pregunta podía pillar desprevenido a
Oglethorpe. Hinchó el pecho y se ajustó la corbata de
lazo.
—Señor alcalde, la evacuación de las poblaciones en
caso de urgencia se funda en el concepto de zonas
llamadas de riesgo y de zonas llamadas de asilo. Todo el
problema consiste en sacar el mayor número posible de
personas de las zonas de riesgo superpobladas y
llevarlas a las zonas de asilo poco pobladas. Dado el
brevísimo plazo de que disponemos, pediremos a las
zonas periféricas que acojan a los refugiados.
«¡Maravilloso! —pensó, boquiabierto, el teniente
Walsh—. ¿Te imaginas la cara que pondrá el jefe de
Policía de Scarsdale cuando le digan: "Jefe, le envían
medio millón de nuestros mejores negros de Harlem a
pasar el fin de semana"?»
—¿Y los viejos, los inválidos, los que no pueden
valerse? —apremió el alcalde.
Oglethorpe encogió tristemente los hombros.
—Habrá que decirles que bajen al sótano y se
encomienden a Dios.

Oglethorpe lo había previsto todo en un


monumental estudio de 195 páginas. Todo estaba allí
maravillosamente descrito, analizado, clasificado.
Resultaba que había 3.800.000 viviendas en la zona de
peligro nuclear, ocupadas, por término medio, por tres
personas; que, en cada sector postal de Manhattan,
había una media de 40.000 habitantes, 19.400
viviendas y 4.300 automóviles; que se podrían utilizar
310 aviones comerciales de 200 plazas que despegando
de ocho aeródromos y a razón de 71 vuelos por hora
durante tres días, permitirían evacuar por vía aérea
511.200 habitantes. Vagones, locomotoras, maquinistas,
todo lo referente a las seis redes ferroviarias que servían
a Nueva York, había sido calculado. Todas las cadencias
de tráfico imaginables habían sido simuladas por
ordenador, para llegar a una rotación de convoyes que
permitiese una evacuación masiva de 80.000 habitantes
por hora. El inventario de los transportes marítimos
había sido objeto de una atención no menos minuciosa.
Transbordadores, remolcadores, barcazas, plataformas,
dragas y golondrinas del puerto, era también otros
tantos medios de evacuación. Por último, Oglethorpe se
había pasado semanas trazando en los mapas de
carreteras los itinerarios más rápidos para que la
población pudiese escapar al holocausto. Sí, todo había
sido pensado con implacable rigor: incluso el hecho de
que había en Manhattan 250.000 habitantes capaces de
rebelarse si no podían llevarse sus perros, gatos,
canarios y peces rojos; y que medio millón de
neoyorquinos no tenían maleta. Pero el plan estaba
calculado para tres días: tres días de evacuación
metódica, ordenada, no de loca carrera hacia los
puentes, como la que hoy imponía la urgencia del caso.
Oglethorpe sacudió la cabeza, como para borrar la
visión de pesadilla que turbaba de pronto su meticulosa
mente.
—Desde luego, las carreteras y el Metro deberán
constituir nuestros principales medios de evacuación
—siguió diciendo—. Habrá que mantener a toda costa
un tráfico regular del alud de automóviles que
abandonen la ciudad. Esto puede conseguirse de varias
maneras. Una de ellas es escalonar las salidas por orden
alfabético, previa difusión de las correspondientes
instrucciones por Radio y Televisión. Por ejemplo: los
vehículos pertenecientes a los vecinos cuyos apellidos
empiecen con la letra A emprenderán la marcha
inmediatamente. Otra sería a base de los números pares
o impares de matrícula. Y otra, según los distritos
postales. Eligiendo en primer lugar los barrios más
amenazados del centro de Manhattan.
—Señor experto —le interrumpió el jefe de Policía—,
olvida usted que esta ciudad es una isla. Habrá coches
que tendrán averías, que se calentarán, que se quedarán
sin gasolina, y bloquearán las carreteras, los túneles, los
puentes. ¿Recuerda las atroces fotografías del éxodo de
1940 en las carreteras de Francia?
Cada vez más abrumado, Timothy Walsh cruzaba y
descruzaba las piernas. «Estoy soñando —se decía—.
¡Todos esos planos, y gráficos, y previsiones!» Observó,
compasivo, al alcalde y al jefe de Policía. ¡Tenían un aire
tan patéticamente absorto! Como si esperasen, en el
fondo de sus corazones, que el bello discurso pudiese
materializarse de alguna forma. Se decidió a intervenir:
—Escuche, señor experto; no estoy seguro de que
sepa usted muy bien cómo se desarrollan las cosas en
esta ciudad de Nueva York. ¿Pretende hacer usted una
evacuación por orden alfabético? ¿Decir a Mr. Abott que
suba a su coche y se largue el primero? ¿Se imagina que
Mr. Rodríguez se quedará sentado en Brooklyn,
mirando cómo se salva Mr. Abott? Yo le diré lo que hará
Mr. Rodríguez: se plantará en la esquina, con su
pistolita de los sábados por la noche, y dirá a Mr. Abott
que se apee de su cacharro y continúe su camino a pie.
Y será él quien saldrá pitando en su lugar.
Oglethorpe protestó, indignado:
—¡La Policía estará allí para impedir esta clase de
incidentes!
—¿La Policía? ¡Está de broma! ¿Qué le hace pensar
que los polis obedecerán? Puede estar seguro de que la
mitad de ellos correrán hacia la esquina más cercana,
empuñando su «P. 38». Como Mr. Rodríguez. Para
detener al primer cacharro que pase y largarse también
hacia los montes. —Walsh sacudió sus anchos
hombros—. Su hermoso plan podría dar resultado si se
tratase de una tropa de soldados bien instruidos. ¡Pero
aquí tendrá que habérsela con una horda de paisanos
aterrorizados!
—¡Calma, Walsh! —le atajó el jefe de Policía, el cual
sabía que su teniente tenía razón.
—¿Cómo piensa avisar a la población? —preguntó el
alcalde, rebullendo en su asiento.
El teniente Walsh cazó la pregunta al vuelo.
—Yo puedo decirle, señor alcalde, cómo NO PODRÁ
avisar a la población. ¡No podrá avisarla con sus sirenas
municipales! ¡Dejaron de funcionar!
Walsh aludía a la red de setecientas sirenas
instaladas en Nueva York en los años cincuenta por el
gobernador Rockefeller, en los tiempos de la guerra fría.
La mayor parte de ellas acababan hoy de enmohecerse
sobre un tejado olvidado. Incluso había habido una que
había estado a punto de aplastar a una transeúnte en
Herald Square, al caer en el vacío.
—Emplearemos la Radio y la Televisión —respondió
Oglethorpe, sin inmutarse— para mantener un contacto
directo y permanente con la población. Todos nuestros
mensajes deberán ser lo más concretos posible. La gente
debe tener la impresión de que ejecutamos un plan
metódico, de que nada se ha dejado al azar, de que nos
ocuparemos de ella cuando llegue a su destino, de que
se han empleado todos los medios para evitar el pánico.
Se volvió a uno de sus cuadros. El título rezaba en
grandes caracteres: «DEBEN LLEVARSE».
—Podemos mostrar este cuadro en la Televisión a
fin de que la gente sepa lo que debe llevar consigo.
Walsh fijó en la tabla sus ojillos redondos como
canicas: «Calcetines de recambio, un termo de agua
potable, un abrelatas, velas, cerillas, una radio de
transistores, un cepillo de dientes, un tubo de dentífrico,
una caja de "Tampax", un rollo de papel higiénico, un
tubo de aspirinas, la tarjeta de la Seguridad Social.»
Oglethorpe volvió la tabla. Había una segunda lista al
dorso, bajo el título de «NO DEBEN LLEVARSE». Se reducía
a tres artículos: armas de fuego, estupefacientes y
alcohol.
«¡Ese experto es genial! —pensó, asombrado,
Timothy Walsh—. ¡Ha seleccionado precisamente las
tres cosas sin las cuales ningún habitante de esta ciudad
pensaría en largarse en caso de peligro!»
Oglethorpe hinchó de nuevo el pecho.
—Es cuestión de organización. Lo más importante es
que dominemos el asunto. Quisiera proceder
inmediatamente a un reconocimiento en helicóptero de
las vías de salida. Después, me gustaría ir al Bronx para
visitar la dirección del Metro de Jay Street.
«¡Santo Dios! —pensó Walsh, sobresaltado—. Jay
Street está en Brooklyn. Ese tipo quiere salvar Nueva
York, ¡y ni siquiera conoce la diferencia entre Brooklyn
y el Bronx!»
—¡Un momento, por favor! —farfulló Abe Stern—.
Me parece que han olvidado ustedes un elemento
esencial. Esta ciudad posee uno de los mejores sistemas
de refugios antiaéreos del mundo. ¿Qué esperamos para
servirnos de ellos?
Oglethorpe exultó: como viejo experto en protección
civil, no necesitaba que le recalcasen el interés de los
refugios neoyorquinos, que habían sido preparados
también en los años cincuenta. El cuerpo de ingenieros
del Ejército de los Estados Unidos y el Departamento
municipal de Obras Públicas habían inventariado
dieciséis mil bodegas y locales subterráneos, capaces de
albergar a seis millones y medio de habitantes. El
presupuesto municipal y la ayuda federal habían
gastado millones de dólares para proveer a estos
refugios de víveres y material para la supervivencia de
sus ocupantes durante catorce días: bombones
vitaminados y galletas proteinadas, en un envoltorio
encerado especial, a razón de doce galletas por persona
tres veces al día, que proporcionaban la ración mínima
de supervivencia de 750 calorías; botiquines de
urgencia; penicilina; agua potable, cuyos recipientes
podían transformarse en W.C. químicos; papel y toallas
higiénicos. E incluso contadores «Geiger» en miniatura,
a fin de que los supervivientes pudiesen, trepando a la
superficie, medir el grado de radiactividad de las ruinas
acumuladas sobre sus cabezas.
—Desde luego, señor —se pavoneó Oglethorpe—,
esos refugios constituyen un elemento capital de mi
programa. En particular, para las personas que no
tengan posibilidad de huir. Bastará con decirles que se
metan de cabeza en ellos. Quisiera proceder
urgentemente a una rápida inspección de alguno de esos
locales, en compañía del teniente Walsh, a fin de
apreciar su capacidad de albergue.
—¡Adelante, pues! —dijo el alcalde—. ¡Con tal de que
esté de vuelta a las tres y media, con un plan de
evacuación que pueda realizarse inmediatamente!
Oglethorpe y Walsh salieron a toda prisa. Entonces,
el jefe de policía Bannion se volvió al alcalde. Hacía
veinte años que eran amigos.
—¿Qué piensas de todo esto, Abe? —le preguntó.
—Si quieres que te diga la verdad, Michael, he
dejado de pensar... Más bien trato de rezar. Pero me doy
cuenta de que sirvo poco para esto.

En París, eran poco menos de las 5 de la tarde del


lunes 14 de diciembre, cuando el general Henri
Bertrand, director del SDECE, volvió a su despacho
después de su entrevista con Paul Henri de Serre, el
ingeniero que había dirigido la construcción del reactor
nuclear vendido por Francia a Libia. Sobre su mesa
había cuatro estuches enviados por la DST. Contenían
los expedientes relativos a todos los franceses que
habían participado en el proyecto atómico libio, así
como las transcripciones de escuchas de todas las
conversaciones telefónicas que habían sostenido con
Francia.
Estas transcripciones sólo representaban una ínfima
parte de la cosecha recogida diariamente por el
laboratorio de telecomunicaciones de la DST. El tal
laboratorio estaba instalado en lo alto del Cuartel
General de la Rue des Saussaies, detrás del Ministerio
del Interior. En salas herméticas, donde no entraba un
solo grano de polvo, los técnicos manipulaban toda una
serie de aparatos ultrasensibles, capaces de registrar las
emisiones y las comunicaciones telefónicas
internacionales que tenían por origen o por destino el
territorio francés. La cosecha era almacenada en un
ordenador y, después, «triada» electrónicamente, según
una gama de claves que permitían el aprovechamiento
instantáneo de los datos recogidos.
Bertrand empezaba a examinar aquellos
documentos cuando sonó su teléfono. Era Patrick
Cornedeau, su consejero científico.
—Jefe —dijo éste—, hace una hora que han llegado
los informes de inspección de la agencia de Viena.
Acabo de estudiarlos. Tendría que verle a usted
inmediatamente.
Cornedeau llegó al cabo de unos minutos, trayendo
un grueso fajo de papeles con membrete de las Naciones
Unidas. Bertrand no ocultó su sorpresa:
—¡Dios mío! ¿Ha tenido usted que tragarse todo
eso?
—Así es —respondió el joven ingeniero, frotándose
el cráneo—. Y estoy perplejo.
—Perfecto —aprobó el general—. En nuestro oficio,
¡prefiero la perplejidad a la certidumbre!
Cornedeau dejó el fajo de papeles sobre la mesa y
empezó a hojearlos.
—El 7 de mayo último, los libios advirtieron a la
Agencia de inspección atómica de Viena que habían
descubierto vestigios de radiactividad en el sistema de
refrigeración de su reactor. Declararon que habían
llegado a la conclusión de que había un defecto en la
carga de uranio que servía de combustible al reactor, y
que debían pararlo para proceder a la sustitución de los
contenedores defectuosos. La agencia de Viena envió
inmediatamente allí un equipo de tres inspectores: un
japonés, un sueco y un nigeriano. Todos ellos buena
gente... Asistieron a la operación de extracción de las
barras de uranio y a su traslado al depósito de
enfriamiento. Ellos mismos colocaron en el depósito las
cámaras de control de que le hablé esta mañana. Desde
entonces, realizaron dos inspecciones.
—¿Con qué resultado?
—Todo está conforme.
—Entonces —se asombró el general—, ¡no veo el
motivo de su inquietud!
—El problema es que... —Cornedeau se levantó y se
acercó a la hoja de papel que seguía fijada en la pared—
... el plutonio, como la mayor parte de los elementos,
existe en forma de diferentes isótopos, diríamos como
variaciones sobre el mismo tema. Para construir una
bomba se necesita plutonio 239 muy, muy puro.
Plutonio de calidad llamada «militar». Ahora bien, el
plutonio que se obtiene a base del uranio quemado en
un reactor como el de los libios contiene normalmente
un porcentaje muy elevado de otro isótopo: plutonio
240. También pueden fabricarse bombas con plutonio
240, pero es un trabajo sumamente delicado.
—Todo esto es muy interesante —se impacientó
Bertrand—, pero sigo sin ver qué le preocupa.
—¡El tiempo, mi general! Cuanto menos tiempo
permanece el uranio en un reactor, más plutonio 239
produce.
El general jugueteó con su corbata. Su semblante, de
ordinario colorado, adquirió un tinte gris.
—¿Y qué cantidad de plutonio puede producir el
uranio que sacaron de su reactor?
—Esto es precisamente lo que me inquieta.
—Cornedeau volvió a su tabla, para comprobar los
cálculos que ya había hecho mentalmente—. Para
obtener plutonio ideal, un 97 por ciento puro, de calidad
ultramilitar, a base del uranio de ese tipo de reactor,
sería necesario que el uranio hubiese permanecido
solamente veintisiete días en el reactor.
Se volvió a Bertrand.
—Y éste, jefe, es precisamente el tiempo exacto al
término del cual... ¡sacaron los libios el uranio de su
reactor!

La iniciativa de esta reunión en el Puesto de Mando


subterráneo de Nueva York se debía a Quentin Dewing.
El director del FBI había decidido cambiar impresiones
cada noventa minutos con todos los responsables de las
investigaciones. Concedió la palabra al Fed encargado
de averiguar qué árabes habían llegado a la región de
Nueva York en el curso de los últimos seis meses.
—Washington y el aeropuerto Kennedy nos han
dado todos los nombres que poseen —declaró el Fed—.
Están ya en la memoria del ordenador de al lado.
Fueron 18.372. —La enormidad de la cifra causó el
efecto de una onda expansiva en los presentes—. Tengo
2.000 muchachos que les siguen la pista. Han
encontrado ya a 2.102. A aquellos a quienes no podemos
encontrar inmediatamente, pero que parecen estar en
regla, les colocamos en la categoría azul en el
ordenador. Los que parecen sospechosos forman la
categoría verde. Los casos evidentes de infiltración
pasan a la categoría roja.
—¿Cuántos de esos «rojos» tienen? —preguntó
Dewing.
—De momento, dos.
—¿Y qué hacen ustedes?
—Dedicamos cincuenta agentes a las categorías
verde y roja. A medida que se realizan las
comprobaciones, ponemos otros agentes a trabajar en
los casos dudosos.
Dewing aprobó con un movimiento de cabeza.
—¿Y usted, Henry?
La pregunta iba dirigida al Fed encargado de dirigir
la investigación en los muelles.
—Avanzamos un poco más de prisa de lo que
esperábamos, Mr. Dewing. El Servicio de Información
de los «Lloyds» de Londres y la «Maritime Association»
de Broad Street nos comunicaron la lista de todos los
barcos que buscamos, la fecha de su arribada y los
amarraderos que utilizaron. Son 2.116,
aproximadamente la mitad de los buquesque atracaron
en Nueva York en los seis últimos meses. Nuestros
equipos han comprobado ya casi ochocientos
manifiestos y averiguado el destino de las mercancías de
casi la mitad de los barcos.
—Perfecto. ¿Y usted, Mr. Booth? —preguntó Dewing
al director de las brigadas Nest de busca de explosivos
nucleares—. ¿Qué tiene que decirnos?
Booth se levantó de su sillón y se dirigió al plano de
Manhattan fijado en la pared.
—Todos nuestros equipos están actuando desde
hace ya dos horas. Tengo doscientas furgonetas y cinco
helicópteros que escudriñan la parte baja de Manhattan.
—Pasó la mano sobre la punta de la isla—. Desde Canal
Street hasta Battery Park.
—¿No han descubierto aún nada sospechoso?
—preguntó Dewing, con impaciencia.
—Claro que sí. Pues lo malo de nuestro material es
que no detecta sólo las bombas nucleares. Detecta
TODAS las radiaciones. Hasta ahora encontramos una
anciana que colecciona despertadores «Big Ben» con
esferas de radio; el depósito de abonos que surte a la
mitad de los jardines públicos de Nueva York, y dos
tipos que salían del hospital llevando barita en la panza,
después de una radiografía de estómago. ¡Pero nada de
bombas!
Quentin Dewing se volvió entonces a Harvey
Hudson, director del FBI neoyorquino.
—Tengo dos informaciones, Quentin —declaró el
último—. Una de ellas acaba de llegar de Boston y
parece bastante prometedora. Se trata de uno de los
tipos que estuvieron en los campamentos de instrucción
de Gadaffi. He aquí su ficha y su foto.
Hizo circular una hoja impresa en multicopista:
«SINHO, Mahmud. Nacido en Haifa el 19 de julio de
1946. Inmigrado a los Estados Unidos en 1962, dentro
del cupo especial de la ley sobre refugiados. Instalado
en casa de unos parientes, en el 19 de Summer Drive,
Quincy (Massachusetts). Nacionalizado
norteamericano, Primer Juzgado de distrito, Nueva
York, en octubre de 1967. Matriculado en la Universidad
de Boston, Facultad de gestión administrativa,
19661970. Fichado por el FBI de Boston como militante
de la OLP y recaudador de fondos, 1972. Según la CIA,
entró en Libia en febrero de 1976. El corresponsal local
confirma la presencia de SINHO en el campamento de
instrucción de fedayines palestinos de Misratah (Libia),
en abril de 1976. Colocado bajo vigilancia del FBI de
Boston a su regreso a los Estados Unidos, en septiembre
de 1976. Por haber abandonado el sospechoso toda
actividad política pro palestina, se interrumpió la
vigilancia el 23 de mayo de 1977, según mandamiento n.
o934277 de la Cámara de Incriminación. Antecedentes
penales: ninguno. No se le conocen relaciones con
delincuentes. Última dirección: 49 Horace Road,
Belmont, Mass.»
—Ese tipo desapareció de su domicilio ayer por la
mañana, alrededor de las diez, y no se le ha vuelto a ver
—declaró Hudson—. La Compañía Telefónica acaba de
realizar una comprobación de su línea. Resulta que
recibió una llamada desde una cabina telefónica de
Atlantic Avenue, Brooklyn, dos horas antes de su
precipitada partida. Circula en un «Chevrolet» verde
con matrícula de Massachusetts, número 792 K 83.
—¡Es nuestra mejor pista desde que empezó la
investigación! —exclamó Dewing, con entusiasmo—. ¿Y
la otra información?
—Uno de nuestros confidentes, un alcahuete negro
relacionado con el Frente de Liberación Puertorriqueño,
nos dio el soplo de que un pequeño traficante de drogas
al que conoce, llevó medicamentos el sábado a una
cliente árabe en Hampshire House. La joven abandonó
el hotel esta mañana, después de indicar un punto de
destino falso. —Hudson consultó su libreta de notas—.
Hubo que apretarle las clavijas al traficante en cuestión
para que se decidiera a hablar. Parece que fue la chica
quien le llamó. Un intercambio de servicios entre
palestinos y puertorriqueños. Ella conocía el santo y
seña. Le pidió los medicamentos porque no quería
solicitar una receta a un médico. Lo malo es que el tipo
jura por todos sus dioses que ni siquiera la vio de
refilón. Dejó los medicamentos en recepción, cosa que,
por lo demás, acaba de confirmarse en el hotel.
Hudson hizo una mueca y se metió la libreta en el
bolsillo. Luego, prosiguió:
—Hemos pedido al Departamento de Estado que
nos facilite los datos que figuren en la solicitud de
visado de esa mujer y, sobre todo, su fotografía. Pero el
estúpido cónsul en Beirut ha enviado la foto por el avión
de la «Pan Am», porque nuestra Embajada no dispone
allí de transmisiones por télex. A ese cretino no se le
ocurrió siquiera dirigirse a la «Associated Press» o a
cualquiera otra agencia.
—Podríamos ordenar que el avión volviese a Beirut
—sugirió Dewing.
—Lo desviaremos hacia Roma. Será más rápido.
¿Cuál era el medicamento?
—«Tagamet». Es para las úlceras de estómago.
—Éste es, pues, nuestro único indicio, hasta que
llegue la maldita foto —concluyó Dewing—. ¡Buscamos
un árabe con una úlcera!
Se volvió a Feldman.
—Y usted, jefe, ¿qué noticias tiene?
El jefe de inspectores adoptó un aire afligido.
—Por desgracia, poca cosa. Uno de los inspectores
que trabajan en los muelles me llamó para decirme que
había descubierto el rastro de un cargamento de barriles
procedentes de Libia y que, por lo visto, fueron
recogidos por un tipo que utilizaba documentos
robados. Pero el peso de esos barriles era muy inferior
al calculado para el objeto que buscamos. De todos
modos, he enviado un equipo a casa del consignatario
de esa mercancía. ¡Nunca se sabe!
—Bueno, jefe —respondió Dewing, visiblemente
irritado por el hecho de que un simple inspector
neoyorquino tuviese la audacia de saltarse la dirección
del FBI—, ténganos al corriente.
Dewing acababa de poner fin a la reunión cuando un
operador de radio irrumpió en la estancia.
—Mr. Booth, ¡le llaman de su Cuartel General! ¡Uno
de sus helicópteros acaba de captar unas radiaciones!
Booth corrió detrás del operador de radio hasta la
sala de telecomunicaciones.
—¿Qué registras? —le gritó al técnico que iba en el
aparato.
A duras penas entendió su respuesta, debido al
estruendo de los rotores.
—¡Noventa milirradios!
Booth emitió un silbido de estupefacción. Se trataba
de una radiación considerable, y tanto más habida
cuenta de que, casi forzosamente, había tenido que
pasar a través de varios pisos antes de alcanzar el techo
para ser captada por el helicóptero.
—¿De dónde vienen esas radiaciones?
Booth se precipitó sobre un plano. Con ayuda de dos
policías neoyorquinos logró localizar rápidamente la
zona de la que provenía la radiación. Se trataba de
cuatro casas baratas de la ciudad Baruch, exactamente
al borde del East River, a unas decenas de metros del
puente de Williamsburg.
—¡Sal rápidamente de ahí para no llamar la
atención! —ordenó Bill Booth al piloto—. ¡Enviaré
furgonetas!
Después bajó rápidamente la escalera y corrió al
automóvil disimulado que le esperaba en la esquina de
Foley Square.

En París, el general Bertrand paseaba arriba y abajo


en su despacho, rumiando la explicación de su consejero
científico sobre los informes de inspección de la agencia
atómica de Viena acerca del reactor comprado por Libia
a Francia. Encendió un nuevo «Gitane» con la colilla del
anterior, volvió a su mesa de trabajo y se dejó caer en su
sillón.
—Lo que me preocupa —dijo a Cornedeau— es que
Monsieur De Serre no me dijese una palabra sobre el
paro del reactor...
—Tal vez pensó que se trataba de un accidente
demasiado técnico para que pudiese interesarle
realmente a usted.
Bertrand lanzó un breve suspiro y abrió uno de los
estuches enviados por la DST.
—Habrá que examinar muy seriamente todos esos
papelotes. ¿Se da usted cuenta del escándalo que se
armaría si se comprobase que los libios extrajeron
realmente plutonio de un reactor francés? ¿Y quizá con
la complicidad de ingenieros franceses?
Los dedos del general hurgaron en el montón de
abultados sobres marcados con el sello rojo de
«Ultrasecreto», hasta que encontró el nombre de Serre.
—Por lo que a mí respecta, ¡voy a empezar por el
legajo de ese coleccionista de piedras!

Angelo Rocchia se mondaba de risa. «Es realmente


reconfortante comprobar los esfuerzos que hace la
Policía para ayudar a un simple ciudadano a recobrar su
cartera», había dicho el importador Gerald Putman, al
despedir a los tres policías en el umbral de su puerta.
En cuanto estuvieron de nuevo en su coche, Angelo
se volvió a Tommy Malone, jefe de la Brigada de
Rateros.
—Bueno, Tommy, ¿qué tienes sobre esa chica?
Malone sacó una ficha de su cartera de documentos.
—Yolanda Belíndez, alias Amalia Sánchez y María
Fernández. Nacida en Neiva, Colombia, el 17 de julio de
1959. Cabellos negros, ojos verdes. Señas particulares:
ninguna. Antecedentes penales: detenida por hurto
durante la ceremonia del jubileo de la reina, Londres,
junio de 1977. Condenada a dos años de prisión, uno de
ellos en libertad condicional. Detenida por el mismo
motivo en Munich, durante la Oktoberfest, el 3 de
octubre de 1978. Condenada a dos años de prisión, uno
de ellos en libertad condicional. Cómplices conocidos:
Pablo Pepe Torres, alias Miguel Constanza, ref. fichero
Policía Nueva York, 374251.
Malone buscó en seguida la ficha del tal Torres y
comprobó que las fechas de sus detenciones
correspondían a las de la chica.
—No es gran cosa —suspiró Angelo—, pero al menos
tenemos una pista. ¿Dónde podemos encontrar a esas
alhajas?
—Hay un barrio por el que suelen merodear, por la
parte de Atlantic Avenue. Demos una vuelta por allí.
Quizás encontremos a alguien que necesite un
«pequeño servicio».
Angelo acababa de poner el motor en marcha
cuando empezó a crepitar el radioteléfono. Descolgó.
—Romeo 14, telefonee urgente al Puesto de Mando
—dijo una voz, sin dar más explicaciones.
Angelo se detuvo ante la primera cabina pública.
Momentos más tarde, volvió a salir con aire alegre, que
no podía pasar inadvertido a sus dos acólitos del coche.
Se puso al volante del «Chevrolet» y se volvió a Rand:
—Dime, lobezno, ¿te acuerdas de la jeta del tipo al
que hurtaron la cartera?
—¡Desde luego!
—¿Podrías describirla?
El Fed puso cara de asombro.
—Piel mate... pelo rizado... ojos claros... ¿Por qué?
Angelo lanzó una carcajada de satisfacción.
—Son exactamente las características del retrato-
robot que el colegio de identificación judicial, enviado
por Feldman a nuestro muelle de Brooklyn, ha hecho
del chófer del camión que fue a buscar los barriles el
viernes.
—¿Quieres decir que ese Mr. Putman fue...?
—¡Que no, cretino! No él, sino un tipo que se le
parece lo bastante para utilizar sus documentos... ¡Un
verdadero trabajo a la medida! Y esto no es todo, amigo
mío —añadió triunfalmente Angelo—, sino que parece
que los compadres enviados en busca de los barriles los
han encontrado... Acaban de llamar al Puesto de
Mando: el lugar es una especie de casucha, con un gran
garaje en la parte de atrás. Todos los barriles
consignados en el manifiesto del Dionysos están allí...
Todos, ¡menos uno!

