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Metafísica y Persona

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El Dios geométrico de Baruch


Spinoza
Publicado por Rómulo Ramírez Daza y García (http://metyper.com/category/autor/romulo-ramirez-daza-
y-garcia/) en julio de 2012 .

Rómulo Ramírez Daza y García


Universidad Panamericana
rramirez@up.edu.mx

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Resumen
El presente artículo es una síntesis de la doctrina del Dios geométrico de Baruch Spinoza, contenida en su
Ethica, Ordine Geometrico Demonstrata de 1677. Dividiremos el estudio en cuatro secciones, a saber, de
Dios, del Alma, del Conocimiento y de la Física, aunque, en denitiva, todas las partes de la Ética tienen
relación directa con Dios, pues en él hallan su último fundamento. A nuestro juicio, la Ética spinoziana es
la expresión más lograda del monismo racionalista de la modernidad, como intentaremos mostrar en las
páginas siguientes.

Palabras clave: Spinoza, Ética, Dios, Alma, Conocimiento, Física.

The geometric God of Baruch Spinoza

Abstract

This paper presents the metaphysical theory of Baruch Spinoza’s geometrical God as laid out in his Ethica,
Ordine Geometrico Demonstrata of 1677. We will split this study into four sections, i.e. God, the Soul,
Knowledge, and Physics, although all the parts of the Ethics relate directly to God, since he constitutes
their ultimate basis. In our opinion, Spinoza´s Ethics constitute the highest form of rationalistic monism
in modernity, as we will attempt to show in the following pages.

Keywords: Spinoza, Ethics, God, Soul, Knowledge, Physics.

Recepción del original: 07/02/12


Aceptación denitiva: 02/04/12

“Cuando hablo de Spinoza […], entonces sé que su sangre circula en la mía”


“Mis antepasados: Heráclito, Empédocles, Spinoza”
Nietzsche, XXI, 98; XIV, 109.

El presente artículo pretende esbozar sintética y llanamente la teoría de Dios en Spinoza. Para ello, y por
considerarla suciente para tal propósito, abordamos únicamente, aunque por completo, su Ethica,
Ordine Geometrico Demonstrata, de 1677, que el lósofo elaboró y formuló a lo largo de 14 años.
Nuestra pretensión no es de deconstrucción, sino de hermenéutica profunda, y se basa, sobre todo, en la
localización de los pasajes clave de la obra citada.

A la luz de su magna y complicada Ética, concretaré mi estudio del Dios spinoziano en cuatro partes, que
considero darán unidad interpretativa a las cinco ya establecidas por el mismo lósofo1 y permitirán
entender su mensaje losóco, la compleja visión que Spinoza nos participa.

Esas cuatro partes son: de Dios, del Alma, del Conocimiento y de la Física.

Queda así establecida la arquitectura metodológica de nuestra exposición. Por otra parte, sus referentes
formales se reconocen en el sistema, donde todo tiene lugar y se halla relacionado con todo. Para
Spinoza, el fundamento absoluto es Dios, por lo que muchas cuestiones encuentran concierto en la
misma substancia. Sin embargo, no asumimos la crítica de Spinoza al vulgo, del que sostiene que, al no
poder responder racionalmente a un problema, apela a la ignorancia, remitiendo cualquier dicultad
explicativa a algo que llama Dios (Spinoza, 1996, Apéndice, parte I). Nuestra dilucidación será, pues, el
Dios losóco de Spinoza: veremos, en síntesis, cómo todas las partes de la Ética se relacionan
directamente con Dios y en él hallan su último fundamento.
1. Dios
En las deniciones de la parte I, Spinoza ofrece cuatro enfoques de Dios: a) como causa sui, pues su
esencia implica su existencia; b) como substancia, aquello que es en sí y se concibe por sí; c) como
substancia absolutamente innita, por la unidad de sus atributos; y d) como ser libre, por su necesidad
absoluta y su autodeterminación (Deniciones Iniciales).

Ahora bien, cabe decir que Dios es la totalidad del ser expresado en la multiplicidad de sus atributos y
sus modos, pues no existe sino una única substancia (Deniciones Iniciales), cuya existencia es necesaria
(Prop. XI, parte I): como «ser innito […] es, en verdad, la absoluta armación de la existencia» (Escol. I,
Prop. VIII, parte I). Dios es todo para Spinoza; fuera de él nada hay, puesto que, de haber algo, existiría
una substancia distinta de esta misma, y aparte de Dios no puede concebirse substancia alguna (Prop.
XIV, parte I): todo es en Dios y es Dios expresado como naturaleza, binomio Dios-Naturaleza (Prop. XV,
parte I).

Por tales motivos, Dios es único (Corol. I, Prop. XIV, parte I), es ‘el Uno’, según una antigua expresión, y
también todo, pues «de la suma potencia de Dios […] han 岓uido necesariamente o se siguen siempre con
la misma necesidad, innitas cosas en innitos modos, esto es, todo» (Corol. I, Prop. XIV, parte I). En ese
sentido, es causa tanto de sí (Den. I) como de las restantes realidades: «el entendimiento de Dios es la
única causa de las cosas, tanto de su esencia como de su existencia» (Escol., Prop. VII, parte I); y, aunque
formalmente Dios diera de todas ellas, en tanto que es lo primero, es causa inmanente de las mismas
(Prop. VIII, parte I). Tómese en cuenta, no obstante, que «un modo que existe necesariamente y es
innito, ha debido seguirse de la naturaleza absoluta de algún atributo de Dios» (Prop. XXIII, parte I).

