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Número 171 de septiembre de 2018

Notas del mes


Obituario: en la muerte de Josep Fontana
Por La Redacción
Desfachar España
Por Rosa Ana Alija
A diez años del crac financiero
Por Albert Recio Andreu
Las trabajadoras sexuales y la negación de sus derechos
Por Antonio Giménez Merino
Los colores de la democracia
Por Antonio Madrid Pérez
España, sucursal de Nueva York
Por Pere Mª Comas i Miralles
Amenazas veraniegas
Por Albert Recio Andreu
Irracionalidad nuclear (y energética) en julio y agosto
Por Miguel Muñiz

Ensayo
Una conversación con Pere Portabella
Josep Torrell
Cosas que es mejor callar
José M.ª Camblor
El «etnopopulismo» de Puigdemont
Antonio Antón

De otras fuentes
Acabar con el dictador
Rosa Ana Alija Fernández
Entrevista a Agustín Moreno
María F. Sánchez
Primer parte de guerra (comercial)
Rafael Poch de Feliu
O Brasil diante de uma eleição dramática
Boaventura de Sousa Santos
La propaganda del otro
Rafael Poch de Feliu
Demagogias, mentiras y simplezas

1
Agustín Moreno

El extremista discreto
Raca-Raca
El Lobo Feroz

La Biblioteca de Babel
Honrarás a tu padre y a tu madre
Cristina Fallarás
El orden del día
Éric Vuillard

En la pantalla
The United States of Arms
Anomalías de temperatura por país (1880-2017)

2
Obituario: en la muerte de Josep Fontana
La Redacción

El pasado 27 de agosto sufrimos una gran pérdida: la muerte de Josep


Fontana. Había nacido en 1931.

Fontana fue muchas cosas a la vez: un historiador, un gran maestro, un


comunista. Será recordado por todo ello. Fue discípulo de Vicens Vives, F.
Soldevila y Pierre Vilar; mañana se dirá de muchos, como historiadores, que
fueron discípulos de Josep Fontana. Hoy discípulos suyos lo somos un poco
todos, pues su obra nos ha trabajado interiormente, y por eso estamos
apenados.

Su vida fue de trabajo continuo y caracterizada por la discreción. Fue el


impulsor-editor-impresor de los Quaderns de Cultura Catalana, una
voluntariosa iniciativa cultural del Psuc a finales de los cincuenta y principios
de los sesenta. En la segunda mitad de esta última década fue miembro de la
redacción barcelonesa de Nous Horitzons, una revista del partido mencionado,
que trataba de seguir una línea cultural y política gramsciana, y lo consiguió
durante un breve tiempo. Fontana militaba además en su célula y apoyaba el
movimiento de los profesores no numerarios: fue expulsado de la universidad
por eso; pero sobre todo militaba en la elaboración de un trabajo de
historiador impresionante.

Con La quiebra de la monarquía absoluta de 1971 inició una serie de


importantes publicaciones sobre la España del siglo XIX, sus primeros
trabajos; los últimos, la colección impresionante El futuro es un país extraño,
Por el bien del Imperio, El siglo de la revolución.

Este obituario de urgencia, expresivo de nuestro sentimiento, será


desarrollado en los próximos números de mientras tanto, revista con la que
Josep Fontana ha colaborado desde siempre.

29/8/2018

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Desfachar España
Rosa Ana Alija

Les voy a contar una anécdota estival de una persona muy cercana que no
tiene víctimas del franquismo en la familia ni corrió delante de los grises. Es
un maestro jubilado de un pueblo del interior de España con un marcado
compromiso social, que cree en el trabajo bien hecho para que todos vivan
mejor (y no para enriquecerse obscenamente a costa de los demás) y sobre
todo ha acumulado un hartazgo considerable de ver cómo en este país unos
cuantos se arrogan el derecho de convertir en desheredados a otros muchos.
El día que el Consejo de Ministros aprobó el decreto-ley destinado a modificar
la Ley de Memoria Histórica y permitir la exhumación de Franco del Valle de
los Caídos, esa persona leía las noticias. Y en estas soltó en voz alta: “El PP
dice que la medida es una desfachatez. Tienen razón. Es una desfacha-tez”.
Semejante calificación había salido de la boca del portavoz adjunto del PP en
el Congreso de los Diputados, Guillermo Mariscal. En opinión de este, al
decidir la exhumación de los restos del dictador, Pedro Sánchez se dedicaba a
"quebrar la convivencia" entre los españoles. Otra vez los populares a vueltas
con el discurso guerracivilista, apocalíptico, amenazante.

La temperatura sofocante de este verano ha proporcionado el escenario


perfecto al fascismo patrio para ponerse cara al sol que más calienta. Y con
orgullo. Casi dos centenares de militares —por suerte retirados— han firmado
un manifiesto titulado "Declaración de respeto y desagravio al general
Francisco Franco Bahamonde, soldado de España" donde se defiende la figura
militar del Caudillo, se justifica el golpe de Estado al gobierno democrático (no
calificado así en ningún momento; al contrario, se ensalza que Franco
asumiera “la responsabilidad que le entregaron sus compañeros de Armas
para ejercer el Mando único de la España agredida y asediada por el
comunismo internacional aceptado y adoptado por el Frente Popular”) y se
cuestiona la veracidad de las atrocidades cometidas por el franquismo en la
posguerra, en los siguientes términos: “De los años posteriores a la contienda,
se cuentan ahora sucesos que sacuden la sensibilidad de los más fuertes.
Incluso aquellos que puedan atribuirse a hechos reales, se les matiza [sic] con
episodios faltos de autenticidad y se esquiva la situación del momento en que
acaecieron con el fin de criminalizar cualquier actitud por justa que fuera”.
Días después de su publicación, OKdiario subía a 600 el número de firmantes.

Los militares defienden que están ejerciendo su libertad de expresión, si bien


a aquellos en la reserva esto les pueda costar una sanción, al estar aún
sometidos al régimen de las Fuerzas Armadas. Lo curioso es que nadie parece
plantearse que todos ellos podrían estar rozando un delito común, en concreto

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el previsto en el artículo 510.1.c) del Código Penal. Dice dicho artículo que
“serán castigados con una pena de prisión de uno a cuatro años y multa de
seis a doce meses: [quienes] públicamente nieguen, trivialicen gravemente o
enaltezcan los delitos de genocidio, de lesa humanidad o contra las personas
y bienes protegidos en caso de conflicto armado, o enaltezcan a sus autores,
cuando se hubieran cometido contra un grupo o una parte del mismo, o contra
una persona determinada por razón de su pertenencia al mismo, por motivos
racistas, antisemitas u otros referentes a la ideología, religión o creencias, la
situación familiar o la pertenencia de sus miembros a una etnia, raza o nación,
su origen nacional, su sexo, orientación o identidad sexual, por razones de
género, enfermedad o discapacidad, cuando de este modo se promueva o
favorezca un clima de violencia, hostilidad, odio o discriminación contra los
mismos”.

Puesto que este artículo no se ha aplicado a quienes van soltando


afirmaciones del calado de las contenidas en el mencionado manifiesto, habrá
que preguntarse las hipotéticas razones. Vamos a considerar algunas:

Primera hipótesis: Que los crímenes franquistas no sean crímenes de guerra


ni/o crímenes contra la humanidad. Sin embargo, durante la guerra civil, el
bando franquista atacó a civiles —obviando la distinción básica en un conflicto
armado entre combatiente y no combatiente— y perpetró un sinfín de
atrocidades de manera sistemática o generalizada contra la población civil
una vez terminada la contienda, por razones ideológicas, aunque no solo (a no
olvidar, por ejemplo, la persecución a homosexuales). Estos comportamientos
constituyen crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad de libro. Si se
quiere, es discutible que entre el 36 y el 39 el Derecho internacional hubiera
tipificado los crímenes de guerra cometidos en un conflicto armado. Por el
contrario, el Tribunal Militar Internacional de Núremberg marcó como fecha
clave para apreciar la comisión por los nazis de crímenes contra la humanidad
el 1 de septiembre de 1939. De acuerdo, el Tribunal partió de su conexión con
un conflicto armado, pero ya en diciembre de 1945 la Ley nº 10 del Consejo
de Control Aliado suprimía la necesidad de dicho vínculo. Si se toma 1945
como año de referencia, buena parte de la brutal represión en la posguerra
(incluido el llamado “trienio del terror”) y la sistemática persecución de
elementos “molestos” durante la dictadura encaja en la tipificación
internacional de los crímenes contra la humanidad.

Que las prácticas represivas del franquismo sean consideradas actitudes


“justas” y no merezcan el mayor de los reproches resulta un hecho de una
gravedad sin par, sobre todo viniendo de quienes han formado parte de una
institución pública. Lo peor es que esa trivialización de lo ocurrido durante la
dictadura parece ser moneda común incluso entre la clase política. Que estos
crímenes no fueran castigados por obra y gracia de la ley de amnistía no

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altera en nada su naturaleza, pero parece claro que sí ha distorsionado la
percepción que todavía impera en algunos sectores de la sociedad española.
Lección que deberíamos aprender: la impunidad hace que los crímenes más
graves de trascendencia para la comunidad internacional en su conjunto
(palabras del preámbulo del Estatuto de la Corte Penal Internacional) sean
percibidos por algunos como una cosa menor.

Segunda hipótesis: Que se entienda que estas opiniones son privadas, que
no han tenido un ánimo de trascender a la esfera pública. Obviamente, no es
necesario hacer demasiado trabajo de investigación para descartar esta
hipótesis. Al margen de la publicidad del señalado manifiesto, que desde
luego no se ha redactado para ser leído entre colegas en una fiesta, o en
torno a la mesa de un bar, o alrededor de una hoguera campestre, no han
faltado en los últimos años declaraciones hechas por políticos del PP que
trivializan gravemente los efectos que para las víctimas han tenido estos
crímenes. Para desfachatez veraniega la de Rafael Hernando diciendo que se
había pasado “cuatro pueblos” con las víctimas del franquismo cuando soltó
aquello de que algunos solo se acordaban de su padre cuando había
subvenciones. ¿Exabruptos en medio del fragor de la batalla política? Si lo ven
así, la pregunta es si no son capaces de medir la gravedad de lo ocurrido y la
perduración de sus efectos ante la pasividad de varios gobiernos. Y, encima,
luego andan acusando a otros de hacer un uso político del pasado, cuando son
los primeros en tratar de obtener réditos mediante el desprecio a las víctimas
del franquismo.

La normalización en el discurso político de los ataques a estas alcanza unos


niveles en este país que serían inimaginables en otras democracias (sí, el
ejemplo de Alemania está muy manido, pero es altamente ilustrativo). Total
—parece decirnos cierta clase política—, si las víctimas ya aguantaron carros
y carretas durante cuarenta años de dictadura, por qué no iban a seguir
aguantando afrentas cuarenta años más. Ya se les dieron indemnizaciones,
esa es la vía para la reparación (idea-fuerza del discurso de Eduardo Zaplana
durante el debate de la Ley de Memoria Histórica en 2007). La convivencia en
España no se quiebra porque desprecien su sufrimiento. Por lo que parece,
solo se quiebra cuando se toman medidas que, al reconocer su condición de
víctimas, subrayan que alguien cometió crímenes, o cuando hay una iniciativa
que, en última instancia y dicho sin ahorrar sarcasmo, ajusta la realidad al
proyecto de Franco de disponer de un monumento a los caídos en la guerra
civil. Por si no queda claro, Franco murió en el 75, no entre el 36 y el 39, así
que no está en el sitio adecuado. Por esa y por muchas otras razones.

Tercera hipótesis: Una tercera hipótesis es que la pública negación,


trivialización grave o exaltación de los crímenes del franquismo no promueva
o favorezca un clima de violencia, hostilidad, odio o discriminación contra los

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miembros de un grupo. Vamos a pensar que la madurez democrática de este
país permite expresar tales opiniones sin que ello se traduzca en un clima de
violencia, hostilidad u odio, aunque el descaro con el que de un tiempo a esta
parte actúa la ultraderecha permita ponerlo en duda. Pero lo que no parece
discutible es que esta corriente de desprecio a las víctimas del franquismo por
parte del gobierno precedente ha provocado una situación de discriminación
con respecto a otros colectivos de víctimas, en particular las del terrorismo.
Habrá quien diga que esto es una exageración y que a las víctimas del
franquismo nadie les niega el disfrute de los derechos fundamentales
reconocidos en la Constitución. Frente a este argumento, baste recordar que
el artículo 15 de la Constitución reconoce el derecho de todos a la integridad
física y moral. Que las víctimas del franquismo se tuvieran que tragar su
sufrimiento durante la dictadura para evitar males mayores no quiere decir
que haya desaparecido. El trauma no se borra con indemnizaciones, como
señalaba en 2012 el presidente de la Asociación de Ex Presos Sociales.

Conclusión

No hace falta rascar mucho para que salga la pátina franquista debajo de la
capa de pintura demócrata que muchos se aplicaron en la transición para salir
bien maquillados en la foto. Los gobiernos previos a Zapatero se la fueron
retocando, a ver si colaba el pacto de la transición y las víctimas del
franquismo seguían callando mientras esperaban que en la democracia se les
restituyera su dignidad. Pero mucho (demasiado) llovió, y la lluvia se lleva la
pintura. La Ley de Memoria Histórica fue un paso tímido y a todas luces
insuficiente para que en este país se recuerde el período franquista con
vergüenza y no con nostalgia. Reconocer a las víctimas sus derechos mientras
se trata de salvar el falaz discurso de la reconciliación que le ahorró al
franquismo la etiqueta de criminal no sirve de nada. El PP se pregunta dónde
está la urgencia que justifique ahora, después de cuarenta años, un
decreto-ley para sacar a Franco de su tumba. Es urgente porque, aunque se
haya intentado eliminar el olor a sangre de los muertos del dictador con unos
manguerazos, el fascismo aún apesta en España, y mientras el pudor no le
agache la cabeza solo estaremos dando palmaditas en la espalda a las
víctimas. El objetivo lo dejó claro José Antonio Labordeta en su intervención
durante el debate sobre la Ley de Memoria Histórica en el Congreso:
“queremos que todos los heridos de la guerra sean de una vez caballeros
mutilados, y no que los que defendieron la legalidad republicana sean putos
rojos, y que hoy, víspera de difuntos, a todos los familiares de todos aquellos
que fueron asesinados en las cunetas y en las tapias de los cementerios
durante la dictadura les llegue una paz verdadera al sentir reparada en parte
—no del todo— su brutal injusticia”. Empezar por quitarle físicamente al
dictador su lugar de honor en la sociedad española es el primer paso. Que no
sea el último, porque queda mucho trabajo que hacer por estos lares para

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corregir la injusticia histórica y para desfachar el país.

29/8/2018

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A diez años del crac financiero
Cuaderno postcrisis: 10

Albert Recio Andreu

Hace diez años, el sistema financiero se tambaleó. Y con él, tembló el


complejo entramado de la economía capitalista mundial. La crisis de los
grandes bancos mundiales provocó una recesión sin precedentes desde la
Segunda Guerra Mundial, y sus efectos se extendieron paulatinamente a
muchos espacios del planeta. Lo que comenzó poniendo en evidencia las
fragilidades, las irresponsabilidades y la criminalidad inherentes al modelo
neoliberal, se acabó convirtiendo en un ajuste que ha debilitado las
condiciones de vida de mucha gente, los derechos laborales y los servicios
públicos en muchos países. Las élites capitalistas consiguieron externalizar
gran parte de los costes del mal que ellos habían generado hacia el conjunto
de la población, y tuvieron éxito en conseguir que las políticas económicas
desarrolladas por los Estados y los organismos internacionales no supusieran
un viraje profundo en la dinámica iniciada a mitad de la década de 1970.

Las crisis, los auges y recesiones, son inherentes a la historia del capitalismo.
Que las crisis se manifiesten en primer lugar en la esfera financiera también
es habitual. El sector financiero constituye el segmento más especulativo,
inestable y volátil de la economía capitalista, y es allí donde se manifiestan
con mayor intensidad las convulsiones sísmicas de la economía mercantil. Un
sector financiero, por cierto, cuyo gigantismo se había desarrollado al calor de
las políticas neoliberales, las potencialidades de las nuevas tecnologías de la
información, y la globalización. Un sector que había propiciado, a la vez, una
alarmante situación de endeudamiento global y un enorme potencial para el
desarrollo de enriquecimiento rentista de las élites mundiales. El
endeudamiento era en parte un propio subproducto de la liberalización
financiera. Pero era también el resultado de las contradicciones puestas en
marcha por el modelo neoliberal: la necesidad de promover el crecimiento del
consumo en un contexto de salarios congelados (o a la baja), la necesidad de
mantener vivo el comercio internacional en un mundo con países con
balanzas comerciales permanentemente deficitarias, la necesidad de
mantener un sector público enfrentado a demandas crecientes y recortes de
impuestos…

Y, pese a ello, la crisis cogió por sorpresa a los grandes líderes económicos. Y
a la mayor parte de la “academia universitaria”, más atenta a desarrollar un
análisis formalista que a analizar el funcionamiento del capitalismo real. Un

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capitalismo que, más que confiar en la capacidad autorreguladora del
mercado para salir de la crisis, optó por una intervención pública masiva para
evitar el colapso. Bastó una quiebra bancaria —la salida normal en una
sociedad de mercado— para forzar a los gobiernos a financiar masivamente al
sistema financiero y evitar su quiebra sistémica. Confundir el capitalismo
moderno con el mercado es un error. El capitalismo real es una compleja
combinación de mercados, empresas (en muchos casos enormes
organizaciones verticales que expanden su poder más allá de los límites
formales de la propia empresa a través de complejas redes
interempresariales) y un sector público imponente. Sin este tercer factor, la
crisis de 2008 posiblemente hubiera sido un proceso mucho más caótico de lo
que realmente ha resultado.

II

La crisis, que puso en evidencia las debilidades y defectos de las políticas


neoliberales y los gravísimos problemas generados por la financiarización
económica, no ha servido para reorientar el funcionamiento global del
sistema. Más bien al contrario. El sistema financiero ha sido salvado a costa
de la sociedad (y ha aumentado la concentración bancaria). El nivel de
endeudamiento global ha seguido creciendo (aunque en algunos países parte
del endeudamiento privado se ha endosado al sector público). El proceso de
financiarización se ha visto favorecido por las heterodoxas políticas
monetarias adoptadas por la Reserva Federal y el Banco Central Europeo con
el pretexto de evitar el colapso económico. Se han seguido implementando
reformas laborales orientadas a desmantelar normas que en el pasado
operaban como garantías de derechos sociales y acotaban el poder del
capital. En algunos países se han impuesto políticas de austeridad que han
implicado graves costes sociales y un desmantelamiento de los servicios
sociales.

Han aumentado las desigualdades de renta y la minoría del 1% (o el 5%) ha


acumulado riqueza a expensas del resto. En una visión mundial este dato
cabe matizarlo. Como explica el detallado trabajo de Branko Milanovic (Global
Inequality, Harvard University Press 2016), en su conjunto, la desigualdad de
renta mundial entre individuos ha disminuido, fundamentalmente por efecto
del crecimiento de la economía china, que ha mejorado la renta de millones
de personas. Pero este mismo autor señala dos hechos cruciales. De un lado,
el estancamiento absoluto y la pérdida relativa de la renta de la mayoría de la
población de los países desarrollados. Del otro, que a pesar de la mejora de la
población china (y parte de la India), la renta media de los países ricos
(incluso la de la mayoría de sus pobres) sigue siendo mucho mayor que la de
estas nuevas capas emergentes de asiáticos beneficiados por la globalización.
Los impactos de la crisis han tenido dimensiones de género, clase y país.

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La crisis, en suma, no ha generado ni una “refundación del capitalismo” ni una
reorientación sustancial. Más bien ha servido para implementar políticas que
han reforzado las tendencias anteriores. Se han introducido soluciones de
emergencia, que han servido para apedazar y apuntalar una economía llena
de contradicciones. El sistema no ha se ha derrumbado, pero las soluciones
adoptadas prometen la reaparición de muchos problemas graves en el futuro
próximo. Algunos, como el aumento de la pobreza, ya son visibles.

Si a la crisis económica en términos convencionales sumamos las cuestiones


relativas a la crisis ecológica la situación es aún más dramática. Mientras
proliferan las evidencias de los efectos del cambio climático, los diez últimos
años no han aportado cambios sustanciales en la organización de la actividad
económica. El único cambio palpable es el crecimiento de las energías
renovables a costa de las tradicionales en la producción de electricidad. Se
trata de una de las adaptaciones teóricamente más fáciles de realizar para las
economías capitalistas. Al fin y al cabo, el cambio técnico y la sustitución de
materiales ha formado siempre parte de la dinámica de acumulación. Y de ello
ya han tomado buena nota los grandes grupos energéticos, que ya están
focalizando sus inversiones hacia las “nuevas energías”. La idea de que basta
con sustituir una energía por otra no sólo es atractiva para las empresas
capitalistas, sino también para la mayoría de la población rica a la que se le
promete que podrá mantener las mismas pautas de consumo (y además sin
contaminar) simplemente cambiando el mix energético. Algo que es más que
dudoso si se considera la crisis ecológica en su conjunto. Ni está claro que las
energías renovables puedan garantizar el mismo flujo de energía barata que
el petróleo y el carbón (sobre todo si se tiene en cuenta el ciclo completo de
consumo energético que incluye la producción de equipos e infraestructuras
renovables), ni mucho menos se puede reducir el problema ambiental a una
sola cuestión. Aunque tuviéramos un suministro ilimitado de energía, el
impacto sobre los ciclos vitales de la mayoría de especies, sobre los suelos
fértiles, sobre los ciclos del agua, el uso del espacio o la creciente demanda
de minerales acabarían por generar (si no lo están haciendo ya) otro tipo de
tensiones. Las sociedades capitalistas que han experimentado niveles de
consumo impensables en otras épocas son como una especie de plaga que
devora todo lo que considera necesario para su continuidad y, a diferencia de
otras especies, utiliza el cambio técnico como mecanismo de mutación
cuando ha agotado alguno de sus inputs esenciales. El problema es que las
dimensiones del planeta son las que son, y no parece racional pensar que este
movimiento no tendrá fin.

La crisis ha generado mucho sufrimiento y, en los países desarrollados, ha


acelerado las tendencias a la degradación de las condiciones de vida y trabajo
de gran parte de la población. Las respuestas a la crisis han reforzado el poder
de las élites dominantes sin abrir vías sólidas para afrontar los problemas

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endémicos de inestabilidad o desigualdad, ni para afrontar en serio los retos
que plantea la crisis ecológica.

III

Todo lo anterior no tiene nada de original. Es un resumen apresurado de lo


ocurrido en la última década, sin entrar en mucha profundidad. La pregunta
verdaderamente relevante es por qué ante tamaño desastre no se ha
configurado una propuesta mínimamente sólida para, cuando menos,
propiciar alguna política nueva. Hay un vacío enorme entre la evidencia
(incluso en los medios convencionales) del tamaño de las desigualdades y los
peligros de la crisis ambiental y la inexistencia de propuestas de cambio
movilizadoras. El auge de las propuestas derechistas y el repliegue hacia lo
nacional-identitario en casi todos los países desarrollados tiene una de sus
bases en esta falta de alternativas a la hegemonía capitalista. Una hegemonía
que se ha consolidado menos por méritos propios que por el fracaso de sus
presuntos oponentes. Este debería ser el núcleo de trabajo de cualquier
persona interesada en afrontar en serio los problemas de la sociedad actual,
especialmente de aquella gente que lleva años peleando en mil y una
resistencia a los impactos del capitalismo. Y, más especialmente, entre la
gente con capacidad técnica e intelectual para hacerle frente.

Hay que empezar por reconocer los problemas básicos que impiden pensar
alternativas. Considero al menos tres tipos de cuestiones.

En primer lugar, está el dilema entre crecimiento y ajuste ecológico.


Tradicionalmente, la izquierda se situaba en lado del crecimiento. Y, aún
ahora, muchas de las propuestas de los partidos de izquierda se sitúan en una
óptica post-keynesiana. El problema de las políticas expansivas de este tipo
choca no sólo con la necesidad de llevar a cabo una reconversión ecológica,
sino también con una cuestión más inmediata: el sujeto público que las puede
llevar a cabo. En el contexto de globalización actual, las políticas expansivas
de corte nacional están expuestas a múltiples problemas. Y, hoy por hoy, la
izquierda no tiene capacidad de intervenir con éxito en estructuras
supranacionales donde estas políticas serían realizables. Y la creciente
consciencia ecológica de una parte de la izquierda les ha hecho perder su
atractivo. Hay que reconocerlo estamos atrapados en una trampa siniestra: si
se acelera el crecimiento, se agravan los problemas ecológicos; si la economía
se contrae, en el contexto actual, se genera un grave problema social. Un
dilema que no se puede resolver con eslóganes simplones, sino que exige la
elaboración de propuestas que combinen una política seria de ajuste
ecológico, de reducción de las desigualdades y de reforma institucional.

En segundo lugar, está la cuestión del sujeto. El planteamiento clásico se

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basaba en lo que ahora se conoce como el problema del 1% (la élite
capitalista) enfrentado al 99% (la clase obrera). La realidad es por desgracia
más compleja. Las sociedades capitalistas desarrolladas tienen mayor
diversificación social, en la que existen estratos diferenciados por motivos de
posición laboral, nivel educativo, renta, etc. Aunque la crisis ha frenado
expectativas y debilitado estatus, las diferencias persisten e impiden
establecer alianzas mayoritarias en temas como los impuestos, la estructura
salarial o las regulaciones ambientales. Además las enormes diferencias
existentes entre los distintos países en temas como la renta, los servicios
públicos, o el sistema fiscal, operan como otro elemento de diferenciación y
abren un espacio a las políticas reaccionarias. Construir una alternativa exige
entender esta estructura social y analizar cuáles son las mediaciones que
pueden permitir acumular un mayor número de fuerzas.

La tercera cuestión es la de qué tipo de modelo plantear tras las fallidas


experiencias soviéticas. Marx y Engels se opusieron con buenas razones al
socialismo utópico que propugnaba la construcción de una sociedad ideal
basada en las ideas de pensadores bienintencionados. Una sociedad no se
crea de la nada, independiente de las dinámicas sociales imperantes. Se
centraron más bien en desarrollar la crítica de la sociedad capitalista, aunque
no rehuyeron hacer propuestas concretas (el mismo Manifiesto Comunista
introduce un programa reformista bastante concreto). Cuando los
bolcheviques tomaron el poder tampoco tenían una idea clara de cómo
organizar la economía, aunque ya se pensaba en algún tipo de planificación
para combatir la tendencia al descontrol de la economía capitalista. El debate
de los años posteriores a la revolución, los vaivenes entre la economía de
guerra, y la NEP indican la complejidad de la cuestión. Aunque finalmente se
saldó con el desastre estalinista por todos conocido. Tampoco la experiencia
china se salvó de desastres y vaivenes para culminar en una variante peculiar
de capitalismo con una pesante presencia estatal. Seguramente era inevitable
que los intentos de instaurar un modelo alternativo al capitalismo
experimentaran enormes dificultades y vías muertas (aunque posiblemente
las cosas hubieran ido mejor si no se hubieran impuestos opciones autoritarias
que bloquearon la posibilidad de un debate racional). Pero tanto estas
experiencias como las que conocemos de la diversidad de las economías
capitalistas reales pueden constituir un importante punto de partida para
repensar una alternativa social. Los utopistas decimonónicos tenían sólo la
referencia de sus propias elucubraciones mentales. Pero hoy, en cambio,
contamos con una panoplia de experiencias económicas, de una enorme
diversidad de instituciones y regulaciones que pueden servir de base para
elaborar no un nuevo proyecto utópico, pero sí un marco de referencia en el
que situar la transformación social. La lucha contra el capitalismo no sirve de
nada si se limita a la denuncia de sus males. Requiere proponer formas
diferentes de organización social. Y éstas deben partir del conocimiento de las

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experiencias sociales de los dos últimos siglos, de los éxitos y los fracasos.
Pero exige un esfuerzo colectivo de construcción de propuestas
transformadoras.

IV

En 2008 se pusieron de manifiesto muchos de los peores aspectos del


capitalismo neoliberal. Diez años más tarde, estamos más o menos en la
misma situación, pero en muchas partes del mundo los problemas sociales y
ecológicos se han agravado. Y existen nuevas amenazas que conducen a la
barbarie. Por eso es tan necesario contar con alguna hoja de ruta que nos
permita salir de esta situación. No la hemos tenido en el momento de la crisis
(lo que facilitó que se acabara imponiendo la salida neoliberal). Y seguimos sin
tenerla, demasiado ensimismados en cultivar las diferencias. Demasiado
incapaces de construir un mínimo esquema a partir de las cosas que
conocemos o deberíamos conocer. Urge una reconstrucción del pensamiento
crítico que vaya más allá de la denuncia. Que aporte respuestas que nos
alejen del mundo de la desigualdad insoportable, la catástrofe ambiental, la
exclusión social y el autoritarismo que dominan el ambiente.

30/8/2018

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Las trabajadoras sexuales y la negación de sus derechos
Antonio Giménez Merino

Varias semanas después de que se publicara en el BOE la resolución por la


que el Ministerio de Trabajo oficializa la constitución del sindicato OTRAS
(Organización de Trabajadoras Sexuales), la noticia ha saltado a los medios
con gran escándalo general. Los sectores abolicionistas, mayoritarios en el
feminismo de este país y bien representados en el propio gobierno, han
puesto el grito en el cielo tras la vuelta de vacaciones, y Magdalena Valerio ha
ordenado buscar el modo de revocar la resolución aprobada por la
administración de la que es titular.

Lo primero a destacar es que la norma está firmada el pasado 31 de julio por


la Directora General de Trabajo, lo que quiere decir que en el momento de la
inscripción del sindicato no se apreció que sus estatutos vulnerasen ningún
derecho (“la mencionada asociación […] reúne los requisitos previstos en la
Ley Orgánica 11/1985 de Libertad Sindical, y el Real Decreto 416/2015 sobre
depósito de estatutos de las organizaciones sindicales y empresariales”).

Sin embargo, esto puede ser interpretado como una admisión de la naturaleza
laboral de los servicios sexuales remunerados —tal y como vienen
reivindicando desde hace tiempo las profesionales del sector y las
organizaciones que las apoyan— o, en otras palabras, como una legalización
indirecta de la prostitución. Es esto lo que ha desatado una reacción virulenta.

Dejando por un momento de lado la valoración moral que se tenga acerca de


la prostitución, es difícil negar que ésta es un trabajo. La consideración del
mismo que tenga cada cual no debería plantear problemas para una discusión
racional sobre cómo abordarla legalmente, donde pueden plantearse razones
de todo tipo. Que haya por detrás una coacción por parte de terceros o bien
se esté en presencia de una decisión personal, por ejemplo, plantea
escenarios muy distintos. Es cierto que los proxenetas, los traficantes y los
dueños de clubs que se lucran con la prostitución estarían satisfechos con una
legalización absoluta de la prostitución (ahora tolerada bajo formas
encubiertas, como las saunas, las empresas de scorts, los salones de masajes
o el alterne en clubs). Pero lo que aquí se está discutiendo es algo muy
distinto: la situación de desamparo que sufren las y los trabajadores sexuales
en el mercado del sexo y su autoorganización para reclamar unos derechos
elementales, como es el propósito de OTRAS.

Dos son los aspectos que reivindican las y los profesionales a través de su
consideración como trabajadores:

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Por un lado, re-significarse frente a la mala imagen que padecen socialmente.
Pues minar la pesadísima connotación peyorativa del término puta pasa por
partir de una institución en la que todos nos reconocemos: el trabajo. Un
trabajo, por lo demás, amplísimamente demandado, sobre el que sin embargo
recae una cantidad impresionante de cinismo social. En una sociedad
hipersexuada como la nuestra, no escandaliza el consumo masivo de
pornografía (a pesar de que el meganegocio que hay detrás de ella depende
de una explotación de personas similar a la de una granja de animales: véase
el documental Pornocracy), las barras americanas o las llamadas «líneas
calientes». Pero sí que las putas puedan tener derechos iguales que sus
clientes.

Por otro lado, y sobre todo, lo que se reclama es tener unos mínimos vitales
garantizados tales como la seguridad frente a la violencia cotidiana, una
tutela judicial efectiva, un seguro de desempleo (sin el que resulta difícil
plantearse una alternativa laboral), derechos sanitarios, bajas laborales,
vacaciones, o una base cotizada de pensión. Derechos por otro lado recogidos
internacionalmente en el documento de la NSWP–Red Global de Proyectos de
Trabajo Sexual: «Trabajo sexual como trabajo», que en 2013 desarrolló la
Declaración de Consenso de la NSWP: Consensus statement on sex work,
human rights and the law.

En un ataque de ira, la ministra ha declarado que “No avalaremos un sindicato


de una actividad que no es legal y que vulnera los derechos de las mujeres.
No lo hará un Gobierno socialista y feminista”. Interesante, porque
efectivamente la prostitución en España, a pesar de no tener una regulación
general específica, está ampliamente tolerada (aunque sin derechos) fuera de
la calle cuando se trata de una actividad consentida. E interesante porque la
ministra, desde la legalidad que representa, se arroga la calificación en
abstracto de esta actividad como vulneradora de los derechos de las mujeres,
sin tener en cuenta, justamente, lo que el sector está reclamando. De lo que
se colige una pregunta fundamental: ¿qué legitimidad tiene un gobierno (que
en anteriores legislaturas no ha sido capaz de regular la prostitución) para
negar de raíz la libertad de una mujer para vender un servicio sexual?; y
complementariamente: ¿esa vulneración de derechos no afecta también a los
hombres que prestan un servicio sexual?