Una idea acudió en seguida a la mente de Bill Booth,


mientras el Fed que le conducía trataba de deslizarse
entre el tráfico de las estrechas y atestadas calles del
bajo Manhattan. Las informaciones concernientes a los
inmuebles que había que registrar —el espesor de los
muros, de los techos y de los tejados; la naturaleza de
los materiales empleados en la construcción— siempre
facilitaban el trabajo de sus brigadas de búsqueda de
explosivos nucleares.
—Esa ciudad de casas baratas, ¿fue construida por
el municipio?
Antes de que el chófer tuviese tiempo de
responderle, Booth había empuñado el micro de la radio
y llamado a su jefatura.
—Envíen urgentemente a un muchacho a buscar en
el Ayuntamientolos planos de ejecución de la ciudad
Baruch —ordenó—. Que me los lleve a la esquina de
Houston y Columbia.
Al llegar a Houston Street, Booth vio una de sus
furgonetas pintadas con los colores rojo y blanco de
«Avis». Nada la distinguía de un vehículo corriente de
transporte. Sin embargo, era uno de los doscientos
laboratorios científicos rodantes que se paseaban aquel
lunes por la mañana a través de Manhattan. Cuatro
minúsculos discos metálicos y una corta antena fijados
en la carrocería estaban conectados a un detector de
boro y un scanner de germanio. Estos aparatos eran
capaces de detectar los rayos gamma y los neutrones
emitidos por el polvo más ínfimo de plutonio. Habían
sido conectados a un miniordenador provisto de un
osciloscopio y de una pantalla de control. El ordenador
podía no sólo identificar el origen de los rayos gamma
a gran distancia —la distancia exacta se mantenía en
secreto—, sino también determinar la naturaleza de los
isótopos y del elemento del que procedían.
Booth reconoció al hombrón bronceado que se
sentaba al lado del chófer de la furgoneta. Doctor en
Física por la Universidad de Berkeley, el californiano
Larry Delaney era diseñador de ingenios nucleares del
laboratorio de Livermore. Había adquirido su tono
bronceado escalando las vertientes de Sierra Morena los
fines de semana.
—No registramos nada —dijo, con aire contrariado.
Booth levantó la mirada hacia la masa compacta de
casas que se recortaba contra el cielo con la falta de
elegancia característica de las construcciones
municipales.
—¡No es de extrañar! Debe de venir de allá arriba.
Continuó su examen. Quince pisos. Al menos
ochocientos apartamentos y cinco mil inquilinos.
Trajinar allá dentro sin llamar la atención no era tarea
fácil.
Un segundo coche del FBI se deslizó detrás de ellos.
Un agente se apeó de él y le tendió un grueso rollo de
planos.
El jefe de las brigadas Nest subió a la furgoneta,
donde otro Fed estaba colgando del cuello del
californiano Delaney un micro del tamaño de una
medalla, gracias al cual podría comunicar cada minuto
sus maniobras en las casas baratas. El Fed le colocó
después en el oído un microrreceptor que le permitiría
captar las informaciones de su aparato de detección y,
al mismo tiempo, recibir instrucciones.
Booth desenrolló los planos de construcción de las
casas baratas sobre sus rodillas. «¡Auténticas conejeras!
—pensó—. ¡Cuántos políticos y traficantes debieron de
llenarse los bolsillos con eso! ¡Bah! Al menos la
delgadez de las paredes y la fragilidad de los materiales
facilitarán la búsqueda... Los techos y los suelos de las
casas de ciudad Baruch no privarán el paso de las
radiaciones. ¡Si las hay!»
—Bueno —anunció, después de su examen—,
registraremos los seis pisos superiores. Aunque,
prácticamente, es imposible que encontremos lo
detectado por el helicóptero por debajo de los cuatro
últimos pisos... Vosotros dos, ocupaos de la casa A. Si os
preguntan algo, decid que sois agentes de seguros. ¿De
acuerdo?
El Fed neoyorquino que había de acompañar a
Delaney hizo una mueca.
—En este barrio, los agentes trabajan más bien en
recuperar la pasta de las cajas de crédito —aclaró.
—¡Justo! —convino Booth.
Acercarse a un ingenio explosivo colocado por
terroristas era la fase más delicada y peligrosa de la
operación, pues éstos solían estar dispuestos a todo
para defender su bomba. Los hombres de las brigadas
Nest iban desarmados, y su protección incumbía a los
agentes del FBI que los seguían como su sombra.
Para explorar la casa B, Bill Booth había elegido uno
de sus ingenieros negros, y, como escolta de éste, una
Fed también de color. Se harían pasar por un joven
matrimonio en busca de un apartamento.
Larry Delaney salió de la furgoneta con su detector
de radiaciones portátil. El aparato apenas abultaba más
que una cartera de documentos o uno de esos pequeños
muestrarios que suelen llevar los representantes
comerciales. El rostro del físico-alpinista había
palidecido.
—¿Nervioso? —preguntó, inquieto, Booth.
Delaney asintió con la cabeza. Booth le dio unas
palmadas en el hombro.
—¡Bah! No te preocupes. ¡Por fin vamos a encontrar
nuestra primera bomba!
—¿La bomba? No es la bomba la causa de mi
jindama —protestó Delaney—. Tengo miedo de que
algún tipo de allá arriba —y señaló los tristes cubos de
hormigón— ¡me clave un cuchillo entre los omóplatos!
Cuando Delaney y el físico negro hubieron
desaparecido en el bloque con sus guardaespaldas,
Booth formó otros tres equipos para los demás
inmuebles. Después, con ayuda de los planos de las
construcciones, siguió por radio su progresión, de un
piso a otro, de un apartamento a otro, desde la
decimoquinta hasta la décima planta. Delaney fue el
último en terminar la exploración de su inmueble.
Ningún detector había captado la menor radiación; ni
siquiera las emitidas por un despertador de esfera
luminosa.
—No comprendo nada —gruñó el jefe de las
brigadas Nest—. Después de los fuegos artificiales
registrados por el helicóptero, ¡no se percibe una sola
chispa! ¡Esto no tiene sentido! —Reflexionó un
momento—. Haced volver el helicóptero, mientras
acaban de explorar los pisos noveno y octavo.
Minutos más tarde, Booth oyó desde el fondo de su
furgoneta el zumbido del aparato y, después, la
estupefacta voz del técnico que evolucionaba encima de
las casas baratas:
Las radiaciones han desaparecido. No registro nada.
¡Ni siquiera una milésima de milirradio!
—¿Estás seguro de encontrarte exactamente en el
mismo lugar que antes?
—¡Seguro!
El físico suspiró, enojado.
—¡Sigue buscando! —ordenó.
El helicóptero siguió evolucionando hasta que los
equipos de tierra terminaron su exploración. Pero sin
resultado.
Tu detector debe de haberse estropeado —presumió
Booth—. ¡Dirígete a McGuire y hazlo comprobar con la
mayor urgencia!
Delaney anunció que tampoco había encontrado
nada en el piso octavo.
—Sube a lo más alto —le ordenó entonces su jefe—
y echa un vistazo al tejado.
Las ondas transmitieron un gruñido:
—¡El ascensor está averiado!
—¿Y qué? Tú eres un as de la escalada, ¿no?
Minutos más tarde, el californiano, jadeante, se
plantó en el tejado. Sólo había ante él la extensión gris
de los barrios de Brooklyn. Su detector permanecía
mudo. Echó una mirada de asco a las porquerías que
ensuciaban el tejado alquitranado.
—Bill —declaró—, aquí arriba no hay absolutamente
nada. ¡Salvo cagadas de paloma!

El presidente de los Estados Unidos estaba en pie


delante de una ventana de la rotonda que prolongaba el
gran salón oval, que simbolizaba la sede del poder para
doscientos veinte millones de americanos. Cruzadas las
manos en la espalda, errante la mirada sobre el manto
de nieve que cubría el parque, el presidente
reflexionaba. Había sido elegido para el cargo supremo,
porque sus compatriotas sentían la necesidad de un jefe,
de una personalidad enérgica capaz de remplazar al
personaje lleno de buenas intenciones, pero de poca
envergadura, que le había precedido en este sitio. Y hete
aquí que sus cualidades de líder eran puestas a prueba
como jamás lo habían sido las de ningún presidente
desde la Segunda Guerra Mundial. Pensó en los
hombres que se habían sucedido en esta estancia: Harry
S. Truman, rumiando la decisión de lanzar la primera
bomba atómica sobre el Japón; Lyndon B. Johnson,
metiéndose en la ratonera vietnamita, y, desde luego,
John F. Kennedy, durante la gran crisis de los misiles
cubanos. Pero ellos sabían al menos que podían recurrir
al poder terrorífico de los Estados Unidos para
respaldar sus acciones. Mientras que su preocupación
de preservar millones de vidas americanas le privaba a
él de este recurso. «¡Ah! —pensó—, los chinos tenían
razón cuando antaño nos trataron de "tigre de papel".»
Un ruido de pasos sacó al jefe del Estado de sus
amargos pensamientos. Era la hora de su primera
aparición oficial, aquel lunes 14 de diciembre. Volvió a
su mesa de trabajo, cuya madera de roble, regalo de la
reina Victoria al presidente Hayes, procedía del navío
real Resolute. Precedido por el encargado de Prensa, un
grupo de periodistas y de reporteros de Televisión entró
en el despacho. El presidente no dejó traslucir en
absoluto sus preocupaciones; se mostró locuaz,
acogiendo a todos como a viejos amigos. Mientras su
encargado de Prensa pronunciaba unas palabras de
introducción, tenía los ojos fijos en el escudo
presidencial esculpido en el techo. «¡Dios mío! ¿Qué
vamos a hacer si ese maldito libio se empeña en
rechazar el diálogo?»
Después, siempre impenetrable, se caló sus gafas
bifocales de concha y empezó a leer la alocución
preparada por los servicios de la Casa Blanca para la
celebración del XXXIII aniversario de la aprobación de la
Declaración universal de los derechos del hombre.
Había llegado a la mitad del texto, cuando la silueta de
Jack Eastman, deslizándose discretamente en el fondo
de la estancia, llamó su atención. El consejero
presidencial había asido la punta de su corbata y
remedaba la acción de cortarla con unas tijeras. El jefe
del Estado abrevió inmediatamente su discurso.
—Es tarde, caballeros, y deben de estar muertos de
hambre. Lo mismo me pasa a mí. Gracias, y hasta la
vista.
Instantes después, Eastman se reunía con él en el
despacho privado.
—¡Una gran noticia! Acabamos de establecer
contacto con Gadaffi.
El experto Jeremy Oglethorpe empezó su inspección
de los refugios antiaéreos de la ciudad por el rascacielos
del Centro administrativo del Estado de Nueva York. Su
elección había sido deliberada. Si había un edificio que
debiese poseer la mejor instalación de esta clase, era sin
duda aquél. En cuanto entró en el inmenso vestíbulo,
rebosante de gente, el visitante advirtió con satisfacción
la placa negra y amarilla que señalaba la dirección del
refugio.
—Al menos aquí sabrá la gente dónde tiene que ir en
caso de alarma —observó al teniente Walsh, que le
acompañaba.
Los dos visitantes se plantaron delante del quiosco
de cristales del conserje, ocupado por un negro de
uniforme. Walsh le mostró su placa.
—Policía municipal, Oficina de Protección Civil. Se
nos ha encargado verificar el estado de conservación de
su refugio antiaéreo.
—¿El refugio antiaéreo? —balbució el negro—. ¡Ah,
sí...! ¡El refugio subterráneo! Esperen un momento;
tengo que buscar la llave.
Se levantó y se dirigió a un enorme tablero, del que
pendían innumerables llaves de todas las formas y
tamaños. Se rascó la frente y empezó a buscar entre
aquel montón de hierros viejos.
—Es una de estas llaves —farfulló—. Tiene que ser
una de estas llaves.
Y transcurrieron más de cinco minutos, mientras el
buen conserje palpaba con mano temblorosa una llave
tras otra y el nerviosismo humedecía su cogote.
«¡Dios mío! —se dijo Walsh, espantado—.
¡Imaginaos el pánico que se produciría en este vestíbulo
antes de que ese estúpido encontrase la llave!»
El conserje debió de percibir la creciente
impaciencia de los visitantes, pues acabó por gritar, con
voz desesperada:
—¡Pedro! ¿Dónde está esa mierda de llave del
refugio subterráneo?
Esta llamada hizo surgir del fondo del quiosco una
especie de enano tocado con una gorra de béisbol.
Llevaba una chaqueta constelada de insignias y de
placas que proclamaban «el Redentor está al llegar»,
que «Jesús es nuestro salvador», que «el mejor camino
es el de Cristo».
—Es el guardián del refugio —explicó el conserje.
Pedro empezó a hurgar, a su vez, en los ganchos de
los que pendían las llaves. Necesitó varios minutos más
para encontrar la buena. Después, mostró el camino a
los visitantes. La puerta del refugio se abría a una
escalera débilmente iluminada, cuya bóveda sostenía
una tal cantidad de tuberías, que Oglethorpe y Walsh
tuvieron que agacharse para no romperse la cabeza. Al
fin llegaron a una sala grande y húmeda, en la que
flotaba un olor a moho. En un tablero suspendido de la
pared había una hoja de papel amarillento: el inventario
del lugar, redactado por el servicio de Protección civil el
3 de enero de 1959. En ella figuraba la lista de víveres y
materiales almacenados allí, o sea, 6.000 barricas de
agua, 275 botiquines de urgencia, 140 contadores
Geiger, 2.500.000 galletas proteinizadas. Oglethorpe
siguió con el haz de su linterna los rincones de la
inmensa caverna.
—¡Oh, ahí están! —exclamó, al distinguir con alivio,
a lo largo de la pared, los montones de cajas de las
famosas galletas.
Golpeó una de ellas con su linterna.
—Es curioso —dijo, asombrado—. ¡Cualquiera diría
que está vacía! Probó en otras cajas y tuvo que rendirse
a la evidencia: todas estaban vacías.
—¡Walsh! —gritó, indignado, como si se tratase de
lingotes de oro robados de una caja fuerte—. ¿Dónde
están las galletas?
El teniente contempló, compasivo, al experto de
Washington.
—¡En Nicaragua!
—¿Cómo es posible que estén en Nicaragua?
—¿Recuerda usted aquel tifón que la devastó en
1975? Enviamos las galletas a las víctimas del siniestro.
—El policía emitió una risita sarcástica—. Un bonito
regalo, ¿verdad? Parece ser que todos los que las
comieron cayeron enfermos. Estaban podridas.
Oglethorpe sintió que se le cortaba el resuello.
«Decididamente —pensó—, todo es desmesurado en
Nueva York, ¡hasta la incuria!»
—¿Y los otros refugios? —preguntó al fin, en tono
apagado.
Walsh agachó la cabeza.
—No todos están tan vacíos, Mr. Oglethorpe. Incluso
algunos de ellos están habitados... y no solamente por
las ratas... También lo están por pandillas de chicos que
van a birlar la morfina de los botiquines para pincharse.
Guiados por Pedro, los dos hombres regresaron. En
la escalera, la linterna de Oglethorpe iluminó de pronto
una de las insignias que adornaban la chaqueta del
guardián. En el colmo del desaliento, el experto
consideró el mensaje inscrito en ella como el consejo
más juicioso que podían darle en aquellas horas
trágicas.
«Jesús es nuestro salvador —proclamaba la
insignia—. Confiadle vuestros problemas.»

En Washington, los miembros del Comité de Crisis


esperaban el regreso del presidente y de Jack Eastman.
A excepción de los militares, estaban todos en mangas
de camisa, con la corbata floja y el cuello desabrochado.
Parecían en el límite de sus fuerzas. Se levantaron
penosamente al entrar el presidente, el cual, con un
ademán, les invitó a sentarse de nuevo. No estaba de
humor para andarse con ceremonias. También él se
quitó la chaqueta y se arremangó, mientras su consejero
exponía la situación.
—Nuestro encargado de Negocios en Trípoli acaba
de recibir una llamada telefónica de Salim Jalud, Primer
Ministro libio —dijo Jack Eastman—. Gadaffi está
dispuesto a hablar con usted a las diecinueve horas
según el meridiano de Greenwich. —Echó una mirada a
los relojes—. Es decir, al mediodía, según nuestro
horario, o sea, dentro de veintisiete minutos. La
comunicación se establecerá por el circuito de radio de
nuestro «Boeing» Catastrophe. Gadaffi habla inglés,
pero es probable que prefiera expresarse en árabe, al
menos para empezar. Esos caballeros —y señaló a dos
funcionarios de cabellos grises, sentados al extremo de
la mesa— son los intérpretes del Departamento de
Estado. Sugiero que se proceda de la manera siguiente:
uno de los dos intérpretes nos hará una traducción
confidencial simultánea, a fin de que sepamos
inmediatamente lo que dice Gadaffi. Cada vez que
Gadaffi haga una pausa, para que pueda traducirse lo
que ha dicho, el segundo intérprete tomará el relevo.
Durante esta traducción oficial, dispondremos de
algunos momentos para ponernos de acuerdo y
preparar la respuesta. Si necesitamos un poco más de
tiempo, pediremos al segundo intérprete que pregunte
a Gadaffi el sentido exacto de alguna palabra o de
alguna expresión.
El presidente aprobó con un movimiento de cabeza.
Jack Eastman prosiguió:
—Naturalmente, hemos tomado medidas para
registrar las palabras de Gadaffi y su traducción. Todo
será tomado taquimecanográficamente.
Varias secretarias se turnarán para dactilografiar
todo lo que se diga. Y allá abajo —añadió, señalando un
pupitre negro con múltiples esferas— tenemos un
analizador de la voz proporcionado por la CIA, que nos
revelará la más ligera señal de tensión o de nerviosismo
en nuestro interlocutor.
Eastman concluyó su exposición presentando al
presidente a los doctores Jagerman, Tamarkin y Turner,
sentados al otro extremo de la mesa. La presencia de
este equipo médico no causó la menor sorpresa a los
asistentes. Aunque la cosa fuese poco conocida por el
público, las altas esferas gubernam entales
norteamericanas tenían, en efecto, por costumbre
recurrir a los consejos de los psiquiatras.
—Apoyándose en su experiencia como negociadores
con terroristas, estos caballeros recomiendan
encarecidamente que no hable usted personalmente con
Gadaffi —declaró Eastman.
El presidente reprimió un movimiento de asombro.
—Quiero darles las gracias, caballeros —dijo,
calurosamente—, porque su ayuda nos será de gran
valor. Particularmente la de usted, doctor Jagerman.
—El holandés inclinó ceremoniosamente la cabeza—.
Pero, dígame: ¿por qué no quieren que hable con
Gadaffi?
Jagerman repitió los argumentos que había
expuesto anteriormente en el despacho de Eastman.
—Mi colega tiene toda la razón, señor presidente
—confirmó el doctor Tamarkin—. Al obligarle a dialogar
con alguien que no sea usted, conserva las manos libres
para preparar tranquilamente su respuesta. —El
psiquiatra norteamericano había empleado esta táctica
con éxito en Washington, a raíz de un secuestro de
rehenes por una secta de musulmanes negros—. Dicho
en otras palabras: le tenemos en vilo y, de paso, nos
tomamos tiempo para reflexionar.
—Me parece que, de momento, es él quien nos tiene
en vilo a nosotros —observó amargamente el
presidente—. ¿Y a quién sugieren ustedes que confíe el
papel de negociador?
—Esperamos que Gadaffi se avenga a hablar con el
general Eastman —respondió Jagerman—. Todo el
mundo sabe que es su colaborador más íntimo.
Los dedos del presidente tamborilearon
nerviosamente sobre el borde de la mesa.
—Muy bien, señores, acepto su propuesta.
Esperemos que Gadaffi la acepte también. No dudo de
su perfecto conocimiento de la mentalidad de los
delincuentes; pero la de un jefe de Estado no responde
forzosamente a los mismos criterios. Quisiera, a este
respecto, que me explicasen qué puede impulsar a un
hombre como Gadaffi a actuar de esta manera. ¿Se ha
vuelto loco? ¿Tiene manía de poder?
El psiquiatra holandés cerró un momento los ojos.
¡Cuánto habría preferido encontrarse en su tranquilo
consultorio de Amsterdam!
—Lo más importante no es saber si padece o no
paranoia, señor presidente. Lo que interesa es descubrir
sus motivaciones. Personalmente, comparto la opinión
de su CIA: no tiene nada de loco.
—Entonces, ¿por qué ha organizado una
maquinación tan propia de un demente?
—¡Ah! —Las cejas de Jagerman se alzaron formando
dos acentos circunflejos—. El rasgo dominante de su
personalidad es su tendencia a la soledad. En la escuela,
durante su infancia, y después en la academia militar,
en Inglaterra, fue siempre un solitario. Y sigue siéndolo,
ahora que es jefe de Estado. Ahora bien, la soledad es
muy temible. Cuanto más se repliega un hombre sobre
sí mismo, más se arriesga a convertirse en peligroso.
Los terroristas son fundamentalmente individuos
aislados, marginados, excluidos, que se agrupan
alrededor de un ideal, de una causa. Su insatisfacción
les impulsa a actuar. La violencia es su manera de
afirmar su existencia ante la faz del mundo. La soledad
en la acción les da entonces un complejo de
superioridad. Tan persuadidos están de la justicia de su
posición, que se toman por semidioses, por
encarnaciones del Derecho.
El presidente miraba a Jagerman con tal curiosidad,
que el holandés bajó la mirada unos segundos antes de
proseguir:
—A medida que Gadaffi sintió crecer su aislamiento
frente a las otras naciones árabes y se sintió más y más
separado de la comunidad mundial, se hizo en él más
obsesionante aquella necesidad de actuar, de demostrar
al mundo su existencia. Y se erigió en paladín de los
palestinos. Está absolutamente convencido de la
legitimidad de su causa. Y ahora, gracias a su bomba H,
se imagina ser Dios Padre y se dispone, al margen de
toda noción del bien y del mal, a administrar él mismo
su justicia.
—Si es tanta su megalomanía, ¿por qué perder el
tiempo tratando de hablarle? —objetó el presidente.
—No trataremos de hacerle entrar en razón, señor
presidente. Procuraremos convencerle de la necesidad
de que nos dé un plazo más largo, de la misma manera
que siempre tratamos de persuadir a un terrorista de la
necesidad de liberar a sus rehenes. Muchas veces, con
el tiempo, el mundo irreal en el que se complace el
terrorista se derrumba a su alrededor. La realidad le
sumerge, y entonces se quiebran sus mecanismos de
defensa. Lo propio podría ocurrir con Gadaffi. La
realidad, el descubrimiento de las consecuencias de su
acción, podrían paralizarle de pronto.
El psiquiatra apuntó al aire con el dedo índice, como
siempre que quería hacer una advertencia o recalcar un
punto concreto.
—Pero, si se produce, este instante será
terriblemente peligroso. En tal momento, el terrorista
está dispuesto a morir, a suicidarse de una manera
espectacular. Entonces es enorme el peligro de que haga
perecer al mismo tiempo a sus rehenes. En tal caso...
—Jagerman no terminó la frase; todos habían
comprendido—. En cambio —siguió diciendo—, la mejor
ocasión de ganarle al terrorista por la mano, si puedo
expresarme así, y de apartarle del peligro, puede
presentarse en el mismo instante. Convenciéndole de
que es un héroe, un héroe que se ve obligado a
someterse honorablemente a fuerzas superiores.
—¿Y piensa usted que conseguiríamos manipular a
Gadaffi de esta manera?
—Es una esperanza. Nada más. Pero la situación no
ofrece muchas alternativas.
—Está bien. ¿Cómo vamos a maniobrar?
—Saberlo es el objetivo final, señor presidente. Sólo
hablándole podremos decidir cuál es la mejor táctica.
Por esto es esencial que podamos entablar un diálogo
con él. Pues nuestra estrategia dependerá de lo que
aprendamos escuchándole. Ante todo, es primordial que
cada uno de los presentes —y el psiquiatra paseó la
mirada sobre sus oyentes— acepte esta situación y se
diga que, en definitiva, ganaremos.
«Aunque... —pensó el médico holandés,
reflexionando sobre sus propias palabras— no siempre
se acaba ganando...»
Sonó la campanilla de encima de la puerta. Todos
los ocupantes del oscuro café de Brooklyn —cinco o seis
jovenzuelos encogidos sobre sus taburetes de tapicería
desgarrada, el cafetero barrigón y mal afeitado, el trío
con chaqueta de cuero que jugaba al billar eléctrico— se
volvieron para observar a los tres policías que entraban
en su santuario. No se oía en la sala más ruido que el
«clic-clac» de la bolita de plomo que rebotaba de un
resorte a otro y el «ting» de las luces que marcaban el
tanteo en el cuadro del aparato.
—Mal asunto —murmuró Angelo a Rand—; esos
mocosos tienen un sexto sentido para olerse «las
visitas».
Tommy Malone, jefe de la Brigada de Rateros,
avanzó despacio junto al mostrador, escrutando todos
los rostros. Eran todos ellos descuideros que trabajaban
regularmente en la estación de Flatbush y que, entre las
horas punta, venían aquí a descansar, ante una taza de
café y un vaso de tequila. Malone se detuvo a un metro
del billar eléctrico e hizo una seña a uno de los mozos de
chaqueta de cuero para que se acercase.
—¡Eh, Mr. Malone! —gimió el chico, retorciéndose
como un bailarín de discoteca en un baile de noche de
sábado—. ¿Qué quiere de mí? ¡Yo no he hecho nada!
—Quisiéramos tener una pequeña conversación
contigo —dijo Malone, en tono almibarado—. En el
coche.
Malone y Angelo se acomodaron en el asiento
delantero del «Chevrolet», con el ratero entre los dos.
Rand se disponía a subir a la parte de atrás, pero su
compañero de equipo le detuvo.
—Será mejor que vuelvas al café, pequeño, y que
abras bien los ojos —le aconsejó—. Nunca se sabe lo que
puede ocurrir.
El colombiano se había echado a temblar entre los
dos policías. Su cabeza oscilaba como un parabrisas en
día de lluvia.
—¿Por qué me detiene, Mr. Malone? —gimió
débilmente—. Le juro que no he hecho nada.
—No te detengo —le respondió Malone—. He venido
a pedirte un pequeño favor. Un pequeño favor que te
pagaré cuando vuelvas a hacer una trastada.
Sacó las fotografías de Yolanda Belíndez y de Torres
y las plantó ante las narices del ratero. Angelo
observaba fijamente el rostro del muchacho. En menos
que canta un gallo, vio lo que buscaba: un
estremecimiento casi imperceptible. El chico había
reconocido los retratos.
—¿Conoces a esas alhajas? —preguntó Malone.
El ratero pareció reflexionar.
—No. No les conozco. No los he visto nunca.
Antes de que el ratero tuviese tiempo de darse
cuenta de lo que pasaba, Angelo le agarró el brazo
derecho y empezó a retorcérselo.
—¡Mi amigo te ha hecho una pregunta!
Gotas de sudor aparecieron en la frente del
muchacho. Miró alternativamente a los dos inspectores.
—¡Les juro que no les conozco!
Angelo le retorció un poco más el brazo. El ratero
lanzó un grito.
—¿Has probado alguna vez a birlar una cartera con
un brazo escayolado? Si no contestas a mi amigo, te
romperé los huesos como si fuesen palillos.
—¡Basta! ¡Se lo diré!
Angelo soltó su presa.
—Son nuevos. Sólo los he visto una vez.
—¿Dónde están metidos? ¡Contesta!
—En Hicks Street. Al otro lado de la Express Way.
No sé en qué casa. Sólo les vi una vez, lo juro.
Angelo le soltó el brazo.
—¡Gracias, amigo! —le dijo, abriendo la portezuela.

El general Bertrand detestaba leer las


transcripciones de las escuchas telefónicas. Y no era que
el director del SDECE tuviese el menor escrúpulo en lo
tocante a la moralidad del procedimiento. Por el
contrario, sus años en el Servicio Secreto le habían
enseñado que podían ser auxiliares preciosos. Si
detestaba aquellos documentos era porque encontraba
deprimente su lectura. Nada mejor para revelar el vacío
y la mediocridad de la mayoría de las existencias, que
los frutos de aquella vigilancia electrónica del alma
humana.
Al menos esperaba descubrir, en las conversaciones
de Pául Henri de Serre durante su larga estancia en
Libia, la marca de una brillante inteligencia. Por eso se
sintió defraudado al comprobar que De Serre era más
que un funcionario vulgar. Un hombre intachable, sin la
menor singularidad inconfesable que hubiese permitido
al general apretarle las clavijas. Ni siquiera tenia
amantes, o, si las tenía, no las llamaba nunca por
teléfono. «En realidad —pensó Bertrand, divertido—, ¡la
aparente fidelidad conyugal de ese tipo es sin duda lo
único chocante de su carácter! »
El general se frotó las cejas con los dedos indice y
pulgar. El grueso legajo de escuchas abarcaba un
período de varios meses. Una de las transcripciones
mostraba a Serre discutiendo a lo largo de páginas
enteras con el director administrativo del centro nuclear
de Fontenay-aux-Roses, para conseguir la promoción de
tres de sus ayudantes al grado superior, lo cual habría
significado su propio ascenso y, en consecuencia, un
aumento de su sueldo. Bertrand observó con interés que
la conversación había terminado con un intercambio de
observaciones personales.
«EL ADMINISTRADOR: A propósito, querido
amigo, ¡pronto tendremos un premio Nobel en la casa!
— SERRE: Imposible. Sabe usted muy bien que los
suecos no darán jamás el Nobel a una persona que esté
relacionada, aunque sea de lejos, con nuestro programa.
Están demasiado deseosos de hacer olvidar al mundo
cómo ganó su venerado señor Nobel su fortuna, para
que recompensen a un francés que trabaje en un centro
donde nos ocupamos de la bomba. — EL
ADMINISTRADOR: Pues se equivoca, querido. ¿Se
acuerda de Alain Prévost? — SERRE: ¿Aquel
hombrecillo que, hace años, pasó algún tiempo con el
reactor del submarino de Cadarache? — EL
ADMINISTRADOR: ¡El mismo! Con la reserva más
absoluta, le digo que él y su equipo del rayo láser de
Fontenay-aux-Roses acaban de hacer un
descubrimiento decisivo en sus estudios sobre la fusión.
— SERRE: ¿Han hecho explotar la burbuja? — EL
ADMINISTRADOR: La han pulverizado, amigo mío.
Prévost visitará el Elíseo el martes por la tarde, para
exponer a Giscard y a un grupito de ministros escogidos
la importancia de todo esto. — SERRE: ¡Caray!
Transmita a Prévost mi felicitación. Dicho entre
nosotros, nunca hubiese imaginado que ese muchacho
fuese capaz de realizar una hazaña semejante. Adiós,
querido.»
—¡Alain Prévost...! ¿Cómo? ¿Alain Prévost? ¡Cielo
santo! —exclamó el general—. ¡Alain Prévost, el
ingeniero asesinado en el Bosque de Boloña cuando se
dirigía a una reunión en el Elíseo!
El general Bertrand cerró de golpe el legajo de las
escuchas y aspiró profundamente el humo de su
«Gitane». «Hay dos posibilidades —se dijo—. La
primera es que el DST no fue el único Servicio de
Información que escuchó esta conversación aquel día.»
En cuanto a la segunda... Había llegado el momento
de estudiar atentamente el pasado del ingeniero francés
encargado del proyecto libio.