Por tanto, los ‘modos’ expresan patentemente la esencia de Dios o, mejor dicho, Dios se maniesta o se
presenta en los modos en tanto afecciones de sus atributos, puesto que ello, en virtud de su principio, los
ha determinado a obrar (Prop. XXVIII, parte I). ‘Ello’ o ‘eso’ es denido como la ‘verdad eterna’ a propósito
de su eternidad y de su esencia (Escol. Prop. XIX y Corol. I Prop. XX, parte I).

Como su esencia implica su existencia (Den. I, parte I), en virtud de su misma naturaleza, sus atributos
son innitos. A propósito de la necesidad de la substancia, se dice que «la substancia consta de innitos
atributos, cada uno de los cuales expresa una esencia eterna e innita» (Prop. XI, parte I), y como es lo
primero en el plano ontológico, goza de múltiples atributos: «cuanto más realidad o ser tiene una cosa,
tantos más atributos le competen» (Prop. IX, parte I. En particular la Prop. XVI con su demos., y el Escol.
de la Prop. X). Esta proposición se opone por completo a la correspondiente de cuño aristotélico, pues se
inclina más hacia la multivocidad de atribución predicada en la acción de la perfección divina que a la
univocidad del pensamiento que, en cambio, atribuía Aristóteles a Dios, al considerar incluso que solo se
conoce a sí mismo. Spinoza escribe, por el contrario: «De la necesidad de su naturaleza divina deben
seguirse innitas cosas en innitos modos» (Prop. XIX, parte I), etc.

Hasta aquí lo que toca al número, pues Dios y sus atributos son eternos. Y por lo que atañe a la cualidad,
solo podemos reconocer dos de los innitos que posee, por la denición misma de su esencia:
entendimiento y extensión.

Como puede advertirse, la noción de atributo resulta fundamental para la intelección de Dios, siendo
«aquello que el entendimiento percibe de la substancia en cuanto que constituye la esencia de la misma»
(Den. IV, parte I); de este modo, el atributo es el camino de la comprensión esencial de Dios,
comprensión del pensamiento dado, del cual se sigue necesariamente la idea de Dios (Demostr. de la
Prop. XXI, parte I).
Más adelante, en la proposición I de la parte II, arma Spinoza: «el pensamiento es un atributo de Dios, o
sea, Dios es una cosa pensante y como es evidente que por el hecho de que podemos concebir un ente
pensante innito […], atendiendo al solo pensamiento, concebimos un ente innito» (Escol. Prop. I, parte
II); y es por eso que lo concibe a Dios de manera necesaria, y por consiguiente, lo entiende tal cual como
pensamiento innito. Conclusión que se corresponde con la atribución divina del ‘pensamiento del
pensamiento como acto de pensar’ del Estagirita, pero que para Spinoza es solo una de las dos que
puede captar el hombre, entre las innitas que expresan la esencialidad innita y perfecta de Dios.

Si atendemos al segundo y último de los atributos asequibles al entendimiento humano —la extensión—,
Dios puede-debe concebirse como cuerpo; en efecto, desde esta perspectiva Dios se presenta como
innito (Den. I, parte II)2 y, además, como no trascendente y no inmaterial: se arma, entonces, su
inmanencia y su materialidad eternas.

En lo que atañe al nexo de Dios con las cosas, estamos ante una relación de fundamento en sentido
ontológico, pues «Dios es causa inmanente […] de todas las cosas» (Prop. XVIII, parte I), es el que las ha
determinado en su ser y las sostiene en sí mismo. «Todas las cosas son en Dios» (Prop. XV y su apéndice,
parte I), «todas las cosas dependen de su potestad» (Escol. II, Prop. XXXIII, parte I); y como la
determinación es completa en virtud de su libertad (Den. VII, parte I), «para que las cosas pudieran ser
de otra manera, debería necesariamente ser de otra manera la voluntad de Dios. Pero la voluntad de
Dios no puede ser de otra manera […] en virtud de la perfección de Dios. Luego tampoco las cosas
pueden ser de otra manera» (Escol. II, Prop. XXXIII, parte I).

Véase cómo su libertad se corresponde con su necesidad, conformando un determinismo voluntarista


desde el elemento de lo eterno. Su potestad se corresponde exactamente con su racionalidad, en una
palabra, con el ser tal como es retroproyectivamente —i.e. como fue y como será—, pues Dios no puede
en manera alguna dejar de ser el mismo Dios. Determinismo voluntarista spinoziano opuesto por
denición, y no por tradición, al voluntarismo libérrimo de Duns Escoto.

Por ser libre y no hallarse sujeto sino a sí mismo, Dios está exento de pasiones (Den. VII, parte I). En
efecto, según Spinoza, estas componen la fuente humana de la esclavitud; contra ellas debe luchar el
alma para dirigirse a la libertad, es decir, a Dios, pues «el sumo bien del alma es el conocimiento de Dios,
y la suma virtud del alma, conocer a Dios» (Prop. XXVIII, parte IV). Se esclarece así la consabida distinción
entre naturaleza naturalizante —«aquello que expresa una esencia eterna e innita»— y naturaleza
naturalizada —«aquello que se sigue de la necesidad de la naturaleza de Dios»— (Escol. Prop. XXIX, parte
I); como todo lo demás, las pasiones acaecen en la segunda naturaleza y no en la primera.