Hay que recordar, también a ese respecto, que desde 2015, movida por las
exigencias europeas de estabilidad presupuestaria, España introdujo en el PIB
el dinero que mueve la prostitución. Que el estado no pone problemas de
facto a las trabajadoras sexuales para darse de alta en el sistema de la
seguridad social como autónomas en el marco de la Ley 20/2007 que regula
este régimen de trabajo (a pesar de que muchos empresarios del sector se
favorecen de ello para eludir así responsabilidades). Que desde la inspección

16
del propio Ministerio de Trabajo se viene reclamando a las empresas
encubridoras del negocio de la prostitución las cotizaciones que eluden
mediante fraude, con la consiguiente admisión de que los servicios sexuales
constituyen una actividad laboral. Y que existe una importante producción
jurisprudencial en la que es posible basar el reconocimiento de la prostitución
por cuenta propia como una actividad laboral susceptible de protección (sobre
todo en la jurisdicción de las salas de lo social, pero también en la del Tribunal
Supremo: STS 7727/2004, STS 152/2008), a pesar de no admitir la legalidad
del contrato de servicios sexuales. Asimismo, la OIT y la UE califican el
ejercicio de la prostitución libremente y por cuenta propia como una
“actividad económica” (STJCE 2001/314, asunto Janny y otras), animando a los
estados a que tomen una posición al respecto.

Los estatutos de OTRAS disponen que podrán afiliarse en él trabajadoras y


trabajadores mayores de edad por cuenta ajena sin distinción de ningún tipo
por carácter de género, orientación y/o identidad sexual, y que también
acogerá a aquellas personas que trabajen por cuenta propia pero en ningún
caso a aquellas que “tengan trabajadores a su cargo”. Queda por tanto claro
que la intención del sindicato no es amparar el negocio de los empresarios del
sector —sobre el que ningún gobierno ha mostrado aún un verdadero interés
en meter mano— sino, al contrario, amparar a la parte vulnerable del mismo.

Justamente para perseguir la explotación de la prostitución (además de


normas severas contra la trata de personas, lo que no entra en el rango de lo
que aquí se discute) es preciso articular un discurso sindical fuerte en dos
frentes: el del reconocimiento legal de la interlocución de las organizaciones
de las propias trabajadoras sexuales (el motivo de esta nota) y el de la
aceptación de las trabajadoras sexuales por los sindicatos existentes. En
cuanto a lo primero, tenemos ya experiencias pequeñas pero edificantes.
Espacios para la autogestión (también llamados “de descanso”) de las
trabajadoras sexuales como el de la calle barcelonesa de Robadors indican la
línea a seguir: en primera instancia, la creación de lugares que permitan el
dialogo entre trabajadores sexuales y vecinos con la mediación de las
instituciones locales. En última, la extensión del dicho diálogo al ámbito
estatal, para evitar la ignominiosa competición entre ordenanzas de ciudades
con objeto de ahuyentar a las prostitutas hacia otros lugares. En cuanto a la
relación con el espacio sindical, el Sindicato Andaluz de los Trabajadores fue el
primero en crear una sección de trabajadoras sexuales para luchar por el
reconocimiento de sus derechos laborales, lo mismo que hizo en julio el
sindicato Intersindical Alternativa de Catalunya con el fin de buscar “una
política legal desde donde presionar al Estado para conseguir el
reconocimiento como trabajadores”. Una posición a tomar en consideración
por los sindicatos generales. Como se ha reclamado desde Putas
indignadas, “las putas también somos clase obrera”, y es que el clasismo les

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afecta igual que a cualquier otro trabajador.

Los sindicatos de trabajadores sexuales son agentes sociales portadores de un


discurso político en el que puede encontrarse una crítica al capitalismo, al
sistema patriarcal, al racismo y al clasismo. Y tienen su punta de lanza en
Francia, a través del STRASS-Syndicat du travail sexuel, fundado en 2009. En
el mundo que circunda a la prostitución se juntan diversos factores de
discriminación, como el sexo, el género, la nacionalidad, el trabajo no
reconocido, la pobreza, o el propio activismo político del que estamos
hablando, lo que coloca a los trabajadores del sexo en una situación de gran
riesgo. Es por tanto un espacio con gran potencialidad para alimentar un
derecho antidiscriminatorio transversal, que vaya más allá del abordaje de
situaciones específicas de discriminación.

Para muchas mujeres, vender servicios sexuales es un modo de obtener una


cierta independencia económica sin caer en la criminalidad, dentro de
sociedades donde se ven atrapadas en los segmentos peor remunerados y
más precarios del mercado laboral, a menudo bajo formas de sujeción
mediante el endeudamiento. Y esto vale hoy en día tanto para las mujeres
emigradas desde regiones pobres como para aquellas caídas en el saco de la
pobreza creciente de países tradicionalmente receptores como el nuestro.
Todo ello ha creado en las últimas décadas un inmenso mercado global de
mujeres en sectores informales de la economía como el cuidado de personas,
la limpieza, los talleres clandestinos, o el comercio con los cuerpos, lo que
exige tratar el problema desde sus lados económico y migratorio.

Todos estos factores de exclusión que recaen sobre las personas que se
prostituyen nos muestran por tanto un caso ejemplar de discriminación
múltiple, necesitado de intervención urgente a varios niveles. Lo cual no es
posible, sin embargo, sin el reconocimiento del derecho a disponer sobre el
propio cuerpo.

Por todo ello, quienes se posicionan en contra de la prostitución deberían


preguntarse, antes de valorar a nadie como un ser incapaz de abordar su
propio destino y de negociar conscientemente los acuerdos con sus clientes,
qué es lo que lleva a una mujer o a un hombre a dedicarse a este oficio.
Anteponiendo la cuestión social (la pobreza) a la valoración moral y
vinculando las estadísticas sobre la situación económica de las mujeres con
las causas que arrastran a muchas a la prostitución. El trabajo de un gobierno
feminista, sobre todo, debería empezar por ahí.

31/8/2018

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Los colores de la democracia
Antonio Madrid Pérez

Desde hace unos meses miles de lazos amarillos son notablemente visibles en
pueblos, ciudades y carreteras de Cataluña. Se utilizan estos lazos para
expresar el apoyo a una opción política y social: la independencia de
Cataluña, y mostrar también el apoyo a los representantes políticos que
encabezan esta opción, algunos de los cuales están en prisión o fuera de
España.

Una parte de la población catalana se identifica con los lazos amarillos. Lo han
hecho su color. Otra parte de la población no comparte lo que representan
estos lazos pero respeta su uso como la expresión de una propuesta política.
Otra parte de la población se siente oprimida al considerar que mediante la
colocación de los lazos amarillos se hace un uso indebido del espacio público.

El lazo amarillo se utiliza a modo de broche en prendas personales, en actos


públicos, en las calles, plazas, carreteras, vallas o puentes, pintado a espray
en las calles o hecho con tiras de plástico. El uso del lazo amarillo ha
intensificado la visibilización de la opción independentista en los espacios
públicos.

En tanto que símbolo, el lazo amarillo ha sido y es utilizado en distintos


contextos geográficos y se ha utilizado para defender distintas causas: en
Corea del sur, China, Italia, Singapur… y por causas como rendir homenaje a
rehenes, prisioneros de guerra, víctimas de catástrofes o para conmemorar el
día nacional de la espina bífida. La vinculación del lazo amarillo a la causa
independentista toma fuerza a partir del encarcelamiento de Jordi Sánchez y
Jordi Cuixart (octubre 2017). Antes que el lazo amarillo, ya aparecieron en los
balcones numerosas banderas catalanas (la senyera), independentistas (la
estelada) y españolas. Cada cual expresaba de esta forma su posición política
y lo hacía públicamente al colgar su bandera del balcón de su casa. De igual
forma que se hizo en poblaciones no catalanas en las que las banderas
españolas se han hecho visibles en los balcones.

Para quienes colocan y/o se identifican con los lazos amarillos, su uso es una
expresión de su derecho a la libertad de expresión. Grupos de personas, en
ocasiones organizados bajo la llamada de los Comités de defensa de la
república (CDR) o la Asamblea nacional catalana (ANC), preparan lazos
amarillos que cuelgan en los espacios públicos, en ocasiones aprovechando la

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celebración de fiestas populares o acontecimientos públicos.

En las últimas semanas se ha producido algún conflicto con motivo de la


retirada de lazos amarillos de las vías públicas o con motivo de su colocación:

http://www.elpuntavui.cat/politica/article/17-politica/1455919-cs-denuncia-una
-agressio-a-una-dona-per-retirar-llacos-grocs-a-barcelona.html;

https://www.ara.cat/politica/acusat-agredit-retirar-motivacio-politica_0_207699
2449.html;

http://www.ccma.cat/324/dues-agressions-a-catalunya-per-posar-i-treure-llaco
s-grocs-al-bages-i-osona/noticia/2848826/#

Lo cierto, más allá de estos conflictos, es que están surgiendo grupos de


personas organizadas que quitan lazos que otros grupos han colocado
previamente. Un ejemplo:

https://www.lavanguardia.com/politica/20180829/451528448629/retirada-lazo
s-amarillos-girona.html

El pasado 29 de agosto, Rivera y Arrimadas fueron al pueblo de Alella a quitar


lazos amarillos:
https://www.lavanguardia.com/politica/20180829/451531149053/albert-rivera-
ines-arrimadas-alella-retirada-lazos-amarillos.html

Por esta vía se puede llegar a una situación en la que personas de ideologías
opuestas se enfrenten en torno al lazo amarillo. Ciudadanos y Partido popular
se han posicionado a favor de la retirada de los lazos. No sólo pretenden
legitimar la acción de quienes retiran lazos sino también exigir a las fuerzas
policiales y poderes públicos que retiren y/o protejan la retirada de estos
lazos.

Recientemente la fiscalía ha iniciado investigaciones sobre la actuación de


unos mossos d’esquadra que identificaron a unas personas que quitaban lazos
amarillos. La cuestión es si la policía ha de evitar que se retiren, o que se
coloquen, lazos amarillos en la vía pública. Y si la fiscalía ha de emplear su
tiempo en estos menesteres.

Como suele ocurrir con los símbolos que adquieren fuerza social en contextos
de conflicto, el riesgo de incremento de la tensión social está a la vista.

Los lazos: manual de uso

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El uso de un lazo amarillo convertido en símbolo político y social expresa el
ejercicio de la libertad de expresión de las personas. En tanto que tal se
enmarca en el ejercicio y defensa de la pluralidad democrática. Lo mismo se
puede decir de cualquier otra expresión que visibilice una opción política
diferente. No es más democrático el lazo amarillo que otro símbolo que
defienda una opción política distinta, incluso opuesta, a la independentista.
Esto cuesta aceptarlo por quienes íntimamente están dispuestos a defender
su símbolo político pero a la vez están dispuestos a criminalizar el uso del
símbolo que expresa una opción política distinta a la suya.

Las personas han de poder expresar y defender sus ideas políticas. Este es un
principio fundamental de la democracia. Pero esta libertad de expresión ha de
ser garantizada para todos, no tan solo para quienes sostienen una ideología.
En una democracia sana la garantía de que las personas se podrán expresar
en libertad ha de tener un nivel institucional y también un nivel social. La
democracia la configuran las instituciones y también las personas. Es difícil
una democracia, sea en forma de monarquía parlamentaria o de república, sin
personas que se comprometan con la democracia. La bandera o el símbolo
que se elija no hace a una sociedad o a un grupo social más o menos
democrático.

La primera necesidad de la democracia plural: estar dispuesto a defender la


libertad de expresión de quienes piensan de forma distinta a mí. La libertad de
expresión es una libertad compartida, no es una libertad de exclusión, o de
anulación, de quien piensa de forma distinta o defiende opciones políticas
alternativas. En esta defensa de la libertad de expresión han de existir límites.
Uno de ellos es la protección de la libertad de los otros, el respeto, el
reconocimiento de los otros, la protección de los derechos humanos.

El uso de lazo amarillo en la vía pública como símbolo político no impide el uso
de otros símbolos mediante los que se defiendan otras opciones. Cosa distinta
es cuando el símbolo se utiliza ya no para expresar una opción sino para
‘marcar’ a quienes piensan de forma distinta. Si se da esta situación, se
traspasa un límite. Hace unos días paseando por el paseo Sant de Joan de
Barcelona vi dos lazos amarillos dibujados en la acera delante de la entrada
de un edificio. En uno de los balcones de ese edificio había colocada una
bandera de Catalunya, en otro balcón del mismo edificio una bandera de
España. ¿Qué intención tenían quienes marcaron con lazos amarillos la
entrada a este edificio? ¿Dar apoyo a la bandera catalana? ¿Enfrentarse al uso
de la bandera española? Pude hablar con los vecinos de este edificio que
tenían colgada la bandera de España, ellos se sentían marcados.

Unos días antes, en el inicio de un concierto de fiesta mayor se produjo la


siguiente situación. La orquesta comenzó su actuación con un número de

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percusión de gran finura en el que defendían la libertad de expresión política
de las personas. No había texto. El mensaje se transmitía con la música y con
unos cubos blancos utilizados como tambores que llevaban impreso un rostro
con una línea roja que tapaba la boca. Este símbolo ha sido utilizado para
defender la libertad de expresión como elemento esencial de la democracia.
¿Pero la libertad de quién? El coordinador de la orquesta me explicó que
defendían la libertad a expresarse en libertad, con independencia de la opción
política que se tuviese. Al finalizar el concierto, una persona del público le
felicitó por haber defendido tan valientemente la causa independentista. ¿Por
qué esta persona interpretó que se defendía la causa independentista y no
pensó que se defendía la libertad de expresión de todos como elemento
esencial de la democracia? Este es un típico error que anula los colores de la
democracia: pensar que los derechos y libertades son los míos y de los que
piensan como yo y que los otros no han de tener derechos ni libertades, ni
espacios, a expresar y defender sus opciones políticas. Es el peligro del
imponer, del vencer, en contra del convencer, del acordar. La segunda
necesidad de la democracia plural: el respeto a la expresión de las otras
opciones políticas.

O la democracia es multicolor o estamos ante la tentación de la imposición


autoritaria de un pensamiento. En el mejor de los casos el monocolor indicaría
la adscripción mayoritaria a una opción. Incluso en estos casos hay que
desconfiar de los efectos que produce la pérdida de la pluralidad. Una amiga
me explicaba cómo otra persona le había pedido que hiciera campaña a favor
de la independencia de Cataluña. Al negarse a hacerlo por consideración hacia
el colectivo con el que trabaja, y respeto a su pluralidad ideológica, la otra
persona le espetó: ya sé con quién estás. Nada más lejos de la realidad, me
decía esta amiga, se trata de puro respeto hacia las otras personas, hacia su
libertad de pensamiento y de acción política. Se trata de una actitud de
madurez democrática frente a las tendencias totalitarias que se pueden
revestir de diferentes colores. No es el color lo que importa, sino las actitudes
que siguen quienes los utilizan.

La pluralidad ideológica es más fácil de teorizar que de practicar. Y lo es, de


forma significativa, también para quienes enarbolan la bandera de la
democracia para defender sus reclamaciones. Palabras como ‘libertad’,
‘respeto’, ‘igualdad’, ‘pluralidad’ o ‘diálogo’ se tensan al aterrizar en el terreno
político y social actual. No faltan evidencias que muestran el agarrotamiento
democrático y que anuncian la tentación de las imposiciones ideológicas.

Lo deseable en la paleta de colores de la democracia sería que cada cual


pudiese utilizar su color y expresarse mediante él. El celo por ‘limpiar’ la vía
pública, si es un celo por el decoro de la vía pública, podría comenzar por
recoger colillas de cigarrillos (hace poco se hizo una campaña con este

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objetivo), envases, papeles… No se defiende la democracia quitando lazos
amarillos de las calles. Ahora bien, si en algún caso se decide quitar lazos
amarillos de la vía pública, no se debe convertir esta cuestión en causa
administrativa, ni menos policial o judicial. Lo mismo si lo que se quitan son
símbolos que expresen otras opciones. El diálogo social es necesario (tan o
más necesario que el diálogo de los representantes políticos), a no ser que los
ciudadanos quieran que se les administre como a niños maleducados que no
son capaces de respetar sus propias normas de conducta democrática. De
darse este caso, nos encontraríamos en una preocupante situación en la que
las personas serían fácilmente manipulables a base del llamamiento a la
testosterona (que no entiende de colores y sí de símbolos) y el recurso a los
héroes y los mártires. En la historia, las luchas democráticas han tenido
héroes y mártires en tanto que símbolos colectivos. Pero no hay que olvidar
que los totalitarismos y los fascismos han hecho un uso intensivo de los
referentes heroicos y de los mártires. Por tanto, de igual forma que el
monocolor es un indicio preocupante de totalitarismo, también lo es el auge
de los referentes sacrificiales y de la generación de deudas de fidelidad hacia
esos referentes sacrificiales.

El efecto búmeran de las palabras

Imaginemos que las palabras se comportaran como un búmeran: que las


palabras arrojadas como armas pudieran volver a quien las ha lanzado. Y que
este volver no se diera a voluntad de quien lanza la palabra, sino por la misma
inercia de las palabras, por su exigencia de veracidad y de coherencia. Por la
voluntad de la colectividad de exigir un uso democrático y respetuoso de las
palabras. De forma especial cuando se trata de palabras que son importantes
en la creación de las reglas de juego de una sociedad que se quiera
democrática. Tal vez el efecto búmeran de las palabras ayudara a hacer un
uso más mesurado, más responsable, más honesto, más democratizador, de
las palabras.

En esto pensé cuando hace unas semanas leí un alegato contra un acto
organizado por Sociedad civil catalana (SCC) que iba a tener lugar en la
Universidad de Barcelona (UB). El acto consistía en un homenaje a Cervantes.
Conferencia central del hispanista Jean Canavaggio, música de Rosi Cervantes
y presentación del acto a cargo de Álex Ramos, Ricardo García Cárcel y Mari
Carmen Penacho. Título del acto: “Homenaje a Cervantes”. Cita incorporada
en el cartel de convocatoria: “El andar las tierras y comunicar con diversas
gentes hace a los hombres discretos”.

Ante este acto, un sindicato publicó, y envío a los trabajadores y trabajadoras


de la UB, un comunicado en el que se pedía que el rectorado impidiera la
realización de este acto en la Universidad:

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https://aturemsocietatcivilub.wordpress.com/

Los argumentos utilizados para fundamentar la petición eran de dos tipos:


unos dirigidos contra el rectorado por no haberse pronunciado contra el
encarcelamiento de altos cargos del anterior gobierno catalán y otros en
relación con lo que se considera en el manifiesto que es la permisividad del
rectorado ante actos organizados por ‘entidades ultraespañolistas’
relacionadas con la extrema derecha.

En el manifiesto comentado se decía: “Creemos que los valores éticos y


políticos democráticos se han de preservar en una institución pública como es
la Universidad de Barcelona”. Estando de acuerdo con esta afirmación, la
pregunta es ¿cómo conseguir que la Universidad sea un espacio democrático?

El acto no se llevó a cabo. Un grupo numeroso de personas impidió su


realización. Algo similar pasó en relación con un acto que SCC convocó en Les
Cotxeres de Sants (4 de junio) con el título: “La clase trabajadora ante el
proceso separatista”. Participaron en este acto responsables sindicales como
Matías Carnero (presidente de UGT de Cataluña), Francesc Castellana
(exsecretario general de CCOO del Baix Llobregat), Manuel Zaguirre
(exsecretario general de USO), entre otras personas vinculadas al mundo
sindical y político. Un grupo de personas intentó que este acto no se
celebrara.

El efecto búmeran de las palabras exigiría que quien justifica que su actuación
es democrática se preguntara si realmente su acción es democrática en su
fundamento, propósito y consecuencias o si la palabra ‘democracia’ se utiliza
como una legitimación de sus actos que escabulle la responsabilidad por sus
efectos. ¿Impedir el homenaje a Cervantes organizado por SCC es un acto
democrático o antidemocrático?

La respuesta más usual a esta cuestión suele ser de naturaleza apriorística. El


a priori se cuela como fundamento incuestionado en la opinión de quien
responde. Quien considere que SCC no debería existir opinará que lo
democrático era impedir el acto. Con la misma intensidad apriorística, quien
considere que determinada entidad, ideología o grupo no debería existir,
tenderá a decir que lo que haga ese grupo, ideología o entidad ha de ser
impedido, incluso perseguido, por razones democráticas, por la necesaria
defensa de la democracia. Este tipo de respuestas se basan en las
convicciones de cada cual. Y tener convicciones no supone necesariamente
que esas convicciones sean democráticas, ni que favorezcan la democracia, ni
tan solo que quien las tenga sea una persona democrática. Las personas
autoritarias, excluyentes, violentas… también tienen convicciones. Los
pensamientos totalitarios han estado y están plagados de convicciones.

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Las convicciones pueden ser cerradas, dogmáticas o pueden ser susceptibles
de ser debatidas, de someterse al diálogo. Las convicciones cerradas imponen
una visión del mundo, un mandato al que hay que ser fiel. Es el conmigo o
contra mí. Sin embargo, las convicciones que aceptan ser dialogadas permiten
el cambio de opinión, o el respeto a la idea diferente. La democracia contiene
convicciones cerradas (el respeto al otro, por ejemplo), pero sobre todo se
alimenta de convicciones dialogadas.

En el caso del homenaje a Cervantes, quienes justificaron y actuaron para


impedir que se celebrara el acto partieron de la convicción según la cual lo
democrático era impedir el acto. Ellos eran los demócratas y los otros eran los
enemigos de la democracia. Por su parte, quienes convocaron el acto y
querían acudir al acto es de suponer que pensaban que su celebración era
compatible con la democracia, incluso un acto de afirmación democrática y
que la actitud de quienes impidieron que se celebrara el acto era
antidemocrática.

Para no encallarnos en la bunkerización del uso de las palabras, sería


conveniente tener presente el efecto búmeran de las palabras. No por decir
que se es democrático se es en realidad democrático. Hay que someter las
acciones y sus consecuencias a la prueba democrática. Negar la palabra al
otro, silenciar la discrepancia o imponer un pensamiento o una forma de hacer
son formas de negar la posibilidad de la democracia. La intolerancia es
contraria a la democracia. El silenciamiento también. Necesitamos espacios
de libertad en los que las personas puedan debatir y discrepar. Lo
democrático es defender estos espacios y estas posibilidades. La cuestión
soberana en Cataluña supone un conflicto enorme, pero también es una
oportunidad, y un reto, para mejorar la calidad democrática, no sólo de las
instituciones, también de las personas.

30/8/2018

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España, sucursal de Nueva York
Fondos buitre y desahucio de viviendas

Pere Mª Comas i Miralles

Tan sólo empezamos. Seguimos con las secuelas de la crisis


inmobiliaria y bancaria

Un asunto que no termina nunca, para desesperación de muchas familias. Un


secreto a voces es que los fondos buitre extranjeros que invierten en el
sector inmobiliario español andan ya detrás de un buen número de
desahucios de viviendas, bien vía ejecución hipotecaria, bien vía desahucios
por impago de alquileres.

La actual solvencia, siempre inestable, de los bancos españoles se


fundamenta en gran medida en la venta acelerada y reciente de sus activos
inmobiliarios tóxicos, y comportará —mejor dicho, ya comporta— una
importantísima deslocalización de la titularidad del inmobiliario español y de
créditos fallidos vinculados también a dicho sector.

La ingeniería financiera usada por los bancos españoles para


desprenderse de sus activos tóxicos

Merece la pena detenernos en la consideración de las operaciones efectuadas


recientemente y en el modus operandi que se ha seguido para ello. Toda una
lección de ingeniería financiera con consecuencias imprevisibles para el
inmobiliario vinculado al tejido industrial y comercial de las pymes y para el
ciudadano de a pie.

La Caixa

El pasado mes de junio La Caixa (operación pendiente de aprobación por la


CNMC) vendió al fondo Lone Star aproximadamente un 80% de su negocio
inmobiliario a 31 de octubre de 2017 y el 100% de Servihabitat (su sociedad
gestora del patrimonio inmobiliario). La operación comportará la creación de
una nueva compañía a la que La Caixa aportará estos activos y que luego
venderá en un 80% del capital social a Lone Star, reteniendo una participación
del 20%.

Santander

El Santander fue el primero en vender el ladrillo procedente de Banco Popular,


unos 30.000 millones de euros, a Blackstone, el fondo estadounidense con

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sede en Nueva York, y al que denominan ya el “rey de reyes” español del
tocho o del ladrillo. Es el propietario del piso del suicida de Cornellà y el
propietario del parque público de viviendas del Ayuntamiento de Madrid, en
tiempos de la señora Botella.

Santander y Blackstone han creado una sociedad en la que el fondo


estadounidense tiene el 51% de la nueva sociedad y el banco que preside Ana
Botín, el 49% restante. La Vanguardia, en un artículo del 12 de julio pasado,
comentando la venta por la patrimonial de la familia Lara a dicho fondo de la
antigua sede social de Planeta en la Diagonal de Barcelona, indicaba:

La compra del edificio de Planeta confirma la confianza de Blackstone en el mercado


inmobiliario español, y más aún en Catalunya, que tras la crisis política de octubre
vivió un parón de inversiones aunque la economía ha seguido creciendo a buen
ritmo: en abril el grupo ya invirtió 2.000 millones de euros en la compra del 100% de
las acciones del gigante del juego Cirsa a la familia Lao. Blackstone es ahora el
mayor grupo inmobiliario de España, por delante de la Sareb, con activos valorados
en 15.000 millones de euros. La firma entró en el inmobiliario español en 2013 con la
compra de EMVS, la empresa de viviendas sociales de Madrid, por 128 millones de
euros y en el 2015 dio un salto adelante con la compra de una cartera de 4.000
millones de euros de hipotecas morosas de Catalunya Banc. Desde entonces el fondo
ha ido creciendo con la compra de carteras bancarias y operaciones corporativas.
Así, en los últimos meses ha comprado la socimi Hispania, con una inversión de
1.905 millones de euros; HI Partners, la inmobiliaria que agrupaba los activos
hoteleros de Banc sabadell, por 630 millones de euros y también el 51% de la
cartera inmobiliaria del antiguo Banco Popular, por 5.100 millones de euros.

BBVA

BBVA también ha vendido a Cerberus, otro fondo estadounidense, también


con sede en Nueva York, prácticamente todos sus activos tóxicos o
problemáticos, unos 13.000 millones, una operación pendiente del acuerdo
del Fondo de Garantía de Depósitos con la banca y Bruselas, al contar parte
de estos inmuebles con epa.

Banco de Sabadell

Nos detendremos un poco más en el Banco de Sabadell por razones de


proximidad, si bien la operación sigue el mismo esquema de los otros bancos.
Dicha entidad anunciaba a finales del mes de julio la venta de 11.500 millones
en activos tóxicos a Cerberus (9.100 millones de inmobiliario, las
denominadas “carteras” Challenger y Coliseum) y a Deutsche Bank (2.400
millones en créditos fallidos, la cartera denominada Makalu).

En la subastilla de las dos primeras carteras, Cerberus le ganó la partida al


fondo estadounidense Blackstone. A principios del mes de julio vendió al

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grupo noruego Axactor otros 900 millones (cartera Galerna) de hipotecas
morosas de la CAM. Según diversas fuentes, Cerberus tiene un stock
actualmente de no menos de 11.000 viviendas repartidas por toda Cataluña.

De todos estos activos, Sabadell estima que podrá desconsolidar unos 5.000
millones, ya que el resto tienen que esperar a que el Fondo de Garantía de
Depósitos (FGD) cierre un acuerdo con la banca y Bruselas para que las
pérdidas que se produzcan, y que están protegidas por un esquema de
protección de activos (epa), no computen como déficit público.

Según comunicó Sabadell a la CNMV, el valor neto contable de los 9.100


millones vendidos a Cerberus se sitúa aproximadamente en 3.900 millones.
Esto significa que el fondo se hace con estos activos con un descuento del
57%, aunque no será el único titular puesto que Sabadell traspasará los
inmuebles a dos sociedades de nueva creación, una con los adjudicados del
banco —procedentes de la cartera Challenger— y otra con los adjudicados
heredados de la antigua CAM —cartera Coliseum—, y que cuentan con la
cobertura del FGD.

Cerberus tendrá el 80% del accionariado de cada una de estas compañías,


mientras que Sabadell mantendrá el 20% restante. Este fondo compró
también la cartera inmobiliaria de BBVA, como ya he comentado
precedentemente. A diferencia de la venta del negocio inmobiliario de
CaixaBank a Lone Star (y quizá por el altísimo descuento de la venta), la
operación entre Sabadell y Cerberus no incluye la venta del servicer o de la
plataforma de comercialización del banco, por lo que Sabadell mantendrá la
propiedad del 100% de la inmobiliaria Solvia. Esta compañía, además,
mantendrá la exclusiva en la gestión de los inmuebles que ahora se
traspasan. No ocurrió lo mismo con BBVA, ya que el banco cedió la
comercialización a Haya, el servicer de Cerberus.

Los efectos para las pymes y los ciudadanos de a pie de la limpieza


de los trasteros de los bancos

La creación de estas empresas conjuntas entre el banco y el fondo


(procedimiento que han seguido, como hemos visto, los demás bancos, con
escasas variables) es la solución que se ha encontrado para evitar que el FGD
deba hacer frente de golpe a todas las pérdidas que genera la venta de estos
inmuebles, con el consiguiente impacto en el déficit público y la necesidad de
efectuar una derrama extraordinaria de gran dimensión a todos los bancos del
sistema que hubieran visto perjudicados sus resultados.

De hecho, toda esta limpieza del trastero de los bancos, comporta, como ya
he apuntado, una importantísima deslocalización de la titularidad del

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inmobiliario español y de créditos fallidos vinculados también a dicho sector,
en favor de unos fondos que en la mayoría de los casos no tienen ni domicilio
en España, o a lo sumo un teléfono de los de “no sabe, no contesta″ o un
correo electrónico sin acuse de recibo ni de lectura. La mayoría de estos
fondos operan mediante sociedades interpuestas, digamos de gestión, con
una desvinculación absoluta del territorio donde lo hacen. Dicha
desvinculación de territorio y capital financiero titular del “suelo” tendrá a
nuestro entender muchísima más incidencia que la aparición en nuestro
sistema urbanístico del denominado “agente urbanizador”, de relevante
impacto en algunas comunidades autónomas, como Valencia o Madrid.

Barcelona y Madrid, pero también las demás capitales españolas, padecen ya


los efectos de esa “deslocalización” del capital inmobiliario, abonado a la
simple especulación con el precio de los alquileres de la vivienda, así como
con los procesos de rehabilitación de edificios previo desalojo de sus vecinos
por las buenas (con pactos irrisorios) o por las malas y a la brava, en
muchísimos casos. Es el denominado proceso de gentrificación de nuestros
núcleos urbanos históricos. Eso, tan sólo empezamos.

28/8/2018

29
Amenazas veraniegas
Albert Recio Andreu

El verano es época de vacaciones y calma chicha. Al menos desde que la


clase obrera consiguió el derecho a tener un periodo de tregua laboral y el
consumismo se adueñó de la vida cotidiana. Pero, a veces, en el letargo
veraniego se generan dinámicas que después explotan con la vuelta a la
“normalidad”. No hace falta ir muy lejos en el tiempo. El fin del verano pasado
estuvo protagonizado por la fase más activa del “procés”.

Y, en este verano, han pasado cosas que prefiguran de nuevo un otoño


caliente, con sobreactuaciones interesadas por parte de las fuerzas políticas
que tienen los ojos puestos en los diferentes procesos electorales: las
municipales, a fecha fija, y los posibles adelantamientos de las generales y las
catalanas. Y el clima que se está generando lleva muchos aspectos
preocupantes.

II. De lo nacional…

Catalunya sigue siendo el gran eje del debate. Un debate en blanco y negro
en el que hay dos partes interesadas en mantenerlo abierto. De un lado, los
independentistas catalanes, crecidos tras el fallo del Estatut y el éxito de su
campaña de movilizaciones, que alcanzó el clímax el 1 de Octubre de 2017.
Entonces se hizo evidente que el objetivo de la independencia era inviable.
Sobre todo porque no existía ningún apoyo internacional que impusiera al
Estado español ni siquiera la celebración de un referéndum. Pero, aunque el
proceso hubiera llegado a su fin, y los líderes independentistas hubieran
mentido manifiestamente a sus bases asegurándoles que nada podía parar un
proceso pacífico una vez alcanzado el grado de activación psicológica del
pasado otoño, es imposible que este fervor se evapore fácilmente. Al
mantenimiento de este sentimiento contribuyen dos temas clave. En primer
lugar, el sentimiento de represión que se vivió tanto el 1-O como durante el
posterior proceso y encarcelamiento de los principales líderes. Un proceso en
el que hay muchos puntos discutibles que hacen pensar que en la alta
Magistratura española el sentimiento punitivo y el odio al independentismo
predomina e imposibilita una valoración más mesurada de los hechos.
Convierte en mártires a unos líderes que simplemente habían montado una
representación que no estaban dispuestos a mantener en serio. Mantiene vivo
el sentimiento de trato injusto (alimentado por las dudas más que razonables
expresadas por los tribunales de otros países) que bloquea, en Catalunya,

30
debatir en serio sobre el “procés”. En segundo lugar, para la mayoría de la
base independentista, la “resistencia” (en la forma que se desarrolla) les
permite mantener inalterada su vida privada. En un proceso más retórico que
real (a excepción de las periódicas manifestaciones) la vida cotidiana no se ve
interferida por el “procés”.

