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S E PA R ATA

De Cervantes
y el islam
Edición de Nuria Martínez de Castilla
y Rodolfo Gil Benumeya Grimau

MADRID, SOCIEDAD ESTATAL DE CONMEMORACIONES CULTURALES, 2006


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Zara / Zoraida y la Cava Rumía:


historia, leyenda e invención
A L B E R T O M O N TA N E R F R U T O S
Universidad de Zaragoza (España)

E
l personaje de Zoraida en el Quijote o Zara en Los baños de Argel respon-
de a una sabia combinación de elementos históricos y literarios. Los estu-
diosos del Quijote han abordado a menudo ambos aspectos como ele-
mentos contrapuestos y casi irreconciliables, pero es obvio que la base
del arte cervantino es ofrecerlos en una mixtura inextricable que, amparada en una
concepción de raigambre aristotélica, sirve de sustento a la verosimilitud de la his-
toria del cautivo, pero también a su capacidad para suspender y admirar al lector.
Para comprender mejor este resultado es necesario replantearse la forma en que se
ha construido individualmente el personaje y su papel en la evasión de Pérez de
Viedma y los suyos. Para iluminar ambos aspectos resulta interesante, por un lado,
establecer las implicaciones onomásticas del nombre de Zoraida (que lo vinculan
a la tradición de la épica de frontera) y, por otro, tener en cuenta la alusión a la Cava
Rumía, pues, aunque su mención es relativamente incidental, permite advertir tam-
bién cómo Cervantes maneja esos mismos recursos (realidad geográfica, leyendas
históricas, verosimilitud del conjunto) para crear algunos efectos típicos de su forma
de narrar e incluso de concebir la vida. En este caso, y frente a lo que pasa con Zorai-
da, la alusión no ha sido objeto de demasiada atención, pese a lo cual algunos crí-
ticos han creído posible establecer una relación directa entre la hija de Agimorato
y la supuesta tumba de la hija de don Julián. Ahora bien, si esa relación existe, segu-
ramente está en un planto distinto de aquel donde lo ha ido a buscar la crítica: el
de la constitución poética y no el de la reflexión ética.

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L A H I J A D E A G I M O R AT O : I N F O R M A C I Ó N H I S T Ó R I C A 1

El personaje histórico que está en la base de los personajes de Zoraida en el Quijo-


te y de Za(ha)ra en Los baños de Argel corresponde a una dama argelina de la que
algo sabemos debido a la circunstancia de haber sido hija y esposa de algunos nota-
bles actores de la política norteafricana del último tercio del siglo XVI. Cervantes,
como se ha visto, la denomina Zoraida y Zara, forma ésta que es bisílaba, como se
aprecia por la escansión de los versos de Los baños de Argel, así como de El trato de
Argel, donde un personaje que no guarda relación con éste lleva, no obstante, el
mismo nombre. En la versión manuscrita de El trato (BNE ms. 14630) el nombre
aparece en la forma Zahara, pero es Zara en la edición de Sancha de 1784, con el
título de Los tratos de Argel, mientras que en la edición príncipe de Los baños, en las
Ocho comedias y ocho entremeses de 1615, alternan ambas formas, si bien Zahara
casi es exclusivo de las acotaciones. Así pues, aunque varios editores modernos de
ambas comedias adoptan la grafía Zahara,2 seguramente la grafía original cervan-
tina, garantizada por el metro, era Zara. Se trata, además, de una forma bien ates-
tiguada en la documentación romance peninsular como antropónimo femenino
árabe, con las variantes Zara y Çara.3 Oliver Asín consideró que éste era el verda-
dero nombre del personaje histórico, pero no hay ningún testimonio externo que
valide esta opinión, ni se halla en los textos cervantinos ninguna indicación que
permita decantarse por uno u otro,4 salvo porque al menos Zara corresponde real-
mente a un nombre árabe de mujer.5

1
El presente apartado se basa fundamentalmente en Jaime Oliver Asín, «La hija de Agi Morato en la obra de
Cervantes», Boletín de la Real Academia Española, núm. XXVII, Madrid, 1947-1948, págs. 245-339, pero tenien-
do en cuenta las fuentes complementarias citadas en los lugares oportunos.
2
Mantienen ambas formas Rodolfo Schevill y Adolfo Bonilla en su ed. de Miguel de Cervantes Saavedra,
Comedias y entremeses, I, Madrid, Bernardo Rodríguez, 1915, págs. 235-252; Francisco Ynduráin en su ed. de
Miguel de Cervantes Saavedra, Obras dramáticas, Madrid, Atlas, 1962 (col. Biblioteca de Autores Españoles,
CLVI), págs. 117-185, y Florencio Sevilla Arroyo y Antonio Rey Hazas en su ed. de Miguel de Cervantes, Los
baños de Argel. El rufián dichoso, Madrid, Alianza, 1998 (col. Cervantes Completo, XIV), págs. 17-146 (véase
pág. 19). En cambio, unifica con Zahara Jean Canavaggio en su ed. de Miguel de Cervantes, Los baños de
Argel, Madrid, Taurus, 1984.
3 Elías Terés Sádaba, «Antroponimia hispanoárabe (reflejada por las fuentes latino-romances)», ed. de Jorge

Aguadé, Carmen Barceló y Federico Corriente, Anaquel de Estudios Árabes, vol. I, Madrid, 1990, págs. 129-
186; vol. II, Madrid, 1991, págs. 15-34, y vol. III, Madrid, 1992, págs. 11-35 (esp. I, pág. 183); Ana Labarta, La
onomástica de los moriscos valencianos, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1987, pág.
53; Federico Corriente, A Dictionary of Andalusi Arabic, Leiden, Brill, 1997, pág. 236a.
4 Véase Jean Canavaggio, ed. de Miguel de Cervantes, Los baños de Argel, cit., pág. 169.
5 Sobre este aspecto, véase abajo el apartado «Una pista onomástica: Z(or)aida».

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Aunque no haya seguridad sobre su nombre, su filiación es conocida, debido a que


su padre, un renegado esclavón, es decir,‘eslavo’ (más concretamente, un dálmata de
Ragusa, actual Dubrovnik), fue alcaide de la importante fortaleza argelina de La Pata
(es decir, Albathah) y uno de los próceres de Argel, además de tener tratos asiduos (y
en general secretos) con los españoles.6 Por parte de madre era nieta de una mallor-
quina capturada en mayo de 1529 en el castillo del Peñón de Argel, cuando lo ocu-
paban los españoles que asediaban la ciudad.7 Desconocemos el nombre de la madre,
como el de ella, mientras que su padre es conocido en las fuentes europeas del perí-
odo como Agimorat(o), grafía que emplea constantemente Cervantes en las dos obras
citadas,8 al igual que lo hacen Haedo y otros textos coetáneos,9 por lo que no parece
razonable modificarla, pese al consenso de los editores de la novela, frente a los de la
comedia, que suelen respetar la grafía original. Dicho nombre, aunque arabizado
como Haggi Murad, que es lo habitualmente recogido por los anotadores y estudio-
sos de la obra de Cervantes, responde más bien a las pautas antroponímicas turcas,
como era habitual entre los renegados, incluso cuando no eran, como él, de proce-
dencia oriental. En efecto, su designación propiamente árabe habría sido Murad Hagg

6
Jean Canavaggio, «Le “vrai” visage d’Agi Morato», Les Langues néo-latines, núm. 239, París, 1980 (= Hommage
à Louis Urrutia), págs. 23-38, y «Agi Morato entre historia y ficción», Crítica Hispánica, vol. XI, Pittsburgh,
1989, págs. 17-22; reed. en su Cervantes, entre vida y creación, Alcalá de Henares, Centro de Estudios Cer-
vantinos, 2000, págs. 39-44; Emilio Sola y José Francisco de la Peña, Cervantes y la Berbería (Cervantes, mundo
turco-berberisco y servicios secretos en la época de Felipe II), México D. F., Fondo de Cultura Económica, 2.ª ed.,
1996, págs. 112-120 y 236; María Antonia Garcés, Cervantes in Algiers: a Captive’s Tale, Nashville, Vanderbilt
University Press, 2002, págs. 51-54 y 208-209.
7
Fray Diego de Haedo, Epítome de los reyes de Argel [1605], ed. de Fernando Bauer y Landauer, Madrid, Socie-
dad de Bibliófilos Españoles, 1927, pág. 257: «Halláronse vivos solamente el capitán Martín de Vargas, muy
mal herido, y otros 53 soldados, muy mal tratados, y poco menos que inútiles, y tres mujeres, dos españolas,
una de las cuales, hoy día cuando esto se escribe, aún es viva, que es suegra del Alcalde Rabadán, y otra ter-
cera, mallorquina de nación, también viva, que es suegra de Agimorato, y agüela de la mujer de Muley Maluc,
rey que fue de Fez y Marruecos». Como es sabido, esta obra se debe en realidad a la pluma de un cautivo por-
tugués, el doctor Antonio de Sosa, y seguramente fue redactada en la propia ciudad de Argel entre 1577 y
1581 (Luis Astrana Marín, Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes Saavedra: Con mil documentos hasta
ahora inéditos y numerosas ilustraciones y grabados de época, II, Madrid, Instituto Editorial Reus, 1948, pág. 468;
María Antonia Garcés, op. cit., págs. 32-34).
8 Por yerro del cajista, en el cuadernillo 2H del Quijote aparece siempre como Aguimorato (véase Miguel de

Cervantes, Don Quijote de la Mancha, volumen complementario, dir. por Francisco Rico, Barcelona, Círcu-
lo de Lectores/Galaxia Gutenberg, 2004, pág. 751b). La grafía separada es obra de los editores modernos;
todavía la primera edición de la Real Academia Española (Madrid, Joaquín Ibarra, 1780, 4 vols.; ed. facs.,
Zaragoza, Gobierno de Aragón, 2004) emplea la forma aglutinada (II, págs. 264 y ss.), pero Pellicer divide ya
los dos componentes del nombre (Miguel de Cervantes Saavedra, El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Man-
cha, nueva edición corregida con nuevas notas, con nuevas estampas, con nuevos análisis y con la vida del autor
nuevamente aumentada por D. Juan Antonio Pellicer, II, Madrid, Gabriel de Sancha, 1797, págs. 97 y ss.).
9 Véase María Antonia Garcés, op. cit., pág. 53.

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o Alhagg, mientras que Haggi es en realidad el turco hacı, pron. [hagî], adaptación
del árabe hagg, título de respeto empleado como laqab o sobrenombre de quienes
habían realizado la peregrinación a La Meca.10 La -ı final de hacı parece una adapta-
ción a la fonética turca, para evitar su característico ensordecimiento de las sonoras
en posición final, que podría dar lugar a enojosas confusiones con haç, pronunciado
[hác],‘cruz’.11 Por lo tanto, la forma original del nombre de Agimorato sería más bien
el turco Hacı Murad, pron. [hagî murát], del que la versión árabe preinserta no es
sino una transcripción. Por ello mismo, de adoptar la grafía analítica, convendría
ajustarse a la prosodia turca y escribir Agí Morato, dado que en dicha lengua el acen-
to es básicamente oxítono.12
La hija de Agimorato casó en 1574 con Muley Maluco, es decir, Mawlay ‘Abdal-
malik Assa‘di (1541-1578), hijo del sultán de Marruecos Muhammad Sayj, con
quien tuvo a su hijo Isma‘il en marzo de 1575. En diciembre de ese año Muley Malu-
co partió a Marruecos para, apoyado por el sultán otomano Murad III, arrebatar-
le el trono a su sobrino Muhammad, que reinaba desde el año anterior, siendo pro-
clamado sultán en Marrakech el 16 de junio de 1576. Sin embargo, ni la hija de
Agimorato ni su nieto llegaron a salir de Argel, pese a que el nuevo sultán marro-
quí envió una galera al mando de Deli Memi (en árabe, Dali Mami), el amo de Cer-
vantes en esta etapa de su cautiverio, posiblemente porque las autoridades otoma-
nas, recelosas de la actitud del nuevo sultán, preferían retenerlos a modo de rehenes.
En todo caso, a los pocos meses, el 4 de agosto de 1578,‘Abdalmalik moría (de muer-
te natural o quizá envenenado) al inicio de la célebre batalla de Alcazarquivir.13 Tras
un período no bien determinado, la viuda de Muley Maluco casó en segundas nup-
cias con un amigo de su difunto esposo, Azán Bajá el Veneciano, es decir, Hasan
Pawa Venedikli (en árabe, Hasan Baxa Albunduqani), beylerbey de Argel de 1577 a
1580 y de nuevo entre 1582 y 1585. Ese mismo año fue nombrado bajá de Trípoli,
hasta 1586, y después se trasladó a Estambul, donde alcanzó en 1588 en cargo de

10 Bernard Lewis, «Hadjdj, III: The islamic Hadjdj», en The Encyclopaedia of Islam, Leiden, Brill, 1960-; ed.

webCD, III, Leiden, Brill, 2003, págs. 33b-38a; en pág. 35a: «The word hadjdj so often added to muslim names
is an honorific title meaning “one who has made the pilgrimage”».
11 De hecho, aunque existe una forma más parecida al árabe, hâc, en compuestos hâcc-, es sólo de registro

culto; véase Ulug Bahadır Alkım, Redhouse Türkçe/Osmanlıca-ıngilizce Sözlük, Estambul, Matbaacılık ve
Yayıncılık, 1997, págs. 430-431.
12 Geoffrey Lewis, Tukish Grammar, Oxford, Oxford University Press, 2.ª ed., 2000, págs. 19-20.
13 Véase Chantal de la Véronne, «Sa‘dids, Sa‘dians», en The Encyclopaedia of Islam, VIII, cit., págs. 723a-726a

(en pág. 724a), y Emilio Sola y José Francisco de la Peña, op. cit., pág. 120.