Además de los atributos, conviene considerar los modos de la substancia: las afecciones o disposiciones
que se dan en Dios, en tanto que por ellas se le puede concebir. Los ‘modos’ serán, entonces, «afecciones
de la substancia […] por lo cual también se la concibe» (Den. V, parte I). Los modos no son las partes de
la substancia, pues «la substancia […] es indivisible» (Prop. XIII, parte I), sino las cosas que se siguen de su
absoluta necesidad, las cosas mismas. Pues «las cosas particulares no son nada, sino afecciones de los
atributos […] por las cuales se expresan de cierta y determinada manera los atributos de Dios» (Corol.
Prop. XXV, parte I). Dios se expresa innitamente en sus innitos modos a través de sus innitos
atributos. Solo una substancia, una sola unidad, Dios. Lo que aparece como cosas no son realmente
substancias, sino modos de Dios: no hay esencias fuera de la divina; como decíamos, al Dios de Spinoza
se le puede atribuir el ‘Todo y Uno’ del monismo antiguo.

«La eternidad de los atributos de Dios se da porque, si el atributo expresa [su] esencia» (Den. IV, parte I)
y toda substancia es necesariamente innita —el postulado es universal, pero la substancia es una sola—
(Prop. VIII, parte I) en virtud de su ilimitación, por un lado, y la innitud, por otro, expresa «la absoluta
armación de la existencia, de ahí se deriva su eternidad, pues a la naturaleza de la substancia le
pertenece existir» (Prop. VII, parte I; y Prop. XIX, parte I). Así que la necesidad de Dios es la medida de su
eternidad, según lo piensa deductivamente el mismo Spinoza. Entendido esto, queda inteligida en
esencia su naturaleza, por lo menos básicamente; y se mantiene el carácter positivo de la metafísica.

Pero si hablamos de metafísica, implicando a una con ello el plano físico y el humano, ¿por qué Spinoza la
denomina Ética? Responder a esta cuestión en particular es entender el principio de la losofía de
Spinoza. Contestar por extenso va más allá de los límites de este artículo. Pero, en síntesis, podemos
decir que todas las partes de su ética, correlativamente a todas las cosas del universo, están en relación
con Dios tanto en su conformación ontológica como en su concepción mental. Todo es Dios, que se
expresa como una única substancia en sus innitos modos.

La mente humana y sus problemas no podrían ser la excepción; es más, la libertad constituye una
manifestación del orden racional que Dios dispone en el modo humano. Pero ¿por qué geométrico? Pues
porque toda la determinación sigue una serie de pasos para su demostración rigurosa, y no hay otro
modelo mejor que el geométrico para su mostración sucesiva: proposición por proposición, denición y
demostración e inferencia una por una. La geometría aplicada a la losofía es, según Spinoza, un modelo
idóneo para la exposición de sus intuiciones respecto a la realidad, que es la realidad divina.

Spinoza demuestra que, por implicarse mutuamente, la existencia y la esencia de Dios son una y la
misma cosa. Y lo hace de dos maneras: a priori y a posteriori. En el primer caso, mediante una reductio
ad absurdum y con un método siempre deductivo: «Dios […] expresa una esencia eterna e innita, existe
necesariamente; si lo niegas, concibe, si es posible, que Dios no existe. Entonces su esencia no implicaría
la existencia. Pero esto es absurdo» (Spinoza remite aquí a la Prop. VII, parte I), pues, por ser causa sui,
determina siendo (existiendo), y por eso es una misma cosa. También dice que, como a su «naturaleza
pertenece existir o [lo que es lo mismo] de cuya denición se sigue que existe» (Prop. XIX, parte I), solo de
la necesidad de la substancia podemos predicar que su esencia implica su existencia (Demos. y Escol.,
Prop. XI, parte I).

2. El Alma
Ahora bien, el alma participa de Dios en cuanto entendimiento innito: «el alma es una parte del
entendimiento […]. Dios, en cuanto se explica por la naturaleza del alma humana, o sea, en cuanto
constituye la esencia del alma humana, tiene esta o aquella idea» (Corol. Prop. XI, parte II). Así pues, «lo
primero que constituye el ser actual del alma humana no es nada más que la idea de una cosa singular
existente en acto» (Prop. XI, parte II); por consiguiente, es una ‘afección’, o sea, «un modo que expresa de
cierto y determinado modo la naturaleza de Dios» (Corol., Prop. X, parte II).

Y, viendo la relación del alma con las acciones y las pasiones, es dirigida a partir de las primeras a las
segundas, conforme a la adecuación y a la inadecuación, respectivamente. Pues, siendo el alma «la idea
del cuerpo existente en acto que está compuesta de muchas otras [ideas adecuadas e inadecuadas] […],
las pasiones no se reeren al alma sino en cuanto esta tiene algo que implica una negación, o sea, en
cuanto se la considera como una parte de la naturaleza que no puede percibirse clara y distintamente
por sí misma sin las otras […], además de que las pasiones se reeren a las cosas singulares lo mismo
que el alma y no pueden percibirse de otra manera» (Prop. III, parte III, sobre todo como refuerzo: el
Escolio correspondiente): «las ideas que son adecuadas en el alma de alguien son adecuadas en Dios, en
cuanto constituye la esencia de esta alma, y, además, las que son inadecuadas en el alma, son también
inadecuadas en Dios, no en cuanto contiene en sí la esencia de esta alma solamente, sino en cuanto
también contiene al mismo tiempo las almas de las otras cosas» (Las tres deniciones y los postulados de
la parte III, y la demostración de la Prop. I), etc. Y así, nociones análogas como amor, nostalgia, etc., son
entendidas desde ese mismo regio basamento conceptual.3

Para considerar al hombre cabalmente, hemos de entenderlo desde los puntos básicos a través de los
cuales hallará cabida de algún modo en la substancia, como uno de los puntos en relación con la misma.
La esencia del hombre está constituida «por ciertas modicaciones de los atributos de Dios. Pues el ser
de la substancia no pertenece a la esencia del hombre. Luego es algo que es en Dios y que sin Dios no
puede ni ser ni concebirse, o sea, es una afección, un modo que expresa de cierto y determinado modo
la naturaleza de Dios» (Corol. de la Prop. X, parte II), pues todas las cosas y «leyes de la Naturaleza han
sido tan amplias que bastaron para producir todo lo que puede ser concebido por un entendimiento
innito» (Apéndice, parte I); así, su estructura es de tal índole que se halla manifestada como un modo de
la substancia bajo las leyes, producto a su vez de su libertad (Den. VII, parte I).