De otro lado está la derecha española. El independentismo catalán


experimentó un buen impulso desde las primeras campañas propagandistas
del Aznar candidato a la Presidencia. Para el PP, y ahora para Ciudadanos, el
anticatalanismo es un buen argumento para atraer votos y tapar otros
debates. Y por eso no tienen ningún escrúpulo en sobreactuar, exagerar y
tensar situaciones con el ánimo de reforzar su hegemonía a escala estatal y
ganar audiencia en una parte de la población catalana.

Este verano estas dos líneas se han reforzado. El sector próximo a


Puigdemont ha conseguido tomar el poder en el PDCAT, desplazando al ala
moderada del partido. Es una consecuencia bastante lógica de lo ocurrido
anteriormente. De hecho, el PDCAT descubrió su alma independentista tras la
manifestación de repulsa a la sentencia del Estatut. Fue, en parte, producto
de la euforia por la movilización, en parte oportunismo (con ello se tapaba el
debate sobre los recortes, las políticas neoliberales y la corrupción) y,
también, en parte un acto defensivo (para frenar el ascenso de ERC). Lo cierto
es que aquel viraje reforzó la oleada independentista y dio creciente
protagonismo a los sectores más fundamentalistas (como el propio Torra). En
las elecciones del pasado diciembre Puigdemont consiguió imponer a esta
fracción en las listas electorales y obtuvo un éxito indiscutible al impedir que
ERC se erigiera como primera fuerza independentista. Ahora este sector se ha
cobrado la última pieza y va a mantener la vía del “utopismo mágico” (la
República etérea) y la confrontación, más simbólica que real. Pero ya se sabe
que las imágenes y los signos adquieren una enorme relevancia. Se trata de
una línea que, por un lado, trata de mantener movilizada a su base y, por otra,
permite esconder la vacuidad (por ser generosos) de la política real. Porque lo
cierto es que en Catalunya se sigue con una nula actividad en todas las
políticas necesarias para generar bienestar. El “procés”, en este sentido, es
fundamentalmente un ejemplo de política virtual.

En el lado de la derecha española, la toma del poder de Pedro Sánchez ha


reactivado sus tendencias derechistas. En el PP, el triunfo en las primarias de
Pablo Casado es en cierta forma un intento de reeditar los éxitos de Aznar (el
cual posiblemente nunca hubiera sido presidente de no mediar el desgaste
final que experimentaron los Gobiernos de Felipe González). Y refleja el punto
de vista de una parte de los cuadros del partido, posiblemente más radicales
que sus propias bases. Ciudadanos lo ha hecho por el miedo a sentirse
desplazado en la derecha. Pero también porque es lo que más cohesiona a su

31
gente. Ciudadanos nació como un partido monotemático (es la imagen
invertida del independentismo catalán). Sus mayores éxitos los ha conseguido
en las dos elecciones donde aparentemente sólo se decidía una cuestión (las
pretendidas elecciones referendarias de septiembre de 2015 y las del pasado
diciembre en pleno clima de crispación). Y, además, ello le sirve para
esconder sus propuestas sociales y económicas ultraliberales que, de
debatirse, posiblemente espantarían a parte de su electorado potencial de
clase obrera en las áreas metropolitanas catalanas. La competencia entre PP y
Ciudadanos está tomando un cariz peligroso (ambos combinan su obsesión
con Catalunya con un discurso xenófobo en la línea de la derecha europea).
Ciudadanos ha llegado a proponer una reforma electoral que, de hecho,
dejaría sin representación efectiva a los nacionalistas periféricos (por cierto,
con un simple ejercicio matemático se comprueba que ni catalanes ni vascos
están sobrerrepresentados en el Congreso; quien sí tiene una enorme
sobrerrepresentación es el —y en menor medida el PSOE— gracias al peculiar
reparto provincial de los escaños). Y, la batalla de los lazos, parece pretender
que se generen enfrentamientos donde, hasta ahora, estos han sido
exclusivamente verbales. Los desastres históricos están alimentados por
oportunismos e insensateces. Por desgracia, este verano todo augura que las
vamos a tener en grandes dosis de la mano de los Puigdemont, los Torra, los
Rivera y los Casado.

III. …a lo local

Hay una batalla más sutil, pero igualmente intensa. Es la que se desarrolla en
las ciudades, especialmente en las grandes ciudades donde triunfaron las
diferentes coaliciones alternativas. En anteriores notas ya he tratado de
explicar los méritos y los deméritos de las experiencias. Aquí voy a tratar
simplemente de analizar cómo se plantea la batalla política, especialmente
cómo se aborda el asalto político a unos ayuntamientos que, para las élites,
están en manos de gente que nunca debió ocuparlos. Al tratarse de una
cuestión local, es más difícil tener un conocimiento amplio de lo que ocurre en
cada lugar, y por eso mi referencia básica es Barcelona.

De entrada, hay dos cuestiones bastante claras. Ada Colau (también Manuela
Carmena en Madrid) parecen no tener un rival suficientemente fuerte para
desbancarlas con limpieza. La última encuesta publicada seguía situando a
Barcelona en Comú como fuerza ganadora. Aunque, y esta es la segunda
evidencia, con un porcentaje de votos muy lejano a la mayoría absoluta,
insuficiente para poder manejarse con libertad. Hay que contar que si
Barcelona en Comú puede controlar en solitario el Ayuntamiento de Barcelona
es porque no existe ninguna coalición alternativa que sume suficiente número
de concejales para desbancarla. Pero esta es una situación que puede
cambiar con pequeños cambios en las votaciones y la composición del

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Ayuntamiento. El bloque independentista y Ciudadanos tienen interés en
convertir las elecciones municipales en una reedición de la batalla “nacional”,
pero es mucho más difícil situar esta batalla en el plano local, en el que pesan
otras cuestiones. Sólo si el sector independentista se agrupara en una sola
candidatura (cosa que parece improbable vistas las reticencias de ERC y CUP),
el tema nacional podría convertirse en el monotema electoral.

Pero, más allá de la acción de los partidos, está el juego de los grupos de
poder, que realizan sus campañas a través de los medios. No hay ningún
ataque directo a Ada Colau. Lo que se está tejiendo en el discurso de los
medios es una serie de informaciones parciales que recogen motivos de
descontento diverso, orientados a tejer una tendencia de desafecciones y a
generar la imagen de un Ayuntamiento mal administrado. Los “grandes”
temas son relativamente marginales, aunque suelen generar una cierta
tensión social en determinados sectores: la implantación de los carriles bici, el
“top manta”, problemas locales de seguridad, los movimientos de los
propietarios de perros… También se ha lanzado una insidiosa campaña
(paralela a la que se ha producido en Madrid) sobre la generosa financiación a
ONGs y movimientos sociales amigos. En este caso, tengo una implicación
personal directa, ya que formo parte de la junta de la FAVB (el movimiento
vecinal de Barcelona), que es una de las organizaciones puestas en la diana
de los medios (la Vanguardia, el País en portada nacional…). Lo que se
presentaba como una financiación extraordinaria (para exagerar se daba el
importe del convenio que cubre todo el mandato) era simplemente lo que ha
significado la financiación histórica de la FAVB (el único incremento es que el
Ayuntamiento actual nos ha vuelto a pagar el mismo importe que recibíamos
con mandatos socialistas y que CiU nos recortó con amenazas por nuestra
posición crítica). Ningún medio nos pidió contrastar la noticia (y eso que
alguno de los autores de los artículos son periodistas con los que mantenemos
contacto habitual; al menos la Vanguardia público un artículo con nuestras
explicaciones) y, a pesar del poco calado de la noticia, esta va rebotando de
los medios a las páginas digitales. Se trata tanto de erosionar el Ayuntamiento
como de neutralizar a los movimientos sociales que nos enfrentamos a los
grandes intereses locales (y que no dudamos de criticar al equipo de Colau en
aquellos temas que consideramos ha cedido a la presión de los grandes
poderes: pacto de terrazas, proyecto urbanístico del FCB). Una estrategia de
debilitar al poder y la base social que sigue promoviendo movimientos
sociales progresistas.

Ninguna de estas campañas mediáticas tiene por sí sola una incidencia


importante. Pero juntas pueden generar un estado de malestar que influya en
los comportamientos de la gente y genere un nuevo clima social. Al fin y al
cabo, Barcelona siempre ha estado (con la excepción del último mandato
municipal) caracterizada por un cierto progresismo social (aunque a menudo

33
los poderes han acabado haciendo políticas bastante adecuadas a los grandes
grupos de poder). Ahora las dos derechas, la españolista y la independentista,
vuelven a tratar de erosionar esta cultura local y, para ello, utilizan campañas
sin conexión aparente pero que en conjunto generen una sensación en
algunos sectores de abuso y desgobierno.

Vale la pena ir un poco más allá y observar que debajo de estos temas
sensibles están tres cuestiones relevantes. De un lado la promoción del yo
personal frente a los intentos de regulación de problemas para limitar costes
sociales: resistencias a la reducción del uso del coche, a la regulación de la
tenencia de perros (convertidos en un nuevo icono consumista), a los horarios
de las terrazas callejeras. La próxima batalla será la implantación de las
nuevas medidas sobre coches contaminantes que puede traducirse en una
lucha de la gente corriente frente a las élites pseudo-ecológicas (puesto que la
medida estrella, de impedir circular a los coches más contaminantes, afecta
especialmente a la gente con menos ingresos y más dificultades para cambiar
de coche). De otro el tema clásico del orden y la seguridad. Aunque las tasas
de criminalidad son relativamente bajas (la mayor violencia —la de género—
se ejerce fundamentalmente en la esfera doméstica), cualquier problema de
este tipo genera un enorme impacto emocional. Y, aunque en conjunto la
ciudad es acogedora y vivible, persisten focos de problemas (especialmente
ligados a la distribución de droga) que generan un gran impacto mediático y
social (y costes sociales insoportables a la vecindad). Y el tercero y
subyacente, el tema migratorio. El “top manta” es un ejemplo de ello. En el
conjunto de la ciudad es una cuestión menor. Posiblemente incluso para los
comerciantes. Todo el mundo sabe que es una actividad que desarrolla gente
que por motivos legales (ley de extranjería) no puede trabajar legalmente. Su
visibilidad en el centro de la ciudad y el origen africano de sus practicantes lo
ha convertido en una batalla mediática pesante. El siguiente paso será asociar
el tema con la presunta política de atracción de inmigrantes que
presuntamente promueve el Gobierno local. Seguridad, regulaciones, e
inmigrantes, constituyen el substrato sobre los que se desarrollan campañas
mediáticas paulatinas y sobre los que la derecha local trata de generar un
cambio de actitudes. Al menos, para tratar de erosionar las bases de un
gobierno progresista.

IV. Tratando de recomponer hilos

Realmente, el verano promueve la dispersión. Por eso trato de reconducir la


reflexión. En primer lugar, destacar el hecho de que gran parte de las políticas
actuales se construyen a partir de crear sensaciones, emociones que influyen
sobre los estados de ánimo del personal. Hay buena base científica que
muestra la importancia de las historias, los relatos y las sensaciones en los
procesos de acción individual y colectiva. Seguramente, la explosión

34
mediática en la que estamos inmersos (incluyendo en ello las redes sociales)
refuerza estas tendencias a la respuesta irreflexiva. Y esto choca con la larga
tradición política de la izquierda que ha tratado de plantear el debate político
en términos de racionalidad, intereses colectivos, bien común. No podemos
renunciar a este debate, pero hay que hacer un enorme esfuerzo para saber
desarrollar tanto formas de comunicación eficientes como para prestar
atención al tipo de bombardeos “inconexos” a los que me he referido en el
punto anterior. Responder con datos, como habitualmente hacen muchos
representantes políticos, suele ser insuficiente. Hay que plantearse tanto la
relevancia de los “pequeños” problemas, como la necesidad de abordarlos
preventivamente. Trabajar para un mundo donde los debates sean
sustancialmente relevantes obliga a desarrollar una buena conexión entre
política comunicativa y política real.

En segundo lugar, la política de las emociones es el espacio de la derecha. De


su inmenso poder mediático y su ejército de asesores de comunicación. Y de
estas políticas de proliferación de emociones salen las monstruosas
respuestas del racismo, la xenofobia, el irracionalismo que nos retrotrae a la
barbarie. Vale la pena revisar la escena de Cabaret en la que un grupo de
nazis llega a un merendero y consiguen arrastrar a la mayoría de la gente que
pasa allí una tarde dominical para que acaben cantando sus himnos. El
attrezzo ha cambiado, pero en lo fundamental se sigue practicando el mismo
tipo de políticas. Hay que aprender a neutralizarlas y a reconducir, en la
medida de lo posible, el debate político a la racionalidad. Y en estos tiempos
de tensión emocional creciente esta es una tarea urgente.

Y tres. El uso desmedido de los elementos emocionales en los últimos tiempos


genera peligros. Pero también produce hartazgo en mucha gente. El espacio
principal de trabajo en los próximos meses debería ser precisamente el de
ampliar el espacio de la gente dispuesta al debate racional, a la búsqueda de
soluciones que no lleven a “culs de sac”, a que las políticas se orienten a las
necesidades reales y a los graves retos que tenemos planteados en el corto
plazo. La batalla de las ciudades se ganará si el debate sobre las políticas
locales, sobre las necesidades, sobre la sociedad deseable, se impone al ruido
de las identidades y las banderas.

1/9/2018

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Irracionalidad nuclear (y energética) en julio y agosto
Miguel Muñiz

Escrito desde el agradecimiento al profesor Fontana, pues las nucleares


también se construyeron por el bien del imperio.

***

A diferencia del pasado año, el nuevo gobierno y la acumulación de


cuestiones estratégicas han provocado un hervidero de informaciones durante
julio y agosto. La convulsión en el sector eléctrico ha relegado el conflicto del
alargamiento de las nucleares, aunque el chup-chup informativo ha
continuado otros temas acaparaban protagonismo. Los cambios de mayo y
junio continúan abiertos. Analizarlos todos exigiría extensión, tiempo y un
libro; algo que desborda el marco del artículo; pero los períodos de convulsión
tienen la ventaja de hacer visibles cosas que, en circunstancias normales,
permanecen discretamente ocultas. Sirva este texto como enumeración de
algunas de algunas de esas cosas, que muestran el revés de la trama del
discurso oficial.

La selección se agrupa en cinco bloques: una descripción de la tónica


informativa sobre las empresas en el día a día; un acercamiento al discurso
clave de la transición; el apartado específico dedicado a la industria nuclear;
el relativo a la resistencia y los conflictos, y unos apuntes de la situación
internacional.

1. Menú informativo cotidiano: movimientos y reuniones entre los


que mandan y con los nuevos que gobiernan.

La actividad del sector eléctrico ha sido tan alta como la temperatura


veraniega, como muestra apuntamos ocho ámbitos: la red eléctrica, la
entrada de algunas compañías de petróleo en el sector eléctrico, las
marcas comerciales, los movimientos empresariales, el cambio en los
pagos por disponibilidad, la revisión de activos y el déficit de tarifa,
los nuevos nombramientos y las maniobras en torno a la OMEL, y la
minería de uranio y carbón. Un breve apunte de cada uno de ellos.

La presentación de una Proposición de Ley desde Unidos Podemos en que se


apuntaba la posibilidad de nacionalizar la red eléctrica desató la inevitable
campaña de propaganda sobre la “imposibilidad” de la medida, los excesivos
“costes” que tendría, y la serie de catastróficas desdichas que supondría. El

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30 de junio un ejecutivo de Deloitte (esa consultora que suministra informes a
las administraciones públicas) ya había planteado la necesidad de abordar el
coste de retribución a las compañías en un artículo cuya lectura en negativo
no tiene desperdicio [1].

La compra de parte de Eléctrica de Viesgo por Repsol ha sido


presentada como un ejemplo de visión de futuro de las petroleras para
avanzar hacia una economía descarbonizada al entrar en el sector eléctrico y,
de paso, como una muestra más de los movimientos del capital internacional
en las compañías energéticas, con participación de fondos de inversión
(¿especulativos?) [2].

Por otra parte, la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia


(CNMC), un ente que, como su nombre indica, se sitúa al margen de cualquier
mecanismo democrático ha intervenido tratando de obligar a las grandes
compañías energéticas a diferenciar sus variadas marcas en
distribuidoras y comercializadoras de luz y gas. A la hora de cierre de
este artículo aún no se sabe si dicha actuación habrá tenido un resultado
concreto o si habrá acabado en los tribunales, pero ha servido para arrojar
una breve rayo de luz sobre un aspecto poco conocido: las estrategias de
confusión. La naturaleza de la asociación que ha aplaudido (¿o también
impulsado?) la medida, la Asociación de Usuarios Financieros (Asufin),
también es ilustrativa [3].

La progresiva entrada del capital financiero, la actuación de las compañías en


otros países, la incesante compra y venta internacional de empresas
eléctricas de todo tipo (comercializadoras, generadoras y distribuidoras), y la
búsqueda del aumento continuado de beneficios por encima de cualquier
consideración, son un síntoma del desorden que se va imponiendo en un
sector que siempre se había considerado ordenado, estable, consolidado y
solvente. La descomposición de Unesa y la AEE marcha en paralelo a la
creación de foros de decisión a medida de intereses de grupos
heterogéneos que van tomando posiciones en el sector ; así, Iberdrola y
Acciona están trabajando para crear un organismo corporativo propio al
margen de los que han funcionado hasta ahora, para dar cobertura a
empresas de diverso tipo [4].

Una carambola resultante del cambio de gobierno y las inevitables


descoordinaciones ha sido dejar de abonar, a partir del 30 de junio, lospagos
por disponibilidad, algo que afecta principalmente a las centrales térmicas
de ciclo combinado (CTCC), lo que amenaza con abrir el primer frente de
conflicto judicial entre el nuevo Gobierno y las eléctricas. Ha servido para
sacar a la luz uno de los escandalosos privilegios de las eléctricas costeado
desde la sociedad.

37
Resulta que como consecuencia de la caótica política de construcción de CTCC
a lo largo de los años 90 y la década del 2000 (una de las supuestas
bendiciones que la liberalización iba a traer a los consumidores) hay un cierto
número de centrales que están paradas durante largos períodos porque no
tienen a quién vender la electricidad que producirían. La compañías
propietarias de esas centrales —Naturgy (Gas Natural Fenosa) e Iberdrola,
principalmente—, en lugar de pagar las consecuencias de su
irresponsabilidad inversora bajando los precios, cobran de la administración,
es decir, de la sociedad, unos 5.000 euros por Megavatio instalado (al año,
unos 700 millones de euros) si estos no funcionan, como premio por estar
preparados. La suspensión de esos pagos por disponibilidad llevó a que el 6
de julio las eléctricas anunciaran medidas legales contra la decisión del
Gobierno, acompañadas del habitual dramatismo propagandístico para
justificarlas [5].

Un acontecimiento que también ha puesto al descubierto otra arbitrariedad


económica de la liberalización energética ha sido la decisión de Naturgy (Gas
Natural Fenosa) de revisar sus activos a la baja tras la presentación de
sus planes estratégicos en Londres el 28 de junio. Ello supone disminuir el
valor de sus centrales de ciclo combinado y nucleares en unos 4.851 millones
de euros. La reacción de Iberdrola y Enel-Endesa ha sido de rechazo airado y,
como es natural, la CNMC ha decidido intervenir en el asunto.

Hay que recordar que el valor de los activos de las eléctricas está
relacionado con el denominado déficit de tarifa, un fenomenal expolio
de fondos públicos por parte de unas empresas que carecen de un mínimo
control público. La jugada de Naturgy, cuyas motivaciones nadie explica
claramente, pone en evidencia la ausencia de criterios sólidos para valorar
esos activos en que se justificaba el supuesto déficit. La observación final de
un experto, autor del artículo “Pero... ¿Cuánto valen los activos de generación
convencional?”, es de antología del disparate, lo que hace recomendable su
lectura [6].

La política de nombramientos del nuevo Gobierno también motivo de


análisis. De la puesta al frente de Red Eléctrica de España al señor Jordi
Sevilla, acreditado neocon dentro del PSOE, que sustituye al señor José
Folgado, acreditado neocon del PP; al nombramiento de José Vicente Berlanga,
un licenciado en Filosofía y Ciencias de la Educación para dirigir la Empresa
Nacional del Uranio S.A., lo que supuesto un cierto tono de burla. Pero ha sido
la maniobra de las grandes eléctricas para destituir al presidente de Omel, la
compañía que controla la operación del mercado eléctrico en España, la que
ha destapado una parte de lo que se mueve tras los altos cargos.

Resulta que el actual presidente de Omel, Ignacio Grangel, fue nombrado por

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el PP el pasado octubre, por lo que su destitución es complicada en estos
momentos; resulta además que el señor Grangel cobra un sueldo de unos
500.000 euros anuales (60% fijo y 40% variable sin concretar cantidades);
también resulta que si es destituido, el señor Grangel tiene derecho a medio
millón de euros de indemnización; y resulta que Omel sólo tiene una plantilla
de unas 40 personas, e ingresa unos 15 millones de euros que provienen de la
factura de los consumidores.

¿Para qué sirve Omel? Para mantener funcionando los ordenadores que
regulan el mercado de compras y ventas de electricidad diariamente. Se trata
de una parte del gran negocio de las eléctricas que pagamos entre todas y
todos [7].

La minería del carbón y del uranio ha seguido acaparando titulares


durante julio y agosto. Respecto al carbón continúan las declaraciones y las
maniobras políticas transversales para conservar su funcionamiento el mayor
tiempo posible con el habitual baile de “costes” económicos de cierre (3.500
millones, sin contrastar la cifra), los discursos alarmistas de rutina en clave
social, tan útiles para ocultar conflictos ambientales, y los frentes comunes de
sindicatos, PP y PSOE de las comarcas afectadas.

Respecto al uranio, las maniobras especulativas de la empresa Berkeley


Energía, a diferencia de la devastación ambiental que ya ha provocado, son
muy confusas. Primero anunció su salida a bolsa el 18 de julio, luego lo
retrasó, cuando lo hizo comenzó con pérdidas, pero posteriormente han
alcanzado niveles altísimos mediante la entrada de capitales internacionales
en la cotización. Todo esto provocó la inevitable opinión de la Comisión
Nacional del Mercado de Valores (CNMV) que, sin salirse de la corrección
política impuesta por el código neoliberal, dio un aviso que sólo puede
definirse con una palabra: especulación.

Y si para sostener esa especulación se arrasa un territorio ¿qué importancia


tiene? [8].

De las reuniones, encuentros y contactos del nuevo Gobierno sólo


apuntaremos dos: la celebrada por el presidente con los diversos miembros
del IBEX, y la comparecencia de la ministra en el marco de la recién creada
Comisión para la Transición Ecológica del Congreso.

Las informaciones sobre contactos puntuales entre los que mandan con los
recién nombrados gobernantes sobre cuestiones energéticas han aparecido
en varias ocasiones, pero el pasado 7 de agosto se supo que el presidente se
había reunido con varios pesos pesados de IBEX relacionados con el negocio
eléctrico y que se había tratado de impuestos, uno de los asuntos pendientes

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de resolver en el caso de las centrales nucleares. Como era de esperar no han
trascendido detalles.

La primera comparecencia de la ministra Rivera en la recién creada Comisión


para la Transición Ecológica del Congreso ha sido, en cambio, abundante en
declaraciones, la mayoría de tipo genérico. Al margen de hacer oficial el 2028
como año final del funcionamiento de las nucleares (tema que trataremos más
adelante) merece la pena detenerse en su discurso genérico sobre la
transición [9].

2. ¿Transición energética o transición ecológica?; simple transición


eléctrica

La denominación “Transición ecológica” para designar al organismo oficial que


debe gestionar un conflicto de la envergadura que supone la combinación del
cambio climático con el final de la era de extracción de los combustibles
fósiles, no se corresponde con el contenido de lo que ha ido declarando la
ministra al cargo. La casi totalidad de lo que manifiesta trata sobre el cierre
urgente de las térmicas de carbón, la revisión de la política del PP hacia las
renovables, la fecha de cierre de las nucleares, el bono social contra la
pobreza energética, el déficit de tarifa…, y los temas clásicos, como la
revisión de los mecanismos de fijación de precios para transmitir las señales
correctas a los mercados. El discurso no se aparta de la línea trazada por las
grandes compañías eléctricas europeas, que defienden como objetivo llegar al
60% de electrificación de la economía para “alcanzar los objetivos de París”,
según han manifestado en agosto [10].

Expresiones como “economía descarbonizada” se venden como fuente de


todo tipo de virtudes sin ser analizada en detalle. Electrificación es sinónimo
de “ecológico”, “verde”, “renovable” y/o “sostenible”, sin que se entre en un
análisis riguroso de las implicaciones de todos esos adjetivos que, aplicados a
políticas concretas, pueden llegar a ser contradictorios. Se huye de estudiar
en profundidad la transición porque eso impugnaría una gran parte del
consenso oficial al que se ha llegado. Se promueve la confusión para
mantener los intereses establecidos con el mínimo de cambios.

Dentro de la aberración lógica que supone considerar la existencia de


ganadores y perdedores del cambio climático, la invocación a este conflicto ha
derivado en poca cosa más que una excusa para justificar políticas
empresariales o nuevas oportunidades de negocio. Las implicaciones
devastadoras en las sociedades y la ecología a nivel global ni siquiera se
tienen en cuenta a la hora de diseñar unas políticas que nunca pasan de
indicativas.

40
Y de los conflictos de todo tipo asociados al final de la extracción de los
combustibles fósiles no se hace ni mención, ya que los mercados no los
consideran [11].

3. La industria nuclear

El desacuerdo sobre la mejor manera de sacar la máxima tajada al cierre


definitivo de las centrales nucleares entre Enel-Endesa de una parte, e
Iberdrola y Naturgy de otra, ha impuesto por consenso la falacia del límite de
40 años de funcionamiento como barrera a respetar o a superar. La voz
discordante ha sido la del director de la nuclear de Trillo, Aquilino Rodríguez
que, a principios de agosto, volvió a mencionar los 60 años de funcionamiento
en el curso de unas declaraciones sobre el tema de los residuos [12].

El desacuerdo se escenifica a la menor ocasión; el 15 de julio Enresa (la


empresa pública encargada de la gestión de los residuos radiactivos) hizo su
contribución rutinaria al bla, bla, bla del déficit de las eléctricas por el cierre
nuclear lanzando al cifra de 14.248 millones de euros. Como siempre la
información fue repetida profusamente en la prensa económica.
Aprovechando la coyuntura, Enel-Endesa hizo circular, el día 25, la
información de que un cierre a los 40 años suponía un coste adicional de 190
millones de euros al año para la compañía y, en la presentación de resultados
económicos de la compañía, uno de los consejeros delegados, José Bogas,
sacó el argumentario habitual: consideró “imposible” el cierre de todo parque
nuclear a los 40 años por los problemas de suministro energético para España
y los incrementos de los precios eléctricos.

Era demasiado, así que el locuaz presidente de Iberdrola, Ignacio Sánchez


Galán, se apresuró el mismo día 25 a declarar que consideraba posible apagar
las centrales sin poner en riesgo la seguridad de suministro, e hizo exhibición
de apoyos declarando que “ya se había reunido con el nuevo Gobierno y que
sus objetivos estaban alineados”

Inmediatamente llovieron las explicaciones sobre los importantes aspectos


económicos que existían tras el desacuerdo [13].

Sobre el discurso del supuesto déficit, han destacado dos temas. La decisión
del nuevo Gobierno de paralizar el proyecto de Almacén Temporal
Centralizado (ATC) de residuos de Alta Actividad en Villar de Cañas, y el
anuncio del desmantelamiento de Garoña.

La parálisis del ATC ha provocado pocas reacciones. La Plataforma de


oposición ha rehuido las clásicas reivindicaciones entusiásticas, y ha
reaccionado con una saludable cautela señalando los puntos débiles de la

41
decisión; también se han escrito los habituales lamentos por la supuesta
desaparición de oportunidades para el territorio; algún espontáneo ha
repetido lugares comunes sobre seguridad, y desde la industria tan sólo el
director de Trillo ha improvisado una reflexión sobre las implicaciones que la
desaparición del ATC tiene sobre los almacenes de residuos existentes en las
centrales. La paralización del ATC era lógica, dada la irracionalidad del
proyecto en conjunto, del emplazamiento elegido y de los retrasos en la
tramitación.

El principal bastión de la industria, el Consejo de Seguridad Nuclear (CSN), ha


reaccionado con cautela, acogiéndose, como es habitual, a la normativa y las
leyes, y pidiendo informes jurídicos. Nadie ha introducido en el debate el
escándalo que suponen los millones de euros pagados a expertos e insignes
catedráticos universitarios dedicados a investigar “el emplazamiento idóneo”
antes de la decisión de ubicarlo en Villar de Cañas, y que se revelan inútiles y
un despilfarro de dinero público ante los problemas de los informes técnicos
posteriores sobre el espacio elegido [14].

El 17 de agosto Enel-Endesa e Iberdrola anunciaron de que el


desmantelamiento de Garoña comenzaría el en la segunda mitad de 2019, y
hubo las habituales referencias a las alternativas económicas para la comarca
y a los planes en curso, algo que se repite de manera monótona cada vez que
se cierra una industria, todo ello con discreción pues Enel-Endesa e Iberdrola
no son un gobierno cualquiera [15].

Para cerrar el estado de la industria señalar la comedia bufa que supone el


contraste entre la retórica y los hechos. A las habituales noticias de
autobombo se añadió la expectación que levantó el que para el 12 de julio los
siete reactores estarían todos funcionando; ya que, después de cuatro meses
parada , Vandellós-2 se conectaría a la red… La fecha llegó y Vandellós falló el
arranque, se fijó nueva fecha para el 21…, y volvió a fallar. Ya se sabe, como
dice la propaganda, energía ininterrumpida y fiable los 365 días del año [16].

Breve apunte: las nucleares no son para el verano (excepto en España,


curiosamente)

La ola de calor de varias semanas durante julio y agosto ha provocado


paradas preventivas y reducciones de potencia en las nucleares de parte de
Europa. La alta temperatura de varios ríos que suministran agua a los
sistemas de refrigeración han obligado a detener tres reactores en Francia y
reducir la potencia de otros tres, más uno en Suecia. A finales de agosto se
calculaba que 25 de los 58 reactores de Francia habían resultado afectados de
diversas formas; aunque la única consecuencia oficial de todo esto haya sido
la repercusión en los mercados eléctricos [17] las implicaciones ecológicas y

42
de credibilidad son fáciles de deducir.

Pese a que la ola de calor también ha afectado a la península Ibérica, en


España no se han producido paradas por este motivo, sino todo lo contrario, lo
que da que pensar. No exige mucha imaginación valorar las implicaciones de
una progresión del cambio climático hacia condiciones de sauna para el
funcionamiento de los reactores en el futuro.

4. Intentando alzar la voz desde la sociedad

Pese al cúmulo de despropósitos, la situación no puede ser más plácida para


la industria nuclear, no existen prácticamente voces disidentes o críticas. Las
expectativas que levantó la creación del Movimiento Ibérico Antinuclear (MIA)
se desvanecen.

¿Tiene el MIA alguna estrategia que vaya más allá de seguir el día a día de la
industria y manifestarse de vez en cuando y siempre a remolque de los
acontecimientos? Todo parece indicar que no. Una breve enumeración al hilo
de los hechos de julio y agosto refuerza esa impresión.

La ministra señala oficialmente el 2028 el año del final de la energía


nuclear y no se valora ni manifiesta nada. Al margen de que la fecha suponga
una chapucera interpretación de los “40 años” y no corresponda a la
reivindicación del MIA (2020, 2021 y 2024), cosa que ya exigiría un
pronunciamiento, también hay aspectos claves, como los beneficios que la
industria espera obtener del cierre, que deberían salir a la luz pública, y que
nadie mencionará si no es el MIA.

Vinculado a este tema está el plazo fijado para las renovaciones de


licencias. Las órdenes publicadas en el BOE entre el 9 y el 27 de junio de
2017 siguen vigentes; ello significa que rige la norma de que “podrá solicitar
una nueva autorización de explotación de la central en el plazo máximo de
dos meses a contar desde la fecha de aprobación del Plan Integral de Energía
y Clima” y, sobre todo, el confuso apartado que reza: “Ello no obstante, en el
supuesto de que el referido Plan no hubiera sido aprobado dos meses antes
de la fecha en la que el titular ha de presentar la Revisión Periódica de
Seguridad de la central que más adelante se establece, podrá deducirse la
solicitud de una nueva autorización con ocasión de tal presentación”. Ello
significaría leyendo los respectivos números del BOE que los tres primeros
reactores: Almaraz 1 y 2, y Vandellós-2 presentarán la documentación antes
del 31 de marzo de 2019 y dispondrían de la renovación de permiso de
manera automática. Algo que convendría explicar y denunciar ante la
sociedad.