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kapudan pawa o ‘capitán general’ de la flota otomana, que desempeñó hasta su muer-
te el 12 de julio de 1591.14
Durante su período constantinopolitano Hasan Pawa intentó en vano situar a su
hijastro Isma‘il en el trono de Marruecos, lo que sugiere que el matrimonio de aquél
con su madre tuvo lugar hacia 1586, cuando abandonó la Berbería. En realidad, la
única indicación cronológica disponible sobre este enlace es la ofrecida en una carta
de 1590, en que John Stanhope señala que «Hasan Bassa a espousée ces années passé-
es la femme de Moulay Hamet, et depuis fait nourrir un fils d’iceluy Moulay Hamet»,
noticia en que confunde a Muley Maluco con Muley Hamet, es decir, Mawlay Ahmad,
su hermano y sucesor.15 La interpretación más frecuente es que esta boda se celebró
en 1580, debido a una conjetura de Oliver Asín, que sitúa el enlace «quizá en el año en
que Cervantes se vio rescatado»,16 aunque no da ningún argumento para ello. Milita
en contra el hecho de que Antonio de Sosa, que refiere la salida de Hasan de Argel en
1580, silencie este dato, lo que invita a suponer que «esa boda se hubiera efectuado en
Estambul años después».17 En efecto, la expresión de Stanhope sugiere que el matri-
monio no fue excesivamente anterior a 1590 y concuerda con que los esfuerzos de
Hasan Pawa en pro de su hijastro se realizasen desde Constantinopla. Apunta en la
misma dirección de un recuerdo más bien lejano el que confunda al difunto marido
con su hermano. En consonancia con ello, y aun sin tener mayor seguridad, parece
una fecha más probable la de la partida del Veneciano a Estambul, en 1586.
Como es obvio, la historicidad del suceso narrado por Cervantes se reduce a la
presentación de padre e hija y, en Los baños, a la mención de su boda con Muley
Maluco, aunque en la comedia resulta ser una hábil pantomima, que deja a Zara
las manos libres para escapar con don Lope. No obstante, Oliver Asín cree que corrió
realmente un rumor en Argel sobre la no consumación de dicho matrimonio, debi-
do a la temprana separación de ambos esposos,18 pero esto es muy improbable, por-
que vivieron juntos más de un año antes de la partida del príncipe marroquí y ade-
más habían tenido un hijo entretanto, como queda dicho.19

14
Antonio Fabris, «Hasan “il Veneziano” tra Algeri e Constantinopoli», Quaderni di Studi Arabi, núm. 15,
Venecia, 1997 (= supl. Veneziani in Levante, musulmani a Venezia), págs. 51-66.
15 Jaime Oliver Asín, art. cit., pág. 281.
16
Ibíd. Esta fecha de 1580 es la comúnmente aceptada; véase Jean Canavaggio, ed. de Miguel de Cervantes,
Los baños de Argel, cit., pág. 28; y María Antonia Garcés, op. cit., pág. 51.
17 Emilio Sola y José Francisco de la Peña, op. cit., pág. 155; sin embargo, la fechan en 1580 en pág. 236.
18
Jaime Oliver Asín, art. cit., págs. 287-89.
19 Véase Jean Canavaggio, ed. de Miguel de Cervantes, Los baños de Argel, cit., pág. 23, que rechaza en la pág.

28 la posibilidad de que corriese en Argel una leyenda de ese tipo sobre la hija de Agimorato.

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LOS POSIBLES MODELOS LITERARIOS


D E Z A ( H A ) R A / Z O R A I DA 2 0

Frente al intento de explicar mediante la deformación de la memoria histórica


la parte de la historia del cautivo relativa a su huida con Zoraida, la mayoría de la
investigación moderna se ha decantado por rastrear sus posibles fuentes literarias.
La primera aportación en este sentido se debe a Cirot y Vaganay,21 quienes señala-
ron las semejanzas entre un milagro atribuido a Notre-Dame de Liesse (titular de
un santuario mariano cercano a Laon, en la Picardía) difundido por un pliego suel-
to gótico de principios del siglo XVI (Hernando Colón lo adquirió en Lyon en 1535)
y, en las centurias siguientes, por diversos hagiógrafos picardos e historiadores de
la Orden del Hospital. En resumen, la leyenda cuenta cómo, en el siglo XII, unos
caballeros picardos de dicha orden fueron capturados por los musulmanes y lleva-
dos a El Cairo, donde el sultán intentó convertirlos al cristianismo por medio de
su propia hija, Ismérie. Sin embargo, son éstos quienes logran que ella se convier-
ta al cristianismo y se interese en especial por la Virgen, la cual se le aparece en sue-
ños para anunciarle su huida y bautismo. De este modo, Ismérie y los tres hospita-
larios cautivos llegan milagrosamente a Picardía, donde fundan el santuario de
Liesse.22
Sin duda, la leyenda presenta interesantes puntos de contacto con el relato
cervantino, pero el parecido no deja de ser genérico. Consciente de ello, Cirot
situó ya la cuestión en sus verdaderos términos al señalar que la leyenda maria-
na no era más que la versión a lo divino de un motivo muy frecuente:23 «En
somme, nous avons là une variante du thème de “la femme qui délivre le pri-
sonnier”», documentado en los Gesta romanorum, así como en la épica francesa

20
Ofrezco un análisis más detenido de la cuestión en «La historia del cautivo y la tradición épica de fronte-
ra», en Actas de las VIII Jornadas internacionales de Literatura Española Medieval, Buenos Aires, Universidad
Católica Argentina [en prensa].
21 Georges Cirot, «Le “Cautivo” de Cervantes et Notre-Dame de Liesse», Bulletin Hispanique, vol. XXXVIII, Bur-

deos, 1936, págs. 378-382 y Hugues Vaganay, «Une source du “Cautivo” de Cervantes», Bulletin Hispanique,
vol. XXXIX, Burdeos, 1937, págs.153-154.
22 Para más detalles, véase Paul de Parvillez, Histoire de Notre-Dame de Liesse, depuis ses origines jusqu’à nos

jours, revue et complétée par un Père de la Compagnie de Jésus, París, Letouzey et Ané, 1924 (col. Les grands
pèlerinages de France); ed. facs., París, Office d’édition du livre d’histoire, 1997 (col. Monographies des villes
et villages de France, 1615), esp. págs. 3-9.
23 Entiendo aquí siempre por motivo toda unidad temática autónoma susceptible de selección en el eje para-

digmático de la narración, independientemente de la función que desempeñe en la sintaxis narrativa, y que


se actualiza en diversas obras y contextos.

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y española (siete infantes de Lara, Fernán González), e incluso en «L’histoire de


Bostane et d’Assad» en Las mil y una noches. En resumen, «Galienne, Aupais,
Maugalie, Floripas, Esclarmonde, Femie, Orable, Rosemonde, Anseline, quel
que soit leur nom, c’est déjà un peu Zoraïda; mais celle-ci est une mystique, un
peu comme Ismérie, quoique sans miracles [...] et comme elle sans le coup de
foudre de l’amour».24
Medio siglo más tarde, Márquez Villanueva se adentró por la vía abierta por
Cirot al final de su contribución, identificando el motivo folclórico que está en
la base de la novelización cervantina con el R162: «Rescue by captor’s daughter
(wife, mother)» y el T91.6.4.1: «Sultan’s daughter in love with captured knight»,
de la clasificación de Thompson.25 Reconoce el interés de la leyenda de Notre-
Dame de Liesse, pero no como posible fuente, sino como muestra «de que el
tema de la sarracena salva y convertida por amor de la Virgen, se había fundido,
en efecto, con el motivo de la liberación por la tierna mano de una mujer».26
Dicha fusión la rastrea a continuación en el personaje de la mora que se propo-
ne convertirse por amores de un cristiano, cuyo origen busca en las gestas medie-
vales francesas.27 Más tarde, este motivo, mantenido por la materia carolingia en
versión italiana, llegaría a la Leandra (1508), poema orlandiano de Durante de
Gualdo, y aparece igualmente en los novellieri, desde Boccaccio hasta Agnolo
Firenzuola, de donde pasa a la narrativa hispánica a través del Patrañuelo, IX, de
Timoneda y el Galateo español de Gracián Dantisco. Tras pasar revista a estos
materiales, Márquez Villanueva concluye: «La distancia que media entre Flori-
pes y Leandra y Zoraida, o entre esta última y la misma Zara, no es sino la que
determina un nuevo ciclo del pensamiento».28 Tal conclusión no se desprende
en realidad de los materiales estudiados, sino que se debe a un planteamiento
firmemente anclado en la anacrónica concepción romántica del Quijote, a tra-
vés de la formulación de Américo Castro,29 el cual mediatiza toda su lectura de
la historia del cautivo y, en particular, de la figura de Zoraida, que resulta nota-

24 Georges Cirot, «Le “Cautivo” de Cervantes et Notre-Dame de Liesse», cit., pág. 382.
25 Stith Thompson, Motif-Index of Folk-Literature, Bloomington/Copenhague, Indiana University Press/Rosen-

kilde & Bagger, ed. rev., 1955-1958 , 6 vols.


26 Francisco Márquez Villanueva, Personajes y temas del «Quijote», Madrid, Taurus, 1975, pág. 105.
27 Ibíd., pág. 109.
28 Ibíd., pág. 146.
29 Véase Anthony Close, The Romantic Approach to «Don Quixote», Cambridge, Cambridge University Press,

1978; trad. española rev. de Gonzalo G. Djembé, La concepción romántica del «Quijote», Barcelona, Crítica,
2005, págs. 254-255.

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blemente distorsionada, lo que incidirá sobre su comparación con la Cava Rumía,


como después veremos.
A la zaga de Márquez Villanueva, diversos estudiosos han añadido alguna obra
más a las citadas por dicho autor, sin modificar, en general, el panorama de con-
junto,30 excepción hecha de Camamis, que (desarrollando, sin saberlo, un apunte
de Cirot)31 ve una «fuente directa de El cautivo» en el capítulo V de los Gesta roma-
norum (siglo XIII), a partir de la cual elabora una interpretación alegórica del epi-
sodio, en clave cristológica, justamente criticada por Morón Arroyo.32 Frente a este
planteamiento, Chevalier, e independientemente Rodríguez y Velázquez,33 han seña-
lado una posible adscripción folclórica de tipo más general en el viejo cuento fol-
clórico que actualiza el motivo G530: «Ogre’s relative aids hero», conocido como
La hija del ogro y cuya versión hispánica más difundida es La hija del diablo. Sin
embargo, el parecido resulta demasiado general, y además su argumento no se ajus-
ta al relato cervantino tanto como se ha pretendido. En particular, ni el capitán es
cautivo de Agimorato, ni hay en su historia nada de las pruebas impuestas por el
demonio, ni es perseguido por el padre de su amada, ni está a punto de casarse con
otra. Mientras esta propuesta resulta bastante dudosa, acierta Chevalier al señalar
la heterogeneidad de los relatos previamente aducidos por la crítica.34 En efecto,
los motivos que encarnan no responden a una tipología única, sino que pueden
tipificarse del siguiente modo:

1. La musulmana que se enamora de un cristiano libre:


1. 1. Soltera: Guiomar enamorada de Montesinos en «Ya se sale Guiomar», Sevilla de
Valdovinos en «Tan clara hacía la luna».
1. 2. Malmaridada: las protagonistas de La morica garrida y del romance «Mi padre
era de Ronda».

30 Jean Canavaggio, ed. de Miguel de Cervantes, Los baños de Argel, cit., pág. 29; Alfred Rodríguez y María
Dolores Velázquez, «El fondo tradicional del “Cuento del Cautivo”», Rilce, vol. III, Pamplona, 1987, págs. 253-
257; Donald P. McCrory (ed.), Miguel de Cervantes Saavedra, The Captive’s Tale = La historia del cautivo: «Don
Quixote», Part One, Chapters 39-41, Warminster, Aris & Phillips,1994, pág. 57.
31 George Camamis, «El hondo simbolismo de la hija de Agi Morato», Cuadernos Hispanoamericanos, núm.

319, Madrid, 1977, págs. 71-102 (esp. págs. 76-78); Comparar con Georges Cirot, «Le “Cautivo” de Cervan-
tes et Notre-Dame de Liesse», cit., pág. 382.
32 Ciriaco Morón Arroyo, «La historia del cautivo y el sentido del Quijote», Iberoromania, núm. 18, Tubinga,

1983, págs. 91-103.


33 Maxime Chevalier, «El cautivo, entre cuento y novela», Nueva Revista de Filología Hispánica, vol. XXXII,

México D. F., 1983, págs. 403-411; Alfred Rodríguez y María Dolores Velázquez, art. cit., págs. 254-255.
34 Maxime Chevalier, art. cit., págs. 405-406.

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2. La musulmana que se enamora de un cristiano cautivo:


2. 1. No lo libera: la hermana de Almanzor y Gonzalo Gustioz en la leyenda de los siete
infantes de Lara
2. 2. Lo libera:
2. 1. 1. Huye con él para casarse: Niccolò y Beatrice en la novella de Firenzuola
(véase el motivo T32.1: «Lovers’ meeting: hero in heroine’s father’s pri-
son form wich she helps him escape»).
2. 1. 2. Huye con él para casarse, pero es abandonada: Madama en el Patrañue-
lo, Leandra.
2. 1. 3. Huye con él, sin intención matrimonial: Ismérie en la leyenda de Notre-
Dame de Liesse.
2. 3. Le ayuda a defenderse de su padre: Floripes (véase el motivo K781: «Castle cap-
tured with assistance of owner’s daughter. She loves the attacker»).

No obstante, la exclusión de estas fuentes no tiene en cuenta que estos relatos, aun-
que diversos, comparten elementos mucho más cercanos al relato cervantino (cau-
tiverio, conversión, fuga) que el cuento tradicional aducido por Chevalier. Por lo
tanto, si existen unos antecedentes literarios que resulten más estrechamente ope-
rativos tanto para la creación como para la recepción de la historia del cautivo, éstos
han de ofrecer unas resonancias más concretas y cercanas a la misma, por lo que se
hace necesario no perder de vista esos condicionantes temáticos.

