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Crítica de la psicoterapia humanista

Parte 1: Carl Rogers y Víctor Frankl

Por Marco Eduardo Murueta

Frente al determinismo inconsciente postulado por Freud en su teoría psicoanalítica, con


sus constantes referencias a las represiones y la perversión sexual, dada la expresión y
combinación continua de dos instintos compartidos con todos los animales (eros y
tánatos), que justificaba la guerra, la violencia, el egoísmo y la destructividad de los seres
humanos, en el Siglo XX surgieron múltiples alternativas psicoterapéuticas, entre ellas
aquellas que se han integrado bajo el concepto de “humanismo”, influidos por los
conceptos fenomenológicos y existencialistas de Kirkegaard, Husserl, Heidegger (muy a su
pesar), Ortega y Gasset y Sartre, básicamente.

Los autores humanistas y existencialistas coinciden básicamente en rechazar el


determinismo biológico y material de los procesos humanos para defender la “libertad” de
los seres humanos, la facultad para tomar decisiones, y, por tanto, la responsabilidad de
sus acciones. Ideas que coinciden con el autoconcepto general que los seres humanos
tienen desde hace miles de años; concepto que los autores denominados “materialistas” y
aún los empiristas han cuestionado planteando que inclusive el ser humano y su voluntad
tienen una determinación natural, lo que ha generado una polémica inacabada sobre el
libre albedrío y el ser material o divino de los seres humanos. Si algo puede ser sin causas
entonces Dios existe como creador inmaterial de todo lo existente; pero, si todo tiene
causas, incluyendo la “libre elección”, entonces Dios no existe o Dios es esas causas y –
como decía Einstein– “no juega a los dados”, es decir, su “voluntad” se apega a leyes
regulares o científicas.

Dado el concepto de libertad “sin causas”, el humanismo frecuentemente ha sido


adoptado por las universidades dirigidas por jesuitas, como lo es la Universidad
Iberoamericana, en México.

Frases como “tú eres el arquitecto de tu propio destino”, tanto como los reclamos
cotidianos que los padres hacen a sus hijos, los hijos a los padres, los esposos entre sí, los
maestros a sus alumnos, los reproches entre amigos y compañeros, la discusión entre dos
o más participantes de un incidente de tránsito, etc., tienen como sustento esa sensación
de que cada persona decide libremente sus acciones y, por tanto, tiene la culpa de los
efectos negativos y el mérito cuando hay efectos positivos. Se supone que era libre para
decidir hacer otra cosa pero su espíritu, su inteligencia o su don personal o, por el
contrario, su falta de espíritu, su falta de inteligencia o su falta de dones personales, le
llevaron a tomar una decisión acertada o equivocada, según se juzgue. ¿Por qué alguien
decide dedicarse a la delincuencia o al trabajo social? Según el humanismo, no depende
de nada, cada quien decide con base en su razón, la cual, por cierto, suponen que no tiene
una explicación racional.

Todo el entramaje institucional y las leyes, las formas de educación y las sanciones, se
sostienen sobre esa idea humanista: la capacidad de optar por el bien o por el mal. Por
eso a los locos y a los dementes no se les sanciona formalmente porque se supone que
ellos están incapacitados para decidir. Es difícil comprender cómo si una persona prefiere
una fruta y no otra, una diversión en lugar de otra, una cierta actividad, esto es producto
de un proceso bioquímico y psicosocial al mismo tiempo. Y no es producto más que de
eso.

Igual como los seres humanos primitivos atribuían a decisiones caprichosas si llovía o
hacía sol o si soplaba el viento o había calma, al no comprender el por qué ocurría una u
otra cosa, también en la actualidad los fenómenos que no se entiende por qué ocurren se
siguen atribuyendo a una decisión “caprichosa”, sin causas.

La psicología solamente puede considerarse como ciencia si concibe posible comprender y


explicar plenamente los fenómenos psicológicos y, por tanto, que todas las decisiones –
desde la más trivial hasta la más compleja– son producto de un proceso causal; no simple
y mecánico, sino complejo y dinámico (semiótico). Sin este fundamento la psicología
dejaría de ser ciencia y la psicoterapia no sería una intervención calculada sino un cúmulo
de orientaciones, apoyos morales, recomendaciones y consejos, como lo consideran
básicamente los enfoques humanistas sustentados por Carl Rogers (terapia no-directiva o
centrada en el cliente), Víctor Frankl (análisis existencial para captar el sentido de la vida)
y Fritz Perls (terapia Gestalt).

