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DERECHO A MORIR DIGNAMENTE Y EUTANASIA *

Article · January 1999

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Diana Patricia Quintero


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DERECHO A MORIR DIGNAMENTE Y EUTANASIA*

Por: Diana Patricia Quintero M.*


Angelo Papacchini L. **

I. INTRODUCCIÓN.

Las decisiones públicas que atañen el inicio y el final de la vida despiertan


controversias y debates apasionados: todos se sienten directamente afectados y por
consiguiente autorizados a esgrimir razones en pro o en contra de determinadas
medidas. Las controversias adquieren muchas veces un tono beligerante, y se
ahonda la polarización entre los partidarios de una política más liberal en materia de
aborto o eutanasia, y quienes por el contrario siguen defendiendo la necesidad de
medidas coercitivas más severas para garantizar la sacralidad de la vida. Crecen día
a día los movimientos que luchan por el reconocimiento, por parte de los Estados y
de la comunidad internacional, de un derecho a morir con dignidad y a escoger la
modalidad y el tiempo de la propia muerte; pero se fortalecen también los
movimientos pro vida, que presionan para que se penalice de manera más severa
cualquier atentado contra la vida, en todas sus etapas. Como bien lo anota R.
Dworkin, el carácter agónico de esta clase de controversias, en las que los
protagonistas parecen más interesados en esgrimir sus razones que en escuchar las
del adversario, evoca a veces las guerras de religión del siglo XVII.

El objetivo de este documento es el de ofrecer un balance en lo posible objetivo del


debate acerca del derecho a la muerte digna y la eutanasia, desde las perspectivas
moral y jurídica, previa elaboración de un trabajo conceptual sobre las nociones más

*
Este trabajo ha sido realizado para el Centro de Apoyo académico al Legislativo, Departamento
de Ciencia política, Universidad de los Andes, Bogotá 1999.
*
Profesora Departamento de Estudios Jurídicos, Universidad del Valle, Cali.
*
Profesor Escuela de Filosofía, Universidad del Valle, Cali.
comúnmente utilizadas en dicha discusión. Puesto que en las controversias se
entremezclan apelaciones a principios religiosos o culturales, teorías metafísicas
acerca del sentido de la vida y consideraciones de carácter moral y legal,
analizaremos por separado las razones de carácter moral y los argumentos
propiamente jurídicos. Una dificultad adicional para enfrentar el tema deriva del
hecho de que las partes enfrentadas difieren a menudo en cuanto a la definición de
eutanasia o del derecho a una muerte digna. Se impone por consiguiente un trabajo
de aclaración conceptual sobre los diferentes términos.

II - CONCEPTOS BASICOS

1. Necesidad de aclaración conceptual. Las controversias acerca del derecho a


una muerte digna y a la eutanasia se complican por el hecho de que, entre las partes
enfrentadas no existe acuerdo siquiera en torno a la definición de los términos, lo
que a menudo dificulta establecer dónde empieza y sobre qué recae el desacuerdo.
Un ejemplo de esta gran variedad de definiciones se encuentra en los ya numerosos
manuales de bioética, la nueva rama de la ética encargada de responder al desafío
de las innovaciones científicas y tecnológicas relacionadas con la vida y la muerte.
Los autores católicos consideran por lo general la eutanasia como una perversión de
la libertad, a pesar de que justifican moralmente formas de eutanasia indirecta o
pasiva; sólo que en este último caso prefieren evitar el término eutanasia. Por el lado
contrario, quienes propugnan por la despenalización de algunas formas de eutanasia
tratan de limitar el uso de este término - para evitar connotaciones negativas -, a los
casos en que existe el consentimiento informado del paciente, y en los demás
utilizan el término entre comillas.

2. El derecho a una muerte digna. En la tradición de Occidente ha sido siempre


objeto de interés la forma como se vive el proceso terminal o el camino hacia la
muerte: abundan las descripciones de muertes de personajes ilustres - santos,
sabios, políticos - presentadas como un modelo a seguir. El relato de la muerte de
Epicuro - para tomar un ejemplo entre muchos otros - nos muestra al filósofo griego

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en una actitud serena, entreteniendo entre copa y copa a sus discípulos en una
amigable conversación acerca de la virtud, y preocupado por dejarles una lección de
vida. En su sentido más amplio, el derecho a una muerte digna denota la posibilidad
para todos de vivir de manera no traumática y sin dolor la experiencia de la muerte.
En el caso de pacientes que sufren enfermedades crónicas o irreversibles, este
nuevo derecho adquiere un sentido más específico y expresa el deseo de un trato
distinto por parte del personal médico, familiares y la sociedad en general, en la
inminencia de la muerte.

a. Como derecho a la asistencia para una muerte libre de traumas y sufrimientos. El


derecho a una muerte digna significa antes que todo la aspiración a una muerte libre
de los sufrimientos físicos y morales que generalmente acompañan este
acontecimiento, en condiciones de intimidad y en compañía de los seres más
queridos. Es el derecho a que la muerte, el acto final del drama de la vida, sea
consistente con un proyecto vital específico. Una rama de la medicina se ha
especializado en el arte de controlar el dolor, la ansiedad y las perturbaciones
psíquicas, con el suministro de analgésicos sedativos u opiáceos, y con diferentes
estrategias de asistencia integral al enfermo y a los familiares. Los médicos
especializados en medicina paliativa buscan un alivio para quien se enfrenta a la
muerte, para que el proceso agónico se realice en paz, de manera confortable y con
decoro. Como alternativa a los frías e impersonales unidades de cuidados intensivos,
en países como Inglaterra, Canadá y Estados Unidos se han creado residencias
especiales para enfermos incurables, que cuentan con un equipo multidisciplinar
para ofrecer a quien enfrenta la muerte una asistencia integral, como persona y no
como portador de una enfermedad. Esta forma de concebir el derecho a una muerte
digna no presenta problemas de índole moral o jurídica. La única objeción deriva en
este caso de la dificultad práctica de quitarle a la muerte su carácter trágico -
traumático, a pesar de los adelantos en cuanto a capacidad de técnicas paliativas.

b. Como rechazo a la prolongación artificial de la vida y más en general a


determinados tratamientos médicos. Se incrementa día a día el rechazo al

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encarnizamiento terapéutico y a la prolongación artificial de la vida en esas salas de
torturas en que se transforman a menudo las unidades de cuidados intensivos. El
paciente ahora pide que no se prolongue su vida sin más, y que los profesionales de
la medicina presten su colaboración para hacer la muerte más humana, en lugar de
seguir con su lucha contra la enfermedad para intentar postergar el momento de la
muerte. Esta práctica es consistente con una nueva manera de concebir la relación
médico-paciente, inspirada en la idea del consentimiento informado: las decisiones
sobre modalidad y duración del tratamiento se toman concertadamente, en vista de
la valoración siempre mayor de la autonomía individual. Por esto se cuestiona cada
vez más el obstinamiento terapeútico como una expresión de paternalismo.

Este derecho no presenta dificultades en su reconocimiento. Incluso en la


declaración sobre eutanasia del Vaticano se considera lícito que el paciente renuncie
a los tratamientos cuando el resultado esperado es una prolongación precaria de la
existencia.

c. Derecho al suicidio y al suicidio asistido. Es el derecho del paciente de decidir


acerca de la modalidad y el tiempo de la propia muerte, y por consiguiente de acabar
con su vida (suicidio) y obtener asistencia médica para una muerte rápida e indolora.
Esta dimensión del derecho a una muerte digna goza de reconocimiento creciente
en muchos países; en cambio es cuestionada por la Iglesia Católica, que considera
la vida un bien indisponible.

3. Concepto y modalidades de eutanasia. Uno de los aspectos centrales en torno


a la eutanasia consiste en aclarar los conceptos más importantes ligados con esta
práctica. Generalmente las personas asumen definiciones cargadas de valoración
que llevan a confusiones peligrosas, como aquella para la cual eutanasia es cuando
el doctor mata al paciente. La inexactitud conceptual genera enormes dificultades,
que pueden ser subsanadas si apelamos a definiciones neutrales que expresen una
realidad objetiva.

