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Revista Potlatch (Antropología y Cultura)

14/03/12

La antropología como lección de espíritu crítico

LÉVI-STRAUSS EN BRASIL. Su trabajo de campo en años 30 fue la base de “Tristes trópicos” (1955).

Nuestras sociedades ya no tienen mitos. Para resolver los problemas planteados por la condición
humana y los fenómenos naturales, se remiten a la ciencia o, siendo más exacto, para cada tipo
de problema se remiten a una disciplina científica especializada.

¿Siempre es así? Lo que los pueblos sin escritura piden a los mitos, lo que toda la humanidad les
ha pedido en el transcurso de los cientos de miles de años de su larguísima historia, millones de
años quizá, es que expliquen el orden del mundo que los rodea y la estructura de la sociedad
donde nacieron, que demuestren su congruencia e inspiren la confiada certeza de que el mundo
en su conjunto y la sociedad particular de la que son miembros permanecerán tal y como fueron
creados al comienzo de los tiempos.

Mas cuando nosotros nos interrogamos acerca del orden social que nos es propio, apelamos a la
historia para explicarlo, justificarlo o acusarlo. Esta manera de interpretar el pasado varía en
función del medio al que pertenecemos, de nuestras convicciones políticas, de nuestras actitudes
morales. Para un ciudadano francés, la Revolución de 1789 explica la configuración de la
sociedad actual. Y, según juzguemos que esa configuración es buena o mala, concebimos de un
modo u otro la Revolución de 1789 y aspiramos a distintos porvenires. En otros términos, la
imagen que nos hacemos de nuestro pasado próximo o remoto está absolutamente emparentada
con la naturaleza del mito. (...) Así, uno llega a preguntarse si una historia objetiva y científica
es posible o si, en nuestras sociedades modernas, la historia no juega un papel comparable a
aquel de los mitos. Lo que los mitos hacen para las sociedades sin escritura: legitimar un orden
social y una concepción del mundo, explicar lo que las cosas son por medio de aquello que
fueron, encontrar la justificación de su estado presente en un estado pasado y concebir el futuro
en función de ese presente y, a su vez, de ese pasado, ese es también el papel que nuestras
civilizaciones acuerdan a la historia. Con una salvedad, empero. Como he tratado de demostrar
por medio de un ejemplo, si bien cada mito parece contar una historia distinta, a menudo
descubrimos que se trata de la misma, con sus episodios ordenados de otro modo. A la inversa,
creemos con suma naturalidad que no hay más que una historia, cuando en realidad, cada
partido político, cada medio social y, a veces, cada individuo se cuenta una historia diferente y
la utiliza, al contrario del mito, para darse motivos para esperar, no que el presente reproduzca
el pasado ni que el futuro perpetúe el presente, sino que el futuro difiera del presente, así como
el propio presente difiere del pasado.

La rápida comparación en la que acabo de detenerme entre las creencias de los pueblos que
llamamos primitivos y los nuestros nos lleva a entender que la historia, tal y como la emplean
nuestras civilizaciones, expresa menos verdades objetivas que prejuicios y aspiraciones.
También en este caso, la antropología nos imparte una lección de espíritu crítico. Nos permite
comprender mejor que el pasado de nuestra propia sociedad y también aquel de sociedades
distintas no tienen una única significación posible. No hay una interpretación absoluta del
pasado histórico, sino varias interpretaciones, todas ellas relativas.

Para concluir esta conferencia, permítanme una reflexión aún más aventurada. Incluso en lo que
atañe al orden del mundo, la ciencia hoy pasa de una perspectiva intemporal a una perspectiva
histórica...