43
Lo único que se ha hecho ha sido desde Ecologistas en Acción, una de las
entidades del MIA: la presentación de una demanda
contencioso-administrativa ante el Tribunal Superior de Justicia de Madrid
contra la autorización de la construcción del Almacén Temporal
Individualizado (ATI) de la Central Nuclear de Almaraz, alegando vulneración
de la normativa, carácter superfluo de la instalación y desdén por las
implicaciones sobre Portugal; y la presentación de dos denuncias desde la
misma entidad, juntamente con la Asociación Societat Humana, ante el fiscal
de Tarragona. Una en el mes de abril contra Vandellós-2, por un suceso de
fuga de agua acontecido a finales de febrero, y otra el 2 de julio contra Ascó
por la presencia de agua radiactiva en uno de los pozos de la central,
detectada en abril.

Al margen de cualquier consideración, las limitaciones de este tipo de


acciones legales son de sobras conocidas: las empresas disponen de potentes
bufetes de abogados que despliegan estrategias dilatorias usando todo tipo
de recursos legales, la información se alarga en el tiempo, se descontextualiza
y llega sólo a los círculos activistas más concienciados. Al final, normalmente
después de años, las demandas quedan en nada (basta recordar lo sucedido
con Ascó, con la fuga radiactiva y su ocultamiento durante meses entre 2007
y 2008). Lo máximo que estas acciones legales permiten es la publicación de
notas de prensa que tienen una difusión limitada. Su incidencia sobre el
calendario real de renovación de licencias, o sobre la fecha de cierre es nula.

La decisión de paralizar el ATC es una oportunidad para abordar con rigor el


conflicto de los residuos radiactivos de alta actividad , sobre los que no se
tiene una política consensuada, y sobre los que planea, además, la amenaza,
a medio y largo plazo, de que acaben provocando impactos sobre sociedades
ajenas a la energía nuclear por políticas de exportación. Se trata de un tema
en que la sensibilidad social es mínima, y sobre el que se guarda un calculado
silencio.

Como se guarda un calculado silencio, que sólo puede romperse desde la


resistencia contra las nucleares, sobre la importancia del vapor de agua
como responsable de la aceleración del cambio climático. El vapor de agua es
un residuo abundante de los sistemas de refrigeración de los reactores
atómicos, cuya importancia como gas de efecto invernadero ha sido
silenciada para mantener la ficción de “centrales nucleares que no emiten
CO2”.

Sin que estos y otros aspectos (como las vinculaciones militares) de la


industria nuclear sean objeto de denuncia, lleguen a la sociedad y generen
campaña y debate, es prácticamente imposible que iniciativas como la
presentación, el 19 de julio, de una Proposición de Ley sobre Cambio

44
Climático y Transición Energética (PLCCyTE), para su debate y votación en
el pleno del Congreso, por parte del grupo parlamentario Unidos Podemos-En
Comú Podem-En Marea, lleguen a traducirse en nada tangible. Este asunto es
importante para el MIA, ya que en la PLCCyTE figuran los artículos 20 y 109,
que legislan el cierre ordenado de los siete reactores nucleares mediante la no
renovación de los actuales permisos de funcionamiento en 2020, 2021 y 2024,
justo lo que oficialmente reivindica el MIA. Pero resulta dudoso que, sin una
movilización social, una decisión parlamentaria lleve sin más a un cierre
nuclear.

Y otro punto que también importa: debería incidirse en la cercana


renovación del CSN, pues sin discurso público sobre el organismo, los
criterios de composición y el papel que deberá jugar en la transición a una era
posnuclear, y en la gestión de los residuos y el desmantelamiento. El riesgo
de que la renovación se limite a un pacto entre PP y PSOE, con alguna otra
fuerza política de las que mantiene un calculado, discreto e interesado silencio
sobre la energía nuclear, no es insignificante. Ello podría dar lugar a una
política de continuidad. Parece ser que la postura del PP era recurrir al
alargamiento del mandato de la actual Junta del CSN para asegurarse una
pieza clave en la continuidad de las nucleares, y tales maniobras no se
pueden desmontar sin debate público, especialmente cuando faltan meses
para hacer efectiva la renovación [18].

Y el mundo sigue andando

Aunque a nivel internacional se ha producido la parada de la única central


nuclear de Hungría por una avería eléctrica, y de que el reactor en
construcción en Flammaville (Francia) ha tenido el inevitable y nuevo retraso
con el correspondiente aumento de costes, la industria nuclear global ha
continuado con sus políticas de adaptación y desarrollo, adoptadas tras
Fukushima.

El 4 de julio, el regulador nuclear de Japón aprobó la extensión y puesta en


funcionamiento de la planta nuclear de Tokai Daini. Ese mismo día, la corte
suprema rechazó que se detuviera el funcionamiento de los reactores 3 y 4 de
la planta nuclear Oi. A finales de agosto se supo que varias compañías
eléctricas de Japón planean crear una empresa conjunta para ocuparse de la
gestión y mantenimiento de reactores.

La tenacidad de la industria en la defensa de lo existente se combina con


nuevos desarrollos que, aunque limitados, no cesan. El 18 de agosto se puso
en funcionamiento el reactor número 1 de la central nuclear de Sanmen, en
China, que incorpora la novedad de ser el primero del tipo AP1000 que se
conecta a la red eléctrica.

45
Más preocupante es el hecho de que el 10 de agosto se supo de que las
empresas nucleares de China, con el apoyo del Consejo de Estado de ese país,
promoverán sus propias normas técnicas con “estándares tecnológicos
independientes” para jugar un "papel de liderazgo" en el proceso de
estandarización mundial hacia 2027 [19].

En una sociedad global marcada por desigualdades crecientes y bajo la


imposición neoliberal de la desregulación, la energía nuclear no cumplirá las
fantasías futuristas con las que se presentó en la década de los años 50 del
siglo pasado, pero no se puede descartar que juegue un papel clave en la
garantía de suministro eléctrico a las élites y clases acomodadas del mundo a
lo largo del siglo XXI y más allá.

Notas

[1] A Fondo. Una retribución adecuada para las redes eléctricas.


https://cincodias.elpais.com/cincodias/2018/06/28/companias/1530207981_517097.html
sobre el “ruido” generado por la propuesta de Unidos Podemos ver:
https://cincodias.elpais.com/cincodias/2018/07/30/companias/1532972152_245903.html ,
y
https://www.elconfidencial.com/economia/2018-07-20/expropiar-redes-distribucionelectricas-3
4-000-millones_1594982/.

[2] Véase
http://www.europapress.es/economia/noticia-compra-repsol-activos-viesgo-segunda-mayor-op
eracion-petroleo-entrar-electricidad-20180701111450.html y
http://www.eleconomista.es/economia/noticias/9245239/07/18/Las-grandes-petroleras-europe
as-llevan-invertidos-cerca-de-3000-millones-en-el-sector-del-gas-y-la-electricidad.html.

[3] Véase
http://www.europapress.es/economia/energia-00341/noticia-cnmc-decidira-mes-si-obliga-gran
des-electricas-distinguir-diferentes-marcas-20180702141135.html y
http://www.finanzas.com/noticias/empresas/20180702/asufin-satisfecha-propuesta-cnmc-3869
375.html.

[4] Véase
https://cincodias.elpais.com/cincodias/2018/07/02/companias/1530552843_104257.html.

[5] Véase
https://elperiodicodelaenergia.com/las-electricas-preparan-el-primer-frente-judicial-contra-tere
sa-ribera-tras-finalizar-parte-de-las-ayudas-a-los-ciclos-combinados/ ,
http://www.eleconomista.es/energia/noticias/9297253/07/18/Los-ciclos-combinados-lanzan-un-
SOS-al-Gobierno-para-evitar-perdidas-millonarias-.html y
http://ctxt.es/es/20180425/Politica/19204/electricas-deficit-tarifario-moratoria-rescate-bancari
o-maastrich-junquera-cubiles.htm.

46
[6] https://elpais.com/economia/2018/06/28/actualidad/1530185097_506423.html ,
https://blog.bankinter.com/economia/-/noticia/2018/7/19/analisis-naturgy# y
http://www.expansion.com/empresas/energia/2018/07/03/5b3b139122601de06d8b4639.html
. Artículo “Pero... ¿cuánto valen los activos de generación convencional?”, en
http://www.eleconomista.es/empresas-finanzas/noticias/9304804/07/18/Pero-Cuanto-valen-las
-centrales-de-generacion-convencional.html.

[7]
https://elperiodicodelaenergia.com/el-gobierno-del-psoe-cambia-un-ingeniero-en-tecnicas-ene
rgeticas-por-un-filosofo-socialista-como-presidente-de-enusa/ y
https://cincodias.elpais.com/cincodias/2018/08/02/companias/1533232464_715061.html.

[8] El carbón, véase


http://www.diariodeleon.es/noticias/provincia/forzar-cierre-termicas-supondra-gasto-3-500-mill
ones-2050_1220041.html y
https://www.elcomercio.es/aviles/cierre-centrales-termicas-20180722023702-ntvo.html Para
Berkeley y el uranio
https://intereconomia.com/empresas/energia/berkeley-se-dispara-en-la-bolsa-y-dobla-su-preci
o-en-ocho-sesiones-20180730-2027/ y especialmente CNMV
http://www.europapress.es/economia/bolsa-00348/noticia-cnmv-alerta-elevado-precio-berkele
y-energia-bolsa-espanola-anomalia-20180814131524.html.

[9] Véase 07/08/2018


https://elperiodicodelaenergia.com/pedro-sanchez-se-reune-con-los-presidentes-de-iberdrola-y
-endesa-y-otras-grandes-companias-del-ibex/ y 11/07/2018
http://www.europapress.es/economia/energia-00341/noticia-ribera-cree-necesario-repensar-m
ercado-energetico-fijan-precios-20180711115159.html ,
http://www.energiadiario.com/publicacion/ribera-ve-necesario-repensar-el-mercado-energetico
-el-sistema-de-fijacion-de-precios-y-revisar-urgentemente-la-normativa-de-renovables/ y
https://cincodias.elpais.com/cincodias/2018/07/11/companias/1531309083_735719.html.

[10] 09/08/2018
https://elperiodicodelaenergia.com/las-grandes-electricas-europeas-ven-necesario-electrificar-
hasta-un-60-la-economia-para-alcanzar-los-objetivos-de-paris/ 11/07/2018 Declaraciones de la
ministra.
http://www.energiadiario.com/publicacion/ribera-ve-necesario-repensar-el-mercado-energetico
-el-sistema-de-fijacion-de-precios-y-revisar-urgentemente-la-normativa-de-renovables/ y
https://cincodias.elpais.com/cincodias/2018/07/11/companias/1531309083_735719.html.

[11] Sobre las complejidades e implicaciones de la transición energética es interesante la


serie de artículos publicados en el blog OilCrash,
http://crashoil.blogspot.com/2018/07/el-discurso-del-sistema-tesis-i.html ,
http://crashoil.blogspot.com/2018/08/el-discurso-del-sistema-tesis-ii.html,
http://crashoil.blogspot.com/2018/08/el-discurso-del-sistema-tesis-iii.html,
http://crashoil.blogspot.com/2018/08/el-discurso-del-sistema-tesis-y-iv.html. Sobre
confusiones interesadas y desinformaciones
https://elperiodicodelaenergia.com/las-renovables-las-que-mas-contribuyen-a-reducir-las-emis
iones-pero-una-menor-produccion-nuclear-las-aumenta/ . Sobre la nula voluntad política en el
conflicto del cambio climático 16/08/2018.
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=245615&titular=no-se-est%E1-luchando-contra-el-cale
ntamiento-clim%E1tico-.

47
[12] Véase
http://www.energiadiario.com/publicacion/el-director-de-la-central-de-trillo-asegura-que-cambi
ar-la-gestion-de-los-residuos-nucleares-implica-reconfigurar-los-ati/.

[13] 20/07/2018
http://www.expansion.com/empresas/energia/2018/07/20/5b50ecdae5fdeaaf108b45dc.html ,
https://cincodias.elpais.com/cincodias/2018/07/27/companias/1532713732_549572.html ,
https://www.elindependiente.com/economia/2018/07/25/endesa-se-arriesga-roto-190-millones
-al-ano-gobierno-cierra-las-nucleares-los-40-anos/ ,
https://www.elespanol.com/economia/empresas/20180725/iberdrola-posible-cerrar-nucleares-
sin-riesgo-apagones/325217837_0.html y
https://www.elconfidencial.com/empresas/2018-07-25/por-que-cierre-nuclear-mas-danino-end
esa-iberdrola_1596971/.

[14] En orden de la exposición


https://elpais.com/politica/2018/07/17/actualidad/1531851816_736624.html , ,
https://www.eldiario.es/clm/Plataforma-ATC-paralizacion-califica-insuficiente_0_794070895.ht
ml https://www.hoy.es/sociedad/mana-radiactivo-20180723000533-ntvo.html , http://www.fin
anzas.com/noticias/empresas/20180719/pepe-alvarez-dice-espana-3878238.html ,
http://www.energiadiario.com/publicacion/el-director-de-la-central-de-trillo-asegura-que-cambi
ar-la-gestion-de-los-residuos-nucleares-implica-reconfigurar-los-ati/ , y
https://www.elindependiente.com/economia/2018/07/19/el-csn-pide-un-informe-juridico-sobre-
el-freno-del-almacen-nuclear-por-el-gobierno/.

[15]
https://elperiodicodelaenergia.com/el-desmantelamiento-de-la-central-nuclear-de-garona-se-in
iciara-en-el-segundo-semestre-de-2019/ y
https://cincodias.elpais.com/cincodias/2018/08/24/companias/1535128746_601828.html.

[16]
https://elperiodicodelaenergia.com/el-regreso-mas-esperado-de-vandellos-espana-vuelve-a-te
ner-todo-su-parque-nuclear-operativo-cuatro-meses-despues/ y
https://elperiodicodelaenergia.com/el-gafe-sigue-en-vandellos-la-central-nuclear-vuelve-a-tene
r-un-fallo-y-para-de-nuevo-en-pleno-proceso-de-arranque/.

[17] 21/08/2018
https://elperiodicodelaenergia.com/la-nuclear-francesa-vuelve-a-hacer-estragos-en-los-mercad
os-electricos-de-media-europa/ también 02/08/2018
https://cincodias.elpais.com/cincodias/2018/08/01/companias/1533142514_410521.html.

[18] https://www.boe.es/boe/dias/2017/06/09/pdfs/BOE-S-2017-137.pdf,
https://www.elconfidencial.com/ultima-hora-en-vivo/2018-07-18/ecologistas-denuncian-la-auto
rizacion-para-construir-un-almacen-en-almaraz_1576278/ ,
https://www.ecologistasenaccion.org/?p=92156 ,
https://www.ecologistasenaccion.org/?p=100799 ,
https://www.diarimes.com/es/noticias/terres_l_ebre/2018/07/02/denuncian_caso_radioactivida
d_detectada_tubos_control_del_agua_nuclear_asco_42879_3024.html ,
https://es.wikipedia.org/wiki/Gas_de_efecto_invernadero,
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=244599 ,
https://elperiodicodelaenergia.com/la-renovacion-del-consejo-de-seguridad-nuclear-a-expensa
s-de-un-pacto-pp-psoe/.

48
[19]
https://elperiodicodelaenergia.com/detienen-por-una-averia-un-reactor-de-la-unica-central-nuc
lear-de-hungria/ ,
https://www.efe.com/efe/america/economia/japon-aprueba-la-primera-reactivacion-de-u
na-central-nuclear-afectada-por-el-tsunami/20000011-3672225#,
https://www.japantimes.co.jp/news/2018/07/04/national/high-court-rejects-suspension-order-oi
-nuclear-power-plant/#.W4PQpIB9iL8,
https://www.japantimes.co.jp/news/2018/08/22/business/corporate-business/japanese-firms-ta
lks-alliance-nuclear-power-sources/#.W4PQKoB9iL8 ,
https://elperiodicodelaenergia.com/china-conecta-el-primer-reactor-nuclear-ap1000-en-todo-el
-mundo/,
https://www.japantimes.co.jp/news/2018/08/10/business/china-promoting-atomic-technical-sta
ndards-aid-nuclear-push-overseas/#.W4PQUIB9iL8.

[Miguel Muñiz Gutiérrez es miembro de Tanquem Les Nuclears-100%


RENOVABLES, del Col·lectiu 2020 LLIURE DE NUCLEARS, y del
Moviment Ibèric Antinuclear a Catalunya. Mantiene la página de
divulgación energética www.sirenovablesnuclearno.org]

30/8/2018

49
Ensayo
Josep Torrell
Una conversación con Pere Portabella

Esta conversación forma parte de un libro sobre Pere Portabella.

***

—Hay una parte de tu vida a la que se suele dar poca importancia, y que es
poco conocida. Me refiero a tu actividad como profesor de cine, a principio de
los años setenta.

—Mi actividad como profesor empieza en la Escola Aixelà, que era una
escuela dependiente de una tienda muy famosa que se dedicaba a la venta de
aparatos de cine y fotografía. Yo había hecho ya Nocturno 29 (1968), que
produjo cierto impacto. En Aixelà era director artístico Josep Maria
Casademont —alguien muy sensible y un gran amante del cine— que me
llamó y me propuso impartir cursos en la escuela. En aquel momento ya
daban clases Miquel Porter, Roman Gubern, Josep M.ª López Llavi y Enric
Ripoll-Freixes. Acepté. Allí me encontré con alumnos como Pere Joan Ventura.

Lo que ocurre es que yo no daba clases de manera convencional. Ni sé, ni me


importa. Por el contrario, utilicé un sistema bastante heterodoxo, pero que
funcionaba muy bien. Consistía en hablar sobre cine: qué quieres hacer y de
qué recursos dispones para hacerlo. El tema era el lenguaje, la forma, los
códigos, etcétera. Ésta ha sido siempre mi obsesión: el lenguaje.

Esto generó muchos problemas con ciertos alumnos, que se encontraban con
unas clases donde no se hablaba de cómo hacer cine. Entre el alumnado
había muchos cineastas amateurs que lo único que querían era aprender a
manejar una cámara. Yo me los sacaba inmediatamente de encima
diciéndoles que esto era más fácil que sacarse el carnet de conducir. Que para
aprender cuatro trucos se aprenden leyendo un buen manual, y que yo estaba
allí para otra cosa, que es el lenguaje cinematográfico. Esto hoy puede
parecer un tanto fuera de lugar, porque al fin y al cabo, eran gente que iban a
aprender a manejar su cámara a una escuela (que además dependía de la
tienda de cine). Pero los demás vivíamos con la sensación de que las teorías
que estaban de moda (en aquella época la semiótica, el psicoanálisis de
Lacan, etcétera) formaban parte, como un todo de la oposición al franquismo.
Tanto alumnos como profesores nos interesaba más discutir de estas cosas.
Estuvimos todo el año con polémicas muy subidas de tono.

50
Simplificando mucho, yo hacía el discurso al revés de muchos cineastas. Los
cineastas amateurs reclamaban cómo se hace un buen plano, en qué casos
hay que colocar un movimiento de cámara, etcétera. En cambio yo les decía
que depende. Depende de hasta dónde quieras llegar, depende del plano al
que sigue y del plano que irá después. Nada: ni por esas.

Entonces todo es extremadamente más fácil. Lo difícil no es hacer un trávelin


o decidir exactamente si es mejor colocar la cámara aquí o allá. Si tú tienes
una idea clara de las imágenes y de la atmosfera que quieres crear, la cámara
se coloca sola, la óptica aparece como la única válida, y el movimiento es el
único que puedes hacer simplemente paseándote por el escenario.

La Escuela Aixelà efectuaba exámenes y yo me negué. No los hice y la cosa


quedó colgada. La escuela estaba acostumbrada a un programa y unos
exámenes, y vio que yo no me adaptaba bien a lo que ellos querían: lo cual
era absolutamente cierto.

—Entonces cambias de escuela pero no de programa, por así decir.

—Esto fue el curso 1969-1970. En 1970 nos trasladamos al Institut del Teatre,
donde estuve un año y medio. Frederic Roda me ofreció la posibilidad de dar
clases de cine (pero sin amateurs constantemente escandalizados). Acepte; y
puse dos condiciones: primero, que no quería matrícula; y segundo, que no
habría listas de asistencia ni nada que se les pareciese: la puerta estaba
abierta y podía entrar quien quisiera. Les costó aceptarlo, pero al final lo
hicieron.

Conmigo se vinieron también muchos de los alumnos que estaban de acuerdo


con mis planteamientos: por ahí andaban Jesús Garay, Jordi Cadena, Francesc
Bellmunt —que de ésta salió por piernas—, Antoni Padrós, Llorenç Soler, Pere
Joan Ventura… Manel Esteban venía también a veces a echarme una mano.

En el instituto me encontré con Joan Enric Lahosa, que era otro de los
profesores. Me sentía muy cómodo con él, porque coincidíamos en abordar el
cine por el lado del relato. Lo habitual era que los demás profesores optaran
clásicos del cine para analizar. Por ejemplo, Lahosa cogía una secuencia de El
acorazado Potemkin (Броненосец Потёмкин, 1925) de Eisenstein y se pasaba
todo el curso analizando una secuencia. En esta época, Lahosa venía siempre
a mis clases. Él era realmente un erudito y su cabeza era un archivo bien
clasificado de las cosas que leía: aunque demasiado académico para mí.

De entrada, me negué a hacer lo que hacían los demás profesores. Nada de


analizar películas cuyas fichas se podían leer en los libros. Quería hablar de
las películas que rodaban ellos: de lo que rodaban aunque no estuviese

51
montado. Me parecía que esto era mucho más interesante para ellos y para
mí. Aunque llevarlo a la práctica costó un poco. Fue Antoni Padròs el primero
en romper el hielo. Se presentó en clase con una lata de 16mm. También
Llorenç Soler trajo cosas. Pero al cabo de un mes o dos empezó a haber
problemas con el material, porque la gente se inhibía. Allí salía todo: era muy
interesante, pero muy duro para el autor criticado.

Alguien traía una cámara de 16mm y yo les incitaba a que la desmontarán y


se la fueran pasando. En general, les alentaba a traer sus películas y
hacíamos su análisis crítico desde el punto de vista del lenguaje. Más
adelante, cuando tuvimos material aportado por los propios alumnos, veíamos
la película y mirábamos si estaba bien contada o no. Por poner un ejemplo,
estimulábamos la crítica de los personajes a través del uso que se hacía de la
planificación, mostrando que una cosa depende de la otra.

—¿Qué papel desempeñabas tú en todo esto?

—Daba mi opinión, pero a la vez estimulaba mucho la participación. Explicaba


cómo veía yo la utilización de los recursos (el trípode, el trávelin, etcétera).
Pero siempre me dirigía a los alumnos y les preguntaba su opinión. Se creó así
una dinámica de relación que, en la práctica, significaba todos contra todos.
Esto podía ser duro a veces, aunque al final nos fortalecía a todos. Porque allí
no dejábamos pasar ni una: si una cosa parecía reaccionaria, se decía y tan
tranquilos. Allí salía todo.

Había unos quince o veinte alumnos por clase, aunque hubo días en que tuve
más de un centenar. El curso del Institut del Teatre se convirtió en un punto
de encuentro muy politizado. Por ejemplo, los actores si no podían hacer una
asamblea en su aula, venían a hacerla a la mía. Yo suspendía la clase y se
hacía la asamblea. A veces se redactaban manifiestos y, si había
manifestación, íbamos todos a manifestarnos.

Pero esta situación se hizo insostenible. Lo que estoy contando fue generando
una sensación muy tensa. Había el temor de que el Gobierno Civil cerrará el
instituto y esto, por parte de algunos, se convirtió inmediatamente en un
chantaje.

Mi argumento es que la gente necesitaba un lugar dónde discutir libremente.


A veces venían seis o siete obreros de comisiones —cada uno por su lado,
para evitar que les interceptasen— y nos contaban unas luchas alucinantes,
que no salían en la prensa. Nos quedábamos impresionados. Ésta era también
una forma de pedagogía. Yo no soy pedagogo por naturaleza. Siempre he sido
una persona muy abierta, pero no tengo vena de pedagogo. No es lo mío.
Pero, en cambio, creo que generé una dinámica de lo que significaba hacer

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cine, del tener claro el compromiso de los que estábamos allí y de que, sin
este compromiso, al nivel de medios de expresión, no se podría hacer nada en
serio. Partía de una mirada libre para ver de otra manera.

En aquella época, éste era un discurso muy expresivo sobre las clases
sociales, ligado a la idea que no valía la pena hacer cine sin tener un
compromiso cotidiano, en el cual tus ideas estuvieran contrastadas con una
actitud cívica e implicada.

—En tu labor pedagógica, ¿cuáles eran tus referentes?

—Cito poco. Retengo más lo que leíamos que lo que yo pudiera citar en clase.
En aquellos años, la segunda mitad de los sesenta y la primera mitad de los
setenta, llevábamos un empacho monumental porque lo leíamos todo. Desde
la revista Cinéthique hasta Althusser (muy contestado después del mayo de
1968). Lacan o cualquiera que se pusiera de moda… precisamente porque
estaba de moda. Al margen de los libros, leíamos artículos de gente que no
recuerdo el nombre. Artículos que alguien nos pasaba en fotocopias,
asegurándonos que eran muy importantes. Leíamos muchísimo. Sobre cine,
pero también sobre todo lo demás. Por ello, no cito casi nunca. No se trataba
de decirle a la gente lo que tenía que leer, sino que el resultado de mi manera
de ver las cosas incitase a los alumnos a verlas también de modo diferente.
En esto, era radical, y sigo siéndolo.

—Pero tú haces un discurso que no tiene nada que ver con el discurso que
suele hacer un realizador normal y corriente.

—Es un discurso muy interdisciplinar, diría yo. Has de tener en cuenta que yo
provenía de Dau al set, del surrealismo, de los poetas de vanguardia. En
aquella época leí bastante poesía. No es difícil imaginar que todo esto
conformase mi manera de comunicarme. Pero al mismo tiempo siempre me
preocupó acortar distancias, que mi discurso estuviera asociado siempre con
una forma de desacralizar, de aproximar mucho al interlocutor sus ideas hacía
la imagen. En este sentido, yo estaba politizado, pero a la vez estaba
vinculado a las vanguardias artísticas.

—Lo cual en aquella época era más raro que ahora.

—Exacto. Es curioso, porque, por el lenguaje, estaba muy ligado a las


vanguardias estéticas y, en lo político, estaba muy radicalizado con las
vanguardias políticas; pero las vanguardias políticas no querían saber nada
con las veleidades artísticas. Esto engendró roces más o menos constantes.
Los dirigentes políticos clandestinos seguramente pensaban que era una
lástima, porque si hiciese películas como La batalla de Argel (La battaglia di

53
Algeri, 1966) de Gillo Pontecorvo sería genial.

—La situación insostenible hace que te vayas al Instituto de Cultura Alemán.

—Sí. Pero aquí ya no hay docencia. Las clases se acaban con el Institut del
Teatre. Para entonces yo he terminado Vampir-Cuadecuc (1970), Play Back
(1970) y Acció Santos (1973). Es entonces cuando pasamos al Instituto
Alemán y empezamos a trabajar más a fondo y a producir documentos, que
son el principio del arte conceptual en Barcelona. Con el paso al Instituto
Alemán lo que se pretendía era crear un grupo de trabajo y de discusión,
aprovechando que los Institutos de Cultura tienen la misión de dinamizar la
cultura del país en el que se encuentra (a sabiendas, en este caso, de la
existencia de una dictadura). Acompañado de Antoni Mercader, entré en
contacto con el director del instituto, Hans Peter Hebel, y le propuse crear un
espacio en el que se pudiera reunir un grupo pluridisciplinar de artistas. Le
pareció bien y accedió a cedernos un espacio y un día en el que podíamos
reunirnos libremente. Es el momento en que se funda el Grup de Treball, en el
que se entraba y se salía libremente, y era el lugar en el que se podía hacer
una reflexión seria sobre arte conceptual. Todos, y esto es importante,
traíamos una trayectoria detrás. Y es desde esta recorrido personal que
podíamos trabajar. Esto era muy interesante puesto que poníamos en común
el pensamiento que surgía de múltiples experiencias, completamente
dispares.

Los documentos del Grup de Treball son muy interesantes pero salían de unas
reuniones que eran más interesantes todavía. Hay un intento de debatir
seriamente, desde el campo de nuestras diferentes disciplinas, una acción
interdisciplinaria con una enorme carga ideológica.

Entre la gente de la que saldrá el Grup de Treball hay ya poetas, pintores o


escritores, y no solamente gente que quiere hacer cine. Está ya Carlos Santos,
con el que yo venía trabajando desde 1967. También hay pintores como José
Manuel Broto, o escritores como Federico Jiménez Losantos —que ha acabado
en la derecha más pura, pero apareció por allí— hasta los hermanos Gustavo
Hernández y Carles Hac Mor.

—Estamos en 1973. Es el momento en que aparecen en Barcelona las


primeras actividades de cine contra la dictadura. ¿Tú participaste en la
denominada «comisión de cine de Barcelona»?

—Sí. Formé parte de esta comisión. Recuerdo que fue Octavi Pellissa el
responsable que la puso en marcha. Pero era una comisión muy amplia de
militantes y simpatizantes del PSUC, donde había de todo: historiadores,
teóricos, críticos, guionistas o gentes de televisión.

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El grupo de gente que rodábamos material de contra-información era mucho
más reducida. Además este grupo es anterior a la comisión: ya se rodaron
cosas en el encierro de Montserrat en diciembre de 1970. En aquellos
tiempos, estaban Carlos Durán, Manel Esteban y —a veces— Llorenç Soler. El
cometido del grupo consistía básicamente es rodar manifestaciones, que
luego era un material para las televisiones extranjeras.

—Perdona. Pero ¿y Octavi Pellissa?

—Octavi no estaba en el grupo que coordinaba yo. A él le conocí porque


participaba en actos políticos como el del encierro en Montserrat. Era uno de
los habituales en Bocaccio y nos hicimos amigos.

—Esto es cierto. Pero tú avisabas a Esteban, pero éste no rodaba sólo. El


contacto con Manel Esteban fue Pellissa. Cuando Antoni Gutiérrez Díaz tuvo
conocimiento de que había un cámara de televisión había entrado en el
partido (o estaba a punto de hacerlo), habló con Octavi Pellissa para que le
sondeará para el rodaje de las acciones antifranquistas. Esteban aceptó con
una sola condición: que fueran los dos al rodaje. La razón es muy sencilla:
mientras el operador tiene el ojo en el visor de la cámara no ve
absolutamente nada de lo que pasa a su alrededor y es muy fácil caer en
manos de la policía. Pellissa aceptó y fue el acompañante habitual de Esteban
en los rodajes en la calle. Pero esto no era público y por lo tanto no debías
saberlo. A partir de 1973, con Pere Joan Ventura, los grupos se formaron con
tres personas: un operador de cine, un fotógrafo y uno que hiciese de guardia.

—No lo sabía. Yo no me inmiscuía en quién iba a los rodajes, y más aún con
los rodajes que podían hacer ellos por encargo de otros, por ejemplo Antoni
Gutiérrez Díaz. Esto es un buen ejemplo de cómo nos distorsiona la memoria
las razones estrictas de seguridad que prevalecían en la clandestinidad.
Además, normalmente yo no rodaba, puesto que estaba al otro lado de la
cámara: en las manifestaciones que se rodaban o en el encierro de
intelectuales de Monserrat, participando y moderando la mesa. Mi función era
la de intentar articular lo que se hacía con los que iban a rodar. Tenía la
información precisa de donde se harían la manifestación y por dónde pasaría.
En resumen, simplemente asumía el coordinar y advertir a los que rodaban de
a dónde había que ir.

Hay que pensar que, en aquel momento, las medidas de clandestinidad eran
muy estrictas, porque una indiscreción podía comprometer a los demás.
Convocaba a Manel Esteban —nunca por teléfono— y le decía: «Prepárate
para dentro de tres o cuatro días; ya te llamaré». Y luego le decía: «Mañana a
las ocho hay una manifestación en tal sitio». Además, las personan que
participaban en estos rodajes estaban disponibles y comprometidas con la

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lucha. Esto les permitía funcionar rápidamente.

Pero, insisto, no rodé prácticamente nada. También Pere I. Fages, que desde
1971 estaba en París, exilado. Algunas de estas imágenes iban a Paris, donde
él se ocupaba de hacerlas llegar a las televisiones francesa y, luego, a otras
televisiones extranjeras. Hay que comprender que era una actividad
totalmente clandestina. Carecíamos de medios y todo era muy precario.
Algunos, a través de nuestra relación con el cine comercial o la televisión,
conseguíamos material reversible para poder rodar en 16mm.

Por otra parte, mi compromiso político pasaba por otro sitio: desde 1966
estuve en la Taula Rodona, que se fundó en mi casa. Para hacer frente a las
multas que gobernación impuso a los estudiantes, Antoni Tàpies movilizó a la
Maeght de París. Se organizó una subasta restringida y en la cual había que
pagar en efectivo. En ella había obras de Picasso, Miró, Tàpies, Saura,
Kandinsky, Léger, Calder, Chillida, Max Ernst. En un tiempo brevísimo se
recaudó el equivalente a 2.645.000 pesetas. Fui el encargado de depositar
esta cantidad en francos en un banco francés y allí me dieron un papel con el
que pude retirarlo en pesetas en Barcelona. Esto, por supuesto, era
totalmente ilegal tanto por motivos económicos como políticos.

