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Insurrecciones del deseo, o acerca de cómo hacer nosotras bajo el Imperio del Yo

Gustavo Melera. Facultad de Psicología. UBA. Profesora Adjunta Interina Psicología Institucional II.
Eje 6: Subjetividades políticas. Poder y potencia en la trama neoliberal.

Prólogo
El trabajo que se comparte a continuación forma parte de los rudimentos iniciales del proyecto de investigación
que será presentado el año próximo en el marco del PROInpsi – Programa de Fomento a la Investigación de la
Facultad de Psicología de la UBA – sustentado en una serie de inquietudes que confluyen en las derivas
actuales de la Psicología Institucional, las cuales podrían condensarse en sus vectores epistemológicos y
políticos. Si partimos de considerar que una episteme se conforma en inmanencia con una fase sociopolítica,
que no hay producción de saber escindida de unos dispositivos de poder determinados, y que las relaciones
entre política y episteme componen asimismo conexiones diversas, nos preocupa en tanto institucionalistas las
formas actuales que nuestras epistemes adoptan en nuestro tiempo. Nuestra investigación consistirá en una
exploración de las infraestructuras organizacionales contemporáneas, capturadas a nuestro entender por una
lógica managerial que excede la corriente conocida como Management, pues afecta formas de Vida y de
vinculación exteriores al “mundo empresarial”. Esta lógica de producción de subjetividad que hemos dado en
denominar managerismo, resulta a nuestro entender inmanente al modo de producción capitalista
contemporáneo. En el presente texto se realizará una lectura institucional de algunos procesos de subjetivación
que apuestan, con suerte diversa, a componer agenciamientos colectivos divergentes con los discursos y
prácticas hegemónicas, sustentadas en la figura del Yo como ficción legitimante.

Institución, subjetividad y deseo


Los estudios y análisis de las instituciones están vinculados en sus inicios al campo de las disciplinas sociales y
jurídicas. Recién a mediados del siglo pasado comenzaron a surgir abordajes focalizados en los efectos de las
instituciones en la subjetividad, particularmente desde el campo de la psicología de raíz psicoanalítica. Sus
principales exponentes habían sido expulsados de la Asociación Psicoanalítica Argentina, debido a sus posturas
críticas con la abstinencia política y social de dicha institución. A la postre, serían dichos grupos disidentes los
actores decisivos de la fundación de la carrera de Psicología en la Universidad de Buenos Aires.
Sin embargo, la perspectiva psicoanalítica de las instituciones tropezaba con una dicotomía que podríamos
llamar sustancialista, pues consideraba al sujeto como una instancia preformada, cuyos vínculos con las
instituciones resultaban a posteriori de su constitución. Estas limitaciones disciplinarias serían en cierta medida
salvadas con los aportes de la sociología crítica francesa, y sobre todo por los desarrollos de Foucault y las tres
obras a cuatro manos entre Deleuze y Guattari. A partir de allí es posible plantear que las instituciones no sólo
influyen sobre los sujetos sino que producen subjetividades. Desde el campo del psicoanálisis grupalista, será
Käes quien suba la apuesta en este sentido, al plantear que el inconsciente ya no podría considerarse como una
interioridad privativa del sujeto, sino que dichos estratos de subjetivación no le pertenecen siquiera en
propiedad.
Desde la sociología crítica francesa, Lapassade sostendrá que somos un revoltijo de instituciones. Nuevamente
la lógica identitaria queda en suspenso. Pues si en definitiva estamos hechas de instituciones, las concepciones
clásicas del sujeto, fundadas en una interioridad más o menos determinada por el contexto social, quedan en
entredicho.
Los cursos sobre Foucault dictados por Deleuze seguirán una dirección análoga. Su tercer curso, titulado “La
subjetivación”, relaciona la noción de Afuera de Blanchot con los desarrollos foucaultianos respecto de los
procesos de subjetivación. Las amistades filosóficas entre Deleuze y Foucault se cimentaban en el mutuo
interés por los modos y las condiciones que posibilitaban la constitución del sujeto occidental, de su
permanencia y legitimación. Los agenciamientos eran el concepto clave para Deleuze; los dispositivos eran la
noción insoslayable para Foucault. Pero tanto unos como otros compartían como mínimo dos posiciones
comunes: la primera, de carácter ontológico, comprendía una concepción de la subjetividad como producción
sociohistórico-cultural. Eso que damos en llamar Sujeto, individuo, persona, eso que el discurso psicológico
denomina Yo, resulta de una serie de operaciones de plegado del Afuera.
La segunda posición común remite a nuestro entender en el componente político de ambas apuestas filosóficas.
Para Deleuze y Guattari, los agenciamientos permiten acceder a una concepción del deseo como productivo y a
un acceso a un inconsciente no representativo sino eminentemente afirmativo. Los agenciamientos producen
deseo, deseo que a su vez siempre está agenciado. Cuando los devenires del deseo resultan agenciados por
aparatos despóticos, se impone un trazado de líneas de fuga, a través de la composición de máquinas de guerra.
Para Foucault la subjetivación remitía tanto a una lógica procesual productiva como a un sujetamiento generado
por los dispositivos de poder. Sujetamiento que imponía la composición de un contrapoder, a través de una
serie de prácticas que Foucault propone en sus últimas exploraciones como el cuidado de sí, la parrhesía y el
gobierno de sí mismo.
De acuerdo a lo señalado, es posible formular una serie de enunciados que servirían en adelante como
coordenadas orientativas:
- Las instituciones funcionan como modalidades de agenciamiento colectivo del deseo y como
dispositivos de poder.
- Tanto los agenciamientos como los dispositivos resultan decisivos para la producción de subjetividad.
- El capitalismo en su fase neoliberal compone sus propios agenciamientos y dispositivos.
- Nos encontramos pues con procesos de subjetivación y de deseo inmanentes al capitalismo neoliberal.
- Estas modelaciones del deseo y las subjetividades adoptan una forma específica, cuyas modulaciones
confluyen en la exaltación del Yo y la sospecha contra toda forma de subjetivación sustentada en una
producción de deseo grupal, comunal o colectivo.
- El Emprendedor, el Meritócrata y el Mánager son unas de las figuras o personajes conceptuales del
capitalismo contemporáneo.

