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Epistemología de las Cs.

Sociales y Humanas – 2018


Laserna, María del Rosario
Reynoso, Romina

CONCEPCIÓN CLÁSICA DE LA CIENCIA: POSITIVISMO LÓGICO Y


FALSACIONISMO

El siguiente trabajo se realizó en el marco de la segunda unidad de la cátedra de


Epistemología de las Ciencias Sociales y Humanas, centrada en la evolución y
transformación de las concepciones epistemológicas durante el siglo XX. El objetivo de este
informe es ofrecer un abordaje comparativo de algunas de las categorías que definen a dos
corrientes científico-teóricas que han sido cruciales para el desarrollo de la epistemología
como ciencia: el Positivismo Lógico y el Falsacionismo. Los puntos de comparación que se
tuvieron en cuenta son: la concepción del lenguaje, el papel de la filosofía y su relación con
la ciencia, el método de trabajo que propone cada corriente para arribar a los
conocimientos, la posibilidad de verificación y la concepción respecto del progreso del
conocimiento.
El Positivismo Lógico resulta de los encuentros entre los teóricos del denominado
Círculo de Viena, durante las décadas de 1920 y 1930. Agrupados alrededor de la figura de
Moritz Schlick, se encontraban: Rudolf Carnap, Otto Neurath, Herbert Feigl, Friederich
Waismann, Edgar Zilsel y Victor Kraft. Este grupo se caracterizó por ofrecer explícitamente
una lista en la que enumeraron a los principales precursores del movimiento, elaborando
así su propia tradición teórica. Entre ellos encontramos a: Hume, Comte, Frege, Russel y
Wittgenstein. Siguiendo los principales postulados positivistas del siglo XIX, que defendían
el método científico como única forma válida de conocimiento; los positivistas lógicos fueron
un paso más allá y limitaron el método científico a lo empírico y verificable. A su nombre,
se agregó el epíteto “lógicos” porque pretendieron incorporar los descubrimientos del
simbolismo lógico desarrollado por Frege, Peano y Russell.
Mientras el Círculo de Viena estuvo activo, tuvieron lugar diversas instancias de
difusión de la corriente como los congresos internacionales, donde establecieron vínculos
con la Escuela de Berlín y la revista Erkenntnis (dirigida por Carnap y Reichenbach), en la
que se publicaron numerosos trabajos y proyectos, entre ellos el primer libro de Karl Popper
“La lógica de la investigación”, en 1934. Este grupo vio su fin debido a la persecución
ideológica a la que sus miembros fueron sometidos por organismos como los gobiernos
clericales de derecha y el nazismo.
El falsacionismo, por su parte, es la corriente epistemológica fundada por Karl
Popper a partir de la publicación de su primer libro, en el que tuvo la oportunidad de precisar

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su oposición a varias tesis fundamentales del Círculo de Viena y de ofrecer los postulados
básicos que definieron al método científico como hoy lo conocemos. Popper propuso la
falsabilidad como criterio para distinguir lo que es ciencia de lo que no y se opuso
radicalmente al inductivismo como método ideal para la ciencia.