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a. Un intento de definición. En sentido amplio, significa una buena muerte (eu-
thánatos), que se produce de manera natural, sin traumatismos ni sufrimientos. La
palabra eutanasia entra en el lenguaje médico al inicio del siglo XVII con el filósofo
inglés F. Bacon, quien sostiene que la tarea del médico no se limita a restablecer la
salud y abarca también la de mitigar los sufrimientos producidos por las
enfermedades.

Una de las definiciones más utilizadas en la actualidad concibe la eutanasia como la


práctica de producir o acelerar la muerte de quien padece una enfermedad
degenerativa e irreversible, por acción u omisión, para liberarlo de intensos y
penosos sufrimientos físicos o morales.

b. Modalidades de eutanasia en relación con el consentimiento del sujeto pasivo. Se


habla de eutanasia voluntaria cuando un paciente competente solicita expresa y
libremente al médico, a los familiares o amigos asistencia o ayuda para morir; la
eutanasia involuntaria se configura cuando la muerte es impuesta al paciente sin su
consentimiento, aunque se halle en condiciones de expresarlo; la eutanasia es no
voluntaria cuando el sujeto pasivo no se encuentra en condiciones de expresar una
voluntad cualquiera, y no existe un consentimiento previamente otorgado.

c. Eutanasia de acuerdo con la forma de adelantar la muerte. La eutanasia puede ser


activa o pasiva: en el primer caso el sujeto activo produce la muerte del paciente; en
el segundo, lo deja morir por omisión de medidas de sostenimiento vital. Algunos
autores distinguen a su vez la eutanasia activa en directa e indirecta: en el primer
caso se produce la muerte del paciente mediante inyecciones o fármacos letales; en
el segundo, se le suministran al paciente tratamientos paliativos para el dolor, a
sabiendas de que podrían eventualmente producirle la muerte.

De acuerdo con estas distinciones conceptuales, se puede hablar de diferentes


clases de eutanasia: voluntaria pasiva o activa, involuntaria pasiva o activa, no-
voluntaria pasiva o activa, etc.

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4. Otros conceptos relevantes para el debate sobre el derecho a una muerte
digna y la eutanasia.
a. Paciente competente. Es un paciente mayor de edad, en pleno uso de sus
facultades mentales, libre de desequilibrios emocionales, consciente de la evolución
de su enfermedad y de los beneficios y riesgos de determinados tratamientos.

b. Enfermedad y paciente terminal. Es el daño o degeneración de las facultades


físicas y mentales que desencadena de manera inminente el proceso de la muerte, y
frente al cual no hay expectativas razonables de modificación o evasión. Se define
desde una perspectiva clínica como enfermo terminal quien padece un proceso
patológico agudo, subagudo, o más habitualmente crónico, evolutivo, no resolutivo y
sujeto sólo a manejo paliativo.

c. Ortotanasia. Es utilizada como sinónimo de muerte natural, libre de intervenciones


médicas.

d. Tratamientos médicos ordinarios y extraordinarios. En el primer caso los


tratamientos y medicamentos ofrecen un beneficio razonable para el paciente a un
costo relativamente bajo; en el segundo, en cambio, los tratamientos exigen costos e
inconvenientes desproporcionados al beneficio esperado. Esta distinción varía entre
país y país, de acuerdo con los recursos sanitarios disponibles en cada caso, y por
supuesto entre diferentes épocas, puesto que los avances de la medicina ponen al
alcance de todos medicamentos restringidos inicialmente a un público limitado.

III - EL DEBATE MORAL SOBRE EUTANASIA

Las prácticas del suicidio asistido y de la eutanasia suscitan problemas de carácter


moral. ¿Es moralmente legítimo que el individuo decida acabar con su vida? ¿Actúa
moralmente el médico que lleva la solidaridad con el enfermo hasta el punto de
ofrecerle los medios para acabar con su vida, o simplemente actúa de manera

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directa para cumplir con la voluntad del paciente? Las respuestas a estas cuestiones
de vida y muerte se complican, ante la existencia de múltiples perspectivas éticas.
Realizaremos un análisis crítico de los dos enfoques éticos más relevantes, para
esbozar enseguida una propuesta sustentada en una ética laica, susceptible de ser
controvertida con argumentos racionales.

1. La condena de la eutanasia desde la perspectiva del iusnaturalismo de corte


religioso. Quienes defienden la sacralidad de la vida humana asumen como
incondicionado, sagrado y categórico el deber de respetarla desde la concepción
hasta la muerte. Esta postura ético-religiosa se sustenta en dos axiomas básicos,
relativos a la sacralidad y al carácter no disponible de la propia vida.

a. No disponibilidad de la propia vida. De acuerdo con la doctrina tradicional de la


Iglesia el individuo no posee el derecho a disponer a su antojo de su cuerpo y de su
libertad. La persona tiene que respetar la ley natural - que obliga a cada ente a
perseverar en el ser - y acatar los designios de la voluntad divina en cuanto a la
duración de su existencia. Puesto que la vida humana sólo le pertenece en
propiedad al autor de la misma - es decir a la divinidad -, el individuo que pretenda
salirse de manera arbitraria del escenario del mundo se atribuye un derecho que no
posee.

b. Sacralidad de la vida. Puesto que la vida humana es algo sagrado, el imperativo


de no matar adquiere un carácter absoluto e incondicionado. A ningún ser humano
se le puede privar de la vida, siempre y cuando no constituya un peligro inminente
para la sociedad y la vida de los demás. Así lo ordena una ley natural, arraigada en
la naturaleza e inscrita en la conciencia: toda vida humana debe ser respetada como
algo sagrado, en especial la vida humana inocente.

c. Condena de la eutanasia. La combinación de los dos axiomas anteriores permite


descalificar moralmente las diferentes modalidades de eutanasia, asimilada sin más
a un homicidio. La inmoralidad abarca por igual a la decisión de quien solicita que se

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le mate y a quien responde de manera solidaria a esta solicitud: el primero actúa
inmoralmente por el hecho de disponer de un bien que no le pertenece; el segundo,
por desconocer el precepto sagrado de no matar. A pesar de este aparente
rigorismo, la doctrina de la iglesia deja abierta en la práctica la posibilidad de recurrir
a determinadas formas de eutanasia, utilizando otro nombre. Del énfasis en la
obligación de respetar el orden natural y la voluntad divina se deriva la licitud moral
de la interrupción de tratamientos médicos artificiales o extraordinarios y la oposición
al "encarnizamiento terapéutico"; y por medio de la teoría del doble efecto se justifica
la conducta del médico que le receta a un enfermo terminal una dosis de analgésicos
para mitigar el dolor, a sabiendas de que el efecto colateral podría ser la muerte del
paciente.

d. Una evaluación crítica. El argumento de carácter más directamente religioso, que


supone el axioma relativo a la pertenencia de la vida humana a la divinidad, es
respetable pero sólo puede resultar convincente para quienes compartan
determinadas creencias en materia de fe. La autonomía de la moral frente a los
diferentes credos religiosos es condición indispensable para que sus preceptos
puedan ser reconocidos y aceptados por todo ser humano. Una ética con pretensión
de universalidad debe limitarse a formular principios para cuya justificación es
suficiente apelar a la capacidad racional de cada cual.