El desprecio de las masas


El historiador italiano Gentile describe cómo – desde la Grecia Clásica hasta la Modernidad – los discursos
filosóficos, políticos y sociológicos desarrollan un concepto de lo colectivo sustentado en un juicio de valor
negativo, en franca oposición con la valoración positiva del individuo como figura garante del orden y el
progreso de las sociedades. Más acá del núcleo del texto de Gentile, centrado en la génesis de lo que define
como democracia recitativa, rescatamos aquí las trayectorias comunes del pensamiento occidental respecto de
lo colectivo. Los clásicos griegos y romanos, pero también aquellos filósofos “marginales” de ambas regiones,
la iglesia católica instituida pero también el protestantismo, los clásicos republicanistas franceses y
norteamericanos, los fundadores de la sociología clásica…todos desembocan en una concepción de los
colectivos como el populacho ignorante e iletrado, las masas informes dominadas por sus bajos instintos, que
carecen de toda formación intelectual para perseguir el bien de la Nación. Por ello es que la democracia
representativa a través del voto universal, antes de materializarse con el voto femenino, sufrió profundas
restricciones también entre los varones.
Así como en la democracia griega existían condiciones para votar y ejercer cargos públicos, en la Francia
revolucionaria existían condiciones para integrar la Asamblea constituyente. En el mismo sentido, las
democracias de la región sudamericana se originaron más bien sobre una oligarquía, pues la mayoría de la
población no era considerada como parte de la ciudadanía. Estos datos apenas introductorios pretenden marcar
un balizamiento sobre diversos momentos histórico políticos para señalar que – más acá de las consideraciones
instaladas que ubican al Yo como una composición típica de la Modernidad, en consonancia con las figuras
políticas del ciudadano y el individuo – todas estas modelizaciones subjetivas resultarían la efectuación de un
conjunto de discursos y saberes que surgen ya en los albores del pensamiento occidental. Los mismos habrían
funcionado como una suerte de aparatos de sedimentación legitimante de la subjetividad individual a través de
dos líneas de subjetivación: una línea que favorece la intensificación de los estratos individualizantes, junto a
otra que desactiva los estratos de subjetivación grupales y colectivos. La refinación de los dispositivos y
aparatos de cap tura del capitalismo resultan, como señalara Foucault, de una urgencia histórica donde el poder
anatomopolítico disciplinario ya no cumpliría acabadamente su función de ordenamiento y estratificación de las
sociedades. Ante la progresiva organización de las masas del protocapitalismo, los dispositivos mutarán hacia el
control biopolítico de las poblaciones. Se instituirán el higienismo, las pedagogías y las escuelas para padres;
los planes de vacunación y las terapias de diversa índole, incluidas aquellas focalizadas en la Psiqué, otra de las
refinaciones del capitalismo en vías de planetarización.
El desprecio de las masas se compone pues como el reverso necesario de la progresiva instalación del Yo en el
capitalismo contemporáneo. Por cierto que dichas operaciones de singularización recubren un conjunto de
operaciones de homogeneización – todxs queremos ser especiales, todxs “estamos” en las redes sociales, todxs
queremos vernos jóvenes y deseables – pero esto no impide la prevalencia de las lógicas identitarias, sobre las
cuales se fragua, hegemonizándolo todo, el Yo.
Pero si se apela a Deleuze y Guattari, veremos que no hay concepto simple, que un concepto se define sobre
todo por sus componentes. Y especialmente para nuestro interés, que un concepto siempre se relaciona con
otros conceptos que le dan sentido. Si Yo es un concepto lo es en relación al concepto de Otro. Si en filosofía se
crean conceptos sólo “en función de los problemas que se consideran mal vistos o mal planteados” (22:1993)
cabe señalar que el problema – intencionalmente mal planteado – del capitalismo contemporáneo es ubicar al
Yo como primero respecto de Otro, cuando se trata de lo inverso. “Hay varios sujetos porque existe el Otro, y
no a la inversa. Por lo tanto el Otro reclama un concepto a priori del cual deben resultar el objeto especial, el
otro sujeto y el yo, y no a la inversa” (22:1993).
Es posible arriesgar entonces que en tanto concepto, hay Yo porque hay un Nosotras como concepto a priori. El
Nosotras no es segunda respecto del Yo – lo que habilita la perogrullada de abordar los colectivos como mera
operación de sumatorias de yoes – sino que el Nosotras hace posible la emergencia del Yo. El Yo acontece
siempre como precipitado del Nosotras. El capitalismo en su fase neoliberal ha logrado invertir e intensificar
dicha operación filosófica gracias a sus aparatos paradojales de masificación e individualización.
Las tareas primordiales para la composición de agenciamientos colectivos instituyentes debieran confluir
entonces en un elemento común: intensificar las potencias de subjetivación comunal y disminuir a la mínima
expresión posible las líneas de subjetivación que legitiman la ficción del Yo y sus derivados actuales, como el
Mánager, el Meritócrata y el Emprendedor, entre otras. Estos agenciamientos están componiendo diversos
territorios de posibles, en los cuales la autogestión colectiva resulta uno de los puntos de contacto más
relevantes.