U N A P I S TA O N O M Á S T I C A : Z ( O R ) A I DA

Aunque buena parte del material allegado por los estudiosos guarda cierta relación
con la historia del cautivo, como se ha visto, el verdadero denominador común se
halla en un plano algo diferente del analizado hasta el momento. Para identificar-
lo, resulta de interés una coincidencia hasta ahora no tenida en cuenta, cuya rele-
vancia ha de ser calibrada retomando la cuestión del nombre de la protagonista
cervantina, en sus versiones tanto de Los baños como de la historia del cautivo.
Como ya se ha visto, no hay certeza sobre la correspondencia de las dos designa-
ciones de la misma, Zoraida y Zara, con la hija histórica de Agimorato, pues la hipó-
tesis de Oliver Asín de que el verdadero fuese el segundo carece, como se ha visto,
de soporte documental. En cuanto al cambio de denominación entre el Quijote y
Los baños, Clemencín señaló, en su nota 52 a I, XL, que «no debe dudarse que Zara
y Zoraida son una sola persona: no sólo por la calidad de hija única de Agi Morato,

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sino también porque los dos nombres vienen a significar lo mismo, siendo Zorai-
da diminutivo de Zara o Zahara, que significa flor según los inteligentes», lo que
subraya en la nota 51 a I, XLI: «La Caba [...] a quien también suele darse el nombre
de Florinda (equivalente al de Zoraida)».35 Aunque Oliver Asín incluyese entre las
«explicaciones peregrinas»36 esta que «los inteligentes» (sin duda, el círculo del ara-
bista José Antonio Conde)37 proporcionaron a Clemencín, en realidad no va tan
desencaminada. En efecto, Zahrah, que literalmente significa «flor», es un antro-
pónimo femenino bien documentado, cuyo diminutivo es Zuhayrah, también ates-
tiguado con dicho uso, lo que plantea alguna dificultad fonética para dar Zoraida,
pero presenta la ventaja de explicar la doble denominación del mismo personaje,
lo que no se ha intentado por otra vía, dejando implícito que se trataba de un mero
capricho cervantino.
Por su parte, Eguílaz ofreció para Zoraida el étimo turayya,38 que tradujo, siguien-
do el Vocabulista in arabico, por «lámpara»,39 sin reparar en que se trata en reali-
dad del nombre de la constelación de las Pléyades, empleado también como antro-
pónimo femenino, como advirtió Ravaisse: «Dans R. Martin “Çoreyyâ = lampas”
et “Candelabrum = Taor, pl. Atwar” [...]c’est, en réalité, un lustre à six lumiers qu’on
allume principalement lors de la célébration des mariages, parce que les six étoiles
de la constellation des Pleïades (Çoreyyâ) dont il est l’image, passent —depuis la
plus haute Antiquité, d’ailleurs— pour être emblème de chaleur et de richesse. Ce

35 Diego Clemencín, ed. de Miguel de Cervantes, El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, Madrid, Dio-

nisio E. Aguado, 1833-1839, 6 vols. (las citas en III, págs. 200 y 237); reed., con notas numeradas, en Madrid,
Viuda de Hernando, 1894-1917, 8 vols. (en III, pág. 386, y IV, pág. 32); reed. del comentario (según el texto
de 1894-1917), en la ed. del IV Centenario, pról. de Luis Astrana Marín, Madrid, Castilla, 1947, págs. 1372a
y 1361a.
36 Jaime Oliver Asín, art. cit., pág. 321.
37 Muy posiblemente, Clemencín (1765-1834) conoció a Conde (muerto en 1820), que ya había colaborado

en la edición de Pellicer (1797), aunque por los años en que se ocupaba más asiduamente de su comento qui-
jotesco consultaría seguramente al padre Juan Artigas, que desde 1824 ocupaba la cátedra de árabe de los
Reales Estudios de San Isidro de Madrid, y quizá llegó a tratar también a algunos de sus discípulos, como
Gayangos, quien desde 1831 era oficial de la Interpretación de Lenguas del Ministerio de Estado, o Estébanez
Calderón, que en 1837 ocuparía la cátedra de árabe del Ateneo. Véase James T. Monroe, Islam and the Arabs
in Spanish Scholarship (Sixteenth Century to the Present), Leiden, E. J. Brill., 1970, págs. 51 y 67-68; Manuela
Manzanares de Cirre, «Don Pascual de Gayangos y los estudios árabes», Al-Andalus, vol. XXVIII, Madrid,
1963, págs. 445-461, y Arabistas españoles del siglo XIX, Madrid, Instituto Hispano-Árabe de Cultura, 1971,
págs. 49-118.
38
Leopoldo Eguílaz y Yanguas, «Notas etimológicas a El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha», en
Homenaje a Menéndez Pelayo en el vigésimo año de su profesorado, II, Madrid, Victorino Suárez, 1899, págs.
121-142, esp. pág. 141.
39
Véase Federico Corriente, El léxico árabe estándar y andalusí según el «Vocabulista in arabico», Madrid, Uni-
versidad Complutense,1989, pág. 59.

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sens de “lustre” est inconnu à l’arabe classique».40 Además, este autor opuso una
notable dificultad fonética a esta etimología: «Si d s’intercale volontiers, dans les
mots d’origine latine, entre n ou l et r, ou après l suivi d’une voyelle (bulda, celda,
humilde, rebelde, etc.), cette ephentèse, dans les mots d’origine arabe, est excep-
tionnelle [...] et il ne semble pas qu’elle se rencontre entre deux voyelles»,41 por lo
cual propuso a su vez que, «En admettant que Cervantès n’ait pas forgé un nom
propre pour la circonstance, ZORAIDA paraît être simplement le femenin de Doraid,
qui a l’avantage d’exister au moins comme sobriquet, peu flatteur, il est vrai, pour
une heroïne de roman: Doreida “l’edentée”».42 Se trataría de duraydah, diminuti-
vo de darda’ ‘desdentada’, que actuaría como femenino del nombre propio Durayd.43
No obstante, se trata de un empleo inusitado y el étimo presenta aún mayores
dificultades fonéticas que las ofrecidas por Turayya. En efecto, aunque Ravaisse
supone que /d/ se pronuncia aquí [z], tal evolución fonética corresponde a la fri-
cativa /d/ y únicamente en algunos dialectos del Asia central, así como en la pro-
nunciación urbana oriental cuando intenta reproducir la /d/ del árabe clásico,
pues lo normal es que /d/ y /d/ confluyan en su realización oclusiva.44 Por otro
lado, de admitir tal pronunciación, el resultado de duraydah habría sido *Zoraiza,
y no Zoraida.

40 Paul Ravaisse, «Les mots arabes et hispano-morisques du Don Quichotte», Revue de linguistique et de phi-
lologie comparée, vol. XL, París, 1907, págs. 238-253; vol. XLI, París, 1908, págs. 57-69 y 122-139; vol. XLII, París,
1909, págs. 13-32, 200-208 y 275-281; vol. XLIII, París, 1910, págs. 51-57, 116-126, 195-207 y 278-281; vol. XLIV,
París, 1911, págs. 57-62, 141-156 y 203-209; vol. XLV, París, 1912, págs. 50-64, 121-132, 207-214 y 265-271;
vol. XLVI, París, 1913, págs. 65-72, 140-146 y 199-210; y vol. XLVII, París, 1914, págs. 42-56 y 162-175 (la cita,
en vol. XLI, págs. 64-65). Confirma esta etimología de turayya Edward W. Lane, An Arabic-English Lexicon, I,
Edimburgo/Londres, Williams & Norgate, 1863, sub radice {try}, págs. 335b-336a, quien señala que se dio
tal nombre a ciertas lámparas por su parecido con la constelación, si bien recoge también la acepción de
instrumento.
41 Paul Ravaisse, art. cit., vol. XLVII, pág. 175.
42 Ibíd., vol. XLI, pág. 65.
43 Documentado ya en época preislámica; véase The Encyclopaedia of Islam, II, cit., pág. 626b, s. v. «Durayd b.

al-Simma», o III, 757a, s. v. «Ibn Durayd», por poner dos casos obvios.
44 Véase Wolfdietrich Fischer y Otto Jastrow, Handbuch der arabischen Dialekte, Wiesbaden, O. Harrassowitz, 1980,

pág. 50, y Soha Abboud-Haggar, Introducción a la dialectología de la lengua árabe, Granada, Fundación El Lega-
do Andalusí, 2003, págs. 133-134. En el habla de la ciudad de Argel se detectan dos sistemas distintos, uno (común
a los dialectos rurales, pero también a otras hablas urbanas argelinas) que conserva las oposiciones sorda/sono-
ra y oclusiva/fricativa de las interdentales, oponiendo t/d a t/d (aunque el segundo par admita ocasionalmente
una realización oclusiva), y otro que ha perdido el segundo rasgo distintivo, conociendo sólo el par t/d, cuyo pri-
mer término poseía una realización fricativa [ts], hoy prácticamente extinta; véase Aziza Boucherit, L’arabe parlé
à Alger: Aspects sociolinguistiques et énonciatifs, París/Lovaina, Peeters, 2002, págs. 26-27, 35-37 y 42-45. También
en Cherchell (árabe xarxal, el Sargel cervantino) pervive la realización fricativa de las interdentales, seguramente
por influjo de la fuerte inmigración andalusí; véase Jacques Grand’henry, Le parler arabe de Cherchell (Algérie),
Louvain-la-Neuve, Institut orientaliste de l’Université catholique de Louvain, 1972, págs. XXX y 6-7.

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Aunque no cita las anteriores aportaciones, Oliver Asín coincide con Eguílaz en supo-
ner que Zoraida procede de Turayya, ‘Pléyades’, mientras que para Za(ha)ra prefiere
Zahra’‘bella’ (propiamente ‘brillante’), sobrenombre de Fátima, la hija de Mahoma.45
La segunda hipótesis es aceptable, aunque no es de suyo mejor que la recogida por
Clemencín (como se verá luego); pero la primera sigue teniendo en su contra la rela-
tiva rareza del nombre y el problema de la -d- epentética. Pese a ello, ha sido común-
mente aceptada por los cervantistas, hasta el punto de haber servido de base a algu-
nas interpretaciones alegóricas. Así, Márquez Villanueva comenta: «Con aguda
conciencia técnica, Cervantes abandonará el gracioso nombre de Zara (‘hermosa’) por
el altivo onomástico de Zoraida (‘Pléyades’), triple signo de lejanía, frialdad y belleza,
cifra de un ser exquisitamente situado por encima del plano común de los mortales.
De los mortales como Rui Pérez de Viedma».46 Por su parte, Reyre cree que «ce pré-
nom signifierait lumière et Pléiades. [...] ce sens expliquerait pourquoi le personnage
choisit le prénom “Marien”, forme arabe du prénom Marie dans le Coran, qui signi-
fie “Étoile de la mer”. Marie serait un nom chrétien apparenté par son sens au nom
arabe».47 Mejor encaminado, Murillo considera que «Their depiction in the tale shows
Zoraida and Ruy Pérez overcoming every obstacle to their freedom according to pro-
vidential cause, and this is what the chain of wondrous events is meant illustrate and
indeed to signify. Her very name means “Pleiades” — “constellation”,“guiding star”».48
45 Jaime Oliver Asín, art. cit., pág. 321.
46 Francisco Márquez Villanueva, op. cit., pág. 143.
47 Dominique Reyre, Dictionnaire des noms des personnages du «Don Quichotte» de Cervantes, suivi d’une ana-

lyse structurale et linguistique, pról. de Maurice Molho, París, Éditions hispaniques, 1980, pág. 150. Este autor
confunde el dictado mariano de Stella Maris con la etimología y significado de María, nombre que deriva, a
través del latín bíblico Maria, del hebreo Miryåm, del cual procede igualmente, a su vez, el árabe Maryam, con
el que es conocida la madre de Jesús (citada en el Corán, III, 33-48; IV, 156 y 171; V, 17, 72 y 116; XIX, 16-40;
XXI, 91; XXIII, 50 y XLVI, 12). El étimo de Miryåm es discutido, habiéndose considerado un derivado de la raíz
hebrea {mr’} ‘engordar’ (compárese con el acadio maru ‘gordo’, ugarítico mr’ ‘alimentar’); un inverosímil com-
puesto de meri ‘contumacia’, con el sufijo posesivo de tercera persona masculina del plural -åm, y un présta-
mo del egipcio mryt ‘bienamada’, lo que resulta más probable, tratándose inicialmente del nombre de la her-
mana de Moisés (Éxodo 15, 20; Números, 12, 1; Miqueas 6, 4); véase Wilhelm Gesenius, Hebrew and Chaldee
Lexicon to the Old Testament Scriptures, trad. de Samuel Prideaux Tregelles, Londres, Samuel Bagster, 1847; ed.
facs. en Grand Rapids, Baker, 1979, pág. 510a; Ludwig Koehler y Walter Baumgartner (eds.), Lexicon in libros
Veteris Testamenti, I, Leiden, E. J. Brill, 2.ª ed., 1985, págs. 563a y 567a. A este propósito, el profesor Corriente
me llama la atención sobre el antropónimo egipcio mry ’mn ‘Amado de Amón’ (Adolf Erman y Hermann Gra-
pow, Wörterbuch der ägyptischen Sprache, V, Berlín, Akademie, 4.ª ed., 1986, pág. 101), cuya versión femenina
podría explicar la sílaba final de Miryåm, habiéndose perdido el final -on por asimilarlo al sufijo diminutivo
(sobre el cual, véase Rudolf Meyer, Gramática de la lengua hebrea, trad. de Ángel Sáenz-Badillos, Barcelona,
Riopiedras, 1989, pág. 157), evitando de paso las reminiscencias teóforas.
48 Luis Andrés Murillo, «Cervantes’ Tale of the Captive Captain», en John S. Geary (ed.), Florilegium Hispa-

nicum: Medieval and Golden Age Studies Presented to Dorothy Clotelle Clarke, Madison, Hispanic Seminary
of Medieval Studies, 1983, págs. 229-243 (la cita en pág. 240).

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En fin, Garcés sostiene que «the Captive’s attempts to describe “the most beautiful
woman in Barbary” evoke an image of striking brilliance, one that speaks to the non-
representable nature of this desired other. This luminous vision recallas the symbo-
lism of Zoraida’s name: pleiad, cluster of stars».49
Parecen corroborar estas interpretaciones, al menos en su aspecto onomástico,
las siguientes metáforas del cautivo: «[...] todo nuestro entretenimiento desde allí
adelante era mirar y tener por norte a la ventana donde nos había aparecido la estre-
lla de la caña» y «mostré el papel, como dando a entender que pusiesen el hilo; pero
ya venía puesto en la caña, al cual até el papel, y de allí a poco tornó a parecer nues-
tra estrella, con la blanca bandera de paz del atadillo» (I, XL, 238v y 241r).50 Sin embar-
go, contra lo que opina Garcés,51 estas expresiones metafóricas no se refieren a
Zoraida, que no se asoma por la ventana, sino a la caña misma, que es la que, como
estrella polar que guía hacia la liberación, se muestra «por el norte de la ventana»,
llevando sujeto el atadillo. De todos modos, aun de referirse a la hija de Agimora-
to, dicha metáfora no confirmaría el étimo propuesto, toda vez que se refiere a la
función orientadora de un único astro, la Polar, y no a una constelación completa,
las Pléyades,52 cuyo valor simbólico no radica en su capacidad de guiar al nave-
gante, sino en el hecho de que dicha constelación es visible en el hemisferio norte
de mayo a octubre, que es el período en que se podía navegar con seguridad por el
Mediterráneo en el mundo antiguo.53 Por tal razón, constituye tradicionalmente

49
María Antonia Garcés, op. cit., pág. 215.
50
Las citas del Quijote las hago (con remisión a parte, capítulo y folio) sobre las ediciones príncipe de 1605
y 1615, a partir de los siguientes facsímiles: Barcelona, Foto-Tipografía de López Fabra, 1871-1873, 2 vols;
Nueva York, Hispanic Society of America, 1905 (reimpr. en Palma de Mallorca, Alfaguara/Hispanic Society
of America/Papeles de Son Armadans, 1968), 2 vols.; Madrid, Real Academia Española, 1917 (reimpr. en
1976), 2 vols., pero modernizando la ortografía (lo que hago igualmente en las restantes citas de textos del
Siglo de Oro) y teniendo a la vista las demás ediciones consultadas (citadas a lo largo del presente trabajo).
Las enmiendas al texto de la princeps se señalan entre corchetes.
51 María Antonia Garcés, op. cit., pág. 215.
52 Propiamente, las Pléyades son un cúmulo de más de doscientas estrellas situado en la constelación zodia-

cal de Tauro, siete de las cuales pueden contemplarse a simple vista, de ahí la designación popular de «las
siete cabrillas», usada por Sancho en II, XLI, 157v, aunque «parece que [ver] la séptima pléyade a simple vista
es una ilusión óptica más que una realidad»; Francisco J. Tapiador, «Las tierras y los cielos en el Quijote», en
José Manuel Sánchez Ron (dir.), La ciencia y el «Quijote», Barcelona, Crítica, 2005, págs. 51-67; la cita en pág.
63; sobre la constelación, véanse las págs. 62-64.
53 «El ocaso de las Pléyades marcaba el comienzo del invierno (a principios de noviembre), y su nacimiento,

la llegada de la primavera (abril-mayo). Fue este carácter estacional el que les otorgó una gran importancia
en el ámbito de la agricultura y de la navegación, pues sirvieron de guía para establecer las diferentes épocas
en que debía emprenderse una u otra actividad»; Mirella Romero Recio, «Pléyades», en Jaime Alvar Ezque-
rra (dir.), Diccionario Espasa de mitología universal, Madrid, Espasa-Calpe, 2000, pág. 736a-b; véase también