Requiere en cambio un análisis crítico la cuestión relativa al carácter incondicionado


del precepto "no matar" y al respeto que merece toda vida humana, considerados
como normas eternas inscritas en el ordenamiento natural, respaldadas por la ley
natural y por consiguiente independientes del albedrío humano. Este argumento
resultaría convincente en caso de que dispusiésemos de signos inequívocos para
descifrar el contenido de esta normatividad supuestamente arraigada en el orden de
la naturaleza. Un rápido análisis de aquello que distintas generaciones han
considerado "natural" o "acorde con la naturaleza" es suficiente para mostrarnos la
inseguridad y la falta de consenso al respecto. No existe práctica, institución o
privilegio que no haya logrado obtener alguna vez el status de norma natural. Para el

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caso específico del deber de conservar la propia vida, es suficiente recordar que los
estoicos no consideraban una violación del orden cósmico la decisión de quitarse la
vida en determinadas circunstancias. Además, muchos consideran igualmente
natural acudir al derecho de legítima defensa frente a quien amenaza nuestra
integridad física, lo que pone de manifiesto la posibilidad de excepciones moralmente
justificables al precepto de no matar. Y en cuanto al argumento que apela a la
presencia en todo ser de una poderosa pulsión de vida, para derivar de ella la
obligación moral de conservarla, puede ser fácilmente rebatido - independientemente
del peligro de incurrir en una falacia naturalista - destacando la presencia, al lado del
instinto de vida, de una pulsión de muerte, igualmente poderosa, que muestra su
poder y eficacia precisamente en los casos de suicidio y homicidio.

2. Utilitarismo y calidad de vida.


a. Valor condicionado de la vida humana. Para un utilitarista no existe una norma
autónoma que nos obligue a conservar la vida y nos prohíba quitársela a otro ser
humano. Sin embargo, el hecho de que la vida es la condición de posibilidad de la
felicidad constituye un argumento fuerte contra la licitud moral de la decisión de
acabar con una vida humana cualquiera. La existencia es algo valioso por las
posibilidades de gratificación que ella depara: felicidad, autorrealización personal,
desarrollo de la autonomía, etc. Lo que cambia frente al enfoque ético anterior es el
hecho de que el valor atribuido a la vida es instrumental, no intrínseco o absoluto.
Por consiguiente, conservar la vida deja de ser un imperativo categórico y se
transforma en una obligación hipotética, condicionada a la posibilidad de disfrutar de
determinados bienes. Lo que implica que en aquellos casos en los que el futuro
resulta poco o nada prometedor en cuanto a gratificaciones posibles, no parece
inapropiado acabar con una existencia que contribuye a la disminución de la felicidad
general.

b. Posibilidad de justificar moralmente algunas modalidades de eutanasia. Si la vida


es valiosa en la medida en que ofrece posibilidades de goce y autodesarrollo, es
claro que en el caso de una existencia con escasa o nula calidad de vida, que se ha

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transformado en una carga pesada para el propio sujeto, los familiares y la sociedad,
la eutanasia se presenta como la opción más apropiada para acabar con un
sufrimiento inútil. En este caso el precepto positivo de buscar la felicidad deja el
campo al otro, más modesto, de evitar con todos los medios el sufrimiento. En el
caso específico de la eutanasia el cálculo utilitarista de las consecuencias de una
acción se complica, puesto que entran en juego factores distintos como la reducción
del sufrimiento del sujeto pasivo, los efectos en el sujeto activo, las consecuencias
para la profesión médica, la posibilidad de eventuales abusos, etc. Es necesario
sopesar todos estos elementos, antes de proceder a emitir un fallo favorable o
adverso.

c. Luces y sombras. Más allá de los aportes innegables de esta teoría para la
reducción del sufrimiento inútil, sus límites se hacen particularmente evidentes en el
terreno del derecho a una muerte digna y de la eutanasia. En efecto, las
consideraciones sobre eutanasia de autores utilitaristas contemporáneos como P.
Singer y J. Rachels le dedican escasa atención al carácter más o menos voluntario
de la misma, una variable relegada en segundo plano o simplemente ignorada,
desde una perspectiva que toma en cuenta de manera casi exclusiva las
consecuencias de un acto en función del interés y bienestar general. Como bien lo
anota M. Casado refiriéndose a la teoría utilitarista, "la vida se convierte en un valor
digno de ser ponderado e incluso desplazado por intereses materiales o
necesidades sociales. La calidad de vida se antepone a su existencia". Se configura
así el peligro de una política eutanásica a espaldas de la voluntad del paciente. El
utilitarismo resulta demasiado generoso en cuanto a la eutanasia: la propuesta de
Singer de justificar formas de eutanasia eugenética en el caso de recién nacidos con
graves malformaciones así lo demuestra.

d. El principio relativo a la calidad de vida. Se trata de una derivación de la teoría


utilitarista, que subraya la importancia de determinados indicadores de bienestar y
desarrollo, a la hora de tomar decisiones de vida o muerte. También esta versión del
utilitarismo se enfrenta con serias objeciones morales. En relación con la eutanasia,

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la teoría de la calidad de vida puede abarcar tesis distintas: Para la primera el
respeto por la vida ajena está condicionado a un mínimo de calidad de vida, por
debajo del cual resulta moralmente lícito deshacerse de ella; para la segunda, más
allá de un respeto mínimo para toda existencia humana, la obligación positiva de
asistencia debería tener cierto grado de proporcionalidad con las posibilidades que le
quedan al individuo en cuanto a una vida humana aceptable; finalmente, el sujeto
está moralmente autorizado a disponer libremente de su existencia, cuando ya no la
considera digna de ser vivida. La primera interpretación le abre el camino a la
posibilidad de eliminar vidas humanas consideradas por la sociedad como carentes
de valor. La segunda garantiza la vida individual, pero resulta igualmente
cuestionable desde una perspectiva moral, puesto que sopesar la ayuda de acuerdo
con la calidad de vida - medida con criterios distintos - contradice nuestras
intuiciones morales. Sólo queda la tercera, en la que el sujeto utiliza libremente
determinados criterios de calidad de vida para tomar decisiones acerca de su vida y
de su muerte. En este último caso resultaría, sin embargo, más conveniente hablar
de una teoría ética sustentada en la dignidad y en la autonomía, puesto que la
calidad de vida juega un papel subordinado frente a la libre decisión del sujeto de
seguir o no con su existencia.

3. Un enfoque ético desde la dignidad humana.


a. Tres principios básicos: respeto, autonomía y solidaridad. En sentido moderno la
dignidad designa un complejo de creencias, valores, normas e ideales: incluye un
postulado acerca del valor intrínseco de lo humano, unas pautas de conducta que se
desprenden de este reconocimiento y unas orientaciones acerca del camino a seguir
para lograr una forma superior de humanidad. Supone la creencia en el valor interno
de todo ser humano, más allá de sus méritos o valor de mercado. La dignidad como
estado moral no se pierde a pesar de los actos considerados más indignos, ni por el
hecho de que otros desconozcan con su práctica dicho valor. Concebida como un
derecho moral básico, la dignidad le garantiza a cada cual un status inviolable e
impone a los demás una serie de obligaciones, tales como respetar su vida,
integridad y bienes, abstenerse de cualquier trato cruel o degradante, no reducirlo al

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rango de instrumento, ni tratarlo como un menor de edad. El principio relativo a la
dignidad humana se complementa a su vez con la autonomía moral, razón de ser del
valor peculiar que reviste todo ser humano y al mismo tiempo una dimensión
esencial del respeto. La autonomía, uno de los logros más significativos de la
Ilustración y de la Modernidad, supone el derecho y la obligación, para el individuo,
de asumir de manera responsable su mayoría de edad y de resolver con su propia
razón las dudas o dilemas morales con los que se enfrenta a menudo en su
experiencia vital.

Estas normas restrictivas son necesarias, pero insuficientes: el respeto debido a la


persona moral exige por igual, de manera positiva, su reconocimiento como un
sujeto de necesidades que merecen ser atendidas y con proyectos vitales que
ameritan formas de cooperación y solidaridad.

b. La eutanasia involuntaria y no-voluntaria, un grave atropello contra la dignidad


humana. Es obvia la inmoralidad de la eutanasia involuntaria, sin importar la
intención de quien la ejecuta. Para una ética que asume la dignidad y la autonomía
individual como principios éticos fundamentales, es claro que el valor intrínseco de la
vida personal impide que ésta pueda ser sacrificada en contra de su voluntad. Desde
este horizonte ético queda por igual desvirtuada la voluntad unilateral de anticipar la
muerte de un tercero para evitarle una muerte espantosa o la caída en un estado de
mera subsistencia biológica, sin duda una de las expresiones más perversas del
paternalismo. La autonomía moral posee un peso mayor que las obligaciones de
beneficencia.

