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¿Atendería Ud.

a un torturador/
genocida/represor?
Ps. Stella Maris Orzuza y Laura Capella

“La responsabilidad, es decir, el castigo,


es una característica esencial de la idea de hombre
que prevalece en una sociedad dada.”
Jacques Lacan, Introducción teórica a la funciones
del psicoanálisis en criminología

Esta discusión es una reedición de un interrogante al que han respondido los psicólogos
desde el retorno a la democracia y que hoy vuelve con intensidad por la proximidad de
los juicios orales y públicos a los represores de la última dictadura militar en la Provincia
de Santa Fe. Hecho inminente y tantas veces reclamado, proceso que comienza en 1984
en los Tribunales Provinciales. En ese marco la ex Secretaria de Derechos Humanos de la
Provincia de Santa Fe, María Bressa, propone públicamente en un diario local ampliar el
Programa de Protección a Testigos a los procesados por delitos de lesa humanidad y a sus
familiares, brindarles contención psicológica justificándolo con la necesidad de
garantizarles los derechos que ellos mismos no otorgaron1.
Creemos que los dichos de la ex secretaria son expresión de la falta de reflexión
crítica sobre el pasado, proceso que como sociedad nos debemos. Estas declaraciones
fueron indiferentes al dolor de tantas personas como efecto de esos delitos, personas entre
las cuales se cuentan muchos psicólogos, de quienes se espera atiendan, sin resistencia, a
los represores. Pensamos que unir en un mismo programa a víctimas y victimarios,
vulnera a las víctimas multiplicando su sufrimiento; colocando en igualdad de
condiciones tanto a quienes sufrieron violencia y abuso como a aquellos que son
responsables de los mismos; reeditando la tan cuestionada teoría de los dos demonios.

1
Proteger y servir a los victimarios. Rosario 12. 20/05/08. Accesible en Página 12 on line 07/08/09

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Es necesario reconocer este tema como un asunto que no es únicamente privado y
propio de las biografías e historias individuales, sino que concierne al ámbito social y
público y que puede ser resignificado, como veremos más adelante, a través de los
procesos judiciales, recuperando el sentido de la justicia.
Los procesados de los que estamos hablando son los que hoy son juzgados por
crímenes de lesa humanidad cometidos durante la última dictadura militar en la
Argentina. Esta dictadura tuvo la particularidad de contar con un Acta para el Proceso de
Reorganización Nacional y de un Estatuto para dicho Proceso, con los cuales dejaban sin
efecto la Constitución Nacional, ley suprema de la Nación; además de haber instaurado el
Estado de Sitio que por definición suspende las garantías constitucionales. Es decir,
escribieron una ley que pusieron por encima de la ley suprema, anulándola. Nos
encontramos entonces con la violación sistemática de la mayoría de los DDHH, incluido
el derecho a la propiedad privada específico del sistema capitalista.
Lo anteriormente descrito podemos considerarlo como una perversión propiamente
dicha, según lo plantea Alejandro Ariel, dado que muestra un saber-hacer que proponen
como valido para todos. En la misma línea promovieron una pedagogía que planificaba
los modos de pensamiento que respetaran lo “occidental y cristiano”, por el bien de la
Nación y de cada uno de sus miembros. Ya en democracia y hasta fecha reciente, con las
leyes de Obediencia debida y de Punto final el Estado contaminó el tejido social, dejando
esos crímenes impunes; por lo cual la necesidad de la acción de la justicia, del juicio y del
castigo se hace más necesaria, para que los asesinos y torturadores se responsabilicen por
sus actos. La responsabilidad, es decir, el castigo, dan cuenta de la idea del hombre que
prevalece en una sociedad dada en un momento determinado.
El sujeto se constituye en relación a los otros, en la estructura discursiva de la
sociedad en la que vive, y a través del lenguaje recibe no sólo las palabras que se
enuncian, sino toda una estructura social, leyes de parentesco, una ideología, lo
permitido, lo prohibido y la relación que se expresa entre el crimen y la ley, a través de
los castigos.