También estuve en la mesa de la asamblea de intelectuales en Montserrat


contra el proceso de Burgos, firme uno de los manifiestos que causaron el
estado de excepción en 1969, tenía un proceso abierto y me retiraron el
pasaporte. Fui delegado, junto a Andreu i Abelló, para hablar con el teniente
general Díaz Alegría, jefe del Alto Estado Mando, sobre el Proceso de Burgos
—que para él era una barbaridad— aunque, muy amable, nos rogó que nos
llevásemos la recogida de firmas, porque de lo contrario él habría tenido que
pasarlas a sus superiores y esto habría tenido consecuencias desastrosas para
los firmantes.

En la asamblea de Montserrat, en diciembre de 1970, se vio claro —incluso


por parte del PSUC y otros partidos, inicialmente reticentes— la necesidad de
ir a una asamblea más amplia de todos los sectores que formaban la
oposición al franquismo. Diez meses más tarde, el 7 de noviembre, se fundó la
Asamblea de Catalunya. Desde el principio fui el moderador y portavoz de la
misma. Todo el trabajo que hice era claramente político. Por ejemplo, la
mayor parte de tareas clandestinas las asumía yo, porque era el que estaba
más acostumbraba a la ilegalidad.

Además, en aquella época, las «clases» que yo daba eran totalmente de


agitación. A parte de utilizar y de aproximar la distancia del cine con respecto
al mundo real, mi concepción trataba de desacralizar el cine como esta
especie de arte que sólo estaba reservada a los elegidos. Yo estaba

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completamente en contra de esta mística. Por el contrario, trataba de ver el
cine como un instrumento que dependía de la mirada de cada uno y que podía
estar al servicio de compromisos políticos, como podía ser dar testimonio de
los acontecimientos que nos rodeaban con una mirada propia. Y, al mismo
tiempo, procuraba que algunos de ellos se involucraran.

Durante cierto tiempo se hicieron algunas cosas. Por ejemplo, la


manifestación del 1 de mayo de 1973 en Sant Cugat, convocada por la
Asamblea de Cataluña, que fue algo muy importante. Era el primero o
segundo año que comisiones obreras salía a la calle por el 1 de mayo. Hubo
casi ocho mil trabajadores, lo que constituía un éxito de convocatoria muy
importante. Sant Cugat (1973) lo organizó muy bien Pere Joan Ventura: el
rodaje, toda la manifestación, etcétera. Tuvimos dos o tres cámaras rodando,
cerca del Seminario y se nota que las imágenes están cómodamente rodadas,
pues la policía sólo se enteró después. Pero no siempre era así. En la práctica,
rodabas y desaparecías rápidamente.

— Tú apareces como coordinador de una de las primeras películas militantes,


que es el recital del Price.

—Poetes catalans (1970) fue una experiencia importante. Se trataba de rodar


un recital de poesía, que era inequívocamente político. Tomé conmigo a Manel
Esteban y a varios alumnos de la Escuela Aixelà, con cámaras de cuerda de
16mm. Yo tenía que rodar con una cámara de motor y un equipo de sonido
Nagra para grabar la banda de sonido. Hicimos una cosa que estaba muy
bien: combinamos la clandestinidad con una presencia descarada de una
cámara fija y un equipo de sonido durante el rodaje.

El acto era legal y yo había pedido un permiso de rodaje. Pero desconfiaba de


lo que podía hacer la policía, y así lo plantee en una de las reuniones previas.
De modo que, aunque teníamos permiso, lo planteamos como si fuera un
rodaje militante. Así, un día o dos antes, introdujimos las cámaras en el Price.
Todo el material estaba previamente dentro. Acerté, pues la policía cercó el
Price.

El día del recital estaba lleno: había unas cuatro mil personas. Entonces,
delante de todos, Manel y yo cogimos el trípode, la cámara, el Nagra y
conectamos los micros. Era la única manera de hacerlo, porque sabíamos que
el público era nuestra protección. Porque si se hubiera intentado acercarse un
social o un policía de uniforme para detenernos se habría montado un follón
considerable. Las imágenes que utilice de las cámaras de cuerda contrastan
con las de la cámara con motor y trípode. Están como mal hechas, son todas
borrosas: la mayoría parece que tienen el diafragma mal puesto. Pero, en
cambio, las que rodaba Manel Esteban con el trípode estaban perfectas, y la

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combinación de las dos da la sensación de apresuramiento, de rapidez, en
definitiva, de clandestinidad. Cuando termino el acto, rápidamente
desmontamos el trípode, la cámara y el equipo de sonido, y lo entregamos a
los encargados de hacerlo desaparecer, que fueron a esconderlo en el interior
del Price. El exterior estaba ya lleno de policías y sociales dispuestos a
apresarnos. Manel y yo salimos con las manos limpias y el cordón policial no
tuvo más remedio que dejarnos pasar. Esperaron para coger a otros con las
cámaras, pero no salió nadie. Aún hoy ignoro cómo las escondieron. Al cabo
de un tiempo prudencial, ocho o diez días, alguien fue a buscarlo y nos lo
entregó.

Después vino el proceso de revelado. Todo este trabajo lo hizo gente que no
estaba particularmente comprometida. Eran empresarios que se adaptaron a
las condiciones impuestas por el franquismo, como eran los de Fotofilm. Hice
algunas cosas con ellos y guardaron silencio. Y nunca se metieron conmigo.
En Fotofilm revelamos muchas cosas de éstas, con mucho cuidado y
encargándolo a personas de confianza. Jamás pusieron ningún tipo de
problemas y mucho menos denuncias.

Para montarlo, lo hacíamos de noche en Sonoblok. Estos sí eran más o menos


afines. Eran hijos de exilados los dos, Carles Nogueras y Joan Monclús, ambos
de vena republicana: antifranquistas sin más historias. Estos nos cedieron su
sala de montaje para poder montar allí. En esto, se portaron muy bien y hay
que reconocerlo.

En Sonoblok montamos Miting a Montreuil (1970). Yo no pude salir para


efectuar el rodaje, porque me habían retirado el pasaporte. De aquí, del
interior, fueron a París Carlos Durán y Manel Esteban. El PCE decidió que lo
montarán cineastas independientes pero, sobre todo, que se hiciera en el
interior. Me lo ofrecieron y estuve encantado. Trajeron el material aquí
clandestinamente —era un lío de latas bastante impresionante, que hubo que
pasar ilegalmente— e hicimos el montaje. El PCF nos envió una montadora
profesional, Brigitte Dornés, que nos facilitó mucho el trabajo. Estuvimos más
de un mes, porque sólo podíamos hacerlo de noche. Ordenar todo aquel
material fue un trabajo realmente de locos, pero el resultado valió la pena.
Hay toda una parte que a mí me gustó mucho hacer, que es la llegada de la
gente, los trenes, etcétera. Realmente es una cosa fantástica.

—¿Cómo obteníais la película virgen?

—El material se obtenía a partir de restos de bobinas que siempre quedan sin
utilizar. Manel Esteban hacía reportajes para TVE-Barcelona, y tenía especial
habilidad para retirar este material que no se usaba. De esta manera siempre
teníamos película a nuestra disposición. Pero, repito, que estábamos muy

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ligados a las condiciones en que nos movíamos. Por ejemplo, yo habría podido
rodar reuniones muy decisivas de la Asamblea de Cataluña, lo que habría sido
un documento muy importante, pero las condiciones de seguridad me lo
impedían, puesto que si el material caía en manos de la policía podíamos
acabar todos en la cárcel. Por eso, por razones de seguridad, hay muy poco
material.

—Luego continuaste haciendo cine que era militante, pero ya con tu firma.

—Hice Cantants 72 (1974), que era un encargo de la Televisión Sueca a la


Comissió de cinema, donde intenté situar el carácter activista y militante de
los cantantes, de Francesc Pi de la Serra a Rosa León, pasando por Manuel
Gerena. Hice también un rodaje inacabado de Advocats Laboralistas (1974).
Estos abogados desarrollaron un papel muy importante en los últimos años
del franquismo, y era preciso hacer algo que resaltase su importancia.
Estaban especializados en la defensa de los trabajadores y fueron perseguidos
constantemente por el franquismo. En este caso, yo hice un rodaje de
urgencia en el despacho de Albert Fina, con entrevistas a dirigentes obreros
que indicaban la necesidad de los abogados laboralistas frente a los abogados
conformistas del sindicato vertical. Advocats laboralistes se perdió
parcialmente en la crisis de Fotofilm, pero se ha conseguido recuperar de otro
fondo la mayor parte de la película con sonido directo y además todos los
rollos sin montar.

Después hice dos obras de mayor envergadura: El sopar (1974) e Informe


general sobre algunas cuestiones de interés para una proyección
pública (1977). A mí particularmente me gusta El sopar, entre otras cosas,
porque es un intento de hacer cine militante con todo lo que el cine militante
no podía tener: focos y travelín. En una película militante, ibas, rodabas y
desaparecías: no había ni trávelin ni nada. Entonces intente darle la vuelta y
hacer una película, pero con todo lo que habitualmente faltaba en este tipo de
cine. El sopar es claramente cine —porque, de hecho, es cine contra el
franquismo— pero también es algo más. Cuando tú la ves, no te recuerda a
ninguna película militante porque es realmente otra cosa. En el cine has de
jugar siempre con la sorpresa, con lo inesperado. Mientras exista este factor
inesperado siempre habrá gente que querrá verlo.

[Este fragmento forma parte de una entrevista grabada el 14 de abril


de 1994 y fue corregido el 20 de octubre de 2016 por Pere
Portabella.]

1/8/2018

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José M.ª Camblor
Cosas que es mejor callar
La volatilización del lenguaje en la era internet

La primera víctima de las redes sociales es la verdad.

Wittgenstein decía que era mejor guardar silencio sobre aquellas cosas que no
podían ser aprehendidas a través del lenguaje —como Dios, el mundo, etc.—,
y eso lo hacía en una época en la que las gentes mantenían cierta vocación de
construir en común un discurso para llegar a la verdad. Probablemente si el
filósofo vienés levantara la cabeza en los albores de este tercer milenio, se
quedaría perplejo al ver no solo que ese prudente silencio ha desaparecido,
sino lo que lo ha sustituido. Pues en este tiempo atropellado en que vivimos
parece que el lenguaje está perdiendo en el discurso público —y no solo de
forma coyuntural— su función esencial: la capacidad para comunicarse de una
manera razonable con los demás.

Puesto que las visiones del mundo se sostienen en diferentes relatos, es tan
importante el contenido que estos tengan como la forma en que se expresen.
El marco actual del discurso público se ha transformado de tal manera que el
énfasis y la onomatopeya tienen más peso que lo dicho y, si lo que se quiere
es dialogar, cada vez tiene menos sentido decir algo y acaso —si bien por
otras razones a las aducidas por Wittgenstein— acabará siendo mejor callarse.
Si la verdad está hecha de matices, ¿qué sentido tiene tratar de participar en
una conversación cuyos interlocutores no tienen tiempo para detenerse a
distinguir las tonalidades? En este mundo de apelación continua a la
emotividad y a las consignas, si uno desea “comunicarse” eficazmente solo
podrá hacerlo a través del lenguaje vehemente y simplificador que las redes
sociales imponen. En caso contrario, en el mejor de los escenarios, el mensaje
se decodificará como débil o banal, y, en el peor, se perderá irremisiblemente
en el sumidero de las ondas electromagnéticas sin ser atendido por nadie. Si
alguna vez fue cierto que la verdad nos iba a hacer libres, lo que ha hecho el
nuevo paradigma comunicativo ha sido confinarnos en una enorme prisión.

Tal estado de cosas se ve favorecido por la idea generalizada de que la


verdad es algo evidente y que no hay más que mirar en torno nuestro para
hacernos con ella. Según esto, todos conocemos de manera natural la verdad.
Sin embargo, si eso fuera así, la posibilidad de compartir esa verdad de forma
intersubjetiva no ofrecería obstáculo alguno, pues no habría más que
exponerla, que hacer un gesto ostensible con la mano y señalar “he aquí la
verdad”. Pero esto (debería ser obvio) no es así. El hecho de que mi

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convicción se oponga a tu certeza requiere siempre un trabajo de elucidación,
un camino que ambos hemos de recorrer. Pero en el nuevo paradigma, nadie
está dispuesto a dar ni siquiera un paso en esa dirección y asombra ver no
solo que todo el mundo esté convencidísimo de la verdad de sus
planteamientos, sino también de que se considere que basta escribir unos
pocos caracteres para evidenciar tal verdad.

Nuestra comprensión del mundo es ineludiblemente subjetiva y, por la propia


naturaleza de las cosas, no podemos acercarnos a él sino desde el pre-juicio,
es decir, desde todos aquellos esquemas mentales que nos han ido
construyendo a lo largo de nuestra vida como individuos y a través de los que
registramos y procesamos las cosas. Como consecuencia de la evolución de
nuestro aparato perceptivo-cognitivo, el mundo, que en realidad es poliédrico,
nos presenta, al igual que la luna, únicamente uno de sus lados. El torrente de
percepciones que nos asalta es solo una infinitésima parte de lo que hay. Solo
vemos un minúsculo rango de longitud de onda del espectro
electromagnético, o solo oímos unas frecuencias limitadísimas de la infinitud
de oscilaciones acústicas que vibran a nuestro alrededor. Si percibiéramos el
mundo como cualquier animal de otra especie, participaríamos de universos
inimaginables para nosotros que nos harían pensar que la realidad es algo
muy diferente de lo que creemos.

La cantidad de energía y materia que tenemos delante es percibida por


nuestro organismo como conjuntos discretos, como objetos separados e
individualizados y en reposo o movimiento, según unos parámetros muy
específicos que son los que nuestras herramientas cognitivas son capaces de
reconocer y concretar. Donde yo veo un objeto individual y definido (una silla)
hay mucho más. Y también algo menos, puesto que hay una elaboración
mental en mi percepción: el sobreentendido de que eso sirve para sentarse,
por ejemplo. En algunos casos, la única manera de aproximarnos a la realidad
es puramente intelectual, a través de teorías matemáticas con las que
tratamos de explicar los fenómenos más escurridizos, ocultos a nuestras
facultades perceptivas. Otra limitación es nuestro tamaño específico, que nos
veta la parte macroscópica y microscópica de la realidad —y sus leyes
particulares—, y solo podemos vislumbrar una pequeña porción de las mismas
por medio de dispositivos tecnológicos. Además, el limitadísimo tempo
humano nos impide concebir intuitivamente las velocidades a las que
interactúa la materia y la energía o incluso a las que suceden nuestros
procesos biológicos internos.

Muchas de estas cosas las sabemos desde Kant, pero ahora, sabemos también
que nuestras propias estructuras mentales tienen mecanismos que “crean” la
realidad “al gusto del consumidor”, y, sin que lo advirtamos, la tamizan con
disonancias cognitivas. Por ejemplo, modifican nuestra memoria para eliminar

61
recuerdos desagradables o que no concuerdan con los posicionamientos que
mantenemos. O vemos figuras donde no las hay, es decir, se recompone en
nuestro cerebro la imagen que recogemos con la retina para hacernos “ver” lo
que nos puede interesar ver o para facilitar su “comprensión”. Existen
infinidad de experimentos que demuestran este procesamiento de los datos
de los sentidos y de la memoria que nos hace creer que vemos y recordamos
cosas que ni existen ni han existido nunca. Esos sesgos psicoafectivos no solo
cocinan los hechos para hacernos digerir mejor el mundo o para favorecer
nuestros intereses y convicciones, sino que también los distorsionan y
redimensionan según el dictado de nuestras emociones y provocan que una
misma realidad sea “vista” de manera diversa por personas distintas, y hacen,
por ejemplo, que los miembros de una pareja en medio de un proceso de
divorcio recuerden pasados completamente diferentes y que la mitad de un
campo de fútbol esté convencida de que se ha producido un penalti y la otra
mitad de que no se ha producido.

A esa reinterpretación fisiológica de las cosas debe añadirse el arsenal


interpretativo cultural a través del cual tenemos que pasar para llegar a la
realidad, que depende no solo de su interacción con las características físicas
que nos conforman (nuestro sexo, nuestra raza, nuestra complexión, nuestra
capacidad o incapacidad física) o con nuestra biografía personal (nuestros
traumas, nuestros complejos, nuestras experiencias, nuestra educación
sentimental), sino también con el imaginario colectivo existente en las
coordenadas espacio-temporales en que estamos insertados y con nuestro
encaje convencional en la sociedad determinada en que vivimos (nuestra
clase social, nuestra tradición cultural, nuestro rango profesional, nuestro rol
de género, etc.).

Esto debería ser suficiente para ser cautos y saber que nosotros construimos
internamente la “realidad” a través de infinitas operaciones inconscientes,
que la realidad es aquello en lo que estamos instalados —al ser parte de
ella—, pero no lo que creemos aprehender, al igual que una gota de agua
nunca podrá imaginar el océano del que forma parte. O, por poner otro símil,
no podremos ver nunca la realidad de igual manera que nunca podremos ver
nuestra propia fisonomía (nuestra cara, nuestros ojos); lo único que podremos
ver es una imagen de nosotros en un espejo o en una fotografía. Esa imagen,
que no somos nosotros, que no participa de nuestras propiedades y nuestros
sentimientos, y que, incluso, vemos invertida, es lo máximo que podremos ver
nunca de nuestro rostro y es una buena metáfora de lo que es nuestra
percepción de la realidad: una imagen inexacta y superficial, una mera
apariencia de lo que de verdad hay. La realidad es lo que está a este lado del
espejo; lo que sabemos de ella es lo que parece estar al otro. Así que podría
decirse que el mundo en el que vivimos se compone de dos cosas: una, lo que
acontece y otra, de lo que tenemos noticia, esto es, lo que procesamos. Esto

62
último es un constructo mediatizado por infinitud de factores psico-fisiológicos
y culturales.

¿Quiere decir esto que la verdad es inalcanzable? No. Podemos hacer


afirmaciones correctas sobre lo que hay. El hecho de que nuestros dispositivos
técnicos funcionen con tanta precisión parece prueba suficiente de que los
fundamentos científicos en que se basan son descripciones exactas de la
realidad o, por lo menos, enormemente aproximadas. Lo que se trata de decir
aquí es que, en general, no experimentamos esa verdad inmediatamente —tal
como nos parece de manera intuitiva—, sino que de lo único de lo que
tenemos noticia directa es de las imágenes mentales y representaciones que
nos hacemos de la realidad, de unos estados internos de consciencia (que
tienen que ver con cosas variables, que no controlamos, como redes
neuronales, sinapsis, cantidades determinadas de hormonas y otras
substancias en sangre, así como impulsos eléctricos y liberación de
neurotransmisores), por lo que, la mayoría de las veces, el único modo de
conseguir verdad es a través de la interposición entre la realidad y nosotros
de una serie de instrumentos y procedimientos objetivos que eliminen sesgos,
prejuicios y falacias y nos permitan acceder a ella de una manera lo más
aproximativa posible.

Pero si todo el mundo parece estar de acuerdo en que hay una realidad fuera
de nosotros que de alguna manera podemos aprehender, entender y
compartir, una verdad a la que podemos llegar —si no pensáramos que
podemos encontrarla juntos, no nos molestaríamos en discutir con quien no
opinara como nosotros—, ¿por qué nos negamos a transitar ese camino que
nos llevaría a converger en ella? ¿Por qué no utilizamos los instrumentos
epistemológicos de que disponemos para apartar la niebla que la envuelve?
Alguien religioso podría acabar esta discusión simplemente diciendo que los
caminos del Señor son inescrutables (y las religiones pueden adoptar muchas
formas: nacionalismos, ideologías económicas, visiones del mundo
totalizadoras...). Pero ¿qué tiene que decir a esto la gente que en teoría no
está dispuesta a que el dogma guíe su criterio?

Esta desconfianza creciente en una verdad común no dogmática y en un


medio universal para encontrarla (el método científico, el razonamiento lógico,
la observación empírica y desapasionada), que parecía haber perdido fuerza
tras la noche del medievo, empezó probablemente a resurgir con eso que ha
venido a llamarse la posmodernidad y su puesta en cuestión del saber y de la
ciencia. Y no es que sus postulados no aportaran en sí conocimiento sobre el
mundo, sino que esa propensión que tenemos los humanos de rechazar las
medias tintas y los matices nos llevó al extremo de encumbrar sin reservas las
nuevas ideas y rechazar en bloque las antiguas.

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La posmodernidad tuvo el gran acierto de desenmascarar ciertas “verdades”
admitidas por todos, señalando que eran meros constructos, es decir, negó su
supuesta naturalidad, poniendo de manifiesto su relación con mecanismos
invisibles de dominio. Se descubrió, entre muchas otras cosas, que no era una
prerrogativa de Dios el verbo performativo, el hágase la luz, sino que también
lo poseían las personas, y que la mera pronunciación de palabras creaba
situaciones determinadas y establecía relaciones de subordinación entre unos
y otros. De igual manera, se puso de relieve la violencia simbólica del medio
sobre los individuos y el control sobre los cuerpos por parte del poder,
mostrando la naturaleza convencional de algunos “hechos biológicos”, y se
cuestionó el concepto de cordura y de locura, así como lo artificial de las
construcciones de género. Se refutó la supuesta universalidad de los
metarrelatos o explicaciones totalizadoras, rebajándolos a simples puntos de
vista, como la visión de un varón blanco heterosexual de clase media, la
superioridad de la civilización occidental, e incluso la propia historicidad y
arbitrariedad en la construcción de la ciencia, arguyendo que no eran más que
narrativas dominantes, que, de igual manera que eran así, podían haber sido
de otra forma.

Todo esto aportó conocimiento y nuevas perspectivas al discurso, pero


también creó la sensación de que ya no era posible llegar a una verdad común
o conseguirla a través de un único medio para todos. Sin embargo, el hecho
de que haya cambiado la manera de ver las cosas no implica que la verdad
haya dejado de ser una ni que se puedan tomar atajos para llegar a ella. Si
bien es cierto que el camino de la ciencia puede estar sembrado de prejuicios,
pues los científicos no dejan de ser humanos, y que la ciencia no se produce
en la nada, pues la actividad científica está conectada con la gestión política y
la vida sociocultural, sus resultados finales, siempre sujetos a falsación, se
encargan de cribar los errores gnoseológicos que se hayan podido cometer.
De igual manera, es cierto que la superioridad occidental es un
convencionalismo infundado, pero eso no implica que haya que ignorar todas
sus conquistas ni que haya que adoptar un nihilismo absurdo que estime igual
cualquier cultura por el simple hecho de existir, es decir, que la valore de una
pieza, sin distinguir entre sus logros y sus desaciertos. Las diferentes
civilizaciones tienen cosas buenas y malas y señalar sus deficiencias no se
puede considerar un prejuicio etnocéntrico; lo que sí lo es, por ejemplo, es
decir que la civilización occidental es superior a las demás, así, en general, sin
especificar en qué. En todo caso, hablar como un todo de civilización
occidental —como de cualquier otra— es arriesgado e impreciso, pues
engloba cosas muy diversas y a veces irreconciliables, además de encuadrar
en su tradición a individuos que poco tienen que ver entre ellos, como, por
ejemplo, un campesino católico con diez hijos de la baja Sajonia y un profesor
ateo gay de la Universidad de Columbia en Nueva York. Es bastante probable
que estos dos individuos tengan en muchos aspectos más puntos en común

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con personas de “otras” civilizaciones que entre sí. Pero, prescindiendo de
eso, y de que las civilizaciones no se desenvuelven en compartimentos
estancos (¿a quién debemos la pólvora, los espaguetis o la imprenta?),
podríamos decir que la civilización occidental ha aportado al mundo, entre
otras cosas, el capitalismo salvaje, el ku klux klan, el nazismo y las ojivas
nucleares, pero también ha dado a Miguel Ángel, a Julie Andrews y a Bach, ha
sido pionera en la lucha por los derechos civiles y ha producido a sir Alexander
Fleming y con él la penicilina. La civilización oriental, por su parte, ha
aportado el burka, la sharía, el omnipresente “made in China”, el ubicuo
manierismo del manga, pero también el papel, la numeración arábiga, al
Mishima literario, el álgebra, el anime de Miyazaki, el cine de Yasujiro Ozu, la
escritura o la meditación.

Pero el posmodernismo se paró a medio camino: únicamente desenmascaró el


eurocentrismo, y, en general, el etnocentrismo occidental. Eso trajo consigo
un activismo multiculturalista mal entendido, que, en vez de considerar los
aspectos negativos y positivos (desde un punto de vista ético) de cada
civilización, se posicionó a favor de la bondad per se de toda cultura, y nos
hizo retornar a una visión romántica de los pueblos, las identidades, y los
nacionalismos, es decir, se valoró más la inmanencia de una cultura, su
singularidad, que el contenido ético de sus expresiones, cuando son cosas
completamente diferentes. O, incluso, se proclamó la eticidad de un rasgo
cultural por el mero hecho de serlo. El comprensible rechazo a conglomerados
políticos supranacionales regidos en último término por instancias no
democráticas y una reacción lógica a la globalización y la colonización de las
ciudades por las grandes marcas que fomentan un estilo de vida
estandarizado, con la consiguiente uniformidad y pérdida de singularidad
cultural, ha cruzado la línea de lo razonable y se ha situado en el otro
extremo, echándose en los brazos del tribalismo desaforado.

Asimismo, como no existe ningún metarrelato ni ninguna cultura superior, se


dice que tampoco existe una realidad —y por ende una verdad— que todos
podamos compartir, lo que permite que cada uno busque en su interior su
verdad y que ésta tenga tanto valor como cualquier otra verdad. Si no existe
un conocimiento que descanse en una realidad fiable, si no vale más un saber
que otro, ¿por qué no habría yo de fiarme de mis propias intuiciones? ¿Acaso
no está lleno de sesgos también todo lo demás?

Esta preterición de la objetividad en favor del propio sentimiento, de lo


identitario, de lo mágico —ha habido un resurgimiento del cultivo de lo
sobrenatural y los aspectos arcanos de las culturas antiguas—, unido al propio
oscurantismo buscado de propósito por algunos filósofos de la
posmodernidad, ha llevado a muchísima gente en pleno siglo XXI a mantener
posiciones preilustradas, a sentirse atraída por la sombra y por lo abstruso, y

65
a negarle el “derecho” a la ciencia o a la razón a tratar de arrojar luz sobre
esa penumbra en la que se encuentran tan a sus anchas. Proliferan, por
ejemplo, los programas en televisión de echadores de cartas o las técnicas de
medicina alternativa sin que nadie parezca opinar que debería exigírseles a
sus promotores que demostraran su veracidad y eficacia, y, en este aspecto,
cada vez existen menos diferencias entre las mentalidades de los
compradores de un mercado medieval y los consumidores de una urbe
corriente del tercer milenio.

Estamos asistiendo a una jivarización en la forma de discurrir. El pensamiento


mágico e irracional se extiende, y a todo el mundo le parece bien, pues no es
más que otra manifestación de la libertad de expresión. La democracia ya no
implica que cada ciudadano tiene un voto igual (en realidad, gracias a
d’Hondt, hace tiempo que no significa eso), sino que todos tienen el mismo
derecho a opinar sobre cualquier tema y —esto es lo más importante— sus
opiniones tienen el mismo valor que las de cualquiera. Eso, por supuesto, ha
fortalecido la pretensión de la religión de que la razón nada tiene que decir
acerca de sus postulados y de que la ciencia y las confesiones se mueven en
caminos paralelos. Como corolario de esto, se ha puesto de moda la
indignación, como si ésta otorgara algún tipo de verdad a los enunciados que
acompaña. Por supuesto que en la coyuntura actual existen sobradas razones
para indignarse, pero convendría recordar que la indignación no es más que
una alteración del estado de ánimo de la persona, una reacción
psicofisiológica que implica la elevación de los niveles de adrenalina y
noradrenalina en sangre, el aumento de la tensión arterial y el ritmo cardiaco
y la consiguiente ofuscación mental que estos procesos internos conllevan.
Tan indignado puede sentirse un islamista porque una mujer no vista burka
como un estudiante porque recorten la cantidad presupuestaria dedicada a
becas. En ambos casos, lo justificado de la indignación ha de buscarse fuera
de la propia emoción, que en ningún caso otorga un gramo de razón a quien
la padece. Ahora la fundamentación de la adhesión a tal o cual forma de
pensar no reside en el peso de sus argumentos, sino en la mera voluntad de
quien se adhiere a ella. Mi sentimiento religioso, mi sentimiento nacional, mi
indignación ante las “injusticias”, mi propio sentimiento particular como
individuo están por encima de la crítica y pueden incluso anteponerse a
derechos civiles de otras personas, porque ¿quién es quién para juzgar un
sentimiento?

Si es cierto que el medio es el mensaje, la corporalidad del soporte clásico de


la información —el papel— quizá haya otorgado a su contenido a lo largo de
los años un peso, una entidad, que empezó a desaparecer con la llegada del
formato electrónico, y ahora, con la implantación de Internet, se está
volatilizando a marchas forzadas. El hecho de buscar un libro, ir a una librería,
pasear entre sus estanterías, elegir ése y no otro, es casi un ritual que dota de

66
seriedad al mismo acto de la elección y constituye una promesa de dicha
cuando uno se sumerja en su lectura. Cuando alguien se toma en serio todo
eso, en cierta manera, adopta un compromiso consigo mismo. Aquello que
sostiene materialmente en sus manos es lo que le va a proporcionar
aprendizaje; es, pues, un tesoro. Y hay, por tanto, que dedicarle tiempo. Hoy
en día, sin embargo, es cada vez más difícil que ese ritual se produzca, porque
es mucho más fácil “leer”, casi sin necesidad de escoger. Uno compra el
e-book con que ha sido bombardeado apenas sin advertirlo cada vez que ha
entrado en las docenas de páginas web que visita al día y lo lee cuando tiene
un poco de tiempo, entre las mil cosas que lee o visiona diariamente (blogs,
tweets, posts de Facebook, Instagram, mails, wasaps, revistas en la red,
televisión, plataformas digitales, canales de youtubers), que contienen una
cantidad de información inmensa e inasimilable. El pensar, la comprensión de
la información, requiere detenerse a reflexionar, pararse a tratar de entender
lo que se está leyendo, pero si el curso del pensamiento es continuamente
interrumpido para añadir nuevos datos y nueva información, que exige a su
vez una inmediata respuesta, ¿cómo es posible que pensemos que realmente
hemos entendido algo? En realidad, no nos importa. Hoy disponemos de más
información que nunca, estamos continuamente asaetados por miles de datos
y cada vez sabemos menos. Al conocimiento se le ha negado ya su necesario
tiempo de fermentación. El saber actual es inestable y evanescente, se
evapora como el alcohol al contacto con el aire. La gente ya no lee: ahora
escanea. Consecuentemente, la otra cara de la moneda es que ya no nos
paramos a pensar lo que vamos a decir ni la manera en que lo vamos a
formular, puesto que, no bien tratamos de asimilar lo que tenemos delante, ya
hemos pasado de pantalla. Al igual que el tiempo devora los segundos a
medida que los va produciendo, las emisiones de posts y de tuits llegan casi
obsoletos a los terminales receptores y son sustituidos inmediatamente por
los siguientes. ¿Qué sentido tiene preocuparse en decir cosas sensatas tras
una reflexión madurada si van a caer inmediatamente en el olvido? Se ha
apuntado que llegará un día en que las personas no necesitaremos saber qué
queremos, pues los big data, la colosal cantidad de datos que nuestras huellas
van dejando en la nube, serán suficientes para que la gestión automatizada
de todo ese cúmulo de particularidades pueda proporcionarnos más
información acerca de nosotros que la que nosotros mismos poseamos. ¿Qué
sentido tendrá entonces querer saber algo? ¿Nos estamos volviendo más
inteligentes o más perezosos? (hay cifras que apuntan a que el CI de los
millennials es superior al de generaciones pasadas y otras a lo contrario). ¿Es
cierto que, como apunta James Flynn, las nuevas generaciones están ancladas
en el pequeño y a la vez inabarcable mundo del presente, y han perdido toda
dimensión histórica?

A pesar de que la posmodernidad ha abrazado —entre otros relativismos— el


relativismo epistemológico, según el cual no existiría una verdad única, sino

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muchos relatos igualmente válidos, nadie niega seriamente que no haya
narrativas que integren más verdad que otras por su mayor aproximación a la
realidad, y, por ende, que existe un saber objetivo. No obstante, cada vez son
más las voces que afirman que ya no estamos en el tiempo del conocimiento,
tiempo necesitado de sosiego, meditación y diálogo, sino que ahora vivimos
en un tiempo acelerado, efímero, que no casa bien con la búsqueda de la
verdad, un tiempo que, paradójicamente, no solo es tiempo de ruido —de
tweets, de wasaps, de opiniones infundadas—, sino que, además, vuelve a ser
tiempo de silencio, pues, a veces, la razón prefiere callar al no hallar cauce
sosegado para discurrir, o, al temer no encontrar argumentos como respuesta,
sino insultos, troleo y descalificación.

El fundamentalismo islámico —y también cristiano— parece tener más salud


que nunca. Las “ciencias alternativas” y la magia se multiplican como setas
tras la lluvia. El terraplanismo y el creacionismo ganan terreno cada día.
También lo hacen los programas del corazón y las tertulias políticas
orientadas por dinámicas de show business, programas todos ellos que llevan
la complejidad intelectual a su mínima expresión. El término posverdad se ha
convertido en un lugar común. El renacimiento del nacionalismo y de
movimientos parafascistas se extiende sin trabas como si la historia no nos
hubiera enseñado nada. La inmersión en el discurso público de la juventud
actual se hace a través de medios instantaneistas que privilegian los juicios
rápidos y sin fundamento y la emoción como única guía, colocando todas las
opiniones en el mismo nivel de autoridad...