Los Positivistas Lógicos elaboraron su concepción acerca del lenguaje a partir de los
aportes de Hume y de Wittgenstein. El primero, consideraba que cuando el lenguaje no se
ocupaba de logismos o experimentaciones empíricas, caía en sofismas y engaños y, el
segundo, consideraba al lenguaje como una representación, una pintura del mundo que
media activamente en la construcción del conocimiento. Este último aseguraba haber
resuelto todos los problemas de la filosofía, argumentando que sólo se trataban de
problemas de lenguaje que debían ser aclarados.
Basándose en las ideas de los autores mencionados, los positivistas lógicos
posicionaron al lenguaje como el objeto principal de análisis y establecieron una clara
división entre: el lenguaje con sentido, que comprendía a aquellos enunciados
empíricamente contrastables que se estructuran de una determinada forma lógica; y el
lenguaje sin sentido, propio de la metafísica, la religión, la literatura y el discurso político.
De esta manera, pensaban que el único lenguaje capaz de construir conocimiento a partir
de una estructura lógica y clara (ajena a las ambigüedades del “sin sentido”) que diera
cuenta de la observación de los fenómenos que nos circundan, era el lenguaje científico.
Este lenguaje calificaba como tal, siempre y cuando sea susceptible de ser sometido a un
procedimiento de verificación que, mediante operaciones prácticas, pueda decidir sobre su
verdad o falsedad.
Para el Positivismo Lógico cada ciencia es un sistema de conocimientos, de
proposiciones empíricas verdaderas, y la totalidad de las ciencias conforman al sistema del
conocimiento, portador de la única verdad. La filosofía, según estos teóricos, no crea
proposiciones porque no habla de la verdad, por ende, no se conforma como un sistema de
conocimientos, sino como un sistema de actos que rigen la actividad mediante la cual se
define el sentido de los enunciados, aclarando las proposiciones que luego verificará la
ciencia. Por ende, consideran a la filosofía la “Reina de las Ciencias”, ya que el avance de
la ciencia depende de su trabajo pero esto no implica que sea ella misma una ciencia. Al
respecto Schilik señala que “ya no será necesario hablar de ‘problemas filosóficos’, porque

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se hablará filosóficamente sobre todos los problemas, es decir, con claridad y sentido.”
(Schlick en Ayer, 1965:65)
Popper, por su parte, rompe terminantemente con la concepción acabada de “lo
verdadero” y “lo falso”, estableciendo nociones dinámicas que se mueven en el plano de lo
hipotético y que están determinadas por el contexto que les da origen. En este sentido,
establece una “concepción hipotética de la ciencia”, presentándola como un sistema de
hipótesis que, en un momento determinado de la historia, son aceptadas por los hombres
de ciencia. Desde esta óptica, se percibe al mundo desde visiones provisorias de la realidad
que, según las circunstancias, pueden ser mejoradas, corregidas o drásticamente
cambiadas.
Para la formulación de las hipótesis, es necesaria la preexistencia de un “problema”
específico que, según el autor, se configura como un interrogante de la comunidad científica
que exige ser explicado. Estos interrogantes que motivan el proceso investigativo tienen su
origen en la filosofía que, con sus reflexiones y cuestionamientos, intenta dar sentido al
funcionamiento del mundo.
En relación a la categoría del lenguaje, resulta relevante destacar la manera en la
que Popper establece una nueva solución al “problema de demarcación” entre lo científico
y lo no científico: si los positivistas lógicos dividían al lenguaje entre el “con sentido” lógico-
científico y el “sin sentido” metafísico; Popper, diferencia a los enunciados científicos de los
metafísicos (que sí tienen sentido e informan fuertemente las cosmovisiones de los distintos
grupos sociales) a partir del criterio de contrastabilidad: si la hipótesis tiene consecuencias
observacionales que la vuelven susceptible de ser sometida a un proceso de contrastación,
es científica; si no, es metafísica. Una hipótesis es científica si es refutable.
Alejándose de las exigencias lingüísticas formales del positivismo lógico, el rol del
lenguaje, según Popper, es el de funcionar como un dispositivo de intercambio, que propicie
la difusión, discusión y evolución del conocimiento entre los miembros de la comunidad
científica. Para orientar el progreso evolutivo de la ciencia, el lenguaje debe enunciar
claramente los problemas que a ésta le conciernen, de manera que permitan examinar
racionalmente las diversas soluciones propuestas, a partir del ejercicio dialógico de la
crítica.
El problema acerca de cuál sería el método de trabajo ideal para la ciencia lo
heredaron los positivistas lógicos del positivismo de Hume en el siglo anterior. Esta
problemática radicaba en el empirismo que profesaban los positivistas, es decir,