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En este sentido podemos considerar que el respeto de los DDHH implica posibilitar
las mínimas condiciones para que se constituya un sujeto 2. Coincidiendo con esto
encontramos que desde el paradigma crítico, el jurista Dr. Juan Carlos Gardella, dice:
Los derechos Humanos son espacios de libertad que todos y cada uno de los seres
humanos necesitan para poder desenvolver su personalidad según sus propios criterios y
constituyen procesos de desalienación, es decir, tendencias a superar las diferentes
formas de extrañamiento que tienen lugar en los diferentes ámbitos de la realidad
humana y de la vida social.
Es desde este marco que vamos a considerar la problemática enunciada, planteada en
las preguntas: ¿Atenderíamos, como psicólogos, a un asesino? Y, fundamentalmente:
¿Atenderíamos a un torturador/genocida/represor?
Es necesario que diferenciemos dos clases de asesinos: aquel que mató por causas
propias y el genocida.
En el primer caso seguimos las puntuaciones de Alejandro Ariel quien dice que sólo el
Estado puede autorizarnos a atender a un asesino, en tanto el mismo esté pagando ante el
Otro de la cultura y ante la legalidad positiva del Estado, su delito. En ese caso y teniendo
en cuenta la transferencia del analista en particular, el asesino podría ser atendido para, a
través del análisis hacerse responsable por su acto. Pero con el genocida, nos
encontramos con una situación muy particular, ya que su acción fue parte de un plan
sistemático de destrucción, de aniquilación de lo diferente. En el caso argentino en
particular y tal como dijimos más arriba, vemos que su acción fue parte de un racional y
elaborado plan perverso puesto por encima de la ley suprema de la Nación y que aún
teniendo sus estatutos escritos, muchas veces actuaban como bandas en las que hacían
pactos de sangre y de silencio a la manera de las bandas mafiosas. En este sentido es
importante recordar lo planteado por Hugo Cañón, fiscal de la Corte Federal de Bahía

2
Tal como señala Andrea Ferrero en “Importancia de los DDHH en los códigos deontológicos de psicología
en la Argentina”, Revista Argentina de Psicología Nº 45 Ética profesional: Los dos códigos deontológicos
de mayor alcance en la Argentina: el Protocolo de acuerdo marco de principios éticos para el ejercicio
profesional de los psicólogos en el Mercosur y países asociados y el Código de Ética de FePRA acentúan la
importancia que el respeto por los Derechos Humanos ha adquirido en el ejercicio de la profesión.

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Blanca cuando dice que el Estado funcionando en estas condiciones se asemeja más a una
asociación ilícita3. Hallamos, en fin, el crimen puesto como estatuto de un trabajo, y de
un trabajo enunciado para el bien común. Es lo que Hanna Arendt conceptualiza como la
banalidad del mal. Tomando el juicio a Adolf Eichman expone el concepto de que un
crimen se convierte en un acto banal para su ejecutor cuando éste forma parte de una
cadena de trabajo y se limita a obedecer a intereses superiores, realizando su labor como
una simple pieza, sin necesidad de reconocer el propio acto y sus implicaciones. Al
respecto Frantz Fanon, en “Los condenados de la tierra”, comenta azorado cómo un
inspector de policía europeo en plena guerra de liberación argelina, dedicado a torturar a
patriotas argelinos para obtener información y devenido sádico con su propia familia, le
pedía tratamiento estando en “plena actividad”: “Que lo ayudara a torturar a los patriotas
argelinos sin remordimientos de conciencia, sin trastornos de comportamiento, con
serenidad”. Cosa que el mismo Fanon reconoce como imposible de realizar.
Retomando la diferenciación que hacíamos entre un asesino a secas, y un genocida,
podemos tomar como paradigma del primer caso, el de Althusser. Él opta por escribir
dado que por criterios de inimputabilidad otros habían hablado por él luego de que
hubiera asesinado a su mujer; separando de este modo al asesino de su acción. Desde su
encierro psiquiátrico, supuesto “beneficio”, como él lo llama, dice: “De no haber tenido
tal beneficio, hubiera tenido que comparecer, y si hubiera comparecido habría tenido
que responder. Este libro es la respuesta a lo que, en otras circunstancias, habría estado
obligado. Cuanto pido es que se me conceda ahora lo que entonces habría sido una
obligación.”4