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una constelación benéfica y ya en la mitología mesopotámica se identificaba con


los llamados en sumerio Iminbi y en acadio Sebittu «los Siete», «a name given to a
group of beneficient gods whose power can be harnessed against evil demons».54
Ello hizo que, según queda dicho, se asociase a los ritos matrimoniales como
«emblème de chaleur et de richesse».55
Podría fundarse, entonces, el étimo Turayya en que este retrato de constelación
benéfica cuadra perfectamente al personaje de Zoraida, «señora de nuestra liber-
tad» (I, XLI, 248r), como la consideran los prófugos al encontrarse con ella en el jar-
dín de su padre. Sin embargo, el que Cervantes no traduzca el nombre hace que
toda especulación sobre su posible valor intranarrativo resulte inoperante, toda vez
que no puede suponerse que el público coetáneo fuera capaz de interpretarlo sin
ayuda del narrador, ni se percibe en éste que establezca ninguna complicidad sobre
este punto con el narratario. Ha de advertirse que, aunque turayya pervivía en anda-
lusí como designación de la constelación y de un tipo de lámpara,56 es voz ausen-
te de los diccionarios de árabe marroquí y norteafricano, resultando por tanto muy
improbable que circulase en el léxico coloquial, y menos aún en el de un cautivo,
donde es bastante difícil que se introdujese el nombre de una constelación. Por lo
tanto, si Cervantes o alguno de sus lectores conocía Turayya como nombre propio,
seguramente lo asociaría sólo a su valor onomástico y no a su significado léxico.
No obstante, esto no dificulta que Zoraida derive de Turayya, considerado exclu-
sivamente como antropónimo. El verdadero obstáculo a este respecto es la presen-
cia de esa -d- supuestamente epentética, que desfigura notablemente el nombre,

Michael Ferber, A Dictionary of Literary Symbols, Cambridge, Cambridge University Press, 1999, pág. 204.
De forma pareja, entre los árabes las Pléyades constituían «the Third Mansion of the Moon; it is believed to
be the most beneficial, in its influence on the weather»; Edward W. Lane, op. cit., pág. 335b.
54 Jeremy Black y Anthony Green, Gods, Demons and Symbols of Ancient Mesopotamia: An Illustrated Dictio-

nary, ils. de Tessa Richards, Londres, British Museum Press, 1992, pág. 162b.
55 Paul Ravaisse, art. cit., vol. XLI, pág. 65. También en la mitología griega las Pléyades fueron «el símbolo de

las virtudes femeninas griegas, puesto que encarnaban la fidelidad conyugal y el rechazo del adulterio»; Mire-
lla Romero Recio, art. cit., pág. 735a. Todo esto, por cierto, invalida de raíz la interpretación de Márquez Villa-
nueva en relación con la «frialdad» estelar de Zoraida, que, por otro lado, ya estaría cifrada en el nombre de
Zara, dado que éste significa en realidad «brillante, resplandeciente». Todo ello sin contar con que, pese a lo
defendido por este autor (op. cit., págs. 92-96 y 145-146), lo más probable es que Los baños sea posterior a la
redacción de la historia del cautivo; véase Jean Canavaggio, ed. de Miguel de Cervantes, Los baños de Argel,
cit., págs. 35-39; véase también su «La captive chrétienne, des Tratos de Argel aux Baños de Argel: traditions et
recréations cervantines», en Augustin Redondo (ed.), Images de la femme en Espagne aux XVIe et XVIIe siècles,
París, Presses de la Sorbonne nouvelle, 1994, págs. 213-225; trad. como «La cautiva cristiana, de Los tratos de
Argel a Los baños de Argel», en su Cervantes, entre vida y creación, Alcalá de Henares, Centro de Estudios Cer-
vantinos, 2000, págs. 109-121.
56 Federico Corriente, A Dictionary of Andalusi Arabic, cit., pág. 84a.

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cuya única forma romanceada conocida es Çoraya ~ Zoraya,57 lo que impediría


identificarlo incluso a algún raro lector conocedor del árabe, sobre todo teniendo
en cuenta que no se trata de un nombre demasiado frecuente.58 El caso es, en defi-
nitiva, que Zoraida no existía en su momento como antropónimo fuera del texto
del Quijote y dado que Cervantes acude a una onomástica musulmana de base real
y no fantasiosa, es poco probable que se trate de un mero invento, habiendo de bus-
carse otra justificación.59
Cabría entonces suponer que dicho nombre resulta del cruce de Turayya con
Zuhayrah, diminutivo del nombre de la raíz {zhr} que está en la base de Zara, el
cual, a su vez, tanto podría ser Zahrah, como Zahra’ o incluso Zahirah ‘brillante,
floreciente’, dada su realización dialectal [zahra].60 La posibilidad de confundir
ambos nombres se basaría en una posible equivalencia acústica, desde la percep-
ción romance, y en la menor frecuencia del primero,61 que Cervantes habría asi-
milado a una variante del segundo. Esto explicaría, por una parte, la equiparación
onomástica de Zoraida y Zara y por otra la aparición de la -r- en la segunda sílaba,
57 ElíasTerés Sádaba, art. cit., I, pág. 153.
58 En base de datos textual Alwarraq, accesible en línea en <http://www.alwaraq.com/>, sólo aparece un caso
de la combinación {Turayya bint + [antropónimo masculino]}, mientras que The Encyclopaedia of Islam, cit.,
registra Turayya sólo en cinco ocasiones, dos como nombre de varón (I, pág. 871a y VIII, pág. 88a) y tres
como nombre de mujer (III, pág. 682a, VI, pág. 956b y VII, pág. 447a). En fin, Ana Labarta, op. cit., no docu-
menta ningún reflejo de Turayya.
59 En los santorales y repertorios onomásticos se da por bueno que las hermanas de san Bernardo de Alcira,

supuestamente martirizadas junto con él en 1180, se llamaban (casualmente) Zaida y Zoraida, bautizadas
respectivamente como María y Gloria (así en Gutierre Tibón, Diccionario etimológico comparado de nombres
propios de persona, México D. F., Fondo de Cultura Económica, 2.ª ed., 1986, pág. 247a; Consuelo García
Gallarín, Los nombres de pila españoles, Madrid, Prado, 1998, pág. 309b; Arturo Llin Cháfer, «Bernardo, María
y Gloria», en Claudio Leonardi, Andrea Riccardi y Gabriella Zarri, Diccionario de los santos, I, Madrid, San
Pablo, 2000, págs. 373a-374a). Sin embargo, dichos nombres no aparecen hasta la primera hagiografía exten-
sa del santo, la de Alonso de Castillo Solórzano, Patrón de Alzira, el glorioso mártir san Bernardo, de la Orden
del Cistel, Zaragoza, Verges, 1636. Nótese que el mismo autor incluye en sus Jornadas alegres de 1626 un rela-
to claramente inspirado en Cervantes y coprotagonizado por una Zoraida (en la ed. de Madrid, Sociedad de
Bibliófilos Españoles, 1909, págs. 202-238).
60 Normalmente, las formas romanceadas Za(ha)ra y Zafra (y sus variantes con Ç-) se han considerado refle-

jo de Zahra’ (Elías Terés Sádaba, art. cit., I, pág. 182; Ana Labarta, op. cit., pág. 53), debido a su antiguo y fre-
cuente uso como antropónimo femenino y a constituir, como queda dicho, el sobrenombre de Fátima, la hija
del profeta. No obstante, se ha de señalar que, haciendo una búsqueda de la secuencia de ism o nombre pro-
pio más nasab o patronímico en la citada base de datos Alwarraq, la combinación {Z.hrah bint + [antropó-
nimo masculino]} aparece en treinta y cinco ocasiones (aunque aquí se suman los casos de Zahrah y de Zuh-
rah), frente a las nueve de {Zahra’ bint + [antropónimo masculino]}. Modernamente, en Argelia, de ambos
nombres, Zahrah es el único registrado en su lista de antropónimos más comunes por Henri Pérès y Paul
Mangion, Vocabulaire de base de l’arabe dialectal algérien et saharien, Alger, La maison des livres, 1961 (col.
de l’École pratique d’études arabes d’Alger, 23), pág. 47.
61 En la base de datos Alwarraq aparecen siete casos de {Zuhayrah bint + [antropónimo masculino]} y Ana

Labarta lo documenta en 89 ocasiones (op. cit., págs. 50-51 y 53).

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que no resulta fácil partiendo de Zuhayrah, cuyos reflejos romances son Zo(h)ayra,
Zo(h)ayre, Zu(h)ayre y Zu(h)eyre, y sus variantes con Ç-.62 Con todo, esta hipóte-
sis sigue sin justificar la -d-, además de exigir una combinación de dos nombre,
Turayya y Zuhayrah, que en definitiva no guardan ninguna relación. Puestos a expli-
car el zor- de Zoraida, es preferible pensar en otro nombre femenino derivado de
la raíz {zhr}, Zuhrah, pronunciado dialectalmente [zohra] y romanceado como,
Zohra, Zohara y Çofra,63 cuyo sentido prístino es ‘Venus’. Respecto del final -aida,
no puede excluirse por completo un papel intermediario o propiciatorio de Zuhay-
rah, que actúa también como hipocorístico de Zuhrah, sobre todo a la vista de la
forma romanceada de este último Zohara, con vocal epentética, tan próxima a su
diminutivo. Sin embargo, la -d- sólo resulta explicable, a mi juicio, como una hibri-
dación de Zuhrah con Zaida, nombre romance procedente del andalusí sáy(yi)da
‘señora’,64 que fue trasvasado al romance como topónimo y que, cuando era emple-
ado como fórmula de tratamiento, había sido tomado también como un antropó-
nimo por las fuentes cristianas, resultando muy usual con dicha función en el
romancero morisco.
Precisamente, tal hibridación pudo ser favorecida por el uso de assayyidah como
fórmula de respeto para referirse a la hija de Agimorato, *(As)sayyidah Zuhrah, una
vez que su marido había accedido al trono de Marruecos,65 así como porque un
reflejo directo de Zuhrah > *Zora podía llegar a ser poco decoroso.66 Otro catali-

62 Elías Terés Sádaba, art. cit., I, pág. 183; Ana Labarta, op. cit, pág. 53; Federico Corriente, A Dictionary of
Andalusi Arabic, cit., pág. 236a.
63 Elías Terés Sádaba, art. cit., I, pág. 183; Ana Labarta, op. cit., pág. 53; Federico Corriente, A Dictionary of

Andalusi Arabic, cit., pág. 236a. Este nombre está también recogido en la lista de antropónimos más comu-
nes de Henri Pérès y Paul Mangion, op. cit., pág. 48.
64 Véase Elías Terés Sádaba, art. cit., I, pág. 184-185. Ya lo había señalado Sebastián de Covarrubias, Tesoro de

la lengua castellana o española [1611], ed. de Martín de Riquer, Barcelona, Horta, 1943; reimpr. en Barcelo-
na, Alta Fulla, 1989, pág. 391a: «ÇAIDA. Es nombre arábigo, y vale tanto como ‘señora, princesa’; como çayd
‘señor’, que corruptamente decimos cid. De aquí se dijo çaydía el monasterio de religiosas bernardas de Valen-
cia, casa de señoras principales, de donde tomó el nombre; si no se le dio, como dicen algunos, cierta prin-
cesa mora, cuyos fueron antiguamente aquellos palacios» (véase también ahora en Tesoro de la lengua caste-
llana o española, ed. integral e ilustrada de Ignacio Arellano y Rafael Zafra, Fráncfort del Meno/Madrid,
Vervuert/Iberoamericana, 2006, pág. 1549b).
65 En Marruecos, sid es aún la forma usual de referirse al sultán: «sidi Votre Majesté (quand on s’adresse au

sultan régnant) — sidna Votre Majesté (quand on parle du sultan régnant)»; Alfred-Louis de Prémare, Dic-
tionnaire arabe-français: langue et culture marocaines, VI, París, L’Harmattan, 1995, pág. 255.
66 Podría objetarse que, de ser así, al prescindir Cervantes en Los baños de Argel de la forma hibridada (que,

dados sus rudimentarios conocimientos de árabe, no podemos garantizar que asimilase a un hipocorístico,
ni aunque hubiese oído ambas formas aplicadas a la misma persona), la lógica fonética hubiese exigido que
Zoraida pasase a *Zora < Zuhrah, pero resulta obvio lo inapropiado del nombre para un personaje dramá-

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zador de la hibridación pudo ser el lustre clasicizante de los nombres en -aida y en


-eida, correspondientes a sustantivos griegos con sufijo -ìd-,67 como los antropó-
nimos Zenaida e Iraida (llevados por sendas mártires) o los homéricos Criseida y
Briseida, así como los nombres comunes nereida y danaide. A ellos puede añadir-
se el nombre de otras tres santas homónimas, en particular la emperatriz Adelaida
(muerta en 999), que presenta la misma terminación por otras razones, dado su
origen germánico.68 Por analogía con estos antropónimos formó Feliciano de Silva
el nombre ficticio Daraida, llevado por el príncipe Argesilao cuando se disfraza de
mujer en la tercera parte del Florisel de Niquea y recordado en el Quijote, I, XXIV,
119r.69 No obsta que se trate aquí de un nombre árabe, pues Cervantes lo habría
podido considerar apropiado a la vista de la citada Zaida y de otros obvios arabis-
mos que, casualmente, presentan igual terminación, como albaida < and. albáyda,
alcaide < and. alqáy(i)d, alfaida < and. alfáyd, algaida < and. alváyda o el homóni-
mo de zaida ‘grulla’, quizá también del and. sáyda, si no de un reflejo andalusí del
árabe clásico sa‘idah ‘pescadora’.70
Viene en apoyo de esta posibilidad el hecho de que Cervantes no fuera refractario a
este procedimiento, pues en La gran sultana, cuando Lamberto se disfraza de mujer,
adopta el nombre de Zelinda, que en el romancero morisco hace las veces de femeni-
no del bien conocido Celín < ár. Salim, en lugar de Celima < Salimah,71 debido al uso

tico no burlesco, lo que explicaría la preferencia por el nombre de Zara < Zahrah, cuyo parentesco debía de
resultarle obvio, si no es que de entrada los confundía a ambos.
67 Véase E. Fleury, Morfología histórica de la lengua griega, trad. de Cándido Flores, Barcelona, Bosch, 1971,

pág. 55. Para los nombres citados a continuación, véanse las entradas correspondientes en Gutierre Tibón,
op. cit.; José María Albaigés Olivart, Diccionario de nombres de personas, Barcelona, Universitat de Barcelona,
2.ª ed., 1989, y Consuelo García Gallarín, op. cit.
68 Al parecer, de athal ‘noble’ y *haid ‘condición’ (véanse los sufijos al. -heit e ing. -hood); véase Gutierre Tibón,

op. cit., pág. 14a; José María Albaigés Olivart, op. cit., pág. 24b, y Consuelo García Gallarín, op. cit., pág. 59a.
Adviértase que el posible conocimiento de estos nombres por parte de Cervantes sería puramente libresco.
De todos ellos, sólo Adelaida ha tenido cierto curso en la onomástica hispana viva, y no he podido docu-
mentarlo antes de 1705, ni en el CORDE: Corpus diacrónico del español, Madrid, Real Academia Española,
accesible en línea en <http://www.rae.es>, ni en el Corpus del español del profesor Mark Davies (Brigham
Young University), accesible en línea en http://www.corpusdelespanol.org/, ni en Family Search: Internatio-
nal Genealogical Index, vers. 5.0, Salt Lake City, The Church of Jesus Christ of Latter-day Saints, 1999-2000,
base de datos accesible en línea, <http://www.familysearch.org/> [consulta: 17 de septiembre de 2006].
69 Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, volumen complementario, ed. del Instituto Cervantes, dir.

por Francisco Rico, Barcelona, Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg, 2004, pág. 293.
70 Véase Federico Corriente, Diccionario de arabismos y voces afines en iberorromance, Madrid, Gredos, 2.ª ed.,

2003, págs. 117b, 130b, 152b, 167a y 474a.