1. La terapia “centrada en el cliente”, de Rogers

Rogers no acepta las ideas freudianas acerca de la naturaleza irracional intrínseca en los
seres humanos; para él, por el contrario, los seres humanos son en principio racionales,
sociables y constructivos. Mientras que Freud parte de las batallas y conflictos consigo
mismo, Rogers exhorta a los seres humanos a conocerse y a liberarse de sí mismos; su
filosofía es fundamentalmente esperanzada y humanista. En efecto, la idea central de
Rogers es la de autorrealización, la tendencia inherente de los individuos a desarrollar sus
capacidades dentro de las relaciones interpersonales. La autorrealización se alcanza
mediante la congruencia racional entre la percepción que cada individuo tiene de sí
mismo y del mundo que le rodea, su satisfacción por la manera en que se inserta en el
conjunto de sus relaciones sociales.

A diferencia de la teoría freudiana que se concentraba en el inconsciente y en la


canalización de las fuerzas instintivas del ello, las teorías humanistas tienen como eje al
yo, al principio de realidad y a la conciencia. Rogers (1959) concibe al yo de la siguiente
manera:
“la gestalt organizada y conceptualmente consistente, compuesta de las percepciones de
las características de “yo” o “mi” con los demás y con los diversos aspectos de la vida junto
con los valores vinculados a tales percepciones. Es una gestalt que está disponible a la
conciencia, aunque no por fuerza conscientemente” (p. 200).

El enfoque de Rogers es mucho más sencillo y directo que el freudiano aunque –al igual
que Víctor Frankl y Fritz Perls– retoma elementos del psicoanálisis o los conjuga con otras
perspectivas para proporcionar toda la ayuda posible a los pacientes en relación a sus
problemas más inmediatos, a fin de que ellos logren una reorganización de su mundo
subjetivo y logren resolver las problemáticas a que se enfrentan. La terapia “centrada en
el cliente” de Rogers (1966) tiene los siguientes rasgos distintivos (numerados por mí):

“Entre estos rasgos se incluyen (1) la hipótesis en desarrollo de que ciertas actitudes del
terapeuta constituyen las condiciones necesarias y suficientes para la afectividad de la
terapia; (2) el concepto en desarrollo de que la función del terapeuta es estar presente, de
manera inmediata, frente a su cliente, confiando en la experiencia que, de momento a
momento, va obteniendo de la relación establecida; (3) la concentración constante en el
mundo fenoménico del cliente; (4) la teoría en desarrollo de que el proceso terapéutico se
advierte por un cambio en la manera de sentir del cliente y en la habilidad para vivir más
plenamente en el momento inmediato; (5) el continuado hincapié en la cualidad de
autorrealización del organismo humano como fuerza motivadora de la terapia; (6) un
interés enfocado no en la estructura de la persona, sino en el proceso de cambio de la
misma; (7) la insistencia en la necesidad de trabajar para descubrir las verdades esenciales
de la psicoterapia; (8) la hipótesis de que los mismos principios psicoterapéuticos son
aplicables al ejecutivo que se encuentra actuando con toda eficiencia, a los desajustados y
a los neuróticos que llegan a una clínica y a los psicóticos hospitalizados en salas de
instituciones para enfermos mentales; (9) la concepción de la psicoterapia como ejemplo
especializado de todas las relaciones interpersonales constructivas, con la aplicabilidad
generalizada y consecuente de todos nuestros conocimientos procedentes del campo y de
la terapia; y finalmente, (10) el interés en los problemas filosóficos y de valores que
resultan de la práctica de la terapia” (pp. 183-184).

El enfoque de Rogers ofrece, en general, una perspectiva amplia. Contrariamente a los


esquemas freudianos, en Rogers encontramos una idea muy flexible abierta a diferentes
posibilidades.