Las palabras de Althusser reflejan el dolor de un asesino que movido por la culpa pide
lo que se le ha negado: responder por sus actos. Althusser denuncia su necesidad de pagar
por los hechos cometidos, el diagnóstico de insano que ha recaído sobre él lo ha privado
de la responsabilidad sobre sus actos. Se lo ha escindido, se lo ha declarado enfermo

3
Hugo Cañón, La impunidad como esencia del terrorismo de Estado, ponencia en el simposio “Violaciones
de DDHH en América Latina...” (Israel enero 2002) difundido por Red Solidaria de DDHH –REDH-
4
Althusser, Louis. El porvenir es largo. Barcelona: Círculo de Lectores, 1992.

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mental, y no asesino. Se lo ha puesto en el lugar de objeto de la inimputabilidad. De esta
manera, a través de sus escritos, se recupera como sujeto de la enunciación.
Ante esta escisión que se provoca en el asesino en relación a su acto por ausencia de
castigo, los psicólogos necesitamos posicionarnos exigiendo sentencia y castigo a los
culpables, reubicando al asesino y brindando justicia a las familias de los muertos.
Ahora bien, ¿qué sucede con los sentimientos que en el analista se despierten ante esta
situación? La teoría psicoanalítica permite no comenzar o interrumpir tratamientos
cuando por alguna razón que le sea conocida o no, conciente o inconciente, el paciente
nos produce rechazo ya que ante estos sentimientos el analista no puede mantener la
distancia mínima emocional como para poder interpretar. Este resguardo ético ha sido la
respuesta que muchos analistas dieron cuando algunos de los represores de la dictadura
(miembros de las Fuerzas Armadas o de Seguridad) acudieron a servicios públicos o
privados en la búsqueda de asistencia psicológica5. Actualmente siguen encontrando los
psicólogos en sus consultorios a torturadores al igual que a sus víctimas. Pero en el caso
de los torturadores, la negativa a atenderlos no se debe solamente circunscribir solamente
a un efecto contratransferencial de rechazo, aunque éste se presente como el sentimiento
más claro, ya que el problema se reduciría a una decisión ética pero individual. Desde un
ángulo diferente consideramos que nuestra negativa debe ser inscripta como parte del
procesamiento social de condena a la impunidad ya que sin la legalidad exterior ante la
cual el sujeto debe responder se ve cuestionada la eficacia de la acción terapéutica, y el
contrato que paciente y analista acuerdan al inicio del tratamiento se convierte en un
pacto de silencio. Luego que esta condición mínima sea cumplida es posible entonces que
cada analista desde su ética individual decida si lo atendería o no.
La transferencia nos obliga a tomar posición. El imposible de la objetividad nos
plantea la necesidad de decidir y ser responsables en ese acto. Cada uno decidirá hasta
dónde sus escrúpulos le permitirán avanzar. La responsabilidad del analista lo implica
como sujeto deseante.

5
Hemos retomado los planteos desarrollados en el artículo de Darío Lagos y Diana Kordon, “Ética,
impunidad y práctica profesional” en AA.VV.; Efectos psicológicos y psicosociales de la represión política
y la impunidad, Ediciones Madres de Plaza de Mayo, Buenos Aires, 2005.