71 Véase Elías Terés Sádaba, art. cit., II, pág. 17; Ana Labarta, op. cit., pág. 85, y Federico Corriente, A Dictio-

nary of Andalusi Arabic, cit., pág. 260a.

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de (l)inda con valor de sufijo onomástico feminizador, como cruce del adjetivo linda
‘noble, hermosa, elegante’ con el componente homónimo en nombres de origen ger-
mánico como Adelinda, Be(r)linda, Ermelinda, Teodolinda y otros (donde, al parecer,
representa lind ‘escudo’ o *linthia > al. lind ‘suave’, ing. ant. linet ‘flexible’).72 Con esta
base se producen los grupos de formas presuntamente primitivas y derivadas:
Adela/Adelina ~ Adelinda, Flor/Florina ~ Florinda, Luz/Lucía ~ Lucina ~ Lucinda o
Rosa/Rosalía ~ Rosalina ~ Rosalinda, así como el nombre literario Dorinda, llevado
por la amante de Silvio en el célebre Il pastor Fido de Guarini. Sobre las connotacio-
nes literarias de esta onomástica, las manifiesta expresa y socarronamente Sansón
Carrasco en II, LXXIII, 276r: «darémosles los nombres de las estampadas e impresas, de
quien está lleno el mundo: Fílidas, Am[a]rilis, Dianas, Fléridas, Galateas y Belisardas,
que pues las venden en las plazas, bien las podemos comprar nosotros y tenerlas por
nuestras. Si mi dama (o, por mejor decir, mi pastora) por ventura se llamare Ana, la
celebraré debajo del nombre de Anarda, y si Francisca, la llamaré yo Francenia, y si
Lucía, Lucinda, que todo se sale allá; y Sancho Panza, si es que ha de entrar en [e]sta
cofadría, podrá celebrar a su mujer Teresa Panza con nombre de Teresaina».73 Esto no
fue óbice para que Cervantes, en virtud del decoro genérico, emplease ese tipo de
nombres cuando así le convenía, como en La gran sultana, en la Galatea o incluso en
el Persiles. A fin de cuentas, es notorio que en el propio Quijote la amada de Cardenio
se llama Luscinda, y fue justamente su aparición en la obra cervantina lo que favore-
ció la difusión del nombre.74
A mi juicio, en la hibridación (Assayyidah) Zuhrah (~ Zuhayrah) + Zaida = Zora
+ -áida = Zoraida desempeña un papel fundamental una Zaida en concreto, aque-
lla que pone en circulación el nombre en la literatura romance: la mora Zaida. Ade-
más de la significativa similicadencia en -aida, el hecho de que Zoraida quiera ser
bautizada como María, así como que ella tome la iniciativa de la relación, estable-
cen un vínculo especialmente cercano entre el personaje cervantino y el histórico-

72 Véase Gutierre Tibón, op. cit., pág. 151a; José María Albaigés Olivart, op. cit., pág. 160a, y Consuelo García
Gallarín, op. cit., pág. 212b, así como las entradas correspondientes a los nombres citados a continuación.
73 Las mismas connotaciones tienen aún ese tipo de nombres en el siguiente pasaje de Las preciosas ridículas

de Ramón de la Cruz: «Granad. [...] ¡Clara, Lucía! ¿En qué historia / política ni profana / ha encontrado usted
esos nombres? / Bastos. Una oreja delicada / padece furiosamente / con apelación tan charra. / Aquellos nom-
bres de Aminta, / Amarilis, Adelaida, / Florelinda, Clorilene, / Aganipe y Belisarda / sí que son lindos. / Calle-
jo. ¿Y en qué / calendario hay esas santas? / Granad. Los hay en libros impresos / y encuadernados en pasta»;
Sainetes de don Ramón de la Cruz en su mayoría inéditos, I, ed. de Emilio Cotarelo, Madrid, Bailly-Baillière,
1915, pág. 140; las cursivas son mías.
74 Consuelo García Gallarín, op. cit., pág. 215b.

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legendario de doña María la Zaida, hija (en realidad nuera) de Almu‘tamid de Sevi-
lla, esposa (en realidad concubina) de Alfonso VI de Castilla y madre de su único
hijo varón, el infante Sancho, muerto en la rota de Uclés en 1108.75 Cervantes pudo,
pues, tener en mente dicho personaje cuando modeló el de Zoraida, lo que favore-
cería la asimilación de un nombre posiblemente mal recordado (Zuhrah ~ Zuhay-
rah) al que transmitía la historiografía medieval.76

D O Ñ A M A R Í A L A Z A I DA Y L A É P I C A D E F R O N T E R A

La biografía legendaria de la supuesta esposa de Alfonso VI era fácilmente accesible


en el Siglo de Oro a través de la publicación de dos de las crónicas alfonsíes, la Cróni-
ca ocampiana y la Crónica particular del Cid,77 y tenía la ventaja, para los propósitos
75 Para todo lo relativo a este personaje, véase Alberto Montaner Frutos, «La mora Zaida, entre historia y leyen-
da (con una reflexión sobre la técnica historiográfica alfonsí)», en Barry Taylor y Geoffrey West (eds.), Histori-
cist Essays on Hispano-Medieval Narrative in Memory of Roger M. Walker, Londres, Maney Publishing for the
MHRA, 2005 (col. Publications of the Modern Humanities Research Association, 16), págs. 272-352. Para su per-
vivencia en el Siglo de Oro, véase, del mismo, Política, historia y drama en el cerco de Zamora: La «Comedia segun-
da de las Mocedades del Cid» de Guillén de Castro, Zaragoza, Universidad de Zaragoza, 1989, págs. 48 y 54-55.
76 Una cierta conciencia de la relación entre los nombres Zaida y Zoraida parece revelar el hecho de que la

princesa sevillana reciba el segundo (sin duda por influjo de Cervantes) en dos comedias burlescas de las
relaciones entre el rey Alfonso y la mora Zaida: El hermano de su hermana, de Francisco Bernardo de Qui-
rós, inserta en su novela miscelánea Aventuras de don Fruela [1656], ed. de Celsa Carmen García Valdés,
Madrid, Instituto de Estudios Madrileños, 1984, págs. 324-384, e incluida también en Dos comedias burles-
cas del Siglo de Oro, ed. de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin, Kassel, Reichenberger, 2000, págs. 138-
220, y la anónima El rey don Alfonso, el de la mano horadada [1662], ed. de Carlos Mata Induráin, Fráncfort
del Meno/Madrid, Vervuert/Iberoamericana, 1998.
77 La Crónica ocampiana fue publicada como cuarta parte de Las cuatro partes enteras de la Crónica de Espa-

ña que mandó componer el sereníssimo rey don Alonso llamado el Sabio, ed. de Florián de Ocampo, Zamora,
Agustín de Paz y Juan Picardo, a expensas de Juan de Espinosa, 1541 (por la que cito); reed. en Valladolid,
Sebastián Cañas, 1604; véase María del Mar Bustos, «Crónica ocampiana», en Carlos Alvar y José Manuel
Lucía Megías (eds.), Diccionario filológico de literatura medieval española: textos y transmisión, Madrid, Cas-
talia, 2002, págs. 351-357. La Crónica particular del Cid fue publicada como Crónica del famoso cavallero Cid
Ruy Díez Campeador, ed. de Juan de Velorado, Burgos, Fadrique Alemán de Basilea, a costa del Monasterio
de San Pedro de Cardeña, 1512; ed. facs. en Nueva York, Kraus, 1967; facs. digital y transcr. de María Jesús
García Toledano, en Francisco Marcos Marín (dir.), ADMYTE: Archivo Digital de Manuscritos y Textos Espa-
ñoles, Madrid, Fundación Quinto Centenario/Micronet/Ministerio de Cultura, 1992-1994, cnúm. 6993. La
Particular —de la que se hicieron numerosas reimpresiones, véase José Manuel Lucía Megías, Imprenta y
libros de caballerías, Madrid, Ollero y Ramos, 2000, págs. 54-58, 189 y 314-315, y Juan Bautista Crespo, «Cró-
nica de Castilla», en Carlos Alvar y José Manuel Lucía Megías (eds.), op. cit., págs. 285-292— es la sección
inicial de la Crónica de Castilla, derivada, como la Ocampiana, de la Versión amplificada de la Estoria de Espa-
ña, realizada por encargo de Sancho IV hacia 1289. Para las relaciones de las distintas versiones y crónicas
alfonsíes, véase además Inés Fernández-Ordóñez (ed.), Alfonso X el Sabio y las Crónicas de España, Vallado-
lid, Centro para la Edición de los Clásicos Españoles/Universidad de Valladolid, 2000, y, de la misma, «Esto-
ria de España», en Carlos Alvar y José Manuel Lucía Megías (eds.), op. cit., págs. 54-80.

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cervantinos, de gozar entonces (y casi hasta nuestros días) de credibilidad histórica,


aunque hoy esté claro que casi toda la información cronística al respecto es legenda-
ria. Los datos sobre Zaida se reparten en las crónicas en dos capítulos, el relativo a las
esposas de Alfonso VI, situado entre los preliminares de su reinado, y el que trata de
la invasión almorávide. El primero de ellos se centra, justamente, en la cuestión del
nombre de pila,78 mientras que el segundo trata más bien de los detalles de su ena-
moramiento y encuentro con el rey Alfonso.79 Sin duda, existen obvias diferencias de
conjunto entre las historias de Zaida y de Zoraida, pero éstas no hacen sino reforzar
el papel de las coincidencias, aparte de la onomástica, clave en este caso, ya que no se
encuentran reunidas en ninguna de las fuentes previamente indicadas por la crítica,
siendo la tercera y la sexta (hasta donde se me alcanza) exclusivas de ambos relatos:

MOTIVO TEMÁTICO ZAIDA ZORAIDA

Hermosa hija de un gran señor avié estonces aquel rey Abena- en aquella casa vivía el mesmo
moro bet una fija donzella grande e moro que a nosotros nos habí-
muy fermosa e de buenas cos- an dicho, que se llamaba Agi
tumbres, e amávala él mucho e Morato, riquísimo por todo
avié nombre Zayda. estremo, el cual tenía una sola
hija, heredera de toda su hacien-
da, y que era común opinión en
toda la ciudad ser la más her-
mosa mujer de la Berbería

Elección del pretendiente por E tanto oyé dezir d’este rey don Muchos cristianos he visto por
sus prendas Alfonso que era cavallero muy esta ventana, y ninguno me ha
grande e muy fermoso ome en parecido caballero sino tú. [...]
armas e en todos los otros sus Si no te fías de nadie que vaya
fechos, que se enamoró d’él, e por la barca, rescátate tú y ve,
non de vista, ca nunca lo viera, que yo sé que volverás mejor
mas de su buena fama e del su que otro, pues eres caballero y
buen prez. cristiano.

Envío de una carta enviól’ dezir por escripto las hallé cuarenta escudos de oro
villas e los logares que su padre españoles y un papel escrito en
le diera, e que si él quesiese casar arábigo, y al cabo de lo escrito
con ella... hecha una grande cruz. [...] Yo
escribí esto, mira a quién lo das
a leer;

78 Crónica ocampiana, fols. 300v-301r. La Particular, cap. LXXX, fol. 26a, abrevia radicalmente esta primera

mención: «La sexta muger fue Lacayda [léase la Çayda], de que vos contaremos en la historia». Efectivamente,
la cuestión del bautizo de Zaida se recoge en el cap. CXCI, fol. 44va.
79 Ibíd., fols. 317rb-317va; Crónica particular del Cid, caps. CXC-CXCI, fols. 44ra-44va.

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MOTIVO TEMÁTICO ZAIDA ZORAIDA

Proposición de matrimonio con que si él quesiese casar con ella, Yo soy muy hermosa y mucha-
ofrecimiento de sus riquezas que le darié Cuenca e todos cha, y tengo muchos dineros que
aquellos castiellos e fortalezas llevar conmigo. Mira tú si pue-
que le diera su padre. des hacer cómo nos vamos, y
serás allá mi marido, si quisieres.

Él acepta sin conocerla, pero se E desque se vieron amos, si ella Demasiada cosa sería decir yo
enamora al verla era enamor[a]da e pagada del agora la mucha hermosura, la
rey don Alfonso, non fue el rey gentileza, el gallardo y rico ador-
don Alfonso menos pagado d’e- no con que mi querida Zoraida se
lla, ca la vio él muy grande e mostró a mis ojos [...] entonces
muy fermosa e enseñada, e de llegó en todo estremo aderezada
muy buen contenente, como le y en todo estremo hermosa, o a lo
dixeron d’ella. menos a mí me pareció serlo la
más que hasta entonces había
visto [...] y ya no veía la hora de
verme gozar sin sobresalto del
bien que en la hermosa y bella
Zoraida la suerte me ofrecía.