Una voz salió del estuche de galalita blanco ajustado


en el centro de la mesa de conferencias de la sala del
Consejo Nacional de Seguridad de Washington. El
general responsable de las transmisiones de la US Air
Force en el Mediterráneo llamaba al presidente de los
Estados Unidos, desde el «Boeing 747» Catastrophe,
que volaba a quince mil metros sobre las costas libias.
—Águila-Uno a águila-Base. Nuestro enlace secreto
por radio con Fox-Base está en funcionamiento.
—«Fox-Base» era el nombre en clave de Trípoli—.
Fox-Base anuncia que Fox-Uno estará en línea dentro
de sesenta segundos.
El murmullo de las conversaciones se interrumpió
al sonar el nombre de Fox-Uno. Durante un momento
no se oyó más ruido que el zumbido de los aparatos de
climatización. Todos se daban cuenta de que dentro
de unos segundos iban a escuchar al hombre que
amenazaba la vida de seis millones de neoyorquinos.
Hubo una crepitación y, de pronto, la voz de Gadaffi
llenó la estancia. El hecho de que llegase por un circuito
especial protegido le daba una resonancia extraña; se
habría dicho que procedía de la banda sonora de una
película de extraterrestres lanzados a la conquista del
planeta Tierra.
—Aquí el coronel Moamar Gadaffi, presidente de la
Jamahiriya árabe libia Popular Socialista.
Cuando el intérprete oficial hubo traducido esta
presentación, Jack Eastman se inclinó sobre el micro.
—Señor presidente, soy el general Jack Eastman,
consejero del presidente de los Estados Unidos de
América para asuntos de seguridad nacional. Ante todo,
debo asegurarle, en nombre de mi presidente, que
nuestro enlace por radio se hace por un circuito
estrictamente confidencial. Para facilitar nuestra
conversación, tengo a mi lado al señor E. R. Sheenan,
del Departamento de Estado, que cuidará de la
traducción. Eastman hizo una seña al intérprete.
—Esta disposición es correcta —declaró Gadaffi,
después de la traducción—. Estoy dispuesto a hablar con
su presidente.
—Quedo muy agradecido a Su Excelencia
—respondió respetuosamente Eastman—. El presidente
me ha pedido que le diga ante todo que presta la mayor
atención al contenido de su carta. En este mismo
momento está conferenciando con los miembros del
Gobierno para estudiar la mejor manera de dar
satisfacción a sus demandas. Me ha encargado que le
represente y que busque con usted los términos de un
acuerdo sobre las diferentes cuestiones que plantea.
Hay varios puntos en su carta que desearíamos que nos
aclarase. Por ejemplo, ¿ha pensado usted qué medidas
de seguridad habrá que implantar en Cisjordania
cuando se marchen de allí los israelíes?
Los tres psiquiatras cambiaron unas sonrisas
satisfechas. Eastman representaba con autoridad su
papel de negociador, terminando su primera
intervención, según lo convenido, con una pregunta
encaminada a hacer creer a Gadaffi que podría
conseguir su propósito y a obligarle a continuar el
diálogo.
Hubo una pausa, hasta que volvió a hablar el libio.
A pesar de hacerlo en árabe, todos advirtieron en
seguida un cambio en el tono de su voz.
—General Eastman, ¡sólo hablaré con el presidente!
¡Con nadie más!
Los reunidos esperaron que continuase, pero sólo el
zumbido lejano del amplificador sonó en el altavoz.
—Procure ganar tiempo —murmuró el doctor
Jagerman a Eastman—. Dígale que ha mandado avisar
al presidente. Que éste vendrá en seguida. Cualquier
cosa, con tal de que él permanezca en la línea.
Pero en cuanto Eastman empezó de nuevo a hablar,
le interrumpió la voz de Gadaffi. Esta vez se expresaba
en inglés.
—General, está usted muy equivocado si se imagina
que me hará caer tan fácilmente en su trampa. Si el
objeto de mi carta no es lo bastante importante como
para que su presidente quiera discutirlo personalmente
conmigo, no tengo nada que añadir. No trate de
restablecer el contacto mientras el presidente no esté
dispuesto a hablar directamente conmigo.
De nuevo se oyó el zumbido del amplificador, y nada
más. Después llegó una llamada del «747» Catastrophe:
Águila Uno a Águila-Dos. ¡Fox-Base ha cortado la
comunicación!

El «Chevrolet» de Angelo Rocchia zigzagueaba


suavemente entre los baches de Hicks Street. Situada
entre los docks y la Express Way, la calle ofrecía un
aspecto tan mísero como las del barrio de los muelles.
El joven Fed de Denver abría unos ojos horrorizados.
Las mismas inscripciones obscenas anunciando que el
poder negro iba a «joder al mundo»; las mismas
fachadas medio carbonizadas; los mismos restos de
automóviles «canibalizados» hasta el chasis; los mismos
montones de basura en las aceras. En la ventana de una
casa, Rand observó a una vieja andrajosa. Envuelta la
cabeza en un pañuelo, y con los restos de una vieja
colcha sobre los hombros, tenía una botella de whisky
en la mano. La miseria de aquel rostro le resultó
insoportable. Se volvió a Angelo.
—¿Qué hemos venido a hacer aquí? ¿Tenemos que
ir de puerta en puerta?
Angelo reflexionó antes de responder.
—No —dijo al fin—. Si tratásemos de encontrar a
nuestros tipos llamando de puerta en puerta, estaríamos
pringados. En cuanto se extendiese el rumor de que
había guripas en el barrio, no encontraríamos a nadie.
Se imaginarían que somos del Servicio de Inmigración.
Y la mitad de esa gente está en situación irregular. Hay
que hacerlo de otro modo.
Pasaron por delante de una minúscula abacería, un
agujero en una pared, con algunas cajas de legumbres
medio podridas amontonadas contra el cristal. Angelo
observó el nombre del dueño pintado en blanco sobre la
puerta.
—Tengo una idea —dijo, buscando un lugar donde
aparcar.
Los dos policías se abrieron paso entre montones de
basura que llenaban la acera, se cruzaron con una
pandilla de chiquillos que pulverizaban a pedradas los
últimos cristales de una casa en ruinas, y llegaron, al fin,
a la abacería.
—Deja que yo lleve la voz cantante —ordenó Angelo,
guiñando un ojo.
Cuando se abrió la puerta y salió de ella un fuerte
olor a ajos y a salchichas, se oyó el son familiar de una
campanilla. Aquello parecía una despensa, con sus
montones de conservas, de botellas de aceite, de botes
de confitura, de paquetes de pasta y de sopas en
bolsitas. Botellas de vino italiano, con su revestimiento
de rafia trenzada, pendían del techo. Una anciana
vestida de negro, con los cabellos blancos recogidos en
un moño, apareció detrás del mostrador refrigerado,
lleno de leche, de mantequilla y de cajas de productos
congelados. Observó a los dos visitantes con aire
receloso.
—¿Signora Marcello? —preguntó Angelo,
exagerando el acento de su Calabria natal.
La vieja emitió un gruñido. Angelo se acercó a ella.
Tenía una expresión tan jovial, que Rand se preguntó si
no iría a cantarle la Tosca. El neoyorquino estaba ahora
tan cerca de la abacera, que percibía el olor a lejía que
brotaba de su negro vestido.
—Signora Marcello —murmuró, lo bastante bajo
para que no lo oyese el Fed—; tengo un pequeño
problema y necesito su ayuda.
Desde luego, ni pensar en decirle que era de la poli.
Aquellas viejas, nacidas allá abajo, no hablaban nunca
a los policías. Esto era cosa sabida.
—Una sobrina mía, una buena italianita de la tierra,
fue atracada el domingo pasado en la Cuarta Avenida, al
salir de la misa de las diez en San Antonio. —Se inclinó
hacia la vieja, como un sacerdote que la estuviera
confesando—. Ése es su fidanzato —murmuró,
señalando a Rand con el pulgar. Una casi imperceptible
expresión de repugnancia pasó por su semblante—. No
es italiano. ¡Ah! ¿Qué se puede esperar hoy de nuestros
jóvenes? Es alemán, pero buen católico.
Retrocedió un paso, sintiendo que se había
establecido un lazo de simpatía entre la tendera y él.
Fingiendo un aire abrumado, prosiguió:
—¿Puede usted imaginar que haya gente capaz de
hacer una cosa así a una buena chica, a una muchacha
nuestra que acababa de recibir a Nuestro Señor? ¡Y casi
en la puerta de la iglesia! ¡Se le echaron encima y le
arrancaron el bolso!
Acercó la boca al oído de la signora Marcello:
—Eran metecos... sudamericanos. —Escupió en el
suelo, como muestra de desprecio—. Venían de por ahí
—añadió, señalando la calle.
Angelo sacó entonces del bolsillo las fotografías de
Torres y de Yolanda Belíndez.
—Un amigo mío, inspector italiano de Manhattan,
me ha dado estas fotos. Pero, ¿qué pueden hacer los
polis? —Golpeó los dos retratos con sus velludos
dedos—. Yo soy el mayor de la familia. Seré yo quien
vaya a buscarlos. Por el honor de la famiglia. ¿Vio usted
alguna vez a este par?
—¡Ay, ay, ay! —gimió la vieja—. ¡Jesús, María y
José! ¿En qué se ha convertido este barrio?
Buscó unas gafas sobre el mostrador. Su dedo
nudoso tocó la fotografía de la chica de pecho
provocativo.
—A ésa la conozco. Viene todos los días a comprar
leche.
—¿Sabe dónde vive?
—Un poco más abajo, al lado del café. Hay tres casas
iguales. Vive en una de ellas.
Sólo el presidente no se asombró de la brutalidad
con que Gadaffi se había negado a hablar con Jack
Eastman y cortado la comunicación. Esperaba algo
parecido.
—Dejen pasar unos minutos y digan al «747» que
restablezca el contacto con Trípoli —ordenó.
Después, se volvió a los tres psiquiatras.
—Caballeros, les ruego que aprovechen esta pausa y
me digan cómo hay que abordar a Gadaffi en este nuevo
contacto. ¿Doctor Tamarkin?
El médico norteamericano parpadeó nerviosamente
detrás de sus gafas de miope.
—Señor presidente, la experiencia me ha enseñado
que los terroristas se lanzan a sus acciones
espectaculares porque llevan algo en el corazón. Algo
que tienen que expresar. Si se les escucha, hablan, y,
generalmente, lo que dicen da la clave para la respuesta.
Por consiguiente, mi consejo es, en términos generales,
escuchar lo más posible.
—Esto está muy bien, doctor; pero, ¿cómo iniciar un
diálogo, si me limito a escuchar? ¿Cómo debo empezar
la discusión? ¿Con un llamamiento en favor de la paz
del mundo?
Aunque no estaba sentada a la mesa de
conferencias, Lisa Dyson pensó que era ella quien debía
responder a esta pregunta.
—Señor presidente, temo que un llamamiento en
favor de la paz no es un buen argumento para
impresionar al coronel Gadaffi —observó, recordando al
apuesto oficial que le había ofrecido un día un zumo de
naranja—. La paz no es forzosamente un estado
deseable para un beduino. Implica sumisión a una
autoridad, cuando la disposición natural del beduino es
la de estar constantemente alerta, preparado para
lanzar un ataque contra los campamentos o las tribus
vecinas. Yo interpretaría el continuo afán de aventuras
exteriores que muestra Gadaffi, su apoyo a todos los
movimientos revolucionarios, como una prolongación
de aquel estado de ánimo. Aunque dijese estar de
acuerdo con usted en la necesidad de mantener la paz,
sería un error sacar de ello una conclusión definitiva.
El presidente le dio las gracias con una breve
sonrisa.
—¿Y usted, doctor Jagerman?
El psiquiatra holandés lanzó un suspiro,
preguntándose una vez más qué había venido a hacer en
este condenado lugar.
—Señor presidente, no debe usted mostrarse
amenazador ni débil, pero sí dispuesto a infundir en su
mente la idea de que lo que reclama no es irrealizable.
—¿Aunque no sea verdad?
—Ja, ja. Debe usted llevarle progresivamente a creer
que puede triunfar en su empeño. Evite un
enfrentamiento directo que pudiera reforzar sus
actitudes negativas. A juzgar por su primer contacto,
parece bastante seguro de sí mismo, dueño de sus
emociones. Y esto, contrariamente a lo que pudiera
pensarse, es buena cosa. Las personas débiles, que se
asustan fácilmente, son las más peligrosas. Pueden
echarse encima de uno a la menor provocación.
—Jagerman se acarició la peca del centro de la frente, su
tercer ojo, como si buscase en ella la luz de la verdad—.
Trate una vez más de persuadirle de discutir con el
general Eastman. Hágale ver que, de esta manera, podrá
usted dedicar todo su tiempo y toda su energía a darle
satisfacción. Es realmente vital que le obliguemos a
sostener un verdadero diálogo.
El presidente cerró los ojos, cruzó las manos y
permaneció un momento inmóvil, encerrándose en sí
mismo a fin de ordenar sus pensamientos y prepararse
para la prueba que le esperaba.
Como suelen hacer los deportistas, hizo una
profunda inspiración y soltó el aire de golpe.
—Okey, Jack. Estoy dispuesto.
Mientras se acercaba al micro, le invadió una oleada
de cólera. Cólera por tener que representar esta
comedia, por verse obligado, él, el jefe de la nación más
poderosa del mundo, a humillarse ante un hombre
capaz de matar a seis millones de sus conciudadanos.
—Coronel Gadaffi, le habla el presidente de los
Estados Unidos desde la Casa Blanca —anunció, en
cuanto se hubo establecido la comunicación por radio—.
El mensaje que me envió usted ayer ha sido objeto de
un estudio serio y profundo por parte mía y de mi
Gobierno. Todavía no hemos terminado. Sin embargo,
una cosa es indudable: todos condenamos la acción
emprendida por usted. Sean cuales fueren sus
sentimientos sobre las cuestiones que nos separan en el
Próximo Oriente, o con respecto a las injusticias de que
ha sido víctima el pueblo palestino, es un sacrilegio
inaceptable su intento de resolver el problema jugando
con la vida de seis millones de norteamericanos
inocentes.
La brutalidad de esta entrada en materia hizo
palidecer a los psiquiatras. Tamarkin sacó el pañuelo
para enjugar el sudor que humedecía sus sienes.
Jagerman aguzó el oído, como si acabase de captar en la
lejanía las primicias del Apocalipsis. El presidente,
imperturbable, hizo una señal al intérprete.
Traduzca. Y cuidado: no cambie una sola coma, ni
en el fondo ni en la forma.
Apenas había terminado la traducción, el presidente
continuó:
—Es usted un soldado, coronel Gadaffi, y, como tal,
debe saber que tengo en mis manos el poder de destruir
inmediatamente todo rastro de vida en su país. Si usted
me obliga a ello, sepa que no vacilaré en emplear este
poder, sean cuales fueren las consecuencias.
Eastman sonreía, con aprobación. «¡Qué hombre!
—pensaba, entusiasmado—. No ha tenido en cuenta una
sola observación de los psiquiatras.»
—En mi lugar —siguió diciendo el presidente—, la
mayoría de los jefes de Estado habrían reaccionado de
esta manera, en el mismo instante de recibir su
amenaza. Yo me abstuve de hacerlo, porque deseo
ardientemente encontrar una situación pacífica a esta
situación, y encontrarla con usted. Como sin duda sabe,
nunca dejé, durante mi campaña electoral y después de
mi elección, de proclamar que no puede haber solución
duradera de la cuestión del Próximo Oriente sin que se
tengan en cuenta las legítimas aspiraciones del pueblo
palestino. Estoy sinceramente dispuesto a colaborar con
usted para este fin. Pero debe comprender que el
cumplimiento de sus exigencias no depende sólo de mi
Gobierno. Por esto le propongo que el general Eastman,
mi primer consejero, sirva de enlace entre nosotros
mientras yo inicio las negociaciones con Jerusalén.
El presidente se hundió en su sillón y se enjugó la
frente.
—¿Cómo me ha salido? —preguntó a Eastman,
mientras el intérprete traducía sus palabras.
—¡Formidable!
La respuesta del libio no se hizo esperar.
Contrariamente a lo que todos temían, su tono era
mesurado, casi reprimido. Pero no así sus palabras.
—Señor presidente, no le llamé para discutir el
contenido de mi carta. Sus términos son lo bastante
claros. No requieren ninguna explicación por mi parte...
sino sólo una acción inmediata por la suya.
Gadaffi hizo una breve pausa para permitir la
traducción. Los psiquiatras cambiaron miradas de
profunda inquietud.
—Señor presidente, el único objeto de mi llamada
fue advertirle que mi servicio de radar ha detectado la
presencia de su VI Flota frente a las costas de mi país.
Afirmo solemnemente: ¡no me dejaré intimidar por esta
amenaza!
—¡Monstruo! —gruñó sotto vote el texano Delbert
Crandell, secretario de Energía—. ¡Y tiene el cinismo de
hablar de amenazas!
—Sus navíos están cruzando el límite de mis aguas
territoriales. Exijo que sean retirados inmediatamente
a una distancia de al menos cien millas náuticas. Si esta
retirada no se produce antes de dos horas, lamento
informarle que adelantaré en cinco horas el límite de mi
ultimátum.
Tanta audacia pasmó al presidente. Observó el
círculo de sus consejeros, esperando descubrir en un
semblante la respuesta al nuevo dilema que se
planteaba. Pero sólo vio, en todos ellos, el reflejo de su
propia estupefacción.
—Coronel Gadaffi, dado el peligro en que pone usted
a la ciudad de Nueva York, considero su nueva exigencia
no sólo extravagante, sino completamente absurda. Sin
embargo, debido a mi sincero deseo de llegar, con su
ayuda, a una solución pacífica, estoy dispuesto a
discutirlo con mi Gobierno y a comunicarle nuestra
decisión en el plazo más breve posible.
El jefe del Estado miró severamente a sus
consejeros.
—Caballeros, ninguno de sus hermosos planes había
previsto esta complicación —dijo, amargamente—. ¿Qué
hemos de contestar? —Se volvió al presidente del
Comité de jefes de Estado Mayor. Harry, ¿cuál es su
opinión?
—Señor presidente, yo me opondría rotundamente
a la retirada de esos barcos —respondió el almirante
Fuller—. Nuestra demostración naval tiene por objeto
obligarle a darse cuenta de las consecuencias que su
amenaza contra Nueva York puede acarrearle. Y lo
hemos conseguido. La retirada de los barcos podría
incitarle, llegado el momento, ¡a hacer explotar la
bomba!
—Además —añadió el jefe de operaciones navales,
sentado al lado de Fuller—, la VI Flota es un combinado
enorme. No se la puede mover como a un peón en un
tablero de ajedrez. Si anula usted su misión, necesitarán
varias horas para ponerlo en práctica.
—¿Herbert?
—Soy de la misma opinión —respondió el secretario
de Defensa, sin soltar la pipa de entre los dientes.
—¿Mr. Middleburger?
El subsecretario de Estado hizo girar el bolígrafo
entre sus dedos, tratando de ganar tiempo para ordenar
en su cerebro los datos del problema.
—Dejando aparte todas las consideraciones
militares, pero teniendo en cuenta la personalidad de
Gadaffi, pienso que sería un error fatal acceder en
seguida a su petición. Sólo conseguiríamos aumentar su
intransigencia. Señor presidente, mi consejo es:
¡Rechácela!
—¿Tap?
El jefe de la CIA pasó los pulgares por las sisas de su
chaleco.
—Ese hombre parece resuelto a entablar una prueba
de fuerza. Si es realmente esto lo que busca, ¿no
deberíamos mostrarle en seguida que estamos
dispuestos a afrontarla?
El presidente observó al personaje seguro de sí
mismo, ligeramente arrogante, que acababa de hablar.
«¡Ah, esos tipos de los Servicios de Información!
—pensó—. Siempre dispuestos a responder a una
pregunta con otra pregunta, para que la posteridad no
pueda acusarles nunca de haber tomado una posición
cualquiera. ¡Se diría que todos han estudiado en
Harvard desde los tiempos de Kissinger!»
—¿Jack?
Eastman se encogió en su sillón, un poco turbado.
—Me creo obligado a pronunciarme contra la
opinión general. El problema con que nos enfrentamos
es descubrir cómo podremos salvar la vida de seis
millones de neoyorquinos. Sólo lo conseguiremos
ganando lo que Gadaffi trata de quitarnos: tiempo. Nos
hacen más falta esas cinco horas para encontrar la
bomba en Nueva York, que toda la VI Flota delante de
Libia.
—¿Aconseja, pues, que retiremos los buques?
—Sí, señor presidente; sin vacilar. —Eastman trató
de borrar de su cerebro la imagen de su hija vestida de
blanco, a fin de estar seguro de responder
exclusivamente a base de un frío análisis de la
situación—. La realidad de esas pocas horas es
infinitamente más importante para nosotros que la
opinión que se forma Gadaffi de nuestra fuerza o de
nuestra debilidad —siguió diciendo—. Y añado que, en
todo caso, no necesitamos a la VI Flota para destruir
Libia.
—Hay algo que me extraña en esta nueva amenaza
de Gadaffi —observó el jefe del Estado—. ¿Por qué cinco
horas? ¿Por qué no quince? ¿Por qué no
inmediatamente? Si nuestros buques le inquietan tanto,
¿por qué no exige más?
Guardó silencio varios segundos, buscando una
explicación. Después, se dirigió a los psiquiatras.
—Y ustedes, caballeros, ¿cuál es su opinión?
Henrick Jagerman sintió una vez más que un ligero
escalofrío le recorría la espina dorsal. Estaba seguro de
que el consejo que se disponía a dar sería mal recibido
por una buena parte de los asistentes. Y tanto más
cuanto que procedía de un extranjero.
—Creo, señor presidente, que esta nueva exigencia
del coronel Gadaffi revela su inseguridad fundamental.
Trata inconscientemente de juzgarle a usted, en la
esperanza de que su aceptación le dará la seguridad de
que su desafío será realmente eficaz. Siempre
observamos esta actitud en los terroristas, durante los
primeros contactos. Una actitud agresiva, exigente:
«¡Hagan esto en seguida, o ejecutaremos a un rehén!»
Por consiguiente, yo aconsejo siempre hacer lo que pide
el terrorista. Y, en el caso actual, le aconsejo que haga lo
que exige Gadaffi. De esta manera, le demostrará que
puede entenderse con usted. Introducirá sutilmente en
su ánimo la noción de que tiene una posibilidad de
salirse con la suya si trata con usted. Pero yo pondría un
precio a esta concesión. Me serviría de ella para
obligarle a discutir el contenido de su carta, cosa a la
que sigue negándose; para entablar un diálogo.
El presidente le había escuchado sin chistar. Le dio
las gracias con un movimiento de cabeza y cerró de
nuevo los ojos para concentrarse y tomar una decisión
en la soledad de su alma. Después, se volvió al almirante
Fuller.
—Harry, ordene a la VI Flota que se retire.
Una voz se alzó inmediatamente:
—Si cede ante ese chantajista, ¡se expone usted a
convertirse en el Chamberlain de América, señor
presidente!
El jefe del Estado contempló fijamente el rubicundo
semblante del secretario de Energía.
—Mr. Crandell, yo no cedo ante el coronel Gadaffi.
—Cada una de sus palabras sonaba con la fatídica
cadencia de un tambor fúnebre—. Trato sólo de ganar lo
que el general Eastman ha calificado acertadamente de
nuestra arma principal en esta crisis. —Sus ojos azules
observaron los relojes—. ¡Tiempo! Jack, haga que
establezcan de nuevo contacto con Trípoli.
En cuanto el «747» Catastrophe anunció que se
había establecido la comunicación con Fox-Uno, el
presidente declaró:
—Coronel Gadaffi, estoy dispuesto a dar las órdenes
necesarias para que la VI Flota se retire a cien millas de
sus costas, de acuerdo con su petición. Pero me interesa
hacer constar que he tomado esta decisión por una sola
y única razón: para demostrarle mi deseo ardiente y
sincero de encontrar con usted un medio para resolver
esta crisis a plena satisfacción de ambos. Sin embargo,
sólo daré esta orden si usted, por su parte, se aviene a
iniciar inmediatamente una discusión sobre la manera
de lograrlo.
Una pausa anormalmente larga siguió a sus
palabras. «¿Qué pasa en Trípoli?», se preguntó
Eastman, inquieto. Cuando Gadaffi habló al fin, lo hizo
de nuevo en inglés.
—Mientras sus buques de guerra estén allí, no habrá
discusión. Cuando se hayan marchado, hablaremos.
Inch Allah!
Se oyó un chasquido, y la caja blanca enmudeció.
SÉPTIMA PARTE
«SEÑOR PRESIDENTE, ME HA MENTIDO
USTED!»

Angelo Rocchia examinó las tres casas que le había


indicado la abacera italiana al lado del café. Todas
tenían el mismo aspecto de decrepitud: fachadas
desconchadas, escaleras de incendios rotas y colgando
como trozos de chatarra, ventanas y puertas atrancadas
con tablas. «Habitaciones por alquilar. Dirigirse al
portero del 305 de Hicks Street», anunciaba un rótulo
en uno de los edificios.
—Verdaderos tugurios —comentó Angelo—. Sin
duda pertenecen a algún slum lord de Manhattan. En
espera de que ardan, mete en ellos inmigrantes
clandestinos... ¡y les hace pagar el máximo por cabeza!
Los dos policías entraron en el vestíbulo del 305 de
Hicks Street. Un montón hediondo de basura, botellas,
latas de cerveza y papeles grasientos, se elevaba hasta el
techo. Pero lo peor era el olor acre y penetrante de
orina, que impregnaba las paredes y la escalera.
—¡Observa, hijito!
Angelo había agarrado una botella y la lanzó contra
el montón de desperdicios. Ante los horrorizados ojos
del Fed, un ejército de ratas salió corriendo en todas
direcciones. Angelo se echó a reír, muy divertido, al ver
el salto atrás que dio su compañero de equipo, y se
dirigió a la puerta marcada con el rótulo de «Portería».
Llamó. Hubo un chasquido de cadenas. La puerta se
entreabrió, firmemente sujeta desde el interior. Un
negro viejo, con delantal, apareció en la rendija. Angelo
pasó tan de prisa su insignia de policía ante los ojos del
portero, que éste sólo pudo percibir un destello dorado.
Rand estuvo a punto de atragantarse al oír que el
neoyorquino se presentaba como «inspector de la
comisión de higiene». Angelo señalaba ya la montaña de
inmundicias.
—Oye, papaíto, veo que hay mucha basura en tu
barraca. Peligro de epidemia y, además, peligro de
incendio... Esto puede costar caro...
Con aire abrumado y afligido, el negro empezó a
soltar los cerrojos y las cadenas que impedían la entrada
a su cubil.
—¿Qué puedo hacerle yo? —gimió—. Los que viven
aquí son como animales. ¡Abren su puerta y vacían los
cubos de basura en la escalera!
—Tendré que incoar un expediente... —Angelo había
sacado la fotografía de la joven descuidera—. A menos
que... —Mostró la foto al portero—. ¿Conoces a esta
chica? Es colombiana. Y tiene unas tetas que se ven
desde un kilómetro de distancia.
El portero examinó la foto. El temblor de su nuez de
Adán indicó que se disponía a mentir.
—No; no la he visto nunca.
—¡Lástima! —Angelo miró al viejo con
conmiseración—. Confiaba en que podríamos ayudamos
mutuamente, ¿comprendes lo que quiero decir?
El policía suspiró y sacó un trozo de papel, como
dispuesto a levantar un acta.
—Aquí hay al menos una docena de infracciones.
Señaló la basura, la escalera sin iluminación, las
escalas de incendios rotas.
«¡Santo Dios!» —se decía Jack Rand, espantado por
la comedia que representaba su compañero—. Si algún
día descubre el FBI los medios que estamos empleando,
¡puedo despedirme de mi carrera! Pasaré el resto de mis
días en un poblado de Dakota del Sur!
—Oiga, señor inspector, espere un momento
—imploró el portero—. No se enfade. El dueño me hace
pagar a mí las multas.
—¿De veras? ¡Espero que tengas dinero en la Caja de
Ahorros! Pues esta vez te va a costar... digamos
quinientos dólares.
El portero se tambaleó. Pero sabía muy bien que sus
inquilinos se darían buena maña en clavarle un cuchillo
en la espalda, si por su culpa caía uno de ellos en manos
de la Policía.
—Escucha, amigo —le dijo suavemente Angelo,
apoyando una mano en su hombro—. Voy a hacer la
vista gorda. Olvidemos los quinientos dólares. Pero
tienes que decirme en seguida en qué tugurio vive ese
angelito. Sabemos que se aloja aquí.
Los ojos del viejo empezaron a rodar como canicas,
escrutando las puertas del pasillo, la escalera, la acera
de la calle.
—En el 207 —murmuró, casi paralizado—. Segundo
piso, segunda puerta a la derecha.
—¿Está ahora allí?
El negro encogió los hombros.
—Entran y salen continuamente. A veces hay quince
personas allá.
Angelo dio una palmada amistosa en la mejilla del
portero y empujó a Rand hacia la calle. Los dos hombres
cambiaron impresiones.
—Hay que pedir refuerzos —sugirió el Fed—. Esto
puede ser peligroso.
—Tienes razón —murmuró el neoyorquino—.
Quince tipejos dan que pensar. —Angelo se pellizcó el
doble mentón—. Pero, en general, los rateros no van
armados. Si les pillasen con un cacharro, dedicándose
solamente a los bolsillos, les saldría demasiado caro.
—Reflexionó—. Además, hacer venir un montón de
policías a este barrio, sería como meter un elefante en
una tienda de porcelanas. Bueno, pequeño, ¡iremos
solos!
Al llegar al pie de la escalera, Angelo buscó en su
bolsillo el pequeño calendario de plástico del First
National City Bank. Pedir una llave al portero habría
sido condenar a muerte al desgraciado. Claro que
podían tratar de derribar la puerta, pero esto anularía el
efecto sorpresa. Agitó el calendario ante la nariz de
Rand.
—Abriré la puerta con esto. Y nos precipitaremos los
dos en el interior.
Utilizada a menudo por los policías y por los
cerrajeros, la plaquita de plástico, a la vez rígida y
flexible, permitía descorrer sin ruido el pestillo de las
cerraduras ordinarias.
—¡Angelo! —protestó el Fed—. ¡No podemos hacer
una cosa así! No tenemos mandamiento de entrada y
registro.
—No te preocupes, hijito —respondió el policía, al
llegar al segundo piso—. No estamos en un mundo
perfecto.

—¡Sublime!
Michael Laylord pirueteó alrededor de la maniquí
inmovilizada en una pose excéntrica bajo los
proyectores del estudio. Aplicando un ojo al visor de su
«Hasselblad», se arrodilló y escrutó los reflejos malva
que danzaban sobre el vestido de noche de Yves
Saint-Laurent.
—¡Fantástico! —Apretó el disparador—. ¡Fabuloso!
De este modo tomó una docena de fotografías.
—Gracias, querida, ¡esto es todo por hoy! —dijo,
apagando los floods.
Entonces descubrió, medio oculta en un rincón del
estudio, a Leila, que había regresado a Nueva York
después de llevar a su hermano Whalid al escondrijo de
Dobbs Ferry, donde se reuniría mañana con él y con
Kamal, antes de huir al Canadá.
—¡Linda! —exclamó el hombre—. Pensaba que
almorzabas con... Ella le interrumpió con un beso.
—Me he excusado. ¡Para almorzar contigo!

— ¡Policía! ¡Que nadie se mueva!