La autorrealización es, sin duda, un elemento clave de la desenajenación como se plantea


en la Teoría de la Praxis. Se trata de lograr efectivamente lo que cada quien quiere ser. La
atención a los problemas que los pacientes tienen frente a sí, ofreciendo comprensión y
todos los conocimientos de que el terapeuta dispone –su experiencia– para que los
pacientes logren por si mismos superar sus conflictos, son cosas que resultan
fundamentales para todo proceso terapéutico.

Sin embargo, la posición de Rogers se dirige también más a la conciencia espontánea de


los pacientes, que a la esencial conflictividad de su vida integral y su dinámica interactiva
con ciertas personas dentro de un contexto. De tal manera que, no obstante que
promueve la autorrealización, ésta se circunscribe a la búsqueda del éxito individualista
dentro de las relaciones sociales existentes, sin pretender modificarlas esencialmente. En
esa perspectiva, no se trata de transformar la realidad circundante para transformarse a sí
mismos como lo propone la Teoría de la Praxis, sino de acoplar la Gestalt –
paradójicamente aislada de cada quien–, modificar la propia personalidad, para adaptarse
con éxito a la situación social y ambiental que prevalece. Así, piensa Rogers, las personas
pueden sentirse bien y actuar eficazmente. De hecho, los planteamientos rogerianos
también han sido considerados como una primera fase por algunos de los terapeutas
psicoanalíticos, denominada Terapia de apoyo. Sullivan consideraba ya la importancia de
la reorganización de las relaciones interpersonales de los pacientes como un elemento
central de la terapia psicoanalítica.

Una aportación fundamental de Rogers a la psicoterapia es haber modificado el esquema


freudiano de orientación médica, donde el “paciente” es sometido a tratamientos por
parte del “médico”, acostado en un diván, sustituyéndolo por una relación “cara a cara”,
en una charla directa y sin misterios, con la idea de trabajar juntos “cliente y terapeuta”
para beneficio del bienestar emocional del primero.

Rogers sustituye la noción de “paciente” por la noción de “cliente” porque considera que
esto le delega su propia responsabilidad para decidir lo que le sirve y lo que no le sirve del
proceso psicoterapéutico. Si bien el concepto de “cliente” en la cultura estadounidense
puede ser apropiado para quien es beneficiado por un determinado servicio, en los países
latinoamericanos, especialmente en México, el concepto de “cliente” tiene una
connotación mercantilista que puede afectar la pretendida calidez que el propio Rogers
recomienda para la psicoterapia, quizá por eso él mismo modificó el concepto inicial de
psicoterapia “centrada en el cliente” por el de “centrada en la persona”. En efecto, en la
Psicoterapia de la Praxis retoma la propuesta de la relación “cara a cara” y el concepto
mismo de “centrarse en la persona” (no en el psicoterapeuta o en la teoría), pero con un
enfoque integral del proceso de cambio psicológico que va más allá de la conciencia y del
diálogo en el espacio terapéutico, para considerar también modificaciones sistemáticas de
actividades, lugares y tipos de relaciones sociales en que se desenvuelve el “paciente”,
manteniendo esta palabra a falta de otra que en el ámbito hispano sea mejor que esa. En
la Psicoterapia de la Praxis se trata de transformar al “paciente” inicial en un “agente” de
cambio integral: emociones, acciones, pensamientos, hábitos, relaciones sociales, medio
ambiente; todo en un solo proceso sistemático.

Otro concepto fundamental de Rogers en el que muchos psicoanalistas y psicoterapeutas


de diversos enfoques parecen estar básicamente de acuerdo, es el concepto de
Psicoterapia No-Directiva, concibiendo al psicoterapeuta solamente como un facilitador,
apoyo o espejo del proceso de autonálisis y toma de decisiones propias del “cliente” o
“paciente”. Se parte del supuesto de que el psicoterapeuta no debe influir con sus propios
valores y sus propias tendencias emocionales sobre las decisiones del “paciente”, pues eso
podría hacerlo “dependiente” del psicoterapeuta o inducirlo a un camino que no es el que
realmente desea. Los psicoanalistas incluso deben también estar en continuo psicoanálisis
para poder aclarar y deslindar sus tendencias y no sesgar o al menos disminuir el sesgo en
las interpretaciones o hipótesis que pongan a consideración de sus “pacientes”. Está muy
difundido este concepto de Terapia No-Directiva y constituye también un refugio para
eludir la responsabilidad de los psicoterapeutas que, junto con los docentes –a diferencia
de otros profesionales–, si el “cliente” (“paciente” o “alumno”) no resulta claramente
beneficiado por la acción terapéutica (o pedagógica) es totalmente responsabilidad de
éste.