Cabe aclarar que la esencia del hombre no pertenece al ser de la substancia, porque —en sentido
riguroso— el primero no es libre, mientras que el segundo es libérrimo; también porque la multiplicidad
de los modos que caen bajo los atributos no es plenamente necesaria, mientras que aquello en que
arraigan sí lo es. El argumento de Spinoza reza así: «El ser de la substancia, en efecto, implica la existencia
necesaria. Pues, si a la esencia del hombre perteneciese el ser de la substancia, dada la substancia, se
daría necesariamente el hombre y, por consiguiente, el hombre existiría necesariamente, lo cual es
absurdo» (Prop. y Demostr. X, parte II). Que Dios fuera hombre resulta absurdo, pues, en virtud de su
perfección, la innitud de la substancia no se comprende reductivamente en la nitud de los modos
particulares, y menos de un solo modo. Así pues, el hombre es contingente, mientras que Dios es
necesario. C. Q. D.

El hombre está ahí mismo, como aquello que le permite alzarse en la vida, en la existencia: por lo que
vivir de la forma correspondiente a su esencia es la virtud. Si en esta tesis late cierta in岓uencia
aristotélica, la especicidad Spinoza se revela al determinar cómo entiende la virtud. Con sus propias
palabras: «La virtud es la potencia humana misma, que se dene por la sola esencia del hombre […], se
dene por el solo esfuerzo con que el hombre se esfuerza por perseverar en su ser» (Corol. Prop. XI,
parte II), y por ser una determinación de la substancia: el fundamento de la virtud no es otro sino Dios.

No extraña en absoluto: «el alma humana es una parte del entendimiento innito de Dios» (Corol. Prop.
XI, parte II), y «Dios es no solo causa de las cosas según el devenir, sino también según el ser» (Escol.
Prop. X, parte II). De ahí que el hombre libre nunca obre de mala fe, porque «vive según el solo dictamen
de la razón […], desea el bien directamente, esto es, desea obrar, vivir, conservar su ser, teniendo por
fundamento el buscar su propia utilidad; su sabiduría es una meditación de la vida» (Prop. LXVII, parte
IV). Y como para Spinoza «el orden y conexión de las ideas es el mismo que el orden y conexión de las
cosas» (Prop. VII, parte II), obrar de mala fe sería apartarse de la razón y por ende del bien, lo cual es
absurdo, pues ya se es libre.

El hombre libre no obra nunca de mala fe, sino siempre con lealtad; este es el deber-ser para Spinoza
(tesis conforme al pensamiento de Sócrates). Si el hombre libre, en cuanto tal, hiciese algo de mala fe, lo
haría según el dictamen de la razón (tesis que comparte exactamente, sin saberlo, con Pedro Abelardo).
Por tanto, obrar de mala fe sería una virtud y, por consiguiente, sería lo más conveniente para cada cual,
a n de conservar su ser (aplicación del principio de conservación del ser), lo cual se vuelve un total
absurdo según juzga correcta y lógicamente Spinoza.
De ahí que tengamos que caminar hacia lo racional, que es lo que nos hace libres; al terminar semejante
recorrido, un afecto —que es una pasión— deja de serlo. Al respecto, el lósofo dice: «un afecto que es
una pasión deja de ser una pasión tan pronto como nos formamos de él una idea clara y distinta» (Prop.
y Demos. III, parte V). Spinoza sigue usando aquí los criterios eidéticos de Descartes, y argumenta así: «un
afecto que es una pasión es una idea confusa. Si, pues, de este afecto nos formamos una idea clara y
distinta, esta idea no tendrá con el afecto mismo, en cuanto se reere al alma sola, sino una diferencia de
razón; por tanto, el afecto dejará de ser una pasión C. Q. D.» (Prop. y Demos. III, parte V).

Por otra parte, el hombre es más libre en el Estado que en la soledad, porque «el hombre que es guiado
por la razón, no es guiado a obedecer por el miedo, sino que, en cuanto se esfuerza en conservar su ser
conforme al dictamen de la razón, esto es, en cuanto se esfuerza en vivir libremente, desea observar la
norma de la vida en común y de la utilidad común y, por consiguiente vivir según el decreto común del
Estado. El hombre que es guiado por la razón desea, pues, para vivir más libremente, observar las leyes
comunes del Estado. C. Q. D.» (Prop. y Demostr. LXXIII, parte IV). Esta tesis es conforme a la losofía
política de Aristóteles, pues el hombre racional en acto es hombre en la πόλις por su condición gregaria.