Que exista un gran número de personas que practiquen el pensamiento


crítico, que permanezcan fieles a la razón y a un sano escepticismo, y que
estén dispuestas a poner en cuestión no solo el mundo, sino sus propias
convicciones, no es suficiente. Únicamente es suficiente si la masa crítica de
esas gentes supera un porcentaje de la población. Siempre ha sido así. Si el
80% de la población de un lugar profesa, por ejemplo, el integrismo wahabita,
es irrelevante que el 20% restante esté compuesto de premios Nobel: las
mujeres vestirán el burka. Quizá cabría, pues, preguntarse: ¿cambiará la
composición de la población mundial hasta el punto de que ya no se alcance
esa masa crítica que contenga el derrumbe civilizatorio? ¿Habremos
sobrepasado ya ese tiempo en que el dique que contenía la barbarie, es decir,
el conocimiento, significaba detenerse de verdad en las cosas para tratar de
entenderlas?

Si se puede imaginar metafóricamente el conocimiento adquirido por la


humanidad como el resultado de una conversación milenaria
intergeneracional que ha ido conformando el saber a fuerza de eliminar los
argumentos fallidos y privilegiar los acertados, podría decirse que la
conversación ha entrado en un estadio de griterío generalizado, de

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contaminación acústica, que impide que la palabra más sensata se oiga entre
el bramido que todo lo llena. En tales condiciones, cada vez es más difícil
pararse a distinguir las voces de los ecos, porque el efecto más significativo
de haber transformado esa conversación en una cháchara ininteligible ha sido
vaciar de significado la palabra verdad. A veces, a uno le invade el pesimismo
al presentir lo que, en estas condiciones, está por venir, y siente la tentación
de parafrasear a alguno de los personajes de Juego de Tronos cuando mira
aprensivamente al horizonte, mientras murmura con un escalofrío
recorriéndole la espalda: Winter is coming.

26/8/2018

Antonio Antón
El «etnopopulismo» de Puigdemont

La derecha independentista catalana es nacionalista y neoliberal. Sus


expresiones políticas neoconvergentes, desde el PDeCAT y Junts per
Catalunya hasta el actual proyecto de la Crida Nacional per la República, bajo
el liderazgo de Carles Puigdemont, han acentuado a través del procés su
proyecto independentista. Han promovido una fuerte polarización frente al
Estado español, un nacionalismo radical no inclusivo y en confrontación con la
otra mitad de la sociedad catalana no independentista. Así mismo, han
generado una gran activación movilizadora, discursiva y retórica.

Paralelamente, las derechas unionistas del Partido Popular y Ciudadanos están


intentando consolidar un movimiento nacionalista de carácter españolista y
conservador, dentro y fuera de Cataluña, para oponerlo al proceso
independentista. El anterior Gobierno de M. Rajoy se ha caracterizado por sus
políticas socioeconómicas neoliberales y regresivas, así como por el
inmovilismo institucional y las medidas autoritarias y represivas respecto del
conflicto catalán. Además de su rigidez neocentralista y antinacionalista
(periférica), su último giro de gran nacionalismo exclusivista dirige su mirada
contra la inmigración.

La confrontación institucional-nacionalista, dirigida por ambas derechas, ha


pasado su fase más álgida. Algo ha empezado a cambiar en los dos
conglomerados no homogéneos. Por un lado, el desalojo del poder
gubernamental del PP de Rajoy, con una crisis de poder y relato de las
derechas, tentadas de profundizar un giro derechista y de nacionalismo
reaccionario. Así mismo, el nuevo Gobierno socialista, cuyo presidente Pedro
Sánchez ha sido investido por las fuerzas alternativas y nacionalistas, ha
abierto un nuevo clima político, con expectativas de un talante más social y
un abordaje más dialogante de la cuestión territorial.

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Además, superando el bipartidismo, persiste una gran corriente popular
crítica, representada por Podemos, Izquierda Unida y sus aliados y
convergencias (catalana, gallega, valenciana… y agrupaciones
municipalistas), con un proyecto de país de países diferenciado, democrático y
plurinacional y una apuesta decidida por la democracia social y económica; es
decir, existe una tercera posición distinta a la de las dos derechas y
susceptible de colaboración y competencia con el proyecto socialista para
promover un cambio de progreso en España.

Por otro lado, se ha iniciado en el bloque independentista una reflexión


interesante para reajustar su estrategia a la nueva realidad y a sus
dificultades para imponer de forma unilateral la República. Dejo al margen la
valoración detallada de las posiciones de Esquerra Republicana de Catalunya,
más realistas en la búsqueda de salidas a la cuestión nacional y con mayor
sensibilidad en lo social y que, según algunas encuestas, puede acceder al
liderazgo independentista en el medio plazo. Y me centraré en la crítica al
sector hoy dirigente del procés y liderado por Puigdemont/Torra: su
intensificación nacionalista e independentista busca mantener su hegemonía
y esconder su responsabilidad en la grave cuestión social existente en
Cataluña. Es, pues, una estrategia instrumental de una élite gobernante para
conservar su poder institucional y económico, sus políticas neoliberales y su
hegemonía político-cultural.

Su fragilidad es que no responde a la diversidad nacional catalana ni a las


necesidades socioeconómicas de la mayoría social. Tampoco se asienta en
una valoración realista de las relaciones de fuerzas en España y Europa. El
objetivo real no sería la construcción de una República independiente (el fin)
en pugna con el Estado español sino alimentar un procés (el medio) con la
combinación de un discurso de emplazamiento rupturista y una gestión
autonómica adaptativa y ventajosa, que garantice la auténtica finalidad de
mantener su hegemonía institucional y la continuidad de sus políticas
neoliberales con la subordinación de las capas populares y los demás agentes
sociales y políticos.

Tras esta pequeña síntesis del contexto, el objeto de estas reflexiones es la


valoración de los fundamentos ideológico-políticos del nacionalismo catalán
representado por el liderazgo de C. Puigdemont, en el marco del conflicto
nacional y social en Cataluña y España.

Sin llegar al extremo de otros nacionalismos excluyentes, xenófobos y


autoritarios de varios países europeos o al antagonismo total con otras
naciones o sectores de distinto origen étnico-cultural, esos rasgos de
confrontación nacionalista-institucional de ambas derechas se pueden
interpretar bajo la lógica de un nacionalismo no inclusivo, también llamado

70
etnopopulismo, basado en el conflicto nosotros/ellos que busca la supremacía
nacional en una sociedad plural. Es una polarización nacional singular,
vinculada a la realidad plurinacional española, aunque más cerca del
populismo autoritario y de derechas de C. Schmitt que del populismo
democrático y de izquierdas de E. Laclau.

Este ensayo explica en qué sentido se puede hablar de etnopopulismo para


analizar el nacionalismo radical de Puigdemont y la actual élite dirigente del
bloque independentista, así como la reacción españolista de las derechas
unionistas; por qué la lógica populista es incapaz de ofrecer una salida al
conflicto social y nacional en Cataluña, y cuáles son las principales
limitaciones del enfoque nacional-populista y las estrategias políticas que
priorizan la independencia y esa construcción nacional.

La conclusión es clara: es necesaria una tercera opción política,


integradora-transversal en lo nacional e igualitaria-solidaria en lo social, junto
con el desarrollo de una teoría social, crítica y realista, para garantizar la
superación de esa dinámica de confrontación hegemonizada por ambas
derechas exclusivistas, neoliberales y regresivas y abrir una nueva etapa de
cambio de progreso, democrático y solidario, en Cataluña y en España.

El populismo como lógica de antagonismo y construcción discursiva

Comienzo por precisar algunos conceptos. ‘Popular’ es distinto de ‘populista’.


Algunos autores lo confunden y a todo tipo de descontentos sociales y
movimientos populares y nacionales los llaman populistas. Desde el poder
establecido para descalificarlos. Desde ámbitos progresistas para visibilizar y
reconocer un proceso que, dada la crisis y confusión de distintas
formulaciones de izquierda, en una situación de orfandad teórica, anuncia dos
rasgos básicos: su carácter popular y su tendencia ascendente.

La palabra ‘popular’ también está sujeta a la disputa por su significado.


Incluso derechas europeas han formado el Grupo Popular en el Parlamento
europeo y en España se llaman Partido Popular. No obstante, todavía en el
lenguaje habitual la palabra popular se asocia a la gente común, a los de
abajo, a las clases trabajadoras y capas medias (estancadas o descendentes),
diferenciados de las élites dominantes y oligarquías. Es menos confusa y tiene
menos contraindicaciones que el significante ‘populismo’, y es más flexible y
realista para describir el actual proceso sociopolítico que el convencional de
clase social homogénea, el de individualismo liberal o el de la fragmentación
postmoderna.

Sin embargo, populista no tiene solo esa acepción sociodemográfica e


indefinida políticamente, sino que posee un sentido teórico de antagonismo e

71
idealismo discursivo, como preponderancia constructiva de la política y el
sujeto. También tiene un sentido político más polisémico y problemático al
estar asociado a todo tipo de corrientes sociopolíticas, desde la extrema
derecha a la extrema izquierda pasando por el centro y el nacionalismo.
Además, incorpora no solo a movimientos ‘populares’ (de capas dominadas)
sino a procesos de composición mixta, popular y oligárquica o de clases
dominantes, así como nacionalistas (o neoimperialistas).

Por tanto, para el enfoque populista la palabra ‘pueblo’ (o ‘nación’) y ‘popular’


no hace referencia a la pertenencia (real) a una situación o estatus social y
económico de subordinación. Tampoco a una experiencia relacional y cultural
de la gente común o popular de subalternidad y en conflicto con las capas
dominantes (sean el 1% o, más realista, el 20%) con unos intereses,
demandas y expresiones sociopolíticas y culturales diferenciados.

Para el enfoque populista son significantes cuyo significado se ha construido


discursivamente por el relato, los mitos o la adhesión política promovidos por
una élite. Es decir, el pueblo catalán sería no el que vive y trabaja (e
interactúa) en Cataluña, concepto inclusivo con su ciudadanía civil y social
reconocida, sino las personas que son (esencialmente) o se sienten
(subjetivamente) catalanes nacionalistas (independentistas), excluyendo de
ese significado a los no nacionalistas.

Con la prioridad de ese discurso y el consiguiente esfuerzo de socialización


cultural o nacionalización identitaria, el etnopopulismo o el nacionalismo
exclusivista puede construir una realidad virtual de cierre identitario,
despreciando la realidad real de la interacción social concreta de la gente y su
conformación sociopolítica a través de su experiencia relacional, sus vínculos
sociales o su práctica político-cultural e interpretativa.

Por tanto, es insuficiente esa lógica procedimental de lo político como


construcción discursiva del sujeto. Del determinismo esencialista o
estructuralista se pasa a la indeterminación posestructuralista. Supone un
reduccionismo del ámbito propio de lo social y la relación de fuerzas sociales,
políticas y estructurales, según los contextos y trayectorias. Para esa versión
idealista postmoderna es secundario la propia experiencia de subordinación
de la gente, sus prácticas sociales y culturales, vividas e interpretadas. Lo
importante sería la intensificación de la nacionalización del relato,
controlando, eso sí, todos los aparatos de poder cultural, mediático e
ideológico. La deriva peligrosa es el fanatismo y la imposición autoritaria de
una doctrina y su aplicación.

Hay que precisar bien el carácter sustantivo de cada tendencia sociopolítica


llamada populista, en los ejes principales en que se han dividido los campos

72
político-ideológicos en los últimos siglos: autoritario, reaccionario, regresivo,
segregador y dominador, o bien, democrático, progresista, igualitario,
solidario y emancipador. Entre esos dos campos hay zonas intermedias, pero
no vale la transversalidad como opción global. Existen intereses compartidos
y objetivos comunes de toda la humanidad. Pero, en situaciones de
desigualdad y dominación la solución no es el consenso centrista. La actitud
cívica debe ser la confrontación frente a las oligarquías poderosas, opresoras
o élites dominantes, en defensa de las capas subalternas, oprimidas o
‘populares’, con unos valores de igualdad, libertad y fraternidad.

En definitiva, la teoría populista es una lógica política basada en dos


elementos: el antagonismo entre dos polos (nosotros/ellos; abajo/arriba), y la
construcción de la política y del sujeto social a través, sobre todo, del discurso
de un liderazgo. O sea, al igual que el marxismo clásico, conserva la dialéctica
hegeliana; pero a diferencia de su materialismo, da un vuelco hacia el
idealismo (hegeliano o postmoderno) en la interpretación y la configuración de
la política. Hay una minusvaloración de la realidad social, que se considera
fragmentada y pasiva, y una infravaloración de la interacción sociopolítica y
cultural y la experiencia de los distintos actores. No se valora suficientemente
la relación de fuerzas y las condiciones sociohistóricas, económicas y
estructurales de los actores concretos. Las bases sociodemográficas y sus
intereses son secundarios. La realidad se construye con el discurso (de la
élite), con los mitos y relatos que, en la medida que hay gente que los asume,
permiten la constitución del pueblo. Es la política, entendida como discurso de
una élite (o representación popular), el agente activo.

Con ocasión de la crítica acertada al marxismo mecanicista o el determinismo


economicista (no tanto al determinismo político-institucional y étnico-cultural
que suelen practicar), el enfoque populista se pasa al extremo contrario del
constructivismo idealista, basado en la voluntad y la subjetividad, hacia el
culturalismo como palanca transformadora a gestionar desde las instituciones
públicas conquistadas desde esa hegemonía cultural previa.

Por tanto, la lógica populista ofrece un rasgo común dialéctico-procedimental


—antagonismo e idealismo discursivo—, pero no es una ideología política
—como el socialismo, el liberalismo, el republicanismo, el conservadurismo o
el nacionalismo—. Y es compatible con (casi) todas ellas. Así, como estrategia
y teoría política es incompleta o ambigua y necesita explicitarse acompañada
con partes, más o menos eclécticas, de esas ideologías tradicionales. Junto
con el carácter de cada uno de los dos polos —dominantes y dominados (y
otros intermedios o mixtos)—, el tipo de interacción y los objetivos de su
trayectoria dan lugar a distintos populismos, algunos antagónicos entre sí,
precisamente por lo sustancial, por su distinto sentido político o nacional y su
actitud más radical (hacia un extremo u otro) o más moderada (centrista o

73
transversal).

La lógica populista, incapaz de ofrecer una salida al conflicto en


Cataluña

En lenguaje de E. Laclau (y de C. Schmitt), el choque en Cataluña sería entre


dos nacionalismos o etnopopulismos excluyentes y polarizados, construidos
discursivamente, que han sido capaces de arrastrar y representar a sectores
populares relevantes, para recomponer su doble hegemonía cultural e
institucional, con su representación política respectiva. Sería un perfecto
ejemplo de validez de la lógica dialéctica del antagonismo (populista,
nacionalista o marxista) para explicar los procesos políticos. Aparte del
populismo de derechas y el populismo de izquierdas, tendríamos el populismo
de confrontación nacionalista o, más bien, los nacionalismos de confrontación
populista. Todo bajo la dialéctica del antagonismo nosotros/ellos y la
supremacía del discurso en su construcción, es decir, de la dialéctica de
contrarios y el idealismo hegeliano o postmoderno en la conformación de
ambos sujetos.

Sin embargo, la tesis aquí mantenida matiza esa interpretación y es la


contraria en su conclusión normativa: la incapacidad de la lógica populista
para explicar y ofrecer una salida de progreso al conflicto nacional y social en
Cataluña y con el resto de España. Ese es el enfoque relevante para las
fuerzas del cambio y sectores progresistas y alternativos.

Por supuesto, esa dinámica de polarización contiene elementos de


antagonismo y se puede interpretar desde diversas teorías del conflicto social
y político, incluido el enfoque populista… de derechas. Pero ambos actores
principales, el bloque independentista —Junts per Catalunya/ERC/CUP— y las
derechas españolistas —Ciudadanos y PP— reniegan de esa nominación y esa
teoría explicativa y legitimadora. Su retórica dominante es nacionalista y
liberal, junto con formas rupturistas.

Aparte de la insuficiencia del pensamiento liberal, hay que superar el discurso


de ‘clase’ y el discurso de ‘nación’, pero también la interpretación populista
que, afortunadamente, tiene poco peso entre las fuerzas del cambio en
Cataluña. La mirada principal durante el procés ha sido la nacionalista de
ambos lados, que, aunque con rasgos comunes, no hay porqué asimilarla a la
teoría populista. Dicho de otra forma, la lógica populista, la dialéctica idealista
de lucha de contrarios, hegeliana o postmoderna, tiene cierto parecido con
(parte de) la realidad, pero es abusivo encajar toda la lucha nacionalista (o la
lucha de clases y popular) bajo ese enfoque extremo, antagonista e idealista,
con polos abstractos. Tampoco sirve para explicar bien la realidad catalana y
menos para aportar una estrategia igualitaria y emancipadora.

74
Podríamos decir que su lógica de confrontación tiene más que ver con la
polarización política y discursiva de C. Schmit, como ideólogo del populismo
de derechas (extremo), con la supremacía e imposición étnica y nacional
frente a los otros, que del populismo de izquierdas (o socialista, progresista y
de clases dominadas) de E. Laclau y Ch. Mouffe, con su dicotomía abajo/arriba
o democracia/oligarquía. O sea, la confrontación entre nacionalismos
autoritarios y xenófobos, dominantes en el centro y este de Europa, así como
la experiencia nefasta en la I Gran Guerra mundial, los nazi-fascismos de los
años treinta y cuarenta del siglo pasado o las guerras de los años noventa en
la antigua Yugoslavia, están asociadas más a la versión del nacionalismo
excluyente o etnopopulismo de extrema derecha que al populismo de
izquierda. Pero, son, sustantivamente, conflictos (étnico)nacionalistas (o
interimperialistas).

No obstante, al menos en el ámbito social y en la convivencia ciudadana en


España y en Cataluña, la intensificación de la segregación, el autoritarismo y
la supremacía nacional y racista no han llegado a esos extremos de
imposición institucional neofascista o fanatismo identitario generalizado. Por
tanto, el populismo de extrema derecha (o la acusación a ambos de fascismo)
tampoco es aplicable al grueso de la gestión de los dos campos en conflicto,
los dos bloques de poder representados por
Puigdemont-Torra/Arrimadas-Rajoy y Rivera-Casado, aun con excesos
verbales de algunos de sus dirigentes. Sería necesario que la dinámica
conflictiva subiera otro peldaño cualitativo en la agudización de la
confrontación nacional y la segregación sociocultural, cosa hoy improbable,
salvo para la deriva antinmigración.

En consecuencia, políticamente, es contraproducente nombrar igual


—populismo— o establecer un campo común (emergente) entre fuerzas
progresistas (incluso centristas y de izquierda radical) y la nueva extrema
derecha o tendencias xenófobas y autoritarias, por el simple hecho de
representar una polarización de élites nacionales distintas entre sí. Algunas
coinciden en cierto soberanismo patriótico y son opuestas al consenso
europeo de la austeridad y a la construcción europea con déficit democrático
y la subordinación de los países periféricos bajo la hegemonía
liberal-socialdemócrata (alemana). Son reajustes y nuevas jerarquizaciones
entre las élites políticas nacionales en el proceso de construcción de una
nueva clase política europea, liberal-conservadora, hegemónica y de matriz
alemana.

El motivo de sumarlas para aparentar supremacía histórica o intelectual tiene


poco recorrido y credibilidad para definir objetivos, aliados y estrategias,
cuando lo sustantivo es el antagonismo tan fuerte entre esas dos tendencias
contrapuestas por su modelo social y democrático. Y, en todo caso, sobre qué

75
estrategia de cambio se implementa para conformar una tendencia
contrahegemónica por una Europa más social y democrática.

Un ejemplo que explica esos límites analíticos, políticos y teóricos del enfoque
populista lo tenemos, precisamente, en Cataluña, en su interior y en relación
con el Estado español. Es uno de los territorios europeos de mayor
antagonismo y confrontación política en los términos nacional-estatal, no en lo
social, que ha aparecido subordinado. Se ha conformado una unidad en cada
campo nacional-estatalista sin la clásica transversalidad catalanista, entrada
en crisis; o sea, esa polarización ha conseguido absorber su respectiva
transversalidad en lo social (capas trabajadoras, élites acomodadas, poder
económico e institucional), aun con algunas asimetrías. Al mismo tiempo, ha
habido una dificultad para la alianza social progresista de las capas populares
frente a ambos poderes establecidos y transversal y mestiza en lo nacional.

Esa realidad entrecruzada añade complejidad analítica y estratégica. Así, el


discurso y la identificación, ciudadana y de las élites, con el enfoque populista
son muy pequeños tanto por los dos bloques principales —independentista y
constitucionalista—, cuanto por la tercera posición, social, integradora y
solidaria, de los comunes (y parte del Partido Socialista). Esta tercera
identidad política tiene fuertes raíces históricas, culturales y sociopolíticas. En
los últimos tiempos se ha tenido que reafirmar en la superación de los dos
bloques nacionalistas en confrontación, y desarrollar una actitud transversal
basada en la convivencia intercultural y diferenciada del exclusivismo de las
dos tendencias dominantes. Así, la opción más unitaria tiene dos
componentes: la apuesta por una menor división nacional en la sociedad
catalana, con la implementación de una solución dialogada y democrática; la
prioridad de una agenda social favorable a la mayoría de las capas populares.

Esa posición es lo contrario del antagonismo nosotros/ellos del nacionalismo o


etnopopulismo de ambas derechas. Así, ninguna de las tres tendencias está
necesitada de una nominación populista por mucho que, especialmente, el
grupo de poder que representa Puigdemont haya practicado con su procés su
particular versión de nacionalismo etnopopulista.

La independencia se subordina a la hegemonía nacional, no al


anticapitalismo

Aunque exista una diferencia entre nacionalismo e independentismo que, por


ejemplo, afecta a sectores de la CUP, anticapitalistas, o de la anterior
dirección de Podem (A. D. Fachín y su equipo), su participación en la dinámica
de confrontación independentista ha estado subordinada al proceso de
antagonismo nacionalista impulsado por Puigdemont. La apariencia de
conflicto radical del marxismo revolucionario de esos sectores es lo más

76
asimilable a su nacionalismo antagonista, aunque se justificase como paso
intermedio hacia la revolución social.

Efectivamente, la mayoría de esos sectores se declara formalmente


‘internacionalista’, no nacionalista, y su proyecto dicen que es anticapitalista o
revolucionario: ya sea desde el enfoque leninista de la revolución por etapas,
una primera democrática y otra segunda socialista, o para aprovechar el
(supuesto) eslabón débil de la cadena imperialista de la UE; ya sea por la
doctrina trotskista de la revolución permanente, integrando los dos
componentes en un programa de transición hacia el socialismo. Pues bien, su
estrategia está fundamentada en un error analítico favorable al voluntarismo
y una actitud seguidista tras el nacionalismo, verbalmente rupturista con el
Estado, pero con un poder institucional regresivo y exclusivista que queda
embellecido.

No está claro que una República catalana hegemonizada por la derecha


neoliberal esté más cerca de la revolución social, incluso de un Estado de
bienestar más avanzado. Ni que la prioridad independentista y el antagonismo
identitario genere unos valores y vínculos solidarios y una experiencia
compartida para incrementar la relación de fuerzas para vencer a las
derechas y generar la capacidad conjunta para avanzar en un Estado
renovado y plurinacional más justo y, en todo caso, democrático. Ni que la
acción propagandística para construir realidad política transformadora sea
asimilable y capaz de contrarrestar la acción discursiva del gran poder
mediático y cultural del bloque neoliberal que dirige el independentismo.

O sea, si el procés independentista, para la derecha neoliberal catalana, es


una dinámica de afirmación de su poder de clase frente al Estado y contra el
riesgo popular de desestabilizar su hegemonía, la versión izquierdista del
procés pretende independizarse del Estado para, seguidamente, desbordar a
su derecha nacionalista neoliberal. Hasta ahora es más demostrable lo
primero que lo segundo.

Es decir, hay una ruptura entre la supuesta estrategia revolucionaria


anticapitalista y una táctica subordinada a la tarea independentista. Aparte de
la dificultad de que sea factible la independencia, queda por demostrar el
realismo y la coherencia de ese supuesto paso, como positivo o transitorio
para pasar a la siguiente fase de desplazar a las élites nacionalistas
neoliberales y sustituirlas por la auténtica representación popular que dirija un
proceso hacia una República socialista. Incluso si ese primer proceso diese
indicios de desestabilización social o rebelión popular abierta se enfrentaría al
objetivo principal del bloque de poder independentista: reforzar su hegemonía
de clase dominante. En todo caso, desde un mayor aislamiento nacional
todavía sería más difícil superar las constricciones fácticas y económicas,

77
estales, europeas y mundiales.

Desde luego, las diversas experiencias históricas de enlazar la lucha


democrática o de liberación nacional con procesos revolucionarios
prosocialistas no tienen nada que ver con la situación catalana. Ni la
posibilidad inmediata de construir una democracia socialista en el actual
corazón europeo capitalista. Las estrategias de cambio de progreso son más
complejas y, sin desconocer la historia, presuponen un esfuerzo teórico y,
sobre todo, práctico, de experiencia y convergencia de las fuerzas
progresistas y alternativas.

En ese sentido, hay que distinguir las distintas situaciones de poder y el papel
de la acción político-discursiva o de propaganda electoral. Las clases
dominantes tienen un gran control del poder económico e institucional (el
Estado, que solo parcialmente es un instrumento neutro). Necesitan
legitimación social y ahí tiene un papel crucial su capacidad para inculcar su
relato, mantener su hegemonía cultural y su versión del sentido común. La
burguesía ascendente ya tenía el control de muchos recursos económicos y
mercantiles y su revolución era ‘política’, y asentada en el poder económico,
social y cultural, contra la aristocracia del Antiguo Régimen.

No obstante, las capas populares, sin casi control económico ni de poder


gubernamental e institucional (o muy poco y periférico como la
representación parlamentaria, la gestión de algunos municipios y la
participación, cogestión o gobernanza dependiente en algunos organismos y
empresas públicas…), tienen que construir ese (contra)poder relacional, esa
capacidad transformadora y de influencia que deviene de su masividad cívica
y su posición activa y democrática en las relaciones sociales,
político-electorales y económicas. La vía ordinaria es acceder al poder
institucional por la legitimidad democrático-electoral, con los discursos y
programas representativos de su base social. Pero como están más en
desventaja en las relaciones de poder, deben contrapesarla con mayor
participación y activación democrática que la simple expresión electoral.

Por otro lado, las sociedades asisten a distintos cambios socioculturales en


muchos campos, a veces, por delante de sus clases gobernantes y de su
poder institucional. Se abren brechas de legitimidad de las élites dominantes y
dinámicas de cambio. Pero estamos hablando de cambios estructurales del
poder estatal, de bloques históricos alternativos, de la contrahegemonía
popular frente a los poderosos; y eso son palabras mayores para la
permisividad del potente bloque de poder neoliberal y reaccionario.

En los procesos de descolonización y de movimientos populares de liberación,


aparte de ciertos apoyos económicos internos, recibían el apoyo de otro gran

78
poder fáctico internacional: el bloque soviético, comandado por la URSS (y
China). Hoy día, los movimientos progresistas europeos no cuentan con el
apoyo significativo de poderes estatales e internacionales, económicos y
políticos. Desde el punto de vista geoestratégico no hay aliados fiables, ni
siquiera para una transformación profunda hacia una Europa social avanzada.
O sea, la base fundamental del cambio es la propia gente común de cada país
y la solidaridad europea, así como su capacidad de activación democrática y
alternativa.

Hacia una vía con credibilidad transformadora

Quizá, la experiencia más avanzada en el cambio político pacífico y


democrático, en las últimas décadas en Europa, aparte de los intentos de la
socialdemocracia clásica con el capitalismo de ‘rostro humano’ y el Estado de
bienestar, ha sido el eurocomunismo de los años setenta, especialmente el
italiano en el culmen de su influencia, y el programa común de izquierdas
francesas (PSF y PCF) en los primeros años ochenta. Como se sabe, esas
estrategias de cambio gradualista no fructificaron ante la contraofensiva
neoliberal, la financiarización de la economía y la globalización desbocada,
promovidas por el bloque de poder mundial (y europeo).

Su idea de conseguir, poco a poco, capacidad representativa y hegemonía


cultural para trasladarla o convertirla en hegemonía política fue frenada por
las fuerzas liberal-conservadoras y los poderes fácticos. Es decir, hubo una
sobrevaloración del cambio político a través del programa o el relato de una
élite política y su traducción electoral, así como de la eficacia legitimadora del
desplazamiento hacia un discurso más centrista y de alianza de compromiso
histórico con las derechas para (supuestamente) ampliar el campo electoral y
acceder al poder gubernamental. Esas estrategias fracasaron.

Son aspectos que luego reeditaron la tercera vía (laborista) o nuevo centro
(del SPD alemán y luego del PD italiano), desde el socioliberalismo y la gestión
institucional; pero tampoco les permitió reforzar su representatividad y su
capacidad de cambio progresista. Y ya con la crisis económica llevó a la
mayoría de la socialdemocracia europea, especialmente la gobernante como
en los casos de Grecia, Francia o España, a abrazar o acatar las políticas
neoliberales antisociales y gestionar, con grandes déficits democráticos, los
planes regresivos con una profunda crisis estratégica, de relato y de
legitimidad.

En definitiva, para las capas dominantes la actividad cultural, discursiva o


mediática es un complemento a su poder efectivo, a efectos de cohesión
nacional y legitimación social. Es lo que, hábilmente, ha sido capaz de
desarrollar la derecha independentista. Y, en otro sentido, las nuevas

79
derechas extremas (empezando por Trump) o los nuevos centros (Macron).

Para las capas populares, ante la ausencia de poder económico-institucional


alternativo, la subjetividad es todavía más importante, en la medida en que la
integran en sus vidas, porque es una vía para conformar sujeto de cambio y
fuerza sociopolítica. Pero con una función más compleja y difícil, así como con
la exigencia de insertarla en las condiciones, experiencias y cultura de la
gente. Las ideas y sentimientos deben estar conectados e incorporados por
sectores relevantes de las clases subalternas que son las que construyen, con
su práctica relacional, su capacidad transformadora.

El (contra)poder no lo construye el discurso, sino la gente con su acción cívica.


Y como tiene sus dificultades por sus desventajas respecto de su menor poder
económico y con solo un poco de poder institucional, debe aprovechar al
máximo sus ventajas: su masividad, su interacción y su expresión
democrática. La subjetividad, la razón y la pasión, los discursos, teorías y
relatos interactúan con su experiencia vivida e interpretada, con su
comportamiento y sus sueños y aspiraciones. El dilema
estructuralismo/postestructuralismo ha envejecido, es rígido y hay que
superarlo con un enfoque más relacional, interactivo e histórico.

Lo importante es la experiencia relacional de las mayorías ciudadanas, no solo


vividas sino también pensadas, interpretadas y compartidas; es la existencia
lo que conforma el sujeto, no su supuesta esencia o su posición objetiva. Su
interacción o práctica sociocultural construye vínculos, experiencias y
demandas compartidas, superando su fragmentación y conformando objetivos
y dinámicas comunes. Es la combinación de la diversidad de unas realidades
muy singulares y específicas con trayectorias y retos compartidos por
intereses comunes frente a poderosos y dominadores.

Entre las izquierdas hay dos tipos de errores contrapuestos. Por un lado, el
posibilismo adaptativo a la dinámica impuesta por el poder, el socioliberalismo
a veces complementado o disfrazado de idealismo culturalista y
transversalidad centrista. Por otro lado, el idealismo discursivo y el
voluntarismo irrealista, en sus distintas versiones populistas, eurocomunistas
o marxistas radicales.

En resumen, la solución viene desde el realismo crítico, la superación del


idealismo y el determinismo o materialismo vulgar (también idealista),
poniendo en primer plano al actor o sujeto social, a la gente real y concreta, a
sus condiciones vitales, experiencias relacionales, culturas compartidas y
aspiraciones comunes, así como a su diversidad y su plural interpretación.

En conclusión, aunque desde cierta teoría populista se llame a este proceso

80
‘etnopopulismo’, para demostrar su máxima aplicación empírica al incorporar
los conflictos nacionalistas, esos sectores marxistas partidarios de la lucha de
clases tampoco la han reivindicado. Les bastaba el eclecticismo entre su
marxismo (de clase) y su prioridad al objetivo independentista hegemonizado
por el nacionalismo radical, y sin interés identitario en esa simbología
populista.

El formalismo populista, su lógica de antagonismo nosotros/ellos y la


construcción discursiva de la política y su sujeto, ha estado asociado a varios
proyectos políticos nacionalistas, principalmente a la derecha neoliberal de
Puigdemont. Además, la reacción españolista de las derechas unionistas
también ha recurrido a esa polarización nacionalista excluyente. E incluso la
izquierda radical independentista, desde su marxismo revolucionario, también
la ha practicado.

Pero reivindicar ese enfoque populista, cuando su contenido sustantivo


principal es el antagonismo nacionalista con la construcción de un ‘pueblo’
homogéneo definido por su identidad catalana o española, no clarifica la
interpretación de la realidad y no ayuda a la estrategia doble de las fuerzas
del cambio y de progreso en Cataluña, integradora en lo nacional y de
confrontación respecto de lo social.