Como el psicoterapeuta es no-directivo, elude dar respuestas claras y directas a las


preguntas de sus “clientes” o “pacientes”, muchas veces devolviéndoles la pregunta o
siguiendo la corriente de las ideas que expresan aun cuando puedan ser parte del círculo
vicioso y neurótico en que están atrapados y por eso buscan ayuda profesional. La apuesta
es que el propio paciente saldrá adelante con la sola retroalimentación y escucha del
psicoterapeuta.

Sin duda, a pesar de la no-directividad, muchas personas pueden encontrar útil y


provechoso consultar a un psicoterapeuta que no les ofrece respuestas pero ayuda a su
propia reflexión, como en la asociación libre freudiana, o en el diálogo mayéutico que
aplican los humanistas. Pero también es cierto que en muchos casos el círculo neurótico
en que están metidas las personas no permite que puedan beneficiarse
contundentemente de un proceso autorreflexivo, con ayuda de un psicoterapeuta, y
abandonan al poco tiempo la psicoterapia. El enfoque no-directivo y humanista no se hace
responsable del abandono de la psicoterapia dado que cada quien toma sus decisiones y si
a una persona no le sirvió ese estilo que busque por otro lado.

Imaginemos la siguiente paradoja: Un psicoterapeuta convencido de la propuesta no-


directiva coloca en la puerta de su consultorio un letrero que dice “Terapia no-directiva,
centrada en el cliente”. Entonces llega una persona y solicita al psicoterapeuta: “Por favor,
en mi caso haga una excepción, solicito que me ayude con psicoterapia directiva”. El
psicoterapeuta responde: “No señor, aquí solamente trabajamos de manera no-directiva”.
El solicitante insiste: “Comprendo lo que dice, pero por eso le estoy pidiendo que me
ayude dándome alguna propuesta concreta ante mi problema”. El psicoterapeuta se
exaspera poco a poco: “¡¡¡Señor, aquí solamente podemos trabajar de manera no-
directiva; si se atiene a esto adelante y si no busque a otro psicoterapeuta!!!”. Esta
paradoja nos hace ver que aún la psicoterapia no-directiva es directiva, que en efecto no
hay forma de eludir la directividad, como tampoco es posible evadir la transferencia y la
contratransferencia, tal como lo señaló Lacan en uno de sus Escritos.

Entonces, el psicoterapeuta como cualquier otro profesional debe deshacerse de esa falsa
no-directividad y responsabilizarse de los efectos de sus técnicas cualesquiera que estas
sean. Eso no significa que tendría una actitud impositiva hacia el cliente, ni mucho menos,
como tampoco la debe tener ningún otro profesional. Pero un médico no hace mayéutica
para que el “paciente” descubra por sí mismo la medicina que más le conviene; sino que le
orienta, le propone, le explica cuáles son las mejores para su caso, cuál debe ser la dosis,
cuáles son los efectos esperados y los posibles efectos secundarios. Lo mismo hace un
abogado, un arquitecto, un mecánico, un ingeniero. Pone su conocimiento y sus
herramientas al servicio del cliente, sin que eso implique ningún tipo de imposición. Esto
es lo que podemos hacer los psicoterapeutas si contamos con técnicas e instrumentos
cuyos efectos podamos predecir; considerando todo el contexto, sin esquematismos, ni
simplismos, pero con responsabilidad y eficacia. Un “facilitador” puede contribuir a que
un alcohólico irresponsable reflexione por sí mismo sobre su hábito de consumir alcohol,
pero eso no garantiza que superará ese hábito como lo desea si no se modifican las causas
de su alcoholismo, por ejemplo, la existencia de un familiar sobrerresponsable y de
reacción rápida que desde hace tiempo se encarga de resolver lo que a él corresponde
alternando con reclamos airados porque consume alcohol y “no sirve para nada”. Del
familiar también es necesario entender y modificar las causas de su sobrerresponsabilidad
para diseñar una estrategia de intervención integral.