El asunto se vuelve más complejo cuando el individuo no se encuentra en


capacidad de expresar su propia voluntad, o porque la ha perdido de manera
irremediable o porque no ha logrado desarrollarla por malformaciones congénitas. A
nuestro juicio no existen dudas acerca de la inmoralidad de la eutanasia no-
voluntaria practicada por intereses ajenos al bienestar del paciente, cuando
responde a móviles tales como el deseo de deshacerse de una carga emotiva o

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financiera para la familia, la necesidad de una distribución "más racional" de los
recursos hospitalarios y asistenciales, etc. Algunas dudas surgen en aquellos casos
en que la conducta eutanásica está orientada a la protección y defensa de los
intereses del sujeto pasivo. Sin embargo, esta pretensión de decidir acerca de los
intereses "racionales" y "verdaderos" de terceros puede resultar peligrosa y
arbitraria. En contra de la opinión de P. Singer, creemos que se impone por defecto
el respeto por la vida, para evitar esa pendiente resbaladiza que podría inducir a
eliminar vidas consideradas no merecedoras de ser vividas.

c. ¿Es moralmente justificable la decisión de anticipar la propia muerte?


Una vez descartadas las formas de eutanasia realizadas en contra de la voluntad del
paciente, quedan para el escrutinio moral aquellas modalidades en que la voluntad
del sujeto activo interactúa con la voluntad de la persona a la que se le anticipa la
muerte. Surge entonces la pregunta acerca de la legitimidad moral de la actuación
del sujeto que imparte la muerte solicitada por el paciente, al igual que la decisión de
este último de anticipar su muerte. En este aspecto específico el debate moral sobre
la eutanasia se relaciona con las controversias seculares acerca de la permisibilidad
del suicidio y del derecho del sujeto a disponer de su existencia. Algunas clases de
suicidio son compatibles con los criterios éticos arriba mencionados: en primer lugar
la deliberación responde a una decisión autónoma, más que a presiones externas o
como respuesta irracional a un dolor momentáneo insoportable o un miedo irracional;
en segundo lugar, es compatible con el respeto debido a la propia persona y con las
obligaciones de solidaridad con los demás; y en tercer lugar la acción suicida
cumple con los requisitos de toda conducta autónoma y supone un juicio moral
previo por medio del cual el individuo contrasta su máxima con criterios de
imparcialidad y universalidad.

En las condiciones generalmente asociadas con la practica eutanásica existen


razones adicionales para justificar moralmente la decisión del individuo de anticipar
el tiempo de su muerte. El individuo que padece una enfermedad irreversible e
incurable se encuentra ya en la cercanía de la muerte, ante la perspectiva de una

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existencia sin gratificaciones y de una agonía lenta y dolorosa, o peor todavía ante la
posibilidad de una pérdida progresiva de sus capacidades intelectuales, con lo que
su existencia quedaría reducida a mera vida biológica. En estas circunstancias la
posibilidad de adelantar la muerte es consistente con el imperativo ético que nos
obliga a luchar por una existencia digna, más que la preservación de la vida sin más.
Cuando la existencia humana se agota en el dolor o en una vida meramente
biológica, no parecen existir razones valederas para negarle al individuo la
posibilidad de poner término, con un acto de libertad, a una condición inhumana,
indigna de su condición de ser libre, para evitar precisamente ser reducido a un
instrumento pasivo en manos de la naturaleza, de la enfermedad o del albedrío de
otros. Lo que alimenta, en estos casos, la solicitud de eutanasia es la convicción
profunda de que una vida sin conciencia y sin libertad constituye en realidad una
afrenta para el autorrespeto y la dignidad de la persona.

d. La actuación de quien practica la eutanasia ¿es compatible con el respeto de la


dignidad humana? La actuación de quien practica la eutanasia por solicitud expresa
de un enfermo que quiere morir resulta más difícil de justificar, puesto que al atender
al pedido de solidaridad la persona que imparte la muerte parecería violar uno de los
preceptos éticos más sagrados y arraigados en la conciencia colectiva: no matar. En
el caso de quien solicita la muerte, su conducta puede ser asimilada a una clase de
suicidio, práctica que ha venido ganando progresivamente cierto reconocimiento en
la modernidad, a medida en que se ha consolidado el derecho a la
autodeterminación. La intervención del médico o de otros sujetos que se ofrecen a
practicar la eutanasia tipifica en principio una forma de homicidio, mucho más difícil
de justificar, tanto en la esfera jurídica como en el plano estrictamente moral. Lo que
complica en este caso el asunto es el hecho de una acción transitiva, que produce
de manera intencional la muerte de otra persona.

Quitarle la vida a alguien parece a todas luces un acto de violencia, puesto que priva
a la persona de uno de sus bienes más preciados, condición de posibilidad para el
goce de los demás bienes, derechos y libertades. De aquí la fuerza perentoria que

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ha adquirido el precepto que proclama la sacralidad e inviolabilidad de la vida
humana. Una breve mirada histórica a la evolución e interpretación de este precepto
nos muestra, sin embargo, que la obligación de respetar la vida humana y de no
matar ha sido siempre concebida en términos selectivos: no mates al amigo, al
inocente, a quien no te hace daño. La ampliación de la clase de sujetos cuya vida
merece ser respetada, que termina por abarcar de manera indiscriminada a los
humanos sin más, supone innegablemente un progreso moral frente a la
interpretación en términos selectivos del deber de no matar. Pero no implica de
ninguna manera que el precepto en cuestión no pueda tener excepciones. Es el caso
de la legítima defensa frente a una agresión externa que no deja al sujeto pasivo de
la misma opción distinta a la de defenderse de una manera que puede resultar
mortal para el agresor. Acceder a colaborar con la anticipación de la muerte de otra
persona, cuando existen condiciones objetivas que hacen razonable esta solicitud,
configura la única otra excepción moralmente justificable al precepto de no matar. En
apariencia, el acto que acelera la muerte merecería ser calificado, con más razón
que otros, como una manifestación de violencia. Sin embargo, para que se configure
de verdad una conducta violenta no es suficiente que el sujeto produzca, con su
intervención, lesiones objetivamente medibles en el cuerpo de otro. Es necesario
además que dicha intervención esté impulsada por la intención de causarle daño,
pisotear sus derechos y arrebatarle su dignidad. En el caso en cuestión, por el
contrario, lo que impulsa al médico a actuar es precisamente un sentimiento de
simpatía con el dolor, el sufrimiento o el afán de evitar una existencia indigna de un
sujeto que pide, como extrema medida, que se le ayude a morir. Resultaría en
extremo arbitrario asimilar una conducta inspirada en móviles humanitarios de
solidaridad con un simple homicidio doloso. La repugnancia e indignación producidas
por este último contrastan con los sentimientos de simpatía y aprobación que
despierta la primera.

Gracias a la valoración creciente de la autodeterminación individual, se afianza


siempre más el reconocimiento de la autonomía de las personas en cuanto a la
forma de llevar sus vidas y tomar decisiones acerca de su muerte, y por consiguiente

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la tendencia a otorgarle al individuo el derecho a elegir, de acuerdo con su
concepción de bien, el tiempo y la modalidad de la propia muerte. Quien actúa en
respuesta a una solicitud de esta naturaleza simplemente reconoce que en este caso
específico su deber de solidaridad con la dignidad y autonomía del otro pesa más
que su obligación de abstenerse de cualquier intervención que produzca la muerte
de un ser humano o de intervenir para contribuir a su supervivencia. Cuando esta
intervención está impulsada por un sincero y auténtico espíritu de solidaridad ante
unas condiciones inhumanas de dolor y degradación, y se efectúa en el pleno
respeto de la autonomía del otro y el reconocimiento de su valor intrínseco como
persona, no hay razones valederas para considerarla como inmoral.