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En las palabras de Fernando Ulloa: “Para que haya psicoanálisis, debe haber un deseo
de escuchar a alguien y también es necesario que alguien demande ser escuchado por ese
psicoanalista. El psicoanalista pone en juego la ética del deseo, balanceada por la ética
del compromiso.” En este sentido, no es lo mismo que un represor pida contención para
aliviar su malestar, a la manera cómo Adolfo Scillingo obscenamente comentaba que los
sacerdotes aliviaban a los que conducían los famosos “vuelos de la muerte”, a que quiera
hacerse responsable por sus actos. Nos preguntamos con Daniel Kersner: ¿Puede la
neutralidad analítica extenderse ilícitamente hasta el imposible de la neutralidad política?
¿Se nos puede pedir neutralidad política? ¿Abstinencia ideológica? ¿Deberíamos tenerla?
¿Podríamos soportarla?
La responsabilidad analítica la tenemos tanto en la dirección de la cura como ante la
sociedad. Los hechos sociales y políticos de nuestra historia reciente, del que fueron
responsables directos los genocidas de los que hablábamos, producen un tipo de
subjetividad particular resultado de la prolongación del miedo, del dolor y del horror, a
pesar del fin de la dictadura, una indiferencia social y un intento de olvido de lo
traumático que se ve reflejado en la forma de los vínculos, en los síntomas actuales que
no podemos desconocer y no denunciar.
Tenemos el compromiso ético en ello, en generar espacios de reflexión y de
construcción de memoria colectiva para transformar lo traumático en acontecimiento.
Para ello necesitamos la justicia, la intervención del Estado como garantía de esos
derechos, el juicio a los culpables, y el esclarecimiento de los casos de asesinato y
desaparición de personas, así como la importantísima recuperación de identidad de los
hoy jóvenes apropiados.
Por eso la sociedad necesita un compromiso activo de los psicólogos quienes velamos
por la salud mental de las personas, para, entre otras cosas seguir debatiendo
problemáticas tan complejas como la que enunciamos en el titulo de este trabajo.

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¿Atendería Ud. a un torturador/
genocida/represor?
Erica Ríos, Luciana García, Diego Romero, Lisandro Sagué y Diego Stechina,

El presente trabajo constituye una reescritura del texto presentado en el Colegio de


Psicólogos en noviembre del 2008, bajo el título: ¿Atendería usted a un genocida?

En aquella oportunidad, situábamos la determinación del gobierno provincial de Hermes


Binner, de anunciar la implementación, desde la Secretaría de Derechos Humanos
dirigida por María Bressa, de un proyecto que pretendía extender la cobertura
Psicológica del Programa de Protección de Testigos y Querellantes en causas de lesa
humanidad, a quienes están procesados por esos delitos y su entorno familiar.

En los diarios de mayo del 2008 leíamos algunas afirmaciones y argumentos que
provocaron múltiples reacciones y el correspondiente debate:

1. "Queremos garantizar todos sus derechos (refiriéndose a los acusados), incluso la


protección física y la atención psicológica, otorgándoles aquellos beneficios que ellos
mismos vulneraron a sus víctimas"

2. "Debemos hacerlo si queremos vivir en un estado de derecho y no en un régimen


totalitario"

3. "El eje sobre el que va girar este programa va a ser el de proteger psicológicamente a
testigos, con un equipo de diez psicólogos y dos psiquiatras"

Ante la pregunta sobre cómo era el modo en que estaba pensada la contención
psicológica, Bressa respondió lo siguiente:

"Esto será a requerimiento de la gente, no es para hacer un tratamiento, sino para


atenderlos en un momento crítico, cuando se estén acercando las audiencias. Y todo
aquel que lo solicite, sus familiares, su entorno que tenga algún grado de angustia, algún
grado de miedo, se les ofrece a todos ellos. Tenemos que demostrar que sabemos vivir en
una sociedad, y en un estado de derecho. Y fundamentalmente demostrar que podemos
darles lo que ellos mismos no les dieron a otros".