Las palabras rebotaron en las cuatro paredes de la
estancia como una pelota de squash. Angelo y Jack
Rand acababan de entrar por la puerta abierta gracias
al pequeño calendario de plástico. Parecían dos Feds de
los tiempos de la prohibición irrumpiendo en un
speakeasy: sombrero de fieltro caído sobre los ojos,
estirado el brazo que empuñaba el revólver, dobladas
las rodillas. Esta mise en scéne bastó para dejar
petrificados a los seis ocupantes del apartamento.
El lugar era exactamente como había imaginado
Angelo: jergones extendidos en el suelo y, por toda
iluminación, una bombilla colgada del techo. Y olor a
sudor y a perfume barato. Ropa lavada puesta a secar en
una cuerda: calzoncillos, sujetadores, T-shirts, jeans;
gallardetes irrisorios de un cuchitril arruinado. Y sólo
había un mueble: un canapé desvencijado cuyos muelles
habían perforado la tapicería y en cuyo borde se hallaba
sentada la chica de pecho opulento, ocupada en revolver
un guiso que se cocía lentamente sobre un hornillo
colocado en el suelo. Angelo la reconoció
inmediatamente. Se irguió, enfundó el revólver, pasó
por encima de un aterrorizado adolescente y se plantó
delante de la muchacha. Olió el vapor del guiso.
—Lástima que no puedas zampártelo, pues huele
muy bien —le dijo—. Coge tu abrigo, muchacha 8, pues
vas al calabozo.
—¡No toque a mi mujer!9 ¿Qué quiere de ella?
—farfulló entonces un bulto que yacía sobre un colchón,
junto a la pared.
—¡Cierra el pico! —le gritó Jack Rand.
Torres, el colombiano que trabajaba con la chica,
enmudeció en seguida. Era un jovenzuelo
escuchimizado, de pómulos salientes, mirada febril y
cabellos negros y rizosos.
—¡Levanta eso! —le ordenó Rand, señalando con su
revólver el poncho rojo y con dibujos geométricos que
podía ocultar un arma.
El colombiano obedeció. Salvo un par de calcetines

8
En español en el original
9
En español en el original
diferentes y unos calzoncillos de dudosa blancura,
estaba desnudo como un gusano. Angelo se acercó a él,
sacó del bolsillo la fotografía que le había dado el jefe de
la Brigada de Rateros y miró al hombre, sonriendo.
—¡Vaya, amigo! Eres precisamente el tipo al que
andábamos buscando. ¡También te meteremos en
chirona!
El ratero empezó a protestar, en una mezcla de
español e inglés, pero Angelo le impuso silencio.
—El hombre a quien birlaste la cartera el viernes, en
la estación, ha reconocido tu retrato entre un montón de
fotos. ¡Irás a la cárcel! Pero antes vamos a tener tú y yo
una pequeña conversación.
Uno de los otros tres colombianos tumbados en los
colchones quiso llamar la atención del policía. Era un
hombre viejo, de cara triste y arrugada.
—Señor inspector, él es nuevo en el oficio —alegó, en
un inglés vacilante—. ¡Todavía no ha hecho nada malo!
—Hurgó en su colchón y sacó un fajo de billetes—. Yo
puedo arreglar la cosa —añadió, guiñando un ojo.
Angelo le dirigió una mirada despectiva y le hizo
señal de que saliese, con sus dos acólitos y otra
muchacha acurrucada en un rincón.
¡Vamos, salid todos! ¡En seguida! Si no queréis que
llame a Inmigración.
Al oír la palabra «inmigración», los cuatro
colombianos se largaron sin chistar. Angelo se acercó
entonces a Torres. El tono de su voz se hizo dulzón:
—Amigo, tienes que darnos una información: ¿a
quién diste las tarjetas de crédito que birlaste el viernes
por la mañana en la estación de Flatbush? ¿Quién te
había encargado la faena?
Angelo oyó que una voz escupía detrás de él una
ráfaga de palabras en español. Sólo entendió dos de
ellas: derechos cívicos. Se volvió furioso hacia la chica
de senos opulentos, la cual le fulminó con la mirada.
«Ésa me estorba», pensó Angelo. Llamó a Rand, que
seguía de guardia ante la puerta.
—Lleva a esa mocosa al coche. Yo iré dentro de un
momento. Rand vaciló. Temía los métodos de su
compañero de equipo. Sin embargo, obedeció.
—¡Fuera de aquí, muchacha! —gritó, empujándola
hacia el rellano.
La puerta se cerró de golpe, y Torres empezó a
ponerse unos vaqueros.
¡Suelta eso! —le gritó Angelo, arrancándole el
pantalón de las manos—. Primero tenemos que hablar.
Repetiré la pregunta: ¿A quién diste la tarjeta del
«American Express» que había en la cartera que birlaste
el viernes? ¿Quién te encargó la faena?
—¡Yo no robar nada, señor!
Le temblaba la voz, pero miraba al policía a los ojos.
—Ándate con cuidado, muchacho. Te pregunto por
tercera vez a quién largaste la maldita tarjeta. Tú diste
el golpe en la estación, el viernes. Alguien debió decirte
que eligieses un cliente del aspecto de aquel a quien
robaste. ¿Quién fue? Es lo que quiero saber.
Torres bajó los ojos, retrocedió y tropezó con un
colchón. Se apoyó en la pared. A sus pies, sobre el
hornillo, el guiso seguía cociéndose a fuego lento.
Angelo avanzó, amenazador.
—Señor —imploró el colombiano—, no tiene usted
derecho. Yo tener derechos cívicos.
—¿Derechos cívicos? —se burló Angelo—. ¡Tú no
tienes derechos cívicos, cabrón! ¡Tus derechos cívicos se
quedaron en Bogotá!
El policía se acercó a Torres, al que pasaba la cabeza.
El hombrecillo temblaba de frío, de miedo, de ese
sentimiento de impotencia que causa la desnudez al
prisionero frente al que lo interroga. Se protegía las
partes con las manos, y sus hombros caídos le daban un
aire todavía más mezquino.
El golpe del policía fue tan rápido, que el
colombiano no lo vio venir. El puño izquierdo de Angelo
le alcanzó bajo el mentón, proyectándolo de cabeza
contra la pared. El muchacho, aturdido, dejó caer los
brazos.
Angelo aprovechó la ocasión para agarrarle los
testículos con la derecha. El colombiano lanzó un
alarido.
—Okey, hijo de perra. Ahora vas a decirme a quién
diste la tarjeta, ¡o te agarro las pelotas y te las hago
tragar!
—¡Hablaré! ¡Hablaré! —gimió Torres, doblado por
la mitad. Angelo aflojó un poco su presa.
—Union Street. Benny. El perista. Angelo apretó de
nuevo.
—¿En qué parte de Union Street?
El colombiano lanzó otro grito. Una capa de sudor
inundaba su rostro.
—Cerca de la Sexta Avenida. Al otro lado del
supermercado. Segundo piso.
Angelo soltó al ratero, que se derrumbó en el suelo,
gimiendo de dolor.
—Bueno, ponte el pantalón —le ordenó—. Iremos los
dos a ver a tu Benny.

—¡Michael, amor mío! ¿Y si nos olvidásemos de todo


durante unas horas..., para pensar sólo en nosotros dos?
—dijo Leila, mirando a su amante con aire lánguido.
El fotógrafo levantó unos ojos asombrados. Hacía
un rato, en el taxi que los conducía al restaurante, ella
le había dado a entender que tenía algo importante que
decirle. Durante el almuerzo había estado callada y
había apenas tocado los tagliatelle verde y el vaso de
bardolino. El camarero había retirado los platos,
sacudido descaradamente el mantel con una servilleta
y traído dos cafés express.
—¿Es ésa la cosa importante que querías decirme?
—preguntó él, llevándose la taza a los labios.
—Dicen que el amor es como una planta, Michael.
Que hay que alimentarlo si se quiere que florezca. Sería
maravilloso si, de vez en cuando, tú y yo hiciésemos algo
desacostumbrado, una pequeña locura. Un soplo de
oxígeno en la rutina de...
—¿...de nuestra relación?
—Sí, si quieres llamarlo así.
—¿Qué te gustaría hacer?
—Cualquier cosa... Por ejemplo, salir de este
restaurante, tomar un taxi para el aeropuerto Kennedy
y marcharnos a alguna parte. Dos o tres días. Sin
equipaje. Sin nada. A propósito, mañana tengo que ir a
Montreal. Para ver una colección de verano. Podríamos
encontrarnos mañana por la noche en Quebec.
¿Conoces Quebec, Michael? ¿Conoces el «Cháteau
Frontenac»? Un enorme y viejo hotel francés a orillas
del San Lorenzo. Con restaurantes, tiendas y boîtes,
como en París. Y rodeado de callejuelas y de plazas con
bancos. Daríamos paseos en calesa y nos hartaríamos de
croissants.
Le asió la mano. Sus ojos brillaban de impaciencia
infantil. Michael tragó un sorbo de café.
—Querida Linda, mañana tengo dos sesiones de
fotografía que no puedo cancelar. Además, recuerda que
tenemos que almorzar el miércoles con Truman
Capote... Si realmente quieres hacer una escapada,
vayamos a pasar el fin de semana en Puerto Vallarta, en
México —sugirió él, conciliador—. ¡Uf! El invierno es
glacial en Canadá. Podemos salir el viernes por la tarde
y cenar por la noche bajo las palmeras en la orilla del
Pacífico.
Leila chascó los dedos con entusiasmo.
—¡Una idea maravillosa! Renuncio a todo lo demás.
En vez de Canadá, saldremos mañana por la tarde para
México. ¡Eres un genio amor mío!
—No mañana, querida, sino el viernes —rectificó
Michael, mientras pagaba la cuenta—. Si no hiciese las
fotos de mañana, los de Vogue me colgarían. En
cambio, el viernes...
Leila había recobrado de pronto su aire soñador.
«¿Hasta dónde puedo llegar sin exponerme a...?», se
preguntó.
Fuera, el cielo bajo y gris de diciembre anunciaba
nuevas nevadas.
—¿Tienes aún trabajo esta noche?
—No —respondió él, ayudándola a ponerse el abrigo
de pieles.
—Entonces, vayamos a tu casa. Necesito un poco de
cariño.

Situado en el piso de más «categoría», o sea, el


tercero, el despacho del secretario general del
Ministerio francés de Asuntos Exteriores tiene vistas
sobre el contaminado esplendor del Sena. Desde una de
las ventanas, el barón Geoffroy de Fraguier, actual
dueño del lugar, seguía el lento avance de una barcaza
que luchaba contra la amarilla corriente del río, y se
preguntaba cuál podía ser el motivo de la urgente visita
que le haría dentro de un momento el director del
SDECE.
Fraguier no apreciaba al hombre ni su organización.
Empeñado en copiar a su modelo americano, el SDECE
había conseguido usurpar un campo propio del Quai
d’Orsay, implantando sus representantes en las
Embajadas de Francia en el mundo entero, bajo la capa
de cónsules o de agregados políticos. Fraguier
censuraba al Gobierno por haber tolerado esta
degradación del cuerpo diplomático de Vergennes y de
Talleyrand.
Había vuelto a su mesa cuando un ujier introdujo al
general Bertrand. Le saludó con el más breve
movimiento de cabeza compatible con las reglas de la
cortesía.
—¿A qué debo el placer de su visita? —preguntó, con
voz falsamente cordial.
Bertrand buscaba un cenicero. El barón le mostró
con un dedo una mesita colocada al otro lado de la
estancia.
—El 15 de abril de 1973 —explicó el general,
poniendo el cenicero sobre sus rodillas— su Ministerio
suscribió en favor de un tal Paul Henri de Serre,
ingeniero de la Comisaría de Energía Atómica, un
contrato por tres años, confiándole la misión de
consejero técnico cerca de la Comisaría de Energía
Atómica india. El tal ingeniero regresó a Francia en
noviembre de 1975, o sea, seis meses antes del término
de su contrato. Los antecedentes que me han
suministrado mis colegas de la DST sobre Monsieur De
Serre no indican los motivos de este regreso anticipado.
¿Podría usted informarme sobre esto?
El barón apoyó los codos sobre la mesa, y la cabeza,
entre las manos.
—¿Puedo saber la razón de su curiosidad?
—Temo que no —se excusó Bertrand, regocijándose
en secreto—. Sin embargo, le diré que mi petición está
respaldada por las más altas autoridades.
«¡Cazadores furtivos! —pensó con indignación, el
diplomático—. Siempre vienen a cazar en nuestros
cotos, invocando el permiso del dueño. ¡En qué tiempos
estamos!»
Fraguier hizo que uno de sus ayudantes le trajese el
expediente de De Serre. Lo abrió sobre su mesa, de
manera que Bertrand no pudiese leer nada desde su
sillón. Había una nota pegada al documento que había
puesto fin a las funciones de Paul Henri de Serre en la
India. La nota remitía a un sobre oficial que contenía
una carta del embajador de Francia en Nueva Delhi al
predecesor del secretario general. Éste la abrió y la leyó,
con toda calma, para incordiar al general, cuya
impaciencia era manifiesta. Cuando hubo terminado,
volvió a doblar la carta, la metió en el sobre, puso éste
en su sitio y devolvió el expediente.
—Como cabía esperar —dijo al fin—, se trata de un
asunto sin importancia.
—¡Hum! —exclamó el general, con escepticismo.
—Su amigo, Monsieur De Serre, utilizó la valija
diplomática para sacar ilegalmente unas antigüedades.
Eran objetos bastante valiosos. Para evitar todo
conflicto con nuestros amigos indios, fue llamado y
reintegrado a sus funciones en la Comisaría de Energía
Atómica.
—Sumamente interesante —declaró Bertrand,
aplastando minuciosamente la colilla en el cenicero.
¡Había encontrado, pues, el punto flaco que le
permitiría explorar las zonas de sombra de un individuo
aparentemente al margen de toda sospecha! Las saetas
del reloj Luis XVI colocado sobre la repisa de la
chimenea, detrás del barón, marcaban las 8,30. Si
quería aprovechar su descubrimiento antes de la noche,
tenía que actuar de prisa. Estaba perplejo. ¿No era más
prudente tomarse tiempo para reflexionar y esperar a
mañana? Pero, por otra parte, su colega de la CIA
parecía tener una prisa atroz...
—Le ruego que me disculpe, señor secretario
general, pero debo pedirle permiso para utilizar sus
facilidades de transmisión, a fin de dirigir un mensaje
urgente a nuestro representante en Trípoli.
Considerando lo que usted acaba de decirme, no puedo
esperar a volver a mi oficina.
Jeremy Oglethorpe, el perito de Washington en
materia de evacuación, contemplaba el espectáculo con
el maravillado aire del niño que descubre, la mañana de
Navidad, el tren eléctrico de sus sueños. Sobre toda una
pared del puesto de mando de la Dirección General de
Transportes Públicos de Nueva York, se extendía un
plano luminoso del Metropolitano, gigantesca tela de
araña salpicada por cuatrocientas cincuenta estaciones
y en la que serpenteaban, como otras tantas luciérnagas,
los quinientos seis trenes que transportaban,
diariamente, cuatro millones de viajeros por los
trescientos ochenta kilómetros de sus tres redes.
—Es más impresionante aún de lo que me
imaginaba —exclamó, extasiado, ante el negro gordo y
jovial que desempañaba las funciones de director de
tráfico—. Mr. Todd —le preguntó sin más ambages—,
suponiendo que tuviésemos que evacuar Manhattan a
causa de una catástrofe, ¿cuántas personas podría
transportar exactamente su Metro, digamos, en cuatro
horas?
El negro observó con asombro al hombrecillo de la
corbata de lazo.
—Confieso que nunca nos hemos formulado esta
pregunta.
Oglethorpe sacó un legajo de su cartera de
documentos.
—Sin embargo, tengo aquí un documento redactado
por el Stanford Research Institute, el cual demuestra
que, movilizando la totalidad de sus siete mil vagones,
embarcando doscientos cincuenta pasajeros en cada
vagón, aumentando la frecuencia de los viajes a cuatro
por minuto, disponiendo convoyes de catorce vagones,
en vez de diez, y haciendo rodar los trenes a su
velocidad máxima hasta la terminal, podrían trasladarse
tres millones y medio de habitantes en menos de cuatro
horas. ¿Es esto verdad?
El director de tráfico estaba cada vez más pasmado.
—Temo que sus cálculos son un poco optimistas.
—¿Qué quiere usted decir?
—Que sus cálculos no tienen en cuenta que hay
siempre un veinte por ciento de vagones inutilizables,
por causa de reparación o de mantenimiento; que se
producirían algaradas si tratase usted de meter a más de
doscientas personas en un vagón; que, si aumentase la
frecuencia a cuatro trenes por minuto, éstos se
alcanzarían; que si les comunicase la máxima velocidad,
descarrilarían, y en fin, que, si enganchase catorce
vagones en vez de diez, cuatro se quedarían dentro del
túnel, pues las estaciones sólo tienen capacidad para
diez.
A medida que Todd enunciaba los inconvenientes,
el rostro del experto palidecía más y más.
—¿No se podrían evacuar al menos la mitad?
—imploró—. ¿Al menos dos millones en cuatro horas?
El negro sacudió tristemente la cabeza.
—Su plan es formidable, señor perito. Lo único que
pasa es que es completamente irrealizable.
—¿Completamente? —gimió Oglethorpe.
Todd emitió una risita que significaba que no estaba
bromeando.
—Además, ¿quién conduciría sus hermosos trenes?
—preguntó.
—Sus maquinistas de siempre, ¡caray! ¿Quiénes
habían de hacerlo?
—¿Y qué razón les daría para semejante evacuación
catastrófica?
—No sé... —vaciló Oglethorpe, manoseando el nudo
de su corbata—. Por ejemplo, que unos terroristas han
ocultado una bomba atómica en algún lugar de
Manhattan.
El negro se mondó de risa.
—Si les dijese usted que hay una bomba atómica en
Manhattan, ¡puede estar seguro de que conducirían sus
trenes a toda velocidad hasta la terminal! Esto, si. Pero
se apearían en ella como todo el mundo. En cuanto a los
guardagujas y a los jefes de tren, necesarios para hacer
volver los convoyes a los puntos de partida, ¡también
harían sus bártulos! —Imitó unas señales de adiós—.
¿Se figura que esos tipos se quedarían allí, esperando
que la bomba estallase sobre sus cabezas? ¿Y quién se
ocuparía de la gente en las estaciones? Le garantizo que
no serían los empleados del Metro. Éstos se habrían
largado también en los primeros trenes, en dirección al
Bronx o adonde fuese. Al cabo de media hora se
encontraría con todos sus trenes abandonados en la
terminal, en un terrible amasijo de vagones vacíos. Y
mientras tanto, la gente se pelearía en los andenes.
Oglethorpe escuchaba la enumeración de estas
calamidades con las mandíbulas apretadas y la mano
crispada sobre sus papeles. El negro señaló todos los
documentos con aire afligido.
—¡Todo lo que tiene usted ahí, mi pobre caballero,
¡es agua de borrajas!

El flemático jefe de las brigadas Nest de busca de


explosivos nucleares tenía el aire desalentado del
hombre que acaba de saber que su esposa está pariendo
quintillizos. Desde que había regresado a su Puesto de
Mando del cuartel de Park Avenue, Bill Booth se estaba
volviendo loco. Tres veces en una hora, los helicópteros
que sobrevolaban la parte baja de la isla de Manhattan
habían registrado importantes emisiones de
radiaciones. Y cada vez, estas radiaciones habían
desaparecido de forma misteriosa al llegar los equipos
terrestres enviados a registrar las casas donde habían
sido detectadas. Sin embargo, sabía que los
instrumentos instalados en sus helicópteros
funcionaban de manera correcta, según habían
demostrado las comprobaciones efectuadas en el primer
aparato al volver a la base de McGuire.
Booth, desesperado, paseaba arriba y abajo,
mientras escuchaba los mensajes radiados que llegaban
de sus puestos de escucha. Disponía de un sistema de
transmisión muy perfeccionado, dirigido especialmente
desde Las Vegas. Completamente autónomo, permitía
a sus equipos, en el suelo o en el aire, comunicar con
frecuencias secretas que no podían ser captadas por los
periódicos, ni por las estaciones de radio y de televisión,
ni por los radioaficionados acostumbrados a espiar las
comunicaciones de la Policía. En las paredes hallábanse
fijadas enormes fotografías aéreas de los cinco distritos
neoyorquinos. La trama de estas fotos era tan fina, que
se podía distinguir el color del sombrero de una
transeúnte de la Quinta Avenida. Estos documentos
procedían de una serie de clisés que cubrían ciento
setenta ciudades norteamericanas y estaban siempre a
disposición del Estado Mayor de Nest en Washington.
Booth oyó de pronto la voz de uno de sus hombres.
—Aquí, Pluma 3. ¡Capto algo! Estoy encima de la
Calle 23, casi en la esquina de Madison Avenue.
Pluma 3 era uno de los tres helicópteros de las
brigadas Nest. Su piloto volvía a llamar para confirmar
la situación exacta de las radiaciones, cuando Booth le
oyó vociferar:
—¡A la mierda! ¡Las radiaciones han desaparecido!
Pasaron unos segundos, y volvió la voz:
—¡Bill! Las he vuelto a encontrar. No habían
desaparecido, sino que se desplazan. ¡Se diría que suben
por Madison Avenue!
—¡Apuesto a que esos cerdos han colocado su
bomba en un camión y recorren con ella la ciudad!
Ordenó que una decena de furgonetas cercasen
inmediatamente el sector, envió otro helicóptero de
refuerzo y avisó al FBI. Una flota de coches corrientes
en apariencia se dispuso a emprender la caza del
camión en el intenso tráfico de primera hora de la tarde.
Seguidas continuamente por los helicópteros, las
radiaciones subieron por Madison, cruzaron la Calle 34,
dejaron atrás el Mobil Building y, súbitamente,
torcieron hacia el Oeste.
De pronto, anunció el helicóptero en cabeza:
—La fuente de la radiación se ha detenido.
—¿Dónde estáis? —preguntó Booth.
En la esquina de la Calle 42 y la Quinta Avenida.
El jefe de las brigadas Nest envió sus equipos hacia
aquella encrucijada. La primera furgoneta que llegó al
lugar confirmó inmediatamente:
—¡Presencia de radiaciones!
—¿Dónde estás, exactamente?
—¡Precisamente delante de la biblioteca municipal!