Otro tópico fundamental referente al alma es, precisamente, su inmortalidad, tan discutida en losofía.
Lo inmortal en ella es la idea causada en la substancia, pues «la idea de una cosa singular existente en
acto —dice Spinoza— tiene por causa a Dios […] en cuanto es una cosa pensante» (Prop. y Demostr. IX,
parte II), además de que las esencias formales de las cosas o modos están contenidas ontológicamente
en los atributos de Dios (Prop. VII, parte II). Así pues, «cada idea de un cuerpo cualquiera o de una cosa
singular existente en acto, implica necesariamente la esencia eterna e innita de Dios» (Prop. XLV, parte
II). Todo implica a Dios y no hay modo de que de Dios escape, pues en él se constituye y cobra realidad
su existencia. Si el alma que parece autodeterminarse no se piensa sin Dios, mucho menos otra cosa
cualquiera: nada se piensa sin Dios; más aún, solo puede pensarse bajo el supuesto de Dios.

De esta manera, lo que nalmente hay de inmortal en el alma es la esencia de Dios. «Pues aunque cada
una (cosa) sea determinada por otra singular a existir de cierta manera, sin embargo, la fuerza con que
cada una persevera en existir, se sigue de la necesidad eterna de la naturaleza de Dios» (Escol. Prop XLV,
parte II). El alma, entonces, se halla referida en su sentido más elevado a lo innito imperecedero, que es
Dios. De ahí que en el alma no haya voluntad libre absoluta. Spinoza lo arma expresamente: «En el alma
no hay ninguna voluntad absoluta o libre, sino que el alma es determinada a querer esto o aquello por
una causa que también es determinada por otra, y esta a su vez por otra, y así hasta el innito» (Prop.
XLVIII, parte II).

Puesto que el ser procede de la causa que lo constituye en su efecto, y esta a su vez de otra hasta el
innito, ese sobrevenirle de la existencia ya pregura su naturaleza en virtud de la conexión de las ideas,
esto es, del orden mismo de las cosas: de lo contrario, no habría orquestación de unidad de ser. Solo
Dios es libre en sentido absoluto (Den. VII, parte I). Como por sus solas fuerzas el alma es limitada —y
esto es evidente por razón de la naturaleza de la misma—, «en el alma no se da ninguna facultad
absoluta, sino solo voliciones singulares» (Demos. XLIX, parte II), pero en todo caso auspiciadas por el
mismo Dios.

Vemos claramente que, para el hombre, seguir la determinación de la naturaleza es lo útil, en virtud de la
perseverancia de su ser, buscando para ello lo que más le convenga, esto es, la realización de su esencia.
«En cuanto los hombres viven según la guía de la razón, solo entonces concuerdan siempre
necesariamente en naturaleza […], solo en cuanto los hombres viven según la guía de la razón, solo
entonces obran necesariamente lo que es necesariamente bueno para la naturaleza humana y, por
consiguiente, para cada hombre, esto es, que concuerda con la naturaleza de cada hombre y, por lo
tanto, los hombres también concuerdan siempre necesariamente entre sí, en cuanto viven según la guía
de la razón. C. Q. D.» (Corol. y Prop. XXXV, parte IV): y vivir máximamente en la razón es esforzarse por
alcanzar el conocimiento de Dios. Estamos ante una tesis completamente abelardiana, pero
redescubierta de forma independiente por Spinoza (fenómeno que, por lo demás, los hermana en una
línea discontinua de pensamiento sostenida desde Heráclito de Éfeso).

El hombre sigue absolutamente las leyes de su naturaleza cuando vive según la guía de la razón, y solo
entonces concuerda siempre necesariamente con la naturaleza de otro hombre; luego, entre las cosas
singulares, nada es más útil al hombre que el hombre (Corol. Prop. XXXV, parte IV): el hombre en cuanto
hombre —claro está—, pues cuando es vicioso en extremo y un peligro para los demás, se vuelve el peor
enemigo del hombre (esto último está obviado en el discurso de Spinoza).

Siendo así que el sumo bien del alma es la razón, se tratará de la razón puesta al servicio de la libertad,
del conocimiento de Dios. La mejor aplicación de la libertad es, entonces, el conocimiento de Dios.
Spinoza lo conrma —aunque se desprende de lo ya dicho—, al escribir: «El sumo bien del alma es el
conocimiento de Dios, y la suma virtud del alma, conocer a Dios» (Prop. XXVIII, parte IV). Vale la pena
traer a la luz la demostración de esta tesis: «Lo sumo que el alma puede entender es Dios, esto es, el ente
absolutamente innito y sin el cual nada puede ser ni concebirse; por tanto, la suma utilidad del alma, o
sea, el sumo bien, es el conocimiento de Dios. Además, el alma, en cuanto entiende, solo entonces obra y
solo entonces puede decirse absolutamente que obra por virtud. La virtud absoluta del alma es, pues,
entender; pero lo sumo que el alma puede entender es Dios; luego la suma virtud del alma es entender o
conocer a Dios. C. Q. D.» (Demostr. de la Prop. XXVIII, parte IV). Esta tesis, por lo demás, se corresponde
con la respectiva aristotélica.

3. El Conocimiento
Para Spinoza hay tres géneros de conocimiento, que describiré con sus propias palabras: «percibimos
muchas cosas y formamos nociones universales partiendo: a) de las cosas singulares que, por los
sentidos, nos son representadas mutiladas, confusas y sin orden para el entendimiento, […]
conocimiento por experiencia vaga; b) de los signos […], pues al oír o leer ciertas palabras nos acordamos
de las cosas y formamos de ellas ciertas ideas semejantes a aquellas por las cuales imaginamos dichas
cosas. A uno y otro modo de considerar las cosas los llamaré […] conocimiento del primer género,
opinión o imaginación: c) […] que tenemos nociones comunes e ideas adecuadas de las propiedades de
las cosas, y a este modo lo llamaré razón y conocimiento del segundo género. Aparte de estos dos
géneros de conocimiento se da, otro tercero, que llamaremos ciencia intuitiva. Y este género de
conocimientos procede desde la idea adecuada de la esencia formal de ciertos atributos de Dios hasta el
conocimiento adecuado de la esencia de las cosas» (Escol. II, Prop. XL, parte II).