Las condiciones para que la actuación de quien practica la eutanasia voluntaria


supere el test de moralidad resultan en extremo exigentes, puesto que está de por
medio la vida y el destino de otra persona. Antes de proceder a realizarla se requiere
antes que todo un diagnóstico atendible de la enfermedad y una certeza
razonablemente bien sustentada acerca de la imposibilidad de recuperación. El
profesional de la salud tiene que asegurarse del hecho de que la solicitud responda a
la voluntad auténtica del paciente, más que a una solicitud desesperada motivada
por una crisis o depresión pasajera; y que dicha decisión suponga un conocimiento
adecuado, por parte del paciente, del estado de su enfermedad y de las perspectivas
acerca de su desarrollo y desenlace. Es importante también que el médico sepa
descifrar el sentido auténtico de la solicitud del paciente de que se adelante su
muerte, puesto que un pedido de esta naturaleza esconde de hecho una demanda
de cura, asistencia y comprensión especial para que se le ayude a sobrellevar una
condición que engendra sufrimientos y angustias. Quien se apresta a practicar la
eutanasia debería también asegurarse de que en la solicitud del paciente no influyen
factores extraños como la presión de los familiares o del mismo personal encargado
de la asistencia médica, y debería por igual desestimar un pedido de eutanasia
motivado por el malestar producido en el paciente por el hecho de vivir su existencia
como una carga pesada para los demás. No es improbable que una persona que
requiere de cuidados y asistencia constante acabe por preguntarse por si vale la

16
pena que la sociedad y el Estado inviertan en su vida muchos recursos que a lo
mejor podrían tener una destinación más útil. En estos casos el médico debería
tratar de reforzar los sentimientos de autoestima en el paciente y asegurarle que en
la prestación de servicios asistenciales todo ser humano debe ser valorado por igual,
independientemente de la vida que le quede por vivir y de la calidad de la misma.
Antes de aceptar la solicitud del paciente el médico debería haber agotado otras
formas de asistencia y solidaridad: una atención afectiva, el intento de afianzar su
voluntad de vida y sugerirle razones para seguir apegado a la existencia, etc.

En fin, es evidente que el médico tiene, al igual que su paciente, el derecho a ejercer
su autonomía responsable, que podría eventualmente impedirle acceder al pedido
de eutanasia. La asunción de la autonomía y de la dignidad como ejes y criterios de
valoración moral sugiere, sin embargo, una limitación ulterior a la práctica de la
eutanasia voluntaria activa, pero esta vez desde el propio paciente que la solicita. Si
este último cuenta con las posibilidades para realizar por sí mismo su cometido, no
existen razones para obligar a otra persona a ejecutar un acto de todas formas
penoso y difícil, que le provocará en cualquier caso dilemas morales o
eventualmente remordimientos. Es innegable que muchas solicitudes de eutanasia
ponen de manifiesto el deseo, más o menos consciente, de descargar en otro la
responsabilidad de una decisión vital y de una clase de actos que el sujeto se resiste
a asumir directamente.

Argumentar desde la óptica de la dignidad humana hace posible una justificación


inmanente del respeto "sagrado" por la vida ajena, sin necesidad de acudir a una
cosmovisión religiosa que otros podrían no compartir. Al mismo tiempo permite
justificar, en determinados casos, la decisión autónoma de un sujeto convencido de
que su existencia ya no es digna de ser vivida y que opta libremente por una manera
digna de acabar con su existencia. Esta concepción del valor de la vida humana
posee todas las ventajas de la postura de la sacralidad de la vida y resulta incluso
más rigurosa y estricta en cuanto al carácter categórico e incondicionado de respetar
la vida ajena. Deja abierta, sin embargo, la posibilidad de que el individuo pueda

17
disponer de manera responsable acerca de su existencia, incluyendo el momento
final de la misma.

IV. DEBATE JURÍDICO Y PRUDENCIAL

En este ámbito es conveniente precisar los asuntos objeto de disputas. Si bien existe
un consenso amplio sobre la necesidad de penalizar y castigar severamente la
eutanasia involuntaria, frente a otras modalidades de esta práctica - a eutanasia no-
voluntaria, la eutanasia voluntaria pasiva y el suicidio asistido, la eutanasia voluntaria
activa, practicada a solicitud o con el consentimiento informado del paciente -, se
presentan encarnizados debates en torno a su carácter jurídico o antijurídico y a las
penas que deben ser aplicadas. Dichos debates giran fundamentalmente en torno a
los argumentos contrarios a la despenalización de la eutanasia y el suicidio asistido,
y las respuestas liberales a tales argumentos.

1. Los argumentos en contra de la despenalización del suicidio asistido y de la


eutanasia.
a. Incompatibilidad de la eutanasia con el derecho a la vida. Una de las objeciones
más recurrentes contra la eutanasia y el suicidio asistido es la apelación al carácter
sagrado, inalienable e inviolable del derecho a la vida, concebido por el
ordenamiento jurídico en términos positivos - no como "un derecho a la muerte" –
sino como un derecho absoluto e indisponible para uno mismo y para los demás. El
carácter de inviolable del derecho a la vida se traduce en una obligación para todos
los demás de respetarlo, y para el Estado en el deber prioritario de garantizarlo frente
a la violencia externa; y el carácter de inalienable obliga al propio sujeto a conservar,
en el límite de sus posibilidades, un bien - la vida – al que no estaría autorizado a
renunciar. La toma en serio del derecho a la vida supondría así una restricción fuerte
para el individuo, y una obligación prioritaria para el Estado, que tendría que
garantizar este derecho incluso contra la voluntad de la persona.

De acuerdo con esta concepción del sentido y alcance del derecho a la vida, la

18
legalización de una práctica como la eutanasia - en la que el sujeto dispone
libremente de su derecho a la vida o le confiere a otro la facultad de disponer de ella
-, violaría uno de los axiomas básicos del ordenamiento jurídico y pondría en
entredicho una de las obligaciones prioritarias del Estado de derecho: la protección
eficaz de la vida humana, incluso en contra de las pulsiones de muerte de los
propios individuos. Un Estado que llegase a despenalizar o legalizar el suicidio
asistido o la eutanasia tendría que dejar de castigar una intervención sobre la vida de
otro ser; el sujeto activo de la eutanasia conculcaría el derecho a la vida de una
persona; y el mismo sujeto pasivo violaría una obligación directa, estrechamente
ligada con su derecho a la vida. De acuerdo con esta concepción de la naturaleza
del ordenamiento jurídico y de los derechos, la idea de un derecho subjetivo de la
persona a la autodestrucción sería el síntoma de una crisis y la expresión
exasperada del individualismo liberal. Como argumentos adicionales para respaldar
esta postura se acostumbra insistir en el carácter irreparable de la pérdida de la vida,
a menudo impulsada por un estado de depresión pasajero, y en la necesidad de que
el interés objetivo tenga prioridad frente a una petición a menudo inconsistente e
irracional.

b. Pendiente resbaladiza. Esta forma de argumentación explota el miedo frente a los


efectos indeseables e impredecibles de una eventual ley de despenalización de la
eutanasia, y deja entrever consecuencias no deseadas a partir de un primer paso
aparentemente inocente y legítimo. El argumento se puede reconstruir en estos
términos: si se despenaliza una forma en principio aceptable de eutanasia, se llega
de manera necesaria e inevitable a tolerar formas más graves y moralmente
indeseables de anticipar la muerte. La aceptación de la eutanasia pasiva voluntaria
sería un primer paso, al que le seguirían la eutanasia no voluntaria e incluso las
realizadas en contra de la voluntad del paciente, hasta llegar a los horrores del
régimen nazi. Quienes así argumentan se preguntan: de este paso, ¿hacia adónde
iremos a parar? El suyo es un llamado de atención y una invitación a la
responsabilidad en un terreno tan delicado como la protección de la vida humana,
inspirado en el temor de que una legislación permisiva acabe por fomentar el