Con el enfoque freudiano o humanista, en algunos casos puede suceder que se logren
efectos positivos en la emocionalidad de los pacientes durante algunos días o semanas,
pero al mantenerse realmente las circunstancias que provocan los conflictos la recaída es
inevitable. La comprensión de los problemas –internos y externos- que enfrentan los
pacientes es la meta final también en la terapia rogeriana. Pero si es cierto que esta
comprensión, alcanzada relativamente bajo diferentes metodologías, constituye un
proceso esencial y logra algunos efectos prácticos, esto no basta. La clave, otra vez,
consiste en la transformación de la vida social en que los pacientes se desenvuelven; sólo
en este proceso la comprensión de sí mismos y la autotransformación adquieren su
verdadera significatividad.

2. La logoterapia de Víctor Frankl

La propuesta logoterapéutica de Víctor Frankl coincide con la Teoría de la Praxis en el


papel clave que tiene el sentido de la vida, el sentido de las acciones cotidianas, el amor y
la trascendencia de cada ser humano como elementos fundamentales de la salud
psicológica y, por tanto, de la psicoterapia. Es importante su concepto de vacío existencial
(falta de sentido) como uno de los males más importantes de la vida humana en el Siglo
XX y lo que va del XXI. Por supuesto que contar con una sensación de significado y con
vínculos amorosos inspiradores constituyen recursos fundamentales para afrontar
situaciones adversas, inclusive cuando éstas son extremas (resiliencia).

La diferencia de la Teoría de la Praxis con Víctor Frankl radica precisamente en su errónea


suposición “humanista” de que es posible superar ese vacío existencial y encontrar ese
“sentido” de la vida y de las acciones a través solamente del análisis existencial y de la
autocomprensión logoterapéutica. Otra vez la conciencia y la decisión personal como base
de la resiliencia y del cambio.

Para la Teoría de la Praxis el vacío existencial se explica por la enajenación: “tener que
hacer lo que no se desea y no poder hacer lo que se desea”. A mayor enajenación mayor
vacío existencial. Esos es lo que ilustra la película “Tiempos Modernos” de Chaplin, así
como el libro “Un mundo Feliz”, de Aldos Huxley. Hegel y Marx se refirieron a la
enajenación sobre todo en el ámbito del trabajo, donde los obreros y “empleados”
(usados) tienen que someterse a la voluntad de un jefe, trabajando sin sentido para ellos
(en diversos grados) durante ocho horas diarias, a cambio de un salario para sobrevivir
con un determinado nivel socioeconómico. Pero la enajenación también ocurre en la
escuela cuando los estudiantes tienen que realizar una serie de tareas cuyo sentido no
comprenden pero saben que deben obtener una cierta calificación a través de ellas. En la
casa, generalmente los niños “deben obedecer” a sus padres y someterse a la voluntad de
estos, aunque no estén de acuerdo, es decir, no les haga sentido lo que indican. También
las esposas están sometidas a ciertos deberes y los esposos a otros tantos, aunque no
entiendan bien a bien por qué hay que hacerlo así. Como en El Proceso, de Franz Kafka, en
que a una persona la despiertan al detenerla por un delito que no le comunican cuál es y
lleva a cabo todo un proceso jurídico sin que nunca se entere de cuál es la acusación que
le hacen.

Si no se logra que el trabajo tenga al menos un cierto interés intrínseco para la persona, o
la escuela, o las relaciones familiares, no podrá superarse esa sensación de sinsentido de
la vida (vacío), esa neurosis que envuelve a una persona. La logoterapia promueve la
reflexión y hasta podría inducir mayéuticamente a una persona a encontrarle un sentido a
lo que ya hace, mientras que la Psicoterapia de la Praxis, además, orientará y trabajará
conjuntamente con el “paciente” para lograr cambios en sus actividades laborales,
escolares o domésticas de tal manera que él logre, poco a poco y cada vez más, hacer su
propia voluntad, desarrollar sus intereses, canalizar sus talentos, dirigir hacia algo y hacia
alguien sus acciones. Es a través de darle realmente sentido a las acciones y a la vida lo
que genera la autocomprensión, la autoestima y el entusiasmo del paciente, más que lo
inverso, como lo quiere la logoterapia.