Estamos ante una clasicación famosa, que encuadra en este sistema de pensamiento cuatro
modalidades del conocimiento que, en la práctica, se implican entre sí. En realidad, como se ve, Spinoza
reduce las cuatro a tres, y en esta matriz divisoria recoge tres géneros jerárquicos y a la vez escalonados:
el género primero de la δόχα, que engloba el nivel perceptual o experiencial y el simbólico (que se aboca
a los fantasmas); el género segundo o conceptual, horizonte de la racionalidad; y, nalmente, el género
intuitivo, que va directo de la captación formal del atributo al modo.

Hemos, pues, de rechazar toda falsedad que quiera darse asiento a sí misma; sin embargo, solo
podremos advertir su existencia y arrancarla de raíz cuando conozcamos su causa y sepamos si la causa
es adecuada o no. Adecuada será toda «aquella cuyo efecto puede percibirse clara y distintamente por
ella misma» (Den. I, parte III), mientras que la inadecuada será «aquella (causa parcial) cuyo efecto no
puede entenderse por ella sola» (Den. I, parte III).
Sentados los niveles o géneros del conocimiento, el lósofo trata cada uno de ellos en particular. Por lo
que toca al primero, arma: «el conocimiento del primer género es la única causa de la falsedad, pero el
del segundo y tercero es necesariamente verdadero, [puesto que solo] al conocimiento del primer
género […] pertenecen todas aquellas ideas que son inadecuadas y confusas; y, por tanto, este
conocimiento es la única causa de la falsedad» (Prop. y demostración XLI, parte II). De esta manera,
descubrimos y advertimos la causa de la falsedad, para arrancarla, como diría Spinoza.

Esto nos lleva a preguntarnos por la condición para que una idea sea verdadera, y así caminar parejo.
Aquí Spinoza argumenta que «la idea verdadera debe concordar con lo ideado por ella» (Axioma VI, parte
I): la condición es una relación de concordancia, una adaequatio, pero ideal, por así decir. Apunta,
entonces, al respecto, que quien «tiene una idea verdadera, sabe al mismo tiempo que tiene una idea
verdadera, y no puede dudar de la verdad de ello» (Prop. XLIII, parte II); y pretende indicar que la
evidencia de lo verdadero en el alma destierra todo carácter dubitable que pudiese aparecer respecto a
esa idea.

En conformidad con su tesis de que todas las cosas son en Dios (Apéndice, parte I), la demostración de
esta cuestión reza así: «la idea verdadera es en nosotros aquella que es adecuada en Dios en cuanto se
explica por la naturaleza del alma humana […], y el que conoce verdaderamente una cosa debe tener al
mismo tiempo una idea adecuada de su conocimiento, o sea, un conocimiento verdadero; esto es, debe
al mismo tiempo estar cierto de ello. C.Q.D.» (Prop. y Demostr. XLIII, parte II). De ahí que hable tanto de la
razón de segundo género como de la intuición.

Aquí desempeña una función básica la denición de la esencia de una cosa, pues sin ella no es posible un
conocimiento último, de acuerdo con lo antes dicho; y es que «a la esencia de una cosa pertenece aquello
dado lo cual quede puesta necesariamente la cosa, y quitado lo cual se quita necesariamente la cosa; o
sea, aquello sin lo cual la cosa y, viceversa, aquello que sin la cosa no puede ni ser, ni concebirse»
(Denición II, parte II). Como puede advertirse, Spinoza plantea la cuestión en términos de necesidad, a
tenor de la estructura causal rigurosa que se desentraña de la realidad misma.

Sin embargo, eso no implica ir en busca de las causas nales ni de lo heteróclito en ningún grado. Contra
Aristóteles y contra toda la tradición lastrada por él, Spinoza considera un prejuicio el concebir las causas
nales en el orden del ser. «Los hombres suponen comúnmente que todas las causas naturales obran,
como ellos mismos, por un n» (Apéndice, parte I), pero esto no es sino una burda generalización del
vulgo, basado en sus propias intenciones. No sabe que, en realidad, «la naturaleza no se ha prejado
ningún n» (Apéndice, parte I). Con todo, semejante armación no desemboca en el caos, pues «todas las
cosas de la naturaleza acontecen con cierta eterna necesidad y suma perfección» (Apéndice, parte I),
como muestra la evidencia de lo racional.

El largo razonamiento concluye: «la perfección de las cosas solo ha de estimarse por su sola naturaleza y
potencia; y, por tanto, las cosas no son ni más ni menos perfectas porque deleiten u ofendan los sentidos
de los hombres, o porque ‘convengan’ a la naturaleza humana o la repugnen; y reforzamos que la
naturaleza no es caótica porque las leyes de la naturaleza son tan amplias que bastan para producir todo
lo que puede ser concebido por un entendimiento innito» (Apéndice, parte I). «La naturaleza es siempre
la misma, y en todas partes una y la misma su virtud y potencia de obrar; esto es, las leyes y las reglas de
la naturaleza, según las cuales suceden las cosas y mudan de unas formas en otras, son siempre y en
todas partes las mismas».4