En Washington, el reloj mural de la sala del Consejo


Nacional de Seguridad marcaba las 14,28. Desde que
Gadaffi había cortado la comunicación establecida a
través del «Boeing 747» Catastrophe, hacía dos horas y
media, en la estancia reinaba una atmósfera de
impotencia. Continuamente sonaban los teléfonos que
la enlazaban con el centro de mando del Pentágono, con
la oficina de emergencia nuclear del FBI, con la jefatura
de Policía de Nueva York, con la Oficina de Acción de la
CIA, con el centro de operaciones del séptimo piso del
Departamento de Estado. Llegaban y salían mensajeros.
Tazas de café, restos de bocadillos, ceniceros
desbordantes de colillas, llenaban la mesa, junto a
montones de telegramas secretos. Pero ninguno de
estos despachos, que llegaban por la red
ultraperfeccionada de telecomunicaciones de la Casa
Blanca, había traído al presidente y a sus consejeros el
menor alivio, una ínfima esperanza de que pudiese
hallarse una solución razonable a la crisis. Faltando
menos de veinticuatro horas para que expirase el plazo
del ultimátum lanzado por el dictador de Trípoli, el
presidente y su Gobierno permanecían desarmados, a
pesar de los fabulosos recursos militares de que
disponían. Respirando el acre olor a humo y a sudor,
Eastman pensaba que se parecían a la tripulación de un
submarino perdido en el fondo del mar. Seguían, hora
tras hora, el desarrollo de la búsqueda de la bomba en
Nueva York. Poco a poco se imponía una certeza: la
magnitud de la empresa era tal, que casi no había
esperanza de descubrir la bomba antes de que
terminase el plazo impuesto por Gadaffi. En cuanto a
los mensajes procedentes de las principales capitales del
mundo, todos, sin excepción, aconsejaban al presidente
que no cediese al chantaje. Pero ninguno indicaba cómo
conseguirlo sin poner en peligro a la población de
Nueva York.
En el curso de las últimas horas, el presidente había
hablado dos veces con Begin: la primera, para
informarle de la situación; la segunda, para proponerle,
a instigación de la CIA, que los expertos israelíes se
aviniesen a «jugar el juego» de la crisis en el ordenador,
con sus colegas norteamericanos. Como esos partidos
de tenis que pueden disputarse en una pantalla de
televisión.
—Quizá los cerebros electrónicos nos darán una
milagrosa solución en la que no hemos pensado
—sugirió el presidente norteamericano.
Nadie en Washington creía en ello, pero la finalidad
de la operación era obligar a los israelíes a comprobar
sobre sus propias pantallas que sólo una concesión
territorial importante por su parte permitiría salvar
Nueva York.
Justo después de las 14,30, un oficial de Marina
interrumpió un informe de la CIA procedente de París,
para anunciar que el último buque de la VI Flota
acababa de salir de la zona de cien millas fijada por
Gadaffi. El presidente recibió la noticia con una mezcla
de alivio y aprensión. El diálogo se reanudaría, pero,
¿qué giro había que darle? ¿Cómo hacer entrar en
razón, desde una distancia de seis mil kilómetros, a un
fanático que ayer no era más que el jefe iluminado de un
pequeño pueblo de tribus diseminadas en un mar de
arena, pero que, gracias al petróleo, al genio tecnológico
del hombre del siglo XX, y a la locura de Occidente, que
esparcía sus más preciosos conocimientos a los cuatro
vientos, estaba en condiciones de imponer al mundo su
visión de justiciero? «La Humanidad podía darse el lujo
de engendrar tiranos en la época de las espadas
—pensó—, pero no en el siglo del átomo.»
Mientras la jerga espacial empleada por el «Boeing
747» Catastrophe para restablecer el contacto con
Trípoli resonaba en el altavoz, el jefe del Estado lanzó
una última mirada a las notas que había tomado de las
recomendaciones de los psiquiatras. «Halagarle. Exaltar
su vanidad, encomiando su papel de líder mundial. Es
un solitario. Ganar su amistad. Mostrarle que soy el
único que puede ayudarle a salir dignamente del
callejón en que se ha metido. Hablarle amablemente.
Sin amenazas. No darle nunca la impresión de que no le
tomo en serio. Tratar de sembrar la duda en su espíritu.
Debilitar progresivamente su resolución. Que no sepa
jamás dónde se encuentra.» ¡Huna! ¡Buenos consejos
para tratar con los cajeros de un pequeño Banco de
provincias! Pero, ¿de qué servirían con un individuo de
aquel calibre?
El oficial de radio del «747» que sobrevolaba Libia
anunció:
—¡Fox-Uno está en línea!
El presidente sintió un nudo en la garganta. Se
enjugó el cuello. Después de asegurarse de que el libio
había comprobado la retirada de la VI Flota, declaró:
—Coronel Gadaffi, deseo que examinemos los dos el
gravísimo problema suscitado por su carta. Sé con qué
ardor desea usted que sus hermanos de Palestina
obtengan justicia. Quiero que sepa que comparto estos
sentimientos, que yo...
Gadaffi le interrumpió. Hablaba en inglés. Su tono
era tan cortés como antes, pero sus palabras no eran
más alentadoras.
—Señor presidente, ¡no pierda ni me haga perder
tiempo con discursos! ¿Han empezado o no los israelíes
a evacuar los territorios árabes ocupados?
«Ningún rastro de emoción», informó el técnico de
la CIA que manejaba el analizador de la voz.
—Comprendo su impaciencia —replicó el
presidente, luchando por conservar la calma—. La
comparto. Pero debemos sentar juntos las bases de una
paz duradera, de una paz que satisfaga a todas las partes
afectadas, no de una paz impuesta al mundo por su
amenaza contra Nueva York.
—¡Palabras y más palabras! —volvió a interrumpirle
Gadaffi—. ¡Las mismas palabras vacías e hipócritas que
han vertido ustedes sobre mis hermanos de Palestina
durante treinta años!
—Le aseguro que le hablo con toda sinceridad
—insistió el presidente.
Gadaffi prosiguió:
—Sus aliados israelíes bombardean y ametrallan los
campamentos de refugiados palestinos en el Líbano, con
aviones y cañones norteamericanos; matan a mujeres y
niños árabes con balas norteamericanas, ¿y qué me
ofrece usted a cambio de esto? ¡Palabras! ¡Mientras
sigue vendiendo nuevas armas a los israelíes, para que
puedan seguir matando palestinos! Cada vez que los
israelíes se han apoderado de tierras de mis hermanos
para instalar en ellas sus colonias ilegales, ¿qué han
hecho ustedes? Nos han obsequiado con sus piadosas
lamentaciones, mientras sus portavoces clamaban de
indignación en Washington. Pero, ¿han intervenido
alguna vez para detener a los israelíes? ¡No! ¡Nunca!
Pues bien, señor presidente, a partir de ahora, usted y
sus representantes pueden guardarse sus bellos
discursos. Pasó el tiempo de las palabras bonitas. Los
árabes de Palestina poseen, por fin, los medios de lograr
la justicia que les ha sido negada durante tanto tiempo.
Y la obtendrán, porque, en otro caso, millones de sus
compatriotas pagarían por las injusticias de que son
víctimas los árabes.
La energía de estas frases había sido reforzada por
el tono frío, monótono, casi indiferente, con que se
había expresado el jefe del Estado libio. «El tono de un
agente de cambio y Bolsa leyendo las cotizaciones a un
cliente», pensó Eastman. Para los doctores Tamarkin y
Jagerman, aquella voz precisa, perfectamente
controlada, confirmaba lo que pensaban ambos: Gadaffi
no vacilaría en cumplir su amenaza.
—No puedo comprender —replicó el presidente—
que un hombre como usted, coronel Gadaffi, un hombre
que se enorgullece de haber hecho su revolución sin
derramamiento de sangre, un hombre compasivo y
caritativo, sea capaz de hacer explotar esa bomba, ese
instrumento infernal, ese ingenio demoníaco; que
pueda realmente pensar en matar y mutilar a millones
y millones de seres inocentes.
—¿Y por qué no habría de creerlo?
Por primera vez, su tono era áspero. El presidente
estaba atolondrado.
—Porque sería un acto totalmente irresponsable,
irracional... —Vaciló—. Un acto demencial, un...
—Un acto como el que realizaron ustedes cuando
arrojaron una bomba de esta clase sobre la población
civil japonesa. ¿Dónde estaban entonces su caridad y su
compasión? ¿Quiere usted decir que la cosa no tiene
importancia cuando se mata, quema o mutila a millones
de amarillos asiáticos, de árabes, de africanos, mientras
no se trate de bellos norteamericanos de piel blanca?
¿Es esto lo que quiere decir? ¿Quiénes son los bárbaros,
señor presidente? ¿Quién inventó ese ingenio
demoníaco, como usted lo llama? ¡Unos judíos
alemanes! ¿Y cuál es el único país que lo ha utilizado?
¡La América cristiana! ¿Quiénes acumulan esas bombas
que pueden destruir a la Humanidad? ¡Las naciones
industriales avanzadas de su llamado Occidente
civilizado! Esas bombas son producto de su civilización,
señor presidente; pero hoy ¡seremos nosotros quienes
nos serviremos de ellas para reparar las injusticias que
han cometido con nosotros!
El presidente examinaba desesperadamente su bloc
de notas. ¡Cuán irrisorios le parecían ahora los consejos
que había consignado en él!
—¡Coronel Gadaffi! —Su voz tenía un acento
patético—. Por muy ardiente que sea su solidaridad con
las desdichas de los palestinos, debe reconocer que los
habitantes de Nueva York no son responsables de ellas:
los negros de Harlem, los puertorriqueños del Bronx,
los millones de proletarios que se ganan duramente el
pan con el sudor de su frente.
—¡Claro que son responsables! ¡Todos! Para
empezar, ¿quién es el responsable de la creación del
Estado de Israel? ¡Ustedes, los norteamericanos! ¿Y con
qué dinero sobrevive Israel? ¡Con el de ustedes!
El presidente buscó otro argumento. Esta vez se hizo
insidioso.
—Suponiendo que los israelíes aceptasen abandonar
los territorios reivindicados por ustedes, ¿cree usted,
coronel Gadaffi, que le dejarían salirse con la suya por
los buenas? ¿Qué garantía de solución duradera podría
tener?
Era ésta una pregunta que el libio se alegró sin duda
de contestar.
—Ordene a los satélites que sobrevuelan en este
momento mi país, que examinen la franja de desierto a
lo largo de nuestra frontera oriental, desde el mar hasta
el oasis de Kufrá. Le revelarán la existencia de ciertas
instalaciones. Cierto que mis misiles no son tan
potentes como los suyos, señor presidente; todavía no
son capaces de dar la vuelta al mundo para hacer blanco
en una cabeza de alfiler. Pero pueden volar mil
kilómetros y alcanzar la costa de Israel. No les pido más.
Representan todas las garantías que necesito.
«¡Señor! —pensó el presidente—. Esto es peor de lo
que había imaginado». Hojeó febrilmente las páginas de
su bloc en busca de una fórmula mágica susceptible de
tocar la fibra sensible que aún no había podido
descubrir. Echó una mirada a los psiquiatras, pero los
rostros de éstos sólo reflejaban impotencia.
—Coronel Gadaffi, he seguido con viva admiración
las conquistas de su revolución. Sé con qué esfuerzo de
voluntad ha utilizado las riquezas petrolíferas de su
subsuelo para dar progreso material y prosperidad a su
pueblo. Sean cuales fueren sus sentimientos respecto a
Nueva York, ¿permitiría que su país y su población
fuesen destruidos en un holocausto termonuclear?
—Mi pueblo está dispuesto a morir por la causa,
señor presidente; lo mismo que yo.
El libio seguía expresándose en inglés, para facilitar
el diálogo.
—Mao Tsé-Dong pudo realizar una de las más
grandes revoluciones de la Historia, prácticamente sin
derramamiento de sangre —replicó el presidente. Desde
luego, esto era inexacto, pero la referencia al líder chino
había sido sugerida por Jagerman: «Invoque a Mao. Él
debe tenerse por un Mao árabe»—. Usted tiene la
misma posibilidad, coronel Gadaffi. Sea razonable:
retire su amenaza contra Nueva York y trabaje conmigo
en el establecimiento de una paz justa y sólida en el
Próximo Oriente.
—¿Que sea razonable? —exclamó el libio—. Ser
razonable es, según usted, aceptar que los árabes de
Palestina sean expulsados de su tierra, obligados a vivir,
generación tras generación, en los campos de
refugiados. Ser razonable significa, sin duda, que los
árabes de Palestina presencien con los brazos cruzados
la progresiva anexión de su patria por los colonos de su
amigo Begin. Ser razonable debe ser tolerar que
ustedes, los norteamericanos, y sus aliados israelíes,
persistan en privar a mis hermanos palestinos del
derecho divino a tener un hogar propio, mientras
nosotros seguimos vendiéndoles el petróleo que hace
funcionar sus coches y sus fábricas, y que calienta sus
casas. Para usted, ¡todo esto es ser razonable! Pero
cuando mis hermanos y yo le decimos: Otórguenos la
justicia que nos negaron durante tanto tiempo, si no
quieren que les ataquemos, ¡esto deja de pronto de ser
racional!
Mientras hablaba Gadaffi, Jagerman hizo pasar un
mensaje al presidente. «Pruebe la táctica del objetivo
superior.» Se trataba de una maniobra que el psiquiatra
holandés había explicado antes. Consistía en persuadir
a Gadaffi de que colaborase en la realización de un
objetivo aún más grandioso. Sublimar su ambición
mediante un proyecto que rebasara los limites que él se
había fijado. Por desgracia, nadie había sido capaz de
definir un objetivo que permitiese aplicar esta teoría.
Una súbita inspiración hizo entrever una solución al
presidente. No tenía ningún precedente, y presentaba
dificultades insuperables a priori. Pero era tan audaz,
tan dramática, que tenía probabilidades de impresionar
la imaginación de Gadaffi.
—¡Coronel Gadaffi! —exclamó, sin poder disimular
su excitación—. Voy a hacerle una proposión. Retire su
amenaza contra mis compatriotas neoyorquinos, y
tomaré inmediatamente el avión para Trípoli. Iré sin
escolta, a bordo del Air Force One. Yo, el presidente de
los Estados Unidos, me constituiré en rehén, mientras
trabajamos, mano a mano, en conseguir para sus
hermanos de Palestina una paz verdadera, duradera,
aceptable para todos. Lo haremos los dos juntos, y su
gloria será más grande que la de Saladino, porque se la
habrá ganado sin derramar sangre.
Este ofrecimiento, absolutamente inesperado, dejó
estupefactos a los miembros del Comité de Crisis. Jack
Eastman estaba pasmado. Era algo inverosímil. ¿El jefe
de la nación más poderosa del mundo convirtiéndose en
rehén de un déspota árabe del petróleo, secuestrado en
pleno desierto como un vulgar mercader apresado hace
dos siglos por los piratas de costa berberisca? En
cam bio, el fatigado rostro del presidente
norteamericano traslucía un sentimiento de triunfo.
Estaba convencido de que su iniciativa podía causar una
impresión favorable, capaz de resolver el problema. El
altavoz enmudeció. También estupefacto, el libio había
cortado la comunicación para preparar su respuesta. El
subsecretario de Estado aprovechó la pausa para
expresar su desaprobación.
—Se trata, señor presidente, de una proposición
sumamente valerosa, ¡pero temo que plantea una grave
dificultad constitucional!
El jefe del Estado fijó su mirada azul en el
diplomático.
—El único problema verdadero es salvar la vida a
seis millones de neoyorquinos, Mr. Middleburger. Y no
será la Constitución quien nos diga cómo hemos de
hacerlo, ¿verdad?
La voz de Gadaffi llenó de nuevo la estancia.
—Señor presidente, su ofrecimiento merece mi
respeto y mi admiración. Pero es inútil. La carta que le
dirigí está lo bastante clara. En ella se concretan las
únicas reivindicaciones que formulamos. Sería vano
continuar las discusiones, aquí o en otra parte...
—¡Coronel Gadaffi! —le interrumpió el presidente—.
Le conmino enérgicamente a que acepte mi proposición.
En el curso de las últimas horas, mi Gobierno ha
establecido contacto con los principales jefes de Estado
del mundo. Comprendidos los de sus países hermanos:
el presidente Sadat, el presidente Assad, el rey Hussein,
el rey Jaled. Incluso Yasser Arafat. Todos, sin excepción,
condenan su actitud. Está usted solo, aislado. Sólo
dejará de estarlo si acepta mi ofrecimiento.
—No hablo en nombre de ellos, señor presidente,
sino en nombre del PUEBLO árabe. Son los hermanos de
este pueblo quienes fueron despojados, no los
presidentes y los monarcas que se pavonean en sus
palacios. —Entonces, se produjo en la voz de Gadaffi un
temblor de irritación y de impaciencia—. Toda esta
discusión es perfectamente inútil, señor presidente. ¡Lo
que ha de ser, será!
«Aparición de alguna señal de nerviosismo», indicó
el agente de la CIA, que manipulaba el analizador de
voz.
—Tuvieron ustedes treinta años para hacer justicia
a mi pueblo, ¡y no hicieron nada! ¡Ahora sólo les quedan
menos de veinticuatro horas!
Una oleada de cólera encendió el semblante del
presidente norteamericano.
—¡Coronel Gadaffi! —casi gritó, para consternación
de los psiquiatras—. ¡Rechazamos su chantaje! ¡Su
abominable amenaza no hará que nos dobleguemos a
sus locas exigencias!
Una larga pausa de mal augurio siguió a este
estallido. Después, volvió la voz de Gadaffi, tan
tranquila y pausada como antes:
—Señor presidente, es usted quien debe mostrarse
razonable, puesto que no le pido nada imposible. No
exijo la destrucción del Estado de Israel. Reclamo sólo
lo que es justo: que sean devueltas sus tierras a mis
hermanos de Palestina y que éstos vuelvan a tener la
patria que Dios ofrece a todos los pueblos. Nosotros, los
árabes, estamos en nuestro derecho desde hace más de
treinta años, pero ni la guerra ni la acción política nos
permitieron hacerlos oír, porque nos faltaba fuerza. Hoy
la tenemos, señor presidente. Por consiguiente, u
obligan ustedes a los israelíes a hacemos la justicia que
nos es debida, o, como el Sansón de su Biblia, ¡haremos
que se derrumbe el Templo sobre sus cabezas y las de
todos los que lo habitan!

Mientras Moamar Gadaffi repetía su amenaza, uno


de los terroristas con que contaba para hacer estallar su
bomba se disponía a hacer el amor en un apartamento
neoyorquino.
«¿Qué estoy haciendo aquí?», se preguntó Leila
Dajani, con súbito remordimiento.
Se abrió la puerta de la habitación y apareció
Michael, con una toalla enrollada a la cintura y una copa
de champaña en cada mano. Se tendió en el lecho.
Durante un momento, ambos permanecieron
silenciosos.
—¡Michael! ¡Vayamos mañana a Quebec!
Michael se incorporó y vio en la penumbra los ojos
suplicantes de Leila.
—¿Por qué insistes, Linda querida? Sabes muy bien
que mañana es imposible —dijo, con dulzura.
—¿Puedo hacerte una confidencia?
Michael reclinó de nuevo la cabeza sobre la
almohada.
—Claro que sí, querida. Te escucho.
—Conozco a un viejo adivino que vive en Brooklyn
—explicó Leila—.Un lugar increíble. Cuando entras en
su casa, te figuras que estás en la orilla del Nilo. Su
mujer viste enteramente de negro, como las beduinas.
Tiene toda la cara cubierta de tatuajes. Te sirve una taza
de masbut, el café árabe. Él está en una habitación
pequeña y oscura, donde se pasa todo el día rezando. Te
aseguro que, cuando le ves, sabes que estás en presencia
de un santo varón. Tiene el rostro más puro y más
ascético que puedas imaginarte. Irradia luz. Toma tu
taza de café y la aprieta entre sus manos. Te pregunta el
nombre, el nombre de tu madre y la fecha de tu
nacimiento. Entonces cae en una especie de trance y
empieza a rezar. No te permite fumar, ni cruzar las
piernas o los brazos. Esto interrumpiría la corriente que
se forma entre él y tú. De vez en cuando, deja de rezar y
te habla. ¿Me creerías, Michael, si te dijese algunas de
las cosas que me ha predicho ese hombre?
—¿Una cita secreta en Quebec?
Ella sonrió.
—Fui a verle esta mañana. Al terminar nuestra
entrevista, cuando me disponía a partir, su cara se
contrajo bruscamente, como si acabasede recibir un
golpe. Y me dijo: «Veo una persona que te es muy
querida. Un hombre. Un joven rubio. Es un
messawarati», concretó, en árabe. ¿Sabes lo que es un
messawarati?
La cabeza rubia osciló varias veces sobre la
almohada.
—¿Un infiel pervertido?
—No bromees, querido, por favor. Un messawarati
es un fotógrafo. ¿Cómo podía saberlo? —Hizo una
pausa, y prosiguió—: Añadió: «Aquí corre un gran
peligro. Es preciso que abandone Nueva York antes de
mañana.»
Asió la mano de Michael y la estrechó en la suya.
—Michael, te lo suplico, ve mañana a Quebec a
encontrarte conmigo.
Él se incorporó, apoyándose en un codo, y la miró
fijamente. Observó su rostro implorante, y las lágrimas
que rodaban por sus mejillas. ¡Cuán supersticiosas
pueden ser las mujeres! Cariñosamente, le enjugó las
lágrimas con la punta de sus labios.
—Eres un amor, querida; pero no te inquietes.
Mira..., las predicciones de un hechicero árabe...
Leila se volvió y se apretó contra él. Desengañada y
resignada, contempló largamente el rostro amado que
había tomado entre las manos. «Habría hecho cualquier
cosa por él —pensó—. Con todas mis fuerzas.»
—¡Qué lástima, Michael! —murmuró simplemente.

El presidente estaba pálido. La alusión de Gadaffi a


Sansón destruyendo el Templo le había impresionado
tanto como la bola de fuego que había visto brotar a
medianoche en las pantallas del Pentágono.
—Jack —ordenó a media voz—, pida al «747»
Catastrophe que finja una avería en la transmisión
durante varios minutos. Necesito reflexionar.
El presidente observó todos los rostros extenuados
que le rodeaban.
—Caballeros, ¿qué piensan ustedes?
En el otro extremo de la mesa, el presidente del
Comité de jefes de Estado Mayor, almirante Fuller,
hundió la cabeza en el cuello de su camisa, como una
vieja tortuga de mar en su caparazón.
—Temo, señor presidente, que no nos deja más
alternativa que la acción militar...
—¡No soy de esta opinión!
El subsecretario de Estado, Middleburger, había
intervenido sin dejar terminar al almirante.
—En vez de empeñarnos en hacer entrar en razón a
ese exaltado, deberíamos aprovechar el tiempo que nos
queda para arrancar a los israelíes algunas concesiones
capaces de satisfacerle y de salvar a Nueva York.
—He aquí una iniciativa que tendría al menos la
ventaja de exigir muy poco tiempo —observó
sarcásticamente el director de la CIA—. Sólo el segundo
que tardaría Begin en decir no. Hace cinco años que
decimos en la CIA que esas colonias «salvajes» son una
amenaza para la paz y nos meterán un día en un buen
lío. Desgraciadamente, nadie se dignó tomar en cuenta
nuestras advertencias.
El presidente sintió un súbito deseo de pegar a
aquellos hombres. ¿Acaso ninguna crisis era lo bastante
terrible para que se eliminase la estereotipada retórica
de los altos resortes del Gobierno norteamericano? El
Pentágono le apremiaba para que destruyese a aquel
fanático; el Departamento de Estado le aconsejaba
batirse en retirada; la CIA sólo pensaba en echar las
culpas a otros, como no había dejado de hacer desde su
fracaso en Irán...
—¿Jack? —preguntó, en tono fatigado.
—Señor presidente, sólo puedo repetir lo que ha
dicho hace un momento —respondió Eastman—. Mi
única fórmula sigue siendo: ¡ganar tiempo!
Middleburger tiene razón: hay que lograr a toda costa
alguna concesión de los israelíes, y emplearla en obligar
a Gadaffi a retirar su amenaza. O, al menos, a retrasar
en unas horas el plazo de su ultimátum, a fin de tener
más probabilidades de encontrar la bomba.
—Y ustedes, señores psiquiatras, ¿qué luz pueden
arrojar sobre el asunto?
Tamarkin echó un desolado vistazo a las
insignificantes notas que había garrapateado mientras
escuchaba a Gadaffi.
—Está claro que nos las tenemos que ver con una
personalidad aquejada de psicosis de poder —declaró—,
ligeramente paranoica, pero plenamente consciente. En
general, a este tipo de sujetos les cuesta dominar las
situaciones complicadas. Hay que evitar darle un medio
de cristalizar sus acciones. Probablemente, tiene
previstas dos actitudes por parte de usted. O que
capitule, o que amenace con destruirle. Dicho en otras
palabras: que tome usted la decisión en su lugar. Por
esto, si le presentamos toda una variedad de problemas
anejos, es posible que se sienta desconcertado.
—Ja, ja —aprobó Jagerman—, estoy completamente
de acuerdo con mi colega. Si me lo permite, señor
presidente, quisiera sugerirle que, a mi entender, no
ganaríamos gran cosa empujándole a explicar el porqué
de su acción. Él está absolutamente convencido de que
tiene razón, y usted se expondría a que se volviese aún
más intratable, si le fastidiase en este punto. En cambio,
creo que debería plantear el cómo de la cuestión, y
tratar de desviar su atención, bombardeándole con un
alud de preguntas de orden técnico y de poca
importancia, sobre la manera de poner en práctica sus
exigencias. ¿Recuerda la teoría de «pollo o
hamburguesa» que le expuse hace un momento?
El presidente asintió con la cabeza. El nombre de la
teoría en cuestión podía parecer grotesco en la situación
actual. Se trataba, en realidad, de una técnica inventada
por el psiquiatra holandés para resolver los casos de
retención de rehenes. Hoy figuraba en todos los
manuales de Policía del mundo. Hay que desviar la
atención de los terroristas, predicaba Jagerman;
obligarles a contestar una serie ininterrumpida de
preguntas y de problemas independientes del fondo del
debate en curso. El ejemplo que daba invariablemente
era la manera de responder a un terrorista que pedía
comida. «¿Qué quiere? ¿Pollo o hamburguesa? ¿El ala
o el muslo? ¿Bien cocida o medio cruda? ¿Con mostaza
o con salsa de tomate? ¿Con o sin pan? ¿Crudo o
tostado? ¿Con qué condimentos? ¿Con pepinillos? ¿O
quizá con cebolla? ¿Cruda o frita?»10. Apartar al
terrorista de sus obsesiones, mediante un alud
semejante de preguntas, permitía a menudo calmarle,

10
El médico holandés había introducido numerosos
perfeccionamientos en su técnica. Por ejemplo, cuidaba
de que la comida fuese siempre enviada en verdaderos
platos, con cubiertos y vasos verdaderos. Esta
precaución, afirmaba, introducía sutilmente un
elemento de cortesía en las relaciones de la Policía en
los terroristas. Y, a cambio de ello, siempre que era
posible, pedía a los terroristas que lavasen la vajilla
antes de devolvérsela. Con esto les acostumbraba poco
a poco a cumplir sus órdenes.
ponerle en contacto con la realidad y hacerle, a fin de
cuentas, más maleable.
Si consiguiese usted adaptar esta técnica a la
situación actual —opinó Jagerman—, quizá lograría que
aceptase continuar la discusión con Mr. Eastman,
mientras habla usted con los israelíes.
—Nada se pierde con probar —respondió el
presidente, en tono fatalista—. Jack, ¡haga que
restablezcan el contacto con Trípoli!
Pensó en aquella lejana noche de verano, hacía de
ello treinta años, en que, solo en su velero, se había
perdido en la niebla y la oscuridad, frente a las costas de
Maine. Durante toda la noche, prisionero de aquel
cascarón mortal, impotente, había sido zarandeado por
las olas, aguzando el oído para captar el tintineo de la
campana que le indicase la dirección del puerto,
enfrentándose por primera vez con la eventualidad de
la muerte. Había enloquecido, había perdido la
esperanza, había rezado. Y, al fin, había oído la
campana de la boya. «¡Señor! —rogaba ahora—,
¿cuándo voy a oír la campana de la boya en las tinieblas
que me envuelven?»
—Coronel Gadaffi —empezó diciendo—, sabe usted
que existen actualmente unos treinta puntos de
población israelí en los territorios árabes ocupados.
Representan, junto con Jerusalén-Este, alrededor de
cien mil personas. Los problemas de logística que
plantearía su evacuación en el brevísimo plazo fijado
por usted son prácticamente insuperables.
—Señor presidente. —Ponderada, cortés, la voz del
libio no había cambiado—. Esa gente instaló sus
colonias ilegales en unas pocas horas. Lo sabe usted
muy bien. Aprovecharon la noche para establecerse y, al
amanecer, anunciaron al mundo el hecho consumado.
Si pudieron instalarse en una noche, ¡pueden muy bien
largarse en veinticuatro horas!
—Pero, coronel Gadaffi —insistió el presidente—,
esas familias tienen hoy sus casas, sus granjas, sus
talleres, sus cultivos, sus escuelas, sus sinagogas. No
puede usted esperar que se marchen abandonándolo
todo.
—Eso es precisamente lo que espero. Sus bienes
serán colocados bajo la protección del pueblo árabe. En
cuanto el Estado palestino árabe tome posesión de los
lugares, se autorizará a los judíos a que vengan a
recuperar lo que les pertenezca.
—¿Cómo podemos estar seguros de que no se
producirá un caos o desórdenes, al retirarse los
israelíes?
—El pueblo, gozoso por volver a su patria, velará por
mantener el orden.
—Temo que esto no sea bastante. ¿No sería
conveniente pedir al rey Hussein que proporcione
tropas?
—¡De ninguna manera! ¿Por qué habríamos de
permitir que ese lacayo del imperialismo recogiese la
gloria de esta victoria?
—¿Y la OLP?
—Ya veremos.
—Sea como fuere, habrá que estudiar estas medidas
con sumo cuidado —recalcó el presidente—. Determinar
las unidades a elegir. Saber quiénes serán sus jefes. De
dónde vendrán. Cuáles serán sus distintivos. Cómo
vamos a coordinar sus movimientos con los de los
israelíes. Todo esto requerirá una preparación y una
discusión muy minuciosa.
Tras de una larga pausa, respondió Gadaffi:
—Estoy dispuesto a ello.
—¿Y la bomba de Nueva York? Supongo que, cuando
hayamos tomado los acuerdos necesarios, nos
comunicará usted su emplazamiento y dará orden a sus
representantes de que la desactiven inmediatamente.
¿De acuerdo?
Hubo otra larga pausa.
—La bomba está dispuesta de manera que explotará
automáticamente al expirar el plazo de mi ultimátum.
La única señal que puede recibir su receptor de radio es
una señal negativa que provocaría la anulación de la
explosión. Sólo yo conozco la señal.
Eastman lanzó un débil silbido de admiración.
—¡Caray! Es la garantía de que no le lanzaremos
unos cuantos misiles en el último momento. Para salvar
Nueva York, ¡tenemos que conservarlo vivo!
—A menos que se pase de listo —insinuó el director
de la CIA— y se esté tirando un farol. Como puede
mentir en lo tocante a sus misiles apuntando a Israel...
Se volvió bruscamente al jefe del Estado.
—Señor presidente, podríamos modificar
radicalmente toda nuestra actitud si supiésemos si
miente o no. Nuestro laboratorio ha perfeccionado un
detector de mentiras que podría prestarnos una
incalculable ayuda. Bastaría con que Gadaffi se aviniese
a continuar el diálogo ante una cámara de televisión.
—¿Qué es eso?
—Una máquina que utiliza rayos láser y permite un
análisis ultrasensible de los movimientos de los globos
oculares del individuo que está hablando. Registra,
sobre todo, ciertas modificaciones características de
estos movimientos, cuando la persona miente.
El presidente dirigió una sonrisa de admiración al
director de la CIA.
—Tiene usted razón; vale la pena intentarlo.
Se concentró unos segundos e hizo que
restableciesen la comunicación con Trípoli.
—Coronel Gadaffi, para las complicadas discusiones
que habremos de sostener relativas a organizar la
situación en Cisjordania, sería conveniente que
pudiésemos concertar nuestros acuerdos fundándonos
en mapas y en fotografías aéreas, limitando así las
posibilidades de error. Para ello, me parece
indispensable un contacto visual, además del sonoro.
¿Le parecería bien que estableciésemos entre nosotros
una comunicación televisiva? Podríamos enviarle
inmediatamente un avión con el material necesario para
ello.
Se hizo de nuevo un largo silencio en Trípoli. El
director de la CIA mordisqueaba distraídamente el tubo
de su «Dunhill», mientras rezaba en su interior para
que Gadaffi dijese que sí. Para asombro suyo, el libio
accedió, visiblemente satisfecho ante tal proposición.
Incluso dijo que disponía ya del equipo adecuado en su
propio Puesto de Mando. «¡Pobre imbécil! —se dijo,
regocijado, el director de la CIA, después de advertir un
matiz de arrogancia en la aceptación de Gadaffi; está tan
fascinado por los aparatos de la tecnología moderna,
¡que caería en cualquier trampa!»
Mientras el técnico del «747» Catastrophe
preparaba los circuitos que habían de transmitir las
imágenes de Trípoli y de Nueva York por medio del
satélite Comstat, dos ingenieros de la CIA colocaban su
detector ante una pantalla de la sala de conferencias del
Consejo Nacional de Seguridad. Todo el mundo siguió
con apasionado interés la instalación de este último
instrumento del arsenal inventado por la CIA para abrir
las barreras más lejanas del inconsciente y obligar a los
hombres a delatarse a pesar suyo. Este detector tenía un
vago parecido con un aparato de radioscopia portátil.
Dos tubos del tamaño de unos gemelos estaban fijados
en su parte superior. Eran los causantes de dos manchas
luminosas que bailaban ya en la pantalla de televisión
donde debía aparecer la cara del dictador libio; los dos
rayos láser que serian dirigidos a las pupilas a fin de
registrar sus menores variaciones y transmitir sus
informaciones al miniordenador instalado en el corazón
del detector. Los resultados serían inmediatamente
comparados con los datos almacenados en la memoria
del ordenador y reproducidos en la minipantalla fijada
en lo alto del aparato.
Durante unos segundos, la imagen procedente de
Trípoli hizo pensar en una colonia de amibas rebullendo
bajo la lente de un microscopio. Luego, de pronto,
apareció la cara del caudillo libio. Curiosamente, esta
aparición resultó casi tranquilizadora. Gadaffi tenía un
aire tan joven, tan serio, tan reservado, que parecía
inverosímil que pudiese pensar en matar a seis millones
de neoyorquinos. Con su guerrera caqui, sin más adorno
que sus charreteras de coronel, parecía un instructor de
táctica militar, más que un visionario que se tenía por la
espada vengadora de Dios.
Eastman no descubrió la menor sombra de emoción
o de tensión en su semblante. Apenas podía adivinar un
atisbo de ironía en la comisura de los labios. En su sillón
del fondo de la estancia, Lisa Dyson sintió una ligera
turbación al volver a ver al hombre que antaño la había
honrado con su atención.
Los dos puntos luminosos procedentes del detector
resbalaron sobre la frente de Gadaffi y fueron a posarse
en sus pupilas como unas lentillas de contacto.
—Empieza la grabación —anunció uno de los
técnicos.
—¡Esta vez te hemos pillado! —gruñó el director de
la CIA, dando una fuerte chupada a su pipa.
Delante del presidente, se encendió una lámpara
roja sobre la cámara de televisión que transmitía su
imagen a Trípoli.
—Todo está en orden —murmuró Eastman.
Los dos jefes de Estado aparecieron entonces, uno
al lado del otro, en las pantallas de la sala de
conferencias; el norteamericano, esforzándose en
sonreír; el libio, tan impenetrable como un busto de
senador romano sobre una columna de Leptis Magna.
—Coronel Gadaffi —empezó el presidente—, creo
que este contacto visual nos será muy útil a los dos para
resolver los delicados problemas con que nos
enfrentamos. Hace muy poco, en nuestra última
conversación, indicó usted que la bomba que ha
colocado en Nueva York estaba regulada por un
mecanismo automático, y que sólo una señal que
enviase por radio usted mismo podría impedir que se
produjese la explosión. ¿Es esto exacto?
Las miradas de todos los que rodeaban al presidente
se concentraron en la imagen del libio y en los dos
puntos brillantes fijados en sus pupilas. Antes de
responder, Gadaffi se llevó la mano derecha al bolsillo
de su guerrera. Lo desabrochó con calculada lentitud y
sacó de él un par de gafas negras, que se caló
ostentosamente.
—¡Hijo de puta! —gruñó uno de los técnicos de la
CIA, en medio de un «¡Oh!» general de estupor.
La sombra de ironía que teñía los labios del señor de
Trípoli se convirtió entonces en una amplia sonrisa.
—Sí, señor presidente; es exacto.