No es de extrañar que la hipótesis Podem no se haya podido consolidar bajo la


hegemonía de ese plan de etnopopulismo independentista. Así, el nuevo
liderazgo de Catalunya en Comú-Podem, en torno a figuras como Xavi
Domènech, Ada Colau o Viçens Navarro o, en otro sentido, con la participación
de ICV, se ha conformado desvinculado, práctica y teóricamente, de esos
enfoques etnopopulistas o nacionalistas exclusivistas. En todo caso, todavía
queda un trecho para desarrollar una teoría alternativa crítica y realista que
supere el marxismo economicista y determinista y el etnopopulismo
antagonista e idealista y, por supuesto, diferenciado del socioliberalismo
dominante en la socialdemocracia.

@antonioantonUAM

[Antonio Antón es profesor de Sociología de la Universidad Autónoma


de Madrid. Autor de El populismo a debate, ed. Rebelión]

20/8/2018

81
De otras fuentes
Rosa Ana Alija Fernández
Acabar con el dictador

Permítanme adoptar un tono solemne para arrancar con esta reflexión.


Españolas y españoles: Franco no ha muerto. De acuerdo que en noviembre
de 1975 las máquinas que mantenían sus constantes vitales no lograron evitar
su extinción física. De hecho, el intento desesperado de alargar artificialmente
la vida del dictador cuando su muerte era ya inevitable convirtió su cuerpo en
una metáfora de la necesidad de mantener vivo a toda costa un régimen
agonizante. Y, sin embargo, Franco no ha muerto, sino que, como toda
persona que deja a sus espaldas un reguero de represión y violaciones
masivas de derechos humanos, tiene una vida de ultratumba. Para comprobar
cómo este fenómeno se repite a lo largo y ancho del planeta, les recomiendo
ojear la obra La muerte del verdugo (Miño y Dávila, 2016), dirigida por Sévane
Garibian, donde queda patente que el fallecimiento de los responsables de
atrocidades no es su final, sino que abre un nuevo escenario donde los
muertos todavía tienen mucho que decir. Nos guste o no, se han hecho un
hueco a codazos (por decirlo suavemente) en la historia, y de ahí no van a
salir tan fácilmente aunque sus huesos se conviertan en polvo. No basta con
que sople el viento. Hay que barrer.

El caso de Francisco Franco no es una excepción. Por el contrario, su fantasma


no ha dejado de planear sobre la sociedad y la política españolas desde 1975.
A mantener la vida de ultratumba de Franco coadyuvó decisivamente la
Transición y los pactos adoptados por los partidos políticos en ese contexto, y
se ha seguido alimentado durante décadas gracias al ninguneo a las víctimas
por la clase dirigente. Y en esa perduración del mito ha sido clave la
permanencia del Valle de los Caídos como un lugar de peregrinaje para los
nostálgicos del régimen. Conviene recordar que esta construcción
megalómana de retorcido gusto acoge los restos del dictador con cargo a las
arcas del Estado (las funciones de patronato y representación de la Fundación
de la Santa Cruz del Valle de los Caídos se asignan al Consejo de
Administración del Patrimonio Nacional en virtud de la disposición final tercera
de la Ley 23/1982, reguladora del Patrimonio Nacional, y del Real Decreto
496/1987, que aprobó el reglamento que la desarrolla), las mismas arcas que
el gobierno del PP consideraba tan magras en los últimos años como para
dejar a cero la partida presupuestaria destinada a la aplicación de la Ley de
Memoria Histórica. Más importante aún, constituye un monumento
ignominioso a la represión franquista. Sus entrañas encierran los restos de
miles de personas que durante la guerra civil lucharon por defender la
República y que fueron exhumados con nocturnidad y alevosía, sin informar ni

82
solicitar la autorización de sus familias, y trasladados al Valle de los Caídos
para alimentar el colosal mausoleo que Franco se había hecho construir y que
era imposible rellenar solo con los caídos de su bando. Las cifras oficiales
hablan de 33.847 personas trasladadas allí, de las cuales siguen sin estar
identificadas más de 12.400. Eso sin olvidar a los miles de presos republicanos
que trabajaron en su construcción con la sola esperanza de lograr una
reducción de sus condenas.

La decisión sobre qué tratamiento dar al cuerpo de un dictador fallecido de


muerte natural tiene un enorme calado político, y —puesto que no ha podido
elegir el momento de la muerte, porque la naturaleza manda más— es la
primera en la que su fantasma participa, asegurándose de que se ejecuta lo
que hubiera decidido en vida, aunque a veces los azares de esa vida
determinan que el lugar de descanso eterno elegido no sea exactamente el
que habría deseado. Pinochet aspiraba a reposar en un mausoleo al estilo del
Valle de los Caídos o como el de Napoleón en los Inválidos, pero la urna con
sus cenizas ha terminado en una capilla ubicada en la finca familiar de Los
Boldos para eludir a los profanadores de tumbas. También para evitar
escraches post-mortem, Videla y Massera yacen bajo lápidas con nombres
falsos. Stroessner sigue enterrado en un cementerio de Brasilia, y los intentos
de sus familiares de repatriar sus restos se han encontrado con la oposición
de sus víctimas. Lejos quedaron los honores de Estado para los cuatro. Por el
contrario, Franco quiso ser enterrado en el Valle de los Caídos (al menos así lo
ha relatado el arquitecto de la basílica, Diego Méndez, y así lo afirmaba la
Fundación Francisco Franco en un librito de 1976 titulado Razones por las que
se construyó la Basílica del Valle de los Caídos. Templo erigido por un gran
español), allí fue enterrado con su correspondiente funeral de Estado, y allí
sigue, bajo el amparo de Patrimonio Nacional. ¿Por qué tanta diferencia entre
el tratamiento dado al cadáver de aquellos y de este? Por una razón muy
sencilla: su legado de violaciones de derechos humanos fue cuestionado por
los órganos del Estado mientras estaban vivos. Dicho de otra forma, antes de
su muerte se habían adoptado medidas oficiales (más o menos incisivas, pero
todas relevantes) contra la impunidad de sus regímenes: juicios en Chile y
Argentina, una Comisión de Verdad y Justicia en Paraguay. En particular, el
banquillo de los acusados tiene una fuerza demoledora sobre la omnipotencia
de la que se ha revestido el dictador. Que el antaño todopoderoso ya no sea
impune es un mensaje que libera de su yugo a la sociedad —y más en
particular a sus víctimas—. De rebote, condiciona su descanso eterno,
expulsándolo de la vida pública.

El cuerpo del dictador muerto por causas naturales tiene una alta carga
simbólica tanto para sus seguidores como para sus detractores. Por ello, en
una democracia, resulta esencial que el Estado actúe para atenuar ese
simbolismo, relegando su recuerdo póstumo al ámbito privado, de manera

83
que no interfiera con el impulso de los valores democráticos en la esfera
pública. La existencia de lugares públicos de memoria que honren la figura del
difunto dictador es una incoherencia: la comisión de graves violaciones de
derechos humanos es, a todas luces, una práctica deshonrosa que no merece
en modo alguno ser ensalzada. Tomar medidas para que aquel salga de una
vez de la vida democrática es la única forma de evitar que la impunidad
acompañe a su cuerpo hasta la eternidad. Así pues, no está de más que los
socialistas corrijan de una vez por todas la oportunidad que perdieron con la
Ley de Memoria Histórica de convertir el Valle de los Caídos en un lugar de
memoria realmente compartida. En cuanto a la familia Franco, lo mejor que
puede hacer —si de verdad quiere hacer algo por España— es elegir un lugar
privado al que llevar los restos. Que honren a su familiar en la más estricta
intimidad, si lo desean, o que lo entierren en un cementerio público, si
prefieren que su tumba esté expuesta al público. Lo que quieran, pero que sea
en la esfera privada, porque este país necesita urgentemente que la vida
post-mortem de Franco llegue de una vez por todas a su fin.

[Fuente: eldiario.es]

12/7/2018

María F. Sánchez
Entrevista a Agustín Moreno

Podría haber sido el sustituto de Marcelino Camacho al frente de CCOO o el


coordinador general de Izquierda Unida –a propuesta de Julio Anguita–, pero a
Agustín Moreno (1951, Madrid) parecen darle alergia los sillones. Eligió
dar la batalla a pie de calle y también en el aula. Perseguido por el franquismo
por su vinculación al PCE, posteriormente fue dirigente de CCOO hasta la crisis
del sindicato de 1996. Entonces, encontró un valioso refugio en la enseñanza.

Durante dos décadas ha sido profesor de Historia en institutos de Madrid,


donde lejos de permanecer en la retaguardia se convirtió en uno de los
mayores exponentes de la Marea Verde. Una de sus máximas es que todo
docente debe irradiar afecto. Él parece haberlo llevado a la práctica, a juzgar
por el emotivo pasillo de despedida que le hicieron sus alumnos el día que se
jubiló, hace tan solo unos meses. El vídeo de este pequeño homenaje se
volvió viral. Activo siempre en sus reflexiones, también como colaborador
de cuartopoder.es, Moreno arroja luz sobre cuestiones como la educación, el
sindicalismo y los tiempos convulsos que vivimos.

84
— ¿Cómo resumiría el estado de salud del sistema de educación
pública en España? ¿Cuáles son sus problemas más acuciantes?

— Es muy mejorable, más allá de lo que digan o dejen de decir los


estandarizados y discutibles estudios tipo PISA. Falta mucha inversión
educativa: es un escándalo que sea solo un 3,8% del PIB, cuando la media en
la UE es del 6%. No se pueden pedir resultados finlandeses cuando
destinamos la mitad que ellos a educación. El otro gran problema es la doble
red que privatiza la educación y es un atentado a la equidad y a la igualdad
de oportunidades. En tercer lugar está la falta de respeto a la libertad de
conciencia del alumnado cuando se permite adoctrinar religiosamente a
menores en centros educativos públicos, algo que va en contra de las
Convenciones Internacionales sobre Derechos del Niño. Si no se corta irá a
más con la entrada en las escuelas del resto de religiones como la
musulmana, la evangelista, etc. Esos son los problemas concretos; luego hay
uno más de fondo: la derecha española, la Iglesia católica y la patronal
privada son muy beligerantes a la hora de defender un sistema educativo
clasista, segregador y que sea fuente de un negocio económico y de
privilegios ideológicos-religiosos.

— ¿Habrá un pacto por la educación pública que derogue la LOMCE


con el PSOE en el Gobierno?

— El pacto debe ser social, político y territorial y se debería derogar la ley de


Educación más nefasta de la historia, porque es la exigencia de la comunidad
educativa y el reiterado compromiso del PSOE de la oposición, junto con la
inmensa mayoría de las fuerzas parlamentarias. Y de hecho, hay una
propuesta articulada de una ley de Educación que la sustituya, a partir del
Documento de Bases por Otra Ley Educativa, elaborado por numerosas
organizaciones de la comunidad educativa. Y se debería derogar de manera
inmediata el Decreto 14/2012 de recortes educativos para que no se aplique
el curso próximo.

— El TC rechazó hace unos meses un recurso del PSOE contra la


financiación pública de las escuelas que segregan por sexo y contra
la religión como asignatura. ¿Por qué se premia tanto a la educación
concertada y religiosa en España?

— Por dos razones. El TC es el reflejo del descarado reparto de lotes de poder


judicial por las fuerzas del bipartidismo. Es decir, la mayoría conservadora del
TC dictamina en línea con los intereses de la mayoría política conservadora y
esto supone falta de independencia, desprestigio y deslegitimidad de la
institución. La minoría progresista hizo un voto particular bastante
fundamentado jurídicamente, pero da lo mismo, no pasa de la función de

85
florero. Por otro lado, por la histórica comunión entre la derecha
conservadora, la Iglesia y la patronal del sector, que hunde sus raíces en el
reaccionarismo español del siglo XIX y en el franquismo. Por eso España sigue
teniendo como asignatura pendiente la modernización educativa. Hay que
recordar que en Europa prácticamente no existe ni educación privada pagada
con fondos públicos, ni adoctrinamiento religioso en los centros educativos
públicos que son los mayoritarios.

— Existe la segregación por sexo en la educación, pero


en cuartopoder.es ha hablado de una mayoritaria: la segregación de
clase de los hijos de los obreros. ¿Cómo es ese techo de cristal para
estos alumnos que, en su experiencia como profesor, se ha
encontrado en las aulas?

— Hay muchos estudios que concluyen que el rendimiento escolar depende de


muchas cosas, pero que es decisivo el número de libros que tenga en casa,
especialmente la madre. La escuela debe asegurar el derecho a aprender con
éxito de todo el alumnado, en caso contrario, está fracasando y se dedicará a
reproducir el modelo social de clase existente. La verdadera función
democrática de la educación debe ser compensatoria de las desigualdades de
todo tipo que puedan existir: económicas, sociales, personales… Y debe
hacerlo desde la búsqueda de la equidad, que no es otra cosa que dar más a
quien menos tiene y más lo necesita. Es un concepto que va más allá de la
igualdad de oportunidades, ya que no se puede dar lo mismo a quienes parten
de desventajas o desigualdades de origen. Esto es lo que puede romper ese
techo de cristal existente que te encuentras en los barrios obreros donde he
trabajado, aunque claro que hay chicos y chicas de extracción muy humilde
que son brillantes y esforzados y tiran para adelante con un gran poderío,
pero siguen siendo demasiados los que abandonan o fracasan escolarmente.

— ¿Cuál debería ser la función del maestro?

— Acompañar a los niños y niñas y jóvenes en su aprendizaje múltiple:


personal, moral, académico... Esa es la etimología de la “pedagogía” y el
sentido profundo de la labor del docente. Ayudar, por tanto, a la construcción
de personas formadas, informadas, con valores éticos, críticas,
comprometidas con la mejora de la sociedad en la que viven. Y hacerlo desde
el afecto, ya que sin él no hay aprendizaje. Si un maestro tiene la suerte de
disfrutar con uno de los oficios más bellos que pueden existir, el alumnado
acabará sintiendo y participando de ello, porque el entusiasmo es algo que se
contagia.

— Vuelven los socialistas al Gobierno después de siete años de PP.


¿Tiene esperanzas en que esto pueda suponer cambios positivos para

86
la clase trabajadora?

— Me ha alegrado mucho la salida del PP y de Rajoy del Gobierno, que


además demuestra que es posible otra mayoría y otro Gobierno. No tengo tan
claro hasta dónde va a llegar el PSOE a la hora de revertir los recortes y
aplicar políticas progresistas. Se pueden tener ilusiones, pero no ser un iluso.
Por un lado, porque en el campo de la política económica y presupuestaria se
suele colocar más en el campo del neoliberalismo que en el de las políticas
sociales. Me temo que muchos de los compromisos adquiridos antes de llegar
al poder se pueden estar olvidando con la excusa de la debilidad
parlamentaria. Y no digo que no exista, pero no se puede argumentar como
coartada que el Gobierno solo tiene 85 diputados, porque es el PSOE quien
tiene la responsabilidad de que no haya un Gobierno con 156 si se hubiera
planteado un acuerdo con Unidos Podemos. Si quieres ir lejos, ve
acompañado.

Harán cosas, pero ¿van a derogar las últimas reformas laborales y de


pensiones? Urgen medidas de fondo. La devaluación salarial, el deterioro del
mercado laboral y el retroceso de los derechos sociales es tal que a este
Gobierno se le va a medir por lo que haga, no por lo que diga. Pero creo que si
el PSOE no defrauda las esperanzas creadas con anuncios que no vayan
acompañados de hechos, el bloque de la izquierda puede ganar las próximas
elecciones. Me gustaría que se formase un gobierno de coalición a la
portuguesa que imprimiera un cambio profundo al país. No es fácil, pero hay
que dejar el pesimismo para tiempos mejores.

— Tras su larga trayectoria en el sindicalismo, ¿cree que el descrédito


que enfrentan los sindicatos es en parte merecido?

— Desgraciadamente, cuando más se necesitan los sindicatos, más débiles


están. Hay razones objetivas para su debilitamiento: al poder no le interesan
sindicatos de clase combativos y en un mercado de trabajo en
descomposición es difícil organizar y defender a los trabajadores. Pero
también hay factores subjetivos: los grandes sindicatos llevan mucho tiempo
equivocándose en su apuesta cerrada por lo que se ha dado en llamar el
modelo de concertación social en España (MECS), que ha fracasado al
negociarse sin movilización alguna; falta combatividad, algo que no se decreta
pero se organiza; la democracia de las bases es insuficiente y los trabajadores
deben participar y decidir, incluso si se firman o no los pactos sociales; y
deben esforzarse en alcanzar acuerdos con los movimientos sociales para una
política de alianzas progresista.

— ¿Cuándo se quebraron los sindicatos mayoritarios? ¿Qué ha fallado


desde entonces?

87
— En enero de 1994, tras la Huelga General contra la reforma laboral de
Felipe González. La huelga fue un éxito con una participación parecida a la del
14 de diciembre de 1988, aunque sin el golpe de efecto del fundido en negro
de TVE. El error fue que no tuvo continuidad y que los convenios no podían
parar una reforma de ley. Aquello provocó una profunda división en CCOO.
Aprovechando las divisiones por estrategia en los sindicatos, hubo una
auténtica operación desde el poder económico y político para desmontar el
poder real y el prestigio de los sindicatos. En UGT, liquidaron a la dirección
que encabezaba Nicolás Redondo con la excusa de la cooperativa PSV. CCOO
culminó en su VI Congreso de enero de 1996, con la defenestración de
Marcelino Camacho y la marginación y persecución del “sector crítico”.

¿Qué ha fallado? Mejor dicho, qué no se ha hecho. Como se le oía denunciar a


Marcelino en septiembre, cuando se estrenó el documental “Lo posible y lo
necesario”, en el VI Congreso se trataba de hacer de CCOO “un sindicato
socialdemócrata que primero pactaría con el PSOE y luego con el PP”. Y así
sucedió. Hay un dato que habla por sí solo: a los Gobiernos de Felipe González
se le hicieron cuatro huelgas generales, a los gobiernos de Aznar del ajuste de
Maastricht, de Zapatero y su reforma laboral y de pensiones, y de Rajoy de la
orgía de los recortes, a todos juntos, se les hicieron tres huelgas generales.
Cuando los sindicatos se institucionalizaron empezó la enfermedad. La única
manera de que los sindicatos recuperen el centro de la escena política y
económica para los trabajadores es esencial fortalecer su democracia, su
pluralidad y por supuesto las movilizaciones.

— ¿Puede el secretario general de CCOO, Unai Sordo, revertir esta


situación con su nuevo liderazgo?

— No lo sé, prácticamente no le conozco. Ojalá. Tiene grandes retos y no son


fáciles. Pero parece que acepta el modelo de concertación social (MECS), que
en mi opinión es un fracaso desde el punto de vista de sus resultados: la clase
trabajadora no ha avanzado en los últimos veinte años, sino que ha
retrocedido gravemente. Tiene el gran reto de representar y organizar al
precariado y a los trabajadores pobres, que son muchos millones. Debería ser
capaz de recuperar el protagonismo social, económico y político para los
trabajadores. En fin, que no basta con tener cierto discurso, hace falta
determinación.

— ¿Cómo observa los movimientos de la derecha? ¿Tienen


posibilidades Pablo Casado o Albert Rivera de convertirse en nuestro
próximo Salvini?

— Cuando los poderes fácticos vieron que el PP podía perder varios millones
de votos por sus políticas antisociales y la corrupción, crearon Ciudadanos

88
para que fuera el receptáculo de esos votos y que pudieran apoyarse entre sí
para asegurar el control del gobierno. Es lo que pasó con Rajoy y el apoyo de
Rivera. Matteo Salvini es un parafascista. Casado, y también Rivera, a tenor
de sus declaraciones, podrían jugar el mismo papelón. No me gustaría que así
fuese, ya sea porque no ganen las elecciones o por que moderen sus
discursos.

Lo que está en juego es quién queda primero en el caso de ganar las


elecciones generales el bloque conservador. Ahora están más igualados los
dos partidos y compiten entre sí sabiendo que formará Gobierno el que tenga
más diputados, con el apoyo del otro, si les salen las cuentas. No lo tienen
fácil. Casado es un líder débil, con plomo en las alas por su máster, que le da
una imagen de poco preparado para gobernar; que le hayan elegido a él da
idea de lo mal que está el PP. Y Rivera está noqueado desde la moción de
censura: pensaba heredar sin turbulencias a Rajoy y no acaba de entender
que todo el mundo tiene sus bazas. No es de descartar que si la derecha no
tiene votos para gobernar, haya presiones desde el IBEX y de sectores de la
vieja guardia del PSOE para recuperar una coalición PSOE-C´s que impida todo
cambio.

Pero el tema de fondo es otro. Creo que se ha perdido la ética en la política y


así nos va. Mira, el 17 de agosto solo quise poner dos tuits para recordar y
solidarizarme con las víctimas de los atentados de Barcelona y de Cambrils,
reflexionar sobre la barbarie y no olvidar que frente al horror existe la belleza.
Pero me repugnó la politización de los actos y me ha hecho pensar que este
país no tiene arreglo. A no ser que se eleve el vuelo, se abandone la política
rastrera, y fijemos la mirada en el horizonte. El reto de modernizar y
democratizar la sociedad no se logrará con unos partidos políticos que solo se
preocupan de desgastar al otro para llegar o mantener el poder. Creo que se
debería hacer un esfuerzo por acabar con este clima de conflicto y
confrontación permanente y encarar los grandes retos que en mi modesta
opinión son: a) recuperar un sentimiento común de país, lo que exige
soluciones democráticas a la cuestión de la forma del estado, a su pluralidad
territorial, a la memoria histórica; b) construir una economía eficiente, que
asegure empleo digno y suficiente, el Estado de Bienestar y la sostenibilidad
ecológica; c) el respeto y la tolerancia política y ciudadana.

— ¿Quién debería dar más miedo a las clases populares: Casado o


Rivera?

— Esto es como preguntar que es peor, la peste o el cólera. De entrada podía


parece que el PP es una derecha conservadora y C´s la derecha neoliberal,
pero en la práctica cada vez se parecen más porque compiten por el mismo
espacio electoral que incluye el voto de la ultraderecha. La ventaja de C´s

89
sobre el PP es que cuenta más con el beneficio de la duda en materia de
corrupción, y eso puede confundir a mucha gente, que lo pagaría con dureza
si llegasen a gobernar.

— Este momento de toma de posiciones de la extrema derecha, ¿es


un momento que debería ser entendido como crucial por los
movimientos sociales?

— No son buenos momentos aquellos en los que hay que defender lo


evidente, o sea la libertad, la justicia, los derechos humanos o la democracia.
Pero los movimientos sociales están obligados a hacer su trabajo en toda
circunstancia, a resistir, a organizarse, a movilizar para defender derechos y
mejorar la sociedad. Deben ser como tábanos para el poder por su capacidad
de crítica, y servir de autopistas para la participación de la ciudadanía. Y da
gusto ver la capacidad de movilización del movimiento feminista y de los
pensionistas, pero ¿dónde están los trabajadores y trabajadoras? Es llamativo
como el centro de gravedad de la movilización ha pasado hace un tiempo de
los sindicatos a los movimientos sociales. Y eso no es bueno del todo, porque
las mareas sociales suben y bajan, aunque como las del mar nos recuerdan
que están ahí, que son vivas y que el mundo se mueve. Es necesario
recuperar la calle y la unidad de todas las fuerzas de progreso: sindicatos de
clase, movimientos sociales y partidos de la izquierda para que haya un
verdadero cambio político y esperanza en este país. La esperanza es siempre
una victoria.

[Fuente: Cuarto Poder]

24/8/2018

Rafael Poch de Feliu


Primer parte de guerra (comercial)

China negocia, Europa tantea su impotencia. Un desafio frontal de la UE a las


enmiendas comerciales de Trump acabaría con ella. La guerra comercial
declarada por Trump a sus competidores, en el marco de las enmiendas a la
globalización que sus autores anglosajones están introduciendo, tiene un
precedente. Hace treinta años Estados Unidos ya apretó los tornillos a Japón
por considerar excesivo su superavit comercial. Japón claudicó. Firmó el
llamado “Acuerdo del Hotel Plaza” y revalorizó el yen un 50%. La
consecuencia fue alimentar la burbuja inmobiliaria y una recesión de veinte
años.

90
China no tiene intención de caer en la misma trampa y al mismo tiempo es
consciente de que su superávit comercial con la agresiva primera potencia no
es sostenible. Su respuesta a la situación es doble. Por un lado está
introduciendo, desde el 26 de marzo, el yuan como moneda de pago del
petróleo en la bolsa de Shanghai, lo que irá descargando el peso internacional
del dólar (aún responsable del 42% de las transacciones mundiales) y de paso
debilitando a Estados Unidos. Por el otro ha entablado negociaciones en las
que se ha declarado dispuesta a comprar más productos americanos. Pero su
línea argumental es que si Estados Unidos (y también la UE y Japón, la tríada)
levantara sus restricciones a la exportación de tecnología sofisticada, el
grueso del denunciado superavit comercial, entre una tercera parte y la
mitad, desaparecería.

Prioridad china: acortar distancias. Ahí está el verdadero frente. China es la


segunda potencia mundial en PIB, detrás de Estados Unidos, pero ese es un
parámetro engañoso porque al mismo tiempo es un país en desarrollo: su PIB
per cápita es de 9.400 dólares (puesto mundial: 70) frente a los 60.000 de
Estados Unidos (quinto puesto mundial). El plan estratégico fundamental
chino sigue siendo el “desarrollo”, es decir, acortar esa distancia. Su objetivo
para 2025 es avanzar en tecnologías aeroespaciales, informáticas, de
inteligencia artificial y de coches eléctricos.

Peter Navarro, el consejero comercial de Trump, ha explicado con toda


claridad cual es el sentido de la actual guerra comercial anunciada:
precisamente impedir que China avance en esos sectores. Los términos de la
negociación (y del enfrentamiento) actualmente en curso van por aquí. Pero,
¿qué pasa en este mismo conflicto con la Unión Europea?

Los superávits comerciales de Alemania con Estados Unidos son superiores a


los chinos y las presiones de Washington están siendo y van a ser
considerables; acero, aviones, automóviles y energía, léase el gaseoducto
Nord Stream que fortalece la integración con Rusia y el poder de Alemania
como distribuidor de gas en Europa central. Los americanos quieren que
Merkel les compre su gas de esquisto, mucho más caro que el ruso. Hay
materia para un buen conflicto. Putin y Merkel hablaron de este absurdo
comercial lleno de sentido estratégico americano en su encuentro del viernes
en Sochi, en el que la canciller compareció con actitud melancólica.

La retirada americana del acuerdo iraní ha demostrado que Washington no es


un socio estratégico fiable para la UE. Ha creado condiciones para una
rebelión general contra este dictado unilateral. China, Rusia, las potencias
europeas, todos los firmantes, han puesto el grito en el cielo. La Comisión
Europea ya contaba con Irán para sus planes del gran pasillo meridional del
gas: un flujo procedente de Irán que llegara hasta Europa vía Turquía y

91
Grecia… Sin embargo, el asunto no irá a mayores. ¿Recuerdan el escándalo
NSA, cuando se supo que hasta los teléfonos de la canciller Merkel y sus
ministros también eran escuchados por el aliado americano? Se conocieron
todos los detalles de aquello pero el griterío quedó en agua de borrajas.

Prioridad alemana: conjurar mayores rupturas de la UE. Teóricamente, sin


necesidad de llegar a una alianza táctica con países como Rusia o China, la UE
tiene suficiente peso económico y militar para plantar cara, pero no lo hará. Si
el PIB de China es engañoso, la suma de las potencialidades militares y
económicas de los países europeos también lo son. La UE está balcanizada y
en profunda crisis. Un desafío frontal a las enmiendas comerciales
proteccionistas planteadas por Trump acabaría con ella acelerando su
desintegración. Hay once países de la UE que mantienen “relaciones
especiales” con Estados Unidos. Grecia pide ayuda a Washington contra la
política de rigor de Bruselas. Polonia, los bálticos y otros apelan a Estados
Unidos para contrarrestar los puentes de intereses entre Berlín y Moscú o la
entente histórica entre Francia y Rusia. El Reino Unido siempre ha sido el
portaviones americano en Europa. Sobre los pequeños vasallos del este y del
sur con sus bases militares y demás (pepelandia entre ellos) no hace falta
extenderse. Por todo ello, Trump puede ignorar perfectamente a esta Unión
Europea resquebrajada.

En la última reunión de ministros de comercio de la UE celebrada en Bruselas


la comisaria de comercio, la sueca Cecilia Malström, defendió la gallarda tesis
de que la UE no puede entablar negociaciones con Estados Unidos mientras
Trump no deje de encañonar con su pistola a los europeos, mientras no retire
sus amenazas, pero el tono lo dio el rechoncho ministro de economía alemán,
Peter Altmaier (CDU): hay que mantener “conversaciones concretas” con
Trump, incluso sobre gas de esquisto, sobre una eventual reforma de la
Organización Mundial de Comercio y sobre el pospuesto acuerdo de libre
comercio con Estados Unidos, para “evitar una guerra comercial”.

No es difícil adelantar que la partida comercial con Trump será más


interesante en el frente oriental que en el de las múltiples impotencias y
bajadas de pantalones europeas.

[Fuente: Ctxt]

27/5/2018

Boaventura de Sousa Santos


O Brasil diante de uma eleição dramática

92
Estão a acelerar-se as urgências típicas de um ciclo eleitoral que se vai
prolongar entre o fim de agosto e o fim de outubro. Estas urgências são
particularmente desafiadoras para as esquerdas brasileiras porque o seu
principal candidato e, de todos o mais bem posicionado nas sondagens, está
preso e pode vir a ser considerado inilegível.

As irregularidades óbvias do processo Lula da Silva têm tido alguns efeitos


surpreendentes. A obsessão punitiva foi neste caso tão excessiva que o
sistema judiciário degradou a sua imagem e a sua legitimidade, tanto nacional
como internacionalmente, a um nível e com consequências que, por agora,
são dificeis de avaliar. Por sua vez, a imagem política e humana de Lula saiu
desta húbris político-judicial fortemente fortalecida e melhorada. Vítima de
uma flagrante injustiça e, para muitos, um preso político –talvez o mais
famoso preso político do mundo– Lula da Silva viu aumentar
exponencialmente o seu crédito político e a sua popularidade junto das
classes populares. Paulatinamente, os erros ou desacertos dos governos do PT
por ele hegemonizados no período 2003-2016 foram sendo minimizados ou
esquecidos —para o que contribuiu também o agravamento da crise
econômica e a política de austeridade que entretanto desabou sobre as
classes populares— e Lula da Silva foi-se consolidando como o pre-candidato
de longe mais bem posicionado para ganhar as próximas eleições
presidenciais. Isto, apesar de estar preso, não poder dar entrevistas nem
gravar videos e ser muito provavelmente inelegível nos termos da “Lei da
Ficha Limpa”.

Se objetivo político-judicial era destruir a imagem do ex-presidente, tudo leva


a crer que a estratégia seguida pela elite conservadora falhou e foi mesmo
contraproducente. Terá, no entanto, atingido com êxito o seu objectivo
principal: retirar Lula da Silva da próxima contenda eleitoral e fazê-lo sem
uma alteração qualitativa do regime político e sem níveis incontroláveis de
perturbação social. Mas mesmo neste domínio o objetivo pode ter sido apenas
parcialmente atingido. Resta a dúvida sobre a influência que o ex-presidente
pode ter na escolha do próximo Presidente da República e na governação do
país no próximo ciclo político. Para além deste fator de imprevisibilidade dois
outros devem ser considerados: endurecimento geral do regime político; e as
dificuldades de construção de hegemonia tanto à direita como à esquerda.

O endurecimento geral do regime político

Nos últimos meses o regime político endureceu consideravelmente. Aumentou


a violência política de que a manifestação mais vísivel foi o assassinato da
vereadora carioca Marielle Franco, em 14 de março deste ano. Para além
disso, ocorreram outras execuções de lideres políticos locais, aumentou a
violência contra lideres sociais sobretudo no meio rural, acentuou-se o

93
verdadeiro genocídio de jovens negros e pobre das periferias urbanas, foi
decretada a intervenção militar no Estado do Rio de Janeiro com o pretexto da
luta contra o crime organizado, têm vindo a ser perseguidos judicialmente
professores e investigadores com acusações chocantes contra os resultados
da sua pesquisa científica (por exemplo, no domínio dos efeitos danosos para
a saúde pública decorrentes do uso irregular de agrotoxicos na agricultural
industrial).

O golpe institucional que levou à destituição da Presidenta Dilma Rousseff em


2016, a prisão de Lula da Silva e a condução global da operação Lava-Jato têm
vindo a consolidar um regime de exceção que, à semelhança do que tem
ocorrido noutros países, parece ocorrer em suposta normalidade democrática.
Sem mudar qualitativamente, o regime político tem vindo a acentuar os seus
traços reacionários e autoritários. Tenho defendido que a democracia
brasileira, já de si uma democracia de baixa intensidade, tem vindo a
transformar-se numa democracia de baixíssima intensidade. Isto significa que
o cará ter socialmente excludente e politicamente restritivo das liberdades
democráticas se acentuou nos últimos tempos. Sem se transformar num
regime ditatorial de tipo fascista, tem vindo a abrir espaço para forças
políticas neofascistas, forças de extrema-direita que usam os instrumentos
políticos que restam da democracia para fazer a apologia de práticas típicas
da ditadura (apologia da tortura, justificação da violência extrajudicial contra
populações pobres racializadas, retórica de violenta intolerância contra lideres
políticos de esquerda, etc). A face mais visível desta pulsão neofascista é Jair
Bolsonaro, militar na reserva, deputado federal. Depois de Lula da Silva é o
pre-candidato a Presidente da República mais bem posicionado nas
sondagens. Trata-se de um populista de extrema-direita tão mal preparado
para dirigir o país e tão improvável como vencedor das eleições como era
Donald Trump poucos meses antes das eleiçoes nos EUA em 2016.