Insistencia en recibir el nombre E cuando la ivan a baptizar, dixo Preguntó don Fernando al cap-
de María el rey que non le pusiesen non- tivo cómo se llamaba la mora, el
bre María, porque non querié cual respondió que Lela Zorai-
aver fazimiento con muger que da; y así como esto oyó, ella
así oviesse nonbre, e esto porque entendió lo que le habían pre-
Dios nasciera d’ella. E ella dixo guntado al cristiano y dijo con
que le posiesen nonbre María, mucha priesa, llena de congoja
pero dixeron al rey que Elisabet y donaire: «¡No, no Zoraida:
avie nombre. María, María!», dando a enten-
der que se llamaba María y no
Zoraida. [...] Abrazóla Luscinda
con mucho amor, diciéndole:
«Sí, sí, María, María». A lo cual
respondió la mora: «¡Sí, sí,
María: Zoraida macange!», que
quiere decir no. [...] Zoraida,
que así se llamaba la que ahora
quiere llamarse María.

Además de las crónicas citadas, se hacen eco de la leyenda de Zaida otros muchos
autores del Siglo de Oro,80 lo que hace sumamente factible que Cervantes la cono-
ciese. En particular, por lo que hace a la historia del cautivo, interesa la reelabo-
80
Por ejemplo (aunque con desigual grado de detalle y sin ánimo de exhaustividad): Diego Rodríguez de
Almela, Valerio de las historias escolásticas e de España, Murcia, Lope de la Roca, 1487; ed. facs. con pról. de
Juan Torres Fontes en Murcia, Real Academia Alfonso X el Sabio, 1994, lib. IV, tít. VII, cap. 6, fol. i6v; Pedro
de Alcocer [¿pseud.?], Hystoria o descripción de la imperial ciudad de Toledo: Con todas las cosas acontecidas
en ella desde su principio y fundación, Toledo, Juan Ferrer, 1554, lib. I, cap. XLVI, fol. 41r; Jerónimo Zurita, Ana-

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ración efectuada por Gabriel Lobo Lasso de la Vega, debido a la importancia que
adquiere la carta.81 Aun así, no cabe duda de que la conformación del episodio
cervantino no responde exclusivamente a esta leyenda, que no incluye un com-
ponente fundamental de la historia, el citado motivo R162: «Rescue by captor’s
daughter (wife, mother)», pero sí permite advertir que el otro integrante de la
combinación no es, como creía Márquez Villanueva, el de la conversión de la mora
(que no cuenta con más representante estricto que Ismérie), sino el de la amada
que pertenece a la fe enemiga, pero que acepta la de su amado (o en ocasiones, a
la inversa) para poder casarse con él. En efecto, aun sin admitir el probable influ-
jo directo de la leyenda de la mora Zaida, el isomorfismo entre este aspecto de
ambos relatos sitúa la historia del cautivo (aunque sea de forma mediata, a tra-
vés de sus fuentes directas) en la tradición de la épica de frontera.82 En ésta resul-
ta ser un ingrediente característico la relación entre un guerrero (cautivo o no) y

les de la Corona de Aragón [1562], ed. de Ángel Canellas, Zaragoza, Institución Fernando el Católico, I, 1967,
lib. I, cap. XXVII, pág. 92; Relaciones topográficas de los pueblos de España ordenadas por Felipe II. Madrid [1575-
1580], ed. de Carmelo Viñas y Ramón Paz, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1949,
págs. 245-246; Esteban de Garibay, Los quarenta libros del compendio historial de las chrónicas y universal his-
toria de todos los reynos de España, II, Amberes, Cristóphoro Plantino, a costa del autor, 1571; reed. en Barce-
lona, Sebastián de Cormellas, 1628, lib. XI, cap. XIV, págs. 30-31; Jerónimo Román, Repúblicas del mundo orde-
nadas en XXII libros, Medina del Campo, Francisco del Canto, 1575, lib. IV, cap. XX; Juan de Mariana, Historiæ
de rebus Hispaniæ libri XXV, I, Toledo, Typis Petri Roderici, 1592, lib. IX, cap. III, pág. 406; Prudencio de San-
doval, Primera parte de las fundaciones de los monesterios del glorioso padre san Benito, que los reyes de Espa-
ña fundaron y dotaron, Madrid, Luis Sánchez, 1601, fol.73v, e Historia de los reyes de Castilla y de León, don
Fernando el Magno, primero de este nombre, infante de Navarra; don Sancho, que murió sobre Zamora; don
Alonso, sexto de este nombre, Pamplona, Carlos de Labayen, 1615; reed. en Madrid, Benito Cano, 1797, pág.
296; Sebastián de Covarrubias, Suplemento al Tesoro de la lengua española castellana [ca. 1611-1613], ed. de
Georgina Dopico y Jacques Lezra, Madrid, Polifemo, 2001, págs. 18b, 28a y158b (véase también en Tesoro de
la lengua castellana o española, ed. integral e ilustrada de Ignacio Arellano y Rafael Zafra, cit., pág. 1549b).
81 Gabriel Lobo Lasso de la Vega, Primera parte del romancero y tragedias, Alcalá de Henares, Juan Gracián, a

costa de Juan de Montoya, 1587, romance XXXIV, fols. 61r-62v; recogido en Agustín Durán, Romancero gene-
ral o colección de romances castellanos anteriores al siglo XVIII, I, Madrid, M. Rivadeneira, 1849 (col. Bibliote-
ca de Autores Españoles, X), págs. 576b-577a, núm. 913. El mismo autor incluyó el romance en su Manojue-
lo de romances y otras obras, Zaragoza, Miguel Fortuño Sanchez, a costa de Francisco Sanz, 1601, fol. 72r-v;
reed. de Ángel González Palencia y Eugenio Mele, Madrid, Saeta, 1942, págs.148-151, núm. 54.
82 Para el concepto mismo de épica de frontera y el de motivo asociado a la misma, véase Agostino Pertusi,

«Tra storia e leggenda: akrítai e ghâzi sulla frontera orientale di Bisanzio», en Mihai Berza y Eugen Stanescu
(eds.), Actes du XIV Congrès International des Études Byzantins: Bucarest, 6-12 septembre 1971, I, Bucarest,
Academia Republicii Socialiste România, 1974, págs. 237-283; Eusebi Ayensa, «Απότην Κάρπαθο στην
Καοτίλη: Κοινά µοτίβα στην ελλήνική και στην ισπανική επική ποίηοη» [‘De los Cárpatos a Casti-
lla: Motivos comunes a la poesía épica griega y española’], en Ευρωπα ϊκή Ακριτκή παράδοση: Από τον
Μεγαλέζαντρο στον ∆ιγεν ή Ακρ ίτα, Atenas, Akadimía Athinón/ACRINET, 2004 (col. The Acritans of
Europe, I), págs. 263-271; Alberto Montaner Frutos, «Introducción a la épica de frontera (tradiciones romá-
nica, bizantino-eslava e islámica)», y Pedro Bádenas de la Peña, «La épica española y la épica de Diyenís»,
ambos en en Ressons èpics en les literatures i el folklore hispànic. El eco de la épica en las literaturas y el fol-

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una mujer que pertenece a la «ley contraria», por retomar la expresión de Lasso
de la Vega. Vista desde esta perspectiva, la serie literaria en la que se inserta el rela-
to cervantino y, con ello, el horizonte de expectativas que suponía en el público
coetáneo se pueden comprender mejor que con la mera acumulación de textos
más o menos parecidos.
Se trata de lo que Bédier bautizó como el arquetipo de la «païenne amoureuse et
compatissante»,83 que no constituye un elemento propiamente carolingio, como
pensaba Márquez Villanueva, sino un motivo, sin duda poligenético, que se encuen-
tra tanto en la tradición románica, como en la bizantino-eslava y en la arabo-islá-
mica.84 En su forma característica, el motivo consiste en el rapto y conversión de
una doncella de la religión contraria por parte, normalmente, de un cautivo del que
aquélla se enamora, aunque existen diversas variantes de diferente grado de com-
plejidad.85 Recurrir a este viejo pero muy difundido tema le permitía a Cervantes
contar con un horizonte de expectativas que incluye los elementos del encuentro
de la mora y el cautivo, el enamoramiento y la conversión, la elección que antepo-
ne el propio proyecto vital a los deberes filiales, el rapto y la fuga, pero a la vez (a
través del llamado espíritu de frontera) una visión del enemigo que no es extrema-
da ni radicalmente excluyente,86 todo lo cual cuadraba perfectamente a los intere-
ses éticos y estéticos del alcalaíno.

clore hispánico,Atenas/Barcelona,ACRINET/Reial Acadèmia de Bones Lletres, 2004 (col. The Acritans of Europe, IV),
págs. 9-39 y 41-52, respectivamente; Plámen Bóckov, «Το παλικάρι ήρωαζ µεταξύ “οικέιου” και ξένου»
[‘El héroe fronterizo entre lo «familiar» y lo ajeno’], en Κραλ ί Μόρκο ο ’Ηρωαζ Ψπερασπιστήζ των
Συνόρων, Atenas/Sofía, Akadimía Athinón/ACRINET/Penepistímio tis Sófias Áyos Klímendos tis Akhridas,
2004 (col. The Acritans of Europe, V), págs. 11-15.
83 Joseph Bédier, «La composition de la chanson de Fierabras», Romania, núm. 17, París, 1888, págs. 22-51 (la

cita en pág. 48).


84 Véase ibíd., págs. 45-47; Frederick M. Warren, «The Enamoured Moslem Princess in Orderic Vital and the

French Epic», PMLA, núm. 29, Nueva York, 1914, págs. 341-358; Georges Cirot, «Sur le Fernán González», Bulle-
tin Hispanique, vol. XXX, Burdeos, 1928, págs. 113-146 (esp. pág.125); William J. Entwistle, «Bride-snatching
and the Deeds of Digenis», Oxford Slavonic Papers, núm. 4, Oxford, 1953, págs. 1-16; Charles A. Knudson, «Le
thème de la princesse sarrasine dans La prise d’Orange», Romance Philology, vol. XXII, Berkeley, 1969, págs.
449-462; Agostino Pertusi, art. cit., págs. 256-259 y 276; Norman Daniel, Héros et sarrasins: Une interpétation
des chansons de geste, trad. de Alain Spiess, París, Cerf, 2001, págs. 88-98 y 207-214; Álvaro Galmés de Fuen-
tes, La épica románica y la tradición árabe, Madrid, Gredos, 2002, págs. 401-409, y Alberto Montaner Frutos,
«Introducción a la épica de frontera (tradiciones románica, bizantino-eslava e islámica)», cit., págs.12 y 35;
véase Nikita Elisséeff, Thèmes et motifs des Mille et une nuits: Essai de classification, Beirut/París, Institut fran-
çais de Damas/A. Maisonneuve, 1945, pág. 103.
85 Más detalles en mi trabajo «La historia del cautivo y la tradición épica de frontera», § 2.
86 Véase Soledad Carrasco Urgoiti, «El gallardo español como héroe fronterizo», en Actas del III Congreso inter-

nacional de la Asociación de Cervantistas, Palma de Mallorca, Universitat de les Illes Balears, 1998, págs. 571-
581; reed. en sus Vidas fronterizas en las letras españolas, Barcelona, Bellaterra, 2005, págs. 99-111.

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L A C AVA R U M Í A , PA R A J E L E G E N DA R I O

Además del caso de Zoraida, la historia del cautivo presenta otra alusión en la que
se mezclan elementos históricos y legendarios, sólo que en este caso ni la fusión de
ambos es original de Cervantes ni la tradición de la que dependen es escrita, sino
oral. Se trata del supuesto sepulcro de la hija del conde don Julián, presentada así
en el Quijote, I, XLI, 251v:

Mas quiso nuestra buena suerte que llegamos a una cala que se hace al lado de un peque-
ño promontorio o cabo que de los moros es llamado el de la Cava Rumía, que en nues-
tra lengua quiere decir «la mala mujer cristiana», y es tradición entre los moros que en
aquel lugar está enterrada la Cava, por quien se perdió España, porque cava en su lengua
quiere decir «mujer mala», y rumía, «cristiana»; y aun tienen por mal agüero llegar allí a
dar fondo cuando la necesidad les fuerza a ello, porque nunca le dan sin ella, puesto que
para nosotros no fue abrigo de mala mujer, sino puerto seguro de nuestro remedio, según
andaba alterada la mar.

Sobre este pasaje, anota Clemencín que: «El cabo que indica el texto será el Albatel
o el Caxines, los cuales forman en su intermedio un golfo que todavía se llama de
la Mala mujer. [...] Mas por lo que toca al cabo de la Caba rumía, dice Luis del Már-
mol en su Descripción del África, lib. V, cap. XLIII, que llamarle así es vulgaridad de
los cristianos, que poco instruidos de las cosas de los moros, dan este nombre a lo
que ellos llaman Cobor rumía o sepulcro romano, y se reduce a unas ruinas anti-
quísimas a levante de Sargel, junto a la punta de una sierra que entra en la mar, y
los marineros llaman Campana de Tenez».87 Por su parte, Rodríguez Marín, tras
citar la primera frase de Clemencín, añade: «En La guerra de Granada, explicando
Hurtado de Mendoza, o quien sea su autor, el nombre de esta ciudad, dice: “Por-
que el de la Cava, todas las historias arábigas afirman que le fue puesto por haber
entregado su voluntad al rey de España don Rodrigo, y en la lengua de los árabes
cava quiere decir mujer liberal de su cuerpo [...]. Y los edificios que se muestran de
lejos a la mar sobre el monte, entre las Cuejinas y Xarjel (Sargel), al poniente de
Argel, que llaman sepulcro de la cava cristiana (la cava rumía), cierto es haber sido
un templo de la ciudad Cesárea, hoy destruida».88 Los restantes anotadores del pasa-

87 Diego Clemencín, en su ed. del Quijote, cit., 1833-1839, III, págs. 236-237; reed. de 1894-1917, IV, págs. 31-
32; reed. de 1947, pág. 1371b (nota I.XLI.51).
88 Miguel de Cervantes, El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, III, ed. rev. de Francisco Rodríguez

Marín, Madrid, Atlas, 1947-1949, pág. 228.