Comparado con la sala del Consejo Nacional de


Seguridad de la Casa Blanca, el Puesto de Mando libio
en la «Villa Pietri», desde donde se dirigía Gadaffi al
presidente de los Estados Unidos, mostraba una
desnudez espartana. No había mapas del mundo, ni
relojes electrónicos, ni teléfonos con luces. Gadaffi
estaba sentado en una silla de madera blanca, delante
de la cámara de televisión que enviaba su imagen a
Washington.
A su lado se hallaba su último recluta, un hombre
alto y rubio, de cabellos largos y sucios que le daban el
aspecto de un beatnik de los años sesenta. El doktor
alemán, Otto Falk, enseñaba psicología aplicada en la
Universidad libre de Berlín Oeste. Descubierto por el
famoso terrorista venezolano Carlos en los medios
izquierdistas de la ex capital alemana, representaba
cerca del amo de Trípoli el mismo papel que los
psiquiatras de Washington cerca del presidente
norteamericano.
Falk había trazado para su patrono un cuadro
preciso —y exacto— de la manera en que reaccionaría la
Casa Blanca a las trampas que sus homólogos tratarían
de tenderle. Aunque el libio no había seguido su primer
consejo —negarse categóricamente a todo diálogo—, su
ayuda había resultado sumamente eficaz, según acababa
de comprobar amargamente Washington.
El jefe del Estado libio miró a la cámara, desde
detrás de sus gafas negras.
—Señor presidente, lo importante no es saber cómo
va a explotar la bomba, sino si va a explotar. Ahora bien,
¿qué ha hecho usted para satisfacer mis demandas?
¿Qué concesiones ha arrancado a sus amigos israelíes?
—Tenga usted la seguridad, coronel, de que estoy en
contacto permanente con Jerusalén.
La imagen del presidente llegaba a la jefatura libia
por el canal de un televisor de pantalla grande, de la
marca francesa «Radiola». A través de sus gafas de sol,
Gadaffi distinguía dos minúsculos puntos luminosos en
las pupilas de su interlocutor. La CIA se habría quedado
muy sorprendida de haber sabido que el jefe del Estado
libio poseía también un aparato explorador de las
conciencias. El doctor Falk había descubierto su
existencia cuando la Policía alemana occidental lo había
utilizado para interrogar a los presuntos asesinos del
financiero Dietrich Waldner. Comprar un ejemplar a su
fabricante, la «Standarten Optika», de Stuttgart, por
medio de un laboratorio complaciente, había sido juego
de niños. Había bastado con pagar el precio: el
equivalente de cuatro millones de nuestros pesos.
—Y puedo anunciarle, coronel Gadaffi —siguió
diciendo el presidente—, que la primera reacción de Mr.
Begin a sus demandas es altamente favorable. Por eso es
de vital importancia que acceda usted a hablar con mi
consejero Jack Eastman, para que yo pueda seguir mis
negociaciones con Israel.
Uno de los técnicos árabes que manipulaban el
detector libio dio un respingo. La línea verde que se
deslizaba a través del osciloscopio se había roto en una
serie de dientes de sierra al registrar el ordenador las
palabras del presidente. El técnico pulsó un botón rojo
que le puso en contacto con Gadaffi.
—Ya sidi! ¡Miente!
El libio no dejó que se contrajese un solo músculo de
su cara. Se quitó las gafas negras y se acercó a la
cámara.
—Señor presidente, yo le tenía por un hombre
honrado y sincero. Estaba equivocado. ¡Me ha mentido
usted! Toda ulterior conversación sería inútil.
Se oyó un chasquido. La imagen y el sonido emitidos
desde Trípoli quedaron cortados.

El técnico de las brigadas de investigación nuclear


que había llegado el primero a la esquina de la Calle 42
y la Quinta Avenida, observaba desde su furgoneta
«Avis» roja la monumental escalera de la Biblioteca
Municipal de Nueva York. El osciloscopio de su detector
registraba una emisión constante de treinta y cuatro
milirradios. Para su gran asombro, ningún camión,
ningún coche se habían detenido delante del edificio.
Entre los receptores de su vehículo y los dos enormes
leones de granito que flanqueaban la escalinata, no
había más que la multitud del mediodía, estudiantes
que comían bocadillos sentados en los peldaños,
dependientes y empleados de los inmuebles vecinos
deambulando bajo un tímido sol y algunos moradores
del barrio que paseaban sus perros.
El técnico se rascó la cabeza, sumido en el colmo de
la perplejidad.
«¡Santo cielo! ¿De dónde pueden venir esas
radiaciones?», se preguntaba.
Bill Booth llegó entonces en otra furgoneta. El jefe
de los equipos Nest examinó la pantalla del osciloscopio
y contempló la explanada. Parecía tan desconcertado
como su técnico. El helicóptero confirmó de nuevo la
existencia de una fuente de radiaciones en el lugar.
Todo el sector estaba ahora lleno de coches disimulados
de la Policía y del FBI. Dos furgonetas Nest
complementarias trajeron más refuerzos. Cada una de
ellas corroboró en seguida las primeras observaciones.
Booth encendió un cigarrillo y escrutó
minuciosamente el lugar. «¿Podía haberse introducido
una bomba de una tonelada y media de peso en aquel
edificio, antes de la llegada de la primera furgoneta? No;
es imposible —se dijo—. ¡Los helicópteros no habrían
podido captar las radiaciones a través de una masa
como ésa!» Esta comprobación le afligió cruelmente.
Sin duda hemos seguido a un tipo que venía de hacerse
una radiografía de estómago y se ha apeado en la parada
del autobús...
Sin embargo, ordenó a cuatro de sus técnicos que le
acompañasen para explorar los aledaños de la biblioteca
con sus detectores portátiles. Se abrieron paso entre una
horda de jóvenes que corrían en mono-patines y con
auriculares aplicados a los oídos para no perderse una
nota del disco que marcaba el compás de sus acrobacias.
Se cruzaron con dos negros altos y de cabellos africanos,
con un buhonero que vendía utensilios de cocina y con
un vendedor ambulante de refrescos. Avanzaron en arco
de círculo, para rastrillar toda la plaza. De pronto,
alguien anunció:
—¡Esto viene de allá arriba!
Cuando se acercaban, la emisión de radiaciones se
desplazó de golpe. Una anciana encorvada, envuelta en
un abrigo negro remendado, acababa de levantarse y se
alejaba a cortos pasitos.
Booth hizo una seña a sus hombres para que se
apartasen. Precedido de un solo Fed, se acercó a la
anciana. Dos grandes manchas rojas coloreaban sus
mejillas descarnadas, torpe maquillaje de una belleza
pasada. Al ver el gigante plantado delante de ella, con
una placa de Policía en la mano, sus dedos se crisparon
sobre el asa de su bolso de plástico. Asustada y
temblorosa, balbució:
—Le pido perdón, señor oficial; no sabía que esto
estuviese prohibido. Estoy sin un céntimo. —Se llevó
una mano nudosa a la frente, para recoger un mechón
de cabellos bajo el pañuelo de algodón. Su mirada
estaba llena de aflicción—. Los tiempos son duros, y
yo... no pensé que hacía nada malo al recogerla para
llevármela a casa. No sabía que perteneciesen al Estado.
Se lo juro: no lo sabía.
Booth apartó al Fed y se inclinó cortésmente ante la
pobre mujer.
—Discúlpeme, señora, pero, ¿qué ha recogido usted?
Ella abrió tímidamente el bolso. Booth distinguió
una cosa gris. Metió la mano y sacó el cuerpo todavía
caliente de una paloma muerta. Una anilla con un
estuche estaba prendida en una de sus patas.
—¡Santo Dios! —exclamó—. ¿Cuándo ha recogido
esta paloma?
—Hace cinco minutos, un momento antes de llegar
ustedes.
Bill Booth comprendió de pronto. Todo se explicaba
ahora: las radiaciones que aparecían y se eclipsaban,
que iban de las calles a los tejados... ¡Palomas
portadoras de pastillas radiactivas! Tendió el volátil a
uno de sus técnicos.
—Meta esto en un contenedor de plomo. ¡Dios mío!
¡Tenemos que habérnoslas con gente diabólica!
Por tercera vez en cuatro horas, el Estado Mayor
encargado de la búsqueda de la bomba se hallaba
reunido alrededor de su jefe en el Puesto de Mando
subterráneo de Foley Square.
—Harvey —preguntó Quentin Dewing al director del
FBI neoyorquino—, ¿ha conseguido echarle mano a ese
tipo de Boston que estuvo con Gadaffi?
Hudson meneó la cabeza.
—No. Tenemos a cincuenta muchachos trabajando
en esto. Pero una cosa es segura: los mozos que
cargaron los barriles de diatomeas en el muelle de
Brooklyn no han reconocido su foto.
—¡Hay que ampliar el círculo de las pesquisas!
—rugió Dewing—. Pasar por el tamiz todos los cabarets
y restaurantes árabes desde Boston hasta Filadelfia.
Tengo la convicción de que este tipo es nuestra pista
mejor.
Alguien carraspeó en el otro extremo de la mesa de
conferencias.
—¿Iba usted a decir algo, jefe? —gritó Dewing a Al
Feldman. El jefe de los inspectores se frotó la nariz.
—Si esas alhajas son tan listas como usted dice, un
restaurante árabe sería el último lugar adonde irían.
Elegirían más bien una pizzería o un puesto de
hamburguesas.
—No hay que descuidar nada, jefe. A propósito,
¿han descubierto sus expertos algo interesante en el
almacén de Queens donde fueron depositados los
barriles?
Dewing había ordenado a los técnicos del
laboratorio de la Policía municipal que examinasen el
almacén de Queens. En cuanto a la furgoneta «Hertz»
alquilada con los documentos robados, había sido
confiada a un equipo especializado del Laboratorio
Nacional de Criminología y que había venido de
Washington en avión.
—El almacén de Queens pertenece a un agente de
cambio y Bolsa retirado, de Long Island. Lo heredó de
una hermana suya. Una mujer se lo alquiló en agosto
pasado. Como le pagó un año de alquiler por
adelantado, no le hizo muchas preguntas. Le hemos
mostrado el retrato-robot de la joven árabe que
abandonó Hampshire House esta mañana, dibujado
según las indicaciones del portero y de la camarera.
Piensa que se trata de la misma persona.
Dewing manifestó su satisfacción.
—Hay que distribuir este retrato-robot a todos sus
muchachos que investigan en Brooklyn —ordenó a
Hudson—. En cuanto al propio depósito, ¿han
averiguado algo interesante?
—Según los vecinos, las personas que lo alquilaron
no van allí muy a menudo. Sin embargo, hablamos con
alguien que afirma haber visto entrar en él un camión
«Hertz» la semana pasada.
—¿Qué sistema de alcantarillado hay en ese barrio?
—preguntó el jefe de los equipos Nest.
Feldman contuvo sus ganas de reír. ¿Qué tenían que
ver las alcantarillas con esto?
—El alcantarillado general de la ciudad, ¡pardiez!
—Encargaré a un equipo que lo inspeccione
—anunció Bill Booth—. La orina y las heces fecales de
las personas que están en contacto físico con un ingenio
nuclear contienen casi siempre indicios de
radiactividad. No es mucho, pero por poco que
encontrásemos, tendríamos al menos una confirmación
complementaria de que se trata realmente del barril que
buscamos.
—¿Y la furgoneta, Harvey?
—Nuestros hombres acaban de poner manos a la
obra. De momento, lo único que sabemos, es que el
cuentakilómetros marcaba 410 cuando fue devuelta
aquella misma tarde. Lo cual indica que la bomba puede
encontrarse en cualquier lugar, dentro de un radio de
205 kilómetros. Pero esto no significa nada, pues es
clásico de los malhechores dar vueltas y revueltas para
despistar a la Policía.
—Esto no nos dice gran cosa —se lamentó Dewing—.
¿Y la investigación sobre los documentos robados?
—preguntó, volviéndose a Feldman.
—Se encontró al ratero y ahora se busca a la persona
que le encargó el trabajo.
Dewing no pudo disimular su impaciencia.
—¿No hay manera de acelerar un poco las cosas por
este lado?
—Hay que ser prudente, Mr. Dewing —replicó
Feldman—. Hay tipos que se cierran como ostras si no
se les coge con pinzas. Y entonces la hemos cagado.

—Es allá arriba.


Pablo Torres, el ratero colombiano, señalaba con la
cabeza el segundo piso del edificio de ladrillos, al otro
lado de la calle. Estaba sentado en el asiento trasero del
«Chevrolet» de Angelo Rocchia, con las manos
esposadas y colocadas, en ademán protector, sobre el
dolorido bajo vientre. Amalia, su cómplice, había sido
ya encerrada en la Comisaría 81.
Angelo examinó la casa. La suciedad de las ventanas
y una escalera de incendios impedían ver el interior.
—¿Cómo es por dentro?
El ratero se encogió de hombros.
—Una tienda. Una chica. Y Benny, el patrón.
«¡Lo típico! —pensó Angelo—. En Nueva York, los
peristas se dan aires de almacenistas al por mayor. Con
una secretaria en una jaula de cristales y todo el
aparato. Compran de todo. Máquinas de fotografiar,
televisores, útiles eléctricos, alfombras, piezas
arrancadas de los automóviles... Incluso los hay que
alquilan pistolas. No es raro que tengan sesenta u
ochenta en su almacén. Las alquilan a veinte pavos por
una noche y un tanto por ciento sobre el botín.»
Torció hacia la Sexta Avenida y buscó un sitio donde
aparcar, fuera del campo visual del perista.
—Tú, hijito, acudirás con el colombiano un minuto
después de haber entrado yo en la casa del perista.
Échale tu abrigo sobre los hombros, para que las
esposas no provoquen un tumulto.
El almacén del perista se distinguía por un rótulo
sobre la puerta: «Brooklyn Trading», y el nombre del
propietario: Benjamín Moscowitz. Como había previsto
Angelo, una afable secretaria, que se limaba
concienzudamente las uñas, estaba instalada cerca de la
entrada. Angelo comprendió, por su aire, que no debía
de estar acostumbrada a recibir visitantes tan
elegantemente vestidos.
—¿En qué puedo servirle? —se apresuró a decir ella,
con voz ligeramente áspera.
El perista estaba en la habitación contigua, detrás de
una mampara de cristales. Era un hombrecillo
regordete, de unos sesenta años, y llevaba camisa a
rayas, con el cuello desabrochado, corbata aflojada y un
chaleco de pana verde. Usaba gafas, pero las había
levantado sobre su calvo cráneo. Fumaba un cigarro.
—Debo verle a él —dijo Angelo.
Y antes de que la chica tuviese tiempo de hacer un
ademán, el policía había entrado en el despacho del
perista.
—¿Quién es usted? —chilló Benny Moscowitz,
blandiendo el cigarro como una cachiporra.
Angelo sacó su placa de policía. El rostro del perista
no delató la menor inquietud.
—¿Qué quiere de mí? –gruñó—. Soy un honrado
comerciante. ¡La Policía no tiene nada que hacer aquí!
Angelo observó lentamente al hombrecillo,
dominándole con su corpulencia y con aquel aire
despectivo que él llamaba aire del Padrino.
—Hay un amigo tuyo que quisiera saludarte —dijo,
en tono condescendiente.
Se volvió hacia la puerta y, como esperaba, vio a
Rand y a Torres. Les hizo señal de que entrasen.
—¿Quién es ese zarrapastroso? —rugió Benny,
apuntando al ratero con su cigarro—. ¡No le he visto en
mi vida!
El Padrino adoptó el tono de un juez de instrucción.
—Pablo Torres, ¿reconoce usted a Mr. Benjamín
Moscowitz, aquí presente, y le identifica como la
persona que le pidió que hurtase la cartera de un viajero
en la estación de Flatbush, el viernes por la mañana, y
al que trajo usted una tarjeta de crédito y documentos
de identidad?
Esta jerga jurídica no tenía ningún valor legal, pero
Angelo se había dado cuenta de que a menudo
trastornaba a individuos como Moscowitz.
El ratero se balanceaba sobre sus pies.
—Sí; es él.
—¡Esa mierda de hispánico no sabe lo que se dice!
—vociferó Benny. Se había levantado y escupía,
gesticulando, el humo nauseabundo de su
cigarro.—¿Qué significa toda esta historia? ¿Un
chantaje?
—Siéntate, Benny —le aconsejó tranquilamente
Angelo—. Sólo deseo hablar contigo unos instantes.
Farfullando de cólera, el perista se instaló en su
sillón. Angelo se sentó en una esquina de la mesa.
—Escucha, Benny; sé por el colombiano que
obtienes regularmente cincuenta tarjetas de crédito por
semana. Pero estas tarjetas me importan un rábano.
Sólo me interesa una: la que hiciste birlar el viernes
pasado. Quiero saber por cuenta de quién encargaste
este trabajo.
El perista adoptó un aire pasmado.
—En verdad que no sé lo que quiere decir.
Angelo observó a Moscowitz con mirada plácida,
pero nada cándida.
—Torres vació el bolsillo del tipo a la llegada del tren
de las nueve. Trajo los papeles aquí a las nueve y media.
A las diez un hombre se servía de ellos para alquilar un
camión a la agencia «Hertz», de la Cuarta Avenida.
—¡Tiene usted mucha cara dura! —se indignó el
perista, chupando furiosamente su cigarro—. Ya le he
dicho que éste es un comercio honrado. Llevo libros.
Toda clase de libros. Y pago mis impuestos. ¿Quiere
consultar mis libros?
—Tus libros me los paso yo por el culo, Benny. Sólo
quiero saber a quién revendiste aquella tarjeta. Es muy
importante para mí, Benny. Muy, muy importante.
Aunque se advertía un matiz de amenaza en el tono
de Angelo, el perista no se aturrulló.
—Yo no hago nada ilegal. Vendo artículos de
ocasión; esto es todo. Toda mi mercancía es
perfectamente legítima.
Mostró las estanterías llenas de máquinas
fotográficas, de televisores, de relojes.
—¡Me importa un bledo todo lo que tienes ahí!
—Ahora ya no había nada amistoso en la voz de
Angelo—. Vuelvo a preguntarte, Benny: Torres te trajo
el viernes por la mañana una tarjeta de crédito del
«American Express», ¿eh? Y la tarjeta salió en seguida
de aquí. ¿A dónde fue a parar, Benny? ¿A dónde?
—¡No tengo que ver nada con la poli! —se obstinó el
hombre. Angelo le lanzó una mirada furibunda y le
arrancó el cigarro de un golpe seco.
—¡Chulo indecente! —le gritó, señalando el rótulo de
«Cerrado para almorzar», colgado detrás de la puerta de
entrada—. Si te niegas a colaborar, ¡ya lo creo que te
haremos cerrar la tienda! ¡Y tu cartel seguirá colgado
mucho tiempo!
El hombre rebulló en su asiento, pero permaneció
inquebrantable.
—Sí, cerraremos tu cuchitril, Benny —repitió
Angelo—, ¡y espero que tengas una buena póliza de
seguro contra incendios! —Poco a poco, metódicamente,
el policía golpeó el cigarro con el dedo para hacer caer
la ceniza incandescente en el cesto de los papeles—.
Aquí hay un gran peligro de incendio. Se marcha el
dueño, y se prende fuego. ¿Comprendes lo que quiero
decir?
Benny había palidecido intensamente.
—¡Hatajo de bandidos! No haríais una cosa así...
—No haríamos, ¿qué? —ladró Angelo, dejando caer
otras cenizas sobre los papeles, que empezaban a oler a
chamusquina—. ¡Menudos fuegos artificiales saldrían
de tu maldita tienda!
El perista se levantó de un salto.
—Presentaré una denuncia —rugió—. Una denuncia
por chantaje y por amenazas de incendiar mi almacén.
Angelo soltó una carcajada. Recordaba la promesa
que le había hecho en voz baja su jefe Al Feldman, hacía
unas horas: «Te protegeremos, hagas lo que hagas,
Angelo.»
—¿Sabes qué puedes hacer con tu denuncia, Benny?
¡Metértela en el culo!
El perista pestañeó. Estaba cada vez más intrigado.
Le habían detenido ya seis veces, pero siempre le habían
soltado rápidamente. Hoy no era lo mismo; se sentía
acorralado como nunca.
—Okey —dijo, con resignación—. No tengo mucho
efectivo en mi casa, pero podremos ponernos de
acuerdo.
Angelo aplastó furiosamente el cigarro sobre la
mesa de Moscowitz. Su rostro había enrojecido.
—¡No quiero esa clase de acuerdo, Benny! —dijo,
con voz glacial—. Me tienen sin cuidado tus
combinaciones. No quiero saber cómo revendes las
tarjetas de crédito robadas. Por enésima vez, Benny,
sólo quiero saber una cosa: ¿a quién largaste esa tarjeta
del «American Express»?
Moscowitz sacó otro cigarro del bolsillo de su
camisa y lo encendió. El sabor del tabaco le hizo
recuperar sus fuerzas. Descolgó el teléfono. La mano de
Angelo cayó sobre la suya.
—¡Tengo derecho a llamar a mi abogado! —protestó
el perista.
—Desde luego —convino Angelo, retirando la
mano—. Claro que sí. ¡Llama a tu abogado! —Y,
señalando el cigarro y el cesto de los papeles, que
empezaba a echar humo, añadió—: Confío en que tu
abogado será también bombero...
Angelo observó a su presa. En todo interrogatorio
hay un momento crítico en que un hombre empieza a
tambalearse por efecto de un último golpe hábilmente
propinado. O bien, por el contrario, súbitamente
aterrorizado por las consecuencias de una traición, se
encierra de pronto en el silencio, prefiriendo la cárcel al
riesgo de las represalias. El inspector se inclinó sobre
Moscowitz, con una expresión de simpatía tan calurosa,
que Rand pensó que iba a estrecharlo entre sus brazos.
Su voz se había hecho zalamera.
—Entiéndeme bien, Benny, lo único que necesito
saber es a quién vendiste esa tarjeta. Me contestas, nos
largamos y no volverás a vernos.
El perista chupó nerviosamente su cigarro. Mantuvo
la cabeza gacha durante un largo momento y, después,
la levantó bruscamente y fijó su mirada en el inspector.
—¡A la mierda! —escupió—. ¡Enciérreme si quiere!
No tengo nada que decirle.
Entonces se oyó la voz pausada de Rand.
—¿Por qué no dejas que tenga una breve
conversación con ese caballero, antes de que nos lo
llevemos? —dijo a Angelo.
El policía neoyorquino se volvió con irritación al
joven Fed. Le invadía un sentimiento de impotencia, de
humillación, de rabia por haber fracasado en su
presencia.
—Claro que sí, hijito —dijo, sin tratar de ocultar su
mal humor—. ¡Habla con ese alcahuete, dile todo lo que
quieras!
Se levantó, crujiéndole las rodillas, y salió
pesadamente al antedespacho, donde se hallaba la
secretaria.
—Y, de paso —añadió—, procura venderle una póliza
de seguro de incedios suplementaria.
—Mr. Moscowitz —dijo el Fed, en cuanto se hubo
cerrado la puerta detrás de su compañero de equipo—,
¿verdad que es usted de religión judía?
Miraba la estrella de David de oro que pendía del
cuello del perista. Moscowitz le observó, completamente
pasmado. «¿Quién es ese tipo? —se preguntó,
intrigado—. ¿Un predicador, un profe, un chiflado, o
qué?» Apuntó a Rand con el mentón.
—Sí, soy judío. ¿Y qué?
—Supongo que le interesan la seguridad y el
bienestar del Estado de Israel, ¿no?
Moscowitz se levantó de un salto como un muñeco
mecánico.
—¿A qué viene eso, pollo? ¿Acaso vendes bonos del
Tesoro de Israel?
—Mr. Moscowitz —respondió pausadamente Rand,
acercándose al perista—, lo que voy a confiarle, bajo
promesa de absoluto secreto, es infinitamente más
importante para Israel que la venta de algunos bonos
del Tesoro.
Angelo les observaba a través de la puerta cristalera.
Moscowitz pareció al principio escéptico; después,
perplejo; y, por último, profundamente interesado. De
pronto aplastó su cigarro, se precipitó fuera del
despacho, pasó en tromba por delante de Angelo y se
detuvo ante la ventana que daba a la calle. Apoyando el
dedo índice en el cristal, gritó:
—Fue un maldito árabe quien se llevó la tarjeta.
—Había pronunciado la palabra «árabe» con asco—.
Siempre anda por ahí, ¡por el bar de la esquina!

«¡Vaya! —se dijo el general Henri Bertrand—.