19
incremento de prácticas eutanásicas involuntarias y por consiguiente la violación del
derecho a la vida de pacientes terminales, enfermos graves o ancianos.

c. Naturaleza de la profesión médica. La despenalización de las diferentes formas de


eutanasia acabaría por desvirtuar la misión del médico, orientada hacia la protección
de la vida, más que hacia la anticipación de la muerte. La aceptación de la eutanasia
pondría en entredicho uno de los preceptos básicos que regulan, desde tiempos
inmemorables, el ejercicio de la profesión médica y socavaría la confianza en el
personal de la salud, fomentando el miedo en las personas más vulnerables y
desprotegidas. A lo que se añadirían con el tiempo los efectos deshinibidores en
cuanto al respeto de la vida humana, en ámbitos que suelen escapar al control
social.

d. Posibilidad de errores y abusos. Es posible que una decisión de común acuerdo


entre médico y paciente acerca de la eutanasia activa o pasiva se tome a partir de un
diagnóstico equivocado, o que los investigadores descubran al poco tiempo de la
muerte tratamientos eficaces para una enfermedad considerada hasta ese momento
como incurable. En este caso se echaría a perder la posibilidad de una experiencia
vital rica en desarrollo o satisfacciones. Iguales preocupaciones despierta la
posibilidad de que una ley de despenalización acabe por fomentar abusos, en un
terreno en el que el poder de los profesionales de la salud parece casi absoluto y
difícilmente controlable. No es improbable - así argumentan los enemigos de la
eutanasia -, que médicos o enfermeras acaben por dictaminar de manera unilateral
la muerte de pacientes que consideran una carga onerosa y no deseada. La
experiencia holandesa, un país en el que alrededor de mil pacientes al año sufren la
eutanasia sin un consentimiento explícito de su parte, reforzaría este temor. La
posibilidad de errores y la eventual utilización fraudulenta de la ley para encubrir la
eliminación de seres humanos indefensos resultan particularmente inquietantes en
un terreno en el que las consecuencias de una decisión resultan irreversibles. La
legalización de la eutanasia aumentaría los riesgos de que se le quite la vida a
personas deseosas de seguir viviendo.

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e. La condición del enfermo, un obstáculo serio para decidir de manera autónoma.
Los enemigos de la eutanasia insisten en la dificultad objetiva a la hora de
reconocer, en quien solicita que se anticipe su muerte, una decisión auténticamente
libre, racional y responsable. Es posible que esta solicitud sea el resultado de
presiones externas más o menos explícitas, o del desespero producido por dolores
muy intensos. Quienes pretenden justificar la eutanasia a partir del valor prioritario
asignado a la conducta autónoma, parecerían desconocer el hecho de que las
condiciones en que el sujeto solicita la eutanasia son poco o nada favorables para un
ejercicio responsable de la autonomía personal. Resulta difícil creer que una persona
fuertemente debilitada por la enfermedad y los fármacos esté en condiciones de
tomar una decisión racional responsable sobre una cuestión de vida o muerte. En
situaciones tan precarias, el sujeto parece incapaz de asumir una postura racional y
de reconocer sus intereses a largo plazo, puesto que la enfermedad debilita
seriamente su capacidad deliberativa, y lo deja relativamente indefenso frente a
eventuales presiones de médicos, familiares o amigos. En últimas, se estaría
apelando a un valor específico para unas condiciones decididamente desfavorables,
en las que todo parecería jugar en su contra.

f. Incompatibilidad con la moral social. Es el argumento esgrimido en Colombia por


un magistrado de la Corte Constitucional V.Naranjo, para sustentar su postura
favorable a la conservación de la penalización de la eutanasia. A juicio del
magistrado, una eventual despenalización de la eutanasia constituiría un desafío a
los dictados de la moralidad social compartida por la gran mayoría del pueblo
colombiano, caracterizada por la concepción personalista cristiana de la vida y de la
libertad. El derecho no debería quedar insensible a las indicaciones de la moral, y en
este caso de la moralidad concreta o ethos impregnado de principios cristianos. El
mismo magistrado acude también a otro argumento, de carácter ontológico,
relacionado con la finitud del ser humano y con los límites infranqueables para la
libertad que se desprendería de la naturaleza finita y mortal de nuestra existencia.
Puesto que el individuo no tiene poder de elección sobre las condiciones de su

21
concepción, crecimiento, desarrollo biológico y configuración corporal, ni está en
capacidad de escapar a su condición de mortal, no tendría sentido hablar de un
derecho de la persona a disponer libremente de su propia vida.

2. Argumentos liberales a favor de la despenalización de algunas formas de


suicidio asistido y eutanasia voluntaria.
a. Acerca de la presunta incompatibilidad entre eutanasia, derecho a la vida y
obligación de no matar.
Desde una perspectiva jurídica nadie niega la importancia del imperativo de no
matar, en tanto esencial para la convivencia pacífica y para cualquier ordenamiento
jurídico. Sin embargo, el mundo del derecho ofrece también una variedad de
causales de justificación del hecho, a partir de las cuales serían posibles las
limitaciones a dicho precepto: legítima defensa y estado de necesidad, etc. Como lo
reconoce el fallo reciente de la Corte Constitucional de Colombia: "El deber de no
matar encuentra excepciones en la legislación, a través de la consagración de
figuras como la legítima defensa, y el estado de necesidad, en virtud de las cuales
matar no resulta antijurídico, siempre que se den los supuestos objetivos
determinados en las disposiciones respectivas".

En cuanto al carácter indisponible del derecho a la vida, no existen de hecho


criterios jurídicos estrictos para diferenciar de manera clara los bienes disponibles de
los supuestamente indisponibles, y existen juristas insignes que reivindican la
disponibilidad plena del individuo en relación con el ejercicio de su derecho a la vida,
sobre la base del constante y progresivo interés prestado a la libertad y al derecho
de autodeterminación de los individuos. El Derecho y la comunidad jurídica estarían
obligados a renovarse constantemente, para adecuarse así al proceso dinámico de
la sociedad en general y ratificar una reivindicación siempre más extendida,
estrechamente vinculada con la aplicación progresiva de los espacios de la libertad
individual. En cuanto al interés del Estado en relación con la vida de los ciudadanos,
lo que se limitan a pedir los partidarios de la eutanasia es que el Derecho permita -

22
en circunstancias específicas - que un individuo pueda renunciar a la protección de
la vida como bien jurídicamente tutelado.

b. Pendiente deslizante. Puesto que apelan a la experiencia, las razones que


desaconsejan la legalización de la eutanasia por sus consecuencias negativas
pueden ser controvertidas empíricamente. Las investigaciones realizadas a raíz del
experimento holandés no autorizan a concluir que la despenalización de la eutanasia
voluntaria haya tenido consecuencias significativas en el incremento de modalidades
de eutanasia no consentidas. No parecen existir datos empíricos que corroboren una
correlación significativa entre la despenalización de una práctica cualquiera, y el
incremento de otra afín o cercana socialmente indeseable. Este argumento del
tránsito obligado hacia una condición perversa asume de antemano, sin mayores
pruebas, la certeza de que se verificarán las consecuencias negativas previstas, y de
que los cambios en el plano legislativo acabarán por provocar cambios substanciales
en la opinión pública, impulsándola hacia la aprobación indiscriminada de cualquier
clase de eutanasia. Quienes así argumentan le adosan el onus probandi - es decir la
necesidad de demostrar que estas previsiones son infundadas y que no se llegará a
condiciones tan catastróficas -, a los partidarios de la despenalización de alguna
clase de eutanasia voluntaria, cuando debería ser al revés. De manera análoga han
procedido, en un pasado más o menos reciente, quienes se oponían a importantes
innovaciones en varios campos de la vida social, apelando a las consecuencias
apocalípticas de una eventual abolición de la esclavitud o de la implementación del
sufragio universal, o, en tiempos más recientes, de la legalización del aborto.