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je nada dicen de este aspecto, limitándose a explicar la referencia a la Cava, hasta la


edición del Instituto Cervantes, que anota: «Alusión a la leyenda de los amores de
la Cava y el rey Rodrigo, por culpa de los cuales se decía que España cayó bajo la
dominación de los musulmanes. Cava Rumía parece interpretación del árabe nor-
teafricano kabár rumía ‘sepulcro romano’, que puede corresponder a un mausoleo
que se encuentra cerca de Sargel»,89 y en la nota complementaria de ésta añaden:
«Cava Rumía: kabár ‘sepulcro’ se cruzó con kebéh ‘malo’, y rumía ‘cristiana’, proce-
de probablemente del griego romiós (‘romano’), gentilicio aplicado a los griegos del
Imperio romano de Oriente, y utilizado como sinónimo de «cristiano» frente a los
musulmanes».90
Aunque estas notas van bien encaminadas, es necesario hacer varias precisiones.
El étimo árabe de Cava Rumía no es exactamente ni cobor rumía ni kabár rumía,
sino qabr arrumiyyah. Tampoco la interpretación como ‘sepulcro romano’ es correc-
ta; se trata de ‘tumba de la cristiana’. Originalmente, rumi es ‘bizantino’, no ‘roma-
no’, debido a que los propios bizantinos denominaban a su estado ‘Ρωµανία, cuyo
gentilicio es ρ́ωµα∼ιοζ, más rara vez ρ́ωµέυζ (y como adjetivo ρ́ωµαϊκόζ), al menos
desde la época de Justiniano.91 En todo caso, la voz árabe no es un préstamo, sino
un calco de ρ́ωµα∼ιοζ, pues está formada añadiendo el sufijo -i de nisbah, al sus-
tantivo colectivo Rum ‘Bizancio; los bizantinos’. Así pues, inicialmente poseía el sen-
tido gentilicio propio de los adjetivos árabes de nisbah, con valor singulativo: ‘(un)
bizantino’ y de ahí pasó a significar ‘cristiano’, aunque su sentido habitual en el norte
de África es específicamente ‘europeo’.92 Por otro lado, qabr93 no es femenino, de
modo que ‘la tumba cristiana’ sería alqabr arrumi (en dialecto qbér romi). Precisa-
mente, la ausencia del artículo en qabr indica que se trata de un sintagma nominal
donde el sustantivo nuclear queda determinado por rección de un segundo sus-

89 I, XLI, 531, nota 56.


90 Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, volumen complementario, dir. por Francisco Rico, cit.,
pág. 397.
91 Charles du Fresne, sieur du Cange, Glossarium ad Scriptores mediæ et infimæ Græcitatis, II, Lyon, Anis-

son/Joannes Posuel/Claudius Rigaud, 1688, cols. 1311-1313; Paul Gauthier, Anne Comnène, Alexiade: Index,
París, Les belles lettres, 1976, págs. 109-110.
92 Véase Jihane Madouni-Lapeyre, Dictionnaire arabe algérien-français. Algérie de l’ouest, París, Langues et

mondes, 2003, pág. 213a; Henri Pérès y Paul Mangion, op. cit., pág. 51; Alfred-Louis de Prémare, op. cit., V,
pág. 249; véase Federico Corriente, A Dictionary of Andalusi Arabic, cit., pág. 223b, y Diccionario de arabis-
mos y voces afines en iberorromance, cit., pág. 427a, s. v. «rumí».
93 En dialecto norteafricano, /qbér/, realizado en Argel [qbàr] debido al entorno velar y enfático (véase Aziza

Boucherit, op. cit., pág. 52).

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tantivo, arrumiyyah. En cuanto a cava ‘mujer mala’, no deriva de kebéh, es decir,


qabih ‘malvado, vil’, ni de su femenino qabihah, pronunciado dialectalmente [qbiha]
- sino de qahbah [qàhba], ‘puta’.94
~ [qbeha],
En cuanto a la cala aludida por Cervantes, Clemencín tenía razón al situarla en
el golfo que se extiende entre los cabos Caxines y Albatel, según confirma el por-
tulano del conde de Floite-d’Argençon: «Le Cap Caxines est à 31 milles N 69º E de
celui d’Albatel, dans l’espace compris entre ces deux caps se trouve le golfe de la
Malamuger»,95 hoy conocido como golfo de Tipasa. Es cerca de esta localidad (ár.
Tifax, a unos 50 km al sudoeste de Argel) donde se encuentra el monumento al que
se refiere el pasaje quijotesco y no, como suele anotarse, junto a la antigua Cesárea,
que corresponde a la Sargel cervantina (ár. Xarxal, en grafía francesa Cherchell, a
96 km de Argel).96 Como señaló ya Eguílaz,97 parece tratarse de un antiguo mau-
soleo mauritano, construido por el rey Juba II (ca. 50 a. C.-ca. 23 d. C.), posible-
mente con ocasión de la muerte de su primera esposa, Cleopatra Selene, la hija de
Marco Antonio y Cleopatra,98 si bien esta hipótesis, comúnmente aceptada, carece
de confirmación arqueológica.99 Se trata de un edificio cilíndrico de sillar, de 64
metros de diámetro, cubierto por una cúpula cónica realizada por aproximación
de hiladas, que se alza hasta 46 metros de altura. Parcialmente desprovisto de su
revestimiento, el exterior del cuerpo cilíndrico aparenta ser períptero, con una hile-
ra de columnas jónicas adosadas al muro, sobre las cuales corre un arquitrabe liso.
Este monumento era y sigue siendo tradicionalmente conocido como Qabr
Arrumiyyah (en dialecto norteafricano qbér érromiya), es decir,‘la tumba de la cris-
tiana’ (deformación, al parecer de un nombre púnico que significaba ‘la tumba real’).

94 Lo identificó ya Josep Maria Solà-Solé, «El árabe y los arabismos en Cervantes», en Josep Maria Solà-Solé,
Alessandro Crisafulli y Bruno Damiani (comps.), Estudios literarios de hispanistas norteamericanos dedicados
a Helmut Hatzfeld con motivo de su 80 aniversario, Barcelona, Hispam, 1974, págs. 209-222 (en pág. 216);
reed. en su Sobre árabes, judíos y marranos y su impacto en la lengua y literatura españolas, Barcelona, Puvill,
1983, págs. 87-103 (en pág. 96).
95 Magloire de Flotte d’Argençon, Nouveau portulan de la Méditerranée ou Guide complète du pilote sûr tou-

tes les côtes, îles, bancs et ports compris depuis Cadix jusqu’à la Mer noire, I, Tolón, Bellue, 1829, pág. 209.
96 Véase G. Yver y D. Sari, «Sharshal», en The Encyclopaedia of Islam, IX, cit., págs. 357b-358b.
97 Leopoldo Eguílaz y Yanguas, art. cit., pág.
98 Véase Felix Jacoby, «Iuba II», en Georg Wissowa, Wilhelm Kroll y Konrat Ziegler (eds.), Paulys Realency-

clopädie der classischen Altertumswissenschaft, XIX 2, Stuttgart, Alfred Druckenmüller, 1916, cols. 2383-2395,
y Jörg Fündling, «Iuba [2]», en Hubert Cancik y Helmuth Schneider (eds.), Der Neue Pauly Enzyklopädie der
Antike, V, Stuttgart/Weimar, J. B. Metzler, 1998, cols. 1185-1186.
99 Véase Raoul Celly, «Argelia», en Doré Ogrizek (dir.), África del norte, trad. española de Enrique Navarro

Ramos, Madrid, Castilla, 1956, págs. 87-183 (en pág. 118).

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El sintagma qbér érromiya, pronunciado [qabàr érromiya], equivaldría acústica-


mente, para oídos romances, a [kàbà qomía], con vocalización del elemento esvara-
bático tras inicial explosiva [qa-], y haplología del artículo ér, favorecida por su rea-
lización con vocal ultrabreve [ér],100 asimilándose así a qàhba romiya ‘puta cristiana’,
percibido a su vez como [kába qomía]. Nótese que la h en los arabismos cervanti-
nos nunca es aspirada, como demuestra la escansión de sus versos, según se ha visto
para el caso de Za(ha)ra. No obstante, esta deformación del topónimo no es una
equivocación de Cervantes, sino una designación común, como se advierte por los
pasajes ya vistos de Mármol, Descripción del África, V, XLIII, y de la Guerra de Gra-
nada atribuida a Hurtado de Mendoza, citados respectivamente por Clemencín y
Rodríguez Marín. En cuanto a la identificación de esa innominada romiya con la
Cava, hija del conde don Julián, es posible que se hubiese efectuado ya en Argel, lugar
de tanta presencia andalusí, toda vez que la leyenda de la destrucción de España es
en muy buena parte de transmisión árabe.101 De ser así, tal identificación se vería, a
oídos cristianos, ratificada por la confusión de qbér y qàhba, que garantizaría, con
la obviedad de la presunta etimología,102 la veracidad de la atribución.

Z O R A I DA Y L A C AVA : ¿ U N A C O M PA R A C I Ó N I M P L Í C I TA ?

Aunque la investigación cervantina apenas ha avanzado desde la época de Cle-


mencín en la correcta identificación del paraje denominado la Cava Rumía ni en
la explicación de su nombre, es bastante la atención que se ha prestado a un aspec-
to al que el pasaje cervantino no alude en absoluto, a saber, el establecimiento de

100 Véase Aziza Boucherit, op. cit., págs. 39 y 49. La forma Covor Rumía que trae Mármol parte de una pro-

nunciación [qnbnr] debida a la a aparición de [n], otra posible variante alofónica de /é/ en estos contextos
(ibíd., pág. 52).
101 Véase Ramón Menéndez Pidal, Floresta de leyendas heroicas españolas: Rodrigo, el último godo, I, Madrid,

Espasa-Calpe, 1926, págs. XXIV-XXXI, XXXVI-XLVII y XLVI-LXX, y Reliquias de la poesía épica española, Madrid, Espa-
sa-Calpe, 1951; reimpr. con introd. de Diego Catalán, Madrid, Gredos, 1980, págs. 7-11; Pedro de Corral, Cró-
nica del rey don Rodrigo (Crónica sarracina), I, ed. de James Donald Fogelquist, Madrid, Castalia, 2001, págs.12-
17 (sobre el personaje de la Cava en esta versión, la más célebre en el Siglo de Oro, véanse las págs. 48-52).
102 De la que se hace eco también Covarrubias: «Cava, fue la hija del Conde don Julián, por cuya causa se per-

dió España, como es notorio de lo que las historias así nuestras como de los árabes cuentan. Y su verdadero
nombre dicen haber sido Florinda, pero los moros llamáronla Cava que vale cerca dellos tanto como mujer
mala de su cuerpo, que se da a todos. [...] Desta Cava escriben haberse ella muerto viendo el gran daño y des-
truición que por su causa había venido a España»; Tesoro de la lengua castellana o española, ed. de Martín de
Riquer, cit., pág. 322a; ed. integral e ilustrada de Ignacio Arellano y Rafael Zafra, cit., pág. 483a.

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algún tipo de relación entre la hija de don Julián y la hija de Agimorato. El prime-
ro en lanzar la especie fue Spitzer:

La misma Zoraida, a pesar de su fervor religioso, de su inocencia y belleza sobrehuma-


nas, es, al propio tiempo, capaz de una gran malignidad. Y también aquí se invoca el pers-
pectivismo lingüístico para poner de relieve esta faceta de su naturaleza. Hay un momen-
to, cuando la banda de fugitivos pasa el promontorio llamado [...] cabo de la Caba Rumía,
«...de la mala mujer cristiana»; sin embargo, insisten en que para ellos no es el «abrigo
de la mala mujer, sino puerto seguro de nuestro remedio»; pues bien, cuando el nombre
de aquella infame mujer, que pecó por amor, aparece ante el lector, éste no puede menos
de pensar en Zoraida, aunque en comparación con la prostituta árabe «por quien se per-
dió España», la prometida del cautivo por fuerza ha de parecer una mujer pura [...]. Al
mismo tiempo, sin embargo, Cervantes desea que comprobemos cuán cerca del abismo
estuvo Zoraida y que veamos por un momento la protección de la Virgen bajo la pers-
pectiva de la Caba.103

Quizá yo sea un lector muy ingenuo, pero reconozco que ninguna de las dos veces
que leí este capítulo del Quijote antes de conocer la interpretación de Spitzer se me
pasó por la cabeza relacionar en modo alguno a ambos personajes. Al margen de
diversas inexactitudes (por ejemplo, la Cava no fue una «prostituta árabe»), la idea
de la «malignidad» de Zoraida ha hecho notable fortuna entre la crítica y, con ella,
diversas variaciones sobre la posible relación entre ella y la Cava.104 Como era de
esperar, dada su visión del personaje, la postura más radical en este punto la adop-
ta Márquez Villanueva:

El mar y los vientos toman parte en la tragedia a manera de dioses antiguos, pues no se
vuelven propicios hasta que Agi Morato no ha sido devuelto a su patria. Cervantes se
vuelve explícito por un momento, cuando apunta que la desastrosa cadena de contra-
riedades es respuesta providencial a la maldición del moro (1, 41). Transparencia inequí-
voca reviste también el hecho de que Agi Morato sea abandonado precisamente junto al
promontorio «que de los moros es llamado el de la Cava Rumía» (I, 41). Tanto detalle
hace simplemente inevitable la asociación de Zoraida con la figura legendaria de Florin-
da la Cava, hembra de nombre maldito por haber labrado la ruina de su patria.105

103 Leo Spitzer, Lingüística e historia literaria, Madrid, Gredos, 2.ª ed., 1974, pág. 177.
104 Se hacen eco de la misma Helena Percas de Ponseti, Cervantes y su concepto del arte. Estudio crítico de algu-

nos aspectos y episodios del «Quijote», I, Madrid, Gredos, 1975, págs. 262-263 (véase también la pág. 239), y
Vicente Gaos, en su ed. de Miguel de Cervantes, El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, I, Madrid,
Gredos, 1987 (col. Biblioteca Románica Hispánica, IV), pág. 814, que siguen sólo la parte negativa de la expo-
sición de Spitzer, y, de modo más aséptico, Donald P. McCrory (ed.), op. cit., pág. 115.
105 Francisco Márquez Villanueva, op. cit., pág. 134; véanse también las págs. 124-125.