¡Nuestro cardenal se ha transformado en Sacha Guitry
disponiéndose a cenar en "Maxim’s"»! Por segunda vez
en aquel día se hallaba en el salón-museo de Paul Henri
de Serre, el ingeniero nuclear que había supervisado la
construcción y la puesta en marcha del reactor atómico
vendido por Francia a Libia. El ingeniero llevaba esta
noche una chaqueta de terciopelo granate, con corbata
de lazo y babuchas de terciopelo negro con bordados de
oro.
—No puede imaginarse cuánto lamento el haberle
hecho esperar.
La acogida de De Serre parecía tanto más calurosa
cuanto que Bertrand había interrumpido la cena que
ofrecía a unos amigos. Abrió una lujosa caja de caoba
para cigarros y la ofreció a su visitante.
—Tome un «Château-Lafite»; son excelentes.
El ingeniero sacó seguidamente una botella de coñac
«Napoléon» añejo del mueble bar, y escanció el licor en
dos copas especiales. Después de ofrecer una a
Bertrand, se dejó caer sobre los mullidos cojines de una
poltrona.
—Dígame, querido señor, ¿ha progresado su
investigación desde esta tarde?
Bertrand olió el coñac. ¡Maravilloso! Tenía los
párpados medio cerrados, y una expresión de profundo
bienestar se pintaba en su semblante.
—Por desgracia, muy poco. Sin embargo, hay un
detalle del que quisiera hablarle. Acabo de enterarme de
que los libios se vieron obligados a parar su reactor con
bastante rapidez, después de su puesta en marcha, para
retirar unas barras de uranio defectuosas.
—¡Ah, sí...! —Serre, con aire distraído, seguía con la
mirada las volutas del humo de su cigarro—. Un vulgar
incidente casual, como los que suelen producirse en
todas las instalaciones atómicas... Sin embargo, fue
bastante fastidioso, dado que el uranio en cuestión era
de origen francés. Supongo que sabrá usted que la
mayor parte del uranio que se quema en las centrales
nucleares procede de Norteamérica.
—Me extraña que no mencionase este hecho la
primera vez que hablamos.
—Se trata, querido señor, de cuestiones técnicas tan
complejas, que estaba muy lejos de pensar que pudiesen
interesarle —explicó De Serre, sin inmutarse.
—Comprendo —dijo Bertrand, soltando una
bocanada del humo de su cigarro.
La conversación prosiguió durante unos quince
minutos, de un modo tan evasivo que el director del
SDECE se limitó, en suma, a interrogar al ingeniero
sobre la fiabilidad de las técnicas de inspección de la
agencia de Viena. Por último, apuró su copa y se levantó
para despedirse.
—Le pido perdón por haber abusado de su tiempo,
pero estas cuestiones...
La frase de Bertrand se extinguió en un balbuceo
deliberado. Al dirigirse a la puerta, el hombre se detuvo
ante la cabeza romana que había admirado unas horas
antes.
—¡Soberbia pieza! —exclamó, de nuevo, extasiado—.
¡Estoy convencido de que en el Louvre hay pocas que se
le parezcan!
—¡Desde luego! —Serre no disimuló su orgullo—. No
he visto allí nada que se le pueda comparar.
Debió de costarle mucho obtener de los libios el
permiso de exportación de esta maravilla.
— En efecto. ¡Tropecé con dificultades
inimaginables!
—Pero acabó por convencerles.
—A fuerza de terquedad, ¡después de muchas
semanas de discusiones!
—¡Le felicito de todo corazón!
El general llegó a la puerta. Con la mano en el
tirador, se detuvo, vaciló un momento y, después, giró
sobre sí mismo.
—Es usted un mentiroso, Monsieur De Serre.
El ingeniero palideció.
—Los libios no le autorizaron a llevarse esta estatua,
por la sencilla razón de que, desde hace cinco años,
¡establecieron el embargo total sobre todas las
antigüedades de su patrimonio nacional!
Paul Henri de Serre se tambaleó y se dejó caer en un
sillón. Su cara, de ordinario rubicunda, se había puesto
repentinamente lívida, y le temblaban las manos.
—¡Eso es absurdo! —protestó, jadeando—. ¡Es
insensato!
Bertrand le dominaba con su alta estatura;
hubiérase dicho un Torquemada condenando a un
hereje al fuego eterno.
—Vengo del Quai. He hablado con nuestros amigos
en Trípoli. Y he tenido ocasión de enterarme de sus
desdichas en la India. Me ha estado mintiendo desde
que crucé esa puerta. Me ha mentido sobre el
funcionamiento del reactor y sobre la manera en que
burlaron los libios los controles de la agencia de Viena.
El general se dejaba llevar por su instinto,
descargando golpes de ciego. Se inclinó y agarró de un
brazo al ingeniero.
—¡Basta de embustes! ¡Ahora va a decirme todo lo
que pasó allá abajo! No dentro de una hora.
¡Inmediatamente!
El general apretó la mano, hasta que el ingeniero
lanzó un gemido.
—Si no lo hace, le aseguro que sus babuchas doradas
se arrastrarán sobre el cemento de una celda de
Fresnes. ¿Qué le parecería una estancia en la cárcel?
La palabra «cárcel» provocó un destello de pánico
en los ojos del ingeniero.
—En Fresnes, amigo mío, no sirven cigarros
«Davidoff» ni coñac «Napoléon» después de la comida,
y las únicas piezas de colección que se pueden
contemplar allí son las cabezas patibularias de los
pobres diablos como usted.
Bertrand sintió que el personaje estaba a punto de
derrumbarse. «Aplástalo —le gritó la voz de la
experiencia—, aplástalo en seguida, antes de que tenga
tiempo de recobrar sus ánimos.» Y la propia voz le dijo
dónde tenía que golpear a su aturdido adversario, cómo
debía acabar con él.
—Pensaba usted jubilarse dentro de unos meses,
¿no? Y me imagino que se preocupa de conservar su
espléndido tren de vida. Lo sé porque me he pasado la
tarde revisando sus cuentas bancarias. ¡Comprendida la
que incrementa regularmente en el «Banco Cosmos» de
Ginebra!
Paul Henri de Serre se estremeció.
—Va usted a colaborar. Monsieur De Serre. Si no,
me veré obligado a meter las narices en sus negocios,
hasta el último céntimo. Aflojó su presa. Su tono se
suavizó.
—Monsieur De Serre, el motivo de mi presencia en
su casa es tan grave, que puedo hacerle una promesa. Si
me ayuda usted a resolver mi problema, me
comprometo a hacer desaparecer de su expediente todo
lo que pueda mancillar su honor, incluida su pequeña
aventura india. Aunque para ello tuviese que interceder
en su favor ante el presidente de la República.
El rostro de De Serre se había puesto ahora gris.
«¡Dios mío —pensó Bertrand—, a este truhán le va a dar
un ataque cardíaco!» En realidad, el ingeniero dejó caer
su copa de coñac, se llevó la mano a la boca y vomitó
hasta la primera papilla sobre la chaqueta de terciopelo
y el pantalón de smoking. Encogido, apoyada la cabeza
en las rodillas, estalló en sollozos.
—Yo no quería hacerlo gimió—. ¡Ellos me obligaron!
Bertrand recogió la copa, se dirigió al mueble bar y
la llenó de «Fernet Branca», el verdoso licor que
resucita los estómagos mareados. Inútil seguir haciendo
de gran inquisidor: había ganado la partida... De Serre
bebió un trago de «Fernet Branca», que le reanimó un
poco.
—Así, pues, lo obligaron —dijo Bertrand, con la voz
tranquilizadora de un médico de familia en la cabecera
de un amigo enfermo—. Esto puede ser una
circunstancia eximente. Cuéntemelo todo. Empiece por
el principio.
—¡Yo no quería! —hipó de nuevo De Serre—. Tenía
la costumbre de ir todos los fines de semana a Leptis
Magna. A veces se podía descubrir algo allí, en
particular después de un vendaval, debido a los
derrumbamientos. Me había hecho bastante amigo de
uno de los guardias libios. Por unos cuantos dinares, me
indicaba dónde podía encontrar un fragmento de
estatua, un pedazo de friso, unas monedas. Un día me
invitó a tomar el té en su barraca. Me mostró esa
cabeza... —El ingeniero la contempló con el dolor de un
viejo enamorado a quien va a abandonar la elegida de su
corazón—. Me la ofreció por diez mil dinares.
—Una cantidad irrisoria, diría yo, por una pieza
como ésa.
—Cierto. Vale millones. Dos semanas después, fui a
pasar las fiestas de Pentecostés en París. Los libios no
habían abierto nunca mis maletas. Entonces decidí
llevarme la cabeza.
—Y en el aeropuerto, ¡los aduaneros se arrojaron
sobre su maleta!
—Sí.
—Está claro que le tendieron una trampa. ¿Y
después?
—Me metieron en la cárcel: un agujero negro, sin
ventanas. Ni siquiera podía estar de pie. No había cama,
ni una silla, ni sumidero: nada.
«¡Pobre diablo! —pensó Bertrand—. Conocía esa
clase de lugares. No era extraño que casi se hubiese
desmayado cuando le había hablado de la cárcel.» El
ingeniero asió el brazo del general.
—Estaba lleno de ratas. Corrían sobre mi cuerpo. Me
daban un tazón de arroz al día. Y tenía que apresurarme
a tragarlo antes de que las ratas saltasen dentro de la
taza. —De Serre hipaba cada vez más—. Enfermé de
disentería. Durante tres días permanecí echado sobre
mis excrementos, pidiendo socorro a gritos. Por fin
vinieron. Me dijeron que había vulnerado las leyes de
protección de las antigüedades nacionales. No me
dejaron llamar al cónsul. Me dijeron que permanecería
un año en aquella prisión, a menos que...
—¿A menos que les ayudase a sacar el plutonio del
reactor?
De Serre asintió con la cabeza.
Bertrand se levantó para volver a llenar la copa de
«Fernet Branca».
—Después de todo lo que tuvo que sufrir, ¿quién
podría reprochárselo? —dijo, ofreciéndole la copa—.
¿Cómo lo hizo?
De Serre bebió un trago y se esforzó en recobrar la
calma.
—Fue relativamente fácil. La avería más frecuente
en un reactor de agua ligera se debe a una anomalía en
la carga de combustible. Por ejemplo, una fisura en la
vaina de uno de los barrotes que contienen las pastillas
de uranio. Los residuos radiactivos que se acumulan en
estas vainas a medida que se quema el uranio se
escapan por las fisuras, pasan al agua de refrigeración
del reactor y la contaminan. Simulamos que había
pasado esto.
—Pero —objetó Bertrand, recordando las
explicaciones de su asesor científico—, ¡esos reactores
son máquinas muy perfeccionadas! ¡Poseen una enorme
cantidad de dispositivos de seguridad! ¿Cómo pudieron
organizar una comedia semejante?
De Serre sacudió la cabeza como para expulsar los
recuerdos de la pesadilla que había vivido.
—Los reactores son, en efecto, obras maestras de
perfección. Están equipados con innumerables sistemas
de seguridad sin duda inviolables. El punto vulnerable
está en los pequeños accesorios.
De Serre hizo una pausa.
—Mire usted: yo tenía un buen amigo que conducía
coches de carreras. Un día le acompañé al Grand Prix de
Mónaco. Entonces corría él en un «Ferrari», y el
Commendatore le había confiado un nuevo prototipo de
doce cilindros, soberbio. Valía millones. El coche sufrió
una avería al pasar por primera vez ante el «Hotel de
París». No a causa de una deficiencia del magnífico
motor del Signore Ferrari, sino de una junta de caucho
de dos francos que no había resistido el golpe.
»En el caso de nuestro reactor, empleamos el
instrumento que mide la radiactividad en cada uno de
los tres compartimientos de combustible. Como todos
los instrumentos de esta clase, funciona gracias a un
reóstato que parte de cero. Con una simple modificación
del reglaje de este aparato, conseguimos que indicase la
presencia de radiactividad, siendo así que en realidad
no había ninguna. Tomamos una muestra del líquido de
refrigeración y la enviamos al laboratorio para su
análisis. El laboratorio en cuestión era dirigido por
libios y nos dio la respuesta deseada.
—¿Y qué hicieron después con los inspectores de
Viena?
—Escribimos a la Agencia Internacional de Energía
Atómica diciendo que teníamos que parar el reactor
para retirar una carga de uranio defectuosa. Por correo,
desde luego, para ganar unos días. Tal como habíamos
previsto, enviaron un equipo de inspectores para
supervisar las operaciones de sustitución del uranio
«defectuoso».
—¿Cómo les convencieron de que había realmente
algo anormal en las barras de uranio?
—No tuvimos que hacerlo. Nos bastó con exhibir los
documentos de informática que atestiguaban que
nuestros contadores habían detectado vestigios de
radiactividad. Y los presuntos resultados de los análisis
del laboratorio libio. De todas maneras, el uranio que se
sacó de allí era tan radiactivo, que nadie se habría
atrevido a examinarlo de cerca.
—¿Y les creyeron?
—Lo único que les extrañó fue que las tres cargas de
uranio se revelasen defectuosas al mismo tiempo. Pero,
como todo el uranio era de la misma procedencia, la
cosa podía parecer verosímil. Digamos que estaba en el
límite de lo verosímil.
—¿Y cómo se las arreglaron para extraer el uranio
del depósito donde lo habían dejado al salir del reactor?
Las cámaras de los inspectores de Viena, colocadas en
el fondo del depósito, ¿no tienen precisamente por
misión comprobar cada quince minutos que el uranio
sigue en su sitio?
—Los libios se encargaron de resolver este
problema. Las cámaras que utiliza la agencia de Viena
son «Psychrotonics» fabricadas en Austria. Hicieron
comprar media docena por uno de sus intermediarios.
Cada aparato tiene dos objetivos, un gran angular y un
50 mm normal, que son regulados para que se disparen
a intervalos regulares. En el depósito hay varios puntos
de amarre fijos para estas cámaras. Los libios habían
hecho auscultar las de la agencia de Viena, valiéndose
de estetoscopios sumamente sensibles, hasta conocer el
ritmo exacto de sus tomas de vistas. Con sus propios
aparatos habían filmado ya, exactamente desde el
mismo sitio, la escena que habían de tomar las cámaras
de la agencia. Habían hecho ampliaciones de tamaño
natural de los clisés, y las colocaron en el depósito,
delante de los objetivos de las cámaras de la agencia, de
manera que, en realidad, lo único que hicieron estas
cámaras fue filmar una foto. Gracias a este truco,
pudieron llevarse tranquilamente sus barras de uranio.
Bertrand pensó de nuevo en las explicaciones de su
asesor científico.
—Pero, ¿cómo consiguieron engañar a los
inspectores, cuando éstos volvieron para asegurarse de
que las barras de uranio seguían en su sitio en el
depósito?
¡Esto no ofrecía la menor dificultad! Cuando los
libios se llevaron del depósito las barras de uranio
verdaderas, llenas de plutonio, las sustituyeron por
barras falsas, tratadas con cobalto 60. El cobalto 60 da
el mismo fulgor azulado (el efecto Gzermikon) que el
uranio que se ha quemado en un reactor. Daba las
mismas indicaciones en los contadores de detección
colocados por los inspectores de Viena.
La astucia de los técnicos libios causó admiración al
general Bertrand. «¿Por qué —se dijo—, estamos
siempre a punto de denigrarlos, de convencernos de que
son incapaces de igualarnos, simplemente porque son
árabes, o negros, o lo que fueren?»
—¿Y cómo pudieron extraer el plutonio contenido
en el uranio?
Ya no había hostilidad en la voz del general; más
bien un sentimiento de compasión por el hombre
destrozado que tenia delante.
—No tuve que intervenir personalmente en ello.
Sólo vi una vez el lugar donde hacían el trabajo. Era una
instalación agrícola cerca del mar, a unos veinte
kilómetros del reactor. Se habían procurado en los
Estados Unidos los planos de una pequeña fábrica de
extracción de plutonio. Una sociedad norteamericana,
la «Phillips Petroleum», vendía esta clase de
información en los años sesenta. Comprendía
explicaciones muy detalladas de la cadena de
operaciones químicas adecuadas, y diseños de los
diferentes aparatos necesarios para extraer el plutonio.
—¿Y pudieron hacerse con todo el material que les
era necesario?
—Supieron arreglarse —respondió De Serre,
levantando los brazos—.Compraron a los pakistaníes
una de las tres cizallas hidráulicas que sirven para
cortar las barras de uranio y que Francia había
entregado a Islamabad. Es un material muy
especializado, que sólo se fabrica en América y en
Francia.
Por primera vez, Bertrand vio que una tímida
sonrisa iluminaba el pálido rostro del ingeniero.
—¿No es curioso pensar que esa cizalla, que
constituye uno de los principales secretos de toda la
tecnología nuclear, pueda fabricarse en una pequeña
cerrajería de la región parisiense? ¡Pero volvamos a los
libios! Le decía que supieron arreglarse. En realidad,
abreviaron los procedimientos. Descuidaron ciertas
precauciones fundamentales de seguridad. Pero lo
cierto es que todo lo indispensable para la construcción
de una fábrica semejante puede hoy en día obtenerse en
el mercado mundial. No hay nada tan raro que uno no
pueda procurárselo. Sobre todo cuando se cuenta, como
Gadaffi, ¡con los miles de millones del petróleo!
—¿No se trata de operaciones sumamente
peligrosas?
Bertrand recordaba la advertencia de su joven
consejero, aquella misma mañana, a propósito del
peligro de irradiación. De Serre pareció de pronto
incomodado por el mal olor de su ropa.
—¡Dios mío! Tengo que cambiarme... —gruñó—.
Escuche: todos eran voluntarios. Palestinos. No quisiera
tener que suscribir una póliza de seguros sobre sus
vidas. Dentro de cinco años, de diez años... —dijo,
encogiéndose de hombros—. Pero tuvieron su plutonio.
—¿Cuántas bombas son capaces de fabricar?
—Me dijeron que llegaban a extraer dos kilos de
plutonio al día. Lo bastante para hacer dos bombas por
semana. Esto era en junio pasado. En total, y
considerando un margen de error, diría que pudieron
extraer lo suficiente para fabricar unas cuarenta
bombas.
Bertrand lanzó un pequeño silbido, que hizo caer la
ceniza del cigarro sobre su chaqueta.
—¿Podría reconocer a algunos de los químicos en
fotografía?
—Quizás. El hombre con quien estaba yo en
contacto no era libio, sino palestino. Un tipo bastante
fuerte, con bigote. Hablaba francés a la perfección.
Nunca me dijo su nombre.
—Bueno, vaya usted a cambiarse de ropa, Monsieur
De Serre. Saldremos juntos.
El ingeniero dirigió una desesperada mirada al
director del SDECE.
—¿Significa eso que estoy...?
—De momento, le confieso que su suerte personal es
lo que menos me preocupa. Tenemos que resolver un
problema, ¡y cuento con usted para ayudarnos!
El ingeniero se levantó y se dirigió a la puerta.
—Voy a arreglarme.
Bertrand le cerró el paso.
—Dadas las circunstancias, ¡no se ofenderá si le
acompaño!
En las crisis internacionales, llega un momento en
que el hombre responsable del destino de un país siente
la necesidad de apartarse de su círculo oficial para
aislarse con un íntimo amigo, con un confidente. En las
horas sombrías que siguieron a Pearl Harbor, Franklin
D. Roosevelt se había vuelto a la frágil silueta de Harry
Hopkins. La voz que Jack Kennedy había escuchado
durante la crisis de los misiles de Cuba había sido la de
su hermano Robert. Después del fracaso de su última
conversación con Gadaffi, el presidente acababa de
aislarse con Jack Eastman. Paseaba lentamente por la
galería con columnas que unía el ala Oeste de la Casa
Blanca con su residencia. El sol de la tarde era tibio, y la
nieve se fundía en el borde de la cornisa en un encaje de
gotitas. En el extremo de la galería, un agente del
servicio de protección montaba discretamente guardia.
El presidente guardaba silencio.
—Jack —dijo al fin—, tengo la impresión de haber
sido atacado por un virus misterioso y de ser refractario
a todos los remedios milagrosos que recetan los
médicos.
Se volvió hacia el fondo del parque y contempló el
enorme árbol de Navidad que había de inaugurar
oficialmente dos horas más tarde, como demostración
tradicional de consuelo y de esperanza, como
afirmación de la permanencia de ciertos valores que él
encarnaba a los ojos de sus compatriotas, tanto en los
días dichosos como en los días difíciles. Pero la
esperanza, pensó, podía faltar esta vez a la cita. Apoyó
una mano en el hombro de Eastman.
—Y ahora, Jack, ¿qué camino hemos de tomar?
Eastman esperaba la pregunta.
—Desde luego, no el que lleva a Gadaffi. Se vería
usted obligado a arrastrarse a sus pies. A pesar de lo que
afirman los psiquiatras, no creo que se le pueda
convencer de que renuncie a su propósito. Después de
haberle oído, no me hago ilusiones.
—Yo tampoco.
El presidente se frotó nerviosamente la cabeza.
—Nos queda Begin.
—Begin, ¡o que los sabuesos encuentren esa maldita
bomba!
Los dos hombres reanudaron su paseo.
—Hay que ofrecer a Begin un pacto sólido que le
garantice las fronteras israelíes del 67, a cambio de su
retirada de Cisjordania. Y hacer que los rusos
intervengan en el tratado. ¡Me parece la única solución
razonable para salir de este atolladero!
El presidente observó la reacción de su consejero.
—Quizás. —Eastman tenía la cabeza gacha—. Pero,
en el presente estado de cosas, me parece improbable
que Begin acepte. A menos que esté usted dispuesto a
ponerle la pistola en el pecho. ¿Recuerda lo que dijo a
uno de nuestros generales ayer noche? ¿Está usted
resuelto a no andarse con chiquitas, a expulsar a los
colonos por la fuerza, si hace falta? ¿O, al menos, a
amenazar con hacerlo?
El presidente pareció perplejo. Esta eventualidad no
era muy agradable. Pero lo era mucho menos la
perspectiva de ver desaparecer Nueva York bajo una
explosión nuclear.
—No tengo alternativa, Jack. Es preciso que me
agarre a Begin. Bueno, ¡volvamos allá!
Joseph Holborn, el director del FBI, esperaba que
regresasen los dos hombres.
—Acabo de hablar por teléfono con Nueva York
—dijo—. La bomba está allí. Han descubierto señales de
radiactividad en un almacén de Queens, donde se
supone que estuvo oculta unas horas el viernes pasado.

Otro personaje se había eclipsado de la sala del


Consejo Nacional de Seguridad. El secretario de
Energía, Delbert Crandell, corría por un pasillo del
sótano del ala Oeste de la Casa Blanca, en busca de una
cabina telefónica. En cuanto encontró una, marcó
febrilmente un número. El timbre sonó largo rato, hasta
que respondió una voz de mujer.
—¿Qué te ha pasado? —gimió Cindy Garret, con voz
pastosa—. Te he esperado hasta las cinco de la mañana,
y he acabado por tragarme dos somníferos.
—Te lo explicaré más tarde —dijo Crandell,
presuroso—. Ahora tengo que pedirte algo muy urgente.
Cindy se había cubierto el pecho con la sábana
bordada, encendido un cigarrillo y apoyado el auricular
en la almohada. Esta rubia de veintitrés años y nariz
respingona procedía de un pueblo de Alabama, el cual
había abandonado cuando la dejó embarazada el
ayudante del sheriff local. Llegada a Washington, había
encontrado un empleo de recepcionista en la secretaría
del diputado de su Estado. Su conquista de la capital
había estado a punto de fracasar cuando el diputado en
cuestión la había visto desnuda en un número de
Playboy. Despedida de su empleo, Cindy se había
salvado gracias a un encuentro provindencial con el rico
texano Delbert Crandell, que la había instalado en una
lujosa bombonera de Washington, a pocas calles de su
casa. Iban a pasar todos los fines de semana en Nueva
York, donde Crandell poseía un soberbio apartamento.
—¿Qué quieres que haga? —preguntó, con su dulzón
acento del Sur.
—Que tomes el coche y te largues en seguida a
Nueva York. Ve al apartamento y...
—No puedo ir ahora a Nueva York —gruñó ella—.
Tengo concertada una depilación para dentro de una
hora.
—¡Al diablo tu depilación! —rugió Crandell—. ¡Vas
a hacer lo que te digo! ¡Y sin perder momento! ¿Ves el
cuadro de encima de la chimenea?
—¿Ese que brilla tanto como si se hubiesen meado
encima de él?
—El mismo.
Eso que «brillaba tanto» era un Jackson Pollock
valorado, por los aseguradores, en trescientos cincuenta
mil dólares.
—¿Y el de la izquierda del televisor?
—¿El del ojo en medio de la cara?
—Sí. —Se trataba de un Picasso—. Descuélgalos los
dos, así como el de la mujer del dormitorio, delante de
la cama. —Crandell no consideró necesario identificar
mejor su Modigliani—, y tráelos aquí. ¡A toda prisa!
Crandell oyó un concierto de protestas en el otro
extremo de la línea.
—¡Cierra el pico y sal inmediatamente!
Colgó en seguida para marcar otro número. Esta vez
quería hablar con su agente inmobiliario de la empresa
Douglas Ellman, de Nueva York.
Unos minutos más tarde, con aire aliviado, volvía a
su sitio entre sus colegas del Consejo Nacional de
Seguridad.

La exigüidad del despacho del alcalde de Nueva


York ofrecía un curioso contraste con la inmensidad de
la ciudad que administraba. Muchas secretarias
disponían de más espacio en los silos de cristal de
Manhattan. Sentado a su mesa de palisandro, Abe Stern
contemplaba el retrato de su ilustre predecesor, Fiorello
Laguardia, tratando de ahogar la rabia que bullía en su
interior. Lo mismo que el presidente, se esforzaba en
cumplir los deberes de su cargo como en tiempo
normal. Su último esfuerzo en este sentido había
consistido en recibir al enjambre zumbador de
periodistas acreditados en el Ayuntamiento y tratar de
explicarles la logística del barrido de la nieve en las
calles de Nueva York. Tan pronto como salió el último
reportero, hizo entrar al visitante que estaba esperando.
Era el director del presupuesto municipal.
—¿Qué quiere usted? —había gritado al tímido
funcionario.
—El jefe de Policía desea movilizar todas las fuerzas
de policía para no sé qué asunto urgente, señor.
—¡Bueno! ¡Que las movilice!
—Esto significa —protestó el director del
presupuesto— que habrá que pagar horas
extraordinarias.
—¿Y bien? ¡Que se paguen!
Stern se halla en el colmo de la exasperación.
—¡Jesús! ¿Se da cuenta Su Señoría del golpe que
esto significa para nuestras finanzas?
—¡Me importa un bledo! Por el amor de Dios, ¡dele
al jefe de Policía lo que pide!
—Muy bien, muy bien —balbució el director del
presupuesto, abriendo su cartera de documentos—;
pero, en este caso, tendrá que firmarme la autorización.
Stern arrancó la hoja de papel de manos del
funcionario y garrapateó su firma, mientras sacudía la
cabeza con aire consternado. «¡El último varón sobre la
Tierra será, sin duda, un burócrata!» pensó.
Diez minutos más tarde, el viejo edil subía a un
helicóptero con el experto de Washington, Jeremy
Oglethorpe, a fin de efectuar un reconocimiento aéreo
de las vías de evacuación de Nueva York. El jefe de
Policía, Bannion, y el teniente Walsh habían tomado
asiento en la banqueta de atrás. En cuanto los rotores
impulsaron la burbuja de plexiglás a través del cielo,
Stern sintió palpitar su viejo corazón; su ciudad se
apoderó de él. Nueva York estaba allí, a sus pies; Babel
centelleante bajo el sol, soberbia, vibrante, agresiva con
sus torres vertiginosas surgiendo como tótems, sus
aceras convertidas en hormigueros multicolores, sus
cañones rectilíneos con oleadas de taxis amarillos, su
ballet acuático de embarcaciones danzando alrededor
de Manhattan en sus estelas de espuma. Su ciudad, su
familia, su gente, de la que casi percibía el rumor. «¡No
es posible, no, no es posible que todo eso desaparezca
de golpe!» La voz del experto de Washington le arrancó
de su sueño de horror.
—El Metro planteará un grave problema —declaró
Oglethorpe—, a menos que encontremos la manera de
evacuar a la gente sin decirles la razón.
—¿Sin decirles la razón? —se desgañitó Stern—. ¿Ha
perdido usted el juicio? En esta ciudad no se puede
hacer nada sin dar explicaciones a la gente. ¿Sabe lo que
pasa aquí? Si quiere movilizar el Metro, habrá que
avisar, ante todo, al jefe del sindicato de conductores, y
decirle que sus hombres tendrán que hacer horas
extraordinarias. «Una urgencia», le diremos. «¿Qué
urgencia?», preguntará él. Y después, nos dirá:
«Esperen; tengo que avisar a mi colega del sindicato de
empleados municipales.» Y éste querrá avisar a su
colega del sindicato de bomberos. Y así sucesivamente.
¡Nueva York es así, Mr. Oglethorpe!
Deslizándose entre las cimas de Wall Street, el
helicóptero llegó sobre la punta de Manhattan.
—Entonces, la única solución es la evacuación por
carretera —declaró Oglethorpe, mirando a los niños que
se lanzaban bolas de nieve en Battery Park. Señaló hacia
abajo con el dedo—. Pero aquí, en este rincón de la
ciudad, tropezaremos con grandes dificultades. Los
túneles del bajo Manhattan sólo tienen dos carriles. Con
un máximo de setecientos cincuenta vehículos por hora
y por carril, y cinco pasajeros por vehículo, esto significa
que sólo podrían salir siete mil quinientas personas por
hora.
Oglethorpe suspiró, visiblemente abrumado por la
enormidad del problema.
—Y, sólo aquí, ¡hay que trasladar a un millón de
personas! La Policía tendrá que tomar medidas
draconianas para impedir el pánico. Quiero decir, señor
alcalde, que sus policías tendrán que estar dispuesto a
disparar contra los que traten de colarse en las filas de
espera.
—En este caso —dijo secamente el teniente Walsh—,
¡puede usted contar con que habrá que liquidar a nueve
habitantes de cada diez!
El helicóptero había dado la vuelta y remontaba el
Hudson, a lo largo del centro de Manhattan.
—Afortunadamente, aquí será más fácil —prosiguió
Oglethorpe, animándose de pronto—. Tenemos los seis
carriles del túnel de Lincoln, los nueve del puente de
Washington y los doce de las dos autopistas que se
dirigen al Norte. Esto representa más de cien mil
personas por hora.
La voz del experto había enronquecido a causa del
esfuerzo por hacerse oír en el ruido de los rotores. Y, sin
embargo, no cejaba, esclavo de sus números, de sus
estadísticas, de todos los años pasados allá abajo, en
Washington, buscando en los mapas y los ordenadores
las soluciones de un problema imposible.
Abe Stern había dejado de escucharle. «Ese tipo
divaga» pensaba. Se volvió al jefe de Policía, esperando
descubrir en su semblante un destello de esperanza.
Pero sólo vio en las facciones de su viejo amigo un
reflejo de su propio desaliento.
—Es imposible evacuar esta ciudad, ¿verdad
Michael?
—Imposible, Abe.
Bannion contempló el gigantesco apiñamiento de
edificios en la estrecha franja de tierra rodeada de agua.
—Hace treinta o cuarenta años, quizás habría
podido hacerse. ¿Quién sabe? Sin duda la gente habría
mostrado entonces bastante disciplina.
Pero ahora...
Meneó tristemente la cabeza, al recordar los viejos
tiempos.
—Hoy no hay manera de conseguirlo. Hemos
cambiado demasiado.
Oglethorpe, incansable, seguía recitando las
medidas que iba a tomar para organizar el acceso a los
túneles y a los puentes.
—¡Cállese! —acabó por gritar Abe Stern—. Todo este
asunto es pura locura. No perdamos el tiempo. Es
imposible evacuar esta ciudad. Voy a decírselo al
presidente. ¡Estamos cogidos en una trampa!
Se inclinó hacia delante y dio una palmada en el
hombro del piloto.
—Dé media vuelta. ¡Volvemos a casa!
El helicóptero describió una curva cerrada. El
panorama de Manhattan basculó entonces hacia el cielo.
«Una visión simbólica —pensó Stem—, del mundo patas
arriba en que nos hallamos prisioneros.»
OCTAVA PARTE
HIJOS E HIJAS DE ISRAEL:
ESTA TIERRA ES VUESTRA TIERRA

La escena que se desarrollaba a nueve mil


kilómetros de Nueva York ofrecía una imagen idílica de
serenidad familiar. Sentada al piano de cola de la
residencia del Primer Ministro de Israel, Hassia, la hija
más joven de Menahem Begin desgranaba para su padre
las cristalinas notas de un estudio de Chopin. Una
menorah estaba colocada sobre el antepecho de la
ventana. El propio Begin había encendido una de sus
siete velas hacía una hora, para marcar el comienzo de
la primera noche de Hanukka, la fiesta de las Luces, que
conmemoraba la reconquista de Jerusalén por Judas
Macabeo.
Estaba sentado en un sillón de cuero, cruzadas las
piernas, apoyado el mentón en la mano, aparentemente
absorto en la música. Pero, a decir verdad, sus
pensamientos estaban en otra parte, en otro universo.
En el centro de la crisis con que se enfrentaba su país.
Sus fuerzas armadas se hallaban en estado de alerta.
Acababa de llamar al gobernador militar de los
territorios ocupados y a su Embajada en Washington:
Cisjordania estaba tranquila. Si estaban al corriente de
la terrorífica acción emprendida a su favor, los
palestinos no lo dejaban traslucir en absoluto. Idéntico
mutismo en Washington. Nada se había filtrado que
pudiese revelar al público norteamericano la crisis en
curso. Peor aún: los informadores titulares de los
israelíes en el interior de la Casa Blanca habían
observado el mismo silencio.
La joven pianista se interrumpió al entrar su madre
en la estancia.
—Menahem, el presidente te llama desde
Washington.
Hassia vio que se ensombrecía el semblante de su
padre. Éste le dirigió una cariñosa sonrisa y se alejó
pesadamente. «Parece muy fatigado», se dijo ella.
Begin entró en su despacho, situado en el otro
extremo de la casa; desde él había sostenido por la
mañana su primera conversación telefónica con el jefe
del Estado norteamericano. Escuchó, impasible, el
relato que le hacía el presidente de sus difíciles
negociaciones con Gadaffi,y, después, su propuesta de
solución para resolver la crisis: los Estados Unidos
ofrecían a Israel garantizar con su fuerza disuasoria
nuclear sus fronteras de junio de 1967. El presidente del
Presidium del Soviet Supremo se había avenido ya a
hacer participar a la Unión Soviética en esta iniciativa.
A cambio de ello, el Gobierno israelí debía anunciar su
inmediata decisión de retirarse —fuerzas armadas,
administración, colonias de población— de los
territorios ocupados y de restituirlos a la jurisdicción
árabe.
Begin había palidecido al escuchar los términos del
trato, pero permaneció completamente tranquilo.
—Dicho en otras palabras, señor presidente, usted
nos pide, a mí y a mi país, que nos dobleguemos al
chantaje de un tirano.
—Lo que yo le pido —replicó el presidente— es sólo
que acepte la única solución razonable a la más trágica
crisis internacional con que jamás se haya enfrentado el
mundo.
—La única solución razonable era la que los rusos
nos impidieron aplicar esta mañana..., con o sin la
complicidad de su país.
Como de costumbre, el líder judío había hablado con
voz ponderada sin delatar en absoluto el tumulto
interior en que se agitaba.
—Si su intervención hubiese sido razonable —arguyó
el presidente—, yo habría sido el primero en proponerla.
Pero mi mayor preocupación en esta crisis, Mr. Begin,
es salvar vidas humanas. Impedir el holocausto de seis
millones de neoyorquinos inocentes, número igual al de
judíos asesinados por los nazis, y de dos millones de
libios también inocentes.
—¿Se da usted cuenta de que nos pide que
pisoteemos los cimientos mismos de nuestra soberanía
nacional, para ceder a un acto criminal sin precedentes
en la Historia y capaz (usted mismo lo ha dicho esta
mañana), de destruir las bases de la paz mundial y del
orden internacional?
—¡Mi proposición no afecta para nada a su
soberanía, señor Primer Ministro! —Begin percibió la
exasperación del presidente—. Israel no tiene ningún
derecho de soberanía sobre Cisjordania, ¡ni lo tuvo
jamás! Esos territorios fueron atribuidos en 1947 por las
Naciones Unidas a los árabes de Palestina, al mismo
tiempo que el pueblo judío recibía un Estado nacional.
—Lamento tener que decirle, señor presidente, que
Judea y Samaria no tenían que ser repartidas por las
Naciones Unidas. —La fe vibraba en la voz del líder
israelí—. Esas tierras fueron dadas al pueblo judío por
el Dios de nuestros antepasados, de una vez para
siempre.
—Sin embargo, no puede usted pretender, como
hombre de Estado responsable del siglo XX, de la Era
termonuclear, ¡gobernar el mundo a base de una
tradición religiosa incierta y de cuarenta siglos de
antigüedad!
—Esta «tradición religiosa incierta», como usted la
llama, ¡nos ha sostenido y alimentado, nos ha
preservado y mantenido unidos, durante cuatro mil
años! El derecho de un judío a instalarse en esta tierra
es tan inalienable como el de un norteamericano a vivir
en Nueva York o en California.
—¿El derecho a instalarse en la tierra de otro
pueblo? —El presidente norteamericano se indignó—.
Mr. Begin, ¡no puede usted hablar en serio!
—Jamás he hablado más en serio, señor presidente.
En realidad, lo que usted quiere es que Israel se someta
a un diktat que reprueba, a un diktat que pone en
entredicho el principio mismo de su existencia. Si nos
forzase usted a abandonar Judea y Samaria para
obedecer a un dictador totalitario, convertiría de nuevo
al pueblo judío en un pueblo de esclavos, destruiría
nuestra fe en nosotros mismos y en nuestra patria.
—Mi proposición ofrece precisamente a su país lo
que viene reclamando desde hace tanto tiempo: la
garantía solemne de su supervivencia. Lejos de debilitar
su voluntad nacional, la reforzaría.
La manera pausada, casi meticulosa, con que
hablaba el presidente, revelaba a Menahem Begin el
esfuerzo que hacía para dominarse.
—¡La garantía de nuestra supervivencia! ¿Qué
confianza cree que tendrá mi pueblo en su garantía,
cuando se entere de que América, la única nación que se
dice amiga nuestra, aliada nuestra, nos habrá obligado
a actuar contra nuestra voluntad, nuestros intereses y
nuestro derecho a la existencia? Es como si... —Begin
vaciló un segundo en expresar lo que ardía en deseos de
decir; pero sus convicciones eran tan fuertes, que no
pudo contenerse—: Es como si Franklin D. Roosevelt
nos hubiese dicho, en 1939: «Vayan a los campos nazis.
Yo les garantizo el buen comportamiento de Hitler.»
El presidente sintió que perdía la paciencia. Begin,
Gadaffi: se encontraba preso entre dos voluntades
inflexibles, entre dos fanatismos religiosos.
—Señor Primer Ministro, no pongo en duda el
derecho de Israel a su existencia. ¡Pero sí el derecho de
Israel a seguir una política tendente a anexionarse la
tierra de otro pueblo!
Hubo una larga pausa. El presidente fue el primero
en hablar de nuevo.
Su voz era cálida, casi vibrante.
—El pacto de protección que le propongo garantiza
para siempre la existencia de Israel. Con sólo renunciar
a los territorios árabes que conquistaron ustedes por las
armas, dará la paz a su país y salvará la vida de seis
millones de neoyorquinos. En cambio, si insiste usted
en su negativa, quiero que sepa que no permitiré que
mis compatriotas sean asesinados, sin intentar una
última acción. Y ésta será, sin duda, la orden más
dolorosa que tendré que dar en mi vida. Declaro
solemne-mente, Mr. Begin, que, si no evacuan ustedes
inmediatamente sus colonias de Cisjordania, ¡las
Fuerzas Armadas de los Estados Unidos se encargarán
de hacerlo!
Begin estaba aterrado. Por fin estallaba en pleno día
la amenaza de recurrir a la fuerza contra Israel que
había sentido cernerse en el aire desde el principio de su
conversación con el presidente norteamericano. Una
extraña visión surgió de las profundidades de su
memoria. Él no era más que un niñito de cuatro años,
temblando detrás de la ventana de su casa de Lodz, en
Polonia, cuando una horda de cosacos había entrado al
galope en su ghetto, blandiendo unos garrotes grandes
como sables, machacando las cabezas y las espaldas de
los judíos y pisoteando sus cuerpos con los cascos de sus
caballos.
—Señor presidente —dijo, con voz enronquecida por
la tristeza—, Israel es una democracia. No puedo asumir
la responsabilidad de aceptar o rechazar su
proposición... o, más exactamente, su ultimátum. Sólo
mi Gobierno puede hacerlo. Convocaré una reunión
urgente del Gabinete y le comunicaré sus decisiones.
Después de colgar el teléfono, Begin pidió un vaso
de agua a su mujer. Temblando ligeramente, tomó una
de las píldoras que le habían recetado los médicos para
casos de gran tensión. Acababa de dejar el vaso cuando
el teléfono sonó de nuevo. Esta vez era el ministro del
Interior.
—Ehud —le dijo, después de escucharle un
momento—, ¡ciérreles el paso! No podemos dejar que
hagan eso. ¡Sobre todo esta noche!