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aseguraban que la única forma de conocimiento era la experiencia sensible. De esta


temática se ocuparon arduamente dos miembros del Círculo de Viena, Carnap y
Reichenbach, quienes propusieron como respuesta que el método adecuado para la ciencia
era el método inductivo.
Con respecto al problema del método, Carnap postuló que las leyes científicas son
enunciados que expresan regularidades de la manera más precisa posible. Por lo tanto,
según el autor, existen dos tipos de leyes: las leyes universales que implican una
regularidad de casos observada en todo tiempo y lugar sin excepción y las leyes
estadísticas, en las que la regularidad se presenta en ciertos porcentajes de casos. Estas
últimas, se formulan mediante enunciados cuantitativos que dan cuenta de la relación de
un suceso con otro y, posteriormente, a partir de ellos se logra formular enunciados
generales. Estas leyes responden a los métodos deductivo e inductivo respectivamente.
Según Reichenbach, es fundamental el principio de inducción para el método
científico ya que determinaría la verdad de las teorías científicas. Se llamará inductiva
entonces, a una inferencia cuando pasa de enunciados singulares o particulares, tales
como descripciones de los resultados de observaciones o experimentos, a enunciados
universales tales como hipótesis o teorías.
Siguiendo estas líneas de estudios, Moritz Schlick destaca en “El viraje de la filosofía”
que para los positivistas lógicos la posibilidad de verificación existente para la resolución de
un problema radica en la prueba y comprobación de las verdades por medio de la
observación y la ciencia empírica, es decir, a través de la vivencia inmediata.
Karl Popper sostuvo una postura diferente respecto al método válido para la ciencia
y a la posibilidad de verificación de los conocimientos. Afirmó que es superfluo todo principio
de inducción y que lleva forzosamente a incoherencias lógicas. En consecuencia, la
inducción no puede fundamentar nada. La ciencia no consiste en una colección de
observaciones de las cuales se pueden inferir leyes o hipótesis, sino en un examen crítico
de hipótesis destinado a eliminar las que conduzcan a conclusiones falsas. Destaca el autor
que, desde un punto de vista lógico, no es en absoluto obvio que se esté justificando al
inferir aserciones universales, desde aserciones singulares por numerosas que sean las
últimas; cualquier discusión extraída de este modo puede siempre revelar su falsedad: por
numerosos que sean los casos de cisnes blancos que podamos haber observado, esto no
justifica la conclusión de que todos los cisnes son blancos. (Popper 1962:27-28)

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La salida a este dilema, propuesta en La lógica de la investigación científica, es que


el conocimiento científico no avanza confirmando nuevas leyes, sino descartando leyes que
contradicen la experiencia. A este descarte Popper lo llama falsación y destaca que las
teorías no son nunca verificables empíricamente, sino que, por el contrario, solo serán
aceptadas como científicas aquellas que tengan la posibilidad de ser contrastadas y
falsadas. En este sentido, el progreso del conocimiento se da en modo negativo, por
eliminación de las falsedades.
A modo de conclusión, se puede advertir que la corriente Falsacionista, inaugurada
por Popper, encuentra mayores correspondencias con la cosmovisión moderna, motivo por
el cual aún se mantiene vigente. Sin embargo, no se puede dejar de destacar algunos de
los aciertos del Positivismo Lógico como lo son sus aportes en el campo de la lingüística y
su interés por un lenguaje formal y cientificista y, entre sus desaciertos, al método inductivo
que volvía imposible la verificación de todas las proposiciones para determinar que sean
verdaderas. En cuanto al Falsacionismo, se destaca como un aspecto superador, la
instauración del método hipotético-deductivo como el método más adecuado para la ciencia
y el establecimiento del criterio demarcatorio de la ciencia denominado “falsabilidad”
desterrando el de la verificabilidad propugnado por los positivistas lógicos.

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BIBLIOGRAFÍA

Ayer, A. J. (1965) “Introducción del compilador”, El positivismo lógico, Fondo de Cultura


Económica, México.
Carnap, R. (1985) “El valor de las leyes: explicación y predicción”, Fundamentación lógica
de la física, Madrid, Hyspamérica.
Popper, K. (1969) “La lógica de la investigación científica”, Tecnos, Madrid.
Schlick, Moritz (1965)“El viraje de la filosofía”, en Ayer, A. El positivismo lógico, Fondo de
Cultura Económica, México.