Toda la Ética de Spinoza maniesta la relevancia de obrar según la razón. Como sabemos, para los
humanos, obrar según la razón es buscar lo que les es útil, esto es, obrar según su naturaleza para
perseverar en su ser, además de ayudarse mutuamente para la correcta constitución y desempeño del
Estado (Prop. LIX, parte IV). O, con palabras del propio Spinoza: «obramos cuando en nosotros o fuera de
nosotros sucede algo de que somos causa adecuada, esto es, cuando de nuestra naturaleza se sigue en
nosotros o fuera de nosotros algo que puede entenderse clara y distintamente por ella sola» (Den. II,
parte III) y, en tal sentido, se siguen los criterios de validez en las ideas.5

¿Qué es, entonces, una idea? «Un concepto del alma, que el alma forma por ser una cosa pensante […]: el
concepto parece expresar una acción del alma. E idea adecuada es aquella que, en cuanto se considera
en sí, sin relación al objeto, tiene todas las propiedades o denominaciones intrínsecas de una idea
verdadera» (Dens. III, IV; parte II y la explicación de la tercera).

De aquí que Spinoza no encuentre ninguna diferencia entre la realidad y la perfección, sino que las
identique (Den. VI, parte II): pues «la perfección de las cosas solo ha de estimarse por su sola
naturaleza y potencia; y, por tanto, las cosas no son ni más ni menos perfectas porque deleiten u
ofendan los sentidos de los hombres o porque convengan a la naturaleza humana o la repugnen»
(Apéndice, parte I, penúltimo párrafo). Además, si todas las cosas son en Dios y Dios es su causa, no
pueden ser sino su innita manifestación misma en la multiplicidad innita de los modos. Todo es Dios,
Dios-todo-uno, Totalidad. Έν Καὶ Παν.

4. La Física
Como he hecho a lo largo de la presentación panegírica de la Ética —una de las obras capitales de uno de
mis más grandes maestros—, concluyo el estudio de esta obra laudatoria del monismo racionalista,
manifestando de nuevo mi conformidad con su autor, ahora en el ámbito de la física.

Tengo razones para hacerlo. Apunto algunas. Según Spinoza, el esfuerzo de cada cosa por perseverar en
su ser, en virtud de ser la presencia misma de la substancia en cuanto modo de un atributo de la misma,
«no implica ningún tiempo nito, sino indenido […], puesto que, si la cosa no es destruida por ninguna
causa externa, continuará existiendo siempre en virtud de la misma potencia por la que ya existe […], [y
esto porque] ninguna cosa puede ser destruida, sino por una causa externa, [pues la esencia de la cosa
se arma en su existencia, mas no se niega], y mientras atendamos solo a la cosa misma pero no a las
causas externas, nada podremos encontrar en ella que pueda destruirla» (Props. VIII, VII, IV con
demostrs., en ese orden, parte II). Por tales motivos, los cambios radicales de corrupción acaecen por
causa extrínseca a la cosa en cuestión, y no viceversa, pues el orden interno es perfecto.

Ahora bien, enfocando el asunto desde la estructura que enraíza en Dios, «las cosas singulares, en efecto,
son modos por los cuales se expresan de cierto y determinado modo los atributos de Dios; esto es, cosas
que expresan de cierto y determinado modo la potencia de Dios, por lo cual Dios es y obra; y ninguna
cosa tiene en sí nada por lo cual pueda ser destruida, o sea, que quite su existencia, sino que, por el
contrario, se opone a todo lo que puede quitar su existencia; por tanto, se esfuerza, cuanto puede y está
en ella, por perseverar en su ser C.Q.D.» (Prop. VI y demostración, parte III). Este es, pues, el camino de la
naturaleza divina en cada uno de sus seres o modos, y así lo concibe Spinoza.

La Ethica, ordine geometrico Demonstrata hunde sus raíces en Dios a título de fundamento, ya que «todo
cuanto es, es en Dios; y nada puede ser ni concebirse sin Dios» (Prop. XV, parte I). Y si uno de los
atributos es el pensamiento, y el pensamiento innito de Dios abarca en absoluto la innidad de lo
existente, de eso se sigue que todo es inteligible y obedece a las leyes eternas de la naturaleza, y no
puede ser otra cosa que la suma manifestación de la substancia.
Aparte de Dios no puede darse entonces, ni concebirse, ninguna substancia, esto es, ninguna cosa que
sea en sí y se conciba por sí. Y dado que los modos no pueden ser ni concebirse sin la substancia, estos
solo pueden ser existiendo en la naturaleza divina, y solo pueden concebirse por ella, como hemos dicho.
Mas aparte de las substancias y de los modos, nada se da. Luego nada puede ser ni concebirse sin Dios.
C.Q.D. (Demos. de la Prop. XV, parte I); por consiguiente «no pueden darse dos o más substancias» (Prop.
V, parte I); la unicidad absoluta es, entonces, absolutamente necesaria. Debe haber una substancia-un
Universo, y en ello se da un paralelismo geométrico exacto, perfecto.

Si consideramos, por una forma peculiar de acercamiento, la razón como pensamiento —la razón como
extensión—, en el sentido de concordancia de lo verdadero en su elemento propiamente, la relación es la
misma, y referida a la misma cosa; y esto ya bajo un atributo, ya bajo otro, porque si los modos son la
manifestación de las leyes, las leyes encuentran su concreción en las cosas. Pues dice Spinoza que «la
idea de toda cosa causada depende del conocimiento de la causa de la que es efecto […], [por ello] de
aquí se sigue que la potencia de pensar de Dios es igual a la potencia actual de obrar. Esto es, todo lo que
se sigue formalmente de la naturaleza innita de Dios, todo ello se sigue objetivamente en Dios, en el
mismo orden y con la misma conexión, de la idea de Dios» (Demos. y Corol. de la Prop. XVII, parte II).
Véase aquí la exactitud teórica de la consideración doctrinal, que es perfectamente geométrica en su
diseño y en sus alcances; y así «hallaremos un solo y mismo orden […], esto es, que se siguen las mismas
cosas unas de otras» (Escol. y Prop. VII, parte II).