Outros traços do endurecimento do regime político referem-se ao modo como


se tem acentuado o protagonismo do sistema judicial em detrimento do
Legislativo e do Executivo e à consequente judicialização da política. O
Judiciário é hoje no Brasil o fator principal da insegurança jurídica que atinge
todos e sobretudo as grandes maiorias que mais precisariam de um sistema
judicial acessivel e comprometido com os objectivos constitucionais da defesa
dos direitos civis, políticos, econômicos e sociais. Este endurecimento não se
pode explicar sem considerar o papel da crise econômica, uma crise de
rentabilidade do capital que impôs o fim da política de conciliação de classes
que os governos do PT e muito particularmente Lula da Silva, tinham vindo a
defender e a praticar (o chamado lulismo ou lulapetismo).

As elites dominantes, com o apoio ativo do imperialismo norteamericano e do


capital financeiro global, estimularam (quando não provocaram) a crise

94
financeira e política do Estado para impor uma versão mais agressiva do
capitalismo, socialmente mais excludente e mais dependente da criação de
populações descartáveis, na prática, sub-humanas, por via do
recrudescimento da dominação colonialista (racismo, extermínio de jovens
negros, colonialismo interno, violência contra os que lutam pela terra e pelo
território, sejam eles camponeses, povos indígenas e afro-descendentes,
populações ribeirinhas e piscatorias) e da dominação patriarcal (aumento da
violência contra as mulheres, tantativa de liquidação das conquistas pela
igualdade e pelo reconhecimento da diferença dos anos mais recentes).

Esta foi a condição imposta pelas elites nacional e internacionalmente


dominantes para não recorrer a um regime explicitamente ditatorial. Note-se
que o contexto em que ocorreram os fascismos na Europa eram muito
distintos. Tratava-se então de conter um movimento operário muito militante
e muito organizado ou de neutralizar o “perigo” comunista. As ameaças à
dominação capitalista eram então perecebidas como tendo uma dimensão
existencial que não tem hoje. Pelo contrário, a dominação capitalista e
colonialista parece hoje temer menos do que nunca possíveis inimigos.
Conseguiu, pelo menos aparentemente, uma hegemonia por via da qual o
slogan das esquerdas dos anos de1920 “socialismo ou barbarie” foi
substituido pelo slogan “capitalismo ou barbárie”, ao mesmo tempo que as
barbaridades cometidas pelo capitalismo se tornam cada vez mais evidentes e
perigosas, atentatórias do mais elementar direito humano, o direito à vida,
para nem sequer falar do direito à vida digna.

Dificuldades de construção de hegemonia tanto à direita como à


esquerda

Historicamente, as forças políticas de direita sempre mostraram mais unidade


nos momentos decisivos que as forças políticas de esquerda.
Frequentemente, nem sequer tiveram de se preocupar em detalhar as
condições da sua unidade porque contaram sempre com um apoio
surpreendente para a conquista ou manutenção do poder político: a divisão
entre as forças de esquerda. Esta assimetria não decorre de uma qualquer
deformação intrínseca que impeça as esquerdas de fazer diagnósticos

corretos nos “momentos decisivos” e de contabilizar as perspectivas do médio


prazo nas urgências da auto-preservação no curto prazo. Decorre antes de
uma outra assimetria que é constitutiva das sociedades capitalistas e
colonialistas em que vivemos desde que a opção (consensual) pelo regime
político democrático deixou de poder contemplar a opção por um regime
económico alternativo ao capitalismo, o socialismo. A partir de então, a
direita, quando governa, detém o poder político, econômico e social, enquanto
a esquerda, quando governa, detém o poder político mas não o poder

95
econômico nem o poder social. Esta assimetria permite à direita ter, em geral,
mais certezas nos “momentos decisivos”, por exemplo, a de manter intacto o
poder econômico e social mesmo quando se vê obrigada a perder o poder
político.

Pelo contrário, as forças de esquerda tendem a sobrestimar o seu poder


quando estão no governo (como se o poder político acarretasse, por si, o
poder económico e social) e a subestimá-lo quando estão na oposição (a
perda do poder político é vista como perda total e convida a um refúgio em
estratégias isolacionistas de sobrevivência partidária). Este desequilíbrio é
fator de confusão e miopia oportunista nos momentos em que seria mais
importante a clarividência de objetivos estratégicos hierarquizados.

No Brasil, esta assimetria é hoje mais visível do que nunca embora se devam
ter presentes os antecedentes que levaram ao suicídio de Getúlio Vargas em
1954 e ao golpe militar dez anos depois. Na crise que se instaurou depois das
eleições de 2014, a direita esteve sempre mais unida que a esquerda. No
momento em que, devido à crise internacional, se apercebeu que o seu poder
econômico estava em perigo, decidiu que, para o salvaguardar, seria preciso
reconquistar em pleno o poder político, ou seja, pôr fim à política de alianças
com os governos do Partido dos Trabalhadores que tinha mantido desde 2003.
Daí, o golpe institucional que levou ao impedimento da presidenta Dilma
Rousseff, à prisão atrabiliária de Lula da Silva e ao desmantelamento rápido e
agressivo das políticas mais emblemáticas do periodo anterior. A facilidade
com que a direita tirou do caminho o petismo mostra que o período anterior
assentou num equívoco. O que para o PT era uma política de conciliação de
classes mais ou menos duradoura, era para a direita uma mera política
conjuntural de alianças. O ódio classista e racista que se propagou de
imediato como gasolina incendiada é prova disso mesmo.

Mas também ficou evidente que a unidade das forças de direita era sobretudo
uma unidade negativa, isto é, uma unidade para eliminar a presença do
petismo da cena política. A unidade para construir uma alternativa positiva (a
configuração específica das relações entre o poder político, o poder
econômico e o poder social) teria de ter outro ritmo, o ritmo do ciclo eleitoral
de 2018. Tomadas de surpresa (o que, em si, já é significativo), as forças de
esquerda levaram algum tempo a reagir, tanto mais que já vinham divididas
no que respeita à avaliação das políticas e das práticas da governação dos
governos petistas. No entanto, os “excessos” da contra-reforma facilitaram a
emergência de uma unidade entre as forças de esquerda, também ela uma
unidade negativa: o consenso no repúdio do ritual sacríficial de que foi vítima
Lula da Silva e, consequentemente, o consenso na campanha do “Lula Livre”
e na reivindicação do seu direito a ser candidato no ciclo eleitoral de 2018.

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O ciclo eleitoral está a entrar na sua fase decisiva e as assimetrias
anteriormente anotadas estão, de novo, bem presentes. No que respeita à
direita, muitos analistas salientam a falta de unidade positiva patente na
ausência de um candidato óbvio à liderança política do próximo período
político. Em meu entender essa análise está equivocada. A aparente falta de
unidade é uma armadilha bem urdida para garantir que no segundo turno das
eleições presidenciais seja decidida entre dois candidatos de direita. No
momento em que isso ocorrer a direita saberá tornar claras as suas escolhas.
A destruição do candidato rejeitado pode ser brutal.

A menos que as condições econômicas internacionais se deteriorem


acentuadamente, optará por uma política conservadora sistêmica em
detrimento de uma política de ultra-direita com uma pulsão anti-sistêmica.
Obviamente que não está garantido que esta estratégia resulte plenamente.
As dinâmicas da política do ressentimento atualmente em vigor podem soltar
os demônios do populismo de extrema direita. De todo o modo, esta solução
garantirá o principal, a congruência mínima entre o poder político democrático
de baixíssima intensidade e o poder econômico e social de cariz
particularmente excludente e repressivo.

No que respeita às forças de esquerda, à medida que se intensifica a lógica


eleitoral, a falta de unidade positiva (para garantir uma alternativa politica
minimamente de esquerda) torna-se cada vez mais patente. A lógica taticista
de sobrevivência partidária a curto prazo domina e o paradoxo mais chocante
a qualquer observador atento parece escapar às lideranças partidárias: o
paradoxo de se apregoar a unidade das esquerdas no segundo turno e, ao
mesmo tempo, fazer tudo para não haver candidatos de esquerda no segundo
turno. Neste domínio, a responsabilidade do PT é particularmente forte por ser
o principal partido de esquerda e ter como pre-candidato o político mais
adiantado nas sondagens, ainda que essa pre-candidatura não se possa
eventualmente converter em candidatura. As assimetrias entre esquerda e
direita que assinalei acima são agora particularmente dramáticas.

Se é verdade o que afirmei acima –que o que o PT viu como conciliação de


classes era, para a direita, uma mera aliança política conjuntural– resulta
particularmente incompreensível que se insista em políticas de aliança com as
forças de direita que apoiaram o golpe institucional quando é evidente que
não há agora quaisquer condições para a conciliação de classes, nem mesmo
como ilusão credível. Ou seja, as condições que permitiram ao PT ser a
esquerda hegemônica no período anterior deixaram de existir. Faria, pois,
sentido que a hegemonia fosse reconstruída sem alianças com a direita e,
pelo contrário, com alianças construídas horizontalmente com outras forças
de esquerda e centro-esquerda. Em vez disso, impera o taticismo da
sobrevivência partidária no próximo ciclo político, mesmo que isso implique

97
desperdiçar a oportunidade de eleger um Presidente da República que
estanque a vertigem de exclusão e repressão que se abateu sobre as maiorias
empobrecidas e racializadas. Esta posição é, no entanto, mais complexa que o
puro taticismo. Constitui o cerne da identidade política que Lula da Silva
costurou para o PT nas últimas décadas. O fato de estar agora preso faz com
que Lula a Silva seja agora mais do que nunca o fiador dessa identidade. O
pós-lulismo e o lulismo não podem coexistir. De algum modo, o PT está refém
do Lula e o Lula está refém … do Lula.

Deve, no entanto salientar-se que Lula da Silva é um lider político de gênio. A


partir de uma cela está a influenciar de maneira decisiva a condução da
política brasileira. Não é fácil encontrar na história contemporânea outro líder
carismático que consiga ampliar a sua aceitação popular (subir de maneira
tão espectacular nas sondagens) apesar de preso há vários meses e depois de
uma campanha de demonização mediática e judicial sem precedentes. Diz
certamente muito sobre Lula da Silva mas também revela algumas
complexidades insondáveis da estrutura social brasileira e do modo como as
mensagens mediáticas são recebidas pelo público a quem se destinam.

A aposta de Lula da Silva é a mais arriscada de todas as que fez até agora.
Consiste em permanecer na disputa eleitoral o mais tempo possivel e confiar
que, no caso de ser declarado inelígivel, haverá uma transferência massiva de
votos para o candidato que ele indicar, certamente o candidato a
vice-presidente na sua chapa, Fernando Haddad. Provavelmente só assim se
garantirá a presença de um candidato de esquerda no segundo turno. A
hipótese mais segura de tal acontecer seria a de ter havido um entendimento
entre Lula da Silva e Ciro Gomes (PDT), uma hipótese que foi descartada
(definitivamente?). Se a aposta de Lula tiver êxito, a direita vai ter de
reavaliar a eficácia e os custos políticos do golpe institucional, uma vez que
sem ele talvez assumisse o poder nestas eleições de maneira mais segura e
limpa. No caso de decidir não adulterar ainda mais o jogo democrático, terá
certamente de investir tudo em agravar os custos políticos da reversão das
leis (a contra-reforma) que entretanto conseguiu aprovar durante o interregno
do golpe institucional.

Se a aposta de Lula falhar e um candidato de direita for eleito, as classes


populares vão ver ainda mais agravadas as suas condições de vida e com isso
o gênio político de Lula não poderá deixar de ser questionado. Seguir-se-ão
intensas disputas no seio do PT e provavelmente algumas cisões. Abrir-se-á
então o período pós-Lula. Em face disto, tudo indica que, com base no PT, não
será possível, por agora, pensar numa renovação das forças de esquerda a
partir de uma nova política de construção de hegemonia.

Fora da esquerda hegemonizada pelo PT, o PSOL está a construir uma

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alternativa junto com o movimento Vamos, oriundo da Frente Povo Sem Medo,
o MTST (Movimento dos Trabalhadores sem Tecto), a APIB (Associação dos
Povos Indígenas do Brasil) e o Partido Comunista Brasileiro (PCB). Os
candidatos à presidência da República são Guilherme Boulos (presidente) e
Sonia Guajajara (vice-presidente). Esta candidatura aposta na renovação das
esquerdas com base em novas lógicas de aliança e de articulação
programática e com exclusão de alianças com as forças de direita. Parece,
pois, estar a tirar as conclusões corretas de tudo o que aconteceu nos últimos
anos. No entanto, deve estar cada vez mais consciente que tal renovação só é
pensável depois das eleições de 2018 e a sua construção é totalmente
contingente, na medida em que dependerá de resultados eleitorais, por agora
imprevisíveis, e das consequências sociais que dele decorrerem. No plano da
contingência, deverá estar certamente incluida a possibilidade da criação de
um novo partido, um partido que seja também um partido novo, um
partido-movimento, construído internamente por mecanismos de democracia
participativa para ser verdadeiramente novo e inovador no plano da
democracia representativa.

Na base desse partido estarão eventualmente movimentos e organizações


sociais, bem como secores mais movimentistas do PSOL e setores de
esquerda do PT e de outros partidos. Para esta aposta fazer sentido é preciso
que o trabalho político de base das forças sociais e políticas de esquerda
continue a ser possível no próximo ciclo político. A ausência das ameaças ao
capitalismo que exitiam há cem anos parece indicar que se manterá o regime
democrático mesmo que de baixíssima intensidade. Deve, no entanto,
considerar-se uma incógnita perturbadora. Afinal o fascismo e o neofascismo
têm razões que a razão desconhece.

[Fuente: Outras Palavras]

20/8/2018

Rafael Poch de Feliu


La propaganda del otro
Cómo reacciona Occidente ante el informe del adversario cuando este
rompe su silencio

Fue a finales de los noventa en Moscú. Solía visitar a un ex muy alto cargo,
analista del antiguo KGB de la URSS, el cerebro pensante de la acción
exterior, un hombre culto, inteligente y con mucho mundo, ya completamente
apartado de toda función oficial. La URSS llevaba años enterrada y era el tipo
de fuente que, si lograbas ganarte su confianza, valía un Potosí.

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Naturalmente, el acuerdo no era contármelo todo, pero sí, responder
directamente a mis preguntas. Lo que no se podía contar, no se contaba. Así
llegamos a una relación de confianza.

Fue aquel teniente general jubilado, cuya casa tenía video vigilancia, una
rareza entonces, quien, entre otras cosas, me contó con bastante detalle los
defectos de las alianzas mundiales de Moscú en la guerra fría, el despilfarro
de unos medios que eran muy limitados y que si se hubieran concentrado en
ciertos países habrían rendido mucho más. Entre sus observaciones críticas
sobre la propaganda recuerdo la siguiente: Moscú podría haber creado una
red de medios mucho más eficaz que la oxidada red de las
agencias Tass y Nóvostí, las revistas en idiomas extranjeros como Tiempos
Nuevos o Novedades de Moscú o el servicio internacional de Radio Moscú,
todos muy mediatizados por el KGB y cuyas relaciones internas darían para
escribir miles de folletines, alguno de ellos completamente kafkiano.

“Habría bastado —decía el ex jefe analista— con copiar a nuestros


adversarios: crear un canal que diera voz a todos los disidentes del mundo
occidental”. Los adversarios disponían de tal red. En realidad una red de redes
que se llamaba “Voz de América”, “Radio Liberty”, “Radio France International
(RFI)”, “Deutsche Welle”, “BBC”, etc. La mayoría de ellas tenía programas en
ruso y ucraniano, y algunas en casi todas las lenguas importantes de las
diversas nacionalidades de la URSS (¡y había muchas lenguas en la URSS!).
Los disidentes soviéticos, fuera en Lituania, San Petersburgo, Tibilisi o Moscú,
se expresaban a través de aquellos medios, que difundían sus papeles y
noticias. Millones de ciudadanos soviéticos escuchaban aquellas “voces”; ese
era el eufemismo con el que la prensa oficial se refería a veces a aquella red,
eficaz, profesional, bien pagada. Pues bien, muchos años después, ya con
Putin y concluida oficialmente desde hacía quince años la guerra fría, Moscú
creó un aparato similar.

Fue en 2005. Entretanto el ex gran jefe analista volvió a servir a la patria.


Quizá fue su vieja idea, quizá estaba en el aire, pero con el canal Russia
Today (RT), Moscú hizo las cosas bien.

Una propaganda alternativa

Desde entonces el canal y las agencias internacionales no han hecho más que
crecer. El presupuesto de RT es de unos 300 millones de dólares. Contrataron
a competentes profesionales extranjeros y se han consolidado como un
formidable medio de comunicación global en muchas lenguas. Naturalmente,
la hegemonía informativa occidental es aplastante y naturalmente RT
defiende intereses rusos, pero su mera existencia contribuye al pluralismo.
Quiero decir al pluralismo realmente existente, que especialmente en materia

100
de medios de televisión es un pluralismo de propagandas, algo que está muy
lejos de ser ideal, pero que es mucho mejor que el monopolio que sufrimos
durante la primera guerra de Irak (CNN) o la inducida disolución bélica de
Yugoslavia (CNN+BBC, etc.).

La red propagandística occidental sigue siendo la principal, pero el mundo


emergente multipolar ya tiene sus aparatos alternativos: los canales del Golfo,
la china CCTV (también en varios idiomas), RT, Tele Sur, y otras.

En el pulso Rusia-Occidente la desproporción de medios salta a la vista. RT no


forma parte de una inexistente red de los emergentes. Frente a sus 300
millones, la Deutsche Welle dispone de un presupuesto de 350 millones, RFI
380 millones, la BBC 524 millones y el complejo americano mucho más. Y
todos esos medios actúan al unísono en cuanto a la difamación de Rusia se
refiere. Pese a todo, RT se ha convertido en un adversario de peso.

Su canal en inglés, por ejemplo, se parece mucho a un medio alternativo: ahí


es donde el ciudadano americano puede enterarse de muchas noticias
relevantes que sus medios no dan. Aunque la idiosincrasia del régimen ruso
sea bien de derechas, una versión nacional-eslava de eso que calificamos
como espíritu neocon, su posición en el mundo redunda en un
posicionamiento mucho más liberal (partidario de la diplomacia y del
multilateralismo) y crítico con el belicismo realmente existente (que es
occidental) en cuestiones internacionales. El resultado es interesante. Por eso,
pese a la modestia de sus medios, esta competencia se ha hecho muy
incordiante en occidente, cuyas potencias no soportan que el adversario les
responda, aunque sea modestamente, con su propia moneda.

Atando corto al incordio

Todos ustedes conocen las denuncias por atropello a la libertad de


información que se producen en Rusia, pero seguramente desconocen que los
periodistas y colaboradores de RT trabajan en Estados Unidos en unas
condiciones muy parecidas a las que los periodistas occidentales estábamos
sujetos en la URSS. En Estados Unidos el canal ruso se ha tenido que registrar
como “agente extranjero” (igual que algunas ONG financiadas por dinero
occidental en Rusia) y están obligados a trabajar con esa etiqueta. Los
periodistas deben enviar copias de su trabajo a las autoridades en un plazo de
48 horas y sus movimientos están estrictamente supervisados. Por supuesto,
empresas privadas como Google y Twitter, estrechas colaboradoras de la NSA
como se ha demostrado, discriminan al canal ruso todo lo que pueden. En el
parlamento británico se han escuchado voces de diputados para “clausurar”
RT. En Alemania, con el complejo mediático más uniforme y retrógrado de
Europa occidental, la campaña antirrusa ha batido todos los récords y con ella

101
la demonización de los medios rusos. El parlamento europeo ha aprobado
resoluciones discriminatorias contra los medios de comunicación
rusos. Twitter y Facebook ya han cerrado las cuentas de portales rusos
como USAReally.com, donde pueden leerse informes tan sorprendentes como
el de que uno de cada cuatro americanos apoyaría la secesión pacífica de su
estado de los Estados Unidos… Y en el este de Europa las cosas son aun más
rudas: una periodista de RT, Paula Slier, acaba de ser expulsada de Ucrania
—y su entrada en el país vetada por cinco años— al acudir a un certamen de
la OSCE sobre libertad de información organizado en Kiev. En Estonia, el
periodista y ex diputado italiano Giulietto Chiesa, habitual colaborador de RT,
fue también expulsado cuando acudió a una conferencia. Son solo algunos
ejemplos recientes entre muchos otros.

Los procedimientos que occidente utiliza para remediar que los rusos hayan
logrado establecer cierta competencia con el antiguo monopolio informativo
occidental, son claros atentados a la libertad de información y bastante
reveladores de hacia donde soplan los vientos en nuestras democracias. En
cualquier caso, gracias al pluralismo de propagandas es mucho más fácil
orientarse en los actuales conflictos que sacuden nuestro agitado mundo.

[Fuente: blog del autor]

28/6/2018

Agustín Moreno
Demagogias, mentiras y simplezas

Más intensa y preocupante que la ola de calor es la ola de xenofobia y racismo


contra la inmigración. Si analizamos los mensajes de estos días, vemos que la
derecha se mueve entre el oportunismo y la irresponsabilidad. Con el cinismo
de decir en treinta segundos el discurso alarmista de “no hay papeles para
todos” y “el monopolio de los buenos sentimientos no lo tiene la izquierda” o
sacarse fotos dando la mano a personas migrantes. Por ello conviene intentar
desmontar los peligrosos discursos que se construyen desde la estrategia de
sembrar miedo para recoger votos.

1. Demagogia: Rivera y Casado han insistido en Ceuta y Algeciras del


“efecto llamada”. Según ellos se ha producido por la decisión de Pedro
Sánchez de permitir la entrada en puerto español del buque Aquarius. Al
hecho de que cientos de inmigrantes africanos intenten entrar en España se
le puede llamar cualquier cosa menos eso, a no ser que se busque el desgate
electoral del Gobierno y valga todo para ello. Por ejemplo, se podría calificar

102
“efecto desvío”, por la política xenófoba del Gobierno italiano y su ministro
Salvini; pero entonces la responsabilidad no se situaría en Pedro Sánchez.

También se le puede llamar “efecto aquí mando yo”. Se observa cómo se


produce un repunte de pateras en el Estrecho y saltos de valla en Ceuta y
Melilla cada vez que hay un nuevo Gobierno en España o algún incidente con
Marruecos como el de la lancha de Mohamed VI en 2014. Es como si se
abriera y cerrara el grifo de la inmigración hasta que el Gobierno español haga
los debidos gestos de sumisión en relación al tema del Sáhara Occidental,
perpetuando el vergonzoso abandono. Y para obtener contrapartidas
económicas y políticas de España y la Unión Europea en el acuerdo pesquero,
como la jurisdicción sobre aguas por debajo de cabo Noun, o recibir
financiación, igual que Turquía, por contener la inmigración en el Norte de
África.

Pero, sobre todo, es un “efecto huída” que se produce de las zonas más
míseras y con mayor desprecio a los derechos humanos hacia los países
europeos. La causa principal es histórica y viene dada por la herencia colonial
y el expolio de las riquezas naturales de dichos países. El flujo de las
migraciones es, como en los vasos comunicantes, siempre el mismo: de las
zonas pobres y en conflicto a las más ricas y en paz, nunca al contrario.

2. Mentiras. Una de las más burdas es la que vocea Casado: la “avalancha


de millones de inmigrantes prestos a invadirnos”. El Director de la Guardia
Civil le ha tenido que desmentir diciendo que “no hay millones de inmigrantes
esperando a entrar (…), sí algunos cientos”. Además demuestra su ignorancia
puesto que no sabe que la mayoría no llega por el Mediterráneo sino por El
Prat y Barajas y son latinos y no africanos. Del medio millón de personas que
entraron en 2017, 40.000 son por el Mediterráneo. Si hay 367.000 salidas, el
saldo migratorio es de unas 150.000 personas al año ¿de qué invasión
hablan?

Tampoco es verdad que reciban un trato privilegiado y ocupen el empleo de


los españoles. Los datos de la EPA del primer trimestre de 2018 indican que
la tasa de paro de los inmigrantes es de un 24,3%, frente al 16,7% de tasa
media. Es decir, el paro les trata peor aunque cojan los peores y menos
cualificados trabajos, aquellos que no quieren el resto.

Ni se “comen” el Estado de Bienestar de los españoles. Los estudios


concluyen que su aportación en términos de generación de riqueza y de pago
de impuestos es superior al gasto social que consumen, teniendo en cuenta
que suelen ser jóvenes y necesitan menos servicios públicos como la sanidad
o las pensiones. El balance, incluso durante la crisis, es contundente según el
estudio Inmigración y Estado de bienestar en España, de la Obra Social de La

103
Caixa. Otra cosa es que sea necesario salir de los recortes e invertir más en el
fortalecimiento de la protección social, la sostenibilidad del sistema de
pensiones y los servicios públicos para toda la población. También se podría
hablar de los positivos efectos demográficos y en la natalidad.

Por último, no es cierto que las personas migrantes aumenten la inseguridad y


la delincuencia. Así lo demuestran estudios internacionales y nacionales. En el
caso de España, coincide una caída de los delitos en el mayor periodo de
entrada de inmigrantes (2000-2014). Como dice la profesora de Derecho
Penal y Criminología, Elisa García España, “tal vez deberíamos preguntarnos
de dónde surge la percepción de que los inmigrantes aumentan la
delincuencia en nuestras calles y con qué intereses” .

3. Simplezas. Aunque lo llamen “Hablar claro”, son pensamientos primarios y


elementales para crear un clima de rechazo y odio que produzca una tensión
social aprovechable políticamente. Es el recurso de siempre, el de los otros
son el enemigo, el de la xenofobia, que en algunas zonas de Europa y América
va en aumento. Por ejemplo lo que está sucediendo en Italia, donde el
incremento de las agresiones a inmigrantes va en paralelo al discurso
xenófobo que realiza el poder.

Mentes simples con ideas simples que actúan sobre sectores de la población
de bajo nivel cultural o mal informados. Por eso, si no se contrarrestan,
pueden tener eficacia los mensajes del tipo “Los españoles los primeros” o los
italianos, los húngaros, los franceses…, que dicen los Salvini, Orbán, Le Pen…
y los neonazis de Europa. Olvidan los derechos humanos, el derecho
internacional, las normas de la Unión Europea y la más mínima empatía y
humanidad con las personas migrantes. La competencia política y electoral
entre las diferentes formaciones que aspiran al voto de la ultraderecha está
siendo muy dura, desde Vox que plantea el disparate de construir un muro a
lo Trump en Ceuta y Melilla, a las declaraciones ya comentadas de PP y C’s.

Estas campañas no se pueden despreciar desde una supuesta superioridad


moral o política: la opinión han que ganarla cada día. El último CIS dice que ha
aumentado la preocupación por la inmigración, pasando al quinto lugar y con
una percepción social de que hay el triple de inmigrantes que existen en la
realidad.

Es muy significativo lo que pasa en Italia, que se empieza sembrando


xenofobia y se sigue planteando por el ministro de Familia abolir la ley
Mancino que condena la apología nazi-fascista y castiga la incitación a la
violencia y a la discriminación por motivos raciales, étnicos, religiosos o
nacionales. Hoy no lo lograrán porque no tienen fuerza suficiente, pero las
fuerzas democráticas y progresistas no pueden bajar la guardia ni olvidar

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nunca al “pintor de brocha gorda” que decía Bertolt Brecht.

[Fuente: Cuartopoder.es]

24/8/2018

105
El extremista discreto
El Lobo Feroz
Raca-Raca

Animados por su mayoría parlamentaria y olvidadizos


de su minoría en votos, los independentistas catalanes han decidido proseguir
con su campaña a favor de la creación de una república catalana
independiente caiga quien caiga.

Lo hace, por supuesto, con más prudencia que el gobierno anterior, pero
también con menor inteligencia. Multiplicar los símbolos independentistas,
especialmente el lacito amarillo, resulta fácil en un mundo en que todo se
puede multiplicar. Pero conduce a un enfrentamiento en el seno de la
sociedad civil difícilmente soportable sea cual sea la posición política de cada
uno. Pan para hoy y hambre para mañana.

Siguen poniendo énfasis en lo que ahora llaman “el referéndum” del 1 de


octubre. Pero el 1 de octubre no quedó refrendado nada porque la misma
organización del happening lo hacía imposible. Parece como si las personas a
las que esta cuestión les importa mucho han endurecido sus posiciones, y en
cambio aquellas cuyas prioridades son diferentes están un poco hartas.
Bueno: el 11 de septiembre la Sociedad de Amigos del Heroico Rafael de
Casanova servirá de termómetro para ver cómo andan las cosas.

Nos espera un curso interesante, pues el poder judicial tendrá que dar salida a
las causas abiertas. Eso significará procesos, condenas y celebradas
absoluciones (en realidad también se celebrarán las condenas: tener mártires
mola lo suyo). Procesos que se unirán a los correspondientes a la corrupción
del Pp.

La Magna Inteligencia que ahora preside la Generalitat amenaza de vez en


cuando con convocar elecciones. Ya puede, con una ley electoral que le
favorece tanto, que deja sin escaño a millón y medio de barceloneses. Pero no

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lo hará, porque igual comprueba que le han crecido los enanos.

Entretanto en Bruselas el anterior presidente de la Generalitat aparece como


un consumado artista de circo. La gente podrá decir, el día de mañana, que
este circo lo montó él, junto con unos bien remunerados becarios.

P. S. Por cierto: este verano tuve que dar con mis huesos en un hospital del
sistema público. ¿Qué ví? Que médicos fantásticos y entregados están muy
mal remunerados. Que faltan camas. Que por eso han de dar el alta a los
enfermos a poco que se pueda. Los ex-consellers Comín y Boi Ruiz han dejado
una situación casi de juzgado de guardia; no sé si el actual titular que se
ocupa de estas cosas está por la labor o anda repartiendo lacitos.

27/6/2018

107
La Biblioteca de Babel
Cristina Fallarás
Honrarás a tu padre y a tu madre
Anagrama, Barcelona, 2018, 219 pags.

Una cosa son los secretos de familia, esos silencios que


se palpan porque flotan pesados entre las cortinas, y otra bien distinta los
agujeros negros familiares, la ausencia de una parte que en realidad es vacío
porque la historia ha sido borrada. La periodista Cristina Fallarás, criada en
una familia de buena posición, nieta por parte de madre de un militar
franquista, nieto a su vez del presidente mexicano Benito Juárez, quiso
explorar las razones que llevaron a su abuelo mexicano a posicionarse con
tanta convicción del lado de Franco en la guerra civil española. Y ese paseo
por su pasado la condujo al precipicio: la nada en la que se encontraba la
historia de su abuelo paterno, fusilado por los nacionales en 1936. En
Zaragoza. Donde su abuelo materno se desempeñaba de alférez en el bando
franquista por aquellas fechas. Donde tal vez fue testigo del fusilamiento de
su abuelo paterno. Y Fallarás se lanza al precipicio. Con una honestidad
abrumadora, sin ocultar el impacto que en ella ha tenido ese descubrimiento,
echa a andar y conduce su relato como un bulldozer que, imparable, aplasta
con sus revelaciones todo lo que encuentra a su paso. La periodista se mueve
entre la crónica y la ficción, con la que rellena los huecos de su historia
familiar, y tira de un realismo a veces mágico, a veces descarnado, que a
menudo rezuma rabia, pero también ternura cuando reconstruye esa parte de
su pasado que le ha sido negada y que está repleta de injusticia. De esa forma
entreteje un relato con varios niveles en el que, a la vez que retrata las clases
sociales, la política y la vida pública, el espacio doméstico en la sociedad
española del siglo XX, reivindica la necesidad vital de conocer el pasado
familiar, porque la memoria no son solo nuestros recuerdos, sino también las
historias que han adoquinado el camino para que existamos. Y existir con la

108
memoria cercenada supone deambular por una carretera llena de baches
demasiado profundos.

Rosa Ana Alija


30/8/2018

Éric Vuillard
El orden del día
Tusquets Editores, Barcelona, 2018, 144 pags.

Una obra precedida de mucha crítica elogiosa es siempre


sospechosa. Pero esta vez los elogios eran merecidos. Vuillard crea un artificio
literario para contar algunos momentos cruciales del ascenso del nacismo.
Sobre todo, explica con una notoria sencillez el entramado de intereses
económicos, de complicidades de clase, de culturas antidemocráticas que
allanaron el ascenso de los nazis al poder y abrieron las compuertas al
holocausto. Cuando acabé la lectura, mi deseo era que el autor hubiera
seguido iluminando otros pasajes de la historia. Se aprende más sobre las
clases dominantes del período de entreguerras en este corto texto que en
algún pesado tratado sociológico.

A.R.A
9/2018

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En la pantalla
The United States of Arms
30/8/2018

Anomalías de temperatura por país (1880-2017)


30/8/2018

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