Quienes llaman la atención acerca de una pendiente resbaladiza, sin reversas, hacia
el empleo de la eutanasia para fines eugenésicos o de limpieza social, parecerían
olvidar que los proyectos actuales de despenalización de la eutanasia y del derecho
a una muerte digna se inspiran en los axiomas del respeto de la dignidad y
autonomía, precisamente los principios opuestos a los que inspiraron la política nazi.
Cuando lo que justifica la eutanasia es el requerimiento racional y consciente del
propio sujeto, no existen razones para temer el peligro de una caída gradual, pero

23
ineludible, hacia las formas más brutales de eliminación de la vida humana. Este
argumento disuasorio es falso, puesto que quienes propusieron y llevaron a cabo el
programa de exterminio de las vidas consideradas indeseables no se resbalaron, por
la sencilla razón de que "se encontraban desde el inicio en el fondo del abismo".

c. Profesión médica. A pesar del famoso juramento hipocrático, en la historia de


Occidente el ejercicio de la medicina ha sido a menudo eutanásico. Por lo demás, el
sentido de una profesión evoluciona con el tiempo, en consonancia con el desarrollo
científico, las posibilidades reales, las cosmovisiones y sistemas de valores propios
de una sociedad determinada. El famoso juramento prohíbe, por ejemplo, que el
médico participe en prácticas abortivas, lo que no ha sido impedimento para que
muchos médicos hayan accedido a practicar alguna forma de aborto en los países
en los que esta práctica ha sido despenalizada o legalizada. La confianza en el
médico podría resultar incluso reforzada en caso de que el paciente supiese que el
médico podría estar dispuesto en algunos casos, y a raíz de una demanda explícita,
a provocarle una muerte rápida e indolora. En contra del argumento relativo a la
supuesta incompatibilidad de práctica de la eutanasia con la profesión médica es
suficiente recordar el carácter dinámico y abierto de toda profesión, que no puede
quedar apegada a las orientaciones trazadas hace más de veinte siglos, para una
cultura muy distinta de la nuestra.

d. Posibilidad de abusos y errores. La posibilidad de un diagnóstico equivocado es


sin duda inquietante. Sin embargo, llama la atención el hecho de que no se utilice
este mismo argumento en el caso de decisiones, igualmente irreversibles,
relacionadas con la decisión de interrumpir determinados tratamientos médicos,
cuando se considera al paciente desahuciado. También en este caso, que tiene por
consecuencia la muerte del paciente, es posible un error de apreciación por parte de
los profesionales de la salud; y, sin embargo, esta eventualidad no transforma en
ilícita una práctica de esta naturaleza. El miedo de un error de diagnóstico médico
es una objeción seria, y es inquietante pensar que no existe una segunda
oportunidad. Sin embargo, este argumento debería servir para esmerar los controles

24
para la práctica de la eutanasia, no para descalificarla de manera radical. En cuanto
a la posibilidad de abusos por parte del personal sanitario, no existen datos
empíricos que nos autoricen a creer que una eventual ley de despenalización de la
eutanasia contribuiría a incrementar esta clase de abusos contra la vida humana.
Parece igualmente razonable la tesis opuesta, de quienes argumentan que una ley
excesivamente rígida contra toda clase de eutanasia acabaría por fomentar prácticas
abusivas, al margen de cualquier control legal: los abusos podrían incrementarse allí
donde se practica la eutanasia de manera escondida.

e. La supuesta imposibilidad de una decisión autónoma en condiciones de


enfermedad. Aceptar un argumento de esta naturaleza significaría en la práctica
renunciar a cualquier derecho a la mayoría de edad, puesto que siempre existiría el
peligro, más o menos evidente, de condiciones desfavorables y de obstáculos,
internos o externos, para una conducta auténticamente autónoma. Más vale aceptar
la idea de un individuo plenamente consciente y responsable como un ideal
regulativo, al que debería poder aspirar todo sujeto humano concreto, a pesar de los
condicionamientos internos y externos que parecerían a menudo transformar su
posibilidad de autonomía en puro espejismo o en un sueño irrealizable. En otras
palabras, no parece razonable limitar el goce de la autonomía a los pocos
privilegiados que gozan de las condiciones ideales - cultura, perfecta salud física y
mental, condiciones económicas adecuadas, etc. - para ejercerla y aprovecharla al
máximo. Por el contrario, la autonomía hay que reconocerla y respetarla incluso en
las condiciones aparentemente más precarias, en sujetos concretos de carne y
sangre cuya conducta nos parece poco o nada razonable, marcados por los
prejuicios del medio, a menudo incapaces de enfrentar y orientar sus impulsos.

Simplemente habría que extremar las medidas de control para evitar que una
decisión de vida y muerte sea el fruto de una presión externa indebida o de un
estado pasajero de depresión. En este sentido muchos proyectos de
despenalización de la eutanasia voluntaria recomiendan que cualquier decisión
sobre eutanasia cuente con el respaldo de un comité integrado por los padres o

25
parientes más cercanos, un médico, una enfermera, un defensor del paciente, un
experto en ética, un asistente social y un abogado. En algunos proyectos se presta
atención especial a determinados mecanismos para controlar que la solicitud del
paciente refleje de verdad su decisión racional: la presencia de dos testigos
independientes en el momento en que el paciente formula expresamente su
decisión, que puede ser revocada en cualquier momento, la espera mínima de
treinta días, la averiguación reiterada, por parte del médico, acerca de los deseos de
la persona que solicita la eutanasia, constituyen controles apropiados para evitar que
se cometa un homicidio y se le prive a alguien de la vida en contra de su voluntad.

f. El respeto de la moral social. Esta manera de concebir las relaciones entre


derecho y moralidad social arraigada en un pueblo resulta excluyente y algo
intolerante para aquellos ciudadanos que no compartan un determinado ethos
impregnado por un credo religioso específico. No se trata de desechar cualquier
clase de relación entre moral y derecho, sino, simplemente, de asumir un horizonte
moral más abierto y no excluyente. La moralidad implícita en la teoría de los
derechos cumple con este requisito y ofrece un núcleo de principios morales con el
que debería ser contrastada toda normatividad positiva.

V. BALANCE CRÍTICO DE LOS ARGUMENTOS Y CONCLUSIONES.

a. Es injusto asimilar sin más la eutanasia a un homicidio simple o agravado.


Al actuar de esta forma, el Estado parecería desconocer dos aspectos que
diferencian de manera significativa la práctica eutanásica consentida del homicidio
común: el móvil y la intención de quien imparte la muerte, que responden en este
caso a los intereses de la persona a la que se le priva de la vida, y el hecho de que la
actuación de quien decide acabar con la vida de otro ser humano responde a una
demanda expresa de este último, lo que no acontece en los demás atentados o
crímenes contra la vida. Al omitir estas diferencias tan evidentes y al tratar por igual a
casos objetivamente desiguales, la ley acaba por ser injusta e inicua: parece
inadmisible asimilar la participación activa en la muerte de una persona para su

26
bienestar y en respuesta a una demanda explícita de solidaridad, a una violación de
la vida humana perpetrada para responder a una pulsión agresiva o para adueñarse
de los bienes del otro. Como agrega el texto de la sentencia de la Corte
Constitucional colombiana en el caso del homicidio pietístico consentido por el sujeto
pasivo del acto, “el carácter relativo de esta prohibición jurídica se traduce en el
respeto a la voluntad del sujeto que sufre una enfermedad terminal que le produce
grandes padecimientos, y que no desea alargar su dolorosa vida. La actuación del
sujeto activo carece de antijuridicidad, porque se trata de un acto solidario que no se
realiza por la decisión personal de suprimir una vida, sino por la solicitud de aquél
que por sus intensos sufrimientos, producto de una enfermedad terminal, pide le
ayuden a morir”.