En invierno anochece muy pronto en Nueva York, y


el crepúsculo de aquel lunes 14 de diciembre envolvía ya
la ciudad. Los cuatro hombres apostados detrás de la
ventana del perista Benny Moscowitz podían apenas
distinguir con sus gemelos los rasgos de los clientes que
entraban en el «Brooklyn Bar & Grill» de la esquina de
la calle.
¡Mierda! —gruñó Angelo—. Si ese hijo de puta de
árabe no se da prisa en llegar, no tendremos más
remedio que encerrar a Benny en la jaula con el cartón
de «Tampax».
El «cartón de Tampax» era un viejo truco empleado
por la Policía. Consistía en proteger el anónimo de un
confidente encapuchándole con un cartón de cajas de
«Tampax» en el que se habían hecho dos agujeros.
Benny consultó su reloj. Eran casi las cinco.
—Debería llegar ahora —murmuró—. Siempre lo
hace a las cinco en punto.
—Va a pasarlo mal si ese árabe no aparece —gruñó
alguien detrás de Angelo.
El policía comprendió la alusión y se volvió. Había
hablado el director adjunto de la oficina del FBI en
Nueva York. Su jefe, Harvey Hudson, le había enviado
allí para dirigir la operación de captura del árabe, en
cuanto se habían enterado en el Puesto de Mando de las
revelaciones del perista. Otros varios Feds iban y venían
pasando por delante del escritorio de la secretaria de
pestañas postizas que golpeaba el suelo con los pies
mientras escuchaba en su transistor las canciones del
hit parade de la semana, indiferente al tumulto que se
había armado a su alrededor.
La colaboración del perista había sido total. Su
cliente árabe, que venía todas las noches a beber su
seven and seven en el «Brooklyn Bar & Grill» de la
esquina de la calle, había establecido contacto con él por
medio del barman. Un día le había alquilado un calibre
38 provisto de silenciador, y se lo había devuelto el día
siguiente sin haberlo disparado. Dos días después, había
dicho al perista que necesitaba «plástico», dos buenas
tarjetas de crédito, sobre todo «frescas», con los
documentos de identidad correspondientes. Benny
había pensado que aquel tipo estaba forrado. Le había
pedido —y conseguido— doscientos cincuenta dólares,
precio muy por encima de la tarifa habitual. Después, el
miércoles de la semana pasada, el árabe le había
encargado un trabajo «a la medida»: hurtar una tarjeta,
el viernes siguiente, a un tipo de unos treinta años, de
estatura mediana, tez mate y cabellos que no fuesen
rubios. Benny había cobrado quinientos dólares por este
encargo.
Estas informaciones habían obligado a los
responsables del Puesto de Mando a reaccionar de
prisa. En efecto, era muy improbable que el árabe en
cuestión hubiese alquilado él mismo la furgoneta
«Hertz». Más bien parecía un intermediario. Pero sólo
él podía llevar a la Policía hasta la persona que le había
contratado. El FBI había pensado al principio apretarle
las clavijas al barman pero el jefe de Policía y el de los
inspectores se había opuesto a ello. Echarle la zarpa al
barman sería correr el riesgo de «estropear» el bar. El
árabe podía enterarse y desaparecer.
Y, en tal caso, la buena pista conduciría al vacío. Era
mejor tender una trampa.
Ningún habitual de Union Street habría podido
sospechar que pasaba algo insólito aquella tarde en la
calle. Sin embargo, el barrio estaba lleno de inspectores
y de Feds. Algunos de ellos, disfrazados de obreros de la
Compañía de electricidad «Consolidated Edison»,
estaban reventando el asfalto con sus martillos
mecánicos. Vistiendo monos azules, iban por turno a
tomarse una cerveza en el mostrador del bar. Una
camioneta con el rótulo de un reparador de televisores
de Queens estaba aparcada detrás del establecimiento.
Desde su interior, cuatro agentes vigilaban la entrada de
servicio del bar. Más lejos, tres negros con aire de
junkies en busca de droga estaban al acecho, para
impedir todo intento de fuga por la Sexta Avenida.
A las 17,05 no había aún señales del árabe en
cuestión. Angelo, sin soltar sus gemelos, empezaba a
impacientarse. No menos impaciente, el director
adjunto del FBI acabó por dirigirse al Fed que montaba
guardia junto al teléfono.
—Llama al Puesto de Mando y dile a Hudson que
sería mejor entrar en el local y pillar al barman.
El Fed se disponía a hacerlo cuando el perista
anunció:
—¡Ahí está!
Señaló a un joven delgado, vestido con una chaqueta
de piel de cordero, que pasó por debajo del centelleante
rótulo de la cerveza «Budweiser» y desapareció en el
interior del «Brooklyn Bar & Grill». Allí, un beep sonó
en el miniauricular de los policías disimulados entre los
parroquianos. Pudieron seguir el avance del árabe hasta
su taburete. Tres asientos más allá, un Fed con jersey de
cuello enrollado y vieja guerrera militar, de aire absorto,
hacía girar su pinta de cerveza entre las manos. Era Jack
Rand. Angelo entró en el bar y recorrió sin prisa el
mostrador. Se detuvo detrás del árabe, que bebía ya
tranquilamente su seven and seven. Sin brutalidad,
pero con firmeza, apoyó en sus costillas el cañón de su
calibre 38, mientras le mostraba su placa de inspector.
—Policía —dijo, en voz baja—. Sal conmigo.
Tenemos que hablarte.
Antes de que pudiese hacer el menor movimiento,
Rand y los tres falsos obreros le habían rodeado.
—¡Hola! —balbució el árabe—. ¿Qué pasa?
—¡Te lo diremos en la Comisaría!

Como de costumbre, el rostro del general Henri


Bertrand permanecía impenetrable. Sin embargo, el
hombre echaba chispas por dentro. Desde hacía más de
una hora, Paul Henri de Serre examinaba las fotografías
de físicos y de terroristas árabes desplegadas sobre la
mesa del director del SDECE. Y aún no había
descubierto alguna cara conocida. El general no dudaba
de su buena voluntad. El hombre estaba dispuesto a
todo para atenuar las consecuencias de sus
tribulaciones libias. Además, durante el trayecto en
automóvil, Bertrand se había convencido de que era
inocente de toda complicidad en la muerte de su colega
Alain Prévost. Este asesinato, así como la trampa
tendida por los libios al mismo De Serre, debían de ser
obra de los Servicios Secretos de Gadaffi. «Esos tipos
han hecho progresos —se dijo—. Quizá el KGB les ha
dado algunas lecciones. Habrá que averiguarlo cuando
acabemos con este asunto.»
Se volvió al ingeniero, que estudiaba por segunda
vez todas las fotografías.
—¿Ninguna cabeza conocida?
—¡Ni una!
—!Vaya mierda!
El «Gitane» tembló en la comisura de los labios del
general. Éste estaba seguro de tener aquí, sobre su
mesa, la totalidad de los documentos disponibles. ¿Por
qué no le había proporcionado la CIA todo lo que tenía?
En cuanto al Mossad, le había dado, sin duda, todas sus
fotos: Bertrand se hallaba, desde hacía casi treinta años,
en las mejores relaciones de confianza y de amistad con
el Servicio de Información israelí. El director del SDECE
estaba perplejo. ¿Tendría que hacer confeccionar un
retrato-robot del sabio palestino? No confiaba mucho
en este procedimiento.
Interrumpió el paseo por su despacho y descolgó el
teléfono. La experiencia le había enseñado que había
que buscar entre las personas más próximas a una de
aquellas que le solían ocultar algo en los asuntos más
delicados. Tuvo que marcar varios números antes de
establecer comunicación con Paul Robert de Villeprieux,
director de la DST, que cenaba esta noche fuera de casa.
—Dígame, querido amigo —preguntó a su colega—,
¿habría por casualidad en sus archivos alguna
información sobre árabes, probablemente palestinos,
implicados en cuestiones nucleares y que no figuren en
mis propios expedientes?
El silencio turbado que siguió hizo sonreír a
Bertrand.
—Creo que no hace falta que le recuerde...
—respondió al fin Villeprieux.
—No se tome ese trabajo, amigo mío. Llame
simplemente al secretario general del Elíseo y pídale la
autorización del presidente de la República para
enviarme inmediatamente todo lo que tenga usted.
Media hora más tarde, un motorista de la rue des
Saussaies traía un estuche al director del SDECE. Éste
sacó de él un voluminoso sobre sellado y con una
inscripción en tinta roja: «El contenido de este sobre
sólo puede ser divulgado con autorización expresa del
presidente de la República, o, si éste se halla ausente del
territorio nacional, con la del Primer Ministro.» En su
interior había un largo informe —que había
permanecido secreto— sobre la infructuosa tentativa de
los Dajani de robar el plutonio de Caradache y sobre su
expulsión de Francia.
Bertrand mostró a De Serre la fotografía de Whalid
Dajani.
—¿Es éste su hombre?
—El ingeniero palideció.
—Sí, es él.
Bertrand le alargó entonces la foto de Kamal.
—¿Y éste?
De Serre examinó atentamente el retrato.
—No me es desconocido... Me parece haberle visto
en el laboratorio de extracción.
—¿Y ella?
Bertrand le había pasado la fotografía de Leila.
—No. Nunca había mujeres con nosotros.
El director del SDECE corrió al teléfono.
—Pónganse en comunicación por radio con Langley11
—ordenó—y digan a nuestro amigo Whitehead que las
fotos de las personas que busca están en camino hacia
Washington.

Ningún sociólogo había podido reunir un


muestrario más significativo de la sociedad israelí que

11
Sede del Cuartel General de la CIA.
aquella muchedumbre heterogénea que acudía, con la
complicidad de la noche, al Muro de las Lamentaciones
de Jerusalén. Había profesores de Física del Technikon
de Haifa, estibadores yemeníes del puerto de Ashdod,
carpinteros de Nazaret,talladores de diamantes de la
calle Dizzengoff de Tel-Aviv, campesinos de los
kibutzim del Neguev y de Galilea. Había un cantante
folklórico, una autoridad mundial sobre el cáncer
linfático, un piloto y dos azafatas de la Compañía
Nacional israelí «El-Al». Había incluso un ex ministro
de Ben Gurión. Convergían de todos los rincones de
Israel, llevando mochilas, modernas maletas
«Samsonite» o viejos maletines atados con cuerdas;
menorahs antiguas, guitarras, picos y palas. Unos
llegaban a pie; otros, en coches particulares; otros, en
autobuses rojos de la Compañía Egged o en camiones de
su kibutz.
Todos ellos pertenecían al Gush Emonim, el
«Bloque de la Fe», movimiento cuyos militantes habían
poblado las colonias «salvajes» en los territorios
tomados por Israel a Jordania durante la guerra de
1967. Una pasión común los agrupaba; el mismo deseo
ardiente de que se cumpliese la promesa de Dios a
Abraham: «Te daré, a ti y tu posteridad después de ti, la
tierra donde hoy eres extranjero, la tierra de Canaán.»
Fundado el día siguiente de la amarga victoria del
Yom Kippur, en 1973, el Bloque había agrupado bajo su
bandera una nueva generación y un nuevo estilo de
sionistas, venidos, algunos, del extranjero, muchos de
los cuales gozaban de situación acomodada, pero todos
ellos resueltos a infundir de nuevo en el alma de Israel
un espíritu pionero que, en su opinión, se había
perdido. No importaba que el mundo entero y que los
árabes —es decir, la mayoría de sus compatriotas—
hubiesen condenado su acción y juzgado ilegales sus
colonias: los hombres y las mujeres profundamente
religiosos del Gush Emonim se consideraban hijos de la
Redención, al cumplir, con la recuperación de cada
parcela de su antiguo patrimonio, el mandamiento más
sagrado de su religión.
La columna franqueó la puerta de Jaffa, pasó bajo
los muros almenados de la torre de David y entró en la
Ciudad Vieja. Completamente ignorantes del ultimátum
libio que amenazaba Nueva York y su país, se disponían
a iniciar una de esas operaciones relámpago que los
habían hecho famosos. Todos los detalles habían sido
minuciosamente calculados para producir el máximo
impacto político, emocional, propagandístico. El
nombre en clave de la operación era la antigua orden
del profeta Oseas al pueblo judío: Shuvah Israel
(«Vuelve a tu casa, ¡oh, Israel! »). Se había elegido esta
hora, la medianoche, para recordar a estos hombres y
mujeres el ejemplo de sus antepasados que, en la
historia de Palestina, habían surgido de las tinieblas
para fundar colonias en la tierra de sus padres. En una
sola noche, la operación Shuvah Israel añadiría catorce
nuevos puntos de población a través de los territorios
árabes ocupados.
Esta operación tenía como punto de partida el muro
occidental del templo de Salomón, el Muro de las
Lamentaciones, símbolo místico hacia el que habían
vuelto los judíos, durante los dos mil años de la
Diáspora, en busca de esperanza y de consuelo.
El responsable de Shuvah Israel, Yaacov Levine,
condujo su jeep hasta el centro de la explanada. Con su
elevada estatura, sus cabellos finamente ensortijados, su
frente despejada y su largo perfil rectilíneo, parecía un
guerrero asirio de un bajorrelieve de la antigua
Babilonia. A sus treinta y dos años, era ya un personaje
de leyenda. Había nacido, en abril de 1948, en el kibutz
de Kfar Etzion, al sur de Jerusalén, poco antes de que
ésta cayese, asaltada por la Legión árabe, en el curso de
la guerra de la independencia de Israel. Recogido entre
los escombros por un soldado beduino, había sido
devuelto a los israelíes y criado en otro kibutz. Durante
la guerra de 1967, Levine, que tenía entonces diecinueve
años, había llevado una compañía de paracaidistas a la
reconquista del kibutz donde habían perecido sus
padres. Era uno de los jefes del Bloque de la Fe.
A su lado se hallaba Ruth Navon, secretaria adjunta
del movimiento, una joven alta cuyas graciosa silueta,
finas facciones y larga cabellera rubia, recordaban el
físico de Catherine Deneuve. A diferencia de Levine,
Ruth no era natural de Israel. Había nacido en la Argelia
francesa, donde se había criado en la atmósfera de
miedo y violencia de la guerra.
Mientras los colonos se agrupaban a su alrededor,
Levine conectó los hilos de un altavoz portátil a la
batería de su jeep. De pronto, alguien empezó a soplar
en un shofar, el cuerno de carnero con que los
sacerdotes de Josué habían hecho que se derrumbasen
las murallas de Jericó. La multitud saludó con un
clamor el antiguo lamento, cuyos ecos llenaron la
explanada. Un grupo de kibutznikin, en jeans y
sandalias, pataleando al ritmo alegre de una hora, se
acercó entonces al jeep. En el centro del círculo
giratorio avanzaba un viejo escuálido, tocado con un
sombrero redondo de ala ancha y vestido con una raída
levita negra. Caminaba con paso vacilante, arrastrando
las zapatillas y andando a sacudidas, sostenido por dos
jóvenes militantes cuya complexión le hacía parecer aún
más frágil. Su larga barba hirsuta se movía al ritmo de
sus murmullos de agradecimiento. Hacía pensar en un
superviviente extraviado de un mundo desaparecido
para siempre en las cámaras de gas de Treblinka y de
Auschwitz, en un amable patriarca de un ghetto de la
Europa Central, disponiéndose a dar sabiduría y
consuelo a sus nietos, al terminar la jornada.
Pero el rabino Zvi Yehuda Kook no era nada de esto.
No eran Manahem Begin, ni Ariel Sharon, ni Moshe
Dayan, ni ninguna de las figuras legendarias del Israel
moderno, quienes dirigían la acción de los colonos de
Gush Emonim. Era este rabino nonagenario,
inverosímil heraldo del judaísmo militante, sucesor de
los guerreros vengadores del Antiguo Testamento,
donde había encontrado la fuente y la justificación de su
visión mesiánica. Era el fundador, la fuerza espiritual
que animaba este movimiento; el que había enviado
millares de adeptos a reivindicar la posesión de los
territorios árabes; el que había dado forma a la filosofía
en cuyo nombre habían puesto aquéllos en peligro la
paz de su país y del mundo, desafiando a los vecinos
árabes de Israel, a tres presidentes de los Estados
Unidos y a la dirección colegiada al frente de la Unión
Soviética.
El rabino Kook había descubierto su mensaje
profético en las venerables páginas de los Talmuds de
Babilonia y de Jerusalén y en los escritos de los profetas
y los sabios de Israel a los que había consagrado toda
una vida de estudio. Como la mayor parte de las ideas
capaces de inflamar a las multitudes, la suya sacaba su
fuerza de su extremada sencillez. Dios había elegido al
pueblo judío para que revelase, mediante la profecía, Su
naturaleza y Su obra a la Humanidad. Había dado a
Abraham y a los hijos de Israel la tierra de Canaán, para
consagrar la naturaleza del lazo privilegiado que les
unía, a fin de desarrollar el alma judía y proporcionar al
pueblo de Dios el alimento espiritual y material que le
haría falta para cumplir la misión que le había sido
encomendada.
El anciano inspirado observó los extáticos rostros
que le rodeaban. Se sentía animado por el soplo de los
profetas, por la llama de los que habían asumido, como
él en el día de hoy, la terrible responsabilidad de guiar
al pueblo judío por los caminos oscuros y difíciles que
Dios le había trazado.
—Hijos e hijas de Israel, hermanas y hermanos míos
—exclamó Kook, a través del megáfono que sostenía
Levine—, esta noche vais a cumplir, en nombre de todo
el pueblo judío, uno de los deberes más sagrados de
nuestra fe. Después de dos mil años de ausencia, vais a
consagrar nuestro retorno a nuevas parcelas de la Tierra
santa legada por Dios a nuestros padres.
Hizo una pausa, para recobrar aliento.
—No dejéis que nadie os engañe u os confunda. Esta
tierra es VUESTRA tierra. Los que se instalaron en ella lo
hicieron usurpando vuestros derechos. —Levantó una
mano apergaminada en dirección a Samaria—. Es
preciso que todos sepan, de una vez para siempre, que
allá no hay tierra ni territorio árabes. Es la tierra de
Israel, la herencia eterna de nuestros padres. Aunque
otros vinieron a instalarse en ella en nuestra ausencia,
jamás renunciamos a nuestros lazos ni a nuestros
derechos sobre ella, ¡jamás dejamos de denunciar el
dominio cruel, ilegítimo, que unos extranjeros
impusieron a nuestro suelo!
El viejo profeta se interrumpió de nuevo. La visión
de este anciano gastando sus últimas fuerzas en
exhortar a sus discípulos al cumplimiento de su sueño
sagrado, había emocionado a los asistentes. Para
Levine,el rabino Kook parecía ser esta noche «el
enviado del Mesías, llegado, al fin, para anunciar la
resurrección de Israel».
—Dejad que nos combatan los que quieren imponer
una paz quimérica en el Próximo Oriente —prosiguió el
viejo rabino—. Meditad en las palabras del profeta
Ezequiel: «¡Os libraré de los que se alzan y se rebelan
contra mí! ¡Los expulsaré de la tierra que usurparon y
no volverán a pisar el país de Israel!» Si nuestros
enemigos quieren la paz en el Próximo Oriente, ¡que
respeten, ante todo, la ley divina! ¡Hijos e hijas de Israel
—dijo a voz en grito—, id a hacer triunfar el derecho!
—Levantó los brazos—. ¡Id y cubríos de gloria! ¡Id en
nombre de todos nuestros hermanos dispersados! ¡Esta
noche sois instrumentos de la voluntad de Dios,
vehículos de Su profecía!
El anciano se dejó caer despacio sobre el asiento del
jeep, y un vibrante clamor se elevó de la muchedumbre.
El estridente sonido del silbato de Yaacov Lavine hizo
que los colonos corriesen a sus vehículos.
Cuando la caravana guiada por Levine y Ruth dejó
atrás las antiguas murallas de Jerusalén para hundirse
en el valle del Cedrón, dos jóvenes oficiales del Ejército
israelí avisaron por radio al Puesto de Mando de su
unidad. Uno de ellos preguntó a su camarada:
—¿Sabes dónde les esperan nuestras fuerzas?
—Precisamente delante de Jericó.

«¡Se está retrasando!», pensaba con impaciencia


Leila Dajani, sintiendo decenas de miradas fijas en ella
como sanguijuelas. Eran las 7,30 de la tarde, y la Calle
42 Oeste se veía invadida por una fauna de jovenzuelos
que salían de La naranja mecánica, y de homosexuales
con traje ceñido y botas de cuero, que se ofrecían por un
bocadillo o una dosis de droga.
Leila vio, al fin, a su hermano que salía de una
pizzeria, con su gorra a cuadros hundida hasta las
orejas, levantado el cuello de su chaqueta de cuero y con
una caja llena de pizzas bajo el brazo. Kamal se puso al
lado de su hermana y, juntos, empezaron a bajar por la
Calle 42 Oeste.
—¿Todo bien en Dobbs Ferry? —preguntó él.
Leila asintió con la cabeza.
—Salvo que Whalid ha empezado de nuevo a beber.
Esta mañana se compró una botella de whisky.
—¡Déjale que beba! —rió su hermano—. Ahora ya no
puede fastidiarnos. Sin duda se siente aliviado al no
tener que ver más su juguete...
Kamal observaba los escaparates de los sex-shops,
ante los cuales se aglutinaba la silenciosa multitud de
pequeños empleados de los rascacielos de Manhattan.
Su mirada se fijó en los ojos oscuros de una adolescente
en minifalda que ofrecía su cuerpo flaco a la sombra de
la puerta de un bar. Le dirigió una sonrisa. Se había
acostado con ella hacía un momento, por veinticinco
dólares. Una escapada a la chita callando, maquinal,
contraviniendo todas las reglas de prudencia aprendidas
en Trípoli. «Quizá será la última vez», se había dicho,
arrojándose sobre ella como una bestia.
«Decididamente, odio esta ciudad —se dijo mientras
caminaba—. No odio a los judíos de Israel, sino a los
norteamericanos... Satisfechos, arrogantes, dando
siempre lecciones a todo el mundo..., considerándose la
conciencia del Universo. —Escupió en el suelo—. ¿Por
qué nos dan tanto asco a todos nosotros? —Tanto a los
tipos de la banba Baader que había conocido en
Alemania, como a sus amigos de las Brigadas Rojas
italianas, a los iraníes y a los extraños y menudos
japoneses con quienes se había adiestrado en Siria—.
¿Qué hay en ellos para que nos resulten tan
detestables?»
—¿Qué haces esta noche? —preguntó de pronto a su
hermana.
—Nada especial. He tomado una habitación en el
«Hilton». No saldré de ella hasta mañana. Hasta el
momento de ir a buscarte.
—¡Perfecto!
Siguieron bajando por la Calle 12 Oeste y pasaron
por delante de una quincallería instalada en el número
74.
—¿Qué hora marca tu reloj?
—Las siete y treinta y seis.
—Nos encontraremos aquí a las once de la mañana.
Si no estás, volveré a las once y diez, y a las once y
veinte. Si todavía no has llegado, volveré al refugio por
mis propios medios.
Apoyó las manos en los hombros de su hermana.
Pero, por lo que más quieras, si pasara algo y
quisieras avisarme en el garaje, hazlo de manera que
esté bien seguro de que eres tú. Porque, a partir de esta
noche, al menor ruido sospechoso, dispondré el sistema
de explosión automático.
Apretó el hombro de Leila.
—Ma Salameh —dijo—, todo irá bien. Inch Allah!
Y desapareció entre la multitud, para su última
noche de vela entre ratas, al lado de la bomba instalada
en el corazón de la ciudad que ansiaba destruir.

—¡Échate ahí, muñeca!


El proxeneta Enrico Díaz se había tumbado sobre
las sábanas de seda dorada, apoyada la cabeza y los
hombros en la pared de laca negra, separadas las
piernas, envuelto hasta los tobillos en los pliegues
satinados de su chilaba. Gracias al polvo que acababa de
aspirar por la nariz, flotaba deliciosamente en una
ingravidez de nirvana.
Dos de sus chicas reposaban sobre una esquina del
lecho, compartiendo el éxtasis de un porro cuyo acre
olor se mezclaba con el del incienso cingalés que se
consumía en los pebeteros de bronce fijados en el muro.
Su tercera chica, Anita, estaba arrodillada a sus pies,
como una suplicante ante su sumo sacerdote. Era una
larga y delgada criatura de unos veinte años, oriunda de
Minnesota, cuya rubia cabellera caía revuelta sobre sus
hombros. Se arrimó a él. Sus labios se habían
inmovilizado en un mohín que le daba cierto aire de
Marilyn Monroe. Llevaba un ajustado pantalón verde
esmeralda que le había regalado Rico —con dinero
ganado por ella—, y un sujetador de blonda negra, sin
tirantes, que hacía saltar de un papirotazo ante sus
clientes impacientes.
—¿Sabes qué ha hecho hoy tu hombre por ti? —le
preguntó Rico.
Anita meneó la cabeza.
—Te ha librado de cinco años de chirona.
—¡Oh, querido! Tú...
—Sí. He visto a un tipo. He hecho que retirasen la
denuncia.
Anita iba a arrojarse en brazos de su hombre,
cuando éste se irguió. La agarró de los cabellos y la hizo
bascular hacia atrás.
—¡Pedazo de imbécil! ¡Te tenía dicho que nunca
debes atracar a un cliente!
—¡Me haces daño, Rico! —gimió Anita.
El chulo tiró más fuerte.
—¡No quiero que los guripas vengan a husmear
alrededor de mis chicas! ¿Lo has entendido?
Rico deslizó una mano debajo del colchón y sacó
una navaja de muelle. Anita se estremeció al ver la hoja
reluciente en la penumbra. Antes de que tuviese tiempo
de hacer un ademán, Rico hizo silbar la hoja delante de
su cara.
—¡Debería cortarte los labios!
Un corte en la boca con una navaja era la venganza
tradicional del proxeneta contra la chica que infringía
las consignas.
—Pero tengo otra idea...
Dejó caer la navaja y, con lento movimiento, se
levantó los faldones de su chilaba, centímetro a
centímetro, hasta dejar al descubierto su miembro ya
erecto. Seguía sin soltar los cabellos de la muchacha.
—Y ahora, pequeña marrana —dijo, sacudiendo
violentamente la cabeza de Anita—, ¡vas a decirle a tu
señor cuánto lamentas las molestias que le has causado!
En este preciso instante sonó la campanilla de la
puerta de entrada.
Rico se puso lívido al ver a los dos individuos de
traje caqui y boina negra plantados en el umbral. El más
alto señaló la escalera con la cabeza.
—Vámonos —ladró—, ¡hay trabajo!12

12
En español en el original.
En Jerusalén empezaba a despuntar la aurora del
martes 15 de diciembre , detrás de los campanarios del
Monte de los Olivos. Con los ojos medio cerrados detrás
de sus gruesas gafas, Menahem Begin escuchaba con
aire cansado el torrente de imprecaciones que lanzaban,
desde hacía una hora, los miembros de su Gobierno.
Como esperaba, la amenaza del presidente
norteamericano había desencadenado la más fuerte
tempestad que jamás se hubiese dado en la sala del
Consejo; un temporal más violento que todos los
debates que habían precedido a la Guerra de los Seis
Días, más furioso que las recriminaciones que siguieron
a la Guerra del Yom Kippur, más apasionado que las
discusiones que habían llevado a la incursión de
Entebbe. Dejando que las inflamadas frases se cruzasen
a su alrededor, Begin trataba de contar sus partidarios
entre los catorce personajes q