Y de esta manera, si consideramos a Dios en su exteriorización de movimiento corporal al efecto de sí


mismo por sí mismo, esto es, por su actividad, nos percatamos de la naturaleza de los cuerpos; estos,
efectivamente, concuerdan «en que implican el concepto de un solo y mismo atributo; además, pueden
moverse ya más lentamente, ya más rápidamente y, en absoluto, ya moverse, ya estar en reposo [en
suma, los tipos de movimiento y reposo; la unicidad nalmente no se rompe, pues sabemos desde su
elemento que] todos los cuerpos concuerdan en ciertas cosas» (Demos. y lema II, parte II).

Sin embargo, unos cuerpos se distinguen de otros «en razón del movimiento y del reposo, de la rapidez y
la lentitud, y no en razón de la substancia» (Prop. V, parte I), como el propio Spinoza sostiene, remitiendo
a este lugar. Por último, diremos que se entiende la distinción en razón del cambio en sus distintos tipos,
y ello lo entendemos debido al atributo de extensión; de esta manera, lo que produce, en última
instancia, el movimiento o el reposo de un cuerpo se debe a que «todos los cuerpos concuerdan en
ciertas cosas [como ya habíamos indicado] por implicar un solo y mismo atributo […]. Un cuerpo en
movimiento o en reposo ha debido ser determinado al movimiento o al reposo por otro cuerpo, que
también fue determinado al movimiento o al reposo por otro cuerpo […], y así hasta el innito» (Lemas II
y III, parte II); porque «los cuerpos son causas singulares que se distinguen unos de otros en razón del
movimiento y del reposo» (Demos. del lema III, parte II), ocasionados por otros singulares, y así hasta el
innito, según esta explicación. Pero el innito es la intemporalidad misma de Dios, que se maniesta en
el tiempo que acaece sempiterno en el 岓ujo continuo del devenir.

He aquí, en síntesis apretada, la doctrina del Dios geométrico de Baruch Spinoza contenida en la Ética,
dotada de unidad férrea en todas y en cada una de sus partes, según vimos monográcamente en estas
páginas. A nuestro juicio, compone la expresión más conseguida del monismo racionalista de la
modernidad, época que losócamente pugnaba por la diosa Razón. Spinoza nunca declinó ni dejó de
luchar estoicamente por ella, con la pujanza intelectual que lo caracterizó durante toda su vida. Quede su
losofía como monumento de consagración espiritual de la lucha por la inteligibilidad del ser, y del
esmero de la losofía por acceder a lo real.

Bibliografía
Hubbeling. H. G.: Spinoza. Barcelona: Herder, 1981. Trad. de Raúl Gabás.

Spinoza, B.: Epistolario. Argentina: Raíces, 1998. Trad. De Oscar Cohan.

Spinoza, B.: Ética Demostrada según el Orden Geométrico. México: Fondo de Cultura Económica, 1996.
Traducción de la edición latina titulada: Ethica, Ordine Geometrico Demonstrata de 1677 por Oscar
Cohan.

Spinoza, B.: Ética demostrada según el Orden Geométrico. Madrid: Trotta, 2000. Trad. Atilano
Domínguez.

Spinoza, B.: Tratado de la reforma del entendimiento y otros ensayos. Madrid: Tecnos, 1989. Trad. Lelio
Fernández y Jean Paul Margot. Traducción de la edición latina titulada: Tractatus de intellectus
enmendatione de 1662.

Notas del autor

1 Sabido es que la Ética Demostrada según el Método Geométrico de Spinoza se divide en cinco partes
en correlación con el método por su autor anunciada: I) De Dios, II) De la Naturaleza del Alma, III) Del
Origen y de la Naturaleza de los Afectos, IV) De la Servidumbre Humana o de las Fuerzas de los Afectos y
V) De la Potencia del Entendimiento o de la Libertad Humana. Véase, Spinoza, Baruch: Ética Demostrada
según el Orden Geométrico. México: Fondo de Cultura Económica, 1996. Traducción de la edición latina
titulada: Ethica, Ordine Geometrico Demonstrata de 1677 por Oscar Cohan.

A partir de la siguiente nota en adelante se citará solo la parte de la Ética con su sección y parte
correspondiente, número de proposición, escolio, etc. Todas las citas de este artículo corresponden a la
misma obra.

2 En cierto sentido, esto es herencia de Descartes. Como piensa Hubbeling, deriva del hecho de que
nosotros mismos somos cuerpo y alma, aunque nuestra constitución haya de considerarse como modos
referidos a los atributos correspondientes (Hubbeling, 1981).

3 Por citar dos ejemplos, tenemos que “el amor es una alegría (placer) acompañada por la idea de una
causa externa”, mientras que la nostalgia es el afecto por una cosa en determinadas circunstancias, que
se presenta a la postre en razón del recuerdo y que ocasiona dolencia por la pena de verse ausente de la
cosa añorada. Demostración de la proposición XLIV, parte IV y denición VI, parte IV, con los referentes a
que nuestro lósofo remite.

4 Véase el discurso que antecede a las deniciones de la parte III, a modo de Introducción.

5 Confróntense en ese sentido los criterios tomados aquí para las ideas con la losofía de Descartes, en
confrontación con la cual Spinoza consabidamente hizo su losofía.

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