Esta injusticia parecería resolverse, en apariencia, gracias a la atenuación del


castigo en el caso de la práctica eutanásica. Una medida de esta naturaleza, que es
la tendencia actualmente dominante, constituye sin duda un adelanto significativo
frente a la mera homologación de la eutanasia a un crimen contra la vida. Sigue
siendo, sin embargo, insuficiente para asegurar de verdad una ley justa y ecuánime:
si bien responde a una preocupación legítima de "contención" y al miedo hacia lo
que podría suceder en caso de una legalización plena, presenta ciertos
inconvenientes desde una perspectiva de justicia. En efecto, con la atenuación de la
pena se acaba por castigar a quien de hecho no merece el castigo, puesto que actúa
impulsado por sinceros sentimientos de respeto y solidaridad y cumple a cabalidad
con los requisitos arriba establecidos para autorizar algunas formas de eutanasia:
respeto de la autonomía del paciente, por su persona y sus fines, esfuerzo por
comprender su auténtica voluntad, etc. En cambio, pueden resultar favorecidos con
una pena demasiado benigna quienes practican formas de eutanasia poco o nada
ortodoxas y las maquillan, de tal forma que aparezcan como casos de homicidio
piadoso consentido. Una alternativa podría ser la de castigar más severamente a los
segundos - como homicidio agravado -, y despenalizar a la primera. De esta forma,
quien acuda a practicar la eutanasia tendría que pensarlo dos veces antes de asumir
un riesgo tan serio, y tomaría todas las medidas del caso para cumplir con los

27
requisitos que toda ley de despenalización tendría que fijar para proteger a las
personas de una muerte involuntaria: la expresión ineludible de la voluntad de la
persona que la solicita, los intereses de la misma persona como factor prioritario o
exclusivo y, eventualmente, la incapacidad o dificultad de la misma para poder
quitarse la vida por sí misma. Desde una perspectiva consecuencialista, es sin duda
legítima la preocupación por "contener" la realización de prácticas atentatorias
contra la vida. Sólo que la penalización indiscriminada de toda clase de eutanasia no
constituye necesariamente el medio más eficaz para este objetivo en sí laudable.

b. El derecho a la vida es imprescriptible e inviolable, pero no inalienable. Es


imprescriptible en el sentido de poseer un valor intrínseco, frente a los demás, o
frente al Estado. Inviolable, por lo menos hasta tanto no se transforme en una
amenaza para el derecho a la vida de los demás. En cambio no es inalienable: si lo
que vale es la libertad, más que la vida, no es impensable o absurda una renuncia a
este derecho por razones que el propio individuo podrá evaluar, tales como una
causa noble, preocupación por sus familiares, evitar una vida indigna, etc. El
individuo puede disponer de su libertad, así sea para destruirla. En el caso del
suicidio o eutanasia parecería acontecer algo similar, la diferencia reside en el hecho
de que la muerte o ausencia de vida no implica una degradación o violación de la
dignidad, lo que sí sucede con la renuncia a la libertad. El que entregase su libertad
cometería un suicidio difícil de justificar desde una perspectiva moral, en tanto
acabaría con su parte más noble, y se rebajaría a la condición de un simple animal.
Inalienables son la libertad y la dignidad: el individuo puede renunciar a ellas, pero a
condición de renunciar a aquello que le confiere sentido.

Si aceptamos que el eje del ordenamiento jurídico es la libertad y la dignidad, más


que el respeto por la vida, una solución de esta naturaleza resulta legitima: la
función de los valores superiores como la dignidad y la libertad es la de determinar
los contornos de los derechos fundamentales y sobre todo la de sugerir soluciones a
eventuales conflictos entre derechos básicos o fundamentales.

28
c. El derecho a una muerte digna como parte integral del derecho a una vida digna.
Hasta el momento hemos considerado la tensión entre el derecho a la vida y el
derecho a una muerte digna como un caso de conflicto entre derechos. Sin embargo,
una redefinición del derecho a la vida a la luz de los principios de dignidad y
autonomía, abre también la posibilidad de concebir los derechos aparentemente
enfrentados o irreconciliables como dos expresiones de un derecho básico o
fundamental: el derecho a una vida digna. Lo que cuenta de verdad no es la
subsistencia biológica sino una existencia con sentido, que implica la posibilidad de
organizar la propia vida de acuerdo con parámetros de autonomía, desde el
momento en el que el individuo puede asumir la defensa en primera persona de sus
propios intereses vitales. El derecho a una muerte digna aparece así como la
aplicación particular de un derecho más general: la muerte no es lo contrario de la
vida, sino un momento, en extremo importante, de la misma. Lo que expresaría este
nuevo derecho es que la dignidad y la autonomía impregnan también este acto final.
La muerte es una parte integral de la vida, la escena final que resume su sentido.
Por lo general, lo que queda marcado en nuestra memoria es la escena final de una
película o pieza de teatro. De manera análoga, quien enfrenta la muerte tiene
derecho a que esta escena final se realice con dignidad y decoro. Los partidarios de
la despenalización del suicidio asistido y de la eutanasia formulan sus
reivindicaciones apelando a un nuevo derecho, que habría que incluir en la lista de
los derechos ya consagrados: el derecho, por parte del individuo, de disponer
libremente de su propia vida. El amplio despliegue sobre casos en los que la
conservación de un ser humano con vida, en contra de su voluntad y de la de sus
familiares, es percibida como una forma inhumana de crueldad, ha contribuido a un
cambio significativo en la actitud de varios penalistas y en general de la opinión
pública: muchas voces se han levantado para pregonar una actitud más benigna por
parte del sistema penal o incluso la despenalización sin más de la práctica
eutanásica.

El deber del Estado de proteger la vida encuentra un límite en la voluntad misma del
sujeto cuyos derechos o intereses se trata de proteger y tutelar. "El deber del Estado

29
de proteger la vida - sostiene la mencionada sentencia - debe ser entonces
compatible con el respeto a la dignidad humana y al libre desarrollo de la
personalidad. Por ello la Corte considera que frente a los enfermos terminales que
experimentan intensos sufrimientos, este deber estatal cede frente al consentimiento
informado del paciente que desea morir en forma digna. En efecto, en este caso, el
deber estatal se debilita considerablemente por cuanto, en virtud de los informes
médicos, puede sostenerse que, más allá de toda duda razonable, la muerte es
inevitable en un tiempo relativamente corto. En cambio, la decisión de cómo
enfrentar la muerte adquiere una importancia decisiva para el enfermo terminal, que
sabe que no puede ser curado, y que por ende no está optando entre la muerte y
muchos actos de vida plena, sino entre morir en condiciones que él escoge, o morir
poco tiempo después en circunstancias dolorosas y que juzga indignas. El derecho
fundamental a vivir en forma digna implica entonces el derecho a morir dignamente,
pues condenar a una persona a prolongar por un tiempo escaso su existencia,
cuando no lo desea y padece profundas aflicciones, equivale no sólo a un trato cruel
e inhumano, prohibido por la Carta Política - art.12 -, sino a una anulación de su
dignidad y de su autonomía como sujeto moral.

El valor prioritario asignado a la dignidad y autonomía de la persona justifican así una


actitud favorable a la eutanasia: el Estado no puede oponerse a la decisión de un
individuo que, al padecer una enfermedad terminal que le produce dolores
incompatibles con su dignidad, desea morir y solicita ayuda para lograrlo. Su libertad
posee en este caso un valor superior al deber del Estado de garantizar el derecho a
la vida; por lo que el Estado no estaría autorizado a impedir esta determinación, ni
podría sancionar a un tercero que presta su ayuda a quien solicita la muerte.

30
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