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Como leemos en las citas, vemos que se procuraba situar en un mismo programa a las
víctimas y los victimarios, lo cual convertía y convierte a la fallida medida en un hecho
político sumamente relevante, generadora de conciencia en el marco de la disputa de
sentido ante los hechos recientes de nuestra historia. Así, la pregunta que interpela a
nuestra profesión no nos llega de un particular sino del propio Estado, lo cual deja
pendiente: ¿Qué demanda el Estado a los psicólogos? Y acaso, ¿qué lugar sitúa para
nuestra práctica?: ¿Beneficencia? ¿Contención? ¿Protección? ¿Confesión?

"Ayudar a que puedan hablar" fueron las palabras del Gobernador Binner.

Creemos que es posible analizar las vicisitudes de esta medida y ensayar una respuesta
con argumentos de la Clínica, nunca escindidos de la Política.

En primer lugar, la mera condición de la pregunta “de atendería a un genocida”, es algo


que remite a una genética histórico-política que trazaremos en sus rasgos principales.
Tomamos para ello palabras del escritor Osvaldo Soriano, en función de subrayar el
carácter íntimo e intransferible de los acontecimientos vividos, cuestión que se suele
velar en las utilizaciones canónicas de la historia.

Recordando el 24 de marzo:

"Esa mañana supe que había perdido la Argentina de mi infancia, la de mi escuela y mi


primer trabajo. Dejaba atrás una manera de explicarme la vida, los fundamentos sobre
los que había construido mi propio imaginario. Mataron a treinta mil jóvenes y a
algunos viejos, guerrilleros o no. Destruyeron la educación, los sindicatos combativos, la
cultura, la salud, la ciencia, la conciencia. Desterraron la solidaridad, el barrio, la
noche populosa. Prohibieron a Einstein y a Gardel. Abrieron autopistas y llenaron de
cadáveres los cimientos del país; dejaron una sociedad calada por el terror. ¿Acaso no
es la dictadura, su largo brazo estirado a través del tiempo que sigue asesinando pibes,
asustando, castrando por procuración?

En esos vergonzosos años se impusieron los valores del éxito a cualquier costo sobre la
idea de una felicidad compartida. Eso dejaron. Un escenario vacío y oscuro que había
que tomar en silencio. No quedaban civiles armados en el 83; sólo conciencias heridas y
una pena infinita".

Tanto este breve relato que elegimos, como cualquiera que podamos adscribir,
permanecen en el interior de una disputa política, donde resulta imposible no tomar
posición. La teoría de los dos demonios a la que, “no le quedaba mal”, la unificación de
víctimas y victimarios tal cual proponía Bressa, insiste cotidianamente en el menú de las
corporaciones mediáticas, embarcadas en una ofensiva para desestimar la tardía, pero

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imprescindible, recuperación de memoria, justicia, y verdad. En ese contexto también se
dan las declaraciones de la Jueza de la nación Laura Inés Cosidoy, lo cual nos sumerge en
la problemática de la complicidad civil, de aquellos que aún hoy continúan operando
material y simbólicamente, en este caso, aludiendo a un intocado afecto por el fallecido
General Galtieri y otros matarifes, y exigiendo su excusación en las causas, desnudando
obscenamente toda su participación en el andamiaje genocida.

El periodista José Maggi le pregunta a Cosidoy:

-¿Qué piensa de los cómplices civiles que tuvo la dictadura en Rosario, muchos de
los cuales aparecen reciclados en democracia, gente que como usted se reunía con
Galtieri a pedirle cosas?

-Los puede haber, querido señor, y pienso que reciclados hay de las dos partes. Si hay
civiles que pueden haber sido cómplices, o no haber querido ver, que le han pedido a
Galtieri; también creo que puede haber gente en este momento que esté luchando por los
derechos humanos o que esté ocupando cargos públicos, y que se pueda dar el lujo de
decir que puso bombas.

Más allá de las operaciones mediáticas de estos “civiles” reciclados, lo que se denominó
Crímenes de lesa humanidad constituye una violación sistemática de los derechos
humanos dirigidos a la sociedad en su conjunto como consecuencia de políticas diseñadas
y aplicadas desde el Estado. Jamás podríamos considerar a un torturador-genocida como
un individuo que solamente actúa sólo a título personal, ya que su accionar responde a
una organización que en nuestro país, se otorgó sus propias leyes instrumentando el
asesinato, la desaparición forzada de personas y la tortura, entre otras atrocidades.