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La idea, no muy claramente expresada, pese a su supuesta «transparencia inequí-


voca», parece ser que Zoraida ha traicionado a su padre como la Cava lo hizo
con su patria, aunque en realidad no es ése el caso, para comprobar lo cual basta
con leer cualquiera de las versiones editadas por Menéndez Pidal en su citada
Floresta de leyendas.106 Por otro lado, se ha de notar que la frase del cautivo que
cita Márquez Villanueva, «Mas como pocas veces o nunca viene el bien puro y
sencillo, sin ser acompañado o seguido de algún mal que le turbe o sobresalte,
quiso nuestra ventura, o quizá las maldiciones que el moro a su hija había echa-
do, que siempre se han de temer de cualquier padre que sean, quiso, digo, que
estando ya engolfados [...], vimos cerca de nosotros un bajel redondo...» (I, XLI,
252v-253r), no se refiere al alterado estado de la mar, previo a la maldición del
padre de Zoraida, sino a la captura por los corsarios hugonotes, la cual sólo apun-
ta, no asegura, que se deba a las maldiciones previamente proferidas por aquél,
de modo que la presunta relación entre los malos vientos y el secuestro tempo-
ral de Agimorato es puramente arbitraria. En fin, tampoco se justifica que el
grado de detalle de la explicación sobre la Cava Rumía (en realidad no tanto,
una docena de líneas de la edición príncipe) obligue a vincularlo de un modo u
otro con Zoraida.
Pese a esta debilidad esencial, el aumento de consideración de Zoraida por parte
de la crítica posterior no ha implicado el abandono de este tipo de comparación,
sino sólo su cambio de signo. Así, para Murillo:

The significance of arrival and departure from this cove assumed to be the burial
place of the (also legendary) La Cava suggests that Zoraida for her faith is a divine-
like figure who has been singled out to redeem Christian Spain from the srain of La
Cava, as the Virgin purified mankind from the sin of Eve. Through Zoraida, the Holy
Mother has intervened to rescue Ruy and the other Christian captives. The capatin,
Cervantes “naive narrator”, is perhaps [...] unaware of this meaning in his depiction
of Zoraida.107

106 Consciente, quizá, de que planteado así era insostenible, Helena Percas de Ponseti, op. cit., pág. 262, pre-

fiere formularlo de este modo: «Por la primera se perdió España. Por la segunda se pierde Agi Morato». Pero
Agimorato no se pierde, sino que recupera la libertad, mientras que su hija, por mucho que le apene dejar a
su padre, ha de seguir su vocación, lo que exige este sacrificio.
107 Luis Andrés Murillo, art. cit., pág. 238. De modo semejante, considera que «Zoraida [...] revierte el

error de la Cava», Alicia Parodi, «El episodio del cautivo, poética del Quijote: verosímiles transgredidos
y diálogo para la construcción de una alegoría», en Actas del II Coloquio internacional de la Asociación de
Cervantistas. Alcalá de Henares, 6-9 de noviembre de 1989, Barcelona, Anthropos, 1990, págs. 433-441 (en
pág. 437).

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No me extraña, la verdad, que el pobre Ruy Pérez de Viedma no percibiese tales


conexiones, ya que comparar la mínima acción de Zoraida (en cuanto a su tras-
cendencia colectiva) con el desastre que supuso (desde la concepción cristiana
medieval y moderna) la «pérdida de España», resulta a todas luces desproporcio-
nado. Aún más lo es, a mi entender, comparar cualquiera de ambas acciones con el
papel de Eva y de María en la historia de la redención, por más que la analogía de
las causantes de ambas caídas se sugiriese en alguna ocasión.108 De esta misma idea
se hace eco Moner, en el marco de una postura intermedia entre las valoraciones
positiva y negativa de Zoraida:

El rapto del padre le da un cariz patético a la huida de los cristianos a la par que ennegre-
ce en cierta manera al personaje de Zoraida, quien queda así confirmada en su doble papel
de virgen redentora (conforme al modelo de la Virgen de Loreto y otras leyendas maria-
nas), pero también de hija traidora y renegada (conforme al modelo de «la Cava Rumía...
‘la mala mujer cristiana’... por quien se perdió España»). Y de hecho Zoraida parece sin-
tentizar el papel corruptor de la Cava (Eva) y el papel redentor de María (la Nueva Eva),
cual si fuera algo así como la cara y cruz del conflicto entre las dos culturas.109

En realidad, lo que Moner está señalando aquí no tiene nada que ver ni con las
leyendas marianas ni con la Cava, sino con dos rasgos de comportamiento típi-
cos de la païenne amoureuse: la liberación del cautivo y su huida con él, por un
lado, y por otro su independencia de criterio y la consiguiente emancipación de
la voluntad paterna, que Warren ha caracterizado así: «Melaz and her sisters are
the action itself. They guide and direct».110 Dado que, como se ha visto, Cervan-
tes está ateniéndose en lo esencial a las expectativas argumentales suscitadas por
el viejo motivo, resulta innecesario buscar aquí otro tipo de asociaciones. Por otro
lado, la consideración de Zoraida como un frío y maligno ser que deja a su padre
abandonado en una playa desierta (pero lo que calla Agimorato es que la Cava
Rumía está sólo a cosa de una legua, es decir, unos cinco kilómetros, de las loca-
lidades costeras de Tipasa, al oeste, y de Ain Tagurirt, al este) no tiene en cuenta
ni el sentimiento que ello le produce a la muchacha, «Todo lo cual escuchaba
Zoraida, y todo lo sentía y lloraba» (I, XLI, 252v), ni lo moderada que es su actua-

108 Véase James D. Fogelquist en su ed. de la Crónica del rey don Rodrigo (Crónica sarracina), cit., pág. 48.
109 Michel Moner, «Lecturas del Quijote: Primera parte. Capítulos XL-XLI», en Miguel de Cervantes, Don
Quijote de la Mancha, volumen complementario, cit., dir. por Francisco Rico, págs. 89-93 (la cita en págs.
91-92).
110 Frederick M. Warren, art. cit., pág. 357.

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ción respecto de sus modelos literarios (recuérdese que Floripes, para escándalo
de ciertos críticos, le pide directamente a Carlomagno que dé muerte a su padre,
por su contumaz negativa a la conversión), ni el pensamiento coetáneo sobre la
cuestión, que Morón Arroyo ha explicado claramente,111 el cual parte del pasaje
evangélico de Mateo 10, 34-38: «nolite arbitrari quia pacem uenerim mittere in
terram: non ueni pacem mittere, sed gladium: ueni enim separare hominem aduer-
sus patrem suum, et filiam aduersus matrem suam: et nurum aduersus socrum
suam: et inimici hominis, domestici eius. Qui amat patrem aut matrem plus quam
me non est me dignus: et qui amat filium aut filiam super me, non est me dig-
nus»,112 glosado así por san Jerónimo: «Hic ordo in omni affectu necessarius est.
Ama post Deum patrem, ama matrem, ama filios; si autem necessitas uenerit ut
amor parentum ac filiorum Dei amori comparetur et non possit utrumque serua-
ri, odium in suos pietas in Deum est».113 Otro pasaje pertinente es Mateo 8, 21-22:
«Alius autem de discipulis eius ait illi: “Domine, permitte me primum ire, et sepe-
lire patrem meum”. Iesus autem ait illi: “Sequere me, et dimitte mortuos sepelire
mortuos suos”», objeto, entre otros, del siguiente comentario de san Agustín:
«Honorandus est pater, sed obediendum est Deo. Amandus est generator, sed prae-
ponendus est Creator. [...] Nolite anteriora posterioribus subdere. Amate parentes,
sed præponite Deum parentibus».114
Todo esto invalida la visión de una Zoraida que pueda, de un modo u otro, paran-
gonarse con la Cava, ya que sus respectivos comportamientos no guardan, en nin-
gún sentido, la menor relación. Por contra, el valor obvio de la mención de la cala
de la Cava Rumía radica en justificar por las creencias de los marineros argelinos
el hecho, de otro modo inverosímil, de que puedan refugiarse en dicho lugar sin
ser descubiertos por los lugareños, lo que habría arruinado su fuga. Secundaria-
mente, el pasaje contribuye a crear la sensación de verosimilitud lingüística que
Cervantes busca en todo este relato, a la par que le permite realzar su voz narrati-
va, a través de la del cautivo, mostrándose conocedor de primera mano y además
algarabiado.

111 Ciriaco Morón Arroyo, art. cit., págs. 96-102.


112 Cito por Biblia sacra iuxta vulgatam clementinam, ed. de Alberto Colunga y Lorenzo Turrado, Madrid,
Biblioteca de Autores Cristianos, 10.ª ed., 1999.
113 San Jerónimo, Commentarii in euangelium Matthæi, ed. de David Hurst y Marc Adriaen, Turnhout, Bre-

pols, 1969 (col. Corpus Christianorum, Series Latina, 77), lib. I, glossa ad loc.
114 San Agustín, Sermones, sermón 100 (en PL, XXXVIII, col. 603).

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BALANCE FINAL

La vinculación de la historia del cautivo con la leyenda de la mora Zaida y, en un


plano más general, con el motivo épico de frontera de la païenne amoureuse devuel-
ve el relato cervantino a su verdadera dimensión, la de la fusión de datos históri-
cos destinados a hacer verosímil la narración con una tradición literaria que hace
posible catar el vino añejo vertido en el odre nuevo. En efecto, el reconocimiento
del motivo y su adecuada adscripción genérica permiten advertir hasta qué punto
el amor, elemento secundario en la trama, es aquí un resorte narrativo (a fin de
cuentas, heredero de la función del matrimonio recompensa en los cuentos folcló-
ricos), más que un sentimiento explorado como tal y una motivación fundamen-
tal del nudo dramático, frente a lo que ocurre, precisamente, con las parejas que
escuchan el relato del cautivo. Pero esto no sucede aquí por pura inercia, sino en
virtud de una determinada concepción del matrimonio cristiano, asentada sobre
el modelo de la Sagrada Familia, en la que existen vínculos superiores que, sin excluir
en modo alguno los amorosos (que sin duda Pérez de Viedma siente abiertamen-
te y que no cabe excluir en el caso de Zoraida), permiten asentar la relación sobre
bases consideradas más firmes y duraderas, como demuestra la comparación de sus
peripecias, externas y no internas, frente a lo que sucede con las otras parejas de
amantes (incluida la sobrina del capitán) que se reúnen en la venta. O, aún más,
frente a lo que sucede en el Curioso impertinente: «Unlike Anselmo, he [Pérez de
Viedma] never needs to question the faithfulness of his partner Zoraida, because
her attachment to him is based on a foundation fimer than human love. It is for
the sake of the Christian religion that he accepts her».115
Por otro lado, la vinculación de este motivo a un trasfondo épico y no hagiográfi-
co permite matizar la idea expresada por Murillo de «a nearly miraculous liberation»
y de Zoraida como «the redemptive figure of a nearly divine woman»,116 al menos
por lo que se refiere a los medios que hacen posible la fuga. Ciertamente, tales suce-
sos están narrados de forma que muevan a admiración (el uso de la folclórica ley del
tres como medio de producir suspense en la escena de la caña es paradigmático a este
respecto), pero no hay nada en ellos de estrictamente maravilloso ni fantástico. No

115 Juergen Hahn,«El capitán cautivo: The Soldier’s Truth and Literary Precept in Don Quijote, Part I», Jour-

nal of Hispanic Philology, núm. 3, Tallahassee, 1979, págs. 269-303 (la cita en pág. 283).
116 Luis Andrés Murillo, art. cit., pág. 232.

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creo que de la literalidad del texto se desprenda la visión de una «nearly miraculous
chain of events that bring them through perils and the painful separation from her
father safely to Spain».117 En este sentido, la huida de Pérez de Viedma y Zoraida tiene
abundantes paralelos reales118 y está descrita en términos básicamente posibilistas
(nada que ver con el milagro de Notre-Dame de Liesse), mientras que la travesía resul-
tante responde a una estricta precisión geográfica y a una impecable lógica marine-
ra, como he intentado mostrar en otro lugar.119 No puede, pues, aceptarse por com-
pleto que «In his account the very cause of their flight across the sea unfolds form the
human side as a ritual of separation and from the divine as a miraculous manifesta-
tion».120 Si lo primero es cierto, aunque el relato de la travesía no se reduzca a ello, ya
que posee una dimensión estética específica,121 lo segundo responde sólo al sesgo
excesivamente milagrero que Murillo ve en la historia del cautivo.
En cambio, el mismo autor122 acierta al prescindir de la aproximación psicologi-
cista de Márquez Villanueva y subrayar la importancia del elemento argumental en
el comportamiento de Zoraida (aunque su planteamiento resulta algo mecanicis-
ta). Esta perspectiva obliga a reaccionar, tanto desde el plano ético como desde el
estético, contra los planteamientos críticos que, aquejados de la variedad de la fala-
cia patética consistente en analizar a los personajes de papel como si fueran perso-
nas de carne y hueso, han criticado la personalidad de Zoraida, en lugar de inten-
tar comprender su función dentro de la trama y su funcionamiento como integrante
de la misma. Esto obliga a levantar el cúmulo de acusaciones vertidas sobre su figu-
ra por comentaristas incapaces de advertir que si todo en el texto cervantino reve-
la el aprecio por su actuación, dicho personaje no podía ser negativo dentro de la
novela,123 resultando aquí extemporáneo todo juicio moral que no sea el intrana-

117 Ibíd., pág. 235.


118 Fernand Braudel, El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II, II, México D. F., Fondo
de Cultura Económica, 2.ª ed., 1976, págs. 296-297.
119 Alberto Montaner Frutos, «La “derrota compuesta” del cautivo (Quijote, I, XLI)», Anales Cervantinos, núm.

37, Madrid, 2005, págs. 45-106.


120 Luis Andrés Murillo, art. cit., pág. 238.
121 El buen conocimiento que tenía Cervantes de la navegación por el Mediterráneo le ha permitido referir

la travesía en términos estrictamente posibilistas, pero logrando a la vez un efecto de sorpresa y de suspen-
se claramente vinculados a la consecución de la admiratio (como intento mostrar en «La “derrota compues-
ta”...», cit., especialmente págs. 90-100).
122 Luis Andrés Murillo, art. cit., pág. 242.
123 Así lo advirtió Edward C. Riley: «El hecho de que el autor no tenga ningún motivo aparente ni compren-

sible para desacreditar a Zoraida va en contra de esta interpretación»; Introducción al «Quijote», trad. de Enri-
que Torner Montoya, Barcelona, Crítica, 1989, pág. 105.

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rrativo. Por ello, la supuesta relación con la Cava Rumía no deja de ser un claro caso
de sobreinterpretación crítica (algo a lo que tan acostumbrados nos tiene la biblio-
grafía cervantina), toda vez que la mención de dicho lugar posee la función de acli-
matar el relato, como el uso de palabras árabes en los pasajes anteriores, contribu-
yendo a crear esa atmósfera de credibilidad y cercanía, de experiencia vivida (en la
que no todo responde a un plan premeditado ni a una lógica de conjunto), donde
la anécdota tiene valor, no por elevarse a categoría, sino por crear la ilusión de rea-
lidad que pide un supuesto relato autobiográfico. En todo caso, la Cava Rumía «para
nosotros no fue abrigo de mala mujer, sino puerto seguro de nuestro remedio» (I,
XLI, 251v); de modo que si algo enseña su mención es, en una actitud plenamente
cervantina, que el mundo no está hecho en blanco y negro, sino que recorre toda
la escala de grises.124 De este modo, las cosas no siempre son lo que parecen, sobre
todo porque, así como el bien siempre es absoluto (de ahí la tan denostada actitud
de Zoraida para con su padre), el mal a menudo es relativo.

124
Como señala Joaquín Casalduero: «El destino del cristiano, como el de todo hombre que se mueve en la
zona de lo absoluto, es inflexible. Firme en su dolor inmenso, Zoraida dice: “Alá sabe bien que no pude hacer
otra cosa que lo que he hecho [...], según la prisa que me daba mi alma a poner por obra esta que a mí me
parece tan buena, como tú, padre amado, la juzgas por mala”. La seguridad del cristiano es inconmovible; la
conducta, no obstante, es juzgada desde el punto desde el cual se la contempla»; Sentido y forma del «Quijo-
te» (1605-1615), Madrid, Ínsula, 1949, pág. 167.

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