Además, para que las actividades tengan sentido se requiere efectivamente de que haya
alguien con quien compartirlas y a quien dirigirlas, un grupo primario de “seres queridos”
y un grupo secundario (amigos), necesarios para compartir significados o sentidos. En el
enfoque de Víctor Frankl cada quien elige amar o desamar a determinadas personas, lo
cual es evidentemente falso. El amor es una pasión, como todas las emociones, en el
sentido de que se “padece”. No porque el amor se traduzca en sufrimiento, como
generalmente se entiende el “padecer” (con una connotación muy distinta al concepto de
“pasión”, sin darse cuenta que tienen la misma raíz lingüística). “Pasión” y “Padecer”
significan que una emoción o un sentimiento, al igual como se padece la lluvia, el viento,
el calor o el frío, de repente ya estamos en él y lo padecemos, esa es nuestra pasión. Por
tanto, así como no puede decidirse caprichosamente que llueva, que haga viento, que
haga frío o que haga calor, tampoco se puede decidir amar o dejar de amar.

Por supuesto, la lluvia, el viento, el calor y el frío tienen una explicación acerca de cómo se
producen. De igual manera, el amar o el dejar de amar tienen una explicación acerca de
cómo se producen. En ambos casos, si se sabe cómo se produce un fenómeno es posible
diseñar técnicas y tecnologías para producirlo: hacer que ocurran algunos eventos que
sabemos producirán el efecto deseado (una pasión a través de técnicas puede generar
otras pasiones). Por eso, una herramienta fundamental en la Psicoterapia de la Praxis es la
Tecnología del Amor, que implica pedir y promover que los pacientes realicen algunas
actividades a su alcance, con la mínima motivación que puedan tener, para con ellas
generar emociones y sentimientos que eleven la sensación amorosa y, por tanto, la
sensación de sentido de la vida (reconocimiento de lo agradable, convivencia, generación
de experiencias agradables originales, contacto físico agradable, co-operación, creatividad
compartida, éxito compartido, narrativas de vida, contrastes en equipo).

Para generar el sentido de la vida, de las acciones, y la sensación de trascendencia, que


plantea Víctor Frankl, en lugar de detenerse todo el tiempo en un análisis existencial, la
Psicoterapia de la Praxis orienta e impulsa al paciente a realizar acciones y actividades que
combinen la Tecnología del Amor con el diseño de actividades productivas (trabajo,
escuela), interesantes y “empoderantes” del paciente, de una manera gradual y creciente.

En efecto, el nivel relativo de la capacidad de resiliencia de una persona dependerá


matemáticamente de su historia emocional y productiva y no de un análisis existencial. Lo
que pretende la Psicoterapia de la Praxis es modificar los valores de esa historia emocional
y productiva, cambiar la historia del “paciente” a través de acciones que generen nuevos
eventos históricos en su vida con un peso emocional mayor al de los eventos que le han
neurotizado antes. Mientras que el análisis existencial se centra solamente en la
conciencia y en la comprensión lógica (logoterapia), la Psicoterapia de la Praxis interviene
también y sobre todo sobre las emociones, los sentimientos, las acciones, las relaciones
sociales y el ambiente del “paciente”, convirtiéndole en un agente continuo de salud
psicológica para sí mismo y para otros.

Bibliografía

Rogers, C. R. (1959). “A theory of therapy, personality, and interpersonal relationships, as


developed in the client-centered framework”. En: Koch, S. Psychology: A study of a sciencie.
McGraw-Hill, Nueva York, Vol. 3.

Rogers, C. R. (1966). “Client-centered therapy”. En: Arieti, S. American handbook of psychiatry.


Basic Books, Nueva York.

Frankl, V. (1946). El hombre en busca de sentido. Herder, Barcelona, 1979