Un torturador-genocida no sólo debe responder por los crímenes realizados sino también
por el abuso de poder que representa el crear una legalidad que decide sobre quién vive y
quién muere o quién queda condenado a la desaparición. Con ello no olvidamos los
asesinos de escritorio, dentro y fuera del país, hombres que ejecutaron la tarea, desde la
picana, desde editoriales, desde los sermones tranquilizadores de conciencias.

Por estas razones es que hacemos nuestras las palabras que Theodor Adorno utilizó para
referirse a Auschwitz : "Los que aún dicen en nuestros días que las cosas no fueron así, o
que no fueron tan malas, defienden en realidad lo sucedido y estarían sin duda dispuestos
a asentir o a colaborar si un día aquello se repitiese".

Retornando a las palabras de la ex Secretaria de Derechos Humanos, instando a la


necesidad de tener que demostrar que sabemos vivir en sociedad, y en un estado de
derecho, no en un régimen totalitario". Subrayamos que no hubo aquí, ni siquiera, un sólo
hecho de revancha individual violenta. Como refiere el periodista Eduardo Aliverti:

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"apenas si puede encontrarse la conmovedora trompada que Alfredo Chávez le pegó a
Astiz en una garita de colectivo, en Bariloche, el 1º de septiembre del 95. Apenas eso:
una piña frente a 30 mil desaparecidos, frente a los campos de concentración, frente a las
salas de tortura, frente a la apropiación de bebés. Sólo una piña en todos estos años"…en
todos estos años de impunidad.

Pues bien, esto que enmarcamos dentro de un "proceso", que implicó un proyecto
económico, político y social, cuestiones que requieren de una lectura compleja que no
puede reducirse a depositar las costas en alguien en particular, no exime la
responsabilidad de nadie. En la clínica psicoanalítica es insoslayable abordar el
concepto de responsabilidad, ya que es imposible separarlo de lo que entendemos por
sujeto. Y a éste, en su decir, de lo inesperado. Jamás podríamos sostener frases como:
"qué se puede esperar de él si es policía", "si es empresario", "si es del Campo”; "si
estaba allí mientras reinaba ese clima de época, esa institución, que empujaba hacia
determinada dirección"... Sería concebir al otro como objeto constituido. Pura
determinación.

Nos recuerda aquella discusión entre Lacan y Foucault, donde éste último hace
referencia a la confesión en la clínica, y Lacan le responde: "sí, pero no absolvemos".

Pues claro, un analista no consuela, no absuelve, no consiente, no des


responsabiliza. ¿Pero acaso sería aquél tan cretino de suponer, que embarcado en la
pureza de su ética, podría recubrir desde su espectro, el campo de lo social, de la justicia,
del bien colectivo?

Antes de siquiera contestar la pregunta de si atendería a un genocida, se torna necesario


considerar el estado actual de aquél ante la comunidad. ¿Se ha responsabilizado ante ella?
¿Está pagando una pena impulsada por nuestra justicia? ¿Demanda él, la posibilidad de
una atención psicológica?

Porque reiteramos, la demanda a la que nos hemos dedicado a analizar en este trabajo, no
es una demanda de un "arrepentido", no es una demanda de un torturador, ni de un
partícipe secundario. Nada de eso. Se trata de una demanda del estado.

Según las palabras del actual gobernador: "Que un imputado se arrepienta y quiera
hablar es un hecho que está estudiado desde el punto de vista psicológico. Hay gente que
necesita expresar lo que tiene adentro porque no puede seguir viviendo. Entonces, es
importante que no se suicide y que hable y que diga todo lo que sabe.

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-¿Cómo se va a proteger a los arrepentidos? ¿Con contención psicológica también?
-preguntó el diario Rosario 12.