Wo Ich war, soll Wir werden. Donde Yo era, deberá ser Nosotras.
La operación semiótica por excelencia del capitalismo consiste, como hemos reseñado, en la elevación del Yo
como categoría sociológica primordial del modo de Vida contemporáneo. A su vez, esta trascendencia del Yo
genera como nunca en la historia la demonización de cualquier forma de Nosotras. La singularidad de las
maquinaciones neoliberales consiste en la convivencia de aparatos represivos del Nosotras con aparatos de
producción intensivos de seducción y de subjetivaciones Yoicas. Esta doble operación invisibiliza la potencia
de una multiplicidad de agenciamientos colectivos de enunciación que no cesan de componer territorios y
apostar a posibles alternativos. Sólo a modo de caracterización, esta diversidad de Nosotras puede ser recorrida
en función de algunas coordenadas preliminares:
- Relación con el afuera. Movimientos sociales ligados con las agencias estatales como parte de una
estrategia que conserva el Nosotras contra formas de incorporación e institucionalización. Esta es una
categoría común a casi todas las formas Nosotras, desde los movimientos de reivindicación de derechos
clásicos y “nuevos derechos” hasta los agrupamientos “invisibles” sustentados en infraestructuras
cibernéticas.
- Historicidad. Hay Nosotras ligadas a la actualización de saberes ancestrales, como los movimientos en
las regiones boliviana y peruana, donde la forma Yo está subsumida de antemano en el ser-en-ayllu o
ser en comunidad. La relación con el territorio aparece igualmente en Nosotras ligadas al ecologismo y
a formas asamblearias de bloqueo a la explotación minera o del agronegocio.
- Visibilidad. Hay Nosotras que hacen del anonimato su estrategia distintiva, particularmente aquellas
cuyas prácticas requieren de un saber hacer con la cibernetización de la Vida. En estos casos hay un
gradiente máximo de invisibilización, aunque cabe sostener que las formas Nosotras se definen, entre
otros componentes, por sus gradientes de anonimato de los yoes que las integran. Cabe citar los orígenes
del llamado Indignados u Occupy Wall Street.
- Proyecto y apuesta. Aquí aparecen las divergencias más notorias. Desde los movimientos
aceleracionistas hasta los “indigenistas”, la desconfianza contra forma de incorporación se traduce en
dos líneas por ahora divergentes: una de infección de la maquinaria capitalista y otra de fuga de la
misma.
Conclusiones
Un mapeo apenas descriptivo de la multiplicidad de Nosotras posibilita, más acá de las problematizaciones
necesarias, establecer una primera consideración alentadora. Si bien cabe partir de que estamos hechas de
capitalismo, si bien su fase neoliberal financiarizada se encarga de componer las máquinas de subjetivación
inmanentes a su modo de producción, los discursos críticos que caracterizan el capitalismo contemporáneo
yerran al definirlo como absoluto. Confunden la globalización – concepto ya discutible en el presente – con la
homogeneización efectuada, confunden la vocación con la realización. Si bien resulta un dato ya sabido que el
capitalismo se sustenta en la incorporación y desactivación de todos los elementos sociales extraños, esto no
implica que toda forma Nosotras deba sufrir la misma suerte. El rasgo distintivo de las Nosotras es su
desconfianza hacia las formas políticas clásicas bajo la construcción de lo que Huppert denominó infrapolítica,
la política por debajo. Tomar por ciertas estas definiciones entristecedoras del presente no sólo resulta funcional
sino inexacto. Ante las citas permanentes de los academicismos críticos del capitalismo, cabe quizás partir de
un cuestionamiento inicial: ¿hasta dónde estamos dispuestas a desubjetivarnos, hasta dónde asumimos que si
estamos hechas de capitalismo nuestros aparatos analíticos nos bloquean la mirada de la multiplicidad de
Nosotras que habitan el Afuera de otro modo?

Bibliografía

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