-Obviamente—responde Binner--, es uno de los aspectos fundamentales. Pero ojalá


pudiésemos hacer otro tipo de contención mucho más profunda.

En la hipotética situación de que un genocida solicitase alguna atención, que haya roto el
pacto de silencio y se dispusiera a aportar datos --situación en extremo inédita, ya que a
nivel nacional supuestamente existió el caso de Scilingo, hasta que al ser condenado en
España por 6.600 años por genocidio aseguró que todo era mentira y que contó "una
novela"-- ese marco de situación que implicaría asumir los cargos de la justicia,
habilitaría a la pregunta de aceptar o no un paciente de tales características.

En este punto vale preguntarse por la posibilidad de soportar tal transferencia, pensando
la importancia capital de estos conceptos para operar en la clínica, que además suponen
un desplazamiento de objetos, imagos o posiciones del paciente sobre la figura del
terapeuta.

En las mencionadas declaraciones leemos que se proyecta a la profesión un imaginario


sobre la posibilidad de “aliviar un malestar”. Recordemos el rol eclesiástico aliviando el
pesar de las briznas de conciencia. O las misas del perdón. ¿Seremos nosotros los
encargados de retomar la posta de los mercaderes de la fe?

Citamos las palabras del maestro Fernando Ulloa:

“...resulta grotesco pensar al cruel como objeto de la clínica psicoanalítica, ellos caen
totalmente por fuera de una disciplina que lo es con referencia a la verdad, aunque no
haga de la misma trofeo. Pero ocurre que la recusación de la culpa deja al cruel sin el
recurso de este sentimiento que suele ser una de las defensas frente a la angustia. Si a
alguno de ellos, por absurdo que parezca, demanda atención analítica, no será por
remordimiento, sino por la angustiante vergüenza de haber caído en desgracia frente a sus
cómplices o a sus amos, traicionando sus expectativas. En estas condiciones el cruel tal
vez intente paliar su vergüenza pretendiendo reivindicar, en sede clínica, el valor de sus
actos criminales. Sería una estúpida parodia pretender exculparlo de sus crímenes. Ellos
son acreedores de otras sedes, las de la justicia....”

Ya lo hemos dicho pero conviene insistir. Se trata de aquél aforismo de Lacan: "de
nuestra posición de sujetos somos siempre responsables". Se excluye la ternura del alma
bella. Se excluye, de más está decir, la obediencia debida.

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BIBLIOGRAFÍA

 “¿Atendería Ud. a un asesino?” Alejandro Ariel, Clase III del Seminario de psicoanálisis
para graduados: La responsabilidad del analista, 1991, Editorial Estilos
 El porvenir es largo. Althusser, Louis. Barcelona: Círculo de Lectores, 1992.
 Conceptos de Hannah Arendt extraídos de la página en Internet Banalidad del Mal.
 Juan Carlos Gardella, Introducción a Derechos Humanos y Ciencias Sociales, Ed. Homo
Sapiens, Rosario 1997
 “La ética del deseo debe balancearse con la ética del compromiso” Entrevista realizada
al Ps. Fernando Ulloa por el periodista Pedro Lipcovich publicada en el diario Página 12
online.

 “Las obstinadas memorias del futuro” Ponencia presentada por Elizabeth Lira en
septiembre del 2001 al recibir el premio Martín Diskin por su trabajo en favor de la
defensa de los derechos humanos. Publicado online.
 “Responsabilidad, ética profesional y Derechos Humanos” Ponencia presentada por
Laura Capella en setiembre 13 de 2002 en la Mesa debate Mala praxis y secreto
profesional. Responsabilidad y ética profesional organizado por Comisión de acreditación
del Colegio de Psicólogos dentro del programa de formación para graduados en el marco
de las 1º Jornadas Nacionales de Psicología Jurídica.
 “¿Usted atendería a un torturador?” Daniel Kersner Artículo publicado en la edición en
inglés de “Efectos Psicológicos de la Represión Política” con el título “Would you attend
to a torturer?” Publicado online.

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